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+This eBook, including all associated images, markup, improvements,
+metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be
+in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES.
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+Procedures for determining public domain status are described in
+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
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+this eBook outside of the United States should confirm copyright
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+Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for
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-The Project Gutenberg eBook of Adán y Eva en el paraíso, by José Maria Eça
-de Queiroz
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Adán y Eva en el paraíso
-
-Author: José Maria Eça de Queiroz
-
-Release Date: October 29, 2021 [eBook #66626]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net. (This file was produced from
- images generously made available by Biblioteca Digital
- Hispánica/Biblioteca Nacional de España.)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO ***
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
-
- * Se han añadido tildes a las mayúsculas y se han modernizado las
- transcripciones de los nombres propios.
-
- * Las páginas en blanco han sido eliminadas.
-
-
-
-
-ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO
-
-
-
-
-EÇA DE QUEIROZ
-
-
-
-
- ADÁN Y EVA
- EN EL PARAÍSO
-
-
- [Ilustración]
-
-
- RENACIMIENTO
-
- MADRID | BUENOS AIRES
- SAN MARCOS, 42 | LIBERTAD, 170
-
- 1914
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
-
-
- IMPRENTA DE JUAN PUEYO. MESONERO ROMANOS, 34, MADRID
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO
-
-
-I
-
-Adán, Padre de los Hombres, fue creado en el día 28 de octubre, a las
-dos de la tarde... Afírmalo así, con majestad, en sus _Annales Veteris
-et Novis Testamenti_, el muy docto y muy ilustre Usserius, obispo de
-Meath, arzobispo de Armagh y canciller mayor de la Sede de San Patricio.
-
-La Tierra existía desde que se hiciera la Luz, el 23, en la mañana
-de todas las mañanas. ¡Mas no era ya aquella Tierra primitiva,
-parda y muelle, ensopada en aguas gredosas, ahogada en una niebla
-densa, irguiendo, aquí y allí, rígidos troncos de una sola hoja y
-de un solo retoño, solitaria, silenciosa, con una vida escondida,
-apenas sordamente revelada por las sacudidas de los bichos oscuros,
-gelatinosos, sin color y casi sin forma, creciendo en el fondo del
-lodo! ¡No! Ahora, durante los días genesíacos, 26 y 27, habíase
-completado, abastecido y ataviado, para acoger condignamente al
-Predestinado que venía. En el día 28 ya apareció perfecta, _perfecta_,
-con las alhajas y provisiones que enumera la Biblia, las hierbas
-verdes de espiga madura, los árboles provistos de fruto entre la flor,
-todos los peces nadando en los mares resplandecientes, todas las aves
-volando por el aire sereno, todos los animales pastando sobre las
-colinas lozanas, y los arroyos regando, y el fuego almacenado en el
-seno de la piedra, y el cristal y el ónix, y el oro de ley del país de
-Hevilath...
-
-En aquellos tiempos, amigos míos, el Sol aún giraba en torno de la
-Tierra. Esta era moza, y hermosa y preferida de Dios. Aquel aún no se
-sometiera a la inmovilidad augusta que, entre enfurruñados suspiros
-de la Iglesia, le impuso más tarde el maestro Galileo, alargando un
-dedo desde el fondo de su pomar, contiguo a los muros del convento de
-San Mateo de Florencia; y el Sol, amorosamente, corría alrededor de
-la Tierra, como el novio de los _Cantares_ que, en los lascivos días
-de la ilusión, sobre el otero de mirra, sin descanso y saltando más
-levemente que los gamos de Gaalad, circundaba la Bien Amada, la cubría
-con el fulgor de sus ojos, brillando de fecunda impaciencia. Desde esa
-alborada del día 28, según el cálculo majestático de Usserius, el Sol,
-nuevo, sin manchas, sin arrugas, sin faltas en su cabellera flamante,
-envolvió a la Tierra, durante ocho horas, en una continua e insaciable
-caricia de calor y de luz. Cuando a la octava hora resplandeció y huyó,
-una emoción confusa, hecha de miedo y hecha de gloria, pasó por toda
-la Creación, agitando en un temblor los prados y las frondas, erizando
-el pelo de las fieras, hinchando el dorso de los montes, apresurando
-el borbotar de los manantiales, arrancando un brillo más vivo de los
-pórfidos...
-
-En esto, en una floresta muy cerrada y muy tenebrosa, cierto ser,
-desprendiendo lentamente la garra del retoño del árbol en donde
-estuviera perchado toda aquella larga mañana de largos siglos, resbaló
-por el tronco comido de hiedra, posó las dos patas en el suelo que
-el musgo afofaba, se afirmó sobre ellas con esforzada energía, quedó
-tieso, y alargó los brazos libres, y dio un paso fuerte, y sintió su
-desemejanza de la Animalidad, y concibió el deslumbrado pensamiento
-de que _era_, y verdaderamente _fue_. Lo había amparado Dios, y en
-aquel instante lo creó. Vivo, de la vida superior, descendido de la
-inconsciencia del árbol, Adán se encaminó hacia el Paraíso.
-
-Era horrible; un pelo crespo y lúcido cubría todo su corpulento, macizo
-cuerpo, rareando apenas en torno de los codos, de las rodillas rudas,
-donde el cuero aparecía curtido y del color del cobre sucio. Del
-achatado, arisco cráneo, surcado de arrugas, rompía una melena rala
-y rubia, hinchada sobre las orejas agudas. Entre las romas quijadas,
-en la abertura enorme de los labios trompudos, alargados en forma de
-hocico, relucían los dientes, afilados poderosamente para rasgar la
-fibra y despedazar el hueso. Bajo los arcos sombríamente hondos, que un
-pelo hirsuto orlaba, como un zarzal orla el arco de una caverna, los
-ojos redondos, de un amarillo de ámbar, movíanse sin cesar, temblaban,
-desmesuradamente abiertos de inquietud y de espanto... ¡No, no estaba
-nada bello, nuestro Padre venerable, en aquella tarde de otoño, cuando
-Jehová le ayudó con cariño a descender de su Árbol! Y, sin embargo,
-en esos ojos redondos, de ámbar fino, aun a través del temblor y del
-espanto, brillaba una belleza superior, la Energía Inteligente que le
-iba dificultosamente llevando, sobre las piernas encorvadas, hacia
-fuera del matorral en donde había pasado su mañana de largos siglos,
-saltando y gritando por encima de las ramas más altas.
-
-Ahora bien (si los Compendios de Antropología no nos engañan), los
-primeros pasos humanos de Adán no fueron dados, desde luego, con vigor
-y confianza, hacia el destino que le esperaba entre los cuatro ríos
-del Edén. Entorpecido, envuelto por las influencias de la floresta,
-desagarra con trabajo la pata del hojoso suelo de helechos y begonias,
-y gustosamente se roza con los pesados racimos de flores que le rocían
-el pelo, y acaricia las largas barbas de liquen blanco, pendientes de
-los troncos de robles y de teca, en los cuales gozara las dulzuras de
-la irresponsabilidad. En el ramaje que tan generosamente le nutriera y
-le meciera, a través de tan largas edades, aún coge las bayas jugosas,
-los frutos más tiernos. Para transponer los arroyos, que relucen y
-susurran por todo el bosque, después de la sazón de las lluvias, aún se
-pende de una rama, entrelazada de orquídeas, y se balancea, y salta,
-con pesada indolencia. Y hasta sospecho que cuando el viento bramase
-por la espesura, cargado con el olor tibio y acre de las hembras
-acurrucadas en las cimas, el Padre de los Hombres dilataría cuanto
-pudiese las ventanas de la nariz y dejaría salir del peludo pecho un
-gruñido ronco y triste.
-
-Camina... Sus pupilas amarillas, en donde brilla el Querer, sondan,
-buscan a través del ramaje, más allá, el mundo que desea y recela, y
-del cual percibe ya el sonido violento, como todo hecho de batalla y
-de rencor. A medida que la penumbra del follaje clarea, va surgiendo,
-dentro de su cráneo bisoño, como una alborada que penetra en una choza,
-el sentimiento de las formas diferentes y de la vida diferente que las
-anima. Esa comprensión rudimentaria solo trajo turbación y terror a
-nuestro Padre venerable. Todas las tradiciones, las más orgullosas,
-concuerdan en que Adán, en su entrada inicial por las planicies del
-Edén, tembló y gritó como criaturita perdida en romería turbulenta. Y
-podemos pensar que, de todas las Formas, ninguna le empavorecía más
-que la de esos mismos árboles, en los cuales había vivido, ahora que
-los reconocía como seres tan desemejantes de su ser e inmovilizados en
-una inercia tan contraria a su Energía. Liberto de la Animalidad, en
-camino para su Humanización, el árbol que le había servido de abrigo
-natural y dulce, solo le parecía ahora un cautiverio de degradante
-tristeza. ¿Todas esas ramas tortuosas, embarazando su marcha, no serían
-brazos fuertes que se alargaban para aprehenderlo, empujarlo para
-atrás y retenerlo en las cimas frondosas? ¿Ese susurrar de las ramas
-de los árboles que le seguía, compuesto del desasosiego irritado de
-cada hoja, no era toda la selva, alborozada, reclamando a su secular
-morador? Quizá de tan extraño miedo nació la primera lucha del Hombre
-con la Naturaleza. Es de creer que, cuando un vástago le rozase,
-lo rechazaría con las garras desesperadas. ¡Cuántas veces, en estos
-bruscos ímpetus, se desequilibraría, humillando sus manos sobre el
-suelo de bosque o roca, otra vez precipitado en la postura bestial,
-retrogradando a la inconsciencia, entre el clamor triunfal de la
-Floresta! ¡Y luego qué angustioso esfuerzo para erguirse, recuperar
-la actitud humana y correr con los peludos brazos despegados de la
-tierra bruta, libres para la obra inmensa de su Humanización! Esfuerzo
-sublime, en el cual ruge, muerde las raíces aborrecidas, y, ¿quién
-sabe?, tal vez levante ya los ojos de ámbar lustroso hacia los cielos,
-en donde, confusamente, siente Alguien que le viene protegiendo, y que
-en la realidad le levanta.
-
-De cada una de estas caídas modificantes, nuestro Padre resurge más
-humano, más nuestro Padre. Hay ya consciencia, prisa de Racionalidad,
-en los resonantes pasos con que se arranca a su limbo arbóreo,
-despedazando los embarazos, hendiendo la maleza densa, despertando a
-los tapires adormecidos debajo de hongos monstruosos, o espantando a
-algún oso joven y perdido que, apoyándose contra un olmo, chupa, medio
-borracho, las uvas de aquel abundante otoño.
-
- * * * * *
-
-Al fin, Adán, emerge de la Floresta oscura; y sus ojos de ámbar se
-cierran vivamente bajo el deslumbramiento en que le envuelve el Edén.
-
-Al fondo de esa colina, donde se para, resplandecen vastas campiñas (si
-las Tradiciones no exageran) con desordenada y sombría abundancia.
-Lentamente, a través, corre un río, sembrado de islas, mojando, en
-fecundos y explayados remansos, el verdor donde ya tal vez crece la
-lenteja y se extiende el arrozal. Rocas de mármol rosado brillan con un
-rubor caliente. Por entre bosques de algodoneros, blancos como rizada
-espuma, suben oteros cubiertos de magnolias, de un esplendor mucho más
-blanco. Del lado de allá, la nieve corona una sierra con un radiante
-nimbo de santidad, y escurre, por entre los flancos despedazados,
-en finas granjas que refulgen. Otros montes dardean mudas llamas.
-Del borde de ásperos declives, penden perdidamente, sobre inmensas
-profundidades, palmeras desgreñadas. En las lagunas, la bruma arrastra
-la luminosa molicie de sus encajes, y el mar, en los confines del
-mundo, chispeando, enciérralo todo, como un aro de oro.
-
-En este fecundo espacio se alcanza toda la Creación con la fuerza, la
-gracia, la bravura vivaz de una mocedad de cinco días, aún caliente de
-las manos de su Creador. Profusos rebaños de aurocos de pelambre rubia,
-pastan majestuosamente, enterrados en hierbas tan altas que en ellas
-desaparece la oveja y su cordero. Temerosos y barbudos uros, peleando
-con gigantescos venados, entrechocan sus cuernos y vástagos con el
-seco fragor de robles que el viento raja. Un bando de jirafas rodea
-una mimosa, de la cual van mordiendo, delicadamente, en los trémulos
-brotes, las hojitas más tiernas. A la sombra de los tamarindos, reposan
-disformes rinocerontes, bajo el vuelo apresurado de pájaros que les
-buscan servicialmente los gusanos.
-
-Cada arremetida de tigre causa una desbandada furiosa de ancas, y
-cuernos, y crines. Una enhiesta palmera dóblase toda al peso de una
-culebra que se enrosca en ella. A las veces, entre dos peñascos,
-rodeada de una profusa melena, aparece la faz magnífica de un león, que
-mira serenamente al sol, a la inmensidad radiante. En el remoto azul,
-duermen inmóviles, enormes cóndores, con las alas abiertas, entre el
-surco níveo y róseo de las garzas y de los flamencos. En frente a la
-colina, en un alto, por medio del matorral, pasa lenta una recua de
-mastodontes, con la ruda crin del dorso erizada al viento, y la trompa
-meciéndose entre los dientes más curvos que hoces.
-
-Vetustísimas crónicas describen así el vetustísimo Edén, que era en
-las campiñas del Éufrates, quizá en la morena Ceilán, o entre los
-cuatro claros ríos que hoy riegan la Hungría, o acaso en estas tierras
-benditas, donde nuestra Lisboa calienta su vejez al sol, cansada de
-proezas y mares.
-
-¿Mas quién puede garantir estos bosques y estos bichos, si desde ese
-día 25 de octubre, en que estaba inundado el Paraíso de esplendor
-otoñal, pasaron, muy breves y muy llenos, sobre el grano de polvo que
-viene a ser nuestro mundo, más de siete veces setecientos mil años? Lo
-único que parece cierto es que, delante de Adán empavorecido, pasó un
-pájaro grandísimo. Un pájaro ceniciento, calvo y pensativo, con las
-plumas desaliñadas como los pétalos de un crisantemo, que daba saltitos
-pesadamente con una pata, irguiendo en la otra, bien agarrado, un
-manojo de hierbas y ramas. ¡Nuestro Padre venerable, con la hosca faz
-fruncida, en un esfuerzo doloroso para comprender, quedó pasmado ante
-aquel pájaro, que, junto a él, bajo el abrigo de las azaleas en flor,
-terminaba muy gravemente la construcción de una cabaña! ¡Sólida y
-vistosa cabaña, con su suelo de greda bien alisado, vástagos fuertes de
-pino y baya formando estacas y vigas, un seguro techo de hierba seca,
-y en la pared, una ventana!... Pero, a pesar de todo, el Padre de los
-Hombres, en aquella tarde, aún no comprendió.
-
-Se encaminó después hacia el largo río, desconfiadamente, sin apartarse
-del límite del bosque amparador.
-
-Lento, olfateando el olor nuevo de los gordos herbívoros de la llanura,
-con los puños rijamente cerrados contra el pecho peludo, Adán va
-vacilando entre el apetito de aquella resplandeciente Naturaleza y el
-terror de los seres nunca vistos que la llenan y atruenan con tan fiera
-turbulencia. Dentro de él borbota, no cesa, la naciente sublime, la
-sublime naciente de la Energía, que le impele a desentrañar la crasa
-brutalidad, y a ensayar, con esfuerzos que son semipenosos, porque son
-ya semilúcidos, los Dones que establecerán su supremacía sobre esa
-Naturaleza incomprendida y le libertarán de su terror. Así que, en la
-sorpresa de todas aquellas inesperadas apariciones del Edén, reses,
-pastos, montes nevados, inmensidades radiosas, Adán suelta roncas
-exclamaciones, gritos con que desahoga, voces balbucientes, en que
-por instinto reproduce otras voces, y gritos, y rumores, y hasta el
-llantear de las criaturas, y el estruendo de las aguas despeñadas...
-Estos sonidos quedan ya en la oscura memoria de nuestro Padre ligados
-a las sensaciones que se los arrancan; de suerte que el aullido
-áspero que se le escapa al topar un canguro con su nidada embolsada
-en el vientre, de nuevo resonará en sus labios trompudos cuando otros
-canguros, huyendo de él, se embreñen en la sombría negra de los
-cañaverales.
-
-Cuenta la Biblia, con su exageración oriental, cándida y simple, que
-al entrar Adán en el Edén, distribuyó nombres a todos los animales y a
-todas las plantas, definitivamente, eruditamente, como si compusiese
-el Léxico de la Creación, entre Buffon, ya con sus puños, y Linneo, ya
-con sus lentes. ¡No! Eran apenas gruñidos roncos, mas verdaderamente
-augustos, porque todos ellos se fijaban en su conciencia, naciente
-como las toscas raíces de esa Palabra por la cual verdaderamente se
-humanizó, y llegó a ser después, sobre la tierra, tan sublime y tan
-burlesco.
-
-Con orgullo podemos pensar, que al descender nuestro Padre al borde del
-río Edénico, compenetrado de lo que _era_, ¡y cuán diverso de otros
-seres!, ya se afirmaba, se individualizaba, y batía en el pecho sonoro,
-y rugía soberbiamente: --¡Eheu! ¡Eheu! Luego, alongando los ojos
-relucientes por aquella agua que corría perezosamente hacia allá, ya
-prueba exteriorizar su espantado sentimiento de los espacios, y murmura
-con pensativa codicia: --¡Lhla! ¡Lhla!
-
-
-II
-
-Calmo, magníficamente fecundo, corría el noble río del Paraíso, por
-entre las islas, casi cubiertas bajo el peso del arbolado, todas
-fragantes y atronadas por el clamor de las cacatúas. Adán, trotando
-pesadamente por la orilla baja, ya siente la atracción de las aguas
-disciplinadas que andan y viven, esa atracción que será tan fuerte
-en sus hijos, cuando descubran en el río al servidor que sosiega,
-abona, riega, muele y acarrea. ¡Pero cuántos terrores especiales le
-horripilan aún, haciéndole correr con despavoridos saltos para detrás
-de las zarzas y de los chopos! En otras islas, de arena fina y rosada,
-reposan pedregosos cocodrilos, achatados sobre el vientre, que palpita
-muellemente, abriendo las hondas bocas en la tibia pereza de la tarde,
-absorbiendo todo el aire con un perfume de almizcle. Por entre los
-cañaverales, colean y refulgen gordas culebras, de cuello erguido, que
-miran a Adán con furor, dardeando y silbando. A nuestro Padre, que
-nunca las viera, es de creer que habían de figurársele pavorosas las
-inmensas tortugas del comienzo del mundo, pastando, con arrastrada
-mansedumbre, de la hierba de los prados nuevos. De improviso, una
-curiosidad le atrae, y casi resbala en la orilla lodosa, donde el agua
-roza y se agita. En la largueza del río explayado, una negra fila de
-aurocos, serenamente, con los cuernos altos y la espesa barba flotando,
-nada hacia la otra margen, campiña cubierta de rubias mieses, en la
-cual tal vez maduran ya las urbanas espigas de centeno y de maíz.
-Nuestro Padre venerable mira la fila lenta, mira el río lustroso,
-concibe el anublado deseo de atravesar también hacia aquellas lejanías
-en que las hierbas rebrillan, arriesga la mano en la corriente, la
-cual se la empuja para atrás, como para atraerle e iniciarle. Entonces
-gruñe, retira la mano, y sigue, con ásperas patadas, aplastando,
-sin percibir siquiera el perfume, las frescas fresas silvestres que
-ensangrientan el césped...
-
-Al cabo de un tiempo detiénese, considerando un bando de aves perchadas
-en un peñasco todo cubierto de guano, que acechan, con el pico atento,
-hacia abajo, en donde hierven las aguas apretadas. ¿Qué espían las
-blancas garzas? Un bando de lindos peces, que rompen contra la
-corriente, y saltan, centelleando en la clara espuma. De pronto, en un
-desabrido sacudir de alas blancas, una garza, luego otra, hiende el
-alto cielo, llevando, atravesado en el pico, un pez que se retuerce
-y reluce. Nuestro Padre venerable se rasca el costado. Ante aquella
-abundancia del río, su crasa gula también apetece una presa; y lanza la
-garza, y coge, en su vuelo sonante, coriáceos insectos que olfatea y
-muerde. Aunque nada ciertamente asombró al Primer Hombre como un grueso
-tronco de árbol medio podrido, que boyaba, descendía en la corriente,
-llevando sentados en una punta, con seguridad y gracia, dos bichos
-sedosos, rubios, de hocico experto, y fofas colas vanidosas. Corrió
-ansiosamente, enorme y descoyuntado, para seguirlos y observarlos;
-sus ojos brillaban como si ya comprendiese la malicia de aquellos dos
-bichos, embarcados en un tronco de árbol, y viajando, bajo la suave
-frescura de la tarde, en el río del Paraíso.
-
-Entretanto, el agua que iba orillando hacíase más baja, turbia y
-tarda. En su extensión, no verdean islas, ni se mojan los patos en
-ella. Allá, ilimitadas casi, fundidas en las neblinas, adivínanse
-descampadas soledades, de donde sopla un viento lento y húmedo. Nuestro
-Padre venerable enterraba las patas en tierras blandas, a través de
-aluviones, de inmundicie silvestre, en la cual, para su intenso horror,
-chapoteaban enormes ranas, croando furiosamente. A poco, perdiose
-el río en una vasta laguna, oscura y desolada, resto de las grandes
-aguas sobre las que flotara el Espíritu de Jehová. Una humana tristeza
-oprimió el corazón de nuestro Padre. Del centro de gruesas burbujas,
-que se hinchaban en la tranquila lisura del agua triste, constantemente
-brotaban horrendas trombas, escurriendo algas verdes, que bufaban
-ruidosamente y hundíanse luego, como empujadas por el lodo viscoso.
-Cuando aconteció que de entre los altos y negros cañaverales, manchando
-la pureza del cielo de la tarde, se elevó, alargándose por encima de
-él, una nube estridente de moscardones voraces. Adán huye, atolondrado,
-surca arenales pegajosos, rasga el pelo en la aspereza de los cardos
-blancos que el viento retuerce, resbala por una vertiente de cascajo y
-guijarros, y para en una playa de arena fina. Jadea: sus largas orejas
-tiemblan, escuchando hacia en del lado de allá de las dunas, un vasto
-rumor que rueda, abate y retumba... Es el mar. ¡Nuestro Padre traspone
-las pálidas dunas, y delante de él está el Mar!
-
- * * * * *
-
-Entonces fue el pavor supremo. De un salto, batiendo convulsamente los
-puños contra el pecho, retrocede hasta en donde tres pinos, muertos
-y sin rama, le ofrecen el refugio hereditario. ¿Por qué avanzan así,
-hacia él, sin cesar, en una hinchada amenaza, aquellos rollos verdes,
-con su crin de espuma, y se arrojan, se despedazan, hierven y babosean
-rudamente la arena? El resto de la vasta agua permanece inmóvil, como
-muerta, con una gran mancha de sangre que palpita. De seguro que toda
-esa sangre cayó de la herida del sol, redonda y bermeja, sangrando
-encima, en un cielo dilacerado por hondos golpes ya rojos. Más allá
-de la niebla lechosa que cubre las lagunas de los charcos salados,
-adonde la marea aún llega y se explaya lejos, un monte flamea y humea.
-Y siempre delante de Adán, contra Adán, los verdes rollos de verdes
-ondas avanzan, y retumban, y tienden la playa de algas, de conchas, de
-gelatinas que albean lívidamente.
-
-¡Mas he ahí que todo el mar se puebla! Encogido contra el pino, nuestro
-Padre venerable vuelve los ojos inquietos y trémulos, aquí y acullá, a
-las rocas cubiertas de sargazo, en donde gordísimas focas bamboléanse
-majestuosamente; hacia los chorros de agua, que brotan a lo alto, hasta
-las nubes rojas y recaen en una lluvia ardiente; a una linda flota de
-conchas, inmensas conchas blancas y nacaradas, bogando de bolina,
-circundando las peñas, con maniobra elegante... Adán se asombra sin
-saber que estas son las Amonites, y que ningún otro hombre, después
-de él, verá la lucida y rósea armada singlando en los mares de este
-mundo. ¡Él la admira, quizá con la impresión inicial de la belleza de
-las cosas, cuando bruscamente, en un temblor de surcos blancos, toda la
-maravillosa flota zozobra! Con el mismo salto muelle, las focas caen
-en las aguas profundas. Pasa un terror, un terror levantado del mar,
-tan intenso que un bando de albatros muy seguro sobre una escarpadura,
-bate, con irritados gritos, el vuelo despavorido.
-
-Nuestro Padre venerable aferra la mano a un vástago de pino, y sonda,
-horrorizado, la inmensidad desierta. Y estando así, a lo lejos, bajo
-el pálido resplandor del sol que se esconde, lentamente, un inmenso
-dorso sale de las aguas, como una larga colina, toda espetada de
-negras, agudas astillas de roca. ¡Y avanza! Precediéndolo un tumulto de
-burbujas se remolina y revienta; y de entre ellas emerge, por último,
-respirando hondamente, una tromba disforme de fauces entreabiertas,
-donde centellean y se sumen bancos de peces que sus sorbos vienen
-tragando...
-
-¡Es un monstruo, un pavoroso monstruo marino! Es de suponer que
-nuestro Padre, olvidando toda su dignidad humana (aún reciente), trepó
-desesperadamente por el pino hasta donde las ramas terminaban. Pero
-hasta en aquel abrigo, sus poderosas quijadas temblaban, en un miedo
-convulso, ante el horrendo ser surgido de las profundidades. Con un
-sonido raspante, despedazando conchas, guijarros y corales, el monstruo
-cae en la arena, que cava profundamente, y sobre la cual retesa las
-dos patas, más gordas que troncos de teca, con las uñas enrolladas de
-algas marinas. De la caverna de sus fauces, a través de los dientes
-terríficos, que las algas y musgos verdean, sopla un vaho espeso de
-fatiga y de furor, tan fuerte, que hace girar las algas secas y las
-conchas ligeras. Entre la corteza pedregosa que le cubre la frente,
-negrean dos cuernos cortos y romos. Sus ojos lívidos y vítreos, son
-como dos enormes lunas muertas. La inmensa cola dentada arrastra por el
-mar distante, y a cada coletazo levanta una tempestad.
-
-Por estas facciones, poco amables, ya reconocísteis al Ictiosaurio,
-el más horrendo de los cetáceos concebidos por Jehová. ¡Era él!,
-tal vez el último que duró en las tinieblas oceánicas hasta este
-memorable día de 28 de agosto, a fin de que nuestro Padre entreviese
-los orígenes de la Vida. Está enfrente de Adán, ligando los tiempos
-viejos a los tiempos nuevos, y con las escamas del dorso enfurecidas
-muge devastadoramente. Enroscado en el tronco alto, nuestro Padre
-venerable aúlla de vivo horror... Y he aquí que, del lado de los
-charcos anublados, un silbo hiende los cielos, silbado y lanzado,
-como el de un áspero viento en una garganta de serranía. ¿Qué es?
-¿Otro monstruo? Sí, el Plesiosaurio. Es también el último Plesiosaurio
-que corre del fondo de los pantanos. Y ahora se traba de nuevo para
-asombro del primer Hombre (y gusto de los Paleontólogos), el combate
-que fue la desolación de los pre-humanos días de la Tierra. Allí
-aparece la fabulosa cabeza de Plesio, terminada en pico de ave, pico
-de dos brazas, más agudo que el dardo más agudo, erguida sobre un
-larguísimo y fino pescuezo, que ondula, arquea, hiere y silba con
-pavorosa elegancia. Dos aletas de incomparable rigidez vienen moviendo
-su disforme cuerpo, muelle, glutinoso, todo en arrugas, manchado por
-una lepra de hongos verdosos. Tan inmenso es así, arrastrándose, con el
-pescuezo empinado que, delante de la duna donde se levantan los pinos,
-en los cuales se refugia Adán, parece otra duna negra sustentando un
-pino solitario. Avanza furiosamente. Y de repente, ármase un horroroso
-tumulto de mugidos y silbidos y choques retumbantes y torbellinos de
-arena y gruesos mares brotando. Nuestro Padre venerable salta de un
-pino a otro, temblando tanto, que con él tiemblan los troncos. Cuando
-se arriesga a espiar, en punto en que aumentan los bramidos, solo
-percibe en la enrollada masa de los dos monstruos, a través de una
-niebla de espuma que los chorros de sangre enrojecen, el pico de Plesio
-enterrado en el vientre muelle de Ictio, cuya cola, erguida se retuerce
-furiosamente en la palidez de los cielos espantados. ¡Nuestro Padre
-venerable esconde otra vez la faz! Un gemido de monstruosa agonía rueda
-por la playa. Las pálidas dunas se estremecen, resuenan las cavernas
-lúgubres. Sucede luego una paz muy larga, en que el ruido del mar
-Océano no es más que un consolado murmurio de alivio.
-
-Adán espía refugiado entre las ramas... El Plesio retrocediera herido
-hacia la tibia cama de un pantano. Sobre la playa yace muerto el Ictio,
-como una colina en donde las olas de la tarde se quiebran.
-
-En esto, nuestro Padre venerable deslízase cautelosamente de su pino
-y se acerca al monstruo. La arena, en derredor, está horriblemente
-revuelta; y por toda ella, en lentos surcos, en pozas oscuras, humea la
-sangre, mal chupada. Tan montañoso es el Ictio, que Adán, irguiendo la
-faz asombrada, ni alcanza a ver las púas del monstruo, erizadas a lo
-largo de aquel escarpado espinazo, al cual el pico de Plesio arrancó
-escamas más pesadas que piedras. Delante de las manos trémulas del
-Hombre, están los rasgones del vientre muelle, por donde chorrea la
-sangre, y salen las grasas, e inmensas tripas escurren, y penden fibras
-desgarradas de carne rosada... Las chatas ventanas de la nariz de
-nuestro Padre venerable se alargan y olfatean.
-
-En toda aquella tarde caminara, desde la Floresta, a través del
-Paraíso, chupando bayas, royendo raíces, comiendo los insectos de
-cáscara picante.
-
-Mas ahora el sol penetró en el mar, y Adán tiene hambre, en ese arenal
-estéril, donde solo albean cardos que el viento retuerce. ¡Oh, aquella
-carne roja, sangrienta, aún viva, que exhala un olor tan fresco y
-salino! Sus romas mandíbulas se abren ruidosamente en un bostezo
-disgustado y famélico... El Océano oscila, como adormecido... Entonces,
-irresistiblemente, Adán entierra en una de las heridas del saurio los
-dedos que lame y rechupa, blandos de grasas y sangre. El espanto de
-un sabor nuevo inmoviliza al hombre frugal que viene de las hierbas
-y de las frutas. Luego, con un salto, arremete contra las montañas de
-la abundancia, y arranca una fibra que parte y traga, gruñendo, con
-un furor y una prisa, en que hay el gozo y hay el miedo de la primera
-carne comida.
-
- * * * * *
-
-En habiendo cenado así, tajadas crudas de un monstruo marino, nuestro
-Padre venerable siente una gran sed. Los pozos que rebrillan en la
-arena son salados. Con los labios empastados de grasa y de sangre,
-pesado y triste, bajo el callado crepúsculo, Adán, atraviesa las
-dunas, reentra en las tierras, rebuscando desaladamente agua dulce.
-En aquellos tiempos de universal humedad, por todo el césped, huía y
-murmuraba un arroyo. Al cabo de un tiempo, extendido en una orilla
-lodosa, Adán bebió consoladamente, en sorbos profundos, bajo el vuelo
-espantado de moscas fosforescentes que se le prendían en la melena.
-
-Era junto a un bosque de encinas y hayas. La noche, que ya se
-adensara, ennegrecía una llanura cubierta de plantas, donde la malva
-se recostaba a la menta y el perejil al hongo ligero. En ese fresco
-espacio, penetró nuestro Padre venerable, cansado por la marcha y
-los espantos de aquella tarde del Paraíso; y apenas se extendiera
-en la alfombra olorosa, con la hirsuta faz posada sobre las palmas
-unidas, las rodillas encogidas contra el vientre distendido como un
-tambor, se sumergió en un sueño como jamás lo había tenido, todo
-poblado de sombras movientes, que eran aves construyendo una casa,
-patas de insectos tejiendo una tela, dos bichos bogando en las aguas
-arrolladoras.
-
-Cuenta la leyenda que entonces, en torno del Primer Hombre adormecido,
-comenzaron a surgir, por entre las matas bajas, hocicos olfateantes,
-finas orejas tiesas, ojitos reluciendo como botones de azabache, y
-espinazos inquietos que la emoción arqueaba, en tanto que, de las
-cumbres de las encinas y de las hayas, en un apagado estremecimiento
-de alas, se tendían picos curvos, picos retesos, picos bravíos, picos
-pensativos, todos albeando en la claridad tenue de la luna, que subía
-por detrás de los montes y bañaba las altas frondas. Después apareció
-una hiena, cojeando, maullando con lástima, en el borde del claro.
-A través de la campiña trotaron dos lobos flacos, famélicos, con
-los verdes ojos encendidos. No tardaron los leones, con las reales
-faces erguidas, soberanamente arrugadas, en una profusión de melenas
-flotantes. En confusa manada, que llegaba bufando, los cuernos de los
-aurocos entrechocaban con impaciencia los retoños palmares de las
-renas. Todos los pelos se erizaron cuando el tigre y la pantera negra,
-ondulando callada y aterciopeladamente, resbalaran, con las lenguas
-pendientes y bermejas como coágulos de sangre. De los valles, de las
-sierras, de las rocas, acudían otros, con una prisa tan ansiosa, que
-los horrendos caballos primitivos se empinaban por encima de los
-canguros y la trompa del hipopótamo, escurriendo algas, empujaba las
-ancas lentas del dromedario. Entre las patas y los cascos apiñados
-coleaban en alianza el hurón, la lagartija, la comadreja, la culebra
-fulgente que engulle a la comadreja, y la alegre mangosta que asesina
-a la culebra. Un bando de gacelas tropezaba, lastimándose las piernas
-finas contra la costra de los cocodrilos, que subían en fila del borde
-de las lagunas, con las bocas preparadas y gimiendo. Toda la planicie
-palpitaba, bajo la luna, en el muelle movimiento de dorsos apretados,
-del cual se erguía, ora el pescuezo de la jirafa, ora el cuerpo del
-boa, como mástiles náufragos balanceados entre olas. Y, en fin,
-conmoviendo el suelo, llenando el cielo, con la trompa enrollada entre
-los dientes curvos, asomó el rugoso mastodonte.
-
-Era toda la Animalidad del Paraíso que, sabiendo que el Primer Hombre
-hallábase dormido, sin defensa, en un bosque desierto, corría con la
-inmensa esperanza de destruirlo y eliminar de la tierra la Fuerza
-Inteligente, destinada a someter a la Fuerza Bruta. Sin embargo, en
-aquella pavorosa turba que humeaba, se atropellaba al borde del claro,
-en donde Adán dormía sobre la menta y la malva, ninguna fiera avanzaba.
-Relucían los fieros dientes, fieramente amenazadores; todos los cuernos
-acometían; cada garra salida despedazaba con ansia la tierra blanda;
-y los picos, desde lo alto de las ramas, atravesaban los hilos de
-la luna con picotazos hambrientos... Mas ni ave descendía, ni fiera
-avanzaba, porque al lado de Adán velaba una Figura seria y blanca, de
-blancas alas cerradas, los cabellos sujetos con un aro de estrellas, el
-pecho guardado por una coraza de diamante, y las dos refulgentes manos
-apoyadas en el puño de una espada que era de lumbre, y vivía.
-
-Despuntó la aurora con ardiente pompa, comunicando a la tierra alegre,
-a la tierra bravíamente alegre, a la tierra aún sin andrajos, a la
-tierra aún sin sepulturas, una alegría superior, más grave, religiosa y
-nupcial. Adán despertó; y restregándose los párpados, en la sorpresa de
-su despertar humano, sintió sobre el costado un peso dulce y suave. En
-aquel terror, que desde los árboles no desamparaba su corazón, saltó,
-y con tan ruidoso salto, que por la selva, los mirlos, los ruiseñores,
-las currucas, todos los pajaritos de fiesta y de amor, despertaron
-y rompieron en un canto de congratulaciones y de esperanzas. Y ¡oh
-maravilla! delante de Adán, y como despegado de él, estaba otro ser,
-a él semejante, pero más esbelto, suavemente cubierto de un pelo más
-sedoso, que lo contemplaba con grandes ojos lustrosos y líquidos. Una
-cabellera rubia, de un rubio tostado, caía en espesas ondas hasta sus
-caderas redondeadas, en una plenitud armoniosa y fecunda. De entre
-los brazos, que cruzara, surgían abundantes y erguidos los dos pechos
-de color de madroño, con un vello crespo orlando la mamila, que se
-enristraba entumecida. Y rozando, con un rozar lento, con un rozar muy
-dulce, las rodillas peladas, todo aquel sedoso y tierno ser ofrecíase
-con una sumisión embelesada y lasciva. Era Eva... ¡Eras tú, madre
-venerable!
-
-
-III
-
-Comenzaron entonces para nuestros Padres los días abominables del
-Paraíso.
-
-Su constante y desesperado esfuerzo fue sobrevivir, en medio de una
-Naturaleza que, sin cesar y furiosamente, tramaba su destrucción. ¡Adán
-y Eva pasaron esos tiempos, que los Poemas semíticos celebran como
-inefables, temblando siempre, siempre riñendo y huyendo! La tierra
-aún no era una obra perfecta; y la divina Energía, que la andaba
-componiendo, incesantemente la enmendaba, con inspiración tan móvil,
-que en un lugar cubierto al amanecer por una floresta, de noche, se
-espejaba una laguna en donde la Luna, ya doliente, venía a observar
-su palidez. ¡Cuántas veces nuestros Padres, reposando en la cuesta de
-un otero inocente, entre el serpol y el romero, Adán con el rostro
-descansando sobre el muslo de Eva, Eva con dedos ágiles espulgando
-el pelo de Adán, fueron sacudidos por la pendiente amena como por un
-dorso irritado, y rodaron, confundidos, entre el retumbo, y la llama,
-y la humareda, y la ceniza caliente del volcán que improvisara Jehová!
-Cuántas noches escaparon, aullando, de alguna abrigada caverna, cuando
-ya sobre ella corría un gran mar hinchado que bramaba, se desarrollaba,
-y quedaba hirviendo entre las rocas, con negras focas muertas bogando.
-O cuando no era el suelo, el suelo seguro, ya social y fertilizado para
-las siembras sociables, que de improviso rugía como una fiera, abría
-una insondable garganta y tragaba rebaños, prados, nacientes cosechas,
-benéficos cedros con todas las tórtolas que se arrullaban en ellos.
-
-Después eran las lluvias, las largas lluvias Edénicas, cayendo en
-chorros clamorosos, durante inundados días, durante torrentosas noches,
-tan desmedidamente que del Paraíso, vasto charco barroso, apenas
-aparecían las puntas del arbolado sumergido en el agua, y las cumbres
-de los montes llenas de bichos transidos que bramaban con el terror de
-las aguas sueltas. Entretanto, nuestros Padres, refugiados en alguna
-erguida roca, gemían lamentablemente, escurriéndoseles ríos de los
-hombros y de los pies, de modo que parecía que el barro nuevo de que
-Jehová los hiciera se estaba ya deshaciendo.
-
-Más terríficos aún eran los estíos. ¡Oh, el incomparable tormento
-de las sequías en el Paraíso! Lentos días tristes, tras lentos días
-tristes, la inmensa brasa del sol candente coruscaba furiosamente
-en un cielo de color de cobre, en que el aire bazo y espeso ardía
-y crepitaba. Los montes estallaban agrietados; y las planicies
-desaparecían bajo una ennegrecida capa de hilos retorcidos,
-enmarañados, rígidos como alambres, que eran los restos de los verdes
-pastos. Todo el manchado follaje rodaba en los vientos abrasados, con
-rugidor ruido. El lecho de los ríos chupados tenía la rigidez del
-hierro fundido. El musgo escurría por las rocas, en manera de una piel
-seca que se despega, descubriendo largos huesos. Ardía un bosque cada
-noche, hoguera restallante, de leña resequida, escaldando más la
-bóveda del horno inclemente. Estaba todo el Edén cubierto de buitres y
-cuervos, porque, con tanto animal muerto de hambre y de sed, abundaba
-la carne podrida. La poca agua que restaba en el río, movíase apenas,
-atascada por la masa hirviente de culebras, ranas, nutrias, tortugas,
-refugiadas en aquel último fundamento, lodoso y tibio. Nuestros
-Padres venerables, con las magras costillas arqueadas contra el pelo
-chamuscado, la lengua pendida y más dura que corcho, erraban de fuente
-en fuente, sorbiendo desesperadamente alguna gota que aún brotase, gota
-rara, que silbaba al caer sobre las piedras abrasadas...
-
-Así Adán y Eva huyendo del Fuego, huyendo de la Tierra, huyendo del
-Aire, empezaban la vida en el Jardín de las delicias.
-
-¡En medio de tantos peligros constantes y fragantes, era necesario
-comer! ¡Ah! ¡Comer, qué portentosa empresa para nuestros Padres
-venerables! Sobre todo, desde que Adán (y después Eva, por Adán
-iniciada) habiendo probado los deleites fatales de la carne, ya no
-encontraban sabor, ni hartura, ni decencia en los frutos, en las
-raíces y en las uvas del tiempo de su Animalidad. Las buenas carnes
-no faltaban en el Paraíso, ciertamente. Sería delicioso el salmón
-primitivo, mas nadaba alegremente en las aguas rápidas. Sería sabrosa
-la becada, o el faisán rutilante, nutridos con los granos que el
-Creador considerara buenos, mas volaban por los cielos, en triunfal
-seguridad. El conejo, la liebre... ¡qué ligeros huían por el matorral
-oloroso!... Nuestro Padre, en esos días cándidos, no poseía el anzuelo
-ni la flecha. Por eso, rondaba sin cesar en torno de las lagunas, en
-las márgenes del mar en donde casualmente encallaba bogando algún
-cetáceo muerto. Esos hallazgos de la abundancia eran raros, y la
-triste pareja humana, en sus marchas hambrientas, orillando las aguas,
-conquistaba solamente, aquí y allá, en los peñascos o en la arena
-revuelta, algún feo cangrejo en cuyo duro caparazón se desgarraban
-sus labios. Esas soledades marinas hallábanse también infestadas por
-bandos de fieras que, como Adán, esperaban que la marea arrojase los
-peces vencidos en borrasca o batalla. ¡Cuántas veces nuestros Padres,
-ya con la garra clavada en una tajada de foca o de delfín, huían
-desconsoladamente, sintiendo el paso fofo del horrendo cavernario, o el
-aliento de los osos blancos, bamboleándose por el blanco arenal, bajo
-la blanca indiferencia de la Luna!
-
-De cierto, su ciencia hereditaria de trepar a los árboles, socorrería
-a nuestros Padres en esta conquista de la presa. ¡Cuando acontecía que
-bajo el ramaje del árbol, desde donde ellos, solapadamente, espiaban,
-veían aparecer algún cabrito suelto, o una tortuga moza y bisoña
-arrastrándose hacia la hierba húmeda, tenían banquete seguro! En un
-momento, el cabrito quedaba despedazado, toda su sangre chupada en
-sorbos convulsos; y Eva, nuestra Madre fuerte, gritando sombríamente,
-arrancaba una por una, de entre la concha, las patas de la tortuga...
-¡Cuántas veces, de noche, después de ayunos angustiosos, los Elegidos
-de la Tierra, veíanse forzados a ahuyentar la hiena, con fuertes
-voces, a través de los prados, para robarle un oso fétidamente
-baboseado, que eran ya las sobras de un león harto! Sucedían días
-peores en que el hambre reducía a nuestros Padres a retrogradarse a
-la desagradable frugalidad del tiempo del Árbol; a las hierbas, a los
-brotes, a las raíces amargas, ¡conociendo así, entre la abundancia del
-Paraíso, la primera forma de la Miseria!
-
-¡En el transcurso de estos trabajos, no les desamparaba el terror de
-las fieras! Porque si Adán y Eva comían los bichos flacos y dóciles,
-ellos, al mismo tiempo, eran también una presa apetecida por todos los
-brutos superiores. Comerse a Eva, tan redonda y carnosa, fue de seguro
-el sueño de muchos tigres en los juncales del Paraíso. ¡Cuánto oso,
-ocupado en robar panales de miel en un descarnado tronco de roble, no
-se detuvo, y se balanceó, y se lamió el hocico en una gula más fina, al
-encontrarse, por detrás del ramaje, en un rebrilleo errante del sol, el
-sombrío corpachón de nuestro Padre venerable! Ni el peligro venía solo
-de las hordas hambrientas de carnívoros, mas aun de los lentos y hartos
-herbívoros, el auroco, el uros, el ciervo-elefante, que alegremente
-cornearían y maltratarían a nuestros Padres, por estupidez, desemejanza
-de raza y olor, empleo de vida ociosa. Y aumentábanse aún los que
-mataban y no podían matárseles, porque Miedo, Hambre y Furor, fueron
-las leyes de la vida en el Paraíso.
-
-Claro está que nuestros Padres eran también feroces, de fuerzas
-tremendas, y perfectos en el arte salvador de trepar a las cimas
-frondosas. ¡Mas el leopardo saltaba de rama en rama, sin rumor, con
-una destreza más segura y felina! La boa llegaba con la cabeza hasta
-los vástagos extremos del más levantado cedro para coger los monos, y
-bien podía engullirse a Adán, con aquella obtusa incapacidad que las
-boas tuvieron siempre para distinguir, bajo la similitud de las formas,
-la diversidad de los méritos. ¿De qué valían las garras de Adán, aun
-aliadas a las garras de Eva, contra esos pavorosos leones del Jardín de
-las delicias que la zoología, todavía hoy horripilada, llama el _Leo
-Anticus_? ¿O contra la hiena de las cavernas, tan osada, que en los
-primeros días del génesis, los Ángeles, cuando descendían al Paraíso,
-caminaban siempre con las alas plegadas, por temor de que ella,
-saltando de entre los bambús, no les arrancase las plumas refulgentes?
-¿O contra los perros, los horrendos perros del Paraíso, que atacando en
-cerradas y ululantes huestes, fueron, en los comienzos del Hombre, los
-peores enemigos del Hombre?
-
-Entre toda esta animalidad adversa, Adán no contaba un aliado;
-sus propios parientes, los Antropoides, envidiosos y farsantes,
-le apedreaban con enormes cocos. Solo un animal, y formidable,
-conservaba por el Hombre una majestuosa y pachorrienta simpatía.
-Era el Mastodonte. Mas la anublada inteligencia de nuestro Padre,
-en esos días Edénicos, aún no comprendía la bondad, la justicia, el
-servicial corazón del paquidermo admirable. Por lo cual, cierto de su
-flaqueza y de su aislamiento, vivió durante esos trágicos años, en un
-ansiado terror. Tan ansiado y largo, que su miedo, como una continua
-ondulación, se perpetuó por toda su descendencia, y es el viejo miedo
-de Adán que nos torna inquietos, cuando atravesamos el matorral más
-seguro en la soledad crepuscular.
-
-Y luego consideremos que aún restaban por el Paraíso, entre bichos
-de formas racionales, pulidas, ya preparadas para la prosa noble de
-Mr. de Buffon, algunos de los grotescos monstruos que deshonraron a
-la Creación antes de la madrugada purificadora del 25 de octubre.
-Seguramente Jehová evitó a Adán el degradante honor de vivir en
-el Paraíso en compañía de ese escandaloso engendro a que los
-Paleontologistas, asombrados, dieron el nombre de Iguanodon. En la
-víspera del advenimiento del Hombre, Jehová, muy benévolamente, ahogó
-todos los Iguanodones en el lodo de un pantano, en un rincón escondido
-del Paraíso, donde hoy se extiende Flandres. Pero Adán y Eva aún
-conocieron los Pterodáctilos. ¡Oh, los Pterodáctilos!... Cuerpos de
-Jacaré, escamosos y emplumados; dos lúgubres, negras, carnudas alas de
-murciélago; un pico disparatado, más gordo que el cuerpo, tristemente
-caído, erizado de cientos de dientes, finos como los de una sierra.
-¡Y no volaba! Descendía con las alas muelles y mudas, y en ellas
-arrebujaba la presa como en un paño viscoso y helado para partirla en
-pedazos con los estallantes golpes de sus mandíbulas fétidas. Este
-funambulesco avechucho enturbiaba el cielo del Paraíso con la misma
-abundancia con que los mirlos o las golondrinas cruzan los santos aires
-de Portugal. Torturados los días de nuestros Padres venerables, nunca
-su pobre corazón se agitaba tanto como cuando del lado de allá de los
-montes veníase despeñando con siniestro estridor de alas y picos el
-vuelo de los Pterodáctilos. ¿Cómo sobrevivieron nuestros Padres en
-este Jardín de las delicias? ¡Indudablemente brilló y trabajó mucho la
-espada del Ángel que los guardaba!
-
- * * * * *
-
-¡Pues bien, amigos míos! A todos estos furiosos seres debe el hombre su
-carrera triunfal. Sin los Saurios, y los Pterodáctilos, y la Hiena de
-las cavernas, y el horripilante terror que esparcían, y la necesidad de
-tener, contra su ataque, siempre bestial, una defensa siempre racional,
-la Tierra permanecería siendo un temeroso Paraíso, en donde erraríamos
-todos, desgreñados y desnudos, chupando por las márgenes de los mares,
-las grasas crudas de los monstruos naufragados. Al encogido miedo de
-Adán débese la supremacía de su descendencia. El bicho perseguidor fue
-quien le forzó a subir a las cumbres de la Humanidad. ¡Bien sabedores
-de los orígenes se muestran los poetas Mesopotámicos del génesis en
-aquellos sutiles versículos en que un animal, y el más peligroso, la
-Serpiente, lleva a Adán, por amor de Eva, a coger el fruto del saber!
-Si no rugiese en otro tiempo el León de las cavernas, no trabajaría hoy
-el Hombre de las ciudades, porque la civilización nació del desesperado
-esfuerzo defensivo contra lo Inanimado y lo Inconsciente. Realmente,
-la sociedad es la obra de la fiera. Que la Hiena y el Tigre, en el
-Paraíso, comenzasen por acariciar lánguidamente el hombro peludo de
-Adán con pata amiga, y Adán habríase hecho hermano del Tigre y de la
-Hiena, compartiendo con ellos sus chozas, sus presas, sus ocios y sus
-gustos bravíos, y la Energía inteligente que le había hecho descender
-del Árbol, a seguida se apagaría, dentro de su brutalidad inerte, a la
-manera que se apaga el fuego, aun entre ramas secas, si un frío soplo,
-viniendo de un agujero oscuro, no lo estimula a vivir para vencer la
-frigidez y la oscuridad.
-
-Y una tarde (como enseñaría el exacto Usserius), saliendo Adán y Eva de
-la espesura de un bosque, un oso enorme, el Padre de los Osos, apareció
-delante de ellos, irguió las negras patas, abrió la boca sangrienta...
-Y estando así, cogido, sin refugio, en la apresurada ansia de defender
-a su hembra, el Padre de los Hombres lanzó contra el Padre de los Osos
-el cayado en que se apoyaba, un fuerte retoño de teca, arrancado en el
-bosque, que terminaba en punta aguda... Y el palo atravesó el corazón
-de la fiera.
-
- * * * * *
-
-¡Ah! Verdaderamente, desde esa bendita tarde hubo sobre la tierra un
-Hombre.
-
-Ya era un Hombre, y superior, cuando dio un paso espantado y arrancó
-el palo del pecho del monstruo extendido, y le miró la punta, que
-goteaba sangre, con la frente toda arrugada, en el afán de comprender.
-Resplandecieron sus ojos en un deslumbrado triunfo. Adán comprendiera...
-
-¡Ni se cuidó siquiera de la buena carne del oso! Retornó a la floresta,
-y durante toda la tarde, en tanto la luz se arrastró por las frondas,
-arrancó ramas a los troncos cautelosamente, diestramente, de modo
-que las puntas rompiesen bien afiladas y agudas. ¡Ah! ¡Qué soberbio
-estallar de astas por el hondo bosque, a través de la frescura y
-de la sombra para la obra de la primera Redención! Selva amable,
-que fuiste la primera fábrica, ¡quién supiera en dónde yaces, en tu
-secular sepultura, tornada negro carbón!... Cuando salieron del bosque,
-humeando de sudor para retraerse a la choza distante, nuestros Padres
-venerables se humillaban bajo el peso glorioso de dos grandes haces de
-armas.
-
-Desde entonces no cesan los hechos del Hombre. Los cuervos y los
-chacales aún no habían descarnado la osamenta del Padre de los Osos,
-y ya nuestro Padre raja una punta de su cayado victorioso; entablilla
-en la hendedura uno de esos guijarros afilados y picudos, en los
-cuales a las veces se herían sus patas, descendiendo a la orilla de
-los ríos, y asegura el fino astillazo en la raja, con las vueltas muy
-apretadas de una fibra de enredadera seca. ¡Y he aquí la lanza! Como
-esas piedras no abundan, Adán y Eva ensangrientan las garras, tentando
-hendir los pedruscos redondos de sílex en astillas cortas de manera que
-vengan perfectas, con punta y con filo para rasgar y clavar. Resístese
-la piedra, poco deseosa de ayudar al Hombre, al cual, en los días
-genesíacos del grande octubre, quisiera suplantar (como cuentan las
-prodigiosas crónicas de Backun). Mas de nuevo ilumínase la faz de Adán,
-con una idea que la surca, como chispa emanada de la Eterna Sabiduría.
-Coge un pedrusco, bate la roca, arranca la astilla... ¡Y he aquí el
-martillo!
-
-Pasado algún tiempo, en otra tarde bendita, costeando una oscura y
-bravía colina, avizora, con aquellos ojos que ya rebuscan y comparan,
-un guijarro negro, áspero, facetado, sombríamente lúcido. Se asombra
-de su peso, y a seguida presiente en él un mazo superior, de decisiva
-dureza. ¡Con qué alborozo lo lleva, agarrado contra el pecho, para
-romper el sílex rebelde! Adán acudió a la orilla del río, en donde Eva
-le esperaba, y martilleó reciamente sobre el pedernal... ¡Oh, espanto!
-¡Salta una chispa, refulge, muere! ¡Ambos retroceden, se miran con un
-terror casi sagrado! Es una luz, una luz viva, que arrancó él mismo con
-sus manos de la roca bruta, semejante a la luz que radia de entre las
-nubes. Bate de nuevo, temblando. La chispa brilla, la chispa pasa, y
-Adán remira y olfatea el oscuro guijarro. No comprende. Nuestros Padres
-venerables, pensativos, con los cabellos al viento, tomaron la vuelta
-de la choza acostumbrada, que se halla en la pendiente de un cerro,
-junto a una fuente que borbotea entre helechos.
-
-Pero a solas, Adán, en su retiro, con una curiosidad en donde late una
-esperanza, de nuevo entablilla el sílex, grande como una calabaza,
-entre los callosos pies, y recomienza a martillear, bajo el aliento de
-Eva, que apoyada de bruces, sopla. La chispa salta siempre, y rebrilla
-en la sombra, tan refulgente como aquellas luces que ahora palpitan,
-miran, desde allá, de las alturas. Pero aquellas luces permanecen,
-a través de la negrura del cielo y de la noche, vivas, espiando en
-su radiación. Y aquellas estrellitas de piedra, apenas viven, y ya
-mueren... ¿Se las llevaría el viento, que se lleva todo, voces, nubes
-y hojas? Para huir del viento malévolo que ronda en el monte, nuestro
-Padre venerable se alonga hasta el fondo más abrigado de la caverna,
-en donde se afofan las capas de heno muy seco, que forman su lecho.
-De nuevo hiere la piedra, despidiendo chispa tras chispa, en tanto
-Eva, agachada, abriga con las manos aquellos refulgentes y fugitivos
-seres. Estando en esto, he aquí que del heno se eleva una columnita de
-humo, que aumenta, se enrosca, y a través de la cual, rojea y resalta
-una llama... ¡Es el fuego! Nuestros Padres huyen desoladamente de la
-caverna, oscurecida por una humareda olorosa, en donde flamean alegres,
-rutilantes lenguas, que lamen la roca. Acurrucados en la puerta de la
-choza, ambos, tomados del pasmo y terror de su obra, míranse, con los
-ojos llorosos por el humo acre; mas a pesar del susto y del espanto,
-sienten una nueva dulzura que los penetra y que de seguro viene de
-aquella luz y de aquel calor... Ya el humo se escapó de la caverna;
-el viento robador se lo llevó. Arrástranse las llamas, inciertas y
-azuladas; a poco, solo resta una ceniza mezclada con algunas brasas que
-palidece, y se abate hecha carbón: la última chispa corre, se estremece
-y pasa. ¡Murió el fuego! Entonces, en el alma naciente de Adán, entra
-el dolor de una ruina. Chupa desesperadamente los grandes labios y
-gime. ¿Sabrá jamás recomenzar el hecho maravilloso?... Nuestra madre,
-ya consoladora, es quien le consuela con sus rudas manos conmovidas,
-porque realiza su primera obra sobre la tierra; junta otro montón de
-heno seco, coloca encima el sílex redondo, toma el oscuro guijarro,
-bate fuertemente, produciendo un chispear de estrellitas, y de nuevo
-se inicia el humo y otra vez refulge la llama. ¡Oh, triunfo, he ahí la
-hoguera, la hoguera inicial del Paraíso, y no casualmente nacida, sino
-encendida por una clara voluntad, que ahora, para todo, y siempre, cada
-día y cada mañana, podrá repetir con seguridad la hazaña suprema!
-
-A nuestra madre venerable pertenece, desde entonces, en la choza, la
-dulce y augusta tarea de la Lumbre. Ella la cría, la nutre, ella la
-defiende, ella la perpetúa. Como madre deslumbrada, va descubriendo
-día por día, en ese resplandeciente hijo de sus cuidados, una virtud
-o gracia nuevas. Ahora ya sabe Adán que su fuego espanta a todas las
-fieras, y que, al fin, existe en el Paraíso una cueva segura, que es
-la suya. No solo segura, sino amable, porque el fuego la alumbra, la
-calienta, la alegra y la purifica. Así que cuando Adán, con un haz de
-lanzas, desciende a la planicie o se embreña en la selva para cazar,
-ya mata con ansia redoblada, a fin de retornar lo más pronto a aquella
-seguridad y consolación de la lumbre. ¡Ah, qué dulcemente le penetra, y
-le seca en el cabello la frialdad de las matas, y dora como un sol los
-peñascos de su choza! Y, además, le cautiva los ojos, y lo exalta, y lo
-guía en un soñar fecundo, en que inspiradamente se le aparecen formas
-de flechas, martillos con mango, gruesos cuervos que pescan los peces,
-astillas dentadas que sierran el palo... ¡A su fuerte hembra debe Adán
-esta hora creadora!
-
-¡Y cuánto no le debe la Humanidad! Recordemos, hermanos, que nuestra
-Madre, con aquella adivinación superior que más tarde la tornó
-Profetisa y Sibila, no vaciló, cuando la serpiente le dijo, coleando
-entre las Rosas: «¡Come del fruto del saber, que tus ojos se abrirán, y
-serás como los Dioses sabios!» Adán se habría engullido la serpiente,
-bocado más suculento. Es de creer que no tendría mucha fe en frutos
-que comunican la Divinidad y Sapiencia, quien, como él, tanta fruta
-comiera en los árboles, y se conservaba ignorante y bestial como el
-oso y el auroco. En cambio, Eva, con la sublime credulidad que siempre
-en el mundo opera las transformaciones sublimes, a seguida se comió la
-manzana, la cáscara y la pepita. ¡Y persuadiendo a Adán a que tomase
-parte del transcendente fruto, muy dulce y enredosamente le convenció
-del provecho, de la felicidad, de la gloria y de la fuerza que da
-el saber! Esta alegoría de los poetas del génesis, nos revela, con
-espléndida sutileza, la inmensa obra de Eva, en los años dolorosos
-del Paraíso. Solo por ella continúa Dios la Creación superior, la del
-Reino espiritual, la que desarrolla sobre la tierra el lar, la familia,
-la tribu, la ciudad. ¡Eva es quien cimenta y bate las grandes piedras
-angulares en la construcción de la Humanidad!
-
-¡Si no, ved! Cuando el bravío cazador retráese a la caverna, derrengado
-bajo el peso de la caza muerta, oliendo toda a selva y a sangre, y
-a fiera, él es seguramente el que desuella la res, y la corta en
-pedazos, descarna los huesos (que ávidamente guarda bajo el muslo,
-y reserva para su ración porque contienen la molleja preciosa), mas
-Eva junta esa piel, cuidadosamente, con las otras pieles almacenadas;
-esconde los huesos partidos, porque sus astillas agudas clavan y
-agujerean, y en una fresca cavidad de roca guarda la carne que sobró.
-Al cabo de un tiempo, una de esas abundantes tajadas olvídase, caída
-cerca de la hoguera perpetua. Extiéndese la lumbre, y lame lentamente
-la carne por el lado más gordo, hasta que un olor, desconocido y
-sabroso, agasaja y alarga las rudas ventanas de la nariz de nuestra
-Madre venerable. ¿De dónde viene el gustoso aroma? Del fuego, en el
-cual la tajada de venado o de liebre está entre ascuas y rechina.
-Entonces Eva, inspirada y grave, empuja la carne para la brasa viva;
-y espera, arrodillada, hasta que la espeta con la punta de un hueso,
-la retira de la llama ruidosa, y se la come, en sombrío silencio. Sus
-ojos brillantes anuncian otra conquista. ¡Y con la misma prisa amorosa
-con que ofreciera a Adán la manzana, le presenta ahora aquella carne
-tan diferente, que él huele desconfiado y después devora a dentelladas
-abiertas, roncando de gozo! ¡Y he aquí, cómo por medio de este pedazo
-de gamo asado, nuestros Padres suben victoriosamente otro escalón de la
-Humanidad!
-
-El agua todavía la beben en el manantial vecino, entre los helechos,
-con la faz sumergida en la vena clara. Después de beber, Adán,
-arrimado a su enorme lanza, mira a lo lejos el discurrir lento del
-río, los montes coronados de nieve o de fuego, el sol sobre el mar,
-pensando, con arrastrado pensar, si en esas tierras que se extienden
-y se esconden más allá, la presa será más cierta y las selvas menos
-cerradas. Eva retorna luego a la caverna, para entregarse, sin
-descanso, a una tarea que la encanta. Enovillada en el suelo, toda
-atenta bajo la melena crespa, nuestra Madre hace, con un huesecito
-agudo, finos agujeros en la orla de una piel, y luego en la orla
-de otra piel. Tan embebida se halla en su labor, que no siente a
-Adán entrar y revolver en sus armas, mientras une las dos pieles
-sobrepuestas, pasando a través de los agujeros una delgada fibra de
-algas, que secan delante del fuego. Adán considera con desdén ese
-trabajo menudo que no aumenta fuerza a su fuerza. ¡El bruto Padre no
-presiente aún que aquellas pieles cosidas serán el resguardo de su
-cuerpo, la armazón de su tienda, el saco de su ropa, el odre de su agua
-y el tambor en que bata cuando sea un guerrero, y la página en que
-escriba cuando sea un Profeta!
-
-Otros gustos y modos de Eva también le irritan; y a las veces, con
-una inhumanidad que ya es toda humana, nuestro Padre agarra por los
-cabellos a su hembra y la derriba y la pisa bajo la pata callosa; un
-furor así, le tomó una tarde, viendo, en el regazo de Eva, sentada
-delante de la hoguera, un cachorrito flojo y renco, que ella, con
-cariño y paciencia, enseñaba a chupar en una fibra de carne fresca. Al
-borde de la fuente descubriera el cachorrito perdido y gañendo, y muy
-mansamente lo recogiera, lo calentara, lo alimentara, con una sensación
-que le era dulce, y le abría en la espesa boca, aún mal sabedora de
-sonreír, una sonrisa de maternidad. Nuestro Padre venerable, con las
-pupilas relucientes, lanza la garra y pretende devorar al cachorro que
-entrara en su choza. Mas Eva defiende al animalito, que tiembla y la
-lame. ¡El primer sentimiento de caridad, informe como la primera flor
-que brotó de las algas, aparece en la tierra! Con las cortas y gangosas
-voces que eran el habla de nuestros Padres, Eva intenta acaso afianzar
-que será útil la amistad de un bicho en la caverna del hombre... Adán
-chúpase el labio trompudo. Después, en silencio, mansamente, corre los
-dedos por el lomo blando del cachorrito encogido. ¡En la Historia, este
-es un momento espantoso! ¡He aquí que el Hombre domestica al Animal! De
-ese cachorro agasajado en el Paraíso, nacerá el perro amigo, por él la
-alianza con el caballo, después el dominio sobre la oveja. El rebaño
-crecerá; el pastor lo llevará; el perro fiel lo guardará. Junto a la
-lumbre, Eva prepara los pueblos errantes que pastorearán los ganados.
-
-Después, en aquellas largas mañanas en que el bravío Adán cazaba, Eva,
-errando por los valles y los montes, cogía conchas, huevos de aves,
-curiosas raíces, semillas, por el gusto de acumular, de abastecer su
-choza de nuevas riquezas, que escondía en las hendeduras de la roca.
-
-Sucedió que un puñado de esas semillas cayera, por entre sus dedos,
-sobre la tierra húmeda y negra, cuando se recogía por el borde de la
-fuente. Brotó una puntita verde; después creció una vara; más tarde,
-maduró una espiga. Sus granos son gustosos. Eva, pensativa, entierra
-otras semillas con la esperanza de crear en torno de su lar, en un
-pedazo de su terreno, altas hierbas que frutezcan y le traigan el grano
-endulzado y tierno...
-
-¡Y he ahí la siembra! Del fondo del Paraíso, nuestra Madre hace
-posibles los pueblos estables que labrarán la tierra.
-
- * * * * *
-
-Entretanto, bien podemos suponer que nació Abel, y, unos detrás de
-otros, deslízanse los días en el Paraíso, más seguros y fáciles.
-Lentamente vanse apagando los volcanes. Las rocas ya no se despeñan
-con fragor sobre la inocente abundancia de los valles. Discurren
-tan amansadas las aguas, que en su transparencia se miran, con
-demora y cuidado, las nubes y las ramas de los olmos. Raras veces un
-Pterodáctilo macula, con el escándalo de su pico y de sus alas, los
-cielos, en donde el sol alterna con la bruma, y los estíos se franjan
-de lluvias ligeras. En esta tranquilidad que se establece hay como
-una sumisión consciente. El Mundo presiente y acepta la supremacía
-del hombre. Ya no arde la floresta con la ligereza del rastrojo,
-sabiendo que muy pronto el Hombre le pedirá la estaca, la madera, el
-remo, el palo. En las gargantas de la Sierra, el viento se disciplina
-blandamente, y ensaya los soplos regulares con que trabajará la piedra
-del molino. El mar ahogó sus monstruos, y estira el dorso preparado,
-que le ha de cortar la quilla. La tierra hace estable su suelo, para
-cuando llegue el arado y la semilla. Y todos los metales se alinean en
-filón, y se disponen alegremente para el fuego que les ha de dar forma
-y belleza.
-
-Por la tarde, Adán toma la vuelta de la choza contento, con caza
-abundante. El hogar flamea y alumbra la faz de nuestro Padre, que el
-esfuerzo de la vida embelleció, en donde ya los labios se adelgazan,
-y la cabeza se llenó con el lento pensar, y los ojos sosiegan, con un
-brillo más seguro. El cordero, espetado en un palo, se asa y gotea en
-las brasas. Posan en el suelo cortezas de coco llenas de agua clara
-de la fuente. Una piel de oso tornó blando el lecho de los helechos.
-Otra piel, colgada, abriga la boca de la caverna. En un rincón, que es
-el almacén, están los montones de sílex y el martillo, y en otro, que
-es el arsenal, están las lanzas y los huesos. Eva tuerce los hilos de
-una lana de cabra. Sobre un montón de hojas, junto a la lumbre, duerme
-Abel, muy gordo, todo desnudo, con un pelo más ralo en una carnecilla
-más blanca. Participando del montón de hojas y del mismo calor, vela
-el perro, ya crecido, con el mirar amable y el hocico entre las patas.
-¡Y Adán (¡Oh, extraña tarea!) muy absorto, intenta grabar, con la
-punta de una piedra, sobre un ancho hueso, los cuernos, el dorso y las
-piernas estiradas de un ciervo corriendo!... Estalla la leña. Todas
-las estrellas del cielo están presentes. Dios, pensativo, contempla el
-crecer de la Humanidad.
-
- * * * * *
-
-Y ahora que encendí, en la noche estrellada del Paraíso, con vástagos
-bien secos del Árbol de la Ciencia, este verídico lar, consentid que os
-deje, ¡oh Padres venerables!
-
-Ya no temo que la Tierra inestable os aplaste, o que las fieras
-superiores os devoren, o que, apagada, a la manera de una lámpara
-imperfecta, la Energía que os traje de la Floresta, os retrogradéis
-a vuestro Árbol ¡Ya sois irremediablemente humanos, y, mañana por
-mañana, progresaréis, con tan poderoso arrojo, para la perfección del
-Cuerpo y esplendor de la Razón, que en breve, dentro de unas centenas
-de millares de cortos años, Eva será la hermosa Helena, y Adán será el
-inmenso Aristóteles!
-
-¡Mas no sé si os felicite, oh Padres venerables! Otros hermanos
-vuestros quedaron en la espesura de los árboles, y su vida es dulce.
-El orangután despierta todas las mañanas entre sus sábanas de hojas,
-sobre el fofo colchón de musgo que él, con cuidado, acamó por encima
-de un catre de ramas olorosas. Lánguidamente, sin recelos, desperézase
-en la molicie del musgo, escuchando las límpidas arias de los pájaros,
-gozando los hilos del sol que se enmarañan por entre el encaje de
-las hojas y lamiendo en el pelo de sus brazos el orvallo azucarado.
-Después de rascarse y refregarse bien, sube con pachorra al árbol
-dilecto, que eligió entre todos los del bosque por su frescura y
-por la elasticidad balanceadora de su ramaje. Desde allí, habiendo
-respirado la brisa cargada de aromas, salta, con rápidos brincos, a
-través de las siempre fáciles, siempre hartas despensas del bosque, en
-donde almuerza bananas, mangos, guayaba y todos los delicados frutos
-que le tornan tan sano y ajeno a males como los árboles en los cuales
-los cogió. Recorre luego sociablemente las calles y las callejuelas
-parleras de la espesura; cabriolea con diestros amigos en amables
-juegos de fuerza y ligereza; galantea a las orangutanas gentiles que
-le buscan, y, suspendidas con él de un columpio florido, se balancean
-charlando; trota, entre alegres bandos, por la margen de las aguas
-claras, o, sentado en la punta de una rama, escucha a algún viejo y
-facundo chimpancé contar divertidas historias de caza, de viajes, de
-amores y de mofas a las fieras pesadas que circulan por el césped y
-no pueden trepar; se recoge temprano a su árbol y, extendido en la
-hojosa red, se abandona blandamente a la delicia de soñar, en un sueño
-despierto, semejante a nuestras Metafísicas y a nuestras Epopeyas,
-sino que, rodando todo sobre sensaciones reales, es, al contrario de
-nuestros inciertos sueños, un sueño hecho todo de certeza. Lentamente,
-la Floresta se calla; la sombra adénsase entre los troncos, y el
-orangután, dichoso, retorna a su catre de musgo y se adormece en la
-inmensa paz de Dios, de Dios, al cual nunca se cansó en comentar,
-ni siquiera en negar, y que todavía derrama sobre él, con imparcial
-cariño, los bienes enteros de su misericordia.
-
-De esta manera ocupó su día el orangután en los árboles. En tanto,
-¿cómo gastó el suyo, en las ciudades, el Hombre, primo del orangután?
-¡Sufriendo, por tener los dones superiores que faltan al orangután!
-¡Sufriendo, por arrastrar consigo, irrevocablemente, ese mal incurable
-que es su alma! Sufriendo, porque nuestro Padre Adán, en el terrible
-día 23 de octubre, después de avizorar y olfatear el Paraíso, no
-osó declarar reverentemente al Señor: «¡Muchas gracias, oh mi dulce
-Creador; da el gobierno de la Tierra a quien mejor eligieres, al
-elefante o al canguro, que yo por mí, un poco más avisado, vuelvo ya
-para mi árbol!...»
-
-Mas, en fin, ya que nuestro Padre venerable no tuvo la prevención o
-la abnegación de declinar la grande supremacía, continuemos reinando
-sobre la creación y siendo sublimes... Sobre todo, continuemos usando,
-insaciablemente, del don mejor que Dios nos concedió entre todos los
-dones, el más puro, el único genuinamente grande: el don de amarle,
-pues que no nos concedió también el don de comprenderle. Y no olvidemos
-que Él ya nos enseñó, a través de voces levantadas en Galilea y bajo
-los mangles de Veluvana, y en los valles severos de Yen-Chou, que la
-mejor manera de amarle es que unos a otros nos amemos, y que amemos
-toda su obra, hasta el gusano, y la roca dura, y la raíz venenosa,
-y hasta esos vastos seres que no parecen necesitar de nuestro amor,
-esos Soles, esos Mundos, esas diseminadas Nebulosas que, inicialmente
-encerradas, como nosotros, en la mano de Dios, y hechas de nuestra
-sustancia, ni nos aman, ni tal vez nos conocen.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-UN POETA LÍRICO
-
-
-Aquí está, sencillamente, sin frases y adornos, la triste historia del
-poeta Korriscosso. De todos los poetas líricos de que tengo noticia,
-este es, ciertamente, el más infeliz. Le conocí en Londres, en el hotel
-de Charing-Cross, en un amanecer helado de diciembre. Había yo llegado
-del Continente, desfallecido por dos horas de Canal de la Mancha...
-¡Ah, qué mar! Y eso que era solo una brisa fresca del Noroeste; mas
-allí, en la cubierta, por debajo de una capa de hule, con la cual un
-marino me había cubierto como se cubre un cuerpo muerto, fustigado por
-la nieve y por las olas, oprimido por aquella tiniebla tumultuosa que
-el barco iba rompiendo a estruendos y encontrones, parecíame un tifón
-de los mares de la China...
-
-Apenas entré en el hotel, helado y aún mal despierto, corrí a la vasta
-chimenea del _hall_ y allí quedé saturándome de aquella paz caliente
-en que estaba la sala adormecida, con los ojos beatíficamente puestos
-en la buena brasa escarlata. Y estando así fue cuando vi aquella
-figura flaca y larga, ya de frac y corbata blanca, que del otro lado
-de la chimenea, en pie, con la taciturna tristeza de una cigüeña
-pensativa, miraba también los carbones ardientes, con una servilleta
-debajo del brazo. Mas el portero había cogido mi equipaje y fue a
-inscribirme en el _bureau_. La tenedora de libros, tiesa y rubia, con
-un perfil anticuado de medalla usada, dejó su crochet al lado de su
-taza de té, acarició con un gesto dulce sus dos bandos rubios, escribió
-correctamente mi nombre, con el dedo meñique erecto, haciendo rebrillar
-un diamante, y ya me encaminaba hacia la amplia escalera, cuando la
-figura magra y fatal se dobló en un ángulo, murmurándome en un inglés
-silabeado:
-
---Ya está servido el desayuno de las siete...
-
-Yo no quería el desayuno de las siete, y me fui a dormir.
-
-Más tarde, ya reposado, fresco del baño, cuando descendí al restorán
-para el _lunch_, a seguida eché de ver, plantado melancólicamente al
-pie de la ancha ventana, al individuo flaco y triste. La sala estaba
-desierta, con una luz parda; las chimeneas bramaban; del lado de fuera
-de los ventanales, en el silencio de domingo, en las calles mudas,
-la nieve caía sin cesar de un cielo amarillento y empañado. Yo veía
-apenas la espalda del hombre; mas advertíase en su línea magra y un
-poco doblada una expresión tan evidente de desaliento, que me interesé
-por aquella figura. El cabello largo, de tenor, caído sobre el cuello
-del frac, era, manifiestamente, de un meridional, y toda su flacura
-friolenta se encogía ante el aspecto de aquellos tejados cubiertos de
-nieve, en la sensación de aquel silencio lívido... Le llamé. Cuando se
-volvió, su fisonomía, que apenas entreviera la víspera, impresionome:
-era una cara larga y triste, muy morena, de nariz judaica, y una barba
-corta y rizada, una barba de Cristo en estampa romántica; la cabeza era
-de estas que, en buena literatura, se llama, creo yo, _frente_; era
-larga y lustrosa. Tenía el mirar hundido y vago, con una indecisión de
-sueño nadando en un fluido enternecido... ¡Y qué magrez! Andando, el
-calzón corto torcíase en torno de la canilla, como arrugas de bandera
-alrededor del asta; el frac tenía dobleces de amplia túnica; los dos
-faldones, agudos y largos, eran desgraciadamente grotescos. Recibió la
-orden de mi almuerzo sin mirarme, con un tedio resignado; arrastrose
-hasta el _comptoir_ en donde el _maître d’hôtel_ leía la _Biblia_, se
-pasó la mano por la cabeza con un gesto errante y doliente, y díjole
-con una voz sorda:
-
---Número 307. Dos chuletas. Té...
-
-El _maître d’hôtel_ alargó la _Biblia_, inscribió el menú, y yo me
-acomodé en la mesa y abrí el volumen de Tennyson que trajera para
-almorzar conmigo --porque creo que les dije que era domingo, día sin
-periódicos y sin pan fresco. Afuera continuaba nevando sobre la ciudad
-muda. En una mesa distante, un viejo color de ladrillo, y de cabello y
-de barbas blancas, que acababa de almorzar, dormitaba, con las manos
-descansando en el vientre, la boca abierta, y unas gafas en lo más
-avanzado de la nariz. El único rumor que venía de la calle era una
-voz gimiente que la nieve sofocaba más, una voz mendicante que en la
-esquina contigua garganteaba un salmo... Un domingo de Londres.
-
-El magro fue quien me trajo el almuerzo: apenas se aproximó, comprendí
-en seguida que aquel volumen de Tennyson en mis manos, le había
-interesado e impresionado; fue un mirar rápido, golosamente pasado
-por la página abierta, un estremecimiento casi imperceptible, emoción
-fugitiva de cierto, porque después de haber dejado el servicio, giró
-sobre los tacones y fue a plantarse, melancólicamente, junto a la
-ventana, con los ojos tristes, perdidos en la nieve triste. Yo atribuí
-aquel movimiento curioso al esplendor de la encuadernación del volumen,
-que eran _Los Idilios del Rey_, en marroquín negro, con el escudo de
-armas de Lançarote del Lago, el pelícano de oro sobre un mar de sinople.
-
-A la noche partí en el expreso para Escocia, y aún no había pasado
-York, adormecido en su gravedad episcopal, cuando ya me olvidara del
-criado novelesco del restorán de Charing-Cross: mas de allí a un mes,
-al volver a Londres, entrando en el restorán, y reviendo aquella figura
-lenta y fatal atravesar con un plato de _roast-beef_ en una de las
-manos y en la otra un _pudding_ de batata, sentí renacer el antiguo
-interés. Y en esa misma noche, tuve la singular felicidad de saber su
-nombre y de entrever un fragmento de su pasado. Era ya tarde, y yo
-volvía de _Covent-Garden_, cuando en el _hall_ del hotel encontré,
-majestuoso y próspero, a mi amigo Bracolletti.
-
-¿No conocen a Bracolletti? Su presencia es formidable; tiene la
-amplitud panzuda, la densa barba negra, la lentitud, el ceremonial
-de un pachá gordo; mas esta poderosa gravedad turca está amenizada
-en Bracolletti, por la sonrisa y por el mirar. ¡Qué mirar! Un mirar
-dulce, que me hace recordar el de los animales de la Siria: es el
-mismo enternecimiento. Parece errar en su fluido suave la religiosidad
-afable de las razas que dan los Mesías... ¡Y la sonrisa! La sonrisa de
-Bracolletti es la más completa, la más perfecta, la más rica de las
-expresiones humanas; hay finura, inocencia, bondad, abandono, dulce
-ironía, persuasión en aquellos dos labios que se abren y dejan brillar
-un esmalte de dientes de virgen... ¡Ah, pero también esta sonrisa en la
-fortuna de Bracolletti!
-
-Moralmente, Bracolletti es un hábil. Nació en Esmirna, de padres
-griegos; es todo lo que revela; por lo demás, cuando se le pregunta por
-su pasado, el buen griego bambolea un momento la cabeza, esconde bajo
-los párpados cerrados con inocencia sus ojos mahometanos, desabrocha la
-sonrisa de una dulzura capaz de tentar a las abejas, y murmura, como
-anegado en bondad y en enternecimiento:
-
---_¡Eh! ¡mon Dieu!... ¡Eh! ¡mon Dieu!..._
-
-Nada más. Parece, sin embargo, que viajó, porque conoce el Perú, la
-Crimea, el Cabo de Buena Esperanza, los países exóticos, tan bien como
-_Regent-Street_: mas es evidente para todos que su existencia no fue
-tejida como la de los vulgares aventureros de Levante, de oro y estopa,
-de esplendores y mezquindades; es un gordo, y, por tanto, un prudente:
-su magnífico solitario nunca dejó de brillarle en el dedo: ningún
-frío le sorprendió jamás sin un abrigo de pieles de dos mil francos; y
-ni una sola semana deja de ganar, en el _Fraternal Club_, del cual es
-miembro querido, sus diez libras al whist. Es un fuerte.
-
-Tiene una debilidad. Es singularmente goloso de niñitas de doce a
-catorce años: le gustan flacuchas, muy rubias y que hablen mal.
-Colecciónalas como pajaritos en jaula, metiéndoles la papilla en el
-pico, oyéndolas parlotear todo baboso, animándolas a que le roben los
-_shillings_ del bolsillo, gozando el desenvolvimiento de los vicios en
-aquellas flores, poniéndoles al alcance las botellas de _gin_ para que
-los angelitos se emborrachen; y cuando alguna, excitada por el alcohol,
-con el cabello al aire y el rostro encendido, le injuria, le arranca
-los pelos, babea obscenidades, el buen Bracolletti, hundido en el sofá,
-con las manos beatíficamente cruzadas sobre la panza, el mirar ahogado
-en éxtasis, murmura en su italiano de la costa siria:
-
---¡_Piccolina_! ¡_Gentilleta_!
-
---¡Querido Bracolletti!
-
-Realmente le abracé con placer, en esa noche, en Charing-Cross; y como
-no nos veíamos desde hacía tiempo, fuimos a cenar juntos al restorán.
-Allí estaba el criado triste, en su _comptoir_, curvado sobre el
-_Journal des Débats_. Apenas apareció Bracolletti con su majestad
-de obeso, el hombre le extendió silenciosamente la mano: fue un
-_shake-hands_ solemne, enternecido y sincero.
-
-¡Santo Dios, eran amigos! Arrastré a Bracolletti hasta el fondo de la
-sala, y vibrando de curiosidad, le interrogué con avidez. Quería, lo
-primero, el nombre del hombre.
-
---Llámase Korriscosso --díjome Bracolletti, grave.
-
-Luego quise saber su historia. Pero Bracolletti, como los dioses de
-Ática, que en sus embarazos recogíanse a sus nubes, él también se
-refugió en su vaga reticencia.
-
---_¡Eh, mon Dieu! ¡Eh, mon Dieu!..._
-
---No, no, Bracolletti. Veamos. Quiero saber la historia... Aquella faz
-fatal y byroniana debe tener una historia...
-
-Entonces Bracolletti tomó todo el aire cándido que le permiten su
-panza y sus barbas, y me confesó, dejando caer las palabras a gotas,
-que entrambos habían viajado juntos en Bulgaria y en Montenegro...
-Korriscosso fue su secretario... Buena letra... Tiempos difíciles...
-_¡Eh, mon Dieu!..._
-
---¿De dónde es?
-
-Bracolletti respondió sin vacilar, bajando la voz, con un gesto lleno
-de desconsideración:
-
---Es un griego de Atenas.
-
-Todo mi interés sumiose como el agua que la arena absorbe. Cuando se
-ha viajado por Oriente, con escalas en Levante, adquiérese fácilmente
-el hábito, tal vez injusto, de sospechar del griego: ante los primeros
-que se ven, sobre todo teniendo una educación universitaria y clásica,
-se enciende un poco el entusiasmo, piénsase en Alcibiades y en
-Platón, en las glorias de una raza estética y libre, y perfílanse
-en la imaginación las líneas augustas del Partenón. Pero después de
-haberlos frecuentado en las mesas redondas y en las cubiertas de las
-_Messageries_, y principalmente, luego de haber escuchado la leyenda
-de bellaquería que han ido dejando desde Esmirna hasta Túnez, los
-demás que se tropiezan, provocan apenas estos movimientos: abotonar
-rápidamente la chaqueta, cruzar con todas las fuerzas los brazos
-sobre la cadena del reloj, y aguzar el intelecto para rechazar la
-_escroquerie_. La causa de esta funesta reputación es que la gente
-griega que emigra para las escalas de Levante, es una plebe torpe,
-parte pirata y parte servil, bando de rapiña astuto y perverso. De que
-supe que Korriscosso era griego, me acordé a seguida que, en mi última
-estancia en Charing-Cross, me desapareciera del cuarto mi bello volumen
-de Tennyson, y recordé el mirar de gula y de rapiña que Korriscosso
-clavaba en él... ¡Era un bandido!
-
-Mientras cenamos, no se habló nada de Korriscosso. Servíanos otro
-criado rubio, honesto y sano. El lúgubre Korriscosso no se movió del
-_comptoir_, abismado en el _Journal des Débats_.
-
-Yendo de retirada a mi cuarto, en esa misma noche, me perdí... El
-hotel estaba atestado, y a mí me habían dado acomodo en aquellos
-altos de Charing-Cross, una complicación de corredores, escaleras,
-rincones, ángulos, en donde es casi necesario derrotero y brújula.
-Con el candelero en la mano, penetré en un pasadizo por el cual
-corría una bocanada de aire tibio de callejuela mal aireada. Allí las
-puertas no tenían números; unos pequeños cartones pegados, en los que
-se hallaban nombres inscritos: _John Smith_, _Charlie_, _Willie_...
-Eran evidentemente las habitaciones de los criados. De una puerta
-abierta, salía la claridad de un mechero de gas: me adelanté, y vi a
-Korriscosso, de frac todavía, sentado ante una mesa llena de papeles,
-con la cabeza descansando sobre la mano, escribiendo:
-
---¿Me puede indicar el camino para el 508? --balbucí.
-
-Volviose para mí, con un mirar atontado; parecía resurgir de muy lejos,
-de otro universo; restregábase los párpados, repitiendo:
-
---¿Quinientos ocho? ¿Quinientos ocho?
-
-¡Entonces fue cuando avisté sobre la mesa, entre papeles, cuellos
-sucios y un rosario, mi volumen de Tennyson! El bandido vio también mi
-mirada, y acusose a seguida con un enrojecimiento que le inundó la faz
-chupada; mi primer movimiento fue el de no reconocer el libro; y como
-era un movimiento bueno, obedeciendo de contado a la moral superior
-del maestro Talleyrand, lo reprimí, y apuntando al volumen con un dedo
-severo, un dedo de Providencia irritada, díjele:
-
---Es mi Tennyson...
-
-No sé qué respuesta tartamudeó, porque yo, apiadado, poseído también
-del interés que me daba aquella figura picaresca de griego sentimental,
-añadí en un tono reparado de perdón y de justificación:
-
---¡Gran poeta! ¿verdad? ¿Qué le pareció? Estoy seguro que le
-entusiasmó...
-
-Korriscosso se abochornó más; y no era, sin embargo, el despecho
-humillado de salteador sorprendido lo que delataba, sino la vergüenza
-de ver su inteligencia y su gusto poético adivinados, y de tener puesto
-el frac usado de criado de restorán. No respondió; mas las páginas del
-volumen que yo abrí, respondieron por él: la blancura de las márgenes
-desaparecía bajo una red de comentarios escritos con lápiz: _¡Sublime!
-¡Grandioso! ¡Divino!_ palabras anotadas con una letra convulsiva, con
-un temblor de mano agitada por una sensibilidad vibrante.
-
-En tanto, Korriscosso permanecía en pie, respetuoso, culpado, con la
-cabeza baja y el lazo de la corbata blanca huyendo hacia la nuca.
-¡Pobre Korriscosso! Compadecime de aquella actitud, revelando todo
-un pasado sin suerte, tantas tristezas de dependencia... Recordé que
-nada impresiona tanto a hombre de Levante como un gesto de drama y de
-teatro: le extendí las dos manos en un movimiento a la manera de Talma,
-y le dije:
-
---Yo también soy poeta...
-
-Esta frase extraordinaria parecería grotesca e imprudente a un hombre
-del Norte; el levantino vio al punto en ella la expansión de un alma
-hermana. Porque, ¿no os lo dije?; lo que Korriscosso estaba escribiendo
-en una hoja de papel eran estrofas, era una oda.
-
-Al cabo de unos minutos, con la puerta cerrada, Korriscosso contábame
-su historia, o más bien, fragmentos, anécdotas deshermanadas de su
-biografía. Es tan triste, que la condenso. De otra parte, había en su
-narración lagunas de años; y yo no puedo reconstituir con lógica y
-seguimiento la historia de este sentimental. Todo es vago y sospechoso.
-Efectivamente, nació en Atenas; parece que su padre era cargador en
-el Pireo. A los diez y ocho años Korriscosso servía de criado a un
-médico, y en los intervalos del servicio frecuentaba la Universidad de
-Atenas: estas cosas son corrientes _là-bas_, como él decía. Licenciose
-en leyes; esto le habilitó más tarde, en tiempos difíciles, para ser
-intérprete de hotel. De esa época datan sus primeras elegías en un
-semanario lírico intitulado _Ecos del Ática_. La literatura condújole
-directamente a la política y a las ambiciones parlamentarias. Una
-pasión, una crisis patética, un mando brutal, amenazas de muerte,
-fuérzanle a expatriarse. Viajó por Bulgaria, fue en Salónica empleado
-en una sucursal del _Banco Otomano_, remitió endechas dolorosas a un
-periódico de la provincia, _La Trompeta de Argólida_. Aquí hay una de
-esas lagunas, un agujero negro en su historia. Reaparece en Atenas, con
-ropa nueva, liberal y diputado.
-
-Este período de gloria fue breve, mas suficiente para ponerle en
-evidencia; su palabra colorida, poética, recamada de imágenes
-ingeniosas y brillantes, encantó a Atenas; tenía el secreto de hacer
-florecer, como él decía, los terrenos más áridos; de una discusión
-acerca del impuesto o de los caminos públicos, hacía saltar églogas de
-Teócrito. En Atenas, esta clase de talento lleva al poder: Korriscosso
-estaba indicado para dirigir una alta administración del Estado; y
-entonces sucedió que el ministerio, y con él la mayoría, de la cual
-Korriscosso era el tenor querido, cayeron, sumiéronse, sin lógica
-constitucional, en uno de esos súbitos derrumbamientos políticos tan
-comunes en Grecia, en que los Gobiernos se vienen a tierra, como las
-casas en Atenas, sin motivo. Falta de base, decrepitud de materiales
-y de individualidades... Todo tiende hacia el polvo en un suelo de
-ruinas... Nueva laguna, nuevo chapuzón oscuro en la historia de
-Korriscosso...
-
-Vuelta a la superficie, miembro de un club republicano de Atenas.
-Pide en un periódico la emancipación de Polonia, y que se gobierne a
-Grecia por un concilio de genios. Entonces publica sus _Suspiros de
-Tracia_. Tiene otra novela de corazón... En fin, y esto me lo dijo
-sin explicaciones, se le obliga a refugiarse en Inglaterra. Luego
-de ensayar en Londres varias posiciones, colócase en el restorán de
-Charing-Cross.
-
---Es un puerto de abrigo --le dije estrechándole la mano.
-
-Sonrió con amargura. De cierto, un puerto de abrigo y ventajoso. Y
-bien alimentado; las propinas son razonables; tiene un viejo colchón
-de muelles, mas las delicadezas de su alma a cada momento hiérenselas
-dolorosamente.
-
-¡Días atribulados, días crucificados los de aquel poeta lírico, forzado
-a distribuir en una sala a burgueses ordenados y glotones chuletas
-y vasos de cerveza! No es la dependencia lo que le aflige; su alma
-de griego no es particularmente ávida de libertad: bástale que el
-patrón sea cortés. Como él mismo me dijo, le es grato reconocer que
-los clientes de Charing-Cross nunca le piden la mostaza o el queso
-sin decir _if you please_; y cuando salen, al enfrentarse con él,
-llévanse dos dedos al ala del sombrero; esto satisface la dignidad de
-Korriscosso.
-
-Lo que más le tortura es el contacto constante con el alimento. ¡Si
-por lo menos fuese tenedor de libros de un banquero, primer dependiente
-de un almacén de sedas!... En eso hay una sombra de poesía --los
-millones que se revuelven, las flotas mercantes, la fuerza brutal del
-oro; o disponer ricamente los bordados, los cortes de seda, hacer
-correr la luz en las ondulaciones del _moiré_, dar al terciopelo las
-molicies de la línea y de la arruga... Pero en un restorán, ¿cómo
-se puede ejercer el gusto, la originalidad artística, el instinto
-del color, del efecto, del drama, partiendo trozos de _roast-beef_ o
-de jamón de York?... Luego que, como él dijo, dar de comer, proveer
-alimentos, es servir exclusivamente a la barriga, a las tripas, la baja
-necesidad material; en el restorán, el vientre es Dios; el alma queda
-fuera, como el sombrero que se cuelga en la percha o a la manera del
-paquete de periódicos que se dejó en el bolsillo del abrigo.
-
-¡Y las convivencias, y la falta de conversación! ¡Nunca se volvieron
-hacia él sino para pedirle salchichón o sardinas de Nantes! Nunca
-poder abrir sus labios, de los cuales pendía el parlamento de Atenas,
-sino para preguntar: «¿Más pan? ¿más carne?» Esta privación de
-elocuencia érale dolorosa.
-
-El servicio, además, impedíale el trabajo. Korriscosso compone de
-memoria: cuatro paseos por el cuarto, un tirón al cabello, y le sale
-la oda armoniosa y dulce... mas la interrupción glotona de la voz del
-cliente pidiendo nutrición, es fatal para esta manera de trabajar.
-A las veces, arrimado a una ventana, con la servilleta en el brazo,
-Korriscosso está haciendo una elegía: es todo lunar, ropajes blancos
-de vírgenes pálidas, horizontes celestes, flores de alma dolorida... Es
-feliz; se ha remontado a los cielos poéticos, a las planicies azuladas
-en donde los sueños acampan, galopando de estrella en estrella... De
-improviso, una gruesa voz hambrienta brama desde un rincón:
-
---¡Bistec con patatas!
-
-¡Ay, las aladas fantasías baten el vuelo como palomas despavoridas! Y
-allí va el infeliz Korriscosso precipitado de las cumbres ideales, con
-los hombros doblados y las faldas del frac balanceando, a preguntar con
-la sonrisa lívida:
-
---¿Pasado o medio crudo?
-
-¡Ah, es un amargo destino!
-
---¿Y por qué no deja este cubil, este templo del vientre? --le pregunté.
-
-Abatió su bella cabeza de poeta, y díjome la razón que le prende; me
-la dijo casi llorando en mis brazos, con el nudo de la corbata en el
-cuello: Korriscosso ama.
-
-Ama a una Fanny, criada de todo el servicio en Charing-Cross. Ámala
-desde el primer día en que entró en el hotel; la amó en el momento
-de verla lavando las escaleras de piedra, con los brazos rollizos
-desnudos, y los cabellos rubios, de este rubio que entontece a los
-meridionales; cabellos ricos, de un tono de cobre, de un tono de oro
-mate, torciéndose en una trenza de diosa. Y luego el matiz del rostro,
-una _carnation_ de inglesa de Yorkshire, leche y rosas...
-
-¡Lo que ha sufrido Korriscosso! ¡Todo su dolor exhálase en odas que
-pone en limpio el domingo, día de reposo y día del Señor! Me las
-leyó. ¡Y yo vi en ellas de qué manera puede perturbar la pasión a un
-ser nervioso; qué ferocidad de lenguaje, qué lances de desesperación,
-qué gritos de alma dilacerada arrojados desde allí, de aquellos altos
-de Charing-Cross, hacia la mudez del cielo gris! Es que Korriscosso
-tiene celos. La desgraciada Fanny ignora aquel poeta a su lado,
-aquel delicado, aquel sentimental, y ama a un _policeman_. Ama a un
-_policeman_, un coloso, una montaña de carne erizada de una selva de
-barbas, con el pecho como el flanco de un acorazado, con piernas como
-fortalezas normandas. Este Polifemo, como le llama Korriscosso, hace
-ordinariamente el servicio en el Strand, y la pobre Fanny pasa todo el
-día acechándole desde los altos de Charing-Cross.
-
-Sus economías las gasta en cuartillos de _gin_, de _brandy_, de
-ginebra, que a la noche le lleva en frasquitos debajo del delantal;
-le mantiene fiel por el alcohol; el monstruo, plantado enormemente
-en una esquina, recibe en silencio el frasco, vacíalo de un trago en
-las fauces tenebrosas, eructa, pasa la mano peluda por la barba de
-hércules, y sigue taciturnamente sin un _gracias_, sin un _te amo_,
-batiendo el enlosado con la bastedad de sus suelas sonoras. La pobre
-Fanny babea de admiración... Tal vez en este instante, en la otra
-esquina, el magro Korriscosso, figurando en la neblina el delgado
-relieve de un poste telegráfico, solloce con la cara magra entre las
-manos transparentes.
-
-¡Pobre Korriscosso! ¡Si por lo menos la pudiese conmover!... ¡Pero
-qué! Despréciale el cuerpo de tísico triste, y el alma no se la
-comprende... No es que Fanny sea inaccesible a sentimientos ardientes,
-expresados en estilo melodioso. Pero Korriscosso solo puede escribir
-sus elegías en su lengua materna... Y Fanny no comprende griego... ¡Y
-Korriscosso es un grande hombre, pero solo en griego!
-
-Cuando tomé la vuelta de mi cuarto, quedaba sollozando sobre el catre.
-Le he visto otras veces, al pasar por Londres. Está más magro, más
-fatal, más consumido por los celos, más curvado cuando se mueve por el
-restorán con la fuente de _roast-beef_, más exaltado en su lirismo...
-Siempre que me sirve le doy un _shilling_ de propina, y luego, al
-marcharme, le aprieto sinceramente la mano.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-EN EL MOLINO
-
-
-Doña María de la Piedad era considerada en toda la villa como «una
-señora modelo». El viejo Nunes, administrador del correo, siempre que
-se hablaba de ella, decía, acariciando con autoridad los cuatro pelos
-de la calva:
-
---¡Es una santa! ¡Es lo que es!
-
-La villa tenía casi orgullo de su belleza delicada y distinta; era
-una rubia, de perfil fino, piel ebúrnea y ojos oscuros de un tono de
-violeta, al que las largas pestañas oscurecían más el brillo sombrío
-y dulce. Vivía al fin de la carretera, en una casa azul de tres
-fachadas; y era, para la gente que a las tardes iba de paseo al molino,
-un encanto siempre nuevo verla por detrás de la vidriera, entre las
-cortinas, curvada sobre su costura, vestida de negro, recogida y seria.
-Salía pocas veces. El marido, más viejo que ella, era un inválido,
-que se pasaba la vida en la cama, inutilizado por una enfermedad de
-la espina dorsal; hacía años que no descendía a la calle; veíanlo a
-las veces también a la ventana mustio y renco, agarrado al bastón,
-encogido en la _robe-de-chambre_, con una faz macilenta, la barba
-descuidada y con un gorrito de seda enterrado melancólicamente hasta
-la nuca. Los hijos, dos niñitas y un rapaz, eran también enfermos y
-crecían poco a poco y con dificultad, llenos de tumores en las orejas,
-llorones y tristes. Interiormente, la casa parecía lúgubre. Andábase en
-puntillas, porque el señor, en la excitación nerviosa que le daban los
-insomnios, irritábase con el menor rumor; había sobre las cómodas algún
-frasco de la botica, alguna escudilla con harina de linaza; las mismas
-flores con que ella, en su arreglo y en su gusto de frescura, adornaba
-las mesas, mustiábanse en seguida en aquel aire sofocado de fiebre,
-nunca renovado por causa de las corrientes de aire; y daba una inmensa
-tristeza el ver siempre a alguno de los pequeños, o con un emplasto
-sobre la oreja, o en un rincón del sofá, arrebujado en cobertores, con
-una amarillez de hospital.
-
-Desde los veinte años, María de la Piedad vivía así. Hasta de soltera,
-en casa de los padres, había sido triste su existencia. La madre era
-una criatura desagradable y aceda; el padre, metido en tabernas y salas
-de juego, ya viejo, siempre borracho, los días que aparecía en casa
-pasábalos en la cocina, en un silencio sombrío, fumando y salivando
-sobre las cenizas. Todas las semanas aporreaba a la mujer. Así que
-cuando Juan Coutinho pidió a María, ella, a pesar de saber que estaba
-enfermo ya, aceptó sin vacilación, casi con reconocimiento, para salvar
-a la casa arruinada de un embargo, no oír más los gritos de la madre,
-que la hacían temblar, rezar, arriba, en su cuarto, donde la lluvia
-entraba por el tejado.
-
-No amaba al marido, claro; y en la villa lamentábase que aquel lindo
-rostro de Virgen María, aquella figura de hada, fuese a pertenecer a
-Juanito Coutinho, que desde rapaz fuera siempre baldado. Coutinho, por
-muerte del padre, quedara rico; y ella, acostumbrada por fin a aquel
-marido regañón, que pasaba el día arrastrándose sombríamente de la
-sala a la alcoba, habríase resignado, en su naturaleza de enfermera
-y de consoladora, si los hijos, por lo menos, hubieran nacido sanos
-y robustos. Mas aquella familia, que ya venía con la sangre viciada,
-aquellas existencias vacilantes, que después parecían pudrírseles en
-las manos, a pesar de sus inquietos cuidados, apesadumbrábanla. A las
-veces, sola ante la costura, corríanle lágrimas por la cara; una
-fatiga de vivir invadíala como una neblina que le oscureciera el alma.
-
-Mas si el marido de dentro llamaba desesperado, o uno de los pequeños
-lloriqueaba, limpiábase los ojos y aparecía con su linda faz tranquila,
-y con alguna palabra consoladora, componiendo la almohada a uno, yendo
-a animar al otro, feliz en ser buena. Toda su ambición consistía en
-ver su pequeño mundo bien tratado y bien acariciado. Desde que se
-casó, nunca había tenido una curiosidad, un deseo, un capricho; nada
-le interesaba en el mundo sino las horas de las medicinas y el sueño
-de sus enfermos. Todo esfuerzo le era fácil cuando se trataba de
-contentarles; a pesar de flaca, paseaba horas enteras llevando en
-el cuello al pequeñín, que era el más impertinente, con las heridas
-que hacían de sus pobres labiecillos una costra oscura; durante los
-insomnios del marido tampoco dormía; los pasaba sentada al pie de la
-cama, hablando, leyéndole vidas de santos, porque el pobre baldado
-iba cayendo en devoción. De mañana estaba un poco más pálida, pero
-correcta en su vestido negro, fresca, con las trenzas lustrosas,
-poniéndose bonita para ir a dar las sopas de leche a los pequeñines.
-Su única distracción era, a la tarde, sentarse a la ventana con su
-costura, teniendo a los chiquillos en torno, aniñados en el suelo,
-jugando tristemente. El paisaje que veía desde la ventana era tan
-monótono como su vida; debajo, la carretera; después, una ondulación
-de campos, una tierra flaca, plantada aquí y acullá de olivos, e
-irguiéndose al fondo una colina triste y desnuda, sin una casa, un
-árbol, una columna de humo de una chimenea que pusiese en aquella
-soledad de terreno pobre una nota humana y viva. Viéndola así tan
-resignada y tan sujeta, algunas señoras de la villa afirmaban que era
-beata; pero nadie la había visto en la iglesia, a no ser el domingo,
-con el chico mayor por la mano, todo pálido en su vestido de terciopelo
-azul. Su devoción, en efecto, limitábase a esta misa todas las semanas.
-Ocupábala mucho su casa para dejarse invadir por las preocupaciones del
-cielo; en aquel deber de buena madre, cumplido con amor, hallaba una
-satisfacción suficiente a su sensibilidad; no necesitaba adorar santos
-o enternecerse con Jesús. Pensaba instintivamente que toda afección
-excesiva dedicada al Padre del Cielo, sería una disminución cruel en
-su cuidado de enfermera; su manera de rezar era velar a los hijos; y
-aquel pobre marido clavado en una cama, dependiendo de ella, teniéndole
-solo a ella, parecíale con más derecho a su favor que el otro, clavado
-en una cruz, que tenía toda una humanidad pronta para amarle. Además,
-nunca tuviera estos sentimentalismos de alma triste que llevan a la
-devoción. El largo hábito de dirigir una casa de enfermos, de ser ella
-el centro, la fuerza, el amparo de aquellos inválidos, hiciéronla
-tierna, pero práctica; y por esta razón era ella la que administraba
-ahora la casa del marido con un buen sentido que la afección dirigía
-y una solicitud de madre prevenida. Tales ocupaciones bastaban para
-entretenerle el día; el marido, de otra parte, detestaba las visitas,
-el aspecto de las caras saludables, las conmiseraciones de ceremonia;
-pasábanse meses sin que en casa de María de la Piedad se oyese otra voz
-extraña a la familia, a no ser la del doctor Abilio --que la adoraba, y
-que decía de ella con los ojos espantados:
-
---¡Es un hada! ¡Es un hada!...
-
- * * * * *
-
-Grande fue la excitación en la casa, cuando Juan Coutinho recibió
-una carta de su primo Adrián, anunciándole que en dos o tres semanas
-iba a llegar a la villa. Adrián era un hombre célebre, y el marido
-de María de la Piedad tenía en aquel pariente un orgullo enfático.
-Suscribiérase a un periódico de Lisboa, solo para ver su nombre en
-las noticias locales y en la crítica. Adrián era novelista; su último
-libro, _Magdalena_, un estudio de mujer, de un análisis delicado y
-sutil, consagráralo como un maestro. Su fama, que llegara hasta la
-villa, en una confusión de leyenda, presentábale como una personalidad
-interesante, un héroe de Lisboa, amado de las aristócratas, impetuoso y
-brillante, destinado a una alta situación en el Estado. Mas realmente
-en la villa habíase hecho, sobre todo, notable por ser primo de Juan
-Coutinho.
-
-Doña María de la Piedad quedó aterrada con el anuncio de esta
-visita. Veía ya su casa en confusión con la presencia del huésped
-extraordinario. Después la necesidad de hacer más _toilette_, de
-alterar la hora de comer, de conversar con un literato y ¡tantos otros
-esfuerzos crueles!... La invasión brusca de aquel mundano con sus
-maletas, el humo de su cigarro, su alegría de sano, en la paz triste de
-su hospital, dábale la impresión pavorosa de una profanación. De modo
-que para ella fue un alivio, casi un reconocimiento, que Adrián, al
-llegar, muy simplemente se instalase en la antigua hospedería del tío
-Andrés, al otro extremo de la villa. Juan Coutinho escandalizose; tenía
-ya el cuarto del huésped preparado, con sábanas de encaje, una colcha
-de damasco, plata sobre la cómoda, y queríalo todo para él, para el
-primo, el hombre célebre, el grande autor... Adrián negose.
-
---Yo tengo mis hábitos, ustedes tienen los suyos... No nos contrariemos
-¿eh?... Lo que hago es venir a comer aquí. Ni estoy mal tampoco en casa
-del tío Andrés... Desde la ventana veo un molino y una represa, que son
-un cuadrito delicioso. Y quedamos tan amigos, ¿no es verdad?
-
-María de la Piedad mirábale asombrada; ¡aquel héroe, aquel fascinador
-por quien lloraban las mujeres, aquel poeta que los periódicos
-glorificaban, era un hombre extremamente simple, mucho menos
-complicado, menos espectacular que el hijo del cobrador! No era hermoso
-siquiera. Con el sombrero blanco echado sobre una faz llena y barbuda,
-la levita de franela cayendo a lo largo de un cuerpo robusto y pequeño,
-sus zapatos enormes, parecíale uno de esos cazadores de aldea que,
-a las veces, encontraba, cuando de mes para mes iba a visitar las
-propiedades del otro lado del río. Además de eso, no hacía frases; la
-primera vez que vino a comer habló apenas, con grande naturalidad, de
-sus negocios. Viniera por ellos. La única tierra que no estaba devorada
-o abominablemente hipotecada, de lo que le correspondiera de la fortuna
-de su padre, era la Curgosa, una hacienda cerca de la villa, que
-estaba muy mal arrendada... Deseaba venderla. ¡Mas eso parecíale a él
-tan difícil, como hacer la _Iliada_!... Sinceramente lamentaba ver al
-primo allí, inútil sobre la cama, sin poderle ayudar en esos pasos que
-era menester dar con los compradores. Así que tuvo una grande alegría
-cuando Juan Coutinho le declaró que su mujer era una administradora de
-primer orden, y hábil en estas cuestiones, como un antiguo rábula.
-
---Ella va contigo a ver la hacienda, habla con Telles, y arréglate todo
-eso... Y en cuestión de precio, déjala a ella...
-
---¡Qué superioridad, prima! --exclamó Adrián maravillado--. ¡Un ángel
-que entiende de cifras!
-
-Por primera vez en su vida, enrojeció María de la Piedad con la palabra
-de un hombre. Prestose en seguida a ser la procuradora del primo...
-
-Al otro día fueron a ver la hacienda. Como estaba cerca, y era un día
-de marzo fresco y claro, partieron a pie. Intimidada al principio por
-aquella compañía de un león, la pobre señora caminaba junto a él con
-el aire de un pájaro asustado; porque, a pesar de ser tan sencillo,
-había en su figura, enérgica y musculosa, en el timbre duro de su voz,
-en sus ojos pequeños y lúcidos, alguna cosa de fuerte, de dominante,
-que la embarazaba. Prendiérasele a la orla de su vestido un vástago
-de zarza, y como él se inclinara para desprenderlo delicadamente, el
-contacto de aquella mano blanca y fina de artista en el volante de su
-saya, incomodola mucho. Apresuraba el paso para llegar pronto a la
-hacienda, avivar el negocio con Telles, y retornar inmediatamente a
-refugiarse, como en su elemento propio, en el aire sofocado y triste de
-un hospital. Pero la carretera extendíase blanca y larga, bajo el sol
-tibio, y la conversación de Adrián fuérala lentamente acostumbrando a
-su presencia. El primo parecía desolado de la tristeza de aquella casa.
-Diole algunos buenos consejos; lo que los pequeños necesitaban era
-aire, sol, otra vida distinta de aquel sofocamiento de la alcoba...
-
-También ella lo juzgaba así; pero, ¿qué? El pobre Juan, siempre que
-se le hablaba de ir a pasar una temporada a la quinta, afligíase
-terriblemente; tenía horror a los grandes aires y a los grandes
-horizontes; la fuerte naturaleza hacíale casi desmayarse; hiciérase un
-ser artificial, oculto entre los cortinones de la cama...
-
-Compadeciola entonces. De seguro podría haber alguna satisfacción en un
-deber tan santamente cumplido... Mas, en fin, ella debía tener momentos
-en que desease algo más que aquellas cuatro paredes, impregnadas del
-hálito de la enfermedad...
-
---¿Qué he de desear más? --dijo ella.
-
-Callose Adrián; pareciole absurdo suponer que desease, por ejemplo, el
-Chiado o el teatro de la Trinidad... Pensaba en otros apetitos, en las
-ambiciones del corazón insatisfecho... Mas esto pareciole tan delicado,
-tan grave de decir a aquella criatura virginal y seria, que habló del
-paisaje.
-
---¿Ya vio el molino? --preguntole ella.
-
---Tengo ganas de verlo; si me lo quisieras ir a enseñar, prima.
-
---Hoy es tarde.
-
-Combináronse para ir a visitar ese rincón de verdura, que era el idilio
-de la villa.
-
-La larga plática con Telles, en la hacienda, creó una aproximación
-mayor entre Adrián y María de la Piedad. Aquella venta, que había
-discutido con una astucia de aldeana, ponía entre ellos como un interés
-común. Al volver, hablábanse ya con menos reserva. Y es que había
-en las maneras del primo una atracción que, a su pesar, la llevaba
-a revelarse, a darle su confianza; nunca hablara tanto con nadie;
-a nadie jamás dejara ver tanto de la melancolía oculta que erraba
-constantemente en su alma. Por otra parte, sus quejas eran sobre el
-mismo dolor: la tristeza de su vida, las enfermedades, tantos cuidados
-graves... Y atraíale hacia él una simpatía, como un indefinido deseo de
-tenerle siempre presente, desde que se hacía de tal manera depositario
-de sus tristezas.
-
-Adrián volvió para su casa, impresionado, interesado por aquella
-criatura tan triste y tan dulce, que se destacaba sobre el mundo de
-mujeres que hasta allí había conocido, como un suave perfil de ángel
-gótico entre fisonomías de mesa redonda. Concordaba todo en ella
-deliciosamente: el oro del cabello, la dulzura de la voz, la modestia
-en la melancolía, la casta línea, haciendo un ser delicado y distinto,
-al cual ese mismo pequeño espíritu burgués, cierto fondo rústico de
-aldeana y una leve vulgaridad de hábitos dábanle mayor encanto; era un
-ángel que vivía en un villorrio grosero, atado por muchos lados a las
-trivialidades del sitio; pero bastaría un soplo para hacerlo remontar
-al cielo natural, a las puras cimas de la sentimentalidad...
-
-Hallaba absurdo e infame enamorar a la prima... Mas involuntariamente
-pensaba en el delicioso placer de hacer latir aquel corazón, que no
-estaba deformado por el corsé, y de poner al fin sus labios en un
-rostro donde no hubiese polvos de arroz... Inducíale sobre todo el
-pensar que podría recorrer todo Portugal, sin encontrar ni aquella
-línea del cuerpo, ni aquella virginidad, distinta de alma adormecida...
-Ocasión como aquella no volvería.
-
-El paseo al molino fue encantador. Era un rincón de la naturaleza,
-digno de Corot, especialmente a la hora del medio día, en que ellos
-habían ido, con la frescura del verdor, la sombra recogida de los
-grandes árboles y toda suerte de murmurios de agua corriente, huyendo,
-reluciendo entre los musgos y las piedras, elevando y esparciendo en
-el aire el frío del follaje, del césped, por donde corrían cantando.
-El molino hallábase en un hondo pintoresco, con su vieja edificación
-de piedra secular, su rueda enorme, casi podrida, cubierta de hierbas,
-inmóvil, sobre la helada limpidez del agua oscura. Adrián hallábalo
-digno de una escena de novela, o mejor, de la morada de una hada.
-María de la Piedad no decía nada, hallando extraordinaria aquella
-admiración por el molino abandonado del tío Costa. Como ella venía un
-poco cansada, sentáronse en una escalera de piedra descoyuntada, que
-tenía sumergidos en el agua de la presa los últimos peldaños, y allí
-permanecieron un momento callados, en el encanto de aquella frescura
-murmuradora, oyendo a las aves piar en las ramas. Adrián veíala de
-perfil, un poco curvada, agujereando con la punta de la sombrilla
-las hierbas bravas que invadían la escalera. Estaba deliciosa así,
-tan blanca, tan rubia, de una línea tan pura sobre el fondo azul del
-aire; el sombrero era de mal gusto, el vestido anticuado, pero él
-hasta hallaba en eso una picante ingenuidad. El silencio de los campos
-aislábalos en derredor, e, insensiblemente, Adrián comenzó a hablarle
-bajo. Compadecíala otra vez, por la melancolía de su existencia en
-aquella triste villa, por su destino de enfermera... Escuchábale ella
-con los ojos bajos, pasmada de verse allí, tan a solas con aquel hombre
-tan robusto, toda recelosa y hallando un delicioso sabor a su recelo...
-Hubo un momento en que él habló del encanto de quedar allí para
-siempre, en la villa.
-
---¿Quedar aquí? ¿Para qué? --preguntole sonriendo.
-
---¿Para qué? Para esto, para estar siempre cerca de usted...
-
-Cubriose de rubor y se le escapó la sombrilla de las manos. Recelando
-haberla ofendido, Adrián añadió luego, riendo:
-
---¿Pues no sería delicioso?... Yo podía arrendar este molino, hacerme
-molinero... Usted me daría su parroquia...
-
-Hízola reír; estaba más linda cuando reía; brillaba todo en ella: los
-dientes, la piel, el color del cabello. Adrián continuó bromeando con
-su plan de hacerse molinero y de ir por la carretera detrás de un
-burro, cargado de sacos de harina.
-
---Y yo vengo a ayudarle, primo --dijo, animada por su propia risa, por
-la alegría de aquel hombre que tenía a su lado.
-
---¿Viene? --exclamó él--. Júrole que me hago molinero. ¡Qué paraíso
-los dos aquí, en el molino, ganando alegremente nuestra vida y oyendo
-cantar a estos mirlos!
-
-Enrojeció otra vez María y retrocedió como si en efecto tratase ya de
-arrebatarla para el molino. Mas Adrián ahora, inflamado por aquella
-idea, pintábale con su palabra colorida una vida novelesca, de una
-felicidad idílica, en aquel escondrijo de verdura. De mañana, a pie,
-muy temprano, para el trabajo; después, el almuerzo, en el césped, a la
-orilla del agua; y de noche, sus buenas charlas allí sentados, a la
-claridad de las estrellas o bajo la sombra cálida de los negros cielos
-de verano...
-
-Y de repente, sin que ella se resistiese, prendiola en los brazos y
-besola sobre los labios, en un solo beso profundo e interminable.
-María había quedado contra su pecho, blanca, como muerta; dos lágrimas
-corríanle a lo largo de la faz. Tan dolorosa y flaca estaba, que Adrián
-la soltó; alzose ella, cogió la sombrilla y quedó delante de él, con el
-labio temblando:
-
---Está mal hecho... está mal hecho...
-
-Él estaba también tan perturbado, que la dejó descender hacia el
-camino; a poco, seguían entrambos, callados, hacia la villa. Ya en la
-hospedería, pensó:
-
---¡Fui un loco!
-
-Mas en el fondo sentíase contento de su generosidad. De noche fue a su
-casa y encontrola con el pequeñín en el cuello, lavándole en agua de
-malvas unas heridas que tenía en la pierna. Pareciole odioso entonces
-distraer a aquella mujer de sus enfermos. Además, que un momento como
-aquel del molino no volvería. Quedar allí, en aquel rincón odioso de
-provincia, desmoralizando en frío a una buena madre, sería absurdo...
-La venta de la finca estaba concluida. Por lo cual, apareció al día
-siguiente, por la tarde, a decirle adiós; partía a la anochecida en
-la diligencia. Encontrola en la sala ante la acostumbrada ventana,
-con la chiquillada enferma, acurrucada contra sus sayas. Oyole decir
-que partía sin que se le mudase el color, sin palpitarle el pecho...
-Adrián hallole la palma de la mano tan fría como un mármol. Al salir
-él, María de la Piedad quedó vuelta para la ventana, escondiendo la
-cara de los pequeños, mirando abstractamente al paisaje que oscurecía,
-cayéndole las lágrimas cuatro a cuatro sobre la costura...
-
-Amábalo. Desde los primeros días, su figura, resuelta y fuerte, sus
-ojos lúcidos, toda la virilidad de su persona, habíansele apoderado
-de la imaginación. No era su talento, ni su celebridad en Lisboa, ni
-las mujeres que le habían amado lo que la encantaba; eso para ella
-aparecíasele vago y poco comprensible; lo que la fascinaba era aquella
-seriedad, aquel aire honrado y sano, aquella robustez de vida, aquella
-voz tan grave y tan rica; adivinaba, más allá de su existencia ligada a
-un inválido, otras posibles existencias, en las cuales no se ve siempre
-delante de los ojos una capa flaca y moribunda, en que las noches no se
-pasan esperando las horas de los remedios... Había sido como una ráfaga
-de aire impregnado de todas las fuerzas vivas de la Naturaleza que
-atravesara súbitamente su alcoba ahogada; respiráralo deliciosamente...
-Habíale oído, además, hablar de aquel modo, mostrándose tan bueno,
-tan serio, tan delicado; a la fuerza de su cuerpo, que admiraba,
-juntábase ahora un corazón tierno, de una ternura varonil y fuerte,
-para cautivarla... Invadiola este amor latente, apoderose de ella
-una noche en que se le ofreció esta idea, esta visión: _¡Si fuese mi
-marido!_ Estremeciose toda, apretó desesperadamente los brazos contra
-el pecho, como confundiéndose con su imagen evocada, prendiéndose a
-ella, refugiándose en su fuerza... Después, como le había dado aquel
-beso en el molino.
-
-¡Y partiera!
-
- * * * * *
-
-Comenzó entonces para María de la Piedad una existencia de abandonada.
-De repente, todo en torno de ella --la enfermedad del marido, achaques
-de los hijos, tristezas de sus días, la costura-- le pareció lúgubre.
-Sus deberes, ahora que no ponía en ellos el alma entera, éranle
-pesados como fardos injustos. Represéntasele su vida como desgracia
-excepcional; no se rebelaba aún; mas tenía de esos abatimientos, de
-esas súbitas fatigas de todo su ser, en que caía sobre la silla, con
-los brazos pendientes, murmurando:
-
---¿Cuándo se acabará esto?
