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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: La metamorfosis o El asno de oro - -Author: Lucio Apuleyo - -Translator: Diego López de Cortegana - -Release Date: October 22, 2021 [eBook #66591] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading - Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from - scanned images of public domain material from the Google Books - project.) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA METAMORFOSIS O EL ASNO DE -ORO *** - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han - convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. - - * Se han añadido tildes a las mayúsculas y se han modernizado las - transcripciones de los nombres propios de origen griego. - - * En la página 212, se ha añadido el texto en castellano, tomado de - la traducción original, de dos párrafos que aparecen impresos en - latín. - - * Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final - del libro. - - * Las páginas en blanco han sido eliminadas. - - - - - LA METAMORFOSIS - o - EL ASNO DE ORO - - - - - ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA», - Paseo de San Vicente, 20. - - - - - BIBLIOTECA CLÁSICA - TOMO CXLIII - - - LA METAMORFOSIS - o - EL ASNO DE ORO - - POR - LUCIO APULEYO - - Versión castellana hecha a fines del siglo XV - POR - DIEGO LÓPEZ DE CORTEGANA - Arcediano de Sevilla. - - - MADRID - LIBRERÍA DE LA VIUDA DE HERNANDO Y C.ª - CALLE DEL ARENAL, NÚM. 11 - -- - 1890 - - - - -PRÓLOGO. - - -I. - -El arcediano de Sevilla Diego López de Cortegana, escribía a fines -del siglo XV, al frente de su traducción de _El asno de oro_, las -siguientes noticias biográficas del autor de esta novela latina: - -«Lucio Apuleyo, de noble linaje y en su secta platónica, fue natural -de la ciudad de Orán, en África, que en aquel tiempo era colonia y -población de los romanos, la cual está asentada en los fines de Numidia -y Getulia, de donde el mismo Apuleyo confiesa ser; y asimismo Platónico -le llama Sidonio de Orán. - -»Su padre se llamaba Teseo, de los principales de la ciudad, y la madre -había nombre Salvia, dueña de mucha virtud; su linaje es muy noble, -pues desciende de aquel Plutarco Queronense, y de Sexto, filósofo. - -»La mujer de Apuleyo se llamaba Pudentila, adornada de todas las -virtudes y hermosura. - -»Él era de buena estatura, los ojos verdes y el cabello rubio. - -»Floreció en la ciudad de Cartago, teniendo por cónsules Juliano -Abito y Claudio Máximo, adonde él, en su mocedad, se empleó en todas -las artes liberales, y se aprovechó de la doctrina de los maestros -cartagineses, de donde, no sin causa, él se alaba de ser criado en la -ciudad insigne de Cartago, a la cual llama venerable maestra de África. - -»Y también estuvo en la ciudad de Atenas, de donde en aquel tiempo se -sacaban los ríos de todas las ciencias, de donde él bebió gran parte; -conviene a saber: la afición de la poesía y la política, geometría, y -la dulce música, la austeridad de la dialéctica y el manjar real de la -filosofía, en tal manera, que con su continuo estudio alcanzó las nueve -ciencias liberales. - -»Después vino a Roma, adonde fue tan dado a la ciencia de la lengua -latina, que llegó a la cumbre de la facundia romana, en tal manera, -que él fue habido por muy elocuente. Aquí fue ordenado y juntado en el -número de los sacerdotes principales de Osiris, el cual se llama el -Colegio Sacrosanto, adonde por mandado de aquel ídolo, que por Dios -adoraban, él tomó cargo de abogar por los pobres. - -»Escribió algunos tratados y libros, no menos doctos que elocuentes, -de los cuales, los que han parecido, son cuatro libros que se llamaban -floridos, en los cuales su florida facundia y olorosa doctrina bien -se mostró. Asimismo la oración copiosísima por la cual se defiende -contra sus enemigos que le imponían que era mágico, con tanta fuerza y -vehemencia de doctrina y elocuencia, que parece que a sí mismo se vence. - -»Escribió también un libro del Demonio de Sócrates, cuya autoridad -alega el bienaventurado San Agustín, en la definición de los demonios y -en la descripción de los hombres. - -»Asimismo escribió dos libros de la enseñanza de Platón, donde -recoligió breve y doctamente lo que Platón escribió en diversos libros. - -»Escribió un libro de cosmografía, adonde no poco se contiene de -los meteoros de Aristóteles, y el diálogo de Trismegisto y estos -once libros de _El asno de oro_, con tanta hermosura y elegancia y -diversidad de materias, que no hay cosa que se pueda decir más hermosa -y elegante, ni más florida, en tal manera, que con mucha razón se puede -llamar _Asno de oro_, por el estilo, cubierto de oro, y la hermosura de -su decir. - -»Y porque en semejantes libros se acostumbra querer saber la -intención del que los escribió, y por qué les puso tal nombre, para -esto es de saber que Apuleyo imitó en el argumento de esta su obra -a Luciano, filósofo griego; pero en este envolvimiento y oscuridad -de transformación, parece que quiso notar la natura de los hombres y -sus costumbres malas, porque entendamos que nos tornamos de hombres -en asnos cuando, como brutos animales, seguimos tras los deleites y -vicios carnales con una asnal torpeza, y que no reluce en nosotros -una centella de razón y virtud. Y en esta manera el hombre, según que -enseña Orígenes en sus libros, es hecho como caballo y mulo; y así -se transmuda el cuerpo humano en cuerpo de bestia. Demás de esto, la -reformación de asno en hombre significa que, vencidos los vicios y -quitados los deleites corporales, resucita la razón, y el hombre de -dentro, que es verdadero hombre, salido de aquella cárcel y cieno del -pecado, mediante la virtud y religión, torna a la clara y luciente -vida, en tal manera, que podemos decir que los mancebos poseídos de -los deleites se tornan en asnos, y después, cuando son más ancianos, -mirando con claros ojos la virtud, la abrazan, y entonces, apartando -de si la figura de bestia, tornan a recibir la de hombre. - -»Porque (según dice Platón) entonces ven los hombres las cosas -perfectamente, cuando los dejan sus concupiscencias. Y Próculo dice -que en esta vida hay muchos lobos, puercos, y otras muchas formas -de bestias. De lo cual no nos maravillemos, pues que en esta ínsula -vive aquella falsa Circe, que transforma los hombres en puercos. Y -esto es, cuando nuestro entendimiento es tan terreno que tiene la -voluntad embriagada en los vicios del mundo; entonces nos tornamos -bestias, hasta que gustamos las rosas, esto es, la ciencia, que -alumbra la razón, cuyo olor suavísimo gustado, se torna en humana -forma y razonable entendimiento, apartada de sí la gruesa cobertura de -las cosas terrenales. Y cierto que muy pocos hombres se hallan que, -estando revueltos en los vicios corporales, vivan templadamente y sin -perturbación alguna. - -»También se puede referir esta materia de transmutación a los muchos -trabajos y muchas variedades de la vida humana, en los cuales el hombre -casi cada día se transmuta. Y porque estas prefaciones nos enseñan el -argumento de la materia propuesta, dejaré de más alargarme en esto y en -la vida de Lucio Apuleyo. - -»Suplico a los lectores, que de estas historias se avisen para bien -vivir.» - -Hasta aquí lo que Cortegana escribió de Apuleyo, y pocos detalles -pueden añadirse a esta biografía, por no citarle los autores -contemporáneos, y sí solo los Padres de la Iglesia para combatir sus -doctrinas filosóficas. - -Se sabe que nació en el año 114 de J. C., cuando ocupaba el trono -imperial Trajano; que su padre era duunviro en la pequeña población de -Mandaura (hoy Orán), es decir, el primer magistrado de la ciudad, y su -madre sobrina de Plutarco. - -De sus primeros años ninguna noticia ha llegado a nosotros, si no es la -de que profesaba grandísima afición a las letras y a las bellas artes, -afición que aumentó con la edad; que joven abandonó su patria, recorrió -Egipto y Grecia y se detuvo en Italia; que estudió las doctrinas de los -neoplatónicos y asistió a las escuelas de los sofistas de Atenas, como -también a las de los retóricos de Roma, enamorándose de la elocuencia -declamatoria tan en boga en su época, elocuencia que se aplicaba a -todos los asuntos y a la exposición de todas las ciencias; que agotado -su patrimonio, no por ello se desalentó, llegando a vender hasta sus -propios vestidos; que aprendió solo la lengua latina y estudió el -derecho y la retórica. - -Estos datos y los demás que hay de la vida de este escritor, en su -mayor número están tomados de la defensa que de él hizo cuando los -parientes de su mujer, Pudentila, le acusaron de practicar la magia. - -Apuleyo volvió a África en el año 148, cuando ya gozaba de gran -reputación, y los cartagineses le acogieron con entusiasmo. Fijó -su residencia en Cartago, y al poco tiempo le hicieron célebre sus -discursos. - -En su _Apología_, que es la antes citada defensa contra la acusación de -los parientes de su esposa, habla del entusiasmo que inspiraba, de las -estatuas que le dedicaron y de la influencia que gozaba en el Senado y -entre los magnates. Recuerda con énfasis la variedad de sus aptitudes y -su admirable facilidad de palabra, que le proporcionaron tantos rivales -y acaso tantos enemigos. - -Estos aprovecharon el casamiento de Apuleyo con una viuda rica, -Pudentila, acusándole de haber empleado artes de magia para hacerse -amar de una mujer que era de bastante más edad que él, y Pontiano, hijo -de Pudentila, le citó ante el tribunal del procónsul Claudio Máximo, -donde Apuleyo pronunció su _Apología_, inspirándole la defensa de su -honor y acaso de su vida, rasgos de grande elocuencia. - -Fue absuelto, pero le quedó el apodo de mágico. - -No se conocen más detalles de la vida de Apuleyo. Sábese únicamente que -murió en el reinado de Antonino, el año 184 de J. C. - -Deseoso Apuleyo de que sus obras llegaran a la posteridad, dejó -coleccionadas las flores de su elocuencia, panegíricos en verso y -prosa, novelas, himnos en honor de los héroes y diversos tratados de -filosofía; pero perdidas muchas de estas obras, y entre ellas todas -las poéticas, solo han llegado a nosotros su _Metamorfosis_, o como -vulgarmente se la llama, _El asno de oro_, los fragmentos de sus -discursos y arengas, llamados _Las floridas_, su _Apología_ y dos -tratados sobre las opiniones del Pórtico y de la Academia, la filosofía -de Sócrates y la de Platón. - -Durante largo tiempo solo fue conocido de Apuleyo _El asno de oro_, y -aun hoy día es esta obra la que mantiene su fama. - -«_El asno de oro_, dice Schœll en su historia de la literatura latina, -es una novela satírica en la cual se burla Apuleyo con mucho ingenio -y originalidad de las ridiculeces y vicios que dominaban en su siglo, -de la general superstición, de la inclinación a lo maravilloso y a la -magia, de la trapacería de los sacerdotes del paganismo y de la mala -policía en el Imperio romano, que permitía a los ladrones ejecutar -impunemente toda clase de fechorías. - -»El héroe de la novela, cuya curiosidad y lubricidad son castigadas -al ser convertido en asno, corre aventuras que le ponen en relación -con diversas clases de individuos, y le dan a conocer lo que pasa -en el interior de las casas y en las sociedades más secretas. Las -abominaciones cubiertas con el velo de sagrados misterios, están -pintadas con vivos colores. Termina la novela con una bella descripción -de los misterios de Isis, en los cuales es iniciado el héroe, depurando -con ellos sus debilidades y regenerándose.» - - -II. - -El origen de este género de novelas de amor y de aventuras es preciso -buscarlo en la primitiva literatura de Grecia y Roma. Adviértense -los lejanos principios de esta literatura en la época ática, y puede -seguirse su oscuro desarrollo en la alejandrina, pero no se le ve -florecer hasta la romana[1]. - -La diferencia de costumbres y de sociedades explica el tardío favor de -la novela entre los antiguos, género literario tan popular en nuestros -días, distinto de la historia por la mezcla de la ficción y la escasa -importancia de los acontecimientos, distinto de la poesía por el empleo -de la prosa y por la pintura de la vida familiar. - -En los modernos pueblos, los progresos de las ciencias y los estudios -abstractos han agotado no poco las fuentes de las fábulas poéticas; -y la constitución política de los grandes Estados de Europa, aun de -aquellos en que los ciudadanos no tienen directa intervención en el -gobierno, no permite que la vida pública absorba por completo la -privada. - -En Grecia y Roma, al contrario, solo muy tarde llegó a hastiarse la -imaginación de lo maravilloso de las fábulas épicas, cuadro casi -siempre ideal de la vida, y mientras la turbulenta libertad de las -pequeñas repúblicas griegas y de la ciudad de Roma consumía en el Ágora -y el Foro la existencia de casi todos los ciudadanos, el cuadro de las -circunstancias ordinarias de la vida privada fue impotente para seducir -los ánimos. - -Eran entonces preferidos los espectáculos heroicos de la tragedia, y -aun la misma comedia, para inspirar interés, tenía que acudir a la -pintura de las pasiones políticas. Solo en tiempo de Menandro, es -decir, en la época de la conquista macedónica, pacificada la sociedad -griega, pudo ser la comedia espejo de las costumbres privadas, y -entonces también apareció la novela. - -Las _Fábulas milesias_ son sin duda de mayor antigüedad, pero en un -principio eran recitaciones orales como las _Fábulas frigias_ o el -apólogo esópico, y nacieron en una sociedad muy distinta de las demás -poblaciones griegas, en una sociedad donde los goces de la vida privada -hacían olvidar los de la vida pública. - -En la sociedad griega, antes de la conquista macedónica, y en la -romana, antes del Imperio, todo concurría a retardar la pintura de -los cuadros de la vida familiar. Cuando florecían sus repúblicas, -griegos y romanos carecían de tiempo para dedicarse a lecturas de mera -distracción del espíritu. Los asuntos públicos y privados ocupaban su -vida entera, y su misma literatura era una literatura activa, una -literatura viva, que se dirigía más a los oyentes que a los lectores, -y que se escuchaba en templos, teatros, juegos, festines, tribunas y -escuelas. - -Conforme se fue extinguiendo en Grecia y Roma la actividad de la vida -pública, debió extenderse la afición a la pintura de las costumbres. -En las obras de Eurípides se advierte ya la tendencia de la tragedia -a apartarse de las tradiciones heroicas y a acercarse a los cuadros -familiares y novelescos. En la _Flor_ de Agatón, la tragedia es una -novela. - -La comedia nueva aparece bajo la dominación de los sucesores de -Alejandro, y en las de Menandro, de Alexis y de Filemón, aún permanece -cerrado el santuario de la familia, limitándose estos poetas a retratar -cortesanas, jóvenes, padres y esclavos. - -Puede creerse que en la misma época se propagaron de Jonia en Grecia -las _Fábulas milesias_, cuyos autores, más atrevidos, dirigían mirada -indiscreta al interior de la familia. Pero estas fábulas eran breves -cuentos, muy distintos de las extensas narraciones que empezaron en la -época romana. Entonces es cuando aparecen Petronio, Apuleyo, Jámblico, -Heliodoro, Aquiles Tacio, porque también empezaba nueva era para el -mundo antiguo. Con el Imperio acabaron las costumbres republicanas y -la vida pública; los excesos de la libertad habían muerto la libertad; -no había ya ciudadanos; los particulares gozan de largos ocios que -pueden dedicar a las lecturas frívolas, y los retóricos aprovechan -esta holganza de la clase opulenta para entretenerla con interminables -novelas de amor y de aventuras. - -La verdadera patria de esta clase de narraciones es el Oriente porque -siempre fue la tierra de la servidumbre política, y de la vida privada. -En Oriente es donde se encuentran los ejemplos más antiguos de este -género de composiciones, y en las posesiones griegas más en contacto -con la vida oriental, es decir, en el Asia Menor, aparecen los primeros -ensayos de la literatura novelesca de los griegos. Allí también fue -donde más tarde tomó gran desarrollo. - -En Jonia aparecieron las _Fábulas milesias_; Jámblico, autor de las -_Babilónicas_, nació en Siria, como Luciano, que lo fue de la _Luciada_ -y de la _Historia verdadera_; Heliodoro era de Emesa, en Fenicia, -y Aquiles Tacio de Alejandría. En Chipre, Antioquía y Éfeso vieron -también la luz tres novelistas que llevan por nombre Jenofonte. - -No puede, pues, negarse que la influencia del gusto oriental indujo a -algunas imaginaciones hacia lo maravilloso y extraordinario y favoreció -en Grecia el desarrollo de las composiciones novelescas; pero no -por ello debe afirmarse que la novela griega procede de los cuentos -orientales, porque el carácter de estos cuentos y de aquellas novelas -es, por regla general, distinto. Aunque las pinturas en las novelas -sean poco naturales y verosímiles, todo en ellas es griego, hasta los -cuadros del mundo oriental. El elemento maravilloso que ocupa algún -espacio en varias de estas narraciones fabulosas, no tiene jamás la -amplitud y franqueza con que domina en los cuentos de Oriente. El gusto -de la novela pasa de Oriente a Grecia; pero la novela se transforma -en manos de los griegos, pues sabido es con cuánta facilidad la raza -griega se asimila e imprime el sello de su genio a cuanto coge de las -civilizaciones extranjeras. - -Eran los griegos, naturalmente, aficionados a cuentos. Antes que las -narraciones fabulosas llegaran a ser en manos de los retóricos un -género literario, se habían hecho multitud de cuentos orales, en los -que se había desvanecido, hasta desaparecer, la influencia oriental. -Unas veces eran cuentos de madres y nodrizas a los niños; otras de -ociosos y desocupados en las barberías; hasta en las encrucijadas -de las calles de Atenas había charlatanes, cuyo oficio consistía en -entretener a los transeúntes con sus cuentos, como el _Filepsio_ de -Aristófanes. - -Estos cuentos orales eran de muchas clases. Los había morales en el -género de las fábulas de Esopo y de la fábula _Líbica_; los había -satíricos y agradables, que dieron origen a las _Fábulas sibaríticas_. -En su origen, estas fábulas, que algunas veces llamaban _Apotegmas -sibaríticos_, eran, más que una narración, la expresión de un chiste, -y tal es el carácter de muchos de los cuentecillos que el autor de las -Avispas pone en boca de Filocleón. Pero es dudoso que las _Fábulas -sibaríticas_ hayan tenido siempre su primitiva sencillez, y la estrecha -alianza de Síbaris y de Mileto parece que, a la larga, confundió estas -narraciones con las _Fábulas milesias_. - -Hemos mencionado los cuentos que en la antigüedad tuvieron mayor boga, -lo mismo cuando eran transmitidos de boca en boca, que cuando más tarde -fueron recogidos, reformados o imitados por los escritores. Pero de -estas cortas y fugitivas narraciones, a las novelas compuestas después -por los retóricos, hay gran distancia. - -Antes de llegar al examen de estas novelas, conviene echar rápida -ojeada a las narraciones que les sirvieron de origen. - -Natural era que la elegante y voluptuosa Jonia fuese la cuna de los -cuentos eróticos. El nombre solo de Jonios recuerda al pueblo más -felizmente dotado de los Helenos, el pueblo en cuyo seno se desarrolla -más pronto la poesía, la filosofía, la música, la arquitectura, todas -las elegancias y todas las delicadezas de la civilización; pero -también el pueblo más dado a los refinamientos de la voluptuosidad. -Sucesivamente sometido a la dominación de los Lidios y de los Persas, -se cuidó siempre más de su bienestar que de la libertad, y acaso la -libertad consistía para ellos en la ausencia de toda clase de cortapisa -a sus placeres. - -«En todos mis viajes solo he encontrado una ciudad libre, decía un -sibarita, y es Mileto.» Mileto, la patria de Aspasia y de otras -cortesanas tan famosas como las de Corinto, era, en efecto, modelo -de este género de independencia, que le valió la admiración de los -habitantes de Síbaris, y que estableció entre ambas ciudades relaciones -de íntima amistad. De Mileto, como de Síbaris, salieron multitud -de cuentos agradables y con sobrada frecuencia licenciosos, que -esparcieron por toda Grecia la fama de ambas ciudades y la afición a -las costumbres voluptuosas. - -En vano fue asolada Mileto en la guerra de los Medos; en vano Síbaris -fue destruida; los _Cuentos milesios_ y _sibaríticos_ sobrevivieron a -la prosperidad de ambos pueblos y llegaron a ser la delicia de la Roma -degenerada. Cuando la derrota de Craso se encontró en el bagaje de un -oficial romano una colección de esta clase de cuentos, y el _surena_ -leyó el libro ante el Senado de Seleucia, para que se formara juicio de -las costumbres de aquel pueblo arrogante que pretendía dominar a los -Partos. - -El rival de Septimio Severo, Albino, que fue algún tiempo emperador, -ocupaba los ratos de ocio que su ambición le permitía, en leer -a Apuleyo y en escribir _Cuentos milesios_, que sus cortesanos -encontraban excelentes, pero no tanto su historiador