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-The Project Gutenberg eBook of La metamorfosis o El asno de oro, by Lucio
-Apuleyo
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: La metamorfosis o El asno de oro
-
-Author: Lucio Apuleyo
-
-Translator: Diego López de Cortegana
-
-Release Date: October 22, 2021 [eBook #66591]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from
- scanned images of public domain material from the Google Books
- project.)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA METAMORFOSIS O EL ASNO DE
-ORO ***
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
-
- * Se han añadido tildes a las mayúsculas y se han modernizado las
- transcripciones de los nombres propios de origen griego.
-
- * En la página 212, se ha añadido el texto en castellano, tomado de
- la traducción original, de dos párrafos que aparecen impresos en
- latín.
-
- * Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
- del libro.
-
- * Las páginas en blanco han sido eliminadas.
-
-
-
-
- LA METAMORFOSIS
- o
- EL ASNO DE ORO
-
-
-
-
- ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA»,
- Paseo de San Vicente, 20.
-
-
-
-
- BIBLIOTECA CLÁSICA
- TOMO CXLIII
-
-
- LA METAMORFOSIS
- o
- EL ASNO DE ORO
-
- POR
- LUCIO APULEYO
-
- Versión castellana hecha a fines del siglo XV
- POR
- DIEGO LÓPEZ DE CORTEGANA
- Arcediano de Sevilla.
-
-
- MADRID
- LIBRERÍA DE LA VIUDA DE HERNANDO Y C.ª
- CALLE DEL ARENAL, NÚM. 11
- --
- 1890
-
-
-
-
-PRÓLOGO.
-
-
-I.
-
-El arcediano de Sevilla Diego López de Cortegana, escribía a fines
-del siglo XV, al frente de su traducción de _El asno de oro_, las
-siguientes noticias biográficas del autor de esta novela latina:
-
-«Lucio Apuleyo, de noble linaje y en su secta platónica, fue natural
-de la ciudad de Orán, en África, que en aquel tiempo era colonia y
-población de los romanos, la cual está asentada en los fines de Numidia
-y Getulia, de donde el mismo Apuleyo confiesa ser; y asimismo Platónico
-le llama Sidonio de Orán.
-
-»Su padre se llamaba Teseo, de los principales de la ciudad, y la madre
-había nombre Salvia, dueña de mucha virtud; su linaje es muy noble,
-pues desciende de aquel Plutarco Queronense, y de Sexto, filósofo.
-
-»La mujer de Apuleyo se llamaba Pudentila, adornada de todas las
-virtudes y hermosura.
-
-ȃl era de buena estatura, los ojos verdes y el cabello rubio.
-
-»Floreció en la ciudad de Cartago, teniendo por cónsules Juliano
-Abito y Claudio Máximo, adonde él, en su mocedad, se empleó en todas
-las artes liberales, y se aprovechó de la doctrina de los maestros
-cartagineses, de donde, no sin causa, él se alaba de ser criado en la
-ciudad insigne de Cartago, a la cual llama venerable maestra de África.
-
-»Y también estuvo en la ciudad de Atenas, de donde en aquel tiempo se
-sacaban los ríos de todas las ciencias, de donde él bebió gran parte;
-conviene a saber: la afición de la poesía y la política, geometría, y
-la dulce música, la austeridad de la dialéctica y el manjar real de la
-filosofía, en tal manera, que con su continuo estudio alcanzó las nueve
-ciencias liberales.
-
-»Después vino a Roma, adonde fue tan dado a la ciencia de la lengua
-latina, que llegó a la cumbre de la facundia romana, en tal manera,
-que él fue habido por muy elocuente. Aquí fue ordenado y juntado en el
-número de los sacerdotes principales de Osiris, el cual se llama el
-Colegio Sacrosanto, adonde por mandado de aquel ídolo, que por Dios
-adoraban, él tomó cargo de abogar por los pobres.
-
-»Escribió algunos tratados y libros, no menos doctos que elocuentes,
-de los cuales, los que han parecido, son cuatro libros que se llamaban
-floridos, en los cuales su florida facundia y olorosa doctrina bien
-se mostró. Asimismo la oración copiosísima por la cual se defiende
-contra sus enemigos que le imponían que era mágico, con tanta fuerza y
-vehemencia de doctrina y elocuencia, que parece que a sí mismo se vence.
-
-»Escribió también un libro del Demonio de Sócrates, cuya autoridad
-alega el bienaventurado San Agustín, en la definición de los demonios y
-en la descripción de los hombres.
-
-»Asimismo escribió dos libros de la enseñanza de Platón, donde
-recoligió breve y doctamente lo que Platón escribió en diversos libros.
-
-»Escribió un libro de cosmografía, adonde no poco se contiene de
-los meteoros de Aristóteles, y el diálogo de Trismegisto y estos
-once libros de _El asno de oro_, con tanta hermosura y elegancia y
-diversidad de materias, que no hay cosa que se pueda decir más hermosa
-y elegante, ni más florida, en tal manera, que con mucha razón se puede
-llamar _Asno de oro_, por el estilo, cubierto de oro, y la hermosura de
-su decir.
-
-»Y porque en semejantes libros se acostumbra querer saber la
-intención del que los escribió, y por qué les puso tal nombre, para
-esto es de saber que Apuleyo imitó en el argumento de esta su obra
-a Luciano, filósofo griego; pero en este envolvimiento y oscuridad
-de transformación, parece que quiso notar la natura de los hombres y
-sus costumbres malas, porque entendamos que nos tornamos de hombres
-en asnos cuando, como brutos animales, seguimos tras los deleites y
-vicios carnales con una asnal torpeza, y que no reluce en nosotros
-una centella de razón y virtud. Y en esta manera el hombre, según que
-enseña Orígenes en sus libros, es hecho como caballo y mulo; y así
-se transmuda el cuerpo humano en cuerpo de bestia. Demás de esto, la
-reformación de asno en hombre significa que, vencidos los vicios y
-quitados los deleites corporales, resucita la razón, y el hombre de
-dentro, que es verdadero hombre, salido de aquella cárcel y cieno del
-pecado, mediante la virtud y religión, torna a la clara y luciente
-vida, en tal manera, que podemos decir que los mancebos poseídos de
-los deleites se tornan en asnos, y después, cuando son más ancianos,
-mirando con claros ojos la virtud, la abrazan, y entonces, apartando
-de si la figura de bestia, tornan a recibir la de hombre.
-
-»Porque (según dice Platón) entonces ven los hombres las cosas
-perfectamente, cuando los dejan sus concupiscencias. Y Próculo dice
-que en esta vida hay muchos lobos, puercos, y otras muchas formas
-de bestias. De lo cual no nos maravillemos, pues que en esta ínsula
-vive aquella falsa Circe, que transforma los hombres en puercos. Y
-esto es, cuando nuestro entendimiento es tan terreno que tiene la
-voluntad embriagada en los vicios del mundo; entonces nos tornamos
-bestias, hasta que gustamos las rosas, esto es, la ciencia, que
-alumbra la razón, cuyo olor suavísimo gustado, se torna en humana
-forma y razonable entendimiento, apartada de sí la gruesa cobertura de
-las cosas terrenales. Y cierto que muy pocos hombres se hallan que,
-estando revueltos en los vicios corporales, vivan templadamente y sin
-perturbación alguna.
-
-»También se puede referir esta materia de transmutación a los muchos
-trabajos y muchas variedades de la vida humana, en los cuales el hombre
-casi cada día se transmuta. Y porque estas prefaciones nos enseñan el
-argumento de la materia propuesta, dejaré de más alargarme en esto y en
-la vida de Lucio Apuleyo.
-
-»Suplico a los lectores, que de estas historias se avisen para bien
-vivir.»
-
-Hasta aquí lo que Cortegana escribió de Apuleyo, y pocos detalles
-pueden añadirse a esta biografía, por no citarle los autores
-contemporáneos, y sí solo los Padres de la Iglesia para combatir sus
-doctrinas filosóficas.
-
-Se sabe que nació en el año 114 de J. C., cuando ocupaba el trono
-imperial Trajano; que su padre era duunviro en la pequeña población de
-Mandaura (hoy Orán), es decir, el primer magistrado de la ciudad, y su
-madre sobrina de Plutarco.
-
-De sus primeros años ninguna noticia ha llegado a nosotros, si no es la
-de que profesaba grandísima afición a las letras y a las bellas artes,
-afición que aumentó con la edad; que joven abandonó su patria, recorrió
-Egipto y Grecia y se detuvo en Italia; que estudió las doctrinas de los
-neoplatónicos y asistió a las escuelas de los sofistas de Atenas, como
-también a las de los retóricos de Roma, enamorándose de la elocuencia
-declamatoria tan en boga en su época, elocuencia que se aplicaba a
-todos los asuntos y a la exposición de todas las ciencias; que agotado
-su patrimonio, no por ello se desalentó, llegando a vender hasta sus
-propios vestidos; que aprendió solo la lengua latina y estudió el
-derecho y la retórica.
-
-Estos datos y los demás que hay de la vida de este escritor, en su
-mayor número están tomados de la defensa que de él hizo cuando los
-parientes de su mujer, Pudentila, le acusaron de practicar la magia.
-
-Apuleyo volvió a África en el año 148, cuando ya gozaba de gran
-reputación, y los cartagineses le acogieron con entusiasmo. Fijó
-su residencia en Cartago, y al poco tiempo le hicieron célebre sus
-discursos.
-
-En su _Apología_, que es la antes citada defensa contra la acusación de
-los parientes de su esposa, habla del entusiasmo que inspiraba, de las
-estatuas que le dedicaron y de la influencia que gozaba en el Senado y
-entre los magnates. Recuerda con énfasis la variedad de sus aptitudes y
-su admirable facilidad de palabra, que le proporcionaron tantos rivales
-y acaso tantos enemigos.
-
-Estos aprovecharon el casamiento de Apuleyo con una viuda rica,
-Pudentila, acusándole de haber empleado artes de magia para hacerse
-amar de una mujer que era de bastante más edad que él, y Pontiano, hijo
-de Pudentila, le citó ante el tribunal del procónsul Claudio Máximo,
-donde Apuleyo pronunció su _Apología_, inspirándole la defensa de su
-honor y acaso de su vida, rasgos de grande elocuencia.
-
-Fue absuelto, pero le quedó el apodo de mágico.
-
-No se conocen más detalles de la vida de Apuleyo. Sábese únicamente que
-murió en el reinado de Antonino, el año 184 de J. C.
-
-Deseoso Apuleyo de que sus obras llegaran a la posteridad, dejó
-coleccionadas las flores de su elocuencia, panegíricos en verso y
-prosa, novelas, himnos en honor de los héroes y diversos tratados de
-filosofía; pero perdidas muchas de estas obras, y entre ellas todas
-las poéticas, solo han llegado a nosotros su _Metamorfosis_, o como
-vulgarmente se la llama, _El asno de oro_, los fragmentos de sus
-discursos y arengas, llamados _Las floridas_, su _Apología_ y dos
-tratados sobre las opiniones del Pórtico y de la Academia, la filosofía
-de Sócrates y la de Platón.
-
-Durante largo tiempo solo fue conocido de Apuleyo _El asno de oro_, y
-aun hoy día es esta obra la que mantiene su fama.
-
-«_El asno de oro_, dice Schœll en su historia de la literatura latina,
-es una novela satírica en la cual se burla Apuleyo con mucho ingenio
-y originalidad de las ridiculeces y vicios que dominaban en su siglo,
-de la general superstición, de la inclinación a lo maravilloso y a la
-magia, de la trapacería de los sacerdotes del paganismo y de la mala
-policía en el Imperio romano, que permitía a los ladrones ejecutar
-impunemente toda clase de fechorías.
-
-»El héroe de la novela, cuya curiosidad y lubricidad son castigadas
-al ser convertido en asno, corre aventuras que le ponen en relación
-con diversas clases de individuos, y le dan a conocer lo que pasa
-en el interior de las casas y en las sociedades más secretas. Las
-abominaciones cubiertas con el velo de sagrados misterios, están
-pintadas con vivos colores. Termina la novela con una bella descripción
-de los misterios de Isis, en los cuales es iniciado el héroe, depurando
-con ellos sus debilidades y regenerándose.»
-
-
-II.
-
-El origen de este género de novelas de amor y de aventuras es preciso
-buscarlo en la primitiva literatura de Grecia y Roma. Adviértense
-los lejanos principios de esta literatura en la época ática, y puede
-seguirse su oscuro desarrollo en la alejandrina, pero no se le ve
-florecer hasta la romana[1].
-
-La diferencia de costumbres y de sociedades explica el tardío favor de
-la novela entre los antiguos, género literario tan popular en nuestros
-días, distinto de la historia por la mezcla de la ficción y la escasa
-importancia de los acontecimientos, distinto de la poesía por el empleo
-de la prosa y por la pintura de la vida familiar.
-
-En los modernos pueblos, los progresos de las ciencias y los estudios
-abstractos han agotado no poco las fuentes de las fábulas poéticas;
-y la constitución política de los grandes Estados de Europa, aun de
-aquellos en que los ciudadanos no tienen directa intervención en el
-gobierno, no permite que la vida pública absorba por completo la
-privada.
-
-En Grecia y Roma, al contrario, solo muy tarde llegó a hastiarse la
-imaginación de lo maravilloso de las fábulas épicas, cuadro casi
-siempre ideal de la vida, y mientras la turbulenta libertad de las
-pequeñas repúblicas griegas y de la ciudad de Roma consumía en el Ágora
-y el Foro la existencia de casi todos los ciudadanos, el cuadro de las
-circunstancias ordinarias de la vida privada fue impotente para seducir
-los ánimos.
-
-Eran entonces preferidos los espectáculos heroicos de la tragedia, y
-aun la misma comedia, para inspirar interés, tenía que acudir a la
-pintura de las pasiones políticas. Solo en tiempo de Menandro, es
-decir, en la época de la conquista macedónica, pacificada la sociedad
-griega, pudo ser la comedia espejo de las costumbres privadas, y
-entonces también apareció la novela.
-
-Las _Fábulas milesias_ son sin duda de mayor antigüedad, pero en un
-principio eran recitaciones orales como las _Fábulas frigias_ o el
-apólogo esópico, y nacieron en una sociedad muy distinta de las demás
-poblaciones griegas, en una sociedad donde los goces de la vida privada
-hacían olvidar los de la vida pública.
-
-En la sociedad griega, antes de la conquista macedónica, y en la
-romana, antes del Imperio, todo concurría a retardar la pintura de
-los cuadros de la vida familiar. Cuando florecían sus repúblicas,
-griegos y romanos carecían de tiempo para dedicarse a lecturas de mera
-distracción del espíritu. Los asuntos públicos y privados ocupaban su
-vida entera, y su misma literatura era una literatura activa, una
-literatura viva, que se dirigía más a los oyentes que a los lectores,
-y que se escuchaba en templos, teatros, juegos, festines, tribunas y
-escuelas.
-
-Conforme se fue extinguiendo en Grecia y Roma la actividad de la vida
-pública, debió extenderse la afición a la pintura de las costumbres.
-En las obras de Eurípides se advierte ya la tendencia de la tragedia
-a apartarse de las tradiciones heroicas y a acercarse a los cuadros
-familiares y novelescos. En la _Flor_ de Agatón, la tragedia es una
-novela.
-
-La comedia nueva aparece bajo la dominación de los sucesores de
-Alejandro, y en las de Menandro, de Alexis y de Filemón, aún permanece
-cerrado el santuario de la familia, limitándose estos poetas a retratar
-cortesanas, jóvenes, padres y esclavos.
-
-Puede creerse que en la misma época se propagaron de Jonia en Grecia
-las _Fábulas milesias_, cuyos autores, más atrevidos, dirigían mirada
-indiscreta al interior de la familia. Pero estas fábulas eran breves
-cuentos, muy distintos de las extensas narraciones que empezaron en la
-época romana. Entonces es cuando aparecen Petronio, Apuleyo, Jámblico,
-Heliodoro, Aquiles Tacio, porque también empezaba nueva era para el
-mundo antiguo. Con el Imperio acabaron las costumbres republicanas y
-la vida pública; los excesos de la libertad habían muerto la libertad;
-no había ya ciudadanos; los particulares gozan de largos ocios que
-pueden dedicar a las lecturas frívolas, y los retóricos aprovechan
-esta holganza de la clase opulenta para entretenerla con interminables
-novelas de amor y de aventuras.
-
-La verdadera patria de esta clase de narraciones es el Oriente porque
-siempre fue la tierra de la servidumbre política, y de la vida privada.
-En Oriente es donde se encuentran los ejemplos más antiguos de este
-género de composiciones, y en las posesiones griegas más en contacto
-con la vida oriental, es decir, en el Asia Menor, aparecen los primeros
-ensayos de la literatura novelesca de los griegos. Allí también fue
-donde más tarde tomó gran desarrollo.
-
-En Jonia aparecieron las _Fábulas milesias_; Jámblico, autor de las
-_Babilónicas_, nació en Siria, como Luciano, que lo fue de la _Luciada_
-y de la _Historia verdadera_; Heliodoro era de Emesa, en Fenicia,
-y Aquiles Tacio de Alejandría. En Chipre, Antioquía y Éfeso vieron
-también la luz tres novelistas que llevan por nombre Jenofonte.
-
-No puede, pues, negarse que la influencia del gusto oriental indujo a
-algunas imaginaciones hacia lo maravilloso y extraordinario y favoreció
-en Grecia el desarrollo de las composiciones novelescas; pero no
-por ello debe afirmarse que la novela griega procede de los cuentos
-orientales, porque el carácter de estos cuentos y de aquellas novelas
-es, por regla general, distinto. Aunque las pinturas en las novelas
-sean poco naturales y verosímiles, todo en ellas es griego, hasta los
-cuadros del mundo oriental. El elemento maravilloso que ocupa algún
-espacio en varias de estas narraciones fabulosas, no tiene jamás la
-amplitud y franqueza con que domina en los cuentos de Oriente. El gusto
-de la novela pasa de Oriente a Grecia; pero la novela se transforma
-en manos de los griegos, pues sabido es con cuánta facilidad la raza
-griega se asimila e imprime el sello de su genio a cuanto coge de las
-civilizaciones extranjeras.
-
-Eran los griegos, naturalmente, aficionados a cuentos. Antes que las
-narraciones fabulosas llegaran a ser en manos de los retóricos un
-género literario, se habían hecho multitud de cuentos orales, en los
-que se había desvanecido, hasta desaparecer, la influencia oriental.
-Unas veces eran cuentos de madres y nodrizas a los niños; otras de
-ociosos y desocupados en las barberías; hasta en las encrucijadas
-de las calles de Atenas había charlatanes, cuyo oficio consistía en
-entretener a los transeúntes con sus cuentos, como el _Filepsio_ de
-Aristófanes.
-
-Estos cuentos orales eran de muchas clases. Los había morales en el
-género de las fábulas de Esopo y de la fábula _Líbica_; los había
-satíricos y agradables, que dieron origen a las _Fábulas sibaríticas_.
-En su origen, estas fábulas, que algunas veces llamaban _Apotegmas
-sibaríticos_, eran, más que una narración, la expresión de un chiste,
-y tal es el carácter de muchos de los cuentecillos que el autor de las
-Avispas pone en boca de Filocleón. Pero es dudoso que las _Fábulas
-sibaríticas_ hayan tenido siempre su primitiva sencillez, y la estrecha
-alianza de Síbaris y de Mileto parece que, a la larga, confundió estas
-narraciones con las _Fábulas milesias_.
-
-Hemos mencionado los cuentos que en la antigüedad tuvieron mayor boga,
-lo mismo cuando eran transmitidos de boca en boca, que cuando más tarde
-fueron recogidos, reformados o imitados por los escritores. Pero de
-estas cortas y fugitivas narraciones, a las novelas compuestas después
-por los retóricos, hay gran distancia.
-
-Antes de llegar al examen de estas novelas, conviene echar rápida
-ojeada a las narraciones que les sirvieron de origen.
-
-Natural era que la elegante y voluptuosa Jonia fuese la cuna de los
-cuentos eróticos. El nombre solo de Jonios recuerda al pueblo más
-felizmente dotado de los Helenos, el pueblo en cuyo seno se desarrolla
-más pronto la poesía, la filosofía, la música, la arquitectura, todas
-las elegancias y todas las delicadezas de la civilización; pero
-también el pueblo más dado a los refinamientos de la voluptuosidad.
-Sucesivamente sometido a la dominación de los Lidios y de los Persas,
-se cuidó siempre más de su bienestar que de la libertad, y acaso la
-libertad consistía para ellos en la ausencia de toda clase de cortapisa
-a sus placeres.
-
-«En todos mis viajes solo he encontrado una ciudad libre, decía un
-sibarita, y es Mileto.» Mileto, la patria de Aspasia y de otras
-cortesanas tan famosas como las de Corinto, era, en efecto, modelo
-de este género de independencia, que le valió la admiración de los
-habitantes de Síbaris, y que estableció entre ambas ciudades relaciones
-de íntima amistad. De Mileto, como de Síbaris, salieron multitud
-de cuentos agradables y con sobrada frecuencia licenciosos, que
-esparcieron por toda Grecia la fama de ambas ciudades y la afición a
-las costumbres voluptuosas.
-
-En vano fue asolada Mileto en la guerra de los Medos; en vano Síbaris
-fue destruida; los _Cuentos milesios_ y _sibaríticos_ sobrevivieron a
-la prosperidad de ambos pueblos y llegaron a ser la delicia de la Roma
-degenerada. Cuando la derrota de Craso se encontró en el bagaje de un
-oficial romano una colección de esta clase de cuentos, y el _surena_
-leyó el libro ante el Senado de Seleucia, para que se formara juicio de
-las costumbres de aquel pueblo arrogante que pretendía dominar a los
-Partos.
-
-El rival de Septimio Severo, Albino, que fue algún tiempo emperador,
-ocupaba los ratos de ocio que su ambición le permitía, en leer
-a Apuleyo y en escribir _Cuentos milesios_, que sus cortesanos
-encontraban excelentes, pero no tanto su historiador Capitolino.
-
-La colección más famosa de _Cuentos milesios_, es la que compuso, no
-se sabe en qué época, un tal Arístides de Mileto, y que tradujo en
-latín L. Cornelio Sisenna, dos veces citados por Ovidio, quien parece
-decir que la obra de Arístides había sido presentada como histórica.
-Probablemente era un libro en el cual, después de una breve historia de
-Mileto, refería numerosas anécdotas de la vida milesia; anécdotas que
-no eran otra cosa sino _Cuentos milesios_.
-
-Hegesipo y algunos otros escritores a quienes alude Partenio de Nicea,
-sin nombrarlos, escribieron obras de igual índole. En la colección de
-cuentos amatorios que nos ha dejado este gramático, hay muchos _Cuentos
-milesios_; pues como tales deben ser considerados, no solo los que
-Partenio copia de Hegesipo o de cualquiera otro autor de las _Historias
-milesias_, sino todos aquellos que tienen a Mileto por lugar de la
-escena, y por asunto la incontinencia de las mujeres de aquella ciudad.
-
-El recuerdo de estos cuentos se halla en todas las narraciones eróticas
-de la antigüedad, especialmente en las más antiguas. Uno de los
-interlocutores del diálogo de Luciano, titulado _Los amores_, hablando
-de tales narraciones, que acaba de oír, las llama _Cuentos milesios_.
-
-Apuleyo no hizo otra cosa que reunir muchos de estos _Cuentos
-milesios_, entre los cuales está la historia de una madrastra
-enamorada, como _Fedra_, y un _Cuento del cubero_, que ha aprovechado
-Lafontaine.
-
-No creemos que tenga el mismo origen la fábula de _Psique_, aunque
-algunas ficciones de pura fantasía desfiguran un poco el primitivo
-carácter alegórico. Los _Cuentos milesios_ dirigíanse más a los
-sentidos que al sentimiento, y a lo más había en ellos alguna lección
-moral, como en una de las narraciones de Partenio, o alguna intención
-satírica, como en la _Matrona de Éfeso_. Este último cuento, uno de los
-episodios de _El Satiricón_ de Petronio, también procedía, sin duda, de
-la Jonia.
-
-Éfeso tuvo también, quizá como Mileto, su literatura erótica, y en
-Jenofonte de Éfeso su Arístides de Mileto. Al menos era célebre,
-como Mileto, por su vida voluptuosa; y ordinariamente, en cualquiera
-de ambas ciudades colocaban los novelistas griegos la acción de sus
-novelas.
-
-Los _Cuentos milesios_ son imagen de la primera forma de las
-narraciones eróticas en la antigüedad. Eran ligeros y rápidos bosquejos
-en el género de las trovas de la Edad Media, sin la versificación, y de
-los cuentos que forman el _Decamerón_ de Boccacio y el _Heptamerón_ de
-Margarita de Navarra. Destinados únicamente a entretener y excitar las
-imaginaciones sensuales, no tuvieron al principio ninguna pretensión
-literaria, y eran más agradables cuanto más naturales. Es probable que
-no tuvieran, por lo general, más extensión que las narraciones del
-mismo género que Partenio de Nicea extractó de diversas historias para
-que sirvieran de asuntos de elegía a su amigo Cornelio Galo.
-
-Se ve por la obra de Partenio, por una colección idéntica de Plutarco,
-por algunas de las _Narraciones_ de Conón, y por las _Historias
-variadas_ de Eliano, que la influencia de los _Cuentos milesios_
-se hizo sentir hasta en la historia, introduciendo en ella algunos
-episodios eróticos, en su mayor número imaginarios.
-
-Tales eran los cuentos relativos a la cortesana Ródope, que, según
-unos, hizo elevar una de las pirámides de Egipto, invitando a cada
-uno de sus amantes a llevar una piedra, y al decir de otros, llegó a
-ser reina de Egipto gracias a haber perdido sus pantuflos. El nombre
-de Ródope es tan popular entre los novelistas griegos, como el de
-Helena entre los poetas. En _Teágenes y Cariclea_ las seducciones de
-otra Ródope casi triunfaron de la austeridad de un gran sacerdote de
-Menfis, y en _Leucipa y Clitofonte_ también hay otra Ródope, pero esta
-es virtuosa y pura, hasta el punto de provocar con sus desdenes la
-venganza de Venus.
-
-Plutarco, en sus _Obras morales_, cita con la _Pantea_ de Jenofonte
-a la _Timoquea_ de Aristóbulo y a la _Tebea_ de Teopompo, nombres de
-algunas heroínas de los cuentos eróticos mezclados a la historia.
-Fácil sería aumentar esta lista con las narraciones de este género,
-extractadas de la historia por Conón, Partenio y Plutarco, y también
-se hubiera podido hacer con un libro, hoy perdido, que erróneamente se
-atribuyó al logógrafo Cadmo de Mileto, y cuyo título era igual al de la
-obra de Partenio, _Relatos de pasiones amorosas_.
-
-De la historia pasaron los _Cuentos milesios_ a los escritos de los
-filósofos. Rastros de ellos se advierten en el _Banquete_ de Jenofonte,
-en el _Tratado del amor_ de Clearco de Solí, en algunas obras idénticas
-de Teofrastro, de Aristón de Iulis, de Esfodrio el cínico, de
-Favorino de Arlés, y hasta en algunos de los diálogos, mezclados con
-narraciones, que quedan de Plutarco, sobre todo en el que lleva por
-título _Del amor_.
-
-Bastante tiempo después, y acaso poco antes de Petronio, los cuentos
-de amor, tan breves en las _Fábulas milesias_, tan rápidos cuando iban
-mezclados a la historia y a las novelas históricas y filosóficas, como
-las que hasta ahora hemos mencionado, tomaron grande extensión y
-considerable desarrollo. Las antiguas narraciones del género milesio
-consérvanse a veces en forma de episodios en largas novelas, que ven la
-luz en la época romana y en la bizantina, mas en general desaparecen
-al convertirse en narraciones mucho más amplias, que abarcan mucho
-más tiempo, y que complican la acción principal con gran número de
-episodios, y añaden a los principales personajes multitud de figuras
-secundarias.
-
-La transición del cuento a la novela no se realizó sin trabajo, y basta
-comparar la _Luciada_ con _La metamorfosis_ o _El asno de oro_ de
-Apuleyo, para comprender cuán artificial era a veces el procedimiento
-de mezclar multitud de cuentos episódicos a la fábula principal, y cuán
-fácilmente se advierte la soldadura.
-
-Pocos cuentos tuvieron en la antigüedad tanto éxito como el de Lucio
-metamorfoseado en asno gracias a un ungüento mágico, y vuelto a la
-humana forma al comer rosas. No era esta solamente una narración
-erótica, sino un cuento de género fantástico, género que también fue
-muy cultivado en la antigüedad.
-
-Mientras los poetas alimentaban la imaginación popular con narraciones
-relativas a los dioses y las diosas del Olimpo, la superstición no
-dejó de multiplicar los cuentos referentes a seres sobrenaturales y
-a sucesos maravillosos. Para exhortar al bien a los niños, se les
-recitaban fábulas como las de Esopo; para apartarles del mal, cuentos
-terribles en que intervenían los ogros de ambos sexos de la antigüedad.
-Y como el imperio de la credulidad no se limita a la infancia, en todas
-las edades se amedrentaban con cuentos de malhechores y demonios que
-poblaban los espacios, de fantasmas y aparecidos.
-
-Cuando en el primer siglo de la era cristiana el furor de la magia se
-apoderó de todo el mundo pagano, este aspecto de lo maravilloso abrió
-ilimitado campo a la fantasía de los narradores. Las novelas de amor
-tomaron de los cuentos fantásticos muchos de sus episodios, y no hay
-escritor alguno que desaproveche este recurso que aseguraba el éxito
-entre los lectores de su época. No es extraño que esto suceda cuando la
-misma historia también lo hacía; testigo, el genio que, según Plutarco,
-se aparece a Bruto antes de la batalla de Filipos.
-
-Las compilaciones que han llegado a nosotros de Apolonio y de Flegón
-de Tralles, con título de _Historias maravillosas_, contienen
-muchos relatos de esta índole, mezclándose en algunos de ellos el
-artificio de una ingeniosa ficción. Luciano, en uno de sus diálogos
-titulado _El mentiroso_, incluye una serie de cuentos fantásticos
-que corrían en su época, uno de los cuales ha servido a Goethe para
-su cuento _El estudiante brujo_. El filósofo se burlaba de las
-creencias supersticiosas en su tiempo, pero el hombre de ingenio sabía
-aprovecharlas para asuntos de sus amenas obras. Se le cree autor de la
-_Luciada_, y muy bien pudo escribirla como entretenimiento burlesco,
-de igual modo que su contemporáneo el platónico Apuleyo se divirtió en
-hacer _El asno de oro_.
-
-¿Es o no de Luciano la obra que ha llegado a nosotros con el título de
-_Luciada_? Lo que puede asegurarse es que el asunto produjo a lo menos
-dos obras distintas, atribuidas una a Lucio de Patras y otra a Luciano.
-¿Fue este imitador de aquel, o la imitó de este algún falsificador,
-poniéndola bajo el nombre de Lucio de Patras? La crítica no ha podido
-aún resolver estas dudas. En opinión de Mr. Chassang, de cuya excelente
-obra sobre la novela en la antigüedad tomamos estos párrafos, es
-evidente que el cuento fue repetidas veces rehecho en griego, y debe
-ser más antiguo que la versión que ha llegado a nosotros, atribuida a
-Luciano.
-
-Uno de los episodios más extraños de la novela, la monstruosa aventura
-del asno y de la dama de Patras, tenía precedentes en las narraciones
-de los poetas relativas a Pasífae y en lo que dicen los historiadores
-de la hija de Hipomeno.
-
-Focio, que tuvo a la vista dos versiones en griego de esta novela,
-una con el nombre de Luciano y otra con el de Lucio, las aprecia y
-compara. Censura al supuesto Lucio de hablar de todos estos prestigios
-y encantos en el tono propio de quien cree lo que cuenta, y prefiere
-la narración de Luciano, que le parece una agradable burla de las
-supersticiones paganas.
-
-De seguro el falso Lucio no creía más ni mejor que el autor de la
-_Luciada_ en su propia metamorfosis; pero entre esta obra y la de
-Luciano había la diferencia de referir con pesadez y sin ingenio
-anécdotas insípidas por sí mismas, mientras que Luciano dio atractivo
-y belleza a tales extravagancias con una narración ligera, ingeniosa
-y llena de gracejo. Creemos error de la crítica, sigue diciendo Mr.
-Chassang, el haber negado algunas veces esta obra a Luciano; la
-tradición se la conserva, y el buen gusto no la encuentra indigna de
-él. ¿Es acaso inverosímil que hiciera en cuanto a los cuentos mágicos
-lo que había hecho respecto a los viajes imaginarios en su _Historia
-verdadera_? Luciano era de los que tienen el don de transformar cuanto
-tocan.
-
-Uno de los méritos de la _Luciada_ es la brevedad. La prolijidad difusa
-es, por lo contrario, el principal defecto de _El asno de oro_ de
-Apuleyo, y este defecto tiene especial importancia en obras de asuntos
-frívolos. Una broma prolongada fatiga, y así sucede a la novela latina
-de las aventuras de Lucio.
-
-De las dos _Luciadas_, la atribuida a Lucio y la que se cree de
-Luciano, no se sabe cuál imitó Apuleyo; pero él mismo advierte que
-refiere una _fábula griega_, y aun añade que ha hilvanado diversos
-cuentos del género de las fábulas milesias. Así revela el secreto de la
-composición del libro, que consiste en repetir todos los cuentos de la
-_Luciada_, añadiéndoles gran número de circunstancias accesorias y de
-narraciones episódicas.
-
-Una sola de estas narraciones vale más que todo el resto de la obra,
-la historia de Psique. Tampoco fue inventada por Apuleyo, pues
-evidentemente procede de origen griego y muy antiguo. Esta bella
-narración contrasta con los cuentos licenciosos, y a veces obscenos,
-que Apuleyo toma de la _Luciada_, o añade por su cuenta, con tantas
-pinturas inmorales, que ponen de manifiesto una época en que se
-representaban en el anfiteatro los amores de Pasífae y de Leda, cuyo
-realismo los recomendó a la imitación de un escritor famosísimo del
-siglo XVI, el autor de _El Príncipe_ y de _La mandrágora_[2].
-
-
-III.
-
-_Las floridas_ son una colección de extractos o de párrafos de diversas
-memorias y discursos.
-
-El estilo de estos fragmentos es ampuloso, sin variedad y sin
-naturalidad. Imitando el ejemplo de sus maestros de Roma, hacía Apuleyo
-con frecuencia discursos pueriles, cuyo único objeto era su propio
-panegírico y el de sus oyentes. Por fortuna ponía en ellos algunas
-digresiones, y a estas se deben varios detalles curiosos, relativos a
-los usos de la época y a las costumbres religiosas del politeísmo.
-
-Las obras religiosas comprenden: 1.º Un tratado del _Dogma de Platón_,
-que se divide en tres libros: la filosofía natural, la filosofía moral
-extractada de los libros _De Republica_ y de _Las leyes_, de Platón,
-y la lógica, que contiene los principios de Aristóteles y de los
-estoicos. 2.º El tratado de _El mundo_, que reproduce literalmente la
-doctrina cosmogónica de Aristóteles. 3.º El tratado de _El dios de
-Sócrates_, en el cual Apuleyo, admitiendo la realidad del genio de
-Sócrates, examina a qué clase de demonios pertenece.
-
-Este libro ha sido ampliamente refutado por San Agustín. El gran doctor
-acusa a Apuleyo de comercio secreto con el demonio. San Jerónimo le
-considera como el Anticristo, y proscribe en los términos más enérgicos
-sus obras, como inspiradas en el espíritu del mal.
-
-Apuleyo, sin embargo, no pasa de ser un sectario de la filosofía de
-Platón, y dentro y fuera del cristianismo tuvo numerosos cómplices,
-porque era entonces general la influencia del espiritualismo griego,
-no faltando entre los más doctos cristianos quien tratase de conciliar
-los mitos poéticos del discípulo de Sócrates, con la sublime moral de
-Jesucristo, uniendo de esta suerte el antiguo con el nuevo mundo.
-
-No se empeñó en tan difícil trabajo Apuleyo, y acaso porque no tuvo
-ni el propósito, ni siquiera la idea, de demostrar que las doctrinas
-platónicas eran como el presentimiento de la gran reforma humana
-consumada por el cristianismo, incurrió en el anatema.
-
-En los trabajos filosóficos que de él han llegado a nosotros, no es
-Apuleyo más que un traductor; no crea ningún nuevo sistema, limitándose
-a exponer el del maestro. Apenas se atreve a añadir algunos comentarios
-al texto que traduce, a la concreta exposición de las teorías del
-filósofo divino.
-
-No fatiga su imaginación investigando nuevas verdades, ni examinando
-las reconocidas, ingeniándose en reproducir laboriosamente las mismas
-ideas con distintas formas. Socavando en los despojos de la antigua
-lengua latina, encuentra nuevas palabras para disfrazar ideas vulgares,
-siendo como escritor lo mismo que era como orador.
-
-Este estilo bárbaro e insólito fue sin duda lo que engañó a sus
-piadosos adversarios, atribuyéndole lo que pertenecía a Platón. No
-conocieron al amable filósofo vestido con tan rústico traje, ni
-encontraron en el latín de África rastro alguno de aquella dicción
-griega tan pura y tan perfecta, de aquel estilo encantador, propio del
-amado discípulo de Sócrates.
-
-
-
-
-EL ASNO DE ORO
-
-
-
-
-INTRODUCCIÓN
-
-
-En este libro podrás conocer y saber diversas historias y fábulas, con
-las cuales deleitarás tus oídos y sentidos: si quisieres leer y no
-menospreciares mi escritura, porque aquí verás las fortunas y figuras
-de hombres convertidas en otras imágenes y tornadas otra vez en su
-misma forma; de manera, que te maravillarás lo que digo. Y si quieres
-saber quién soy, en pocas palabras te lo diré:
-
-Mi antiguo linaje es de Atenas y de Lacedemonia, que son ciudades muy
-fértiles y nobles, celebradas por muchos escritores. En esta ciudad de
-Atenas comencé a aprender siendo mozo; después vine a Roma, donde con
-mucho trabajo y fatiga, sin que maestro me enseñase, aprendí la lengua
-natural de los romanos. Así que pido perdón si en algo ofendiere,
-siendo yo rudo para hablar lengua extraña. Que aun la misma mudanza
-de mi hablar responde a la ciencia y estilo variable que comienzo a
-escribir.
-
-La historia es griega; entiéndela bien y habrás placer.
-
-
-
-
-EL ASNO DE ORO.
-
-LIBRO PRIMERO.
-
-ARGUMENTO.
-
- Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue a la provincia
- de Tesalia, donde estas artes se usaban, y en el camino se juntó
- con otros dos compañeros: y en aquel camino iban contando cosas
- increíbles y de maravillar de un embaidor y de dos hechiceras. -- Y
- luego cómo llegó a la ciudad de Hipata, y de su huésped Milón, y lo
- que le aconteció en su casa la primera noche. -- Lee y verás cosas de
- mucho gusto, y toma lo mejor para ti.
-
-
-I.
-
- Cómo Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue a la provincia
- de Tesalia, y en el camino se juntó con dos compañeros, los cuales
- iban contando admirables acaecimientos de hechiceras.
-
-Yendo yo a Tesalia (que de allí era mi linaje por parte de mi madre, de
-aquel noble Plutarco, y Sexto su sobrino), después de haber pasado por
-sierras y valles, deleitosos prados llenos de hierbas y campos arados,
-ya mi caballo iba rendido, y así por esto, como por ejercitar las
-piernas, que llevaba cansadas de venir caballero, salté de él en tierra
-y comencé a caminar muy poco a poco, llevándolo por delante. De esta
-manera alcancé dos compañeros que iban allí cerca, y escuché lo que
-hablaban.
-
-El uno de ellos, con una risa, dijo:
-
---Calla ya; no digas esas palabras mentirosas.
-
-Como esto le oí, deseando saber cosas nuevas, dije:
-
---Señores, repartid conmigo de lo que vais hablando, porque huelgo
-mucho de oír cosas tales, y también porque subiendo esta tan áspera
-cuesta, el hablar nos alivie parte del trabajo.
-
-Entonces, aquel que había comenzado la plática primera, nos dijo:
-
---Por cierto no es más verdad esta mentira, que si alguno dijese que
-con arte mágica se vuelven atrás los caudalosos ríos, que la mar se
-cuaja, que los aires no se mueven, que el sol está fijo en el cielo,
-que despuma en las hierbas la luna, que se arrancan del cielo las
-estrellas, que se quita el día y la noche se detiene.
-
-Yo entonces, con un poco más de osadía, dije:
-
---Oyes, tú que comenzaste la primera habla, por amor de mí que no te
-pese ni te enojes de proseguir adelante.
-
-Asimismo dije al otro:
-
---Paréceme que tú, con grueso entendimiento y rudo corazón,
-menosprecias lo que por ventura es verdad, y no sabes que muchas cosas
-juzgan los hombres por mentira, o porque nunca fueron vistas, o porque
-ellas parecen más grandes de lo que se puede pensar, las cuales, si
-bien se mirasen y contemplasen, no solamente serían claras de hallar,
-pero aun fáciles de hacer. Porque yendo yo un día a Atenas, y llegando
-a la puerta grande que llamaban Decile, vi un hombre de estos que
-hacen juegos de manos, que tragó una espada bien aguda por la punta.
-Y luego, por un poco de dinero que le dieron, tomó una lanza por el
-hierro y metiósela por la barriga; de manera que el hierro que entró
-por la ingle le salió por la parte del colodrillo a la cabeza, y en
-la punta de él apareció un niño volteando y danzando, de lo cual nos
-maravillamos cuantos allí estábamos, que no dijeras sino que era el
-báculo del dios Esculapio, medio cortados los ramos y nudoso, con una
-serpiente volteando encima. Así que, tú que comenzaste a hablar, torna
-lo comenzado, que yo solo te creeré, y demás de esto te prometo que en
-el primer mesón en que entremos te convidaré a comer conmigo, y esta
-será la paga de tu trabajo.
-
-Él respondió:
-
---Pláceme aceptar lo que dices, y luego proseguiré lo que antes había
-comenzado, y primero, te juro por el sol, te he de contar cosas que así
-han pasado, porque no dudes que cierto por mí pasaron, aunque me pesó,
-y en esta ciudad que aquí cerca está, es cosa muy sabida y manifiesta.
-Y porque sepáis quién soy, de qué tierra y qué es mi oficio, habéis
-de saber que yo soy de Egina y ando por estas provincias de Tesalia,
-Etolia y Beocia, de acá para allá, buscando mercaderías de queso, miel
-y semejantes cosas de taberneros, y como oyese decir que en la ciudad
-de Hipata (la cual es la más principal de Tesalia) hubiese buen queso,
-de buen sabor y provechoso para vender, corrí luego allá para comprar
-todo lo que pudiese; pero con el pie izquierdo entré en la negociación,
-que no me sucedió como esperaba, porque otro día antes había venido
-otro negociador que se llamaba Lobo, y lo había comprado todo. Así que
-yo, fatigado del camino, fuime hacia el baño y de improviso hallé en la
-calle a Sócrates, mi amigo y compañero, que estaba sentado en tierra
-medio vestido, con un sayuelo roto, tan disforme, flaco y amarillo, que
-parecía tal como aquellos que la triste fortuna trae a pedir por las
-calles. Como yo lo vi, aunque era muy familiar mío y compañero, con
-todo esto dudé si le conocía, y llegándome a él, dije:
-
---¡Oh mi Sócrates! ¿Qué es esto? ¿Qué gesto es ese? ¿Qué desventura fue
-la tuya? En tu casa ya eres llorado; ya a tus hijos han dado tutores
-los alcaldes. Tu mujer, después de hechas tus exequias y haberte
-llorado, cargada de luto y tristeza, es importunada por sus parientes
-que se case, y tú estás aquí como estatua del diablo con nuestra
-injuria y deshonra.
-
-Él entonces me respondió:
-
---¡Oh Aristómenes, no sabes tú las vueltas y rodeos de la fortuna y sus
-instables movimientos!
-
-Y diciendo esto, con su falda rota se cubrió la cara de manera que se
-descubrió desde el ombligo abajo.
-
-Yo no pude sufrir tan miserable vista y triste espectáculo; tomelo por
-la mano y trabajé con él porque se levantase, y él así con la cara
-cubierta, me dijo:
-
---Déjame use la fortuna conmigo de su triunfo y siga lo que comenzó.
-
-Yo luego desnudeme una de mis vestiduras y prestamente se la vestí,
-aunque mejor diría que lo cubrí, e hícelo ir a lavar al baño, y dile
-todo lo que fue menester para untarse y limpiar la mucha suciedad que
-tenía. Después de bien curado llevelo al mesón e hícelo asentar a la
-mesa y comer a su placer, amanselo con el comer, alegrelo con el beber,
-de manera que ya estaba inclinado a hablar en cosas de juego y placer,
-para conversar como hombre decidor, cuando de lo íntimo de su corazón
-dio un mortal suspiro, y con la mano derecha se dio un gran golpe en la
-cara, diciendo:
-
---¡Oh mezquino de mí! que en tanto que anduve siguiendo el arte de
-la esgrima, que mucho me placía, caí en estas miserias, porque, como
-tú bien sabes, después de la mucha ganancia que hube en Macedonia,
-partiéndome de allí con mi dinero, un poco antes que llegase a la
-ciudad de Larisa, pasando por un valle muy grande lleno de espesa
-arboleda, hay unas grandes decendidas; allí me cercaron los ladrones y
-me robaron cuanto traía, y yo escapé medio muerto; víneme a la ciudad
-y posé en casa de una vieja tabernera llamada Meroes, mujer sabia y
-parlera, a la cual conté lo que me acaeció en el camino y la gana y
-ansia que tenía por volver a mi casa, contándole mis penas con mucha
-fatiga y miseria; ella me empezó a tratar humanamente y diome a cenar
-muy bien y de balde, y así que, movida o alterada de amor, metiome en
-su cámara y cama. Yo, mezquino luego, como llegué a ella una vez, se me
-pegó tanta enfermedad y vejez, que por huir su conversación todo cuanto
-tenía le di, hasta las vestiduras que los buenos ladrones me dejaron
-con que me cubriese, y aun algunas de las cosas que había ganado. Así
-que aquella buena mujer y mi mala fortuna me trajeron a este gesto que
-poco antes me viste.
-
-Yo le respondí:
-
---Por cierto, tú eres merecedor de cualquier mal que te viniese, pues
-que una mala mujer, y un vicio carnal tan sucio, te hizo olvidar de tu
-casa, mujer e hijos.
-
-Sócrates entonces, poniendo el dedo en la boca, mirando en derredor a
-ver si era lugar seguro para hablar, dijo:
-
---Calla, calla, no digas mal contra esta mujer que es maga, por ventura
-no recibas algún daño por tu lengua.
-
-A lo cual yo le respondí:
-
---¿Cómo es eso de esa tabernera, y tanto puede? ¿Qué mujer es?
-
-Él respondió:
-
---Es muy astuta hechicera, que puede más que los diablos, y los manda
-a zapatazos; hará temblar la tierra, y cuajar las aguas, deshacer los
-montes, oscurecer las estrellas, conjurar los muertos, resistir a los
-dioses.
-
-Cuando le oí decir estas cosas, le dije:
-
---Ruégote, por Dios, que no hablemos más en materia tan alta, hablemos
-en cosas comunes.
-
-Sócrates dijo:
-
---¿Quieres oír alguna cosa o muchas de las suyas? Pues has de saber que
-ella hace que dos enamorados se quieran bien y se amen muy fuertemente,
-no solamente aquí los naturales, pero aun los que están muy lejos,
-aunque sea en el cabo del mundo. Oye ahora lo que en presencia de
-muchos osó hacer a un enamorado suyo porque tuvo que hacer con otra
-mujer: con una sola palabra lo convirtió en un animal que llaman
-castor, el cual tiene esta propiedad, que temiendo de no ser tomado
-por los cazadores, córtase su natura porque lo dejen; y porque otro
-tanto le aconteciese a aquel su amigo, lo tornó en aquella bestia.
-Asimismo, a otro su vecino tabernero que le quería mal, convirtió en
-rana; y ahora el mezquino viejo andaba nadando en la tinaja del vino,
-y escondiéndose debajo las heces; canta cuando vienen a su casa los
-que continuaban a comprar de él. También a otro procurador de causas,
-porque abogó contra ella, lo transformó en un carnero; y así en esta
-forma procura ahora los pleitos. Esta misma, porque la mujer de un su
-enamorado le dijo cierta injuria, le hizo tal hechizo, que quedó con
-la barriga muy grande, como preñada, y todos cuentan el tiempo de su
-preñez, que son ya ocho años que a la mezquina crece el vientre, como
-preñez de elefante. La cual, como a muchos dañase, fue tanta la ira que
-el pueblo tomó contra ella, que determinaron de apedrearla; pero con
-sus encantamentos, ella supo lo que estaba ordenado, y como aquella
-Medea, que con la tregua de un día que alcanzó del rey Creón, toda su
-casa, y su hija, y al mismo rey, quemó en vivas llamas, así esta, con
-sus imprecaciones infernales, que dentro de un sepulcro hizo (según que
-la beoda me contó), a todos los vecinos de la ciudad encerró en sus
-casas con la fuerza de sus encantamentos, que en dos días no pudieron
-romper las cerraduras ni abrir las puertas, hasta que unos a otros se
-amonestaron y juraron de no tocarle ni hacer mal alguno, antes de darle
-todo favor y ayuda. De esta manera amansada, desligó toda la ciudad;
-pero al autor de este escándalo, con su casa entera, y sus cimientos,
-a media noche la llevó a otra ciudad cien millas de allí; y porque en
-la ciudad no había lugar donde pudiese asentar la casa, por la mucha
-vecindad, la puso en el arrabal, y allí la dejó.
-
-Cuando yo le oí esto, díjele:
-
---Por cierto, mi Sócrates, tú dices cosas muy espantables y crueles, y
-sin duda que en gran miedo me has puesto. Y porque esta vieja (usando
-de su encantamento) habrá entendido nuestra plática, vámonos a dormir,
-y muy de mañana huyamos de aquí lo más lejos que pudiéremos.
-
-
-II.
-
- Cómo prosiguiendo Aristómenes (que así se llamaba el compañero) su
- historia, contó a Lucio Apuleyo cómo dos hechiceras, Meroes y Pancia,
- degollaron aquella noche a Sócrates.
-
-Aún yo no había bien acabado de decir esto, cuando Sócrates se
-adormeció, así por haber bebido de lo que no acostumbra, como también
-por la luenga fatiga que había padecido.
-
-Yo entonces entré la puerta dentro de la cámara y echele la aldaba, y
-acosteme sobre una camilla que estaba cerca los quicios de la puerta.
-Así que del miedo que tenía velé un poco, y siendo casi media noche,
-comenzáronseme a cerrar los ojos; mi fe, si os place, ya dormía, y
-súpitamente las puertas se arrancaron de sus quicios, y se cayeron en
-tierra.
-
-Mi camilla en que estaba, como era pequeña, y cojo el banco de un pie
-y los otros podridos, con la fuerza e ímpetu de la puerta, cayó en
-tierra, y yo caí debajo en el suelo, porque como la cama se volvió,
-tomome debajo de sí; entonces sentí un efecto natural en contrario, que
-así como en un gran placer suelen venir lágrimas, así a mí, que estaba
-lleno de miedo, me venía gran risa, porque estaba de hombre hecho
-tortuga.
-
-Estando así en el suelo cubierto con mi camilla, vi dos mujeres viejas;
-la una traía un candil ardiendo, la otra un puñal y una esponja, y
-pusiéronse cerca de Sócrates, que dormía muy bien. La que traía el
-puñal dijo a la otra:
-
---Hermana Pancia, este es el gran enamorado Endimión, otro Ganímedes,
-que días y noches burló de mi juventud. Este es el que no solamente
-contando mis amores me difama y deshonra, mas aun ahora se quería huir,
-y que yo quede sola y con pena, como Calipso cuando Ulises la dejó y se
-fue.
-
-Diciendo esto me señaló con la mano, y dijo a Pancia:
-
---Y también este buen consejero Aristómenes, que es el autor de esta
-huida, cercano está de la muerte, echado yace en tierra debajo de la
-cama; todo esto bien lo ha mirado, mas no crea que ha de pasar sin
-pena por lo que contra mí dijo, yo le haré que luego, y aun ahora, se
-arrepienta de lo que malamente ha hablado y del consejo de la huida que
-quiere hacer.
-
-Yo, mezquino, como entendí estas palabras, cubrime de un sudor frío y
-comenzome a temblar todo el cuerpo, en tanta manera, que mi camilla
-saltaba temblando en mis espaldas.
-
-Pancia dijo entonces:
-
---Pues, hermana, ¿por qué a este no despedazamos primero o le cortamos
-su natura?
-
-Respondiole Meroes (que era la tabernera, la cual conocí más por su
-gesto de vino que por otra cosa):
-
---Antes me parece que debe de vivir este, para que entierre a este otro
-cuitado.
-
-Y tomando la cabeza de Sócrates por la parte siniestra de la garganta,
-le metió el puñal hasta los cabos, y tomó la sangre en un barquino, de
-manera que gota no pareció, y metiendo la mano por la llaga hasta las
-entrañas, sacó el corazón de mi triste compañero, el cual, como tenía
-cortado el gaznate, no pudo dar ni un solo gemido.
-
-Pancia tomó la esponja que traía, y metióla en la boca de la llaga,
-diciendo:
-
---Tú, esponja, nacida en la mar, guarda que no pases por ningún río.
-
-Diciendo esto, ambas se vinieron a mí y quitáronme la cama de encima,
-y puestas en cuclillas meáronme la cara, tanto, que me remojaron muy
-bien, y entonces se fueron, y luego las puertas se tornaron a su lugar
-como de antes estaban.
-
-Yo, como estaba echado en tierra, desnudo y frío y remojado de orines,
-como si entonces hubiera salido del vientre de mi madre, dije entre mí:
-
-«¿Qué será de mí cuando se hallare este a la mañana degollado? ¿Quién
-me podrá creer, aunque dé mil razones? Porque luego me dirán: Si tú,
-hombre tan grande, no podías resistir a una mujer, a lo menos dieras
-voces y llamaras socorro. ¿Cómo en tu presencia degollaban un hombre?
-¿Por qué, si eran ladrones, no mataban a ti como a él? Así que, pues
-escapaste de la muerte, torna a ella.»
-
-Considerando yo estas cosas muchas veces, íbase la noche, y venía el
-día; pareciome buen consejo salirme antes de él, y tomar mis alforjas y
-mi capa.
-
-Comencé de abrir las puertas de la cámara con la llave, y aquellas, que
-esa noche de su voluntad se abrieron, a mala vez y con mucho trabajo
-pude abrir, dando veinte vueltas a la llave.
-
-Después que salí de la cámara, fuime a la puerta del mesón, y dije al
-portero:
-
---Oyes, tú, ábreme la puerta, que quiero caminar de mañana.
-
-El que cerca de la puerta estaba echado, me respondió:
-
---¿Cómo te quieres partir ahora, que aún es de noche? ¿No sabes que
-andan ladrones por los caminos? Si tú eres tan simple que deseas
-morir, nosotros no tenemos cabezas de calabaza que queramos morir por
-ti.
-
-Yo dije:
-
---No hay mucho de aquí al día, cuanto más, que a hombre pobre, ¿qué
-pueden robarle los ladrones? ¿No sabes tú, hermano, que a hombre
-desnudo, diez valientes no le pueden despojar?
-
-A esto el embeleñado villano, medio dormido, dio una vuelta sobre el
-otro lado, diciendo:
-
---¿Y qué sé yo ahora si dejas degollado aquel tu compañero con quien
-cenabas anoche, y te vas huyendo?
-
-Cuando yo le oí aquello, en aquel punto me pareció abrirse la tierra, y
-que vide el maldito profundo del infierno, y el traidor del Cancerbero
-hambriento por tragarme. Acordóseme que aquella buena de Meroes no me
-había dejado de matar por misericordia, mas por crueldad, por guardarme
-para la horca. Así que torneme a la cámara, y pensaba entre mí qué
-linaje de muerte me habían de dar al otro día; con esta cuita determiné
-de matarme, y como en la cámara no hubiese armas, volvime a mi camilla,
-y díjele:
-
---¡Oh mi lecho amado, que has padecido conmigo tanta fatiga esta noche,
-tú eres sabedor de lo que aquí se hizo; a ti solo puedo tomar por
-testigo de mi inocencia; ruégote que si tengo que morir, me des algún
-socorro!
-
-Y diciendo esto, desaté una soguilla con que estaba tejido, y echéla
-de un madero, e hice un lazo en la cuerda, y subido encima de la cama,
-me lo puse atado al pescuezo, y dando con los pies en la cama por
-apartarla, para que el cuerpo quedase en el aire, y me ahogase, la
-cuerda, súpitamente, con el peso del cuerpo se hizo pedazos de vieja
-y podrida; yo, como caí de lo alto, di sobre Sócrates, que estaba allí
-echado cerca de mí. Y luego en ese momento entró el portero dando voces:
-
---¿Dónde estás tú que a media noche con gran prisa te querías partir, y
-ahora te estás en la cama?
-
-A esto, no sé si o con la caída que yo di, o por las voces y baraúnda
-del portero, Sócrates se levantó primero que yo, diciendo:
-
---No sin causa los huéspedes aborrecen y dicen mal de estos mesoneros;
-ved ahora este necio importuno cómo entró de rondón en la cámara, creo
-que por hurtar algo. Con sus voces me despertó.
-
-Cuando yo vi a mi compañero hablar, fuime a él y abracele y besele
-muchas veces; él me dijo:
-
---Quítate allá, que hiedes malamente.
-
-Entonces yo le mudé el propósito, y lo hice levantar, y luego nos
-partimos. Empezamos a caminar ya cuando el sol alumbraba toda la
-tierra: yo iba muy curiosamente mirando a mi compañero la garganta por
-aquella parte que le había visto meter el puñal, y decía entre mí.
-
-Cierto, anoche yo estaba tan lleno de vino, que soñé cosas del diablo:
-he aquí Sócrates vivo y sano. ¿Dónde está la herida? ¿Dónde esta la
-esponja?
-
-Entonces dije a mi compañero:
-
---No sin causa dicen los médicos que los que mucho cenan y beben,
-sueñan pesados sueños, así me aconteció a mí, que anoche, como me
-desordené en el beber, soñé crueles y espantables cosas, que aun me
-parecía que estaba rociado con sangre de hombre.
-
-A esto respondió él riéndose:
-
---Antes me parece que estás rociado con meados. Pero también soñaba
-yo que me degollaban, y me dolió la garganta, y que me arrancaban el
-corazón: y aun ahora no puedo resollar; por tanto, quería comer alguna
-cosa para esforzar.
-
-Yo entonces le dije:
-
---He aquí el almuerzo.
-
-Luego saqué pan y queso, y sentámonos a almorzar. Yo lo estaba mirando
-cómo tragaba los bocados con una flaqueza intrínseca y un color
-amarillo, que parecía de muerto: yo, pensando en aquellas brujas,
-estaba tan medroso, que el bocado de pan que había mordido se me
-atravesó en el galillo, de manera que no podía pasar abajo, ni tornar
-arriba, y también tenía temor por no ver pasar a nadie por el camino.
-
-Sócrates, desde que hubo bien comido del pan y queso, tenía gran sed,
-y cerca de allí do estábamos asentados, corría un hermoso y claro
-río, adonde mi compañero fue a matar su sed; y echándose de bruces
-en el agua, empezando a meter los labios, se le abrió súpitamente la
-degolladura, y de dentro salió la esponja con una poca de sangre.
-
-Yo, cuando esto vi, asile por los pies y tirelo a tierra, que de otra
-manera, el cuerpo sin alma cayera en el río. Después (según el tiempo
-y lugar) lloré a mi compañero, y le di en la arena sepultura para
-siempre. Y con mucha ansia me fui por esos caminos; y dejando mi tierra
-y casa, tomando voluntario destierro me fui a Etolia, y allí me casé,
-donde ahora soy morador.
-
-De esta manera nos contó Aristómenes su historia: y el otro su
-compañero, medio riendo, dijo:
-
---No hay mentira tan fabulosa en el mundo como esta.
-
-Y mirando hacia mí, dijo:
-
---Tú, hombre de bien (según tu presencia y hábito muestran), ¿crees
-esta conseja?
-
-Yo le respondí:
-
---Cierto: no pienso que hay cosa imposible, porque muchas veces acaecen
-a mí y a ti, y a todos los hombres, cosas maravillosas que nunca
-acontecieron, que si se cuentan a persona rústica, no son creídas.
-
-Y volviéndome a Aristómenes, le dije:
-
---Mucho holgué de oír tu historia, y de mi parte lo agradezco mucho,
-porque con tu cuento me hiciste olvidar el camino y pasarlo sin fatiga;
-del cual beneficio también mi caballo lleva su parte, porque sin
-trabajo suyo he venido hasta la puerta de esta ciudad, no encima de él,
-mas de mis orejas.
-
-Aquí nos apartamos; yo entré en la ciudad, y mis compañeros pasaron
-adelante.
-
-
-III.
-
- Cómo Lucio Apuleyo llegó a la ciudad de Hipata y fue a posar en casa
- de Milón, y lo que con Pitias le aconteció.
-
-Llegando al primer mesón que hallé, pregunté a una vieja tabernera si
-conocía uno de los principales de aquel pueblo que se llamaba Milón.
-
-La vieja respondió:
-
---Por cierto así es, que este Milón es el más honrado de su casa.
-
-Yo le dije:
-
---Madre mía, dejemos burlas y dime en qué casa mora.
-
-Ella respondió:
-
---¿Ves aquellas ventanas del cabo que están fuera de la ciudad, de
-frente una calleja sin salida? pues allí mora Milón, harto rico, y
-mayor avariento, y de baja condición, hombre infame y sucio, que no
-tiene otro oficio sino continuo dar dinero a usura, sobre buenas
-prendas de plata y oro; metido en una casilla pequeña, está siempre
-pensando en su dinero, con su mujer, compañera de tristeza y avaricia,
-y no tiene en su casa persona, sino una mozuela, y tanto es avariento,
-que anda vestido como un pobre hombre.
-
-Cuando yo oí esto, reíme entre mí, diciendo:
-
---Por cierto, bien encaminado vengo de mi amigo Demeas, pues a tal
-hombre me envía para que me dé posada, en cuya casa ni habrá miedo del
-humo ni del olor de la cocina.
-
-Y diciendo esto llegué a la puerta de Milón, a la cual, como estaba muy
-bien cerrada, empecé a llamar.
-
-En esto salió una mozuela de dentro, que me dijo:
-
---Oyes tú, que tan reciamente llamas a la puerta, ¿qué prenda traes
-para que te preste sobre ella dineros?
-
-Yo le respondí:
-
---Mejor lo haga Dios conmigo; respóndeme si está en casa tu señor.
-
-Ella dijo:
-
---Sí está; mas dime: ¿qué es lo que quieres?
-
-Yo respondí:
-
---Tráigole cartas de Corinto, de su amigo Demeas.
-
-Ella me dijo:
-
---Espera en cuanto se lo digo.
-
-Y cerrando muy bien la puerta, se entró para dentro.
-
-De allí a poco tornó a salir, y abriéndola, me dijo que entrase.
-
-Yo entré y hallé a Milón sentado a una mesilla pequeña, que entonces
-empezaba a cenar. Y la mujer estaba sentada a los pies, y en la mesa
-había poco o casi nada que comer.
-
-Él me dijo:
-
---Esta es tu posada.
-
-Yo le di muchas gracias, y luego le di las cartas de Demeas, las cuales
-por él leídas, dijo:
-
---Yo soy muy contento de tener tan honrado huésped como mi amigo Demeas
-me envía.
-
-Y diciendo esto, hizo levantar a su mujer, y a mí, tomándome por la
-halda, me hizo sentar en su lugar, diciendo que por miedo de ladrones
-no tenía otra silla ni otras cosas que convenían.
-
-Después que yo fui sentado, me dijo.
-
---Huésped honrado, ruégote que no menosprecies la angostura de mi casa,
-que está aparejada para lo que mandares, y ves allí a aquella cámara,
-que es razonable, donde puedes estar a tu placer. Porque cierto, tu
-persona hará mayor la casa; demás de esto, imitarás a tu padre Teseo,
-que nunca se menospreció de posar en casa de aquella buena vieja
-Hecales.
-
-Entonces llamó a la moza, y díjole:
-
---Andria, toma esta ropa del huésped y ponla a buen recaudo, y saca
-aceite para untarse y un paño para limpiarle, y llévalo al baño más
-cercano, porque vendrá fatigado del largo camino.
-
-Cuando yo le oí esto, dije:
-
---No he menester nada de esto, que yo iré y preguntaré por el baño. Lo
-que ahora querría es que para mi caballo me compres tú, Andria, heno y
-cebada, ves aquí los dineros.
-
-Entonces puse mi ropa en aquella cámara, y yendo al baño, acordé de
-proveer primero algo para cenar, y fuime a la plaza de Cupido a donde
-había gran abundancia, y compré pescado.
-
-Al tiempo que me venía topé con Pitias, que fue mi compañero cuando
-estudiábamos en Atenas, el cual, como me vio, se vino a mi y abrazome y
-diome paz amorosamente, y dijo:
-
---¡Oh, mi Lucio! mucho tiempo ha que no nos vimos; ¿qué es ahora la
-causa de tu venida?
-
-Yo dije:
-
---Mañana nos veremos más despacio, y entonces te lo diré. Mas ¿qué es
-esto? Yo he gran placer en verte con vara de justicia; según tu hábito,
-debes tener oficio en la ciudad.
-
-Él me respondió:
-
---Soy almotacén, tengo cargo de las cosas de comer; por eso, si quieres
-comprar algo, bien te podré aprovechar.
-
-Yo no quise, porque ya tenía comprado lo necesario para cenar. Pero él,
-como vio la espuerta del pescado, tomola, y mirando los peces que en
-ella había, dijo:
-
---¿Cuánto te costó este rehús?
-
-Yo le dije que veinte maravedís. Lo cual como él oyó, tomome por la
-halda y llevome a la plaza de Cupido y preguntome:
-
---¿De cuál de estos lo compraste?
-
-Yo le mostré un vejezuelo que estaba sentado en un rincón. Al cual, con
-voces ásperas (como a su oficio convenía), empezó a maltratar diciendo:
-
---Vosotros ni perdonáis a nuestros amigos ni a los forasteros que
-aquí vienen, porque vendéis el pescado podrido por tan gran precio, y
-hacéis con vuestra carestía que una ciudad como esta, que es la flor
-de Tesalia, se torne en un desierto. Pero no lo haréis sin pena, a lo
-menos en tanto que yo tuviere este cargo.
-
-Y tomando la espuerta del pescado la derramó por el suelo e hizo a
-uno de sus oficiales que lo rehollasen con los pies. Así que mi amigo
-Pitias contestó con este castigo, me dijo:
-
---Lucio, bien basta lo que hice a este vejezuelo; vete con Dios.
-
-Yo quedé mal contento de esto, y me fui al baño sin cena y sin dineros,
-por el buen consejo de aquel mi amigo Pitias. Así que, después de
-lavado, torneme a la posada de Milón y entreme en la cámara.
-
-Luego vino Andria, la moza de casa, a llamarme diciendo:
-
---Ruégate mi señor que vayas allá.
-
-Yo, sabiendo la miseria de Milón, excuseme diciendo que quien venía
-fatigado del camino, más había menester reposar en la cama que otra
-cosa.
-
-Mas Milón se vino a mí, y tomome por la mano y llevome a aquella su
-pequeña y pobre mesilla, donde me hizo sentar. Y luego me preguntó:
-
---¿Cómo está mi amigo Demeas? ¿cómo está su mujer e hijos?
-
-Yo le di cuenta de todo muy cumplidamente. Así mismo me preguntó
-ahincadamente la causa de mi venida, la cual después que muy bien le
-relaté, me preguntó de la tierra y del estado de la ciudad, y quién la
-regía y gobernaba, y otras cosas.
-
-Plugo a Dios que acabó de parlar el viejo rancioso, más hambriento del
-sueño que harto de la cena, y dándome licencia me fui a dormir.
-
-
-
-
-LIBRO II.
-
-ARGUMENTO.
-
- Andando Lucio Apuleyo mirando la ciudad de Hipata, se conoció con
- una tía suya; era dueña muy rica; y cómo fue avisado de ella que se
- guardase de la mujer de Milón, porque era grande hechicera. -- Y cómo
- se enamoró de la moza de casa. -- Y de un convite que le hizo su tía,
- donde infiere cosas graciosas y de placer. -- Y cómo guardando uno a
- un muerto, le cortaron las narices y orejas. -- Después, cómo Lucio
- Apuleyo tornó de noche a su posada cansado de haber muerto, no a tres
- hombres, mas a tres odres.
-
-
-I.
-
- Cómo andando Lucio Apuleyo por la ciudad se conoció con una su tía,
- que le dio algunos avisos.
-
-Viniendo la mañana, yo me levanté con ansia y deseo de saber aquellas
-cosas que son raras y maravillosas, pensando entre mí que estaba en
-aquella ciudad tan populosa, y que era nombrada por todo el mundo de
-haber en ella muchos encantamentos de arte mágica.
-
-También consideraba en aquella fábula de Aristómenes mi compañero,
-la cual había acontecido en aquella ciudad. Y así andaba escudriñando
-todas las cosas que veía. Y no había cosa que, mirándola yo, creyese
-ser lo que veía; mas parecíame que todas con encantamento estaban
-tornadas en otra figura. Andando así, atónito, no hallando principio
-a lo que deseaba, halleme en la plaza de Cupido, a donde vi venir una
-dueña con una buena compañía de servidores, vestida de oro y seda y
-piedras preciosas. Venía a su lado un viejo honrado, el cual, como me
-vio, dijo:
-
---En verdad, este es Lucio.
-
-Y diome paz; y llegándose a la oreja de la dueña, no sé qué le habló,
-que, volviéndose a mí, dijo:
-
---¿Por qué no te llegas a tu madre y le hablas?
-
-Yo le respondí:
-
---He vergüenza, porque no la conozco.
-
-Y diciendo esto me detuve.
-
-Ella puso los ojos en mí, diciendo:
-
---¡Oh bondad generosa de aquella muy noble Salvia, tu madre, prima mía,
-que en todo le pareces! Llégate a mí, que yo soy aquella Birrena, tu
-tía, cuyo nombre bien has oído muchas veces a tus padres. Ruégote que
-vengas a mi posada, aunque mejor diré a la tuya.
-
-A esto respondí con mucha mesura y cortesía:
-
---Señora, yo poso en casa de Milón, y no me será bien contado mudar de
-posada; lo que haré será que te visitaré muchas veces.
-
-Hablando estas y otras cosas llegamos a su casa, la cual era muy
-hermosa y bien labrada. Había en ella cuatro órdenes de columnas de
-mármol, y sobre cada columna de las esquinas estaba una estatua de la
-diosa de la Victoria, tan artificiosamente labradas, con sus rostros,
-alas y plumas, que parecía que querían volar. De la otra parte estaba
-la estatua de la diosa Diana, hecha de mármol muy blanco, enfrente de
-la entrada de la puerta. Estaba esta diosa tan pulidamente labrada,
-que parecía que el aire llevaba su vestidura y que se movía y andaba,
-y en su presencia mostraba gran majestad. Alderredor de ella estaban
-sus lebreles, hechos del mismo mármol, que parecía que amenazaban
-con los ojos, las orejas alzadas, las narices y las bocas abiertas.
-A las espaldas de esta diosa estaba una piedra muy grande, cavada
-en manera de cueva, en la cual había esculpidas hierbas de muchas
-maneras, con sus troncos y hojas, pámpanos y parras, y otras flores que
-resplandecían dentro de la cueva con la claridad de la estatua Diana,
-que era de mármol muy claro, y resplandeciente. Pensaras que viniendo
-el tiempo de las uvas, cuando ellas maduran, que podrás coger de ellas
-para comer. Y si miraras las fuentes que a los pies de la diosa corrían
-como un arroyo, creyeras que los racimos que cuelgan de las parras eran
-verdaderos, que aun no carecen de movimiento dentro en el agua. En
-medio de estos árboles y flores estaba la imagen del rey Acteón; estaba
-mirando cómo ella se lavaba en la fuente y cómo él se tornaba ciervo
-montés.
-
-Andando yo mirando esto con mucho placer, dijo aquella Birrena, mi tía:
-
---Tuyo es todo lo que aquí ves.
-
-Y diciendo esto mandó a los que allí estaban que se apartasen, que
-quería hablar un poco secreto; los cuales apartados, me dijo:
-
---Lucio, hijo muy amado, por esta diosa que delante de nos está,
-que tengo mucha compasión y ansia de ti, deseando cómo proveerte y
-remediarte, porque no te querría ver en esta tierra, ni en otra, en
-peligros y trabajos que ligeramente vienen a las personas. Guárdate
-fuertemente de las malas artes y peores halagos de aquella Pánfila,
-mujer de tu huésped Milón, porque es gran mágica y maestra de cuantas
-hechicerías se pueden pensar; que con cogollos de árboles y pedrezuelas
-y semejantes cosas, con ciertas palabras hace que la luz del día se
-torne tinieblas, y que la mar se levante y la tierra tiemble. Y si ve
-algún gentilhombre que tenga buena disposición, luego se enamora de
-él, y le hace tales encantamentos, que le ata el cuerpo y el alma, y
-después que se harta de él, conviértelo en piedra o en bestia, o en
-otra forma que ella quiere, y a otros mata. Esto te digo temblando,
-porque te guardes, que es muy enamorada, y tú, como eres mozo y
-gentilhombre, agradarle has.
-
-Esto me decía mi tía con harta congoja y pena que de mí tenía. Mas yo
-holgué mucho de saber que mi huéspeda era mágica, porque pretendía
-alcanzar algo de ella. Y disimulando con mi tía lo mejor que pude, me
-despedí, pidiéndome que la visitase muchas veces, ya que no quería
-aceptar su posada. De esta manera salí de manos de mi tía, que ya no
-veía la hora de verme en casa de Milón, mi huésped.
-
-
-II.
-
- Cómo Lucio Apuleyo se enamoró de Andria, la moza de su huésped Milón,
- y lo que pasó con ella.
-
-Después que me aparté de mi tía me iba para casa de mi huésped; en el
-camino decía entre mí:
-
---Ea, Lucio, vélate bien, que ahora tienes entre las manos lo que
-tanto deseabas. Desecha de ti todo miedo, porque puedas presto alcanzar
-lo que deseas; pero mira bien que te apartes de no hacer vileza ni
-ensuciar la cama y honra de tu huésped Milón. Con todo eso bien puedes
-requerir de amores a Andria su criada, que parece agudilla, bonica y
-alegre. Aun bien te debes recordar cuando anoche te ibas a dormir,
-cómo ella te acompañó mostrándote la cámara, y cubriéndote con la ropa
-después de acostado, y te besó en la cabeza, partiéndose de allí contra
-su voluntad.
-
-Yendo yo disputando entre mí estas cosas, llegué a la casa de Milón,
-y, como dicen, yo por mis pies confirmé la sentencia de lo que había
-pensado.
-
-Entrando en casa, ni hallé a Milón ni tampoco a su mujer, que eran
-idos fuera, sino a sola mi Andria, que aparejaba de comer para sus
-amos. Estaba vestida de blanco, su camisa limpia, y ceñida una faja
-blanca por debajo de la tetas; y con sus manos blancas y lindas estaba
-haciendo unos pasteles; y como traía alderredor la masa, ella también
-se movía tan apaciblemente, que yo, con lo que veía, estaba enamorado
-de ella; y lo más cortésmente que pude, dije:
-
---Señora Andria, con tanta gracia y donaire aparejas este manjar, que
-yo creo ser más dulce y sabroso que otro alguno. Cierto, será dichoso
-aquel que dejares tocar a tus vestidos.
-
-Ella, como era viva y decidora, me dijo:
-
---Anda, mezquino, quítate de aquí, vete de la cocina, no te llegues
-al fuego, porque si un poco del mío te tocare, arderás de dentro, que
-nadie podrá apagarlo sino yo, que sé muy bien merecer la olla y cama.
-
-Diciendo esto mirome y riose; pero yo no me partí de allí hasta que
-le toqué con mis manos por su cuerpo, y dejadas las particularidades
-de su persona, porque todas eran cabales, yo me enamoré tanto de sus
-cabellos, que en público nunca partía los ojos de ellos, tanto les era
-su aficionado. Entonces tuve por cierta razón y conocí que la cabeza
-y cabellos es la parte principal de la hermosura en las mujeres, por
-dos razones, o porque es la primera cosa que nos ocurre a los ojos,
-o porque adorna la cabeza de la manera que los vestidos adornan las
-otras partes del cuerpo. Si trasquilasen la más hermosa mujer que
-hubiese en el mundo, aunque fuese la diosa Venus, acompañada de sus
-ninfas graciosas, con su Cupido y toda la más compañía que le sigue,
-con su arreo de cinta de oro y hermosas cadenas al cuello, y olores
-de cinamomo y bálsamo, si viniere sin cabellos, no aplacerá ni aun
-a su marido Vulcano. ¿Qué color puede más agradar que el natural de
-sus cabellos? Tanta es la gracia de ellos, que, aunque una mujer esté
-vestida de seda y oro y piedras preciosas, si no mostrase sus cabellos,
-no podrá estar perfectamente ornada ni ataviada.
-
-Pero en Andria, mi señora, no el atavío de su persona, mas estando
-revuelta como estaba, le daba más gracia. Ella los tenía espesos y
-largos que le llegaban abajo de la cintura, y con una redecilla de oro
-ligados con un nudo muy artificialmente dado, que le daba mucha gracia.
-De manera que yo no me pude sufrir, y tomándola por el trenzado, la
-empecé a besar.
-
-Ella me dijo:
-
---Oyes tú, escolar, dulce y amargo gusto tomas, pues mira que te aviso
-que, a trueque de comer de la miel, no gustes después la hiel.
-
-Yo le respondí:
-
---Mi señora, por solo darte un beso a mi contento, sufriré veinte mil
-penas.
-
-Y sintiendo yo que ella estaba ya encendida en mi amor, la abracé y
-besé muy a mi placer, y prometiome que esa noche se acostaría conmigo.
-Así que con esta promesa nos partimos por entonces.
-
-Después, ya que era mediodía, mi tía Birrena me envió un presente de
-media docena de gallinas, un lechón y un barril de vino añejo. Yo lo
-entregué a Andria, como despensera de la miserable casa de Milón, y
-díjele:
-
---Ves aquí, señora, el dios del amor e instrumento de nuestro placer,
-viene sin llamarlo, de su propia gana. Bebámoslo sin que gota quede,
-porque nos quite la vergüenza y nos incite la fuerza de nuestra
-alegría, que esta es la vitualla o provisión que ha menester el navío
-de Venus; conviene, a saber, que en la noche sin sueño abunde en el
-candil aceite y vino en la copa.
-
-Después que hube comido, me fui otra vez al baño; ya la noche me recogí
-a casa, y convidome a cenar mi huésped.
-
-Senteme a una pequeña mesilla, guardándome cuanto podía de la vista
-de Pánfila, su mujer, porque acordándome del aviso que me había dado
-mi tía, parecíame que veía el infierno cuando la miraba, y por eso
-empleaba los ojos en mi Andria.
-
-En esto, como vino la noche y encendieron lumbre, la mujer de Milón,
-mirando el candil, dijo:
-
---Cuán grande agua hará mañana.
-
-El marido le preguntó que cómo lo sabía.
-
-Ella le respondió que la lumbre se lo decía.
-
-Milón, riéndose, dijo:
-
---Por cierto la gran sibila profetisa mantenemos en este candil que
-todas las cosas que han de ser nos dice primero.
-
-Yo entremetime a hablar en su plática, y dije:
-
---Pues sabe que este es el principal argumento de la adivinación, y
-no te maravilles, porque como esta sea lumbre encendida por manos de
-hombres, a semejanza de aquel fuego mayor que está en el cielo, y,
-por tanto, se puede adivinar todo. Yo vi ahora en Corinto, antes que
-de allí partiese, un sabio que allí es venido, que toda la ciudad se
-espanta de respuestas maravillosas que da a los que le preguntan sus
-venturas y caminos que han de hacer, y qué día es bueno para hacer
-casamientos, o para hacer viajes y otras cosas. A mí dijo cuando venía
-para esta ciudad, que me acaecerían grandes cosas y que de mí se haría
-un cuento fabuloso, y cosas variables, y que había de escribir libros.
-
-A esto respondió Milón riéndose:
-
---¿Qué señas tiene ese hombre, cómo se llama?
-
-Yo le dije que era un hombre de buena estatura, entre rojo y negrillo,
-que se llamaba Diófanes.
-
-Entonces Milón dijo:
-
---Ese es el que aquí en esta ciudad hacía muchas cosas semejantes a las
-que dices, por donde ganó hartos dineros; y estando él un día cercado
-de muchas gentes que le preguntaban sus venturas y suertes, acaso
-llegó un mozo que le abrazó, y el sabio se holgó mucho de verlo, y
-preguntando el mancebo cómo le había ido en el viaje de la isla Rubea,
-él dijo que muy mal, porque la nave, con una grande tormenta, se abrió,
-y ellos en un pequeño barquillo habían salido con harto trabajo a
-tierra.
-
-Oyendo esto los que presentes estaban, se rieron y mofaron del sabio,
-diciendo que cómo conocía el hado y suerte de los otros y era necio en
-lo que le importaba. Pero tú, Lucio, ¿crees que aquel sabio te dijo
-verdad? No lo creas, que son grandes charlatanes, y con sus mentiras
-roban al pueblo ignorante y rudo.
-
-Mi amigo Milón se detenía tanto en contar estas patrañas, que yo entre
-mí me deshacía, porque quería ir a gozar de mi Andria.
-
-Finalmente, que yo me despedí de él, diciendo que todo me dormía,
-porque aún estaba fatigado del camino. Y así me fui a mi aposento, a
-donde hallé muy ricamente de cenar y las copas llenas de vino. Como yo
-cené a mi placer, acosteme en la cama.
-
-He aquí do viene mi Andria (que ya dejaba acostada a su señora) con
-una guirnalda de rosas, la cual, como llegó, me besó muy dulcemente,
-y tomando las rosas, las echó sobre la cama; después hinchó una taza
-de vino, templola con agua caliente, y me la dio a beber, y teniéndola
-medio bebida, me la tomó de las manos y bebiose lo que me quedaba,
-mirándome y saboreando los labios, y de esta manera bebimos otra vez,
-hasta la tercera.
-
-Después que estaba ya harto de beber, y no solamente con el deseo, sino
-también con el cuerpo aparejado a la batalla, roguele que se apiadara
-de mí y se acostase, diciéndole:
-
---Ya ves cuánta pena me ha dado tu señora, porque estando yo con
-esperanza de lo que tú me habías prometido, después que la primera
-saeta de tu cruel amor me dio en el corazón, fue causa de que mi arco
-se extendiese tanto, que si no le aflojas, tengo miedo que con la
-mucha tensión la cuerda se rompa, y si del todo quieres satisfacer mi
-voluntad, suelta tus cabellos y así me abrazarás.
-
-No tardó ella, que había alzado la mesa prestamente con todas aquellas
-cosas que en ella estaban, y desnudada de todas sus vestiduras, hasta
-la camisa, y sueltos los cabellos, que parecía la diosa Venus cuando
-sale de la mar, blanca y hermosa, poniéndose la mano delante de sus
-vergüenzas. Y acostándose en par de mí, dijo:
-
---Ahora haz de mí lo que quisieres, que yo no entiendo ser vencida ni
-te he de volver las espaldas.
-
-Así que pasamos la noche recreando el cuerpo con el beber, y de esta
-manera entretuvimos algunas otras, aguardando lo que la fortuna quería
-hacer de mí.
-
-
-III.
-
- Cómo Birrena convidó a su sobrino Lucio Apuleyo, y de un cuento muy
- gracioso que uno contó.
-
-Pasados algunos días en que me recreaba con mi Andria, mi tía me rogó
-que fuese una noche a cenar con ella, lo cual yo le concedí, más por
-su ruego que por voluntad que tenía, por no apartarme de mi Andria, a
-la cual primero pedí licencia, y ella me la dio diciendo que volviese
-temprano del convite, porque de noche andaban por las calles bandas de
-ladrones que cruelmente mataban a cualquier hombre; yo le prometí de
-volver lo más presto que pudiese, y dije que conmigo llevaba mi espada
-para guardarme y defenderme.
-
-Con esto me despedí de ella y fui a la cena, donde hallé otros muchos
-convidados, que como mi tía era principal de la ciudad, así era el
-convite bien acompañado y suntuoso.
-
-Allí había mesas ricas de cedro y marfil, cubiertas con paños de
-brocado; muchas copas y tazas de diversas maneras, y todas de muy gran
-precio; las unas eran de vidrio artificialmente labrado; otras de
-cristal pintado; otras de plata y oro resplandeciente, adornadas de
-piedras preciosas, que ponían gana de beber; finalmente, que todo el
-suntuoso aparejo que puede ser, allí lo había. Los pajes y servidores
-de la mesa eran muchos y bien ataviados; los manjares, en abundancia y
-muy bien guisados; los vinos, añejos, muy finos y de muchas maneras.
-
-En comenzando a cenar, comenzaron a hablar los convidados, riéndose y
-burlando.
-
-Mi tía dijo entonces:
-
---¿Cómo te va en esta nuestra tierra, que cierto es la principal del
-mundo en edificios, y de mucha mercadería, seguridad y franqueza para
-todos los extranjeros?
-
-A esto yo respondí:
-
---Por cierto, señora, así me parece; mas he miedo de las tinieblas y
-maldades del arte mágica, que me dicen que es aquí muy usado, y que
-aun los muertos no están seguros en sus sepulturas, porque de allí los
-sacan y toman ciertas partes de sus cuerpos y cortaduras para hacer mal
-a los vivos, y que las viejas hechiceras, en el punto que alguno muere,
-en tanto que le aparejan las exequias, con gran cuidado procuran de
-tomarle alguna cosa de su cuerpo.
-
-Diciendo yo esto, respondió uno que allí estaba:
-
---Antes digo que aquí tampoco perdonan a los vivos, y aún no sé quién
-padeció lo semejante, que tiene la cara cortada disforme y fea de toda
-parte.
-
-Como aquel dijo estas palabras, comenzaron todos a dar grandes risas,
-volviendo las caras y mirando a uno que estaba sentado al canto de
-la mesa, el cual, confuso y turbado de la burla que los otros hacían
-de él, comenzó a reñir entre sí, y como se quiso levantar para irse,
-Birrena le dijo:
-
---Antes te ruego, mi Telefrón, que no te vayas; siéntate un poco, y por
-cortesía que nos cuentes aquella historia que te aconteció, porque mi
-hijo Lucio goce de oír tu graciosa fábula.
-
-Él respondió:
-
---Señora, tú me ruegas como noble y virtuosa, pero no es de sufrir la
-soberbia y necedad en algunos hombres.
-
-De esta manera Telefrón enojado, Birrena con mucha instancia le rogaba
-y juraba por su vida que, aunque fuese contra su voluntad, se lo
-recontase y dijese; así que él hizo lo que ella mandaba, y dijo de esta
-manera:
-
---Siendo yo huérfano de padre y de madre, partí de Mileto para ir a
-ver una fiesta Olimpia, y oyendo decir la gran fama de esta provincia,
-deseaba mucho verla. Así que, andando toda Tesalia, llegué a la ciudad
-de Larisa con mal agüero de aves negras. Y andando mirando por todas
-partes las cosas de allí, ya que se me enflaquecía la bolsa, comencé a
-buscar el remedio para mi pobreza, y andando así, veo en medio de la
-plaza un viejo que a voces altas decía:
-
---Si alguno quisiere guardar un muerto, avéngase conmigo en el precio.
-
-Yo pregunté a uno de los que pasaban:
-
---¿Qué cosa es esta? ¿Suelen aquí guardar los muertos?
-
-Respondiome aquel:
-
---Calla, hermano, que bien pareces extranjero, y por eso no sabes que
-estás en medio de Tesalia, donde las mujeres hechiceras les cortan
-narices y orejas, porque con esto hacen sus artes y encantamentos.
-
-Yo entonces le dije:
-
---Dime, por tu vida, ¿y qué guarda es esta de los difuntos?
-
-Él me respondió:
-
---Primeramente toda la noche ha de velar muy bien abiertos los ojos
-y siempre puestos en el cuerpo del difunto, sin jamás mirar en otra
-parte, ni solamente volverlos de él, porque estas malas mujeres,
-convertidas en cualquier animal que quieran, en volviendo la cara,
-luego se meten y esconden, una vez hechas aves, otra vez perros y
-ratones y también moscas. Y como están dentro, con sus malditos
-encantamentos oprimen y echan sueño a los que guardan; de manera que no
-hay quien pueda contar cuántas maldades estas malas mujeres hacen por
-su mal vicio; y por este tan grande trabajo no dan de salario más de
-cuatro ducados de oro, poco más o menos. Lo principal se me olvidaba
-por decirte: que si el guardador del muerto no lo restituye entero
-a la mañana, como se lo entregaron, todo lo que hallaren cortado y
-disminuido del muerto, han de cortar en su misma carne del vivo para
-rehacer al muerto lo que falta.
-
-Oyendo esto, esforceme lo mejor que pude, y llegándome al que
-pregonaba, le dije:
-
---Deja de pregonar, que aquí está quien guardará al muerto. Dime, ¿qué
-salario me han de dar?
-
-Él dijo:
-
---Darte han mil maravedís; pero, mira, mancebo, que este cuerpo es
-de un hombre principal de esta ciudad; por tanto, vélate bien por
-guardarlo de estas malas arpías.
-
-Yo le dije entonces:
-
---¿Para qué me dices esto? ¿No ves que soy hombre de hierro, que nunca
-entró sueño en mí? Cierto, más veo que un lince; estoy más lleno de
-ojos que Argos.
-
-No había dicho esto, cuando me llevó a una casa, la cual tenía cerradas
-las ventanas; metiome dentro por un pequeño postigo, y llevome a una
-cámara sin lumbre, donde estaba una dueña vestida de luto, y llegando a
-ella la dijo:
-
---Este es el hombre que ha de guardar a tu marido.
-
-Ella me dijo:
-
---Mira bien, hermano, que guardes con vigilancia lo que tomas a cargo.
-
-Yo la respondí:
-
---Señora, déjate de eso, y mándame dar de cenar.
-
-Lo cual a ella le plugo, y metiome después en un aposento, donde estaba
-el difunto cubierto de sábanas blancas, y trajo allí siete testigos.
-Luego, levantando la sábana, descubrió el muerto llorando y enseñome
-todas las partes de su cuerpo, diciendo que fuesen de ello testigos, lo
-cual un escribano asentaba en su registro.
-
-Ella decía:
-
---¿Ves aquí la nariz entera, los ojos sin lesión, las orejas sanas, los
-labios sin faltarle cosa y la barba maciza? Vosotros buenos testigos
-sois de todo.
-
-Diciendo esto, me mandó proveer de un candil con aceite y un jarro de
-vino para acompañarme con pan y queso.
-
-En fin, se fueron todos, y yo quedé solo y con harta tristeza; pero
-esforzándome lo más que pude, refregaba mis ojos, y a ratos cantaba,
-paseaba y hablaba en muchas cosas por no caer en sueño, por la pena que
-tenía si no lo guardaba bien.
-
-Siendo ya gran parte de la noche, a mí me vino un miedo grande; en esto
-entró una comadreja, y púsoseme a mirar a la cara muy fuertemente. Yo,
-viendo un tan pequeño animal que me miraba con ahinco, indigneme contra
-él, y díjele:
-
---Oh bestia sucia y mala, ¿por qué no te vas de aquí, y te encierras
-con los ratoncillos tus iguales, antes que experimentes el daño que te
-puedo hacer?
-
-En esto la comadreja se fue. Y no tardó mucho que me vino un sueño
-tan profundo, como que me echaban en el centro de los abismos; de
-tal manera que el dios Apolo no pudiera fácilmente discernir cuál de
-ambos los que estábamos en el aposento fuese más muerto. Estando así
-desarmado, y quien había menester otro que me guardase, casi que no
-estaba allí donde estaba. En fin, cantando el gallo, yo desperté con
-grande sobresalto y temor, y tomando el candil en la mano, fui a mirar
-con gran prisa el muerto, y con gran diligencia le caté todo el cuerpo,
-y hallé que todo estaba sano y entero.
-
-En esto vino la mañana, y he aquí do entra la mujer llorando, y
-mostrando mucha pena entraron con ella los siete testigos que la noche
-antes había traído. Y echándose sobre el cuerpo, lo besaba muchas
-veces; y mirándolo todo y reconociéndolo, halló que estaba entero y
-sano. Entonces llamó a un su mayordomo que me pagase por la buena
-guarda que había hecho; luego me pagaron, y la dueña me dijo:
-
---Mira, mancebo, todo lo que te fuere menester de esta casa, mientras
-aquí estuvieres, pídelo; que por este buen servicio que me has hecho,
-se hará por ti.
-
-Yo, como no esperaba tal ganancia, lleno de placer tomé mis ducados
-resplandecientes, y como pasmado los pasé de una mano a otra. Y dando
-las gracias a la señora de mi buena paga, me fui hacia la plaza, y
-entreme a comer en un bodegón; después me salí a pasear a la misma
-plaza, donde estaba pensando en la miseria de este mezquino y trabajoso
-mundo, y la ceguedad de las malas mujeres, que con sus encantamentos y
-hechizos quieren buscar deleites y torpezas para cumplir sus depravados
-y malos apetitos, no pensando que el soberbio Plutón las ha de castigar
-cruelmente.
-
-Estando en esto, he aquí do asomó el cuerpo del difunto, llorado y
-plañido, el cual pasaba por la plaza con gran pompa, acompañado de
-mucha gente hasta su sepultura. Como allí llegaron, vino un viejo con
-mucha ansia llorando y mesándose sus canas honradas, y con ambas manos
-trabó de la tumba donde iba el muerto, diciendo:
-
---Por la fe que mantenéis, oh ciudadanos, y por la piedad de la
-República, que socorráis al triste muerto, y castiguéis con graveza
-la gran traición y maldad que esta nefanda y mala mujer hizo; porque
-esta mató con hierbas ponzoñosas a este malogrado hombre, hijo de mi
-hermana, por complacer a su enamorado y comerle su hacienda.
-
-De tal manera decía y se quejaba el buen viejo, que oyendo aquellas
-palabras el pueblo, se indignó contra la mujer; unos dicen que traigan
-leña y que luego la quemen, y otros que apedreada muera.
-
-Ella, con palabras bien compuestas y antes pensadas, se excusaba
-jurando por los dioses.
-
-El viejo dijo entonces:
-
---Pues que así es, pongamos la cosa en las manos de la divina
-Providencia, que lo descubra. Y para esto aquí está presente Zacles,
-egipcio, sacerdote de Plutón y de Proserpina, el cual hace venir los
-muertos del infierno a dar sus razones a lo que les preguntan.
-
-Como el viejo dijese esto, todo el pueblo fue contento; y llamando
-allí al sacerdote, le rogó ahincadamente que le diese remedio para
-descubrirse tan gran maldad.
-
-El viejo se llegó al cuerpo muerto, y tomando una cierta hierba que
-consigo traía, se la puso en tres partes, en la boca, y en el pecho,
-y en la mano izquierda, y vuelto hacia el poniente del sol, comenzó a
-rezar entre sí mansamente.
-
-Todo el pueblo estaba mirando tan grande milagro como allí se quería
-hacer. Yo, que deseaba mucho saber lo que pasaba acerca de mi muerto,
-llegueme cuanto pude a la tumba y aun hallé una piedra en que puse los
-pies, de manera que yo lo veía muy bien todo.
-
-Comenzó el muerto a vivir poco a poco, hasta que se levantó, y empezó a
-hablar, diciendo:
-
---¿Por qué me haces tornar a este mundo, después de haber venido del
-río Leteo, y haber pasado por el lago Estigio? Déjame, déjame estar en
-mi reposo.
-
-Como esto dijo el ánima del muerto, el sacerdote le dijo:
-
---¿Por qué no manifiestas al pueblo y declaras la causa de tu muerte?
-¿No sabes tú que con mis encantamentos puedo llamar las furias
-infernales, que te atormenten los miembros?
-
-Entonces el difunto se levantó en el lecho donde iba, y de allí empezó
-a hablar al pueblo de esta manera:
-
---Yo fui muerto por astucia y engaños de mi mujer, por complacer un
-adúltero que ensuciaba mi lecho.
-
-Entonces la mujer le respondió con grande ánimo, y altercaba con el
-marido resistiendo a sus argumentos.
-
-El pueblo, cuando esto oyó, alterose en diversas opiniones, unos
-decían que aquella pésima mujer la debían enterrar viva juntamente con
-el marido, y otros que no se había de dar crédito al cuerpo muerto.
-Pero estas alteraciones atajó el cuerpo del difunto, el cual, dando un
-gran gemido, dijo:
-
---Yo os daré muy clara señal de mi entera verdad, y manifestaré lo que
-no sabe otro ninguno.
-
-Entonces, demostrándome con el dedo, prosiguió diciendo:
-
---Sabed que este muy sagaz y astuto guardador de mi cuerpo, que me
-velaba muy bien y con diligencia, las hechiceras que deseaban cortarme
-las narices y orejas, no pudiendo engañar su industria y buena guarda,
-le echaron un gran sueño, y estando él como muerto comenzaron a llamar
-mi nombre, y como mi cuerpo estaba finado, no pudo tan presto responder
-al servicio de la arte mágica; pero él, como estaba vivo, aunque
-sepultado en el sueño, y se llamaba como yo, levantose a su llamada
-sin saber quién lo llamaba, de manera que él, de su propia voluntad,
-andando como ánima de muerto por la casa, aunque las puertas estaban
-cerradas, por un agujero le cortaron las narices y las orejas, en fin,
-que recibió en sí la carnicería que se había de hacer en mí. Y porque
-el engaño no pareciese, pegáronle allí, con mucha sutileza, de cera,
-formada a manera de orejas, y la nariz semejante a la suya: y ahora
-está aquí el mezquino gozoso por la buena paga que le hicieron, no por
-su guarda y vigilancia, mas por la pérdida y lesión de sus narices y
-orejas.
-
-Como esto dijo el muerto, yo, espantado luego, me eché mano a las
-narices y trájelas en la mano; trabé de las orejas y cayéronseme.
-Cuando esto vieron los que estaban alderredor, comenzaron todos a
-mirarme haciendo gestos con las cabezas. En tanto que ellos se reían,
-yo, bajando mi cabeza, como mejor pude me fui de allí, y desde entonces
-nunca más volví a mi tierra, por estar así lisiado. Así que con los
-cabellos largos encubro la falta de las orejas, y con este paño la
-fealdad de mis desventuradas narices.
-
-Cuando Telefrón acabó de contar su historia, los que estaban a la mesa,
-ya alegres del vino, comenzaron otra vez a dar grandes risas y a beber
-largamente.
-
-Mi tía me dijo:
-
---Mañana se hace la fiesta del dios de la risa, la cual nosotros los de
-esta ciudad festejamos con mucho placer; esta fiesta será más alegre y
-placentera con tu vista, por tanto, querría que nos ayudases con alguna
-invención a ella.
-
-Yo le respondí:
-
---Señora, mucho holgaría de ser parte para hacerle algún regocijo.
-
-Y con esto me despedí de mi tía y de los más convidados. En el medio de
-la plaza un aire grande apagó el hacha que llevaba mi criado, de manera
-que con la oscuridad, tropezando me fui a casa, y llegando junto a la
-puerta, vi tres hombres que hacían fuerza por entrar dentro, y aunque
-nos veían, ni por eso dejaban de encontrar la puerta.
-
-Yo que esto vi, eché mano a mi espada, y dando en ellos con buen
-corazón, los derroqué en el suelo uno a uno. Al ruido que yo hice bajó
-Andria y abriome la puerta; yo me entré de prisa por sentir gente que
-por la calle venía, y como estaba cansado y bien cenado, luego me eché
-a dormir sin curar de más nada.
-
-
-
-
-LIBRO III.
-
-ARGUMENTO.
-
- Luego que fue de día, la justicia con sus ministros fueron a la
- posada de Apuleyo, y como a hombre homicida lo llevaron ante los
- jueces. -- Y cuenta del gran pueblo y gente que se juntó a verlo. --
- Y de cómo el promotor fiscal le acusó como a hombre matador, y cómo
- él defendía su parte por argumentos de grande orador, y cómo vino
- una vieja que parecía ser madre de aquellos muertos a los cuales
- descubrió Apuleyo por mandato de los jueces, y hallaron tres odres,
- de donde se levantó tan gran risa entre todos, que con esto fue
- celebrada la fiesta del dios de la risa. -- Cómo Andria, su amiga, le
- descubrió la causa de los odres. -- Y cómo le mostró a la mujer de
- Milón cuando se untaba para tornarse en ave, de lo cual le tomó gran
- deseo, y por yerro de la bujeta del ungüento, por tornarse ave se
- volvió en asno; en fin, cuenta cómo robaron a Milón, de donde hecho
- asno le llevaron cargado, con otras bestias, de las riquezas de Milón
- su huésped.
-
-
-I.
-
- Cómo Lucio Apuleyo fue preso y llevado al teatro público, adonde fue
- acusado de la muerte de tres hombres.
-
-Otro día de mañana yo desperté y comencé a pensar en lo que había hecho
-antenoche, y lloraba muy reciamente diciendo:
-
---¿Qué juez puedo yo hallar que me haya de dar por inocente siendo
-homicida de tantos hombres? Esta es aquella prosperidad de mi camino
-que el sabio Diófanes me decía.
-
-Esto y otras cosas diciendo, lloraba mi ventura, cuando entraron los
-alcaldes y alguaciles en casa, pegaron en mí para llevarme por fuerza,
-a lo que yo no resistí.
-
-Y yendo yo preso, toda la ciudad me salió a mirar, y volviendo a un
-lado vi una gran maravilla, y fue que entre tanto pueblo como allí
-estaba, ninguno había que no rompiese las entrañas de risa. Finalmente,
-habiéndome llevado por todas las calles públicas, de la manera que
-purgan la ciudad cuando hay algunas malas señales o agüeros, que traen
-la víctima o animal que han de sacrificar por las calles y rincones
-de la ciudad. Después de haberme traído por los rincones de ella,
-pusiéronme delante de la silla de los jueces, que era un cadalso muy
-alto donde estaban sentados.
-
-Ya el pregonero de la ciudad pregonaba que todos callasen y tuviesen
-silencio, cuando todos a una voz dicen que por la muchedumbre de la
-gente que peligraba por la estrechura y apretamiento del lugar, que
-este juicio se fuese a juzgar al teatro. Y luego sin más tardanza, todo
-el pueblo fue corriendo al teatro, que en muy poco espacio fue lleno
-de gente, de manera que las entradas y tejados todo estaba lleno. Unos
-estaban abrazados con las columnas, otros colgados de las estatuas, y
-otros a las ventanas y azoteas medio asomados, tanto, que por la gana
-que tenían de ver se ponían a peligro de su salud. Entonces lleváronme
-por medio del teatro los ministros de la justicia como a un carnero que
-quieren sacrificar, y pusiéronme delante del asiento de los jueces. El
-pregonero, a grandes voces, comenzó a pregonar al acusador, y luego
-se levantó un viejo para acusarme, y para el término de la acusación
-pusiéronme allí un reloj de arena; en cuanto caía la arena por un sutil
-agujero, el viejo comenzó a hablar al pueblo de esta manera:
-
---Ciudadanos nobles y honrados, no penséis que se tratan aquí cosas de
-poca sustancia; mayormente, que toca a la paz y bien común de toda la
-ciudad y al buen ejemplo; yo soy capitán de la guarda que se hace en
-la noche, y creo que ninguno habrá que culpe mi diligencia. Andando yo
-anoche casi a las once horas, con mucha diligencia cercando y rondando
-la ciudad de puerta en puerta, vi este crudelísimo hombre con una
-espada en la mano, matando cuantos podía, y tenía a sus pies muertos
-tres, que aún estaban expirando, llenos de sangre, y él, como me sintió
-y vio el mal que tenía hecho, metiose en una casa con mucha prisa, y
-como hacía oscuro, fácilmente se me pudo esconder, mas la providencia
-de los dioses, que no permiten que los malhechores queden sin castigo,
-quiso que esta mañana lo hallase y lo prendiese, y lo presentase ante
-la majestad de vuestro juicio; de manera que aquí tenéis este culpado
-de tantas muertes, que fue tomado en el delito y es extranjero. Así
-que, con mucha constancia y severidad, pronunciad la sentencia contra
-este hombre extraño que mató a tres de vuestros ciudadanos.
-
-De esta manera hablando aquel recio acusador, en fin acabó su razón, y
-luego el pregonero me dijo si quería responder alguna cosa, a lo que
-aquel decía que comenzase; pero yo en aquel tiempo ninguna otra cosa
-podía, salvo llorar, y no tanto por oír aquella cruel acusación, como
-por ser yo matador. Con todo esto Dios me dio una poca de osadía, con
-que respondí de esta manera:
-
---No ignoro yo, señores, cuán recia y ardua cosa sea, estando muertos
-tres ciudadanos, aquel que es acusado de su muerte (aunque diga verdad
-confesando el delito), cómo podrá persuadir a tanta muchedumbre de
-pueblo ser inocente y sin culpa; mas si vuestra humanidad me quiere dar
-un poco de audiencia pública, fácilmente os mostraré que este peligro
-en que ahora estoy puesto, no por mi culpa y merecimiento, mas por
-caso fortuito, con mucha razón que tuve, lo padezco. Porque viniendo
-anoche un poco tarde de cenar y habiendo bebido, y muy bien, lo cual
-como crimen verdadero no dejaré de confesar, llegando ante las puertas
-de mi posada, que es en casa de Milón, vuestro ciudadano, vi unos
-crudelísimos ladrones que tentaban de entrar en su casa y procuraban
-arrancar las puertas de sus quicios, determinados ya de matar a los que
-hallaran dentro de ella, de los cuales ladrones, el principal de ellos,
-así en cuerpo como en fuerzas, incitaba a los otros con estas palabras:
-«Ea, mancebos, con esfuerzo salteemos a estos que duermen; apartad
-toda pereza de vosotros; con las espadas en las manos andemos matando
-por toda la casa al que halláremos durmiendo, y así, matando a todos,
-nos iremos en salvo si ninguno dejamos vivo en casa.» Yo, señores,
-confieso que pensando hacer oficio de buen ciudadano, y también
-temiendo no robasen a mis huéspedes y a mí, eché mano a mi espada, que
-para semejantes peligros conmigo traía, y arremetí a ellos por hacerlos
-huir. Ellos, como hombres bárbaros y crueles, no quisieron, antes
-aunque me vieron con la espada en la mano, pusiéronse a resistirme con
-grande pertinacia; el capitán de ellos arremetió conmigo con mucha
-valentía, y con ambas manos me trabó de los cabellos, y volviéndome
-atrás la cabeza, quería darme con una piedra, y en tanto que la pedía
-dile una estocada que luego cayó muerto; a otro que me mordía los pies
-le di por las espaldas; al tercero, que sin discreción vino contra mí,
-le di por los pechos, y así los despaché a todos tres. En esta manera
-hice paz, aseguré la casa de mi huésped y defendí las vidas a todos, y
-no pensaba que por esto me darían pena, antes me galardonarían, porque
-hasta hoy no se hallara que en cosa alguna yo haya hecho ni cometido
-crimen, antes siempre fui tenido en honra, y en mi tierra siempre la
-virtud antepuse a todos otros provechos y utilidades, ni puedo hallar
-qué razón haya para acusarme de tan justa venganza como fue la que
-hice contra unos ladrones tan malignos, mayormente, que no se podría
-mostrar que yo tuviese enemistad con ellos antes de ahora, ni que yo
-los conociese ni hubiese visto.
-
-Habiendo hablado de esta manera, con las manos alzadas y los ojos
-llenos de lágrimas, a todos pedía la debida misericordia.
-
-Y como creyese que ya todos estaban conmovidos, habiendo mancillado
-mis lágrimas, alcé un poco la cabeza, y veo que todo el pueblo quería
-reventar de risa, y también mi huésped Milón, que se deshacía riendo.
-
-Cuando yo esto vi, dije entre mí: «¡Mirad qué fe y qué proximidad; yo,
-por la defensa de mi huésped, soy acusado de homicidio, y él, en pago
-de esto, está riéndose de mí!»
-
-
-II.
-
- Cómo estando Apuleyo para recibir sentencia, llega al teatro una
- vieja que de nuevo lo acusó, y el donoso cuento en que esto paró.
-
-Haciendo todos, como dije, grandes fiestas, con mucha risa, he aquí
-do viene al teatro una mujer llorando, cubierta de luto, y con un
-niño en los brazos; tras ella venía una vieja llorando como la
-otra; las cuales, poniéndose alderredor del lecho donde los muertos
-estaban cubiertos con una sábana, alzaron grandes gritos, y llorando
-amargamente, decían:
-
---¡Oh señores, por la misericordia que debéis a todos y por el bien
-común de esta ciudad, tened piedad de estos tres mancebos muertos y de
-nuestra ciudad y soledad, y para nuestra consolación, dadnos venganza
-sacrificando por la paz y sosiego de esta República la sangre de este
-ladrón, según vuestras leyes y derechos!
-
-Levantose uno de los jueces más antiguos, y comenzó a hablar al pueblo
-de esta manera:
-
---Sobre tan grave crimen como este resta hacer una diligencia, y es
-que sepamos quiénes fueron los compañeros de tan gran hazaña, porque
-no es cosa de creer que un hombre solo matase a tres tan valientes
-mancebos. Por tanto, mi parecer es que la verdad se sepa por cuestión
-de tormento, porque quien le acompañaba, huyó.
-
-Diciendo esto el juez, no tardó mucho que, a la manera de Grecia,
-luego trajeron allí un carro de fuego y todos los otros artificios del
-tormento. Acrecentóseme con esto la tristeza, porque a lo menos no me
-dejaban morir entero sin despedazarme con tormentos; pero aquella vieja
-que con lloros y plantos lo turbaba todo, dijo:
-
---Señores, antes que pongáis en la horca a este ladrón, matador de mis
-tristes hijos, permitid que sean descubiertos sus cuerpos muertos,
-que aquí están, porque vista su edad y disposición, más justamente os
-indignéis a vengar este delito.
-
-A esto que la vieja dijo, concedieron, y luego uno de los jueces me
-mandó que con mi mano descubriese los muertos que estaban en el lecho.
-
-Excusándome yo que no lo quería hacer, porque parecía que con la nueva
-demostración renovaba el delito pasado, los ministros me compelieron
-que por fuerza y contra mi voluntad lo hubiese de hacer; finalmente,
-que yo, constreñido de necesidad, obedecí su mandado, y aunque contra
-mi voluntad, arrebatada la sábana, descubrí los cuerpos muertos.
-
-¡Oh buenos dioses, qué cosa vi, qué monstruo y cosa nueva, porque
-los cuerpos de aquellos tres hombres eran tres odres hinchados, y
-acordándome de la pendencia de anteanoche, estaban abiertos y heridos
-por las partes que yo había dado a los ladrones!
-
-Entonces, de industria de algunos, detuvieron un poco la risa, y luego
-comenzó el pueblo a reír tanto, que unos con la gran alegría daban
-voces, otros se ponían las manos en las barrigas, que les dolían de
-risa, y todos, llenos de placer y alegría, mirándome muchas veces, se
-partieron del teatro.
-
-Yo, luego que alcé la sábana y vi los odres, quedé ni más ni menos
-como una piedra, estatua o columna de las que estaban en el teatro,
-y no volví en mí hasta que mi huésped Milón llegó y tiró de mí para
-llevarme, y renovadas otra vez las lágrimas y sollozando muchas veces,
-me llevó consigo, aunque no quise, por unas callejas malas y sin gente,
-y por unos rodeos fuimos a casa, consolándome con muchas palabras; y
-estando así con mucha tristeza, llegaron allí los senadores y jueces, y
-comienzan a hablarme de esta manera:
-
---No ignoramos, Lucio, tu dignidad y el noble linaje de donde vienes;
-esto porque ahora te quejas, no lo recibiste por injuria, porque esta
-fiesta celebramos cada año al gratísimo dios de la risa con alguna
-novedad; por tanto, aparta de tu corazón toda tristeza y fatiga, y este
-pueblo te agradece mucho el placer que le has dado, y desde ahora te
-asentarán en sus libros para tener memoria de ti.
-
-A esto que me decían yo no pude responder, porque aún me parecía que
-esperaba la sentencia, y como mejor pude les di las gracias de su
-visitación, y al fin se partieron de mí.
-
-
-III.
-
- Cómo Andria descubrió a Lucio Apuleyo que su ama Pánfila fue causa
- del ser afrentado en la fiesta de la risa.
-
-De esta manera estaba con harta pasión afrentado y con dolor de cabeza,
-por las muchas lágrimas que había derramado. Mi huésped Milón me
-convidaba a cenar, mas yo me excusé, porque no estaba para ello; y así
-me fui a acostar con harta tristeza, pensando en todas las cosas que
-aquel día habían pasado.
-
-Estando así pensativo, llegó mi amiga Andria, la cual venía más
-desemejada que antes era, la cara no alegre, ni con habla graciosa; mas
-con mucha pena empezó a decir:
-
---Yo soy culpada en tu afrenta y enojo; lo que a causa de otro a mí me
-mandaron que hiciese, por mi desdichada y mala suerte se tornó y cayó
-en tu injuria.
-
-Entonces yo le rogué me dijese en qué manera aquel su yerro se
-convirtió en mi daño.
-
-Ella me respondió:
-
---Señor, ruégote que esperes, cerraré la puerta de la cámara, porque no
-haya algún escándalo de lo que aquí hablaremos.
-
-Diciendo esto, echó la aldaba a la puerta, y tornada a mí, con voz muy
-baja me dijo:
-
---Gran temor tengo de descubrirte los secretos de esta casa y cosas
-ocultas de mi señora; pero confiada de tu discreción y saber, me atrevo
-a decirte cosas que a persona del mundo no dijera. Ya sabrás todo el
-estado de nuestra casa, y también los secretos maravillosos que mi
-señora sabe, por los cuales la obedecen los muertos, las estrellas se
-turban, los dioses son apremiados, los elementos la sirven, y en cosa
-alguna no usa tanto de este arte, como cuando ve algún gentilhombre
-que le agrada, lo cual le suele acontecer a menudo, que aun ahora
-está muerta de amores por un mancebo hermoso y de buena disposición,
-contra el cual apareja todas sus artes, manos y artillería. Yo le
-oí decir ayer a vísperas, amenazando el sol, que si presto no se
-pusiese, y diese lugar que la noche viniese para hacer las artes de
-sus hechicerías, que lo haría cubrir de una niebla oscura que en diez
-días no alumbrase. Este mancebo que digo, viniendo ella el otro día
-del baño, viole estar en casa de un barbero que lo afeitaban, y como
-ella lo viese, mandome a mí que secretamente tomase de los cabellos
-que le habían cortado, que estaban en el suelo caídos; los cuales,
-como yo comencé a coger a hurto, el barbero me vio, y como nosotras
-somos conocidas e infamadas de hechiceras, arrebatome de las manos
-los cabellos y aun me quisiera dar unas pocas de bofetadas si yo no
-me desviara. Conociendo yo las costumbres de mi señora, que cuando
-no le llevaba lo que quería se enojaba mucho conmigo, y aun me daba
-de palos, yendo así triste, pensando qué haría, acaso veo estar un
-odrero trasquilando tres cueros de cabrón; los cuales, como yo los
-viese estar colgados, tiesos e hinchados, tomé algunos de los pelos
-que estaban por el suelo, y como eran rojos, parecían a los cabellos
-de aquel Beocio gentilhombre de quien mi ama estaba enamorada, a la
-cual se los di, encubriéndole la verdad. Mi señora Pánfila, en el
-principio de la noche, antes que volvieses de cenar, con la pena y
-ansia que tenía en el corazón, subiose a un aposento alto, adonde
-ella tiene sus hechicerías. Y ante todas cosas, según su costumbre,
-aparejó sus instrumentos mortíferos, conviene a saber: todo género de
-especias odoríferas, láminas de cobre con ciertos caracteres que no
-se pueden leer, clavos y tablas de navíos que se perdieron en la mar
-y fueron llorados. Asimismo tenía allí delante de sí muchos miembros
-y pedazos de cuerpos muertos, así como narices, dedos y clavos de los
-pies de hombres ahorcados. También tenía sangre de muertos a hierro,
-huesos de cabeza y quijadas sin dientes de bestias fieras. Entonces
-abrió un corazón, y vistas las venas y fibras cómo bullían, comenzó a
-rociarlo con diversos licores, con agua de fuente, ahora con leche de
-vacas, ahora con miel silvestre; añadió mulsa, que es hecha de muchos
-materiales. De esta manera, aquellos pelos retorcidos y con muchos
-olores perfumados, puso en medio las brasas para quemar. Entonces con
-la fuerza de la nigromancia y hechizos, apremiados por los espíritus
-aquellos cuerpos, cuyos pelos están en el fuego, vienen muy recios en
-aquella parte do son llamados; esto hicieron los odres, y vinieron a
-la puerta porfiando de entrar. Y tú, engañado con la oscuridad de la
-noche, y con el vino que habías bebido, con gran osadía, como aquel
-Áyax griego, no matando ovejas, cuando mató a muchos, pero muy más
-esforzadamente mataste tres odres hinchados. De manera que vencidos
-los enemigos sin sangre, te abrazaré no como a matahombres, mas como a
-mataodres.
-
-Siendo yo de esta suerte burlado y escarnecido de mi Andria, le dije:
-
---Pues que así es, yo podré muy bien contar esta primera historia,
-comparándola a los doce trabajos de Hércules, que como él mató a
-Cerión, que era de tres cuerpos, o al Cancerbero del infierno, que era
-de tres cabezas, así yo maté otros tantos odres. Pero por el amor que
-te tengo, te ruego me enseñes a tu señora cuando hace alguna cosa del
-arte mágica, o cuando se muda en otra forma.
-
-Andria me respondió:
-
---Mucho deseo, mi Lucio, en todo hacer tu voluntad, pero mi señora
-siempre se aparta a solas a hacer sus hechizos; mas por tu amor, yo
-buscaré tiempo y parte en que la puedas ver, con condición que, como te
-dije al principio, tengas silencio en todo lo que vieres.
-
-En esta manera, hablando y burlando, nos dormimos, y así pasamos la
-noche, olvidando los enojos del dios de la risa.
-
-
-IV.
-
- Cómo Andria mostró a Lucio Apuleyo a su ama Pánfila cuando se untaba
- para convertirse en búho, y él, queriéndose untar por experimentar el
- arte, fue, por yerro de la bujeta del ungüento, convertido en asno.
-
-De esta manera, pasadas algunas noches de placer, un día vino a mí
-corriendo Andria, medrosa y alterada, y díjome que, viendo su señora
-cómo con todas las otras artes que hacía no le aprovechaban para sus
-amores, deliberaba aquella noche tornarse en un ave con plumas, y así
-volar a su amigo deseado, por ende que yo me aparejase cautamente para
-ver cosa tan grande y maravillosa. Así que a la prima de la noche
-tomome de la mano, y con pasos muy sutiles, y sin algún ruido, llevome
-a la cámara alta, donde la señora estaba, y mostrome una hendidura de
-la puerta por donde viese lo que hacía. Lo cual Pánfila hizo de esta
-manera: Primeramente ella se desnudó, y, abierta una arquilla pequeña,
-sacó muchas bujetas, de las cuales, tirando la tapadera a una, sacó de
-ella un ungüento, con que se untó desde las puntas de los pies hasta la
-cabeza, y diciendo entre sí ciertas palabras, comenzose a sacudir todos
-sus miembros, de los cuales salieron poco a poco plumas; luego le salen
-las alas y el pico, y las uñas se encorvaron: en fin, que se tornó
-perfecto búho, y luego empezó a cantar aquel triste canto que ellos
-cantan, y después se salió volando por la ventana fuera.
-
-Yo, que mirando estaba esto, quedé como hombre loco, y pensaba entre mí
-si estaba durmiendo o si estaba encantado, y porque tan gran hazaña me
-espantó mucho.
-
-Tornando en mi seso, viendo lo presente cómo había pasado, rogué a mi
-Andria que me untase con aquel ungüento para tornarme en búho o en otra
-cualquier ave.
-
-Ella dijo:
-
---¿Para qué me pides eso? ¿Quieres que yo misma encienda el fuego en
-que me queme? Veamos: tú hecho ave, ¿a dónde te iré a buscar, o cuándo
-te veré?
-
-Yo le respondí:
-
---Los dioses me guarden de hacer contra ti cosa que te dé enojo. ¿Cómo,
-y aunque volase y subiese tan alto como el águila, no volvería muchas
-veces a mi nido? Yo te juro por este trenzado de tus cabellos, con el
-cual ataste mi corazón, que a persona del mundo no quiero más que a
-ti: por tanto, no receles de tornarme en ave, porque yo sabré muy bien
-tornar a ti. Mas te quiero preguntar si después de tornado en ave he de
-volver a ser Lucio como de antes.
-
-Ella respondió:
-
---De eso no tengas temor, porque mi señora me enseñó todo lo que es
-menester para los que toman estas figuras poder tornar a su natural y
-forma primera; y esto no pienses que me lo mostró por quererme bien,
-sino porque cuando ella tornase, le pudiese dar medicina con que
-vuelva a su primera forma. Y mira con cuán poca cosa y cuán liviana se
-remedia tan gran cosa, con un poco de eneldo y hojas de laurel echado
-en agua de fuente, y con esto lavarla y darle a beber un poco, luego se
-convierte en su propia forma.
-
-Estas y otras cosas me decía Andria, por lo cual me daba cada vez más
-gana de hacerme ave, por probar estos hechizos. Mas Andria decía que
-yo me perdería y que no sabría volver, y otras muchas cosas me ponía
-delante. Yo le decía que sí volvería y que no recelase de hacerlo.
-
-Ella, con mucha prisa y temor, se metió en la cámara y sacó una de las
-bujetas. Así que prestamente yo me desnudé, y con mucha ansia metí la
-mano en la bujeta y tomé un buen pedazo de aquel ungüento, con el cual
-refregué todos los miembros de mi cuerpo.
-
-Ya que yo con buen esfuerzo sacudí los brazos, pensando tornarme en ave
-semejante que Pánfila se había tornado, no me nacieron plumas, ni los
-cuchillos de las alas, antes los de mi cuerpo se tornaron sedas, y mi
-piel delgada se tornó cuero duro, y los dedos de las partes extremas
-de pies y manos, perdido el número, se juntaron y tornaron en sendas
-uñas, y del fin de mi espinazo salió una grande cola; pues la cara muy
-grande, el hocico largo, las narices abiertas, los labios colgando, y
-las orejas alzábanseme con unos ásperos pelos, y en todo este mal veía
-que también me crecía mi natura. Así que estando considerando tanto
-mal como tenía, vídeme tornado, no en ave, mas en asno. Y queriéndome
-quejar de lo que Andria había hecho, ya no podía, porque estaba privado
-de gesto y voz de hombre; y lo que solamente pude era que, caídos los
-bezos, los ojos hundidos, mirando un poco de través a ella, callando la
-acusaba y me quejaba, la cual, como así me vido, abofeteando su cara, y
-arañándose, lloraba diciendo:
-
---Mezquina de mí que soy muerta: el miedo y priesa que tenía me hizo
-errar, y la semejanza de las bujetas me engañó; pero bien está, que
-fácilmente habremos el remedio para reformarte como antes. Porque
-solamente mascando unas pocas de rosas te desnudarás de asno y luego te
-tornarás mi Lucio. Pluguiera a Dios que, como otras veces yo he hecho,
-esta tarde hubiera aparejado guirnaldas de rosas, porque solamente no
-estuvieras en esa pena espacio de una noche; pero luego en la mañana te
-será dado el remedio prestamente.
-
-En esta manera ella lloraba: yo, como quiera que estaba hecho perfecto
-asno, y por Lucio era bestia; pero todavía retuve el sentido de
-hombre. Finalmente, yo estaba en gran pensamiento y deliberación, si
-mataría a coces y bocados aquella maligna y falsa hembra; pero de este
-pensamiento temerario me aparté, porque si matara a Andria, por ventura
-también matara y acabara el remedio de mi salud. Así que, bajada mi
-cabeza y murmurando entre mí, y disimulada esta temporal injuria,
-obedeciendo a mi dura y adversa fortuna, voyme al establo, donde estaba
-mi buen caballo que me había traído, donde asimismo hallé otro asno de
-mi huésped Milón, que estaba con él.
-
-Entonces yo pensaba entre mí si algún natural distinto y conocimiento
-tuviesen los brutos animales, que aquel mi caballo, revestido de alguna
-mancilla, me hospedara y diera el mejor lugar del establo; mas él y
-el otro asno juntaron las cabezas como que hacían conjuración contra
-mí para destruirme, temiendo que les comiese la cebada; apenas me
-vieron llegar al pesebre, cuando, abajadas las orejas, con mucha furia
-me siguen echando pernadas, de manera que me hicieron apartar de la
-cebada, que yo poco antes les había echado. En esta manera maltratado y
-desterrado, me aparté en un rincón del establo.
-
-
-V.
-
- Cómo estando Lucio Apuleyo convertido en asno, vinieron súpitamente
- ladrones a robar la casa de Milón, y cargado el robo en el caballo
- y asno, cargaron también a él y se partieron para la posada de los
- ladrones, que era una cueva, y lo que más pasó.
-
-De esta manera estaba hecho asno, pensando en la soberbia de mis
-compañeros, y también las cosas que a la mañana había de hacer para
-volverme Lucio, y la venganza que había de tomar en mi caballo. Estando
-pensando esto miré a una columna, sobre la cual se sustentaban las
-vigas de la casa; y vi en ella estar una imagen de la diosa Hipona,
-la cual estaba adornada de rosas frescas. Finalmente, que conocido
-mi saludable remedio, lleno de esperanza me alcé cuanto pude con los
-pies delante todos, y levanteme esforzadamente, y tendido el pescuezo,
-alargando los bezos con cuanta fuerza yo podía, procuraba llegar a las
-rosas. Lo cual yo con mala dicha procuraba alzándome muchas veces;
-mas un mi criado que tenía cuidado de dar pienso al caballo, viéndome
-levantar, se vino a mí con grande enojo, y dijo:
-
---¿Quién trajo aquí esta jaca castrada? De antes quería comer la cebada
-a los otros, y ahora quiere hacer enojo a la imagen de la diosa; por
-cierto que a este asno sacrílego yo le quiebre las piernas y lo amanse.
-
-Y luego, buscando un palo topó con un haz de leña que allí estaba, del
-cual sacó un valiente leño nudoso y más grueso de cuantos allí había,
-y comenzó a sacudirme tantos palos, que no acabó hasta que sonó un gran
-ruido y golpes en las puertas de casa, y con temor de la vecindad, que
-daba voces: ¡Ladrones, ladrones! De esto él, espantado, huyó. Y sin más
-tardar, súpitamente abiertas las puertas, entró un montón de ladrones,
-los cuales, armados, cercaron la casa por todas partes, resistiendo a
-los que venían a socorrer de una parte y de otra; porque como ellos
-venían todos bien armados, con sus espadas y armas, y con hachas en
-las manos que alumbraban la noche, de manera que el fuego y las armas
-resplandecían como rayos del sol. Entonces llegaron a un almacén que
-estaba en medio de la casa, bien cerrado con fuertes candados, lleno
-de todas las riquezas de Milón, y con fuertes hachas quebraron las
-puertas, el cual abierto, sacaron de él todo cuanto allí había, y
-muy prestamente hechos líos de todo ello, repartiéronlos entre sí;
-pero la mucha carga excedía el número de las bestias que lo habían de
-llevar. Entonces ellos, puestos en necesidad por la abundancia de la
-gran riqueza, sacaron del establo a nosotros, ambos los asnos y a mi
-caballo, y cargáronnos con cuantas mayores cargas pudieron, y dejando
-la casa vacía y metida a sacomano, dándonos de palos nos llevaron,
-y para que les avisase de la pesquisa que se hacía de aquel delito,
-dejaron allí uno de sus compañeros; y dándonos mucha prisa y palos, nos
-llevaron fuera de camino por esos montes.
-
-Yo, con el gran peso de tantas cosas como llevaba, y con las cuestas
-de aquellas sierras, y el camino largo, casi no había diferencia de mí
-a un muerto. Yendo así vínome al pensamiento, como quiera que tarde,
-pero de veras, de llamar el ayuda y socorro de la justicia para que,
-invocando el nombre del emperador César, me pudiese librar de tanto
-trabajo. Finalmente, como ya fuese bien claro el día, pasando por una
-aldea bien llena de gente, porque había allí feria aquel día, entre
-aquellos griegos y gentes que allí andaban intenté invocar el nombre
-de Augusto César en lenguaje griego, que yo sabía bien por ser mío de
-nacimiento. Y comencé valientemente y muy claro a decir: «¡Oh, oh!» Lo
-otro que restaba del nombre de César nunca lo pude pronunciar.
-
-Los ladrones, cuando esto oyeron, enojados de mi áspero y duro cantar,
-sacudiéronme tantos palos, hasta que hicieron del triste de mi cuero
-tal, que aun para cribas no era bueno.
-
-Al fin Dios me deparó remedio no pensado, que como pasamos por muchas
-aldehuelas, vi estar un huerto muy hermoso y deleitable a donde había
-rosas muy hermosas y llenas del rocío de la mañana; yo, como las vi,
-con gran deseo y ansia esperando la salud, alegreme, y muy gozoso
-llegueme cerca de ellas; y ya que movía mis labios para comer, vínome
-a la memoria otro consejo muy más saludable, creyendo que si comía de
-aquellas rosas y de improviso dejase de ser asno y me tornase hombre,
-manifiestamente me ponía en gran peligro de morir por las manos de
-los ladrones, porque sospecharían que yo era nigromántico, o que los
-había de descubrir y acusar del robo. Entonces, con este pensamiento
-me aparté de ellas, padeciendo mi desdicha presente en figura de asno,
-royendo heno y cebada como los otros animales, esperando la ventura.
-
-
-
-
-LIBRO IV.
-
-ARGUMENTO.
-
- Apuleyo, tornado asno, cuenta elocuentemente las fatigas y trabajos
- que padeció en su larga peregrinación, andando en forma de asno y
- reteniendo el sentido de hombre. -- Entremete a su tiempo diversos
- casos de los ladrones. -- Asimismo escribe de un ladrón que se metió
- en un cuero de osa para ciertas fiestas que se habían de hacer, y de
- una doncella que robaron.
-
-
-I.
-
- Lucio Apuleyo cuenta lo que pasaron los ladrones desde la ciudad de
- Hipata hasta llegar a la cueva de su morada.
-
-Andando nuestro camino, sería casi mediodía que ya el sol ardía,
-llegamos a una aldea, donde hallamos ciertos ladrones amigos de
-nuestros amos, lo que yo bien conocí, aunque era uno, porque en
-llegando hablaron como amigos y se abrazaron, y también porque les
-dieron algunas cosas de las que llevaban.
-
-Allí nos descargaron de todo y nos echaron en un prado cerca, para que
-a nuestro buen placer paciésemos, pero la compañía de pacer con el otro
-asno y con mi caballo, no pudo detenerme allí, porque yo no era usado
-de comer heno; mas como estaba perdido de hambre, vi tras de la casa
-un hortezuelo, en el cual me lancé. Y como quiera que de coles crudas,
-pero abundantemente henchí mi barriga.
-
-Andando así en el huerto, miraba por todas partes rogando a los dioses,
-por ventura, si en los otros huertos que estaban junto a este hubiese
-algún rosal, a lo cual me daba buena confianza la soledad que por allí
-había, y estando fuera de camino y escondido, en tomando el remedio que
-deseaba de tornarme de asno en hombre, lo podría hacer sin que nadie
-me viese. Así que, andando en este pensamiento vacilando, vi un poco
-lejos un valle con árboles y sombra, en el cual, entre otras hierbas,
-resplandecían rosas coloradas y frescas; ya en mi pensamiento, que
-del todo no era de bestia, pensaba que aquel lugar fuese de la diosa
-Venus y de sus ninfas, cuyas flores y rosas relucían entre aquellas
-arboledas y sombras. Entonces, invocado por mi alegre y próspero
-aliento, comencé a correr cuanto pude, que, por Dios, yo no parecía ser
-asno, sino un caballo corredor y ligero; pero aquel mi osado y buen
-esfuerzo no pudo huir de la crueldad de mi fortuna; ya que llegaba
-cerca, veo que no eran rosas tiernas y amenas rociadas del rocío de la
-aurora, mas antes eran unos árboles, los cuales tienen la hoja larga de
-manera de laureles, y las flores sin olor, que son unas campanillas un
-poco coloradas, que llaman los rústicos, o el vulgo, rosas de laurel
-silvestre, cuyo manjar mata cualquier animal que lo come.
-
-Con tales desdichas fatigado ya, y desesperado de mi remedio, quería
-de mi voluntad propia comer de aquella ponzoña, pero con poca gana y
-alguna tardanza; cuando quise llegar a morder en ellas, un mancebo que
-me pareció ser el hortelano del huerto que yo había destruido y comido
-las coles, como vido haberle hecho tanto daño, arrebató un palo y con
-mucho enojo fue hacia mí, y diome tantos palos, que casi me pusiera en
-peligro de muerte, si yo, sabia y discretamente, no buscara remedio;
-así que yo alcé mis ancas y los pies en alto y sacudile muy bien de
-coces, de manera que, él bien castigado y caído en el suelo, eché a
-huir contra una sierra muy alta que estaba allí junto; mas luego una
-mujer, que parece debía ser del hortelano, como le vido que estaba
-tendido en el suelo medio muerto y sin sentido, vino corriendo llorando
-y dando voces, porque oyéndola la gente de alderredor, viniesen contra
-mí por matarme.
-
-Entonces los villanos, alborotados con los gritos, comenzaron a llamar
-los perros y echármelos para que me despedazasen; entonces, como me vi
-sin alguna duda cerca de la muerte, y los perros que venían contra mí,
-dejé de subir a la sierra arriba y torné para casa corriendo cuanto
-más podía, y metime en el establo de donde había salido. Ellos, desde
-que hubieron pacificado a los perros, tomáronme con un cabestro bien
-recio y atáronme a una argolla, dándome tantos palos, que cierto me
-mataran, si no que con el dolor de los palos, como tenía la barriga
-tiesa y llena de coles crudas vínome flujo, y suelto un chisguete con
-que los rocié muy bien; por esto y por el gran hedor, se apartaron de
-mis espaldas.
-
-No tardó mucho que nos cargasen, y volviendo a nuestro viaje andando
-un buen pedazo, yo iba muy desfallecido con el largo camino y con el
-peso de la gran carga y los continuos palos que me daban; también iba
-cojo y muy maltratado, porque llevaba los pies y manos desportillados;
-llegando cerca de un arroyo que corría mansamente, pareciome haber
-hallado con mi buena dicha sutil ocasión para lo que pensaba, lo cual
-era derrengarme por las ancas y echarme en tierra muy obstinado de no
-levantarme para pasar el arroyo, aunque me diesen veinte mil palos,
-y aunque me diesen con una espada, antes morir que no levantarme,
-porque como a cosa vieja y doliente me diesen carta de horro, y también
-pensaba que por no detenerse los ladrones, yendo de huida con su robo,
-quitarían la carga de mis cuestas y la repartirían por los otros mis
-compañeros, y me dejarían allí para que me comiesen lobos y buitres.
-
-Pero mi desdichada suerte no quiso que tan buen consejo me aprovechase,
-porque el otro asno, adivinando mi pensamiento, se dejó caer con su
-carga en tierra como muerto, y aunque le daban muchos palos y le metían
-aguijones, y le alzaban por la cola, y le hacían otros muchos remedios,
-ni les aprovechaba alzarle las piernas, ni aunque le revolvían el
-cuerpo de una parte a otra, nunca probó a levantarse; hasta que
-finalmente los ladrones (y con la postrimera esperanza), habiendo
-hablado entre sí, porque no estuviesen tanto sirviendo a un asno
-muerto, y más, en verdad, se podía decir de piedra, y no detuviesen su
-huida, quitáronle la carga y repartiéronla entre mí y mi caballo, y a
-él con sus espadas cortáronle las piernas y apartáronle un poco del
-camino, y medio vivo lanzáronlo de una altura abajo en un valle muy
-hondo.
-
-Entonces yo, pensando entre mí la desdicha del triste de mi compañero,
-acordé, apartados de mí todos fraudes y engaños, como buen asno
-provechoso, servir a mis señores, cuanto más que, según lo que yo
-les oía estar hablando, cerca de allí estaba su casa, donde habíamos
-de descansar y reposar del fin de nuestro camino, porque allí era su
-morada.
-
-Finalmente, pasada una cuestezuela no muy áspera, llegamos al lugar
-donde íbamos. En llegando, luego nos descargaron, y metieron lo que
-traíamos dentro de casa. Yo, aliviado del peso de la carga, por
-refrescarme del cansancio, en lugar de baño comencé a revolcarme en el
-polvo.
-
-
-II.
-
- Lucio cuenta cómo llegaron a la cueva, y el sitio de ella. Y otras
- cosas de gusto.
-
-Brevemente contaré del sitio donde habitaban estos ladrones. Era allí
-una montaña bien alta, muy horrible y umbrosa, de muchos árboles
-silvestres; de esta montaña descendían ciertos cerros llenos de muy
-ásperos riscos y peñas, que no había persona que pudiese llegar a
-ellos, los cuales la ceñían; abajo había muchas y hondas lagunas,
-en aquellos valles llenos de espinas y zarzas, que naturalmente
-fortalecían aquel lugar. De encima del monte descendía una fuente de
-agua muy hermosa y muy clara, que parecía color de plata, y corría por
-tantas partes, que henchía los valles que abajo estaban a manera de un
-mar o de un gran río o lago que está quedo. Aquí estaba la cueva de
-estos ladrones, a donde nos descargaron, y ellos, cargados de lo que
-nosotros traíamos, lanzáronse en la cueva, y a nosotros nos ataron con
-cabestros bien recios a la puerta.
-
-Luego empezaron a reñir con una vejezuela, la cual sola tenía cargo de
-la salud de tantos mancebos, diciendo:
-
---¡Oh sepulcro de la muerte, deshonra de la vida, enojo del infierno,
-así nos has de burlar, estándote sentada no haciendo nada, que nos
-tengas aparejado algún solaz por tantos trabajos como hemos pasado, que
-tú días y noches no entiendes en otra cosa sino echar vino en ese tu
-vientre sediento que nunca se harta!
-
-La vieja, con su voz medrosa, temblando respondió:
-
---¡Oh señores valientes mancebos, todo está presto y aparejado
-abundantemente; yo tengo guisado de comer muy sabroso, mucho pan, y
-vino puesto en sus copas, y también agua cocida para que todos os
-lavéis!
-
-Acabando la vieja de decir esto, ellos se desnudaron luego, y lavados
-con agua caliente, se untaron con aceite. Y puestas las mesas con sus
-manjares, sentáronse a comer.
-
-Luego, en aquel tiempo que se sentaron a la mesa llegaron otros
-mancebos, los cuales en viéndolos quienquiera diría que eran ladrones
-como los otros, porque también traían muchos vasos y monedas de oro
-y plata, y ricas vestiduras. Así que, por el semejante lavados y
-refrescados, sentáronse a comer con sus compañeros. Ellos comían y
-bebían sin orden los manjares a montones; el beber sin cuenta ni razón;
-burlaban unos con otros, cantaban y reían motejándose.
-
-Entonces un mancebo de aquellos, que parecía más valiente que los
-otros, dijo:
-
---Nosotros batimos esforzadamente la casa de Milón, de Hipata, y demás
-de la presa y grandes riquezas que por nuestro esfuerzo ganamos,
-tornamos todos a nuestra casa sin que uno faltase, y aun si hace al
-caso, digo que vinimos ocho pies más acrecentados. Pero vosotros que
-habéis andado por las ciudades de Beocia, donde perdisteis a vuestro
-capitán Lámaco y habéis disminuido el número de vuestra compañía.
-Cierto, yo más quisiera su salud y vida, que todo cuanto trajisteis en
-estos líos y fardos; pero como él haya muerto con esfuerzo y valentía,
-la memoria y fama lo hará vivir para siempre. Que, hablando verdad,
-vosotros sois ladrones medrosos, y para hurtos pequeños, andando por
-casillas de viejas y otras pobres.
-
-A esto respondió uno de aquellos:
-
---¿Cómo ahora sabes que las casas mayores son más fáciles de robar que
-las otras pequeñas? Porque como quiera que en las casas grandes haya
-muchos servidores, cada uno cura más de su salud que de la hacienda
-de su señor. Pero los hombres de bien, solitarios y modestos sus
-bienes, pocos o muchos, disimuladamente los encubren, y reciamente
-defienden, y con peligro de su sangre y vida los fortalecen. El mismo
-negocio que ahora paso, os hará creer lo que digo. Casi como llegamos
-a Tebas, ciudad de Beocia, que es la más principal para el trato de
-nuestro arte, andando con diligencia buscando lo que habíamos de robar
-entre los populares, no se nos pudo esconder Criseros, un cambiador
-muy rico, y señor de gran dinero, el cual, por miedo de los tributos
-y pechos de la ciudad, con grandes artes disimulaba y encubría gran
-riqueza. Finalmente, que él, solo y solitario en una pequeña casa,
-aunque bien fortalecida, contento, sucio y mal vestido, dormía sobre
-los zurrones de oro. Así que todos de un voto acordamos que el primer
-ímpetu y combate fuese en esta casa, porque todos a una, comenzada
-la batalla, sin dificultad pudiésemos apañar los dineros de aquel
-cambiador rico. Lo cual puesto en obra al principio de la noche, fuimos
-a las puertas de su casa, las cuales ni pudimos alzar, ni mover,
-ni quebrar, porque como eran fuertes, al ruido de ellas despertó la
-vecindad toda en daño nuestro. Entonces aquel esforzado nuestro capitán
-y alférez Lámaco, con la furia de su gran esfuerzo y valentía, metió
-la mano poco a poco por aquel agujero que se mete la llave para abrir
-la puerta, y procuraba arrancar el pestillo o cerradura; pero aquel
-Criseros, malvado y maligno más que hombre del mundo, estaba vestido,
-y sintiendo lo que pasaba, vino hacia la puerta muy pacífico, que casi
-no resollaba, y traía en su mano un gran clavo y martillo, con el cual,
-súbitamente, con gran golpe clavó la mano de nuestro capitán en la
-tabla de la puerta, y dejado allí cruelmente clavado, como quien lo
-deja en la horca, subiose encima de una azotea de su casa, y de allí
-con grandes voces llamaba a los vecinos muy ahincadamente. Cuando los
-vecinos oyeron esto, cada uno espantado del peligro que podía venir a
-su casa por la del cambiador, venían corriendo a socorrerle. Entonces
-nosotros, puestos en uno de dos peligros, o de matar nuestro compañero,
-o desampararlo, acordamos un remedio terrible, queriéndolo él, y fue
-que le cortamos el brazo por la coyuntura del hombro, y dejado allí el
-brazo, atada la herida con muchos paños, porque la sangre no hiciese
-rastro por donde nos siguiesen, arrebatamos a Lámaco, y llevámoslo
-como pudimos, y como íbamos huyendo, ni él nos podía seguir, ni nos lo
-podíamos llevar, ni podía quedar seguro, y como era valiente, animoso y
-esforzado, viendo que no podía escapar de las manos enemigas, con mucha
-instancia nos rogaba, por la diestra del dios Marte y por el juramento
-que entre nos había, que lo matásemos, diciendo asimismo que cómo
-había de vivir un hombre teniendo el brazo cortado, con el cual solía
-robar y degollar, que él se tendría por bien aventurado si muriese
-a manos de sus compañeros. Así que después que vido que a ninguno de
-nosotros pudo persuadir que lo matase, tomó con la otra mano un puñal
-que traía y metióselo por los pechos. Nosotros, alabando el esfuerzo
-de tal varón, tomando su cuerpo envuelto en una sábana, lo echamos
-en la mar. Y así quedó allí nuestro capitán Lámaco, el cual hizo fin
-conforme a su oficio. Pues el nuestro compañero Alcimo, que tenía muy
-astutos principios, no pudo huir la sentencia de la cruel fortuna,
-el cual después de entrado en casa de una vejezuela, que estaba
-durmiendo, subió a la cámara donde dormía, y pudiera muy bien ahogarla
-si quisiera, pero quiso primero echar por una ventana a la calle todas
-las cosas que tenía, y ya que tenía todo echado, no quiso perdonar a
-la cama en que la vieja dormía. La mala vieja, viendo esto, le dijo
-llorando:
-
---Hijo, ruégote que me digas por qué echas mis cosas pobres al vecino
-rico, sobre cuya huerta cae esta ventana.
-
-Alcimo, medio turbado, llegose a la ventana por ver si era así, mas la
-vieja, que lo vio medio salido de la ventana, mirando a una parte y a
-otra, súbitamente lo empujó, y dio con él abajo, donde se le abrió la
-cabeza, y contándonos el engaño que le hizo la vieja, acabó de morir,
-al cual dimos sepultura en la mar, como a nuestro capitán Lámaco.
-
-
-III.
-
- Cómo aquel ladrón cuenta que robaron a un hombre rico con una
- graciosa industria de una osa.
-
---Después de la pérdida de estos dos compañeros, nosotros, tristes y
-con pena, parecionos que debíamos dejar de entender en las cosas de
-aquella provincia de Tebas, y acordamos de venirnos a una ciudad que
-estaba cerca, que ha nombre Plates; en la cual hallamos gran fama de un
-hombre que moraba allí, llamado Demócares, el cual celebraba grandes
-fiestas al pueblo, porque él era más principal en la ciudad, hombre
-muy rico y liberal, y hacía estos placeres y fiestas al pueblo por
-mostrar la magnificencia de sus riquezas. ¿Quién podría ahora explicar
-y tener idóneas palabras para decir tanta facundia de ingenio, tantas
-maneras de aparatos como tenía? Los unos eran jugadores de esgrima
-afamados de sus manos; otros cazadores muy ligeros para correr; en
-otra parte había hombres condenados a muerte, que los engordaban para
-que los comiesen las bestias bravas. Había asimismo torres hechas de
-madera a la manera de unas casas movedizas, que se traen de una parte a
-otra, las cuales eran muy bien pintadas, para acogerse a ellas cuando
-corrían toros u otras bestias en el teatro. Demás de esto, ¿cuántas
-maneras de bestias había allí y cuán fieras y valientes? Tanto era su
-estudio de hacer magníficamente aquellos juegos, que buscaba hombres
-de linaje que fuesen condenados a muerte, para que peleasen con las
-bestias; pero sobre todo el aparato que buscaba para estas fiestas
-principalmente y con cuánta fuerza de dineros podía, procuraba tener
-número de grandísimas osas, demás de de las que él hacía cazar, de las
-que a poder de dinero compraba.
-
-Mas este tan claro y magnífico aparejo de placer y fiesta popular, no
-pudo huir los ojos mortales de la envidia. Porque con la fatiga de
-estar mucho tiempo presas, y con el gran calor del verano, y también
-por estar flojas y perezosas por no andar ni correr, dio tan gran
-pestilencia en ellas, que casi ninguna quedó. Estaban por estas plazas
-muchas de ellas muertas con tanto estrago, que parecía haber hecho
-naufragio de bestias.
-
-Aquellos pobres del pueblo, a los cuales la pobreza y necesidad
-constriñe a buscar algo para henchir el vientre, sin escoger manjares
-andaban tomando de la carne de aquellos animales que por allí estaban,
-para hartarse.
-
-Cuando yo y este nuestro compañero Bardulo vimos aquello, inventamos
-del mismo negocio un muy sutil consejo, y era que estaba allí una osa
-muerta mayor que todas las otras, la cual de noche llevamos a nuestra
-estancia, y allí la desollamos muy bien, no tocándose en las uñas ni en
-la cabeza. Tomamos el cuero, y polvoreado por encima, pusímoslo a secar
-al sol. Nosotros nos conjuramos para el negocio, e hicimos juramento
-que uno de nosotros, el más valiente, se metiese dentro en aquella
-piel y se hiciese osa, y la llevaríamos de noche a casa de Demócares,
-para que nos abriese las puertas cuando todos durmiesen. Y para esto
-escogimos por todos a Trasileón, el cual con gran ánimo se metió en el
-cuero y comenzó a tratarlo y ablandarlo, para ejercitar en lo que había
-de hacer. Y nosotros rehenchimos algunas partes de él con lana para
-igualarlo todo; cosímoslo, y con los pelos de una parte y otra cubrimos
-la costura muy bien; hicimos a Trasileón que juntase su cabeza con
-la de la osa cerca del pescuezo, y por las narices y ojos de la osa
-abrimos ciertos agujeros por do pudiese mirar y resollar. Así que
-nuestro valiente compañero hecho bestia, metímoslo en una jaula.
-
-De esta manera, prosiguiendo en nuestro negocio, supimos como este
-Demócares tenía un gran amigo en Tracia, del cual fingimos carta que
-le escribía, diciendo que por honrar sus fiestas le enviaba aquel
-presente, que era la primera bestia que había cazado. Y siendo ya
-noche, aprovechándonos del ayuda de ella, presentamos la jaula, con
-Trasileón dentro, a Demócares, y dímosle la carta falsa. El cual,
-maravillándose de la grandeza de la bestia, y muy alegre con la
-liberalidad de su amigo, nos mandó luego dar diez ducados.
-
-Todos venían a ver la osa y decían no haber visto cosa tan grande; mas
-Trasileón daba muchas vueltas, saltando de una parte a otra, porque no
-viesen en alguna señal el engaño. Y así, todos a una voz decían que era
-muy espantable, ligera y grande. Así que Demócares mandaba llevar la
-osa a un buen pasto do tenía otras; mas yo le dije:
-
---Mira, señor, lo que haces, porque esta bestia viene fatigada del
-camino; no debía echarse con las otras fieras, mayormente que me dicen
-que están todas dolientes, antes sería bueno que la dejases en este
-patio, do corre este caño de agua, para que de noche se recree.
-
-Con estas palabras, Demócares, habiendo miedo de que se le muriese
-aquella, como las otras muchas que se le habían muerto, fácilmente
-consintió a nuestras persuasiones, y mandó que pusiésemos la jaula
-o caja donde a nosotros pareciese; demás de esto yo dije que si él
-mandaba, que estábamos prestos de velar algunas noches cerca de la
-jaula para dar de comer y beber a la bestia cuando menester fuese,
-porque prestamente se le quitase la fatiga del sol y el cansancio del
-camino.
-
-A esto respondió Demócares:
-
---No es menester que os pongáis en ese trabajo, porque todos los de mi
-casa, por la larga costumbre, están bien ejercitados para saber curar
-estas bestias.
-
-Dicho esto, tomamos licencia y nos fuimos. Saliendo por la puerta
-de la ciudad vimos estar un enterramiento apartado y escondido del
-camino; allí abrimos algunos de aquellos sepulcros medio abiertos,
-donde moraban aquellos muertos hechos ceniza y comidos de carcoma, para
-esconder allí lo que robásemos.
-
-Después, al principio de la noche, según es costumbre de ladrones, al
-primer sueño, cuando más gravemente carga los cuerpos humanos, con toda
-nuestra gente armada nos fuimos a poner ante las puertas de Demócares
-para robarlo, como cuando vamos citados a juicio.
-
-No menos fue perezoso Trasileón, que como vido la oportunidad de la
-noche, saltó fuera de la jaula, abrionos las puertas, y como nosotros
-prestamente nos metiésemos en casa, mostronos un almacén donde aquella
-noche sagazmente él vio meter y encerrar mucha plata, al cual,
-quebradas las puertas por fuerza, mandó a cada uno de los compañeros
-que entrasen y cargasen cuanto pudiesen llevar de aquel oro y plata,
-y prestamente lo llevasen a esconder en las casas de aquellos fieles
-muertos, y que luego corriendo tornasen por más, y que para lo demás yo
-quedaría allí al umbral de las puertas, a resistir si alguno viniese, y
-para espiar solícitamente hasta que tornasen.
-
-De más de esto la osa andaba por casa aparejada para matar a los que
-despertasen, porque, en la verdad, ¿quién podría ser tan fuerte y
-esforzado que viendo una forma de bestia tan fiera, y mayormente de
-noche, que, vista, no se pusiese en huir aceleradamente, o que no
-echase la aldaba a la puerta de su cámara y se encerrase de miedo?
-
-Estas cosas así, prósperamente dispuestas, sucedió en ellas fin
-desdichado, porque en tanto que yo estaba esperando a mis compañeros
-que tornasen, entonces un esclavo de la propia casa, como vio la osa
-que andaba por toda la casa, vase muy pasico de cámara en cámara,
-diciendo a todos lo que había visto.
-
-No tardó mucho que todos no salieran con candiles y mechones
-encendidos, y con lanzas y espadas se pusieron a guardar las puertas de
-casa. Demás de esto llamaron los perros de monte, grandes y bravos, y
-echáronlos a la osa.
-
-Cuando yo esto vi, y que crecía el ruido y tumulto, aparteme de
-allí y púseme detrás de la puerta, de donde vi a Trasileón pelear
-maravillosamente contra los perros, el cual, como estaba en lo último
-de su vida, hacía cosas de espanto; ora huyendo, ora resistiendo, daba
-saltos sin compás; en fin, no pudiendo más, vínose retrayendo a la
-calle, en donde se juntaron muchos más perros, los cuales cercaron a
-Trasileón y lo despedazaban y mordían cruelmente.