-
-Refugiábase entonces en aquel amor como en una compensación deliciosa.
-Juzgándolo puro, todo del alma, dejábase penetrar de él y de su
-lenta influencia. Adrián tornárase en su imaginación como un ser de
-proporciones extraordinarias, todo lo que es fuerte y es bello y da
-razón a la vida. No quiso que nada de lo que era de él o venía de él,
-le fuese ajeno. Leyó todos sus libros, sobre todo, aquella _Magdalena_
-que también amara, y muriera de un abandono. Estas lecturas calmábanla,
-dábanle como una vaga satisfacción al deseo. Llorando los dolores de
-las heroínas de novela, parecía sentir alivio en los suyos.
-
-Lentamente esta necesidad de llenar la imaginación con estos
-lances de amor, apoderose de ella. Un devorar constante de novelas
-durante meses. Iba así creando en su espíritu un mundo artificial
-e idealizado. Hacíasele odiosa la realidad, sobre todo bajo aquel
-aspecto de su casa, donde encontraba siempre agarrado a sus sayas un
-ser enfermo. Vinieron las primeras revueltas. Tornose impaciente y
-áspera. No soportaba que la arrancasen a los episodios sentimentales de
-su libro para ir a ayudar a volverse en la cama al marido y sentirle
-el mal aliento. Llegaron a causarle asco las botellas de medicina,
-los emplastos, las heridas de los pequeños que tenía que lavar.
-Comenzó a leer versos. Pasaba horas sola, en un profundo mutismo, a la
-ventana, teniendo bajo su mirar de virgen rubia toda la rebelión de
-una apasionada. Creía en los amantes que escalan los balcones entre el
-canto de los ruiseñores y quería ser amada así, poseída en el misterio
-de una noche romántica.
-
-Poco a poco, su amor desprendiose de la imagen de Adrián, alargose,
-extendiose a un ser vago que estaba hecho de todo lo que la encantara
-en los héroes de novela: era un ente medio príncipe y medio facineroso,
-que tenía, sobre todo, fuerza. Esto era lo que quería, lo que admiraba,
-lo que ansiaba en las noches cálidas en que no podía dormir: dos brazos
-fuertes como acero que la apretasen en un abrazo mortal; dos labios de
-fuego que en un beso le chupasen el alma. Estaba histérica.
-
-A las veces, al pie del lecho del marido, viendo delante de ella a
-aquel cuerpo de tísico, en una inmovilidad de tullido, sentía un odio
-torpe, un deseo de apresurarle la muerte...
-
-Y, en medio de esta excitación mórbida del temperamento irritado,
-acometíanla súbitas flaquezas; sustos de ave que posa, un grito al oír
-batir una puerta; una palidez de desmayo en habiendo en la sala flores
-muy olorosas... De noche, asfixiábase: abría la ventana; mas el cálido
-aire, el tibio hálito de la tierra caliente del sol, henchíanla de un
-intenso deseo, de una ansia voluptuosa cortada de visión de llanto. La
-santa tornábase Venus.
-
-El romanticismo mórbido había penetrado tanto en ella, y desmoralizara
-tan profundamente, que llegó el momento en que bastaría que un hombre
-la tocase, para que a seguida se echara en sus brazos. Fue lo que
-le sucedió con el primero que la enamoró, de ahí a dos años. Era el
-practicante de la farmacia.
-
-Por causa de él, escandalizó toda la villa. Y ahora, deja la casa en
-el mayor desorden, los hijos sucios, en harapos, sin comer hasta las
-mil y quinientas; el marido, gimiendo, abandonado en su alcoba, toda
-la trapallada de los emplastos por encima de las sillas, todo en un
-torpe desamparo, para andar detrás del hombre, un tunante odioso, de
-cara gordiflona, anteojo negro con gruesa cinta pasada por detrás de
-la oreja y bonete de seda puesto coquetamente. Viene de noche a las
-entrevistas con chinelas de orillo; huele a sudor: y pídele dinero
-prestado, para sustentar a una Juana, obesa criatura, a quien llaman en
-la villa _la bola de unto_.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-CIVILIZACIÓN
-
-
-I
-
-Yo poseo preciosamente un amigo (su nombre es Jacinto), que nació en
-un palacio, con cuarenta mil duros de renta en pingües tierras de pan,
-aceite y ganado.
-
-Desde la infancia, durante la cual, su madre, señora gorda y crédula
-de Tras-os-Montes, repartía, para retener las Hadas Benéficas, hinojo
-y ámbar, Jacinto fue siempre más resistente y sano que un pino de las
-dunas. Un lindo río, murmurador y transparente, con un lecho muy liso
-de arena muy blanca, reflejando apenas pedazos lustrosos de un cielo
-de verano o ramajes siempre verdes y de buen aroma, no ofrecería, a
-aquel que lo descendiese en una barca llena de almohadas y de champagne
-helado, más dulzuras y facilidades de lo que la vida ofrecía a mi
-camarada Jacinto. No tuvo sarampión ni tuvo lombrices. Nunca padeció,
-ni aun en la edad en que se leen Balzac y Musset, los tormentos de la
-sensibilidad. En sus amistades fue siempre tan feliz como el clásico
-Orestes. Del amor solo experimentara la miel --esa miel que el amor
-invariablemente concede a quien lo practica, como las abejas, con
-ligereza y movilidad--. Ambición, sintiera solamente la de comprender
-bien las ideas generales, y la «punta de su intelecto» (como dice el
-viejo cronista medioeval), no estaba aún roma ni herrumbrosa... y, sin
-embargo, desde los veintiocho años, Jacinto ya se venía impregnando de
-Schopenhauer, del Eclesiastés, de otros Pesimistas menores, y tres,
-cuatro veces por día, bostezaba, con un bostezo hondo y lento, pasando
-los dedos finos sobre la faz, como si en ella solo palpase palidez y
-ruina. ¿Por qué?
-
-Era él, de todos los hombres que conocí, el más complejamente
-civilizado --o antes aquel que se nutriera de la más vasta suma de
-civilización material, ornamental e intelectual. En ese palacio
---(floridamente llamado el _Jazminero_), que su padre, también Jacinto,
-construyera sobre una honesta casa del siglo XVII, solada de pino
-y blanqueada de cal--, existía, creo yo, todo cuanto para bien del
-espíritu o de la materia, los hombres han creado, a través de la
-incertidumbre y del dolor, desde que abandonaran el valle feliz de
-Septa-Sindu, la Tierra de las Aguas Fáciles, el dulce país Aryano. La
-biblioteca --que en dos salas amplias y claras, como plazas, llenaba
-las paredes, enteramente, desde las alfombras de Caranania hasta el
-techo del cual, alternadamente, a través de cristales, el sol y la
-electricidad vertían una luz estudiosa y calma-- contenía veinticinco
-mil volúmenes, instalados en ébano, magníficamente revestidos de
-marroquín escarlata. Solo sistemas filosóficos (y con justa prudencia,
-para ahorrar espacio, el bibliotecario apenas coleccionara los que
-irreconciliablemente se contradicen) había ¡mil ochocientos diez y
-siete!
-
-Una tarde que yo deseaba copiar un dictamen de Adam Smith, recorrí,
-buscando a este economista, a lo largo de los estantes, ¡ocho metros de
-economía política! Así se hallaba formidablemente abastecido mi amigo
-Jacinto de todas las obras esenciales de la inteligencia --y de la
-estupidez. El único inconveniente de este monumental almacén del saber
-era que todo aquel que allí penetraba, adormecíase inevitablemente,
-por causa de las poltronas, que provistas de finas planchas móviles
-para sustentar el libro, el cigarro, el lápiz de las notas, la taza de
-café, ofrecían aún una combinación oscilante y flácida de almohadas, en
-donde el cuerpo encontraba luego, para mal del espíritu, la dulzura, la
-profundidad y la paz estirada de un lecho.
-
-Al fondo, y como un altar mayor, era el gabinete de trabajo de Jacinto.
-Su sillón, grave y abacial, de cuero, con blasones, databa del siglo
-XIV, y en torno de él pendían numerosos tubos acústicos que, sobre
-los revestimientos de seda color de musgo y color de hiedra, parecían
-serpientes adormecidas y suspensas en un viejo muro de quinta. Nunca
-recuerdo sin asombro su mesa, recubierta toda de sagaces y sutiles
-instrumentos para cortar papel, numerar páginas, pegar sellos, afilar
-lápices, raspar enmiendas, imprimir fechas, derretir lacres, atar
-documentos, coleccionar cuentas. Unos de níquel, otros de acero,
-rebrillantes y fríos, todos eran de un manejo laborioso y lento:
-algunos, con los muelles rígidos, las puntas vivas, cortaban y
-herían: y en las largas hojas de papel Whatman en que él escribía,
-y que costaban tres pesetas, yo, a las veces sorprendí gotas de
-sangre de mi amigo. Pero todos los consideraba indispensables para
-componer sus cartas (Jacinto no componía obras), así como los treinta
-y cinco diccionarios, y los manuales, y las enciclopedias, y las
-guías, llenando un estante aislado, fino, en forma de torre, que
-silenciosamente giraba sobre su pedestal, y que yo denominara el
-Farol. Lo que, a pesar de todo, más completamente imprimía a aquel
-gabinete un portentoso carácter de civilización eran los grandes
-aparatos facilitadores del pensamiento --la máquina de escribir,
-los autocopistas, el telégrafo Morse, el fonógrafo, el teléfono, el
-teatrófono, otros aún, todos con metales lúcidos, todos con largos
-hilos. Constantemente sonidos cortos y secos vibraban en el aire tibio,
-de aquel santuario. ¡Tic, tic, tic! ¡Dlín, dlín, dlín! ¡Crac, crac,
-crac! ¡Trrre, trrre!... Era mi amigo comunicando. ¡Todos esos hilos
-zambullíanse en fuerzas universales, transmitían fuerzas universales,
-las cuales, no siempre, desgraciadamente, se conservaban domadas y
-disciplinadas! Jacinto había recogido en el fonógrafo la voz del
-consejero Pinto Porto, una voz oracular y rotunda, en el momento de
-exclamar con respeto, con autoridad:
-
---«_¡Maravillosa invención! ¿Quién no admirará los progresos de este
-siglo?_»
-
-Pues en una dulce noche de San Juan, mi supercivilizado amigo, deseando
-que unas señoras parientes de Pinto Porto (las amables Gouveias),
-admirasen el fonógrafo, hizo romper de la bocina del aparato, que
-parecía una trompa, la conocida voz rotunda y oracular:
-
---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_
-
-Mas, inhábil o brusco, ciertamente desconcertó alguna rueda
-vital --porque, de repente, el fonógrafo comienza a repetir, sin
-descontinuación, interminablemente, con una sonoridad cada vez más
-rotunda, la sentencia del consejero:
-
---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_
-
-De balde, Jacinto, pálido, con los dedos trémulos, torturaba el
-aparato. La exclamación recomenzaba, sonaba, oracular y majestuosa:
-
---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_
-
-Enfadados, lo llevamos para una sala distante, pesadamente revestida de
-tapices de Arraz. ¡En vano! La voz de Pinto Porto allí estaba, entre
-los tapices de Arraz, implacable y rotunda:
-
---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_
-
-Furiosos, enterramos una almohada en la boca del fonógrafo; tiramos por
-encima mantas, cobertores espesos, para sofocar la voz abominable. ¡En
-vano! Bajo la mordaza, bajo las gruesas lanas, la vez ronqueaba, sorda,
-mas oracular:
-
---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_
-
-Las amables Gouveias habían huido, apretando desesperadamente los
-chales sobre la cabeza. Hasta a la cocina, en donde nos refugiamos, la
-voz descendía, estrangulada y dificultosa:
-
---_¿Quién no admirará los progresos de este siglo?_
-
-Huimos empavorecidos a la calle. Era de madrugada. De vuelta de las
-fuentes, un fresco bando de rapazas, con brazados de flores, pasaba
-cantando:
-
- Todas las hierbas son benditas
- En mañana de San Juan...
-
-Jacinto, respirando el aire matinal, limpiábase las gotas lentas del
-sudor. Recogímonos al _Jazminero_, con el sol ya alto, ya caliente.
-Muy en silencio abrimos las puertas, como con recelo de despertar
-a alguien. ¡Horror! Luego de la antecámara, percibimos sonidos
-estrangulados, gangosos: «_admirará... progresos... siglo..._» ¡Un
-electricista tuvo que enmudecer al fin aquel fonógrafo horrendo!
-
-Más apacible (para mí) de lo que ese gabinete, temerosamente repleto
-de civilización, era el comedor, por su arreglo comprensible, fácil e
-íntimo. En la mesa solo cabían seis amigos, que Jacinto escogía con
-cierto buen criterio, en la literatura, en el arte y en la metafísica;
-los cuales, entre los tapices de Arraz, representando colinas, pomares
-y puertos del Ática, llenos de clasicismo y de luz, renovaban allí
-repetidamente banquetes que, por su intelectualidad, recordaban los
-de Platón. Cada golpe de tenedor se cruzaba con un pensamiento o con
-palabras diestramente arregladas en forma de tal.
-
-A cada cubierto correspondían seis tenedores, todos con formas
-desemejantes y taimadas: uno para las ostras, otro para el pescado,
-otro para las carnes, otro para las legumbres, otro para la fruta,
-otro para el queso. Las copas, por la diversidad de los contornos y
-de los colores, hacían, sobre el mantel más reluciente que esmalte,
-como ramilletes silvestres desparramados por encima de la nieve. Pero
-Jacinto y sus filósofos, recordando lo que el experimentado Salomón
-enseña sobre las ruinas y amarguras del vino, bebían apenas en tres
-gotas de agua una gota de Bordeaux (Chateaubriand, 1860). Así lo
-recomendaban Hesíodo en su _Nereu_, y Diocles en sus _Abejas_. De aguas
-había siempre en el _Jazminero_ un lujo redundante: aguas heladas,
-aguas carbonatadas, aguas esterilizadas, aguas gaseadas, aguas de
-sales, aguas minerales, en botellas serias, con tratados terapéuticos
-impresos en el rótulo... El cocinero, maestro Sardao, era de aquellos
-que Anaxágoras equiparaba a los Retóricos, a los oradores, a todos los
-que saben el arte divino de «temperar y servir la Idea». En Síbaris,
-ciudad del Vivir Excelente, los magistrados habrían votado al maestro
-Sardao, por las fiestas de Juno Lacina, la corona de hojas de oro y la
-túnica milesia, que se debía a los bienhechores cívicos. Su sopa de
-alcachofa y huevas de carpa; sus filetes de venado, macerados en viejo
-Madeira con _purée_ de nueces; sus moras heladas en éter; otros manjares
-aún, numerosos y profundos (y los únicos que toleraba mi Jacinto),
-eran obras de un artista, superior por la abundancia de las ideas
-nuevas, y juntaban siempre la raridad del sabor a la magnificencia
-de la forma. Tal plato de ese maestro incomparable parecía, por la
-ornamentación, por la gracia florida de las labores, por el convenio de
-los coloridos frescos y cantantes, una joya esmaltada por el cincel de
-Cellini o Meurice. ¡Cuántas tardes no deseé yo fotografiar aquellas
-composiciones de excelente fantasía, antes que el trinchante las
-derribase! Y esta superfinidad del comer condecía deliciosamente con la
-del servir. Sobre una alfombra, más fofa y muelle que el musgo de la
-floresta de Brocelandia, deslizábanse, como sombras vestidas de blanco,
-cinco criados y un paje negro, a la manera vistosa del siglo XVIII.
-Las fuentes (de plata) subían de la cocina y de la repostería por dos
-ascensores: uno para los manjares calientes, forrado de tubos en donde
-hervía el agua, y otro, más lento, para los manjares fríos, forrado de
-cinc, amoníaco y sal, y ambos escondidos entre flores, tan densas y
-frescas que figurábasenos como si hasta la sopa saliese humeando de los
-románticos jardines de Armida. Me acuerdo perfectamente de un domingo
-de mayo en que, comiendo con Jacinto un obispo, el erudito obispo
-de Corazín, se atascó el pescado en el medio del ascensor, siendo
-necesario que acudiesen albañiles con palancas para extraerlo.
-
-
-II
-
-En las tardes en que había «banquete de Platón» (que así denominábamos
-esas fiestas de truchas e ideas generales), yo, vecino e íntimo,
-aparecía al declinar el sol, y subía familiarmente a las habitaciones
-de nuestro Jacinto, en donde le hallaba siempre incierto entre sus
-levitas, porque las usaba alternadamente, de seda, de paño, de franelas
-Jaegher y de _foulard_ de las Indias. El cuarto respiraba el frescor
-y aroma del jardín por dos vastas ventanas, obliteradas magníficamente
-(aparte de las cortinas de seda muelle Luis XV), de una vidriera
-interior de cristal entero, de un toldo arrollado en el cimacio, de
-un estor de seda floja, de gasas que se fruncían y se enroscaban
-como nubes y de una celosía móvil de gradería morisca. Todos estos
-resguardos (sabia invención de Holland y C.ª, de Londres), servían
-para resguardar la luz y el aire --según los avisos de termómetros,
-barómetros e higrómetros, montados en ébano, y a los cuales un
-meteorologista (Cunha Guedes) todas las semanas venía a verificar la
-precisión.
-
-Entre estas dos ventanas destacaba la mesa de toilette, una mesa
-enorme, de vidrio, toda de vidrio, con el fin de hacerla impenetrable
-a los microbios, y cubierta de todos esos utensilios de aseo y aliño
-que el hombre del siglo XIX necesita en una capital para no desentonar
-en el conjunto suntuario de la civilización. Cuando nuestro Jacinto,
-arrastrando sus ingeniosas chinelas de pellico y seda, se acercaba
-a esta ara, yo, bien repantigado en un diván, abría con indolencia
-una Revista, ordinariamente la _Revista Electropática_, o la de
-las _Indagaciones Físicas_. Jacinto comenzaba... Cada uno de esos
-utensilios de acero, de marfil, de plata, imponían a mi amigo, por la
-influencia omnipoderosa que las cosas ejercen sobre el dueño (_sunt
-tyrannia rerum_) el deber de utilizarlo con aptitud y deferencia.
-
-Así que las operaciones del alindamiento de Jacinto presentaban la
-prolijidad, reverente e insuprimible, de los ritos de un sacrificio.
-
-Comenzaba por el cabello... Con un cepillo chato, redondo y duro
-acamaba el cabello, liso y rubio, en lo alto, a los lados de la raya;
-con un cepillo estrecho y recurvo, a la manera del alfanje de un persa,
-ondeaba el cabello sobre la oreja; con un cepillo cóncavo, en forma de
-teja, empastaba el cabello, por detrás, sobre la nuca... Respiraba y
-sonreía. Después, con un cepillo de largas cerdas, fijaba el bigote;
-con un cepillo leve y flácido incurvaba las cejas; con un cepillo hecho
-de pluma regularizaba las pestañas. Y de esta manera Jacinto permanecía
-delante del espejo, pasando pelos sobre su pelo, unos catorce minutos.
-
-Peinado y cansado, iba a purificar las manos. Dos criados, al fondo,
-maniobraban con pericia y vigor los aparatos del lavatorio, que era
-apenas un resumen de la maquinaria monumental de la sala de baño. Allí,
-sobre el mármol verde y róseo del lavabo, había dos duchas (caliente y
-fría) para la cabeza; cuatro chorros, graduados desde _cero hasta cien
-grados_; el vaporizador de perfumes; la fuente de agua esterilizada
-(para los dientes); el surtidor para la barba, y otras espitas que
-rebrillaban y botones de ébano que, apenas rozados, desencadenaban la
-marejada y el estridor de torrentes en los Alpes... Para mojarme los
-dedos, yo nunca me acerqué a aquel lavabo sin terror, escarmentado de
-la tarde amarga de enero, en que bruscamente desoldada la espita, el
-chorro de agua a _cien_ grados reventó, silbando y humeando, furioso,
-devastador... Huimos todos, despavoridos. Atronó un clamor _El
-Jazminero_. El viejo Grillo, escudero que había sido de Jacinto padre,
-quedó cubierto de ampollas en la cara, en las manos fieles.
-
-Cuando Jacinto acababa de enjugarse laboriosamente en toallas de felpa,
-de lino, de cuerda entrenzada (para restablecer la circulación), de
-seda blanda (para lustrar la piel), bostezaba, con un bostezo hueco y
-lento.
-
-Era este bostezo, perpetuo y vago, lo que nos inquietaba a nosotros,
-sus amigos y filósofos. ¿Qué faltaba a este hombre excelente? Tenía
-su inalterable salud de pino bravo, crecido en las dunas; una luz
-de inteligencia, propia a todo luminar, firme y clara, sin temblor;
-cuarenta magníficos miles de duros de renta; todas las simpatías de una
-ciudad chasqueadora y escéptica; una vida barrida de sombras, más libre
-y lisa que un cielo de verano... Y todavía bostezaba constantemente;
-palpaba en la faz, con los dedos finos, la palidez y las arrugas. ¡A
-los treinta años Jacinto andaba encorvado, como bajo un peso injusto!
-Y por la morosidad desconsolada de toda su acción, parecía ligado,
-desde los dedos hasta la voluntad, por las mallas apretadas de una
-red que no se veía y que lo trababa. Era doloroso testimoniar el
-hastío con que para apuntar una dirección tomaba su lápiz pneumático,
-su pluma eléctrica, o para llamar al cochero echaba mano del tubo
-telefónico... En este mover lento del brazo magro, en los pliegues
-que le arrugaban la nariz, en sus silencios largos y postrados, se
-sentía el grito constante que le iba por el alma: «¡Qué pesadez! ¡Qué
-pesadez!» Claramente la vida era para Jacinto un cansancio, o por
-laboriosa y difícil, o por desinteresante y hueca. Por eso mi pobre
-amigo procuraba constantemente sumar a ella nuevos intereses, nuevas
-facilidades. Dos inventores, hombres de mucho celo y pesquisa, estaban
-encargados, uno en Inglaterra, otro en América, de darle noticia y
-ofrecerle todos los inventos, los más menudos, que concurriesen a
-perfeccionar la confortabilidad del _Jazminero_. Además, él propio se
-correspondía con Edison. Y, por el lado del pensamiento, Jacinto no
-cesaba, asimismo, de buscar intereses y emociones que le reconciliasen
-con la vida, penetrando, a cata de esas emociones y de esos intereses,
-por las veredas más desviadas del saber, a punto de devorar, desde
-enero a marzo, setenta y siete volúmenes sobre _la evolución de las
-ideas morales entre las razas negroides_. ¡Ah! ¡Nunca hombre de este
-siglo batalló más esforzadamente contra el enfado _de vivir_!
-
-¡De balde! ¡Hasta de exploraciones tan cautivantes como esa, a través
-de la moral de les negroides, Jacinto regresaba más mustio, con
-bostezos más hondos!
-
-Entonces era cuando se refugiaba intensamente en la lectura de
-Schopenhauer y del Eclesiastés. ¿Por qué? Sin duda, porque entrambos
-pesimistas lo confirmaban en las conclusiones que él sacaba de una
-experiencia paciente y rigurosa: «que todo es vanidad o dolor, que
-cuanto más se sabe más se pena, y que haber sido rey de Jerusalén y
-obtenido los goces todos en la vida, solo lleva a mayor amargura...»
-¿Mas por qué rodara así a tan oscura desilusión el saludable, rico,
-sereno e intelectual Jacinto? El viejo escudero Grillo pretendía que
-«¡S. E. sufría de hartura!»
-
-
-III
-
-Justamente después de ese invierno, durante el cual se embreñara en la
-moral de los negroides e instalara la luz eléctrica en los arbolados
-del jardín, sucedió que Jacinto tuvo la necesidad moral ineludible de
-partir para el Norte, a su viejo solar de Torges. Jacinto no conocía
-Torges. Se preparó durante siete semanas para esa jornada agreste. La
-quinta queda en las sierras y la ruda casa solariega, en donde aún
-resta una torre del siglo XV, hallábase ocupada hacía treinta años
-por los caseros, buena gente de trabajo, que comía el caldo entre la
-humareda del lar y extendía el trigo a secar en las salas señoriales.
-
-Jacinto, en los comienzos de marzo, escribió cuidadosamente a su
-procurador Souza, que habitaba la aldea de Torges, ordenándole que
-compusiese los tejados, encalase los muros, envidriase las ventanas;
-después mandó expedir, por medios de rápida conducción, en cajones
-que trasponían con trabajo los portones del _Jazminero_, todos los
-confortes necesarios a dos semanas de montaña, camas de plumas,
-poltronas, divanes, lámparas de Carcel, bañeras de níquel, tubos
-acústicos para llamar a los criados, alfombras persas para ablandar
-los suelos; uno de los cocheros partió con un coupé, una victoria, un
-break, mulas y cascabeles.
-
-Al cabo de un tiempo, fue el cocinero con la batería, la botillería,
-la heladora, una gran cantidad de trufas, cajas profundas de aguas
-minerales. Desde el amanecer, en los anchos patios del palacio, se
-clavaba, se martillaba, como en la construcción de una ciudad. El
-bagaje, desfilando, recordaba una página de Herodoto al narrar la
-invasión persa. Jacinto enmagreció con los cuidados de aquel Éxodo.
-Por fin partimos en una mañana de junio, con Grillo y treinta y siete
-maletas.
-
-Yo acompañaba a Jacinto, en mi camino para Guiães, donde vive una tía
-mía, a una legua larga de Torges; íbamos en un vagón reservado, entre
-vastas almohadas, con perdices y champán en un cesto. A mitad de la
-jornada debíamos cambiar de tren, en esa estación que tiene un nombre
-sonoro en _olla_, y un tan suave y cándido jardín de rosales blancos.
-Era domingo de inmensa polvareda y sol, y encontramos allí, llenando el
-andén estrecho, todo un pueblo festivo que venía de la romería de San
-Gregorio de la Sierra.
-
-Para realizar aquel trasbordo, en tarde de fiesta, el horario solo
-nos concedía tres minutos avaros. El otro tren ya esperaba, junto al
-cobertizo, impaciente y silbando. Una campana badajeaba con furor. Y
-sin casi atender a las lindas mozas que allí se bamboneaban, en bandos,
-encendidas, con pañuelos flameantes, el seno vasto cubierto de oro,
-y la imagen del santo espetada en el sombrero, corrimos, empujamos,
-saltamos para el otro vagón, ya reservado, marcado por un cartón con
-las iniciales de Jacinto. Inmediatamente el tren rodó. ¡Entonces pensé
-en nuestro Grillo, en las treinta y siete maletas! Apoyado de bruces
-en la portezuela pude ver aún junto al ángulo de la estación, bajo los
-eucaliptos, un montón de equipaje y hombres de gorra galoneada que
-delante de él braceaban desesperados.
-
-Murmuré, recayendo en las almohadas:
-
---¡Qué servicio!
-
-Jacinto, en un rincón, sin abrir los ojos, suspiró:
-
---¡Qué pesadez!
-
-Durante una hora deslizámonos lentamente entre trigales y viñedos;
-y aún el sol batía en las vidrieras, caliente y polvoriento, cuando
-llegamos a la estación de Gondín, en donde el procurador de Jacinto,
-el excelente Souza, debía esperarnos con caballos que nos llevaran por
-la sierra, hasta el solar de Torges. Detrás del jardín de la estación,
-todo florido también de rosas y margaritas, Jacinto reconoció en
-seguida sus carruajes aún empaquetados en lona.
-
-Pero cuando nos apeamos en el pequeño andén blanco y fresco, solo
-hallamos en torno nuestro soledad y silencio... ¡Ni procurador, ni
-caballos! El jefe de la estación, a quien yo pregunté con ansiedad «si
-no apareciera por allí el señor Souza, si no conocía al señor Souza»,
-sacó afablemente su gorra galoneada. Era un mozo gordo y redondo, con
-colores de manzana camuesa, que traía bajo el brazo un libro de versos.
-«¡Conocía perfectamente al señor Souza!» ¡Tres semanas antes jugara con
-él a la manilla! ¡Esta tarde, sin embargo, infelizmente, no había visto
-al señor Souza! El tren desapareciera por detrás de las altas rocas
-que allí penden sobre el río. Un cargador hacía un cigarro, silbando.
-Cerca de la valla del jardín, una vieja, toda de negro, dormitaba
-agachada en el suelo, delante de una cesta de huevos. ¿Y nuestro
-Grillo y nuestro equipaje?... El jefe encogió risueñamente los hombros
-rollizos. Todos nuestros bienes habían encallado, de seguro, en aquella
-estación de rosales blancos que tiene un nombre sonoro en _olla_. Y
-allí estábamos nosotros, perdidos en la sierra agreste, sin procurador,
-sin caballos, sin Grillo, sin maletas.
-
-¿Para qué referir menudamente el lance lamentable? Próximo a la
-estación, en una quebrada de la sierra, había un casal forero a la
-quinta, en donde conseguimos, para llevarnos y guiarnos a Torges,
-una yegua lazarina, un jumento blanco, un rapaz y un podenco. Y allí
-comenzamos a trepar, desazonadamente, esos caminos agrestes, los
-mismos, quizá, por donde iban y venían, de monte a río, los Jacintos
-del siglo XV. Pasado un trémulo puente de madera que atraviesa un
-riachuelo todo quebrado por peñas (y donde abunda la trucha adorable),
-nuestros males olvidáronsenos ante la inesperada, incomprensible
-belleza de aquella bendita sierra. El divino artista que está en los
-cielos compusiera, ciertamente, ese monte en una de sus mañanas de más
-solemne y bucólica inspiración.
-
-La grandeza era tanta como la gracia... Decir los valles fofos de
-verdura, los bosques casi sacros, los pomares olorosos y en flor,
-la frescura de las aguas cantantes, las ermitas blanqueando en los
-altos, las rocas musgosas, el aire de una dulzura de paraíso, toda la
-majestad y toda la lindeza, no es para mí, hombre de pequeño arte. Ni
-creo que fuese para el maestro Horacio. ¿Quién puede decir la belleza
-de las cosas, tan simple e indecible? Jacinto, delante, en la yegua
-torda, murmuraba:
-
---¡Ah, qué belleza!
-
-Yo atrás, en el burro, con las piernas sueltas, murmuraba:
-
---¡Ah, qué belleza!
-
-Los expertos regatos reían, saltando de roca en roca; finos ramos de
-arbustos floridos rozaban nuestras caras, con familiaridad y cariño;
-durante largo tiempo, un mirlo nos siguió de chopo para castaño,
-silbando nuestros loores.
-
-Tierra bien acogedora y amable... ¡Ah, qué belleza!
-
-Entre _ahs_ maravillados llegamos a una avenida de hayas, que nos
-pareció clásica y noble. Dando un nuevo vergajazo al burro y a la
-yegua, el rapaz, con su podenco al lado, gritó: «¡Ya estamos!»
-
-Y al fondo de las hayas había, en efecto, un portal de quinta, al
-cual un escudo de armas de vieja piedra, roída de musgo, señoreaba
-grandemente. Dentro ya, los perros ladraban con furor. Y apenas Jacinto
-y yo, atrás de él, en el burro de Sancho, traspusimos el dintel
-solariego, corrió, hacia nosotros, desde lo alto de la escalera, un
-hombre blanco, rapado como un clérigo, sin cuello, sin chaqueta, que
-erguía para el aire, en un gran asombro, los brazos desolados. Era el
-casero, Zé Braz. Y en aquel punto, allí, en las piedras del patio,
-entre el latir de los perros, brotó una tumultuosa historia, que el
-pobre Braz balbuceaba, aturdido, y que llenaba la faz de Jacinto de
-lividez y de cólera. El casero no esperaba a S. E. Nadie esperaba a S.
-E. (Él decía _su inselencia_).
-
-El procurador, el señor Souza, estaba en la frontera desde mayo,
-atendiendo a la madre que había recibido una coz de una mula. Por
-fuerza había habido engaño, cartas perdidas... Porque el señor Souza no
-contaba con S. E... hasta septiembre, para la vendimia. En casa ninguna
-obra comenzara y, desgraciadamente para S. E., los tejados aún estaban
-sin tejas, y las ventanas sin vidrios...
-
-Crucé los brazos, tomado de un justo espanto. ¿Pero los cajones, esos
-cajones remitidos a Torges, con tanta prudencia, en abril, repletos
-de colchones, de regalos, de civilización?... El casero, vago, sin
-comprender, desencajaba los ojos menudos en donde ya bailaban lágrimas.
-¿Los cajones? Nada llegara, nada apareciera. Y en su perturbación,
-Zé Braz buscaba entre las arcadas del patio, en los bolsillos de
-los pantalones... ¿Los cajones? ¡No, no tenía los cajones! En esto,
-acercose gravemente el cochero de Jacinto (que había traído los
-caballos y los carruajes). Ese era un hombre civilizado, y acusó de
-todo al gobierno. Ya cuando él servía al señor vizconde de S. Francisco
-habíanse perdido, por abandono del gobierno, de la ciudad a la sierra,
-dos cajas de vino viejo de Madeira y ropa blanca de señora. Por lo
-cual, él, escarmentado, sin confianza en la nación, no abandonara los
-carruajes, y era todo lo que restaba a S. E.: el break, la victoria, el
-coupé y los cascabeles. Solo que, en aquella ruda montaña, no había
-carreteras por donde pudiesen rodar. Y como para subirlos hasta la
-quinta eran necesarios grandes carros de bueyes, los dejara allá abajo,
-en la estación, quietos, empaquetados en lona...
-
-Jacinto quedó plantado delante de mí, con las manos en los bolsillos:
-
---¿Y ahora?
-
-Nada restaba sino recogernos, cenar el caldo del tío Zé Braz, y dormir
-en las pajas que los hados nos concediesen. Subimos. La escalera noble
-conducía a un gran balcón, todo cubierto en alpendre, aumentando la
-fachada del caserón y ornado, entre sus gruesos pilares de granito, con
-cajones llenos de tierra, en que florecían claveles. Cogí un clavel.
-Entramos. ¡Y mi pobre Jacinto contempló, en fin, las salas de su solar!
-Eran enormes, con las altas paredes revocadas de cal que el tiempo
-y el abandono habían ennegrecido, y vacías, desoladamente desnudas,
-ofreciendo apenas como vestigio de habitación y de vida, por los
-rincones, algún montón de cestos o algún haz de azadas. En los techos
-remotos de encina negra albeaban manchas, que era el cielo ya pálido
-del fin de la tarde, sorprendido a través de los agujeros del tejado.
-No quedaba una vidriera. A las veces, bajo nuestros pasos, una tabla
-podrida crujía y cedía.
-
-Hicimos alto, al cabo, en la última, la más vasta, donde había dos
-arcas inmensas para guardar el grano; y allí depusimos melancólicamente
-lo que nos quedara de las treinta y siete maletas: los abrigos de
-viaje, un bastón y un _Diario de la Tarde_. A través de las ventanas
-desvidriadas, por donde se avistaban copas de arbolados y las
-sierras azules de allende el río, el aire entraba montesino y amplio,
-circulando plenamente como en un terrado, con aromas de pinar bravío. Y
-allá, de lo hondo de los valles, subía desgarrada y triste, una voz de
-pastora cantando. Jacinto balbució:
-
---¡Es honoroso!
-
-Yo murmuré:
-
---¡Es campestre!
-
-
-IV
-
-Zé Braz, en tanto, con las manos en la cabeza, desapareciera a ordenar
-la cena para _sus inselencias_. El pobre Jacinto, desalentado por el
-desastre, sin resistencia contra aquel brusco desaparecimiento de toda
-la civilización, cayó pesadamente sobre el poyo de una ventana, y
-desde allí miraba a los montes. Y yo, a quien aquellos aires serranos
-y el cantar del pastor sabían bien, terminé por descender a la cocina,
-conducido por el cochero, a través de escaleras y callejones, en donde
-la oscuridad venía menos del crepúsculo que de densas telas de araña.
-
-La cocina era una espesa masa de tonos y formas negras, color de
-hollín, en la cual refulgía al fondo, sobre el suelo de tierra, una
-hoguera roja que lamía gruesas ollas de hierro, y se perdía en humareda
-por la reja escasa que en lo alto colaba la luz. Un bando alborozado
-y parlero de mujeres desplumaba pollos, batía huevos, limpiaba arroz
-con santo fervor... Del centro de ellas, el buen casero, atontado,
-embistió para mí, jurando que «la cena de _sus inselencias_ no se
-demoraba un credo». Y como yo le interrogara a propósito de las camas,
-el digno Braz tuvo un murmurio vago y tímido sobre «jergoncitos en el
-suelo».
-
---Es bastante, señor Zé Braz --acudí yo para consolarle.
-
---¡Pues así Dios sea servido! --suspiró el hombre excelente, que
-atravesaba en esa hora el trance más amargo de su vida serrana.
-
-Eché a andar hacia arriba con estas consoladoras nuevas de cena y cama,
-y encontré aún a mi Jacinto en el poyo de la ventana, embebiéndose todo
-de la dulce paz crepuscular, que lenta y calladamente se establecía
-sobre valle y monte. En el alto ya temblaba una estrella, Vesper
-diamantina, que es todo lo que en este cielo cristiano resta del
-esplendor corporal de Venus. Jacinto nunca considerara bien aquella
-estrella, ni había asistido a este majestuoso y dulce adormecer de
-las cosas. Ese ennegrecimiento de montes y arbolados, casales claros
-fundiéndose en la sombra, un toque durmiente de campana que venía por
-las quebradas, el cuchichear de las aguas entre los prados, eran para
-él como iniciaciones. Yo estaba enfrente, en el otro poyo. Y lo sentí
-suspirar como un hombre que al fin descansa.
-
-En esta contemplación nos encontró Zé Braz, con el dulce aviso de que
-estaba en la mesa la _ceniña_. Era, en la otra sala, más desnuda, más
-negra. Y allí, mi supercivilizado Jacinto reculó con un pavor genuino.
-En la mesa de pino, recubierta con una toalla, arrimada a la pared
-sórdida, una vela de sebo medio derretida en un candelero de latón,
-alumbraba dos platos de loza amarilla, ladeados por cucharas de palo
-y por tenedores de hierro. Los vasos, de vidrio grueso y empañados,
-conservaban el tono rojo del vino que por ellos pasara en hartos
-años de hartas vendimias. El platillo de barro con las aceitunas,
-deleitaría, por su sencillez ática, el corazón de Diógenes. En el ancho
-pan de maíz estaba clavado un cuchillo... ¡Pobre Jacinto!
-
-Mas al fin se sentó resignado, y mucho tiempo pensativamente refregó
-con su pañuelo el tenedor negro y la cuchara de palo. Después, mudo,
-desconfiado, probó un trago corto de caldo, que era de gallina y olía
-muy bien. Probó, y levantó hacia mí, su compañero y amigo, unos ojos
-largos que lucían sorprendidos. Volvió a sorber una cucharada de caldo,
-más llena, más lenta... Y sonrió, murmurando con espanto:
-
---¡Está bueno!
-
-Estaba realmente bueno; tenía hígado y mollejas; su perfume enternecía.
-Yo lo ataqué tres veces con energía, pero fue Jacinto el que raspó la
-sopera. Luego, separando el pan y separando la vela, el buen Zé Braz
-puso en la mesa una fuente vidriada, que desbordaba de arroz con habas.
-A pesar de que la haba (que los griegos llamaran _ciboria_) pertenecía
-a las épocas superiores de la civilización, y promovía tanto la
-sapiencia que había en Sicio, en Galacia, un templo dedicado a Minerva
-Ciboriana, Jacinto siempre detestara las habas. Probó, sin embargo,
-una cucharada, tímido. De nuevo sus ojos, alargados por el asombro,
-buscaron los míos. Otra cucharada, otra concentración... Y he ahí que
-mi dificilísimo amigo exclama:
-
---¡Está óptimo!
-
-¿Eran los aires picantes de la sierra? ¿Era el arte delicioso de
-aquellas mujeres, que, abajo, removían las ollas, cantando el _Viva mi
-bien_? No sé; mas los loores de Jacinto a cada plato fueron ganando en
-amplitud y firmeza. Y delante del pollo amarillo, asado en el espeto de
-palo, terminó por gritar:
-
---¡Está divino!
-
-Nada, sin embargo, le entusiasmó como el vino, el vino cayendo de
-alto, de la gruesa colodra verde, un vino gustoso, penetrante, vivo,
-caliente, que tenía en sí más alma que mucho poema o libro santo.
-Viéndole poner a la luz de sebo el vaso rudo, orlado de espuma, yo
-recordaba el día geórgico en que Virgilio, en casa de Horacio, bajo
-la enramada, cantaba el fresco pajizo de la Rética. Y Jacinto, con un
-color que yo nunca le había visto en su palidez schopenhaurica, susurró
-luego el dulce verso:
-
- _Rethica quo te carmina dicat._
-
-¿Quién dignamente te cantara, vino de aquellas sierras?
-
-Así comimos deliciosamente, bajo los auspicios de Zé Braz. Y después
-volvimos para las alegrías únicas de la casa, para las ventanas
-desvidriadas, a contemplar silenciosamente un suntuoso cielo de
-verano, tan lleno de estrellas que todo él parecía una densa polvareda
-de oro vivo, suspensa, inmóvil, por encima de los montes negros.
-Como yo observé a Jacinto, en la ciudad nunca se miran los astros
-por causa de los faroles, que los ofuscan; y por eso nunca podemos
-entrar en una completa comunión con el Universo. El hombre, en las
-capitales, pertenece a su casa o, si lo impelen fuertes tendencias
-de sociabilidad, a su barrio. Todo lo aísla y lo separa de la
-restante naturaleza: las casas obstructoras de seis pisos, el humo
-de las chimeneas, el rodar moroso y grueso de los ómnibus, la trama
-encarceladora de la vida humana... ¡Pero qué diferencia en la cima
-de un monte, como Torges! Ahí todas esas bellas estrellas miran para
-nosotros de cerca, rebrillando, a la manera de ojos conscientes; unas
-fijamente, con sublime indiferencia; otras, ansiosamente, con una luz
-que palpita, una luz que llama, como si tentasen revelar sus secretos o
-comprender los nuestros...
-
-Es imposible no sentir una solidaridad perfecta entre esos inmensos
-mundos y nuestros pobres cuerpos. Todos somos obra de la misma
-voluntad. Todos vivimos de la acción de esa voluntad inmanente.
-
-Todos, por tanto, desde los Uranos hasta los Jacintos, constituimos
-modos diversos de un ser único, y a través de sus transformaciones
-sumamos una misma unidad. No hay idea más consoladora que esta: que yo,
-y tú, y aquel monte, y el sol que ahora se esconde, somos moléculas
-del mismo Todo, gobernadas por la misma Ley, rodando para el mismo
-Fin. Desde luego se sumen las responsabilidades torturantes del
-individualismo. ¿Qué somos nosotros? Formas sin fuerza, que una Fuerza
-impele. ¡Hay un descanso delicioso en esta certeza, aunque fugitiva, de
-que se es el grano de polvo irresponsable y pasivo que va llevado en el
-viento, o la gota perdida en el torrente! Jacinto concordaba, sumido en
-la sombra. Ni él ni yo sabíamos los nombres de esos astros admirables.
-¡Yo, por causa de la maciza e indesbastable ignorancia de bachiller,
-con que salí del vientre de Coimbra, mi madre espiritual; Jacinto,
-porque en su poderosa biblioteca tenía _trescientos diez y ocho_
-tratados sobre astronomía! ¿Pero qué nos importaba, de otra parte, que
-aquel astro de allí se llamase Sirio y aquel otro Aldebarán? ¿Qué les
-importaba a ellos que uno de nosotros fuese José y el otro Jacinto?
-Éramos formas transitorias del mismo ser eterno, y en nosotros había
-el mismo Dios. Y si ellos también así lo comprendían, estábamos allí
-nosotros, en la ventana de un caserón serrano; ellos, en un maravilloso
-infinito, ejecutando un acto sacrosanto, un perfecto acto de gracia,
-que era sentir conscientemente nuestra unidad y realizar, durante un
-instante, en la consciencia, nuestra divinización.
-
-De esta suerte filosofábamos cuando Zé Braz, con un candil en la mano,
-vino a decir que «estaban preparadas las camas de _sus inselencias_...»
-De la idealidad descendimos gustosamente a la realidad; ¿y qué vimos
-entonces, nosotros, los hermanos de los astros? En dos salas tenebrosas
-y cóncavas, dos jergones, tirados en el suelo, en un rincón, con dos
-colchas de algodón; a la cabecera un candelero de latón, posado sobre
-un banco; y a los pies, como lavatorio, un barreño barnizado encima de
-una silla de madera.
-
-En silencio, mi supercivilizado amigo palpó su jergón y sintió en él la
-rigidez del granito. ¡Después, corriendo por la cara decaída los dedos
-mustios, consideró que, perdidas sus maletas, no tenía ni zapatillas
-ni camisón! De nuevo Zé Braz hizo de Providencia, trayendo al pobre
-Jacinto, para que desahogase los pies, unos tremendos zuecos de madera,
-y para que cubriese el cuerpo, dulcemente educado en Síbaris, una
-camisa de la casera, enorme, de estopa, más áspera que estameña de
-penitente, y con volantes crespos y duros, como labores en madera. Para
-consolarle recordé que Platón cuando componía el _Banquete_; Jenofonte,
-cuando mandaba los Diez Mil, dormían en peores catres. Las camas
-austeras hacen las fuertes almas; solo vestido de estameña se penetra
-en el Paraíso.
-
---¿Tiene usted --murmuró mi amigo, desatento y seco-- alguna cosa que
-yo pueda leer?... ¡No puedo dormirme sin leer!
-
-Yo tenía únicamente el número del _Diario de la Tarde_, que rasgué por
-el medio, y repartí con él fraternalmente. ¡Y quien no vio entonces a
-Jacinto, señor de Torges, agazapado en el borde del jergón, junto de la
-vela que goteaba sobre el banco, con los pies desnudos, ocultos en los
-gruesos zuecos, recorriendo en la mitad del _Diario de la Tarde_, con
-los ojos confusos, los anuncios de los barcos, no puede saber lo que es
-una vigorosa y real imagen del desaliento!
-
-Así lo dejé, y de allí a poco, extendido asimismo en mi jergón,
-también espartano, subía, a través de un sueño jovial y erudito, al
-planeta Venus, donde encontraba, entre los olmos y los cipreses, en un
-vergel, a Platón y Zé Braz, en alta camaradería intelectual, bebiendo
-el vino de Rética por los vasos de Torges. Emprendimos los tres
-bruscamente una controversia sobre el siglo XIX. A lo lejos, por entre
-una floresta de rosales más altos que encinas, albeaban los mármoles
-de una ciudad y resonaban cantos sacros. No recuerdo lo que Jenofonte
-sustentó acerca de la civilización y del fonógrafo. De repente, todo se
-turbó por negras nubes, a través de las cuales yo distinguía a Jacinto,
-huyendo en un burro que impelía furiosamente con los tacones, con una
-vardasca, con gritos, en la dirección del _Jazminero_.
-
-
-V
-
-Muy temprano, de madrugada, sin rumor, para no despertar a Jacinto que,
-con las manos sobre el pecho, dormía plácidamente, partí para Guiães.
-Y durante tres quietas semanas, en aquella villa donde se conservan
-los hábitos y las ideas del tiempo del rey don Dinís, no supe de mi
-desconsolado amigo, que de cierto había huido de sus techos agujereados
-y reentrara en la civilización. Después, en una abrasada mañana de
-agosto, desciendo de Guiães, tomo de nuevo la avenida de las hayas y
-llego al portalón solariego de Torges, entre el furioso latir de los
-perros. La mujer de Zé Braz apareció alborozada a la puerta de la
-bodega. Y su nueva fue que el señor don Jacinto (en Torges, mi amigo
-tenía don) andaba allá abajo, con Souza, en los campos de Freixomil.
-
---¿Entonces, aún anda por aquí el señor don Jacinto?
-
-¡_Su inselencia_ aún estaba en Torges, y _su inselencia_ quedaba para
-la vendimia!... Justamente reparaba en que las ventanas del solar
-tenían vidrieras nuevas; y a un lado del patio posaban baldes de cal;
-una escalera de albañil quedara arrimada contra la baranda, y en un
-cajón abierto, aún lleno de paja de embalar, dormían dos gatos.
-
---¿Y Grillo, apareció?
-
---El señor Grillo está en el pomar, a la sombra.
-
---Bien; ¿y las maletas?
-
---El señor don Jacinto ya tiene su saquiño de cuero...
-
---¡Loado sea Dios! Jacinto estaba, en fin, provisto de civilización.
-Subí contento. En la sala noble, donde el suelo fuera recompuesto y
-fregado, encontré una mesa cubierta de hule, aparadores de pino con
-loza blanca, de Barcelos, y sillas de paja, orillando las paredes muy
-encaladas, que daban una frescura de capilla nueva. Al lado, en otra
-sala, también de brillante blancura, había el conforto inesperado de
-tres sillones de paja de Madeira, con brazos largos y almohadones de
-algodón; sobre la mesa de pino, el papel, el candelero de aceite, las
-plumas de pato espetadas en un tintero de fraile, parecían preparadas
-para un estudio calmo y dichoso de humanidades; y en la pared,
-suspendido por dos clavos, un estante contenía cuatro o cinco libros,
-hojeados y usados: _Don Quijote_, un Virgilio, una Historia de Roma,
-las Crónicas de Froissart. La pieza contigua era ciertamente el cuarto
-de don Jacinto, un cuarto claro y casto de estudiante, con un catre de
-hierro, un lavabo de hierro, la ropa colgada en perchas toscas. Todo
-resplandecía de aseo y orden. Las maderas de los ventanales, cerradas,
-defendían del sol de agosto, que escaldaba fuera los balcones de
-piedra. Del suelo, rociado de agua, subía una frescura consoladora. En
-un viejo vaso azul un ramo de claveles alegraba y perfumaba. No había
-un rumor. Torges dormía en el esplendor de la siesta. Y envuelto en
-aquel reposo de convento remoto, terminé por extenderme en un sillón de
-paja junto a la mesa, abrí lánguidamente el Virgilio, y murmuré:
-
- _Fortunate Jacinthe!, tu inter arva nota_
- _et fontes sacros frigus captatis opacum._
-
-Ya casi irreverentemente adormeciera sobre el divino bucolista,
-cuando me despertó un grito amigo. Era Jacinto. E inmediatamente le
-comparé a una planta medio mustia y decolorada en la oscuridad, que
-había sido profusamente regada y reviviera en pleno sol. No andaba
-encorvado. Sobre su palidez de supercivilizado, el aire de la sierra o
-la reconciliación con la vida habíanle dado un tono moreno y fuerte,
-que le virilizaba soberbiamente. De los ojos, que en la ciudad le había
-conocido, siempre crepusculares, saltaba ahora un brillo de mediodía,
-decidido y dilatado, que entraba francamente en la belleza de las
-cosas. Ya no pasaba las manos mustias sobre la faz; batía con ellas
-fuertemente en el muslo. ¡Qué sé yo! Era una reencarnación. Y todo lo
-que me contó, pisando alegremente con los zapatos blancos el suelo, fue
-que, al cabo de tres días, en Torges, se sintiera como serenado, mandó
-comprar un colchón blando, reunió cinco libros nunca leídos, y allí
-estaba...
-
---¿Para todo el verano?
-
---¡Para siempre! Y ahora, hombre de las ciudades, ven a almorzar unas
-truchas que yo pesqué, y comprende al fin lo que es el cielo.
-
-Las truchas eran, en efecto, celestes. Apareció también una ensalada de
-coliflor y vainas, y un vino blanco de Azães... ¿Quién condignamente os
-cantara, manjares y bebidas de aquellas sierras?
-
-A la tarde, paseamos por los caminos, costeando la vasta quinta, que
-va de valles a montes. Jacinto parábase a contemplar con cariño los
-altos maizales. Con la mano abierta y fuerte batía en el tronco de los
-castaños, como en las espaldas de amigos recuperados. Todo hilo de
-agua, toda colina de hierba, todo pie de viña le ocupaba como vidas
-filiales por las cuales fuese responsable. Conocía ciertos mirlos que
-cantaban en ciertos chopos. Exclamaba enternecido:
-
---¡Qué encanto, la flor de trébol!
-
-A la noche, después de un cabrito asado en el horno, al que el
-maestro Horacio habría dedicado una Oda (tal vez un Carmen Heroico),
-conversamos sobre el destino y la vida. Yo cité, con discreta malicia,
-a Schopenhauer y al Eclesiastés... Jacinto levantó los hombros, con
-seguro desdén. Su confianza en esos dos sombríos explicadores de la
-vida desapareciera, e irremediablemente, para no volver más, como una
-niebla que el sol esparce. ¡Tremenda tontería!, afirmar que la vida
-se compone meramente de una larga ilusión, y levantar un aparatoso
-sistema sobre un punto especial y estrecho de la vida, dejando fuera
-del sistema toda la vida restante, como una contradicción permanente
-y soberbia. Era como si él, Jacinto, señalando una ortiga, crecida en
-aquel patio, declarase triunfalmente: «¡Aquí está una ortiga! Toda la
-quinta de Torges, de consiguiente, es una masa de ortigas». ¡Bastaría
-que el huésped alzase los ojos, para ver los trigales, los pomares y
-los viñedos!
-
-Luego que, de esos dos ilustres pesimistas, uno, el alemán, ¡qué
-conocía de la vida, de esa vida de que había hecho, con doctoral
-majestad, una teoría definitiva y doliente! ¡Todo lo que puede conocer
-quien, como este genial farsante, viviera cincuenta años en una lúgubre
-hospedería de provincia, levantando apenas los ojos del libro para
-conversar, en la mesa redonda, con los oficiales de la guarnición! Y el
-otro, el israelita, el hombre de los _Cantares_, el muy pedantesco rey
-de Jerusalén, solo descubre que la vida es una ilusión a los setenta y
-cinco años, cuando el poder se le escapa de las manos trémulas, y su
-serrallo de trescientas concubinas, se torna ridículamente superfluo a
-su osamenta rígida. Uno dogmatiza fúnebremente sobre lo que no sabe, y
-el otro, sobre lo que no puede. Mas que se dé a ese buen Schopenhauer
-una vida tan completa y llena como la de César, ¿y a dónde iría a parar
-su schopenhaurismo?; que se restituya a ese sultán, ensuciado de
-literatura, que tanto edificó y profesoró en Jerusalén, su virilidad,
-¿y en dónde está el Eclesiastés? Y por otra parte, ¿qué importa
-bendecir o maldecir la vida? Afortunada o dolorosa, fecunda o varia,
-es vida. Locos aquellos que, para atravesarla, se embozan desde luego
-en pesados velos de tristeza y desilusión, de suerte que en su camino
-todo les sea negrura, no solo las leguas realmente oscuras, mas también
-aquellas en que brilla un sol amable. En la tierra todo vive --y solo
-el hombre siente el dolor y la desilusión de la vida. Y tanto más se
-siente, cuanto más alarga y acumula la obra de esa inteligencia que lo
-hace hombre, y que lo separa del resto de la naturaleza, impensante
-e inerte. En el máximum de la civilización, experimenta el máximum
-de tedio. Así que la sabiduría está en retroceder hasta ese honesto
-mínimum de civilización, que consiste en tener un techo de choza, un
-pedazo de tierra, y el grano para sembrar en ella. En resumen, para
-recuperar la felicidad, es necesario regresar al Paraíso, y quedarse
-allá, quieto, con su hoja de parra, enteramente desguarnecido de
-civilización, contemplando al cordero dando saltos entre el tomillo, y
-sin procurar, ni con el deseo, el ¡árbol funesto de la Ciencia! ¡Dixi!
-
-Escuchaba, asombrado, a este Jacinto novísimo. Era verdaderamente una
-resurrección, en el magnífico estilo de Lázaro. Al _surge et ambula_
-que le habían susurrado las aguas y los bosques de Torges, erguíase del
-fondo de la cueva del Pesimismo, desembarazábase de sus americanas de
-Poole, _et ambulabat_, y comenzaba a ser dichoso. Yendo de retirada
-a mi cuarto, en aquellas horas honestas que convienen al campo y
-al optimismo, tomé entre las mías la mano ya firme de mi amigo, y
-pensando que al fin había alcanzado la verdadera realeza, le grité mis
-parabienes a la manera del moralista de Tibur:
-
---_¡Vive et regna, fortunate Jacinthe!_
-
-De ahí a poco, a través de la puerta abierta que nos separaba, sentí
-una carcajada fresca, moza, genuina y consolada. Era Jacinto que leía
-el _Don Quijote_. ¡Oh, bienaventurado Jacinto! ¡Conservaba el agudo
-poder de criticar, y recuperaba el don divino de reír!
-
- * * * * *
-
-Cuatro años van pasados. Jacinto aún habita Torges. Las paredes de su
-solar continúan bien encaladas, mas desnudas.
-
-Por el invierno pónese un gabán de lana y enciende un brasero. Para
-llamar a Grillo o a la moza, bate las manos, como hacía Catón. En sus
-deliciosos vagares, ya leyó la _Iliada_. No se afeita. En los caminos
-silvestres, párase y habla con las criaturas. Todos los casales de la
-sierra le bendicen. Oigo que se va a casar con una fuerte, sana y bella
-rapaza de Guiães. ¡De seguro crecerá allí una tribu, que será grata al
-señor!
-
-Como él, recientemente, me pidiera libros de su librería (una _Vida de
-Buda_, una _Historia de Grecia_ y las obras de San Francisco de Sales),
-fui, después de estos cuatro años, al _Jazminero_ desierto. ¡Cada paso
-mío sobre los fofas alfombras de Caranania sonaba triste como en un
-cementerio. Todos los brocados estaban arrugados, resquebrajados. Por
-las paredes pendían, como ojos fuera de órbitas, los botones eléctricos
-de los timbres y de las luces; y había vagos hilos de alambre,
-sueltos, enroscados, donde la araña regalada y reinando tejiera telas
-espesas. En la librería, todo el vasto saber de los siglos yacía en
-una inmensa mudez, debajo de una inmensa polvareda. Sobre los lomos
-de los sistemas filosóficos blanqueaba el moho; vorazmente la polilla
-devastara las Historias Universales; erraba allí un olor blando de
-literatura podrida; y yo partí, con el pañuelo en la nariz, seguro de
-que en aquellos veinte mil volúmenes no restaba una verdad viva! Quise
-lavarme las manos, manchadas por el contacto con estos detritos de
-conocimientos humanos. Mas los maravillosos aparatos del lavatorio, de
-la sala de baño, herrumbrosos, tenaces, desoldados, no echaban una gota
-de agua; y, como llovía en esa tarde de abril, tuve que salir al balcón
-y pedir al cielo que me lavase.
-
-Al bajar, penetré en el gabinete de trabajo de Jacinto, y tropecé en un
-montón negro de herrajes, ruedas, láminas, campanillas, tornillos...
-Entreabrí la ventana, y reconocí el teléfono, el teatrófono, el
-fonógrafo, otros aparatos, caídos de sus soportes, sórdidos, deshechos,
-bajo el polvo de los años. Empujé con el pie esta basura del ingenio
-humano. La máquina de escribir, descubierta, con los agujeros negros
-marcando las letras desarraigadas, era como una boca desdentada. El
-telégrafo parecía aplastado, enredado en sus tripas de alambre. En
-la trompa del fonógrafo, torcida, para siempre muda, revolvíanse
-cucarachas. Así yacían, tan lamentables y grotescas, aquellas geniales
-invenciones, que yo salí riendo, como de una enorme facecia, de aquel
-super-civilizado palacio.
-
-La lluvia de abril cesara; los tejados remotos de la ciudad negreaban
-sobre un poniente de carmesí y oro. Y, a través de las calles más
-frescas, iba yo pensando que este nuestro magnífico siglo XIX se
-semejaría, un día, a aquel _Jazminero_ abandonado, y que otros hombres,
-con una certeza más pura de lo que es la Vida y la Felicidad, darán,
-como yo, con el pie en la basura de la super-civilización, y, como yo,
-reirán alegremente de la gran ilusión que quedará, inútil y cubierta de
-herrumbre.
-
-De seguro que, a aquella ahora, Jacinto, en el balcón, en Torges, sin
-fonógrafo y sin teléfono, reentrado en la simplicidad, veía, bajo la
-paz lenta de la tarde, al temblar de la primera estrella, recogerse a
-la boyada entre el canto de los boyeros.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-EL TESORO
-
-
-I
-
-Los tres hermanos de Medranhos, Ruy, Guannes y Rostabal, eran entonces,
-en todo el Reino de las Asturias, los hidalgos más hambrientos y los
-más remendados.
-
-En los Pazos de Medranhos, a que el viento de la sierra llevara vidrios
-y teja, pasaban ellos las tardes de ese invierno, enovillados en sus
-abrigos de camelote, batiendo las suelas rotas sobre las losas de la
-cocina, delante del vasto lar negro, en donde desde ya mucho antes no
-estallaba fuego, ni hervía nada en el puchero de hierro. Al oscurecer
-devoraban una corteza de pan negro, refregada con ajo. Luego, sin
-candil, a través del patio, hundiendo la nieve, iban a dormir a la
-cuadra, para aprovechar el calor de las tres yeguas leprosas que, tan
-famélicas como ellos, roían las tablas del pesebre. La miseria hiciera
-a estos señores más bravíos que lobos.
-
-Un día, en primavera, en una silenciosa mañana de domingo, yendo los
-tres por el bosque de Roquelanes acechando pisadas de caza y cogiendo
-hongos entre los robles, en tanto las tres yeguas pastaban la hierba
-nueva de abril, los hermanos de Medranhos encontraron, por detrás de
-una mata de espinos, en una cueva de roca, un viejo cofre de hierro.
-Como si lo resguardase una torre segura, conservaba sus tres llaves
-en sus tres cerraduras; sobre la tapa, mal descifrable, a través del
-herrumbre, corría un dístico en letras árabes. ¡Y dentro, hasta los
-bordes, estaba lleno de doblones de oro!
-
-En el terror y esplendor de la emoción, los tres señores quedaron
-más lívidos que cirios. Después, zambullendo furiosamente las manos
-en el oro, rompieron a reír, con unas risotadas tan sonoras, que las
-hojas tiernas de los olmos, en torno, temblaban... Retrocedieron,
-bruscamente se encararon, con los ojos flameando, en una desconfianza
-tan desabrida, que Guannes y Rostabal palparon en los cintos los mangos
-de las grandes facas. Entonces Ruy, que era gordo y rubio y el más
-avisado, levantó los brazos, como un árbitro, y comenzó por decidir que
-el tesoro, o viniese de Dios o del demonio, pertenecía a los tres, y
-entre ellos se repartiría rígidamente, pesándose el oro en balanzas.
-Mas ¿cómo podrían llevar a Medranhos, hasta la cima de la sierra,
-aquel cofre tan lleno? No era conveniente que salieran con su bien
-del bosque antes que anocheciese. Así que él entendía que el hermano
-Guannes, como más leve, debía partir trotando hacia la vecina villa de
-Retortilho, con el oro necesario en la bolsa, a fin de comprar tres
-alforjas de cuero, tres maquilas de cebada, tres empanadas de carne
-y tres botellas de vino. El vino y la carne eran para ellos, que no
-comían desde la víspera; la cebada, para las yeguas. Rehechos, señores
-y cabalgaduras, esconderían el oro en las alforjas y subirían camino de
-Medranhos, bajo la seguridad de la noche sin luna.
-
---¡Bien tramado! --gritó Rostabal, hombre más alto que un pino, de
-larga melena, y con una barba que le caía desde los ojos rayados de
-sangre hasta la hebilla del cinturón.
-
-Mas Guannes no se apartaba del cofre, desconfiado, arrugando entre los
-dedos la negra piel de grulla de su pescuezo, y al fin, brutalmente:
-
---¡Hermanos! El cofre tiene tres llaves... ¡Yo quiero cerrar mi
-cerradura y llevar mi llave!
-
---¡También yo quiero la mía, mil rayos! --rugió a seguida Rostabal.
-
-Ruy sonrió. ¡Cierto, cierto! A cada dueño del oro pertenecía una de
-las llaves que lo guardaban. Y uno por uno, en silencio, agachado ante
-el cofre, cerró su cerradura con fuerza. Guannes, serenado, saltó en
-la yegua, y metiose por la vereda de los olmos, camino de Retortilho,
-echando a los ramos su cántica acostumbrada y doliente:
-
- ¡Olé! ¡Olé!
- Sale la cruz de la iglesia,
- vestida de negro luto...
-
-
-II
-
-En un prado, enfrente de la mata que encubría el tesoro (y que los
-tres habían devastado a cuchilladas), un hilo de agua, brotando entre
-rocas, caía sobre una vasta piedra excavada, en donde hacía como un
-estanque, claro y quieto, antes de escurrirse hacia el césped; y al
-lado, en la sombra de una haya, yacía un viejo pilar de granito,
-tumbado y musgoso. Allí vinieron a sentarse Ruy y Rostabal, con sus
-tremendos espadones entre las rodillas. Las dos yeguas pastaban la
-fresca hierba, pintarrajeada de amapolas y botones de oro. Por entre el
-ramaje volaba un mirlo silbando. Un olor errante de violetas endulzaba
-el aire luminoso. Rostabal, mirando al sol, bostezó con hambre.
-
-En esto, Ruy, que sacara el sombrero y le arreglaba las viejas plumas
-rojas, comenzó a considerar, en su manso y avisado lenguaje, que
-Guannes, aquella mañana, no había querido bajar con ellos al bosque
-de Roquelanes. ¡Así era la suerte ruin! Porque si Guannes se hubiese
-quedado en Medranhos, ellos, los dos, habrían descubierto el cofre, y
-solo entre los dos se partiría el oro. ¡Qué pena! Tanto más, que la
-parte de Guannes sería en seguida disipada, con rufianes, a los dados,
-por las tabernas.
-
---¡Ah, Rostabal, Rostabal! Si Guannes, viniendo por aquí solito,
-hubiese hallado este oro, no partiría con nosotros, Rostabal.
-
-El otro murmuró sordamente y con furor, dando un tirón a las barbas
-negras:
-
---¡No, mil rayos! Guannes es un avaro. ¡Cuando el año pasado le ganó
-los cien ducados al espadero de Fresno, no me quiso prestar tres para
-comprar un jubón nuevo! ¿No te acuerdas?
-
---¿Ves tú? --gritó Ruy, resplandeciendo.
-
-Entrambos se habían levantado del pilar de granito, como llevados por
-la misma idea, que los deslumbraba. A través de sus largos pasos, las
-altas hierbas silbaban.
-
---¿Y para qué? --proseguía Ruy--. ¿Para qué le sirve a él todo el oro
-que nos lleva? ¿No le oyes, de noche, cómo tose? ¡Alrededor de la paja
-en que duerme, todo el suelo está lleno de sangre, que saliva! ¡Hasta
-las otras nieves no dura, Rostabal! Mas hasta allá habrá disipado los
-buenos doblones que debían ser nuestros, para levantar la casa, y para
-que tu puedas tener jinetes, y armas, y trajes nobles, y tu tercio de
-solariegos, como compete a quien es, como tú, el más viejo de los de
-Medranhos...
-
---Pues que muera, y muera hoy --gritó Rostabal.
-
---¿Quieres?
-
-Vivamente, Ruy tomó de un brazo al hermano y le apuntó hacia la vereda
-de olmos, por donde Guannes partiera cantando.
-
---Más adelante, al fin del camino, hay un sitio bueno, en los zarzales;
-y has de ser tú, Rostabal, que eres el más fuerte y el más diestro. Un
-golpe de punta por la espalda. Y hasta es justicia de Dios que seas tú,
-que muchas veces, en las tabernas, sin ningún pudor, Guannes te trataba
-de _cerdo_ y de torpe, por no saber leer ni contar.
-
---¡Malvado!
-
---¡Ven!
-
-Fueron. Emboscáronse por detrás de un zarzal, que dominaba el atajo,
-estrecho y pedregoso como un lecho de torrente. Rostabal, asomado
-en la zanja, tenía ya la espada desnuda. Un viento leve remolinó en
-la pendiente las hojas de los álamos, y sintieron el repique de las
-campanas de Retortilho. Ruy, mesándose la barba, calculaba las horas
-por el sol, que ya se inclinaba hacia las sierras. Pasó un bando de
-cuervos graznando sobre ellos. Rostabal, que les había seguido el
-vuelo, recomenzó a bostezar con hambre, pensando en las empanadas y en
-el vino que el otro traía en las alforjas.
-
-¡En fin! ¡Alerta! En la vereda oíase la cántica doliente y ronca,
-lanzada a las ramas:
-
- ¡Olé! ¡Olé!
- Sale la cruz de la iglesia,
- toda vestida de negro...
-
-Ruy murmuró:
-
---¡En el costado! ¡Así que pase!
-
-El trote de la yegua batió el cascajo; una pluma en un sombrero rojeó
-por sobre la punta de las selvas. Rostabal rompió de entre la zarza
-por una brecha, tiró el brazo, la larga espada, --y toda la hoja se
-embebió muellemente en el costado de Guannes, cuando al rumor, de
-improviso, se volvió en la silla. Cayó de lado, con un sordo quejido,
-sobre las piedras. Ya Ruy se abalanzaba a los frenos de la yegua;
-Rostabal, cayendo sobre Guannes, que suspiraba aún, de nuevo le enterró
-la espada, agarrada por la hoja como un puñal, en el pecho y en la
-garganta.
-
---¡La llave! --gritó Ruy.
-
-Arrancada la llave del cofre al pecho del muerto, ambos echaron a
-andar por la vereda. Rostabal delante, huyendo, con la pluma del
-sombrero quebrada y torcida, la espada, aún desnuda, apretada bajo
-al brazo, todo encogido, horripilado con el sabor de la sangre que
-le saltara a la boca; Ruy, atrás, tirando desesperadamente de las
-bridas de la yegua, que con las patas hincadas en el suelo pedregoso,
-mostrando la larga dentadura amarilla, no quería dejar a su amo allí
-estirado, abandonado, a lo largo de las sebes.
-
-Tuvo necesidad de picarle las ancas con la punta de la espada, y de
-ir corriendo detrás de ella con la espada en alto, como si fuese
-persiguiendo a un moro, hasta que desembocó en el prado, donde el sol
-ya no doraba las hojas. Rostabal arrojó a la hierba el sombrero y la
-espada, y de bruces sobre la losa excavada en estanque, con las mangas
-arremangadas, lavábase ruidosamente la cara y las barbas.
-
-La yegua recomenzó a pastar, cargada con las nuevas alforjas que
-Guannes comprara en Retortilho. De la más larga, abarrotada,
-desbordaban los cuellos de dos botellas. En esto, Ruy sacó, lentamente,
-del cinto su larga navaja. Sin un rumor en la espesa hierba, deslizose
-hasta Rostabal, que resoplaba con las largas barbas chorreando. Y
-serenamente, como si clavase una estaca en un bancal, le enterró toda
-la hoja en el largo dorso doblado, certera sobre el corazón.
-
-Rostabal cayó sobre el estanque, sin un gemido, con la cara en el agua,
-los largos cabellos flotando en el agua. Su vieja escarcela de cuero
-quedara sujeta debajo del muslo. Para sacar de dentro de ella la
-tercera llave del cofre, Ruy levantó el cuerpo, y un chorro de sangre
-más espesa corrió, escurrió por el borde del estanque, humeando.
-
-
-III
-
-¡Ya eran de él, solo de él, las tres llaves del cofre!... Y Ruy,
-alargando los brazos, respiró deliciosamente. ¡Apenas la noche
-descendiese, con el oro metido en las alforjas, guiando la reata de
-yeguas por los atajos de la sierra, subiría a Medranhos y enterraría en
-la bodega su tesoro! Y después, cuando allá en la fuente, y allá junto
-a los zarzales, solo quedasen, bajo las nieves de diciembre, algunos
-huesos sin nombre, él sería el magnífico señor de Medranhos, y en la
-nueva capilla del solar renacido mandaría decir ricas misas por sus dos
-hermanos muertos... ¿Muertos cómo? Como deben morir los de Medranhos:
-¡peleando contra el Turco!
-
-Abrió las tres cerraduras, cogió un puñado de doblones, que hizo sonar
-sobre las piedras. ¡Qué puro oro, de fino quilate! Después fue a
-examinar la capacidad de las alforjas, y, encontrando las dos botellas
-de vino y un gordo capón asado, sintió inmensa hambre. Desde la víspera
-solo había comido un pedacito de pescado seco. ¡Cuánto tiempo que no
-probaba capón! ¡Con qué delicia se sentó en el césped, con las piernas
-abiertas, y entre ellas el ave amarilla y el vino color de ámbar!
-¡Ah! Guannes había sido excelente mayordomo; ni se le olvidaron
-las aceitunas. Mas, ¿por qué trajera solo dos botellas para tres
-convidados? Rasgó un ala del capón; devoraba a grandes dentelladas.
-Caía la tarde, pensativa y dulce, con nubecitas de color de rosa.
-Allá, en la vereda, un bando de cuervos graznaba. Las yeguas, hartas,
-dormitaban con el hocico pendido. Cantaba la fuente, lavando al muerto.
-
-Ruy alzó a la luz la botella de vino. Con aquel color viejo y caliente,
-no habría costado menos de tres maravedises. Y poniendo el cuello a la
-boca, bebió en sorbos lentos, que le hacían ondular el peludo pescuezo.
-¡Oh, vino bendito, que tan prontamente hacía olvidar la sangre! Tiró la
-botella vacía; destapó otra. Mas, como era avisado, no bebió, porque
-la jornada a la sierra, con el tesoro, requería firmeza y acierto.
-Descansando, tendido sobre el codo, pensaba en Medranhos cubierto de
-teja nueva, en las altas llamas de la chimenea en noches de nieve, y en
-su lecho con brocados, en donde tendría siempre mujeres...
-
-De repente, tomado de una gran ansiedad, sintió prisa de cargar las
-alforjas. Ya se adensaba la sombra entre los árboles. Trajo una de las
-yeguas para junto del cofre, levantó la tapa, tomó un puñado de oro...
-Mas osciló, soltando los doblones, que resonaron en el suelo, y llevó
-las dos manos afligidas al pecho. ¿Qué es, don Ruy? ¡Rayos de Dios! Era
-un fuego, un fuego vivo que se le encendiera dentro y le subía hasta
-la garganta. Rasgose el jubón y echó a andar con pasos inciertos, y
-encorvado, con la lengua pendiente, limpiándose las gruesas gotas de
-un sudor horrendo que le helaba como nieve. ¡Oh, Virgen Madre! ¡Otra
-vez el fuego, más fuerte, que ascendía, le roía! Gritó:
-
---¡Socorro! ¡Alguien! ¡Guannes! ¡Rostabal!
-
-Sus brazos torcidos movíanse en el aire desesperadamente. Y la llama,
-dentro, subía; sentía los huesos estallando, como las maderas de una
-casa ardiendo.
-
-Renqueó hasta la fuente para apagar aquella llama; tropezó con
-Rostabal, y, con la rodilla apoyada en el muerto, arañando la roca,
-entre gritos, buscaba el hilo de agua que recibía sobre los ojos, por
-los cabellos. Pero el agua lo quemaba más, como si fuese un metal
-derretido. Volviose, cayó encima de la hierba, que arrancaba a puñados,
-y que mordía, mordiendo los dedos para chuparles la frescura. Levantose
-aún con una baba densa que se le escurría por las barbas; y de repente,
-abriendo pavorosamente los ojos, como si comprendiese, en fin, la
-traición, todo el horror:
-
---¡Es veneno!
-
-¡Oh! ¡Don Ruy, el avisado, era veneno! Porque Guannes, no bien llegara
-a Retortilho, antes de comprar las alforjas, corrió cantando a una
-callejuela, que hay detrás de la catedral, a comprar al viejo droguista
-judío el veneno que, mezclado al vino, le haría a él, a él solamente,
-dueño de todo el tesoro.
-
-Anocheció. Dos cuervos de entre el bando que graznaba, ya se habían
-posado sobre el cuerpo de Guannes. La fuente, cantando, lavaba al otro
-muerto.
-
-Medio enterrada en la hierba negra, toda la cara de Ruy volviérase
-negra. Una estrellita lucía en el cielo.
-
-El tesoro aún está allí, en el bosque de Roquelanes.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-FRAY GENEBRO
-
-
-I
-
-En aquel tiempo aún vivía en su soledad de las montañas de la Umbría el
-divino Francisco de Asís, y ya por toda Italia se loaba la santidad de
-fray Genebro, su amigo y su discípulo.
-
-Fray Genebro, en verdad, completaba la perfección en todas las
-virtudes evangélicas. Por la abundancia y perpetuidad de la Oración,
-arrancaba de su alma las raíces más menudas del pecado y tornábala
-limpia y cándida como uno de esos celestes jardines en que el suelo
-anda regado por el Señor, y en donde solo pueden brotar azucenas. Su
-penitencia durante veinte años de claustro fue tan dura y alta, que ya
-no temía al Tentador; y ahora, solo con sacudir la manga del hábito,
-rechazaba las tentaciones, las más pavorosas o las más deliciosas,
-como si fuesen apenas moscas importunas. Benéfica y universal a la
-manera de un orvallo de verano, su caridad no se derramaba únicamente
-sobre las miserias del pobre; más sobre las melancolías del rico. En
-su humildísima humildad no se consideraba ni el igual de un gusano.
-Los bravíos barones cuyas negras torres asombraban a Italia, acogíanle
-reverentemente y curvaban la cabeza ante este franciscano descalzo y
-mal remendado que les diseñaba la mansedumbre. En Roma, en San Juan
-de Letrán, el Papa Honorio besó las heridas de cadenas que le habían
-quedado en los pulsos del año en que en la Mourama por amor de los
-esclavos, padeciera esclavitud. Y como en esas edades los ángeles aún
-viajaban por la tierra con las alas escondidas, arrimados a un bordón,
-muchas veces, trillando un viejo camino pagano o atravesando una selva,
-encontrábase un mozo de inefable hermosura que le sonreía y murmuraba:
-
---¡Buenos días, hermano Genebro!
-
-Un día, yendo este admirable mendicante de Spoleto para Terni, y viendo
-en el azul y en el sol de la mañana, sobre una colina cubierta de
-encinas, las ruinas del castillo de Otofrid, pensó en su amigo Egidio,
-antiguo novicio como él en el convento de Santa María de los Ángeles,
-que se retiró a aquel desierto para avecinarse más de Dios, y allí
-habitaba una cabaña de rastrojos, junto a las murallas derrocadas,
-cantando y regando las lechugas de su huerto, porque su virtud era
-amena. Y como ya habían pasado más de tres años desde que visitara
-al buen Egidio, dejó el camino, pasó, abajo, en el valle, sobre las
-piedras, el riachuelo que huía por entre los laureles en flor, y
-comenzó a subir lentamente la frondosa colina.
-
-Después de la polvareda y ardor del camino de Spoleto, era dulce
-la larga sombra de los castaños y el césped que le refrescaba los
-doloridos pies. A la mitad de la cuesta, en una roca en donde se
-embrollaban zarzas, susurraba y lucía un hilo de agua. Extendido al
-lado, en las hierbas húmedas, dormía, resonando consoladamente, un
-hombre que de cierto guardaba cerdos por allí, porque vestía un grueso
-zurrón de cuero y traía pendiente del cinto una bocina de porquero.
-El buen fraile bebió ligero, ahuyentó los moscardones que zumbaban
-sobre la ruda cara adormecida y continuó trepando por la colina con
-su alforja y su cayado, agradeciendo al Señor aquella agua, aquella
-sombra, aquella frescura, tantos bienes inesperados. Pronto pudo echar
-de ver, en efecto, el rebaño de puercos diseminados bajo las frondas,
-roncando y hozando las raíces: unos, magros y agudos, de cerdas
-duras; otros, redondos, con el hocico corto ahogado en gordura, y los
-lechones, corriendo en torno a las tetas de las madres, lúcidos y color
-de rosa.
-
-Fray Genebro pensó en los lobos y lamentó el sueño del pastor
-descuidado. Al fin del matorral comenzaba la roca donde los restos del
-castillo lombardo se erguían, revestidos de hiedra, conservando aún
-alguna saetera agujereada sobre el cielo, o, en una esquina de torre,
-un caño que, extendiendo el cuello de dragón, acechaba por medio de las
-selvas bravas.
-
-La cabaña del ermitaño, tejada de choza que unos pedazos de piedra
-aseguraban, apenas se percibía entre aquellos oscuros granitos, por la
-huerta que enfrente verdeaba, con sus tajos de col y estacas de habas
-entre espliego oloroso. Egidio no andaría muy lejos, porque sobre
-el muro de piedra suelta quedara su cántaro, su podón y su azada.
-Dulcemente, para no importunarle por si a aquella hora de siesta
-estuviese recogido y orando, fray Genebro empujó la puerta de tablas
-viejas, que no tenía cerrojo para ser más hospitalaria:
-
---¡Hermano Egidio!
-
-Del fondo de la ruda choza, que más parecía cueva de algún bicho, vino
-un lento gemido:
-
---¿Quién me llama? Aquí, en este rincón, ¡en este rincón de muerte!...
-De muerte, ¡hermano!
-
-Fray Genebro acudió, y encontró al buen ermitaño estirado en un monte
-de hojas secas, encogido entre harapos, y tan delgado, que su cara, en
-otro tiempo harta y rosada, era como un pedacito de viejo pergamino muy
-arrugado, perdido entre los rizos de las barbas blancas. Con infinita
-caridad y dulzura le abrazó:
-
---¿Y ha cuánto tiempo, ha cuánto tiempo en este abandono, hermano
-Egidio?
-
-¡Loado Dios, desde la víspera! Aún en la víspera, a la tarde, después
-de mirar por última vez para el sol y para su huerto, viniera a
-extenderse en aquel rincón, para acabar... Mas hacía meses que le había
-tomado un cansancio, que ni le permitía asegurar la cántara llena al
-volver de la fuente.
-
---Y decidme, hermano Egidio, pues que el Señor me trajo, ¿qué puedo yo
-hacer por vuestro cuerpo? Por el cuerpo, digo; que por el alma bastante
-tenéis hecho en la virtud de esta soledad.
-
-Gimiendo, arrebañando para el pecho las hojas secas en que yacía, como
-si fueren pliegues de una sábana, el pobre ermitaño murmuró:
-
---Mi buen fray Genebro, no sé si es pecado; mas toda esta noche, en
-verdad, os confieso, me apeteció comer un pedazo de carne, un pedazo de
-puerco asado... ¿Será pecado?
-
-Fray Genebro, con su inmensa misericordia, le tranquilizó. ¿Pecado? No,
-ciertamente. Aquel que por tortura recusa a su cuerpo un contentamiento
-honesto, desagrada al Señor. ¿No ordenaba Él a sus discípulos que
-comieran las buenas cosas de la tierra? El cuerpo es siervo; y está en
-la voluntad divina que sus fuerzas sean sustentadas para que preste
-al espíritu, su amo, bueno y leal servicio. Cuando fray Silvestre,
-ya enfermito, sintió aquel largo deseo de uvas moscateles, el buen
-Francisco de Asís le condujo a la viña, y por sus manos le cogió los
-mejores racimos, después de bendecirlos, para que fuesen más jugosas y
-más dulces...
-
---¿Es un pedazo de puerco asado lo que apetecéis? --exclamó
-risueñamente el buen fray Genebro, acariciando las manos transparentes
-del ermitaño--. Pues, sosegad, hermano querido, que ya sé cómo os voy a
-contentar.
-
-E inmediatamente, con los ojos relucientes de caridad y de amor,
-tomó el afilado podón que había visto sobre el muro del huerto.
-Recogiendo las mangas del hábito, y más ligero que un gamo, ya que
-era aquel un servicio del Señor, encaminose por la colina hasta los
-densos castañales donde encontrara el rebaño de puercos. Y en llegando
-allí, andando subrepticiamente, por entre los troncos, sorprendió
-un lechoncito abandonado que hozaba en las bellotas, se echó sobre
-él y, en tanto le sofocaba el hocico y los gritos, descepó, con dos
-golpes certeros de podón, la pierna por donde lo agarrara. Después,
-con las manos salpicadas de sangre, la pierna de puerco bien alta y
-goteando sangre, dejando la res jadeando en una poza de sangre, el
-piadoso hombre trepó la colina, corrió a la cabaña, gritó hacia dentro
-alegremente:
-
---Hermano Egidio, la pieza de carne ya el Señor la dio; y yo, en santa
-María de los Ángeles, era buen cocinero.
-
-En el huerto del ermitaño arrancó una estaca de las habas, que con
-el podón sangriento, apuntó en espeto. Entre dos piedras, encendió
-una hoguera. Con celoso cariño asó la pierna de puerco. Era tanta su
-caridad, que para dar a Egidio todos los gustos anticipados de aquel
-banquete raro en tierra de mortificación, anunciaba con voces festivas
-y de buena promesa:
-
---¡Ya se va dorando el porquiño, hermano Egidio! ¡La piel se va
-tostando, santo!
-
-Y por fin entró en la choza, triunfalmente, con el asado que humeaba
-y exhalaba, cercado de frescas hojas de lechuga. Tiernamente ayudó a
-sentar al viejo, que temblaba y se babeaba de gula. Apartole de las
-pobres mejillas maceradas los cabellos que el sudor de la flaqueza
-empastara. Y, para que el buen Egidio no se vejase con su voracidad y
-tan carnal apetito, afirmábale en cuanto le partía las fibras gordas,
-que también él hubiese comido regaladamente de aquel excelente puerco,
-si no hubiera almorzado de sobra en la _Locanda de los Tres Caminos_.
-
---Mas ni bocado me podría entrar ahora, hermano; ¡me papé una gallina
-entera! ¡Y después una fritada de huevos! ¡Y un cuartillo de vino
-blanco!
-
-El santo hombre mentía santamente, porque desde la madrugada no había
-probado más que un magro caldo de hierbas, recibido por limosna en la
-cancela de una granja.
-
-Harto, consolado, Egidio dio un suspiro, y recayó en su lecho de hoja
-seca. ¡Qué bien le hiciera, qué bien le hiciera! ¡El Señor, en su
-justicia, pagase a su hermano Genebro aquel pedazo de puerco! Hasta
-sentía el alma más fuerte para emprender la temerosa jornada... Y el
-ermitaño con las manos alzadas, Genebro arrodillado, ambos loaron,
-ardientemente, al Señor, que a toda necesidad solitaria, manda de allá
-lejos el socorro.
-
-Entonces, habiendo cubierto a Egidio con un pedazo de manta y puesto a
-su lado la cántara llena de agua fresca, y tapado, contra el aire de la
-tarde, la luz de la cabaña, fray Genebro, inclinado sobre él, murmuró:
-
---Mi buen hermano, vos no podéis quedar en este abandono... Yo voy
-llevado por obra de Jesús, que no admite tardanza, mas pasaré por el
-convento de Sambricena y daré recado para que venga un novicio y os
-cuide con amor en vuestro trance. ¡Dios os vele entretanto, hermano!
-¡Dios os sosiegue y os ampare con su mano derecha!
-
-Mas Egidio cerrara los ojos; no se movió, o porque adormeciera, o
-porque su espíritu, habiendo pagado aquel último salario al cuerpo,
-como a un buen servidor, para siempre partiera, terminada su obra en
-la tierra. Fray Genebro bendijo al viejo, tomó su bordón y descendió
-a la colina de las grandes encinas. Bajo la fronda, hacia los lados
-donde andaba el rebaño, la bocina del porquero resonaba ahora en un
-toque de alarma y de furor. De cierto despertara; descubriera el lechón
-mutilado. Apurando el paso, fray Genebro pensaba cuán magnánimo es el
-Señor en permitir que el hombre, hecho a su imagen augusta, reciba tan
-fácil consuelo de una pierna de cerdo asada entre dos piedras.
-
-Retomó el camino, marchando para Terni. Desde ese día fue prodigiosa la
-actividad de su virtud. A través de toda Italia, sin descanso, predicó
-el Evangelio Eterno, endulzando la aspereza de los ricos, alargando la
-esperanza de los pobres. Su inmenso amor iba aún más allá de los que
-sufren, hasta a aquellos que pecan, ofreciendo un alivio a cada dolor,
-extendiendo un perdón a cada culpa; y con la misma caridad con que
-trataba los leprosos, convertía a los bandidos. Durante las invernadas
-y la nieve, innumerables veces daba a los mendigos su túnica, sus
-alpargatas; los abades de los monasterios ricos, las damas devotas
-vestíanle de nuevo, para evitar el escándalo de su desnudez a su paso
-por las ciudades; pero él, sin demora, en la primera esquina, ante
-cualquier desarrapado, desvestíase otra vez sonriendo. Para redimir
-siervos que sufrían bajo un amo fiero, penetraba en las iglesias y
-arrancaba del altar los candelabros de plata, afirmando, jovialmente,
-que más grato le era a Dios un alma liberta que una vela encendida.
-
-Cercado de viudas, de criaturas famélicas, invadía las panaderías, las
-carnicerías, hasta las tiendas de cambio, y reclamaba imperiosamente
-en nombre de Dios la parte de los desheredados. Sufrir, sentir la
-humillación, eran para él las únicas alegrías completas: nada le
-deleitaba más que llegar de noche, mojado, hambriento, tiritando, a
-una opulenta abadía feudal, y ser repelido de la portería como un
-mal vagabundo; solo entonces, agachado en un rincón, lleno de lodo,
-masticando un puñado de hierbas crudas, reconocíase verdaderamente
-hermano de Jesús, que ni siquiera había tenido, como tienen los bichos
-del monte, un cubil para abrigarse. Cuando en una ocasión en Perusa las
-cofradías salieron a su encuentro, con festivas banderas, al repique
-de las campanas, él echó a correr hacia un monte de estiércol, en
-donde se revolcó y se ensució todo para que de aquellos que venían
-a engrandecerle, solo pudiera recibir compasión y escarnio. En los
-claustros, en los descampados, en medio de las multitudes, durante las
-lides más pesadas, oraba constantemente, no por obligación, sino porque
-en la plegaria encontraba un deleite adorable. Deleite mayor, sin
-embargo, era para el franciscano, enseñar y servir.
-
-Así, largos años, erró entre los hombres, vertiendo su corazón como
-el agua de un río, ofreciendo sus brazos como incansables palancas; y
-tan pronto, en una desierta ladera, aliviaba a una pobre vieja de su
-carga de leña, como en una ciudad revuelta, donde reluciesen armas,
-adelantábase con el pecho abierto, y amansaba las discordias.
-
-En fin, una tarde, en víspera de Pascua, hallándose sentado,
-descansando en los escalones de Santa María de los Ángeles, vio de
-repente, en el aire liso y blanco, una vasta mano luminosa que sobre él
-se abría y chispeaba. Pensativo, murmuró:
-
---He ahí la mano de Dios, su mano derecha, que se extiende para
-acogerme o para repelerme.
-
-Dio luego a un pobre, que allí rezaba el Ave María, con su alforja
-debajo de las rodillas, todo lo que en el mundo le restaba, que era
-un volumen del Evangelio, muy usado y manchado de sus lágrimas. El
-Domingo, en la iglesia, al alzar la hostia, se desmayó; sintiendo
-entonces que iba a terminar su jornada terrestre, quiso que le llevasen
-para un corral y le acostaran sobre una camada de cenizas.
-
-En santa obediencia al guardián del convento, consintió que le
-limpiasen de sus trapos, le vistiesen un hábito nuevo; mas con los
-ojos inundados de ternura, imploró que le enterrasen en un sepulcro
-prestado, como fuera el de Jesús, su señor.
-
-Y, suspirando, solo se quejaba de no sufrir:
-
---Oh, Señor, que tanto sufrió, ¿por qué no me manda a mí el
-padecimiento bendito?
-
-Al amanecer pidió que abriesen el portón del corral.
-
-Contempló el cielo, que clareaba, escuchó las golondrinas que, en la
-frescura y silencio, comenzaban a cantar sobre el borde del tejado,
-y, sonriendo, recordó una mañana, así de silenciosa y fresca, en que,
-andando con Francisco de Asís a la orilla del lado de Perusa, el
-maestro incomparable detuviérase ante un árbol lleno de pájaros, y
-paternalmente les recomendara que loasen siempre al Señor. «¡Hermanos
-míos, hermanos pajaritos, cantad bien a vuestro Creador, que os dio
-ese árbol para que en él habitéis, y toda esta limpia agua para en
-ella beber, y esas plumas bien calientes para abrigaros vosotros, y
-vuestros hijitos!» Luego, besando humildemente la manga del monje que
-lo amparaba, Fray Genebro murió.
-
-
-II
-
-A seguida que cerró sus ojos carnales, un Grande Ángel penetró
-diáfanamente en el corral y tomó en los brazos el alma de Fray Genebro.
-Durante un momento, en la fina luz de la madrugada, deslizose por sobre
-el frontero prado, tan levemente, que ni rozaba las puntas rociadas del
-alto césped. Después, abriendo las alas, radiantes y níveas, traspuso
-en un vuelo sereno, las nubes, los astros, todo el cielo que los
-hombres conocen.
-
-Anidada en sus brazos, como en la dulzura de una cuna, el alma de
-Genebro conservaba la forma del cuerpo que sobre la tierra quedara;
-aún la cubría el hábito franciscano, con un resto de polvo de ceniza
-en los rudos pliegues, y con un mirar nuevo, que ahora todo traspasaba
-y todo comprendía, contemplaba, en un deslumbramiento, aquella
-región en que el Ángel luciera alto, más allá de los universos
-transitorios y de todos los rumores siderales. Era un espacio sin
-límite, sin contorno y sin color. Por encima comenzaba una claridad,
-subiendo desparramada a la manera de una aurora cada vez más blanca
-y más luciente y más radiante, hasta que resplandecía en un fulgor
-tan sublime, que en ella un sol corruscante sería como una mancha
-pardusca. Y por abajo extendíase una sombra cada vez más deslucida, más
-oscura, más cenicienta, hasta que formaba como un espeso crepúsculo
-de profunda, insondable tristeza. Entre esa refulgencia ascendente y
-la oscuridad inferior, permaneciera el Ángel inmóvil, esperando, con
-las alas cerradas. También el alma de Genebro sentía perfectamente que
-estaba allí, esperando, entre el Purgatorio y el Paraíso. En esto,
-súbitamente, en las alturas, aparecieron los dos inmensos platos de
-una balanza; uno que rebrillaba como diamante y estaba reservado a
-sus Buenas Obras; otro, más negro que el carbón, para recibir el
-peso de sus Obras Malas. En los brazos del Ángel, el alma de Genebro
-estremeciose... El plato diamantino comenzó a descender lentamente.
-¡Oh, contentamiento y gloria! Cargado con sus Buenas Obras, descendía,
-calmo y majestuoso, esparciendo claridad. Tan pesado venía, que sus
-gruesas cuerdas rechinaban, crujían, y entre ellas, formando como una
-montaña de nieve, resaltaban magníficamente sus virtudes evangélicas.
-Allí aparecían las incontables limosnas que sembrara en el mundo, ahora
-desabotonadas en blancas flores, llenas de aroma y de luz.
-
-Su humildad era una cumbre, aureolada por un resplandor. Y cada una de
-sus penitencias centelleaba más límpidamente que cristales purísimos.
-Su perenne oración subía y enroscábase en torno de las cuerdas, a la
-manera de una deslumbrante niebla de oro.
-
-Sereno, con la majestad de un astro, el plato de las Buenas Obras
-paró, finalmente, con su carga preciosa. El otro, allá arriba, no se
-movía, negro, del color del carbón; inútil, olvidado, vacío. Ya de las
-profundidades, sonoros bandos de Serafines volaban, balanceando palmas
-verdes. El pobre franciscano iba a entrar triunfalmente en el Paraíso,
-y aquella era la milicia divina que le acompañaría cantando. Un temblor
-de alegría pasó en la luz del Paraíso, que un santo nuevo enriquecía,
-y el alma de Genebro pregustó las delicias de la Bienaventuranza. ¡Y
-estando así, súbitamente, en lo alto, el plato negro osciló como a
-un peso inesperado que sobre él cayese! Comenzó a descender, duro,
-temeroso, haciendo una sombra doliente a través de la celestial
-claridad. ¡Qué mala acción de Genebro traía tan menuda que ni se dejaba
-ver, tan pesada que forzaba el plato luminoso a subir, remontarse
-ligeramente, como si la montaña de las Buenas Acciones que en él
-transbordaban, fuesen un humo mentiroso! ¡Oh, dolor! ¡Oh, desesperanza!
-
-Retrocedían los Serafines con las alas temblantes. En el alma de Fray
-Genebro corrió un calofrío inmenso de terror. El negro plato descendía,
-firme, inexorable, con las cuerdas tirantes, y en la región que se
-hallaba bajo los pies del Ángel, cenicienta, de inconsolable tristeza,
-una masa de sombra, muellemente y sin rumor, palpitó, creció, rodó,
-como la onda de una marea devoradora.
-
-El plato, más triste que la noche, detuviérase, parara en pavoroso
-equilibrio con el plato que rebrillaba. Y los Serafines, Genebro, el
-Ángel que le trajera, descubrieron, en el fondo de aquel plato que
-inutilizaba a un Santo, un cerdo, un pobre lechoncillo con una pierna
-bárbaramente mutilada, revolcándose, al morir, en una poza de sangre...
-¡El animal mutilado pesaba tanto en la balanza de la justicia como la
-montaña luminosa de perfectas virtudes!
-
-En aquel punto, de las alturas surgió una vasta mano, abriendo los
-dedos que chispeaban. Era la mano de Dios, su mano derecha, que ya se
-le apareciera a Genebro en la escalera de Santa María de los Ángeles,
-y que ahora supremamente se extendía para acogerle o para repelerle.
-Toda la luz y toda la sombra, desde el Paraíso fulgente al Purgatorio
-crepuscular, se contrajeran en un recogimiento de indecible amor y
-terror. En la extática mudez, la vasta mano, a través de las alturas,
-lanzó un gesto que repelía... y el Ángel, bajando la faz compadecida,
-alargó los brazos y dejó caer el alma de Fray Genebro en la oscuridad
-del Purgatorio.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-SINGULARIDADES DE UNA SEÑORITA RUBIA
-
-
-I
-
-Comenzó por decirme que su caso era natural, y que se llamaba Macario.
-
-Debo contar que conocí a este hombre en un hospedaje del Miño. Era
-alto y grueso; tenía una calva larga, lúcida y lisa, con pelos raros y
-finos que se le erizaban en derredor; y sus ojos negros, con la piel
-en torno arrugada y amarillenta, y ojeras papudas, tenían una singular
-claridad y rectitud, por detrás de sus anteojos redondos con aros de
-concha. Tenía la barba rapada, el mentón saliente y resuelto. Traía una
-corbata de raso negro, apretada por detrás con una hebilla; una levita
-larga color de piñón, con las mangas estrechas y justas y bocamangas
-de veludillo. Por la larga abertura de su chaleco de seda, en donde
-relucía una cadena antigua, asomaban los blandos pliegues de una camisa
-bordada.
-
-Era esto en septiembre; ya anochecía más pronto, con una frialdad fina
-y seca y una oscuridad espantosa. Yo me había apeado de la diligencia,
-fatigado, hambriento, arrebozado en un cobertor de listas escarlata.
-
-Venía de atravesar la sierra y sus perspectivas pardas y desiertas.
-Eran las ocho de la noche. El cielo estaba pesado y sucio. Y, o fuese
-un cierto adormecimiento cerebral producido por el rodar monótono de
-la diligencia, o la influencia del paisaje escarpado y árido, bajo
-el cóncavo silencio nocturno, o la opresión de la electricidad, que
-henchía las alturas, el hecho es que yo --que soy naturalmente positivo
-y realista-- había venido tiranizado por la imaginación y por las
-quimeras. Existe, en el fondo de cada uno de nosotros, por fríamente
-educados que seamos, un resto de misticismo; y basta, a las veces, un
-paisaje lúgubre, el viejo muro de un cementerio, un yermo ascético,
-las emolientes blancuras de un lunar, para que ese fondo místico,
-suba, se alargue como una neblina, llene el alma, la sensación y la
-idea, y quede así el más matemático o el más crítico, tan triste, tan
-visionario, tan idealista, como un viejo monje poeta.
-
-A mí, lo que me lanzó en la quimera y en el sueño, fue el aspecto
-del monasterio de Rastello, que yo había visto, a la claridad suave
-y otoñal de la tarde, en su dulce colina. Mientras iba anocheciendo,
-y la diligencia rodaba continuamente al trote flaco de sus magros
-caballos blancos, y el cochero, con el capuchón del gabán enterrado en
-la cabeza, rumiaba su pipa, yo me puse, elegíacamente, ridículamente, a
-considerar la esterilidad de la vida; y deseaba ser un monje, estar en
-un tranquilo convento, entre arbolados, o en la murmuradora concavidad
-de un valle, y en tanto el agua canta sonoramente en las tazas de
-piedra, leer la _Imitación_, y oyendo a los ruiseñores en los laureles,
-tener saudades del cielo. No se puede ser más estúpido.
-
-Pero yo sentía así, y atribuyo a esta disposición visionaria la falta
-de espíritu --la sensación-- que me hizo la historia de aquel hombre de
-las bocamangas de veludillo.
-
-Mi curiosidad comenzó durante la cena, cuando yo deshacía el pecho
-de una gallina ahogada en arroz blanco, con rebanadas escarlata de
-salchichón, y la criada, gorda y llena de pecas, hacía espumar el vino
-verde en la copa, dejándolo caer de alto de una colodra vidriada. El
-hombre estaba enfrente de mí, comiendo tranquilamente su jalea: le
-pregunté, con la boca llena, y mi servilleta de lino de Guimarães
-suspendida en los dedos, si él era de Villa Real.
-
---Vivo allí hace muchos años --respondió.
-
---Tierra de mujeres bonitas, según me consta --dije.
-
-El hombre se calló.
-
---¿Eh? --torné.
-
-El hombre arrebujose en un silencio completo. Hasta entonces estuviera
-alegre, riendo dilatadamente, locuaz y lleno de simplicidad; y de
-pronto inmovilizó su fina sonrisa.
-
-Comprendí que había tocado la carne viva de un recuerdo. De seguro
-había un _mujer_ en el destino de aquel viejo. Ahí estaba su melodrama
-o su farsa, porque inconscientemente me determiné en la idea de que el
-_hecho_, el _caso_ de aquel hombre, tendría que ser grotesco y exhalar
-escarnio.
-
-Así que le dije:
-
---A mí me han asegurado que las mujeres de Villa Real son las más
-bonitas del Norte. Para ojos negros, Guimarães; para cuerpos, San
-Alejo; para cabellos, los Arcos; allí es en donde se ven los cabellos
-claros color de trigo.
-
-El hombre seguía callado, comiendo, con los ojos bajos.
-
---Para cinturas finas, Viana; para buenos cutis, Amarante; y para todo
-esto, Villa Real. Yo tengo un amigo que se vino a casar a Villa Real.
-Tal vez le conozca. Peixoto, uno alto, de barba rubia, bachiller.
-
---Peixoto, sí --murmuró, mirándome gravemente.
-
---Vino a casarse a Villa Real, como antiguamente se iban a casar a
-Andalucía --cuestión de arreglar la fina flor de la perfección--. A su
-salud.
-
-Evidentemente le molestaba, porque se levantó, fue a la ventana con un
-paso pesado, y entonces reparé en sus gruesos zapatos de cachemir con
-suela fuerte y cordones de cuero. Y salió.
-
-Cuando pedí mi candelero, la criada trájome un velón de latón lustroso
-y antiguo, y dijo:
-
---El señor está con otro. El número 3. En los hospedajes del Miño, a
-las veces, cada cuarto es un dormitorio independiente.
-
---Bien --dije yo.
-
---El número 3 era en el fondo del corredor. A las puertas de los
-lados, los huéspedes habían puesto su calzado para limpiar: veíanse
-unas gruesas botas de montar, enfangadas, con espuelas de correa;
-los zapatos blancos de un cazador; botas de propietario, de altas
-cañas bermejas; las botas de un cura, altas, con su borla de seda;
-los botines de becerro de un estudiante; y en una de las puertas, el
-número 15, había unas botinas de mujer, de raso, pequeñitas y finas, y
-al lado, las botinitas de un niño, todas rotas y gastadas, y sus cañas
-de paño forradas de pieles caíanle para los lados, con los cordones
-desatados. Todos dormían. Frente al número 3, estaban los zapatos de
-cachemir con correas; y cuando abrí la puerta vi al hombre de las
-bocamangas de veludillo que amarraba en la cabeza un pañuelo de seda;
-tenía una chaqueta corta de ramajes, unas medias de lana, gruesas y
-altas, y los pies metidos en unas chinelas de orillo.
-
---No repare usted --me dijo.
-
---Libertad completa --y para establecer la intimidad, me saqué la
-chaqueta.
-
-No diré los motivos, por los cuales de allí a poco, ya acostado, me
-relató su historia. Hay un proverbio eslavo de Galicia, que dice: «lo
-que no cuentas a tu mujer, lo que no cuentas a tu amigo, cuéntaselo
-a un extraño en el hospedaje». Mas él tuvo rabias inesperadas y
-dominantes en el ínterin de su larga y sentida confidencia. Fue a
-propósito de mi amigo Peixoto, que se había ido a casar a Villa Real.
-¡Le vi llorar, a aquel viejo de casi sesenta años! Tal vez la historia
-se juzgue trivial; a mí, que en esa noche estaba nervioso y sensible,
-me pareció terrorífica; mas cuéntola apenas como un accidente singular
-de la vida amorosa...
-
-Comenzó, pues, por decirme, que su caso era natural, y que se llamaba
-Macario.
-
-Le pregunté yo entonces si era de una familia que yo conociera, que
-tenía el apellido de _Macario_; y como él me respondiese que era
-primo de esos tales, aventuré a seguida una idea muy simpática de
-su carácter, porque los Macarios eran una antigua familia, casi una
-dinastía de comerciantes, que mantenían con una severidad religiosa
-su vieja tradición de honra y de escrúpulo. Díjome Macario que en ese
-tiempo, en 1823 o 33, en su mocedad, su tío Francisco tenía en Lisboa,
-un almacén de paños, y que él era uno de los dependientes. Al cabo de
-un tiempo, el tío compenetrábase de ciertos instintos inteligentes y
-del talento práctico y aritmético de Macario, y le dio el escritorio.
-Macario tornose su tenedor de libros.
-
-Díjome que siendo naturalmente linfático, y tímido, su vida tenía en
-ese tiempo una gran concentración. Un trabajo escrupuloso y fiel,
-algunas raras meriendas en el campo, un esmero distinto en el traje
-y en la ropa blanca, era todo el interés de su vida. La existencia
-en aquel entonces era casera y estrecha. Una gran simplicidad social
-aclaraba las costumbres; los espíritus eran más ingenuos, los
-sentimientos menos complicados.
-
-Comer alegremente en una huerta, bajo los parrales, viendo correr el
-agua de las riegas, llorar con los melodramas que rugían entre los
-bastidores del Salitre, alumbrados con cera, eran contentamientos que
-bastaban a la burguesía cautelosa. Demás de eso, los tiempos eran
-confusos y revolucionarios; y nada torna al hombre recogido, amigo del
-hogar, simple y fácilmente feliz, como la guerra. La paz, dando vagar a
-la imaginación, causa las impaciencias del deseo.
-
-A los veintidós años, Macario, como le decía una vieja tía que fuera
-querida del magistrado Curvo Semedo, aún no había _sentido a Venus_.
-
-Mas por ese tiempo vino a morar enfrente del almacén de los Macarios,
-en un tercer piso, una mujer de cuarenta años, vestida de luto, con una
-piel blanca y descolorida, el busto bien hecho y un aspecto deseable.
-Macario tenía su pupitre en el primer piso, encima del almacén, al
-borde de un balcón, y desde allí vio una mañana a aquella mujer
-con el cabello negro suelto y ensortijado, una blusa blanca y los
-brazos desnudos, llegarse al antepecho de una ventana para sacudir un
-vestido. Macario fijó en ella su mirada, y sin más intención, díjose
-mentalmente que aquella mujer, a los veinte años debía haber sido una
-persona cautivante y llena de dominio; porque sus cabellos, violentos
-y ásperos, las cejas espesas, el labio fuerte, el perfil aquilino y
-firme, revelaban un temperamento activo e imaginaciones apasionadas.
-En tanto, continuó serenamente alineando sus cifras. Mas por la noche,
-estaba fumando, sentado a la vera de la ventana de su cuarto, que
-abría sobre el patio; era una noche de julio y la atmósfera, eléctrica
-y amorosa; el violín de un vecino gemía una _jácara_ morisca de un
-melodrama que entonces sensibilizaba; el cuarto hallábase sumido en
-una penumbra dulce y llena de misterio, y Macario, que calzaba unas
-chinelas, de improviso se acordó de aquellos cabellos negros y fuertes
-y de aquellos brazos que tenían el color de los mármoles pálidos;
-desperezose, bamboleó mórbidamente la cabeza por el respaldo del sillón
-de mimbre, como los gatos sensibles, que se estregan, y decidió,
-bostezando, que su vida era monótona. Y al otro día, aún impresionado,
-sentose ante su pupitre con la ventana abierta y mirando a la casa
-frontera en donde vivían aquellos largos cabellos, comenzó a recortar
-lentamente su pluma de madera. No se asomó nadie al balcón de antepecho
-con persianas verdes. Macario estaba hastiado, pesado, y el trabajo
-fue lento. ¡Pareciole que había en la calle un sol alegre y que en los
-campos las sombras debían ser mimosas y que se hallaría bien viendo
-el palpitar de las mariposas blancas en las madreselvas! Cuando cerró
-el pupitre, sintió que se abrían las maderas de los ventanales de
-enfrente: eran de seguro los cabellos negros. Aparecieron unos cabellos
-rubios. ¡Oh! Macario salió a seguida, descaradamente al balcón,
-afilando un lápiz. Era una señorita de unos veinte años, fina, fresca,
-rubia como una viñeta inglesa; la blancura de la piel tenía algo de
-la transparencia de las viejas porcelanas, y había en su perfil una
-línea pura como de una medalla antigua. Los viejos poetas pintorescos
-habríanla llamado paloma, armiño, nieve y oro.
-
-Macario se dijo:
-
---Es hija.
-
-La otra vestía de luto, y esta, la rubia, traía un vestido de muselina
-con lunares azules, una pañoleta de Cambray cruzada sobre el pecho, las
-mangas con encajes, y todo era aseado, mozo, fresco, flexible y tierno.
-
-Por entonces Macario era rubio, con la barba corta, el pelo rizado, y
-su figura debía tener aquel aire seco y nervioso que después del siglo
-XVIII y de la revolución, fue tan vulgar en las razas plebeyas.
-
-La señorita rubia reparó naturalmente en Macario y naturalmente cerró
-las maderas, corriendo por detrás una cortina de muselina bordada.
-Estas pequeñas cortinas datan de Goethe y tienen en la vida amorosa un
-interesante destino: revelan. Levantarles una punta y espiar, fruncirla
-suavemente, revela un fin; correrla, sujetar en ella una flor,
-agitarla, haciendo sentir que por dentro un rostro atento se mueve y
-espera, son viejas maneras con que en la realidad y en el arte comienza
-la novela. La cortina irguiose despacito y el rostro rubio avizoró.
-
-Macario no me contó por palpitaciones la historia minuciosa de su
-corazón. Dijo sencillamente que de allí a cinco días _estaba loco por
-ella_. Su trabajo tornose luego perezoso e infiel, y su bella letra
-cursiva inglesa, firme y larga, adquirió curvas, ganchos, rabos, en
-donde estaba toda la novela impaciente de sus nervios. No la podía ver
-por la mañana; el sol mordiente de julio batía y abrasaba la ventana.
-Solo por la tarde se fruncía la cortina, se abrían las maderas, y
-ella, extendiendo una almohadilla en el borde del antepecho, venía
-a acodarse, mimosa y fresca, con un abanico en la mano. Abanico que
-preocupó a Macario: era chinés, redondo, de seda blanca, con dragones
-escarlata bordados a pluma, una armazón de pluma azul, fina y trémula
-como un plumón, y su cabo de marfil, del cual pendían dos borlas de
-hilo de oro, tenía incrustaciones de nácar a la manera persa.
-
-Un abanico magnífico y, en aquel tiempo, inesperado, en las manos
-plebeyas de una señorita vestida de muselina. Mas como ella era rubia y
-la madre tan meridional, Macario, con esa intuición interpretativa de
-los enamorados, respondió a su curiosidad: _será hija de un inglés_.
-El inglés va a la China, a Persia, a Ormuz, a Australia y viene lleno
-de aquellas joyas de los lujos exóticos, y ni Macario sabía por qué
-le preocupaba así aquel abanico de mandarina: mas según él me dijo,
-_aquello le agradó_.
-
-Transcurriera una semana, cuando un día Macario vio, desde su mesa, que
-la rubia salía con la madre, porque se acostumbrara a considerar madre
-a aquella magnífica señora magníficamente pálida y vestida de luto.
-
-Macario fue a la ventana y las vio atravesar la calle y entrar en el
-almacén. ¡En su almacén! Descendió corriendo, trémulo, impaciente,
-apasionado y con palpitaciones. Ya estaban apoyadas en el mostrador,
-y un dependiente desdoblábales cachemires negros. Esto conmovió a
-Macario; él mismo me lo dijo:
-
---Porque, en fin, querido, no era natural que ellas fuesen a comprar
-cachemires negros.
-
-No; ellas no usaban _amazonas_; no querrían ciertamente tapizar
-sillas con cachemir negro: no había hombres en su casa; de suerte,
-que aquella venida al almacén era un medio delicado para verle de
-cerca y hablarle, y tenía todo el encanto penetrante de una mentira
-sentimental. Yo advertí a Macario que, siendo así, él debía extrañar
-aquel movimiento amoroso, porque denotaba una complicidad equívoca
-en la madre. Él me confesó que _ni pensaba en tal_. Lo que hizo fue
-acercarse al mostrador y decir estúpidamente:
-
---Sí, señor; van bien servidas: este cachemir no encoge.
-
-La rubia irguió hacia él su mirar azul, y Macario quedó como si se
-sintiese envuelto en la dulzura de un cielo.
-
-Y cuando iba a decirle una palabra reveladora y vehemente, apareció en
-el fondo del almacén el tío Francisco, con su larga levita color de
-piñón y botones amarillos. Como era singular y desusado hallarse al
-señor tenedor de libros vendiendo en el mostrador, y el tío Francisco,
-con su crítica estrecha y célibe, podía escandalizarse, Macario comenzó
-a subir lentamente la escalera en caracol que llevaba al escritorio, y
-aún oyó la voz delicada de la rubia decir blandamente:
-
---Ahora querría ver telas de la India.
-
-El dependiente fue a buscar un pequeño paquete de aquellas telas,
-apiladas y apretadas con una tira de papel dorado.
-
-Macario, que había adivinado en aquella visita una revelación de amor,
-casi una _declaración_, estuvo todo el día entregado a las amargas
-impaciencias de la pasión.
-
-Anduvo distraído, absorto, pueril; no dio la menor atención al
-escritorio; comió callado, sin escuchar al tío Francisco, que exaltaba
-las albóndigas; apenas reparó en su sueldo, que le fue satisfecho en
-plata, a las tres, y no entendió bien las recomendaciones del tío y la
-preocupación de los dependientes sobre la desaparición de un paquete de
-pañuelos de la India.
-
---Es la costumbre de dejar entrar pobres en el almacén --había dicho
-el tío Francisco, en su laconismo majestuoso--. Son doce duros de
-pañuelos. Lance a mi cuenta.
-
-En tanto, Macario rumiaba secretamente una carta; mas sucedió que al
-otro día, estando él en el balcón, la madre, la de los cabellos negros,
-vino a apoyarse en el antepecho, y en ese momento pasaba por la calle
-un muchacho amigo de Macario, que al ver a aquella señora se paró y
-le sacó, con una cortesía risueña, su sombrero de paja. Macario quedó
-radiante. Aquella noche buscó a su amigo, y, brutalmente, sin medias
-tintas:
-
---¿Quién es aquella mujer que saludaste hoy frente al almacén?
-
---Es la Villaça. Bella mujer.
-
---¿Y la hija?
-
---¡La hija!
-
---Sí; una rubia clara, con un abanico chinés.
-
---¡Ah! sí. Es hija.
-
---Es lo que yo decía.
-
---¿Sí? ¿Y qué?
-
---Es bonita.
-
---¡Es bonita!
-
---Es gente de bien, ¿eh?
-
---Sí; gente de bien.
-
---Está bien. ¿Tú las conoces mucho?
-
---Las conozco. Mucho, no. Las encontraba antes en casa de doña Claudia.
-
---Bien; oye.
-
-Y Macario, contando la historia de su corazón despertado y exigente, y
-hablando del amor con las exaltaciones de entonces, pidiole, como la
-gloria de su vida, que _hallase un medio de encajarlo allí_. No era
-difícil. Las Villaças acostumbraban ir los sábados a casa de un notario
-muy rico, en la calle de los Calafates; eran reuniones sencillas y
-pacatas, en donde se cantaban motetes con música de clavicordio, se
-glosaban motes y había juegos de prendas del tiempo de la señora doña
-María I, y a las nueve, la criada servía horchata. Bien. El primer
-sábado, Macario, de casaca azul, calzas de Nankin con presillas de
-metal, corbata de raso rojo, curvábase delante de la esposa del
-notario, la señora doña María de la Gracia, persona seca y ahilada,
-con un vestido bordado a matiz, una nariz corva, un enorme anteojo de
-concha y una pluma de _marabout_ en sus cabellos grises. En un rincón
-de la sala, entre un _frou-frou_ de vestidos enormes, estaba la pequeña
-Villaça, la rubia, vestida de blanco, sencilla, fresca, con su aire
-de grabado en color. La madre, la soberbia mujer pálida, cuchicheaba
-con un magistrado de figura apoplética. El notario era hombre letrado,
-latinista y amigo de las musas; escribía en un periódico de entonces,
-_La alcoba de las damas_, porque era, sobre todo, galante, y él mismo
-se intitulaba, en una oda pintoresca, _mozo escudero de Venus_. Así,
-sus reuniones eran ocupadas por las bellas artes, y en esa noche,
-un poeta del tiempo debía leer un poemita intitulado _¡Elmira, o la
-venganza del veneciano!_...
-
-Comenzaban entonces a aparecer las primeras audacias románticas.
-Las revoluciones de Grecia principiaban a atraer a los espíritus
-románticos y salidos de la mitología hacia los países maravillosos de
-Oriente. Por dondequiera se hablaba del pachá de Janina. La poesía
-apoderábase vorazmente de este mundo nuevo y virginal de minaretes,
-serrallos, sultanas color de ámbar, piratas del Archipiélago y salas
-tapizadas, llenas de perfume del áloe, en donde pachás decrépitos
-acarician leones. De suerte que la curiosidad era grande; y cuando el
-poeta apareció con los cabellos largos, la nariz aquilina y fatal, el
-pescuezo embarazado en la alta gola de su frac a la Restauración y un
-canuto de lata en la mano, Macario fue el único que no experimentó
-sensación alguna, porque estaba todo embebecido hablando con la niña de
-Villaça. Decíale afablemente:
-
---¿Y entonces, el otro día, le gustó el cachemir?
-
---Mucho --dijo ella en voz baja.
-
-Desde ese momento, envolvioles un destino nupcial.
-
-Entretanto, en el amplio salón, pasábase la noche espiritualmente.
-Macario no me pudo dar todos los pormenores históricos y
-característicos de aquella asamblea. Recordaba apenas que un corregidor
-de Leiria recitaba el _Madrigal a Lidia_; leíalo de pie, con una lupa
-redonda aplicada sobre el papel, la pierna derecha adelantada, la
-mano en la abertura del chaleco blanco de gola alta. Y a la redonda,
-formando círculo, las damas, con vestidos de ramazón, cubiertas de
-plumas, las mangas estrechas terminadas en vuelos fofos de encaje,
-mitones de seda negra llenos del centelleo de los anillos, tenían
-sonrisas tiernas, cuchicheos, dulces murmuraciones, risitas y un blando
-palpitar de abanicos recamados de lentejuelas.
-
---¡Muy bonito --decían--, muy bonito!
-
---Y el corregidor, desviando el lente, cumplimentaba sonriendo y
-veíasele un diente podrido.
-
-Luego, la preciosa doña Jerónima de la Piedad y Sande, sentándose con
-maneras conmovidas ante el clavicordio, cantó con su voz gangosa la
-antigua aria de Lully:
-
- ¡Oh, Ricardo!; ¡oh, mi rey!
- El mundo te abandona,
-
-lo que obligó al terrible Gaudencio, demócrata del 20 y admirador de
-Robespierre, a murmurar rencorosamente junto a Macario:
-
---¡Reyes!... ¡Víboras!
-
-Después, el canónigo Saavedra cantó una romanza de Pernambuco, muy
-usada en el tiempo del señor Don Juan VI: _lindas mozas, lindas mozas_.
-
-Así fue corriendo la noche, literaria, pachorrienta, erudita,
-requintada y toda llena de musas.
-
-Ocho días después, Macario era recibido en casa de la Villaça, en un
-domingo. Convidáralo la madre, diciéndole:
-
---Espero que el vecino honre aquella choza.
-
-El magistrado apoplético, que estaba al lado, exclamó:
-
---¿Choza? Diga alcázar, hermosa dama.