Capitolino. - -La colección más famosa de _Cuentos milesios_, es la que compuso, no -se sabe en qué época, un tal Arístides de Mileto, y que tradujo en -latín L. Cornelio Sisenna, dos veces citados por Ovidio, quien parece -decir que la obra de Arístides había sido presentada como histórica. -Probablemente era un libro en el cual, después de una breve historia de -Mileto, refería numerosas anécdotas de la vida milesia; anécdotas que -no eran otra cosa sino _Cuentos milesios_. - -Hegesipo y algunos otros escritores a quienes alude Partenio de Nicea, -sin nombrarlos, escribieron obras de igual índole. En la colección de -cuentos amatorios que nos ha dejado este gramático, hay muchos _Cuentos -milesios_; pues como tales deben ser considerados, no solo los que -Partenio copia de Hegesipo o de cualquiera otro autor de las _Historias -milesias_, sino todos aquellos que tienen a Mileto por lugar de la -escena, y por asunto la incontinencia de las mujeres de aquella ciudad. - -El recuerdo de estos cuentos se halla en todas las narraciones eróticas -de la antigüedad, especialmente en las más antiguas. Uno de los -interlocutores del diálogo de Luciano, titulado _Los amores_, hablando -de tales narraciones, que acaba de oír, las llama _Cuentos milesios_. - -Apuleyo no hizo otra cosa que reunir muchos de estos _Cuentos -milesios_, entre los cuales está la historia de una madrastra -enamorada, como _Fedra_, y un _Cuento del cubero_, que ha aprovechado -Lafontaine. - -No creemos que tenga el mismo origen la fábula de _Psique_, aunque -algunas ficciones de pura fantasía desfiguran un poco el primitivo -carácter alegórico. Los _Cuentos milesios_ dirigíanse más a los -sentidos que al sentimiento, y a lo más había en ellos alguna lección -moral, como en una de las narraciones de Partenio, o alguna intención -satírica, como en la _Matrona de Éfeso_. Este último cuento, uno de los -episodios de _El Satiricón_ de Petronio, también procedía, sin duda, de -la Jonia. - -Éfeso tuvo también, quizá como Mileto, su literatura erótica, y en -Jenofonte de Éfeso su Arístides de Mileto. Al menos era célebre, -como Mileto, por su vida voluptuosa; y ordinariamente, en cualquiera -de ambas ciudades colocaban los novelistas griegos la acción de sus -novelas. - -Los _Cuentos milesios_ son imagen de la primera forma de las -narraciones eróticas en la antigüedad. Eran ligeros y rápidos bosquejos -en el género de las trovas de la Edad Media, sin la versificación, y de -los cuentos que forman el _Decamerón_ de Boccacio y el _Heptamerón_ de -Margarita de Navarra. Destinados únicamente a entretener y excitar las -imaginaciones sensuales, no tuvieron al principio ninguna pretensión -literaria, y eran más agradables cuanto más naturales. Es probable que -no tuvieran, por lo general, más extensión que las narraciones del -mismo género que Partenio de Nicea extractó de diversas historias para -que sirvieran de asuntos de elegía a su amigo Cornelio Galo. - -Se ve por la obra de Partenio, por una colección idéntica de Plutarco, -por algunas de las _Narraciones_ de Conón, y por las _Historias -variadas_ de Eliano, que la influencia de los _Cuentos milesios_ -se hizo sentir hasta en la historia, introduciendo en ella algunos -episodios eróticos, en su mayor número imaginarios. - -Tales eran los cuentos relativos a la cortesana Ródope, que, según -unos, hizo elevar una de las pirámides de Egipto, invitando a cada -uno de sus amantes a llevar una piedra, y al decir de otros, llegó a -ser reina de Egipto gracias a haber perdido sus pantuflos. El nombre -de Ródope es tan popular entre los novelistas griegos, como el de -Helena entre los poetas. En _Teágenes y Cariclea_ las seducciones de -otra Ródope casi triunfaron de la austeridad de un gran sacerdote de -Menfis, y en _Leucipa y Clitofonte_ también hay otra Ródope, pero esta -es virtuosa y pura, hasta el punto de provocar con sus desdenes la -venganza de Venus. - -Plutarco, en sus _Obras morales_, cita con la _Pantea_ de Jenofonte -a la _Timoquea_ de Aristóbulo y a la _Tebea_ de Teopompo, nombres de -algunas heroínas de los cuentos eróticos mezclados a la historia. -Fácil sería aumentar esta lista con las narraciones de este género, -extractadas de la historia por Conón, Partenio y Plutarco, y también -se hubiera podido hacer con un libro, hoy perdido, que erróneamente se -atribuyó al logógrafo Cadmo de Mileto, y cuyo título era igual al de la -obra de Partenio, _Relatos de pasiones amorosas_. - -De la historia pasaron los _Cuentos milesios_ a los escritos de los -filósofos. Rastros de ellos se advierten en el _Banquete_ de Jenofonte, -en el _Tratado del amor_ de Clearco de Solí, en algunas obras idénticas -de Teofrastro, de Aristón de Iulis, de Esfodrio el cínico, de -Favorino de Arlés, y hasta en algunos de los diálogos, mezclados con -narraciones, que quedan de Plutarco, sobre todo en el que lleva por -título _Del amor_. - -Bastante tiempo después, y acaso poco antes de Petronio, los cuentos -de amor, tan breves en las _Fábulas milesias_, tan rápidos cuando iban -mezclados a la historia y a las novelas históricas y filosóficas, como -las que hasta ahora hemos mencionado, tomaron grande extensión y -considerable desarrollo. Las antiguas narraciones del género milesio -consérvanse a veces en forma de episodios en largas novelas, que ven la -luz en la época romana y en la bizantina, mas en general desaparecen -al convertirse en narraciones mucho más amplias, que abarcan mucho -más tiempo, y que complican la acción principal con gran número de -episodios, y añaden a los principales personajes multitud de figuras -secundarias. - -La transición del cuento a la novela no se realizó sin trabajo, y basta -comparar la _Luciada_ con _La metamorfosis_ o _El asno de oro_ de -Apuleyo, para comprender cuán artificial era a veces el procedimiento -de mezclar multitud de cuentos episódicos a la fábula principal, y cuán -fácilmente se advierte la soldadura. - -Pocos cuentos tuvieron en la antigüedad tanto éxito como el de Lucio -metamorfoseado en asno gracias a un ungüento mágico, y vuelto a la -humana forma al comer rosas. No era esta solamente una narración -erótica, sino un cuento de género fantástico, género que también fue -muy cultivado en la antigüedad. - -Mientras los poetas alimentaban la imaginación popular con narraciones -relativas a los dioses y las diosas del Olimpo, la superstición no -dejó de multiplicar los cuentos referentes a seres sobrenaturales y -a sucesos maravillosos. Para exhortar al bien a los niños, se les -recitaban fábulas como las de Esopo; para apartarles del mal, cuentos -terribles en que intervenían los ogros de ambos sexos de la antigüedad. -Y como el imperio de la credulidad no se limita a la infancia, en todas -las edades se amedrentaban con cuentos de malhechores y demonios que -poblaban los espacios, de fantasmas y aparecidos. - -Cuando en el primer siglo de la era cristiana el furor de la magia se -apoderó de todo el mundo pagano, este aspecto de lo maravilloso abrió -ilimitado campo a la fantasía de los narradores. Las novelas de amor -tomaron de los cuentos fantásticos muchos de sus episodios, y no hay -escritor alguno que desaproveche este recurso que aseguraba el éxito -entre los lectores de su época. No es extraño que esto suceda cuando la -misma historia también lo hacía; testigo, el genio que, según Plutarco, -se aparece a Bruto antes de la batalla de Filipos. - -Las compilaciones que han llegado a nosotros de Apolonio y de Flegón -de Tralles, con título de _Historias maravillosas_, contienen -muchos relatos de esta índole, mezclándose en algunos de ellos el -artificio de una ingeniosa ficción. Luciano, en uno de sus diálogos -titulado _El mentiroso_, incluye una serie de cuentos fantásticos -que corrían en su época, uno de los cuales ha servido a Goethe para -su cuento _El estudiante brujo_. El filósofo se burlaba de las -creencias supersticiosas en su tiempo, pero el hombre de ingenio sabía -aprovecharlas para asuntos de sus amenas obras. Se le cree autor de la -_Luciada_, y muy bien pudo escribirla como entretenimiento burlesco, -de igual modo que su contemporáneo el platónico Apuleyo se divirtió en -hacer _El asno de oro_. - -¿Es o no de Luciano la obra que ha llegado a nosotros con el título de -_Luciada_? Lo que puede asegurarse es que el asunto produjo a lo menos -dos obras distintas, atribuidas una a Lucio de Patras y otra a Luciano. -¿Fue este imitador de aquel, o la imitó de este algún falsificador, -poniéndola bajo el nombre de Lucio de Patras? La crítica no ha podido -aún resolver estas dudas. En opinión de Mr. Chassang, de cuya excelente -obra sobre la novela en la antigüedad tomamos estos párrafos, es -evidente que el cuento fue repetidas veces rehecho en griego, y debe -ser más antiguo que la versión que ha llegado a nosotros, atribuida a -Luciano. - -Uno de los episodios más extraños de la novela, la monstruosa aventura -del asno y de la dama de Patras, tenía precedentes en las narraciones -de los poetas relativas a Pasífae y en lo que dicen los historiadores -de la hija de Hipomeno. - -Focio, que tuvo a la vista dos versiones en griego de esta novela, -una con el nombre de Luciano y otra con el de Lucio, las aprecia y -compara. Censura al supuesto Lucio de hablar de todos estos prestigios -y encantos en el tono propio de quien cree lo que cuenta, y prefiere -la narración de Luciano, que le parece una agradable burla de las -supersticiones paganas. - -De seguro el falso Lucio no creía más ni mejor que el autor de la -_Luciada_ en su propia metamorfosis; pero entre esta obra y la de -Luciano había la diferencia de referir con pesadez y sin ingenio -anécdotas insípidas por sí mismas, mientras que Luciano dio atractivo -y belleza a tales extravagancias con una narración ligera, ingeniosa -y llena de gracejo. Creemos error de la crítica, sigue diciendo Mr. -Chassang, el haber negado algunas veces esta obra a Luciano; la -tradición se la conserva, y el buen gusto no la encuentra indigna de -él. ¿Es acaso inverosímil que hiciera en cuanto a los cuentos mágicos -lo que había hecho respecto a los viajes imaginarios en su _Historia -verdadera_? Luciano era de los que tienen el don de transformar cuanto -tocan. - -Uno de los méritos de la _Luciada_ es la brevedad. La prolijidad difusa -es, por lo contrario, el principal defecto de _El asno de oro_ de -Apuleyo, y este defecto tiene especial importancia en obras de asuntos -frívolos. Una broma prolongada fatiga, y así sucede a la novela latina -de las aventuras de Lucio. - -De las dos _Luciadas_, la atribuida a Lucio y la que se cree de -Luciano, no se sabe cuál imitó Apuleyo; pero él mismo advierte que -refiere una _fábula griega_, y aun añade que ha hilvanado diversos -cuentos del género de las fábulas milesias. Así revela el secreto de la -composición del libro, que consiste en repetir todos los cuentos de la -_Luciada_, añadiéndoles gran número de circunstancias accesorias y de -narraciones episódicas. - -Una sola de estas narraciones vale más que todo el resto de la obra, -la historia de Psique. Tampoco fue inventada por Apuleyo, pues -evidentemente procede de origen griego y muy antiguo. Esta bella -narración contrasta con los cuentos licenciosos, y a veces obscenos, -que Apuleyo toma de la _Luciada_, o añade por su cuenta, con tantas -pinturas inmorales, que ponen de manifiesto una época en que se -representaban en el anfiteatro los amores de Pasífae y de Leda, cuyo -realismo los recomendó a la imitación de un escritor famosísimo del -siglo XVI, el autor de _El Príncipe_ y de _La mandrágora_[2]. - - -III. - -_Las floridas_ son una colección de extractos o de párrafos de diversas -memorias y discursos. - -El estilo de estos fragmentos es ampuloso, sin variedad y sin -naturalidad. Imitando el ejemplo de sus maestros de Roma, hacía Apuleyo -con frecuencia discursos pueriles, cuyo único objeto era su propio -panegírico y el de sus oyentes. Por fortuna ponía en ellos algunas -digresiones, y a estas se deben varios detalles curiosos, relativos a -los usos de la época y a las costumbres religiosas del politeísmo. - -Las obras religiosas comprenden: 1.º Un tratado del _Dogma de Platón_, -que se divide en tres libros: la filosofía natural, la filosofía moral -extractada de los libros _De Republica_ y de _Las leyes_, de Platón, -y la lógica, que contiene los principios de Aristóteles y de los -estoicos. 2.º El tratado de _El mundo_, que reproduce literalmente la -doctrina cosmogónica de Aristóteles. 3.º El tratado de _El dios de -Sócrates_, en el cual Apuleyo, admitiendo la realidad del genio de -Sócrates, examina a qué clase de demonios pertenece. - -Este libro ha sido ampliamente refutado por San Agustín. El gran doctor -acusa a Apuleyo de comercio secreto con el demonio. San Jerónimo le -considera como el Anticristo, y proscribe en los términos más enérgicos -sus obras, como inspiradas en el espíritu del mal. - -Apuleyo, sin embargo, no pasa de ser un sectario de la filosofía de -Platón, y dentro y fuera del cristianismo tuvo numerosos cómplices, -porque era entonces general la influencia del espiritualismo griego, -no faltando entre los más doctos cristianos quien tratase de conciliar -los mitos poéticos del discípulo de Sócrates, con la sublime moral de -Jesucristo, uniendo de esta suerte el antiguo con el nuevo mundo. - -No se empeñó en tan difícil trabajo Apuleyo, y acaso porque no tuvo -ni el propósito, ni siquiera la idea, de demostrar que las doctrinas -platónicas eran como el presentimiento de la gran reforma humana -consumada por el cristianismo, incurrió en el anatema. - -En los trabajos filosóficos que de él han llegado a nosotros, no es -Apuleyo más que un traductor; no crea ningún nuevo sistema, limitándose -a exponer el del maestro. Apenas se atreve a añadir algunos comentarios -al texto que traduce, a la concreta exposición de las teorías del -filósofo divino. - -No fatiga su imaginación investigando nuevas verdades, ni examinando -las reconocidas, ingeniándose en reproducir laboriosamente las mismas -ideas con distintas formas. Socavando en los despojos de la antigua -lengua latina, encuentra nuevas palabras para disfrazar ideas vulgares, -siendo como escritor lo mismo que era como orador. - -Este estilo bárbaro e insólito fue sin duda lo que engañó a sus -piadosos adversarios, atribuyéndole lo que pertenecía a Platón. No -conocieron al amable filósofo vestido con tan rústico traje, ni -encontraron en el latín de África rastro alguno de aquella dicción -griega tan pura y tan perfecta, de aquel estilo encantador, propio del -amado discípulo de Sócrates. - - - - -EL ASNO DE ORO - - - - -INTRODUCCIÓN - - -En este libro podrás conocer y saber diversas historias y fábulas, con -las cuales deleitarás tus oídos y sentidos: si quisieres leer y no -menospreciares mi escritura, porque aquí verás las fortunas y figuras -de hombres convertidas en otras imágenes y tornadas otra vez en su -misma forma; de manera, que te maravillarás lo que digo. Y si quieres -saber quién soy, en pocas palabras te lo diré: - -Mi antiguo linaje es de Atenas y de Lacedemonia, que son ciudades muy -fértiles y nobles, celebradas por muchos escritores. En esta ciudad de -Atenas comencé a aprender siendo mozo; después vine a Roma, donde con -mucho trabajo y fatiga, sin que maestro me enseñase, aprendí la lengua -natural de los romanos. Así que pido perdón si en algo ofendiere, -siendo yo rudo para hablar lengua extraña. Que aun la misma mudanza -de mi hablar responde a la ciencia y estilo variable que comienzo a -escribir. - -La historia es griega; entiéndela bien y habrás placer. - - - - -EL ASNO DE ORO. - -LIBRO PRIMERO. - -ARGUMENTO. - - Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue a la provincia - de Tesalia, donde estas artes se usaban, y en el camino se juntó - con otros dos compañeros: y en aquel camino iban contando cosas - increíbles y de maravillar de un embaidor y de dos hechiceras. -- Y - luego cómo llegó a la ciudad de Hipata, y de su huésped Milón, y lo - que le aconteció en su casa la primera noche. -- Lee y verás cosas de - mucho gusto, y toma lo mejor para ti. - - -I. - - Cómo Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue a la provincia - de Tesalia, y en el camino se juntó con dos compañeros, los cuales - iban contando admirables acaecimientos de hechiceras. - -Yendo yo a Tesalia (que de allí era mi linaje por parte de mi madre, de -aquel noble Plutarco, y Sexto su sobrino), después de haber pasado por -sierras y valles, deleitosos prados llenos de hierbas y campos arados, -ya mi caballo iba rendido, y así por esto, como por ejercitar las -piernas, que llevaba cansadas de venir caballero, salté de él en tierra -y comencé a caminar muy poco a poco, llevándolo por delante. De esta -manera alcancé dos compañeros que iban allí cerca, y escuché lo que -hablaban. - -El uno de ellos, con una risa, dijo: - ---Calla ya; no digas esas palabras mentirosas. - -Como esto le oí, deseando saber cosas nuevas, dije: - ---Señores, repartid conmigo de lo que vais hablando, porque huelgo -mucho de oír cosas tales, y también porque subiendo esta tan áspera -cuesta, el hablar nos alivie parte del trabajo. - -Entonces, aquel que había comenzado la plática primera, nos dijo: - ---Por cierto no es más verdad esta mentira, que si alguno dijese que -con arte mágica se vuelven atrás los caudalosos ríos, que la mar se -cuaja, que los aires no se mueven, que el sol está fijo en el cielo, -que despuma en las hierbas la luna, que se arrancan del cielo las -estrellas, que se quita el día y la noche se detiene. - -Yo entonces, con un poco más de osadía, dije: - ---Oyes, tú que comenzaste la primera habla, por amor de mí que no te -pese ni te enojes de proseguir adelante. - -Asimismo dije al otro: - ---Paréceme que tú, con grueso entendimiento y rudo corazón, -menosprecias lo que por ventura es verdad, y no sabes que muchas cosas -juzgan los hombres por mentira, o porque nunca fueron vistas, o porque -ellas parecen más grandes de lo que se puede pensar, las cuales, si -bien se mirasen y contemplasen, no solamente serían claras de hallar, -pero aun fáciles de hacer. Porque yendo yo un día a Atenas, y llegando -a la puerta grande que llamaban Decile, vi un hombre de estos que -hacen juegos de manos, que tragó una espada bien aguda por la punta. -Y luego, por un poco de dinero que le dieron, tomó una lanza por el -hierro y metiósela por la barriga; de manera que el hierro que entró -por la ingle le salió por la parte del colodrillo a la cabeza, y en -la punta de él apareció un niño volteando y danzando, de lo cual nos -maravillamos cuantos allí estábamos, que no dijeras sino que era el -báculo del dios Esculapio, medio cortados los ramos y nudoso, con una -serpiente volteando encima. Así que, tú que comenzaste a hablar, torna -lo comenzado, que yo solo te creeré, y demás de esto te prometo que en -el primer mesón en que entremos te convidaré a comer conmigo, y esta -será la paga de tu trabajo. - -Él respondió: - ---Pláceme aceptar lo que dices, y luego proseguiré lo que antes había -comenzado, y primero, te juro por el sol, te he de contar cosas que así -han pasado, porque no dudes que cierto por mí pasaron, aunque me pesó, -y en esta ciudad que aquí cerca está, es cosa muy sabida y manifiesta. -Y porque sepáis quién soy, de qué tierra y qué es mi oficio, habéis -de saber que yo soy de Egina y ando por estas provincias de Tesalia, -Etolia y Beocia, de acá para allá, buscando mercaderías de queso, miel -y semejantes cosas de taberneros, y como oyese decir que en la ciudad -de Hipata (la cual es la más principal de Tesalia) hubiese buen queso, -de buen sabor y provechoso para vender, corrí luego allá para comprar -todo lo que pudiese; pero con el pie izquierdo entré en la negociación, -que no me sucedió como esperaba, porque otro día antes había venido -otro negociador que se llamaba Lobo, y lo había comprado todo. Así que -yo, fatigado del camino, fuime hacia el baño y de improviso hallé en la -calle a Sócrates, mi amigo y compañero, que estaba sentado en tierra -medio vestido, con un sayuelo roto, tan disforme, flaco y amarillo, que -parecía tal como aquellos que la triste fortuna trae a pedir por las -calles. Como yo lo vi, aunque era muy familiar mío y compañero, con -todo esto dudé si le conocía, y llegándome a él, dije: - ---¡Oh mi Sócrates! ¿Qué es esto? ¿Qué gesto es ese? ¿Qué desventura fue -la tuya? En tu casa ya eres llorado; ya a tus hijos han dado tutores -los alcaldes. Tu mujer, después de hechas tus exequias y haberte -llorado, cargada de luto y tristeza, es importunada por sus parientes -que se case, y tú estás aquí como estatua del diablo con nuestra -injuria y deshonra. - -Él entonces me respondió: - ---¡Oh Aristómenes, no sabes tú las vueltas y rodeos de la fortuna y sus -instables movimientos! - -Y diciendo esto, con su falda rota se cubrió la cara de manera que se -descubrió desde el ombligo abajo. - -Yo no pude sufrir tan miserable vista y triste espectáculo; tomelo por -la mano y trabajé con él porque se levantase, y él así con la cara -cubierta, me