-
-Entonces yo, no pudiendo sufrir tanto dolor, metime en medio de la
-gente, y en lo que podía ayudaba a nuestro buen compañero, diciendo a
-todos de esta manera:
-
---¡Oh qué pérdida y mal hacemos! ¿Para qué queremos hacer morir una tan
-preciada y hermosa bestia?
-
-Pero todas estas artes y cautelas no aprovecharon para el triste
-y desdichado de mi compañero vivir, porque un hombre de aquellos,
-indignado contra la osa, le arrojó una lanza, que le atravesó todo el
-cuerpo, y los más cargaron sobre la osa con sus espadas hasta que la
-mataron.
-
-De esta manera acabó Trasileón, gloria y honra de nuestra capitanía. Y
-era tanto el miedo que todos tenían de la osa, que hasta el otro día
-bien tarde ninguno fue osado llegar a ella, hasta que uno de estos que
-andaban a desollar bestias, se le llegó, y empezando a desollar la
-piel, halló dentro a aquel magnífico ladrón.
-
-Entonces nosotros cogimos nuestros líos que tenían en guarda aquellos
-fieles muertos, y cuan presto pudimos nos vinimos cargados con esta
-prisa que veis.
-
-Acabada la habla, tomaron sus tazas y bebieron el vino puro, y en
-memoria de sus compañeros cantaron ciertas canciones al dios Marte, y
-después se fueron a dormir.
-
-
-IV.
-
- Cómo los ladrones trajeron una doncella robada, la cual llora su
- desdicha.
-
-Aquella buena vieja proveyó muy bien a nosotros de cebada, sin tasa ni
-medida, tanto que mi rocín, como vio tanta abundancia y hartura para
-sí solo, creía que hacía carnestolendas, y como quiera que otras veces
-hubiese yo comido cebada, tragándola con pena por ser para mí manjar
-dañoso y desabrido; pero entonces miré a un rincón, donde habían puesto
-los pedazos del pan que habían sobrado de aquellos ladrones, y comencé
-a ejercitar mis quijadas, que tenían telarañas de mucha hambre.
-
-Venida la noche, que ya todos dormían, los ladrones despertaron con
-gran ímpetu y comenzaron a mudar su real, armados con sus espadas
-y lanzas que parecían diablos, y salieron por la puerta afuera muy
-aprisa. Pero ni solo esto ni aun el sueño, que bien me eran menester,
-pudo impedir el tragar y comer que yo hacía, y como quiera que cuando
-era Lucio con uno o dos panes me hartaba y levantaba harto de la mesa;
-mas entonces, contentando a un vientre de asno tan ancho y profundo,
-ya entraba rumiando por el tercero canastillo de pan, cuando estando
-atónito en esta obra me tomó el día claro.
-
-Entonces yo, como asno empachado de vergüenza, salime de casa y fui
-a un arroyo a hartarme de agua; no tardó mucho que no viniesen los
-ladrones, los cuales traían una doncella muy linda hurtada, y según en
-su gesto y hábito mostraba, debía ser alguna hijadalgo, que cierto yo,
-aunque era asno, la deseaba. La triste venía llorando y mesando sus
-cabellos.
-
-Después que la metieron en su cueva, comenzaron a consolarla, diciendo:
-
---Tú, pues, estás aquí segura de la vida, y ahora ten paciencia, porque
-la necesidad y pobreza nos hace seguir este trato; tu padre y madre,
-aunque sean avarientos, no dejarán de rescatarte.
-
-Con estas palabras y otras la consolaban, pero no dejaba su llanto.
-
-Entonces los ladrones mandaron a la vieja que se sentase a par de ella
-y la consolase con blandas palabras mientras ellos iban a hacer su
-oficio; la vieja, movida de piedad, le decía muchas cosas; mas todo no
-aprovechaba, porque lloraba y decía palabras lastimosas, y de cansada
-se durmió.
-
-Ya que había dormido un poco, despertó con un sobresalto como mujer sin
-seso, y comenzó de nuevo a hacer mayores llantos; como la vieja vio
-que otra vez de nuevo comenzaba, le rogó con mucha instancia la contase
-por qué causa lloraba más fuertemente después de haber dormido.
-
-La doncella, aunque llena de lágrimas, le dijo de esta manera:
-
---Pocos días ha que yo fui desposada con un mancebo muy rico y de buena
-disposición, con el cual desde niña me crié, y siempre nos tuvimos
-grande amor, como si fuéramos hermanos. Así que estando para velarnos,
-de consentimiento de nuestros padres, con la casa aderezada y enramada
-de laureles, con contares y otras cosas de bodas, estándome mi madre
-ataviando para semejante fiesta, he aquí do entra súbitamente un
-escuadrón de ladrones con gran ímpetu, con las espadas desnudas, y no
-curaron de robar alguna cosa ni matar a nadie, sino todos juntos, sin
-los familiares de casa podérselo estorbar, me arrebataron y trajeron
-aquí. Pero ahora soñaba que mi querido esposo venía por librarme y que
-cruelmente le mataban estos hombres espantables y temerarios, y por
-esta causa me afligía más que de antes.
-
-Entonces la vieja, suspirando, le dijo:
-
---Hija, esfuérzate y ten buen corazón; no te espantes con unas
-ficciones de sueños, porque demás de tener por cierto que los sueños
-del día son falsos, aun los de la noche traen los fines y salidas al
-contrario: porque llorar, ser herido o muerto, traen el fin próspero y
-de mucha ganancia; y, por el contrario, reír, o comer cosas sabrosas,
-o hallarse en placeres, significa tristeza de corazón o enfermedad del
-cuerpo y otros daños y fatigas. Pero yo te quiero consolar y decir una
-novela muy linda, con que olvides esta pena y trabajo.
-
-La cual luego comenzó en esta manera:
-
-
-V.
-
- Cómo la vieja madre de los ladrones cuenta a la doncella un cuento
- muy elegante y lleno de doctrina.
-
---Había en una ciudad un rey y una reina que tenían tres hijas: las dos
-mayores eran muy hermosas y bien apuestas; pero la más pequeña, era
-tanta su hermosura, que no bastan palabras humanas para poderlo decir.
-Muchos de otros reinos y ciudades, oyendo la fama de su gran beldad y
-hermosura, venían a verla, y luego, poniendo las manos en la boca y
-los dedos extendidos, así como a la diosa Venus, con sus religiosas
-adoraciones la honraban y adoraban.
-
-Ya la fama corría por todas las ciudades y tierras cercanas, que esta
-era la diosa Venus, que por influjo de las estrellas del cielo había
-nacido otra vez, no en la mar, pero en la tierra, conversando con todas
-las gentes, adornada de flor de virginidad. De esta manera su fama
-crecía más cada día, y de muchas partes venían por mar y tierra, por
-ver este glorioso espectáculo que había nacido en el mundo. Y nadie
-quería ir a ver a la diosa Venus, que estaba en la ciudad de Pafo, ni
-a la isla de Gnido, ni al monte Citerón, donde solían sacrificar. Sus
-templos eran ya destruidos, sus ceremonias menospreciadas, sus estatuas
-sin honra. Todos a esta doncella suplicaban, y siendo humana la
-adoraban por tan gran diosa; y cuando de mañana se levantaban, todos le
-sacrificaban con manjares y otras cosas; cuando iba por la calle, todo
-el pueblo, con flores y guirnaldas de rosas, le suplicaban y honraban.
-
-Esta honra que se daba a esta doncella encendió mucho en ira a la
-propia diosa Venus, y riñendo entre sí, dijo:
-
---Yo, que soy madre de todas las cosas criadas; yo, que soy principio y
-nacimiento de los elementos; yo, que soy Venus poderosa, ¿he de sufrir
-que se dé la honra debida a mi majestad a una moza mortal, y que mi
-nombre, puesto en el cielo, se haya de profanar en la tierra, y que en
-cada parte tengan duda si me han de sacrificar y adorar a mí o a esta
-doncella, y que tenga tal gesto que piensen que soy yo? Según esto, por
-demás me juzgó aquel pastor que por mi gran hermosura me prefirió a
-tales diosas, cuyo juicio aprobó aquel gran Júpiter. Mas a esta que mi
-honra ha robado, yo haré que se arrepienta de esto y de su hermosura.
-
-Luego llamó a su hijo Cupido, al cual, con sus palabras encendido
-mucho, le llevó a aquella ciudad donde estaba esta doncella, que se
-llamaba Psique, y mostrósela, diciendo con mucho enojo y casi llorando
-toda la historia de la semejanza envidiosa de su hermosura, diciéndole
-de esta manera:
-
---¡Oh hijo, yo te ruego por el amor que tienes a tu madre y por las
-dulces llagas de tus saetas y por los sabrosos fuegos de tus amores,
-que des cumplida venganza a tu madre contra la hermosura rebelde y
-contumaz de esta mujer; y sobre todo te ruego que esta doncella sea
-enamorada de muy ardiente amor del más bajo y vil hombre que en todo el
-mundo se halle!
-
-Después que Venus hubo dicho esto, besó y abrazó a su hijo, y fuese a
-la ribera de un río que estaba cerca, donde con sus hermosos pies holló
-el rocío de las ondas de aquel río, y de allí se fue a la mar, a donde
-todas las ninfas le vinieron a servir.
-
-Allí vinieron las hijas de Nereo cantando, y el dios Neptuno con su
-áspera barba del agua de la mar y con su mujer Salicia, y Palemón, que
-es guiador del Delfín, y las compañas de los tritones, saltando por la
-mar, unos tocando trompetas, otros traían un palio de seda, porque el
-sol no le tocase; otros llevan el espejo delante de la diosa. De esta
-manera, nadando con sus carros por la mar, todo este ejército acompañó
-a Venus hasta el Océano.
-
-Entretanto, la doncella Psique, con su hermosura para sí, ningún fruto
-recibía de ella. Todos la miraban y alababan, pero ningún rey, ni otro
-alguno, la pedía por mujer. Maravillábanse de ver su divina hermosura,
-pero era como quien ve una estatua de una diosa pulidamente fabricada.
-
-Las dos hermanas mayores, como eran medianamente hermosas, no eran
-tanto divulgadas por los pueblos, y habían sido casadas con dos reyes
-que las pidieron: ya estaba cada una en su casa, reina y señora. Mas
-esta doncella Psique estaba en casa de su padre, llorando su soledad, y
-siendo virgen era viuda, por la cual causa estaba enferma en el cuerpo
-y llagada en el corazón. Aborrecía su hermosura, porque todos pasmaban
-de verla.
-
-El mezquino padre, sospechando que alguna ira y odio tuviesen los
-dioses contra su desventurada hija, acordó de ir a consultar el oráculo
-antiguo del dios Apolo, que estaba en la ciudad de Mileto, y con sus
-sacrificios y ofrendas suplicó a aquel dios que diese casa y marido a
-la triste de su hija. Apolo le respondió en esta manera:
-
---Pondrás esta moza, adornada del aparato delante, en el más alto
-peñasco que hallares, y déjala allí. No esperes yerno que sea nacido
-de linaje mortal, mas espéralo fiero y cruel y venenoso como serpiente,
-el cual, volando, fatiga con sus saetas a todos.
-
-El rey, que siempre fue próspero y favorecido, como oyó esto, triste y
-de mala gana se tornó para su casa. Y dijo a su mujer el mandamiento
-que el dios Apolo había dado a su desdichada suerte, por lo cual
-lloraron y gimieron algunos días.
-
-En esto ya se llegaba el tiempo en que había de poner en efecto lo
-que Apolo mandaba; de manera que comenzaron a aparejar todo lo que
-la doncella tenía menester para sus mortales bodas. Encendieron las
-lumbres de las hachas negras con hollín, y los alegres instrumentos
-músicos se mudaron en lloro y amargura, los cantares en luto y lloro.
-De manera que el triste hado de esta casa hacía entristecer a toda
-la ciudad. El padre, por la necesidad que tenía de cumplir lo que
-Apolo había mandado, procuraba de llevar a la mezquina de Psique a la
-pena que le estaba profetizada; mas por otra parte, movido de piedad,
-detenía el negocio, llorando amargamente.
-
-Entonces la hija dijo al padre y madre de esta manera:
-
---¿Por qué, señores, atormentáis vuestra vejez con tan continuo
-llorar? ¿Por qué fatigáis vuestro espíritu con tantos aullidos? ¿Por
-qué ensuciáis esas caras con lágrimas que poco aprovechan? ¿Por qué
-apuñeáis vuestros pechos con tanta fuerza? ¿Este será el premio y
-galardón de mi hermosura? Vosotros estáis heridos mortalmente de la
-envidia, y sentís tarde el daño. Cuando las gentes y los pueblos nos
-honraban y celebraban con divinos honores; cuando todos a una voz me
-llamaban la nueva diosa Venus, entonces os había de doler y llorar,
-entonces me habíais ya de tener por muerta. Ahora veo y siento que solo
-este nombre de Venus ha sido causa de mi muerte: llevadme ya en aquel
-risco donde Apolo manda, porque ya querría ver acabadas estas tristes
-bodas.
-
-Acabado de hablar esto la doncella, cayó en tierra, y como ya venía
-todo el pueblo para acompañarla, metiose en medio de ellos y fueron
-su camino a un lugar donde estaba un risco muy alto sobre un monte,
-encima del cual pusieron la doncella, y allí la dejaron, poniendo en
-su compañía las hachas negras que delante de sí llevaban ardiendo.
-El pueblo, lleno de lágrimas, bajando sus cabezas, volvieron a sus
-casas, acompañando al rey y a la reina, los cuales, cubiertos de luto y
-cerrando las ventanas del palacio, se pusieron en perpetuo llanto.
-
-Psique, estando temerosa en aquella peña, vino un manso viento y muy
-quietamente la puso en un delicioso prado, donde la dejó.
-
-
-
-
-LIBRO V.
-
-ARGUMENTO.
-
- En este libro se contienen los palacios que Psique halló, y los
- amores secretos que con ella tuvo el dios Cupido, y de cómo vinieron
- a visitar a Psique sus mismas hermanas, y la envidia que de ella
- tuvieron; por cuya causa, creyendo Psique lo que le aconsejaban,
- quiso herir a su marido Cupido; por lo cual cayó de la cumbre de
- su felicidad y fue puesta en tribulación. -- Y cómo las hermanas
- hubieron el castigo que merecían por tan mal consejo como a su
- hermana dieron. -- Y cómo Venus persigue a Psique, buscándola por
- todas partes.
-
-
-I.
-
- Cómo la vieja cuenta a la doncella cómo Psique fue llevada a unos
- palacios muy poderosos, a donde holgó con su nuevo marido.
-
---Hallándose Psique en aquel prado hermoso y florido, aliviose algún
-tanto de la pena que en su corazón tenía. Y mirando a todas partes
-vio una floresta con muy grande arboleda, y una fuente muy clara
-y apacible, y allí junto estaba una casa real, la cual no parecía
-edificada por mano de hombres, sino por los dioses. A la entrada de la
-casa estaba un palacio tan rico y hermoso, que parecía morada de algún
-dios, porque el zaquizamí y cobertura de madera era de cedro y marfil
-maravillosamente labrado. Las columnas eran de oro, y todas las paredes
-eran de plata. Y todos los aposentos y cámaras relucían con el oro, y
-daban tanta claridad, que era cosa más celestial que humana.
-
-Psique, convidada con la hermosura de tal lugar, llegose cerca, y con
-osadía entró dentro, maravillándose de lo que veía. Y dentro en la casa
-vio muchos palacios y salas tan perfectamente adornados y aderezados,
-que ninguna cosa había en el mundo que allí no hubiese; pero sobre
-todo, de lo que más se maravilló fue de ver los aposentos tan llenos de
-oro y riquezas, y sin cerradura ni guarda.
-
-Andando ella con gran placer mirando estas cosas, oyó una sola voz que
-le decía: «¿Por qué, señora, te espantas de tantas riquezas? Tuyo es
-todo esto que aquí ves; por tanto, entra en la cámara y descansa en la
-rica cama, y cuando quisieres pide agua para bañarte, que nosotras,
-cuyas voces oyes, somos tus siervas, y en todo lo que mandares te
-serviremos, y luego vendrá la comida, que bien aparejada está para
-esforzar tu cuerpo.»
-
-Cuando esto oyó Psique, entendió que aquello era ordenado por algún
-dios, y descansando de su fatiga, durmió un poco, y después que
-despertó levantose y lavose, y viendo que la mesa estaba puesta y
-aparejada, se fue a sentar a ella; luego vinieron muchos manjares y
-un vino que se llama néctar, del que los dioses beben, lo cual todo
-no parecía quién lo traía, solamente parecía que venía en el aire, ni
-tampoco la señora podía ver a nadie, mas solamente oía las voces que
-la hablaban. Después que hubo comido le vinieron a cantar y tañer muy
-suavísimamente sin ser vistos los músicos.
-
-Acabado este placer ya que era noche, Psique se fue a dormir, temiendo
-la guarda de su virginidad. Y estando con este miedo vino el marido no
-conocido, y acostándose junto a ella se confirmó el matrimonio; y antes
-que fuese de día se partió de allí, y luego aquellas voces fueron oídas
-en la cámara y comenzaron a curar de la novia.
-
-De esta manera pasó algún tiempo sin ver a su marido; ella, por la
-mucha continuación de las voces y del servicio que le hacían, lo tenía
-ya por deleite y pasatiempo.
-
-Entretanto su padre y madre se envejecían en llanto y luto continuo,
-y la fama de este negocio cómo había pasado, llegó adonde estaban las
-hermanas mayores casadas, las cuales con mucha tristeza, cargadas de
-luto, dejaron sus casas y vinieron a ver a sus padres para hablarles y
-consolarles.
-
-Aquella misma noche el marido habló a su mujer Psique, que aunque no lo
-veía, bien lo oía y con sus manos palpaba, y la dijo de esta manera:
-
---¡Oh, señora mía y muy amada mujer, la fortuna cruel te amenaza con
-un peligro de muerte, del cual yo querría que te guardases; con mucha
-cautela tus hermanas, turbadas pensando que tú eres muerta, han de
-venir a aquel risco en donde tú aquí viniste; si tú, por ventura,
-oyeres sus voces y llantos, no les respondas en ningún modo, porque si
-lo haces, darásme gran dolor y para ti causarás un grandísimo mal que
-te será casi la muerte!
-
-Ella prometió de hacer todo lo que el marido le mandase; pero como
-la noche fue pasada y el marido de ella partido, todo aquel día la
-doncella consumió en llantos y en lágrimas, diciendo que estaba en una
-hermosa cárcel apartada de toda conversación humana, y que no podía
-ver a sus hermanas, ni aun responderlas. De esta manera, aquel día ni
-quiso lavarse, ni comer, ni holgarse con cosa alguna, sino llorando con
-muchas lágrimas, se fue a dormir.
-
-Luego vino el marido, y acostándose en la cama la comenzó a reprender
-de esta manera:
-
---¡Oh, mi señora Psique! ¿Esto es lo que tú me prometiste? ¿Qué te
-puedo yo aconsejar siendo tu marido, que no sea tu provecho? Anda ya, y
-haz lo que te pareciere. Porque cuando te viniere el mal, te acordarás
-de lo que te he amonestado.
-
-Entonces ella, con muchos ruegos, le hizo conceder que ella hable a sus
-hermanas y les dé todas las piezas de oro y joyas que quisiere. Pero
-muchas veces le amonestó que no curase de sus palabras ni curase de
-saber la cara y figura de su marido, porque si esto pretendiese, que
-caería de tanta felicidad como tenía.
-
-Ella le dijo que todo lo cumpliría, y con muchos besos y abrazos que le
-daba, juntamente le pidió que mandase al viento que trajese allí a sus
-hermanas, así como a ella había traído, todo lo cual él le otorgó, y
-viniendo la mañana se partió del lecho.
-
-Las hermanas preguntaron por aquel risco o lugar donde habían dejado
-a Psique, y luego se fueron para allá, donde comenzaron a llorar y
-dar grandes voces, hiriéndose en los pechos, tanto, que a las voces
-que daban acudió Psique, diciéndoles: «¿Por qué os afligís con tantas
-lágrimas y tristes voces? Dejad, hermanas, el llanto, y venid a ver y
-abrazar a quien lloráis.»
-
-Entonces llamó al viento cierzo, y mandole que hiciese lo que su marido
-le había mandado. Él, sin más tardar, obedeciendo a su mandamiento,
-trajo luego a sus hermanas muy mansamente, sin fatiga ni peligro
-alguno, y como llegaron, comenzáronse a abrazar y a besar unas a
-otras con grandísimo contentamiento. Y Psique les dijo que entrasen
-en su casa alegremente y descansasen con ella de su pena y fatiga,
-deleitándose en ver tan suntuoso y rico palacio y frescos jardines.
-
-
-II.
-
- Cómo prosiguiendo la vieja en su cuento, dice cómo las dos hermanas
- de Psique la vinieron a ver y le tuvieron envidia.
-
---Después que así les hubo hablado, mostroles la casa y las grandes
-riquezas de ella, y la mucha familia de los que le servían, oyéndolos
-solamente. Después las mandó a un baño muy rico y hermoso, y luego
-vinieron a comer, donde había muchos manjares abundantemente. En tal
-manera, que la hartura y abundancia de tantas comidas y riquezas (más
-de los dioses que humanas), criaron envidia en sus corazones contra
-ella. Finalmente, que le comenzaron a preguntar curiosamente les dijese
-quién era el señor de aquellas riquezas celestiales. Pero Psique,
-disimulando, les dijo que su marido era un mozo hermoso que le apuntaba
-la barba, el cual andaba ocupado en la caza de montería. Y por no
-tratar más en este negocio, les dio mucho oro y piedras preciosas, y
-mandó al viento que las tornase a llevar de donde las había traído.
-
-Lo cual hecho, las hermanas, tornándose a casa, iban ardiendo con la
-hiel de la envidia que les crecía, y una otra hablaban sobre ello
-muchas cosas, entre las cuales la una dijo esto:
-
---Mirad ahora qué escasa es la fortuna, ciega malvada; ¿parécete bien
-que seamos todas hijas de un padre y madre, y que tengamos diversos
-estados; nosotras que somos mayores que ella, seamos esclavas de
-maridos advenedizos, y que vivamos como desterradas fuera de nuestra
-tierra, y apartadas muy lejos de la casa y reino de nuestros padres,
-y esta nuestra hermana, última de todas, que haya de poseer tantas
-riquezas, y tener un dios por marido, y aun cierto ella no sabe bien
-usar de tanta muchedumbre de riquezas como tiene? ¿No viste tú,
-hermana, cuántas cosas están en aquella casa, cuántos collares de
-oro, cuántas vestiduras resplandecientes, y cuántas piedras preciosas
-relumbran por ella? Por cierto, si ella tiene el marido hermoso mancebo
-como nos dijo, ninguna más bienaventurada que ella. Y demás de esto,
-manda a los vientos, y tiene por servidoras las voces. Yo, mezquina,
-lo primero que puedo decir es que fui casada con un marido más viejo
-que mi padre y más calvo que una calabaza, y más flaco que un niño,
-guardando de continuo la casa.
-
-La otra dice:
-
---Pues yo sufro a otro marido gotoso y aun corcovado, por lo cual nunca
-tengo placer con él, fregándole de continuo sus dedos, endurecidos como
-piedras, con medicinas hediondas, que ya estoy harta de tantos trabajos
-como paso con él; pero tú, hermana, paréceme que sufres esto con ánimo
-paciente, mas yo en ninguna manera puedo sufrir que tanta riqueza
-y bienaventuranza tenga esta melindrosilla. ¿No te recuerdas cuán
-soberbiamente y con cuánta arrogancia se hubo con nosotras, las piezas
-que nos mostró con tanta vanidad, y de tantas riquezas como allí había
-no nos dio más de esto poquito, y luego mandó al viento que nos llevase
-luego fuera? Pues no me tendría yo por mujer si no la echase de tantas
-riquezas. Tomemos yo y tú algún buen consejo para esto que digo, y
-estas cosas que llevamos que ella nos dio, no las mostremos a nuestros
-padres ni digamos cosa alguna de su salud y vida, ni publiquemos las
-muchas riquezas que vimos, porque no so pueden llamar bienaventurados
-aquellos cuyas riquezas no son sabidas: ahora dejemos esto y tornemos
-a nuestros maridos, y después, instruidas con mayor acuerdo y consejo,
-tornaremos más fuertes para castigar su soberbia.
-
-Este mal consejo parecía bueno a las dos malas hermanas; y escondidas
-las joyas y dones que Psique les había dado, tornáronse desgreñadas
-como que venían llorando, y rascándose las caras, fingiendo de nuevo
-grandes llantos. En esta manera dejaron sus padres, refrescándoles su
-pena y dolor, y fuéronse a sus casas.
-
-
-III.
-
- Cómo Cupido avisa a su mujer que en ninguna manera oiga a sus
- hermanas, porque la quieren echar a perder.
-
-Viendo Cupido los engaños y maldades que las hermanas ordenaban, habló
-a Psique de esta manera:
-
---¿No ves cuánto peligro te está aparejado de la cruel e inconstante
-fortuna, por medio de tus hermanas? Por eso, si tú de lejos no te
-apercibes, yo creo que te derrocará y hará mucho mal. Aquellas lobas
-tejen una desleal y mala tela para tu perdición. Ellas te quieren
-persuadir que tú veas mi cara, la cual, como muchas veces te he dicho,
-tú no verás; mas si intentares verla, ya aquellas malas brujas vienen
-armadas con sus malignos corazones encendidos de envidia por echarte a
-perder: tú no hables con ellas ni las admitas a que te vengan a ver.
-Y si por tu liviandad y amor que les tienes no te pudieres sufrir sin
-hablarles, no les respondas ni les des oídos a todo lo que hablaren
-acerca de tu marido, porque haciéndolo de esta manera acrecentaremos
-nuestro linaje, que este tu vientre un niño trae ya, y si tú encubres y
-guardas lo que te digo, ese niño que parieres será inmortal; haciéndolo
-de otra manera, yo te digo que será mortal.
-
-Psique, cuando esto oyó, alegrose mucho con la divina generación,
-y prometió a su marido hacer lo que él decía. Pero aquellas furias
-espantables de sus hermanas ya deseaban echar de sí el veneno de
-serpientes: y con este deseo aceleraban su camino por la mar cuanto
-podían.
-
-En esto el marido de Psique de nuevo la tornó a amonestar diciéndole
-las mismas palabras que de antes le había dicho.
-
-Ella entonces, llorando, le dijo:
-
---Bien sabes tú, señor, que yo no soy parlera; ya el otro día me
-enseñaste la fe que te había de guardar y lo que había de callar; así,
-que ahora tú no verás que yo mude la constancia y firmeza de mi ánimo;
-solamente te ruego que mandes al viento que haga su oficio y que sirva
-en lo que le mandare, y en lugar de tu vista, pues me la niegas, a lo
-menos consiente que yo goce de la vista de mis hermanas. Esto, señor,
-te suplico por estos tus cabellos lindos y olorosos y por el amor que
-te tengo, aunque no te conozco de vista. Así conozca tu cara en este
-niño que traigo en el vientre, que concedas a mis ruegos, haciendo que
-yo goce de ver y hablar a mis hermanas. Y de aquí adelante no curaré
-más de querer conocer tu cara, y no me curo que las tinieblas de la
-noche me quiten tu vista, pues yo tengo a ti, que eres mi lumbre.
-
-Con estas palabras, abrazando a su marido y llorando, limpiaba las
-lágrimas con sus cabellos, tanto que él fue vencido y prometió de hacer
-todo lo que ella quería, y luego, antes que amaneciese, se partió de
-ella, como acostumbraba.
-
-Las hermanas, con su mal propósito, en llegando no curaron de ver a sus
-padres, sino en saliendo de las naos, derechas se fueron a aquel risco,
-a donde con el ansia que tenían no esperaron que el viento les ayudase,
-antes con temeridad y osadía se echaron de allí abajo; pero el viento,
-recordándose de lo que su señor le había mandado, recibiolas en sus
-alas y púsolas muy mansamente en el suelo.
-
-Ellas se metieron luego en casa, y van a abrazar a la que querían
-perder, y comenzáronla a lisonjear de esta manera:
-
---Hermana Psique, ya nos parece que estás preñada. ¡Oh, cuán
-bienaventuradas somos nosotras, pues tenemos hermana que posee tantas
-riquezas, y más bienandante serás tú cuando te naciere el hijo, porque
-si él te pareciere, será el segundo dios Cupido!
-
-Con estas palabras maliciosas ganaban la voluntad de su hermana.
-
-Ella las mandó lavar en el rico baño, y después de lavadas sentáronse
-a la mesa, donde les fueron dados manjares reales en abundancia, y
-luego vino la música y comenzaron a cantar y tañer muy suavemente, que
-parecía celestial. Pero con todo esto no se amansaba la maldad de las
-falsas mujeres, antes procuraban de armar su lazo de engaños que traían
-pensado. Y comenzaron disimuladamente a meter palabras, preguntándole
-qué tal era su marido, de qué nación y ley venía.
-
-Psique, habiendo olvidado lo que su marido le encomendara, comenzó
-a fingir una nueva razón, diciendo que su marido era de una gran
-provincia, y que era mercader de muy gruesa mercadería, y que era
-hombre de media edad.
-
-No tardó mucho en esta habla, que luego las cargó de joyas y ricos
-dones, y mandó al viento que las llevase.
-
-Después que fueron idas, entre sí iban hablando de esta manera:
-
---¿Qué diremos de esta loca? La otra vez nos dijo que era su marido
-mancebo desbarbado, y ahora nos dice que es de media edad. ¿Quién será
-este que tan presto se hizo viejo?
-
---Cierto, hermana; o esta mala hembra nos miente, o ella no conoce
-a su marido, y cualquier cosa de estas que sea, nos conviene que la
-echemos de estas riquezas. Ahora volvámonos a casa de nuestros padres y
-callémonos esto, encubriéndolo con el mejor modo que pudiéremos.
-
-
-IV.
-
- Cómo vinieron las hermanas tercera vez a Psique, y del mal consejo
- que le dieron y lo que acaeció a Psique.
-
-Al otro día, sin poder tomar reposo, luego las dos hermanas fueron
-al risco o peñasco, de donde, con la ayuda del viento acostumbrado,
-volaron hasta casa de Psique, y con unas pocas lágrimas que por fuerza
-y apretando los ojos sacaron, comenzaron a hablar a su hermana de esta
-manera:
-
---Tú piensas que eres bienaventurada y estás segura y sin ningún
-cuidado, no sabiendo cuánto mal y peligro tienes; pero nosotras, que
-con grandísimo cuidado velamos sobre lo que te cumple, mucho somos
-fatigadas con tu daño, porque has de saber que hemos hallado por
-verdad que este tu marido que se echa contigo es una serpiente grande
-y venenosa; lo cual, con el dolor y pena que de tu mal tenemos, no te
-podemos encubrir, y ahora se nos recuerda de lo que el dios Apolo dijo
-cuando le consultaron sobre tu casamiento, que tú eras señalada para
-casarte con una cruel bestia. Y muchos de los vecinos de estos lugares,
-que andan a cazar por estas montañas, dicen que han visto este dragón
-por aquí cerca, y que se echa a nadar por este río para pasar acá, y
-todos afirman que te quiere engordar con estos regalos y manjares que
-te da; y cuando esta tu preñez estuviere más crecida, y tú estuvieres
-bien llena, por gozar de más hartura, que te ha de tragar. Tú ahora,
-hermana, mira bien lo que te decimos, porque mejor será que vivas
-entre los tuyos, que no estar aquí solitaria en peligro tan grande.
-
-Psique, como era muchacha y de noble condición, creyó lo que le
-dijeron, y con palabras tan espantables, salió casi de seso, por lo
-cual olvidó las amonestaciones de su marido; y así, turbada, les dijo:
-
---Vosotras, hermanas, hacéis lo que debéis a virtud, y eso que decís
-trae camino, porque yo hasta hoy nunca pude ver la cara de mi marido;
-solamente le oigo hablar de noche, y así paso con marido incierto que
-huye de la luz, y siempre me amenaza que me vendrá gran mal si porfío
-ver su cara.
-
-Cuando las malas mujeres hallaron el corazón de su hermana descubierto,
-dejados los engaños secretos, comenzaron con las espadas desenvainadas
-públicamente a combatir el pensamiento temeroso de la simple mujer, y
-la una de ellas dijo de esta manera:
-
---El mejor camino que yo veo en este negocio es que has de esconder
-secretamente en la cama donde te sueles acostar, una navaja bien aguda,
-y pondrás un candil lleno de aceite, encendido, debajo de alguna
-cobertura al canto de la cámara, y con este aparejo, disimuladamente,
-cuando viniere aquel serpiente a acostarse como suele, desde que ya
-tú veas que él duerme, salta de la cama, y muy pasico, saca el candil
-de debajo de donde está escondido, y con la navaja en la mano, con el
-mayor esfuerzo que pudieres, dale en el nudo de la cerviz de aquel
-serpiente venenoso, y córtale la cabeza; y no pienses que te faltará
-nuestra ayuda y favor, porque después de esto hecho te llevaremos en
-nuestra compañía con todas estas riquezas, y te casaremos con quien
-mereces.
-
-Con estas palabras encendieron tanto las hermanas a Psique, que la
-dejaron ardiendo, y ellas, temiendo del mal consejo que le daban no
-les viniese algún gran mal por ello, se partieron luego; y con el
-viento acostumbrado, se fueron hasta encima del risco, de donde se
-fueron lo más presto que pudieron, y entráronse en sus naos, y fuéronse
-a sus tierras.
-
-Psique quedó sola, y llorando pensaba cómo había de hacer aquel
-negocio; por una parte osaba, y por otra temía. En fin, lo que más le
-fatigaba era que en un mismo cuerpo aborrecía la serpiente y amaba a su
-marido.
-
-Ya que la noche venía, comenzó a aparejar el candil y navaja, para su
-mal. Siendo de noche, vino el marido a la cama, el cual, desde que
-hubo burlado con ella, comenzó a dormir suavemente. Entonces Psique se
-levantó de la cama, y sacado el candil debajo de donde estaba, tomó la
-navaja en la mano, y como alumbrase con el candil, y descubriese todo
-el secreto de la cama, vio una bestia la más mansa y dulce de todas las
-fieras; digo que era aquel dios del amor, que se llama Cupido, el cual
-estaba acostado muy hermosamente, y con su vista alegrándose, la lumbre
-del candil creció, y la aguda y sacrílega navaja resplandeció.
-
-Cuando Psique vio tal cosa, espantada y fuera de sí, se cortó y cayó
-sobre las rodillas, y la navaja se le cayó de las manos. Estando así
-fatigada y desfallecida, cuanto más miraba la cara divina de Cupido,
-tanto más se recreaba con su hermosura. Ella le vio los cabellos como
-hebras de oro, llenos de olor divino; el cuello blanco como la leche;
-la cara blanca y roja, como rosas coloradas, y los cabellos de oro
-colgando por todas partes que resplandecían como el sol, y vencían la
-lumbre del candil. Tenía en los hombros péñolas de color de rosas y
-flores; y todo lo demás del cuerpo estaba hermoso, como convenía a hijo
-de la diosa Venus, que lo parió sin arrepentirse por ello.
-
-Estaban ante los pies de la cama el arco y saetas; que son armas del
-dios de amor; lo cual todo estando mirando Psique, no se hartaba de
-mirarlo; maravillándose de las armas de su marido, saca del carcax una
-saeta, y estándola tentando con el dedo, a ver si era tan aguda como
-decían, hincósele un poquito de la saeta, de manera que tiró sangre
-de color de rosas, y de esta manera Psique, no sabiéndolo, cayó y fue
-presa en amor del dios de amor. Entonces con mayor ardor de amor se
-abajó sobre él y lo comenzó a besar con tan gran placer, que temía no
-despertase tan presto.
-
-Estando ella en este placer herida del amor, el candil que tenía en la
-mano, o por no serle fiel, o de envidia mortal, o por ventura que él
-también quiso tocar el cuerpo de Cupido, echó de sí una gota de aceite
-hirviendo, y cayó sobre el hombro derecho de Cupido.
-
-De esta manera el dios Cupido, quemado, saltó de la cama, y conociendo
-que su secreto era descubierto, callando, desapareció y huyó de
-los ojos de Psique, la cual se pegó a una de sus piernas cuando se
-levantaba, y así fue colgando de sus pies por las nubes del cielo,
-hasta tanto que, cansada, cayó en el suelo. Pero el dios de amor no la
-quiso desamparar en la caída, y vino volando a sentarse en un ciprés
-que allí estaba, de donde la empezó a reprender, diciendo:
-
---¡Oh, Psique, mujer simple! Yo, no recordándome de los mandamientos de
-mi madre Venus, la cual me había mandado que te hiciese ser enamorada
-del más miserable hombre del mundo, te quise bien y fui tu enamorado;
-pero esto que hice, bien sé que fue hecho livianamente, y yo mismo, que
-tiro a los otros con mis saetas, me herí a mí, y te tomé por mi mujer,
-y tú querías cortar mi cabeza. ¿No sabes tú cuántas veces te decía que
-te guardases de querer ver mi cara? Pero aquellas malas y envidiosas
-de tus hermanas presto me pagarán el consejo que te dieron.
-
-Diciendo esto, levantose con sus alas y voló en alto hacia el cielo;
-Psique quedó echada en tierra, y cuanto podía con la vista, miraba cómo
-su marido iba volando, y afligía su corazón con muchos lloros y gemidos.
-
-Después que su marido desapareció, desesperada se echó en un río que
-allí cerca estaba; pero el río, por honra del dios de amor, cuya mujer
-ella era, tomola encima de sus ondas sin hacerle algún mal, y púsola
-sobre las flores y hierbas del campo.
-
-Acaso el dios Pan, que es dios de las montañas, estaba asentado en un
-otero cerca del río, enseñando a tañer una flauta a la ninfa Caña, y
-viendo a Psique tan desmayada y llena de dolor, llamola, y halagándola
-con buenas palabras, le dijo:
-
---Doncella hermosa, bien veo que andas fatigada de dolor; mas no se
-puede resistir a los crueles hados, por tanto, ten paciencia, y no
-vuelvas a echarte en el río ni te mates con ningún otro género de
-muerte. Antes procura aplacar con plegarias al dios Cupido, que es el
-mayor de los dioses, y trabaja por merecer su amor, con servicios y
-halagos, porque es mancebo delicado y muy regalado.
-
-
-V.
-
- Cómo Psique fue a sus hermanas a quejarse de su desdicha mala, y del
- castigo que sus hermanas recibieron.
-
-Hablando de esta manera el dios Pan a Psique, ella, sin responderle
-palabra, comenzó a caminar por una senda que allí vio, y tanto anduvo,
-hasta que llegó a una ciudad, adonde era el reino de una de sus
-hermanas. La cual hermana, como supo que estaba allí Psique, mandola
-entrar. Y después que se hubieron abrazado ambas a dos, preguntole qué
-era la causa de su venida. Psique le respondió:
-
---¿No te recuerdas tú, señora hermana, el consejo que me disteis ambas
-a dos, que matase aquella grande bestia que conmigo se acostaba, antes
-que me tragase, para lo cual me diste una navaja? Y como yo quisiese
-poner por obra vuestro consejo, saqué el candil, y luego que miré su
-gesto y cara, veo una cosa divina y maravillosa, al hijo de la diosa
-Venus, digo al dios Cupido, aquel dios de amor que estaba hermosamente
-durmiendo, y como yo estaba pasmada de ver un dios tan hermoso y tan
-resplandeciente, acaso cayó una gota de aceite hirviendo del candil
-sobre su hombro, y con el dolor despertó; y como me vio armada con
-hierro y fuego, díjome:
-
---¿Cómo has hecho tan gran maldad y traición? Anda, vete luego de mi
-casa, que yo casaré con una de tus hermanas, y la dotaré de más ricas
-piezas que a ti.
-
-Y diciendo esto, mandó al viento cierzo que me pusiese muy lejos de su
-casa.
-
-No había acabado Psique de hablar estas palabras, cuando la hermana,
-incitada de envidia inmortal, compuesta una mentira para engañar a su
-marido, diciendo que había sabido de cómo su padre estaba a la muerte
-metiose en una nao, y fue navegando hasta que llegó a aquel risco, en
-el cual subida, dijo:
-
---¡Oh, Cupido! Recíbeme, que soy perteneciente para ser tu mujer, y tú,
-viento cierzo, recibe a tu señora.
-
-Con estas palabras dio un salto grande del risco abajo, pero ella ni
-viva ni muerta pudo llegar al lugar que deseaba, porque se hizo por
-aquellas peñas pedazos, como merecía.
-
-Tras de esta no tardó mucho la pena y venganza de la otra hermana,
-porque yendo Psique por su camino más adelante llegó a otra ciudad,
-en la cual moraba la otra su hermana, a la cual asimismo engañó con
-decirle lo que había dicho a la otra. Y queriendo el casamiento que no
-le cumplía, fuese a aquel risco, de donde fue despeñada.
-
-Entretanto Psique andaba muy congojosa en busca de su marido Cupido por
-todos los pueblos y ciudades; pero él, herido de la llaga que le hizo
-la gota de aceite del candil, estaba echado enfermo, gimiendo, en la
-cámara de su madre.
-
-Entonces un ave blanca que se llama gaviota, zambullose dentro en la
-mar, y halló allí a la diosa Venus, que se estaba lavando, nadando y
-holgando, a la cual se llegó y le dijo cómo su hijo Cupido estaba malo
-de una llaga de fuego que le daba mucho dolor: diciéndole más: que él
-se había estado apartado de las gentes, metido en una sierra con una
-doncella muy hermosa, la cual le había hecho la llaga, y que en el
-mundo ya no había amor ni policía alguna, ni nadie se casaba, ni se
-amaban los casados, sino todo andaba al contrario, feo y enojoso para
-todos.
-
-Cuando aquella ave parlera dijo estas cosas a Venus, llena de ira y
-enojo contra su hijo Cupido, exclamó diciendo estas palabras:
-
---Paréceme que ya aquel bueno de mi hijo tiene alguna amiga; hazme
-tanto placer tú, que me sirves con más amor que ninguna, que me digas
-el nombre de aquella que engañó a este muchacho sin barbas y de poca
-edad, ahora sea alguna de las ninfas o del número de las diosas, ahora
-sea del coro de las musas o del ministerio de mis gracias.
-
-Aquella ave parlera no calló lo que sabía, diciendo:
-
---Por cierto, señora, no sé bien cómo se llama, mas pienso, si bien me
-recuerdo, que la que tu hijo ama se llama Psique.
-
-Entonces Venus, indignada, comenzó a dar voces, diciendo:
-
---Ciertamente, él debe amar a aquella Psique, que pensaba tener mi
-gesto y era envidiosa de mi nombre; de lo que más tengo enojo en este
-negocio, es que me hizo a mí alcahueta, porque yo le mostré y enseñé
-por dónde conociese a aquella moza.
-
-De esta manera, riñendo y gritando, prestamente se salió de la mar y
-fuese luego a su cámara, a donde halló a su hijo malo, según lo había
-oído, y desde la puerta comenzó a dar voces, diciendo de esta manera:
-
---Honesta cosa es, y que cumple mucho a nuestra honra y fama, lo que
-tú has hecho parecerte buena cosa, menospreciar y tener en poco los
-mandamientos de tu madre, dándome pena con los amores de mi enemiga
-que tenía robada en el mundo mi honra y honor. ¿Piensas tú que
-tengo yo de sufrir, por amor de ti, nuera que sea mi enemiga? Pero
-tú, mentiroso y corrompedor de costumbres, presumes que tú solo eres
-engendrado para los amores, y que yo no podré parir otro Cupido; pues
-quiero ahora que sepas que yo podré engendrar otro hijo mucho mejor que
-tú; y aun porque más sientas la injuria, adoptaré por hijo a alguno de
-mis esclavos y servidores, y darle he alas y llamas de amores, con el
-arco y las saetas y todo lo otro que a ti di.
-
-Después que Venus hubo dicho esto, saliose fuera muy enojada diciendo
-palabras de enojo; pero la diosa Ceres y Juno, como la vieron enojada,
-la fueron a acompañar, y la preguntaron qué era la causa por que
-traía el gesto tan turbado, y los ojos, que resplandecían (de tanta
-hermosura), traía tan revueltos mostrando su enojo.
-
-Ella respondió:
-
---A buen tiempo venís para preguntarme la causa de este enojo que
-traigo, aunque no por mi voluntad, sino porque otro me lo ha dado; por
-ende, yo os ruego que con todas vuestras fuerzas busquéis a aquella
-huidora de Psique doquier que la hallareis, porque yo bien sé que
-vosotras sabéis toda la historia de lo que ha acontecido en mi casa con
-este hijo que no oso decir que es mío.
-
-Ellas, sabiendo las cosas que habían pasado, deseando amansar la ira de
-Venus, comenzáronle a hablar de esta manera:
-
---Qué, ¿tan gran delito pudo hacer tu hijo, que tú, señora, estés
-contra él enojada con tan gran pertinacia y melancolía, y que a aquella
-que él mucho ama tú la desees destruir? Rogámoste que mires bien si
-es crimen para tu hijo que le pareciese bien una doncella; ¿no sabes
-tú que es hombre? ¿Hásete ya olvidado cuántos años tiene tu hijo, o
-porque es mancebo y hermoso tú piensas que es todavía muchacho? Tú eres
-su madre y mujer de seso, y siempre has experimentado los placeres y
-juegos de tu hijo, ¿y tú culpas en él y reprendes sus artes y amores, y
-quieres cerrar la tienda pública de los placeres de las mujeres?
-
-De esta manera ellas querían satisfacer por el dios Cupido, por miedo
-de sus amorosas saetas. Mas Venus, viendo que burlaban de ella, las
-dejó con la palabra en la boca y se volvió a la mar, de donde había
-salido.
-
-
-
-
-LIBRO VI.
-
-ARGUMENTO.
-
- Después de haber Psique con mucha fatiga buscado a Cupido, se ofreció
- a Venus, y con cuánta soberbia fue tratada de ella; mandole hacer
- cosas imposibles; conviene a saber: que apartase de un montón grande
- todas las simientes, cada linaje de granos por su parte, y que le
- trajese el fleco del vellocino de oro, y del agua Estigia infernal
- le trajese un jarro lleno. -- Asimismo le trajese una bujeta llena
- de la hermosura de Proserpina. -- Todas las cuales cosas hechas por
- ayuda de los Dioses, Psique casó con su marido Cupido en el Concilio
- de los Dioses, y sus bodas fueron celebradas en el cielo, del cual
- matrimonio nació el deleite.
-
-
-I.
-
- Cómo Psique fue al templo de la diosa Ceres y al de Juno a
- demandarles socorro y ayuda para su fatiga, y ninguna se lo dio por
- no enojar más a Venus, que estaba enojada.
-
-La desdichada Psique andaba por diversas partes y caminos buscando a
-su marido, y tanto más le crecía el deseo de hallarlo, cuanta era la
-pena que traía en buscarle. Y deliberaba entre sí que si no le pudiese
-con sus halagos como mujer amansar, que a lo menos con sus ruegos y
-oraciones lo aplacara.
-
-Yendo así pensando en esto, vio un templo encima de un alto monte, y
-dijo:
-
---¿Qué sé yo ahora si por ventura mora mi señor en este templo? Y luego
-se fue hacia allá; y habiendo subido a aquel monte, llegó al templo
-y entró, donde vio muchas espigas de trigo y cebada derramadas por
-el suelo sin ningún orden ni concierto. Psique, como vio estas cosas
-derramadas, comenzó a apartar cada cosa por su parte, y a componerlo y
-a ataviarlo todo.
-
-Estando en esta obra, entró la diosa Ceres, y como la viese, comenzole
-a decir.
-
---¡Oh Psique desventurada, la diosa Venus anda por todo el mundo con
-grandísima ansia buscándote, y pretende traerte a la muerte, y tú ahora
-estás aquí teniendo cuidado de mis cosas!
-
-Entonces Psique echose a sus pies y comenzolos a regar con sus
-lágrimas, suplicándole y pidiéndole perdón, diciendo:
-
---Ruégote, señora, por la tu diestra mano, sembradora de los panes,
-y por las ceremonias alegres de las sementeras, y por las aradas y
-barbechos de Sicilia, y por los sacrificios que se hacen en la ciudad
-Eleusina, que tú socorras a la triste ánima de tu sierva Psique, y
-consiente que entre estos montones de espigas me pueda esconder algunos
-pocos días hasta que pase la cruel y vengativa ira de tan gran diosa
-como es Venus.
-
-Ceres le respondió:
-
---Ciertamente yo me he conmovido a compasión por ver tus lágrimas y lo
-que me ruegas, y deséote ayudar, pero no quiero incurrir en desgracia
-de mi cuñada, con la cual tengo antigua amistad. Así que tú parte luego
-de mi casa, y recibe en gracia que no fuiste presa por mí ni retenida.
-
-Cuando Psique esto oyó, llena de mayor dolor, tomó su camino adelante,
-y habiendo andado un gran rato, vio un hermoso templo que estaba en una
-selva de mucha arboleda, edificado muy pulidamente, en el cual entró y
-vio en él muy ricos dones de ropas y vestiduras colgadas de los troncos
-y ramas de los árboles con letras de oro que decían la causa por que
-eran allí ofrecidas, y el nombre de la diosa a quien se daban.
-
-Entonces Psique, hincando las rodillas en el suelo y con las manos
-tocando el altar y limpiándolas con lágrimas de sus ojos, comenzó a
-decir de esta manera:
-
---¡Oh tú, Juno, mujer y hermana del gran Júpiter, o estés en el antiguo
-templo de la isla de Samos, la cual se glorifica porque tú naciste y te
-criaste allí; o estés en la silla de la alta ciudad de Cartago, la cual
-te adoró como doncella que fuiste llevada al cielo encima de un león; o
-estés en la ribera del río Ínaco, el cual hace memoria de ti, que eres
-casada con Júpiter y reina de las diosas; o estés en las ciudades de
-los griegos, adonde todos te honran como a diosa de los casamientos;
-donde quiera que estés, te ruego que socorras mis extremas necesidades
-y peligros!
-
-Acabado de decir esto, luego le pareció la diosa Juno, y díjole:
-
---Yo te quisiera remediar con mi ayuda y favor; pero contra la voluntad
-de Venus, mi nuera, la cual siempre tuve en lugar de hija, no lo
-puedo hacer, porque la vergüenza me resiste. Demás de esto, las leyes
-prohíben que nadie pueda recibir los esclavos fugitivos contra la
-voluntad de sus señores; por tanto, vete luego de aquí.
-
-
-II.
-
- Cómo Psique se fue a presentar ante Venus por demandarle perdón, y
- los trabajos que con ella hubo.
-
-De esta manera espantada Psique, viéndose desechada del favor de las
-diosas, determinó presentarse ante la diosa Venus, pensando que con
-esta humildad y obediencia la aplacaría. En este medio tiempo, Venus,
-enojada de andar a buscar a Psique por la tierra, determinó subir al
-cielo, y mandó aparejar su carro, el cual, Vulcano, su marido, muy
-sutil y pulidamente había fabricado y se lo había dado en arras de su
-casamiento, y luego a la hora salieron de su cámara cuatro palomas muy
-blancas, pusiéronse en orden para llevar el carro, y como Venus subió
-encima, comenzaron a volar alegremente, y tras el carro comenzaron a
-volar muchos pajaritos y aves que cantaban muy dulcemente, haciendo
-saber como Venus venía.
-
-En esta manera llegó al palacio real de Júpiter, y con mucha osadía
-pidió que le mandase al dios Mercurio le ayudase con su voz, que había
-menester para cierto negocio.
-
-Júpiter se lo otorgó, y mandó que así se hiciese.
-
-Entonces ella, alegremente, acompañándola Mercurio, se partió del cielo
-y de esta manera habló a Mercurio:
-
---Hermano de Arcadia, tú sabes bien que tu hermana Venus nunca
-hizo cosa alguna sin tu ayuda y presencia, y ahora tú no ignoras
-cuánto tiempo ha que yo no puedo hallar a aquella mi sierva que se
-anda escondiendo de mí; así que ya no tengo otro remedio sino que
-públicamente tú pregones que le será dado gran premio a quien la
-descubriere. Por ende te ruego que hagas prestamente lo que te digo, y
-en tu pregón da las señas e indicios por donde manifiestamente se pueda
-conocer.
-
-Diciendo esto, se fue a su casa.
-
-No olvidó Mercurio lo que Venus le mandó hacer, y luego se fue por
-todos los lugares y ciudades pregonando que si alguno mostrare o
-prendiere a Psique, hija del rey y sierva de Venus, que anda huida, que
-le dará por ello muy grande premio.
-
-De esta manera pregonando Mercurio, todos buscaban a Psique por ganar
-el hallazgo, la cual cosa oída por ella, luego a mucha prisa se fue a
-presentar al templo de Venus, y como llegó a las puertas del templo,
-salió a ella una doncella de Venus, que había nombre Costumbre, y como
-la vio, comenzó a dar grandes voces diciendo:
-
---Vos dueña, mala esclava, ya sentís que tenéis señora; no sabéis
-cuánto trabajo nos habéis dado, que andamos por todas las partes a
-buscaros. Pero bien está pues caísteis en mis manos; haced cuenta que
-caísteis en la cárcel del infierno, adonde para siempre jamás nunca
-podréis salir, y muy prestamente recibiréis la pena de vuestra gran
-contumacia y fiera rebeldía.
-
-Diciendo esto arremetió a ella, y tomándola por los cabellos, la llevó
-ante Venus, la cual, como la vio, comenzose a reír, y meneando la
-cabeza, rascándose en la oreja, comenzó a decir:
-
---Basta, que ya fuiste contenta de hablar a tu suegra; mas antes creo
-que lo hiciste por ver a tu marido, que está a la muerte de la llaga
-que tú le causaste; pero está segura que yo te recibiré como conviene
-a buena nuera.
-
-Y como esto dijo, llamó a sus criadas la Costumbre y la Tristeza, a las
-cuales mandó que azotasen cruelmente a Psique. Ellas, obedeciendo el
-mandamiento de su señora, dieron tantos azotes a la mezquina Psique,
-que la atormentaron muy malamente, y luego la tornaron a presentar otra
-vez ante su señora. Venus, como la vio, se comenzó otra vez a reír, y
-dijo:
-
---¿No veis cómo aun en el vientre que trae hinchado nos conmueve a
-misericordia? Piensa hacerme abuela, bien dichosa con lo que saliere
-de esta su preñez. Dichosa yo que en la flor de mi edad me llamarán
-abuela, y el hijo de una bellaca oirá que le llamen nieto de la diosa
-Venus; pero necia soy en decir esto, porque mi hijo no es casado,
-por cuanto las personas no son iguales, y lo que hicieron entre sí
-no es válido, que fue en un monte escondido y sin testigos, ni con
-consentimiento de padre ni madre.
-
-Y diciendo esto, tomó trigo y cebada, mijo y centeno, garbanzos y
-lentejas, lo cual todo mezclado y hecho un gran montón, dijo a Psique:
-
---Tú me pareces mujer de gran cuidado: yo quiero experimentar tu
-servicio; por tanto, aparta todos los granos de estas simientes que
-están juntos en este montón, y cada simiente apartada me la has de dar
-antes de la noche.
-
-Y diciendo esto, se fue a comer a las bodas de sus dioses.
-
-Psique, embarazada con la grandeza de aquel mandamiento, estaba
-callando como una muerta, que nunca alzó la mano a comenzar tan grande
-obra para nunca acabar.
-
-Entonces aquellas pequeñas hormigas del campo, teniendo mancilla de tan
-gran trabajo y dificultad como era el de la mujer del dios de amor,
-discurrieron prestamente por esos campos, y llamaron todas las huestes
-de hormigas, diciéndoles:
-
---¡Oh sutiles hijas, criadas de la tierra, madre de todas las cosas,
-habed mancilla de una moza hermosa, mujer del dios de amor, y
-socorredla presto, que está en gran peligro!
-
---Entonces, como ondas de agua, venían infinitas hormigas, cayendo unas
-sobre otras, y con mucha diligencia apartaron todo el montón, grano a
-grano. Después de apartado y divisos todos los géneros de simiente,
-prestamente se fueron de allí.
-
-Luego, al comienzo de la noche, Venus llegó, y vista la diligencia de
-la obra, dijo:
-
---¡Oh mala, no es tuya ni de tus manos esta obra sino de aquel a quien
-tú más has placido!
-
-Y diciendo esto, echole un pedazo de pan para que comiese, y se fue a
-acostar.
-
-
-III.
-
- Cómo Venus mandó a Psique cosas muy dificultosas, las cuales acabó
- con ayuda de los dioses.
-
-Y al otro día, luego que amaneció, mandó Venus llamar a Psique, y
-díjole de esta manera:
-
---¿Ves tú aquella floresta por donde pasa aquel río que tiene aquellos
-grandes árboles alderredor, y ves aquellas ovejas resplandecientes y
-de color de oro, que andan por allí paciendo, sin que nadie las guarde?
-Pues ve allá luego, y tráeme la flor de su precioso vellocino, en
-cualquier manera que lo puedas traer.
-
-Psique, de muy buena gana se fue allá, no con pensamiento de hacer lo
-que Venus le había mandado, mas por dar fin a sus males, echándose de
-un risco de aquellos dentro en el río. Y llegando cerca del río, una
-caña verde, que es madre de la suave música, meneada de un dulce aire,
-por inspiración divina le habló de esta manera:
-
---Psique, tú que has sufrido tantas tribulaciones, no me quieras
-ensuciar mis muy santas aguas con tu misérrima muerte, ni tampoco
-llegues a estas espantosas ovejas; porque tomado el calor del sol,
-suelen ser muy rabiosas, y con los cuernos agudos y las frentes de
-piedra, y aun mordiendo con los dientes ponzoñosos, matan a muchos
-hombres. Pero después que pasare el ardor del mediodía y las ovejas
-se vayan a reposar a la frescura del río, podrás esconderte debajo de
-aquel alto plátano, y como tú vieres que las ovejas, dejada toda su
-ferocidad, comienzan a dormir, sacudirás las ramas y hojas de aquel
-monte que está cerca de ellas, y allí hallarás las vedijas de oro, que
-se pegan por aquellas varas cuando las ovejas pasan.
-
-En esta manera la caña, por su virtud y humanidad, enseñó a la mezquina
-de Psique cómo se había de remediar. Ella, cuando esto oyó, no fue
-negligente en cumplirlo; y así, haciendo todo lo que le dijo, hurtó el
-oro con la lana de aquellos montes, y trájola a Venus. Mas con todo
-esto, nunca se aplacó su ira, y con una risa falsa le dijo:
-
---Tampoco creo yo ahora que en esto que tú hiciste faltó quien te
-ayudase; pero yo quiero experimentar si por ventura tú lo haces con
-esfuerzo tuyo y prudencia o con ayuda de otro: por ende, mira bien
-aquella altura de aquel monte, a donde están aquellos riscos muy altos,
-de donde sale una fuente de agua muy negra, que desciende por aquel
-valle donde hace aquellas lagunas hondas y turbias, y de allí salen
-algunos arroyos infernales, feos y temerosos a la vista de todos. De
-allí, de la altura donde sale aquella fuente, tráeme este vaso lleno de
-agua.
-
-Y diciendo esto, le dio un vaso de cristal, amenazándola si no lo traía
-lleno como le decía.
-
-Psique, cuando esto oyó, aceleradamente se fue hacia aquel monte,
-para subir encima de él, y desde allí echarse, para dar fin a su
-amarga vida. Pero como llegó alderredor de aquel monte, vio una mortal
-dificultad para llegar a él, porque estaba allí un risco muy alto,
-que parecía llegar al cielo, y tan liso, que no había quien por él
-pudiese subir, de encima del cual salía una fuente de agua muy negra
-y espantable, que corría por aquellos riscos abajo, venía a un valle
-grande, que estaba cercado de una parte y de la otra de grandes riscos,
-a donde moraban dragones espantables, con los cuellos alzados y los
-ojos tan abiertos para velar, que jamás los cerraban, ni pestañeaban; y
-como ella llegó allí, las mismas aguas le hablaron, diciéndole muchas
-veces que se apartase de allí, o si no, que moriría.
-
-Cuando Psique vio la imposibilidad que había de llegar a aquel lugar,
-fue tornada como una piedra, en tal manera, que con el gran miedo del
-peligro estaba tan muerta, que carecía del último consuelo y solaz
-de las lágrimas; pero no pudo esconderse a los ojos de la divina
-Providencia tanta fatiga y tribulación de la inocente Psique, la
-cual, estando en esta fatiga, aquella ave real de Júpiter que se llama
-águila, abiertas las alas, vino volando súbitamente, recordándose
-del servicio que antiguamente hizo Cupido a Júpiter, cuando por su
-diligencia arrebató a Ganímedes el troyano para su copero; queriendo
-dar ayuda y pagar el beneficio recibido y ayudar a los trabajos de
-Psique, mujer de Cupido, dejó de volar por el cielo, y vínose a la
-presencia de Psique, y díjole en esta manera:
-
---¿Cómo tú eres tan simple y necia de tales cosas, que esperas poderte
-hartar, ni solamente tocar a una sola gota de esta fuente, no menos
-cruel que santísima? ¿Tú nunca oíste alguna vez que estas aguas
-estigias son espantables a los dioses y aun al mismo Júpiter? Demás
-de esto, vosotros los mortales juráis por los dioses, pero los dioses
-acostumbran jurar por la Majestad del lago Estigio; pero dame ese vaso
-que traes.
-
-El cual ella le dio, y el águila se lo arrebató de la mano muy
-presto, y volando entre las bocas y dientes crueles y las lenguas de
-tres órdenes de aquellos dragones, fue al agua e hinchió el vaso,
-consintiéndolo la misma agua, y aun amonestándole que prestamente se
-fuese, antes que los dragones la matasen.
-
-El águila, fingió que por el mandamiento de la diosa Venus, y para
-su servicio, había venido por aquella agua; por la cual causa más
-fácilmente llegó a henchir el vaso y salir libre con ella. En esta
-manera tornó con mucho gozo, y dio el vaso a Psique, lleno de agua;
-la cual llevó luego y la dio a Venus; pero con todo esto, nunca pudo
-aplacar ni amansar algo su crueldad; antes con su risa mortal, como
-solía, le habló, amenazándola con mayores tormentos, diciendo:
-
---Ya tú me pareces una gran hechicera, porque muy bien has remediado
-mis mandamientos; mas tú, lumbre de mis ojos, aún te resta otra cosa
-que has de hacer. Toma esta bujeta (la cual luego le dio) y vete a los
-palacios del infierno, y darás esta bujeta a Proserpina, diciéndole:
-«Venus te ruega que le des aquí una poca de tu hermosura, que baste
-siquiera para un día, porque todo lo hermoso que ella tenía lo ha
-perdido y consumido curando a su hijo Cupido, que está muy malo»; y
-torna presto con ella, porque tengo necesidad de lavarme la cara con
-esto para entrar en el teatro y fiesta de los dioses.
-
-Entonces Psique abiertamente sintió su último fin, pues la mandaban
-ir al infierno, donde estaban las ánimas de los muertos. Con este
-pensamiento se fue a una torre muy alta para echarse de allí abajo, por
-así acabar su vida y descender muy presto al infierno. Pero la torre le
-habló de esta manera:
-
---¡Mezquina de ti! ¿Por qué te quieres matar echándote de aquí abajo?
-Pues que ya este es último peligro y trabajo que has de pasar, porque
-si una vez tu alma fuere apartada de tu cuerpo, bien podrás ir de
-cierto al infierno; pero créeme, que en ninguna manera podrás tornar
-a salir de allí. No está muy lejos de aquí una noble ciudad de Acaya,
-que se llama Lacedemonia; cerca de esta ciudad busca un monte que se
-llama Ténaro, el cual está apartado en lugares remotos. En este monte
-está una puerta del infierno, y por la boca de aquella cueva va un
-triste camino, por donde si tú entras podrás ir por aquella solitaria
-vía derechamente a los infiernos, a donde están los palacios del rey
-Plutón; pero no entiendas que has de llevar las manos vacías, porque
-te conviene llevar en cada una de las dos una sopa de pan mojada
-en meloja, y en la boca has de llevar dos monedas, y desde que ya
-hubieres andado buena parte de aquel camino de la muerte, hallarás un
-asno cojo cargado de leña, con él un hombre también cojo, el cual te
-rogará que le des ciertas chamizas para echar en la carga, que se le
-cae; pero tú pásate callando sin hablarle palabra, y después, como
-llegares al río donde está Caronte, él te pedirá portazgo, porque así
-pasa él en su barca de la otra parte a los muertos que allí llegan,
-porque has de saber que hasta allí entre los muertos hay avaricia; que
-ni Caronte, ni aquel gran rey Plutón, hacen alguna cosa de gracia, y
-si algún pobre muere, cúmplele buscar dineros para el camino, porque
-si no los llevare en la mano no le pasarán de allí. A este viejo le
-darás, en nombre de flete, una moneda de aquellas que llevares, pero
-ha de ser que él mismo la tome con su mano de tu boca. Después que
-hubieres pasado este río muerto, hallarás otro viejo muerto y podrido,
-que anda nadando sobre las aguas de aquel río, y alzando las manos
-te rogará que lo recibas dentro en la barca; tú no cures de usar
-piedad que no te conviene. Pasado el río y andando un poco adelante,
-hallarás unas viejas tejedoras que están tejiendo una tela, las cuales
-te rogarán que les toques la mano; pero tú no lo hagas, porque no te
-conviene tocarles en manera ninguna. Que has de saber que todas estas
-cosas y otras muchas, nacen de las asechanzas de Venus, que quería
-que te pudiesen quitar de las manos una de aquellas sopas, lo cual te
-sería muy grave daño, porque si una de ellas perdieses, nunca jamás
-tornarías a esta vida. Demás de esto, sepas que está un poco más
-adelante un perro muy grueso y grande que tiene tres cabezas, el cual
-es muy espantable, y ladrando con aquellas bocas abiertas, espanta a
-los muertos, a los cuales ya ningún mal puede hacer, y siempre está
-velando ante la puerta del oscuro palacio de Proserpina, guardando
-la casa vacía de Plutón. Cuando aquí llegares, con una sopa que le
-eches lo tendrás enfrenado y podrás luego pasar fácilmente, y entrarás
-a donde está Proserpina, la cual te recibirá benigna y alegremente,
-y te mandará sentar y dar muy bien de comer; pero tú siéntate en el
-suelo y come de aquel pan negro que te dieren, y pide luego de parte de
-Venus aquello por que eres venida, y recibido lo que te dieren en la
-bujeta, cuando tornares amansarás la rabia de aquel perro con la otra
-sopa, y después cuando llegares al barquero avariento, le darás la otra
-moneda que guardaste en la boca, y pasando aquel río, tornarás por las
-mismas pisadas por donde entraste, y así vendrás a ver esta claridad
-celestial. Pero sobre todo te aviso que en ninguna manera cures de
-abrir ni mirar lo que traes en la bujeta.
-
-De esta manera aquella torre, habiendo mancilla de Psique, le declaró
-lo que le era menester.
-
-No tardó Psique, que luego se fue al monte Ténaro, y tomando aquellos
-dineros y aquellas sopas como le mandó la torre, entrose por aquella
-boca del infierno, y pasando callando aquel asnero cojo y pagado a
-Caronte su flete porque la pasase, y menospreciando asimismo el deseo
-de aquel viejo muerto que andaba nadando, y también no curando de
-los engañosos ruegos de las viejas tejedoras, y habiendo amansado la
-rabia de aquel temeroso perro con el manjar de aquella sopa, llegó,
-pasando todo esto, a los palacios de Proserpina; pero no quiso aceptar
-el asiento y manjar que Proserpina le mandaba dar, mas contenta con
-un pedazo de pan, le dio la embajada que de Venus traía, y luego
-Proserpina le hinchó la bujeta secretamente de lo que pedía.
-
-Psique luego partió, y aplacado el perro bravo con la sopa que le
-quedaba, y habiendo dado la otra moneda a Caronte el barquero porque
-la pasase, tornó del infierno más esforzada de lo que entró. Y como
-este era el postrer servicio que a Venus había de hacer, vínole al
-pensamiento una temeraria curiosidad, diciendo:
-
---Bien soy yo necia, trayendo conmigo la divina hermosura, que no tome
-de ella siquiera un poquito para mí, para poder placer a aquel mi
-hermoso enamorado.
-
-Diciendo esto abrió la bujeta, dentro de la cual ninguna cosa había,
-sino un sueño infernal y profundo, el cual cubrió a Psique de una
-niebla de sueño grueso que la hizo dormir como cosa mortal.
-
-Pero Cupido, ya que convalecía de su llaga, no pudiendo sufrir la larga
-ausencia de su amiga, saliose por una ventana de su cámara y fue a
-socorrer a su amiga Psique, y apartado de ella el sueño, y metiéndolo
-otra vez en la bujeta, la despertó, reprendiéndola de su curiosidad,
-y díjole más, que llevase la embajada a su madre, que entretanto él
-proveería lo que fuese menester.
-
-Dicho esto, levantose con sus alas y se fue volando.
-
-Psique llevó lo que traía de Proserpina, y diolo a Venus.
-
-Entretanto Cupido, que andaba muy fatigado del gran amor, la cara
-amarilla, temiendo la severidad de su madre, tornose almario de su
-pecho, y con sus ligeras alas volando, se fue al cielo y suplicó al
-dios Júpiter que le ayudase, y recontole toda su causa.
-
-Entonces Júpiter tomolo por la barba, y trayéndole la mano por la cara,
-comenzolo a besar, diciendo:
-
---Como quiera que tú, señor hijo, nunca me guardaste la honra que se
-debe a los padres por mandamiento de los dioses, pero aun este mi
-pecho, en el cual se encierran y disponen todas las leyes de los
-elementos, y a las veces el de las estrellas, muchas veces lo llagaste
-con continuos golpes de tu amor, y lo ensuciaste con muchos lazos de
-terrenal lujuria, y lisiaste mi honra y fama con adulterios torpes y
-sucios contra las leyes, especialmente contra la ley Julia y la pública
-disciplina, transformando mi cara y hermosura en serpientes, en fuegos,
-en bestias fieras, en aves y en cualquier otro animal, con todo esto,
-recordándome de mi mansedumbre y que tú creciste entre estas mis manos,
-yo haré todo lo que tú quisieres, y tú te sepas guardar de otros que
-desean lo que tú deseas. Esto sea con una condición: que si tú sabes
-de alguna doncella hermosa en la tierra, por este beneficio que de mí
-recibes has de pagarme con ella la recompensa.
-
-Después que esto hubo hablado, mandó a Mercurio que llamase a todos
-los dioses a concilio, y si alguno de ellos faltase, que pagase diez
-mil talentos de pena. Por el cual miedo todos vinieron, y fue lleno
-el palacio donde estaba Júpiter, el cual, asentado en la silla alta,
-comenzó a decir de esta manera:
-
---¡Oh dioses escritos en el banco de las musas! Vosotros todos sabéis
-cómo a este mancebo, que yo crié en mis manos, procuré de refrenar
-los ímpetus y movimientos ardientes de su primera juventud. Pero
-harto basta que él es infamado entre todos de adulterio y de otras
-corruptelas, por lo cual es bien que se quite toda ocasión y para
-esto me parece que su licenciosa juventud se debe atar con lazo
-de matrimonio. Él ha escogido una doncella, a la cual privó de su
-virginidad; téngala y poséala siempre y use de sus amores.
-
-Y diciendo esto, volvió la cara a Venus y díjole:
-
---Tú, hija, no te entristezcas por esto; no temas a tu linaje, porque
-yo haré que este matrimonio sea igual al de los dioses.
-
-Luego mandó a Mercurio que subiese a Psique al cielo; y como Mercurio
-la trajo, le dio Júpiter a beber del licor de los dioses, diciéndole:
-
---Toma, Psique, bebe esto y serás inmortal; Cupido nunca se apartará de
-ti, y este matrimonio durará siempre.
-
-Dicho esto, no tardó mucho cuando vino la cena muy abundante, como a
-tales bodas convenía. Estaba sentado a la mesa Cupido junto a Júpiter,
-con su amada Psique, y por su orden todos los dioses. Ganímedes echaba
-el vino a Júpiter, como copero suyo, y a los otros Baco. Vulcano
-cocinaba la cena; las ninfas henchían de flores y rosas la sala donde
-cenaban; las musas cantaban muy dulcemente, y también Apolo con su
-vihuela.
-
-De esta manera vino Psique en poder de su marido Cupido, y estando ya
-Psique en el tiempo del parir, nacioles una hija, la cual llamamos
-Placer.
-
-En esta manera contaba la vieja a la doncella cautiva esta conseja;
-pero yo, como estaba allí cerca, oíalo todo, y dolíame que no podía con
-mis manos de asno escribir y notar tan linda y hermosa novela.
-
-
-IV.
-
- Cómo vinieron los ladrones de robar, y lo que acaeció a Lucio y a la
- doncella.
-
-Muy de prisa entraron los ladrones en su cueva, diciendo que habían
-peleado muy fuertemente. Y dejando en casa algunos de los heridos para
-que se curasen, los más esforzados, comiendo de prisa unos bocados,
-sacaron del establo a mí y a mis compañeros y lleváronnos a una cueva
-lejos de allí y cerca de un pueblo, a donde nos cargaron de muchas
-cosas, y luego a gran prisa nos hicieron caminar con tantos palos y
-rempujones, que me hicieron caer, y para levantarme me dieron tantos
-golpes, que me lisiaron en un pie, que como yo iba cojeando, uno de
-aquellos ladrones dijo:
-
---¿Hasta cuándo hemos de mantener de balde a este asnillo cansado y
-ahora cojo?
-
-A esto respondió otro:
-
---Después que este entró en nuestro poder, siempre anduvo de mal en
-peor. ¡Oh! yo os prometo que cuando llevare estas cargas, lo hemos de
-despeñar.
-
-Como yo esto oí, con el miedo hice alas de los pies, caminando cuanto
-podía. Cuando llegamos, luego prestamente nos quitaron de encima lo
-que llevábamos, y no curando de nuestra salud ni tampoco de mi muerte,
-llamaron a sus compañeros que habían quedado en casa heridos, y, según
-lo que ellos decían, era para contarles el enojo que habían habido de
-nuestra tardanza.
-
-En todo esto no tenía yo poco miedo a la muerte de que me habían
-amenazado, y, pensando en ella, decía entre mí de esta manera:
-
---¿En qué estás, Lucio? ¿qué cosa más extrema puedes esperar? Esta
-muerte muy cruel te está aparejada por deliberación y acuerdo de estos
-ladrones, y en el cierto peligro, poco aprovecha el esfuerzo. Ya ves
-estos riscos y peñas muy agudas; a cualquier parte que cayeres por
-ellas, te desmembrarán y harán pedazos, porque el arte mágica que
-tú andabas a buscar no te dio tan solamente la cara y las fatigas y
-trabajos de asno, mas aun cercote de un cuero grueso como de asno. Pues
-que así es, ¿por qué no te esfuerzas, y en tanto que puedes aconsejas
-a tu salud? Ahora tienes muy buena oportunidad para huir, en tanto que
-los ladrones no están en casa. ¿Has de temer, por ventura, la guarda
-de una vieja medio muerta, la cual puedes matar con una coz de tu pie
-cojo? Pero ¿hacia dónde podré huir, o quién me acogerá en su casa?
-Este pensamiento, ciertamente me parece necio y de asno, porque, ¿qué
-caminante me hallará en el camino que no cabalgue encima de mí y me
-lleve consigo?
-
-Diciendo esto, con muy alegre esfuerzo quebré el cabestro con que
-estaba atado, y eché a correr cuanto más presto pude, por huir los ojos
-de milano de aquella falsa vieja, la cual, como me vio suelto, tomando
-un grande ánimo y esfuerzo, más que la edad y condición le podían dar,
-arrebatome por el cabestro y porfiome a quererme tornar por fuerza
-al establo; pero yo, recordándome del propósito mortal de aquellos
-ladrones, no me moví a piedad alguna; antes, alzando los pies, le di un
-par de coces en aquellos pechos, que di con ella en tierra.
-
-La vieja, como quiera que estaba en tierra, todavía me tenía fuertemente
-por el cabestro; de manera que, aunque yo corría, la llevaba
-arrastrando, la cual luego comenzó con grandes voces y gritos a pedir
-ayuda de otra más fuerza que la suya. Pero en balde hallaba ayuda con
-sus voces, porque nadie había que le pudiese socorrer, salvo aquella
-doncella que allí estaba presa, la cual, a las voces que la vieja daba,
-salió y vio un aparato para reír; conviene saber: la vejezuela trabada,
-no de un toro, mas de un asno; y como aquello vio, tomada en fin fuerza
-y ánimo de varón, osó hacer una hazaña maravillosa. Primeramente
-trabome del cabestro, y con palabras de halagos comenzome a detener un
-poco, y luego saltó encima de mí. Desde que se vio encima incitábame a
-que corriese, y yo, por la gana que tenía de huir, como por librar a
-aquella doncella, corría como un caballo, y aun tentaba de responder a
-las palabras que la delicada doncella decía, y muchas veces, fingiendo
-quererme rascar en el espinazo, volvía la cabeza y besaba los hermosos
-pies de la moza.
-
-Entonces ella, suspirando, decía:
-
---¡Oh soberanos dioses, dad ayuda y favor a mis extremos peligros,
-y tú, cruel fortuna, deja ya de perseguirme! Y tú, asno, remedio de
-mi libertad, si me llevares en salvo a mi casa, y me tornares a mis
-padres y hermoso marido, cuántas gracias te daré y de cuántas comidas
-te hartaré. Esas tus crines muy bien peinadas, te adornaré las cerdas
-de tu cola, que por negligencia están revueltas, con mucho cuidado las
-puliré y ataviaré. Tú serás comparado a los antiguos milagros, porque
-por tu ejemplo creeremos que Frixo pasó la mar encima de un carnero,
-y Arión escapó encima de un delfín, y Europa huyó encima de un toro;
-porque si fue verdad que Júpiter se transfiguró en buey, bien puede ser
-que este mi asno esconda la figura de algún hombre y la imagen de algún
-dios.
-
-Entretanto que la hermosa doncella esto decía, llegamos adonde se
-apartaban tres caminos. Cuando allí llegamos, ella, tirándome del
-cabestro con toda cuanta fuerza podía, tiraba y porfiaba de enderezarme
-por el camino de a mano derecha, porque aquella era la vía para ir a
-casa de sus padres. Mas yo, sabiendo que aquellos ladrones habían ido
-por allí a hacer otros robos, resistíale fuertemente, y entre mí decía
-de esta manera:
-
---¿Qué haces, moza desventurada? ¿Por qué quieres perder a ti y a mí?
-¿No sabes que este es el camino de los ladrones?
-
-Estando nosotros altercando cada uno en su porfía, contendiendo sobre
-el camino que habíamos de tomar, he aquí que los ladrones, cargados de
-lo que habían robado, nos tomaron a manos, y como con la claridad de la
-luna nos conocieron un poco de lejos, con una risa falsa y cruel nos
-comenzaron a saludar, y el uno de ellos dijo de esta manera:
-
---¿Hacia dónde tan de prisa trasnocháis este camino, que no teméis las
-brujas y fantasmas de la soledad de la noche; y tú, muy buena doncella,
-das mucha prisa en ir a ver a tus padres? Pues que así es, nosotros
-socorreremos a tu soledad, y te mostraremos el camino bien ancho para
-ir a tus padres.
-
-Y sirviéndola con las palabras y no con el hecho, echó mano del
-cabestro y tornome para atrás, dándome buenos palos y guinchones con un
-palo nudoso que traía en la mano.
-
-Entonces yo, contra mi voluntad tornado a la muerte que me estaba
-aparejada, acordeme del dolor de la uña, y comencé cabeceando a cojear;
-pero aquel que me tornó para atrás, dijo:
-
---¿Y cómo tú otra vez vas titubeando y vacilando, y estos tus pies
-podridos pueden huir y no saben andar, y ahora poco ha vencías la
-celeridad de Pegaso, aquel caballo que volaba?
-
-En tanto que este compañero muy sabroso jugaba conmigo de esta manera,
-sacudiéndome muy buenas varadas, ya llegábamos al cantón de su casa,
-cuando vimos aquella vejezuela que estaba ahorcada con una soga de la
-rama de un alto ciprés, a la cual los ladrones descolgaron, y así, con
-su cuerda al pescuezo, la lanzaron por las peñas abajo, y entrando en
-casa, después que hubieron atado la doncella con sus cordeles, dieron
-en la cena que la desventurada vieja en su última diligencia había
-aparejado, y después que con sus ánimos bestiales y ferocidad tragaron
-todo lo que allí había, comenzaron entre sí a platicar de nuestra pena
-y de su venganza, y como suele acontecer entre gente turbulenta, fueron
-diferentes las sentencias que cada uno daba.
-
-El primero dijo que le parecía que era bueno y que debían quemar viva
-aquella doncella; el segundo, que la echasen a las bestias fieras;
-el tercero, que la debían de ahogar; el cuarto, que con tormentos la
-despedazasen. Ciertamente por dicho de todos, como quiera que fuese, la
-muerte le estaba aparejada.
-
-Entonces uno de aquellos mandó callar a todos, y con palabras
-agradables comenzó a hablar de esta manera:
-
---No conviene a la secta de nuestro colegio, ni a la mansedumbre de
-cada uno, ni aun tampoco a mi modestia, sufrir que vosotros seáis
-crueles más de lo que el delito merece, ni debéis traer para esto
-bestias fieras, ni horca, ni fuego, ni tormentos ni aun tampoco muerte
-apresurada. Así que vosotros, si tomáis mi voto, habéis de dar vida
-a la doncella, pero aquella vida que merece. No creo yo que se os
-ha olvidado lo que determinabais hacer de este asno perezoso y gran
-comilón, y aun ahora mentiroso, fingiendo que estaba cojo; era ministro
-y medianero de la huida de esta doncella. Así, pues, me parece que
-mañana degollemos a este asno, y sacadas de él todas las entrañas por
-medio de la barriga, cosámosle dentro esta doncella, y solamente le
-quede la cara fuera; y después me parece se debe poner este asno, así
-relleno y cosido, encima de un risco de estos, adonde le dé el ardor
-del sol, y de esta manera sufrirán ambos todas las penas que vosotros
-derechamente habéis sentenciado, porque el asno recibirá la muerte que
-hace días ha merecido, y la doncella vivirá muriendo, pasando grandes
-penas, así del ardor del sol que la quemará, como de hambre y sed, y
-los bocados que los tigres y buitres le han de dar, le darán mayores
-dolores y fatigas.
-
-Cuando este mal ladrón acabó de hablar, todos confirmaron su parecer y
-sentencia; lo cual oyendo con mis grandes orejas, ¿qué otra cosa podía
-hacer, sino llorar mi muerte que había de ser al otro día?
-
-
-
-
-LIBRO VII.
-
-ARGUMENTO.
-
- Lucio Apuleyo cuenta cómo de mañana uno de aquellos ladrones vino
- de fuera y decía a los otros en qué manera culpaban a Apuleyo y le
- imputaban el robo de la casa de Milón; que no culpaban a ninguno de
- los ladrones, salvo a Apuleyo, que nunca más había parecido; el cual,
- oyendo esto, y estando hecho asno, gemía entre sí por culpársele
- de este gran crimen. -- Cómo la doncella fue libre por su esposo
- Lepolemo. -- Cuenta muchas desventuras y trabajos que pasó siendo
- asno. -- También refiere muchos cuentos y fábulas graciosas, y la
- maldad de un muchacho que traía leña con él, y otras muchas cosas de
- gusto.
-
-
-I.
-
- Cómo viniendo un ladrón de la ciudad de Hipata, cuenta a los otros
- cómo no culpaban a nadie del robo de la casa de Milón, sino a Lucio
- Apuleyo, y cómo fue admitido a la compañía de los ladrones un mancebo.
-
-Al otro día, de mañana, después de salido el sol, uno de la compañía
-de aquellos ladrones, según yo conocí en sus palabras, entró por la
-puerta, y como llegó a la entrada de la cueva, sentose allí para cobrar
-resuello, y comenzó a hablar a sus compañeros de esta manera:
-
---Cuanto toca a la casa de Milón, el de la ciudad de Hipata, la cual
-poco ha robamos, ya podemos estar seguros, porque yo lo he bien
-solicitado, que después que vosotros con vuestras fuerzas robasteis
-todo lo de aquella casa, y os partisteis para esta nuestra estancia,
-mezcleme entre aquella gente popular de aquella ciudad, haciendo
-parecer que me dolía y me pesaba de aquel negocio; donde andaba mirando
-qué consejo tomaban sobre buscar quién había hecho aquel robo y en qué
-manera y cómo querían hacer la pesquisa para buscar los ladrones, lo
-cual todo yo miraba para deciros, como me mandasteis. Y no solamente
-por dudosos argumentos, mas por razones probadas, todos los de aquella
-ciudad, y de consentimiento de todos, pedían no sé qué Lucio, diciendo
-ser el autor manifiesto de tan gran crimen. El cual, pocos días antes
-con ciertas cartas fingidas y fingiendo ser hombre de bien, había hecho
-amistad estrechamente con aquel Milón, en tanto que lo recibió por
-huésped en su casa y por muy su amigo, y él se detuvo algunos días en
-su casa, fingiendo tener amores con una criada de Milón, y espió muy
-bien las cerraduras de la puerta y los cuartos donde Milón tenía todo
-su patrimonio, para lo cual no pequeño indicio se halla contra aquel
-mal hombre, porque aquella misma noche, y en el momento de aquel robo,
-él huyó, y desde entonces acá nunca más pareció, y porque tuviese ayuda
-muy prestamente y muy lejos se escondiese, dejando atrás los que los
-seguían, tuvo buen remedio que llevó consigo, en que fue cabalgando,
-aquel su caballo blanco en que había venido, dejando en la posada a
-su mozo, el cual fue hallado allí, y por la justicia de la ciudad lo
-mandaron echar en la cárcel como testigo que sabía de las maldades
-y consejos de su señor. Y otro día, puesto a cuestión de tormento,
-lo quebrantaron y desmembraron hasta que llegó a punto de muerte,
-mas nunca confesó cosa ninguna de todo lo que al pobre hombre le
-preguntaban, por la cual causa enviaron muchos de aquella ciudad a la
-tierra de aquel Lucio para hacerle pagar la pena del delito que había
-cometido.
-
-Contando él estas cosas yo gemía y lloraba dentro de mis entrañas,
-viéndome hecho asno, que no podía volver por mí ni defender mi honra.
-Veníanme al pensamiento los varones antiguos, que no sin causa pintaban
-a la fortuna ciega y sin ojos, la cual trataba bien y daba sus riquezas
-y honras a hombres malos y que no las merecían, y los trabajos,
-miserias y deshonras, a los buenos. Así que yo, a quien su cruel ímpetu
-trajo y reformó en una bestia de cuatro pies, de la más vil suerte de
-todas las bestias, sobre todo era ahora acusado de crimen de ladrón
-contra mi huésped Milón, que tanta honra me hizo en su casa, el cual
-crimen no solamente se podía llamar latrocinio, pero más justamente se
-llamaría parricidio.
-
-Estando pensando en esto lleno de enojo, quise responder a los
-ladrones, diciendo que no hice tal cosa, pero nunca pude pronunciar más
-de una sílaba, la cual, dije muchas veces, rebuznando siempre: «No, no,
-no.» ¿Qué más me puedo yo quejar de la cruel fortuna sino que aun no
-hubo vergüenza de juntarme y hacerme compañero de mi caballo, que me
-trajo a cuestas?
-
-Estando yo entre mí imaginando estas cosas, vínome al pensamiento otro
-mal mayor, y era acordarme que estaba sentenciado para ser sacrificio
-del ánima de aquella doncella, y mirando muchas veces mi barriga, me
-parecía que ya tenía la doncella dentro. Mas si os place, aquel ladrón
-que trajo la falsa relación del hurto, sacados de su seno mil ducados
-que allí traía cosidos, los cuales (según él decía) había sacado a
-muchos caminantes, echándolos dentro en el arca para provecho común
-de todos, comenzó a inquirir y preguntar por todos los compañeros, y
-sabido cómo algunos de los más esforzados eran muertos en diversos
-casos, persuadiolos que entretanto no robasen en los caminos ni en otra
-parte, hasta que entendiesen en buscar compañeros, y con la milicia de
-otros mancebos fuese restituido el número de su compañía como antes
-estaba, porque haciéndolo así podrían compeler, poniendo miedo a los
-que no quisiesen. Que no habría pocos que, renunciando la vida pobre y
-servil, no quisiesen más seguir su opinión y fuerte compañía, la cual
-parecía que era cosa de grande estado y poderío, diciendo que él había
-hablado de su parte con un hombre hacía poco, alto de cuerpo, y mancebo
-esforzado, y le había persuadido, y finalmente acabado con él, que
-tornase a ejercitar las manos, que traía embotadas de la larga paz, y
-que mientras pudiese usase de los bienes de la fortuna, y no quisiese
-ensuciar sus esforzadas manos, pidiendo por amor de Dios, sino que se
-ejercitasen cogiendo oro a manos llenas.
-
-Cuando aquel mancebo hubo dicho estas cosas, todos los que allí estaban
-consintieron en ello, diciendo que tal hombre como aquel, que era ya
-probado en las armas, que debería ser luego llamado, y buscar otros
-para suplir el número de los compañeros. Entonces aquel salió fuera
-de casa y tardó un poco. El cual trajo consigo un mancebo grande y
-esforzado, como había prometido, que no se podía comparar a ninguno de
-los que estaban presentes, porque además de la grandeza de su cuerpo,
-sobrepujaba en altura a todos los otros, y entonces le apuntaban los
-pelos de las barbas; como quiera que venía muy mal vestido y con un
-sayo vil y roto, por el cual se le parecía el pecho y vientre con las
-costras y callos duros y fuertes. De esta manera, como entró en casa,
-dijo:
-
---Dios os salve, servidores del fortísimo dios Marte y mis fieles
-compañeros: recibid, queriendo de vuestra voluntad y gana, a un hombre
-muy valiente de un gran corazón, que quiere estar en vuestra compañía,
-que de mejor gana recibe heridas en el cuerpo que dinero en la mano, y
-es mejor que la muerte, la cual otros temen. Y no penséis que soy pobre
-y desdichado, ni estiméis mis paños rotos, porque yo fui capitán de un
-ejército, que casi destruimos a toda Macedonia; yo fui aquel ladrón
-famoso que ha por nombre Hemo de Tracia, del cual todas las provincias
-temen. Yo soy hijo de aquel Terón que fue muy famoso ladrón. Yo fui
-criado con sangre de hombre, y crecía entre los hombres de guerra, y
-fui heredero imitador de la virtud de mi padre, pero en espacio de poco
-tiempo perdí aquellas grandes riquezas, y aquella primera muchedumbre
-de mis fuertes compañeros, porque demás de yo haber sido procurador del
-emperador César, fui también su capitán de doscientos hombres, de donde
-la mala fortuna me derribó y fue causa de todo mi mal. Dejado esto
-aparte, como ya en vuestra presencia había comenzado, tomaré la orden
-de contar el negocio por que conozcáis y sepáis cómo pasa.
-
-En el palacio del Emperador César había un caballero muy noble y
-privado del emperador, al cual la cruel envidia, por malicia de
-algunos acusado, desterró de palacio. Su mujer, dueña de mucha
-fidelidad y prudencia, menospreciando los placeres y reposo de la
-ciudad, le acompañó en su destierro; la cual, cortados los cabellos,
-en hábito de hombre, ceñida una cinta de oro, pasó muchos trabajos con
-ánimo viril en compañía de su marido. En fin, que aportando una vez al
-puerto de Accio, por donde nosotros andábamos robando toda Macedonia,
-ya que era noche se aposentó en un mesón a donde nosotros llegamos,
-y le robamos todo cuanto traía, y no con poco peligro de nuestras
-personas nos partimos de allí, porque como aquella dueña oyó el sonido
-de la puerta cuando la abríamos, metiose en su cámara dando grandes
-gritos y voces, que despertó a todos sus criados y criadas y vecinos;
-y si no fuera porque nosotros, como éramos muchos, teníamos atajados
-los pasos a todos, cierto que lo pasáramos mal. Pero a los pocos días
-aquella dueña suplicó a la majestad del Emperador, y alcanzó que su
-marido tornase a palacio; asimismo impetró que se hiciese pesquisa
-general sobre los ladrones, por donde fueron destruidos y muertos casi
-todos; y así se deshizo el colegio y compañía de Hemo. Y como era
-desbarbado, escapé de la furia del Emperador vestido en traje de mujer
-con un asno cargado de paja. Pero con todo esto, yo nunca me aparté ni
-disminuí la gloria de mi padre, ni de mi esfuerzo y virtud. Verdad es
-que casi con miedo, pasando cerca de los caballeros de la pesquisa,
-cubierto con el engaño del hábito de mujer, yo solo me iba por esas
-villas y castillos donde apañaba lo que podía para provisión de mi
-camino.
-
-Diciendo esto, descosió aquellos paños rasgados que traía vestidos, y
-sacó dos mil ducados de oro, diciendo:
-
---Veis aquí esta pitanza, y aun digo, que en dote los doy de buena gana
-para vuestro colegio y esforzada compañía, y me ofrezco por vuestro
-capitán fidelísimo, que yo sé muchas provincias y ciudades, y conozco a
-los hombres ricos y pobres, y otras muchas cosas con que os holgaréis;
-y si vosotros no rehusáis esto, yo me obligo a hacer que en espacio de
-breve tiempo esta vuestra casa, que ahora es de piedra, se torne toda
-de oro.
-
-No tardaron más los ladrones todos, que de un voto le hicieron su
-capitán, y le vistieron luego una vestidura de seda como convenía a tal
-capitán, quitándole primero el sayo roto, aunque rico, que traía.
-
-En esta manera reformado, dio paz, y abrazó a cada uno de ellos, y
-sentado en más alto lugar que ninguno, comenzaban a hacer fiesta con su
-cena de muchos manjares y vinos.
-
-
-II.
-
- Cómo aquel mancebo, recibido en la compañía por Hemo, afamado ladrón,
- fue descubierto ser Lepolemo, esposo de la doncella, el cual la
- libertó con su buena industria, y la llevó a su tierra.
-
-Pues hablando entonces unos con otros, comenzaron a decir de la huida
-de la doncella y de cómo yo la llevaba a cuestas, y diciendo asimismo
-de la monstruosa y no oída muerte que para entrambos nos tenían
-aparejada; lo cual todo por él oído, preguntó dónde estaba aquella
-moza, y lleváronlo a donde estaba, y como la vio en prisión cargada de
-hierro, comenzó a despreciarla haciendo un sonido con las narices, y
-saliose luego de la cámara, y desde que se tornó a sentar, dijo luego a
-los ladrones:
-
---Yo, señores, no soy tan bruto ni temerario que quiera refrenar
-vuestra sentencia y acuerdo; pero yo pensaría que tenía dentro de mi
-corazón pecado de mala conciencia, si disimulase lo que me parece que
-es bueno y provechoso; mas una cosa habéis de pensar, que esto que yo
-digo es por vuestra causa y provecho. Por ende, si esto que os dijere
-no os placiere, digo que tengáis libertad para tornarlo al asno; porque
-yo, señores, pienso que los ladrones saben que ninguna cosa más debe
-anteponerse a su ganancia. También esta venganza es dañosa muchas
-veces a ellos, y a otros. Pues si matareis la doncella en el asno, no
-haréis otra cosa sino ejercitar vuestro enojo sin ningún provecho ni
-ganancia. Por ende, me parece que esta doncella deberíais llevarla a
-alguna ciudad, porque no sería liviano el precio que por ella se diese,
-según su edad, que aun yo tengo conocido días ha algunos rufianes, de
-los cuales uno podría (según yo pienso) comprar esta moza con muchos
-talentos de oro, para ponerla al partido en el burdel, como ella merece
-por su huida, y vosotros quedáis bien vengados.
-
-De esta manera, aquel abogado del fisco de los ladrones proponía
-nuestro pleito, como buen defensor de la doncella y del asno.
-
-Todos se llegaron al consejo del nuevo ladrón, y luego soltaron a la
-doncella de las cadenas en que estaba; la cual, como vio aquel mancebo,
-y oyó hacer mención del burdel y del rufián, secretamente se reía, y
-estaba llena de placer; tanto, que a mí me vino al pensamiento que no
-hay que fiar en mujeres, pues aquella se alegraba con oír hablar de tan
-infame cosa.
-
-Aquel mancebo, tornando a hablar, dijo.
-
---Pues ¿por qué no aparejamos de hacer sacrificio a nuestro dios Marte,
-que nos dé buena mano derecha en nuestro oficio? Mas paréceme que no
-tenemos aquí animal que sacrificar; por tanto, vengan conmigo algunos
-compañeros, e iré al primer pueblo a comprar lo necesario.
-
-Dicho esto, partieron de allí, y antes de mucho tiempo vinieron unos
-cargados con cueros de vino, otros con pan, otros traían un rebaño de
-ganado, de donde escogieron un hermoso cabrón, que sacrificaron al dios
-Marte, y luego fue aparejada la comida abundantemente.
-
-Entonces aquel nuevo mancebo, por ser a todos agradable, empezó a
-cocinar muchos y sabrosos manjares; después daba de beber a todos en
-grandes tazas; servíalos a la mesa, repartiendo los guisados por entre
-todos. Y algunas veces, fingiendo que iba por las cosas necesarias
-para la mesa, entraba donde estaba la moza, y traíale algunas cosas de
-comer, y aun la besaba muchas veces, lo que ella consentía de buena
-voluntad, la cual cosa a mí mucho me desplacía, y decía entre mí:
-
---¡Oh moza doncella, tan presto te has olvidado de tu desposorio y
-de aquel tu amado esposo, por quien tanto llorabas, y ahora besas a
-un advenedizo y cruel matador, ladrón corsario! ¿No te acusará la
-conciencia, no te acusará la fe que debes a tu esposo? Paréceme que te
-revolvió la inconstancia el corazón. ¿Qué será si esto entienden los
-otros ladrones? ¿Piensas que no tornarás otra vez al asno, y otra vez
-me causarás la muerte?
-
-Entretanto que yo, en mi triste y desventurado pensamiento, falsamente
-acusaba y deponía contra la casta doncella estas cosas, y disputaba
-de ellas con gran enojo, conocí de sus mismas palabras, algo mansas
-y dudosas, aunque no muy oscuras para asno discreto, que aquel
-mancebo no era Hemo, ladrón famoso, mas que era Lepolemo, esposo de
-la doncella. Porque procediendo en sus palabras, que ya un poco más
-claramente hablaba, no curando de mi presencia, estuvieron hablando muy
-quedo, y él le dijo:
-
---Tú, señora Carites, mi dulcísima esposa, ten buen esfuerzo, que
-todos estos tus enemigos te los daré presos y cautivos en las manos.
-
-Y diciendo esto, no cesaba de darles el vino, ya mezclado y algo tibio,
-con grande instancia, de manera que ellos estaban ya de buena manera.
-Él se abstenía de beber; y por Dios que a mí me dio sospecha que les
-había echado dentro los cántaros del vino algunas hierbas para hacerles
-dormir.
-
-Finalmente, que todos, sin que uno faltase, estaban sepultados en vino,
-y algunos de ellos aparejados para la muerte.
-
-Entonces Lepolemo, sin ninguna dificultad y trabajo, puestos ellos en
-prisiones y atados en ellas como a él le pareció, puso encima de mí la
-doncella; enderezó el camino para su tierra, a la cual, como llegamos,
-toda la ciudad salió a ver lo que mucho deseaban. Salieron su padre y
-madre y parientes, cuñados y esclavos, las caras llenas de gozo, que
-quien lo viera pudiera ver muy bien una gran fiesta de personas de
-todo linaje y edad, que por Dios que era un espectáculo digno de gran
-memoria, ver una doncella triunfante encima de un asno.
-
-Yo también muy alegre como hombre varón, porque no pareciese que era
-ajeno del presente placer, alzadas las orejas, e hinchadas las narices,
-rebuzné muy fuertemente, y aun puedo decir que canté con clamor alto y
-grande.
-
-
-III.
-
- Cómo, celebradas las bodas de la doncella, se pusieron a pensar con
- gran consejo qué premio se daría a Lucio, asno, en recompensa de su
- libertad. -- Donde cuenta grandes trabajos que padeció.
-
-Después que la doncella entró en casa, los padres la recibieron y
-regalaron como mejor pudieron. Lepolemo tornó a mí con otra muchedumbre
-de asnos y acémilas de la ciudad, y tornome para atrás, adonde yo iba
-de buena gana, porque tenía mucha gana y deseo de tornar a ver la
-prisión de aquellos ladrones, a los cuales hallamos bien atados con el
-vino más que con cadenas. Así que nosotros, cargados de oro y plata y
-otras cosas suyas, que nada les dejaron, tomaron a los ladrones atados
-como estaban, y a los unos, envueltos, los echaron de esos riscos
-abajo; otros, degollados con sus espadas, se los dejaron por ahí.
-
-Con esta tal venganza, alegres y con mucho placer, nos tornamos a la
-ciudad, adonde pusieron todas aquellas riquezas en el Tesoro y arca
-pública de ella, y la doncella diéronla a Lepolemo, su esposo, como era
-razón y derecho.
-
-Desde allí la dueña, que ya era casada, me nombraba a mí como a su
-guardador, que le había librado de tanto peligro: y ese mismo día de
-las bodas me mandó henchir el pesebre de cebada, y poner heno, tan
-abundantemente, que bastara para un camello.
-
-¡Cuántas maldiciones podría yo echar ahora a mi Andria, que es
-merecedora de ellas, porque me tornó en asno y no en perro!; porque
-veía por allí los perros hartos de aquellas reliquias y sobras de la
-boda, muy abundantes.
-
-Después de pasada la primera noche de la boda, la recién casada no se
-olvidó del beneficio que de mí tenía recibido, y llamando a su padre
-y madre y marido, me encomendó mucho a todos y les preguntó cómo se
-podrían remunerar al asno tan grandes servicios.
-
-El uno dijo, que si me tuviesen encerrado en casa, sin que cosa alguna
-hiciese, y me engordasen con cebada y habas y buena cama; pero venció
-a este otro, que miró más a mi libertad, diciendo que me echasen al
-campo con las yeguas, y que allí andando a mi placer holgando entre
-ellas, daría a mis señores muchas y buenas mulas. Así que, llamando
-al yeguarizo, habláronle muy largamente, encomendándome mucho, y
-entregáronme a él que me llevase. Adonde, por cierto, yo iba muy alegre
-y gozoso, creyendo que ya había renunciado el trabajo y cargas que
-me solían echar. Demás de esto, me gozaba que me habían dado aquella
-libertad en principio del verano, cuando los prados estaban llenos de
-hierbas y flores, donde pensaba hallar algunas rosas; porque me venía
-un continuo pensamiento, que habiéndome hecho tanta honra siendo asno,
-tornándome hombre más me gratificaran y honraran.
-
-Mas después que el yeguarizo me llevó, ninguna libertad ni placer tuve,
-porque su mujer, que era mala hembra, me puso a moler en una tahona, y
-con un palo nudoso me castigaba de continuo, ganando con mi cuero pan
-para sí y para los suyos; y no solamente era contentada de fatigarme y
-trabajar por causa de su comer, pero matábame moliendo continuamente,
-por dineros, del trigo de sus vecinos; y por todos estos trabajos
-y fatigas no me daba a comer la cebada que habían señalado para mí,
-mezquino, la cual tostaba ella, y me la hacía moler con mis continuas
-vueltas, y la vendía a sus vecinos cercanos; y a mí, que andaba atento
-todo el día al continuo trabajo de la tahona, me ponía unos pocos
-salvados sucios y por cerner, llenos de piedras, que no había quien los
-pudiese comer.
-
-Estando yo bien domado con tales penas y trabajos, la cruel fortuna
-me trajo a otro mayor tormento; conviene a saber: aquel buen pastor
-que tarde escuchó el mandado de su señor, plúgole ya de echarme a las
-yeguas. Finalmente, de que yo me veía asno libre, alegre y saltando
-con mis pasos blandos, y a mi placer andaba escogiendo las yeguas que
-mejor me parecían, creyendo que habían de ser mis enamoradas; pero
-aquí aun la alegre esperanza que tenía se me volvió en gran tristeza,
-porque los garañones, como estaban hartos y gruesos y muy terribles,
-por haber muchos días que andaban al pasto, eran cierto muy más fuertes
-que ningún asno, y temíanse de mí, guardando que hiciese adulterio
-monstruoso con sus amigas; no guardando la amistad que Júpiter mandó
-tener con los huéspedes, comenzaron a perseguirme con mucha furia y
-odio.
-
-El uno, alzados sus grandes pechos en alto, su cabeza alta y con las
-manos sobre mi cabeza, peleaba con sus uñas contra mí; el otro, con
-sus ancas redondas y gruesas, volviéndolas hacia mí, me daba de coces;
-otro, amenazándome con sus malditos relinchos y bajadas las orejas
-y descubiertos los dientes, me mordía. Así lo había yo leído en la
-historia del gran rey de Tracia, que daba a sus caballos los mezquinos
-de los huéspedes que acogía, para despedazarlos y comer. Tanto era
-aquel tirano escaso de la cebada, que con abundancia de cuerpos
-humanos ensuciaba el hambre de sus rabiosos caballos[3]. De aquella
-misma manera yo era mordido y lacerado de los saltos y varios golpes de
-aquellos caballos, tanto, que pensaba me sería mejor tornar a la tahona.
-
-Mas la fortuna, que no se hartaba de atormentarme, instruyó de nuevo
-y aparejó otra mayor pestilencia y daño, la cual fue que me echaron a
-traer leña de un monte y entregáronme a un muchacho que me llevase y
-trajese, el más falso y maligno rapaz de todos los del mundo, que no
-me fatigaba tanto la áspera subida del monte, ni las piedras y ásperos
-riscos por donde con harto trabajo pasaba, como los grandes y continuos
-palos que me daba, en tal manera, que dentro, en el corazón, me entraba
-el dolor de los golpes y heridas, y con el pie derecho siempre me daba
-tantos golpes, que hiriendo en un lugar me desollaba el cuero. Y con
-todo este mal no dejaba de martillar siempre en una misma llaga llena
-de sangre. Echábame tan gran carga de leña a cuestas, que quien quiera
-que la viera dijera que bastaba más para un elefante que para un asno.
-
-Aquel falso rapaz, cada vez que la carga pesaba más a una parte y se
-acostaba a un lado, en lugar de quitarme la leña de aquel cabo, para
-que quitado el peso me quitase de aquella fatiga, a lo menos pasar
-de los leños de un lado a otro, para igualar la carga, hacíalo al
-contrario, porque echaba muchas piedras a la otra parte, y así curaba
-el mal y pena de mi carga.
-
-No contento con tan gran peso de cargas como me echaba, después de
-otras muchas fatigas y tribulaciones, cuando habíamos de pasar algún
-río, por no mojarse los pies, saltaba encima de mis ancas, y así pasaba
-cabalgando, y si acaso con tan gran peso resbalaba en el cieno que
-estaba a la orilla del río, y caía, el bueno de mi maestro, en lugar de
-ayudarme con la mano, alzándome la cabeza con el cabestro y tirándome
-de la cola, o a lo menos quitarme alguna parte de la carga de encima
-hasta que me levantase, ninguna ayuda detrás me hacía aunque me veía
-cansado, antes comenzando desde la cabeza, y aun de las orejas, con un
-palo nudoso me daba tantos golpes, que todo el cuerpo me desollaba,
-hasta tanto que, con las heridas y palos que me daba, me hacía levantar.
-
-Este mal rapaz inventó una travesura para maltratarme, y fue que tomó
-una manojo de zarzas, con las espinas muy agudas, las cuales puso
-atadas debajo de mi cola de manera que, como yo comenzase a andar, me
-llagase con sus puntas venenosas.
-
-Así que yo estaba en dos peligros, porque si quería huir corriendo,
-heríame más reciamente la fuerza de las espinas, y si me estaba quedo
-un poco, porque no me lastimasen las zarzas, dábame de palos para
-hacerme correr, que cierto aquel maligno rapaz no parecía que pensaba
-en otra cosa sino cómo me matase y echase a perder, y así lo juraba, y
-algunas veces me amenazaba.
-
-Y cierto su detestable malicia le estimulaba para que hiciese otras
-peores cosas, porque un día, a causa que mi paciencia ya no podía
-sufrir su gran soberbia, dile un par de coces; por la cual causa él
-inventó contra mí crimen y hazaña endiablada. Cargome encima dos
-barcinas de tascos muy bien ligados, con sus cuerdas, y así me llevó
-por este camino adelante, y llegando a una aldea, hurtó una brasa de
-fuego y púsola en medio de la carga: el fuego recalentado y criado
-con los tascos, alzó grandes llamas, de manera que el ardor mortal
-me cubrió, que ni había remedio a tan gran mal, ni parecía socorro
-alguno para mi salud. Y como semejante peligro no sufre tardanza, antes
-pervierte todo buen consejo, la providencia de la fortuna resplandece a
-la vez muy alegre en los casos crueles y contrarios.
-
-No sé si lo hizo aquí por guardarme para otro mayor peligro, pero
-cierto ella me libró de la presente y cierta muerte. Acaso estaba un
-charquillo de agua turbia, que había llovido otro día antes, el cual,
-como yo vi, lánceme dentro en un salto, sin pensar otro peligro, y la
-llama fue luego apagada, en tal manera, que yo fui vacío de la carga, y
-escapé libre de la muerte.
-
-Mas aquel maligno y temeroso mozo tornó contra mí toda su malignidad
-que había hecho, diciendo y afirmando a todos los pastores que por allí
-estaban, que pasando yo por los fuegos de los vecinos de aquella aldea,
-de mi propia gana, titubeando los pasos, había tomado aquel fuego, y
-aun haciendo burla de mí, andaba diciendo:
-
---¿Hasta cuando hemos de mantener de balde a este engendrador de fuego?
-
-
-IV.
-
- Lucio recuenta grandes trabajos que padeció por causa de venir a
- poder y manos de un mal rapaz.
-
-Ya que pasaron muchos días después, me buscó otro mayor engaño. Vendió
-la carga de leña que yo traía en una casa de aquella aldea, y tornome
-vacío a casa, dando voces que no podía ya su fuerza bastar a mi maldad,
-y que él no quería más servir en este miserable oficio, y las quejas
-que inventaba contra mí, eran de esta manera:
-
---Vosotros veis este perezoso tardón y grande asno, además de otras
-maldades que cada día me hace, ahora me fatiga con menos peligros: como
-ve por ese camino a algún caminante, ahora sea mujer vieja, ahora moza
-doncella para casar, o muchacho de tierna edad, luego, echada la carga
-en el suelo, y aun algunas veces la albarda y cuanto trae encima, con
-mucha furia corre, como enamorado de personas humanas, y echados por
-aquel suelo, prueba de hacer con ellos lo que es contra natura, y aun
-muérdelos con su boca sucia, que parece que los quiere besar, lo cual
-nos es causa de muchas lites y cuestiones, y aun quizá algún día nos
-traerá a mayor daño. Que ahora halló en el camino una moza honesta y
-hermosa, y como la vio, echada por el suelo la carga de leña que traía,
-arremetió a ella con ímpetu furioso, y el gentil enamorado derribó a
-la mujer por el suelo, y trabajaba cuanto podía por dormir con ella,
-en tal manera, que si no acudieran unos labradores y se la quitaran
-de entre las manos, cierto él hiciera mal, a pesar de la moza, y la
-matara, y a nosotros diera harto trabajo y mala ventura.
-
-Con estas tan falsas mentiras, que mucho me atormentaban, incitó
-cruel y fieramente los ánimos de los pastores para destrucción mía.
-Finalmente, que uno de ellos dijo:
-
---Pues si así es, ¿por qué no sacrificamos este marido público y
-adúltero común de todos, así como lo merecen sus bodas contra natura? Y
-tú, mozo, ¿oyes? Mátalo luego y echa las entrañas y asadura a nuestros
-perros, y la otra carne se salará para que la coman los gañanes, y el
-cuero llevaremos a nuestro amo, y con él haremos pago, diciendo que le
-mató un lobo.
-
-Cuando esto oyó aquel mortal enemigo y acusador mío, estaba muy alegre,
-por ser ejecutor de la sentencia de los pastores, y procurando siempre
-mi mal, recordándose de aquellas coces que le había dado, comenzó luego
-a aguzar el cuchillo en una piedra. Entonces, uno de la compañía de
-aquellos labradores, dijo:
-
---Grande mal es que matemos de esta manera un asno tan hermoso como
-este y que por lujuria de amores de personas humanas él sea acusado,
-y carezcamos de su buen trabajo y servicio tan necesario, cuanto más,
-quitándole los compañones, nunca será más celoso ni se alzará para
-hacer mala cosa; a nosotros quitaremos de peligro, y él se hará más
-hermoso y grueso; porque yo he visto muchos, no solamente de estos
-asnos perezosos, mas caballos muy fieros que eran celosos en gran
-manera, y por aquella causa, bravos y crueles, y haciéndoles este
-remedio de castrarlos, se tornaban muy mansos sin ninguna furia; y por
-esto no eran menos hábiles para traer la carga y hacer todo lo otro
-que era menester. Si todo esto que os digo creéis, y os parece bien, de
-aquí un poco de rato yo he acordado de ir a este mercado que aquí cerca
-se hace, y tomadas de casa las herramientas que son menester para hacer
-esta cura, tornaré a vosotros muy presto, y castrado este enamorado,
-cruel y bravo, yo entiendo tornarlo más manso que un cordero.
-
-Con esta sentencia yo fui revocado de las manos de la muerte, pero como
-quedé desde entonces reservado para aquella pena, yo lloraba y gemía,
-viendo que era ya muerto en la última parte de mi cuerpo. Finalmente,
-yo deliberaba de dejarme morir de hambre, o de matarme, echándome de
-unos riscos abajo, porque aunque hubiese luego de morir, muriese entero.
-
-Entretanto que yo tardaba en pensar y elegir cuál de estas muertes
-tomaría, a la mañana, aquel malvado mozo que me quería matar, me llevó
-a aquel monte donde solíamos traer leña, y allí atome muy bien del ramo
-de una grande encina; yo muy bien atado, él se fue un poco adelante con
-su hacha, para cortar la leña que había de llevar, cuando de una grande
-cueva que allí estaba salió una osa espantable, alzada, la cual como
-yo vi con su vista repentina, muy espantado y temeroso, colgué todo
-el peso del cuerpo sobre las corvas de los pies, la cerviz alta tiré
-cuanto pude. De manera que quebré el cabestro con que estaba atado, y
-eché a huir cuanto pude por allí abajo; no solamente corría con los
-pies, más con todo el cuerpo; medio tropezando salí por esos campos
-llanos, huyendo con grandísimo ímpetu de aquella grande osa, y del
-bellaco del mozo, que era peor que la osa.
-
-Entonces un caminante que por allí pasaba, como me vio vagabundo y
-solitario, cabalgó encima de mí, y con un palo que traía en la mano
-comenzome a echar y guiar por otro camino que yo no sabía. Pero yo no
-iba contra mi voluntad, antes caminaba lo más que podía, por alejarme
-de aquella cruel carnicería de mis compañones, y tampoco me curaba
-mucho porque aquel me daba con el palo; porque yo estaba acostumbrado,
-que cada día me desollaban a palos; mas aquella fortuna cruel que
-siempre me fue contraria, no permitió que esto fuese adelante, antes
-ordenó otra cosa.
-
-Aquellos mis pastores andaban a buscar una vaquilla que se les había
-perdido, y habiendo atravesado y andado por muchas partes, acaso
-encontraron con nosotros, y luego, como me conocieron, tomáronme por el
-cabestro, y comenzáronme a llevar; pero aquel otro resistía con mucha
-osadía, llamando ayuda y protestando la fe de los hombres, y el señorío
-que en mí tenía, diciendo:
-
---¿Por qué me robáis lo mío? ¿Por qué me salteáis?
-
-Ellos dijeron:
-
---Tú dices que te tratamos descortésmente, llevando como llevas nuestro
-asno hurtado. Antes has de decir dónde escondiste el mozo que traía el
-asno, el cual tú mataste.
-
-Y diciendo esto, dieron con él en tierra, y sacudiéronle muy bien de
-coces y puñadas, y él juraba que nunca había visto quién trajese el
-asno, mas que lo cierto era que él lo había hallado suelto y solo por
-ese camino, y que lo había tomado por ganar el hallazgo; pero que la
-verdad era que él tenía pensamiento de restituirlo a su dueño, y que
-pluguiese a Dios que este asno pudiera hablar, para que declarara y
-diera testimonio de su inocencia, porque cierto a ellos les pesara de
-la injuria que le habían hecho.
-
-De esta manera, porfiando y defendiendo su causa, ninguna cosa le
-aprovechaba, porque los pastores, enojados, le echaron las manos
-al pescuezo, y así lo tornaron hasta aquel cerro donde el mozo
-acostumbraba hacer leña, el cual nunca pareció en todo aquel monte;
-pero al cabo hallaron su cuerpo desmembrado y despedazado, derramado
-por muchas partes, lo que yo entendía ser hecho por los dientes de la
-osa, y cierto yo dijera lo que sabía, si el hablar me ayudara.
-
-Los pastores cogieron todos aquellos pedazos del cuerpo, y con mucha
-ansia los enterraron allí.
-
-De esta manera, culpando a mi nuevo guiador, diciendo que era cruel,
-ladrón y matador, llevándolo bien preso y atado, tornáronle a sus casas
-y chozas, diciendo que al otro día siguiente lo llevasen ante los
-alcaldes para que le diesen la pena que merecía.
-
-Entretanto que los padres del mozo muerto lloraban y plañían su hijo,
-he aquí do viene aquel rústico que había ido al mercado, al cual
-no se le había olvidado lo que le prometió, y venía pidiendo muy
-ahincadamente que me castrasen, al cual uno de los que allí estaban
-dijo:
-
---No es nuestro daño presente lo que tú ahora solamente pides, pero
-antes conviene que mañana, no solamente cortemos la natura a este
-pésimo asno, mas es razón que también le cortemos la cabeza. Y no creas
-que para esto te faltará la ayuda y diligencia de estos.
-
-En esta manera fue hecho que mi mala ventura se dilatase hasta otro día.
-
-Yo entre mí daba gracias al bueno del mozo, porque a lo menos, siendo
-muerto, daba un día de espacio a mi carnicería. Pero con todo esto,
-nunca fue dado un poquito de espacio a mi reposo y placer, porque la
-madre de aquel mozo, llorando la muerte amarga de su hijo con muchas
-lágrimas y llantos, cubierta de luto, mesaba sus canas con ambas manos,
-aullando y gritando, y de esta manera lanzose en mi establo, adonde,
-abofeteándose la cara y dándose de puñadas en los pechos, dijo de esta
-manera:
-
---Ahora este asno está muy seguro sobre su pesebre, entendiendo en
-tragar y comiendo siempre, ensancha su profunda barriga, que nunca
-se harta, y no se le recuerda de mi amarga mancilla, ni del caso
-desdichado que aconteció a su maestro difunto, antes me parece que
-menosprecia y tiene en poco mi vejez y flaqueza, y piensa que pasará
-sin pena de tan gran crimen como hizo y cometió.
-
-Y como esto dijo, desenvueltas sus manos, desató una faja que traía
-ceñida, y ligados mis pies y manos con ella, me apretó muy fuertemente,
-porque estuviese obediente a su venganza, y arrebató una tranca con que
-se solían cerrar las puertas del establo, y no cesó de darme de palos
-hasta que con el peso del madero, cansada ya de darme, le soltó de la
-mano.
-
-Entonces, quejándose que tan presto se había cansado, arremetió al
-fuego, y tomó un tizón ardiendo y metiómelo en medio de estas ingles,
-que me quemó todo, hasta que ya no me restaba sino solo un remedio,
-en que algo me esforzaba, que solté un chisguete de líquido, que le
-ensucié toda la cara y los ojos; finalmente, que con aquella ceguedad y
-hedor se apartó la mala vieja de mí, dejándome con harto dolor.
-
-
-
-
-LIBRO VIII.
-
-ARGUMENTO.
-
- En este libro se contiene la desdichada muerte de Lepolemo, marido
- de Carites, y de cómo ella sacó los ojos del traidor Trasilo, que
- lo había muerto, y después se mató con sus propias manos. -- Y la
- mudanza que hicieron sus pastores después de su muerte. -- Adonde
- cuenta muy lucidamente los trabajos que pasó, y cómo después
- fue vendido a un echacuervos de la diosa Siria, que andaba por
- los pueblos pidiendo, y al fin cómo fueron descubiertos de sus
- bellaquerías y torpezas, y otras muchas cosas de gusto y pasatiempo.
-
-
-I.
-
- Cómo vino un mancebo a casa del pastor amo de Lucio, asno, el cual
- cuenta a los pastores la muerte de Lepolemo, y la venganza que
- Carites tomó en su enamorado Trasilo, y cómo después se mató.
-
-Cuando vino el otro día, llegó un mancebo de la ciudad, el cual (a mi
-parecer) debía ser criado de Carites, aquella doncella que padeció
-conmigo tantas tribulaciones y trabajos en casa de aquellos ladrones.
-Este mancebo, estando sentado al fuego con los otros gañanes y mozos,
-contaba cosas maravillosas y espantables de la desventura e infortunio
-que había venido a la persona y casa de su señora, diciendo de esta
-manera:
-
---Yeguarizos, vaqueros y ovejeros, quiéroos contar lo que ahora
-aconteció en casa de nuestros amos. Era un mancebo de esta ciudad,
-hidalgo y de nuestro linaje, asaz rico, pero era dado a los vicios de
-lujuria y tabernas, andando de continuo en los mesones y burdeles,
-acompañándose siempre con ladrones y hombres infames y de bajos
-espíritus, ensuciando continuo sus manos en sangre humana, el cual se
-llamaba Trasilo; tal era su fama y así se decía de él. Este mancebo
-fue uno de los principales que por muchas veces, ahora por sí, ahora
-por intercesión de sus parientes y otras personas, pidió en casamiento
-a Carites siendo ella de edad para casar, y con toda su posibilidad
-trabajó por casarse con ella, y aunque en linaje y riqueza precedía a
-todos los otros del pueblo, pero por sus malas costumbres fue desechado
-y repelido.
-
-Después que la hija de mi señor se casó y vino a poder de aquel noble
-varón Lepolemo, Trasilo criaba entre sí el amor que a Carites tenía, y
-recordándose cómo le habían negado aquel casamiento, buscaba ocasión
-para su cruel deseo. Y para esto se hizo y mostró muy placentero con el
-casamiento y bodas de Lepolemo, y el día que la doncella fue librada
-de mano de los ladrones por astucia y esfuerzo de su esposo, él,
-mostrándose más alegre que otro ninguno, hacía mucha fiesta, gozándose
-mucho de su buen suceso, y así por todo esto que mostraba, como por
-ser de los más principales de la tierra, él fue recibido en nuestra
-casa como uno de los principales huéspedes, el cual, encubriendo su
-traición, era muy placentero y mostraba su gesto alegre. De esta manera
-vino a ser grande amigo y familiar de casa, y cada día crecía la
-conversación.
-
-Finalmente, Trasilo deliberó consigo muchos días antes de hacer lo que
-pudiese, y como no hallase lugar oportuno para poder hablar a la dueña
-secretamente, y conociese que el vínculo del nuevo amor, que entre los
-nuevos desposados crecía, no se pudiese desatar, y que la dueña no
-había de hacer traición a su marido, determinó porfiar en su obstinado
-y mal propósito, confiando en su juventud, y lo que ahora le parecía
-dificultoso, el amor loco que cada día más crecía, le hacía creer y
-tener esperanza de ponerlo en efecto.
-
-Mas yo os ruego ahora que con mucha atención escuchéis en qué paró el
-ímpetu de esta perversa y furiosa lujuria.
-
-Un día Lepolemo llevó consigo a Trasilo, fuese a caza de monte para
-buscar animales, así como corzos, porque en estos no hay ferocidad ni
-braveza como en los otros animales, y también Carites no consentía que
-su marido fuese a cazar bestias armadas con dientes o con cuernos, por
-el peligro que de ello se podría seguir. Y llegando a un monte muy
-espeso de árboles, comenzaron los cazadores a llamar los perros, que
-eran monteros de linaje, para que sacasen de allí los animales que
-había, y como los perros eran enseñados de aquella arte, repartiéronse
-luego, cercando todas las salidas de aquel monte.
-
-Estando así, cada uno aguardando en su estancia, hecha señal por los
-cazadores, comenzaron de latir y ladrar tan reciamente, que toda la
-montaña hinchieron de voces, de la cual no salió corza ni gama, que
-es mansa más que ninguna otra fiera, pero salió un puerco montés
-muy grande y espantable, con las cerdas levantadas encima del lomo,
-echando espumajos con el sonido de las navajas, los ojos de fuego, con
-ímpetu cruel, que parecía un rayo. Y luego, como llegaron a él los
-más esforzados perros, dando con las navajas acá y allá los mató y
-despedazó, y después saltó las redes y enderezó su camino.
-
-Nosotros, cuando aquello vimos, espantados de gran miedo, como no
-éramos acostumbrados a aquella peligrosa caza, mayormente que estábamos
-sin armas, escondímonos entre aquellas ramas y hojas de los árboles.
-Trasilo, como halló oportunidad para la traición y maldad que en su
-pecho moraba, dijo a Lepolemo engañosamente: «¿Qué es la causa por que
-confusos de miedo, y semejantes a nuestros criados, espantados dejamos
-perder tan hermosa presa de nuestras manos? ¿Por qué no subimos en
-nuestros caballos y seguimos a este puerco? Toma tú este venablo, y yo
-tomaré mi lanza.»
-
-Diciendo esto, no tardaron más, y saltaron luego en sus caballos, y con
-grandísima gana siguieron tras del puerco, el cual, como el animal se
-viese apretado, no se le olvidó su esfuerzo, y tornó con gran ímpetu y
-encendimiento de su ferocidad, dando golpes con las navajas, hiriendo
-y rompiendo cuanto topaba. Mas el primero que llegó fue Lepolemo, que
-le metió el venablo por las espaldas. Trasilo perdonó al jabalí, y
-arrojó la lanza al caballo de Lepolemo, que le cortó las corvas de
-los pies, por manera que el caballo cayó hacia la parte donde estaba
-herido, y contra su voluntad dio con su señor en tierra. No tardó el
-puerco, que con mucha furia arremetió a él, y comenzole a trabar de la
-ropa, y él forcejeaba por levantarse, mas diole tantas navajadas, que
-le hizo muchas llagas; pero en todo esto, nunca el bueno de su amigo
-le socorrió ni se arrepintió de la traición comenzada, antes rogándole
-Lepolemo que le socorriese, no lo hizo, mas metiole la lanza por muchas
-partes, a semejanza de las heridas del diente del jabalí, porque no
-pareciesen dadas con mano. Y revolviéndose al puerco, muy fácilmente lo
-mató.
-
-En esta manera muerto Lepolemo, salimos todos de donde estábamos
-escondidos, y corrimos allá. Trasilo, como había acabado lo que
-deseaba, aunque estaba alegre, todavía hizo gran sentimiento, y
-mostraba mucha tristeza, y con mucha ansia besaba el cuerpo del
-difunto, de manera que ninguna cosa dejó de hacer para mostrar que
-tenía gran dolor de su muerte.
-
-Cuando esta nueva fue a la triste de su mujer, conmovida de gran dolor,
-como mujer sin seso, se salió de casa y fue a esperar el cuerpo de su
-marido, y luego se ayuntaron muchos de la ciudad, que la acompañaron
-en su dolor. En esto llegó el muerto, el cual como ella vio, llena de
-lágrimas se cayó amortecida, y con harto trabajo la volvieron en sí.
-Después, con mucha pompa y honra, lo enterraron.
-
-En todo esto Trasilo no hacía sino dar voces y llorar, diciendo muchas
-cosas lastimosas por engañar a la verdad y encubrir su maldad. Y
-llegándose muchas veces a Carites, esposa del muerto, le tomaba las
-manos, porque no se rompiese los pechos, y con oficio de piedad se
-deleitaba en tocar a la dueña.
-
-Después de hechas las exequias, Carites se retrajo y determinaba de
-morir de hambre y sed para ir a acompañar a su marido. Mas Trasilo,
-con malvada instancia, unas veces por sí, otras por sus familiares y
-parientes, trabajaba que ella no se consumiese ni angustiase, y que
-tomase placer. Y como era atrevido y desvergonzado, un día le habló,
-diciéndole que se casase con él, lo cual como ella oyese, fue muy
-escandalizada, y disimulando con él, le dijo que tomaría su consejo y
-que le daría la respuesta.
-
-Esa misma noche le apareció el ánima de su marido Lepolemo, la cual,
-alzando la cara ensangrentada, amarilla y muy disforme, quebrantó el
-casto sueño de su mujer, diciendo:
-
---Señora mujer, yo te doy licencia que te cases en buen hora con quien
-quisieres, con tal condición: que jamás vengas a poder del traidor
-sacrílego de Trasilo, ni hables con él, ni te sientes a la mesa, ni
-duermas en cama con él; huye de su mano sangrienta que me mató; no
-quieras comenzar bodas con quien mató a tu marido, que las heridas
-aquellas, cuya sangre lavaron tus lágrimas, no son todas de las
-navajadas del puerco, porque la lanza del malvado Trasilo me hizo ajeno
-de ti.
-
-Y de esta manera le contó todas las otras cosas, por donde le manifestó
-toda la traición como había pasado.
-
-Ella, muy temerosa, metió la cara debajo de la ropa, adonde bañó la
-cara en lágrimas, llorando y suspirando con gran dolor y mancilla de su
-marido, muerto a traición tan malamente por el malvado Trasilo. Y desde
-entonces propuso en su pecho de vengarse del cruel matador, y después
-matar a sí misma para quitarse de tan enojosa y triste vida. Al otro
-día siguiente he aquí donde torna otra vez el abominable demandador
-de placeres ilícitos, y comenzó a porfiar con la dueña sobre su
-casamiento; pero ella, con astucia y sagacidad, le habló de esta manera:
-
---Aun ahora la cara de mi marido y tu amigo se representa ante mis
-ojos, y aún el olor de su cuerpo dura en mis narices; por ende me
-parecía bien que aguardases el tiempo que es honesto para el luto y
-llanto que cualquier noble matrona es obligada a hacer legítimamente
-por su marido, a lo menos hasta que se cumpla el año, y esto conviene a
-mi honra y a tu provecho y salud.
-
-Trasilo, no satisfecho con estas palabras, ni contento con el
-prometimiento que le hacía, al cabo de muy poco tiempo tornó a
-porfiar, diciendo palabras lastimeras con su lengua maldita, hasta
-tanto que Carites, vencida de su importunidad, con gran disimulación
-comenzó a decir de esta manera:
-
---Trasilo, tú me has de otorgar lo que ahora te pido, y es que por
-algunos días secretamente seamos en uno, en tal manera, que ninguno de
-los familiares de casa lo sienta hasta que pasen algunos días en que se
-cumpla este año.
-
-Mas Trasilo, cuando esto oyó, oprimido de la engañosa promesa de la
-mujer, concedió alegremente por cumplir toda su voluntad con ella a
-hurto.
-
-Ella le dijo:
-
---Mira bien tú, Trasilo, que lo hagas discretamente: cubierta la cabeza
-con tu capa, y sin compañía, vendrás a mi puerta al primer sueño, y
-solamente con un silbido que des, te abrirá la puerta esta mi ama, que
-te estará esperando; y como entrares, ella te llevará a mi cama.
-
-Cuando esto oyó Trasilo, plúgole mucho de la manera que le decía de sus
-bodas mortales; y no sospechando otra alguna mala cosa, sino turbado
-con el deseo, se quejaba porque la noche no venía.
-
-En fin, después que el sol dio lugar a la noche, Trasilo, aparejado
-como le había mandado Carites, vino a la hora, y engañado por la vieja
-ama que luego le abrió, lleno de placer y gozo se echó en la cama.
-Entonces la vieja, por mandado de su señora, le comenzó a halagar y
-hacer caricias, y secretamente sacando un jarro de vino, que tenía
-mezclado con cierta medicina para darle sueño, de allí con una copa le
-dio a beber tres o cuatro veces, fingiendo que su señora se tardaba
-porque estaba allí su padre enfermo y ella estaba cerca de él hasta que
-reposase.
-
-De esta manera Trasilo, bebiendo de aquel vino, seguramente, y con
-aquel deseo que tenía, fácilmente la vieja lo enterró en un profundo
-sueño.
-
-Estando él ya aparejado para sufrir todas las injurias que le quisiesen
-hacer, durmiendo de espaldas, la vieja llamó a Carites, la cual, con
-esfuerzo varonil, se llegó a aquel cruel matador, diciendo de esta
-manera:
-
---¿Veis aquí el fiel compañero y amigo de mi marido? Este es el que
-quiere contraer nuevas bodas conmigo; esta mano es aquella que derramó
-mi sangre; este es el pecho que pensó y compuso tantos engaños y rodeos
-para mi destrucción; estos son los ojos a quien yo en mal hora agradé.
-Pues duerme seguro y sueña bien a tu placer, que yo no te heriré con
-cuchillo ni con espada; nunca plegue a Dios que tal haga, porque no te
-iguales con mi marido en semejante género de muerte; pero siendo tú
-vivo, morirán tus ojos y no verás cosa alguna.
-
-Diciendo esto, sacó un alfiler de la cabeza e hirió con él en los ojos
-de Trasilo, y dejándolo así ciego del todo, desenvainó la espada que su
-marido solía traer, y echó a correr furiosamente por medio de la ciudad
-y fue hasta la sepultura de su marido. Nosotros y todo el pueblo la
-seguimos para quitarle la espada de las manos; pero ella se sentó cerca
-del sepulcro, y apartando a todos, les dijo de esta manera:
-
---Dejad, señores, estas lágrimas; dejad el llanto, que es ajeno de
-mis virtudes, porque yo me vengué del cruel matador de mi marido; yo
-he punido y castigado al ladrón y malvado robador de mis bodas; ya es
-tiempo que con esta espada busque el camino para ir adonde está mi
-Lepolemo.
-
-Y después que hubo contado por orden todas las cosas que su marido le
-reveló en el sueño, y asimismo de qué manera había engañado a Trasilo,
-diose con la espada por debajo de la teta izquierda, y así cayó muerta
-revuelta en su propia sangre. Finalmente, no pudiendo hablar claro, se
-le salió el ánima.
-
-Entonces los criados de Carites tomaron su cuerpo y enterráronlo en la
-misma sepultura de su marido, dándole allí su perpetua compañera.
-
-Trasilo, vistas todas estas cosas que por él habían pasado, no pudiendo
-hallar género de muerte que satisficiese a su presente tribulación, y
-teniendo por muy cierto que ninguna espada ni cuchillo podía bastar
-a la gran traición por él cometida, hízose llevar al sepulcro de
-Lepolemo, y estando allí, dijo:
-
---¡Oh ánimas enemigas, veis aquí donde viene la víctima y sacrificio de
-su propia voluntad para vuestra venganza!
-
-Y diciendo esto muchas veces, metiose dentro del sepulcro, y cerradas
-muy bien las puertas de la tumba, deliberó por hambre sacar de sí el
-ánima condenada por su propia sentencia.
-
-
-II.
-
- Cómo después que los pastores supieron la muerte de sus señores se
- huyeron con su hacienda.
-
-Siendo aquellos pastores sabedores de la cruel fortuna que había pasado
-por sus amos, unos lloraban, otros gemían, doliéndose del triste suceso
-de aquella casa. Y temiendo la novedad de la mudanza de otro señor,
-aparejáronse para huir, y aquel mayordomo que tenía cargo de las
-yeguas y ganado (el cual me recibió muy encomendado para tratarme y
-curar bien), todas cuantas cosas había de precio en la casa y alquería
-las cargó encima de mis espaldas y de otros caballos, y así se partió,
-desamparando su primera morada. Nosotros llevábamos a cuestas niños
-y mujeres; llevábamos gallinas, pollos, pájaros, gatos y perrillos,
-y cualquiera otra cosa que por su flaco peso podía detener la huida
-andaba con nuestros pies, y aunque la carga era grande, no me fatigaba
-mucho el peso de ella, antes me holgaba con la huida por dejar aquel
-bellaco que me quería castrar y deshacerme de hombre.
-
-Yendo por nuestro camino, habiendo pasado una cuesta muy áspera de
-un espeso monte, entramos por unos grandes campos, y ya que la noche
-venía, llegamos a una villa bien grande y rica, adonde los vecinos nos
-avisaron que no caminásemos de noche, porque había por allí infinitos
-lobos muy grandes, feroces y muy bravos, que estaban acostumbrados a
-saltear y comer a los hombres que caminaban de noche. Pero aquellos
-malvados huidores que nos llevaban, ciegos con el atrevimiento de la
-presa que llevaban, y miedo que no los siguiesen, desechando el consejo
-saludable que les daban, no esperaron el día, mas cerca de media noche
-nos cargaron y comenzaron a caminar.
-
-Entonces yo, por miedo del peligro susodicho, me metí en medio de
-todas las otras bestias, y todos se maravillaban cómo yo andaba más
-liviano que cuantos caballos allí iban; pero aquello no era livianeza
-de alegría, mas era indicio del miedo que llevaba: finalmente, que yo
-pensaba entre mí, que aquel caballo Pegaso, por miedo le habían nacido
-alas con que voló, y por eso fue hasta el cielo, habiendo miedo que no
-lo mordiese la ardiente Quimera.
-
-Aquellos pastores que nos llevaban hiciéronse a manera de un ejército;
-unos llevaban lanzas, otros dardos, otros ballestas, y otros piedras
-en las manos, y otros llevaban picas bien agudas, y algunos llevaban
-hachas ardiendo por espantar a los lobos; en tal manera iban, que no
-les faltaba sino una trompeta para que pareciera hueste de guerra.
-
-Pero aunque pasamos nuestro miedo sin peligro, caímos en otro lazo
-mucho mayor, porque los lobos, o por ver mucha gente, o por las
-lumbres de aquellos, hubieron miedo, o por ventura porque eran idos
-a otra parte, ninguno de ellos vimos, ni pareció cerca ni lejos. Mas
-los vecinos de aquellos cortijos por donde pasamos, como vieron tanta
-gente y armada, pensaron que eran ladrones, y proveyendo a sus bienes
-y hacienda con gran temor que tenían de no ser robados, llamaron a los
-perros, que eran más rabiosos y feroces que lobos, y más crueles que
-osos, los cuales tenían criados así bravos y furiosos, para guarda
-de sus casas y ganados, y con sus silbos acostumbrados y otras tales
-voces, echaron los perros contra nosotros, y ellos, además de su propia
-braveza, esforzados con las voces de sus amos, cercáronnos de una
-parte y otra, y comienzan a saltar y a morder en la gente sin hacer
-apartamiento de hombres ni de bestias; mordían tan fieramente, que a
-muchos echaron por el suelo.
-
-Vierais una fiesta que era más para haber mancilla, que no para
-contarla, porque como había muchos perros que andaban como rabiosos,
-y a los que huían arrebataban con los dientes, y a los que estaban
-quedos arremetían, y con crueldad y braveza les sacaban los pedazos,
-en tal manera, que a bocados disminuyeron toda nuestra compañía. He
-aquí que a este peligro sucedió otro mayor, que los villanos de encima
-de los tejados, y de una cuesta que estaba allí arriba, echábannos
-tantas piedras, que no sabíamos de qué habíamos de huir. De una parte
-los perros que andaban cerca de nosotros, y de la otra más lejos las
-piedras que venían sobre nosotros: de manera que estábamos en harto
-aprieto.
-
-En esto vino una piedra que descalabró a una mujer que iba encima de
-mí, y ella, con el gran dolor, comenzó a dar grandes gritos y voces,
-llamando a su marido, que era un pastor de aquellos, que la viniese a
-socorrer.
-
-Él, cuando la vio, limpiándole la sangre, comenzó a dar gritos,
-diciendo:
-
---¡Justicia de Dios! ¿por qué matáis los tristes caminantes, y los
-perseguís, espantáis y apedreáis con tan crueles ánimos? ¿Qué daño os
-hemos hecho? ¿Qué robo es este?
-
-Como esto oyeron, luego cesó el llover de las piedras, y apartaron la
-tempestad de los perros bravos, y uno de aquellos labradores dijo a
-voces:
-
---No creáis que nosotros, teniendo codicia de vuestros despojos os
-queríamos robar; mas pensando que lo mismo queríais hacer a nosotros,
-nos pusimos en defensa por quitar nuestro daño de vuestras manos; así
-que de aquí en adelante podéis ir seguros y en paz.
-
-Esto dicho, comenzamos a andar nuestro camino bien descalabrados, y
-cada uno contaba su mal: los unos, heridos de piedras; los otros,
-mordidos de los perros; de manera que todos iban lastimados.
-
-Yendo adelante ya buena parte del camino, llegamos a un valle de muchas
-arboledas y espesuras de grandes matas, adonde acordaron aquellos
-pastores que nos llevaban, de holgar un rato por descansar y curarse
-de las heridas. Así que echáronse todos por aquel prado, y después de
-haber reposado, curáronse sus llagas lo mejor que pudieron: el uno se
-lavaba la sangre en un arroyo que por allí pasaba, y otros con esponjas
-mojadas remediaban la hinchazón de sus llagas; otros ligaban las
-heridas con vendas, y de esta manera procuraba cada uno su salud.
-
-Entretanto, un viejo asomó por un cerro, el cual debía ser pastor, y
-uno de los de nuestra compañía le preguntó si tenía leche o cuajada
-para vender; el viejo cabrero, meneando la cabeza, dijo:
-
---No sabéis en qué lugar estáis; guardaos de ahí no muráis.
-
-Y diciendo esto, fuese de allí muy lejos. La cual palabra y su huida no
-poco miedo puso a nuestros pastores. Así que estando ellos espantados
-y no viendo a quién preguntar qué cosa fuese aquella, asomó otro viejo
-muy mayor que aquel y más cargado de años, con un bordón en la mano,
-corcovado, y venía como hombre cansado, y llorando muy reciamente:
-llegó a nosotros, y haciendo grandes reverencias, comenzó a besar a
-cada uno de aquellos mancebos en las rodillas, diciendo:
-
---Señores, por vuestra virtud, y por el Dios que adoráis, que me
-socorráis en una tribulación, a mí, viejo cuitado, de un niño mi nieto
-que casi está a punto de muerte, el cual venía conmigo en este camino,
-y tiró una piedra a un pajarito que estaba cantado, y por matarlo,
-cayó en una cueva que estaba llena de árboles por encima, que no se
-parecía, y creo que está en lo último de su vida, aunque por las voces
-que da, conozco que aún está vivo, mas por mi vejez y flaqueza, como
-veis, no le pude ayudar. Vosotros, señores, que sois mancebos y recios,
-fácilmente podréis socorrer a este mezquino viejo, librándome aquel
-niño, que no tengo otro heredero, ni sucesor de mi linaje.
-
-Diciendo esto, el viejo pelábase las barbas, de manera que todos habían
-mancilla de él. Pero uno más recio que ninguno, y más mozo, de gran
-cuerpo y fuerzas, que aquel solo había quedado sano del ruido pasado,
-levantose luego y preguntó en qué lugar había caído. El viejo le mostró
-con el dedo entre unas zarzas y matas espesas. Así que el mancebo
-siguió tras el viejo hacia do le había mostrado.
-
-Los compañeros, de que hubieron bien comido, y nosotros pacido,
-cargáronnos para ir su camino, y como aquel mancebo no venía,
-comenzaron a darle voces; desde que vieron que no respondía, enviaron
-uno que lo buscase, y que le dijese que viniese presto, que era ya
-hora de caminar: aquel tardó en ir a buscar al otro, y tornó admirado
-y espantado, diciendo que había visto una cosa maravillosa de aquel
-mancebo, que vio cómo estaba muerto en el suelo medio comido, y un
-dragón espantable encima de él, comiéndolo todo, y que no parecía el
-viejo; lo cual, visto por los pastores, y conociendo que no había en
-aquella tierra otro morador, sino aquel viejo, conocieron que aquel era
-el dragón. Así que dejaron aquella tierra y se fueron.
-
-
-III.
-
- Cómo Lucio prosigue contando muchos acontecimientos que se ofrecieron
- siendo asno, yendo con los pastores.
-
-De allí fuimos a una aldea, donde estuvimos toda aquella noche, y allí
-aconteció una cosa que yo deseo contar.
-
-Un esclavo de un caballero, cuya era aquella heredad, estaba allí por
-mayordomo y guarda de toda la hacienda, y era casado con una esclava
-del mismo caballero. El marido andaba enamorado de otra moza libre,
-hija de un vecino de allí. La mujer, con el dolor y enojo de los
-amores del marido, tomó cuantos libros de sus cuentas tenía, y toda la
-hacienda y ropa de casa, no estando allí su marido, y quemolo todo. No
-contenta con lo que había hecho, ni pensando que estaba vengada de la
-injuria, tornose contra sí misma y tomó en los brazos un niño, hijo del
-marido, y atolo consigo y echose en un pozo muy hondo.
-
-El señor, cuando supo la muerte de su esclava y del niño, que había
-sido por causa de los amores del marido, hubo mucho enojo, y tomolo
-desnudo y enmelado, y atolo muy fuertemente a una higuera vieja que
-tenía muchas hormigas, que hervían de un cabo a otro, las cuales,
-como sintieron el dulzor de la miel y el olor de la carne, y aunque
-eran chicas, pero infinitas, con los continuos y espesos bocados que
-le daban, en tres o cuatro días le comieron hasta las entrañas, que
-dejaron los huesos blancos y sin carne ninguna, atados a la vieja
-higuera, de lo cual se espantaron todos los labradores.
-
-Dejamos también esta mala tierra y partimos, caminando a mucha priesa
-por unos grandes campos, hasta que llegamos a una ciudad muy noble y
-bien poblada, adonde aquellos pastores determinaron tomar sus casas y
-morada, porque les parecía que allí se podrían muy bien esconder de los
-que viniesen a buscarles. Demás de esto les convidaba a morar allí la
-abundancia que había. Finalmente, que después de haber reposado tres
-días por descansar, porque nos rehiciésemos del camino, para mejor
-podernos vender, sacáronnos al mercado, y un pregonero nos comenzó a
-pregonar, y luego vendió el caballo y otro asno, mas a mi nadie me
-quería, como a mala bestia.
-
-Ya yo estaba enojado de los que allí estaban, que todos me palpaban
-las encías, queriendo saber y contar de mis dientes la edad que había,
-y con este asco, llegando a mí uno que le hedían las manos, sobajando
-muchas veces mi boca con sus dedos sucios, dile un bocado en la mano,
-casi le corté los dedos; lo cual espantó tanto a los que allí estaban
-alrededor, que ninguno me quiso comprar, diciendo que era asno bravo y
-fiero.
-
-Entonces el pregonero comenzó a dar grandes voces, que ya estaba ronco,
-diciendo muchas gracias y burlas contra mi fortuna y desdicha.
-
---¿Hasta cuándo tardaremos en vender este asno viejo? Él tiene las
-manos y pies desportillados, flaco y de muy ruin color, perezoso, y,
-sobre todo, bravo y feroz tan sin provecho, que no es bueno sino para
-hacer de su pellejo un harnero; démoslo a alguno que no le pese de
-perder la paja y cebada que comiere.
-
-En esta manera, jugando aquel pregonero, hacía dar grandes risas a
-los que allí estaban; pero aquella mi cruelísima fortuna, la cual yo,
-huyendo por tantas provincias, nunca pude huir de ella, ni con tantos
-males y tribulaciones como pasé, pude aplacar, otra vez de nuevo lanzó
-sus ojos ciegos contra mí, dándome un comprador perteneciente para
-mis duras adversidades; y ¿sabéis qué tal? Un viejo calvo y bellaco,
-cubierto de cabellos y medio cano, del más bajo linaje, y de las heces
-de todo el pueblo, el cual andaba con otros trayendo a la diosa Siria
-por esas plazas, villas y lugares, tañendo panderos y atabales y
-mendigando de puerta en puerta sin ninguna vergüenza.
-
-Este echacuervos, con la mucha gana que tenía de comprarme, preguntó al
-pregonero que de dónde era yo. Él le respondió prestamente que era de
-Capadocia, y que era muy bueno y asaz recio. Preguntole más: ¿qué edad
-había? El pregonero, burlándose de mí, dijo:
-
---Un astrólogo que miró la constelación de su nacimiento, dijo,
-que podría ahora haber como cinco años, pero él sé que sabrá mejor
-estas cosas, según la profesión de su ciencia. Y como quiera que yo,
-a sabiendas, incurra en la pena de la ley Cornelia, si revendiere
-ciudadano romano por esclavo; pero ¿por qué no compras un servidor tan
-bueno y provechoso, que te podrá ayudar así en casa como fuera de ella?
-
-Con todo esto, aquel comprador malo no dejó de preguntar cuando esto
-oyó, y sacar unas cosas de otras. Finalmente preguntó con mucha ansia
-si yo era manso. El pregonero le dijo:
-
---Es tan manso, que no parece asno, sino cordero: no muerde, ni echa
-coces, que no parece sino que debajo del cuero de un asno mora un
-hombre muy pacífico y modesto.
-
-En esta manera, el pregonero, con sus chocarrerías, trataba aquel
-glotón echacuervos, el cual dio por mí siete dineros, y llevándome a su
-casa, luego, a la entrada de la puerta, comenzó a dar voces, diciendo:
-
---Mozas, un servidor os traigo del mercado, ¿veislo aquí?
-
-Pero aquellas mozas que él decía, era una manada de mozos bardajas,
-los cuales, como lo oyeron, habiendo de ello mucho placer y alegría,
-alzaron grandes voces pensando que les traería algún esclavo que
-fuese aparejado para lo que ellos querían. Pero cuando vieron que
-era un asno, torciendo el rostro con enojo, increpaban a su maestro,
-diciéndole que no había traído servidor para ellos, sino marido para sí.
-
-Diciendo estas y otras cosas de burlas, me ataron a un pesebre, y luego
-vino un mancebo, que tenía flauta y trompeta, que estaba allí por su
-sueldo para tañer a la diosa, y en casa ejercitábase en contentar a
-aquellos medio mujeres, el cual me echó de comer.
-
-
-IV.
-
- Cómo después que Lucio, asno, fue vendido a un echacuervos de la
- diosa Siria, le acontecieron muchos trabajos.
-
-Al otro día siguiente, vestidos de varios colores, y cada uno de su
-traje, unos con mitras en sus cabezas, otros con túnicas blancas
-ceñidas, pusieron encima de mí a la diosa Siria, cubierta de una
-vestidura de seda. Ellos llevaban los brazos desnudos hasta los hombros
-y unos cuchillos en las manos, y al son de la flauta bailaban delante
-de su diosa. Y yendo de esta manera, pasamos por algunas caserías y
-pueblos, adonde aquellos hipócritas falsos comenzaron a hacer grandes
-maravillas, bajando furiosamente sus cabezas, torciendo a una parte
-y a otra los pescuezos, colgando los cabellos y mordiéndose algunas
-veces los brazos, y aun con aquellos cuchillos que traían se daban de
-cuchilladas. Entre estos había uno que con mayor furia, así como hombre
-endemoniado, fingía aquella locura, por parecer que con las presencias
-de los dioses suelen los hombres no ser mejores en sí, mas antes
-hacerse flacos y enfermos.
-
-Pues espera, y verás qué galardón hubo de la Providencia celestial. Él
-comenzó a decir adivinando a grandes voces, y fingiendo mayor mentira,
-que quería castigar y reprender asimismo, diciendo que había pecado
-contra su santa religión; y por esto quería él tomar por sus propias
-manos la pena que merecía por aquel pecado que había cometido. Así
-que arrebató un azote, el cual es propia insignia de aquellas medias
-mujeres, torcidos muchos cordeles de lana de ovejas y escarchado con
-choquezuelas de pies de carneros a colores, y diose con aquellos
-nudos muchos golpes, hasta que se adormeció las carnes, que parecía
-que maravillosamente estaba preservado para poder sufrir el dolor de
-aquellas llagas. Que vieras cómo de las heridas de los cuchillos y de
-los golpes de la disciplina todo el suelo estaba bañado en la suciedad
-de aquella sangre afeminada, la cual cosa no poco cuidado y fatiga me
-ponía en mi corazón, viendo derramar tan largamente sangre de tantas
-heridas, por ventura que al estómago de aquella diosa extraña no se le
-antojase sangre de asno, como a los estómagos de algunos hombres se les
-antoja leche; así que cuando ya estaban cansados, cierto mejor diría
-cuando hartos de abrir sus carnes, hicieron pausa cesando de aquella
-carnicería; y comenzaron a recoger en sus faldas abiertas dineros de
-cobre y aun también de plata que muchos les ofrecían. Demás de esto,
-les daban jarros de vino y de leche, queso y harina y trigo candeal, y
-algunos daban cebada para mí que traía la diosa.
-
-Ellos, con aquella codicia rapaban todo cuanto podían y lanzábanlo en
-costales que para esto traían de industria aparejados para aquella
-echacorvería y todos los echaban encima de mí, de manera que ya yo iba
-bien cargado con carga doblada, porque iba hecho troje y templo.