-
-En esta noche hallábanse allí el amigo del sombrero de paja, un viejo
-caballero de Malta, renco, estúpido y sordo, un beneficiado de la
-catedral, ilustre por su voz de tiple, y las hermanas Hilarias, de
-las cuales, la más vieja, habiendo asistido, como aya de una señora
-de la casa de la Mina, a la torada de Salvatierra, en que murió el
-conde de los Arcos, nunca dejaba de narrar los pintorescos episodios
-de aquella tarde; la figura del conde de los Arcos, de cara rapada y
-una cinta de raso escarlata en la coleta; el soneto que un magro poeta,
-parásito de la casa de Vimioso, recitó cuando el conde entró, haciendo
-ladear su caballo negro, enjaezado a la española, con una gualdrapa
-en donde figuraban sus armas labradas en plata; el tumbo que en ese
-momento dio un fraile de San Francisco desde las gradas más altas, y
-la hilaridad de la corte, que hasta la condesa de Pavolide se llevaba
-las manos a los costados; después, el rey, el señor Don José I, vestido
-de terciopelo escarlata, recamado de oro, acodado en el borde de su
-palco y haciendo girar entre dos dedos su caja de rapé guarnecida, y
-por detrás, inmóviles, el médico Lourenço y el fraile, su confesor;
-después, el rico aspecto de la plaza llena de gente de Salvatierra,
-mayorales, frailes, lacayos y el grito que hubo, cuando Don José I
-entró: ¡Viva el rey, nuestro señor! Y el pueblo se arrodilló y el rey
-habíase sentado, y comía dulces que le ofreció un criado, en una bolsa
-de terciopelo.
-
-Luego, la muerte del conde de los Arcos, los desmayos, y hasta el rey,
-todo inclinado, batiendo con la mano en el antepecho, gritando en la
-confusión; y el capellán de la casa de los Arcos, que había salido
-corriendo desaladamente a buscar la extremaunción. Ella, Hilaria,
-quedara aterrada de pavor; sentía los mugidos de los bueyes, gritos
-agudos de mujeres, los aullidos de los flatos, y viera entonces a un
-viejo, todo vestido de terciopelo negro, con la fina espada en la mano,
-debatirse entre hidalgos y damas que lo sujetaban, y querer tirarse a
-la plaza, bramando de rabia. «Es el padre del conde», explicaban en
-torno. Ella desmayárase en los brazos de un padre de la Congregación.
-Al volver en sí, hallose junto a la plaza; a la puerta estaba la
-berlina real, con los postillones emplumados, los machos llenos de
-cascabeles, y, al frente, los batidores a caballo; veíase allá dentro
-al rey, escondido en el fondo, pálido, sorbiendo febrilmente rapé,
-todo encogido, con el confesor, y par a par, con una de las manos
-apoyadas en el alto bastón, hombrachón, fuerte, el aspecto melancólico,
-el marqués de Pombal hablaba despacito e íntimamente, gesticulando
-con el lente. Los batidores picaron, resonaron los estallidos de los
-postillones, y la berlina partió al galope, mientras el pueblo gritaba:
-¡Viva el rey, nuestro señor! ¡Y la campana de la capilla del palacio
-tocaba a difuntos! Era una honra que concedía el rey a la casa de los
-Arcos.
-
-En el punto en que doña Hilaria acabó de contar, suspirando, estas
-desgracias pasadas, comenzose a jugar. Macario no recordaba lo que se
-había jugado en esa noche radiosa, lo cual parece singular. Solo se
-acordaba de que había quedado al lado de la pequeña de Villaça (que se
-llamaba Luisa), que reparara mucho en su fina piel rosada, embebida
-en luz, y en la dulce y amorosa pequeñez de su mano con las uñas más
-pulidas que el marfil de Dieppe. Se acordaba también de un accidente
-excéntrico, que le había hecho determinarse, desde ese día, a sentir
-una gran hostilidad al clero de la catedral. Macario estaba sentado
-a la mesa, y a su lado Luisa, la cual habíase vuelto hacia él, con
-una de las manos sosteniendo su fina cabecita rubia y amorosa, y la
-otra descansando en el regazo. El beneficiado sentárase enfrente,
-con su bonete negro, sus anteojos en la punta aguda de la nariz, el
-tono azulado de la fuerte barba rapada, y sus dos grandes orejas,
-complicadas y llenas de pelo, separadas del cráneo como dos postigos
-abiertos. En esto, como era necesario al final del juego pagar unos
-tantos al caballero de Malta, que cayera al lado del beneficiado,
-Macario sacó del bolsillo una moneda y en tanto el caballero, todo
-curvado y bizqueando un ojo, hacía la suma de los tantos en el dorso de
-un as, Macario conversaba con Luisa, haciendo girar sobre el paño verde
-su moneda de oro, como un bolillo o un peón. Era una moneda nueva que
-relucía, chispeaba, rodando, y hería la vista como una bola de nieve
-iluminada. Luisa sonreía viéndola girar, girar, y le parecía a Macario
-que todo el cielo, la pureza, la bondad de las flores y la castidad de
-las estrellas estaban en aquella clara sonrisa distraída, espiritual,
-arcangélica, con que ella seguía el giro fulgurante de la moneda nueva
-de oro. De repente, la pieza, corriendo hasta el borde de la mesa, cayó
-hacia el lado del regazo de Luisa y desapareció sin que se oyese en el
-suelo de madera su sonido metálico. El beneficiado inclinose en seguida
-cortésmente; Macario apartó la silla, mirando por debajo de la mesa; la
-Villaça madre alumbró con un candelabro, y Luisa irguiose y sacudió con
-un levísimo golpe su vestido de muselina. La moneda no pareció.
-
---¡Es célebre! --dijo el amigo del sombrero de paja--, yo no la oí
-sonar en el suelo.
-
---¡Ni yo, ni yo! --dijeron.
-
-El beneficiado, curvado, buscaba tenazmente, y la Hilaria más joven,
-murmuraba el responso de San Antonio.
-
---Pues la casa no tiene agujeros --decía la Villaça, madre.
-
---¡Desaparecer así! --refunfuñaba el beneficiado.
-
-Macario exhalábase en exclamaciones desinteresadas:
-
---¡Por el amor de Dios! ¡No busquen más! ¡Qué más da! ¡Mañana parecerá!
-¡Tengan la bondad! ¡Háganme el favor! ¡Doña Luisa! ¡Por el amor de
-Dios! ¡No vale nada!
-
-Pero mentalmente estableció que hubiera una sustracción, y se la
-atribuyó al beneficiado. La pieza rodara, seguramente hasta junto
-de él, sin ruido: pusiérale encima su vasto zapato eclesiástico y
-tachuelado; y, después, en el movimiento brusco y corto que había
-hecho, aprehendiérala vilmente. Cuando salieron, el beneficiado,
-todo embozado en su amplia capa de camelote, decía a Macario por la
-escalera:
-
---¿Mire usted que la desaparición de la moneda, eh? ¡Qué broma!
-
---¿Le parece a usted, señor beneficiado? --dijo Macario, deteniéndose,
-pasmado de la impudencia.
-
---¿Que si me parece? ¡Si le parece! ¡Una moneda de oro! ¡Solo si usted
-las siembra!... ¡Porra! ¡Yo me volvía loco!
-
-Macario sintió tedio de aquella astucia fría. No le respondió. El
-beneficiado, añadió:
-
---¡Mande allá mañana por la mañana, hombre! ¡Qué diablo!... ¡Dios me
-perdone! ¡Qué diablo! Una moneda no se pierde así. ¡Qué mala suerte, eh!
-
-Macario sentía ganas de pegarle. Estando en esto fue cuando Macario me
-dijo con su voz singularmente sensible:
-
---En fin, amigo mío, para abreviar razones, resolví casarme con ella.
-
---¿Y la moneda?
-
---¡No pensé más en eso! ¡Iba a pensar yo entonces en la moneda!
-¡Resolví casarme con ella!
-
-
-II
-
-Macario me contó lo que le determinara más precisamente en aquella
-resolución profunda y perpetua. Fue un beso. Mas ese suceso, casto
-y sencillo, yo lo callo, porque el único testigo fue una imagen en
-estampa de la Virgen, que estaba colgada en su cuadrito de madera,
-en la sala oscura que abría a la escalera... Un beso fugitivo,
-superficial, efímero. Y bastó eso a su espíritu recto y severo para
-obligarlo a tomarla como esposa, y darle una fe inmutable y la posesión
-de su vida. Tales fueron sus esponsales. Aquella simpática sombra de
-las ventanas vecinas tórnase para él un destino, el fin moral de su
-vida, y toda la idea dominante de su trabajo. Esta historia toma, desde
-luego, un alto carácter de santidad y de tristeza.
-
-Macario me habló largamente del carácter y de la figura del tío
-Francisco: su aventajada estatura, sus lentes de oro, su barba
-grisácea, en collar, por debajo del mentón, un tic nervioso que
-tenía en una ventana de la nariz, la dureza de su voz, su austera
-y majestuosa tranquilidad, sus principios antiguos, autoritarios y
-tiránicos, y la brevedad telegráfica de sus palabras.
-
-Cuando Macario le dijo una mañana, durante el almuerzo, brutalmente,
-sin transiciones emolientes: «Pídole permiso para casarme», el tío
-Francisco, que echaba azúcar en su café, quedó callado, revolviendo
-con la cucharilla, despacio, majestuoso y terrible; y cuando acabó de
-sorber los restos del platillo, con gran ruido, sacó del cuello la
-servilleta, la dobló, afiló con el cuchillo un mondadientes, se lo puso
-en la boca y salió: mas a la puerta del comedor paró, y volviéndose
-hacia Macario, que estaba en pie, junto a la mesa, dijo secamente:
-
---No.
-
---¡Perdón, tío Francisco!
-
---No.
-
---Mas oiga, tío Francisco...
-
---No.
-
-Macario sintiose poseído de una gran cólera.
-
---En ese caso, lo hago sin permiso.
-
---Despedido de casa.
-
---Saldré. No lo dude.
-
---Hoy.
-
---Hoy.
-
-El tío Francisco iba a cerrar la puerta, mas volviéndose:
-
---¡Oye! --dijo a Macario, que estaba exasperado, apoplético, arañando
-en los cristales de la ventana.
-
-Macario volviose con una esperanza.
-
---Deme de ahí la caja del rapé --dijo el tío Francisco.
-
-¡Habíasele olvidado la caja! Así que estaba perturbado.
-
---Tío Francisco... --comenzó Macario.
-
---Basta. Estamos a 12. Recibirá usted el sueldo del mes entero.
-
-Las educaciones antiguas producían estas situaciones insensatas. Era
-brutal e idiota. Macario me afirmó que era así.
-
-Y por la tarde, hallábase Macario en el cuarto de un hospedaje en la
-plaza de la Figueira, con seis monedas de oro, un baúl de ropa blanca
-y su pasión. Estaba tranquilo; sin embargo, sentía su destino lleno
-de apuros. Tenía relaciones y amistades en el comercio. Conocíasele
-ventajosamente: la nitidez de su trabajo, su honra tradicional, el
-nombre de la familia, su tacto comercial, su bella letra cursiva,
-inglesa, abríanle de par en par, respetuosamente, todas las puertas
-de los escritorios. Al otro día fue a ver alegremente al negociante
-Falleiro, antigua relación comercial de su casa.
-
---Con mucho gusto, amigo mío --me dijo--. ¡Quién me lo diera aquí! Mas
-si lo recibo, quedo mal con su tío, mi viejo amigo de veinte años. Me
-lo declaró categóricamente. Ya ve usted. Fuerza mayor. Yo lo siento;
-pero...
-
-Todos los que Macario visitó, confiado en relaciones sólidas, recelaban
-_quedar mal con su tío, viejo amigo de veinte años_.
-
-Y todos lo _sentían; pero_...
-
-Entonces dirigiose Macario a negociantes nuevos, extraños a su casa y
-a su familia, y sobre todo a los extranjeros: esperaba encontrar gente
-libre de la amistad de veinte años del tío. Para esos, Macario era
-desconocido, y asimismo desconocidos su dignidad y su hábil trabajo.
-Si tomaban informes, sabían que había sido despedido repentinamente de
-casa de su tío, por causa de una señorita rubia, vestida de muselina.
-Esta circunstancia restaba a Macario la simpatía. El comercio evita
-el tenedor de libros sentimental. De suerte, que Macario comenzó a
-sentirse en un momento agudo. Pretendiendo, pidiendo, rebuscando,
-pasaba el tiempo, sorbiendo, poco a poco, sus seis monedas.
-
-Se mudó a un hospedaje barato, y continuó olfateando. Mas como fuera
-siempre de temperamento recogido, no había creado amigos. De modo que
-se encontraba desamparado y solitario, y la vida aparecíasele como un
-descampado.
-
-Las monedas terminaron. Macario entró, paso a paso, en la antigua
-tradición de la miseria, la cual tiene solemnidades fatales y
-establecidas; comenzó por empeñar; después, vendió. Reloj, anillos,
-levita azul, cadena, paletó de alamares, todo fue yendo poco a poco,
-rebujado debajo del chal, a una vieja seca y llena de asma.
-
-Entretanto, veía a Luisa, de noche, en la salita oscura que daba a la
-escalera; una lamparilla ardía encima de la mesa. Era feliz allí, en
-aquella penumbra, sentado castamente al lado de Luisa, en un rincón de
-un viejo canapé de paja. No la veía de día, porque traía ya la ropa
-usada, las botas torcidas, y no le gustaba mostrar a la fresca Luisa,
-tan mimosa en su cambray aseado, su miseria remendada; allí, a aquella
-luz tenue, exhalaba su gran pasión y escondía su traje decadente.
-
-Era muy singular el temperamento de Luisa, según me dijo Macario.
-Tenía el carácter rubio como el cabello, si es cierto que el rubio
-es un color lánguido y deslucido: hablaba poco, sonreía siempre con
-sus blancos dientecillos; decía a todo _¿sí?_; era muy simple, casi
-indiferente, llena de transigencias.
-
-Seguramente amaba a Macario, mas con todo el amor que podía dar su
-naturaleza débil, agotada, nula. Era como un copo de lino, hilábase
-como se quería; y, a las veces, en aquellos encuentros nocturnos, tenía
-sueño.
-
-Un día, Macario la encontró excitada: estaba impaciente, el chal
-arrebozado de cualquier manera, mirando siempre hacia la puerta
-interior.
-
---¿Te vio mamá? --dijo ella.
-
-Contole que la madre desconfiaba, impertinente y áspera, y que de
-seguro presentía aquel proyecto nupcial, tramado como una conjuración.
-
---¿Por qué no vienes a pedir mi mano?
-
---¡Pero, hija, si yo no puedo! No tengo acomodo ninguno. Espera. Un mes
-acaso. Tengo ahora un negocio en buen camino. Nos moriríamos de hambre.
-
-Luisa callose, torciendo la punta del chal, con los ojos bajos.
-
---Por lo menos --dijo ella-- hasta que yo no te haga seña desde la
-ventana, no subas más, ¿sí?
-
-Macario rompió a llorar; los sollozos estallaban violentos y
-desesperados.
-
---¡Chist! --decíale Luisa--. ¡No llores alto!...
-
-Macario me contó la noche que pasó, por las calles, al acaso, rumiando
-febrilmente su dolor, bajo el frío de enero, en su levita corta.
-
-No durmió, y luego, por la mañana, al otro día, entró como una ráfaga
-en el cuarto del tío Francisco y díjole brutalmente, secamente:
-
---Es todo lo que tengo --y mostrábale unas perras--. Ropa, estoy sin
-ella. Vendí todo; dentro de poco tendré hambre.
-
-El tío Francisco, que se estaba afeitando junto a la ventana, con el
-pañuelo de la India amarrado en la cabeza, volviose, y poniéndose los
-lentes, le miró:
-
---Su pupitre allí está. Quede --y añadió, con un gesto decisivo--
-soltero.
-
---¡Tío Francisco, óigame!...
-
---Soltero, he dicho --continuó el tío Francisco, mientras suavizaba la
-navaja en el asentador.
-
---No puedo.
-
---¡Entonces, a la calle!
-
-Macario obedeció aturdido. Llegó a su casa, acostose, lloró y se quedó
-dormido. Cuando salió, al anochecer, no tenía resolución, ni idea.
-Estaba como una esponja saturada. Dejábase ir.
-
-De repente, una voz gritó desde dentro de una tienda:
-
---¡Eh! ¡Pchs! ¡Oiga!
-
-Era el amigo del sombrero de paja; abrió los brazos ampliamente:
-
---¡Qué diablo! ¡Toda la mañana te anduve buscando!
-
-Y le contó que había llegado de la provincia, supiera su crisis y le
-traía un desenlace.
-
---¿Quieres?
-
---Todo.
-
-Una casa comercial necesitaba un hombre hábil, resuelto y duro, para ir
-con una comisión difícil y de grandes ganancias, a Cabo Verde.
-
---¡Dispuesto! --dijo Macario--. ¡Pronto! Mañana.
-
-Y fue corriendo a escribir a Luisa, pidiéndola una despedida, un
-último encuentro, aquel en que a los brazos desolados y vehementes
-cuesta tanto desenlazarse. Fue. Encontrola toda arrebujada en su chal,
-tiritando de frío. Macario lloró. Ella, con su pasiva y rubia dulzura,
-díjole:
-
---Haces bien. Tal vez te hagas rico.
-
-Y al otro día, Macario partió.
-
-Conoció las jornadas trabajosas en los mares enemigos, el mareo
-monótono en un camarote ahogado, las duras costumbres de las colonias,
-la brutalidad tiránica de los hacendados ricos, el peso de los fardos
-humillantes, las dilaceraciones de la ausencia, los viajes al interior
-de las tierras negras y la melancolía de las caravanas que orillan en
-violentas noches, durante días y días, los tranquilos ríos, de donde se
-exhala la muerte.
-
-Volvió.
-
-Y a seguida, en la misma tarde, la vio, a ella, Luisa, clara, fresca,
-reposada, serena, acodada al antepecho del balcón, con su abanico
-chinés. Y al otro día, ávidamente, fue a pedírsela a la madre. Macario
-había hecho un gran negocio, y la Villaça madre abriole sus brazos
-amigos llena de exclamaciones. El casamiento acordose para dentro de un
-año.
-
---¿Por qué? --pregunté yo a Macario.
-
-Y me explicó que las ganancias de Cabo Verde no podían constituir un
-capital definitivo; eran apenas un capital de habilitación. Traía de
-Cabo Verde elementos de poderosos negocios; durante un año, trabajaría
-sin descanso, y al final, podría, sosegadamente, crear una familia.
-
-Trabajó de firme: puso en aquel trabajo la fuerza creadora de su
-pasión. Levantábase de madrugada, comía de prisa, hablaba muy poco. A
-la tardecita iba a visitar a Luisa. Después, volvía impacientemente al
-trabajo, como un avaro a su cofre.
-
-Estaba grueso, fuerte, duro, fiero; con el mismo ímpetu servíase de
-las ideas y de los músculos; vivía en una tempestad de cifras. A las
-veces, Luisa, al pasar, entraba en su almacén: aquel posar de ave
-fugitiva dábale alegría, fe, confortamiento para todo un mes totalmente
-trabajado.
-
-Por entonces el amigo del sombrero de paja vino a pedir a Macario que
-fuese su fiador por una gran cantidad que pidiera para establecer un
-bazar de quincalla en grande. Macario, que estaba en el vigor de su
-crédito, accedió con alegría. El amigo del sombrero de paja es quien
-le había facilitado el negocio providencial de Cabo Verde. En aquella
-sazón faltaban dos meses para la boda. Macario sentía, en ciertos
-momentos, subírsele al rostro los febriles rubores de la esperanza.
-Ya comenzara a tratar de las proclamas. Estando en esto, un día, el
-amigo del sombrero de paja desaparece con la mujer de un alférez. Su
-establecimiento estaba en los comienzos. Era una aventura muy confusa.
-Nunca se pudo precisar nítidamente aquel embrollo doloroso. Lo positivo
-era que Macario le fiara; Macario debía reembolsar. Cuando lo supo,
-empalideció, y dijo sencillamente:
-
---¡Liquido y pago!
-
-Y cuando liquidó, quedó otra vez pobre. Como el desastre tuviera una
-gran publicidad y su honra estaba santificada en la opinión, al punto
-la casa Peres y Compañía, que lo mandara a Cabo Verde, le propuso otro
-viaje y otros negocios.
-
---¡Volver a Cabo Verde otra vez!
-
---¡Hace otra vez fortuna, hombre! ¡Usted es el diablo! --dijo el señor
-Eleuterio Peres.
-
-En viéndose así, solo y pobre, Macario estalló en llanto. ¡Todo estaba
-perdido, acabado, extinto! ¡Era necesario recomenzar pacientemente
-la vida, volver a las largas miserias de Cabo Verde, tornar a las
-pasadas desesperanzas, sudar los antiguos sudores! ¿Y Luisa? Macario
-le escribió. Luego rasgó la carta. Fue a casa de ella: las ventanas
-tenían luz; subió hasta el primer piso, mas allí le tomó una gran
-aflicción, una cobardía de revelar el desastre, el pavor trémulo de
-una separación, el terror de que ella se negase, rehusase, vacilara...
-¿Querría ella esperar más? No se atrevió a hablar, a explicar, a pedir;
-descendió las escaleras. Era de noche. Anduvo a la ventura por las
-calles; había un sereno y silencioso lunar. Iba sin saber adónde; de
-pronto oyó, por dentro de una ventana iluminada, un violín que tocaba
-la _xácara mourisca_. Acordose del tiempo en que conociera a Luisa, del
-dulce sol claro que había entonces, y del vestido de ella, de muselina,
-con lunares azules. Era en la calle en donde estaban los almacenes del
-tío. Fue caminando. Púsose a mirar su antigua casa. La ventana del
-escritorio estaba cerrada. Desde allí, ¡cuántas veces viera a Luisa
-y el blando movimiento de su abanico chinés! Pero una ventana, en el
-segundo piso, tenía luz; era el cuarto del tío. Macario fue a observar
-desde más lejos; dentro, por detrás de las ventanas, estaba arrimada
-una figura: era el tío Francisco. Vínole una saudade de todo su pasado
-simple, retirado, plácido. Recordaba su cuarto, y la vieja cartera con
-cerradura de plata, y la miniatura de su madre, que pendía encima de
-la barra de la cama; el comedor y su viejo aparador de madera negra, y
-el jarro del agua, cuya asa era una serpiente irritada... Decidiose, e
-impelido por un instinto, llamó a la puerta. Llamó otra vez. Sintió
-abrir la ventana y preguntar al tío:
-
---¿Quién es?
-
---Soy yo, tío Francisco; soy yo. Vengo a decirle adiós.
-
-Cerrose la ventana, y a poco se abrió la puerta con un gran ruido de
-cerrojos. El tío Francisco tenía un candelero de aceite en la mano.
-Macario le halló flaco, más viejo. Besole la mano.
-
---Suba --dijo el tío.
-
-Macario iba callado, cosido al pasamano.
-
-En llegando al cuarto, el tío Francisco posó el candelero sobre una
-larga mesa de palosanto, y en pie, con las manos en los bolsillos,
-esperó.
-
-Macario permanecía callado, mesándose la barba.
-
---¿Qué quiere? --gritole el tío.
-
---Venía a decirle adiós. Vuelvo para Cabo Verde.
-
---Buen viaje.
-
-Y el tío Francisco, volviéndole la espalda, fue a redoblar con los
-dedos en la vidriera.
-
-Macario quedó inmóvil; dio dos pasos en el cuarto, todo irritado, y se
-dispuso a salir.
-
---¿Adónde va, estúpido? --le gritó el tío.
-
---Me voy.
-
---¡Siéntese ahí!
-
-Y el tío Francisco continuó, dando grandes pasos por la habitación:
-
---¡Su amigo de usted es un canalla! ¡Bazar de quincalla! ¡No está mal!
-Usted es un hombre de bien. Estúpido, pero hombre de bien. ¡Siéntese
-allí! ¡Siéntese! ¡Su amigo es un canalla! ¡Usted es un hombre de bien!
-¡Fue a Cabo Verde, ya lo sé! ¡Pagó todo! ¡Es natural! ¡También lo sé!
-Mañana hágame el favor de ir a sentarse a su pupitre, allá abajo. Mande
-que le pongan asiento nuevo al sillón. Haga el favor de poner en las
-facturas: «Macario & Sobrino.» Y cásese. ¡Cásese, y que le aproveche!
-Tome dinero. Usted precisa ropa blanca y mobiliario. Tome dinero, y
-póngalo en mi cuenta. Su cama está hecha.
-
-Macario, aturdido, radioso, con las lágrimas en los ojos, quería
-abrazarlo:
-
---Bueno, bueno. ¡Adiós!
-
-Macario iba a salir.
-
---¡Oh, burro! ¿pues quiere irse de su casa?
-
-Yendo a un pequeño armario, trajo jalea, un platillo de dulce, una
-botella antigua de Oporto, y bizcochos.
-
---¡Coma!
-
-Y sentándose junto a él y volviendo a llamarle estúpido, corríale una
-lágrima por entre las arrugas de la piel.
-
-De suerte que la boda fue decidida para de allí a un mes, y Luisa
-comenzó a disponer su equipo.
-
-Macario estaba entonces en la plenitud del amor y de la alegría.
-
-Veía el fin de su vida, lleno, completo, feliz. Pasaba casi todo el
-tiempo en casa de la novia, y un día, acompañándola en sus compras por
-las tiendas, quiso hacerle un pequeño regalo. La madre quedárase en
-casa de una modista, en un primer piso de la calle del Oro, y ellos
-habían bajado alegremente, riendo, a la tienda de un platero que había
-abajo, en la misma casa.
-
-Era un día de invierno, claro, fino, frío, con un gran cielo azul
-turquí, profundo, luminoso, consolador.
-
---¡Qué lindo día! --dijo Macario.
-
-Y con la novia del brazo, caminó un poco a lo largo del paseo.
-
---¡Muy lindo! --dijo ella--. Mas pueden reparar: nosotros solos...
-
---Deja. ¡Se va tan bien así!...
-
---No, no.
-
-Y Luisa lo arrastró blandamente hacia la tienda del platero. No había
-más que un dependiente, moreno, de cabello hirsuto. Macario díjole:
-
---Quería ver sortijas.
-
---Con piedras --dijo Luisa--. Lo más bonito.
-
---Sí, con piedras --dijo Macario--. Amatista, granate... En fin, lo
-mejor.
-
-Luisa iba examinando los estuches forrados de terciopelo azul, en los
-cuales relucían las gruesas pulseras guarnecidas, las cadenas, los
-collares de camafeos, las sortijas, las finas alianzas, frágiles como
-el amor, y todo el centelleo de la pesada orfebrería.
-
---Mira, Luisa --dijo Macario.
-
-El dependiente había esparcido en la otra extremidad del mostrador,
-encima del cristal de la vitrina, una gran cantidad de anillos de oro,
-con piedras, labrados, esmaltados; y Luisa, tomándolos y dejándolos con
-las puntas de los dedos, iba apartándolos y diciendo:
-
---Es feo... Es pesado... Es largo...
-
---Mira este --le dijo Macario.
-
-Era un anillo con unas perlas.
-
---Es bonito --respondió ella--. ¡Es muy lindo!
-
---Deja ver si te sirve --añadió Macario.
-
-Y tomándole la mano, metiole el anillo despacito, dulcemente, en el
-dedo, mientras ella reía con sus blancos dientecitos finos, todos
-esmaltados.
-
---Es muy grande --dijo Macario--. ¡Qué pena!
-
---Puede reducirse, si usted quiere. Se deja a la medida. Mañana está
-listo.
-
---Buena idea --dijo Macario--; sí, señor. Porque es muy bonito,
-¿no es verdad? Las perlas muy iguales, muy claras. ¡Muy bonito! ¿Y
-estos pendientes? --preguntó, yendo al fin del mostrador, al otro
-escaparate--. ¿Estos pendientes con una concha?
-
---Diez monedas, dijo el dependiente.
-
-Entre tanto, Luisa continuaba examinando los anillos, probándoselos en
-todos los dedos, revolviendo aquel delicado mostrador, resplandeciente
-y precioso.
-
-Mas de improviso, el dependiente se pone muy pálido y mira a Luisa, que
-va llevando distraídamente la mano por la cara.
-
---Bien --dice Macario aproximándose--; entonces, mañana tendremos el
-anillo. ¿A qué hora?
-
-El dependiente no respondió y comenzó a mirar fijamente a Macario.
-
---¿A qué hora?
-
---Al mediodía.
-
-Iban a salir. Luisa traía un vestido de lana azul que arrastraba
-un poco, dando una ondulación melodiosa a su paso, y sus manos,
-pequeñitas, estaban ocultas en un manguito blanco.
-
---¡Perdón! --dijo de repente el joyero.
-
-Volviose Macario.
-
---El señor no ha pagado...
-
-Macario le miró gravemente:
-
---Naturalmente. Mañana vengo a buscar el anillo y pago.
-
---¡Perdón! --insistió el dependiente--. Mas el otro...
-
---¿Cuál? --exclamó Macario con una voz sorprendida, avanzando hacia el
-mostrador.
-
---Esa señora sabe --afirmó--. Esa señora sabe...
-
-Macario sacó la cartera lentamente.
-
---Perdón, si hay una cuenta antigua...
-
-El dependiente abrió el mostrador, y con un aspecto resuelto:
-
---Nada, mi querido señor; es de ahora. Es un anillo con dos brillantes
-que lleva esa señora.
-
---¡Yo! --dijo Luisa en voz baja, toda enrojecida.
-
---¿Qué es? ¿Qué está diciendo?
-
-Macario, pálido, con los dientes cerrados, contraído, miraba al joyero
-coléricamente.
-
-Este dijo entonces:
-
---Esa señora cogió de ahí un anillo.
-
-Macario quedó inmóvil, encarándolo.
-
---Un anillo con dos brillantes --continuó el muchacho--. Lo vi
-perfectamente.
-
-El dependiente estaba tan excitado, que su voz tartamudeaba, prendíase
-espesamente.
-
---Esa señora no sé quién es. Pero cogió el anillo. Lo cogió de allí...
-
-Macario, maquinalmente, lo agarró por un brazo, y volviéndose a Luisa,
-con la palabra sofocada, corriéndole el sudor por la frente, lívido:
-
---Luisa, di...
-
-Se le cortó la voz.
-
---Yo... --balbució ella, trémula, asombrada, pálida, descompuesta. Dejó
-caer el manguito en el suelo.
-
-Macario vino hacia ella, agarrola un pulso, mirándola; su aspecto era
-tan resuelto y tan imperioso, que ella metió la mano en el bolso,
-bruscamente empavorecida, y mostrando la sortija:
-
---¡No me haga daño! --suplicó, encogiéndose toda.
-
-Macario quedó con los brazos caídos, el aire abstracto, los labios
-blancos; mas de repente, dando un tirón a la levita, recuperándose,
-dijo al joyero:
-
---Tiene razón. Era distracción... ¡Es natural! Esta señora se había
-olvidado. Es la sortija. Sí, señor, evidentemente... Tiene la bondad.
-Toma hija, toma. Deja estar, que la envuelva. ¿Cuánto cuesta?
-
-Abrió la cartera y pagó.
-
-Después recogió el manguito, lo sacudió blandamente, limpió los labios
-con el pañuelo, dio el brazo a Luisa, y diciendo al joyero: disculpe,
-disculpe, la arrastró inerte, pasiva, aterrada, semi-muerta.
-
-Echaron a andar por la calle, que el sol iluminaba intensamente; los
-coches cruzábanse, rodando; figuras risueñas paseaban conversando; los
-pregones subían con gritos alegres; un caballero con calzón de ante
-hacía cabriolar a su caballo, adornado de rosetas; y la calle estaba
-llena, ruidosa, viva, feliz y cubierta de sol.
-
-Macario iba maquinalmente, como en el fondo de un sueño. Detúvose en
-una esquina. Tenía el brazo de Luisa colgado del suyo, y veíale la mano
-pendiente, su linda mano de cera, con sus venas dulcemente azuladas,
-los dedos finos y amorosos; era la mano derecha, ¡y aquella mano era
-la de su novia! Instintivamente leyó el cartel que anunciaba para la
-noche: _Palafox en Zaragoza_.
-
-En esto, soltando el brazo de Luisa, díjole en voz baja:
-
---Vete.
-
---¡Oye! --rogó ella, con la cabeza toda inclinada.
-
---Vete. --Y con la voz asfixiada y terrible--: Vete. Mira que llamo. Te
-mando al Aljube. Vete.
-
---¡Mas oye!
-
---Vete. Hizo un gesto con el puño cerrado.
-
---¡Por el amor de Dios, no me pegues aquí! --dijo ella sofocada.
-
---Vete. Pueden vernos. No llores. Mira que viene gente. ¡Vete! Y
-acercándose más a ella, murmuró:
-
---¡Eres una ladrona!
-
-Volviose de espaldas y echó a andar, despacio, rayando el suelo con el
-bastón.
-
-Cuando había dado algunos pasos, volvió de pronto; aún vio entre los
-bultos su vestido azul.
-
-Y habiendo partido en aquella misma tarde para la provincia, no volvió
-a saber más de aquella señorita rubia.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-LA NODRIZA
-
-
-Una vez, era un rey, mozo y valiente, señor de un reino abundante en
-ciudades y mesnadas, que partió a batallar por tierras distantes,
-dejando triste y solitaria a su reina y a un hijito, que aún vivía en
-la cuna, envuelto entre pañales.
-
-La luna llena que le viera marchar, llevado en su sueño de conquista
-y de fama, comenzaba a menguar, cuando uno de sus caballeros apareció
-con las armas rotas, negro de sangre seca y del polvo de los caminos,
-trayendo la amarga nueva de una batalla perdida y de la muerte del rey,
-traspasado por siete lanzas entre la flor de su nobleza, a la orilla de
-un gran río.
-
-La reina lloró magníficamente al rey. Lloró desoladamente al esposo,
-que era bello y alegre. Mas, sobre todo, lloró ansiosamente al padre
-que así dejaba al hijito desamparado, en medio de tantos enemigos de su
-frágil vida y del reino que sería suyo, sin un brazo que lo defendiese,
-fuerte por la fuerza y fuerte por el amor.
-
-El más temible de estos enemigos, era su tío, hermano bastardo del rey,
-hombre depravado y bravío, consumido por groseros apetitos, que solo
-deseaba la realeza por causa de sus tesoros, y que habitaba hacía años
-en un castillo sobre los montes, con una horda de rebeldes, a la manera
-de un lobo que, de atalaya en su choza, espera la presa. ¡Ah, la presa
-ahora era aquella criaturita, rey de mamá, señor de tantas provincias,
-y que dormía en su cuna con su cascabel de oro apretado en la mano!
-
-A su lado, dormía otro niño en otra cuna. Este era un esclavito, hijo
-de la bella y robusta esclava que amamantaba al príncipe. Los dos
-habían nacido en la misma noche de verano. Criábalos el mismo pecho.
-Cuando la reina, antes de irse a dormir, iba a besar al principito,
-que tenía el cabello rubio y fino, besaba también, por amor de él,
-al esclavito, que tenía el cabello negro y crespo. Los ojos de ambos
-relucían como piedras preciosas. Solamente, la cuna de uno era
-magnífica y de marfil entre brocados, y la del otro pobre y de varilla.
-
-La leal esclava, para los dos tenía igual cariño, porque si uno era su
-hijo, el otro había de ser su rey.
-
-Por haber nacido en aquella casa real, tenía la pasión, la religión de
-sus señores. Nadie lloró más sentidamente que ella la muerte de su rey,
-a la orilla del gran río. Pertenecía, además, a una raza que cree que
-la vida de la tierra se continúa en el cielo. De cierto que el rey, su
-amo, ya estaría ahora reinando en otro reino, más allá de las nubes,
-abundante también en mesnadas y ciudades. Su caballo de batalla, sus
-armas, sus soldados, sus pajes, habían subido con él a las alturas.
-También ella, por su turno, llegaría el día en que se remontase en un
-rayo de luz a habitar el palacio de su señor, y a hilar de nuevo el
-hilo de sus túnicas, y a encender otra vez el pebetero de sus perfumes:
-sería en el cielo como fuera en la tierra, y feliz en su servidumbre.
-
-¡También ella temblaba por su principito! ¡Cuántas veces, teniéndole
-colgado del pecho, pensaba en su fragilidad, en su larga infancia,
-en los lentos años que correrían antes que fuese por lo menos del
-tamaño de una espada, y en aquel tío cruel, de rostro más oscuro que
-la noche y corazón más oscuro que la faz, hambriento del trono, y
-acechando por encima de su roquedo, entre los alfanjes de su horda!
-¡Pobre principito de su alma! Mas si su hijo lloriqueaba al lado, hacia
-él era adonde corrían sus brazos con un ardor más feliz. Ese, en su
-indigencia, nada tenía que temer de la vida. Desgracias, asaltos de la
-mala suerte, nunca podrían dejarle más desnudo de las glorias y bienes
-del mundo de lo que ya lo estaba allí en su cuna, bajo el pedazo de
-lino blanco que resguardaba su desnudez. En verdad, la existencia era
-para él más preciosa y digna de ser conservada que la de su príncipe,
-porque ninguno de los duros cuidados con que ella ennegrece el alma
-de los señores, rozaría siquiera su alma libre y sencilla de esclavo.
-Y, como si le amase más por aquella dichosa humildad, cubría su gordo
-cuerpecito de besos largos y devoradores, besos que hacía ligeros sobre
-las manos de su príncipe.
-
-Entretanto, un gran temor llenaba el palacio, en donde ahora reinaba
-una mujer entre mujeres. El bastardo, el hombre de rapiña, que erraba
-por la cumbre de las sierras, descendiera con su horda a la llanura, e
-iba dejando, a través de casales y aldeas felices, un surco de matanza
-y de ruinas. Aseguráronse las puertas de la ciudad con cadenas más
-fuertes. En la atalayas ardían luces más altas. Pero a la defensa
-faltaba disciplina viril. Una rueca no gobierna como una espada. Toda
-la nobleza fiel pereciera en la grande batalla. La desventurada reina
-apenas sabía sino correr a cada instante a la cuna de su hijo a llorar
-sobre él su flaqueza de viuda. Solo el ama leal parecía segura, como
-si los brazos en que estrechaba a su príncipe fuesen murallas de una
-ciudadela que ninguna audacia pudiera trasponer.
-
-Una noche, noche de silencio y de oscuridad, yendo desnuda ya para
-acostarse en su catre, entre sus dos pequeños, adivinó, más que
-sintió, un corto rumor de hierro y de disputa, lejos, a la entrada
-de los jardines reales. Envolviéndose deprisa en un manto, y echando
-les cabellos para atrás, escuchó ansiosamente. En el sitio enarenado,
-entre los jazmines, oíanse pasos pesados y rudos. Después se percibió
-un gemido, un cuerpo cayendo blandamente sobre losas, como un fardo.
-Descorrió violentamente la cortina. Y allá, al fondo de la galería,
-avistó hombres, un resplandor de linternas, brillar de armas... Al
-momento lo comprendió todo; el palacio sorprendido, el bastardo cruel
-que venía a robar, a matar a su príncipe. Y, rápidamente, sin vacilar,
-sin dudar ni un segundo, arrebató al príncipe de su cuna de marfil,
-lo metió en la pobre cuna de rejilla, y sacando a su hijo de la cama
-servil, entre besos desesperados, acostole en la cuna real, que cubrió
-con un brocado.
-
-De repente, un hombre enorme, de faz iracunda, con un manto negro sobre
-la cota de malla, surgió a la puerta de la cámara, entre otros, que
-erguían linternas. Miró, corrió a la cuna de marfil en donde lucían los
-brocados, arrancó de debajo la criatura, como se arranca una bolsa de
-oro, y apagando sus gritos con el manto, echó a correr furiosamente.
-
-El príncipe dormía en su nueva cuna. El ama quedara inmóvil, en el
-silencio y en la oscuridad.
-
-Gritos de alarma atronaron a seguida el palacio. Por las ventanas pasó
-el largo flamear de las antorchas. Resonaban los patios con el batir
-de las armas. Casi desnuda, desgreñada, la reina invadió la cámara,
-cercada de las ayas, llamando a gritos por su hijo. Al ver la cuna de
-marfil, con las ropas desarregladas, vacía, cayó al suelo, llorando,
-despedazada. En esto, callada, muy lenta, muy pálida, el ama descubrió
-la pobre cuna de rejilla... Allí estaba el príncipe, quieto, dormidito,
-en un sueño que le hacía sonreír y le iluminaba toda la carita entre
-sus cabellos de oro. Cayó la madre sobre la cuna, con un suspiro, como
-cae un cuerpo muerto.
-
-Y en este punto un nuevo clamor conmovió la galería de mármol. Era
-el capitán de la guardia, su gente fiel. Había, sin embargo, en sus
-clamores, más tristeza que triunfo. ¡Muriera el bastardo! Cogido, al
-huir, entre el palacio y la ciudadela, aplastado por la fuerte legión
-de arqueros, sucumbieron, él y veinte de su horda. Su cuerpo estaba
-allí, con flechas en el flanco, en un charco de sangre. ¡Mas, ay, dolor
-sin nombre! ¡El cuerpecillo tierno del príncipe allí estaba también,
-envuelto en un manto, ya frío, rojo todavía de las manos feroces que
-lo habían estrangulado! Comunicaban así tumultuosamente los hombres
-de armas la nueva cruel, cuando la reina, deslumbrada, con lágrimas y
-risas, irguió en los brazos para mostrárselo, al príncipe, que había
-despertado.
-
-Fue un espanto, una aclamación. ¿Quién lo salvara? ¿Quién?... ¡Allí
-estaba, junto a la cuna de marfil vacía, muda y tiesa, la que lo
-salvara! ¡Sierva sublimemente leal! Había sido ella quien, para
-conservar la vida a su príncipe, condenara a muerte a su hijo...
-Entonces, solo entonces, la madre dichosa, emergiendo de su alegría
-extática, abrazó apasionadamente a la madre dolorosa y la llamó hermana
-de su corazón... Y de entre aquella multitud que se apretaba en la
-galería vino una nueva, ardiente aclamación, con súplicas de que fuese
-magníficamente recompensada la sierva admirable que salvara al rey y al
-reino.
-
-¿Y cómo? ¿Qué bolsas de oro pueden pagar un hijo? Un viejo de noble
-casta propuso que fuese llevada al tesoro real y escogiese de entre sus
-riquezas, que eran como las mayores de los mayores tesoros de la India,
-todas las que apeteciese su deseo.
-
-La reina tomó de la mano a la sierva. Y sin que su cara de mármol
-perdiese la rigidez, con un andar de muerta, como en un sueño, se
-dejó conducir hasta la Cámara de los Tesoros. Señores, ayas, hombres
-de armas, seguíanla con un respeto tan enternecido, que apenas se oía
-el rozar de las sandalias en las losas. Las espesas puertas del tesoro
-giraron lentamente. Y cuando un siervo abrió las ventanas, la luz de
-la madrugada, ya clara y rósea, entrando por los enrejados de hierro,
-inflamó un maravilloso y centelleante incendio de oro y pedrerías.
-
-Del suelo de piedra, hasta las bóvedas sombrías, por toda la cámara,
-relucían, resplandecían, refulgían los escudos de oro, las armas
-incrustadas, los montones de diamantes, las pilas de monedas, los
-largos hilos de perlas, todas las riquezas de aquel reino, acumuladas
-por cien reyes durante veinte siglos. Un _¡ah!_, lento y maravillado
-pasó sobre la turba enmudecida. Siguió un silencio ansioso. En el
-centro de la cámara, envuelta en la refulgencia preciosa, el ama no se
-movía... Apenas sus ojos, brillantes y secos, se habían erguido para
-aquel cielo que, más allá de las rejas, teñíase de rosa y de oro. Era
-allí, en ese cielo fresco de madrugada, en donde ahora estaba su hijo.
-¡Estaba allí, y ya el sol se levantaba, y era tarde, y aquella criatura
-lloraría, buscando su pecho!... El ama sonrió y extendió la mano.
-Seguían todos, sin respirar, aquel lento mover de su mano abierta. ¿Qué
-joya maravillosa, qué hilo de diamantes, qué puñado de rubíes iba a
-escoger?
-
-El ama alargó la mano hacia un escabel próximo, y de entre un montón de
-armas cogió un puñal. Era un puñal de un viejo rey, todo guarnecido de
-esmeraldas, que valía una provincia.
-
-Agarró el puñal, y apretándolo fuertemente en la mano, apuntando para
-el cielo, hacia el cual subían los primeros rayos del sol, se encaró
-con la reina y con la multitud, y gritó:
-
---Salvé a mi príncipe, y ahora... voy a dar de mamar a mi hijo.
-
-Y se clavó el puñal en el corazón.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-EL DIFUNTO
-
-
-I
-
-En el año 1474, tan abundante en mercedes divinas para toda la
-cristiandad, reinando en Castilla el rey Enrique IV, vino a habitar en
-la ciudad de Segovia, en donde había heredado huertos y moradas, un
-joven caballero, de limpio linaje y gentil parecer, que se llamaba don
-Ruy de Cárdenas.
-
-Su casa, legado de un tío, arcediano y maestro en cánones, quedaba al
-lado y en la sombra silenciosa de la iglesia de Nuestra Señora del
-Pilar; y enfrente, más allá del atrio, donde cantaban los tres chorros
-de un chafariz antiguo, erguíase el oscuro palacio de don Alonso de
-Lara, hidalgo de riquezas dilatadas y maneras sombrías, que ya en la
-madurez de la edad, todo grisáceo, desposárase con una joven citada en
-Castilla por su blancura, por sus cabellos del color de la aurora y por
-su cuello de garza real. Don Ruy había sido apadrinado, al nacer, por
-Nuestra Señora del Pilar, de quien siempre se conservó devoto y fiel
-servidor; aunque siendo de sangre brava y alegre, gustábanle las armas,
-la caza, los salones galantes, y por veces, las noches ruidosas de
-taberna con dados y pellejos de vino. Por amor, y por las facilidades
-de la santa vecindad, adquiriera la piadosa costumbre, desde su llegada
-a Segovia, de visitar todas las mañanas a su celestial madrina y de
-pedirla, a medio de tres _Avemarías_, la bendición y la gracia.
-
-Al oscurecer, después de alguna ruda correría por campo y monte con
-los lebreles y el halcón, aún volvía, a la hora de las Vísperas, para
-murmurar dulcemente una Salve.
-
-Y todos los domingos compraba en el atrio, a una ramilletera morisca,
-algún atado de junquillos o claveles o rosas silvestres, que esparcía
-con ternura y cuidado galantes enfrente del altar de la Virgen.
-
-A esa venerada iglesia del Pilar venía también cada domingo doña
-Leonor, la tan citada y hermosa mujer del señor de Lara, acompañada por
-un aya triste, de ojos más abiertos y duros que los de una lechuza,
-y por dos fuertes lacayos que la envolvían y guardaban como unas
-torres. Tan celoso era el señor don Alonso, que solo por habérselo
-ordenado severamente el confesor y con miedo de ofender a la Virgen,
-su vecina, permitía esta visita fugitiva, cuyos pasos y demora espiaba
-impacientemente entre las rejas de una celosía. Toda la semana se
-la pasaba doña Leonor en la cárcel del enrejado solar de granito
-negro, no teniendo para recrearse y respirar, aun en las ardorosas
-calmas del estío, más que un fondo de jardín verdinegro, cercado de
-tan altos muros, que apenas se alcanzaba a ver, emergiendo de ellos,
-allá y acullá, alguna punta de triste ciprés. Mas esa corta visita a
-Nuestra Señora del Pilar bastó para que don Ruy se enamorase de ella
-locamente, en la mañana de mayo en que la vio de rodillas ante el
-altar, envuelta en un haz de rayos de sol, aureolada por sus cabellos
-de oro, con las largas pestañas pendidas sobre el libro de las Horas y
-el rosario cayendo de entre sus finos dedos, toda ella fina, blanca,
-de una blancura de lirio abierto en la sombra, más blanca entre los
-negros encajes y las sedas negras que alrededor de su cuerpo, lleno de
-gracia, quebrábanse en arrugas sobre las losas de la capilla, viejas
-lápidas de sepultura sin fecha. Cuando después de un momento de éxtasis
-y de delicioso pasmo se arrodilló, fue menos por la Virgen del Pilar,
-su celestial madrina, que por aquella aparición mortal, de quien no
-conocía el nombre ni la vida, y por la cual daría vida y nombre si ella
-se rindiese por precio tan incierto.
-
-Balbuciendo como una plegaria ingrata las tres _Avemarías_ de
-costumbre, echó mano al sombrero, descendió levemente la nave sonora
-y quedose en el portal, aguardándola, confundido con los mendigos
-lazarientos que se calentaban al sol. Y cuando al cabo de un tiempo,
-en que don Ruy sintió en el corazón un desusado latir de ansiedad y
-miedo, doña Leonor pasó y se detuvo, mojando los dedos en la pila del
-agua bendita, sus ojos, bajo el velo caído, no se irguieron frente a
-él ni tímidos ni desatentos. Con el aya de ojos muy abiertos pegada
-a sus vestidos, entre los dos lacayos como protegida por dos torres,
-atravesó el atrio, piedra por piedra, gozando, seguramente, como una
-recluida, del aire y el sol que la inundaban. Y fue un espanto para don
-Ruy cuando la vio penetrar en la sombría arcada de gruesos pilares y
-desaparecer por una puertecilla de servicio cubierta de herrajes. ¡Era,
-pues, doña Leonor, la linda y noble señora de don Alonso de Lara!...
-
-Entonces comenzaron siete penosos días, que él gastó en un poyo de
-su ventana, considerando aquella negra puerta, cubierta de herrajes,
-como si fuera la del Paraíso y por ella tuviese que salir un ángel
-para anunciarle la Bienaventuranza eterna. Hasta que llegó el esperado
-domingo: y pasando él por el atrio a la hora de Prima, cuando repicaban
-las campanas, con la ofrenda de un manojo de claveles amarillos para su
-madrina, cruzó doña Leonor, que salía de entre los pilares de la oscura
-arcada, blanca, dulce y pensativa, al modo que sale la luna de entre
-las nubes. Los claveles casi se le cayeron en aquel alborozo, en que el
-pecho se le arqueó con la violencia del mar y el alma toda le huyó en
-tumulto a través de los ojos con que la devoraba. También ella levantó
-los suyos hacia don Ruy; pero unos ojos reposados, serenos, en que no
-lucía curiosidad ni acaso conciencia de estarse trocando con otros tan
-encendidos y ennegrecidos por el deseo.
-
-El caballero no entró en la iglesia, quizá por el piadoso recelo de
-no prestar a su celestial madrina la atención que de seguro había de
-robarle aquella mujer que era solo humana, mas dueña ya de su corazón y
-en él divinizada.
-
-Esperó ávidamente a la puerta entre los mendigos, secando los claveles
-con el ardor de las manos trémulas, pensando cuánto se demoraba el
-rosario que doña Leonor rezaba. Aún no descendía ella por la nave y
-ya don Ruy advertía dentro del alma el dulce rugir de la seda que
-arrastraba por las losas. Pasó la blanca señora, y la misma mirada
-distraída que echó sobre los mendigos y por el atrio, dejó correr sobre
-él, o porque no comprendiese a aquel joven que de repente se tornaba
-tan pálido, o porque no le diferenciaba aún de las cosas y de las
-formas indiferentes.
-
-Don Ruy partió, conteniendo un hondo suspiro, y en su cuarto puso
-devotamente ante la imagen de la Virgen las flores que no le ofreciera
-en la iglesia ante su altar. Toda su vida se volvió entonces una larga
-queja por sentir tan fría e inhumana a la mujer, única entre las
-mujeres, que prendiera y tornara serio su corazón ligero y errante.
-Con una esperanza, en la que entreveía el desengaño, comenzó a rondar
-los altos muros del jardín, y otras veces, embozado en la capa, con
-el hombro contra una esquina, quedábase contemplando lentas horas
-las rejas de las celosías, gruesas y negras como las de una cárcel.
-Los muros no se abrían, de las rejas no salía siquiera un rastro de
-luz prometedor. Todo el solar era como un sepulcro. Para desahogarse
-compuso en largas veladas, sobre pergaminos, trovas dulces y gimentes,
-que no le consolaban. Delante del altar de la Virgen, sobre las mismas
-losas en que la había visto arrodillada, doblaba él las rodillas y
-quedaba, sin palabras de oración, en una añoranza amarga y dulce,
-esperando que su corazón serenase bajo la influencia de Aquella que
-todo lo consuela y serena; pero siempre se erguía más desdichado,
-teniendo apenas la sensación de cuán frías y rígidas eran las piedras
-sobre que se arrodillara. El mundo todo solo le parecía contener
-rigidez y frialdad.
-
-Otras claras mañanas de domingo encontró a doña Leonor; y siempre
-sus ojos permanecían descuidados, o cuando se cruzaban con los suyos
-era tan sencillamente, tan limpios de toda emoción, que don Ruy los
-prefiriera ofendidos y brillando de ira o desviados con soberbio
-desdén. Cierto que doña Leonor ya le conocía; pero así conocía también
-a la vendedora morisca recogida delante de su cesto al borde de la
-fuente, o a los pobres que se calentaban al sol ante el portal de la
-iglesia. Ni don Ruy podía pensar que fuese inhumana y fría. Era apenas
-soberanamente remota, como una estrella que en las alturas gira y
-refulge, sin saber que abajo, en un mundo que ella no distingue, ojos
-que no sospecha la contemplan, la adoran y la entregan el gobierno de
-su ventura y de su suerte.
-
-Entonces don Ruy pensó:
-
---Ella no quiere, yo no puedo; fue un sueño que debe terminar. ¡Nuestra
-Señora nos tenga a ambos de su mano!
-
-Y como era un caballero discreto, desde que la reconoció así,
-imperturbable en su indiferencia, no la buscó más, ni siquiera volvió
-a levantar los ojos para los hierros de sus rejas, y hasta ni penetraba
-en la iglesia de Nuestra Señora cuando, casualmente, desde el portal,
-la veía arrodillada, con su cabeza, tan llena de oro y de gracia,
-pendida sobre el libro de oración.
-
-
-II
-
-La vieja aya, de ojos más abiertos y duros que los de una lechuza,
-no tardó en contar al señor de Lara que, un mozo audaz, de gentil
-parecer, nuevo morador en las viejas casas del arcediano, se atravesaba
-constantemente en el atrio y apostábase delante de la iglesia para
-tirar del corazón por los ojos a la señora doña Leonor. Bien lo sabía
-ya el celoso hidalgo, porque cuando desde su ventana espiaba como
-un halcón los pasos de doña Leonor camino de la iglesia, observara
-las vueltas, las esperas y las miradas dardeantes de aquel mozo
-galanteador, y se tiraba de las barbas con rabia. Desde entonces, a la
-verdad, su más intensa preocupación era odiar a don Ruy, el impudente
-sobrino del sacerdote que osaba levantar sus bajos deseos hasta la
-alta señora de Lara. Constantemente le tenía vigilado por un criado y
-conocía sus pasos, y sus descansos, y los amigos con quienes holgaba y
-cazaba, y hasta quien le cortaba sus jubones, y hasta quien le pulía
-la espada, y cada hora de su vivir. Y aún vigilaba más a doña Leonor;
-todos sus movimientos, sus modos más fugitivos, sus silencios, la
-plática con las ayas, las distracciones sobre el bordado, el gesto
-soñador sobre los árboles del jardín, y el aire y el color con que
-volvía de la iglesia... Pero tan serena en el sosiego de su corazón se
-mostraba la señora, que ni el celoso más imaginador de culpas podría
-hallar manchas en aquella pura nieve. Redoblose entonces el rencor de
-don Alonso contra el señor de Cárdenas por haber apetecido aquella
-pureza y aquellos cabellos color de sol claro, y aquel cuello de garza
-real, que eran solo suyos, para espléndido gusto de su vida. Y cuando
-paseaba por la triste galería del solar, sonora y abovedada, enfundado
-en su zamarra orlada de pieles, con el pico de la barba grisácea echada
-hacia delante, la cabellera crespa, erizada para atrás, y los puños
-cerrados, iba siempre removiendo la misma hiel.
-
---Tentó contra su virtud y contra mi honra... ¡Culpado por dos delitos,
-merece dos muertes!
-
-Mas a su furor se mezcló el terror cuando supo que don Ruy ya no
-esperaba en el atrio a doña Leonor, ni rondaba amorosamente las tapias
-del palacio, ni penetraba en la iglesia mientras ella la visitaba; y
-que tan enteramente refugiábase de su vista, que una mañana, hallándose
-cerca de la arcada y habiendo sentido cómo se abría la puerta por la
-cual la señora iba a aparecer, quedose vuelto de espaldas, sin moverse,
-riendo con un caballero gordo que le leía un pergamino. ¡Tan bien
-afectada indiferencia solo servía (pensó don Alonso) para esconder
-alguna intención dañina! ¿Qué tramaba el diestro engañador? Todo se
-exacerbó en el desabrido hidalgo: celos, rencor, vigilancia, a pesar de
-su edad fea y grisácea. En el sosiego de doña Leonor, sospechó maña y
-fingimiento; e inmediatamente quedaron prohibidas las visitas a Nuestra
-Señora del Pilar.
-
-En las mañanas de domingo corría él a la iglesia para rezar el rosario
-y llevar las disculpas de la esposa --_¡que no puede venir_ (murmuraba
-curvado delante del altar) _por lo que sabéis, Virgen purísima!_--.
-Cuidadosamente visitó y reforzó todos los negros cerrojos de las
-puertas de su solar.
-
-De noche soltaba dos mastines en las sombras del jardín murado.
-
-A la cabecera del vasto lecho, junto a la mesa en donde quedaba la
-lámpara, un relicario y un vaso de vino caliente con canela y clavo
-para retemperar sus fuerzas, lucía siempre una gran espada desnuda. A
-pesar de tantas seguridades no dormía, y a cada instante se levantaba
-sobresaltado de entre las almohadas, agarrando a doña Leonor con mano
-brutal y ansiosa, que le oprimía el cuello para rugir muy bajo, preso
-de terribles ansias: «¡Di que me quieres solo a mí!» Después, en cuanto
-amanecía, iba a espiar, como un halcón, las ventanas de don Ruy. Nunca
-le echaba la vista encima; ahora, ni a la puerta de la iglesia, en
-las horas de misa, ni recogiéndose del campo, a caballo, al toque del
-Avemaría.
-
-Y por verle así, lejos de los sitios y giros acostumbrados, más lo
-sospechaba dentro del corazón de doña Leonor.
-
-En fin, una noche, después de recorrer mil veces el pavimento de la
-galería, removiendo sordamente odios y desconfianzas, gritó por el
-intendente y ordenó que se preparasen las ropas y cabalgaduras.
-¡Temprano, de madrugada, partiría con la señora doña Leonor, para
-su heredad de Cabril, a dos leguas de Segovia! La partida no fue
-de madrugada, como huida de avariento que va a esconder su tesoro;
-realizose con todo aparato y demora, quedando la litera delante de
-la arcada largas horas, con las cortinas abiertas, entretanto un
-caballerizo paseaba por el atrio la mula blanca del hidalgo, enjaezada
-a la morisca, y del lado del jardín la recua de machos, cargados de
-baúles, presos a las argollas, bajo el sol y la mosca, aturdían la
-ciudad con el tintinear de los cascabeles. Así supo don Ruy la jornada
-del señor de Lara, y así lo supo toda la ciudad.
-
-Fue un gran contento para doña Leonor la noticia del viaje; gustaba
-ella de Cabril, de sus sotos y pomares, de los jardines, para donde
-abrían rasgadamente, sin rejas ni gradas, las ventanas de sus claros
-aposentos; allí, por lo menos, tenía aire y sol y plantas que regar,
-un vivero de pájaros y tantas y tantas calles de árboles que la
-significaban casi la libertad. Luego, que esperaba que en el campo se
-aligerasen aquellos cuidados que traían, durante los últimos tiempos,
-tan arrugado y taciturno a su marido y señor.
-
-Mas no logró esta esperanza, porque al cabo de una semana aún no se
-desvaneciera la faz de don Alonso, ni de seguro había frescura de
-arbolado, susurro de agua corriente o espesos aromas de rosales en flor
-que calmasen agitación tan amarga y honda. Como en Segovia, en esotra
-galería abovedada, paseaba sin descanso, enterrado en su zamarra, el
-pico de la barba echado hacia delante, la melena erizada para atrás y
-un terrible rictus en los labios, como si meditase maldades, gozando
-de antemano su sabor acre y picante. Y todo el interés de su vida
-concentrárase en un criado que galopaba de continuo entre Segovia y
-Cabril y que esperaba a las veces en el comienzo de la aldea, junto al
-crucero, atento para escuchar al hombre que se desmontaba, sofocado,
-para contarle las nuevas recogidas.
-
-Una noche en que doña Leonor, en su cuarto, rezaba el trisagio con
-las ayas, a la luz de un hachón de cera, el señor de Lara entró
-pausadamente, trayendo en la mano una hoja de pergamino y una pluma
-enterrada en el tintero de hueso. Con rudo acento despidió a las ayas,
-que le temían como a un lobo. Y empujando un escabel, volviéndose a
-doña Leonor, con cara tranquila, como si apenas viniese a tratar con
-ella de cosas fáciles y naturales:
-
---Señora --dijo--, quiero que me escribáis una carta que me conviene
-mucho escribir...
-
-Tan fácil era a la sumisión, que, sin otro reparo o curiosidad, luego
-de ir a colgar en la barra de la cama el rosario con que rezara, se
-acomodó sobre el escabel, y aplicando sus dedos finos para que la letra
-fuese esmerada y clara, trazó la primera línea que el señor de Lara
-le dictó: «Caballero.» Mas cuando le dictó la siguiente, y de un modo
-amargo, doña Leonor arrojó la pluma como si le escaldase las manos y,
-apartándose de la mesa, gritó con aflicción:
-
---Señor, ¿a quién le conviene que yo escriba semejantes falsedades?
-
-En un brusco movimiento de furor, el señor de Lara echó mano al cinto
-y, poniéndole el puñal junto a la cara, rugió sordamente:
-
---¡O escribís lo que os mando, porque a mí me conviene, o por Dios, que
-os vuelco el corazón!...
-
-Más blanca que la cera de la vela que los alumbraba, con la carne
-sobrecogida ante aquel hierro brillante, en un terror supremo y que
-todo aceptaba, doña Leonor murmuró:
-
---¡Por la Virgen María, no me hagáis mal!... No os irritéis, señor, que
-yo vivo para serviros. Mandad, que yo escribiré.
-
-Entonces, con los puños cerrados en el borde de la mesa, en donde
-dejara el puñal, estrechando a la frágil y desdichada mujer con una
-mirada que la amenazaba, el señor de Lara dictó una carta que decía,
-una vez conclusa, en letra trémula e incierta:
-
-«Caballero: Muy mal me habéis comprendido, o mal pagáis el amor que
-os tengo y que no os pude nunca, en Segovia, mostrar claramente...
-Ahora estoy aquí, en Cabril, ardiendo por veros, y si vuestro deseo
-corresponde al mío, bien fácilmente lo podéis realizar, puesto que mi
-marido se halla ausente de la heredad. Venid esta noche; entrad por la
-puerta del jardín del lado del camino, pasando el estanque, hasta la
-terraza. Allí veréis una escalera apoyada en una ventana, que es la de
-mi cuarto, en donde seréis dulcemente agasajado por quien con tanta
-ansia os espera...»
-
---Ahora, señora, firmad con vuestro nombre, que es lo que más importa.
-
-Doña Leonor trazó muy despacito su nombre, con la faz tan roja como si
-la desnudasen delante de una multitud.
-
---Y ahora --ordenó el marido sordamente--, dirigidla a don Ruy de
-Cárdenas.
-
-Osó levantar los ojos ante la sorpresa que le causaba aquel nombre
-desconocido.
-
---¡Pronto!... ¡A don Ruy de Cárdenas! --gritó el hombre sombrío.
-
-Don Alonso metió el pergamino en el cinto, junto al puñal, ya
-envainado, y salió en silencio, con la barba tiesa, apagando el rumor
-de los pasos en las losas del corredor.
-
-Quedó doña Leonor sobre el escabel, las manos cansadas y caídas en el
-regazo, en un infinito espanto, la mirada perdida en la oscuridad de
-la noche silenciosa. ¡Menos oscura le parecía la muerte que esa oscura
-aventura en que la habían envuelto! ¿Quién era ese don Ruy de Cárdenas,
-de quien nunca oyera hablar, que no había tropezado en su vida, tan
-quieta, tan poco poblada de hombres y de recuerdos? Él, seguramente, la
-conocería, la habría seguido, cuando menos con los ojos, pues que era
-cosa natural y bien ligada recibir una carta de ella de tanta pasión y
-promesas tantas.
-
-¿Y así, un hombre, joven acaso, bien nacido, tal vez gentil, penetraba
-en su destino, bruscamente, traído por la mano de su esposo? ¡Y lo
-hacía de una manera tan íntima, que ya se le abrían de noche las
-puertas del jardín y se le colocaba una escalera para que subiese a
-su cuarto!... Y era su marido el que abría la puerta y colocaba la
-escalera... ¿Para qué?
-
-Entonces, de repente, doña Leonor comprendió la verdad, la vergonzosa
-verdad, que la arrancó un grito de angustia. ¡Era una celada! ¡El señor
-de Lara atraía a Cabril, a ese don Ruy, con una promesa magnífica, para
-apoderarse de él y matarlo, indefenso y solitario! Y ella, su amor, su
-cuerpo, eran las promesas que se hacían brillar ante los ojos seducidos
-del pobre galán. ¡Su marido usaba de su belleza y de su lecho, como red
-de oro en que debía caer aquella presa enloquecida! ¿Dónde habría mayor
-ofensa? ¡Y cuánta imprudencia! ¡Bien podía ese don Ruy de Cárdenas
-desconfiar, no acceder a convite semejante, y después, mostrar por
-Segovia, triunfador y gozoso, aquella carta en que se le hacía oferta
-del lecho y del cuerpo de la mujer de don Alonso de Lara! ¡Pero, no;
-el desventurado correría a Cabril, para morir, y morir miserablemente,
-en el negro silencio de la noche, sin sacerdote ni sacramentos, con el
-alma encharcada en el pecado de amor! Para morir, de seguro, porque
-jamás el señor de Lara consentiría que viviese el hombre portador de
-aquella carta. ¡De modo que, aquel joven, moría de amor por ella, y por
-un amor que, sin haberle valido nunca un gusto, le llevaba a seguida a
-la muerte! De amor por ella, puesto que el odio del señor de Lara, odio
-que con tanta deslealtad y villanía se cebaba solo pudo nacer de celos,
-que le nublaban los más puros deberes de cristiano y caballero. Sin
-duda sorprendiera miradas, paseos, intenciones de ese señor don Ruy,
-poco cauteloso como bien enamorado.
-
-Pero, ¿cómo? ¿cuándo? Confusamente se acordaba de aquel joven, que un
-domingo la cruzara en el atrio, esperándola luego en el portal de la
-iglesia, con un manojo de claveles en la mano... ¿Sería ese? Era de
-noble parecer, pálido, con grandes ojos negros y ardientes... Ella
-pasara, indiferente... Los claveles que retenía en la mano eran rojos y
-amarillos... ¿A quién se los llevaba?... ¡Ah, si lo pudiese avisar, muy
-temprano, de madrugada!
-
-¿Cómo, si no habría en Cabril criado o aya de quien fiarse? ¡Pero iba a
-dejar que una espada innoble volcase aquel corazón, que venía lleno de
-ella, palpitando por ella, todo lleno de sus esperanzas!
-
-¡Oh, la ardiente correría de don Ruy, de Segovia a Cabril, con la
-promesa del jardín abierto, de la escalera apoyada en la ventana,
-bajo la desnudez y protección de la noche! ¿Mandaría el señor de Lara
-colocar la escalera en la ventana?
-
-Sí, de seguro, para matar con mayor facilidad al pobre, dulce e
-inocente mozo, cuando subiese confiado, con las manos embarazadas y la
-espada durmiendo en la vaina... ¡De modo que, en la noche siguiente,
-frente a su lecho, estaría abierta la ventana, y habría una escalera
-erguida contra el muro, esperando a un hombre! Su marido, emboscado en
-la sombra del cuarto, mataría a ese hombre...
-
-¿Y si el señor de Lara lo esperase fuera de los muros de la quinta,
-para asaltarlo brutalmente en algún sendero, y, o por menos diestro,
-o por menos fuerte, en lucha de armas, cayese él traspasado, sin que
-el otro conociese a quién mataba? Y ella, allí, en su cuarto, sin
-saber nada, con las puertas abiertas y la escalera erguida; y el
-hombre aquel asomado a la ventana, en la sombra de la noche tibia,
-mientras el marido, que debía defenderla, quedaba muerto en el fondo
-de una barranquera... ¿Qué hacer, Virgen Santísima? ¡Oh, rechazaría
-soberbiamente al imprudente! Pero, ¿y el espanto de él y la cólera de
-su deseo engañado? «¡Me habéis llamado, señora!» Y allí traía, sobre
-el corazón, una carta con su firma. ¿Cómo le podría contar la terrible
-emboscada y el engaño?
-
-¡Era tan largo de explicar, en aquel silencio y solitud de la noche,
-mientras sus ojos, húmedos y negros, la estuviesen suplicando y
-traspasando!... ¡Desgraciada de ella si el señor de Lara muriese y la
-dejara sola, sin defensa, en aquel caserón abierto! ¡Cuán desgraciada
-también si aquel joven, llamado por ella, que la amaba y que por ese
-amor venía corriendo deslumbrante, encontrase la muerte en el sitio
-de su ilusión, y muerto, en pleno pecado, rodase para la eterna
-desesperación...!
-
-Tendría unos veinticinco años si era aquel joven airoso y pálido, con
-un jubón de terciopelo rojo y un ramo de claveles negros, que estaba a
-la puerta de la iglesia, en Segovia...
-
-Saltaron las lágrimas de los cansados ojos de doña Leonor. Y doblando
-las rodillas, el alma puesta en los cielos, donde la luna se comenzaba
-a levantar, murmuró con una infinita amargura:
-
---¡Oh, Virgen del Pilar, Señora mía; vela por los dos, por todos
-nosotros!...
-
-
-III
-
-Entraba don Ruy en el fresco patio de su casa, cuando de un banco de
-piedra, en la sombra, irguiose un mozo de campo, que sacó del zurrón
-una carta y se la entregó, murmurando:
-
---Señor, daos prisa en leer, que tengo que volverme a Cabril...
-
-Don Ruy abrió el pergamino, y en el deslumbramiento que le causó lo
-batió contra el pecho, como para enterrarlo en el corazón.
-
-El mozo de campo insistió, preso de gran inquietud:
-
---¡Pronto, señor, pronto! No necesitáis responder. Basta que me deis
-una señal de haber recibido el recado.
-
-Don Ruy arrancó uno de los guantes y se lo entregó. Y ya corría el
-criado en la punta de las leves alpargatas, cuando, con un grito, le
-detuvo don Ruy.
-
---Escucha. ¿Qué camino llevas tú para ir a Cabril?
-
---El más corto y solitario para gente atrevida, que es por el Cerro de
-los Ahorcados.
-
---Bien.
-
-Subió don Ruy...
-
-Siempre lo amara, pues, desde la mañana bendita en que sus ojos se
-habían cruzado en el portal de Nuestra Señora. Mientras él rondaba
-aquellos muros del jardín, maldiciendo una frialdad que le parecía más
-fría que la de los fríos muros, ya ella le había dado su alma, y llena
-de constancia, con amorosa sagacidad, reprimiendo el menor suspiro,
-adormeciendo desconfianzas, preparaba la noche radiante en que le daría
-también su cuerpo.
-
-¡Tanta firmeza, un ingenio tan fino en las cosas del amor, aún se la
-tornaban más bella y más apetecida!
-
-Subió don Ruy las escaleras de piedra, y llegado a su aposento, sin
-quitarse siquiera el sombrero, leyó de nuevo aquel pergamino, en que
-doña Leonor le llamaba de noche a su cuarto, para poseerla enteramente.
-Y no le maravilló la oferta, después de tan constante e imperturbable
-indiferencia; antes bien, percibió un amor astuto, por ser fuerte, que
-con gran paciencia se esconde ante los estorbos y peligros, y fríamente
-prepara su hora de gozo, mejor y más deliciosa por hallarse tan bien
-dispuesta.
-
-¡Con qué impaciencia miraba entonces el sol, tan perezoso aquella
-tarde en descender tras los montes! Sin reposo, en su cuarto, con las
-ventanas cerradas para mejor concentrar su felicidad, preparábase
-amorosamente para la triunfal jornada: las finas ropas con encajes, un
-jubón de terciopelo negro, esencias perfumadas. Dos veces descendió a
-las caballerizas para asegurarse de que su caballo estaba dispuesto.
-Sobre el suelo dobló y volvió a doblar la hoja de la espada que
-llevaría al cinto... Pero su mayor cuidado era el camino de Cabril, a
-pesar de conocerlo bien, y la aldea apiñada en torno del monasterio
-franciscano, y el viejo puente romano con su Calvario y la honda
-torrentera que conduce a la heredad de don Alonso. Aun en aquel
-invierno había cazado por allí, yendo de montería con dos amigos de
-Astorga, y pensara al contemplar la torre de los Lara: «He ahí la torre
-de la ingrata». ¡Cómo se engañaba!
-
-Las noches eran de luna; saldría de Segovia calladamente, por la
-puerta de San Mauro... Un galope corto lo ponía en el Cerro de los
-Ahorcados... También conocía ese sitio de tristeza y pavor, con sus
-cuatro pilares de piedra, en los que se ahorcaba a los criminales,
-dejando luego sus cuerpos, balanceados por el aire y secos por el sol,
-hasta que se pudriesen las cuerdas y cayeran los esqueletos, blancos y
-limpios de carne por el pico de los cuervos. Tras del cerro estaba la
-laguna de las Dueñas. La última vez que la había pasado fue en el día
-del Apóstol San Matías, cuando el corregidor y las cofradías de la Paz
-y Caridad, en solemne procesión, iban a dar sagrada sepultura a los
-huesos recogidos en el suelo. Después, el camino corría liso y derecho
-hasta Cabril.
-
-Así meditaba don Ruy la jornada venturosa, mientras caía la tarde.
-Cuando oscureció, y en torno de las torres de la iglesia, comenzaron
-a girar los murciélagos, y en las esquinas del atrio encendiéronse
-los nichos de las Ánimas, el valiente caballero sintió un miedo
-extraño, el miedo de aquella felicidad que se acercaba y que le parecía
-sobrenatural. ¿Era, pues, cierto que esa mujer de divina hermosura,
-famosa en Castilla y más inaccesible que un astro, sería suya, toda
-suya, en el silencio y seguridad de una alcoba, dentro de breves
-instantes, cuando aún no se hubiesen apagado delante de los retablos
-de las Ánimas aquellas luces devotas? ¿Qué había hecho él para lograr
-tanto bien? Pisara losas de un atrio, buscando con los ojos otros ojos,
-que no se erguían desatentos o indiferentes... Entonces, sin dolor,
-abandonó su esperanza... Y he aquí que, de repente, aquellos ojos
-distraídos lo buscan, aquellos brazos cerrados se le abren, largos
-y desnudos, y con el cuerpo y con el alma aquella mujer le grita:
-«¡Oh mal avisado, que no me entendiste! ¡Ven! ¡Quien te desanimó, te
-pertenece!» ¿Dónde hubo jamás igual ventura? ¡Tan alta, tan rara era,
-que, de seguro, tras de ella, si no yerra la ley humana, debía caminar
-la desventura! Y de fijo que caminaba; ¡pues cuánta desventura en saber
-que después de aquella felicidad, cuando de madrugada, saliendo de los
-divinos brazos, se retirase a Segovia, su Leonor, el bien sublime de su
-vida, tan inesperadamente adquirido por un instante, recaería de nuevo
-bajo el poder de otro amo!
-
-¡Qué importaba! ¡Viniesen después dolores y celos!
-
-¡Aquella noche era espléndidamente suya; todo el mundo una apariencia
-vana, y la única realidad ese cuarto de Cabril, mal alumbrado, donde
-ella le esperaría con los cabellos sueltos! Bajó deprisa la escalera y
-se acomodó sobre el caballo. Después, por prudencia, atravesó el atrio
-lentamente, con el sombrero bien levantado de la cara, como en un paseo
-natural, dando a entender que buscaba fuera de los muros el fresco
-de la noche. Nada le inquietó hasta la puerta de San Mauro. Allí un
-mendigo, agachado en la oscuridad de un arco, tocando monótonamente
-su zanfoña, pidió a la Virgen y a todos los santos que llevasen a
-aquel gentil caballero en su dulce y santa guarda. Parárase don Ruy
-para alargarle una limosna, cuando recordó que aquella tarde no había
-pasado por la iglesia, a la hora de Vísperas, para recoger la celestial
-bendición de su madrina. De un salto apeose del caballo porque,
-justamente, cerca del viejo arco relucía una lámpara alumbrando un
-retablo. Era una imagen de la Virgen con el pecho atravesado por siete
-espadas. Arrodillose don Ruy, dejando el sombrero sobre las losas,
-y con las manos erguidas, celosamente, rezó una Salve. La claridad
-amarilla de la luz envolvía el rostro de la Virgen que, sin sentir
-el dolor de los siete aceros, o como si ellos solo le proporcionasen
-inefables gozos, sonreía con los labios abiertos. Mientras rezaba, en
-el convento de Santo Domingo, comenzaron a tocar a agonía. Entre la
-sombra negra del arco, cesando la sonata en la zanfoña, el mendigo
-murmuró: «¡Un fraile se está muriendo!» Don Ruy dijo un Avemaría por el
-fraile. La Virgen de las siete espadas sonreía dulcemente --¡el toque
-de agonía no era, pues, de mal presagio!--. Don Ruy montó de nuevo en
-el caballo, y partió alegremente.
-
-Más allá de la puerta de San Mauro, después de los hornos de los
-Olleros, el camino seguía triste y negro entre las piteras. Tras de las
-colinas, al fondo de la planicie oscura, subía la primera claridad,
-amarilla y lánguida de la luna llena, próxima a aparecer. Y don Ruy
-marchaba al paso, recelando llegar a Cabril con tiempo de sobra, antes
-que las ayas y los criados terminasen el rosario y la velada. ¿Por
-qué no le marcaba doña Leonor la hora, en aquella carta tan clara y
-tan pensada?... Su imaginación entonces corría adelante, rompía por
-el jardín de Cabril, escalaba aladamente la escalera prometida, y él
-corría también detrás en una carrera violenta, hasta levantar las
-piedras del camino mal unido. Después sofrenaba el caballo jadeante.
-¡Era temprano, muy temprano! Y retomaba el paso lento, sintiendo el
-corazón contra el pecho, como ave presa que bate en los hierros de una
-jaula.
-
-Así llegó al crucero, donde el camino se divide en dos, más juntos
-que las puntas de una horquilla, ambos cortando a través del vasto
-pinar. Descubierto delante de la imagen del crucificado, don Ruy tuvo
-un instante de angustia, pues no recordaba cuál de los dos conducía al
-Cerro de los Ahorcados. Ya se aventuraba por el más sombrío, cuando, de
-entre los pinos silenciosos, una luz surgió, bailando en la oscuridad.
-Era una vieja cubierta de harapos, con las largas melenas sueltas,
-doblada sobre un cayado y llevando un candil.
-
---¿Adónde va este camino? --gritó Ruy.
-
-La vieja puso la luz en alto para mirar al caballero.
-
---A Jarama.
-
-Y luz y vieja inmediatamente se sumieron, fundidas en la sombra, como
-si de allí hubiesen surgido solo para avisar al galán del yerro del
-camino... Volviérase rápidamente, y, rodeando el calvario, galopó
-por la otra carretera hasta avistar, sobre la claridad del cielo,
-los pilares negros y los negros maderos del Cerro de los Ahorcados.
-Entonces detúvose, derecho en los estribos. En un ribazo alto, seco,
-sin hierba ni brezo, ligados por un muro bajo, todo carcomido,
-levantábanse negros, enormes, sobre la amarillez de la luna, los
-cuatro pilares de granito, semejantes a los cuatro ángulos de una casa
-deshecha. Sobre los pilares posábanse cuatro gruesos travesaños, de los
-cuales pendían cuatro ahorcados, negros y rígidos, en el aire parado y
-mudo. Todo en torno parecía tan muerto como ellos.
-
-Enormes aves de rapiña dormían encaramadas sobre los maderos. Más allá
-brillaba lívidamente el agua muerta de la laguna de las Dueñas. Iba la
-luna grande y llena por el cielo.
-
-Don Ruy murmuró el Padre Nuestro, debido por todo cristiano a aquellas
-almas culpadas. Y después impelió al caballo y pasaba, cuando, en el
-inmenso silencio y en la inmensa soledad, resonó una voz, una voz que
-le llamaba, suplicante y lenta:
-
---¡Caballero, deteneos; venid acá!...
-
-Don Ruy cogió bruscamente las riendas y, erguido sobre los estribos,
-recorrió con los ojos espantados todo el siniestro yermo. Veíase el
-cerro áspero, el agua brillante y muda, los maderos, los muertos.
-Pensó que fuera ilusión de la noche u osadía de algún demonio errante.
-Y serenamente picó el caballo, sin sobresalto, ni temor, como en una
-calle de la ciudad. Pero, detrás, tornó a surgir la voz, que le llamaba
-urgentemente, ansiosa, casi aflictiva:
-
---¡Caballero, esperad; no os vayáis, volved, llegad aquí!
-
-De nuevo don Ruy parose, y vuelto sobre la silla, se encaró con los
-cuatro cuerpos pendientes de los maderos. ¡Allí sonaba la voz que,
-siendo humana, solo podía salir de forma humana! Uno de esos ahorcados,
-pues, era el que le había llamado con tanta prisa y ansia.
-
-¿Restaría en alguno, por maravillosa merced de Dios, aliento y vida? ¿O
-sería que, por mayor maravilla, uno de esos esqueletos medio podridos
-le detenía para transmitirle avisos de ultratumba?... Que la voz
-partiese de un cuerpo vivo o de un cuerpo muerto, era cobardía huir
-pavorosamente, sin atender a lo que se le demandaba.
-
-Dirigió el animal para dentro del cerro, y parando, derecho y
-tranquilo, con la mano en el costado, después de mirar uno por uno los
-cuatro cuerpos suspensos, gritó:
-
---¿Cuál de vosotros, hombres ahorcados, osó llamar por don Ruy de
-Cárdenas?
-
-En esto, aquel que volvía la espalda a la luna llena, respondió desde
-lo alto de la cuerda, natural y tranquilamente, como quien habla desde
-la ventana a la calle:
-
---Señor, fui yo.
-
-Don Ruy hizo avanzar el caballo hasta colocarse enfrente de él. No le
-distinguía la faz, enterrada en el pecho, escondida por largas y negras
-melenas sueltas. Solo percibió que tenía libres y desamarradas las
-manos y los pies, estos resecos y del color del betún.
-
---¿Qué me quieres?
-
-El ahorcado, suspirando, murmuró:
-
---Señor, hacedme la gran merced de cortar esta cuerda en que estoy
-colgado.
-
-Don Ruy arrancó la espada, y con un solo golpe certero cortó la cuerda.
-
-Con un siniestro sonido de huesos entrechocados el cuerpo cayó en
-el suelo, en el cual quedó un momento estirado cuan largo era;
-pero inmediatamente se enderezó sobre los pies, mal seguros y aún
-durmientes, y levantó para don Ruy su faz muerta, que era una calavera
-con la piel más amarilla que la luna que la envolvía; los ojos estaban
-faltos de brillo y movimiento, los labios se le fruncían en una sonrisa
-empedernida. De entre los dientes blancos asomaba la punta de una
-lengua tan negra como el carbón.
-
-Don Ruy no mostró terror ni asco. Y envainando serenamente la espada:
-
---¿Tú estás vivo o muerto? --preguntó.
-
-El hombre encogió los hombros con lentitud:
-
---Señor, no sé... ¿Quién sabe lo que es la vida? ¿Quién sabe lo que es
-la muerte?...
-
---Pero ¿qué quieres de mí?
-
-El ahorcado, con los largos dedos descarnados, alargó el nudo de la
-cuerda, que aún le lazaba el cuello, y declaró serena y firmemente:
-
---Señor, tengo que acompañaros a Cabril, adonde vais.
-
-El caballero estremeciose con tan fuerte asombro, soltando las bridas,
-que el caballo se empinó, como asombrado también.
-
---¿Conmigo a Cabril?...
-
-El hombre curvó el espinazo, en el que se distinguían todos los
-huesos, más agudos que los dientes de una sierra, a través de un largo
-rasgón de la camisa de estameña:
-
---Señor --suplicó--, no me lo neguéis. ¡Tengo que recibir un gran
-salario si os hago este gran servicio!
-
-Don Ruy pensó de pronto que bien podía ser aquella alguna traza
-formidable del demonio. Y clavando sus ojos brillantes en la faz muerta
-que se le ofrecía ansiosa, en espera del consentimiento, hizo una lenta
-y larga Señal de la Cruz.
-
-El ahorcado dobló las rodillas con asustada reverencia:
-
---Señor ¿para qué me probáis con esa señal? Solo por ella alcanzamos
-remisión, y yo solo de ella espero misericordia.
-
-Entonces don Ruy pensó que si ese hombre no era mandado por el demonio,
-bien podía ser mandado por Dios. Y luego, devotamente, con un gesto
-sumiso en que todo lo entregaba al cielo, consintió, aceptó el pavoroso
-acompañamiento.
-
---¡Ven conmigo, pues, a Cabril, si Dios te manda! Pero yo nada te
-preguntaré ni tú me preguntes nada.
-
-Encaminó el caballo a la carretera, toda alumbrada por la luna. El
-ahorcado seguía a su lado con pasos tan ligeros, que hasta cuando
-don Ruy galopaba, conservábase cerca del estribo, como llevado por
-un viento mudo. A las veces, para respirar más libremente, aflojaba
-el nudo de la cuerda que le enroscaba el pescuezo. Y cuando pasaban
-entre sebes donde erraba el aroma de las flores silvestres, el hombre
-murmuraba con infinito alivio y dulzura:
-
---¡Qué gusto da correr!
-
-Don Ruy iba poseído de asombro, con un tormentoso cuidado.
-
-Comprendía, desde luego, que se trataba de un cadáver, reanimado por
-Dios para un extraño y encubierto servicio. Pero, ¿por qué le daba
-Dios tan horrible compañero? ¿Para protegerle? ¿Para impedir que doña
-Leonor, amada del cielo, por su piedad, cayese en culpa mortal? ¿Y para
-tan divina incumbencia de tan alta merced, no tenía el Señor ángeles en
-el cielo, antes que echar mano de un supliciado?...
-
-¡Ah, con qué gusto volvería riendas para Segovia de no mediar la
-galante lealtad del caballero, el orgullo de no retroceder jamás, y
-la sumisión a las órdenes de Dios, que sentía inmediatamente sobre su
-espíritu!...
-
-Desde un alto de la carretera, de repente, avistaron Cabril, las torres
-del convento franciscano albeando al lunar, los casales dormidos entre
-las huertas. Silenciosamente, sin que un perro ladrase detrás de las
-cancelas o por cima de los muros, descendieron el viejo puente romano.
-Delante del Calvario, el ahorcado cayó de rodillas sobre las losas,
-irguió los lívidos huesos de las manos y quedó rezando un largo rato,
-entre profundos suspiros. Después, al entrar en el barranco, bebió
-mucho tiempo y consoladamente en una fuente que corría y cantaba bajo
-las frondas de un salgueiro. Como el barranco era angosto, encaminose
-delante del caballero, todo curvado, con los brazos cruzados
-fuertemente sobre el pecho, sin un rumor.
-
-La luna reteníase en lo más alto del cielo. Don Ruy consideraba con
-amargura aquel disco, lleno y lustroso, que esparcía tanta y tan
-indiscreta claridad sobre el misterio que le llevaba a Cabril. ¡Ah,
-cómo se estragaba la noche, que debía ser divina! Una enorme luna
-surgía de entre los montes para alumbrarlo todo. Un ahorcado descendía
-del suplicio para seguirle y entrar en lo íntimo de su secreto. Así lo
-ordenaba Dios. ¡Mas qué tristeza llegar a la dulce puerta prometida con
-tal intruso a su lado, bajo aquel cielo de claridad tan viva!
-
-De improviso, el ahorcado detúvose, levantando el brazo, del cual
-pendía la manga en harapos. Era el fin del barranco, que desembocaba
-en camino más amplio y largo, y delante de ellos blanqueaba el muro de
-la finca de don Alonso, que tenía allí un mirador, con barandilla de
-piedra, todo revestido de begonias.
-
---Señor --murmuró el ahorcado, sujetando con respeto el estribo de don
-Ruy--, a pocos pasos de este mirador está la puerta por donde debéis
-penetrar en el jardín. Conviene que dejéis aquí el caballo, atado a un
-árbol, si es seguro y fiel. En la empresa en que nos hallamos, ya es de
-más el rumor de nuestros pies...
-
-Don Ruy apeose en silencio y prendió el caballo, que tenía por fiel y
-seguro, al tronco de un álamo seco.
-
-Y tan sumiso se tornaba a aquel compañero impuesto por Dios, que sin
-otro reparo le fue siguiendo por la orilla del muro que la luna
-alumbraba.
-
-Con pausada cautela, en la punta de los pies desnudos, avanzaba ahora
-el ahorcado, vigilando el alto del muro, sondando en la negrura de la
-sebe, parándose a escuchar rumores, que solo para él eran perceptibles,
-porque nunca don Ruy conociera noche más hondamente adormecida y muda.
-
-Y el espanto, en quien debía ser indiferente a los peligros humanos,
-fue adueñándose también del valeroso caballero, que sacó el puñal de
-la vaina, y con la capa arrollada al brazo, marchaba a la defensiva,
-atenta y escudriñadora la mirada, como en un camino de emboscada
-y lucha. Así llegaron a una puertecita, que el ahorcado empujó,
-abriéndose sin quejido de los goznes. Penetraron en una calle bordeada
-de espesos bojes hasta llegar a un estanque lleno de agua, donde
-flotaban hojas de nenúfares, y que toscos bancos de piedra circundaban,
-cubiertos por la rama de arbustos en flor.
-
---¡Por allí! --murmuró el ahorcado, extendiendo el brazo descarnado.
-
-Señalaba una avenida que densos y viejos árboles abovedaban y
-oscurecían. Por ella se metieron, como sombras en la sombra, el
-ahorcado delante, don Ruy siguiéndole muy sutilmente, sin rozar una
-rama, malpisando la arena. Un leve hilo de agua susurraba en el césped.
-Por los troncos subían rosales trepadores, que desprendían dulce aroma.
-El corazón de don Ruy recomenzó a batir con una esperanza de amor.
-
---¡Chist! --hizo el ahorcado.
-
-Y don Ruy casi tropezó con el siniestro hombre estancado, con los
-brazos abiertos, como las trancas de una cancilla.
-
-Delante de ellos, cuatro pasos de escalera de piedra subían a una
-terraza, en la cual la claridad era amplia y libre. Agachados, treparon
-los escalones, y al fondo de un jardín sin árboles, todo en cuarteles
-de flores bien recortados, orlados de boj corto, avistaron un lado de
-la casa, batido por la luna llena. En el centro, entre las ventanas
-cerradas, un balcón de piedra, conservaba de par en par abiertas las
-maderas de los ventanales. El cuarto dentro, apagado, era como un
-agujero de tiniebla en la claridad de la fachada, que bañaba el lunar.
-Y, arrimada contra el balcón, estaba una escalera con los tramos de
-cuerda.
-
-El ahorcado empujó a don Ruy para la oscuridad de la avenida. Y allí,
-con un gesto preciso, dominando al caballero, exclamó:
-
---¡Señor, ahora conviene que me deis la capa y el sombrero! Quedaos
-aquí, en la oscuridad de estos árboles. Voy a subir la escalera para
-observar lo que pasa dentro de aquel cuarto... Si es lo que deseáis,
-aquí volveré, y que Dios os haga muy feliz...
-
-¡Don Ruy echose atrás con el horror de que tal criatura subiese a la
-ventana! Luego murmuró sordamente:
-
---¡No, por Dios!
-
-Pero la mano del ahorcado, lívida en la oscuridad, bruscamente le
-arrancó el sombrero de la cabeza y la capa de entre los brazos. Y se
-cubría, se embozaba, murmurando en una súplica ansiosa:
-
---¡No me lo neguéis, señor, que por haceros este servicio ganaré una
-gran merced!
-
-Y subió de nuevo los escalones; estaba en la larga y alumbrada terraza.
-
-Don Ruy subió, atontado, y espió. ¡Oh maravilla! Era él, don Ruy, de
-la cabeza a los pies, en la figura y en el modo, aquel hombre que, por
-entre los cuarteles y el boj cortado, avanzaba, airoso y leve, con la
-mano en la cintura, la faz erguida risueñamente hacia la ventana, la
-larga pluma escarlata del sombrero balanceándose triunfal. El hombre
-avanzaba bajo la claridad espléndida. El cuarto amoroso aguardaba
-abierto y negro. ¡El hombre hallábase al pie de la escalera; desembozó
-la capa y asentó el pie en el primer tramo! --«¡Oh, allá va, ya sube
-el maldito!»-- rugió don Ruy. El ahorcado subía. Ya la alta figura,
-que era él, el propio don Ruy, estaba a mitad de la escalera, toda
-negra contra la blanca pared. Detúvose... ¡No, no; subía, llegaba,
-posaba la rodilla cautelosa sobre el borde de baranda! Mirábalo don
-Ruy desesperadamente con los ojos, con el alma, con todo su ser. Y
-he ahí que, de repente, del cuarto negro surge un negro bulto, una
-furiosa voz: «¡Villano, villano!» Y una lámina de daga brilla y cae, y
-otra vez se levanta y brilla y vuelve a caer, y aún refulge y torna a
-hundirse... Como un fardo, de lo alto de la escalera, pesadamente, el
-ahorcado cae sobre la tierra muelle. Vidrieras y ventanas se cierran a
-seguida, con fragor. Y no hubo más, sino el silencio, la oscuridad y la
-luna alta y redonda en el cielo de verano.
-
-Al comprender don Ruy la traición, desenvainó la espada, ganando la
-oscuridad de la avenida, cuando, ¡oh milagro!, corriendo por la terraza
-aparece el ahorcado, que le agarra por la manga y le grita:
-
---¡A caballo, señor, volando; que el encuentro no era de amor, sino de
-muerte!...
-
-Ambos descienden a toda prisa la avenida, costean el estanque bajo
-el refugio de los arbustos en flor, métense por la calle estrecha
-orlada de tejos, abren la puerta y, de pronto, páranse, sofocados, en
-la carretera, donde la luna, más refulgente, más llena, simulaba la
-claridad del sol.
-
-¡Y entonces, solo entonces, don Ruy descubrió que el ahorcado
-conservaba clavada en el pecho, hasta los pomos, la daga, cuya punta le
-salía por la espalda, lúcida y limpia!... Pero ya el pavoroso hombre le
-empujaba nuevamente:
-
---¡A caballo, señor, volando; que aún tenemos encima la traición!
-
-Horrorizado, con un ansia de terminar aventura tan llena de espanto
-y de milagro, don Ruy cogió las riendas y comenzó a cabalgar
-sufridamente. Y luego, con gran prisa, el ahorcado saltó también a
-grupas del caballo fiel. Encogiose el buen caballero al sentir en sus
-espaldas el roce de aquel cuerpo muerto, desprendido de un patíbulo,
-atravesado por una daga. ¡Con qué desesperación galopó entonces por
-la carretera interminable! Y don Ruy a cada momento sentía un frío
-mayor que le helaba los hombros, como si llevase sobre ellos un enorme
-costal de nieve. Al pasar por el crucero, murmuró: «¡Valedme, señor!» Y
-más allá, estremeciose de repente, con el quimérico miedo de que tan
-fúnebre camarada le fuese acompañando para siempre, y se tornase su
-destino galopar a través del mundo, en una noche eterna, llevando un
-muerto a grupas de su caballo... Y no se contuvo, gritó para atrás, en
-el viento de la carrera que los zahería:
-
---¿En dónde queréis que os deje?
-
-El ahorcado, acercando tanto el cuerpo a don Ruy, que le tocó con el
-pomo de la daga, repuso:
-
---¡Señor, conviene que me dejéis en el cerro!
-
-Dulce e infinito alivio para el buen caballero, pues el cerro estaba
-cerca, y ya se distinguían en la claridad desmayada los pilares y los
-travesaños negros. A poco detuvo el caballo, que temblaba blanco de
-espuma.
-
-El ahorcado, sin rumor, descendió de la silla, asegurando, como
-buen servicial, el estribo de don Ruy. Y con la calavera erguida,
-y la lengua negra pendiente entre los dientes blancos, murmuró una
-respetuosa súplica:
-
---¡Hacedme ahora el gran servicio de volverme a colgar otra vez!
-
-Don Ruy estremeciose de horror.
-
---¡Por Dios! ¿Que os ahorque yo?
-
-El hombre suspiró, abriendo los brazos, en un triste ademán:
-
---¡Señor, por voluntad de Dios es, y por voluntad de Aquella que le es
-más grata a Dios!
-
-Resignado, sumiso a los mandatos de lo Alto, apeose don Ruy y comenzó a
-seguir al hombre, que caminaba hacia el cerro pensativamente, doblando
-el dorso, del cual salía, clavada y limpia, la punta de la daga.
-Paráronse ante el suplicio vacío. En torno de los otros pendían los
-otros tres esqueletos. El silencio era más triste y hondo que los otros
-silencios de la tierra. El agua de la laguna ennegreciérase. La luna
-descendía rápida y desfallecía.
-
-Don Ruy examinó el madero en donde quedaba el pedazo de cuerda cortada
-con la espada.
-
---¿Cómo queréis que os cuelgue? --exclamó--. No llego con la mano al
-otro pedazo de cuerda; yo solo no basto para izaros.
-
---Señor --respondió el hombre--, ahí, al lado, debe de haber un
-rollo de cuerda. Una punta me la ataréis a este nudo que tengo en el
-pescuezo; la otra punta la echaréis por encima del madero, y, tirando
-después, fuerte como sois, conseguiremos nuestro objeto.
-
-Curvados ambos con pasos lentos, buscaron el rollo de cuerda. Lo
-encontró el ahorcado, y él mismo lo desenrolló... Entonces don Ruy
-descalzose los guantes. Y enseñado por él (que tan bien lo aprendiera
-del verdugo), ató una punta al lazo que el hombre conservaba en el
-pescuezo, y tiró con fuerza la otra, que ondeó en el aire, pasó sobre
-el madero y quedó pendiente cerca del suelo. Y el robusto caballero,
-afianzando los pies, retesando los brazos, tiró de la cuerda e izó el
-hombre hasta dejarlo suspenso, negro, en el aire, como un ahorcado
-natural, entre los demás ahorcados.
-
---¿Estás bien así?
-
-Lenta y sumisa vino la voz del muerto:
-
---Señor, estoy como debo.
-
-Don Ruy, entonces, enrolló la cuerda al pilar de piedra. Y el
-sombrero en la mano, limpiándose con la otra el sudor que le corría a
-cántaros, contempló a su siniestro y milagroso compañero. Estaba ya
-rígido como antes, con la faz pendiente bajo las melenas caídas, los
-pies enderezados, todo carcomido como un viejo tronco. En el pecho
-conservaba la daga clavada. Por cima, dos cuervos dormían quietos.
-
---Y ahora, ¿qué más quieres? --preguntó don Ruy comenzando a ponerse
-los guantes.
-
-Desde lo alto, el ahorcado murmuró:
-
---¡Señor, con toda el alma os ruego que, al llegar a Segovia, le
-contéis el suceso a Nuestra Señora del Pilar, vuestra madrina, que de
-ella espero gran merced para mi salvación eterna por este servicio,
-que, por su mandato, os hizo mi cuerpo!
-
-Todo lo comprendió don Ruy de Cárdenas entonces, y arrodillándose
-devotamente sobre el suelo de dolor y muerte, rezó una larga oración
-por aquel buen ahorcado.
-
-Después galopó para Segovia. Clareaba la mañana cuando traspasó la
-puerta de San Mauro. Sonaban las campanas en el aire claro. Y entrando
-en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, aun en el desaliño de su
-terrible jornada, don Ruy, ante el altar, narró a su celestial madrina
-la ruin tentación que le llevara a Cabril, el socorro que del cielo
-había recibido, y con lágrimas de arrepentimiento y gratitud, juró que
-nunca más pondría deseo en donde hubiese pecado, ni en su corazón daría
-entrada a pensamiento que viniese del Mundo y del Mal.
-
-
-IV
-
-A esa hora, en Cabril, don Alonso de Lara, con los ojos abiertos de
-pasmo y de terror, escudriñaba todas las calles, cuarteles y sombras de
-su jardín.
-
-Cuando al amanecer, luego de abierta la puerta de la cámara en que
-había encerrado a doña Leonor, descendió sutilmente al jardín y no
-encontró debajo del balcón, pegando a la escalera, como deliciosamente
-se prometía, el cuerpo de don Ruy de Cárdenas, tuvo por cierto que el
-odiado hombre, al caer, aún con un hilo débil de vida, se arrastraría
-sangrando, con el intento de alcanzar el caballo y escapar de Cabril...
-
-Mas con aquella recia daga que por tres veces enterrara en su pecho,
-y que en el pecho había dejado, no se arrastraría el villano muchos
-metros, y en algún sitio de aquellos debía de yacer estirado y frío.
-Rebuscó entonces cada calle, cada sombra, cada macizo de arbustos. Y
---¡caso maravilloso!--, ¡no descubría el cuerpo, ni pisadas, ni tierra
-que hubiese sido removida, ni siquiera rastro de sangre sobre la
-tierra! Y, sin embargo, ¡mano certera y hambrienta de venganza, tres
-veces le clavara la daga en el pecho y en el pecho se la dejara!
-
-¡Y era Ruy de Cárdenas el muerto, que bien lo había conocido desde
-el fondo del cuarto donde espiaba, cuando a la claridad de la luna
-atravesó la terraza, confiado, ligero, con la mano en la cintura, la
-faz risueñamente erguida y la pluma del sombrero balanceándose en
-triunfo! ¿Cómo podría suceder una cosa tan rara, un cuerpo mortal
-sobreviviendo a un hierro que tres veces le atraviesa el corazón y
-en el corazón le queda clavado? ¡Y la mayor rareza era que ni en el
-suelo, debajo de la ventana, señalábase el vestigio de aquel cuerpo
-fuerte, caído pesadamente como un fardo! ¡Ni una flor machucada;
-todas derechas, erguidas, frescas, con leves gotas de rocío sobre
-las corolas! Inmóvil de espanto, casi de terror, don Alonso de Lara
-detúvose allí, considerando el balcón, midiendo la altura de la
-escalera, contemplando con ojos espantados los alhelíes derechos,
-frescos, sin un tallo u hoja doblada. Después comenzó a correr
-locamente por la terraza, por la avenida, por la calle de los bojes,
-todavía con la esperanza de hallar una pisada, un tallo roto, alguna
-gota de sangre sobre la finísima arena.
-
-¡Nada! Todo el jardín ofrecía un desusado arreglo y limpieza, como
-si sobre él nunca hubiese pasado el viento que deshoja ni el sol que
-mustia.
-
-Entonces, al atardecer, devorado por la incertidumbre y el misterio,
-tomó un caballo y, sin escudero ni caballerizo, partió para Segovia.
-Curvado y escondidamente, como un forajido, penetró en su palacio
-por la puerta del pomar, y su primer cuidado fue correr la galería
-abovedada, desatrancar las maderas de las ventanas y espiar ávidamente
-la casa de don Ruy de Cárdenas. Todos los miradores de la vieja morada
-del arcediano estaban abiertos, respirando la frescura de la noche;
-y a la puerta, sentado en un banco de piedra, un mozo de caballeriza
-afinaba perezosamente la bandurria.
-
-Don Alonso de Lara descendió a su cámara, lívido, pensando que no
-acontecía de seguro desgracia en casa donde todas las ventanas se abren
-para recibir el fresco, y en la puerta de la calle tocan y se divierten
-los mozos. Batió las palmas, pidiendo furiosamente la cena. Y apenas
-sentado al extremo de la mesa, en su alta silla de cuero labrado,
-mandó llamar al intendente, a quien en seguida ofreció, con extraña
-familiaridad, una copa de vino añejo. En tanto el hombre, en pie, bebía
-respetuosamente, don Alonso, metiendo los dedos por la maraña de las
-barbas y forzando su sombría faz para sacarle una sonrisa, preguntaba
-por las nuevas acontecidas en Segovia. Durante los días de su estancia
-en Cabril ¿nada espantoso o digno de murmuración había ocurrido en
-la ciudad?... El intendente limpió los labios para afirmar que nada
-espantoso murmurábase en Segovia, a no ser que la hija del señor don
-Gutierre, tan joven y rica heredera, tomaba el hábito de las Carmelitas
-Descalzas. Don Alonso insistía mirando vorazmente al intendente. ¿Y no
-se trabara una gran lucha, no se encontrara herido en la carretera de
-Cabril un caballero joven, muy conocido?... El intendente encogía los
-hombros: nada decían por la ciudad de luchas y caballeros heridos. Con
-un acento desabrido, don Alonso lo despidió de su presencia.
-
-Apenas terminada la parca cena, volvió a la galería para espiar de
-nuevo las ventanas de don Ruy. Ahora estaban cerradas; en la última de
-la esquina percibíase tenue claridad.
-
-Pasó en vigilia la noche, removiendo incansablemente el mismo espanto.
-¿Cómo pudo escapar aquel hombre con una daga atravesada en el corazón?
-¿Cómo?... Al amanecer tomó una capa, un largo sombrero, y descendió
-al atrio, todo embozado y cubierto, y quedó rondando por delante de
-la casa de don Ruy. Las campanas tocaban a maitines. Los mercaderes,
-con los jubones mal abotonados, salían a levantar las persianas de las
-puertas, a colgar el muestrario. Ya los hortelanos, picando los burros
-cargados de costales, lanzaban los pregones anunciando la hortaliza
-fresca, y los frailes descalzos, con la alforja al hombro, pedían
-limosna y bendecían a las mozas.
-
-Beatas embozadas, con gruesos rosarios negros, enfilaban golosamente
-para la iglesia. Después el pregonero de la ciudad, parado en un
-extremo del atrio, tocó una bocina, y con una voz tremenda comenzó a
-leer un edicto.
-
-El señor de Lara parárase junto a la fuente, pasmado, como embebecido
-en el canto de los chorros. De repente pensó que aquel edicto, leído
-por el pregonero de la ciudad, debíase referir a don Ruy, acaso a su
-desaparición... Corrió a la esquina del atrio; pero ya el hombre, con
-el papel enrollado, abríase paso, batiendo en las losas con su vara
-descomunal. Y cuando se volvió para espiar de nuevo la casa, he aquí
-que sus ojos, atónitos, tropiezan a don Ruy, ¡a don Ruy, su víctima,
-que venía caminando para la iglesia de Nuestra Señora, ligero, airoso,
-la faz risueña y erguida en el fresco aire de la mañana, de jubón
-claro, con plumas claras, con una de las manos posada en el cinto, la
-otra meneando distraídamente un bastón con borlas de torzal de oro!
-
-Don Alonso recogiose entonces a su casa con pasos arrastrados y
-envejecidos. En lo alto de la escalera de piedra halló a su viejo
-capellán, que venía a saludarle y que, penetrando con él en la
-antecámara, después de pedir, con reverencia, nuevas de la señora doña
-Leonor, le habló de un prodigioso caso que había llenado a la ciudad
-de espanto y murmuración. ¡En la víspera, por la tarde, yendo el
-corregidor a visitar el Cerro de las Horcas, pues se acercaba la fiesta
-de los Santos Apóstoles, descubriera, con mucho pasmo y escándalo, que
-uno de las ahorcados tenía una daga clavada en el pecho! ¿Era gracia
-de algún pícaro siniestro? ¿Venganza que la muerte no saciara?... ¡Y
-para mayor prodigio aún, el cuerpo había sido descolgado del madero,
-arrastrado en huerta o jardín (pues que presas a los viejos harapos
-se encontraron hojas tiernas) y después nuevamente ahorcado y con una
-cuerda nueva!... ¡Así iba la turbulencia de los tiempos, que ni los
-muertos se privaban de tamaños ultrajes!
-
-Don Alonso escuchaba temblando, con el pelo horripilado.
-Inmediatamente, con una ansiosa agitación, bramando, tropezando
-contra las puertas, quiso partir y convencerse con sus propios ojos
-de la fúnebre profanación. En dos mulas enjaezadas de prisa, ambos
-salieron para el Cerro de los Ahorcados, él y el capellán, arrastrado y
-aturdido. Un gran golpe de vecinos de Segovia, reuniérase en el Cerro,
-poseídos todos de un horror maravilloso ante ¡el muerto que fuera
-muerto!... Todos se arremolinaron en torno del noble señor de Lara,
-que permanecía desmadejado y lívido, mirando al ahorcado y a la daga
-que le atravesaba el pecho. Era su daga: ¡fuera él quien había matado
-al muerto!
-
-Galopó empavorecido para Cabril. Y allí se encerró con su secreto,
-comenzando a palidecer, a adelgazar, siempre alejado de la señora
-doña Leonor, escondido por las calles sombrías del jardín, murmurando
-palabras al viento, hasta que en la madrugada de San Juan, una criada,
-que volvía de la fuente con su cántaro, lo encontró muerto, bajo el
-balcón de piedra, estirado en el suelo, con los dedos clavados en el
-bancal de alhelíes, donde parecía haber excavado largamente la tierra,
-buscando algo...
-
-
-V
-
-Para huir de tan lamentables memorias, la señora doña Leonor, heredera
-de todos los bienes de la casa de Lara, recogiose a su palacio de
-Segovia. Pero como ahora sabía que el señor don Ruy de Cárdenas había
-escapado milagrosamente de la emboscada de Cabril, y, como día por
-día, acechando por entre las rejas, lo seguía con ojos húmedos, jamás
-satisfechos, cuando el caballero cruzaba el atrio para entrar en la
-iglesia, no quiso ella, con recelo de las prisas e impaciencia de su
-corazón, visitar a la Señora del Pilar mientras durase el luto. Más
-tarde, una mañana de domingo, cuando, en vez de crespones negros,
-se pudo cubrir de sedas rojas, descendió la escalera de su palacio,
-pálida, por efecto de una emoción nueva y divina, pisó las losas del
-atrio y traspuso las puertas de la iglesia. Don Ruy de Cárdenas estaba
-arrodillado delante del altar, en donde había colocado su votivo ramo
-de claveles blancos y amarillos. Al rumor de las finas sedas, irguió
-los ojos con una esperanza purísima, hecha de gracia celeste, como si
-un ángel le hubiese llamado. Doña Leonor arrodillose, arqueado el pecho
-por la impresión, tan pálida y tan feliz, que la cera de las hachas
-no era más pálida, ni más felices las golondrinas que batían sus alas
-libres por las ojivas de la vieja iglesia.
-
-Ante ese altar, y de rodillas en esas losas, ambos fueron casados por
-el obispo de Segovia, don Martiño, en el otoño del año de gracia de
-1475, siendo ya reyes de Castilla Isabel y Fernando, muy poderosos y
-muy católicos, por quien Dios operó grandes hechos sobre la tierra y
-sobre el mar.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-JOSÉ MATÍAS
-
-
-¡Linda tarde, amigo mío!... Estoy esperando el entierro de José Matías
---del José Matías de Albuquerque, sobrino del vizconde de Garmilde...
-Usted lo conoció seguramente: un muchacho airoso, rubio como una
-espiga, con un bigote crespo de paladín sobre una boca indecisa de
-contemplativo, diestro caballero, de una elegancia sobria y fina. ¡Y
-espíritu curioso, muy aficionado a las ideas generales, tan penetrante,
-que comprendió mi _Defensa de la Filosofía Hegeliana_! Esta imagen de
-José Matías data de 1865; porque la última vez que le encontré, en una
-tarde agreste de enero, metido en un portal de la calle de San Benito,
-tiritaba dentro de una levita color de miel, roída en los codos, y olía
-abominablemente a aguardiente.
-
-¡Pero usted, en una ocasión en que José Matías detúvose en Coimbra,
-volviendo de Oporto, cenó con él en el Pazo del Conde! Hasta recuerdo
-que Craveiro, que preparaba las _Ironías y Dolores de Satán_ para
-irritar más la disputa entre la Escuela Purista y la Escuela Satánica,
-recitó aquel soneto suyo, de tan fúnebre idealismo: _En la jaula de mi
-pecho, el corazón..._ Y recuerdo todavía a José Matías, con una gran
-corbata de seda negra hinchada entre el cuello de lino blanco, sin
-despegar los ojos de las velas de los candeleros, sonriendo pálidamente
-a aquel corazón que rugía en su jaula... Era una noche de abril, de
-luna llena. Después paseamos en bando, con guitarras, por el Puente y
-por el Choupal. Januario cantó ardientemente las endechas románticas de
-nuestro tiempo:
-
- Ayer de tarde, al sol puesto,
- contemplabas silenciosa
- la corriente caudalosa
- que retozaba a tus pies...
-
-¡Y José Matías, acodado sobre el parapeto del Puente, con el alma y
-los ojos perdidos en la luna! --¿Por qué no acompaña usted a este
-interesante mozo al cementerio de los Placeres? Tengo un coche de
-plaza, con número, como conviene a un profesor de Filosofía... ¿Qué?
-¿Por causa de los pantalones claros? ¡Oh, mi caro amigo! De todas las
-materializaciones de la simpatía, ninguna más groseramente material
-que el casimir negro. ¡Y el hombre que vamos a enterrar era un gran
-espiritualista!
-
-Venía la caja saliendo de la Iglesia... Apenas tres carruajes para
-acompañarle. --Mas, realmente, caro amigo, José Matías murió hace seis
-años, en su puro esplendor. Ese que llevamos ahí, medio descompuesto,
-dentro de cuatro tablas galoneadas de amarillo, es un resto de
-borracho sin historia y sin nombre, que el frío de febrero mató en el
-vano de un portal.
-
-¿El sujeto de lentes de oro que va en la berlina?... No sé quién es.
-Tal vez un pariente rico, de esos que aparecen en los entierros, con
-el parentesco correctamente cubierto de gasa negra, cuando el difunto
-ya no importuna ni compromete. El hombre obeso, de caraza amarilla,
-que va en la victoria, es Alves _Capao_, que tiene un periódico
-donde desgraciadamente la Filosofía no abunda, y que se llama _La
-Piada_. ¿Qué relaciones le prendían a Matías?... No sé. Tal vez se
-emborrachasen en las mismas tascas; acaso José Matías, últimamente,
-colaborase en _La Piada_; quizá debajo de aquella gordura y de aquella
-literatura, ambas tan sórdidas, se abrigue un alma compasiva. Este es
-nuestro coche... ¿Quiere que baje la ventanilla? ¿Un cigarro?... Yo
-traigo fósforos. Pues este José Matías fue un hombre desconsolador
-para quien, como yo, en la vida ama la evolución lógica y pretende
-que la espiga nazca coherentemente del grano. En Coimbra siempre le
-consideramos como un alma escandalosamente banal. Para este juicio
-concurría acaso su horrenda corrección. ¡Nunca un rasgón ostentoso en
-la sotana, ni, por ventura, un poco de polvo adherido a los zapatos;
-jamás un pelo rebelde del cabello o del bigote huyendo de aquel
-rígido aliño que nos desolaba! Por otra parte, en nuestra ardiente
-generación él fue el único intelectual que no rugió con las miserias de
-Polonia; que leyó sin empalidecer ni llorar las _Contemplaciones_; que
-permaneció insensible ante la herida de Garibaldi. ¡Y, sin embargo,
-no había en ese José Matías ninguna sequedad o dureza o egoísmo o
-desafecto! ¡Por el contrario! Un suave camarada, siempre cordial y
-mansamente risueño. Toda su imperturbable quietud parecía provenir
-de una inmensa superficialidad sentimental. Y era eso de manera que
-no fue sin razón que, en viendo a aquel mozo tan suave, tan rubio
-y tan ligero, comenzáramos a llamarle _Matías-Corazón de Esquilo_.
-Cuando se doctoró, como se le muriera el padre, después la madre,
-delicada y linda señora de quien había heredado 50.000 duros, partió
-para Lisboa a fin de alegrar la soledad de un tío que le adoraba, el
-general vizconde de Garmilde. ¡Usted, sin duda, se acuerda de esa
-perfecta estampa de general clásico, siempre de bigotes terríficamente
-encerados; las calzas, color de flor de romero desesperadamente
-estiradas por las presillas sobre las botas coruscantes, y el látigo,
-debajo del brazo, con la punta temblando, ávido de azotar el Mundo!
-Guerrero grotesco y deliciosamente bueno... Garmilde moraba entonces
-en Arroyos, en una casa antigua de azulejos, con un jardín, donde
-cultivaba apasionadamente bancales soberbios de dalias. Ese jardín
-subía muy suavemente hasta un muro cubierto de hiedra que lo separaba
-de otro jardín, el largo y bello jardín de rosas del consejero Mattos
-Miranda, cuya casa, con una aireada terraza entre dos torreoncitos
-amarillos, erguíase en la cima del otero y se llamaba la casa de la
-«Parreira». Usted conoce (por lo menos, de tradición, como se conoce
-Elena de Troya o Inés de Castro) la hermosa Elisa Miranda, Elisa de la
-Parreira... Fue la sublime belleza romántica de Lisboa, en los fines
-de la Regeneración. Mas, realmente, Lisboa apenas la entreveía por los
-cristales de su gran carruaje o en alguna noche de iluminación del
-paseo público entre la polvareda y la turba, o en los dos bailes de la
-Asamblea del Carmo, de que Mattos Miranda era un director venerado.
-Por gusto friolero de provinciana o por pertenecer a aquella seria
-burguesía que en esos tiempos, en Lisboa, aún conservaba los antiguos
-hábitos severamente encerrados, o por imposición paternal del marido,
-ya diabético y con sesenta años, la Diosa raramente emergía de Arroyos
-y se mostraba a los mortales. Mas quien la vio, y con facilidad
-constante, casi irremediablemente, desde que se instaló en Lisboa, fue
-José Matías, porque, yaciendo el palacete del general en la falda de la
-colina, a los pies del jardín y de la casa de la Parreira, no podía la
-divina Elisa asomarse a una ventana, atravesar la terraza, coger una
-rosa entre las calles de boj, sin hacerse deliciosamente visible, tanto
-más que en los dos jardines asoleados ningún árbol esparcía la cortina
-de su denso ramaje. Usted de seguro tarareó, como todos tarareamos,
-aquellos versos gastados, mas inmortales:
-
- Era en otoño, cuando tu imagen
- a la luz de la luna...
-
-¡Pues, como en esa estrofa, el pobre José Matías, al regresar de la
-playa de Ericeira, en octubre, en el otoño, vio a Elisa Miranda una
-noche en la terraza, a la luz de la luna! Usted nunca contempló aquel
-precioso tipo de encanto lamartiniano. Alta, esbelta, ondulante, digna
-de la comparación bíblica de la palmera al viento. Cabellos negros,
-lustrosos y ricos, en bandos ondeados. Una carnación de camelia
-muy fresca. Ojos negros, líquidos, quebrados, tristes, de largas
-pestañas... ¡Ah, amigo mío, hasta un servidor de usted, que ya entonces
-anotaba laboriosamente a Hegel, después de encontrarla en una tarde
-de lluvia esperando el coche a la puerta de Seixas, la adoró durante
-tres exaltados días y le rimó un soneto! No sé si José Matías le
-dedicó sonetos. Mas todos sus amigos percibimos de contado el fuerte,
-profundo, absoluto amor que concibiera desde la noche de otoño, a
-la luz de la luna, aquel corazón, que en Coimbra considerábamos de
-_Esquilo_.
-
-Bien comprenderá usted que hombre tan quieto y comedido no se exhaló
-en suspiros públicos. Ya, sin embargo, en tiempo de Aristóteles,
-afirmábase que amor y humo no se esconden; y de nuestro hermético
-José Matías, el amor comenzó pronto a escapar, como el humo leve de
-las rendijas invisibles de una casa cerrada que arde terriblemente.
-Recuérdome de una tarde que le visité en Arroyos, después de volver
-del Alentejo. Era un domingo de julio. Él iba a comer con una
-tía-abuela, una doña Mafalda Noronha, que vivía en Benfica, en la
-quinta de los Cedros, donde habitualmente almorzaban también los
-domingos Mattos Miranda y la divina Elisa. Creo que solo en esa casa
-se encontraban ella y José Matías, sobre todo con las facilidades
-que ofrecen pensativas alamedas y retiros de sombra. Las ventanas
-del cuarto de José Matías abrían al jardín, y sobre el jardín de los
-Mirandas; y cuando entré, él aún se vestía lentamente. ¡Nunca admiré,
-amigo mío, faz humana aureolada por felicidad más segura y serena!