dijo: - ---Déjame use la fortuna conmigo de su triunfo y siga lo que comenzó. - -Yo luego desnudeme una de mis vestiduras y prestamente se la vestí, -aunque mejor diría que lo cubrí, e hícelo ir a lavar al baño, y dile -todo lo que fue menester para untarse y limpiar la mucha suciedad que -tenía. Después de bien curado llevelo al mesón e hícelo asentar a la -mesa y comer a su placer, amanselo con el comer, alegrelo con el beber, -de manera que ya estaba inclinado a hablar en cosas de juego y placer, -para conversar como hombre decidor, cuando de lo íntimo de su corazón -dio un mortal suspiro, y con la mano derecha se dio un gran golpe en la -cara, diciendo: - ---¡Oh mezquino de mí! que en tanto que anduve siguiendo el arte de -la esgrima, que mucho me placía, caí en estas miserias, porque, como -tú bien sabes, después de la mucha ganancia que hube en Macedonia, -partiéndome de allí con mi dinero, un poco antes que llegase a la -ciudad de Larisa, pasando por un valle muy grande lleno de espesa -arboleda, hay unas grandes decendidas; allí me cercaron los ladrones y -me robaron cuanto traía, y yo escapé medio muerto; víneme a la ciudad -y posé en casa de una vieja tabernera llamada Meroes, mujer sabia y -parlera, a la cual conté lo que me acaeció en el camino y la gana y -ansia que tenía por volver a mi casa, contándole mis penas con mucha -fatiga y miseria; ella me empezó a tratar humanamente y diome a cenar -muy bien y de balde, y así que, movida o alterada de amor, metiome en -su cámara y cama. Yo, mezquino luego, como llegué a ella una vez, se me -pegó tanta enfermedad y vejez, que por huir su conversación todo cuanto -tenía le di, hasta las vestiduras que los buenos ladrones me dejaron -con que me cubriese, y aun algunas de las cosas que había ganado. Así -que aquella buena mujer y mi mala fortuna me trajeron a este gesto que -poco antes me viste. - -Yo le respondí: - ---Por cierto, tú eres merecedor de cualquier mal que te viniese, pues -que una mala mujer, y un vicio carnal tan sucio, te hizo olvidar de tu -casa, mujer e hijos. - -Sócrates entonces, poniendo el dedo en la boca, mirando en derredor a -ver si era lugar seguro para hablar, dijo: - ---Calla, calla, no digas mal contra esta mujer que es maga, por ventura -no recibas algún daño por tu lengua. - -A lo cual yo le respondí: - ---¿Cómo es eso de esa tabernera, y tanto puede? ¿Qué mujer es? - -Él respondió: - ---Es muy astuta hechicera, que puede más que los diablos, y los manda -a zapatazos; hará temblar la tierra, y cuajar las aguas, deshacer los -montes, oscurecer las estrellas, conjurar los muertos, resistir a los -dioses. - -Cuando le oí decir estas cosas, le dije: - ---Ruégote, por Dios, que no hablemos más en materia tan alta, hablemos -en cosas comunes. - -Sócrates dijo: - ---¿Quieres oír alguna cosa o muchas de las suyas? Pues has de saber que -ella hace que dos enamorados se quieran bien y se amen muy fuertemente, -no solamente aquí los naturales, pero aun los que están muy lejos, -aunque sea en el cabo del mundo. Oye ahora lo que en presencia de -muchos osó hacer a un enamorado suyo porque tuvo que hacer con otra -mujer: con una sola palabra lo convirtió en un animal que llaman -castor, el cual tiene esta propiedad, que temiendo de no ser tomado -por los cazadores, córtase su natura porque lo dejen; y porque otro -tanto le aconteciese a aquel su amigo, lo tornó en aquella bestia. -Asimismo, a otro su vecino tabernero que le quería mal, convirtió en -rana; y ahora el mezquino viejo andaba nadando en la tinaja del vino, -y escondiéndose debajo las heces; canta cuando vienen a su casa los -que continuaban a comprar de él. También a otro procurador de causas, -porque abogó contra ella, lo transformó en un carnero; y así en esta -forma procura ahora los pleitos. Esta misma, porque la mujer de un su -enamorado le dijo cierta injuria, le hizo tal hechizo, que quedó con -la barriga muy grande, como preñada, y todos cuentan el tiempo de su -preñez, que son ya ocho años que a la mezquina crece el vientre, como -preñez de elefante. La cual, como a muchos dañase, fue tanta la ira que -el pueblo tomó contra ella, que determinaron de apedrearla; pero con -sus encantamentos, ella supo lo que estaba ordenado, y como aquella -Medea, que con la tregua de un día que alcanzó del rey Creón, toda su -casa, y su hija, y al mismo rey, quemó en vivas llamas, así esta, con -sus imprecaciones infernales, que dentro de un sepulcro hizo (según que -la beoda me contó), a todos los vecinos de la ciudad encerró en sus -casas con la fuerza de sus encantamentos, que en dos días no pudieron -romper las cerraduras ni abrir las puertas, hasta que unos a otros se -amonestaron y juraron de no tocarle ni hacer mal alguno, antes de darle -todo favor y ayuda. De esta manera amansada, desligó toda la ciudad; -pero al autor de este escándalo, con su casa entera, y sus cimientos, -a media noche la llevó a otra ciudad cien millas de allí; y porque en -la ciudad no había lugar donde pudiese asentar la casa, por la mucha -vecindad, la puso en el arrabal, y allí la dejó. - -Cuando yo le oí esto, díjele: - ---Por cierto, mi Sócrates, tú dices cosas muy espantables y crueles, y -sin duda que en gran miedo me has puesto. Y porque esta vieja (usando -de su encantamento) habrá entendido nuestra plática, vámonos a dormir, -y muy de mañana huyamos de aquí lo más lejos que pudiéremos. - - -II. - - Cómo prosiguiendo Aristómenes (que así se llamaba el compañero) su - historia, contó a Lucio Apuleyo cómo dos hechiceras, Meroes y Pancia, - degollaron aquella noche a Sócrates. - -Aún yo no había bien acabado de decir esto, cuando Sócrates se -adormeció, así por haber bebido de lo que no acostumbra, como también -por la luenga fatiga que había padecido. - -Yo entonces entré la puerta dentro de la cámara y echele la aldaba, y -acosteme sobre una camilla que estaba cerca los quicios de la puerta. -Así que del miedo que tenía velé un poco, y siendo casi media noche, -comenzáronseme a cerrar los ojos; mi fe, si os place, ya dormía, y -súpitamente las puertas se arrancaron de sus quicios, y se cayeron en -tierra. - -Mi camilla en que estaba, como era pequeña, y cojo el banco de un pie -y los otros podridos, con la fuerza e ímpetu de la puerta, cayó en -tierra, y yo caí debajo en el suelo, porque como la cama se volvió, -tomome debajo de sí; entonces sentí un efecto natural en contrario, que -así como en un gran placer suelen venir lágrimas, así a mí, que estaba -lleno de miedo, me venía gran risa, porque estaba de hombre hecho -tortuga. - -Estando así en el suelo cubierto con mi camilla, vi dos mujeres viejas; -la una traía un candil ardiendo, la otra un puñal y una esponja, y -pusiéronse cerca de Sócrates, que dormía muy bien. La que traía el -puñal dijo a la otra: - ---Hermana Pancia, este es el gran enamorado Endimión, otro Ganímedes, -que días y noches burló de mi juventud. Este es el que no solamente -contando mis amores me difama y deshonra, mas aun ahora se quería huir, -y que yo quede sola y con pena, como Calipso cuando Ulises la dejó y se -fue. - -Diciendo esto me señaló con la mano, y dijo a Pancia: - ---Y también este buen consejero Aristómenes, que es el autor de esta -huida, cercano está de la muerte, echado yace en tierra debajo de la -cama; todo esto bien lo ha mirado, mas no crea que ha de pasar sin -pena por lo que contra mí dijo, yo le haré que luego, y aun ahora, se -arrepienta de lo que malamente ha hablado y del consejo de la huida que -quiere hacer. - -Yo, mezquino, como entendí estas palabras, cubrime de un sudor frío y -comenzome a temblar todo el cuerpo, en tanta manera, que mi camilla -saltaba temblando en mis espaldas. - -Pancia dijo entonces: - ---Pues, hermana, ¿por qué a este no despedazamos primero o le cortamos -su natura? - -Respondiole Meroes (que era la tabernera, la cual conocí más por su -gesto de vino que por otra cosa): - ---Antes me parece que debe de vivir este, para que entierre a este otro -cuitado. - -Y tomando la cabeza de Sócrates por la parte siniestra de la garganta, -le metió el puñal hasta los cabos, y tomó la sangre en un barquino, de -manera que gota no pareció, y metiendo la mano por la llaga hasta las -entrañas, sacó el corazón de mi triste compañero, el cual, como tenía -cortado el gaznate, no pudo dar ni un solo gemido. - -Pancia tomó la esponja que traía, y metióla en la boca de la llaga, -diciendo: - ---Tú, esponja, nacida en la mar, guarda que no pases por ningún río. - -Diciendo esto, ambas se vinieron a mí y quitáronme la cama de encima, -y puestas en cuclillas meáronme la cara, tanto, que me remojaron muy -bien, y entonces se fueron, y luego las puertas se tornaron a su lugar -como de antes estaban. - -Yo, como estaba echado en tierra, desnudo y frío y remojado de orines, -como si entonces hubiera salido del vientre de mi madre, dije entre mí: - -«¿Qué será de mí cuando se hallare este a la mañana degollado? ¿Quién -me podrá creer, aunque dé mil razones? Porque luego me dirán: Si tú, -hombre tan grande, no podías resistir a una mujer, a lo menos dieras -voces y llamaras socorro. ¿Cómo en tu presencia degollaban un hombre? -¿Por qué, si eran ladrones, no mataban a ti como a él? Así que, pues -escapaste de la muerte, torna a ella.» - -Considerando yo estas cosas muchas veces, íbase la noche, y venía el -día; pareciome buen consejo salirme antes de él, y tomar mis alforjas y -mi capa. - -Comencé de abrir las puertas de la cámara con la llave, y aquellas, que -esa noche de su voluntad se abrieron, a mala vez y con mucho trabajo -pude abrir, dando veinte vueltas a la llave. - -Después que salí de la cámara, fuime a la puerta del mesón, y dije al -portero: - ---Oyes, tú, ábreme la puerta, que quiero caminar de mañana. - -El que cerca de la puerta estaba echado, me respondió: - ---¿Cómo te quieres partir ahora, que aún es de noche? ¿No sabes que -andan ladrones por los caminos? Si tú eres tan simple que deseas -morir, nosotros no tenemos cabezas de calabaza que queramos morir por -ti. - -Yo dije: - ---No hay mucho de aquí al día, cuanto más, que a hombre pobre, ¿qué -pueden robarle los ladrones? ¿No sabes tú, hermano, que a hombre -desnudo, diez valientes no le pueden despojar? - -A esto el embeleñado villano, medio dormido, dio una vuelta sobre el -otro lado, diciendo: - ---¿Y qué sé yo ahora si dejas degollado aquel tu compañero con quien -cenabas anoche, y te vas huyendo? - -Cuando yo le oí aquello, en aquel punto me pareció abrirse la tierra, y -que vide el maldito profundo del infierno, y el traidor del Cancerbero -hambriento por tragarme. Acordóseme que aquella buena de Meroes no me -había dejado de matar por misericordia, mas por crueldad, por guardarme -para la horca. Así que torneme a la cámara, y pensaba entre mí qué -linaje de muerte me habían de dar al otro día; con esta cuita determiné -de matarme, y como en la cámara no hubiese armas, volvime a mi camilla, -y díjele: - ---¡Oh mi lecho amado, que has padecido conmigo tanta fatiga esta noche, -tú eres sabedor de lo que aquí se hizo; a ti solo puedo tomar por -testigo de mi inocencia; ruégote que si tengo que morir, me des algún -socorro! - -Y diciendo esto, desaté una soguilla con que estaba tejido, y echéla -de un madero, e hice un lazo en la cuerda, y subido encima de la cama, -me lo puse atado al pescuezo, y dando con los pies en la cama por -apartarla, para que el cuerpo quedase en el aire, y me ahogase, la -cuerda, súpitamente, con el peso del cuerpo se hizo pedazos de vieja -y podrida; yo, como caí de lo alto, di sobre Sócrates, que estaba allí -echado cerca de mí. Y luego en ese momento entró el portero dando voces: - ---¿Dónde estás tú que a media noche con gran prisa te querías partir, y -ahora te estás en la cama? - -A esto, no sé si o con la caída que yo di, o por las voces y baraúnda -del portero, Sócrates se levantó primero que yo, diciendo: - ---No sin causa los huéspedes aborrecen y dicen mal de estos mesoneros; -ved ahora este necio importuno cómo entró de rondón en la cámara, creo -que por hurtar algo. Con sus voces me despertó. - -Cuando yo vi a mi compañero hablar, fuime a él y abracele y besele -muchas veces; él me dijo: - ---Quítate allá, que hiedes malamente. - -Entonces yo le mudé el propósito, y lo hice levantar, y luego nos -partimos. Empezamos a caminar ya cuando el sol alumbraba toda la -tierra: yo iba muy curiosamente mirando a mi compañero la garganta por -aquella parte que le había visto meter el puñal, y decía entre mí. - -Cierto, anoche yo estaba tan lleno de vino, que soñé cosas del diablo: -he aquí Sócrates vivo y sano. ¿Dónde está la herida? ¿Dónde esta la -esponja? - -Entonces dije a mi compañero: - ---No sin causa dicen los médicos que los que mucho cenan y beben, -sueñan pesados sueños, así me aconteció a mí, que anoche, como me -desordené en el beber, soñé crueles y espantables cosas, que aun me -parecía que estaba rociado con sangre de hombre. - -A esto respondió él riéndose: - ---Antes me parece que estás rociado con meados. Pero también soñaba -yo que me degollaban, y me dolió la garganta, y que me arrancaban el -corazón: y aun ahora no puedo resollar; por tanto, quería comer alguna -cosa para esforzar. - -Yo entonces le dije: - ---He aquí el almuerzo. - -Luego saqué pan y queso, y sentámonos a almorzar. Yo lo estaba mirando -cómo tragaba los bocados con una flaqueza intrínseca y un color -amarillo, que parecía de muerto: yo, pensando en aquellas brujas, -estaba tan medroso, que el bocado de pan que había mordido se me -atravesó en el galillo, de manera que no podía pasar abajo, ni tornar -arriba, y también tenía temor por no ver pasar a nadie por el camino. - -Sócrates, desde que hubo bien comido del pan y queso, tenía gran sed, -y cerca de allí do estábamos asentados, corría un hermoso y claro -río, adonde mi compañero fue a matar su sed; y echándose de bruces -en el agua, empezando a meter los labios, se le abrió súpitamente la -degolladura, y de dentro salió la esponja con una poca de sangre. - -Yo, cuando esto vi, asile por los pies y tirelo a tierra, que de otra -manera, el cuerpo sin alma cayera en el río. Después (según el tiempo -y lugar) lloré a mi compañero, y le di en la arena sepultura para -siempre. Y con mucha ansia me fui por esos caminos; y dejando mi tierra -y casa, tomando voluntario destierro me fui a Etolia, y allí me casé, -donde ahora soy morador. - -De esta manera nos contó Aristómenes su historia: y el otro su -compañero, medio riendo, dijo: - ---No hay mentira tan fabulosa en el mundo como esta. - -Y mirando hacia mí, dijo: - ---Tú, hombre de bien (según tu presencia y hábito muestran), ¿crees -esta conseja? - -Yo le respondí: - ---Cierto: no pienso que hay cosa imposible, porque muchas veces acaecen -a mí y a ti, y a todos los hombres, cosas maravillosas que nunca -acontecieron, que si se cuentan a persona rústica, no son creídas. - -Y volviéndome a Aristómenes, le dije: - ---Mucho holgué de oír tu historia, y de mi parte lo agradezco mucho, -porque con tu cuento me hiciste olvidar el camino y pasarlo sin fatiga; -del cual beneficio también mi caballo lleva su parte, porque sin -trabajo suyo he venido hasta la puerta de esta ciudad, no encima de él, -mas de mis orejas. - -Aquí nos apartamos; yo entré en la ciudad, y mis compañeros pasaron -adelante. - - -III. - - Cómo Lucio Apuleyo llegó a la ciudad de Hipata y fue a posar en casa - de Milón, y lo que con Pitias le aconteció. - -Llegando al primer mesón que hallé, pregunté a una vieja tabernera si -conocía uno de los principales de aquel pueblo que se llamaba Milón. - -La vieja respondió: - ---Por cierto así es, que este Milón es el más honrado de su casa. - -Yo le dije: - ---Madre mía, dejemos burlas y dime en qué casa mora. - -Ella respondió: - ---¿Ves aquellas ventanas del cabo que están fuera de la ciudad, de -frente una calleja sin salida? pues allí mora Milón, harto rico, y -mayor avariento, y de baja condición, hombre infame y sucio, que no -tiene otro oficio sino continuo dar dinero a usura, sobre buenas -prendas de plata y oro; metido en una casilla pequeña, está siempre -pensando en su dinero, con su mujer, compañera de tristeza y avaricia, -y no tiene en su casa persona, sino una mozuela, y tanto es avariento, -que anda vestido como un pobre hombre. - -Cuando yo oí esto, reíme entre mí, diciendo: - ---Por cierto, bien encaminado vengo de mi amigo Demeas, pues a tal -hombre me envía para que me dé posada, en cuya casa ni habrá miedo del -humo ni del olor de la cocina. - -Y diciendo esto llegué a la puerta de Milón, a la cual, como estaba muy -bien cerrada, empecé a llamar. - -En esto salió una mozuela de dentro, que me dijo: - ---Oyes tú, que tan reciamente llamas a la puerta, ¿qué prenda traes -para que te preste sobre ella dineros? - -Yo le respondí: - ---Mejor lo haga Dios conmigo; respóndeme si está en casa tu señor. - -Ella dijo: - ---Sí está; mas dime: ¿qué es lo que quieres? - -Yo respondí: - ---Tráigole cartas de Corinto, de su amigo Demeas. - -Ella me dijo: - ---Espera en cuanto se lo digo. - -Y cerrando muy bien la puerta, se entró para dentro. - -De allí a poco tornó a salir, y abriéndola, me dijo que entrase. - -Yo entré y hallé a Milón sentado a una mesilla pequeña, que entonces -empezaba a cenar. Y la mujer estaba sentada a los pies, y en la mesa -había poco o casi nada que comer. - -Él me dijo: - ---Esta es tu posada. - -Yo le di muchas gracias, y luego le di las cartas de Demeas, las cuales -por él leídas, dijo: - ---Yo soy muy contento de tener tan honrado huésped como mi amigo Demeas -me envía. - -Y diciendo esto, hizo levantar a su mujer, y a mí, tomándome por la -halda, me hizo sentar en su lugar, diciendo que por miedo de ladrones -no tenía otra silla ni otras cosas que convenían. - -Después que yo fui sentado, me dijo. - ---Huésped honrado, ruégote que no menosprecies la angostura de mi casa, -que está aparejada para lo que mandares, y ves allí a aquella cámara, -que es razonable, donde puedes estar a tu placer. Porque cierto, tu -persona hará mayor la casa; demás de esto, imitarás a tu padre Teseo, -que nunca se menospreció de posar en casa de aquella buena vieja -Hecales. - -Entonces llamó a la moza, y díjole: - ---Andria, toma esta ropa del huésped y ponla a buen recaudo, y saca -aceite para untarse y un paño para limpiarle, y llévalo al baño más -cercano, porque vendrá fatigado del largo camino. - -Cuando yo le oí esto, dije: - ---No he menester nada de esto, que yo iré y preguntaré por el baño. Lo -que ahora querría es que para mi caballo me compres tú, Andria, heno y -cebada, ves aquí los dineros. - -Entonces puse mi ropa en aquella cámara, y yendo al baño, acordé de -proveer primero algo para cenar, y fuime a la plaza de Cupido a donde -había gran abundancia, y compré pescado. - -Al tiempo que me venía topé con Pitias, que fue mi compañero cuando -estudiábamos en Atenas, el cual, como me vio, se vino a mi y abrazome y -diome paz amorosamente, y dijo: - ---¡Oh, mi Lucio! mucho tiempo ha que no nos vimos; ¿qué es ahora la -causa de tu venida? - -Yo dije: - ---Mañana nos veremos más despacio, y entonces te lo diré. Mas ¿qué es -esto? Yo he gran placer en verte con vara de justicia; según tu hábito, -debes tener oficio en la ciudad. - -Él me respondió: - ---Soy almotacén, tengo cargo de las cosas de comer; por eso, si quieres -comprar algo, bien te podré aprovechar. - -Yo no quise, porque ya tenía comprado lo necesario para cenar. Pero él, -como vio la espuerta del pescado, tomola, y mirando los peces que en -ella había, dijo: - ---¿Cuánto te costó este rehús? - -Yo le dije que veinte maravedís. Lo cual como él oyó, tomome por la -halda y llevome a la plaza de Cupido y preguntome: - ---¿De cuál de estos lo compraste? - -Yo le mostré un vejezuelo que estaba sentado en un rincón. Al cual, con -voces ásperas (como a su oficio convenía), empezó a maltratar diciendo: - ---Vosotros ni perdonáis a nuestros amigos ni a los forasteros que -aquí vienen, porque vendéis el pescado podrido por tan gran precio, y -hacéis con vuestra carestía que una ciudad como esta, que es la flor -de Tesalia, se torne en un desierto. Pero no lo haréis sin pena, a lo -menos en tanto que yo tuviere este cargo. - -Y tomando la espuerta del pescado la derramó por el suelo e hizo a -uno de sus oficiales que lo rehollasen con los pies. Así que mi amigo -Pitias contestó con este castigo, me dijo: - ---Lucio, bien basta lo que hice a este vejezuelo; vete con Dios. - -Yo quedé mal contento de esto, y me fui al baño sin cena y sin dineros, -por el buen consejo de aquel mi amigo Pitias. Así que, después de -lavado, torneme a la posada de Milón y entreme en la cámara. - -Luego vino Andria, la moza de casa, a llamarme diciendo: - ---Ruégate mi señor que vayas allá. - -Yo, sabiendo la miseria de Milón, excuseme diciendo que quien venía -fatigado del camino, más había menester reposar en la cama que otra -cosa. - -Mas Milón se vino a mí, y tomome por la mano y llevome a aquella su -pequeña y pobre mesilla, donde me hizo sentar. Y luego me preguntó: - ---¿Cómo está mi amigo Demeas? ¿cómo está