-
-En esta manera discurriendo por aquella región, la robaban. Llegando a
-una villa principal, como allí hallaron provecho de alguna ganancia,
-alegres hicieron un convite de placer, que sacaron un carnero grueso
-a un vecino de allí, con una mentira de su fingida predicación,
-diciéndole que con su limosna y sacrificio hartase a la diosa Siria,
-que estaba hambrienta. Así que su cena bien aparejada, fuéronse al
-baño, y vinieron muy bien lavados. Trajeron consigo un mancebo aldeano
-de allí para cenar con ellos, y como hubieron comido unos bocados de
-ensalada, allí delante de la mesa aquellos sucios bellacos comenzaron a
-burlar con aquel mancebo, que tenían desnudo, como hacían las mujeres
-con los hombres.
-
-Yo, cuando vi tan gran traición y maldad, no pudiéndolo sufrir mis
-ojos, intenté dar voces, diciendo: «¡Oh romanos!», pero no pudiendo
-pronunciar las otras letras y sílabas, solamente dije muy claro y muy
-recio: «¡Oh, oh!», lo cual dije a tiempo oportuno, a causa que muchos
-mancebos de una aldea de allí cerca, andaban a buscar un asnillo que
-les habían hurtado aquella noche, y andaban muy codiciosos buscándolo
-por todos los caminos y apartamientos; los cuales, oyendo mi rebuzno
-dentro de aquellas casas, creyeron que era su asno, y de improviso
-todos juntos entraron en casa, donde hallaron aquellos bellacos
-haciendo aquellas maldades y suciedades, y como los vieron comenzaron a
-llamar a los vecinos para que viesen aquel aparato torpe y sucio; demás
-de esto, haciendo burla, alababan la purísima castidad de aquellos
-echacuervos.
-
-Ellos, embarazados y turbados con esta infamia, que fácilmente fue
-divulgada por todo el pueblo, por lo cual con mucha razón eran
-aborrecidos y malquistos de todos, aquella noche a las doce, liadas
-todas sus ropas, se partieron a hurtadillas de aquella villa; y
-habiendo andado buena parte del camino antes del día, entramos por un
-desierto y despoblado, siendo ya claro día; entonces hablaron entre
-sí primeramente, y después aparejáronse para mi daño y muerte; porque
-quitando la diosa de encima de mí, y puesta en tierra, quitáronme todos
-aquellos paramentos que traía, y desnudo atáronme a un roble, y con
-aquel azote que estaba encadenado de osezuelos de ovejas, diéronme
-tantos azotes, que casi me llegaron a lo último de la muerte.
-
-Uno de aquellos me amenazaba con un cuchillo para cortarme las piernas,
-diciendo que había enfadado con mi feo rebuzno a todos; pero los
-otros no permitieron que me las cortase, diciendo que por reverencia
-de la diosa, que estaba delante, no muriese por entonces. En tal
-manera, que luego me tornaron a cargar de aquellas cosas que llevaba,
-y dándome buenos palos, coces y encontrones, llegamos a una grande y
-noble ciudad; adonde un noble varón principal de allí, hombre de buena
-vida, y que era muy devoto de la diosa Siria, como oyó el sonido
-de los atabales y panderos y los cantares de aquellos echacuervos a
-manera de como cantan los sacerdotes de la diosa Cibeles, corrió luego
-a recibirlos muy devotamente; recibió por huéspeda a la diosa, y a
-nosotros todos nos hizo meter dentro del cercado de su ancha casa, y
-luego comenzaron a entender en aplacar y sacrificar a la diosa con gran
-veneración y con gruesos animales y sacrificios.
-
-En este lugar me acuerdo yo haber escapado de un grandísimo peligro de
-muerte, el cual fue este:
-
-Un labrador de allí envió un presente al señor de aquella casa, que era
-un cuarto de ciervo muy grande y grueso, el cual recibió el cocinero y
-lo colgó negligentemente tras la puerta de la cocina, no muy alto del
-suelo. Un lebrel que allí estaba, sin que nadie lo viese, alcanzolo,
-y alegre con su presa, prestamente desapareció delante de los ojos de
-los que allí estaban. El cocinero, cuando conoció su daño y la gran
-negligencia en que había caído, llorando muy fieramente, y como casi
-desesperado que ya casi su señor demandaba de cenar, no sabiendo qué
-hacer, y con el temor que tenía, se quería ir de su amo. La mujer, que
-le quería bien, con palabras amorosas le ponía esfuerzos, diciendo:
-
---¿Cómo tan espantado y atemorizado te ha este presente mal, que
-determinas de dejar la casa de tu señor, adonde tanto tiempo ha que
-ganas tu vida? ¿Y no ves que me dejas sola llena de hijos? Por ende yo
-he hallado un buen remedio, el cual vino por providencia de los dioses,
-y es este: Toma este asno, que ahora es venido aquí, llévalo a algún
-lugar apartado, y degüéllalo, y una de sus piernas, que es semejante
-a la que se perdió, le cortas, y muy bien picada y guisada, o de otra
-manera que sea muy sabrosa, la pondrás delante de tu señor, en lugar
-del ciervo. Al bellaco pusilánime del cocinero plugo mucho el consejo
-que la sagaz y astuta de su mujer le había dado, y acordó hacer en mí
-aquella cruel carnicería, queriendo con mi muerte remediar su vida y la
-de su mujer e hijos, y para esto comenzó luego a aguzar sus cuchillos,
-no viendo la hora de tener guisada mi pobre pierna.
-
-
-
-
-LIBRO IX.
-
-ARGUMENTO.
-
- Este noveno libro cuenta la astucia del asno cómo se escapó de
- la muerte, de donde se le siguió mayor peligro, que creyeron que
- rabiaba, y con el agua que bebió vieron que estaba sano. -- Cuenta
- una mujer que engañó a su marido por un sutil arte de un tonel. --
- Ítem el engaño de las suertes que traían los echacuervos de la diosa
- Siria. -- Y cómo fueron tomados con un hurto, y fueron presos por
- ello. -- Y de cómo fue vendido a un tahonero, adonde cuenta de la
- maldad de su mujer y otras cosas de mucho gusto y pasatiempo. -- Y
- cómo después fue vendido a un hortelano, y de un caballero que quiso
- tomar el asno por fuerza, y lo que le aconteció.
-
-
-I.
-
- Cómo después que Lucio entendió que el cocinero le quería matar,
- buscó astucia para librarse de tan gran peligro, de donde se le
- siguió otro mayor, del cual también se libró.
-
-Aquel cocinero traidor ya armaba contra mí sus crueles manos. Yo,
-con la presencia de tan gran peligro, no teniendo consejo ni aun
-tiempo para pensar en él, deliberé, huyendo, escapar de la muerte
-que sobre mí estaba, y prestamente, quebrando el cabestro con que
-estaba atado, eché a correr a cuatro pies cuanto pude, y metime sin
-empacho ni vergüenza en la sala donde estaba cenando aquel señor de
-casa sus manjares con los sacerdotes de aquella diosa Siria; y con mi
-ímpetu derramé y vertí todas aquellas comidas que allí estaban, mesas
-y candeleros y cosas semejantes, la cual disformidad y estrago, como
-vio el señor de la casa mandó a un siervo suyo que con diligencia me
-tomase y como asno importuno y garañón me tuviese encerrado en alguna
-parte, porque otra vez con mi poca vergüenza no desbaratase su convite
-placentero y alegre.
-
-Entonces yo me alegré con aquel mandamiento de la guarda y cárcel
-saludable, viendo cómo con mi astucia y discreta invención había
-escapado de las crueles y pestilenciales manos de aquel carnicero.
-
-Pero cuando la fortuna persigue a un hombre, ningún buen consejo le
-aprovecha, porque la invención que a mí me pareció haber hallado para
-mi salud, me fabricó otro mayor peligro, y fue que un muchacho entró en
-la sala donde estaban comiendo, y dijo a su señor cómo de una calleja
-de allí cerca había entrado poco antes un perro rabioso con gran ímpetu
-y ardiente furor, y había mordido a todos los perros de casa, y después
-había entrado en el establo y mordido con aquella rabia a muchos de
-los caballos que allí estaban, y que también había mordido a algunas
-personas de casa, lo cual asombró a todos, y pensando que por estar
-yo inficionado de aquella pestilencia hacía aquellas ferocidades,
-arrebataron lanzas y dardos y comenzáronse a amonestar unos a otros
-que echasen de sí un mal tan grande como era aquel. Y cierto, ellos me
-perseguían y rabiaban más que yo, por lo cual, sin duda, me mataran y
-despedazaran con aquellas lanzas y venablos y con hachas que traían;
-mas yo, viendo el ímpetu de tan gran peligro, luego me metí en la
-cámara donde posaban aquellos mis amos.
-
-Entonces ellos, cerrándome luego las puertas, velaban hasta que aquella
-fuerte pestilencia y rabia se consumiese, para que ellos pudiesen estar
-sin peligro.
-
-Como yo me vi así encerrado, libre de aquel infortunio, echeme encima
-de la cama, que estaba muy bien hecha, y descansé durmiendo como
-hombre, lo cual mucho tiempo había que no usaba. Y a otro día bien
-claro, habiendo yo muy bien descansado con la blandura de la cama,
-levanteme esforzado y aceché aquellos veladores que allí estaban
-guardándome, los cuales altercaban sobre mí de esta manera:
-
---Este mezquino asno creemos que está fatigado con su furor y rabia, y
-puede ser que estará ya muerto. Bueno será que veamos lo que hace.
-
-Y abierta una pequeña parte de la puerta, viéronme estar sosegado y muy
-quieto; y como así me vieron, uno de aquellos que parece los dioses
-habían enviado para mi remedio, mostró a otro un remedio para conocer
-mi sanidad, diciendo que me pusiesen una caldera de agua para beber, y
-que si yo sin temor y como acostumbraba llegase al agua y bebiese, de
-buena voluntad supiesen que yo estaba sano y libre de toda enfermedad;
-y por el contrario, si vista el agua hubiese miedo, haciendo algunos
-meneos y diabluras, y no la quisiese tocar, tuviesen por muy cierto
-que aquella rabia mortal duraba en mí, y que esto tal se solía guardar
-según cuentan los libros antiguos.
-
-Como esto les pluguiese a todos, tomaron luego una grande herrada de
-agua clara y limpia, y con algún temor me la pusieron delante; yo salí
-luego sin tardanza ninguna a recibir el agua con harta sed que tenía,
-y comencé a beber de aquella agua, que asaz era para mí verdaderamente
-saludable. Entonces yo sufrí cuanto ellos hacían, dándome golpes con
-las manos y tirarme de las orejas y trabarme del cabestro, y cualquier
-otra cosa que ellos querían hacer por experimentar mi salud; yo había
-placer de ello, hasta tanto que con su desvariada presunción yo probase
-claramente mi modestia y mansedumbre para que a todos fuese manifiesta.
-
-
-II.
-
- Lucio recuenta una historia que oyó haber acontecido en un pueblo, de
- cómo una mujer burló de su marido.
-
-Luego otro día siguiente, habiendo yo escapado de tanto peligro, me
-cargaron otra vez de los divinos despojos, y ellos con sus panderos
-y campanillas comenzamos a caminar, y habiendo ya pasado algunas
-caserías, llegamos a un lugarejo, adonde aquella noche nos aposentamos.
-
-Allí oí contar un gracioso cuento, el cual quiero que vosotros sepáis.
-
-Era un hombre que se alquilaba por trabajador, y con aquello que ganaba
-se mantenía miserablemente; tenía una mujer galana y requebrada. Un día
-de mañana, como el marido se fuese a la plaza para buscar de trabajar,
-vino el enamorado de su mujer y metiose en casa.
-
-Estando ellos así, el marido, que ninguna cosa sabía ni sospechaba,
-tornó de improviso a casa y batió a la puerta.
-
-La mujer, que era astuta para tales sobresaltos, hizo meter a su
-enamorado en un tonel viejo que estaba en un rincón de casa, medio
-roto y vacío; y abierta la puerta a su marido, comenzó a reñir con él,
-diciendo:
-
---¿Cómo así venís vacío y muy despacio, metidas las manos en el seno?
-¿No veis nuestra necesidad y pobreza? ¿Por qué no traéis alguna cosilla
-para comer? Yo, mezquina, que todo el día y la noche me estoy quebrando
-los dedos hilando, encerrada en casa, al menos que tenga para encender
-un candil. ¡Bienaventurada mi vecina Dafnes, que en amaneciendo come y
-bebe cuanto quiere, y todo el día está en placeres con sus enamorados!
-
-El marido, convencido con esto, dijo:
-
---¿Pues qué es ahora esto? Aunque mi amo está ocupado en un pleito y
-no nos ha llevado a trabajar, yo he proveído a lo que hemos de comer,
-porque he vendido aquel tonel, que nunca nos sirve de nada, por cinco
-dineros a un hombre que aquí viene; por tanto, ayúdame a sacarlo de
-aquí, y entregarlo hemos a quien me lo compró.
-
-Cuando esto oyó la mujer, sacó el engaño de lo que el marido decía, y
-fingiendo una gran risa, le dijo:
-
---¡Oh qué hombre y buen negociador he hallado, que la cosa que yo,
-siendo mujer necesitada, tengo vendida por siete dineros, vendió él en
-la calle por menos!
-
-El marido, alegre con esto, le dijo:
-
---¿Quién es este que tanto te dio por él?
-
-La mujer respondió:
-
---Vos no sabéis nada; ahora entró uno dentro de él para ver qué tal
-estaba.
-
-No faltó astucia al enamorado, que luego saltó de dentro, diciendo:
-
---Buena mujer, este tonel me parece que está abierto por muchas partes.
-
-Y disimuladamente volviose al marido, como que no le conocía, y díjole:
-
---Tú, hombrecillo, quien quiera que eres, ¿por qué no me traes un
-candil para ver bien de dentro este tonel? ¿Por ventura piensas que he
-de dar mis dineros sin mirarlo muy bien?
-
-El buen hombre, no sospechando mal, no tardó en encender el candil, y
-dijo al enamorado:
-
---Apártate, hermano, y huelga, que yo entraré a ver las heces, y verás
-si es hendido y mal tratado.
-
-Diciendo esto, tomó la mujer el candil, y él entró en el tonel y
-comenzó a raer aquellas costras.
-
-El adúltero, como vio que la mujer estaba bajada alumbrando a su
-marido, dolábala por detrás; y ella, con astucia metida la cabeza en el
-tonel, burlaba del marido, diciendo: «trae aquí y allí, y quita esto y
-esto otro», hasta que la obra de entrambos fue acabada.
-
-Entonces salió del tonel, y tomando sus siete dineros el mezquino del
-marido cargó el tonel a cuestas, y llevolo a casa del adúltero.
-
-Aquí estuvimos algunos días, donde por la liberalidad de los moradores
-de aquella ciudad fuimos muy bien tratados, y mis amos cargados de
-dones por su adivinar.
-
-
-III.
-
- Cómo Lucio recuenta una astuta manera de suerte que los echacuervos
- usaban para sacar dineros; y cómo fueron presos y él vendido a un
- tahonero.
-
-Bien sabían engañar al pueblo aquellos limpios y buenos de mis amos,
-porque para sacar dineros inventaron una suerte sola; la cual aplicaban
-y referían a muchas cosas, y en cada pueblo de aquellos la sacaban para
-responder y engañar a los que les preguntaban, y consultaban sobre
-cosas varias; y la suerte decía de esta manera:
-
---Por ende, los bueyes juntos aran la tierra, porque para el tiempo
-venidero nazcan los trigos alegres.
-
-Con esta suerte burlaban a todos; porque si algunos deseaban casarse,
-y les preguntaban cómo sucedería, decían que la suerte respondía
-que era muy buena para juntarse por matrimonio y para tener buenos
-hijos. Si alguno quería comprar una heredad, respondían que era muy
-bien, porque los bueyes y el yugo significaban los campos floridos y
-llenos de fruto. Si alguno quería ir camino y preguntaba a aquellos
-buenos sacerdotes de su viaje, decían que sería muy bueno, porque
-venían en la suerte los más mansos animales que hay en el mundo y más
-provechosos. Si alguno de aquellos quería ir a la guerra o a perseguir
-ladrones, y preguntaba si sería su ida provechosa, respondían que la
-victoria tenían muy cierta, según la demostración de la suerte; porque
-sojuzgarían al yugo las cervices de los enemigos, y habrían de lo que
-robasen muy abundante y provechosa presa.
-
-Con esta manera de adivinar y con su grande astucia, no pocos dineros
-apañaban. Pero ya cansados de recibir dineros, aparejáronse para
-caminar, llevándome muy bien cargado por un camino muy bellaco de
-muchos lodos y lagunas, que a cada paso resbalaba y tenía gran miedo de
-dar con la diosa en tierra.
-
-Saliendo de este mal camino llegamos a unos espaciosos y hermosos
-campos, y he aquí súbitamente a nuestras espaldas una manada de gente
-de a caballo, corriendo con gran ímpetu, y pegaron muy recio a los
-sacerdotes, llamándoles sacrílegos y regulares y grandes ladrones,
-engañadores y falsarios; dándoles buenas puñadas echaron a todos
-esposas a las manos, y con palabras muy recias les comenzaron a
-apretar, para que descubriesen dónde llevaban un vaso de oro que habían
-hurtado, y que dijesen la verdad, porque fingiendo ellos de sacrificar
-secretamente a la madre de los dioses que allí iba, de su estrado lo
-hurtaron escondidamente; y pensando escapar de la pena de tan gran
-traición, se partieron calladamente, antes que amaneciese, de la ciudad.
-
-Diciendo esto, no faltó uno de aquellos caballeros que por encima de
-mis espaldas metió la mano debajo de las faldas de la que yo traía, y
-buscando bien halló el vaso de oro, el cual sacó delante de todos.
-
-Pero con este tan gran crimen no se avergonzaron aquellos sucios
-bellacos, mas antes fingiendo un mentiroso reír, dijeron:
-
---¡Oh, qué crueldad y sinrazón! Por un vasillo que la madre de los
-dioses presentó a su hermana Siria, en don de haberla tenido por
-huésped en su casa, lleváis vosotros a sus sacerdotes presos como a
-homicidas.
-
-Estas y otras tales mentiras y excusas gritando daban, mas aquellos
-caballeros, no curando de sus palabras, los tornaron para atrás y los
-metieron en la cárcel, y el vaso de oro y la diosa que yo llevaba
-pusieron en el templo de la madre de los dioses.
-
-Al otro día sacáronme a la plaza, y otra vez me pusieron en almoneda,
-pregonando el pregonero: «¿Quién da más por él?» y un tahonero de
-un lugar allí cerca me compró por siete dineros más caro que el
-echacuervos me había comprado; el cual molinero luego me cargó muy bien
-de trigo, y por un camino lleno de piedras y cuestas me llevó a su
-tahona. Allí vi muchos caballos y acémilas que traían aquellas muelas
-en derredor dando vueltas siempre por un camino. Y no solamente de día,
-pero toda la noche hacían harina, volviendo continuamente aquellas
-tahonas. Pero como venía de nuevo, porque no me espantase de la novedad
-de aquel servicio, aposentome el nuevo señor en lugar ancho donde
-estuviese; aquel primer día que llegué me dejó holgar, dándome muy bien
-de comer.
-
-Pero aquella bienaventuranza de holgar y comer no duró más adelante,
-porque al otro día siguiente bien de mañana yo fui ligado a un ingenio
-de aquellos, que parecía ser el mayor de todos, y cubierta mi cara
-fui compelido a caminar por aquel espacio redondo de canal torcida
-de manera que yo retornando y rehollando mis pasos en la redondez de
-aquel término triste y sin esperanza, y no olvidando mi sagacidad y
-prudencia, fácilmente me di a la novedad de mi servicio; y también
-cuando yo era hombre, muchas veces había visto semejantes ingenios.
-
-Mas hallando este oficio muy trabajoso, propuse en mí de hacerme
-espantadizo y andar para atrás, pensando que como a asno bobo y sin
-provecho para aquel oficio, me enviarían a otro lugar donde tuviese
-más liviano trabajo, o por ventura me dejarían holgar.
-
-Pero en balde pensé yo esta astucia dañosa, porque luego muchos de
-aquellos que allí estaban se pusieron alrededor de mí con varas en las
-manos; y como yo estaba seguro por tener los ojos tapados, súbitamente
-con grandes voces me dieron muchos palos, y en tal manera que con aquel
-ruido me espantaron, que luego dejado todo mi consejo, muy sabiamente,
-así como estaba ligado con aquellas cinchas de esparto, hice mis
-discursos y vueltas, alegre, aunque me daban harto trabajo; y con esta
-súbita mudanza de un extremo a otro, los que allí estaban se finaban de
-risa.
-
-Ya gran parte del día había muy bien molido, y aun andaba harto
-desmayado y cansado, cuando me quitaron las cinchas de esparto con que
-andaba ligado, y lleváronme al pesebre. Pero yo, aunque había bien
-menester descansar, que casi estaba muerto de hambre, dejando todo
-refrigerio aparte, me puse a mirar la familia y gente de aquella casa.
-¡Oh Dios, y qué hombrecitos había allí, pintados de las señales de
-los azotes que les daban, las espaldas negras de los palos, con unos
-enjalmillos más para cobertura que vestidura; otros solamente con paños
-menores cubiertas sus vergüenzas, y tan rotos, que casi todo se les
-parecía, herrados en la frente[4] y argollas de hierro en los pies,
-las cabezas trasquiladas, los ojos pelados y comidas las pestañas del
-humo y hollín de la casa; por lo cual todos tenían los ojos muy malos y
-blanqueaban con el polvo de la harina, como luchadores que se polvorean
-cuando quieren luchar!
-
-Pues de mis compañeros, los otros asnos y acémilas que molían, ¿qué
-podría decir? ¡Cuán cansados, aquellos machos y jacones flacos, cerca
-de los pesebres royendo granzones de paja, los pescuezos desollados y
-llenos de llagas podridas, las narices abiertas para tomar más huelgo,
-los pechos, del muermo, tosiendo, y de los antepechos que les ponían
-para moler, todos pelados y llagados, que casi les parecían los huesos,
-las uñas de pies y manos alzadas hacia arriba de no herrarse, y mancos
-de andar alderredor, todo el pellejo sarnoso de magrez y flaqueza!
-
-Mirando yo esto, temía de venir en otro tanto, y recordándome de
-cuando era hombre, y que había venido en tanta desventura, bajada la
-cabeza, lloraba, y no tenía otro solaz de mi pena, sino que con mi
-natural ingenio que tenía, me recreaba algo, porque no curando de mi
-presencia, libremente hacía y hablaba cada uno, delante de mí, lo que
-quería, por donde yo conocí que, no sin causa, aquel divino autor de la
-primera poesía[5], deseando mostrar un varón de gran prudencia entre
-los griegos, celebró y alabó a Ulises haber alcanzado las soberanas
-virtudes, por haber andado muchas ciudades y conocido diversos pueblos.
-Así que yo, recordándome de esto, hacía muchas gracias a mi asno,
-porque me traía encubierto con su figura, ejercitándome por muchos y
-diversos casos y fortunas, por lo cual si yo no fui prudente, al menos
-me hizo sabedor de muchas cosas.
-
-
-IV.
-
- Cómo Lucio cuenta un gracioso acontecimiento, en el cual la mujer del
- tahonero (su amo) gozó un enamorado; y tomándolos juntos los castigó,
- en la cual venganza le ahorcó por arte de encantamento.
-
-Finalmente, que yo deliberé de traer a vuestras orejas una buena
-historia, suavemente compuesta, mejor que las que he dicho, la cual
-comienza:
-
-Aquel molinero que me compró, era hombre de bien y de buena
-conversación, y tenía una mujer la más pésima y mala que jamás se vio,
-con la cual él pasaba mucha pena y enojo en su casa, que por cierto yo
-había mancilla de aquel buen hombre, porque ningún vicio faltaba en
-aquella mala mujer, que todos se habían lanzado en su cuerpo, como en
-sucia sentina; soberbia, cruel, lujuriosa, borracha, porfiada, avara
-en robar donde pudiese, gastadora en cosas sucias, enemiga de fe y de
-honra. Menospreciaba los dioses, y mentía jurando por ellos, y con
-juramentos engañaba a todos, y al mezquino del marido. Embeodábase
-luego de mañana, y todo el día gastaba con sus enamorados.
-
-Esta mala mujer, con grande odio me perseguía, que en amaneciendo,
-antes que ella se levantase, llamaba a los mozos y mandábales que
-echasen a moler al asno novicio. Y como ella salía del palacio cuando
-se levantaba, allí, en su presencia, me mandaba dar de palos, y cuando
-soltaban las otras bestias temprano, mandaba que a mí dejasen hasta más
-tarde, que no me diesen a comer.
-
-Y esta crueldad suya fue causa que yo más en sus costumbres mirase; de
-manera que yo veía a menudo entrar un mancebo en su aposento, la cara
-del cual yo deseaba ver, mas no podía, por los anteojos que traía;
-verdad es que no me faltaba astucia para descubrir, en cualquier
-manera, la maldad que aquella mala mujer hacía a su marido, mas una
-vieja que sabía toda la ruindad, y era mensajera entre ella y su amigo,
-nunca se partía de allí, las cuales, en amaneciendo, almorzaban, y
-entre sí altercaban quién bebería más del vino puro. La mala de la
-vieja, alcahueta, hacía estos aparatos públicos y engañosos en gran
-daño del triste del marido. Y aunque yo muchas veces, entre mí, me
-enojaba contra Andria, que por hacerme ave me tornase asno; todavía, en
-esta triste deformidad mía, había placer, porque como tenía las orejas
-largas, cualquier cosa que decían, aunque estuviese lejos, luego la oía.
-
-Un día, estando la vieja hablando con ella, decía estas palabras:
-
---Hija mía, mira bien lo que te cumple acerca de este mancebo que ahora
-amas, porque es negligente y temeroso, y tiene miedo del gesto arrugado
-de tu marido, y tal enamorado no pertenece para ti, que quieres holgar
-y llevar buena vida en cuanto tienes tiempo; igual es Filesitero, un
-mancebo hermoso, gentilhombre, liberal, magnífico, y contra los celos
-de estos maridos muy esforzado, el cual es digno de ser enamorado de
-todas las mujeres del mundo, y merecedor de traer una corona de oro,
-por sola una cosa que hizo el otro día a un casado celoso.
-
-Óyeme ahora, y verás cuánta diferencia hay de un enamorado a otro. Bien
-conoces un barbudo que es alcaide de esta villa, que tiene una mujer
-muy hermosa, y es muy celoso; este, pues, habiendo de ir fuera de la
-ciudad, dejó encomendada la guarda de su mujer a Hormigón, su esclavo,
-por ser más fiel y diligente. A este cometió secretamente toda la
-guarda de su mujer, diciéndole que si no guardaba bien a su señora, de
-manera que ninguno, pasando cerca de ella, solamente le tocase con el
-dedo o con la falda, que le echaría hierros y en cárcel perpetuamente,
-donde muriese de hambre, lo cual juró y perjuró muchas veces por
-todos los dioses. Así que con esta seguridad se partió, dejando por
-recio guardián a Hormigón, y bien amedrentado, el cual guardaba a su
-señora con tanta diligencia, que a ninguna parte la dejaba ir, y de
-continuo estaba sentado cerca de ella, estando hilando o haciendo otras
-cosas que las mujeres hacen en su casa, y si alguna vez, por grande
-necesidad, iba a lavarse al baño, Hormigón iba tan pegado a ella, que
-las faldas llevaba en la mano, y de esta manera, con mucha sagacidad
-cumplía lo que su señor le había mandado.
-
-Pero no se pudo esconder a Filesitero la hermosura de esta gentil
-mujer, porque la bondad y castidad de ella le inflamó y puso más
-codicia para hacer todo lo que pudiese, y ponerse a cualquier peligro
-que le viniese, y con esta gana propuso de combatir y expugnar la
-fortaleza o casa bien guardada de la dueña, confiando y siendo cierto
-que la flaqueza humana, con el dinero, al cual toda dificultad es
-llana, se puede fácilmente derribar, que el oro por donde quiera halla
-entrada, aunque las puertas sean diamantes muy fuertes.
-
-Un día, andando en este pensamiento, Filesitero halló solo a Hormigón,
-y díjole abiertamente toda su pena y amor, rogándole, con mucha
-cortesía, que diese remedio a su tormento, porque si presto no
-alcanzaba lo que deseaba, su muerte era muy cierta, y que en esto no
-temiese, porque él iría, secreto, de noche, que nadie lo sintiese, y
-en un momento de hora se tornaría. Estas y otras persuasiones tales
-diciendo, añadió un grandísimo aguijón, el cual rompió y pervirtió
-a Hormigón por su codicia. Echó mano a la escarcela, y sacó treinta
-ducados, nuevos, resplandecientes, de los cuales dijo a Hormigón que
-diese veinte a su señora, y tomase diez para sí.
-
-Cuando esto oyó Hormigón, espantose de tan abominable pecado, y tapadas
-las orejas echó a huir; pero el resplandor y codicia que tenía del oro
-no le pudo huir de los ojos y del corazón, mas apartado lejos, yéndose
-apriesa hacia casa, representábasele la hermosura de la moneda ante
-los ojos, y deseaba apañar lo que ya tenía arraigado en el corazón.
-Con este pensamiento, el mezquino navegaba como en las ondas de la
-mar, ya en una cosa ya en otra. De la una parte se le representaba
-la fidelidad, de la otra la ganancia. De la otra la pena con que le
-amenazó su señor, de la otra el deleite y provecho del oro. Finalmente,
-que el oro venció al miedo de la muerte, y apartada de sí toda
-tardanza, llegose a su señora, y secretamente le dijo todo el negocio
-como pasaba.
-
-Ella, con la natural liviandad, luego obligó su pudicicia al maldito
-metal, y consintió por apañar el dinero.
-
-Cuando Hormigón oyó esto, lleno de placer y gozo, deseaba ya de tocar
-aquel dinero, que en precio de su fidelidad había ganado, y fue luego
-a dar la nueva a Filesitero, pidiéndole lo que le había prometido. Y
-como Hormigón se vio con tanto dinero, habido de buen lance, estaba tan
-alegre, que luego a la noche tomó a Filesitero, y lo metió secretamente
-en la cámara de su señora.
-
-Los nuevos enamorados, estando ya desnudos y a placer, tomando el
-primer fruto de sus amores, no pensaban ni sospechaban la venida de su
-marido.
-
-De improviso súbitamente comienzan a dar grandes voces a la puerta
-de casa, y a querer quebrar la puerta con una piedra; y cuanto más
-tardaban en abrirla, tanto más sospecha le ponían de la que él tenía.
-Así que comenzó a amenazar a Hormigón que lo mataría. Hormigón, oyendo
-esto, y con la prisa que le daba, estaba turbado, y con la turbación no
-tenía consejo, ni sabía qué hacerse, sino decía que no tenía lumbre, y
-que no hallaba la llave de la puerta.
-
-En tanto, Filesitero, como oyó el ruido, arrebató su ropa, y vistiose,
-mas con la turbación se le olvidaron las chinelas, y saliose de la
-cámara.
-
-En esto Hormigón llegó con la llave y abrió las puertas a su señor, el
-cual entró bramando, y luego fue derecho a la cámara. Filesitero, en
-tanto, botó por la puerta fuera de casa, y Hormigón cerró las puertas.
-
-El marido, desde que vio todo seguro, ya un poco manso, fuese a dormir.
-
-Otro día luego de mañana, como el barbudo se levantó, vio junto a
-la cama unas chinelas que no eran de casa, las cuales había dejado
-Filesitero, y sospechando y sacando de allí lo que podía ser, y cómo
-alguno había dormido aquella noche con su mujer, que las había dejado,
-calló su dolor y congoja, que ni a su mujer ni a otro de casa dijo cosa
-alguna, y tomó las chinelas secretamente, y metióselas en el seno, y
-mandó a otros siervos que le trajesen a Hormigón atado hasta la plaza.
-
-El barbudo, yendo todavía entregruñendo, andando aprisa hacia la plaza,
-tenía por cierto que por las chinelas había de hallar al adúltero que
-sospechaba haber estado con su mujer. Iba él en este pensamiento, la
-cara turbia, las cejas caídas y muy enojado, y detrás de él Hormigón
-atado, aunque no se sabía la culpa que él tuviese; pero él mismo bien
-lo sabía, por lo cual lloraba, de suerte que los que le veían habían
-gran duelo de él.
-
-Acaso Filesitero, que iba a otro negocio, encontró con ellos, y como
-vio de la manera que llevaban a Hormigón, sin miedo ni turbación, y
-acordándose que se le habían olvidado las chinelas en la cámara, y
-sospechando que por aquello llevaban así atado a Hormigón, astutamente
-y con su esfuerzo acostumbrado, apartó a los otros siervos y arremetió
-con Hormigón, y con grandes voces comenzole a dar de puñadas, y decirle:
-
---¡Oh malvado, ladrón ahorcado; este tu señor, y todos los dioses del
-cielo a quien tú has perjurado, te hagan mal y te destruyan, que me
-hurtaste el otro día mis chinelas en el baño; bien mereces, por cierto,
-ser muy bien castigado!
-
-Con este engaño que el esforzado Filesitero hizo, el barbudo, que iba
-determinado de matar a Hormigón, depuesto ya de toda crueldad, tornose
-a su casa y llamó a Hormigón, al cual dio las chinelas y perdonó de muy
-buena gana, y le mandó que luego las tornase a quien las había hurtado.
-
-Acabado de decir esto la vejezuela, comenzó la mujer del tahonero:
-
---Bienaventurada ella que goza de la libertad de tan constante y recio
-enamorado; pero yo, mezquina de mí, que caí con uno que ha miedo del
-sonido de la muela y de la cara cubierta de aquel asno sarnoso que allí
-está.
-
-Respondió la vieja:
-
---Pues si tú quieres, yo emplazaré a este alegre enamorado que venga
-delante de ti, y luego voy por él. Cuando sea noche, espérame, que yo
-tornaré.
-
-La buena mujer, con el ansia que tenía de ver aquel enamorado, aparejó
-muy bien de cenar, vinos excelentísimos de buenos, y la mesa puesta con
-todo lo demás, esperando su venida como de algún dios.
-
-Acaso el marido cenaba aquella noche con un pelaire, un muy su amigo,
-y casi a mediodía, que nos soltaba de la tahona, para darnos de comer;
-yo no había tanto placer con la comida y descanso, cuanto porque me
-desataban los ojos, que libremente podía ver las artes y engaños de
-aquella mala mujer.
-
-Ya el sol puesto, vino aquella vieja mala con el adúltero escondido a
-su lado, el cual era un mancebo gentilhombre que entonces le apuntaba
-la barba. Ella lo recibió con muchos besos, abrazándole, y sentáronse a
-la mesa.
-
-En comenzando a cenar los primeros bocados, el marido llamó a la
-puerta, sin ser esperado, ni creyendo que viniera tan presto. Ella,
-cuando esto vio, comenzolo a maldecir, diciendo que las piernas tuviese
-quebradas y los ojos. Diciendo esto, y sobresaltada, metió el enamorado
-debajo de una artesa en que limpiaba el trigo, y sentose cerca de él,
-y con su malicia acostumbrada, disimulando tanta maldad, con su rostro
-sereno, preguntó a su marido qué era la causa por que venía tan presto,
-dejada la cena de su amigo.
-
-Él le respondió con mucha tristeza, diciendo:
-
---Yo vine tan presto, porque acaeció allá una cosa bien bellaca. ¡Oh
-Dios, y que es posible que una mujer tan honrada haya de hacer tan gran
-fealdad! Juro por este pan, que aunque yo lo viera con mis ojos, que no
-lo creyera.
-
-Ella le preguntó muy ahincadamente le contase aquel negocio, qué era y
-cómo pasara.
-
-Él, importunado de ella, comenzó a contar duelos ajenos, no sabiendo el
-triste de los suyos, diciendo así:
-
---La mujer de este pelaire, mi vecino y amigo, cierto parecía mujer de
-vergüenza y casta, que no se podía pensar mal de ella; cuando íbamos a
-cenar ahora a su casa, ella parece que estaba holgando con su enamorado
-secretamente, y como llegamos, turbada con nuestra presencia, de súbito
-consejo proveída, tomó aquel su enamorado y metiolo debajo de un
-azufrador de mimbres, donde tenía azufrando sus tocas, que estaba junto
-con la mesa; pensando ella que ya estaba seguramente escondido, sentose
-a la mesa a cenar con nosotros sin ningún cuidado.
-
-Entretanto, con el grave humo del azufre embarbascado el otro, no podía
-resollar debajo del perfumador; como es vivo y hediondo aquel humo,
-comenzó a estornudar de la parte donde estaba sentada la mujer.
-
-El marido pensó que era ella, y díjole como se suele decir: «Dios te
-ayude.» Mas el desventurado dio otro estornudo, y otro; y estornudó
-tantas veces, que el marido sospechó lo que podía ser, y arrojó de sí
-la mesa, y alzó el perfumador, y halló debajo el gentilhombre, que con
-el gran humo estaba casi muerto, que no resollaba.
-
-Cuando lo vio, inflamado de su injuria, echó mano a su espada, que
-lo quería degollar, pero porque yo estaba presente, y no me culpasen
-de la muerte de aquel hombre, lo defendía diciendo también que si no
-curase de él, que presto moriría sin cargarnos culpa, según estaba casi
-ahogado de la furia y violencia del azufre.
-
-Él, como vio que le decía bien, más por necesidad suya que por mi
-persuasión, amansado del enojo, sacó al adúltero medio vivo, y lo
-echó en una calleja cerca de su casa. Yo, como vi la revuelta, dije a
-la mujer que huyese a casa de una vecina suya, en tanto que al marido
-se le pasaba el enojo y se le amansaba el calor de la ira y dolor del
-corazón; porque con la rabia no dudaba que de sí y de su mujer hiciese
-algún mal recado. Así que yo, enojado de lo que había acaecido en su
-convite, torneme a mi casa.
-
-Diciendo esto el tahonero, su mujer reprendía con muy malas palabras a
-la mujer de aquel pelaire, diciendo que era una mala mujer, sin fe y
-sin vergüenza, deshonra de todas las mujeres; que pospuesta su honra y
-bondad, menospreciando la honra de su marido y casa, la había ensuciado
-y deshonrado, por donde había perdido nombre de casada, y tomado fama
-de burdelera; y aun añadía encima de esto, que tales hembras merecían
-ser quemadas. Pero ella, instigada y amonestada de la llaga que sentía,
-y de su mala y su sucia conciencia, queriendo librar a su enamorado de
-la pena que tenía debajo de la artesa, ahincaba mucho a su marido que
-se fuese a acostar temprano. Él, como le habían atajado la cena en casa
-de su amigo, por no irse a dormir ayuno y sin cenar, demandó a la mujer
-que le pusiese la mesa.
-
-Ella, aunque contra su voluntad, porque estaba para otro guisada,
-púsosela delante muy de prisa y de mala gana. A mí se me quería
-arrancar el corazón y las entrañas, habiendo visto la maldad pasada
-que hizo, y la traición presente de tan mala mujer; y pensaba entre mí
-cómo, descubriendo aquel engaño y maldad, podría ayudar a mi señor, y
-aquel que estaba como galápago debajo de la artesa, para que todos lo
-viesen.
-
-Estando con pena en esto, la fortuna lo hubo de proveer, porque un
-viejo, cojo, que tenía cargo de dar pienso a las bestias, siendo la
-hora de llevarnos a beber, saconos a todos juntos; lo cual me dio causa
-muy oportuna para vengar aquella injuria. Así que, pasando cerca de la
-artesa, vi como era angosta y tenía de fuera los dedos de la mano, y
-púsele el pie encima, apretando tan reciamente, que le desmenucé los
-dedos.
-
-El adúltero, con gran dolor, dio grandes voces, y echó de sí la artesa,
-de manera que quedó descubierto a todos, y fue entendida la maldad que
-aquella mala mujer hacía.
-
-El tahonero, cuando esto vio, no se curó mucho por el daño de la
-honestidad de su mujer, antes con el gesto sereno y alegre, comenzó a
-hablar al mozo, que estaba amarillo y temeroso de la muerte, de esta
-manera:
-
---No temas, hijo, que de mí te venga mal ninguno, ni tampoco te acusaré
-para que te degüellen por el rigor de la ley de los adúlteros, pues
-eres tan lindo y hermoso mancebo. Mas, cierto, yo te trataré igualmente
-con mi mujer, no te apartaré de mi heredad, mas comúnmente partiré
-contigo; y sin ninguna división, todos tres moraremos en uno; porque
-siempre yo viví con mi mujer en tanta concordia, que, según sentencia
-de los sabios, siempre una cosa agradó a entrambos. Por tanto, yo te
-quiero hacer muy bien curar de la mano que tienes maltratada.
-
-Con estos halagos burlando, llevó al mozo a su cámara, aunque él no
-quiso, y a la buena de su mujer encerrola en otro aposento.
-
-Otro día de mañana llamó a dos valientes mancebos sus criados, y
-mandó tomar al mozo y azotarlo muy bien en las nalgas con un azote,
-diciéndole:
-
---Pues que tú eres tan blando y tierno, y tan muchacho; ¿por qué
-engañas a las mujeres y andas tras las casadas, rompiendo los
-matrimonios, y tomando para ti, muy temprano, nombre de adúltero?
-
-Diciéndole estas palabras y otras muchas, y habiéndolo muy bien
-azotado, echolo fuera de casa. Aquel valiente y esforzado enamorado,
-cuando se vio en libertad que él no esperaba, aunque llevaba las nalgas
-blandas, bien azotadas, llorando de noche y de día, huyó.
-
-El tahonero dio carta de quita a la mujer, y luego la echó de casa.
-
-Ella, cuando se vio desechaba del marido y fuera de su casa, y que no
-comía ni bebía de lo puro, como solía, ni tenía qué dar ni mandar,
-viéndose afrentada y maltratada, con vida triste y amarga, con su
-malicia y natural inclinación, tornose al marido con sus maldades,
-y armose de las artes que comúnmente usan las mujeres, y con mucha
-diligencia buscó una mala vieja hechicera, que con sus maleficios y
-hechizos se creía que haría todo lo que quisiese. A esta vieja dio
-muchas dádivas, prometiéndole otras mayores, y le rogó mucho que
-hiciese por ella una de dos cosas: o que amansase a su marido y se
-reconciliase con él, o si aquello no pudiese acabar, que enviase algún
-fantasma o algún diablo que le atormentase el espíritu.
-
-Entonces aquella hechicera comenzó a invocar los demonios, y hacer
-cuanto pudo por tornar el corazón del marido al amor de su mujer;
-mas esto no sucedió como ella quería, por lo cual se enojó contra
-los diablos, porque demás de hacerle perder la ganancia que ya le
-habían prometido, parecía que la menospreciaban, y comenzó a hacer su
-arte contra la cabeza del mezquino del marido, para lo cual llamó el
-espíritu de una mujer muerta a hierro, que le viniese a asombrar o
-matar.
-
-Aquí, por ventura, tú, lector escrupuloso, reprenderás lo que yo digo,
-y dirás así: Tú, asno malicioso, ¿dónde pudiste saber lo que afirmas y
-cuentas que hablaban aquellas mujeres en secreto, estando tú ligado a
-la piedra de la tahona y tapados los ojos?
-
-A esto respondo: Oye ahora, hombre curioso, en qué manera, teniendo yo
-forma de asno, conocí y vi todo lo que se hacía en daño de mi amo:
-
-Un día casi a mediodía, súbitamente, cerca de la tahona, pareció una
-mujer muy fea y disforme, vestida de muy sucio y vilísimo hábito, los
-pies descalzos, flaca y muy amarilla, los cabellos medio canos, llenos
-de ceniza y desgreñada, colgando las greñas ante los ojos. Esta mujer
-diablo echó mano del tahonero, como que le quería hablar secreto, y
-llevolo a su cámara, y cerrada la puerta, tardaba mucho, y como ya se
-acababa de moler todo el trigo que estaba en las tolvas, los mozos
-tenían necesidad de pedir más, y fueron a la puerta del palacio, que
-estaba cerrada por dentro, y llamaron a su señor, que viniese a dar
-trigo, y como nadie les respondía, comenzaron a dar golpes a la puerta
-recio, y como estaba fuertemente cerrada, sospechando algún mal, con
-una palanca arrancaron la puerta.
-
-Cuando entraron dentro, la mujer no pareció; pero hallaron a su señor
-ahorcado de una viga del aposento, el cual descolgaron con muchos
-llantos. Hechas sus obsequias, lleváronlo a enterrar.
-
-Otro día vino una su hija de otro lugar, donde era casada, mesándose y
-dándose puñadas en los pechos, la cual sabía de la desdicha que había
-acontecido a su padre, sin que persona se lo hubiese dicho; mas en
-sueños le había aparecido el espíritu de su padre muy lloroso, atada
-la soga a la garganta, y le contó toda la maldad y traición de su
-madrastra, del adulterio que le acometía, de los hechizos, y de cómo lo
-hizo descender a los infiernos, endemoniado; la cual, como se fatigaba
-mucho llorando y gimiendo, los familiares de casa la consolaron e
-hicieron que diesen espacio a su corazón y al dolor.
-
-Después, pasados los nueve días, hechos todos los oficios al difunto,
-sacaron a vender en almoneda toda la ropa y bestias como bienes de
-herencia.
-
-
-V.
-
- Cómo Lucio cuenta que lo vendieron a un hortelano, y de sus miserias,
- y lo que acaeció con un caballero.
-
-A mí, desventurado y mezquino, me compró en aquella almoneda un
-hortelano por cincuenta dineros, el cual decía que era gran precio; mas
-que me había comprado tan caro por buscar de comer para sí y para mí.
-
-El tiempo y razón demandan que yo cuente la manera de mi servicio,
-la cual era esta. Aquel mi amo que me había comprado, acostumbraba
-bien de mañana, cargado de coles y hortaliza, ir a la ciudad que allí
-cerca estaba, y después que había vendido su mercadería, cabalgaba
-encima de mí y tornábase a su huerta. Entretanto que él, corcovado,
-andaba cavando y regando su huerta, yo me recreaba a todo mi placer y
-descansaba callando, que en otra cosa no entendía.
-
-Así pasaba mi triste vida, contentándome con la alegre vista de la
-huerta, porque como era verano era cosa placentera.
-
-Mas no quiso mi cruel fortuna que en esta huerta hubiese rosas
-para tornar a ser hombre con ellas, por ser parte donde muy bien lo
-pudiera hacer. Viniendo el invierno, tempestuoso y revuelto el signo
-de Capricornio, llovía continuamente y nevaba, y yo, triste, estaba
-encerrado en un establo sin techo y debajo del cielo, atormentado con
-el continuo frío. Pero ¿cómo no estaría yo así, pues que mi señor era
-tan pobre que no solamente no me podía dar alguna enjalma, o siquiera
-un poco de tejado, mas aun para sí no lo tenía, que con la sombra de
-ramas de una choza, donde moraba, era contento?
-
-Demás de esto, en las mañanas hollaba aquel lodo frío y aquellos
-carámbanos helados, con los pies descalzos, y aun no podía henchir su
-vientre siquiera de los manjares acostumbrados, porque igual era la
-cena a mí y a mi amo, que cierto no había diferencia; pero eran bien
-pocas hojas de lechugas viejas sin sabor, o aquellas que de mucha vejez
-están espigadas de la simiente, tan altas como escobas, que ya el zumo
-de ellas se había tornado como carcoma desabrida y amarga.
-
-Viniendo un día mi amo de la ciudad de vender unas coles, encima de mí,
-he aquí un hombre de buena disposición, y según mostraba su hábito y
-gesto, debía de ser hombre de armas de alguna hueste, nos encontró en
-el camino y preguntó con una palabra muy soberbia y arrogante:
-
---¿A dónde llevas aquel asno vacío?
-
-Mi amo no entendió su lenguaje, que era romano o latino, y bajada la
-cabeza, pasó adelante.
-
-El caballero, cuando esto vio, no pudo sufrir su acostumbrada soberbia,
-y enojado por su callar, como si le hubiera hecho una grande injuria,
-diole de palos con un sarmiento que en la mano traía, y juntamente le
-echó de encima de mí, dando con él en tierra.
-
-Entonces el pobre hortelano le respondió humildemente, diciendo que por
-no saber la lengua no podía saber ni entender lo que había dicho.
-
-El caballero, con enojo, tornole a decir:
-
---Pues dime, ¿dónde llevas este asno?
-
-El hortelano respondió que iba a aquella ciudad que allí cerca estaba.
-
-El caballero dijo:
-
---Pues yo he menester este asno, porque ha de traer, con otras
-acémilas, unas cargas de nuestro capitán, que aquí cerca esté.
-
-Y luego echó la mano y arrebatome por el cabestro, y comenzome a llevar.
-
-El hortelano, estando limpiando la sangre que de su cabeza le corría
-de una descalabradura que le había hecho con el sarmiento, rogábale
-otra vez que tratase bien y mansamente al compañero, lo cual le
-pedía diciendo que así Dios le prosperase e hiciese victorioso; y
-asimismo decía que aquel asnillo era perezoso, y demás de esto tenía
-una abominable enfermedad, que era gota coral, y que a mala vez
-acostumbraba traer de cerca de allí unos pocos de manojos de berzas, y
-cuando llegaba con ellos, ya no podía resollar; cuanto más para gran
-carga, que en ninguna manera pertenecía para ello.
-
-Pero desde que el hortelano vio que por ningún ruego se amansaba el
-caballero, antes veía que se ensoberbecía más, y algunas veces alzaba
-la mano para darle, buscó un último remedio: fingiendo de quererle
-besar las rodillas para conmoverle a misericordia, y estando así bajado
-y encorvado, arrebatolo por entrambos los pies, y alzándolo arriba, dio
-con él un gran golpe en tierra, y luego saltó encima y diole muchas
-puñadas, y con una piedra que allí halló le sacudió muy bien en la
-cabeza y en las manos y brazos, de manera que lo aturdió y descalabró
-en muchas partes.
-
-El caballero, con la súbita caída y mucha presteza del hortelano, no
-tuvo lugar de pelear; solamente gritando amenazaba al hortelano que
-lo había de matar, lo cual, oído por él, de nuevo le tornó a dar más
-crueles heridas.
-
-Estando el pobre caballero así maltratado y tendido en tierra, no
-hallando ningún remedio a su salud y vida, determinó de hacerse el
-muerto, y así lo hizo.
-
-Entonces el hortelano, que así lo vio, tomándole la espada, cabalgó
-encima de mí cuanto más aprisa pudo, y acogiose a la ciudad, no curando
-de ir a ver su huerta, y fuese a casa de un amigo suyo, al cual,
-contándole todo como había pasado, le rogó que le ayudase en aquel
-peligro en que estaba y que lo escondiese a él y a su asno hasta que
-pasase el ímpetu de la pesquisa que la justicia había de hacer.
-
-Aquel su amigo, no olvidando la ley de la amistad, recibiolo de buena
-gana, y a mí, atados los pies y manos, subiéronme por una escalera y
-metiéronme en un aposento. Al hortelano metiéronlo en una canasta con
-su tapadera encima.
-
-El caballero, según que después supe, como quien se levanta de una
-gran embriaguez, medio trompicado, como mejor pudo llegó a la ciudad,
-y confuso de su poco poder y fuerza, no osó decir cosa alguna a
-la justicia; pero callando y tragando su injuria, halló a ciertos
-compañeros suyos y contoles esta su fatiga y pena, a los cuales pareció
-que él se debía esconder y no descubrirse a nadie, porque demás de
-la injuria que había recibido, que era infame y baja, había de temer
-el juramento que había hecho de la caballería, que le fuese acusado
-por haber perdido su espada, y que ellos, como ya tenían señas de
-nosotros, pondrían mucha diligencia en buscarnos para su venganza.
-
-No faltó un traidor vecino suyo que luego descubrió que estábamos allí
-escondidos.
-
-Entonces aquellos sus compañeros fuéronse a la justicia, y mintiendo,
-dijeron que habían perdido en el camino una capa rica y de mucho precio
-de su capitán, y que la había hallado un hortelano, el cual no se la
-quería restituir, por lo cual estaba escondido en casa de un su amigo.
-
-Entonces los alcaldes, viendo la querella y el robo que le decían ser
-hecho al capitán, vinieron a las puertas de nuestra posada, y dijeron a
-nuestro huésped que aquel que tenía escondido dentro en su casa, pues
-sabían que era ladrón, que luego le entregase antes que incurriese en
-pena de su propia cabeza; pero el amigo no se espantó, antes procurando
-la salud de aquel que había recibido en su protección y amparo, no dijo
-cosa de nosotros, sino que había muchos días que a tal hombre no había
-visto.
-
-Los escuderos porfiaban lo contrario, jurando por vida del Emperador
-que allí estaba escondido, y no en otro lugar alguno.
-
-Finalmente, que los alcaldes acordaron de mandar buscarlo, y dijeron a
-un alguacil que entrase a buscarlo, el cual brevemente revolvió la casa
-y dijo a los alcaldes que no hallaba tal hombre.
-
-Entonces fue mayor la porfía entre los escuderos, diciendo que sabían
-por muy cierto que nosotros estábamos allí, y protestaban por el ayuda
-y favor del Emperador.
-
-El amigo nuestro negaba, jurando por los dioses que tal hombre no
-estaba en su casa.
-
-Yo, cuando oí la porfía y voces que daban, como era asno curioso, deseé
-saber lo que pasaba; como bajé la cabeza por una ventanilla que allí
-estaba, por ver qué cosa era aquel tumulto y voces que daban, uno de
-aquellos escuderos acaso alzó los ojos a mi sombra, que daba abajo,
-y como me vio, díjolo a todos, y luego levantaron un gran clamor y
-vocería, riéndose de cómo me vieron arriba en la ventana, y luego me
-hicieron bajar y tomáronme por perdido, como esclavo cautivo. Y luego,
-buscando bien la casa, hallaron el mezquino hortelano metido en la
-cesta, al cual llevaron a la cárcel para darle la pena que merecía. Y
-en todo esto nunca dejaron de burlar con gran risa de mi asomada a la
-ventana, de donde nació aquel muy usado refrán de «la mirada y sombra
-del asno».
-
-
-
-
-LIBRO X.
-
-ARGUMENTO.
-
-En este libro se contiene cómo el caballero llevó al asno a una
-ciudad, adonde aconteció una notable cosa de una mujer que requirió
-de amores a un su entenado. -- Y de cómo fue vendido el asno a dos
-hermanos, uno cocinero y otro pastelero de un señor, a los cuales él
-comía los manjares, y de la buena vida que tuvo con el señor, adonde
-cuenta muchas cosas graciosas y de pasatiempo, y de un teatro que se
-hizo, en que se representó el _Juicio de Paris_ con las tres diosas, y
-finalmente cómo el asno huyó.
-
-
-I.
-
- Cómo el asno fue llevado por el caballero a una ciudad, y de un
- extraño caso que allí aconteció.
-
-Otro día siguiente, no sé qué fue ni qué hicieron de mi amo el
-hortelano; pero aquel caballero que por su gran soberbia y tiranía fue
-muy bien aporreado, quitome de la casa y llevome a la suya sin que
-nadie se lo contradijese. Después me cargó de sus alhajas, que eran
-cosas de soldados.
-
-Yo iba alegre y galán, porque resplandecía con un yelmo muy luciente
-y un escudo grande y hermoso y una pica muy fuerte y aguda, la cual
-había puesto con mucha diligencia encima de la carga, de la manera que
-los soldados la llevan enristrada, lo cual él no hacía tanto por causa
-que fuese bien puesta, cuanto por espantar a los pobres caminantes que
-encontrase.
-
-Después que pasamos aquellos campos, no con mucho trabajo, por el
-camino llano llegamos a una ciudad pequeña, adonde fuimos a posar
-a casa de un capitán de peones, su amigo, y luego, como llegamos,
-encomendome a una esclava, y él se fue a visitar a su capitán.
-
-Después de algunos días que allí estábamos, en los cuales yo tenía
-buena vida, aconteció una cosa fuera de toda razón y espantable, la
-cual, porque vosotros también sepáis, acordé poner en este libro.
-
-Aquel curioso capitán, señor de esta posada, tenía un hijo mancebo,
-buen letrado y virtuoso, adornado de toda modestia y piedad.
-
-Muerta la madre mucho tiempo había, su padre se casó segunda vez y
-de esta segunda mujer tenía otro hijo que pasaba de doce años. La
-madrastra, como era rica y viciosa, no mirando a su honor, puso los
-ojos en su entenado.
-
-Ahora tú, buen lector, has de saber que no lees fábulas de cosas bajas,
-sino tragedia de altos y grandes hechos, y que has de subir de comedia
-a tragedia.
-
-Aquella mujer, en cuanto el amor se iba arraigando en su pecho,
-resistía y disimulaba a sus llamas; pero después que el cruel amor tomó
-posesión en sus entrañas, no pudiéndolo resistir, determinó hacerse
-enferma en cama para por este medio alcanzar lo que deseaba, diciendo
-que era dolor del corazón.
-
-Ninguno hay que no entienda que la persona doliente luego muestra
-señales claras de su mal: la flaqueza y color amarillo de la cara,
-los ojos marchitos, las piernas cansadas, el reposo sin sueño, grandes
-suspiros y luengos, con grandes fatigas.
-
-Quien quiera que viera a esta dueña, no creyera que estaba atormentada
-de ardientes fiebres, sino que lloraba. ¡Guay del seso e ingenio de
-los médicos! ¿Qué cosa es la vena o el pulso, o la poca templanza del
-calor? ¿Qué es la fatiga del resuello y las vueltas continuas de un
-lado a otro sin reposo? ¡Oh buen Dios, qué fácilmente se descubre el
-mal del amor, no solamente al médico, que es letrado, pero a cualquier
-hombre discreto, especialmente cuando veis a alguno arder sin tener
-calor en el cuerpo!
-
-Así ella, reciamente fatigada con la poca paciencia del amor, rompió el
-silencio de lo que callaba mucho tiempo había, y envió a llamar a su
-hijo, el cual nombre de hijo ella de buena gana rayara y quitara por no
-haber vergüenza del mismo.
-
-El mancebo no tardó en obedecer el mandamiento de su madre enferma, y
-con el gesto triste y honesto entró en la cámara para servirla en todo
-lo que mandase. Pero ella, fatigada de un gran dolor, estaba en mucha
-duda entre sí, pensando si se descubriría, por dónde le entraría y qué
-palabras le diría, y en esto estuvo suspensa un rato.
-
-El mancebo, que ninguna cosa sospechaba, bajados los ojos, le preguntó
-qué era la causa de su presente enfermedad.
-
-Entonces ella, hallando ocasión muy dañosa, que es la soledad, tomó
-osadía para decirle su pena, y llorando reciamente y temblando, le
-comenzó a hablar de esta manera:
-
---La causa y principio de este mi presente mal, y aun la medicina para
-él y toda mi salud y remedio, tú solo eres, porque esos tus ojos, que
-entraron por los míos a lo íntimo de mis entrañas, mueven un cruel
-encendimiento en mi corazón, por lo cual te ruego que hayas mancilla
-de quien por ti muere, y no te espantes que pecas contra tu padre, mas
-antes entiende que libras a su mujer de la muerte. Ahora tienes tiempo,
-pues estamos solos para cumplir mis deseos a tu voluntad, porque lo que
-nadie sabe no se puede decir que es hecho.
-
-El mancebo, cuando esto oyó, turbado de tan repentino mal, aunque
-se espantase y aborreciese tan gran crimen, no le pareció bien
-desengañarla luego con palabras ásperas, antes tuvo por mejor de
-amansarla con dilación cautelosa; y así le respondió alegremente, que
-se esforzarse y curase de sí, hasta que su padre se fuese a alguna
-parte, y viniese tiempo libre para su placer.
-
-Diciendo esto, apartose de la mortal vista de su madrastra; y viendo
-que una traición tamaña, como ella pedía que se hiciese, había menester
-mayor consejo que el suyo, platicó el negocio con un viejo ayo suyo,
-hombre muy prudente, al cual no pareció otro mejor consejo, sino que el
-mancebo se fuese de casa lejos, por escapar de la tempestad de la cruel
-fortuna.
-
-Pero la madrastra, como no tenía paciencia para esperar, persuadió
-a su marido con maravillosas artes y palabras, que luego se fuese a
-unas aldeas que estaban bien lejos de allí. Lo cual hecho, ella con su
-locura apresurada, viendo que había lugar para su esperanza, demandole
-con mucha instancia que cumpliese con ella lo que había prometido. Pero
-el mancebo excusábase, diciendo ahora una cosa, ahora otra; apartándose
-de su abominable vista cuanto podía, hasta tanto que, conociendo ella
-claramente que le negaba la promesa, prestamente se le mudó su nefando
-amor en odio mortal. Y llamando a un esclavo suyo muy malo y aparejado
-para toda maldad, comunicó con él todo este negocio y pensamiento
-malvado que ella tenía; lo cual entre ellos platicado, hallaron por
-bueno que lo matasen con ponzoña. Y luego envió al esclavo a comprar la
-ponzoña, la cual traída, mezcláronla en un vaso con vino.
-
-En tanto que la malvada hembra y su esclavo deliberaban entre sí la
-oportunidad y tiempo para podérselo dar, acaso el hermano menor, hijo
-propio de la mala mujer, viniendo de la escuela a la hora de comer,
-teniendo sed, bebió de aquel veneno que allí halló, no sabiendo la
-ponzoña y engaño escondido que allí dentro estaba; y después que hubo
-bebido la muerte que estaba aparejada para su hermano, súbitamente cayó
-en tierra sin ánimo.
-
-Los familiares de casa, que esto vieron, comenzaron a dar grandes
-gritos, y alborotados todos de tan repentino caso, llamaron prestamente
-a la madre, la cual, como estaba dañada, como mala hembra, ejemplo
-único de la malicia de las madrastras, no conmovida por la muerte de
-su hijo, por el parricidio que ella misma había causado, ni por la
-desdicha de su casa, ni por el enojo que de ello su marido había de
-tener, ni por la fatiga del enterramiento del hijo, procuró venganza
-muy presta, por donde causó daño para su casa. Así que muy presto
-despachó un mensajero que fuese a su marido y le contase la muerte de
-su hijo.
-
-Cuando el marido oyó estas nuevas tornose del camino, y entrando en
-casa, luego ella, con gran temeridad y audacia, comenzó a acusar y
-decir que su hijo era muerto con la ponzoña del entenado; y en esto no
-mentía ella, porque el muchacho era muerto con la ponzoña que estaba
-aparejada para el mancebo; pero ella fingía que su hijo era muerto
-por maldad del entenado, a causa que ella no quiso consentir en su
-malvada voluntad, con la cual había tentado de forzarla; y no contenta
-con estas tan grandes mentiras, añadía más, que porque ella había
-descubierto esta traición, él la amenazaba de matarla con un puñal.
-
-Entonces, el desventurado marido fue lleno de gran saña contra su hijo,
-así por la traición que le quería hacer, como por la arrebatada muerte
-del hijo que presente tenía; de manera que deliberó de hacer morir a
-su hijo por justicia. Y como hubo enterrado el hijo, luego se fue a
-los alcaldes, y les hizo saber la maldad que su hijo había cometido,
-diciendo que había cometido pecado de incesto en acometer a su madre,
-y que era homicida en la muerte de su hermano, y no contento con esto,
-amenazaba a la madre que la había de matar.
-
-Esto decía el viejo llorando muy piadosamente, y con su lloro conmovió
-a los alcaldes; los cuales llamaron luego un pregonero para que llamase
-las partes a juicio. Vino el acusador y el reo por llamamiento del
-pregonero; y asimismo fueron amonestados los abogados de la causa,
-según la costumbre del Senado y leyes de Atenas, que no curasen de
-hacer dilaciones, ni conmoviesen a los presentes con sus proemios.
-Estas cosas en esta manera pasadas supe yo, porque las oía a muchos
-que hablaban en ello; pero cuántas alteraciones hubo de una parte a
-otra, y con qué palabras el acusador decía contra el reo, se defendía
-y deshacía su acusación; y estando yo ausente atado al pesebre, no lo
-pude bien saber por entero, ni las preguntas ni respuestas, y otras
-palabras que entre ellos pasaron, y por esto no os podré contar lo que
-yo no supe; pero sí lo que hoy quise escribir en este libro.
-
-
-II.
-
- Cómo por industria de un senador antiguo fue descubierta la maldad de
- la madrastra, y libre el mancebo.
-
-Después que fue acabada la contención entre ellos, plugo a los jueces
-buscar la verdad de este crimen por cierta manera, y no dar tanto
-lugar a la sospecha que del mancebo se tenía. Y mandaron que fuese
-traído allí aquel esclavo diligente que afirmaba que él solo sabía
-aquel negocio cómo había pasado, y venido aquel bellaco ahorcadizo,
-ningún empacho ni turbación tuvo ni de ver en caso de tan gran juicio,
-ni de aquel senado adonde tales personas estaban, o a lo menos de su
-conciencia culpada, que él sabía bien que lo que había fingido era
-falso, lo cual él afirmaba como cosa verdadera, diciendo de esta manera:
-
-Que aquel mancebo, muy enojado de su madrastra, lo había llamado y
-díchole que por vengar su injuria había muerto a su hijo de ella, y que
-le había prometido gran premio porque callase, y porque él dijo que no
-quería callar, el mancebo le amenazó que lo mataría, y que el dicho
-mancebo había destemplado con su propia mano la ponzoña, y la había
-dado al esclavo para que la diese a su hermano; pero él, temiendo tan
-gran mal, no la quiso dar al muchacho, y que en fin el mancebo con su
-propia mano se la había dado.
-
-Diciendo estas cosas que parecían tener apariencia de verdad, aquel
-azotado fingiendo miedo, acabose la audiencia. Lo cual oído por
-los jueces, ninguno quedó tan justo y tan derecho a la justicia del
-mancebo, que no le pronunciase ser culpado manifiestamente de este
-crimen, y como a tal lo debían meter en un cuero de lobo, y echarlo
-en el río como a parricida; y como ya las sentencias y votos de todos
-fuesen iguales, y estuviesen firmados de la mano de cada uno, para
-meterlos en un cántaro de cobre, de donde no se podía sacar después de
-una vez metidos, ni convenía mudar alguna cosa, porque la sentencia ya
-era dada en cosa bien vista, y no restaba otra cosa sino entregarlo al
-verdugo para que cumpliese la justicia, uno de aquellos senadores, el
-más viejo y de mejor conciencia, letrado y médico, puso la mano encima
-de la boca del cántaro, porque ninguno echase su voto dentro, y dijo a
-todos de esta manera:
-
---Yo me gozo y soy alegre de haber vivido tanto tiempo, que por mi
-edad vosotros, señores, me tengáis en alguna más reputación y cuenta,
-y por esto no consentiré que acusado el reo por falsos testigos, se
-haya de condenar por cruel homicidio, ni que vosotros seáis engañados
-por la mentira de un esclavo, porque cierto yo no veo con qué razón
-nosotros podemos juzgar a este mancebo. Oíd ahora, y sabed todos cómo
-pasa este negocio: Este ladrón, muy diligente vino a mí por comprar
-ponzoña que luego matase, y ofrecíame cien sueldos de oro por que se
-la diese, diciendo que la había menester para un enfermo que estaba
-muy fatigado con una enfermedad de hidropesía perpetua, de la cual
-no podía sanar, y deseaba morir brevemente por librarse del tormento
-que con la vida tenía. Yo, viendo que este esclavo parlaba mucho y
-decía cosas livianas, no satisfaciéndome, antes siendo cierto que
-él procuraba alguna traición, acordé de darle, no ponzoña, mas otra
-poción soñolienta de mandrágora, que es muy famosa para hacer dormir
-gravemente, y da un sueño semejante a la muerte; por tanto, si es
-verdad que el muchacho bebió aquella confección que por mis manos fue
-hecha, él es vivo, y reposa con gran sueño, y en acabando de consumirse
-el potente humor de la mandrágora, despertará tan sano como antes. Y si
-él es verdaderamente muerto, o verdaderamente le mataron, yo no sé de
-eso.
-
-En esta manera hablando aquel viejo, plugo a todos lo que decía, y
-fueron luego a mucha prisa al sepulcro donde estaba el cuerpo de aquel
-muchacho; que casi ninguno de los jueces ni de los principales de la
-ciudad, ni aun tampoco de los del pueblo, quedó que no viniese allí por
-ver aquel milagro.
-
-Su padre, muy diligente, con sus propias manos alzó la cobertera de
-la tumba y halló a su hijo que ya comenzaba a querer levantarse, y
-abrazándole y besándole, enseñolo al pueblo, y así como estaba lo
-llevaron a casa de la justicia.
-
-Así que en esta manera descubierta la maldad de la mala mujer y
-del bellaco del esclavo, fue pronunciada sentencia, que ella fuese
-desterrada y el esclavo ahorcado, lo que luego se cumplió.
-
-Y a aquel viejo senador, que tanta prudencia tuvo en dar aquel brebaje
-de mandrágora, y en descubrir el negocio en tal tiempo, diéronle cien
-sueldos de oro por tan buen servicio.
-
-
-III.
-
- Cómo el asno fue vendido a un cocinero y a un panadero, que eran
- hermanos, y de la buena vida que tenía, donde pasó cosas de mucho
- gusto.
-
-Aquel caballero que me hubo de buen lance, húbose de partir para Roma,
-por mandado de su capitán, a llevar ciertas cartas a su general, y ante
-que se partiese me vendió a dos hermanos, sus vecinos, por once dineros.
-
-Estos tenían un señor rico, y el uno de ellos era panadero, que hacía
-pan y pasteles, y fruta de sartén y otros manjares. El otro, cocinero,
-que hacía manjares muy sabrosos y delicados.
-
-Estos dos hermanos moraban ambos en una casa, y compráronme para
-traer platos y escudillas, y lo que era necesario para su oficio, de
-manera que yo fui llamado como un tercer compañero entre aquellos dos
-hermanos, para andar por las aldeas de aquel caballero, y traer todo lo
-que era menester para su cocina, y otras muchas cosas. Y ciertamente,
-en ningún tiempo experimenté tan mansa mi adversa fortuna, porque a la
-noche después de aquellas muy abundantes cenas, y sus esplendidísimos
-aparatos, mis amos acostumbraban a traer a su casilla muchas partes
-de aquellos manjares. El cocinero traía grandes pedazos de puerco, de
-pollo y otras carnes, pescados, y otras muchas maneras de comer. El
-panadero traía pan y pedazos de pasteles, y muchas frutas de sartén,
-así como juncadas y pestiños, mazapanes y otras cosas de azúcar y
-miel, lo cual todo dejaban encerrado en su aposento, y se iban a lavar
-al baño. En tanto yo comía y tragaba a mi placer de aquellos sabrosos y
-delicados manjares que Dios me daba, porque tampoco yo no era tan loco
-y verdadero asno que, dejados aquellos tan dulces y costosos manjares,
-cenase heno áspero y duro.
-
-Esta manera y maña de comer a hurto me duró algunos días, porque
-comía poco y con miedo, y como de muchos manjares comía lo menos, no
-sospechaban ellos engaño ninguno en el asno; pero después que yo tomé
-mayor atrevimiento en el comer, tragaba lo más principal y mejor de lo
-que allí estaba, y como yo escogía siempre lo mejor y más preciado, no
-pequeña sospecha entró en los corazones de los hermanos, los cuales,
-aunque de mí no creyesen tal cosa, todavía con el daño cotidiano, con
-mucha diligencia procuraban de saber quién lo hacía. Finalmente, que
-ellos se acusaban uno a otro de aquella rapiña y fealdad, y desde
-adelante pusieron cuidado diligente y mayor guarda, contando los
-pedazos y partes que dejaban, y cómo siempre faltaba. Roto al fin el
-velo de la vergüenza, el uno al otro habló de esta manera:
-
---Por cierto ya esto ni es justo ni humano, menospreciar y disminuir
-cada día más la fe que está entre nosotros, hurtando lo principal que
-aquí queda, y aquello vendido escondidamente, acrecientas tu caudal, y
-aun de ese poco que queda, llevas tu parte igual; por tanto, si a ti
-no place nuestra compañía, podemos quedar hermanos en todas las otras
-cosas, y apartarnos de este vínculo de comunidad, porque según yo veo,
-este mal crece mucho, de donde nos puede venir gran discordia.
-
-El otro hermano le respondió:
-
---Por Dios que yo alabo este tu parecer, pues has querido prevenir a la
-querella de lo que hasta ahora es secretamente hurtado a entrambos, lo
-cual yo sufriendo muchos días entre mí mismo, me he quejado, porque no
-pareciese que reprendía a mi hermano de un hurto tan bajo como este;
-pero bien está, pues que nos hemos descubierto, para que por mí y por
-ti se busque el remedio de nuestro daño, y la envidia, procediendo
-mansamente, no nos traiga contenciones, como entre los dos hermanos
-Eteocles y Polinices, que el uno al otro se mataron.
-
-Estas y otras semejantes palabras dichas el uno al otro, juraron cada
-uno de ellos que ningún engaño ni hurto había hecho ni cometido; pero
-que debían por todas las vías artes que pudiesen buscar el ladrón que
-aquel común daño les hacía, porque no era de creer que el asno que allí
-solamente estaba se había de aficionar a comer tales manjares; pero
-que cada día faltaban los principales y más preciados manjares; demás
-de esto, en su cámara no había muy grandes ratones ni moscas, como
-fueron otro tiempo las arpías que robaban los manjares de Fineo, rey de
-Arcadia.
-
-Entretanto que ellos andaban en esto, yo, cebado de aquellas copiosas
-cenas, y bien gordo con los manjares de hombre, estaba redondo y
-lleno, y mi cuerpo ablandado con la hermosa grosura, y criado el pelo,
-que resplandecía; pero esta hermosura de mi cuerpo causó saberse el
-negocio, porque ellos, movidos de la grandeza y grosura no acostumbrada
-de mi cuerpo, y viendo que el heno y cebada que me echaban cada
-día quedaba allí sin tocar en ella, sospecharon de mí, y a la hora
-acostumbrada hicieron como que se iban al baño, y cerradas las puertas
-como solían, pusiéronse a mirar por una hendidura de la puerta y
-viéronme cómo estaba puesto con aquellos manjares.
-
-Ellos, no haciendo cosa de su daño, tornaron el enojo en muy gran risa;
-y llamando al otro hermano, y después a todos los servidores de casa,
-mostrábales la gula, digna de ponerse en memoria, de un asno perezoso.
-
-Finalmente, que tan gran risa y tan liberal tomó a todos, que vino a
-las orejas del señor, que por allí pasaba, el cual preguntó qué cosa
-era aquella de que tanto se reían, si estaban locos o mordidos de la
-tarántula.
-
-Y sabido el negocio que era, él también fue a mirar por el agujero,
-de que hubo gran placer, y tan gran risa le tomó, que le dolían las
-ingles; y abierto el aposento, púsose a mirar de más cerca.
-
-Yo, cuando esto vi, pareciome que veía próspera y amigable la cara de
-la fortuna, que en alguna manera ya más blandamente me favorecía, y
-ayudándome el gozo y placer de los que presentes estaban, ninguna cosa
-me turbaba, antes comía seguramente, hasta tanto que con la novedad de
-aquella vista, el señor de casa, muy alegremente, mandó lavar, y él
-mismo por sus manos me llevó a su sala, y puesta la mesa, mandome poner
-en ella todo género de manjares enteros, sin que nadie hubiese tocado
-en ellos. Yo, como quiera que ya estaba algún tanto harto de lo que
-había comido, pero deseando hacerme gracioso y grato al señor, y que él
-me tuviese en algo, comía de aquellos manjares como si estuviera muy
-hambriento.
-
-Ellos, por informarse bien si yo era manso, aquello que naturalmente
-aborrecen los asnos, eso me ponían delante, por si lo comía, así como
-carne adobada, gallinas y capones salpimentados, pescados en escabeche
-y otras muchas cosas.
-
-Entretanto que esto pasaba, había muy gran risa entre los convidados
-que allí estaban, y un truhan que allí había, dijo:
-
---Dad alguna cosa a este mi compañero.
-
-A lo cual respondió el señor, diciendo:
-
---Pues tú, ladrón, no has hablado neciamente, que muy bien puede ser
-que este nuestro convidado desee beber de buena gana de este vino.
-
-Y luego dijo a un paje:
-
---Daca aquella copa de oro e hínchela de vino y da de beber a mi
-truhan, y aun dile cómo yo bebí antes que él.
-
-Los convidados que estaban a la mesa estuvieron muy atentos esperando
-lo que había de pasar.
-
-Entonces yo, no espantado por cosa alguna, muy despacio y a mi placer,
-retorciendo el labio de abajo a manera de lengua, bebí toda aquella
-gran copa. Y luego, todos a una voz, con grande clamor me dijeron:
-
---Dios te dé salud, que tan bien lo has hecho.
-
-En fin, que aquel señor, lleno de gran placer y alegría, llamó a sus
-dos criados que me habían comprado, y mandoles dar por mí cuatro tantos
-más de lo en que me habían comprado, y a mí diome a otro su criado,
-haciéndole primero un gran sermón, encomendándome mucho, el cual me
-criaba y trataba asaz humanamente, como a un su compañero. Y porque
-su amo lo tuviese más acepto, procuraba cuanto podía darme placer con
-mis juegos. Y primeramente me enseñó a estar a la mesa sobre el codo;
-después también me enseñó a luchar y a saltar alzadas las manos. Y
-porque fuese cosa muy maravillosa, me enseñó a responder a las palabras
-por señales. En tal manera, que cuando no quería, meneaba la cabeza, y
-cuando algo quería, mostraba que me placía bajándola, y cuando había
-sed, miraba al copero, y haciendo señal con las pestañas, le demandaba
-de beber.
-
-Todas estas cosas fácilmente las aprendía y hacía, porque aunque nadie
-me las mostrara, las supiera muy bien hacer; pero temía que si por
-ventura, sin que nadie me enseñase, yo hiciese estas cosas como hombre
-humano, muchos, pensando que podría venir de esto algún cruel presagio
-o agüero, que como a monstruo y mal agorero me matarían y darían muy
-bien de comer conmigo a los buitres.
-
-
-IV.
-
- Cómo Lucio cuenta qué estado era el de su señor, y cómo partió para
- la ciudad de Corinto.
-
-Por todas partes corría ya la fama de cómo yo, con mis maravillosas
-artes y juegos, era muy placentero; por esta causa era mi señor muy
-afamado y acatado de todos. Cuando iba por la calle, decían:
-
---Este es el que tiene un asno que es compañero y convidado, que salta
-y lucha, y entiende las hablas de los hombres, y da a entender lo que
-quiere con señales que hace.
-
-Ahora lo demás que os quiero decir, aunque lo debiera hacer al
-principio; pero al menos relataré quién era este amo, el cual se
-llamaba Tiaso. Él era natural de la ciudad de Corinto, que es cabeza
-de toda la provincia de Acaya; según que la dignidad y majestad de su
-nacimiento lo demandaba, y de grado en grado, había tenido todos los
-oficios de honra de la ciudad, y ahora estaba nombrado para ser la
-quinta vez cónsul, y por que respondiese su nobleza al resplandor de
-tan gran oficio en que había de entrar, prometió dar al pueblo tres
-días fiestas y juegos de placer, extendiendo largamente su liberalidad
-y magnificencia. De manera que tanta gana tenía de la gloria y favor
-del pueblo, que hubo de ir a Tesalia a comprar bestias fieras, grandes
-y hermosas, y a traer muchas otras cosas de gran precio para regocijar
-al pueblo.
-
-Después que hubo a su placer comprado todas las cosas que había
-menester, aparejó de tornarse a su casa. Y menospreciadas aquellas
-ricas sillas en que lo traían, y dejados los carros ricos, unos
-cubiertos de toldo y otros descubiertos, que allí venían vacíos, y
-los traían aquellos caballos que nos seguían; y dejados asimismo
-los caballos de Tesalia, y otros palafrenes franceses, a los cuales
-el generoso linaje y crianza que de ellos sale, los hace ser muy
-estimados, venía con mucho amor encima de mí, trayéndome muy ataviado
-con guarnición dorada y cubierto de tapetes de muy fina seda y
-brocado y con freno de plata, y las cinchas labradas de seda muy
-artificialmente, y adornado con muchas campanillas y cascabeles de
-plata, que venían sonando, que en verdad yo no parecía asno, sino un
-potente dromedario, según que venía ancho.
-
-Después que hubimos caminado por la mar y por tierra, llegamos a
-Corinto, adonde nos salió a recibir gran compaña de la ciudad, los
-cuales, según que a mí me parecía, no salían tanto por hacer honra a
-mi señor, cuanto era deseando de verme a mí; porque tanta fama había
-allí de mí, que no poca ganancia hubo por mí aquel que me tenía en
-cargo. El cual, viendo que muchos tenían grande ansia deseando de ver
-mis juegos, cerraba las puertas y entraban uno a uno, y él, recibiendo
-dineros, no pocas sumas rapaba cada día.
-
-En aquel conventículo y ayuntamiento fue a verme una matrona, mujer
-rica y honrada, la cual, como los otros, mercó mi vista con su dinero;
-y con las muchas maneras de juegos que yo hacía, ella se deleitó y
-maravilló tanto, que poco a poco se enamoró maravillosamente de mí,
-y no tomando medicina ni remedio alguno para su loco amor y deseo,
-ardientemente deseaba echarse conmigo y ser otra Pasífae de asno, como
-fue la otra del toro; en fin, que ella concertó con aquel que me tenía
-a su cargo que la dejase echar una noche conmigo y que le daría gran
-precio por ello. Así que aquel bellaco, por que de mí le pudiese venir
-provecho, contento de su ganancia, prometióselo.
-
-Ya que habíamos cenado, partímonos de la sala de mi señor y hallamos
-aquella dueña que me estaba esperando en mi cámara.
-
-¡Oh Dios, qué bueno era aquel aparato! ¡Cuán rico y ataviado! Cuatro
-eunucos que allí tenía nos aparejaron luego la cama en el suelo con
-muchos cojines llenos de pluma delicada y muelle, que parecía que
-estaban hinchados de viento, y encima ropas de brocado y de púrpura,
-y encima de todo otros cojines más pequeños que los otros, con los
-cuales las mujeres delicadas acostumbraban sostener sus rostros y
-cervices. Y por que no impidiesen el placer y deseo de la señora con
-su larga tardanza, cerradas las puertas de la cámara se fueron luego;
-pero dentro quedaron velas de cera ardiendo resplandecientes, que nos
-esclarecían las tinieblas oscuras de la noche.
-
-Entonces ella, desnuda de sus vestiduras, y llegada cerca de la
-lumbre, sacó un botecillo de estaño y untose toda con bálsamo que allí
-traía, y a mí también me untó y fregó muy largamente; pero con mucha
-mayor diligencia me untó la boca y narices.
-
-[Latín: Tunc exosculata pressule, non qualia in lupanari solent basiola
-jactari, vel meretricum poscinummia, vel adventorum negotinummia, sed
-pura atque sincera instruit, et blandissimos affatus: Amo, et cupio,
-et te solum diligo, et sine te jam vivere nequeo: et cetera, quis
-mulieres et alios inducunt, et suas testantur affectiones. Capistroque
-me prehensum, more quo didiceram, declinat facile. Quippe quum nil
-novi nihilque difficile facturus mihi viderer; præsertim post tamtum
-temporis, tam formosæ mulieris cupientis amplexus obiturus. Nam et vino
-pulcherrimo atque copioso memet madefeceram; et unguento fragrantisimo
-prolubium libidinis suscitaram.]
-
-[Latín: Sed angebar plane non exili metu, reputans quemadmodum tantis
-tamque magnis cruribus possem delicatam matronam inscendere; vel tam
-lucida, tamque tenera et lacte ac melle confecta membra duris ungulis
-complecti: labiasque modicas ambrosio rore purpurantes tam amplo ore
-tamque enormi et saxeis dentibus deformis saviari: novissime, quo
-pacto quamquam ex unguiculis perpruriscens, mulier tam vastum genitale
-susciperet. Heu me, qui dirupta nobili femina, bestiis objectus,
-manus instructurus sim mei domini! Molles interdum voculas, et asidua
-savia, et dulces gannitus, commorsicantibus oculis, iterabat illa.
-Et in summa, Teneo te, inquit, teneo meum palumbulum, meum passerem.
-Et cum dicto, vanas fuisse cogitationes meas, ineptumque monstrat
-metum. Artisime namque complexa, totum me, prorsus sed totum recepit.
-Illa vero, quotiens ei parcens nates recellebam accedens totiens
-nisu rabido, et spinam prehendens meam, appliciore nexu inhærebat:
-ut Hercules etiam deesse mihi aliquid ad supplendam ejus libidinem
-crederem; nec Minotauri matrem frustra delectatam putarem adultero
-mugiente.]
-
- Nota de transcripción
-
- Los dos párrafos anteriores han sido puestos en latín por el editor,
- presumiblemente por su carácter explícito. La traducción que hizo de
- ellos López de Cortegana, en castellano del final del siglo XV, fue
- la siguiente:
-
- «Esto hecho besome muy apretadamente, no de la manera que suelen
- besar las mujeres que están en el burdel, u otras rameras de
- mandonas, o las que suelen recibir a los negociantes que vienen,
- sino pura y sinceramente sin engaño. Y dende comenzome a hablar muy
- blandamente, diciendo: Yo te amo, y te deseo, y a ti solo, y sin ti
- ya no puedo vivir: y semejantes cosas con que las mujeres atraen
- a otros, y les declaran sus aficiones y amor que les tienen. Así
- que tomome por el cabestro, y como ya sabía la costumbre de aquel
- negocio, fácilmente me hizo abajar. Mayormente que yo bien veía que
- en aquello ninguna cosa nueva ni difícil hacía, cuanto más a cabo de
- tanto tiempo que hubiese dicha de abrazar una mujer tan hermosa, y
- que tanto me deseaba. Demás de esto yo estaba harto de muy buen vino,
- y con aquel ungüento tan oloroso que me había untado, desperté mucho
- más el deseo y aparejo de la lujuria.
-
- »Verdad es que me fatigaba entre mí no con poco temor, pensando en
- qué manera un asno como yo podría abrazar con mis duras uñas, unos
- miembros tan blancos y tiernos hechos de miel y de leche: y también
- aquellos labios delgados, colorados como rocío de púrpura, había de
- tocar con una boca tan ancha y grande: y besarla con mis dientes
- disformes y grandes como de piedra. Finalmente que yo conocía que
- aquella dueña estaba encendida dende las uñas hasta los cabellos;
- guay de mí, que rompiendo una mujer hija dalgo como aquella, yo había
- de ser echado a las bestias bravas que me comiesen y despedazasen,
- y haría fiesta a mi señor. Ella entretanto tornaba a decir aquellas
- palabras blandas, besándome muchas veces y diciendo aquellos
- halagos dulces con los ojos amodorridos diciendo en suma: Téngote,
- mi palomino, mi pajarito: y diciendo esto mostró que mi miedo y mi
- pensamiento era muy necio. Tanto que por Dios yo creía que me faltaba
- algo para suplir su deseo, por lo cual yo pensaba que no de balde la
- madre del Minotauro se deleitaba con el toro su enamorado.»
-
-Ya que la noche trabajosa y muy velada era pasada, ella, escondiéndose
-de la luz del día, partiose de mañana, dejando acordado otro tanto
-precio para la noche venidera, lo cual aquel mi maestro concedió de su
-propia gana sin mucha dificultad por dos cosas: lo uno por la ganancia
-que a mi causa recibía; lo otro, por aparejar nueva fiesta para mi
-señor. En fin, que sin tardanza ninguna le descubrió todo el aparato
-del negocio y en qué manera había pasado.
-
-Cuando él oyó esto, hizo mercedes magníficamente a aquel su criado, y
-mandó que él me aparejase para hacer aquello en una fiesta pública.
-
-
-V.
-
- Cómo se buscaba a una mujer que estaba condenada o muerte, para que
- en unas fiestas tuviese acceso con el asno en el teatro público, y
- cuenta el delito que había cometido aquella mujer.
-
-Porque aquella buena de mi mujer, por ser de linaje y honrada, ni
-tampoco otra alguna se pudo hallar para aquello, buscose una de baja
-condición por gran precio (la cual estaba condenada por sentencia de
-la justicia, para ser echada a las bestias), para que públicamente,
-delante del pueblo, en el teatro, se echase conmigo; de la cual yo supe
-esta historia:
-
-Aquella mujer tenía un marido, el padre del cual, partiéndose a otra
-tierra muy lejos, dejaba preñada a su mujer, madre de aquel mancebo, y
-mandole que si pariese hija, que luego que fuese nacida la matase.
-
-Ella parió una hija, y por lo que el marido le había mandado, habiendo
-piedad de la niña, como las madres la tienen de sus hijos, no quiso
-cumplir aquello que su marido le dijo, y dióla a criar a un vecino.
-
-Después que tornó el marido, díjole como había muerto a una hija que
-parió. Pero después que ya la moza estaba para casar, la madre no la
-podía dotar sin que el marido lo supiese, y lo que pudo hacer fue que
-descubrió el secreto a aquel mancebo hijo suyo, porque temía quizá por
-ventura no se enamorase de la moza, y con el calor de la juventud, no
-sabiéndolo, incurriese en mal caso con su hermana, que tampoco lo sabía.
-
-Mas aquel mancebo, que era hombre de noble condición, puso en obra lo
-que su madre le mandaba y lo que a su hermana cumplía, y guardando
-mucho el secreto, por la honra de la casa de su padre, y mostrando de
-parte de fuera una humanidad común entre los buenos, quiso satisfacer
-a lo que era obligado a su sangre, diciendo que por ser aquella moza
-su vecina desconsolada y apartada de la ayuda y favor de sus padres,
-la quería recibir en su casa so su amparo y tutela, porque la quería
-dotar de su propia hacienda y casarla con un compañero muy su amigo y
-allegado.
-
-Pero estas cosas, así con mucha nobleza y bondad bien dispuestos no
-pudieron huir de la mortal envidia de la fortuna; por disposición de
-la cual, luego los crueles celos entraron en la casa del mancebo, y
-luego la mujer de aquel mancebo, que ahora estaba condenada a ser
-echada a las bestias por aquellos males que hizo, comenzó primeramente
-a sospechar contra la moza que era su combleza y que se echaba con su
-marido, y por esto decía mal de ella. De aquí se puso en acecharlos por
-todos los lazos de la muerte.
-
-Finalmente, que inventó y pensó su traición y maldad de esta manera:
-
-Esta mujer hurtó a su marido el anillo y fuese a la aldea donde tenía
-sus heredades, y envió a un esclavo suyo que le era muy fiel, aunque
-él merecía mal por la fe que le tenía, para que dijese a la moza que
-aquel mancebo, su marido, la llamaba que viniese luego allí a la aldea,
-adonde él estaba, añadiendo a esto que muy prestamente viniese sola y
-sin ningún compañero, y por que no hubiese causa para tardarse, dio el
-anillo que había hurtado a su marido, el cual, como lo mostrase ella,
-daría fe a sus palabras. El esclavo hizo lo que su señora le mandaba, y
-como aquella doncella oyó el mandado de su hermano, aunque este nombre
-no lo sabía otro, viendo la señal que le mostró, prestamente se partió
-sin compañía como le era mandado.
-
-Pero después que caída en el hoyo del engaño, sintió las asechanzas y
-lazos que le estaban aparejadas, aquella buena mujer, desenfrenada,
-y con los estímulos de la lujuria, tomó a la hermana de su marido.
-Primeramente, desnuda, la hizo azotar cruelmente, y aunque ella,
-hablando lo que era verdad, decía que por demás tenía pena y sospecha
-que era su combleza, y llamado muchas veces el nombre de su hermano,
-aquella mala mujer la lanzó un tizón ardiendo entre las piernas,
-diciendo que mentía y fingía aquellas cosas que decía, hasta que
-cruelmente la mató.
-
-Entonces, el marido de esta y su hermano, supo su amarga muerte por
-los que corrieran presto a la aldea donde estaba, y después de muy
-llorada, pusiéronla en la sepultura.
-
-El mancebo, su hermano, no pudiendo tolerar ni sufrir con paciencia
-la rabiosa muerte de su hermana, y que sin causa había sido muerta,
-conmovido y apasionado de gran dolor que tenía en medio de su corazón,
-encendido de un mortal furor de la amarga cólera, ardía con una fiebre
-muy ardiente y encendida, de tal manera, que ya a él le parecía tomar
-medicinas.
-
-Pero la mujer, la cual antes de ahora había perdido con la fe el nombre
-de su mujer, habló a un físico, que notoriamente era falsario y mal
-hombre, el cual tenía ya hartos triunfos de su mano, y era conocido en
-las batallas de semejantes victorias, y prometiole cincuenta ducados
-por que le vendiese ponzoña que luego matase, y ella comprase la muerte
-de su marido; la cual, como vido la ponzoña, fingió que era necesario
-aquel noble jarabe que los sabios llaman sagrado, para amansar las
-entrañas y sacar toda la cólera. Pero en lugar de esta medicina que
-ella decía, puso otra maldita para ir a la salud del infierno.
-
-El físico, presentes todos los de casa y algunos amigos y parientes,
-quería dar al enfermo aquel jarabe, muy bien destemplado por su
-mano, pero aquella mujer, audaz y atrevida, por matar juntamente
-al físico con su marido, como a hombre que sabía su traición, y no
-la descubriese, y también por quedarse con el dinero que le había
-prometido, detuvo el vaso que el físico tenía, y dijo:
-
---Señor doctor, pues eres el mejor de los físicos, no consiento que des
-este jarabe a mi marido sin que primeramente tú bebas de él una buena
-parte; porque ¿cómo sé yo ahora si por ventura está en él escondida
-alguna ponzoña mortal? Cierto no se ofende, siendo tan prudente y tan
-docto físico, si la buena mujer, deseosa y solícita acerca de la salud
-de su marido, procura piedad para su salud necesaria.
-
-Cuando el físico esto oyó, fue súbitamente turbado por la maravillosa
-desesperación de aquella mujer, y viéndose privado de todo consejo por
-el poco tiempo que tenía para pensar que con su miedo o tardanza diese
-sospecha a los otros de su mala conciencia, gustó una buena parte de
-aquella poción.
-
-El marido, viendo lo que el físico había hecho, tomó el vaso en la mano
-y bebió lo que quedaba.
-
-Pasado el negocio de esta manera, el médico se tornaba a su casa lo
-más presto que podía, por tomar alguna saludable poción para apagar y
-matar la pestilencia de aquel vino que había tomado. Pero la mujer,
-con porfía y obstinación sacrílega, como ya lo había comenzado, no
-consintió que el médico se apartase de ella tanto como una uña,
-diciendo que no se partiese de allí hasta que el jarabe que su marido
-había tomado fuese digerido, y pareciese probado lo que la medicina
-obraba.
-
-Finalmente, que fatigada de los ruegos e importunaciones del físico,
-contra su voluntad, y de mala gana, lo dejó ir.
-
-Entretanto, las entrañas y el corazón habían recibido en sí aquella
-ponzoña furiosa y ciega; así que él, lisiado de la muerte y lanzado
-en una graveza de sueño que ya no se podía tener, llegó a su casa, y
-apenas pudo contar a su mujer cómo había pasado. Mandole que, al menos,
-pidiese los cincuenta ducados que le había ofrecido, en remuneración de
-aquellas dos muertes. En esta manera aquel físico, muy famoso abogado,
-con la violencia de la ponzoña dio el ánima.
-
-Ni tampoco aquel mancebo, marido de esta mujer, detuvo mucho la vida,
-porque entre las fingidas lágrimas de ella, murió de otra muerte
-semejante.
-
-Después que el marido fue sepultado, pasando pocos días, en los cuales
-se hacen exequias a los muertos, la mujer del físico vino a pedir
-el precio de la muerte doblada de ambos maridos; pero aquella mujer
-mala, en todo semejante a sí misma, suprimiendo la verdad y mostrando
-semejanza de querer cumplir con ella, respondiole muy blandamente,
-prometiendo que la pagaría largamente y aun más adelante, y que luego
-era contenta con tal condición, que le quisiese dar un poco de aquel
-jarabe para acabar el negocio que había comenzado.
-
-La mujer del físico, inducida por los lazos y engaños de aquella mala
-hembra, fácilmente consintió en lo que le demandaba, y por agradar
-y mostrarse ser servidora de aquella mujer que era muy rica, muy
-prestamente fue a su casa y trajo toda la bujeta de la ponzoña, y
-diósela a aquella mujer, la cual, hallada causa y materia de grandes
-maldades, procedió adelante largamente con sus manos sangrientas.
-
-Ella tenía una hija pequeña de aquel marido que poco ha había muerto,
-y a esta niña, como la venían por sucesión los bienes de su padre,
-como el derecho manda, queríala muy mal, y codiciando con mucha ansia
-todo el patrimonio de su hija, deseábala ver muerta. Así que ella,
-siendo cierto que las madres, aunque sean malas, heredan los bienes de
-los hijos difuntos, deliberó de ser tan buena madre para su hija cual
-fue mujer para su marido, de manera que cuando vio tiempo ordenó un
-convite, en el cual hirió con aquella ponzoña a la mujer del físico,
-juntamente con su misma hija, y como la niña era pequeña y tenía el
-espíritu sutil, luego la ponzoña rabiosa se entró en las delicadas y
-tiernas venas y entrañas, y murió la mujer del físico.
-
-En tanto que la tempestad de aquella poción detestable andaba dando
-vueltas por sus pulmones, sospechando primero lo que había de ser, y
-luego como se comenzó a hincar, ya más cierta que lo cierto, corrió
-presto a la casa del senador, y con gran clamor comenzó a llamar su
-ayuda y favor, a las cuales voces el pueblo todo se levantó con gran
-tumulto. Diciendo ella que quería descubrir grandes traiciones, hizo
-que las puertas de la casa, y juntamente las orejas del senador, se
-le abriesen, y contadas por orden las maldades de aquella cruda mujer
-desde el principio, súbitamente tomó un desvanecimiento de cabeza, cayó
-con la boca medio abierta, que no pudo más hablar, y dando grandes
-tenazadas con los dientes, cayó muerta ante los pies del senador.
-
-Cuando él vio esto, como era hombre ejercitado en tales cosas,
-maldiciendo la maldad de aquella hechicera, que a tantos había muerto,
-no permitió que el negocio se enfriase con perezosa dilación, y luego,
-traída allí aquella mujer, apartados los de su cámara, con amenazas y
-tormentos sacó de ella toda la verdad, y así fue sentenciada que la
-echasen a las bestias.
-
-Como quiera que esta pena era menor que la que ella merecía,
-diéronsela, porque no se pudo pensar otro tormento que más digno fuese
-para su maldad.
-
-Tal era la mujer con quien yo había de hacer matrimonio públicamente,
-por lo cual, estando así suspenso, tenía conmigo muy gran pena y
-fatiga, esperando el día de aquella fiesta, y por cierto muchas veces
-pensaba tomar la muerte con mis manos y matarme, antes que ensuciarme
-juntándome yo con mujer tan maligna, o que hubiese yo de perder la
-vergüenza con infamia de tan público espectáculo.
-
-Pero privado yo de manos humanas, y privado de los dedos, con la uña
-redonda y maciza no podía apretar espada ni cuchillo para hacer lo que
-quería. En fin, yo consolaba estas mis extremas fatigas con una muy
-pequeña esperanza, y era que el verano comenzaba ya, y que pintaba
-todas las cosas con hierbezuelas floridas, y vestía los prados con
-flores de muchos colores, y que luego las rosas, echando de sí olores
-celestiales, salidas de su vestidura espinosa, resplandecerían y me
-tornarían a mi primer Lucio, como yo antes era.
-
-
-VI.
-
- Lucio, asno, cuenta cómo se representó en un teatro el _Juicio de
- Paris_ y otras cosas, y cómo huyó de allí.
-
-Mi señor, determinando hacer gran fiesta al pueblo, como ya dije, mandó
-hacer un teatro muy suntuoso, en el cual se habían de hacer muchos
-juegos e invenciones, y yo había de ser el postrer juego, porque había
-de bailar y hacer mis habilidades delante de todo el pueblo, y después
-de todo esto, habían de soltar muchas fieras bravas y fuertes a una
-mujer que tenía graves crímenes, para que la comiesen.
-
-En esto he aquí do viene el día que era señalado para aquella fiesta,
-y con gran pompa y favor, acompañándome todo el pueblo, yo soy llevado
-al teatro. Y en tanto que comenzaban a hacer principio de la fiesta
-ciertas danzas y representaciones, yo estuve quedo ante la puerta
-del teatro, paciendo grama y otras hierbas frescas, que yo había gran
-placer de comer; la puerta del teatro estaba abierta y sin impedimento;
-muchas veces recreaba los ojos, mirando aquellas fiestas graciosas.
-Porque allí había mozos y mozas de florida edad, hermosos en sus
-personas y resplandecientes en las vestiduras, saltadores, que bailaban
-y representaban una fábula griega que se llama pírrica, los cuales,
-dispuestos sus órdenes, daban sus graciosas vueltas, unas veces en
-rueda, otras en ordenanza torcida, otras veces hechos una cuña en
-manera cuadrada, y apartándose unos de otros.
-
-Después que aquella trompa con que tañían hizo señal que acababan ya la
-danza, fueron quitados los paños de raso que allí había, y cogidas las
-velas aparejose el aparato de la fiesta, el cual era de esta manera:
-
-Estaba allí un monte de madera, hecho a la forma de aquel muy nombrado
-monte, el cual el gran poeta Homero celebró llamándolo Ida, adornado y
-hecho de muy excelente arte, lleno de matas y árboles verdes; y encima
-del altura del monte manaba una fuente de agua muy hermosa, hecha de
-mano de carpintero, y allí andaban unas pocas cabrillas, que comían
-de aquellas hierbas. Estaba allí un mancebo muy hermosamente vestido,
-con un sombrero de oro en la cabeza y una ropa al hombro, a manera de
-Paris, pastor troyano, el cual mancebo fingía ser pastor de aquellas
-cabras.
-
-En esto vino un muchacho muy lindo, desnudo, salvo que en el hombro
-izquierdo llevaba una ropa blanca, los cabellos rubios; entre ellos
-saltaban unas plumas de oro, juntas unas a otras. El cual, según el
-instrumento y verga que llevaba en la mano, manifestaba ser Mercurio.
-
-Este, saltando y bailando con una manzana de láminas de oro que llevaba
-en su mano, llegó a aquel que parecía ser Paris, y diósela, diciéndole
-lo que Júpiter mandaba que hiciese, y luego se fue.
-
-Entró luego una doncella honesta en su gesto, semejante a la diosa
-Juno, porque traía con una diadema blanca ligada la cabeza, y traía
-asimismo un cetro real. Tras de esta salió otra que luego parecía
-que era Minerva, la cabeza cubierta con un yelmo resplandeciente, y
-encima traía una corona de ramos de oliva, con una lanza y una adarga,
-meneándola a una parte y a otra, como cuando ella pelea. Después de
-estas entró otra muy poderosa; con hermosa vista y la gracia de su
-divino color, manifestaba que debía ser la diosa Venus, cual ella
-era cuando fue doncella, el cuerpo desnudo y sin ninguna vestidura,
-mostrando su perfecta hermosura, salvo que con un velo sutil de seda
-cubría su vergüenza, el cual velo un airecillo curioso enamoradamente
-meneaba. El color de esta diosa era tan hermoso, que el cuerpo era
-blanco y claro, como cuando sale del cielo, y la vestidura azul, como
-cuando torna de la mar.
-
-Estas tres doncellas, que representaban aquellas tres diosas, traían
-sus compañas consigo que las acompañaban. A Juno acompañaban Cástor
-y Pólux, cubiertas las cabezas con sus yelmos y cimeras adornados de
-estrellas; pero estos dos pastores eran dos muchachos de aquellos que
-representaban la fábula. Esta doncella, aunque la trompa tenía diversos
-sones y bailes, salió muy reposada y sin hacer gesto ninguno, y
-honestamente, con su rostro sereno, prometió al pastor, que si le diese
-aquella manzana, que era premio de la hermosura, le daría el reino
-y señorío de toda Asia. A la otra doncella, que en el atavío de sus
-armas parecía Minerva, acompañaban dos muchachos pajes, que llevaban
-las armas de esta diosa de las batallas, a los cuales llamaban, al
-uno Espanto, y al otro Miedo. Estos venían saltando y esgrimiendo con
-sus espadas sacadas; a las espaldas de ellos estaban las trompetas,
-que tañían como cuando entran en las batallas, y junto con las
-trompetas bastardas tocaban clarines, de manera que incitaban a gana de
-ligeramente saltar.
-
-Esta doncella, volviendo la cabeza, y con los ojos que parecía que
-amenazaban, saltando y dando vueltas muy alegremente, decía a Paris,
-que si le diese la victoria de la hermosura, que lo haría muy esforzado
-y muy famoso, con su favor y ayuda en los triunfos de las batallas.
-
-Después de esto, he aquí do sale Venus, con gran favor de todo el
-pueblo que allí estaba, y en medio del teatro, cercada de muchachos
-alegres y hermosos, y riéndose dulcemente, estuvo queda con gentil
-continencia.
-
-Cierto, quien quiera que viera aquellos niños gordos y blancos,
-dijera que eran dioses del amor, como Cupido, que a honrarla habían
-salido de la mar, o volado del cielo, porque ellos conformaban en las
-plumas, arcos y saetas, y en todo el otro hábito, al dios Cupido,
-y llevaban hachas encendidas, como si su señora Venus se casara.
-Asimismo, otro linaje de damas hermosas la cercaban: de una parte,
-las gracias agradables, y de la otra, las muy hermosas horas, que son
-ninfas que acompañan a Venus, las cuales, por agradar a su señora, con
-sus guirnaldas de flores, y otras en las manos que por allí echaban
-y derramaban, hacían un corro muy bien ordenado por dar placer a su
-señora con aquellas hierbas y flores del verano.
-
-Ya las chirimías tocaban dulcemente aquellos cantos y sones músicos
-y suaves, los cuales deleitaban suavemente los corazones de los que
-allí estaban mirando; pero muy más suavemente se conmovían con la vista
-de Venus, la cual muy paso a paso, por medio de aquellos niños y de
-sus plumas y alas, moviendo poco a poco la cabeza, comenzó a andar,
-y con su gesto y aire delicado a responder al son y canto de los
-instrumentos, una vez bajando los ojos, otra vez parecía que amenazaba
-con las pestañas, y algunas veces parecía que saltaba con solos los
-ojos. Esta, como llegó ante la presencia del juez, echole los brazos al
-cuello, prometiéndole que si ella llevase la victoria, que le daría una
-mujer tan hermosa como ella.
-
-Entonces aquel mancebo troyano de muy buena gana le metiera en la mano
-aquella manzana de oro, que era victoria.
-
-¿De qué os maravilláis, hombres muy viles, letrados y abogados, y aun
-digo buitres de rapiña en hábitos de hombre, si ahora todos los jueces
-venden por dinero sus sentencias, porque, en el comienzo de todas las
-cosas del mundo, la gracia y hermosura corrompió el juicio que se
-trataba entre los dioses y el hombre?
-
-Y aquel pastor rústico, juez elegido por el gran Júpiter, vendió la
-primera sentencia de aquel antiguo siglo, por ganancia de su lujuria,
-con destrucción y perdimiento de todo su linaje.
-
-Por cierto, de esta manera aconteció otro juicio hecho entre los
-capitanes griegos.
-
-Cuando Palamedes, poderoso en armas, fue condenado de traición, o
-cuando Ulises fue preferido a Áyax.
-
-Pues que tal fue aquel otro juicio cerca de los letrados y discretos de
-Atenas y los otros maestros de toda la ciencia.
-
-Por ventura, aquel viejo Sócrates, de divina prudencia, el cual fue
-preferido a todos los mortales en sabiduría por el dios Apolo, ¿no fue
-muerto con el zumo de la hierba mortal, acusado por engaño y envidia
-de malos hombres, diciendo que era corrompedor de la juventud, la
-cual antes él constreñía y apretaba con el freno de su doctrina, y
-murió dejando a los ciudadanos de Atenas mácula de perpetua ignominia?
-Mayormente que los filósofos de este tiempo desean y siguen su doctrina
-santísima, y con grandísimo estudio y afición de felicidad juran por su
-nombre. Mas porque alguno no reprenda el ímpetu de mi enojo, diciendo
-entre sí de esta manera: ¿Cómo es ahora razón que suframos un asno que
-nos esté aquí diciendo filosofías? tornaré otra vez a contar la fábula
-donde la dejé.
-
-Después que fue acabado el _Juicio de Paris_, aquellas diosas, Juno
-y Minerva, tristes, y semejantes, y enojadas, fuéronse del teatro,
-manifestando en sus gestos la indignación y pena de la injusticia que
-les era hecha. Pero la diosa Venus, gozosa y muy alegre, saltando y
-bailando con toda su compañía, manifestó su alegría.
-
-Entonces, encima de aquel monte, por un caño escondido, salió una
-fuente de agua de color de azafrán, y cayendo de arriba, roció aquellas
-cabras que andaban allí paciendo, con aquella agua olorosa, en tal
-manera, que teñidas y pintadas del agua, mudaron el color blanca que
-era propio suyo, en color amarillo. Así que oliendo suavemente todo el
-teatro ya que era acabada toda la fábula, sumiose todo aquel monte de
-madera en una abertura grande de la tierra que allí estaba hecha.
-
-Acabados estos juegos, luego empezó mi maestro a aparejar el teatro
-para yo ir a danzar. Mas como yo era asno vergonzoso, y no hacía mis
-cosas públicas, hallando ocasión de tomar las riñas y acogerme,
-determiné hacerlo, entretanto que mi maestro aparejaba el teatro, y
-la otra gente que allí estaba, los unos estaban ocupados en mirar la
-caza de las bestias, los otros atónitos en aquel espectáculo y fiesta
-deleitosa, en tal manera que daban libre albedrío a mi pensamiento para
-poner en obra mi huida, y también nadie tenía pensamiento ni se curaba
-de aguardar un asno tan manso. Así que poco a poco comencé a retraer
-los pies horriblemente, y de que llegué a la puerta de la ciudad, que
-estaba cerca de allí, eché a correr cuanto pude muy apresuradamente,
-y andadas seis millas, en breve espacio llegué a Céncreas, que es una
-villa muy noble de los Corintios, junta con ella el mar Egeo de la una
-parte, y de la otra el mar Sarónico, adonde, porque hay puerto seguro
-para las naos, es frecuentada de muchos mercaderes y pueblos.
-
-Cuando yo allí llegué, aparteme de la gente que no me viese, y en la
-ribera de la mar, secretamente, cerca del rocío de las ondas del agua,
-me eché en un blando montón de arena, y allí recreé mi cuerpo cansado,
-porque ya el carro del Sol había bajado y puesto último término al día;
-adonde yo estando descansando de noche, un dulce sueño me tomó.
-
-
-
-
-LIBRO XI.
-
-ARGUMENTO.
-
- Nuestro Lucio Apuleyo todo es lleno de doctrina y elegancia; pero
- este último libro excede a todos los otros: en el cual dice algunas
- cosas simplemente y muchas de historia verdadera, y otras muchas
- sacadas de los secretos de la filosofía y religión de Egipto. En
- el principio explica con gran elocuencia una oración, no de asno,
- mas de elocuente orador, que hizo a la Luna, y luego la respuesta
- de la Luna. -- La copiosa y muy discreta descripción de la pompa
- sacerdotal. -- La reformación del asno en hombre, comidas las rosas.
- -- La entrada que hizo en la religión de Isis. -- La abstinencia
- de su castidad. -- Y otra oración que hizo a la Luna. -- Y después
- la feliz jornada que hizo a Roma, adonde, ordenado en las cosas
- sagradas, de allí fue puesto en el colegio de los principales
- sacerdotes. -- Hablarán copiosamente, que es difícil a la letra
- tornarlo en nuestro romance: haya paciencia quien lo leyere, y no
- culpe lo que él, por ventura, no podrá hacer.
-
-
-I.
-
- Cómo Lucio cuenta que, venido en aquel lugar de Céncreas, después del
- primer sueño vio la Luna, a la cual pidió le volviese a su primera
- forma de hombre.
-
-Siendo ya de noche, yo desperté con un súbito pavor, y vi la luna
-relumbrando y con un resplandor grande, que a la hora salía de las
-ondas de la mar. Yo, hallándome solo y con la ocasión de la noche
-llena de silencio, pensaba que la Luna resplandece con gran majestad,
-y que todas las cosas humanas son regidas por su providencia, no tan
-solamente las animalias domésticas y bestias fieras, mas aun los que
-son sin ánima se esfuerzan y crecen por virtud de su lumbre, y también,
-por consiguiente, los mismos cuerpos en la tierra, en el aire y en
-la mar, ahora se aumentan con los crecimientos de la Luna, ahora se
-disminuyen cuando ella mengua. Pensando yo también que mi fortuna
-estaría ya harta con tantas tribulaciones y desventuras como me había
-dado, y que ahora, aunque tarde, me mostraba alguna esperanza de salud,
-deliberé de rogar y suplicar a aquella venerable diosa me diese su
-favor. Y luego, quitando de mí toda pereza, me levanté muy alegre,
-y con gana de limpiarme y purificarme, echeme en la mar metiendo la
-cabeza siete veces debajo del agua, porque aquel divino Pitágoras
-manifestó que aquel número septenario era en gran manera aparejado para
-la religión y santidad, y con el placer alegre, saliéndome las lágrimas
-de los ojos, suplicábale de esta manera:
-
---¡Oh, reina! ¡Ahora tú seas aquella santa Ceres, madre primera de los
-panes, que te alegraste cuando se halló tu hija, y quitado el manjar
-antiguo de las bellotas, mostraste manjar deleitoso! ¡Ahora tú seas
-aquella Venus celestial, que juntas los hombres con amor y haces los
-casamientos para haber generación! ¡Ahora tú seas hermana del Sol, que
-socorres a las mujeres en sus trabajosos partos! ¡Ahora tú seas aquella
-temerosa Proserpina a quien sacrificaban con aullidos de noche, y que
-oprimes las fantasmas con tu forma de tres caras, y refrenándote de los
-encerramientos de la tierra andas por diversas montañas y arboledas,
-y eres sacrificada y adorada por diversas maneras! ¡Tú alumbras todas
-las ciudades del mundo con esta tu claridad mujeril; y criando las
-simientes alegres, con tus húmedos rayos dispensas tu lumbre incierta
-con las vueltas y rodeos del Sol! ¡Por cualquier nombre, o por
-cualquier rito, o nombre que sea lícito llamarte, tú, señora, socorre
-y ayuda ahora a mis extremas angustias! ¡Tú levanta mi caída fortuna!
-¡Tú da paz y reposo a los acaecimientos crueles por mí pasados y
-sufridos! ¡Basten ya los trabajos, basten ya los peligros, y quítame
-esta cara maldita de asno, y tórname a hacer Lucio, para que vea y goce
-de los míos! Y si por ventura a algún dios yo he enojado y me trata con
-crueldad inexorable, ¡consienta a lo menos que yo muera, pues que no me
-conviene que viva!
-
-En esta manera habiendo hecho mis rogativas, tornome otra vez a venir
-gran sueño, y acosteme en el mismo lugar donde antes había dormido,
-para reposar y pasar la triste noche.
-
-No había yo bien cerrado los ojos, he aquí aquella alegre cara, alzando
-su gesto honrado, salió de en medio de la mar, y de allí poco a poco su
-luciente figura, ya que estaba toda fuera del agua, pareció que se puso
-delante de mí. De la cual maravillosa imagen yo me esforzaré a contar,
-si el efecto de la lengua humana me diere para ello facultad, o si su
-divinidad me administrare abundante copia de facundia para poderlo
-decir.
-
-Tenía los cabellos, muchos y muy largos, derramados por el divino
-cuello, que le cubrían las espaldas. Tenía en su cabeza una corona
-adornada de diversas flores, en medio de la cual estaba una redondez
-llana, a manera de espejo, que resplandecía la lumbre de él, para
-demostración de la luna. De la una parte y de la otra había muchos
-surcos de arados, torcidos como culebras, y con muchas espigas de
-trigo por allí nacidas. Traía una vestidura de lino tejida de muchos
-colores: ahora era blanca y muy luciente, ahora amarilla como flor
-de azafrán, ahora inflamada con un color rosado, que, aunque estaba
-muy lejos, me quitaba la vista de los ojos. Traía encima otra ropa
-negra, que resplandecía la oscuridad de ella, la cual traía cubierta
-y echada por debajo del brazo diestro al hombro izquierdo como un
-escudo, pendiendo con muchos pliegues y dobleces. Era esta ropa bordada
-alderredor con sus trenzas de oro, y sembrada toda de unas estrellas
-muy resplandecientes, en medio de las cuales, la luna llena de quince
-días lanzaba de sí rayos inflamados. Y como quiera que esta ropa la
-cercaba toda, pendiendo de cada parte, y tenía la hermosa corona ligada
-con ella, adornada de diversas flores, manzanas, peras y otras frutas,
-con todo, en la mano tenía otra cosa muy diferente de lo que hemos
-dicho; porque ella tenía un pandero en la mano derecha, con sus sonajas
-de alambre y de plata atravesadas por medio con sus hierrecitos, y con
-un palillo dábale muchos golpes, que lo hacía sonar muy dulcemente.
-
-En la mano izquierda traía un jarro de oro, y del asa del jarro, que
-era muy linda y pulida, salía una serpiente, que se llama áspid,
-alzando la cabeza y con el cuello muy alto.
-
-En los pies, divinos y hermosos, traía unos alpargates hechos de hojas
-de palma. Tal y tan grande me pareció aquella diosa, echando de sí un
-olor divino, como los olores que se crían en Arabia, y tuvo por bien de
-hablarme de esta manera:
-
---Heme aquí, do vengo conmovida por tus ruegos, oh Lucio; sepas que yo
-soy madre y natura de todas las cosas, señora de todos los elementos,
-principio y generación de los siglos, la mayor de los dioses y reina de
-todos los difuntos, primera y una sola de todos los dioses y diosas del
-cielo, que dispenso con mi poder y mando las alturas resplandecientes
-del cielo, y las aguas saludables de la mar, y los secretos lloros del
-infierno.
-
-A mí sola y a una diosa honra y sacrifica todo el mundo en muchas
-maneras de nombres. De aquí los troyanos, que fueron los primeros
-que nacieron en el mundo, me llaman Pesimútica, madre de los dioses.
-De aquí asimismo los Atenienses naturales y allí nacidos, me llaman
-Minerva Cecropea, y también los de Chipre, que moran cerca de la mar,
-me nombran Venus Pafia; los Arqueros y Sagitarios de Cresa, Diana; los
-Sicilianos de tres lenguas me llaman Proserpina; los Eleusinos, la
-diosa Ceres antigua. Otros me llaman Juno, otros Belona, otros Ecates,
-otros Ranusia.
-
-Los Etíopes, ilustrados de los hirvientes rayos del Sol cuando nace, y
-los Arios y Egipcios poderosos y sabios, donde nació toda la doctrina,
-cuando me honran y sacrifican con mis propios ritos y ceremonias, me
-llaman mi verdadero nombre, que es la reina Isis. Habiendo merced de
-tu desastrado caso, vengo en persona a favorecerte y ayudarte; por
-eso deja ya esos lloros y lamentaciones; aparta de ti toda tristeza y
-fatiga, que ya por mi providencia es llegado el día saludable para ti.
-Así que con mucha solicitud y diligencia entiende y cumple lo que te
-mandare.
-
-El día de mañana nombro la religión de los hombres, y lo festivo y
-dedico para siempre en mi nombre; porque apaciguadas las tempestades
-del invierno, y amansadas las ondas y tormentas de la mar, estando ya
-manso para navegar, los sacerdotes de mi templo me sacrificaban una
-barca nueva en señal y primicia de su navegación.
-
-Esta mi fiesta no la debes tú esperar con pensamiento profano; porque
-por mi aviso y mandado, el sacerdote que fuere en esta procesión
-llevará en la mano derecha una guirnalda de rosas. Así que, sin empacho
-ni tardanza, alegre, apartando la gente, llégate a la procesión,
-confiado en mí, y blandamente llégate al sacerdote, y morderás de
-aquellas rosas, las cuales comidas, luego yo te desnudaré del cuero
-de esta pésima y detestable bestia, en que ha tantos días andas
-metido, y no temas cosa alguna de lo que te digo, pensando ser cosa
-difícil; porque yo mando en sueños al sacerdote lo que ha de hacer
-para que esto venga a efecto; por mi mandado el pueblo, aunque esté
-muy apretado, se apartará y te dará lugar, y ninguno de cuantos allí
-hubiere se espantarán en ver esta cara disforme que traes. Ni tampoco
-acusará maliciosamente, ni interpretará en mala parte, que tu figura
-súbitamente sea tornada en hombre.
-
-De una cosa te recordarás y tendrás siempre escondida en lo íntimo
-de tu corazón: que todo el tiempo de tu vida que de aquí adelante
-vivieres, hasta el último término de ella, todo aquello que vives lo
-debes, con mucha razón, a aquella por cuyo beneficio tornas a estar
-entre los hombres. Tú vivirás placentero y honrado debajo de mi
-amparo, y cuando hubieres acabado el espacio de tu vida y entrares en
-el infierno, allí, en aquel subterráneo medio redondo, me verás que
-alumbro a las tinieblas del río Aqueronte y que reino en los palacios
-secretos del infierno, y tú, que estarás y morarás en los campos
-Elíseos, muchas veces me adorarás como a tu abogada cierta y propicia.
-
-Demás de esto, sepas que si con servicios continuos, actos religiosos
-y perpetua castidad merecieres mi gracia, yo te podré alegrar, y a mí
-solamente conviene prolongarte la vida allende el tiempo constituido a
-tu término. En esta manera, acabada la habla de esta venerable visión,
-desapareció delante de mis ojos, tornándose en sí misma.
-
-
-II.
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- Escribe con grande elocuencia una solemne procesión que los
- sacerdotes hicieron a la Luna, en la cual procesión el asno apañó las
- rosas de las manos del gran sacerdote, y, comidas, se volvió hombre.
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-No tardó mucho que yo desperté de aquel sueño; me levanté con un pavor
-y gozo, y asimismo mezclado de un gran sudor, maravillándome mucho de
-tan clara presencia de esta diosa poderosa, y rociándome con el agua de
-la mar, estando muy atento a sus grandes mandamientos, recolegía entre
-mí la orden de su munición.
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-En esto estando, no tardó mucho que el Sol dorado salió apartando las
-tinieblas de la noche oscura, y llegándome a la ciudad, yo vi que la
-gente y pueblo de ella henchían todas las plazas en hábito religioso,
-y triunfante con tanta alegría, que demás del placer que yo tenía, me
-parecía que todas las cosas se alegraban, en tal manera, que hasta los
-bueyes y brutos animales, y todas las cosas, y aun el mismo día, sentía
-yo que con alegres gestos se gozaban, porque el día sereno y apacible
-había seguido a la lluvia que otro día antes había hecho. En tal
-manera, que los pajaritos y avecicas, alegrándose del vapor del verano,
-sonaban cantos muy dulces y suaves, halagando blandamente a la madre
-de las estrellas, principio de los tiempos, señora de todo el mundo.
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-¿Qué puedo decir, sino que los árboles, así los que dan fruto, como los
-que se contentan con solamente su sombra, meneando y alzando las ramas
-con el viento Austro, se reían y alegraban con el nuevo nacimiento de
-sus hojas, y con el manso movimiento de sus ramos chiflaban y hacían
-un dulce estrépito? El mar, amansado de la tormenta y tempestad, y
-depuesto el rumor e hinchazón de las ondas, estaba templado y con
-reposo. El cielo, alanzando de sí las oscuras nubes, relumbraba con la
-serenidad y resplandor de su propia lumbre.
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-He aquí donde vienen delante de la procesión, poco a poco, muchas
-maneras de juegos, hermosamente adornados; uno venía en hábito de
-caballero, ceñido con su banda; otro vestido su vestidura y zapatos
-de caza, con un venablo en la mano, representando un cazador; otro
-vestido con una ropa de seda y chapines dorados y otros ornamentos
-de mujer, con una cabellera de cabellos rubios en la cabeza, andando
-pomposamente, y otro venía todo armado con quijotes y capacete y
-babera, y su espada y broquel en la mano, que parecía que salía del
-juego de la esgrima.
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-No faltaba otro que le seguía vestido de púrpura, con insignias de
-senador, y tras de este otro con su bordón, esclavina y alpargates, y
-con sus barbas de cabrón representaba y fingía persona de filósofo.
-Otro iba con diversas cañas, la una para cazar aves con un visco, y
-otras para pescar peces con anzuelo.
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-Demás de esto, vi asimismo que llevaban una osa mansa asentada en una
-silla y vestida en hábito de mujer casada y honrada. Otro llevaba una
-mano, con un sombrerete velloso en la cabeza, y vestida con un sayo
-amarillo, con una copa de oro, que parecía a Ganímedes, aquel pastor
-troyano que Júpiter arrebató para su servicio. Tras de esto, vi que
-iba allí un asno con alas, que representaba aquel caballo Belerofonte,
-y cerca de él andaba un viejo, que podía decir quien lo viese que era
-Pegaso, como quiera que podía reírse y burlar de entrambos a dos.
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-Entre estas cosas de juegos que popularmente allí se hacían, ya
-se aparejaban y venía la fiesta y pompa de mi propia diosa, que
-me había de librar de tanta tribulación, y delante de ella venían
-muchas mujeres resplandecientes, con vestiduras blancas, y alegres,
-con diversas guirnaldas de flores que traían, las cuales henchían de
-flores, que sacaban de sus senos, las calles y plazas por donde venía
-la fiesta y procesión. Otras llevaban en las espaldas unos espejos
-resplandecientes, por mostrar a la diosa, que venía tras de ellas, el
-servicio y fiesta que le hacían. Otras había que rociaban las plazas
-con muchas aguas olorosas.
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-Demás de esto, iba gran muchedumbre de hombres de toda suerte, y
-mujeres con sus candelas, hachas y cirios, y con otro género de fuego
-artificial, con muchas banderas de seda de muchas invenciones y artes
-hechas, favoreciendo y honrando las estrellas celestiales. También iban
-muchos instrumentos de música, así como sinfonías, y suaves flautas
-y chirimías, que cantaban muy dulcemente, a las cuales seguía una
-danza de muy hermosas doncellas, con sus alcandoras blancas, cantando
-un canto muy gracioso, el cual, con favor de las musas, ordenó aquel
-sabio poeta, en el cual se contenía el argumento y ordenanza de toda la
-fiesta.
-
-Otros iban cantando dulces canciones de mayores votos, y otros con
-trompetas dedicadas al gran dios de Egipto, Serapis, los cuales, con
-las trompetas retorcidas puestas a la oreja derecha, cantaban aquellos
-versos familiares del templo y de la diosa. Otros muchos había que iban
-haciendo lugar por donde pasase la fiesta.
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-En esto vino una gran muchedumbre de hombres y mujeres de toda
-suerte y edad, relumbrando con vestiduras de lino puro y muy blanco;
-mezcláronse con los sacerdotes que allí iban. Las unas llevaban los
-cabellos untados con olores y ligados en limpios y blandos trenzados.
-Los hombres llevaban las cabezas raídas, reluciéndoles las coronas
-como estrellas terrenales de gran religión, tañendo y haciendo dulce
-sonido con panderos y sonajas de alambre y de plata y aun también de
-oro. Y aquellos principales sacerdotes, que iban vestidos de aquellas
-vestiduras blancas hasta los pies, llevaban las alhajas e insignias de
-sus poderosos dioses.
-
-El primero de los cuales llevaba una lámpara resplandeciente, no
-semejante a nuestra lumbre con que nos alumbramos a las cenas de la
-noche, pero era un jarro de oro; tenía la boca ancha, por donde echaba
-la llama de la lumbre largamente. El segundo iba vestido semejante a
-este, pero llevaba en ambas manos un altar, que quiere decir auxilio,
-al cual, la providencia de la soberana diosa, que es ayudadora, le
-dio este propio nombre. Iba el tercero y llevaba en la mano una palma
-con hojas de oro sutilmente labradas, y en la otra un caduceo, que
-es instrumento de Mercurio. El cuarto mostró un indicio y señal de
-equidad, conviene a saber: llevaba la mano izquierda extendida, la
-cual, por ser de su natural perezosa y que no es astuta ni maliciosa,
-parece que es más aparejada y conveniente a la igualdad y razón, que
-no la mano derecha. Este mismo llevaba en la otra mano un vaso de oro
-redondo y hecho a manera de teta, del cual salía leche. El quinto
-traía una criba de oro, llena de ramos dorados.
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-No tardaron tras de esto de salir los dioses, que tuvieron por bien
-de andar sobre pies humanos. Aquí venía Mercurio, mensajero de los
-dioses, con la cara negra, ahora de oro, alzando la cerviz, y cabeza de
-perro; el cual traía en la mano izquierda un caduceo, y con la derecha
-sacudiendo una palma. Tras de él seguía una vaca levantada en su
-estado, la cual es figura de la diosa madre de todas las cosas; porque
-como la vaca es útil y provechosa, así lo es esta diosa: la cual imagen
-o figura llevaba encima de sus hombros uno de aquellos sacerdotes, con
-pasos muy pomposos. Otro llevaba un cofre donde iban todas las cosas
-secretas de aquella religión. Otro, asimismo, llevaba en su regazo la
-venerable figura de su diosa soberana, la cual no era de bestia, ni de
-ave, ni de otra fiera, ni tampoco era semejante a figura de hombre.
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-Mas por una alta invención y novedad, para argumento inefable de la
-reverencia y gran silencio de su secreta religión, era una cosa de
-oro resplandeciente, figurado de esta manera: Un vaso pulidamente
-obrado, abajo redondo, y de parte de fuera bien esculpido, con figuras
-y simulacros de los Egipcios, la boca no muy alta, pero tenía un pico
-luengo como canal, por donde echaba el agua, y de la otra parte un
-asa muy larga y apartada del vaso, encima del cual estaba torcida una
-serpiente áspid, con la cerviz escamosa y el cuello alto y soberbio; y
-luego he aquí donde llegan mis hados y beneficios, que por la presente
-diosa me fueron prometidos, y el sacerdote que traía esta misma salud
-mía, allegó a cumplir el mandado a la divina promisión, el cual traía
-en su mano derecha un pandero con sonajas, y colgada de ella una corona
-de rosas, la cual, por cierto, a mi se me podía muy bien dar, porque
-había pasado tantos y tan grandes trabajos y peligros.
-
-Con todo esto yo no me movía, súbitamente arremetiendo recio y con
-ferocidad, temiendo que por ventura con el ímpetu repentino de una
-bestia de cuatro pies no se turbase el orden de la procesión. Mas poco
-a poco, deteniéndome, con la cara alegre y el paso como de hombre de
-seso, bajando el cuerpo, dándome lugar el pueblo, por la gracia de la
-diosa, llegueme muy pasito cerca del sacerdote que llevaba las rosas,
-el cual, siendo ya amonestado y avisado de la diosa por el sueño y
-visión de la noche pasada, según que del mismo negocio yo pude conocer,
-maravillándose asimismo como todo aquello concordaba con lo que le
-había sido revelado, luego estuvo quedo y de su propia gana tendió su
-mano a mi boca y me dio la corona de rosas.
-
-Entonces yo, temblando y dándome el corazón muchos saltos en el cuerpo,
-llegué a la corona, la cual resplandecía, tejida de rosas delicadas y
-frescas, y tomándola con mucha gana y deseo, deseosamente la tragué.
-
-No me engañó la promesa celestial, porque luego a la hora se me cayó
-aquel disforme y fiero gesto de asno. Primeramente los pelos duros se
-me quitaron, y desde adelante el cuero grueso se adelgazó; el vientre,
-hinchado y redondo, se asentó; las plantas de los pies, que estaban
-hechas uñas, se tornaron dedos; las manos ya no eran pies como de
-antes, y se levantaron derechas para hacer su oficio; la cerviz, alta y
-grande, se achicó; la boca y la cabeza se redondeó; las orejas, grandes
-y gruesas, se tornaron a su primera forma, y también los dientes, que,
-eran crecidos, tornaron a ser menudos como de hombre; la cola, que
-principalmente me daba pena, desapareció.
-
-Aquellas gentes y el pueblo que allí estaba se maravillaron todos. Los
-sacerdotes adoraron y honraron tan evidente potencia de la gran diosa
-y la magnificencia semejante a la revelación de la noche pasada y la
-facilidad de esta mi reforma, y alzando las manos al cielo, todos a una
-voz testificaban y decían este tan ilustre beneficio de su diosa. Yo,
-espantado y como pasmado, estaba quedo y callando, revolviendo en mi
-corazón tan repentino y tan gran gozo, que no cabía en mí, pensando qué
-era lo primero que principalmente había de comenzar a hablar, de dónde
-había de tomar el comienzo de la nueva voz. ¿Con qué palabras podría
-ahora la lengua, otra vez nacida, comenzar con mejor dicha? ¿Con cuáles
-y con cuántas palabras yo podría hacer gracias a tan gran diosa?
-
-Pero el sacerdote, que por la divina revelación estaba informado de
-todos mis trabajos y penas desde el principio, como quiera que él
-también estaba espantado, hizo señal y mandó que primeramente me diesen
-una vestidura de lino con que me vistiese, porque yo, luego que vi
-que el asno me había despojado de aquella cobertura bruta y nefanda,
-apretadas las piernas estrechamente y puestas las manos encima, según
-que convenía a hombre desnudo, tapaba mis vergüenzas.
-
-Entonces uno de la compañía de aquella religión, prestamente se quitó
-una ropa que traía, y cubriome. Lo cual así hecho, el sacerdote, con
-alegre gesto, estando pasmado de verme en la forma que me veía, me
-habló de esta manera:
-
---¡Oh, Lucio: habiendo tú padecido muchos y diversos trabajos con
-grandes tempestades de la fortuna, y siendo maltratado de mayores
-tribulaciones, finalmente viniste al puerto de salud y era de
-misericordia, y no te aprovechó tu linaje y la dignidad de tu persona,
-ni aun tampoco la ciencia que tienes; mas antes con la incontinencia
-de tu mocedad, puesto en vicios de hombres siervos y bajos, hubiste el
-premio y galardón de tu agudeza y curiosidad sin provecho!
-
-Mas como quiera que sea la ciega fortuna, pensando de atormentarte con
-estos pésimos trabajos y peligros, te trajo con su malicia, no por ella
-vista, a esta bienaventuranza, pues vaya ahora y bravee con su furia
-cuanto quisiere, y busque desde luego para su crueldad otra materia
-donde se ejercite, porque en aquellos cuyas vidas y servicios la
-majestad de nuestra diosa tomó bajo su amparo y protección, no ha lugar
-ningún caso contrario. ¿Qué le aprovecharon a la malvada de la fortuna
-los ladrones, qué le aprovecharon las fieras o el servicio en que te
-puso, o las idas y venidas de los caminos ásperos que anduviste, o el
-miedo de la muerte en que cada día te puso?
-
-Y ahora eres recibido en tutela y guarda de la prosperidad, pero de
-la que es buena y alumbra a los dioses. De aquí adelante ten la cara
-alegre, y que se conforme con este tu hábito cándido y blanco. Acompaña
-la pompa y procesión de esta diosa que te salvó, con pasos alegres, por
-que lo vean los herejes y conozcan su error. He aquí, Lucio, librado de
-las primeras tribulaciones, gozoso con la providencia de la gran diosa,
-y triunfando con vencimiento de su desdicha. Y por que seas más seguro
-y mejor guardado, entrégate a esta santa religión, y por tu voluntad
-toma el yugo de esta milicia, porque cuando comenzares a servir a esta
-diosa, entonces tú sentirás mucho más el fruto de tu libertad.
-
-De esta manera, habiendo hablado aquel egregio sacerdote, estando
-ya cansado de hablar, calló, y entonces yo, mezclándome con aquella
-compañía de religiosos, iba en la solemne procesión acompañando
-aquella solemnidad, señalándome y notándome con los dedos y gestos
-todos los de la ciudad, y todos hablando de mí, diciendo:
-
---La divinidad de nuestra gran diosa reformó y trasladó hoy a este de
-bestia en hombre; por cierto, él es bienaventurado, y hubo buena dicha,
-que por la inocencia y fe de la vida pasada mereció tan gran favor y
-ayuda del cielo, que casi ha tornado a nacer hoy de nuevo, y luego fue
-dedicado y puesto en el servicio de las cosas sagradas.
-
-Dicho esto, viniendo un poco adelante con la procesión, llegamos a
-la ribera de la mar en aquel mismo lugar donde otro día antes mi
-asno había tenido su establo, y allí, puesta la diosa y las otras
-cosas sagradas en tierra honradamente, el principal de los sacerdotes
-ofreció a la diosa una nave muy pulidamente obrada y pintada con
-pinturas maravillosas, como las que se pintan en Egipto, y hechos sus
-sacrificios y solemnísimas preces, con una tea ardiendo y un huevo y
-piedra azufre, rezando con su casta boca, después de haberla limpiado y
-purificado, la dedicó y nombró a esta gran diosa.
-
-La nave tenía una vela muy blanca de lino delgado, en la cual estaban
-escritas unas letras que declaraban el voto de los que ofrecían, por
-que la diosa les diese próspero viaje. Tenía asimismo la nave su
-mástil, que era un pino redondo, alto y muy hermoso, con su entena y
-su gavia, y la popa de la nave era cubierta de láminas de oro, con las
-cuales resplandecía. Y todo el cuerpo de la nave era de cedro limpio y
-muy pulido.
-
-Entonces todo el pueblo, así los religiosos como los seglares, con sus
-harneros y espuertas en las manos llenos de olores y de otras cosas
-semejantes, para suplicar a su diosa, las lanzaban dentro en la nao; y
-asimismo desmenuzadas estas cosas con leche, las lanzaban sobre las
-ondas de la mar, por ceremonia de sus sacrificios. Hasta tanto que
-la nao, llena de estos dones y otras largas promesas y devociones,
-sueltas las cuerdas de las áncoras, fue echada en la mar con su sereno
-y próspero viento, la cual después, con su ida, se nos perdió de vista.
-Los que traían las cosas sagradas, tomando cada uno lo que traía a
-cargo, alegres y con mucho placer, en procesión como habían ido, se
-tornaron a su templo.
-
-Después que hubimos llegado al templo, el principal de los sacerdotes
-y los otros que traían aquellas divinas reliquias, y los que eran
-novicios en aquella religión, entráronse dentro en el sagrario,
-adonde pusieron sus imágenes y reliquias que traían. Entonces, uno
-de aquellos, al cual los otros llamaban escribano, estando a la
-puerta, llamó allí todo el colegio de aquellos sacerdotes, de encima
-de un púlpito, y comenzó a pronunciar en palabras y lenguaje griego,
-diciendo: «Paz sea al Príncipe y gran Senado, caballeros y a todo el
-pueblo romano, y buen viaje a los marineros y a las naves que van por
-la mar, y salud a todos los que son regidos y gobernados debajo de
-nuestro imperio.» En fin de lo cual, dio licencia a todo el pueblo,
-diciendo que se fuesen con Dios. A lo cual respondió todo el pueblo con
-gran clamor y alegría, por donde pareció que a todos había de venir
-buenaventura, como el escribano decía.
-
-Después de esto, todos los que allí estaban, con gran gozo y con sus
-guirnaldas de rosas y flores, besando los pies de la diosa, que estaba
-hecha de plata y puesta en las gradas del templo, fuéronse para sus
-casas; pero a mí no me dejaba mi corazón apartarme de allí cuanto una
-uña; mas atento en la hermosura de la diosa, me recordaba de la fortuna
-que me había acontecido.
-
-
-III.
-
- Cómo Lucio cuenta el ardiente deseo que tuvo de entrar en la religión
- de la diosa, y cómo fue primero industriado para recibirla.
-
-La fama, que vuela con sus alas muy ligeramente, no cesó ni fue
-perezosa, antes voló muy presto en mi tierra, recontando el honorable
-beneficio de la providencia de la diosa, y la memorable fortuna que
-por mí había pasado. En tal manera, que mis familiares y criados, y
-asimismo mis parientes, quitado el luto que a mi causa habían tomado
-por la falsa relación y mensajería que de mi muerte tenían, súbitamente
-se alegraron, y luego vinieron corriendo a mí, cada uno con su
-presente, para ver mi presencia.
-
-Yo asimismo, holgándome con ver mi gesto y persona, de lo cual ya
-estaba desesperado, recibí sus dones y presentes, dándoles muchas
-gracias por ello, lo cual yo tenía razón de hacer, porque estos mis
-familiares y amigos habían tenido cuidado de traer cumplidamente lo
-que había menester, así para vestirme y ataviarme como para el otro
-gasto. Así que, después que les hube hablado en general y a cada uno
-particularmente, diciéndoles todas mis primeras fatigas y penas, y
-el gozo presente en que estaba, torneme otra vez a la muy agradable
-vista y presencia de la diosa. Y alquilada una casa dentro del
-cerco del templo, constituí allí mi morada temporal, sirviendo por
-entonces en las cosas de dentro de casa que me mandaban, estando de
-continuo en la compañía de aquellos sacerdotes, no apartándome del
-servicio de la gran diosa; en tal manera, que ninguna cosa pasó, ni
-hube reposo alguno, sin que viese y contemplase en esta diosa, cuyos
-sagrados mandamientos y servicios, como quiera que mucho antes a ellos
-yo me viese obligado, me parecía que ahora lo comenzaba a hacer y
-a servirla; y aunque en esto yo tenía gran deseo y voluntad, pero
-excusábame y tenía como religioso temor y vergüenza, mayormente que
-con mucha diligencia preguntaba la dificultad que había en el servicio
-de aquella religión, y sabía yo que había gran abstinencia y castidad.
-Demás de esto miraba con mucha cautela que la vida de aquella religión
-era disminuida y estaba debajo de muchos casos y ocasiones, lo cual
-todo pensando entre mí muchas veces, no sé cómo dilataba lo que mucho
-deseaba.
-
-Estando en este pensamiento, una noche soñaba que el sumo sacerdote me
-daba y ofrecía la falda llena, y preguntándole yo qué cosa era aquella,
-me respondió que traía allí ciertas cosas que me enviaban de la ciudad
-de Tesalia, y que asimismo había venido de allá un siervo mío, que por
-nombre había Cándido.
-
-Despertando con este sueño, revolvía muchas veces mi pensamiento,
-diciendo qué cosa podía ser aquesta, mayormente que no me recordaba en
-tiempo alguno haber tenido siervo que por tal nombre se llamase. Pero
-porque la adivinanza del señor se enderezase a bien, yo creía y se me
-figuraba que el ofrecimiento de aquellas cosas que me daban, en todas
-maneras significaban alguna cierta ganancia.
-
-En esta manera, estando en gran congoja, atónito con la prosperidad
-de la ganancia, esperaba la hora de maitines para que las puertas
-del templo fuesen abiertas, las cuales desde que se abrieron,
-comenzamos a adorar y suplicar a la imagen venerable de la diosa.
-Y el sumo sacerdote, andando por estos altares y aras, procuraba
-hacer su sacrificio y divinos oficios. Y después tomó un vaso de agua
-de la fuente secreta, e hizo la salva, como se acostumbraba en las
-solemnidades y suplicaciones divinas. Lo cual todo muy bien acabado,
-los otros religiosos comenzaron a cantar la hora de prima, adorando y
-saludando a la luz del día, que entonces comenzaba.
-
-Estando en esto vinieron de mi tierra mis criados y servidores que
-allá había dejado cuando Andria, criada de Milón, me encabestró por
-su necio error. Así que, conocidos mis criados y mi caballo cándido y
-blanco que ellos me traían, el cual era perdido y lo había cobrado por
-conocimiento de una señal que traía en las espaldas, por lo cual yo
-me maravillaba de la violencia de mi sueño, mayormente que, demás de
-concordar con la ganancia prometida, me había dado, en lugar del siervo
-Cándido, mi caballo, que era de color cándido y blanco.
-
-Lo cual todo así hecho, con mucha solicitud y diligencia yo frecuentaba
-el servicio del templo, con esperanza cierta que por los servicios
-presentes habría alguna remuneración.
-
-No menos con todo esto, cada día me crecía el deseo y codicia de
-recibir aquel hábito y religión, por lo cual muchas veces rogué y
-supliqué ahincadamente al principal de los sacerdotes que tuviese por
-bien de ordenarme, para que yo pudiese intervenir en los secretos
-sacrificios; pero él, como era personaje grave y muy afamado en la
-observancia y guarda de su religión, con mucha clemencia y humanidad,
-como suelen los padres templar los deseos apresurados de sus hijos,
-halagaba y aplacaba la fatiga de mi deseo, dilatando mi importunidad
-con promesa de mejor esperanza, diciendo que el día que cualquiera se
-hubiese de ordenar, había de ser mostrado y señalado por la voluntad de
-la diosa, y también por su divina providencia había de ser elegido el
-sacerdote que había de administrar en sus sacrificios, y por semejante,
-ella había de declarar el gasto necesario para aquellas ceremonias; las
-cuales cosas nosotros somos obligados a guardar con mucha paciencia,
-y guardarnos de ser apresurados, y de ser remisos, apartándonos de no
-caer en culpa de lo uno ni de lo otro; conviene a saber: que si soy
-llamado a la religión, no tengo de tardar, y si no me llaman, no ir
-de prisa; ni hay ninguno del número de estos sacerdotes que tenga tan
-perdido el seso, ni se pondrá tan a peligro de muerte, que sin ser
-llamado por la diosa, osase emprender tan sacrílego ministerio, de
-donde pudiese contraer culpa mortal, porque en mano de esta diosa están
-las llaves de la muerte y la guarda de la vida, y la entrada de esta
-religión se ha de celebrar a manera de una muerte voluntaria y rogada
-salud. Mayormente que esta diosa acostumbraba elegir para su servicio
-y religión los hombres que ya están en el último término de su vivir,
-a los cuales seguramente se puede cometer el silencio y autoridad de
-su orden, porque con su providencia hace tornar de nuevo a vivir a los
-que, en alguna manera renacidos en esta religión, entran en ella. Por
-las cuales razones me convenía obedecer el mandamiento celestial.
-
-Y como quiera que clara y abiertamente la diosa, por su gracia y bondad,
-me hubiese señalado y elegido para el ministerio de su religión, pero
-que ni más ni menos que los otros sus servidores me había de abstener,
-guardar y apartar de todos los manjares y actos profanos y seglares,
-por donde más derechamente pudiese llegar a los secretos purísimos de
-esta sagrada religión.
-
-Después que el sacerdote hubo dicho esto, no creáis que por ello yo me
-enojase, ni se corrompió mi servicio; antes muy atento, con grandísima
-paciencia y sufrimiento, continuamente hacía el oficio que convenía
-a las cosas sagradas del templo, y no recibí en ello engaño, ni la
-liberalidad de la diosa poderosa consintió que yo padeciese pena de
-larga tardanza.
-
-Mas una noche oscura claramente en sueños la vi, diciendo que ya era
-llegado el día que yo mucho deseaba, en el cual alcanzaría y tendría
-efecto mi voto y deseo, diciendo asimismo cuánto era lo que se había
-de gastar en el aparato de los oficios y ceremonias, y como aquel su
-principal sacerdote, que Mitra se llamaba, me había de juntar y poner
-en el número de los de aquella compañía sagrada, señalándome por uno de
-los ministros de aquella religión.
-
-Yo, cuando oí estas razones y otras semejantes palabras de aquella
-señora, recreado en mi corazón, casi aún no era bien de día, cuando muy
-presto me fui a la celda del sacerdote. Y yo que llegaba a la puerta y
-él que salía, dile los buenos días, y con mayor instancia y ahinco que
-solía, pensaba decirle que tuviese ya por bien de recibirme al servicio
-y deuda que debía a su religión.
-
-El sacerdote, luego que me vio, antes que nada me dijese, comenzó de
-esta manera:
-
---¡Oh, Lucio: tú eres dichoso y bienaventurado, pues que por su propia
-voluntad nuestra diosa te ha juzgado y escogido por hombre digno
-para su servicio! Así que, pues esto así es, ¿por qué te tardas y no
-despachas presto? Este es aquel día que tú mucho deseabas, en el cual
-por estas mis manos tú serás ordenado para los piísimos secretos de
-esta diosa y de su religión.
-
-Diciendo esto, aquel viejo honrado me tomó con su mano derecha, y
-me llevó muy presto a las puertas del magnífico templo, las cuales
-abiertas con aquella solemnidad que convenía, acabado el sacrificio
-de la mañana, sacó de un lugar secreto del templo unos ciertos libros
-escritos de letras y figuras no conocidas; en parte eran figuras de
-animales, que declaraban lo que allí se contenía, y de partes figuras
-de sarmientos torcidos y atados por las puntas, por que la lección de
-las letras fuese escondida de la curiosidad de los legos.
-
-De allí me dijo y enseñó las cosas que era necesario aparejar para mi
-profesión, las cuales luego yo con alguna liberalidad, por una parte, y
-mis compañeros por otra, procurábamos comprar y buscar.
-
-Así que venido el tiempo, según que el sacerdote decía, llevome,
-acompañado de muchos religiosos, a unos baños que allí cerca estaban,
-y primeramente me hizo lavar, como es costumbre, y después, rezando
-y suplicando a los dioses, rociándome todo de una parte y de otra,
-limpiome muy bien y tornome al templo casi pasadas dos partes del día,
-y púsome ante los pies de la diosa, diciéndome secretamente ciertos
-mandamientos que es mejor callarlos que decirlos; pero en presencia de
-todos me dijo estas cosas, conviene a saber: que en aquellos diez días
-continuos me abstuviese de comer, ayunando, y que no comiese carne de
-ningún animal ni bebiese vino.
-
-Las cuales cosas por mí guardadas derechamente con venerable
-abstinencia, ya que era llegado el día señalado y prometido para mi
-recepción, casi a la tarde, cuando el sol baja, he aquí donde vienen
-muchos compañeros vestidos al modo antiguo de vestiduras sagradas, y
-cada uno de ellos diversamente me daba su don. Entonces, apartados de
-allí todos los legos, y vestido yo de una túnica de lino blanco, el
-sacerdote me tomó por la mano, y me llevó a lo íntimo y secreto del
-sagrario.
-
-Por ventura, tú, lector estudioso, podrás aquí con ansia preguntar
-qué es lo que después fue dicho o hecho o qué me aconteció, lo cual
-yo diría si fuese cosa conveniente el decirlo, y si no conociese que
-a ninguno conviene saberlo ni oírlo, porque en igual culpa incurrían
-las orejas y la lengua de aquella temerosa osadía. Pero con todo eso
-no quiero dar pena a tu deseo (por ventura religioso), teniéndote
-gran rato suspenso. Mas créelo, que es verdad. Sepas que yo llegué
-al término de la muerte, y hallando el palacio de Proserpina, anduve
-y fui traído por todos los elementos, y a media noche vi el Sol
-resplandeciente con muy hermosa claridad, y vi los dioses altos y
-bajos, y llegueme cerca y adorelos.
-
-He aquí te he dicho lo que vi; lo cual, como quiera que lo has oído, es
-necesario que lo sepas. Pero aquello que sin pecado se puede manifestar
-y denunciar a las orejas de los legos, yo lo diré.
-
-
-IV.
-
- Lucio cuenta la entrada en la religión, y cómo fue a Roma donde fue
- ordenado en las cosas sagradas, y fue recibido en el colegio de los
- sacerdotes de la diosa Isis.
-
-
-Otro día de mañana, acabadas las horas solemnes, salí vestido con doce
-vestiduras, que es hábito muy devoto y religioso, del cual puedo hablar
-sin prohibición alguna, mayormente que en aquel tiempo muchos que
-estaban presentes lo vieron.
-
-Estaba en medio del templo sagrado, delante la imagen de la diosa,
-hecho un cadalso de madera, encima del cual yo estaba muy adornado de
-una vestidura, que era blanca de lino, pero de diversas flores pintada,
-que me colgaba de los hombros por las espaldas hasta los pies; ella era
-tan rica y preciosa, que de cualquier parte que la veían parecía de
-diversos colores, y muy adornada de animales en ella bordados. De una
-parte había dragones de las Indias, de la otra grifos hiperbóreos, que
-nacen y son criados en tierras muy ásperas, y tienen alas a manera de
-aves. A esta vestidura llamaban los sacerdotes estola olímpica.
-
-En la mano derecha tenía yo un hacha encendida, y encima una hermosa
-corona resplandeciente, a manera de unas hojas de palma, alzadas arriba
-como rayos. En esta manera yo adornado, que parecía al Sol, y ataviado
-como una imagen, súbitamente alzaron la vela que estaba delante, y
-quedé descubierto en presencia de todo el pueblo.
-
-Después de esto celebré muy solemnemente la fiesta de mi profesión,
-hice convite de muy suaves manjares y otros placeres y fiestas, que
-duraron tres días, así en lo que pertenecía a la honesta y religiosa
-comida, como en todas las otras cosas que eran necesarias a la
-solemnidad y perfección de mi entrada.
-
-Después, continuando allí algunos pocos días, mi deseo y trabajo
-gozaba de aquel inestimable, por estar en servicio de la diosa, siendo
-prendado de tan grande beneficio.
-
-Finalmente, que habiendo referido humildemente, según mi posibilidad,
-aunque no tan por entero como era razón, las gracias del beneficio
-y merced recibida, siendo amonestado por la gran diosa, y con gran
-pena rotas las áncoras de mi ardiente deseo, alcancé licencia (aunque
-tardía) para tornar a mi casa. Así que, echado en tierra con mi cara
-ante sus pies, y lavándolos con mis lágrimas, y tapando la habla con
-grandes sollozos y tragando las palabras; finalmente, habiendo hecho mi
-oración a la diosa, abracé al sacerdote Mitra, padre mío, y colgado de
-su pescuezo, dándole muchos besos, le demandaba perdón. Porque no podía
-remunerar ni agradecerle tantos beneficios como de él había recibido.