-Sonreía iluminadamente cuando me abrazó, con una sonrisa que venía
-de las profundidades del alma iluminada; sonreía deleitablemente en
-tanto yo le conté todos mis disgustos en Alentejo; sonreía después
-extáticamente, aludiendo al calor y enrollando un cigarro distraído; y
-sonreía siempre, extasiado, mientras escogía en el cajón de la cómoda,
-con religioso escrúpulo, una corbata de seda blanca. Y a cada momento,
-irresistiblemente, por un hábito ya tan inconsciente como el pestañear,
-sus ojos risueños, calmamente enternecidos, volvíanse para las ventanas
-cerradas... De suerte que acompañando aquel rayo dichoso, luego
-descubrí en la terraza de la casa de la Parreira, a la divina Elisa,
-vestida de claro, con un sombrero blanco, paseando perezosamente,
-calzándose pensativamente los guantes y acechando también las ventanas
-de mi amigo, que un rayo oblicuo del sol ofuscaba de manchas de
-oro. José Matías, entretanto, conversaba, antes murmuraba, a través
-de la perenne sonrisa, cosas afables y dispersas. Toda su atención
-concentrárase delante del espejo, en el alfiler de coral y perla para
-clavar en la corbata, en el cuello blanco que abotonaba y ajustaba con
-la devoción con que un sacerdote novicio, en la exaltación cándida de
-la primera misa, se revistiese de la estola y del amito para acercarse
-al altar. ¡Jamás había visto yo a un hombre echar con tan profundo
-éxtasis agua de colonia en el pañuelo! Y después de vestirse la levita,
-de espetarse una soberbia rosa con inefable emoción, sin retener un
-delicioso suspiro, abrió largamente, solemnemente, las ventanas.
-_¡Introibo ad altarem Dei!_ Yo permanecí discretamente enterrado en el
-sofá. ¡Y, caro amigo, créame, envidié a aquel hombre ante la ventana,
-inmóvil, rígido en su adoración sublime, con los ojos y el alma y
-todo el ser clavados en la terraza, en la blanca mujer, calzándose
-los guantes claros, y tan indiferente al mundo como si el mundo fuese
-apenas el ladrillo que ella pisaba y cubría con los pies!
-
-¡Y este éxtasis, amigo mío, duró diez años, así, espléndido, puro,
-distante e inmaterial! No se ría... De cierto se encontraban en la
-quinta de doña Mafalda; de seguro escribíanse, y apasionadamente,
-echando las cartas por sobre el muro que separaba las dos quintas;
-mas nunca por encima de las hiedras de ese muro procuraron la rara
-delicia de una conversación robada, o la delicia, aún más perfecta,
-de un silencio escondido en la sombra. Y nunca cambiaron un beso...
-¡No lo dude! Algún apretón de manos fugitivo y ansioso, bajo las
-arboledas de doña Mafalda fue el límite exaltadamente extremo que la
-voluntad les marcó al deseo. Usted no comprenderá cómo se mantuvieron
-así dos frágiles cuerpos, durante diez años, en tan terrible y mórbido
-renunciamiento... Sí; de seguro les faltó para perderse, una hora de
-seguridad o una puertecilla en el muro. Luego, que la divina Elisa
-vivía realmente en un convento, en el cual cerrojos y celdas eran
-formados por los hábitos rígidamente reclusos de Mattos Miranda,
-triste y diabético. Pero, en la castidad de este amor, entró mucha
-nobleza moral y finura superior de sentimiento. El amor espiritualiza
-al hombre, y materializa a la mujer. Esa espiritualización era fácil a
-José Matías, que había nacido desvariadamente espiritualista; mas la
-humana Elisa encontró también un gozo delicado en esa ideal adoración
-de monje, que ni osa rozar con los dedos trémulos y embrollados en el
-rosario la túnica de la Virgen sublimada. ¡Él, sí! Él gozó en ese amor
-trascendentemente desmaterializado un encanto sobrehumano. Durante diez
-años, como el Ruy-Blas del viejo Hugo, caminó, vivo y deslumbrado,
-dentro de su sueño radiante, sueño en que Elisa habitó realmente
-en lo íntimo de su alma, en una fusión tan absoluta, que se tornó
-consubstancial con su ser. ¿Creerá usted que él abandonó el cigarro,
-y que no fumaba, ni aun paseando solitariamente a caballo, por los
-alrededores de Lisboa, desde que una tarde descubrió en la quinta de
-doña Mafalda que el humo perturbaba a Elisa?
-
-Esta presencia real de la divina criatura en su ser creó en José
-Matías modos nuevos, extraños, derivando de la alucinación. Como el
-vizconde de Garmilde comía temprano, a la hora vernácula del Portugal
-antiguo, José Matías cenaba, después de San Carlos, en aquel delicioso
-y saudoso café Central, donde el lenguado parecía frito en el cielo, y
-el Collares en el cielo embotellado. Pues nunca cenaba sin candelabros
-profusamente encendidos y la mesa cubierta de flores. ¿Por qué?
-Porque Elisa también cenaba allí, invisible. De ahí esos silencios
-bañados en una sonrisa religiosamente atenta... ¿Por qué? ¡Porque la
-estaba siempre escuchando! Recuerdo verle arrancar del cuarto tres
-grabados clásicos de Faunos osados y Ninfas rendidas... Elisa, cerníase
-idealmente en aquel ambiente, y él purificaba las paredes, que mandó
-forrar de sedas claras. El amor arrastra al lujo, sobre todo, un amor
-de tan elegante idealismo; y José Matías prodigó con esplendor y lujo
-que ella participaba. Decentemente no podía andar con la imagen de
-Elisa en un coche de plaza, ni consentir que la augusta imagen rozase
-por las sillas de rejilla de la platea de San Carlos. Montó, por tanto,
-carruajes de un gusto sobrio y puro; y abonose a un palco en la Ópera,
-donde instaló, para ella, una poltrona pontifical, de seda blanca,
-bordada con estrellas de oro.
-
-Aparte de eso, como descubriera la generosidad de Elisa, luego se hizo
-congénere y suntuosamente generoso; y nadie existió entonces en Lisboa
-que repartiese, con facilidad más risueña, billetes de Banco. Así
-disipó, rápidamente, sesenta mil duros, con el amor de aquella mujer a
-quien nunca había regalado una flor.
-
-¿Y, durante ese tiempo, Mattos Miranda? Amigo mío, el buen Mattos
-Miranda, no desordenaba ni la perfección, ni la quietud de esta
-felicidad. ¿Tan absoluto sería el espiritualismo de José Matías, que
-apenas se interesase por el alma de Elisa, indiferente a las sumisiones
-de su cuerpo, involucro, inferior y mortal?... No sé. Verdad sea
-dicha, aquel digno diabético, tan grave, siempre de bufanda de lana
-oscura, con sus barbas grisáceas, sus poderosos lentes de oro, no
-sugería ideas inquietadoras de marido ardiente, cuyo ardor, fatal e
-involuntariamente, se reparte y abrasa. ¡Todavía nunca comprendí, yo,
-Filósofo, aquella consideración, casi cariñosa, de José Matías por
-el hombre que, siquiera fuese desinteresadamente, podía por derecho,
-por costumbre, contemplar a Elisa desapretándose las cintas de la
-enagua!... ¿Habría allí reconocimiento por ser Miranda el que había
-descubierto en una remota calle de Setúbal (en donde José Matías
-nunca la descubriría) aquella divina mujer, y por mantenerla en
-aquella posición, sólidamente nutrida, finamente vestida, transportada
-en carruajes de blandos muelles? ¿O recibiera José Matías aquella
-acostumbrada confidencia --«no soy tuya, ni de él»--, que tanto
-consuela del sacrificio, porque tanto lisonjea el egoísmo?.. No sé,
-mas con certeza, aquel magnánimo desdén por la presencia corporal de
-Miranda en el templo, donde habitaba su diosa, daba a la felicidad de
-José Matías una unidad perfecta, la unidad de un cristal que por todos
-los lados rebrilla, igualmente puro, sin arañadura o mancha. Y esta
-felicidad, amigo mío, duró diez años... ¡Qué escandaloso lujo para un
-mortal!
-
-Mas un día, la tierra, para José Matías, tembló toda, en un terremoto
-de incomparable espanto. En enero o febrero de 1871, Miranda, ya
-debilitado por la diabetes, murió de una pulmonía. Por estas mismas
-calles, en un pachorriento coche de plaza, acompañé su entierro
-numeroso, rico, con ministros, porque Miranda pertenecía a las
-Instituciones. Y después, aprovechando el coche, visité a José Matías
-en Arroyos, no por curiosidad perversa, ni para llevarle felicitaciones
-indecentes, sino para que en aquel lance deslumbrador sintiese a su
-lado la fuerza moderadora de la Filosofía... Hallé con él a un amigo
-más antiguo y confidencial, aquel brillante Nicolás de la Barca, que
-ya acompañé también a este cementerio, donde ahora yacen, debajo de
-lápidas, todos aquellos camaradas con quienes levanté castillos en el
-aire... Nicolás había llegado de la Vellosa, de su quinta de Santarén,
-de madrugada, reclamado por un telegrama de Matías. Cuando entré, un
-criado arreglaba dos maletas enormes. José Matías partía en esa noche
-para Oporto. Hasta se había puesto ya un traje de viaje, todo negro,
-con zapatos de cuero amarillo. Después de sacudirme la mano, mientras
-Nicolás removía un grog, continuó vagando por el cuarto, silencioso,
-como pasmado, con un modo que no era emoción, ni alegría púdicamente
-disfrazada, ni sorpresa de su destino bruscamente sublimado. ¡No!
-Si el buen Darwin no nos engaña en su libro de la _Expresión de las
-Emociones_, José Matías, en esa tarde, solo sentía y solo expresaba
-embarazo. Enfrente, en la casa de la Parreira, todas las ventanas
-permanecían cerradas bajo la tristeza de la tarde cenicienta. ¡Y
-todavía sorprendí a José Matías lanzando hacia la terraza, rápidamente,
-una mirada en que transparentaba inquietud, ansiedad, casi terror!
-¿Cómo diré? ¡Aquella parecía la mirada que se dirige a la jaula mal
-segura en donde se agita una leona! En un momento en que él entró
-en la alcoba, murmuré a Nicolás, por encima del grog: «Matías hace
-perfectamente en irse para Oporto...» Nicolás se encogió de hombros:
---«Sí, creyó que era más delicado... Yo aproveché. Solo durante los
-meses de luto riguroso...» A las siete acompañamos a nuestro amigo
-a la estación de Santa Apolonia. A la vuelta, dentro del coche que
-una furiosa lluvia azotaba, filosofamos. Yo sonreía, contento: --«Un
-año de luto; después mucha felicidad y muchos hijos... ¡Y un poema
-acabado!»... Nicolás acudió, serio: --«Y acabado en una deliciosa
-y suculenta prosa. La divina Elisa queda con toda su divinidad y
-la fortuna de Miranda, unos diez o doce mil duros de renta... ¡Por
-la primera vez en nuestra vida entrambos contemplamos la virtud
-recompensada!»
-
- * * * * *
-
-¡Mi caro amigo! Pasaron los meses ceremoniales de luto, después
-otros, y José Matías no se movió de Oporto. En ese agosto le encontré
-instalado fundamentalmente en el hotel Francfort, donde entretenía la
-melancolía de los días abrasados, fumando (porque volviera al tabaco),
-leyendo novelas de Julio Verne y bebiendo cerveza helada hasta que la
-tarde refrescaba y él se vestía, se perfumaba y se florecía para ir a
-comer en Foz.
-
-Y a pesar de acercarse el bendito remate del luto y de la desesperada
-espera, no noté en José Matías ni alborozo elegantemente reprimido, ni
-revuelta contra la lentitud del tiempo, viejo a las veces tan moroso y
-tropezón. ¡Por el contrario! A la sonrisa de radiosa certeza, que en
-esos años le iluminara como un nimbo de beatitud, sucedía la seriedad
-cargada, toda en sombra y arrugas, de quien se debate en una duda
-irresoluble, siempre presente, roedora y dolorosa. ¿Quiere que le
-diga? En aquel verano, en el hotel Francfort, siempre me pareció que
-José Matías, a cada instante de su vida despierta, bebiendo la fresca
-cerveza, calzando los guantes al entrar en el coche que le llevaba a
-Foz, angustiosamente preguntaba a su conciencia: «¿Qué he de hacer?
-¿Qué he de hacer?» Una mañana, en el almuerzo, me asombro, exclamando
-al abrir el periódico, con un asomo de sangre en la cara: «¿Qué? ¿Ya
-estamos a 29 de agosto? ¡Santo Dios... ya es fin de agosto!...»
-
-Volví a Lisboa, amigo mío. Pasó el invierno, muy seco y muy azul.
-Trabajé en mis _Orígenes del Utilitarismo_. Un domingo, en Rocío,
-cuando ya se vendían claveles en los estancos, avisté dentro de una
-berlina a la divina Elisa, con plumas rojas en el sombrero; y en esa
-misma semana encontré en el _Diario Ilustrado_ la noticia corta,
-casi tímida, del casamiento de la señora doña Elisa Miranda... ¿Con
-quién, amigo mío? ¡Con el conocido propietario don Francisco Torres
-Nogueira!...
-
-En oyendo tal, mi amigo cerró el puño, y pegó en el muslo, espantado.
-¡También yo cerré los dos puños, mas para levantarlos al cielo, en
-donde se juzgan los hechos de la tierra, y clamar furiosamente, a
-gritos, contra la falsedad, la inconstancia ondeante y pérfida, toda la
-engañadora torpeza de las mujeres, y de aquella especial Elisa, llena
-de infamia entre las mujeres! ¡Traicionar aprisa, inconsideradamente,
-apenas concluyó el negro luto, a aquel noble, puro, intelectual
-Matías!, ¡y su amor de diez años, sumiso y sublime!...
-
-Y después de apuntar con los puños para el cielo, aún los apretaba
-contra la cabeza, gritando: «Mas ¿por qué, por qué?» ¿Por amor? Durante
-años ella amara arrobadamente a este hombre, y de un amor que no pudo
-desilusionarse ni hartarse, porque permanecía suspenso, inmaterial,
-insatisfecho. ¿Por ambición? Torres Nogueira era un ocioso amable
-como José Matías, y poseía en viñas hipotecadas los mismos cincuenta
-o sesenta mil duros que José Matías acababa de heredar ahora del
-tío Garmilde, en tierras excelentes y libres. Entonces, ¿por qué?
-¡Ciertamente porque los gruesos bigotes negros de Torres Nogueira
-apetecían más a su carne, que el bozo rubio y pensativo de José Matías!
-¡Ah, bien enseñara San Juan Crisólogo que la mujer es un montón de
-impureza, erguido a la puerta del infierno!
-
-Pues, amigo mío, cuando yo rugía de este modo, encuéntrome una tarde en
-la calle de Alecrín, a Nicolás de la Barca, que salta de la victoria,
-me empuja para un portal, y agarrándose excitadamente en mi pobre
-brazo, exclama sofocado:
-
---«¿Ya sabes? ¡José Matías fue quien se negó! Ella escribiole, estuvo
-en Oporto a verle, lloró... ¡Él no consintió ni en verla! ¡No quiso
-casarse, no se quiere casar!» Quedé traspasado. --«Y entonces ella...».
---«Despechada, fuertemente cercada por Torres, cansada de la viudez,
-con aquellos bellos treinta años en botón, ¡qué diablo! pobrecilla, ¡se
-casó!» Levanté los brazos hasta la bóveda del patio: --«¿Pero y ese
-sublime amor de José Matías?» Nicolás, su íntimo y confidente, juró con
-irrecusable seguridad: --«¡Es el mismo siempre! Infinito, absoluto...
-¡Mas no quiere casarse!»
-
-Los dos nos miramos, y después nos separamos, encogiéndonos entrambos
-de hombros, con aquel asombro resignado que conviene a espíritus
-prudentes en presencia de la Incognoscible. Mas yo, Filósofo, y,
-por tanto, espíritu imprudente, durante toda esa noche agujereé el
-acto de José Matías con la punta de una psicología que expresamente
-aguzara. Y ya de madrugada, cansado, concluí, como se concluye siempre
-en Filosofía, que me encontraba delante de una Causa Primaria, por
-consiguiente impenetrable, en donde se quebraría, sin ventaja para él,
-para mí o para el mundo, la punta de mi Instrumento.
-
-La divina Elisa se casó y continuó habitando la Parreira con su Torres
-Nogueira, en el conforte y sosiego que ya gozara con su Mattos Miranda.
-A mitad de verano, José Matías trasladose de Oporto a Arroyos, al
-caserón del tío Garmilde, en el cual reocupó sus antiguas habitaciones,
-con los balcones abriendo al jardín, ya florido de dalias, que nadie
-cuidaba. Vino agosto, como siempre en Lisboa, silencioso y caliente.
-Los domingos José Matías comía con doña Mafalda de Noronha, en Benfica,
-solitariamente --porque Torres Nogueira no conocía a aquella venerada
-señora de la Quinta de los Cedros. La divina Elisa, con vestidos
-claros, paseaba, a la tarde, en el jardín, entre los rosales; de suerte
-que la única mudanza, en aquel dulce rincón de Arroyos, parecía ser
-Mattos Miranda en un bello sepulcro de los Placeres, todo de mármol --y
-Torres Nogueira en el excelente lecho de Elisa.
-
-Había, sin embargo, una tremenda y dolorosa mudanza --¡la de José
-Matías!--. ¿Adivina usted cómo ese desgraciado consumía sus estériles
-días? ¡Con los ojos, y la memoria, y el alma y todo el ser clavados
-en la terraza, en las ventanas, en los jardines de la Parreira! Solo
-que ahora no era con las vidrieras largamente abiertas, en abierto
-éxtasis, con la sonrisa de segura beatitud; poníase por detrás de las
-cortinas cerradas, a través de una escasa rendija, escondido, acechando
-furtivamente los blancos pliegues del vestido blanco, con la faz
-devastada por la angustia y por la derrota. ¿Y comprende por qué sufría
-así este pobre corazón? Seguramente porque Elisa, desdeñada por sus
-brazos cerrados, corriera luego, sin lucha, sin escrúpulos, para otros
-brazos, más accesibles y prontos... ¡No, amigo mío! Repare ahora en la
-complicada sutileza de esta pasión. ¡José Matías permanecía devotamente
-creyente de que Elisa, en lo íntimo de su alma, en ese sagrado fondo
-espiritual en donde no entran las imposiciones de las conveniencias,
-ni las decisiones de la razón pura, ni los ímpetus del orgullo, ni las
-emociones de la carne, le amaba, a él, únicamente a él, y con un amor
-que no desapareciera, ni se alterara, floreciente en todo su vigor,
-hasta sin ser regado o tratado, a la manera de la antigua Rosa Mística!
-¡Lo que le torturaba, amigo mío, lo que le cavara largas arrugas en
-cortos meses, era que un hombre, un macho, un bruto, apoderárase de
-aquella mujer que era suya! ¡Y que del modo más santo y más socialmente
-puro, bajo el patrocinio de la Iglesia y del Estado, lagotease con los
-ásperos bigotes negros, hasta hartarse, los divinos labios que él nunca
-osara rozar, en la supersticiosa reverencia y casi en el terror de su
-divinidad! ¿Cómo le diré?... ¡El sentimiento de este extraordinario
-Matías era el de un monje, postrado ante una Imagen de la Virgen, en
-trascendental arrobo, entretanto, de improviso, un bestial sacrílego
-trepa al altar, y alza obscenamente la túnica de la Imagen! Usted
-sonríe... ¿Y entonces, Mattos Miranda? ¡Ah, amigo mío, ese era
-diabético, y grave, y obeso, y ya existía instalado en la Parreira, con
-su obesidad y su diabetes, cuando él conociera a Elisa y la diera para
-siempre vida y corazón. Y Torres Nogueira, rompió brutalmente a través
-de su purísimo amor, con sus negros bigotes, y los carnudos brazos, y
-el duro arranque de un antiguo picador de toros, y prostituyó a aquella
-mujer, a la cual revelara tal vez lo que es un hombre!
-
-Mas, ¡con todos los demonios!, a esa mujer la despreció cuando ella
-ofreciósele en la frescura y en la grandeza de un sentimiento que
-ningún desdén aún secara o abatiera. ¿Qué quiere?... ¡Y la espantosa
-tortuosidad espiritual de Matías! ¡Al cabo de unos meses olvidara,
-positivamente olvidara esa negativa afrentosa, como si fuese un leve
-desacuerdo de intereses materiales o sociales, ocurrido meses antes en
-el Norte, y al que la distancia y el tiempo disipaban la realidad y la
-amargura leve! ¡Y ahora, aquí en Lisboa, con las ventanas de Elisa
-delante de sus ventanas y las rosas de los dos jardines exhalando
-fragancia en la sombra, el dolor presente, el dolor real, era que él
-amara sublimemente a una mujer, colocárala entre las estrellas para que
-fuese más pura su adoración, y que un bruto moreno, de bigotes negros,
-arrancara a esa mujer de entre las estrellas para arrojarla sobre una
-cama!
-
-Enredado caso, ¿eh, amigo mío? ¡Ah!, mucho filosofé acerca de él,
-por deber de filósofo. Y concluí que Matías era un enfermo, atacado
-de hiper-espiritualismo, de una inflamación violenta y pútrida del
-espiritualismo, que recelaba pavorosamente las materialidades del
-casamiento, las chinelas, la piel poco fresca al despertar, un vientre
-enorme durante seis meses, las criaturas llorando en la cuna mojada...
-Y ahora rugía de furor y tormento, porque cierto materialón, al lado,
-se precipitara a aceptar a Elisa en camisón de dormir. ¿Un imbécil?...
-¡No, amigo mío! Un ultrarromántico, locamente ajeno a las realidades
-fuertes de la vida, que nunca sospechó que chinelas y pañales sucios de
-criaturas son cosas de superior belleza en casa en que entre el sol y
-haya amor.
-
-¿Y sabe usted lo que exacerbó más furiosamente este tormento? ¡Que la
-pobre Elisa mostraba por él el antiguo amor! ¿Qué le parece? ¡Infernal,
-eh!... Por lo menos, si no sentía el antiguo amor intacto en su
-esencia, fuerte como entonces y único, conservaba por el pobre Matías
-una irresistible curiosidad y repetía los gestos de ese amor... ¡Tal
-vez fuere apenas la fatalidad de los jardines vecinos! No sé. Mas
-luego, desde septiembre, cuando Torres Nogueira partió para sus viñedos
-de Carcavellos a fin de asistir a la vendimia, ella recomenzó, del
-borde de la terraza, por sobre las rosas y las dalias abiertas, aquella
-dulce remesa de dulces miradas con que durante diez años extasiara el
-corazón de José Matías.
-
-No creo que se trasbordasen cartas por encima del muro del jardín,
-como bajo el régimen paternal de Mattos Miranda... El nuevo señor, el
-hombre robusto y bigotudo, imponía a la divina Elisa, aun de lejos, de
-entre los parrales de Carcavellos, retraimiento y prudencia. Y acalmada
-por aquel marido, mozo y fuerte, menos sentiría ahora la necesidad de
-algún encuentro discreto en la sombra caliente de la noche, aun cuando
-su elegancia moral y el rígido idealismo de José Matías consintiesen
-en aprovechar una escalera contra el muro... En lo demás, Elisa era
-fundamentalmente honesta, y conservaba el respeto sagrado de su cuerpo,
-por sentirlo tan bello y cuidadosamente hecho por Dios, más de lo que
-el de su alma. Y ¿quién sabe?... Tal vez la adorable mujer perteneciese
-a la bella raza de aquella marquesa italiana, la marquesa Julia de
-Malfieri, que conservaba dos amorosos a su dulce servicio, un poeta
-para las delicadezas románticas y un cochero para las necesidades
-groseras.
-
-¡En fin, amigo mío, no psicologuemos más sobre esta viva, detrás
-del muerto que murió por ella! El hecho fue que Elisa y su amigo
-insensiblemente recayeron en la vieja unión ideal a través de los
-jardines en flor. En octubre, como Torres Nogueira continuaba
-vendimiando en Carcavellos, José Matías, para contemplar la terraza de
-la Parreira, ya abría de nuevo las vidrieras, larga y extáticamente.
-
-Parece que un tan extremo espiritualista, reconquistando la idealidad
-del antiguo amor, debía reentrar también en la antigua felicidad
-perfecta. Si reinaba en el alma inmortal de Elisa, ¿qué importaba que
-otro se ocupase de su cuerpo mortal? ¡Mas no! El pobre mozo sufría
-angustiadamente, y para sacudir la pungencia de estos tormentos,
-concluyó, un hombre como él, tan sereno, de una tan dulce armonía
-de modos, por tornarse un agitado. ¡Ah, amigo mío, qué estrépito de
-vida! ¡Desesperadamente, durante un año, removió, aturdió, escandalizó
-a Lisboa!... De ese tiempo son algunas de sus extravagancias
-legendarias... ¿Conoce la de la cena? ¡Una cena ofrecida a treinta o
-cuarenta mujeres de las más torpes y de las más sucias, recogidas por
-las negras callejuelas del Barrio Alto y de la Mouraría, que después
-mandó montar en burros, y gravemente, melancólicamente, puesto al
-frente sobre un gran caballo blanco, con una inmensa fusta, llevó a los
-altos de Gracia, para saludar la aparición del sol!
-
-¡Mas todo ese alarido no le disipó el dolor, y entonces fue, en este
-invierno, cuando comenzó a jugar y a beber! Todo el día pasábalo
-encerrado en casa (ciertamente por detrás de las vidrieras, ahora que
-Torres Nogueira regresara de los viñedos) con ojos y alma clavados en
-la terraza fatal; después, a la noche, cuando las ventanas de Elisa
-se apagaban, salía en una berlina, siempre la misma, la del _Gago_,
-corría a la ruleta del Bravo, después al club del «Caballero», donde
-jugaba frenéticamente hasta la tardía hora de cenar, en un gabinete de
-restorán, con haces de velas encendidas, y el Collares y el Champagne y
-el Cognac corriendo en chorros desesperados.
-
-¡Esta vida, picoteada por la Furias, duró años, siete años! Todas las
-tierras que le dejara el tío Garmilde se fueron, largamente jugadas y
-bebidas; y restábale solo el caserón de Arroyos y el dinero prestado
-por que lo hipotecara; mas, súbitamente, desapareció de todos los
-antros del vino y del juego.
-
-¡Y supimos que Torres Nogueira estaba muriendo con una anasarca!
-
-Por ese tiempo, y por causa de un negocio de Nicolás de la Barca que me
-telegrafió ansiosamente de su quinta de Santarén (negocio enrevesado,
-de una letra), busqué a José Matías, a las diez, en una noche caliente
-de abril. El criado, en cuanto me conducía por el corredor mal
-alumbrado, ya desadornado de las ricas arcas y tallas de la India del
-viejo Garmilde, confesome que S. E. no acabara de comer... ¡Aún me
-acuerdo, con un calofrío, de la impresión desolada que me causó el
-desgraciado! Hallábase en el cuarto que abría sobre los dos jardines.
-Delante de una ventana, que las cortinas de damasco cerraban, la mesa
-resplandecía, con dos candeleros, un cesto de rosas blancas y algunas
-de las nobles plantas de Garmilde; y al lado, todo extendido en una
-poltrona, con el cuello blanco desabotonado, la faz lívida, decaída
-sobre el pecho, una copa vacía en la mano inerte, José Matías parecía
-adormecido o muerto.
-
-Cuando le toqué en el hombro, alzó, sobresaltado la cabeza, toda
-despeinada: --«¿Qué hora es?» Apenas le grité, en un gesto alegre, para
-despertarle, que era tarde, que eran las diez, llenó precipitadamente
-la copa de la botella más próxima de vino blanco, y bebió lentamente,
-con la mano temblando, temblando... Después, apartando los cabellos
-de la cabeza húmeda: --«¿Y entonces, qué hay de nuevo?» Desmayado,
-sin comprender, escuchó, como en un sueño, el recado que le mandaba
-Nicolás. Por fin, con un suspiro, removió una botella de champagne
-dentro del balde en que se helaba, llenó otra copa, murmurando: --«¡Un
-calor!... ¡Una sed!» Mas no bebió; arrancó el cuerpo pesado a la
-poltrona, y forzó los pasos mal firmes hacia la ventana, a la cual
-abrió violentamente las cortinas, después la vidriera... Y quedó tieso,
-como cogido por el silencio y oscuro sosiego de la noche estrellada.
-¡Yo le espié! En la casa de la Parreira dos ventanas brillaban,
-fuertemente iluminadas, abiertas al aire. Y esa claridad viva envolvía
-una figura blanca, en los largos pliegues de una bata blanca, parada
-al borde de la terraza, como olvidada en una contemplación. ¡Era
-Elisa, amigo mío! Por detrás, en el fondo del cuarto claro, el marido
-ciertamente quejábase, con la opresión del anasarca. Ella, inmóvil,
-reposaba, enviando un dulce mirar, tal vez una sonrisa, a su dulce
-amigo. El miserable, fascinado, sin respirar, sorbía el encanto de
-aquella visión bienhechora. Y entre ellos se expandía en la molicie
-de la noche el aroma de todas las flores de los dos jardines...
-Súbitamente Elisa recogiose, llamada por algún gemido o impaciencia del
-pobre Torres. Las ventanas se cerraron; toda la luz y vida se sumieron
-en la casa de la Parreira.
-
-Entonces José Matías, con un sollozo despedazado, de punzante tormento,
-vaciló, tan ansiadamente agarrose a la cortina que la rasgó, y vino a
-caer desamparado en los brazos que le extendí, y en los que lo arrastré
-hasta la poltrona, pesadamente, como a un muerto o a un borracho. Mas a
-poco, con espanto mío, el extraordinario hombre abre los ojos, sonríe
-con una lenta e inerte sonrisa y murmura casi serenamente: --«Es el
-calor... ¡Hace un calor! ¿Usted no quiere tomar café?»
-
-Negueme y partí; en cuanto él, indiferente a mi fuga, extendido en la
-poltrona, encendía trémulamente un inmenso cigarro.
-
- * * * * *
-
-¡Santo Dios! ¡Ya estamos en Santa Isabel! ¡Cuán de prisa van
-arrastrando al pobre José Matías, para el polvo y para el gusano final!
-Pues, amigo mío, después de esa curiosa noche, Torres Nogueira murió.
-La divina Elisa, durante el nuevo luto, recogiose a la quinta de una
-cuñada, también viuda, a la «Corte Moreira», al pie de Beja. Y José
-Matías sumiose enteramente, evaporose, sin que me volviesen nuevas de
-él, ni aun inciertas, tanto más que el íntimo por quien las conocería,
-nuestro brillante Nicolás de la Barca, había partido para la isla de
-Madeira, con su último pedazo de pulmón, sin esperanza, por deber
-clásico, casi deber social, de tísico.
-
-Todo ese año también anduve enfundado en mi _Ensayo de los Fenómenos
-Afectivos_. Pero un día, en el comienzo del verano, desciendo por la
-calle de San Benito, con los ojos levantados, buscando el número 214,
-donde se catalogaba la librería del Morgado de Azemel, ¿y a quién
-veo en el balcón de una casa nueva y de esquina? ¡A la divina Elisa,
-metiendo hojas de lechuga en la jaula de un canario! ¡Y bella, amigo
-mío, más llena y más armoniosa, toda madura y suculenta y deseable, a
-pesar de haber festejado en Beja sus cuarenta y dos años! Aquella mujer
-era de la grande raza de Elena, que, cuarenta años también después
-del cerco de Troya, aún deslumbraba a los hombres mortales y a los
-Dioses inmortales. Y ¡curioso acaso!, luego, en esa misma tarde, por
-Secco, Juan Secco, el de la Biblioteca, que catalogaba la librería del
-Morgado, conocí la nueva historia de esta Elena admirable.
-
-La divina Elisa tenía ahora un amante... Únicamente por no poder,
-con su acostumbrada honestidad, poseer un legítimo y tercer marido.
-El dichoso mozo que adoraba era, en efecto, casado... Casado en Beja
-con una española que, al cabo de un año de ese casamiento y de otros
-requiebros, partiera para Sevilla, a pasar devotamente la Semana
-Santa, y adormeciérase allá en los brazos de un riquísimo ganadero. El
-marido, pacato apuntador de obras públicas, continuara en Beja, donde
-también vagamente enseñaba un vago dibujo... Una de sus discípulas
-era la hija de la señora de la «Corte Moreira»; y ahí, en la quinta,
-mientras tanto él guiaba el esfumino de la niña, Elisa le conoció y le
-amó, con una pasión tan inquieta, que arrancándole precipitadamente
-a Obras Públicas, le arrastró a Lisboa, ciudad más propicia que Beja
-a una felicidad escandalosa, y que se esconde. Juan Secco es de Beja,
-donde pasó las Navidades; conocía perfectamente al apuntador, a las
-señoras de la «Corte Moreira», y comprendió la novela, cuando desde las
-ventanas de ese número 214, donde catalogaba la librería de Azemel,
-reconoció a Elisa en el balcón de la esquina, y al apuntador, enfilando
-regaladamente el portal, bien vestido, bien calzado, de guantes claros,
-con apariencia de ser infinitamente más dichoso en aquellas obras
-particulares que en las públicas.
-
-Desde esa misma ventana del 214 conocí yo también al apuntador. Bello
-mozo, sólido, blanco, de barba oscura, en excelentes condiciones de
-cantidad (y tal vez de cualidad) para llenar un corazón viudo, y,
-por tanto, «vacío», como dice la Biblia. Yo frecuentaba ese número
-214, interesado en el catálogo de la librería, porque el Morgado de
-Azemel poseía, por el irónico acaso de las herencias, una colección
-incomparable de los filósofos del siglo XVIII. Transcurridas semanas,
-saliendo de consultar esos libros una noche (Juan Secco trabajaba de
-noche), y parándome delante de un portal abierto para encender el
-cigarro, descubro a la luz temblante del fósforo, metido en la sombra,
-a José Matías. ¡Mas qué José Matías, mi caro amigo! Para examinarle
-más detenidamente, encendí otro fósforo. ¡Pobre José Matías! Dejara
-crecer la barba, una barba rara, indecisa, sucia, blanda como bello
-amarillento; dejara crecer el cabello, que le brotaba en mechones
-secos por bajo de un viejo sombrero hueco; mas todo él, en lo demás,
-parecía disminuido, menguado dentro de una levita de mezcla ensuciada,
-y de unos pantalones negros, de grandes bolsillos, donde escondía
-las manos con el gesto tradicional, tan infinitamente triste, de la
-miseria ociosa. En la espantada lástima que me dio, apenas balbucí:
-«Pero, hombre... ¿y usted... qué se ha hecho de usted?» Y él, con su
-mansedumbre pulida, mas secamente, para desembarazarse, y con una voz
-que el aguardiente enronqueciera: «Aquí, esperando a un sujeto». No
-insistí; seguí. Después, más adelante, parándome, comprobé lo que desde
-luego adivinara; que el portal negro quedaba enfrente a la casa nueva y
-a los balcones de Elisa.
-
-¡Pues, amigo mío, tres años vivió José Matías escondido en aquel portal!
-
- * * * * *
-
-Era uno de esos patios de la Lisboa antigua, sin portero, siempre
-abiertos, siempre sucios, cavernas laterales de la calle, de donde
-nadie echa a los escondidos de la miseria o del dolor. Al lado había
-una taberna. Infaliblemente, al anochecer, José Matías descendía la
-calle de San Benito, colado a los muros, y como una sombra, deslizábase
-en la sombra del portal. A esa hora, ya lucían las ventanas de Elisa,
-en invierno, empañadas por la niebla fina, en verano, aún abiertas,
-aireándose en reposo y en calma. Hacia ellas, inmóvil, con las manos en
-los bolsillos, quedábase José Matías en contemplación. Cada media hora,
-sutilmente, colábase en la taberna. Vaso de vino, copa de aguardiente,
-y muy mansito, recogíase a la negrura del portal, a su éxtasis.
-¡Cuando las ventanas de Elisa apagábanse, aun a través de la larga
-noche, de las negras noches de invierno, encogido, transido, batiendo
-las suelas rotas en el suelo, o sentado al fondo, en las escaleras,
-permanecía, inmóviles los ojos turbios en la fachada negra de aquella
-casa, donde se la figuraba durmiendo con el otro!
-
-Al principio, para fumar un cigarro aprisa, trepaba hasta el descanso
-desierto, a esconder el fuego que le denunciaría en su escondrijo.
-¡Mas después, amigo mío, fumaba incesantemente, apoyado en la
-pared, apurando el cigarro con ansia para que la punta rebrillase,
-lo alumbrase! ¿Y percibe por qué, amigo mío?... ¡Porque Elisa ya
-descubriera que dentro de aquel portal, adorando sumisamente sus
-ventanas, con el alma de otro tiempo, estaba su pobre José Matías!...
-
-¿Y creerá usted, amigo mío, que entonces todas las noches, o por
-detrás de la vidriera o asomada en el balcón (con el apuntador dentro,
-estirado en el sofá, ya de chinelas, leyendo el _Diario de la Noche_),
-ella demorábase a mirar hacia el portal muy quieta, sin otro gesto,
-en aquel antiguo y mudo mirar de la terraza por sobre las rosas y
-las dalias? José Matías lo percibiera, deslumbrado. ¡Y ahora avivaba
-desesperadamente el fuego, como un farol, para guiar en la oscuridad
-sus amados ojos, y mostrarla que allí estaba, transido, todo suyo y
-fiel!
-
-De día nunca pasaba por la calle de San Benito. ¿Cómo osaría, con el
-chaquetón roto en los codos y las botas torcidas? Porque aquel mozo de
-elegancia sobria y fina, cayera en la miseria del andrajo. ¿De dónde
-sacaba día por día las tres perras para el vino y para el plato de
-bacalao en las tabernas? No sé... ¡Mas loemos a la divina Elisa, amigo
-mío! Muy delicadamente, por caminos enredados y astutos, ella, rica,
-procurara establecer una pensión en favor de José Matías, mendigo.
-Situación picante, ¿eh? ¡La grata señora dando dos mensualidades a
-sus dos hombres, el amante del cuerpo y el amante del alma! ¡Pero
-él adivinó de dónde procedía la pavorosa limosna, y la rechazó, sin
-revuelta, ni alarido de orgullo, hasta con enternecimiento, hasta con
-lágrimas en los párpados que el aguardiente inflamara!
-
-Así que, solo ya de noche muy cerrada, atrevíase a bajar a la calle de
-San Benito, y entrar en su portal. ¿Y a que no adivina usted en qué
-gastaba el día? ¡Espiando, acechando, siguiendo al apuntador de Obras
-Públicas! ¡Sí, amigo mío, una curiosidad insaciable, frenética, atroz,
-por aquel hombre, que Elisa escogiera!... Los dos anteriores, Miranda
-y Nogueira, habían entrado en la alcoba de Elisa, públicamente, por la
-puerta de la Iglesia, y para otros fines humanos a más del amor; para
-poseer un lar, tal vez hijos, estabilidad y quietud en la vida. Pero
-este era meramente el amante que ella nombrara y mantenía solo para ser
-amada; y en esa unión no aparecía otro motivo racional sino que los
-dos cuerpos se uniesen. No se hartaba, por tanto, de estudiarlo, en la
-figura, en la ropa, en los modos, ansioso por saber bien cómo era ese
-hombre, que, para completarse, había preferido Elisa entre la turba de
-los hombres. Por decencia, el apuntador moraba en la otra extremidad
-de la calle de San Benito, delante del Mercado. Esa parte de la calle,
-donde no le sorprenderían, en su miseria, los ojos de Elisa, era el
-paradero de José Matías, por la mañana, para mirar, olfatear al hombre,
-al retirarse de casa de Elisa, aún caliente del calor de su alcoba.
-Después no le abandonaba, siguiéndole cautelosamente, como un ratonero
-rastreando de lejos en su rastro. Sospecho que le seguía así, menos
-por curiosidad perversa que para persuadirse de si a través de las
-tentaciones de Lisboa, terribles para un apuntador de Beja, el hombre
-conservaba el cuerpo fiel a Elisa. ¡En servicio de la felicidad de ella
---fiscalizaba al amante de la mujer que amaba!
-
-¡Exceso furioso de espiritualismo y devoción, amigo mío! El alma
-de Elisa era suya y recibía perennemente la adoración perenne; y
-ahora quería que el cuerpo de Elisa no fuese menos adorado, ni menos
-lealmente, por aquel a quien ella se lo entregara. Mas el apuntador
-era sin ningún esfuerzo fiel a una mujer tan hermosa, tan rica, de
-medias de seda, de brillantes en las orejas, que lo deslumbraba. ¿Y
-quién sabe, amigo mío? Tal vez esta felicidad, tributo carnal a la
-divinidad de Elisa, fuese para José Matías la última felicidad que le
-concedió la vida. Lo creo así, porque en el invierno pasado encontré al
-apuntador, en una mañana de lluvia, comprando camelias a una florista
-de la calle del Oro; y en frente, en una esquina, a José Matías,
-enflaquecido, andrajoso, que acechaba al hombre, con cariño, casi con
-gratitud. Tal vez en esa noche, en el portal, tiritando, batiendo las
-suelas encharcadas, con los ojos enternecidos en las oscuras vidrieras,
-pensase: --«¡Coitadiña, pobre Elisa! ¡Qué contenta habrá quedado con
-esas flores!»
-
-Esto duró tres años.
-
-En fin, amigo mío, anteayer, Juan Secco, apareció en mi casa, de
-tarde, despavorido: --«¡Llevaron a José Matías en una camilla, para el
-hospital, con una congestión en los pulmones!»
-
-Parece que le encontraron, de madrugada, estirado en los ladrillos,
-todo encogido en el chaquetón delgado, jadeando, con la faz cubierta
-de muerte, vuelta para los balcones de Elisa. Corrí al hospital.
-Muriera... Subí, con el médico de servicio, a la enfermería. Levanté el
-paño que lo cubría. En la abertura de la camisa sucia y rota, preso al
-pescuezo por un cordón, conservaba un saquito de seda, pulido y sucio
-también. Seguramente contenía flores, o cabellos, o un pedazo de encaje
-de Elisa, del tiempo del primer encanto y de las tardes de Benfica...
-Dije al médico que le conocía, y le pregunté si sufriera: --«¡No! Tuvo
-un momento comatoso, después abrió mucho los ojos, exclamó: ¡oh! con
-gran espanto, y acabó.»
-
-¿Era el grito del alma, en el asombro y horror de morir también? ¿O era
-el alma triunfando por reconocerse al fin inmortal y libre? Usted no lo
-sabe; ni lo supo el divino Platón; ni lo sabrá el último filósofo en la
-última tarde del mundo.
-
-Llegamos al cementerio. Creo que debemos coger las borlas de la caja...
-A la verdad, es bien singular ver a este Alves _Capao_, siguiendo tan
-sentidamente a nuestro pobre espiritualista... ¡Mas, santo Dios,
-mire! Allí, a la espera, a la puerta de la iglesia, aquel sujeto
-convencido, de levita, con guardapolvos blanco... ¡Es el apuntador
-de Obras públicas! Detrás lleva un grueso ramo de violetas... ¡Elisa
-mandó a su amante carnal a acompañar al sepulcro y cubrir de flores a
-su amante espiritual! ¡Jamás, en cambio, hubiese pedido a José Matías
-que derramase violetas sobre el cadáver del apuntador! ¡Y es que la
-Materia, hasta sin comprenderlo, y sin sacar de él su felicidad,
-adorará siempre al Espíritu, y siempre a sí propia, a través de los
-gozos que de sí recibe, se tratará con brutalidad y desdén! ¡Grande
-consuelo, amigo mío! ¡El tal apuntador, con su ramo, para un metafísico
-que, como yo, comentó a Spinoza y Malebranche, rehabilitó a Fichte y
-probó suficientemente la ilusión de la sensación! Solo por eso valió la
-pena de traer a su cueva a este inexplicado José Matías, que era tal
-vez mucho más que un hombre o tal vez aún menos que un hombre... En
-efecto, hace frío... ¡Mas qué linda tarde!
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-LA PERFECCIÓN
-
-
-I
-
-Sentado en una roca, en la isla de Ogigia, con la barba enterrada entre
-las manos, de las cuales desapareciera la aspereza callosa y tiznada
-de las armas y de los remos, Ulises, el más sutil de los hombres,
-consideraba, con una oscura y pesada tristeza, el mar muy azul, que
-mansa y armoniosamente rodaba sobre la arena muy blanca. Una túnica
-bordada de flores escarlata cubría, en blandos pliegues, su cuerpo
-poderoso, que había engordado. En las correas de las sandalias que
-le calzaban los pies suavizados y perfumados de esencias, relucían
-esmeraldas de Egipto. Su bastón era un maravilloso cuerno de coral,
-rematado en piña de perlas, como los que usan los Dioses marinos.
-
-La divina isla, con sus roquedos de alabastro, los bosques de cedros y
-tuyas odoríficas, las eternas mieses dorando los valles, la frescura
-de los rosales revistiendo los oteros suaves, resplandecía, adormecida
-en la molicie de la siesta, toda envuelta en mar resplandeciente. Ni
-un soplo de los céfiros curiosos que brincan y corren por sobre el
-Archipiélago, desordenaba la serenidad del luminoso aire, más dulce
-que el vino más dulce, todo repasado por el fino aroma de los prados
-de violetas. En el silencio, embebido de calor afable, parecían de una
-armonía más fascinadora los murmullos de los arroyos y fuentes, el
-arrullar de las palomas volando de los cipreses a los plátanos, y el
-lento rodar y romper de la onda mansa sobre la blanda arena. En esta
-inefable paz y belleza inmortal, el sutil Ulises, con los ojos perdidos
-en las aguas lustrosas, gemía amargamente, revolviendo la quejumbre de
-su corazón...
-
-Siete años, siete inmensos años, iban pasados desde que el rayo
-fulgente de Júpiter hendiera su nave de alta proa encarnada, y él,
-agarrado al mástil partido, desesperárase en la braveza mugidora de
-las espumas sombrías durante nueve días, durante nueve noches, hasta
-que boyara en aguas más calmas y viniera a parar en las arenas de
-aquella isla, en donde Calipso, la Diosa radiosa, le recogiera y le
-amara. Y durante esos inmensos años, ¿de qué modo se había arrastrado
-su vida, su grande y fuerte vida, que después de la salida hacia las
-murallas fatales de Troya, abandonando entre lágrimas innumerables a su
-Penélope, de ojos claros, a su pequeñín Telémaco enfajado en el colo
-del ama, fuera siempre tan agitada por peligros, y guerras, y astucias,
-y tormentas, y rumbos perdidos?...
-
-¡Ah, dichosos los Reyes muertos, con hermosas heridas en el blanco
-pecho, delante de las puertas de Troya! ¡Felices sus compañeros
-tragados por la onda amarga! ¡Feliz él mismo si las lanzas troyanas
-le hubiesen traspasado en esa tarde de gran viento y polvo, cuando,
-junto a _Faia_, defendía de los ultrajes, con la espada sonora, el
-cuerpo muerto de Aquiles! ¡Mas no! ¡Vivía! Y ahora, cada mañana,
-al salir sin alegría del trabajoso lecho de Calipso, las Ninfas,
-siervas de la Diosa, le bañaban en un agua muy pura, le perfumaban
-con lánguidas esencias, le cubrían con una túnica siempre nueva, ora
-bordada a sedas finas, ora bordada de oro pálido. Entretanto, sobre la
-lustrosa mesa, erguida a la puerta de la gruta, en la sombra de las
-enramadas, junto al durmiente susurro de un arroyo diamantino, los
-azafates y las fuentes labradas desbordaban de bollos, de frutas, de
-tiernas carnes humeando, de peces centelleantes como tramas de plata.
-La intendenta venerable helaba los vinos dulces en las cisternas de
-bronce, coronadas de rosas. Y él, sentado en un escabel, extendía
-las manos para los perfectos manjares, en cuanto al lado, sobre un
-trono de marfil, Calipso, esparciendo a través de la túnica nevada la
-claridad y el aroma de su cuerpo inmortal, sublimemente serena, con una
-sonrisa taciturna, sin tocar en los manjares humanos, bebía en sorbos
-delicados ambrosía, el néctar transparente y rubio. Después, empuñando
-aquel bastón de Príncipe-de-Pueblos con que Calipso lo presentara,
-recorría sin curiosidad los sabidos caminos de la Isla, tan lisos y
-cultivados, que nunca sus sandalias relucientes se maculaban de polvo,
-tan penetrados por la inmortalidad de la Diosa, que jamás en ellos
-encontrárase flor seca ni flor menos fresca pendiendo en el tallo.
-Entonces se sentaba sobre una roca, contemplando aquel mar que también
-bañaba a Itaca, allá tan bravío, aquí tan sereno, y pensaba, y gemía,
-hasta que las aguas y los caminos cubríanse de sombra y se recogía
-a la gruta para dormir, sin deseo, con la diosa que le deseaba... Y
-durante estos inmensos años, ¿qué destino envolvería a su Itaca, la
-áspera isla de sombríos bosques? ¿Vivían aún los seres amados? ¿Sobre
-la fuerte colina, dominando la ensenada de Reinthros y los pinares
-de Neus, aún se erguía su palacio, con los bellos pórticos pintados
-de bermejo y rojo? ¿Al cabo de tan lentos y vacíos años, sin nuevas,
-apagada toda esperanza como una lámpara, desvestiría su Penélope la
-túnica pasajera de la viudez, para pasar a los fuertes brazos de otro
-esposo fuerte, que ahora manejaba sus lanzas y vendimiaba sus viñas?
-¿Y el dulce hijo Telémaco? ¿Reinaría acaso en Itaca, sentado, con el
-blanco cetro, sobre el mármol alto del Ágora? Ocioso y rondando
-por los patios, ¿humillaría los ojos bajo el imperio duro de un
-padrastro? ¿Erraría por ciudades ajenas, mendigando un salario? ¡Ah,
-si su existencia, así para siempre arrancada de la mujer, del hijo,
-tan dulces a su corazón, pudiese por lo menos emplearla en ilustres
-hazañas! Diez años antes también desconocía la suerte de Itaca, y de
-los seres preciosos que allá había dejado en soledad y fragilidad;
-mas era una empresa heroica la que le llevaba, y día por día, su fama
-crecía como un árbol en un promontorio, que llena el cielo y todos los
-hombres contemplan. ¡Entonces era la planicie de Troya, y las blancas
-tiendas de los griegos a lo largo del mar sonoro! Sin cesar, meditaba
-astucias de guerra; con soberbia facundia discurseaba en la Asamblea
-de los Reyes; rígidamente ungía los caballos empinados al timón de
-los carros; con la lanza en alto, corría entre la gritería y la pelea
-contra los Troyanos de altos yelmos, que surgían en golpe resonante de
-las puertas Esceas... ¡Oh, y cuando él, Príncipe-de-Pueblos, encogido
-bajo harapos de mendigo, con los brazos maculados de llagas postizas,
-cojeando y gimiendo, penetrara en los muros de la orgullosa Troya, por
-el lado de la _Faia_, para de noche, con incomparable ardid y bravura,
-robar el Paladio tutelar de la ciudad! Y cuando, dentro del vientre
-del Caballo-de-Palo, en la oscuridad, en el cerco de todos aquellos
-guerreros tiesos y cubiertos de hierro, calmaba la impaciencia de los
-que sofocaban, y tapaba con la mano la boca de Anticlo, braveando
-furioso, al escuchar fuera en la planicie los ultrajes y los escarnios
-troyanos, y a todos murmuraba: «¡Calla, calla, que la noche viene y
-Troya es nuestra!...» ¡Y después los prodigiosos viajes! ¡El pavoroso
-Polifemo, ludibriado con una astucia que maravillara para siempre a las
-generaciones! ¡Las maniobras sublimes entre Escila y Caribdis! ¡Las
-sirenas, bogando y cantando en torno del mástil, de donde él, amarrado,
-rechazábalas con el mudo lenguaje de los ojos, más agudos que dardos!
-¡La descensión a los infiernos, jamás concedida a ningún mortal!...
-¡Y ahora, hombre de tan rutilantes hechos, yacía en una isla muelle,
-eternamente preso, sin amor, por el amor de una Diosa! ¿Cómo podría
-huir, rodeado de mar indomable, sin nave ni compañeros para mover los
-largos remos? Los Dioses dichosos ciertamente olvidábanse de quien
-tanto por ellos combatiera, y siempre piadosamente les votara las
-reses debidas, aun a través del fragor y humareda de las ciudadelas
-derrumbadas, hasta cuando su proa encallaba en tierra agreste... Y
-al héroe, que recibiera de los reyes de Grecia las armas de Aquiles,
-cabía por destino amargo engordar en la ociosidad de una isla más
-lánguida que una cesta de rosas, y extender las manos afeminadas para
-los abundantes manjares, y cuando aguas y caminos cubríanse de sombra,
-dormir sin deseo con una Diosa que, sin cesar, le deseaba.
-
-Así gemía el magnánimo Ulises, al borde del mar lustroso... Y he ahí
-que, de repente, un surco de desusado brillo, más rutilantemente blanco
-que el de una estrella cayendo, rompió la rutilancia del cielo, desde
-las alturas hasta el oloroso soto de tuyas y cedros, que sombreaba
-un golfo sereno a Oriente de la Isla. El corazón del héroe latió con
-alborozo. Rastro tan refulgente en la refulgencia del día, solo un Dios
-lo podía trazar a través del largo Ouranos. ¿Descendiera a la Isla un
-Dios?
-
-
-II
-
-Un Dios descendiera, un grande Dios... Era el Mensajero de los Dioses,
-el leve, elocuente Mercurio. Calzado con aquellas sandalias que tienen
-dos alas blancas, los cabellos color de vino cubiertos por el casco,
-en el cual baten también dos claras alas, levantando en la mano el
-Caduceo, hendiera el Éter, rozara la lisura del mar sosegado, pisara
-la arena de la Isla, donde sus huellas quedaban rebrillando como
-plantillas de oro nuevo. A pesar de recorrer toda la tierra, con los
-recados innumerables de los Dioses, el luminoso Mensajero no conocía
-aquella isla de Ogigia, y admiró, sonriendo, la belleza de los prados
-de violetas tan dulces para el correr y brincar de las Ninfas, y el
-armonioso brillar de los riachuelos por entre los altos y lánguidos
-lirios. Una viña, sobre puntales de jaspe, cargada de racimos maduros,
-conducía, como fresco pórtico salpicado de sol, hasta la entrada
-de la gruta, toda de rocas pulidas, de las cuales pendían jazmines
-y madreselvas, envueltas en el susurrar de las abejas. Luego vio a
-Calipso, la Diosa dichosa, sentada en un trono, hilando en rueca de
-oro con huso de oro, la lana hermosa de púrpura marina. Un aro de
-esmeraldas prendía sus cabellos muy enrizados y ardientemente rubios.
-Bajo la túnica diáfana la mocedad inmortal de su cuerpo brillaba, como
-la nieve cuando la aurora la tiñe de rosas en las colinas eternas
-pobladas de Dioses. Y mientras torcía el huso, cantaba un trinado y
-fino canto, como trémulo hilo de cristal vibrando de la Tierra al
-Cielo. Mercurio pensó: «¡Linda isla, y linda Ninfa!»
-
-De un fuego claro de cedro y tuya subía, muy derecho, un humo delgado
-que perfumaba toda la Isla. A la redonda, sentadas en esteras, sobre
-el suelo de ágata, las Ninfas, siervas de la Diosa, devanaban las
-lanas, bordaban en la seda las flores ligeras, tejían las puras telas
-en telares de plata. Todas enrojecieran, con el seno palpitando, al
-sentir la presencia del Dios. Y sin detener el huso chispeante, Calipso
-reconoció en seguida al Mensajero, ya que todos los Inmortales saben
-unos de otros, los nombres, los hechos, y los rostros soberanos, hasta
-cuando habitan retiros remotos que el Éter y el Mar separan.
-
-Mercurio parose, risueño, en su desnudez divina, exhalando el perfume
-del Olimpo. Entonces la Diosa alzó hacia él, con compuesta serenidad,
-el esplendor largo de sus ojos verdes.
-
---¡Oh, Mercurio! ¿Por qué descendiste a mi Isla humilde, tú, venerable
-y querido, que yo nunca vi pisar la tierra? Di lo que de mí esperas.
-Ya mi abierto corazón me ordena que te contente, si tu deseo cupiese
-dentro de mi poder y del Hado... Pero entra, reposa, y que yo te sirva,
-como dulce hermana, a la mesa de la hospitalidad.
-
-Sacó de la cintura la rueca, apartó los rizos sueltos del cabello
-radiante, y con sus nacaradas manos colocó sobre la mesa, que las
-Ninfas acercaron al fuego aromático, el plato desbordando de Ambrosía y
-los cántaros de cristal donde resplandecía el Néctar.
-
-Mercurio murmuró: «¡Dulce es tu hospitalidad, oh, Diosa!» Colgó el
-Caduceo del fresco ramo de un plátano, extendió los dedos relucientes
-para la fuente de oro, risueñamente loó la excelencia de aquel Néctar
-de la Isla. Y contentada el alma, recostando la cabeza al tronco liso
-del plátano que se cubrió de claridad, comenzó con palabras perfectas y
-aladas:
-
---Preguntaste por qué descendía un Dios a tu morada, ¡oh, Diosa! Y
-ciertamente ningún Inmortal recorrería sin motivo, desde el Olimpo
-hasta Ogigia, esta desierta inmensidad del mar salado, en que no se
-encuentran ciudades de hombres, ni templos cercados de bosques, ni
-siquiera un pequeñito santuario de donde suba el aroma del incienso, o
-el olor de las carnes votivas, o el murmurio gustoso de las preces...
-Mas fue nuestro padre Júpiter, el tempestuoso, quien me mandó con este
-recado. Tú has recogido, y retienes por la fuerza inconmensurable de
-tu dulzura, al más sutil y desgraciado de todos los Príncipes que
-combatieron durante diez años la alta Troya, y después embarcaron
-en las naves hondas para volver a la tierra de la Patria. Muchos de
-esos consiguieron reentrar en sus ricos lares, cargados de fama, de
-despojos, y de historias excelentes para contar. Vientos enemigos, sin
-embargo, y un hado más inexorable, arrojaron a esta isla tuya, envuelto
-en las sucias espumas, al facundo y astuto Ulises... Pero el destino de
-este héroe no es permanecer en la ociosidad inmortal del lecho, lejos
-de aquellos que le lloran, y que carecen de su fuerza y mañas divinas.
-¡Por eso Júpiter, regulador de la Orden, te ordena, ¡oh, Diosa!, que
-sueltes al magnánimo Ulises de tus brazos claros, y le restituyas, con
-los presentes dulcemente debidos, a su Itaca amada, y a su Penélope,
-que teje y deshace la tela maliciosa, cercada de los Pretendientes
-arrogantes, devoradores de sus gordos bueyes, sorbedores de sus frescos
-vinos!
-
-La divina Calipso mordió levemente el labio, y sobre su rostro
-luminoso descendió la sombra de las densas pestañas color de jacinto.
-Después, con un armonioso suspiro, en que onduló todo su pecho
-brillante:
-
---¡Ah, Dioses grandes, Dioses dichosos! ¡Sois ásperamente celosos
-de las Diosas que, sin esconderse por la espesura o en las cavernas
-oscuras de los montes, aman a los hombres elocuentes y fuertes!...
-Este, que me envidiáis, llegó a las arenas de mi Isla, desnudo, pisado,
-hambriento, preso a una quilla partida, perseguido por todas las iras,
-y todas las rachas, y todos los rayos dardeantes de que dispone el
-Olimpo. Yo le recogí, le lavé, le nutrí, le amé, guardándole, para
-que quedase eternamente al abrigo de las tormentas, del dolor y de la
-vejez. ¡Y ahora Júpiter tronador, al cabo de ocho años en que mi dulce
-vida enroscose en torno de esa afección, como la vid al olmo, determina
-que me separe del compañero que escogiera para mi inmortalidad!
-¡Realmente sois crueles, oh Dioses, que constantemente aumentáis la
-raza turbulenta de Semidioses durmiendo con las mujeres mortales!
-¿Cómo quieres que mande a Ulises a su patria, si no poseo naves, ni
-remadores, ni piloto sabedor que le guíe a través de las islas? Mas
-¿quién puede resistirse a Júpiter, que junta las nubes? ¡Sea! Y que
-el Olimpo ría, obedecido. Enseñaré yo misma al intrépido Ulises a
-construir una balsa segura, con que de nuevo corte el dorso verde del
-mar...
-
-Inmediatamente, el Mensajero Mercurio levantose del escabel, clavado
-con clavos de oro, retomó su Caduceo, y bebiendo una última taza del
-Néctar excelente de la Isla, loó la obediencia de la Diosa:
-
---Bien harás, ¡oh, Calipso! Así evitas la cólera del Padre tonante.
-¿Quién le resistirá? Su Omnisciencia dirige su Omnipotencia; y
-sustenta, como cetro, un árbol que tiene por flor la Orden... Sus
-decisiones, clementes o crueles, resultan siempre en armonía. Por
-eso su brazo se torna terrífico a los pechos rebeldes. Por tu pronta
-sumisión serás hija estimada y gozarás una inmortalidad repleta de
-sosiego, sin intrigas y sin sorpresas...
-
-Ya las alas impacientes de sus sandalias palpitaban, y su cuerpo,
-con sublime gracia, balanceábase por sobre los prados y flores que
-alfombraban la entrada de la gruta.
-
---Además --añadió--, tu Isla, ¡oh Diosa!, hállase en el camino de las
-naves osadas que cortan las ondas. Pronto, tal vez, otro héroe robusto,
-habiendo ofendido a los inmortales, aportará a tu dulce playa, abrazado
-a una quilla... ¡Enciende un faro claro, por la noche, en las rocas
-altas!
-
-Y sonriendo, el Mensajero Divino serenamente elevose, dejando en el
-Éter un surco de elegante fulgor, que las Ninfas, olvidando la tarea,
-seguían, con los frescos labios entreabiertos y el seno levantado, en
-el deseo de aquel inmortal famoso.
-
-Entonces Calipso, pensativa, echando sobre sus cabellos anillados un
-velo de color de azafrán, se encaminó hacia la orilla del mar, a través
-de los prados, con una prisa que le ceñía la túnica, a la manera de una
-espuma leve, en torno de las piernas redondas y róseas. Tan levemente
-pisaba la arena, que el magnánimo Ulises no la sintió deslizarse,
-perdido en la contemplación de las aguas lustrosas, con la negra barba
-entre las manos, aliviando en gemidos el peso de su corazón. La Diosa
-sonrió, con fugitiva y soberana amargura. Después, posando en el vasto
-hombro del Héroe sus dedos, tan claros como los de Eos, madre del día:
-
---¡No te lamentes más, desgraciado, ni te consumas mirando el mar! Los
-Dioses, que me son superiores por la inteligencia y por la voluntad,
-determinan que partas, afrontes la inconstancia de los vientos, y pises
-de nuevo la tierra de la patria...
-
-Bruscamente, como el cóndor sobre la presa, el divino Ulises, con la
-faz asombrada, saltó de la roca musgosa:
-
---¡Oh, Diosa, tú dices!...
-
-Ella continuó sosegadamente, con los hermosos brazos pendidos,
-envueltos en el velo color de azafrán, en cuanto la marea rodaba, más
-dulce y cantante, en amoroso respeto de su presencia divina:
-
---Bien sabes que no tengo naves de alta proa, ni remadores de duro
-pecho, ni piloto amigo de las estrellas que te conduzcan... Mas
-ciertamente te confiaré el hacha que fue de mi padre, para que tú
-cortes los árboles que yo te señale, y construyas una balsa en que te
-embarques... Después proveerela de odres de vino, de comidas perfectas,
-impeliéndola con un soplo amigo hacia el mar indomado...
-
-El cauteloso Ulises retrocediera lentamente, clavando en la Diosa una
-dura mirada que la desconfianza ennegrecía. Y levantando la mano, que
-temblaba toda, con la ansiedad de su corazón:
-
---¡Oh, Diosa, tú abrigas un pensamiento terrible, ya que así me invitas
-a afrontar en una balsa las ondas difíciles, donde mal se mantienen
-hondas naves! ¡No, Diosa peligrosa, no! ¡Combatí en la grande guerra,
-en la cual también combatieron los Dioses, y conozco la malicia
-infinita que contiene el corazón de los Inmortales! ¡Si resistí las
-sirenas irresistibles, y me escapé con sublimes maniobras de entre
-Escila y Caribdis, y vencí a Polifemo con un ardid que eternamente
-tornarame ilustre entre los hombres, no fue de cierto, ¡oh, Diosa!,
-para que ahora, en la Isla de Ogigia, como pajarito de poca pluma,
-en su primer vuelo del nido, caiga en armadijo ligero arreglado con
-decires de miel! ¡No, Diosa, no! ¡Solo embarcaré en tu extraordinaria
-balsa si jurases, por el juramento terrífico de los Dioses, que no
-preparas con esos quietos ojos mi pérdida irreparable!
-
-Así bramaba en la orilla del mar, con el pecho palpitando, Ulises, el
-Héroe prudente... Entonces, la Diosa clemente rio con una cantante y
-refulgente risa. Y acercándose al Héroe, corriendo los dedos por sus
-espesos cabellos más negros que el pez:
-
---¡Oh, maravilloso Ulises --decía--, cuán cierto es que eres el más
-falso y mañoso de los hombres, pues que no concibes que exista espíritu
-sin maña y sin falsedad! ¡Mi padre ilustre no me engendró con un
-corazón de hierro! ¡A pesar de inmortal, comprendo las desventuras
-mortales! ¡Solo te aconsejé lo que yo, Diosa, emprendería, si el Hado
-me obligase a salir de Ogigia, a través del mar incierto!...
-
-El divino Ulises apartó lenta y sombríamente la cabeza de la rosada
-caricia de los dedos divinos:
-
---¡Mas jura... oh, Diosa, jura, para que a mi pecho descienda, como
-onda de leche, la sabrosa confianza!
-
-Calipso alzó el claro brazo al azul en donde los Dioses moran:
-
---Por Gaia, y por el Cielo superior, y por las aguas subterráneas del
-Estigio, que es la mayor invocación que pueden hacer los Inmortales;
-juro, oh, hombre, Príncipe de los hombres, que no preparo tu pérdida,
-ni miserias mayores...
-
-El valiente Ulises respiró largamente. Y arremangando luego las mangas
-de la túnica, refregándose las palmas de las manos robustas:
-
---¿Dónde está el hacha de tu padre magnífico? ¡Muéstrame los árboles,
-oh, Diosa!... ¡El día muere y el trabajo es largo!
-
---¡Sosiega, oh, hombre impaciente de males humanos! Los Dioses
-superiores en sapiencia ya determinan tu destino... Ven conmigo a
-la dulce gruta, a reforzar tu fuerza... Cuando Eos bermeja aparezca
-mañana, yo te conduciré a la floresta.
-
-
-III
-
-Era, en efecto, la hora en que hombres mortales y Dioses inmortales
-acércanse a las mesas cubiertas de vajillas, donde les espera la
-abundancia, el reposo, el olvido de los cuidados y las amables pláticas
-que contentan el alma. Ulises sentose en el escabel de marfil, que
-aún conservaba el aroma del cuerpo de Mercurio, y delante de él las
-Ninfas, siervas de la Diosa, colocaron los pasteles, las frutas, las
-tiernas carnes humeando, los peces brillantes como tramas de plata.
-Asentada en un Trono de oro puro, la Diosa recibió de la Intendenta
-venerable el plato de Ambrosía, la taza de Néctar. Ambos extendieron
-las manos hacia las comidas perfectas de la Tierra y del Cielo. Y luego
-que hubieron hecho la ofrenda abundante al Hambre, y a la Sed, la
-ilustre Calipso, hundiendo el rostro en los dedos róseos, considerando
-pensativamente al Héroe, pronunció estas palabras aladas:
-
---¡Oh, Ulises, muy sutil, tú quieres volver a tu morada mortal y
-a la tierra de la Patria!... ¡Ah, si conocieras, como yo, cuántos
-duros males tienes que sufrir antes de avistar las rocas de Itaca,
-quedarías entre mis brazos, animado, bañado, bien nutrido, revestido
-de linos finos, sin perder nunca la querida fuerza, ni la agudeza del
-entendimiento, ni el calor de la facundia, porque yo te comunicaría mi
-inmortalidad!... Mas deseas volver a la esposa mortal, que habita en la
-isla áspera, en donde los matorrales son tenebrosos. Y ni siquiera yo
-le soy inferior, ni por la belleza, ni por la inteligencia, porque las
-mortales brillan ante las Inmortales como lámparas humeantes ante las
-estrellas puras...
-
-El facundo Ulises acarició la barba ruda. Después, levantando el brazo,
-como acostumbraba en la Asamblea de los Reyes, a la sombra de las altas
-popas, delante de los muros de Troya, dijo:
-
---¡Oh, Diosa venerable, no te escandalices! Sé perfectamente que
-Penélope te es muy inferior en hermosura, sapiencia y majestad. Tú
-serás eternamente bella y moza, mientras los Dioses duraren; y ella,
-a la vuelta de pocos años, conocerá la melancolía de las arrugas, de
-los cabellos blancos, de los dolores de la decrepitud, y de los pasos
-que vacilan apoyados a un palo que tiembla. Su espíritu mortal yerra
-a través de la oscuridad y de la duda; tú, bajo esa frente luminosa,
-posees las luminosas certezas. ¡Mas, oh Diosa, justamente por lo que
-ella tiene de incompleto, de frágil, de grosero y de mortal, yo la amo
-y apetezco su compañía congénere! ¡Considera cuán penoso es que, en
-esta mesa, día por día, yo coma vorazmente el cordero de los pastos,
-y la fruta de los vergeles, en tanto tú a mi lado, por la inefable
-superioridad de tu naturaleza, llevas a los labios, con lentitud
-soberana, la Ambrosía divina! En ocho años, ¡oh, Diosa! nunca tu faz
-iluminose con una alegría; ni de tus verdes ojos rodó una lágrima;
-ni tu pie batió, con airada impaciencia; ni quejándote con un dolor
-te extendiste en el lecho blando... Así tienes inutilizadas todas
-las virtudes de mi corazón, pues que tu divinidad no permite que yo
-te congratule, te consuele, te sosiegue, o siquiera que te estregue
-el cuerpo dolorido con el jugo de las hierbas benéficas. ¡Considera,
-además, que tu inteligencia de Diosa posee todo el saber, alcanza
-siempre la verdad, y que durante el largo tiempo que dormí contigo,
-nunca gocé la felicidad de enmendarte, de contradecirte, y de sentir
-ante la flaqueza del tuyo, la fuerza de mi entendimiento! ¡Oh, Diosa,
-tú eres aquel ser terrífico que tiene siempre razón! ¡Considera, de
-otro lado, que, como Diosa, conoces todo el pasado y todo el futuro
-de los hombres; y que yo no puedo saborear la incomparable delicia
-de contarte a la noche, bebiendo vino fresco, mis ilustres hazañas y
-mis viajes sublimes! ¡Oh, Diosa, tú eres impecable; y el día en que
-yo resbale en una alfombra, o se me rompa una correa de la sandalia,
-no puedo gritarte, como los hombres mortales gritan a las esposas
-mortales: «¡Fue culpa tuya, mujer!» --alzando, en medio de la cocina,
-un alarido cruel! ¡Por eso sufriré, con un espíritu paciente, todos los
-males con que los Dioses me asalten en el sombrío mar, para volver a
-una humana Penélope que yo mande, y consuele, y reprehenda, y acuse, y
-contraríe, y enseñe, y humille, y deslumbre, y por eso ame de un amor
-que constantemente se alimenta de estos modos ondeantes, a la manera
-que el fuego se nutre de los vientos contrarios!
-
-Así de este modo, el facundo Ulises desahogábase ante la taza de oro
-vacía; y serenamente la Diosa escuchaba, con una sonrisa taciturna, y
-las manos inmóviles sobre el regazo, envueltas en la punta del velo.
-
-Entretanto, Febo Apolo descendía camino del Occidente; y ya de las
-ancas de sus cuatro caballos sudados subía y se esparcía por sobre el
-mar un vapor rubicundo y dorado. En breve los caminos de la Isla se
-cubrieron de sombra. Sobre las pieles preciosas del lecho, al fondo de
-la gruta, Ulises, sin deseo, y la Diosa, que le deseaba, gozaron el
-dulce amor y después el dulce sueño.
-
-Temprano, apenas Eos entreabría las puertas del largo Ouranos, la
-divina Calipso, que se revistiera con una túnica más blanca que la
-nieve del Pindo, y prendiera en los cabellos un velo transparente y
-azul como el Éter ligero, salió de la gruta, y trajo al magnánimo
-Ulises, ya sentado a la puerta, bajo la enramada, delante de una taza
-de vino claro, el hacha poderosa de su padre ilustre, toda de bronce,
-con dos filos, y un fuerte cabo de oliva cortado en las faldas del
-Olimpo.
-
-Limpiando rápidamente la dura barba con el revés de la mano, el Héroe
-arrebató el hacha venerable:
-
---¡Oh, Diosa, ha cuantos años no palpo un arma o una herramienta, yo,
-devastador de ciudades y constructor de naves!
-
-La Diosa sonrió. E iluminada la lisa faz, con palabras aladas:
-
---¡Oh, Ulises, vencedor de hombres, si te quedases en esta isla,
-yo encomendaría para ti, a Vulcano y a sus forjas del Etna, armas
-maravillosas...!
-
---¿Qué valen armas sin combate, u hombres que las admiren? Además,
-¡oh Diosa! ya batallé mucho, y mi gloria entre las generaciones está
-soberbiamente asegurada. Solo aspiro al blando reposo, vigilando mis
-ganados, concibiendo sabias leyes para mis pueblos... ¡Sé benévola, oh
-Diosa, y muéstrame los árboles fuertes que me conviene cortar!
-
-La Diosa se encaminó en silencio por un atajo, florecido de altas y
-radiosas azucenas, que conducía a la punta de la Isla más cerrada de
-matas, del lado de Oriente; y atrás caminaba el intrépido Ulises, con
-la lúcida hacha al hombro. Las palomas abandonaban las ramas de los
-cedros o las concavidades de las rocas donde bebían, para volar en
-torno de la Diosa en un tumulto amoroso. Cuando ella pasaba, subía de
-las flores abiertas un aroma más delicado, como de incensarios. El
-césped que la orla de su túnica rozaba, reverdecía con un vigor más
-fresco, y Ulises, indiferente a los prestigios de la Diosa, impaciente
-con la serenidad divina de su andar armonioso, meditaba la balsa,
-ansiando llegar al bosque.
-
-Denso y oscuro lo echó de ver al fin, poblado de encinas, de viejísimas
-tecas, de pinos que hacían susurrar las ramas en el alto Éter. De su
-borde descendía un arenal al cual ni concha, ni cuerno roto de coral,
-ni pálida flor de cardo marino, manchaban la dulzura perfecta. El Mar
-refulgía con un brillo zafíreo, en la quietud de la mañana blanca y
-colorada. Entre las encinas y las tecas, la Diosa señaló al atento
-Ulises los troncos secos, robustecidos por soles innumerables, que
-fluctuarían, con ligereza más segura, sobre las aguas traidoras.
-Después, acariciando el hombro del Héroe, como otro árbol robusto
-también botado a las aguas crueles, recogiose a la gruta; y allí, tomó
-la rueca de oro, y todo el día hiló, y cantó...
-
-Con alborozada y soberbia alegría, Ulises dio con el hacha contra una
-vasta encina, que gimió. A poco, toda la Isla retumbaba, en el fragor
-de la obra sobrehumana. Las gaviotas, adormecidas en el silencio eterno
-de aquellas cimas, batieron el vuelo en largos bandos, espantadas
-y chillando. Las fluidas divinidades de los arroyos indolentes,
-estremecidas en un fulgente temblor, huían para entre los cañaverales
-y las raíces de los alisos. En ese corto día el valiente Ulises,
-derribó veinte árboles, robles, pinos, tecas y chopos, a los cuales
-descortezó, escuadró y alineó sobre la arena. Su cuello y arqueado
-pecho humeaban de sudor, cuando se recogió pesadamente a la gruta para
-saciar el hambre y beber la cerveza helada. ¡Nunca le pareciera tan
-bello a la Diosa Inmortal, que, sobre el lecho de pieles preciosas,
-apenas los caminos cubriéronse de sombra, halló incansable y pronta la
-fuerza de aquellos brazos que habían derribado veinte troncos!
-
-Así, durante tres días, trabajó el Héroe. Y como arrebatada en esa
-actividad magnífica que conmovía a la Isla, la Diosa ayudaba a Ulises,
-conduciendo desde la gruta hasta la playa, en sus manos delicadas, las
-cuerdas y los clavos de bronce. Las Ninfas, por su mandato, abandonando
-las tareas suaves, tejían una tela fuerte, para la vela que empujarían
-con amor los vientos amables. La Intendenta venerable ya llenaba los
-odres de vinos robustos, y preparaba con generosidad los numerosos
-víveres para la travesía incierta. En tanto la balsa crecía, con los
-troncos bien ligados, y un asiento erguido en el medio, de donde se
-empinaba el mástil, desbastado en un pino, más redondo y liso que una
-vara de marfil. Todas las tardes la Diosa, sentada en una roca, a
-la sombra del bosque, contemplaba al calafate admirable martillando
-furiosamente, y cantando, con robusta alegría, una canción de remador.
-Y ligeras, en la punta de los pies lúcidos, por entre el arbolado,
-las Ninfas, escapando a la tarea, acudían a espiar, con deseosos ojos
-fulgurantes, aquella fuerza solitaria, que soberbiamente, en el arenal
-solitario, iba irguiendo una nave.
-
-
-IV
-
-En fin, en el cuarto día, de mañana, Ulises terminó de escuadrar el
-timón, que reforzó con tablas de aliso para mejor amparar el embate de
-las olas. Después, juntó lastre copioso, con tierra de la Isla inmortal
-y pulidas piedras. Sin descanso, con un ansia risueña, amarró a la
-verga alta la vela cortada por las Ninfas. Sobre pesados cilindros,
-maniobrando con una palanca, empujó la inmensa balsa hasta la espuma de
-las ondas, en un esfuerzo sublime, con músculos tan retesos y venas tan
-hinchadas, que él mismo parecía hecho de troncos y cuerdas. Una punta
-de la balsa cabeceó, levantada en cadencia por la onda armoniosa. Y el
-Héroe, levantando los brazos lustrosos de sudor, alabó a los Dioses
-Inmortales.
-
-Entonces, como la obra terminara y la tarde brillaba, propicia a la
-partida, la generosa Calipso condujo a Ulises, a través de las violetas
-y de las anémonas, hasta la fresca gruta. Por sus divinas manos le bañó
-con una concha de nácar, y le perfumó con esencias sobrenaturales, y
-le vistió con una túnica hermosa de lana bordada, y colgó sobre sus
-hombros un manto impenetrable a las neblinas del mar, y le extendió
-sobre la mesa, para que saciase el hambre ruda, las comidas más sanas
-y más finas de la Tierra. El Héroe aceptaba los amorosos cuidados,
-con paciente magnanimidad. La Diosa, de gestos serenos, sonreía
-taciturnamente.
-
-Calipso luego cogió la mano cabelluda de Ulises, palpando con placer
-los callos que le había dejado el hacha; y por la orilla del mar le
-condujo a la playa, en donde la marea mansamente lamía los troncos de
-la balsa fuerte. Descansaron sobre una roca musgosa. Nunca la Isla
-resplandeciera con una belleza tan serena, entre un mar tan azul,
-bajo un cielo tan suave. Ni el agua fresca del Pindo bebida en marcha
-abrasada, ni el vino dorado que producen las colinas de Quíos, eran más
-dulces de sorber que aquel aire repasado de aromas, compuesto por los
-Dioses para que una Diosa lo respirase. La frescura imperecedera de los
-árboles entrábase en el corazón, casi pedía la caricia de los dedos.
-Todos los rumores, los de los arroyos en el césped, el de las olas en
-el arenal, el de las aves en las sombras frondosas, ascendían, suave y
-finamente fundidos, como las armonías sagradas de un Templo distante.
-El esplendor y la gracia de las flores retenían los rayos pasmados
-del sol. Tantos eran los frutos en los vergeles, y las espigas en las
-mieses, que la Isla parecía ceder, hundida en el Mar, bajo el peso de
-su abundancia.
-
-En esto, la Diosa, al lado del Héroe, suspiró levemente, y murmuró con
-una sonrisa alada:
-
---¡Oh, magnánimo Ulises, tú ciertamente partes! Llévate el deseo de
-volver a ver a la mortal Penélope, y a tu dulce Telémaco, que dejaste
-en el regazo del ama cuando Europa corrió contra Asia, y que ahora
-ya sustenta en la mano una lanza temida. Siempre de un antiguo amor,
-con hondas raíces, brotará más tarde una flor, aunque sea triste. ¡Mas
-dime! Si en Itaca no te esperase una esposa tejiendo y destejiendo
-la tela, y un hijo ansioso que alarga los ojos incansables hacia el
-mar, ¿dejarías tú, ¡oh, hombre prudente!, esta dulzura, esta paz, esta
-abundancia y belleza inmortal?
-
-El Héroe, par a par de la Diosa, extendió el brazo poderoso, como en la
-Asamblea de los Reyes, delante de los muros de Troya, cuando sembraba
-en las almas la verdad persuasiva:
-
---¡Oh, Diosa, no te escandalices! Mas aunque no existiesen, para
-llevarme, ni hijo, ni esposa, ni reino, ¡afrontaría alegremente los
-mares y la ira de los Dioses! Porque, en verdad, ¡oh, Diosa muy
-ilustre!, mi corazón saciado ya no soporta esta paz, esta dulzura y
-esta belleza inmortal Considera, ¡oh, Diosa!, que en ocho años nunca
-pude echar de ver al follaje de estos árboles amarillear y caer. Jamás
-este cielo rutilante cargose de nubes oscuras, ni tuve el contento de
-extender, bien abrigado, las manos al dulce fuego, mientras la borrasca
-batía en los montes. Todas esas flores que brillan en los tallos
-airosos son las mismas, ¡oh, Diosa!, que admiré y respiré en la primera
-mañana que me mostraste estos prados perpetuos, ¡y hay lirios que
-odio, con un odio amargo, por la impasibilidad de su eterna blancura!
-¡Estas gaviotas repiten tan incesantemente, tan implacablemente, su
-vuelo armonioso y blanco, que yo ya escondo de ellas la cara, como
-otros la ocultan de las negras Harpías! ¡Y, cuántas veces me refugio
-en el fondo de la gruta para no escuchar el murmurio siempre lánguido
-de esos arroyos siempre transparentes! ¡Considera, oh, Diosa, que en
-tu Isla nunca hallé una charca, un tronco podrido, el esqueleto de un
-animal muerto y cubierto de moscas zumbadoras! ¡Oh, Diosa, hace ocho
-años que estoy privado de ver el trabajo, el esfuerzo, la lucha, el
-sufrimiento!... ¡Oh, Diosa, no te escandalices! Ando hambriento por
-encontrar un cuerpo vacilando bajo un fardo; dos bueyes humeantes
-arrastrando un arado; hombres que se injurien en el paso de un puente;
-los brazos suplicantes de una madre que llora; un cojo, sobre su
-muleta, mendigando a la puerta de una villa... ¡Diosa, ha ocho años
-que no miro para una sepultura!... ¡No puedo más con esta serenidad
-sublime! Mi alma toda arde en el deseo de lo que se deforma, y se
-ensucia, y se despedaza, y se corrompe... ¡Oh, Diosa inmortal, yo muero
-con saudades de muerte!
-
-Inmóvil, con las manos inmóviles en el regazo, la Diosa escuchó,
-con una sonrisa serenamente divina, las furiosas quejas del Héroe
-cautivo... En tanto, ya por la colina, las Ninfas, siervas de la Diosa,
-descendían, trayendo a la cabeza y amparándolos con el brazo redondo,
-los jarros de vino, los sacos de cuero, que la Intendenta venerable
-mandaba para abastecer la balsa. En silencio, el Héroe lanzó una tabla
-desde la arena hasta a bordo de los altos troncos; y en cuanto sobre
-ella pasaban las Ninfas, ligeras, con las pulseras de oro tilintinando
-en los pies lúcidos, Ulises atento, contando los sacos y los odres,
-gozaba en su noble corazón la abundancia generosa. Amarrados con
-cuerdas a las clavijas aquellos fardos excelentes, todas las Ninfas,
-lentamente, vinieron a sentarse sobre el arenal en torno de la Diosa,
-para contemplar la despedida, el embarque, las maniobras del Héroe
-sobre el dorso de las aguas... Entonces, Ulises, dejando traslucir la
-cólera en sus ojos, parose, delante de Calipso, y cruzando furiosamente
-los valientes brazos:
-
---¡Oh, Diosa! ¿Piensas tú en verdad que nada falta para que yo largue
-la vela al viento y navegue? ¿Dónde están los ricos presentes que me
-debes? Ocho años, ocho duros años, fui el huésped magnífico de tu Isla,
-de tu gruta, de tu lecho... Pero no ignoras que los Dioses inmortales
-tienen determinado que a los huéspedes, en el momento amigo de la
-partida, ofrézcanseles considerables presentes. ¿Dónde están, oh Diosa,
-esas riquezas abundantes que me debes por costumbre de la Tierra y ley
-del Cielo?
-
-Sonrió la Diosa, con paciencia sublime. Y con palabras aladas, que
-huían en el aire:
-
---¡Oh, Ulises, claramente se ve que tú eres el más interesado de los
-hombres! Y también el más desconfiado, pues que supones que una Diosa
-podía negar los presentes debidos a aquel que amó... Tranquilízate, oh,
-sutil Héroe... Los ricos presentes, largos y brillantes, no tardan.
-
-En efecto, por la colina suave descendían otras Ninfas, ligeras, con
-los velos flotando, trayendo en los brazos alhajas lustrosas, que
-al sol rutilaban. El magnánimo Ulises extendió las manos, los ojos
-devoradores... Y mientras ellas desfilaban sobre la tabla crujiente,
-el astuto Héroe contaba, evaluaba en su noble espíritu los escabeles de
-marfil, las piezas de telas bordadas, los cántaros de bronce labrado,
-los escudos incrustados de piedras...
-
-Tan rico y bello era el vaso de oro que la última Ninfa sustentaba
-en el hombro, que Ulises detúvola, arrebatole el vaso, lo sospesó, y
-mirándolo gritó, con soberbia risa estridente:
-
---¡En verdad, este oro es bueno!
-
-Una vez dispuestas y ligadas bajo el largo asiento las preciosas
-alhajas, el impaciente Héroe, arrebatando el hacha, cortó la cuerda
-que prendía la balsa al tronco de un roble, y saltó para el alto bordo
-que la espuma envolvía. Recordose entonces que ni siquiera besara a la
-generosa e ilustre Calipso. Rápido, despidiendo el manto, pasó a través
-de la espuma, corrió por la arena y dejó un beso sereno en la frente
-aureolada de la Diosa. Asegurole ella un instante por el hombro robusto:
-
---¡Cuántos males te esperan, oh desgraciado! Antes quedases, para toda
-la inmortalidad, en mi Isla perfecta, entre mis brazos perfectos...
-
-Ulises volviose, con un grito magnífico:
-
---¡Oh, Diosa, el irreparable y supremo mal hállase en tu perfección!
-
-¡Y, a través de la marea, huyó, trepó trabajosamente a la balsa, soltó
-la vela, hendió el mar, y partió para los trabajos, para las tormentas,
-para las miserias, para la delicia de las cosas imperfectas!
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-¡EL SUAVE MILAGRO!
-
-
-En aquel tiempo Jesús aún no se ausentara de Galilea y de las dulces,
-luminosas márgenes del lago de Tiberiades; mas la nueva de sus Milagros
-penetrara ya hasta Enganim, ciudad rica, de fuertes murallas, entre
-olivares y viñedos, en el país de Isacar.
-
-Una tarde, un hombre de ojos ardientes y deslumbrados pasó por el
-fresco valle y anunció que un nuevo Profeta, un Rabí hermoso, recorría
-los campos y las aldeas de Galilea, prediciendo la llegada del Reino de
-Dios, curando todos los males humanos. Mientras descansaba, sentado al
-borde de la _Fuente de los Vergeles_, contó que ese Rabí, en el camino
-de Magdala, sanó de la lepra a un siervo de un Decurión Romano solo
-con extender sobre él la sombra de sus manos; y que en otra mañana,
-atravesando en una barca para la tierra de los Gerasenios, en donde
-comenzaba la recolección del bálsamo, resucitó a la hija de Jairo,
-hombre docto y considerable que comentaba los libros en la Sinagoga.
-
-Asombrados todos los que se hallaban en derredor, labradores, pastores
-y mujeres trigueñas con el cántaro al hombro, preguntáronle si ese
-era, en verdad, el Mesías de la Judea, y si delante de él refulgía la
-espada de fuego, y si le acompañaban, caminando como las sombras de dos
-torres, las sombras de Gog y de Magog. El hombre, sin beber siquiera de
-aquella agua tan fría de que bebiera Josué, recogió el cayado, sacudió
-los cabellos y encaminose pensativamente por bajo el Acueducto, luego
-sumido en la espesura de los almendros en flor.
-
-Mas una esperanza deliciosa como el rocío en los meses en que canta la
-cigarra, refrescó las almas sencillas; por toda la campiña que verdea
-hasta Ascalón, el arado pareció más blando de enterrar, más leve de
-mover la piedra del lagar; las criaturas, cogiendo ramos de almendras,
-acechaban por los caminos a ver si por allá de la esquina del muro,
-o por debajo del sicomoro, surgía una claridad; y, en los bancos de
-piedra, a la puerta de la ciudad, los viejos, corriendo los dedos por
-los rizos de las barbas, ya no desarrollaban, con tan sapiente certeza,
-los antiguos dictámenes.
-
-Vivía por entonces en Enganim un viejo, llamado Obed, de una familia
-pontifical de Samaria, que había sacrificado en las aras del Monte
-Ebal, señor de hartos rebaños y de hartas viñas, y con el corazón
-tan lleno de orgullo como su granero de trigo. Mas un viento árido y
-abrasado, ese viento de desolación que por mandato del Señor sopla
-de las torvas tierras de Assur, matara las reses más gordas de sus
-manadas, y por los ribazos en donde sus viñas se enroscaban al olmo y
-se tendían en airoso enrejado, solo dejara, en torno de los olmos y
-pilares desnudos, sarmientos, cepas descarnadas y la parra roída de
-áspero herrumbre. Acurrucado Obed en la solera de su puerta, con la
-punta del manto sobre la cara, palpaba el polvo, lamentaba la vejez,
-rumiaba amargas quejas contra Dios cruel.
-
-Cuando oyó hablar de ese nuevo Rabí, que alimentaba las multitudes,
-amedrentaba a los demonios, enmendaba todas las desventuras, Obed,
-hombre leído, que había viajado en Fenicia, pensó a seguida que Jesús
-sería uno de esos hechiceros tan frecuentes en Palestina, como Apolonio
-o Rabí Ben-Dossa, o Simón el Sutil. También esos, aunque sea en noche
-tenebrosa, conversan con las estrellas, para ellos siempre fáciles y
-claras en sus secretos: con una simple vara ahuyentan de sobre los
-sembrados los moscardones engendrados en los lodos de Egipto, y agarran
-entre los dedos las sombras de los árboles, que conducen como benéficos
-toldos por encima de las eras, a la hora de la siesta. Acaso Jesús de
-Galilea, más joven, de cierto con magias más fogosas, si se le pagase
-largamente, haría cesar la mortandad de sus ganados y reverdecería sus
-viñedos. Ordenó entonces Obed a sus siervos que partiesen, buscasen por
-toda Galilea al Rabí nuevo y con la promesa de dineros o alhajas le
-trajesen a Enganim, en el país de Isacar.
-
-Apretáronse los siervos los cinturones de cuero, y echaron a andar por
-el camino de las caravanas, que costeando el Lago, se extiende hasta
-Damasco.
-
-Una tarde, vieron sobre el Poniente, rojo como una granada muy madura,
-las finas nieves del monte Hermón. Después, en la frescura de una
-suave mañana, el lago de Tiberiades resplandeció delante de ellos,
-transparente, cubierto de silencio, más azul que el cielo, orlado de
-floridos prados, de densos vergeles, de rocas de pórfido, y de blancos
-terraplenes por entre los pomares, bajo el vuelo de las tórtolas. Un
-pescador que desamarraba perezosamente su barca de una ensenada de
-césped, escuchó, sonriendo, a los siervos: ¿El Rabí de Nazaret? ¡Oh! Ya
-en el mes de Ijar, descendiera el Rabí, con sus discípulos, para los
-lados adonde el Jordán lleva las aguas.
-
-Corriendo, los siervos siguieron por las márgenes del río hasta delante
-del vado en donde aquel se estira en un largo remanso, y descansa, y
-un instante duerme, verde e inmóvil, a la sombra de los tamarindos.
-Un hombre de la tribu de los Esenios, vestido de lino blanco, cogía
-lentamente hierbas saludables por la orilla del agua, con un blanco
-corderillo al cuello. Saludáronle humildemente los siervos, porque el
-pueblo ama a aquellos hombres de corazón tan limpio, y claro, y cándido
-como sus vestiduras, cada mañana lavadas en estanques purificados.
-¿Podía decirles algo del paso del nuevo Rabí de Galilea que, como los
-Esenios, enseñaba la dulzura y curaba a las gentes y a los ganados?
-El Rabí atravesará el Oasis de Engaddi, y después se adelantara para
-allá... --murmuró el Esenio--. --¿Y dónde es _allá_? --Moviendo un
-ramo de flores rojas que cogiera, el Esenio señaló las tierras de Alem
-Jordán, la planicie de Moab. Los siervos vadearon el río, y en vano
-buscaron a Jesús jadeando por los rudos caminos, hasta los peñascos en
-que se levanta la siniestra ciudadela de Makaur... En el Pozo de Ya-Kob
-reposaba una larga caravana, que conducía a Egipto mirra, especierías
-y bálsamos de Gilead; y los camelleros, sacando el agua con los baldes
-de cuero, contaron a los siervos de Obed que en Gadara, por la luna
-nueva, un maravilloso Rabí, mayor que David o Isaías, arrancó del pecho
-de una tejedora siete demonios, y que, a su voz, un hombre degollado
-por el salteador Barrabás, se irguió de su sepultura y se volvió a
-su huerto. Algo más esperanzados, encamináronse los siervos por la
-subida de los Peregrinos hasta Gadara, ciudad de altas torres, y aún
-más lejos, hasta las nascientes de Amalha... En esa misma madrugada,
-Jesús, seguido por un pueblo que cantaba y sacudía ramos de mimosa,
-embarcara en el lago, en un batel de pesca, y navegara a vela con rumbo
-a Magdala. Descorazonados de nuevo, los siervos de Obed, atravesaron el
-Jordán por el Puente de las Hijas de Jacob. Yendo ya con las sandalias
-rotas del largo camino, pisando tierras de la Judea Romana, un día,
-cruzáronse con un sombrío fariseo, que retornaba a Efrain, montado en
-su mula. Detuvieron, con devota reverencia, al hombre de la Ley. ¿Había
-encontrado él, por ventura, a ese nuevo Profeta de Galilea que, como un
-Dios paseando en la tierra, esparcía milagros? La corva faz del Fariseo
-se oscureció arrugada, y su cólera retumbó como un tambor orgulloso:
-
---¡Oh, esclavos paganos! ¡Oh, blasfemos! ¿En dónde oísteis que
-existiesen profetas o milagros fuera de Jerusalén? Solo Jehová tiene
-fuerza en su templo. De Galilea salen los necios y los impostores...
-
-Y en viendo a los siervos retroceder ante su puño erguido, el furioso
-Doctor, enroscado de dísticos sagrados, apeose de la mula, y con
-las piedras del camino, apedreó a los siervos de Obed, vociferando:
-_¡Racca! ¡Racca!_ y todos los Anatemas rituales. Los siervos huyeron
-para Enganim. El desconsuelo de Obed fue grande, porque sus ganados
-morían, sus viñas se secaban, y a pesar de ello, radiantemente, como
-una alborada por detrás de las sierras, crecía, consoladora y llena de
-divinas promesas, la fama de Jesús de Galilea.
-
-Por ese tiempo, un Centurión Romano, Publius Septimus, mandaba el
-fuerte que domina el valle de Cesarea, hasta la ciudad y el mar.
-Hombre áspero, veterano de la campaña de Tiberio contra los Partos,
-Publius habíase enriquecido durante la revuelta de Samaria con presas
-y saqueos, poseía minas en el Ática, y gozaba, como supremo favor de
-los Dioses, la amistad de Flacus, Legado Imperial de la Siria. Mas
-un dolor roía su poderosa prosperidad, lo mismo que un gusano roe un
-fruto suculento. Su única hija, más amada para él que vida y bienes,
-iba enflaqueciendo con un mal sutil y lento, extraño hasta al saber de
-los mágicos y esculapios que se mandaran consultar a Sidón y a Tiro.
-Blanca y triste como la luna en un cementerio, sin una queja, sonriendo
-pálidamente a su padre, adelgazaba, sentada en la alta explanada del
-fuerte, bajo un velario, alongando los tristes ojos negros por el azul
-del mar de Tiro, por el cual ella navegara, volviendo de Italia, en
-una opulenta galera. A las veces, un legionario, a su lado, entre las
-almenas, apuntando lentamente a lo alto la flecha, atravesaba una gran
-águila, que volaba serena, en el cielo rutilante. La hija de Septimus
-seguía un momento el ave, dando vueltas en el aire hasta caer muerta
-sobre las rocas; después, con un suspiro, más pálida y más triste,
-recomenzaba a mirar para el mar.
-
-Ello es que como entonces Septimus oyese contar a unos mercaderes de
-Corazín, de este admirable Rabí, tan potente sobre los Espíritus, que
-sanaba los males tenebrosos del alma, destacó tres decurias de soldados
-para que lo buscasen por la Galilea y por todas las ciudades de la
-Decápola, hasta la costa y hasta Ascalón. Los soldados dispusieron los
-escudos en los sacos de lona, espetaron ramos de oliva en los yelmos,
-y ferradas las sandalias apresuradamente, apartáronse, resonando sobre
-las losas de basalto del camino romano que desde Cesarea hasta el Lago
-corta toda la Tetrarquía de Herodes. De noche, sus armas brillaban en
-lo alto de las colinas, por entre la llama ondeante de los hachones
-erguidos. De día, invadían los casales, rebuscaban en la espesura
-de los pomares, chuzaban con la punta de las lanzas la paja de las
-hacinas; en tanto que las mujeres asustadas, acudían para amansarlos,
-con bollos de miel, higos nuevos y escudillas llenas de vino, que los
-soldados bebían de un trago, sentados a la sombra de los sicomoros.
-Corrieron así la Baja Galilea, y del Rabí solo hallaron un surco
-luminoso en los corazones.
-
-Disgustados con las inútiles marchas, desconfiando que los Judíos
-les ocultasen al hechicero para que no se aprovecharan los Romanos
-del superior hechizo, derramaban su cólera con tumulto, a través de
-la piadosa tierra sumisa. Detenían los peregrinos en la entrada de
-los puentes, gritando el nombre del Rabí; rasgaban los velos de las
-vírgenes, y a la hora en que se llenan los cántaros en las cisternas,
-invadían las estrechas calles de los arrabales, penetraban en las
-Sinagogas y batían sacrílegamente, con los puños de las espadas en
-las _Thebahs_, los Santos Armarios de cedro que contenían los Libros
-Sagrados. En las cercanías de Hebrón arrastraron a los Solitarios fuera
-de las grutas para arrancarles el nombre del desierto o del palmar
-en que se ocultaba el Rabí; y dos mercaderes fenicios, que venían de
-Joppé con una carga de malobrato, y a quien nunca llegara el nombre de
-Jesús, pagaron por ese delito cien dracmas a cada Decurión. Toda la
-gente de los campos, hasta los bravíos pastores de Idumea, que llevan
-las blancas reses al Templo, huían empavorecidos hacia las serranías,
-apenas lucían, en alguna vuelta del camino, las armas del bando
-violento. Desde el borde de las terrazas, las viejas sacudían como
-talegos la punta de los cabellos desgreñados, y arrojaban sobre ellos
-las malas suertes, invocando la venganza de Elías. Así erraron hasta
-Ascalón, sin hallar a Jesús; y retrocedieron a lo largo de la costa,
-enterrando las sandalias en la ardiente arena.
-
-Un amanecer, cerca de Cesarea, marchando por un valle, echaron de ver
-sobre un otero un verdinegro bosque de laureles, en donde blanqueaba,
-recogidamente, el fino y claro pórtico de un templo. Un viejo, de
-largas barbas blancas, coronado de hojas de laurel, vestido con una
-túnica de color de azafrán, asiendo una corta lira de tres cuerdas,
-esperaba sobre los peldaños de mármol, la aparición del sol. Desde
-abajo, los soldados, agitando un ramo de olivo, vociferaban al
-Sacerdote. ¿Conocía él a un nuevo Profeta que apareciera en Galilea,
-tan diestro en milagros, que resucitaba a los muertos y trocaba el agua
-en vino? Alargando los brazos, el sereno viejo exclamó por sobre la
-rociada verdura del valle:
-
---¡Oh, romanos! ¿Por qué creéis que en Galilea o Judea aparezcan
-profetas consumando milagros? ¿Cómo podrá un bárbaro alterar la
-Orden instituida por Zeus?... ¡Mágicos y hechiceros son vendedores
-ambulantes que murmuran palabras huecas, para arrebatar la propina a
-los simples...! Sin el permiso de los Inmortales, ni un retoño seco
-puede caer del árbol, ni hoja seca puede ser sacudida en el árbol. No
-hay profetas, no hay milagros... ¡Solo Apolo Délfico conoce el secreto
-de las cosas!
-
-Los soldados, entonces, muy despacio, con la cabeza caída, como en una
-tarde de derrota, recogiéronse a la fortaleza de Cesarea. Fue grande
-el desconsuelo de Septimus, por ver que su hija moría, sin una queja,
-mirando el mar de Tiro, siendo así que la fama de Jesús, curador de
-lánguidos males, crecía cada vez más consoladora y fresca, como el aire
-de la tarde que sopla de Hermón, y a través de los huertos, reanima y
-levanta las azucenas pendidas.
-
-Vivía por ese tiempo, entre Enganim y Cesarea, en una casa arruinada,
-sumida en lo más oculto de un cerro, una viuda, mujer más desgraciada
-que todas las mujeres de Israel. Su único hijito, todo tullido, había
-pasado del magro pecho a que ella le criara, a los harapos del podrido
-jergón, en donde ya llevaba siete años gimiendo y consumiéndose.
-
-A ella también una enfermedad la comprimiera dentro de trapos jamás
-mudados, dejándola más oscura y torcida que una cepa arrancada. Creció
-la miseria espesamente sobre ambos, como el moho sobre cazos perdidos
-en un yermo. En la lámpara de barro colorado secara ya el aceite. No
-quedaba grano ni corteza dentro del arca pintada. La cabra, sin pasto,
-muriera en el estío. Secó la higuera en el quintal. Tan lejos de
-poblado, nunca limosna de pan o miel entraba en la choza. ¡Con hierbas
-cogidas en las hendiduras de las rocas, cocidas sin sal, nutríanse
-aquellas criaturas de Dios en la Tierra Escogida, en la cual hasta a
-las aves maléficas sobraba el sustento!
-
-Un día apareció un mendigo por allí, entró en la choza, repartió de su
-lío con la amargada madre, y sentado en la piedra del lar, rascándose
-las heridas de las piernas, contó de esa grande esperanza de los
-tristes, de ese Rabí que apareciera en Galilea, que de un pan hacía
-siete, y amaba todas las criaturas, y enjugaba todos los llantos, y
-prometía a los pobres un grande y luminoso reino, de abundancia mayor
-que la corte de Salomón. La mujer escuchaba con ojos hambrientos.
-¿Y ese dulce Rabí, esperanza de los tristes, en dónde se encuentra?
-El mendigo suspiró. ¡Ah, ese dulce Rabí, cuantos lo deseaban, se
-desesperanzaban! Andaba su fama por sobre toda la Judea, como el sol
-que hasta por cualquier viejo muro se extiende y se goza; mas para
-distinguir la claridad de su rostro, solo aquellos dichosos que elegía
-su deseo. Tan rico como es Obed, mandó a sus siervos por toda Galilea
-para que le buscasen a Jesús, y con promesas le trajeran a Enganim; tan
-soberano, Septimus, destacó a sus soldados hasta la costa del mar, para
-que buscasen a Jesús, y por orden suya lo condujeran a Cesarea.
-
-Errando, pidiendo limosna por tantos caminos, halló a los siervos
-de Obed y luego a los legionarios de Septimus. Retornaron todos,
-derrotados, con las sandalias rotas, sin haber descubierto en qué
-matorral o ciudad, en qué cubil o palacio, se escondía Jesús.
-
-Caía la tarde. Cogió el mendigo su bordón y descendió por el duro
-camino, entre el brezo y las rocas.
-
-Volviose la madre a su rincón, más curvada, más abandonada. El hijito
-entonces, con un murmurio más débil que el rozar de un ala, pidió a
-la madre que le trajese a ese Rabí que amaba a los niños, aun a los
-más pobres, sanaba los males, aun los más antiguos. La madre apretó su
-cabecita desgreñada:
-
---¡Oh, hijo!, y ¿cómo quieres que te deje y me meta por los caminos en
-busca del Rabí de Galilea? Obed es rico y tiene siervos que en balde
-buscaron a Jesús por arenales y colinas, desde Corazín hasta el país de
-Moab. Septimus es fuerte, y tiene soldados, y en vano corrieron detrás
-de Jesús, desde el Hebrón hasta el mar. ¿Cómo quieres que te deje?
-Jesús anda muy lejos y nuestro dolor está con nosotros, dentro de estas
-paredes, y dentro de ellas nos prende. Y aunque le encontrase, ¿cómo
-convencería yo a Rabí tan deseado, por quien suspiran ricos y fuertes,
-para que descendiese a través de ciudades hasta este desierto, para
-curar a un tullido tan pobre, sobre jergón tan roto?
-
-La criatura, con dos largas lágrimas corriéndole por la faz escurrida,
-murmuró:
-
---¡Oh, madre! Jesús ama a todos los pequeñitos. ¡Y yo soy aún tan
-pequeño, y tengo un mal tan pesado! ¡Yo me quería curar!
-
-Y la madre, sollozando:
-
---¡Oh, hijo mío, cómo te voy a dejar! Son largos los caminos de
-Galilea, y corta la piedad de los hombres. Tan rota, tan renca, tan
-triste, hasta los perros me ladrarían desde la puerta de los casales.
-No me atendería nadie. Nadie me enseñaría la morada del dulce Rabí.
-¡Oh, hijo! Jesús tal vez muriese... Ni los ricos y los fuertes le
-encuentran. Le trajo el cielo, y el cielo se le llevó. Y con él para
-siempre murió la esperanza de los tristes.
-
-Por entre los negros trapos, irguiendo sus pobres manecitas que
-temblaban, la criatura murmuró:
-
---Madre, yo quiero ver a Jesús...
-
-En esto, abriendo despacio la puerta y sonriendo, dijo Jesús al niño:
-
---Aquí estoy.
-
-
-FIN
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ÍNDICE
-
-
- Páginas.
-
- Adán y Eva en el Paraíso 5
-
- Un poeta lírico 49
-
- En el molino 65
-
- Civilización 83
-
- El tesoro 119
-
- Fray Genebro 131
-
- Singularidades de una señorita rubia 145
-
- La nodriza 181
-
- El difunto 189
-
- José Matías 231
-
- La perfección 263
-
- ¡El suave milagro! 289
-
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO ***
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- Adán y Eva en el paraíso, by José Maria Eça de Queiroz&mdash;A Project Gutenberg eBook
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-<body class="formato">
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-<div style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of Adán y Eva en el paraíso, by José Maria Eça de Queiroz</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
-at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
-are not located in the United States, you will have to check the laws of the
-country where you are located before using this eBook.
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-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: Adán y Eva en el paraíso</p>
-
-<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: José Maria Eça de Queiroz</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Release Date: October 29, 2021 [eBook #66626]</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Language: Spanish</div>
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-<div style='display:block; margin:1em 0'>Character set encoding: UTF-8</div>
-
-<div style='display:block; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net. (This file was produced from images generously made available by Biblioteca Digital Hispánica/Biblioteca Nacional de España.)</div>
-
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO ***</div>
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
-</div>
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
-
- <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
-
- <li>Se han añadido tildes a las mayúsculas y se han modernizado las
- transcripciones de los nombres propios.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
- </ul>
-</div>
-
-
-<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
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-</div>
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
- <h1>ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO</h1>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
- <p class="fs120 lh150 ws1">EÇA DE QUEIROZ</p>
- <p class="fs250 ws1 mt1">ADÁN Y EVA</p>
- <p class="fs250 ws1">EN EL PARAÍSO</p>
-
- <div class="figsep">
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-
- <div class="poetry-container">
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- <table class="portada" summary="">
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- <td colspan="3" class="tdc fs110">RENACIMIENTO</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdc smaller">MADRID</td>
- <td class="tdc">|</td>
- <td class="tdc smaller">BUENOS AIRES</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdc">SAN MARCOS, 42</td>
- <td class="tdc">|</td>
- <td class="tdc g1">LIBERTAD, 170</td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdc fs110 g2">1914</td>
- </tr>
- </table>
- </div>
- </div>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span></p>
- <p class="ep fs90">ES PROPIEDAD</p>
-
- <hr class="fil" />
- <p class="centra fs60 ws1 mt05">IMPRENTA DE JUAN PUEYO. MESONERO ROMANOS, 34, MADRID</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cenefa.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO</h2>
-</div>
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Adán, Padre de los Hombres, fue creado en el día 28 de octubre, a
-las dos de la tarde... Afírmalo así, con majestad, en sus <i>Annales
-Veteris et Novis Testamenti</i>, el muy docto y muy ilustre Usserius,
-obispo de Meath, arzobispo de Armagh y canciller mayor de la Sede de
-San Patricio.</p>
-
-<p>La Tierra existía desde que se hiciera la Luz, el 23, en la mañana
-de todas las mañanas. ¡Mas no era ya aquella Tierra primitiva,
-parda y muelle, ensopada en aguas gredosas, ahogada en una niebla
-densa, irguiendo, aquí y allí, rígidos troncos de una sola hoja y
-de un solo retoño, solitaria, silenciosa, con una vida escondida,
-apenas sordamente revelada por las sacudidas de los bichos oscuros,
-gelatinosos, sin color y casi sin forma, creciendo en el fondo del
-lodo! ¡No! Ahora, durante los días genesíacos, 26 y 27, habíase
-completado, abastecido y ataviado, para acoger condignamente
-al Predestinado que venía. En el día 28 ya apareció perfecta,
-<i>perfecta</i>, con las alhajas y provisiones que enumera<span
-class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span> la Biblia, las hierbas verdes
-de espiga madura, los árboles provistos de fruto entre la flor, todos
-los peces nadando en los mares resplandecientes, todas las aves
-volando por el aire sereno, todos los animales pastando sobre las
-colinas lozanas, y los arroyos regando, y el fuego almacenado en el
-seno de la piedra, y el cristal y el ónix, y el oro de ley del país de
-Hevilath...</p>
-
-<p>En aquellos tiempos, amigos míos, el Sol aún giraba en torno de la
-Tierra. Esta era moza, y hermosa y preferida de Dios. Aquel aún no se
-sometiera a la inmovilidad augusta que, entre enfurruñados suspiros
-de la Iglesia, le impuso más tarde el maestro Galileo, alargando un
-dedo desde el fondo de su pomar, contiguo a los muros del convento de
-San Mateo de Florencia; y el Sol, amorosamente, corría alrededor de la
-Tierra, como el novio de los <i>Cantares</i> que, en los lascivos días
-de la ilusión, sobre el otero de mirra, sin descanso y saltando más
-levemente que los gamos de Gaalad, circundaba la Bien Amada, la cubría
-con el fulgor de sus ojos, brillando de fecunda impaciencia. Desde esa
-alborada del día 28, según el cálculo majestático de Usserius, el Sol,
-nuevo, sin manchas, sin arrugas, sin faltas en su cabellera flamante,
-envolvió a la Tierra, durante ocho horas, en una continua e insaciable
-caricia de calor y de luz. Cuando a la octava hora resplandeció y huyó,
-una emoción confusa, hecha de miedo y hecha de gloria, pasó por toda
-la Creación, agitando en un temblor los prados y las frondas, erizando
-el pelo de las fieras, hinchando el dorso de los montes, apresurando
-el borbotar de los<span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span>
-manantiales, arrancando un brillo más vivo de los pórfidos...</p>
-
-<p>En esto, en una floresta muy cerrada y muy tenebrosa, cierto ser,
-desprendiendo lentamente la garra del retoño del árbol en donde
-estuviera perchado toda aquella larga mañana de largos siglos, resbaló
-por el tronco comido de hiedra, posó las dos patas en el suelo que
-el musgo afofaba, se afirmó sobre ellas con esforzada energía, quedó
-tieso, y alargó los brazos libres, y dio un paso fuerte, y sintió su
-desemejanza de la Animalidad, y concibió el deslumbrado pensamiento de
-que <i>era</i>, y verdaderamente <i>fue</i>. Lo había amparado Dios, y
-en aquel instante lo creó. Vivo, de la vida superior, descendido de la
-inconsciencia del árbol, Adán se encaminó hacia el Paraíso.</p>
-
-<p>Era horrible; un pelo crespo y lúcido cubría todo su corpulento,
-macizo cuerpo, rareando apenas en torno de los codos, de las rodillas
-rudas, donde el cuero aparecía curtido y del color del cobre sucio. Del
-achatado, arisco cráneo, surcado de arrugas, rompía una melena rala
-y rubia, hinchada sobre las orejas agudas. Entre las romas quijadas,
-en la abertura enorme de los labios trompudos, alargados en forma de
-hocico, relucían los dientes, afilados poderosamente para rasgar la
-fibra y despedazar el hueso. Bajo los arcos sombríamente hondos, que
-un pelo hirsuto orlaba, como un zarzal orla el arco de una caverna,
-los ojos redondos, de un amarillo de ámbar, movíanse sin cesar,
-temblaban, desmesuradamente abiertos de inquietud y de espanto... ¡No,
-no estaba nada bello, nuestro Padre venerable, en<span class="pagenum"
-id="Page_8">p. 8</span> aquella tarde de otoño, cuando Jehová le
-ayudó con cariño a descender de su Árbol! Y, sin embargo, en esos
-ojos redondos, de ámbar fino, aun a través del temblor y del espanto,
-brillaba una belleza superior, la Energía Inteligente que le iba
-dificultosamente llevando, sobre las piernas encorvadas, hacia fuera
-del matorral en donde había pasado su mañana de largos siglos, saltando
-y gritando por encima de las ramas más altas.</p>
-
-<p>Ahora bien (si los Compendios de Antropología no nos engañan), los
-primeros pasos humanos de Adán no fueron dados, desde luego, con vigor
-y confianza, hacia el destino que le esperaba entre los cuatro ríos
-del Edén. Entorpecido, envuelto por las influencias de la floresta,
-desagarra con trabajo la pata del hojoso suelo de helechos y begonias,
-y gustosamente se roza con los pesados racimos de flores que le rocían
-el pelo, y acaricia las largas barbas de liquen blanco, pendientes de
-los troncos de robles y de teca, en los cuales gozara las dulzuras de
-la irresponsabilidad. En el ramaje que tan generosamente le nutriera y
-le meciera, a través de tan largas edades, aún coge las bayas jugosas,
-los frutos más tiernos. Para transponer los arroyos, que relucen y
-susurran por todo el bosque, después de la sazón de las lluvias, aún
-se pende de una rama, entrelazada de orquídeas, y se balancea, y
-salta, con pesada indolencia. Y hasta sospecho que cuando el viento
-bramase por la espesura, cargado con el olor tibio y acre de las
-hembras acurrucadas en las cimas, el Padre de los Hombres dilataría
-cuanto pudiese las ventanas de la nariz y dejaría<span class="pagenum"
-id="Page_9">p. 9</span> salir del peludo pecho un gruñido ronco y
-triste.</p>
-
-<p>Camina... Sus pupilas amarillas, en donde brilla el Querer, sondan,
-buscan a través del ramaje, más allá, el mundo que desea y recela, y
-del cual percibe ya el sonido violento, como todo hecho de batalla y
-de rencor. A medida que la penumbra del follaje clarea, va surgiendo,
-dentro de su cráneo bisoño, como una alborada que penetra en una
-choza, el sentimiento de las formas diferentes y de la vida diferente
-que las anima. Esa comprensión rudimentaria solo trajo turbación y
-terror a nuestro Padre venerable. Todas las tradiciones, las más
-orgullosas, concuerdan en que Adán, en su entrada inicial por las
-planicies del Edén, tembló y gritó como criaturita perdida en romería
-turbulenta. Y podemos pensar que, de todas las Formas, ninguna le
-empavorecía más que la de esos mismos árboles, en los cuales había
-vivido, ahora que los reconocía como seres tan desemejantes de su ser
-e inmovilizados en una inercia tan contraria a su Energía. Liberto de
-la Animalidad, en camino para su Humanización, el árbol que le había
-servido de abrigo natural y dulce, solo le parecía ahora un cautiverio
-de degradante tristeza. ¿Todas esas ramas tortuosas, embarazando su
-marcha, no serían brazos fuertes que se alargaban para aprehenderlo,
-empujarlo para atrás y retenerlo en las cimas frondosas? ¿Ese susurrar
-de las ramas de los árboles que le seguía, compuesto del desasosiego
-irritado de cada hoja, no era toda la selva, alborozada, reclamando a
-su secular morador? Quizá de tan extraño miedo nació la primera lucha
-del Hombre con la Naturaleza. Es<span class="pagenum" id="Page_10">p.
-10</span> de creer que, cuando un vástago le rozase, lo rechazaría con
-las garras desesperadas. ¡Cuántas veces, en estos bruscos ímpetus,
-se desequilibraría, humillando sus manos sobre el suelo de bosque o
-roca, otra vez precipitado en la postura bestial, retrogradando a la
-inconsciencia, entre el clamor triunfal de la Floresta! ¡Y luego qué
-angustioso esfuerzo para erguirse, recuperar la actitud humana y correr
-con los peludos brazos despegados de la tierra bruta, libres para la
-obra inmensa de su Humanización! Esfuerzo sublime, en el cual ruge,
-muerde las raíces aborrecidas, y, ¿quién sabe?, tal vez levante ya los
-ojos de ámbar lustroso hacia los cielos, en donde, confusamente, siente
-Alguien que le viene protegiendo, y que en la realidad le levanta.</p>
-
-<p>De cada una de estas caídas modificantes, nuestro Padre resurge más
-humano, más nuestro Padre. Hay ya consciencia, prisa de Racionalidad,
-en los resonantes pasos con que se arranca a su limbo arbóreo,
-despedazando los embarazos, hendiendo la maleza densa, despertando a
-los tapires adormecidos debajo de hongos monstruosos, o espantando a
-algún oso joven y perdido que, apoyándose contra un olmo, chupa, medio
-borracho, las uvas de aquel abundante otoño.</p>
-
-
-<p class="mt2">Al fin, Adán, emerge de la Floresta oscura; y sus
-ojos de ámbar se cierran vivamente bajo el deslumbramiento en que le
-envuelve el Edén.</p>
-
-<p>Al fondo de esa colina, donde se para, resplandecen vastas campiñas
-(si las Tradiciones no exageran)<span class="pagenum" id="Page_11">p.
-11</span> con desordenada y sombría abundancia. Lentamente, a través,
-corre un río, sembrado de islas, mojando, en fecundos y explayados
-remansos, el verdor donde ya tal vez crece la lenteja y se extiende
-el arrozal. Rocas de mármol rosado brillan con un rubor caliente. Por
-entre bosques de algodoneros, blancos como rizada espuma, suben oteros
-cubiertos de magnolias, de un esplendor mucho más blanco. Del lado de
-allá, la nieve corona una sierra con un radiante nimbo de santidad,
-y escurre, por entre los flancos despedazados, en finas granjas que
-refulgen. Otros montes dardean mudas llamas. Del borde de ásperos
-declives, penden perdidamente, sobre inmensas profundidades, palmeras
-desgreñadas. En las lagunas, la bruma arrastra la luminosa molicie
-de sus encajes, y el mar, en los confines del mundo, chispeando,
-enciérralo todo, como un aro de oro.</p>
-
-<p>En este fecundo espacio se alcanza toda la Creación con la
-fuerza, la gracia, la bravura vivaz de una mocedad de cinco días,
-aún caliente de las manos de su Creador. Profusos rebaños de aurocos
-de pelambre rubia, pastan majestuosamente, enterrados en hierbas
-tan altas que en ellas desaparece la oveja y su cordero. Temerosos
-y barbudos uros, peleando con gigantescos venados, entrechocan sus
-cuernos y vástagos con el seco fragor de robles que el viento raja.
-Un bando de jirafas rodea una mimosa, de la cual van mordiendo,
-delicadamente, en los trémulos brotes, las hojitas más tiernas. A la
-sombra de los tamarindos, reposan disformes rinocerontes, bajo el vuelo
-apresurado<span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> de pájaros
-que les buscan servicialmente los gusanos.</p>
-
-<p>Cada arremetida de tigre causa una desbandada furiosa de ancas,
-y cuernos, y crines. Una enhiesta palmera dóblase toda al peso de
-una culebra que se enrosca en ella. A las veces, entre dos peñascos,
-rodeada de una profusa melena, aparece la faz magnífica de un león, que
-mira serenamente al sol, a la inmensidad radiante. En el remoto azul,
-duermen inmóviles, enormes cóndores, con las alas abiertas, entre el
-surco níveo y róseo de las garzas y de los flamencos. En frente a la
-colina, en un alto, por medio del matorral, pasa lenta una recua de
-mastodontes, con la ruda crin del dorso erizada al viento, y la trompa
-meciéndose entre los dientes más curvos que hoces.</p>
-
-<p>Vetustísimas crónicas describen así el vetustísimo Edén, que era
-en las campiñas del Éufrates, quizá en la morena Ceilán, o entre los
-cuatro claros ríos que hoy riegan la Hungría, o acaso en estas tierras
-benditas, donde nuestra Lisboa calienta su vejez al sol, cansada de
-proezas y mares.</p>
-
-<p>¿Mas quién puede garantir estos bosques y estos bichos, si desde
-ese día 25 de octubre, en que estaba inundado el Paraíso de esplendor
-otoñal, pasaron, muy breves y muy llenos, sobre el grano de polvo que
-viene a ser nuestro mundo, más de siete veces setecientos mil años?