su mujer e hijos? - -Yo le di cuenta de todo muy cumplidamente. Así mismo me preguntó -ahincadamente la causa de mi venida, la cual después que muy bien le -relaté, me preguntó de la tierra y del estado de la ciudad, y quién la -regía y gobernaba, y otras cosas. - -Plugo a Dios que acabó de parlar el viejo rancioso, más hambriento del -sueño que harto de la cena, y dándome licencia me fui a dormir. - - - - -LIBRO II. - -ARGUMENTO. - - Andando Lucio Apuleyo mirando la ciudad de Hipata, se conoció con - una tía suya; era dueña muy rica; y cómo fue avisado de ella que se - guardase de la mujer de Milón, porque era grande hechicera. -- Y cómo - se enamoró de la moza de casa. -- Y de un convite que le hizo su tía, - donde infiere cosas graciosas y de placer. -- Y cómo guardando uno a - un muerto, le cortaron las narices y orejas. -- Después, cómo Lucio - Apuleyo tornó de noche a su posada cansado de haber muerto, no a tres - hombres, mas a tres odres. - - -I. - - Cómo andando Lucio Apuleyo por la ciudad se conoció con una su tía, - que le dio algunos avisos. - -Viniendo la mañana, yo me levanté con ansia y deseo de saber aquellas -cosas que son raras y maravillosas, pensando entre mí que estaba en -aquella ciudad tan populosa, y que era nombrada por todo el mundo de -haber en ella muchos encantamentos de arte mágica. - -También consideraba en aquella fábula de Aristómenes mi compañero, -la cual había acontecido en aquella ciudad. Y así andaba escudriñando -todas las cosas que veía. Y no había cosa que, mirándola yo, creyese -ser lo que veía; mas parecíame que todas con encantamento estaban -tornadas en otra figura. Andando así, atónito, no hallando principio -a lo que deseaba, halleme en la plaza de Cupido, a donde vi venir una -dueña con una buena compañía de servidores, vestida de oro y seda y -piedras preciosas. Venía a su lado un viejo honrado, el cual, como me -vio, dijo: - ---En verdad, este es Lucio. - -Y diome paz; y llegándose a la oreja de la dueña, no sé qué le habló, -que, volviéndose a mí, dijo: - ---¿Por qué no te llegas a tu madre y le hablas? - -Yo le respondí: - ---He vergüenza, porque no la conozco. - -Y diciendo esto me detuve. - -Ella puso los ojos en mí, diciendo: - ---¡Oh bondad generosa de aquella muy noble Salvia, tu madre, prima mía, -que en todo le pareces! Llégate a mí, que yo soy aquella Birrena, tu -tía, cuyo nombre bien has oído muchas veces a tus padres. Ruégote que -vengas a mi posada, aunque mejor diré a la tuya. - -A esto respondí con mucha mesura y cortesía: - ---Señora, yo poso en casa de Milón, y no me será bien contado mudar de -posada; lo que haré será que te visitaré muchas veces. - -Hablando estas y otras cosas llegamos a su casa, la cual era muy -hermosa y bien labrada. Había en ella cuatro órdenes de columnas de -mármol, y sobre cada columna de las esquinas estaba una estatua de la -diosa de la Victoria, tan artificiosamente labradas, con sus rostros, -alas y plumas, que parecía que querían volar. De la otra parte estaba -la estatua de la diosa Diana, hecha de mármol muy blanco, enfrente de -la entrada de la puerta. Estaba esta diosa tan pulidamente labrada, -que parecía que el aire llevaba su vestidura y que se movía y andaba, -y en su presencia mostraba gran majestad. Alderredor de ella estaban -sus lebreles, hechos del mismo mármol, que parecía que amenazaban -con los ojos, las orejas alzadas, las narices y las bocas abiertas. -A las espaldas de esta diosa estaba una piedra muy grande, cavada -en manera de cueva, en la cual había esculpidas hierbas de muchas -maneras, con sus troncos y hojas, pámpanos y parras, y otras flores que -resplandecían dentro de la cueva con la claridad de la estatua Diana, -que era de mármol muy claro, y resplandeciente. Pensaras que viniendo -el tiempo de las uvas, cuando ellas maduran, que podrás coger de ellas -para comer. Y si miraras las fuentes que a los pies de la diosa corrían -como un arroyo, creyeras que los racimos que cuelgan de las parras eran -verdaderos, que aun no carecen de movimiento dentro en el agua. En -medio de estos árboles y flores estaba la imagen del rey Acteón; estaba -mirando cómo ella se lavaba en la fuente y cómo él se tornaba ciervo -montés. - -Andando yo mirando esto con mucho placer, dijo aquella Birrena, mi tía: - ---Tuyo es todo lo que aquí ves. - -Y diciendo esto mandó a los que allí estaban que se apartasen, que -quería hablar un poco secreto; los cuales apartados, me dijo: - ---Lucio, hijo muy amado, por esta diosa que delante de nos está, -que tengo mucha compasión y ansia de ti, deseando cómo proveerte y -remediarte, porque no te querría ver en esta tierra, ni en otra, en -peligros y trabajos que ligeramente vienen a las personas. Guárdate -fuertemente de las malas artes y peores halagos de aquella Pánfila, -mujer de tu huésped Milón, porque es gran mágica y maestra de cuantas -hechicerías se pueden pensar; que con cogollos de árboles y pedrezuelas -y semejantes cosas, con ciertas palabras hace que la luz del día se -torne tinieblas, y que la mar se levante y la tierra tiemble. Y si ve -algún gentilhombre que tenga buena disposición, luego se enamora de -él, y le hace tales encantamentos, que le ata el cuerpo y el alma, y -después que se harta de él, conviértelo en piedra o en bestia, o en -otra forma que ella quiere, y a otros mata. Esto te digo temblando, -porque te guardes, que es muy enamorada, y tú, como eres mozo y -gentilhombre, agradarle has. - -Esto me decía mi tía con harta congoja y pena que de mí tenía. Mas yo -holgué mucho de saber que mi huéspeda era mágica, porque pretendía -alcanzar algo de ella. Y disimulando con mi tía lo mejor que pude, me -despedí, pidiéndome que la visitase muchas veces, ya que no quería -aceptar su posada. De esta manera salí de manos de mi tía, que ya no -veía la hora de verme en casa de Milón, mi huésped. - - -II. - - Cómo Lucio Apuleyo se enamoró de Andria, la moza de su huésped Milón, - y lo que pasó con ella. - -Después que me aparté de mi tía me iba para casa de mi huésped; en el -camino decía entre mí: - ---Ea, Lucio, vélate bien, que ahora tienes entre las manos lo que -tanto deseabas. Desecha de ti todo miedo, porque puedas presto alcanzar -lo que deseas; pero mira bien que te apartes de no hacer vileza ni -ensuciar la cama y honra de tu huésped Milón. Con todo eso bien puedes -requerir de amores a Andria su criada, que parece agudilla, bonica y -alegre. Aun bien te debes recordar cuando anoche te ibas a dormir, -cómo ella te acompañó mostrándote la cámara, y cubriéndote con la ropa -después de acostado, y te besó en la cabeza, partiéndose de allí contra -su voluntad. - -Yendo yo disputando entre mí estas cosas, llegué a la casa de Milón, -y, como dicen, yo por mis pies confirmé la sentencia de lo que había -pensado. - -Entrando en casa, ni hallé a Milón ni tampoco a su mujer, que eran -idos fuera, sino a sola mi Andria, que aparejaba de comer para sus -amos. Estaba vestida de blanco, su camisa limpia, y ceñida una faja -blanca por debajo de la tetas; y con sus manos blancas y lindas estaba -haciendo unos pasteles; y como traía alderredor la masa, ella también -se movía tan apaciblemente, que yo, con lo que veía, estaba enamorado -de ella; y lo más cortésmente que pude, dije: - ---Señora Andria, con tanta gracia y donaire aparejas este manjar, que -yo creo ser más dulce y sabroso que otro alguno. Cierto, será dichoso -aquel que dejares tocar a tus vestidos. - -Ella, como era viva y decidora, me dijo: - ---Anda, mezquino, quítate de aquí, vete de la cocina, no te llegues -al fuego, porque si un poco del mío te tocare, arderás de dentro, que -nadie podrá apagarlo sino yo, que sé muy bien merecer la olla y cama. - -Diciendo esto mirome y riose; pero yo no me partí de allí hasta que -le toqué con mis manos por su cuerpo, y dejadas las particularidades -de su persona, porque todas eran cabales, yo me enamoré tanto de sus -cabellos, que en público nunca partía los ojos de ellos, tanto les era -su aficionado. Entonces tuve por cierta razón y conocí que la cabeza -y cabellos es la parte principal de la hermosura en las mujeres, por -dos razones, o porque es la primera cosa que nos ocurre a los ojos, -o porque adorna la cabeza de la manera que los vestidos adornan las -otras partes del cuerpo. Si trasquilasen la más hermosa mujer que -hubiese en el mundo, aunque fuese la diosa Venus, acompañada de sus -ninfas graciosas, con su Cupido y toda la más compañía que le sigue, -con su arreo de cinta de oro y hermosas cadenas al cuello, y olores -de cinamomo y bálsamo, si viniere sin cabellos, no aplacerá ni aun -a su marido Vulcano. ¿Qué color puede más agradar que el natural de -sus cabellos? Tanta es la gracia de ellos, que, aunque una mujer esté -vestida de seda y oro y piedras preciosas, si no mostrase sus cabellos, -no podrá estar perfectamente ornada ni ataviada. - -Pero en Andria, mi señora, no el atavío de su persona, mas estando -revuelta como estaba, le daba más gracia. Ella los tenía espesos y -largos que le llegaban abajo de la cintura, y con una redecilla de oro -ligados con un nudo muy artificialmente dado, que le daba mucha gracia. -De manera que yo no me pude sufrir, y tomándola por el trenzado, la -empecé a besar. - -Ella me dijo: - ---Oyes tú, escolar, dulce y amargo gusto tomas, pues mira que te aviso -que, a trueque de comer de la miel, no gustes después la hiel. - -Yo le respondí: - ---Mi señora, por solo darte un beso a mi contento, sufriré veinte mil -penas. - -Y sintiendo yo que ella estaba ya encendida en mi amor, la abracé y -besé muy a mi placer, y prometiome que esa noche se acostaría conmigo. -Así que con esta promesa nos partimos por entonces. - -Después, ya que era mediodía, mi tía Birrena me envió un presente de -media docena de gallinas, un lechón y un barril de vino añejo. Yo lo -entregué a Andria, como despensera de la miserable casa de Milón, y -díjele: - ---Ves aquí, señora, el dios del amor e instrumento de nuestro placer, -viene sin llamarlo, de su propia gana. Bebámoslo sin que gota quede, -porque nos quite la vergüenza y nos incite la fuerza de nuestra -alegría, que esta es la vitualla o provisión que ha menester el navío -de Venus; conviene, a saber, que en la noche sin sueño abunde en el -candil aceite y vino en la copa. - -Después que hube comido, me fui otra vez al baño; ya la noche me recogí -a casa, y convidome a cenar mi huésped. - -Senteme a una pequeña mesilla, guardándome cuanto podía de la vista -de Pánfila, su mujer, porque acordándome del aviso que me había dado -mi tía, parecíame que veía el infierno cuando la miraba, y por eso -empleaba los ojos en mi Andria. - -En esto, como vino la noche y encendieron lumbre, la mujer de Milón, -mirando el candil, dijo: - ---Cuán grande agua hará mañana. - -El marido le preguntó que cómo lo sabía. - -Ella le respondió que la lumbre se lo decía. - -Milón, riéndose, dijo: - ---Por cierto la gran sibila profetisa mantenemos en este candil que -todas las cosas que han de ser nos dice primero. - -Yo entremetime a hablar en su plática, y dije: - ---Pues sabe que este es el principal argumento de la adivinación, y -no te maravilles, porque como esta sea lumbre encendida por manos de -hombres, a semejanza de aquel fuego mayor que está en el cielo, y, -por tanto, se puede adivinar todo. Yo vi ahora en Corinto, antes que -de allí partiese, un sabio que allí es venido, que toda la ciudad se -espanta de respuestas maravillosas que da a los que le preguntan sus -venturas y caminos que han de hacer, y qué día es bueno para hacer -casamientos, o para hacer viajes y otras cosas. A mí dijo cuando venía -para esta ciudad, que me acaecerían grandes cosas y que de mí se haría -un cuento fabuloso, y cosas variables, y que había de escribir libros. - -A esto respondió Milón riéndose: - ---¿Qué señas tiene ese hombre, cómo se llama? - -Yo le dije que era un hombre de buena estatura, entre rojo y negrillo, -que se llamaba Diófanes. - -Entonces Milón dijo: - ---Ese es el que aquí en esta ciudad hacía muchas cosas semejantes a las -que dices, por donde ganó hartos dineros; y estando él un día cercado -de muchas gentes que le preguntaban sus venturas y suertes, acaso -llegó un mozo que le abrazó, y el sabio se holgó mucho de verlo, y -preguntando el mancebo cómo le había ido en el viaje de la isla Rubea, -él dijo que muy mal, porque la nave, con una grande tormenta, se abrió, -y ellos en un pequeño barquillo habían salido con harto trabajo a -tierra. - -Oyendo esto los que presentes estaban, se rieron y mofaron del sabio, -diciendo que cómo conocía el hado y suerte de los otros y era necio en -lo que le importaba. Pero tú, Lucio, ¿crees que aquel sabio te dijo -verdad? No lo creas, que son grandes charlatanes, y con sus mentiras -roban al pueblo ignorante y rudo. - -Mi amigo Milón se detenía tanto en contar estas patrañas, que yo entre -mí me deshacía, porque quería ir a gozar de mi Andria. - -Finalmente, que yo me despedí de él, diciendo que todo me dormía, -porque aún estaba fatigado del camino. Y así me fui a mi aposento, a -donde hallé muy ricamente de cenar y las copas llenas de vino. Como yo -cené a mi placer, acosteme en la cama. - -He aquí do viene mi Andria (que ya dejaba acostada a su señora) con -una guirnalda de rosas, la cual, como llegó, me besó muy dulcemente, -y tomando las rosas, las echó sobre la cama; después hinchó una taza -de vino, templola con agua caliente, y me la dio a beber, y teniéndola -medio bebida, me la tomó de las manos y bebiose lo que me quedaba, -mirándome y saboreando los labios, y de esta manera bebimos otra vez, -hasta la tercera. - -Después que estaba ya harto de beber, y no solamente con el deseo, sino -también con el cuerpo aparejado a la batalla, roguele que se apiadara -de mí y se acostase, diciéndole: - ---Ya ves cuánta pena me ha dado tu señora, porque estando yo con -esperanza de lo que tú me habías prometido, después que la primera -saeta de tu cruel amor me dio en el corazón, fue causa de que mi arco -se extendiese tanto, que si no le aflojas, tengo miedo que con la -mucha tensión la cuerda se rompa, y si del todo quieres satisfacer mi -voluntad, suelta tus cabellos y así me abrazarás. - -No tardó ella, que había alzado la mesa prestamente con todas aquellas -cosas que en ella estaban, y desnudada de todas sus vestiduras, hasta -la camisa, y sueltos los cabellos, que parecía la diosa Venus cuando -sale de la mar, blanca y hermosa, poniéndose la mano delante de sus -vergüenzas. Y acostándose en par de mí, dijo: - ---Ahora haz de mí lo que quisieres, que yo no entiendo ser vencida ni -te he de volver las espaldas. - -Así que pasamos la noche recreando el cuerpo con el beber, y de esta -manera entretuvimos algunas otras, aguardando lo que la fortuna quería -hacer de mí. - - -III. - - Cómo Birrena convidó a su sobrino Lucio Apuleyo, y de un cuento muy - gracioso que uno contó. - -Pasados algunos días en que me recreaba con mi Andria, mi tía me rogó -que fuese una noche a cenar con ella, lo cual yo le concedí, más por -su ruego que por voluntad que tenía, por no apartarme de mi Andria, a -la cual primero pedí licencia, y ella me la dio diciendo que volviese -temprano del convite, porque de noche andaban por las calles bandas de -ladrones que cruelmente mataban a cualquier hombre; yo le prometí de -volver lo más presto que pudiese, y dije que conmigo llevaba mi espada -para guardarme y defenderme. - -Con esto me despedí de ella y fui a la cena, donde hallé otros muchos -convidados, que como mi tía era principal de la ciudad, así era el -convite bien acompañado y suntuoso. - -Allí había mesas ricas de cedro y marfil, cubiertas con paños de -brocado; muchas copas y tazas de diversas maneras, y todas de muy gran -precio; las unas eran de vidrio artificialmente labrado; otras de -cristal pintado; otras de plata y oro resplandeciente, adornadas de -piedras preciosas, que ponían gana de beber; finalmente, que todo el -suntuoso aparejo que puede ser, allí lo había. Los pajes y servidores -de la mesa eran muchos y bien ataviados; los manjares, en abundancia y -muy bien guisados; los vinos, añejos, muy finos y de muchas maneras. - -En comenzando a cenar, comenzaron a hablar los convidados, riéndose y -burlando. - -Mi tía dijo entonces: - ---¿Cómo te va en esta nuestra tierra, que cierto es la principal del -mundo en edificios, y de mucha mercadería, seguridad y franqueza para -todos los extranjeros? - -A esto yo respondí: - ---Por cierto, señora, así me parece; mas he miedo de las tinieblas y -maldades del arte mágica, que me dicen que es aquí muy usado, y que -aun los muertos no están seguros en sus sepulturas, porque de allí los -sacan y toman ciertas partes de sus cuerpos y cortaduras para hacer mal -a los vivos, y que las viejas hechiceras, en el punto que alguno muere, -en tanto que le aparejan las exequias, con gran cuidado procuran de -tomarle alguna cosa de su cuerpo. - -Diciendo yo esto, respondió uno que allí estaba: - ---Antes digo que aquí tampoco perdonan a los vivos, y aún no sé quién -padeció lo semejante, que tiene la cara cortada disforme y fea de toda -parte. - -Como aquel dijo estas palabras, comenzaron todos a dar grandes risas, -volviendo las caras y mirando a uno que estaba sentado al canto de -la mesa, el cual, confuso y turbado de la burla que los otros hacían -de él, comenzó a reñir entre sí, y como se quiso levantar para irse, -Birrena le dijo: - ---Antes te ruego, mi Telefrón, que no te vayas; siéntate un poco, y por -cortesía que nos cuentes aquella historia que te aconteció, porque mi -hijo Lucio goce de oír tu graciosa fábula. - -Él respondió: - ---Señora, tú me ruegas como noble y virtuosa, pero no es de sufrir la -soberbia y necedad en algunos hombres. - -De esta manera Telefrón enojado, Birrena con mucha instancia le rogaba -y juraba por su vida que, aunque fuese contra su voluntad, se lo -recontase y dijese; así que él hizo lo que ella mandaba, y dijo de esta -manera: - ---Siendo yo huérfano de padre y de madre, partí de Mileto para ir a -ver una fiesta Olimpia, y oyendo decir la gran fama de esta provincia, -deseaba mucho verla. Así que, andando toda Tesalia, llegué a la ciudad -de Larisa con mal agüero de aves negras. Y andando mirando por todas -partes las cosas de allí, ya que se me enflaquecía la bolsa, comencé a -buscar el remedio para mi pobreza, y andando así, veo en medio de la -plaza un viejo que a voces altas decía: - ---Si alguno quisiere guardar un muerto, avéngase conmigo en el precio. - -Yo pregunté a uno de los que pasaban: - ---¿Qué cosa es esta? ¿Suelen aquí guardar los muertos? - -Respondiome aquel: - ---Calla, hermano, que bien pareces extranjero, y por eso no sabes que -estás en medio de Tesalia, donde las mujeres hechiceras les cortan -narices y orejas, porque con esto hacen sus artes y encantamentos. - -Yo entonces le dije: - ---Dime, por tu vida, ¿y qué guarda es esta de los difuntos? - -Él me respondió: - ---Primeramente toda la noche ha de velar muy bien abiertos los ojos -y siempre puestos en el cuerpo del difunto, sin jamás mirar en otra -parte, ni solamente volverlos de él, porque estas malas mujeres, -convertidas en cualquier animal que quieran, en volviendo la cara, -luego se meten y esconden, una vez hechas aves, otra vez perros y -ratones y también moscas. Y como están dentro, con sus malditos -encantamentos oprimen y echan sueño a los que guardan; de manera que no -hay quien pueda contar cuántas maldades estas malas mujeres hacen por -su mal vicio; y por este tan grande trabajo no dan de salario más de -cuatro ducados de oro, poco más o menos. Lo principal se me olvidaba -por decirte: que si el guardador del muerto no lo restituye entero -a la mañana, como se lo entregaron, todo lo que hallaren cortado y -disminuido del muerto, han de cortar en su misma carne del vivo para -rehacer al muerto lo que falta. - -Oyendo esto, esforceme lo mejor que pude, y llegándome al que -pregonaba, le dije: - ---Deja de pregonar, que aquí está quien guardará al muerto. Dime, ¿qué -salario me han de dar? - -Él dijo: - ---Darte han mil maravedís; pero, mira, mancebo, que este cuerpo es -de un hombre principal de esta ciudad; por tanto, vélate bien por -guardarlo de estas malas arpías. - -Yo le dije entonces: - ---¿Para qué me dices esto? ¿No ves que soy hombre de hierro, que nunca -entró sueño en mí? Cierto, más veo que un lince; estoy más lleno de -ojos que Argos. - -No había dicho esto, cuando me llevó a una casa, la cual tenía cerradas -las ventanas; metiome dentro por un pequeño postigo, y llevome a una -cámara sin lumbre, donde estaba una dueña vestida de luto, y llegando a -ella la dijo: - ---Este es el hombre que ha de guardar a tu marido. - -Ella me dijo: - ---Mira bien, hermano, que guardes con vigilancia lo que tomas a cargo. - -Yo la respondí: - ---Señora, déjate de eso, y mándame dar de cenar. - -Lo cual a ella le plugo, y metiome después en un aposento, donde estaba -el difunto cubierto de sábanas blancas, y trajo allí siete testigos. -Luego, levantando la sábana, descubrió el muerto llorando y enseñome -todas las partes de su