-
-Finalmente, que al cabo de gran rato que pasamos en referir las gracias
-y ofrecimientos, nos partimos.
-
-Yo, después, a muy poquito tiempo enderecé mi camino para tornar a la
-casa de mis padres. Así que, habiendo pasado algunos días por aviso
-y mando de nuestra diosa, hice liar muy prestamente mi hacienda, y
-entrando en la nao tomé el camino hacia Roma, y navegando con favor y
-prosperidad de los vientos (que traían), muy presto tomé puerto.
-
-De allí, por tierra, subí en un carro y llegué a esta sacrosanta
-ciudad, a doce días del mes de Diciembre, a donde no tuve otro mayor
-cuidado, como llegué, sino cada día ir a visitar el templo de la reina
-Isis, llamado Campense.
-
-He aquí donde, pasado el sol por los doce signos del cielo, había
-cumplido un año, y el cuidado de la diosa, que bien me quería, tornó
-de nuevo a interrumpir mi descanso y reposo, haciéndome ensueños que
-otra vez me aparejase para entrar en la religión. Yo estaba maravillado
-qué cosa podía ser aquella, si por ventura no era bien ordenado y me
-faltaba algo, y en este escrúpulo hallé una cosa nueva, la cual era
-que, aunque yo estaba cierto en el entendimiento de la orden de la
-reina Isis, no estaba alumbrado ni limpio para el sacrificio del padre
-de todos los dioses, Osiris; y aunque ambas estas religiones eran unas
-y estaban juntas, pero había gran diferencia cuanto al hacer de la
-profesión.
-
-Estando yo en esta duda, a la noche, en sueño me apareció un sacerdote
-de Osiris, el cual me denunció los secretos de aquella religión. Este
-sacerdote por darme conocimiento de sí por alguna cierta señal, andaba
-poco a poco cojeando un poco del pie izquierdo. Así que, quitada toda
-oscuridad y duda por la voluntad de los dioses, luego de mañana,
-acabadas las horas matutinas, miraba con gran diligencia a cada uno,
-quién de ellos era semejante al que vi en sueños, y luego vi uno
-de aquellos sacerdotes que, demás del indicio de ser cojo del pie
-izquierdo, concordaba justamente en todo lo otro, así en hábito como en
-estatura, al que vi en sueños, y según después supe, se llamaba Asinio
-Marcelo, el cual nombre no era ajeno de mi reformación de cuando yo
-andaba hecho asno.
-
-Visto esto, fuile luego a hablar, pero él no estaba incierto de lo
-que yo le decía, que ya había sido avisado por semejante orden como
-me había de administrar y admitir en estas cosas de sus sacrificios y
-religión, porque en sueños había oído la noche pasada al gran Osiris,
-estándole ataviando la corona, por su propia boca, con la cual dice
-y declara las venturas de cada uno, cómo le era enviado un hombre de
-Orán, virtuoso, al cual él luego recibiese a sus sacrificios.
-
-En esta manera, estando yo destinado para entrar en la religión,
-estaba impedido contra mi voluntad por la pobreza, por no tener para
-cumplir lo que era necesario para la costa, porque los grandes gastos
-de mi larga peregrinación habían consumido las fuerzas del patrimonio,
-y también los gastos que había de hacer en Roma precedían y eran
-mayores que los que se habían hecho en Acaya, donde tomé el hábito.
-Así que, con la pobreza y necesidad que tenía, estaba en mucha fatiga
-puesto, como dice el proverbio, «entre el cuchillo y la piedra»; demás
-de lo cual ya era amonestado que vendiese las alhajas y ropa que
-tenía, aunque poca, lo que luego hice, con que hice alguna suma de
-dineros. Así que, ya aparejadas abundantemente todas las cosas que eran
-menester, otra vez torné a ayunar tres días, contentándome con manjares
-de hierbas y no comer otra alguna cosa.
-
-Demás de esto, siendo amonestado por las nocturnas fantasmas de Osiris,
-estaba ya muy satisfecho para entrar en su religión, por ser hermano de
-la gran reina Isis, y por esto yo frecuentaba su servicio, lo cual daba
-gran descanso y placer a mi larga peregrinación y trabajo; no menos
-me ayudaba, y daba abundantemente lo necesario a mi vivir, el oficio
-de abogar causas, que con el favor de mi buena dicha yo ejercitaba
-y tenía, en que yo era muy diligente y harto solícito. He aquí que
-después, a poquito tiempo, no pensándolo yo, otra vez fui amonestado
-por mandamientos de los dioses, para que tercera vez me ordenase en su
-religión, lo cual no poco cuidado y pena me dio, y con gran congoja y
-pena de mi corazón pensaba qué cosa podría ser esta nueva y no oída
-intención de los dioses, qué quería decir, o a dónde se enderezaba, o
-qué faltaba a la profesión y entrada que ya dos veces había hecho.
-
-Estando yo en este pensamiento como hombre sin seso, me apareció en
-sueños una persona que mansamente me instruyó, y dijo de esta manera:
-
---No hay causa de que te puedas espantar, porque sabe que por tu bien
-te mandan ordenar tercera vez, que es cosa que a nadie se permitió, y
-mira bien que te pertenece morar en Roma, en el templo de la diosa
-Isis, con el hábito y vestiduras de su religión, que tomaste en la
-provincia de Acaya; y no puedes en los días solemnes suplicar ni hacer
-cosa alguna sin este felice y glorioso hábito, lo cual, porque para ti
-sea dichoso y de buenaventura, recíbelo otra vez con ánimo gozoso y
-placentero, pues lo mandan y son autores de ello los dioses grandes y
-soberanos.
-
-Hasta aquí, de la manera que he contado, me persuadió la revelación
-de la profesión, diciéndome todo lo que era menester para mi entrada.
-En adelante no dilaté ni olvidé el negocio, antes luego me fui al
-sacerdote principal, y dichas todas las cosas que había visto, me puse
-a la obediencia y yugo de la castidad, y abstinencia de comer cosas de
-sangre; y por la ley perpetua de aquellos diez días, yo de propia gana
-multipliqué otros más adelante. De manera que largamente aparejé todo
-lo que era menester para mi profesión y entrada, porque muchas cosas de
-aquellas me fueron dadas más por virtud y piedad de algunos, que por
-precio de dineros, aunque a mí no me pesaba del trabajo ni del gasto,
-pues que liberalmente la providencia de los dioses me había proveído en
-los negocios y causas de mi abogar.
-
-Finalmente, después, a bien pocos días, el dios principal, Osiris, me
-apareció en sueños, mandándome que sin alguna tardanza tomase cargo de
-patrocinar y ayudar en las causas y pleitos de los que poco pueden, y
-no temiese las envidias y murmuraciones de los que mal me querían, las
-cuales allí se causaban y divulgaban por la doctrina y trabajo de mi
-estudio. Y no solamente su gran majestad tenía por bien que yo fuese
-juntado en la compañía de los sacerdotes, mas que fuese uno de los
-principales entre los Decuriones, que de cinco en cinco años se elegían.
-
-Finalmente, que yo, trayendo mi cabeza rasa de cada parte, según
-la ceremonia e institución del antiguo colegio que se instituyó en
-los tiempos de Sila, me ejercitaba y servía mis oficios y cargos,
-perseverando en ellos con mucho placer y alegría.
-
-
-FIN.
-
-
-
-
- LAS FLORIDAS
-
- FRAGMENTOS DE DISCURSOS
- DE
- LUCIO APULEYO
-
-
-
-
-LAS FLORIDAS
-
-
-I.
-
-Es costumbre de los viajeros piadosos, cuando encuentran algún bosque
-sagrado o algún lugar santo, detenerse en ellos un momento para
-pedir ayuda a los cielos y ofrecerles sus votos. Yo, como ellos, al
-entrar en esta ciudad, la más santa de todas[6], apremiado como lo
-estoy por el tiempo, debo, ante todo, implorar indulgencia, detener
-mis pasos, pronunciar un discurso. Nada hay, en efecto, más digno de
-que un viajero de religiosas costumbres suspenda su marcha, ni el
-altar adornado con flores, ni la gruta que el follaje sombrea, ni la
-encina que termina en forma de cuernos, ni el haya coronada de pieles,
-ni la colina consagrada por un cercado, ni tronco que la azuela ha
-esculpido, ni césped fumigado con las libaciones, ni piedra impregnada
-de perfumes, porque tales signos son poca cosa, pocos son los que los
-conocen y adoran; el vulgo los ignora y sigue adelante.
-
-
-II.
-
-No es esto lo que opinaba nuestro maestro Sócrates.
-
-Mirando cierto día a un bello joven que guardaba prudentísimo silencio:
-«Habla, le dijo, para que te vea.» Así, pues, para Sócrates, el callar
-equivalía a no dejarse ver, es decir, que pensaba no deben apreciarse
-los hombres con los ojos del cuerpo, sino con la mirada de la
-inteligencia y la vista del alma, y en este punto estaba en desacuerdo
-con el soldado de Plauto, que dice:
-
-«Más vale un hombre con ojos que diez con oídos.»
-
-El filósofo, para examinar al hombre, volvía del revés la frase
-diciendo:
-
-«Más que diez hombres con ojos, vale uno con oídos.»
-
-Por lo demás, si el juicio de la vista fuera superior al de la
-inteligencia, la sabiduría del águila sería mayor que la nuestra.
-
-Nosotros los hombres no podemos distinguir los objetos ni demasiado
-distantes ni demasiado cerca; en cierto modo todos somos ciegos, y
-si quedáramos reducidos a los débiles ojos del cuerpo, tendría razón
-un famoso poeta al decir «que una especie de nube se extiende ante
-nuestros ojos impidiéndonos ver más allá de donde llega la piedra
-que sale de la honda». Pero el águila, cuando con sublime vuelo se
-lanza hacia las nubes, cuando llega a la región de las lluvias y de
-las nieves y más allá de las alturas donde se producen el relámpago
-y el rayo, y que, por decirlo así, son la base del éter y la cima de
-las tempestades; cuando allí se balancea suavemente a derecha o a
-izquierda y a su placer mueve la masa de su cuerpo, ayudándose de las
-alas como de velas, de la cola como de timón y de sus plumas como de
-remos infatigables, todo lo ve. Irresoluta un momento, suspende de
-pronto el vuelo, contempla cuanto le rodea y busca y escoge la presa
-sobre la que ha de arrojarse desde lo alto como el rayo. Desde las
-nubes, que ocultan su presencia, distingue el rebaño en la llanura, la
-fiera en la montaña y los hombres en el interior de las poblaciones;
-les amenaza con la vista y con las garras y se apresta a despedazar con
-el pico, a desgarrar con las uñas a la descuidada oveja o a la liebre
-medrosa, o a cualquier otra víctima que el acaso ofrece a su hambre o a
-sus crueles instintos.
-
-
-III.
-
-Hyagnis, según la tradición, fue el padre y señor del flautista
-Marsias, el único que en aquellos siglos rudos poseía el instinto de la
-música. Desconocía la flauta de muchos agujeros con su flexible armonía
-y variadas modulaciones, pues este arte, de reciente invención, estaba
-entonces en la infancia; que nada desde su origen es perfecto, y los
-elementos ricos en esperanzas preceden siempre a los resultados de la
-experiencia. Antes de Hyagnis, la mayoría, como el pastor o boyero de
-Virgilio, no sabían sino
-
- _Stridente miserum stipula disperdere carmen._
-
-Aun los que tenían fama de haber profundizado más en los dominios del
-arte, limitábanse a hacer sonar una sola flauta, como se hace con una
-trompeta. Hyagnis fue el primero que movió los dedos para producir
-varios sonidos, el primero que animó dos flautas con un solo aliento,
-el primero que, por medio de agujeros colocados a izquierda y derecha,
-produjo el acorde musical mezclando sonidos agudos y notas graves.
-Marsias, su hijo, heredero de la flauta y del talento paterno, era, sin
-embargo, un frigio, un bárbaro asqueroso y repugnante, de barba sucia,
-erizada de espinas a guisa de pelos, y no obstante, se dice (audacia
-inaudita) que quiso rivalizar con Apolo, como si Tersites compitiera
-con Nereo, un rústico con un erudito, un bruto con un dios.
-
-Minerva y las Musas fingieron constituirse en jueces para burlarse
-de la bárbara fanfarronada de este monstruo y para castigarle por su
-estupidez. Pero Marsias (y este era el rasgo distintivo de su necedad),
-no comprendiendo que servía de mofa, empezó, antes de hacer sonar la
-flauta, a decir groseras impertinencias de él y de Apolo. Alabábase
-de su cabellera echada hacia atrás, de su barba sucia, de su velludo
-pecho, de que el arte le había hecho flautista y la fortuna indigente;
-y, cosa ridícula, censuraba en Apolo las cualidades contrarias; que
-tuviese el cabello largo, gracioso semblante, cutis suave, grandes y
-variadas dotes artísticas y opulenta fortuna.
-
-«Y además, dijo, su cabellera, arreglada en pequeños bucles y
-graciosos anillos, cae por ambos lados de la frente; todo su cuerpo es
-encantador, sus miembros de blancura deslumbradora, su boca profética
-con igual facilidad habla en prosa que en verso. ¿Qué? ¿Es acaso
-bella cosa su vestido de finísimo tejido, de blanda tela, teñido de
-radiante púrpura? ¿Lo es una lira en que brilla el resplandor del oro,
-la blancura del marfil y el fulgor de los diamantes? ¿Lo es, en fin,
-murmurar docta y gratamente algunas canciones? Todas estas niñerías no
-son títulos de virtud, sino signos de afeminación.»
-
-Diciendo esto ostentaba las cualidades específicas de su persona. Las
-Musas, al oír que dirigía a Apolo censuras que todo hombre sensato
-desearía merecer, estallaban de risa. El flautista fue vencido en esta
-lid, y ellas le dejaron como oso en dos pies, con el pellejo roto y
-las entrañas palpitantes. Así fue castigado Marsias por su reto y su
-derrota, avergonzando a Apolo tan humilde victoria.
-
-
-IV.
-
-Era Antigénidas un flautista que sabía cadenciar dulce como la miel
-todos los acordes y producir todos los modos que se deseaban, el
-sencillo eólico, el variado iásico, el plañidero lidio, el frigio
-religioso y el belicoso dórico. Lo que más afligía a este hombre
-eminente en el arte, lo que, al decir suyo, mortificaba más su alma y
-su genio, era oír llamar a los flautistas músicos de entierros. Pero
-seguramente hubiera sufrido esta calificación, de haber visto los mimos
-(entre los cuales unos presiden, otros reciben los golpes, y todos
-visten púrpura casi semejante), si hubiera asistido a nuestros juegos,
-donde de igual manera preside un hombre o combate, o si viera tomar la
-toga lo mismo para un sacrificio que para unos funerales, y el manto
-servir lo mismo para envolver cadáveres que para traje de filósofos.
-
-
-V.
-
-Favorable es el afán con que venís aquí sabiendo que el sitio no puede
-disminuir la autoridad del orador y que conviene enterarse antes de
-lo que se verá en el teatro; porque si es un mimo, os reiréis; si un
-bailarín en cuerda, lo admiraréis; si un cómico, aplaudiréis; si un
-filósofo, os instruiréis.
-
-
-VI.
-
-La India, paraje lleno de habitantes y que se extiende hasta el
-infinito, está situada lejos de nosotros, al Oriente, en los lugares
-donde el Océano forma un golfo, donde nace el sol. Próximo a los
-primeros astros y límite del mundo, encuéntrase más allá de los sabios
-Egipcios, de los Judíos supersticiosos, de los Nabateos mercaderes, de
-los Arsácidas de vestiduras talares, de los Itureos, pobres en frutos,
-de los Árabes, ricos en perfumes.
-
-Por mi parte no admiro a esos indios por sus masas de marfil, sus
-cosechas de pimienta, su comercio de cinamomo, el temple de sus
-hierros, sus minas de plata y sus auríferos ríos. ¿Qué me importa que
-tengan el mayor de estos, el Ganges?
-
- Monarca de las aguas; origen de cien ríos
- Que cien valles recorren, fecundizando el suelo,
- Y por cien bocas entran en el undoso mar.
-
-¿Qué me importa que estos pueblos, situados en los lugares donde
-empieza el día, muestren en sus cuerpos el color de la noche, y que
-allí inmensas serpientes luchen con monstruosos elefantes en combates
-donde igualmente peligran y mueren? Porque estos reptiles encadenan con
-sus tortuosos repliegues a los elefantes, que no pudiendo desenlazar
-las patas y escapar a la furiosa presión de las serpientes y a sus
-escamosas ligaduras, vense precisados a procurar la venganza con el
-peso de su cuerpo, arrojándose al suelo para aplastar con su masa a los
-enemigos que les sujetan.
-
-Hay entre los indios gran variedad de razas, pues me agrada más contar
-los prodigios del hombre que los de la Naturaleza. Una de ellas solo
-sabe apacentar bueyes, y de aquí que se les llame boyeros. Otras se
-distinguen por su habilidad en el cambio de mercancías o por su valor
-en la guerra; de lejos combaten con la flecha, y de cerca con la espada.
-
-Existe además una clase preeminente que se llama de los gimnosofistas.
-Estos son los que admiro. ¿Por qué? Porque son hábiles, no en propagar
-la viña o podar los árboles o labrar la tierra; no saben cultivar el
-campo, ni recolectar el vino, ni domar un caballo, ni sujetar un toro,
-ni esquilar o apacentar ovejas y cabras. ¿Y qué importa? Saben lo que
-es superior a todo; todos ellos cultivan la sabiduría, lo mismo los
-viejos maestros que los jóvenes discípulos, y mis mayores elogios son
-al odio que profesan a la torpeza del entendimiento y a la ociosidad.
-Por ello, cuando está puesta la mesa, y antes de traer las viandas,
-todos los jóvenes dejan sus trabajos y moradas, reuniéndose para la
-comida, y los maestros les preguntan qué han hecho bueno desde la
-salida del sol hasta aquella hora del día. Uno refiere que, elegido
-por árbitro entre dos hombres, ha sabido calmarles la ira, aplacar sus
-corazones, disipar sus sospechas, y de enemigos que eran, convertirles
-en amigos; otro dice que ha obedecido todas las órdenes de sus padres;
-otro que ha logrado con sus meditaciones algún descubrimiento o que lo
-aprendió por las demostraciones de otro; finalmente, todos refieren lo
-que han hecho, y el que nada tiene que decir para merecer la comida, es
-echado fuera, para que continúe el trabajo con el estómago vacío.
-
-
-VII.
-
-Alejandro, el más ilustre de todos los reyes por sus acciones y sus
-conquistas, mereció el título de Grande, que le dieron para que quien
-había adquirido una gloria por nadie igualada, no fuera jamás nombrado
-sin elogio. Desde que el mundo empezó y la tradición existe, este
-hombre, cuyo brazo invencible había sometido el universo, es el único
-superior a su fortuna. Sus más extraordinarios triunfos los provocó con
-su valor, los igualó con su mérito y los sobrepujó con la grandeza de
-su alma. Es el único que brilla sin rivales, hasta el punto que nadie
-se atrevería a esperar su virtud o a desear su fortuna.
-
-Las acciones sublimes que llenan la vida de Alejandro, los brillantes
-rasgos que causan la admiración, aquella audacia en la guerra, aquella
-previsión en el gobierno, ha tomado a su cargo el referirlas un poeta
-eruditísimo y suavísimo, mi Clemente[7], en un maravilloso poema.
-
-Pero ved aquí un rasgo notable entre los que lo son más. Quería
-Alejandro que su imagen fuera transmitida fielmente a la posteridad, y
-temiendo que la desfigurasen la generalidad de los artistas, prohibió
-en todo el universo reproducir su real efigie en bronce, en pintura o
-por medio del grabado. Polícleto solo fue el encargado de reproducirla
-en bronce, Apeles de representarla con el pincel, y Pirgoteles de
-esculpirla con el buril. A excepción de estos tres artistas, cada uno
-superior en su arte, quien se atreviera a acercarse a aquella santa
-imagen, debía ser castigado como sacrílego. Gracias a este general
-temor, Alejandro es él en todos sus retratos. En todas las estatuas,
-en todos los cuadros, en todos los vasos aparece igualmente el varonil
-vigor del audaz guerrero, el inmenso genio del héroe en la flor de su
-bella juventud y con el encanto de su olímpica frente.
-
-¡Oh! ¡Si la filosofía pudiera, como Alejandro, prohibir a lo vulgar
-reproducir su imagen! Corto número de hombres de bien verdaderamente
-instruidos, se dedicarían a este estudio que lo comprende todo: al
-estudio de la sabiduría. La turba grosera, ignorante, inculta, no
-imitaría a los filósofos hasta en el manto, y a la reina de las
-ciencias, que no enseña menos a bien decir que a bien vivir, no la
-deshonrarían con un mal lenguaje y peor conducta. Este doble vicio es
-facilísimo; nada más común que la violencia del lenguaje, unida a la
-bajeza de las costumbres. Ambas cosas nacen del desprecio a los demás y
-a sí mismo, porque prescindir de la moral es despreciarse a sí propio
-y atacar groseramente a los demás; es despreciar al auditorio. ¿Acaso
-no es para vosotros el mayor ultraje que os crean íntimamente gozosos
-por los insultos dirigidos a los hombres más honrados, suponer que
-no comprendéis el sentido de las palabras bochornosas y deshonestas,
-o que, si lo entendéis, os agradan? ¿Qué zafio, mozo de esquina o
-tabernero, no tendría más verbosidad que vosotros para insultar, si
-quiere tomar el manto?
-
-
-VIII.
-
-Debe más a su persona que a su dignidad, aunque de esta dignidad no
-sea partícipe todo el universo. Porque entre un número infinito de
-hombres, pocos son senadores; entre los senadores, pocos son nobles de
-nacimiento; de estos consulares, pocos son virtuosos, y finalmente,
-de estos virtuosos, pocos son instruidos. Pero, hablando del honor
-únicamente, las insignias de este cargo, el vestido y el calzado, no
-las tiene el primero que llega.
-
-
-IX.
-
-Si por acaso en esta ilustre asamblea hay alguno de mis envidiosos,
-porque en una gran ciudad siempre hay hombres que prefieren denigrar el
-mérito superior a imitarlo, y que, desesperando de igualarlo afectan
-despreciarlo; hombres cuyo nombre es oscuro y que quisieran darse a
-conocer a expensas del mío; si, pues, alguno de estos seres biliosos se
-ha mezclado, como mancha, a este brillante auditorio, deseo que pase un
-poco la vista por el inmenso concurso, y que mirando esta concurrencia
-tan grande que ningún filósofo la ha visto igual alrededor de su
-cátedra, medite qué peligros puede correr un hombre que inspira tan
-grande estimación y está tan habituado al desprecio.
-
-¡Cuán ruda y penosa tarea la de satisfacer la curiosidad, por poca que
-sea, de un corto número de oyentes, sobre todo para mí, a quien mi fama
-y una favorable prevención no permiten negligencia alguna, ninguna
-expresión descuidada! ¿Quién de vosotros, en efecto, me perdonaría
-un solecismo? ¿Quién una sola sílaba pronunciada con acento bárbaro?
-¿Quién me permitiría balbucear frases incorrectas y viciosas como las
-que produce el delirio de la fiebre?
-
-Sin embargo, todo esto lo permitís a los demás y tenéis razón sobrada.
-Pero cada una de mis palabras la examináis, la pesáis cuidadosamente,
-la sometéis al contraste de la lima y de la cuerda, relacionáis el
-torno con las exigencias del coturno. Tanta es la indulgencia con la
-medianía, como la severidad con el mérito.
-
-Reconozco, pues, la dificultad de mi situación y no os demando
-diferente disposición de ánimo; pero no os dejéis engañar por una
-ligera y falsa semejanza, porque ya lo he dicho con frecuencia: los
-pordioseros con manto llenan las calles. El pregonero sube al tribunal
-con el procónsul, y también va cubierto con toga; a veces está largo
-tiempo de pie: a veces anda; pero ordinariamente grita con toda la
-potencia de su voz. El procónsul permanece sentado; habla raras veces,
-y si habla es con voz pausada, y lo más frecuente es que lea en sus
-tablillas. Ahora bien: el gritador de voz estentórea es un ministril;
-el procónsul que lee en sus tablillas es un juez, y a su fallo, una vez
-pronunciado, no se puede añadir ni quitar una sola letra. Tal como lo
-pronuncia es inscrito en el archivo de la provincia.
-
-Yo estoy, por mis estudios, casi en una posición análoga, salvo la
-distancia correspondiente. Lo que ante vosotros digo es escrito y leído
-en seguida, nada puedo retirar, ni cambiar, ni corregir, y por ello mis
-palabras tengo que medirlas y pensarlas en mis diversas composiciones.
-Porque hay más obras en mi galería que había en la fábrica de
-Hipias[8]. Sea de ello lo que quiera, estad atentos y hablaré con mayor
-cuidado y método.
-
-Este Hipias, el primero de los sofistas por la variedad de su talento
-y la facilidad de sus locuciones, era contemporáneo de Sócrates. La
-Élida fue su patria: se ignora su origen; tenía gran reputación,
-mediana fortuna, memoria excelente, variados conocimientos y numerosos
-rivales. Vino una vez a los juegos olímpicos a Pisa; su traje era tan
-brillante como de extraña forma, y nada de lo que sobre sí llevaba
-lo había comprado, sino estaba hecho por sus manos, las telas que le
-cubrían, el calzado que llevaba en los pies y los adornos que llamaban
-la atención. Ceñía el cuerpo con estrecha túnica de finísimo tejido
-de tres hilos, de púrpura dos veces teñida, y la había tejido él
-mismo. El cinturón era un tahalí cubierto de bordados babilónicos de
-abigarrados y brillantes colores, y nadie le había ayudado en este
-trabajo. Cubríale un manto blanco que echaba por encima del hombro.
-Este manto también, según se decía, era obra suya y los pantuflos que
-le servían de calzado. Mostraba con ostentación en la mano izquierda
-un anillo de oro, cuyo sello estaba artísticamente trabajado, y él era
-quien había redondeado el oro, puesto el engarce y grabado la piedra.
-No he enumerado aún todas sus obras, porque no debo avergonzarme en
-referir lo que él sin ruborizarse y vanidosamente mostraba. Refirió
-ante numerosa asamblea haber fabricado el frasco de aceite que llevaba,
-que era un vaso de forma lenticular, suavemente redondeado por los
-contornos, y como compañero mostraba un precioso peinecillo de mango
-recto y púas en forma de tubos, de manera que el mango servía para
-sostenerlo, y los tubos para que corriese el sudor.
-
-¿Quién no elogiaría a un sabio en tan gran número de artes, en tan
-varias ciencias; peritísimo Dédalo para todos los utensilios? Yo
-también elogio a Hipias, pero prefiero igualar su fecundidad con mi
-instrucción mejor que con mi talento para fabricar tantas cosas. Lo
-confieso: soy inferior a él en las artes mecánicas; compro mis vestidos
-al sastre y mi calzado al zapatero; no uso anillo y estimo el oro y
-las piedras preciosas como el plomo y los guijarros. El peine, el
-frasco de aceite y los demás objetos de baño los compro en el mercado.
-Finalmente, ¿por qué negarlo? no sé manejar ni la escuadra, ni la
-lezna, ni la lima, ni el torno, ni otras tales herramientas. A todas
-ellas, lo confieso, prefiero una pluma de escribir, que me sirve para
-componer toda clase de poemas dignos de la cítara, de la lira, del
-coturno o del zueco; sátiras, logogrifos, historias varias, discursos
-admirados por los oradores, diálogos elogiados por los filósofos;
-abarco todos los géneros y los expreso en griego y en latín, por mi
-doble vocación, con el mismo gusto e igual estilo.
-
-¡Que no pueda yo ofrecerte, ilustre procónsul, todos estos tributos
-literarios, no en partes separadas y como nuestras, sino en su conjunto
-y unidad, y merecer tu glorioso testimonio por la universalidad de
-mis aptitudes! Y no es ciertamente por falta de alabanzas, porque mi
-gloria, siempre intacta, floreciente siempre, ha llegado a tu noticia
-por conducto de todos tus predecesores; pero deseo con preferencia a
-todos los otros sufragios, el del hombre que yo más estimo, porque es
-natural amar a quienes se estima, y buscar los elogios de aquellos a
-quienes se ama. Ahora bien: yo te profeso la más viva amistad, porque
-si ninguna obligación tengo con el hombre privado, el magistrado ha
-adquirido por completo mi afecto, y si ningún favor he obtenido de ti,
-es porque ninguno he pedido.
-
-Además, la filosofía me ha enseñado a amar no solamente a mis
-bienhechores, sino hasta a mis enemigos; a escuchar la voz de la
-justicia mejor que los consejos del interés; a preferir la utilidad
-general a la mía propia. Así, pues, mientras los más aman los efectos
-de tu benevolencia, yo amo tu inclinación al bien. Me he aficionado a
-ti al ver tu celo por los negocios de la provincia, celo que te debe
-proporcionar el apasionado amor de todos: de los obligados, por el
-beneficio, de los demás, por el ejemplo; porque si los beneficios son
-útiles a gran número, el ejemplo es saludable a todos.
-
-En efecto, ¿quién no deseará aprender de ti por qué moderación se
-adquiere esa amable gravedad, esa dulce austeridad, esa seguridad
-tranquila, esa amenidad que no excluye la energía?
-
-Ningún procónsul, que yo sepa, inspira a África más respeto y menos
-temor. Jamás, antes de tu mando, se había visto ser más fuerte que la
-intimidación para reprimir el crimen, la vergüenza de cometerlo.
-
-Ningún otro, con igual poder, repartió más beneficios e infundió menos
-terror; ninguno trajo consigo un hijo que tanto le asemejara en las
-virtudes; ninguno ha sido por más largo tiempo procónsul de Cartago;
-porque cuando tú recorrías la provincia, Honorio quedaba con nosotros,
-y si nuestro pesar fue más amargo, tu ausencia era menos sentida. En el
-hijo se encontraba la equidad del padre, en el joven la prudencia del
-anciano, en el teniente la autoridad del cónsul. Retrata tan fielmente
-todas tus virtudes, que se te admiraría más por tu hijo que por ti
-mismo, si este hijo no fuera uno de tus dones. ¡Plegue al cielo que
-gocemos siempre de tu mando! ¿Para qué esos cambios de procónsules?
-¡Años demasiado cortos; meses que transcurren fugaces! ¡Cuán fugitivo
-es el paso de los hombres virtuosos! ¡Qué rápidamente cumplen su misión
-los buenos gobernadores! Ya te acompaña, Severiano, el sentimiento de
-toda la provincia; pero Honorio es llamado por su sangre a la pretura;
-el favor de los Césares le prepara el consulado. Desde ahora posee
-nuestro amor, y en él cifra Cartago su esperanza para lo porvenir.
-¡Único consuelo que tu ejemplo nos da! Es enviado de lugarteniente, y
-pronto volverá a nosotros de procónsul.
-
-
-X.
-
-Citemos primero el Sol, cuyo carro, en su luminosa carrera, inunda el
-universo con su brillante llama, y la Luna, que refleja dócilmente su
-luz, y los otros cinco planetas, el benéfico Júpiter, la voluptuosa
-Venus, el rápido Mercurio, el devorador Saturno, Marte el incendiario.
-
-Hay además otras divinidades intermedias cuya influencia sentimos,
-pero que no alcanzamos a ver con nuestros ojos, como el Amor y todos
-sus adherentes, que, invisibles por la forma, conocemos por su fuerza.
-Esta fuerza es la que, conforme a los designios de la Providencia, ha
-levantado aquí las encrespadas crestas de los montes, y allá extendido
-a sus pies el nivel de las campiñas, diversificando por todas partes
-el curso de los ríos y el verdor de las praderas. Ella es la que ha
-dicho al pájaro: «Vuela», y a la serpiente: «Arrástrate», a la fiera:
-«Corre», y al hombre: «Anda».
-
-
-XI.
-
-Veis esos desgraciados que cultivan una heredad estéril, un campo
-pedregoso, lleno de guijarros y matorrales, no recolectando ningún
-fruto en sus arenales pantanosos, no encontrando sino la estéril cizaña
-y la infecunda avena; pues como no tienen frutos suyos, toman los de
-otros y cogen las flores del vecino para mezclarlas a sus cardos. Lo
-mismo sucede a los hombres estériles en virtudes.
-
-
-XII.
-
-El loro es un ave de la India, casi del mismo tamaño que una paloma,
-pero de distinto color. No es el blanco leche, ni el tinte amarillento,
-ni la mezcla de ambos colores con el gris ceniciento; el color del
-loro es verde desde el nacimiento de las plumas hasta la punta de las
-alas, y solo el cuello se diferencia por estar rodeado de un círculo de
-bermellón que, como collar de oro, se repite alrededor de la cabeza en
-forma de brillante corona. El pico es de una dureza sin igual, y cuando
-desde la altura se precipita sobre una roca con toda la impetuosidad de
-su vuelo, el pico es como ancla que lo sujeta. La cabeza es igualmente
-dura, y por eso, para obligarle a imitar nuestro lenguaje, se le da en
-ella con una varilla de hierro a fin de hacerle comprender lo que se le
-manda. Es como la férula del colegial.
-
-Puede ser instruido desde que nace hasta la edad de dos años, porque
-entonces su garganta se presta fácilmente a todos los ejercicios, su
-lenguaje a todas las evoluciones. Pero cuando se le coge viejo, es
-indócil y olvidadizo.
-
-El loro que se presta mejor a reproducir el lenguaje humano es el que
-se alimenta con bellotas y tiene en las patas tantos dedos como el
-hombre. En esto se distingue de las otras especies; pero es condición
-común a todas, la de que, poseyendo la lengua más fuerte que las demás
-aves, articulan más fácilmente la palabra humana por tener el paladar
-y la laringe más desarrollados.
-
-El loro habla, o mejor dicho, canta lo que aprende con tan fiel
-imitación, que al oírle se creería que es un hombre, pero viéndole se
-reconoce que su palabra es un esfuerzo. Por lo demás, el loro, como el
-cuervo, no pronuncia más que los sonidos que ha aprendido. Enseñadle
-palabras indignas y os aturdirá día y noche con sus blasfemias; esta
-será su poesía y su canción, y cuando agote su repertorio, comenzará
-la misma cantilena. El único medio de poner coto a su tan indecorosa
-verbosidad, será cortarle la lengua o devolverle cuanto antes a sus
-bosques.
-
-
-XIII.
-
-La filosofía no me ha dado una palabra en el género de canto corto e
-intermitente que la Naturaleza ha proporcionado a ciertos pájaros.
-La golondrina se hace oír por la mañana, la cigarra al mediodía, el
-murciélago al ponerse el sol, la lechuza al oscurecer, el búho durante
-la noche, y el gallo antes de despuntar la aurora. Todos estos animales
-parece que se relevan, si se considera la variedad de tiempo y de modo
-que determinan la hora y el tono de sus cantos. El gallo da el grito de
-aviso, el búho gime, la lechuza se queja, el murciélago lanza roncos
-sonidos, la cigarra chirría, la golondrina gorjea. Pero la razón, como
-la palabra de los filósofos, son de todos los momentos, y así sucede
-por su carácter imponente de autoridad, de utilidad y de universalidad.
-
-
-XIV.
-
-Oyendo Crates a Diógenes repetir estas máximas y otras semejantes,
-tanto se enardeció su ánimo, que un día fue a la plaza pública y arrojó
-allí todo su patrimonio como vil carga, más embarazosa que útil.
-Después, en medio de la multitud que le rodeaba, exclamó: «Crates
-emancipa a Crates.» Desde entonces, solo, desnudo, libre de todo, vivió
-toda su vida como verdadero hombre feliz.
-
-Buscábanle con tanto empeño, que una doncella de ilustre nacimiento,
-desdeñando a todos los pretendientes jóvenes y ricos, deseó unirse a
-él. Crates le descubrió sus hombros, entre los cuales tenía una joroba,
-puso en el suelo sus alforjas, su bastón y su manto, y le dijo que
-aquellos eran todos sus bienes, y sus atractivos personales ya los
-veía, añadiendo que consultara seriamente consigo misma, para que no se
-arrepintiera después.
-
-Hiparquia, no obstante, aceptó las condiciones, y respondiole que
-ya había reflexionado y deliberado bastante; que en parte alguna
-encontraría un marido más rico y más amable y que podía conducirla
-donde quisiera. El cínico la llevó al Pórtico, y allí, en el sitio más
-frecuentado, ante todos, y en pleno día, se acostó junto a ella, y
-ante todos también hubiera consumado el matrimonio, a lo que accedía
-la joven con igual desenfado, si Zenón no les hubiera cubierto con su
-manto para ocultar a su maestro de las miradas de la multitud que le
-rodeaba.
-
-
-XV.
-
-Es Samos una islilla del mar Icariense, situada frente y al Occidente
-de Mileto, de la cual la separa un brazo de mar. Con viento favorable
-se puede hacer el trayecto de una a otra en dos días. El suelo, poco
-fértil en trigo, rebelde al arado, pero propicio al olivo, no produce
-ni viñas ni legumbres. El cultivo consiste, únicamente, en plantar
-y podar olivos, cuyo producto es más beneficioso a la isla que las
-demás recolecciones. Por lo demás, Samos está pobladísima y es muy
-frecuentada por los forasteros. La ciudad no responde a la fama de
-la comarca, y solo las ruinas de los muros indican que fue una gran
-población.
-
-Hay, sin embargo, en ella un templo a Juno, muy celebrado en la
-antigüedad. Este templo, si no recuerdo mal, está a veinte estadios de
-la población siguiendo la ribera. El altar de la diosa es riquísimo y
-se ha empleado gran cantidad de oro y plata en platos, espejos, copas
-y otros objetos que sirven de ornamentación. También hay allí muchas
-estatuas de bronce representando diversas figuras, trabajo antiguo y
-muy notable. Citaré la de Batilo, que está delante del altar y que fue
-dedicada por el tirano Polícrates. No conozco trabajo más esmerado.
-Algunos creen, erróneamente, que es la estatua de Pitágoras.
-
-Representa un adolescente de admirable belleza. Sus cabellos, partidos
-por mitad de la cabeza y retirados de las sienes, caen por la espalda
-en largos bucles, formando sobre los hombros una sombra en la que
-destaca el cuello finísimo y mórbido; las líneas de las sienes son
-graciosas, las mejillas redondeadas, con un hoyuelo en medio de la
-barba. Su postura es la de un tocador de cítara; mira a la diosa
-y parece que canta. Su túnica, cubierta de bordados y sujeta con
-cinturón griego, cae hasta los pies. Una clámide cubre ambos brazos
-hasta los puños, y por bajo flota en elegantes pliegues. La cítara
-está suspendida de un tahalí de perfecto trabajo. Sus manos son finas
-y delicadas; la izquierda toca las cuerdas separando los dedos, y la
-derecha aproxima el arco de la cítara como si aguardara para tocar a
-que la voz interrumpa el canto que parece escaparse de su redondeada
-boca y de los dulcemente entreabiertos labios.
-
-Admito que esta estatua sea de algún favorito de Polícrates que, por
-agradarle, modula una canción anacreóntica, pero de seguro no es
-la imagen de Pitágoras. Este era, en verdad, de Samos, de belleza
-maravillosa, de talento superior para tocar toda clase de instrumentos
-de música y vivió en los tiempos en que Polícrates dominaba a Samos;
-pero el tirano jamás amó al filósofo, porque cuando aquel se apoderó
-del mando, Pitágoras escapó secretamente de la isla. Acababa de perder
-a su padre Mnesarco, hábil grabador en piedras, que en el arte de
-trabajarlas prefería, según se dice, la gloria al provecho.
-
-Hay quien supone que Pitágoras fue uno de los cautivos del rey
-Cambises, llevado a Egipto, donde tuvo por maestros a los magos persas,
-y especialmente a Zoroastro, el gran fundador de su religión y que
-después fue rescatado por un tal Gillo, príncipe de los Crotonenses.
-Pero la tradición más acreditada consiste en que fue voluntariamente
-a estudiar las doctrinas egipcias y que los sacerdotes le enseñaron
-el increíble y misterioso poder de sus ceremonias, la admirable
-combinación de los números y las fórmulas rigurosas de la geometría.
-Su ciencia no le satisfizo: visitó a los Caldeos y después a los
-Brahmanes y sus gimnosofistas. Los Caldeos le revelaron la ciencia de
-los astros, las revoluciones precisas de los planetas y su influencia
-en el nacimiento de los hombres. Diéronle los remedios para curar las
-enfermedades, remedios adquiridos a gran coste, buscados en la tierra,
-en el cielo y en la profundidad de los mares. De los Brahmanes tomó el
-mayor número de los principios de la filosofía; el arte de ilustrar
-la inteligencia; el de fortificar el cuerpo; las diferentes partes
-del alma; las transformaciones de la vida; las penas y recompensas
-concedidas por los dioses manes a cada mortal según su mérito.
-
-También tuvo por maestro a Ferécides de Siros, el primero que sacudió
-el yugo de los versos y empleó un lenguaje libre, sin las trabas de
-la poesía. Y cuando Ferécides, putrefacto por los horribles insectos
-que le roían, sucumbió víctima de esta espantosa enfermedad, Pitágoras
-amortajó religiosamente a su maestro.
-
-Dícese, además, que estudió filosofía natural con Anaximandro, de
-Mileto, que siguió la escuela del cretense Epiménides, augur y poeta
-ilustre, y que escuchó las lecciones de Leodamas, discípulo de
-Creófilo, de quien se asegura que fue huésped y rival de Homero.
-
-Este hombre, instruido por tantos maestros; este hombre, que había
-recorrido el universo para aprender las doctrinas en su origen; este
-genio eminente, cuya inteligencia supera los límites impuestos a la
-humana; este fundador, este creador de la filosofía, lo primero que
-enseñó a sus discípulos fue el silencio. En su opinión, el primer
-estudio de quien quería llegar a ser sabio, era el de contener
-completamente su lengua, refrenar esas palabras que los poetas llaman
-_volantes_, cortarles las alas, encerrarlas en esa fortaleza de marfil
-que forman los dientes. El primer elemento de la filosofía era aprender
-a reflexionar y olvidar el perorar.
-
-No estaba prohibido el uso de la palabra toda la vida, ni todos los
-discípulos estaban condenados a mutismo de igual duración. Para los
-hombres graves reducía el maestro a corto tiempo la obligación del
-silencio; para los locuaces prolongaba hasta a cinco años esta especie
-de destierro de la palabra.
-
-Ahora bien: nuestro Platón, que ha sido fiel o se ha desviado muy poco
-de las leyes de esta secta, pitagoriza casi siempre; y yo, que he
-sido adoptado en su nombre por mis maestros, debo a mis meditaciones
-académicas la doble ventaja de saber hablar animosamente cuando es
-preciso, y callarme sin esfuerzo cuando la ocasión lo exige.
-
-Gracias a esta moderación, he obtenido con tus predecesores la honrosa
-reputación de hombre que sabe guardar silencio a propósito y hablar
-cuando es preciso.
-
-
-XVI.
-
-Quiero, nobles jefes de África, antes de daros gracias por esta estatua
-que me habéis hecho el honor de pedir para mí cuando estaba entre
-vosotros y de conceder en mi ausencia, quiero explicaros por qué he
-faltado muchos días a mi auditorio y he ido a las aguas Persianas[9],
-sitio de delicioso solaz para los sanos y de salud para los enfermos;
-porque he resuelto daros cuenta de todos los instantes de esta vida
-mía que os está consagrada para siempre, y cuanto haga, importante o
-frívolo, someterlo a vuestro conocimiento y a vuestro juicio.
-
-El motivo que repentinamente me privó de vuestra ilustre presencia,
-tiene alguna relación con el hecho que voy a referir: se trata de
-Filemón el cómico[10]. Probablemente conoceréis su genio: escuchad
-algunos detalles de su muerte. ¡Pero qué! ¿Dudáis de su talento? Pues
-sabed que Filemón era un poeta de la media comedia, contemporáneo de
-Menandro, con quien luchó, y si no le iguala, fue al menos su rival, y
-aun con frecuencia, vergüenza me da decirlo, su vencedor.
-
-Encuéntrase en sus obras fina sátira, intrigas ingeniosas,
-reconocimientos de hijos clarísimamente explicados: los actos y el
-lenguaje de sus personajes están de acuerdo con las situaciones, sus
-chistes nunca son triviales, su gravedad nunca trágica. Rara vez son
-sus comedias licenciosas, y si habla del amor, es tratándolo como un
-extravío. Pero nunca deja de sacar a la escena el mercader de esclavos
-sin fe, el amante en desvarío, el criado astuto, la querida falaz, la
-esposa arrogante, la madre indulgente, el tío sermoneador, el amigo
-entremetido, el soldado fanfarrón y hasta los glotones parásitos, los
-padres testarudos y las procaces meretrices.
-
-Gracias a estos méritos llegó a ser célebre Filemón en el arte cómico.
-Un día que recitaba en público una obra suya nueva, en el tercer
-acto de la comedia, en el momento en que todo el interés estaba más
-vivamente excitado, una lluvia repentina, como me sucedió hace poco,
-le obligó a interrumpir la lectura y a prometer, por petición de todo
-el auditorio, acabarla al día siguiente.
-
-Acudió al otro día inmensa multitud; cada cual procura sentarse lo
-más cerca posible; los últimos en llegar hacían señas a sus amigos
-de que se estrecharan para dejarles puestos; los espectadores de las
-extremidades se quejaban de que les empujaban fuera de sus asientos; el
-auditorio estaba apiñado en el teatro, y empezaron las conversaciones.
-Los que no estuvieron la víspera preguntaban lo que se había leído;
-los que asistieron recordaban lo que habían oído, hasta que sabiéndolo
-todos, esperaban la continuación de la comedia.
-
-El día avanza y Filemón no acude a la cita; algunos murmuran por su
-tardanza; los más defienden al poeta. Pero después de aguardar largo
-rato, y viendo que Filemón no llegaba, envían a los más impacientes
-para que salgan a su encuentro, y le hallan... muerto en su lecho.
-Acababa de exhalar el último suspiro, y tendido en la cama parecía
-estar meditando, con los dedos aún entre las hojas y la boca junto al
-libro abierto. Pero el alma había partido; el libro estaba cerrado y
-olvidado el auditorio.
-
-Los primeros que entraron permanecieron un instante inmóviles,
-sorprendidos por un acontecimiento tan imprevisto como lo era una
-muerte tan maravillosa y bella. Seguidamente fueron a anunciar al
-pueblo que el poeta Filemón, a quien esperaba para terminar en el
-teatro la lectura de una comedia escrita sobre asunto imaginario,
-acababa de terminar en su casa el verdadero drama, diciendo por última
-vez a las cosas humanas _valere et plaudere_, y a sus amigos _dolere
-et plangere_; que la lluvia de la víspera era presagio de lágrimas;
-que su comedia había llegado a la antorcha fúnebre antes de llegar a la
-antorcha nupcial, y que al abandonar este ilustre poeta el teatro de la
-vida, su auditorio debía asistir a sus exequias, recogiendo primero sus
-huesos y después sus versos.
-
-Largo tiempo hace que sabía esta historia, y la he recordado en daño
-mío; porque no habéis olvidado que la lluvia interrumpió mi último
-discurso, y que a petición vuestra dejé el continuarlo para el día
-siguiente. A fe mía que me ha faltado poco para asemejar por completo
-a Filemón; el mismo día sufrí en la palestra tan violenta torcedura en
-el talón, que estuvo a punto de romperse la articulación de la pierna,
-aún inflamada por consecuencia de la luxación. Pero mientras la curaba
-a fuerza de ligaduras y por mi cuerpo corría el sudor a torrentes, la
-acción de un frío demasiado prolongado me dejó transido, produciéndome
-dolor agudo en las entrañas, que no se calmó sino en el instante en
-que su violencia me iba a matar. Expuesto he estado, como Filemón, a
-despedirme de la vida antes de volver a veros, a hacer mi reverencia
-al mundo antes de hacerla al público, a terminar mi existencia antes
-que mi historia. Pero gracias a las aguas Persianas, a su dulce
-temperatura, a sus duchas saludables, he recobrado la facultad de
-andar, y aunque todavía mal seguro sobre mis piernas, venía apresurado
-a pagar la deuda con vosotros contraída, cuando vuestro beneficio, no
-solo ha puesto al cojo en pie, sino que le ha dado alas.
-
-¿Acaso no debía yo apresurarme tratándose de un honor que me obliga al
-agradecimiento, mayormente por no haber sido pedido? Y no es porque la
-gloriosa Cartago no merezca hacerse pagar los honores, aun para un
-filósofo, con un ruego, sino porque para que vuestro beneficio nada
-perdiese de su gracia y de su precio, era necesario que no alterara su
-brillo una demanda; que fuera gratuito.
-
-En efecto, no se obtiene gratis lo que se consigue por ruegos, como
-no es dar nada ceder a las instancias. Por esto se prefiere comprar
-todos los utensilios a pedirlos, y en mi opinión este principio
-es especialmente aplicable en cuestión de honores, porque quien
-laboriosamente los consigue, no está obligado más que a sí mismo;
-pero quien, sin importunar, los obtiene, debe doblado reconocimiento
-a sus bienhechores, porque no pide, recibe. Os debo, pues, doble
-reconocimiento, o mejor dicho, inmenso, y lo proclamaré siempre y en
-todas partes.
-
-Por ahora, este discurso, compuesto a propósito de tal honor, será,
-como de costumbre, pública expresión de mi agradecimiento. El filósofo,
-en efecto, tiene un medio seguro de dar gracias a los que le decretan
-una estatua, y poco me apartaré de él en este discurso que reclama la
-eminente dignidad de Emiliano Estrabón; discurso que tendrá, así lo
-espero, algún éxito si él quiere añadir hoy su aprobación a la vuestra;
-pues tal es su superioridad literaria, que debe más fama a su propio
-genio que a sus títulos de patricio y de cónsul.
-
-¿De qué términos, Emiliano Estrabón, el primero de los mortales que
-han existido, existen y existirán, el más ilustre de los hombres
-virtuosos, el más virtuoso de los ilustres y el más sabio de unos y
-otros; de qué términos me valdré para tributar a la benevolencia con
-que me honras, solemnes actos de gracia? ¿Cómo celebrar dignamente tan
-glorioso patrocinio? ¿Cómo reconocer e igualar con humildes palabras
-tan brillante favor? Busco aún el medio de conseguirlo, pero ¿lo
-encontraré? Al menos emplearé el mayor celo, los más grandes esfuerzos,
-
- Si gratitud y vida no me faltan.
-
-En este momento, lo confieso, la alegría entorpece mis palabras, el
-placer suspende mi pensamiento, y mi alma delirante prefiere saborear
-sus transportes a celebrarlos. ¿Qué hacer? Quiero mostrar mi gratitud,
-y en mi entusiasmo no encuentro palabras que lo expresen. Nadie, ni aun
-los que peor me quieran, se atreverá a censurarme porque, ante honor
-tan grande, quede tan sobrecogido como satisfecho, y que, por venir del
-más noble y sabio de los hombres, me exalte tan magnífico testimonio.
-
-En efecto, ¿dónde lo he recibido? En medio del Senado de Cartago,
-cuerpo tan ilustre como benévolo, y de parte de un consular. Ser
-conocido de este sería ya insigne honor. ¡Y él, sin embargo, es quien
-se ha constituido en mi panegirista ante los primeros magistrados
-de la provincia! Porque, lo he sabido, él es quien ha propuesto
-hace tres días que se me erigiera una estatua en una plaza pública;
-él ha invocado primero los derechos de nuestra amistad, comenzada
-honrosamente por una comunidad de estudios con los mismos maestros.
-Después recordó los votos con que le he felicitado en todas las fases
-de su grandeza. Su primer beneficio ha sido recordar nuestros votos
-comunes; el segundo haberse vanagloriado, él, tan eminente, de mi
-afecto como del que le profesara un igual suyo. Además ha enumerado
-los pueblos y comarcas que me han dedicado estatuas y concedido otros
-honores.
-
-¿Qué puedo yo añadir a este panegírico, hecho por un ilustre consular?
-Hasta ha demostrado que, en virtud del sacerdocio que ejerzo, poseo
-en Cartago una eminente dignidad, y coronando este elogio con el mayor
-de todos los beneficios, me ha recomendado, este glorioso preopinante,
-con todo el poder de su sufragio. En fin, ha prometido hacer elevar mi
-estatua a sus expensas en Cartago, él, a quien todas las provincias
-tienen por dicha ofrecerle cuadrigas y tiros de seis caballos.
-
-¿Es necesario algo más para colmarme de gloria y poner el sello a
-mi reputación? ¿Qué falta acaso? Emiliano Estrabón, un consular que
-los votos de todos llevaran al proconsulado, ha hecho en el Senado
-de Cartago una proposición relativa a los honores que quiere se me
-concedan, y todos han aplaudido su pensamiento. ¿No os parece este
-asentimiento un _senatus consulto_? Diré más. Todos los cartagineses
-presentes en esta ilustre asamblea no han decretado inmediatamente la
-plaza donde será erigida la estatua, ni han dejado, yo creo, el votar
-una segunda estatua para la próxima sesión sino por deferencia, por
-respeto a su consular; querían parecer que le imitaban, no rivalizar
-con él, deseando que se dedicara un día entero y se consagrara a la
-expresión de los sentimientos públicos. Estos excelentes magistrados,
-estos jefes benévolos recordaban, sin embargo, Emiliano, que tu
-proposición estaba de acuerdo con su propia voluntad. ¿Y fingiré
-ignorar todo esto? ¿Guardaré silencio? Sería un ingrato. Permitidme que
-para responder a los brillantes honores de que he sido objeto por parte
-de todos los de vuestro orden senatorial, ofrezca y dispense todos los
-homenajes que puedo poner a vuestros pies, a vosotros, que me habéis
-saludado con vuestras gloriosas aclamaciones en un sitio donde tan
-honroso es el ser solamente nombrado.
-
-Sí; lo que era difícil, lo que me parecía de todo punto imposible
-reunir, las simpatías del pueblo y el agrado del Senado, la aprobación
-de los magistrados y de los jefes del Estado, lo digo sin orgullo,
-ya en cierto modo he llegado a conseguirlo. ¿Qué falta, pues, a este
-insigne honor si no es la compra del bronce y el trabajo del artista?
-Seguramente no dejaré de tener en Cartago, donde la clase más ilustre,
-aun en los casos en que se ventilan los más grandes intereses, decreta
-y no calcula, estas dos cosas que he obtenido en las más pequeñas
-ciudades.
-
-Por lo demás, cuanto más completo sea vuestro favor, más grande será mi
-gratitud.
-
-Nobles senadores, ciudadanos ilustres, y vosotros, mis gloriosos
-amigos, cuando llegue la dedicatoria de mi estatua, yo os dedicaré
-un libro de mi mano en el que mi reconocimiento sea más vivamente
-expresado, y este libro correrá por todas las provincias, por todo el
-universo, en todos los siglos venideros, para inmortalizar en todos los
-pueblos la gloria de vuestro beneficio.
-
-
-XVII.
-
-Plena libertad para aquellos que tienen por máxima perturbar la
-tranquilidad de los procónsules; que procuran recomendar su talento por
-la intemperancia de su lenguaje, y que afectadamente se adornan con
-el manto de vuestra amistad. Evito cuidadosamente estos dos defectos,
-pues aunque mi mérito sea mediano, todos tienen conocimiento de él lo
-bastante para no necesitar nueva recomendación.
-
-Por otra parte, tu favor, Escipión Orfito, y el de los que se te
-parecen, es más dulce a mi corazón que a mi vanidad. De la amistad de
-persona tan insigne más bien estoy celoso que enorgullecido, porque no
-se la debe desear sin conocer su justo valor, y cualquier advenedizo
-puede erróneamente vanagloriarse con ella.
-
-Además, desde mi infancia ha sido tal mi pasión por las artes
-liberales, y este amor a las buenas costumbres y al estudio que me ha
-seguido a vuestra provincia, me había proporcionado en Roma tan gran
-estimación entre tus amigos, de lo cual tú eres irrecusable testigo,
-que debéis, cartagineses, recibir mi amistad con tanta afición como
-tengo yo en buscar la vuestra. Las dificultades con que accedéis a
-mis raras audiencias prueban vuestro deseo de escucharme asiduamente.
-Y si no, decidme: el agrado en frecuentar a las gentes, el irritarse
-por sus inexactitudes, el regocijarse por su constancia, el censurar
-sus infidelidades, todos estos sentimientos que se experimentan por
-aquellos cuya ausencia nos es penosa, ¿no son la mayor prueba de amor?
-Y por otra parte, la palabra condenada a eterno silencio, ¿no es lo
-mismo el olfato entorpecido por el constipado, que el oído ensordecido
-por el viento, que los ojos cubiertos con una tela? ¿No equivale a
-sujetar las manos con esposas, a aprisionar los pies con grillos, el
-sumir el alma, esta reina del cuerpo, en el sueño, ahogarla en el vino
-o embotarla con las enfermedades?
-
-De igual suerte que la espada brilla con el uso y se enmohece con el
-descanso, la voz sujeta a la tortura de largo silencio se entorpece. La
-falta de actividad engendra en todo la pereza, y la pereza el letargo.
-Los actores trágicos perdían el brillo de su voz si no declamaban
-todos los días, y gritando es como se desarrolla la laringe.
-
-Sin embargo, la vocalización humana es un trabajo superfluo,
-un ejercicio inútil comparado con multitud de otros resultados
-posteriores. ¿Qué es la voz del hombre si se compara con el brillante
-sonido del clarín, con la variada armonía de la lira, con el seductor
-lamento de la flauta, con el murmullo encantador del caramillo o el eco
-prolongado de la trompeta?
-
-Y no hablo de multitud de animales cuyos acentos naturales, por sus
-propiedades especiales, nos llenan de admiración: el grave mugido de
-los toros, el lúgubre aullido de los lobos, el grito doloroso del
-elefante, el regocijado relincho del caballo, los penetrantes chillidos
-de los pájaros, los feroces rugidos del león y otras voces de animales,
-voces terribles o llenas de dulzura, según expresan la rabia cruel o el
-amoroso celo. En cambio ha dado Dios al hombre una voz menos fuerte,
-pero más útil a la inteligencia y agradable al oído; no habiendo mejor
-ocasión de emplearla y servirse de ella que ante una asamblea presidida
-por tan grande hombre, ante la numerosa reunión de personas tan
-instruidas y benévolas.
-
-Si tuviera superior habilidad para tocar la lira, no querría lucirla
-sino ante numeroso auditorio. En la soledad cantaban: en las selvas,
-Orfeo; Arión entre delfines; porque de dar crédito a las fábulas, Orfeo
-ocultaba su dolor en el destierro, y Arión se arrojó de lo alto de un
-buque; aquel domesticaba a las fieras; este encantaba a los monstruos
-del mar. ¡Desdichados cantores! Sus acordes no los inspiraba el amor a
-la gloria, sino la necesidad de su salvación. Más y de mejor grado les
-admiraría si hubieran deleitado a los hombres y no a los animales. La
-soledad es patrimonio de los pájaros, de los mirlos, de los ruiseñores,
-de los cisnes; el mirlo silba en los apartados eriales; el ruiseñor
-alegra los desiertos de África con sus juveniles canciones; el cisne en
-las orillas de los ríos solitarios medita el canto de la vejez.
-
-Pero quien puede cantar versos útiles a los niños, a los jóvenes y a
-los ancianos, debe cantar en medio de todos, y por ello mi poesía está
-dedicada a las virtudes de Orfito; himno tardío acaso, pero serio y
-tan agradable como útil a los cartagineses de todas las edades, porque
-todos tienen pruebas de la especial bondad del procónsul; del que
-atemperando los deseos con saludables restricciones, ha sabido inspirar
-a los niños la moderación, a los jóvenes la alegría, a los ancianos la
-seguridad.
-
-Ahora, Escipión, que llego a hablar de tu noble carácter, temo que
-me detenga o tu generosa modestia o el sentimiento de natural pudor.
-Pero no puedo pasar en silencio todas las cualidades que con tan
-justo título admiramos en tu persona; mencionaré algunas de ellas, y
-vosotros, ciudadanos a quien él ha salvado, reconocedlas conmigo.
-
-
-XVIII.
-
-Ante tan prodigiosa afluencia de oyentes debo más bien felicitar
-a Cartago, por poseer en su seno tantos amigos de la ciencia, que
-justificar a un filósofo que se presenta ante el público. Por lo demás,
-esta numerosa asamblea corresponde a la grandeza de la ciudad, y el
-inmenso concurso explica la elección del sitio.
-
-Además, en presencia de tal auditorio no se debe fijar la atención en
-el mármol del piso ni en las tablas del teatro, ni en la columnata de
-la escena más que en la elevación del techo, el brillo del artesonado,
-o la circunferencia de las gradas. Olvidad que aquí mismo y en otras
-ocasiones un mimo se descoyunta, un cómico charla, un trágico declama,
-un bailarín de cuerda da sus peligrosos saltos, un escamoteador hace
-sus juegos, un histrión sus payasadas; olvidad, en fin, que todos los
-demás farsantes muestran aquí, a los ojos del pueblo, sus diversas
-habilidades; dejad a un lado todas estas ideas y pensad solo en la
-gravedad de la asamblea y en el lenguaje del orador.
-
-Por ello, a ejemplo de los poetas que de ordinario suponen aquí mismo
-diferentes ciudades, y como el trágico que hace decir en el teatro:
-
- Tú que del Citerón a la alta cumbre llegas,
-
-o como el cómico:
-
- Plauto en esta ciudad vuestra
- Os pide modesto sitio
- Para transportar Atenas
- Sin arquitecto y sin ruido,
-
-séame permitido transportaros, no a una ciudad lejana y del otro lado
-del mar, sino al Senado o a la Biblioteca de Cartago. Suponed, si mi
-discurso es digno del Senado, que lo oís en el Senado, y si es sabio,
-que nos encontramos en la Biblioteca.
-
-Quisiera que la fecundidad de mi palabra respondiera a la grandeza de
-este auditorio y que no me faltara, sobre todo, donde yo deseo emplear
-mayor elocuencia; pero nada tan cierto que el dicho de que «el cielo
-no concede al hombre ninguna dicha que no esté mezclada con algunas
-contrariedades» y el de que en la mayor alegría siempre existe alguna
-amargura. No hay miel sin hiel. La abundancia conduce al exceso.
-Conozco más que en ninguna otra ocasión esta verdad, porque cuando más
-derechos creo tener a vuestros sufragios, mayor es el embarazo que me
-inspira para hablar el respeto que os profeso.
-
-Yo que con frecuencia he hecho ante extranjeros prueba de una
-locución fácil, titubeo ante mis conciudadanos. ¡Cosa extraña!
-Vuestras alabanzas me cortan, vuestros aplausos me intimidan, vuestra
-benevolencia encadena mi palabra, y, sin embargo, ¿no debería todo
-esto, al contrario, alentarme?
-
-Nuestros penates son comunes; he vivido entre vosotros desde mi
-infancia, he estudiado con vuestros maestros; estáis iniciados en mi
-doctrina; conocéis mi voz; habéis aprobado mis obras; mi patria está
-en la jurisdicción de África; he pasado con vosotros mi juventud; he
-escuchado vuestras lecciones, y si completé mis estudios en Atenas,
-aquí los empecé. Pronto hará seis años que estáis acostumbrados a oírme
-hablar en las dos lenguas; en cuanto a mis libros, lo que sobre todo
-les da mérito y precio es la aprobación que vosotros les concedéis.
-Pues bien, estos mil puntos comunes que os predisponen a escucharme
-favorablemente, detienen mi palabra.
-
-Seríame mucho más fácil celebrar vuestras alabanzas en cualquier otro
-sitio que en medio de vosotros, porque entre los suyos a cada cual
-retiene la modestia; la verdad no es libre sino entre extraños, y por
-ello siempre y en todas partes os celebro como parientes míos y mis
-primeros maestros y os pago mi tributo, no a la manera del sofista
-Protágoras, que fijó su salario y no lo recibió, sino como el sabio
-Tales, que no lo pidió y lo cobró.
-
-Pero ya veo lo que deseáis saber, y os contaré esta doble historia.
-
-Protágoras, sofista instruidísimo y uno de los primeros y más
-elocuentes inventores de la retórica, era de la misma edad y de la
-misma ciudad que el naturalista Demócrito, cuyas doctrinas estudió.
-Dícese que Protágoras había estipulado con Euathlo, su discípulo, un
-salario elevadísimo, con la imprudente condición de que no lo pagaría
-si no ganaba el primer pleito. Euathlo aprendió fácilmente todos los
-medios de atraerse la benevolencia de los jueces, los ardides de la
-defensa y los artificios de la parte contraria, tanto mas fácilmente
-cuanto que su ingenio era fino y astuto.
-
-Satisfecho de saber lo que había deseado, imaginó eludir su promesa;
-entretuvo a su maestro con prórrogas, y pasó largo tiempo sin querer
-pleitear ni pagar. Protágoras al fin le cita a juicio; expone en este
-las condiciones con que se había comprometido a instruírle, y emplea
-este argumento bicornuto: «O yo ganaré el pleito y deberás pagarme
-el precio convenido, porque a ello serás condenado, o lo ganas tú y
-entonces tendrás que pagarme también, conforme a nuestras condiciones,
-puesto que habrás ganado el primer pleito. De suerte que si ganas estás
-en el caso previsto en nuestro contrato, y si pierdes, obligado a pagar
-por la sentencia.» Responde a esto.
-
-Los jueces encontraron el argumento concluyente e invencible; pero
-Euathlo, digno discípulo de su maestro, lo devolvió de esta manera:
-«Pues bien, si así es, en ninguno de ambos casos te debo pagar lo que
-demandas. Si gano, la sentencia me liberta de la deuda, y si pierdo, me
-libran nuestras condiciones, por virtud de las cuales nada te debo si
-pierdo mi primer pleito. En cualquiera de ambos casos quedo libre del
-pago; si pierdo, por la condición de nuestro contrato; si gano, por la
-sentencia.»
-
-¿No os parece que estos argumentos de ambos sofistas se enmarañan como
-espinas revueltas por el viento? Por ambas partes los mismos dardos,
-igual habilidad, idénticas heridas. Dejemos, pues, a los abogados y a
-los avaros el salario de Protágoras, con sus asperezas y espinas.
-
-¡Cuánto más amo este otro salario que Tales demandaba! Era Tales uno de
-los siete sabios, y ciertamente el más ilustre de todos. Inventor entre
-los griegos de la geometría, fue el primero que estudió con exactitud
-la naturaleza de las cosas, y ayudado de pequeñas líneas, hizo los más
-grandes descubrimientos; la revolución de los tiempos, el soplo de
-los vientos, el curso de las estrellas, la retumbante maravilla del
-trueno, la dirección oblicua de los relámpagos, la vuelta anual del
-sol, las diversas fases de la luna, que nace y crece, envejece y se
-altera, tropieza con un obstáculo y desaparece. Ya en edad avanzada dio
-la verdadera explicación del sistema solar; explicación que aprendí y
-comprobé por medio de la experiencia. Él es quien ha medido el círculo
-que el sol, con su inmensa vuelta, describe sobre sí mismo.
-
-Se cuenta que acababa de hacer Tales un descubrimiento, y lo enseñó
-a Mandraito de Priene. Maravillado este por un sistema tan nuevo e
-inesperado, dejó a elección de Tales la recompensa que había de darle
-por tan preciosa comunicación. «Estaré recompensado, contestó el
-sabio, si cuando demuestres a alguno lo que te acabo de enseñar, no te
-atribuyes el descubrimiento, ni a ningún otro, sino a mí.» ¡Respuesta
-admirable y digna de este grande hombre! ¡Salario inmortal! Porque hoy
-y siempre le estaremos pagando cuantos hemos reconocido la verdad de
-sus observaciones astronómicas.
-
-Tal es el salario que os pago, cartagineses, en todas partes donde
-voy, por la enseñanza que me habéis dado durante mi infancia. En todas
-me vanaglorio de ser vuestro discípulo y os tributo todo género de
-elogios. Vuestras doctrinas son las que cultivo con mayor cuidado;
-vuestro poder el que celebro como más elevado; vuestras divinidades las
-que honro con más devoción.
-
-No creo encontrar un exordio más agradable a vuestros oídos que la
-invocación del nombre de Esculapio, de ese dios que protege con visible
-predilección la ciudadela de vuestra Cartago. Os recitaré un himno que,
-en honor de este dios, he compuesto en latín y griego, porque no soy
-para él adorador desconocido, ni iniciado novel, ni pontífice ingrato,
-pues en prosa y verso he celebrado su divinidad hasta el punto de
-cantarle en dos lenguas; y a este himno he añadido un diálogo-prólogo
-en griego y en latín.
-
-En este diálogo hablarán Sabidio Severo y Julio Persio: dos ilustres
-amigos que igualmente queréis por sus servicios, por su elocuencia y
-por su patriotismo, y de quienes no se sabe decir si se distinguen
-más por su moderación tranquila, por la actividad de su celo o por
-el brillo de sus honores. Unidos por estrecha amistad, solo luchan y
-rivalizan entre sí en un punto: su amor por Cartago; en esto agotan
-ambos toda su energía y de ambos es la victoria.
-
-Persuadido estoy de que la lectura de este diálogo no os será menos
-agradable que a mí placentero el haberlo compuesto, y que con él os
-hago un piadoso homenaje. Al principio del libro introduzco uno de los
-que conmigo estudiaban en Atenas, el cual pide en griego a Persio que
-le cuente las palabras que yo he pronunciado la víspera en el templo
-de Esculapio. Viene en seguida Severiano, que desempeña el papel de
-interlocutor latino, pues aunque Persio pueda hablar muy bien la lengua
-latina, conviene a nuestro propósito valernos en esta ocasión del
-vocabulario de Atenas.
-
-
-XIX.
-
-Asclepiades, uno de los médicos más ilustres, exceptuando a Hipócrates,
-el más ilustre de todos, es el primero que ha empleado el vino
-para mejorar a los enfermos; pero, entiéndase bien, lo empleaba
-oportunamente. Para ello, la observación le servía de regla infalible,
-pues estudiaba con extraordinaria atención los movimientos irregulares
-o satisfactorios del pulso.
-
-Un día, al volver a la ciudad de su campaña por el barrio, vio una
-inmensa pira puesta en una plaza, y alrededor de ella, de pie, en traje
-de luto, sumida en la mayor tristeza y con señales exteriores del más
-profundo duelo, una inmensa multitud que había acudido para asistir a
-los funerales.
-
-Por un impulso de natural curiosidad, se acercó para saber quién era el
-difunto, porque nadie había contestado a sus preguntas, y acaso porque
-esperaba hacer algunas observaciones útiles a la ciencia. Lo cierto es
-que aquel hombre, tendido y casi inhumado, le debió la vida.
-
-Asclepiades miraba a aquel desdichado, cuyos miembros estaban ya
-cubiertos de aromas, el rostro impregnado de esencias por mano de
-los embalsamadores y preparada la comida fúnebre; notó con atención
-ciertos signos, y tentando el cuerpo repetidas veces, comprendió que
-quedaba en él un resto de vida.
-
-«Este hombre vive, exclamó, alejad esas antorchas, apagad ese fuego,
-destruid esa pira, llevad esa comida a la sala del festín.»
-
-Óyese en seguida un rumor; decían unos que era preciso creer a los
-médicos; otros se burlaban de la medicina. Finalmente, a despecho hasta
-de los parientes, que no prestaban fe a sus palabras o que ya saludaban
-la herencia, consiguió Asclepiades, no sin gran trabajo, una breve
-dilación para las exequias del supuesto difunto; llevole a su casa en
-virtud de un derecho de postliminio de nueva especie; y arrancando a
-este desdichado de las manos de los sepultureros, como del infierno, le
-devolvió el aliento, y a poco la vida, escondida en los más secretos
-repliegues del cuerpo, fue reanimada, gracias a ciertos remedios.
-
-
-XX.
-
-He aquí una frase célebre de un sabio, relativa a los placeres de la
-mesa:
-
-«La primera copa es para la sed, la segunda para la alegría, la tercera
-para la voluptuosidad, la cuarta para la demencia.»
-
-La copa de las Musas, al contrario, cuanto más llena de licor sin
-mezcla, es más propicia a la salud del alma. La primera copa, la de los
-elementos, disipa la ignorancia; la segunda, la de la gramática, enseña
-las reglas; la tercera, la de la retórica, proporciona el arma de la
-elocuencia. Los más se detienen aquí.
-
-Por mi parte, estando en Atenas, he bebido además otras copas; he
-gastado la poesía y sus especias, la geometría y su agua clara, la
-música y sus dulzores, la dialéctica y su picante aspereza, en fin, la
-filosofía general y su delicioso néctar. Juzgad si no.
-
-Empédocles compone versos; Platón, diálogos; Sócrates, himnos;
-Epicarmo, refranes; Jenofonte, historias; Jenócrates, sátiras. Vuestro
-Apuleyo abarca todos estos géneros; con celo igual cultiva las nueve
-Musas, con mejor voluntad, sin duda, que talento. Por esto acaso merece
-más elogios, porque en todas las cosas bellas, el mérito está en los
-esfuerzos y el resultado es cosa eventual.
-
-Lo mismo sucede con el crimen; la intención, no seguida del efecto, es
-penada por la ley, porque si la mano queda pura, el alma está manchada.
-Por tanto, si la intención de obrar mal basta para ser castigado,
-también basta para la gloria intentar cosas laudables. ¿Y cómo
-conquistar los elogios más brillantes y más seguros, sino celebrando
-a Cartago, ciudad donde todos los ciudadanos se distinguen por su
-instrucción, donde se ven todos los géneros de conocimientos estudiados
-por los niños, practicados por los jóvenes, enseñados por los ancianos?
-¡Cartago, venerable institutriz de nuestra provincia; Cartago, musa
-celeste del África; Cartago, inspiración de la toga!
-
-
-XXI.
-
-A veces, aun durante una precipitación necesaria, ocurren honrosos
-impedimentos que obligan a aplaudir una suspensión de voluntad.
-Supongamos a algunos hombres apremiados para hacer un viaje; prefieren
-montar a caballo a sentarse en un carro, a causa del embarazo del
-equipaje, de la pesadez de los carruajes, de las ruedas embarradas, de
-los carriles con baches, sin contar los montones de piedras, las cepas
-de árboles, los campos encharcados, las colinas en talud.
-
-Queriendo evitar todos estos motivos de tardanza, han escogido para
-montar caballos tan sólidos como vigorosos, tan fuertes como rápidos,
-
- Que de un escape salvan los campos y colinas,
-
-como dice Lucilio. Pero mientras sobre sus fogosos corceles vuelan,
-por el camino ven un hombre eminente por su dignidad y su nobleza; un
-hombre muy considerado, muy conocido, y entonces, sea la que quiera su
-impaciencia, suspenden, en honor suyo, la carrera, detienen los pasos,
-refrenan los caballos y echan pie a tierra; la varilla que les sirve
-para excitar el corcel, la pasan a la mano izquierda, y con la derecha,
-ya libre, le acogen y saludan. Mientras el personaje les pregunta, le
-acompañan conversando, y cualquiera que sea el retraso lo sacrifican de
-buen grado al cumplimiento de un deber.
-
-
-XXII.
-
-A Crates, discípulo de Diógenes, lo honraban sus contemporáneos en
-Atenas como a un genio doméstico. Ninguna casa le fue jamás cerrada,
-ningún padre de familia tuvo secreto tan oculto que no lo supiera
-inmediatamente Crates, porque era el árbitro y mediador de todas las
-cuestiones y de todos los disgustos entre parientes. Lo que los poetas
-cuentan de que Hércules sometió, venció con su valor tantos monstruos
-terribles, hombres y fieras, y que purgó de ellos al mundo, puede
-decirse de la cólera, de la envidia, de la avaricia, de la lujuria
-de todos los monstruos y de todas la plagas del alma humana, para
-las cuales fue un Hércules este filósofo. Las arrancó de todas las
-almas, purgó de ellas a todas las familias y domó la perversidad. Como
-Hércules, iba medio desnudo y llevaba una maza.
-
-Había nacido en Tebas, donde, según la tradición, nació Hércules. Antes
-de llegar a ser Crates, era uno de los principales tebanos; se citaban
-la nobleza de su origen, el número de sus servidores, el esplendor del
-vestíbulo de su casa; él mismo iba bien vestido y con dinero.
-
-Pero más tarde reconoció que en toda esta fortuna no había nada sólido,
-ninguna regla de conducta; vio que todo es efímero y frívolo, que
-cuantas riquezas hay bajo los cielos no sirven para hacer la felicidad.
-
-Un barco, decía, es bueno hábilmente construido, bien acondicionado
-y elegantemente decorado por dentro, provisto por fuera de un timón
-móvil, de un mástil elevado, de brillantes velas, en una palabra, de
-cuanto es necesario al equipo, de cuanto puede agradar a la vista.
-Pero si este barco no tiene piloto que le dirija, o la tempestad
-es su piloto, pronto se sepultará con su magnífico equipaje en las
-profundidades del mar, o se estrellará contra las rocas.
-
-Por muchos que sean los médicos que visiten a un enfermo, ninguno de
-ellos, porque vea la casa adornada de soberbias galerías y de dorados
-techos, porque un rebaño de esclavos y de adolescentes de rara belleza
-estén de pie alrededor del lecho, dice al enfermo que tenga buen ánimo,
-sino se sienta junto al lecho, le toma la mano, le tienta, observa
-los movimientos del pulso y sus intervalos, y si encuentra en ellos
-alguna alteración o perturbación, anuncia al paciente que su mal es
-peligroso. A este Creso le prohíbe tomar alimento. En aquella casa tan
-opulenta, no hay en todo el día un mendrugo de pan para él, mientras
-sus servidores gozan en alegres festines. En esto, su condición y nada
-son la misma cosa.
-
-
-XXIII.
-
-Vosotros, los que habéis querido que hablase abundantemente, aceptad
-este ensayo. Más tarde lo acabaré. No creo correr ningún riesgo
-atreviéndome a improvisar delante de vosotros, puesto que ya habéis
-aplaudido mis discursos preparados; ni temo desagradar en las cosas
-frívolas, habiéndoos satisfecho en las más graves. Preciso es que me
-conozcáis bajo todos los aspectos. Por este boceto informe, como dice
-Lucilio, podréis juzgar si soy el mismo en mis improvisaciones que en
-mis asuntos meditados, si algunos de vosotros desconocen esta facultad
-mía de hablar de improviso.
-
-Espero que vuestros oídos no sean más severos que mi pluma; en cambio
-seréis con la obra más indulgentes que su mismo autor. Esto es, por
-lo demás, costumbre de hombres de gusto, que muestran tanta severidad
-y desconfianza con las obras larga y detenidamente elaboradas,
-como benevolencia con las espontáneas. Jueces rigurosos, críticos
-severos, sin restricción para las obras escritas, deseáis conocer las
-improvisaciones para no juzgarlas. Esto es justo. Nuestros escritos
-quedan como están después que hemos terminado su lectura; pero en lo
-que decimos de repente, en lo cual en cierto modo sois partícipes,
-el único mérito es la acogida que le hagáis. Cuanto mayor desenfado
-haya hoy en mi estilo, tanto más me elevaré a vuestros ojos. Pero ya
-veo que me escucháis con gusto. Mi suerte está en vuestras manos, a
-vosotros toca desplegar y hacer que floten nuestras velas, a vosotros
-impedir que lánguidamente cuelguen o que permanezcan crispadas en las
-vergas. Por mi parte, aplicaré la frase de Aristipo, el jefe de la
-escuela cirenaica, o dándole el nombre que él prefiere, el discípulo de
-Sócrates.
-
-Preguntándole un tirano para qué le había servido el largo y penoso
-estudio de la filosofía, Aristipo respondió: «Para poder hablar a todos
-los hombres sin temor ni embarazo.»
-
-En este asunto, improvisada la expresión, será espontánea como muralla
-construida a escape, donde es preciso colocar las piedras al azar y
-sin simetría, sin apoyarlas en sólida base, sin alinearlas en planos
-regulares, sin medirlas conforme a las leyes geométricas.
-
-Construcción de palabras, las piedras que para ello traeré de mi
-montaña no están labradas en ángulos rectos, perfectamente iguales en
-todas sus caras y pulidas en las proporciones más exactas. Acopiaré
-los materiales para la obra y emplearé indiferentemente las piedras
-desiguales y esquinadas como las pulimentadas y brillantes. Unas serán
-angulosas, de aristas vivas; otras redondas o de bordes desgastados,
-sin alineación ni regularidad de escuadra ni rectitud de nivel. La
-celeridad y la corrección en una misma cosa, son imposibles, y nada
-hay que a la vez reúna el mérito de la prontitud y la belleza de la
-perfección.
-
-He cedido al deseo de algunas personas que absolutamente deseaban fuese
-improvisado mi discurso; pero temo me suceda lo que aconteció, según
-Esopo, al cuervo de la fábula, esto es, que buscando nueva gloria,
-pierda algo del mérito que antes me concedíais.
-
-Veo que tenéis curiosidad de conocer este apólogo, y no me molesta
-recitároslo.
-
-El cuervo y el zorro vieron al mismo tiempo una presa, y con igual
-ardor se lanzaron a cogerla; pero no con igual prontitud, porque el
-zorro corría y el cuervo volaba, de modo que el ave adelantó muy pronto
-a su rival. Desplegadas las alas atravesó el aire con rápido vuelo,
-cayó sobre la presa, se apoderó de ella, y orgulloso de la victoria,
-emprendió de nuevo el vuelo y fue a posarse seguro sobre la cima de una
-próxima encina. Entonces el zorro, no pudiendo valerse de sus patas,
-apeló a la astucia, y parándose debajo del cuervo, vanidoso de su
-conquista, empezó a alabarle hipócritamente, diciendo:
-
-«¡Cuán loco era yo en pretender rivalizar con el ave de Apolo! ¿Viose
-nunca cuerpo más gracioso? Ni pequeño ni grande, todo es en él útil y
-agradable; plumaje lustroso, cabeza elegante, pico sólido. ¡Qué miradas
-tan penetrantes! ¡Qué uñas tan vigorosas! ¿Y qué decir del color? Solo
-hay dos colores primordiales, el negro y el blanco, que son entre sí
-el día y la noche. Ambos los dio Apolo a sus aves queridas, el blanco
-al cisne y el negro al cuervo. Pero al conceder el canto a aquel, ¿por
-qué no dio voz a este? Tan hermosa ave, el fénix de los huéspedes de la
-selva, el favorito del armonioso Apolo, ¿verase obligado a vivir mudo y
-silencioso?»
-
-Al oír estas palabras el cuervo, queriendo demostrar que no carecía de
-esta cualidad, quiso dar enorme graznido por probar que en nada cedía
-al cisne, y olvidando la presa que tenía cogida, abrió el ancho pico, y
-perdió con el canto lo que había ganado con el vuelo, ganando el zorro
-con la astucia lo que había perdido en la carrera.
-
-Resumamos esta fábula en pocas palabras, si es posible.
-
-El cuervo, para mostrar su bella voz, único mérito que le faltaba, al
-decir del engañoso zorro, se puso a graznar, y la presa que tenía fue
-el premio del adulador.
-
-
-XXIV.
-
-De antemano sé lo que significan estas demostraciones. Pedís que diga
-en latín el resto de mi discurso, porque recuerdo que, al empezar, las
-opiniones estaban divididas, y prometí que si alguno de vosotros se
-inclinara en favor de la una o de la otra lengua, no se retiraría sin
-haber oído lo que prefiriese.
-
-Por eso, si queréis, dejaremos ahora la lengua del Ática, que ya es
-tiempo de abandonar a Grecia por el Lacio. Estamos próximamente a la
-mitad del discurso, y por lo que puedo juzgar, esta última parte no
-será inferior a la que he pronunciado en griego, ni por el vigor de los
-pensamientos, ni por la abundancia de las ideas, ni por la riqueza de
-los ejemplos, ni por la elegancia de la expresión.
-
-
-
-
- EL DEMONIO DE SÓCRATES
- POR
- LUCIO APULEYO
-
-
-
-
-EL DEMONIO DE SÓCRATES.
-
-
-ARGUMENTO.
-
-Los dioses supremos habitan en las alturas del mundo sin contacto
-alguno con los animales que viven en la tierra; pero entre el hombre y
-la Divinidad hay poderes intermediarios.
-
-Los genios o demonios son a la vez los intérpretes de nuestros
-votos y los mensajeros de los beneficios celestes, participando de
-doble naturaleza; como nosotros, son apasionados; como los dioses,
-inmortales. Su morada es ese intervalo aéreo que existe entre el cielo
-y la tierra. Su cuerpo es más ligero que el de los animales terrestres,
-y menos sutil que el de los seres superiores. Son visibles e invisibles
-según su voluntad, o mejor dicho, según sus diversas atribuciones.
-
-Deben ser contados entre ellos los manes y demás genios familiares,
-y otros de superior esencia, como el Sueño y el Amor. Todos tienen
-un culto especial, todos agradecen las ofrendas, y a todos irrita la
-indiferencia o el desprecio.
-
-Sin embargo, cada hombre tiene un demonio que debe honrar
-particularmente, un genio cuyos consejos debe escuchar y cuyas
-inspiraciones seguir. La sabiduría consiste en el culto tributado al
-genio especial de cada uno, y Sócrates fue el hombre más sabio por su
-obediencia a los mandamientos de su genio. En todas ocasiones escuchaba
-con respeto la divina voz que le hablaba. Este demonio fue quien le
-enseñó a distinguir los verdaderos de los falsos bienes, a despreciar
-los favores de la fortuna, y a buscar solo la virtud.
-
-Imitemos a Sócrates: dejando de un lado las cosas exteriores,
-cultivemos nuestro genio; no deseemos más que los verdaderos bienes, y
-seremos felices, y mereciendo, como Ulises, elogios que solo se dirijan
-a nuestra virtud.
-
- * * * * *
-
-Examinando Platón la naturaleza de todas las cosas, y principalmente
-la de los seres animados, los dividió en tres clases. Creyó que
-había dioses superiores, dioses intermedios y dioses inferiores,
-distinguiéndoles no solo por sus moradas, sino también por la
-perfección de su naturaleza, y fundó esta diferencia en numerosas
-consideraciones.
-
-Estableció primero, para mayor claridad, la distinción de las moradas
-y, cual su majestad lo exigía, asignó el cielo a los dioses inmortales.
-
-Entre estos dioses celestiales unos aparecen a nuestros ojos, otros los
-descubre la inteligencia. Vemos, pues, con nuestros ojos
-
- ... esos astros brillantes
- Que arreglan en los cielos el curso de los años.
-
-Pero nuestros ojos no ven solo esos astros principales: el sol,
-creador del día; la luna, rival del sol, esplendor de la noche, que,
-alternativamente figura un arco o aparece la mitad, o se muestra en
-la plenitud de su forma, antorcha variable, que luce con mayor brillo
-conforme se aleja más del sol, midiendo los meses en sus períodos
-regulares, períodos que se componen de crecientes y menguantes iguales.
-¿Brilla la luna, como creen los Caldeos, con luz propia, luminosa
-de un lado y oscura de otro; debe a la revolución de su globo los
-cambios de su color, forma y extensión, o es cuerpo oscuro y falto de
-luz, que absorbe como espejo los rayos oblicuos u opuestos del sol? O
-sirviéndome de la frase de Lucrecio: «La luz que en ella brilla ¿es
-prestada?»
-
-Después veremos cuál de ambas opiniones es verdadera, pero lo cierto es
-que ni griegos ni bárbaros han negado o puesto en duda la divinidad del
-sol y de la luna.
-
-No son estos astros, según he dicho, los únicos dioses superiores. Hay
-además cinco estrellas que el ignorante vulgo llama errantes, aunque
-tienen un movimiento eterno, regular y cierto: si bien siguen distinta
-ruta, conservan siempre una velocidad igual y semejante, una progresión
-y una vuelta admirablemente determinadas por su situación y por la
-oblicuidad de su curva. Este orden maravilloso lo han advertido los que
-estudian la salida y ocultación de los astros.
-
-Los partidarios del sistema de Platón deben contar en el número de los
-dioses visibles a Arturo, las pluviosas Híades y las dos _Osas_, como
-también las demás constelaciones luminosas, coro admirable que en un
-cielo puro vemos brillar con severo resplandor; majestuosas bellezas de
-la noche sembrada de estrellas, luces deslumbradoras que reflejan, como
-dice Ennio, multitud de figuras en el magnífico escudo del mundo.
-
-Hay también otra especie de dioses que la naturaleza ha negado a
-nuestras miradas, pero que advertimos en las contemplaciones de
-la inteligencia, cuando con los ojos del alma los consideramos
-atentamente; entre ellos están los doce siguientes, cuyos nombres
-reunió Ennio en dos versos,
-
- Juno, Vesta, Minerva, Ceres, Diana, Venus, Marte,
- Mercurio, Júpiter, Neptuno, Vulcano, Apolo,
-
-y otros de igual naturaleza, cuyos nombres desde hace largo tiempo son
-familiares a nuestros oídos, y cuyo poder comprende nuestro espíritu
-por los distintos beneficios que nos prodigan en la vida, según sus
-diversas atribuciones.
-
-Pero el vulgo profano, ignorante de la filosofía y de las cosas
-santas, privado de razón y de creencias, y extraño a la verdad; el
-vulgo crédulo e insolente desconoce a los dioses, y con un culto
-ridículo o con insolentes desdenes, unos son supersticiosos y otros
-despreciadores, aquellos por debilidad, y estos por orgullo. En efecto,
-el mayor número reverencia a todos los dioses que habitan en las altas
-regiones del aire y que están muy alejados de las debilidades humanas;
-pero los honores que les tributan son indignos de ellos. Todo el mundo
-teme los dioses, pero sin saber la razón. Pocos los niegan, y estos por
-impiedad.
-
-Los dioses, según Platón, son naturalezas incorpóreas, animadas, sin
-principio ni fin, eternas en lo porvenir y en lo pasado, sin contacto
-alguno con los cuerpos perfectos y destinadas a la felicidad suprema.
-Buenos por sí mismos, no participan de ningún bien exterior y alcanzan
-el objeto de su deseo por un movimiento fácil, sencillo, libre y sin
-obstáculos.
-
-¿Hablaré yo del padre de los dioses, del que crea y gobierna todas las
-cosas y que no está obligado a ningún acto, a ningún especial deber?
-¿Qué diré de él cuando Platón, filósofo dotado de divina elocuencia y
-de penetración igual a la de los inmortales, ha repetido frecuentemente
-que la majestad de este ser, solo e infinito, está por encima de los
-términos y de las expresiones, y que ninguna palabra humana puede dar
-la menor idea de su perfección; que los mismos sabios, después de
-elevarse cuanto pueden sobre el nivel de los sentidos, apenas llegan
-a comprender este dios, y que lo entreven de ordinario como rapidísimo
-relámpago que brilla en densa oscuridad?
-
-No me detendré en este punto; la fuerza me faltaría, puesto que mi
-maestro Platón no ha encontrado ninguna expresión digna de tan gran
-asunto: ante una materia que excede al alcance de mi débil genio, tengo
-que batirme en retirada, y del cielo bajo mi discurso a la tierra,
-donde el hombre es el primero de los animales.
-
-En verdad, la mayoría de los hombres, depravados por el abandono de
-toda moral, entregados a los errores y a los crímenes, de dulces que
-eran naturalmente, han llegado a ser de tal modo feroces, que el ser
-humano podría ser considerado como el último de los animales de la
-tierra. Pero no tratamos ahora de discutir sobre sus extravíos, sino de
-poner de manifiesto la división de la naturaleza.
-
-Los hombres están dotados de razón y de palabra, su alma es inmortal,
-su cuerpo perdurable, su espíritu activo e inquieto, sus sentidos
-groseros y falibles. Difieren entre sí por sus costumbres, y se
-parecen por sus extravíos, por su audacia, por la terquedad de sus
-esperanzas, por sus vanos trabajos, por su frágil fortuna. Cada hombre,
-aisladamente, es mortal, pero el género humano existe, se reproduce y
-se renueva perpetuamente. Su vida es rápida, su saber tardío, su muerte
-pronta y la tierra es la morada donde pasa su dolorosa existencia.
-
-Tenéis, pues, dos clases de seres animados: los hombres y los dioses;
-mas estos difieren de aquellos en que habitan en lugares sublimes, en
-la perpetuidad de su vida, en la perfección de su naturaleza. Nada de
-común tienen con nosotros, porque la inmensidad separa sus moradas de
-las nuestras, porque en ellos la juventud es eterna e inalterable, y
-nuestra vida es frágil y rápida, y porque ellos están destinados a la
-felicidad, y nosotros oprimidos por el peso de las miserias.
-
-Pero qué, ¿la naturaleza no está unida en sí misma por ningún lazo,
-sino que, dividida en parte divina y en parte humana, se hace impotente
-por esta escisión? Porque como Platón ha dicho, ningún dios se mezcla
-con los hombres, y la señal más evidente de su sublimidad es que jamás
-se manchan con nuestro contacto.
-
-Algunos solamente, como los astros, aparecen a nuestra débil vista,
-y con todo eso, aun no estamos de acuerdo acerca de su tamaño y
-color. Los otros solo son comprendidos por los esfuerzos de nuestra
-inteligencia. Y no debe admirar que los dioses inmortales no estén
-al alcance de nuestra vista, porque aun entre los hombres, el que la
-fortuna eleva al trono, silla movible y frágil, se aparta lejos de
-todos, y, huyendo el contacto del vulgo, se oculta, por decirlo así,
-dentro de su propia dignidad, porque, así como la familiaridad produce
-el desprecio, la rareza de las relaciones inspira respetuosa admiración.
-
-Dirase, sin embargo, ¿qué ha de hacerse, según esta opinión, quizá
-sublime, pero casi inhumana? ¿Qué ha de hacerse, si los hombres,
-rechazados por los Inmortales, relegados en el Tártaro de esta vida,
-privados de toda comunicación con los dioses, no tienen ninguna
-divinidad que vele por ellos como pastor por sus ovejas, si ningún
-poder celestial modera el furor de los malos, cura las enfermedades,
-consuela a los indigentes? Decís que ningún dios se ocupa de las cosas
-humanas. ¿A quién, pues, debo dirigir mis ruegos? ¿A quién ofreceré
-mis votos? ¿A quién inmolaré víctimas? ¿A quién podré invocar como
-protector de los desgraciados, defensor de los inocentes y enemigo
-de los perversos? ¿A quién, finalmente, apelaré como juez de mis
-juramentos? ¿Diré yo como el Ascanio de Virgilio:
-
-«Juro por esta cabeza, por la cual mi padre antes juraba»?
-
-Sin duda, Julio, tu padre podía invocar esta prenda sagrada entre los
-troyanos nacidos de la misma raza que él, y acaso entre los griegos
-que lo habían conocido en los combates; pero entre los Rútulos que
-recientemente has conocido, si nadie quiere fiar en dicha cabeza, ¿qué
-dios responderá por ti? ¿Apelarás, como el feroz Mecencio, a tu brazo y
-a tu lanza? Porque este tirano solo respetaba sus armas:
-
- Mi dios es esta mano y este dardo que lanzo.
-
-Apartad esos dioses tan crueles, esa mano fatigada de homicidios, ese
-dardo enmohecido por la sangre; ni aquella ni este tienen nada en sí
-que merezca que se les invoque o que por ellos se jure. Este honor solo
-corresponde al dios de los dioses, porque jurar es poner a Júpiter por
-testigo, como ha dicho Ennio.
-
-¿Qué hacer? ¿Juraremos por Júpiter en piedra, según antigua costumbre
-de los romanos? Si la opinión de Platón es cierta, si los dioses no
-tienen ninguna comunicación con los hombres, la piedra no ha de oírnos
-con más facilidad que Júpiter. No, os responderá Platón por mi boca;
-no, los dioses no son tan distintos ni viven tan separados de los
-hombres, que no puedan oír vuestros votos. Son, en verdad, extraños al
-contacto, pero no al cuidado de las cosas humanas. Existen divinidades
-intermedias que habitan entre las alturas del cielo y el elemento
-terrestre, en ese medio que ocupa el aire, divinidades que transmiten
-a los dioses nuestros deseos y los méritos de nuestras acciones. Los
-griegos las llaman _demonios_.
-
-Mensajeros de ruegos y de beneficios entre los hombres y los dioses,
-estos demonios llevan y traen de unos a otros, de una parte las
-demandas, y de otra los socorros; intérpretes con unos, genios
-bienhechores con otros, como lo dice Platón en su _Banquete_, presiden
-también en las revelaciones, en los encantos de los magos y en todos
-los presagios.
-
-Cada cual de ellos tiene sus atributos especiales. Componen los sueños,
-despedazan las víctimas, arreglan el vuelo y el canto de los pájaros,
-inspiran a los adivinos, lanzan el rayo, hacen brillar los relámpagos
-y se ocupan, en fin, de cuanto nos revela el porvenir: cosas todas que
-debemos creer mandadas por la voluntad, la providencia y las órdenes de
-los dioses, y ejecutadas por el cuidado, la obediencia y el ministerio
-de los demonios.
-
-Por ellos, por su intervención, fue Aníbal amenazado en sueños de la
-pérdida de un ojo; Flaminio, al ver las entrañas de la víctima, temió
-una derrota; los augures descubrieron a Navio Atto la maravillosa
-propiedad de la piedra de afilar; algunos hombres ven brillar los
-signos precursores del reinado que les espera; un águila corona a
-Tarquinio Prisco; una llama ilumina la cabeza de Servio Tulio; en fin,
-son las divinidades mediadoras entre los hombres y los dioses, que
-inspiran los presagios de los augures, los sacrificios toscanos, los
-versos de las Sibilas, y que indican los lugares donde ha de herir el
-rayo. Tales son las atribuciones de estos poderes intermedios entre
-los hombres y los dioses. Ciertamente sería impropio de la majestad de
-los dioses supremos, que alguno de ellos infundiera un sueño a Aníbal,
-o despedazara la víctima de Flaminio, o hiciera volar un ave junto
-a Atto Navio, o pusiera en verso las predicciones de la Sibila, o le
-quitara el bonete de flamen a Tarquinio, para devolvérselo, o hiciera
-aparecer envuelta en fuego la cabeza de Servio sin quemarla.
-
-Las divinidades del cielo no descienden a estos detalles que
-corresponden a los poderes intermedios, cuya morada está en el espacio
-de aire contiguo a la tierra y a los cielos, y que habitan en él como
-cada especie animada en el elemento que le es propio: en el aire lo que
-vuela, y en la tierra lo que anda.
-
-Y como hay cuatro elementos bien conocidos, que son, por decirlo así,
-las cuatro grandes divisiones de la naturaleza, y la tierra, el agua
-y el fuego, tienen cada uno sus animales peculiares (Aristóteles
-asegura que en las abrasadoras hornazas hay unos animales alados que
-revolotean y pasan su vida en el fuego, con el cual nacen, y sin él
-perecen), como tantos brillantes astros giran, según antes he dicho, en
-el éter, donde está el más vivo y puro origen del fuego, ¿por qué el
-aire, este cuarto elemento que ocupa tanto espacio, ha de estar vacío
-de toda cosa, y ser el único de los cuatro condenado por la naturaleza
-a no tener habitantes? ¿Por qué no ha de hacer que nazcan en el aire
-animales aéreos, como los produce inflamados en el fuego, fluidos en
-el agua y terrestres en la tierra? Porque los que asignan el aire como
-morada a las aves, cometen un error evidente. En primer lugar, ningún
-ave remonta su vuelo por encima del Olimpo, el monte más elevado del
-globo, cuya altura, según la medida de los geómetras, no llega a diez
-estadios. A partir de este monte, se extiende un inmenso espacio de
-aire hasta el primer círculo de la luna, donde verdaderamente empieza
-el éter. ¿Qué diréis, pues, de esta grande extensión de aire que se
-encuentra entre la cima del Olimpo y el círculo más próximo a la luna?
-¿Estará despoblada de animales que le sean propios, y esta parte de la
-naturaleza quedará muerta e impotente? Porque, observad que el ave es
-más bien un animal terrestre que aéreo; su alimento está en la tierra;
-en ella nace y en ella descansa, y cuando vuela, solo atraviesa el aire
-más próximo a la tierra; en fin, cuando las alas que le sirven de remos
-están fatigadas, la tierra es el puerto que la recibe.
-
-Puesto que la fuerza del razonamiento obliga a admitir la existencia
-de animales propios del aire, resta solo, tratar de su naturaleza y de
-sus propiedades. No serán terrestres, porque les arrastraría su peso:
-no estarán formados de fuego, porque la fuerza del calor les llevaría
-fuera del elemento en que viven. Preciso es, pues, combinar una
-naturaleza intermedia, como el sitio en que se encuentran, para que la
-constitución de los habitantes esté en armonía con la región que ocupan.
-
-Formemos con el pensamiento, creemos una especie de animales hechos de
-suerte que no sean ni tan pesados como los de la tierra, ni tan ligeros
-como los del éter. Que difieran de unos y otros en algunas propiedades,
-o que las tengan de ambos, sea que se admita o que se rechace la
-participación de las dos naturalezas, advirtiendo de paso que la
-formación que admite la mezcla es más inteligible que la que la excluye.
-
-Así, pues, los cuerpos de estos demonios tendrán algún peso para que no
-sean elevados a las regiones superiores, y alguna ligereza para que no
-sean precipitados a la tierra.
-
-Ante todo, para que no me acuséis de presentaros creaciones increíbles,
-como hacen los poetas, os daré un ejemplo de este equilibrio.
-
-Las nubes tienen alguna relación con los cuerpos de que os hablo: si
-fueran tan ligeras como las cosas que carecen de peso, jamás bajarían,
-como frecuentemente las vemos descender, hasta la cima de las montañas
-que parece coronan; y si, por otra parte, fueran tan densas y pesadas
-que ningún principio de ligereza las levantara, caerían por su propio
-peso como masa de plomo o como piedra, destrozándose contra la tierra.
-Pero permanecen en suspensión y son movibles, corren acá y allá en el
-océano y en los aires, como barco que gobierna el viento; cambian de
-forma según se acercan o se alejan de la tierra. Cuando están preñadas
-de aguas celestes, descienden como para parir, y cuanto mayor es su
-peso, más bajan negras y amenazadoras y más lenta es su marcha. Por el
-contrario, cuanto menos cargadas, se elevan en el espacio más rápidas y
-transparentes, y huyen como guedejas de ligera lana.
-
-Ya sabéis los admirables versos de Lucrecio sobre el trueno:
-
- El trueno que desgarra la cima de los cielos,
- Formado está por nubes aéreas que entrechocan
- Arrastradas a impulsos de fiero vendaval.
-
-Si, pues, las nubes que se forman enteramente de la tierra y que a
-ella caen en seguida, se elevan a lo alto, ¿qué pensáis sucederá a los
-cuerpos de estos demonios, cuya combinación es mucho más sutil? No
-están formados, como ellas, de esos vapores espesos, de esas nieblas
-impuras, sino del elemento más puro, de la serenidad misma del aire, y
-a causa de ello no aparecen fácilmente a los mortales, llegando solo
-a ser visibles por la voluntad de los dioses, porque carecen de esa
-solidez terrestre que intercepta la luz, que detiene la mirada y que
-concentra necesariamente la vista. Los tejidos de su cuerpo son raros,
-brillantes y separados, de suerte que su resplandor deslumbra nuestros
-ojos y engaña las miradas.
-
-Preciso es poner en esta categoría la Minerva de Homero, cuando se
-aparece en medio de los griegos para apaciguar a Aquiles,
-
- Visible para él solo; ningún otro la ve.
-
-También debe ponerse la Juturna de Virgilio cuando avanza por entre las
-filas del ejército para socorrer a su hermano, y
-
- Mezclada con soldados, permanece invisible.
-
-No es, pues, como ese soldado de Plauto, que se vanagloria de su escudo,
-
- Cuyo brillo deslumbra los ojos enemigos.
-
-Y para no decir más, en esta especie de demonios es donde los poetas,
-no apartándose mucho de la verdad, escogen ordinariamente los dioses
-que suponen amigos o enemigos de ciertos hombres, aplicados aquellos
-a elevar y a sostener a sus protegidos, estos a perseguirlos y
-afligirlos, de suerte que participan de todas las pasiones humanas,
-la compasión, el odio, la alegría, el dolor, y, como nosotros, son
-agitados por los movimientos del corazón y los tumultuosos pensamientos
-del espíritu.
-
-Los dioses supremos viven tranquilos, extraños a todas estas
-perturbaciones, a todas estas tempestades. Estos habitantes del cielo
-gozan de eterna calma de espíritu. No sienten dolor ni voluptuosidad
-que les arrebate, ni cambios súbitos ni violencias extrañas, porque
-nada hay tan omnipotente como un dios; ni modificaciones espontáneas,
-porque nada hay que les iguale en perfección.
-
-¿Cómo creer que sea perfecto el que pasa de un primer estado a otro más
-irregular? Ninguno cambia si no se arrepiente de su primera posición,
-y el cambio es la condenación del estado precedente. Así, pues, un
-dios no puede sentir ningún afecto temporal, ni el amor ni el odio; es
-inaccesible a la cólera y a la piedad, a las angustias del dolor y a
-los transportes del placer; para él no hay pasiones, ni tristeza, ni
-alegría, ni deseos súbitos y contradictorios.
-
-Todos estos movimientos y muchos otros convienen a la naturaleza media
-de los demonios, que, por el lugar que habitan y por la índole de
-su espíritu, son término medio entre dioses y hombres, teniendo la
-inmortalidad de aquellos y las pasiones de estos.
-
-Se les puede definir así: los demonios son seres animados, razonables
-y sensibles, cuyo cuerpo es aéreo y la vida eterna. De estos cinco
-atributos les son comunes con los hombres los tres primeros, el cuarto
-les es propio, y el último lo comparten con los dioses inmortales, de
-quienes solo difieren por la sensibilidad.
-
-Llámoles sensibles no sin razón, puesto que su alma está sujeta a las
-mismas agitaciones que la nuestra, y por ello debemos prestar fe a
-las diversas ceremonias de las religiones y a las diferentes súplicas
-empleadas en los sacrificios.
-
-Algunos de estos demonios aman las ceremonias que se celebran de noche,
-otros las que se verifican de día; unos prefieren el culto público,
-otros el privado; unos exigen la alegría, otros que la tristeza presida
-a los sacrificios y solemnidades que se les consagran. Por ello los
-dioses de Egipto son honrados casi siempre con sollozos; los de
-Grecia, con bailes; los de los bárbaros, con el ruido de címbalos,
-tambores y flautas.
-
-Obsérvase la misma diferencia, según las costumbres de cada país, en
-la marcha de las ceremonias, en el silencio de los misterios, en las
-funciones de los sacerdotes, en los ritos de los sacrificadores y hasta
-en las estatuas de los dioses, en los despojos que les son ofrecidos,
-en la consagración de los templos y en el lugar donde son edificados,
-en el color y sacrificios de las víctimas.
-
-Todos estos usos son establecidos solemnemente, según los diversos
-países, y con frecuencia reconocemos en los sueños, en los presagios
-y en los oráculos, que los dioses se indignan si por ignorancia o por
-orgullo se descuida algún detalle de su culto.
-
-Podría citar multitud de ejemplos de este género, pero son tan
-conocidos y en tanto número, que quien quisiera enumerarlos olvidaría
-muchos más que citaría. No me detendré, pues, a enumerar estos hechos,
-a los cuales podrán no dar fe algunos espíritus, pero que al menos son
-universalmente conocidos. Más vale discurrir acerca de las diferentes
-especies de genios citadas por filósofos, a fin de que podamos conocer
-claramente cuál era el presentimiento de Sócrates, y cuál el dios que
-tenía por amigo.
-
-Porque en determinada acepción, el alma humana, aun encerrada en el
-cuerpo, es llamada demonio.
-
- ¿Este ardor nos proviene, Euríale, de los dioses
- Donde divinizamos nuestros deseos furiosos?
-
-Así, pues, un buen deseo del alma es un dios bienhechor, y de ello
-proviene que muchos, como he dicho, llaman _feliz_ a aquel cuyo demonio
-es bueno, es decir, cuya alma está formada por la virtud.
-
-En nuestro lenguaje puede llamarse a este demonio genio. No sé si la
-expresión es perfectamente justa, pero me atrevo a llamarlo así porque
-el dios que representa es el alma de cada hombre; dios inmortal y que,
-sin embargo, nace en cierto modo con el hombre. Así, pues, las preces
-en las cuales invocamos el _genio_ y _Genita_, me parece que explican
-la formación y el nudo de nuestro ser cuando designan con dos nombres
-el alma y el cuerpo, cuya unión constituye el hombre.
-
-En otro sentido llámase también demonio al alma humana, que después de
-haber pagado su tributo a la vida, se separa del cuerpo. En la antigua
-lengua de los Latinos encuentro que se la llamaba _Lémure_. Entre estos
-_Lémures_ los hay divinidades pacíficas y bienhechoras de la familia,
-que eran encargadas del cuidado de la posteridad y toman el nombre de
-_Lares domésticos_. Otros, por lo contrario, privados de una estancia
-feliz, expían los crímenes de su vida en una especie de destierro, y
-siendo espanto de los buenos y plaga de los malvados, yerran al azar.
-Se les designa generalmente con el nombre de _Larvas_.
-
-Pero cuando no se está seguro de la suerte de uno u otro, ni si un
-genio es lare o larva, se le llama _dios Mane_. Este título de dios es
-solo una señal de respeto; porque no se llaman verdaderamente dioses
-sino a aquellos cuya vida se acomodó a las leyes de la justicia y
-de la virtud, y que, divinizados en seguida por los hombres, se les
-edificaron templos y recibieron homenajes, como Anfiarao, en Beocia;
-Mopso, en África; Osiris, en Egipto; otros, en otras naciones, y
-Esculapio, en todas partes.
-
-Esta división de los demonios solo se refiere a los que vivieron en
-cuerpo humano. Pero hay otra especie de demonios no menos numerosos,
-superiores en poder, de naturaleza más augusta y elevada, que jamás
-estuvieron sometidos a los lazos y a las cadenas del cuerpo, y que
-tienen un poder cierto y determinado. En este número están el Sueño y
-el Amor, que ejercen opuesta influencia: el Amor hace velar, y el Sueño
-dormir.
-
-En este orden más elevado coloca Platón a los árbitros y testigos de
-nuestras acciones, guardianes invisibles de todos, siempre presentes,
-siempre instruidos de nuestros actos y pensamientos.
-
-Cuando abandonamos la vida, este genio, que ha sido dado a cada uno
-de nosotros, coge al hombre confiado a su guarda y le lleva ante el
-Tribunal supremo, donde se encarga de su defensa. Allí rebate sus
-mentiras, confirma sus palabras si dice verdad, y por su testimonio se
-da la sentencia.
-
-Así, pues, todos vosotros los que escucháis esta divina sentencia de
-Platón, pronunciada por mi boca, arreglad a este principio vuestras
-pasiones, vuestros actos y vuestros pensamientos, y no olvidéis que
-para estos guardianes no hay secreto alguno ni dentro ni fuera de
-nuestro corazón; que vuestro genio asiste a toda vuestra vida, que todo
-lo ve, que lo comprende todo, y como la conciencia, penetra en los más
-ocultos repliegues del corazón.
-
-Este genio es un centinela, un guía personal, un censor íntimo, un
-curador especial, un observador asiduo, un testigo inseparable, un
-juez familiar que desaprueba el mal, que aplaude el bien y que debe
-ser estudiado, conocido y honrado con un cuidado religioso; a quien
-debemos, como Sócrates, el homenaje de nuestra justicia y de nuestra
-inocencia. Porque en la incertidumbre de los acontecimientos prevé por
-nosotros, en la duda nos aconseja, en el peligro nos protege, en la
-miseria nos socorre.
-
-En su poder está a veces por los sueños, a veces por los signos; por
-su presencia visible a veces cuando es necesario alejar el infortunio,
-atraer el éxito, engrandecer o conservar nuestra fortuna, disipar las
-nubes de la vida, guiarnos en los días felices o corregir la adversidad.
-
-Y ahora bien: ¿quién extrañara que Sócrates, hombre eminente perfecto,
-sabio por el dicho del mismo Apolo, conozca y honre su dios, su
-guardián, su _lare_ familiar (así puedo llamarlo) que aparta de él
-cuanto era preciso apartar, que le protege contra todos los peligros,
-que le da todos los consejos necesarios? Y cuando su saber desfallecía
-y sus consejos eran impotentes, siendo precisos los presagios, él era
-quien disipaba la duda en el corazón de Sócrates por medio de una
-revelación divina.
-
-Hay, en efecto, en la vida muchas circunstancias en que los mismos
-sabios tienen que recurrir a los oráculos y a los adivinos.
-
-¿No veis acaso en Homero, como en un gran espejo, esta distinción
-claramente fijada entre los consejos de la sabiduría y las advertencias
-del cielo? Cuando las dos columnas del ejército, Agamenón el poderoso
-rey, y Aquiles el formidable guerrero, se separan, siéntese la
-necesidad de un hombre sabio y elocuente que modere el orgullo del
-Átrida y el ardor del hijo de Peleo, y que, dominándoles por su
-autoridad, les instruya con sus ejemplos y les calme con sus discursos.
-¿Quién se levanta en este momento? ¿Quién toma la palabra? El orador
-de Pilos, el respetable anciano cuya voz es tan dulce y tan persuasiva
-su sabiduría. Todos lo saben: la edad debilita su cuerpo, pero su alma
-está llena de sabiduría y de vigor, y sus palabras corren como la miel.
-
-Pero en los reveses de la guerra, cuando precisa enviar emisarios
-que penetren en el campo enemigo en mitad de la noche, ¿a quién se
-escogerá? Ulises y Diomedes representan la prudencia y la fuerza, el
-espíritu humano, el pensamiento y la espada.
-
-Ahora bien: si los griegos son detenidos en Áulida por los vientos
-contrarios, si se cansan de esperar y luchar contra los obstáculos,
-si para obtener una mar tranquila y una travesía feliz tienen que
-interrogar a las entrañas de las víctimas y al vuelo de las aves y
-a la comida de las serpientes, los dos sabios de Grecia, Ulises y
-Néstor, permanecen entonces silenciosos, y Calcas, el más hábil de
-los adivinos, dirige su vista a las aves y al altar, y de repente el
-profeta calma las tempestades, lanza los barcos al mar y predice un
-sitio de diez años.
-
-Igualmente en el campo de los troyanos, cuando precisa recurrir a
-los augures, aquel sabio Senado permanece mudo, nadie se atreve a
-hablar, ni Hicetaón, ni Lampo, ni Clitio; todos escuchan en silencio,
-o las terribles predicciones de Heleno, o las profecías de Casandra,
-condenada a no ser jamás creída.
-
-De igual manera Sócrates, cuando no bastaban los consejos de la
-sabiduría, seguía los presagios de su demonio, y su respetuosa
-obediencia le hacía agradable a su dios.
-
-Si el genio detenía casi siempre a Sócrates en el momento de obrar,
-si jamás le excitaba, es por una razón que ya hemos dicho; porque
-Sócrates, hombre eminentemente perfecto, cumplía todos sus deberes con
-ardimiento, sin necesidad de ser excitado, sino retenido cuando sus
-actos podían producir algún peligro, y estas advertencias le obligaban
-a diferir por el momento empresas que reanudaba más tarde o por otros
-medios.
-
-En estas ocasiones decía oír _una cierta voz divina_ (es la expresión
-de Platón), y no es de creer que aceptara los presagios de boca del
-primero que llegara.
-
-Un día que estaba fuera de la ciudad solo con Fedro, a la sombra de
-frondoso árbol, oyó esta voz que le advertía no atravesara el arroyo
-de Iliso antes de calmar con una retractación al Amor, que había
-ofendido. De haber acudido a los presagios, hubiera encontrado alguno
-que le excitara a obrar, como con frecuencia sucede a los hombres
-supersticiosos que se dejan guiar, no por su corazón, sino por la
-palabra de otro; que van por las calles recogiendo consejos de todo el
-mundo, y que, por decirlo de una vez no piensan con su entendimiento
-sino con sus oídos. Lo cierto es que los que escuchan la palabra de los
-intérpretes, palabra que con frecuencia han oído, no pueden dudar de
-que salga de boca humana. Pero Sócrates no dice que llega a sus oídos
-_una voz_, sino _una cierta voz_, y esta adición demuestra que no es
-una voz ordinaria, una voz humana, porque en tal caso hubiera añadido
-inútilmente la palabra _cierta_, siendo más exacto decir _una voz_ o
-_la voz de alguno_, como la cortesana de Terencio:
-
- Paréceme que oigo la voz de mi soldado.
-
-Cuando se dice _una cierta voz_, es porque se ignora de dónde viene,
-porque se duda hasta de que exista; dase a entender que hay algo en
-ella de extraordinario, de misterioso, como la que a Sócrates le
-hablaba de una manera divina y tan oportuna.
-
-Creo, además, que no conocía solo su genio por audición, sino también
-por signos visibles, porque con frecuencia decía que un signo divino
-y no una voz se había ofrecido a él. Este signo era quizá la figura
-del mismo demonio que Sócrates solo veía, como en Homero Aquiles ve a
-Minerva.
-
-Persuadido estoy de que la mayoría de vosotros vacila en creer lo que
-acabo de decir y se admira de que la forma de un demonio haya aparecido
-a Sócrates; pero Aristóteles refiere (y es testigo importantísimo) que
-a los pitagóricos causaba extrañeza que alguno asegurara no haber visto
-jamás demonios. Si, pues, cada uno puede ver su divina imagen, ¿por
-qué no la había de ver Sócrates, cuya sabiduría lo elevó a rango de
-los dioses supremos? Porque lo que hay más semejante y más agradable a
-un dios, es un hombre de perfecta virtud, un hombre tan superior a los
-demás mortales, como es inferior a los dioses inmortales.
-
-¿Por qué no nos estimula el ejemplo y el recuerdo de Sócrates? ¿Por
-qué el temor de estos dioses no nos induce al estudio de la filosofía?
-No sé lo que lo impide, y sobre todo me admira que deseando todos la
-felicidad y sabiendo que no reside sino en el alma, y que para vivir
-dichoso es preciso cultivar nuestra alma, no la cultivemos. Quien
-quiere tener penetrante vista, necesita cuidar sus ojos, por cuyo medio
-ve; a quien quiere correr con rapidez, le es preciso cuidar sus pies,
-que le sirven para correr, y quien quiere luchar al pugilato, debe
-fortificar sus brazos, con los cuales lucha; en fin, todos los demás
-miembros exigen un cuidado en relación con sus funciones.
-
-Esto es claro para todo el mundo, y por ello me extraña y no comprendo
-que el hombre deje de cultivar su alma con el auxilio de su razón;
-porque al fin todos necesitamos saber vivir, no sucediendo en esto como
-en la pintura o en la música, artes que un hombre bueno puede ignorar
-sin incurrir por ello en nota de infamia. Yo no sé tocar la flauta
-como Ismenias, sin que esto me avergüence; no soy pintor como Apeles,
-ni escultor como Lisipo, y no me ruboriza el no serlo. En una palabra,
-es permitido ignorar sin desdoro todos los conocimientos de esta
-índole; pero decid, si os atrevéis: No sé vivir como Sócrates, como
-Platón, como Pitágoras, y no me sonrojo. No osaréis jamás decirlo.
-
-Y ¡cosa extraña! lo que no se quiere ignorar se descuida el aprenderlo,
-retrocediendo a la vez ante el estudio y ante la ignorancia de este
-arte. Haced la cuenta de los gastos diarios, y encontraréis muchos
-cuantiosos e inútiles, y nada empleado para vos, es decir, para el
-culto de vuestro demonio, culto que no es otra cosa sino la santa
-práctica de la filosofía.
-
-Construyen los hombres magníficas casas de campo, adornan
-espléndidamente sus palacios, aumentan el número de sus esclavos; pero
-en medio de toda esta abundancia hay alguna cosa que avergüenza, y
-es el dueño; y con razón, porque los dueños reúnen las riquezas, les
-dedican culto y permanecen ellos ignorantes, groseros y sin cultura.
-
-Ved esos edificios en los que han gastado todo su patrimonio; nada hay
-más risueño y espléndido: posesiones tan grandes como ciudades, casas
-adornadas como templos, numerosos sirvientes cuidadosamente peinados,
-muebles soberbios, lujo deslumbrador. Todo es suntuoso, magnífico,
-excepto el dueño. Él solo, como Tántalo, es pobre. En medio de sus
-riquezas todo le falta; no desea un fruto que no tenga, pero tiene
-hambre y sed de verdadera felicidad, es decir, de una vida tranquila
-y de una dichosa filosofía. Ignora que las riquezas son examinadas
-como los caballos que él quiere comprar, pues cuando esto sucede no se
-para la atención en los arneses, ni en la silla, ni en los adornos
-que brillan en la cabeza, ni en las bridas bordadas con oro, plata o
-piedras preciosas, ni en la riqueza y arte de los objetos que rodean
-su cuello, ni en el cincelado del freno, ni en el brillo y dorado de
-la cincha; déjase todo esto aparte y se mira el caballo desnudo, se
-examina su cuerpo, su genio, la nobleza de su andar, la rapidez de su
-carrera y la resistencia. Mírase ante todo si tiene
-
- El vientre corto, la cabeza fina,
- Redonda grupa y musculoso pecho.
-
-Después, si la espina dorsal es doble, porque queremos que el
-movimiento sea rápido y suave.
-
-Por igual modo, en la apreciación del hombre, apartad cuanto le es
-extraño; examinad al hombre solo, reducido a sí mismo, pobre como mi
-Sócrates; y llamo extraño al hombre, cuanto debe a sus padres y a la
-fortuna, porque nada de esto entra en mi admiración a Sócrates. La
-nobleza, los abuelos, la genealogía, las envidiadas riquezas, todo
-esto, lo repito, es extraño. La gloria del nacimiento procede de un
-abuelo cuya conducta no ruborice al nieto, e igual sucede con las demás
-ventajas que podéis enumerar. Tal hombre es noble; pues alabáis a sus
-antecesores; es rico, pues no creo en la fortuna y de lo demás no hago
-caso; es vigoroso, pues la enfermedad puede debilitarle; es ágil, pues
-llegará a ser viejo; es bello, esperad un poco y dejará de serlo. Pero
-si decís: ha estudiado las bellas artes, es muy instruido, es tan sabio
-como puede serlo un hombre, es prudente, entonces elogiáis al hombre en
-sí mismo. Nada de esto es herencia de sus padres, ni regalo de azar,
-ni resultado efímero del sufragio, ni cosa que se altera con el cuerpo
-o cambia con la edad. Estas son las únicas ventajas de mi Sócrates, y
-por eso desdeñaba la posesión de las otras.
-
-Si todo esto os excita al estudio de la filosofía, no oiréis mezclar a
-nuestras alabanzas nada que os sea extraño, y quien quiera elogiaros
-tendrá que decir de vosotros lo que Aecio al principio de su
-_Filoctetes_ ha dicho de Ulises:
-
-«Héroe glorioso, salido de patria oscura; tu nombre es célebre, tu
-alma está llena de sabiduría, tú guías a los griegos y sabes vengarles
-de Ilión, hijo de Laertes...»
-
-Solo en último caso habla de su padre, y solo oís alabanzas que le
-son personales. Ninguna de ella llega a Laertes, ni a Anticlea, ni a
-Arcesio; todo el elogio corresponde a Ulises.
-
-Homero, hablando de este héroe, dice lo mismo; le da por compañera la
-prudencia, designada, según costumbre de los poetas, con el nombre
-de Minerva. Con ella vence todos los obstáculos y evita todos los
-peligros; penetra en el antro del Cíclope, y sale de él; ve los bueyes
-del sol, y no los toca; desciende a los infiernos, y vuelve a la
-tierra. Con la sabiduría pasa Escila sin ser arrastrado, salva los
-remolinos del Caribdis sin ser sumergido; bebe la copa de Circe sin ser
-metamorfoseado; llega a la tierra de los Lotófagos sin permanecer allí,
-y oye a las Sirenas sin acercarse a ellas.
-
-
-
-
-NOTAS
-
-
-[1] Chassang, _Histoire du roman dans l’antiquité grecque et latine_.
-
-[2] Nicolás Maquiavelo.
-
-[3] Este rey era Diomedes. Hércules le venció y castigó con el mismo
-suplicio que hacía sufrir a sus huéspedes, entregándole a la voracidad
-de sus caballos.
-
-[4] Cuando los esclavos habían cometido algún delito o se les capturaba
-por haber huido, sus dueños los hacían marcar en la frente con un
-hierro candente, imprimiéndoles así letras, y a veces palabras enteras
-indicando la clase del delito. Por ejemplo, si habían robado, la frase
-_Cave a fure_. Guárdate del ladrón. Estos caracteres los ennegrecían
-con una especie de tinta para que fuesen más perceptibles.
-
-[5] Homero.
-
-[6] Se refiere indudablemente a Cartago.
-
-[7] Este poeta es desconocido. Hay, sin embargo, en las poesías de
-Ausonio el elogio de un poeta de este nombre.
-
-[8] Es el mismo Hipias de quien habla Platón en sus diálogos.
-
-[9] Estas aguas son hoy desconocidas.
-
-[10] Véase el juicio que de este poeta hace Quintiliano.
-
-
-
-
-ÍNDICE.
-
-
- Páginas.
-
- PRÓLOGO. VII
-
- Introducción. XXXI
-
-
- LIBRO I.
-
- I. Cómo Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se
- fue a la provincia de Tesalia, y en el camino se juntó
- con dos compañeros, los cuales iban contando
- admirables acaecimientos de hechiceras. 1
-
- II. Cómo prosiguiendo Aristómenes (que así se llamaba
- el compañero) su historia, contó a Lucio Apuleyo
- cómo dos hechiceras, Meroes y Pancia, degollaron
- aquella noche a Sócrates. 8
-
- III. Cómo Lucio Apuleyo llegó a la ciudad de Hipata
- y fue a posar en casa de Milón, y lo que con
- Pitias le aconteció. 14
-
-
- LIBRO II.
-
- I. Cómo andando Lucio Apuleyo por la
- ciudad, se conoció con una su tía, que le dio algunos
- avisos. 19
-
- II. Cómo Lucio Apuleyo se enamoró de Andria, la
- moza de su huésped Milón, y lo que pasó con ella. 22
-
- III. Cómo Birrena convidó a su sobrino Lucio Apuleyo,
- y de un cuento muy gracioso que uno contó. 28
-
-
- LIBRO III.
-
- I. Cómo Lucio Apuleyo fue preso y llevado
- al teatro público, adonde fue acusado de la
- muerte de tres hombres. 38
-
- II. Cómo estando Apuleyo para recibir sentencia,
- llega al teatro una vieja que de nuevo lo acusó, y
- el donoso cuento en que esto paró. 43
-
- III. Cómo Andria descubrió a Lucio Apuleyo que su
- ama Pánfila fue causa de ser afrentado en la fiesta
- de la risa. 45
-
- IV. Cómo Andria mostró a Lucio Apuleyo a su ama
- Pánfila cuando se untaba para convertirse en búho,
- y él, queriéndose untar por experimentar el arte,
- fue, por yerro de la bujeta del ungüento, convertido
- en asno. 49
-
- V. Cómo estando Lucio Apuleyo convertido en asno,
- vinieron súbitamente ladrones a robar la casa de
- Milón, y cargado el robo en el caballo y asno, cargaron
- también a él y se partieron para la posada
- de los ladrones, que era una cueva, y lo que más
- pasó. 53
-
- LIBRO IV.
-
- I. Lucio Apuleyo cuenta lo que pasaron
- los ladrones desde la ciudad de Hipata hasta llegar
- a la cueva de su morada. 56
-
- II. Lucio cuenta cómo llegaron a la cueva, y el sitio
- de ella. Y otras cosas de gusto. 60
-
- III. Cómo aquel ladrón cuenta que robaron a un
- hombre rico con una graciosa industria de una osa. 65
-
- IV. Cómo los ladrones trajeron una doncella robada,
- la cual llora su desdicha. 70
-
- V. Cómo la vieja madre de los ladrones cuenta a la
- doncella un cuento muy elegante y lleno de doctrina. 73
-
-
- LIBRO V.
-
- I. Cómo la vieja cuenta a la doncella
- cómo Psique fue llevada a unos palacios muy poderosos,
- adonde holgó con su nuevo marido. 78
-
- II. Cómo prosiguiendo la vieja en su cuento, dice
- cómo las dos hermanas de Psique la vinieron a
- ver y le tuvieron envidia. 82
-
- III. Cómo Cupido avisa a su mujer que en ninguna
- manera oiga a sus hermanas, porque la quieren
- echar a perder. 84
-
- IV. Cómo vinieron las hermanas tercera vez a Psique,
- y del mal consejo que le dieron y lo que acaeció
- a Psique. 88
-
- V. Cómo Psique fue a sus hermanas a quejarse de
- su desdicha mala, y del castigo que sus hermanas
- recibieron. 93
-
-
- LIBRO VI.
-
- I. Cómo Psique fue al templo de la
- diosa Ceres y al de Juno a demandarles socorro y
- ayuda para su fatiga, y ninguna se lo dio por no
- enojar más a Venus, que estaba enojada. 98
-
- II. Cómo Psique se fue a presentar ante Venus por
- demandarle perdón, y los trabajos que con ella
- hubo. 101
-
- III. Cómo Venus mandó a Psique cosas muy dificultosas,
- las cuales acabó con ayuda de los dioses. 104
-
- IV. Cómo vinieron los ladrones de robar, y lo que
- acaeció a Lucio y a la doncella. 113
-
-
- LIBRO VII.
-
- I. Cómo viniendo un ladrón de la ciudad
- de Hipata, cuenta a los otros cómo no culpaban
- a nadie del robo de la casa de Milón, sino a
- Lucio Apuleyo, y cómo fue admitido a la compañía
- de los ladrones un mancebo. 120
-
- II. Cómo aquel mancebo, recibido en la compañía
- por Hemo, afamado ladrón, fue descubierto ser
- Lepolemo, esposo de la doncella, el cual la libertó
- con su buena industria, y la llevó a su tierra. 126
-
- III. Cómo, celebradas las bodas de la doncella, se
- pusieron a pensar con gran consejo qué premio se
- daría a Lucio, asno, en recompensa de su libertad.
- Donde cuenta grandes trabajos que padeció. 130
-
- IV. Lucio recuenta grandes trabajos que padeció por
- causa de venir a poder y manos de un mal rapaz. 136
-
-
- LIBRO VIII.
-
- I. Cómo vino un mancebo a casa de
- un pastor amo de Lucio, asno, el cual cuenta a los
- pastores la muerte de Lepolemo y la venganza
- que Carites tomó en su enamorado Trasilo, y
- cómo después se mató. 142
-
- II. Cómo después que los pastores supieron la muerte
- de sus señores, se huyeron con su hacienda. 150
-
- III. Cómo Lucio prosigue contando muchos acontecimientos
- que se ofrecieron siendo asno, yendo con los pastores. 156
-
- IV. Cómo después que Lucio, asno, fue vendido a
- un echacuervos de la diosa Siria, le acontecieron
- muchos trabajos. 159
-
-
- LIBRO IX.
-
- I. Cómo después que Lucio entendió
- que el cocinero le quería matar, buscó astucia para
- librarse de tan gran peligro, de donde se le siguió
- otro mayor, del cual también se libró. 165
-
- II. Lucio recuenta una historia que oyó haber acontecido
- en un pueblo, de cómo una mujer burló de
- su marido. 168
-
- III. Cómo Lucio recuenta una astuta manera de
- suerte que los echacuervos usaban para sacar dineros,
- y cómo fueron presos y él vendido a un tahonero. 171
-
- IV. Cómo Lucio cuenta un gracioso acontecimiento,
- en el cual la mujer del tahonero (su amo) gozó
- un enamorado; y tomándolos juntos los castigó: en
- la cual venganza le ahorcó por arte de encantamento. 176
-
- V. Cómo Lucio cuenta que lo vendieron a un hortelano,
- y de sus miserias, y lo que acaeció con un caballero. 188
-
-
- LIBRO X.
-
- I. Cómo el asno fue llevado por el caballero
- a una ciudad, y de un extraño caso que allí
- aconteció. 194
-
- II. Cómo por industria de un senador antiguo fue
- descubierta la maldad de la madrastra, y libre el
- mancebo. 200
-
- III. Cómo el asno fue vendido a un cocinero y a un
- panadero, que eran hermanos, y de la buena vida
- que tenía, donde pasó cosas de mucho gusto. 203
-
- IV. Cómo Lucio cuenta qué estado era el de su señor,
- y cómo partió para la ciudad de Corinto. 208
-
- V. Cómo se buscaba a una mujer que estaba condenada
- a muerte, para que en unas fiestas tuviese
- acceso con el asno en el teatro público, y cuenta el
- delito que había cometido aquella mujer. 212
-
- VI. Lucio, asno, cuenta cómo se representó en un
- teatro el _Juicio de Paris_ y otras cosas, y cómo
- huyó de allí. 219
-
- LIBRO XI.
-
- I. Cómo Lucio cuenta que, venido en
- aquel lugar de Céncreas, después del primer sueño
- vio la Luna, a la cual le pidió le volviese a su primera
- forma de hombre. 226
-
- II. Escribe con grande elocuencia una solemne procesión
- que los sacerdotes hicieron a la Luna, en la
- cual procesión el asno apañó las rosas de las manos
- del gran sacerdote, y, comidas, se volvió hombre. 232
-
- III. Cómo Lucio cuenta el ardiente deseo que tuvo
- de entrar en la religión de la diosa, y cómo fue
- primero industriado para recibirla. 242
-
- IV. Lucio cuenta la entrada en la religión, y cómo
- fue a Roma, donde fue ordenado en la cosas sagradas,
- y fue recibido en el Colegio de los sacerdotes
- de la diosa Isis. 248
-
-
- LAS FLORIDAS. 257
-
- EL DEMONIO DE SÓCRATES. 307
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA METAMORFOSIS O EL ASNO DE ORO ***
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- La metamorfosis o El asno de oro, by Apuleyo&mdash;A Project Gutenberg eBook
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- </head>
-
-<body class="formato">
-
-<div style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of La metamorfosis o El asno de oro, by Lucio Apuleyo</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
-at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
-are not located in the United States, you will have to check the laws of the
-country where you are located before using this eBook.
-</div>
-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: La metamorfosis o El asno de oro</p>
-
-<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Lucio Apuleyo</div>
-
-<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Translator: Diego López de Cortegana</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Release Date: October 22, 2021 [eBook #66591]</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Language: Spanish</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Character set encoding: UTF-8</div>
-
-<div style='display:block; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from scanned images of public domain material from the Google Books project.)</div>
-
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA METAMORFOSIS O EL ASNO DE ORO ***</div>
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
- <p><a href="#Notas">Notas</a></p>
- <h1 class="faux">La metamorfosis o El asno de oro</h1>
-</div>
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
-
- <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
-
- <li>Se han añadido tildes a las mayúsculas y se han modernizado las
- transcripciones de los nombres propios de origen griego.</li>
-
- <li>En la página <a href="#Page_212">212</a>, se ha añadido el texto
- en castellano, tomado de la traducción original, de dos párrafos que
- aparecen impresos en latín.</li>
-
- <li>Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
- del libro.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
- </ul>
-</div>
-
-
-<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
- <img class="thin"
- style="width: 26em; height: auto;"
- src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
-</div>
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_iii">p. iii</span></p>
- <p class="fs110 lh150 ws1">LA METAMORFOSIS</p>
- <p class="lh200">o</p>
- <p class="fs150 lh150 g0 ws1">EL ASNO DE ORO</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <hr class="sep" />
-
- <p class="centra lh150 fs90"><span class="pagenum" id="Page_iv">p.
- iv</span><span class="asc">ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO
- «SUCESORES DE RIVADENEYRA»,</span></p>
-
- <p class="centra smaller lh150 ws1">Paseo de San Vicente, 20.</p>
-
- <hr class="sep" />
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_v">p. v</span></p>
- <p class="fs130 ws1">BIBLIOTECA CLÁSICA</p>
- <p class="fs75 ws1">TOMO CXLIII</p>
- <hr class="fil" />
-
- <p class="fs140 lh150 ws1 mt15">LA METAMORFOSIS</p>
- <p class="fs110 lh150">o</p>
- <p class="fs200 lh150 g0 ws1">EL ASNO DE ORO</p>
-
- <p class="fs60 mt2">POR</p>
- <p class="fs150 ws1 mt05">LUCIO APULEYO</p>
- <p class="fs80 mt2">Versión castellana hecha a fines del siglo <span class="asc">XV</span></p>
- <p class="fs60 mt2">POR</p>
- <p class="fs120 ws1 g0 mt05">DIEGO LÓPEZ DE CORTEGANA</p>
- <p class="fs60 ws1 mt2">Arcediano de Sevilla.</p>
-
- <hr class="sep0" />
-
- <p class="fs110 lh150 g2">MADRID</p>
- <p class="fs80 lh175 ws1">LIBRERÍA DE LA VIUDA DE HERNANDO Y C.ª</p>
- <p class="fs60 lh175 ws1">CALLE DEL ARENAL, NÚM. 11</p>
- <p>—</p>
- <p>1890</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch01">
- <p><span class="pagenum" id="Page_vii">p. vii</span></p>
- <h2 class="nobreak">PRÓLOGO.</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p>El arcediano de Sevilla Diego López de Cortegana, escribía a fines
-del siglo <span class="asc">XV</span>, al frente de su traducción
-de <i>El asno de oro</i>, las siguientes noticias biográficas del autor
-de esta novela latina:</p>
-
-<p class="mt1">«Lucio Apuleyo, de noble linaje y en su secta platónica,
-fue natural de la ciudad de Orán, en África, que en aquel tiempo era
-colonia y población de los romanos, la cual está asentada en los
-fines de Numidia y Getulia, de donde el mismo Apuleyo confiesa ser; y
-asimismo Platónico le llama Sidonio de Orán.</p>
-
-<p>»Su padre se llamaba Teseo, de los principales de la ciudad, y
-la madre había nombre Salvia, dueña de mucha virtud; su linaje es
-muy noble, pues desciende de aquel Plutarco Queronense, y de Sexto,
-filósofo.</p>
-
-<p>»La mujer de Apuleyo se llamaba Pudentila, adornada de todas las
-virtudes y hermosura.</p>
-
-<p>ȃl era de buena estatura, los ojos verdes y el cabello rubio.</p>
-
-<p>»Floreció en la ciudad de Cartago, teniendo por cónsules<span
-class="pagenum" id="Page_viii">p. viii</span> Juliano Abito y Claudio
-Máximo, adonde él, en su mocedad, se empleó en todas las artes
-liberales, y se aprovechó de la doctrina de los maestros cartagineses,
-de donde, no sin causa, él se alaba de ser criado en la ciudad insigne
-de Cartago, a la cual llama venerable maestra de África.</p>
-
-<p>»Y también estuvo en la ciudad de Atenas, de donde en aquel tiempo
-se sacaban los ríos de todas las ciencias, de donde él bebió gran
-parte; conviene a saber: la afición de la poesía y la política,
-geometría, y la dulce música, la austeridad de la dialéctica y el
-manjar real de la filosofía, en tal manera, que con su continuo estudio
-alcanzó las nueve ciencias liberales.</p>
-
-<p>»Después vino a Roma, adonde fue tan dado a la ciencia de la lengua
-latina, que llegó a la cumbre de la facundia romana, en tal manera,
-que él fue habido por muy elocuente. Aquí fue ordenado y juntado en el
-número de los sacerdotes principales de Osiris, el cual se llama el
-Colegio Sacrosanto, adonde por mandado de aquel ídolo, que por Dios
-adoraban, él tomó cargo de abogar por los pobres.</p>
-
-<p>»Escribió algunos tratados y libros, no menos doctos que elocuentes,
-de los cuales, los que han parecido, son cuatro libros que se llamaban
-floridos, en los cuales su florida facundia y olorosa doctrina bien
-se mostró. Asimismo la oración copiosísima por la cual se defiende
-contra sus enemigos que le imponían que era mágico, con tanta fuerza
-y vehemencia de doctrina y elocuencia, que parece que a sí mismo se
-vence.</p>
-
-<p>»Escribió también un libro del Demonio de Sócrates, cuya autoridad
-alega el bienaventurado San Agustín, en la definición de los demonios y
-en la descripción de los hombres.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_ix">p. ix</span>»Asimismo escribió
-dos libros de la enseñanza de Platón, donde recoligió breve y
-doctamente lo que Platón escribió en diversos libros.</p>
-
-<p>»Escribió un libro de cosmografía, adonde no poco se contiene de
-los meteoros de Aristóteles, y el diálogo de Trismegisto y estos once
-libros de <i>El asno de oro</i>, con tanta hermosura y elegancia y
-diversidad de materias, que no hay cosa que se pueda decir más hermosa
-y elegante, ni más florida, en tal manera, que con mucha razón se
-puede llamar <i>Asno de oro</i>, por el estilo, cubierto de oro, y la
-hermosura de su decir.</p>
-
-<p>»Y porque en semejantes libros se acostumbra querer saber la
-intención del que los escribió, y por qué les puso tal nombre, para
-esto es de saber que Apuleyo imitó en el argumento de esta su obra
-a Luciano, filósofo griego; pero en este envolvimiento y oscuridad
-de transformación, parece que quiso notar la natura de los hombres y
-sus costumbres malas, porque entendamos que nos tornamos de hombres
-en asnos cuando, como brutos animales, seguimos tras los deleites y
-vicios carnales con una asnal torpeza, y que no reluce en nosotros
-una centella de razón y virtud. Y en esta manera el hombre, según
-que enseña Orígenes en sus libros, es hecho como caballo y mulo;
-y así se transmuda el cuerpo humano en cuerpo de bestia. Demás de
-esto, la reformación de asno en hombre significa que, vencidos los
-vicios y quitados los deleites corporales, resucita la razón, y el
-hombre de dentro, que es verdadero hombre, salido de aquella cárcel
-y cieno del pecado, mediante la virtud y religión, torna a la clara
-y luciente vida, en tal manera, que podemos decir que los mancebos
-poseídos de los deleites se tornan en asnos, y después, cuando son más
-ancianos, mirando con claros ojos la virtud, la abrazan, y entonces,
-apartando<span class="pagenum" id="Page_x">p. x</span> de si la figura
-de bestia, tornan a recibir la de hombre.</p>
-
-<p>»Porque (según dice Platón) entonces ven los hombres las cosas
-perfectamente, cuando los dejan sus concupiscencias. Y Próculo dice
-que en esta vida hay muchos lobos, puercos, y otras muchas formas
-de bestias. De lo cual no nos maravillemos, pues que en esta ínsula
-vive aquella falsa Circe, que transforma los hombres en puercos. Y
-esto es, cuando nuestro entendimiento es tan terreno que tiene la
-voluntad embriagada en los vicios del mundo; entonces nos tornamos
-bestias, hasta que gustamos las rosas, esto es, la ciencia, que
-alumbra la razón, cuyo olor suavísimo gustado, se torna en humana
-forma y razonable entendimiento, apartada de sí la gruesa cobertura de
-las cosas terrenales. Y cierto que muy pocos hombres se hallan que,
-estando revueltos en los vicios corporales, vivan templadamente y sin
-perturbación alguna.</p>
-
-<p>»También se puede referir esta materia de transmutación a los muchos
-trabajos y muchas variedades de la vida humana, en los cuales el hombre
-casi cada día se transmuta. Y porque estas prefaciones nos enseñan el
-argumento de la materia propuesta, dejaré de más alargarme en esto y en
-la vida de Lucio Apuleyo.</p>
-
-<p>»Suplico a los lectores, que de estas historias se avisen para bien
-vivir.»</p>
-
-<p class="mt1">Hasta aquí lo que Cortegana escribió de Apuleyo, y pocos
-detalles pueden añadirse a esta biografía, por no citarle los autores
-contemporáneos, y sí solo los Padres de la Iglesia para combatir sus
-doctrinas filosóficas.</p>
-
-<p>Se sabe que nació en el año 114 de J. C., cuando ocupaba el trono
-imperial Trajano; que su padre era duunviro en la pequeña población de
-Mandaura (hoy Orán),<span class="pagenum" id="Page_xi">p. xi</span>
-es decir, el primer magistrado de la ciudad, y su madre sobrina de
-Plutarco.</p>
-
-<p>De sus primeros años ninguna noticia ha llegado a nosotros, si no
-es la de que profesaba grandísima afición a las letras y a las bellas
-artes, afición que aumentó con la edad; que joven abandonó su patria,
-recorrió Egipto y Grecia y se detuvo en Italia; que estudió las
-doctrinas de los neoplatónicos y asistió a las escuelas de los sofistas
-de Atenas, como también a las de los retóricos de Roma, enamorándose de
-la elocuencia declamatoria tan en boga en su época, elocuencia que se
-aplicaba a todos los asuntos y a la exposición de todas las ciencias;
-que agotado su patrimonio, no por ello se desalentó, llegando a vender
-hasta sus propios vestidos; que aprendió solo la lengua latina y
-estudió el derecho y la retórica.</p>
-
-<p>Estos datos y los demás que hay de la vida de este escritor, en su
-mayor número están tomados de la defensa que de él hizo cuando los
-parientes de su mujer, Pudentila, le acusaron de practicar la magia.</p>
-
-<p>Apuleyo volvió a África en el año 148, cuando ya gozaba de gran
-reputación, y los cartagineses le acogieron con entusiasmo. Fijó
-su residencia en Cartago, y al poco tiempo le hicieron célebre sus
-discursos.</p>
-
-<p>En su <i>Apología</i>, que es la antes citada defensa contra la
-acusación de los parientes de su esposa, habla del entusiasmo que
-inspiraba, de las estatuas que le dedicaron y de la influencia que
-gozaba en el Senado y entre los magnates. Recuerda con énfasis la
-variedad de sus aptitudes y su admirable facilidad de palabra, que le
-proporcionaron tantos rivales y acaso tantos enemigos.</p>
-
-<p>Estos aprovecharon el casamiento de Apuleyo con una viuda rica,
-Pudentila, acusándole de haber empleado<span class="pagenum"
-id="Page_xii">p. xii</span> artes de magia para hacerse amar de
-una mujer que era de bastante más edad que él, y Pontiano, hijo de
-Pudentila, le citó ante el tribunal del procónsul Claudio Máximo, donde
-Apuleyo pronunció su <i>Apología</i>, inspirándole la defensa de su
-honor y acaso de su vida, rasgos de grande elocuencia.</p>
-
-<p>Fue absuelto, pero le quedó el apodo de mágico.</p>
-
-<p>No se conocen más detalles de la vida de Apuleyo. Sábese únicamente
-que murió en el reinado de Antonino, el año 184 de J. C.</p>
-
-<p>Deseoso Apuleyo de que sus obras llegaran a la posteridad, dejó
-coleccionadas las flores de su elocuencia, panegíricos en verso y
-prosa, novelas, himnos en honor de los héroes y diversos tratados de
-filosofía; pero perdidas muchas de estas obras, y entre ellas todas las
-poéticas, solo han llegado a nosotros su <i>Metamorfosis</i>, o como
-vulgarmente se la llama, <i>El asno de oro</i>, los fragmentos de sus
-discursos y arengas, llamados <i>Las floridas</i>, su <i>Apología</i>
-y dos tratados sobre las opiniones del Pórtico y de la Academia, la
-filosofía de Sócrates y la de Platón.</p>
-
-<p>Durante largo tiempo solo fue conocido de Apuleyo <i>El asno de
-oro</i>, y aun hoy día es esta obra la que mantiene su fama.</p>
-
-<p>«<i>El asno de oro</i>, dice Schœll en su historia de la literatura
-latina, es una novela satírica en la cual se burla Apuleyo con mucho
-ingenio y originalidad de las ridiculeces y vicios que dominaban en su
-siglo, de la general superstición, de la inclinación a lo maravilloso
-y a la magia, de la trapacería de los sacerdotes del paganismo y de la
-mala policía en el Imperio romano, que permitía a los ladrones ejecutar
-impunemente toda clase de fechorías.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_xiii">p. xiii</span>»El héroe de la
-novela, cuya curiosidad y lubricidad son castigadas al ser convertido
-en asno, corre aventuras que le ponen en relación con diversas clases
-de individuos, y le dan a conocer lo que pasa en el interior de las
-casas y en las sociedades más secretas. Las abominaciones cubiertas
-con el velo de sagrados misterios, están pintadas con vivos colores.
-Termina la novela con una bella descripción de los misterios de Isis,
-en los cuales es iniciado el héroe, depurando con ellos sus debilidades
-y regenerándose.»</p>
-
-
-<h3>II.</h3>
-
-<p>El origen de este género de novelas de amor y de aventuras es
-preciso buscarlo en la primitiva literatura de Grecia y Roma.
-Adviértense los lejanos principios de esta literatura en la época
-ática, y puede seguirse su oscuro desarrollo en la alejandrina,
-pero no se le ve florecer hasta la romana<a id="FNanchor_1"
-href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>.</p>
-
-<p>La diferencia de costumbres y de sociedades explica el tardío favor
-de la novela entre los antiguos, género literario tan popular en
-nuestros días, distinto de la historia por la mezcla de la ficción y la
-escasa importancia de los acontecimientos, distinto de la poesía por el
-empleo de la prosa y por la pintura de la vida familiar.</p>
-
-<p>En los modernos pueblos, los progresos de las ciencias y
-los estudios abstractos han agotado no poco las fuentes<span
-class="pagenum" id="Page_xiv">p. xiv</span> de las fábulas poéticas;
-y la constitución política de los grandes Estados de Europa, aun de
-aquellos en que los ciudadanos no tienen directa intervención en el
-gobierno, no permite que la vida pública absorba por completo la
-privada.</p>
-
-<p>En Grecia y Roma, al contrario, solo muy tarde llegó a hastiarse
-la imaginación de lo maravilloso de las fábulas épicas, cuadro casi
-siempre ideal de la vida, y mientras la turbulenta libertad de las
-pequeñas repúblicas griegas y de la ciudad de Roma consumía en el Ágora
-y el Foro la existencia de casi todos los ciudadanos, el cuadro de las
-circunstancias ordinarias de la vida privada fue impotente para seducir
-los ánimos.</p>
-
-<p>Eran entonces preferidos los espectáculos heroicos de la tragedia,
-y aun la misma comedia, para inspirar interés, tenía que acudir a la
-pintura de las pasiones políticas. Solo en tiempo de Menandro, es
-decir, en la época de la conquista macedónica, pacificada la sociedad
-griega, pudo ser la comedia espejo de las costumbres privadas, y
-entonces también apareció la novela.</p>
-
-<p>Las <i>Fábulas milesias</i> son sin duda de mayor antigüedad,
-pero en un principio eran recitaciones orales como las <i>Fábulas
-frigias</i> o el apólogo esópico, y nacieron en una sociedad muy
-distinta de las demás poblaciones griegas, en una sociedad donde los
-goces de la vida privada hacían olvidar los de la vida pública.</p>
-
-<p>En la sociedad griega, antes de la conquista macedónica, y en la
-romana, antes del Imperio, todo concurría a retardar la pintura de
-los cuadros de la vida familiar. Cuando florecían sus repúblicas,
-griegos y romanos carecían de tiempo para dedicarse a lecturas de mera
-distracción del espíritu. Los asuntos públicos y privados ocupaban
-su vida entera, y su misma literatura era una<span class="pagenum"
-id="Page_xv">p. xv</span> literatura activa, una literatura viva, que
-se dirigía más a los oyentes que a los lectores, y que se escuchaba en
-templos, teatros, juegos, festines, tribunas y escuelas.</p>
-
-<p>Conforme se fue extinguiendo en Grecia y Roma la actividad de
-la vida pública, debió extenderse la afición a la pintura de las
-costumbres. En las obras de Eurípides se advierte ya la tendencia de
-la tragedia a apartarse de las tradiciones heroicas y a acercarse a
-los cuadros familiares y novelescos. En la <i>Flor</i> de Agatón, la
-tragedia es una novela.</p>
-
-<p>La comedia nueva aparece bajo la dominación de los sucesores de
-Alejandro, y en las de Menandro, de Alexis y de Filemón, aún permanece
-cerrado el santuario de la familia, limitándose estos poetas a retratar
-cortesanas, jóvenes, padres y esclavos.</p>
-
-<p>Puede creerse que en la misma época se propagaron de Jonia en
-Grecia las <i>Fábulas milesias</i>, cuyos autores, más atrevidos,
-dirigían mirada indiscreta al interior de la familia. Pero estas
-fábulas eran breves cuentos, muy distintos de las extensas narraciones
-que empezaron en la época romana. Entonces es cuando aparecen
-Petronio, Apuleyo, Jámblico, Heliodoro, Aquiles Tacio, porque también
-empezaba nueva era para el mundo antiguo. Con el Imperio acabaron las
-costumbres republicanas y la vida pública; los excesos de la libertad
-habían muerto la libertad; no había ya ciudadanos; los particulares
-gozan de largos ocios que pueden dedicar a las lecturas frívolas,
-y los retóricos aprovechan esta holganza de la clase opulenta para
-entretenerla con interminables novelas de amor y de aventuras.</p>
-
-<p>La verdadera patria de esta clase de narraciones es el Oriente
-porque siempre fue la tierra de la servidumbre política, y de la vida
-privada. En Oriente es donde se<span class="pagenum" id="Page_xvi">p.