-Lo único que parece cierto es que, delante de Adán empavorecido, pasó
-un pájaro grandísimo. Un pájaro ceniciento, calvo y pensativo, con
-las plumas desaliñadas como los pétalos de un crisantemo, que daba
-saltitos pesadamente<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span>
-con una pata, irguiendo en la otra, bien agarrado, un manojo de hierbas
-y ramas. ¡Nuestro Padre venerable, con la hosca faz fruncida, en un
-esfuerzo doloroso para comprender, quedó pasmado ante aquel pájaro,
-que, junto a él, bajo el abrigo de las azaleas en flor, terminaba muy
-gravemente la construcción de una cabaña! ¡Sólida y vistosa cabaña,
-con su suelo de greda bien alisado, vástagos fuertes de pino y baya
-formando estacas y vigas, un seguro techo de hierba seca, y en la
-pared, una ventana!... Pero, a pesar de todo, el Padre de los Hombres,
-en aquella tarde, aún no comprendió.</p>
-
-<p>Se encaminó después hacia el largo río, desconfiadamente, sin
-apartarse del límite del bosque amparador.</p>
-
-<p>Lento, olfateando el olor nuevo de los gordos herbívoros de la
-llanura, con los puños rijamente cerrados contra el pecho peludo, Adán
-va vacilando entre el apetito de aquella resplandeciente Naturaleza y
-el terror de los seres nunca vistos que la llenan y atruenan con tan
-fiera turbulencia. Dentro de él borbota, no cesa, la naciente sublime,
-la sublime naciente de la Energía, que le impele a desentrañar la crasa
-brutalidad, y a ensayar, con esfuerzos que son semipenosos, porque son
-ya semilúcidos, los Dones que establecerán su supremacía sobre esa
-Naturaleza incomprendida y le libertarán de su terror. Así que, en la
-sorpresa de todas aquellas inesperadas apariciones del Edén, reses,
-pastos, montes nevados, inmensidades radiosas, Adán suelta roncas
-exclamaciones, gritos con que desahoga, voces balbucientes, en que por
-instinto<span class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span> reproduce
-otras voces, y gritos, y rumores, y hasta el llantear de las criaturas,
-y el estruendo de las aguas despeñadas... Estos sonidos quedan ya en la
-oscura memoria de nuestro Padre ligados a las sensaciones que se los
-arrancan; de suerte que el aullido áspero que se le escapa al topar un
-canguro con su nidada embolsada en el vientre, de nuevo resonará en sus
-labios trompudos cuando otros canguros, huyendo de él, se embreñen en
-la sombría negra de los cañaverales.</p>
-
-<p>Cuenta la Biblia, con su exageración oriental, cándida y simple, que
-al entrar Adán en el Edén, distribuyó nombres a todos los animales y a
-todas las plantas, definitivamente, eruditamente, como si compusiese
-el Léxico de la Creación, entre Buffon, ya con sus puños, y Linneo, ya
-con sus lentes. ¡No! Eran apenas gruñidos roncos, mas verdaderamente
-augustos, porque todos ellos se fijaban en su conciencia, naciente
-como las toscas raíces de esa Palabra por la cual verdaderamente se
-humanizó, y llegó a ser después, sobre la tierra, tan sublime y tan
-burlesco.</p>
-
-<p>Con orgullo podemos pensar, que al descender nuestro Padre al borde
-del río Edénico, compenetrado de lo que <i>era</i>, ¡y cuán diverso de
-otros seres!, ya se afirmaba, se individualizaba, y batía en el pecho
-sonoro, y rugía soberbiamente: —¡Eheu! ¡Eheu! Luego, alongando los ojos
-relucientes por aquella agua que corría perezosamente hacia allá, ya
-prueba exteriorizar su espantado sentimiento de los espacios, y murmura
-con pensativa codicia: —¡Lhla! ¡Lhla!</p>
-
-
-<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span>II</h3>
-
-<p>Calmo, magníficamente fecundo, corría el noble río del Paraíso,
-por entre las islas, casi cubiertas bajo el peso del arbolado, todas
-fragantes y atronadas por el clamor de las cacatúas. Adán, trotando
-pesadamente por la orilla baja, ya siente la atracción de las aguas
-disciplinadas que andan y viven, esa atracción que será tan fuerte
-en sus hijos, cuando descubran en el río al servidor que sosiega,
-abona, riega, muele y acarrea. ¡Pero cuántos terrores especiales le
-horripilan aún, haciéndole correr con despavoridos saltos para detrás
-de las zarzas y de los chopos! En otras islas, de arena fina y rosada,
-reposan pedregosos cocodrilos, achatados sobre el vientre, que palpita
-muellemente, abriendo las hondas bocas en la tibia pereza de la tarde,
-absorbiendo todo el aire con un perfume de almizcle. Por entre los
-cañaverales, colean y refulgen gordas culebras, de cuello erguido, que
-miran a Adán con furor, dardeando y silbando. A nuestro Padre, que
-nunca las viera, es de creer que habían de figurársele pavorosas las
-inmensas tortugas del comienzo del mundo, pastando, con arrastrada
-mansedumbre, de la hierba de los prados nuevos. De improviso, una
-curiosidad le atrae, y casi resbala en la orilla lodosa, donde el agua
-roza y se agita. En la largueza del río explayado, una negra fila de
-aurocos, serenamente, con los cuernos altos y la espesa barba flotando,
-nada hacia la otra margen,<span class="pagenum" id="Page_16">p.
-16</span> campiña cubierta de rubias mieses, en la cual tal vez maduran
-ya las urbanas espigas de centeno y de maíz. Nuestro Padre venerable
-mira la fila lenta, mira el río lustroso, concibe el anublado deseo de
-atravesar también hacia aquellas lejanías en que las hierbas rebrillan,
-arriesga la mano en la corriente, la cual se la empuja para atrás, como
-para atraerle e iniciarle. Entonces gruñe, retira la mano, y sigue,
-con ásperas patadas, aplastando, sin percibir siquiera el perfume, las
-frescas fresas silvestres que ensangrientan el césped...</p>
-
-<p>Al cabo de un tiempo detiénese, considerando un bando de aves
-perchadas en un peñasco todo cubierto de guano, que acechan, con el
-pico atento, hacia abajo, en donde hierven las aguas apretadas. ¿Qué
-espían las blancas garzas? Un bando de lindos peces, que rompen contra
-la corriente, y saltan, centelleando en la clara espuma. De pronto, en
-un desabrido sacudir de alas blancas, una garza, luego otra, hiende el
-alto cielo, llevando, atravesado en el pico, un pez que se retuerce
-y reluce. Nuestro Padre venerable se rasca el costado. Ante aquella
-abundancia del río, su crasa gula también apetece una presa; y lanza la
-garza, y coge, en su vuelo sonante, coriáceos insectos que olfatea y
-muerde. Aunque nada ciertamente asombró al Primer Hombre como un grueso
-tronco de árbol medio podrido, que boyaba, descendía en la corriente,
-llevando sentados en una punta, con seguridad y gracia, dos bichos
-sedosos, rubios, de hocico experto, y fofas colas vanidosas. Corrió
-ansiosamente, enorme y descoyuntado, para seguirlos y observarlos;
-sus<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> ojos brillaban como
-si ya comprendiese la malicia de aquellos dos bichos, embarcados en un
-tronco de árbol, y viajando, bajo la suave frescura de la tarde, en el
-río del Paraíso.</p>
-
-<p>Entretanto, el agua que iba orillando hacíase más baja, turbia y
-tarda. En su extensión, no verdean islas, ni se mojan los patos en
-ella. Allá, ilimitadas casi, fundidas en las neblinas, adivínanse
-descampadas soledades, de donde sopla un viento lento y húmedo. Nuestro
-Padre venerable enterraba las patas en tierras blandas, a través de
-aluviones, de inmundicie silvestre, en la cual, para su intenso horror,
-chapoteaban enormes ranas, croando furiosamente. A poco, perdiose
-el río en una vasta laguna, oscura y desolada, resto de las grandes
-aguas sobre las que flotara el Espíritu de Jehová. Una humana tristeza
-oprimió el corazón de nuestro Padre. Del centro de gruesas burbujas,
-que se hinchaban en la tranquila lisura del agua triste, constantemente
-brotaban horrendas trombas, escurriendo algas verdes, que bufaban
-ruidosamente y hundíanse luego, como empujadas por el lodo viscoso.
-Cuando aconteció que de entre los altos y negros cañaverales, manchando
-la pureza del cielo de la tarde, se elevó, alargándose por encima de
-él, una nube estridente de moscardones voraces. Adán huye, atolondrado,
-surca arenales pegajosos, rasga el pelo en la aspereza de los cardos
-blancos que el viento retuerce, resbala por una vertiente de cascajo y
-guijarros, y para en una playa de arena fina. Jadea: sus largas orejas
-tiemblan, escuchando hacia en del lado de allá de las dunas, un vasto
-rumor que rueda,<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> abate
-y retumba... Es el mar. ¡Nuestro Padre traspone las pálidas dunas, y
-delante de él está el Mar!</p>
-
-
-<p class="mt2">Entonces fue el pavor supremo. De un salto, batiendo
-convulsamente los puños contra el pecho, retrocede hasta en donde tres
-pinos, muertos y sin rama, le ofrecen el refugio hereditario. ¿Por qué
-avanzan así, hacia él, sin cesar, en una hinchada amenaza, aquellos
-rollos verdes, con su crin de espuma, y se arrojan, se despedazan,
-hierven y babosean rudamente la arena? El resto de la vasta agua
-permanece inmóvil, como muerta, con una gran mancha de sangre que
-palpita. De seguro que toda esa sangre cayó de la herida del sol,
-redonda y bermeja, sangrando encima, en un cielo dilacerado por hondos
-golpes ya rojos. Más allá de la niebla lechosa que cubre las lagunas
-de los charcos salados, adonde la marea aún llega y se explaya lejos,
-un monte flamea y humea. Y siempre delante de Adán, contra Adán, los
-verdes rollos de verdes ondas avanzan, y retumban, y tienden la playa
-de algas, de conchas, de gelatinas que albean lívidamente.</p>
-
-<p>¡Mas he ahí que todo el mar se puebla! Encogido contra el pino,
-nuestro Padre venerable vuelve los ojos inquietos y trémulos, aquí y
-acullá, a las rocas cubiertas de sargazo, en donde gordísimas focas
-bamboléanse majestuosamente; hacia los chorros de agua, que brotan a
-lo alto, hasta las nubes rojas y recaen en una lluvia ardiente; a una
-linda flota de conchas, inmensas conchas blancas y nacaradas,<span
-class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span> bogando de bolina,
-circundando las peñas, con maniobra elegante... Adán se asombra sin
-saber que estas son las Amonites, y que ningún otro hombre, después
-de él, verá la lucida y rósea armada singlando en los mares de este
-mundo. ¡Él la admira, quizá con la impresión inicial de la belleza de
-las cosas, cuando bruscamente, en un temblor de surcos blancos, toda la
-maravillosa flota zozobra! Con el mismo salto muelle, las focas caen
-en las aguas profundas. Pasa un terror, un terror levantado del mar,
-tan intenso que un bando de albatros muy seguro sobre una escarpadura,
-bate, con irritados gritos, el vuelo despavorido.</p>
-
-<p>Nuestro Padre venerable aferra la mano a un vástago de pino, y
-sonda, horrorizado, la inmensidad desierta. Y estando así, a lo lejos,
-bajo el pálido resplandor del sol que se esconde, lentamente, un
-inmenso dorso sale de las aguas, como una larga colina, toda espetada
-de negras, agudas astillas de roca. ¡Y avanza! Precediéndolo un
-tumulto de burbujas se remolina y revienta; y de entre ellas emerge,
-por último, respirando hondamente, una tromba disforme de fauces
-entreabiertas, donde centellean y se sumen bancos de peces que sus
-sorbos vienen tragando...</p>
-
-<p>¡Es un monstruo, un pavoroso monstruo marino! Es de suponer que
-nuestro Padre, olvidando toda su dignidad humana (aún reciente), trepó
-desesperadamente por el pino hasta donde las ramas terminaban. Pero
-hasta en aquel abrigo, sus poderosas quijadas temblaban, en un miedo
-convulso, ante el horrendo ser surgido de las profundidades. Con
-un<span class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> sonido raspante,
-despedazando conchas, guijarros y corales, el monstruo cae en la arena,
-que cava profundamente, y sobre la cual retesa las dos patas, más
-gordas que troncos de teca, con las uñas enrolladas de algas marinas.
-De la caverna de sus fauces, a través de los dientes terríficos, que
-las algas y musgos verdean, sopla un vaho espeso de fatiga y de furor,
-tan fuerte, que hace girar las algas secas y las conchas ligeras.
-Entre la corteza pedregosa que le cubre la frente, negrean dos cuernos
-cortos y romos. Sus ojos lívidos y vítreos, son como dos enormes lunas
-muertas. La inmensa cola dentada arrastra por el mar distante, y a cada
-coletazo levanta una tempestad.</p>
-
-<p>Por estas facciones, poco amables, ya reconocísteis al Ictiosaurio,
-el más horrendo de los cetáceos concebidos por Jehová. ¡Era él!,
-tal vez el último que duró en las tinieblas oceánicas hasta este
-memorable día de 28 de agosto, a fin de que nuestro Padre entreviese
-los orígenes de la Vida. Está enfrente de Adán, ligando los tiempos
-viejos a los tiempos nuevos, y con las escamas del dorso enfurecidas
-muge devastadoramente. Enroscado en el tronco alto, nuestro Padre
-venerable aúlla de vivo horror... Y he aquí que, del lado de los
-charcos anublados, un silbo hiende los cielos, silbado y lanzado,
-como el de un áspero viento en una garganta de serranía. ¿Qué es?
-¿Otro monstruo? Sí, el Plesiosaurio. Es también el último Plesiosaurio
-que corre del fondo de los pantanos. Y ahora se traba de nuevo para
-asombro del primer Hombre (y gusto de los Paleontólogos), el combate
-que fue la desolación<span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span>
-de los pre-humanos días de la Tierra. Allí aparece la fabulosa cabeza
-de Plesio, terminada en pico de ave, pico de dos brazas, más agudo
-que el dardo más agudo, erguida sobre un larguísimo y fino pescuezo,
-que ondula, arquea, hiere y silba con pavorosa elegancia. Dos aletas
-de incomparable rigidez vienen moviendo su disforme cuerpo, muelle,
-glutinoso, todo en arrugas, manchado por una lepra de hongos verdosos.
-Tan inmenso es así, arrastrándose, con el pescuezo empinado que,
-delante de la duna donde se levantan los pinos, en los cuales se
-refugia Adán, parece otra duna negra sustentando un pino solitario.
-Avanza furiosamente. Y de repente, ármase un horroroso tumulto de
-mugidos y silbidos y choques retumbantes y torbellinos de arena y
-gruesos mares brotando. Nuestro Padre venerable salta de un pino a
-otro, temblando tanto, que con él tiemblan los troncos. Cuando se
-arriesga a espiar, en punto en que aumentan los bramidos, solo percibe
-en la enrollada masa de los dos monstruos, a través de una niebla
-de espuma que los chorros de sangre enrojecen, el pico de Plesio
-enterrado en el vientre muelle de Ictio, cuya cola, erguida se retuerce
-furiosamente en la palidez de los cielos espantados. ¡Nuestro Padre
-venerable esconde otra vez la faz! Un gemido de monstruosa agonía rueda
-por la playa. Las pálidas dunas se estremecen, resuenan las cavernas
-lúgubres. Sucede luego una paz muy larga, en que el ruido del mar
-Océano no es más que un consolado murmurio de alivio.</p>
-
-<p>Adán espía refugiado entre las ramas... El Plesio<span
-class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> retrocediera herido hacia la
-tibia cama de un pantano. Sobre la playa yace muerto el Ictio, como una
-colina en donde las olas de la tarde se quiebran.</p>
-
-<p>En esto, nuestro Padre venerable deslízase cautelosamente de su pino
-y se acerca al monstruo. La arena, en derredor, está horriblemente
-revuelta; y por toda ella, en lentos surcos, en pozas oscuras, humea la
-sangre, mal chupada. Tan montañoso es el Ictio, que Adán, irguiendo la
-faz asombrada, ni alcanza a ver las púas del monstruo, erizadas a lo
-largo de aquel escarpado espinazo, al cual el pico de Plesio arrancó
-escamas más pesadas que piedras. Delante de las manos trémulas del
-Hombre, están los rasgones del vientre muelle, por donde chorrea la
-sangre, y salen las grasas, e inmensas tripas escurren, y penden fibras
-desgarradas de carne rosada... Las chatas ventanas de la nariz de
-nuestro Padre venerable se alargan y olfatean.</p>
-
-<p>En toda aquella tarde caminara, desde la Floresta, a través del
-Paraíso, chupando bayas, royendo raíces, comiendo los insectos de
-cáscara picante.</p>
-
-<p>Mas ahora el sol penetró en el mar, y Adán tiene hambre, en ese
-arenal estéril, donde solo albean cardos que el viento retuerce. ¡Oh,
-aquella carne roja, sangrienta, aún viva, que exhala un olor tan fresco
-y salino! Sus romas mandíbulas se abren ruidosamente en un bostezo
-disgustado y famélico... El Océano oscila, como adormecido... Entonces,
-irresistiblemente, Adán entierra en una de las heridas del saurio los
-dedos que lame y rechupa, blandos de grasas y sangre. El espanto de un
-sabor nuevo<span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> inmoviliza
-al hombre frugal que viene de las hierbas y de las frutas. Luego, con
-un salto, arremete contra las montañas de la abundancia, y arranca una
-fibra que parte y traga, gruñendo, con un furor y una prisa, en que hay
-el gozo y hay el miedo de la primera carne comida.</p>
-
-
-<p class="mt2">En habiendo cenado así, tajadas crudas de un monstruo
-marino, nuestro Padre venerable siente una gran sed. Los pozos que
-rebrillan en la arena son salados. Con los labios empastados de grasa y
-de sangre, pesado y triste, bajo el callado crepúsculo, Adán, atraviesa
-las dunas, reentra en las tierras, rebuscando desaladamente agua dulce.
-En aquellos tiempos de universal humedad, por todo el césped, huía y
-murmuraba un arroyo. Al cabo de un tiempo, extendido en una orilla
-lodosa, Adán bebió consoladamente, en sorbos profundos, bajo el vuelo
-espantado de moscas fosforescentes que se le prendían en la melena.</p>
-
-<p>Era junto a un bosque de encinas y hayas. La noche, que ya se
-adensara, ennegrecía una llanura cubierta de plantas, donde la malva
-se recostaba a la menta y el perejil al hongo ligero. En ese fresco
-espacio, penetró nuestro Padre venerable, cansado por la marcha y los
-espantos de aquella tarde del Paraíso; y apenas se extendiera en la
-alfombra olorosa, con la hirsuta faz posada sobre las palmas unidas,
-las rodillas encogidas contra el vientre distendido como un tambor,
-se sumergió en un sueño como jamás lo había tenido, todo poblado de
-sombras movientes, que eran aves construyendo una<span class="pagenum"
-id="Page_24">p. 24</span> casa, patas de insectos tejiendo una tela,
-dos bichos bogando en las aguas arrolladoras.</p>
-
-<p>Cuenta la leyenda que entonces, en torno del Primer Hombre
-adormecido, comenzaron a surgir, por entre las matas bajas, hocicos
-olfateantes, finas orejas tiesas, ojitos reluciendo como botones de
-azabache, y espinazos inquietos que la emoción arqueaba, en tanto
-que, de las cumbres de las encinas y de las hayas, en un apagado
-estremecimiento de alas, se tendían picos curvos, picos retesos, picos
-bravíos, picos pensativos, todos albeando en la claridad tenue de la
-luna, que subía por detrás de los montes y bañaba las altas frondas.
-Después apareció una hiena, cojeando, maullando con lástima, en el
-borde del claro. A través de la campiña trotaron dos lobos flacos,
-famélicos, con los verdes ojos encendidos. No tardaron los leones, con
-las reales faces erguidas, soberanamente arrugadas, en una profusión
-de melenas flotantes. En confusa manada, que llegaba bufando, los
-cuernos de los aurocos entrechocaban con impaciencia los retoños
-palmares de las renas. Todos los pelos se erizaron cuando el tigre y
-la pantera negra, ondulando callada y aterciopeladamente, resbalaran,
-con las lenguas pendientes y bermejas como coágulos de sangre. De los
-valles, de las sierras, de las rocas, acudían otros, con una prisa
-tan ansiosa, que los horrendos caballos primitivos se empinaban por
-encima de los canguros y la trompa del hipopótamo, escurriendo algas,
-empujaba las ancas lentas del dromedario. Entre las patas y los cascos
-apiñados coleaban en alianza el hurón, la lagartija, la comadreja, la
-culebra<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span> fulgente que
-engulle a la comadreja, y la alegre mangosta que asesina a la culebra.
-Un bando de gacelas tropezaba, lastimándose las piernas finas contra la
-costra de los cocodrilos, que subían en fila del borde de las lagunas,
-con las bocas preparadas y gimiendo. Toda la planicie palpitaba,
-bajo la luna, en el muelle movimiento de dorsos apretados, del cual
-se erguía, ora el pescuezo de la jirafa, ora el cuerpo del boa, como
-mástiles náufragos balanceados entre olas. Y, en fin, conmoviendo el
-suelo, llenando el cielo, con la trompa enrollada entre los dientes
-curvos, asomó el rugoso mastodonte.</p>
-
-<p>Era toda la Animalidad del Paraíso que, sabiendo que el Primer
-Hombre hallábase dormido, sin defensa, en un bosque desierto, corría
-con la inmensa esperanza de destruirlo y eliminar de la tierra la
-Fuerza Inteligente, destinada a someter a la Fuerza Bruta. Sin embargo,
-en aquella pavorosa turba que humeaba, se atropellaba al borde del
-claro, en donde Adán dormía sobre la menta y la malva, ninguna fiera
-avanzaba. Relucían los fieros dientes, fieramente amenazadores; todos
-los cuernos acometían; cada garra salida despedazaba con ansia la
-tierra blanda; y los picos, desde lo alto de las ramas, atravesaban los
-hilos de la luna con picotazos hambrientos... Mas ni ave descendía,
-ni fiera avanzaba, porque al lado de Adán velaba una Figura seria y
-blanca, de blancas alas cerradas, los cabellos sujetos con un aro de
-estrellas, el pecho guardado por una coraza de diamante, y las dos
-refulgentes manos apoyadas en el puño de una espada que era de lumbre,
-y vivía.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>Despuntó la aurora
-con ardiente pompa, comunicando a la tierra alegre, a la tierra
-bravíamente alegre, a la tierra aún sin andrajos, a la tierra aún sin
-sepulturas, una alegría superior, más grave, religiosa y nupcial.
-Adán despertó; y restregándose los párpados, en la sorpresa de su
-despertar humano, sintió sobre el costado un peso dulce y suave. En
-aquel terror, que desde los árboles no desamparaba su corazón, saltó,
-y con tan ruidoso salto, que por la selva, los mirlos, los ruiseñores,
-las currucas, todos los pajaritos de fiesta y de amor, despertaron
-y rompieron en un canto de congratulaciones y de esperanzas. Y ¡oh
-maravilla! delante de Adán, y como despegado de él, estaba otro ser,
-a él semejante, pero más esbelto, suavemente cubierto de un pelo más
-sedoso, que lo contemplaba con grandes ojos lustrosos y líquidos. Una
-cabellera rubia, de un rubio tostado, caía en espesas ondas hasta sus
-caderas redondeadas, en una plenitud armoniosa y fecunda. De entre
-los brazos, que cruzara, surgían abundantes y erguidos los dos pechos
-de color de madroño, con un vello crespo orlando la mamila, que se
-enristraba entumecida. Y rozando, con un rozar lento, con un rozar muy
-dulce, las rodillas peladas, todo aquel sedoso y tierno ser ofrecíase
-con una sumisión embelesada y lasciva. Era Eva... ¡Eras tú, madre
-venerable!</p>
-
-
-<h3 title="III"><span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span>III</h3>
-
-<p>Comenzaron entonces para nuestros Padres los días abominables del
-Paraíso.</p>
-
-<p>Su constante y desesperado esfuerzo fue sobrevivir, en medio de
-una Naturaleza que, sin cesar y furiosamente, tramaba su destrucción.
-¡Adán y Eva pasaron esos tiempos, que los Poemas semíticos celebran
-como inefables, temblando siempre, siempre riñendo y huyendo! La tierra
-aún no era una obra perfecta; y la divina Energía, que la andaba
-componiendo, incesantemente la enmendaba, con inspiración tan móvil,
-que en un lugar cubierto al amanecer por una floresta, de noche, se
-espejaba una laguna en donde la Luna, ya doliente, venía a observar
-su palidez. ¡Cuántas veces nuestros Padres, reposando en la cuesta de
-un otero inocente, entre el serpol y el romero, Adán con el rostro
-descansando sobre el muslo de Eva, Eva con dedos ágiles espulgando
-el pelo de Adán, fueron sacudidos por la pendiente amena como por un
-dorso irritado, y rodaron, confundidos, entre el retumbo, y la llama,
-y la humareda, y la ceniza caliente del volcán que improvisara Jehová!
-Cuántas noches escaparon, aullando, de alguna abrigada caverna, cuando
-ya sobre ella corría un gran mar hinchado que bramaba, se desarrollaba,
-y quedaba hirviendo entre las rocas, con negras focas muertas bogando.
-O cuando no era el suelo, el suelo seguro, ya social y fertilizado
-para las siembras sociables, que de improviso<span class="pagenum"
-id="Page_28">p. 28</span> rugía como una fiera, abría una insondable
-garganta y tragaba rebaños, prados, nacientes cosechas, benéficos
-cedros con todas las tórtolas que se arrullaban en ellos.</p>
-
-<p>Después eran las lluvias, las largas lluvias Edénicas, cayendo en
-chorros clamorosos, durante inundados días, durante torrentosas noches,
-tan desmedidamente que del Paraíso, vasto charco barroso, apenas
-aparecían las puntas del arbolado sumergido en el agua, y las cumbres
-de los montes llenas de bichos transidos que bramaban con el terror de
-las aguas sueltas. Entretanto, nuestros Padres, refugiados en alguna
-erguida roca, gemían lamentablemente, escurriéndoseles ríos de los
-hombros y de los pies, de modo que parecía que el barro nuevo de que
-Jehová los hiciera se estaba ya deshaciendo.</p>
-
-<p>Más terríficos aún eran los estíos. ¡Oh, el incomparable
-tormento de las sequías en el Paraíso! Lentos días tristes, tras
-lentos días tristes, la inmensa brasa del sol candente coruscaba
-furiosamente en un cielo de color de cobre, en que el aire bazo y
-espeso ardía y crepitaba. Los montes estallaban agrietados; y las
-planicies desaparecían bajo una ennegrecida capa de hilos retorcidos,
-enmarañados, rígidos como alambres, que eran los restos de los verdes
-pastos. Todo el manchado follaje rodaba en los vientos abrasados, con
-rugidor ruido. El lecho de los ríos chupados tenía la rigidez del
-hierro fundido. El musgo escurría por las rocas, en manera de una piel
-seca que se despega, descubriendo largos huesos. Ardía un bosque cada
-noche, hoguera restallante,<span class="pagenum" id="Page_29">p.
-29</span> de leña resequida, escaldando más la bóveda del horno
-inclemente. Estaba todo el Edén cubierto de buitres y cuervos, porque,
-con tanto animal muerto de hambre y de sed, abundaba la carne podrida.
-La poca agua que restaba en el río, movíase apenas, atascada por la
-masa hirviente de culebras, ranas, nutrias, tortugas, refugiadas en
-aquel último fundamento, lodoso y tibio. Nuestros Padres venerables,
-con las magras costillas arqueadas contra el pelo chamuscado, la lengua
-pendida y más dura que corcho, erraban de fuente en fuente, sorbiendo
-desesperadamente alguna gota que aún brotase, gota rara, que silbaba al
-caer sobre las piedras abrasadas...</p>
-
-<p>Así Adán y Eva huyendo del Fuego, huyendo de la Tierra, huyendo del
-Aire, empezaban la vida en el Jardín de las delicias.</p>
-
-<p>¡En medio de tantos peligros constantes y fragantes, era necesario
-comer! ¡Ah! ¡Comer, qué portentosa empresa para nuestros Padres
-venerables! Sobre todo, desde que Adán (y después Eva, por Adán
-iniciada) habiendo probado los deleites fatales de la carne, ya no
-encontraban sabor, ni hartura, ni decencia en los frutos, en las
-raíces y en las uvas del tiempo de su Animalidad. Las buenas carnes
-no faltaban en el Paraíso, ciertamente. Sería delicioso el salmón
-primitivo, mas nadaba alegremente en las aguas rápidas. Sería sabrosa
-la becada, o el faisán rutilante, nutridos con los granos que el
-Creador considerara buenos, mas volaban por los cielos, en triunfal
-seguridad. El conejo, la liebre... ¡qué ligeros huían por el matorral
-oloroso!... Nuestro Padre,<span class="pagenum" id="Page_30">p.
-30</span> en esos días cándidos, no poseía el anzuelo ni la flecha. Por
-eso, rondaba sin cesar en torno de las lagunas, en las márgenes del
-mar en donde casualmente encallaba bogando algún cetáceo muerto. Esos
-hallazgos de la abundancia eran raros, y la triste pareja humana, en
-sus marchas hambrientas, orillando las aguas, conquistaba solamente,
-aquí y allá, en los peñascos o en la arena revuelta, algún feo cangrejo
-en cuyo duro caparazón se desgarraban sus labios. Esas soledades
-marinas hallábanse también infestadas por bandos de fieras que, como
-Adán, esperaban que la marea arrojase los peces vencidos en borrasca
-o batalla. ¡Cuántas veces nuestros Padres, ya con la garra clavada
-en una tajada de foca o de delfín, huían desconsoladamente, sintiendo
-el paso fofo del horrendo cavernario, o el aliento de los osos blancos,
-bamboleándose por el blanco arenal, bajo la blanca indiferencia de la
-Luna!</p>
-
-<p>De cierto, su ciencia hereditaria de trepar a los árboles,
-socorrería a nuestros Padres en esta conquista de la presa.
-¡Cuando acontecía que bajo el ramaje del árbol, desde donde ellos,
-solapadamente, espiaban, veían aparecer algún cabrito suelto, o una
-tortuga moza y bisoña arrastrándose hacia la hierba húmeda, tenían
-banquete seguro! En un momento, el cabrito quedaba despedazado, toda
-su sangre chupada en sorbos convulsos; y Eva, nuestra Madre fuerte,
-gritando sombríamente, arrancaba una por una, de entre la concha, las
-patas de la tortuga... ¡Cuántas veces, de noche, después de ayunos
-angustiosos, los Elegidos de la Tierra, veíanse<span class="pagenum"
-id="Page_31">p. 31</span> forzados a ahuyentar la hiena, con fuertes
-voces, a través de los prados, para robarle un oso fétidamente
-baboseado, que eran ya las sobras de un león harto! Sucedían días
-peores en que el hambre reducía a nuestros Padres a retrogradarse a
-la desagradable frugalidad del tiempo del Árbol; a las hierbas, a los
-brotes, a las raíces amargas, ¡conociendo así, entre la abundancia del
-Paraíso, la primera forma de la Miseria!</p>
-
-<p>¡En el transcurso de estos trabajos, no les desamparaba el terror de
-las fieras! Porque si Adán y Eva comían los bichos flacos y dóciles,
-ellos, al mismo tiempo, eran también una presa apetecida por todos los
-brutos superiores. Comerse a Eva, tan redonda y carnosa, fue de seguro
-el sueño de muchos tigres en los juncales del Paraíso. ¡Cuánto oso,
-ocupado en robar panales de miel en un descarnado tronco de roble, no
-se detuvo, y se balanceó, y se lamió el hocico en una gula más fina, al
-encontrarse, por detrás del ramaje, en un rebrilleo errante del sol, el
-sombrío corpachón de nuestro Padre venerable! Ni el peligro venía solo
-de las hordas hambrientas de carnívoros, mas aun de los lentos y hartos
-herbívoros, el auroco, el uros, el ciervo-elefante, que alegremente
-cornearían y maltratarían a nuestros Padres, por estupidez, desemejanza
-de raza y olor, empleo de vida ociosa. Y aumentábanse aún los que
-mataban y no podían matárseles, porque Miedo, Hambre y Furor, fueron
-las leyes de la vida en el Paraíso.</p>
-
-<p>Claro está que nuestros Padres eran también feroces, de fuerzas
-tremendas, y perfectos en el arte<span class="pagenum" id="Page_32">p.
-32</span> salvador de trepar a las cimas frondosas. ¡Mas el leopardo
-saltaba de rama en rama, sin rumor, con una destreza más segura y
-felina! La boa llegaba con la cabeza hasta los vástagos extremos del
-más levantado cedro para coger los monos, y bien podía engullirse a
-Adán, con aquella obtusa incapacidad que las boas tuvieron siempre
-para distinguir, bajo la similitud de las formas, la diversidad de los
-méritos. ¿De qué valían las garras de Adán, aun aliadas a las garras
-de Eva, contra esos pavorosos leones del Jardín de las delicias que
-la zoología, todavía hoy horripilada, llama el <i>Leo Anticus</i>? ¿O
-contra la hiena de las cavernas, tan osada, que en los primeros días
-del génesis, los Ángeles, cuando descendían al Paraíso, caminaban
-siempre con las alas plegadas, por temor de que ella, saltando de
-entre los bambús, no les arrancase las plumas refulgentes? ¿O contra
-los perros, los horrendos perros del Paraíso, que atacando en cerradas
-y ululantes huestes, fueron, en los comienzos del Hombre, los peores
-enemigos del Hombre?</p>
-
-<p>Entre toda esta animalidad adversa, Adán no contaba un aliado;
-sus propios parientes, los Antropoides, envidiosos y farsantes,
-le apedreaban con enormes cocos. Solo un animal, y formidable,
-conservaba por el Hombre una majestuosa y pachorrienta simpatía. Era
-el Mastodonte. Mas la anublada inteligencia de nuestro Padre, en esos
-días Edénicos, aún no comprendía la bondad, la justicia, el servicial
-corazón del paquidermo admirable. Por lo cual, cierto de su flaqueza
-y de su aislamiento, vivió durante esos trágicos años, en un ansiado
-terror.<span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span> Tan ansiado y
-largo, que su miedo, como una continua ondulación, se perpetuó por toda
-su descendencia, y es el viejo miedo de Adán que nos torna inquietos,
-cuando atravesamos el matorral más seguro en la soledad crepuscular.</p>
-
-<p>Y luego consideremos que aún restaban por el Paraíso, entre
-bichos de formas racionales, pulidas, ya preparadas para la prosa
-noble de Mr. de Buffon, algunos de los grotescos monstruos que
-deshonraron a la Creación antes de la madrugada purificadora del 25
-de octubre. Seguramente Jehová evitó a Adán el degradante honor de
-vivir en el Paraíso en compañía de ese escandaloso engendro a que los
-Paleontologistas, asombrados, dieron el nombre de Iguanodon. En la
-víspera del advenimiento del Hombre, Jehová, muy benévolamente, ahogó
-todos los Iguanodones en el lodo de un pantano, en un rincón escondido
-del Paraíso, donde hoy se extiende Flandres. Pero Adán y Eva aún
-conocieron los Pterodáctilos. ¡Oh, los Pterodáctilos!... Cuerpos de
-Jacaré, escamosos y emplumados; dos lúgubres, negras, carnudas alas de
-murciélago; un pico disparatado, más gordo que el cuerpo, tristemente
-caído, erizado de cientos de dientes, finos como los de una sierra.
-¡Y no volaba! Descendía con las alas muelles y mudas, y en ellas
-arrebujaba la presa como en un paño viscoso y helado para partirla en
-pedazos con los estallantes golpes de sus mandíbulas fétidas. Este
-funambulesco avechucho enturbiaba el cielo del Paraíso con la misma
-abundancia con que los mirlos o las golondrinas cruzan los santos
-aires de Portugal. Torturados<span class="pagenum" id="Page_34">p.
-34</span> los días de nuestros Padres venerables, nunca su pobre
-corazón se agitaba tanto como cuando del lado de allá de los montes
-veníase despeñando con siniestro estridor de alas y picos el vuelo de
-los Pterodáctilos. ¿Cómo sobrevivieron nuestros Padres en este Jardín
-de las delicias? ¡Indudablemente brilló y trabajó mucho la espada del
-Ángel que los guardaba!</p>
-
-
-<p class="mt2">¡Pues bien, amigos míos! A todos estos furiosos
-seres debe el hombre su carrera triunfal. Sin los Saurios, y los
-Pterodáctilos, y la Hiena de las cavernas, y el horripilante terror que
-esparcían, y la necesidad de tener, contra su ataque, siempre bestial,
-una defensa siempre racional, la Tierra permanecería siendo un temeroso
-Paraíso, en donde erraríamos todos, desgreñados y desnudos, chupando
-por las márgenes de los mares, las grasas crudas de los monstruos
-naufragados. Al encogido miedo de Adán débese la supremacía de su
-descendencia. El bicho perseguidor fue quien le forzó a subir a las
-cumbres de la Humanidad. ¡Bien sabedores de los orígenes se muestran
-los poetas Mesopotámicos del génesis en aquellos sutiles versículos
-en que un animal, y el más peligroso, la Serpiente, lleva a Adán, por
-amor de Eva, a coger el fruto del saber! Si no rugiese en otro tiempo
-el León de las cavernas, no trabajaría hoy el Hombre de las ciudades,
-porque la civilización nació del desesperado esfuerzo defensivo contra
-lo Inanimado y lo Inconsciente. Realmente, la sociedad es la obra de
-la fiera. Que la Hiena y el Tigre, en el Paraíso, comenzasen<span
-class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span> por acariciar lánguidamente
-el hombro peludo de Adán con pata amiga, y Adán habríase hecho hermano
-del Tigre y de la Hiena, compartiendo con ellos sus chozas, sus presas,
-sus ocios y sus gustos bravíos, y la Energía inteligente que le
-había hecho descender del Árbol, a seguida se apagaría, dentro de su
-brutalidad inerte, a la manera que se apaga el fuego, aun entre ramas
-secas, si un frío soplo, viniendo de un agujero oscuro, no lo estimula
-a vivir para vencer la frigidez y la oscuridad.</p>
-
-<p>Y una tarde (como enseñaría el exacto Usserius), saliendo Adán y
-Eva de la espesura de un bosque, un oso enorme, el Padre de los Osos,
-apareció delante de ellos, irguió las negras patas, abrió la boca
-sangrienta... Y estando así, cogido, sin refugio, en la apresurada
-ansia de defender a su hembra, el Padre de los Hombres lanzó contra
-el Padre de los Osos el cayado en que se apoyaba, un fuerte retoño de
-teca, arrancado en el bosque, que terminaba en punta aguda... Y el palo
-atravesó el corazón de la fiera.</p>
-
-
-<p class="mt2">¡Ah! Verdaderamente, desde esa bendita tarde hubo sobre
-la tierra un Hombre.</p>
-
-<p>Ya era un Hombre, y superior, cuando dio un paso espantado y
-arrancó el palo del pecho del monstruo extendido, y le miró la punta,
-que goteaba sangre, con la frente toda arrugada, en el afán de
-comprender. Resplandecieron sus ojos en un deslumbrado triunfo. Adán
-comprendiera...</p>
-
-<p>¡Ni se cuidó siquiera de la buena carne del oso! Retornó a
-la floresta, y durante toda la tarde, en<span class="pagenum"
-id="Page_36">p. 36</span> tanto la luz se arrastró por las frondas,
-arrancó ramas a los troncos cautelosamente, diestramente, de modo
-que las puntas rompiesen bien afiladas y agudas. ¡Ah! ¡Qué soberbio
-estallar de astas por el hondo bosque, a través de la frescura y de
-la sombra para la obra de la primera Redención! Selva amable, que
-fuiste la primera fábrica, ¡quién supiera en dónde yaces, en tu secular
-sepultura, tornada negro carbón!... Cuando salieron del bosque,
-humeando de sudor para retraerse a la choza distante, nuestros Padres
-venerables se humillaban bajo el peso glorioso de dos grandes haces de
-armas.</p>
-
-<p>Desde entonces no cesan los hechos del Hombre. Los cuervos y los
-chacales aún no habían descarnado la osamenta del Padre de los Osos,
-y ya nuestro Padre raja una punta de su cayado victorioso; entablilla
-en la hendedura uno de esos guijarros afilados y picudos, en los
-cuales a las veces se herían sus patas, descendiendo a la orilla de
-los ríos, y asegura el fino astillazo en la raja, con las vueltas muy
-apretadas de una fibra de enredadera seca. ¡Y he aquí la lanza! Como
-esas piedras no abundan, Adán y Eva ensangrientan las garras, tentando
-hendir los pedruscos redondos de sílex en astillas cortas de manera que
-vengan perfectas, con punta y con filo para rasgar y clavar. Resístese
-la piedra, poco deseosa de ayudar al Hombre, al cual, en los días
-genesíacos del grande octubre, quisiera suplantar (como cuentan las
-prodigiosas crónicas de Backun). Mas de nuevo ilumínase la faz de Adán,
-con una idea que la surca, como chispa emanada de<span class="pagenum"
-id="Page_37">p. 37</span> la Eterna Sabiduría. Coge un pedrusco, bate
-la roca, arranca la astilla... ¡Y he aquí el martillo!</p>
-
-<p>Pasado algún tiempo, en otra tarde bendita, costeando una oscura y
-bravía colina, avizora, con aquellos ojos que ya rebuscan y comparan,
-un guijarro negro, áspero, facetado, sombríamente lúcido. Se asombra
-de su peso, y a seguida presiente en él un mazo superior, de decisiva
-dureza. ¡Con qué alborozo lo lleva, agarrado contra el pecho, para
-romper el sílex rebelde! Adán acudió a la orilla del río, en donde Eva
-le esperaba, y martilleó reciamente sobre el pedernal... ¡Oh, espanto!
-¡Salta una chispa, refulge, muere! ¡Ambos retroceden, se miran con un
-terror casi sagrado! Es una luz, una luz viva, que arrancó él mismo con
-sus manos de la roca bruta, semejante a la luz que radia de entre las
-nubes. Bate de nuevo, temblando. La chispa brilla, la chispa pasa, y
-Adán remira y olfatea el oscuro guijarro. No comprende. Nuestros Padres
-venerables, pensativos, con los cabellos al viento, tomaron la vuelta
-de la choza acostumbrada, que se halla en la pendiente de un cerro,
-junto a una fuente que borbotea entre helechos.</p>
-
-<p>Pero a solas, Adán, en su retiro, con una curiosidad en donde late
-una esperanza, de nuevo entablilla el sílex, grande como una calabaza,
-entre los callosos pies, y recomienza a martillear, bajo el aliento de
-Eva, que apoyada de bruces, sopla. La chispa salta siempre, y rebrilla
-en la sombra, tan refulgente como aquellas luces que ahora palpitan,
-miran, desde allá, de las alturas. Pero aquellas luces permanecen,
-a través de la negrura del cielo y de la<span class="pagenum"
-id="Page_38">p. 38</span> noche, vivas, espiando en su radiación. Y
-aquellas estrellitas de piedra, apenas viven, y ya mueren... ¿Se las
-llevaría el viento, que se lleva todo, voces, nubes y hojas? Para huir
-del viento malévolo que ronda en el monte, nuestro Padre venerable se
-alonga hasta el fondo más abrigado de la caverna, en donde se afofan
-las capas de heno muy seco, que forman su lecho. De nuevo hiere la
-piedra, despidiendo chispa tras chispa, en tanto Eva, agachada, abriga
-con las manos aquellos refulgentes y fugitivos seres. Estando en esto,
-he aquí que del heno se eleva una columnita de humo, que aumenta, se
-enrosca, y a través de la cual, rojea y resalta una llama... ¡Es el
-fuego! Nuestros Padres huyen desoladamente de la caverna, oscurecida
-por una humareda olorosa, en donde flamean alegres, rutilantes lenguas,
-que lamen la roca. Acurrucados en la puerta de la choza, ambos, tomados
-del pasmo y terror de su obra, míranse, con los ojos llorosos por el
-humo acre; mas a pesar del susto y del espanto, sienten una nueva
-dulzura que los penetra y que de seguro viene de aquella luz y de aquel
-calor... Ya el humo se escapó de la caverna; el viento robador se lo
-llevó. Arrástranse las llamas, inciertas y azuladas; a poco, solo
-resta una ceniza mezclada con algunas brasas que palidece, y se abate
-hecha carbón: la última chispa corre, se estremece y pasa. ¡Murió el
-fuego! Entonces, en el alma naciente de Adán, entra el dolor de una
-ruina. Chupa desesperadamente los grandes labios y gime. ¿Sabrá jamás
-recomenzar el hecho maravilloso?... Nuestra madre, ya consoladora, es
-quien le consuela con sus rudas<span class="pagenum" id="Page_39">p.
-39</span> manos conmovidas, porque realiza su primera obra sobre la
-tierra; junta otro montón de heno seco, coloca encima el sílex redondo,
-toma el oscuro guijarro, bate fuertemente, produciendo un chispear de
-estrellitas, y de nuevo se inicia el humo y otra vez refulge la llama.
-¡Oh, triunfo, he ahí la hoguera, la hoguera inicial del Paraíso, y
-no casualmente nacida, sino encendida por una clara voluntad, que
-ahora, para todo, y siempre, cada día y cada mañana, podrá repetir con
-seguridad la hazaña suprema!</p>
-
-<p>A nuestra madre venerable pertenece, desde entonces, en la choza,
-la dulce y augusta tarea de la Lumbre. Ella la cría, la nutre, ella la
-defiende, ella la perpetúa. Como madre deslumbrada, va descubriendo
-día por día, en ese resplandeciente hijo de sus cuidados, una virtud
-o gracia nuevas. Ahora ya sabe Adán que su fuego espanta a todas las
-fieras, y que, al fin, existe en el Paraíso una cueva segura, que es
-la suya. No solo segura, sino amable, porque el fuego la alumbra, la
-calienta, la alegra y la purifica. Así que cuando Adán, con un haz de
-lanzas, desciende a la planicie o se embreña en la selva para cazar,
-ya mata con ansia redoblada, a fin de retornar lo más pronto a aquella
-seguridad y consolación de la lumbre. ¡Ah, qué dulcemente le penetra, y
-le seca en el cabello la frialdad de las matas, y dora como un sol los
-peñascos de su choza! Y, además, le cautiva los ojos, y lo exalta, y lo
-guía en un soñar fecundo, en que inspiradamente se le aparecen formas
-de flechas, martillos con mango, gruesos cuervos que pescan los peces,
-astillas dentadas<span class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span> que
-sierran el palo... ¡A su fuerte hembra debe Adán esta hora creadora!</p>
-
-<p>¡Y cuánto no le debe la Humanidad! Recordemos, hermanos, que
-nuestra Madre, con aquella adivinación superior que más tarde la tornó
-Profetisa y Sibila, no vaciló, cuando la serpiente le dijo, coleando
-entre las Rosas: «¡Come del fruto del saber, que tus ojos se abrirán, y
-serás como los Dioses sabios!» Adán se habría engullido la serpiente,
-bocado más suculento. Es de creer que no tendría mucha fe en frutos
-que comunican la Divinidad y Sapiencia, quien, como él, tanta fruta
-comiera en los árboles, y se conservaba ignorante y bestial como el
-oso y el auroco. En cambio, Eva, con la sublime credulidad que siempre
-en el mundo opera las transformaciones sublimes, a seguida se comió la
-manzana, la cáscara y la pepita. ¡Y persuadiendo a Adán a que tomase
-parte del transcendente fruto, muy dulce y enredosamente le convenció
-del provecho, de la felicidad, de la gloria y de la fuerza que da
-el saber! Esta alegoría de los poetas del génesis, nos revela, con
-espléndida sutileza, la inmensa obra de Eva, en los años dolorosos
-del Paraíso. Solo por ella continúa Dios la Creación superior, la del
-Reino espiritual, la que desarrolla sobre la tierra el lar, la familia,
-la tribu, la ciudad. ¡Eva es quien cimenta y bate las grandes piedras
-angulares en la construcción de la Humanidad!</p>
-
-<p>¡Si no, ved! Cuando el bravío cazador retráese a la caverna,
-derrengado bajo el peso de la caza muerta, oliendo toda a selva y a
-sangre, y a fiera, él es seguramente el que desuella la res, y la
-corta<span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> en pedazos,
-descarna los huesos (que ávidamente guarda bajo el muslo, y reserva
-para su ración porque contienen la molleja preciosa), mas Eva junta
-esa piel, cuidadosamente, con las otras pieles almacenadas; esconde
-los huesos partidos, porque sus astillas agudas clavan y agujerean, y
-en una fresca cavidad de roca guarda la carne que sobró. Al cabo de
-un tiempo, una de esas abundantes tajadas olvídase, caída cerca de la
-hoguera perpetua. Extiéndese la lumbre, y lame lentamente la carne por
-el lado más gordo, hasta que un olor, desconocido y sabroso, agasaja y
-alarga las rudas ventanas de la nariz de nuestra Madre venerable. ¿De
-dónde viene el gustoso aroma? Del fuego, en el cual la tajada de venado
-o de liebre está entre ascuas y rechina. Entonces Eva, inspirada y
-grave, empuja la carne para la brasa viva; y espera, arrodillada, hasta
-que la espeta con la punta de un hueso, la retira de la llama ruidosa,
-y se la come, en sombrío silencio. Sus ojos brillantes anuncian otra
-conquista. ¡Y con la misma prisa amorosa con que ofreciera a Adán la
-manzana, le presenta ahora aquella carne tan diferente, que él huele
-desconfiado y después devora a dentelladas abiertas, roncando de gozo!
-¡Y he aquí, cómo por medio de este pedazo de gamo asado, nuestros
-Padres suben victoriosamente otro escalón de la Humanidad!</p>
-
-<p>El agua todavía la beben en el manantial vecino, entre los helechos,
-con la faz sumergida en la vena clara. Después de beber, Adán, arrimado
-a su enorme lanza, mira a lo lejos el discurrir lento del río, los
-montes coronados de nieve o de fuego, el sol<span class="pagenum"
-id="Page_42">p. 42</span> sobre el mar, pensando, con arrastrado
-pensar, si en esas tierras que se extienden y se esconden más allá, la
-presa será más cierta y las selvas menos cerradas. Eva retorna luego a
-la caverna, para entregarse, sin descanso, a una tarea que la encanta.
-Enovillada en el suelo, toda atenta bajo la melena crespa, nuestra
-Madre hace, con un huesecito agudo, finos agujeros en la orla de una
-piel, y luego en la orla de otra piel. Tan embebida se halla en su
-labor, que no siente a Adán entrar y revolver en sus armas, mientras
-une las dos pieles sobrepuestas, pasando a través de los agujeros una
-delgada fibra de algas, que secan delante del fuego. Adán considera con
-desdén ese trabajo menudo que no aumenta fuerza a su fuerza. ¡El bruto
-Padre no presiente aún que aquellas pieles cosidas serán el resguardo
-de su cuerpo, la armazón de su tienda, el saco de su ropa, el odre de
-su agua y el tambor en que bata cuando sea un guerrero, y la página en
-que escriba cuando sea un Profeta!</p>
-
-<p>Otros gustos y modos de Eva también le irritan; y a las veces, con
-una inhumanidad que ya es toda humana, nuestro Padre agarra por los
-cabellos a su hembra y la derriba y la pisa bajo la pata callosa; un
-furor así, le tomó una tarde, viendo, en el regazo de Eva, sentada
-delante de la hoguera, un cachorrito flojo y renco, que ella, con
-cariño y paciencia, enseñaba a chupar en una fibra de carne fresca.
-Al borde de la fuente descubriera el cachorrito perdido y gañendo,
-y muy mansamente lo recogiera, lo calentara, lo alimentara, con una
-sensación que le era dulce, y le abría en la espesa boca, aún<span
-class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span> mal sabedora de sonreír,
-una sonrisa de maternidad. Nuestro Padre venerable, con las pupilas
-relucientes, lanza la garra y pretende devorar al cachorro que entrara
-en su choza. Mas Eva defiende al animalito, que tiembla y la lame. ¡El
-primer sentimiento de caridad, informe como la primera flor que brotó
-de las algas, aparece en la tierra! Con las cortas y gangosas voces que
-eran el habla de nuestros Padres, Eva intenta acaso afianzar que será
-útil la amistad de un bicho en la caverna del hombre... Adán chúpase
-el labio trompudo. Después, en silencio, mansamente, corre los dedos
-por el lomo blando del cachorrito encogido. ¡En la Historia, este es
-un momento espantoso! ¡He aquí que el Hombre domestica al Animal!
-De ese cachorro agasajado en el Paraíso, nacerá el perro amigo, por
-él la alianza con el caballo, después el dominio sobre la oveja. El
-rebaño crecerá; el pastor lo llevará; el perro fiel lo guardará. Junto
-a la lumbre, Eva prepara los pueblos errantes que pastorearán los
-ganados.</p>
-
-<p>Después, en aquellas largas mañanas en que el bravío Adán cazaba,
-Eva, errando por los valles y los montes, cogía conchas, huevos de
-aves, curiosas raíces, semillas, por el gusto de acumular, de abastecer
-su choza de nuevas riquezas, que escondía en las hendeduras de la
-roca.</p>
-
-<p>Sucedió que un puñado de esas semillas cayera, por entre sus
-dedos, sobre la tierra húmeda y negra, cuando se recogía por el borde
-de la fuente. Brotó una puntita verde; después creció una vara; más
-tarde, maduró una espiga. Sus granos son gustosos. Eva, pensativa,
-entierra otras semillas con<span class="pagenum" id="Page_44">p.
-44</span> la esperanza de crear en torno de su lar, en un pedazo de su
-terreno, altas hierbas que frutezcan y le traigan el grano endulzado y
-tierno...</p>
-
-<p>¡Y he ahí la siembra! Del fondo del Paraíso, nuestra Madre hace
-posibles los pueblos estables que labrarán la tierra.</p>
-
-
-<p class="mt2">Entretanto, bien podemos suponer que nació Abel, y,
-unos detrás de otros, deslízanse los días en el Paraíso, más seguros
-y fáciles. Lentamente vanse apagando los volcanes. Las rocas ya no
-se despeñan con fragor sobre la inocente abundancia de los valles.
-Discurren tan amansadas las aguas, que en su transparencia se miran,
-con demora y cuidado, las nubes y las ramas de los olmos. Raras veces
-un Pterodáctilo macula, con el escándalo de su pico y de sus alas, los
-cielos, en donde el sol alterna con la bruma, y los estíos se franjan
-de lluvias ligeras. En esta tranquilidad que se establece hay como
-una sumisión consciente. El Mundo presiente y acepta la supremacía
-del hombre. Ya no arde la floresta con la ligereza del rastrojo,
-sabiendo que muy pronto el Hombre le pedirá la estaca, la madera, el
-remo, el palo. En las gargantas de la Sierra, el viento se disciplina
-blandamente, y ensaya los soplos regulares con que trabajará la piedra
-del molino. El mar ahogó sus monstruos, y estira el dorso preparado,
-que le ha de cortar la quilla. La tierra hace estable su suelo, para
-cuando llegue el arado y la semilla. Y todos los metales se alinean en
-filón, y se disponen alegremente para el fuego que les ha de dar forma
-y belleza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span>Por la tarde, Adán
-toma la vuelta de la choza contento, con caza abundante. El hogar
-flamea y alumbra la faz de nuestro Padre, que el esfuerzo de la vida
-embelleció, en donde ya los labios se adelgazan, y la cabeza se llenó
-con el lento pensar, y los ojos sosiegan, con un brillo más seguro.
-El cordero, espetado en un palo, se asa y gotea en las brasas. Posan
-en el suelo cortezas de coco llenas de agua clara de la fuente. Una
-piel de oso tornó blando el lecho de los helechos. Otra piel, colgada,
-abriga la boca de la caverna. En un rincón, que es el almacén, están
-los montones de sílex y el martillo, y en otro, que es el arsenal,
-están las lanzas y los huesos. Eva tuerce los hilos de una lana de
-cabra. Sobre un montón de hojas, junto a la lumbre, duerme Abel,
-muy gordo, todo desnudo, con un pelo más ralo en una carnecilla más
-blanca. Participando del montón de hojas y del mismo calor, vela el
-perro, ya crecido, con el mirar amable y el hocico entre las patas.
-¡Y Adán (¡Oh, extraña tarea!) muy absorto, intenta grabar, con la
-punta de una piedra, sobre un ancho hueso, los cuernos, el dorso y las
-piernas estiradas de un ciervo corriendo!... Estalla la leña. Todas
-las estrellas del cielo están presentes. Dios, pensativo, contempla el
-crecer de la Humanidad.</p>
-
-
-<p class="mt2">Y ahora que encendí, en la noche estrellada del
-Paraíso, con vástagos bien secos del Árbol de la Ciencia, este verídico
-lar, consentid que os deje, ¡oh Padres venerables!</p>
-
-<p>Ya no temo que la Tierra inestable os aplaste, o que las fieras
-superiores os devoren, o que, apagada,<span class="pagenum"
-id="Page_46">p. 46</span> a la manera de una lámpara imperfecta, la
-Energía que os traje de la Floresta, os retrogradéis a vuestro Árbol
-¡Ya sois irremediablemente humanos, y, mañana por mañana, progresaréis,
-con tan poderoso arrojo, para la perfección del Cuerpo y esplendor
-de la Razón, que en breve, dentro de unas centenas de millares de
-cortos años, Eva será la hermosa Helena, y Adán será el inmenso
-Aristóteles!</p>
-
-<p>¡Mas no sé si os felicite, oh Padres venerables! Otros hermanos
-vuestros quedaron en la espesura de los árboles, y su vida es dulce.
-El orangután despierta todas las mañanas entre sus sábanas de hojas,
-sobre el fofo colchón de musgo que él, con cuidado, acamó por encima
-de un catre de ramas olorosas. Lánguidamente, sin recelos, desperézase
-en la molicie del musgo, escuchando las límpidas arias de los pájaros,
-gozando los hilos del sol que se enmarañan por entre el encaje de
-las hojas y lamiendo en el pelo de sus brazos el orvallo azucarado.
-Después de rascarse y refregarse bien, sube con pachorra al árbol
-dilecto, que eligió entre todos los del bosque por su frescura y
-por la elasticidad balanceadora de su ramaje. Desde allí, habiendo
-respirado la brisa cargada de aromas, salta, con rápidos brincos, a
-través de las siempre fáciles, siempre hartas despensas del bosque, en
-donde almuerza bananas, mangos, guayaba y todos los delicados frutos
-que le tornan tan sano y ajeno a males como los árboles en los cuales
-los cogió. Recorre luego sociablemente las calles y las callejuelas
-parleras de la espesura; cabriolea con diestros amigos en amables<span
-class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span> juegos de fuerza y ligereza;
-galantea a las orangutanas gentiles que le buscan, y, suspendidas
-con él de un columpio florido, se balancean charlando; trota, entre
-alegres bandos, por la margen de las aguas claras, o, sentado en la
-punta de una rama, escucha a algún viejo y facundo chimpancé contar
-divertidas historias de caza, de viajes, de amores y de mofas a las
-fieras pesadas que circulan por el césped y no pueden trepar; se
-recoge temprano a su árbol y, extendido en la hojosa red, se abandona
-blandamente a la delicia de soñar, en un sueño despierto, semejante
-a nuestras Metafísicas y a nuestras Epopeyas, sino que, rodando todo
-sobre sensaciones reales, es, al contrario de nuestros inciertos
-sueños, un sueño hecho todo de certeza. Lentamente, la Floresta se
-calla; la sombra adénsase entre los troncos, y el orangután, dichoso,
-retorna a su catre de musgo y se adormece en la inmensa paz de Dios, de
-Dios, al cual nunca se cansó en comentar, ni siquiera en negar, y que
-todavía derrama sobre él, con imparcial cariño, los bienes enteros de
-su misericordia.</p>
-
-<p>De esta manera ocupó su día el orangután en los árboles. En tanto,
-¿cómo gastó el suyo, en las ciudades, el Hombre, primo del orangután?
-¡Sufriendo, por tener los dones superiores que faltan al orangután!
-¡Sufriendo, por arrastrar consigo, irrevocablemente, ese mal incurable
-que es su alma! Sufriendo, porque nuestro Padre Adán, en el terrible
-día 23 de octubre, después de avizorar y olfatear el Paraíso, no
-osó declarar reverentemente al Señor: «¡Muchas gracias, oh mi dulce
-Creador; da el<span class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> gobierno
-de la Tierra a quien mejor eligieres, al elefante o al canguro, que yo
-por mí, un poco más avisado, vuelvo ya para mi árbol!...»</p>
-
-<p>Mas, en fin, ya que nuestro Padre venerable no tuvo la prevención o
-la abnegación de declinar la grande supremacía, continuemos reinando
-sobre la creación y siendo sublimes... Sobre todo, continuemos usando,
-insaciablemente, del don mejor que Dios nos concedió entre todos los
-dones, el más puro, el único genuinamente grande: el don de amarle,
-pues que no nos concedió también el don de comprenderle. Y no olvidemos
-que Él ya nos enseñó, a través de voces levantadas en Galilea y bajo
-los mangles de Veluvana, y en los valles severos de Yen-Chou, que la
-mejor manera de amarle es que unos a otros nos amemos, y que amemos
-toda su obra, hasta el gusano, y la roca dura, y la raíz venenosa,
-y hasta esos vastos seres que no parecen necesitar de nuestro amor,
-esos Soles, esos Mundos, esas diseminadas Nebulosas que, inicialmente
-encerradas, como nosotros, en la mano de Dios, y hechas de nuestra
-sustancia, ni nos aman, ni tal vez nos conocen.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cenefa.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">UN POETA LÍRICO</h2>
-</div>
-
-<p>Aquí está, sencillamente, sin frases y adornos, la triste historia
-del poeta Korriscosso. De todos los poetas líricos de que tengo
-noticia, este es, ciertamente, el más infeliz. Le conocí en Londres,
-en el hotel de Charing-Cross, en un amanecer helado de diciembre.
-Había yo llegado del Continente, desfallecido por dos horas de Canal
-de la Mancha... ¡Ah, qué mar! Y eso que era solo una brisa fresca del
-Noroeste; mas allí, en la cubierta, por debajo de una capa de hule, con
-la cual un marino me había cubierto como se cubre un cuerpo muerto,
-fustigado por la nieve y por las olas, oprimido por aquella tiniebla
-tumultuosa que el barco iba rompiendo a estruendos y encontrones,
-parecíame un tifón de los mares de la China...</p>
-
-<p>Apenas entré en el hotel, helado y aún mal despierto, corrí
-a la vasta chimenea del <i>hall</i> y allí quedé saturándome de
-aquella paz caliente en que estaba la sala adormecida, con los ojos
-beatíficamente puestos en la buena brasa escarlata. Y estando así<span
-class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> fue cuando vi aquella figura
-flaca y larga, ya de frac y corbata blanca, que del otro lado de la
-chimenea, en pie, con la taciturna tristeza de una cigüeña pensativa,
-miraba también los carbones ardientes, con una servilleta debajo del
-brazo. Mas el portero había cogido mi equipaje y fue a inscribirme
-en el <i>bureau</i>. La tenedora de libros, tiesa y rubia, con un
-perfil anticuado de medalla usada, dejó su crochet al lado de su taza
-de té, acarició con un gesto dulce sus dos bandos rubios, escribió
-correctamente mi nombre, con el dedo meñique erecto, haciendo rebrillar
-un diamante, y ya me encaminaba hacia la amplia escalera, cuando la
-figura magra y fatal se dobló en un ángulo, murmurándome en un inglés
-silabeado:</p>
-
-<p>—Ya está servido el desayuno de las siete...</p>
-
-<p>Yo no quería el desayuno de las siete, y me fui a dormir.</p>
-
-<p>Más tarde, ya reposado, fresco del baño, cuando descendí al restorán
-para el <i>lunch</i>, a seguida eché de ver, plantado melancólicamente
-al pie de la ancha ventana, al individuo flaco y triste. La sala
-estaba desierta, con una luz parda; las chimeneas bramaban; del lado
-de fuera de los ventanales, en el silencio de domingo, en las calles
-mudas, la nieve caía sin cesar de un cielo amarillento y empañado. Yo
-veía apenas la espalda del hombre; mas advertíase en su línea magra
-y un poco doblada una expresión tan evidente de desaliento, que me
-interesé por aquella figura. El cabello largo, de tenor, caído sobre
-el cuello del frac, era, manifiestamente, de un meridional, y toda su
-flacura friolenta se encogía<span class="pagenum" id="Page_51">p.
-51</span> ante el aspecto de aquellos tejados cubiertos de nieve, en
-la sensación de aquel silencio lívido... Le llamé. Cuando se volvió,
-su fisonomía, que apenas entreviera la víspera, impresionome: era una
-cara larga y triste, muy morena, de nariz judaica, y una barba corta
-y rizada, una barba de Cristo en estampa romántica; la cabeza era de
-estas que, en buena literatura, se llama, creo yo, <i>frente</i>; era
-larga y lustrosa. Tenía el mirar hundido y vago, con una indecisión de
-sueño nadando en un fluido enternecido... ¡Y qué magrez! Andando, el
-calzón corto torcíase en torno de la canilla, como arrugas de bandera
-alrededor del asta; el frac tenía dobleces de amplia túnica; los dos
-faldones, agudos y largos, eran desgraciadamente grotescos. Recibió la
-orden de mi almuerzo sin mirarme, con un tedio resignado; arrastrose
-hasta el <i>comptoir</i> en donde el <i>maître d’hôtel</i> leía la
-<i>Biblia</i>, se pasó la mano por la cabeza con un gesto errante y
-doliente, y díjole con una voz sorda:</p>
-
-<p>—Número 307. Dos chuletas. Té...</p>
-
-<p>El <i>maître d’hôtel</i> alargó la <i>Biblia</i>, inscribió el menú,
-y yo me acomodé en la mesa y abrí el volumen de Tennyson que trajera
-para almorzar conmigo —porque creo que les dije que era domingo, día
-sin periódicos y sin pan fresco. Afuera continuaba nevando sobre la
-ciudad muda. En una mesa distante, un viejo color de ladrillo, y de
-cabello y de barbas blancas, que acababa de almorzar, dormitaba, con
-las manos descansando en el vientre, la boca abierta, y unas gafas en
-lo más avanzado de la nariz. El único rumor que venía de la calle<span
-class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> era una voz gimiente que
-la nieve sofocaba más, una voz mendicante que en la esquina contigua
-garganteaba un salmo... Un domingo de Londres.</p>
-
-<p>El magro fue quien me trajo el almuerzo: apenas se aproximó,
-comprendí en seguida que aquel volumen de Tennyson en mis manos, le
-había interesado e impresionado; fue un mirar rápido, golosamente
-pasado por la página abierta, un estremecimiento casi imperceptible,
-emoción fugitiva de cierto, porque después de haber dejado el servicio,
-giró sobre los tacones y fue a plantarse, melancólicamente, junto a la
-ventana, con los ojos tristes, perdidos en la nieve triste. Yo atribuí
-aquel movimiento curioso al esplendor de la encuadernación del volumen,
-que eran <i>Los Idilios del Rey</i>, en marroquín negro, con el escudo
-de armas de Lançarote del Lago, el pelícano de oro sobre un mar de
-sinople.</p>
-
-<p>A la noche partí en el expreso para Escocia, y aún no había pasado
-York, adormecido en su gravedad episcopal, cuando ya me olvidara del
-criado novelesco del restorán de Charing-Cross: mas de allí a un mes,
-al volver a Londres, entrando en el restorán, y reviendo aquella figura
-lenta y fatal atravesar con un plato de <i>roast-beef</i> en una de
-las manos y en la otra un <i>pudding</i> de batata, sentí renacer el
-antiguo interés. Y en esa misma noche, tuve la singular felicidad de
-saber su nombre y de entrever un fragmento de su pasado. Era ya tarde,
-y yo volvía de <i>Covent-Garden</i>, cuando en el <i>hall</i> del hotel
-encontré, majestuoso y próspero, a mi amigo Bracolletti.</p>
-
-<p>¿No conocen a Bracolletti? Su presencia es formidable;<span
-class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span> tiene la amplitud panzuda,
-la densa barba negra, la lentitud, el ceremonial de un pachá gordo;
-mas esta poderosa gravedad turca está amenizada en Bracolletti, por
-la sonrisa y por el mirar. ¡Qué mirar! Un mirar dulce, que me hace
-recordar el de los animales de la Siria: es el mismo enternecimiento.
-Parece errar en su fluido suave la religiosidad afable de las razas
-que dan los Mesías... ¡Y la sonrisa! La sonrisa de Bracolletti es la
-más completa, la más perfecta, la más rica de las expresiones humanas;
-hay finura, inocencia, bondad, abandono, dulce ironía, persuasión
-en aquellos dos labios que se abren y dejan brillar un esmalte de
-dientes de virgen... ¡Ah, pero también esta sonrisa en la fortuna de
-Bracolletti!</p>
-
-<p>Moralmente, Bracolletti es un hábil. Nació en Esmirna, de padres
-griegos; es todo lo que revela; por lo demás, cuando se le pregunta por
-su pasado, el buen griego bambolea un momento la cabeza, esconde bajo
-los párpados cerrados con inocencia sus ojos mahometanos, desabrocha la
-sonrisa de una dulzura capaz de tentar a las abejas, y murmura, como
-anegado en bondad y en enternecimiento:</p>
-
-<p>—<i>¡Eh! ¡mon Dieu!... ¡Eh! ¡mon Dieu!...</i></p>
-
-<p>Nada más. Parece, sin embargo, que viajó, porque conoce el Perú, la
-Crimea, el Cabo de Buena Esperanza, los países exóticos, tan bien como
-<i>Regent-Street</i>: mas es evidente para todos que su existencia no
-fue tejida como la de los vulgares aventureros de Levante, de oro y
-estopa, de esplendores y mezquindades; es un gordo, y, por tanto, un
-prudente: su magnífico solitario nunca dejó de brillarle en el<span
-class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span> dedo: ningún frío le
-sorprendió jamás sin un abrigo de pieles de dos mil francos; y ni una
-sola semana deja de ganar, en el <i>Fraternal Club</i>, del cual es
-miembro querido, sus diez libras al whist. Es un fuerte.</p>
-
-<p>Tiene una debilidad. Es singularmente goloso de niñitas de doce
-a catorce años: le gustan flacuchas, muy rubias y que hablen mal.
-Colecciónalas como pajaritos en jaula, metiéndoles la papilla en el
-pico, oyéndolas parlotear todo baboso, animándolas a que le roben los
-<i>shillings</i> del bolsillo, gozando el desenvolvimiento de los
-vicios en aquellas flores, poniéndoles al alcance las botellas de
-<i>gin</i> para que los angelitos se emborrachen; y cuando alguna,
-excitada por el alcohol, con el cabello al aire y el rostro encendido,
-le injuria, le arranca los pelos, babea obscenidades, el buen
-Bracolletti, hundido en el sofá, con las manos beatíficamente cruzadas
-sobre la panza, el mirar ahogado en éxtasis, murmura en su italiano de
-la costa siria:</p>
-
-<p>—¡<i>Piccolina</i>! ¡<i>Gentilleta</i>!</p>
-
-<p>—¡Querido Bracolletti!</p>
-
-<p>Realmente le abracé con placer, en esa noche, en Charing-Cross;
-y como no nos veíamos desde hacía tiempo, fuimos a cenar juntos al
-restorán. Allí estaba el criado triste, en su <i>comptoir</i>, curvado
-sobre el <i>Journal des Débats</i>. Apenas apareció Bracolletti con su
-majestad de obeso, el hombre le extendió silenciosamente la mano: fue
-un <i>shake-hands</i> solemne, enternecido y sincero.</p>
-
-<p>¡Santo Dios, eran amigos! Arrastré a Bracolletti hasta el
-fondo de la sala, y vibrando de curiosidad,<span class="pagenum"
-id="Page_55">p. 55</span> le interrogué con avidez. Quería, lo primero,
-el nombre del hombre.</p>
-
-<p>—Llámase Korriscosso —díjome Bracolletti, grave.</p>
-
-<p>Luego quise saber su historia. Pero Bracolletti, como los dioses
-de Ática, que en sus embarazos recogíanse a sus nubes, él también se
-refugió en su vaga reticencia.</p>
-
-<p>—<i>¡Eh, mon Dieu! ¡Eh, mon Dieu!...</i></p>
-
-<p>—No, no, Bracolletti. Veamos. Quiero saber la historia... Aquella
-faz fatal y byroniana debe tener una historia...</p>
-
-<p>Entonces Bracolletti tomó todo el aire cándido que le permiten su
-panza y sus barbas, y me confesó, dejando caer las palabras a gotas,
-que entrambos habían viajado juntos en Bulgaria y en Montenegro...
-Korriscosso fue su secretario... Buena letra... Tiempos difíciles...
-<i>¡Eh, mon Dieu!...</i></p>
-
-<p>—¿De dónde es?</p>
-
-<p>Bracolletti respondió sin vacilar, bajando la voz, con un gesto
-lleno de desconsideración:</p>
-
-<p>—Es un griego de Atenas.</p>
-
-<p>Todo mi interés sumiose como el agua que la arena absorbe. Cuando se
-ha viajado por Oriente, con escalas en Levante, adquiérese fácilmente
-el hábito, tal vez injusto, de sospechar del griego: ante los primeros
-que se ven, sobre todo teniendo una educación universitaria y clásica,
-se enciende un poco el entusiasmo, piénsase en Alcibiades y en
-Platón, en las glorias de una raza estética y libre, y perfílanse
-en la imaginación las líneas augustas del Partenón. Pero después de
-haberlos frecuentado en las mesas redondas y en las cubiertas de las
-<i>Messageries</i>,<span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span>
-y principalmente, luego de haber escuchado la leyenda de bellaquería
-que han ido dejando desde Esmirna hasta Túnez, los demás que se
-tropiezan, provocan apenas estos movimientos: abotonar rápidamente
-la chaqueta, cruzar con todas las fuerzas los brazos sobre la cadena
-del reloj, y aguzar el intelecto para rechazar la <i>escroquerie</i>.
-La causa de esta funesta reputación es que la gente griega que
-emigra para las escalas de Levante, es una plebe torpe, parte pirata
-y parte servil, bando de rapiña astuto y perverso. De que supe que
-Korriscosso era griego, me acordé a seguida que, en mi última estancia
-en Charing-Cross, me desapareciera del cuarto mi bello volumen de
-Tennyson, y recordé el mirar de gula y de rapiña que Korriscosso
-clavaba en él... ¡Era un bandido!</p>
-
-<p>Mientras cenamos, no se habló nada de Korriscosso. Servíanos otro
-criado rubio, honesto y sano. El lúgubre Korriscosso no se movió del
-<i>comptoir</i>, abismado en el <i>Journal des Débats</i>.</p>
-
-<p>Yendo de retirada a mi cuarto, en esa misma noche, me perdí...
-El hotel estaba atestado, y a mí me habían dado acomodo en aquellos
-altos de Charing-Cross, una complicación de corredores, escaleras,
-rincones, ángulos, en donde es casi necesario derrotero y brújula. Con
-el candelero en la mano, penetré en un pasadizo por el cual corría una
-bocanada de aire tibio de callejuela mal aireada. Allí las puertas no
-tenían números; unos pequeños cartones pegados, en los que se hallaban
-nombres inscritos: <i>John Smith</i>, <i>Charlie</i>, <i>Willie</i>...
-Eran evidentemente las habitaciones de los criados. De una<span
-class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> puerta abierta, salía la
-claridad de un mechero de gas: me adelanté, y vi a Korriscosso, de
-frac todavía, sentado ante una mesa llena de papeles, con la cabeza
-descansando sobre la mano, escribiendo:</p>
-
-<p>—¿Me puede indicar el camino para el 508? —balbucí.</p>
-
-<p>Volviose para mí, con un mirar atontado; parecía resurgir de muy
-lejos, de otro universo; restregábase los párpados, repitiendo:</p>
-
-<p>—¿Quinientos ocho? ¿Quinientos ocho?</p>
-
-<p>¡Entonces fue cuando avisté sobre la mesa, entre papeles, cuellos
-sucios y un rosario, mi volumen de Tennyson! El bandido vio también mi
-mirada, y acusose a seguida con un enrojecimiento que le inundó la faz
-chupada; mi primer movimiento fue el de no reconocer el libro; y como
-era un movimiento bueno, obedeciendo de contado a la moral superior
-del maestro Talleyrand, lo reprimí, y apuntando al volumen con un dedo
-severo, un dedo de Providencia irritada, díjele:</p>
-
-<p>—Es mi Tennyson...</p>
-
-<p>No sé qué respuesta tartamudeó, porque yo, apiadado, poseído también
-del interés que me daba aquella figura picaresca de griego sentimental,
-añadí en un tono reparado de perdón y de justificación:</p>
-
-<p>—¡Gran poeta! ¿verdad? ¿Qué le pareció? Estoy seguro que le
-entusiasmó...</p>
-
-<p>Korriscosso se abochornó más; y no era, sin embargo, el despecho
-humillado de salteador sorprendido lo que delataba, sino la vergüenza
-de ver su inteligencia y su gusto poético adivinados, y de tener
-puesto el frac usado de criado de restorán.<span class="pagenum"
-id="Page_58">p. 58</span> No respondió; mas las páginas del volumen que
-yo abrí, respondieron por él: la blancura de las márgenes desaparecía
-bajo una red de comentarios escritos con lápiz: <i>¡Sublime!
-¡Grandioso! ¡Divino!</i> palabras anotadas con una letra convulsiva,
-con un temblor de mano agitada por una sensibilidad vibrante.</p>
-
-<p>En tanto, Korriscosso permanecía en pie, respetuoso, culpado, con
-la cabeza baja y el lazo de la corbata blanca huyendo hacia la nuca.
-¡Pobre Korriscosso! Compadecime de aquella actitud, revelando todo
-un pasado sin suerte, tantas tristezas de dependencia... Recordé que
-nada impresiona tanto a hombre de Levante como un gesto de drama y de
-teatro: le extendí las dos manos en un movimiento a la manera de Talma,
-y le dije:</p>
-
-<p>—Yo también soy poeta...</p>
-
-<p>Esta frase extraordinaria parecería grotesca e imprudente a un
-hombre del Norte; el levantino vio al punto en ella la expansión de
-un alma hermana. Porque, ¿no os lo dije?; lo que Korriscosso estaba
-escribiendo en una hoja de papel eran estrofas, era una oda.</p>
-
-<p>Al cabo de unos minutos, con la puerta cerrada, Korriscosso
-contábame su historia, o más bien, fragmentos, anécdotas deshermanadas
-de su biografía. Es tan triste, que la condenso. De otra parte, había
-en su narración lagunas de años; y yo no puedo reconstituir con
-lógica y seguimiento la historia de este sentimental. Todo es vago y
-sospechoso. Efectivamente, nació en Atenas; parece que su padre era
-cargador en el Pireo. A los diez y ocho años<span class="pagenum"
-id="Page_59">p. 59</span> Korriscosso servía de criado a un médico, y
-en los intervalos del servicio frecuentaba la Universidad de Atenas:
-estas cosas son corrientes <i>là-bas</i>, como él decía. Licenciose
-en leyes; esto le habilitó más tarde, en tiempos difíciles, para
-ser intérprete de hotel. De esa época datan sus primeras elegías en
-un semanario lírico intitulado <i>Ecos del Ática</i>. La literatura
-condújole directamente a la política y a las ambiciones parlamentarias.
-Una pasión, una crisis patética, un mando brutal, amenazas de muerte,
-fuérzanle a expatriarse. Viajó por Bulgaria, fue en Salónica empleado
-en una sucursal del <i>Banco Otomano</i>, remitió endechas dolorosas
-a un periódico de la provincia, <i>La Trompeta de Argólida</i>. Aquí
-hay una de esas lagunas, un agujero negro en su historia. Reaparece en
-Atenas, con ropa nueva, liberal y diputado.</p>
-
-<p>Este período de gloria fue breve, mas suficiente para ponerle
-en evidencia; su palabra colorida, poética, recamada de imágenes
-ingeniosas y brillantes, encantó a Atenas; tenía el secreto de hacer
-florecer, como él decía, los terrenos más áridos; de una discusión
-acerca del impuesto o de los caminos públicos, hacía saltar églogas de
-Teócrito. En Atenas, esta clase de talento lleva al poder: Korriscosso
-estaba indicado para dirigir una alta administración del Estado; y
-entonces sucedió que el ministerio, y con él la mayoría, de la cual
-Korriscosso era el tenor querido, cayeron, sumiéronse, sin lógica
-constitucional, en uno de esos súbitos derrumbamientos políticos
-tan comunes en Grecia, en que los Gobiernos se vienen a tierra,
-como las casas en Atenas,<span class="pagenum" id="Page_60">p.
-60</span> sin motivo. Falta de base, decrepitud de materiales y de
-individualidades... Todo tiende hacia el polvo en un suelo de ruinas...
-Nueva laguna, nuevo chapuzón oscuro en la historia de Korriscosso...</p>
-
-<p>Vuelta a la superficie, miembro de un club republicano de Atenas.
-Pide en un periódico la emancipación de Polonia, y que se gobierne a
-Grecia por un concilio de genios. Entonces publica sus <i>Suspiros
-de Tracia</i>. Tiene otra novela de corazón... En fin, y esto me lo
-dijo sin explicaciones, se le obliga a refugiarse en Inglaterra. Luego
-de ensayar en Londres varias posiciones, colócase en el restorán de
-Charing-Cross.</p>
-
-<p>—Es un puerto de abrigo —le dije estrechándole la mano.</p>
-
-<p>Sonrió con amargura. De cierto, un puerto de abrigo y ventajoso. Y
-bien alimentado; las propinas son razonables; tiene un viejo colchón
-de muelles, mas las delicadezas de su alma a cada momento hiérenselas
-dolorosamente.</p>
-
-<p>¡Días atribulados, días crucificados los de aquel poeta lírico,
-forzado a distribuir en una sala a burgueses ordenados y glotones
-chuletas y vasos de cerveza! No es la dependencia lo que le aflige; su
-alma de griego no es particularmente ávida de libertad: bástale que el
-patrón sea cortés. Como él mismo me dijo, le es grato reconocer que
-los clientes de Charing-Cross nunca le piden la mostaza o el queso sin
-decir <i>if you please</i>; y cuando salen, al enfrentarse con él,
-llévanse dos dedos al ala del sombrero; esto satisface la dignidad de
-Korriscosso.</p>
-
-<p>Lo que más le tortura es el contacto constante con<span
-class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span> el alimento. ¡Si por lo
-menos fuese tenedor de libros de un banquero, primer dependiente de
-un almacén de sedas!... En eso hay una sombra de poesía —los millones
-que se revuelven, las flotas mercantes, la fuerza brutal del oro; o
-disponer ricamente los bordados, los cortes de seda, hacer correr
-la luz en las ondulaciones del <i>moiré</i>, dar al terciopelo las
-molicies de la línea y de la arruga... Pero en un restorán, ¿cómo se
-puede ejercer el gusto, la originalidad artística, el instinto del
-color, del efecto, del drama, partiendo trozos de <i>roast-beef</i> o
-de jamón de York?... Luego que, como él dijo, dar de comer, proveer
-alimentos, es servir exclusivamente a la barriga, a las tripas, la baja
-necesidad material; en el restorán, el vientre es Dios; el alma queda
-fuera, como el sombrero que se cuelga en la percha o a la manera del
-paquete de periódicos que se dejó en el bolsillo del abrigo.</p>
-
-<p>¡Y las convivencias, y la falta de conversación! ¡Nunca se
-volvieron hacia él sino para pedirle salchichón o sardinas de Nantes!
-Nunca poder abrir sus labios, de los cuales pendía el parlamento de
-Atenas, sino para preguntar: «¿Más pan? ¿más carne?» Esta privación de
-elocuencia érale dolorosa.</p>
-
-<p>El servicio, además, impedíale el trabajo. Korriscosso compone
-de memoria: cuatro paseos por el cuarto, un tirón al cabello, y le
-sale la oda armoniosa y dulce... mas la interrupción glotona de la
-voz del cliente pidiendo nutrición, es fatal para esta manera de
-trabajar. A las veces, arrimado a una ventana, con la servilleta en el
-brazo, Korriscosso está haciendo una elegía: es todo lunar, ropajes
-blancos<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> de vírgenes
-pálidas, horizontes celestes, flores de alma dolorida... Es feliz; se
-ha remontado a los cielos poéticos, a las planicies azuladas en donde
-los sueños acampan, galopando de estrella en estrella... De improviso,
-una gruesa voz hambrienta brama desde un rincón:</p>
-
-<p>—¡Bistec con patatas!</p>
-
-<p>¡Ay, las aladas fantasías baten el vuelo como palomas despavoridas!
-Y allí va el infeliz Korriscosso precipitado de las cumbres ideales,
-con los hombros doblados y las faldas del frac balanceando, a preguntar
-con la sonrisa lívida:</p>
-
-<p>—¿Pasado o medio crudo?</p>
-
-<p>¡Ah, es un amargo destino!</p>
-
-<p>—¿Y por qué no deja este cubil, este templo del vientre? —le
-pregunté.</p>
-
-<p>Abatió su bella cabeza de poeta, y díjome la razón que le prende; me
-la dijo casi llorando en mis brazos, con el nudo de la corbata en el
-cuello: Korriscosso ama.</p>
-
-<p>Ama a una Fanny, criada de todo el servicio en Charing-Cross. Ámala
-desde el primer día en que entró en el hotel; la amó en el momento
-de verla lavando las escaleras de piedra, con los brazos rollizos
-desnudos, y los cabellos rubios, de este rubio que entontece a los
-meridionales; cabellos ricos, de un tono de cobre, de un tono de oro
-mate, torciéndose en una trenza de diosa. Y luego el matiz del rostro,
-una <i>carnation</i> de inglesa de Yorkshire, leche y rosas...</p>
-
-<p>¡Lo que ha sufrido Korriscosso! ¡Todo su dolor exhálase en odas
-que pone en limpio el domingo,<span class="pagenum" id="Page_63">p.
-63</span> día de reposo y día del Señor! Me las leyó. ¡Y yo vi en
-ellas de qué manera puede perturbar la pasión a un ser nervioso; qué
-ferocidad de lenguaje, qué lances de desesperación, qué gritos de alma
-dilacerada arrojados desde allí, de aquellos altos de Charing-Cross,
-hacia la mudez del cielo gris! Es que Korriscosso tiene celos. La
-desgraciada Fanny ignora aquel poeta a su lado, aquel delicado, aquel
-sentimental, y ama a un <i>policeman</i>. Ama a un <i>policeman</i>,
-un coloso, una montaña de carne erizada de una selva de barbas,
-con el pecho como el flanco de un acorazado, con piernas como
-fortalezas normandas. Este Polifemo, como le llama Korriscosso, hace
-ordinariamente el servicio en el Strand, y la pobre Fanny pasa todo el
-día acechándole desde los altos de Charing-Cross.</p>
-
-<p>Sus economías las gasta en cuartillos de <i>gin</i>, de
-<i>brandy</i>, de ginebra, que a la noche le lleva en frasquitos debajo
-del delantal; le mantiene fiel por el alcohol; el monstruo, plantado
-enormemente en una esquina, recibe en silencio el frasco, vacíalo de
-un trago en las fauces tenebrosas, eructa, pasa la mano peluda por
-la barba de hércules, y sigue taciturnamente sin un <i>gracias</i>,
-sin un <i>te amo</i>, batiendo el enlosado con la bastedad de sus
-suelas sonoras. La pobre Fanny babea de admiración... Tal vez en este
-instante, en la otra esquina, el magro Korriscosso, figurando en la
-neblina el delgado relieve de un poste telegráfico, solloce con la cara
-magra entre las manos transparentes.</p>
-
-<p>¡Pobre Korriscosso! ¡Si por lo menos la pudiese conmover!...
-¡Pero qué! Despréciale el cuerpo de tísico<span class="pagenum"
-id="Page_64">p. 64</span> triste, y el alma no se la comprende... No
-es que Fanny sea inaccesible a sentimientos ardientes, expresados en
-estilo melodioso. Pero Korriscosso solo puede escribir sus elegías en
-su lengua materna... Y Fanny no comprende griego... ¡Y Korriscosso es
-un grande hombre, pero solo en griego!</p>
-
-<p>Cuando tomé la vuelta de mi cuarto, quedaba sollozando sobre el
-catre. Le he visto otras veces, al pasar por Londres. Está más magro,
-más fatal, más consumido por los celos, más curvado cuando se mueve
-por el restorán con la fuente de <i>roast-beef</i>, más exaltado en su
-lirismo... Siempre que me sirve le doy un <i>shilling</i> de propina, y
-luego, al marcharme, le aprieto sinceramente la mano.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cenefa.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">EN EL MOLINO</h2>
-</div>
-
-<p>Doña María de la Piedad era considerada en toda la villa como «una
-señora modelo». El viejo Nunes, administrador del correo, siempre que
-se hablaba de ella, decía, acariciando con autoridad los cuatro pelos
-de la calva:</p>
-
-<p>—¡Es una santa! ¡Es lo que es!</p>
-
-<p>La villa tenía casi orgullo de su belleza delicada y distinta;
-era una rubia, de perfil fino, piel ebúrnea y ojos oscuros de un
-tono de violeta, al que las largas pestañas oscurecían más el brillo
-sombrío y dulce. Vivía al fin de la carretera, en una casa azul de
-tres fachadas; y era, para la gente que a las tardes iba de paseo al
-molino, un encanto siempre nuevo verla por detrás de la vidriera,
-entre las cortinas, curvada sobre su costura, vestida de negro,
-recogida y seria. Salía pocas veces. El marido, más viejo que ella,
-era un inválido, que se pasaba la vida en la cama, inutilizado por una
-enfermedad de la espina dorsal; hacía años que no descendía a la calle;
-veíanlo a las veces también a<span class="pagenum" id="Page_66">p.
-66</span> la ventana mustio y renco, agarrado al bastón, encogido en
-la <i>robe-de-chambre</i>, con una faz macilenta, la barba descuidada
-y con un gorrito de seda enterrado melancólicamente hasta la nuca. Los
-hijos, dos niñitas y un rapaz, eran también enfermos y crecían poco
-a poco y con dificultad, llenos de tumores en las orejas, llorones y
-tristes. Interiormente, la casa parecía lúgubre. Andábase en puntillas,
-porque el señor, en la excitación nerviosa que le daban los insomnios,
-irritábase con el menor rumor; había sobre las cómodas algún frasco de
-la botica, alguna escudilla con harina de linaza; las mismas flores con
-que ella, en su arreglo y en su gusto de frescura, adornaba las mesas,
-mustiábanse en seguida en aquel aire sofocado de fiebre, nunca renovado
-por causa de las corrientes de aire; y daba una inmensa tristeza el ver
-siempre a alguno de los pequeños, o con un emplasto sobre la oreja, o
-en un rincón del sofá, arrebujado en cobertores, con una amarillez de
-hospital.</p>
-
-<p>Desde los veinte años, María de la Piedad vivía así. Hasta de
-soltera, en casa de los padres, había sido triste su existencia. La
-madre era una criatura desagradable y aceda; el padre, metido en
-tabernas y salas de juego, ya viejo, siempre borracho, los días que
-aparecía en casa pasábalos en la cocina, en un silencio sombrío,
-fumando y salivando sobre las cenizas. Todas las semanas aporreaba a
-la mujer. Así que cuando Juan Coutinho pidió a María, ella, a pesar
-de saber que estaba enfermo ya, aceptó sin vacilación, casi con
-reconocimiento, para salvar a la casa arruinada de un embargo, no oír
-más<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> los gritos de la
-madre, que la hacían temblar, rezar, arriba, en su cuarto, donde la
-lluvia entraba por el tejado.</p>
-
-<p>No amaba al marido, claro; y en la villa lamentábase que aquel lindo
-rostro de Virgen María, aquella figura de hada, fuese a pertenecer a
-Juanito Coutinho, que desde rapaz fuera siempre baldado. Coutinho, por
-muerte del padre, quedara rico; y ella, acostumbrada por fin a aquel
-marido regañón, que pasaba el día arrastrándose sombríamente de la
-sala a la alcoba, habríase resignado, en su naturaleza de enfermera
-y de consoladora, si los hijos, por lo menos, hubieran nacido sanos
-y robustos. Mas aquella familia, que ya venía con la sangre viciada,
-aquellas existencias vacilantes, que después parecían pudrírseles
-en las manos, a pesar de sus inquietos cuidados, apesadumbrábanla.
-A las veces, sola ante la costura, corríanle lágrimas por la cara;
-una fatiga de vivir invadíala como una neblina que le oscureciera el
-alma.</p>
-
-<p>Mas si el marido de dentro llamaba desesperado, o uno de los
-pequeños lloriqueaba, limpiábase los ojos y aparecía con su linda faz
-tranquila, y con alguna palabra consoladora, componiendo la almohada
-a uno, yendo a animar al otro, feliz en ser buena. Toda su ambición
-consistía en ver su pequeño mundo bien tratado y bien acariciado. Desde
-que se casó, nunca había tenido una curiosidad, un deseo, un capricho;
-nada le interesaba en el mundo sino las horas de las medicinas y el
-sueño de sus enfermos. Todo esfuerzo le era fácil cuando se trataba de
-contentarles; a pesar de flaca, paseaba horas<span class="pagenum"
-id="Page_68">p. 68</span> enteras llevando en el cuello al pequeñín,
-que era el más impertinente, con las heridas que hacían de sus pobres
-labiecillos una costra oscura; durante los insomnios del marido tampoco
-dormía; los pasaba sentada al pie de la cama, hablando, leyéndole
-vidas de santos, porque el pobre baldado iba cayendo en devoción. De
-mañana estaba un poco más pálida, pero correcta en su vestido negro,
-fresca, con las trenzas lustrosas, poniéndose bonita para ir a dar las
-sopas de leche a los pequeñines. Su única distracción era, a la tarde,
-sentarse a la ventana con su costura, teniendo a los chiquillos en
-torno, aniñados en el suelo, jugando tristemente. El paisaje que veía
-desde la ventana era tan monótono como su vida; debajo, la carretera;
-después, una ondulación de campos, una tierra flaca, plantada aquí y
-acullá de olivos, e irguiéndose al fondo una colina triste y desnuda,
-sin una casa, un árbol, una columna de humo de una chimenea que
-pusiese en aquella soledad de terreno pobre una nota humana y viva.
-Viéndola así tan resignada y tan sujeta, algunas señoras de la villa
-afirmaban que era beata; pero nadie la había visto en la iglesia, a
-no ser el domingo, con el chico mayor por la mano, todo pálido en
-su vestido de terciopelo azul. Su devoción, en efecto, limitábase a
-esta misa todas las semanas. Ocupábala mucho su casa para dejarse
-invadir por las preocupaciones del cielo; en aquel deber de buena
-madre, cumplido con amor, hallaba una satisfacción suficiente a su
-sensibilidad; no necesitaba adorar santos o enternecerse con Jesús.
-Pensaba instintivamente que toda afección excesiva dedicada<span
-class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span> al Padre del Cielo, sería
-una disminución cruel en su cuidado de enfermera; su manera de
-rezar era velar a los hijos; y aquel pobre marido clavado en una
-cama, dependiendo de ella, teniéndole solo a ella, parecíale con
-más derecho a su favor que el otro, clavado en una cruz, que tenía
-toda una humanidad pronta para amarle. Además, nunca tuviera estos
-sentimentalismos de alma triste que llevan a la devoción. El largo
-hábito de dirigir una casa de enfermos, de ser ella el centro, la
-fuerza, el amparo de aquellos inválidos, hiciéronla tierna, pero
-práctica; y por esta razón era ella la que administraba ahora la casa
-del marido con un buen sentido que la afección dirigía y una solicitud
-de madre prevenida. Tales ocupaciones bastaban para entretenerle el
-día; el marido, de otra parte, detestaba las visitas, el aspecto de las
-caras saludables, las conmiseraciones de ceremonia; pasábanse meses
-sin que en casa de María de la Piedad se oyese otra voz extraña a la
-familia, a no ser la del doctor Abilio —que la adoraba, y que decía de
-ella con los ojos espantados:</p>
-
-<p>—¡Es un hada! ¡Es un hada!...</p>
-
-
-<p class="mt2">Grande fue la excitación en la casa, cuando Juan
-Coutinho recibió una carta de su primo Adrián, anunciándole que en dos
-o tres semanas iba a llegar a la villa. Adrián era un hombre célebre,
-y el marido de María de la Piedad tenía en aquel pariente un orgullo
-enfático. Suscribiérase a un periódico de Lisboa, solo para ver su
-nombre en las noticias locales y en la crítica. Adrián era novelista;
-su último libro, <i>Magdalena</i>, un estudio de mujer,<span
-class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span> de un análisis delicado y
-sutil, consagráralo como un maestro. Su fama, que llegara hasta la
-villa, en una confusión de leyenda, presentábale como una personalidad
-interesante, un héroe de Lisboa, amado de las aristócratas, impetuoso y
-brillante, destinado a una alta situación en el Estado. Mas realmente
-en la villa habíase hecho, sobre todo, notable por ser primo de Juan
-Coutinho.</p>
-
-<p>Doña María de la Piedad quedó aterrada con el anuncio de esta
-visita. Veía ya su casa en confusión con la presencia del huésped
-extraordinario. Después la necesidad de hacer más <i>toilette</i>, de
-alterar la hora de comer, de conversar con un literato y ¡tantos otros
-esfuerzos crueles!... La invasión brusca de aquel mundano con sus
-maletas, el humo de su cigarro, su alegría de sano, en la paz triste de
-su hospital, dábale la impresión pavorosa de una profanación. De modo
-que para ella fue un alivio, casi un reconocimiento, que Adrián, al
-llegar, muy simplemente se instalase en la antigua hospedería del tío
-Andrés, al otro extremo de la villa. Juan Coutinho escandalizose; tenía
-ya el cuarto del huésped preparado, con sábanas de encaje, una colcha
-de damasco, plata sobre la cómoda, y queríalo todo para él, para el
-primo, el hombre célebre, el grande autor... Adrián negose.</p>
-
-<p>—Yo tengo mis hábitos, ustedes tienen los suyos... No nos
-contrariemos ¿eh?... Lo que hago es venir a comer aquí. Ni estoy mal
-tampoco en casa del tío Andrés... Desde la ventana veo un molino y una
-represa, que son un cuadrito delicioso. Y quedamos tan amigos, ¿no es
-verdad?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span>María de la Piedad
-mirábale asombrada; ¡aquel héroe, aquel fascinador por quien lloraban
-las mujeres, aquel poeta que los periódicos glorificaban, era un hombre
-extremamente simple, mucho menos complicado, menos espectacular que
-el hijo del cobrador! No era hermoso siquiera. Con el sombrero blanco
-echado sobre una faz llena y barbuda, la levita de franela cayendo a lo
-largo de un cuerpo robusto y pequeño, sus zapatos enormes, parecíale
-uno de esos cazadores de aldea que, a las veces, encontraba, cuando
-de mes para mes iba a visitar las propiedades del otro lado del río.
-Además de eso, no hacía frases; la primera vez que vino a comer habló
-apenas, con grande naturalidad, de sus negocios. Viniera por ellos. La
-única tierra que no estaba devorada o abominablemente hipotecada, de
-lo que le correspondiera de la fortuna de su padre, era la Curgosa,
-una hacienda cerca de la villa, que estaba muy mal arrendada...
-Deseaba venderla. ¡Mas eso parecíale a él tan difícil, como hacer la
-<i>Iliada</i>!... Sinceramente lamentaba ver al primo allí, inútil
-sobre la cama, sin poderle ayudar en esos pasos que era menester dar
-con los compradores. Así que tuvo una grande alegría cuando Juan
-Coutinho le declaró que su mujer era una administradora de primer
-orden, y hábil en estas cuestiones, como un antiguo rábula.</p>
-
-<p>—Ella va contigo a ver la hacienda, habla con Telles, y arréglate
-todo eso... Y en cuestión de precio, déjala a ella...</p>
-
-<p>—¡Qué superioridad, prima! —exclamó Adrián maravillado—. ¡Un ángel
-que entiende de cifras!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span>Por primera vez en
-su vida, enrojeció María de la Piedad con la palabra de un hombre.
-Prestose en seguida a ser la procuradora del primo...</p>
-
-<p>Al otro día fueron a ver la hacienda. Como estaba cerca, y era un
-día de marzo fresco y claro, partieron a pie. Intimidada al principio
-por aquella compañía de un león, la pobre señora caminaba junto a él
-con el aire de un pájaro asustado; porque, a pesar de ser tan sencillo,
-había en su figura, enérgica y musculosa, en el timbre duro de su voz,
-en sus ojos pequeños y lúcidos, alguna cosa de fuerte, de dominante,
-que la embarazaba. Prendiérasele a la orla de su vestido un vástago
-de zarza, y como él se inclinara para desprenderlo delicadamente, el
-contacto de aquella mano blanca y fina de artista en el volante de su
-saya, incomodola mucho. Apresuraba el paso para llegar pronto a la
-hacienda, avivar el negocio con Telles, y retornar inmediatamente a
-refugiarse, como en su elemento propio, en el aire sofocado y triste de
-un hospital. Pero la carretera extendíase blanca y larga, bajo el sol
-tibio, y la conversación de Adrián fuérala lentamente acostumbrando a
-su presencia. El primo parecía desolado de la tristeza de aquella casa.
-Diole algunos buenos consejos; lo que los pequeños necesitaban era
-aire, sol, otra vida distinta de aquel sofocamiento de la alcoba...</p>
-
-<p>También ella lo juzgaba así; pero, ¿qué? El pobre Juan, siempre
-que se le hablaba de ir a pasar una temporada a la quinta, afligíase
-terriblemente; tenía horror a los grandes aires y a los grandes
-horizontes; la fuerte naturaleza hacíale casi desmayarse;<span
-class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span> hiciérase un ser artificial,
-oculto entre los cortinones de la cama...</p>
-
-<p>Compadeciola entonces. De seguro podría haber alguna satisfacción
-en un deber tan santamente cumplido... Mas, en fin, ella debía
-tener momentos en que desease algo más que aquellas cuatro paredes,
-impregnadas del hálito de la enfermedad...</p>
-
-<p>—¿Qué he de desear más? —dijo ella.</p>
-
-<p>Callose Adrián; pareciole absurdo suponer que desease, por ejemplo,
-el Chiado o el teatro de la Trinidad... Pensaba en otros apetitos,
-en las ambiciones del corazón insatisfecho... Mas esto pareciole tan
-delicado, tan grave de decir a aquella criatura virginal y seria, que
-habló del paisaje.</p>
-
-<p>—¿Ya vio el molino? —preguntole ella.</p>
-
-<p>—Tengo ganas de verlo; si me lo quisieras ir a enseñar, prima.</p>
-
-<p>—Hoy es tarde.</p>
-
-<p>Combináronse para ir a visitar ese rincón de verdura, que era el
-idilio de la villa.</p>
-
-<p>La larga plática con Telles, en la hacienda, creó una aproximación
-mayor entre Adrián y María de la Piedad. Aquella venta, que había
-discutido con una astucia de aldeana, ponía entre ellos como un interés
-común. Al volver, hablábanse ya con menos reserva. Y es que había
-en las maneras del primo una atracción que, a su pesar, la llevaba
-a revelarse, a darle su confianza; nunca hablara tanto con nadie;
-a nadie jamás dejara ver tanto de la melancolía oculta que erraba
-constantemente en su alma. Por otra parte, sus quejas eran sobre el
-mismo dolor: la tristeza de su vida, las enfermedades, tantos<span
-class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span> cuidados graves... Y
-atraíale hacia él una simpatía, como un indefinido deseo de tenerle
-siempre presente, desde que se hacía de tal manera depositario de sus
-tristezas.</p>
-
-<p>Adrián volvió para su casa, impresionado, interesado por aquella
-criatura tan triste y tan dulce, que se destacaba sobre el mundo de
-mujeres que hasta allí había conocido, como un suave perfil de ángel
-gótico entre fisonomías de mesa redonda. Concordaba todo en ella
-deliciosamente: el oro del cabello, la dulzura de la voz, la modestia
-en la melancolía, la casta línea, haciendo un ser delicado y distinto,
-al cual ese mismo pequeño espíritu burgués, cierto fondo rústico de
-aldeana y una leve vulgaridad de hábitos dábanle mayor encanto; era un
-ángel que vivía en un villorrio grosero, atado por muchos lados a las
-trivialidades del sitio; pero bastaría un soplo para hacerlo remontar
-al cielo natural, a las puras cimas de la sentimentalidad...</p>
-
-<p>Hallaba absurdo e infame enamorar a la prima... Mas
-involuntariamente pensaba en el delicioso placer de hacer latir aquel
-corazón, que no estaba deformado por el corsé, y de poner al fin sus
-labios en un rostro donde no hubiese polvos de arroz... Inducíale
-sobre todo el pensar que podría recorrer todo Portugal, sin encontrar
-ni aquella línea del cuerpo, ni aquella virginidad, distinta de alma
-adormecida... Ocasión como aquella no volvería.</p>
-
-<p>El paseo al molino fue encantador. Era un rincón de la naturaleza,
-digno de Corot, especialmente a la hora del medio día, en que ellos
-habían ido, con la frescura del verdor, la sombra recogida de los<span
-class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> grandes árboles y toda
-suerte de murmurios de agua corriente, huyendo, reluciendo entre los
-musgos y las piedras, elevando y esparciendo en el aire el frío del
-follaje, del césped, por donde corrían cantando. El molino hallábase
-en un hondo pintoresco, con su vieja edificación de piedra secular,
-su rueda enorme, casi podrida, cubierta de hierbas, inmóvil, sobre la
-helada limpidez del agua oscura. Adrián hallábalo digno de una escena
-de novela, o mejor, de la morada de una hada. María de la Piedad no
-decía nada, hallando extraordinaria aquella admiración por el molino
-abandonado del tío Costa. Como ella venía un poco cansada, sentáronse
-en una escalera de piedra descoyuntada, que tenía sumergidos en el
-agua de la presa los últimos peldaños, y allí permanecieron un momento
-callados, en el encanto de aquella frescura murmuradora, oyendo a las
-aves piar en las ramas. Adrián veíala de perfil, un poco curvada,
-agujereando con la punta de la sombrilla las hierbas bravas que
-invadían la escalera. Estaba deliciosa así, tan blanca, tan rubia,
-de una línea tan pura sobre el fondo azul del aire; el sombrero era
-de mal gusto, el vestido anticuado, pero él hasta hallaba en eso una
-picante ingenuidad. El silencio de los campos aislábalos en derredor,
-e, insensiblemente, Adrián comenzó a hablarle bajo. Compadecíala otra
-vez, por la melancolía de su existencia en aquella triste villa, por su
-destino de enfermera... Escuchábale ella con los ojos bajos, pasmada
-de verse allí, tan a solas con aquel hombre tan robusto, toda recelosa
-y hallando un delicioso sabor a su recelo... Hubo un momento<span
-class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span> en que él habló del encanto
-de quedar allí para siempre, en la villa.</p>
-
-<p>—¿Quedar aquí? ¿Para qué? —preguntole sonriendo.</p>
-
-<p>—¿Para qué? Para esto, para estar siempre cerca de usted...</p>
-
-<p>Cubriose de rubor y se le escapó la sombrilla de las manos.
-Recelando haberla ofendido, Adrián añadió luego, riendo:</p>
-
-<p>—¿Pues no sería delicioso?... Yo podía arrendar este molino, hacerme
-molinero... Usted me daría su parroquia...</p>
-
-<p>Hízola reír; estaba más linda cuando reía; brillaba todo en ella:
-los dientes, la piel, el color del cabello. Adrián continuó bromeando
-con su plan de hacerse molinero y de ir por la carretera detrás de un
-burro, cargado de sacos de harina.</p>
-
-<p>—Y yo vengo a ayudarle, primo —dijo, animada por su propia risa, por
-la alegría de aquel hombre que tenía a su lado.</p>
-
-<p>—¿Viene? —exclamó él—. Júrole que me hago molinero. ¡Qué paraíso
-los dos aquí, en el molino, ganando alegremente nuestra vida y oyendo
-cantar a estos mirlos!</p>
-
-<p>Enrojeció otra vez María y retrocedió como si en efecto tratase ya
-de arrebatarla para el molino. Mas Adrián ahora, inflamado por aquella
-idea, pintábale con su palabra colorida una vida novelesca, de una
-felicidad idílica, en aquel escondrijo de verdura. De mañana, a pie,
-muy temprano, para el trabajo; después, el almuerzo, en el césped, a la
-orilla del agua; y de noche, sus buenas charlas allí sentados,<span
-class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> a la claridad de las
-estrellas o bajo la sombra cálida de los negros cielos de verano...</p>
-
-<p>Y de repente, sin que ella se resistiese, prendiola en los brazos
-y besola sobre los labios, en un solo beso profundo e interminable.
-María había quedado contra su pecho, blanca, como muerta; dos lágrimas
-corríanle a lo largo de la faz. Tan dolorosa y flaca estaba, que Adrián
-la soltó; alzose ella, cogió la sombrilla y quedó delante de él, con el
-labio temblando:</p>
-
-<p>—Está mal hecho... está mal hecho...</p>
-
-<p>Él estaba también tan perturbado, que la dejó descender hacia el
-camino; a poco, seguían entrambos, callados, hacia la villa. Ya en la
-hospedería, pensó:</p>
-
-<p>—¡Fui un loco!</p>
-
-<p>Mas en el fondo sentíase contento de su generosidad. De noche fue a
-su casa y encontrola con el pequeñín en el cuello, lavándole en agua de
-malvas unas heridas que tenía en la pierna. Pareciole odioso entonces
-distraer a aquella mujer de sus enfermos. Además, que un momento como
-aquel del molino no volvería. Quedar allí, en aquel rincón odioso de
-provincia, desmoralizando en frío a una buena madre, sería absurdo...
-La venta de la finca estaba concluida. Por lo cual, apareció al día
-siguiente, por la tarde, a decirle adiós; partía a la anochecida en la
-diligencia. Encontrola en la sala ante la acostumbrada ventana, con
-la chiquillada enferma, acurrucada contra sus sayas. Oyole decir que
-partía sin que se le mudase el color, sin palpitarle el pecho... Adrián
-hallole la palma de la mano tan<span class="pagenum" id="Page_78">p.
-78</span> fría como un mármol. Al salir él, María de la Piedad quedó
-vuelta para la ventana, escondiendo la cara de los pequeños, mirando
-abstractamente al paisaje que oscurecía, cayéndole las lágrimas cuatro
-a cuatro sobre la costura...</p>
-
-<p>Amábalo. Desde los primeros días, su figura, resuelta y fuerte, sus
-ojos lúcidos, toda la virilidad de su persona, habíansele apoderado
-de la imaginación. No era su talento, ni su celebridad en Lisboa, ni
-las mujeres que le habían amado lo que la encantaba; eso para ella
-aparecíasele vago y poco comprensible; lo que la fascinaba era aquella
-seriedad, aquel aire honrado y sano, aquella robustez de vida, aquella
-voz tan grave y tan rica; adivinaba, más allá de su existencia ligada a
-un inválido, otras posibles existencias, en las cuales no se ve siempre
-delante de los ojos una capa flaca y moribunda, en que las noches no se
-pasan esperando las horas de los remedios... Había sido como una ráfaga
-de aire impregnado de todas las fuerzas vivas de la Naturaleza que
-atravesara súbitamente su alcoba ahogada; respiráralo deliciosamente...
-Habíale oído, además, hablar de aquel modo, mostrándose tan bueno,
-tan serio, tan delicado; a la fuerza de su cuerpo, que admiraba,
-juntábase ahora un corazón tierno, de una ternura varonil y fuerte,
-para cautivarla... Invadiola este amor latente, apoderose de ella
-una noche en que se le ofreció esta idea, esta visión: <i>¡Si fuese
-mi marido!</i> Estremeciose toda, apretó desesperadamente los
-brazos contra el pecho, como confundiéndose con su imagen evocada,
-prendiéndose a ella, refugiándose en su fuerza...<span class="pagenum"
-id="Page_79">p. 79</span> Después, como le había dado aquel beso en el
-molino.</p>
-
-<p>¡Y partiera!</p>
-
-
-<p class="mt2">Comenzó entonces para María de la Piedad una existencia
-de abandonada. De repente, todo en torno de ella —la enfermedad del
-marido, achaques de los hijos, tristezas de sus días, la costura— le
-pareció lúgubre. Sus deberes, ahora que no ponía en ellos el alma
-entera, éranle pesados como fardos injustos. Represéntasele su vida
-como desgracia excepcional; no se rebelaba aún; mas tenía de esos
-abatimientos, de esas súbitas fatigas de todo su ser, en que caía sobre
-la silla, con los brazos pendientes, murmurando:</p>
-
-<p>—¿Cuándo se acabará esto?</p>
-
-<p>Refugiábase entonces en aquel amor como en una compensación
-deliciosa. Juzgándolo puro, todo del alma, dejábase penetrar de él y
-de su lenta influencia. Adrián tornárase en su imaginación como un
-ser de proporciones extraordinarias, todo lo que es fuerte y es bello
-y da razón a la vida. No quiso que nada de lo que era de él o venía
-de él, le fuese ajeno. Leyó todos sus libros, sobre todo, aquella
-<i>Magdalena</i> que también amara, y muriera de un abandono. Estas
-lecturas calmábanla, dábanle como una vaga satisfacción al deseo.
-Llorando los dolores de las heroínas de novela, parecía sentir alivio
-en los suyos.</p>
-
-<p>Lentamente esta necesidad de llenar la imaginación con estos
-lances de amor, apoderose de ella. Un devorar constante de novelas
-durante meses.<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span> Iba así
-creando en su espíritu un mundo artificial e idealizado. Hacíasele
-odiosa la realidad, sobre todo bajo aquel aspecto de su casa, donde
-encontraba siempre agarrado a sus sayas un ser enfermo. Vinieron las
-primeras revueltas. Tornose impaciente y áspera. No soportaba que la
-arrancasen a los episodios sentimentales de su libro para ir a ayudar
-a volverse en la cama al marido y sentirle el mal aliento. Llegaron a
-causarle asco las botellas de medicina, los emplastos, las heridas de
-los pequeños que tenía que lavar. Comenzó a leer versos. Pasaba horas
-sola, en un profundo mutismo, a la ventana, teniendo bajo su mirar de
-virgen rubia toda la rebelión de una apasionada. Creía en los amantes
-que escalan los balcones entre el canto de los ruiseñores y quería ser
-amada así, poseída en el misterio de una noche romántica.</p>
-
-<p>Poco a poco, su amor desprendiose de la imagen de Adrián, alargose,
-extendiose a un ser vago que estaba hecho de todo lo que la encantara
-en los héroes de novela: era un ente medio príncipe y medio facineroso,
-que tenía, sobre todo, fuerza. Esto era lo que quería, lo que admiraba,
-lo que ansiaba en las noches cálidas en que no podía dormir: dos brazos
-fuertes como acero que la apretasen en un abrazo mortal; dos labios de
-fuego que en un beso le chupasen el alma. Estaba histérica.</p>
-
-<p>A las veces, al pie del lecho del marido, viendo delante de ella a
-aquel cuerpo de tísico, en una inmovilidad de tullido, sentía un odio
-torpe, un deseo de apresurarle la muerte...</p>
-
-<p>Y, en medio de esta excitación mórbida del temperamento<span
-class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span> irritado, acometíanla súbitas
-flaquezas; sustos de ave que posa, un grito al oír batir una puerta;
-una palidez de desmayo en habiendo en la sala flores muy olorosas...
-De noche, asfixiábase: abría la ventana; mas el cálido aire, el tibio
-hálito de la tierra caliente del sol, henchíanla de un intenso deseo,
-de una ansia voluptuosa cortada de visión de llanto. La santa tornábase
-Venus.</p>
-
-<p>El romanticismo mórbido había penetrado tanto en ella, y
-desmoralizara tan profundamente, que llegó el momento en que bastaría
-que un hombre la tocase, para que a seguida se echara en sus brazos.
-Fue lo que le sucedió con el primero que la enamoró, de ahí a dos años.
-Era el practicante de la farmacia.</p>
-
-<p>Por causa de él, escandalizó toda la villa. Y ahora, deja la casa
-en el mayor desorden, los hijos sucios, en harapos, sin comer hasta
-las mil y quinientas; el marido, gimiendo, abandonado en su alcoba,
-toda la trapallada de los emplastos por encima de las sillas, todo en
-un torpe desamparo, para andar detrás del hombre, un tunante odioso,
-de cara gordiflona, anteojo negro con gruesa cinta pasada por detrás
-de la oreja y bonete de seda puesto coquetamente. Viene de noche a las
-entrevistas con chinelas de orillo; huele a sudor: y pídele dinero
-prestado, para sustentar a una Juana, obesa criatura, a quien llaman en
-la villa <i>la bola de unto</i>.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cenefa.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">CIVILIZACIÓN</h2>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Yo poseo preciosamente un amigo (su nombre es Jacinto), que nació en
-un palacio, con cuarenta mil duros de renta en pingües tierras de pan,
-aceite y ganado.</p>
-
-<p>Desde la infancia, durante la cual, su madre, señora gorda y
-crédula de Tras-os-Montes, repartía, para retener las Hadas Benéficas,
-hinojo y ámbar, Jacinto fue siempre más resistente y sano que un pino
-de las dunas. Un lindo río, murmurador y transparente, con un lecho
-muy liso de arena muy blanca, reflejando apenas pedazos lustrosos
-de un cielo de verano o ramajes siempre verdes y de buen aroma, no
-ofrecería, a aquel que lo descendiese en una barca llena de almohadas
-y de champagne helado, más dulzuras y facilidades de lo que la vida
-ofrecía a mi camarada Jacinto. No tuvo sarampión ni tuvo lombrices.