cuerpo, diciendo que fuesen de ello testigos, lo -cual un escribano asentaba en su registro. - -Ella decía: - ---¿Ves aquí la nariz entera, los ojos sin lesión, las orejas sanas, los -labios sin faltarle cosa y la barba maciza? Vosotros buenos testigos -sois de todo. - -Diciendo esto, me mandó proveer de un candil con aceite y un jarro de -vino para acompañarme con pan y queso. - -En fin, se fueron todos, y yo quedé solo y con harta tristeza; pero -esforzándome lo más que pude, refregaba mis ojos, y a ratos cantaba, -paseaba y hablaba en muchas cosas por no caer en sueño, por la pena que -tenía si no lo guardaba bien. - -Siendo ya gran parte de la noche, a mí me vino un miedo grande; en esto -entró una comadreja, y púsoseme a mirar a la cara muy fuertemente. Yo, -viendo un tan pequeño animal que me miraba con ahinco, indigneme contra -él, y díjele: - ---Oh bestia sucia y mala, ¿por qué no te vas de aquí, y te encierras -con los ratoncillos tus iguales, antes que experimentes el daño que te -puedo hacer? - -En esto la comadreja se fue. Y no tardó mucho que me vino un sueño -tan profundo, como que me echaban en el centro de los abismos; de -tal manera que el dios Apolo no pudiera fácilmente discernir cuál de -ambos los que estábamos en el aposento fuese más muerto. Estando así -desarmado, y quien había menester otro que me guardase, casi que no -estaba allí donde estaba. En fin, cantando el gallo, yo desperté con -grande sobresalto y temor, y tomando el candil en la mano, fui a mirar -con gran prisa el muerto, y con gran diligencia le caté todo el cuerpo, -y hallé que todo estaba sano y entero. - -En esto vino la mañana, y he aquí do entra la mujer llorando, y -mostrando mucha pena entraron con ella los siete testigos que la noche -antes había traído. Y echándose sobre el cuerpo, lo besaba muchas -veces; y mirándolo todo y reconociéndolo, halló que estaba entero y -sano. Entonces llamó a un su mayordomo que me pagase por la buena -guarda que había hecho; luego me pagaron, y la dueña me dijo: - ---Mira, mancebo, todo lo que te fuere menester de esta casa, mientras -aquí estuvieres, pídelo; que por este buen servicio que me has hecho, -se hará por ti. - -Yo, como no esperaba tal ganancia, lleno de placer tomé mis ducados -resplandecientes, y como pasmado los pasé de una mano a otra. Y dando -las gracias a la señora de mi buena paga, me fui hacia la plaza, y -entreme a comer en un bodegón; después me salí a pasear a la misma -plaza, donde estaba pensando en la miseria de este mezquino y trabajoso -mundo, y la ceguedad de las malas mujeres, que con sus encantamentos y -hechizos quieren buscar deleites y torpezas para cumplir sus depravados -y malos apetitos, no pensando que el soberbio Plutón las ha de castigar -cruelmente. - -Estando en esto, he aquí do asomó el cuerpo del difunto, llorado y -plañido, el cual pasaba por la plaza con gran pompa, acompañado de -mucha gente hasta su sepultura. Como allí llegaron, vino un viejo con -mucha ansia llorando y mesándose sus canas honradas, y con ambas manos -trabó de la tumba donde iba el muerto, diciendo: - ---Por la fe que mantenéis, oh ciudadanos, y por la piedad de la -República, que socorráis al triste muerto, y castiguéis con graveza -la gran traición y maldad que esta nefanda y mala mujer hizo; porque -esta mató con hierbas ponzoñosas a este malogrado hombre, hijo de mi -hermana, por complacer a su enamorado y comerle su hacienda. - -De tal manera decía y se quejaba el buen viejo, que oyendo aquellas -palabras el pueblo, se indignó contra la mujer; unos dicen que traigan -leña y que luego la quemen, y otros que apedreada muera. - -Ella, con palabras bien compuestas y antes pensadas, se excusaba -jurando por los dioses. - -El viejo dijo entonces: - ---Pues que así es, pongamos la cosa en las manos de la divina -Providencia, que lo descubra. Y para esto aquí está presente Zacles, -egipcio, sacerdote de Plutón y de Proserpina, el cual hace venir los -muertos del infierno a dar sus razones a lo que les preguntan. - -Como el viejo dijese esto, todo el pueblo fue contento; y llamando -allí al sacerdote, le rogó ahincadamente que le diese remedio para -descubrirse tan gran maldad. - -El viejo se llegó al cuerpo muerto, y tomando una cierta hierba que -consigo traía, se la puso en tres partes, en la boca, y en el pecho, -y en la mano izquierda, y vuelto hacia el poniente del sol, comenzó a -rezar entre sí mansamente. - -Todo el pueblo estaba mirando tan grande milagro como allí se quería -hacer. Yo, que deseaba mucho saber lo que pasaba acerca de mi muerto, -llegueme cuanto pude a la tumba y aun hallé una piedra en que puse los -pies, de manera que yo lo veía muy bien todo. - -Comenzó el muerto a vivir poco a poco, hasta que se levantó, y empezó a -hablar, diciendo: - ---¿Por qué me haces tornar a este mundo, después de haber venido del -río Leteo, y haber pasado por el lago Estigio? Déjame, déjame estar en -mi reposo. - -Como esto dijo el ánima del muerto, el sacerdote le dijo: - ---¿Por qué no manifiestas al pueblo y declaras la causa de tu muerte? -¿No sabes tú que con mis encantamentos puedo llamar las furias -infernales, que te atormenten los miembros? - -Entonces el difunto se levantó en el lecho donde iba, y de allí empezó -a hablar al pueblo de esta manera: - ---Yo fui muerto por astucia y engaños de mi mujer, por complacer un -adúltero que ensuciaba mi lecho. - -Entonces la mujer le respondió con grande ánimo, y altercaba con el -marido resistiendo a sus argumentos. - -El pueblo, cuando esto oyó, alterose en diversas opiniones, unos -decían que aquella pésima mujer la debían enterrar viva juntamente con -el marido, y otros que no se había de dar crédito al cuerpo muerto. -Pero estas alteraciones atajó el cuerpo del difunto, el cual, dando un -gran gemido, dijo: - ---Yo os daré muy clara señal de mi entera verdad, y manifestaré lo que -no sabe otro ninguno. - -Entonces, demostrándome con el dedo, prosiguió diciendo: - ---Sabed que este muy sagaz y astuto guardador de mi cuerpo, que me -velaba muy bien y con diligencia, las hechiceras que deseaban cortarme -las narices y orejas, no pudiendo engañar su industria y buena guarda, -le echaron un gran sueño, y estando él como muerto comenzaron a llamar -mi nombre, y como mi cuerpo estaba finado, no pudo tan presto responder -al servicio de la arte mágica; pero él, como estaba vivo, aunque -sepultado en el sueño, y se llamaba como yo, levantose a su llamada -sin saber quién lo llamaba, de manera que él, de su propia voluntad, -andando como ánima de muerto por la casa, aunque las puertas estaban -cerradas, por un agujero le cortaron las narices y las orejas, en fin, -que recibió en sí la carnicería que se había de hacer en mí. Y porque -el engaño no pareciese, pegáronle allí, con mucha sutileza, de cera, -formada a manera de orejas, y la nariz semejante a la suya: y ahora -está aquí el mezquino gozoso por la buena paga que le hicieron, no por -su guarda y vigilancia, mas por la pérdida y lesión de sus narices y -orejas. - -Como esto dijo el muerto, yo, espantado luego, me eché mano a las -narices y trájelas en la mano; trabé de las orejas y cayéronseme. -Cuando esto vieron los que estaban alderredor, comenzaron todos a -mirarme haciendo gestos con las cabezas. En tanto que ellos se reían, -yo, bajando mi cabeza, como mejor pude me fui de allí, y desde entonces -nunca más volví a mi tierra, por estar así lisiado. Así que con los -cabellos largos encubro la falta de las orejas, y con este paño la -fealdad de mis desventuradas narices. - -Cuando Telefrón acabó de contar su historia, los que estaban a la mesa, -ya alegres del vino, comenzaron otra vez a dar grandes risas y a beber -largamente. - -Mi tía me dijo: - ---Mañana se hace la fiesta del dios de la risa, la cual nosotros los de -esta ciudad festejamos con mucho placer; esta fiesta será más alegre y -placentera con tu vista, por tanto, querría que nos ayudases con alguna -invención a ella. - -Yo le respondí: - ---Señora, mucho holgaría de ser parte para hacerle algún regocijo. - -Y con esto me despedí de mi tía y de los más convidados. En el medio de -la plaza un aire grande apagó el hacha que llevaba mi criado, de manera -que con la oscuridad, tropezando me fui a casa, y llegando junto a la -puerta, vi tres hombres que hacían fuerza por entrar dentro, y aunque -nos veían, ni por eso dejaban de encontrar la puerta. - -Yo que esto vi, eché mano a mi espada, y dando en ellos con buen -corazón, los derroqué en el suelo uno a uno. Al ruido que yo hice bajó -Andria y abriome la puerta; yo me entré de prisa por sentir gente que -por la calle venía, y como estaba cansado y bien cenado, luego me eché -a dormir sin curar de más nada. - - - - -LIBRO III. - -ARGUMENTO. - - Luego que fue de día, la justicia con sus ministros fueron a la - posada de Apuleyo, y como a hombre homicida lo llevaron ante los - jueces. -- Y cuenta del gran pueblo y gente que se juntó a verlo. -- - Y de cómo el promotor fiscal le acusó como a hombre matador, y cómo - él defendía su parte por argumentos de grande orador, y cómo vino - una vieja que parecía ser madre de aquellos muertos a los cuales - descubrió Apuleyo por mandato de los jueces, y hallaron tres odres, - de donde se levantó tan gran risa entre todos, que con esto fue - celebrada la fiesta del dios de la risa. -- Cómo Andria, su amiga, le - descubrió la causa de los odres. -- Y cómo le mostró a la mujer de - Milón cuando se untaba para tornarse en ave, de lo cual le tomó gran - deseo, y por yerro de la bujeta del ungüento, por tornarse ave se - volvió en asno; en fin, cuenta cómo robaron a Milón, de donde hecho - asno le llevaron cargado, con otras bestias, de las riquezas de Milón - su huésped. - - -I. - - Cómo Lucio Apuleyo fue preso y llevado al teatro público, adonde fue - acusado de la muerte de tres hombres. - -Otro día de mañana yo desperté y comencé a pensar en lo que había hecho -antenoche, y lloraba muy reciamente diciendo: - ---¿Qué juez puedo yo hallar que me haya de dar por inocente siendo -homicida de tantos hombres? Esta es aquella prosperidad de mi camino -que el sabio Diófanes me decía. - -Esto y otras cosas diciendo, lloraba mi ventura, cuando entraron los -alcaldes y alguaciles en casa, pegaron en mí para llevarme por fuerza, -a lo que yo no resistí. - -Y yendo yo preso, toda la ciudad me salió a mirar, y volviendo a un -lado vi una gran maravilla, y fue que entre tanto pueblo como allí -estaba, ninguno había que no rompiese las entrañas de risa. Finalmente, -habiéndome llevado por todas las calles públicas, de la manera que -purgan la ciudad cuando hay algunas malas señales o agüeros, que traen -la víctima o animal que han de sacrificar por las calles y rincones -de la ciudad. Después de haberme traído por los rincones de ella, -pusiéronme delante de la silla de los jueces, que era un cadalso muy -alto donde estaban sentados. - -Ya el pregonero de la ciudad pregonaba que todos callasen y tuviesen -silencio, cuando todos a una voz dicen que por la muchedumbre de la -gente que peligraba por la estrechura y apretamiento del lugar, que -este juicio se fuese a juzgar al teatro. Y luego sin más tardanza, todo -el pueblo fue corriendo al teatro, que en muy poco espacio fue lleno -de gente, de manera que las entradas y tejados todo estaba lleno. Unos -estaban abrazados con las columnas, otros colgados de las estatuas, y -otros a las ventanas y azoteas medio asomados, tanto, que por la gana -que tenían de ver se ponían a peligro de su salud. Entonces lleváronme -por medio del teatro los ministros de la justicia como a un carnero que -quieren sacrificar, y pusiéronme delante del asiento de los jueces. El -pregonero, a grandes voces, comenzó a pregonar al acusador, y luego -se levantó un viejo para acusarme, y para el término de la acusación -pusiéronme allí un reloj de arena; en cuanto caía la arena por un sutil -agujero, el viejo comenzó a hablar al pueblo de esta manera: - ---Ciudadanos nobles y honrados, no penséis que se tratan aquí cosas de -poca sustancia; mayormente, que toca a la paz y bien común de toda la -ciudad y al buen ejemplo; yo soy capitán de la guarda que se hace en -la noche, y creo que ninguno habrá que culpe mi diligencia. Andando yo -anoche casi a las once horas, con mucha diligencia cercando y rondando -la ciudad de puerta en puerta, vi este crudelísimo hombre con una -espada en la mano, matando cuantos podía, y tenía a sus pies muertos -tres, que aún estaban expirando, llenos de sangre, y él, como me sintió -y vio el mal que tenía hecho, metiose en una casa con mucha prisa, y -como hacía oscuro, fácilmente se me pudo esconder, mas la providencia -de los dioses, que no permiten que los malhechores queden sin castigo, -quiso que esta mañana lo hallase y lo prendiese, y lo presentase ante -la majestad de vuestro juicio; de manera que aquí tenéis este culpado -de tantas muertes, que fue tomado en el delito y es extranjero. Así -que, con mucha constancia y severidad, pronunciad la sentencia contra -este hombre extraño que mató a tres de vuestros ciudadanos. - -De esta manera hablando aquel recio acusador, en fin acabó su razón, y -luego el pregonero me dijo si quería responder alguna cosa, a lo que -aquel decía que comenzase; pero yo en aquel tiempo ninguna otra cosa -podía, salvo llorar, y no tanto por oír aquella cruel acusación, como -por ser yo matador. Con todo esto Dios me dio una poca de osadía, con -que respondí de esta manera: - ---No ignoro yo, señores, cuán recia y ardua cosa sea, estando muertos -tres ciudadanos, aquel que es acusado de su muerte (aunque diga verdad -confesando el delito), cómo podrá persuadir a tanta muchedumbre de -pueblo ser inocente y sin culpa; mas si vuestra humanidad me quiere dar -un poco de audiencia pública, fácilmente os mostraré que este peligro -en que ahora estoy puesto, no por mi culpa y merecimiento, mas por -caso fortuito, con mucha razón que tuve, lo padezco. Porque viniendo -anoche un poco tarde de cenar y habiendo bebido, y muy bien, lo cual -como crimen verdadero no dejaré de confesar, llegando ante las puertas -de mi posada, que es en casa de Milón, vuestro ciudadano, vi unos -crudelísimos ladrones que tentaban de entrar en su casa y procuraban -arrancar las puertas de sus quicios, determinados ya de matar a los que -hallaran dentro de ella, de los cuales ladrones, el principal de ellos, -así en cuerpo como en fuerzas, incitaba a los otros con estas palabras: -«Ea, mancebos, con esfuerzo salteemos a estos que duermen; apartad -toda pereza de vosotros; con las espadas en las manos andemos matando -por toda la casa al que halláremos durmiendo, y así, matando a todos, -nos iremos en salvo si ninguno dejamos vivo en casa.» Yo, señores, -confieso que pensando hacer oficio de buen ciudadano, y también -temiendo no robasen a mis huéspedes y a mí, eché mano a mi espada, que -para semejantes peligros conmigo traía, y arremetí a ellos por hacerlos -huir. Ellos, como hombres bárbaros y crueles, no quisieron, antes -aunque me vieron con la espada en la mano, pusiéronse a resistirme con -grande pertinacia; el capitán de ellos arremetió conmigo con mucha -valentía, y con ambas manos me trabó de los cabellos, y volviéndome -atrás la cabeza, quería darme con una piedra, y en tanto que la pedía -dile una estocada que luego cayó muerto; a otro que me mordía los pies -le di por las espaldas; al tercero, que sin discreción vino contra mí, -le di por los pechos, y así los despaché a todos tres. En esta manera -hice paz, aseguré la casa de mi huésped y defendí las vidas a todos, y -no pensaba que por esto me darían pena, antes me galardonarían, porque -hasta hoy no se hallara que en cosa alguna yo haya hecho ni cometido -crimen, antes siempre fui tenido en honra, y en mi tierra siempre la -virtud antepuse a todos otros provechos y utilidades, ni puedo hallar -qué razón haya para acusarme de tan justa venganza como fue la que -hice contra unos ladrones tan malignos, mayormente, que no se podría -mostrar que yo tuviese enemistad con ellos antes de ahora, ni que yo -los conociese ni hubiese visto. - -Habiendo hablado de esta manera, con las manos alzadas y los ojos -llenos de lágrimas, a todos pedía la debida misericordia. - -Y como creyese que ya todos estaban conmovidos, habiendo mancillado -mis lágrimas, alcé un poco la cabeza, y veo que todo el pueblo quería -reventar de risa, y también mi huésped Milón, que se deshacía riendo. - -Cuando yo esto vi, dije entre mí: «¡Mirad qué fe y qué proximidad; yo, -por la defensa de mi huésped, soy acusado de homicidio, y él, en pago -de esto, está riéndose de mí!» - - -II. - - Cómo estando Apuleyo para recibir sentencia, llega al teatro una - vieja que de nuevo lo acusó, y el donoso cuento en que esto paró. - -Haciendo todos, como dije, grandes fiestas, con mucha risa, he aquí -do viene al teatro una mujer llorando, cubierta de luto, y con un -niño en los brazos; tras ella venía una vieja llorando como la -otra; las cuales, poniéndose alderredor del lecho donde los muertos -estaban cubiertos con una sábana, alzaron grandes gritos, y llorando -amargamente, decían: - ---¡Oh señores, por la misericordia que debéis a todos y por el bien -común de esta ciudad, tened piedad de estos tres mancebos muertos y de -nuestra ciudad y soledad, y para nuestra consolación, dadnos venganza -sacrificando por la paz y sosiego de esta República la sangre de este -ladrón, según vuestras leyes y derechos! - -Levantose uno de los jueces más antiguos, y comenzó a hablar al pueblo -de esta manera: - ---Sobre tan grave crimen como este resta hacer una diligencia, y es -que sepamos quiénes fueron los compañeros de tan gran hazaña, porque -no es cosa de creer que un hombre solo matase a tres tan valientes -mancebos. Por tanto, mi parecer es que la verdad se sepa por cuestión -de tormento, porque quien le acompañaba, huyó. - -Diciendo esto el juez, no tardó mucho que, a la manera de Grecia, -luego trajeron allí un carro de fuego y todos los otros artificios del -tormento. Acrecentóseme con esto la tristeza, porque a lo menos no me -dejaban morir entero sin despedazarme con tormentos; pero aquella vieja -que con lloros y plantos lo turbaba todo, dijo: - ---Señores, antes que pongáis en la horca a este ladrón, matador de mis -tristes hijos, permitid que sean descubiertos sus cuerpos muertos, -que aquí están, porque vista su edad y disposición, más justamente os -indignéis a vengar este delito. - -A esto que la vieja dijo, concedieron, y luego uno de los jueces me -mandó que con mi mano descubriese los muertos que estaban en el lecho. - -Excusándome yo que no lo quería hacer, porque parecía que con la nueva -demostración renovaba el delito pasado, los ministros me compelieron -que por fuerza y contra mi voluntad lo hubiese de hacer; finalmente, -que yo, constreñido de necesidad, obedecí su mandado, y aunque contra -mi voluntad, arrebatada la sábana, descubrí los cuerpos muertos. - -¡Oh buenos dioses, qué cosa vi, qué monstruo y cosa nueva, porque -los cuerpos de aquellos tres hombres eran tres odres hinchados, y -acordándome de la pendencia de anteanoche, estaban abiertos y heridos -por las partes que yo había dado a los ladrones! - -Entonces, de industria de algunos, detuvieron un poco la risa, y luego -comenzó el pueblo a reír tanto, que unos con la gran alegría daban -voces, otros se ponían las manos en las barrigas, que les dolían de -risa, y todos, llenos de placer y alegría, mirándome muchas veces, se -partieron del teatro. - -Yo, luego que alcé la sábana y vi los odres, quedé ni más ni menos -como una piedra, estatua o columna de las que estaban en el teatro, -y no volví en mí hasta que mi huésped Milón llegó y tiró de mí para -llevarme, y renovadas otra vez las lágrimas y sollozando muchas veces, -me llevó consigo, aunque no quise, por unas callejas malas y sin gente, -y por unos rodeos fuimos a casa, consolándome con muchas palabras; y -estando así con mucha tristeza, llegaron allí los senadores y jueces, y -comienzan a hablarme de esta manera: - ---No ignoramos, Lucio, tu dignidad y el noble linaje de donde vienes; -esto porque ahora te quejas, no lo recibiste por injuria, porque esta -fiesta celebramos cada año al gratísimo dios de la risa con alguna -novedad; por tanto, aparta de tu corazón toda tristeza y fatiga, y este -pueblo te agradece mucho el placer que le has dado, y desde ahora te -asentarán en sus libros para tener memoria de ti. - -A esto que me decían yo no pude responder, porque aún me parecía que -esperaba la sentencia, y como mejor pude les di las gracias de su -visitación, y al fin se partieron de mí. - - -III. - - Cómo Andria descubrió a Lucio Apuleyo que su ama Pánfila fue causa - del ser afrentado en la fiesta de la risa. - -De esta manera estaba con harta pasión afrentado y con dolor de cabeza, -por las muchas lágrimas que había derramado. Mi huésped Milón me -convidaba a cenar, mas yo me excusé, porque no estaba para ello; y así -me fui a acostar con harta tristeza, pensando en todas las cosas que -aquel día habían pasado. - -Estando así pensativo, llegó mi amiga