-xvi</span> encuentran los ejemplos más antiguos de este género de
-composiciones, y en las posesiones griegas más en contacto con la vida
-oriental, es decir, en el Asia Menor, aparecen los primeros ensayos
-de la literatura novelesca de los griegos. Allí también fue donde más
-tarde tomó gran desarrollo.</p>
-
-<p>En Jonia aparecieron las <i>Fábulas milesias</i>; Jámblico, autor
-de las <i>Babilónicas</i>, nació en Siria, como Luciano, que lo fue de
-la <i>Luciada</i> y de la <i>Historia verdadera</i>; Heliodoro era de
-Emesa, en Fenicia, y Aquiles Tacio de Alejandría. En Chipre, Antioquía
-y Éfeso vieron también la luz tres novelistas que llevan por nombre
-Jenofonte.</p>
-
-<p>No puede, pues, negarse que la influencia del gusto oriental indujo
-a algunas imaginaciones hacia lo maravilloso y extraordinario y
-favoreció en Grecia el desarrollo de las composiciones novelescas; pero
-no por ello debe afirmarse que la novela griega procede de los cuentos
-orientales, porque el carácter de estos cuentos y de aquellas novelas
-es, por regla general, distinto. Aunque las pinturas en las novelas
-sean poco naturales y verosímiles, todo en ellas es griego, hasta los
-cuadros del mundo oriental. El elemento maravilloso que ocupa algún
-espacio en varias de estas narraciones fabulosas, no tiene jamás la
-amplitud y franqueza con que domina en los cuentos de Oriente. El gusto
-de la novela pasa de Oriente a Grecia; pero la novela se transforma
-en manos de los griegos, pues sabido es con cuánta facilidad la raza
-griega se asimila e imprime el sello de su genio a cuanto coge de las
-civilizaciones extranjeras.</p>
-
-<p>Eran los griegos, naturalmente, aficionados a cuentos. Antes
-que las narraciones fabulosas llegaran a ser en manos de los
-retóricos un género literario, se habían hecho<span class="pagenum"
-id="Page_xvii">p. xvii</span> multitud de cuentos orales, en los que
-se había desvanecido, hasta desaparecer, la influencia oriental.
-Unas veces eran cuentos de madres y nodrizas a los niños; otras de
-ociosos y desocupados en las barberías; hasta en las encrucijadas
-de las calles de Atenas había charlatanes, cuyo oficio consistía en
-entretener a los transeúntes con sus cuentos, como el <i>Filepsio</i>
-de Aristófanes.</p>
-
-<p>Estos cuentos orales eran de muchas clases. Los había morales en
-el género de las fábulas de Esopo y de la fábula <i>Líbica</i>; los
-había satíricos y agradables, que dieron origen a las <i>Fábulas
-sibaríticas</i>. En su origen, estas fábulas, que algunas veces
-llamaban <i>Apotegmas sibaríticos</i>, eran, más que una narración,
-la expresión de un chiste, y tal es el carácter de muchos de los
-cuentecillos que el autor de las Avispas pone en boca de Filocleón.
-Pero es dudoso que las <i>Fábulas sibaríticas</i> hayan tenido siempre
-su primitiva sencillez, y la estrecha alianza de Síbaris y de Mileto
-parece que, a la larga, confundió estas narraciones con las <i>Fábulas
-milesias</i>.</p>
-
-<p>Hemos mencionado los cuentos que en la antigüedad tuvieron mayor
-boga, lo mismo cuando eran transmitidos de boca en boca, que cuando
-más tarde fueron recogidos, reformados o imitados por los escritores.
-Pero de estas cortas y fugitivas narraciones, a las novelas compuestas
-después por los retóricos, hay gran distancia.</p>
-
-<p>Antes de llegar al examen de estas novelas, conviene echar rápida
-ojeada a las narraciones que les sirvieron de origen.</p>
-
-<p>Natural era que la elegante y voluptuosa Jonia fuese la cuna de
-los cuentos eróticos. El nombre solo de Jonios recuerda al pueblo más
-felizmente dotado de los Helenos, el pueblo en cuyo seno se desarrolla
-más pronto la poesía, la filosofía, la música, la arquitectura, todas
-las<span class="pagenum" id="Page_xviii">p. xviii</span> elegancias y
-todas las delicadezas de la civilización; pero también el pueblo más
-dado a los refinamientos de la voluptuosidad. Sucesivamente sometido a
-la dominación de los Lidios y de los Persas, se cuidó siempre más de su
-bienestar que de la libertad, y acaso la libertad consistía para ellos
-en la ausencia de toda clase de cortapisa a sus placeres.</p>
-
-<p>«En todos mis viajes solo he encontrado una ciudad libre, decía
-un sibarita, y es Mileto.» Mileto, la patria de Aspasia y de otras
-cortesanas tan famosas como las de Corinto, era, en efecto, modelo
-de este género de independencia, que le valió la admiración de los
-habitantes de Síbaris, y que estableció entre ambas ciudades relaciones
-de íntima amistad. De Mileto, como de Síbaris, salieron multitud
-de cuentos agradables y con sobrada frecuencia licenciosos, que
-esparcieron por toda Grecia la fama de ambas ciudades y la afición a
-las costumbres voluptuosas.</p>
-
-<p>En vano fue asolada Mileto en la guerra de los Medos; en vano
-Síbaris fue destruida; los <i>Cuentos milesios</i> y <i>sibaríticos</i>
-sobrevivieron a la prosperidad de ambos pueblos y llegaron a ser la
-delicia de la Roma degenerada. Cuando la derrota de Craso se encontró
-en el bagaje de un oficial romano una colección de esta clase de
-cuentos, y el <i>surena</i> leyó el libro ante el Senado de Seleucia,
-para que se formara juicio de las costumbres de aquel pueblo arrogante
-que pretendía dominar a los Partos.</p>
-
-<p>El rival de Septimio Severo, Albino, que fue algún tiempo emperador,
-ocupaba los ratos de ocio que su ambición le permitía, en leer a
-Apuleyo y en escribir <i>Cuentos milesios</i>, que sus cortesanos
-encontraban excelentes, pero no tanto su historiador Capitolino.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_xix">p. xix</span>La colección más
-famosa de <i>Cuentos milesios</i>, es la que compuso, no se sabe en qué
-época, un tal Arístides de Mileto, y que tradujo en latín L. Cornelio
-Sisenna, dos veces citados por Ovidio, quien parece decir que la obra
-de Arístides había sido presentada como histórica. Probablemente era
-un libro en el cual, después de una breve historia de Mileto, refería
-numerosas anécdotas de la vida milesia; anécdotas que no eran otra cosa
-sino <i>Cuentos milesios</i>.</p>
-
-<p>Hegesipo y algunos otros escritores a quienes alude Partenio de
-Nicea, sin nombrarlos, escribieron obras de igual índole. En la
-colección de cuentos amatorios que nos ha dejado este gramático, hay
-muchos <i>Cuentos milesios</i>; pues como tales deben ser considerados,
-no solo los que Partenio copia de Hegesipo o de cualquiera otro autor
-de las <i>Historias milesias</i>, sino todos aquellos que tienen a
-Mileto por lugar de la escena, y por asunto la incontinencia de las
-mujeres de aquella ciudad.</p>
-
-<p>El recuerdo de estos cuentos se halla en todas las narraciones
-eróticas de la antigüedad, especialmente en las más antiguas. Uno de
-los interlocutores del diálogo de Luciano, titulado <i>Los amores</i>,
-hablando de tales narraciones, que acaba de oír, las llama <i>Cuentos
-milesios</i>.</p>
-
-<p>Apuleyo no hizo otra cosa que reunir muchos de estos <i>Cuentos
-milesios</i>, entre los cuales está la historia de una madrastra
-enamorada, como <i>Fedra</i>, y un <i>Cuento del cubero</i>, que ha
-aprovechado Lafontaine.</p>
-
-<p>No creemos que tenga el mismo origen la fábula de <i>Psique</i>,
-aunque algunas ficciones de pura fantasía desfiguran un poco el
-primitivo carácter alegórico. Los <i>Cuentos milesios</i> dirigíanse
-más a los sentidos que<span class="pagenum" id="Page_xx">p. xx</span>
-al sentimiento, y a lo más había en ellos alguna lección moral, como en
-una de las narraciones de Partenio, o alguna intención satírica, como
-en la <i>Matrona de Éfeso</i>. Este último cuento, uno de los episodios
-de <i>El Satiricón</i> de Petronio, también procedía, sin duda, de la
-Jonia.</p>
-
-<p>Éfeso tuvo también, quizá como Mileto, su literatura erótica, y
-en Jenofonte de Éfeso su Arístides de Mileto. Al menos era célebre,
-como Mileto, por su vida voluptuosa; y ordinariamente, en cualquiera
-de ambas ciudades colocaban los novelistas griegos la acción de sus
-novelas.</p>
-
-<p>Los <i>Cuentos milesios</i> son imagen de la primera forma de las
-narraciones eróticas en la antigüedad. Eran ligeros y rápidos bosquejos
-en el género de las trovas de la Edad Media, sin la versificación,
-y de los cuentos que forman el <i>Decamerón</i> de Boccacio y el
-<i>Heptamerón</i> de Margarita de Navarra. Destinados únicamente a
-entretener y excitar las imaginaciones sensuales, no tuvieron al
-principio ninguna pretensión literaria, y eran más agradables cuanto
-más naturales. Es probable que no tuvieran, por lo general, más
-extensión que las narraciones del mismo género que Partenio de Nicea
-extractó de diversas historias para que sirvieran de asuntos de elegía
-a su amigo Cornelio Galo.</p>
-
-<p>Se ve por la obra de Partenio, por una colección idéntica de
-Plutarco, por algunas de las <i>Narraciones</i> de Conón, y por
-las <i>Historias variadas</i> de Eliano, que la influencia de
-los <i>Cuentos milesios</i> se hizo sentir hasta en la historia,
-introduciendo en ella algunos episodios eróticos, en su mayor número
-imaginarios.</p>
-
-<p>Tales eran los cuentos relativos a la cortesana Ródope, que,
-según unos, hizo elevar una de las pirámides<span class="pagenum"
-id="Page_xxi">p. xxi</span> de Egipto, invitando a cada uno de sus
-amantes a llevar una piedra, y al decir de otros, llegó a ser reina de
-Egipto gracias a haber perdido sus pantuflos. El nombre de Ródope es
-tan popular entre los novelistas griegos, como el de Helena entre los
-poetas. En <i>Teágenes y Cariclea</i> las seducciones de otra Ródope
-casi triunfaron de la austeridad de un gran sacerdote de Menfis, y
-en <i>Leucipa y Clitofonte</i> también hay otra Ródope, pero esta
-es virtuosa y pura, hasta el punto de provocar con sus desdenes la
-venganza de Venus.</p>
-
-<p>Plutarco, en sus <i>Obras morales</i>, cita con la <i>Pantea</i> de
-Jenofonte a la <i>Timoquea</i> de Aristóbulo y a la <i>Tebea</i> de
-Teopompo, nombres de algunas heroínas de los cuentos eróticos mezclados
-a la historia. Fácil sería aumentar esta lista con las narraciones
-de este género, extractadas de la historia por Conón, Partenio y
-Plutarco, y también se hubiera podido hacer con un libro, hoy perdido,
-que erróneamente se atribuyó al logógrafo Cadmo de Mileto, y cuyo
-título era igual al de la obra de Partenio, <i>Relatos de pasiones
-amorosas</i>.</p>
-
-<p>De la historia pasaron los <i>Cuentos milesios</i> a los escritos
-de los filósofos. Rastros de ellos se advierten en el <i>Banquete</i>
-de Jenofonte, en el <i>Tratado del amor</i> de Clearco de Solí, en
-algunas obras idénticas de Teofrastro, de Aristón de Iulis, de Esfodrio
-el cínico, de Favorino de Arlés, y hasta en algunos de los diálogos,
-mezclados con narraciones, que quedan de Plutarco, sobre todo en el que
-lleva por título <i>Del amor</i>.</p>
-
-<p>Bastante tiempo después, y acaso poco antes de Petronio, los
-cuentos de amor, tan breves en las <i>Fábulas milesias</i>, tan
-rápidos cuando iban mezclados a la historia y a las novelas históricas
-y filosóficas, como las que hasta ahora hemos mencionado, tomaron
-grande extensión<span class="pagenum" id="Page_xxii">p. xxii</span> y
-considerable desarrollo. Las antiguas narraciones del género milesio
-consérvanse a veces en forma de episodios en largas novelas, que ven la
-luz en la época romana y en la bizantina, mas en general desaparecen
-al convertirse en narraciones mucho más amplias, que abarcan mucho
-más tiempo, y que complican la acción principal con gran número de
-episodios, y añaden a los principales personajes multitud de figuras
-secundarias.</p>
-
-<p>La transición del cuento a la novela no se realizó sin trabajo, y
-basta comparar la <i>Luciada</i> con <i>La metamorfosis</i> o <i>El
-asno de oro</i> de Apuleyo, para comprender cuán artificial era a veces
-el procedimiento de mezclar multitud de cuentos episódicos a la fábula
-principal, y cuán fácilmente se advierte la soldadura.</p>
-
-<p>Pocos cuentos tuvieron en la antigüedad tanto éxito como el de
-Lucio metamorfoseado en asno gracias a un ungüento mágico, y vuelto a
-la humana forma al comer rosas. No era esta solamente una narración
-erótica, sino un cuento de género fantástico, género que también fue
-muy cultivado en la antigüedad.</p>
-
-<p>Mientras los poetas alimentaban la imaginación popular con
-narraciones relativas a los dioses y las diosas del Olimpo, la
-superstición no dejó de multiplicar los cuentos referentes a seres
-sobrenaturales y a sucesos maravillosos. Para exhortar al bien a los
-niños, se les recitaban fábulas como las de Esopo; para apartarles
-del mal, cuentos terribles en que intervenían los ogros de ambos
-sexos de la antigüedad. Y como el imperio de la credulidad no se
-limita a la infancia, en todas las edades se amedrentaban con cuentos
-de malhechores y demonios que poblaban los espacios, de fantasmas y
-aparecidos.</p>
-
-<p>Cuando en el primer siglo de la era cristiana el furor<span
-class="pagenum" id="Page_xxiii">p. xxiii</span> de la magia se apoderó
-de todo el mundo pagano, este aspecto de lo maravilloso abrió ilimitado
-campo a la fantasía de los narradores. Las novelas de amor tomaron de
-los cuentos fantásticos muchos de sus episodios, y no hay escritor
-alguno que desaproveche este recurso que aseguraba el éxito entre los
-lectores de su época. No es extraño que esto suceda cuando la misma
-historia también lo hacía; testigo, el genio que, según Plutarco, se
-aparece a Bruto antes de la batalla de Filipos.</p>
-
-<p>Las compilaciones que han llegado a nosotros de Apolonio y de Flegón
-de Tralles, con título de <i>Historias maravillosas</i>, contienen
-muchos relatos de esta índole, mezclándose en algunos de ellos el
-artificio de una ingeniosa ficción. Luciano, en uno de sus diálogos
-titulado <i>El mentiroso</i>, incluye una serie de cuentos fantásticos
-que corrían en su época, uno de los cuales ha servido a Goethe para
-su cuento <i>El estudiante brujo</i>. El filósofo se burlaba de las
-creencias supersticiosas en su tiempo, pero el hombre de ingenio sabía
-aprovecharlas para asuntos de sus amenas obras. Se le cree autor de
-la <i>Luciada</i>, y muy bien pudo escribirla como entretenimiento
-burlesco, de igual modo que su contemporáneo el platónico Apuleyo se
-divirtió en hacer <i>El asno de oro</i>.</p>
-
-<p>¿Es o no de Luciano la obra que ha llegado a nosotros con el título
-de <i>Luciada</i>? Lo que puede asegurarse es que el asunto produjo
-a lo menos dos obras distintas, atribuidas una a Lucio de Patras y
-otra a Luciano. ¿Fue este imitador de aquel, o la imitó de este algún
-falsificador, poniéndola bajo el nombre de Lucio de Patras? La crítica
-no ha podido aún resolver estas dudas. En opinión de Mr. Chassang,
-de cuya excelente obra sobre la novela en la antigüedad tomamos
-estos párrafos, es evidente<span class="pagenum" id="Page_xxiv">p.
-xxiv</span> que el cuento fue repetidas veces rehecho en griego, y debe
-ser más antiguo que la versión que ha llegado a nosotros, atribuida a
-Luciano.</p>
-
-<p>Uno de los episodios más extraños de la novela, la monstruosa
-aventura del asno y de la dama de Patras, tenía precedentes en las
-narraciones de los poetas relativas a Pasífae y en lo que dicen los
-historiadores de la hija de Hipomeno.</p>
-
-<p>Focio, que tuvo a la vista dos versiones en griego de esta novela,
-una con el nombre de Luciano y otra con el de Lucio, las aprecia y
-compara. Censura al supuesto Lucio de hablar de todos estos prestigios
-y encantos en el tono propio de quien cree lo que cuenta, y prefiere
-la narración de Luciano, que le parece una agradable burla de las
-supersticiones paganas.</p>
-
-<p>De seguro el falso Lucio no creía más ni mejor que el autor de la
-<i>Luciada</i> en su propia metamorfosis; pero entre esta obra y la
-de Luciano había la diferencia de referir con pesadez y sin ingenio
-anécdotas insípidas por sí mismas, mientras que Luciano dio atractivo
-y belleza a tales extravagancias con una narración ligera, ingeniosa
-y llena de gracejo. Creemos error de la crítica, sigue diciendo Mr.
-Chassang, el haber negado algunas veces esta obra a Luciano; la
-tradición se la conserva, y el buen gusto no la encuentra indigna de
-él. ¿Es acaso inverosímil que hiciera en cuanto a los cuentos mágicos
-lo que había hecho respecto a los viajes imaginarios en su <i>Historia
-verdadera</i>? Luciano era de los que tienen el don de transformar
-cuanto tocan.</p>
-
-<p>Uno de los méritos de la <i>Luciada</i> es la brevedad. La
-prolijidad difusa es, por lo contrario, el principal defecto de
-<i>El asno de oro</i> de Apuleyo, y este defecto tiene especial
-importancia en obras de asuntos frívolos. Una<span class="pagenum"
-id="Page_xxv">p. xxv</span> broma prolongada fatiga, y así sucede a la
-novela latina de las aventuras de Lucio.</p>
-
-<p>De las dos <i>Luciadas</i>, la atribuida a Lucio y la que se cree
-de Luciano, no se sabe cuál imitó Apuleyo; pero él mismo advierte que
-refiere una <i>fábula griega</i>, y aun añade que ha hilvanado diversos
-cuentos del género de las fábulas milesias. Así revela el secreto de la
-composición del libro, que consiste en repetir todos los cuentos de la
-<i>Luciada</i>, añadiéndoles gran número de circunstancias accesorias y
-de narraciones episódicas.</p>
-
-<p>Una sola de estas narraciones vale más que todo el resto de la
-obra, la historia de Psique. Tampoco fue inventada por Apuleyo, pues
-evidentemente procede de origen griego y muy antiguo. Esta bella
-narración contrasta con los cuentos licenciosos, y a veces obscenos,
-que Apuleyo toma de la <i>Luciada</i>, o añade por su cuenta, con
-tantas pinturas inmorales, que ponen de manifiesto una época en que se
-representaban en el anfiteatro los amores de Pasífae y de Leda, cuyo
-realismo los recomendó a la imitación de un escritor famosísimo del
-siglo <span class="asc">XVI</span>, el autor de <i>El Príncipe</i>
-y de <i>La mandrágora</i><a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2"
-class="fnanchor">[2]</a>.</p>
-
-
-<h3>III.</h3>
-
-<p><i>Las floridas</i> son una colección de extractos o de párrafos de
-diversas memorias y discursos.</p>
-
-<p>El estilo de estos fragmentos es ampuloso, sin variedad<span
-class="pagenum" id="Page_xxvi">p. xxvi</span> y sin naturalidad.
-Imitando el ejemplo de sus maestros de Roma, hacía Apuleyo con
-frecuencia discursos pueriles, cuyo único objeto era su propio
-panegírico y el de sus oyentes. Por fortuna ponía en ellos algunas
-digresiones, y a estas se deben varios detalles curiosos, relativos a
-los usos de la época y a las costumbres religiosas del politeísmo.</p>
-
-<p>Las obras religiosas comprenden: 1.º Un tratado del <i>Dogma de
-Platón</i>, que se divide en tres libros: la filosofía natural, la
-filosofía moral extractada de los libros <i>De Republica</i> y de
-<i>Las leyes</i>, de Platón, y la lógica, que contiene los principios
-de Aristóteles y de los estoicos. 2.º El tratado de <i>El mundo</i>,
-que reproduce literalmente la doctrina cosmogónica de Aristóteles.
-3.º El tratado de <i>El dios de Sócrates</i>, en el cual Apuleyo,
-admitiendo la realidad del genio de Sócrates, examina a qué clase de
-demonios pertenece.</p>
-
-<p>Este libro ha sido ampliamente refutado por San Agustín. El gran
-doctor acusa a Apuleyo de comercio secreto con el demonio. San Jerónimo
-le considera como el Anticristo, y proscribe en los términos más
-enérgicos sus obras, como inspiradas en el espíritu del mal.</p>
-
-<p>Apuleyo, sin embargo, no pasa de ser un sectario de la filosofía de
-Platón, y dentro y fuera del cristianismo tuvo numerosos cómplices,
-porque era entonces general la influencia del espiritualismo griego,
-no faltando entre los más doctos cristianos quien tratase de conciliar
-los mitos poéticos del discípulo de Sócrates, con la sublime moral de
-Jesucristo, uniendo de esta suerte el antiguo con el nuevo mundo.</p>
-
-<p>No se empeñó en tan difícil trabajo Apuleyo, y acaso porque no
-tuvo ni el propósito, ni siquiera la idea, de demostrar que las
-doctrinas platónicas eran como el presentimiento<span class="pagenum"
-id="Page_xxvii">p. xxvii</span> de la gran reforma humana consumada por
-el cristianismo, incurrió en el anatema.</p>
-
-<p>En los trabajos filosóficos que de él han llegado a nosotros, no es
-Apuleyo más que un traductor; no crea ningún nuevo sistema, limitándose
-a exponer el del maestro. Apenas se atreve a añadir algunos comentarios
-al texto que traduce, a la concreta exposición de las teorías del
-filósofo divino.</p>
-
-<p>No fatiga su imaginación investigando nuevas verdades, ni examinando
-las reconocidas, ingeniándose en reproducir laboriosamente las mismas
-ideas con distintas formas. Socavando en los despojos de la antigua
-lengua latina, encuentra nuevas palabras para disfrazar ideas vulgares,
-siendo como escritor lo mismo que era como orador.</p>
-
-<p>Este estilo bárbaro e insólito fue sin duda lo que engañó a sus
-piadosos adversarios, atribuyéndole lo que pertenecía a Platón. No
-conocieron al amable filósofo vestido con tan rústico traje, ni
-encontraron en el latín de África rastro alguno de aquella dicción
-griega tan pura y tan perfecta, de aquel estilo encantador, propio del
-amado discípulo de Sócrates.</p>
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_xxix">p. xxix</span></p>
- <p class="centra fs130 g0 ws1">EL ASNO DE ORO</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch02">
- <p><span class="pagenum" id="Page_xxxi">p. xxxi</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">INTRODUCCIÓN</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p>En este libro podrás conocer y saber diversas historias y
-fábulas, con las cuales deleitarás tus oídos y sentidos: si quisieres
-leer y no menospreciares mi escritura, porque aquí verás las fortunas
-y figuras de hombres convertidas en otras imágenes y tornadas otra vez
-en su misma forma; de manera, que te maravillarás lo que digo. Y si
-quieres saber quién soy, en pocas palabras te lo diré:</p>
-
-<p>Mi antiguo linaje es de Atenas y de Lacedemonia, que son ciudades
-muy fértiles y nobles, celebradas por muchos escritores. En esta
-ciudad de Atenas comencé a aprender siendo mozo; después vine a
-Roma, donde con mucho trabajo y fatiga, sin que maestro me enseñase,
-aprendí la lengua natural de los romanos. Así que pido perdón si en
-algo ofendiere, siendo yo rudo para hablar lengua extraña. Que aun la
-misma mudanza de mi hablar responde a la ciencia y estilo variable que
-comienzo a escribir.</p>
-
-<p>La historia es griega; entiéndela bien y habrás placer.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
- <p class="centra fs130 g0 ws1">EL ASNO DE ORO.</p>
- <hr class="tir" />
- <h2 class="nobreak">LIBRO PRIMERO.</h2>
-</div>
-
-<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p>
-
-<p class="hang">Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue a la
-provincia de Tesalia, donde estas artes se usaban, y en el camino se
-juntó con otros dos compañeros: y en aquel camino iban contando cosas
-increíbles y de maravillar de un embaidor y de dos hechiceras. — Y
-luego cómo llegó a la ciudad de Hipata, y de su huésped Milón, y lo que
-le aconteció en su casa la primera noche. — Lee y verás cosas de mucho
-gusto, y toma lo mejor para ti.</p>
-
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue
-a la provincia de Tesalia, y en el camino se juntó con dos compañeros,
-los cuales iban contando admirables acaecimientos de hechiceras.</p>
-
-<p>Yendo yo a Tesalia (que de allí era mi linaje por parte de mi madre,
-de aquel noble Plutarco, y Sexto su sobrino), después de haber pasado
-por sierras y valles, deleitosos prados llenos de hierbas y campos
-arados, ya<span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span> mi caballo iba
-rendido, y así por esto, como por ejercitar las piernas, que llevaba
-cansadas de venir caballero, salté de él en tierra y comencé a caminar
-muy poco a poco, llevándolo por delante. De esta manera alcancé dos
-compañeros que iban allí cerca, y escuché lo que hablaban.</p>
-
-<p>El uno de ellos, con una risa, dijo:</p>
-
-<p>—Calla ya; no digas esas palabras mentirosas.</p>
-
-<p>Como esto le oí, deseando saber cosas nuevas, dije:</p>
-
-<p>—Señores, repartid conmigo de lo que vais hablando, porque huelgo
-mucho de oír cosas tales, y también porque subiendo esta tan áspera
-cuesta, el hablar nos alivie parte del trabajo.</p>
-
-<p>Entonces, aquel que había comenzado la plática primera, nos dijo:</p>
-
-<p>—Por cierto no es más verdad esta mentira, que si alguno dijese que
-con arte mágica se vuelven atrás los caudalosos ríos, que la mar se
-cuaja, que los aires no se mueven, que el sol está fijo en el cielo,
-que despuma en las hierbas la luna, que se arrancan del cielo las
-estrellas, que se quita el día y la noche se detiene.</p>
-
-<p>Yo entonces, con un poco más de osadía, dije:</p>
-
-<p>—Oyes, tú que comenzaste la primera habla, por amor de mí que no te
-pese ni te enojes de proseguir adelante.</p>
-
-<p>Asimismo dije al otro:</p>
-
-<p>—Paréceme que tú, con grueso entendimiento y rudo corazón,
-menosprecias lo que por ventura es verdad, y no sabes que muchas cosas
-juzgan los hombres por mentira, o porque nunca fueron vistas, o porque
-ellas parecen más grandes de lo que se puede pensar, las cuales, si
-bien se mirasen y contemplasen, no solamente serían claras de hallar,
-pero aun fáciles de hacer. Porque yendo yo un día a Atenas, y llegando
-a la puerta grande que llamaban Decile, vi un hombre de estos que
-hacen juegos<span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span> de manos,
-que tragó una espada bien aguda por la punta. Y luego, por un poco de
-dinero que le dieron, tomó una lanza por el hierro y metiósela por la
-barriga; de manera que el hierro que entró por la ingle le salió por
-la parte del colodrillo a la cabeza, y en la punta de él apareció un
-niño volteando y danzando, de lo cual nos maravillamos cuantos allí
-estábamos, que no dijeras sino que era el báculo del dios Esculapio,
-medio cortados los ramos y nudoso, con una serpiente volteando encima.
-Así que, tú que comenzaste a hablar, torna lo comenzado, que yo solo
-te creeré, y demás de esto te prometo que en el primer mesón en que
-entremos te convidaré a comer conmigo, y esta será la paga de tu
-trabajo.</p>
-
-<p>Él respondió:</p>
-
-<p>—Pláceme aceptar lo que dices, y luego proseguiré lo que antes había
-comenzado, y primero, te juro por el sol, te he de contar cosas que así
-han pasado, porque no dudes que cierto por mí pasaron, aunque me pesó,
-y en esta ciudad que aquí cerca está, es cosa muy sabida y manifiesta.
-Y porque sepáis quién soy, de qué tierra y qué es mi oficio, habéis
-de saber que yo soy de Egina y ando por estas provincias de Tesalia,
-Etolia y Beocia, de acá para allá, buscando mercaderías de queso, miel
-y semejantes cosas de taberneros, y como oyese decir que en la ciudad
-de Hipata (la cual es la más principal de Tesalia) hubiese buen queso,
-de buen sabor y provechoso para vender, corrí luego allá para comprar
-todo lo que pudiese; pero con el pie izquierdo entré en la negociación,
-que no me sucedió como esperaba, porque otro día antes había venido
-otro negociador que se llamaba Lobo, y lo había comprado todo. Así que
-yo, fatigado del camino, fuime hacia el baño y de improviso hallé en
-la calle a Sócrates, mi amigo y compañero, que estaba sentado<span
-class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span> en tierra medio vestido, con
-un sayuelo roto, tan disforme, flaco y amarillo, que parecía tal como
-aquellos que la triste fortuna trae a pedir por las calles. Como yo lo
-vi, aunque era muy familiar mío y compañero, con todo esto dudé si le
-conocía, y llegándome a él, dije:</p>
-
-<p>—¡Oh mi Sócrates! ¿Qué es esto? ¿Qué gesto es ese? ¿Qué desventura
-fue la tuya? En tu casa ya eres llorado; ya a tus hijos han dado
-tutores los alcaldes. Tu mujer, después de hechas tus exequias y
-haberte llorado, cargada de luto y tristeza, es importunada por sus
-parientes que se case, y tú estás aquí como estatua del diablo con
-nuestra injuria y deshonra.</p>
-
-<p>Él entonces me respondió:</p>
-
-<p>—¡Oh Aristómenes, no sabes tú las vueltas y rodeos de la fortuna y
-sus instables movimientos!</p>
-
-<p>Y diciendo esto, con su falda rota se cubrió la cara de manera que
-se descubrió desde el ombligo abajo.</p>
-
-<p>Yo no pude sufrir tan miserable vista y triste espectáculo; tomelo
-por la mano y trabajé con él porque se levantase, y él así con la cara
-cubierta, me dijo:</p>
-
-<p>—Déjame use la fortuna conmigo de su triunfo y siga lo que
-comenzó.</p>
-
-<p>Yo luego desnudeme una de mis vestiduras y prestamente se la vestí,
-aunque mejor diría que lo cubrí, e hícelo ir a lavar al baño, y dile
-todo lo que fue menester para untarse y limpiar la mucha suciedad que
-tenía. Después de bien curado llevelo al mesón e hícelo asentar a la
-mesa y comer a su placer, amanselo con el comer, alegrelo con el beber,
-de manera que ya estaba inclinado a hablar en cosas de juego y placer,
-para conversar como hombre decidor, cuando de lo íntimo de su corazón
-dio un mortal suspiro, y con la mano derecha se dio un gran golpe en la
-cara, diciendo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span>—¡Oh mezquino de mí!
-que en tanto que anduve siguiendo el arte de la esgrima, que mucho me
-placía, caí en estas miserias, porque, como tú bien sabes, después
-de la mucha ganancia que hube en Macedonia, partiéndome de allí con
-mi dinero, un poco antes que llegase a la ciudad de Larisa, pasando
-por un valle muy grande lleno de espesa arboleda, hay unas grandes
-decendidas; allí me cercaron los ladrones y me robaron cuanto traía, y
-yo escapé medio muerto; víneme a la ciudad y posé en casa de una vieja
-tabernera llamada Meroes, mujer sabia y parlera, a la cual conté lo que
-me acaeció en el camino y la gana y ansia que tenía por volver a mi
-casa, contándole mis penas con mucha fatiga y miseria; ella me empezó
-a tratar humanamente y diome a cenar muy bien y de balde, y así que,
-movida o alterada de amor, metiome en su cámara y cama. Yo, mezquino
-luego, como llegué a ella una vez, se me pegó tanta enfermedad y
-vejez, que por huir su conversación todo cuanto tenía le di, hasta las
-vestiduras que los buenos ladrones me dejaron con que me cubriese, y
-aun algunas de las cosas que había ganado. Así que aquella buena mujer
-y mi mala fortuna me trajeron a este gesto que poco antes me viste.</p>
-
-<p>Yo le respondí:</p>
-
-<p>—Por cierto, tú eres merecedor de cualquier mal que te viniese, pues
-que una mala mujer, y un vicio carnal tan sucio, te hizo olvidar de tu
-casa, mujer e hijos.</p>
-
-<p>Sócrates entonces, poniendo el dedo en la boca, mirando en derredor
-a ver si era lugar seguro para hablar, dijo:</p>
-
-<p>—Calla, calla, no digas mal contra esta mujer que es maga, por
-ventura no recibas algún daño por tu lengua.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span>A lo cual yo le
-respondí:</p>
-
-<p>—¿Cómo es eso de esa tabernera, y tanto puede? ¿Qué mujer es?</p>
-
-<p>Él respondió:</p>
-
-<p>—Es muy astuta hechicera, que puede más que los diablos, y los manda
-a zapatazos; hará temblar la tierra, y cuajar las aguas, deshacer los
-montes, oscurecer las estrellas, conjurar los muertos, resistir a los
-dioses.</p>
-
-<p>Cuando le oí decir estas cosas, le dije:</p>
-
-<p>—Ruégote, por Dios, que no hablemos más en materia tan alta,
-hablemos en cosas comunes.</p>
-
-<p>Sócrates dijo:</p>
-
-<p>—¿Quieres oír alguna cosa o muchas de las suyas? Pues has de
-saber que ella hace que dos enamorados se quieran bien y se amen
-muy fuertemente, no solamente aquí los naturales, pero aun los que
-están muy lejos, aunque sea en el cabo del mundo. Oye ahora lo que
-en presencia de muchos osó hacer a un enamorado suyo porque tuvo que
-hacer con otra mujer: con una sola palabra lo convirtió en un animal
-que llaman castor, el cual tiene esta propiedad, que temiendo de no ser
-tomado por los cazadores, córtase su natura porque lo dejen; y porque
-otro tanto le aconteciese a aquel su amigo, lo tornó en aquella bestia.
-Asimismo, a otro su vecino tabernero que le quería mal, convirtió en
-rana; y ahora el mezquino viejo andaba nadando en la tinaja del vino,
-y escondiéndose debajo las heces; canta cuando vienen a su casa los
-que continuaban a comprar de él. También a otro procurador de causas,
-porque abogó contra ella, lo transformó en un carnero; y así en esta
-forma procura ahora los pleitos. Esta misma, porque la mujer de un su
-enamorado le dijo cierta injuria, le hizo tal hechizo, que quedó con la
-barriga muy grande, como<span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span>
-preñada, y todos cuentan el tiempo de su preñez, que son ya ocho años
-que a la mezquina crece el vientre, como preñez de elefante. La cual,
-como a muchos dañase, fue tanta la ira que el pueblo tomó contra ella,
-que determinaron de apedrearla; pero con sus encantamentos, ella supo
-lo que estaba ordenado, y como aquella Medea, que con la tregua de un
-día que alcanzó del rey Creón, toda su casa, y su hija, y al mismo rey,
-quemó en vivas llamas, así esta, con sus imprecaciones infernales,
-que dentro de un sepulcro hizo (según que la beoda me contó), a todos
-los vecinos de la ciudad encerró en sus casas con la fuerza de sus
-encantamentos, que en dos días no pudieron romper las cerraduras ni
-abrir las puertas, hasta que unos a otros se amonestaron y juraron de
-no tocarle ni hacer mal alguno, antes de darle todo favor y ayuda. De
-esta manera amansada, desligó toda la ciudad; pero al autor de este
-escándalo, con su casa entera, y sus cimientos, a media noche la llevó
-a otra ciudad cien millas de allí; y porque en la ciudad no había lugar
-donde pudiese asentar la casa, por la mucha vecindad, la puso en el
-arrabal, y allí la dejó.</p>
-
-<p>Cuando yo le oí esto, díjele:</p>
-
-<p>—Por cierto, mi Sócrates, tú dices cosas muy espantables y crueles,
-y sin duda que en gran miedo me has puesto. Y porque esta vieja (usando
-de su encantamento) habrá entendido nuestra plática, vámonos a dormir,
-y muy de mañana huyamos de aquí lo más lejos que pudiéremos.</p>
-
-
-<h3 title="II." id="Ch1_2"><span class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span>II.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo prosiguiendo Aristómenes (que así se llamaba el
-compañero) su historia, contó a Lucio Apuleyo cómo dos hechiceras,
-Meroes y Pancia, degollaron aquella noche a Sócrates.</p>
-
-<p>Aún yo no había bien acabado de decir esto, cuando Sócrates se
-adormeció, así por haber bebido de lo que no acostumbra, como también
-por la luenga fatiga que había padecido.</p>
-
-<p>Yo entonces entré la puerta dentro de la cámara y echele la aldaba,
-y acosteme sobre una camilla que estaba cerca los quicios de la puerta.
-Así que del miedo que tenía velé un poco, y siendo casi media noche,
-comenzáronseme a cerrar los ojos; mi fe, si os place, ya dormía, y
-súpitamente las puertas se arrancaron de sus quicios, y se cayeron en
-tierra.</p>
-
-<p>Mi camilla en que estaba, como era pequeña, y cojo el banco de un
-pie y los otros podridos, con la fuerza e ímpetu de la puerta, cayó en
-tierra, y yo caí debajo en el suelo, porque como la cama se volvió,
-tomome debajo de sí; entonces sentí un efecto natural en contrario, que
-así como en un gran placer suelen venir lágrimas, así a mí, que estaba
-lleno de miedo, me venía gran risa, porque estaba de hombre hecho
-tortuga.</p>
-
-<p>Estando así en el suelo cubierto con mi camilla, vi dos mujeres
-viejas; la una traía un candil ardiendo, la otra un puñal y una
-esponja, y pusiéronse cerca de Sócrates, que dormía muy bien. La que
-traía el puñal dijo a la otra:</p>
-
-<p>—Hermana Pancia, este es el gran enamorado Endimión,<span
-class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span> otro Ganímedes, que días y
-noches burló de mi juventud. Este es el que no solamente contando mis
-amores me difama y deshonra, mas aun ahora se quería huir, y que yo
-quede sola y con pena, como Calipso cuando Ulises la dejó y se fue.</p>
-
-<p>Diciendo esto me señaló con la mano, y dijo a Pancia:</p>
-
-<p>—Y también este buen consejero Aristómenes, que es el autor de esta
-huida, cercano está de la muerte, echado yace en tierra debajo de la
-cama; todo esto bien lo ha mirado, mas no crea que ha de pasar sin
-pena por lo que contra mí dijo, yo le haré que luego, y aun ahora, se
-arrepienta de lo que malamente ha hablado y del consejo de la huida que
-quiere hacer.</p>
-
-<p>Yo, mezquino, como entendí estas palabras, cubrime de un sudor frío
-y comenzome a temblar todo el cuerpo, en tanta manera, que mi camilla
-saltaba temblando en mis espaldas.</p>
-
-<p>Pancia dijo entonces:</p>
-
-<p>—Pues, hermana, ¿por qué a este no despedazamos primero o le
-cortamos su natura?</p>
-
-<p>Respondiole Meroes (que era la tabernera, la cual conocí más por su
-gesto de vino que por otra cosa):</p>
-
-<p>—Antes me parece que debe de vivir este, para que entierre a este
-otro cuitado.</p>
-
-<p>Y tomando la cabeza de Sócrates por la parte siniestra de la
-garganta, le metió el puñal hasta los cabos, y tomó la sangre en un
-barquino, de manera que gota no pareció, y metiendo la mano por la
-llaga hasta las entrañas, sacó el corazón de mi triste compañero, el
-cual, como tenía cortado el gaznate, no pudo dar ni un solo gemido.</p>
-
-<p>Pancia tomó la esponja que traía, y metióla en la boca de la llaga,
-diciendo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span>—Tú, esponja, nacida
-en la mar, guarda que no pases por ningún río.</p>
-
-<p>Diciendo esto, ambas se vinieron a mí y quitáronme la cama de
-encima, y puestas en cuclillas meáronme la cara, tanto, que me
-remojaron muy bien, y entonces se fueron, y luego las puertas se
-tornaron a su lugar como de antes estaban.</p>
-
-<p>Yo, como estaba echado en tierra, desnudo y frío y remojado de
-orines, como si entonces hubiera salido del vientre de mi madre, dije
-entre mí:</p>
-
-<p>«¿Qué será de mí cuando se hallare este a la mañana degollado? ¿Quién
-me podrá creer, aunque dé mil razones? Porque luego me dirán: Si tú,
-hombre tan grande, no podías resistir a una mujer, a lo menos dieras
-voces y llamaras socorro. ¿Cómo en tu presencia degollaban un hombre?
-¿Por qué, si eran ladrones, no mataban a ti como a él? Así que, pues
-escapaste de la muerte, torna a ella.»</p>
-
-<p>Considerando yo estas cosas muchas veces, íbase la noche, y venía el
-día; pareciome buen consejo salirme antes de él, y tomar mis alforjas y
-mi capa.</p>
-
-<p>Comencé de abrir las puertas de la cámara con la llave, y aquellas,
-que esa noche de su voluntad se abrieron, a mala vez y con mucho
-trabajo pude abrir, dando veinte vueltas a la llave.</p>
-
-<p>Después que salí de la cámara, fuime a la puerta del mesón, y dije
-al portero:</p>
-
-<p>—Oyes, tú, ábreme la puerta, que quiero caminar de mañana.</p>
-
-<p>El que cerca de la puerta estaba echado, me respondió:</p>
-
-<p>—¿Cómo te quieres partir ahora, que aún es de noche? ¿No sabes
-que andan ladrones por los caminos? Si tú<span class="pagenum"
-id="Page_11">p. 11</span> eres tan simple que deseas morir, nosotros no
-tenemos cabezas de calabaza que queramos morir por ti.</p>
-
-<p>Yo dije:</p>
-
-<p>—No hay mucho de aquí al día, cuanto más, que a hombre pobre, ¿qué
-pueden robarle los ladrones? ¿No sabes tú, hermano, que a hombre
-desnudo, diez valientes no le pueden despojar?</p>
-
-<p>A esto el embeleñado villano, medio dormido, dio una vuelta sobre el
-otro lado, diciendo:</p>
-
-<p>—¿Y qué sé yo ahora si dejas degollado aquel tu compañero con quien
-cenabas anoche, y te vas huyendo?</p>
-
-<p>Cuando yo le oí aquello, en aquel punto me pareció abrirse la
-tierra, y que vide el maldito profundo del infierno, y el traidor del
-Cancerbero hambriento por tragarme. Acordóseme que aquella buena de
-Meroes no me había dejado de matar por misericordia, mas por crueldad,
-por guardarme para la horca. Así que torneme a la cámara, y pensaba
-entre mí qué linaje de muerte me habían de dar al otro día; con esta
-cuita determiné de matarme, y como en la cámara no hubiese armas,
-volvime a mi camilla, y díjele:</p>
-
-<p>—¡Oh mi lecho amado, que has padecido conmigo tanta fatiga esta
-noche, tú eres sabedor de lo que aquí se hizo; a ti solo puedo tomar
-por testigo de mi inocencia; ruégote que si tengo que morir, me des
-algún socorro!</p>
-
-<p>Y diciendo esto, desaté una soguilla con que estaba tejido, y
-echéla de un madero, e hice un lazo en la cuerda, y subido encima de
-la cama, me lo puse atado al pescuezo, y dando con los pies en la cama
-por apartarla, para que el cuerpo quedase en el aire, y me ahogase,
-la cuerda, súpitamente, con el peso del cuerpo se hizo pedazos<span
-class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> de vieja y podrida; yo, como
-caí de lo alto, di sobre Sócrates, que estaba allí echado cerca de mí.
-Y luego en ese momento entró el portero dando voces:</p>
-
-<p>—¿Dónde estás tú que a media noche con gran prisa te querías partir,
-y ahora te estás en la cama?</p>
-
-<p>A esto, no sé si o con la caída que yo di, o por las voces y
-baraúnda del portero, Sócrates se levantó primero que yo, diciendo:</p>
-
-<p>—No sin causa los huéspedes aborrecen y dicen mal de estos
-mesoneros; ved ahora este necio importuno cómo entró de rondón en la
-cámara, creo que por hurtar algo. Con sus voces me despertó.</p>
-
-<p>Cuando yo vi a mi compañero hablar, fuime a él y abracele y besele
-muchas veces; él me dijo:</p>
-
-<p>—Quítate allá, que hiedes malamente.</p>
-
-<p>Entonces yo le mudé el propósito, y lo hice levantar, y luego nos
-partimos. Empezamos a caminar ya cuando el sol alumbraba toda la
-tierra: yo iba muy curiosamente mirando a mi compañero la garganta por
-aquella parte que le había visto meter el puñal, y decía entre mí.</p>
-
-<p>Cierto, anoche yo estaba tan lleno de vino, que soñé cosas del
-diablo: he aquí Sócrates vivo y sano. ¿Dónde está la herida? ¿Dónde
-esta la esponja?</p>
-
-<p>Entonces dije a mi compañero:</p>
-
-<p>—No sin causa dicen los médicos que los que mucho cenan y beben,
-sueñan pesados sueños, así me aconteció a mí, que anoche, como me
-desordené en el beber, soñé crueles y espantables cosas, que aun me
-parecía que estaba rociado con sangre de hombre.</p>
-
-<p>A esto respondió él riéndose:</p>
-
-<p>—Antes me parece que estás rociado con meados. Pero también soñaba
-yo que me degollaban, y me dolió la garganta, y que me arrancaban el
-corazón: y aun ahora<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span> no
-puedo resollar; por tanto, quería comer alguna cosa para esforzar.</p>
-
-<p>Yo entonces le dije:</p>
-
-<p>—He aquí el almuerzo.</p>
-
-<p>Luego saqué pan y queso, y sentámonos a almorzar. Yo lo estaba
-mirando cómo tragaba los bocados con una flaqueza intrínseca y un
-color amarillo, que parecía de muerto: yo, pensando en aquellas
-brujas, estaba tan medroso, que el bocado de pan que había mordido
-se me atravesó en el galillo, de manera que no podía pasar abajo, ni
-tornar arriba, y también tenía temor por no ver pasar a nadie por el
-camino.</p>
-
-<p>Sócrates, desde que hubo bien comido del pan y queso, tenía gran
-sed, y cerca de allí do estábamos asentados, corría un hermoso y claro
-río, adonde mi compañero fue a matar su sed; y echándose de bruces
-en el agua, empezando a meter los labios, se le abrió súpitamente la
-degolladura, y de dentro salió la esponja con una poca de sangre.</p>
-
-<p>Yo, cuando esto vi, asile por los pies y tirelo a tierra, que de
-otra manera, el cuerpo sin alma cayera en el río. Después (según el
-tiempo y lugar) lloré a mi compañero, y le di en la arena sepultura
-para siempre. Y con mucha ansia me fui por esos caminos; y dejando mi
-tierra y casa, tomando voluntario destierro me fui a Etolia, y allí me
-casé, donde ahora soy morador.</p>
-
-<p>De esta manera nos contó Aristómenes su historia: y el otro su
-compañero, medio riendo, dijo:</p>
-
-<p>—No hay mentira tan fabulosa en el mundo como esta.</p>
-
-<p>Y mirando hacia mí, dijo:</p>
-
-<p>—Tú, hombre de bien (según tu presencia y hábito muestran), ¿crees
-esta conseja?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span>Yo le respondí:</p>
-
-<p>—Cierto: no pienso que hay cosa imposible, porque muchas veces
-acaecen a mí y a ti, y a todos los hombres, cosas maravillosas que
-nunca acontecieron, que si se cuentan a persona rústica, no son
-creídas.</p>
-
-<p>Y volviéndome a Aristómenes, le dije:</p>
-
-<p>—Mucho holgué de oír tu historia, y de mi parte lo agradezco mucho,
-porque con tu cuento me hiciste olvidar el camino y pasarlo sin fatiga;
-del cual beneficio también mi caballo lleva su parte, porque sin
-trabajo suyo he venido hasta la puerta de esta ciudad, no encima de él,
-mas de mis orejas.</p>
-
-<p>Aquí nos apartamos; yo entré en la ciudad, y mis compañeros pasaron
-adelante.</p>
-
-
-<h3 id="Ch1_3">III.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo Lucio Apuleyo llegó a la ciudad de Hipata y fue a
-posar en casa de Milón, y lo que con Pitias le aconteció.</p>
-
-<p>Llegando al primer mesón que hallé, pregunté a una vieja tabernera
-si conocía uno de los principales de aquel pueblo que se llamaba
-Milón.</p>
-
-<p>La vieja respondió:</p>
-
-<p>—Por cierto así es, que este Milón es el más honrado de su casa.</p>
-
-<p>Yo le dije:</p>
-
-<p>—Madre mía, dejemos burlas y dime en qué casa mora.</p>
-
-<p>Ella respondió:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span>—¿Ves aquellas
-ventanas del cabo que están fuera de la ciudad, de frente una calleja
-sin salida? pues allí mora Milón, harto rico, y mayor avariento, y de
-baja condición, hombre infame y sucio, que no tiene otro oficio sino
-continuo dar dinero a usura, sobre buenas prendas de plata y oro;
-metido en una casilla pequeña, está siempre pensando en su dinero,
-con su mujer, compañera de tristeza y avaricia, y no tiene en su casa
-persona, sino una mozuela, y tanto es avariento, que anda vestido como
-un pobre hombre.</p>
-
-<p>Cuando yo oí esto, reíme entre mí, diciendo:</p>
-
-<p>—Por cierto, bien encaminado vengo de mi amigo Demeas, pues a tal
-hombre me envía para que me dé posada, en cuya casa ni habrá miedo del
-humo ni del olor de la cocina.</p>
-
-<p>Y diciendo esto llegué a la puerta de Milón, a la cual, como estaba
-muy bien cerrada, empecé a llamar.</p>
-
-<p>En esto salió una mozuela de dentro, que me dijo:</p>
-
-<p>—Oyes tú, que tan reciamente llamas a la puerta, ¿qué prenda traes
-para que te preste sobre ella dineros?</p>
-
-<p>Yo le respondí:</p>
-
-<p>—Mejor lo haga Dios conmigo; respóndeme si está en casa tu señor.</p>
-
-<p>Ella dijo:</p>
-
-<p>—Sí está; mas dime: ¿qué es lo que quieres?</p>
-
-<p>Yo respondí:</p>
-
-<p>—Tráigole cartas de Corinto, de su amigo Demeas.</p>
-
-<p>Ella me dijo:</p>
-
-<p>—Espera en cuanto se lo digo.</p>
-
-<p>Y cerrando muy bien la puerta, se entró para dentro.</p>
-
-<p>De allí a poco tornó a salir, y abriéndola, me dijo que entrase.</p>
-
-<p>Yo entré y hallé a Milón sentado a una mesilla pequeña,<span
-class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> que entonces empezaba a
-cenar. Y la mujer estaba sentada a los pies, y en la mesa había poco o
-casi nada que comer.</p>
-
-<p>Él me dijo:</p>
-
-<p>—Esta es tu posada.</p>
-
-<p>Yo le di muchas gracias, y luego le di las cartas de Demeas, las
-cuales por él leídas, dijo:</p>
-
-<p>—Yo soy muy contento de tener tan honrado huésped como mi amigo
-Demeas me envía.</p>
-
-<p>Y diciendo esto, hizo levantar a su mujer, y a mí, tomándome por la
-halda, me hizo sentar en su lugar, diciendo que por miedo de ladrones
-no tenía otra silla ni otras cosas que convenían.</p>
-
-<p>Después que yo fui sentado, me dijo.</p>
-
-<p>—Huésped honrado, ruégote que no menosprecies la angostura de mi
-casa, que está aparejada para lo que mandares, y ves allí a aquella
-cámara, que es razonable, donde puedes estar a tu placer. Porque
-cierto, tu persona hará mayor la casa; demás de esto, imitarás a tu
-padre Teseo, que nunca se menospreció de posar en casa de aquella buena
-vieja Hecales.</p>
-
-<p>Entonces llamó a la moza, y díjole:</p>
-
-<p>—Andria, toma esta ropa del huésped y ponla a buen recaudo, y saca
-aceite para untarse y un paño para limpiarle, y llévalo al baño más
-cercano, porque vendrá fatigado del largo camino.</p>
-
-<p>Cuando yo le oí esto, dije:</p>
-
-<p>—No he menester nada de esto, que yo iré y preguntaré por el baño.
-Lo que ahora querría es que para mi caballo me compres tú, Andria, heno
-y cebada, ves aquí los dineros.</p>
-
-<p>Entonces puse mi ropa en aquella cámara, y yendo al baño, acordé
-de proveer primero algo para cenar, y fuime<span class="pagenum"
-id="Page_17">p. 17</span> a la plaza de Cupido a donde había gran
-abundancia, y compré pescado.</p>
-
-<p>Al tiempo que me venía topé con Pitias, que fue mi compañero cuando
-estudiábamos en Atenas, el cual, como me vio, se vino a mi y abrazome y
-diome paz amorosamente, y dijo:</p>
-
-<p>—¡Oh, mi Lucio! mucho tiempo ha que no nos vimos; ¿qué es ahora la
-causa de tu venida?</p>
-
-<p>Yo dije:</p>
-
-<p>—Mañana nos veremos más despacio, y entonces te lo diré. Mas ¿qué es
-esto? Yo he gran placer en verte con vara de justicia; según tu hábito,
-debes tener oficio en la ciudad.</p>
-
-<p>Él me respondió:</p>
-
-<p>—Soy almotacén, tengo cargo de las cosas de comer; por eso, si
-quieres comprar algo, bien te podré aprovechar.</p>
-
-<p>Yo no quise, porque ya tenía comprado lo necesario para cenar. Pero
-él, como vio la espuerta del pescado, tomola, y mirando los peces que
-en ella había, dijo:</p>
-
-<p>—¿Cuánto te costó este rehús?</p>
-
-<p>Yo le dije que veinte maravedís. Lo cual como él oyó, tomome por la
-halda y llevome a la plaza de Cupido y preguntome:</p>
-
-<p>—¿De cuál de estos lo compraste?</p>
-
-<p>Yo le mostré un vejezuelo que estaba sentado en un rincón. Al cual,
-con voces ásperas (como a su oficio convenía), empezó a maltratar
-diciendo:</p>
-
-<p>—Vosotros ni perdonáis a nuestros amigos ni a los forasteros que
-aquí vienen, porque vendéis el pescado podrido por tan gran precio, y
-hacéis con vuestra carestía que una ciudad como esta, que es la flor
-de Tesalia, se torne en un desierto. Pero no lo haréis sin pena, a lo
-menos en tanto que yo tuviere este cargo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span>Y tomando la espuerta
-del pescado la derramó por el suelo e hizo a uno de sus oficiales que
-lo rehollasen con los pies. Así que mi amigo Pitias contestó con este
-castigo, me dijo:</p>
-
-<p>—Lucio, bien basta lo que hice a este vejezuelo; vete con Dios.</p>
-
-<p>Yo quedé mal contento de esto, y me fui al baño sin cena y sin
-dineros, por el buen consejo de aquel mi amigo Pitias. Así que, después
-de lavado, torneme a la posada de Milón y entreme en la cámara.</p>
-
-<p>Luego vino Andria, la moza de casa, a llamarme diciendo:</p>
-
-<p>—Ruégate mi señor que vayas allá.</p>
-
-<p>Yo, sabiendo la miseria de Milón, excuseme diciendo que quien venía
-fatigado del camino, más había menester reposar en la cama que otra
-cosa.</p>
-
-<p>Mas Milón se vino a mí, y tomome por la mano y llevome a aquella su
-pequeña y pobre mesilla, donde me hizo sentar. Y luego me preguntó:</p>
-
-<p>—¿Cómo está mi amigo Demeas? ¿cómo está su mujer e hijos?</p>
-
-<p>Yo le di cuenta de todo muy cumplidamente. Así mismo me preguntó
-ahincadamente la causa de mi venida, la cual después que muy bien le
-relaté, me preguntó de la tierra y del estado de la ciudad, y quién la
-regía y gobernaba, y otras cosas.</p>
-
-<p>Plugo a Dios que acabó de parlar el viejo rancioso, más hambriento
-del sueño que harto de la cena, y dándome licencia me fui a dormir.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">LIBRO II.</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p>
-
-<p class="hang">Andando Lucio Apuleyo mirando la ciudad de Hipata, se
-conoció con una tía suya; era dueña muy rica; y cómo fue avisado de
-ella que se guardase de la mujer de Milón, porque era grande hechicera.
-— Y cómo se enamoró de la moza de casa. — Y de un convite que le hizo
-su tía, donde infiere cosas graciosas y de placer. — Y cómo guardando
-uno a un muerto, le cortaron las narices y orejas. — Después, cómo
-Lucio Apuleyo tornó de noche a su posada cansado de haber muerto, no a
-tres hombres, mas a tres odres.</p>
-
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo andando Lucio Apuleyo por la ciudad se conoció con
-una su&nbsp;tía, que&nbsp;le&nbsp;dio algunos avisos.</p>
-
-<p>Viniendo la mañana, yo me levanté con ansia y deseo de saber
-aquellas cosas que son raras y maravillosas, pensando entre mí que
-estaba en aquella ciudad tan populosa, y que era nombrada por todo el
-mundo de haber en ella muchos encantamentos de arte mágica.</p>
-
-<p>También consideraba en aquella fábula de Aristómenes<span
-class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> mi compañero, la cual había
-acontecido en aquella ciudad. Y así andaba escudriñando todas las cosas
-que veía. Y no había cosa que, mirándola yo, creyese ser lo que veía;
-mas parecíame que todas con encantamento estaban tornadas en otra
-figura. Andando así, atónito, no hallando principio a lo que deseaba,
-halleme en la plaza de Cupido, a donde vi venir una dueña con una buena
-compañía de servidores, vestida de oro y seda y piedras preciosas.
-Venía a su lado un viejo honrado, el cual, como me vio, dijo:</p>
-
-<p>—En verdad, este es Lucio.</p>
-
-<p>Y diome paz; y llegándose a la oreja de la dueña, no sé qué le
-habló, que, volviéndose a mí, dijo:</p>
-
-<p>—¿Por qué no te llegas a tu madre y le hablas?</p>
-
-<p>Yo le respondí:</p>
-
-<p>—He vergüenza, porque no la conozco.</p>
-
-<p>Y diciendo esto me detuve.</p>
-
-<p>Ella puso los ojos en mí, diciendo:</p>
-
-<p>—¡Oh bondad generosa de aquella muy noble Salvia, tu madre, prima
-mía, que en todo le pareces! Llégate a mí, que yo soy aquella Birrena,
-tu tía, cuyo nombre bien has oído muchas veces a tus padres. Ruégote
-que vengas a mi posada, aunque mejor diré a la tuya.</p>
-
-<p>A esto respondí con mucha mesura y cortesía:</p>
-
-<p>—Señora, yo poso en casa de Milón, y no me será bien contado mudar
-de posada; lo que haré será que te visitaré muchas veces.</p>
-
-<p>Hablando estas y otras cosas llegamos a su casa, la cual era muy
-hermosa y bien labrada. Había en ella cuatro órdenes de columnas de
-mármol, y sobre cada columna de las esquinas estaba una estatua de la
-diosa de la Victoria, tan artificiosamente labradas, con sus rostros,
-alas y plumas, que parecía que querían volar.<span class="pagenum"
-id="Page_21">p. 21</span> De la otra parte estaba la estatua de la
-diosa Diana, hecha de mármol muy blanco, enfrente de la entrada de la
-puerta. Estaba esta diosa tan pulidamente labrada, que parecía que el
-aire llevaba su vestidura y que se movía y andaba, y en su presencia
-mostraba gran majestad. Alderredor de ella estaban sus lebreles, hechos
-del mismo mármol, que parecía que amenazaban con los ojos, las orejas
-alzadas, las narices y las bocas abiertas. A las espaldas de esta diosa
-estaba una piedra muy grande, cavada en manera de cueva, en la cual
-había esculpidas hierbas de muchas maneras, con sus troncos y hojas,
-pámpanos y parras, y otras flores que resplandecían dentro de la cueva
-con la claridad de la estatua Diana, que era de mármol muy claro, y
-resplandeciente. Pensaras que viniendo el tiempo de las uvas, cuando
-ellas maduran, que podrás coger de ellas para comer. Y si miraras las
-fuentes que a los pies de la diosa corrían como un arroyo, creyeras
-que los racimos que cuelgan de las parras eran verdaderos, que aun no
-carecen de movimiento dentro en el agua. En medio de estos árboles y
-flores estaba la imagen del rey Acteón; estaba mirando cómo ella se
-lavaba en la fuente y cómo él se tornaba ciervo montés.</p>
-
-<p>Andando yo mirando esto con mucho placer, dijo aquella Birrena, mi
-tía:</p>
-
-<p>—Tuyo es todo lo que aquí ves.</p>
-
-<p>Y diciendo esto mandó a los que allí estaban que se apartasen, que
-quería hablar un poco secreto; los cuales apartados, me dijo:</p>
-
-<p>—Lucio, hijo muy amado, por esta diosa que delante de nos está,
-que tengo mucha compasión y ansia de ti, deseando cómo proveerte y
-remediarte, porque no te querría ver en esta tierra, ni en otra, en
-peligros y trabajos<span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span>
-que ligeramente vienen a las personas. Guárdate fuertemente de las
-malas artes y peores halagos de aquella Pánfila, mujer de tu huésped
-Milón, porque es gran mágica y maestra de cuantas hechicerías se pueden
-pensar; que con cogollos de árboles y pedrezuelas y semejantes cosas,
-con ciertas palabras hace que la luz del día se torne tinieblas, y
-que la mar se levante y la tierra tiemble. Y si ve algún gentilhombre
-que tenga buena disposición, luego se enamora de él, y le hace tales
-encantamentos, que le ata el cuerpo y el alma, y después que se harta
-de él, conviértelo en piedra o en bestia, o en otra forma que ella
-quiere, y a otros mata. Esto te digo temblando, porque te guardes,
-que es muy enamorada, y tú, como eres mozo y gentilhombre, agradarle
-has.</p>
-
-<p>Esto me decía mi tía con harta congoja y pena que de mí tenía. Mas
-yo holgué mucho de saber que mi huéspeda era mágica, porque pretendía
-alcanzar algo de ella. Y disimulando con mi tía lo mejor que pude, me
-despedí, pidiéndome que la visitase muchas veces, ya que no quería
-aceptar su posada. De esta manera salí de manos de mi tía, que ya no
-veía la hora de verme en casa de Milón, mi huésped.</p>
-
-
-<h3 id="Ch2_2">II.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo Lucio Apuleyo se enamoró de Andria, la moza de su
-huésped Milón, y&nbsp;lo que pasó con ella.</p>
-
-<p>Después que me aparté de mi tía me iba para casa de mi huésped; en
-el camino decía entre mí:</p>
-
-<p>—Ea, Lucio, vélate bien, que ahora tienes entre las manos<span
-class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> lo que tanto deseabas.
-Desecha de ti todo miedo, porque puedas presto alcanzar lo que deseas;
-pero mira bien que te apartes de no hacer vileza ni ensuciar la cama y
-honra de tu huésped Milón. Con todo eso bien puedes requerir de amores
-a Andria su criada, que parece agudilla, bonica y alegre. Aun bien te
-debes recordar cuando anoche te ibas a dormir, cómo ella te acompañó
-mostrándote la cámara, y cubriéndote con la ropa después de acostado, y
-te besó en la cabeza, partiéndose de allí contra su voluntad.</p>
-
-<p>Yendo yo disputando entre mí estas cosas, llegué a la casa de Milón,
-y, como dicen, yo por mis pies confirmé la sentencia de lo que había
-pensado.</p>
-
-<p>Entrando en casa, ni hallé a Milón ni tampoco a su mujer, que eran
-idos fuera, sino a sola mi Andria, que aparejaba de comer para sus
-amos. Estaba vestida de blanco, su camisa limpia, y ceñida una faja
-blanca por debajo de la tetas; y con sus manos blancas y lindas estaba
-haciendo unos pasteles; y como traía alderredor la masa, ella también
-se movía tan apaciblemente, que yo, con lo que veía, estaba enamorado
-de ella; y lo más cortésmente que pude, dije:</p>
-
-<p>—Señora Andria, con tanta gracia y donaire aparejas este manjar, que
-yo creo ser más dulce y sabroso que otro alguno. Cierto, será dichoso
-aquel que dejares tocar a tus vestidos.</p>
-
-<p>Ella, como era viva y decidora, me dijo:</p>
-
-<p>—Anda, mezquino, quítate de aquí, vete de la cocina, no te llegues
-al fuego, porque si un poco del mío te tocare, arderás de dentro,
-que nadie podrá apagarlo sino yo, que sé muy bien merecer la olla y
-cama.</p>
-
-<p>Diciendo esto mirome y riose; pero yo no me partí de allí hasta
-que le toqué con mis manos por su cuerpo, y<span class="pagenum"
-id="Page_24">p. 24</span> dejadas las particularidades de su persona,
-porque todas eran cabales, yo me enamoré tanto de sus cabellos, que en
-público nunca partía los ojos de ellos, tanto les era su aficionado.
-Entonces tuve por cierta razón y conocí que la cabeza y cabellos es
-la parte principal de la hermosura en las mujeres, por dos razones, o
-porque es la primera cosa que nos ocurre a los ojos, o porque adorna
-la cabeza de la manera que los vestidos adornan las otras partes del
-cuerpo. Si trasquilasen la más hermosa mujer que hubiese en el mundo,
-aunque fuese la diosa Venus, acompañada de sus ninfas graciosas, con
-su Cupido y toda la más compañía que le sigue, con su arreo de cinta
-de oro y hermosas cadenas al cuello, y olores de cinamomo y bálsamo,
-si viniere sin cabellos, no aplacerá ni aun a su marido Vulcano.
-¿Qué color puede más agradar que el natural de sus cabellos? Tanta
-es la gracia de ellos, que, aunque una mujer esté vestida de seda y
-oro y piedras preciosas, si no mostrase sus cabellos, no podrá estar
-perfectamente ornada ni ataviada.</p>
-
-<p>Pero en Andria, mi señora, no el atavío de su persona, mas estando
-revuelta como estaba, le daba más gracia. Ella los tenía espesos y
-largos que le llegaban abajo de la cintura, y con una redecilla de oro
-ligados con un nudo muy artificialmente dado, que le daba mucha gracia.
-De manera que yo no me pude sufrir, y tomándola por el trenzado, la
-empecé a besar.</p>
-
-<p>Ella me dijo:</p>
-
-<p>—Oyes tú, escolar, dulce y amargo gusto tomas, pues mira que te
-aviso que, a trueque de comer de la miel, no gustes después la hiel.</p>
-
-<p>Yo le respondí:</p>
-
-<p>—Mi señora, por solo darte un beso a mi contento, sufriré veinte mil
-penas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span>Y sintiendo yo que
-ella estaba ya encendida en mi amor, la abracé y besé muy a mi placer,
-y prometiome que esa noche se acostaría conmigo. Así que con esta
-promesa nos partimos por entonces.</p>
-
-<p>Después, ya que era mediodía, mi tía Birrena me envió un presente
-de media docena de gallinas, un lechón y un barril de vino añejo. Yo
-lo entregué a Andria, como despensera de la miserable casa de Milón, y
-díjele:</p>
-
-<p>—Ves aquí, señora, el dios del amor e instrumento de nuestro
-placer, viene sin llamarlo, de su propia gana. Bebámoslo sin que gota
-quede, porque nos quite la vergüenza y nos incite la fuerza de nuestra
-alegría, que esta es la vitualla o provisión que ha menester el navío
-de Venus; conviene, a saber, que en la noche sin sueño abunde en el
-candil aceite y vino en la copa.</p>
-
-<p>Después que hube comido, me fui otra vez al baño; ya la noche me
-recogí a casa, y convidome a cenar mi huésped.</p>
-
-<p>Senteme a una pequeña mesilla, guardándome cuanto podía de la vista
-de Pánfila, su mujer, porque acordándome del aviso que me había dado
-mi tía, parecíame que veía el infierno cuando la miraba, y por eso
-empleaba los ojos en mi Andria.</p>
-
-<p>En esto, como vino la noche y encendieron lumbre, la mujer de Milón,
-mirando el candil, dijo:</p>
-
-<p>—Cuán grande agua hará mañana.</p>
-
-<p>El marido le preguntó que cómo lo sabía.</p>
-
-<p>Ella le respondió que la lumbre se lo decía.</p>
-
-<p>Milón, riéndose, dijo:</p>
-
-<p>—Por cierto la gran sibila profetisa mantenemos en este candil que
-todas las cosas que han de ser nos dice primero.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>Yo entremetime a
-hablar en su plática, y dije:</p>
-
-<p>—Pues sabe que este es el principal argumento de la adivinación,
-y no te maravilles, porque como esta sea lumbre encendida por manos
-de hombres, a semejanza de aquel fuego mayor que está en el cielo, y,
-por tanto, se puede adivinar todo. Yo vi ahora en Corinto, antes que
-de allí partiese, un sabio que allí es venido, que toda la ciudad se
-espanta de respuestas maravillosas que da a los que le preguntan sus
-venturas y caminos que han de hacer, y qué día es bueno para hacer
-casamientos, o para hacer viajes y otras cosas. A mí dijo cuando venía
-para esta ciudad, que me acaecerían grandes cosas y que de mí se
-haría un cuento fabuloso, y cosas variables, y que había de escribir
-libros.</p>
-
-<p>A esto respondió Milón riéndose:</p>
-
-<p>—¿Qué señas tiene ese hombre, cómo se llama?</p>
-
-<p>Yo le dije que era un hombre de buena estatura, entre rojo y
-negrillo, que se llamaba Diófanes.</p>
-
-<p>Entonces Milón dijo:</p>
-
-<p>—Ese es el que aquí en esta ciudad hacía muchas cosas semejantes
-a las que dices, por donde ganó hartos dineros; y estando él un día
-cercado de muchas gentes que le preguntaban sus venturas y suertes,
-acaso llegó un mozo que le abrazó, y el sabio se holgó mucho de verlo,
-y preguntando el mancebo cómo le había ido en el viaje de la isla
-Rubea, él dijo que muy mal, porque la nave, con una grande tormenta, se
-abrió, y ellos en un pequeño barquillo habían salido con harto trabajo
-a tierra.</p>
-
-<p>Oyendo esto los que presentes estaban, se rieron y mofaron del
-sabio, diciendo que cómo conocía el hado y suerte de los otros y era
-necio en lo que le importaba. Pero tú, Lucio, ¿crees que aquel sabio
-te dijo verdad?<span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span> No lo
-creas, que son grandes charlatanes, y con sus mentiras roban al pueblo
-ignorante y rudo.</p>
-
-<p>Mi amigo Milón se detenía tanto en contar estas patrañas, que yo
-entre mí me deshacía, porque quería ir a gozar de mi Andria.</p>
-
-<p>Finalmente, que yo me despedí de él, diciendo que todo me dormía,
-porque aún estaba fatigado del camino. Y así me fui a mi aposento, a
-donde hallé muy ricamente de cenar y las copas llenas de vino. Como yo
-cené a mi placer, acosteme en la cama.</p>
-
-<p>He aquí do viene mi Andria (que ya dejaba acostada a su señora) con
-una guirnalda de rosas, la cual, como llegó, me besó muy dulcemente,
-y tomando las rosas, las echó sobre la cama; después hinchó una taza
-de vino, templola con agua caliente, y me la dio a beber, y teniéndola
-medio bebida, me la tomó de las manos y bebiose lo que me quedaba,
-mirándome y saboreando los labios, y de esta manera bebimos otra vez,
-hasta la tercera.</p>
-
-<p>Después que estaba ya harto de beber, y no solamente con el deseo,
-sino también con el cuerpo aparejado a la batalla, roguele que se
-apiadara de mí y se acostase, diciéndole:</p>
-
-<p>—Ya ves cuánta pena me ha dado tu señora, porque estando yo con
-esperanza de lo que tú me habías prometido, después que la primera
-saeta de tu cruel amor me dio en el corazón, fue causa de que mi arco
-se extendiese tanto, que si no le aflojas, tengo miedo que con la
-mucha tensión la cuerda se rompa, y si del todo quieres satisfacer mi
-voluntad, suelta tus cabellos y así me abrazarás.</p>
-
-<p>No tardó ella, que había alzado la mesa prestamente con todas
-aquellas cosas que en ella estaban, y desnudada<span class="pagenum"
-id="Page_28">p. 28</span> de todas sus vestiduras, hasta la camisa,
-y sueltos los cabellos, que parecía la diosa Venus cuando sale de la
-mar, blanca y hermosa, poniéndose la mano delante de sus vergüenzas. Y
-acostándose en par de mí, dijo:</p>
-
-<p>—Ahora haz de mí lo que quisieres, que yo no entiendo ser vencida ni
-te he de volver las espaldas.</p>
-
-<p>Así que pasamos la noche recreando el cuerpo con el beber, y de esta
-manera entretuvimos algunas otras, aguardando lo que la fortuna quería
-hacer de mí.</p>
-
-
-<h3 id="Ch2_3">III.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo Birrena convidó a su sobrino Lucio Apuleyo, y de un
-cuento muy gracioso que uno contó.</p>
-
-<p>Pasados algunos días en que me recreaba con mi Andria, mi tía me
-rogó que fuese una noche a cenar con ella, lo cual yo le concedí, más
-por su ruego que por voluntad que tenía, por no apartarme de mi Andria,
-a la cual primero pedí licencia, y ella me la dio diciendo que volviese
-temprano del convite, porque de noche andaban por las calles bandas de
-ladrones que cruelmente mataban a cualquier hombre; yo le prometí de
-volver lo más presto que pudiese, y dije que conmigo llevaba mi espada
-para guardarme y defenderme.</p>
-
-<p>Con esto me despedí de ella y fui a la cena, donde hallé otros
-muchos convidados, que como mi tía era<span class="pagenum"
-id="Page_29">p. 29</span> principal de la ciudad, así era el convite
-bien acompañado y suntuoso.</p>
-
-<p>Allí había mesas ricas de cedro y marfil, cubiertas con paños de
-brocado; muchas copas y tazas de diversas maneras, y todas de muy gran
-precio; las unas eran de vidrio artificialmente labrado; otras de
-cristal pintado; otras de plata y oro resplandeciente, adornadas de
-piedras preciosas, que ponían gana de beber; finalmente, que todo el
-suntuoso aparejo que puede ser, allí lo había. Los pajes y servidores
-de la mesa eran muchos y bien ataviados; los manjares, en abundancia y
-muy bien guisados; los vinos, añejos, muy finos y de muchas maneras.</p>
-
-<p>En comenzando a cenar, comenzaron a hablar los convidados, riéndose
-y burlando.</p>
-
-<p>Mi tía dijo entonces:</p>
-
-<p>—¿Cómo te va en esta nuestra tierra, que cierto es la principal del
-mundo en edificios, y de mucha mercadería, seguridad y franqueza para
-todos los extranjeros?</p>
-
-<p>A esto yo respondí:</p>
-
-<p>—Por cierto, señora, así me parece; mas he miedo de las tinieblas
-y maldades del arte mágica, que me dicen que es aquí muy usado, y que
-aun los muertos no están seguros en sus sepulturas, porque de allí los
-sacan y toman ciertas partes de sus cuerpos y cortaduras para hacer mal
-a los vivos, y que las viejas hechiceras, en el punto que alguno muere,
-en tanto que le aparejan las exequias, con gran cuidado procuran de
-tomarle alguna cosa de su cuerpo.</p>
-
-<p>Diciendo yo esto, respondió uno que allí estaba:</p>
-
-<p>—Antes digo que aquí tampoco perdonan a los vivos, y aún no sé quién
-padeció lo semejante, que tiene la cara cortada disforme y fea de toda
-parte.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span>Como aquel dijo estas
-palabras, comenzaron todos a dar grandes risas, volviendo las caras y
-mirando a uno que estaba sentado al canto de la mesa, el cual, confuso
-y turbado de la burla que los otros hacían de él, comenzó a reñir entre
-sí, y como se quiso levantar para irse, Birrena le dijo:</p>
-
-<p>—Antes te ruego, mi Telefrón, que no te vayas; siéntate un poco, y
-por cortesía que nos cuentes aquella historia que te aconteció, porque
-mi hijo Lucio goce de oír tu graciosa fábula.</p>
-
-<p>Él respondió:</p>
-
-<p>—Señora, tú me ruegas como noble y virtuosa, pero no es de sufrir la
-soberbia y necedad en algunos hombres.</p>
-
-<p>De esta manera Telefrón enojado, Birrena con mucha instancia le
-rogaba y juraba por su vida que, aunque fuese contra su voluntad, se lo
-recontase y dijese; así que él hizo lo que ella mandaba, y dijo de esta
-manera:</p>
-
-<p>—Siendo yo huérfano de padre y de madre, partí de Mileto para ir a
-ver una fiesta Olimpia, y oyendo decir la gran fama de esta provincia,
-deseaba mucho verla. Así que, andando toda Tesalia, llegué a la ciudad
-de Larisa con mal agüero de aves negras. Y andando mirando por todas
-partes las cosas de allí, ya que se me enflaquecía la bolsa, comencé a
-buscar el remedio para mi pobreza, y andando así, veo en medio de la
-plaza un viejo que a voces altas decía:</p>
-
-<p>—Si alguno quisiere guardar un muerto, avéngase conmigo en el
-precio.</p>
-
-<p>Yo pregunté a uno de los que pasaban:</p>
-
-<p>—¿Qué cosa es esta? ¿Suelen aquí guardar los muertos?</p>
-
-<p>Respondiome aquel:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span>—Calla, hermano,
-que bien pareces extranjero, y por eso no sabes que estás en medio de
-Tesalia, donde las mujeres hechiceras les cortan narices y orejas,
-porque con esto hacen sus artes y encantamentos.</p>
-
-<p>Yo entonces le dije:</p>
-
-<p>—Dime, por tu vida, ¿y qué guarda es esta de los difuntos?</p>
-
-<p>Él me respondió:</p>
-
-<p>—Primeramente toda la noche ha de velar muy bien abiertos los ojos
-y siempre puestos en el cuerpo del difunto, sin jamás mirar en otra
-parte, ni solamente volverlos de él, porque estas malas mujeres,
-convertidas en cualquier animal que quieran, en volviendo la cara,
-luego se meten y esconden, una vez hechas aves, otra vez perros y
-ratones y también moscas. Y como están dentro, con sus malditos
-encantamentos oprimen y echan sueño a los que guardan; de manera que no
-hay quien pueda contar cuántas maldades estas malas mujeres hacen por
-su mal vicio; y por este tan grande trabajo no dan de salario más de
-cuatro ducados de oro, poco más o menos. Lo principal se me olvidaba
-por decirte: que si el guardador del muerto no lo restituye entero
-a la mañana, como se lo entregaron, todo lo que hallaren cortado y
-disminuido del muerto, han de cortar en su misma carne del vivo para
-rehacer al muerto lo que falta.</p>
-
-<p>Oyendo esto, esforceme lo mejor que pude, y llegándome al que
-pregonaba, le dije:</p>
-
-<p>—Deja de pregonar, que aquí está quien guardará al muerto. Dime,
-¿qué salario me han de dar?</p>
-
-<p>Él dijo:</p>
-
-<p>—Darte han mil maravedís; pero, mira, mancebo, que este cuerpo es
-de un hombre principal de esta ciudad; por tanto, vélate bien por
-guardarlo de estas malas arpías.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>Yo le dije
-entonces:</p>
-
-<p>—¿Para qué me dices esto? ¿No ves que soy hombre de hierro, que
-nunca entró sueño en mí? Cierto, más veo que un lince; estoy más lleno
-de ojos que Argos.</p>
-
-<p>No había dicho esto, cuando me llevó a una casa, la cual tenía
-cerradas las ventanas; metiome dentro por un pequeño postigo, y llevome
-a una cámara sin lumbre, donde estaba una dueña vestida de luto, y
-llegando a ella la dijo:</p>
-
-<p>—Este es el hombre que ha de guardar a tu marido.</p>
-
-<p>Ella me dijo:</p>
-
-<p>—Mira bien, hermano, que guardes con vigilancia lo que tomas a
-cargo.</p>
-
-<p>Yo la respondí:</p>
-
-<p>—Señora, déjate de eso, y mándame dar de cenar.</p>
-
-<p>Lo cual a ella le plugo, y metiome después en un aposento, donde
-estaba el difunto cubierto de sábanas blancas, y trajo allí siete
-testigos. Luego, levantando la sábana, descubrió el muerto llorando y
-enseñome todas las partes de su cuerpo, diciendo que fuesen de ello
-testigos, lo cual un escribano asentaba en su registro.</p>
-
-<p>Ella decía:</p>
-
-<p>—¿Ves aquí la nariz entera, los ojos sin lesión, las orejas sanas,
-los labios sin faltarle cosa y la barba maciza? Vosotros buenos
-testigos sois de todo.</p>
-
-<p>Diciendo esto, me mandó proveer de un candil con aceite y un jarro
-de vino para acompañarme con pan y queso.</p>
-
-<p>En fin, se fueron todos, y yo quedé solo y con harta tristeza; pero
-esforzándome lo más que pude, refregaba mis ojos, y a ratos cantaba,
-paseaba y hablaba en muchas cosas por no caer en sueño, por la pena que
-tenía si no lo guardaba bien.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span>Siendo ya gran parte
-de la noche, a mí me vino un miedo grande; en esto entró una comadreja,
-y púsoseme a mirar a la cara muy fuertemente. Yo, viendo un tan pequeño
-animal que me miraba con ahinco, indigneme contra él, y díjele:</p>
-
-<p>—Oh bestia sucia y mala, ¿por qué no te vas de aquí, y te encierras
-con los ratoncillos tus iguales, antes que experimentes el daño que te
-puedo hacer?</p>
-
-<p>En esto la comadreja se fue. Y no tardó mucho que me vino un sueño
-tan profundo, como que me echaban en el centro de los abismos; de
-tal manera que el dios Apolo no pudiera fácilmente discernir cuál de
-ambos los que estábamos en el aposento fuese más muerto. Estando así
-desarmado, y quien había menester otro que me guardase, casi que no
-estaba allí donde estaba. En fin, cantando el gallo, yo desperté con
-grande sobresalto y temor, y tomando el candil en la mano, fui a mirar
-con gran prisa el muerto, y con gran diligencia le caté todo el cuerpo,
-y hallé que todo estaba sano y entero.</p>
-
-<p>En esto vino la mañana, y he aquí do entra la mujer llorando, y
-mostrando mucha pena entraron con ella los siete testigos que la noche
-antes había traído. Y echándose sobre el cuerpo, lo besaba muchas
-veces; y mirándolo todo y reconociéndolo, halló que estaba entero y
-sano. Entonces llamó a un su mayordomo que me pagase por la buena
-guarda que había hecho; luego me pagaron, y la dueña me dijo:</p>
-
-<p>—Mira, mancebo, todo lo que te fuere menester de esta casa, mientras
-aquí estuvieres, pídelo; que por este buen servicio que me has hecho,
-se hará por ti.</p>
-
-<p>Yo, como no esperaba tal ganancia, lleno de placer tomé mis
-ducados resplandecientes, y como pasmado los<span class="pagenum"
-id="Page_34">p. 34</span> pasé de una mano a otra. Y dando las gracias
-a la señora de mi buena paga, me fui hacia la plaza, y entreme a
-comer en un bodegón; después me salí a pasear a la misma plaza, donde
-estaba pensando en la miseria de este mezquino y trabajoso mundo, y la
-ceguedad de las malas mujeres, que con sus encantamentos y hechizos
-quieren buscar deleites y torpezas para cumplir sus depravados y
-malos apetitos, no pensando que el soberbio Plutón las ha de castigar
-cruelmente.</p>
-
-<p>Estando en esto, he aquí do asomó el cuerpo del difunto, llorado
-y plañido, el cual pasaba por la plaza con gran pompa, acompañado de
-mucha gente hasta su sepultura. Como allí llegaron, vino un viejo con
-mucha ansia llorando y mesándose sus canas honradas, y con ambas manos
-trabó de la tumba donde iba el muerto, diciendo:</p>
-
-<p>—Por la fe que mantenéis, oh ciudadanos, y por la piedad de la
-República, que socorráis al triste muerto, y castiguéis con graveza
-la gran traición y maldad que esta nefanda y mala mujer hizo; porque
-esta mató con hierbas ponzoñosas a este malogrado hombre, hijo de mi
-hermana, por complacer a su enamorado y comerle su hacienda.</p>
-
-<p>De tal manera decía y se quejaba el buen viejo, que oyendo aquellas
-palabras el pueblo, se indignó contra la mujer; unos dicen que traigan
-leña y que luego la quemen, y otros que apedreada muera.</p>
-
-<p>Ella, con palabras bien compuestas y antes pensadas, se excusaba
-jurando por los dioses.</p>
-
-<p>El viejo dijo entonces:</p>
-
-<p>—Pues que así es, pongamos la cosa en las manos de la divina
-Providencia, que lo descubra. Y para esto aquí está presente Zacles,
-egipcio, sacerdote de Plutón y de<span class="pagenum" id="Page_35">p.
-35</span> Proserpina, el cual hace venir los muertos del infierno a dar
-sus razones a lo que les preguntan.</p>
-
-<p>Como el viejo dijese esto, todo el pueblo fue contento; y llamando
-allí al sacerdote, le rogó ahincadamente que le diese remedio para
-descubrirse tan gran maldad.</p>
-
-<p>El viejo se llegó al cuerpo muerto, y tomando una cierta hierba que
-consigo traía, se la puso en tres partes, en la boca, y en el pecho,
-y en la mano izquierda, y vuelto hacia el poniente del sol, comenzó a
-rezar entre sí mansamente.</p>
-
-<p>Todo el pueblo estaba mirando tan grande milagro como allí se quería
-hacer. Yo, que deseaba mucho saber lo que pasaba acerca de mi muerto,
-llegueme cuanto pude a la tumba y aun hallé una piedra en que puse los
-pies, de manera que yo lo veía muy bien todo.</p>
-
-<p>Comenzó el muerto a vivir poco a poco, hasta que se levantó, y
-empezó a hablar, diciendo:</p>
-
-<p>—¿Por qué me haces tornar a este mundo, después de haber venido del
-río Leteo, y haber pasado por el lago Estigio? Déjame, déjame estar en
-mi reposo.</p>
-
-<p>Como esto dijo el ánima del muerto, el sacerdote le dijo:</p>
-
-<p>—¿Por qué no manifiestas al pueblo y declaras la causa de tu
-muerte? ¿No sabes tú que con mis encantamentos puedo llamar las furias
-infernales, que te atormenten los miembros?</p>
-
-<p>Entonces el difunto se levantó en el lecho donde iba, y de allí
-empezó a hablar al pueblo de esta manera:</p>
-
-<p>—Yo fui muerto por astucia y engaños de mi mujer, por complacer un
-adúltero que ensuciaba mi lecho.</p>
-
-<p>Entonces la mujer le respondió con grande ánimo, y altercaba con el
-marido resistiendo a sus argumentos.</p>
-
-<p>El pueblo, cuando esto oyó, alterose en diversas opiniones,<span
-class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> unos decían que aquella
-pésima mujer la debían enterrar viva juntamente con el marido, y
-otros que no se había de dar crédito al cuerpo muerto. Pero estas
-alteraciones atajó el cuerpo del difunto, el cual, dando un gran
-gemido, dijo:</p>
-
-<p>—Yo os daré muy clara señal de mi entera verdad, y manifestaré lo
-que no sabe otro ninguno.</p>
-
-<p>Entonces, demostrándome con el dedo, prosiguió diciendo:</p>
-
-<p>—Sabed que este muy sagaz y astuto guardador de mi cuerpo, que me
-velaba muy bien y con diligencia, las hechiceras que deseaban cortarme
-las narices y orejas, no pudiendo engañar su industria y buena guarda,
-le echaron un gran sueño, y estando él como muerto comenzaron a llamar
-mi nombre, y como mi cuerpo estaba finado, no pudo tan presto responder
-al servicio de la arte mágica; pero él, como estaba vivo, aunque
-sepultado en el sueño, y se llamaba como yo, levantose a su llamada
-sin saber quién lo llamaba, de manera que él, de su propia voluntad,
-andando como ánima de muerto por la casa, aunque las puertas estaban
-cerradas, por un agujero le cortaron las narices y las orejas, en fin,
-que recibió en sí la carnicería que se había de hacer en mí. Y porque
-el engaño no pareciese, pegáronle allí, con mucha sutileza, de cera,
-formada a manera de orejas, y la nariz semejante a la suya: y ahora
-está aquí el mezquino gozoso por la buena paga que le hicieron, no por
-su guarda y vigilancia, mas por la pérdida y lesión de sus narices y
-orejas.</p>
-
-<p>Como esto dijo el muerto, yo, espantado luego, me eché mano a las
-narices y trájelas en la mano; trabé de las orejas y cayéronseme.
-Cuando esto vieron los que estaban alderredor, comenzaron todos a
-mirarme haciendo<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span> gestos
-con las cabezas. En tanto que ellos se reían, yo, bajando mi cabeza,
-como mejor pude me fui de allí, y desde entonces nunca más volví a mi
-tierra, por estar así lisiado. Así que con los cabellos largos encubro
-la falta de las orejas, y con este paño la fealdad de mis desventuradas
-narices.</p>
-
-<p>Cuando Telefrón acabó de contar su historia, los que estaban a la
-mesa, ya alegres del vino, comenzaron otra vez a dar grandes risas y a
-beber largamente.</p>
-
-<p>Mi tía me dijo:</p>
-
-<p>—Mañana se hace la fiesta del dios de la risa, la cual nosotros los
-de esta ciudad festejamos con mucho placer; esta fiesta será más alegre
-y placentera con tu vista, por tanto, querría que nos ayudases con
-alguna invención a ella.</p>
-
-<p>Yo le respondí:</p>
-
-<p>—Señora, mucho holgaría de ser parte para hacerle algún regocijo.</p>
-
-<p>Y con esto me despedí de mi tía y de los más convidados. En el medio
-de la plaza un aire grande apagó el hacha que llevaba mi criado, de
-manera que con la oscuridad, tropezando me fui a casa, y llegando
-junto a la puerta, vi tres hombres que hacían fuerza por entrar dentro,
-y aunque nos veían, ni por eso dejaban de encontrar la puerta.</p>
-
-<p>Yo que esto vi, eché mano a mi espada, y dando en ellos con buen
-corazón, los derroqué en el suelo uno a uno. Al ruido que yo hice bajó
-Andria y abriome la puerta; yo me entré de prisa por sentir gente que
-por la calle venía, y como estaba cansado y bien cenado, luego me eché
-a dormir sin curar de más nada.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">LIBRO III.</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p>
-
-<p class="hang">Luego que fue de día, la justicia con sus ministros
-fueron a la posada de Apuleyo, y como a hombre homicida lo llevaron
-ante los jueces. — Y cuenta del gran pueblo y gente que se juntó a
-verlo. — Y de cómo el promotor fiscal le acusó como a hombre matador,
-y cómo él defendía su parte por argumentos de grande orador, y cómo
-vino una vieja que parecía ser madre de aquellos muertos a los cuales
-descubrió Apuleyo por mandato de los jueces, y hallaron tres odres, de
-donde se levantó tan gran risa entre todos, que con esto fue celebrada
-la fiesta del dios de la risa. — Cómo Andria, su amiga, le descubrió la
-causa de los odres. — Y cómo le mostró a la mujer de Milón cuando se
-untaba para tornarse en ave, de lo cual le tomó gran deseo, y por yerro
-de la bujeta del ungüento, por tornarse ave se volvió en asno; en fin,
-cuenta cómo robaron a Milón, de donde hecho asno le llevaron cargado,
-con otras bestias, de las riquezas de Milón su huésped.</p>
-
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo Lucio Apuleyo fue preso y llevado al teatro
-público, adonde fue acusado de la muerte de tres hombres.</p>
-
-<p>Otro día de mañana yo desperté y comencé a pensar en lo que había
-hecho antenoche, y lloraba muy reciamente diciendo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span>—¿Qué juez puedo
-yo hallar que me haya de dar por inocente siendo homicida de tantos
-hombres? Esta es aquella prosperidad de mi camino que el sabio Diófanes
-me decía.</p>
-
-<p>Esto y otras cosas diciendo, lloraba mi ventura, cuando entraron los
-alcaldes y alguaciles en casa, pegaron en mí para llevarme por fuerza,
-a lo que yo no resistí.</p>
-
-<p>Y yendo yo preso, toda la ciudad me salió a mirar, y volviendo a
-un lado vi una gran maravilla, y fue que entre tanto pueblo como allí
-estaba, ninguno había que no rompiese las entrañas de risa. Finalmente,
-habiéndome llevado por todas las calles públicas, de la manera que
-purgan la ciudad cuando hay algunas malas señales o agüeros, que traen
-la víctima o animal que han de sacrificar por las calles y rincones
-de la ciudad. Después de haberme traído por los rincones de ella,
-pusiéronme delante de la silla de los jueces, que era un cadalso muy
-alto donde estaban sentados.</p>
-
-<p>Ya el pregonero de la ciudad pregonaba que todos callasen y tuviesen
-silencio, cuando todos a una voz dicen que por la muchedumbre de la
-gente que peligraba por la estrechura y apretamiento del lugar, que
-este juicio se fuese a juzgar al teatro. Y luego sin más tardanza, todo
-el pueblo fue corriendo al teatro, que en muy poco espacio fue lleno
-de gente, de manera que las entradas y tejados todo estaba lleno. Unos
-estaban abrazados con las columnas, otros colgados de las estatuas, y
-otros a las ventanas y azoteas medio asomados, tanto, que por la gana
-que tenían de ver se ponían a peligro de su salud. Entonces lleváronme
-por medio del teatro los ministros de la justicia como a un carnero que
-quieren sacrificar, y pusiéronme delante del asiento de los jueces.
-El pregonero, a grandes voces, comenzó a pregonar al acusador,<span
-class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span> y luego se levantó un viejo
-para acusarme, y para el término de la acusación pusiéronme allí un
-reloj de arena; en cuanto caía la arena por un sutil agujero, el viejo
-comenzó a hablar al pueblo de esta manera:</p>
-
-<p>—Ciudadanos nobles y honrados, no penséis que se tratan aquí cosas
-de poca sustancia; mayormente, que toca a la paz y bien común de toda
-la ciudad y al buen ejemplo; yo soy capitán de la guarda que se hace en
-la noche, y creo que ninguno habrá que culpe mi diligencia. Andando yo
-anoche casi a las once horas, con mucha diligencia cercando y rondando
-la ciudad de puerta en puerta, vi este crudelísimo hombre con una
-espada en la mano, matando cuantos podía, y tenía a sus pies muertos
-tres, que aún estaban expirando, llenos de sangre, y él, como me sintió
-y vio el mal que tenía hecho, metiose en una casa con mucha prisa, y
-como hacía oscuro, fácilmente se me pudo esconder, mas la providencia
-de los dioses, que no permiten que los malhechores queden sin castigo,
-quiso que esta mañana lo hallase y lo prendiese, y lo presentase ante
-la majestad de vuestro juicio; de manera que aquí tenéis este culpado
-de tantas muertes, que fue tomado en el delito y es extranjero. Así
-que, con mucha constancia y severidad, pronunciad la sentencia contra
-este hombre extraño que mató a tres de vuestros ciudadanos.</p>
-
-<p>De esta manera hablando aquel recio acusador, en fin acabó su razón,
-y luego el pregonero me dijo si quería responder alguna cosa, a lo que
-aquel decía que comenzase; pero yo en aquel tiempo ninguna otra cosa
-podía, salvo llorar, y no tanto por oír aquella cruel acusación, como
-por ser yo matador. Con todo esto Dios me dio una poca de osadía, con
-que respondí de esta manera:</p>
-
-<p>—No ignoro yo, señores, cuán recia y ardua cosa sea,<span
-class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> estando muertos tres
-ciudadanos, aquel que es acusado de su muerte (aunque diga verdad
-confesando el delito), cómo podrá persuadir a tanta muchedumbre de
-pueblo ser inocente y sin culpa; mas si vuestra humanidad me quiere
-dar un poco de audiencia pública, fácilmente os mostraré que este
-peligro en que ahora estoy puesto, no por mi culpa y merecimiento,
-mas por caso fortuito, con mucha razón que tuve, lo padezco. Porque
-viniendo anoche un poco tarde de cenar y habiendo bebido, y muy bien,
-lo cual como crimen verdadero no dejaré de confesar, llegando ante
-las puertas de mi posada, que es en casa de Milón, vuestro ciudadano,
-vi unos crudelísimos ladrones que tentaban de entrar en su casa y
-procuraban arrancar las puertas de sus quicios, determinados ya de
-matar a los que hallaran dentro de ella, de los cuales ladrones, el
-principal de ellos, así en cuerpo como en fuerzas, incitaba a los otros
-con estas palabras: «Ea, mancebos, con esfuerzo salteemos a estos que
-duermen; apartad toda pereza de vosotros; con las espadas en las manos
-andemos matando por toda la casa al que halláremos durmiendo, y así,
-matando a todos, nos iremos en salvo si ninguno dejamos vivo en casa.»
-Yo, señores, confieso que pensando hacer oficio de buen ciudadano,
-y también temiendo no robasen a mis huéspedes y a mí, eché mano a
-mi espada, que para semejantes peligros conmigo traía, y arremetí a
-ellos por hacerlos huir. Ellos, como hombres bárbaros y crueles, no
-quisieron, antes aunque me vieron con la espada en la mano, pusiéronse
-a resistirme con grande pertinacia; el capitán de ellos arremetió
-conmigo con mucha valentía, y con ambas manos me trabó de los cabellos,
-y volviéndome atrás la cabeza, quería darme con una piedra, y en tanto
-que la pedía dile una estocada que luego cayó muerto; a otro que me
-mordía<span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span> los pies le di
-por las espaldas; al tercero, que sin discreción vino contra mí, le di
-por los pechos, y así los despaché a todos tres. En esta manera hice
-paz, aseguré la casa de mi huésped y defendí las vidas a todos, y no
-pensaba que por esto me darían pena, antes me galardonarían, porque
-hasta hoy no se hallara que en cosa alguna yo haya hecho ni cometido
-crimen, antes siempre fui tenido en honra, y en mi tierra siempre la
-virtud antepuse a todos otros provechos y utilidades, ni puedo hallar
-qué razón haya para acusarme de tan justa venganza como fue la que
-hice contra unos ladrones tan malignos, mayormente, que no se podría
-mostrar que yo tuviese enemistad con ellos antes de ahora, ni que yo
-los conociese ni hubiese visto.</p>
-
-<p>Habiendo hablado de esta manera, con las manos alzadas y los ojos
-llenos de lágrimas, a todos pedía la debida misericordia.</p>
-
-<p>Y como creyese que ya todos estaban conmovidos, habiendo mancillado
-mis lágrimas, alcé un poco la cabeza, y veo que todo el pueblo
-quería reventar de risa, y también mi huésped Milón, que se deshacía
-riendo.</p>
-
-<p>Cuando yo esto vi, dije entre mí: «¡Mirad qué fe y qué proximidad;
-yo, por la defensa de mi huésped, soy acusado de homicidio, y él, en
-pago de esto, está riéndose de mí!»</p>
-
-
-<h3 title="II." id="Ch3_2" ><span class="pagenum" id="Page_43">p.
-43</span>II.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo estando Apuleyo para recibir sentencia, llega al
-teatro una vieja que de nuevo lo acusó, y el donoso cuento en que esto
-paró.</p>
-
-<p>Haciendo todos, como dije, grandes fiestas, con mucha risa, he
-aquí do viene al teatro una mujer llorando, cubierta de luto, y con
-un niño en los brazos; tras ella venía una vieja llorando como la
-otra; las cuales, poniéndose alderredor del lecho donde los muertos
-estaban cubiertos con una sábana, alzaron grandes gritos, y llorando
-amargamente, decían:</p>
-
-<p>—¡Oh señores, por la misericordia que debéis a todos y por el bien
-común de esta ciudad, tened piedad de estos tres mancebos muertos y de
-nuestra ciudad y soledad, y para nuestra consolación, dadnos venganza
-sacrificando por la paz y sosiego de esta República la sangre de este
-ladrón, según vuestras leyes y derechos!</p>
-
-<p>Levantose uno de los jueces más antiguos, y comenzó a hablar al
-pueblo de esta manera:</p>
-
-<p>—Sobre tan grave crimen como este resta hacer una diligencia, y es
-que sepamos quiénes fueron los compañeros de tan gran hazaña, porque
-no es cosa de creer que un hombre solo matase a tres tan valientes
-mancebos. Por tanto, mi parecer es que la verdad se sepa por cuestión
-de tormento, porque quien le acompañaba, huyó.</p>
-
-<p>Diciendo esto el juez, no tardó mucho que, a la manera de Grecia,
-luego trajeron allí un carro de fuego y todos los otros artificios del
-tormento. Acrecentóseme<span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>
-con esto la tristeza, porque a lo menos no me dejaban morir entero sin
-despedazarme con tormentos; pero aquella vieja que con lloros y plantos
-lo turbaba todo, dijo:</p>
-
-<p>—Señores, antes que pongáis en la horca a este ladrón, matador de
-mis tristes hijos, permitid que sean descubiertos sus cuerpos muertos,
-que aquí están, porque vista su edad y disposición, más justamente os
-indignéis a vengar este delito.</p>
-
-<p>A esto que la vieja dijo, concedieron, y luego uno de los jueces
-me mandó que con mi mano descubriese los muertos que estaban en el
-lecho.</p>
-
-<p>Excusándome yo que no lo quería hacer, porque parecía que con
-la nueva demostración renovaba el delito pasado, los ministros me
-compelieron que por fuerza y contra mi voluntad lo hubiese de hacer;
-finalmente, que yo, constreñido de necesidad, obedecí su mandado, y
-aunque contra mi voluntad, arrebatada la sábana, descubrí los cuerpos
-muertos.</p>
-
-<p>¡Oh buenos dioses, qué cosa vi, qué monstruo y cosa nueva, porque
-los cuerpos de aquellos tres hombres eran tres odres hinchados, y
-acordándome de la pendencia de anteanoche, estaban abiertos y heridos
-por las partes que yo había dado a los ladrones!</p>
-
-<p>Entonces, de industria de algunos, detuvieron un poco la risa, y
-luego comenzó el pueblo a reír tanto, que unos con la gran alegría
-daban voces, otros se ponían las manos en las barrigas, que les dolían
-de risa, y todos, llenos de placer y alegría, mirándome muchas veces,
-se partieron del teatro.</p>
-
-<p>Yo, luego que alcé la sábana y vi los odres, quedé ni más ni menos
-como una piedra, estatua o columna de las que estaban en el teatro,
-y no volví en mí hasta que<span class="pagenum" id="Page_45">p.
-45</span> mi huésped Milón llegó y tiró de mí para llevarme, y
-renovadas otra vez las lágrimas y sollozando muchas veces, me llevó
-consigo, aunque no quise, por unas callejas malas y sin gente, y por
-unos rodeos fuimos a casa, consolándome con muchas palabras; y estando
-así con mucha tristeza, llegaron allí los senadores y jueces, y
-comienzan a hablarme de esta manera:</p>
-
-<p>—No ignoramos, Lucio, tu dignidad y el noble linaje de donde vienes;
-esto porque ahora te quejas, no lo recibiste por injuria, porque esta
-fiesta celebramos cada año al gratísimo dios de la risa con alguna
-novedad; por tanto, aparta de tu corazón toda tristeza y fatiga, y este
-pueblo te agradece mucho el placer que le has dado, y desde ahora te
-asentarán en sus libros para tener memoria de ti.</p>
-
-<p>A esto que me decían yo no pude responder, porque aún me parecía
-que esperaba la sentencia, y como mejor pude les di las gracias de su
-visitación, y al fin se partieron de mí.</p>
-
-
-<h3 id="Ch3_3">III.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo Andria descubrió a Lucio Apuleyo que su ama
-Pánfila fue causa del&nbsp;ser afrentado en la fiesta de la risa.</p>
-
-<p>De esta manera estaba con harta pasión afrentado y con dolor de
-cabeza, por las muchas lágrimas que había derramado. Mi huésped Milón
-me convidaba a cenar, mas yo me excusé, porque no estaba para ello; y
-así me fui a acostar con harta tristeza, pensando en todas las cosas
-que aquel día habían pasado.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span>Estando así
-pensativo, llegó mi amiga Andria, la cual venía más desemejada que
-antes era, la cara no alegre, ni con habla graciosa; mas con mucha pena
-empezó a decir:</p>
-
-<p>—Yo soy culpada en tu afrenta y enojo; lo que a causa de otro a mí
-me mandaron que hiciese, por mi desdichada y mala suerte se tornó y
-cayó en tu injuria.</p>
-
-<p>Entonces yo le rogué me dijese en qué manera aquel su yerro se
-convirtió en mi daño.</p>
-
-<p>Ella me respondió:</p>
-
-<p>—Señor, ruégote que esperes, cerraré la puerta de la cámara, porque
-no haya algún escándalo de lo que aquí hablaremos.</p>
-
-<p>Diciendo esto, echó la aldaba a la puerta, y tornada a mí, con voz
-muy baja me dijo:</p>
-
-<p>—Gran temor tengo de descubrirte los secretos de esta casa y cosas
-ocultas de mi señora; pero confiada de tu discreción y saber, me atrevo
-a decirte cosas que a persona del mundo no dijera. Ya sabrás todo el
-estado de nuestra casa, y también los secretos maravillosos que mi
-señora sabe, por los cuales la obedecen los muertos, las estrellas se
-turban, los dioses son apremiados, los elementos la sirven, y en cosa
-alguna no usa tanto de este arte, como cuando ve algún gentilhombre
-que le agrada, lo cual le suele acontecer a menudo, que aun ahora
-está muerta de amores por un mancebo hermoso y de buena disposición,
-contra el cual apareja todas sus artes, manos y artillería. Yo le
-oí decir ayer a vísperas, amenazando el sol, que si presto no se
-pusiese, y diese lugar que la noche viniese para hacer las artes de
-sus hechicerías, que lo haría cubrir de una niebla oscura que en diez
-días no alumbrase. Este mancebo que digo, viniendo ella el otro día
-del baño, viole estar en casa de<span class="pagenum" id="Page_47">p.
-47</span> un barbero que lo afeitaban, y como ella lo viese, mandome
-a mí que secretamente tomase de los cabellos que le habían cortado,
-que estaban en el suelo caídos; los cuales, como yo comencé a coger a
-hurto, el barbero me vio, y como nosotras somos conocidas e infamadas
-de hechiceras, arrebatome de las manos los cabellos y aun me quisiera
-dar unas pocas de bofetadas si yo no me desviara. Conociendo yo las
-costumbres de mi señora, que cuando no le llevaba lo que quería se
-enojaba mucho conmigo, y aun me daba de palos, yendo así triste,
-pensando qué haría, acaso veo estar un odrero trasquilando tres cueros
-de cabrón; los cuales, como yo los viese estar colgados, tiesos e
-hinchados, tomé algunos de los pelos que estaban por el suelo, y como
-eran rojos, parecían a los cabellos de aquel Beocio gentilhombre de
-quien mi ama estaba enamorada, a la cual se los di, encubriéndole la
-verdad. Mi señora Pánfila, en el principio de la noche, antes que
-volvieses de cenar, con la pena y ansia que tenía en el corazón,
-subiose a un aposento alto, adonde ella tiene sus hechicerías. Y ante
-todas cosas, según su costumbre, aparejó sus instrumentos mortíferos,
-conviene a saber: todo género de especias odoríferas, láminas de cobre
-con ciertos caracteres que no se pueden leer, clavos y tablas de navíos
-que se perdieron en la mar y fueron llorados. Asimismo tenía allí
-delante de sí muchos miembros y pedazos de cuerpos muertos, así como
-narices, dedos y clavos de los pies de hombres ahorcados. También tenía
-sangre de muertos a hierro, huesos de cabeza y quijadas sin dientes
-de bestias fieras. Entonces abrió un corazón, y vistas las venas y
-fibras cómo bullían, comenzó a rociarlo con diversos licores, con
-agua de fuente, ahora con leche de vacas, ahora con miel silvestre;
-añadió mulsa, que es hecha de<span class="pagenum" id="Page_48">p.
-48</span> muchos materiales. De esta manera, aquellos pelos retorcidos
-y con muchos olores perfumados, puso en medio las brasas para quemar.
-Entonces con la fuerza de la nigromancia y hechizos, apremiados por
-los espíritus aquellos cuerpos, cuyos pelos están en el fuego, vienen
-muy recios en aquella parte do son llamados; esto hicieron los odres,
-y vinieron a la puerta porfiando de entrar. Y tú, engañado con la
-oscuridad de la noche, y con el vino que habías bebido, con gran
-osadía, como aquel Áyax griego, no matando ovejas, cuando mató a
-muchos, pero muy más esforzadamente mataste tres odres hinchados. De
-manera que vencidos los enemigos sin sangre, te abrazaré no como a
-matahombres, mas como a mataodres.</p>
-
-<p>Siendo yo de esta suerte burlado y escarnecido de mi Andria, le
-dije:</p>
-
-<p>—Pues que así es, yo podré muy bien contar esta primera historia,
-comparándola a los doce trabajos de Hércules, que como él mató a
-Cerión, que era de tres cuerpos, o al Cancerbero del infierno, que era
-de tres cabezas, así yo maté otros tantos odres. Pero por el amor que
-te tengo, te ruego me enseñes a tu señora cuando hace alguna cosa del
-arte mágica, o cuando se muda en otra forma.</p>
-
-<p>Andria me respondió:</p>
-
-<p>—Mucho deseo, mi Lucio, en todo hacer tu voluntad, pero mi señora
-siempre se aparta a solas a hacer sus hechizos; mas por tu amor, yo
-buscaré tiempo y parte en que la puedas ver, con condición que, como te
-dije al principio, tengas silencio en todo lo que vieres.</p>
-
-<p>En esta manera, hablando y burlando, nos dormimos, y así pasamos la
-noche, olvidando los enojos del dios de la risa.</p>
-
-
-<h3 title="IV." id="Ch3_4" ><span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span>IV.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo Andria mostró a Lucio Apuleyo a su ama Pánfila
-cuando se untaba para convertirse en búho, y él, queriéndose untar
-por experimentar el arte, fue, por yerro de la bujeta del ungüento,
-convertido en asno.</p>
-
-<p>De esta manera, pasadas algunas noches de placer, un día vino a mí
-corriendo Andria, medrosa y alterada, y díjome que, viendo su señora
-cómo con todas las otras artes que hacía no le aprovechaban para sus
-amores, deliberaba aquella noche tornarse en un ave con plumas, y así
-volar a su amigo deseado, por ende que yo me aparejase cautamente para
-ver cosa tan grande y maravillosa. Así que a la prima de la noche
-tomome de la mano, y con pasos muy sutiles, y sin algún ruido, llevome
-a la cámara alta, donde la señora estaba, y mostrome una hendidura de
-la puerta por donde viese lo que hacía. Lo cual Pánfila hizo de esta
-manera: Primeramente ella se desnudó, y, abierta una arquilla pequeña,
-sacó muchas bujetas, de las cuales, tirando la tapadera a una, sacó de
-ella un ungüento, con que se untó desde las puntas de los pies hasta la
-cabeza, y diciendo entre sí ciertas palabras, comenzose a sacudir todos
-sus miembros, de los cuales salieron poco a poco plumas; luego le salen
-las alas y el pico, y las uñas se encorvaron: en fin, que se tornó
-perfecto búho, y&nbsp;luego empezó a cantar aquel triste canto que ellos
-cantan, y después se salió volando por la ventana fuera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span>Yo, que mirando
-estaba esto, quedé como hombre loco, y pensaba entre mí si estaba
-durmiendo o si estaba encantado, y porque tan gran hazaña me espantó
-mucho.</p>
-
-<p>Tornando en mi seso, viendo lo presente cómo había pasado, rogué a
-mi Andria que me untase con aquel ungüento para tornarme en búho o en
-otra cualquier ave.</p>
-
-<p>Ella dijo:</p>
-
-<p>—¿Para qué me pides eso? ¿Quieres que yo misma encienda el fuego en
-que me queme? Veamos: tú hecho ave, ¿a dónde te iré a buscar, o cuándo
-te veré?</p>
-
-<p>Yo le respondí:</p>
-
-<p>—Los dioses me guarden de hacer contra ti cosa que te dé enojo.
-¿Cómo, y aunque volase y subiese tan alto como el águila, no volvería
-muchas veces a mi nido? Yo te juro por este trenzado de tus cabellos,
-con el cual ataste mi corazón, que a persona del mundo no quiero más
-que a ti: por tanto, no receles de tornarme en ave, porque yo sabré muy
-bien tornar a ti. Mas te quiero preguntar si después de tornado en ave
-he de volver a ser Lucio como de antes.</p>
-
-<p>Ella respondió:</p>
-
-<p>—De eso no tengas temor, porque mi señora me enseñó todo lo que es
-menester para los que toman estas figuras poder tornar a su natural y
-forma primera; y esto no pienses que me lo mostró por quererme bien,
-sino porque cuando ella tornase, le pudiese dar medicina con que
-vuelva a su primera forma. Y mira con cuán poca cosa y cuán liviana se
-remedia tan gran cosa, con un poco de eneldo y hojas de laurel echado
-en agua de fuente, y con esto lavarla y darle a beber un poco, luego se
-convierte en su propia forma.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span>Estas y otras cosas
-me decía Andria, por lo cual me daba cada vez más gana de hacerme ave,
-por probar estos hechizos. Mas Andria decía que yo me perdería y que no
-sabría volver, y otras muchas cosas me ponía delante. Yo le decía que
-sí volvería y que no recelase de hacerlo.</p>
-
-<p>Ella, con mucha prisa y temor, se metió en la cámara y sacó una de
-las bujetas. Así que prestamente yo me desnudé, y con mucha ansia metí
-la mano en la bujeta y tomé un buen pedazo de aquel ungüento, con el
-cual refregué todos los miembros de mi cuerpo.</p>
-
-<p>Ya que yo con buen esfuerzo sacudí los brazos, pensando tornarme en
-ave semejante que Pánfila se había tornado, no me nacieron plumas, ni
-los cuchillos de las alas, antes los de mi cuerpo se tornaron sedas, y
-mi piel delgada se tornó cuero duro, y los dedos de las partes extremas
-de pies y manos, perdido el número, se juntaron y tornaron en sendas
-uñas, y del fin de mi espinazo salió una grande cola; pues la cara muy
-grande, el hocico largo, las narices abiertas, los labios colgando, y
-las orejas alzábanseme con unos ásperos pelos, y en todo este mal veía
-que también me crecía mi natura. Así que estando considerando tanto
-mal como tenía, vídeme tornado, no en ave, mas en asno. Y queriéndome
-quejar de lo que Andria había hecho, ya no podía, porque estaba privado
-de gesto y voz de hombre; y lo que solamente pude era que, caídos los
-bezos, los ojos hundidos, mirando un poco de través a ella, callando la
-acusaba y me quejaba, la cual, como así me vido, abofeteando su cara, y
-arañándose, lloraba diciendo:</p>
-
-<p>—Mezquina de mí que soy muerta: el miedo y priesa que tenía me hizo
-errar, y la semejanza de las bujetas me engañó; pero bien está, que
-fácilmente habremos el remedio<span class="pagenum" id="Page_52">p.
-52</span> para reformarte como antes. Porque solamente mascando unas
-pocas de rosas te desnudarás de asno y luego te tornarás mi Lucio.
-Pluguiera a Dios que, como otras veces yo he hecho, esta tarde hubiera
-aparejado guirnaldas de rosas, porque solamente no estuvieras en esa
-pena espacio de una noche; pero luego en la mañana te será dado el
-remedio prestamente.</p>
-
-<p>En esta manera ella lloraba: yo, como quiera que estaba hecho
-perfecto asno, y por Lucio era bestia; pero todavía retuve el sentido
-de hombre. Finalmente, yo estaba en gran pensamiento y deliberación, si
-mataría a coces y bocados aquella maligna y falsa hembra; pero de este
-pensamiento temerario me aparté, porque si matara a Andria, por ventura
-también matara y acabara el remedio de mi salud. Así que, bajada mi
-cabeza y murmurando entre mí, y disimulada esta temporal injuria,
-obedeciendo a mi dura y adversa fortuna, voyme al establo, donde estaba
-mi buen caballo que me había traído, donde asimismo hallé otro asno de
-mi huésped Milón, que estaba con él.</p>
-
-<p>Entonces yo pensaba entre mí si algún natural distinto y
-conocimiento tuviesen los brutos animales, que aquel mi caballo,
-revestido de alguna mancilla, me hospedara y diera el mejor lugar del
-establo; mas él y el otro asno juntaron las cabezas como que hacían
-conjuración contra mí para destruirme, temiendo que les comiese la
-cebada; apenas me vieron llegar al pesebre, cuando, abajadas las
-orejas, con mucha furia me siguen echando pernadas, de manera que me
-hicieron apartar de la cebada, que yo poco antes les había echado.
-En esta manera maltratado y desterrado, me aparté en un rincón del
-establo.</p>
-
-
-<h3 title="V." id="Ch3_5" ><span class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span>V.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo estando Lucio Apuleyo convertido en asno, vinieron
-súpitamente ladrones a robar la casa de Milón, y cargado el robo en el
-caballo y asno, cargaron también a él y se partieron para la posada de
-los ladrones, que era una cueva, y lo que más pasó.</p>
-
-<p>De esta manera estaba hecho asno, pensando en la soberbia de mis
-compañeros, y también las cosas que a la mañana había de hacer para
-volverme Lucio, y la venganza que había de tomar en mi caballo. Estando
-pensando esto miré a una columna, sobre la cual se sustentaban las
-vigas de la casa; y vi en ella estar una imagen de la diosa Hipona,
-la cual estaba adornada de rosas frescas. Finalmente, que conocido
-mi saludable remedio, lleno de esperanza me alcé cuanto pude con los
-pies delante todos, y levanteme esforzadamente, y tendido el pescuezo,
-alargando los bezos con cuanta fuerza yo podía, procuraba llegar a las
-rosas. Lo cual yo con mala dicha procuraba alzándome muchas veces;
-mas un mi criado que tenía cuidado de dar pienso al caballo, viéndome
-levantar, se vino a mí con grande enojo, y dijo:</p>
-
-<p>—¿Quién trajo aquí esta jaca castrada? De antes quería comer la
-cebada a los otros, y ahora quiere hacer enojo a la imagen de la diosa;
-por cierto que a este asno sacrílego yo le quiebre las piernas y lo
-amanse.</p>
-
-<p>Y luego, buscando un palo topó con un haz de leña que allí estaba,
-del cual sacó un valiente leño nudoso y más<span class="pagenum"
-id="Page_54">p. 54</span> grueso de cuantos allí había, y comenzó a
-sacudirme tantos palos, que no acabó hasta que sonó un gran ruido y
-golpes en las puertas de casa, y con temor de la vecindad, que daba
-voces: ¡Ladrones, ladrones! De esto él, espantado, huyó. Y sin más
-tardar, súpitamente abiertas las puertas, entró un montón de ladrones,
-los cuales, armados, cercaron la casa por todas partes, resistiendo a
-los que venían a socorrer de una parte y de otra; porque como ellos
-venían todos bien armados, con sus espadas y armas, y con hachas en
-las manos que alumbraban la noche, de manera que el fuego y las armas
-resplandecían como rayos del sol. Entonces llegaron a un almacén que
-estaba en medio de la casa, bien cerrado con fuertes candados, lleno
-de todas las riquezas de Milón, y con fuertes hachas quebraron las
-puertas, el cual abierto, sacaron de él todo cuanto allí había, y
-muy prestamente hechos líos de todo ello, repartiéronlos entre sí;
-pero la mucha carga excedía el número de las bestias que lo habían de
-llevar. Entonces ellos, puestos en necesidad por la abundancia de la
-gran riqueza, sacaron del establo a nosotros, ambos los asnos y a mi
-caballo, y cargáronnos con cuantas mayores cargas pudieron, y dejando
-la casa vacía y metida a sacomano, dándonos de palos nos llevaron,
-y para que les avisase de la pesquisa que se hacía de aquel delito,
-dejaron allí uno de sus compañeros; y dándonos mucha prisa y palos, nos
-llevaron fuera de camino por esos montes.</p>
-
-<p>Yo, con el gran peso de tantas cosas como llevaba, y con las cuestas
-de aquellas sierras, y el camino largo, casi no había diferencia
-de mí a un muerto. Yendo así vínome al pensamiento, como quiera que
-tarde, pero de veras, de llamar el ayuda y socorro de la justicia
-para que, invocando el nombre del emperador César, me pudiese<span
-class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span> librar de tanto trabajo.
-Finalmente, como ya fuese bien claro el día, pasando por una aldea
-bien llena de gente, porque había allí feria aquel día, entre aquellos
-griegos y gentes que allí andaban intenté invocar el nombre de Augusto
-César en lenguaje griego, que yo sabía bien por ser mío de nacimiento.
-Y comencé valientemente y muy claro a decir: «¡Oh, oh!» Lo otro que
-restaba del nombre de César nunca lo pude pronunciar.</p>
-
-<p>Los ladrones, cuando esto oyeron, enojados de mi áspero y duro
-cantar, sacudiéronme tantos palos, hasta que hicieron del triste de mi
-cuero tal, que aun para cribas no era bueno.</p>
-
-<p>Al fin Dios me deparó remedio no pensado, que como pasamos por
-muchas aldehuelas, vi estar un huerto muy hermoso y deleitable a donde
-había rosas muy hermosas y llenas del rocío de la mañana; yo, como las
-vi, con gran deseo y ansia esperando la salud, alegreme, y muy gozoso
-llegueme cerca de ellas; y ya que movía mis labios para comer, vínome
-a la memoria otro consejo muy más saludable, creyendo que si comía de
-aquellas rosas y de improviso dejase de ser asno y me tornase hombre,
-manifiestamente me ponía en gran peligro de morir por las manos de
-los ladrones, porque sospecharían que yo era nigromántico, o que los
-había de descubrir y acusar del robo. Entonces, con este pensamiento
-me aparté de ellas, padeciendo mi desdicha presente en figura de
-asno, royendo heno y cebada como los otros animales, esperando la
-ventura.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">LIBRO IV.</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p>
-
-<p class="hang">Apuleyo, tornado asno, cuenta elocuentemente las
-fatigas y trabajos que padeció en su larga peregrinación, andando en
-forma de asno y reteniendo el sentido de hombre. — Entremete a su
-tiempo diversos casos de los ladrones. — Asimismo escribe de un ladrón
-que se metió en un cuero de osa para ciertas fiestas que se habían de
-hacer, y de una doncella que robaron.</p>
-
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p class="cent">Lucio Apuleyo cuenta lo que pasaron los ladrones desde
-la ciudad de Hipata hasta llegar a la cueva de su morada.</p>
-
-<p>Andando nuestro camino, sería casi mediodía que ya el sol ardía,
-llegamos a una aldea, donde hallamos ciertos ladrones amigos de
-nuestros amos, lo que yo bien conocí, aunque era uno, porque en
-llegando hablaron como amigos y se abrazaron, y también porque les
-dieron algunas cosas de las que llevaban.</p>
-
-<p>Allí nos descargaron de todo y nos echaron en un prado cerca, para
-que a nuestro buen placer paciésemos, pero la compañía de pacer con
-el otro asno y con mi caballo,<span class="pagenum" id="Page_57">p.
-57</span> no pudo detenerme allí, porque yo no era usado de comer heno;
-mas como estaba perdido de hambre, vi tras de la casa un hortezuelo, en
-el cual me lancé. Y como quiera que de coles crudas, pero abundantemente
-henchí mi barriga.</p>
-
-<p>Andando así en el huerto, miraba por todas partes rogando a los
-dioses, por ventura, si en los otros huertos que estaban junto a este
-hubiese algún rosal, a lo cual me daba buena confianza la soledad que
-por allí había, y estando fuera de camino y escondido, en tomando el
-remedio que deseaba de tornarme de asno en hombre, lo podría hacer sin
-que nadie me viese. Así que, andando en este pensamiento vacilando,
-vi un poco lejos un valle con árboles y sombra, en el cual, entre
-otras hierbas, resplandecían rosas coloradas y frescas; ya en mi
-pensamiento, que del todo no era de bestia, pensaba que aquel lugar
-fuese de la diosa Venus y de sus ninfas, cuyas flores y rosas relucían
-entre aquellas arboledas y sombras. Entonces, invocado por mi alegre
-y próspero aliento, comencé a correr cuanto pude, que, por Dios, yo
-no parecía ser asno, sino un caballo corredor y ligero; pero aquel mi
-osado y buen esfuerzo no pudo huir de la crueldad de mi fortuna; ya
-que llegaba cerca, veo que no eran rosas tiernas y amenas rociadas del
-rocío de la aurora, mas antes eran unos árboles, los cuales tienen la
-hoja larga de manera de laureles, y las flores sin olor, que son unas
-campanillas un poco coloradas, que llaman los rústicos, o el vulgo,
-rosas de laurel silvestre, cuyo manjar mata cualquier animal que lo
-come.</p>
-
-<p>Con tales desdichas fatigado ya, y desesperado de mi remedio, quería
-de mi voluntad propia comer de aquella ponzoña, pero con poca gana y
-alguna tardanza; cuando quise llegar a morder en ellas, un mancebo
-que me pareció<span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span> ser el
-hortelano del huerto que yo había destruido y comido las coles, como
-vido haberle hecho tanto daño, arrebató un palo y con mucho enojo fue
-hacia mí, y diome tantos palos, que casi me pusiera en peligro de
-muerte, si yo, sabia y discretamente, no buscara remedio; así que yo
-alcé mis ancas y los pies en alto y sacudile muy bien de coces, de
-manera que, él bien castigado y caído en el suelo, eché a huir contra
-una sierra muy alta que estaba allí junto; mas luego una mujer, que
-parece debía ser del hortelano, como le vido que estaba tendido en
-el suelo medio muerto y sin sentido, vino corriendo llorando y dando
-voces, porque oyéndola la gente de alderredor, viniesen contra mí por
-matarme.</p>
-
-<p>Entonces los villanos, alborotados con los gritos, comenzaron a
-llamar los perros y echármelos para que me despedazasen; entonces,
-como me vi sin alguna duda cerca de la muerte, y los perros que venían
-contra mí, dejé de subir a la sierra arriba y torné para casa corriendo
-cuanto más podía, y metime en el establo de donde había salido. Ellos,
-desde que hubieron pacificado a los perros, tomáronme con un cabestro
-bien recio y atáronme a una argolla, dándome tantos palos, que cierto
-me mataran, si no que con el dolor de los palos, como tenía la barriga
-tiesa y llena de coles crudas vínome flujo, y suelto un chisguete con
-que los rocié muy bien; por esto y por el gran hedor, se apartaron de
-mis espaldas.</p>
-
-<p>No tardó mucho que nos cargasen, y volviendo a nuestro viaje andando
-un buen pedazo, yo iba muy desfallecido con el largo camino y con el
-peso de la gran carga y los continuos palos que me daban; también iba
-cojo y muy maltratado, porque llevaba los pies y manos desportillados;
-llegando cerca de un arroyo que corría mansamente, pareciome haber
-hallado con mi buena<span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span>
-dicha sutil ocasión para lo que pensaba, lo cual era derrengarme por
-las ancas y echarme en tierra muy obstinado de no levantarme para pasar
-el arroyo, aunque me diesen veinte mil palos, y aunque me diesen con
-una espada, antes morir que no levantarme, porque como a cosa vieja
-y doliente me diesen carta de horro, y también pensaba que por no
-detenerse los ladrones, yendo de huida con su robo, quitarían la carga
-de mis cuestas y la repartirían por los otros mis compañeros, y me
-dejarían allí para que me comiesen lobos y buitres.</p>
-
-<p>Pero mi desdichada suerte no quiso que tan buen consejo me
-aprovechase, porque el otro asno, adivinando mi pensamiento, se dejó
-caer con su carga en tierra como muerto, y aunque le daban muchos palos
-y le metían aguijones, y le alzaban por la cola, y le hacían otros
-muchos remedios, ni les aprovechaba alzarle las piernas, ni aunque le
-revolvían el cuerpo de una parte a otra, nunca probó a levantarse;
-hasta que finalmente los ladrones (y con la postrimera esperanza),
-habiendo hablado entre sí, porque no estuviesen tanto sirviendo a
-un asno muerto, y más, en verdad, se podía decir de piedra, y no
-detuviesen su huida, quitáronle la carga y repartiéronla entre mí y mi
-caballo, y a él con sus espadas cortáronle las piernas y apartáronle
-un poco del camino, y medio vivo lanzáronlo de una altura abajo en un
-valle muy hondo.</p>
-
-<p>Entonces yo, pensando entre mí la desdicha del triste de mi
-compañero, acordé, apartados de mí todos fraudes y engaños, como buen
-asno provechoso, servir a mis señores, cuanto más que, según lo que yo
-les oía estar hablando, cerca de allí estaba su casa, donde habíamos
-de descansar y reposar del fin de nuestro camino, porque allí era su
-morada.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span>Finalmente, pasada
-una cuestezuela no muy áspera, llegamos al lugar donde íbamos. En
-llegando, luego nos descargaron, y metieron lo que traíamos dentro de
-casa. Yo, aliviado del peso de la carga, por refrescarme del cansancio,
-en lugar de baño comencé a revolcarme en el polvo.</p>
-
-
-<h3 id="Ch4_2">II.</h3>
-
-<p class="cent">Lucio cuenta cómo llegaron a la cueva, y el sitio de
-ella. Y otras cosas de&nbsp;gusto.</p>
-
-<p>Brevemente contaré del sitio donde habitaban estos ladrones. Era
-allí una montaña bien alta, muy horrible y umbrosa, de muchos árboles
-silvestres; de esta montaña descendían ciertos cerros llenos de muy
-ásperos riscos y peñas, que no había persona que pudiese llegar a
-ellos, los cuales la ceñían; abajo había muchas y hondas lagunas,
-en aquellos valles llenos de espinas y zarzas, que naturalmente
-fortalecían aquel lugar. De encima del monte descendía una fuente de
-agua muy hermosa y muy clara, que parecía color de plata, y corría por
-tantas partes, que henchía los valles que abajo estaban a manera de un
-mar o de un gran río o lago que está quedo. Aquí estaba la cueva de
-estos ladrones, a donde nos descargaron, y ellos, cargados de lo que
-nosotros traíamos, lanzáronse en la cueva, y a nosotros nos ataron con
-cabestros bien recios a la puerta.</p>
-
-<p>Luego empezaron a reñir con una vejezuela, la cual<span
-class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span> sola tenía cargo de la salud
-de tantos mancebos, diciendo:</p>
-
-<p>—¡Oh sepulcro de la muerte, deshonra de la vida, enojo del infierno,
-así nos has de burlar, estándote sentada no haciendo nada, que nos
-tengas aparejado algún solaz por tantos trabajos como hemos pasado, que
-tú días y noches no entiendes en otra cosa sino echar vino en ese tu
-vientre sediento que nunca se harta!</p>
-
-<p>La vieja, con su voz medrosa, temblando respondió:</p>
-
-<p>—¡Oh señores valientes mancebos, todo está presto y aparejado
-abundantemente; yo tengo guisado de comer muy sabroso, mucho pan, y
-vino puesto en sus copas, y también agua cocida para que todos os
-lavéis!</p>
-
-<p>Acabando la vieja de decir esto, ellos se desnudaron luego, y
-lavados con agua caliente, se untaron con aceite. Y puestas las mesas
-con sus manjares, sentáronse a comer.</p>
-
-<p>Luego, en aquel tiempo que se sentaron a la mesa llegaron otros
-mancebos, los cuales en viéndolos quienquiera diría que eran ladrones
-como los otros, porque también traían muchos vasos y monedas de oro
-y plata, y ricas vestiduras. Así que, por el semejante lavados y
-refrescados, sentáronse a comer con sus compañeros. Ellos comían y
-bebían sin orden los manjares a montones; el beber sin cuenta ni razón;
-burlaban unos con otros, cantaban y reían motejándose.</p>
-
-<p>Entonces un mancebo de aquellos, que parecía más valiente que los
-otros, dijo:</p>
-
-<p>—Nosotros batimos esforzadamente la casa de Milón, de Hipata, y
-demás de la presa y grandes riquezas que por nuestro esfuerzo ganamos,
-tornamos todos a nuestra casa sin que uno faltase, y aun si hace al
-caso, digo que vinimos ocho pies más acrecentados. Pero vosotros
-que<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> habéis andado por
-las ciudades de Beocia, donde perdisteis a vuestro capitán Lámaco
-y habéis disminuido el número de vuestra compañía. Cierto, yo más
-quisiera su salud y vida, que todo cuanto trajisteis en estos líos y
-fardos; pero como él haya muerto con esfuerzo y valentía, la memoria y
-fama lo hará vivir para siempre. Que, hablando verdad, vosotros sois
-ladrones medrosos, y para hurtos pequeños, andando por casillas de
-viejas y otras pobres.</p>
-
-<p>A esto respondió uno de aquellos:</p>
-
-<p>—¿Cómo ahora sabes que las casas mayores son más fáciles de robar
-que las otras pequeñas? Porque como quiera que en las casas grandes haya
-muchos servidores, cada uno cura más de su salud que de la hacienda de
-su señor. Pero los hombres de bien, solitarios y modestos sus bienes,
-pocos o muchos, disimuladamente los encubren, y reciamente defienden,
-y con peligro de su sangre y vida los fortalecen. El mismo negocio que
-ahora paso, os hará creer lo que digo. Casi como llegamos a Tebas,
-ciudad de Beocia, que es la más principal para el trato de nuestro
-arte, andando con diligencia buscando lo que habíamos de robar entre
-los populares, no se nos pudo esconder Criseros, un cambiador muy rico,
-y señor de gran dinero, el cual, por miedo de los tributos y pechos
-de la ciudad, con grandes artes disimulaba y encubría gran riqueza.
-Finalmente, que él, solo y solitario en una pequeña casa, aunque bien
-fortalecida, contento, sucio y mal vestido, dormía sobre los zurrones
-de oro. Así que todos de un voto acordamos que el primer ímpetu y
-combate fuese en esta casa, porque todos a una, comenzada la batalla,
-sin dificultad pudiésemos apañar los dineros de aquel cambiador rico.
-Lo cual puesto en obra al principio de la noche, fuimos a las puertas
-de su casa, las<span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span> cuales
-ni pudimos alzar, ni mover, ni quebrar, porque como eran fuertes, al
-ruido de ellas despertó la vecindad toda en daño nuestro. Entonces
-aquel esforzado nuestro capitán y alférez Lámaco, con la furia de su
-gran esfuerzo y valentía, metió la mano poco a poco por aquel agujero
-que se mete la llave para abrir la puerta, y procuraba arrancar el
-pestillo o cerradura; pero aquel Criseros, malvado y maligno más que
-hombre del mundo, estaba vestido, y sintiendo lo que pasaba, vino hacia
-la puerta muy pacífico, que casi no resollaba, y traía en su mano un
-gran clavo y martillo, con el cual, súbitamente, con gran golpe clavó
-la mano de nuestro capitán en la tabla de la puerta, y dejado allí
-cruelmente clavado, como quien lo deja en la horca, subiose encima
-de una azotea de su casa, y de allí con grandes voces llamaba a los
-vecinos muy ahincadamente. Cuando los vecinos oyeron esto, cada uno
-espantado del peligro que podía venir a su casa por la del cambiador,
-venían corriendo a socorrerle. Entonces nosotros, puestos en uno de
-dos peligros, o de matar nuestro compañero, o desampararlo, acordamos
-un remedio terrible, queriéndolo él, y fue que le cortamos el brazo
-por la coyuntura del hombro, y dejado allí el brazo, atada la herida
-con muchos paños, porque la sangre no hiciese rastro por donde nos
-siguiesen, arrebatamos a Lámaco, y llevámoslo como pudimos, y como
-íbamos huyendo, ni él nos podía seguir, ni nos lo podíamos llevar, ni
-podía quedar seguro, y como era valiente, animoso y esforzado, viendo
-que no podía escapar de las manos enemigas, con mucha instancia nos
-rogaba, por la diestra del dios Marte y por el juramento que entre nos
-había, que lo matásemos, diciendo asimismo que cómo había de vivir un
-hombre teniendo el brazo cortado, con el cual solía robar y degollar,
-que él se tendría por bien<span class="pagenum" id="Page_64">p.
-64</span> aventurado si muriese a manos de sus compañeros. Así que
-después que vido que a ninguno de nosotros pudo persuadir que lo
-matase, tomó con la otra mano un puñal que traía y metióselo por los
-pechos. Nosotros, alabando el esfuerzo de tal varón, tomando su cuerpo
-envuelto en una sábana, lo echamos en la mar. Y así quedó allí nuestro
-capitán Lámaco, el cual hizo fin conforme a su oficio. Pues el nuestro
-compañero Alcimo, que tenía muy astutos principios, no pudo huir la
-sentencia de la cruel fortuna, el cual después de entrado en casa de
-una vejezuela, que estaba durmiendo, subió a la cámara donde dormía,
-y pudiera muy bien ahogarla si quisiera, pero quiso primero echar por
-una ventana a la calle todas las cosas que tenía, y ya que tenía todo
-echado, no quiso perdonar a la cama en que la vieja dormía. La mala
-vieja, viendo esto, le dijo llorando:</p>
-
-<p>—Hijo, ruégote que me digas por qué echas mis cosas pobres al vecino
-rico, sobre cuya huerta cae esta ventana.</p>
-
-<p>Alcimo, medio turbado, llegose a la ventana por ver si era así, mas
-la vieja, que lo vio medio salido de la ventana, mirando a una parte y
-a otra, súbitamente lo empujó, y dio con él abajo, donde se le abrió la
-cabeza, y contándonos el engaño que le hizo la vieja, acabó de morir,
-al cual dimos sepultura en la mar, como a nuestro capitán Lámaco.</p>
-
-
-<h3 title="III." id="Ch4_3" ><span class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span>III.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo aquel ladrón cuenta que robaron a un hombre rico
-con una graciosa industria de una osa.</p>
-
-<p>—Después de la pérdida de estos dos compañeros, nosotros, tristes
-y con pena, parecionos que debíamos dejar de entender en las cosas de
-aquella provincia de Tebas, y acordamos de venirnos a una ciudad que
-estaba cerca, que ha nombre Plates; en la cual hallamos gran fama de un
-hombre que moraba allí, llamado Demócares, el cual celebraba grandes
-fiestas al pueblo, porque él era más principal en la ciudad, hombre muy
-rico y liberal, y hacía estos placeres y fiestas al pueblo por mostrar
-la magnificencia de sus riquezas. ¿Quién podría ahora explicar y tener
-idóneas palabras para decir tanta facundia de ingenio, tantas maneras
-de aparatos como tenía? Los unos eran jugadores de esgrima afamados
-de sus manos; otros cazadores muy ligeros para correr; en otra parte
-había hombres condenados a muerte, que los engordaban para que los
-comiesen las bestias bravas. Había asimismo torres hechas de madera a
-la manera de unas casas movedizas, que se traen de una parte a otra,
-las cuales eran muy bien pintadas, para acogerse a ellas cuando corrían
-toros u otras bestias en el teatro. Demás de esto, ¿cuántas maneras de
-bestias había allí y cuán fieras y valientes? Tanto era su estudio de
-hacer magníficamente aquellos juegos, que buscaba hombres de linaje
-que fuesen condenados a muerte, para que peleasen con las bestias;
-pero sobre todo el aparato que buscaba para estas fiestas<span
-class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span> principalmente y con cuánta
-fuerza de dineros podía, procuraba tener número de grandísimas osas,
-demás de de las que él hacía cazar, de las que a poder de dinero
-compraba.</p>
-
-<p>Mas este tan claro y magnífico aparejo de placer y fiesta popular,
-no pudo huir los ojos mortales de la envidia. Porque con la fatiga de
-estar mucho tiempo presas, y con el gran calor del verano, y también
-por estar flojas y perezosas por no andar ni correr, dio tan gran
-pestilencia en ellas, que casi ninguna quedó. Estaban por estas plazas
-muchas de ellas muertas con tanto estrago, que parecía haber hecho
-naufragio de bestias.</p>
-
-<p>Aquellos pobres del pueblo, a los cuales la pobreza y necesidad
-constriñe a buscar algo para henchir el vientre, sin escoger manjares
-andaban tomando de la carne de aquellos animales que por allí estaban,
-para hartarse.</p>
-
-<p>Cuando yo y este nuestro compañero Bardulo vimos aquello, inventamos
-del mismo negocio un muy sutil consejo, y era que estaba allí una osa
-muerta mayor que todas las otras, la cual de noche llevamos a nuestra
-estancia, y allí la desollamos muy bien, no tocándose en las uñas ni en
-la cabeza. Tomamos el cuero, y polvoreado por encima, pusímoslo a secar
-al sol. Nosotros nos conjuramos para el negocio, e hicimos juramento
-que uno de nosotros, el más valiente, se metiese dentro en aquella
-piel y se hiciese osa, y la llevaríamos de noche a casa de Demócares,
-para que nos abriese las puertas cuando todos durmiesen. Y para esto
-escogimos por todos a Trasileón, el cual con gran ánimo se metió en el
-cuero y comenzó a tratarlo y ablandarlo, para ejercitar en lo que había
-de hacer. Y nosotros rehenchimos algunas partes de él con lana para
-igualarlo todo; cosímoslo, y con los pelos de una parte y otra cubrimos
-la costura muy bien;<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span>
-hicimos a Trasileón que juntase su cabeza con la de la osa cerca del
-pescuezo, y por las narices y ojos de la osa abrimos ciertos agujeros
-por do pudiese mirar y resollar. Así que nuestro valiente compañero
-hecho bestia, metímoslo en una jaula.</p>
-
-<p>De esta manera, prosiguiendo en nuestro negocio, supimos como este
-Demócares tenía un gran amigo en Tracia, del cual fingimos carta que
-le escribía, diciendo que por honrar sus fiestas le enviaba aquel
-presente, que era la primera bestia que había cazado. Y siendo ya
-noche, aprovechándonos del ayuda de ella, presentamos la jaula, con
-Trasileón dentro, a Demócares, y dímosle la carta falsa. El cual,
-maravillándose de la grandeza de la bestia, y muy alegre con la
-liberalidad de su amigo, nos mandó luego dar diez ducados.</p>
-
-<p>Todos venían a ver la osa y decían no haber visto cosa tan grande;
-mas Trasileón daba muchas vueltas, saltando de una parte a otra, porque
-no viesen en alguna señal el engaño. Y así, todos a una voz decían que
-era muy espantable, ligera y grande. Así que Demócares mandaba llevar
-la osa a un buen pasto do tenía otras; mas yo le dije:</p>
-
-<p>—Mira, señor, lo que haces, porque esta bestia viene fatigada del
-camino; no debía echarse con las otras fieras, mayormente que me dicen
-que están todas dolientes, antes sería bueno que la dejases en este
-patio, do corre este caño de agua, para que de noche se recree.</p>
-
-<p>Con estas palabras, Demócares, habiendo miedo de que se le muriese
-aquella, como las otras muchas que se le habían muerto, fácilmente
-consintió a nuestras persuasiones, y mandó que pusiésemos la jaula
-o caja donde a nosotros pareciese; demás de esto yo dije que si
-él mandaba, que estábamos prestos de velar algunas noches<span
-class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> cerca de la jaula para dar de
-comer y beber a la bestia cuando menester fuese, porque prestamente se
-le quitase la fatiga del sol y el cansancio del camino.</p>
-
-<p>A esto respondió Demócares:</p>
-
-<p>—No es menester que os pongáis en ese trabajo, porque todos los de
-mi casa, por la larga costumbre, están bien ejercitados para saber
-curar estas bestias.</p>
-
-<p>Dicho esto, tomamos licencia y nos fuimos. Saliendo por la puerta
-de la ciudad vimos estar un enterramiento apartado y escondido del
-camino; allí abrimos algunos de aquellos sepulcros medio abiertos,
-donde moraban aquellos muertos hechos ceniza y comidos de carcoma, para
-esconder allí lo que robásemos.</p>
-
-<p>Después, al principio de la noche, según es costumbre de ladrones,
-al primer sueño, cuando más gravemente carga los cuerpos humanos,
-con toda nuestra gente armada nos fuimos a poner ante las puertas de
-Demócares para robarlo, como cuando vamos citados a juicio.</p>
-
-<p>No menos fue perezoso Trasileón, que como vido la oportunidad
-de la noche, saltó fuera de la jaula, abrionos las puertas, y como
-nosotros prestamente nos metiésemos en casa, mostronos un almacén donde
-aquella noche sagazmente él vio meter y encerrar mucha plata, al cual,
-quebradas las puertas por fuerza, mandó a cada uno de los compañeros
-que entrasen y cargasen cuanto pudiesen llevar de aquel oro y plata,
-y prestamente lo llevasen a esconder en las casas de aquellos fieles
-muertos, y que luego corriendo tornasen por más, y que para lo demás yo
-quedaría allí al umbral de las puertas, a resistir si alguno viniese, y
-para espiar solícitamente hasta que tornasen.</p>
-
-<p>De más de esto la osa andaba por casa aparejada para matar a los
-que despertasen, porque, en la verdad, ¿quién<span class="pagenum"
-id="Page_69">p. 69</span> podría ser tan fuerte y esforzado que viendo
-una forma de bestia tan fiera, y mayormente de noche, que, vista, no se
-pusiese en huir aceleradamente, o que no echase la aldaba a la puerta
-de su cámara y se encerrase de miedo?</p>
-
-<p>Estas cosas así, prósperamente dispuestas, sucedió en ellas fin
-desdichado, porque en tanto que yo estaba esperando a mis compañeros
-que tornasen, entonces un esclavo de la propia casa, como vio la osa
-que andaba por toda la casa, vase muy pasico de cámara en cámara,
-diciendo a todos lo que había visto.</p>
-
-<p>No tardó mucho que todos no salieran con candiles y mechones
-encendidos, y con lanzas y espadas se pusieron a guardar las puertas de
-casa. Demás de esto llamaron los perros de monte, grandes y bravos, y
-echáronlos a la osa.</p>
-
-<p>Cuando yo esto vi, y que crecía el ruido y tumulto, aparteme de
-allí y púseme detrás de la puerta, de donde vi a Trasileón pelear
-maravillosamente contra los perros, el cual, como estaba en lo último
-de su vida, hacía cosas de espanto; ora huyendo, ora resistiendo, daba
-saltos sin compás; en fin, no pudiendo más, vínose retrayendo a la
-calle, en donde se juntaron muchos más perros, los cuales cercaron a
-Trasileón y lo despedazaban y mordían cruelmente.</p>
-
-<p>Entonces yo, no pudiendo sufrir tanto dolor, metime en medio de la
-gente, y en lo que podía ayudaba a nuestro buen compañero, diciendo a
-todos de esta manera:</p>
-
-<p>—¡Oh qué pérdida y mal hacemos! ¿Para qué queremos hacer morir una
-tan preciada y hermosa bestia?</p>
-
-<p>Pero todas estas artes y cautelas no aprovecharon para el triste
-y desdichado de mi compañero vivir, porque un hombre de aquellos,
-indignado contra la osa, le<span class="pagenum" id="Page_70">p.
-70</span> arrojó una lanza, que le atravesó todo el cuerpo, y los más
-cargaron sobre la osa con sus espadas hasta que la mataron.</p>
-
-<p>De esta manera acabó Trasileón, gloria y honra de nuestra capitanía.
-Y era tanto el miedo que todos tenían de la osa, que hasta el otro día
-bien tarde ninguno fue osado llegar a ella, hasta que uno de estos que
-andaban a desollar bestias, se le llegó, y empezando a desollar la
-piel, halló dentro a aquel magnífico ladrón.</p>
-
-<p>Entonces nosotros cogimos nuestros líos que tenían en guarda
-aquellos fieles muertos, y cuan presto pudimos nos vinimos cargados con
-esta prisa que veis.</p>
-
-<p>Acabada la habla, tomaron sus tazas y bebieron el vino puro, y en
-memoria de sus compañeros cantaron ciertas canciones al dios Marte, y
-después se fueron a dormir.</p>
-
-
-<h3 id="Ch4_4">IV.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo los ladrones trajeron una doncella robada, la cual
-llora su desdicha.</p>
-
-<p>Aquella buena vieja proveyó muy bien a nosotros de cebada, sin tasa
-ni medida, tanto que mi rocín, como vio tanta abundancia y hartura para
-sí solo, creía que hacía carnestolendas, y como quiera que otras veces
-hubiese yo comido cebada, tragándola con pena por ser para mí manjar
-dañoso y desabrido; pero entonces miré a un rincón, donde habían puesto
-los pedazos del pan que habían sobrado de aquellos ladrones, y comencé
-a ejercitar mis quijadas, que tenían telarañas de mucha hambre.</p>
-
-<p>Venida la noche, que ya todos dormían, los ladrones<span
-class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span> despertaron con gran ímpetu
-y comenzaron a mudar su real, armados con sus espadas y lanzas que
-parecían diablos, y salieron por la puerta afuera muy aprisa. Pero ni
-solo esto ni aun el sueño, que bien me eran menester, pudo impedir el
-tragar y comer que yo hacía, y como quiera que cuando era Lucio con
-uno o dos panes me hartaba y levantaba harto de la mesa; mas entonces,
-contentando a un vientre de asno tan ancho y profundo, ya entraba
-rumiando por el tercero canastillo de pan, cuando estando atónito en
-esta obra me tomó el día claro.</p>
-
-<p>Entonces yo, como asno empachado de vergüenza, salime de casa y fui
-a un arroyo a hartarme de agua; no tardó mucho que no viniesen los
-ladrones, los cuales traían una doncella muy linda hurtada, y según en
-su gesto y hábito mostraba, debía ser alguna hijadalgo, que cierto yo,
-aunque era asno, la deseaba. La triste venía llorando y mesando sus
-cabellos.</p>
-
-<p>Después que la metieron en su cueva, comenzaron a consolarla,
-diciendo:</p>
-
-<p>—Tú, pues, estás aquí segura de la vida, y ahora ten paciencia,
-porque la necesidad y pobreza nos hace seguir este trato; tu padre y
-madre, aunque sean avarientos, no dejarán de rescatarte.</p>
-
-<p>Con estas palabras y otras la consolaban, pero no dejaba su
-llanto.</p>
-
-<p>Entonces los ladrones mandaron a la vieja que se sentase a par de
-ella y la consolase con blandas palabras mientras ellos iban a hacer su
-oficio; la vieja, movida de piedad, le decía muchas cosas; mas todo no
-aprovechaba, porque lloraba y decía palabras lastimosas, y de cansada
-se durmió.</p>
-
-<p>Ya que había dormido un poco, despertó con un sobresalto como
-mujer sin seso, y comenzó de nuevo a hacer<span class="pagenum"
-id="Page_72">p. 72</span> mayores llantos; como la vieja vio que otra
-vez de nuevo comenzaba, le rogó con mucha instancia la contase por qué
-causa lloraba más fuertemente después de haber dormido.</p>
-
-<p>La doncella, aunque llena de lágrimas, le dijo de esta manera:</p>
-
-<p>—Pocos días ha que yo fui desposada con un mancebo muy rico y de
-buena disposición, con el cual desde niña me crié, y siempre nos
-tuvimos grande amor, como si fuéramos hermanos. Así que estando para
-velarnos, de consentimiento de nuestros padres, con la casa aderezada y
-enramada de laureles, con contares y otras cosas de bodas, estándome mi
-madre ataviando para semejante fiesta, he aquí do entra súbitamente un
-escuadrón de ladrones con gran ímpetu, con las espadas desnudas, y no
-curaron de robar alguna cosa ni matar a nadie, sino todos juntos, sin
-los familiares de casa podérselo estorbar, me arrebataron y trajeron
-aquí. Pero ahora soñaba que mi querido esposo venía por librarme y que
-cruelmente le mataban estos hombres espantables y temerarios, y por
-esta causa me afligía más que de antes.</p>
-
-<p>Entonces la vieja, suspirando, le dijo:</p>
-
-<p>—Hija, esfuérzate y ten buen corazón; no te espantes con unas
-ficciones de sueños, porque demás de tener por cierto que los sueños
-del día son falsos, aun los de la noche traen los fines y salidas al
-contrario: porque llorar, ser herido o muerto, traen el fin próspero y
-de mucha ganancia; y, por el contrario, reír, o comer cosas sabrosas,
-o hallarse en placeres, significa tristeza de corazón o enfermedad del
-cuerpo y otros daños y fatigas. Pero yo te quiero consolar y decir una
-novela muy linda, con que olvides esta pena y trabajo.</p>
-
-<p>La cual luego comenzó en esta manera:</p>
-
-
-<h3 title="V." id="Ch4_5" ><span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>V.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo la vieja madre de los ladrones cuenta a la
-doncella un cuento muy elegante y lleno de doctrina.</p>
-
-<p>—Había en una ciudad un rey y una reina que tenían tres hijas: las
-dos mayores eran muy hermosas y bien apuestas; pero la más pequeña, era
-tanta su hermosura, que no bastan palabras humanas para poderlo decir.