-Nunca padeció, ni aun en la edad en que se leen Balzac y Musset,
-los tormentos de la sensibilidad. En sus amistades fue siempre tan
-feliz como el clásico Orestes. Del amor solo experimentara<span
-class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> la miel —esa miel que el
-amor invariablemente concede a quien lo practica, como las abejas, con
-ligereza y movilidad—. Ambición, sintiera solamente la de comprender
-bien las ideas generales, y la «punta de su intelecto» (como dice el
-viejo cronista medioeval), no estaba aún roma ni herrumbrosa... y, sin
-embargo, desde los veintiocho años, Jacinto ya se venía impregnando de
-Schopenhauer, del Eclesiastés, de otros Pesimistas menores, y tres,
-cuatro veces por día, bostezaba, con un bostezo hondo y lento, pasando
-los dedos finos sobre la faz, como si en ella solo palpase palidez y
-ruina. ¿Por qué?</p>
-
-<p>Era él, de todos los hombres que conocí, el más complejamente
-civilizado —o antes aquel que se nutriera de la más vasta suma de
-civilización material, ornamental e intelectual. En ese palacio
-—(floridamente llamado el <i>Jazminero</i>), que su padre, también
-Jacinto, construyera sobre una honesta casa del siglo <span
-class="asc">XVII</span>, solada de pino y blanqueada de cal—, existía,
-creo yo, todo cuanto para bien del espíritu o de la materia, los
-hombres han creado, a través de la incertidumbre y del dolor, desde
-que abandonaran el valle feliz de Septa-Sindu, la Tierra de las Aguas
-Fáciles, el dulce país Aryano. La biblioteca —que en dos salas amplias
-y claras, como plazas, llenaba las paredes, enteramente, desde las
-alfombras de Caranania hasta el techo del cual, alternadamente, a
-través de cristales, el sol y la electricidad vertían una luz estudiosa
-y calma— contenía veinticinco mil volúmenes, instalados en ébano,
-magníficamente revestidos de marroquín escarlata.<span class="pagenum"
-id="Page_85">p. 85</span> Solo sistemas filosóficos (y con justa
-prudencia, para ahorrar espacio, el bibliotecario apenas coleccionara
-los que irreconciliablemente se contradicen) había ¡mil ochocientos
-diez y siete!</p>
-
-<p>Una tarde que yo deseaba copiar un dictamen de Adam Smith, recorrí,
-buscando a este economista, a lo largo de los estantes, ¡ocho metros de
-economía política! Así se hallaba formidablemente abastecido mi amigo
-Jacinto de todas las obras esenciales de la inteligencia —y de la
-estupidez. El único inconveniente de este monumental almacén del saber
-era que todo aquel que allí penetraba, adormecíase inevitablemente,
-por causa de las poltronas, que provistas de finas planchas móviles
-para sustentar el libro, el cigarro, el lápiz de las notas, la taza de
-café, ofrecían aún una combinación oscilante y flácida de almohadas, en
-donde el cuerpo encontraba luego, para mal del espíritu, la dulzura, la
-profundidad y la paz estirada de un lecho.</p>
-
-<p>Al fondo, y como un altar mayor, era el gabinete de trabajo de
-Jacinto. Su sillón, grave y abacial, de cuero, con blasones, databa
-del siglo <span class="asc">XIV</span>, y en torno de él pendían
-numerosos tubos acústicos que, sobre los revestimientos de seda
-color de musgo y color de hiedra, parecían serpientes adormecidas y
-suspensas en un viejo muro de quinta. Nunca recuerdo sin asombro su
-mesa, recubierta toda de sagaces y sutiles instrumentos para cortar
-papel, numerar páginas, pegar sellos, afilar lápices, raspar enmiendas,
-imprimir fechas, derretir lacres, atar documentos, coleccionar
-cuentas. Unos de níquel, otros de acero, rebrillantes y fríos, todos
-eran de un manejo<span class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span>
-laborioso y lento: algunos, con los muelles rígidos, las puntas vivas,
-cortaban y herían: y en las largas hojas de papel Whatman en que él
-escribía, y que costaban tres pesetas, yo, a las veces sorprendí gotas
-de sangre de mi amigo. Pero todos los consideraba indispensables
-para componer sus cartas (Jacinto no componía obras), así como los
-treinta y cinco diccionarios, y los manuales, y las enciclopedias,
-y las guías, llenando un estante aislado, fino, en forma de torre,
-que silenciosamente giraba sobre su pedestal, y que yo denominara el
-Farol. Lo que, a pesar de todo, más completamente imprimía a aquel
-gabinete un portentoso carácter de civilización eran los grandes
-aparatos facilitadores del pensamiento —la máquina de escribir, los
-autocopistas, el telégrafo Morse, el fonógrafo, el teléfono, el
-teatrófono, otros aún, todos con metales lúcidos, todos con largos
-hilos. Constantemente sonidos cortos y secos vibraban en el aire tibio,
-de aquel santuario. ¡Tic, tic, tic! ¡Dlín, dlín, dlín! ¡Crac, crac,
-crac! ¡Trrre, trrre!... Era mi amigo comunicando. ¡Todos esos hilos
-zambullíanse en fuerzas universales, transmitían fuerzas universales,
-las cuales, no siempre, desgraciadamente, se conservaban domadas y
-disciplinadas! Jacinto había recogido en el fonógrafo la voz del
-consejero Pinto Porto, una voz oracular y rotunda, en el momento de
-exclamar con respeto, con autoridad:</p>
-
-<p>—«<i>¡Maravillosa invención! ¿Quién no admirará los progresos de
-este siglo?</i>»</p>
-
-<p>Pues en una dulce noche de San Juan, mi supercivilizado
-amigo, deseando que unas señoras parientes<span class="pagenum"
-id="Page_87">p. 87</span> de Pinto Porto (las amables Gouveias),
-admirasen el fonógrafo, hizo romper de la bocina del aparato, que
-parecía una trompa, la conocida voz rotunda y oracular:</p>
-
-<p>—<i>¿Quién no admirará los progresos de este siglo?</i></p>
-
-<p>Mas, inhábil o brusco, ciertamente desconcertó alguna rueda
-vital —porque, de repente, el fonógrafo comienza a repetir, sin
-descontinuación, interminablemente, con una sonoridad cada vez más
-rotunda, la sentencia del consejero:</p>
-
-<p>—<i>¿Quién no admirará los progresos de este siglo?</i></p>
-
-<p>De balde, Jacinto, pálido, con los dedos trémulos, torturaba el
-aparato. La exclamación recomenzaba, sonaba, oracular y majestuosa:</p>
-
-<p>—<i>¿Quién no admirará los progresos de este siglo?</i></p>
-
-<p>Enfadados, lo llevamos para una sala distante, pesadamente revestida
-de tapices de Arraz. ¡En vano! La voz de Pinto Porto allí estaba, entre
-los tapices de Arraz, implacable y rotunda:</p>
-
-<p>—<i>¿Quién no admirará los progresos de este siglo?</i></p>
-
-<p>Furiosos, enterramos una almohada en la boca del fonógrafo; tiramos
-por encima mantas, cobertores espesos, para sofocar la voz abominable.
-¡En vano! Bajo la mordaza, bajo las gruesas lanas, la vez ronqueaba,
-sorda, mas oracular:</p>
-
-<p>—<i>¿Quién no admirará los progresos de este siglo?</i></p>
-
-<p>Las amables Gouveias habían huido, apretando desesperadamente los
-chales sobre la cabeza. Hasta a la cocina, en donde nos refugiamos, la
-voz descendía, estrangulada y dificultosa:</p>
-
-<p>—<i>¿Quién no admirará los progresos de este siglo?</i></p>
-
-<p>Huimos empavorecidos a la calle. Era de madrugada.<span
-class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> De vuelta de las fuentes, un
-fresco bando de rapazas, con brazados de flores, pasaba cantando:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Todas las hierbas son benditas</div>
- <div class="verse indent0">En mañana de San Juan...</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Jacinto, respirando el aire matinal, limpiábase las gotas lentas
-del sudor. Recogímonos al <i>Jazminero</i>, con el sol ya alto, ya
-caliente. Muy en silencio abrimos las puertas, como con recelo de
-despertar a alguien. ¡Horror! Luego de la antecámara, percibimos
-sonidos estrangulados, gangosos: «<i>admirará... progresos...
-siglo...</i>» ¡Un electricista tuvo que enmudecer al fin aquel
-fonógrafo horrendo!</p>
-
-<p>Más apacible (para mí) de lo que ese gabinete, temerosamente repleto
-de civilización, era el comedor, por su arreglo comprensible, fácil e
-íntimo. En la mesa solo cabían seis amigos, que Jacinto escogía con
-cierto buen criterio, en la literatura, en el arte y en la metafísica;
-los cuales, entre los tapices de Arraz, representando colinas, pomares
-y puertos del Ática, llenos de clasicismo y de luz, renovaban allí
-repetidamente banquetes que, por su intelectualidad, recordaban los
-de Platón. Cada golpe de tenedor se cruzaba con un pensamiento o con
-palabras diestramente arregladas en forma de tal.</p>
-
-<p>A cada cubierto correspondían seis tenedores, todos con formas
-desemejantes y taimadas: uno para las ostras, otro para el pescado,
-otro para las carnes, otro para las legumbres, otro para la fruta,
-otro para el queso. Las copas, por la diversidad de los contornos
-y de los colores, hacían, sobre el mantel<span class="pagenum"
-id="Page_89">p. 89</span> más reluciente que esmalte, como ramilletes
-silvestres desparramados por encima de la nieve. Pero Jacinto y sus
-filósofos, recordando lo que el experimentado Salomón enseña sobre las
-ruinas y amarguras del vino, bebían apenas en tres gotas de agua una
-gota de Bordeaux (Chateaubriand, 1860). Así lo recomendaban Hesíodo
-en su <i>Nereu</i>, y Diocles en sus <i>Abejas</i>. De aguas había
-siempre en el <i>Jazminero</i> un lujo redundante: aguas heladas, aguas
-carbonatadas, aguas esterilizadas, aguas gaseadas, aguas de sales,
-aguas minerales, en botellas serias, con tratados terapéuticos impresos
-en el rótulo... El cocinero, maestro Sardao, era de aquellos que
-Anaxágoras equiparaba a los Retóricos, a los oradores, a todos los que
-saben el arte divino de «temperar y servir la Idea». En Síbaris, ciudad
-del Vivir Excelente, los magistrados habrían votado al maestro Sardao,
-por las fiestas de Juno Lacina, la corona de hojas de oro y la túnica
-milesia, que se debía a los bienhechores cívicos. Su sopa de alcachofa
-y huevas de carpa; sus filetes de venado, macerados en viejo Madeira
-con <i>purée</i> de nueces; sus moras heladas en éter; otros manjares
-aún, numerosos y profundos (y los únicos que toleraba mi Jacinto), eran
-obras de un artista, superior por la abundancia de las ideas nuevas, y
-juntaban siempre la raridad del sabor a la magnificencia de la forma.
-Tal plato de ese maestro incomparable parecía, por la ornamentación,
-por la gracia florida de las labores, por el convenio de los coloridos
-frescos y cantantes, una joya esmaltada por el cincel de Cellini o
-Meurice. ¡Cuántas tardes no deseé yo fotografiar<span class="pagenum"
-id="Page_90">p. 90</span> aquellas composiciones de excelente fantasía,
-antes que el trinchante las derribase! Y esta superfinidad del comer
-condecía deliciosamente con la del servir. Sobre una alfombra, más fofa
-y muelle que el musgo de la floresta de Brocelandia, deslizábanse, como
-sombras vestidas de blanco, cinco criados y un paje negro, a la manera
-vistosa del siglo <span class="asc">XVIII</span>. Las fuentes (de
-plata) subían de la cocina y de la repostería por dos ascensores: uno
-para los manjares calientes, forrado de tubos en donde hervía el agua,
-y otro, más lento, para los manjares fríos, forrado de cinc, amoníaco
-y sal, y ambos escondidos entre flores, tan densas y frescas que
-figurábasenos como si hasta la sopa saliese humeando de los románticos
-jardines de Armida. Me acuerdo perfectamente de un domingo de mayo en
-que, comiendo con Jacinto un obispo, el erudito obispo de Corazín,
-se atascó el pescado en el medio del ascensor, siendo necesario que
-acudiesen albañiles con palancas para extraerlo.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>En las tardes en que había «banquete de Platón» (que así
-denominábamos esas fiestas de truchas e ideas generales), yo, vecino
-e íntimo, aparecía al declinar el sol, y subía familiarmente a las
-habitaciones de nuestro Jacinto, en donde le hallaba siempre incierto
-entre sus levitas, porque las usaba alternadamente, de seda, de paño,
-de franelas Jaegher y de <i>foulard</i> de las Indias. El cuarto
-respiraba<span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span> el frescor y
-aroma del jardín por dos vastas ventanas, obliteradas magníficamente
-(aparte de las cortinas de seda muelle Luis XV), de una vidriera
-interior de cristal entero, de un toldo arrollado en el cimacio, de
-un estor de seda floja, de gasas que se fruncían y se enroscaban
-como nubes y de una celosía móvil de gradería morisca. Todos estos
-resguardos (sabia invención de Holland y C.ª, de Londres), servían
-para resguardar la luz y el aire —según los avisos de termómetros,
-barómetros e higrómetros, montados en ébano, y a los cuales un
-meteorologista (Cunha Guedes) todas las semanas venía a verificar la
-precisión.</p>
-
-<p>Entre estas dos ventanas destacaba la mesa de toilette, una mesa
-enorme, de vidrio, toda de vidrio, con el fin de hacerla impenetrable a
-los microbios, y cubierta de todos esos utensilios de aseo y aliño que
-el hombre del siglo <span class="asc">XIX</span> necesita en una
-capital para no desentonar en el conjunto suntuario de la civilización.
-Cuando nuestro Jacinto, arrastrando sus ingeniosas chinelas de
-pellico y seda, se acercaba a esta ara, yo, bien repantigado en un
-diván, abría con indolencia una Revista, ordinariamente la <i>Revista
-Electropática</i>, o la de las <i>Indagaciones Físicas</i>. Jacinto
-comenzaba... Cada uno de esos utensilios de acero, de marfil, de
-plata, imponían a mi amigo, por la influencia omnipoderosa que las
-cosas ejercen sobre el dueño (<i>sunt tyrannia rerum</i>) el deber de
-utilizarlo con aptitud y deferencia.</p>
-
-<p>Así que las operaciones del alindamiento de Jacinto presentaban
-la prolijidad, reverente e insuprimible, de los ritos de un
-sacrificio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span>Comenzaba por el
-cabello... Con un cepillo chato, redondo y duro acamaba el cabello,
-liso y rubio, en lo alto, a los lados de la raya; con un cepillo
-estrecho y recurvo, a la manera del alfanje de un persa, ondeaba el
-cabello sobre la oreja; con un cepillo cóncavo, en forma de teja,
-empastaba el cabello, por detrás, sobre la nuca... Respiraba y sonreía.
-Después, con un cepillo de largas cerdas, fijaba el bigote; con un
-cepillo leve y flácido incurvaba las cejas; con un cepillo hecho de
-pluma regularizaba las pestañas. Y de esta manera Jacinto permanecía
-delante del espejo, pasando pelos sobre su pelo, unos catorce
-minutos.</p>
-
-<p>Peinado y cansado, iba a purificar las manos. Dos criados, al
-fondo, maniobraban con pericia y vigor los aparatos del lavatorio,
-que era apenas un resumen de la maquinaria monumental de la sala de
-baño. Allí, sobre el mármol verde y róseo del lavabo, había dos duchas
-(caliente y fría) para la cabeza; cuatro chorros, graduados desde
-<i>cero hasta cien grados</i>; el vaporizador de perfumes; la fuente
-de agua esterilizada (para los dientes); el surtidor para la barba, y
-otras espitas que rebrillaban y botones de ébano que, apenas rozados,
-desencadenaban la marejada y el estridor de torrentes en los Alpes...
-Para mojarme los dedos, yo nunca me acerqué a aquel lavabo sin terror,
-escarmentado de la tarde amarga de enero, en que bruscamente desoldada
-la espita, el chorro de agua a <i>cien</i> grados reventó, silbando y
-humeando, furioso, devastador... Huimos todos, despavoridos. Atronó un
-clamor <i>El Jazminero</i>. El viejo Grillo, escudero que había sido
-de<span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> Jacinto padre, quedó
-cubierto de ampollas en la cara, en las manos fieles.</p>
-
-<p>Cuando Jacinto acababa de enjugarse laboriosamente en toallas de
-felpa, de lino, de cuerda entrenzada (para restablecer la circulación),
-de seda blanda (para lustrar la piel), bostezaba, con un bostezo hueco
-y lento.</p>
-
-<p>Era este bostezo, perpetuo y vago, lo que nos inquietaba a nosotros,
-sus amigos y filósofos. ¿Qué faltaba a este hombre excelente? Tenía
-su inalterable salud de pino bravo, crecido en las dunas; una luz
-de inteligencia, propia a todo luminar, firme y clara, sin temblor;
-cuarenta magníficos miles de duros de renta; todas las simpatías de una
-ciudad chasqueadora y escéptica; una vida barrida de sombras, más libre
-y lisa que un cielo de verano... Y todavía bostezaba constantemente;
-palpaba en la faz, con los dedos finos, la palidez y las arrugas. ¡A
-los treinta años Jacinto andaba encorvado, como bajo un peso injusto!
-Y por la morosidad desconsolada de toda su acción, parecía ligado,
-desde los dedos hasta la voluntad, por las mallas apretadas de una
-red que no se veía y que lo trababa. Era doloroso testimoniar el
-hastío con que para apuntar una dirección tomaba su lápiz pneumático,
-su pluma eléctrica, o para llamar al cochero echaba mano del tubo
-telefónico... En este mover lento del brazo magro, en los pliegues
-que le arrugaban la nariz, en sus silencios largos y postrados, se
-sentía el grito constante que le iba por el alma: «¡Qué pesadez!
-¡Qué pesadez!» Claramente la vida era para Jacinto un cansancio, o
-por laboriosa y difícil, o por desinteresante<span class="pagenum"
-id="Page_94">p. 94</span> y hueca. Por eso mi pobre amigo procuraba
-constantemente sumar a ella nuevos intereses, nuevas facilidades. Dos
-inventores, hombres de mucho celo y pesquisa, estaban encargados, uno
-en Inglaterra, otro en América, de darle noticia y ofrecerle todos
-los inventos, los más menudos, que concurriesen a perfeccionar la
-confortabilidad del <i>Jazminero</i>. Además, él propio se correspondía
-con Edison. Y, por el lado del pensamiento, Jacinto no cesaba,
-asimismo, de buscar intereses y emociones que le reconciliasen con la
-vida, penetrando, a cata de esas emociones y de esos intereses, por
-las veredas más desviadas del saber, a punto de devorar, desde enero
-a marzo, setenta y siete volúmenes sobre <i>la evolución de las ideas
-morales entre las razas negroides</i>. ¡Ah! ¡Nunca hombre de este siglo
-batalló más esforzadamente contra el enfado <i>de vivir</i>!</p>
-
-<p>¡De balde! ¡Hasta de exploraciones tan cautivantes como esa, a
-través de la moral de les negroides, Jacinto regresaba más mustio, con
-bostezos más hondos!</p>
-
-<p>Entonces era cuando se refugiaba intensamente en la lectura de
-Schopenhauer y del Eclesiastés. ¿Por qué? Sin duda, porque entrambos
-pesimistas lo confirmaban en las conclusiones que él sacaba de una
-experiencia paciente y rigurosa: «que todo es vanidad o dolor, que
-cuanto más se sabe más se pena, y que haber sido rey de Jerusalén y
-obtenido los goces todos en la vida, solo lleva a mayor amargura...»
-¿Mas por qué rodara así a tan oscura desilusión el saludable, rico,
-sereno e intelectual<span class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span>
-Jacinto? El viejo escudero Grillo pretendía que «¡S. E. sufría de
-hartura!»</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Justamente después de ese invierno, durante el cual se embreñara en
-la moral de los negroides e instalara la luz eléctrica en los arbolados
-del jardín, sucedió que Jacinto tuvo la necesidad moral ineludible de
-partir para el Norte, a su viejo solar de Torges. Jacinto no conocía
-Torges. Se preparó durante siete semanas para esa jornada agreste. La
-quinta queda en las sierras y la ruda casa solariega, en donde aún
-resta una torre del siglo <span class="asc">XV</span>, hallábase
-ocupada hacía treinta años por los caseros, buena gente de trabajo, que
-comía el caldo entre la humareda del lar y extendía el trigo a secar en
-las salas señoriales.</p>
-
-<p>Jacinto, en los comienzos de marzo, escribió cuidadosamente a su
-procurador Souza, que habitaba la aldea de Torges, ordenándole que
-compusiese los tejados, encalase los muros, envidriase las ventanas;
-después mandó expedir, por medios de rápida conducción, en cajones
-que trasponían con trabajo los portones del <i>Jazminero</i>, todos
-los confortes necesarios a dos semanas de montaña, camas de plumas,
-poltronas, divanes, lámparas de Carcel, bañeras de níquel, tubos
-acústicos para llamar a los criados, alfombras persas para ablandar
-los suelos; uno de los cocheros partió con un coupé, una victoria, un
-break, mulas y cascabeles.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>Al cabo de un tiempo,
-fue el cocinero con la batería, la botillería, la heladora, una gran
-cantidad de trufas, cajas profundas de aguas minerales. Desde el
-amanecer, en los anchos patios del palacio, se clavaba, se martillaba,
-como en la construcción de una ciudad. El bagaje, desfilando, recordaba
-una página de Herodoto al narrar la invasión persa. Jacinto enmagreció
-con los cuidados de aquel Éxodo. Por fin partimos en una mañana de
-junio, con Grillo y treinta y siete maletas.</p>
-
-<p>Yo acompañaba a Jacinto, en mi camino para Guiães, donde vive una
-tía mía, a una legua larga de Torges; íbamos en un vagón reservado,
-entre vastas almohadas, con perdices y champán en un cesto. A mitad
-de la jornada debíamos cambiar de tren, en esa estación que tiene
-un nombre sonoro en <i>olla</i>, y un tan suave y cándido jardín de
-rosales blancos. Era domingo de inmensa polvareda y sol, y encontramos
-allí, llenando el andén estrecho, todo un pueblo festivo que venía de
-la romería de San Gregorio de la Sierra.</p>
-
-<p>Para realizar aquel trasbordo, en tarde de fiesta, el horario solo
-nos concedía tres minutos avaros. El otro tren ya esperaba, junto al
-cobertizo, impaciente y silbando. Una campana badajeaba con furor. Y
-sin casi atender a las lindas mozas que allí se bamboneaban, en bandos,
-encendidas, con pañuelos flameantes, el seno vasto cubierto de oro,
-y la imagen del santo espetada en el sombrero, corrimos, empujamos,
-saltamos para el otro vagón, ya reservado, marcado por un cartón con
-las iniciales de Jacinto. Inmediatamente el tren rodó. ¡Entonces<span
-class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span> pensé en nuestro Grillo, en
-las treinta y siete maletas! Apoyado de bruces en la portezuela pude
-ver aún junto al ángulo de la estación, bajo los eucaliptos, un montón
-de equipaje y hombres de gorra galoneada que delante de él braceaban
-desesperados.</p>
-
-<p>Murmuré, recayendo en las almohadas:</p>
-
-<p>—¡Qué servicio!</p>
-
-<p>Jacinto, en un rincón, sin abrir los ojos, suspiró:</p>
-
-<p>—¡Qué pesadez!</p>
-
-<p>Durante una hora deslizámonos lentamente entre trigales y viñedos;
-y aún el sol batía en las vidrieras, caliente y polvoriento, cuando
-llegamos a la estación de Gondín, en donde el procurador de Jacinto,
-el excelente Souza, debía esperarnos con caballos que nos llevaran por
-la sierra, hasta el solar de Torges. Detrás del jardín de la estación,
-todo florido también de rosas y margaritas, Jacinto reconoció en
-seguida sus carruajes aún empaquetados en lona.</p>
-
-<p>Pero cuando nos apeamos en el pequeño andén blanco y fresco, solo
-hallamos en torno nuestro soledad y silencio... ¡Ni procurador, ni
-caballos! El jefe de la estación, a quien yo pregunté con ansiedad «si
-no apareciera por allí el señor Souza, si no conocía al señor Souza»,
-sacó afablemente su gorra galoneada. Era un mozo gordo y redondo, con
-colores de manzana camuesa, que traía bajo el brazo un libro de versos.
-«¡Conocía perfectamente al señor Souza!» ¡Tres semanas antes jugara
-con él a la manilla! ¡Esta tarde, sin embargo, infelizmente, no había
-visto al señor Souza! El tren desapareciera<span class="pagenum"
-id="Page_98">p. 98</span> por detrás de las altas rocas que allí
-penden sobre el río. Un cargador hacía un cigarro, silbando. Cerca de
-la valla del jardín, una vieja, toda de negro, dormitaba agachada en
-el suelo, delante de una cesta de huevos. ¿Y nuestro Grillo y nuestro
-equipaje?... El jefe encogió risueñamente los hombros rollizos. Todos
-nuestros bienes habían encallado, de seguro, en aquella estación de
-rosales blancos que tiene un nombre sonoro en <i>olla</i>. Y allí
-estábamos nosotros, perdidos en la sierra agreste, sin procurador, sin
-caballos, sin Grillo, sin maletas.</p>
-
-<p>¿Para qué referir menudamente el lance lamentable? Próximo a la
-estación, en una quebrada de la sierra, había un casal forero a la
-quinta, en donde conseguimos, para llevarnos y guiarnos a Torges,
-una yegua lazarina, un jumento blanco, un rapaz y un podenco. Y allí
-comenzamos a trepar, desazonadamente, esos caminos agrestes, los
-mismos, quizá, por donde iban y venían, de monte a río, los Jacintos
-del siglo <span class="asc">XV</span>. Pasado un trémulo puente
-de madera que atraviesa un riachuelo todo quebrado por peñas (y donde
-abunda la trucha adorable), nuestros males olvidáronsenos ante la
-inesperada, incomprensible belleza de aquella bendita sierra. El divino
-artista que está en los cielos compusiera, ciertamente, ese monte en
-una de sus mañanas de más solemne y bucólica inspiración.</p>
-
-<p>La grandeza era tanta como la gracia... Decir los valles fofos de
-verdura, los bosques casi sacros, los pomares olorosos y en flor,
-la frescura de las aguas cantantes, las ermitas blanqueando en los
-altos, las rocas musgosas, el aire de una dulzura de paraíso,<span
-class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span> toda la majestad y toda la
-lindeza, no es para mí, hombre de pequeño arte. Ni creo que fuese para
-el maestro Horacio. ¿Quién puede decir la belleza de las cosas, tan
-simple e indecible? Jacinto, delante, en la yegua torda, murmuraba:</p>
-
-<p>—¡Ah, qué belleza!</p>
-
-<p>Yo atrás, en el burro, con las piernas sueltas, murmuraba:</p>
-
-<p>—¡Ah, qué belleza!</p>
-
-<p>Los expertos regatos reían, saltando de roca en roca; finos ramos de
-arbustos floridos rozaban nuestras caras, con familiaridad y cariño;
-durante largo tiempo, un mirlo nos siguió de chopo para castaño,
-silbando nuestros loores.</p>
-
-<p>Tierra bien acogedora y amable... ¡Ah, qué belleza!</p>
-
-<p>Entre <i>ahs</i> maravillados llegamos a una avenida de hayas, que
-nos pareció clásica y noble. Dando un nuevo vergajazo al burro y a la
-yegua, el rapaz, con su podenco al lado, gritó: «¡Ya estamos!»</p>
-
-<p>Y al fondo de las hayas había, en efecto, un portal de quinta, al
-cual un escudo de armas de vieja piedra, roída de musgo, señoreaba
-grandemente. Dentro ya, los perros ladraban con furor. Y apenas Jacinto
-y yo, atrás de él, en el burro de Sancho, traspusimos el dintel
-solariego, corrió, hacia nosotros, desde lo alto de la escalera, un
-hombre blanco, rapado como un clérigo, sin cuello, sin chaqueta, que
-erguía para el aire, en un gran asombro, los brazos desolados. Era el
-casero, Zé Braz. Y en aquel punto, allí, en las piedras del patio,
-entre el latir de los perros, brotó una tumultuosa historia,<span
-class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> que el pobre Braz
-balbuceaba, aturdido, y que llenaba la faz de Jacinto de lividez y de
-cólera. El casero no esperaba a S. E. Nadie esperaba a S. E. (Él decía
-<i>su inselencia</i>).</p>
-
-<p>El procurador, el señor Souza, estaba en la frontera desde mayo,
-atendiendo a la madre que había recibido una coz de una mula. Por
-fuerza había habido engaño, cartas perdidas... Porque el señor Souza no
-contaba con S. E... hasta septiembre, para la vendimia. En casa ninguna
-obra comenzara y, desgraciadamente para S. E., los tejados aún estaban
-sin tejas, y las ventanas sin vidrios...</p>
-
-<p>Crucé los brazos, tomado de un justo espanto. ¿Pero los cajones,
-esos cajones remitidos a Torges, con tanta prudencia, en abril,
-repletos de colchones, de regalos, de civilización?... El casero,
-vago, sin comprender, desencajaba los ojos menudos en donde ya
-bailaban lágrimas. ¿Los cajones? Nada llegara, nada apareciera. Y en
-su perturbación, Zé Braz buscaba entre las arcadas del patio, en los
-bolsillos de los pantalones... ¿Los cajones? ¡No, no tenía los cajones!
-En esto, acercose gravemente el cochero de Jacinto (que había traído
-los caballos y los carruajes). Ese era un hombre civilizado, y acusó de
-todo al gobierno. Ya cuando él servía al señor vizconde de S. Francisco
-habíanse perdido, por abandono del gobierno, de la ciudad a la sierra,
-dos cajas de vino viejo de Madeira y ropa blanca de señora. Por lo
-cual, él, escarmentado, sin confianza en la nación, no abandonara los
-carruajes, y era todo lo que restaba a S. E.: el break, la victoria,
-el coupé y los cascabeles. Solo que, en aquella ruda montaña,<span
-class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span> no había carreteras por
-donde pudiesen rodar. Y como para subirlos hasta la quinta eran
-necesarios grandes carros de bueyes, los dejara allá abajo, en la
-estación, quietos, empaquetados en lona...</p>
-
-<p>Jacinto quedó plantado delante de mí, con las manos en los
-bolsillos:</p>
-
-<p>—¿Y ahora?</p>
-
-<p>Nada restaba sino recogernos, cenar el caldo del tío Zé Braz, y
-dormir en las pajas que los hados nos concediesen. Subimos. La escalera
-noble conducía a un gran balcón, todo cubierto en alpendre, aumentando
-la fachada del caserón y ornado, entre sus gruesos pilares de granito,
-con cajones llenos de tierra, en que florecían claveles. Cogí un
-clavel. Entramos. ¡Y mi pobre Jacinto contempló, en fin, las salas de
-su solar! Eran enormes, con las altas paredes revocadas de cal que
-el tiempo y el abandono habían ennegrecido, y vacías, desoladamente
-desnudas, ofreciendo apenas como vestigio de habitación y de vida, por
-los rincones, algún montón de cestos o algún haz de azadas. En los
-techos remotos de encina negra albeaban manchas, que era el cielo ya
-pálido del fin de la tarde, sorprendido a través de los agujeros del
-tejado. No quedaba una vidriera. A las veces, bajo nuestros pasos, una
-tabla podrida crujía y cedía.</p>
-
-<p>Hicimos alto, al cabo, en la última, la más vasta, donde había dos
-arcas inmensas para guardar el grano; y allí depusimos melancólicamente
-lo que nos quedara de las treinta y siete maletas: los abrigos de
-viaje, un bastón y un <i>Diario de la Tarde</i>. A través de las
-ventanas desvidriadas, por donde<span class="pagenum" id="Page_102">p.
-102</span> se avistaban copas de arbolados y las sierras azules
-de allende el río, el aire entraba montesino y amplio, circulando
-plenamente como en un terrado, con aromas de pinar bravío. Y allá, de
-lo hondo de los valles, subía desgarrada y triste, una voz de pastora
-cantando. Jacinto balbució:</p>
-
-<p>—¡Es honoroso!</p>
-
-<p>Yo murmuré:</p>
-
-<p>—¡Es campestre!</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>Zé Braz, en tanto, con las manos en la cabeza, desapareciera
-a ordenar la cena para <i>sus inselencias</i>. El pobre Jacinto,
-desalentado por el desastre, sin resistencia contra aquel brusco
-desaparecimiento de toda la civilización, cayó pesadamente sobre el
-poyo de una ventana, y desde allí miraba a los montes. Y yo, a quien
-aquellos aires serranos y el cantar del pastor sabían bien, terminé por
-descender a la cocina, conducido por el cochero, a través de escaleras
-y callejones, en donde la oscuridad venía menos del crepúsculo que de
-densas telas de araña.</p>
-
-<p>La cocina era una espesa masa de tonos y formas negras, color de
-hollín, en la cual refulgía al fondo, sobre el suelo de tierra, una
-hoguera roja que lamía gruesas ollas de hierro, y se perdía en humareda
-por la reja escasa que en lo alto colaba la luz. Un bando alborozado y
-parlero de mujeres desplumaba pollos, batía huevos, limpiaba arroz con
-santo<span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span> fervor... Del
-centro de ellas, el buen casero, atontado, embistió para mí, jurando
-que «la cena de <i>sus inselencias</i> no se demoraba un credo». Y
-como yo le interrogara a propósito de las camas, el digno Braz tuvo un
-murmurio vago y tímido sobre «jergoncitos en el suelo».</p>
-
-<p>—Es bastante, señor Zé Braz —acudí yo para consolarle.</p>
-
-<p>—¡Pues así Dios sea servido! —suspiró el hombre excelente, que
-atravesaba en esa hora el trance más amargo de su vida serrana.</p>
-
-<p>Eché a andar hacia arriba con estas consoladoras nuevas de cena
-y cama, y encontré aún a mi Jacinto en el poyo de la ventana,
-embebiéndose todo de la dulce paz crepuscular, que lenta y calladamente
-se establecía sobre valle y monte. En el alto ya temblaba una estrella,
-Vesper diamantina, que es todo lo que en este cielo cristiano resta del
-esplendor corporal de Venus. Jacinto nunca considerara bien aquella
-estrella, ni había asistido a este majestuoso y dulce adormecer de
-las cosas. Ese ennegrecimiento de montes y arbolados, casales claros
-fundiéndose en la sombra, un toque durmiente de campana que venía por
-las quebradas, el cuchichear de las aguas entre los prados, eran para
-él como iniciaciones. Yo estaba enfrente, en el otro poyo. Y lo sentí
-suspirar como un hombre que al fin descansa.</p>
-
-<p>En esta contemplación nos encontró Zé Braz, con el dulce aviso de
-que estaba en la mesa la <i>ceniña</i>. Era, en la otra sala, más
-desnuda, más negra. Y allí, mi supercivilizado Jacinto reculó con
-un pavor<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span> genuino.
-En la mesa de pino, recubierta con una toalla, arrimada a la pared
-sórdida, una vela de sebo medio derretida en un candelero de latón,
-alumbraba dos platos de loza amarilla, ladeados por cucharas de palo
-y por tenedores de hierro. Los vasos, de vidrio grueso y empañados,
-conservaban el tono rojo del vino que por ellos pasara en hartos
-años de hartas vendimias. El platillo de barro con las aceitunas,
-deleitaría, por su sencillez ática, el corazón de Diógenes. En el ancho
-pan de maíz estaba clavado un cuchillo... ¡Pobre Jacinto!</p>
-
-<p>Mas al fin se sentó resignado, y mucho tiempo pensativamente refregó
-con su pañuelo el tenedor negro y la cuchara de palo. Después, mudo,
-desconfiado, probó un trago corto de caldo, que era de gallina y olía
-muy bien. Probó, y levantó hacia mí, su compañero y amigo, unos ojos
-largos que lucían sorprendidos. Volvió a sorber una cucharada de caldo,
-más llena, más lenta... Y sonrió, murmurando con espanto:</p>
-
-<p>—¡Está bueno!</p>
-
-<p>Estaba realmente bueno; tenía hígado y mollejas; su perfume
-enternecía. Yo lo ataqué tres veces con energía, pero fue Jacinto el
-que raspó la sopera. Luego, separando el pan y separando la vela, el
-buen Zé Braz puso en la mesa una fuente vidriada, que desbordaba de
-arroz con habas. A pesar de que la haba (que los griegos llamaran
-<i>ciboria</i>) pertenecía a las épocas superiores de la civilización,
-y promovía tanto la sapiencia que había en Sicio, en Galacia, un templo
-dedicado a Minerva Ciboriana, Jacinto siempre detestara las habas.
-Probó, sin embargo,<span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span>
-una cucharada, tímido. De nuevo sus ojos, alargados por el asombro,
-buscaron los míos. Otra cucharada, otra concentración... Y he ahí que
-mi dificilísimo amigo exclama:</p>
-
-<p>—¡Está óptimo!</p>
-
-<p>¿Eran los aires picantes de la sierra? ¿Era el arte delicioso de
-aquellas mujeres, que, abajo, removían las ollas, cantando el <i>Viva
-mi bien</i>? No sé; mas los loores de Jacinto a cada plato fueron
-ganando en amplitud y firmeza. Y delante del pollo amarillo, asado en
-el espeto de palo, terminó por gritar:</p>
-
-<p>—¡Está divino!</p>
-
-<p>Nada, sin embargo, le entusiasmó como el vino, el vino cayendo de
-alto, de la gruesa colodra verde, un vino gustoso, penetrante, vivo,
-caliente, que tenía en sí más alma que mucho poema o libro santo.
-Viéndole poner a la luz de sebo el vaso rudo, orlado de espuma, yo
-recordaba el día geórgico en que Virgilio, en casa de Horacio, bajo
-la enramada, cantaba el fresco pajizo de la Rética. Y Jacinto, con un
-color que yo nunca le había visto en su palidez schopenhaurica, susurró
-luego el dulce verso:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0"><i>Rethica quo te carmina dicat.</i></div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>¿Quién dignamente te cantara, vino de aquellas sierras?</p>
-
-<p>Así comimos deliciosamente, bajo los auspicios de Zé Braz. Y después
-volvimos para las alegrías únicas de la casa, para las ventanas
-desvidriadas, a contemplar silenciosamente un suntuoso cielo de verano,
-tan lleno de estrellas que todo él parecía una densa polvareda de
-oro vivo, suspensa, inmóvil,<span class="pagenum" id="Page_106">p.
-106</span> por encima de los montes negros. Como yo observé a Jacinto,
-en la ciudad nunca se miran los astros por causa de los faroles, que
-los ofuscan; y por eso nunca podemos entrar en una completa comunión
-con el Universo. El hombre, en las capitales, pertenece a su casa o,
-si lo impelen fuertes tendencias de sociabilidad, a su barrio. Todo lo
-aísla y lo separa de la restante naturaleza: las casas obstructoras
-de seis pisos, el humo de las chimeneas, el rodar moroso y grueso de
-los ómnibus, la trama encarceladora de la vida humana... ¡Pero qué
-diferencia en la cima de un monte, como Torges! Ahí todas esas bellas
-estrellas miran para nosotros de cerca, rebrillando, a la manera de
-ojos conscientes; unas fijamente, con sublime indiferencia; otras,
-ansiosamente, con una luz que palpita, una luz que llama, como si
-tentasen revelar sus secretos o comprender los nuestros...</p>
-
-<p>Es imposible no sentir una solidaridad perfecta entre esos inmensos
-mundos y nuestros pobres cuerpos. Todos somos obra de la misma
-voluntad. Todos vivimos de la acción de esa voluntad inmanente.</p>
-
-<p>Todos, por tanto, desde los Uranos hasta los Jacintos, constituimos
-modos diversos de un ser único, y a través de sus transformaciones
-sumamos una misma unidad. No hay idea más consoladora que esta:
-que yo, y tú, y aquel monte, y el sol que ahora se esconde, somos
-moléculas del mismo Todo, gobernadas por la misma Ley, rodando para
-el mismo Fin. Desde luego se sumen las responsabilidades torturantes
-del individualismo. ¿Qué somos<span class="pagenum" id="Page_107">p.
-107</span> nosotros? Formas sin fuerza, que una Fuerza impele. ¡Hay un
-descanso delicioso en esta certeza, aunque fugitiva, de que se es el
-grano de polvo irresponsable y pasivo que va llevado en el viento, o la
-gota perdida en el torrente! Jacinto concordaba, sumido en la sombra.
-Ni él ni yo sabíamos los nombres de esos astros admirables. ¡Yo, por
-causa de la maciza e indesbastable ignorancia de bachiller, con que
-salí del vientre de Coimbra, mi madre espiritual; Jacinto, porque en su
-poderosa biblioteca tenía <i>trescientos diez y ocho</i> tratados sobre
-astronomía! ¿Pero qué nos importaba, de otra parte, que aquel astro
-de allí se llamase Sirio y aquel otro Aldebarán? ¿Qué les importaba a
-ellos que uno de nosotros fuese José y el otro Jacinto? Éramos formas
-transitorias del mismo ser eterno, y en nosotros había el mismo Dios.
-Y si ellos también así lo comprendían, estábamos allí nosotros, en
-la ventana de un caserón serrano; ellos, en un maravilloso infinito,
-ejecutando un acto sacrosanto, un perfecto acto de gracia, que era
-sentir conscientemente nuestra unidad y realizar, durante un instante,
-en la consciencia, nuestra divinización.</p>
-
-<p>De esta suerte filosofábamos cuando Zé Braz, con un candil en
-la mano, vino a decir que «estaban preparadas las camas de <i>sus
-inselencias</i>...» De la idealidad descendimos gustosamente a la
-realidad; ¿y qué vimos entonces, nosotros, los hermanos de los astros?
-En dos salas tenebrosas y cóncavas, dos jergones, tirados en el suelo,
-en un rincón, con dos colchas de algodón; a la cabecera un candelero de
-latón, posado sobre un banco; y a los pies, como<span class="pagenum"
-id="Page_108">p. 108</span> lavatorio, un barreño barnizado encima de
-una silla de madera.</p>
-
-<p>En silencio, mi supercivilizado amigo palpó su jergón y sintió en
-él la rigidez del granito. ¡Después, corriendo por la cara decaída
-los dedos mustios, consideró que, perdidas sus maletas, no tenía ni
-zapatillas ni camisón! De nuevo Zé Braz hizo de Providencia, trayendo
-al pobre Jacinto, para que desahogase los pies, unos tremendos zuecos
-de madera, y para que cubriese el cuerpo, dulcemente educado en
-Síbaris, una camisa de la casera, enorme, de estopa, más áspera que
-estameña de penitente, y con volantes crespos y duros, como labores
-en madera. Para consolarle recordé que Platón cuando componía el
-<i>Banquete</i>; Jenofonte, cuando mandaba los Diez Mil, dormían en
-peores catres. Las camas austeras hacen las fuertes almas; solo vestido
-de estameña se penetra en el Paraíso.</p>
-
-<p>—¿Tiene usted —murmuró mi amigo, desatento y seco— alguna cosa que
-yo pueda leer?... ¡No puedo dormirme sin leer!</p>
-
-<p>Yo tenía únicamente el número del <i>Diario de la Tarde</i>, que
-rasgué por el medio, y repartí con él fraternalmente. ¡Y quien no vio
-entonces a Jacinto, señor de Torges, agazapado en el borde del jergón,
-junto de la vela que goteaba sobre el banco, con los pies desnudos,
-ocultos en los gruesos zuecos, recorriendo en la mitad del <i>Diario
-de la Tarde</i>, con los ojos confusos, los anuncios de los barcos, no
-puede saber lo que es una vigorosa y real imagen del desaliento!</p>
-
-<p>Así lo dejé, y de allí a poco, extendido asimismo<span
-class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span> en mi jergón, también
-espartano, subía, a través de un sueño jovial y erudito, al planeta
-Venus, donde encontraba, entre los olmos y los cipreses, en un vergel,
-a Platón y Zé Braz, en alta camaradería intelectual, bebiendo el vino
-de Rética por los vasos de Torges. Emprendimos los tres bruscamente
-una controversia sobre el siglo <span class="asc">XIX</span>. A
-lo lejos, por entre una floresta de rosales más altos que encinas,
-albeaban los mármoles de una ciudad y resonaban cantos sacros. No
-recuerdo lo que Jenofonte sustentó acerca de la civilización y del
-fonógrafo. De repente, todo se turbó por negras nubes, a través de
-las cuales yo distinguía a Jacinto, huyendo en un burro que impelía
-furiosamente con los tacones, con una vardasca, con gritos, en la
-dirección del <i>Jazminero</i>.</p>
-
-
-<h3>V</h3>
-
-<p>Muy temprano, de madrugada, sin rumor, para no despertar a Jacinto
-que, con las manos sobre el pecho, dormía plácidamente, partí para
-Guiães. Y durante tres quietas semanas, en aquella villa donde se
-conservan los hábitos y las ideas del tiempo del rey don Dinís, no
-supe de mi desconsolado amigo, que de cierto había huido de sus techos
-agujereados y reentrara en la civilización. Después, en una abrasada
-mañana de agosto, desciendo de Guiães, tomo de nuevo la avenida de las
-hayas y llego al portalón solariego de Torges, entre el furioso latir
-de los perros. La mujer de Zé Braz apareció alborozada a la puerta de
-la bodega. Y su<span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span> nueva
-fue que el señor don Jacinto (en Torges, mi amigo tenía don) andaba
-allá abajo, con Souza, en los campos de Freixomil.</p>
-
-<p>—¿Entonces, aún anda por aquí el señor don Jacinto?</p>
-
-<p>¡<i>Su inselencia</i> aún estaba en Torges, y <i>su inselencia</i>
-quedaba para la vendimia!... Justamente reparaba en que las ventanas
-del solar tenían vidrieras nuevas; y a un lado del patio posaban baldes
-de cal; una escalera de albañil quedara arrimada contra la baranda,
-y en un cajón abierto, aún lleno de paja de embalar, dormían dos
-gatos.</p>
-
-<p>—¿Y Grillo, apareció?</p>
-
-<p>—El señor Grillo está en el pomar, a la sombra.</p>
-
-<p>—Bien; ¿y las maletas?</p>
-
-<p>—El señor don Jacinto ya tiene su saquiño de cuero...</p>
-
-<p>—¡Loado sea Dios! Jacinto estaba, en fin, provisto de civilización.
-Subí contento. En la sala noble, donde el suelo fuera recompuesto y
-fregado, encontré una mesa cubierta de hule, aparadores de pino con
-loza blanca, de Barcelos, y sillas de paja, orillando las paredes muy
-encaladas, que daban una frescura de capilla nueva. Al lado, en otra
-sala, también de brillante blancura, había el conforto inesperado de
-tres sillones de paja de Madeira, con brazos largos y almohadones de
-algodón; sobre la mesa de pino, el papel, el candelero de aceite, las
-plumas de pato espetadas en un tintero de fraile, parecían preparadas
-para un estudio calmo y dichoso de humanidades; y en la pared,
-suspendido por dos clavos, un estante contenía cuatro o cinco<span
-class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span> libros, hojeados y usados:
-<i>Don Quijote</i>, un Virgilio, una Historia de Roma, las Crónicas de
-Froissart. La pieza contigua era ciertamente el cuarto de don Jacinto,
-un cuarto claro y casto de estudiante, con un catre de hierro, un
-lavabo de hierro, la ropa colgada en perchas toscas. Todo resplandecía
-de aseo y orden. Las maderas de los ventanales, cerradas, defendían del
-sol de agosto, que escaldaba fuera los balcones de piedra. Del suelo,
-rociado de agua, subía una frescura consoladora. En un viejo vaso azul
-un ramo de claveles alegraba y perfumaba. No había un rumor. Torges
-dormía en el esplendor de la siesta. Y envuelto en aquel reposo de
-convento remoto, terminé por extenderme en un sillón de paja junto a la
-mesa, abrí lánguidamente el Virgilio, y murmuré:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2"><i>Fortunate Jacinthe!, tu inter arva nota</i></div>
- <div class="verse indent0"><i>et fontes sacros frigus captatis opacum.</i></div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Ya casi irreverentemente adormeciera sobre el divino bucolista,
-cuando me despertó un grito amigo. Era Jacinto. E inmediatamente le
-comparé a una planta medio mustia y decolorada en la oscuridad, que
-había sido profusamente regada y reviviera en pleno sol. No andaba
-encorvado. Sobre su palidez de supercivilizado, el aire de la sierra o
-la reconciliación con la vida habíanle dado un tono moreno y fuerte,
-que le virilizaba soberbiamente. De los ojos, que en la ciudad le
-había conocido, siempre crepusculares, saltaba ahora un brillo de
-mediodía, decidido y dilatado, que entraba francamente en la belleza
-de las cosas. Ya no pasaba las manos mustias<span class="pagenum"
-id="Page_112">p. 112</span> sobre la faz; batía con ellas fuertemente
-en el muslo. ¡Qué sé yo! Era una reencarnación. Y todo lo que me contó,
-pisando alegremente con los zapatos blancos el suelo, fue que, al cabo
-de tres días, en Torges, se sintiera como serenado, mandó comprar un
-colchón blando, reunió cinco libros nunca leídos, y allí estaba...</p>
-
-<p>—¿Para todo el verano?</p>
-
-<p>—¡Para siempre! Y ahora, hombre de las ciudades, ven a almorzar unas
-truchas que yo pesqué, y comprende al fin lo que es el cielo.</p>
-
-<p>Las truchas eran, en efecto, celestes. Apareció también una ensalada
-de coliflor y vainas, y un vino blanco de Azães... ¿Quién condignamente
-os cantara, manjares y bebidas de aquellas sierras?</p>
-
-<p>A la tarde, paseamos por los caminos, costeando la vasta quinta,
-que va de valles a montes. Jacinto parábase a contemplar con cariño
-los altos maizales. Con la mano abierta y fuerte batía en el tronco de
-los castaños, como en las espaldas de amigos recuperados. Todo hilo de
-agua, toda colina de hierba, todo pie de viña le ocupaba como vidas
-filiales por las cuales fuese responsable. Conocía ciertos mirlos que
-cantaban en ciertos chopos. Exclamaba enternecido:</p>
-
-<p>—¡Qué encanto, la flor de trébol!</p>
-
-<p>A la noche, después de un cabrito asado en el horno, al que el
-maestro Horacio habría dedicado una Oda (tal vez un Carmen Heroico),
-conversamos sobre el destino y la vida. Yo cité, con discreta malicia,
-a Schopenhauer y al Eclesiastés... Jacinto levantó los hombros, con
-seguro desdén. Su confianza<span class="pagenum" id="Page_113">p.
-113</span> en esos dos sombríos explicadores de la vida desapareciera,
-e irremediablemente, para no volver más, como una niebla que el sol
-esparce. ¡Tremenda tontería!, afirmar que la vida se compone meramente
-de una larga ilusión, y levantar un aparatoso sistema sobre un punto
-especial y estrecho de la vida, dejando fuera del sistema toda la vida
-restante, como una contradicción permanente y soberbia. Era como si
-él, Jacinto, señalando una ortiga, crecida en aquel patio, declarase
-triunfalmente: «¡Aquí está una ortiga! Toda la quinta de Torges, de
-consiguiente, es una masa de ortigas». ¡Bastaría que el huésped alzase
-los ojos, para ver los trigales, los pomares y los viñedos!</p>
-
-<p>Luego que, de esos dos ilustres pesimistas, uno, el alemán, ¡qué
-conocía de la vida, de esa vida de que había hecho, con doctoral
-majestad, una teoría definitiva y doliente! ¡Todo lo que puede
-conocer quien, como este genial farsante, viviera cincuenta años en
-una lúgubre hospedería de provincia, levantando apenas los ojos del
-libro para conversar, en la mesa redonda, con los oficiales de la
-guarnición! Y el otro, el israelita, el hombre de los <i>Cantares</i>,
-el muy pedantesco rey de Jerusalén, solo descubre que la vida es una
-ilusión a los setenta y cinco años, cuando el poder se le escapa
-de las manos trémulas, y su serrallo de trescientas concubinas, se
-torna ridículamente superfluo a su osamenta rígida. Uno dogmatiza
-fúnebremente sobre lo que no sabe, y el otro, sobre lo que no puede.
-Mas que se dé a ese buen Schopenhauer una vida tan completa y llena
-como la de César, ¿y a dónde iría a parar su<span class="pagenum"
-id="Page_114">p. 114</span> schopenhaurismo?; que se restituya a ese
-sultán, ensuciado de literatura, que tanto edificó y profesoró en
-Jerusalén, su virilidad, ¿y en dónde está el Eclesiastés? Y por otra
-parte, ¿qué importa bendecir o maldecir la vida? Afortunada o dolorosa,
-fecunda o varia, es vida. Locos aquellos que, para atravesarla, se
-embozan desde luego en pesados velos de tristeza y desilusión, de
-suerte que en su camino todo les sea negrura, no solo las leguas
-realmente oscuras, mas también aquellas en que brilla un sol amable. En
-la tierra todo vive —y solo el hombre siente el dolor y la desilusión
-de la vida. Y tanto más se siente, cuanto más alarga y acumula la obra
-de esa inteligencia que lo hace hombre, y que lo separa del resto de
-la naturaleza, impensante e inerte. En el máximum de la civilización,
-experimenta el máximum de tedio. Así que la sabiduría está en
-retroceder hasta ese honesto mínimum de civilización, que consiste en
-tener un techo de choza, un pedazo de tierra, y el grano para sembrar
-en ella. En resumen, para recuperar la felicidad, es necesario regresar
-al Paraíso, y quedarse allá, quieto, con su hoja de parra, enteramente
-desguarnecido de civilización, contemplando al cordero dando saltos
-entre el tomillo, y sin procurar, ni con el deseo, el ¡árbol funesto de
-la Ciencia! ¡Dixi!</p>
-
-<p>Escuchaba, asombrado, a este Jacinto novísimo. Era verdaderamente
-una resurrección, en el magnífico estilo de Lázaro. Al <i>surge et
-ambula</i> que le habían susurrado las aguas y los bosques de Torges,
-erguíase del fondo de la cueva del Pesimismo, desembarazábase de sus
-americanas de<span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span> Poole,
-<i>et ambulabat</i>, y comenzaba a ser dichoso. Yendo de retirada
-a mi cuarto, en aquellas horas honestas que convienen al campo y
-al optimismo, tomé entre las mías la mano ya firme de mi amigo, y
-pensando que al fin había alcanzado la verdadera realeza, le grité mis
-parabienes a la manera del moralista de Tibur:</p>
-
-<p>—<i>¡Vive et regna, fortunate Jacinthe!</i></p>
-
-<p>De ahí a poco, a través de la puerta abierta que nos separaba, sentí
-una carcajada fresca, moza, genuina y consolada. Era Jacinto que leía
-el <i>Don Quijote</i>. ¡Oh, bienaventurado Jacinto! ¡Conservaba el
-agudo poder de criticar, y recuperaba el don divino de reír!</p>
-
-
-<p class="mt2">Cuatro años van pasados. Jacinto aún habita Torges. Las
-paredes de su solar continúan bien encaladas, mas desnudas.</p>
-
-<p>Por el invierno pónese un gabán de lana y enciende un brasero. Para
-llamar a Grillo o a la moza, bate las manos, como hacía Catón. En sus
-deliciosos vagares, ya leyó la <i>Iliada</i>. No se afeita. En los
-caminos silvestres, párase y habla con las criaturas. Todos los casales
-de la sierra le bendicen. Oigo que se va a casar con una fuerte, sana
-y bella rapaza de Guiães. ¡De seguro crecerá allí una tribu, que será
-grata al señor!</p>
-
-<p>Como él, recientemente, me pidiera libros de su librería (una
-<i>Vida de Buda</i>, una <i>Historia de Grecia</i> y las obras de
-San Francisco de Sales), fui, después de estos cuatro años, al
-<i>Jazminero</i> desierto. ¡Cada paso mío sobre los fofas alfombras
-de Caranania<span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span> sonaba
-triste como en un cementerio. Todos los brocados estaban arrugados,
-resquebrajados. Por las paredes pendían, como ojos fuera de órbitas,
-los botones eléctricos de los timbres y de las luces; y había vagos
-hilos de alambre, sueltos, enroscados, donde la araña regalada y
-reinando tejiera telas espesas. En la librería, todo el vasto saber de
-los siglos yacía en una inmensa mudez, debajo de una inmensa polvareda.
-Sobre los lomos de los sistemas filosóficos blanqueaba el moho;
-vorazmente la polilla devastara las Historias Universales; erraba allí
-un olor blando de literatura podrida; y yo partí, con el pañuelo en la
-nariz, seguro de que en aquellos veinte mil volúmenes no restaba una
-verdad viva! Quise lavarme las manos, manchadas por el contacto con
-estos detritos de conocimientos humanos. Mas los maravillosos aparatos
-del lavatorio, de la sala de baño, herrumbrosos, tenaces, desoldados,
-no echaban una gota de agua; y, como llovía en esa tarde de abril, tuve
-que salir al balcón y pedir al cielo que me lavase.</p>
-
-<p>Al bajar, penetré en el gabinete de trabajo de Jacinto, y tropecé en
-un montón negro de herrajes, ruedas, láminas, campanillas, tornillos...
-Entreabrí la ventana, y reconocí el teléfono, el teatrófono, el
-fonógrafo, otros aparatos, caídos de sus soportes, sórdidos, deshechos,
-bajo el polvo de los años. Empujé con el pie esta basura del ingenio
-humano. La máquina de escribir, descubierta, con los agujeros negros
-marcando las letras desarraigadas, era como una boca desdentada.
-El telégrafo parecía aplastado, enredado en sus tripas de alambre.
-En<span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span> la trompa del
-fonógrafo, torcida, para siempre muda, revolvíanse cucarachas. Así
-yacían, tan lamentables y grotescas, aquellas geniales invenciones, que
-yo salí riendo, como de una enorme facecia, de aquel super-civilizado
-palacio.</p>
-
-<p>La lluvia de abril cesara; los tejados remotos de la ciudad
-negreaban sobre un poniente de carmesí y oro. Y, a través de las
-calles más frescas, iba yo pensando que este nuestro magnífico siglo
-<span class="asc">XIX</span> se semejaría, un día, a aquel
-<i>Jazminero</i> abandonado, y que otros hombres, con una certeza más
-pura de lo que es la Vida y la Felicidad, darán, como yo, con el pie en
-la basura de la super-civilización, y, como yo, reirán alegremente de
-la gran ilusión que quedará, inútil y cubierta de herrumbre.</p>
-
-<p>De seguro que, a aquella ahora, Jacinto, en el balcón, en Torges,
-sin fonógrafo y sin teléfono, reentrado en la simplicidad, veía, bajo
-la paz lenta de la tarde, al temblar de la primera estrella, recogerse
-a la boyada entre el canto de los boyeros.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_5">
- <p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cenefa.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">EL TESORO</h2>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Los tres hermanos de Medranhos, Ruy, Guannes y Rostabal, eran
-entonces, en todo el Reino de las Asturias, los hidalgos más
-hambrientos y los más remendados.</p>
-
-<p>En los Pazos de Medranhos, a que el viento de la sierra llevara
-vidrios y teja, pasaban ellos las tardes de ese invierno, enovillados
-en sus abrigos de camelote, batiendo las suelas rotas sobre las losas
-de la cocina, delante del vasto lar negro, en donde desde ya mucho
-antes no estallaba fuego, ni hervía nada en el puchero de hierro. Al
-oscurecer devoraban una corteza de pan negro, refregada con ajo. Luego,
-sin candil, a través del patio, hundiendo la nieve, iban a dormir a la
-cuadra, para aprovechar el calor de las tres yeguas leprosas que, tan
-famélicas como ellos, roían las tablas del pesebre. La miseria hiciera
-a estos señores más bravíos que lobos.</p>
-
-<p>Un día, en primavera, en una silenciosa mañana de domingo, yendo los
-tres por el bosque de Roquelanes<span class="pagenum" id="Page_120">p.
-120</span> acechando pisadas de caza y cogiendo hongos entre los
-robles, en tanto las tres yeguas pastaban la hierba nueva de abril, los
-hermanos de Medranhos encontraron, por detrás de una mata de espinos,
-en una cueva de roca, un viejo cofre de hierro. Como si lo resguardase
-una torre segura, conservaba sus tres llaves en sus tres cerraduras;
-sobre la tapa, mal descifrable, a través del herrumbre, corría un
-dístico en letras árabes. ¡Y dentro, hasta los bordes, estaba lleno de
-doblones de oro!</p>
-
-<p>En el terror y esplendor de la emoción, los tres señores quedaron
-más lívidos que cirios. Después, zambullendo furiosamente las manos
-en el oro, rompieron a reír, con unas risotadas tan sonoras, que las
-hojas tiernas de los olmos, en torno, temblaban... Retrocedieron,
-bruscamente se encararon, con los ojos flameando, en una desconfianza
-tan desabrida, que Guannes y Rostabal palparon en los cintos los mangos
-de las grandes facas. Entonces Ruy, que era gordo y rubio y el más
-avisado, levantó los brazos, como un árbitro, y comenzó por decidir que
-el tesoro, o viniese de Dios o del demonio, pertenecía a los tres, y
-entre ellos se repartiría rígidamente, pesándose el oro en balanzas.
-Mas ¿cómo podrían llevar a Medranhos, hasta la cima de la sierra, aquel
-cofre tan lleno? No era conveniente que salieran con su bien del bosque
-antes que anocheciese. Así que él entendía que el hermano Guannes, como
-más leve, debía partir trotando hacia la vecina villa de Retortilho,
-con el oro necesario en la bolsa, a fin de comprar tres alforjas de
-cuero, tres maquilas de cebada, tres empanadas<span class="pagenum"
-id="Page_121">p. 121</span> de carne y tres botellas de vino. El vino
-y la carne eran para ellos, que no comían desde la víspera; la cebada,
-para las yeguas. Rehechos, señores y cabalgaduras, esconderían el oro
-en las alforjas y subirían camino de Medranhos, bajo la seguridad de la
-noche sin luna.</p>
-
-<p>—¡Bien tramado! —gritó Rostabal, hombre más alto que un pino, de
-larga melena, y con una barba que le caía desde los ojos rayados de
-sangre hasta la hebilla del cinturón.</p>
-
-<p>Mas Guannes no se apartaba del cofre, desconfiado, arrugando
-entre los dedos la negra piel de grulla de su pescuezo, y al fin,
-brutalmente:</p>
-
-<p>—¡Hermanos! El cofre tiene tres llaves... ¡Yo quiero cerrar mi
-cerradura y llevar mi llave!</p>
-
-<p>—¡También yo quiero la mía, mil rayos! —rugió a seguida Rostabal.</p>
-
-<p>Ruy sonrió. ¡Cierto, cierto! A cada dueño del oro pertenecía una de
-las llaves que lo guardaban. Y uno por uno, en silencio, agachado ante
-el cofre, cerró su cerradura con fuerza. Guannes, serenado, saltó en
-la yegua, y metiose por la vereda de los olmos, camino de Retortilho,
-echando a los ramos su cántica acostumbrada y doliente:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent3">¡Olé! ¡Olé!</div>
- <div class="verse indent0">Sale la cruz de la iglesia,</div>
- <div class="verse indent0">vestida de negro luto...</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>En un prado, enfrente de la mata que encubría el tesoro (y que
-los tres habían devastado a cuchilladas),<span class="pagenum"
-id="Page_122">p. 122</span> un hilo de agua, brotando entre rocas, caía
-sobre una vasta piedra excavada, en donde hacía como un estanque, claro
-y quieto, antes de escurrirse hacia el césped; y al lado, en la sombra
-de una haya, yacía un viejo pilar de granito, tumbado y musgoso. Allí
-vinieron a sentarse Ruy y Rostabal, con sus tremendos espadones entre
-las rodillas. Las dos yeguas pastaban la fresca hierba, pintarrajeada
-de amapolas y botones de oro. Por entre el ramaje volaba un mirlo
-silbando. Un olor errante de violetas endulzaba el aire luminoso.
-Rostabal, mirando al sol, bostezó con hambre.</p>
-
-<p>En esto, Ruy, que sacara el sombrero y le arreglaba las viejas
-plumas rojas, comenzó a considerar, en su manso y avisado lenguaje, que
-Guannes, aquella mañana, no había querido bajar con ellos al bosque
-de Roquelanes. ¡Así era la suerte ruin! Porque si Guannes se hubiese
-quedado en Medranhos, ellos, los dos, habrían descubierto el cofre, y
-solo entre los dos se partiría el oro. ¡Qué pena! Tanto más, que la
-parte de Guannes sería en seguida disipada, con rufianes, a los dados,
-por las tabernas.</p>
-
-<p>—¡Ah, Rostabal, Rostabal! Si Guannes, viniendo por aquí solito,
-hubiese hallado este oro, no partiría con nosotros, Rostabal.</p>
-
-<p>El otro murmuró sordamente y con furor, dando un tirón a las barbas
-negras:</p>
-
-<p>—¡No, mil rayos! Guannes es un avaro. ¡Cuando el año pasado le ganó
-los cien ducados al espadero de Fresno, no me quiso prestar tres para
-comprar un jubón nuevo! ¿No te acuerdas?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>—¿Ves tú? —gritó
-Ruy, resplandeciendo.</p>
-
-<p>Entrambos se habían levantado del pilar de granito, como llevados
-por la misma idea, que los deslumbraba. A través de sus largos pasos,
-las altas hierbas silbaban.</p>
-
-<p>—¿Y para qué? —proseguía Ruy—. ¿Para qué le sirve a él todo el oro
-que nos lleva? ¿No le oyes, de noche, cómo tose? ¡Alrededor de la paja
-en que duerme, todo el suelo está lleno de sangre, que saliva! ¡Hasta
-las otras nieves no dura, Rostabal! Mas hasta allá habrá disipado los
-buenos doblones que debían ser nuestros, para levantar la casa, y para
-que tu puedas tener jinetes, y armas, y trajes nobles, y tu tercio de
-solariegos, como compete a quien es, como tú, el más viejo de los de
-Medranhos...</p>
-
-<p>—Pues que muera, y muera hoy —gritó Rostabal.</p>
-
-<p>—¿Quieres?</p>
-
-<p>Vivamente, Ruy tomó de un brazo al hermano y le apuntó hacia la
-vereda de olmos, por donde Guannes partiera cantando.</p>
-
-<p>—Más adelante, al fin del camino, hay un sitio bueno, en los
-zarzales; y has de ser tú, Rostabal, que eres el más fuerte y el más
-diestro. Un golpe de punta por la espalda. Y hasta es justicia de Dios
-que seas tú, que muchas veces, en las tabernas, sin ningún pudor,
-Guannes te trataba de <i>cerdo</i> y de torpe, por no saber leer ni
-contar.</p>
-
-<p>—¡Malvado!</p>
-
-<p>—¡Ven!</p>
-
-<p>Fueron. Emboscáronse por detrás de un zarzal, que dominaba el atajo,
-estrecho y pedregoso como<span class="pagenum" id="Page_124">p.
-124</span> un lecho de torrente. Rostabal, asomado en la zanja, tenía
-ya la espada desnuda. Un viento leve remolinó en la pendiente las hojas
-de los álamos, y sintieron el repique de las campanas de Retortilho.
-Ruy, mesándose la barba, calculaba las horas por el sol, que ya se
-inclinaba hacia las sierras. Pasó un bando de cuervos graznando sobre
-ellos. Rostabal, que les había seguido el vuelo, recomenzó a bostezar
-con hambre, pensando en las empanadas y en el vino que el otro traía en
-las alforjas.</p>
-
-<p>¡En fin! ¡Alerta! En la vereda oíase la cántica doliente y ronca,
-lanzada a las ramas:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent3">¡Olé! ¡Olé!</div>
- <div class="verse indent0">Sale la cruz de la iglesia,</div>
- <div class="verse indent0">toda vestida de negro...</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Ruy murmuró:</p>
-
-<p>—¡En el costado! ¡Así que pase!</p>
-
-<p>El trote de la yegua batió el cascajo; una pluma en un sombrero
-rojeó por sobre la punta de las selvas. Rostabal rompió de entre la
-zarza por una brecha, tiró el brazo, la larga espada, —y toda la hoja
-se embebió muellemente en el costado de Guannes, cuando al rumor, de
-improviso, se volvió en la silla. Cayó de lado, con un sordo quejido,
-sobre las piedras. Ya Ruy se abalanzaba a los frenos de la yegua;
-Rostabal, cayendo sobre Guannes, que suspiraba aún, de nuevo le enterró
-la espada, agarrada por la hoja como un puñal, en el pecho y en la
-garganta.</p>
-
-<p>—¡La llave! —gritó Ruy.</p>
-
-<p>Arrancada la llave del cofre al pecho del muerto,<span
-class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span> ambos echaron a andar
-por la vereda. Rostabal delante, huyendo, con la pluma del sombrero
-quebrada y torcida, la espada, aún desnuda, apretada bajo al brazo,
-todo encogido, horripilado con el sabor de la sangre que le saltara
-a la boca; Ruy, atrás, tirando desesperadamente de las bridas de la
-yegua, que con las patas hincadas en el suelo pedregoso, mostrando
-la larga dentadura amarilla, no quería dejar a su amo allí estirado,
-abandonado, a lo largo de las sebes.</p>
-
-<p>Tuvo necesidad de picarle las ancas con la punta de la espada, y
-de ir corriendo detrás de ella con la espada en alto, como si fuese
-persiguiendo a un moro, hasta que desembocó en el prado, donde el sol
-ya no doraba las hojas. Rostabal arrojó a la hierba el sombrero y la
-espada, y de bruces sobre la losa excavada en estanque, con las mangas
-arremangadas, lavábase ruidosamente la cara y las barbas.</p>
-
-<p>La yegua recomenzó a pastar, cargada con las nuevas alforjas
-que Guannes comprara en Retortilho. De la más larga, abarrotada,
-desbordaban los cuellos de dos botellas. En esto, Ruy sacó, lentamente,
-del cinto su larga navaja. Sin un rumor en la espesa hierba, deslizose
-hasta Rostabal, que resoplaba con las largas barbas chorreando. Y
-serenamente, como si clavase una estaca en un bancal, le enterró toda
-la hoja en el largo dorso doblado, certera sobre el corazón.</p>
-
-<p>Rostabal cayó sobre el estanque, sin un gemido, con la cara en el
-agua, los largos cabellos flotando en el agua. Su vieja escarcela de
-cuero quedara<span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span> sujeta
-debajo del muslo. Para sacar de dentro de ella la tercera llave del
-cofre, Ruy levantó el cuerpo, y un chorro de sangre más espesa corrió,
-escurrió por el borde del estanque, humeando.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>¡Ya eran de él, solo de él, las tres llaves del cofre!... Y Ruy,
-alargando los brazos, respiró deliciosamente. ¡Apenas la noche
-descendiese, con el oro metido en las alforjas, guiando la reata de
-yeguas por los atajos de la sierra, subiría a Medranhos y enterraría en
-la bodega su tesoro! Y después, cuando allá en la fuente, y allá junto
-a los zarzales, solo quedasen, bajo las nieves de diciembre, algunos
-huesos sin nombre, él sería el magnífico señor de Medranhos, y en la
-nueva capilla del solar renacido mandaría decir ricas misas por sus dos
-hermanos muertos... ¿Muertos cómo? Como deben morir los de Medranhos:
-¡peleando contra el Turco!</p>
-
-<p>Abrió las tres cerraduras, cogió un puñado de doblones, que hizo
-sonar sobre las piedras. ¡Qué puro oro, de fino quilate! Después fue a
-examinar la capacidad de las alforjas, y, encontrando las dos botellas
-de vino y un gordo capón asado, sintió inmensa hambre. Desde la víspera
-solo había comido un pedacito de pescado seco. ¡Cuánto tiempo que no
-probaba capón! ¡Con qué delicia se sentó en el césped, con las piernas
-abiertas, y entre ellas el ave amarilla y el vino color de ámbar! ¡Ah!
-Guannes<span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span> había sido
-excelente mayordomo; ni se le olvidaron las aceitunas. Mas, ¿por qué
-trajera solo dos botellas para tres convidados? Rasgó un ala del capón;
-devoraba a grandes dentelladas. Caía la tarde, pensativa y dulce, con
-nubecitas de color de rosa. Allá, en la vereda, un bando de cuervos
-graznaba. Las yeguas, hartas, dormitaban con el hocico pendido. Cantaba
-la fuente, lavando al muerto.</p>
-
-<p>Ruy alzó a la luz la botella de vino. Con aquel color viejo y
-caliente, no habría costado menos de tres maravedises. Y poniendo el
-cuello a la boca, bebió en sorbos lentos, que le hacían ondular el
-peludo pescuezo. ¡Oh, vino bendito, que tan prontamente hacía olvidar
-la sangre! Tiró la botella vacía; destapó otra. Mas, como era avisado,
-no bebió, porque la jornada a la sierra, con el tesoro, requería
-firmeza y acierto. Descansando, tendido sobre el codo, pensaba en
-Medranhos cubierto de teja nueva, en las altas llamas de la chimenea en
-noches de nieve, y en su lecho con brocados, en donde tendría siempre
-mujeres...</p>
-
-<p>De repente, tomado de una gran ansiedad, sintió prisa de cargar las
-alforjas. Ya se adensaba la sombra entre los árboles. Trajo una de las
-yeguas para junto del cofre, levantó la tapa, tomó un puñado de oro...
-Mas osciló, soltando los doblones, que resonaron en el suelo, y llevó
-las dos manos afligidas al pecho. ¿Qué es, don Ruy? ¡Rayos de Dios!
-Era un fuego, un fuego vivo que se le encendiera dentro y le subía
-hasta la garganta. Rasgose el jubón y echó a andar con pasos inciertos,
-y encorvado, con la lengua pendiente, limpiándose las gruesas gotas
-de<span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> un sudor horrendo
-que le helaba como nieve. ¡Oh, Virgen Madre! ¡Otra vez el fuego, más
-fuerte, que ascendía, le roía! Gritó:</p>
-
-<p>—¡Socorro! ¡Alguien! ¡Guannes! ¡Rostabal!</p>
-
-<p>Sus brazos torcidos movíanse en el aire desesperadamente. Y la
-llama, dentro, subía; sentía los huesos estallando, como las maderas de
-una casa ardiendo.</p>
-
-<p>Renqueó hasta la fuente para apagar aquella llama; tropezó con
-Rostabal, y, con la rodilla apoyada en el muerto, arañando la roca,
-entre gritos, buscaba el hilo de agua que recibía sobre los ojos, por
-los cabellos. Pero el agua lo quemaba más, como si fuese un metal
-derretido. Volviose, cayó encima de la hierba, que arrancaba a puñados,
-y que mordía, mordiendo los dedos para chuparles la frescura. Levantose
-aún con una baba densa que se le escurría por las barbas; y de repente,
-abriendo pavorosamente los ojos, como si comprendiese, en fin, la
-traición, todo el horror:</p>
-
-<p>—¡Es veneno!</p>
-
-<p>¡Oh! ¡Don Ruy, el avisado, era veneno! Porque Guannes, no bien
-llegara a Retortilho, antes de comprar las alforjas, corrió cantando
-a una callejuela, que hay detrás de la catedral, a comprar al viejo
-droguista judío el veneno que, mezclado al vino, le haría a él, a él
-solamente, dueño de todo el tesoro.</p>
-
-<p>Anocheció. Dos cuervos de entre el bando que graznaba, ya se habían
-posado sobre el cuerpo de Guannes. La fuente, cantando, lavaba al otro
-muerto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span></p>
-
-<p>Medio enterrada en la hierba negra, toda la cara de Ruy volviérase
-negra. Una estrellita lucía en el cielo.</p>
-
-<p>El tesoro aún está allí, en el bosque de Roquelanes.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cenefa.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">FRAY GENEBRO</h2>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>En aquel tiempo aún vivía en su soledad de las montañas de la Umbría
-el divino Francisco de Asís, y ya por toda Italia se loaba la santidad
-de fray Genebro, su amigo y su discípulo.</p>
-
-<p>Fray Genebro, en verdad, completaba la perfección en todas las
-virtudes evangélicas. Por la abundancia y perpetuidad de la Oración,
-arrancaba de su alma las raíces más menudas del pecado y tornábala
-limpia y cándida como uno de esos celestes jardines en que el suelo
-anda regado por el Señor, y en donde solo pueden brotar azucenas. Su
-penitencia durante veinte años de claustro fue tan dura y alta, que ya
-no temía al Tentador; y ahora, solo con sacudir la manga del hábito,
-rechazaba las tentaciones, las más pavorosas o las más deliciosas,
-como si fuesen apenas moscas importunas. Benéfica y universal a la
-manera de un orvallo de verano, su caridad no se derramaba únicamente
-sobre las miserias del pobre; más sobre las melancolías del rico.
-En su humildísima humildad no se consideraba<span class="pagenum"
-id="Page_132">p. 132</span> ni el igual de un gusano. Los bravíos
-barones cuyas negras torres asombraban a Italia, acogíanle
-reverentemente y curvaban la cabeza ante este franciscano descalzo y
-mal remendado que les diseñaba la mansedumbre. En Roma, en San Juan
-de Letrán, el Papa Honorio besó las heridas de cadenas que le habían
-quedado en los pulsos del año en que en la Mourama por amor de los
-esclavos, padeciera esclavitud. Y como en esas edades los ángeles
-aún viajaban por la tierra con las alas escondidas, arrimados a un
-bordón, muchas veces, trillando un viejo camino pagano o atravesando
-una selva, encontrábase un mozo de inefable hermosura que le sonreía y
-murmuraba:</p>
-
-<p>—¡Buenos días, hermano Genebro!</p>
-
-<p>Un día, yendo este admirable mendicante de Spoleto para Terni, y
-viendo en el azul y en el sol de la mañana, sobre una colina cubierta
-de encinas, las ruinas del castillo de Otofrid, pensó en su amigo
-Egidio, antiguo novicio como él en el convento de Santa María de los
-Ángeles, que se retiró a aquel desierto para avecinarse más de Dios, y
-allí habitaba una cabaña de rastrojos, junto a las murallas derrocadas,
-cantando y regando las lechugas de su huerto, porque su virtud era
-amena. Y como ya habían pasado más de tres años desde que visitara
-al buen Egidio, dejó el camino, pasó, abajo, en el valle, sobre las
-piedras, el riachuelo que huía por entre los laureles en flor, y
-comenzó a subir lentamente la frondosa colina.</p>
-
-<p>Después de la polvareda y ardor del camino de Spoleto, era dulce la
-larga sombra de los castaños<span class="pagenum" id="Page_133">p.
-133</span> y el césped que le refrescaba los doloridos pies. A la
-mitad de la cuesta, en una roca en donde se embrollaban zarzas,
-susurraba y lucía un hilo de agua. Extendido al lado, en las hierbas
-húmedas, dormía, resonando consoladamente, un hombre que de cierto
-guardaba cerdos por allí, porque vestía un grueso zurrón de cuero
-y traía pendiente del cinto una bocina de porquero. El buen fraile
-bebió ligero, ahuyentó los moscardones que zumbaban sobre la ruda
-cara adormecida y continuó trepando por la colina con su alforja y su
-cayado, agradeciendo al Señor aquella agua, aquella sombra, aquella
-frescura, tantos bienes inesperados. Pronto pudo echar de ver, en
-efecto, el rebaño de puercos diseminados bajo las frondas, roncando
-y hozando las raíces: unos, magros y agudos, de cerdas duras; otros,
-redondos, con el hocico corto ahogado en gordura, y los lechones,
-corriendo en torno a las tetas de las madres, lúcidos y color de
-rosa.</p>
-
-<p>Fray Genebro pensó en los lobos y lamentó el sueño del pastor
-descuidado. Al fin del matorral comenzaba la roca donde los restos del
-castillo lombardo se erguían, revestidos de hiedra, conservando aún
-alguna saetera agujereada sobre el cielo, o, en una esquina de torre,
-un caño que, extendiendo el cuello de dragón, acechaba por medio de las
-selvas bravas.</p>
-
-<p>La cabaña del ermitaño, tejada de choza que unos pedazos de piedra
-aseguraban, apenas se percibía entre aquellos oscuros granitos, por
-la huerta que enfrente verdeaba, con sus tajos de col y estacas de
-habas entre espliego oloroso. Egidio no andaría<span class="pagenum"
-id="Page_134">p. 134</span> muy lejos, porque sobre el muro de piedra
-suelta quedara su cántaro, su podón y su azada. Dulcemente, para no
-importunarle por si a aquella hora de siesta estuviese recogido y
-orando, fray Genebro empujó la puerta de tablas viejas, que no tenía
-cerrojo para ser más hospitalaria:</p>
-
-<p>—¡Hermano Egidio!</p>
-
-<p>Del fondo de la ruda choza, que más parecía cueva de algún bicho,
-vino un lento gemido:</p>
-
-<p>—¿Quién me llama? Aquí, en este rincón, ¡en este rincón de
-muerte!... De muerte, ¡hermano!</p>
-
-<p>Fray Genebro acudió, y encontró al buen ermitaño estirado en un
-monte de hojas secas, encogido entre harapos, y tan delgado, que su
-cara, en otro tiempo harta y rosada, era como un pedacito de viejo
-pergamino muy arrugado, perdido entre los rizos de las barbas blancas.
-Con infinita caridad y dulzura le abrazó:</p>
-
-<p>—¿Y ha cuánto tiempo, ha cuánto tiempo en este abandono, hermano
-Egidio?</p>
-
-<p>¡Loado Dios, desde la víspera! Aún en la víspera, a la tarde,
-después de mirar por última vez para el sol y para su huerto, viniera a
-extenderse en aquel rincón, para acabar... Mas hacía meses que le había
-tomado un cansancio, que ni le permitía asegurar la cántara llena al
-volver de la fuente.</p>
-
-<p>—Y decidme, hermano Egidio, pues que el Señor me trajo, ¿qué puedo
-yo hacer por vuestro cuerpo? Por el cuerpo, digo; que por el alma
-bastante tenéis hecho en la virtud de esta soledad.</p>
-
-<p>Gimiendo, arrebañando para el pecho las hojas<span class="pagenum"
-id="Page_135">p. 135</span> secas en que yacía, como si fueren pliegues
-de una sábana, el pobre ermitaño murmuró:</p>
-
-<p>—Mi buen fray Genebro, no sé si es pecado; mas toda esta noche, en
-verdad, os confieso, me apeteció comer un pedazo de carne, un pedazo de
-puerco asado... ¿Será pecado?</p>
-
-<p>Fray Genebro, con su inmensa misericordia, le tranquilizó.
-¿Pecado? No, ciertamente. Aquel que por tortura recusa a su cuerpo
-un contentamiento honesto, desagrada al Señor. ¿No ordenaba Él a sus
-discípulos que comieran las buenas cosas de la tierra? El cuerpo es
-siervo; y está en la voluntad divina que sus fuerzas sean sustentadas
-para que preste al espíritu, su amo, bueno y leal servicio. Cuando fray
-Silvestre, ya enfermito, sintió aquel largo deseo de uvas moscateles,
-el buen Francisco de Asís le condujo a la viña, y por sus manos le
-cogió los mejores racimos, después de bendecirlos, para que fuesen más
-jugosas y más dulces...</p>
-
-<p>—¿Es un pedazo de puerco asado lo que apetecéis? —exclamó
-risueñamente el buen fray Genebro, acariciando las manos transparentes
-del ermitaño—. Pues, sosegad, hermano querido, que ya sé cómo os voy a
-contentar.</p>
-
-<p>E inmediatamente, con los ojos relucientes de caridad y de amor,
-tomó el afilado podón que había visto sobre el muro del huerto.
-Recogiendo las mangas del hábito, y más ligero que un gamo, ya que era
-aquel un servicio del Señor, encaminose por la colina hasta los densos
-castañales donde encontrara el rebaño de puercos. Y en llegando allí,
-andando subrepticiamente, por entre los troncos, sorprendió<span
-class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span> un lechoncito abandonado
-que hozaba en las bellotas, se echó sobre él y, en tanto le sofocaba
-el hocico y los gritos, descepó, con dos golpes certeros de podón, la
-pierna por donde lo agarrara. Después, con las manos salpicadas de
-sangre, la pierna de puerco bien alta y goteando sangre, dejando la
-res jadeando en una poza de sangre, el piadoso hombre trepó la colina,
-corrió a la cabaña, gritó hacia dentro alegremente:</p>
-
-<p>—Hermano Egidio, la pieza de carne ya el Señor la dio; y yo, en
-santa María de los Ángeles, era buen cocinero.</p>
-
-<p>En el huerto del ermitaño arrancó una estaca de las habas, que con
-el podón sangriento, apuntó en espeto. Entre dos piedras, encendió
-una hoguera. Con celoso cariño asó la pierna de puerco. Era tanta su
-caridad, que para dar a Egidio todos los gustos anticipados de aquel
-banquete raro en tierra de mortificación, anunciaba con voces festivas
-y de buena promesa:</p>
-
-<p>—¡Ya se va dorando el porquiño, hermano Egidio! ¡La piel se va
-tostando, santo!</p>
-
-<p>Y por fin entró en la choza, triunfalmente, con el asado que humeaba
-y exhalaba, cercado de frescas hojas de lechuga. Tiernamente ayudó a
-sentar al viejo, que temblaba y se babeaba de gula. Apartole de las
-pobres mejillas maceradas los cabellos que el sudor de la flaqueza
-empastara. Y, para que el buen Egidio no se vejase con su voracidad
-y tan carnal apetito, afirmábale en cuanto le partía las fibras
-gordas, que también él hubiese comido regaladamente de aquel excelente
-puerco, si no hubiera almorzado<span class="pagenum" id="Page_137">p.
-137</span> de sobra en la <i>Locanda de los Tres Caminos</i>.</p>
-
-<p>—Mas ni bocado me podría entrar ahora, hermano; ¡me papé una gallina
-entera! ¡Y después una fritada de huevos! ¡Y un cuartillo de vino
-blanco!</p>
-
-<p>El santo hombre mentía santamente, porque desde la madrugada no
-había probado más que un magro caldo de hierbas, recibido por limosna
-en la cancela de una granja.</p>
-
-<p>Harto, consolado, Egidio dio un suspiro, y recayó en su lecho de
-hoja seca. ¡Qué bien le hiciera, qué bien le hiciera! ¡El Señor, en su
-justicia, pagase a su hermano Genebro aquel pedazo de puerco! Hasta
-sentía el alma más fuerte para emprender la temerosa jornada... Y el
-ermitaño con las manos alzadas, Genebro arrodillado, ambos loaron,
-ardientemente, al Señor, que a toda necesidad solitaria, manda de allá
-lejos el socorro.</p>
-
-<p>Entonces, habiendo cubierto a Egidio con un pedazo de manta y puesto
-a su lado la cántara llena de agua fresca, y tapado, contra el aire
-de la tarde, la luz de la cabaña, fray Genebro, inclinado sobre él,
-murmuró:</p>
-
-<p>—Mi buen hermano, vos no podéis quedar en este abandono... Yo voy
-llevado por obra de Jesús, que no admite tardanza, mas pasaré por el
-convento de Sambricena y daré recado para que venga un novicio y os
-cuide con amor en vuestro trance. ¡Dios os vele entretanto, hermano!
-¡Dios os sosiegue y os ampare con su mano derecha!</p>
-
-<p>Mas Egidio cerrara los ojos; no se movió, o porque<span
-class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span> adormeciera, o porque su
-espíritu, habiendo pagado aquel último salario al cuerpo, como a un
-buen servidor, para siempre partiera, terminada su obra en la tierra.
-Fray Genebro bendijo al viejo, tomó su bordón y descendió a la colina
-de las grandes encinas. Bajo la fronda, hacia los lados donde andaba
-el rebaño, la bocina del porquero resonaba ahora en un toque de alarma
-y de furor. De cierto despertara; descubriera el lechón mutilado.
-Apurando el paso, fray Genebro pensaba cuán magnánimo es el Señor en
-permitir que el hombre, hecho a su imagen augusta, reciba tan fácil
-consuelo de una pierna de cerdo asada entre dos piedras.</p>
-
-<p>Retomó el camino, marchando para Terni. Desde ese día fue prodigiosa
-la actividad de su virtud. A través de toda Italia, sin descanso,
-predicó el Evangelio Eterno, endulzando la aspereza de los ricos,
-alargando la esperanza de los pobres. Su inmenso amor iba aún más
-allá de los que sufren, hasta a aquellos que pecan, ofreciendo un
-alivio a cada dolor, extendiendo un perdón a cada culpa; y con la
-misma caridad con que trataba los leprosos, convertía a los bandidos.
-Durante las invernadas y la nieve, innumerables veces daba a los
-mendigos su túnica, sus alpargatas; los abades de los monasterios
-ricos, las damas devotas vestíanle de nuevo, para evitar el escándalo
-de su desnudez a su paso por las ciudades; pero él, sin demora, en
-la primera esquina, ante cualquier desarrapado, desvestíase otra
-vez sonriendo. Para redimir siervos que sufrían bajo un amo fiero,
-penetraba en las iglesias y arrancaba del altar los candelabros de
-plata, afirmando,<span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span>
-jovialmente, que más grato le era a Dios un alma liberta que una vela
-encendida.</p>
-
-<p>Cercado de viudas, de criaturas famélicas, invadía las panaderías,
-las carnicerías, hasta las tiendas de cambio, y reclamaba
-imperiosamente en nombre de Dios la parte de los desheredados. Sufrir,
-sentir la humillación, eran para él las únicas alegrías completas: nada
-le deleitaba más que llegar de noche, mojado, hambriento, tiritando,
-a una opulenta abadía feudal, y ser repelido de la portería como un
-mal vagabundo; solo entonces, agachado en un rincón, lleno de lodo,
-masticando un puñado de hierbas crudas, reconocíase verdaderamente
-hermano de Jesús, que ni siquiera había tenido, como tienen los bichos
-del monte, un cubil para abrigarse. Cuando en una ocasión en Perusa las
-cofradías salieron a su encuentro, con festivas banderas, al repique
-de las campanas, él echó a correr hacia un monte de estiércol, en
-donde se revolcó y se ensució todo para que de aquellos que venían
-a engrandecerle, solo pudiera recibir compasión y escarnio. En los
-claustros, en los descampados, en medio de las multitudes, durante las
-lides más pesadas, oraba constantemente, no por obligación, sino porque
-en la plegaria encontraba un deleite adorable. Deleite mayor, sin
-embargo, era para el franciscano, enseñar y servir.</p>
-
-<p>Así, largos años, erró entre los hombres, vertiendo su corazón como
-el agua de un río, ofreciendo sus brazos como incansables palancas;
-y tan pronto, en una desierta ladera, aliviaba a una pobre vieja de
-su carga de leña, como en una ciudad revuelta,<span class="pagenum"
-id="Page_140">p. 140</span> donde reluciesen armas, adelantábase con el
-pecho abierto, y amansaba las discordias.</p>
-
-<p>En fin, una tarde, en víspera de Pascua, hallándose sentado,
-descansando en los escalones de Santa María de los Ángeles, vio de
-repente, en el aire liso y blanco, una vasta mano luminosa que sobre él
-se abría y chispeaba. Pensativo, murmuró:</p>
-
-<p>—He ahí la mano de Dios, su mano derecha, que se extiende para
-acogerme o para repelerme.</p>
-
-<p>Dio luego a un pobre, que allí rezaba el Ave María, con su alforja
-debajo de las rodillas, todo lo que en el mundo le restaba, que era
-un volumen del Evangelio, muy usado y manchado de sus lágrimas. El
-Domingo, en la iglesia, al alzar la hostia, se desmayó; sintiendo
-entonces que iba a terminar su jornada terrestre, quiso que le llevasen
-para un corral y le acostaran sobre una camada de cenizas.</p>
-
-<p>En santa obediencia al guardián del convento, consintió que le
-limpiasen de sus trapos, le vistiesen un hábito nuevo; mas con los
-ojos inundados de ternura, imploró que le enterrasen en un sepulcro
-prestado, como fuera el de Jesús, su señor.</p>
-
-<p>Y, suspirando, solo se quejaba de no sufrir:</p>
-
-<p>—Oh, Señor, que tanto sufrió, ¿por qué no me manda a mí el
-padecimiento bendito?</p>
-
-<p>Al amanecer pidió que abriesen el portón del corral.</p>
-
-<p>Contempló el cielo, que clareaba, escuchó las golondrinas que,
-en la frescura y silencio, comenzaban a cantar sobre el borde del
-tejado, y, sonriendo, recordó una mañana, así de silenciosa y fresca,
-en que, andando con Francisco de Asís a la<span class="pagenum"
-id="Page_141">p. 141</span> orilla del lado de Perusa, el maestro
-incomparable detuviérase ante un árbol lleno de pájaros, y
-paternalmente les recomendara que loasen siempre al Señor. «¡Hermanos
-míos, hermanos pajaritos, cantad bien a vuestro Creador, que os dio
-ese árbol para que en él habitéis, y toda esta limpia agua para en
-ella beber, y esas plumas bien calientes para abrigaros vosotros, y
-vuestros hijitos!» Luego, besando humildemente la manga del monje que
-lo amparaba, Fray Genebro murió.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>A seguida que cerró sus ojos carnales, un Grande Ángel penetró
-diáfanamente en el corral y tomó en los brazos el alma de Fray Genebro.
-Durante un momento, en la fina luz de la madrugada, deslizose por sobre
-el frontero prado, tan levemente, que ni rozaba las puntas rociadas del
-alto césped. Después, abriendo las alas, radiantes y níveas, traspuso
-en un vuelo sereno, las nubes, los astros, todo el cielo que los
-hombres conocen.</p>
-
-<p>Anidada en sus brazos, como en la dulzura de una cuna, el alma de
-Genebro conservaba la forma del cuerpo que sobre la tierra quedara; aún
-la cubría el hábito franciscano, con un resto de polvo de ceniza en los
-rudos pliegues, y con un mirar nuevo, que ahora todo traspasaba y todo
-comprendía, contemplaba, en un deslumbramiento, aquella región en que
-el Ángel luciera alto, más allá de los universos<span class="pagenum"
-id="Page_142">p. 142</span> transitorios y de todos los rumores
-siderales. Era un espacio sin límite, sin contorno y sin color. Por
-encima comenzaba una claridad, subiendo desparramada a la manera de una
-aurora cada vez más blanca y más luciente y más radiante, hasta que
-resplandecía en un fulgor tan sublime, que en ella un sol corruscante
-sería como una mancha pardusca. Y por abajo extendíase una sombra
-cada vez más deslucida, más oscura, más cenicienta, hasta que formaba
-como un espeso crepúsculo de profunda, insondable tristeza. Entre esa
-refulgencia ascendente y la oscuridad inferior, permaneciera el Ángel
-inmóvil, esperando, con las alas cerradas. También el alma de Genebro
-sentía perfectamente que estaba allí, esperando, entre el Purgatorio
-y el Paraíso. En esto, súbitamente, en las alturas, aparecieron los
-dos inmensos platos de una balanza; uno que rebrillaba como diamante
-y estaba reservado a sus Buenas Obras; otro, más negro que el carbón,
-para recibir el peso de sus Obras Malas. En los brazos del Ángel, el
-alma de Genebro estremeciose... El plato diamantino comenzó a descender
-lentamente. ¡Oh, contentamiento y gloria! Cargado con sus Buenas Obras,
-descendía, calmo y majestuoso, esparciendo claridad. Tan pesado venía,
-que sus gruesas cuerdas rechinaban, crujían, y entre ellas, formando
-como una montaña de nieve, resaltaban magníficamente sus virtudes
-evangélicas. Allí aparecían las incontables limosnas que sembrara en
-el mundo, ahora desabotonadas en blancas flores, llenas de aroma y de
-luz.</p>
-
-<p>Su humildad era una cumbre, aureolada por un<span class="pagenum"
-id="Page_143">p. 143</span> resplandor. Y cada una de sus penitencias
-centelleaba más límpidamente que cristales purísimos. Su perenne
-oración subía y enroscábase en torno de las cuerdas, a la manera de una
-deslumbrante niebla de oro.</p>
-
-<p>Sereno, con la majestad de un astro, el plato de las Buenas Obras
-paró, finalmente, con su carga preciosa. El otro, allá arriba, no se
-movía, negro, del color del carbón; inútil, olvidado, vacío. Ya de
-las profundidades, sonoros bandos de Serafines volaban, balanceando
-palmas verdes. El pobre franciscano iba a entrar triunfalmente en el
-Paraíso, y aquella era la milicia divina que le acompañaría cantando.
-Un temblor de alegría pasó en la luz del Paraíso, que un santo
-nuevo enriquecía, y el alma de Genebro pregustó las delicias de la
-Bienaventuranza. ¡Y estando así, súbitamente, en lo alto, el plato
-negro osciló como a un peso inesperado que sobre él cayese! Comenzó a
-descender, duro, temeroso, haciendo una sombra doliente a través de la
-celestial claridad. ¡Qué mala acción de Genebro traía tan menuda que
-ni se dejaba ver, tan pesada que forzaba el plato luminoso a subir,
-remontarse ligeramente, como si la montaña de las Buenas Acciones
-que en él transbordaban, fuesen un humo mentiroso! ¡Oh, dolor! ¡Oh,
-desesperanza!</p>
-
-<p>Retrocedían los Serafines con las alas temblantes. En el alma de
-Fray Genebro corrió un calofrío inmenso de terror. El negro plato
-descendía, firme, inexorable, con las cuerdas tirantes, y en la región
-que se hallaba bajo los pies del Ángel, cenicienta, de inconsolable
-tristeza, una masa de sombra,<span class="pagenum" id="Page_144">p.
-144</span> muellemente y sin rumor, palpitó, creció, rodó, como la onda
-de una marea devoradora.</p>
-
-<p>El plato, más triste que la noche, detuviérase, parara en pavoroso
-equilibrio con el plato que rebrillaba. Y los Serafines, Genebro, el
-Ángel que le trajera, descubrieron, en el fondo de aquel plato que
-inutilizaba a un Santo, un cerdo, un pobre lechoncillo con una pierna
-bárbaramente mutilada, revolcándose, al morir, en una poza de sangre...
-¡El animal mutilado pesaba tanto en la balanza de la justicia como la
-montaña luminosa de perfectas virtudes!</p>
-
-<p>En aquel punto, de las alturas surgió una vasta mano, abriendo los
-dedos que chispeaban. Era la mano de Dios, su mano derecha, que ya se
-le apareciera a Genebro en la escalera de Santa María de los Ángeles,
-y que ahora supremamente se extendía para acogerle o para repelerle.
-Toda la luz y toda la sombra, desde el Paraíso fulgente al Purgatorio
-crepuscular, se contrajeran en un recogimiento de indecible amor y
-terror. En la extática mudez, la vasta mano, a través de las alturas,
-lanzó un gesto que repelía... y el Ángel, bajando la faz compadecida,
-alargó los brazos y dejó caer el alma de Fray Genebro en la oscuridad
-del Purgatorio.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_7">
- <p><span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cenefa.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">SINGULARIDADES DE&nbsp;UNA&nbsp;SEÑORITA&nbsp;RUBIA</h2>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Comenzó por decirme que su caso era natural, y que se llamaba
-Macario.</p>
-
-<p>Debo contar que conocí a este hombre en un hospedaje del Miño. Era
-alto y grueso; tenía una calva larga, lúcida y lisa, con pelos raros y
-finos que se le erizaban en derredor; y sus ojos negros, con la piel
-en torno arrugada y amarillenta, y ojeras papudas, tenían una singular
-claridad y rectitud, por detrás de sus anteojos redondos con aros de
-concha. Tenía la barba rapada, el mentón saliente y resuelto. Traía una
-corbata de raso negro, apretada por detrás con una hebilla; una levita
-larga color de piñón, con las mangas estrechas y justas y bocamangas
-de veludillo. Por la larga abertura de su chaleco de seda, en donde
-relucía una cadena antigua, asomaban los blandos pliegues de una camisa
-bordada.</p>
-
-<p>Era esto en septiembre; ya anochecía más pronto, con una frialdad
-fina y seca y una oscuridad espantosa. Yo me había apeado de la
-diligencia,<span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span> fatigado,
-hambriento, arrebozado en un cobertor de listas escarlata.</p>
-
-<p>Venía de atravesar la sierra y sus perspectivas pardas y desiertas.
-Eran las ocho de la noche. El cielo estaba pesado y sucio. Y, o fuese
-un cierto adormecimiento cerebral producido por el rodar monótono de
-la diligencia, o la influencia del paisaje escarpado y árido, bajo
-el cóncavo silencio nocturno, o la opresión de la electricidad, que
-henchía las alturas, el hecho es que yo —que soy naturalmente positivo
-y realista— había venido tiranizado por la imaginación y por las
-quimeras. Existe, en el fondo de cada uno de nosotros, por fríamente
-educados que seamos, un resto de misticismo; y basta, a las veces, un
-paisaje lúgubre, el viejo muro de un cementerio, un yermo ascético,
-las emolientes blancuras de un lunar, para que ese fondo místico,
-suba, se alargue como una neblina, llene el alma, la sensación y la
-idea, y quede así el más matemático o el más crítico, tan triste, tan
-visionario, tan idealista, como un viejo monje poeta.</p>
-
-<p>A mí, lo que me lanzó en la quimera y en el sueño, fue el aspecto
-del monasterio de Rastello, que yo había visto, a la claridad suave
-y otoñal de la tarde, en su dulce colina. Mientras iba anocheciendo,
-y la diligencia rodaba continuamente al trote flaco de sus magros
-caballos blancos, y el cochero, con el capuchón del gabán enterrado en
-la cabeza, rumiaba su pipa, yo me puse, elegíacamente, ridículamente,
-a considerar la esterilidad de la vida; y deseaba ser un monje, estar
-en un tranquilo convento, entre arbolados, o en la murmuradora<span
-class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span> concavidad de un valle,
-y en tanto el agua canta sonoramente en las tazas de piedra, leer la
-<i>Imitación</i>, y oyendo a los ruiseñores en los laureles, tener
-saudades del cielo. No se puede ser más estúpido.</p>
-
-<p>Pero yo sentía así, y atribuyo a esta disposición visionaria la
-falta de espíritu —la sensación— que me hizo la historia de aquel
-hombre de las bocamangas de veludillo.</p>
-
-<p>Mi curiosidad comenzó durante la cena, cuando yo deshacía el pecho
-de una gallina ahogada en arroz blanco, con rebanadas escarlata de
-salchichón, y la criada, gorda y llena de pecas, hacía espumar el vino
-verde en la copa, dejándolo caer de alto de una colodra vidriada. El
-hombre estaba enfrente de mí, comiendo tranquilamente su jalea: le
-pregunté, con la boca llena, y mi servilleta de lino de Guimarães
-suspendida en los dedos, si él era de Villa Real.</p>
-
-<p>—Vivo allí hace muchos años —respondió.</p>
-
-<p>—Tierra de mujeres bonitas, según me consta —dije.</p>
-
-<p>El hombre se calló.</p>
-
-<p>—¿Eh? —torné.</p>
-
-<p>El hombre arrebujose en un silencio completo. Hasta entonces
-estuviera alegre, riendo dilatadamente, locuaz y lleno de simplicidad;
-y de pronto inmovilizó su fina sonrisa.</p>
-
-<p>Comprendí que había tocado la carne viva de un recuerdo. De seguro
-había un <i>mujer</i> en el destino de aquel viejo. Ahí estaba su
-melodrama o su farsa, porque inconscientemente me determiné en la
-idea<span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> de que el
-<i>hecho</i>, el <i>caso</i> de aquel hombre, tendría que ser grotesco
-y exhalar escarnio.</p>
-
-<p>Así que le dije:</p>
-
-<p>—A mí me han asegurado que las mujeres de Villa Real son las más
-bonitas del Norte. Para ojos negros, Guimarães; para cuerpos, San
-Alejo; para cabellos, los Arcos; allí es en donde se ven los cabellos
-claros color de trigo.</p>
-
-<p>El hombre seguía callado, comiendo, con los ojos bajos.</p>
-
-<p>—Para cinturas finas, Viana; para buenos cutis, Amarante; y para
-todo esto, Villa Real. Yo tengo un amigo que se vino a casar a
-Villa Real. Tal vez le conozca. Peixoto, uno alto, de barba rubia,
-bachiller.</p>
-
-<p>—Peixoto, sí —murmuró, mirándome gravemente.</p>
-
-<p>—Vino a casarse a Villa Real, como antiguamente se iban a casar a
-Andalucía —cuestión de arreglar la fina flor de la perfección—. A su
-salud.</p>
-
-<p>Evidentemente le molestaba, porque se levantó, fue a la ventana con
-un paso pesado, y entonces reparé en sus gruesos zapatos de cachemir
-con suela fuerte y cordones de cuero. Y salió.</p>
-
-<p>Cuando pedí mi candelero, la criada trájome un velón de latón
-lustroso y antiguo, y dijo:</p>
-
-<p>—El señor está con otro. El número 3. En los hospedajes del Miño, a
-las veces, cada cuarto es un dormitorio independiente.</p>
-
-<p>—Bien —dije yo.</p>
-
-<p>—El número 3 era en el fondo del corredor. A las puertas de los
-lados, los huéspedes habían puesto su calzado para limpiar: veíanse
-unas gruesas botas<span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span>
-de montar, enfangadas, con espuelas de correa; los zapatos blancos de
-un cazador; botas de propietario, de altas cañas bermejas; las botas
-de un cura, altas, con su borla de seda; los botines de becerro de un
-estudiante; y en una de las puertas, el número 15, había unas botinas
-de mujer, de raso, pequeñitas y finas, y al lado, las botinitas de un
-niño, todas rotas y gastadas, y sus cañas de paño forradas de pieles
-caíanle para los lados, con los cordones desatados. Todos dormían.
-Frente al número 3, estaban los zapatos de cachemir con correas; y
-cuando abrí la puerta vi al hombre de las bocamangas de veludillo que
-amarraba en la cabeza un pañuelo de seda; tenía una chaqueta corta de
-ramajes, unas medias de lana, gruesas y altas, y los pies metidos en
-unas chinelas de orillo.</p>
-
-<p>—No repare usted —me dijo.</p>
-
-<p>—Libertad completa —y para establecer la intimidad, me saqué la
-chaqueta.</p>
-
-<p>No diré los motivos, por los cuales de allí a poco, ya acostado, me
-relató su historia. Hay un proverbio eslavo de Galicia, que dice: «lo
-que no cuentas a tu mujer, lo que no cuentas a tu amigo, cuéntaselo
-a un extraño en el hospedaje». Mas él tuvo rabias inesperadas y
-dominantes en el ínterin de su larga y sentida confidencia. Fue a
-propósito de mi amigo Peixoto, que se había ido a casar a Villa Real.
-¡Le vi llorar, a aquel viejo de casi sesenta años! Tal vez la historia
-se juzgue trivial; a mí, que en esa noche estaba nervioso y sensible,
-me pareció terrorífica; mas cuéntola apenas como un accidente singular
-de la vida amorosa...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span>Comenzó, pues, por
-decirme, que su caso era natural, y que se llamaba Macario.</p>
-
-<p>Le pregunté yo entonces si era de una familia que yo conociera,
-que tenía el apellido de <i>Macario</i>; y como él me respondiese que
-era primo de esos tales, aventuré a seguida una idea muy simpática de
-su carácter, porque los Macarios eran una antigua familia, casi una
-dinastía de comerciantes, que mantenían con una severidad religiosa
-su vieja tradición de honra y de escrúpulo. Díjome Macario que en ese
-tiempo, en 1823 o 33, en su mocedad, su tío Francisco tenía en Lisboa,
-un almacén de paños, y que él era uno de los dependientes. Al cabo de
-un tiempo, el tío compenetrábase de ciertos instintos inteligentes y
-del talento práctico y aritmético de Macario, y le dio el escritorio.
-Macario tornose su tenedor de libros.</p>
-
-<p>Díjome que siendo naturalmente linfático, y tímido, su vida tenía
-en ese tiempo una gran concentración. Un trabajo escrupuloso y fiel,
-algunas raras meriendas en el campo, un esmero distinto en el traje
-y en la ropa blanca, era todo el interés de su vida. La existencia
-en aquel entonces era casera y estrecha. Una gran simplicidad social
-aclaraba las costumbres; los espíritus eran más ingenuos, los
-sentimientos menos complicados.</p>
-
-<p>Comer alegremente en una huerta, bajo los parrales, viendo correr
-el agua de las riegas, llorar con los melodramas que rugían entre los
-bastidores del Salitre, alumbrados con cera, eran contentamientos que
-bastaban a la burguesía cautelosa. Demás de eso, los tiempos eran
-confusos y revolucionarios; y<span class="pagenum" id="Page_151">p.
-151</span> nada torna al hombre recogido, amigo del hogar, simple y
-fácilmente feliz, como la guerra. La paz, dando vagar a la imaginación,
-causa las impaciencias del deseo.</p>
-
-<p>A los veintidós años, Macario, como le decía una vieja tía que
-fuera querida del magistrado Curvo Semedo, aún no había <i>sentido a
-Venus</i>.</p>
-
-<p>Mas por ese tiempo vino a morar enfrente del almacén de los
-Macarios, en un tercer piso, una mujer de cuarenta años, vestida de
-luto, con una piel blanca y descolorida, el busto bien hecho y un
-aspecto deseable. Macario tenía su pupitre en el primer piso, encima
-del almacén, al borde de un balcón, y desde allí vio una mañana a
-aquella mujer con el cabello negro suelto y ensortijado, una blusa
-blanca y los brazos desnudos, llegarse al antepecho de una ventana
-para sacudir un vestido. Macario fijó en ella su mirada, y sin más
-intención, díjose mentalmente que aquella mujer, a los veinte años
-debía haber sido una persona cautivante y llena de dominio; porque
-sus cabellos, violentos y ásperos, las cejas espesas, el labio
-fuerte, el perfil aquilino y firme, revelaban un temperamento activo
-e imaginaciones apasionadas. En tanto, continuó serenamente alineando
-sus cifras. Mas por la noche, estaba fumando, sentado a la vera de la
-ventana de su cuarto, que abría sobre el patio; era una noche de julio
-y la atmósfera, eléctrica y amorosa; el violín de un vecino gemía una
-<i>jácara</i> morisca de un melodrama que entonces sensibilizaba; el
-cuarto hallábase sumido en una penumbra dulce y llena de misterio, y
-Macario, que calzaba unas chinelas, de improviso<span class="pagenum"
-id="Page_152">p. 152</span> se acordó de aquellos cabellos negros
-y fuertes y de aquellos brazos que tenían el color de los mármoles
-pálidos; desperezose, bamboleó mórbidamente la cabeza por el respaldo
-del sillón de mimbre, como los gatos sensibles, que se estregan, y
-decidió, bostezando, que su vida era monótona. Y al otro día, aún
-impresionado, sentose ante su pupitre con la ventana abierta y mirando
-a la casa frontera en donde vivían aquellos largos cabellos, comenzó
-a recortar lentamente su pluma de madera. No se asomó nadie al balcón
-de antepecho con persianas verdes. Macario estaba hastiado, pesado, y
-el trabajo fue lento. ¡Pareciole que había en la calle un sol alegre y
-que en los campos las sombras debían ser mimosas y que se hallaría bien
-viendo el palpitar de las mariposas blancas en las madreselvas! Cuando
-cerró el pupitre, sintió que se abrían las maderas de los ventanales de
-enfrente: eran de seguro los cabellos negros. Aparecieron unos cabellos
-rubios. ¡Oh! Macario salió a seguida, descaradamente al balcón,
-afilando un lápiz. Era una señorita de unos veinte años, fina, fresca,
-rubia como una viñeta inglesa; la blancura de la piel tenía algo de
-la transparencia de las viejas porcelanas, y había en su perfil una
-línea pura como de una medalla antigua. Los viejos poetas pintorescos
-habríanla llamado paloma, armiño, nieve y oro.</p>
-
-<p>Macario se dijo:</p>
-
-<p>—Es hija.</p>
-
-<p>La otra vestía de luto, y esta, la rubia, traía un vestido de
-muselina con lunares azules, una pañoleta de Cambray cruzada sobre el
-pecho, las mangas<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span> con
-encajes, y todo era aseado, mozo, fresco, flexible y tierno.</p>
-
-<p>Por entonces Macario era rubio, con la barba corta, el pelo rizado,
-y su figura debía tener aquel aire seco y nervioso que después del
-siglo <span class="asc">XVIII</span> y de la revolución, fue tan
-vulgar en las razas plebeyas.</p>
-
-<p>La señorita rubia reparó naturalmente en Macario y naturalmente
-cerró las maderas, corriendo por detrás una cortina de muselina
-bordada. Estas pequeñas cortinas datan de Goethe y tienen en la vida
-amorosa un interesante destino: revelan. Levantarles una punta y
-espiar, fruncirla suavemente, revela un fin; correrla, sujetar en ella
-una flor, agitarla, haciendo sentir que por dentro un rostro atento se
-mueve y espera, son viejas maneras con que en la realidad y en el arte
-comienza la novela. La cortina irguiose despacito y el rostro rubio
-avizoró.</p>
-
-<p>Macario no me contó por palpitaciones la historia minuciosa de
-su corazón. Dijo sencillamente que de allí a cinco días <i>estaba
-loco por ella</i>. Su trabajo tornose luego perezoso e infiel, y su
-bella letra cursiva inglesa, firme y larga, adquirió curvas, ganchos,
-rabos, en donde estaba toda la novela impaciente de sus nervios. No la
-podía ver por la mañana; el sol mordiente de julio batía y abrasaba
-la ventana. Solo por la tarde se fruncía la cortina, se abrían las
-maderas, y ella, extendiendo una almohadilla en el borde del antepecho,
-venía a acodarse, mimosa y fresca, con un abanico en la mano. Abanico
-que preocupó a Macario: era chinés, redondo, de seda blanca, con
-dragones escarlata bordados a pluma, una armazón<span class="pagenum"
-id="Page_154">p. 154</span> de pluma azul, fina y trémula como un
-plumón, y su cabo de marfil, del cual pendían dos borlas de hilo de
-oro, tenía incrustaciones de nácar a la manera persa.</p>
-
-<p>Un abanico magnífico y, en aquel tiempo, inesperado, en las manos
-plebeyas de una señorita vestida de muselina. Mas como ella era rubia
-y la madre tan meridional, Macario, con esa intuición interpretativa
-de los enamorados, respondió a su curiosidad: <i>será hija de un
-inglés</i>. El inglés va a la China, a Persia, a Ormuz, a Australia y
-viene lleno de aquellas joyas de los lujos exóticos, y ni Macario sabía
-por qué le preocupaba así aquel abanico de mandarina: mas según él me
-dijo, <i>aquello le agradó</i>.</p>
-
-<p>Transcurriera una semana, cuando un día Macario vio, desde su mesa,
-que la rubia salía con la madre, porque se acostumbrara a considerar
-madre a aquella magnífica señora magníficamente pálida y vestida de
-luto.</p>
-
-<p>Macario fue a la ventana y las vio atravesar la calle y entrar en
-el almacén. ¡En su almacén! Descendió corriendo, trémulo, impaciente,
-apasionado y con palpitaciones. Ya estaban apoyadas en el mostrador,
-y un dependiente desdoblábales cachemires negros. Esto conmovió a
-Macario; él mismo me lo dijo:</p>
-
-<p>—Porque, en fin, querido, no era natural que ellas fuesen a comprar
-cachemires negros.</p>
-
-<p>No; ellas no usaban <i>amazonas</i>; no querrían ciertamente tapizar
-sillas con cachemir negro: no había hombres en su casa; de suerte, que
-aquella venida al almacén era un medio delicado para verle de<span
-class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> cerca y hablarle, y tenía
-todo el encanto penetrante de una mentira sentimental. Yo advertí a
-Macario que, siendo así, él debía extrañar aquel movimiento amoroso,
-porque denotaba una complicidad equívoca en la madre. Él me confesó
-que <i>ni pensaba en tal</i>. Lo que hizo fue acercarse al mostrador y
-decir estúpidamente:</p>
-
-<p>—Sí, señor; van bien servidas: este cachemir no encoge.</p>
-
-<p>La rubia irguió hacia él su mirar azul, y Macario quedó como si se
-sintiese envuelto en la dulzura de un cielo.</p>
-
-<p>Y cuando iba a decirle una palabra reveladora y vehemente, apareció
-en el fondo del almacén el tío Francisco, con su larga levita color de
-piñón y botones amarillos. Como era singular y desusado hallarse al
-señor tenedor de libros vendiendo en el mostrador, y el tío Francisco,
-con su crítica estrecha y célibe, podía escandalizarse, Macario comenzó
-a subir lentamente la escalera en caracol que llevaba al escritorio, y
-aún oyó la voz delicada de la rubia decir blandamente:</p>
-
-<p>—Ahora querría ver telas de la India.</p>
-
-<p>El dependiente fue a buscar un pequeño paquete de aquellas telas,
-apiladas y apretadas con una tira de papel dorado.</p>
-
-<p>Macario, que había adivinado en aquella visita una revelación de
-amor, casi una <i>declaración</i>, estuvo todo el día entregado a las
-amargas impaciencias de la pasión.</p>
-
-<p>Anduvo distraído, absorto, pueril; no dio la menor atención
-al escritorio; comió callado, sin escuchar<span class="pagenum"
-id="Page_156">p. 156</span> al tío Francisco, que exaltaba las
-albóndigas; apenas reparó en su sueldo, que le fue satisfecho en
-plata, a las tres, y no entendió bien las recomendaciones del tío y la
-preocupación de los dependientes sobre la desaparición de un paquete de
-pañuelos de la India.</p>
-
-<p>—Es la costumbre de dejar entrar pobres en el almacén —había dicho
-el tío Francisco, en su laconismo majestuoso—. Son doce duros de
-pañuelos. Lance a mi cuenta.</p>
-
-<p>En tanto, Macario rumiaba secretamente una carta; mas sucedió que al
-otro día, estando él en el balcón, la madre, la de los cabellos negros,
-vino a apoyarse en el antepecho, y en ese momento pasaba por la calle
-un muchacho amigo de Macario, que al ver a aquella señora se paró y
-le sacó, con una cortesía risueña, su sombrero de paja. Macario quedó
-radiante. Aquella noche buscó a su amigo, y, brutalmente, sin medias
-tintas:</p>
-
-<p>—¿Quién es aquella mujer que saludaste hoy frente al almacén?</p>
-
-<p>—Es la Villaça. Bella mujer.</p>
-
-<p>—¿Y la hija?</p>
-
-<p>—¡La hija!</p>
-
-<p>—Sí; una rubia clara, con un abanico chinés.</p>
-
-<p>—¡Ah! sí. Es hija.</p>
-
-<p>—Es lo que yo decía.</p>
-
-<p>—¿Sí? ¿Y qué?</p>
-
-<p>—Es bonita.</p>
-
-<p>—¡Es bonita!</p>
-
-<p>—Es gente de bien, ¿eh?</p>
-
-<p>—Sí; gente de bien.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span>—Está bien. ¿Tú las
-conoces mucho?</p>
-
-<p>—Las conozco. Mucho, no. Las encontraba antes en casa de doña
-Claudia.</p>
-
-<p>—Bien; oye.</p>
-
-<p>Y Macario, contando la historia de su corazón despertado y exigente,
-y hablando del amor con las exaltaciones de entonces, pidiole, como
-la gloria de su vida, que <i>hallase un medio de encajarlo allí</i>.
-No era difícil. Las Villaças acostumbraban ir los sábados a casa de
-un notario muy rico, en la calle de los Calafates; eran reuniones
-sencillas y pacatas, en donde se cantaban motetes con música de
-clavicordio, se glosaban motes y había juegos de prendas del tiempo
-de la señora doña María I, y a las nueve, la criada servía horchata.
-Bien. El primer sábado, Macario, de casaca azul, calzas de Nankin
-con presillas de metal, corbata de raso rojo, curvábase delante de
-la esposa del notario, la señora doña María de la Gracia, persona
-seca y ahilada, con un vestido bordado a matiz, una nariz corva,
-un enorme anteojo de concha y una pluma de <i>marabout</i> en sus
-cabellos grises. En un rincón de la sala, entre un <i>frou-frou</i>
-de vestidos enormes, estaba la pequeña Villaça, la rubia, vestida
-de blanco, sencilla, fresca, con su aire de grabado en color. La
-madre, la soberbia mujer pálida, cuchicheaba con un magistrado de
-figura apoplética. El notario era hombre letrado, latinista y amigo
-de las musas; escribía en un periódico de entonces, <i>La alcoba
-de las damas</i>, porque era, sobre todo, galante, y él mismo se
-intitulaba, en una oda pintoresca, <i>mozo escudero de Venus</i>.
-Así, sus reuniones eran ocupadas por las<span class="pagenum"
-id="Page_158">p. 158</span> bellas artes, y en esa noche, un poeta del
-tiempo debía leer un poemita intitulado <i>¡Elmira, o la venganza del
-veneciano!</i>...</p>
-
-<p>Comenzaban entonces a aparecer las primeras audacias románticas.
-Las revoluciones de Grecia principiaban a atraer a los espíritus
-románticos y salidos de la mitología hacia los países maravillosos de
-Oriente. Por dondequiera se hablaba del pachá de Janina. La poesía
-apoderábase vorazmente de este mundo nuevo y virginal de minaretes,
-serrallos, sultanas color de ámbar, piratas del Archipiélago y salas
-tapizadas, llenas de perfume del áloe, en donde pachás decrépitos
-acarician leones. De suerte que la curiosidad era grande; y cuando el
-poeta apareció con los cabellos largos, la nariz aquilina y fatal, el
-pescuezo embarazado en la alta gola de su frac a la Restauración y un
-canuto de lata en la mano, Macario fue el único que no experimentó
-sensación alguna, porque estaba todo embebecido hablando con la niña de
-Villaça. Decíale afablemente:</p>
-
-<p>—¿Y entonces, el otro día, le gustó el cachemir?</p>
-
-<p>—Mucho —dijo ella en voz baja.</p>
-
-<p>Desde ese momento, envolvioles un destino nupcial.</p>
-
-<p>Entretanto, en el amplio salón, pasábase la noche espiritualmente.
-Macario no me pudo dar todos los pormenores históricos y
-característicos de aquella asamblea. Recordaba apenas que un corregidor
-de Leiria recitaba el <i>Madrigal a Lidia</i>; leíalo de pie, con una
-lupa redonda aplicada sobre el papel, la pierna derecha adelantada, la
-mano en la abertura<span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span>
-del chaleco blanco de gola alta. Y a la redonda, formando círculo,
-las damas, con vestidos de ramazón, cubiertas de plumas, las mangas
-estrechas terminadas en vuelos fofos de encaje, mitones de seda
-negra llenos del centelleo de los anillos, tenían sonrisas tiernas,
-cuchicheos, dulces murmuraciones, risitas y un blando palpitar de
-abanicos recamados de lentejuelas.</p>
-
-<p>—¡Muy bonito —decían—, muy bonito!</p>
-
-<p>—Y el corregidor, desviando el lente, cumplimentaba sonriendo y
-veíasele un diente podrido.</p>
-
-<p>Luego, la preciosa doña Jerónima de la Piedad y Sande, sentándose
-con maneras conmovidas ante el clavicordio, cantó con su voz gangosa la
-antigua aria de Lully:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">¡Oh, Ricardo!; ¡oh, mi rey!</div>
- <div class="verse indent0">El mundo te abandona,</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="ti0">lo que obligó al terrible Gaudencio, demócrata del 20 y
-admirador de Robespierre, a murmurar rencorosamente junto a Macario:</p>
-
-<p>—¡Reyes!... ¡Víboras!</p>
-
-<p>Después, el canónigo Saavedra cantó una romanza de Pernambuco, muy
-usada en el tiempo del señor Don Juan VI: <i>lindas mozas, lindas
-mozas</i>.</p>
-
-<p>Así fue corriendo la noche, literaria, pachorrienta, erudita,
-requintada y toda llena de musas.</p>
-
-<p>Ocho días después, Macario era recibido en casa de la Villaça, en un
-domingo. Convidáralo la madre, diciéndole:</p>
-
-<p>—Espero que el vecino honre aquella choza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span>El magistrado
-apoplético, que estaba al lado, exclamó:</p>
-
-<p>—¿Choza? Diga alcázar, hermosa dama.</p>
-
-<p>En esta noche hallábanse allí el amigo del sombrero de paja, un
-viejo caballero de Malta, renco, estúpido y sordo, un beneficiado de
-la catedral, ilustre por su voz de tiple, y las hermanas Hilarias, de
-las cuales, la más vieja, habiendo asistido, como aya de una señora
-de la casa de la Mina, a la torada de Salvatierra, en que murió el
-conde de los Arcos, nunca dejaba de narrar los pintorescos episodios
-de aquella tarde; la figura del conde de los Arcos, de cara rapada y
-una cinta de raso escarlata en la coleta; el soneto que un magro poeta,
-parásito de la casa de Vimioso, recitó cuando el conde entró, haciendo
-ladear su caballo negro, enjaezado a la española, con una gualdrapa
-en donde figuraban sus armas labradas en plata; el tumbo que en ese
-momento dio un fraile de San Francisco desde las gradas más altas, y
-la hilaridad de la corte, que hasta la condesa de Pavolide se llevaba
-las manos a los costados; después, el rey, el señor Don José I, vestido
-de terciopelo escarlata, recamado de oro, acodado en el borde de su
-palco y haciendo girar entre dos dedos su caja de rapé guarnecida, y
-por detrás, inmóviles, el médico Lourenço y el fraile, su confesor;
-después, el rico aspecto de la plaza llena de gente de Salvatierra,
-mayorales, frailes, lacayos y el grito que hubo, cuando Don José I
-entró: ¡Viva el rey, nuestro señor! Y el pueblo se arrodilló y el rey
-habíase sentado, y comía dulces que le ofreció un criado, en una bolsa
-de terciopelo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_161">p. 161</span>Luego, la muerte
-del conde de los Arcos, los desmayos, y hasta el rey, todo inclinado,
-batiendo con la mano en el antepecho, gritando en la confusión; y
-el capellán de la casa de los Arcos, que había salido corriendo
-desaladamente a buscar la extremaunción. Ella, Hilaria, quedara
-aterrada de pavor; sentía los mugidos de los bueyes, gritos agudos de
-mujeres, los aullidos de los flatos, y viera entonces a un viejo, todo
-vestido de terciopelo negro, con la fina espada en la mano, debatirse
-entre hidalgos y damas que lo sujetaban, y querer tirarse a la plaza,
-bramando de rabia. «Es el padre del conde», explicaban en torno. Ella
-desmayárase en los brazos de un padre de la Congregación. Al volver
-en sí, hallose junto a la plaza; a la puerta estaba la berlina real,
-con los postillones emplumados, los machos llenos de cascabeles, y, al
-frente, los batidores a caballo; veíase allá dentro al rey, escondido
-en el fondo, pálido, sorbiendo febrilmente rapé, todo encogido, con
-el confesor, y par a par, con una de las manos apoyadas en el alto
-bastón, hombrachón, fuerte, el aspecto melancólico, el marqués de
-Pombal hablaba despacito e íntimamente, gesticulando con el lente.