Andria, la cual venía más -desemejada que antes era, la cara no alegre, ni con habla graciosa; mas -con mucha pena empezó a decir: - ---Yo soy culpada en tu afrenta y enojo; lo que a causa de otro a mí me -mandaron que hiciese, por mi desdichada y mala suerte se tornó y cayó -en tu injuria. - -Entonces yo le rogué me dijese en qué manera aquel su yerro se -convirtió en mi daño. - -Ella me respondió: - ---Señor, ruégote que esperes, cerraré la puerta de la cámara, porque no -haya algún escándalo de lo que aquí hablaremos. - -Diciendo esto, echó la aldaba a la puerta, y tornada a mí, con voz muy -baja me dijo: - ---Gran temor tengo de descubrirte los secretos de esta casa y cosas -ocultas de mi señora; pero confiada de tu discreción y saber, me atrevo -a decirte cosas que a persona del mundo no dijera. Ya sabrás todo el -estado de nuestra casa, y también los secretos maravillosos que mi -señora sabe, por los cuales la obedecen los muertos, las estrellas se -turban, los dioses son apremiados, los elementos la sirven, y en cosa -alguna no usa tanto de este arte, como cuando ve algún gentilhombre -que le agrada, lo cual le suele acontecer a menudo, que aun ahora -está muerta de amores por un mancebo hermoso y de buena disposición, -contra el cual apareja todas sus artes, manos y artillería. Yo le -oí decir ayer a vísperas, amenazando el sol, que si presto no se -pusiese, y diese lugar que la noche viniese para hacer las artes de -sus hechicerías, que lo haría cubrir de una niebla oscura que en diez -días no alumbrase. Este mancebo que digo, viniendo ella el otro día -del baño, viole estar en casa de un barbero que lo afeitaban, y como -ella lo viese, mandome a mí que secretamente tomase de los cabellos -que le habían cortado, que estaban en el suelo caídos; los cuales, -como yo comencé a coger a hurto, el barbero me vio, y como nosotras -somos conocidas e infamadas de hechiceras, arrebatome de las manos -los cabellos y aun me quisiera dar unas pocas de bofetadas si yo no -me desviara. Conociendo yo las costumbres de mi señora, que cuando -no le llevaba lo que quería se enojaba mucho conmigo, y aun me daba -de palos, yendo así triste, pensando qué haría, acaso veo estar un -odrero trasquilando tres cueros de cabrón; los cuales, como yo los -viese estar colgados, tiesos e hinchados, tomé algunos de los pelos -que estaban por el suelo, y como eran rojos, parecían a los cabellos -de aquel Beocio gentilhombre de quien mi ama estaba enamorada, a la -cual se los di, encubriéndole la verdad. Mi señora Pánfila, en el -principio de la noche, antes que volvieses de cenar, con la pena y -ansia que tenía en el corazón, subiose a un aposento alto, adonde -ella tiene sus hechicerías. Y ante todas cosas, según su costumbre, -aparejó sus instrumentos mortíferos, conviene a saber: todo género de -especias odoríferas, láminas de cobre con ciertos caracteres que no -se pueden leer, clavos y tablas de navíos que se perdieron en la mar -y fueron llorados. Asimismo tenía allí delante de sí muchos miembros -y pedazos de cuerpos muertos, así como narices, dedos y clavos de los -pies de hombres ahorcados. También tenía sangre de muertos a hierro, -huesos de cabeza y quijadas sin dientes de bestias fieras. Entonces -abrió un corazón, y vistas las venas y fibras cómo bullían, comenzó a -rociarlo con diversos licores, con agua de fuente, ahora con leche de -vacas, ahora con miel silvestre; añadió mulsa, que es hecha de muchos -materiales. De esta manera, aquellos pelos retorcidos y con muchos -olores perfumados, puso en medio las brasas para quemar. Entonces con -la fuerza de la nigromancia y hechizos, apremiados por los espíritus -aquellos cuerpos, cuyos pelos están en el fuego, vienen muy recios en -aquella parte do son llamados; esto hicieron los odres, y vinieron a -la puerta porfiando de entrar. Y tú, engañado con la oscuridad de la -noche, y con el vino que habías bebido, con gran osadía, como aquel -Áyax griego, no matando ovejas, cuando mató a muchos, pero muy más -esforzadamente mataste tres odres hinchados. De manera que vencidos -los enemigos sin sangre, te abrazaré no como a matahombres, mas como a -mataodres. - -Siendo yo de esta suerte burlado y escarnecido de mi Andria, le dije: - ---Pues que así es, yo podré muy bien contar esta primera historia, -comparándola a los doce trabajos de Hércules, que como él mató a -Cerión, que era de tres cuerpos, o al Cancerbero del infierno, que era -de tres cabezas, así yo maté otros tantos odres. Pero por el amor que -te tengo, te ruego me enseñes a tu señora cuando hace alguna cosa del -arte mágica, o cuando se muda en otra forma. - -Andria me respondió: - ---Mucho deseo, mi Lucio, en todo hacer tu voluntad, pero mi señora -siempre se aparta a solas a hacer sus hechizos; mas por tu amor, yo -buscaré tiempo y parte en que la puedas ver, con condición que, como te -dije al principio, tengas silencio en todo lo que vieres. - -En esta manera, hablando y burlando, nos dormimos, y así pasamos la -noche, olvidando los enojos del dios de la risa. - - -IV. - - Cómo Andria mostró a Lucio Apuleyo a su ama Pánfila cuando se untaba - para convertirse en búho, y él, queriéndose untar por experimentar el - arte, fue, por yerro de la bujeta del ungüento, convertido en asno. - -De esta manera, pasadas algunas noches de placer, un día vino a mí -corriendo Andria, medrosa y alterada, y díjome que, viendo su señora -cómo con todas las otras artes que hacía no le aprovechaban para sus -amores, deliberaba aquella noche tornarse en un ave con plumas, y así -volar a su amigo deseado, por ende que yo me aparejase cautamente para -ver cosa tan grande y maravillosa. Así que a la prima de la noche -tomome de la mano, y con pasos muy sutiles, y sin algún ruido, llevome -a la cámara alta, donde la señora estaba, y mostrome una hendidura de -la puerta por donde viese lo que hacía. Lo cual Pánfila hizo de esta -manera: Primeramente ella se desnudó, y, abierta una arquilla pequeña, -sacó muchas bujetas, de las cuales, tirando la tapadera a una, sacó de -ella un ungüento, con que se untó desde las puntas de los pies hasta la -cabeza, y diciendo entre sí ciertas palabras, comenzose a sacudir todos -sus miembros, de los cuales salieron poco a poco plumas; luego le salen -las alas y el pico, y las uñas se encorvaron: en fin, que se tornó -perfecto búho, y luego empezó a cantar aquel triste canto que ellos -cantan, y después se salió volando por la ventana fuera. - -Yo, que mirando estaba esto, quedé como hombre loco, y pensaba entre mí -si estaba durmiendo o si estaba encantado, y porque tan gran hazaña me -espantó mucho. - -Tornando en mi seso, viendo lo presente cómo había pasado, rogué a mi -Andria que me untase con aquel ungüento para tornarme en búho o en otra -cualquier ave. - -Ella dijo: - ---¿Para qué me pides eso? ¿Quieres que yo misma encienda el fuego en -que me queme? Veamos: tú hecho ave, ¿a dónde te iré a buscar, o cuándo -te veré? - -Yo le respondí: - ---Los dioses me guarden de hacer contra ti cosa que te dé enojo. ¿Cómo, -y aunque volase y subiese tan alto como el águila, no volvería muchas -veces a mi nido? Yo te juro por este trenzado de tus cabellos, con el -cual ataste mi corazón, que a persona del mundo no quiero más que a -ti: por tanto, no receles de tornarme en ave, porque yo sabré muy bien -tornar a ti. Mas te quiero preguntar si después de tornado en ave he de -volver a ser Lucio como de antes. - -Ella respondió: - ---De eso no tengas temor, porque mi señora me enseñó todo lo que es -menester para los que toman estas figuras poder tornar a su natural y -forma primera; y esto no pienses que me lo mostró por quererme bien, -sino porque cuando ella tornase, le pudiese dar medicina con que -vuelva a su primera forma. Y mira con cuán poca cosa y cuán liviana se -remedia tan gran cosa, con un poco de eneldo y hojas de laurel echado -en agua de fuente, y con esto lavarla y darle a beber un poco, luego se -convierte en su propia forma. - -Estas y otras cosas me decía Andria, por lo cual me daba cada vez más -gana de hacerme ave, por probar estos hechizos. Mas Andria decía que -yo me perdería y que no sabría volver, y otras muchas cosas me ponía -delante. Yo le decía que sí volvería y que no recelase de hacerlo. - -Ella, con mucha prisa y temor, se metió en la cámara y sacó una de las -bujetas. Así que prestamente yo me desnudé, y con mucha ansia metí la -mano en la bujeta y tomé un buen pedazo de aquel ungüento, con el cual -refregué todos los miembros de mi cuerpo. - -Ya que yo con buen esfuerzo sacudí los brazos, pensando tornarme en ave -semejante que Pánfila se había tornado, no me nacieron plumas, ni los -cuchillos de las alas, antes los de mi cuerpo se tornaron sedas, y mi -piel delgada se tornó cuero duro, y los dedos de las partes extremas -de pies y manos, perdido el número, se juntaron y tornaron en sendas -uñas, y del fin de mi espinazo salió una grande cola; pues la cara muy -grande, el hocico largo, las narices abiertas, los labios colgando, y -las orejas alzábanseme con unos ásperos pelos, y en todo este mal veía -que también me crecía mi natura. Así que estando considerando tanto -mal como tenía, vídeme tornado, no en ave, mas en asno. Y queriéndome -quejar de lo que Andria había hecho, ya no podía, porque estaba privado -de gesto y voz de hombre; y lo que solamente pude era que, caídos los -bezos, los ojos hundidos, mirando un poco de través a ella, callando la -acusaba y me quejaba, la cual, como así me vido, abofeteando su cara, y -arañándose, lloraba diciendo: - ---Mezquina de mí que soy muerta: el miedo y priesa que tenía me hizo -errar, y la semejanza de las bujetas me engañó; pero bien está, que -fácilmente habremos el remedio para reformarte como antes. Porque -solamente mascando unas pocas de rosas te desnudarás de asno y luego te -tornarás mi Lucio. Pluguiera a Dios que, como otras veces yo he hecho, -esta tarde hubiera aparejado guirnaldas de rosas, porque solamente no -estuvieras en esa pena espacio de una noche; pero luego en la mañana te -será dado el remedio prestamente. - -En esta manera ella lloraba: yo, como quiera que estaba hecho perfecto -asno, y por Lucio era bestia; pero todavía retuve el sentido de -hombre. Finalmente, yo estaba en gran pensamiento y deliberación, si -mataría a coces y bocados aquella maligna y falsa hembra; pero de este -pensamiento temerario me aparté, porque si matara a Andria, por ventura -también matara y acabara el remedio de mi salud. Así que, bajada mi -cabeza y murmurando entre mí, y disimulada esta temporal injuria, -obedeciendo a mi dura y adversa fortuna, voyme al establo, donde estaba -mi buen caballo que me había traído, donde asimismo hallé otro asno de -mi huésped Milón, que estaba con él. - -Entonces yo pensaba entre mí si algún natural distinto y conocimiento -tuviesen los brutos animales, que aquel mi caballo, revestido de alguna -mancilla, me hospedara y diera el mejor lugar del establo; mas él y -el otro asno juntaron las cabezas como que hacían conjuración contra -mí para destruirme, temiendo que les comiese la cebada; apenas me -vieron llegar al pesebre, cuando, abajadas las orejas, con mucha furia -me siguen echando pernadas, de manera que me hicieron apartar de la -cebada, que yo poco antes les había echado. En esta manera maltratado y -desterrado, me aparté en un rincón del establo. - - -V. - - Cómo estando Lucio Apuleyo convertido en asno, vinieron súpitamente - ladrones a robar la casa de Milón, y cargado el robo en el caballo - y asno, cargaron también a él y se partieron para la posada de los - ladrones, que era una cueva, y lo que más pasó. - -De esta manera estaba hecho asno, pensando en la soberbia de mis -compañeros, y también las cosas que a la mañana había de hacer para -volverme Lucio, y la venganza que había de tomar en mi caballo. Estando -pensando esto miré a una columna, sobre la cual se sustentaban las -vigas de la casa; y vi en ella estar una imagen de la diosa Hipona, -la cual estaba adornada de rosas frescas. Finalmente, que conocido -mi saludable remedio, lleno de esperanza me alcé cuanto pude con los -pies delante todos, y levanteme esforzadamente, y tendido el pescuezo, -alargando los bezos con cuanta fuerza yo podía, procuraba llegar a las -rosas. Lo cual yo con mala dicha procuraba alzándome muchas veces; -mas un mi criado que tenía cuidado de dar pienso al caballo, viéndome -levantar, se vino a mí con grande enojo, y dijo: - ---¿Quién trajo aquí esta jaca castrada? De antes quería comer la cebada -a los otros, y ahora quiere hacer enojo a la imagen de la diosa; por -cierto que a este asno sacrílego yo le quiebre las piernas y lo amanse. - -Y luego, buscando un palo topó con un haz de leña que allí estaba, del -cual sacó un valiente leño nudoso y más grueso de cuantos allí había, -y comenzó a sacudirme tantos palos, que no acabó hasta que sonó un gran -ruido y golpes en las puertas de casa, y con temor de la vecindad, que -daba voces: ¡Ladrones, ladrones! De esto él, espantado, huyó. Y sin más -tardar, súpitamente abiertas las puertas, entró un montón de ladrones, -los cuales, armados, cercaron la casa por todas partes, resistiendo a -los que venían a socorrer de una parte y de otra; porque como ellos -venían todos bien armados, con sus espadas y armas, y con hachas en -las manos que alumbraban la noche, de manera que el fuego y las armas -resplandecían como rayos del sol. Entonces llegaron a un almacén que -estaba en medio de la casa, bien cerrado con fuertes candados, lleno -de todas las riquezas de Milón, y con fuertes hachas quebraron las -puertas, el cual abierto, sacaron de él todo cuanto allí había, y -muy prestamente hechos líos de todo ello, repartiéronlos entre sí; -pero la mucha carga excedía el número de las bestias que lo habían de -llevar. Entonces ellos, puestos en necesidad por la abundancia de la -gran riqueza, sacaron del establo a nosotros, ambos los asnos y a mi -caballo, y cargáronnos con cuantas mayores cargas pudieron, y dejando -la casa vacía y metida a sacomano, dándonos de palos nos llevaron, -y para que les avisase de la pesquisa que se hacía de aquel delito, -dejaron allí uno de sus compañeros; y dándonos mucha prisa y palos, nos -llevaron fuera de camino por esos montes. - -Yo, con el gran peso de tantas cosas como llevaba, y con las cuestas -de aquellas sierras, y el camino largo, casi no había diferencia de mí -a un muerto. Yendo así vínome al pensamiento, como quiera que tarde, -pero de veras, de llamar el ayuda y socorro de la justicia para que, -invocando el nombre del emperador César, me pudiese librar de tanto -trabajo. Finalmente, como ya fuese bien claro el día, pasando por una -aldea bien llena de gente, porque había allí feria aquel día, entre -aquellos griegos y gentes que allí andaban intenté invocar el nombre -de Augusto César en lenguaje griego, que yo sabía bien por ser mío de -nacimiento. Y comencé valientemente y muy claro a decir: «¡Oh, oh!» Lo -otro que restaba del nombre de César nunca lo pude pronunciar. - -Los ladrones, cuando esto oyeron, enojados de mi áspero y duro cantar, -sacudiéronme tantos palos, hasta que hicieron del triste de mi cuero -tal, que aun para cribas no era bueno. - -Al fin Dios me deparó remedio no pensado, que como pasamos por muchas -aldehuelas, vi estar un huerto muy hermoso y deleitable a donde había -rosas muy hermosas y llenas del rocío de la mañana; yo, como las vi, -con gran deseo y ansia esperando la salud, alegreme, y muy gozoso -llegueme cerca de ellas; y ya que movía mis labios para comer, vínome -a la memoria otro consejo muy más saludable, creyendo que si comía de -aquellas rosas y de improviso dejase de ser asno y me tornase hombre, -manifiestamente me ponía en gran peligro de morir por las manos de -los ladrones, porque sospecharían que yo era nigromántico, o que los -había de descubrir y acusar del robo. Entonces, con este pensamiento -me aparté de ellas, padeciendo mi desdicha presente en figura de asno, -royendo heno y cebada como los otros animales, esperando la ventura. - - - - -LIBRO IV. - -ARGUMENTO. - - Apuleyo, tornado asno, cuenta elocuentemente las fatigas y trabajos - que padeció en su larga peregrinación, andando en forma de asno y - reteniendo el sentido de hombre. -- Entremete a su tiempo diversos - casos de los ladrones. -- Asimismo escribe de un ladrón que se metió - en un cuero de osa para ciertas fiestas que se habían de hacer, y de - una doncella que robaron. - - -I. - - Lucio Apuleyo cuenta lo que pasaron los ladrones desde la ciudad de - Hipata hasta llegar a la cueva de su morada. - -Andando nuestro camino, sería casi mediodía que ya el sol ardía, -llegamos a una aldea, donde hallamos ciertos ladrones amigos de -nuestros amos, lo que yo bien conocí, aunque era uno, porque en -llegando hablaron como amigos y se abrazaron, y también porque les -dieron algunas cosas de las que llevaban. - -Allí nos descargaron de todo y nos echaron en un prado cerca, para que -a nuestro buen placer paciésemos, pero la compañía de pacer con el otro -asno y con mi caballo, no pudo detenerme allí, porque yo no era usado -de comer heno; mas como estaba perdido de hambre, vi tras de la casa -un hortezuelo, en el cual me lancé. Y como quiera que de coles crudas, -pero abundantemente henchí mi barriga. - -Andando así en el huerto, miraba por todas partes rogando a los dioses, -por ventura, si en los otros huertos que estaban junto a este hubiese -algún rosal, a lo cual me daba buena confianza la soledad que por allí -había, y estando fuera de camino y escondido, en tomando el remedio que -deseaba de tornarme de asno en hombre, lo podría hacer sin que nadie -me viese. Así que, andando en este pensamiento vacilando, vi un poco -lejos un valle con árboles y sombra, en el cual, entre otras hierbas, -resplandecían rosas coloradas y frescas; ya en mi pensamiento, que -del todo no era de bestia, pensaba que aquel lugar fuese de la diosa -Venus y de sus ninfas, cuyas flores y rosas relucían entre aquellas -arboledas y sombras. Entonces, invocado por mi alegre y próspero -aliento, comencé a correr cuanto pude, que, por Dios, yo no parecía ser -asno, sino un caballo corredor y ligero; pero aquel mi osado y buen -esfuerzo no pudo huir de la crueldad de mi fortuna; ya que llegaba -cerca, veo que no eran rosas tiernas y amenas rociadas del rocío de la -aurora, mas antes eran unos árboles, los cuales tienen la hoja larga de -manera de laureles, y las flores sin olor, que son unas campanillas un -poco coloradas, que llaman los rústicos, o el vulgo, rosas de laurel -silvestre, cuyo manjar mata cualquier animal que lo come. - -Con tales desdichas fatigado ya, y desesperado de mi remedio, quería -de mi voluntad propia comer de aquella ponzoña, pero con poca gana y -alguna tardanza; cuando quise llegar a morder en ellas, un mancebo que -me pareció ser el hortelano del huerto que yo había destruido y comido -las coles, como vido haberle hecho tanto daño, arrebató un palo y con -mucho enojo fue hacia mí, y diome tantos palos, que casi me pusiera en -peligro de muerte, si yo, sabia y discretamente, no buscara remedio; -así que yo alcé mis ancas y los pies en alto y sacudile muy bien de -coces, de manera que, él bien castigado y caído en el suelo, eché a -huir contra una sierra muy alta que estaba allí junto; mas luego una -mujer, que parece debía ser del hortelano, como le vido que estaba -tendido en el suelo medio muerto y sin sentido, vino corriendo llorando -y dando voces, porque oyéndola la gente de alderredor, viniesen contra -mí por matarme. - -Entonces los villanos, alborotados con los gritos, comenzaron a llamar -los perros y echármelos para que me despedazasen; entonces, como me vi -sin alguna duda cerca de la muerte, y los perros que venían contra mí, -dejé de subir a la sierra arriba y torné para casa corriendo cuanto -más podía, y metime en el establo de donde había salido. Ellos, desde -que hubieron pacificado a los perros, tomáronme con un cabestro bien -recio y atáronme a una argolla, dándome tantos palos, que cierto me -mataran, si no que con el dolor de los palos, como tenía la barriga -tiesa y llena de coles crudas vínome flujo, y suelto un chisguete con -que los rocié muy bien; por esto y por el gran hedor, se apartaron de -mis espaldas. - -No tardó mucho que nos cargasen, y volviendo a nuestro viaje andando -un buen pedazo, yo iba muy desfallecido con el largo camino y con el -peso de la gran carga y los continuos palos que me daban; también iba -cojo y muy maltratado, porque llevaba los pies y manos desportillados; -llegando cerca de un arroyo que corría mansamente, pareciome haber -hallado con mi buena dicha sutil ocasión para lo que pensaba, lo cual -era derrengarme por las ancas y echarme en tierra muy obstinado de no -levantarme para pasar el arroyo, aunque me diesen veinte mil palos, -y aunque me diesen con una espada, antes morir que no levantarme, -porque como a cosa vieja y doliente me diesen carta de horro, y también -pensaba que por no detenerse los ladrones, yendo de huida con su robo, -quitarían la carga de mis cuestas y