-Muchos de otros reinos y ciudades, oyendo la fama de su gran beldad y
-hermosura, venían a verla, y luego, poniendo las manos en la boca y
-los dedos extendidos, así como a la diosa Venus, con sus religiosas
-adoraciones la honraban y adoraban.</p>
-
-<p>Ya la fama corría por todas las ciudades y tierras cercanas, que
-esta era la diosa Venus, que por influjo de las estrellas del cielo
-había nacido otra vez, no en la mar, pero en la tierra, conversando con
-todas las gentes, adornada de flor de virginidad. De esta manera su
-fama crecía más cada día, y de muchas partes venían por mar y tierra,
-por ver este glorioso espectáculo que había nacido en el mundo. Y nadie
-quería ir a ver a la diosa Venus, que estaba en la ciudad de Pafo,
-ni a la isla de Gnido, ni al monte Citerón, donde solían sacrificar.
-Sus templos eran ya destruidos, sus ceremonias menospreciadas, sus
-estatuas sin honra. Todos a esta doncella suplicaban, y siendo humana
-la adoraban por tan gran diosa; y cuando de mañana se levantaban, todos
-le sacrificaban con manjares y otras cosas; cuando iba por la calle,
-todo el pueblo, con flores y guirnaldas de rosas, le suplicaban y
-honraban.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span>Esta honra que se
-daba a esta doncella encendió mucho en ira a la propia diosa Venus, y
-riñendo entre sí, dijo:</p>
-
-<p>—Yo, que soy madre de todas las cosas criadas; yo, que soy principio
-y nacimiento de los elementos; yo, que soy Venus poderosa, ¿he de
-sufrir que se dé la honra debida a mi majestad a una moza mortal, y
-que mi nombre, puesto en el cielo, se haya de profanar en la tierra, y
-que en cada parte tengan duda si me han de sacrificar y adorar a mí o
-a esta doncella, y que tenga tal gesto que piensen que soy yo? Según
-esto, por demás me juzgó aquel pastor que por mi gran hermosura me
-prefirió a tales diosas, cuyo juicio aprobó aquel gran Júpiter. Mas a
-esta que mi honra ha robado, yo haré que se arrepienta de esto y de su
-hermosura.</p>
-
-<p>Luego llamó a su hijo Cupido, al cual, con sus palabras encendido
-mucho, le llevó a aquella ciudad donde estaba esta doncella, que se
-llamaba Psique, y mostrósela, diciendo con mucho enojo y casi llorando
-toda la historia de la semejanza envidiosa de su hermosura, diciéndole
-de esta manera:</p>
-
-<p>—¡Oh hijo, yo te ruego por el amor que tienes a tu madre y por las
-dulces llagas de tus saetas y por los sabrosos fuegos de tus amores,
-que des cumplida venganza a tu madre contra la hermosura rebelde y
-contumaz de esta mujer; y sobre todo te ruego que esta doncella sea
-enamorada de muy ardiente amor del más bajo y vil hombre que en todo el
-mundo se halle!</p>
-
-<p>Después que Venus hubo dicho esto, besó y abrazó a su hijo, y fuese
-a la ribera de un río que estaba cerca, donde con sus hermosos pies
-holló el rocío de las ondas de aquel río, y de allí se fue a la mar, a
-donde todas las ninfas le vinieron a servir.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span>Allí vinieron las
-hijas de Nereo cantando, y el dios Neptuno con su áspera barba del agua
-de la mar y con su mujer Salicia, y Palemón, que es guiador del Delfín,
-y las compañas de los tritones, saltando por la mar, unos tocando
-trompetas, otros traían un palio de seda, porque el sol no le tocase;
-otros llevan el espejo delante de la diosa. De esta manera, nadando con
-sus carros por la mar, todo este ejército acompañó a Venus hasta el
-Océano.</p>
-
-<p>Entretanto, la doncella Psique, con su hermosura para sí, ningún
-fruto recibía de ella. Todos la miraban y alababan, pero ningún rey,
-ni otro alguno, la pedía por mujer. Maravillábanse de ver su divina
-hermosura, pero era como quien ve una estatua de una diosa pulidamente
-fabricada.</p>
-
-<p>Las dos hermanas mayores, como eran medianamente hermosas, no eran
-tanto divulgadas por los pueblos, y habían sido casadas con dos reyes
-que las pidieron: ya estaba cada una en su casa, reina y señora. Mas
-esta doncella Psique estaba en casa de su padre, llorando su soledad, y
-siendo virgen era viuda, por la cual causa estaba enferma en el cuerpo
-y llagada en el corazón. Aborrecía su hermosura, porque todos pasmaban
-de verla.</p>
-
-<p>El mezquino padre, sospechando que alguna ira y odio tuviesen los
-dioses contra su desventurada hija, acordó de ir a consultar el oráculo
-antiguo del dios Apolo, que estaba en la ciudad de Mileto, y con sus
-sacrificios y ofrendas suplicó a aquel dios que diese casa y marido a
-la triste de su hija. Apolo le respondió en esta manera:</p>
-
-<p>—Pondrás esta moza, adornada del aparato delante, en el más
-alto peñasco que hallares, y déjala allí. No<span class="pagenum"
-id="Page_76">p. 76</span> esperes yerno que sea nacido de linaje
-mortal, mas espéralo fiero y cruel y venenoso como serpiente, el cual,
-volando, fatiga con sus saetas a todos.</p>
-
-<p>El rey, que siempre fue próspero y favorecido, como oyó esto, triste
-y de mala gana se tornó para su casa. Y dijo a su mujer el mandamiento
-que el dios Apolo había dado a su desdichada suerte, por lo cual
-lloraron y gimieron algunos días.</p>
-
-<p>En esto ya se llegaba el tiempo en que había de poner en efecto lo
-que Apolo mandaba; de manera que comenzaron a aparejar todo lo que
-la doncella tenía menester para sus mortales bodas. Encendieron las
-lumbres de las hachas negras con hollín, y los alegres instrumentos
-músicos se mudaron en lloro y amargura, los cantares en luto y lloro.
-De manera que el triste hado de esta casa hacía entristecer a toda
-la ciudad. El padre, por la necesidad que tenía de cumplir lo que
-Apolo había mandado, procuraba de llevar a la mezquina de Psique a la
-pena que le estaba profetizada; mas por otra parte, movido de piedad,
-detenía el negocio, llorando amargamente.</p>
-
-<p>Entonces la hija dijo al padre y madre de esta manera:</p>
-
-<p>—¿Por qué, señores, atormentáis vuestra vejez con tan continuo
-llorar? ¿Por qué fatigáis vuestro espíritu con tantos aullidos? ¿Por
-qué ensuciáis esas caras con lágrimas que poco aprovechan? ¿Por qué
-apuñeáis vuestros pechos con tanta fuerza? ¿Este será el premio y
-galardón de mi hermosura? Vosotros estáis heridos mortalmente de la
-envidia, y sentís tarde el daño. Cuando las gentes y los pueblos
-nos honraban y celebraban con divinos honores; cuando todos a una
-voz me llamaban la nueva diosa Venus, entonces os había de doler y
-llorar,<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> entonces me
-habíais ya de tener por muerta. Ahora veo y siento que solo este nombre
-de Venus ha sido causa de mi muerte: llevadme ya en aquel risco donde
-Apolo manda, porque ya querría ver acabadas estas tristes bodas.</p>
-
-<p>Acabado de hablar esto la doncella, cayó en tierra, y como ya venía
-todo el pueblo para acompañarla, metiose en medio de ellos y fueron
-su camino a un lugar donde estaba un risco muy alto sobre un monte,
-encima del cual pusieron la doncella, y allí la dejaron, poniendo en
-su compañía las hachas negras que delante de sí llevaban ardiendo.
-El pueblo, lleno de lágrimas, bajando sus cabezas, volvieron a sus
-casas, acompañando al rey y a la reina, los cuales, cubiertos de luto y
-cerrando las ventanas del palacio, se pusieron en perpetuo llanto.</p>
-
-<p>Psique, estando temerosa en aquella peña, vino un manso viento y muy
-quietamente la puso en un delicioso prado, donde la dejó.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">LIBRO V.</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p>
-
-<p class="hang">En este libro se contienen los palacios que Psique
-halló, y los amores secretos que con ella tuvo el dios Cupido, y de
-cómo vinieron a visitar a Psique sus mismas hermanas, y la envidia
-que de ella tuvieron; por cuya causa, creyendo Psique lo que le
-aconsejaban, quiso herir a su marido Cupido; por lo cual cayó de la
-cumbre de su felicidad y fue puesta en tribulación. — Y cómo las
-hermanas hubieron el castigo que merecían por tan mal consejo como a su
-hermana dieron. — Y cómo Venus persigue a Psique, buscándola por todas
-partes.</p>
-
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo la vieja cuenta a la doncella cómo Psique fue
-llevada a unos palacios muy poderosos, a donde holgó con su nuevo
-marido.</p>
-
-<p>—Hallándose Psique en aquel prado hermoso y florido, aliviose algún
-tanto de la pena que en su corazón tenía. Y mirando a todas partes
-vio una floresta con muy grande arboleda, y una fuente muy clara
-y apacible, y allí junto estaba una casa real, la cual no parecía
-edificada por mano de hombres, sino por los dioses. A la entrada
-de la casa estaba un palacio tan rico y hermoso, que parecía<span
-class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> morada de algún dios,
-porque el zaquizamí y cobertura de madera era de cedro y marfil
-maravillosamente labrado. Las columnas eran de oro, y todas las paredes
-eran de plata. Y todos los aposentos y cámaras relucían con el oro, y
-daban tanta claridad, que era cosa más celestial que humana.</p>
-
-<p>Psique, convidada con la hermosura de tal lugar, llegose cerca,
-y con osadía entró dentro, maravillándose de lo que veía. Y dentro
-en la casa vio muchos palacios y salas tan perfectamente adornados y
-aderezados, que ninguna cosa había en el mundo que allí no hubiese;
-pero sobre todo, de lo que más se maravilló fue de ver los aposentos
-tan llenos de oro y riquezas, y sin cerradura ni guarda.</p>
-
-<p>Andando ella con gran placer mirando estas cosas, oyó una sola voz
-que le decía: «¿Por qué, señora, te espantas de tantas riquezas? Tuyo
-es todo esto que aquí ves; por tanto, entra en la cámara y descansa en
-la rica cama, y cuando quisieres pide agua para bañarte, que nosotras,
-cuyas voces oyes, somos tus siervas, y en todo lo que mandares te
-serviremos, y luego vendrá la comida, que bien aparejada está para
-esforzar tu cuerpo.»</p>
-
-<p>Cuando esto oyó Psique, entendió que aquello era ordenado por
-algún dios, y descansando de su fatiga, durmió un poco, y después que
-despertó levantose y lavose, y viendo que la mesa estaba puesta y
-aparejada, se fue a sentar a ella; luego vinieron muchos manjares y
-un vino que se llama néctar, del que los dioses beben, lo cual todo
-no parecía quién lo traía, solamente parecía que venía en el aire, ni
-tampoco la señora podía ver a nadie, mas solamente oía las voces que
-la hablaban. Después que hubo comido le vinieron a cantar y tañer muy
-suavísimamente sin ser vistos los músicos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span>Acabado este placer
-ya que era noche, Psique se fue a dormir, temiendo la guarda de su
-virginidad. Y estando con este miedo vino el marido no conocido, y
-acostándose junto a ella se confirmó el matrimonio; y antes que fuese
-de día se partió de allí, y luego aquellas voces fueron oídas en la
-cámara y comenzaron a curar de la novia.</p>
-
-<p>De esta manera pasó algún tiempo sin ver a su marido; ella, por la
-mucha continuación de las voces y del servicio que le hacían, lo tenía
-ya por deleite y pasatiempo.</p>
-
-<p>Entretanto su padre y madre se envejecían en llanto y luto continuo,
-y la fama de este negocio cómo había pasado, llegó adonde estaban las
-hermanas mayores casadas, las cuales con mucha tristeza, cargadas de
-luto, dejaron sus casas y vinieron a ver a sus padres para hablarles y
-consolarles.</p>
-
-<p>Aquella misma noche el marido habló a su mujer Psique, que aunque
-no lo veía, bien lo oía y con sus manos palpaba, y la dijo de esta
-manera:</p>
-
-<p>—¡Oh, señora mía y muy amada mujer, la fortuna cruel te amenaza
-con un peligro de muerte, del cual yo querría que te guardases; con
-mucha cautela tus hermanas, turbadas pensando que tú eres muerta, han
-de venir a aquel risco en donde tú aquí viniste; si tú, por ventura,
-oyeres sus voces y llantos, no les respondas en ningún modo, porque si
-lo haces, darásme gran dolor y para ti causarás un grandísimo mal que
-te será casi la muerte!</p>
-
-<p>Ella prometió de hacer todo lo que el marido le mandase; pero como
-la noche fue pasada y el marido de ella partido, todo aquel día la
-doncella consumió en llantos y en lágrimas, diciendo que estaba en una
-hermosa cárcel<span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span> apartada
-de toda conversación humana, y que no podía ver a sus hermanas, ni aun
-responderlas. De esta manera, aquel día ni quiso lavarse, ni comer, ni
-holgarse con cosa alguna, sino llorando con muchas lágrimas, se fue a
-dormir.</p>
-
-<p>Luego vino el marido, y acostándose en la cama la comenzó a
-reprender de esta manera:</p>
-
-<p>—¡Oh, mi señora Psique! ¿Esto es lo que tú me prometiste? ¿Qué te
-puedo yo aconsejar siendo tu marido, que no sea tu provecho? Anda ya, y
-haz lo que te pareciere. Porque cuando te viniere el mal, te acordarás
-de lo que te he amonestado.</p>
-
-<p>Entonces ella, con muchos ruegos, le hizo conceder que ella hable
-a sus hermanas y les dé todas las piezas de oro y joyas que quisiere.
-Pero muchas veces le amonestó que no curase de sus palabras ni curase
-de saber la cara y figura de su marido, porque si esto pretendiese, que
-caería de tanta felicidad como tenía.</p>
-
-<p>Ella le dijo que todo lo cumpliría, y con muchos besos y abrazos que
-le daba, juntamente le pidió que mandase al viento que trajese allí a
-sus hermanas, así como a ella había traído, todo lo cual él le otorgó,
-y viniendo la mañana se partió del lecho.</p>
-
-<p>Las hermanas preguntaron por aquel risco o lugar donde habían dejado
-a Psique, y luego se fueron para allá, donde comenzaron a llorar y
-dar grandes voces, hiriéndose en los pechos, tanto, que a las voces
-que daban acudió Psique, diciéndoles: «¿Por qué os afligís con tantas
-lágrimas y tristes voces? Dejad, hermanas, el llanto, y venid a ver y
-abrazar a quien lloráis.»</p>
-
-<p>Entonces llamó al viento cierzo, y mandole que hiciese lo que
-su marido le había mandado. Él, sin más tardar, obedeciendo a su
-mandamiento, trajo luego a sus hermanas<span class="pagenum"
-id="Page_82">p. 82</span> muy mansamente, sin fatiga ni peligro alguno,
-y como llegaron, comenzáronse a abrazar y a besar unas a otras con
-grandísimo contentamiento. Y Psique les dijo que entrasen en su casa
-alegremente y descansasen con ella de su pena y fatiga, deleitándose en
-ver tan suntuoso y rico palacio y frescos jardines.</p>
-
-
-<h3 id="Ch5_2">II.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo prosiguiendo la vieja en su cuento, dice cómo las
-dos hermanas de Psique la vinieron a ver y le tuvieron envidia.</p>
-
-<p>—Después que así les hubo hablado, mostroles la casa y las grandes
-riquezas de ella, y la mucha familia de los que le servían, oyéndolos
-solamente. Después las mandó a un baño muy rico y hermoso, y luego
-vinieron a comer, donde había muchos manjares abundantemente. En tal
-manera, que la hartura y abundancia de tantas comidas y riquezas (más
-de los dioses que humanas), criaron envidia en sus corazones contra
-ella. Finalmente, que le comenzaron a preguntar curiosamente les dijese
-quién era el señor de aquellas riquezas celestiales. Pero Psique,
-disimulando, les dijo que su marido era un mozo hermoso que le apuntaba
-la barba, el cual andaba ocupado en la caza de montería. Y por no
-tratar más en este negocio, les dio mucho oro y piedras preciosas, y
-mandó al viento que las tornase a llevar de donde las había traído.</p>
-
-<p>Lo cual hecho, las hermanas, tornándose a casa, iban ardiendo con
-la hiel de la envidia que les crecía, y una<span class="pagenum"
-id="Page_83">p. 83</span> otra hablaban sobre ello muchas cosas, entre
-las cuales la una dijo esto:</p>
-
-<p>—Mirad ahora qué escasa es la fortuna, ciega malvada; ¿parécete bien
-que seamos todas hijas de un padre y madre, y que tengamos diversos
-estados; nosotras que somos mayores que ella, seamos esclavas de
-maridos advenedizos, y que vivamos como desterradas fuera de nuestra
-tierra, y apartadas muy lejos de la casa y reino de nuestros padres,
-y esta nuestra hermana, última de todas, que haya de poseer tantas
-riquezas, y tener un dios por marido, y aun cierto ella no sabe bien
-usar de tanta muchedumbre de riquezas como tiene? ¿No viste tú,
-hermana, cuántas cosas están en aquella casa, cuántos collares de
-oro, cuántas vestiduras resplandecientes, y cuántas piedras preciosas
-relumbran por ella? Por cierto, si ella tiene el marido hermoso mancebo
-como nos dijo, ninguna más bienaventurada que ella. Y demás de esto,
-manda a los vientos, y tiene por servidoras las voces. Yo, mezquina,
-lo primero que puedo decir es que fui casada con un marido más viejo
-que mi padre y más calvo que una calabaza, y más flaco que un niño,
-guardando de continuo la casa.</p>
-
-<p>La otra dice:</p>
-
-<p>—Pues yo sufro a otro marido gotoso y aun corcovado, por lo
-cual nunca tengo placer con él, fregándole de continuo sus dedos,
-endurecidos como piedras, con medicinas hediondas, que ya estoy harta
-de tantos trabajos como paso con él; pero tú, hermana, paréceme que
-sufres esto con ánimo paciente, mas yo en ninguna manera puedo sufrir
-que tanta riqueza y bienaventuranza tenga esta melindrosilla. ¿No
-te recuerdas cuán soberbiamente y con cuánta arrogancia se hubo con
-nosotras, las piezas que nos mostró con tanta vanidad, y de tantas
-riquezas<span class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> como allí
-había no nos dio más de esto poquito, y luego mandó al viento que nos
-llevase luego fuera? Pues no me tendría yo por mujer si no la echase
-de tantas riquezas. Tomemos yo y tú algún buen consejo para esto que
-digo, y estas cosas que llevamos que ella nos dio, no las mostremos
-a nuestros padres ni digamos cosa alguna de su salud y vida, ni
-publiquemos las muchas riquezas que vimos, porque no so pueden llamar
-bienaventurados aquellos cuyas riquezas no son sabidas: ahora dejemos
-esto y tornemos a nuestros maridos, y después, instruidas con mayor
-acuerdo y consejo, tornaremos más fuertes para castigar su soberbia.</p>
-
-<p>Este mal consejo parecía bueno a las dos malas hermanas; y
-escondidas las joyas y dones que Psique les había dado, tornáronse
-desgreñadas como que venían llorando, y rascándose las caras,
-fingiendo de nuevo grandes llantos. En esta manera dejaron sus padres,
-refrescándoles su pena y dolor, y fuéronse a sus casas.</p>
-
-
-<h3 id="Ch5_3">III.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo Cupido avisa a su mujer que en ninguna manera oiga
-a sus hermanas, porque la quieren echar a perder.</p>
-
-<p>Viendo Cupido los engaños y maldades que las hermanas ordenaban,
-habló a Psique de esta manera:</p>
-
-<p>—¿No ves cuánto peligro te está aparejado de la cruel e inconstante
-fortuna, por medio de tus hermanas? Por eso, si tú de lejos no
-te apercibes, yo creo que te derrocará<span class="pagenum"
-id="Page_85">p. 85</span> y hará mucho mal. Aquellas lobas tejen una
-desleal y mala tela para tu perdición. Ellas te quieren persuadir que
-tú veas mi cara, la cual, como muchas veces te he dicho, tú no verás;
-mas si intentares verla, ya aquellas malas brujas vienen armadas con
-sus malignos corazones encendidos de envidia por echarte a perder: tú
-no hables con ellas ni las admitas a que te vengan a ver. Y si por tu
-liviandad y amor que les tienes no te pudieres sufrir sin hablarles,
-no les respondas ni les des oídos a todo lo que hablaren acerca de tu
-marido, porque haciéndolo de esta manera acrecentaremos nuestro linaje,
-que este tu vientre un niño trae ya, y si tú encubres y guardas lo
-que te digo, ese niño que parieres será inmortal; haciéndolo de otra
-manera, yo te digo que será mortal.</p>
-
-<p>Psique, cuando esto oyó, alegrose mucho con la divina generación,
-y prometió a su marido hacer lo que él decía. Pero aquellas furias
-espantables de sus hermanas ya deseaban echar de sí el veneno de
-serpientes: y con este deseo aceleraban su camino por la mar cuanto
-podían.</p>
-
-<p>En esto el marido de Psique de nuevo la tornó a amonestar diciéndole
-las mismas palabras que de antes le había dicho.</p>
-
-<p>Ella entonces, llorando, le dijo:</p>
-
-<p>—Bien sabes tú, señor, que yo no soy parlera; ya el otro día me
-enseñaste la fe que te había de guardar y lo que había de callar; así,
-que ahora tú no verás que yo mude la constancia y firmeza de mi ánimo;
-solamente te ruego que mandes al viento que haga su oficio y que sirva
-en lo que le mandare, y en lugar de tu vista, pues me la niegas, a lo
-menos consiente que yo goce de la vista de mis hermanas. Esto, señor,
-te suplico por estos<span class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span>
-tus cabellos lindos y olorosos y por el amor que te tengo, aunque no
-te conozco de vista. Así conozca tu cara en este niño que traigo en
-el vientre, que concedas a mis ruegos, haciendo que yo goce de ver
-y hablar a mis hermanas. Y de aquí adelante no curaré más de querer
-conocer tu cara, y no me curo que las tinieblas de la noche me quiten
-tu vista, pues yo tengo a ti, que eres mi lumbre.</p>
-
-<p>Con estas palabras, abrazando a su marido y llorando, limpiaba las
-lágrimas con sus cabellos, tanto que él fue vencido y prometió de hacer
-todo lo que ella quería, y luego, antes que amaneciese, se partió de
-ella, como acostumbraba.</p>
-
-<p>Las hermanas, con su mal propósito, en llegando no curaron de ver a
-sus padres, sino en saliendo de las naos, derechas se fueron a aquel
-risco, a donde con el ansia que tenían no esperaron que el viento les
-ayudase, antes con temeridad y osadía se echaron de allí abajo; pero el
-viento, recordándose de lo que su señor le había mandado, recibiolas en
-sus alas y púsolas muy mansamente en el suelo.</p>
-
-<p>Ellas se metieron luego en casa, y van a abrazar a la que querían
-perder, y comenzáronla a lisonjear de esta manera:</p>
-
-<p>—Hermana Psique, ya nos parece que estás preñada. ¡Oh, cuán
-bienaventuradas somos nosotras, pues tenemos hermana que posee tantas
-riquezas, y más bienandante serás tú cuando te naciere el hijo, porque
-si él te pareciere, será el segundo dios Cupido!</p>
-
-<p>Con estas palabras maliciosas ganaban la voluntad de su hermana.</p>
-
-<p>Ella las mandó lavar en el rico baño, y después de lavadas
-sentáronse a la mesa, donde les fueron dados<span class="pagenum"
-id="Page_87">p. 87</span> manjares reales en abundancia, y luego vino
-la música y comenzaron a cantar y tañer muy suavemente, que parecía
-celestial. Pero con todo esto no se amansaba la maldad de las falsas
-mujeres, antes procuraban de armar su lazo de engaños que traían
-pensado. Y comenzaron disimuladamente a meter palabras, preguntándole
-qué tal era su marido, de qué nación y ley venía.</p>
-
-<p>Psique, habiendo olvidado lo que su marido le encomendara, comenzó
-a fingir una nueva razón, diciendo que su marido era de una gran
-provincia, y que era mercader de muy gruesa mercadería, y que era
-hombre de media edad.</p>
-
-<p>No tardó mucho en esta habla, que luego las cargó de joyas y ricos
-dones, y mandó al viento que las llevase.</p>
-
-<p>Después que fueron idas, entre sí iban hablando de esta manera:</p>
-
-<p>—¿Qué diremos de esta loca? La otra vez nos dijo que era su marido
-mancebo desbarbado, y ahora nos dice que es de media edad. ¿Quién será
-este que tan presto se hizo viejo?</p>
-
-<p>—Cierto, hermana; o esta mala hembra nos miente, o ella no conoce
-a su marido, y cualquier cosa de estas que sea, nos conviene que la
-echemos de estas riquezas. Ahora volvámonos a casa de nuestros padres y
-callémonos esto, encubriéndolo con el mejor modo que pudiéremos.</p>
-
-
-<h3 title="IV." id="Ch5_4" ><span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span>IV.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo vinieron las hermanas tercera vez a Psique, y del
-mal consejo que le dieron y lo que acaeció a Psique.</p>
-
-<p>Al otro día, sin poder tomar reposo, luego las dos hermanas fueron
-al risco o peñasco, de donde, con la ayuda del viento acostumbrado,
-volaron hasta casa de Psique, y con unas pocas lágrimas que por fuerza
-y apretando los ojos sacaron, comenzaron a hablar a su hermana de esta
-manera:</p>
-
-<p>—Tú piensas que eres bienaventurada y estás segura y sin ningún
-cuidado, no sabiendo cuánto mal y peligro tienes; pero nosotras, que
-con grandísimo cuidado velamos sobre lo que te cumple, mucho somos
-fatigadas con tu daño, porque has de saber que hemos hallado por
-verdad que este tu marido que se echa contigo es una serpiente grande
-y venenosa; lo cual, con el dolor y pena que de tu mal tenemos, no te
-podemos encubrir, y ahora se nos recuerda de lo que el dios Apolo dijo
-cuando le consultaron sobre tu casamiento, que tú eras señalada para
-casarte con una cruel bestia. Y muchos de los vecinos de estos lugares,
-que andan a cazar por estas montañas, dicen que han visto este dragón
-por aquí cerca, y que se echa a nadar por este río para pasar acá, y
-todos afirman que te quiere engordar con estos regalos y manjares que
-te da; y cuando esta tu preñez estuviere más crecida, y tú estuvieres
-bien llena, por gozar de más hartura, que te ha de tragar. Tú ahora,
-hermana, mira bien lo que te<span class="pagenum" id="Page_89">p.
-89</span> decimos, porque mejor será que vivas entre los tuyos, que no
-estar aquí solitaria en peligro tan grande.</p>
-
-<p>Psique, como era muchacha y de noble condición, creyó lo que le
-dijeron, y con palabras tan espantables, salió casi de seso, por lo
-cual olvidó las amonestaciones de su marido; y así, turbada, les
-dijo:</p>
-
-<p>—Vosotras, hermanas, hacéis lo que debéis a virtud, y eso que decís
-trae camino, porque yo hasta hoy nunca pude ver la cara de mi marido;
-solamente le oigo hablar de noche, y así paso con marido incierto que
-huye de la luz, y siempre me amenaza que me vendrá gran mal si porfío
-ver su cara.</p>
-
-<p>Cuando las malas mujeres hallaron el corazón de su hermana
-descubierto, dejados los engaños secretos, comenzaron con las espadas
-desenvainadas públicamente a combatir el pensamiento temeroso de la
-simple mujer, y la una de ellas dijo de esta manera:</p>
-
-<p>—El mejor camino que yo veo en este negocio es que has de esconder
-secretamente en la cama donde te sueles acostar, una navaja bien aguda,
-y pondrás un candil lleno de aceite, encendido, debajo de alguna
-cobertura al canto de la cámara, y con este aparejo, disimuladamente,
-cuando viniere aquel serpiente a acostarse como suele, desde que ya
-tú veas que él duerme, salta de la cama, y muy pasico, saca el candil
-de debajo de donde está escondido, y con la navaja en la mano, con el
-mayor esfuerzo que pudieres, dale en el nudo de la cerviz de aquel
-serpiente venenoso, y córtale la cabeza; y no pienses que te faltará
-nuestra ayuda y favor, porque después de esto hecho te llevaremos en
-nuestra compañía con todas estas riquezas, y te casaremos con quien
-mereces.</p>
-
-<p>Con estas palabras encendieron tanto las hermanas a Psique, que
-la dejaron ardiendo, y ellas, temiendo del<span class="pagenum"
-id="Page_90">p. 90</span> mal consejo que le daban no les viniese algún
-gran mal por ello, se partieron luego; y con el viento acostumbrado,
-se fueron hasta encima del risco, de donde se fueron lo más presto que
-pudieron, y entráronse en sus naos, y fuéronse a sus tierras.</p>
-
-<p>Psique quedó sola, y llorando pensaba cómo había de hacer aquel
-negocio; por una parte osaba, y por otra temía. En fin, lo que más le
-fatigaba era que en un mismo cuerpo aborrecía la serpiente y amaba a su
-marido.</p>
-
-<p>Ya que la noche venía, comenzó a aparejar el candil y navaja, para
-su mal. Siendo de noche, vino el marido a la cama, el cual, desde que
-hubo burlado con ella, comenzó a dormir suavemente. Entonces Psique se
-levantó de la cama, y sacado el candil debajo de donde estaba, tomó la
-navaja en la mano, y como alumbrase con el candil, y descubriese todo
-el secreto de la cama, vio una bestia la más mansa y dulce de todas las
-fieras; digo que era aquel dios del amor, que se llama Cupido, el cual
-estaba acostado muy hermosamente, y con su vista alegrándose, la lumbre
-del candil creció, y la aguda y sacrílega navaja resplandeció.</p>
-
-<p>Cuando Psique vio tal cosa, espantada y fuera de sí, se cortó y cayó
-sobre las rodillas, y la navaja se le cayó de las manos. Estando así
-fatigada y desfallecida, cuanto más miraba la cara divina de Cupido,
-tanto más se recreaba con su hermosura. Ella le vio los cabellos como
-hebras de oro, llenos de olor divino; el cuello blanco como la leche;
-la cara blanca y roja, como rosas coloradas, y los cabellos de oro
-colgando por todas partes que resplandecían como el sol, y vencían la
-lumbre del candil. Tenía en los hombros péñolas de color de rosas y
-flores; y todo lo demás del cuerpo estaba hermoso, como convenía a hijo
-de la diosa Venus, que lo parió sin arrepentirse por ello.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span>Estaban ante los pies
-de la cama el arco y saetas; que son armas del dios de amor; lo cual
-todo estando mirando Psique, no se hartaba de mirarlo; maravillándose
-de las armas de su marido, saca del carcax una saeta, y estándola
-tentando con el dedo, a ver si era tan aguda como decían, hincósele un
-poquito de la saeta, de manera que tiró sangre de color de rosas, y de
-esta manera Psique, no sabiéndolo, cayó y fue presa en amor del dios de
-amor. Entonces con mayor ardor de amor se abajó sobre él y lo comenzó a
-besar con tan gran placer, que temía no despertase tan presto.</p>
-
-<p>Estando ella en este placer herida del amor, el candil que tenía en
-la mano, o por no serle fiel, o de envidia mortal, o por ventura que él
-también quiso tocar el cuerpo de Cupido, echó de sí una gota de aceite
-hirviendo, y cayó sobre el hombro derecho de Cupido.</p>
-
-<p>De esta manera el dios Cupido, quemado, saltó de la cama, y
-conociendo que su secreto era descubierto, callando, desapareció y huyó
-de los ojos de Psique, la cual se pegó a una de sus piernas cuando se
-levantaba, y así fue colgando de sus pies por las nubes del cielo,
-hasta tanto que, cansada, cayó en el suelo. Pero el dios de amor no la
-quiso desamparar en la caída, y vino volando a sentarse en un ciprés
-que allí estaba, de donde la empezó a reprender, diciendo:</p>
-
-<p>—¡Oh, Psique, mujer simple! Yo, no recordándome de los mandamientos
-de mi madre Venus, la cual me había mandado que te hiciese ser
-enamorada del más miserable hombre del mundo, te quise bien y fui tu
-enamorado; pero esto que hice, bien sé que fue hecho livianamente, y yo
-mismo, que tiro a los otros con mis saetas, me herí a mí, y te tomé por
-mi mujer, y tú querías cortar mi cabeza. ¿No sabes tú cuántas veces te
-decía que te guardases<span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span>
-de querer ver mi cara? Pero aquellas malas y envidiosas de tus hermanas
-presto me pagarán el consejo que te dieron.</p>
-
-<p>Diciendo esto, levantose con sus alas y voló en alto hacia el cielo;
-Psique quedó echada en tierra, y cuanto podía con la vista, miraba
-cómo su marido iba volando, y afligía su corazón con muchos lloros y
-gemidos.</p>
-
-<p>Después que su marido desapareció, desesperada se echó en un río que
-allí cerca estaba; pero el río, por honra del dios de amor, cuya mujer
-ella era, tomola encima de sus ondas sin hacerle algún mal, y púsola
-sobre las flores y hierbas del campo.</p>
-
-<p>Acaso el dios Pan, que es dios de las montañas, estaba asentado en
-un otero cerca del río, enseñando a tañer una flauta a la ninfa Caña, y
-viendo a Psique tan desmayada y llena de dolor, llamola, y halagándola
-con buenas palabras, le dijo:</p>
-
-<p>—Doncella hermosa, bien veo que andas fatigada de dolor; mas no
-se puede resistir a los crueles hados, por tanto, ten paciencia, y
-no vuelvas a echarte en el río ni te mates con ningún otro género de
-muerte. Antes procura aplacar con plegarias al dios Cupido, que es el
-mayor de los dioses, y trabaja por merecer su amor, con servicios y
-halagos, porque es mancebo delicado y muy regalado.</p>
-
-
-<h3 title="V." id="Ch5_5" ><span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span>V.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo Psique fue a sus hermanas a quejarse de su
-desdicha mala, y del castigo que sus hermanas recibieron.</p>
-
-<p>Hablando de esta manera el dios Pan a Psique, ella, sin responderle
-palabra, comenzó a caminar por una senda que allí vio, y tanto anduvo,
-hasta que llegó a una ciudad, adonde era el reino de una de sus
-hermanas. La cual hermana, como supo que estaba allí Psique, mandola
-entrar. Y después que se hubieron abrazado ambas a dos, preguntole qué
-era la causa de su venida. Psique le respondió:</p>
-
-<p>—¿No te recuerdas tú, señora hermana, el consejo que me disteis
-ambas a dos, que matase aquella grande bestia que conmigo se acostaba,
-antes que me tragase, para lo cual me diste una navaja? Y como yo
-quisiese poner por obra vuestro consejo, saqué el candil, y luego que
-miré su gesto y cara, veo una cosa divina y maravillosa, al hijo de
-la diosa Venus, digo al dios Cupido, aquel dios de amor que estaba
-hermosamente durmiendo, y como yo estaba pasmada de ver un dios tan
-hermoso y tan resplandeciente, acaso cayó una gota de aceite hirviendo
-del candil sobre su hombro, y con el dolor despertó; y como me vio
-armada con hierro y fuego, díjome:</p>
-
-<p>—¿Cómo has hecho tan gran maldad y traición? Anda, vete luego de mi
-casa, que yo casaré con una de tus hermanas, y la dotaré de más ricas
-piezas que a ti.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span>Y diciendo esto,
-mandó al viento cierzo que me pusiese muy lejos de su casa.</p>
-
-<p>No había acabado Psique de hablar estas palabras, cuando la hermana,
-incitada de envidia inmortal, compuesta una mentira para engañar a su
-marido, diciendo que había sabido de cómo su padre estaba a la muerte
-metiose en una nao, y fue navegando hasta que llegó a aquel risco, en
-el cual subida, dijo:</p>
-
-<p>—¡Oh, Cupido! Recíbeme, que soy perteneciente para ser tu mujer, y
-tú, viento cierzo, recibe a tu señora.</p>
-
-<p>Con estas palabras dio un salto grande del risco abajo, pero ella
-ni viva ni muerta pudo llegar al lugar que deseaba, porque se hizo por
-aquellas peñas pedazos, como merecía.</p>
-
-<p>Tras de esta no tardó mucho la pena y venganza de la otra hermana,
-porque yendo Psique por su camino más adelante llegó a otra ciudad,
-en la cual moraba la otra su hermana, a la cual asimismo engañó con
-decirle lo que había dicho a la otra. Y queriendo el casamiento que no
-le cumplía, fuese a aquel risco, de donde fue despeñada.</p>
-
-<p>Entretanto Psique andaba muy congojosa en busca de su marido Cupido
-por todos los pueblos y ciudades; pero él, herido de la llaga que le
-hizo la gota de aceite del candil, estaba echado enfermo, gimiendo, en
-la cámara de su madre.</p>
-
-<p>Entonces un ave blanca que se llama gaviota, zambullose dentro en la
-mar, y halló allí a la diosa Venus, que se estaba lavando, nadando y
-holgando, a la cual se llegó y le dijo cómo su hijo Cupido estaba malo
-de una llaga de fuego que le daba mucho dolor: diciéndole más: que él
-se había estado apartado de las gentes, metido en una sierra con una
-doncella muy hermosa, la cual<span class="pagenum" id="Page_95">p.
-95</span> le había hecho la llaga, y que en el mundo ya no había amor
-ni policía alguna, ni nadie se casaba, ni se amaban los casados, sino
-todo andaba al contrario, feo y enojoso para todos.</p>
-
-<p>Cuando aquella ave parlera dijo estas cosas a Venus, llena de ira y
-enojo contra su hijo Cupido, exclamó diciendo estas palabras:</p>
-
-<p>—Paréceme que ya aquel bueno de mi hijo tiene alguna amiga; hazme
-tanto placer tú, que me sirves con más amor que ninguna, que me digas
-el nombre de aquella que engañó a este muchacho sin barbas y de poca
-edad, ahora sea alguna de las ninfas o del número de las diosas, ahora
-sea del coro de las musas o del ministerio de mis gracias.</p>
-
-<p>Aquella ave parlera no calló lo que sabía, diciendo:</p>
-
-<p>—Por cierto, señora, no sé bien cómo se llama, mas pienso, si bien
-me recuerdo, que la que tu hijo ama se llama Psique.</p>
-
-<p>Entonces Venus, indignada, comenzó a dar voces, diciendo:</p>
-
-<p>—Ciertamente, él debe amar a aquella Psique, que pensaba tener mi
-gesto y era envidiosa de mi nombre; de lo que más tengo enojo en este
-negocio, es que me hizo a mí alcahueta, porque yo le mostré y enseñé
-por dónde conociese a aquella moza.</p>
-
-<p>De esta manera, riñendo y gritando, prestamente se salió de la mar
-y fuese luego a su cámara, a donde halló a su hijo malo, según lo
-había oído, y desde la puerta comenzó a dar voces, diciendo de esta
-manera:</p>
-
-<p>—Honesta cosa es, y que cumple mucho a nuestra honra y fama, lo que
-tú has hecho parecerte buena cosa, menospreciar y tener en poco los
-mandamientos de tu madre, dándome pena con los amores de mi enemiga
-que<span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span> tenía robada en el
-mundo mi honra y honor. ¿Piensas tú que tengo yo de sufrir, por amor
-de ti, nuera que sea mi enemiga? Pero tú, mentiroso y corrompedor de
-costumbres, presumes que tú solo eres engendrado para los amores, y
-que yo no podré parir otro Cupido; pues quiero ahora que sepas que yo
-podré engendrar otro hijo mucho mejor que tú; y aun porque más sientas
-la injuria, adoptaré por hijo a alguno de mis esclavos y servidores, y
-darle he alas y llamas de amores, con el arco y las saetas y todo lo
-otro que a ti di.</p>
-
-<p>Después que Venus hubo dicho esto, saliose fuera muy enojada
-diciendo palabras de enojo; pero la diosa Ceres y Juno, como la vieron
-enojada, la fueron a acompañar, y la preguntaron qué era la causa por
-que traía el gesto tan turbado, y los ojos, que resplandecían (de tanta
-hermosura), traía tan revueltos mostrando su enojo.</p>
-
-<p>Ella respondió:</p>
-
-<p>—A buen tiempo venís para preguntarme la causa de este enojo que
-traigo, aunque no por mi voluntad, sino porque otro me lo ha dado; por
-ende, yo os ruego que con todas vuestras fuerzas busquéis a aquella
-huidora de Psique doquier que la hallareis, porque yo bien sé que
-vosotras sabéis toda la historia de lo que ha acontecido en mi casa con
-este hijo que no oso decir que es mío.</p>
-
-<p>Ellas, sabiendo las cosas que habían pasado, deseando amansar la ira
-de Venus, comenzáronle a hablar de esta manera:</p>
-
-<p>—Qué, ¿tan gran delito pudo hacer tu hijo, que tú, señora, estés
-contra él enojada con tan gran pertinacia y melancolía, y que a aquella
-que él mucho ama tú la desees destruir? Rogámoste que mires bien si es
-crimen para tu hijo que le pareciese bien una doncella; ¿no sabes tú
-que es hombre? ¿Hásete ya olvidado cuántos años<span class="pagenum"
-id="Page_97">p. 97</span> tiene tu hijo, o porque es mancebo y hermoso
-tú piensas que es todavía muchacho? Tú eres su madre y mujer de seso,
-y siempre has experimentado los placeres y juegos de tu hijo, ¿y tú
-culpas en él y reprendes sus artes y amores, y quieres cerrar la tienda
-pública de los placeres de las mujeres?</p>
-
-<p>De esta manera ellas querían satisfacer por el dios Cupido, por
-miedo de sus amorosas saetas. Mas Venus, viendo que burlaban de ella,
-las dejó con la palabra en la boca y se volvió a la mar, de donde había
-salido.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch6_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">LIBRO VI.</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p>
-
-<p class="hang">Después de haber Psique con mucha fatiga buscado a
-Cupido, se ofreció a Venus, y con cuánta soberbia fue tratada de
-ella; mandole hacer cosas imposibles; conviene a saber: que apartase
-de un montón grande todas las simientes, cada linaje de granos por
-su parte, y que le trajese el fleco del vellocino de oro, y del agua
-Estigia infernal le trajese un jarro lleno. — Asimismo le trajese una
-bujeta llena de la hermosura de Proserpina. — Todas las cuales cosas
-hechas por ayuda de los Dioses, Psique casó con su marido Cupido en el
-Concilio de los Dioses, y sus bodas fueron celebradas en el cielo, del
-cual matrimonio nació el deleite.</p>
-
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo Psique fue al templo de la diosa Ceres y al de
-Juno a demandarles socorro y ayuda para su fatiga, y ninguna se lo dio
-por no enojar más a Venus, que estaba enojada.</p>
-
-<p>La desdichada Psique andaba por diversas partes y caminos buscando
-a su marido, y tanto más le crecía el deseo de hallarlo, cuanta era
-la pena que traía en buscarle. Y deliberaba entre sí que si no le
-pudiese con sus<span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span> halagos
-como mujer amansar, que a lo menos con sus ruegos y oraciones lo
-aplacara.</p>
-
-<p>Yendo así pensando en esto, vio un templo encima de un alto monte, y
-dijo:</p>
-
-<p>—¿Qué sé yo ahora si por ventura mora mi señor en este templo? Y
-luego se fue hacia allá; y habiendo subido a aquel monte, llegó al
-templo y entró, donde vio muchas espigas de trigo y cebada derramadas
-por el suelo sin ningún orden ni concierto. Psique, como vio estas
-cosas derramadas, comenzó a apartar cada cosa por su parte, y a
-componerlo y a ataviarlo todo.</p>
-
-<p>Estando en esta obra, entró la diosa Ceres, y como la viese,
-comenzole a decir.</p>
-
-<p>—¡Oh Psique desventurada, la diosa Venus anda por todo el mundo con
-grandísima ansia buscándote, y pretende traerte a la muerte, y tú ahora
-estás aquí teniendo cuidado de mis cosas!</p>
-
-<p>Entonces Psique echose a sus pies y comenzolos a regar con sus
-lágrimas, suplicándole y pidiéndole perdón, diciendo:</p>
-
-<p>—Ruégote, señora, por la tu diestra mano, sembradora de los panes,
-y por las ceremonias alegres de las sementeras, y por las aradas y
-barbechos de Sicilia, y por los sacrificios que se hacen en la ciudad
-Eleusina, que tú socorras a la triste ánima de tu sierva Psique, y
-consiente que entre estos montones de espigas me pueda esconder algunos
-pocos días hasta que pase la cruel y vengativa ira de tan gran diosa
-como es Venus.</p>
-
-<p>Ceres le respondió:</p>
-
-<p>—Ciertamente yo me he conmovido a compasión por ver tus lágrimas
-y lo que me ruegas, y deséote ayudar, pero no quiero incurrir en
-desgracia de mi cuñada, con la cual tengo antigua amistad. Así que tú
-parte luego de<span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> mi
-casa, y recibe en gracia que no fuiste presa por mí ni retenida.</p>
-
-<p>Cuando Psique esto oyó, llena de mayor dolor, tomó su camino
-adelante, y habiendo andado un gran rato, vio un hermoso templo que
-estaba en una selva de mucha arboleda, edificado muy pulidamente, en el
-cual entró y vio en él muy ricos dones de ropas y vestiduras colgadas
-de los troncos y ramas de los árboles con letras de oro que decían la
-causa por que eran allí ofrecidas, y el nombre de la diosa a quien se
-daban.</p>
-
-<p>Entonces Psique, hincando las rodillas en el suelo y con las manos
-tocando el altar y limpiándolas con lágrimas de sus ojos, comenzó a
-decir de esta manera:</p>
-
-<p>—¡Oh tú, Juno, mujer y hermana del gran Júpiter, o estés en el
-antiguo templo de la isla de Samos, la cual se glorifica porque tú
-naciste y te criaste allí; o estés en la silla de la alta ciudad de
-Cartago, la cual te adoró como doncella que fuiste llevada al cielo
-encima de un león; o estés en la ribera del río Ínaco, el cual hace
-memoria de ti, que eres casada con Júpiter y reina de las diosas; o
-estés en las ciudades de los griegos, adonde todos te honran como a
-diosa de los casamientos; donde quiera que estés, te ruego que socorras
-mis extremas necesidades y peligros!</p>
-
-<p>Acabado de decir esto, luego le pareció la diosa Juno, y díjole:</p>
-
-<p>—Yo te quisiera remediar con mi ayuda y favor; pero contra la
-voluntad de Venus, mi nuera, la cual siempre tuve en lugar de hija,
-no lo puedo hacer, porque la vergüenza me resiste. Demás de esto, las
-leyes prohíben que nadie pueda recibir los esclavos fugitivos contra la
-voluntad de sus señores; por tanto, vete luego de aquí.</p>
-
-
-<h3 title="II." id="Ch6_2" ><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span>II.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo Psique se fue a presentar ante Venus por
-demandarle perdón, y los trabajos que con ella hubo.</p>
-
-<p>De esta manera espantada Psique, viéndose desechada del favor de las
-diosas, determinó presentarse ante la diosa Venus, pensando que con
-esta humildad y obediencia la aplacaría. En este medio tiempo, Venus,
-enojada de andar a buscar a Psique por la tierra, determinó subir al
-cielo, y mandó aparejar su carro, el cual, Vulcano, su marido, muy
-sutil y pulidamente había fabricado y se lo había dado en arras de su
-casamiento, y luego a la hora salieron de su cámara cuatro palomas muy
-blancas, pusiéronse en orden para llevar el carro, y como Venus subió
-encima, comenzaron a volar alegremente, y tras el carro comenzaron a
-volar muchos pajaritos y aves que cantaban muy dulcemente, haciendo
-saber como Venus venía.</p>
-
-<p>En esta manera llegó al palacio real de Júpiter, y con mucha osadía
-pidió que le mandase al dios Mercurio le ayudase con su voz, que había
-menester para cierto negocio.</p>
-
-<p>Júpiter se lo otorgó, y mandó que así se hiciese.</p>
-
-<p>Entonces ella, alegremente, acompañándola Mercurio, se partió del
-cielo y de esta manera habló a Mercurio:</p>
-
-<p>—Hermano de Arcadia, tú sabes bien que tu hermana Venus nunca hizo
-cosa alguna sin tu ayuda y presencia, y ahora tú no ignoras cuánto
-tiempo ha que yo no<span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span>
-puedo hallar a aquella mi sierva que se anda escondiendo de mí; así que
-ya no tengo otro remedio sino que públicamente tú pregones que le será
-dado gran premio a quien la descubriere. Por ende te ruego que hagas
-prestamente lo que te digo, y en tu pregón da las señas e indicios por
-donde manifiestamente se pueda conocer.</p>
-
-<p>Diciendo esto, se fue a su casa.</p>
-
-<p>No olvidó Mercurio lo que Venus le mandó hacer, y luego se fue
-por todos los lugares y ciudades pregonando que si alguno mostrare o
-prendiere a Psique, hija del rey y sierva de Venus, que anda huida, que
-le dará por ello muy grande premio.</p>
-
-<p>De esta manera pregonando Mercurio, todos buscaban a Psique por
-ganar el hallazgo, la cual cosa oída por ella, luego a mucha prisa se
-fue a presentar al templo de Venus, y como llegó a las puertas del
-templo, salió a ella una doncella de Venus, que había nombre Costumbre,
-y como la vio, comenzó a dar grandes voces diciendo:</p>
-
-<p>—Vos dueña, mala esclava, ya sentís que tenéis señora; no sabéis
-cuánto trabajo nos habéis dado, que andamos por todas las partes a
-buscaros. Pero bien está pues caísteis en mis manos; haced cuenta que
-caísteis en la cárcel del infierno, adonde para siempre jamás nunca
-podréis salir, y muy prestamente recibiréis la pena de vuestra gran
-contumacia y fiera rebeldía.</p>
-
-<p>Diciendo esto arremetió a ella, y tomándola por los cabellos, la
-llevó ante Venus, la cual, como la vio, comenzose a reír, y meneando la
-cabeza, rascándose en la oreja, comenzó a decir:</p>
-
-<p>—Basta, que ya fuiste contenta de hablar a tu suegra; mas antes
-creo que lo hiciste por ver a tu marido, que está a la muerte de la
-llaga que tú le causaste; pero<span class="pagenum" id="Page_103">p.
-103</span> está segura que yo te recibiré como conviene a buena
-nuera.</p>
-
-<p>Y como esto dijo, llamó a sus criadas la Costumbre y la Tristeza, a
-las cuales mandó que azotasen cruelmente a Psique. Ellas, obedeciendo
-el mandamiento de su señora, dieron tantos azotes a la mezquina Psique,
-que la atormentaron muy malamente, y luego la tornaron a presentar otra
-vez ante su señora. Venus, como la vio, se comenzó otra vez a reír, y
-dijo:</p>
-
-<p>—¿No veis cómo aun en el vientre que trae hinchado nos conmueve a
-misericordia? Piensa hacerme abuela, bien dichosa con lo que saliere
-de esta su preñez. Dichosa yo que en la flor de mi edad me llamarán
-abuela, y el hijo de una bellaca oirá que le llamen nieto de la diosa
-Venus; pero necia soy en decir esto, porque mi hijo no es casado,
-por cuanto las personas no son iguales, y lo que hicieron entre sí
-no es válido, que fue en un monte escondido y sin testigos, ni con
-consentimiento de padre ni madre.</p>
-
-<p>Y diciendo esto, tomó trigo y cebada, mijo y centeno, garbanzos
-y lentejas, lo cual todo mezclado y hecho un gran montón, dijo a
-Psique:</p>
-
-<p>—Tú me pareces mujer de gran cuidado: yo quiero experimentar tu
-servicio; por tanto, aparta todos los granos de estas simientes que
-están juntos en este montón, y cada simiente apartada me la has de dar
-antes de la noche.</p>
-
-<p>Y diciendo esto, se fue a comer a las bodas de sus dioses.</p>
-
-<p>Psique, embarazada con la grandeza de aquel mandamiento, estaba
-callando como una muerta, que nunca alzó la mano a comenzar tan grande
-obra para nunca acabar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span>Entonces aquellas
-pequeñas hormigas del campo, teniendo mancilla de tan gran trabajo
-y dificultad como era el de la mujer del dios de amor, discurrieron
-prestamente por esos campos, y llamaron todas las huestes de hormigas,
-diciéndoles:</p>
-
-<p>—¡Oh sutiles hijas, criadas de la tierra, madre de todas las
-cosas, habed mancilla de una moza hermosa, mujer del dios de amor, y
-socorredla presto, que está en gran peligro!</p>
-
-<p>—Entonces, como ondas de agua, venían infinitas hormigas, cayendo
-unas sobre otras, y con mucha diligencia apartaron todo el montón,
-grano a grano. Después de apartado y divisos todos los géneros de
-simiente, prestamente se fueron de allí.</p>
-
-<p>Luego, al comienzo de la noche, Venus llegó, y vista la diligencia
-de la obra, dijo:</p>
-
-<p>—¡Oh mala, no es tuya ni de tus manos esta obra sino de aquel a
-quien tú más has placido!</p>
-
-<p>Y diciendo esto, echole un pedazo de pan para que comiese, y se fue
-a acostar.</p>
-
-
-<h3 id="Ch6_3">III.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo Venus mandó a Psique cosas muy dificultosas, las
-cuales acabó con&nbsp;ayuda de los dioses.</p>
-
-<p>Y al otro día, luego que amaneció, mandó Venus llamar a Psique, y
-díjole de esta manera:</p>
-
-<p>—¿Ves tú aquella floresta por donde pasa aquel río que tiene
-aquellos grandes árboles alderredor, y ves<span class="pagenum"
-id="Page_105">p. 105</span> aquellas ovejas resplandecientes y de color
-de oro, que andan por allí paciendo, sin que nadie las guarde? Pues ve
-allá luego, y tráeme la flor de su precioso vellocino, en cualquier
-manera que lo puedas traer.</p>
-
-<p>Psique, de muy buena gana se fue allá, no con pensamiento de hacer
-lo que Venus le había mandado, mas por dar fin a sus males, echándose
-de un risco de aquellos dentro en el río. Y llegando cerca del río, una
-caña verde, que es madre de la suave música, meneada de un dulce aire,
-por inspiración divina le habló de esta manera:</p>
-
-<p>—Psique, tú que has sufrido tantas tribulaciones, no me quieras
-ensuciar mis muy santas aguas con tu misérrima muerte, ni tampoco
-llegues a estas espantosas ovejas; porque tomado el calor del sol,
-suelen ser muy rabiosas, y con los cuernos agudos y las frentes de
-piedra, y aun mordiendo con los dientes ponzoñosos, matan a muchos
-hombres. Pero después que pasare el ardor del mediodía y las ovejas
-se vayan a reposar a la frescura del río, podrás esconderte debajo de
-aquel alto plátano, y como tú vieres que las ovejas, dejada toda su
-ferocidad, comienzan a dormir, sacudirás las ramas y hojas de aquel
-monte que está cerca de ellas, y allí hallarás las vedijas de oro, que
-se pegan por aquellas varas cuando las ovejas pasan.</p>
-
-<p>En esta manera la caña, por su virtud y humanidad, enseñó a la
-mezquina de Psique cómo se había de remediar. Ella, cuando esto oyó, no
-fue negligente en cumplirlo; y así, haciendo todo lo que le dijo, hurtó
-el oro con la lana de aquellos montes, y trájola a Venus. Mas con todo
-esto, nunca se aplacó su ira, y con una risa falsa le dijo:</p>
-
-<p>—Tampoco creo yo ahora que en esto que tú hiciste<span
-class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span> faltó quien te ayudase;
-pero yo quiero experimentar si por ventura tú lo haces con esfuerzo
-tuyo y prudencia o con ayuda de otro: por ende, mira bien aquella
-altura de aquel monte, a donde están aquellos riscos muy altos, de
-donde sale una fuente de agua muy negra, que desciende por aquel valle
-donde hace aquellas lagunas hondas y turbias, y de allí salen algunos
-arroyos infernales, feos y temerosos a la vista de todos. De allí, de
-la altura donde sale aquella fuente, tráeme este vaso lleno de agua.</p>
-
-<p>Y diciendo esto, le dio un vaso de cristal, amenazándola si no lo
-traía lleno como le decía.</p>
-
-<p>Psique, cuando esto oyó, aceleradamente se fue hacia aquel monte,
-para subir encima de él, y desde allí echarse, para dar fin a su
-amarga vida. Pero como llegó alderredor de aquel monte, vio una mortal
-dificultad para llegar a él, porque estaba allí un risco muy alto,
-que parecía llegar al cielo, y tan liso, que no había quien por él
-pudiese subir, de encima del cual salía una fuente de agua muy negra
-y espantable, que corría por aquellos riscos abajo, venía a un valle
-grande, que estaba cercado de una parte y de la otra de grandes riscos,
-a donde moraban dragones espantables, con los cuellos alzados y los
-ojos tan abiertos para velar, que jamás los cerraban, ni pestañeaban; y
-como ella llegó allí, las mismas aguas le hablaron, diciéndole muchas
-veces que se apartase de allí, o si no, que moriría.</p>
-
-<p>Cuando Psique vio la imposibilidad que había de llegar a aquel
-lugar, fue tornada como una piedra, en tal manera, que con el gran
-miedo del peligro estaba tan muerta, que carecía del último consuelo
-y solaz de las lágrimas; pero no pudo esconderse a los ojos de la
-divina Providencia tanta fatiga y tribulación de la inocente<span
-class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span> Psique, la cual, estando en
-esta fatiga, aquella ave real de Júpiter que se llama águila, abiertas
-las alas, vino volando súbitamente, recordándose del servicio que
-antiguamente hizo Cupido a Júpiter, cuando por su diligencia arrebató
-a Ganímedes el troyano para su copero; queriendo dar ayuda y pagar el
-beneficio recibido y ayudar a los trabajos de Psique, mujer de Cupido,
-dejó de volar por el cielo, y vínose a la presencia de Psique, y díjole
-en esta manera:</p>
-
-<p>—¿Cómo tú eres tan simple y necia de tales cosas, que esperas
-poderte hartar, ni solamente tocar a una sola gota de esta fuente, no
-menos cruel que santísima? ¿Tú nunca oíste alguna vez que estas aguas
-estigias son espantables a los dioses y aun al mismo Júpiter? Demás
-de esto, vosotros los mortales juráis por los dioses, pero los dioses
-acostumbran jurar por la Majestad del lago Estigio; pero dame ese vaso
-que traes.</p>
-
-<p>El cual ella le dio, y el águila se lo arrebató de la mano muy
-presto, y volando entre las bocas y dientes crueles y las lenguas de
-tres órdenes de aquellos dragones, fue al agua e hinchió el vaso,
-consintiéndolo la misma agua, y aun amonestándole que prestamente se
-fuese, antes que los dragones la matasen.</p>
-
-<p>El águila, fingió que por el mandamiento de la diosa Venus, y para
-su servicio, había venido por aquella agua; por la cual causa más
-fácilmente llegó a henchir el vaso y salir libre con ella. En esta
-manera tornó con mucho gozo, y dio el vaso a Psique, lleno de agua;
-la cual llevó luego y la dio a Venus; pero con todo esto, nunca pudo
-aplacar ni amansar algo su crueldad; antes con su risa mortal, como
-solía, le habló, amenazándola con mayores tormentos, diciendo:</p>
-
-<p>—Ya tú me pareces una gran hechicera, porque muy<span
-class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span> bien has remediado mis
-mandamientos; mas tú, lumbre de mis ojos, aún te resta otra cosa que
-has de hacer. Toma esta bujeta (la cual luego le dio) y vete a los
-palacios del infierno, y darás esta bujeta a Proserpina, diciéndole:
-«Venus te ruega que le des aquí una poca de tu hermosura, que baste
-siquiera para un día, porque todo lo hermoso que ella tenía lo ha
-perdido y consumido curando a su hijo Cupido, que está muy malo»; y
-torna presto con ella, porque tengo necesidad de lavarme la cara con
-esto para entrar en el teatro y fiesta de los dioses.</p>
-
-<p>Entonces Psique abiertamente sintió su último fin, pues la mandaban
-ir al infierno, donde estaban las ánimas de los muertos. Con este
-pensamiento se fue a una torre muy alta para echarse de allí abajo, por
-así acabar su vida y descender muy presto al infierno. Pero la torre le
-habló de esta manera:</p>
-
-<p>—¡Mezquina de ti! ¿Por qué te quieres matar echándote de aquí abajo?
-Pues que ya este es último peligro y trabajo que has de pasar, porque
-si una vez tu alma fuere apartada de tu cuerpo, bien podrás ir de
-cierto al infierno; pero créeme, que en ninguna manera podrás tornar
-a salir de allí. No está muy lejos de aquí una noble ciudad de Acaya,
-que se llama Lacedemonia; cerca de esta ciudad busca un monte que se
-llama Ténaro, el cual está apartado en lugares remotos. En este monte
-está una puerta del infierno, y por la boca de aquella cueva va un
-triste camino, por donde si tú entras podrás ir por aquella solitaria
-vía derechamente a los infiernos, a donde están los palacios del rey
-Plutón; pero no entiendas que has de llevar las manos vacías, porque
-te conviene llevar en cada una de las dos una sopa de pan mojada en
-meloja, y en la boca has de llevar dos monedas,<span class="pagenum"
-id="Page_109">p. 109</span> y desde que ya hubieres andado buena parte
-de aquel camino de la muerte, hallarás un asno cojo cargado de leña,
-con él un hombre también cojo, el cual te rogará que le des ciertas
-chamizas para echar en la carga, que se le cae; pero tú pásate callando
-sin hablarle palabra, y después, como llegares al río donde está
-Caronte, él te pedirá portazgo, porque así pasa él en su barca de la
-otra parte a los muertos que allí llegan, porque has de saber que hasta
-allí entre los muertos hay avaricia; que ni Caronte, ni aquel gran rey
-Plutón, hacen alguna cosa de gracia, y si algún pobre muere, cúmplele
-buscar dineros para el camino, porque si no los llevare en la mano no
-le pasarán de allí. A este viejo le darás, en nombre de flete, una
-moneda de aquellas que llevares, pero ha de ser que él mismo la tome
-con su mano de tu boca. Después que hubieres pasado este río muerto,
-hallarás otro viejo muerto y podrido, que anda nadando sobre las aguas
-de aquel río, y alzando las manos te rogará que lo recibas dentro en
-la barca; tú no cures de usar piedad que no te conviene. Pasado el río
-y andando un poco adelante, hallarás unas viejas tejedoras que están
-tejiendo una tela, las cuales te rogarán que les toques la mano; pero
-tú no lo hagas, porque no te conviene tocarles en manera ninguna.
-Que has de saber que todas estas cosas y otras muchas, nacen de las
-asechanzas de Venus, que quería que te pudiesen quitar de las manos
-una de aquellas sopas, lo cual te sería muy grave daño, porque si una
-de ellas perdieses, nunca jamás tornarías a esta vida. Demás de esto,
-sepas que está un poco más adelante un perro muy grueso y grande que
-tiene tres cabezas, el cual es muy espantable, y ladrando con aquellas
-bocas abiertas, espanta a los muertos, a los cuales ya ningún mal puede
-hacer,<span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span> y siempre está
-velando ante la puerta del oscuro palacio de Proserpina, guardando
-la casa vacía de Plutón. Cuando aquí llegares, con una sopa que le
-eches lo tendrás enfrenado y podrás luego pasar fácilmente, y entrarás
-a donde está Proserpina, la cual te recibirá benigna y alegremente,
-y te mandará sentar y dar muy bien de comer; pero tú siéntate en el
-suelo y come de aquel pan negro que te dieren, y pide luego de parte de
-Venus aquello por que eres venida, y recibido lo que te dieren en la
-bujeta, cuando tornares amansarás la rabia de aquel perro con la otra
-sopa, y después cuando llegares al barquero avariento, le darás la otra
-moneda que guardaste en la boca, y pasando aquel río, tornarás por las
-mismas pisadas por donde entraste, y así vendrás a ver esta claridad
-celestial. Pero sobre todo te aviso que en ninguna manera cures de
-abrir ni mirar lo que traes en la bujeta.</p>
-
-<p>De esta manera aquella torre, habiendo mancilla de Psique, le
-declaró lo que le era menester.</p>
-
-<p>No tardó Psique, que luego se fue al monte Ténaro, y tomando
-aquellos dineros y aquellas sopas como le mandó la torre, entrose por
-aquella boca del infierno, y pasando callando aquel asnero cojo y
-pagado a Caronte su flete porque la pasase, y menospreciando asimismo
-el deseo de aquel viejo muerto que andaba nadando, y también no curando
-de los engañosos ruegos de las viejas tejedoras, y habiendo amansado
-la rabia de aquel temeroso perro con el manjar de aquella sopa, llegó,
-pasando todo esto, a los palacios de Proserpina; pero no quiso aceptar
-el asiento y manjar que Proserpina le mandaba dar, mas contenta con
-un pedazo de pan, le dio la embajada que de Venus traía, y luego
-Proserpina le hinchó la bujeta secretamente de lo que pedía.</p>
-
-<p>Psique luego partió, y aplacado el perro bravo con<span
-class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span> la sopa que le quedaba, y
-habiendo dado la otra moneda a Caronte el barquero porque la pasase,
-tornó del infierno más esforzada de lo que entró. Y como este era el
-postrer servicio que a Venus había de hacer, vínole al pensamiento una
-temeraria curiosidad, diciendo:</p>
-
-<p>—Bien soy yo necia, trayendo conmigo la divina hermosura, que no
-tome de ella siquiera un poquito para mí, para poder placer a aquel mi
-hermoso enamorado.</p>
-
-<p>Diciendo esto abrió la bujeta, dentro de la cual ninguna cosa había,
-sino un sueño infernal y profundo, el cual cubrió a Psique de una
-niebla de sueño grueso que la hizo dormir como cosa mortal.</p>
-
-<p>Pero Cupido, ya que convalecía de su llaga, no pudiendo sufrir la
-larga ausencia de su amiga, saliose por una ventana de su cámara y fue
-a socorrer a su amiga Psique, y apartado de ella el sueño, y metiéndolo
-otra vez en la bujeta, la despertó, reprendiéndola de su curiosidad,
-y díjole más, que llevase la embajada a su madre, que entretanto él
-proveería lo que fuese menester.</p>
-
-<p>Dicho esto, levantose con sus alas y se fue volando.</p>
-
-<p>Psique llevó lo que traía de Proserpina, y diolo a Venus.</p>
-
-<p>Entretanto Cupido, que andaba muy fatigado del gran amor, la cara
-amarilla, temiendo la severidad de su madre, tornose almario de su
-pecho, y con sus ligeras alas volando, se fue al cielo y suplicó al
-dios Júpiter que le ayudase, y recontole toda su causa.</p>
-
-<p>Entonces Júpiter tomolo por la barba, y trayéndole la mano por la
-cara, comenzolo a besar, diciendo:</p>
-
-<p>—Como quiera que tú, señor hijo, nunca me guardaste la honra que
-se debe a los padres por mandamiento de los dioses, pero aun este
-mi pecho, en el cual se encierran y disponen todas las leyes de los
-elementos, y a las<span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>
-veces el de las estrellas, muchas veces lo llagaste con continuos
-golpes de tu amor, y lo ensuciaste con muchos lazos de terrenal
-lujuria, y lisiaste mi honra y fama con adulterios torpes y sucios
-contra las leyes, especialmente contra la ley Julia y la pública
-disciplina, transformando mi cara y hermosura en serpientes, en fuegos,
-en bestias fieras, en aves y en cualquier otro animal, con todo esto,
-recordándome de mi mansedumbre y que tú creciste entre estas mis manos,
-yo haré todo lo que tú quisieres, y tú te sepas guardar de otros que
-desean lo que tú deseas. Esto sea con una condición: que si tú sabes
-de alguna doncella hermosa en la tierra, por este beneficio que de mí
-recibes has de pagarme con ella la recompensa.</p>
-
-<p>Después que esto hubo hablado, mandó a Mercurio que llamase a todos
-los dioses a concilio, y si alguno de ellos faltase, que pagase diez
-mil talentos de pena. Por el cual miedo todos vinieron, y fue lleno
-el palacio donde estaba Júpiter, el cual, asentado en la silla alta,
-comenzó a decir de esta manera:</p>
-
-<p>—¡Oh dioses escritos en el banco de las musas! Vosotros todos
-sabéis cómo a este mancebo, que yo crié en mis manos, procuré de
-refrenar los ímpetus y movimientos ardientes de su primera juventud.
-Pero harto basta que él es infamado entre todos de adulterio y de
-otras corruptelas, por lo cual es bien que se quite toda ocasión y
-para esto me parece que su licenciosa juventud se debe atar con lazo
-de matrimonio. Él ha escogido una doncella, a la cual privó de su
-virginidad; téngala y poséala siempre y use de sus amores.</p>
-
-<p>Y diciendo esto, volvió la cara a Venus y díjole:</p>
-
-<p>—Tú, hija, no te entristezcas por esto; no temas a tu linaje, porque
-yo haré que este matrimonio sea igual al de los dioses.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span>Luego mandó a
-Mercurio que subiese a Psique al cielo; y como Mercurio la trajo, le
-dio Júpiter a beber del licor de los dioses, diciéndole:</p>
-
-<p>—Toma, Psique, bebe esto y serás inmortal; Cupido nunca se apartará
-de ti, y este matrimonio durará siempre.</p>
-
-<p>Dicho esto, no tardó mucho cuando vino la cena muy abundante, como a
-tales bodas convenía. Estaba sentado a la mesa Cupido junto a Júpiter,
-con su amada Psique, y por su orden todos los dioses. Ganímedes echaba
-el vino a Júpiter, como copero suyo, y a los otros Baco. Vulcano
-cocinaba la cena; las ninfas henchían de flores y rosas la sala donde
-cenaban; las musas cantaban muy dulcemente, y también Apolo con su
-vihuela.</p>
-
-<p>De esta manera vino Psique en poder de su marido Cupido, y estando
-ya Psique en el tiempo del parir, nacioles una hija, la cual llamamos
-Placer.</p>
-
-<p>En esta manera contaba la vieja a la doncella cautiva esta conseja;
-pero yo, como estaba allí cerca, oíalo todo, y dolíame que no podía con
-mis manos de asno escribir y notar tan linda y hermosa novela.</p>
-
-
-<h3 id="Ch6_4">IV.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo vinieron los ladrones de robar, y lo que acaeció a
-Lucio<br /> y a la doncella.</p>
-
-<p>Muy de prisa entraron los ladrones en su cueva, diciendo que habían
-peleado muy fuertemente. Y dejando en casa algunos de los heridos para
-que se curasen, los<span class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span>
-más esforzados, comiendo de prisa unos bocados, sacaron del establo
-a mí y a mis compañeros y lleváronnos a una cueva lejos de allí y
-cerca de un pueblo, a donde nos cargaron de muchas cosas, y luego a
-gran prisa nos hicieron caminar con tantos palos y rempujones, que
-me hicieron caer, y para levantarme me dieron tantos golpes, que me
-lisiaron en un pie, que como yo iba cojeando, uno de aquellos ladrones
-dijo:</p>
-
-<p>—¿Hasta cuándo hemos de mantener de balde a este asnillo cansado y
-ahora cojo?</p>
-
-<p>A esto respondió otro:</p>
-
-<p>—Después que este entró en nuestro poder, siempre anduvo de mal en
-peor. ¡Oh! yo os prometo que cuando llevare estas cargas, lo hemos de
-despeñar.</p>
-
-<p>Como yo esto oí, con el miedo hice alas de los pies, caminando
-cuanto podía. Cuando llegamos, luego prestamente nos quitaron de encima
-lo que llevábamos, y no curando de nuestra salud ni tampoco de mi
-muerte, llamaron a sus compañeros que habían quedado en casa heridos,
-y, según lo que ellos decían, era para contarles el enojo que habían
-habido de nuestra tardanza.</p>
-
-<p>En todo esto no tenía yo poco miedo a la muerte de que me habían
-amenazado, y, pensando en ella, decía entre mí de esta manera:</p>
-
-<p>—¿En qué estás, Lucio? ¿qué cosa más extrema puedes esperar? Esta
-muerte muy cruel te está aparejada por deliberación y acuerdo de estos
-ladrones, y en el cierto peligro, poco aprovecha el esfuerzo. Ya ves
-estos riscos y peñas muy agudas; a cualquier parte que cayeres por
-ellas, te desmembrarán y harán pedazos, porque el arte mágica que
-tú andabas a buscar no te dio tan solamente la cara y las fatigas y
-trabajos de asno, mas aun cercote de un cuero grueso como de asno.
-Pues que<span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span> así es,
-¿por qué no te esfuerzas, y en tanto que puedes aconsejas a tu salud?
-Ahora tienes muy buena oportunidad para huir, en tanto que los
-ladrones no están en casa. ¿Has de temer, por ventura, la guarda de
-una vieja medio muerta, la cual puedes matar con una coz de tu pie
-cojo? Pero ¿hacia dónde podré huir, o quién me acogerá en su casa?
-Este pensamiento, ciertamente me parece necio y de asno, porque, ¿qué
-caminante me hallará en el camino que no cabalgue encima de mí y me
-lleve consigo?</p>
-
-<p>Diciendo esto, con muy alegre esfuerzo quebré el cabestro con que
-estaba atado, y eché a correr cuanto más presto pude, por huir los ojos
-de milano de aquella falsa vieja, la cual, como me vio suelto, tomando
-un grande ánimo y esfuerzo, más que la edad y condición le podían dar,
-arrebatome por el cabestro y porfiome a quererme tornar por fuerza
-al establo; pero yo, recordándome del propósito mortal de aquellos
-ladrones, no me moví a piedad alguna; antes, alzando los pies, le di un
-par de coces en aquellos pechos, que di con ella en tierra.</p>
-
-<p>La vieja, como quiera que estaba en tierra, todavía me tenía
-fuertemente por el cabestro; de manera que, aunque yo corría, la
-llevaba arrastrando, la cual luego comenzó con grandes voces y gritos
-a pedir ayuda de otra más fuerza que la suya. Pero en balde hallaba
-ayuda con sus voces, porque nadie había que le pudiese socorrer,
-salvo aquella doncella que allí estaba presa, la cual, a las voces
-que la vieja daba, salió y vio un aparato para reír; conviene saber:
-la vejezuela trabada, no de un toro, mas de un asno; y como aquello
-vio, tomada en fin fuerza y ánimo de varón, osó hacer una hazaña
-maravillosa. Primeramente trabome del cabestro, y con palabras de
-halagos comenzome a detener un poco, y luego saltó encima de mí. Desde
-que se vio encima incitábame a que corriese,<span class="pagenum"
-id="Page_116">p. 116</span> y yo, por la gana que tenía de huir, como
-por librar a aquella doncella, corría como un caballo, y aun tentaba
-de responder a las palabras que la delicada doncella decía, y muchas
-veces, fingiendo quererme rascar en el espinazo, volvía la cabeza y
-besaba los hermosos pies de la moza.</p>
-
-<p>Entonces ella, suspirando, decía:</p>
-
-<p>—¡Oh soberanos dioses, dad ayuda y favor a mis extremos peligros,
-y tú, cruel fortuna, deja ya de perseguirme! Y tú, asno, remedio de
-mi libertad, si me llevares en salvo a mi casa, y me tornares a mis
-padres y hermoso marido, cuántas gracias te daré y de cuántas comidas
-te hartaré. Esas tus crines muy bien peinadas, te adornaré las cerdas
-de tu cola, que por negligencia están revueltas, con mucho cuidado las
-puliré y ataviaré. Tú serás comparado a los antiguos milagros, porque
-por tu ejemplo creeremos que Frixo pasó la mar encima de un carnero,
-y Arión escapó encima de un delfín, y Europa huyó encima de un toro;
-porque si fue verdad que Júpiter se transfiguró en buey, bien puede ser
-que este mi asno esconda la figura de algún hombre y la imagen de algún
-dios.</p>
-
-<p>Entretanto que la hermosa doncella esto decía, llegamos adonde se
-apartaban tres caminos. Cuando allí llegamos, ella, tirándome del
-cabestro con toda cuanta fuerza podía, tiraba y porfiaba de enderezarme
-por el camino de a mano derecha, porque aquella era la vía para ir a
-casa de sus padres. Mas yo, sabiendo que aquellos ladrones habían ido
-por allí a hacer otros robos, resistíale fuertemente, y entre mí decía
-de esta manera:</p>
-
-<p>—¿Qué haces, moza desventurada? ¿Por qué quieres perder a ti y a mí?
-¿No sabes que este es el camino de los ladrones?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span>Estando nosotros
-altercando cada uno en su porfía, contendiendo sobre el camino que
-habíamos de tomar, he aquí que los ladrones, cargados de lo que habían
-robado, nos tomaron a manos, y como con la claridad de la luna nos
-conocieron un poco de lejos, con una risa falsa y cruel nos comenzaron
-a saludar, y el uno de ellos dijo de esta manera:</p>
-
-<p>—¿Hacia dónde tan de prisa trasnocháis este camino, que no teméis
-las brujas y fantasmas de la soledad de la noche; y tú, muy buena
-doncella, das mucha prisa en ir a ver a tus padres? Pues que así es,
-nosotros socorreremos a tu soledad, y te mostraremos el camino bien
-ancho para ir a tus padres.</p>
-
-<p>Y sirviéndola con las palabras y no con el hecho, echó mano del
-cabestro y tornome para atrás, dándome buenos palos y guinchones con un
-palo nudoso que traía en la mano.</p>
-
-<p>Entonces yo, contra mi voluntad tornado a la muerte que me estaba
-aparejada, acordeme del dolor de la uña, y comencé cabeceando a cojear;
-pero aquel que me tornó para atrás, dijo:</p>
-
-<p>—¿Y cómo tú otra vez vas titubeando y vacilando, y estos tus pies
-podridos pueden huir y no saben andar, y ahora poco ha vencías la
-celeridad de Pegaso, aquel caballo que volaba?</p>
-
-<p>En tanto que este compañero muy sabroso jugaba conmigo de esta
-manera, sacudiéndome muy buenas varadas, ya llegábamos al cantón de
-su casa, cuando vimos aquella vejezuela que estaba ahorcada con una
-soga de la rama de un alto ciprés, a la cual los ladrones descolgaron,
-y así, con su cuerda al pescuezo, la lanzaron por las peñas abajo,
-y entrando en casa, después que hubieron atado la doncella con
-sus cordeles, dieron en la<span class="pagenum" id="Page_118">p.
-118</span> cena que la desventurada vieja en su última diligencia había
-aparejado, y después que con sus ánimos bestiales y ferocidad tragaron
-todo lo que allí había, comenzaron entre sí a platicar de nuestra pena
-y de su venganza, y como suele acontecer entre gente turbulenta, fueron
-diferentes las sentencias que cada uno daba.</p>
-
-<p>El primero dijo que le parecía que era bueno y que debían quemar
-viva aquella doncella; el segundo, que la echasen a las bestias fieras;
-el tercero, que la debían de ahogar; el cuarto, que con tormentos la
-despedazasen. Ciertamente por dicho de todos, como quiera que fuese, la
-muerte le estaba aparejada.</p>
-
-<p>Entonces uno de aquellos mandó callar a todos, y con palabras
-agradables comenzó a hablar de esta manera:</p>
-
-<p>—No conviene a la secta de nuestro colegio, ni a la mansedumbre
-de cada uno, ni aun tampoco a mi modestia, sufrir que vosotros seáis
-crueles más de lo que el delito merece, ni debéis traer para esto
-bestias fieras, ni horca, ni fuego, ni tormentos ni aun tampoco muerte
-apresurada. Así que vosotros, si tomáis mi voto, habéis de dar vida
-a la doncella, pero aquella vida que merece. No creo yo que se os
-ha olvidado lo que determinabais hacer de este asno perezoso y gran
-comilón, y aun ahora mentiroso, fingiendo que estaba cojo; era ministro
-y medianero de la huida de esta doncella. Así, pues, me parece que
-mañana degollemos a este asno, y sacadas de él todas las entrañas por
-medio de la barriga, cosámosle dentro esta doncella, y solamente le
-quede la cara fuera; y después me parece se debe poner este asno, así
-relleno y cosido, encima de un risco de estos, adonde le dé el ardor
-del sol, y de esta manera sufrirán ambos todas las penas que vosotros
-derechamente habéis sentenciado, porque el asno recibirá la muerte
-que hace días ha merecido,<span class="pagenum" id="Page_119">p.
-119</span> y la doncella vivirá muriendo, pasando grandes penas, así
-del ardor del sol que la quemará, como de hambre y sed, y los bocados
-que los tigres y buitres le han de dar, le darán mayores dolores y
-fatigas.</p>
-
-<p>Cuando este mal ladrón acabó de hablar, todos confirmaron su parecer
-y sentencia; lo cual oyendo con mis grandes orejas, ¿qué otra cosa
-podía hacer, sino llorar mi muerte que había de ser al otro día?</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch7_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">LIBRO VII.</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p>
-
-<p class="hang">Lucio Apuleyo cuenta cómo de mañana uno de aquellos
-ladrones vino de fuera y decía a los otros en qué manera culpaban a
-Apuleyo y le imputaban el robo de la casa de Milón; que no culpaban
-a ninguno de los ladrones, salvo a Apuleyo, que nunca más había
-parecido; el cual, oyendo esto, y estando hecho asno, gemía entre sí
-por culpársele de este gran crimen. — Cómo la doncella fue libre por su
-esposo Lepolemo. — Cuenta muchas desventuras y trabajos que pasó siendo
-asno. — También refiere muchos cuentos y fábulas graciosas, y la maldad
-de un muchacho que traía leña con él, y otras muchas cosas de gusto.</p>
-
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo viniendo un ladrón de la ciudad de Hipata, cuenta
-a los otros cómo no culpaban a nadie del robo de la casa de Milón, sino
-a Lucio Apuleyo, y cómo fue admitido a la compañía de los ladrones un
-mancebo.</p>
-
-<p>Al otro día, de mañana, después de salido el sol, uno de la compañía
-de aquellos ladrones, según yo conocí en sus palabras, entró por la
-puerta, y como llegó a la entrada de la cueva, sentose allí para cobrar
-resuello, y comenzó a hablar a sus compañeros de esta manera:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span>—Cuanto toca a la
-casa de Milón, el de la ciudad de Hipata, la cual poco ha robamos, ya
-podemos estar seguros, porque yo lo he bien solicitado, que después
-que vosotros con vuestras fuerzas robasteis todo lo de aquella casa, y
-os partisteis para esta nuestra estancia, mezcleme entre aquella gente
-popular de aquella ciudad, haciendo parecer que me dolía y me pesaba de
-aquel negocio; donde andaba mirando qué consejo tomaban sobre buscar
-quién había hecho aquel robo y en qué manera y cómo querían hacer la
-pesquisa para buscar los ladrones, lo cual todo yo miraba para deciros,
-como me mandasteis. Y no solamente por dudosos argumentos, mas por
-razones probadas, todos los de aquella ciudad, y de consentimiento de
-todos, pedían no sé qué Lucio, diciendo ser el autor manifiesto de tan
-gran crimen. El cual, pocos días antes con ciertas cartas fingidas y
-fingiendo ser hombre de bien, había hecho amistad estrechamente con
-aquel Milón, en tanto que lo recibió por huésped en su casa y por muy
-su amigo, y él se detuvo algunos días en su casa, fingiendo tener
-amores con una criada de Milón, y espió muy bien las cerraduras de la
-puerta y los cuartos donde Milón tenía todo su patrimonio, para lo cual
-no pequeño indicio se halla contra aquel mal hombre, porque aquella
-misma noche, y en el momento de aquel robo, él huyó, y desde entonces
-acá nunca más pareció, y porque tuviese ayuda muy prestamente y muy
-lejos se escondiese, dejando atrás los que los seguían, tuvo buen
-remedio que llevó consigo, en que fue cabalgando, aquel su caballo
-blanco en que había venido, dejando en la posada a su mozo, el cual
-fue hallado allí, y por la justicia de la ciudad lo mandaron echar
-en la cárcel como testigo que sabía de las maldades y consejos de su
-señor. Y otro día, puesto a cuestión de tormento, lo quebrantaron<span
-class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span> y desmembraron hasta que
-llegó a punto de muerte, mas nunca confesó cosa ninguna de todo lo que
-al pobre hombre le preguntaban, por la cual causa enviaron muchos de
-aquella ciudad a la tierra de aquel Lucio para hacerle pagar la pena
-del delito que había cometido.</p>
-
-<p>Contando él estas cosas yo gemía y lloraba dentro de mis entrañas,
-viéndome hecho asno, que no podía volver por mí ni defender mi honra.
-Veníanme al pensamiento los varones antiguos, que no sin causa pintaban
-a la fortuna ciega y sin ojos, la cual trataba bien y daba sus riquezas
-y honras a hombres malos y que no las merecían, y los trabajos,
-miserias y deshonras, a los buenos. Así que yo, a quien su cruel ímpetu
-trajo y reformó en una bestia de cuatro pies, de la más vil suerte de
-todas las bestias, sobre todo era ahora acusado de crimen de ladrón
-contra mi huésped Milón, que tanta honra me hizo en su casa, el cual
-crimen no solamente se podía llamar latrocinio, pero más justamente se
-llamaría parricidio.</p>
-
-<p>Estando pensando en esto lleno de enojo, quise responder a los
-ladrones, diciendo que no hice tal cosa, pero nunca pude pronunciar más
-de una sílaba, la cual, dije muchas veces, rebuznando siempre: «No, no,
-no.» ¿Qué más me puedo yo quejar de la cruel fortuna sino que aun no
-hubo vergüenza de juntarme y hacerme compañero de mi caballo, que me
-trajo a cuestas?</p>
-
-<p>Estando yo entre mí imaginando estas cosas, vínome al pensamiento
-otro mal mayor, y era acordarme que estaba sentenciado para ser
-sacrificio del ánima de aquella doncella, y mirando muchas veces mi
-barriga, me parecía que ya tenía la doncella dentro. Mas si os place,
-aquel ladrón que trajo la falsa relación del hurto, sacados de su seno
-mil ducados que allí traía cosidos, los cuales<span class="pagenum"
-id="Page_123">p. 123</span> (según él decía) había sacado a muchos
-caminantes, echándolos dentro en el arca para provecho común de todos,
-comenzó a inquirir y preguntar por todos los compañeros, y sabido
-cómo algunos de los más esforzados eran muertos en diversos casos,
-persuadiolos que entretanto no robasen en los caminos ni en otra
-parte, hasta que entendiesen en buscar compañeros, y con la milicia de
-otros mancebos fuese restituido el número de su compañía como antes
-estaba, porque haciéndolo así podrían compeler, poniendo miedo a los
-que no quisiesen. Que no habría pocos que, renunciando la vida pobre y
-servil, no quisiesen más seguir su opinión y fuerte compañía, la cual
-parecía que era cosa de grande estado y poderío, diciendo que él había
-hablado de su parte con un hombre hacía poco, alto de cuerpo, y mancebo
-esforzado, y le había persuadido, y finalmente acabado con él, que
-tornase a ejercitar las manos, que traía embotadas de la larga paz, y
-que mientras pudiese usase de los bienes de la fortuna, y no quisiese
-ensuciar sus esforzadas manos, pidiendo por amor de Dios, sino que se
-ejercitasen cogiendo oro a manos llenas.</p>
-
-<p>Cuando aquel mancebo hubo dicho estas cosas, todos los que allí
-estaban consintieron en ello, diciendo que tal hombre como aquel,
-que era ya probado en las armas, que debería ser luego llamado, y
-buscar otros para suplir el número de los compañeros. Entonces aquel
-salió fuera de casa y tardó un poco. El cual trajo consigo un mancebo
-grande y esforzado, como había prometido, que no se podía comparar a
-ninguno de los que estaban presentes, porque además de la grandeza
-de su cuerpo, sobrepujaba en altura a todos los otros, y entonces
-le apuntaban los pelos de las barbas; como quiera que venía muy mal
-vestido y con un sayo vil y roto, por el cual se le parecía<span
-class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span> el pecho y vientre con las
-costras y callos duros y fuertes. De esta manera, como entró en casa,
-dijo:</p>
-
-<p>—Dios os salve, servidores del fortísimo dios Marte y mis fieles
-compañeros: recibid, queriendo de vuestra voluntad y gana, a un hombre
-muy valiente de un gran corazón, que quiere estar en vuestra compañía,
-que de mejor gana recibe heridas en el cuerpo que dinero en la mano, y
-es mejor que la muerte, la cual otros temen. Y no penséis que soy pobre
-y desdichado, ni estiméis mis paños rotos, porque yo fui capitán de un
-ejército, que casi destruimos a toda Macedonia; yo fui aquel ladrón
-famoso que ha por nombre Hemo de Tracia, del cual todas las provincias
-temen. Yo soy hijo de aquel Terón que fue muy famoso ladrón. Yo fui
-criado con sangre de hombre, y crecía entre los hombres de guerra, y
-fui heredero imitador de la virtud de mi padre, pero en espacio de poco
-tiempo perdí aquellas grandes riquezas, y aquella primera muchedumbre
-de mis fuertes compañeros, porque demás de yo haber sido procurador del
-emperador César, fui también su capitán de doscientos hombres, de donde
-la mala fortuna me derribó y fue causa de todo mi mal. Dejado esto
-aparte, como ya en vuestra presencia había comenzado, tomaré la orden
-de contar el negocio por que conozcáis y sepáis cómo pasa.</p>
-
-<p>En el palacio del Emperador César había un caballero muy noble
-y privado del emperador, al cual la cruel envidia, por malicia
-de algunos acusado, desterró de palacio. Su mujer, dueña de mucha
-fidelidad y prudencia, menospreciando los placeres y reposo de la
-ciudad, le acompañó en su destierro; la cual, cortados los cabellos,
-en hábito de hombre, ceñida una cinta de oro, pasó muchos trabajos con
-ánimo viril en compañía de su marido. En fin, que aportando una vez
-al puerto de Accio, por donde<span class="pagenum" id="Page_125">p.
-125</span> nosotros andábamos robando toda Macedonia, ya que era noche
-se aposentó en un mesón a donde nosotros llegamos, y le robamos todo
-cuanto traía, y no con poco peligro de nuestras personas nos partimos
-de allí, porque como aquella dueña oyó el sonido de la puerta cuando
-la abríamos, metiose en su cámara dando grandes gritos y voces, que
-despertó a todos sus criados y criadas y vecinos; y si no fuera porque
-nosotros, como éramos muchos, teníamos atajados los pasos a todos,
-cierto que lo pasáramos mal. Pero a los pocos días aquella dueña
-suplicó a la majestad del Emperador, y alcanzó que su marido tornase
-a palacio; asimismo impetró que se hiciese pesquisa general sobre los
-ladrones, por donde fueron destruidos y muertos casi todos; y así se
-deshizo el colegio y compañía de Hemo. Y como era desbarbado, escapé de
-la furia del Emperador vestido en traje de mujer con un asno cargado
-de paja. Pero con todo esto, yo nunca me aparté ni disminuí la gloria
-de mi padre, ni de mi esfuerzo y virtud. Verdad es que casi con miedo,
-pasando cerca de los caballeros de la pesquisa, cubierto con el engaño
-del hábito de mujer, yo solo me iba por esas villas y castillos donde
-apañaba lo que podía para provisión de mi camino.</p>
-
-<p>Diciendo esto, descosió aquellos paños rasgados que traía vestidos,
-y sacó dos mil ducados de oro, diciendo:</p>
-
-<p>—Veis aquí esta pitanza, y aun digo, que en dote los doy de buena
-gana para vuestro colegio y esforzada compañía, y me ofrezco por
-vuestro capitán fidelísimo, que yo sé muchas provincias y ciudades, y
-conozco a los hombres ricos y pobres, y otras muchas cosas con que os
-holgaréis; y si vosotros no rehusáis esto, yo me obligo a hacer que en
-espacio de breve tiempo esta vuestra casa, que ahora es de piedra, se
-torne toda de oro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span>No tardaron más los
-ladrones todos, que de un voto le hicieron su capitán, y le vistieron
-luego una vestidura de seda como convenía a tal capitán, quitándole
-primero el sayo roto, aunque rico, que traía.</p>
-
-<p>En esta manera reformado, dio paz, y abrazó a cada uno de ellos, y
-sentado en más alto lugar que ninguno, comenzaban a hacer fiesta con su
-cena de muchos manjares y vinos.</p>
-
-
-<h3 id="Ch7_2">II.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo aquel mancebo, recibido en la compañía por Hemo,
-afamado ladrón, fue descubierto ser Lepolemo, esposo de la doncella, el
-cual la libertó con su buena industria, y la llevó a su tierra.</p>
-
-<p>Pues hablando entonces unos con otros, comenzaron a decir de la
-huida de la doncella y de cómo yo la llevaba a cuestas, y diciendo
-asimismo de la monstruosa y no oída muerte que para entrambos nos
-tenían aparejada; lo cual todo por él oído, preguntó dónde estaba
-aquella moza, y lleváronlo a donde estaba, y como la vio en prisión
-cargada de hierro, comenzó a despreciarla haciendo un sonido con las
-narices, y saliose luego de la cámara, y desde que se tornó a sentar,
-dijo luego a los ladrones:</p>
-
-<p>—Yo, señores, no soy tan bruto ni temerario que quiera refrenar
-vuestra sentencia y acuerdo; pero yo pensaría que tenía dentro de mi
-corazón pecado de mala conciencia, si disimulase lo que me parece
-que es bueno y<span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span>
-provechoso; mas una cosa habéis de pensar, que esto que yo digo es
-por vuestra causa y provecho. Por ende, si esto que os dijere no os
-placiere, digo que tengáis libertad para tornarlo al asno; porque
-yo, señores, pienso que los ladrones saben que ninguna cosa más debe
-anteponerse a su ganancia. También esta venganza es dañosa muchas
-veces a ellos, y a otros. Pues si matareis la doncella en el asno, no
-haréis otra cosa sino ejercitar vuestro enojo sin ningún provecho ni
-ganancia. Por ende, me parece que esta doncella deberíais llevarla a
-alguna ciudad, porque no sería liviano el precio que por ella se diese,
-según su edad, que aun yo tengo conocido días ha algunos rufianes, de
-los cuales uno podría (según yo pienso) comprar esta moza con muchos
-talentos de oro, para ponerla al partido en el burdel, como ella merece
-por su huida, y vosotros quedáis bien vengados.</p>
-
-<p>De esta manera, aquel abogado del fisco de los ladrones proponía
-nuestro pleito, como buen defensor de la doncella y del asno.</p>
-
-<p>Todos se llegaron al consejo del nuevo ladrón, y luego soltaron a la
-doncella de las cadenas en que estaba; la cual, como vio aquel mancebo,
-y oyó hacer mención del burdel y del rufián, secretamente se reía, y
-estaba llena de placer; tanto, que a mí me vino al pensamiento que no
-hay que fiar en mujeres, pues aquella se alegraba con oír hablar de tan
-infame cosa.</p>
-
-<p>Aquel mancebo, tornando a hablar, dijo.</p>
-
-<p>—Pues ¿por qué no aparejamos de hacer sacrificio a nuestro dios
-Marte, que nos dé buena mano derecha en nuestro oficio? Mas paréceme
-que no tenemos aquí animal que sacrificar; por tanto, vengan conmigo
-algunos compañeros, e iré al primer pueblo a comprar lo necesario.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span>Dicho esto,
-partieron de allí, y antes de mucho tiempo vinieron unos cargados con
-cueros de vino, otros con pan, otros traían un rebaño de ganado, de
-donde escogieron un hermoso cabrón, que sacrificaron al dios Marte, y
-luego fue aparejada la comida abundantemente.</p>
-
-<p>Entonces aquel nuevo mancebo, por ser a todos agradable, empezó a
-cocinar muchos y sabrosos manjares; después daba de beber a todos en
-grandes tazas; servíalos a la mesa, repartiendo los guisados por entre
-todos. Y algunas veces, fingiendo que iba por las cosas necesarias
-para la mesa, entraba donde estaba la moza, y traíale algunas cosas de
-comer, y aun la besaba muchas veces, lo que ella consentía de buena
-voluntad, la cual cosa a mí mucho me desplacía, y decía entre mí:</p>
-
-<p>—¡Oh moza doncella, tan presto te has olvidado de tu desposorio
-y de aquel tu amado esposo, por quien tanto llorabas, y ahora besas
-a un advenedizo y cruel matador, ladrón corsario! ¿No te acusará la
-conciencia, no te acusará la fe que debes a tu esposo? Paréceme que te
-revolvió la inconstancia el corazón. ¿Qué será si esto entienden los
-otros ladrones? ¿Piensas que no tornarás otra vez al asno, y otra vez
-me causarás la muerte?</p>
-
-<p>Entretanto que yo, en mi triste y desventurado pensamiento,
-falsamente acusaba y deponía contra la casta doncella estas cosas, y
-disputaba de ellas con gran enojo, conocí de sus mismas palabras, algo
-mansas y dudosas, aunque no muy oscuras para asno discreto, que aquel
-mancebo no era Hemo, ladrón famoso, mas que era Lepolemo, esposo de
-la doncella. Porque procediendo en sus palabras, que ya un poco más
-claramente hablaba, no curando de mi presencia, estuvieron hablando muy
-quedo, y él le dijo:</p>
-
-<p>—Tú, señora Carites, mi dulcísima esposa, ten buen<span
-class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span> esfuerzo, que todos estos
-tus enemigos te los daré presos y cautivos en las manos.</p>
-
-<p>Y diciendo esto, no cesaba de darles el vino, ya mezclado y algo
-tibio, con grande instancia, de manera que ellos estaban ya de buena
-manera. Él se abstenía de beber; y por Dios que a mí me dio sospecha
-que les había echado dentro los cántaros del vino algunas hierbas para
-hacerles dormir.</p>
-
-<p>Finalmente, que todos, sin que uno faltase, estaban sepultados en
-vino, y algunos de ellos aparejados para la muerte.</p>
-
-<p>Entonces Lepolemo, sin ninguna dificultad y trabajo, puestos ellos
-en prisiones y atados en ellas como a él le pareció, puso encima de
-mí la doncella; enderezó el camino para su tierra, a la cual, como
-llegamos, toda la ciudad salió a ver lo que mucho deseaban. Salieron
-su padre y madre y parientes, cuñados y esclavos, las caras llenas
-de gozo, que quien lo viera pudiera ver muy bien una gran fiesta de
-personas de todo linaje y edad, que por Dios que era un espectáculo
-digno de gran memoria, ver una doncella triunfante encima de un
-asno.</p>
-
-<p>Yo también muy alegre como hombre varón, porque no pareciese que era
-ajeno del presente placer, alzadas las orejas, e hinchadas las narices,
-rebuzné muy fuertemente, y aun puedo decir que canté con clamor alto y
-grande.</p>
-
-
-<h3 title="III." id="Ch7_3" ><span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span>III.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo, celebradas las bodas de la doncella, se
-pusieron a pensar con gran consejo qué premio se daría a Lucio, asno,
-en recompensa de su libertad. — Donde cuenta grandes trabajos que
-padeció.</p>
-
-<p>Después que la doncella entró en casa, los padres la recibieron y
-regalaron como mejor pudieron. Lepolemo tornó a mí con otra muchedumbre
-de asnos y acémilas de la ciudad, y tornome para atrás, adonde yo iba
-de buena gana, porque tenía mucha gana y deseo de tornar a ver la
-prisión de aquellos ladrones, a los cuales hallamos bien atados con el
-vino más que con cadenas. Así que nosotros, cargados de oro y plata y
-otras cosas suyas, que nada les dejaron, tomaron a los ladrones atados
-como estaban, y a los unos, envueltos, los echaron de esos riscos
-abajo; otros, degollados con sus espadas, se los dejaron por ahí.</p>
-
-<p>Con esta tal venganza, alegres y con mucho placer, nos tornamos a
-la ciudad, adonde pusieron todas aquellas riquezas en el Tesoro y arca
-pública de ella, y la doncella diéronla a Lepolemo, su esposo, como era
-razón y derecho.</p>
-
-<p>Desde allí la dueña, que ya era casada, me nombraba a mí como a su
-guardador, que le había librado de tanto peligro: y ese mismo día de
-las bodas me mandó henchir el pesebre de cebada, y poner heno, tan
-abundantemente, que bastara para un camello.</p>
-
-<p>¡Cuántas maldiciones podría yo echar ahora a mi Andria,<span
-class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span> que es merecedora de ellas,
-porque me tornó en asno y no en perro!; porque veía por allí los perros
-hartos de aquellas reliquias y sobras de la boda, muy abundantes.</p>
-
-<p>Después de pasada la primera noche de la boda, la recién casada no
-se olvidó del beneficio que de mí tenía recibido, y llamando a su padre
-y madre y marido, me encomendó mucho a todos y les preguntó cómo se
-podrían remunerar al asno tan grandes servicios.</p>
-
-<p>El uno dijo, que si me tuviesen encerrado en casa, sin que cosa
-alguna hiciese, y me engordasen con cebada y habas y buena cama; pero
-venció a este otro, que miró más a mi libertad, diciendo que me echasen
-al campo con las yeguas, y que allí andando a mi placer holgando entre
-ellas, daría a mis señores muchas y buenas mulas. Así que, llamando
-al yeguarizo, habláronle muy largamente, encomendándome mucho, y
-entregáronme a él que me llevase. Adonde, por cierto, yo iba muy alegre
-y gozoso, creyendo que ya había renunciado el trabajo y cargas que
-me solían echar. Demás de esto, me gozaba que me habían dado aquella
-libertad en principio del verano, cuando los prados estaban llenos de
-hierbas y flores, donde pensaba hallar algunas rosas; porque me venía
-un continuo pensamiento, que habiéndome hecho tanta honra siendo asno,
-tornándome hombre más me gratificaran y honraran.</p>
-
-<p>Mas después que el yeguarizo me llevó, ninguna libertad ni placer
-tuve, porque su mujer, que era mala hembra, me puso a moler en una
-tahona, y con un palo nudoso me castigaba de continuo, ganando con
-mi cuero pan para sí y para los suyos; y no solamente era contentada
-de fatigarme y trabajar por causa de su comer, pero matábame
-moliendo continuamente, por dineros, del trigo<span class="pagenum"
-id="Page_132">p. 132</span> de sus vecinos; y por todos estos trabajos
-y fatigas no me daba a comer la cebada que habían señalado para mí,
-mezquino, la cual tostaba ella, y me la hacía moler con mis continuas
-vueltas, y la vendía a sus vecinos cercanos; y a mí, que andaba atento
-todo el día al continuo trabajo de la tahona, me ponía unos pocos
-salvados sucios y por cerner, llenos de piedras, que no había quien los
-pudiese comer.</p>
-
-<p>Estando yo bien domado con tales penas y trabajos, la cruel fortuna
-me trajo a otro mayor tormento; conviene a saber: aquel buen pastor
-que tarde escuchó el mandado de su señor, plúgole ya de echarme a las
-yeguas. Finalmente, de que yo me veía asno libre, alegre y saltando
-con mis pasos blandos, y a mi placer andaba escogiendo las yeguas que
-mejor me parecían, creyendo que habían de ser mis enamoradas; pero
-aquí aun la alegre esperanza que tenía se me volvió en gran tristeza,
-porque los garañones, como estaban hartos y gruesos y muy terribles,
-por haber muchos días que andaban al pasto, eran cierto muy más fuertes
-que ningún asno, y temíanse de mí, guardando que hiciese adulterio
-monstruoso con sus amigas; no guardando la amistad que Júpiter mandó
-tener con los huéspedes, comenzaron a perseguirme con mucha furia y
-odio.</p>
-
-<p>El uno, alzados sus grandes pechos en alto, su cabeza alta y con las
-manos sobre mi cabeza, peleaba con sus uñas contra mí; el otro, con
-sus ancas redondas y gruesas, volviéndolas hacia mí, me daba de coces;
-otro, amenazándome con sus malditos relinchos y bajadas las orejas
-y descubiertos los dientes, me mordía. Así lo había yo leído en la
-historia del gran rey de Tracia, que daba a sus caballos los mezquinos
-de los huéspedes que acogía, para despedazarlos y comer. Tanto era
-aquel tirano<span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span> escaso
-de la cebada, que con abundancia de cuerpos humanos ensuciaba el
-hambre de sus rabiosos caballos<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3"
-class="fnanchor">[3]</a>. De aquella misma manera yo era mordido y
-lacerado de los saltos y varios golpes de aquellos caballos, tanto, que
-pensaba me sería mejor tornar a la tahona.</p>
-
-<p>Mas la fortuna, que no se hartaba de atormentarme, instruyó de nuevo
-y aparejó otra mayor pestilencia y daño, la cual fue que me echaron a
-traer leña de un monte y entregáronme a un muchacho que me llevase y
-trajese, el más falso y maligno rapaz de todos los del mundo, que no
-me fatigaba tanto la áspera subida del monte, ni las piedras y ásperos
-riscos por donde con harto trabajo pasaba, como los grandes y continuos
-palos que me daba, en tal manera, que dentro, en el corazón, me entraba
-el dolor de los golpes y heridas, y con el pie derecho siempre me
-daba tantos golpes, que hiriendo en un lugar me desollaba el cuero. Y
-con todo este mal no dejaba de martillar siempre en una misma llaga
-llena de sangre. Echábame tan gran carga de leña a cuestas, que quien
-quiera que la viera dijera que bastaba más para un elefante que para un
-asno.</p>
-
-<p>Aquel falso rapaz, cada vez que la carga pesaba más a una parte y se
-acostaba a un lado, en lugar de quitarme la leña de aquel cabo, para
-que quitado el peso me quitase de aquella fatiga, a lo menos pasar
-de los leños de un lado a otro, para igualar la carga, hacíalo al
-contrario, porque echaba muchas piedras a la otra parte, y así curaba
-el mal y pena de mi carga.</p>
-
-<p>No contento con tan gran peso de cargas como me<span
-class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span> echaba, después de otras
-muchas fatigas y tribulaciones, cuando habíamos de pasar algún río,
-por no mojarse los pies, saltaba encima de mis ancas, y así pasaba
-cabalgando, y si acaso con tan gran peso resbalaba en el cieno que
-estaba a la orilla del río, y caía, el bueno de mi maestro, en lugar de
-ayudarme con la mano, alzándome la cabeza con el cabestro y tirándome
-de la cola, o a lo menos quitarme alguna parte de la carga de encima
-hasta que me levantase, ninguna ayuda detrás me hacía aunque me veía
-cansado, antes comenzando desde la cabeza, y aun de las orejas, con un
-palo nudoso me daba tantos golpes, que todo el cuerpo me desollaba,
-hasta tanto que, con las heridas y palos que me daba, me hacía
-levantar.</p>
-
-<p>Este mal rapaz inventó una travesura para maltratarme, y fue que
-tomó una manojo de zarzas, con las espinas muy agudas, las cuales puso
-atadas debajo de mi cola de manera que, como yo comenzase a andar, me
-llagase con sus puntas venenosas.</p>
-
-<p>Así que yo estaba en dos peligros, porque si quería huir corriendo,
-heríame más reciamente la fuerza de las espinas, y si me estaba quedo
-un poco, porque no me lastimasen las zarzas, dábame de palos para
-hacerme correr, que cierto aquel maligno rapaz no parecía que pensaba
-en otra cosa sino cómo me matase y echase a perder, y así lo juraba, y
-algunas veces me amenazaba.</p>
-
-<p>Y cierto su detestable malicia le estimulaba para que hiciese otras
-peores cosas, porque un día, a causa que mi paciencia ya no podía
-sufrir su gran soberbia, dile un par de coces; por la cual causa él
-inventó contra mí crimen y hazaña endiablada. Cargome encima dos
-barcinas de tascos muy bien ligados, con sus cuerdas, y así me llevó
-por este camino adelante, y llegando a una<span class="pagenum"
-id="Page_135">p. 135</span> aldea, hurtó una brasa de fuego y púsola en
-medio de la carga: el fuego recalentado y criado con los tascos, alzó
-grandes llamas, de manera que el ardor mortal me cubrió, que ni había
-remedio a tan gran mal, ni parecía socorro alguno para mi salud. Y como
-semejante peligro no sufre tardanza, antes pervierte todo buen consejo,
-la providencia de la fortuna resplandece a la vez muy alegre en los
-casos crueles y contrarios.</p>
-
-<p>No sé si lo hizo aquí por guardarme para otro mayor peligro, pero
-cierto ella me libró de la presente y cierta muerte. Acaso estaba un
-charquillo de agua turbia, que había llovido otro día antes, el cual,
-como yo vi, lánceme dentro en un salto, sin pensar otro peligro, y la
-llama fue luego apagada, en tal manera, que yo fui vacío de la carga, y
-escapé libre de la muerte.</p>
-
-<p>Mas aquel maligno y temeroso mozo tornó contra mí toda su malignidad
-que había hecho, diciendo y afirmando a todos los pastores que por allí
-estaban, que pasando yo por los fuegos de los vecinos de aquella aldea,
-de mi propia gana, titubeando los pasos, había tomado aquel fuego, y
-aun haciendo burla de mí, andaba diciendo:</p>
-
-<p>—¿Hasta cuando hemos de mantener de balde a este engendrador de
-fuego?</p>
-
-
-<h3 title="IV." id="Ch7_4" ><span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span>IV.</h3>
-
-<p class="cent">Lucio recuenta grandes trabajos que padeció por causa
-de venir a&nbsp;poder y&nbsp;manos de un mal rapaz.</p>
-
-<p>Ya que pasaron muchos días después, me buscó otro mayor engaño.
-Vendió la carga de leña que yo traía en una casa de aquella aldea, y
-tornome vacío a casa, dando voces que no podía ya su fuerza bastar a mi
-maldad, y que él no quería más servir en este miserable oficio, y las
-quejas que inventaba contra mí, eran de esta manera:</p>
-
-<p>—Vosotros veis este perezoso tardón y grande asno, además de otras
-maldades que cada día me hace, ahora me fatiga con menos peligros: como
-ve por ese camino a algún caminante, ahora sea mujer vieja, ahora moza
-doncella para casar, o muchacho de tierna edad, luego, echada la carga
-en el suelo, y aun algunas veces la albarda y cuanto trae encima, con
-mucha furia corre, como enamorado de personas humanas, y echados por
-aquel suelo, prueba de hacer con ellos lo que es contra natura, y aun
-muérdelos con su boca sucia, que parece que los quiere besar, lo cual
-nos es causa de muchas lites y cuestiones, y aun quizá algún día nos
-traerá a mayor daño. Que ahora halló en el camino una moza honesta y
-hermosa, y como la vio, echada por el suelo la carga de leña que traía,
-arremetió a ella con ímpetu furioso, y el gentil enamorado derribó a la
-mujer por el suelo, y trabajaba cuanto podía por dormir con ella, en
-tal manera,<span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span> que si no
-acudieran unos labradores y se la quitaran de entre las manos, cierto
-él hiciera mal, a pesar de la moza, y la matara, y a nosotros diera
-harto trabajo y mala ventura.</p>
-
-<p>Con estas tan falsas mentiras, que mucho me atormentaban, incitó
-cruel y fieramente los ánimos de los pastores para destrucción mía.
-Finalmente, que uno de ellos dijo:</p>
-
-<p>—Pues si así es, ¿por qué no sacrificamos este marido público y
-adúltero común de todos, así como lo merecen sus bodas contra natura? Y
-tú, mozo, ¿oyes? Mátalo luego y echa las entrañas y asadura a nuestros
-perros, y la otra carne se salará para que la coman los gañanes, y el
-cuero llevaremos a nuestro amo, y con él haremos pago, diciendo que le
-mató un lobo.</p>
-
-<p>Cuando esto oyó aquel mortal enemigo y acusador mío, estaba muy
-alegre, por ser ejecutor de la sentencia de los pastores, y procurando
-siempre mi mal, recordándose de aquellas coces que le había dado,
-comenzó luego a aguzar el cuchillo en una piedra. Entonces, uno de la
-compañía de aquellos labradores, dijo:</p>
-
-<p>—Grande mal es que matemos de esta manera un asno tan hermoso como
-este y que por lujuria de amores de personas humanas él sea acusado,
-y carezcamos de su buen trabajo y servicio tan necesario, cuanto más,
-quitándole los compañones, nunca será más celoso ni se alzará para
-hacer mala cosa; a nosotros quitaremos de peligro, y él se hará más
-hermoso y grueso; porque yo he visto muchos, no solamente de estos
-asnos perezosos, mas caballos muy fieros que eran celosos en gran
-manera, y por aquella causa, bravos y crueles, y haciéndoles este
-remedio de castrarlos, se tornaban muy mansos sin ninguna furia; y por
-esto no eran menos hábiles para<span class="pagenum" id="Page_138">p.
-138</span> traer la carga y hacer todo lo otro que era menester. Si
-todo esto que os digo creéis, y os parece bien, de aquí un poco de rato
-yo he acordado de ir a este mercado que aquí cerca se hace, y tomadas
-de casa las herramientas que son menester para hacer esta cura, tornaré
-a vosotros muy presto, y castrado este enamorado, cruel y bravo, yo
-entiendo tornarlo más manso que un cordero.</p>
-
-<p>Con esta sentencia yo fui revocado de las manos de la muerte, pero
-como quedé desde entonces reservado para aquella pena, yo lloraba
-y gemía, viendo que era ya muerto en la última parte de mi cuerpo.
-Finalmente, yo deliberaba de dejarme morir de hambre, o de matarme,
-echándome de unos riscos abajo, porque aunque hubiese luego de morir,
-muriese entero.</p>
-
-<p>Entretanto que yo tardaba en pensar y elegir cuál de estas muertes
-tomaría, a la mañana, aquel malvado mozo que me quería matar, me llevó
-a aquel monte donde solíamos traer leña, y allí atome muy bien del ramo
-de una grande encina; yo muy bien atado, él se fue un poco adelante con
-su hacha, para cortar la leña que había de llevar, cuando de una grande
-cueva que allí estaba salió una osa espantable, alzada, la cual como
-yo vi con su vista repentina, muy espantado y temeroso, colgué todo
-el peso del cuerpo sobre las corvas de los pies, la cerviz alta tiré
-cuanto pude. De manera que quebré el cabestro con que estaba atado, y
-eché a huir cuanto pude por allí abajo; no solamente corría con los
-pies, más con todo el cuerpo; medio tropezando salí por esos campos
-llanos, huyendo con grandísimo ímpetu de aquella grande osa, y del
-bellaco del mozo, que era peor que la osa.</p>
-
-<p>Entonces un caminante que por allí pasaba, como me vio vagabundo y
-solitario, cabalgó encima de mí, y con un palo que traía en la mano
-comenzome a echar y guiar<span class="pagenum" id="Page_139">p.
-139</span> por otro camino que yo no sabía. Pero yo no iba contra mi
-voluntad, antes caminaba lo más que podía, por alejarme de aquella
-cruel carnicería de mis compañones, y tampoco me curaba mucho porque
-aquel me daba con el palo; porque yo estaba acostumbrado, que cada
-día me desollaban a palos; mas aquella fortuna cruel que siempre me
-fue contraria, no permitió que esto fuese adelante, antes ordenó otra
-cosa.</p>
-
-<p>Aquellos mis pastores andaban a buscar una vaquilla que se les
-había perdido, y habiendo atravesado y andado por muchas partes, acaso
-encontraron con nosotros, y luego, como me conocieron, tomáronme por el
-cabestro, y comenzáronme a llevar; pero aquel otro resistía con mucha
-osadía, llamando ayuda y protestando la fe de los hombres, y el señorío
-que en mí tenía, diciendo:</p>
-
-<p>—¿Por qué me robáis lo mío? ¿Por qué me salteáis?</p>
-
-<p>Ellos dijeron:</p>
-
-<p>—Tú dices que te tratamos descortésmente, llevando como llevas
-nuestro asno hurtado. Antes has de decir dónde escondiste el mozo que
-traía el asno, el cual tú mataste.</p>
-
-<p>Y diciendo esto, dieron con él en tierra, y sacudiéronle muy bien
-de coces y puñadas, y él juraba que nunca había visto quién trajese el
-asno, mas que lo cierto era que él lo había hallado suelto y solo por
-ese camino, y que lo había tomado por ganar el hallazgo; pero que la
-verdad era que él tenía pensamiento de restituirlo a su dueño, y que
-pluguiese a Dios que este asno pudiera hablar, para que declarara y
-diera testimonio de su inocencia, porque cierto a ellos les pesara de
-la injuria que le habían hecho.</p>
-
-<p>De esta manera, porfiando y defendiendo su causa, ninguna cosa le
-aprovechaba, porque los pastores, enojados,<span class="pagenum"
-id="Page_140">p. 140</span> le echaron las manos al pescuezo, y así
-lo tornaron hasta aquel cerro donde el mozo acostumbraba hacer leña,
-el cual nunca pareció en todo aquel monte; pero al cabo hallaron su
-cuerpo desmembrado y despedazado, derramado por muchas partes, lo que
-yo entendía ser hecho por los dientes de la osa, y cierto yo dijera lo
-que sabía, si el hablar me ayudara.</p>
-
-<p>Los pastores cogieron todos aquellos pedazos del cuerpo, y con mucha
-ansia los enterraron allí.</p>
-
-<p>De esta manera, culpando a mi nuevo guiador, diciendo que era cruel,
-ladrón y matador, llevándolo bien preso y atado, tornáronle a sus casas
-y chozas, diciendo que al otro día siguiente lo llevasen ante los
-alcaldes para que le diesen la pena que merecía.</p>
-
-<p>Entretanto que los padres del mozo muerto lloraban y plañían su
-hijo, he aquí do viene aquel rústico que había ido al mercado, al
-cual no se le había olvidado lo que le prometió, y venía pidiendo muy
-ahincadamente que me castrasen, al cual uno de los que allí estaban
-dijo:</p>
-
-<p>—No es nuestro daño presente lo que tú ahora solamente pides, pero
-antes conviene que mañana, no solamente cortemos la natura a este
-pésimo asno, mas es razón que también le cortemos la cabeza. Y no creas
-que para esto te faltará la ayuda y diligencia de estos.</p>
-
-<p>En esta manera fue hecho que mi mala ventura se dilatase hasta otro
-día.</p>
-
-<p>Yo entre mí daba gracias al bueno del mozo, porque a lo menos,
-siendo muerto, daba un día de espacio a mi carnicería. Pero con todo
-esto, nunca fue dado un poquito de espacio a mi reposo y placer, porque
-la madre de aquel mozo, llorando la muerte amarga de su hijo con muchas
-lágrimas y llantos, cubierta de luto, mesaba sus canas con ambas manos,
-aullando y gritando, y de<span class="pagenum" id="Page_141">p.
-141</span> esta manera lanzose en mi establo, adonde, abofeteándose la
-cara y dándose de puñadas en los pechos, dijo de esta manera:</p>
-
-<p>—Ahora este asno está muy seguro sobre su pesebre, entendiendo en
-tragar y comiendo siempre, ensancha su profunda barriga, que nunca
-se harta, y no se le recuerda de mi amarga mancilla, ni del caso
-desdichado que aconteció a su maestro difunto, antes me parece que
-menosprecia y tiene en poco mi vejez y flaqueza, y piensa que pasará
-sin pena de tan gran crimen como hizo y cometió.</p>
-
-<p>Y como esto dijo, desenvueltas sus manos, desató una faja que traía
-ceñida, y ligados mis pies y manos con ella, me apretó muy fuertemente,
-porque estuviese obediente a su venganza, y arrebató una tranca con que
-se solían cerrar las puertas del establo, y no cesó de darme de palos
-hasta que con el peso del madero, cansada ya de darme, le soltó de la
-mano.</p>
-
-<p>Entonces, quejándose que tan presto se había cansado, arremetió al
-fuego, y tomó un tizón ardiendo y metiómelo en medio de estas ingles,
-que me quemó todo, hasta que ya no me restaba sino solo un remedio,
-en que algo me esforzaba, que solté un chisguete de líquido, que le
-ensucié toda la cara y los ojos; finalmente, que con aquella ceguedad y
-hedor se apartó la mala vieja de mí, dejándome con harto dolor.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch8_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">LIBRO VIII.</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p>
-
-<p class="hang">En este libro se contiene la desdichada muerte de
-Lepolemo, marido de Carites, y de cómo ella sacó los ojos del traidor
-Trasilo, que lo había muerto, y después se mató con sus propias manos.
-— Y la mudanza que hicieron sus pastores después de su muerte. — Adonde
-cuenta muy lucidamente los trabajos que pasó, y cómo después fue
-vendido a un echacuervos de la diosa Siria, que andaba por los pueblos
-pidiendo, y al fin cómo fueron descubiertos de sus bellaquerías y
-torpezas, y otras muchas cosas de gusto y pasatiempo.</p>
-
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo vino un mancebo a casa del pastor amo de Lucio,
-asno, el cual cuenta a los pastores la muerte de Lepolemo, y la
-venganza que Carites tomó en su enamorado Trasilo, y cómo después se
-mató.</p>
-
-<p>Cuando vino el otro día, llegó un mancebo de la ciudad, el cual (a
-mi parecer) debía ser criado de Carites, aquella doncella que padeció
-conmigo tantas tribulaciones y trabajos en casa de aquellos ladrones.
-Este mancebo, estando sentado al fuego con los otros gañanes y mozos,
-contaba cosas maravillosas y espantables de la<span class="pagenum"
-id="Page_143">p. 143</span> desventura e infortunio que había venido a
-la persona y casa de su señora, diciendo de esta manera:</p>
-
-<p>—Yeguarizos, vaqueros y ovejeros, quiéroos contar lo que ahora
-aconteció en casa de nuestros amos. Era un mancebo de esta ciudad,
-hidalgo y de nuestro linaje, asaz rico, pero era dado a los vicios de
-lujuria y tabernas, andando de continuo en los mesones y burdeles,
-acompañándose siempre con ladrones y hombres infames y de bajos
-espíritus, ensuciando continuo sus manos en sangre humana, el cual se
-llamaba Trasilo; tal era su fama y así se decía de él. Este mancebo
-fue uno de los principales que por muchas veces, ahora por sí, ahora
-por intercesión de sus parientes y otras personas, pidió en casamiento
-a Carites siendo ella de edad para casar, y con toda su posibilidad
-trabajó por casarse con ella, y aunque en linaje y riqueza precedía a
-todos los otros del pueblo, pero por sus malas costumbres fue desechado
-y repelido.</p>
-
-<p>Después que la hija de mi señor se casó y vino a poder de aquel
-noble varón Lepolemo, Trasilo criaba entre sí el amor que a Carites
-tenía, y recordándose cómo le habían negado aquel casamiento, buscaba
-ocasión para su cruel deseo. Y para esto se hizo y mostró muy
-placentero con el casamiento y bodas de Lepolemo, y el día que la
-doncella fue librada de mano de los ladrones por astucia y esfuerzo de
-su esposo, él, mostrándose más alegre que otro ninguno, hacía mucha
-fiesta, gozándose mucho de su buen suceso, y así por todo esto que
-mostraba, como por ser de los más principales de la tierra, él fue
-recibido en nuestra casa como uno de los principales huéspedes, el
-cual, encubriendo su traición, era muy placentero y mostraba su gesto
-alegre. De esta manera vino a ser grande amigo y familiar de casa, y
-cada día crecía la conversación.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>Finalmente, Trasilo
-deliberó consigo muchos días antes de hacer lo que pudiese, y como
-no hallase lugar oportuno para poder hablar a la dueña secretamente,
-y conociese que el vínculo del nuevo amor, que entre los nuevos
-desposados crecía, no se pudiese desatar, y que la dueña no había
-de hacer traición a su marido, determinó porfiar en su obstinado y
-mal propósito, confiando en su juventud, y lo que ahora le parecía
-dificultoso, el amor loco que cada día más crecía, le hacía creer y
-tener esperanza de ponerlo en efecto.</p>
-
-<p>Mas yo os ruego ahora que con mucha atención escuchéis en qué paró
-el ímpetu de esta perversa y furiosa lujuria.</p>
-
-<p>Un día Lepolemo llevó consigo a Trasilo, fuese a caza de monte para
-buscar animales, así como corzos, porque en estos no hay ferocidad ni
-braveza como en los otros animales, y también Carites no consentía que
-su marido fuese a cazar bestias armadas con dientes o con cuernos, por
-el peligro que de ello se podría seguir. Y llegando a un monte muy
-espeso de árboles, comenzaron los cazadores a llamar los perros, que
-eran monteros de linaje, para que sacasen de allí los animales que
-había, y como los perros eran enseñados de aquella arte, repartiéronse
-luego, cercando todas las salidas de aquel monte.</p>
-
-<p>Estando así, cada uno aguardando en su estancia, hecha señal por
-los cazadores, comenzaron de latir y ladrar tan reciamente, que toda
-la montaña hinchieron de voces, de la cual no salió corza ni gama,
-que es mansa más que ninguna otra fiera, pero salió un puerco montés
-muy grande y espantable, con las cerdas levantadas encima del lomo,
-echando espumajos con el sonido de las navajas, los ojos de fuego, con
-ímpetu cruel, que parecía un rayo. Y luego, como llegaron a él los más
-esforzados perros,<span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span>
-dando con las navajas acá y allá los mató y despedazó, y después saltó
-las redes y enderezó su camino.</p>
-
-<p>Nosotros, cuando aquello vimos, espantados de gran miedo, como no
-éramos acostumbrados a aquella peligrosa caza, mayormente que estábamos
-sin armas, escondímonos entre aquellas ramas y hojas de los árboles.
-Trasilo, como halló oportunidad para la traición y maldad que en su
-pecho moraba, dijo a Lepolemo engañosamente: «¿Qué es la causa por que
-confusos de miedo, y semejantes a nuestros criados, espantados dejamos
-perder tan hermosa presa de nuestras manos? ¿Por qué no subimos en
-nuestros caballos y seguimos a este puerco? Toma tú este venablo, y yo
-tomaré mi lanza.»</p>
-
-<p>Diciendo esto, no tardaron más, y saltaron luego en sus caballos, y
-con grandísima gana siguieron tras del puerco, el cual, como el animal
-se viese apretado, no se le olvidó su esfuerzo, y tornó con gran ímpetu
-y encendimiento de su ferocidad, dando golpes con las navajas, hiriendo
-y rompiendo cuanto topaba. Mas el primero que llegó fue Lepolemo, que
-le metió el venablo por las espaldas. Trasilo perdonó al jabalí, y
-arrojó la lanza al caballo de Lepolemo, que le cortó las corvas de
-los pies, por manera que el caballo cayó hacia la parte donde estaba
-herido, y contra su voluntad dio con su señor en tierra. No tardó el
-puerco, que con mucha furia arremetió a él, y comenzole a trabar de la
-ropa, y él forcejeaba por levantarse, mas diole tantas navajadas, que
-le hizo muchas llagas; pero en todo esto, nunca el bueno de su amigo
-le socorrió ni se arrepintió de la traición comenzada, antes rogándole
-Lepolemo que le socorriese, no lo hizo, mas metiole la lanza por muchas
-partes, a semejanza de las heridas del diente del jabalí, porque no
-pareciesen dadas con mano. Y revolviéndose al puerco, muy fácilmente lo
-mató.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span>En esta manera
-muerto Lepolemo, salimos todos de donde estábamos escondidos, y
-corrimos allá. Trasilo, como había acabado lo que deseaba, aunque
-estaba alegre, todavía hizo gran sentimiento, y mostraba mucha
-tristeza, y con mucha ansia besaba el cuerpo del difunto, de manera
-que ninguna cosa dejó de hacer para mostrar que tenía gran dolor de su
-muerte.</p>
-
-<p>Cuando esta nueva fue a la triste de su mujer, conmovida de gran
-dolor, como mujer sin seso, se salió de casa y fue a esperar el
-cuerpo de su marido, y luego se ayuntaron muchos de la ciudad, que la
-acompañaron en su dolor. En esto llegó el muerto, el cual como ella
-vio, llena de lágrimas se cayó amortecida, y con harto trabajo la
-volvieron en sí. Después, con mucha pompa y honra, lo enterraron.</p>
-
-<p>En todo esto Trasilo no hacía sino dar voces y llorar, diciendo
-muchas cosas lastimosas por engañar a la verdad y encubrir su maldad.
-Y llegándose muchas veces a Carites, esposa del muerto, le tomaba las
-manos, porque no se rompiese los pechos, y con oficio de piedad se
-deleitaba en tocar a la dueña.</p>
-
-<p>Después de hechas las exequias, Carites se retrajo y determinaba de
-morir de hambre y sed para ir a acompañar a su marido. Mas Trasilo,
-con malvada instancia, unas veces por sí, otras por sus familiares y
-parientes, trabajaba que ella no se consumiese ni angustiase, y que
-tomase placer. Y como era atrevido y desvergonzado, un día le habló,
-diciéndole que se casase con él, lo cual como ella oyese, fue muy
-escandalizada, y disimulando con él, le dijo que tomaría su consejo y
-que le daría la respuesta.</p>
-
-<p>Esa misma noche le apareció el ánima de su marido Lepolemo, la
-cual, alzando la cara ensangrentada, amarilla<span class="pagenum"
-id="Page_147">p. 147</span> y muy disforme, quebrantó el casto sueño de
-su mujer, diciendo:</p>
-
-<p>—Señora mujer, yo te doy licencia que te cases en buen hora con
-quien quisieres, con tal condición: que jamás vengas a poder del
-traidor sacrílego de Trasilo, ni hables con él, ni te sientes a la
-mesa, ni duermas en cama con él; huye de su mano sangrienta que me
-mató; no quieras comenzar bodas con quien mató a tu marido, que las
-heridas aquellas, cuya sangre lavaron tus lágrimas, no son todas de las
-navajadas del puerco, porque la lanza del malvado Trasilo me hizo ajeno
-de ti.</p>
-
-<p>Y de esta manera le contó todas las otras cosas, por donde le
-manifestó toda la traición como había pasado.</p>
-
-<p>Ella, muy temerosa, metió la cara debajo de la ropa, adonde bañó
-la cara en lágrimas, llorando y suspirando con gran dolor y mancilla
-de su marido, muerto a traición tan malamente por el malvado Trasilo.
-Y desde entonces propuso en su pecho de vengarse del cruel matador, y
-después matar a sí misma para quitarse de tan enojosa y triste vida.
-Al otro día siguiente he aquí donde torna otra vez el abominable
-demandador de placeres ilícitos, y comenzó a porfiar con la dueña sobre
-su casamiento; pero ella, con astucia y sagacidad, le habló de esta
-manera:</p>
-
-<p>—Aun ahora la cara de mi marido y tu amigo se representa ante mis
-ojos, y aún el olor de su cuerpo dura en mis narices; por ende me
-parecía bien que aguardases el tiempo que es honesto para el luto y
-llanto que cualquier noble matrona es obligada a hacer legítimamente
-por su marido, a lo menos hasta que se cumpla el año, y esto conviene a
-mi honra y a tu provecho y salud.</p>
-
-<p>Trasilo, no satisfecho con estas palabras, ni contento con el
-prometimiento que le hacía, al cabo de muy poco<span class="pagenum"
-id="Page_148">p. 148</span> tiempo tornó a porfiar, diciendo palabras
-lastimeras con su lengua maldita, hasta tanto que Carites, vencida
-de su importunidad, con gran disimulación comenzó a decir de esta
-manera:</p>
-
-<p>—Trasilo, tú me has de otorgar lo que ahora te pido, y es que por
-algunos días secretamente seamos en uno, en tal manera, que ninguno de
-los familiares de casa lo sienta hasta que pasen algunos días en que se
-cumpla este año.</p>
-
-<p>Mas Trasilo, cuando esto oyó, oprimido de la engañosa promesa de la
-mujer, concedió alegremente por cumplir toda su voluntad con ella a
-hurto.</p>
-
-<p>Ella le dijo:</p>
-
-<p>—Mira bien tú, Trasilo, que lo hagas discretamente: cubierta la
-cabeza con tu capa, y sin compañía, vendrás a mi puerta al primer
-sueño, y solamente con un silbido que des, te abrirá la puerta esta mi
-ama, que te estará esperando; y como entrares, ella te llevará a mi
-cama.</p>
-
-<p>Cuando esto oyó Trasilo, plúgole mucho de la manera que le decía
-de sus bodas mortales; y no sospechando otra alguna mala cosa, sino
-turbado con el deseo, se quejaba porque la noche no venía.</p>
-
-<p>En fin, después que el sol dio lugar a la noche, Trasilo, aparejado
-como le había mandado Carites, vino a la hora, y engañado por la vieja
-ama que luego le abrió, lleno de placer y gozo se echó en la cama.
-Entonces la vieja, por mandado de su señora, le comenzó a halagar y
-hacer caricias, y secretamente sacando un jarro de vino, que tenía
-mezclado con cierta medicina para darle sueño, de allí con una copa le
-dio a beber tres o cuatro veces, fingiendo que su señora se tardaba
-porque estaba allí su padre enfermo y ella estaba cerca de él hasta que
-reposase.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span>De esta manera
-Trasilo, bebiendo de aquel vino, seguramente, y con aquel deseo que
-tenía, fácilmente la vieja lo enterró en un profundo sueño.</p>
-
-<p>Estando él ya aparejado para sufrir todas las injurias que le
-quisiesen hacer, durmiendo de espaldas, la vieja llamó a Carites, la
-cual, con esfuerzo varonil, se llegó a aquel cruel matador, diciendo de
-esta manera:</p>
-
-<p>—¿Veis aquí el fiel compañero y amigo de mi marido? Este es el que
-quiere contraer nuevas bodas conmigo; esta mano es aquella que derramó
-mi sangre; este es el pecho que pensó y compuso tantos engaños y rodeos
-para mi destrucción; estos son los ojos a quien yo en mal hora agradé.
-Pues duerme seguro y sueña bien a tu placer, que yo no te heriré con
-cuchillo ni con espada; nunca plegue a Dios que tal haga, porque no te
-iguales con mi marido en semejante género de muerte; pero siendo tú
-vivo, morirán tus ojos y no verás cosa alguna.</p>
-
-<p>Diciendo esto, sacó un alfiler de la cabeza e hirió con él en los
-ojos de Trasilo, y dejándolo así ciego del todo, desenvainó la espada
-que su marido solía traer, y echó a correr furiosamente por medio de la
-ciudad y fue hasta la sepultura de su marido. Nosotros y todo el pueblo
-la seguimos para quitarle la espada de las manos; pero ella se sentó
-cerca del sepulcro, y apartando a todos, les dijo de esta manera:</p>
-
-<p>—Dejad, señores, estas lágrimas; dejad el llanto, que es ajeno de
-mis virtudes, porque yo me vengué del cruel matador de mi marido; yo
-he punido y castigado al ladrón y malvado robador de mis bodas; ya es
-tiempo que con esta espada busque el camino para ir adonde está mi
-Lepolemo.</p>
-
-<p>Y después que hubo contado por orden todas las cosas que su
-marido le reveló en el sueño, y asimismo de<span class="pagenum"
-id="Page_150">p. 150</span> qué manera había engañado a Trasilo, diose
-con la espada por debajo de la teta izquierda, y así cayó muerta
-revuelta en su propia sangre. Finalmente, no pudiendo hablar claro, se
-le salió el ánima.</p>
-
-<p>Entonces los criados de Carites tomaron su cuerpo y enterráronlo en
-la misma sepultura de su marido, dándole allí su perpetua compañera.</p>
-
-<p>Trasilo, vistas todas estas cosas que por él habían pasado, no
-pudiendo hallar género de muerte que satisficiese a su presente
-tribulación, y teniendo por muy cierto que ninguna espada ni cuchillo
-podía bastar a la gran traición por él cometida, hízose llevar al
-sepulcro de Lepolemo, y estando allí, dijo:</p>
-
-<p>—¡Oh ánimas enemigas, veis aquí donde viene la víctima y sacrificio
-de su propia voluntad para vuestra venganza!</p>
-
-<p>Y diciendo esto muchas veces, metiose dentro del sepulcro, y
-cerradas muy bien las puertas de la tumba, deliberó por hambre sacar de
-sí el ánima condenada por su propia sentencia.</p>
-
-
-<h3 id="Ch8_2">II.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo después que los pastores supieron la muerte de sus
-señores se&nbsp;huyeron&nbsp;con su hacienda.</p>
-
-<p>Siendo aquellos pastores sabedores de la cruel fortuna que había
-pasado por sus amos, unos lloraban, otros gemían, doliéndose del triste
-suceso de aquella casa. Y temiendo la novedad de la mudanza de otro
-señor, aparejáronse<span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span>
-para huir, y aquel mayordomo que tenía cargo de las yeguas y ganado
-(el cual me recibió muy encomendado para tratarme y curar bien), todas
-cuantas cosas había de precio en la casa y alquería las cargó encima
-de mis espaldas y de otros caballos, y así se partió, desamparando
-su primera morada. Nosotros llevábamos a cuestas niños y mujeres;
-llevábamos gallinas, pollos, pájaros, gatos y perrillos, y cualquiera
-otra cosa que por su flaco peso podía detener la huida andaba con
-nuestros pies, y aunque la carga era grande, no me fatigaba mucho el
-peso de ella, antes me holgaba con la huida por dejar aquel bellaco que
-me quería castrar y deshacerme de hombre.</p>
-
-<p>Yendo por nuestro camino, habiendo pasado una cuesta muy áspera de
-un espeso monte, entramos por unos grandes campos, y ya que la noche
-venía, llegamos a una villa bien grande y rica, adonde los vecinos nos
-avisaron que no caminásemos de noche, porque había por allí infinitos
-lobos muy grandes, feroces y muy bravos, que estaban acostumbrados a
-saltear y comer a los hombres que caminaban de noche. Pero aquellos
-malvados huidores que nos llevaban, ciegos con el atrevimiento de la
-presa que llevaban, y miedo que no los siguiesen, desechando el consejo
-saludable que les daban, no esperaron el día, mas cerca de media noche
-nos cargaron y comenzaron a caminar.</p>
-
-<p>Entonces yo, por miedo del peligro susodicho, me metí en medio de
-todas las otras bestias, y todos se maravillaban cómo yo andaba más
-liviano que cuantos caballos allí iban; pero aquello no era livianeza
-de alegría, mas era indicio del miedo que llevaba: finalmente, que
-yo pensaba entre mí, que aquel caballo Pegaso, por miedo le habían
-nacido alas con que voló, y por eso fue hasta el<span class="pagenum"
-id="Page_152">p. 152</span> cielo, habiendo miedo que no lo mordiese la
-ardiente Quimera.</p>
-
-<p>Aquellos pastores que nos llevaban hiciéronse a manera de un
-ejército; unos llevaban lanzas, otros dardos, otros ballestas, y otros
-piedras en las manos, y otros llevaban picas bien agudas, y algunos
-llevaban hachas ardiendo por espantar a los lobos; en tal manera iban,
-que no les faltaba sino una trompeta para que pareciera hueste de
-guerra.</p>
-
-<p>Pero aunque pasamos nuestro miedo sin peligro, caímos en otro
-lazo mucho mayor, porque los lobos, o por ver mucha gente, o por las
-lumbres de aquellos, hubieron miedo, o por ventura porque eran idos
-a otra parte, ninguno de ellos vimos, ni pareció cerca ni lejos. Mas
-los vecinos de aquellos cortijos por donde pasamos, como vieron tanta
-gente y armada, pensaron que eran ladrones, y proveyendo a sus bienes
-y hacienda con gran temor que tenían de no ser robados, llamaron a los
-perros, que eran más rabiosos y feroces que lobos, y más crueles que
-osos, los cuales tenían criados así bravos y furiosos, para guarda
-de sus casas y ganados, y con sus silbos acostumbrados y otras tales
-voces, echaron los perros contra nosotros, y ellos, además de su propia
-braveza, esforzados con las voces de sus amos, cercáronnos de una
-parte y otra, y comienzan a saltar y a morder en la gente sin hacer
-apartamiento de hombres ni de bestias; mordían tan fieramente, que a
-muchos echaron por el suelo.</p>
-
-<p>Vierais una fiesta que era más para haber mancilla, que no para
-contarla, porque como había muchos perros que andaban como rabiosos, y
-a los que huían arrebataban con los dientes, y a los que estaban quedos
-arremetían, y con crueldad y braveza les sacaban los pedazos, en<span
-class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span> tal manera, que a bocados
-disminuyeron toda nuestra compañía. He aquí que a este peligro sucedió
-otro mayor, que los villanos de encima de los tejados, y de una cuesta
-que estaba allí arriba, echábannos tantas piedras, que no sabíamos de
-qué habíamos de huir. De una parte los perros que andaban cerca de
-nosotros, y de la otra más lejos las piedras que venían sobre nosotros:
-de manera que estábamos en harto aprieto.</p>
-
-<p>En esto vino una piedra que descalabró a una mujer que iba encima de
-mí, y ella, con el gran dolor, comenzó a dar grandes gritos y voces,
-llamando a su marido, que era un pastor de aquellos, que la viniese a
-socorrer.</p>
-
-<p>Él, cuando la vio, limpiándole la sangre, comenzó a dar gritos,
-diciendo:</p>
-
-<p>—¡Justicia de Dios! ¿por qué matáis los tristes caminantes, y los
-perseguís, espantáis y apedreáis con tan crueles ánimos? ¿Qué daño os
-hemos hecho? ¿Qué robo es este?</p>
-
-<p>Como esto oyeron, luego cesó el llover de las piedras, y apartaron
-la tempestad de los perros bravos, y uno de aquellos labradores dijo a
-voces:</p>
-
-<p>—No creáis que nosotros, teniendo codicia de vuestros despojos os
-queríamos robar; mas pensando que lo mismo queríais hacer a nosotros,
-nos pusimos en defensa por quitar nuestro daño de vuestras manos; así
-que de aquí en adelante podéis ir seguros y en paz.</p>
-
-<p>Esto dicho, comenzamos a andar nuestro camino bien descalabrados,
-y cada uno contaba su mal: los unos, heridos de piedras; los otros,
-mordidos de los perros; de manera que todos iban lastimados.</p>
-
-<p>Yendo adelante ya buena parte del camino, llegamos a un
-valle de muchas arboledas y espesuras de grandes matas, adonde
-acordaron aquellos pastores que nos llevaban,<span class="pagenum"
-id="Page_154">p. 154</span> de holgar un rato por descansar y curarse
-de las heridas. Así que echáronse todos por aquel prado, y después de
-haber reposado, curáronse sus llagas lo mejor que pudieron: el uno se
-lavaba la sangre en un arroyo que por allí pasaba, y otros con esponjas
-mojadas remediaban la hinchazón de sus llagas; otros ligaban las
-heridas con vendas, y de esta manera procuraba cada uno su salud.</p>
-
-<p>Entretanto, un viejo asomó por un cerro, el cual debía ser pastor,
-y uno de los de nuestra compañía le preguntó si tenía leche o cuajada
-para vender; el viejo cabrero, meneando la cabeza, dijo:</p>
-
-<p>—No sabéis en qué lugar estáis; guardaos de ahí no muráis.</p>
-
-<p>Y diciendo esto, fuese de allí muy lejos. La cual palabra y su
-huida no poco miedo puso a nuestros pastores. Así que estando ellos
-espantados y no viendo a quién preguntar qué cosa fuese aquella, asomó
-otro viejo muy mayor que aquel y más cargado de años, con un bordón
-en la mano, corcovado, y venía como hombre cansado, y llorando muy
-reciamente: llegó a nosotros, y haciendo grandes reverencias, comenzó a
-besar a cada uno de aquellos mancebos en las rodillas, diciendo:</p>
-
-<p>—Señores, por vuestra virtud, y por el Dios que adoráis, que me
-socorráis en una tribulación, a mí, viejo cuitado, de un niño mi nieto
-que casi está a punto de muerte, el cual venía conmigo en este camino,
-y tiró una piedra a un pajarito que estaba cantado, y por matarlo,
-cayó en una cueva que estaba llena de árboles por encima, que no se
-parecía, y creo que está en lo último de su vida, aunque por las voces
-que da, conozco que aún está vivo, mas por mi vejez y flaqueza, como
-veis, no le pude ayudar. Vosotros, señores, que sois mancebos y recios,
-fácilmente<span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> podréis
-socorrer a este mezquino viejo, librándome aquel niño, que no tengo
-otro heredero, ni sucesor de mi linaje.</p>
-
-<p>Diciendo esto, el viejo pelábase las barbas, de manera que todos
-habían mancilla de él. Pero uno más recio que ninguno, y más mozo, de
-gran cuerpo y fuerzas, que aquel solo había quedado sano del ruido
-pasado, levantose luego y preguntó en qué lugar había caído. El viejo
-le mostró con el dedo entre unas zarzas y matas espesas. Así que el
-mancebo siguió tras el viejo hacia do le había mostrado.</p>
-
-<p>Los compañeros, de que hubieron bien comido, y nosotros pacido,
-cargáronnos para ir su camino, y como aquel mancebo no venía,
-comenzaron a darle voces; desde que vieron que no respondía, enviaron
-uno que lo buscase, y que le dijese que viniese presto, que era ya
-hora de caminar: aquel tardó en ir a buscar al otro, y tornó admirado
-y espantado, diciendo que había visto una cosa maravillosa de aquel
-mancebo, que vio cómo estaba muerto en el suelo medio comido, y un
-dragón espantable encima de él, comiéndolo todo, y que no parecía el
-viejo; lo cual, visto por los pastores, y conociendo que no había en
-aquella tierra otro morador, sino aquel viejo, conocieron que aquel era
-el dragón. Así que dejaron aquella tierra y se fueron.</p>
-
-
-<h3 title="III." id="Ch8_3" ><span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span>III.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo Lucio prosigue contando muchos acontecimientos que
-se ofrecieron siendo asno, yendo con los pastores.</p>
-
-<p>De allí fuimos a una aldea, donde estuvimos toda aquella noche, y
-allí aconteció una cosa que yo deseo contar.</p>
-
-<p>Un esclavo de un caballero, cuya era aquella heredad, estaba allí
-por mayordomo y guarda de toda la hacienda, y era casado con una
-esclava del mismo caballero. El marido andaba enamorado de otra moza
-libre, hija de un vecino de allí. La mujer, con el dolor y enojo de los
-amores del marido, tomó cuantos libros de sus cuentas tenía, y toda la
-hacienda y ropa de casa, no estando allí su marido, y quemolo todo. No
-contenta con lo que había hecho, ni pensando que estaba vengada de la
-injuria, tornose contra sí misma y tomó en los brazos un niño, hijo del
-marido, y atolo consigo y echose en un pozo muy hondo.</p>
-
-<p>El señor, cuando supo la muerte de su esclava y del niño, que había
-sido por causa de los amores del marido, hubo mucho enojo, y tomolo
-desnudo y enmelado, y atolo muy fuertemente a una higuera vieja que
-tenía muchas hormigas, que hervían de un cabo a otro, las cuales,
-como sintieron el dulzor de la miel y el olor de la carne, y aunque
-eran chicas, pero infinitas, con los continuos y espesos bocados que
-le daban, en tres o cuatro días le comieron hasta las entrañas, que
-dejaron los<span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> huesos
-blancos y sin carne ninguna, atados a la vieja higuera, de lo cual se
-espantaron todos los labradores.</p>
-
-<p>Dejamos también esta mala tierra y partimos, caminando a mucha
-priesa por unos grandes campos, hasta que llegamos a una ciudad muy
-noble y bien poblada, adonde aquellos pastores determinaron tomar
-sus casas y morada, porque les parecía que allí se podrían muy bien
-esconder de los que viniesen a buscarles. Demás de esto les convidaba
-a morar allí la abundancia que había. Finalmente, que después de haber
-reposado tres días por descansar, porque nos rehiciésemos del camino,
-para mejor podernos vender, sacáronnos al mercado, y un pregonero nos
-comenzó a pregonar, y luego vendió el caballo y otro asno, mas a mi
-nadie me quería, como a mala bestia.</p>
-
-<p>Ya yo estaba enojado de los que allí estaban, que todos me palpaban
-las encías, queriendo saber y contar de mis dientes la edad que había,
-y con este asco, llegando a mí uno que le hedían las manos, sobajando
-muchas veces mi boca con sus dedos sucios, dile un bocado en la mano,
-casi le corté los dedos; lo cual espantó tanto a los que allí estaban
-alrededor, que ninguno me quiso comprar, diciendo que era asno bravo y
-fiero.</p>
-
-<p>Entonces el pregonero comenzó a dar grandes voces, que ya
-estaba ronco, diciendo muchas gracias y burlas contra mi fortuna y
-desdicha.</p>
-
-<p>—¿Hasta cuándo tardaremos en vender este asno viejo? Él tiene las
-manos y pies desportillados, flaco y de muy ruin color, perezoso, y,
-sobre todo, bravo y feroz tan sin provecho, que no es bueno sino para
-hacer de su pellejo un harnero; démoslo a alguno que no le pese de
-perder la paja y cebada que comiere.</p>
-
-<p>En esta manera, jugando aquel pregonero, hacía dar<span
-class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span> grandes risas a los que
-allí estaban; pero aquella mi cruelísima fortuna, la cual yo, huyendo
-por tantas provincias, nunca pude huir de ella, ni con tantos males y
-tribulaciones como pasé, pude aplacar, otra vez de nuevo lanzó sus ojos
-ciegos contra mí, dándome un comprador perteneciente para mis duras
-adversidades; y ¿sabéis qué tal? Un viejo calvo y bellaco, cubierto de
-cabellos y medio cano, del más bajo linaje, y de las heces de todo el
-pueblo, el cual andaba con otros trayendo a la diosa Siria por esas
-plazas, villas y lugares, tañendo panderos y atabales y mendigando de
-puerta en puerta sin ninguna vergüenza.</p>
-
-<p>Este echacuervos, con la mucha gana que tenía de comprarme, preguntó
-al pregonero que de dónde era yo. Él le respondió prestamente que era
-de Capadocia, y que era muy bueno y asaz recio. Preguntole más: ¿qué
-edad había? El pregonero, burlándose de mí, dijo:</p>
-
-<p>—Un astrólogo que miró la constelación de su nacimiento, dijo,
-que podría ahora haber como cinco años, pero él sé que sabrá mejor
-estas cosas, según la profesión de su ciencia. Y como quiera que yo,
-a sabiendas, incurra en la pena de la ley Cornelia, si revendiere
-ciudadano romano por esclavo; pero ¿por qué no compras un servidor
-tan bueno y provechoso, que te podrá ayudar así en casa como fuera de
-ella?</p>
-
-<p>Con todo esto, aquel comprador malo no dejó de preguntar cuando esto
-oyó, y sacar unas cosas de otras. Finalmente preguntó con mucha ansia
-si yo era manso. El pregonero le dijo:</p>
-
-<p>—Es tan manso, que no parece asno, sino cordero: no muerde, ni echa
-coces, que no parece sino que debajo del cuero de un asno mora un
-hombre muy pacífico y modesto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span>En esta manera,
-el pregonero, con sus chocarrerías, trataba aquel glotón echacuervos,
-el cual dio por mí siete dineros, y llevándome a su casa, luego, a la
-entrada de la puerta, comenzó a dar voces, diciendo:</p>
-
-<p>—Mozas, un servidor os traigo del mercado, ¿veislo aquí?</p>
-
-<p>Pero aquellas mozas que él decía, era una manada de mozos bardajas,
-los cuales, como lo oyeron, habiendo de ello mucho placer y alegría,
-alzaron grandes voces pensando que les traería algún esclavo que
-fuese aparejado para lo que ellos querían. Pero cuando vieron que
-era un asno, torciendo el rostro con enojo, increpaban a su maestro,
-diciéndole que no había traído servidor para ellos, sino marido para
-sí.</p>
-
-<p>Diciendo estas y otras cosas de burlas, me ataron a un pesebre, y
-luego vino un mancebo, que tenía flauta y trompeta, que estaba allí por
-su sueldo para tañer a la diosa, y en casa ejercitábase en contentar a
-aquellos medio mujeres, el cual me echó de comer.</p>
-
-
-<h3 id="Ch8_4">IV.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo después que Lucio, asno, fue vendido a un
-echacuervos de la diosa Siria, le acontecieron muchos trabajos.</p>
-
-<p>Al otro día siguiente, vestidos de varios colores, y cada uno de
-su traje, unos con mitras en sus cabezas, otros con túnicas blancas
-ceñidas, pusieron encima de mí a la diosa Siria, cubierta de una
-vestidura de seda. Ellos llevaban los brazos desnudos hasta los hombros
-y<span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span> unos cuchillos en
-las manos, y al son de la flauta bailaban delante de su diosa. Y yendo
-de esta manera, pasamos por algunas caserías y pueblos, adonde aquellos
-hipócritas falsos comenzaron a hacer grandes maravillas, bajando
-furiosamente sus cabezas, torciendo a una parte y a otra los pescuezos,
-colgando los cabellos y mordiéndose algunas veces los brazos, y aun
-con aquellos cuchillos que traían se daban de cuchilladas. Entre estos
-había uno que con mayor furia, así como hombre endemoniado, fingía
-aquella locura, por parecer que con las presencias de los dioses
-suelen los hombres no ser mejores en sí, mas antes hacerse flacos y
-enfermos.</p>
-
-<p>Pues espera, y verás qué galardón hubo de la Providencia celestial.
-Él comenzó a decir adivinando a grandes voces, y fingiendo mayor
-mentira, que quería castigar y reprender asimismo, diciendo que había
-pecado contra su santa religión; y por esto quería él tomar por sus
-propias manos la pena que merecía por aquel pecado que había cometido.
-Así que arrebató un azote, el cual es propia insignia de aquellas
-medias mujeres, torcidos muchos cordeles de lana de ovejas y escarchado
-con choquezuelas de pies de carneros a colores, y diose con aquellos
-nudos muchos golpes, hasta que se adormeció las carnes, que parecía
-que maravillosamente estaba preservado para poder sufrir el dolor de
-aquellas llagas. Que vieras cómo de las heridas de los cuchillos y de
-los golpes de la disciplina todo el suelo estaba bañado en la suciedad
-de aquella sangre afeminada, la cual cosa no poco cuidado y fatiga me
-ponía en mi corazón, viendo derramar tan largamente sangre de tantas
-heridas, por ventura que al estómago de aquella diosa extraña no se le
-antojase sangre de asno, como a los estómagos de algunos hombres se les
-antoja leche; así que cuando ya<span class="pagenum" id="Page_161">p.