-Los batidores picaron, resonaron los estallidos de los postillones,
-y la berlina partió al galope, mientras el pueblo gritaba: ¡Viva el
-rey, nuestro señor! ¡Y la campana de la capilla del palacio tocaba a
-difuntos! Era una honra que concedía el rey a la casa de los Arcos.</p>
-
-<p>En el punto en que doña Hilaria acabó de contar, suspirando, estas
-desgracias pasadas, comenzose a jugar. Macario no recordaba lo que se
-había jugado<span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span> en esa
-noche radiosa, lo cual parece singular. Solo se acordaba de que había
-quedado al lado de la pequeña de Villaça (que se llamaba Luisa), que
-reparara mucho en su fina piel rosada, embebida en luz, y en la dulce
-y amorosa pequeñez de su mano con las uñas más pulidas que el marfil
-de Dieppe. Se acordaba también de un accidente excéntrico, que le
-había hecho determinarse, desde ese día, a sentir una gran hostilidad
-al clero de la catedral. Macario estaba sentado a la mesa, y a su
-lado Luisa, la cual habíase vuelto hacia él, con una de las manos
-sosteniendo su fina cabecita rubia y amorosa, y la otra descansando
-en el regazo. El beneficiado sentárase enfrente, con su bonete negro,
-sus anteojos en la punta aguda de la nariz, el tono azulado de la
-fuerte barba rapada, y sus dos grandes orejas, complicadas y llenas de
-pelo, separadas del cráneo como dos postigos abiertos. En esto, como
-era necesario al final del juego pagar unos tantos al caballero de
-Malta, que cayera al lado del beneficiado, Macario sacó del bolsillo
-una moneda y en tanto el caballero, todo curvado y bizqueando un ojo,
-hacía la suma de los tantos en el dorso de un as, Macario conversaba
-con Luisa, haciendo girar sobre el paño verde su moneda de oro, como
-un bolillo o un peón. Era una moneda nueva que relucía, chispeaba,
-rodando, y hería la vista como una bola de nieve iluminada. Luisa
-sonreía viéndola girar, girar, y le parecía a Macario que todo el
-cielo, la pureza, la bondad de las flores y la castidad de las
-estrellas estaban en aquella clara sonrisa distraída, espiritual,
-arcangélica, con que ella seguía<span class="pagenum" id="Page_163">p.
-163</span> el giro fulgurante de la moneda nueva de oro. De repente,
-la pieza, corriendo hasta el borde de la mesa, cayó hacia el lado del
-regazo de Luisa y desapareció sin que se oyese en el suelo de madera
-su sonido metálico. El beneficiado inclinose en seguida cortésmente;
-Macario apartó la silla, mirando por debajo de la mesa; la Villaça
-madre alumbró con un candelabro, y Luisa irguiose y sacudió con un
-levísimo golpe su vestido de muselina. La moneda no pareció.</p>
-
-<p>—¡Es célebre! —dijo el amigo del sombrero de paja—, yo no la oí
-sonar en el suelo.</p>
-
-<p>—¡Ni yo, ni yo! —dijeron.</p>
-
-<p>El beneficiado, curvado, buscaba tenazmente, y la Hilaria más joven,
-murmuraba el responso de San Antonio.</p>
-
-<p>—Pues la casa no tiene agujeros —decía la Villaça, madre.</p>
-
-<p>—¡Desaparecer así! —refunfuñaba el beneficiado.</p>
-
-<p>Macario exhalábase en exclamaciones desinteresadas:</p>
-
-<p>—¡Por el amor de Dios! ¡No busquen más! ¡Qué más da! ¡Mañana
-parecerá! ¡Tengan la bondad! ¡Háganme el favor! ¡Doña Luisa! ¡Por el
-amor de Dios! ¡No vale nada!</p>
-
-<p>Pero mentalmente estableció que hubiera una sustracción, y se la
-atribuyó al beneficiado. La pieza rodara, seguramente hasta junto
-de él, sin ruido: pusiérale encima su vasto zapato eclesiástico y
-tachuelado; y, después, en el movimiento brusco y corto que había
-hecho, aprehendiérala vilmente. Cuando salieron, el beneficiado, todo
-embozado en<span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span> su amplia
-capa de camelote, decía a Macario por la escalera:</p>
-
-<p>—¿Mire usted que la desaparición de la moneda, eh? ¡Qué broma!</p>
-
-<p>—¿Le parece a usted, señor beneficiado? —dijo Macario, deteniéndose,
-pasmado de la impudencia.</p>
-
-<p>—¿Que si me parece? ¡Si le parece! ¡Una moneda de oro! ¡Solo si
-usted las siembra!... ¡Porra! ¡Yo me volvía loco!</p>
-
-<p>Macario sintió tedio de aquella astucia fría. No le respondió. El
-beneficiado, añadió:</p>
-
-<p>—¡Mande allá mañana por la mañana, hombre! ¡Qué diablo!... ¡Dios me
-perdone! ¡Qué diablo! Una moneda no se pierde así. ¡Qué mala suerte,
-eh!</p>
-
-<p>Macario sentía ganas de pegarle. Estando en esto fue cuando Macario
-me dijo con su voz singularmente sensible:</p>
-
-<p>—En fin, amigo mío, para abreviar razones, resolví casarme con
-ella.</p>
-
-<p>—¿Y la moneda?</p>
-
-<p>—¡No pensé más en eso! ¡Iba a pensar yo entonces en la moneda!
-¡Resolví casarme con ella!</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Macario me contó lo que le determinara más precisamente en aquella
-resolución profunda y perpetua. Fue un beso. Mas ese suceso, casto
-y sencillo, yo lo callo, porque el único testigo fue una imagen en
-estampa de la Virgen, que estaba colgada en su<span class="pagenum"
-id="Page_165">p. 165</span> cuadrito de madera, en la sala oscura que
-abría a la escalera... Un beso fugitivo, superficial, efímero. Y bastó
-eso a su espíritu recto y severo para obligarlo a tomarla como esposa,
-y darle una fe inmutable y la posesión de su vida. Tales fueron sus
-esponsales. Aquella simpática sombra de las ventanas vecinas tórnase
-para él un destino, el fin moral de su vida, y toda la idea dominante
-de su trabajo. Esta historia toma, desde luego, un alto carácter de
-santidad y de tristeza.</p>
-
-<p>Macario me habló largamente del carácter y de la figura del tío
-Francisco: su aventajada estatura, sus lentes de oro, su barba
-grisácea, en collar, por debajo del mentón, un tic nervioso que
-tenía en una ventana de la nariz, la dureza de su voz, su austera
-y majestuosa tranquilidad, sus principios antiguos, autoritarios y
-tiránicos, y la brevedad telegráfica de sus palabras.</p>
-
-<p>Cuando Macario le dijo una mañana, durante el almuerzo, brutalmente,
-sin transiciones emolientes: «Pídole permiso para casarme», el tío
-Francisco, que echaba azúcar en su café, quedó callado, revolviendo
-con la cucharilla, despacio, majestuoso y terrible; y cuando acabó de
-sorber los restos del platillo, con gran ruido, sacó del cuello la
-servilleta, la dobló, afiló con el cuchillo un mondadientes, se lo puso
-en la boca y salió: mas a la puerta del comedor paró, y volviéndose
-hacia Macario, que estaba en pie, junto a la mesa, dijo secamente:</p>
-
-<p>—No.</p>
-
-<p>—¡Perdón, tío Francisco!</p>
-
-<p>—No.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span>—Mas oiga, tío
-Francisco...</p>
-
-<p>—No.</p>
-
-<p>Macario sintiose poseído de una gran cólera.</p>
-
-<p>—En ese caso, lo hago sin permiso.</p>
-
-<p>—Despedido de casa.</p>
-
-<p>—Saldré. No lo dude.</p>
-
-<p>—Hoy.</p>
-
-<p>—Hoy.</p>
-
-<p>El tío Francisco iba a cerrar la puerta, mas volviéndose:</p>
-
-<p>—¡Oye! —dijo a Macario, que estaba exasperado, apoplético, arañando
-en los cristales de la ventana.</p>
-
-<p>Macario volviose con una esperanza.</p>
-
-<p>—Deme de ahí la caja del rapé —dijo el tío Francisco.</p>
-
-<p>¡Habíasele olvidado la caja! Así que estaba perturbado.</p>
-
-<p>—Tío Francisco... —comenzó Macario.</p>
-
-<p>—Basta. Estamos a 12. Recibirá usted el sueldo del mes entero.</p>
-
-<p>Las educaciones antiguas producían estas situaciones insensatas. Era
-brutal e idiota. Macario me afirmó que era así.</p>
-
-<p>Y por la tarde, hallábase Macario en el cuarto de un hospedaje en la
-plaza de la Figueira, con seis monedas de oro, un baúl de ropa blanca
-y su pasión. Estaba tranquilo; sin embargo, sentía su destino lleno
-de apuros. Tenía relaciones y amistades en el comercio. Conocíasele
-ventajosamente: la nitidez de su trabajo, su honra tradicional, el
-nombre de la familia, su tacto comercial, su bella letra cursiva,
-inglesa, abríanle de par en par, respetuosamente,<span class="pagenum"
-id="Page_167">p. 167</span> todas las puertas de los escritorios. Al
-otro día fue a ver alegremente al negociante Falleiro, antigua relación
-comercial de su casa.</p>
-
-<p>—Con mucho gusto, amigo mío —me dijo—. ¡Quién me lo diera aquí! Mas
-si lo recibo, quedo mal con su tío, mi viejo amigo de veinte años. Me
-lo declaró categóricamente. Ya ve usted. Fuerza mayor. Yo lo siento;
-pero...</p>
-
-<p>Todos los que Macario visitó, confiado en relaciones sólidas,
-recelaban <i>quedar mal con su tío, viejo amigo de veinte años</i>.</p>
-
-<p>Y todos lo <i>sentían; pero</i>...</p>
-
-<p>Entonces dirigiose Macario a negociantes nuevos, extraños a
-su casa y a su familia, y sobre todo a los extranjeros: esperaba
-encontrar gente libre de la amistad de veinte años del tío. Para esos,
-Macario era desconocido, y asimismo desconocidos su dignidad y su
-hábil trabajo. Si tomaban informes, sabían que había sido despedido
-repentinamente de casa de su tío, por causa de una señorita rubia,
-vestida de muselina. Esta circunstancia restaba a Macario la simpatía.
-El comercio evita el tenedor de libros sentimental. De suerte, que
-Macario comenzó a sentirse en un momento agudo. Pretendiendo, pidiendo,
-rebuscando, pasaba el tiempo, sorbiendo, poco a poco, sus seis
-monedas.</p>
-
-<p>Se mudó a un hospedaje barato, y continuó olfateando. Mas como fuera
-siempre de temperamento recogido, no había creado amigos. De modo que
-se encontraba desamparado y solitario, y la vida aparecíasele como un
-descampado.</p>
-
-<p>Las monedas terminaron. Macario entró, paso a<span class="pagenum"
-id="Page_168">p. 168</span> paso, en la antigua tradición de la
-miseria, la cual tiene solemnidades fatales y establecidas; comenzó por
-empeñar; después, vendió. Reloj, anillos, levita azul, cadena, paletó
-de alamares, todo fue yendo poco a poco, rebujado debajo del chal, a
-una vieja seca y llena de asma.</p>
-
-<p>Entretanto, veía a Luisa, de noche, en la salita oscura que daba a
-la escalera; una lamparilla ardía encima de la mesa. Era feliz allí,
-en aquella penumbra, sentado castamente al lado de Luisa, en un rincón
-de un viejo canapé de paja. No la veía de día, porque traía ya la ropa
-usada, las botas torcidas, y no le gustaba mostrar a la fresca Luisa,
-tan mimosa en su cambray aseado, su miseria remendada; allí, a aquella
-luz tenue, exhalaba su gran pasión y escondía su traje decadente.</p>
-
-<p>Era muy singular el temperamento de Luisa, según me dijo Macario.
-Tenía el carácter rubio como el cabello, si es cierto que el rubio es
-un color lánguido y deslucido: hablaba poco, sonreía siempre con sus
-blancos dientecillos; decía a todo <i>¿sí?</i>; era muy simple, casi
-indiferente, llena de transigencias.</p>
-
-<p>Seguramente amaba a Macario, mas con todo el amor que podía dar su
-naturaleza débil, agotada, nula. Era como un copo de lino, hilábase
-como se quería; y, a las veces, en aquellos encuentros nocturnos, tenía
-sueño.</p>
-
-<p>Un día, Macario la encontró excitada: estaba impaciente, el chal
-arrebozado de cualquier manera, mirando siempre hacia la puerta
-interior.</p>
-
-<p>—¿Te vio mamá? —dijo ella.</p>
-
-<p>Contole que la madre desconfiaba, impertinente<span class="pagenum"
-id="Page_169">p. 169</span> y áspera, y que de seguro presentía aquel
-proyecto nupcial, tramado como una conjuración.</p>
-
-<p>—¿Por qué no vienes a pedir mi mano?</p>
-
-<p>—¡Pero, hija, si yo no puedo! No tengo acomodo ninguno. Espera. Un
-mes acaso. Tengo ahora un negocio en buen camino. Nos moriríamos de
-hambre.</p>
-
-<p>Luisa callose, torciendo la punta del chal, con los ojos bajos.</p>
-
-<p>—Por lo menos —dijo ella— hasta que yo no te haga seña desde la
-ventana, no subas más, ¿sí?</p>
-
-<p>Macario rompió a llorar; los sollozos estallaban violentos y
-desesperados.</p>
-
-<p>—¡Chist! —decíale Luisa—. ¡No llores alto!...</p>
-
-<p>Macario me contó la noche que pasó, por las calles, al acaso,
-rumiando febrilmente su dolor, bajo el frío de enero, en su levita
-corta.</p>
-
-<p>No durmió, y luego, por la mañana, al otro día, entró como
-una ráfaga en el cuarto del tío Francisco y díjole brutalmente,
-secamente:</p>
-
-<p>—Es todo lo que tengo —y mostrábale unas perras—. Ropa, estoy sin
-ella. Vendí todo; dentro de poco tendré hambre.</p>
-
-<p>El tío Francisco, que se estaba afeitando junto a la ventana, con el
-pañuelo de la India amarrado en la cabeza, volviose, y poniéndose los
-lentes, le miró:</p>
-
-<p>—Su pupitre allí está. Quede —y añadió, con un gesto decisivo—
-soltero.</p>
-
-<p>—¡Tío Francisco, óigame!...</p>
-
-<p>—Soltero, he dicho —continuó el tío Francisco, mientras suavizaba la
-navaja en el asentador.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span>—No puedo.</p>
-
-<p>—¡Entonces, a la calle!</p>
-
-<p>Macario obedeció aturdido. Llegó a su casa, acostose, lloró y se
-quedó dormido. Cuando salió, al anochecer, no tenía resolución, ni
-idea. Estaba como una esponja saturada. Dejábase ir.</p>
-
-<p>De repente, una voz gritó desde dentro de una tienda:</p>
-
-<p>—¡Eh! ¡Pchs! ¡Oiga!</p>
-
-<p>Era el amigo del sombrero de paja; abrió los brazos ampliamente:</p>
-
-<p>—¡Qué diablo! ¡Toda la mañana te anduve buscando!</p>
-
-<p>Y le contó que había llegado de la provincia, supiera su crisis y le
-traía un desenlace.</p>
-
-<p>—¿Quieres?</p>
-
-<p>—Todo.</p>
-
-<p>Una casa comercial necesitaba un hombre hábil, resuelto y duro, para
-ir con una comisión difícil y de grandes ganancias, a Cabo Verde.</p>
-
-<p>—¡Dispuesto! —dijo Macario—. ¡Pronto! Mañana.</p>
-
-<p>Y fue corriendo a escribir a Luisa, pidiéndola una despedida, un
-último encuentro, aquel en que a los brazos desolados y vehementes
-cuesta tanto desenlazarse. Fue. Encontrola toda arrebujada en su chal,
-tiritando de frío. Macario lloró. Ella, con su pasiva y rubia dulzura,
-díjole:</p>
-
-<p>—Haces bien. Tal vez te hagas rico.</p>
-
-<p>Y al otro día, Macario partió.</p>
-
-<p>Conoció las jornadas trabajosas en los mares enemigos, el mareo
-monótono en un camarote ahogado, las duras costumbres de las colonias,
-la brutalidad<span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>
-tiránica de los hacendados ricos, el peso de los fardos humillantes,
-las dilaceraciones de la ausencia, los viajes al interior de las
-tierras negras y la melancolía de las caravanas que orillan en
-violentas noches, durante días y días, los tranquilos ríos, de donde se
-exhala la muerte.</p>
-
-<p>Volvió.</p>
-
-<p>Y a seguida, en la misma tarde, la vio, a ella, Luisa, clara,
-fresca, reposada, serena, acodada al antepecho del balcón, con su
-abanico chinés. Y al otro día, ávidamente, fue a pedírsela a la madre.
-Macario había hecho un gran negocio, y la Villaça madre abriole sus
-brazos amigos llena de exclamaciones. El casamiento acordose para
-dentro de un año.</p>
-
-<p>—¿Por qué? —pregunté yo a Macario.</p>
-
-<p>Y me explicó que las ganancias de Cabo Verde no podían constituir un
-capital definitivo; eran apenas un capital de habilitación. Traía de
-Cabo Verde elementos de poderosos negocios; durante un año, trabajaría
-sin descanso, y al final, podría, sosegadamente, crear una familia.</p>
-
-<p>Trabajó de firme: puso en aquel trabajo la fuerza creadora de su
-pasión. Levantábase de madrugada, comía de prisa, hablaba muy poco. A
-la tardecita iba a visitar a Luisa. Después, volvía impacientemente al
-trabajo, como un avaro a su cofre.</p>
-
-<p>Estaba grueso, fuerte, duro, fiero; con el mismo ímpetu servíase de
-las ideas y de los músculos; vivía en una tempestad de cifras. A las
-veces, Luisa, al pasar, entraba en su almacén: aquel posar de<span
-class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span> ave fugitiva dábale
-alegría, fe, confortamiento para todo un mes totalmente trabajado.</p>
-
-<p>Por entonces el amigo del sombrero de paja vino a pedir a Macario
-que fuese su fiador por una gran cantidad que pidiera para establecer
-un bazar de quincalla en grande. Macario, que estaba en el vigor de su
-crédito, accedió con alegría. El amigo del sombrero de paja es quien
-le había facilitado el negocio providencial de Cabo Verde. En aquella
-sazón faltaban dos meses para la boda. Macario sentía, en ciertos
-momentos, subírsele al rostro los febriles rubores de la esperanza.
-Ya comenzara a tratar de las proclamas. Estando en esto, un día, el
-amigo del sombrero de paja desaparece con la mujer de un alférez. Su
-establecimiento estaba en los comienzos. Era una aventura muy confusa.
-Nunca se pudo precisar nítidamente aquel embrollo doloroso. Lo positivo
-era que Macario le fiara; Macario debía reembolsar. Cuando lo supo,
-empalideció, y dijo sencillamente:</p>
-
-<p>—¡Liquido y pago!</p>
-
-<p>Y cuando liquidó, quedó otra vez pobre. Como el desastre tuviera una
-gran publicidad y su honra estaba santificada en la opinión, al punto
-la casa Peres y Compañía, que lo mandara a Cabo Verde, le propuso otro
-viaje y otros negocios.</p>
-
-<p>—¡Volver a Cabo Verde otra vez!</p>
-
-<p>—¡Hace otra vez fortuna, hombre! ¡Usted es el diablo! —dijo el señor
-Eleuterio Peres.</p>
-
-<p>En viéndose así, solo y pobre, Macario estalló en llanto.
-¡Todo estaba perdido, acabado, extinto! ¡Era necesario recomenzar
-pacientemente la vida, volver<span class="pagenum" id="Page_173">p.
-173</span> a las largas miserias de Cabo Verde, tornar a las pasadas
-desesperanzas, sudar los antiguos sudores! ¿Y Luisa? Macario le
-escribió. Luego rasgó la carta. Fue a casa de ella: las ventanas
-tenían luz; subió hasta el primer piso, mas allí le tomó una gran
-aflicción, una cobardía de revelar el desastre, el pavor trémulo de
-una separación, el terror de que ella se negase, rehusase, vacilara...
-¿Querría ella esperar más? No se atrevió a hablar, a explicar, a pedir;
-descendió las escaleras. Era de noche. Anduvo a la ventura por las
-calles; había un sereno y silencioso lunar. Iba sin saber adónde; de
-pronto oyó, por dentro de una ventana iluminada, un violín que tocaba
-la <i>xácara mourisca</i>. Acordose del tiempo en que conociera a
-Luisa, del dulce sol claro que había entonces, y del vestido de ella,
-de muselina, con lunares azules. Era en la calle en donde estaban los
-almacenes del tío. Fue caminando. Púsose a mirar su antigua casa. La
-ventana del escritorio estaba cerrada. Desde allí, ¡cuántas veces viera
-a Luisa y el blando movimiento de su abanico chinés! Pero una ventana,
-en el segundo piso, tenía luz; era el cuarto del tío. Macario fue a
-observar desde más lejos; dentro, por detrás de las ventanas, estaba
-arrimada una figura: era el tío Francisco. Vínole una saudade de todo
-su pasado simple, retirado, plácido. Recordaba su cuarto, y la vieja
-cartera con cerradura de plata, y la miniatura de su madre, que pendía
-encima de la barra de la cama; el comedor y su viejo aparador de madera
-negra, y el jarro del agua, cuya asa era una serpiente irritada...
-Decidiose, e impelido por un instinto, llamó a la puerta.<span
-class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span> Llamó otra vez. Sintió
-abrir la ventana y preguntar al tío:</p>
-
-<p>—¿Quién es?</p>
-
-<p>—Soy yo, tío Francisco; soy yo. Vengo a decirle adiós.</p>
-
-<p>Cerrose la ventana, y a poco se abrió la puerta con un gran ruido
-de cerrojos. El tío Francisco tenía un candelero de aceite en la mano.
-Macario le halló flaco, más viejo. Besole la mano.</p>
-
-<p>—Suba —dijo el tío.</p>
-
-<p>Macario iba callado, cosido al pasamano.</p>
-
-<p>En llegando al cuarto, el tío Francisco posó el candelero sobre una
-larga mesa de palosanto, y en pie, con las manos en los bolsillos,
-esperó.</p>
-
-<p>Macario permanecía callado, mesándose la barba.</p>
-
-<p>—¿Qué quiere? —gritole el tío.</p>
-
-<p>—Venía a decirle adiós. Vuelvo para Cabo Verde.</p>
-
-<p>—Buen viaje.</p>
-
-<p>Y el tío Francisco, volviéndole la espalda, fue a redoblar con los
-dedos en la vidriera.</p>
-
-<p>Macario quedó inmóvil; dio dos pasos en el cuarto, todo irritado, y
-se dispuso a salir.</p>
-
-<p>—¿Adónde va, estúpido? —le gritó el tío.</p>
-
-<p>—Me voy.</p>
-
-<p>—¡Siéntese ahí!</p>
-
-<p>Y el tío Francisco continuó, dando grandes pasos por la
-habitación:</p>
-
-<p>—¡Su amigo de usted es un canalla! ¡Bazar de quincalla! ¡No está
-mal! Usted es un hombre de bien. Estúpido, pero hombre de bien.
-¡Siéntese allí! ¡Siéntese! ¡Su amigo es un canalla! ¡Usted es un<span
-class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span> hombre de bien! ¡Fue a
-Cabo Verde, ya lo sé! ¡Pagó todo! ¡Es natural! ¡También lo sé! Mañana
-hágame el favor de ir a sentarse a su pupitre, allá abajo. Mande que le
-pongan asiento nuevo al sillón. Haga el favor de poner en las facturas:
-«Macario &amp; Sobrino.» Y cásese. ¡Cásese, y que le aproveche! Tome
-dinero. Usted precisa ropa blanca y mobiliario. Tome dinero, y póngalo
-en mi cuenta. Su cama está hecha.</p>
-
-<p>Macario, aturdido, radioso, con las lágrimas en los ojos, quería
-abrazarlo:</p>
-
-<p>—Bueno, bueno. ¡Adiós!</p>
-
-<p>Macario iba a salir.</p>
-
-<p>—¡Oh, burro! ¿pues quiere irse de su casa?</p>
-
-<p>Yendo a un pequeño armario, trajo jalea, un platillo de dulce, una
-botella antigua de Oporto, y bizcochos.</p>
-
-<p>—¡Coma!</p>
-
-<p>Y sentándose junto a él y volviendo a llamarle estúpido, corríale
-una lágrima por entre las arrugas de la piel.</p>
-
-<p>De suerte que la boda fue decidida para de allí a un mes, y Luisa
-comenzó a disponer su equipo.</p>
-
-<p>Macario estaba entonces en la plenitud del amor y de la alegría.</p>
-
-<p>Veía el fin de su vida, lleno, completo, feliz. Pasaba casi todo
-el tiempo en casa de la novia, y un día, acompañándola en sus compras
-por las tiendas, quiso hacerle un pequeño regalo. La madre quedárase
-en casa de una modista, en un primer piso de la calle del Oro, y ellos
-habían bajado alegremente,<span class="pagenum" id="Page_176">p.
-176</span> riendo, a la tienda de un platero que había abajo, en la
-misma casa.</p>
-
-<p>Era un día de invierno, claro, fino, frío, con un gran cielo azul
-turquí, profundo, luminoso, consolador.</p>
-
-<p>—¡Qué lindo día! —dijo Macario.</p>
-
-<p>Y con la novia del brazo, caminó un poco a lo largo del paseo.</p>
-
-<p>—¡Muy lindo! —dijo ella—. Mas pueden reparar: nosotros solos...</p>
-
-<p>—Deja. ¡Se va tan bien así!...</p>
-
-<p>—No, no.</p>
-
-<p>Y Luisa lo arrastró blandamente hacia la tienda del platero. No
-había más que un dependiente, moreno, de cabello hirsuto. Macario
-díjole:</p>
-
-<p>—Quería ver sortijas.</p>
-
-<p>—Con piedras —dijo Luisa—. Lo más bonito.</p>
-
-<p>—Sí, con piedras —dijo Macario—. Amatista, granate... En fin, lo
-mejor.</p>
-
-<p>Luisa iba examinando los estuches forrados de terciopelo azul, en
-los cuales relucían las gruesas pulseras guarnecidas, las cadenas, los
-collares de camafeos, las sortijas, las finas alianzas, frágiles como
-el amor, y todo el centelleo de la pesada orfebrería.</p>
-
-<p>—Mira, Luisa —dijo Macario.</p>
-
-<p>El dependiente había esparcido en la otra extremidad del mostrador,
-encima del cristal de la vitrina, una gran cantidad de anillos de oro,
-con piedras, labrados, esmaltados; y Luisa, tomándolos y dejándolos con
-las puntas de los dedos, iba apartándolos y diciendo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span>—Es feo... Es
-pesado... Es largo...</p>
-
-<p>—Mira este —le dijo Macario.</p>
-
-<p>Era un anillo con unas perlas.</p>
-
-<p>—Es bonito —respondió ella—. ¡Es muy lindo!</p>
-
-<p>—Deja ver si te sirve —añadió Macario.</p>
-
-<p>Y tomándole la mano, metiole el anillo despacito, dulcemente, en
-el dedo, mientras ella reía con sus blancos dientecitos finos, todos
-esmaltados.</p>
-
-<p>—Es muy grande —dijo Macario—. ¡Qué pena!</p>
-
-<p>—Puede reducirse, si usted quiere. Se deja a la medida. Mañana está
-listo.</p>
-
-<p>—Buena idea —dijo Macario—; sí, señor. Porque es muy bonito, ¿no
-es verdad? Las perlas muy iguales, muy claras. ¡Muy bonito! ¿Y estos
-pendientes? —preguntó, yendo al fin del mostrador, al otro escaparate—.
-¿Estos pendientes con una concha?</p>
-
-<p>—Diez monedas, dijo el dependiente.</p>
-
-<p>Entre tanto, Luisa continuaba examinando los anillos, probándoselos
-en todos los dedos, revolviendo aquel delicado mostrador,
-resplandeciente y precioso.</p>
-
-<p>Mas de improviso, el dependiente se pone muy pálido y mira a Luisa,
-que va llevando distraídamente la mano por la cara.</p>
-
-<p>—Bien —dice Macario aproximándose—; entonces, mañana tendremos el
-anillo. ¿A qué hora?</p>
-
-<p>El dependiente no respondió y comenzó a mirar fijamente a
-Macario.</p>
-
-<p>—¿A qué hora?</p>
-
-<p>—Al mediodía.</p>
-
-<p>Iban a salir. Luisa traía un vestido de lana azul que arrastraba
-un poco, dando una ondulación melodiosa<span class="pagenum"
-id="Page_178">p. 178</span> a su paso, y sus manos, pequeñitas, estaban
-ocultas en un manguito blanco.</p>
-
-<p>—¡Perdón! —dijo de repente el joyero.</p>
-
-<p>Volviose Macario.</p>
-
-<p>—El señor no ha pagado...</p>
-
-<p>Macario le miró gravemente:</p>
-
-<p>—Naturalmente. Mañana vengo a buscar el anillo y pago.</p>
-
-<p>—¡Perdón! —insistió el dependiente—. Mas el otro...</p>
-
-<p>—¿Cuál? —exclamó Macario con una voz sorprendida, avanzando hacia el
-mostrador.</p>
-
-<p>—Esa señora sabe —afirmó—. Esa señora sabe...</p>
-
-<p>Macario sacó la cartera lentamente.</p>
-
-<p>—Perdón, si hay una cuenta antigua...</p>
-
-<p>El dependiente abrió el mostrador, y con un aspecto resuelto:</p>
-
-<p>—Nada, mi querido señor; es de ahora. Es un anillo con dos
-brillantes que lleva esa señora.</p>
-
-<p>—¡Yo! —dijo Luisa en voz baja, toda enrojecida.</p>
-
-<p>—¿Qué es? ¿Qué está diciendo?</p>
-
-<p>Macario, pálido, con los dientes cerrados, contraído, miraba al
-joyero coléricamente.</p>
-
-<p>Este dijo entonces:</p>
-
-<p>—Esa señora cogió de ahí un anillo.</p>
-
-<p>Macario quedó inmóvil, encarándolo.</p>
-
-<p>—Un anillo con dos brillantes —continuó el muchacho—. Lo vi
-perfectamente.</p>
-
-<p>El dependiente estaba tan excitado, que su voz tartamudeaba,
-prendíase espesamente.</p>
-
-<p>—Esa señora no sé quién es. Pero cogió el anillo. Lo cogió de
-allí...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span>Macario,
-maquinalmente, lo agarró por un brazo, y volviéndose a Luisa, con la
-palabra sofocada, corriéndole el sudor por la frente, lívido:</p>
-
-<p>—Luisa, di...</p>
-
-<p>Se le cortó la voz.</p>
-
-<p>—Yo... —balbució ella, trémula, asombrada, pálida, descompuesta.
-Dejó caer el manguito en el suelo.</p>
-
-<p>Macario vino hacia ella, agarrola un pulso, mirándola; su aspecto
-era tan resuelto y tan imperioso, que ella metió la mano en el bolso,
-bruscamente empavorecida, y mostrando la sortija:</p>
-
-<p>—¡No me haga daño! —suplicó, encogiéndose toda.</p>
-
-<p>Macario quedó con los brazos caídos, el aire abstracto, los labios
-blancos; mas de repente, dando un tirón a la levita, recuperándose,
-dijo al joyero:</p>
-
-<p>—Tiene razón. Era distracción... ¡Es natural! Esta señora se había
-olvidado. Es la sortija. Sí, señor, evidentemente... Tiene la bondad.
-Toma hija, toma. Deja estar, que la envuelva. ¿Cuánto cuesta?</p>
-
-<p>Abrió la cartera y pagó.</p>
-
-<p>Después recogió el manguito, lo sacudió blandamente, limpió
-los labios con el pañuelo, dio el brazo a Luisa, y diciendo al
-joyero: disculpe, disculpe, la arrastró inerte, pasiva, aterrada,
-semi-muerta.</p>
-
-<p>Echaron a andar por la calle, que el sol iluminaba intensamente; los
-coches cruzábanse, rodando; figuras risueñas paseaban conversando; los
-pregones subían con gritos alegres; un caballero con calzón de ante
-hacía cabriolar a su caballo, adornado de rosetas; y la calle estaba
-llena, ruidosa, viva, feliz y cubierta de sol.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span>Macario iba
-maquinalmente, como en el fondo de un sueño. Detúvose en una esquina.
-Tenía el brazo de Luisa colgado del suyo, y veíale la mano pendiente,
-su linda mano de cera, con sus venas dulcemente azuladas, los dedos
-finos y amorosos; era la mano derecha, ¡y aquella mano era la de su
-novia! Instintivamente leyó el cartel que anunciaba para la noche:
-<i>Palafox en Zaragoza</i>.</p>
-
-<p>En esto, soltando el brazo de Luisa, díjole en voz baja:</p>
-
-<p>—Vete.</p>
-
-<p>—¡Oye! —rogó ella, con la cabeza toda inclinada.</p>
-
-<p>—Vete. —Y con la voz asfixiada y terrible—: Vete. Mira que llamo. Te
-mando al Aljube. Vete.</p>
-
-<p>—¡Mas oye!</p>
-
-<p>—Vete. Hizo un gesto con el puño cerrado.</p>
-
-<p>—¡Por el amor de Dios, no me pegues aquí! —dijo ella sofocada.</p>
-
-<p>—Vete. Pueden vernos. No llores. Mira que viene gente. ¡Vete! Y
-acercándose más a ella, murmuró:</p>
-
-<p>—¡Eres una ladrona!</p>
-
-<p>Volviose de espaldas y echó a andar, despacio, rayando el suelo con
-el bastón.</p>
-
-<p>Cuando había dado algunos pasos, volvió de pronto; aún vio entre los
-bultos su vestido azul.</p>
-
-<p>Y habiendo partido en aquella misma tarde para la provincia, no
-volvió a saber más de aquella señorita rubia.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_8">
- <p><span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cenefa.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">LA NODRIZA</h2>
-</div>
-
-
-<p>Una vez, era un rey, mozo y valiente, señor de un reino abundante
-en ciudades y mesnadas, que partió a batallar por tierras distantes,
-dejando triste y solitaria a su reina y a un hijito, que aún vivía en
-la cuna, envuelto entre pañales.</p>
-
-<p>La luna llena que le viera marchar, llevado en su sueño de conquista
-y de fama, comenzaba a menguar, cuando uno de sus caballeros apareció
-con las armas rotas, negro de sangre seca y del polvo de los caminos,
-trayendo la amarga nueva de una batalla perdida y de la muerte del rey,
-traspasado por siete lanzas entre la flor de su nobleza, a la orilla de
-un gran río.</p>
-
-<p>La reina lloró magníficamente al rey. Lloró desoladamente al esposo,
-que era bello y alegre. Mas, sobre todo, lloró ansiosamente al padre
-que así dejaba al hijito desamparado, en medio de tantos enemigos de su
-frágil vida y del reino que sería suyo, sin un brazo que lo defendiese,
-fuerte por la fuerza y fuerte por el amor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span>El más temible de
-estos enemigos, era su tío, hermano bastardo del rey, hombre depravado
-y bravío, consumido por groseros apetitos, que solo deseaba la realeza
-por causa de sus tesoros, y que habitaba hacía años en un castillo
-sobre los montes, con una horda de rebeldes, a la manera de un lobo
-que, de atalaya en su choza, espera la presa. ¡Ah, la presa ahora era
-aquella criaturita, rey de mamá, señor de tantas provincias, y que
-dormía en su cuna con su cascabel de oro apretado en la mano!</p>
-
-<p>A su lado, dormía otro niño en otra cuna. Este era un esclavito,
-hijo de la bella y robusta esclava que amamantaba al príncipe. Los
-dos habían nacido en la misma noche de verano. Criábalos el mismo
-pecho. Cuando la reina, antes de irse a dormir, iba a besar al
-principito, que tenía el cabello rubio y fino, besaba también, por
-amor de él, al esclavito, que tenía el cabello negro y crespo. Los
-ojos de ambos relucían como piedras preciosas. Solamente, la cuna de
-uno era magnífica y de marfil entre brocados, y la del otro pobre y de
-varilla.</p>
-
-<p>La leal esclava, para los dos tenía igual cariño, porque si uno era
-su hijo, el otro había de ser su rey.</p>
-
-<p>Por haber nacido en aquella casa real, tenía la pasión, la religión
-de sus señores. Nadie lloró más sentidamente que ella la muerte de
-su rey, a la orilla del gran río. Pertenecía, además, a una raza que
-cree que la vida de la tierra se continúa en el cielo. De cierto que
-el rey, su amo, ya estaría ahora reinando en otro reino, más allá de
-las nubes, abundante también en mesnadas y ciudades. Su caballo<span
-class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> de batalla, sus armas, sus
-soldados, sus pajes, habían subido con él a las alturas. También ella,
-por su turno, llegaría el día en que se remontase en un rayo de luz
-a habitar el palacio de su señor, y a hilar de nuevo el hilo de sus
-túnicas, y a encender otra vez el pebetero de sus perfumes: sería en el
-cielo como fuera en la tierra, y feliz en su servidumbre.</p>
-
-<p>¡También ella temblaba por su principito! ¡Cuántas veces, teniéndole
-colgado del pecho, pensaba en su fragilidad, en su larga infancia,
-en los lentos años que correrían antes que fuese por lo menos del
-tamaño de una espada, y en aquel tío cruel, de rostro más oscuro que
-la noche y corazón más oscuro que la faz, hambriento del trono, y
-acechando por encima de su roquedo, entre los alfanjes de su horda!
-¡Pobre principito de su alma! Mas si su hijo lloriqueaba al lado, hacia
-él era adonde corrían sus brazos con un ardor más feliz. Ese, en su
-indigencia, nada tenía que temer de la vida. Desgracias, asaltos de la
-mala suerte, nunca podrían dejarle más desnudo de las glorias y bienes
-del mundo de lo que ya lo estaba allí en su cuna, bajo el pedazo de
-lino blanco que resguardaba su desnudez. En verdad, la existencia era
-para él más preciosa y digna de ser conservada que la de su príncipe,
-porque ninguno de los duros cuidados con que ella ennegrece el alma
-de los señores, rozaría siquiera su alma libre y sencilla de esclavo.
-Y, como si le amase más por aquella dichosa humildad, cubría su gordo
-cuerpecito de besos largos y devoradores, besos que hacía ligeros sobre
-las manos de su príncipe.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span>Entretanto, un
-gran temor llenaba el palacio, en donde ahora reinaba una mujer entre
-mujeres. El bastardo, el hombre de rapiña, que erraba por la cumbre de
-las sierras, descendiera con su horda a la llanura, e iba dejando, a
-través de casales y aldeas felices, un surco de matanza y de ruinas.
-Aseguráronse las puertas de la ciudad con cadenas más fuertes. En la
-atalayas ardían luces más altas. Pero a la defensa faltaba disciplina
-viril. Una rueca no gobierna como una espada. Toda la nobleza fiel
-pereciera en la grande batalla. La desventurada reina apenas sabía
-sino correr a cada instante a la cuna de su hijo a llorar sobre él su
-flaqueza de viuda. Solo el ama leal parecía segura, como si los brazos
-en que estrechaba a su príncipe fuesen murallas de una ciudadela que
-ninguna audacia pudiera trasponer.</p>
-
-<p>Una noche, noche de silencio y de oscuridad, yendo desnuda ya
-para acostarse en su catre, entre sus dos pequeños, adivinó, más que
-sintió, un corto rumor de hierro y de disputa, lejos, a la entrada
-de los jardines reales. Envolviéndose deprisa en un manto, y echando
-les cabellos para atrás, escuchó ansiosamente. En el sitio enarenado,
-entre los jazmines, oíanse pasos pesados y rudos. Después se percibió
-un gemido, un cuerpo cayendo blandamente sobre losas, como un fardo.
-Descorrió violentamente la cortina. Y allá, al fondo de la galería,
-avistó hombres, un resplandor de linternas, brillar de armas... Al
-momento lo comprendió todo; el palacio sorprendido, el bastardo
-cruel que venía a robar, a matar a su príncipe. Y, rápidamente, sin
-vacilar, sin<span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span> dudar
-ni un segundo, arrebató al príncipe de su cuna de marfil, lo metió
-en la pobre cuna de rejilla, y sacando a su hijo de la cama servil,
-entre besos desesperados, acostole en la cuna real, que cubrió con un
-brocado.</p>
-
-<p>De repente, un hombre enorme, de faz iracunda, con un manto negro
-sobre la cota de malla, surgió a la puerta de la cámara, entre otros,
-que erguían linternas. Miró, corrió a la cuna de marfil en donde
-lucían los brocados, arrancó de debajo la criatura, como se arranca
-una bolsa de oro, y apagando sus gritos con el manto, echó a correr
-furiosamente.</p>
-
-<p>El príncipe dormía en su nueva cuna. El ama quedara inmóvil, en el
-silencio y en la oscuridad.</p>
-
-<p>Gritos de alarma atronaron a seguida el palacio. Por las ventanas
-pasó el largo flamear de las antorchas. Resonaban los patios con el
-batir de las armas. Casi desnuda, desgreñada, la reina invadió la
-cámara, cercada de las ayas, llamando a gritos por su hijo. Al ver la
-cuna de marfil, con las ropas desarregladas, vacía, cayó al suelo,
-llorando, despedazada. En esto, callada, muy lenta, muy pálida, el ama
-descubrió la pobre cuna de rejilla... Allí estaba el príncipe, quieto,
-dormidito, en un sueño que le hacía sonreír y le iluminaba toda la
-carita entre sus cabellos de oro. Cayó la madre sobre la cuna, con un
-suspiro, como cae un cuerpo muerto.</p>
-
-<p>Y en este punto un nuevo clamor conmovió la galería de mármol.
-Era el capitán de la guardia, su gente fiel. Había, sin embargo,
-en sus clamores, más tristeza que triunfo. ¡Muriera el bastardo!
-Cogido, al huir, entre el palacio y la ciudadela, aplastado<span
-class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span> por la fuerte legión de
-arqueros, sucumbieron, él y veinte de su horda. Su cuerpo estaba allí,
-con flechas en el flanco, en un charco de sangre. ¡Mas, ay, dolor
-sin nombre! ¡El cuerpecillo tierno del príncipe allí estaba también,
-envuelto en un manto, ya frío, rojo todavía de las manos feroces que
-lo habían estrangulado! Comunicaban así tumultuosamente los hombres
-de armas la nueva cruel, cuando la reina, deslumbrada, con lágrimas y
-risas, irguió en los brazos para mostrárselo, al príncipe, que había
-despertado.</p>
-
-<p>Fue un espanto, una aclamación. ¿Quién lo salvara? ¿Quién?...
-¡Allí estaba, junto a la cuna de marfil vacía, muda y tiesa, la que
-lo salvara! ¡Sierva sublimemente leal! Había sido ella quien, para
-conservar la vida a su príncipe, condenara a muerte a su hijo...
-Entonces, solo entonces, la madre dichosa, emergiendo de su alegría
-extática, abrazó apasionadamente a la madre dolorosa y la llamó hermana
-de su corazón... Y de entre aquella multitud que se apretaba en la
-galería vino una nueva, ardiente aclamación, con súplicas de que fuese
-magníficamente recompensada la sierva admirable que salvara al rey y al
-reino.</p>
-
-<p>¿Y cómo? ¿Qué bolsas de oro pueden pagar un hijo? Un viejo de noble
-casta propuso que fuese llevada al tesoro real y escogiese de entre sus
-riquezas, que eran como las mayores de los mayores tesoros de la India,
-todas las que apeteciese su deseo.</p>
-
-<p>La reina tomó de la mano a la sierva. Y sin que su cara de
-mármol perdiese la rigidez, con un andar<span class="pagenum"
-id="Page_187">p. 187</span> de muerta, como en un sueño, se dejó
-conducir hasta la Cámara de los Tesoros. Señores, ayas, hombres de
-armas, seguíanla con un respeto tan enternecido, que apenas se oía el
-rozar de las sandalias en las losas. Las espesas puertas del tesoro
-giraron lentamente. Y cuando un siervo abrió las ventanas, la luz de
-la madrugada, ya clara y rósea, entrando por los enrejados de hierro,
-inflamó un maravilloso y centelleante incendio de oro y pedrerías.</p>
-
-<p>Del suelo de piedra, hasta las bóvedas sombrías, por toda la cámara,
-relucían, resplandecían, refulgían los escudos de oro, las armas
-incrustadas, los montones de diamantes, las pilas de monedas, los
-largos hilos de perlas, todas las riquezas de aquel reino, acumuladas
-por cien reyes durante veinte siglos. Un <i>¡ah!</i>, lento y
-maravillado pasó sobre la turba enmudecida. Siguió un silencio ansioso.
-En el centro de la cámara, envuelta en la refulgencia preciosa, el ama
-no se movía... Apenas sus ojos, brillantes y secos, se habían erguido
-para aquel cielo que, más allá de las rejas, teñíase de rosa y de oro.
-Era allí, en ese cielo fresco de madrugada, en donde ahora estaba su
-hijo. ¡Estaba allí, y ya el sol se levantaba, y era tarde, y aquella
-criatura lloraría, buscando su pecho!... El ama sonrió y extendió
-la mano. Seguían todos, sin respirar, aquel lento mover de su mano
-abierta. ¿Qué joya maravillosa, qué hilo de diamantes, qué puñado de
-rubíes iba a escoger?</p>
-
-<p>El ama alargó la mano hacia un escabel próximo, y de entre un
-montón de armas cogió un puñal.<span class="pagenum" id="Page_188">p.
-188</span> Era un puñal de un viejo rey, todo guarnecido de esmeraldas,
-que valía una provincia.</p>
-
-<p>Agarró el puñal, y apretándolo fuertemente en la mano, apuntando
-para el cielo, hacia el cual subían los primeros rayos del sol, se
-encaró con la reina y con la multitud, y gritó:</p>
-
-<p>—Salvé a mi príncipe, y ahora... voy a dar de mamar a mi hijo.</p>
-
-<p>Y se clavó el puñal en el corazón.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_9">
- <p><span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cenefa.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">EL DIFUNTO</h2>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>En el año 1474, tan abundante en mercedes divinas para toda la
-cristiandad, reinando en Castilla el rey Enrique IV, vino a habitar en
-la ciudad de Segovia, en donde había heredado huertos y moradas, un
-joven caballero, de limpio linaje y gentil parecer, que se llamaba don
-Ruy de Cárdenas.</p>
-
-<p>Su casa, legado de un tío, arcediano y maestro en cánones, quedaba
-al lado y en la sombra silenciosa de la iglesia de Nuestra Señora del
-Pilar; y enfrente, más allá del atrio, donde cantaban los tres chorros
-de un chafariz antiguo, erguíase el oscuro palacio de don Alonso de
-Lara, hidalgo de riquezas dilatadas y maneras sombrías, que ya en la
-madurez de la edad, todo grisáceo, desposárase con una joven citada en
-Castilla por su blancura, por sus cabellos del color de la aurora y
-por su cuello de garza real. Don Ruy había sido apadrinado, al nacer,
-por Nuestra Señora del Pilar, de quien siempre<span class="pagenum"
-id="Page_190">p. 190</span> se conservó devoto y fiel servidor; aunque
-siendo de sangre brava y alegre, gustábanle las armas, la caza, los
-salones galantes, y por veces, las noches ruidosas de taberna con
-dados y pellejos de vino. Por amor, y por las facilidades de la santa
-vecindad, adquiriera la piadosa costumbre, desde su llegada a Segovia,
-de visitar todas las mañanas a su celestial madrina y de pedirla, a
-medio de tres <i>Avemarías</i>, la bendición y la gracia.</p>
-
-<p>Al oscurecer, después de alguna ruda correría por campo y monte con
-los lebreles y el halcón, aún volvía, a la hora de las Vísperas, para
-murmurar dulcemente una Salve.</p>
-
-<p>Y todos los domingos compraba en el atrio, a una ramilletera
-morisca, algún atado de junquillos o claveles o rosas silvestres,
-que esparcía con ternura y cuidado galantes enfrente del altar de la
-Virgen.</p>
-
-<p>A esa venerada iglesia del Pilar venía también cada domingo doña
-Leonor, la tan citada y hermosa mujer del señor de Lara, acompañada por
-un aya triste, de ojos más abiertos y duros que los de una lechuza,
-y por dos fuertes lacayos que la envolvían y guardaban como unas
-torres. Tan celoso era el señor don Alonso, que solo por habérselo
-ordenado severamente el confesor y con miedo de ofender a la Virgen,
-su vecina, permitía esta visita fugitiva, cuyos pasos y demora espiaba
-impacientemente entre las rejas de una celosía. Toda la semana se la
-pasaba doña Leonor en la cárcel del enrejado solar de granito negro, no
-teniendo para recrearse y respirar, aun en las ardorosas calmas<span
-class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span> del estío, más que un
-fondo de jardín verdinegro, cercado de tan altos muros, que apenas se
-alcanzaba a ver, emergiendo de ellos, allá y acullá, alguna punta de
-triste ciprés. Mas esa corta visita a Nuestra Señora del Pilar bastó
-para que don Ruy se enamorase de ella locamente, en la mañana de mayo
-en que la vio de rodillas ante el altar, envuelta en un haz de rayos
-de sol, aureolada por sus cabellos de oro, con las largas pestañas
-pendidas sobre el libro de las Horas y el rosario cayendo de entre
-sus finos dedos, toda ella fina, blanca, de una blancura de lirio
-abierto en la sombra, más blanca entre los negros encajes y las sedas
-negras que alrededor de su cuerpo, lleno de gracia, quebrábanse en
-arrugas sobre las losas de la capilla, viejas lápidas de sepultura sin
-fecha. Cuando después de un momento de éxtasis y de delicioso pasmo se
-arrodilló, fue menos por la Virgen del Pilar, su celestial madrina, que
-por aquella aparición mortal, de quien no conocía el nombre ni la vida,
-y por la cual daría vida y nombre si ella se rindiese por precio tan
-incierto.</p>
-
-<p>Balbuciendo como una plegaria ingrata las tres <i>Avemarías</i> de
-costumbre, echó mano al sombrero, descendió levemente la nave sonora
-y quedose en el portal, aguardándola, confundido con los mendigos
-lazarientos que se calentaban al sol. Y cuando al cabo de un tiempo,
-en que don Ruy sintió en el corazón un desusado latir de ansiedad y
-miedo, doña Leonor pasó y se detuvo, mojando los dedos en la pila del
-agua bendita, sus ojos, bajo el velo caído, no se irguieron frente a
-él ni tímidos ni desatentos.<span class="pagenum" id="Page_192">p.
-192</span> Con el aya de ojos muy abiertos pegada a sus vestidos, entre
-los dos lacayos como protegida por dos torres, atravesó el atrio,
-piedra por piedra, gozando, seguramente, como una recluida, del aire y
-el sol que la inundaban. Y fue un espanto para don Ruy cuando la vio
-penetrar en la sombría arcada de gruesos pilares y desaparecer por una
-puertecilla de servicio cubierta de herrajes. ¡Era, pues, doña Leonor,
-la linda y noble señora de don Alonso de Lara!...</p>
-
-<p>Entonces comenzaron siete penosos días, que él gastó en un poyo de
-su ventana, considerando aquella negra puerta, cubierta de herrajes,
-como si fuera la del Paraíso y por ella tuviese que salir un ángel
-para anunciarle la Bienaventuranza eterna. Hasta que llegó el esperado
-domingo: y pasando él por el atrio a la hora de Prima, cuando repicaban
-las campanas, con la ofrenda de un manojo de claveles amarillos para su
-madrina, cruzó doña Leonor, que salía de entre los pilares de la oscura
-arcada, blanca, dulce y pensativa, al modo que sale la luna de entre
-las nubes. Los claveles casi se le cayeron en aquel alborozo, en que el
-pecho se le arqueó con la violencia del mar y el alma toda le huyó en
-tumulto a través de los ojos con que la devoraba. También ella levantó
-los suyos hacia don Ruy; pero unos ojos reposados, serenos, en que no
-lucía curiosidad ni acaso conciencia de estarse trocando con otros tan
-encendidos y ennegrecidos por el deseo.</p>
-
-<p>El caballero no entró en la iglesia, quizá por el piadoso
-recelo de no prestar a su celestial madrina<span class="pagenum"
-id="Page_193">p. 193</span> la atención que de seguro había de robarle
-aquella mujer que era solo humana, mas dueña ya de su corazón y en él
-divinizada.</p>
-
-<p>Esperó ávidamente a la puerta entre los mendigos, secando los
-claveles con el ardor de las manos trémulas, pensando cuánto se
-demoraba el rosario que doña Leonor rezaba. Aún no descendía ella por
-la nave y ya don Ruy advertía dentro del alma el dulce rugir de la seda
-que arrastraba por las losas. Pasó la blanca señora, y la misma mirada
-distraída que echó sobre los mendigos y por el atrio, dejó correr sobre
-él, o porque no comprendiese a aquel joven que de repente se tornaba
-tan pálido, o porque no le diferenciaba aún de las cosas y de las
-formas indiferentes.</p>
-
-<p>Don Ruy partió, conteniendo un hondo suspiro, y en su cuarto puso
-devotamente ante la imagen de la Virgen las flores que no le ofreciera
-en la iglesia ante su altar. Toda su vida se volvió entonces una larga
-queja por sentir tan fría e inhumana a la mujer, única entre las
-mujeres, que prendiera y tornara serio su corazón ligero y errante.
-Con una esperanza, en la que entreveía el desengaño, comenzó a rondar
-los altos muros del jardín, y otras veces, embozado en la capa, con
-el hombro contra una esquina, quedábase contemplando lentas horas
-las rejas de las celosías, gruesas y negras como las de una cárcel.
-Los muros no se abrían, de las rejas no salía siquiera un rastro de
-luz prometedor. Todo el solar era como un sepulcro. Para desahogarse
-compuso en largas veladas, sobre pergaminos, trovas dulces y gimentes,
-que no le consolaban. Delante<span class="pagenum" id="Page_194">p.
-194</span> del altar de la Virgen, sobre las mismas losas en que
-la había visto arrodillada, doblaba él las rodillas y quedaba, sin
-palabras de oración, en una añoranza amarga y dulce, esperando
-que su corazón serenase bajo la influencia de Aquella que todo lo
-consuela y serena; pero siempre se erguía más desdichado, teniendo
-apenas la sensación de cuán frías y rígidas eran las piedras sobre
-que se arrodillara. El mundo todo solo le parecía contener rigidez y
-frialdad.</p>
-
-<p>Otras claras mañanas de domingo encontró a doña Leonor; y siempre
-sus ojos permanecían descuidados, o cuando se cruzaban con los suyos
-era tan sencillamente, tan limpios de toda emoción, que don Ruy los
-prefiriera ofendidos y brillando de ira o desviados con soberbio
-desdén. Cierto que doña Leonor ya le conocía; pero así conocía también
-a la vendedora morisca recogida delante de su cesto al borde de la
-fuente, o a los pobres que se calentaban al sol ante el portal de la
-iglesia. Ni don Ruy podía pensar que fuese inhumana y fría. Era apenas
-soberanamente remota, como una estrella que en las alturas gira y
-refulge, sin saber que abajo, en un mundo que ella no distingue, ojos
-que no sospecha la contemplan, la adoran y la entregan el gobierno de
-su ventura y de su suerte.</p>
-
-<p>Entonces don Ruy pensó:</p>
-
-<p>—Ella no quiere, yo no puedo; fue un sueño que debe terminar.
-¡Nuestra Señora nos tenga a ambos de su mano!</p>
-
-<p>Y como era un caballero discreto, desde que la reconoció
-así, imperturbable en su indiferencia, no<span class="pagenum"
-id="Page_195">p. 195</span> la buscó más, ni siquiera volvió a levantar
-los ojos para los hierros de sus rejas, y hasta ni penetraba en la
-iglesia de Nuestra Señora cuando, casualmente, desde el portal, la veía
-arrodillada, con su cabeza, tan llena de oro y de gracia, pendida sobre
-el libro de oración.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>La vieja aya, de ojos más abiertos y duros que los de una lechuza,
-no tardó en contar al señor de Lara que, un mozo audaz, de gentil
-parecer, nuevo morador en las viejas casas del arcediano, se atravesaba
-constantemente en el atrio y apostábase delante de la iglesia para
-tirar del corazón por los ojos a la señora doña Leonor. Bien lo sabía
-ya el celoso hidalgo, porque cuando desde su ventana espiaba como
-un halcón los pasos de doña Leonor camino de la iglesia, observara
-las vueltas, las esperas y las miradas dardeantes de aquel mozo
-galanteador, y se tiraba de las barbas con rabia. Desde entonces, a la
-verdad, su más intensa preocupación era odiar a don Ruy, el impudente
-sobrino del sacerdote que osaba levantar sus bajos deseos hasta la
-alta señora de Lara. Constantemente le tenía vigilado por un criado y
-conocía sus pasos, y sus descansos, y los amigos con quienes holgaba y
-cazaba, y hasta quien le cortaba sus jubones, y hasta quien le pulía
-la espada, y cada hora de su vivir. Y aún vigilaba más a doña Leonor;
-todos sus movimientos, sus modos más fugitivos, sus silencios, la
-plática con las ayas, las distracciones sobre el bordado, el<span
-class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span> gesto soñador sobre
-los árboles del jardín, y el aire y el color con que volvía de la
-iglesia... Pero tan serena en el sosiego de su corazón se mostraba
-la señora, que ni el celoso más imaginador de culpas podría hallar
-manchas en aquella pura nieve. Redoblose entonces el rencor de don
-Alonso contra el señor de Cárdenas por haber apetecido aquella pureza
-y aquellos cabellos color de sol claro, y aquel cuello de garza real,
-que eran solo suyos, para espléndido gusto de su vida. Y cuando paseaba
-por la triste galería del solar, sonora y abovedada, enfundado en su
-zamarra orlada de pieles, con el pico de la barba grisácea echada hacia
-delante, la cabellera crespa, erizada para atrás, y los puños cerrados,
-iba siempre removiendo la misma hiel.</p>
-
-<p>—Tentó contra su virtud y contra mi honra... ¡Culpado por dos
-delitos, merece dos muertes!</p>
-
-<p>Mas a su furor se mezcló el terror cuando supo que don Ruy ya no
-esperaba en el atrio a doña Leonor, ni rondaba amorosamente las tapias
-del palacio, ni penetraba en la iglesia mientras ella la visitaba; y
-que tan enteramente refugiábase de su vista, que una mañana, hallándose
-cerca de la arcada y habiendo sentido cómo se abría la puerta por la
-cual la señora iba a aparecer, quedose vuelto de espaldas, sin moverse,
-riendo con un caballero gordo que le leía un pergamino. ¡Tan bien
-afectada indiferencia solo servía (pensó don Alonso) para esconder
-alguna intención dañina! ¿Qué tramaba el diestro engañador? Todo se
-exacerbó en el desabrido hidalgo: celos, rencor, vigilancia, a pesar de
-su edad fea y grisácea. En el sosiego de doña Leonor, sospechó<span
-class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span> maña y fingimiento; e
-inmediatamente quedaron prohibidas las visitas a Nuestra Señora del
-Pilar.</p>
-
-<p>En las mañanas de domingo corría él a la iglesia para rezar el
-rosario y llevar las disculpas de la esposa —<i>¡que no puede venir</i>
-(murmuraba curvado delante del altar) <i>por lo que sabéis, Virgen
-purísima!</i>—. Cuidadosamente visitó y reforzó todos los negros
-cerrojos de las puertas de su solar.</p>
-
-<p>De noche soltaba dos mastines en las sombras del jardín murado.</p>
-
-<p>A la cabecera del vasto lecho, junto a la mesa en donde quedaba la
-lámpara, un relicario y un vaso de vino caliente con canela y clavo
-para retemperar sus fuerzas, lucía siempre una gran espada desnuda. A
-pesar de tantas seguridades no dormía, y a cada instante se levantaba
-sobresaltado de entre las almohadas, agarrando a doña Leonor con mano
-brutal y ansiosa, que le oprimía el cuello para rugir muy bajo, preso
-de terribles ansias: «¡Di que me quieres solo a mí!» Después, en cuanto
-amanecía, iba a espiar, como un halcón, las ventanas de don Ruy. Nunca
-le echaba la vista encima; ahora, ni a la puerta de la iglesia, en
-las horas de misa, ni recogiéndose del campo, a caballo, al toque del
-Avemaría.</p>
-
-<p>Y por verle así, lejos de los sitios y giros acostumbrados, más lo
-sospechaba dentro del corazón de doña Leonor.</p>
-
-<p>En fin, una noche, después de recorrer mil veces el pavimento de
-la galería, removiendo sordamente odios y desconfianzas, gritó por el
-intendente y ordenó<span class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span>
-que se preparasen las ropas y cabalgaduras. ¡Temprano, de madrugada,
-partiría con la señora doña Leonor, para su heredad de Cabril, a dos
-leguas de Segovia! La partida no fue de madrugada, como huida de
-avariento que va a esconder su tesoro; realizose con todo aparato y
-demora, quedando la litera delante de la arcada largas horas, con las
-cortinas abiertas, entretanto un caballerizo paseaba por el atrio la
-mula blanca del hidalgo, enjaezada a la morisca, y del lado del jardín
-la recua de machos, cargados de baúles, presos a las argollas, bajo el
-sol y la mosca, aturdían la ciudad con el tintinear de los cascabeles.
-Así supo don Ruy la jornada del señor de Lara, y así lo supo toda la
-ciudad.</p>
-
-<p>Fue un gran contento para doña Leonor la noticia del viaje; gustaba
-ella de Cabril, de sus sotos y pomares, de los jardines, para donde
-abrían rasgadamente, sin rejas ni gradas, las ventanas de sus claros
-aposentos; allí, por lo menos, tenía aire y sol y plantas que regar,
-un vivero de pájaros y tantas y tantas calles de árboles que la
-significaban casi la libertad. Luego, que esperaba que en el campo se
-aligerasen aquellos cuidados que traían, durante los últimos tiempos,
-tan arrugado y taciturno a su marido y señor.</p>
-
-<p>Mas no logró esta esperanza, porque al cabo de una semana aún no
-se desvaneciera la faz de don Alonso, ni de seguro había frescura
-de arbolado, susurro de agua corriente o espesos aromas de rosales
-en flor que calmasen agitación tan amarga y honda. Como en Segovia,
-en esotra galería abovedada,<span class="pagenum" id="Page_199">p.
-199</span> paseaba sin descanso, enterrado en su zamarra, el pico de la
-barba echado hacia delante, la melena erizada para atrás y un terrible
-rictus en los labios, como si meditase maldades, gozando de antemano su
-sabor acre y picante. Y todo el interés de su vida concentrárase en un
-criado que galopaba de continuo entre Segovia y Cabril y que esperaba
-a las veces en el comienzo de la aldea, junto al crucero, atento para
-escuchar al hombre que se desmontaba, sofocado, para contarle las
-nuevas recogidas.</p>
-
-<p>Una noche en que doña Leonor, en su cuarto, rezaba el trisagio
-con las ayas, a la luz de un hachón de cera, el señor de Lara entró
-pausadamente, trayendo en la mano una hoja de pergamino y una pluma
-enterrada en el tintero de hueso. Con rudo acento despidió a las ayas,
-que le temían como a un lobo. Y empujando un escabel, volviéndose a
-doña Leonor, con cara tranquila, como si apenas viniese a tratar con
-ella de cosas fáciles y naturales:</p>
-
-<p>—Señora —dijo—, quiero que me escribáis una carta que me conviene
-mucho escribir...</p>
-
-<p>Tan fácil era a la sumisión, que, sin otro reparo o curiosidad,
-luego de ir a colgar en la barra de la cama el rosario con que rezara,
-se acomodó sobre el escabel, y aplicando sus dedos finos para que la
-letra fuese esmerada y clara, trazó la primera línea que el señor de
-Lara le dictó: «Caballero.» Mas cuando le dictó la siguiente, y de un
-modo amargo, doña Leonor arrojó la pluma como si le escaldase las manos
-y, apartándose de la mesa, gritó con aflicción:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span>—Señor, ¿a quién le
-conviene que yo escriba semejantes falsedades?</p>
-
-<p>En un brusco movimiento de furor, el señor de Lara echó mano al
-cinto y, poniéndole el puñal junto a la cara, rugió sordamente:</p>
-
-<p>—¡O escribís lo que os mando, porque a mí me conviene, o por Dios,
-que os vuelco el corazón!...</p>
-
-<p>Más blanca que la cera de la vela que los alumbraba, con la carne
-sobrecogida ante aquel hierro brillante, en un terror supremo y que
-todo aceptaba, doña Leonor murmuró:</p>
-
-<p>—¡Por la Virgen María, no me hagáis mal!... No os irritéis, señor,
-que yo vivo para serviros. Mandad, que yo escribiré.</p>
-
-<p>Entonces, con los puños cerrados en el borde de la mesa, en donde
-dejara el puñal, estrechando a la frágil y desdichada mujer con una
-mirada que la amenazaba, el señor de Lara dictó una carta que decía,
-una vez conclusa, en letra trémula e incierta:</p>
-
-<blockquote>
-
-<p>«Caballero: Muy mal me habéis comprendido, o mal pagáis el amor que
-os tengo y que no os pude nunca, en Segovia, mostrar claramente...
-Ahora estoy aquí, en Cabril, ardiendo por veros, y si vuestro deseo
-corresponde al mío, bien fácilmente lo podéis realizar, puesto que mi
-marido se halla ausente de la heredad. Venid esta noche; entrad por la
-puerta del jardín del lado del camino, pasando el estanque, hasta la
-terraza. Allí veréis una escalera apoyada en una ventana, que es la de
-mi cuarto, en donde seréis dulcemente agasajado por quien con tanta
-ansia os espera...»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span>—Ahora, señora,
-firmad con vuestro nombre, que es lo que más importa.</p>
-
-<p>Doña Leonor trazó muy despacito su nombre, con la faz tan roja como
-si la desnudasen delante de una multitud.</p>
-
-<p>—Y ahora —ordenó el marido sordamente—, dirigidla a don Ruy de
-Cárdenas.</p>
-
-<p>Osó levantar los ojos ante la sorpresa que le causaba aquel nombre
-desconocido.</p>
-
-<p>—¡Pronto!... ¡A don Ruy de Cárdenas! —gritó el hombre sombrío.</p>
-
-<p>Don Alonso metió el pergamino en el cinto, junto al puñal, ya
-envainado, y salió en silencio, con la barba tiesa, apagando el rumor
-de los pasos en las losas del corredor.</p>
-
-<p>Quedó doña Leonor sobre el escabel, las manos cansadas y caídas en
-el regazo, en un infinito espanto, la mirada perdida en la oscuridad de
-la noche silenciosa. ¡Menos oscura le parecía la muerte que esa oscura
-aventura en que la habían envuelto! ¿Quién era ese don Ruy de Cárdenas,
-de quien nunca oyera hablar, que no había tropezado en su vida, tan
-quieta, tan poco poblada de hombres y de recuerdos? Él, seguramente, la
-conocería, la habría seguido, cuando menos con los ojos, pues que era
-cosa natural y bien ligada recibir una carta de ella de tanta pasión y
-promesas tantas.</p>
-
-<p>¿Y así, un hombre, joven acaso, bien nacido, tal vez gentil,
-penetraba en su destino, bruscamente, traído por la mano de su esposo?
-¡Y lo hacía de una manera tan íntima, que ya se le abrían de noche las
-puertas del jardín y se le colocaba una escalera<span class="pagenum"
-id="Page_202">p. 202</span> para que subiese a su cuarto!... Y era su
-marido el que abría la puerta y colocaba la escalera... ¿Para qué?</p>
-
-<p>Entonces, de repente, doña Leonor comprendió la verdad, la
-vergonzosa verdad, que la arrancó un grito de angustia. ¡Era una
-celada! ¡El señor de Lara atraía a Cabril, a ese don Ruy, con una
-promesa magnífica, para apoderarse de él y matarlo, indefenso y
-solitario! Y ella, su amor, su cuerpo, eran las promesas que se hacían
-brillar ante los ojos seducidos del pobre galán. ¡Su marido usaba de
-su belleza y de su lecho, como red de oro en que debía caer aquella
-presa enloquecida! ¿Dónde habría mayor ofensa? ¡Y cuánta imprudencia!
-¡Bien podía ese don Ruy de Cárdenas desconfiar, no acceder a convite
-semejante, y después, mostrar por Segovia, triunfador y gozoso, aquella
-carta en que se le hacía oferta del lecho y del cuerpo de la mujer de
-don Alonso de Lara! ¡Pero, no; el desventurado correría a Cabril, para
-morir, y morir miserablemente, en el negro silencio de la noche, sin
-sacerdote ni sacramentos, con el alma encharcada en el pecado de amor!
-Para morir, de seguro, porque jamás el señor de Lara consentiría que
-viviese el hombre portador de aquella carta. ¡De modo que, aquel joven,
-moría de amor por ella, y por un amor que, sin haberle valido nunca un
-gusto, le llevaba a seguida a la muerte! De amor por ella, puesto que
-el odio del señor de Lara, odio que con tanta deslealtad y villanía se
-cebaba solo pudo nacer de celos, que le nublaban los más puros deberes
-de cristiano y caballero. Sin duda sorprendiera<span class="pagenum"
-id="Page_203">p. 203</span> miradas, paseos, intenciones de ese señor
-don Ruy, poco cauteloso como bien enamorado.</p>
-
-<p>Pero, ¿cómo? ¿cuándo? Confusamente se acordaba de aquel joven, que
-un domingo la cruzara en el atrio, esperándola luego en el portal de
-la iglesia, con un manojo de claveles en la mano... ¿Sería ese? Era
-de noble parecer, pálido, con grandes ojos negros y ardientes... Ella
-pasara, indiferente... Los claveles que retenía en la mano eran rojos y
-amarillos... ¿A quién se los llevaba?... ¡Ah, si lo pudiese avisar, muy
-temprano, de madrugada!</p>
-
-<p>¿Cómo, si no habría en Cabril criado o aya de quien fiarse? ¡Pero
-iba a dejar que una espada innoble volcase aquel corazón, que venía
-lleno de ella, palpitando por ella, todo lleno de sus esperanzas!</p>
-
-<p>¡Oh, la ardiente correría de don Ruy, de Segovia a Cabril, con la
-promesa del jardín abierto, de la escalera apoyada en la ventana,
-bajo la desnudez y protección de la noche! ¿Mandaría el señor de Lara
-colocar la escalera en la ventana?</p>
-
-<p>Sí, de seguro, para matar con mayor facilidad al pobre, dulce e
-inocente mozo, cuando subiese confiado, con las manos embarazadas y la
-espada durmiendo en la vaina... ¡De modo que, en la noche siguiente,
-frente a su lecho, estaría abierta la ventana, y habría una escalera
-erguida contra el muro, esperando a un hombre! Su marido, emboscado en
-la sombra del cuarto, mataría a ese hombre...</p>
-
-<p>¿Y si el señor de Lara lo esperase fuera de los muros de la quinta,
-para asaltarlo brutalmente en<span class="pagenum" id="Page_204">p.
-204</span> algún sendero, y, o por menos diestro, o por menos fuerte,
-en lucha de armas, cayese él traspasado, sin que el otro conociese
-a quién mataba? Y ella, allí, en su cuarto, sin saber nada, con las
-puertas abiertas y la escalera erguida; y el hombre aquel asomado a
-la ventana, en la sombra de la noche tibia, mientras el marido, que
-debía defenderla, quedaba muerto en el fondo de una barranquera... ¿Qué
-hacer, Virgen Santísima? ¡Oh, rechazaría soberbiamente al imprudente!
-Pero, ¿y el espanto de él y la cólera de su deseo engañado? «¡Me habéis
-llamado, señora!» Y allí traía, sobre el corazón, una carta con su
-firma. ¿Cómo le podría contar la terrible emboscada y el engaño?</p>
-
-<p>¡Era tan largo de explicar, en aquel silencio y solitud de la
-noche, mientras sus ojos, húmedos y negros, la estuviesen suplicando y
-traspasando!... ¡Desgraciada de ella si el señor de Lara muriese y la
-dejara sola, sin defensa, en aquel caserón abierto! ¡Cuán desgraciada
-también si aquel joven, llamado por ella, que la amaba y que por ese
-amor venía corriendo deslumbrante, encontrase la muerte en el sitio
-de su ilusión, y muerto, en pleno pecado, rodase para la eterna
-desesperación...!</p>
-
-<p>Tendría unos veinticinco años si era aquel joven airoso y pálido,
-con un jubón de terciopelo rojo y un ramo de claveles negros, que
-estaba a la puerta de la iglesia, en Segovia...</p>
-
-<p>Saltaron las lágrimas de los cansados ojos de doña Leonor. Y
-doblando las rodillas, el alma puesta en los cielos, donde la luna se
-comenzaba a levantar, murmuró con una infinita amargura:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span>—¡Oh, Virgen del
-Pilar, Señora mía; vela por los dos, por todos nosotros!...</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Entraba don Ruy en el fresco patio de su casa, cuando de un banco de
-piedra, en la sombra, irguiose un mozo de campo, que sacó del zurrón
-una carta y se la entregó, murmurando:</p>
-
-<p>—Señor, daos prisa en leer, que tengo que volverme a Cabril...</p>
-
-<p>Don Ruy abrió el pergamino, y en el deslumbramiento que le causó lo
-batió contra el pecho, como para enterrarlo en el corazón.</p>
-
-<p>El mozo de campo insistió, preso de gran inquietud:</p>
-
-<p>—¡Pronto, señor, pronto! No necesitáis responder. Basta que me deis
-una señal de haber recibido el recado.</p>
-
-<p>Don Ruy arrancó uno de los guantes y se lo entregó. Y ya corría el
-criado en la punta de las leves alpargatas, cuando, con un grito, le
-detuvo don Ruy.</p>
-
-<p>—Escucha. ¿Qué camino llevas tú para ir a Cabril?</p>
-
-<p>—El más corto y solitario para gente atrevida, que es por el Cerro
-de los Ahorcados.</p>
-
-<p>—Bien.</p>
-
-<p>Subió don Ruy...</p>
-
-<p>Siempre lo amara, pues, desde la mañana bendita en que sus ojos
-se habían cruzado en el portal de Nuestra Señora. Mientras él
-rondaba aquellos muros del jardín, maldiciendo una frialdad que le
-parecía<span class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span> más fría
-que la de los fríos muros, ya ella le había dado su alma, y llena
-de constancia, con amorosa sagacidad, reprimiendo el menor suspiro,
-adormeciendo desconfianzas, preparaba la noche radiante en que le daría
-también su cuerpo.</p>
-
-<p>¡Tanta firmeza, un ingenio tan fino en las cosas del amor, aún se la
-tornaban más bella y más apetecida!</p>
-
-<p>Subió don Ruy las escaleras de piedra, y llegado a su aposento, sin
-quitarse siquiera el sombrero, leyó de nuevo aquel pergamino, en que
-doña Leonor le llamaba de noche a su cuarto, para poseerla enteramente.
-Y no le maravilló la oferta, después de tan constante e imperturbable
-indiferencia; antes bien, percibió un amor astuto, por ser fuerte, que
-con gran paciencia se esconde ante los estorbos y peligros, y fríamente
-prepara su hora de gozo, mejor y más deliciosa por hallarse tan bien
-dispuesta.</p>
-
-<p>¡Con qué impaciencia miraba entonces el sol, tan perezoso aquella
-tarde en descender tras los montes! Sin reposo, en su cuarto, con las
-ventanas cerradas para mejor concentrar su felicidad, preparábase
-amorosamente para la triunfal jornada: las finas ropas con encajes, un
-jubón de terciopelo negro, esencias perfumadas. Dos veces descendió a
-las caballerizas para asegurarse de que su caballo estaba dispuesto.
-Sobre el suelo dobló y volvió a doblar la hoja de la espada que
-llevaría al cinto... Pero su mayor cuidado era el camino de Cabril, a
-pesar de conocerlo bien, y la aldea apiñada en torno del monasterio
-franciscano, y el viejo puente romano con su Calvario y la honda
-torrentera que<span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>
-conduce a la heredad de don Alonso. Aun en aquel invierno había cazado
-por allí, yendo de montería con dos amigos de Astorga, y pensara al
-contemplar la torre de los Lara: «He ahí la torre de la ingrata». ¡Cómo
-se engañaba!</p>
-
-<p>Las noches eran de luna; saldría de Segovia calladamente, por la
-puerta de San Mauro... Un galope corto lo ponía en el Cerro de los
-Ahorcados... También conocía ese sitio de tristeza y pavor, con sus
-cuatro pilares de piedra, en los que se ahorcaba a los criminales,
-dejando luego sus cuerpos, balanceados por el aire y secos por el sol,
-hasta que se pudriesen las cuerdas y cayeran los esqueletos, blancos y
-limpios de carne por el pico de los cuervos. Tras del cerro estaba la
-laguna de las Dueñas. La última vez que la había pasado fue en el día
-del Apóstol San Matías, cuando el corregidor y las cofradías de la Paz
-y Caridad, en solemne procesión, iban a dar sagrada sepultura a los
-huesos recogidos en el suelo. Después, el camino corría liso y derecho
-hasta Cabril.</p>
-
-<p>Así meditaba don Ruy la jornada venturosa, mientras caía la tarde.
-Cuando oscureció, y en torno de las torres de la iglesia, comenzaron
-a girar los murciélagos, y en las esquinas del atrio encendiéronse
-los nichos de las Ánimas, el valiente caballero sintió un miedo
-extraño, el miedo de aquella felicidad que se acercaba y que le parecía
-sobrenatural. ¿Era, pues, cierto que esa mujer de divina hermosura,
-famosa en Castilla y más inaccesible que un astro, sería suya, toda
-suya, en el silencio y seguridad de una alcoba, dentro de breves
-instantes,<span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> cuando
-aún no se hubiesen apagado delante de los retablos de las Ánimas
-aquellas luces devotas? ¿Qué había hecho él para lograr tanto bien?
-Pisara losas de un atrio, buscando con los ojos otros ojos, que no se
-erguían desatentos o indiferentes... Entonces, sin dolor, abandonó su
-esperanza... Y he aquí que, de repente, aquellos ojos distraídos lo
-buscan, aquellos brazos cerrados se le abren, largos y desnudos, y
-con el cuerpo y con el alma aquella mujer le grita: «¡Oh mal avisado,
-que no me entendiste! ¡Ven! ¡Quien te desanimó, te pertenece!» ¿Dónde
-hubo jamás igual ventura? ¡Tan alta, tan rara era, que, de seguro,
-tras de ella, si no yerra la ley humana, debía caminar la desventura!
-Y de fijo que caminaba; ¡pues cuánta desventura en saber que después
-de aquella felicidad, cuando de madrugada, saliendo de los divinos
-brazos, se retirase a Segovia, su Leonor, el bien sublime de su vida,
-tan inesperadamente adquirido por un instante, recaería de nuevo bajo
-el poder de otro amo!</p>
-
-<p>¡Qué importaba! ¡Viniesen después dolores y celos!</p>
-
-<p>¡Aquella noche era espléndidamente suya; todo el mundo una
-apariencia vana, y la única realidad ese cuarto de Cabril, mal
-alumbrado, donde ella le esperaría con los cabellos sueltos! Bajó
-deprisa la escalera y se acomodó sobre el caballo. Después, por
-prudencia, atravesó el atrio lentamente, con el sombrero bien
-levantado de la cara, como en un paseo natural, dando a entender que
-buscaba fuera de los muros el fresco de la noche. Nada le inquietó
-hasta la puerta de San Mauro. Allí un mendigo,<span class="pagenum"
-id="Page_209">p. 209</span> agachado en la oscuridad de un arco,
-tocando monótonamente su zanfoña, pidió a la Virgen y a todos los
-santos que llevasen a aquel gentil caballero en su dulce y santa
-guarda. Parárase don Ruy para alargarle una limosna, cuando recordó que
-aquella tarde no había pasado por la iglesia, a la hora de Vísperas,
-para recoger la celestial bendición de su madrina. De un salto apeose
-del caballo porque, justamente, cerca del viejo arco relucía una
-lámpara alumbrando un retablo. Era una imagen de la Virgen con el pecho
-atravesado por siete espadas. Arrodillose don Ruy, dejando el sombrero
-sobre las losas, y con las manos erguidas, celosamente, rezó una
-Salve. La claridad amarilla de la luz envolvía el rostro de la Virgen
-que, sin sentir el dolor de los siete aceros, o como si ellos solo
-le proporcionasen inefables gozos, sonreía con los labios abiertos.
-Mientras rezaba, en el convento de Santo Domingo, comenzaron a tocar
-a agonía. Entre la sombra negra del arco, cesando la sonata en la
-zanfoña, el mendigo murmuró: «¡Un fraile se está muriendo!» Don Ruy
-dijo un Avemaría por el fraile. La Virgen de las siete espadas sonreía
-dulcemente —¡el toque de agonía no era, pues, de mal presagio!—. Don
-Ruy montó de nuevo en el caballo, y partió alegremente.</p>
-
-<p>Más allá de la puerta de San Mauro, después de los hornos de los
-Olleros, el camino seguía triste y negro entre las piteras. Tras
-de las colinas, al fondo de la planicie oscura, subía la primera
-claridad, amarilla y lánguida de la luna llena, próxima a aparecer.
-Y don Ruy marchaba al paso, recelando llegar<span class="pagenum"
-id="Page_210">p. 210</span> a Cabril con tiempo de sobra, antes que
-las ayas y los criados terminasen el rosario y la velada. ¿Por qué
-no le marcaba doña Leonor la hora, en aquella carta tan clara y tan
-pensada?... Su imaginación entonces corría adelante, rompía por el
-jardín de Cabril, escalaba aladamente la escalera prometida, y él
-corría también detrás en una carrera violenta, hasta levantar las
-piedras del camino mal unido. Después sofrenaba el caballo jadeante.
-¡Era temprano, muy temprano! Y retomaba el paso lento, sintiendo el
-corazón contra el pecho, como ave presa que bate en los hierros de una
-jaula.</p>
-
-<p>Así llegó al crucero, donde el camino se divide en dos, más juntos
-que las puntas de una horquilla, ambos cortando a través del vasto
-pinar. Descubierto delante de la imagen del crucificado, don Ruy tuvo
-un instante de angustia, pues no recordaba cuál de los dos conducía al
-Cerro de los Ahorcados. Ya se aventuraba por el más sombrío, cuando, de
-entre los pinos silenciosos, una luz surgió, bailando en la oscuridad.
-Era una vieja cubierta de harapos, con las largas melenas sueltas,
-doblada sobre un cayado y llevando un candil.</p>
-
-<p>—¿Adónde va este camino? —gritó Ruy.</p>
-
-<p>La vieja puso la luz en alto para mirar al caballero.</p>
-
-<p>—A Jarama.</p>
-
-<p>Y luz y vieja inmediatamente se sumieron, fundidas en la sombra,
-como si de allí hubiesen surgido solo para avisar al galán del yerro
-del camino... Volviérase rápidamente, y, rodeando el calvario, galopó
-por la otra carretera hasta avistar, sobre la<span class="pagenum"
-id="Page_211">p. 211</span> claridad del cielo, los pilares negros
-y los negros maderos del Cerro de los Ahorcados. Entonces detúvose,
-derecho en los estribos. En un ribazo alto, seco, sin hierba ni
-brezo, ligados por un muro bajo, todo carcomido, levantábanse negros,
-enormes, sobre la amarillez de la luna, los cuatro pilares de granito,
-semejantes a los cuatro ángulos de una casa deshecha. Sobre los pilares
-posábanse cuatro gruesos travesaños, de los cuales pendían cuatro
-ahorcados, negros y rígidos, en el aire parado y mudo. Todo en torno
-parecía tan muerto como ellos.</p>
-
-<p>Enormes aves de rapiña dormían encaramadas sobre los maderos. Más
-allá brillaba lívidamente el agua muerta de la laguna de las Dueñas.
-Iba la luna grande y llena por el cielo.</p>
-
-<p>Don Ruy murmuró el Padre Nuestro, debido por todo cristiano a
-aquellas almas culpadas. Y después impelió al caballo y pasaba, cuando,
-en el inmenso silencio y en la inmensa soledad, resonó una voz, una voz
-que le llamaba, suplicante y lenta:</p>
-
-<p>—¡Caballero, deteneos; venid acá!...</p>
-
-<p>Don Ruy cogió bruscamente las riendas y, erguido sobre los estribos,
-recorrió con los ojos espantados todo el siniestro yermo. Veíase el
-cerro áspero, el agua brillante y muda, los maderos, los muertos.
-Pensó que fuera ilusión de la noche u osadía de algún demonio errante.
-Y serenamente picó el caballo, sin sobresalto, ni temor, como en una
-calle de la ciudad. Pero, detrás, tornó a surgir la voz, que le llamaba
-urgentemente, ansiosa, casi aflictiva:</p>
-
-<p>—¡Caballero, esperad; no os vayáis, volved, llegad aquí!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span>De nuevo don Ruy
-parose, y vuelto sobre la silla, se encaró con los cuatro cuerpos
-pendientes de los maderos. ¡Allí sonaba la voz que, siendo humana, solo
-podía salir de forma humana! Uno de esos ahorcados, pues, era el que le
-había llamado con tanta prisa y ansia.</p>
-
-<p>¿Restaría en alguno, por maravillosa merced de Dios, aliento y
-vida? ¿O sería que, por mayor maravilla, uno de esos esqueletos medio
-podridos le detenía para transmitirle avisos de ultratumba?... Que la
-voz partiese de un cuerpo vivo o de un cuerpo muerto, era cobardía huir
-pavorosamente, sin atender a lo que se le demandaba.</p>
-
-<p>Dirigió el animal para dentro del cerro, y parando, derecho y
-tranquilo, con la mano en el costado, después de mirar uno por uno los
-cuatro cuerpos suspensos, gritó:</p>
-
-<p>—¿Cuál de vosotros, hombres ahorcados, osó llamar por don Ruy de
-Cárdenas?</p>
-
-<p>En esto, aquel que volvía la espalda a la luna llena, respondió
-desde lo alto de la cuerda, natural y tranquilamente, como quien habla
-desde la ventana a la calle:</p>
-
-<p>—Señor, fui yo.</p>
-
-<p>Don Ruy hizo avanzar el caballo hasta colocarse enfrente de él. No
-le distinguía la faz, enterrada en el pecho, escondida por largas y
-negras melenas sueltas. Solo percibió que tenía libres y desamarradas
-las manos y los pies, estos resecos y del color del betún.</p>
-
-<p>—¿Qué me quieres?</p>
-
-<p>El ahorcado, suspirando, murmuró:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span>—Señor, hacedme la
-gran merced de cortar esta cuerda en que estoy colgado.</p>
-
-<p>Don Ruy arrancó la espada, y con un solo golpe certero cortó la
-cuerda.</p>
-
-<p>Con un siniestro sonido de huesos entrechocados el cuerpo cayó
-en el suelo, en el cual quedó un momento estirado cuan largo era;
-pero inmediatamente se enderezó sobre los pies, mal seguros y aún
-durmientes, y levantó para don Ruy su faz muerta, que era una calavera
-con la piel más amarilla que la luna que la envolvía; los ojos estaban
-faltos de brillo y movimiento, los labios se le fruncían en una sonrisa
-empedernida. De entre los dientes blancos asomaba la punta de una
-lengua tan negra como el carbón.</p>
-
-<p>Don Ruy no mostró terror ni asco. Y envainando serenamente la
-espada:</p>
-
-<p>—¿Tú estás vivo o muerto? —preguntó.</p>
-
-<p>El hombre encogió los hombros con lentitud:</p>
-
-<p>—Señor, no sé... ¿Quién sabe lo que es la vida? ¿Quién sabe lo que
-es la muerte?...</p>
-
-<p>—Pero ¿qué quieres de mí?</p>
-
-<p>El ahorcado, con los largos dedos descarnados, alargó el nudo de la
-cuerda, que aún le lazaba el cuello, y declaró serena y firmemente:</p>
-
-<p>—Señor, tengo que acompañaros a Cabril, adonde vais.</p>
-
-<p>El caballero estremeciose con tan fuerte asombro, soltando las
-bridas, que el caballo se empinó, como asombrado también.</p>
-
-<p>—¿Conmigo a Cabril?...</p>
-
-<p>El hombre curvó el espinazo, en el que se distinguían<span
-class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> todos los huesos, más
-agudos que los dientes de una sierra, a través de un largo rasgón de la
-camisa de estameña:</p>
-
-<p>—Señor —suplicó—, no me lo neguéis. ¡Tengo que recibir un gran
-salario si os hago este gran servicio!</p>
-
-<p>Don Ruy pensó de pronto que bien podía ser aquella alguna traza
-formidable del demonio. Y clavando sus ojos brillantes en la faz muerta
-que se le ofrecía ansiosa, en espera del consentimiento, hizo una lenta
-y larga Señal de la Cruz.</p>
-
-<p>El ahorcado dobló las rodillas con asustada reverencia:</p>
-
-<p>—Señor ¿para qué me probáis con esa señal? Solo por ella alcanzamos
-remisión, y yo solo de ella espero misericordia.</p>
-
-<p>Entonces don Ruy pensó que si ese hombre no era mandado por el
-demonio, bien podía ser mandado por Dios. Y luego, devotamente, con un
-gesto sumiso en que todo lo entregaba al cielo, consintió, aceptó el
-pavoroso acompañamiento.</p>
-
-<p>—¡Ven conmigo, pues, a Cabril, si Dios te manda! Pero yo nada te
-preguntaré ni tú me preguntes nada.</p>
-
-<p>Encaminó el caballo a la carretera, toda alumbrada por la luna.
-El ahorcado seguía a su lado con pasos tan ligeros, que hasta cuando
-don Ruy galopaba, conservábase cerca del estribo, como llevado por
-un viento mudo. A las veces, para respirar más libremente, aflojaba
-el nudo de la cuerda que le enroscaba el pescuezo. Y cuando pasaban
-entre sebes donde erraba el aroma de las flores silvestres,<span
-class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span> el hombre murmuraba con
-infinito alivio y dulzura:</p>
-
-<p>—¡Qué gusto da correr!</p>
-
-<p>Don Ruy iba poseído de asombro, con un tormentoso cuidado.</p>
-
-<p>Comprendía, desde luego, que se trataba de un cadáver, reanimado
-por Dios para un extraño y encubierto servicio. Pero, ¿por qué le daba
-Dios tan horrible compañero? ¿Para protegerle? ¿Para impedir que doña
-Leonor, amada del cielo, por su piedad, cayese en culpa mortal? ¿Y para
-tan divina incumbencia de tan alta merced, no tenía el Señor ángeles en
-el cielo, antes que echar mano de un supliciado?...</p>
-
-<p>¡Ah, con qué gusto volvería riendas para Segovia de no mediar la
-galante lealtad del caballero, el orgullo de no retroceder jamás, y
-la sumisión a las órdenes de Dios, que sentía inmediatamente sobre su
-espíritu!...</p>
-
-<p>Desde un alto de la carretera, de repente, avistaron Cabril, las
-torres del convento franciscano albeando al lunar, los casales dormidos
-entre las huertas. Silenciosamente, sin que un perro ladrase detrás
-de las cancelas o por cima de los muros, descendieron el viejo puente
-romano. Delante del Calvario, el ahorcado cayó de rodillas sobre
-las losas, irguió los lívidos huesos de las manos y quedó rezando
-un largo rato, entre profundos suspiros. Después, al entrar en el
-barranco, bebió mucho tiempo y consoladamente en una fuente que corría
-y cantaba bajo las frondas de un salgueiro. Como el barranco era
-angosto, encaminose delante del<span class="pagenum" id="Page_216">p.
-216</span> caballero, todo curvado, con los brazos cruzados fuertemente
-sobre el pecho, sin un rumor.</p>
-
-<p>La luna reteníase en lo más alto del cielo. Don Ruy consideraba
-con amargura aquel disco, lleno y lustroso, que esparcía tanta y tan
-indiscreta claridad sobre el misterio que le llevaba a Cabril. ¡Ah,
-cómo se estragaba la noche, que debía ser divina! Una enorme luna
-surgía de entre los montes para alumbrarlo todo. Un ahorcado descendía
-del suplicio para seguirle y entrar en lo íntimo de su secreto. Así lo
-ordenaba Dios. ¡Mas qué tristeza llegar a la dulce puerta prometida con
-tal intruso a su lado, bajo aquel cielo de claridad tan viva!</p>
-
-<p>De improviso, el ahorcado detúvose, levantando el brazo, del cual
-pendía la manga en harapos. Era el fin del barranco, que desembocaba
-en camino más amplio y largo, y delante de ellos blanqueaba el muro de
-la finca de don Alonso, que tenía allí un mirador, con barandilla de
-piedra, todo revestido de begonias.</p>
-
-<p>—Señor —murmuró el ahorcado, sujetando con respeto el estribo de don
-Ruy—, a pocos pasos de este mirador está la puerta por donde debéis
-penetrar en el jardín. Conviene que dejéis aquí el caballo, atado a un
-árbol, si es seguro y fiel. En la empresa en que nos hallamos, ya es de
-más el rumor de nuestros pies...</p>
-
-<p>Don Ruy apeose en silencio y prendió el caballo, que tenía por fiel
-y seguro, al tronco de un álamo seco.</p>
-
-<p>Y tan sumiso se tornaba a aquel compañero impuesto por Dios, que sin
-otro reparo le fue siguiendo<span class="pagenum" id="Page_217">p.
-217</span> por la orilla del muro que la luna alumbraba.</p>
-
-<p>Con pausada cautela, en la punta de los pies desnudos, avanzaba
-ahora el ahorcado, vigilando el alto del muro, sondando en la negrura
-de la sebe, parándose a escuchar rumores, que solo para él eran
-perceptibles, porque nunca don Ruy conociera noche más hondamente
-adormecida y muda.</p>
-
-<p>Y el espanto, en quien debía ser indiferente a los peligros humanos,
-fue adueñándose también del valeroso caballero, que sacó el puñal de
-la vaina, y con la capa arrollada al brazo, marchaba a la defensiva,
-atenta y escudriñadora la mirada, como en un camino de emboscada
-y lucha. Así llegaron a una puertecita, que el ahorcado empujó,
-abriéndose sin quejido de los goznes. Penetraron en una calle bordeada
-de espesos bojes hasta llegar a un estanque lleno de agua, donde
-flotaban hojas de nenúfares, y que toscos bancos de piedra circundaban,
-cubiertos por la rama de arbustos en flor.</p>
-
-<p>—¡Por allí! —murmuró el ahorcado, extendiendo el brazo
-descarnado.</p>
-
-<p>Señalaba una avenida que densos y viejos árboles abovedaban y
-oscurecían. Por ella se metieron, como sombras en la sombra, el
-ahorcado delante, don Ruy siguiéndole muy sutilmente, sin rozar una
-rama, malpisando la arena. Un leve hilo de agua susurraba en el césped.
-Por los troncos subían rosales trepadores, que desprendían dulce aroma.
-El corazón de don Ruy recomenzó a batir con una esperanza de amor.</p>
-
-<p>—¡Chist! —hizo el ahorcado.</p>
-
-<p>Y don Ruy casi tropezó con el siniestro hombre<span class="pagenum"
-id="Page_218">p. 218</span> estancado, con los brazos abiertos, como
-las trancas de una cancilla.</p>
-
-<p>Delante de ellos, cuatro pasos de escalera de piedra subían a una
-terraza, en la cual la claridad era amplia y libre. Agachados, treparon
-los escalones, y al fondo de un jardín sin árboles, todo en cuarteles
-de flores bien recortados, orlados de boj corto, avistaron un lado de
-la casa, batido por la luna llena. En el centro, entre las ventanas
-cerradas, un balcón de piedra, conservaba de par en par abiertas las
-maderas de los ventanales. El cuarto dentro, apagado, era como un
-agujero de tiniebla en la claridad de la fachada, que bañaba el lunar.
-Y, arrimada contra el balcón, estaba una escalera con los tramos de
-cuerda.</p>
-
-<p>El ahorcado empujó a don Ruy para la oscuridad de la avenida. Y
-allí, con un gesto preciso, dominando al caballero, exclamó:</p>
-
-<p>—¡Señor, ahora conviene que me deis la capa y el sombrero! Quedaos
-aquí, en la oscuridad de estos árboles. Voy a subir la escalera para
-observar lo que pasa dentro de aquel cuarto... Si es lo que deseáis,
-aquí volveré, y que Dios os haga muy feliz...</p>
-
-<p>¡Don Ruy echose atrás con el horror de que tal criatura subiese a la
-ventana! Luego murmuró sordamente:</p>
-
-<p>—¡No, por Dios!</p>
-
-<p>Pero la mano del ahorcado, lívida en la oscuridad, bruscamente le
-arrancó el sombrero de la cabeza y la capa de entre los brazos. Y se
-cubría, se embozaba, murmurando en una súplica ansiosa:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span>—¡No me lo neguéis,
-señor, que por haceros este servicio ganaré una gran merced!</p>
-
-<p>Y subió de nuevo los escalones; estaba en la larga y alumbrada
-terraza.</p>
-
-<p>Don Ruy subió, atontado, y espió. ¡Oh maravilla! Era él, don Ruy, de
-la cabeza a los pies, en la figura y en el modo, aquel hombre que, por
-entre los cuarteles y el boj cortado, avanzaba, airoso y leve, con la
-mano en la cintura, la faz erguida risueñamente hacia la ventana, la
-larga pluma escarlata del sombrero balanceándose triunfal. El hombre
-avanzaba bajo la claridad espléndida. El cuarto amoroso aguardaba
-abierto y negro. ¡El hombre hallábase al pie de la escalera; desembozó
-la capa y asentó el pie en el primer tramo! —«¡Oh, allá va, ya sube el
-maldito!»— rugió don Ruy. El ahorcado subía. Ya la alta figura, que era
-él, el propio don Ruy, estaba a mitad de la escalera, toda negra contra
-la blanca pared. Detúvose... ¡No, no; subía, llegaba, posaba la rodilla
-cautelosa sobre el borde de baranda! Mirábalo don Ruy desesperadamente
-con los ojos, con el alma, con todo su ser. Y he ahí que, de repente,
-del cuarto negro surge un negro bulto, una furiosa voz: «¡Villano,
-villano!» Y una lámina de daga brilla y cae, y otra vez se levanta y
-brilla y vuelve a caer, y aún refulge y torna a hundirse... Como un
-fardo, de lo alto de la escalera, pesadamente, el ahorcado cae sobre la
-tierra muelle. Vidrieras y ventanas se cierran a seguida, con fragor. Y
-no hubo más, sino el silencio, la oscuridad y la luna alta y redonda en
-el cielo de verano.</p>
-
-<p>Al comprender don Ruy la traición, desenvainó<span class="pagenum"
-id="Page_220">p. 220</span> la espada, ganando la oscuridad de la
-avenida, cuando, ¡oh milagro!, corriendo por la terraza aparece el
-ahorcado, que le agarra por la manga y le grita:</p>
-
-<p>—¡A caballo, señor, volando; que el encuentro no era de amor, sino
-de muerte!...</p>
-
-<p>Ambos descienden a toda prisa la avenida, costean el estanque bajo
-el refugio de los arbustos en flor, métense por la calle estrecha
-orlada de tejos, abren la puerta y, de pronto, páranse, sofocados, en
-la carretera, donde la luna, más refulgente, más llena, simulaba la
-claridad del sol.</p>
-
-<p>¡Y entonces, solo entonces, don Ruy descubrió que el ahorcado
-conservaba clavada en el pecho, hasta los pomos, la daga, cuya punta le
-salía por la espalda, lúcida y limpia!... Pero ya el pavoroso hombre le
-empujaba nuevamente:</p>
-
-<p>—¡A caballo, señor, volando; que aún tenemos encima la traición!</p>
-
-<p>Horrorizado, con un ansia de terminar aventura tan llena de
-espanto y de milagro, don Ruy cogió las riendas y comenzó a cabalgar
-sufridamente. Y luego, con gran prisa, el ahorcado saltó también a
-grupas del caballo fiel. Encogiose el buen caballero al sentir en sus
-espaldas el roce de aquel cuerpo muerto, desprendido de un patíbulo,
-atravesado por una daga. ¡Con qué desesperación galopó entonces por
-la carretera interminable! Y don Ruy a cada momento sentía un frío
-mayor que le helaba los hombros, como si llevase sobre ellos un enorme
-costal de nieve. Al pasar por el crucero, murmuró: «¡Valedme, señor!»
-Y más allá, estremeciose de<span class="pagenum" id="Page_221">p.
-221</span> repente, con el quimérico miedo de que tan fúnebre camarada
-le fuese acompañando para siempre, y se tornase su destino galopar a
-través del mundo, en una noche eterna, llevando un muerto a grupas de
-su caballo... Y no se contuvo, gritó para atrás, en el viento de la
-carrera que los zahería:</p>
-
-<p>—¿En dónde queréis que os deje?</p>
-
-<p>El ahorcado, acercando tanto el cuerpo a don Ruy, que le tocó con el
-pomo de la daga, repuso:</p>
-
-<p>—¡Señor, conviene que me dejéis en el cerro!</p>
-
-<p>Dulce e infinito alivio para el buen caballero, pues el cerro estaba
-cerca, y ya se distinguían en la claridad desmayada los pilares y los
-travesaños negros. A poco detuvo el caballo, que temblaba blanco de
-espuma.</p>
-
-<p>El ahorcado, sin rumor, descendió de la silla, asegurando, como
-buen servicial, el estribo de don Ruy. Y con la calavera erguida,
-y la lengua negra pendiente entre los dientes blancos, murmuró una
-respetuosa súplica:</p>
-
-<p>—¡Hacedme ahora el gran servicio de volverme a colgar otra vez!</p>
-
-<p>Don Ruy estremeciose de horror.</p>
-
-<p>—¡Por Dios! ¿Que os ahorque yo?</p>
-
-<p>El hombre suspiró, abriendo los brazos, en un triste ademán:</p>
-
-<p>—¡Señor, por voluntad de Dios es, y por voluntad de Aquella que le
-es más grata a Dios!</p>
-
-<p>Resignado, sumiso a los mandatos de lo Alto, apeose don Ruy y
-comenzó a seguir al hombre, que caminaba hacia el cerro pensativamente,
-doblando el dorso, del cual salía, clavada y limpia, la punta<span
-class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span> de la daga. Paráronse
-ante el suplicio vacío. En torno de los otros pendían los otros tres
-esqueletos. El silencio era más triste y hondo que los otros silencios
-de la tierra. El agua de la laguna ennegreciérase. La luna descendía
-rápida y desfallecía.</p>
-
-<p>Don Ruy examinó el madero en donde quedaba el pedazo de cuerda
-cortada con la espada.</p>
-
-<p>—¿Cómo queréis que os cuelgue? —exclamó—. No llego con la mano al
-otro pedazo de cuerda; yo solo no basto para izaros.</p>
-
-<p>—Señor —respondió el hombre—, ahí, al lado, debe de haber un
-rollo de cuerda. Una punta me la ataréis a este nudo que tengo en el
-pescuezo; la otra punta la echaréis por encima del madero, y, tirando
-después, fuerte como sois, conseguiremos nuestro objeto.</p>
-
-<p>Curvados ambos con pasos lentos, buscaron el rollo de cuerda. Lo
-encontró el ahorcado, y él mismo lo desenrolló... Entonces don Ruy
-descalzose los guantes. Y enseñado por él (que tan bien lo aprendiera
-del verdugo), ató una punta al lazo que el hombre conservaba en el
-pescuezo, y tiró con fuerza la otra, que ondeó en el aire, pasó sobre
-el madero y quedó pendiente cerca del suelo. Y el robusto caballero,
-afianzando los pies, retesando los brazos, tiró de la cuerda e izó el
-hombre hasta dejarlo suspenso, negro, en el aire, como un ahorcado
-natural, entre los demás ahorcados.</p>
-
-<p>—¿Estás bien así?</p>
-
-<p>Lenta y sumisa vino la voz del muerto:</p>
-
-<p>—Señor, estoy como debo.</p>
-
-<p>Don Ruy, entonces, enrolló la cuerda al pilar de<span
-class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> piedra. Y el sombrero en
-la mano, limpiándose con la otra el sudor que le corría a cántaros,
-contempló a su siniestro y milagroso compañero. Estaba ya rígido
-como antes, con la faz pendiente bajo las melenas caídas, los pies
-enderezados, todo carcomido como un viejo tronco. En el pecho
-conservaba la daga clavada. Por cima, dos cuervos dormían quietos.</p>
-
-<p>—Y ahora, ¿qué más quieres? —preguntó don Ruy comenzando a ponerse
-los guantes.</p>
-
-<p>Desde lo alto, el ahorcado murmuró:</p>
-
-<p>—¡Señor, con toda el alma os ruego que, al llegar a Segovia, le
-contéis el suceso a Nuestra Señora del Pilar, vuestra madrina, que de
-ella espero gran merced para mi salvación eterna por este servicio,
-que, por su mandato, os hizo mi cuerpo!</p>
-
-<p>Todo lo comprendió don Ruy de Cárdenas entonces, y arrodillándose
-devotamente sobre el suelo de dolor y muerte, rezó una larga oración
-por aquel buen ahorcado.</p>
-
-<p>Después galopó para Segovia. Clareaba la mañana cuando traspasó la
-puerta de San Mauro. Sonaban las campanas en el aire claro. Y entrando
-en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, aun en el desaliño de su
-terrible jornada, don Ruy, ante el altar, narró a su celestial madrina
-la ruin tentación que le llevara a Cabril, el socorro que del cielo
-había recibido, y con lágrimas de arrepentimiento y gratitud, juró que
-nunca más pondría deseo en donde hubiese pecado, ni en su corazón daría
-entrada a pensamiento que viniese del Mundo y del Mal.</p>
-
-
-<h3 title="IV"><span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span>IV</h3>
-
-<p>A esa hora, en Cabril, don Alonso de Lara, con los ojos abiertos de
-pasmo y de terror, escudriñaba todas las calles, cuarteles y sombras de
-su jardín.</p>
-
-<p>Cuando al amanecer, luego de abierta la puerta de la cámara en que
-había encerrado a doña Leonor, descendió sutilmente al jardín y no
-encontró debajo del balcón, pegando a la escalera, como deliciosamente
-se prometía, el cuerpo de don Ruy de Cárdenas, tuvo por cierto que el
-odiado hombre, al caer, aún con un hilo débil de vida, se arrastraría
-sangrando, con el intento de alcanzar el caballo y escapar de
-Cabril...</p>
-
-<p>Mas con aquella recia daga que por tres veces enterrara en su pecho,
-y que en el pecho había dejado, no se arrastraría el villano muchos
-metros, y en algún sitio de aquellos debía de yacer estirado y frío.
-Rebuscó entonces cada calle, cada sombra, cada macizo de arbustos. Y
-—¡caso maravilloso!—, ¡no descubría el cuerpo, ni pisadas, ni tierra
-que hubiese sido removida, ni siquiera rastro de sangre sobre la
-tierra! Y, sin embargo, ¡mano certera y hambrienta de venganza, tres
-veces le clavara la daga en el pecho y en el pecho se la dejara!</p>
-
-<p>¡Y era Ruy de Cárdenas el muerto, que bien lo había conocido desde
-el fondo del cuarto donde espiaba, cuando a la claridad de la luna
-atravesó la terraza, confiado, ligero, con la mano en la cintura, la
-faz risueñamente erguida y la pluma del sombrero balanceándose en
-triunfo! ¿Cómo podría suceder<span class="pagenum" id="Page_225">p.
-225</span> una cosa tan rara, un cuerpo mortal sobreviviendo a un
-hierro que tres veces le atraviesa el corazón y en el corazón le
-queda clavado? ¡Y la mayor rareza era que ni en el suelo, debajo de
-la ventana, señalábase el vestigio de aquel cuerpo fuerte, caído
-pesadamente como un fardo! ¡Ni una flor machucada; todas derechas,
-erguidas, frescas, con leves gotas de rocío sobre las corolas!
-Inmóvil de espanto, casi de terror, don Alonso de Lara detúvose allí,
-considerando el balcón, midiendo la altura de la escalera, contemplando
-con ojos espantados los alhelíes derechos, frescos, sin un tallo u hoja
-doblada. Después comenzó a correr locamente por la terraza, por la
-avenida, por la calle de los bojes, todavía con la esperanza de hallar
-una pisada, un tallo roto, alguna gota de sangre sobre la finísima
-arena.</p>
-
-<p>¡Nada! Todo el jardín ofrecía un desusado arreglo y limpieza, como
-si sobre él nunca hubiese pasado el viento que deshoja ni el sol que
-mustia.</p>
-
-<p>Entonces, al atardecer, devorado por la incertidumbre y el misterio,
-tomó un caballo y, sin escudero ni caballerizo, partió para Segovia.
-Curvado y escondidamente, como un forajido, penetró en su palacio
-por la puerta del pomar, y su primer cuidado fue correr la galería
-abovedada, desatrancar las maderas de las ventanas y espiar ávidamente
-la casa de don Ruy de Cárdenas. Todos los miradores de la vieja morada
-del arcediano estaban abiertos, respirando la frescura de la noche;
-y a la puerta, sentado en un banco de piedra, un mozo de caballeriza
-afinaba perezosamente la bandurria.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span>Don Alonso de
-Lara descendió a su cámara, lívido, pensando que no acontecía de
-seguro desgracia en casa donde todas las ventanas se abren para
-recibir el fresco, y en la puerta de la calle tocan y se divierten
-los mozos. Batió las palmas, pidiendo furiosamente la cena. Y apenas
-sentado al extremo de la mesa, en su alta silla de cuero labrado,
-mandó llamar al intendente, a quien en seguida ofreció, con extraña
-familiaridad, una copa de vino añejo. En tanto el hombre, en pie, bebía
-respetuosamente, don Alonso, metiendo los dedos por la maraña de las
-barbas y forzando su sombría faz para sacarle una sonrisa, preguntaba
-por las nuevas acontecidas en Segovia. Durante los días de su estancia
-en Cabril ¿nada espantoso o digno de murmuración había ocurrido en
-la ciudad?... El intendente limpió los labios para afirmar que nada
-espantoso murmurábase en Segovia, a no ser que la hija del señor don
-Gutierre, tan joven y rica heredera, tomaba el hábito de las Carmelitas
-Descalzas. Don Alonso insistía mirando vorazmente al intendente. ¿Y no
-se trabara una gran lucha, no se encontrara herido en la carretera de
-Cabril un caballero joven, muy conocido?... El intendente encogía los
-hombros: nada decían por la ciudad de luchas y caballeros heridos. Con
-un acento desabrido, don Alonso lo despidió de su presencia.</p>
-
-<p>Apenas terminada la parca cena, volvió a la galería para espiar de
-nuevo las ventanas de don Ruy. Ahora estaban cerradas; en la última de
-la esquina percibíase tenue claridad.</p>
-
-<p>Pasó en vigilia la noche, removiendo incansablemente<span
-class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span> el mismo espanto. ¿Cómo
-pudo escapar aquel hombre con una daga atravesada en el corazón?
-¿Cómo?... Al amanecer tomó una capa, un largo sombrero, y descendió
-al atrio, todo embozado y cubierto, y quedó rondando por delante de
-la casa de don Ruy. Las campanas tocaban a maitines. Los mercaderes,
-con los jubones mal abotonados, salían a levantar las persianas de las
-puertas, a colgar el muestrario. Ya los hortelanos, picando los burros
-cargados de costales, lanzaban los pregones anunciando la hortaliza
-fresca, y los frailes descalzos, con la alforja al hombro, pedían
-limosna y bendecían a las mozas.</p>
-
-<p>Beatas embozadas, con gruesos rosarios negros, enfilaban golosamente
-para la iglesia. Después el pregonero de la ciudad, parado en un
-extremo del atrio, tocó una bocina, y con una voz tremenda comenzó a
-leer un edicto.</p>
-
-<p>El señor de Lara parárase junto a la fuente, pasmado, como
-embebecido en el canto de los chorros. De repente pensó que aquel
-edicto, leído por el pregonero de la ciudad, debíase referir a don
-Ruy, acaso a su desaparición... Corrió a la esquina del atrio; pero
-ya el hombre, con el papel enrollado, abríase paso, batiendo en las
-losas con su vara descomunal. Y cuando se volvió para espiar de nuevo
-la casa, he aquí que sus ojos, atónitos, tropiezan a don Ruy, ¡a don
-Ruy, su víctima, que venía caminando para la iglesia de Nuestra Señora,
-ligero, airoso, la faz risueña y erguida en el fresco aire de la
-mañana, de jubón claro, con plumas claras, con una de las manos posada
-en el cinto, la otra meneando distraídamente<span class="pagenum"
-id="Page_228">p. 228</span> un bastón con borlas de torzal de oro!</p>
-
-<p>Don Alonso recogiose entonces a su casa con pasos arrastrados y
-envejecidos. En lo alto de la escalera de piedra halló a su viejo
-capellán, que venía a saludarle y que, penetrando con él en la
-antecámara, después de pedir, con reverencia, nuevas de la señora doña
-Leonor, le habló de un prodigioso caso que había llenado a la ciudad
-de espanto y murmuración. ¡En la víspera, por la tarde, yendo el
-corregidor a visitar el Cerro de las Horcas, pues se acercaba la fiesta
-de los Santos Apóstoles, descubriera, con mucho pasmo y escándalo, que
-uno de las ahorcados tenía una daga clavada en el pecho! ¿Era gracia
-de algún pícaro siniestro? ¿Venganza que la muerte no saciara?... ¡Y
-para mayor prodigio aún, el cuerpo había sido descolgado del madero,
-arrastrado en huerta o jardín (pues que presas a los viejos harapos
-se encontraron hojas tiernas) y después nuevamente ahorcado y con una
-cuerda nueva!... ¡Así iba la turbulencia de los tiempos, que ni los
-muertos se privaban de tamaños ultrajes!</p>
-
-<p>Don Alonso escuchaba temblando, con el pelo horripilado.
-Inmediatamente, con una ansiosa agitación, bramando, tropezando
-contra las puertas, quiso partir y convencerse con sus propios ojos
-de la fúnebre profanación. En dos mulas enjaezadas de prisa, ambos
-salieron para el Cerro de los Ahorcados, él y el capellán, arrastrado
-y aturdido. Un gran golpe de vecinos de Segovia, reuniérase en el
-Cerro, poseídos todos de un horror maravilloso ante ¡el muerto
-que fuera muerto!... Todos se arremolinaron<span class="pagenum"
-id="Page_229">p. 229</span> en torno del noble señor de Lara, que
-permanecía desmadejado y lívido, mirando al ahorcado y a la daga que
-le atravesaba el pecho. Era su daga: ¡fuera él quien había matado al
-muerto!</p>
-
-<p>Galopó empavorecido para Cabril. Y allí se encerró con su secreto,
-comenzando a palidecer, a adelgazar, siempre alejado de la señora
-doña Leonor, escondido por las calles sombrías del jardín, murmurando
-palabras al viento, hasta que en la madrugada de San Juan, una criada,
-que volvía de la fuente con su cántaro, lo encontró muerto, bajo el
-balcón de piedra, estirado en el suelo, con los dedos clavados en el
-bancal de alhelíes, donde parecía haber excavado largamente la tierra,
-buscando algo...</p>
-
-
-<h3>V</h3>
-
-<p>Para huir de tan lamentables memorias, la señora doña Leonor,
-heredera de todos los bienes de la casa de Lara, recogiose a su palacio
-de Segovia. Pero como ahora sabía que el señor don Ruy de Cárdenas
-había escapado milagrosamente de la emboscada de Cabril, y, como día
-por día, acechando por entre las rejas, lo seguía con ojos húmedos,
-jamás satisfechos, cuando el caballero cruzaba el atrio para entrar
-en la iglesia, no quiso ella, con recelo de las prisas e impaciencia
-de su corazón, visitar a la Señora del Pilar mientras durase el luto.
-Más tarde, una mañana de domingo, cuando, en vez de crespones negros,
-se pudo cubrir de sedas rojas, descendió la escalera de su palacio,
-pálida, por efecto de una emoción nueva y divina, pisó las losas
-del<span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span> atrio y traspuso
-las puertas de la iglesia. Don Ruy de Cárdenas estaba arrodillado
-delante del altar, en donde había colocado su votivo ramo de claveles
-blancos y amarillos. Al rumor de las finas sedas, irguió los ojos con
-una esperanza purísima, hecha de gracia celeste, como si un ángel le
-hubiese llamado. Doña Leonor arrodillose, arqueado el pecho por la
-impresión, tan pálida y tan feliz, que la cera de las hachas no era más
-pálida, ni más felices las golondrinas que batían sus alas libres por
-las ojivas de la vieja iglesia.</p>
-
-<p>Ante ese altar, y de rodillas en esas losas, ambos fueron casados
-por el obispo de Segovia, don Martiño, en el otoño del año de gracia
-de 1475, siendo ya reyes de Castilla Isabel y Fernando, muy poderosos
-y muy católicos, por quien Dios operó grandes hechos sobre la tierra y
-sobre el mar.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_10">
- <p><span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cenefa.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">JOSÉ MATÍAS</h2>
-</div>
-
-
-<p>¡Linda tarde, amigo mío!... Estoy esperando el entierro de José
-Matías —del José Matías de Albuquerque, sobrino del vizconde de
-Garmilde... Usted lo conoció seguramente: un muchacho airoso, rubio
-como una espiga, con un bigote crespo de paladín sobre una boca
-indecisa de contemplativo, diestro caballero, de una elegancia sobria
-y fina. ¡Y espíritu curioso, muy aficionado a las ideas generales, tan
-penetrante, que comprendió mi <i>Defensa de la Filosofía Hegeliana</i>!
-Esta imagen de José Matías data de 1865; porque la última vez que le
-encontré, en una tarde agreste de enero, metido en un portal de la
-calle de San Benito, tiritaba dentro de una levita color de miel, roída
-en los codos, y olía abominablemente a aguardiente.</p>
-
-<p>¡Pero usted, en una ocasión en que José Matías detúvose en Coimbra,
-volviendo de Oporto, cenó con él en el Pazo del Conde! Hasta recuerdo
-que Craveiro, que preparaba las <i>Ironías y Dolores de Satán</i>
-para irritar más la disputa entre la Escuela<span class="pagenum"
-id="Page_232">p. 232</span> Purista y la Escuela Satánica, recitó aquel
-soneto suyo, de tan fúnebre idealismo: <i>En la jaula de mi pecho, el
-corazón...</i> Y recuerdo todavía a José Matías, con una gran corbata
-de seda negra hinchada entre el cuello de lino blanco, sin despegar
-los ojos de las velas de los candeleros, sonriendo pálidamente a aquel
-corazón que rugía en su jaula... Era una noche de abril, de luna
-llena. Después paseamos en bando, con guitarras, por el Puente y por
-el Choupal. Januario cantó ardientemente las endechas románticas de
-nuestro tiempo:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Ayer de tarde, al sol puesto,</div>
- <div class="verse indent0">contemplabas silenciosa</div>
- <div class="verse indent0">la corriente caudalosa</div>
- <div class="verse indent0">que retozaba a tus pies...</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>¡Y José Matías, acodado sobre el parapeto del Puente, con el alma
-y los ojos perdidos en la luna! —¿Por qué no acompaña usted a este
-interesante mozo al cementerio de los Placeres? Tengo un coche de
-plaza, con número, como conviene a un profesor de Filosofía... ¿Qué?