la repartirían por los otros mis -compañeros, y me dejarían allí para que me comiesen lobos y buitres. - -Pero mi desdichada suerte no quiso que tan buen consejo me aprovechase, -porque el otro asno, adivinando mi pensamiento, se dejó caer con su -carga en tierra como muerto, y aunque le daban muchos palos y le metían -aguijones, y le alzaban por la cola, y le hacían otros muchos remedios, -ni les aprovechaba alzarle las piernas, ni aunque le revolvían el -cuerpo de una parte a otra, nunca probó a levantarse; hasta que -finalmente los ladrones (y con la postrimera esperanza), habiendo -hablado entre sí, porque no estuviesen tanto sirviendo a un asno -muerto, y más, en verdad, se podía decir de piedra, y no detuviesen su -huida, quitáronle la carga y repartiéronla entre mí y mi caballo, y a -él con sus espadas cortáronle las piernas y apartáronle un poco del -camino, y medio vivo lanzáronlo de una altura abajo en un valle muy -hondo. - -Entonces yo, pensando entre mí la desdicha del triste de mi compañero, -acordé, apartados de mí todos fraudes y engaños, como buen asno -provechoso, servir a mis señores, cuanto más que, según lo que yo -les oía estar hablando, cerca de allí estaba su casa, donde habíamos -de descansar y reposar del fin de nuestro camino, porque allí era su -morada. - -Finalmente, pasada una cuestezuela no muy áspera, llegamos al lugar -donde íbamos. En llegando, luego nos descargaron, y metieron lo que -traíamos dentro de casa. Yo, aliviado del peso de la carga, por -refrescarme del cansancio, en lugar de baño comencé a revolcarme en el -polvo. - - -II. - - Lucio cuenta cómo llegaron a la cueva, y el sitio de ella. Y otras - cosas de gusto. - -Brevemente contaré del sitio donde habitaban estos ladrones. Era allí -una montaña bien alta, muy horrible y umbrosa, de muchos árboles -silvestres; de esta montaña descendían ciertos cerros llenos de muy -ásperos riscos y peñas, que no había persona que pudiese llegar a -ellos, los cuales la ceñían; abajo había muchas y hondas lagunas, -en aquellos valles llenos de espinas y zarzas, que naturalmente -fortalecían aquel lugar. De encima del monte descendía una fuente de -agua muy hermosa y muy clara, que parecía color de plata, y corría por -tantas partes, que henchía los valles que abajo estaban a manera de un -mar o de un gran río o lago que está quedo. Aquí estaba la cueva de -estos ladrones, a donde nos descargaron, y ellos, cargados de lo que -nosotros traíamos, lanzáronse en la cueva, y a nosotros nos ataron con -cabestros bien recios a la puerta. - -Luego empezaron a reñir con una vejezuela, la cual sola tenía cargo de -la salud de tantos mancebos, diciendo: - ---¡Oh sepulcro de la muerte, deshonra de la vida, enojo del infierno, -así nos has de burlar, estándote sentada no haciendo nada, que nos -tengas aparejado algún solaz por tantos trabajos como hemos pasado, que -tú días y noches no entiendes en otra cosa sino echar vino en ese tu -vientre sediento que nunca se harta! - -La vieja, con su voz medrosa, temblando respondió: - ---¡Oh señores valientes mancebos, todo está presto y aparejado -abundantemente; yo tengo guisado de comer muy sabroso, mucho pan, y -vino puesto en sus copas, y también agua cocida para que todos os -lavéis! - -Acabando la vieja de decir esto, ellos se desnudaron luego, y lavados -con agua caliente, se untaron con aceite. Y puestas las mesas con sus -manjares, sentáronse a comer. - -Luego, en aquel tiempo que se sentaron a la mesa llegaron otros -mancebos, los cuales en viéndolos quienquiera diría que eran ladrones -como los otros, porque también traían muchos vasos y monedas de oro -y plata, y ricas vestiduras. Así que, por el semejante lavados y -refrescados, sentáronse a comer con sus compañeros. Ellos comían y -bebían sin orden los manjares a montones; el beber sin cuenta ni razón; -burlaban unos con otros, cantaban y reían motejándose. - -Entonces un mancebo de aquellos, que parecía más valiente que los -otros, dijo: - ---Nosotros batimos esforzadamente la casa de Milón, de Hipata, y demás -de la presa y grandes riquezas que por nuestro esfuerzo ganamos, -tornamos todos a nuestra casa sin que uno faltase, y aun si hace al -caso, digo que vinimos ocho pies más acrecentados. Pero vosotros que -habéis andado por las ciudades de Beocia, donde perdisteis a vuestro -capitán Lámaco y habéis disminuido el número de vuestra compañía. -Cierto, yo más quisiera su salud y vida, que todo cuanto trajisteis en -estos líos y fardos; pero como él haya muerto con esfuerzo y valentía, -la memoria y fama lo hará vivir para siempre. Que, hablando verdad, -vosotros sois ladrones medrosos, y para hurtos pequeños, andando por -casillas de viejas y otras pobres. - -A esto respondió uno de aquellos: - ---¿Cómo ahora sabes que las casas mayores son más fáciles de robar que -las otras pequeñas? Porque como quiera que en las casas grandes haya -muchos servidores, cada uno cura más de su salud que de la hacienda -de su señor. Pero los hombres de bien, solitarios y modestos sus -bienes, pocos o muchos, disimuladamente los encubren, y reciamente -defienden, y con peligro de su sangre y vida los fortalecen. El mismo -negocio que ahora paso, os hará creer lo que digo. Casi como llegamos -a Tebas, ciudad de Beocia, que es la más principal para el trato de -nuestro arte, andando con diligencia buscando lo que habíamos de robar -entre los populares, no se nos pudo esconder Criseros, un cambiador -muy rico, y señor de gran dinero, el cual, por miedo de los tributos -y pechos de la ciudad, con grandes artes disimulaba y encubría gran -riqueza. Finalmente, que él, solo y solitario en una pequeña casa, -aunque bien fortalecida, contento, sucio y mal vestido, dormía sobre -los zurrones de oro. Así que todos de un voto acordamos que el primer -ímpetu y combate fuese en esta casa, porque todos a una, comenzada -la batalla, sin dificultad pudiésemos apañar los dineros de aquel -cambiador rico. Lo cual puesto en obra al principio de la noche, fuimos -a las puertas de su casa, las cuales ni pudimos alzar, ni mover, -ni quebrar, porque como eran fuertes, al ruido de ellas despertó la -vecindad toda en daño nuestro. Entonces aquel esforzado nuestro capitán -y alférez Lámaco, con la furia de su gran esfuerzo y valentía, metió -la mano poco a poco por aquel agujero que se mete la llave para abrir -la puerta, y procuraba arrancar el pestillo o cerradura; pero aquel -Criseros, malvado y maligno más que hombre del mundo, estaba vestido, -y sintiendo lo que pasaba, vino hacia la puerta muy pacífico, que casi -no resollaba, y traía en su mano un gran clavo y martillo, con el cual, -súbitamente, con gran golpe clavó la mano de nuestro capitán en la -tabla de la puerta, y dejado allí cruelmente clavado, como quien lo -deja en la horca, subiose encima de una azotea de su casa, y de allí -con grandes voces llamaba a los vecinos muy ahincadamente. Cuando los -vecinos oyeron esto, cada uno espantado del peligro que podía venir a -su casa por la del cambiador, venían corriendo a socorrerle. Entonces -nosotros, puestos en uno de dos peligros, o de matar nuestro compañero, -o desampararlo, acordamos un remedio terrible, queriéndolo él, y fue -que le cortamos el brazo por la coyuntura del hombro, y dejado allí el -brazo, atada la herida con muchos paños, porque la sangre no hiciese -rastro por donde nos siguiesen, arrebatamos a Lámaco, y llevámoslo -como pudimos, y como íbamos huyendo, ni él nos podía seguir, ni nos lo -podíamos llevar, ni podía quedar seguro, y como era valiente, animoso y -esforzado, viendo que no podía escapar de las manos enemigas, con mucha -instancia nos rogaba, por la diestra del dios Marte y por el juramento -que entre nos había, que lo matásemos, diciendo asimismo que cómo -había de vivir un hombre teniendo el brazo cortado, con el cual solía -robar y degollar, que él se tendría por bien aventurado si muriese -a manos de sus compañeros. Así que después que vido que a ninguno de -nosotros pudo persuadir que lo matase, tomó con la otra mano un puñal -que traía y metióselo por los pechos. Nosotros, alabando el esfuerzo -de tal varón, tomando su cuerpo envuelto en una sábana, lo echamos -en la mar. Y así quedó allí nuestro capitán Lámaco, el cual hizo fin -conforme a su oficio. Pues el nuestro compañero Alcimo, que tenía muy -astutos principios, no pudo huir la sentencia de la cruel fortuna, -el cual después de entrado en casa de una vejezuela, que estaba -durmiendo, subió a la cámara donde dormía, y pudiera muy bien ahogarla -si quisiera, pero quiso primero echar por una ventana a la calle todas -las cosas que tenía, y ya que tenía todo echado, no quiso perdonar a -la cama en que la vieja dormía. La mala vieja, viendo esto, le dijo -llorando: - ---Hijo, ruégote que me digas por qué echas mis cosas pobres al vecino -rico, sobre cuya huerta cae esta ventana. - -Alcimo, medio turbado, llegose a la ventana por ver si era así, mas la -vieja, que lo vio medio salido de la ventana, mirando a una parte y a -otra, súbitamente lo empujó, y dio con él abajo, donde se le abrió la -cabeza, y contándonos el engaño que le hizo la vieja, acabó de morir, -al cual dimos sepultura en la mar, como a nuestro capitán Lámaco. - - -III. - - Cómo aquel ladrón cuenta que robaron a un hombre rico con una - graciosa industria de una osa. - ---Después de la pérdida de estos dos compañeros, nosotros, tristes y -con pena, parecionos que debíamos dejar de entender en las cosas de -aquella provincia de Tebas, y acordamos de venirnos a una ciudad que -estaba cerca, que ha nombre Plates; en la cual hallamos gran fama de un -hombre que moraba allí, llamado Demócares, el cual celebraba grandes -fiestas al pueblo, porque él era más principal en la ciudad, hombre -muy rico y liberal, y hacía estos placeres y fiestas al pueblo por -mostrar la magnificencia de sus riquezas. ¿Quién podría ahora explicar -y tener idóneas palabras para decir tanta facundia de ingenio, tantas -maneras de aparatos como tenía? Los unos eran jugadores de esgrima -afamados de sus manos; otros cazadores muy ligeros para correr; en -otra parte había hombres condenados a muerte, que los engordaban para -que los comiesen las bestias bravas. Había asimismo torres hechas de -madera a la manera de unas casas movedizas, que se traen de una parte a -otra, las cuales eran muy bien pintadas, para acogerse a ellas cuando -corrían toros u otras bestias en el teatro. Demás de esto, ¿cuántas -maneras de bestias había allí y cuán fieras y valientes? Tanto era su -estudio de hacer magníficamente aquellos juegos, que buscaba hombres -de linaje que fuesen condenados a muerte, para que peleasen con las -bestias; pero sobre todo el aparato que buscaba para estas fiestas -principalmente y con cuánta fuerza de dineros podía, procuraba tener -número de grandísimas osas, demás de de las que él hacía cazar, de las -que a poder de dinero compraba. - -Mas este tan claro y magnífico aparejo de placer y fiesta popular, no -pudo huir los ojos mortales de la envidia. Porque con la fatiga de -estar mucho tiempo presas, y con el gran calor del verano, y también -por estar flojas y perezosas por no andar ni correr, dio tan gran -pestilencia en ellas, que casi ninguna quedó. Estaban por estas plazas -muchas de ellas muertas con tanto estrago, que parecía haber hecho -naufragio de bestias. - -Aquellos pobres del pueblo, a los cuales la pobreza y necesidad -constriñe a buscar algo para henchir el vientre, sin escoger manjares -andaban tomando de la carne de aquellos animales que por allí estaban, -para hartarse. - -Cuando yo y este nuestro compañero Bardulo vimos aquello, inventamos -del mismo negocio un muy sutil consejo, y era que estaba allí una osa -muerta mayor que todas las otras, la cual de noche llevamos a nuestra -estancia, y allí la desollamos muy bien, no tocándose en las uñas ni en -la cabeza. Tomamos el cuero, y polvoreado por encima, pusímoslo a secar -al sol. Nosotros nos conjuramos para el negocio, e hicimos juramento -que uno de nosotros, el más valiente, se metiese dentro en aquella -piel y se hiciese osa, y la llevaríamos de noche a casa de Demócares, -para que nos abriese las puertas cuando todos durmiesen. Y para esto -escogimos por todos a Trasileón, el cual con gran ánimo se metió en el -cuero y comenzó a tratarlo y ablandarlo, para ejercitar en lo que había -de hacer. Y nosotros rehenchimos algunas partes de él con lana para -igualarlo todo; cosímoslo, y con los pelos de una parte y otra cubrimos -la costura muy bien; hicimos a Trasileón que juntase su cabeza con -la de la osa cerca del pescuezo, y por las narices y ojos de la osa -abrimos ciertos agujeros por do pudiese mirar y resollar. Así que -nuestro valiente compañero hecho bestia, metímoslo en una jaula. - -De esta manera, prosiguiendo en nuestro negocio, supimos como este -Demócares tenía un gran amigo en Tracia, del cual fingimos carta que -le escribía, diciendo que por honrar sus fiestas le enviaba aquel -presente, que era la primera bestia que había cazado. Y siendo ya -noche, aprovechándonos del ayuda de ella, presentamos la jaula, con -Trasileón dentro, a Demócares, y dímosle la carta falsa. El cual, -maravillándose de la grandeza de la bestia, y muy alegre con la -liberalidad de su amigo, nos mandó luego dar diez ducados. - -Todos venían a ver la osa y decían no haber visto cosa tan grande; mas -Trasileón daba muchas vueltas, saltando de una parte a otra, porque no -viesen en alguna señal el engaño. Y así, todos a una voz decían que era -muy espantable, ligera y grande. Así que Demócares mandaba llevar la -osa a un buen pasto do tenía otras; mas yo le dije: - ---Mira, señor, lo que haces, porque esta bestia viene fatigada del -camino; no debía echarse con las otras fieras, mayormente que me dicen -que están todas dolientes, antes sería bueno que la dejases en este -patio, do corre este caño de agua, para que de noche se recree. - -Con estas palabras, Demócares, habiendo miedo de que se le muriese -aquella, como las otras muchas que se le habían muerto, fácilmente -consintió a nuestras persuasiones, y mandó que pusiésemos la jaula -o caja donde a nosotros pareciese; demás de esto yo dije que si él -mandaba, que estábamos prestos de velar algunas noches cerca de la -jaula para dar de comer y beber a la bestia cuando menester fuese, -porque prestamente se le quitase la fatiga del sol y el cansancio del -camino. - -A esto respondió Demócares: - ---No es menester que os pongáis en ese trabajo, porque todos los de mi -casa, por la larga costumbre, están bien ejercitados para saber curar -estas bestias. - -Dicho esto, tomamos licencia y nos fuimos. Saliendo por la puerta -de la ciudad vimos estar un enterramiento apartado y escondido del -camino; allí abrimos algunos de aquellos sepulcros medio abiertos, -donde moraban aquellos muertos hechos ceniza y comidos de carcoma, para -esconder allí lo que robásemos. - -Después, al principio de la noche, según es costumbre de ladrones, al -primer sueño, cuando más gravemente carga los cuerpos humanos, con toda -nuestra gente armada nos fuimos a poner ante las puertas de Demócares -para robarlo, como cuando vamos citados a juicio. - -No menos fue perezoso Trasileón, que como vido la oportunidad de la -noche, saltó fuera de la jaula, abrionos las puertas, y como nosotros -prestamente nos metiésemos en casa, mostronos un almacén donde aquella -noche sagazmente él vio meter y encerrar mucha plata, al cual, -quebradas las puertas por fuerza, mandó a cada uno de los compañeros -que entrasen y cargasen cuanto pudiesen llevar de aquel oro y plata, -y prestamente lo llevasen a esconder en las casas de aquellos fieles -muertos, y que luego corriendo tornasen por más, y que para lo demás yo -quedaría allí al umbral de las puertas, a resistir si alguno viniese, y -para espiar solícitamente hasta que tornasen. - -De más de esto la osa andaba por casa aparejada para matar a los que -despertasen, porque, en la verdad, ¿quién podría ser tan fuerte y -esforzado que viendo una forma de bestia tan fiera, y mayormente de -noche, que, vista, no se pusiese en huir aceleradamente, o que no -echase la aldaba a la puerta de su cámara y se encerrase de miedo? - -Estas cosas así, prósperamente dispuestas, sucedió en ellas fin -desdichado, porque en tanto que yo estaba esperando a mis compañeros -que tornasen, entonces un esclavo de la propia casa, como vio la osa -que andaba por toda la casa, vase muy pasico de cámara en cámara, -diciendo a todos lo que había visto. - -No tardó mucho que todos no salieran con candiles y mechones -encendidos, y con lanzas y espadas se pusieron a guardar las puertas de -casa. Demás de esto llamaron los perros de monte, grandes y bravos, y -echáronlos a la osa. - -Cuando yo esto vi, y que crecía el ruido y tumulto, aparteme de -allí y púseme detrás de la puerta, de donde vi a Trasileón pelear -maravillosamente contra los perros, el cual, como estaba en lo último -de su vida, hacía cosas de espanto; ora huyendo, ora resistiendo, daba -saltos sin compás; en fin, no pudiendo más, vínose retrayendo a la -calle, en donde se juntaron muchos más perros, los cuales cercaron a -Trasileón y lo despedazaban y mordían cruelmente. - -Entonces yo, no pudiendo sufrir tanto dolor, metime en medio de la -gente, y en lo que podía ayudaba a nuestro buen compañero, diciendo a -todos de esta manera: - ---¡Oh qué pérdida y mal hacemos! ¿Para qué queremos hacer morir una tan -preciada y hermosa bestia? - -Pero todas estas artes y cautelas no aprovecharon para el triste -y desdichado de mi compañero vivir, porque un hombre de aquellos, -indignado contra la osa, le arrojó una lanza, que le atravesó todo el -cuerpo, y los más cargaron sobre la osa con sus espadas hasta que la -mataron. - -De esta manera acabó Trasileón, gloria y honra de nuestra capitanía. Y -era tanto el miedo que todos tenían de la osa, que hasta el otro día -bien tarde ninguno fue osado llegar a ella, hasta que uno de estos que -andaban a desollar bestias, se le llegó, y empezando a desollar la -piel, halló dentro a aquel magnífico ladrón. - -Entonces nosotros cogimos nuestros líos que tenían en guarda aquellos -fieles muertos, y cuan presto pudimos nos vinimos cargados con esta -prisa que veis. - -Acabada la habla, tomaron sus tazas y bebieron el vino puro, y en -memoria de sus compañeros cantaron ciertas canciones al dios Marte, y -después se fueron a dormir. - - -IV. - - Cómo los ladrones trajeron una doncella robada, la cual llora su - desdicha. - -Aquella buena vieja proveyó muy bien a nosotros de cebada, sin tasa ni -medida, tanto que mi rocín, como vio tanta abundancia y hartura para -sí solo, creía que hacía carnestolendas, y como quiera que otras veces -hubiese yo comido cebada, tragándola con pena por ser para mí manjar -dañoso y desabrido; pero entonces miré a un rincón, donde habían puesto -los pedazos del pan que habían sobrado de aquellos ladrones, y comencé -a ejercitar mis quijadas, que tenían telarañas de mucha hambre. - -Venida la noche, que ya todos dormían, los ladrones despertaron con -gran ímpetu y comenzaron a mudar su real, armados con sus espadas -y lanzas que parecían diablos, y salieron por la puerta afuera muy -aprisa. Pero ni solo esto ni aun el sueño, que bien me eran menester, -pudo impedir el tragar y comer que yo hacía, y como quiera que cuando -era Lucio con uno o dos panes me hartaba y levantaba harto de la mesa; -mas entonces, contentando a un vientre de asno tan ancho y profundo, -ya entraba rumiando por el tercero canastillo de pan, cuando estando -atónito en esta obra me tomó el día claro. - -Entonces yo, como asno empachado de vergüenza, salime de casa y fui -a un arroyo a hartarme de agua; no tardó mucho que no viniesen los -ladrones, los cuales traían una doncella muy linda hurtada, y según en -su gesto y hábito mostraba, debía ser alguna hijadalgo, que cierto yo, -aunque era asno, la deseaba. La triste venía llorando y mesando sus -cabellos. - -Después que la metieron en su cueva, comenzaron a consolarla, diciendo: - ---Tú, pues, estás aquí segura de la vida, y ahora ten paciencia, porque -la necesidad y pobreza nos hace seguir este trato; tu padre y madre, -aunque sean avarientos, no dejarán de rescatarte. - -Con estas palabras y otras la consolaban, pero no dejaba su llanto. - -Entonces los ladrones mandaron a la vieja que se sentase a par de ella -y la consolase con blandas palabras mientras ellos iban a hacer su -oficio; la vieja, movida de piedad, le decía muchas cosas; mas todo no -aprovechaba, porque lloraba y decía palabras lastimosas, y de cansada -se durmió. - -Ya que había dormido un poco, despertó con un sobresalto como mujer sin -seso, y comenzó de nuevo a hacer mayores llantos; como la vieja vio -que otra vez de nuevo comenzaba, le rogó con mucha instancia la contase -por qué causa lloraba más fuertemente después de haber dormido. - -La doncella, aunque llena de lágrimas, le dijo de esta manera: - ---Pocos días ha que yo fui desposada con un mancebo muy rico y de buena -disposición, con el cual desde niña me crié, y siempre nos tuvimos -grande amor, como