-161</span> estaban cansados, cierto mejor diría cuando hartos de abrir
-sus carnes, hicieron pausa cesando de aquella carnicería; y comenzaron
-a recoger en sus faldas abiertas dineros de cobre y aun también de
-plata que muchos les ofrecían. Demás de esto, les daban jarros de vino
-y de leche, queso y harina y trigo candeal, y algunos daban cebada para
-mí que traía la diosa.</p>
-
-<p>Ellos, con aquella codicia rapaban todo cuanto podían y lanzábanlo
-en costales que para esto traían de industria aparejados para aquella
-echacorvería y todos los echaban encima de mí, de manera que ya yo iba
-bien cargado con carga doblada, porque iba hecho troje y templo.</p>
-
-<p>En esta manera discurriendo por aquella región, la robaban. Llegando
-a una villa principal, como allí hallaron provecho de alguna ganancia,
-alegres hicieron un convite de placer, que sacaron un carnero grueso
-a un vecino de allí, con una mentira de su fingida predicación,
-diciéndole que con su limosna y sacrificio hartase a la diosa Siria,
-que estaba hambrienta. Así que su cena bien aparejada, fuéronse al
-baño, y vinieron muy bien lavados. Trajeron consigo un mancebo aldeano
-de allí para cenar con ellos, y como hubieron comido unos bocados de
-ensalada, allí delante de la mesa aquellos sucios bellacos comenzaron a
-burlar con aquel mancebo, que tenían desnudo, como hacían las mujeres
-con los hombres.</p>
-
-<p>Yo, cuando vi tan gran traición y maldad, no pudiéndolo sufrir mis
-ojos, intenté dar voces, diciendo: «¡Oh romanos!», pero no pudiendo
-pronunciar las otras letras y sílabas, solamente dije muy claro y
-muy recio: «¡Oh, oh!», lo cual dije a tiempo oportuno, a causa que
-muchos mancebos de una aldea de allí cerca, andaban a buscar un
-asnillo que les habían hurtado aquella noche,<span class="pagenum"
-id="Page_162">p. 162</span> y andaban muy codiciosos buscándolo por
-todos los caminos y apartamientos; los cuales, oyendo mi rebuzno dentro
-de aquellas casas, creyeron que era su asno, y de improviso todos
-juntos entraron en casa, donde hallaron aquellos bellacos haciendo
-aquellas maldades y suciedades, y como los vieron comenzaron a llamar
-a los vecinos para que viesen aquel aparato torpe y sucio; demás
-de esto, haciendo burla, alababan la purísima castidad de aquellos
-echacuervos.</p>
-
-<p>Ellos, embarazados y turbados con esta infamia, que fácilmente
-fue divulgada por todo el pueblo, por lo cual con mucha razón eran
-aborrecidos y malquistos de todos, aquella noche a las doce, liadas
-todas sus ropas, se partieron a hurtadillas de aquella villa; y
-habiendo andado buena parte del camino antes del día, entramos por un
-desierto y despoblado, siendo ya claro día; entonces hablaron entre
-sí primeramente, y después aparejáronse para mi daño y muerte; porque
-quitando la diosa de encima de mí, y puesta en tierra, quitáronme todos
-aquellos paramentos que traía, y desnudo atáronme a un roble, y con
-aquel azote que estaba encadenado de osezuelos de ovejas, diéronme
-tantos azotes, que casi me llegaron a lo último de la muerte.</p>
-
-<p>Uno de aquellos me amenazaba con un cuchillo para cortarme las
-piernas, diciendo que había enfadado con mi feo rebuzno a todos;
-pero los otros no permitieron que me las cortase, diciendo que por
-reverencia de la diosa, que estaba delante, no muriese por entonces.
-En tal manera, que luego me tornaron a cargar de aquellas cosas que
-llevaba, y dándome buenos palos, coces y encontrones, llegamos a
-una grande y noble ciudad; adonde un noble varón principal de allí,
-hombre de buena vida, y que era muy devoto de la diosa Siria, como
-oyó el sonido<span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span> de
-los atabales y panderos y los cantares de aquellos echacuervos a
-manera de como cantan los sacerdotes de la diosa Cibeles, corrió luego
-a recibirlos muy devotamente; recibió por huéspeda a la diosa, y a
-nosotros todos nos hizo meter dentro del cercado de su ancha casa, y
-luego comenzaron a entender en aplacar y sacrificar a la diosa con gran
-veneración y con gruesos animales y sacrificios.</p>
-
-<p>En este lugar me acuerdo yo haber escapado de un grandísimo peligro
-de muerte, el cual fue este:</p>
-
-<p>Un labrador de allí envió un presente al señor de aquella casa,
-que era un cuarto de ciervo muy grande y grueso, el cual recibió el
-cocinero y lo colgó negligentemente tras la puerta de la cocina, no
-muy alto del suelo. Un lebrel que allí estaba, sin que nadie lo viese,
-alcanzolo, y alegre con su presa, prestamente desapareció delante de
-los ojos de los que allí estaban. El cocinero, cuando conoció su daño
-y la gran negligencia en que había caído, llorando muy fieramente,
-y como casi desesperado que ya casi su señor demandaba de cenar, no
-sabiendo qué hacer, y con el temor que tenía, se quería ir de su amo.
-La mujer, que le quería bien, con palabras amorosas le ponía esfuerzos,
-diciendo:</p>
-
-<p>—¿Cómo tan espantado y atemorizado te ha este presente mal, que
-determinas de dejar la casa de tu señor, adonde tanto tiempo ha que
-ganas tu vida? ¿Y no ves que me dejas sola llena de hijos? Por ende
-yo he hallado un buen remedio, el cual vino por providencia de los
-dioses, y es este: Toma este asno, que ahora es venido aquí, llévalo
-a algún lugar apartado, y degüéllalo, y una de sus piernas, que es
-semejante a la que se perdió, le cortas, y muy bien picada y guisada,
-o de otra manera que sea muy sabrosa, la pondrás delante de tu<span
-class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span> señor, en lugar del ciervo.
-Al bellaco pusilánime del cocinero plugo mucho el consejo que la sagaz
-y astuta de su mujer le había dado, y acordó hacer en mí aquella cruel
-carnicería, queriendo con mi muerte remediar su vida y la de su mujer e
-hijos, y para esto comenzó luego a aguzar sus cuchillos, no viendo la
-hora de tener guisada mi pobre pierna.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch9_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">LIBRO IX.</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p>
-
-<p class="hang">Este noveno libro cuenta la astucia del asno cómo se
-escapó de la muerte, de donde se le siguió mayor peligro, que creyeron
-que rabiaba, y con el agua que bebió vieron que estaba sano. — Cuenta
-una mujer que engañó a su marido por un sutil arte de un tonel. — Ítem
-el engaño de las suertes que traían los echacuervos de la diosa Siria.
-— Y cómo fueron tomados con un hurto, y fueron presos por ello. — Y de
-cómo fue vendido a un tahonero, adonde cuenta de la maldad de su mujer
-y otras cosas de mucho gusto y pasatiempo. — Y cómo después fue vendido
-a un hortelano, y de un caballero que quiso tomar el asno por fuerza, y
-lo que le aconteció.</p>
-
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo después que Lucio entendió que el cocinero le
-quería matar, buscó astucia para librarse de tan gran peligro, de donde
-se le siguió otro mayor, del cual también se libró.</p>
-
-<p>Aquel cocinero traidor ya armaba contra mí sus crueles manos. Yo,
-con la presencia de tan gran peligro, no teniendo consejo ni aun tiempo
-para pensar en él, deliberé, huyendo, escapar de la muerte que sobre
-mí estaba, y prestamente, quebrando el cabestro con que estaba<span
-class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> atado, eché a correr a
-cuatro pies cuanto pude, y metime sin empacho ni vergüenza en la
-sala donde estaba cenando aquel señor de casa sus manjares con los
-sacerdotes de aquella diosa Siria; y con mi ímpetu derramé y vertí
-todas aquellas comidas que allí estaban, mesas y candeleros y cosas
-semejantes, la cual disformidad y estrago, como vio el señor de la
-casa mandó a un siervo suyo que con diligencia me tomase y como asno
-importuno y garañón me tuviese encerrado en alguna parte, porque otra
-vez con mi poca vergüenza no desbaratase su convite placentero y
-alegre.</p>
-
-<p>Entonces yo me alegré con aquel mandamiento de la guarda y cárcel
-saludable, viendo cómo con mi astucia y discreta invención había
-escapado de las crueles y pestilenciales manos de aquel carnicero.</p>
-
-<p>Pero cuando la fortuna persigue a un hombre, ningún buen consejo
-le aprovecha, porque la invención que a mí me pareció haber hallado
-para mi salud, me fabricó otro mayor peligro, y fue que un muchacho
-entró en la sala donde estaban comiendo, y dijo a su señor cómo de una
-calleja de allí cerca había entrado poco antes un perro rabioso con
-gran ímpetu y ardiente furor, y había mordido a todos los perros de
-casa, y después había entrado en el establo y mordido con aquella rabia
-a muchos de los caballos que allí estaban, y que también había mordido
-a algunas personas de casa, lo cual asombró a todos, y pensando que por
-estar yo inficionado de aquella pestilencia hacía aquellas ferocidades,
-arrebataron lanzas y dardos y comenzáronse a amonestar unos a otros
-que echasen de sí un mal tan grande como era aquel. Y cierto, ellos me
-perseguían y rabiaban más que yo, por lo cual, sin duda, me mataran y
-despedazaran con aquellas lanzas y venablos y con hachas que traían;
-mas yo, viendo el ímpetu<span class="pagenum" id="Page_167">p.
-167</span> de tan gran peligro, luego me metí en la cámara donde
-posaban aquellos mis amos.</p>
-
-<p>Entonces ellos, cerrándome luego las puertas, velaban hasta que
-aquella fuerte pestilencia y rabia se consumiese, para que ellos
-pudiesen estar sin peligro.</p>
-
-<p>Como yo me vi así encerrado, libre de aquel infortunio, echeme
-encima de la cama, que estaba muy bien hecha, y descansé durmiendo
-como hombre, lo cual mucho tiempo había que no usaba. Y a otro día
-bien claro, habiendo yo muy bien descansado con la blandura de la
-cama, levanteme esforzado y aceché aquellos veladores que allí estaban
-guardándome, los cuales altercaban sobre mí de esta manera:</p>
-
-<p>—Este mezquino asno creemos que está fatigado con su furor y rabia,
-y puede ser que estará ya muerto. Bueno será que veamos lo que hace.</p>
-
-<p>Y abierta una pequeña parte de la puerta, viéronme estar sosegado y
-muy quieto; y como así me vieron, uno de aquellos que parece los dioses
-habían enviado para mi remedio, mostró a otro un remedio para conocer
-mi sanidad, diciendo que me pusiesen una caldera de agua para beber, y
-que si yo sin temor y como acostumbraba llegase al agua y bebiese, de
-buena voluntad supiesen que yo estaba sano y libre de toda enfermedad;
-y por el contrario, si vista el agua hubiese miedo, haciendo algunos
-meneos y diabluras, y no la quisiese tocar, tuviesen por muy cierto
-que aquella rabia mortal duraba en mí, y que esto tal se solía guardar
-según cuentan los libros antiguos.</p>
-
-<p>Como esto les pluguiese a todos, tomaron luego una grande herrada de
-agua clara y limpia, y con algún temor me la pusieron delante; yo salí
-luego sin tardanza ninguna a recibir el agua con harta sed que tenía,
-y<span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span> comencé a beber de
-aquella agua, que asaz era para mí verdaderamente saludable. Entonces
-yo sufrí cuanto ellos hacían, dándome golpes con las manos y tirarme
-de las orejas y trabarme del cabestro, y cualquier otra cosa que ellos
-querían hacer por experimentar mi salud; yo había placer de ello,
-hasta tanto que con su desvariada presunción yo probase claramente mi
-modestia y mansedumbre para que a todos fuese manifiesta.</p>
-
-
-<h3 id="Ch9_2">II.</h3>
-
-<p class="cent">Lucio recuenta una historia que oyó haber acontecido en
-un pueblo, de&nbsp;cómo&nbsp;una mujer burló de su marido.</p>
-
-<p>Luego otro día siguiente, habiendo yo escapado de tanto peligro,
-me cargaron otra vez de los divinos despojos, y ellos con sus
-panderos y campanillas comenzamos a caminar, y habiendo ya pasado
-algunas caserías, llegamos a un lugarejo, adonde aquella noche nos
-aposentamos.</p>
-
-<p>Allí oí contar un gracioso cuento, el cual quiero que vosotros
-sepáis.</p>
-
-<p>Era un hombre que se alquilaba por trabajador, y con aquello que
-ganaba se mantenía miserablemente; tenía una mujer galana y requebrada.
-Un día de mañana, como el marido se fuese a la plaza para buscar de
-trabajar, vino el enamorado de su mujer y metiose en casa.</p>
-
-<p>Estando ellos así, el marido, que ninguna cosa sabía ni sospechaba,
-tornó de improviso a casa y batió a la puerta.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span>La mujer, que era
-astuta para tales sobresaltos, hizo meter a su enamorado en un tonel
-viejo que estaba en un rincón de casa, medio roto y vacío; y abierta la
-puerta a su marido, comenzó a reñir con él, diciendo:</p>
-
-<p>—¿Cómo así venís vacío y muy despacio, metidas las manos en el seno?
-¿No veis nuestra necesidad y pobreza? ¿Por qué no traéis alguna cosilla
-para comer? Yo, mezquina, que todo el día y la noche me estoy quebrando
-los dedos hilando, encerrada en casa, al menos que tenga para encender
-un candil. ¡Bienaventurada mi vecina Dafnes, que en amaneciendo
-come y bebe cuanto quiere, y todo el día está en placeres con sus
-enamorados!</p>
-
-<p>El marido, convencido con esto, dijo:</p>
-
-<p>—¿Pues qué es ahora esto? Aunque mi amo está ocupado en un pleito y
-no nos ha llevado a trabajar, yo he proveído a lo que hemos de comer,
-porque he vendido aquel tonel, que nunca nos sirve de nada, por cinco
-dineros a un hombre que aquí viene; por tanto, ayúdame a sacarlo de
-aquí, y entregarlo hemos a quien me lo compró.</p>
-
-<p>Cuando esto oyó la mujer, sacó el engaño de lo que el marido decía,
-y fingiendo una gran risa, le dijo:</p>
-
-<p>—¡Oh qué hombre y buen negociador he hallado, que la cosa que yo,
-siendo mujer necesitada, tengo vendida por siete dineros, vendió él en
-la calle por menos!</p>
-
-<p>El marido, alegre con esto, le dijo:</p>
-
-<p>—¿Quién es este que tanto te dio por él?</p>
-
-<p>La mujer respondió:</p>
-
-<p>—Vos no sabéis nada; ahora entró uno dentro de él para ver qué tal
-estaba.</p>
-
-<p>No faltó astucia al enamorado, que luego saltó de dentro,
-diciendo:</p>
-
-<p>—Buena mujer, este tonel me parece que está abierto por muchas
-partes.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span>Y disimuladamente
-volviose al marido, como que no le conocía, y díjole:</p>
-
-<p>—Tú, hombrecillo, quien quiera que eres, ¿por qué no me traes un
-candil para ver bien de dentro este tonel? ¿Por ventura piensas que he
-de dar mis dineros sin mirarlo muy bien?</p>
-
-<p>El buen hombre, no sospechando mal, no tardó en encender el candil,
-y dijo al enamorado:</p>
-
-<p>—Apártate, hermano, y huelga, que yo entraré a ver las heces, y
-verás si es hendido y mal tratado.</p>
-
-<p>Diciendo esto, tomó la mujer el candil, y él entró en el tonel y
-comenzó a raer aquellas costras.</p>
-
-<p>El adúltero, como vio que la mujer estaba bajada alumbrando a su
-marido, dolábala por detrás; y ella, con astucia metida la cabeza en el
-tonel, burlaba del marido, diciendo: «trae aquí y allí, y quita esto y
-esto otro», hasta que la obra de entrambos fue acabada.</p>
-
-<p>Entonces salió del tonel, y tomando sus siete dineros el mezquino
-del marido cargó el tonel a cuestas, y llevolo a casa del adúltero.</p>
-
-<p>Aquí estuvimos algunos días, donde por la liberalidad de los
-moradores de aquella ciudad fuimos muy bien tratados, y mis amos
-cargados de dones por su adivinar.</p>
-
-
-<h3 title="III." id="Ch9_3" ><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>III.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo Lucio recuenta una astuta manera de suerte que
-los echacuervos usaban para sacar dineros; y cómo fueron presos y él
-vendido a un tahonero.</p>
-
-<p>Bien sabían engañar al pueblo aquellos limpios y buenos de mis amos,
-porque para sacar dineros inventaron una suerte sola; la cual aplicaban
-y referían a muchas cosas, y en cada pueblo de aquellos la sacaban para
-responder y engañar a los que les preguntaban, y consultaban sobre
-cosas varias; y la suerte decía de esta manera:</p>
-
-<p>—Por ende, los bueyes juntos aran la tierra, porque para el tiempo
-venidero nazcan los trigos alegres.</p>
-
-<p>Con esta suerte burlaban a todos; porque si algunos deseaban
-casarse, y les preguntaban cómo sucedería, decían que la suerte
-respondía que era muy buena para juntarse por matrimonio y para tener
-buenos hijos. Si alguno quería comprar una heredad, respondían que era
-muy bien, porque los bueyes y el yugo significaban los campos floridos
-y llenos de fruto. Si alguno quería ir camino y preguntaba a aquellos
-buenos sacerdotes de su viaje, decían que sería muy bueno, porque
-venían en la suerte los más mansos animales que hay en el mundo y más
-provechosos. Si alguno de aquellos quería ir a la guerra o a perseguir
-ladrones, y preguntaba si sería su ida provechosa, respondían que la
-victoria tenían muy cierta, según la demostración de la suerte; porque
-sojuzgarían<span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span> al yugo
-las cervices de los enemigos, y habrían de lo que robasen muy abundante
-y provechosa presa.</p>
-
-<p>Con esta manera de adivinar y con su grande astucia, no pocos
-dineros apañaban. Pero ya cansados de recibir dineros, aparejáronse
-para caminar, llevándome muy bien cargado por un camino muy bellaco de
-muchos lodos y lagunas, que a cada paso resbalaba y tenía gran miedo de
-dar con la diosa en tierra.</p>
-
-<p>Saliendo de este mal camino llegamos a unos espaciosos y hermosos
-campos, y he aquí súbitamente a nuestras espaldas una manada de gente
-de a caballo, corriendo con gran ímpetu, y pegaron muy recio a los
-sacerdotes, llamándoles sacrílegos y regulares y grandes ladrones,
-engañadores y falsarios; dándoles buenas puñadas echaron a todos
-esposas a las manos, y con palabras muy recias les comenzaron a
-apretar, para que descubriesen dónde llevaban un vaso de oro que habían
-hurtado, y que dijesen la verdad, porque fingiendo ellos de sacrificar
-secretamente a la madre de los dioses que allí iba, de su estrado lo
-hurtaron escondidamente; y pensando escapar de la pena de tan gran
-traición, se partieron calladamente, antes que amaneciese, de la
-ciudad.</p>
-
-<p>Diciendo esto, no faltó uno de aquellos caballeros que por encima de
-mis espaldas metió la mano debajo de las faldas de la que yo traía, y
-buscando bien halló el vaso de oro, el cual sacó delante de todos.</p>
-
-<p>Pero con este tan gran crimen no se avergonzaron aquellos sucios
-bellacos, mas antes fingiendo un mentiroso reír, dijeron:</p>
-
-<p>—¡Oh, qué crueldad y sinrazón! Por un vasillo que la madre de los
-dioses presentó a su hermana Siria, en don de haberla tenido por
-huésped en su casa, lleváis vosotros a sus sacerdotes presos como a
-homicidas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span>Estas y otras tales
-mentiras y excusas gritando daban, mas aquellos caballeros, no curando
-de sus palabras, los tornaron para atrás y los metieron en la cárcel,
-y el vaso de oro y la diosa que yo llevaba pusieron en el templo de la
-madre de los dioses.</p>
-
-<p>Al otro día sacáronme a la plaza, y otra vez me pusieron en
-almoneda, pregonando el pregonero: «¿Quién da más por él?» y un tahonero
-de un lugar allí cerca me compró por siete dineros más caro que el
-echacuervos me había comprado; el cual molinero luego me cargó muy bien
-de trigo, y por un camino lleno de piedras y cuestas me llevó a su
-tahona. Allí vi muchos caballos y acémilas que traían aquellas muelas
-en derredor dando vueltas siempre por un camino. Y no solamente de día,
-pero toda la noche hacían harina, volviendo continuamente aquellas
-tahonas. Pero como venía de nuevo, porque no me espantase de la novedad
-de aquel servicio, aposentome el nuevo señor en lugar ancho donde
-estuviese; aquel primer día que llegué me dejó holgar, dándome muy bien
-de comer.</p>
-
-<p>Pero aquella bienaventuranza de holgar y comer no duró más adelante,
-porque al otro día siguiente bien de mañana yo fui ligado a un ingenio
-de aquellos, que parecía ser el mayor de todos, y cubierta mi cara
-fui compelido a caminar por aquel espacio redondo de canal torcida
-de manera que yo retornando y rehollando mis pasos en la redondez de
-aquel término triste y sin esperanza, y no olvidando mi sagacidad y
-prudencia, fácilmente me di a la novedad de mi servicio; y también
-cuando yo era hombre, muchas veces había visto semejantes ingenios.</p>
-
-<p>Mas hallando este oficio muy trabajoso, propuse en mí de hacerme
-espantadizo y andar para atrás, pensando que como a asno bobo y sin
-provecho para aquel oficio,<span class="pagenum" id="Page_174">p.
-174</span> me enviarían a otro lugar donde tuviese más liviano trabajo,
-o por ventura me dejarían holgar.</p>
-
-<p>Pero en balde pensé yo esta astucia dañosa, porque luego muchos de
-aquellos que allí estaban se pusieron alrededor de mí con varas en las
-manos; y como yo estaba seguro por tener los ojos tapados, súbitamente
-con grandes voces me dieron muchos palos, y en tal manera que con aquel
-ruido me espantaron, que luego dejado todo mi consejo, muy sabiamente,
-así como estaba ligado con aquellas cinchas de esparto, hice mis
-discursos y vueltas, alegre, aunque me daban harto trabajo; y con esta
-súbita mudanza de un extremo a otro, los que allí estaban se finaban de
-risa.</p>
-
-<p>Ya gran parte del día había muy bien molido, y aun andaba harto
-desmayado y cansado, cuando me quitaron las cinchas de esparto con que
-andaba ligado, y lleváronme al pesebre. Pero yo, aunque había bien
-menester descansar, que casi estaba muerto de hambre, dejando todo
-refrigerio aparte, me puse a mirar la familia y gente de aquella casa.
-¡Oh Dios, y qué hombrecitos había allí, pintados de las señales de
-los azotes que les daban, las espaldas negras de los palos, con unos
-enjalmillos más para cobertura que vestidura; otros solamente con paños
-menores cubiertas sus vergüenzas, y tan rotos, que casi todo se les
-parecía, herrados en la frente<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4"
-class="fnanchor">[4]</a> y argollas de hierro en los pies, las
-cabezas trasquiladas, los ojos<span class="pagenum" id="Page_175">p.
-175</span> pelados y comidas las pestañas del humo y hollín de la
-casa; por lo cual todos tenían los ojos muy malos y blanqueaban con el
-polvo de la harina, como luchadores que se polvorean cuando quieren
-luchar!</p>
-
-<p>Pues de mis compañeros, los otros asnos y acémilas que molían, ¿qué
-podría decir? ¡Cuán cansados, aquellos machos y jacones flacos, cerca
-de los pesebres royendo granzones de paja, los pescuezos desollados y
-llenos de llagas podridas, las narices abiertas para tomar más huelgo,
-los pechos, del muermo, tosiendo, y de los antepechos que les ponían
-para moler, todos pelados y llagados, que casi les parecían los huesos,
-las uñas de pies y manos alzadas hacia arriba de no herrarse, y mancos
-de andar alderredor, todo el pellejo sarnoso de magrez y flaqueza!</p>
-
-<p>Mirando yo esto, temía de venir en otro tanto, y recordándome de
-cuando era hombre, y que había venido en tanta desventura, bajada la
-cabeza, lloraba, y no tenía otro solaz de mi pena, sino que con mi
-natural ingenio que tenía, me recreaba algo, porque no curando de
-mi presencia, libremente hacía y hablaba cada uno, delante de mí,
-lo que quería, por donde yo conocí que, no sin causa, aquel divino
-autor de la primera poesía<a id="FNanchor_5" href="#Footnote_5"
-class="fnanchor">[5]</a>, deseando mostrar un varón de gran prudencia
-entre los griegos, celebró y alabó a Ulises haber alcanzado las
-soberanas virtudes, por haber andado muchas ciudades y conocido
-diversos pueblos. Así que yo, recordándome de esto, hacía muchas
-gracias a mi asno, porque me traía encubierto con su figura,
-ejercitándome por muchos y diversos casos y fortunas, por lo cual si yo
-no fui prudente, al menos me hizo sabedor de muchas cosas.</p>
-
-
-<h3 title="IV." id="Ch9_4" ><span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span>IV.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo Lucio cuenta un gracioso acontecimiento, en el
-cual la mujer del tahonero (su amo) gozó un enamorado; y tomándolos
-juntos los castigó, en la cual venganza le ahorcó por arte de
-encantamento.</p>
-
-<p>Finalmente, que yo deliberé de traer a vuestras orejas una buena
-historia, suavemente compuesta, mejor que las que he dicho, la cual
-comienza:</p>
-
-<p>Aquel molinero que me compró, era hombre de bien y de buena
-conversación, y tenía una mujer la más pésima y mala que jamás se vio,
-con la cual él pasaba mucha pena y enojo en su casa, que por cierto yo
-había mancilla de aquel buen hombre, porque ningún vicio faltaba en
-aquella mala mujer, que todos se habían lanzado en su cuerpo, como en
-sucia sentina; soberbia, cruel, lujuriosa, borracha, porfiada, avara
-en robar donde pudiese, gastadora en cosas sucias, enemiga de fe y de
-honra. Menospreciaba los dioses, y mentía jurando por ellos, y con
-juramentos engañaba a todos, y al mezquino del marido. Embeodábase
-luego de mañana, y todo el día gastaba con sus enamorados.</p>
-
-<p>Esta mala mujer, con grande odio me perseguía, que en amaneciendo,
-antes que ella se levantase, llamaba a los mozos y mandábales que
-echasen a moler al asno novicio. Y como ella salía del palacio cuando
-se levantaba, allí, en su presencia, me mandaba dar de palos, y cuando
-soltaban las otras bestias temprano, mandaba que a mí dejasen hasta más
-tarde, que no me diesen a comer.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span>Y esta crueldad
-suya fue causa que yo más en sus costumbres mirase; de manera que yo
-veía a menudo entrar un mancebo en su aposento, la cara del cual yo
-deseaba ver, mas no podía, por los anteojos que traía; verdad es que
-no me faltaba astucia para descubrir, en cualquier manera, la maldad
-que aquella mala mujer hacía a su marido, mas una vieja que sabía toda
-la ruindad, y era mensajera entre ella y su amigo, nunca se partía de
-allí, las cuales, en amaneciendo, almorzaban, y entre sí altercaban
-quién bebería más del vino puro. La mala de la vieja, alcahueta, hacía
-estos aparatos públicos y engañosos en gran daño del triste del marido.
-Y aunque yo muchas veces, entre mí, me enojaba contra Andria, que por
-hacerme ave me tornase asno; todavía, en esta triste deformidad mía,
-había placer, porque como tenía las orejas largas, cualquier cosa que
-decían, aunque estuviese lejos, luego la oía.</p>
-
-<p>Un día, estando la vieja hablando con ella, decía estas palabras:</p>
-
-<p>—Hija mía, mira bien lo que te cumple acerca de este mancebo que
-ahora amas, porque es negligente y temeroso, y tiene miedo del gesto
-arrugado de tu marido, y tal enamorado no pertenece para ti, que
-quieres holgar y llevar buena vida en cuanto tienes tiempo; igual es
-Filesitero, un mancebo hermoso, gentilhombre, liberal, magnífico, y
-contra los celos de estos maridos muy esforzado, el cual es digno de
-ser enamorado de todas las mujeres del mundo, y merecedor de traer
-una corona de oro, por sola una cosa que hizo el otro día a un casado
-celoso.</p>
-
-<p>Óyeme ahora, y verás cuánta diferencia hay de un enamorado a otro.
-Bien conoces un barbudo que es alcaide de esta villa, que tiene una
-mujer muy hermosa, y<span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span>
-es muy celoso; este, pues, habiendo de ir fuera de la ciudad, dejó
-encomendada la guarda de su mujer a Hormigón, su esclavo, por ser
-más fiel y diligente. A este cometió secretamente toda la guarda de
-su mujer, diciéndole que si no guardaba bien a su señora, de manera
-que ninguno, pasando cerca de ella, solamente le tocase con el dedo
-o con la falda, que le echaría hierros y en cárcel perpetuamente,
-donde muriese de hambre, lo cual juró y perjuró muchas veces por
-todos los dioses. Así que con esta seguridad se partió, dejando por
-recio guardián a Hormigón, y bien amedrentado, el cual guardaba a su
-señora con tanta diligencia, que a ninguna parte la dejaba ir, y de
-continuo estaba sentado cerca de ella, estando hilando o haciendo otras
-cosas que las mujeres hacen en su casa, y si alguna vez, por grande
-necesidad, iba a lavarse al baño, Hormigón iba tan pegado a ella, que
-las faldas llevaba en la mano, y de esta manera, con mucha sagacidad
-cumplía lo que su señor le había mandado.</p>
-
-<p>Pero no se pudo esconder a Filesitero la hermosura de esta gentil
-mujer, porque la bondad y castidad de ella le inflamó y puso más
-codicia para hacer todo lo que pudiese, y ponerse a cualquier peligro
-que le viniese, y con esta gana propuso de combatir y expugnar la
-fortaleza o casa bien guardada de la dueña, confiando y siendo cierto
-que la flaqueza humana, con el dinero, al cual toda dificultad es
-llana, se puede fácilmente derribar, que el oro por donde quiera halla
-entrada, aunque las puertas sean diamantes muy fuertes.</p>
-
-<p>Un día, andando en este pensamiento, Filesitero halló solo a
-Hormigón, y díjole abiertamente toda su pena y amor, rogándole, con
-mucha cortesía, que diese remedio a su tormento, porque si presto no
-alcanzaba lo que<span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span>
-deseaba, su muerte era muy cierta, y que en esto no temiese, porque
-él iría, secreto, de noche, que nadie lo sintiese, y en un momento de
-hora se tornaría. Estas y otras persuasiones tales diciendo, añadió
-un grandísimo aguijón, el cual rompió y pervirtió a Hormigón por su
-codicia. Echó mano a la escarcela, y sacó treinta ducados, nuevos,
-resplandecientes, de los cuales dijo a Hormigón que diese veinte a su
-señora, y tomase diez para sí.</p>
-
-<p>Cuando esto oyó Hormigón, espantose de tan abominable pecado, y
-tapadas las orejas echó a huir; pero el resplandor y codicia que
-tenía del oro no le pudo huir de los ojos y del corazón, mas apartado
-lejos, yéndose apriesa hacia casa, representábasele la hermosura de
-la moneda ante los ojos, y deseaba apañar lo que ya tenía arraigado
-en el corazón. Con este pensamiento, el mezquino navegaba como en las
-ondas de la mar, ya en una cosa ya en otra. De la una parte se le
-representaba la fidelidad, de la otra la ganancia. De la otra la pena
-con que le amenazó su señor, de la otra el deleite y provecho del oro.
-Finalmente, que el oro venció al miedo de la muerte, y apartada de sí
-toda tardanza, llegose a su señora, y secretamente le dijo todo el
-negocio como pasaba.</p>
-
-<p>Ella, con la natural liviandad, luego obligó su pudicicia al maldito
-metal, y consintió por apañar el dinero.</p>
-
-<p>Cuando Hormigón oyó esto, lleno de placer y gozo, deseaba ya de
-tocar aquel dinero, que en precio de su fidelidad había ganado, y
-fue luego a dar la nueva a Filesitero, pidiéndole lo que le había
-prometido. Y como Hormigón se vio con tanto dinero, habido de buen
-lance, estaba tan alegre, que luego a la noche tomó a Filesitero, y lo
-metió secretamente en la cámara de su señora.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span>Los nuevos
-enamorados, estando ya desnudos y a placer, tomando el primer fruto de
-sus amores, no pensaban ni sospechaban la venida de su marido.</p>
-
-<p>De improviso súbitamente comienzan a dar grandes voces a la puerta
-de casa, y a querer quebrar la puerta con una piedra; y cuanto más
-tardaban en abrirla, tanto más sospecha le ponían de la que él tenía.
-Así que comenzó a amenazar a Hormigón que lo mataría. Hormigón, oyendo
-esto, y con la prisa que le daba, estaba turbado, y con la turbación no
-tenía consejo, ni sabía qué hacerse, sino decía que no tenía lumbre, y
-que no hallaba la llave de la puerta.</p>
-
-<p>En tanto, Filesitero, como oyó el ruido, arrebató su ropa, y
-vistiose, mas con la turbación se le olvidaron las chinelas, y saliose
-de la cámara.</p>
-
-<p>En esto Hormigón llegó con la llave y abrió las puertas a su señor,
-el cual entró bramando, y luego fue derecho a la cámara. Filesitero,
-en tanto, botó por la puerta fuera de casa, y Hormigón cerró las
-puertas.</p>
-
-<p>El marido, desde que vio todo seguro, ya un poco manso, fuese a
-dormir.</p>
-
-<p>Otro día luego de mañana, como el barbudo se levantó, vio junto a
-la cama unas chinelas que no eran de casa, las cuales había dejado
-Filesitero, y sospechando y sacando de allí lo que podía ser, y cómo
-alguno había dormido aquella noche con su mujer, que las había dejado,
-calló su dolor y congoja, que ni a su mujer ni a otro de casa dijo cosa
-alguna, y tomó las chinelas secretamente, y metióselas en el seno,
-y mandó a otros siervos que le trajesen a Hormigón atado hasta la
-plaza.</p>
-
-<p>El barbudo, yendo todavía entregruñendo, andando aprisa hacia
-la plaza, tenía por cierto que por las chinelas había de hallar al
-adúltero que sospechaba haber<span class="pagenum" id="Page_181">p.
-181</span> estado con su mujer. Iba él en este pensamiento, la cara
-turbia, las cejas caídas y muy enojado, y detrás de él Hormigón atado,
-aunque no se sabía la culpa que él tuviese; pero él mismo bien lo
-sabía, por lo cual lloraba, de suerte que los que le veían habían gran
-duelo de él.</p>
-
-<p>Acaso Filesitero, que iba a otro negocio, encontró con ellos, y
-como vio de la manera que llevaban a Hormigón, sin miedo ni turbación,
-y acordándose que se le habían olvidado las chinelas en la cámara, y
-sospechando que por aquello llevaban así atado a Hormigón, astutamente
-y con su esfuerzo acostumbrado, apartó a los otros siervos y arremetió
-con Hormigón, y con grandes voces comenzole a dar de puñadas, y
-decirle:</p>
-
-<p>—¡Oh malvado, ladrón ahorcado; este tu señor, y todos los dioses del
-cielo a quien tú has perjurado, te hagan mal y te destruyan, que me
-hurtaste el otro día mis chinelas en el baño; bien mereces, por cierto,
-ser muy bien castigado!</p>
-
-<p>Con este engaño que el esforzado Filesitero hizo, el barbudo, que
-iba determinado de matar a Hormigón, depuesto ya de toda crueldad,
-tornose a su casa y llamó a Hormigón, al cual dio las chinelas y
-perdonó de muy buena gana, y le mandó que luego las tornase a quien las
-había hurtado.</p>
-
-<p>Acabado de decir esto la vejezuela, comenzó la mujer del
-tahonero:</p>
-
-<p>—Bienaventurada ella que goza de la libertad de tan constante y
-recio enamorado; pero yo, mezquina de mí, que caí con uno que ha miedo
-del sonido de la muela y de la cara cubierta de aquel asno sarnoso que
-allí está.</p>
-
-<p>Respondió la vieja:</p>
-
-<p>—Pues si tú quieres, yo emplazaré a este alegre enamorado<span
-class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span> que venga delante de ti, y
-luego voy por él. Cuando sea noche, espérame, que yo tornaré.</p>
-
-<p>La buena mujer, con el ansia que tenía de ver aquel enamorado,
-aparejó muy bien de cenar, vinos excelentísimos de buenos, y la mesa
-puesta con todo lo demás, esperando su venida como de algún dios.</p>
-
-<p>Acaso el marido cenaba aquella noche con un pelaire, un muy su
-amigo, y casi a mediodía, que nos soltaba de la tahona, para darnos de
-comer; yo no había tanto placer con la comida y descanso, cuanto porque
-me desataban los ojos, que libremente podía ver las artes y engaños de
-aquella mala mujer.</p>
-
-<p>Ya el sol puesto, vino aquella vieja mala con el adúltero escondido
-a su lado, el cual era un mancebo gentilhombre que entonces le apuntaba
-la barba. Ella lo recibió con muchos besos, abrazándole, y sentáronse a
-la mesa.</p>
-
-<p>En comenzando a cenar los primeros bocados, el marido llamó a la
-puerta, sin ser esperado, ni creyendo que viniera tan presto. Ella,
-cuando esto vio, comenzolo a maldecir, diciendo que las piernas tuviese
-quebradas y los ojos. Diciendo esto, y sobresaltada, metió el enamorado
-debajo de una artesa en que limpiaba el trigo, y sentose cerca de él,
-y con su malicia acostumbrada, disimulando tanta maldad, con su rostro
-sereno, preguntó a su marido qué era la causa por que venía tan presto,
-dejada la cena de su amigo.</p>
-
-<p>Él le respondió con mucha tristeza, diciendo:</p>
-
-<p>—Yo vine tan presto, porque acaeció allá una cosa bien bellaca. ¡Oh
-Dios, y que es posible que una mujer tan honrada haya de hacer tan gran
-fealdad! Juro por este pan, que aunque yo lo viera con mis ojos, que no
-lo creyera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span>Ella le preguntó
-muy ahincadamente le contase aquel negocio, qué era y cómo pasara.</p>
-
-<p>Él, importunado de ella, comenzó a contar duelos ajenos, no sabiendo
-el triste de los suyos, diciendo así:</p>
-
-<p>—La mujer de este pelaire, mi vecino y amigo, cierto parecía mujer
-de vergüenza y casta, que no se podía pensar mal de ella; cuando
-íbamos a cenar ahora a su casa, ella parece que estaba holgando con su
-enamorado secretamente, y como llegamos, turbada con nuestra presencia,
-de súbito consejo proveída, tomó aquel su enamorado y metiolo debajo de
-un azufrador de mimbres, donde tenía azufrando sus tocas, que estaba
-junto con la mesa; pensando ella que ya estaba seguramente escondido,
-sentose a la mesa a cenar con nosotros sin ningún cuidado.</p>
-
-<p>Entretanto, con el grave humo del azufre embarbascado el otro,
-no podía resollar debajo del perfumador; como es vivo y hediondo
-aquel humo, comenzó a estornudar de la parte donde estaba sentada la
-mujer.</p>
-
-<p>El marido pensó que era ella, y díjole como se suele decir: «Dios
-te ayude.» Mas el desventurado dio otro estornudo, y otro; y estornudó
-tantas veces, que el marido sospechó lo que podía ser, y arrojó de sí
-la mesa, y alzó el perfumador, y halló debajo el gentilhombre, que con
-el gran humo estaba casi muerto, que no resollaba.</p>
-
-<p>Cuando lo vio, inflamado de su injuria, echó mano a su espada, que
-lo quería degollar, pero porque yo estaba presente, y no me culpasen
-de la muerte de aquel hombre, lo defendía diciendo también que si no
-curase de él, que presto moriría sin cargarnos culpa, según estaba casi
-ahogado de la furia y violencia del azufre.</p>
-
-<p>Él, como vio que le decía bien, más por necesidad suya que por
-mi persuasión, amansado del enojo, sacó<span class="pagenum"
-id="Page_184">p. 184</span> al adúltero medio vivo, y lo echó en una
-calleja cerca de su casa. Yo, como vi la revuelta, dije a la mujer que
-huyese a casa de una vecina suya, en tanto que al marido se le pasaba
-el enojo y se le amansaba el calor de la ira y dolor del corazón;
-porque con la rabia no dudaba que de sí y de su mujer hiciese algún mal
-recado. Así que yo, enojado de lo que había acaecido en su convite,
-torneme a mi casa.</p>
-
-<p>Diciendo esto el tahonero, su mujer reprendía con muy malas palabras
-a la mujer de aquel pelaire, diciendo que era una mala mujer, sin fe y
-sin vergüenza, deshonra de todas las mujeres; que pospuesta su honra y
-bondad, menospreciando la honra de su marido y casa, la había ensuciado
-y deshonrado, por donde había perdido nombre de casada, y tomado fama
-de burdelera; y aun añadía encima de esto, que tales hembras merecían
-ser quemadas. Pero ella, instigada y amonestada de la llaga que sentía,
-y de su mala y su sucia conciencia, queriendo librar a su enamorado de
-la pena que tenía debajo de la artesa, ahincaba mucho a su marido que
-se fuese a acostar temprano. Él, como le habían atajado la cena en casa
-de su amigo, por no irse a dormir ayuno y sin cenar, demandó a la mujer
-que le pusiese la mesa.</p>
-
-<p>Ella, aunque contra su voluntad, porque estaba para otro guisada,
-púsosela delante muy de prisa y de mala gana. A mí se me quería
-arrancar el corazón y las entrañas, habiendo visto la maldad pasada
-que hizo, y la traición presente de tan mala mujer; y pensaba entre mí
-cómo, descubriendo aquel engaño y maldad, podría ayudar a mi señor, y
-aquel que estaba como galápago debajo de la artesa, para que todos lo
-viesen.</p>
-
-<p>Estando con pena en esto, la fortuna lo hubo de proveer,<span
-class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span> porque un viejo, cojo, que
-tenía cargo de dar pienso a las bestias, siendo la hora de llevarnos a
-beber, saconos a todos juntos; lo cual me dio causa muy oportuna para
-vengar aquella injuria. Así que, pasando cerca de la artesa, vi como
-era angosta y tenía de fuera los dedos de la mano, y púsele el pie
-encima, apretando tan reciamente, que le desmenucé los dedos.</p>
-
-<p>El adúltero, con gran dolor, dio grandes voces, y echó de sí la
-artesa, de manera que quedó descubierto a todos, y fue entendida la
-maldad que aquella mala mujer hacía.</p>
-
-<p>El tahonero, cuando esto vio, no se curó mucho por el daño de la
-honestidad de su mujer, antes con el gesto sereno y alegre, comenzó a
-hablar al mozo, que estaba amarillo y temeroso de la muerte, de esta
-manera:</p>
-
-<p>—No temas, hijo, que de mí te venga mal ninguno, ni tampoco te
-acusaré para que te degüellen por el rigor de la ley de los adúlteros,
-pues eres tan lindo y hermoso mancebo. Mas, cierto, yo te trataré
-igualmente con mi mujer, no te apartaré de mi heredad, mas comúnmente
-partiré contigo; y sin ninguna división, todos tres moraremos en
-uno; porque siempre yo viví con mi mujer en tanta concordia, que,
-según sentencia de los sabios, siempre una cosa agradó a entrambos.
-Por tanto, yo te quiero hacer muy bien curar de la mano que tienes
-maltratada.</p>
-
-<p>Con estos halagos burlando, llevó al mozo a su cámara, aunque él no
-quiso, y a la buena de su mujer encerrola en otro aposento.</p>
-
-<p>Otro día de mañana llamó a dos valientes mancebos sus criados, y
-mandó tomar al mozo y azotarlo muy bien en las nalgas con un azote,
-diciéndole:</p>
-
-<p>—Pues que tú eres tan blando y tierno, y tan muchacho;<span
-class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span> ¿por qué engañas a las
-mujeres y andas tras las casadas, rompiendo los matrimonios, y tomando
-para ti, muy temprano, nombre de adúltero?</p>
-
-<p>Diciéndole estas palabras y otras muchas, y habiéndolo muy bien
-azotado, echolo fuera de casa. Aquel valiente y esforzado enamorado,
-cuando se vio en libertad que él no esperaba, aunque llevaba las nalgas
-blandas, bien azotadas, llorando de noche y de día, huyó.</p>
-
-<p>El tahonero dio carta de quita a la mujer, y luego la echó de
-casa.</p>
-
-<p>Ella, cuando se vio desechaba del marido y fuera de su casa, y que
-no comía ni bebía de lo puro, como solía, ni tenía qué dar ni mandar,
-viéndose afrentada y maltratada, con vida triste y amarga, con su
-malicia y natural inclinación, tornose al marido con sus maldades,
-y armose de las artes que comúnmente usan las mujeres, y con mucha
-diligencia buscó una mala vieja hechicera, que con sus maleficios y
-hechizos se creía que haría todo lo que quisiese. A esta vieja dio
-muchas dádivas, prometiéndole otras mayores, y le rogó mucho que
-hiciese por ella una de dos cosas: o que amansase a su marido y se
-reconciliase con él, o si aquello no pudiese acabar, que enviase algún
-fantasma o algún diablo que le atormentase el espíritu.</p>
-
-<p>Entonces aquella hechicera comenzó a invocar los demonios, y hacer
-cuanto pudo por tornar el corazón del marido al amor de su mujer;
-mas esto no sucedió como ella quería, por lo cual se enojó contra
-los diablos, porque demás de hacerle perder la ganancia que ya le
-habían prometido, parecía que la menospreciaban, y comenzó a hacer su
-arte contra la cabeza del mezquino del marido, para lo cual llamó el
-espíritu de una mujer muerta a hierro, que le viniese a asombrar o
-matar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span>Aquí, por ventura,
-tú, lector escrupuloso, reprenderás lo que yo digo, y dirás así: Tú,
-asno malicioso, ¿dónde pudiste saber lo que afirmas y cuentas que
-hablaban aquellas mujeres en secreto, estando tú ligado a la piedra de
-la tahona y tapados los ojos?</p>
-
-<p>A esto respondo: Oye ahora, hombre curioso, en qué manera, teniendo
-yo forma de asno, conocí y vi todo lo que se hacía en daño de mi
-amo:</p>
-
-<p>Un día casi a mediodía, súbitamente, cerca de la tahona, pareció
-una mujer muy fea y disforme, vestida de muy sucio y vilísimo hábito,
-los pies descalzos, flaca y muy amarilla, los cabellos medio canos,
-llenos de ceniza y desgreñada, colgando las greñas ante los ojos. Esta
-mujer diablo echó mano del tahonero, como que le quería hablar secreto,
-y llevolo a su cámara, y cerrada la puerta, tardaba mucho, y como ya
-se acababa de moler todo el trigo que estaba en las tolvas, los mozos
-tenían necesidad de pedir más, y fueron a la puerta del palacio, que
-estaba cerrada por dentro, y llamaron a su señor, que viniese a dar
-trigo, y como nadie les respondía, comenzaron a dar golpes a la puerta
-recio, y como estaba fuertemente cerrada, sospechando algún mal, con
-una palanca arrancaron la puerta.</p>
-
-<p>Cuando entraron dentro, la mujer no pareció; pero hallaron a su
-señor ahorcado de una viga del aposento, el cual descolgaron con muchos
-llantos. Hechas sus obsequias, lleváronlo a enterrar.</p>
-
-<p>Otro día vino una su hija de otro lugar, donde era casada, mesándose
-y dándose puñadas en los pechos, la cual sabía de la desdicha que había
-acontecido a su padre, sin que persona se lo hubiese dicho; mas en
-sueños le había aparecido el espíritu de su padre muy lloroso, atada la
-soga a la garganta, y le contó toda la maldad y<span class="pagenum"
-id="Page_188">p. 188</span> traición de su madrastra, del adulterio
-que le acometía, de los hechizos, y de cómo lo hizo descender a los
-infiernos, endemoniado; la cual, como se fatigaba mucho llorando y
-gimiendo, los familiares de casa la consolaron e hicieron que diesen
-espacio a su corazón y al dolor.</p>
-
-<p>Después, pasados los nueve días, hechos todos los oficios al
-difunto, sacaron a vender en almoneda toda la ropa y bestias como
-bienes de herencia.</p>
-
-
-<h3 id="Ch9_5">V.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo Lucio cuenta que lo vendieron a un hortelano,
-y de sus miserias, y&nbsp;lo&nbsp;que acaeció con un caballero.</p>
-
-<p>A mí, desventurado y mezquino, me compró en aquella almoneda un
-hortelano por cincuenta dineros, el cual decía que era gran precio;
-mas que me había comprado tan caro por buscar de comer para sí y para
-mí.</p>
-
-<p>El tiempo y razón demandan que yo cuente la manera de mi servicio,
-la cual era esta. Aquel mi amo que me había comprado, acostumbraba
-bien de mañana, cargado de coles y hortaliza, ir a la ciudad que allí
-cerca estaba, y después que había vendido su mercadería, cabalgaba
-encima de mí y tornábase a su huerta. Entretanto que él, corcovado,
-andaba cavando y regando su huerta, yo me recreaba a todo mi placer y
-descansaba callando, que en otra cosa no entendía.</p>
-
-<p>Así pasaba mi triste vida, contentándome con la alegre vista de la
-huerta, porque como era verano era cosa placentera.</p>
-
-<p>Mas no quiso mi cruel fortuna que en esta huerta<span
-class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> hubiese rosas para tornar
-a ser hombre con ellas, por ser parte donde muy bien lo pudiera hacer.
-Viniendo el invierno, tempestuoso y revuelto el signo de Capricornio,
-llovía continuamente y nevaba, y yo, triste, estaba encerrado en un
-establo sin techo y debajo del cielo, atormentado con el continuo frío.
-Pero ¿cómo no estaría yo así, pues que mi señor era tan pobre que no
-solamente no me podía dar alguna enjalma, o siquiera un poco de tejado,
-mas aun para sí no lo tenía, que con la sombra de ramas de una choza,
-donde moraba, era contento?</p>
-
-<p>Demás de esto, en las mañanas hollaba aquel lodo frío y aquellos
-carámbanos helados, con los pies descalzos, y aun no podía henchir su
-vientre siquiera de los manjares acostumbrados, porque igual era la
-cena a mí y a mi amo, que cierto no había diferencia; pero eran bien
-pocas hojas de lechugas viejas sin sabor, o aquellas que de mucha vejez
-están espigadas de la simiente, tan altas como escobas, que ya el zumo
-de ellas se había tornado como carcoma desabrida y amarga.</p>
-
-<p>Viniendo un día mi amo de la ciudad de vender unas coles, encima de
-mí, he aquí un hombre de buena disposición, y según mostraba su hábito
-y gesto, debía de ser hombre de armas de alguna hueste, nos encontró en
-el camino y preguntó con una palabra muy soberbia y arrogante:</p>
-
-<p>—¿A dónde llevas aquel asno vacío?</p>
-
-<p>Mi amo no entendió su lenguaje, que era romano o latino, y bajada la
-cabeza, pasó adelante.</p>
-
-<p>El caballero, cuando esto vio, no pudo sufrir su acostumbrada
-soberbia, y enojado por su callar, como si le hubiera hecho una grande
-injuria, diole de palos con un sarmiento que en la mano traía, y
-juntamente le echó de encima de mí, dando con él en tierra.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span>Entonces el pobre
-hortelano le respondió humildemente, diciendo que por no saber la
-lengua no podía saber ni entender lo que había dicho.</p>
-
-<p>El caballero, con enojo, tornole a decir:</p>
-
-<p>—Pues dime, ¿dónde llevas este asno?</p>
-
-<p>El hortelano respondió que iba a aquella ciudad que allí cerca
-estaba.</p>
-
-<p>El caballero dijo:</p>
-
-<p>—Pues yo he menester este asno, porque ha de traer, con otras
-acémilas, unas cargas de nuestro capitán, que aquí cerca esté.</p>
-
-<p>Y luego echó la mano y arrebatome por el cabestro, y comenzome a
-llevar.</p>
-
-<p>El hortelano, estando limpiando la sangre que de su cabeza le
-corría de una descalabradura que le había hecho con el sarmiento,
-rogábale otra vez que tratase bien y mansamente al compañero, lo cual
-le pedía diciendo que así Dios le prosperase e hiciese victorioso;
-y asimismo decía que aquel asnillo era perezoso, y demás de esto
-tenía una abominable enfermedad, que era gota coral, y que a mala vez
-acostumbraba traer de cerca de allí unos pocos de manojos de berzas, y
-cuando llegaba con ellos, ya no podía resollar; cuanto más para gran
-carga, que en ninguna manera pertenecía para ello.</p>
-
-<p>Pero desde que el hortelano vio que por ningún ruego se amansaba el
-caballero, antes veía que se ensoberbecía más, y algunas veces alzaba
-la mano para darle, buscó un último remedio: fingiendo de quererle
-besar las rodillas para conmoverle a misericordia, y estando así bajado
-y encorvado, arrebatolo por entrambos los pies, y alzándolo arriba, dio
-con él un gran golpe en tierra, y luego saltó encima y diole muchas
-puñadas, y con una piedra que allí halló le sacudió muy bien en la
-cabeza y<span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span> en las manos
-y brazos, de manera que lo aturdió y descalabró en muchas partes.</p>
-
-<p>El caballero, con la súbita caída y mucha presteza del hortelano,
-no tuvo lugar de pelear; solamente gritando amenazaba al hortelano que
-lo había de matar, lo cual, oído por él, de nuevo le tornó a dar más
-crueles heridas.</p>
-
-<p>Estando el pobre caballero así maltratado y tendido en tierra, no
-hallando ningún remedio a su salud y vida, determinó de hacerse el
-muerto, y así lo hizo.</p>
-
-<p>Entonces el hortelano, que así lo vio, tomándole la espada, cabalgó
-encima de mí cuanto más aprisa pudo, y acogiose a la ciudad, no curando
-de ir a ver su huerta, y fuese a casa de un amigo suyo, al cual,
-contándole todo como había pasado, le rogó que le ayudase en aquel
-peligro en que estaba y que lo escondiese a él y a su asno hasta que
-pasase el ímpetu de la pesquisa que la justicia había de hacer.</p>
-
-<p>Aquel su amigo, no olvidando la ley de la amistad, recibiolo de
-buena gana, y a mí, atados los pies y manos, subiéronme por una
-escalera y metiéronme en un aposento. Al hortelano metiéronlo en una
-canasta con su tapadera encima.</p>
-
-<p>El caballero, según que después supe, como quien se levanta de
-una gran embriaguez, medio trompicado, como mejor pudo llegó a la
-ciudad, y confuso de su poco poder y fuerza, no osó decir cosa alguna
-a la justicia; pero callando y tragando su injuria, halló a ciertos
-compañeros suyos y contoles esta su fatiga y pena, a los cuales pareció
-que él se debía esconder y no descubrirse a nadie, porque demás de la
-injuria que había recibido, que era infame y baja, había de temer el
-juramento que había hecho de la caballería, que le fuese acusado por
-haber<span class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span> perdido su
-espada, y que ellos, como ya tenían señas de nosotros, pondrían mucha
-diligencia en buscarnos para su venganza.</p>
-
-<p>No faltó un traidor vecino suyo que luego descubrió que estábamos
-allí escondidos.</p>
-
-<p>Entonces aquellos sus compañeros fuéronse a la justicia, y
-mintiendo, dijeron que habían perdido en el camino una capa rica y de
-mucho precio de su capitán, y que la había hallado un hortelano, el
-cual no se la quería restituir, por lo cual estaba escondido en casa de
-un su amigo.</p>
-
-<p>Entonces los alcaldes, viendo la querella y el robo que le decían
-ser hecho al capitán, vinieron a las puertas de nuestra posada, y
-dijeron a nuestro huésped que aquel que tenía escondido dentro en su
-casa, pues sabían que era ladrón, que luego le entregase antes que
-incurriese en pena de su propia cabeza; pero el amigo no se espantó,
-antes procurando la salud de aquel que había recibido en su protección
-y amparo, no dijo cosa de nosotros, sino que había muchos días que a
-tal hombre no había visto.</p>
-
-<p>Los escuderos porfiaban lo contrario, jurando por vida del Emperador
-que allí estaba escondido, y no en otro lugar alguno.</p>
-
-<p>Finalmente, que los alcaldes acordaron de mandar buscarlo, y dijeron
-a un alguacil que entrase a buscarlo, el cual brevemente revolvió la
-casa y dijo a los alcaldes que no hallaba tal hombre.</p>
-
-<p>Entonces fue mayor la porfía entre los escuderos, diciendo que
-sabían por muy cierto que nosotros estábamos allí, y protestaban por el
-ayuda y favor del Emperador.</p>
-
-<p>El amigo nuestro negaba, jurando por los dioses que tal hombre no
-estaba en su casa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span>Yo, cuando oí la
-porfía y voces que daban, como era asno curioso, deseé saber lo que
-pasaba; como bajé la cabeza por una ventanilla que allí estaba, por ver
-qué cosa era aquel tumulto y voces que daban, uno de aquellos escuderos
-acaso alzó los ojos a mi sombra, que daba abajo, y como me vio, díjolo
-a todos, y luego levantaron un gran clamor y vocería, riéndose de cómo
-me vieron arriba en la ventana, y luego me hicieron bajar y tomáronme
-por perdido, como esclavo cautivo. Y luego, buscando bien la casa,
-hallaron el mezquino hortelano metido en la cesta, al cual llevaron a
-la cárcel para darle la pena que merecía. Y en todo esto nunca dejaron
-de burlar con gran risa de mi asomada a la ventana, de donde nació
-aquel muy usado refrán de «la mirada y sombra del asno».</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch10_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">LIBRO X.</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p>
-
-<p class="hang">En este libro se contiene cómo el caballero llevó al
-asno a una ciudad, adonde aconteció una notable cosa de una mujer que
-requirió de amores a un su entenado. — Y de cómo fue vendido el asno a
-dos hermanos, uno cocinero y otro pastelero de un señor, a los cuales
-él comía los manjares, y de la buena vida que tuvo con el señor, adonde
-cuenta muchas cosas graciosas y de pasatiempo, y de un teatro que se
-hizo, en que se representó el <i>Juicio de Paris</i> con las tres
-diosas, y finalmente cómo el asno huyó.</p>
-
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo el asno fue llevado por el caballero a una
-ciudad,<br /> y de un extraño caso que allí aconteció.</p>
-
-<p>Otro día siguiente, no sé qué fue ni qué hicieron de mi amo el
-hortelano; pero aquel caballero que por su gran soberbia y tiranía fue
-muy bien aporreado, quitome de la casa y llevome a la suya sin que
-nadie se lo contradijese. Después me cargó de sus alhajas, que eran
-cosas de soldados.</p>
-
-<p>Yo iba alegre y galán, porque resplandecía con un yelmo muy luciente
-y un escudo grande y hermoso y<span class="pagenum" id="Page_195">p.
-195</span> una pica muy fuerte y aguda, la cual había puesto con mucha
-diligencia encima de la carga, de la manera que los soldados la llevan
-enristrada, lo cual él no hacía tanto por causa que fuese bien puesta,
-cuanto por espantar a los pobres caminantes que encontrase.</p>
-
-<p>Después que pasamos aquellos campos, no con mucho trabajo, por el
-camino llano llegamos a una ciudad pequeña, adonde fuimos a posar
-a casa de un capitán de peones, su amigo, y luego, como llegamos,
-encomendome a una esclava, y él se fue a visitar a su capitán.</p>
-
-<p>Después de algunos días que allí estábamos, en los cuales yo tenía
-buena vida, aconteció una cosa fuera de toda razón y espantable, la
-cual, porque vosotros también sepáis, acordé poner en este libro.</p>
-
-<p>Aquel curioso capitán, señor de esta posada, tenía un hijo mancebo,
-buen letrado y virtuoso, adornado de toda modestia y piedad.</p>
-
-<p>Muerta la madre mucho tiempo había, su padre se casó segunda vez
-y de esta segunda mujer tenía otro hijo que pasaba de doce años. La
-madrastra, como era rica y viciosa, no mirando a su honor, puso los
-ojos en su entenado.</p>
-
-<p>Ahora tú, buen lector, has de saber que no lees fábulas de cosas
-bajas, sino tragedia de altos y grandes hechos, y que has de subir de
-comedia a tragedia.</p>
-
-<p>Aquella mujer, en cuanto el amor se iba arraigando en su pecho,
-resistía y disimulaba a sus llamas; pero después que el cruel amor tomó
-posesión en sus entrañas, no pudiéndolo resistir, determinó hacerse
-enferma en cama para por este medio alcanzar lo que deseaba, diciendo
-que era dolor del corazón.</p>
-
-<p>Ninguno hay que no entienda que la persona doliente luego muestra
-señales claras de su mal: la flaqueza y<span class="pagenum"
-id="Page_196">p. 196</span> color amarillo de la cara, los ojos
-marchitos, las piernas cansadas, el reposo sin sueño, grandes suspiros
-y luengos, con grandes fatigas.</p>
-
-<p>Quien quiera que viera a esta dueña, no creyera que estaba
-atormentada de ardientes fiebres, sino que lloraba. ¡Guay del seso e
-ingenio de los médicos! ¿Qué cosa es la vena o el pulso, o la poca
-templanza del calor? ¿Qué es la fatiga del resuello y las vueltas
-continuas de un lado a otro sin reposo? ¡Oh buen Dios, qué fácilmente
-se descubre el mal del amor, no solamente al médico, que es letrado,
-pero a cualquier hombre discreto, especialmente cuando veis a alguno
-arder sin tener calor en el cuerpo!</p>
-
-<p>Así ella, reciamente fatigada con la poca paciencia del amor, rompió
-el silencio de lo que callaba mucho tiempo había, y envió a llamar a su
-hijo, el cual nombre de hijo ella de buena gana rayara y quitara por no
-haber vergüenza del mismo.</p>
-
-<p>El mancebo no tardó en obedecer el mandamiento de su madre enferma,
-y con el gesto triste y honesto entró en la cámara para servirla en
-todo lo que mandase. Pero ella, fatigada de un gran dolor, estaba en
-mucha duda entre sí, pensando si se descubriría, por dónde le entraría
-y qué palabras le diría, y en esto estuvo suspensa un rato.</p>
-
-<p>El mancebo, que ninguna cosa sospechaba, bajados los ojos, le
-preguntó qué era la causa de su presente enfermedad.</p>
-
-<p>Entonces ella, hallando ocasión muy dañosa, que es la soledad, tomó
-osadía para decirle su pena, y llorando reciamente y temblando, le
-comenzó a hablar de esta manera:</p>
-
-<p>—La causa y principio de este mi presente mal, y aun la medicina
-para él y toda mi salud y remedio, tú solo<span class="pagenum"
-id="Page_197">p. 197</span> eres, porque esos tus ojos, que entraron
-por los míos a lo íntimo de mis entrañas, mueven un cruel encendimiento
-en mi corazón, por lo cual te ruego que hayas mancilla de quien por ti
-muere, y no te espantes que pecas contra tu padre, mas antes entiende
-que libras a su mujer de la muerte. Ahora tienes tiempo, pues estamos
-solos para cumplir mis deseos a tu voluntad, porque lo que nadie sabe
-no se puede decir que es hecho.</p>
-
-<p>El mancebo, cuando esto oyó, turbado de tan repentino mal, aunque
-se espantase y aborreciese tan gran crimen, no le pareció bien
-desengañarla luego con palabras ásperas, antes tuvo por mejor de
-amansarla con dilación cautelosa; y así le respondió alegremente, que
-se esforzarse y curase de sí, hasta que su padre se fuese a alguna
-parte, y viniese tiempo libre para su placer.</p>
-
-<p>Diciendo esto, apartose de la mortal vista de su madrastra; y viendo
-que una traición tamaña, como ella pedía que se hiciese, había menester
-mayor consejo que el suyo, platicó el negocio con un viejo ayo suyo,
-hombre muy prudente, al cual no pareció otro mejor consejo, sino que el
-mancebo se fuese de casa lejos, por escapar de la tempestad de la cruel
-fortuna.</p>
-
-<p>Pero la madrastra, como no tenía paciencia para esperar, persuadió
-a su marido con maravillosas artes y palabras, que luego se fuese a
-unas aldeas que estaban bien lejos de allí. Lo cual hecho, ella con su
-locura apresurada, viendo que había lugar para su esperanza, demandole
-con mucha instancia que cumpliese con ella lo que había prometido.
-Pero el mancebo excusábase, diciendo ahora una cosa, ahora otra;
-apartándose de su abominable vista cuanto podía, hasta tanto que,
-conociendo ella claramente que le negaba la promesa, prestamente se le
-mudó su nefando amor en odio mortal. Y llamando a<span class="pagenum"
-id="Page_198">p. 198</span> un esclavo suyo muy malo y aparejado para
-toda maldad, comunicó con él todo este negocio y pensamiento malvado
-que ella tenía; lo cual entre ellos platicado, hallaron por bueno que
-lo matasen con ponzoña. Y luego envió al esclavo a comprar la ponzoña,
-la cual traída, mezcláronla en un vaso con vino.</p>
-
-<p>En tanto que la malvada hembra y su esclavo deliberaban entre sí la
-oportunidad y tiempo para podérselo dar, acaso el hermano menor, hijo
-propio de la mala mujer, viniendo de la escuela a la hora de comer,
-teniendo sed, bebió de aquel veneno que allí halló, no sabiendo la
-ponzoña y engaño escondido que allí dentro estaba; y después que hubo
-bebido la muerte que estaba aparejada para su hermano, súbitamente cayó
-en tierra sin ánimo.</p>
-
-<p>Los familiares de casa, que esto vieron, comenzaron a dar grandes
-gritos, y alborotados todos de tan repentino caso, llamaron prestamente
-a la madre, la cual, como estaba dañada, como mala hembra, ejemplo
-único de la malicia de las madrastras, no conmovida por la muerte de
-su hijo, por el parricidio que ella misma había causado, ni por la
-desdicha de su casa, ni por el enojo que de ello su marido había de
-tener, ni por la fatiga del enterramiento del hijo, procuró venganza
-muy presta, por donde causó daño para su casa. Así que muy presto
-despachó un mensajero que fuese a su marido y le contase la muerte de
-su hijo.</p>
-
-<p>Cuando el marido oyó estas nuevas tornose del camino, y entrando
-en casa, luego ella, con gran temeridad y audacia, comenzó a acusar y
-decir que su hijo era muerto con la ponzoña del entenado; y en esto no
-mentía ella, porque el muchacho era muerto con la ponzoña que estaba
-aparejada para el mancebo; pero ella fingía<span class="pagenum"
-id="Page_199">p. 199</span> que su hijo era muerto por maldad del
-entenado, a causa que ella no quiso consentir en su malvada voluntad,
-con la cual había tentado de forzarla; y no contenta con estas tan
-grandes mentiras, añadía más, que porque ella había descubierto esta
-traición, él la amenazaba de matarla con un puñal.</p>
-
-<p>Entonces, el desventurado marido fue lleno de gran saña contra su
-hijo, así por la traición que le quería hacer, como por la arrebatada
-muerte del hijo que presente tenía; de manera que deliberó de hacer
-morir a su hijo por justicia. Y como hubo enterrado el hijo, luego
-se fue a los alcaldes, y les hizo saber la maldad que su hijo había
-cometido, diciendo que había cometido pecado de incesto en acometer a
-su madre, y que era homicida en la muerte de su hermano, y no contento
-con esto, amenazaba a la madre que la había de matar.</p>
-
-<p>Esto decía el viejo llorando muy piadosamente, y con su lloro
-conmovió a los alcaldes; los cuales llamaron luego un pregonero
-para que llamase las partes a juicio. Vino el acusador y el reo por
-llamamiento del pregonero; y asimismo fueron amonestados los abogados
-de la causa, según la costumbre del Senado y leyes de Atenas, que
-no curasen de hacer dilaciones, ni conmoviesen a los presentes con
-sus proemios. Estas cosas en esta manera pasadas supe yo, porque las
-oía a muchos que hablaban en ello; pero cuántas alteraciones hubo
-de una parte a otra, y con qué palabras el acusador decía contra el
-reo, se defendía y deshacía su acusación; y estando yo ausente atado
-al pesebre, no lo pude bien saber por entero, ni las preguntas ni
-respuestas, y otras palabras que entre ellos pasaron, y por esto no os
-podré contar lo que yo no supe; pero sí lo que hoy quise escribir en
-este libro.</p>
-
-
-<h3 title="II." id="Ch10_2" ><span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span>II.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo por industria de un senador antiguo fue
-descubierta<br /> la maldad de la madrastra, y libre el mancebo.</p>
-
-<p>Después que fue acabada la contención entre ellos, plugo a los
-jueces buscar la verdad de este crimen por cierta manera, y no dar
-tanto lugar a la sospecha que del mancebo se tenía. Y mandaron
-que fuese traído allí aquel esclavo diligente que afirmaba que él
-solo sabía aquel negocio cómo había pasado, y venido aquel bellaco
-ahorcadizo, ningún empacho ni turbación tuvo ni de ver en caso de tan
-gran juicio, ni de aquel senado adonde tales personas estaban, o a lo
-menos de su conciencia culpada, que él sabía bien que lo que había
-fingido era falso, lo cual él afirmaba como cosa verdadera, diciendo de
-esta manera:</p>
-
-<p>Que aquel mancebo, muy enojado de su madrastra, lo había llamado y
-díchole que por vengar su injuria había muerto a su hijo de ella, y que
-le había prometido gran premio porque callase, y porque él dijo que no
-quería callar, el mancebo le amenazó que lo mataría, y que el dicho
-mancebo había destemplado con su propia mano la ponzoña, y la había
-dado al esclavo para que la diese a su hermano; pero él, temiendo tan
-gran mal, no la quiso dar al muchacho, y que en fin el mancebo con su
-propia mano se la había dado.</p>
-
-<p>Diciendo estas cosas que parecían tener apariencia de verdad, aquel
-azotado fingiendo miedo, acabose la audiencia.<span class="pagenum"
-id="Page_201">p. 201</span> Lo cual oído por los jueces, ninguno
-quedó tan justo y tan derecho a la justicia del mancebo, que no le
-pronunciase ser culpado manifiestamente de este crimen, y como a
-tal lo debían meter en un cuero de lobo, y echarlo en el río como a
-parricida; y como ya las sentencias y votos de todos fuesen iguales, y
-estuviesen firmados de la mano de cada uno, para meterlos en un cántaro
-de cobre, de donde no se podía sacar después de una vez metidos, ni
-convenía mudar alguna cosa, porque la sentencia ya era dada en cosa
-bien vista, y no restaba otra cosa sino entregarlo al verdugo para que
-cumpliese la justicia, uno de aquellos senadores, el más viejo y de
-mejor conciencia, letrado y médico, puso la mano encima de la boca del
-cántaro, porque ninguno echase su voto dentro, y dijo a todos de esta
-manera:</p>
-
-<p>—Yo me gozo y soy alegre de haber vivido tanto tiempo, que por mi
-edad vosotros, señores, me tengáis en alguna más reputación y cuenta,
-y por esto no consentiré que acusado el reo por falsos testigos, se
-haya de condenar por cruel homicidio, ni que vosotros seáis engañados
-por la mentira de un esclavo, porque cierto yo no veo con qué razón
-nosotros podemos juzgar a este mancebo. Oíd ahora, y sabed todos cómo
-pasa este negocio: Este ladrón, muy diligente vino a mí por comprar
-ponzoña que luego matase, y ofrecíame cien sueldos de oro por que se
-la diese, diciendo que la había menester para un enfermo que estaba
-muy fatigado con una enfermedad de hidropesía perpetua, de la cual
-no podía sanar, y deseaba morir brevemente por librarse del tormento
-que con la vida tenía. Yo, viendo que este esclavo parlaba mucho y
-decía cosas livianas, no satisfaciéndome, antes siendo cierto que
-él procuraba alguna traición, acordé de darle, no ponzoña, mas otra
-poción soñolienta<span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span>
-de mandrágora, que es muy famosa para hacer dormir gravemente, y
-da un sueño semejante a la muerte; por tanto, si es verdad que el
-muchacho bebió aquella confección que por mis manos fue hecha, él es
-vivo, y reposa con gran sueño, y en acabando de consumirse el potente
-humor de la mandrágora, despertará tan sano como antes. Y si él es
-verdaderamente muerto, o verdaderamente le mataron, yo no sé de eso.</p>
-
-<p>En esta manera hablando aquel viejo, plugo a todos lo que decía, y
-fueron luego a mucha prisa al sepulcro donde estaba el cuerpo de aquel
-muchacho; que casi ninguno de los jueces ni de los principales de la
-ciudad, ni aun tampoco de los del pueblo, quedó que no viniese allí por
-ver aquel milagro.</p>
-
-<p>Su padre, muy diligente, con sus propias manos alzó la cobertera
-de la tumba y halló a su hijo que ya comenzaba a querer levantarse,
-y abrazándole y besándole, enseñolo al pueblo, y así como estaba lo
-llevaron a casa de la justicia.</p>
-
-<p>Así que en esta manera descubierta la maldad de la mala mujer y
-del bellaco del esclavo, fue pronunciada sentencia, que ella fuese
-desterrada y el esclavo ahorcado, lo que luego se cumplió.</p>
-
-<p>Y a aquel viejo senador, que tanta prudencia tuvo en dar aquel
-brebaje de mandrágora, y en descubrir el negocio en tal tiempo,
-diéronle cien sueldos de oro por tan buen servicio.</p>
-
-
-<h3 title="III." id="Ch10_3" ><span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span>III.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo el asno fue vendido a un cocinero y a un panadero,
-que eran hermanos, y de la buena vida que tenía, donde pasó cosas de
-mucho gusto.</p>
-
-<p>Aquel caballero que me hubo de buen lance, húbose de partir para
-Roma, por mandado de su capitán, a llevar ciertas cartas a su general,
-y ante que se partiese me vendió a dos hermanos, sus vecinos, por once
-dineros.</p>
-
-<p>Estos tenían un señor rico, y el uno de ellos era panadero, que
-hacía pan y pasteles, y fruta de sartén y otros manjares. El otro,
-cocinero, que hacía manjares muy sabrosos y delicados.</p>
-
-<p>Estos dos hermanos moraban ambos en una casa, y compráronme para
-traer platos y escudillas, y lo que era necesario para su oficio, de
-manera que yo fui llamado como un tercer compañero entre aquellos
-dos hermanos, para andar por las aldeas de aquel caballero, y traer
-todo lo que era menester para su cocina, y otras muchas cosas. Y
-ciertamente, en ningún tiempo experimenté tan mansa mi adversa fortuna,
-porque a la noche después de aquellas muy abundantes cenas, y sus
-esplendidísimos aparatos, mis amos acostumbraban a traer a su casilla
-muchas partes de aquellos manjares. El cocinero traía grandes pedazos
-de puerco, de pollo y otras carnes, pescados, y otras muchas maneras
-de comer. El panadero traía pan y pedazos de pasteles, y muchas frutas
-de sartén, así como juncadas y pestiños, mazapanes y otras<span
-class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span> cosas de azúcar y miel,
-lo cual todo dejaban encerrado en su aposento, y se iban a lavar al
-baño. En tanto yo comía y tragaba a mi placer de aquellos sabrosos y
-delicados manjares que Dios me daba, porque tampoco yo no era tan loco
-y verdadero asno que, dejados aquellos tan dulces y costosos manjares,
-cenase heno áspero y duro.</p>
-
-<p>Esta manera y maña de comer a hurto me duró algunos días, porque
-comía poco y con miedo, y como de muchos manjares comía lo menos, no
-sospechaban ellos engaño ninguno en el asno; pero después que yo tomé
-mayor atrevimiento en el comer, tragaba lo más principal y mejor de lo
-que allí estaba, y como yo escogía siempre lo mejor y más preciado, no
-pequeña sospecha entró en los corazones de los hermanos, los cuales,
-aunque de mí no creyesen tal cosa, todavía con el daño cotidiano, con
-mucha diligencia procuraban de saber quién lo hacía. Finalmente, que
-ellos se acusaban uno a otro de aquella rapiña y fealdad, y desde
-adelante pusieron cuidado diligente y mayor guarda, contando los
-pedazos y partes que dejaban, y cómo siempre faltaba. Roto al fin el
-velo de la vergüenza, el uno al otro habló de esta manera:</p>
-
-<p>—Por cierto ya esto ni es justo ni humano, menospreciar y disminuir
-cada día más la fe que está entre nosotros, hurtando lo principal que
-aquí queda, y aquello vendido escondidamente, acrecientas tu caudal, y
-aun de ese poco que queda, llevas tu parte igual; por tanto, si a ti
-no place nuestra compañía, podemos quedar hermanos en todas las otras
-cosas, y apartarnos de este vínculo de comunidad, porque según yo veo,
-este mal crece mucho, de donde nos puede venir gran discordia.</p>
-
-<p>El otro hermano le respondió:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span>—Por Dios que
-yo alabo este tu parecer, pues has querido prevenir a la querella
-de lo que hasta ahora es secretamente hurtado a entrambos, lo cual
-yo sufriendo muchos días entre mí mismo, me he quejado, porque no
-pareciese que reprendía a mi hermano de un hurto tan bajo como este;
-pero bien está, pues que nos hemos descubierto, para que por mí y por
-ti se busque el remedio de nuestro daño, y la envidia, procediendo
-mansamente, no nos traiga contenciones, como entre los dos hermanos
-Eteocles y Polinices, que el uno al otro se mataron.</p>
-
-<p>Estas y otras semejantes palabras dichas el uno al otro, juraron
-cada uno de ellos que ningún engaño ni hurto había hecho ni cometido;
-pero que debían por todas las vías artes que pudiesen buscar el ladrón
-que aquel común daño les hacía, porque no era de creer que el asno que
-allí solamente estaba se había de aficionar a comer tales manjares;
-pero que cada día faltaban los principales y más preciados manjares;
-demás de esto, en su cámara no había muy grandes ratones ni moscas,
-como fueron otro tiempo las arpías que robaban los manjares de Fineo,
-rey de Arcadia.</p>
-
-<p>Entretanto que ellos andaban en esto, yo, cebado de aquellas
-copiosas cenas, y bien gordo con los manjares de hombre, estaba redondo
-y lleno, y mi cuerpo ablandado con la hermosa grosura, y criado
-el pelo, que resplandecía; pero esta hermosura de mi cuerpo causó
-saberse el negocio, porque ellos, movidos de la grandeza y grosura no
-acostumbrada de mi cuerpo, y viendo que el heno y cebada que me echaban
-cada día quedaba allí sin tocar en ella, sospecharon de mí, y a la hora
-acostumbrada hicieron como que se iban al baño, y cerradas las puertas
-como solían, pusiéronse a mirar por una hendidura<span class="pagenum"
-id="Page_206">p. 206</span> de la puerta y viéronme cómo estaba puesto
-con aquellos manjares.</p>
-
-<p>Ellos, no haciendo cosa de su daño, tornaron el enojo en muy gran
-risa; y llamando al otro hermano, y después a todos los servidores de
-casa, mostrábales la gula, digna de ponerse en memoria, de un asno
-perezoso.</p>
-
-<p>Finalmente, que tan gran risa y tan liberal tomó a todos, que vino
-a las orejas del señor, que por allí pasaba, el cual preguntó qué cosa
-era aquella de que tanto se reían, si estaban locos o mordidos de la
-tarántula.</p>
-
-<p>Y sabido el negocio que era, él también fue a mirar por el agujero,
-de que hubo gran placer, y tan gran risa le tomó, que le dolían las
-ingles; y abierto el aposento, púsose a mirar de más cerca.</p>
-
-<p>Yo, cuando esto vi, pareciome que veía próspera y amigable la cara
-de la fortuna, que en alguna manera ya más blandamente me favorecía, y
-ayudándome el gozo y placer de los que presentes estaban, ninguna cosa
-me turbaba, antes comía seguramente, hasta tanto que con la novedad de
-aquella vista, el señor de casa, muy alegremente, mandó lavar, y él
-mismo por sus manos me llevó a su sala, y puesta la mesa, mandome poner
-en ella todo género de manjares enteros, sin que nadie hubiese tocado
-en ellos. Yo, como quiera que ya estaba algún tanto harto de lo que
-había comido, pero deseando hacerme gracioso y grato al señor, y que él
-me tuviese en algo, comía de aquellos manjares como si estuviera muy
-hambriento.</p>
-
-<p>Ellos, por informarse bien si yo era manso, aquello que naturalmente
-aborrecen los asnos, eso me ponían delante, por si lo comía, así como
-carne adobada, gallinas y capones salpimentados, pescados en escabeche
-y otras muchas cosas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>Entretanto que esto
-pasaba, había muy gran risa entre los convidados que allí estaban, y un
-truhan que allí había, dijo:</p>
-
-<p>—Dad alguna cosa a este mi compañero.</p>
-
-<p>A lo cual respondió el señor, diciendo:</p>
-
-<p>—Pues tú, ladrón, no has hablado neciamente, que muy bien puede ser
-que este nuestro convidado desee beber de buena gana de este vino.</p>
-
-<p>Y luego dijo a un paje:</p>
-
-<p>—Daca aquella copa de oro e hínchela de vino y da de beber a mi
-truhan, y aun dile cómo yo bebí antes que él.</p>
-
-<p>Los convidados que estaban a la mesa estuvieron muy atentos
-esperando lo que había de pasar.</p>
-
-<p>Entonces yo, no espantado por cosa alguna, muy despacio y a mi
-placer, retorciendo el labio de abajo a manera de lengua, bebí toda
-aquella gran copa. Y luego, todos a una voz, con grande clamor me
-dijeron:</p>
-
-<p>—Dios te dé salud, que tan bien lo has hecho.</p>
-
-<p>En fin, que aquel señor, lleno de gran placer y alegría, llamó a
-sus dos criados que me habían comprado, y mandoles dar por mí cuatro
-tantos más de lo en que me habían comprado, y a mí diome a otro su
-criado, haciéndole primero un gran sermón, encomendándome mucho, el
-cual me criaba y trataba asaz humanamente, como a un su compañero.
-Y porque su amo lo tuviese más acepto, procuraba cuanto podía darme
-placer con mis juegos. Y primeramente me enseñó a estar a la mesa sobre
-el codo; después también me enseñó a luchar y a saltar alzadas las
-manos. Y porque fuese cosa muy maravillosa, me enseñó a responder a las
-palabras por señales. En tal manera, que cuando no quería, meneaba la
-cabeza, y cuando algo quería, mostraba que me placía bajándola,<span
-class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> y cuando había sed, miraba
-al copero, y haciendo señal con las pestañas, le demandaba de beber.</p>
-
-<p>Todas estas cosas fácilmente las aprendía y hacía, porque aunque
-nadie me las mostrara, las supiera muy bien hacer; pero temía que si
-por ventura, sin que nadie me enseñase, yo hiciese estas cosas como
-hombre humano, muchos, pensando que podría venir de esto algún cruel
-presagio o agüero, que como a monstruo y mal agorero me matarían y
-darían muy bien de comer conmigo a los buitres.</p>
-
-
-<h3 id="Ch10_4">IV.</h3>
-
-<p class="cent">Cómo Lucio cuenta qué estado era el de su señor,<br />
-y cómo partió para la ciudad de Corinto.</p>
-
-<p>Por todas partes corría ya la fama de cómo yo, con mis maravillosas
-artes y juegos, era muy placentero; por esta causa era mi señor muy
-afamado y acatado de todos. Cuando iba por la calle, decían:</p>
-
-<p>—Este es el que tiene un asno que es compañero y convidado, que
-salta y lucha, y entiende las hablas de los hombres, y da a entender lo
-que quiere con señales que hace.</p>
-
-<p>Ahora lo demás que os quiero decir, aunque lo debiera hacer al
-principio; pero al menos relataré quién era este amo, el cual se
-llamaba Tiaso. Él era natural de la ciudad de Corinto, que es cabeza
-de toda la provincia de Acaya; según que la dignidad y majestad de
-su nacimiento lo demandaba, y de grado en grado, había tenido<span
-class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> todos los oficios de honra
-de la ciudad, y ahora estaba nombrado para ser la quinta vez cónsul,
-y por que respondiese su nobleza al resplandor de tan gran oficio en
-que había de entrar, prometió dar al pueblo tres días fiestas y juegos
-de placer, extendiendo largamente su liberalidad y magnificencia. De
-manera que tanta gana tenía de la gloria y favor del pueblo, que hubo
-de ir a Tesalia a comprar bestias fieras, grandes y hermosas, y a traer
-muchas otras cosas de gran precio para regocijar al pueblo.</p>
-
-<p>Después que hubo a su placer comprado todas las cosas que había
-menester, aparejó de tornarse a su casa. Y menospreciadas aquellas
-ricas sillas en que lo traían, y dejados los carros ricos, unos
-cubiertos de toldo y otros descubiertos, que allí venían vacíos, y
-los traían aquellos caballos que nos seguían; y dejados asimismo
-los caballos de Tesalia, y otros palafrenes franceses, a los cuales
-el generoso linaje y crianza que de ellos sale, los hace ser muy
-estimados, venía con mucho amor encima de mí, trayéndome muy ataviado
-con guarnición dorada y cubierto de tapetes de muy fina seda y
-brocado y con freno de plata, y las cinchas labradas de seda muy
-artificialmente, y adornado con muchas campanillas y cascabeles de
-plata, que venían sonando, que en verdad yo no parecía asno, sino un
-potente dromedario, según que venía ancho.</p>
-
-<p>Después que hubimos caminado por la mar y por tierra, llegamos a
-Corinto, adonde nos salió a recibir gran compaña de la ciudad, los
-cuales, según que a mí me parecía, no salían tanto por hacer honra a mi
-señor, cuanto era deseando de verme a mí; porque tanta fama había allí
-de mí, que no poca ganancia hubo por mí aquel que me tenía en cargo.
-El cual, viendo que muchos<span class="pagenum" id="Page_210">p.
-210</span> tenían grande ansia deseando de ver mis juegos, cerraba las
-puertas y entraban uno a uno, y él, recibiendo dineros, no pocas sumas
-rapaba cada día.</p>
-
-<p>En aquel conventículo y ayuntamiento fue a verme una matrona, mujer
-rica y honrada, la cual, como los otros, mercó mi vista con su dinero;
-y con las muchas maneras de juegos que yo hacía, ella se deleitó y
-maravilló tanto, que poco a poco se enamoró maravillosamente de mí,
-y no tomando medicina ni remedio alguno para su loco amor y deseo,
-ardientemente deseaba echarse conmigo y ser otra Pasífae de asno, como
-fue la otra del toro; en fin, que ella concertó con aquel que me tenía
-a su cargo que la dejase echar una noche conmigo y que le daría gran
-precio por ello. Así que aquel bellaco, por que de mí le pudiese venir
-provecho, contento de su ganancia, prometióselo.</p>
-
-<p>Ya que habíamos cenado, partímonos de la sala de mi señor y hallamos
-aquella dueña que me estaba esperando en mi cámara.</p>
-
-<p>¡Oh Dios, qué bueno era aquel aparato! ¡Cuán rico y ataviado! Cuatro
-eunucos que allí tenía nos aparejaron luego la cama en el suelo con
-muchos cojines llenos de pluma delicada y muelle, que parecía que
-estaban hinchados de viento, y encima ropas de brocado y de púrpura,
-y encima de todo otros cojines más pequeños que los otros, con los
-cuales las mujeres delicadas acostumbraban sostener sus rostros y
-cervices. Y por que no impidiesen el placer y deseo de la señora con
-su larga tardanza, cerradas las puertas de la cámara se fueron luego;
-pero dentro quedaron velas de cera ardiendo resplandecientes, que nos
-esclarecían las tinieblas oscuras de la noche.</p>
-
-<p>Entonces ella, desnuda de sus vestiduras, y llegada<span
-class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span> cerca de la lumbre, sacó un
-botecillo de estaño y untose toda con bálsamo que allí traía, y a mí
-también me untó y fregó muy largamente; pero con mucha mayor diligencia
-me untó la boca y narices.</p>
-
-<p xml:lang="la" lang="la"><i>Tunc exosculata pressule, non qualia
-in lupanari solent basiola jactari, vel meretricum poscinummia,
-vel adventorum negotinummia, sed pura atque sincera instruit, et
-blandissimos affatus: Amo, et cupio, et te solum diligo, et sine te
-jam vivere nequeo: et cetera, quis mulieres et alios inducunt, et suas
-testantur affectiones. Capistroque me prehensum, more quo didiceram,
-declinat facile. Quippe quum nil novi nihilque difficile facturus
-mihi viderer; præsertim post tamtum temporis, tam formosæ mulieris
-cupientis amplexus obiturus. Nam et vino pulcherrimo atque copioso
-memet madefeceram; et unguento fragrantisimo prolubium libidinis
-suscitaram.</i></p>
-
-<p xml:lang="la" lang="la"><i>Sed angebar plane non exili metu,
-reputans quemadmodum tantis tamque magnis cruribus possem delicatam
-matronam inscendere; vel tam lucida, tamque tenera et lacte ac melle
-confecta membra duris ungulis complecti: labiasque modicas ambrosio
-rore purpurantes tam amplo ore tamque enormi et saxeis dentibus
-deformis saviari: novissime, quo pacto quamquam ex unguiculis
-perpruriscens, mulier tam vastum genitale susciperet. Heu me, qui
-dirupta nobili femina, bestiis objectus, manus instructurus sim mei
-domini! Molles interdum voculas, et asidua savia, et dulces gannitus,
-commorsicantibus oculis, iterabat illa. Et in summa, Teneo te,
-inquit, teneo meum palumbulum, meum passerem. Et cum dicto, vanas
-fuisse cogitationes meas, ineptumque monstrat metum. Artisime namque
-complexa, totum me, prorsus sed totum recepit. Illa vero, quotiens
-ei parcens nates recellebam accedens totiens nisu rabido, et spinam
-prehendens<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> meam,
-appliciore nexu inhærebat: ut Hercules etiam deesse mihi aliquid ad
-supplendam ejus libidinem crederem; nec Minotauri matrem frustra
-delectatam putarem adultero mugiente.</i></p>
-
-<div class="transnote2">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
-
- <p>Los dos párrafos anteriores han sido puestos en latín por el
- editor, presumiblemente por su carácter explícito. La traducción que
- hizo de ellos López de Cortegana, en castellano del final del siglo
- <span class="asc">XV</span>, fue la siguiente:</p>
-
- <p class="mt1">«Esto hecho besome muy apretadamente, no de la manera
- que suelen besar las mujeres que están en el burdel, u otras rameras
- de mandonas, o las que suelen recibir a los negociantes que vienen,
- sino pura y sinceramente sin engaño. Y dende comenzome a hablar muy
- blandamente, diciendo: Yo te amo, y te deseo, y a ti solo, y sin ti
- ya no puedo vivir: y semejantes cosas con que las mujeres atraen
- a otros, y les declaran sus aficiones y amor que les tienen. Así
- que tomome por el cabestro, y como ya sabía la costumbre de aquel
- negocio, fácilmente me hizo abajar. Mayormente que yo bien veía que
- en aquello ninguna cosa nueva ni difícil hacía, cuanto más a cabo de
- tanto tiempo que hubiese dicha de abrazar una mujer tan hermosa, y
- que tanto me deseaba. Demás de esto yo estaba harto de muy buen vino,
- y con aquel ungüento tan oloroso que me había untado, desperté mucho
- más el deseo y aparejo de la lujuria.</p>
-
- <p>»Verdad es que me fatigaba entre mí no con poco temor, pensando en
- qué manera un asno como yo podría abrazar con mis duras uñas, unos
- miembros tan blancos y tiernos hechos de miel y de leche: y también
- aquellos labios delgados, colorados como rocío de púrpura, había de
- tocar con una boca tan ancha y grande: y besarla con mis dientes
- disformes y grandes como de piedra. Finalmente que yo conocía que
- aquella dueña estaba encendida dende las uñas hasta los cabellos;
- guay de mí, que rompiendo una mujer hija dalgo como aquella, yo había
- de ser echado a las bestias bravas que me comiesen y despedazasen,
- y haría fiesta a mi señor. Ella entretanto tornaba a decir aquellas
- palabras blandas, besándome muchas veces y diciendo aquellos
- halagos dulces con los ojos amodorridos diciendo en suma: Téngote,
- mi palomino, mi pajarito: y diciendo esto mostró que mi miedo y mi
- pensamiento era muy necio. Tanto que por Dios yo creía que me faltaba
- algo para suplir su deseo, por lo cual yo pensaba que no de balde la
- madre del Minotauro se deleitaba con el toro su enamorado.»</p>
-
-</div>
-
-<p>Ya que la noche trabajosa y muy velada era pasada, ella,
-escondiéndose de la luz del día, partiose de mañana, dejando acordado
-otro tanto precio para la noche venidera, lo cual aquel mi maestro
-concedió de su propia gana sin mucha dificultad por dos cosas: lo uno
-por la ganancia que a mi causa recibía; lo otro, por aparejar nueva
-fiesta para mi señor. En fin, que sin tardanza ninguna le descubrió
-todo el aparato del negocio y en qué manera había pasado.</p>
-
-<p>Cuando él oyó esto, hizo mercedes magníficamente a aquel su
-criado, y mandó que él me aparejase para hacer aquello en una fiesta
-pública.</p>
-
-
-<h3 id="Ch10_5">V.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo se buscaba a una mujer que estaba condenada o
-muerte, para que en unas fiestas tuviese acceso con el asno en el
-teatro público, y cuenta el delito que había cometido aquella mujer.</p>
-
-<p>Porque aquella buena de mi mujer, por ser de linaje y honrada, ni
-tampoco otra alguna se pudo hallar para aquello, buscose una de baja
-condición por gran precio (la cual estaba condenada por sentencia de
-la justicia, para ser echada a las bestias), para que públicamente,
-delante del pueblo, en el teatro, se echase conmigo; de la cual yo supe
-esta historia:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span>Aquella mujer tenía
-un marido, el padre del cual, partiéndose a otra tierra muy lejos,
-dejaba preñada a su mujer, madre de aquel mancebo, y mandole que si
-pariese hija, que luego que fuese nacida la matase.</p>
-
-<p>Ella parió una hija, y por lo que el marido le había mandado,
-habiendo piedad de la niña, como las madres la tienen de sus hijos,
-no quiso cumplir aquello que su marido le dijo, y dióla a criar a un
-vecino.</p>
-
-<p>Después que tornó el marido, díjole como había muerto a una hija
-que parió. Pero después que ya la moza estaba para casar, la madre no
-la podía dotar sin que el marido lo supiese, y lo que pudo hacer fue
-que descubrió el secreto a aquel mancebo hijo suyo, porque temía quizá
-por ventura no se enamorase de la moza, y con el calor de la juventud,
-no sabiéndolo, incurriese en mal caso con su hermana, que tampoco lo
-sabía.</p>
-
-<p>Mas aquel mancebo, que era hombre de noble condición, puso en obra
-lo que su madre le mandaba y lo que a su hermana cumplía, y guardando
-mucho el secreto, por la honra de la casa de su padre, y mostrando de
-parte de fuera una humanidad común entre los buenos, quiso satisfacer
-a lo que era obligado a su sangre, diciendo que por ser aquella moza
-su vecina desconsolada y apartada de la ayuda y favor de sus padres,
-la quería recibir en su casa so su amparo y tutela, porque la quería
-dotar de su propia hacienda y casarla con un compañero muy su amigo y
-allegado.</p>
-
-<p>Pero estas cosas, así con mucha nobleza y bondad bien dispuestos no
-pudieron huir de la mortal envidia de la fortuna; por disposición de la
-cual, luego los crueles celos entraron en la casa del mancebo, y luego
-la mujer de aquel mancebo, que ahora estaba condenada a ser echada a
-las bestias por aquellos males que hizo, comenzó primeramente<span
-class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> a sospechar contra la moza
-que era su combleza y que se echaba con su marido, y por esto decía
-mal de ella. De aquí se puso en acecharlos por todos los lazos de la
-muerte.</p>
-
-<p>Finalmente, que inventó y pensó su traición y maldad de esta
-manera:</p>
-
-<p>Esta mujer hurtó a su marido el anillo y fuese a la aldea donde
-tenía sus heredades, y envió a un esclavo suyo que le era muy fiel,
-aunque él merecía mal por la fe que le tenía, para que dijese a la moza
-que aquel mancebo, su marido, la llamaba que viniese luego allí a la
-aldea, adonde él estaba, añadiendo a esto que muy prestamente viniese
-sola y sin ningún compañero, y por que no hubiese causa para tardarse,
-dio el anillo que había hurtado a su marido, el cual, como lo mostrase
-ella, daría fe a sus palabras. El esclavo hizo lo que su señora
-le mandaba, y como aquella doncella oyó el mandado de su hermano,
-aunque este nombre no lo sabía otro, viendo la señal que le mostró,
-prestamente se partió sin compañía como le era mandado.</p>
-
-<p>Pero después que caída en el hoyo del engaño, sintió las asechanzas
-y lazos que le estaban aparejadas, aquella buena mujer, desenfrenada,
-y con los estímulos de la lujuria, tomó a la hermana de su marido.
-Primeramente, desnuda, la hizo azotar cruelmente, y aunque ella,
-hablando lo que era verdad, decía que por demás tenía pena y sospecha
-que era su combleza, y llamado muchas veces el nombre de su hermano,
-aquella mala mujer la lanzó un tizón ardiendo entre las piernas,
-diciendo que mentía y fingía aquellas cosas que decía, hasta que
-cruelmente la mató.</p>
-
-<p>Entonces, el marido de esta y su hermano, supo su amarga muerte
-por los que corrieran presto a la aldea<span class="pagenum"
-id="Page_215">p. 215</span> donde estaba, y después de muy llorada,
-pusiéronla en la sepultura.</p>
-
-<p>El mancebo, su hermano, no pudiendo tolerar ni sufrir con paciencia
-la rabiosa muerte de su hermana, y que sin causa había sido muerta,
-conmovido y apasionado de gran dolor que tenía en medio de su corazón,
-encendido de un mortal furor de la amarga cólera, ardía con una fiebre
-muy ardiente y encendida, de tal manera, que ya a él le parecía tomar
-medicinas.</p>
-
-<p>Pero la mujer, la cual antes de ahora había perdido con la fe el
-nombre de su mujer, habló a un físico, que notoriamente era falsario y
-mal hombre, el cual tenía ya hartos triunfos de su mano, y era conocido
-en las batallas de semejantes victorias, y prometiole cincuenta ducados
-por que le vendiese ponzoña que luego matase, y ella comprase la muerte
-de su marido; la cual, como vido la ponzoña, fingió que era necesario
-aquel noble jarabe que los sabios llaman sagrado, para amansar las
-entrañas y sacar toda la cólera. Pero en lugar de esta medicina que
-ella decía, puso otra maldita para ir a la salud del infierno.</p>
-
-<p>El físico, presentes todos los de casa y algunos amigos y parientes,
-quería dar al enfermo aquel jarabe, muy bien destemplado por su
-mano, pero aquella mujer, audaz y atrevida, por matar juntamente
-al físico con su marido, como a hombre que sabía su traición, y no
-la descubriese, y también por quedarse con el dinero que le había
-prometido, detuvo el vaso que el físico tenía, y dijo:</p>
-
-<p>—Señor doctor, pues eres el mejor de los físicos, no consiento
-que des este jarabe a mi marido sin que primeramente tú bebas de él
-una buena parte; porque ¿cómo sé yo ahora si por ventura está en él
-escondida alguna<span class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span>
-ponzoña mortal? Cierto no se ofende, siendo tan prudente y tan docto
-físico, si la buena mujer, deseosa y solícita acerca de la salud de su
-marido, procura piedad para su salud necesaria.</p>
-
-<p>Cuando el físico esto oyó, fue súbitamente turbado por la
-maravillosa desesperación de aquella mujer, y viéndose privado de todo
-consejo por el poco tiempo que tenía para pensar que con su miedo o
-tardanza diese sospecha a los otros de su mala conciencia, gustó una
-buena parte de aquella poción.</p>
-
-<p>El marido, viendo lo que el físico había hecho, tomó el vaso en la
-mano y bebió lo que quedaba.</p>
-
-<p>Pasado el negocio de esta manera, el médico se tornaba a su casa lo
-más presto que podía, por tomar alguna saludable poción para apagar y
-matar la pestilencia de aquel vino que había tomado. Pero la mujer,
-con porfía y obstinación sacrílega, como ya lo había comenzado, no
-consintió que el médico se apartase de ella tanto como una uña,
-diciendo que no se partiese de allí hasta que el jarabe que su marido
-había tomado fuese digerido, y pareciese probado lo que la medicina
-obraba.</p>
-
-<p>Finalmente, que fatigada de los ruegos e importunaciones del físico,
-contra su voluntad, y de mala gana, lo dejó ir.</p>
-
-<p>Entretanto, las entrañas y el corazón habían recibido en sí aquella
-ponzoña furiosa y ciega; así que él, lisiado de la muerte y lanzado
-en una graveza de sueño que ya no se podía tener, llegó a su casa, y
-apenas pudo contar a su mujer cómo había pasado. Mandole que, al menos,
-pidiese los cincuenta ducados que le había ofrecido, en remuneración de
-aquellas dos muertes. En esta manera aquel físico, muy famoso abogado,
-con la violencia de la ponzoña dio el ánima.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span>Ni tampoco aquel
-mancebo, marido de esta mujer, detuvo mucho la vida, porque entre las
-fingidas lágrimas de ella, murió de otra muerte semejante.</p>
-
-<p>Después que el marido fue sepultado, pasando pocos días, en los
-cuales se hacen exequias a los muertos, la mujer del físico vino a
-pedir el precio de la muerte doblada de ambos maridos; pero aquella
-mujer mala, en todo semejante a sí misma, suprimiendo la verdad y
-mostrando semejanza de querer cumplir con ella, respondiole muy
-blandamente, prometiendo que la pagaría largamente y aun más adelante,
-y que luego era contenta con tal condición, que le quisiese dar un poco
-de aquel jarabe para acabar el negocio que había comenzado.</p>
-
-<p>La mujer del físico, inducida por los lazos y engaños de aquella
-mala hembra, fácilmente consintió en lo que le demandaba, y por
-agradar y mostrarse ser servidora de aquella mujer que era muy rica,
-muy prestamente fue a su casa y trajo toda la bujeta de la ponzoña, y
-diósela a aquella mujer, la cual, hallada causa y materia de grandes
-maldades, procedió adelante largamente con sus manos sangrientas.</p>
-
-<p>Ella tenía una hija pequeña de aquel marido que poco ha había
-muerto, y a esta niña, como la venían por sucesión los bienes de su
-padre, como el derecho manda, queríala muy mal, y codiciando con mucha
-ansia todo el patrimonio de su hija, deseábala ver muerta. Así que
-ella, siendo cierto que las madres, aunque sean malas, heredan los
-bienes de los hijos difuntos, deliberó de ser tan buena madre para su
-hija cual fue mujer para su marido, de manera que cuando vio tiempo
-ordenó un convite, en el cual hirió con aquella ponzoña a la mujer
-del físico, juntamente con su misma hija, y como la niña era pequeña
-y tenía el espíritu sutil, luego la ponzoña<span class="pagenum"
-id="Page_218">p. 218</span> rabiosa se entró en las delicadas y tiernas
-venas y entrañas, y murió la mujer del físico.</p>
-
-<p>En tanto que la tempestad de aquella poción detestable andaba dando
-vueltas por sus pulmones, sospechando primero lo que había de ser, y
-luego como se comenzó a hincar, ya más cierta que lo cierto, corrió
-presto a la casa del senador, y con gran clamor comenzó a llamar su
-ayuda y favor, a las cuales voces el pueblo todo se levantó con gran
-tumulto. Diciendo ella que quería descubrir grandes traiciones, hizo
-que las puertas de la casa, y juntamente las orejas del senador, se
-le abriesen, y contadas por orden las maldades de aquella cruda mujer
-desde el principio, súbitamente tomó un desvanecimiento de cabeza, cayó
-con la boca medio abierta, que no pudo más hablar, y dando grandes
-tenazadas con los dientes, cayó muerta ante los pies del senador.</p>
-
-<p>Cuando él vio esto, como era hombre ejercitado en tales cosas,
-maldiciendo la maldad de aquella hechicera, que a tantos había muerto,
-no permitió que el negocio se enfriase con perezosa dilación, y luego,
-traída allí aquella mujer, apartados los de su cámara, con amenazas y
-tormentos sacó de ella toda la verdad, y así fue sentenciada que la
-echasen a las bestias.</p>
-
-<p>Como quiera que esta pena era menor que la que ella merecía,
-diéronsela, porque no se pudo pensar otro tormento que más digno fuese
-para su maldad.</p>
-
-<p>Tal era la mujer con quien yo había de hacer matrimonio
-públicamente, por lo cual, estando así suspenso, tenía conmigo muy
-gran pena y fatiga, esperando el día de aquella fiesta, y por cierto
-muchas veces pensaba tomar la muerte con mis manos y matarme, antes
-que ensuciarme juntándome yo con mujer tan maligna, o que<span
-class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span> hubiese yo de perder la
-vergüenza con infamia de tan público espectáculo.</p>
-
-<p>Pero privado yo de manos humanas, y privado de los dedos, con la
-uña redonda y maciza no podía apretar espada ni cuchillo para hacer lo
-que quería. En fin, yo consolaba estas mis extremas fatigas con una
-muy pequeña esperanza, y era que el verano comenzaba ya, y que pintaba
-todas las cosas con hierbezuelas floridas, y vestía los prados con
-flores de muchos colores, y que luego las rosas, echando de sí olores
-celestiales, salidas de su vestidura espinosa, resplandecerían y me
-tornarían a mi primer Lucio, como yo antes era.</p>
-
-
-<h3 id="Ch10_6">VI.</h3>
-
-<p class="cent">Lucio, asno, cuenta cómo se representó en un teatro<br /> el
-<i>Juicio de Paris</i> y otras cosas, y cómo huyó de allí.</p>
-
-<p>Mi señor, determinando hacer gran fiesta al pueblo, como ya dije,
-mandó hacer un teatro muy suntuoso, en el cual se habían de hacer
-muchos juegos e invenciones, y yo había de ser el postrer juego, porque
-había de bailar y hacer mis habilidades delante de todo el pueblo, y
-después de todo esto, habían de soltar muchas fieras bravas y fuertes a
-una mujer que tenía graves crímenes, para que la comiesen.</p>
-
-<p>En esto he aquí do viene el día que era señalado para aquella
-fiesta, y con gran pompa y favor, acompañándome todo el pueblo, yo
-soy llevado al teatro. Y en tanto que comenzaban a hacer principio de
-la fiesta ciertas<span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span>
-danzas y representaciones, yo estuve quedo ante la puerta del teatro,
-paciendo grama y otras hierbas frescas, que yo había gran placer de
-comer; la puerta del teatro estaba abierta y sin impedimento; muchas
-veces recreaba los ojos, mirando aquellas fiestas graciosas. Porque
-allí había mozos y mozas de florida edad, hermosos en sus personas
-y resplandecientes en las vestiduras, saltadores, que bailaban y
-representaban una fábula griega que se llama pírrica, los cuales,
-dispuestos sus órdenes, daban sus graciosas vueltas, unas veces en
-rueda, otras en ordenanza torcida, otras veces hechos una cuña en
-manera cuadrada, y apartándose unos de otros.</p>
-
-<p>Después que aquella trompa con que tañían hizo señal que acababan ya
-la danza, fueron quitados los paños de raso que allí había, y cogidas
-las velas aparejose el aparato de la fiesta, el cual era de esta
-manera:</p>
-
-<p>Estaba allí un monte de madera, hecho a la forma de aquel muy
-nombrado monte, el cual el gran poeta Homero celebró llamándolo Ida,
-adornado y hecho de muy excelente arte, lleno de matas y árboles
-verdes; y encima del altura del monte manaba una fuente de agua muy
-hermosa, hecha de mano de carpintero, y allí andaban unas pocas
-cabrillas, que comían de aquellas hierbas. Estaba allí un mancebo muy
-hermosamente vestido, con un sombrero de oro en la cabeza y una ropa al
-hombro, a manera de Paris, pastor troyano, el cual mancebo fingía ser
-pastor de aquellas cabras.</p>
-
-<p>En esto vino un muchacho muy lindo, desnudo, salvo que en el
-hombro izquierdo llevaba una ropa blanca, los cabellos rubios; entre
-ellos saltaban unas plumas de oro, juntas unas a otras. El cual,
-según el instrumento y verga que llevaba en la mano, manifestaba ser
-Mercurio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span>Este, saltando y
-bailando con una manzana de láminas de oro que llevaba en su mano,
-llegó a aquel que parecía ser Paris, y diósela, diciéndole lo que
-Júpiter mandaba que hiciese, y luego se fue.</p>
-
-<p>Entró luego una doncella honesta en su gesto, semejante a la diosa
-Juno, porque traía con una diadema blanca ligada la cabeza, y traía
-asimismo un cetro real. Tras de esta salió otra que luego parecía
-que era Minerva, la cabeza cubierta con un yelmo resplandeciente, y
-encima traía una corona de ramos de oliva, con una lanza y una adarga,
-meneándola a una parte y a otra, como cuando ella pelea. Después de
-estas entró otra muy poderosa; con hermosa vista y la gracia de su
-divino color, manifestaba que debía ser la diosa Venus, cual ella
-era cuando fue doncella, el cuerpo desnudo y sin ninguna vestidura,
-mostrando su perfecta hermosura, salvo que con un velo sutil de seda
-cubría su vergüenza, el cual velo un airecillo curioso enamoradamente
-meneaba. El color de esta diosa era tan hermoso, que el cuerpo era
-blanco y claro, como cuando sale del cielo, y la vestidura azul, como
-cuando torna de la mar.</p>
-
-<p>Estas tres doncellas, que representaban aquellas tres diosas, traían
-sus compañas consigo que las acompañaban. A Juno acompañaban Cástor
-y Pólux, cubiertas las cabezas con sus yelmos y cimeras adornados de
-estrellas; pero estos dos pastores eran dos muchachos de aquellos que
-representaban la fábula. Esta doncella, aunque la trompa tenía diversos
-sones y bailes, salió muy reposada y sin hacer gesto ninguno, y
-honestamente, con su rostro sereno, prometió al pastor, que si le diese
-aquella manzana, que era premio de la hermosura, le daría el reino y
-señorío de toda Asia. A la otra doncella, que en el atavío de sus armas
-parecía Minerva, acompañaban<span class="pagenum" id="Page_222">p.
-222</span> dos muchachos pajes, que llevaban las armas de esta diosa de
-las batallas, a los cuales llamaban, al uno Espanto, y al otro Miedo.
-Estos venían saltando y esgrimiendo con sus espadas sacadas; a las
-espaldas de ellos estaban las trompetas, que tañían como cuando entran
-en las batallas, y junto con las trompetas bastardas tocaban clarines,
-de manera que incitaban a gana de ligeramente saltar.</p>
-
-<p>Esta doncella, volviendo la cabeza, y con los ojos que parecía que
-amenazaban, saltando y dando vueltas muy alegremente, decía a Paris,
-que si le diese la victoria de la hermosura, que lo haría muy esforzado
-y muy famoso, con su favor y ayuda en los triunfos de las batallas.</p>
-
-<p>Después de esto, he aquí do sale Venus, con gran favor de todo el
-pueblo que allí estaba, y en medio del teatro, cercada de muchachos
-alegres y hermosos, y riéndose dulcemente, estuvo queda con gentil
-continencia.</p>
-
-<p>Cierto, quien quiera que viera aquellos niños gordos y blancos,
-dijera que eran dioses del amor, como Cupido, que a honrarla habían
-salido de la mar, o volado del cielo, porque ellos conformaban en las
-plumas, arcos y saetas, y en todo el otro hábito, al dios Cupido,
-y llevaban hachas encendidas, como si su señora Venus se casara.
-Asimismo, otro linaje de damas hermosas la cercaban: de una parte,
-las gracias agradables, y de la otra, las muy hermosas horas, que son
-ninfas que acompañan a Venus, las cuales, por agradar a su señora, con
-sus guirnaldas de flores, y otras en las manos que por allí echaban
-y derramaban, hacían un corro muy bien ordenado por dar placer a su
-señora con aquellas hierbas y flores del verano.</p>
-
-<p>Ya las chirimías tocaban dulcemente aquellos cantos<span
-class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> y sones músicos y suaves,
-los cuales deleitaban suavemente los corazones de los que allí estaban
-mirando; pero muy más suavemente se conmovían con la vista de Venus,
-la cual muy paso a paso, por medio de aquellos niños y de sus plumas y
-alas, moviendo poco a poco la cabeza, comenzó a andar, y con su gesto y
-aire delicado a responder al son y canto de los instrumentos, una vez
-bajando los ojos, otra vez parecía que amenazaba con las pestañas, y
-algunas veces parecía que saltaba con solos los ojos. Esta, como llegó
-ante la presencia del juez, echole los brazos al cuello, prometiéndole
-que si ella llevase la victoria, que le daría una mujer tan hermosa
-como ella.</p>
-
-<p>Entonces aquel mancebo troyano de muy buena gana le metiera en la
-mano aquella manzana de oro, que era victoria.</p>
-
-<p>¿De qué os maravilláis, hombres muy viles, letrados y abogados, y
-aun digo buitres de rapiña en hábitos de hombre, si ahora todos los
-jueces venden por dinero sus sentencias, porque, en el comienzo de
-todas las cosas del mundo, la gracia y hermosura corrompió el juicio
-que se trataba entre los dioses y el hombre?</p>
-
-<p>Y aquel pastor rústico, juez elegido por el gran Júpiter, vendió la
-primera sentencia de aquel antiguo siglo, por ganancia de su lujuria,
-con destrucción y perdimiento de todo su linaje.</p>
-
-<p>Por cierto, de esta manera aconteció otro juicio hecho entre los
-capitanes griegos.</p>
-
-<p>Cuando Palamedes, poderoso en armas, fue condenado de traición, o
-cuando Ulises fue preferido a Áyax.</p>
-
-<p>Pues que tal fue aquel otro juicio cerca de los letrados y discretos
-de Atenas y los otros maestros de toda la ciencia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span>Por ventura,
-aquel viejo Sócrates, de divina prudencia, el cual fue preferido a
-todos los mortales en sabiduría por el dios Apolo, ¿no fue muerto con
-el zumo de la hierba mortal, acusado por engaño y envidia de malos
-hombres, diciendo que era corrompedor de la juventud, la cual antes él
-constreñía y apretaba con el freno de su doctrina, y murió dejando a
-los ciudadanos de Atenas mácula de perpetua ignominia? Mayormente que
-los filósofos de este tiempo desean y siguen su doctrina santísima, y
-con grandísimo estudio y afición de felicidad juran por su nombre. Mas
-porque alguno no reprenda el ímpetu de mi enojo, diciendo entre sí de
-esta manera: ¿Cómo es ahora razón que suframos un asno que nos esté
-aquí diciendo filosofías? tornaré otra vez a contar la fábula donde la
-dejé.</p>
-
-<p>Después que fue acabado el <i>Juicio de Paris</i>, aquellas diosas,
-Juno y Minerva, tristes, y semejantes, y enojadas, fuéronse del teatro,
-manifestando en sus gestos la indignación y pena de la injusticia que
-les era hecha. Pero la diosa Venus, gozosa y muy alegre, saltando y
-bailando con toda su compañía, manifestó su alegría.</p>
-
-<p>Entonces, encima de aquel monte, por un caño escondido, salió una
-fuente de agua de color de azafrán, y cayendo de arriba, roció aquellas
-cabras que andaban allí paciendo, con aquella agua olorosa, en tal
-manera, que teñidas y pintadas del agua, mudaron el color blanca que
-era propio suyo, en color amarillo. Así que oliendo suavemente todo el
-teatro ya que era acabada toda la fábula, sumiose todo aquel monte de
-madera en una abertura grande de la tierra que allí estaba hecha.</p>
-
-<p>Acabados estos juegos, luego empezó mi maestro a aparejar el teatro
-para yo ir a danzar. Mas como yo era asno vergonzoso, y no hacía
-mis cosas públicas, hallando<span class="pagenum" id="Page_225">p.
-225</span> ocasión de tomar las riñas y acogerme, determiné hacerlo,
-entretanto que mi maestro aparejaba el teatro, y la otra gente que allí
-estaba, los unos estaban ocupados en mirar la caza de las bestias, los
-otros atónitos en aquel espectáculo y fiesta deleitosa, en tal manera
-que daban libre albedrío a mi pensamiento para poner en obra mi huida,
-y también nadie tenía pensamiento ni se curaba de aguardar un asno tan
-manso. Así que poco a poco comencé a retraer los pies horriblemente,
-y de que llegué a la puerta de la ciudad, que estaba cerca de allí,
-eché a correr cuanto pude muy apresuradamente, y andadas seis millas,
-en breve espacio llegué a Céncreas, que es una villa muy noble de los
-Corintios, junta con ella el mar Egeo de la una parte, y de la otra
-el mar Sarónico, adonde, porque hay puerto seguro para las naos, es
-frecuentada de muchos mercaderes y pueblos.</p>
-
-<p>Cuando yo allí llegué, aparteme de la gente que no me viese, y en la
-ribera de la mar, secretamente, cerca del rocío de las ondas del agua,
-me eché en un blando montón de arena, y allí recreé mi cuerpo cansado,
-porque ya el carro del Sol había bajado y puesto último término al día;
-adonde yo estando descansando de noche, un dulce sueño me tomó.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch11_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">LIBRO XI.</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p>
-
-<p class="hang">Nuestro Lucio Apuleyo todo es lleno de doctrina y
-elegancia; pero este último libro excede a todos los otros: en el cual
-dice algunas cosas simplemente y muchas de historia verdadera, y otras
-muchas sacadas de los secretos de la filosofía y religión de Egipto.
-En el principio explica con gran elocuencia una oración, no de asno,
-mas de elocuente orador, que hizo a la Luna, y luego la respuesta de la
-Luna. — La copiosa y muy discreta descripción de la pompa sacerdotal. —
-La reformación del asno en hombre, comidas las rosas. — La entrada que
-hizo en la religión de Isis. — La abstinencia de su castidad. — Y otra
-oración que hizo a la Luna. — Y después la feliz jornada que hizo a
-Roma, adonde, ordenado en las cosas sagradas, de allí fue puesto en el
-colegio de los principales sacerdotes. — Hablarán copiosamente, que es
-difícil a la letra tornarlo en nuestro romance: haya paciencia quien lo
-leyere, y no culpe lo que él, por ventura, no podrá hacer.</p>
-
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo Lucio cuenta que, venido en aquel lugar de
-Céncreas, después del primer sueño vio la Luna, a la cual pidió le
-volviese a su primera forma de hombre.</p>
-
-<p>Siendo ya de noche, yo desperté con un súbito pavor, y vi la
-luna relumbrando y con un resplandor grande,<span class="pagenum"
-id="Page_227">p. 227</span> que a la hora salía de las ondas de la mar.
-Yo, hallándome solo y con la ocasión de la noche llena de silencio,
-pensaba que la Luna resplandece con gran majestad, y que todas las
-cosas humanas son regidas por su providencia, no tan solamente las
-animalias domésticas y bestias fieras, mas aun los que son sin
-ánima se esfuerzan y crecen por virtud de su lumbre, y también, por
-consiguiente, los mismos cuerpos en la tierra, en el aire y en la mar,
-ahora se aumentan con los crecimientos de la Luna, ahora se disminuyen
-cuando ella mengua. Pensando yo también que mi fortuna estaría ya
-harta con tantas tribulaciones y desventuras como me había dado, y que
-ahora, aunque tarde, me mostraba alguna esperanza de salud, deliberé
-de rogar y suplicar a aquella venerable diosa me diese su favor. Y
-luego, quitando de mí toda pereza, me levanté muy alegre, y con gana
-de limpiarme y purificarme, echeme en la mar metiendo la cabeza siete
-veces debajo del agua, porque aquel divino Pitágoras manifestó que
-aquel número septenario era en gran manera aparejado para la religión y
-santidad, y con el placer alegre, saliéndome las lágrimas de los ojos,
-suplicábale de esta manera:</p>
-
-<p>—¡Oh, reina! ¡Ahora tú seas aquella santa Ceres, madre primera de
-los panes, que te alegraste cuando se halló tu hija, y quitado el
-manjar antiguo de las bellotas, mostraste manjar deleitoso! ¡Ahora tú
-seas aquella Venus celestial, que juntas los hombres con amor y haces
-los casamientos para haber generación! ¡Ahora tú seas hermana del Sol,
-que socorres a las mujeres en sus trabajosos partos! ¡Ahora tú seas
-aquella temerosa Proserpina a quien sacrificaban con aullidos de noche,
-y que oprimes las fantasmas con tu forma de tres caras, y refrenándote
-de los encerramientos de la tierra andas por<span class="pagenum"
-id="Page_228">p. 228</span> diversas montañas y arboledas, y eres
-sacrificada y adorada por diversas maneras! ¡Tú alumbras todas las
-ciudades del mundo con esta tu claridad mujeril; y criando las
-simientes alegres, con tus húmedos rayos dispensas tu lumbre incierta
-con las vueltas y rodeos del Sol! ¡Por cualquier nombre, o por
-cualquier rito, o nombre que sea lícito llamarte, tú, señora, socorre
-y ayuda ahora a mis extremas angustias! ¡Tú levanta mi caída fortuna!
-¡Tú da paz y reposo a los acaecimientos crueles por mí pasados y
-sufridos! ¡Basten ya los trabajos, basten ya los peligros, y quítame
-esta cara maldita de asno, y tórname a hacer Lucio, para que vea y goce
-de los míos! Y si por ventura a algún dios yo he enojado y me trata con
-crueldad inexorable, ¡consienta a lo menos que yo muera, pues que no me
-conviene que viva!</p>
-
-<p>En esta manera habiendo hecho mis rogativas, tornome otra vez a
-venir gran sueño, y acosteme en el mismo lugar donde antes había
-dormido, para reposar y pasar la triste noche.</p>
-
-<p>No había yo bien cerrado los ojos, he aquí aquella alegre cara,
-alzando su gesto honrado, salió de en medio de la mar, y de allí poco a
-poco su luciente figura, ya que estaba toda fuera del agua, pareció que
-se puso delante de mí. De la cual maravillosa imagen yo me esforzaré a
-contar, si el efecto de la lengua humana me diere para ello facultad,
-o si su divinidad me administrare abundante copia de facundia para
-poderlo decir.</p>
-
-<p>Tenía los cabellos, muchos y muy largos, derramados por el
-divino cuello, que le cubrían las espaldas. Tenía en su cabeza una
-corona adornada de diversas flores, en medio de la cual estaba una
-redondez llana, a manera de espejo, que resplandecía la lumbre de
-él, para demostración de la luna. De la una parte y de la otra había
-muchos<span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span> surcos de
-arados, torcidos como culebras, y con muchas espigas de trigo por allí
-nacidas. Traía una vestidura de lino tejida de muchos colores: ahora
-era blanca y muy luciente, ahora amarilla como flor de azafrán, ahora
-inflamada con un color rosado, que, aunque estaba muy lejos, me quitaba
-la vista de los ojos. Traía encima otra ropa negra, que resplandecía
-la oscuridad de ella, la cual traía cubierta y echada por debajo del
-brazo diestro al hombro izquierdo como un escudo, pendiendo con muchos
-pliegues y dobleces. Era esta ropa bordada alderredor con sus trenzas
-de oro, y sembrada toda de unas estrellas muy resplandecientes, en
-medio de las cuales, la luna llena de quince días lanzaba de sí rayos
-inflamados. Y como quiera que esta ropa la cercaba toda, pendiendo de
-cada parte, y tenía la hermosa corona ligada con ella, adornada de
-diversas flores, manzanas, peras y otras frutas, con todo, en la mano
-tenía otra cosa muy diferente de lo que hemos dicho; porque ella tenía
-un pandero en la mano derecha, con sus sonajas de alambre y de plata
-atravesadas por medio con sus hierrecitos, y con un palillo dábale
-muchos golpes, que lo hacía sonar muy dulcemente.</p>
-
-<p>En la mano izquierda traía un jarro de oro, y del asa del jarro,
-que era muy linda y pulida, salía una serpiente, que se llama áspid,
-alzando la cabeza y con el cuello muy alto.</p>
-
-<p>En los pies, divinos y hermosos, traía unos alpargates hechos de
-hojas de palma. Tal y tan grande me pareció aquella diosa, echando de
-sí un olor divino, como los olores que se crían en Arabia, y tuvo por
-bien de hablarme de esta manera:</p>
-
-<p>—Heme aquí, do vengo conmovida por tus ruegos, oh Lucio; sepas
-que yo soy madre y natura de todas las<span class="pagenum"
-id="Page_230">p. 230</span> cosas, señora de todos los elementos,
-principio y generación de los siglos, la mayor de los dioses y reina de
-todos los difuntos, primera y una sola de todos los dioses y diosas del
-cielo, que dispenso con mi poder y mando las alturas resplandecientes
-del cielo, y las aguas saludables de la mar, y los secretos lloros del
-infierno.</p>
-
-<p>A mí sola y a una diosa honra y sacrifica todo el mundo en muchas
-maneras de nombres. De aquí los troyanos, que fueron los primeros
-que nacieron en el mundo, me llaman Pesimútica, madre de los dioses.
-De aquí asimismo los Atenienses naturales y allí nacidos, me llaman
-Minerva Cecropea, y también los de Chipre, que moran cerca de la mar,
-me nombran Venus Pafia; los Arqueros y Sagitarios de Cresa, Diana; los
-Sicilianos de tres lenguas me llaman Proserpina; los Eleusinos, la
-diosa Ceres antigua. Otros me llaman Juno, otros Belona, otros Ecates,
-otros Ranusia.</p>
-
-<p>Los Etíopes, ilustrados de los hirvientes rayos del Sol cuando
-nace, y los Arios y Egipcios poderosos y sabios, donde nació toda
-la doctrina, cuando me honran y sacrifican con mis propios ritos y
-ceremonias, me llaman mi verdadero nombre, que es la reina Isis.
-Habiendo merced de tu desastrado caso, vengo en persona a favorecerte
-y ayudarte; por eso deja ya esos lloros y lamentaciones; aparta de ti
-toda tristeza y fatiga, que ya por mi providencia es llegado el día
-saludable para ti. Así que con mucha solicitud y diligencia entiende y
-cumple lo que te mandare.</p>
-
-<p>El día de mañana nombro la religión de los hombres, y lo festivo y
-dedico para siempre en mi nombre; porque apaciguadas las tempestades
-del invierno, y amansadas las ondas y tormentas de la mar, estando ya
-manso para navegar, los sacerdotes de mi templo me sacrificaban<span
-class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> una barca nueva en señal y
-primicia de su navegación.</p>
-
-<p>Esta mi fiesta no la debes tú esperar con pensamiento profano;
-porque por mi aviso y mandado, el sacerdote que fuere en esta procesión
-llevará en la mano derecha una guirnalda de rosas. Así que, sin empacho
-ni tardanza, alegre, apartando la gente, llégate a la procesión,
-confiado en mí, y blandamente llégate al sacerdote, y morderás de
-aquellas rosas, las cuales comidas, luego yo te desnudaré del cuero
-de esta pésima y detestable bestia, en que ha tantos días andas
-metido, y no temas cosa alguna de lo que te digo, pensando ser cosa
-difícil; porque yo mando en sueños al sacerdote lo que ha de hacer
-para que esto venga a efecto; por mi mandado el pueblo, aunque esté
-muy apretado, se apartará y te dará lugar, y ninguno de cuantos allí
-hubiere se espantarán en ver esta cara disforme que traes. Ni tampoco
-acusará maliciosamente, ni interpretará en mala parte, que tu figura
-súbitamente sea tornada en hombre.</p>
-
-<p>De una cosa te recordarás y tendrás siempre escondida en lo íntimo
-de tu corazón: que todo el tiempo de tu vida que de aquí adelante
-vivieres, hasta el último término de ella, todo aquello que vives lo
-debes, con mucha razón, a aquella por cuyo beneficio tornas a estar
-entre los hombres. Tú vivirás placentero y honrado debajo de mi
-amparo, y cuando hubieres acabado el espacio de tu vida y entrares
-en el infierno, allí, en aquel subterráneo medio redondo, me verás
-que alumbro a las tinieblas del río Aqueronte y que reino en los
-palacios secretos del infierno, y tú, que estarás y morarás en los
-campos Elíseos, muchas veces me adorarás como a tu abogada cierta y
-propicia.</p>
-
-<p>Demás de esto, sepas que si con servicios continuos, actos
-religiosos y perpetua castidad merecieres mi gracia, yo<span
-class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span> te podré alegrar, y a mí
-solamente conviene prolongarte la vida allende el tiempo constituido a
-tu término. En esta manera, acabada la habla de esta venerable visión,
-desapareció delante de mis ojos, tornándose en sí misma.</p>
-
-
-<h3 id="Ch11_2">II.</h3>
-
-<p class="hang">Escribe con grande elocuencia una solemne procesión
-que los sacerdotes hicieron a la Luna, en la cual procesión el asno
-apañó las rosas de las manos del gran sacerdote, y, comidas, se volvió
-hombre.</p>
-
-<p>No tardó mucho que yo desperté de aquel sueño; me levanté con un
-pavor y gozo, y asimismo mezclado de un gran sudor, maravillándome
-mucho de tan clara presencia de esta diosa poderosa, y rociándome con
-el agua de la mar, estando muy atento a sus grandes mandamientos,
-recolegía entre mí la orden de su munición.</p>
-
-<p>En esto estando, no tardó mucho que el Sol dorado salió apartando
-las tinieblas de la noche oscura, y llegándome a la ciudad, yo vi
-que la gente y pueblo de ella henchían todas las plazas en hábito
-religioso, y triunfante con tanta alegría, que demás del placer que yo
-tenía, me parecía que todas las cosas se alegraban, en tal manera, que
-hasta los bueyes y brutos animales, y todas las cosas, y aun el mismo
-día, sentía yo que con alegres gestos se gozaban, porque el día sereno
-y apacible había seguido a la lluvia que otro día antes había hecho.
-En tal manera, que los pajaritos y avecicas, alegrándose del vapor
-del verano, sonaban cantos muy dulces y suaves,<span class="pagenum"
-id="Page_233">p. 233</span> halagando blandamente a la madre de las
-estrellas, principio de los tiempos, señora de todo el mundo.</p>
-
-<p>¿Qué puedo decir, sino que los árboles, así los que dan fruto,
-como los que se contentan con solamente su sombra, meneando y alzando
-las ramas con el viento Austro, se reían y alegraban con el nuevo
-nacimiento de sus hojas, y con el manso movimiento de sus ramos
-chiflaban y hacían un dulce estrépito? El mar, amansado de la tormenta
-y tempestad, y depuesto el rumor e hinchazón de las ondas, estaba
-templado y con reposo. El cielo, alanzando de sí las oscuras nubes,
-relumbraba con la serenidad y resplandor de su propia lumbre.</p>
-
-<p>He aquí donde vienen delante de la procesión, poco a poco, muchas
-maneras de juegos, hermosamente adornados; uno venía en hábito de
-caballero, ceñido con su banda; otro vestido su vestidura y zapatos
-de caza, con un venablo en la mano, representando un cazador; otro
-vestido con una ropa de seda y chapines dorados y otros ornamentos
-de mujer, con una cabellera de cabellos rubios en la cabeza, andando
-pomposamente, y otro venía todo armado con quijotes y capacete y
-babera, y su espada y broquel en la mano, que parecía que salía del
-juego de la esgrima.</p>
-
-<p>No faltaba otro que le seguía vestido de púrpura, con insignias de
-senador, y tras de este otro con su bordón, esclavina y alpargates, y
-con sus barbas de cabrón representaba y fingía persona de filósofo.
-Otro iba con diversas cañas, la una para cazar aves con un visco, y
-otras para pescar peces con anzuelo.</p>
-
-<p>Demás de esto, vi asimismo que llevaban una osa mansa asentada en
-una silla y vestida en hábito de mujer casada y honrada. Otro llevaba
-una mano, con un sombrerete velloso en la cabeza, y vestida con un
-sayo<span class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> amarillo, con
-una copa de oro, que parecía a Ganímedes, aquel pastor troyano que
-Júpiter arrebató para su servicio. Tras de esto, vi que iba allí un
-asno con alas, que representaba aquel caballo Belerofonte, y cerca de
-él andaba un viejo, que podía decir quien lo viese que era Pegaso, como
-quiera que podía reírse y burlar de entrambos a dos.</p>
-
-<p>Entre estas cosas de juegos que popularmente allí se hacían, ya
-se aparejaban y venía la fiesta y pompa de mi propia diosa, que
-me había de librar de tanta tribulación, y delante de ella venían
-muchas mujeres resplandecientes, con vestiduras blancas, y alegres,
-con diversas guirnaldas de flores que traían, las cuales henchían de
-flores, que sacaban de sus senos, las calles y plazas por donde venía
-la fiesta y procesión. Otras llevaban en las espaldas unos espejos
-resplandecientes, por mostrar a la diosa, que venía tras de ellas, el
-servicio y fiesta que le hacían. Otras había que rociaban las plazas
-con muchas aguas olorosas.</p>
-
-<p>Demás de esto, iba gran muchedumbre de hombres de toda suerte, y
-mujeres con sus candelas, hachas y cirios, y con otro género de fuego
-artificial, con muchas banderas de seda de muchas invenciones y artes
-hechas, favoreciendo y honrando las estrellas celestiales. También iban
-muchos instrumentos de música, así como sinfonías, y suaves flautas
-y chirimías, que cantaban muy dulcemente, a las cuales seguía una
-danza de muy hermosas doncellas, con sus alcandoras blancas, cantando
-un canto muy gracioso, el cual, con favor de las musas, ordenó aquel
-sabio poeta, en el cual se contenía el argumento y ordenanza de toda la
-fiesta.</p>
-
-<p>Otros iban cantando dulces canciones de mayores votos, y otros
-con trompetas dedicadas al gran dios de<span class="pagenum"
-id="Page_235">p. 235</span> Egipto, Serapis, los cuales, con las
-trompetas retorcidas puestas a la oreja derecha, cantaban aquellos
-versos familiares del templo y de la diosa. Otros muchos había que iban
-haciendo lugar por donde pasase la fiesta.</p>
-
-<p>En esto vino una gran muchedumbre de hombres y mujeres de toda
-suerte y edad, relumbrando con vestiduras de lino puro y muy blanco;
-mezcláronse con los sacerdotes que allí iban. Las unas llevaban los
-cabellos untados con olores y ligados en limpios y blandos trenzados.
-Los hombres llevaban las cabezas raídas, reluciéndoles las coronas
-como estrellas terrenales de gran religión, tañendo y haciendo dulce
-sonido con panderos y sonajas de alambre y de plata y aun también de
-oro. Y aquellos principales sacerdotes, que iban vestidos de aquellas
-vestiduras blancas hasta los pies, llevaban las alhajas e insignias de
-sus poderosos dioses.</p>
-
-<p>El primero de los cuales llevaba una lámpara resplandeciente, no
-semejante a nuestra lumbre con que nos alumbramos a las cenas de la
-noche, pero era un jarro de oro; tenía la boca ancha, por donde echaba
-la llama de la lumbre largamente. El segundo iba vestido semejante a
-este, pero llevaba en ambas manos un altar, que quiere decir auxilio,
-al cual, la providencia de la soberana diosa, que es ayudadora, le
-dio este propio nombre. Iba el tercero y llevaba en la mano una palma
-con hojas de oro sutilmente labradas, y en la otra un caduceo, que
-es instrumento de Mercurio. El cuarto mostró un indicio y señal de
-equidad, conviene a saber: llevaba la mano izquierda extendida, la
-cual, por ser de su natural perezosa y que no es astuta ni maliciosa,
-parece que es más aparejada y conveniente a la igualdad y razón, que
-no la mano derecha. Este mismo llevaba en la otra mano un vaso de
-oro redondo y hecho a manera<span class="pagenum" id="Page_236">p.
-236</span> de teta, del cual salía leche. El quinto traía una criba de
-oro, llena de ramos dorados.</p>
-
-<p>No tardaron tras de esto de salir los dioses, que tuvieron por bien
-de andar sobre pies humanos. Aquí venía Mercurio, mensajero de los
-dioses, con la cara negra, ahora de oro, alzando la cerviz, y cabeza de
-perro; el cual traía en la mano izquierda un caduceo, y con la derecha
-sacudiendo una palma. Tras de él seguía una vaca levantada en su
-estado, la cual es figura de la diosa madre de todas las cosas; porque
-como la vaca es útil y provechosa, así lo es esta diosa: la cual imagen
-o figura llevaba encima de sus hombros uno de aquellos sacerdotes, con
-pasos muy pomposos. Otro llevaba un cofre donde iban todas las cosas
-secretas de aquella religión. Otro, asimismo, llevaba en su regazo la
-venerable figura de su diosa soberana, la cual no era de bestia, ni de
-ave, ni de otra fiera, ni tampoco era semejante a figura de hombre.</p>
-
-<p>Mas por una alta invención y novedad, para argumento inefable de
-la reverencia y gran silencio de su secreta religión, era una cosa
-de oro resplandeciente, figurado de esta manera: Un vaso pulidamente
-obrado, abajo redondo, y de parte de fuera bien esculpido, con figuras
-y simulacros de los Egipcios, la boca no muy alta, pero tenía un pico
-luengo como canal, por donde echaba el agua, y de la otra parte un
-asa muy larga y apartada del vaso, encima del cual estaba torcida una
-serpiente áspid, con la cerviz escamosa y el cuello alto y soberbio; y
-luego he aquí donde llegan mis hados y beneficios, que por la presente
-diosa me fueron prometidos, y el sacerdote que traía esta misma salud
-mía, allegó a cumplir el mandado a la divina promisión, el cual traía
-en su mano derecha un pandero con sonajas, y colgada de ella una corona
-de rosas, la cual, por cierto,<span class="pagenum" id="Page_237">p.
-237</span> a mi se me podía muy bien dar, porque había pasado tantos y
-tan grandes trabajos y peligros.</p>
-
-<p>Con todo esto yo no me movía, súbitamente arremetiendo recio y con
-ferocidad, temiendo que por ventura con el ímpetu repentino de una
-bestia de cuatro pies no se turbase el orden de la procesión. Mas poco
-a poco, deteniéndome, con la cara alegre y el paso como de hombre de
-seso, bajando el cuerpo, dándome lugar el pueblo, por la gracia de la
-diosa, llegueme muy pasito cerca del sacerdote que llevaba las rosas,
-el cual, siendo ya amonestado y avisado de la diosa por el sueño y
-visión de la noche pasada, según que del mismo negocio yo pude conocer,
-maravillándose asimismo como todo aquello concordaba con lo que le
-había sido revelado, luego estuvo quedo y de su propia gana tendió su
-mano a mi boca y me dio la corona de rosas.</p>
-
-<p>Entonces yo, temblando y dándome el corazón muchos saltos en el
-cuerpo, llegué a la corona, la cual resplandecía, tejida de rosas
-delicadas y frescas, y tomándola con mucha gana y deseo, deseosamente
-la tragué.</p>
-
-<p>No me engañó la promesa celestial, porque luego a la hora se me cayó
-aquel disforme y fiero gesto de asno. Primeramente los pelos duros se
-me quitaron, y desde adelante el cuero grueso se adelgazó; el vientre,
-hinchado y redondo, se asentó; las plantas de los pies, que estaban
-hechas uñas, se tornaron dedos; las manos ya no eran pies como de
-antes, y se levantaron derechas para hacer su oficio; la cerviz, alta y
-grande, se achicó; la boca y la cabeza se redondeó; las orejas, grandes
-y gruesas, se tornaron a su primera forma, y también los dientes, que,
-eran crecidos, tornaron a ser menudos como de hombre; la cola, que
-principalmente me daba pena, desapareció.</p>
-
-<p>Aquellas gentes y el pueblo que allí estaba se maravillaron<span
-class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> todos. Los sacerdotes
-adoraron y honraron tan evidente potencia de la gran diosa y la
-magnificencia semejante a la revelación de la noche pasada y la
-facilidad de esta mi reforma, y alzando las manos al cielo, todos a una
-voz testificaban y decían este tan ilustre beneficio de su diosa. Yo,
-espantado y como pasmado, estaba quedo y callando, revolviendo en mi
-corazón tan repentino y tan gran gozo, que no cabía en mí, pensando qué
-era lo primero que principalmente había de comenzar a hablar, de dónde
-había de tomar el comienzo de la nueva voz. ¿Con qué palabras podría
-ahora la lengua, otra vez nacida, comenzar con mejor dicha? ¿Con cuáles
-y con cuántas palabras yo podría hacer gracias a tan gran diosa?</p>
-
-<p>Pero el sacerdote, que por la divina revelación estaba informado
-de todos mis trabajos y penas desde el principio, como quiera que él
-también estaba espantado, hizo señal y mandó que primeramente me diesen
-una vestidura de lino con que me vistiese, porque yo, luego que vi
-que el asno me había despojado de aquella cobertura bruta y nefanda,
-apretadas las piernas estrechamente y puestas las manos encima, según
-que convenía a hombre desnudo, tapaba mis vergüenzas.</p>
-
-<p>Entonces uno de la compañía de aquella religión, prestamente se
-quitó una ropa que traía, y cubriome. Lo cual así hecho, el sacerdote,
-con alegre gesto, estando pasmado de verme en la forma que me veía, me
-habló de esta manera:</p>
-
-<p>—¡Oh, Lucio: habiendo tú padecido muchos y diversos trabajos con
-grandes tempestades de la fortuna, y siendo maltratado de mayores
-tribulaciones, finalmente viniste al puerto de salud y era de
-misericordia, y no te aprovechó tu linaje y la dignidad de tu persona,
-ni aun tampoco<span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span> la
-ciencia que tienes; mas antes con la incontinencia de tu mocedad,
-puesto en vicios de hombres siervos y bajos, hubiste el premio y
-galardón de tu agudeza y curiosidad sin provecho!</p>
-
-<p>Mas como quiera que sea la ciega fortuna, pensando de atormentarte
-con estos pésimos trabajos y peligros, te trajo con su malicia, no
-por ella vista, a esta bienaventuranza, pues vaya ahora y bravee con
-su furia cuanto quisiere, y busque desde luego para su crueldad otra
-materia donde se ejercite, porque en aquellos cuyas vidas y servicios
-la majestad de nuestra diosa tomó bajo su amparo y protección, no ha
-lugar ningún caso contrario. ¿Qué le aprovecharon a la malvada de la
-fortuna los ladrones, qué le aprovecharon las fieras o el servicio en
-que te puso, o las idas y venidas de los caminos ásperos que anduviste,
-o el miedo de la muerte en que cada día te puso?</p>
-
-<p>Y ahora eres recibido en tutela y guarda de la prosperidad, pero de
-la que es buena y alumbra a los dioses. De aquí adelante ten la cara
-alegre, y que se conforme con este tu hábito cándido y blanco. Acompaña
-la pompa y procesión de esta diosa que te salvó, con pasos alegres, por
-que lo vean los herejes y conozcan su error. He aquí, Lucio, librado de
-las primeras tribulaciones, gozoso con la providencia de la gran diosa,
-y triunfando con vencimiento de su desdicha. Y por que seas más seguro
-y mejor guardado, entrégate a esta santa religión, y por tu voluntad
-toma el yugo de esta milicia, porque cuando comenzares a servir a esta
-diosa, entonces tú sentirás mucho más el fruto de tu libertad.</p>
-
-<p>De esta manera, habiendo hablado aquel egregio sacerdote, estando
-ya cansado de hablar, calló, y entonces yo, mezclándome con aquella
-compañía de religiosos, iba<span class="pagenum" id="Page_240">p.
-240</span> en la solemne procesión acompañando aquella solemnidad,
-señalándome y notándome con los dedos y gestos todos los de la ciudad,
-y todos hablando de mí, diciendo:</p>
-
-<p>—La divinidad de nuestra gran diosa reformó y trasladó hoy a este de
-bestia en hombre; por cierto, él es bienaventurado, y hubo buena dicha,
-que por la inocencia y fe de la vida pasada mereció tan gran favor y
-ayuda del cielo, que casi ha tornado a nacer hoy de nuevo, y luego fue
-dedicado y puesto en el servicio de las cosas sagradas.</p>
-
-<p>Dicho esto, viniendo un poco adelante con la procesión, llegamos
-a la ribera de la mar en aquel mismo lugar donde otro día antes mi
-asno había tenido su establo, y allí, puesta la diosa y las otras
-cosas sagradas en tierra honradamente, el principal de los sacerdotes
-ofreció a la diosa una nave muy pulidamente obrada y pintada con
-pinturas maravillosas, como las que se pintan en Egipto, y hechos sus
-sacrificios y solemnísimas preces, con una tea ardiendo y un huevo y
-piedra azufre, rezando con su casta boca, después de haberla limpiado y
-purificado, la dedicó y nombró a esta gran diosa.</p>
-
-<p>La nave tenía una vela muy blanca de lino delgado, en la cual
-estaban escritas unas letras que declaraban el voto de los que
-ofrecían, por que la diosa les diese próspero viaje. Tenía asimismo la
-nave su mástil, que era un pino redondo, alto y muy hermoso, con su
-entena y su gavia, y la popa de la nave era cubierta de láminas de oro,
-con las cuales resplandecía. Y todo el cuerpo de la nave era de cedro
-limpio y muy pulido.</p>
-
-<p>Entonces todo el pueblo, así los religiosos como los seglares, con
-sus harneros y espuertas en las manos llenos de olores y de otras cosas
-semejantes, para suplicar a su diosa, las lanzaban dentro en la nao; y
-asimismo<span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span> desmenuzadas
-estas cosas con leche, las lanzaban sobre las ondas de la mar, por
-ceremonia de sus sacrificios. Hasta tanto que la nao, llena de estos
-dones y otras largas promesas y devociones, sueltas las cuerdas de las
-áncoras, fue echada en la mar con su sereno y próspero viento, la cual
-después, con su ida, se nos perdió de vista. Los que traían las cosas
-sagradas, tomando cada uno lo que traía a cargo, alegres y con mucho
-placer, en procesión como habían ido, se tornaron a su templo.</p>
-
-<p>Después que hubimos llegado al templo, el principal de los
-sacerdotes y los otros que traían aquellas divinas reliquias, y los que
-eran novicios en aquella religión, entráronse dentro en el sagrario,
-adonde pusieron sus imágenes y reliquias que traían. Entonces, uno
-de aquellos, al cual los otros llamaban escribano, estando a la
-puerta, llamó allí todo el colegio de aquellos sacerdotes, de encima
-de un púlpito, y comenzó a pronunciar en palabras y lenguaje griego,
-diciendo: «Paz sea al Príncipe y gran Senado, caballeros y a todo el
-pueblo romano, y buen viaje a los marineros y a las naves que van por
-la mar, y salud a todos los que son regidos y gobernados debajo de
-nuestro imperio.» En fin de lo cual, dio licencia a todo el pueblo,
-diciendo que se fuesen con Dios. A lo cual respondió todo el pueblo con
-gran clamor y alegría, por donde pareció que a todos había de venir
-buenaventura, como el escribano decía.</p>
-
-<p>Después de esto, todos los que allí estaban, con gran gozo y con sus
-guirnaldas de rosas y flores, besando los pies de la diosa, que estaba
-hecha de plata y puesta en las gradas del templo, fuéronse para sus
-casas; pero a mí no me dejaba mi corazón apartarme de allí cuanto una
-uña; mas atento en la hermosura de la diosa, me recordaba de la fortuna
-que me había acontecido.</p>
-
-
-<h3 title="III." id="Ch11_3" ><span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span>III.</h3>
-
-<p class="hang">Cómo Lucio cuenta el ardiente deseo que tuvo de entrar
-en la religión de la diosa, y cómo fue primero industriado para
-recibirla.</p>
-
-<p>La fama, que vuela con sus alas muy ligeramente, no cesó ni fue
-perezosa, antes voló muy presto en mi tierra, recontando el honorable
-beneficio de la providencia de la diosa, y la memorable fortuna que
-por mí había pasado. En tal manera, que mis familiares y criados, y
-asimismo mis parientes, quitado el luto que a mi causa habían tomado
-por la falsa relación y mensajería que de mi muerte tenían, súbitamente
-se alegraron, y luego vinieron corriendo a mí, cada uno con su
-presente, para ver mi presencia.</p>
-
-<p>Yo asimismo, holgándome con ver mi gesto y persona, de lo cual ya
-estaba desesperado, recibí sus dones y presentes, dándoles muchas
-gracias por ello, lo cual yo tenía razón de hacer, porque estos mis
-familiares y amigos habían tenido cuidado de traer cumplidamente lo
-que había menester, así para vestirme y ataviarme como para el otro
-gasto. Así que, después que les hube hablado en general y a cada uno
-particularmente, diciéndoles todas mis primeras fatigas y penas, y el
-gozo presente en que estaba, torneme otra vez a la muy agradable vista
-y presencia de la diosa. Y alquilada una casa dentro del cerco del
-templo, constituí allí mi morada temporal, sirviendo por entonces en
-las cosas de dentro de casa que me mandaban, estando de continuo en la
-compañía de aquellos<span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span>
-sacerdotes, no apartándome del servicio de la gran diosa; en tal
-manera, que ninguna cosa pasó, ni hube reposo alguno, sin que viese y
-contemplase en esta diosa, cuyos sagrados mandamientos y servicios,
-como quiera que mucho antes a ellos yo me viese obligado, me parecía
-que ahora lo comenzaba a hacer y a servirla; y aunque en esto yo tenía
-gran deseo y voluntad, pero excusábame y tenía como religioso temor y
-vergüenza, mayormente que con mucha diligencia preguntaba la dificultad
-que había en el servicio de aquella religión, y sabía yo que había gran
-abstinencia y castidad. Demás de esto miraba con mucha cautela que la
-vida de aquella religión era disminuida y estaba debajo de muchos casos
-y ocasiones, lo cual todo pensando entre mí muchas veces, no sé cómo
-dilataba lo que mucho deseaba.</p>
-
-<p>Estando en este pensamiento, una noche soñaba que el sumo sacerdote
-me daba y ofrecía la falda llena, y preguntándole yo qué cosa era
-aquella, me respondió que traía allí ciertas cosas que me enviaban de
-la ciudad de Tesalia, y que asimismo había venido de allá un siervo
-mío, que por nombre había Cándido.</p>
-
-<p>Despertando con este sueño, revolvía muchas veces mi pensamiento,
-diciendo qué cosa podía ser aquesta, mayormente que no me recordaba en
-tiempo alguno haber tenido siervo que por tal nombre se llamase. Pero
-porque la adivinanza del señor se enderezase a bien, yo creía y se me
-figuraba que el ofrecimiento de aquellas cosas que me daban, en todas
-maneras significaban alguna cierta ganancia.</p>
-
-<p>En esta manera, estando en gran congoja, atónito con la prosperidad
-de la ganancia, esperaba la hora de maitines para que las puertas del
-templo fuesen abiertas, las cuales desde que se abrieron, comenzamos
-a adorar y<span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span> suplicar
-a la imagen venerable de la diosa. Y el sumo sacerdote, andando por
-estos altares y aras, procuraba hacer su sacrificio y divinos oficios.