-¿Por causa de los pantalones claros? ¡Oh, mi caro amigo! De todas las
-materializaciones de la simpatía, ninguna más groseramente material
-que el casimir negro. ¡Y el hombre que vamos a enterrar era un gran
-espiritualista!</p>
-
-<p>Venía la caja saliendo de la Iglesia... Apenas tres carruajes para
-acompañarle. —Mas, realmente, caro amigo, José Matías murió hace seis
-años, en su puro esplendor. Ese que llevamos ahí, medio descompuesto,
-dentro de cuatro tablas galoneadas de amarillo,<span class="pagenum"
-id="Page_233">p. 233</span> es un resto de borracho sin historia y sin
-nombre, que el frío de febrero mató en el vano de un portal.</p>
-
-<p>¿El sujeto de lentes de oro que va en la berlina?... No sé quién
-es. Tal vez un pariente rico, de esos que aparecen en los entierros,
-con el parentesco correctamente cubierto de gasa negra, cuando el
-difunto ya no importuna ni compromete. El hombre obeso, de caraza
-amarilla, que va en la victoria, es Alves <i>Capao</i>, que tiene un
-periódico donde desgraciadamente la Filosofía no abunda, y que se
-llama <i>La Piada</i>. ¿Qué relaciones le prendían a Matías?... No
-sé. Tal vez se emborrachasen en las mismas tascas; acaso José Matías,
-últimamente, colaborase en <i>La Piada</i>; quizá debajo de aquella
-gordura y de aquella literatura, ambas tan sórdidas, se abrigue un alma
-compasiva. Este es nuestro coche... ¿Quiere que baje la ventanilla?
-¿Un cigarro?... Yo traigo fósforos. Pues este José Matías fue un
-hombre desconsolador para quien, como yo, en la vida ama la evolución
-lógica y pretende que la espiga nazca coherentemente del grano. En
-Coimbra siempre le consideramos como un alma escandalosamente banal.
-Para este juicio concurría acaso su horrenda corrección. ¡Nunca un
-rasgón ostentoso en la sotana, ni, por ventura, un poco de polvo
-adherido a los zapatos; jamás un pelo rebelde del cabello o del bigote
-huyendo de aquel rígido aliño que nos desolaba! Por otra parte, en
-nuestra ardiente generación él fue el único intelectual que no rugió
-con las miserias de Polonia; que leyó sin empalidecer ni llorar las
-<i>Contemplaciones</i>; que permaneció insensible<span class="pagenum"
-id="Page_234">p. 234</span> ante la herida de Garibaldi. ¡Y, sin
-embargo, no había en ese José Matías ninguna sequedad o dureza o
-egoísmo o desafecto! ¡Por el contrario! Un suave camarada, siempre
-cordial y mansamente risueño. Toda su imperturbable quietud parecía
-provenir de una inmensa superficialidad sentimental. Y era eso de
-manera que no fue sin razón que, en viendo a aquel mozo tan suave,
-tan rubio y tan ligero, comenzáramos a llamarle <i>Matías-Corazón
-de Esquilo</i>. Cuando se doctoró, como se le muriera el padre,
-después la madre, delicada y linda señora de quien había heredado
-50.000 duros, partió para Lisboa a fin de alegrar la soledad de un
-tío que le adoraba, el general vizconde de Garmilde. ¡Usted, sin
-duda, se acuerda de esa perfecta estampa de general clásico, siempre
-de bigotes terríficamente encerados; las calzas, color de flor de
-romero desesperadamente estiradas por las presillas sobre las botas
-coruscantes, y el látigo, debajo del brazo, con la punta temblando,
-ávido de azotar el Mundo! Guerrero grotesco y deliciosamente bueno...
-Garmilde moraba entonces en Arroyos, en una casa antigua de azulejos,
-con un jardín, donde cultivaba apasionadamente bancales soberbios de
-dalias. Ese jardín subía muy suavemente hasta un muro cubierto de
-hiedra que lo separaba de otro jardín, el largo y bello jardín de
-rosas del consejero Mattos Miranda, cuya casa, con una aireada terraza
-entre dos torreoncitos amarillos, erguíase en la cima del otero y
-se llamaba la casa de la «Parreira». Usted conoce (por lo menos, de
-tradición, como se conoce Elena de Troya o Inés de Castro) la hermosa
-Elisa<span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span> Miranda, Elisa
-de la Parreira... Fue la sublime belleza romántica de Lisboa, en los
-fines de la Regeneración. Mas, realmente, Lisboa apenas la entreveía
-por los cristales de su gran carruaje o en alguna noche de iluminación
-del paseo público entre la polvareda y la turba, o en los dos bailes de
-la Asamblea del Carmo, de que Mattos Miranda era un director venerado.
-Por gusto friolero de provinciana o por pertenecer a aquella seria
-burguesía que en esos tiempos, en Lisboa, aún conservaba los antiguos
-hábitos severamente encerrados, o por imposición paternal del marido,
-ya diabético y con sesenta años, la Diosa raramente emergía de Arroyos
-y se mostraba a los mortales. Mas quien la vio, y con facilidad
-constante, casi irremediablemente, desde que se instaló en Lisboa, fue
-José Matías, porque, yaciendo el palacete del general en la falda de la
-colina, a los pies del jardín y de la casa de la Parreira, no podía la
-divina Elisa asomarse a una ventana, atravesar la terraza, coger una
-rosa entre las calles de boj, sin hacerse deliciosamente visible, tanto
-más que en los dos jardines asoleados ningún árbol esparcía la cortina
-de su denso ramaje. Usted de seguro tarareó, como todos tarareamos,
-aquellos versos gastados, mas inmortales:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Era en otoño, cuando tu imagen</div>
- <div class="verse indent0">a la luz de la luna...</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>¡Pues, como en esa estrofa, el pobre José Matías, al regresar de
-la playa de Ericeira, en octubre, en el otoño, vio a Elisa Miranda
-una noche en la terraza, a la luz de la luna! Usted nunca contempló
-aquel<span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span> precioso
-tipo de encanto lamartiniano. Alta, esbelta, ondulante, digna de la
-comparación bíblica de la palmera al viento. Cabellos negros, lustrosos
-y ricos, en bandos ondeados. Una carnación de camelia muy fresca. Ojos
-negros, líquidos, quebrados, tristes, de largas pestañas... ¡Ah, amigo
-mío, hasta un servidor de usted, que ya entonces anotaba laboriosamente
-a Hegel, después de encontrarla en una tarde de lluvia esperando el
-coche a la puerta de Seixas, la adoró durante tres exaltados días y le
-rimó un soneto! No sé si José Matías le dedicó sonetos. Mas todos sus
-amigos percibimos de contado el fuerte, profundo, absoluto amor que
-concibiera desde la noche de otoño, a la luz de la luna, aquel corazón,
-que en Coimbra considerábamos de <i>Esquilo</i>.</p>
-
-<p>Bien comprenderá usted que hombre tan quieto y comedido no se exhaló
-en suspiros públicos. Ya, sin embargo, en tiempo de Aristóteles,
-afirmábase que amor y humo no se esconden; y de nuestro hermético
-José Matías, el amor comenzó pronto a escapar, como el humo leve de
-las rendijas invisibles de una casa cerrada que arde terriblemente.
-Recuérdome de una tarde que le visité en Arroyos, después de volver del
-Alentejo. Era un domingo de julio. Él iba a comer con una tía-abuela,
-una doña Mafalda Noronha, que vivía en Benfica, en la quinta de los
-Cedros, donde habitualmente almorzaban también los domingos Mattos
-Miranda y la divina Elisa. Creo que solo en esa casa se encontraban
-ella y José Matías, sobre todo con las facilidades que ofrecen
-pensativas alamedas y retiros<span class="pagenum" id="Page_237">p.
-237</span> de sombra. Las ventanas del cuarto de José Matías abrían al
-jardín, y sobre el jardín de los Mirandas; y cuando entré, él aún se
-vestía lentamente. ¡Nunca admiré, amigo mío, faz humana aureolada por
-felicidad más segura y serena! Sonreía iluminadamente cuando me abrazó,
-con una sonrisa que venía de las profundidades del alma iluminada;
-sonreía deleitablemente en tanto yo le conté todos mis disgustos
-en Alentejo; sonreía después extáticamente, aludiendo al calor y
-enrollando un cigarro distraído; y sonreía siempre, extasiado, mientras
-escogía en el cajón de la cómoda, con religioso escrúpulo, una corbata
-de seda blanca. Y a cada momento, irresistiblemente, por un hábito
-ya tan inconsciente como el pestañear, sus ojos risueños, calmamente
-enternecidos, volvíanse para las ventanas cerradas... De suerte que
-acompañando aquel rayo dichoso, luego descubrí en la terraza de la casa
-de la Parreira, a la divina Elisa, vestida de claro, con un sombrero
-blanco, paseando perezosamente, calzándose pensativamente los guantes
-y acechando también las ventanas de mi amigo, que un rayo oblicuo del
-sol ofuscaba de manchas de oro. José Matías, entretanto, conversaba,
-antes murmuraba, a través de la perenne sonrisa, cosas afables y
-dispersas. Toda su atención concentrárase delante del espejo, en el
-alfiler de coral y perla para clavar en la corbata, en el cuello blanco
-que abotonaba y ajustaba con la devoción con que un sacerdote novicio,
-en la exaltación cándida de la primera misa, se revistiese de la
-estola y del amito para acercarse al altar. ¡Jamás había visto yo a un
-hombre echar<span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> con tan
-profundo éxtasis agua de colonia en el pañuelo! Y después de vestirse
-la levita, de espetarse una soberbia rosa con inefable emoción, sin
-retener un delicioso suspiro, abrió largamente, solemnemente, las
-ventanas. <i>¡Introibo ad altarem Dei!</i> Yo permanecí discretamente
-enterrado en el sofá. ¡Y, caro amigo, créame, envidié a aquel hombre
-ante la ventana, inmóvil, rígido en su adoración sublime, con los ojos
-y el alma y todo el ser clavados en la terraza, en la blanca mujer,
-calzándose los guantes claros, y tan indiferente al mundo como si
-el mundo fuese apenas el ladrillo que ella pisaba y cubría con los
-pies!</p>
-
-<p>¡Y este éxtasis, amigo mío, duró diez años, así, espléndido, puro,
-distante e inmaterial! No se ría... De cierto se encontraban en la
-quinta de doña Mafalda; de seguro escribíanse, y apasionadamente,
-echando las cartas por sobre el muro que separaba las dos quintas;
-mas nunca por encima de las hiedras de ese muro procuraron la rara
-delicia de una conversación robada, o la delicia, aún más perfecta,
-de un silencio escondido en la sombra. Y nunca cambiaron un beso...
-¡No lo dude! Algún apretón de manos fugitivo y ansioso, bajo las
-arboledas de doña Mafalda fue el límite exaltadamente extremo que la
-voluntad les marcó al deseo. Usted no comprenderá cómo se mantuvieron
-así dos frágiles cuerpos, durante diez años, en tan terrible y mórbido
-renunciamiento... Sí; de seguro les faltó para perderse, una hora de
-seguridad o una puertecilla en el muro. Luego, que la divina Elisa
-vivía realmente en un convento, en el cual cerrojos y celdas eran
-formados<span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span> por los
-hábitos rígidamente reclusos de Mattos Miranda, triste y diabético.
-Pero, en la castidad de este amor, entró mucha nobleza moral y finura
-superior de sentimiento. El amor espiritualiza al hombre, y materializa
-a la mujer. Esa espiritualización era fácil a José Matías, que había
-nacido desvariadamente espiritualista; mas la humana Elisa encontró
-también un gozo delicado en esa ideal adoración de monje, que ni osa
-rozar con los dedos trémulos y embrollados en el rosario la túnica de
-la Virgen sublimada. ¡Él, sí! Él gozó en ese amor trascendentemente
-desmaterializado un encanto sobrehumano. Durante diez años, como el
-Ruy-Blas del viejo Hugo, caminó, vivo y deslumbrado, dentro de su
-sueño radiante, sueño en que Elisa habitó realmente en lo íntimo de
-su alma, en una fusión tan absoluta, que se tornó consubstancial con
-su ser. ¿Creerá usted que él abandonó el cigarro, y que no fumaba, ni
-aun paseando solitariamente a caballo, por los alrededores de Lisboa,
-desde que una tarde descubrió en la quinta de doña Mafalda que el humo
-perturbaba a Elisa?</p>
-
-<p>Esta presencia real de la divina criatura en su ser creó en José
-Matías modos nuevos, extraños, derivando de la alucinación. Como el
-vizconde de Garmilde comía temprano, a la hora vernácula del Portugal
-antiguo, José Matías cenaba, después de San Carlos, en aquel delicioso
-y saudoso café Central, donde el lenguado parecía frito en el cielo, y
-el Collares en el cielo embotellado. Pues nunca cenaba sin candelabros
-profusamente encendidos y la mesa cubierta de flores. ¿Por qué?
-Porque Elisa también cenaba<span class="pagenum" id="Page_240">p.
-240</span> allí, invisible. De ahí esos silencios bañados en una
-sonrisa religiosamente atenta... ¿Por qué? ¡Porque la estaba siempre
-escuchando! Recuerdo verle arrancar del cuarto tres grabados clásicos
-de Faunos osados y Ninfas rendidas... Elisa, cerníase idealmente en
-aquel ambiente, y él purificaba las paredes, que mandó forrar de
-sedas claras. El amor arrastra al lujo, sobre todo, un amor de tan
-elegante idealismo; y José Matías prodigó con esplendor y lujo que
-ella participaba. Decentemente no podía andar con la imagen de Elisa
-en un coche de plaza, ni consentir que la augusta imagen rozase por
-las sillas de rejilla de la platea de San Carlos. Montó, por tanto,
-carruajes de un gusto sobrio y puro; y abonose a un palco en la Ópera,
-donde instaló, para ella, una poltrona pontifical, de seda blanca,
-bordada con estrellas de oro.</p>
-
-<p>Aparte de eso, como descubriera la generosidad de Elisa, luego se
-hizo congénere y suntuosamente generoso; y nadie existió entonces en
-Lisboa que repartiese, con facilidad más risueña, billetes de Banco.
-Así disipó, rápidamente, sesenta mil duros, con el amor de aquella
-mujer a quien nunca había regalado una flor.</p>
-
-<p>¿Y, durante ese tiempo, Mattos Miranda? Amigo mío, el buen Mattos
-Miranda, no desordenaba ni la perfección, ni la quietud de esta
-felicidad. ¿Tan absoluto sería el espiritualismo de José Matías, que
-apenas se interesase por el alma de Elisa, indiferente a las sumisiones
-de su cuerpo, involucro, inferior y mortal?... No sé. Verdad sea
-dicha, aquel digno diabético, tan grave, siempre de bufanda de<span
-class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span> lana oscura, con sus barbas
-grisáceas, sus poderosos lentes de oro, no sugería ideas inquietadoras
-de marido ardiente, cuyo ardor, fatal e involuntariamente, se
-reparte y abrasa. ¡Todavía nunca comprendí, yo, Filósofo, aquella
-consideración, casi cariñosa, de José Matías por el hombre que,
-siquiera fuese desinteresadamente, podía por derecho, por costumbre,
-contemplar a Elisa desapretándose las cintas de la enagua!... ¿Habría
-allí reconocimiento por ser Miranda el que había descubierto en una
-remota calle de Setúbal (en donde José Matías nunca la descubriría)
-aquella divina mujer, y por mantenerla en aquella posición, sólidamente
-nutrida, finamente vestida, transportada en carruajes de blandos
-muelles? ¿O recibiera José Matías aquella acostumbrada confidencia —«no
-soy tuya, ni de él»—, que tanto consuela del sacrificio, porque tanto
-lisonjea el egoísmo?.. No sé, mas con certeza, aquel magnánimo desdén
-por la presencia corporal de Miranda en el templo, donde habitaba su
-diosa, daba a la felicidad de José Matías una unidad perfecta, la
-unidad de un cristal que por todos los lados rebrilla, igualmente puro,
-sin arañadura o mancha. Y esta felicidad, amigo mío, duró diez años...
-¡Qué escandaloso lujo para un mortal!</p>
-
-<p>Mas un día, la tierra, para José Matías, tembló toda, en un
-terremoto de incomparable espanto. En enero o febrero de 1871,
-Miranda, ya debilitado por la diabetes, murió de una pulmonía. Por
-estas mismas calles, en un pachorriento coche de plaza, acompañé su
-entierro numeroso, rico, con ministros, porque Miranda pertenecía a
-las Instituciones.<span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span>
-Y después, aprovechando el coche, visité a José Matías en Arroyos, no
-por curiosidad perversa, ni para llevarle felicitaciones indecentes,
-sino para que en aquel lance deslumbrador sintiese a su lado la fuerza
-moderadora de la Filosofía... Hallé con él a un amigo más antiguo y
-confidencial, aquel brillante Nicolás de la Barca, que ya acompañé
-también a este cementerio, donde ahora yacen, debajo de lápidas, todos
-aquellos camaradas con quienes levanté castillos en el aire... Nicolás
-había llegado de la Vellosa, de su quinta de Santarén, de madrugada,
-reclamado por un telegrama de Matías. Cuando entré, un criado arreglaba
-dos maletas enormes. José Matías partía en esa noche para Oporto.
-Hasta se había puesto ya un traje de viaje, todo negro, con zapatos de
-cuero amarillo. Después de sacudirme la mano, mientras Nicolás removía
-un grog, continuó vagando por el cuarto, silencioso, como pasmado,
-con un modo que no era emoción, ni alegría púdicamente disfrazada, ni
-sorpresa de su destino bruscamente sublimado. ¡No! Si el buen Darwin
-no nos engaña en su libro de la <i>Expresión de las Emociones</i>,
-José Matías, en esa tarde, solo sentía y solo expresaba embarazo.
-Enfrente, en la casa de la Parreira, todas las ventanas permanecían
-cerradas bajo la tristeza de la tarde cenicienta. ¡Y todavía sorprendí
-a José Matías lanzando hacia la terraza, rápidamente, una mirada en que
-transparentaba inquietud, ansiedad, casi terror! ¿Cómo diré? ¡Aquella
-parecía la mirada que se dirige a la jaula mal segura en donde se
-agita una leona! En un momento en que él entró en la alcoba, murmuré
-a Nicolás,<span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span> por
-encima del grog: «Matías hace perfectamente en irse para Oporto...»
-Nicolás se encogió de hombros: —«Sí, creyó que era más delicado... Yo
-aproveché. Solo durante los meses de luto riguroso...» A las siete
-acompañamos a nuestro amigo a la estación de Santa Apolonia. A la
-vuelta, dentro del coche que una furiosa lluvia azotaba, filosofamos.
-Yo sonreía, contento: —«Un año de luto; después mucha felicidad y
-muchos hijos... ¡Y un poema acabado!»... Nicolás acudió, serio: —«Y
-acabado en una deliciosa y suculenta prosa. La divina Elisa queda con
-toda su divinidad y la fortuna de Miranda, unos diez o doce mil duros
-de renta... ¡Por la primera vez en nuestra vida entrambos contemplamos
-la virtud recompensada!»</p>
-
-
-<p class="mt2">¡Mi caro amigo! Pasaron los meses ceremoniales de
-luto, después otros, y José Matías no se movió de Oporto. En ese
-agosto le encontré instalado fundamentalmente en el hotel Francfort,
-donde entretenía la melancolía de los días abrasados, fumando (porque
-volviera al tabaco), leyendo novelas de Julio Verne y bebiendo cerveza
-helada hasta que la tarde refrescaba y él se vestía, se perfumaba y se
-florecía para ir a comer en Foz.</p>
-
-<p>Y a pesar de acercarse el bendito remate del luto y de la
-desesperada espera, no noté en José Matías ni alborozo elegantemente
-reprimido, ni revuelta contra la lentitud del tiempo, viejo a las veces
-tan moroso y tropezón. ¡Por el contrario! A la sonrisa de radiosa
-certeza, que en esos años le iluminara como un nimbo de beatitud,
-sucedía la seriedad<span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span>
-cargada, toda en sombra y arrugas, de quien se debate en una duda
-irresoluble, siempre presente, roedora y dolorosa. ¿Quiere que le
-diga? En aquel verano, en el hotel Francfort, siempre me pareció que
-José Matías, a cada instante de su vida despierta, bebiendo la fresca
-cerveza, calzando los guantes al entrar en el coche que le llevaba a
-Foz, angustiosamente preguntaba a su conciencia: «¿Qué he de hacer?
-¿Qué he de hacer?» Una mañana, en el almuerzo, me asombro, exclamando
-al abrir el periódico, con un asomo de sangre en la cara: «¿Qué? ¿Ya
-estamos a 29 de agosto? ¡Santo Dios... ya es fin de agosto!...»</p>
-
-<p>Volví a Lisboa, amigo mío. Pasó el invierno, muy seco y muy azul.
-Trabajé en mis <i>Orígenes del Utilitarismo</i>. Un domingo, en Rocío,
-cuando ya se vendían claveles en los estancos, avisté dentro de una
-berlina a la divina Elisa, con plumas rojas en el sombrero; y en esa
-misma semana encontré en el <i>Diario Ilustrado</i> la noticia corta,
-casi tímida, del casamiento de la señora doña Elisa Miranda... ¿Con
-quién, amigo mío? ¡Con el conocido propietario don Francisco Torres
-Nogueira!...</p>
-
-<p>En oyendo tal, mi amigo cerró el puño, y pegó en el muslo,
-espantado. ¡También yo cerré los dos puños, mas para levantarlos
-al cielo, en donde se juzgan los hechos de la tierra, y clamar
-furiosamente, a gritos, contra la falsedad, la inconstancia ondeante
-y pérfida, toda la engañadora torpeza de las mujeres, y de aquella
-especial Elisa, llena de infamia entre las mujeres! ¡Traicionar aprisa,
-inconsideradamente, apenas concluyó el negro luto, a aquel<span
-class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span> noble, puro, intelectual
-Matías!, ¡y su amor de diez años, sumiso y sublime!...</p>
-
-<p>Y después de apuntar con los puños para el cielo, aún los apretaba
-contra la cabeza, gritando: «Mas ¿por qué, por qué?» ¿Por amor? Durante
-años ella amara arrobadamente a este hombre, y de un amor que no pudo
-desilusionarse ni hartarse, porque permanecía suspenso, inmaterial,
-insatisfecho. ¿Por ambición? Torres Nogueira era un ocioso amable
-como José Matías, y poseía en viñas hipotecadas los mismos cincuenta
-o sesenta mil duros que José Matías acababa de heredar ahora del
-tío Garmilde, en tierras excelentes y libres. Entonces, ¿por qué?
-¡Ciertamente porque los gruesos bigotes negros de Torres Nogueira
-apetecían más a su carne, que el bozo rubio y pensativo de José Matías!
-¡Ah, bien enseñara San Juan Crisólogo que la mujer es un montón de
-impureza, erguido a la puerta del infierno!</p>
-
-<p>Pues, amigo mío, cuando yo rugía de este modo, encuéntrome una
-tarde en la calle de Alecrín, a Nicolás de la Barca, que salta de la
-victoria, me empuja para un portal, y agarrándose excitadamente en mi
-pobre brazo, exclama sofocado:</p>
-
-<p>—«¿Ya sabes? ¡José Matías fue quien se negó! Ella escribiole, estuvo
-en Oporto a verle, lloró... ¡Él no consintió ni en verla! ¡No quiso
-casarse, no se quiere casar!» Quedé traspasado. —«Y entonces ella...».
-—«Despechada, fuertemente cercada por Torres, cansada de la viudez,
-con aquellos bellos treinta años en botón, ¡qué diablo! pobrecilla,
-¡se casó!» Levanté los brazos hasta la bóveda del patio: —«¿Pero<span
-class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span> y ese sublime amor de
-José Matías?» Nicolás, su íntimo y confidente, juró con irrecusable
-seguridad: —«¡Es el mismo siempre! Infinito, absoluto... ¡Mas no quiere
-casarse!»</p>
-
-<p>Los dos nos miramos, y después nos separamos, encogiéndonos
-entrambos de hombros, con aquel asombro resignado que conviene a
-espíritus prudentes en presencia de la Incognoscible. Mas yo, Filósofo,
-y, por tanto, espíritu imprudente, durante toda esa noche agujereé el
-acto de José Matías con la punta de una psicología que expresamente
-aguzara. Y ya de madrugada, cansado, concluí, como se concluye siempre
-en Filosofía, que me encontraba delante de una Causa Primaria, por
-consiguiente impenetrable, en donde se quebraría, sin ventaja para él,
-para mí o para el mundo, la punta de mi Instrumento.</p>
-
-<p>La divina Elisa se casó y continuó habitando la Parreira con
-su Torres Nogueira, en el conforte y sosiego que ya gozara con su
-Mattos Miranda. A mitad de verano, José Matías trasladose de Oporto a
-Arroyos, al caserón del tío Garmilde, en el cual reocupó sus antiguas
-habitaciones, con los balcones abriendo al jardín, ya florido de
-dalias, que nadie cuidaba. Vino agosto, como siempre en Lisboa,
-silencioso y caliente. Los domingos José Matías comía con doña Mafalda
-de Noronha, en Benfica, solitariamente —porque Torres Nogueira no
-conocía a aquella venerada señora de la Quinta de los Cedros. La divina
-Elisa, con vestidos claros, paseaba, a la tarde, en el jardín, entre
-los rosales; de suerte que la única mudanza, en aquel dulce<span
-class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span> rincón de Arroyos, parecía
-ser Mattos Miranda en un bello sepulcro de los Placeres, todo de mármol
-—y Torres Nogueira en el excelente lecho de Elisa.</p>
-
-<p>Había, sin embargo, una tremenda y dolorosa mudanza —¡la de José
-Matías!—. ¿Adivina usted cómo ese desgraciado consumía sus estériles
-días? ¡Con los ojos, y la memoria, y el alma y todo el ser clavados
-en la terraza, en las ventanas, en los jardines de la Parreira! Solo
-que ahora no era con las vidrieras largamente abiertas, en abierto
-éxtasis, con la sonrisa de segura beatitud; poníase por detrás de
-las cortinas cerradas, a través de una escasa rendija, escondido,
-acechando furtivamente los blancos pliegues del vestido blanco, con
-la faz devastada por la angustia y por la derrota. ¿Y comprende por
-qué sufría así este pobre corazón? Seguramente porque Elisa, desdeñada
-por sus brazos cerrados, corriera luego, sin lucha, sin escrúpulos,
-para otros brazos, más accesibles y prontos... ¡No, amigo mío! Repare
-ahora en la complicada sutileza de esta pasión. ¡José Matías permanecía
-devotamente creyente de que Elisa, en lo íntimo de su alma, en ese
-sagrado fondo espiritual en donde no entran las imposiciones de las
-conveniencias, ni las decisiones de la razón pura, ni los ímpetus del
-orgullo, ni las emociones de la carne, le amaba, a él, únicamente a
-él, y con un amor que no desapareciera, ni se alterara, floreciente
-en todo su vigor, hasta sin ser regado o tratado, a la manera de la
-antigua Rosa Mística! ¡Lo que le torturaba, amigo mío, lo que le cavara
-largas arrugas en cortos meses, era que un hombre, un macho, un bruto,
-apoderárase<span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span> de
-aquella mujer que era suya! ¡Y que del modo más santo y más socialmente
-puro, bajo el patrocinio de la Iglesia y del Estado, lagotease con los
-ásperos bigotes negros, hasta hartarse, los divinos labios que él nunca
-osara rozar, en la supersticiosa reverencia y casi en el terror de su
-divinidad! ¿Cómo le diré?... ¡El sentimiento de este extraordinario
-Matías era el de un monje, postrado ante una Imagen de la Virgen, en
-trascendental arrobo, entretanto, de improviso, un bestial sacrílego
-trepa al altar, y alza obscenamente la túnica de la Imagen! Usted
-sonríe... ¿Y entonces, Mattos Miranda? ¡Ah, amigo mío, ese era
-diabético, y grave, y obeso, y ya existía instalado en la Parreira, con
-su obesidad y su diabetes, cuando él conociera a Elisa y la diera para
-siempre vida y corazón. Y Torres Nogueira, rompió brutalmente a través
-de su purísimo amor, con sus negros bigotes, y los carnudos brazos, y
-el duro arranque de un antiguo picador de toros, y prostituyó a aquella
-mujer, a la cual revelara tal vez lo que es un hombre!</p>
-
-<p>Mas, ¡con todos los demonios!, a esa mujer la despreció cuando ella
-ofreciósele en la frescura y en la grandeza de un sentimiento que
-ningún desdén aún secara o abatiera. ¿Qué quiere?... ¡Y la espantosa
-tortuosidad espiritual de Matías! ¡Al cabo de unos meses olvidara,
-positivamente olvidara esa negativa afrentosa, como si fuese un leve
-desacuerdo de intereses materiales o sociales, ocurrido meses antes
-en el Norte, y al que la distancia y el tiempo disipaban la realidad
-y la amargura leve! ¡Y ahora, aquí en Lisboa, con las ventanas de
-Elisa<span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span> delante de sus
-ventanas y las rosas de los dos jardines exhalando fragancia en la
-sombra, el dolor presente, el dolor real, era que él amara sublimemente
-a una mujer, colocárala entre las estrellas para que fuese más pura su
-adoración, y que un bruto moreno, de bigotes negros, arrancara a esa
-mujer de entre las estrellas para arrojarla sobre una cama!</p>
-
-<p>Enredado caso, ¿eh, amigo mío? ¡Ah!, mucho filosofé acerca de él,
-por deber de filósofo. Y concluí que Matías era un enfermo, atacado
-de hiper-espiritualismo, de una inflamación violenta y pútrida del
-espiritualismo, que recelaba pavorosamente las materialidades del
-casamiento, las chinelas, la piel poco fresca al despertar, un vientre
-enorme durante seis meses, las criaturas llorando en la cuna mojada...
-Y ahora rugía de furor y tormento, porque cierto materialón, al lado,
-se precipitara a aceptar a Elisa en camisón de dormir. ¿Un imbécil?...
-¡No, amigo mío! Un ultrarromántico, locamente ajeno a las realidades
-fuertes de la vida, que nunca sospechó que chinelas y pañales sucios de
-criaturas son cosas de superior belleza en casa en que entre el sol y
-haya amor.</p>
-
-<p>¿Y sabe usted lo que exacerbó más furiosamente este tormento?
-¡Que la pobre Elisa mostraba por él el antiguo amor! ¿Qué le parece?
-¡Infernal, eh!... Por lo menos, si no sentía el antiguo amor intacto
-en su esencia, fuerte como entonces y único, conservaba por el pobre
-Matías una irresistible curiosidad y repetía los gestos de ese amor...
-¡Tal vez fuere apenas la fatalidad de los jardines vecinos!<span
-class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span> No sé. Mas luego, desde
-septiembre, cuando Torres Nogueira partió para sus viñedos de
-Carcavellos a fin de asistir a la vendimia, ella recomenzó, del borde
-de la terraza, por sobre las rosas y las dalias abiertas, aquella dulce
-remesa de dulces miradas con que durante diez años extasiara el corazón
-de José Matías.</p>
-
-<p>No creo que se trasbordasen cartas por encima del muro del jardín,
-como bajo el régimen paternal de Mattos Miranda... El nuevo señor, el
-hombre robusto y bigotudo, imponía a la divina Elisa, aun de lejos, de
-entre los parrales de Carcavellos, retraimiento y prudencia. Y acalmada
-por aquel marido, mozo y fuerte, menos sentiría ahora la necesidad de
-algún encuentro discreto en la sombra caliente de la noche, aun cuando
-su elegancia moral y el rígido idealismo de José Matías consintiesen
-en aprovechar una escalera contra el muro... En lo demás, Elisa era
-fundamentalmente honesta, y conservaba el respeto sagrado de su cuerpo,
-por sentirlo tan bello y cuidadosamente hecho por Dios, más de lo que
-el de su alma. Y ¿quién sabe?... Tal vez la adorable mujer perteneciese
-a la bella raza de aquella marquesa italiana, la marquesa Julia de
-Malfieri, que conservaba dos amorosos a su dulce servicio, un poeta
-para las delicadezas románticas y un cochero para las necesidades
-groseras.</p>
-
-<p>¡En fin, amigo mío, no psicologuemos más sobre esta viva,
-detrás del muerto que murió por ella! El hecho fue que Elisa y su
-amigo insensiblemente recayeron en la vieja unión ideal a través
-de los jardines en flor. En octubre, como Torres Nogueira<span
-class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span> continuaba vendimiando en
-Carcavellos, José Matías, para contemplar la terraza de la Parreira, ya
-abría de nuevo las vidrieras, larga y extáticamente.</p>
-
-<p>Parece que un tan extremo espiritualista, reconquistando la
-idealidad del antiguo amor, debía reentrar también en la antigua
-felicidad perfecta. Si reinaba en el alma inmortal de Elisa, ¿qué
-importaba que otro se ocupase de su cuerpo mortal? ¡Mas no! El pobre
-mozo sufría angustiadamente, y para sacudir la pungencia de estos
-tormentos, concluyó, un hombre como él, tan sereno, de una tan
-dulce armonía de modos, por tornarse un agitado. ¡Ah, amigo mío,
-qué estrépito de vida! ¡Desesperadamente, durante un año, removió,
-aturdió, escandalizó a Lisboa!... De ese tiempo son algunas de sus
-extravagancias legendarias... ¿Conoce la de la cena? ¡Una cena ofrecida
-a treinta o cuarenta mujeres de las más torpes y de las más sucias,
-recogidas por las negras callejuelas del Barrio Alto y de la Mouraría,
-que después mandó montar en burros, y gravemente, melancólicamente,
-puesto al frente sobre un gran caballo blanco, con una inmensa fusta,
-llevó a los altos de Gracia, para saludar la aparición del sol!</p>
-
-<p>¡Mas todo ese alarido no le disipó el dolor, y entonces fue, en
-este invierno, cuando comenzó a jugar y a beber! Todo el día pasábalo
-encerrado en casa (ciertamente por detrás de las vidrieras, ahora que
-Torres Nogueira regresara de los viñedos) con ojos y alma clavados en
-la terraza fatal; después, a la noche, cuando las ventanas de Elisa
-se apagaban, salía en una berlina, siempre la misma, la del<span
-class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> <i>Gago</i>, corría a
-la ruleta del Bravo, después al club del «Caballero», donde jugaba
-frenéticamente hasta la tardía hora de cenar, en un gabinete de
-restorán, con haces de velas encendidas, y el Collares y el Champagne y
-el Cognac corriendo en chorros desesperados.</p>
-
-<p>¡Esta vida, picoteada por la Furias, duró años, siete años! Todas
-las tierras que le dejara el tío Garmilde se fueron, largamente jugadas
-y bebidas; y restábale solo el caserón de Arroyos y el dinero prestado
-por que lo hipotecara; mas, súbitamente, desapareció de todos los
-antros del vino y del juego.</p>
-
-<p>¡Y supimos que Torres Nogueira estaba muriendo con una anasarca!</p>
-
-<p>Por ese tiempo, y por causa de un negocio de Nicolás de la Barca
-que me telegrafió ansiosamente de su quinta de Santarén (negocio
-enrevesado, de una letra), busqué a José Matías, a las diez, en una
-noche caliente de abril. El criado, en cuanto me conducía por el
-corredor mal alumbrado, ya desadornado de las ricas arcas y tallas de
-la India del viejo Garmilde, confesome que S. E. no acabara de comer...
-¡Aún me acuerdo, con un calofrío, de la impresión desolada que me
-causó el desgraciado! Hallábase en el cuarto que abría sobre los dos
-jardines. Delante de una ventana, que las cortinas de damasco cerraban,
-la mesa resplandecía, con dos candeleros, un cesto de rosas blancas y
-algunas de las nobles plantas de Garmilde; y al lado, todo extendido en
-una poltrona, con el cuello blanco desabotonado, la faz lívida, decaída
-sobre el pecho,<span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span>
-una copa vacía en la mano inerte, José Matías parecía adormecido o
-muerto.</p>
-
-<p>Cuando le toqué en el hombro, alzó, sobresaltado la cabeza, toda
-despeinada: —«¿Qué hora es?» Apenas le grité, en un gesto alegre, para
-despertarle, que era tarde, que eran las diez, llenó precipitadamente
-la copa de la botella más próxima de vino blanco, y bebió lentamente,
-con la mano temblando, temblando... Después, apartando los cabellos
-de la cabeza húmeda: —«¿Y entonces, qué hay de nuevo?» Desmayado,
-sin comprender, escuchó, como en un sueño, el recado que le mandaba
-Nicolás. Por fin, con un suspiro, removió una botella de champagne
-dentro del balde en que se helaba, llenó otra copa, murmurando: —«¡Un
-calor!... ¡Una sed!» Mas no bebió; arrancó el cuerpo pesado a la
-poltrona, y forzó los pasos mal firmes hacia la ventana, a la cual
-abrió violentamente las cortinas, después la vidriera... Y quedó tieso,
-como cogido por el silencio y oscuro sosiego de la noche estrellada.
-¡Yo le espié! En la casa de la Parreira dos ventanas brillaban,
-fuertemente iluminadas, abiertas al aire. Y esa claridad viva envolvía
-una figura blanca, en los largos pliegues de una bata blanca, parada
-al borde de la terraza, como olvidada en una contemplación. ¡Era
-Elisa, amigo mío! Por detrás, en el fondo del cuarto claro, el marido
-ciertamente quejábase, con la opresión del anasarca. Ella, inmóvil,
-reposaba, enviando un dulce mirar, tal vez una sonrisa, a su dulce
-amigo. El miserable, fascinado, sin respirar, sorbía el encanto de
-aquella visión bienhechora. Y entre ellos se expandía en la<span
-class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> molicie de la noche el
-aroma de todas las flores de los dos jardines... Súbitamente Elisa
-recogiose, llamada por algún gemido o impaciencia del pobre Torres. Las
-ventanas se cerraron; toda la luz y vida se sumieron en la casa de la
-Parreira.</p>
-
-<p>Entonces José Matías, con un sollozo despedazado, de punzante
-tormento, vaciló, tan ansiadamente agarrose a la cortina que la rasgó,
-y vino a caer desamparado en los brazos que le extendí, y en los que
-lo arrastré hasta la poltrona, pesadamente, como a un muerto o a
-un borracho. Mas a poco, con espanto mío, el extraordinario hombre
-abre los ojos, sonríe con una lenta e inerte sonrisa y murmura casi
-serenamente: —«Es el calor... ¡Hace un calor! ¿Usted no quiere tomar
-café?»</p>
-
-<p>Negueme y partí; en cuanto él, indiferente a mi fuga, extendido en
-la poltrona, encendía trémulamente un inmenso cigarro.</p>
-
-
-<p class="mt2">¡Santo Dios! ¡Ya estamos en Santa Isabel! ¡Cuán de prisa
-van arrastrando al pobre José Matías, para el polvo y para el gusano
-final! Pues, amigo mío, después de esa curiosa noche, Torres Nogueira
-murió. La divina Elisa, durante el nuevo luto, recogiose a la quinta de
-una cuñada, también viuda, a la «Corte Moreira», al pie de Beja. Y José
-Matías sumiose enteramente, evaporose, sin que me volviesen nuevas de
-él, ni aun inciertas, tanto más que el íntimo por quien las conocería,
-nuestro brillante Nicolás de la Barca, había partido para la isla de
-Madeira, con su último pedazo de pulmón, sin esperanza, por deber
-clásico, casi deber social, de tísico.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span>Todo ese
-año también anduve enfundado en mi <i>Ensayo de los Fenómenos
-Afectivos</i>. Pero un día, en el comienzo del verano, desciendo por
-la calle de San Benito, con los ojos levantados, buscando el número
-214, donde se catalogaba la librería del Morgado de Azemel, ¿y a quién
-veo en el balcón de una casa nueva y de esquina? ¡A la divina Elisa,
-metiendo hojas de lechuga en la jaula de un canario! ¡Y bella, amigo
-mío, más llena y más armoniosa, toda madura y suculenta y deseable, a
-pesar de haber festejado en Beja sus cuarenta y dos años! Aquella mujer
-era de la grande raza de Elena, que, cuarenta años también después
-del cerco de Troya, aún deslumbraba a los hombres mortales y a los
-Dioses inmortales. Y ¡curioso acaso!, luego, en esa misma tarde, por
-Secco, Juan Secco, el de la Biblioteca, que catalogaba la librería del
-Morgado, conocí la nueva historia de esta Elena admirable.</p>
-
-<p>La divina Elisa tenía ahora un amante... Únicamente por no poder,
-con su acostumbrada honestidad, poseer un legítimo y tercer marido.
-El dichoso mozo que adoraba era, en efecto, casado... Casado en Beja
-con una española que, al cabo de un año de ese casamiento y de otros
-requiebros, partiera para Sevilla, a pasar devotamente la Semana Santa,
-y adormeciérase allá en los brazos de un riquísimo ganadero. El marido,
-pacato apuntador de obras públicas, continuara en Beja, donde también
-vagamente enseñaba un vago dibujo... Una de sus discípulas era la hija
-de la señora de la «Corte Moreira»; y ahí, en la quinta, mientras tanto
-él guiaba el esfumino de la niña, Elisa le conoció y le amó, con<span
-class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span> una pasión tan inquieta,
-que arrancándole precipitadamente a Obras Públicas, le arrastró a
-Lisboa, ciudad más propicia que Beja a una felicidad escandalosa, y que
-se esconde. Juan Secco es de Beja, donde pasó las Navidades; conocía
-perfectamente al apuntador, a las señoras de la «Corte Moreira», y
-comprendió la novela, cuando desde las ventanas de ese número 214,
-donde catalogaba la librería de Azemel, reconoció a Elisa en el balcón
-de la esquina, y al apuntador, enfilando regaladamente el portal,
-bien vestido, bien calzado, de guantes claros, con apariencia de ser
-infinitamente más dichoso en aquellas obras particulares que en las
-públicas.</p>
-
-<p>Desde esa misma ventana del 214 conocí yo también al apuntador.
-Bello mozo, sólido, blanco, de barba oscura, en excelentes condiciones
-de cantidad (y tal vez de cualidad) para llenar un corazón viudo,
-y, por tanto, «vacío», como dice la Biblia. Yo frecuentaba ese
-número 214, interesado en el catálogo de la librería, porque el
-Morgado de Azemel poseía, por el irónico acaso de las herencias,
-una colección incomparable de los filósofos del siglo <span
-class="asc">XVIII</span>. Transcurridas semanas, saliendo de
-consultar esos libros una noche (Juan Secco trabajaba de noche), y
-parándome delante de un portal abierto para encender el cigarro,
-descubro a la luz temblante del fósforo, metido en la sombra, a
-José Matías. ¡Mas qué José Matías, mi caro amigo! Para examinarle
-más detenidamente, encendí otro fósforo. ¡Pobre José Matías! Dejara
-crecer la barba, una barba rara, indecisa, sucia, blanda como bello
-amarillento; dejara crecer el cabello, que le brotaba en mechones<span
-class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> secos por bajo de un
-viejo sombrero hueco; mas todo él, en lo demás, parecía disminuido,
-menguado dentro de una levita de mezcla ensuciada, y de unos pantalones
-negros, de grandes bolsillos, donde escondía las manos con el gesto
-tradicional, tan infinitamente triste, de la miseria ociosa. En
-la espantada lástima que me dio, apenas balbucí: «Pero, hombre...
-¿y usted... qué se ha hecho de usted?» Y él, con su mansedumbre
-pulida, mas secamente, para desembarazarse, y con una voz que el
-aguardiente enronqueciera: «Aquí, esperando a un sujeto». No insistí;
-seguí. Después, más adelante, parándome, comprobé lo que desde luego
-adivinara; que el portal negro quedaba enfrente a la casa nueva y a los
-balcones de Elisa.</p>
-
-<p>¡Pues, amigo mío, tres años vivió José Matías escondido en aquel
-portal!</p>
-
-
-<p class="mt2">Era uno de esos patios de la Lisboa antigua, sin
-portero, siempre abiertos, siempre sucios, cavernas laterales de la
-calle, de donde nadie echa a los escondidos de la miseria o del dolor.
-Al lado había una taberna. Infaliblemente, al anochecer, José Matías
-descendía la calle de San Benito, colado a los muros, y como una
-sombra, deslizábase en la sombra del portal. A esa hora, ya lucían
-las ventanas de Elisa, en invierno, empañadas por la niebla fina, en
-verano, aún abiertas, aireándose en reposo y en calma. Hacia ellas,
-inmóvil, con las manos en los bolsillos, quedábase José Matías en
-contemplación. Cada media hora, sutilmente, colábase en la taberna.
-Vaso de vino, copa de aguardiente, y muy mansito,<span class="pagenum"
-id="Page_258">p. 258</span> recogíase a la negrura del portal, a su
-éxtasis. ¡Cuando las ventanas de Elisa apagábanse, aun a través de la
-larga noche, de las negras noches de invierno, encogido, transido,
-batiendo las suelas rotas en el suelo, o sentado al fondo, en las
-escaleras, permanecía, inmóviles los ojos turbios en la fachada negra
-de aquella casa, donde se la figuraba durmiendo con el otro!</p>
-
-<p>Al principio, para fumar un cigarro aprisa, trepaba hasta el
-descanso desierto, a esconder el fuego que le denunciaría en su
-escondrijo. ¡Mas después, amigo mío, fumaba incesantemente, apoyado
-en la pared, apurando el cigarro con ansia para que la punta
-rebrillase, lo alumbrase! ¿Y percibe por qué, amigo mío?... ¡Porque
-Elisa ya descubriera que dentro de aquel portal, adorando sumisamente
-sus ventanas, con el alma de otro tiempo, estaba su pobre José
-Matías!...</p>
-
-<p>¿Y creerá usted, amigo mío, que entonces todas las noches, o por
-detrás de la vidriera o asomada en el balcón (con el apuntador dentro,
-estirado en el sofá, ya de chinelas, leyendo el <i>Diario de la
-Noche</i>), ella demorábase a mirar hacia el portal muy quieta, sin
-otro gesto, en aquel antiguo y mudo mirar de la terraza por sobre las
-rosas y las dalias? José Matías lo percibiera, deslumbrado. ¡Y ahora
-avivaba desesperadamente el fuego, como un farol, para guiar en la
-oscuridad sus amados ojos, y mostrarla que allí estaba, transido, todo
-suyo y fiel!</p>
-
-<p>De día nunca pasaba por la calle de San Benito. ¿Cómo osaría, con
-el chaquetón roto en los codos y las botas torcidas? Porque aquel
-mozo de elegancia<span class="pagenum" id="Page_259">p. 259</span>
-sobria y fina, cayera en la miseria del andrajo. ¿De dónde sacaba día
-por día las tres perras para el vino y para el plato de bacalao en
-las tabernas? No sé... ¡Mas loemos a la divina Elisa, amigo mío! Muy
-delicadamente, por caminos enredados y astutos, ella, rica, procurara
-establecer una pensión en favor de José Matías, mendigo. Situación
-picante, ¿eh? ¡La grata señora dando dos mensualidades a sus dos
-hombres, el amante del cuerpo y el amante del alma! ¡Pero él adivinó
-de dónde procedía la pavorosa limosna, y la rechazó, sin revuelta, ni
-alarido de orgullo, hasta con enternecimiento, hasta con lágrimas en
-los párpados que el aguardiente inflamara!</p>
-
-<p>Así que, solo ya de noche muy cerrada, atrevíase a bajar a la calle
-de San Benito, y entrar en su portal. ¿Y a que no adivina usted en qué
-gastaba el día? ¡Espiando, acechando, siguiendo al apuntador de Obras
-Públicas! ¡Sí, amigo mío, una curiosidad insaciable, frenética, atroz,
-por aquel hombre, que Elisa escogiera!... Los dos anteriores, Miranda
-y Nogueira, habían entrado en la alcoba de Elisa, públicamente, por la
-puerta de la Iglesia, y para otros fines humanos a más del amor; para
-poseer un lar, tal vez hijos, estabilidad y quietud en la vida. Pero
-este era meramente el amante que ella nombrara y mantenía solo para
-ser amada; y en esa unión no aparecía otro motivo racional sino que
-los dos cuerpos se uniesen. No se hartaba, por tanto, de estudiarlo,
-en la figura, en la ropa, en los modos, ansioso por saber bien cómo
-era ese hombre, que, para completarse, había preferido Elisa entre
-la<span class="pagenum" id="Page_260">p. 260</span> turba de los
-hombres. Por decencia, el apuntador moraba en la otra extremidad de
-la calle de San Benito, delante del Mercado. Esa parte de la calle,
-donde no le sorprenderían, en su miseria, los ojos de Elisa, era el
-paradero de José Matías, por la mañana, para mirar, olfatear al hombre,
-al retirarse de casa de Elisa, aún caliente del calor de su alcoba.
-Después no le abandonaba, siguiéndole cautelosamente, como un ratonero
-rastreando de lejos en su rastro. Sospecho que le seguía así, menos
-por curiosidad perversa que para persuadirse de si a través de las
-tentaciones de Lisboa, terribles para un apuntador de Beja, el hombre
-conservaba el cuerpo fiel a Elisa. ¡En servicio de la felicidad de ella
-—fiscalizaba al amante de la mujer que amaba!</p>
-
-<p>¡Exceso furioso de espiritualismo y devoción, amigo mío! El alma
-de Elisa era suya y recibía perennemente la adoración perenne; y
-ahora quería que el cuerpo de Elisa no fuese menos adorado, ni menos
-lealmente, por aquel a quien ella se lo entregara. Mas el apuntador era
-sin ningún esfuerzo fiel a una mujer tan hermosa, tan rica, de medias
-de seda, de brillantes en las orejas, que lo deslumbraba. ¿Y quién
-sabe, amigo mío? Tal vez esta felicidad, tributo carnal a la divinidad
-de Elisa, fuese para José Matías la última felicidad que le concedió la
-vida. Lo creo así, porque en el invierno pasado encontré al apuntador,
-en una mañana de lluvia, comprando camelias a una florista de la calle
-del Oro; y en frente, en una esquina, a José Matías, enflaquecido,
-andrajoso, que acechaba al hombre, con cariño, casi con gratitud. Tal
-vez en esa noche, en<span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span>
-el portal, tiritando, batiendo las suelas encharcadas, con los ojos
-enternecidos en las oscuras vidrieras, pensase: —«¡Coitadiña, pobre
-Elisa! ¡Qué contenta habrá quedado con esas flores!»</p>
-
-<p>Esto duró tres años.</p>
-
-<p>En fin, amigo mío, anteayer, Juan Secco, apareció en mi casa, de
-tarde, despavorido: —«¡Llevaron a José Matías en una camilla, para el
-hospital, con una congestión en los pulmones!»</p>
-
-<p>Parece que le encontraron, de madrugada, estirado en los ladrillos,
-todo encogido en el chaquetón delgado, jadeando, con la faz cubierta
-de muerte, vuelta para los balcones de Elisa. Corrí al hospital.
-Muriera... Subí, con el médico de servicio, a la enfermería. Levanté el
-paño que lo cubría. En la abertura de la camisa sucia y rota, preso al
-pescuezo por un cordón, conservaba un saquito de seda, pulido y sucio
-también. Seguramente contenía flores, o cabellos, o un pedazo de encaje
-de Elisa, del tiempo del primer encanto y de las tardes de Benfica...
-Dije al médico que le conocía, y le pregunté si sufriera: —«¡No! Tuvo
-un momento comatoso, después abrió mucho los ojos, exclamó: ¡oh! con
-gran espanto, y acabó.»</p>
-
-<p>¿Era el grito del alma, en el asombro y horror de morir también? ¿O
-era el alma triunfando por reconocerse al fin inmortal y libre? Usted
-no lo sabe; ni lo supo el divino Platón; ni lo sabrá el último filósofo
-en la última tarde del mundo.</p>
-
-<p>Llegamos al cementerio. Creo que debemos coger las borlas de la
-caja... A la verdad, es bien singular ver a este Alves <i>Capao</i>,
-siguiendo tan sentidamente<span class="pagenum" id="Page_262">p.
-262</span> a nuestro pobre espiritualista... ¡Mas, santo Dios, mire!
-Allí, a la espera, a la puerta de la iglesia, aquel sujeto convencido,
-de levita, con guardapolvos blanco... ¡Es el apuntador de Obras
-públicas! Detrás lleva un grueso ramo de violetas... ¡Elisa mandó
-a su amante carnal a acompañar al sepulcro y cubrir de flores a su
-amante espiritual! ¡Jamás, en cambio, hubiese pedido a José Matías
-que derramase violetas sobre el cadáver del apuntador! ¡Y es que la
-Materia, hasta sin comprenderlo, y sin sacar de él su felicidad,
-adorará siempre al Espíritu, y siempre a sí propia, a través de los
-gozos que de sí recibe, se tratará con brutalidad y desdén! ¡Grande
-consuelo, amigo mío! ¡El tal apuntador, con su ramo, para un metafísico
-que, como yo, comentó a Spinoza y Malebranche, rehabilitó a Fichte y
-probó suficientemente la ilusión de la sensación! Solo por eso valió la
-pena de traer a su cueva a este inexplicado José Matías, que era tal
-vez mucho más que un hombre o tal vez aún menos que un hombre... En
-efecto, hace frío... ¡Mas qué linda tarde!</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_11">
- <p><span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cenefa.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">LA PERFECCIÓN</h2>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Sentado en una roca, en la isla de Ogigia, con la barba enterrada
-entre las manos, de las cuales desapareciera la aspereza callosa y
-tiznada de las armas y de los remos, Ulises, el más sutil de los
-hombres, consideraba, con una oscura y pesada tristeza, el mar muy
-azul, que mansa y armoniosamente rodaba sobre la arena muy blanca. Una
-túnica bordada de flores escarlata cubría, en blandos pliegues, su
-cuerpo poderoso, que había engordado. En las correas de las sandalias
-que le calzaban los pies suavizados y perfumados de esencias, relucían
-esmeraldas de Egipto. Su bastón era un maravilloso cuerno de coral,
-rematado en piña de perlas, como los que usan los Dioses marinos.</p>
-
-<p>La divina isla, con sus roquedos de alabastro, los bosques de cedros
-y tuyas odoríficas, las eternas mieses dorando los valles, la frescura
-de los rosales revistiendo los oteros suaves, resplandecía, adormecida
-en la molicie de la siesta, toda envuelta<span class="pagenum"
-id="Page_264">p. 264</span> en mar resplandeciente. Ni un soplo de
-los céfiros curiosos que brincan y corren por sobre el Archipiélago,
-desordenaba la serenidad del luminoso aire, más dulce que el vino más
-dulce, todo repasado por el fino aroma de los prados de violetas. En
-el silencio, embebido de calor afable, parecían de una armonía más
-fascinadora los murmullos de los arroyos y fuentes, el arrullar de
-las palomas volando de los cipreses a los plátanos, y el lento rodar
-y romper de la onda mansa sobre la blanda arena. En esta inefable paz
-y belleza inmortal, el sutil Ulises, con los ojos perdidos en las
-aguas lustrosas, gemía amargamente, revolviendo la quejumbre de su
-corazón...</p>
-
-<p>Siete años, siete inmensos años, iban pasados desde que el rayo
-fulgente de Júpiter hendiera su nave de alta proa encarnada, y él,
-agarrado al mástil partido, desesperárase en la braveza mugidora de
-las espumas sombrías durante nueve días, durante nueve noches, hasta
-que boyara en aguas más calmas y viniera a parar en las arenas de
-aquella isla, en donde Calipso, la Diosa radiosa, le recogiera y le
-amara. Y durante esos inmensos años, ¿de qué modo se había arrastrado
-su vida, su grande y fuerte vida, que después de la salida hacia las
-murallas fatales de Troya, abandonando entre lágrimas innumerables a su
-Penélope, de ojos claros, a su pequeñín Telémaco enfajado en el colo
-del ama, fuera siempre tan agitada por peligros, y guerras, y astucias,
-y tormentas, y rumbos perdidos?...</p>
-
-<p>¡Ah, dichosos los Reyes muertos, con hermosas heridas en el blanco
-pecho, delante de las puertas<span class="pagenum" id="Page_265">p.
-265</span> de Troya! ¡Felices sus compañeros tragados por la onda
-amarga! ¡Feliz él mismo si las lanzas troyanas le hubiesen traspasado
-en esa tarde de gran viento y polvo, cuando, junto a <i>Faia</i>,
-defendía de los ultrajes, con la espada sonora, el cuerpo muerto de
-Aquiles! ¡Mas no! ¡Vivía! Y ahora, cada mañana, al salir sin alegría
-del trabajoso lecho de Calipso, las Ninfas, siervas de la Diosa, le
-bañaban en un agua muy pura, le perfumaban con lánguidas esencias, le
-cubrían con una túnica siempre nueva, ora bordada a sedas finas, ora
-bordada de oro pálido. Entretanto, sobre la lustrosa mesa, erguida a la
-puerta de la gruta, en la sombra de las enramadas, junto al durmiente
-susurro de un arroyo diamantino, los azafates y las fuentes labradas
-desbordaban de bollos, de frutas, de tiernas carnes humeando, de peces
-centelleantes como tramas de plata. La intendenta venerable helaba
-los vinos dulces en las cisternas de bronce, coronadas de rosas. Y
-él, sentado en un escabel, extendía las manos para los perfectos
-manjares, en cuanto al lado, sobre un trono de marfil, Calipso,
-esparciendo a través de la túnica nevada la claridad y el aroma de su
-cuerpo inmortal, sublimemente serena, con una sonrisa taciturna, sin
-tocar en los manjares humanos, bebía en sorbos delicados ambrosía,
-el néctar transparente y rubio. Después, empuñando aquel bastón de
-Príncipe-de-Pueblos con que Calipso lo presentara, recorría sin
-curiosidad los sabidos caminos de la Isla, tan lisos y cultivados, que
-nunca sus sandalias relucientes se maculaban de polvo, tan penetrados
-por la inmortalidad de la Diosa, que jamás<span class="pagenum"
-id="Page_266">p. 266</span> en ellos encontrárase flor seca ni flor
-menos fresca pendiendo en el tallo. Entonces se sentaba sobre una roca,
-contemplando aquel mar que también bañaba a Itaca, allá tan bravío,
-aquí tan sereno, y pensaba, y gemía, hasta que las aguas y los caminos
-cubríanse de sombra y se recogía a la gruta para dormir, sin deseo, con
-la diosa que le deseaba... Y durante estos inmensos años, ¿qué destino
-envolvería a su Itaca, la áspera isla de sombríos bosques? ¿Vivían
-aún los seres amados? ¿Sobre la fuerte colina, dominando la ensenada
-de Reinthros y los pinares de Neus, aún se erguía su palacio, con los
-bellos pórticos pintados de bermejo y rojo? ¿Al cabo de tan lentos
-y vacíos años, sin nuevas, apagada toda esperanza como una lámpara,
-desvestiría su Penélope la túnica pasajera de la viudez, para pasar a
-los fuertes brazos de otro esposo fuerte, que ahora manejaba sus lanzas
-y vendimiaba sus viñas? ¿Y el dulce hijo Telémaco? ¿Reinaría acaso en
-Itaca, sentado, con el blanco cetro, sobre el mármol alto del Ágora?
-Ocioso y rondando por los patios, ¿humillaría los ojos bajo el imperio
-duro de un padrastro? ¿Erraría por ciudades ajenas, mendigando un
-salario? ¡Ah, si su existencia, así para siempre arrancada de la mujer,
-del hijo, tan dulces a su corazón, pudiese por lo menos emplearla en
-ilustres hazañas! Diez años antes también desconocía la suerte de
-Itaca, y de los seres preciosos que allá había dejado en soledad y
-fragilidad; mas era una empresa heroica la que le llevaba, y día por
-día, su fama crecía como un árbol en un promontorio, que llena el cielo
-y todos los hombres<span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span>
-contemplan. ¡Entonces era la planicie de Troya, y las blancas tiendas
-de los griegos a lo largo del mar sonoro! Sin cesar, meditaba astucias
-de guerra; con soberbia facundia discurseaba en la Asamblea de los
-Reyes; rígidamente ungía los caballos empinados al timón de los carros;
-con la lanza en alto, corría entre la gritería y la pelea contra los
-Troyanos de altos yelmos, que surgían en golpe resonante de las puertas
-Esceas... ¡Oh, y cuando él, Príncipe-de-Pueblos, encogido bajo harapos
-de mendigo, con los brazos maculados de llagas postizas, cojeando y
-gimiendo, penetrara en los muros de la orgullosa Troya, por el lado
-de la <i>Faia</i>, para de noche, con incomparable ardid y bravura,
-robar el Paladio tutelar de la ciudad! Y cuando, dentro del vientre
-del Caballo-de-Palo, en la oscuridad, en el cerco de todos aquellos
-guerreros tiesos y cubiertos de hierro, calmaba la impaciencia de los
-que sofocaban, y tapaba con la mano la boca de Anticlo, braveando
-furioso, al escuchar fuera en la planicie los ultrajes y los escarnios
-troyanos, y a todos murmuraba: «¡Calla, calla, que la noche viene y
-Troya es nuestra!...» ¡Y después los prodigiosos viajes! ¡El pavoroso
-Polifemo, ludibriado con una astucia que maravillara para siempre a
-las generaciones! ¡Las maniobras sublimes entre Escila y Caribdis!
-¡Las sirenas, bogando y cantando en torno del mástil, de donde él,
-amarrado, rechazábalas con el mudo lenguaje de los ojos, más agudos
-que dardos! ¡La descensión a los infiernos, jamás concedida a ningún
-mortal!... ¡Y ahora, hombre de tan rutilantes hechos, yacía en una isla
-muelle, eternamente<span class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span>
-preso, sin amor, por el amor de una Diosa! ¿Cómo podría huir, rodeado
-de mar indomable, sin nave ni compañeros para mover los largos remos?
-Los Dioses dichosos ciertamente olvidábanse de quien tanto por ellos
-combatiera, y siempre piadosamente les votara las reses debidas, aun
-a través del fragor y humareda de las ciudadelas derrumbadas, hasta
-cuando su proa encallaba en tierra agreste... Y al héroe, que recibiera
-de los reyes de Grecia las armas de Aquiles, cabía por destino amargo
-engordar en la ociosidad de una isla más lánguida que una cesta de
-rosas, y extender las manos afeminadas para los abundantes manjares, y
-cuando aguas y caminos cubríanse de sombra, dormir sin deseo con una
-Diosa que, sin cesar, le deseaba.</p>
-
-<p>Así gemía el magnánimo Ulises, al borde del mar lustroso... Y he ahí
-que, de repente, un surco de desusado brillo, más rutilantemente blanco
-que el de una estrella cayendo, rompió la rutilancia del cielo, desde
-las alturas hasta el oloroso soto de tuyas y cedros, que sombreaba
-un golfo sereno a Oriente de la Isla. El corazón del héroe latió con
-alborozo. Rastro tan refulgente en la refulgencia del día, solo un Dios
-lo podía trazar a través del largo Ouranos. ¿Descendiera a la Isla un
-Dios?</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Un Dios descendiera, un grande Dios... Era el Mensajero de los
-Dioses, el leve, elocuente Mercurio. Calzado con aquellas sandalias que
-tienen dos alas blancas, los cabellos color de vino cubiertos<span
-class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span> por el casco, en el cual
-baten también dos claras alas, levantando en la mano el Caduceo,
-hendiera el Éter, rozara la lisura del mar sosegado, pisara la arena de
-la Isla, donde sus huellas quedaban rebrillando como plantillas de oro
-nuevo. A pesar de recorrer toda la tierra, con los recados innumerables
-de los Dioses, el luminoso Mensajero no conocía aquella isla de Ogigia,
-y admiró, sonriendo, la belleza de los prados de violetas tan dulces
-para el correr y brincar de las Ninfas, y el armonioso brillar de los
-riachuelos por entre los altos y lánguidos lirios. Una viña, sobre
-puntales de jaspe, cargada de racimos maduros, conducía, como fresco
-pórtico salpicado de sol, hasta la entrada de la gruta, toda de rocas
-pulidas, de las cuales pendían jazmines y madreselvas, envueltas en
-el susurrar de las abejas. Luego vio a Calipso, la Diosa dichosa,
-sentada en un trono, hilando en rueca de oro con huso de oro, la lana
-hermosa de púrpura marina. Un aro de esmeraldas prendía sus cabellos
-muy enrizados y ardientemente rubios. Bajo la túnica diáfana la mocedad
-inmortal de su cuerpo brillaba, como la nieve cuando la aurora la tiñe
-de rosas en las colinas eternas pobladas de Dioses. Y mientras torcía
-el huso, cantaba un trinado y fino canto, como trémulo hilo de cristal
-vibrando de la Tierra al Cielo. Mercurio pensó: «¡Linda isla, y linda
-Ninfa!»</p>
-
-<p>De un fuego claro de cedro y tuya subía, muy derecho, un humo
-delgado que perfumaba toda la Isla. A la redonda, sentadas en esteras,
-sobre el suelo de ágata, las Ninfas, siervas de la Diosa, devanaban
-las lanas, bordaban en la seda las flores<span class="pagenum"
-id="Page_270">p. 270</span> ligeras, tejían las puras telas en telares
-de plata. Todas enrojecieran, con el seno palpitando, al sentir la
-presencia del Dios. Y sin detener el huso chispeante, Calipso reconoció
-en seguida al Mensajero, ya que todos los Inmortales saben unos de
-otros, los nombres, los hechos, y los rostros soberanos, hasta cuando
-habitan retiros remotos que el Éter y el Mar separan.</p>
-
-<p>Mercurio parose, risueño, en su desnudez divina, exhalando el
-perfume del Olimpo. Entonces la Diosa alzó hacia él, con compuesta
-serenidad, el esplendor largo de sus ojos verdes.</p>
-
-<p>—¡Oh, Mercurio! ¿Por qué descendiste a mi Isla humilde, tú,
-venerable y querido, que yo nunca vi pisar la tierra? Di lo que de mí
-esperas. Ya mi abierto corazón me ordena que te contente, si tu deseo
-cupiese dentro de mi poder y del Hado... Pero entra, reposa, y que yo
-te sirva, como dulce hermana, a la mesa de la hospitalidad.</p>
-
-<p>Sacó de la cintura la rueca, apartó los rizos sueltos del cabello
-radiante, y con sus nacaradas manos colocó sobre la mesa, que las
-Ninfas acercaron al fuego aromático, el plato desbordando de Ambrosía y
-los cántaros de cristal donde resplandecía el Néctar.</p>
-
-<p>Mercurio murmuró: «¡Dulce es tu hospitalidad, oh, Diosa!» Colgó el
-Caduceo del fresco ramo de un plátano, extendió los dedos relucientes
-para la fuente de oro, risueñamente loó la excelencia de aquel Néctar
-de la Isla. Y contentada el alma, recostando la cabeza al tronco liso
-del plátano que se cubrió de claridad, comenzó con palabras perfectas y
-aladas:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span>—Preguntaste por
-qué descendía un Dios a tu morada, ¡oh, Diosa! Y ciertamente ningún
-Inmortal recorrería sin motivo, desde el Olimpo hasta Ogigia, esta
-desierta inmensidad del mar salado, en que no se encuentran ciudades
-de hombres, ni templos cercados de bosques, ni siquiera un pequeñito
-santuario de donde suba el aroma del incienso, o el olor de las carnes
-votivas, o el murmurio gustoso de las preces... Mas fue nuestro padre
-Júpiter, el tempestuoso, quien me mandó con este recado. Tú has
-recogido, y retienes por la fuerza inconmensurable de tu dulzura, al
-más sutil y desgraciado de todos los Príncipes que combatieron durante
-diez años la alta Troya, y después embarcaron en las naves hondas para
-volver a la tierra de la Patria. Muchos de esos consiguieron reentrar
-en sus ricos lares, cargados de fama, de despojos, y de historias
-excelentes para contar. Vientos enemigos, sin embargo, y un hado más
-inexorable, arrojaron a esta isla tuya, envuelto en las sucias espumas,
-al facundo y astuto Ulises... Pero el destino de este héroe no es
-permanecer en la ociosidad inmortal del lecho, lejos de aquellos que le
-lloran, y que carecen de su fuerza y mañas divinas. ¡Por eso Júpiter,
-regulador de la Orden, te ordena, ¡oh, Diosa!, que sueltes al magnánimo
-Ulises de tus brazos claros, y le restituyas, con los presentes
-dulcemente debidos, a su Itaca amada, y a su Penélope, que teje y
-deshace la tela maliciosa, cercada de los Pretendientes arrogantes,
-devoradores de sus gordos bueyes, sorbedores de sus frescos vinos!</p>
-
-<p>La divina Calipso mordió levemente el labio, y<span class="pagenum"
-id="Page_272">p. 272</span> sobre su rostro luminoso descendió la
-sombra de las densas pestañas color de jacinto. Después, con un
-armonioso suspiro, en que onduló todo su pecho brillante:</p>
-
-<p>—¡Ah, Dioses grandes, Dioses dichosos! ¡Sois ásperamente celosos
-de las Diosas que, sin esconderse por la espesura o en las cavernas
-oscuras de los montes, aman a los hombres elocuentes y fuertes!...
-Este, que me envidiáis, llegó a las arenas de mi Isla, desnudo, pisado,
-hambriento, preso a una quilla partida, perseguido por todas las iras,
-y todas las rachas, y todos los rayos dardeantes de que dispone el
-Olimpo. Yo le recogí, le lavé, le nutrí, le amé, guardándole, para
-que quedase eternamente al abrigo de las tormentas, del dolor y de la
-vejez. ¡Y ahora Júpiter tronador, al cabo de ocho años en que mi dulce
-vida enroscose en torno de esa afección, como la vid al olmo, determina
-que me separe del compañero que escogiera para mi inmortalidad!
-¡Realmente sois crueles, oh Dioses, que constantemente aumentáis la
-raza turbulenta de Semidioses durmiendo con las mujeres mortales!
-¿Cómo quieres que mande a Ulises a su patria, si no poseo naves, ni
-remadores, ni piloto sabedor que le guíe a través de las islas? Mas
-¿quién puede resistirse a Júpiter, que junta las nubes? ¡Sea! Y que
-el Olimpo ría, obedecido. Enseñaré yo misma al intrépido Ulises a
-construir una balsa segura, con que de nuevo corte el dorso verde del
-mar...</p>
-
-<p>Inmediatamente, el Mensajero Mercurio levantose del escabel, clavado
-con clavos de oro, retomó<span class="pagenum" id="Page_273">p.
-273</span> su Caduceo, y bebiendo una última taza del Néctar excelente
-de la Isla, loó la obediencia de la Diosa:</p>
-
-<p>—Bien harás, ¡oh, Calipso! Así evitas la cólera del Padre tonante.
-¿Quién le resistirá? Su Omnisciencia dirige su Omnipotencia; y
-sustenta, como cetro, un árbol que tiene por flor la Orden... Sus
-decisiones, clementes o crueles, resultan siempre en armonía. Por
-eso su brazo se torna terrífico a los pechos rebeldes. Por tu pronta
-sumisión serás hija estimada y gozarás una inmortalidad repleta de
-sosiego, sin intrigas y sin sorpresas...</p>
-
-<p>Ya las alas impacientes de sus sandalias palpitaban, y su cuerpo,
-con sublime gracia, balanceábase por sobre los prados y flores que
-alfombraban la entrada de la gruta.</p>
-
-<p>—Además —añadió—, tu Isla, ¡oh Diosa!, hállase en el camino de las
-naves osadas que cortan las ondas. Pronto, tal vez, otro héroe robusto,
-habiendo ofendido a los inmortales, aportará a tu dulce playa, abrazado
-a una quilla... ¡Enciende un faro claro, por la noche, en las rocas
-altas!</p>
-
-<p>Y sonriendo, el Mensajero Divino serenamente elevose, dejando en el
-Éter un surco de elegante fulgor, que las Ninfas, olvidando la tarea,
-seguían, con los frescos labios entreabiertos y el seno levantado, en
-el deseo de aquel inmortal famoso.</p>
-
-<p>Entonces Calipso, pensativa, echando sobre sus cabellos anillados
-un velo de color de azafrán, se encaminó hacia la orilla del mar, a
-través de los prados, con una prisa que le ceñía la túnica, a la manera
-de una espuma leve, en torno de las piernas redondas y róseas. Tan
-levemente pisaba la<span class="pagenum" id="Page_274">p. 274</span>
-arena, que el magnánimo Ulises no la sintió deslizarse, perdido en la
-contemplación de las aguas lustrosas, con la negra barba entre las
-manos, aliviando en gemidos el peso de su corazón. La Diosa sonrió, con
-fugitiva y soberana amargura. Después, posando en el vasto hombro del
-Héroe sus dedos, tan claros como los de Eos, madre del día:</p>
-
-<p>—¡No te lamentes más, desgraciado, ni te consumas mirando el
-mar! Los Dioses, que me son superiores por la inteligencia y por la
-voluntad, determinan que partas, afrontes la inconstancia de los
-vientos, y pises de nuevo la tierra de la patria...</p>
-
-<p>Bruscamente, como el cóndor sobre la presa, el divino Ulises, con la
-faz asombrada, saltó de la roca musgosa:</p>
-
-<p>—¡Oh, Diosa, tú dices!...</p>
-
-<p>Ella continuó sosegadamente, con los hermosos brazos pendidos,
-envueltos en el velo color de azafrán, en cuanto la marea rodaba, más
-dulce y cantante, en amoroso respeto de su presencia divina:</p>
-
-<p>—Bien sabes que no tengo naves de alta proa, ni remadores de duro
-pecho, ni piloto amigo de las estrellas que te conduzcan... Mas
-ciertamente te confiaré el hacha que fue de mi padre, para que tú
-cortes los árboles que yo te señale, y construyas una balsa en que te
-embarques... Después proveerela de odres de vino, de comidas perfectas,
-impeliéndola con un soplo amigo hacia el mar indomado...</p>
-
-<p>El cauteloso Ulises retrocediera lentamente, clavando en la Diosa
-una dura mirada que la desconfianza ennegrecía. Y levantando la mano,
-que temblaba toda, con la ansiedad de su corazón:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span>—¡Oh, Diosa, tú
-abrigas un pensamiento terrible, ya que así me invitas a afrontar
-en una balsa las ondas difíciles, donde mal se mantienen hondas
-naves! ¡No, Diosa peligrosa, no! ¡Combatí en la grande guerra, en la
-cual también combatieron los Dioses, y conozco la malicia infinita
-que contiene el corazón de los Inmortales! ¡Si resistí las sirenas
-irresistibles, y me escapé con sublimes maniobras de entre Escila y
-Caribdis, y vencí a Polifemo con un ardid que eternamente tornarame
-ilustre entre los hombres, no fue de cierto, ¡oh, Diosa!, para que
-ahora, en la Isla de Ogigia, como pajarito de poca pluma, en su primer
-vuelo del nido, caiga en armadijo ligero arreglado con decires de miel!
-¡No, Diosa, no! ¡Solo embarcaré en tu extraordinaria balsa si jurases,
-por el juramento terrífico de los Dioses, que no preparas con esos
-quietos ojos mi pérdida irreparable!</p>
-
-<p>Así bramaba en la orilla del mar, con el pecho palpitando, Ulises,
-el Héroe prudente... Entonces, la Diosa clemente rio con una cantante
-y refulgente risa. Y acercándose al Héroe, corriendo los dedos por sus
-espesos cabellos más negros que el pez:</p>
-
-<p>—¡Oh, maravilloso Ulises —decía—, cuán cierto es que eres el más
-falso y mañoso de los hombres, pues que no concibes que exista espíritu
-sin maña y sin falsedad! ¡Mi padre ilustre no me engendró con un
-corazón de hierro! ¡A pesar de inmortal, comprendo las desventuras
-mortales! ¡Solo te aconsejé lo que yo, Diosa, emprendería, si el Hado
-me obligase a salir de Ogigia, a través del mar incierto!...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_276">p. 276</span>El divino Ulises
-apartó lenta y sombríamente la cabeza de la rosada caricia de los dedos
-divinos:</p>
-
-<p>—¡Mas jura... oh, Diosa, jura, para que a mi pecho descienda, como
-onda de leche, la sabrosa confianza!</p>
-
-<p>Calipso alzó el claro brazo al azul en donde los Dioses moran:</p>
-
-<p>—Por Gaia, y por el Cielo superior, y por las aguas subterráneas del
-Estigio, que es la mayor invocación que pueden hacer los Inmortales;
-juro, oh, hombre, Príncipe de los hombres, que no preparo tu pérdida,
-ni miserias mayores...</p>
-
-<p>El valiente Ulises respiró largamente. Y arremangando luego las
-mangas de la túnica, refregándose las palmas de las manos robustas:</p>
-
-<p>—¿Dónde está el hacha de tu padre magnífico? ¡Muéstrame los árboles,
-oh, Diosa!... ¡El día muere y el trabajo es largo!</p>
-
-<p>—¡Sosiega, oh, hombre impaciente de males humanos! Los Dioses
-superiores en sapiencia ya determinan tu destino... Ven conmigo a
-la dulce gruta, a reforzar tu fuerza... Cuando Eos bermeja aparezca
-mañana, yo te conduciré a la floresta.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Era, en efecto, la hora en que hombres mortales y Dioses inmortales
-acércanse a las mesas cubiertas de vajillas, donde les espera la
-abundancia, el reposo, el olvido de los cuidados y las amables pláticas
-que contentan el alma. Ulises sentose en el escabel de marfil, que
-aún conservaba el aroma del<span class="pagenum" id="Page_277">p.
-277</span> cuerpo de Mercurio, y delante de él las Ninfas, siervas
-de la Diosa, colocaron los pasteles, las frutas, las tiernas carnes
-humeando, los peces brillantes como tramas de plata. Asentada en un
-Trono de oro puro, la Diosa recibió de la Intendenta venerable el plato
-de Ambrosía, la taza de Néctar. Ambos extendieron las manos hacia
-las comidas perfectas de la Tierra y del Cielo. Y luego que hubieron
-hecho la ofrenda abundante al Hambre, y a la Sed, la ilustre Calipso,
-hundiendo el rostro en los dedos róseos, considerando pensativamente al
-Héroe, pronunció estas palabras aladas:</p>
-
-<p>—¡Oh, Ulises, muy sutil, tú quieres volver a tu morada mortal y
-a la tierra de la Patria!... ¡Ah, si conocieras, como yo, cuántos
-duros males tienes que sufrir antes de avistar las rocas de Itaca,
-quedarías entre mis brazos, animado, bañado, bien nutrido, revestido
-de linos finos, sin perder nunca la querida fuerza, ni la agudeza del
-entendimiento, ni el calor de la facundia, porque yo te comunicaría mi
-inmortalidad!... Mas deseas volver a la esposa mortal, que habita en la
-isla áspera, en donde los matorrales son tenebrosos. Y ni siquiera yo
-le soy inferior, ni por la belleza, ni por la inteligencia, porque las
-mortales brillan ante las Inmortales como lámparas humeantes ante las
-estrellas puras...</p>
-
-<p>El facundo Ulises acarició la barba ruda. Después, levantando el
-brazo, como acostumbraba en la Asamblea de los Reyes, a la sombra de
-las altas popas, delante de los muros de Troya, dijo:</p>
-
-<p>—¡Oh, Diosa venerable, no te escandalices! Sé perfectamente que
-Penélope te es muy inferior en<span class="pagenum" id="Page_278">p.
-278</span> hermosura, sapiencia y majestad. Tú serás eternamente
-bella y moza, mientras los Dioses duraren; y ella, a la vuelta de
-pocos años, conocerá la melancolía de las arrugas, de los cabellos
-blancos, de los dolores de la decrepitud, y de los pasos que vacilan
-apoyados a un palo que tiembla. Su espíritu mortal yerra a través de
-la oscuridad y de la duda; tú, bajo esa frente luminosa, posees las
-luminosas certezas. ¡Mas, oh Diosa, justamente por lo que ella tiene
-de incompleto, de frágil, de grosero y de mortal, yo la amo y apetezco
-su compañía congénere! ¡Considera cuán penoso es que, en esta mesa,
-día por día, yo coma vorazmente el cordero de los pastos, y la fruta
-de los vergeles, en tanto tú a mi lado, por la inefable superioridad
-de tu naturaleza, llevas a los labios, con lentitud soberana, la
-Ambrosía divina! En ocho años, ¡oh, Diosa! nunca tu faz iluminose con
-una alegría; ni de tus verdes ojos rodó una lágrima; ni tu pie batió,
-con airada impaciencia; ni quejándote con un dolor te extendiste en
-el lecho blando... Así tienes inutilizadas todas las virtudes de mi
-corazón, pues que tu divinidad no permite que yo te congratule, te
-consuele, te sosiegue, o siquiera que te estregue el cuerpo dolorido
-con el jugo de las hierbas benéficas. ¡Considera, además, que tu
-inteligencia de Diosa posee todo el saber, alcanza siempre la verdad, y
-que durante el largo tiempo que dormí contigo, nunca gocé la felicidad
-de enmendarte, de contradecirte, y de sentir ante la flaqueza del tuyo,
-la fuerza de mi entendimiento! ¡Oh, Diosa, tú eres aquel ser terrífico
-que tiene siempre razón! ¡Considera, de otro lado, que, como<span
-class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span> Diosa, conoces todo el
-pasado y todo el futuro de los hombres; y que yo no puedo saborear la
-incomparable delicia de contarte a la noche, bebiendo vino fresco, mis
-ilustres hazañas y mis viajes sublimes! ¡Oh, Diosa, tú eres impecable;
-y el día en que yo resbale en una alfombra, o se me rompa una correa de
-la sandalia, no puedo gritarte, como los hombres mortales gritan a las
-esposas mortales: «¡Fue culpa tuya, mujer!» —alzando, en medio de la
-cocina, un alarido cruel! ¡Por eso sufriré, con un espíritu paciente,
-todos los males con que los Dioses me asalten en el sombrío mar, para
-volver a una humana Penélope que yo mande, y consuele, y reprehenda, y
-acuse, y contraríe, y enseñe, y humille, y deslumbre, y por eso ame de
-un amor que constantemente se alimenta de estos modos ondeantes, a la
-manera que el fuego se nutre de los vientos contrarios!</p>
-
-<p>Así de este modo, el facundo Ulises desahogábase ante la taza de oro
-vacía; y serenamente la Diosa escuchaba, con una sonrisa taciturna, y
-las manos inmóviles sobre el regazo, envueltas en la punta del velo.</p>
-
-<p>Entretanto, Febo Apolo descendía camino del Occidente; y ya de las
-ancas de sus cuatro caballos sudados subía y se esparcía por sobre el
-mar un vapor rubicundo y dorado. En breve los caminos de la Isla se
-cubrieron de sombra. Sobre las pieles preciosas del lecho, al fondo de
-la gruta, Ulises, sin deseo, y la Diosa, que le deseaba, gozaron el
-dulce amor y después el dulce sueño.</p>
-
-<p>Temprano, apenas Eos entreabría las puertas del<span
-class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span> largo Ouranos, la divina
-Calipso, que se revistiera con una túnica más blanca que la nieve del
-Pindo, y prendiera en los cabellos un velo transparente y azul como el
-Éter ligero, salió de la gruta, y trajo al magnánimo Ulises, ya sentado
-a la puerta, bajo la enramada, delante de una taza de vino claro, el
-hacha poderosa de su padre ilustre, toda de bronce, con dos filos, y un
-fuerte cabo de oliva cortado en las faldas del Olimpo.</p>
-
-<p>Limpiando rápidamente la dura barba con el revés de la mano, el
-Héroe arrebató el hacha venerable:</p>
-
-<p>—¡Oh, Diosa, ha cuantos años no palpo un arma o una herramienta, yo,
-devastador de ciudades y constructor de naves!</p>
-
-<p>La Diosa sonrió. E iluminada la lisa faz, con palabras aladas:</p>
-
-<p>—¡Oh, Ulises, vencedor de hombres, si te quedases en esta isla,
-yo encomendaría para ti, a Vulcano y a sus forjas del Etna, armas
-maravillosas...!</p>
-
-<p>—¿Qué valen armas sin combate, u hombres que las admiren? Además,
-¡oh Diosa! ya batallé mucho, y mi gloria entre las generaciones está
-soberbiamente asegurada. Solo aspiro al blando reposo, vigilando mis
-ganados, concibiendo sabias leyes para mis pueblos... ¡Sé benévola, oh
-Diosa, y muéstrame los árboles fuertes que me conviene cortar!</p>
-
-<p>La Diosa se encaminó en silencio por un atajo, florecido de altas
-y radiosas azucenas, que conducía a la punta de la Isla más cerrada
-de matas, del lado de Oriente; y atrás caminaba el intrépido Ulises,
-con la lúcida hacha al hombro. Las palomas<span class="pagenum"
-id="Page_281">p. 281</span> abandonaban las ramas de los cedros o las
-concavidades de las rocas donde bebían, para volar en torno de la
-Diosa en un tumulto amoroso. Cuando ella pasaba, subía de las flores
-abiertas un aroma más delicado, como de incensarios. El césped que la
-orla de su túnica rozaba, reverdecía con un vigor más fresco, y Ulises,
-indiferente a los prestigios de la Diosa, impaciente con la serenidad
-divina de su andar armonioso, meditaba la balsa, ansiando llegar al
-bosque.</p>
-
-<p>Denso y oscuro lo echó de ver al fin, poblado de encinas, de
-viejísimas tecas, de pinos que hacían susurrar las ramas en el alto
-Éter. De su borde descendía un arenal al cual ni concha, ni cuerno
-roto de coral, ni pálida flor de cardo marino, manchaban la dulzura
-perfecta. El Mar refulgía con un brillo zafíreo, en la quietud de la
-mañana blanca y colorada. Entre las encinas y las tecas, la Diosa
-señaló al atento Ulises los troncos secos, robustecidos por soles
-innumerables, que fluctuarían, con ligereza más segura, sobre las aguas
-traidoras. Después, acariciando el hombro del Héroe, como otro árbol
-robusto también botado a las aguas crueles, recogiose a la gruta; y
-allí, tomó la rueca de oro, y todo el día hiló, y cantó...</p>
-
-<p>Con alborozada y soberbia alegría, Ulises dio con el hacha
-contra una vasta encina, que gimió. A poco, toda la Isla retumbaba,
-en el fragor de la obra sobrehumana. Las gaviotas, adormecidas en
-el silencio eterno de aquellas cimas, batieron el vuelo en largos
-bandos, espantadas y chillando. Las fluidas divinidades de los arroyos
-indolentes, estremecidas<span class="pagenum" id="Page_282">p.
-282</span> en un fulgente temblor, huían para entre los cañaverales y
-las raíces de los alisos. En ese corto día el valiente Ulises, derribó
-veinte árboles, robles, pinos, tecas y chopos, a los cuales descortezó,
-escuadró y alineó sobre la arena. Su cuello y arqueado pecho humeaban
-de sudor, cuando se recogió pesadamente a la gruta para saciar el
-hambre y beber la cerveza helada. ¡Nunca le pareciera tan bello a la
-Diosa Inmortal, que, sobre el lecho de pieles preciosas, apenas los
-caminos cubriéronse de sombra, halló incansable y pronta la fuerza de
-aquellos brazos que habían derribado veinte troncos!</p>
-
-<p>Así, durante tres días, trabajó el Héroe. Y como arrebatada en esa
-actividad magnífica que conmovía a la Isla, la Diosa ayudaba a Ulises,
-conduciendo desde la gruta hasta la playa, en sus manos delicadas, las
-cuerdas y los clavos de bronce. Las Ninfas, por su mandato, abandonando
-las tareas suaves, tejían una tela fuerte, para la vela que empujarían
-con amor los vientos amables. La Intendenta venerable ya llenaba los
-odres de vinos robustos, y preparaba con generosidad los numerosos
-víveres para la travesía incierta. En tanto la balsa crecía, con los
-troncos bien ligados, y un asiento erguido en el medio, de donde se
-empinaba el mástil, desbastado en un pino, más redondo y liso que una
-vara de marfil. Todas las tardes la Diosa, sentada en una roca, a
-la sombra del bosque, contemplaba al calafate admirable martillando
-furiosamente, y cantando, con robusta alegría, una canción de remador.
-Y ligeras, en la punta de los pies lúcidos, por entre el<span
-class="pagenum" id="Page_283">p. 283</span> arbolado, las Ninfas,
-escapando a la tarea, acudían a espiar, con deseosos ojos fulgurantes,
-aquella fuerza solitaria, que soberbiamente, en el arenal solitario,
-iba irguiendo una nave.</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>En fin, en el cuarto día, de mañana, Ulises terminó de escuadrar el
-timón, que reforzó con tablas de aliso para mejor amparar el embate de
-las olas. Después, juntó lastre copioso, con tierra de la Isla inmortal
-y pulidas piedras. Sin descanso, con un ansia risueña, amarró a la
-verga alta la vela cortada por las Ninfas. Sobre pesados cilindros,
-maniobrando con una palanca, empujó la inmensa balsa hasta la espuma de
-las ondas, en un esfuerzo sublime, con músculos tan retesos y venas tan
-hinchadas, que él mismo parecía hecho de troncos y cuerdas. Una punta
-de la balsa cabeceó, levantada en cadencia por la onda armoniosa. Y el
-Héroe, levantando los brazos lustrosos de sudor, alabó a los Dioses
-Inmortales.</p>
-
-<p>Entonces, como la obra terminara y la tarde brillaba, propicia a la
-partida, la generosa Calipso condujo a Ulises, a través de las violetas
-y de las anémonas, hasta la fresca gruta. Por sus divinas manos le bañó
-con una concha de nácar, y le perfumó con esencias sobrenaturales, y
-le vistió con una túnica hermosa de lana bordada, y colgó sobre sus
-hombros un manto impenetrable a las neblinas del mar, y le extendió
-sobre la mesa, para que saciase el hambre ruda, las comidas más
-sanas y más<span class="pagenum" id="Page_284">p. 284</span> finas
-de la Tierra. El Héroe aceptaba los amorosos cuidados, con paciente
-magnanimidad. La Diosa, de gestos serenos, sonreía taciturnamente.</p>
-
-<p>Calipso luego cogió la mano cabelluda de Ulises, palpando con placer
-los callos que le había dejado el hacha; y por la orilla del mar le
-condujo a la playa, en donde la marea mansamente lamía los troncos de
-la balsa fuerte. Descansaron sobre una roca musgosa. Nunca la Isla
-resplandeciera con una belleza tan serena, entre un mar tan azul,
-bajo un cielo tan suave. Ni el agua fresca del Pindo bebida en marcha
-abrasada, ni el vino dorado que producen las colinas de Quíos, eran más
-dulces de sorber que aquel aire repasado de aromas, compuesto por los
-Dioses para que una Diosa lo respirase. La frescura imperecedera de los
-árboles entrábase en el corazón, casi pedía la caricia de los dedos.
-Todos los rumores, los de los arroyos en el césped, el de las olas en
-el arenal, el de las aves en las sombras frondosas, ascendían, suave y
-finamente fundidos, como las armonías sagradas de un Templo distante.
-El esplendor y la gracia de las flores retenían los rayos pasmados
-del sol. Tantos eran los frutos en los vergeles, y las espigas en las
-mieses, que la Isla parecía ceder, hundida en el Mar, bajo el peso de
-su abundancia.</p>
-
-<p>En esto, la Diosa, al lado del Héroe, suspiró levemente, y murmuró
-con una sonrisa alada:</p>
-
-<p>—¡Oh, magnánimo Ulises, tú ciertamente partes! Llévate el deseo
-de volver a ver a la mortal Penélope, y a tu dulce Telémaco, que
-dejaste en el regazo del ama cuando Europa corrió contra Asia, y<span
-class="pagenum" id="Page_285">p. 285</span> que ahora ya sustenta
-en la mano una lanza temida. Siempre de un antiguo amor, con hondas
-raíces, brotará más tarde una flor, aunque sea triste. ¡Mas dime! Si en
-Itaca no te esperase una esposa tejiendo y destejiendo la tela, y un
-hijo ansioso que alarga los ojos incansables hacia el mar, ¿dejarías
-tú, ¡oh, hombre prudente!, esta dulzura, esta paz, esta abundancia y
-belleza inmortal?</p>
-
-<p>El Héroe, par a par de la Diosa, extendió el brazo poderoso, como
-en la Asamblea de los Reyes, delante de los muros de Troya, cuando
-sembraba en las almas la verdad persuasiva:</p>
-
-<p>—¡Oh, Diosa, no te escandalices! Mas aunque no existiesen, para
-llevarme, ni hijo, ni esposa, ni reino, ¡afrontaría alegremente los
-mares y la ira de los Dioses! Porque, en verdad, ¡oh, Diosa muy
-ilustre!, mi corazón saciado ya no soporta esta paz, esta dulzura y
-esta belleza inmortal Considera, ¡oh, Diosa!, que en ocho años nunca
-pude echar de ver al follaje de estos árboles amarillear y caer. Jamás
-este cielo rutilante cargose de nubes oscuras, ni tuve el contento de
-extender, bien abrigado, las manos al dulce fuego, mientras la borrasca
-batía en los montes. Todas esas flores que brillan en los tallos
-airosos son las mismas, ¡oh, Diosa!, que admiré y respiré en la primera
-mañana que me mostraste estos prados perpetuos, ¡y hay lirios que
-odio, con un odio amargo, por la impasibilidad de su eterna blancura!
-¡Estas gaviotas repiten tan incesantemente, tan implacablemente, su
-vuelo armonioso y blanco, que yo ya escondo de ellas la cara, como
-otros la ocultan de las negras Harpías! ¡Y,<span class="pagenum"
-id="Page_286">p. 286</span> cuántas veces me refugio en el fondo de la
-gruta para no escuchar el murmurio siempre lánguido de esos arroyos
-siempre transparentes! ¡Considera, oh, Diosa, que en tu Isla nunca
-hallé una charca, un tronco podrido, el esqueleto de un animal muerto
-y cubierto de moscas zumbadoras! ¡Oh, Diosa, hace ocho años que estoy
-privado de ver el trabajo, el esfuerzo, la lucha, el sufrimiento!...
-¡Oh, Diosa, no te escandalices! Ando hambriento por encontrar un cuerpo
-vacilando bajo un fardo; dos bueyes humeantes arrastrando un arado;
-hombres que se injurien en el paso de un puente; los brazos suplicantes
-de una madre que llora; un cojo, sobre su muleta, mendigando a la
-puerta de una villa... ¡Diosa, ha ocho años que no miro para una
-sepultura!... ¡No puedo más con esta serenidad sublime! Mi alma toda
-arde en el deseo de lo que se deforma, y se ensucia, y se despedaza, y
-se corrompe... ¡Oh, Diosa inmortal, yo muero con saudades de muerte!</p>
-
-<p>Inmóvil, con las manos inmóviles en el regazo, la Diosa escuchó,
-con una sonrisa serenamente divina, las furiosas quejas del Héroe
-cautivo... En tanto, ya por la colina, las Ninfas, siervas de la Diosa,
-descendían, trayendo a la cabeza y amparándolos con el brazo redondo,
-los jarros de vino, los sacos de cuero, que la Intendenta venerable
-mandaba para abastecer la balsa. En silencio, el Héroe lanzó una tabla
-desde la arena hasta a bordo de los altos troncos; y en cuanto sobre
-ella pasaban las Ninfas, ligeras, con las pulseras de oro tilintinando
-en los pies lúcidos, Ulises atento, contando los sacos y los odres,
-gozaba en su noble corazón la<span class="pagenum" id="Page_287">p.
-287</span> abundancia generosa. Amarrados con cuerdas a las clavijas
-aquellos fardos excelentes, todas las Ninfas, lentamente, vinieron
-a sentarse sobre el arenal en torno de la Diosa, para contemplar la
-despedida, el embarque, las maniobras del Héroe sobre el dorso de las
-aguas... Entonces, Ulises, dejando traslucir la cólera en sus ojos,
-parose, delante de Calipso, y cruzando furiosamente los valientes
-brazos:</p>
-
-<p>—¡Oh, Diosa! ¿Piensas tú en verdad que nada falta para que yo largue
-la vela al viento y navegue? ¿Dónde están los ricos presentes que me
-debes? Ocho años, ocho duros años, fui el huésped magnífico de tu Isla,
-de tu gruta, de tu lecho... Pero no ignoras que los Dioses inmortales
-tienen determinado que a los huéspedes, en el momento amigo de la
-partida, ofrézcanseles considerables presentes. ¿Dónde están, oh Diosa,
-esas riquezas abundantes que me debes por costumbre de la Tierra y ley
-del Cielo?</p>
-
-<p>Sonrió la Diosa, con paciencia sublime. Y con palabras aladas, que
-huían en el aire:</p>
-
-<p>—¡Oh, Ulises, claramente se ve que tú eres el más interesado de los
-hombres! Y también el más desconfiado, pues que supones que una Diosa
-podía negar los presentes debidos a aquel que amó... Tranquilízate, oh,
-sutil Héroe... Los ricos presentes, largos y brillantes, no tardan.</p>
-
-<p>En efecto, por la colina suave descendían otras Ninfas, ligeras,
-con los velos flotando, trayendo en los brazos alhajas lustrosas, que
-al sol rutilaban. El magnánimo Ulises extendió las manos, los ojos
-devoradores...<span class="pagenum" id="Page_288">p. 288</span> Y
-mientras ellas desfilaban sobre la tabla crujiente, el astuto Héroe
-contaba, evaluaba en su noble espíritu los escabeles de marfil, las
-piezas de telas bordadas, los cántaros de bronce labrado, los escudos
-incrustados de piedras...</p>
-
-<p>Tan rico y bello era el vaso de oro que la última Ninfa sustentaba
-en el hombro, que Ulises detúvola, arrebatole el vaso, lo sospesó, y
-mirándolo gritó, con soberbia risa estridente:</p>
-
-<p>—¡En verdad, este oro es bueno!</p>
-
-<p>Una vez dispuestas y ligadas bajo el largo asiento las preciosas
-alhajas, el impaciente Héroe, arrebatando el hacha, cortó la cuerda
-que prendía la balsa al tronco de un roble, y saltó para el alto bordo
-que la espuma envolvía. Recordose entonces que ni siquiera besara a
-la generosa e ilustre Calipso. Rápido, despidiendo el manto, pasó a
-través de la espuma, corrió por la arena y dejó un beso sereno en la
-frente aureolada de la Diosa. Asegurole ella un instante por el hombro
-robusto:</p>
-
-<p>—¡Cuántos males te esperan, oh desgraciado! Antes quedases,
-para toda la inmortalidad, en mi Isla perfecta, entre mis brazos
-perfectos...</p>
-
-<p>Ulises volviose, con un grito magnífico:</p>
-
-<p>—¡Oh, Diosa, el irreparable y supremo mal hállase en tu
-perfección!</p>
-
-<p>¡Y, a través de la marea, huyó, trepó trabajosamente a la balsa,
-soltó la vela, hendió el mar, y partió para los trabajos, para
-las tormentas, para las miserias, para la delicia de las cosas
-imperfectas!</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_12">
- <p><span class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cenefa.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">¡EL SUAVE MILAGRO!</h2>
-</div>
-
-
-<p>En aquel tiempo Jesús aún no se ausentara de Galilea y de las
-dulces, luminosas márgenes del lago de Tiberiades; mas la nueva de sus
-Milagros penetrara ya hasta Enganim, ciudad rica, de fuertes murallas,
-entre olivares y viñedos, en el país de Isacar.</p>
-
-<p>Una tarde, un hombre de ojos ardientes y deslumbrados pasó por el
-fresco valle y anunció que un nuevo Profeta, un Rabí hermoso, recorría
-los campos y las aldeas de Galilea, prediciendo la llegada del Reino
-de Dios, curando todos los males humanos. Mientras descansaba, sentado
-al borde de la <i>Fuente de los Vergeles</i>, contó que ese Rabí, en
-el camino de Magdala, sanó de la lepra a un siervo de un Decurión
-Romano solo con extender sobre él la sombra de sus manos; y que en otra
-mañana, atravesando en una barca para la tierra de los Gerasenios,
-en donde comenzaba la recolección del bálsamo, resucitó a la hija de
-Jairo, hombre docto y considerable que comentaba los libros en la
-Sinagoga.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span>Asombrados todos
-los que se hallaban en derredor, labradores, pastores y mujeres
-trigueñas con el cántaro al hombro, preguntáronle si ese era, en
-verdad, el Mesías de la Judea, y si delante de él refulgía la espada
-de fuego, y si le acompañaban, caminando como las sombras de dos
-torres, las sombras de Gog y de Magog. El hombre, sin beber siquiera de
-aquella agua tan fría de que bebiera Josué, recogió el cayado, sacudió
-los cabellos y encaminose pensativamente por bajo el Acueducto, luego
-sumido en la espesura de los almendros en flor.</p>
-
-<p>Mas una esperanza deliciosa como el rocío en los meses en que canta
-la cigarra, refrescó las almas sencillas; por toda la campiña que
-verdea hasta Ascalón, el arado pareció más blando de enterrar, más
-leve de mover la piedra del lagar; las criaturas, cogiendo ramos de
-almendras, acechaban por los caminos a ver si por allá de la esquina
-del muro, o por debajo del sicomoro, surgía una claridad; y, en los
-bancos de piedra, a la puerta de la ciudad, los viejos, corriendo
-los dedos por los rizos de las barbas, ya no desarrollaban, con tan
-sapiente certeza, los antiguos dictámenes.</p>
-
-<p>Vivía por entonces en Enganim un viejo, llamado Obed, de una familia
-pontifical de Samaria, que había sacrificado en las aras del Monte
-Ebal, señor de hartos rebaños y de hartas viñas, y con el corazón
-tan lleno de orgullo como su granero de trigo. Mas un viento árido y
-abrasado, ese viento de desolación que por mandato del Señor sopla
-de las torvas tierras de Assur, matara las reses más gordas<span
-class="pagenum" id="Page_291">p. 291</span> de sus manadas, y por
-los ribazos en donde sus viñas se enroscaban al olmo y se tendían en
-airoso enrejado, solo dejara, en torno de los olmos y pilares desnudos,
-sarmientos, cepas descarnadas y la parra roída de áspero herrumbre.
-Acurrucado Obed en la solera de su puerta, con la punta del manto sobre
-la cara, palpaba el polvo, lamentaba la vejez, rumiaba amargas quejas
-contra Dios cruel.</p>
-
-<p>Cuando oyó hablar de ese nuevo Rabí, que alimentaba las multitudes,
-amedrentaba a los demonios, enmendaba todas las desventuras, Obed,
-hombre leído, que había viajado en Fenicia, pensó a seguida que Jesús
-sería uno de esos hechiceros tan frecuentes en Palestina, como Apolonio
-o Rabí Ben-Dossa, o Simón el Sutil. También esos, aunque sea en noche
-tenebrosa, conversan con las estrellas, para ellos siempre fáciles y
-claras en sus secretos: con una simple vara ahuyentan de sobre los
-sembrados los moscardones engendrados en los lodos de Egipto, y agarran
-entre los dedos las sombras de los árboles, que conducen como benéficos
-toldos por encima de las eras, a la hora de la siesta. Acaso Jesús de
-Galilea, más joven, de cierto con magias más fogosas, si se le pagase
-largamente, haría cesar la mortandad de sus ganados y reverdecería sus
-viñedos. Ordenó entonces Obed a sus siervos que partiesen, buscasen por
-toda Galilea al Rabí nuevo y con la promesa de dineros o alhajas le
-trajesen a Enganim, en el país de Isacar.</p>
-
-<p>Apretáronse los siervos los cinturones de cuero, y echaron a andar
-por el camino de las caravanas,<span class="pagenum" id="Page_292">p.
-292</span> que costeando el Lago, se extiende hasta Damasco.</p>
-
-<p>Una tarde, vieron sobre el Poniente, rojo como una granada muy
-madura, las finas nieves del monte Hermón. Después, en la frescura de
-una suave mañana, el lago de Tiberiades resplandeció delante de ellos,
-transparente, cubierto de silencio, más azul que el cielo, orlado de
-floridos prados, de densos vergeles, de rocas de pórfido, y de blancos
-terraplenes por entre los pomares, bajo el vuelo de las tórtolas. Un
-pescador que desamarraba perezosamente su barca de una ensenada de
-césped, escuchó, sonriendo, a los siervos: ¿El Rabí de Nazaret? ¡Oh! Ya
-en el mes de Ijar, descendiera el Rabí, con sus discípulos, para los
-lados adonde el Jordán lleva las aguas.</p>
-
-<p>Corriendo, los siervos siguieron por las márgenes del río hasta
-delante del vado en donde aquel se estira en un largo remanso, y
-descansa, y un instante duerme, verde e inmóvil, a la sombra de los
-tamarindos. Un hombre de la tribu de los Esenios, vestido de lino
-blanco, cogía lentamente hierbas saludables por la orilla del agua, con
-un blanco corderillo al cuello. Saludáronle humildemente los siervos,
-porque el pueblo ama a aquellos hombres de corazón tan limpio, y
-claro, y cándido como sus vestiduras, cada mañana lavadas en estanques
-purificados. ¿Podía decirles algo del paso del nuevo Rabí de Galilea
-que, como los Esenios, enseñaba la dulzura y curaba a las gentes y
-a los ganados? El Rabí atravesará el Oasis de Engaddi, y después se
-adelantara para allá... —murmuró el Esenio—.<span class="pagenum"
-id="Page_293">p. 293</span> —¿Y dónde es <i>allá</i>? —Moviendo un
-ramo de flores rojas que cogiera, el Esenio señaló las tierras de Alem
-Jordán, la planicie de Moab. Los siervos vadearon el río, y en vano
-buscaron a Jesús jadeando por los rudos caminos, hasta los peñascos en
-que se levanta la siniestra ciudadela de Makaur... En el Pozo de Ya-Kob
-reposaba una larga caravana, que conducía a Egipto mirra, especierías
-y bálsamos de Gilead; y los camelleros, sacando el agua con los baldes
-de cuero, contaron a los siervos de Obed que en Gadara, por la luna
-nueva, un maravilloso Rabí, mayor que David o Isaías, arrancó del pecho
-de una tejedora siete demonios, y que, a su voz, un hombre degollado
-por el salteador Barrabás, se irguió de su sepultura y se volvió a
-su huerto. Algo más esperanzados, encamináronse los siervos por la
-subida de los Peregrinos hasta Gadara, ciudad de altas torres, y aún
-más lejos, hasta las nascientes de Amalha... En esa misma madrugada,
-Jesús, seguido por un pueblo que cantaba y sacudía ramos de mimosa,
-embarcara en el lago, en un batel de pesca, y navegara a vela con rumbo
-a Magdala. Descorazonados de nuevo, los siervos de Obed, atravesaron el
-Jordán por el Puente de las Hijas de Jacob. Yendo ya con las sandalias
-rotas del largo camino, pisando tierras de la Judea Romana, un día,
-cruzáronse con un sombrío fariseo, que retornaba a Efrain, montado en
-su mula. Detuvieron, con devota reverencia, al hombre de la Ley. ¿Había
-encontrado él, por ventura, a ese nuevo Profeta de Galilea que, como
-un Dios paseando en la tierra, esparcía milagros? La corva faz del
-Fariseo se oscureció<span class="pagenum" id="Page_294">p. 294</span>
-arrugada, y su cólera retumbó como un tambor orgulloso:</p>
-
-<p>—¡Oh, esclavos paganos! ¡Oh, blasfemos! ¿En dónde oísteis que
-existiesen profetas o milagros fuera de Jerusalén? Solo Jehová tiene
-fuerza en su templo. De Galilea salen los necios y los impostores...</p>
-
-<p>Y en viendo a los siervos retroceder ante su puño erguido, el
-furioso Doctor, enroscado de dísticos sagrados, apeose de la mula, y
-con las piedras del camino, apedreó a los siervos de Obed, vociferando:
-<i>¡Racca! ¡Racca!</i> y todos los Anatemas rituales. Los siervos
-huyeron para Enganim. El desconsuelo de Obed fue grande, porque sus
-ganados morían, sus viñas se secaban, y a pesar de ello, radiantemente,
-como una alborada por detrás de las sierras, crecía, consoladora y
-llena de divinas promesas, la fama de Jesús de Galilea.</p>
-
-<p>Por ese tiempo, un Centurión Romano, Publius Septimus, mandaba
-el fuerte que domina el valle de Cesarea, hasta la ciudad y el mar.
-Hombre áspero, veterano de la campaña de Tiberio contra los Partos,
-Publius habíase enriquecido durante la revuelta de Samaria con presas
-y saqueos, poseía minas en el Ática, y gozaba, como supremo favor de
-los Dioses, la amistad de Flacus, Legado Imperial de la Siria. Mas
-un dolor roía su poderosa prosperidad, lo mismo que un gusano roe un
-fruto suculento. Su única hija, más amada para él que vida y bienes,
-iba enflaqueciendo con un mal sutil y lento, extraño hasta al saber de
-los mágicos y esculapios que se mandaran consultar a Sidón y a<span
-class="pagenum" id="Page_295">p. 295</span> Tiro. Blanca y triste como
-la luna en un cementerio, sin una queja, sonriendo pálidamente a su
-padre, adelgazaba, sentada en la alta explanada del fuerte, bajo un
-velario, alongando los tristes ojos negros por el azul del mar de Tiro,
-por el cual ella navegara, volviendo de Italia, en una opulenta galera.
-A las veces, un legionario, a su lado, entre las almenas, apuntando
-lentamente a lo alto la flecha, atravesaba una gran águila, que volaba
-serena, en el cielo rutilante. La hija de Septimus seguía un momento
-el ave, dando vueltas en el aire hasta caer muerta sobre las rocas;
-después, con un suspiro, más pálida y más triste, recomenzaba a mirar
-para el mar.</p>
-
-<p>Ello es que como entonces Septimus oyese contar a unos mercaderes de
-Corazín, de este admirable Rabí, tan potente sobre los Espíritus, que
-sanaba los males tenebrosos del alma, destacó tres decurias de soldados
-para que lo buscasen por la Galilea y por todas las ciudades de la
-Decápola, hasta la costa y hasta Ascalón. Los soldados dispusieron los
-escudos en los sacos de lona, espetaron ramos de oliva en los yelmos,
-y ferradas las sandalias apresuradamente, apartáronse, resonando
-sobre las losas de basalto del camino romano que desde Cesarea hasta
-el Lago corta toda la Tetrarquía de Herodes. De noche, sus armas
-brillaban en lo alto de las colinas, por entre la llama ondeante de
-los hachones erguidos. De día, invadían los casales, rebuscaban en la
-espesura de los pomares, chuzaban con la punta de las lanzas la paja
-de las hacinas; en tanto que las mujeres asustadas, acudían<span
-class="pagenum" id="Page_296">p. 296</span> para amansarlos, con bollos
-de miel, higos nuevos y escudillas llenas de vino, que los soldados
-bebían de un trago, sentados a la sombra de los sicomoros. Corrieron
-así la Baja Galilea, y del Rabí solo hallaron un surco luminoso en los
-corazones.</p>
-
-<p>Disgustados con las inútiles marchas, desconfiando que los Judíos
-les ocultasen al hechicero para que no se aprovecharan los Romanos
-del superior hechizo, derramaban su cólera con tumulto, a través de
-la piadosa tierra sumisa. Detenían los peregrinos en la entrada de
-los puentes, gritando el nombre del Rabí; rasgaban los velos de las
-vírgenes, y a la hora en que se llenan los cántaros en las cisternas,
-invadían las estrechas calles de los arrabales, penetraban en las
-Sinagogas y batían sacrílegamente, con los puños de las espadas en las
-<i>Thebahs</i>, los Santos Armarios de cedro que contenían los Libros
-Sagrados. En las cercanías de Hebrón arrastraron a los Solitarios fuera
-de las grutas para arrancarles el nombre del desierto o del palmar
-en que se ocultaba el Rabí; y dos mercaderes fenicios, que venían de
-Joppé con una carga de malobrato, y a quien nunca llegara el nombre
-de Jesús, pagaron por ese delito cien dracmas a cada Decurión. Toda
-la gente de los campos, hasta los bravíos pastores de Idumea, que
-llevan las blancas reses al Templo, huían empavorecidos hacia las
-serranías, apenas lucían, en alguna vuelta del camino, las armas del
-bando violento. Desde el borde de las terrazas, las viejas sacudían
-como talegos la punta de los cabellos desgreñados, y arrojaban sobre
-ellos<span class="pagenum" id="Page_297">p. 297</span> las malas
-suertes, invocando la venganza de Elías. Así erraron hasta Ascalón, sin
-hallar a Jesús; y retrocedieron a lo largo de la costa, enterrando las
-sandalias en la ardiente arena.</p>
-
-<p>Un amanecer, cerca de Cesarea, marchando por un valle, echaron
-de ver sobre un otero un verdinegro bosque de laureles, en donde
-blanqueaba, recogidamente, el fino y claro pórtico de un templo. Un
-viejo, de largas barbas blancas, coronado de hojas de laurel, vestido
-con una túnica de color de azafrán, asiendo una corta lira de tres
-cuerdas, esperaba sobre los peldaños de mármol, la aparición del sol.
-Desde abajo, los soldados, agitando un ramo de olivo, vociferaban al
-Sacerdote. ¿Conocía él a un nuevo Profeta que apareciera en Galilea,
-tan diestro en milagros, que resucitaba a los muertos y trocaba el agua
-en vino? Alargando los brazos, el sereno viejo exclamó por sobre la
-rociada verdura del valle:</p>
-
-<p>—¡Oh, romanos! ¿Por qué creéis que en Galilea o Judea aparezcan
-profetas consumando milagros? ¿Cómo podrá un bárbaro alterar la
-Orden instituida por Zeus?... ¡Mágicos y hechiceros son vendedores
-ambulantes que murmuran palabras huecas, para arrebatar la propina a
-los simples...! Sin el permiso de los Inmortales, ni un retoño seco
-puede caer del árbol, ni hoja seca puede ser sacudida en el árbol. No
-hay profetas, no hay milagros... ¡Solo Apolo Délfico conoce el secreto
-de las cosas!</p>
-
-<p>Los soldados, entonces, muy despacio, con la cabeza caída, como
-en una tarde de derrota, recogiéronse a la fortaleza de Cesarea. Fue
-grande el desconsuelo de Septimus, por ver que su hija moría,<span
-class="pagenum" id="Page_298">p. 298</span> sin una queja, mirando el
-mar de Tiro, siendo así que la fama de Jesús, curador de lánguidos
-males, crecía cada vez más consoladora y fresca, como el aire de la
-tarde que sopla de Hermón, y a través de los huertos, reanima y levanta
-las azucenas pendidas.</p>
-
-<p>Vivía por ese tiempo, entre Enganim y Cesarea, en una casa
-arruinada, sumida en lo más oculto de un cerro, una viuda, mujer más
-desgraciada que todas las mujeres de Israel. Su único hijito, todo
-tullido, había pasado del magro pecho a que ella le criara, a los
-harapos del podrido jergón, en donde ya llevaba siete años gimiendo y
-consumiéndose.</p>
-
-<p>A ella también una enfermedad la comprimiera dentro de trapos jamás
-mudados, dejándola más oscura y torcida que una cepa arrancada. Creció
-la miseria espesamente sobre ambos, como el moho sobre cazos perdidos
-en un yermo. En la lámpara de barro colorado secara ya el aceite. No
-quedaba grano ni corteza dentro del arca pintada. La cabra, sin pasto,
-muriera en el estío. Secó la higuera en el quintal. Tan lejos de
-poblado, nunca limosna de pan o miel entraba en la choza. ¡Con hierbas
-cogidas en las hendiduras de las rocas, cocidas sin sal, nutríanse
-aquellas criaturas de Dios en la Tierra Escogida, en la cual hasta a
-las aves maléficas sobraba el sustento!</p>
-
-<p>Un día apareció un mendigo por allí, entró en la choza, repartió
-de su lío con la amargada madre, y sentado en la piedra del
-lar, rascándose las heridas de las piernas, contó de esa grande
-esperanza<span class="pagenum" id="Page_299">p. 299</span> de los
-tristes, de ese Rabí que apareciera en Galilea, que de un pan hacía
-siete, y amaba todas las criaturas, y enjugaba todos los llantos, y
-prometía a los pobres un grande y luminoso reino, de abundancia mayor
-que la corte de Salomón. La mujer escuchaba con ojos hambrientos.
-¿Y ese dulce Rabí, esperanza de los tristes, en dónde se encuentra?
-El mendigo suspiró. ¡Ah, ese dulce Rabí, cuantos lo deseaban, se
-desesperanzaban! Andaba su fama por sobre toda la Judea, como el sol
-que hasta por cualquier viejo muro se extiende y se goza; mas para
-distinguir la claridad de su rostro, solo aquellos dichosos que elegía
-su deseo. Tan rico como es Obed, mandó a sus siervos por toda Galilea
-para que le buscasen a Jesús, y con promesas le trajeran a Enganim; tan
-soberano, Septimus, destacó a sus soldados hasta la costa del mar, para
-que buscasen a Jesús, y por orden suya lo condujeran a Cesarea.</p>
-
-<p>Errando, pidiendo limosna por tantos caminos, halló a los siervos
-de Obed y luego a los legionarios de Septimus. Retornaron todos,
-derrotados, con las sandalias rotas, sin haber descubierto en qué
-matorral o ciudad, en qué cubil o palacio, se escondía Jesús.</p>
-
-<p>Caía la tarde. Cogió el mendigo su bordón y descendió por el duro
-camino, entre el brezo y las rocas.</p>
-
-<p>Volviose la madre a su rincón, más curvada, más abandonada. El
-hijito entonces, con un murmurio más débil que el rozar de un ala,
-pidió a la madre que le trajese a ese Rabí que amaba a los niños,<span
-class="pagenum" id="Page_300">p. 300</span> aun a los más pobres,
-sanaba los males, aun los más antiguos. La madre apretó su cabecita
-desgreñada:</p>
-
-<p>—¡Oh, hijo!, y ¿cómo quieres que te deje y me meta por los caminos
-en busca del Rabí de Galilea? Obed es rico y tiene siervos que en balde
-buscaron a Jesús por arenales y colinas, desde Corazín hasta el país de
-Moab. Septimus es fuerte, y tiene soldados, y en vano corrieron detrás
-de Jesús, desde el Hebrón hasta el mar. ¿Cómo quieres que te deje?
-Jesús anda muy lejos y nuestro dolor está con nosotros, dentro de estas
-paredes, y dentro de ellas nos prende. Y aunque le encontrase, ¿cómo
-convencería yo a Rabí tan deseado, por quien suspiran ricos y fuertes,
-para que descendiese a través de ciudades hasta este desierto, para
-curar a un tullido tan pobre, sobre jergón tan roto?</p>
-
-<p>La criatura, con dos largas lágrimas corriéndole por la faz
-escurrida, murmuró:</p>
-
-<p>—¡Oh, madre! Jesús ama a todos los pequeñitos. ¡Y yo soy aún tan
-pequeño, y tengo un mal tan pesado! ¡Yo me quería curar!</p>
-
-<p>Y la madre, sollozando:</p>
-
-<p>—¡Oh, hijo mío, cómo te voy a dejar! Son largos los caminos de
-Galilea, y corta la piedad de los hombres. Tan rota, tan renca, tan
-triste, hasta los perros me ladrarían desde la puerta de los casales.
-No me atendería nadie. Nadie me enseñaría la morada del dulce Rabí.
-¡Oh, hijo! Jesús tal vez muriese... Ni los ricos y los fuertes le
-encuentran. Le trajo el cielo, y el cielo se le llevó. Y con él para
-siempre murió la esperanza de los tristes.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span>Por entre los
-negros trapos, irguiendo sus pobres manecitas que temblaban, la
-criatura murmuró:</p>
-
-<p>—Madre, yo quiero ver a Jesús...</p>
-
-<p>En esto, abriendo despacio la puerta y sonriendo, dijo Jesús al
-niño:</p>
-
-<p>—Aquí estoy.</p>
-
-
-<p class="centra mt3">FIN</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_303">p. 303</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cenefa.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak g0">ÍNDICE</h2>
-</div>
-
-<table class="toc" summary="">
- <tr>
- <td>&nbsp;</td>
- <td class="tdr smaller bb">Páginas.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Ch_1">Adán y Eva en el Paraíso</a></td>
- <td class="tdrb">5</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Ch_2">Un poeta lírico</a></td>
- <td class="tdrb">49</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Ch_3">En el molino</a></td>
- <td class="tdrb">65</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Ch_4">Civilización</a></td>
- <td class="tdrb">83</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Ch_5">El tesoro</a></td>
- <td class="tdrb">119</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Ch_6">Fray Genebro</a></td>
- <td class="tdrb">131</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Ch_7">Singularidades de una señorita rubia</a></td>
- <td class="tdrb">145</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Ch_8">La nodriza</a></td>
- <td class="tdrb">181</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Ch_9">El difunto</a></td>
- <td class="tdrb">189</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Ch_10">José Matías</a></td>
- <td class="tdrb">231</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Ch_11">La perfección</a></td>
- <td class="tdrb">263</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh">¡<a href="#Ch_12">El suave milagro</a>!</td>
- <td class="tdrb">289</td>
- </tr>
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-<hr class="chap" />
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-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ADÁN Y EVA EN EL PARAÍSO ***</div>
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-Defect you cause.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg&#8482;&#8217;s
-goals and ensuring that the Project Gutenberg&#8482; collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg&#8482; and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation&#8217;s EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state&#8217;s laws.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; depends upon and cannot survive without widespread
-public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
-visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg&#8482; concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg&#8482; eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Most people start at our website which has the main PG search
-facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This website includes information about Project Gutenberg&#8482;,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
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