-Y después tomó un vaso de agua de la fuente secreta, e hizo la salva,
-como se acostumbraba en las solemnidades y suplicaciones divinas. Lo
-cual todo muy bien acabado, los otros religiosos comenzaron a cantar
-la hora de prima, adorando y saludando a la luz del día, que entonces
-comenzaba.</p>
-
-<p>Estando en esto vinieron de mi tierra mis criados y servidores que
-allá había dejado cuando Andria, criada de Milón, me encabestró por
-su necio error. Así que, conocidos mis criados y mi caballo cándido y
-blanco que ellos me traían, el cual era perdido y lo había cobrado por
-conocimiento de una señal que traía en las espaldas, por lo cual yo
-me maravillaba de la violencia de mi sueño, mayormente que, demás de
-concordar con la ganancia prometida, me había dado, en lugar del siervo
-Cándido, mi caballo, que era de color cándido y blanco.</p>
-
-<p>Lo cual todo así hecho, con mucha solicitud y diligencia yo
-frecuentaba el servicio del templo, con esperanza cierta que por los
-servicios presentes habría alguna remuneración.</p>
-
-<p>No menos con todo esto, cada día me crecía el deseo y codicia de
-recibir aquel hábito y religión, por lo cual muchas veces rogué y
-supliqué ahincadamente al principal de los sacerdotes que tuviese por
-bien de ordenarme, para que yo pudiese intervenir en los secretos
-sacrificios; pero él, como era personaje grave y muy afamado en
-la observancia y guarda de su religión, con mucha clemencia y
-humanidad, como suelen los padres templar los deseos apresurados de
-sus hijos, halagaba y aplacaba la fatiga de mi deseo, dilatando mi
-importunidad con promesa de mejor esperanza, diciendo que el día que
-cualquiera<span class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span> se hubiese
-de ordenar, había de ser mostrado y señalado por la voluntad de la
-diosa, y también por su divina providencia había de ser elegido el
-sacerdote que había de administrar en sus sacrificios, y por semejante,
-ella había de declarar el gasto necesario para aquellas ceremonias; las
-cuales cosas nosotros somos obligados a guardar con mucha paciencia,
-y guardarnos de ser apresurados, y de ser remisos, apartándonos de no
-caer en culpa de lo uno ni de lo otro; conviene a saber: que si soy
-llamado a la religión, no tengo de tardar, y si no me llaman, no ir
-de prisa; ni hay ninguno del número de estos sacerdotes que tenga tan
-perdido el seso, ni se pondrá tan a peligro de muerte, que sin ser
-llamado por la diosa, osase emprender tan sacrílego ministerio, de
-donde pudiese contraer culpa mortal, porque en mano de esta diosa están
-las llaves de la muerte y la guarda de la vida, y la entrada de esta
-religión se ha de celebrar a manera de una muerte voluntaria y rogada
-salud. Mayormente que esta diosa acostumbraba elegir para su servicio
-y religión los hombres que ya están en el último término de su vivir,
-a los cuales seguramente se puede cometer el silencio y autoridad de
-su orden, porque con su providencia hace tornar de nuevo a vivir a los
-que, en alguna manera renacidos en esta religión, entran en ella. Por
-las cuales razones me convenía obedecer el mandamiento celestial.</p>
-
-<p>Y como quiera que clara y abiertamente la diosa, por su gracia
-y bondad, me hubiese señalado y elegido para el ministerio de su
-religión, pero que ni más ni menos que los otros sus servidores me
-había de abstener, guardar y apartar de todos los manjares y actos
-profanos y seglares, por donde más derechamente pudiese llegar a los
-secretos purísimos de esta sagrada religión.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span>Después que el
-sacerdote hubo dicho esto, no creáis que por ello yo me enojase, ni
-se corrompió mi servicio; antes muy atento, con grandísima paciencia
-y sufrimiento, continuamente hacía el oficio que convenía a las cosas
-sagradas del templo, y no recibí en ello engaño, ni la liberalidad de
-la diosa poderosa consintió que yo padeciese pena de larga tardanza.</p>
-
-<p>Mas una noche oscura claramente en sueños la vi, diciendo que
-ya era llegado el día que yo mucho deseaba, en el cual alcanzaría y
-tendría efecto mi voto y deseo, diciendo asimismo cuánto era lo que se
-había de gastar en el aparato de los oficios y ceremonias, y como aquel
-su principal sacerdote, que Mitra se llamaba, me había de juntar y
-poner en el número de los de aquella compañía sagrada, señalándome por
-uno de los ministros de aquella religión.</p>
-
-<p>Yo, cuando oí estas razones y otras semejantes palabras de aquella
-señora, recreado en mi corazón, casi aún no era bien de día, cuando muy
-presto me fui a la celda del sacerdote. Y yo que llegaba a la puerta y
-él que salía, dile los buenos días, y con mayor instancia y ahinco que
-solía, pensaba decirle que tuviese ya por bien de recibirme al servicio
-y deuda que debía a su religión.</p>
-
-<p>El sacerdote, luego que me vio, antes que nada me dijese, comenzó de
-esta manera:</p>
-
-<p>—¡Oh, Lucio: tú eres dichoso y bienaventurado, pues que por su
-propia voluntad nuestra diosa te ha juzgado y escogido por hombre digno
-para su servicio! Así que, pues esto así es, ¿por qué te tardas y no
-despachas presto? Este es aquel día que tú mucho deseabas, en el cual
-por estas mis manos tú serás ordenado para los piísimos secretos de
-esta diosa y de su religión.</p>
-
-<p>Diciendo esto, aquel viejo honrado me tomó con su<span
-class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span> mano derecha, y me llevó
-muy presto a las puertas del magnífico templo, las cuales abiertas con
-aquella solemnidad que convenía, acabado el sacrificio de la mañana,
-sacó de un lugar secreto del templo unos ciertos libros escritos de
-letras y figuras no conocidas; en parte eran figuras de animales, que
-declaraban lo que allí se contenía, y de partes figuras de sarmientos
-torcidos y atados por las puntas, por que la lección de las letras
-fuese escondida de la curiosidad de los legos.</p>
-
-<p>De allí me dijo y enseñó las cosas que era necesario aparejar para
-mi profesión, las cuales luego yo con alguna liberalidad, por una
-parte, y mis compañeros por otra, procurábamos comprar y buscar.</p>
-
-<p>Así que venido el tiempo, según que el sacerdote decía, llevome,
-acompañado de muchos religiosos, a unos baños que allí cerca estaban,
-y primeramente me hizo lavar, como es costumbre, y después, rezando
-y suplicando a los dioses, rociándome todo de una parte y de otra,
-limpiome muy bien y tornome al templo casi pasadas dos partes del día,
-y púsome ante los pies de la diosa, diciéndome secretamente ciertos
-mandamientos que es mejor callarlos que decirlos; pero en presencia de
-todos me dijo estas cosas, conviene a saber: que en aquellos diez días
-continuos me abstuviese de comer, ayunando, y que no comiese carne de
-ningún animal ni bebiese vino.</p>
-
-<p>Las cuales cosas por mí guardadas derechamente con venerable
-abstinencia, ya que era llegado el día señalado y prometido para mi
-recepción, casi a la tarde, cuando el sol baja, he aquí donde vienen
-muchos compañeros vestidos al modo antiguo de vestiduras sagradas, y
-cada uno de ellos diversamente me daba su don. Entonces, apartados
-de allí todos los legos, y vestido yo de una<span class="pagenum"
-id="Page_248">p. 248</span> túnica de lino blanco, el sacerdote me tomó
-por la mano, y me llevó a lo íntimo y secreto del sagrario.</p>
-
-<p>Por ventura, tú, lector estudioso, podrás aquí con ansia preguntar
-qué es lo que después fue dicho o hecho o qué me aconteció, lo cual
-yo diría si fuese cosa conveniente el decirlo, y si no conociese que
-a ninguno conviene saberlo ni oírlo, porque en igual culpa incurrían
-las orejas y la lengua de aquella temerosa osadía. Pero con todo eso
-no quiero dar pena a tu deseo (por ventura religioso), teniéndote
-gran rato suspenso. Mas créelo, que es verdad. Sepas que yo llegué
-al término de la muerte, y hallando el palacio de Proserpina, anduve
-y fui traído por todos los elementos, y a media noche vi el Sol
-resplandeciente con muy hermosa claridad, y vi los dioses altos y
-bajos, y llegueme cerca y adorelos.</p>
-
-<p>He aquí te he dicho lo que vi; lo cual, como quiera que lo has
-oído, es necesario que lo sepas. Pero aquello que sin pecado se puede
-manifestar y denunciar a las orejas de los legos, yo lo diré.</p>
-
-
-<h3 id="Ch11_4">IV.</h3>
-
-<p class="hang">Lucio cuenta la entrada en la religión, y cómo fue a
-Roma donde fue ordenado en las cosas sagradas, y fue recibido en el
-colegio de los sacerdotes de la diosa Isis.</p>
-
-<p>Otro día de mañana, acabadas las horas solemnes, salí vestido con
-doce vestiduras, que es hábito muy devoto y religioso, del cual puedo
-hablar sin prohibición alguna, mayormente que en aquel tiempo muchos
-que estaban presentes lo vieron.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span>Estaba en medio
-del templo sagrado, delante la imagen de la diosa, hecho un cadalso de
-madera, encima del cual yo estaba muy adornado de una vestidura, que
-era blanca de lino, pero de diversas flores pintada, que me colgaba
-de los hombros por las espaldas hasta los pies; ella era tan rica y
-preciosa, que de cualquier parte que la veían parecía de diversos
-colores, y muy adornada de animales en ella bordados. De una parte
-había dragones de las Indias, de la otra grifos hiperbóreos, que nacen
-y son criados en tierras muy ásperas, y tienen alas a manera de aves. A
-esta vestidura llamaban los sacerdotes estola olímpica.</p>
-
-<p>En la mano derecha tenía yo un hacha encendida, y encima una hermosa
-corona resplandeciente, a manera de unas hojas de palma, alzadas arriba
-como rayos. En esta manera yo adornado, que parecía al Sol, y ataviado
-como una imagen, súbitamente alzaron la vela que estaba delante, y
-quedé descubierto en presencia de todo el pueblo.</p>
-
-<p>Después de esto celebré muy solemnemente la fiesta de mi profesión,
-hice convite de muy suaves manjares y otros placeres y fiestas, que
-duraron tres días, así en lo que pertenecía a la honesta y religiosa
-comida, como en todas las otras cosas que eran necesarias a la
-solemnidad y perfección de mi entrada.</p>
-
-<p>Después, continuando allí algunos pocos días, mi deseo y trabajo
-gozaba de aquel inestimable, por estar en servicio de la diosa, siendo
-prendado de tan grande beneficio.</p>
-
-<p>Finalmente, que habiendo referido humildemente, según mi
-posibilidad, aunque no tan por entero como era razón, las gracias del
-beneficio y merced recibida, siendo amonestado por la gran diosa, y con
-gran pena<span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span> rotas las
-áncoras de mi ardiente deseo, alcancé licencia (aunque tardía) para
-tornar a mi casa. Así que, echado en tierra con mi cara ante sus pies,
-y lavándolos con mis lágrimas, y tapando la habla con grandes sollozos
-y tragando las palabras; finalmente, habiendo hecho mi oración a la
-diosa, abracé al sacerdote Mitra, padre mío, y colgado de su pescuezo,
-dándole muchos besos, le demandaba perdón. Porque no podía remunerar ni
-agradecerle tantos beneficios como de él había recibido.</p>
-
-<p>Finalmente, que al cabo de gran rato que pasamos en referir las
-gracias y ofrecimientos, nos partimos.</p>
-
-<p>Yo, después, a muy poquito tiempo enderecé mi camino para tornar a
-la casa de mis padres. Así que, habiendo pasado algunos días por aviso
-y mando de nuestra diosa, hice liar muy prestamente mi hacienda, y
-entrando en la nao tomé el camino hacia Roma, y navegando con favor y
-prosperidad de los vientos (que traían), muy presto tomé puerto.</p>
-
-<p>De allí, por tierra, subí en un carro y llegué a esta sacrosanta
-ciudad, a doce días del mes de Diciembre, a donde no tuve otro mayor
-cuidado, como llegué, sino cada día ir a visitar el templo de la reina
-Isis, llamado Campense.</p>
-
-<p>He aquí donde, pasado el sol por los doce signos del cielo, había
-cumplido un año, y el cuidado de la diosa, que bien me quería, tornó
-de nuevo a interrumpir mi descanso y reposo, haciéndome ensueños que
-otra vez me aparejase para entrar en la religión. Yo estaba maravillado
-qué cosa podía ser aquella, si por ventura no era bien ordenado y
-me faltaba algo, y en este escrúpulo hallé una cosa nueva, la cual
-era que, aunque yo estaba cierto en el entendimiento de la orden de
-la reina Isis, no estaba alumbrado ni limpio para el sacrificio del
-padre<span class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span> de todos los
-dioses, Osiris; y aunque ambas estas religiones eran unas y estaban
-juntas, pero había gran diferencia cuanto al hacer de la profesión.</p>
-
-<p>Estando yo en esta duda, a la noche, en sueño me apareció un
-sacerdote de Osiris, el cual me denunció los secretos de aquella
-religión. Este sacerdote por darme conocimiento de sí por alguna cierta
-señal, andaba poco a poco cojeando un poco del pie izquierdo. Así que,
-quitada toda oscuridad y duda por la voluntad de los dioses, luego
-de mañana, acabadas las horas matutinas, miraba con gran diligencia a
-cada uno, quién de ellos era semejante al que vi en sueños, y luego vi
-uno de aquellos sacerdotes que, demás del indicio de ser cojo del pie
-izquierdo, concordaba justamente en todo lo otro, así en hábito como en
-estatura, al que vi en sueños, y según después supe, se llamaba Asinio
-Marcelo, el cual nombre no era ajeno de mi reformación de cuando yo
-andaba hecho asno.</p>
-
-<p>Visto esto, fuile luego a hablar, pero él no estaba incierto de lo
-que yo le decía, que ya había sido avisado por semejante orden como
-me había de administrar y admitir en estas cosas de sus sacrificios y
-religión, porque en sueños había oído la noche pasada al gran Osiris,
-estándole ataviando la corona, por su propia boca, con la cual dice
-y declara las venturas de cada uno, cómo le era enviado un hombre de
-Orán, virtuoso, al cual él luego recibiese a sus sacrificios.</p>
-
-<p>En esta manera, estando yo destinado para entrar en la religión,
-estaba impedido contra mi voluntad por la pobreza, por no tener para
-cumplir lo que era necesario para la costa, porque los grandes gastos
-de mi larga peregrinación habían consumido las fuerzas del patrimonio,
-y también los gastos que había de hacer en Roma precedían<span
-class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> y eran mayores que los que
-se habían hecho en Acaya, donde tomé el hábito. Así que, con la pobreza
-y necesidad que tenía, estaba en mucha fatiga puesto, como dice el
-proverbio, «entre el cuchillo y la piedra»; demás de lo cual ya era
-amonestado que vendiese las alhajas y ropa que tenía, aunque poca,
-lo que luego hice, con que hice alguna suma de dineros. Así que, ya
-aparejadas abundantemente todas las cosas que eran menester, otra vez
-torné a ayunar tres días, contentándome con manjares de hierbas y no
-comer otra alguna cosa.</p>
-
-<p>Demás de esto, siendo amonestado por las nocturnas fantasmas de
-Osiris, estaba ya muy satisfecho para entrar en su religión, por ser
-hermano de la gran reina Isis, y por esto yo frecuentaba su servicio,
-lo cual daba gran descanso y placer a mi larga peregrinación y trabajo;
-no menos me ayudaba, y daba abundantemente lo necesario a mi vivir,
-el oficio de abogar causas, que con el favor de mi buena dicha yo
-ejercitaba y tenía, en que yo era muy diligente y harto solícito. He
-aquí que después, a poquito tiempo, no pensándolo yo, otra vez fui
-amonestado por mandamientos de los dioses, para que tercera vez me
-ordenase en su religión, lo cual no poco cuidado y pena me dio, y con
-gran congoja y pena de mi corazón pensaba qué cosa podría ser esta
-nueva y no oída intención de los dioses, qué quería decir, o a dónde
-se enderezaba, o qué faltaba a la profesión y entrada que ya dos veces
-había hecho.</p>
-
-<p>Estando yo en este pensamiento como hombre sin seso, me apareció
-en sueños una persona que mansamente me instruyó, y dijo de esta
-manera:</p>
-
-<p>—No hay causa de que te puedas espantar, porque sabe que por tu bien
-te mandan ordenar tercera vez, que es cosa que a nadie se permitió,
-y mira bien que<span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span> te
-pertenece morar en Roma, en el templo de la diosa Isis, con el hábito
-y vestiduras de su religión, que tomaste en la provincia de Acaya; y
-no puedes en los días solemnes suplicar ni hacer cosa alguna sin este
-felice y glorioso hábito, lo cual, porque para ti sea dichoso y de
-buenaventura, recíbelo otra vez con ánimo gozoso y placentero, pues lo
-mandan y son autores de ello los dioses grandes y soberanos.</p>
-
-<p>Hasta aquí, de la manera que he contado, me persuadió la revelación
-de la profesión, diciéndome todo lo que era menester para mi entrada.
-En adelante no dilaté ni olvidé el negocio, antes luego me fui al
-sacerdote principal, y dichas todas las cosas que había visto, me puse
-a la obediencia y yugo de la castidad, y abstinencia de comer cosas de
-sangre; y por la ley perpetua de aquellos diez días, yo de propia gana
-multipliqué otros más adelante. De manera que largamente aparejé todo
-lo que era menester para mi profesión y entrada, porque muchas cosas de
-aquellas me fueron dadas más por virtud y piedad de algunos, que por
-precio de dineros, aunque a mí no me pesaba del trabajo ni del gasto,
-pues que liberalmente la providencia de los dioses me había proveído en
-los negocios y causas de mi abogar.</p>
-
-<p>Finalmente, después, a bien pocos días, el dios principal, Osiris,
-me apareció en sueños, mandándome que sin alguna tardanza tomase cargo
-de patrocinar y ayudar en las causas y pleitos de los que poco pueden,
-y no temiese las envidias y murmuraciones de los que mal me querían,
-las cuales allí se causaban y divulgaban por la doctrina y trabajo
-de mi estudio. Y no solamente su gran majestad tenía por bien que yo
-fuese juntado en la compañía de los sacerdotes, mas que fuese uno de
-los<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> principales entre
-los Decuriones, que de cinco en cinco años se elegían.</p>
-
-<p>Finalmente, que yo, trayendo mi cabeza rasa de cada parte, según
-la ceremonia e institución del antiguo colegio que se instituyó en
-los tiempos de Sila, me ejercitaba y servía mis oficios y cargos,
-perseverando en ellos con mucho placer y alegría.</p>
-
-
-<p class="centra mt2">FIN.</p>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span></p>
- <p class="fs150 ws1 g1">LAS FLORIDAS</p>
- <hr class="tir" />
- <p class="lh150 ws1">FRAGMENTOS DE DISCURSOS</p>
- <p class="fs75 lh200">DE</p>
- <p class="fs110 lh150 g0 ws1">LUCIO APULEYO</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch12_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span></p>
- <h2 class="nobreak">LAS FLORIDAS</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p>Es costumbre de los viajeros piadosos, cuando encuentran algún
-bosque sagrado o algún lugar santo, detenerse en ellos un momento
-para pedir ayuda a los cielos y ofrecerles sus votos. Yo, como ellos,
-al entrar en esta ciudad, la más santa de todas<a id="FNanchor_6"
-href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a>, apremiado como lo estoy
-por el tiempo, debo, ante todo, implorar indulgencia, detener mis
-pasos, pronunciar un discurso. Nada hay, en efecto, más digno de que
-un viajero de religiosas costumbres suspenda su marcha, ni el altar
-adornado con flores, ni la gruta que el follaje sombrea, ni la encina
-que termina en forma de cuernos, ni el haya coronada de pieles, ni
-la colina consagrada por un cercado, ni tronco que la azuela ha
-esculpido, ni césped fumigado con las libaciones, ni piedra impregnada
-de perfumes, porque tales signos son poca cosa, pocos son los que los
-conocen y adoran; el vulgo los ignora y sigue adelante.</p>
-
-
-<h3 title="II." id="Ch12_2" ><span class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span>II.</h3>
-
-<p>No es esto lo que opinaba nuestro maestro Sócrates.</p>
-
-<p>Mirando cierto día a un bello joven que guardaba prudentísimo
-silencio: «Habla, le dijo, para que te vea.» Así, pues, para Sócrates,
-el callar equivalía a no dejarse ver, es decir, que pensaba no deben
-apreciarse los hombres con los ojos del cuerpo, sino con la mirada
-de la inteligencia y la vista del alma, y en este punto estaba en
-desacuerdo con el soldado de Plauto, que dice:</p>
-
-<p>«Más vale un hombre con ojos que diez con oídos.»</p>
-
-<p>El filósofo, para examinar al hombre, volvía del revés la frase
-diciendo:</p>
-
-<p>«Más que diez hombres con ojos, vale uno con oídos.»</p>
-
-<p>Por lo demás, si el juicio de la vista fuera superior al de la
-inteligencia, la sabiduría del águila sería mayor que la nuestra.</p>
-
-<p>Nosotros los hombres no podemos distinguir los objetos ni demasiado
-distantes ni demasiado cerca; en cierto modo todos somos ciegos, y
-si quedáramos reducidos a los débiles ojos del cuerpo, tendría razón
-un famoso poeta al decir «que una especie de nube se extiende ante
-nuestros ojos impidiéndonos ver más allá de donde llega la piedra que
-sale de la honda». Pero el águila, cuando con sublime vuelo se lanza
-hacia las nubes, cuando llega a la región de las lluvias y de las
-nieves y más allá de las alturas donde se producen el relámpago y el
-rayo, y que, por decirlo así, son la base del éter y la cima de las
-tempestades; cuando allí se balancea suavemente<span class="pagenum"
-id="Page_259">p. 259</span> a derecha o a izquierda y a su placer mueve
-la masa de su cuerpo, ayudándose de las alas como de velas, de la cola
-como de timón y de sus plumas como de remos infatigables, todo lo ve.
-Irresoluta un momento, suspende de pronto el vuelo, contempla cuanto le
-rodea y busca y escoge la presa sobre la que ha de arrojarse desde lo
-alto como el rayo. Desde las nubes, que ocultan su presencia, distingue
-el rebaño en la llanura, la fiera en la montaña y los hombres en el
-interior de las poblaciones; les amenaza con la vista y con las garras
-y se apresta a despedazar con el pico, a desgarrar con las uñas a la
-descuidada oveja o a la liebre medrosa, o a cualquier otra víctima que
-el acaso ofrece a su hambre o a sus crueles instintos.</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_3">III.</h3>
-
-<p>Hyagnis, según la tradición, fue el padre y señor del flautista
-Marsias, el único que en aquellos siglos rudos poseía el instinto de la
-música. Desconocía la flauta de muchos agujeros con su flexible armonía
-y variadas modulaciones, pues este arte, de reciente invención, estaba
-entonces en la infancia; que nada desde su origen es perfecto, y los
-elementos ricos en esperanzas preceden siempre a los resultados de la
-experiencia. Antes de Hyagnis, la mayoría, como el pastor o boyero de
-Virgilio, no sabían sino</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0"><i>Stridente miserum stipula disperdere carmen.</i></div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Aun los que tenían fama de haber profundizado más en los dominios
-del arte, limitábanse a hacer sonar una<span class="pagenum"
-id="Page_260">p. 260</span> sola flauta, como se hace con una trompeta.
-Hyagnis fue el primero que movió los dedos para producir varios
-sonidos, el primero que animó dos flautas con un solo aliento, el
-primero que, por medio de agujeros colocados a izquierda y derecha,
-produjo el acorde musical mezclando sonidos agudos y notas graves.
-Marsias, su hijo, heredero de la flauta y del talento paterno, era, sin
-embargo, un frigio, un bárbaro asqueroso y repugnante, de barba sucia,
-erizada de espinas a guisa de pelos, y no obstante, se dice (audacia
-inaudita) que quiso rivalizar con Apolo, como si Tersites compitiera
-con Nereo, un rústico con un erudito, un bruto con un dios.</p>
-
-<p>Minerva y las Musas fingieron constituirse en jueces para burlarse
-de la bárbara fanfarronada de este monstruo y para castigarle por su
-estupidez. Pero Marsias (y este era el rasgo distintivo de su necedad),
-no comprendiendo que servía de mofa, empezó, antes de hacer sonar la
-flauta, a decir groseras impertinencias de él y de Apolo. Alabábase
-de su cabellera echada hacia atrás, de su barba sucia, de su velludo
-pecho, de que el arte le había hecho flautista y la fortuna indigente;
-y, cosa ridícula, censuraba en Apolo las cualidades contrarias; que
-tuviese el cabello largo, gracioso semblante, cutis suave, grandes y
-variadas dotes artísticas y opulenta fortuna.</p>
-
-<p>«Y además, dijo, su cabellera, arreglada en pequeños bucles y
-graciosos anillos, cae por ambos lados de la frente; todo su cuerpo es
-encantador, sus miembros de blancura deslumbradora, su boca profética
-con igual facilidad habla en prosa que en verso. ¿Qué? ¿Es acaso bella
-cosa su vestido de finísimo tejido, de blanda tela, teñido de radiante
-púrpura? ¿Lo es una lira en que brilla el resplandor del oro, la
-blancura del marfil y el fulgor<span class="pagenum" id="Page_261">p.
-261</span> de los diamantes? ¿Lo es, en fin, murmurar docta y
-gratamente algunas canciones? Todas estas niñerías no son títulos de
-virtud, sino signos de afeminación.»</p>
-
-<p>Diciendo esto ostentaba las cualidades específicas de su persona.
-Las Musas, al oír que dirigía a Apolo censuras que todo hombre sensato
-desearía merecer, estallaban de risa. El flautista fue vencido en esta
-lid, y ellas le dejaron como oso en dos pies, con el pellejo roto y
-las entrañas palpitantes. Así fue castigado Marsias por su reto y su
-derrota, avergonzando a Apolo tan humilde victoria.</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_4">IV.</h3>
-
-<p>Era Antigénidas un flautista que sabía cadenciar dulce como la
-miel todos los acordes y producir todos los modos que se deseaban,
-el sencillo eólico, el variado iásico, el plañidero lidio, el frigio
-religioso y el belicoso dórico. Lo que más afligía a este hombre
-eminente en el arte, lo que, al decir suyo, mortificaba más su alma y
-su genio, era oír llamar a los flautistas músicos de entierros. Pero
-seguramente hubiera sufrido esta calificación, de haber visto los
-mimos (entre los cuales unos presiden, otros reciben los golpes, y
-todos visten púrpura casi semejante), si hubiera asistido a nuestros
-juegos, donde de igual manera preside un hombre o combate, o si viera
-tomar la toga lo mismo para un sacrificio que para unos funerales, y
-el manto servir lo mismo para envolver cadáveres que para traje de
-filósofos.</p>
-
-
-<h3 title="V." id="Ch12_5" ><span class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span>V.</h3>
-
-<p>Favorable es el afán con que venís aquí sabiendo que el sitio no
-puede disminuir la autoridad del orador y que conviene enterarse antes
-de lo que se verá en el teatro; porque si es un mimo, os reiréis; si
-un bailarín en cuerda, lo admiraréis; si un cómico, aplaudiréis; si un
-filósofo, os instruiréis.</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_6">VI.</h3>
-
-<p>La India, paraje lleno de habitantes y que se extiende hasta el
-infinito, está situada lejos de nosotros, al Oriente, en los lugares
-donde el Océano forma un golfo, donde nace el sol. Próximo a los
-primeros astros y límite del mundo, encuéntrase más allá de los sabios
-Egipcios, de los Judíos supersticiosos, de los Nabateos mercaderes, de
-los Arsácidas de vestiduras talares, de los Itureos, pobres en frutos,
-de los Árabes, ricos en perfumes.</p>
-
-<p>Por mi parte no admiro a esos indios por sus masas de marfil,
-sus cosechas de pimienta, su comercio de cinamomo, el temple de sus
-hierros, sus minas de plata y sus auríferos ríos. ¿Qué me importa que
-tengan el mayor de estos, el Ganges?</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">Monarca de las aguas; origen de cien ríos</div>
- <div class="verse indent0">Que cien valles recorren, fecundizando el suelo,</div>
- <div class="verse indent0">Y por cien bocas entran en el undoso mar.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span>¿Qué me importa
-que estos pueblos, situados en los lugares donde empieza el día,
-muestren en sus cuerpos el color de la noche, y que allí inmensas
-serpientes luchen con monstruosos elefantes en combates donde
-igualmente peligran y mueren? Porque estos reptiles encadenan con
-sus tortuosos repliegues a los elefantes, que no pudiendo desenlazar
-las patas y escapar a la furiosa presión de las serpientes y a sus
-escamosas ligaduras, vense precisados a procurar la venganza con el
-peso de su cuerpo, arrojándose al suelo para aplastar con su masa a los
-enemigos que les sujetan.</p>
-
-<p>Hay entre los indios gran variedad de razas, pues me agrada más
-contar los prodigios del hombre que los de la Naturaleza. Una de ellas
-solo sabe apacentar bueyes, y de aquí que se les llame boyeros. Otras
-se distinguen por su habilidad en el cambio de mercancías o por su
-valor en la guerra; de lejos combaten con la flecha, y de cerca con la
-espada.</p>
-
-<p>Existe además una clase preeminente que se llama de los
-gimnosofistas. Estos son los que admiro. ¿Por qué? Porque son hábiles,
-no en propagar la viña o podar los árboles o labrar la tierra; no
-saben cultivar el campo, ni recolectar el vino, ni domar un caballo,
-ni sujetar un toro, ni esquilar o apacentar ovejas y cabras. ¿Y qué
-importa? Saben lo que es superior a todo; todos ellos cultivan la
-sabiduría, lo mismo los viejos maestros que los jóvenes discípulos,
-y mis mayores elogios son al odio que profesan a la torpeza del
-entendimiento y a la ociosidad. Por ello, cuando está puesta la mesa,
-y antes de traer las viandas, todos los jóvenes dejan sus trabajos y
-moradas, reuniéndose para la comida, y los maestros les preguntan qué
-han hecho bueno desde la salida del sol hasta aquella hora del día.
-Uno refiere que, elegido por<span class="pagenum" id="Page_264">p.
-264</span> árbitro entre dos hombres, ha sabido calmarles la ira,
-aplacar sus corazones, disipar sus sospechas, y de enemigos que
-eran, convertirles en amigos; otro dice que ha obedecido todas las
-órdenes de sus padres; otro que ha logrado con sus meditaciones algún
-descubrimiento o que lo aprendió por las demostraciones de otro;
-finalmente, todos refieren lo que han hecho, y el que nada tiene que
-decir para merecer la comida, es echado fuera, para que continúe el
-trabajo con el estómago vacío.</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_7">VII.</h3>
-
-<p>Alejandro, el más ilustre de todos los reyes por sus acciones y sus
-conquistas, mereció el título de Grande, que le dieron para que quien
-había adquirido una gloria por nadie igualada, no fuera jamás nombrado
-sin elogio. Desde que el mundo empezó y la tradición existe, este
-hombre, cuyo brazo invencible había sometido el universo, es el único
-superior a su fortuna. Sus más extraordinarios triunfos los provocó con
-su valor, los igualó con su mérito y los sobrepujó con la grandeza de
-su alma. Es el único que brilla sin rivales, hasta el punto que nadie
-se atrevería a esperar su virtud o a desear su fortuna.</p>
-
-<p>Las acciones sublimes que llenan la vida de Alejandro, los
-brillantes rasgos que causan la admiración, aquella audacia en
-la guerra, aquella previsión en el gobierno, ha tomado a su
-cargo el referirlas un poeta eruditísimo<span class="pagenum"
-id="Page_265">p. 265</span> y suavísimo, mi Clemente<a id="FNanchor_7"
-href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>, en un maravilloso
-poema.</p>
-
-<p>Pero ved aquí un rasgo notable entre los que lo son más. Quería
-Alejandro que su imagen fuera transmitida fielmente a la posteridad, y
-temiendo que la desfigurasen la generalidad de los artistas, prohibió
-en todo el universo reproducir su real efigie en bronce, en pintura o
-por medio del grabado. Polícleto solo fue el encargado de reproducirla
-en bronce, Apeles de representarla con el pincel, y Pirgoteles de
-esculpirla con el buril. A excepción de estos tres artistas, cada uno
-superior en su arte, quien se atreviera a acercarse a aquella santa
-imagen, debía ser castigado como sacrílego. Gracias a este general
-temor, Alejandro es él en todos sus retratos. En todas las estatuas,
-en todos los cuadros, en todos los vasos aparece igualmente el varonil
-vigor del audaz guerrero, el inmenso genio del héroe en la flor de su
-bella juventud y con el encanto de su olímpica frente.</p>
-
-<p>¡Oh! ¡Si la filosofía pudiera, como Alejandro, prohibir a lo vulgar
-reproducir su imagen! Corto número de hombres de bien verdaderamente
-instruidos, se dedicarían a este estudio que lo comprende todo: al
-estudio de la sabiduría. La turba grosera, ignorante, inculta, no
-imitaría a los filósofos hasta en el manto, y a la reina de las
-ciencias, que no enseña menos a bien decir que a bien vivir, no la
-deshonrarían con un mal lenguaje y peor conducta. Este doble vicio es
-facilísimo; nada más común que la violencia del lenguaje, unida a la
-bajeza de las costumbres. Ambas cosas nacen del desprecio a los demás
-y a sí mismo, porque prescindir de la moral<span class="pagenum"
-id="Page_266">p. 266</span> es despreciarse a sí propio y atacar
-groseramente a los demás; es despreciar al auditorio. ¿Acaso no es
-para vosotros el mayor ultraje que os crean íntimamente gozosos por
-los insultos dirigidos a los hombres más honrados, suponer que no
-comprendéis el sentido de las palabras bochornosas y deshonestas,
-o que, si lo entendéis, os agradan? ¿Qué zafio, mozo de esquina o
-tabernero, no tendría más verbosidad que vosotros para insultar, si
-quiere tomar el manto?</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_8">VIII.</h3>
-
-<p>Debe más a su persona que a su dignidad, aunque de esta dignidad
-no sea partícipe todo el universo. Porque entre un número infinito de
-hombres, pocos son senadores; entre los senadores, pocos son nobles de
-nacimiento; de estos consulares, pocos son virtuosos, y finalmente,
-de estos virtuosos, pocos son instruidos. Pero, hablando del honor
-únicamente, las insignias de este cargo, el vestido y el calzado, no
-las tiene el primero que llega.</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_9">IX.</h3>
-
-<p>Si por acaso en esta ilustre asamblea hay alguno de mis envidiosos,
-porque en una gran ciudad siempre hay hombres que prefieren denigrar el
-mérito superior a imitarlo, y que, desesperando de igualarlo afectan
-despreciarlo;<span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span> hombres
-cuyo nombre es oscuro y que quisieran darse a conocer a expensas del
-mío; si, pues, alguno de estos seres biliosos se ha mezclado, como
-mancha, a este brillante auditorio, deseo que pase un poco la vista por
-el inmenso concurso, y que mirando esta concurrencia tan grande que
-ningún filósofo la ha visto igual alrededor de su cátedra, medite qué
-peligros puede correr un hombre que inspira tan grande estimación y
-está tan habituado al desprecio.</p>
-
-<p>¡Cuán ruda y penosa tarea la de satisfacer la curiosidad, por poca
-que sea, de un corto número de oyentes, sobre todo para mí, a quien mi
-fama y una favorable prevención no permiten negligencia alguna, ninguna
-expresión descuidada! ¿Quién de vosotros, en efecto, me perdonaría
-un solecismo? ¿Quién una sola sílaba pronunciada con acento bárbaro?
-¿Quién me permitiría balbucear frases incorrectas y viciosas como las
-que produce el delirio de la fiebre?</p>
-
-<p>Sin embargo, todo esto lo permitís a los demás y tenéis razón
-sobrada. Pero cada una de mis palabras la examináis, la pesáis
-cuidadosamente, la sometéis al contraste de la lima y de la cuerda,
-relacionáis el torno con las exigencias del coturno. Tanta es la
-indulgencia con la medianía, como la severidad con el mérito.</p>
-
-<p>Reconozco, pues, la dificultad de mi situación y no os demando
-diferente disposición de ánimo; pero no os dejéis engañar por una
-ligera y falsa semejanza, porque ya lo he dicho con frecuencia: los
-pordioseros con manto llenan las calles. El pregonero sube al tribunal
-con el procónsul, y también va cubierto con toga; a veces está largo
-tiempo de pie: a veces anda; pero ordinariamente grita con toda la
-potencia de su voz. El procónsul permanece sentado; habla raras veces,
-y si habla es con voz<span class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span>
-pausada, y lo más frecuente es que lea en sus tablillas. Ahora bien: el
-gritador de voz estentórea es un ministril; el procónsul que lee en sus
-tablillas es un juez, y a su fallo, una vez pronunciado, no se puede
-añadir ni quitar una sola letra. Tal como lo pronuncia es inscrito en
-el archivo de la provincia.</p>
-
-<p>Yo estoy, por mis estudios, casi en una posición análoga, salvo la
-distancia correspondiente. Lo que ante vosotros digo es escrito y leído
-en seguida, nada puedo retirar, ni cambiar, ni corregir, y por ello mis
-palabras tengo que medirlas y pensarlas en mis diversas composiciones.
-Porque hay más obras en mi galería que había en la fábrica de Hipias<a
-id="FNanchor_8" href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a>. Sea
-de ello lo que quiera, estad atentos y hablaré con mayor cuidado y
-método.</p>
-
-<p>Este Hipias, el primero de los sofistas por la variedad de su
-talento y la facilidad de sus locuciones, era contemporáneo de
-Sócrates. La Élida fue su patria: se ignora su origen; tenía gran
-reputación, mediana fortuna, memoria excelente, variados conocimientos
-y numerosos rivales. Vino una vez a los juegos olímpicos a Pisa;
-su traje era tan brillante como de extraña forma, y nada de lo que
-sobre sí llevaba lo había comprado, sino estaba hecho por sus manos,
-las telas que le cubrían, el calzado que llevaba en los pies y los
-adornos que llamaban la atención. Ceñía el cuerpo con estrecha túnica
-de finísimo tejido de tres hilos, de púrpura dos veces teñida, y
-la había tejido él mismo. El cinturón era un tahalí cubierto de
-bordados babilónicos de abigarrados y brillantes colores, y nadie
-le había ayudado en este trabajo. Cubríale<span class="pagenum"
-id="Page_269">p. 269</span> un manto blanco que echaba por encima
-del hombro. Este manto también, según se decía, era obra suya y los
-pantuflos que le servían de calzado. Mostraba con ostentación en la
-mano izquierda un anillo de oro, cuyo sello estaba artísticamente
-trabajado, y él era quien había redondeado el oro, puesto el engarce
-y grabado la piedra. No he enumerado aún todas sus obras, porque no
-debo avergonzarme en referir lo que él sin ruborizarse y vanidosamente
-mostraba. Refirió ante numerosa asamblea haber fabricado el frasco de
-aceite que llevaba, que era un vaso de forma lenticular, suavemente
-redondeado por los contornos, y como compañero mostraba un precioso
-peinecillo de mango recto y púas en forma de tubos, de manera que
-el mango servía para sostenerlo, y los tubos para que corriese el
-sudor.</p>
-
-<p>¿Quién no elogiaría a un sabio en tan gran número de artes, en
-tan varias ciencias; peritísimo Dédalo para todos los utensilios? Yo
-también elogio a Hipias, pero prefiero igualar su fecundidad con mi
-instrucción mejor que con mi talento para fabricar tantas cosas. Lo
-confieso: soy inferior a él en las artes mecánicas; compro mis vestidos
-al sastre y mi calzado al zapatero; no uso anillo y estimo el oro y
-las piedras preciosas como el plomo y los guijarros. El peine, el
-frasco de aceite y los demás objetos de baño los compro en el mercado.
-Finalmente, ¿por qué negarlo? no sé manejar ni la escuadra, ni la
-lezna, ni la lima, ni el torno, ni otras tales herramientas. A todas
-ellas, lo confieso, prefiero una pluma de escribir, que me sirve para
-componer toda clase de poemas dignos de la cítara, de la lira, del
-coturno o del zueco; sátiras, logogrifos, historias varias, discursos
-admirados por los oradores, diálogos elogiados por los filósofos;
-abarco todos los géneros y los expreso en griego<span class="pagenum"
-id="Page_270">p. 270</span> y en latín, por mi doble vocación, con el
-mismo gusto e igual estilo.</p>
-
-<p>¡Que no pueda yo ofrecerte, ilustre procónsul, todos estos tributos
-literarios, no en partes separadas y como nuestras, sino en su conjunto
-y unidad, y merecer tu glorioso testimonio por la universalidad de
-mis aptitudes! Y no es ciertamente por falta de alabanzas, porque mi
-gloria, siempre intacta, floreciente siempre, ha llegado a tu noticia
-por conducto de todos tus predecesores; pero deseo con preferencia a
-todos los otros sufragios, el del hombre que yo más estimo, porque es
-natural amar a quienes se estima, y buscar los elogios de aquellos a
-quienes se ama. Ahora bien: yo te profeso la más viva amistad, porque
-si ninguna obligación tengo con el hombre privado, el magistrado ha
-adquirido por completo mi afecto, y si ningún favor he obtenido de ti,
-es porque ninguno he pedido.</p>
-
-<p>Además, la filosofía me ha enseñado a amar no solamente a mis
-bienhechores, sino hasta a mis enemigos; a escuchar la voz de la
-justicia mejor que los consejos del interés; a preferir la utilidad
-general a la mía propia. Así, pues, mientras los más aman los efectos
-de tu benevolencia, yo amo tu inclinación al bien. Me he aficionado a
-ti al ver tu celo por los negocios de la provincia, celo que te debe
-proporcionar el apasionado amor de todos: de los obligados, por el
-beneficio, de los demás, por el ejemplo; porque si los beneficios son
-útiles a gran número, el ejemplo es saludable a todos.</p>
-
-<p>En efecto, ¿quién no deseará aprender de ti por qué moderación se
-adquiere esa amable gravedad, esa dulce austeridad, esa seguridad
-tranquila, esa amenidad que no excluye la energía?</p>
-
-<p>Ningún procónsul, que yo sepa, inspira a África más<span
-class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span> respeto y menos temor.
-Jamás, antes de tu mando, se había visto ser más fuerte que la
-intimidación para reprimir el crimen, la vergüenza de cometerlo.</p>
-
-<p>Ningún otro, con igual poder, repartió más beneficios e infundió
-menos terror; ninguno trajo consigo un hijo que tanto le asemejara
-en las virtudes; ninguno ha sido por más largo tiempo procónsul de
-Cartago; porque cuando tú recorrías la provincia, Honorio quedaba con
-nosotros, y si nuestro pesar fue más amargo, tu ausencia era menos
-sentida. En el hijo se encontraba la equidad del padre, en el joven la
-prudencia del anciano, en el teniente la autoridad del cónsul. Retrata
-tan fielmente todas tus virtudes, que se te admiraría más por tu hijo
-que por ti mismo, si este hijo no fuera uno de tus dones. ¡Plegue
-al cielo que gocemos siempre de tu mando! ¿Para qué esos cambios de
-procónsules? ¡Años demasiado cortos; meses que transcurren fugaces!
-¡Cuán fugitivo es el paso de los hombres virtuosos! ¡Qué rápidamente
-cumplen su misión los buenos gobernadores! Ya te acompaña, Severiano,
-el sentimiento de toda la provincia; pero Honorio es llamado por su
-sangre a la pretura; el favor de los Césares le prepara el consulado.
-Desde ahora posee nuestro amor, y en él cifra Cartago su esperanza
-para lo porvenir. ¡Único consuelo que tu ejemplo nos da! Es enviado de
-lugarteniente, y pronto volverá a nosotros de procónsul.</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_10">X.</h3>
-
-<p>Citemos primero el Sol, cuyo carro, en su luminosa carrera, inunda
-el universo con su brillante llama, y la<span class="pagenum"
-id="Page_272">p. 272</span> Luna, que refleja dócilmente su luz, y los
-otros cinco planetas, el benéfico Júpiter, la voluptuosa Venus, el
-rápido Mercurio, el devorador Saturno, Marte el incendiario.</p>
-
-<p>Hay además otras divinidades intermedias cuya influencia sentimos,
-pero que no alcanzamos a ver con nuestros ojos, como el Amor y todos
-sus adherentes, que, invisibles por la forma, conocemos por su fuerza.
-Esta fuerza es la que, conforme a los designios de la Providencia, ha
-levantado aquí las encrespadas crestas de los montes, y allá extendido
-a sus pies el nivel de las campiñas, diversificando por todas partes
-el curso de los ríos y el verdor de las praderas. Ella es la que ha
-dicho al pájaro: «Vuela», y a la serpiente: «Arrástrate», a la fiera:
-«Corre», y al hombre: «Anda».</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_11">XI.</h3>
-
-<p>Veis esos desgraciados que cultivan una heredad estéril, un campo
-pedregoso, lleno de guijarros y matorrales, no recolectando ningún
-fruto en sus arenales pantanosos, no encontrando sino la estéril cizaña
-y la infecunda avena; pues como no tienen frutos suyos, toman los de
-otros y cogen las flores del vecino para mezclarlas a sus cardos. Lo
-mismo sucede a los hombres estériles en virtudes.</p>
-
-
-<h3 title="XII." id="Ch12_12" ><span class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span>XII.</h3>
-
-<p>El loro es un ave de la India, casi del mismo tamaño que una paloma,
-pero de distinto color. No es el blanco leche, ni el tinte amarillento,
-ni la mezcla de ambos colores con el gris ceniciento; el color del
-loro es verde desde el nacimiento de las plumas hasta la punta de las
-alas, y solo el cuello se diferencia por estar rodeado de un círculo de
-bermellón que, como collar de oro, se repite alrededor de la cabeza en
-forma de brillante corona. El pico es de una dureza sin igual, y cuando
-desde la altura se precipita sobre una roca con toda la impetuosidad de
-su vuelo, el pico es como ancla que lo sujeta. La cabeza es igualmente
-dura, y por eso, para obligarle a imitar nuestro lenguaje, se le da en
-ella con una varilla de hierro a fin de hacerle comprender lo que se le
-manda. Es como la férula del colegial.</p>
-
-<p>Puede ser instruido desde que nace hasta la edad de dos años, porque
-entonces su garganta se presta fácilmente a todos los ejercicios, su
-lenguaje a todas las evoluciones. Pero cuando se le coge viejo, es
-indócil y olvidadizo.</p>
-
-<p>El loro que se presta mejor a reproducir el lenguaje humano es el
-que se alimenta con bellotas y tiene en las patas tantos dedos como el
-hombre. En esto se distingue de las otras especies; pero es condición
-común a todas, la de que, poseyendo la lengua más fuerte que las
-demás aves, articulan más fácilmente la palabra<span class="pagenum"
-id="Page_274">p. 274</span> humana por tener el paladar y la laringe
-más desarrollados.</p>
-
-<p>El loro habla, o mejor dicho, canta lo que aprende con tan fiel
-imitación, que al oírle se creería que es un hombre, pero viéndole se
-reconoce que su palabra es un esfuerzo. Por lo demás, el loro, como el
-cuervo, no pronuncia más que los sonidos que ha aprendido. Enseñadle
-palabras indignas y os aturdirá día y noche con sus blasfemias; esta
-será su poesía y su canción, y cuando agote su repertorio, comenzará
-la misma cantilena. El único medio de poner coto a su tan indecorosa
-verbosidad, será cortarle la lengua o devolverle cuanto antes a sus
-bosques.</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_13">XIII.</h3>
-
-<p>La filosofía no me ha dado una palabra en el género de canto corto
-e intermitente que la Naturaleza ha proporcionado a ciertos pájaros.
-La golondrina se hace oír por la mañana, la cigarra al mediodía,
-el murciélago al ponerse el sol, la lechuza al oscurecer, el búho
-durante la noche, y el gallo antes de despuntar la aurora. Todos estos
-animales parece que se relevan, si se considera la variedad de tiempo
-y de modo que determinan la hora y el tono de sus cantos. El gallo da
-el grito de aviso, el búho gime, la lechuza se queja, el murciélago
-lanza roncos sonidos, la cigarra chirría, la golondrina gorjea. Pero
-la razón, como la palabra de los filósofos, son de todos los momentos,
-y así sucede por su carácter imponente de autoridad, de utilidad y de
-universalidad.</p>
-
-
-<h3 title="XIV." id="Ch12_14" ><span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span>XIV.</h3>
-
-<p>Oyendo Crates a Diógenes repetir estas máximas y otras semejantes,
-tanto se enardeció su ánimo, que un día fue a la plaza pública y arrojó
-allí todo su patrimonio como vil carga, más embarazosa que útil.
-Después, en medio de la multitud que le rodeaba, exclamó: «Crates
-emancipa a Crates.» Desde entonces, solo, desnudo, libre de todo, vivió
-toda su vida como verdadero hombre feliz.</p>
-
-<p>Buscábanle con tanto empeño, que una doncella de ilustre nacimiento,
-desdeñando a todos los pretendientes jóvenes y ricos, deseó unirse a
-él. Crates le descubrió sus hombros, entre los cuales tenía una joroba,
-puso en el suelo sus alforjas, su bastón y su manto, y le dijo que
-aquellos eran todos sus bienes, y sus atractivos personales ya los
-veía, añadiendo que consultara seriamente consigo misma, para que no se
-arrepintiera después.</p>
-
-<p>Hiparquia, no obstante, aceptó las condiciones, y respondiole que
-ya había reflexionado y deliberado bastante; que en parte alguna
-encontraría un marido más rico y más amable y que podía conducirla
-donde quisiera. El cínico la llevó al Pórtico, y allí, en el sitio más
-frecuentado, ante todos, y en pleno día, se acostó junto a ella, y
-ante todos también hubiera consumado el matrimonio, a lo que accedía
-la joven con igual desenfado, si Zenón no les hubiera cubierto con su
-manto para ocultar a su maestro de las miradas de la multitud que le
-rodeaba.</p>
-
-
-<h3 title="XV." id="Ch12_15" ><span class="pagenum" id="Page_276">p. 276</span>XV.</h3>
-
-<p>Es Samos una islilla del mar Icariense, situada frente y al
-Occidente de Mileto, de la cual la separa un brazo de mar. Con viento
-favorable se puede hacer el trayecto de una a otra en dos días. El
-suelo, poco fértil en trigo, rebelde al arado, pero propicio al olivo,
-no produce ni viñas ni legumbres. El cultivo consiste, únicamente, en
-plantar y podar olivos, cuyo producto es más beneficioso a la isla que
-las demás recolecciones. Por lo demás, Samos está pobladísima y es muy
-frecuentada por los forasteros. La ciudad no responde a la fama de
-la comarca, y solo las ruinas de los muros indican que fue una gran
-población.</p>
-
-<p>Hay, sin embargo, en ella un templo a Juno, muy celebrado en la
-antigüedad. Este templo, si no recuerdo mal, está a veinte estadios de
-la población siguiendo la ribera. El altar de la diosa es riquísimo y
-se ha empleado gran cantidad de oro y plata en platos, espejos, copas
-y otros objetos que sirven de ornamentación. También hay allí muchas
-estatuas de bronce representando diversas figuras, trabajo antiguo y
-muy notable. Citaré la de Batilo, que está delante del altar y que fue
-dedicada por el tirano Polícrates. No conozco trabajo más esmerado.
-Algunos creen, erróneamente, que es la estatua de Pitágoras.</p>
-
-<p>Representa un adolescente de admirable belleza. Sus cabellos,
-partidos por mitad de la cabeza y retirados de las sienes, caen
-por la espalda en largos bucles, formando<span class="pagenum"
-id="Page_277">p. 277</span> sobre los hombros una sombra en la que
-destaca el cuello finísimo y mórbido; las líneas de las sienes son
-graciosas, las mejillas redondeadas, con un hoyuelo en medio de la
-barba. Su postura es la de un tocador de cítara; mira a la diosa
-y parece que canta. Su túnica, cubierta de bordados y sujeta con
-cinturón griego, cae hasta los pies. Una clámide cubre ambos brazos
-hasta los puños, y por bajo flota en elegantes pliegues. La cítara
-está suspendida de un tahalí de perfecto trabajo. Sus manos son finas
-y delicadas; la izquierda toca las cuerdas separando los dedos, y la
-derecha aproxima el arco de la cítara como si aguardara para tocar a
-que la voz interrumpa el canto que parece escaparse de su redondeada
-boca y de los dulcemente entreabiertos labios.</p>
-
-<p>Admito que esta estatua sea de algún favorito de Polícrates que,
-por agradarle, modula una canción anacreóntica, pero de seguro no es
-la imagen de Pitágoras. Este era, en verdad, de Samos, de belleza
-maravillosa, de talento superior para tocar toda clase de instrumentos
-de música y vivió en los tiempos en que Polícrates dominaba a Samos;
-pero el tirano jamás amó al filósofo, porque cuando aquel se apoderó
-del mando, Pitágoras escapó secretamente de la isla. Acababa de perder
-a su padre Mnesarco, hábil grabador en piedras, que en el arte de
-trabajarlas prefería, según se dice, la gloria al provecho.</p>
-
-<p>Hay quien supone que Pitágoras fue uno de los cautivos del rey
-Cambises, llevado a Egipto, donde tuvo por maestros a los magos persas,
-y especialmente a Zoroastro, el gran fundador de su religión y que
-después fue rescatado por un tal Gillo, príncipe de los Crotonenses.
-Pero la tradición más acreditada consiste en que fue voluntariamente
-a estudiar las doctrinas egipcias y que los sacerdotes<span
-class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span> le enseñaron el increíble
-y misterioso poder de sus ceremonias, la admirable combinación de
-los números y las fórmulas rigurosas de la geometría. Su ciencia no
-le satisfizo: visitó a los Caldeos y después a los Brahmanes y sus
-gimnosofistas. Los Caldeos le revelaron la ciencia de los astros, las
-revoluciones precisas de los planetas y su influencia en el nacimiento
-de los hombres. Diéronle los remedios para curar las enfermedades,
-remedios adquiridos a gran coste, buscados en la tierra, en el cielo y
-en la profundidad de los mares. De los Brahmanes tomó el mayor número
-de los principios de la filosofía; el arte de ilustrar la inteligencia;
-el de fortificar el cuerpo; las diferentes partes del alma; las
-transformaciones de la vida; las penas y recompensas concedidas por los
-dioses manes a cada mortal según su mérito.</p>
-
-<p>También tuvo por maestro a Ferécides de Siros, el primero que
-sacudió el yugo de los versos y empleó un lenguaje libre, sin las
-trabas de la poesía. Y cuando Ferécides, putrefacto por los horribles
-insectos que le roían, sucumbió víctima de esta espantosa enfermedad,
-Pitágoras amortajó religiosamente a su maestro.</p>
-
-<p>Dícese, además, que estudió filosofía natural con Anaximandro,
-de Mileto, que siguió la escuela del cretense Epiménides, augur y
-poeta ilustre, y que escuchó las lecciones de Leodamas, discípulo de
-Creófilo, de quien se asegura que fue huésped y rival de Homero.</p>
-
-<p>Este hombre, instruido por tantos maestros; este hombre, que
-había recorrido el universo para aprender las doctrinas en su
-origen; este genio eminente, cuya inteligencia supera los límites
-impuestos a la humana; este fundador, este creador de la filosofía,
-lo primero que enseñó a sus discípulos fue el silencio. En su
-opinión, el primer estudio de quien quería llegar a ser sabio, era
-el<span class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span> de contener
-completamente su lengua, refrenar esas palabras que los poetas llaman
-<i>volantes</i>, cortarles las alas, encerrarlas en esa fortaleza de
-marfil que forman los dientes. El primer elemento de la filosofía era
-aprender a reflexionar y olvidar el perorar.</p>
-
-<p>No estaba prohibido el uso de la palabra toda la vida, ni todos los
-discípulos estaban condenados a mutismo de igual duración. Para los
-hombres graves reducía el maestro a corto tiempo la obligación del
-silencio; para los locuaces prolongaba hasta a cinco años esta especie
-de destierro de la palabra.</p>
-
-<p>Ahora bien: nuestro Platón, que ha sido fiel o se ha desviado muy
-poco de las leyes de esta secta, pitagoriza casi siempre; y yo, que he
-sido adoptado en su nombre por mis maestros, debo a mis meditaciones
-académicas la doble ventaja de saber hablar animosamente cuando es
-preciso, y callarme sin esfuerzo cuando la ocasión lo exige.</p>
-
-<p>Gracias a esta moderación, he obtenido con tus predecesores la
-honrosa reputación de hombre que sabe guardar silencio a propósito y
-hablar cuando es preciso.</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_16">XVI.</h3>
-
-<p>Quiero, nobles jefes de África, antes de daros gracias por esta
-estatua que me habéis hecho el honor de pedir para mí cuando estaba
-entre vosotros y de conceder en mi ausencia, quiero explicaros por qué
-he faltado muchos días a mi auditorio y he ido a las aguas Persianas<a
-id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a>,<span
-class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span> sitio de delicioso solaz
-para los sanos y de salud para los enfermos; porque he resuelto daros
-cuenta de todos los instantes de esta vida mía que os está consagrada
-para siempre, y cuanto haga, importante o frívolo, someterlo a vuestro
-conocimiento y a vuestro juicio.</p>
-
-<p>El motivo que repentinamente me privó de vuestra ilustre
-presencia, tiene alguna relación con el hecho que voy a referir: se
-trata de Filemón el cómico<a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10"
-class="fnanchor">[10]</a>. Probablemente conoceréis su genio: escuchad
-algunos detalles de su muerte. ¡Pero qué! ¿Dudáis de su talento? Pues
-sabed que Filemón era un poeta de la media comedia, contemporáneo de
-Menandro, con quien luchó, y si no le iguala, fue al menos su rival, y
-aun con frecuencia, vergüenza me da decirlo, su vencedor.</p>
-
-<p>Encuéntrase en sus obras fina sátira, intrigas ingeniosas,
-reconocimientos de hijos clarísimamente explicados: los actos y el
-lenguaje de sus personajes están de acuerdo con las situaciones, sus
-chistes nunca son triviales, su gravedad nunca trágica. Rara vez son
-sus comedias licenciosas, y si habla del amor, es tratándolo como un
-extravío. Pero nunca deja de sacar a la escena el mercader de esclavos
-sin fe, el amante en desvarío, el criado astuto, la querida falaz, la
-esposa arrogante, la madre indulgente, el tío sermoneador, el amigo
-entremetido, el soldado fanfarrón y hasta los glotones parásitos, los
-padres testarudos y las procaces meretrices.</p>
-
-<p>Gracias a estos méritos llegó a ser célebre Filemón en el arte
-cómico. Un día que recitaba en público una obra suya nueva, en el
-tercer acto de la comedia, en el momento en que todo el interés estaba
-más vivamente<span class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span>
-excitado, una lluvia repentina, como me sucedió hace poco, le obligó a
-interrumpir la lectura y a prometer, por petición de todo el auditorio,
-acabarla al día siguiente.</p>
-
-<p>Acudió al otro día inmensa multitud; cada cual procura sentarse lo
-más cerca posible; los últimos en llegar hacían señas a sus amigos
-de que se estrecharan para dejarles puestos; los espectadores de las
-extremidades se quejaban de que les empujaban fuera de sus asientos; el
-auditorio estaba apiñado en el teatro, y empezaron las conversaciones.
-Los que no estuvieron la víspera preguntaban lo que se había leído;
-los que asistieron recordaban lo que habían oído, hasta que sabiéndolo
-todos, esperaban la continuación de la comedia.</p>
-
-<p>El día avanza y Filemón no acude a la cita; algunos murmuran por su
-tardanza; los más defienden al poeta. Pero después de aguardar largo
-rato, y viendo que Filemón no llegaba, envían a los más impacientes
-para que salgan a su encuentro, y le hallan... muerto en su lecho.
-Acababa de exhalar el último suspiro, y tendido en la cama parecía
-estar meditando, con los dedos aún entre las hojas y la boca junto al
-libro abierto. Pero el alma había partido; el libro estaba cerrado y
-olvidado el auditorio.</p>
-
-<p>Los primeros que entraron permanecieron un instante inmóviles,
-sorprendidos por un acontecimiento tan imprevisto como lo era una
-muerte tan maravillosa y bella. Seguidamente fueron a anunciar al
-pueblo que el poeta Filemón, a quien esperaba para terminar en el
-teatro la lectura de una comedia escrita sobre asunto imaginario,
-acababa de terminar en su casa el verdadero drama, diciendo por
-última vez a las cosas humanas <i>valere et plaudere</i>, y a sus
-amigos <i>dolere et plangere</i>; que la lluvia<span class="pagenum"
-id="Page_282">p. 282</span> de la víspera era presagio de lágrimas; que
-su comedia había llegado a la antorcha fúnebre antes de llegar a la
-antorcha nupcial, y que al abandonar este ilustre poeta el teatro de la
-vida, su auditorio debía asistir a sus exequias, recogiendo primero sus
-huesos y después sus versos.</p>
-
-<p>Largo tiempo hace que sabía esta historia, y la he recordado en daño
-mío; porque no habéis olvidado que la lluvia interrumpió mi último
-discurso, y que a petición vuestra dejé el continuarlo para el día
-siguiente. A fe mía que me ha faltado poco para asemejar por completo
-a Filemón; el mismo día sufrí en la palestra tan violenta torcedura en
-el talón, que estuvo a punto de romperse la articulación de la pierna,
-aún inflamada por consecuencia de la luxación. Pero mientras la curaba
-a fuerza de ligaduras y por mi cuerpo corría el sudor a torrentes, la
-acción de un frío demasiado prolongado me dejó transido, produciéndome
-dolor agudo en las entrañas, que no se calmó sino en el instante en
-que su violencia me iba a matar. Expuesto he estado, como Filemón, a
-despedirme de la vida antes de volver a veros, a hacer mi reverencia
-al mundo antes de hacerla al público, a terminar mi existencia antes
-que mi historia. Pero gracias a las aguas Persianas, a su dulce
-temperatura, a sus duchas saludables, he recobrado la facultad de
-andar, y aunque todavía mal seguro sobre mis piernas, venía apresurado
-a pagar la deuda con vosotros contraída, cuando vuestro beneficio, no
-solo ha puesto al cojo en pie, sino que le ha dado alas.</p>
-
-<p>¿Acaso no debía yo apresurarme tratándose de un honor que me obliga
-al agradecimiento, mayormente por no haber sido pedido? Y no es
-porque la gloriosa Cartago no merezca hacerse pagar los honores, aun
-para<span class="pagenum" id="Page_283">p. 283</span> un filósofo,
-con un ruego, sino porque para que vuestro beneficio nada perdiese de
-su gracia y de su precio, era necesario que no alterara su brillo una
-demanda; que fuera gratuito.</p>
-
-<p>En efecto, no se obtiene gratis lo que se consigue por ruegos, como
-no es dar nada ceder a las instancias. Por esto se prefiere comprar
-todos los utensilios a pedirlos, y en mi opinión este principio
-es especialmente aplicable en cuestión de honores, porque quien
-laboriosamente los consigue, no está obligado más que a sí mismo;
-pero quien, sin importunar, los obtiene, debe doblado reconocimiento
-a sus bienhechores, porque no pide, recibe. Os debo, pues, doble
-reconocimiento, o mejor dicho, inmenso, y lo proclamaré siempre y en
-todas partes.</p>
-
-<p>Por ahora, este discurso, compuesto a propósito de tal honor, será,
-como de costumbre, pública expresión de mi agradecimiento. El filósofo,
-en efecto, tiene un medio seguro de dar gracias a los que le decretan
-una estatua, y poco me apartaré de él en este discurso que reclama la
-eminente dignidad de Emiliano Estrabón; discurso que tendrá, así lo
-espero, algún éxito si él quiere añadir hoy su aprobación a la vuestra;
-pues tal es su superioridad literaria, que debe más fama a su propio
-genio que a sus títulos de patricio y de cónsul.</p>
-
-<p>¿De qué términos, Emiliano Estrabón, el primero de los mortales
-que han existido, existen y existirán, el más ilustre de los hombres
-virtuosos, el más virtuoso de los ilustres y el más sabio de unos y
-otros; de qué términos me valdré para tributar a la benevolencia con
-que me honras, solemnes actos de gracia? ¿Cómo celebrar dignamente tan
-glorioso patrocinio? ¿Cómo reconocer e igualar con humildes palabras
-tan brillante favor? Busco<span class="pagenum" id="Page_284">p.
-284</span> aún el medio de conseguirlo, pero ¿lo encontraré? Al menos
-emplearé el mayor celo, los más grandes esfuerzos,</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">Si gratitud y vida no me faltan.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>En este momento, lo confieso, la alegría entorpece mis palabras, el
-placer suspende mi pensamiento, y mi alma delirante prefiere saborear
-sus transportes a celebrarlos. ¿Qué hacer? Quiero mostrar mi gratitud,
-y en mi entusiasmo no encuentro palabras que lo expresen. Nadie, ni
-aun los que peor me quieran, se atreverá a censurarme porque, ante
-honor tan grande, quede tan sobrecogido como satisfecho, y que, por
-venir del más noble y sabio de los hombres, me exalte tan magnífico
-testimonio.</p>
-
-<p>En efecto, ¿dónde lo he recibido? En medio del Senado de Cartago,
-cuerpo tan ilustre como benévolo, y de parte de un consular. Ser
-conocido de este sería ya insigne honor. ¡Y él, sin embargo, es quien
-se ha constituido en mi panegirista ante los primeros magistrados
-de la provincia! Porque, lo he sabido, él es quien ha propuesto
-hace tres días que se me erigiera una estatua en una plaza pública;
-él ha invocado primero los derechos de nuestra amistad, comenzada
-honrosamente por una comunidad de estudios con los mismos maestros.
-Después recordó los votos con que le he felicitado en todas las fases
-de su grandeza. Su primer beneficio ha sido recordar nuestros votos
-comunes; el segundo haberse vanagloriado, él, tan eminente, de mi
-afecto como del que le profesara un igual suyo. Además ha enumerado
-los pueblos y comarcas que me han dedicado estatuas y concedido otros
-honores.</p>
-
-<p>¿Qué puedo yo añadir a este panegírico, hecho por un ilustre
-consular? Hasta ha demostrado que, en virtud<span class="pagenum"
-id="Page_285">p. 285</span> del sacerdocio que ejerzo, poseo en Cartago
-una eminente dignidad, y coronando este elogio con el mayor de todos
-los beneficios, me ha recomendado, este glorioso preopinante, con todo
-el poder de su sufragio. En fin, ha prometido hacer elevar mi estatua
-a sus expensas en Cartago, él, a quien todas las provincias tienen por
-dicha ofrecerle cuadrigas y tiros de seis caballos.</p>
-
-<p>¿Es necesario algo más para colmarme de gloria y poner el sello
-a mi reputación? ¿Qué falta acaso? Emiliano Estrabón, un consular
-que los votos de todos llevaran al proconsulado, ha hecho en el
-Senado de Cartago una proposición relativa a los honores que quiere
-se me concedan, y todos han aplaudido su pensamiento. ¿No os parece
-este asentimiento un <i>senatus consulto</i>? Diré más. Todos los
-cartagineses presentes en esta ilustre asamblea no han decretado
-inmediatamente la plaza donde será erigida la estatua, ni han dejado,
-yo creo, el votar una segunda estatua para la próxima sesión sino
-por deferencia, por respeto a su consular; querían parecer que le
-imitaban, no rivalizar con él, deseando que se dedicara un día entero
-y se consagrara a la expresión de los sentimientos públicos. Estos
-excelentes magistrados, estos jefes benévolos recordaban, sin embargo,
-Emiliano, que tu proposición estaba de acuerdo con su propia voluntad.
-¿Y fingiré ignorar todo esto? ¿Guardaré silencio? Sería un ingrato.
-Permitidme que para responder a los brillantes honores de que he sido
-objeto por parte de todos los de vuestro orden senatorial, ofrezca
-y dispense todos los homenajes que puedo poner a vuestros pies, a
-vosotros, que me habéis saludado con vuestras gloriosas aclamaciones en
-un sitio donde tan honroso es el ser solamente nombrado.</p>
-
-<p>Sí; lo que era difícil, lo que me parecía de todo punto<span
-class="pagenum" id="Page_286">p. 286</span> imposible reunir, las
-simpatías del pueblo y el agrado del Senado, la aprobación de los
-magistrados y de los jefes del Estado, lo digo sin orgullo, ya en
-cierto modo he llegado a conseguirlo. ¿Qué falta, pues, a este
-insigne honor si no es la compra del bronce y el trabajo del artista?
-Seguramente no dejaré de tener en Cartago, donde la clase más ilustre,
-aun en los casos en que se ventilan los más grandes intereses, decreta
-y no calcula, estas dos cosas que he obtenido en las más pequeñas
-ciudades.</p>
-
-<p>Por lo demás, cuanto más completo sea vuestro favor, más grande será
-mi gratitud.</p>
-
-<p>Nobles senadores, ciudadanos ilustres, y vosotros, mis gloriosos
-amigos, cuando llegue la dedicatoria de mi estatua, yo os dedicaré
-un libro de mi mano en el que mi reconocimiento sea más vivamente
-expresado, y este libro correrá por todas las provincias, por todo el
-universo, en todos los siglos venideros, para inmortalizar en todos los
-pueblos la gloria de vuestro beneficio.</p>
-
-
-<div class="section">
- <h3 id="Ch12_17">XVII.</h3>
-</div>
-
-<p>Plena libertad para aquellos que tienen por máxima perturbar la
-tranquilidad de los procónsules; que procuran recomendar su talento por
-la intemperancia de su lenguaje, y que afectadamente se adornan con
-el manto de vuestra amistad. Evito cuidadosamente estos dos defectos,
-pues aunque mi mérito sea mediano, todos tienen<span class="pagenum"
-id="Page_287">p. 287</span> conocimiento de él lo bastante para no
-necesitar nueva recomendación.</p>
-
-<p>Por otra parte, tu favor, Escipión Orfito, y el de los que se te
-parecen, es más dulce a mi corazón que a mi vanidad. De la amistad de
-persona tan insigne más bien estoy celoso que enorgullecido, porque no
-se la debe desear sin conocer su justo valor, y cualquier advenedizo
-puede erróneamente vanagloriarse con ella.</p>
-
-<p>Además, desde mi infancia ha sido tal mi pasión por las artes
-liberales, y este amor a las buenas costumbres y al estudio que me ha
-seguido a vuestra provincia, me había proporcionado en Roma tan gran
-estimación entre tus amigos, de lo cual tú eres irrecusable testigo,
-que debéis, cartagineses, recibir mi amistad con tanta afición como
-tengo yo en buscar la vuestra. Las dificultades con que accedéis a
-mis raras audiencias prueban vuestro deseo de escucharme asiduamente.
-Y si no, decidme: el agrado en frecuentar a las gentes, el irritarse
-por sus inexactitudes, el regocijarse por su constancia, el censurar
-sus infidelidades, todos estos sentimientos que se experimentan por
-aquellos cuya ausencia nos es penosa, ¿no son la mayor prueba de amor?
-Y por otra parte, la palabra condenada a eterno silencio, ¿no es lo
-mismo el olfato entorpecido por el constipado, que el oído ensordecido
-por el viento, que los ojos cubiertos con una tela? ¿No equivale a
-sujetar las manos con esposas, a aprisionar los pies con grillos, el
-sumir el alma, esta reina del cuerpo, en el sueño, ahogarla en el vino
-o embotarla con las enfermedades?</p>
-
-<p>De igual suerte que la espada brilla con el uso y se enmohece con el
-descanso, la voz sujeta a la tortura de largo silencio se entorpece. La
-falta de actividad engendra en todo la pereza, y la pereza el letargo.
-Los actores<span class="pagenum" id="Page_288">p. 288</span> trágicos
-perdían el brillo de su voz si no declamaban todos los días, y gritando
-es como se desarrolla la laringe.</p>
-
-<p>Sin embargo, la vocalización humana es un trabajo superfluo,
-un ejercicio inútil comparado con multitud de otros resultados
-posteriores. ¿Qué es la voz del hombre si se compara con el brillante
-sonido del clarín, con la variada armonía de la lira, con el seductor
-lamento de la flauta, con el murmullo encantador del caramillo o el eco
-prolongado de la trompeta?</p>
-
-<p>Y no hablo de multitud de animales cuyos acentos naturales, por
-sus propiedades especiales, nos llenan de admiración: el grave mugido
-de los toros, el lúgubre aullido de los lobos, el grito doloroso del
-elefante, el regocijado relincho del caballo, los penetrantes chillidos
-de los pájaros, los feroces rugidos del león y otras voces de animales,
-voces terribles o llenas de dulzura, según expresan la rabia cruel o el
-amoroso celo. En cambio ha dado Dios al hombre una voz menos fuerte,
-pero más útil a la inteligencia y agradable al oído; no habiendo mejor
-ocasión de emplearla y servirse de ella que ante una asamblea presidida
-por tan grande hombre, ante la numerosa reunión de personas tan
-instruidas y benévolas.</p>
-
-<p>Si tuviera superior habilidad para tocar la lira, no querría lucirla
-sino ante numeroso auditorio. En la soledad cantaban: en las selvas,
-Orfeo; Arión entre delfines; porque de dar crédito a las fábulas, Orfeo
-ocultaba su dolor en el destierro, y Arión se arrojó de lo alto de un
-buque; aquel domesticaba a las fieras; este encantaba a los monstruos
-del mar. ¡Desdichados cantores! Sus acordes no los inspiraba el amor a
-la gloria, sino la necesidad de su salvación. Más y de mejor grado les
-admiraría<span class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span> si hubieran
-deleitado a los hombres y no a los animales. La soledad es patrimonio
-de los pájaros, de los mirlos, de los ruiseñores, de los cisnes; el
-mirlo silba en los apartados eriales; el ruiseñor alegra los desiertos
-de África con sus juveniles canciones; el cisne en las orillas de los
-ríos solitarios medita el canto de la vejez.</p>
-
-<p>Pero quien puede cantar versos útiles a los niños, a los jóvenes y a
-los ancianos, debe cantar en medio de todos, y por ello mi poesía está
-dedicada a las virtudes de Orfito; himno tardío acaso, pero serio y
-tan agradable como útil a los cartagineses de todas las edades, porque
-todos tienen pruebas de la especial bondad del procónsul; del que
-atemperando los deseos con saludables restricciones, ha sabido inspirar
-a los niños la moderación, a los jóvenes la alegría, a los ancianos la
-seguridad.</p>
-
-<p>Ahora, Escipión, que llego a hablar de tu noble carácter, temo que
-me detenga o tu generosa modestia o el sentimiento de natural pudor.
-Pero no puedo pasar en silencio todas las cualidades que con tan
-justo título admiramos en tu persona; mencionaré algunas de ellas, y
-vosotros, ciudadanos a quien él ha salvado, reconocedlas conmigo.</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_18">XVIII.</h3>
-
-<p>Ante tan prodigiosa afluencia de oyentes debo más bien felicitar
-a Cartago, por poseer en su seno tantos amigos de la ciencia, que
-justificar a un filósofo que se presenta ante el público. Por lo demás,
-esta numerosa asamblea corresponde a la grandeza de la ciudad, y el
-inmenso concurso explica la elección del sitio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span>Además, en
-presencia de tal auditorio no se debe fijar la atención en el mármol
-del piso ni en las tablas del teatro, ni en la columnata de la escena
-más que en la elevación del techo, el brillo del artesonado, o la
-circunferencia de las gradas. Olvidad que aquí mismo y en otras
-ocasiones un mimo se descoyunta, un cómico charla, un trágico declama,
-un bailarín de cuerda da sus peligrosos saltos, un escamoteador hace
-sus juegos, un histrión sus payasadas; olvidad, en fin, que todos los
-demás farsantes muestran aquí, a los ojos del pueblo, sus diversas
-habilidades; dejad a un lado todas estas ideas y pensad solo en la
-gravedad de la asamblea y en el lenguaje del orador.</p>
-
-<p>Por ello, a ejemplo de los poetas que de ordinario suponen aquí
-mismo diferentes ciudades, y como el trágico que hace decir en el
-teatro:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">Tú que del Citerón a la alta cumbre llegas,</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="ti0">o como el cómico:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Plauto en esta ciudad vuestra</div>
- <div class="verse indent0">Os pide modesto sitio</div>
- <div class="verse indent0">Para transportar Atenas</div>
- <div class="verse indent0">Sin arquitecto y sin ruido,</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="ti0">séame permitido transportaros, no a una ciudad lejana
-y del otro lado del mar, sino al Senado o a la Biblioteca de Cartago.
-Suponed, si mi discurso es digno del Senado, que lo oís en el Senado, y
-si es sabio, que nos encontramos en la Biblioteca.</p>
-
-<p>Quisiera que la fecundidad de mi palabra respondiera a la grandeza
-de este auditorio y que no me faltara, sobre todo, donde yo deseo
-emplear mayor elocuencia; pero nada tan cierto que el dicho de que «el
-cielo no concede al hombre ninguna dicha que no esté mezclada<span
-class="pagenum" id="Page_291">p. 291</span> con algunas contrariedades»
-y el de que en la mayor alegría siempre existe alguna amargura. No hay
-miel sin hiel. La abundancia conduce al exceso. Conozco más que en
-ninguna otra ocasión esta verdad, porque cuando más derechos creo tener
-a vuestros sufragios, mayor es el embarazo que me inspira para hablar
-el respeto que os profeso.</p>
-
-<p>Yo que con frecuencia he hecho ante extranjeros prueba de una
-locución fácil, titubeo ante mis conciudadanos. ¡Cosa extraña!
-Vuestras alabanzas me cortan, vuestros aplausos me intimidan, vuestra
-benevolencia encadena mi palabra, y, sin embargo, ¿no debería todo
-esto, al contrario, alentarme?</p>
-
-<p>Nuestros penates son comunes; he vivido entre vosotros desde mi
-infancia, he estudiado con vuestros maestros; estáis iniciados en mi
-doctrina; conocéis mi voz; habéis aprobado mis obras; mi patria está
-en la jurisdicción de África; he pasado con vosotros mi juventud; he
-escuchado vuestras lecciones, y si completé mis estudios en Atenas,
-aquí los empecé. Pronto hará seis años que estáis acostumbrados a oírme
-hablar en las dos lenguas; en cuanto a mis libros, lo que sobre todo
-les da mérito y precio es la aprobación que vosotros les concedéis.
-Pues bien, estos mil puntos comunes que os predisponen a escucharme
-favorablemente, detienen mi palabra.</p>
-
-<p>Seríame mucho más fácil celebrar vuestras alabanzas en cualquier
-otro sitio que en medio de vosotros, porque entre los suyos a cada
-cual retiene la modestia; la verdad no es libre sino entre extraños,
-y por ello siempre y en todas partes os celebro como parientes míos y
-mis primeros maestros y os pago mi tributo, no a la manera del sofista
-Protágoras, que fijó su salario y no lo recibió,<span class="pagenum"
-id="Page_292">p. 292</span> sino como el sabio Tales, que no lo pidió y
-lo cobró.</p>
-
-<p>Pero ya veo lo que deseáis saber, y os contaré esta doble
-historia.</p>
-
-<p>Protágoras, sofista instruidísimo y uno de los primeros y más
-elocuentes inventores de la retórica, era de la misma edad y de la
-misma ciudad que el naturalista Demócrito, cuyas doctrinas estudió.
-Dícese que Protágoras había estipulado con Euathlo, su discípulo, un
-salario elevadísimo, con la imprudente condición de que no lo pagaría
-si no ganaba el primer pleito. Euathlo aprendió fácilmente todos los
-medios de atraerse la benevolencia de los jueces, los ardides de la
-defensa y los artificios de la parte contraria, tanto mas fácilmente
-cuanto que su ingenio era fino y astuto.</p>
-
-<p>Satisfecho de saber lo que había deseado, imaginó eludir su promesa;
-entretuvo a su maestro con prórrogas, y pasó largo tiempo sin querer
-pleitear ni pagar. Protágoras al fin le cita a juicio; expone en este
-las condiciones con que se había comprometido a instruírle, y emplea
-este argumento bicornuto: «O yo ganaré el pleito y deberás pagarme
-el precio convenido, porque a ello serás condenado, o lo ganas tú y
-entonces tendrás que pagarme también, conforme a nuestras condiciones,
-puesto que habrás ganado el primer pleito. De suerte que si ganas estás
-en el caso previsto en nuestro contrato, y si pierdes, obligado a pagar
-por la sentencia.» Responde a esto.</p>
-
-<p>Los jueces encontraron el argumento concluyente e invencible; pero
-Euathlo, digno discípulo de su maestro, lo devolvió de esta manera:
-«Pues bien, si así es, en ninguno de ambos casos te debo pagar lo que
-demandas. Si gano, la sentencia me liberta de la deuda, y si pierdo,
-me libran nuestras condiciones, por virtud de las cuales nada te
-debo si pierdo mi primer pleito. En cualquiera<span class="pagenum"
-id="Page_293">p. 293</span> de ambos casos quedo libre del pago;
-si pierdo, por la condición de nuestro contrato; si gano, por la
-sentencia.»</p>
-
-<p>¿No os parece que estos argumentos de ambos sofistas se enmarañan
-como espinas revueltas por el viento? Por ambas partes los mismos
-dardos, igual habilidad, idénticas heridas. Dejemos, pues, a los
-abogados y a los avaros el salario de Protágoras, con sus asperezas y
-espinas.</p>
-
-<p>¡Cuánto más amo este otro salario que Tales demandaba! Era Tales uno
-de los siete sabios, y ciertamente el más ilustre de todos. Inventor
-entre los griegos de la geometría, fue el primero que estudió con
-exactitud la naturaleza de las cosas, y ayudado de pequeñas líneas,
-hizo los más grandes descubrimientos; la revolución de los tiempos,
-el soplo de los vientos, el curso de las estrellas, la retumbante
-maravilla del trueno, la dirección oblicua de los relámpagos, la
-vuelta anual del sol, las diversas fases de la luna, que nace y
-crece, envejece y se altera, tropieza con un obstáculo y desaparece.
-Ya en edad avanzada dio la verdadera explicación del sistema solar;
-explicación que aprendí y comprobé por medio de la experiencia. Él es
-quien ha medido el círculo que el sol, con su inmensa vuelta, describe
-sobre sí mismo.</p>
-
-<p>Se cuenta que acababa de hacer Tales un descubrimiento, y lo enseñó
-a Mandraito de Priene. Maravillado este por un sistema tan nuevo
-e inesperado, dejó a elección de Tales la recompensa que había de
-darle por tan preciosa comunicación. «Estaré recompensado, contestó
-el sabio, si cuando demuestres a alguno lo que te acabo de enseñar,
-no te atribuyes el descubrimiento, ni a ningún otro, sino a mí.»
-¡Respuesta admirable y digna de este grande hombre! ¡Salario inmortal!
-Porque hoy<span class="pagenum" id="Page_294">p. 294</span> y siempre
-le estaremos pagando cuantos hemos reconocido la verdad de sus
-observaciones astronómicas.</p>
-
-<p>Tal es el salario que os pago, cartagineses, en todas partes donde
-voy, por la enseñanza que me habéis dado durante mi infancia. En todas
-me vanaglorio de ser vuestro discípulo y os tributo todo género de
-elogios. Vuestras doctrinas son las que cultivo con mayor cuidado;
-vuestro poder el que celebro como más elevado; vuestras divinidades las
-que honro con más devoción.</p>
-
-<p>No creo encontrar un exordio más agradable a vuestros oídos que la
-invocación del nombre de Esculapio, de ese dios que protege con visible
-predilección la ciudadela de vuestra Cartago. Os recitaré un himno que,
-en honor de este dios, he compuesto en latín y griego, porque no soy
-para él adorador desconocido, ni iniciado novel, ni pontífice ingrato,
-pues en prosa y verso he celebrado su divinidad hasta el punto de
-cantarle en dos lenguas; y a este himno he añadido un diálogo-prólogo
-en griego y en latín.</p>
-
-<p>En este diálogo hablarán Sabidio Severo y Julio Persio: dos ilustres
-amigos que igualmente queréis por sus servicios, por su elocuencia y
-por su patriotismo, y de quienes no se sabe decir si se distinguen
-más por su moderación tranquila, por la actividad de su celo o por
-el brillo de sus honores. Unidos por estrecha amistad, solo luchan y
-rivalizan entre sí en un punto: su amor por Cartago; en esto agotan
-ambos toda su energía y de ambos es la victoria.</p>
-
-<p>Persuadido estoy de que la lectura de este diálogo no os será menos
-agradable que a mí placentero el haberlo compuesto, y que con él os
-hago un piadoso homenaje. Al principio del libro introduzco uno de
-los que conmigo estudiaban en Atenas, el cual pide en griego a<span
-class="pagenum" id="Page_295">p. 295</span> Persio que le cuente las
-palabras que yo he pronunciado la víspera en el templo de Esculapio.
-Viene en seguida Severiano, que desempeña el papel de interlocutor
-latino, pues aunque Persio pueda hablar muy bien la lengua latina,
-conviene a nuestro propósito valernos en esta ocasión del vocabulario
-de Atenas.</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_19">XIX.</h3>
-
-<p>Asclepiades, uno de los médicos más ilustres, exceptuando a
-Hipócrates, el más ilustre de todos, es el primero que ha empleado el
-vino para mejorar a los enfermos; pero, entiéndase bien, lo empleaba
-oportunamente. Para ello, la observación le servía de regla infalible,
-pues estudiaba con extraordinaria atención los movimientos irregulares
-o satisfactorios del pulso.</p>
-
-<p>Un día, al volver a la ciudad de su campaña por el barrio, vio una
-inmensa pira puesta en una plaza, y alrededor de ella, de pie, en traje
-de luto, sumida en la mayor tristeza y con señales exteriores del más
-profundo duelo, una inmensa multitud que había acudido para asistir a
-los funerales.</p>
-
-<p>Por un impulso de natural curiosidad, se acercó para saber quién
-era el difunto, porque nadie había contestado a sus preguntas, y acaso
-porque esperaba hacer algunas observaciones útiles a la ciencia. Lo
-cierto es que aquel hombre, tendido y casi inhumado, le debió la
-vida.</p>
-
-<p>Asclepiades miraba a aquel desdichado, cuyos miembros estaban ya
-cubiertos de aromas, el rostro impregnado de esencias por mano de los
-embalsamadores y preparada<span class="pagenum" id="Page_296">p.
-296</span> la comida fúnebre; notó con atención ciertos signos, y
-tentando el cuerpo repetidas veces, comprendió que quedaba en él un
-resto de vida.</p>
-
-<p>«Este hombre vive, exclamó, alejad esas antorchas, apagad ese fuego,
-destruid esa pira, llevad esa comida a la sala del festín.»</p>
-
-<p>Óyese en seguida un rumor; decían unos que era preciso creer a los
-médicos; otros se burlaban de la medicina. Finalmente, a despecho hasta
-de los parientes, que no prestaban fe a sus palabras o que ya saludaban
-la herencia, consiguió Asclepiades, no sin gran trabajo, una breve
-dilación para las exequias del supuesto difunto; llevole a su casa en
-virtud de un derecho de postliminio de nueva especie; y arrancando a
-este desdichado de las manos de los sepultureros, como del infierno, le
-devolvió el aliento, y a poco la vida, escondida en los más secretos
-repliegues del cuerpo, fue reanimada, gracias a ciertos remedios.</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_20">XX.</h3>
-
-<p>He aquí una frase célebre de un sabio, relativa a los placeres de la
-mesa:</p>
-
-<p>«La primera copa es para la sed, la segunda para la alegría, la
-tercera para la voluptuosidad, la cuarta para la demencia.»</p>
-
-<p>La copa de las Musas, al contrario, cuanto más llena de licor sin
-mezcla, es más propicia a la salud del alma. La primera copa, la de
-los elementos, disipa la ignorancia; la segunda, la de la gramática,
-enseña las reglas; la<span class="pagenum" id="Page_297">p. 297</span>
-tercera, la de la retórica, proporciona el arma de la elocuencia. Los
-más se detienen aquí.</p>
-
-<p>Por mi parte, estando en Atenas, he bebido además otras copas; he
-gastado la poesía y sus especias, la geometría y su agua clara, la
-música y sus dulzores, la dialéctica y su picante aspereza, en fin, la
-filosofía general y su delicioso néctar. Juzgad si no.</p>
-
-<p>Empédocles compone versos; Platón, diálogos; Sócrates, himnos;
-Epicarmo, refranes; Jenofonte, historias; Jenócrates, sátiras. Vuestro
-Apuleyo abarca todos estos géneros; con celo igual cultiva las nueve
-Musas, con mejor voluntad, sin duda, que talento. Por esto acaso merece
-más elogios, porque en todas las cosas bellas, el mérito está en los
-esfuerzos y el resultado es cosa eventual.</p>
-
-<p>Lo mismo sucede con el crimen; la intención, no seguida del efecto,
-es penada por la ley, porque si la mano queda pura, el alma está
-manchada. Por tanto, si la intención de obrar mal basta para ser
-castigado, también basta para la gloria intentar cosas laudables.
-¿Y cómo conquistar los elogios más brillantes y más seguros, sino
-celebrando a Cartago, ciudad donde todos los ciudadanos se distinguen
-por su instrucción, donde se ven todos los géneros de conocimientos
-estudiados por los niños, practicados por los jóvenes, enseñados por
-los ancianos? ¡Cartago, venerable institutriz de nuestra provincia;
-Cartago, musa celeste del África; Cartago, inspiración de la toga!</p>
-
-
-<h3 title="XXI." id="Ch12_21" ><span class="pagenum" id="Page_298">p. 298</span>XXI.</h3>
-
-<p>A veces, aun durante una precipitación necesaria, ocurren honrosos
-impedimentos que obligan a aplaudir una suspensión de voluntad.
-Supongamos a algunos hombres apremiados para hacer un viaje; prefieren
-montar a caballo a sentarse en un carro, a causa del embarazo del
-equipaje, de la pesadez de los carruajes, de las ruedas embarradas, de
-los carriles con baches, sin contar los montones de piedras, las cepas
-de árboles, los campos encharcados, las colinas en talud.</p>
-
-<p>Queriendo evitar todos estos motivos de tardanza, han escogido
-para montar caballos tan sólidos como vigorosos, tan fuertes como
-rápidos,</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">Que de un escape salvan los campos y colinas,</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="ti0">como dice Lucilio. Pero mientras sobre sus fogosos
-corceles vuelan, por el camino ven un hombre eminente por su dignidad
-y su nobleza; un hombre muy considerado, muy conocido, y entonces, sea
-la que quiera su impaciencia, suspenden, en honor suyo, la carrera,
-detienen los pasos, refrenan los caballos y echan pie a tierra; la
-varilla que les sirve para excitar el corcel, la pasan a la mano
-izquierda, y con la derecha, ya libre, le acogen y saludan. Mientras el
-personaje les pregunta, le acompañan conversando, y cualquiera que sea
-el retraso lo sacrifican de buen grado al cumplimiento de un deber.</p>
-
-
-<h3 title="XXII." id="Ch12_22" ><span class="pagenum" id="Page_299">p. 299</span>XXII.</h3>
-
-<p>A Crates, discípulo de Diógenes, lo honraban sus contemporáneos en
-Atenas como a un genio doméstico. Ninguna casa le fue jamás cerrada,
-ningún padre de familia tuvo secreto tan oculto que no lo supiera
-inmediatamente Crates, porque era el árbitro y mediador de todas las
-cuestiones y de todos los disgustos entre parientes. Lo que los poetas
-cuentan de que Hércules sometió, venció con su valor tantos monstruos
-terribles, hombres y fieras, y que purgó de ellos al mundo, puede
-decirse de la cólera, de la envidia, de la avaricia, de la lujuria
-de todos los monstruos y de todas la plagas del alma humana, para
-las cuales fue un Hércules este filósofo. Las arrancó de todas las
-almas, purgó de ellas a todas las familias y domó la perversidad. Como
-Hércules, iba medio desnudo y llevaba una maza.</p>
-
-<p>Había nacido en Tebas, donde, según la tradición, nació Hércules.
-Antes de llegar a ser Crates, era uno de los principales tebanos;
-se citaban la nobleza de su origen, el número de sus servidores, el
-esplendor del vestíbulo de su casa; él mismo iba bien vestido y con
-dinero.</p>
-
-<p>Pero más tarde reconoció que en toda esta fortuna no había nada
-sólido, ninguna regla de conducta; vio que todo es efímero y frívolo,
-que cuantas riquezas hay bajo los cielos no sirven para hacer la
-felicidad.</p>
-
-<p>Un barco, decía, es bueno hábilmente construido, bien acondicionado
-y elegantemente decorado por dentro, provisto<span class="pagenum"
-id="Page_300">p. 300</span> por fuera de un timón móvil, de un mástil
-elevado, de brillantes velas, en una palabra, de cuanto es necesario al
-equipo, de cuanto puede agradar a la vista. Pero si este barco no tiene
-piloto que le dirija, o la tempestad es su piloto, pronto se sepultará
-con su magnífico equipaje en las profundidades del mar, o se estrellará
-contra las rocas.</p>
-
-<p>Por muchos que sean los médicos que visiten a un enfermo, ninguno de
-ellos, porque vea la casa adornada de soberbias galerías y de dorados
-techos, porque un rebaño de esclavos y de adolescentes de rara belleza
-estén de pie alrededor del lecho, dice al enfermo que tenga buen ánimo,
-sino se sienta junto al lecho, le toma la mano, le tienta, observa
-los movimientos del pulso y sus intervalos, y si encuentra en ellos
-alguna alteración o perturbación, anuncia al paciente que su mal es
-peligroso. A este Creso le prohíbe tomar alimento. En aquella casa tan
-opulenta, no hay en todo el día un mendrugo de pan para él, mientras
-sus servidores gozan en alegres festines. En esto, su condición y nada
-son la misma cosa.</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_23">XXIII.</h3>
-
-<p>Vosotros, los que habéis querido que hablase abundantemente,
-aceptad este ensayo. Más tarde lo acabaré. No creo correr ningún
-riesgo atreviéndome a improvisar delante de vosotros, puesto que ya
-habéis aplaudido mis discursos preparados; ni temo desagradar en las
-cosas frívolas, habiéndoos satisfecho en las más graves. Preciso<span
-class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span> es que me conozcáis bajo
-todos los aspectos. Por este boceto informe, como dice Lucilio, podréis
-juzgar si soy el mismo en mis improvisaciones que en mis asuntos
-meditados, si algunos de vosotros desconocen esta facultad mía de
-hablar de improviso.</p>
-
-<p>Espero que vuestros oídos no sean más severos que mi pluma;
-en cambio seréis con la obra más indulgentes que su mismo autor.
-Esto es, por lo demás, costumbre de hombres de gusto, que muestran
-tanta severidad y desconfianza con las obras larga y detenidamente
-elaboradas, como benevolencia con las espontáneas. Jueces rigurosos,
-críticos severos, sin restricción para las obras escritas, deseáis
-conocer las improvisaciones para no juzgarlas. Esto es justo. Nuestros
-escritos quedan como están después que hemos terminado su lectura;
-pero en lo que decimos de repente, en lo cual en cierto modo sois
-partícipes, el único mérito es la acogida que le hagáis. Cuanto mayor
-desenfado haya hoy en mi estilo, tanto más me elevaré a vuestros ojos.
-Pero ya veo que me escucháis con gusto. Mi suerte está en vuestras
-manos, a vosotros toca desplegar y hacer que floten nuestras velas, a
-vosotros impedir que lánguidamente cuelguen o que permanezcan crispadas
-en las vergas. Por mi parte, aplicaré la frase de Aristipo, el jefe de
-la escuela cirenaica, o dándole el nombre que él prefiere, el discípulo
-de Sócrates.</p>
-
-<p>Preguntándole un tirano para qué le había servido el largo y penoso
-estudio de la filosofía, Aristipo respondió: «Para poder hablar a todos
-los hombres sin temor ni embarazo.»</p>
-
-<p>En este asunto, improvisada la expresión, será espontánea como
-muralla construida a escape, donde es preciso colocar las piedras
-al azar y sin simetría, sin apoyarlas<span class="pagenum"
-id="Page_302">p. 302</span> en sólida base, sin alinearlas en planos
-regulares, sin medirlas conforme a las leyes geométricas.</p>
-
-<p>Construcción de palabras, las piedras que para ello traeré de mi
-montaña no están labradas en ángulos rectos, perfectamente iguales en
-todas sus caras y pulidas en las proporciones más exactas. Acopiaré
-los materiales para la obra y emplearé indiferentemente las piedras
-desiguales y esquinadas como las pulimentadas y brillantes. Unas serán
-angulosas, de aristas vivas; otras redondas o de bordes desgastados,
-sin alineación ni regularidad de escuadra ni rectitud de nivel. La
-celeridad y la corrección en una misma cosa, son imposibles, y nada
-hay que a la vez reúna el mérito de la prontitud y la belleza de la
-perfección.</p>
-
-<p>He cedido al deseo de algunas personas que absolutamente deseaban
-fuese improvisado mi discurso; pero temo me suceda lo que aconteció,
-según Esopo, al cuervo de la fábula, esto es, que buscando nueva
-gloria, pierda algo del mérito que antes me concedíais.</p>
-
-<p>Veo que tenéis curiosidad de conocer este apólogo, y no me molesta
-recitároslo.</p>
-
-<p>El cuervo y el zorro vieron al mismo tiempo una presa, y con igual
-ardor se lanzaron a cogerla; pero no con igual prontitud, porque el
-zorro corría y el cuervo volaba, de modo que el ave adelantó muy pronto
-a su rival. Desplegadas las alas atravesó el aire con rápido vuelo,
-cayó sobre la presa, se apoderó de ella, y orgulloso de la victoria,
-emprendió de nuevo el vuelo y fue a posarse seguro sobre la cima de una
-próxima encina. Entonces el zorro, no pudiendo valerse de sus patas,
-apeló a la astucia, y parándose debajo del cuervo, vanidoso de su
-conquista, empezó a alabarle hipócritamente, diciendo:</p>
-
-<p>«¡Cuán loco era yo en pretender rivalizar con el ave<span
-class="pagenum" id="Page_303">p. 303</span> de Apolo! ¿Viose nunca
-cuerpo más gracioso? Ni pequeño ni grande, todo es en él útil y
-agradable; plumaje lustroso, cabeza elegante, pico sólido. ¡Qué miradas
-tan penetrantes! ¡Qué uñas tan vigorosas! ¿Y qué decir del color? Solo
-hay dos colores primordiales, el negro y el blanco, que son entre sí
-el día y la noche. Ambos los dio Apolo a sus aves queridas, el blanco
-al cisne y el negro al cuervo. Pero al conceder el canto a aquel, ¿por
-qué no dio voz a este? Tan hermosa ave, el fénix de los huéspedes de la
-selva, el favorito del armonioso Apolo, ¿verase obligado a vivir mudo y
-silencioso?»</p>
-
-<p>Al oír estas palabras el cuervo, queriendo demostrar que no carecía
-de esta cualidad, quiso dar enorme graznido por probar que en nada
-cedía al cisne, y olvidando la presa que tenía cogida, abrió el ancho
-pico, y perdió con el canto lo que había ganado con el vuelo, ganando
-el zorro con la astucia lo que había perdido en la carrera.</p>
-
-<p>Resumamos esta fábula en pocas palabras, si es posible.</p>
-
-<p>El cuervo, para mostrar su bella voz, único mérito que le faltaba,
-al decir del engañoso zorro, se puso a graznar, y la presa que tenía
-fue el premio del adulador.</p>
-
-
-<h3 id="Ch12_24">XXIV.</h3>
-
-<p>De antemano sé lo que significan estas demostraciones. Pedís que
-diga en latín el resto de mi discurso, porque recuerdo que, al empezar,
-las opiniones estaban divididas, y prometí que si alguno de vosotros se
-inclinara<span class="pagenum" id="Page_304">p. 304</span> en favor
-de la una o de la otra lengua, no se retiraría sin haber oído lo que
-prefiriese.</p>
-
-<p>Por eso, si queréis, dejaremos ahora la lengua del Ática, que ya es
-tiempo de abandonar a Grecia por el Lacio. Estamos próximamente a la
-mitad del discurso, y por lo que puedo juzgar, esta última parte no
-será inferior a la que he pronunciado en griego, ni por el vigor de los
-pensamientos, ni por la abundancia de las ideas, ni por la riqueza de
-los ejemplos, ni por la elegancia de la expresión.</p>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_305">p. 305</span></p>
- <p class="fs130 lh150 ws1">EL DEMONIO DE SÓCRATES</p>
- <p class="fs75 lh200">POR</p>
- <p class="fs110 lh150 g0 ws1">LUCIO APULEYO</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch13_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_307">p. 307</span></p>
- <h2 class="nobreak">EL DEMONIO DE SÓCRATES.</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p>
-
-<div class="smaller mt1">
-
-<p>Los dioses supremos habitan en las alturas del mundo sin contacto
-alguno con los animales que viven en la tierra; pero entre el hombre y
-la Divinidad hay poderes intermediarios.</p>
-
-<p>Los genios o demonios son a la vez los intérpretes de nuestros
-votos y los mensajeros de los beneficios celestes, participando de
-doble naturaleza; como nosotros, son apasionados; como los dioses,
-inmortales. Su morada es ese intervalo aéreo que existe entre el cielo
-y la tierra. Su cuerpo es más ligero que el de los animales terrestres,
-y menos sutil que el de los seres superiores. Son visibles e invisibles
-según su voluntad, o mejor dicho, según sus diversas atribuciones.</p>
-
-<p>Deben ser contados entre ellos los manes y demás genios familiares,
-y otros de superior esencia, como el Sueño y el Amor. Todos tienen
-un culto especial, todos agradecen las ofrendas, y a todos irrita la
-indiferencia o el desprecio.</p>
-
-<p>Sin embargo, cada hombre tiene un demonio que debe honrar
-particularmente, un genio cuyos consejos debe escuchar y cuyas
-inspiraciones seguir. La sabiduría consiste en el culto tributado
-al genio especial de cada uno, y Sócrates fue el hombre más sabio
-por su obediencia a los mandamientos de su genio. En todas ocasiones
-escuchaba con respeto la divina voz que le hablaba. Este demonio fue
-quien le enseñó a distinguir los verdaderos de los falsos bienes, a
-despreciar los favores de la fortuna, y a buscar solo la virtud.</p>
-<p><span class="pagenum" id="Page_308">p. 308</span></p> <p>Imitemos a
-Sócrates: dejando de un lado las cosas exteriores, cultivemos nuestro
-genio; no deseemos más que los verdaderos bienes, y seremos felices,
-y mereciendo, como Ulises, elogios que solo se dirijan a nuestra
-virtud.</p>
-
-</div>
-
-<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
-
-<p>Examinando Platón la naturaleza de todas las cosas, y principalmente
-la de los seres animados, los dividió en tres clases. Creyó que
-había dioses superiores, dioses intermedios y dioses inferiores,
-distinguiéndoles no solo por sus moradas, sino también por la
-perfección de su naturaleza, y fundó esta diferencia en numerosas
-consideraciones.</p>
-
-<p>Estableció primero, para mayor claridad, la distinción de las
-moradas y, cual su majestad lo exigía, asignó el cielo a los dioses
-inmortales.</p>
-
-<p>Entre estos dioses celestiales unos aparecen a nuestros ojos, otros
-los descubre la inteligencia. Vemos, pues, con nuestros ojos</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent8">... esos astros brillantes</div>
- <div class="verse indent0">Que arreglan en los cielos el curso de los años.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Pero nuestros ojos no ven solo esos astros principales: el sol,
-creador del día; la luna, rival del sol, esplendor de la noche, que,
-alternativamente figura un arco o aparece la mitad, o se muestra en
-la plenitud de su forma, antorcha variable, que luce con mayor brillo
-conforme se aleja más del sol, midiendo los meses en sus períodos
-regulares, períodos que se componen de crecientes y menguantes iguales.
-¿Brilla la luna, como creen los Caldeos, con luz propia, luminosa de un
-lado y oscura de otro; debe a la revolución de su globo los cambios
-de su color, forma y extensión, o es cuerpo oscuro y falto de<span
-class="pagenum" id="Page_309">p. 309</span> luz, que absorbe como
-espejo los rayos oblicuos u opuestos del sol? O sirviéndome de la frase
-de Lucrecio: «La luz que en ella brilla ¿es prestada?»</p>
-
-<p>Después veremos cuál de ambas opiniones es verdadera, pero lo cierto
-es que ni griegos ni bárbaros han negado o puesto en duda la divinidad
-del sol y de la luna.</p>
-
-<p>No son estos astros, según he dicho, los únicos dioses superiores.
-Hay además cinco estrellas que el ignorante vulgo llama errantes,
-aunque tienen un movimiento eterno, regular y cierto: si bien siguen
-distinta ruta, conservan siempre una velocidad igual y semejante, una
-progresión y una vuelta admirablemente determinadas por su situación y
-por la oblicuidad de su curva. Este orden maravilloso lo han advertido
-los que estudian la salida y ocultación de los astros.</p>
-
-<p>Los partidarios del sistema de Platón deben contar en el número
-de los dioses visibles a Arturo, las pluviosas Híades y las dos
-<i>Osas</i>, como también las demás constelaciones luminosas, coro
-admirable que en un cielo puro vemos brillar con severo resplandor;
-majestuosas bellezas de la noche sembrada de estrellas, luces
-deslumbradoras que reflejan, como dice Ennio, multitud de figuras en el
-magnífico escudo del mundo.</p>
-
-<p>Hay también otra especie de dioses que la naturaleza ha negado
-a nuestras miradas, pero que advertimos en las contemplaciones de
-la inteligencia, cuando con los ojos del alma los consideramos
-atentamente; entre ellos están los doce siguientes, cuyos nombres
-reunió Ennio en dos versos,</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">Juno, Vesta, Minerva, Ceres, Diana, Venus, Marte,</div>
- <div class="verse indent0">Mercurio, Júpiter, Neptuno, Vulcano, Apolo,</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="ti0">y otros de igual naturaleza, cuyos nombres desde
-hace<span class="pagenum" id="Page_310">p. 310</span> largo tiempo son
-familiares a nuestros oídos, y cuyo poder comprende nuestro espíritu
-por los distintos beneficios que nos prodigan en la vida, según sus
-diversas atribuciones.</p>
-
-<p>Pero el vulgo profano, ignorante de la filosofía y de las cosas
-santas, privado de razón y de creencias, y extraño a la verdad; el
-vulgo crédulo e insolente desconoce a los dioses, y con un culto
-ridículo o con insolentes desdenes, unos son supersticiosos y otros
-despreciadores, aquellos por debilidad, y estos por orgullo. En efecto,
-el mayor número reverencia a todos los dioses que habitan en las altas
-regiones del aire y que están muy alejados de las debilidades humanas;
-pero los honores que les tributan son indignos de ellos. Todo el mundo
-teme los dioses, pero sin saber la razón. Pocos los niegan, y estos por
-impiedad.</p>
-
-<p>Los dioses, según Platón, son naturalezas incorpóreas, animadas, sin
-principio ni fin, eternas en lo porvenir y en lo pasado, sin contacto
-alguno con los cuerpos perfectos y destinadas a la felicidad suprema.
-Buenos por sí mismos, no participan de ningún bien exterior y alcanzan
-el objeto de su deseo por un movimiento fácil, sencillo, libre y sin
-obstáculos.</p>
-
-<p>¿Hablaré yo del padre de los dioses, del que crea y gobierna todas
-las cosas y que no está obligado a ningún acto, a ningún especial
-deber? ¿Qué diré de él cuando Platón, filósofo dotado de divina
-elocuencia y de penetración igual a la de los inmortales, ha repetido
-frecuentemente que la majestad de este ser, solo e infinito, está por
-encima de los términos y de las expresiones, y que ninguna palabra
-humana puede dar la menor idea de su perfección; que los mismos sabios,
-después de elevarse cuanto pueden sobre el nivel de los sentidos,
-apenas llegan<span class="pagenum" id="Page_311">p. 311</span> a
-comprender este dios, y que lo entreven de ordinario como rapidísimo
-relámpago que brilla en densa oscuridad?</p>
-
-<p>No me detendré en este punto; la fuerza me faltaría, puesto que mi
-maestro Platón no ha encontrado ninguna expresión digna de tan gran
-asunto: ante una materia que excede al alcance de mi débil genio, tengo
-que batirme en retirada, y del cielo bajo mi discurso a la tierra,
-donde el hombre es el primero de los animales.</p>
-
-<p>En verdad, la mayoría de los hombres, depravados por el abandono
-de toda moral, entregados a los errores y a los crímenes, de dulces
-que eran naturalmente, han llegado a ser de tal modo feroces, que el
-ser humano podría ser considerado como el último de los animales de la
-tierra. Pero no tratamos ahora de discutir sobre sus extravíos, sino de
-poner de manifiesto la división de la naturaleza.</p>
-
-<p>Los hombres están dotados de razón y de palabra, su alma es
-inmortal, su cuerpo perdurable, su espíritu activo e inquieto, sus
-sentidos groseros y falibles. Difieren entre sí por sus costumbres, y
-se parecen por sus extravíos, por su audacia, por la terquedad de sus
-esperanzas, por sus vanos trabajos, por su frágil fortuna. Cada hombre,
-aisladamente, es mortal, pero el género humano existe, se reproduce y
-se renueva perpetuamente. Su vida es rápida, su saber tardío, su muerte
-pronta y la tierra es la morada donde pasa su dolorosa existencia.</p>
-
-<p>Tenéis, pues, dos clases de seres animados: los hombres y los
-dioses; mas estos difieren de aquellos en que habitan en lugares
-sublimes, en la perpetuidad de su vida, en la perfección de su
-naturaleza. Nada de común tienen con nosotros, porque la inmensidad
-separa sus moradas de las nuestras, porque en ellos la juventud
-es<span class="pagenum" id="Page_312">p. 312</span> eterna e
-inalterable, y nuestra vida es frágil y rápida, y porque ellos están
-destinados a la felicidad, y nosotros oprimidos por el peso de las
-miserias.</p>
-
-<p>Pero qué, ¿la naturaleza no está unida en sí misma por ningún lazo,
-sino que, dividida en parte divina y en parte humana, se hace impotente
-por esta escisión? Porque como Platón ha dicho, ningún dios se mezcla
-con los hombres, y la señal más evidente de su sublimidad es que jamás
-se manchan con nuestro contacto.</p>
-
-<p>Algunos solamente, como los astros, aparecen a nuestra débil
-vista, y con todo eso, aun no estamos de acuerdo acerca de su tamaño
-y color. Los otros solo son comprendidos por los esfuerzos de nuestra
-inteligencia. Y no debe admirar que los dioses inmortales no estén
-al alcance de nuestra vista, porque aun entre los hombres, el que
-la fortuna eleva al trono, silla movible y frágil, se aparta lejos
-de todos, y, huyendo el contacto del vulgo, se oculta, por decirlo
-así, dentro de su propia dignidad, porque, así como la familiaridad
-produce el desprecio, la rareza de las relaciones inspira respetuosa
-admiración.</p>
-
-<p>Dirase, sin embargo, ¿qué ha de hacerse, según esta opinión, quizá
-sublime, pero casi inhumana? ¿Qué ha de hacerse, si los hombres,
-rechazados por los Inmortales, relegados en el Tártaro de esta vida,
-privados de toda comunicación con los dioses, no tienen ninguna
-divinidad que vele por ellos como pastor por sus ovejas, si ningún
-poder celestial modera el furor de los malos, cura las enfermedades,
-consuela a los indigentes? Decís que ningún dios se ocupa de las cosas
-humanas. ¿A quién, pues, debo dirigir mis ruegos? ¿A quién ofreceré
-mis votos? ¿A quién inmolaré víctimas? ¿A quién podré invocar como
-protector de los desgraciados, defensor de los inocentes y enemigo
-de los perversos? ¿A quién, finalmente,<span class="pagenum"
-id="Page_313">p. 313</span> apelaré como juez de mis juramentos? ¿Diré
-yo como el Ascanio de Virgilio:</p>
-
-<p>«Juro por esta cabeza, por la cual mi padre antes juraba»?</p>
-
-<p>Sin duda, Julio, tu padre podía invocar esta prenda sagrada entre
-los troyanos nacidos de la misma raza que él, y acaso entre los griegos
-que lo habían conocido en los combates; pero entre los Rútulos que
-recientemente has conocido, si nadie quiere fiar en dicha cabeza, ¿qué
-dios responderá por ti? ¿Apelarás, como el feroz Mecencio, a tu brazo y
-a tu lanza? Porque este tirano solo respetaba sus armas:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">Mi dios es esta mano y este dardo que lanzo.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Apartad esos dioses tan crueles, esa mano fatigada de homicidios,
-ese dardo enmohecido por la sangre; ni aquella ni este tienen nada en
-sí que merezca que se les invoque o que por ellos se jure. Este honor
-solo corresponde al dios de los dioses, porque jurar es poner a Júpiter
-por testigo, como ha dicho Ennio.</p>
-
-<p>¿Qué hacer? ¿Juraremos por Júpiter en piedra, según antigua
-costumbre de los romanos? Si la opinión de Platón es cierta, si los
-dioses no tienen ninguna comunicación con los hombres, la piedra no ha
-de oírnos con más facilidad que Júpiter. No, os responderá Platón por
-mi boca; no, los dioses no son tan distintos ni viven tan separados
-de los hombres, que no puedan oír vuestros votos. Son, en verdad,
-extraños al contacto, pero no al cuidado de las cosas humanas. Existen
-divinidades intermedias que habitan entre las alturas del cielo y el
-elemento terrestre, en ese medio que ocupa el aire, divinidades que
-transmiten a los dioses nuestros deseos y los<span class="pagenum"
-id="Page_314">p. 314</span> méritos de nuestras acciones. Los griegos
-las llaman <i>demonios</i>.</p>
-
-<p>Mensajeros de ruegos y de beneficios entre los hombres y los
-dioses, estos demonios llevan y traen de unos a otros, de una parte
-las demandas, y de otra los socorros; intérpretes con unos, genios
-bienhechores con otros, como lo dice Platón en su <i>Banquete</i>,
-presiden también en las revelaciones, en los encantos de los magos y en
-todos los presagios.</p>
-
-<p>Cada cual de ellos tiene sus atributos especiales. Componen los
-sueños, despedazan las víctimas, arreglan el vuelo y el canto de los
-pájaros, inspiran a los adivinos, lanzan el rayo, hacen brillar los
-relámpagos y se ocupan, en fin, de cuanto nos revela el porvenir: cosas
-todas que debemos creer mandadas por la voluntad, la providencia y las
-órdenes de los dioses, y ejecutadas por el cuidado, la obediencia y el
-ministerio de los demonios.</p>
-
-<p>Por ellos, por su intervención, fue Aníbal amenazado en sueños de
-la pérdida de un ojo; Flaminio, al ver las entrañas de la víctima,
-temió una derrota; los augures descubrieron a Navio Atto la maravillosa
-propiedad de la piedra de afilar; algunos hombres ven brillar los
-signos precursores del reinado que les espera; un águila corona a
-Tarquinio Prisco; una llama ilumina la cabeza de Servio Tulio; en fin,
-son las divinidades mediadoras entre los hombres y los dioses, que
-inspiran los presagios de los augures, los sacrificios toscanos, los
-versos de las Sibilas, y que indican los lugares donde ha de herir el
-rayo. Tales son las atribuciones de estos poderes intermedios entre
-los hombres y los dioses. Ciertamente sería impropio de la majestad de
-los dioses supremos, que alguno de ellos infundiera un sueño a Aníbal,
-o despedazara la víctima de<span class="pagenum" id="Page_315">p.
-315</span> Flaminio, o hiciera volar un ave junto a Atto Navio, o
-pusiera en verso las predicciones de la Sibila, o le quitara el bonete
-de flamen a Tarquinio, para devolvérselo, o hiciera aparecer envuelta
-en fuego la cabeza de Servio sin quemarla.</p>
-
-<p>Las divinidades del cielo no descienden a estos detalles que
-corresponden a los poderes intermedios, cuya morada está en el espacio
-de aire contiguo a la tierra y a los cielos, y que habitan en él como
-cada especie animada en el elemento que le es propio: en el aire lo que
-vuela, y en la tierra lo que anda.</p>
-
-<p>Y como hay cuatro elementos bien conocidos, que son, por decirlo
-así, las cuatro grandes divisiones de la naturaleza, y la tierra, el
-agua y el fuego, tienen cada uno sus animales peculiares (Aristóteles
-asegura que en las abrasadoras hornazas hay unos animales alados que
-revolotean y pasan su vida en el fuego, con el cual nacen, y sin él
-perecen), como tantos brillantes astros giran, según antes he dicho, en
-el éter, donde está el más vivo y puro origen del fuego, ¿por qué el
-aire, este cuarto elemento que ocupa tanto espacio, ha de estar vacío
-de toda cosa, y ser el único de los cuatro condenado por la naturaleza
-a no tener habitantes? ¿Por qué no ha de hacer que nazcan en el aire
-animales aéreos, como los produce inflamados en el fuego, fluidos en
-el agua y terrestres en la tierra? Porque los que asignan el aire como
-morada a las aves, cometen un error evidente. En primer lugar, ningún
-ave remonta su vuelo por encima del Olimpo, el monte más elevado del
-globo, cuya altura, según la medida de los geómetras, no llega a diez
-estadios. A partir de este monte, se extiende un inmenso espacio de
-aire hasta el primer círculo de la luna, donde verdaderamente empieza
-el éter. ¿Qué diréis, pues, de esta grande<span class="pagenum"
-id="Page_316">p. 316</span> extensión de aire que se encuentra entre la
-cima del Olimpo y el círculo más próximo a la luna? ¿Estará despoblada
-de animales que le sean propios, y esta parte de la naturaleza quedará
-muerta e impotente? Porque, observad que el ave es más bien un animal
-terrestre que aéreo; su alimento está en la tierra; en ella nace y en
-ella descansa, y cuando vuela, solo atraviesa el aire más próximo a la
-tierra; en fin, cuando las alas que le sirven de remos están fatigadas,
-la tierra es el puerto que la recibe.</p>
-
-<p>Puesto que la fuerza del razonamiento obliga a admitir la existencia
-de animales propios del aire, resta solo, tratar de su naturaleza y
-de sus propiedades. No serán terrestres, porque les arrastraría su
-peso: no estarán formados de fuego, porque la fuerza del calor les
-llevaría fuera del elemento en que viven. Preciso es, pues, combinar
-una naturaleza intermedia, como el sitio en que se encuentran, para que
-la constitución de los habitantes esté en armonía con la región que
-ocupan.</p>
-
-<p>Formemos con el pensamiento, creemos una especie de animales hechos
-de suerte que no sean ni tan pesados como los de la tierra, ni tan
-ligeros como los del éter. Que difieran de unos y otros en algunas
-propiedades, o que las tengan de ambos, sea que se admita o que se
-rechace la participación de las dos naturalezas, advirtiendo de paso
-que la formación que admite la mezcla es más inteligible que la que la
-excluye.</p>
-
-<p>Así, pues, los cuerpos de estos demonios tendrán algún peso para que
-no sean elevados a las regiones superiores, y alguna ligereza para que
-no sean precipitados a la tierra.</p>
-
-<p>Ante todo, para que no me acuséis de presentaros creaciones
-increíbles, como hacen los poetas, os daré un ejemplo de este
-equilibrio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_317">p. 317</span>Las nubes tienen
-alguna relación con los cuerpos de que os hablo: si fueran tan ligeras
-como las cosas que carecen de peso, jamás bajarían, como frecuentemente
-las vemos descender, hasta la cima de las montañas que parece coronan;
-y si, por otra parte, fueran tan densas y pesadas que ningún principio
-de ligereza las levantara, caerían por su propio peso como masa de
-plomo o como piedra, destrozándose contra la tierra. Pero permanecen
-en suspensión y son movibles, corren acá y allá en el océano y en
-los aires, como barco que gobierna el viento; cambian de forma según
-se acercan o se alejan de la tierra. Cuando están preñadas de aguas
-celestes, descienden como para parir, y cuanto mayor es su peso,
-más bajan negras y amenazadoras y más lenta es su marcha. Por el
-contrario, cuanto menos cargadas, se elevan en el espacio más rápidas y
-transparentes, y huyen como guedejas de ligera lana.</p>
-
-<p>Ya sabéis los admirables versos de Lucrecio sobre el trueno:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">El trueno que desgarra la cima de los cielos,</div>
- <div class="verse indent0">Formado está por nubes aéreas que entrechocan</div>
- <div class="verse indent0">Arrastradas a impulsos de fiero vendaval.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Si, pues, las nubes que se forman enteramente de la tierra y que
-a ella caen en seguida, se elevan a lo alto, ¿qué pensáis sucederá a
-los cuerpos de estos demonios, cuya combinación es mucho más sutil? No
-están formados, como ellas, de esos vapores espesos, de esas nieblas
-impuras, sino del elemento más puro, de la serenidad misma del aire,
-y a causa de ello no aparecen fácilmente a los mortales, llegando
-solo a ser visibles por la voluntad de los dioses, porque carecen de
-esa solidez terrestre que intercepta la luz, que detiene la mirada
-y<span class="pagenum" id="Page_318">p. 318</span> que concentra
-necesariamente la vista. Los tejidos de su cuerpo son raros, brillantes
-y separados, de suerte que su resplandor deslumbra nuestros ojos y
-engaña las miradas.</p>
-
-<p>Preciso es poner en esta categoría la Minerva de Homero, cuando se
-aparece en medio de los griegos para apaciguar a Aquiles,</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">Visible para él solo; ningún otro la ve.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>También debe ponerse la Juturna de Virgilio cuando avanza por entre
-las filas del ejército para socorrer a su hermano, y</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">Mezclada con soldados, permanece invisible.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>No es, pues, como ese soldado de Plauto, que se vanagloria de su
-escudo,</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">Cuyo brillo deslumbra los ojos enemigos.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Y para no decir más, en esta especie de demonios es donde los
-poetas, no apartándose mucho de la verdad, escogen ordinariamente los
-dioses que suponen amigos o enemigos de ciertos hombres, aplicados
-aquellos a elevar y a sostener a sus protegidos, estos a perseguirlos
-y afligirlos, de suerte que participan de todas las pasiones humanas,
-la compasión, el odio, la alegría, el dolor, y, como nosotros, son
-agitados por los movimientos del corazón y los tumultuosos pensamientos
-del espíritu.</p>
-
-<p>Los dioses supremos viven tranquilos, extraños a todas estas
-perturbaciones, a todas estas tempestades. Estos habitantes del cielo
-gozan de eterna calma de espíritu. No sienten dolor ni voluptuosidad
-que les arrebate, ni cambios súbitos ni violencias extrañas, porque
-nada hay tan omnipotente como un dios; ni modificaciones<span
-class="pagenum" id="Page_319">p. 319</span> espontáneas, porque nada
-hay que les iguale en perfección.</p>
-
-<p>¿Cómo creer que sea perfecto el que pasa de un primer estado a
-otro más irregular? Ninguno cambia si no se arrepiente de su primera
-posición, y el cambio es la condenación del estado precedente. Así,
-pues, un dios no puede sentir ningún afecto temporal, ni el amor ni
-el odio; es inaccesible a la cólera y a la piedad, a las angustias
-del dolor y a los transportes del placer; para él no hay pasiones, ni
-tristeza, ni alegría, ni deseos súbitos y contradictorios.</p>
-
-<p>Todos estos movimientos y muchos otros convienen a la naturaleza
-media de los demonios, que, por el lugar que habitan y por la índole
-de su espíritu, son término medio entre dioses y hombres, teniendo la
-inmortalidad de aquellos y las pasiones de estos.</p>
-
-<p>Se les puede definir así: los demonios son seres animados,
-razonables y sensibles, cuyo cuerpo es aéreo y la vida eterna. De estos
-cinco atributos les son comunes con los hombres los tres primeros,
-el cuarto les es propio, y el último lo comparten con los dioses
-inmortales, de quienes solo difieren por la sensibilidad.</p>
-
-<p>Llámoles sensibles no sin razón, puesto que su alma está sujeta a
-las mismas agitaciones que la nuestra, y por ello debemos prestar fe a
-las diversas ceremonias de las religiones y a las diferentes súplicas
-empleadas en los sacrificios.</p>
-
-<p>Algunos de estos demonios aman las ceremonias que se celebran
-de noche, otros las que se verifican de día; unos prefieren el
-culto público, otros el privado; unos exigen la alegría, otros que
-la tristeza presida a los sacrificios y solemnidades que se les
-consagran. Por ello los dioses de Egipto son honrados casi siempre
-con sollozos;<span class="pagenum" id="Page_320">p. 320</span> los
-de Grecia, con bailes; los de los bárbaros, con el ruido de címbalos,
-tambores y flautas.</p>
-
-<p>Obsérvase la misma diferencia, según las costumbres de cada país, en
-la marcha de las ceremonias, en el silencio de los misterios, en las
-funciones de los sacerdotes, en los ritos de los sacrificadores y hasta
-en las estatuas de los dioses, en los despojos que les son ofrecidos,
-en la consagración de los templos y en el lugar donde son edificados,
-en el color y sacrificios de las víctimas.</p>
-
-<p>Todos estos usos son establecidos solemnemente, según los diversos
-países, y con frecuencia reconocemos en los sueños, en los presagios
-y en los oráculos, que los dioses se indignan si por ignorancia o por
-orgullo se descuida algún detalle de su culto.</p>
-
-<p>Podría citar multitud de ejemplos de este género, pero son tan
-conocidos y en tanto número, que quien quisiera enumerarlos olvidaría
-muchos más que citaría. No me detendré, pues, a enumerar estos hechos,
-a los cuales podrán no dar fe algunos espíritus, pero que al menos son
-universalmente conocidos. Más vale discurrir acerca de las diferentes
-especies de genios citadas por filósofos, a fin de que podamos conocer
-claramente cuál era el presentimiento de Sócrates, y cuál el dios que
-tenía por amigo.</p>
-
-<p>Porque en determinada acepción, el alma humana, aun encerrada en el
-cuerpo, es llamada demonio.</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">¿Este ardor nos proviene, Euríale, de los dioses</div>
- <div class="verse indent0">Donde divinizamos nuestros deseos furiosos?</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Así, pues, un buen deseo del alma es un dios bienhechor, y de ello
-proviene que muchos, como he dicho, llaman <i>feliz</i> a aquel cuyo
-demonio es bueno, es decir, cuya alma está formada por la virtud.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_321">p. 321</span>En nuestro
-lenguaje puede llamarse a este demonio genio. No sé si la expresión es
-perfectamente justa, pero me atrevo a llamarlo así porque el dios que
-representa es el alma de cada hombre; dios inmortal y que, sin embargo,
-nace en cierto modo con el hombre. Así, pues, las preces en las cuales
-invocamos el <i>genio</i> y <i>Genita</i>, me parece que explican la
-formación y el nudo de nuestro ser cuando designan con dos nombres el
-alma y el cuerpo, cuya unión constituye el hombre.</p>
-
-<p>En otro sentido llámase también demonio al alma humana, que
-después de haber pagado su tributo a la vida, se separa del cuerpo.
-En la antigua lengua de los Latinos encuentro que se la llamaba
-<i>Lémure</i>. Entre estos <i>Lémures</i> los hay divinidades pacíficas
-y bienhechoras de la familia, que eran encargadas del cuidado de la
-posteridad y toman el nombre de <i>Lares domésticos</i>. Otros, por
-lo contrario, privados de una estancia feliz, expían los crímenes de
-su vida en una especie de destierro, y siendo espanto de los buenos y
-plaga de los malvados, yerran al azar. Se les designa generalmente con
-el nombre de <i>Larvas</i>.</p>
-
-<p>Pero cuando no se está seguro de la suerte de uno u otro, ni si un
-genio es lare o larva, se le llama <i>dios Mane</i>. Este título de
-dios es solo una señal de respeto; porque no se llaman verdaderamente
-dioses sino a aquellos cuya vida se acomodó a las leyes de la justicia
-y de la virtud, y que, divinizados en seguida por los hombres, se les
-edificaron templos y recibieron homenajes, como Anfiarao, en Beocia;
-Mopso, en África; Osiris, en Egipto; otros, en otras naciones, y
-Esculapio, en todas partes.</p>
-
-<p>Esta división de los demonios solo se refiere a los que vivieron en
-cuerpo humano. Pero hay otra especie de demonios<span class="pagenum"
-id="Page_322">p. 322</span> no menos numerosos, superiores en poder,
-de naturaleza más augusta y elevada, que jamás estuvieron sometidos
-a los lazos y a las cadenas del cuerpo, y que tienen un poder cierto
-y determinado. En este número están el Sueño y el Amor, que ejercen
-opuesta influencia: el Amor hace velar, y el Sueño dormir.</p>
-
-<p>En este orden más elevado coloca Platón a los árbitros y testigos de
-nuestras acciones, guardianes invisibles de todos, siempre presentes,
-siempre instruidos de nuestros actos y pensamientos.</p>
-
-<p>Cuando abandonamos la vida, este genio, que ha sido dado a cada
-uno de nosotros, coge al hombre confiado a su guarda y le lleva ante
-el Tribunal supremo, donde se encarga de su defensa. Allí rebate sus
-mentiras, confirma sus palabras si dice verdad, y por su testimonio se
-da la sentencia.</p>
-
-<p>Así, pues, todos vosotros los que escucháis esta divina sentencia
-de Platón, pronunciada por mi boca, arreglad a este principio vuestras
-pasiones, vuestros actos y vuestros pensamientos, y no olvidéis que
-para estos guardianes no hay secreto alguno ni dentro ni fuera de
-nuestro corazón; que vuestro genio asiste a toda vuestra vida, que todo
-lo ve, que lo comprende todo, y como la conciencia, penetra en los más
-ocultos repliegues del corazón.</p>
-
-<p>Este genio es un centinela, un guía personal, un censor íntimo, un
-curador especial, un observador asiduo, un testigo inseparable, un
-juez familiar que desaprueba el mal, que aplaude el bien y que debe
-ser estudiado, conocido y honrado con un cuidado religioso; a quien
-debemos, como Sócrates, el homenaje de nuestra justicia y de nuestra
-inocencia. Porque en la incertidumbre de los acontecimientos prevé
-por nosotros, en la duda nos<span class="pagenum" id="Page_323">p.
-323</span> aconseja, en el peligro nos protege, en la miseria nos
-socorre.</p>
-
-<p>En su poder está a veces por los sueños, a veces por los signos; por
-su presencia visible a veces cuando es necesario alejar el infortunio,
-atraer el éxito, engrandecer o conservar nuestra fortuna, disipar
-las nubes de la vida, guiarnos en los días felices o corregir la
-adversidad.</p>
-
-<p>Y ahora bien: ¿quién extrañara que Sócrates, hombre eminente
-perfecto, sabio por el dicho del mismo Apolo, conozca y honre su
-dios, su guardián, su <i>lare</i> familiar (así puedo llamarlo) que
-aparta de él cuanto era preciso apartar, que le protege contra todos
-los peligros, que le da todos los consejos necesarios? Y cuando su
-saber desfallecía y sus consejos eran impotentes, siendo precisos los
-presagios, él era quien disipaba la duda en el corazón de Sócrates por
-medio de una revelación divina.</p>
-
-<p>Hay, en efecto, en la vida muchas circunstancias en que los mismos
-sabios tienen que recurrir a los oráculos y a los adivinos.</p>
-
-<p>¿No veis acaso en Homero, como en un gran espejo, esta distinción
-claramente fijada entre los consejos de la sabiduría y las advertencias
-del cielo? Cuando las dos columnas del ejército, Agamenón el poderoso
-rey, y Aquiles el formidable guerrero, se separan, siéntese la
-necesidad de un hombre sabio y elocuente que modere el orgullo del
-Átrida y el ardor del hijo de Peleo, y que, dominándoles por su
-autoridad, les instruya con sus ejemplos y les calme con sus discursos.
-¿Quién se levanta en este momento? ¿Quién toma la palabra? El orador
-de Pilos, el respetable anciano cuya voz es tan dulce y tan persuasiva
-su sabiduría. Todos lo saben: la edad debilita su cuerpo, pero su alma
-está llena de sabiduría y de vigor, y sus palabras corren como la
-miel.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_324">p. 324</span>Pero en los
-reveses de la guerra, cuando precisa enviar emisarios que penetren en
-el campo enemigo en mitad de la noche, ¿a quién se escogerá? Ulises y
-Diomedes representan la prudencia y la fuerza, el espíritu humano, el
-pensamiento y la espada.</p>
-
-<p>Ahora bien: si los griegos son detenidos en Áulida por los vientos
-contrarios, si se cansan de esperar y luchar contra los obstáculos,
-si para obtener una mar tranquila y una travesía feliz tienen que
-interrogar a las entrañas de las víctimas y al vuelo de las aves y
-a la comida de las serpientes, los dos sabios de Grecia, Ulises y
-Néstor, permanecen entonces silenciosos, y Calcas, el más hábil de
-los adivinos, dirige su vista a las aves y al altar, y de repente el
-profeta calma las tempestades, lanza los barcos al mar y predice un
-sitio de diez años.</p>
-
-<p>Igualmente en el campo de los troyanos, cuando precisa recurrir
-a los augures, aquel sabio Senado permanece mudo, nadie se atreve a
-hablar, ni Hicetaón, ni Lampo, ni Clitio; todos escuchan en silencio,
-o las terribles predicciones de Heleno, o las profecías de Casandra,
-condenada a no ser jamás creída.</p>
-
-<p>De igual manera Sócrates, cuando no bastaban los consejos de
-la sabiduría, seguía los presagios de su demonio, y su respetuosa
-obediencia le hacía agradable a su dios.</p>
-
-<p>Si el genio detenía casi siempre a Sócrates en el momento de obrar,
-si jamás le excitaba, es por una razón que ya hemos dicho; porque
-Sócrates, hombre eminentemente perfecto, cumplía todos sus deberes con
-ardimiento, sin necesidad de ser excitado, sino retenido cuando sus
-actos podían producir algún peligro, y estas advertencias le obligaban
-a diferir por el momento empresas que reanudaba más tarde o por otros
-medios.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_325">p. 325</span>En estas ocasiones
-decía oír <i>una cierta voz divina</i> (es la expresión de Platón),
-y no es de creer que aceptara los presagios de boca del primero que
-llegara.</p>
-
-<p>Un día que estaba fuera de la ciudad solo con Fedro, a la sombra de
-frondoso árbol, oyó esta voz que le advertía no atravesara el arroyo
-de Iliso antes de calmar con una retractación al Amor, que había
-ofendido. De haber acudido a los presagios, hubiera encontrado alguno
-que le excitara a obrar, como con frecuencia sucede a los hombres
-supersticiosos que se dejan guiar, no por su corazón, sino por la
-palabra de otro; que van por las calles recogiendo consejos de todo el
-mundo, y que, por decirlo de una vez no piensan con su entendimiento
-sino con sus oídos. Lo cierto es que los que escuchan la palabra de los
-intérpretes, palabra que con frecuencia han oído, no pueden dudar de
-que salga de boca humana. Pero Sócrates no dice que llega a sus oídos
-<i>una voz</i>, sino <i>una cierta voz</i>, y esta adición demuestra
-que no es una voz ordinaria, una voz humana, porque en tal caso hubiera
-añadido inútilmente la palabra <i>cierta</i>, siendo más exacto
-decir <i>una voz</i> o <i>la voz de alguno</i>, como la cortesana de
-Terencio:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">Paréceme que oigo la voz de mi soldado.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Cuando se dice <i>una cierta voz</i>, es porque se ignora de dónde
-viene, porque se duda hasta de que exista; dase a entender que hay algo
-en ella de extraordinario, de misterioso, como la que a Sócrates le
-hablaba de una manera divina y tan oportuna.</p>
-
-<p>Creo, además, que no conocía solo su genio por audición, sino
-también por signos visibles, porque con frecuencia decía que un signo
-divino y no una voz se había ofrecido a él. Este signo era quizá la
-figura del mismo<span class="pagenum" id="Page_326">p. 326</span>
-demonio que Sócrates solo veía, como en Homero Aquiles ve a Minerva.</p>
-
-<p>Persuadido estoy de que la mayoría de vosotros vacila en creer
-lo que acabo de decir y se admira de que la forma de un demonio
-haya aparecido a Sócrates; pero Aristóteles refiere (y es testigo
-importantísimo) que a los pitagóricos causaba extrañeza que alguno
-asegurara no haber visto jamás demonios. Si, pues, cada uno puede ver
-su divina imagen, ¿por qué no la había de ver Sócrates, cuya sabiduría
-lo elevó a rango de los dioses supremos? Porque lo que hay más
-semejante y más agradable a un dios, es un hombre de perfecta virtud,
-un hombre tan superior a los demás mortales, como es inferior a los
-dioses inmortales.</p>
-
-<p>¿Por qué no nos estimula el ejemplo y el recuerdo de Sócrates? ¿Por
-qué el temor de estos dioses no nos induce al estudio de la filosofía?
-No sé lo que lo impide, y sobre todo me admira que deseando todos la
-felicidad y sabiendo que no reside sino en el alma, y que para vivir
-dichoso es preciso cultivar nuestra alma, no la cultivemos. Quien
-quiere tener penetrante vista, necesita cuidar sus ojos, por cuyo medio
-ve; a quien quiere correr con rapidez, le es preciso cuidar sus pies,
-que le sirven para correr, y quien quiere luchar al pugilato, debe
-fortificar sus brazos, con los cuales lucha; en fin, todos los demás
-miembros exigen un cuidado en relación con sus funciones.</p>
-
-<p>Esto es claro para todo el mundo, y por ello me extraña y no
-comprendo que el hombre deje de cultivar su alma con el auxilio de su
-razón; porque al fin todos necesitamos saber vivir, no sucediendo en
-esto como en la pintura o en la música, artes que un hombre bueno puede
-ignorar sin incurrir por ello en nota de infamia.<span class="pagenum"
-id="Page_327">p. 327</span> Yo no sé tocar la flauta como Ismenias, sin
-que esto me avergüence; no soy pintor como Apeles, ni escultor como
-Lisipo, y no me ruboriza el no serlo. En una palabra, es permitido
-ignorar sin desdoro todos los conocimientos de esta índole; pero decid,
-si os atrevéis: No sé vivir como Sócrates, como Platón, como Pitágoras,
-y no me sonrojo. No osaréis jamás decirlo.</p>
-
-<p>Y ¡cosa extraña! lo que no se quiere ignorar se descuida el
-aprenderlo, retrocediendo a la vez ante el estudio y ante la ignorancia
-de este arte. Haced la cuenta de los gastos diarios, y encontraréis
-muchos cuantiosos e inútiles, y nada empleado para vos, es decir, para
-el culto de vuestro demonio, culto que no es otra cosa sino la santa
-práctica de la filosofía.</p>
-
-<p>Construyen los hombres magníficas casas de campo, adornan
-espléndidamente sus palacios, aumentan el número de sus esclavos; pero
-en medio de toda esta abundancia hay alguna cosa que avergüenza, y
-es el dueño; y con razón, porque los dueños reúnen las riquezas, les
-dedican culto y permanecen ellos ignorantes, groseros y sin cultura.</p>
-
-<p>Ved esos edificios en los que han gastado todo su patrimonio; nada
-hay más risueño y espléndido: posesiones tan grandes como ciudades,
-casas adornadas como templos, numerosos sirvientes cuidadosamente
-peinados, muebles soberbios, lujo deslumbrador. Todo es suntuoso,
-magnífico, excepto el dueño. Él solo, como Tántalo, es pobre. En
-medio de sus riquezas todo le falta; no desea un fruto que no tenga,
-pero tiene hambre y sed de verdadera felicidad, es decir, de una
-vida tranquila y de una dichosa filosofía. Ignora que las riquezas
-son examinadas como los caballos que él quiere comprar, pues cuando
-esto sucede no se para la atención en los arneses, ni en<span
-class="pagenum" id="Page_328">p. 328</span> la silla, ni en los adornos
-que brillan en la cabeza, ni en las bridas bordadas con oro, plata o
-piedras preciosas, ni en la riqueza y arte de los objetos que rodean
-su cuello, ni en el cincelado del freno, ni en el brillo y dorado de
-la cincha; déjase todo esto aparte y se mira el caballo desnudo, se
-examina su cuerpo, su genio, la nobleza de su andar, la rapidez de su
-carrera y la resistencia. Mírase ante todo si tiene</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0">El vientre corto, la cabeza fina,</div>
- <div class="verse indent0">Redonda grupa y musculoso pecho.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="ti0">Después, si la espina dorsal es doble, porque queremos
-que el movimiento sea rápido y suave.</p>
-
-<p>Por igual modo, en la apreciación del hombre, apartad cuanto le es
-extraño; examinad al hombre solo, reducido a sí mismo, pobre como mi
-Sócrates; y llamo extraño al hombre, cuanto debe a sus padres y a la
-fortuna, porque nada de esto entra en mi admiración a Sócrates. La
-nobleza, los abuelos, la genealogía, las envidiadas riquezas, todo
-esto, lo repito, es extraño. La gloria del nacimiento procede de un
-abuelo cuya conducta no ruborice al nieto, e igual sucede con las demás
-ventajas que podéis enumerar. Tal hombre es noble; pues alabáis a sus
-antecesores; es rico, pues no creo en la fortuna y de lo demás no hago
-caso; es vigoroso, pues la enfermedad puede debilitarle; es ágil, pues
-llegará a ser viejo; es bello, esperad un poco y dejará de serlo. Pero
-si decís: ha estudiado las bellas artes, es muy instruido, es tan
-sabio como puede serlo un hombre, es prudente, entonces elogiáis al
-hombre en sí mismo. Nada de esto es herencia de sus padres, ni regalo
-de azar, ni resultado efímero del sufragio, ni cosa que se altera
-con el cuerpo o cambia con la edad. Estas son las únicas ventajas de
-mi<span class="pagenum" id="Page_329">p. 329</span> Sócrates, y por
-eso desdeñaba la posesión de las otras.</p>
-
-<p>Si todo esto os excita al estudio de la filosofía, no oiréis
-mezclar a nuestras alabanzas nada que os sea extraño, y quien quiera
-elogiaros tendrá que decir de vosotros lo que Aecio al principio de su
-<i>Filoctetes</i> ha dicho de Ulises:</p>
-
-<p>«Héroe glorioso, salido de patria oscura; tu nombre es célebre, tu
-alma está llena de sabiduría, tú guías a los griegos y sabes vengarles
-de Ilión, hijo de Laertes...»</p>
-
-<p>Solo en último caso habla de su padre, y solo oís alabanzas que le
-son personales. Ninguna de ella llega a Laertes, ni a Anticlea, ni a
-Arcesio; todo el elogio corresponde a Ulises.</p>
-
-<p>Homero, hablando de este héroe, dice lo mismo; le da por compañera
-la prudencia, designada, según costumbre de los poetas, con el nombre
-de Minerva. Con ella vence todos los obstáculos y evita todos los
-peligros; penetra en el antro del Cíclope, y sale de él; ve los bueyes
-del sol, y no los toca; desciende a los infiernos, y vuelve a la
-tierra. Con la sabiduría pasa Escila sin ser arrastrado, salva los
-remolinos del Caribdis sin ser sumergido; bebe la copa de Circe sin ser
-metamorfoseado; llega a la tierra de los Lotófagos sin permanecer allí,
-y oye a las Sirenas sin acercarse a ellas.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Notas">
- <h2 class="nobreak g1">NOTAS</h2>
-</div>
-
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a>
-Chassang, <i>Histoire du roman dans l’antiquité grecque et
-latine</i>.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Nicolás
-Maquiavelo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Este
-rey era Diomedes. Hércules le venció y castigó con el mismo suplicio
-que hacía sufrir a sus huéspedes, entregándole a la voracidad de sus
-caballos.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> Cuando
-los esclavos habían cometido algún delito o se les capturaba por
-haber huido, sus dueños los hacían marcar en la frente con un hierro
-candente, imprimiéndoles así letras, y a veces palabras enteras
-indicando la clase del delito. Por ejemplo, si habían robado, la
-frase <i>Cave a fure</i>. Guárdate del ladrón. Estos caracteres
-los ennegrecían con una especie de tinta para que fuesen más
-perceptibles.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_5" href="#FNanchor_5" class="label">[5]</a>
-Homero.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_6" href="#FNanchor_6" class="label">[6]</a> Se
-refiere indudablemente a Cartago.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_7" href="#FNanchor_7" class="label">[7]</a> Este
-poeta es desconocido. Hay, sin embargo, en las poesías de Ausonio el
-elogio de un poeta de este nombre.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_8" href="#FNanchor_8" class="label">[8]</a> Es el
-mismo Hipias de quien habla Platón en sus diálogos.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_9" href="#FNanchor_9" class="label">[9]</a> Estas
-aguas son hoy desconocidas.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_10" href="#FNanchor_10" class="label">[10]</a> Véase
-el juicio que de este poeta hace Quintiliano.</p>
-
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_331">p. 331</span></p>
- <h2 class="nobreak g1">ÍNDICE.</h2>
-</div>
-
-<table class="toc" summary="">
- <tr>
- <td>&nbsp;</td>
- <td class="tdc smaller bb">Páginas.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh smcap pt05"><a href="#Ch01">Prólogo</a>.</td>
- <td class="tdrb asc"><a href="#Page_vii">VII</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh smcap"><a href="#Ch02">Introducción</a>.</td>
- <td class="tdrb asc"><a href="#Page_xxxi">XXXI</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro I.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch1_1">I.</a> Cómo Lucio Apuleyo,
- deseando saber arte mágica, se fue a la provincia de Tesalia, y en
- el camino se juntó con dos compañeros, los cuales iban contando
- admirables acaecimientos de hechiceras.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_1">1</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch1_2">II.</a> Cómo prosiguiendo
- Aristómenes (que así se llamaba el compañero) su historia, contó
- a Lucio Apuleyo cómo dos hechiceras, Meroes y Pancia, degollaron
- aquella noche a Sócrates.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_8">8</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch1_3">III.</a> Cómo Lucio Apuleyo
- llegó a la ciudad de Hipata y fue a posar en casa de Milón, y lo que
- con Pitias le aconteció.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_14">14</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro II.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch2_1">I.</a> Cómo andando Lucio
- Apuleyo por la ciudad, se conoció con una su tía, que le dio algunos
- avisos.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_19">19</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch2_2">II.</a> Cómo Lucio Apuleyo se
- enamoró de Andria, la moza de su huésped Milón, y lo que pasó con
- ella.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_22">22</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch2_3">III.</a> Cómo Birrena convidó
- a su sobrino Lucio Apuleyo, y de un cuento muy gracioso que uno
- contó.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_28">28</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro III.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch3_1">I.</a> Cómo Lucio Apuleyo fue
- preso y llevado<span class="pagenum" id="Page_332">p. 332</span> al
- teatro público, adonde fue acusado de la muerte de tres hombres.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_38">38</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch3_2">II.</a> Cómo estando Apuleyo
- para recibir sentencia, llega al teatro una vieja que de nuevo lo
- acusó, y el donoso cuento en que esto paró.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_43">43</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch3_3">III.</a> Cómo Andria descubrió
- a Lucio Apuleyo que su ama Pánfila fue causa de ser afrentado en la
- fiesta de la risa.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_45">45</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch3_4">IV.</a> Cómo Andria mostró a
- Lucio Apuleyo a su ama Pánfila cuando se untaba para convertirse en
- búho, y él, queriéndose untar por experimentar el arte, fue, por
- yerro de la bujeta del ungüento, convertido en asno.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_49">49</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch3_5">V.</a> Cómo estando Lucio
- Apuleyo convertido en asno, vinieron súbitamente ladrones a robar
- la casa de Milón, y cargado el robo en el caballo y asno, cargaron
- también a él y se partieron para la posada de los ladrones, que era
- una cueva, y lo que más pasó.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_53">53</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro IV.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch4_1">I.</a> Lucio Apuleyo cuenta lo
- que pasaron los ladrones desde la ciudad de Hipata hasta llegar a la
- cueva de su morada.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_56">56</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch4_2">II.</a> Lucio cuenta cómo
- llegaron a la cueva, y el sitio de ella. Y otras cosas de gusto.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_60">60</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch4_3">III.</a> Cómo aquel ladrón
- cuenta que robaron a un hombre rico con una graciosa industria de una
- osa.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_65">65</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch4_4">IV.</a> Cómo los ladrones
- trajeron una doncella robada, la cual llora su desdicha.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_70">70</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch4_5">V.</a> Cómo la vieja madre de
- los ladrones cuenta a la doncella un cuento muy elegante y lleno de
- doctrina.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_73">73</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro V.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch5_1">I.</a> Cómo la vieja cuenta a
- la doncella cómo Psique fue llevada a unos palacios muy poderosos,
- adonde holgó con su nuevo marido.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_78">78</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch5_2">II.</a> Cómo prosiguiendo
- la vieja en su cuento, dice<span class="pagenum" id="Page_333">p.
- 333</span> cómo las dos hermanas de Psique la vinieron a ver y le
- tuvieron envidia.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_82">82</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch5_3">III.</a> Cómo Cupido avisa a
- su mujer que en ninguna manera oiga a sus hermanas, porque la quieren
- echar a perder.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_84">84</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch5_4">IV.</a> Cómo vinieron las
- hermanas tercera vez a Psique, y del mal consejo que le dieron y lo
- que acaeció a Psique.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_88">88</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch5_5">V.</a> Cómo Psique fue a
- sus hermanas a quejarse de su desdicha mala, y del castigo que sus
- hermanas recibieron.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_93">93</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro VI.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch6_1">I.</a> Cómo Psique fue al
- templo de la diosa Ceres y al de Juno a demandarles socorro y ayuda
- para su fatiga, y ninguna se lo dio por no enojar más a Venus, que
- estaba enojada.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_98">98</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch6_2">II.</a> Cómo Psique se fue a
- presentar ante Venus por demandarle perdón, y los trabajos que con
- ella hubo.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_101">101</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch6_3">III.</a> Cómo Venus mandó a
- Psique cosas muy dificultosas, las cuales acabó con ayuda de los
- dioses.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_104">104</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch6_4">IV.</a> Cómo vinieron los
- ladrones de robar, y lo que acaeció a Lucio y a la doncella.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_113">113</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro VII.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch7_1">I.</a> Cómo viniendo un
- ladrón de la ciudad de Hipata, cuenta a los otros cómo no culpaban a
- nadie del robo de la casa de Milón, sino a Lucio Apuleyo, y cómo fue
- admitido a la compañía de los ladrones un mancebo.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_120">120</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch7_2">II.</a> Cómo aquel mancebo,
- recibido en la compañía por Hemo, afamado ladrón, fue descubierto
- ser Lepolemo, esposo de la doncella, el cual la libertó con su buena
- industria, y la llevó a su tierra.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_126">126</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch7_3">III.</a> Cómo, celebradas
- las bodas de la doncella, se pusieron a pensar con gran consejo qué
- premio se daría a Lucio, asno, en recompensa de su libertad. Donde
- cuenta grandes trabajos que padeció.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_130">130</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><span class="pagenum" id="Page_334">p.
- 334</span><a href="#Ch7_4">IV.</a> Lucio recuenta grandes trabajos
- que padeció por causa de venir a poder y manos de un mal rapaz.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_136">136</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro VIII.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch8_1">I.</a> Cómo vino un mancebo a
- casa de un pastor amo de Lucio, asno, el cual cuenta a los pastores
- la muerte de Lepolemo y la venganza que Carites tomó en su enamorado
- Trasilo, y cómo después se mató.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_142">142</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch8_2">II.</a> Cómo después que
- los pastores supieron la muerte de sus señores, se huyeron con su
- hacienda.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_150">150</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch8_3">III.</a> Cómo Lucio prosigue
- contando muchos acontecimientos que se ofrecieron siendo asno, yendo
- con los pastores.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_156">156</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch8_4">IV.</a> Cómo después que
- Lucio, asno, fue vendido a un echacuervos de la diosa Siria, le
- acontecieron muchos trabajos.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_159">159</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro IX.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch9_1">I.</a> Cómo después que Lucio
- entendió que el cocinero le quería matar, buscó astucia para librarse
- de tan gran peligro, de donde se le siguió otro mayor, del cual
- también se libró.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_165">165</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch9_2">II.</a> Lucio recuenta una
- historia que oyó haber acontecido en un pueblo, de cómo una mujer
- burló de su marido.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_168">168</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch9_3">III.</a> Cómo Lucio recuenta
- una astuta manera de suerte que los echacuervos usaban para sacar
- dineros, y cómo fueron presos y él vendido a un tahonero.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_171">171</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch9_4">IV.</a> Cómo Lucio cuenta
- un gracioso acontecimiento, en el cual la mujer del tahonero (su
- amo) gozó un enamorado; y tomándolos juntos los castigó: en la cual
- venganza le ahorcó por arte de encantamento.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_176">176</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch9_5">V.</a> Cómo Lucio cuenta que
- lo vendieron a un hortelano, y de sus miserias, y lo que acaeció con
- un caballero.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_188">188</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro X.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch10_1">I.</a> Cómo el asno fue
- llevado por el caballero<span class="pagenum" id="Page_335">p.
- 335</span> a una ciudad, y de un extraño caso que allí aconteció.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_194">194</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch10_2">II.</a> Cómo por industria de
- un senador antiguo fue descubierta la maldad de la madrastra, y libre
- el mancebo.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_200">200</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch10_3">III.</a> Cómo el asno fue
- vendido a un cocinero y a un panadero, que eran hermanos, y de la
- buena vida que tenía, donde pasó cosas de mucho gusto.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_203">203</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch10_4">IV.</a> Cómo Lucio cuenta
- qué estado era el de su señor, y cómo partió para la ciudad de
- Corinto.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_208">208</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch10_5">V.</a> Cómo se buscaba a una
- mujer que estaba condenada a muerte, para que en unas fiestas tuviese
- acceso con el asno en el teatro público, y cuenta el delito que había
- cometido aquella mujer.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_212">212</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch10_6">VI.</a> Lucio, asno, cuenta
- cómo se representó en un teatro el <i>Juicio de Paris</i> y otras
- cosas, y cómo huyó de allí.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_219">219</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro XI.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch11_1">I.</a> Cómo Lucio cuenta
- que, venido en aquel lugar de Céncreas, después del primer sueño
- vio la Luna, a la cual le pidió le volviese a su primera forma de
- hombre.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_226">226</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch11_2">II.</a> Escribe con grande
- elocuencia una solemne procesión que los sacerdotes hicieron a la
- Luna, en la cual procesión el asno apañó las rosas de las manos del
- gran sacerdote, y, comidas, se volvió hombre.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_232">232</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch11_3">III.</a> Cómo Lucio cuenta el
- ardiente deseo que tuvo de entrar en la religión de la diosa, y cómo
- fue primero industriado para recibirla.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_242">242</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch11_4">IV.</a> Lucio cuenta la
- entrada en la religión, y cómo fue a Roma, donde fue ordenado en la
- cosas sagradas, y fue recibido en el Colegio de los sacerdotes de la
- diosa Isis.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_248">248</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh smcap pt1"><a href="#Ch12_1">Las Floridas</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_257">257</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh smcap pt1"><a href="#Ch13_1">El demonio de Sócrates</a>.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_307">307</a></td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<hr class="full" />
-
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA METAMORFOSIS O EL ASNO DE ORO ***</div>
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-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
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-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
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