si fuéramos hermanos. Así que estando para velarnos, -de consentimiento de nuestros padres, con la casa aderezada y enramada -de laureles, con contares y otras cosas de bodas, estándome mi madre -ataviando para semejante fiesta, he aquí do entra súbitamente un -escuadrón de ladrones con gran ímpetu, con las espadas desnudas, y no -curaron de robar alguna cosa ni matar a nadie, sino todos juntos, sin -los familiares de casa podérselo estorbar, me arrebataron y trajeron -aquí. Pero ahora soñaba que mi querido esposo venía por librarme y que -cruelmente le mataban estos hombres espantables y temerarios, y por -esta causa me afligía más que de antes. - -Entonces la vieja, suspirando, le dijo: - ---Hija, esfuérzate y ten buen corazón; no te espantes con unas -ficciones de sueños, porque demás de tener por cierto que los sueños -del día son falsos, aun los de la noche traen los fines y salidas al -contrario: porque llorar, ser herido o muerto, traen el fin próspero y -de mucha ganancia; y, por el contrario, reír, o comer cosas sabrosas, -o hallarse en placeres, significa tristeza de corazón o enfermedad del -cuerpo y otros daños y fatigas. Pero yo te quiero consolar y decir una -novela muy linda, con que olvides esta pena y trabajo. - -La cual luego comenzó en esta manera: - - -V. - - Cómo la vieja madre de los ladrones cuenta a la doncella un cuento - muy elegante y lleno de doctrina. - ---Había en una ciudad un rey y una reina que tenían tres hijas: las dos -mayores eran muy hermosas y bien apuestas; pero la más pequeña, era -tanta su hermosura, que no bastan palabras humanas para poderlo decir. -Muchos de otros reinos y ciudades, oyendo la fama de su gran beldad y -hermosura, venían a verla, y luego, poniendo las manos en la boca y -los dedos extendidos, así como a la diosa Venus, con sus religiosas -adoraciones la honraban y adoraban. - -Ya la fama corría por todas las ciudades y tierras cercanas, que esta -era la diosa Venus, que por influjo de las estrellas del cielo había -nacido otra vez, no en la mar, pero en la tierra, conversando con todas -las gentes, adornada de flor de virginidad. De esta manera su fama -crecía más cada día, y de muchas partes venían por mar y tierra, por -ver este glorioso espectáculo que había nacido en el mundo. Y nadie -quería ir a ver a la diosa Venus, que estaba en la ciudad de Pafo, ni -a la isla de Gnido, ni al monte Citerón, donde solían sacrificar. Sus -templos eran ya destruidos, sus ceremonias menospreciadas, sus estatuas -sin honra. Todos a esta doncella suplicaban, y siendo humana la -adoraban por tan gran diosa; y cuando de mañana se levantaban, todos le -sacrificaban con manjares y otras cosas; cuando iba por la calle, todo -el pueblo, con flores y guirnaldas de rosas, le suplicaban y honraban. - -Esta honra que se daba a esta doncella encendió mucho en ira a la -propia diosa Venus, y riñendo entre sí, dijo: - ---Yo, que soy madre de todas las cosas criadas; yo, que soy principio y -nacimiento de los elementos; yo, que soy Venus poderosa, ¿he de sufrir -que se dé la honra debida a mi majestad a una moza mortal, y que mi -nombre, puesto en el cielo, se haya de profanar en la tierra, y que en -cada parte tengan duda si me han de sacrificar y adorar a mí o a esta -doncella, y que tenga tal gesto que piensen que soy yo? Según esto, por -demás me juzgó aquel pastor que por mi gran hermosura me prefirió a -tales diosas, cuyo juicio aprobó aquel gran Júpiter. Mas a esta que mi -honra ha robado, yo haré que se arrepienta de esto y de su hermosura. - -Luego llamó a su hijo Cupido, al cual, con sus palabras encendido -mucho, le llevó a aquella ciudad donde estaba esta doncella, que se -llamaba Psique, y mostrósela, diciendo con mucho enojo y casi llorando -toda la historia de la semejanza envidiosa de su hermosura, diciéndole -de esta manera: - ---¡Oh hijo, yo te ruego por el amor que tienes a tu madre y por las -dulces llagas de tus saetas y por los sabrosos fuegos de tus amores, -que des cumplida venganza a tu madre contra la hermosura rebelde y -contumaz de esta mujer; y sobre todo te ruego que esta doncella sea -enamorada de muy ardiente amor del más bajo y vil hombre que en todo el -mundo se halle! - -Después que Venus hubo dicho esto, besó y abrazó a su hijo, y fuese a -la ribera de un río que estaba cerca, donde con sus hermosos pies holló -el rocío de las ondas de aquel río, y de allí se fue a la mar, a donde -todas las ninfas le vinieron a servir. - -Allí vinieron las hijas de Nereo cantando, y el dios Neptuno con su -áspera barba del agua de la mar y con su mujer Salicia, y Palemón, que -es guiador del Delfín, y las compañas de los tritones, saltando por la -mar, unos tocando trompetas, otros traían un palio de seda, porque el -sol no le tocase; otros llevan el espejo delante de la diosa. De esta -manera, nadando con sus carros por la mar, todo este ejército acompañó -a Venus hasta el Océano. - -Entretanto, la doncella Psique, con su hermosura para sí, ningún fruto -recibía de ella. Todos la miraban y alababan, pero ningún rey, ni otro -alguno, la pedía por mujer. Maravillábanse de ver su divina hermosura, -pero era como quien ve una estatua de una diosa pulidamente fabricada. - -Las dos hermanas mayores, como eran medianamente hermosas, no eran -tanto divulgadas por los pueblos, y habían sido casadas con dos reyes -que las pidieron: ya estaba cada una en su casa, reina y señora. Mas -esta doncella Psique estaba en casa de su padre, llorando su soledad, y -siendo virgen era viuda, por la cual causa estaba enferma en el cuerpo -y llagada en el corazón. Aborrecía su hermosura, porque todos pasmaban -de verla. - -El mezquino padre, sospechando que alguna ira y odio tuviesen los -dioses contra su desventurada hija, acordó de ir a consultar el oráculo -antiguo del dios Apolo, que estaba en la ciudad de Mileto, y con sus -sacrificios y ofrendas suplicó a aquel dios que diese casa y marido a -la triste de su hija. Apolo le respondió en esta manera: - ---Pondrás esta moza, adornada del aparato delante, en el más alto -peñasco que hallares, y déjala allí. No esperes yerno que sea nacido -de linaje mortal, mas espéralo fiero y cruel y venenoso como serpiente, -el cual, volando, fatiga con sus saetas a todos. - -El rey, que siempre fue próspero y favorecido, como oyó esto, triste y -de mala gana se tornó para su casa. Y dijo a su mujer el mandamiento -que el dios Apolo había dado a su desdichada suerte, por lo cual -lloraron y gimieron algunos días. - -En esto ya se llegaba el tiempo en que había de poner en efecto lo -que Apolo mandaba; de manera que comenzaron a aparejar todo lo que -la doncella tenía menester para sus mortales bodas. Encendieron las -lumbres de las hachas negras con hollín, y los alegres instrumentos -músicos se mudaron en lloro y amargura, los cantares en luto y lloro. -De manera que el triste hado de esta casa hacía entristecer a toda -la ciudad. El padre, por la necesidad que tenía de cumplir lo que -Apolo había mandado, procuraba de llevar a la mezquina de Psique a la -pena que le estaba profetizada; mas por otra parte, movido de piedad, -detenía el negocio, llorando amargamente. - -Entonces la hija dijo al padre y madre de esta manera: - ---¿Por qué, señores, atormentáis vuestra vejez con tan continuo -llorar? ¿Por qué fatigáis vuestro espíritu con tantos aullidos? ¿Por -qué ensuciáis esas caras con lágrimas que poco aprovechan? ¿Por qué -apuñeáis vuestros pechos con tanta fuerza? ¿Este será el premio y -galardón de mi hermosura? Vosotros estáis heridos mortalmente de la -envidia, y sentís tarde el daño. Cuando las gentes y los pueblos nos -honraban y celebraban con divinos honores; cuando todos a una voz me -llamaban la nueva diosa Venus, entonces os había de doler y llorar, -entonces me habíais ya de tener por muerta. Ahora veo y siento que solo -este nombre de Venus ha sido causa de mi muerte: llevadme ya en aquel -risco donde Apolo manda, porque ya querría ver acabadas estas tristes -bodas. - -Acabado de hablar esto la doncella, cayó en tierra, y como ya venía -todo el pueblo para acompañarla, metiose en medio de ellos y fueron -su camino a un lugar donde estaba un risco muy alto sobre un monte, -encima del cual pusieron la doncella, y allí la dejaron, poniendo en -su compañía las hachas negras que delante de sí llevaban ardiendo. -El pueblo, lleno de lágrimas, bajando sus cabezas, volvieron a sus -casas, acompañando al rey y a la reina, los cuales, cubiertos de luto y -cerrando las ventanas del palacio, se pusieron en perpetuo llanto. - -Psique, estando temerosa en aquella peña, vino un manso viento y muy -quietamente la puso en un delicioso prado, donde la dejó. - - - - -LIBRO V. - -ARGUMENTO. - - En este libro se contienen los palacios que Psique halló, y los - amores secretos que con ella tuvo el dios Cupido, y de cómo vinieron - a visitar a Psique sus mismas hermanas, y la envidia que de ella - tuvieron; por cuya causa, creyendo Psique lo que le aconsejaban, - quiso herir a su marido Cupido; por lo cual cayó de la cumbre de - su felicidad y fue puesta en tribulación. -- Y cómo las hermanas - hubieron el castigo que merecían por tan mal consejo como a su - hermana dieron. -- Y cómo Venus persigue a Psique, buscándola por - todas partes. - - -I. - - Cómo la vieja cuenta a la doncella cómo Psique fue llevada a unos - palacios muy poderosos, a donde holgó con su nuevo marido. - ---Hallándose Psique en aquel prado hermoso y florido, aliviose algún -tanto de la pena que en su corazón tenía. Y mirando a todas partes -vio una floresta con muy grande arboleda, y una fuente muy clara -y apacible, y allí junto estaba una casa real, la cual no parecía -edificada por mano de hombres, sino por los dioses. A la entrada de la -casa estaba un palacio tan rico y hermoso, que parecía morada de algún -dios, porque el zaquizamí y cobertura de madera era de cedro y marfil -maravillosamente labrado. Las columnas eran de oro, y todas las paredes -eran de plata. Y todos los aposentos y cámaras relucían con el oro, y -daban tanta claridad, que era cosa más celestial que humana. - -Psique, convidada con la hermosura de tal lugar, llegose cerca, y con -osadía entró dentro, maravillándose de lo que veía. Y dentro en la casa -vio muchos palacios y salas tan perfectamente adornados y aderezados, -que ninguna cosa había en el mundo que allí no hubiese; pero sobre -todo, de lo que más se maravilló fue de ver los aposentos tan llenos de -oro y riquezas, y sin cerradura ni guarda. - -Andando ella con gran placer mirando estas cosas, oyó una sola voz que -le decía: «¿Por qué, señora, te espantas de tantas riquezas? Tuyo es -todo esto que aquí ves; por tanto, entra en la cámara y descansa en la -rica cama, y cuando quisieres pide agua para bañarte, que nosotras, -cuyas voces oyes, somos tus siervas, y en todo lo que mandares te -serviremos, y luego vendrá la comida, que bien aparejada está para -esforzar tu cuerpo.» - -Cuando esto oyó Psique, entendió que aquello era ordenado por algún -dios, y descansando de su fatiga, durmió un poco, y después que -despertó levantose y lavose, y viendo que la mesa estaba puesta y -aparejada, se fue a sentar a ella; luego vinieron muchos manjares y -un vino que se llama néctar, del que los dioses beben, lo cual todo -no parecía quién lo traía, solamente parecía que venía en el aire, ni -tampoco la señora podía ver a nadie, mas solamente oía las voces que -la hablaban. Después que hubo comido le vinieron a cantar y tañer muy -suavísimamente sin ser vistos los músicos. - -Acabado este placer ya que era noche, Psique se fue a dormir, temiendo -la guarda de su virginidad. Y estando con este miedo vino el marido no -conocido, y acostándose junto a ella se confirmó el matrimonio; y antes -que fuese de día se partió de allí, y luego aquellas voces fueron oídas -en la cámara y comenzaron a curar de la novia. - -De esta manera pasó algún tiempo sin ver a su marido; ella, por la -mucha continuación de las voces y del servicio que le hacían, lo tenía -ya por deleite y pasatiempo. - -Entretanto su padre y madre se envejecían en llanto y luto continuo, -y la fama de este negocio cómo había pasado, llegó adonde estaban las -hermanas mayores casadas, las cuales con mucha tristeza, cargadas de -luto, dejaron sus casas y vinieron a ver a sus padres para hablarles y -consolarles. - -Aquella misma noche el marido habló a su mujer Psique, que aunque no lo -veía, bien lo oía y con sus manos palpaba, y la dijo de esta manera: - ---¡Oh, señora mía y muy amada mujer, la fortuna cruel te amenaza con -un peligro de muerte, del cual yo querría que te guardases; con mucha -cautela tus hermanas, turbadas pensando que tú eres muerta, han de -venir a aquel risco en donde tú aquí viniste; si tú, por ventura, -oyeres sus voces y llantos, no les respondas en ningún modo, porque si -lo haces, darásme gran dolor y para ti causarás un grandísimo mal que -te será casi la muerte! - -Ella prometió de hacer todo lo que el marido le mandase; pero como -la noche fue pasada y el marido de ella partido, todo aquel día la -doncella consumió en llantos y en lágrimas, diciendo que estaba en una -hermosa cárcel apartada de toda conversación humana, y que no podía -ver a sus hermanas, ni aun responderlas. De esta manera, aquel día ni -quiso lavarse, ni comer, ni holgarse con cosa alguna, sino llorando con -muchas lágrimas, se fue a dormir. - -Luego vino el marido, y acostándose en la cama la comenzó a reprender -de esta manera: - ---¡Oh, mi señora Psique! ¿Esto es lo que tú me prometiste? ¿Qué te -puedo yo aconsejar siendo tu marido, que no sea tu provecho? Anda ya, y -haz lo que te pareciere. Porque cuando te viniere el mal, te acordarás -de lo que te he amonestado. - -Entonces ella, con muchos ruegos, le hizo conceder que ella hable a sus -hermanas y les dé todas las piezas de oro y joyas que quisiere. Pero -muchas veces le amonestó que no curase de sus palabras ni curase de -saber la cara y figura de su marido, porque si esto pretendiese, que -caería de tanta felicidad como tenía. - -Ella le dijo que todo lo cumpliría, y con muchos besos y abrazos que le -daba, juntamente le pidió que mandase al viento que trajese allí a sus -hermanas, así como a ella había traído, todo lo cual él le otorgó, y -viniendo la mañana se partió del lecho. - -Las hermanas preguntaron por aquel risco o lugar donde habían dejado -a Psique, y luego se fueron para allá, donde comenzaron a llorar y -dar grandes voces, hiriéndose en los pechos, tanto, que a las voces -que daban acudió Psique, diciéndoles: «¿Por qué os afligís con tantas -lágrimas y tristes voces? Dejad, hermanas, el llanto, y venid a ver y -abrazar a quien lloráis.» - -Entonces llamó al viento cierzo, y mandole que hiciese lo que su marido -le había mandado. Él, sin más tardar, obedeciendo a su mandamiento, -trajo luego a sus hermanas muy mansamente, sin fatiga ni peligro -alguno, y como llegaron, comenzáronse a abrazar y a besar unas a -otras con grandísimo contentamiento. Y Psique les dijo que entrasen -en su casa alegremente y descansasen con ella de su pena y fatiga, -deleitándose en ver tan suntuoso y rico palacio y frescos jardines. - - -II. - - Cómo prosiguiendo la vieja en su cuento, dice cómo las dos hermanas - de Psique la vinieron a ver y le tuvieron envidia. - ---Después que así les hubo hablado, mostroles la casa y las grandes -riquezas de ella, y la mucha familia de los que le servían, oyéndolos -solamente. Después las mandó a un baño muy rico y hermoso, y luego -vinieron a comer, donde había muchos manjares abundantemente. En tal -manera, que la hartura y abundancia de tantas comidas y riquezas (más -de los dioses que humanas), criaron envidia en sus corazones contra -ella. Finalmente, que le comenzaron a preguntar curiosamente les dijese -quién era el señor de aquellas riquezas celestiales. Pero Psique, -disimulando, les dijo que su marido era un mozo hermoso que le apuntaba -la barba, el cual andaba ocupado en la caza de montería. Y por no -tratar más en este negocio, les dio mucho oro y piedras preciosas, y -mandó al viento que las tornase a llevar de donde las había traído. - -Lo cual hecho, las hermanas, tornándose a casa, iban ardiendo con la -hiel de la envidia que les crecía, y una otra hablaban sobre ello -muchas cosas, entre las cuales la una dijo esto: - ---Mirad ahora qué escasa es la fortuna, ciega malvada; ¿parécete bien -que seamos todas hijas de un padre y madre, y que tengamos diversos -estados; nosotras que somos mayores que ella, seamos esclavas de -maridos advenedizos, y que vivamos como desterradas fuera de nuestra -tierra, y apartadas muy lejos de la casa y reino de nuestros padres, -y esta nuestra hermana, última de todas, que haya de poseer tantas -riquezas, y tener un dios por marido, y aun cierto ella no sabe bien -usar de tanta muchedumbre de riquezas como tiene? ¿No viste tú, -hermana, cuántas cosas están en aquella casa, cuántos collares de -oro, cuántas vestiduras resplandecientes, y cuántas piedras preciosas -relumbran por ella? Por cierto, si ella tiene el marido hermoso mancebo -como nos dijo, ninguna más bienaventurada que ella. Y demás de esto, -manda a los vientos, y tiene por servidoras las voces. Yo, mezquina, -lo primero que puedo decir es que fui casada con un marido más viejo -que mi padre y más calvo que una calabaza, y más flaco que un niño, -guardando de continuo la casa. - -La otra dice: - ---Pues yo sufro a otro marido gotoso y aun corcovado, por lo cual nunca -tengo placer con él, fregándole de continuo sus dedos, endurecidos como -piedras, con medicinas hediondas, que ya estoy harta de tantos trabajos -como paso con él; pero tú, hermana, paréceme que sufres esto con ánimo -paciente, mas yo en ninguna manera puedo sufrir que tanta riqueza -y bienaventuranza tenga esta melindrosilla. ¿No te recuerdas cuán -soberbiamente y con cuánta arrogancia se hubo con nosotras, las piezas -que nos mostró con tanta vanidad, y de tantas riquezas como allí había -no nos dio más de esto poquito, y luego mandó al viento que nos llevase -luego fuera? Pues no me tendría yo por mujer si no la echase de tantas -riquezas. Tomemos yo y tú algún buen consejo para esto que digo, y -estas cosas que llevamos que ella nos dio, no las mostremos a nuestros -padres ni digamos cosa alguna de su salud y vida, ni publiquemos las -muchas riquezas que vimos, porque no so pueden llamar bienaventurados -aquellos cuyas riquezas no son sabidas: ahora dejemos esto y tornemos -a nuestros maridos, y después, instruidas con mayor acuerdo y consejo, -tornaremos más fuertes para castigar su soberbia. - -Este mal consejo parecía bueno a las dos malas hermanas; y escondidas -las joyas y dones que Psique les había dado, tornáronse desgreñadas -como que venían llorando, y rascándose las caras, fingiendo de nuevo -grandes llantos. En esta manera dejaron sus padres, refrescándoles su -pena y dolor, y fuéronse a sus casas. - - -III. - - Cómo Cupido avisa a su mujer que en ninguna manera oiga a sus - hermanas, porque la quieren echar a perder. - -Viendo Cupido los engaños y maldades que las hermanas ordenaban, habló -a Psique de esta manera: - ---¿No ves cuánto peligro te está aparejado de la cruel e inconstante -fortuna, por medio de tus hermanas? Por eso, si tú de lejos no te -apercibes, yo creo que te derrocará y hará mucho mal. Aquellas lobas -tejen una desleal y mala tela para tu perdición. Ellas te quieren -persuadir que tú veas mi cara, la cual, como muchas veces te he dicho, -tú no verás; mas si intentares verla, ya aquellas malas brujas vienen -armadas con sus malignos corazones encendidos de envidia por echarte a -perder: tú no hables con ellas ni las admitas a que te vengan a ver. -Y si por tu liviandad y amor que les tienes no te pudieres sufrir sin -hablarles, no les respondas ni les des oídos a todo lo que hablaren -acerca de tu marido, porque haciéndolo de esta manera acrecentaremos -nuestro linaje, que este tu vientre un niño trae ya, y si tú encubres y -guardas lo que te digo, ese niño que parieres será inmortal; haciéndolo -de otra manera, yo te digo que será mortal. - -Psique, cuando esto oyó, alegrose mucho con la divina generación, -y prometió a su marido hacer lo que él decía. Pero aquellas furias -espantables de sus hermanas ya deseaban echar de sí el veneno de -serpientes: y con este deseo aceleraban su camino por la mar cuanto -podían. - -En esto el marido de Psique de nuevo la tornó a amonestar diciéndole -las mismas palabras que de antes le había dicho. - -Ella entonces, llorando, le dijo: - ---Bien sabes tú, señor, que yo no soy parlera; ya el otro día me -enseñaste la fe que te había de guardar y lo que había de callar; así, -que ahora tú no verás que yo mude la constancia y firmeza de mi ánimo; -solamente te ruego que mandes al viento que haga su oficio y que sirva -en lo que le mandare, y en lugar de tu vista, pues me la niegas, a lo -menos consiente que yo goce de la vista de mis hermanas. Esto, señor, -te suplico por estos tus cabellos lindos y olorosos y por el amor que -te tengo, aunque no te conozco de vista. Así conozca tu cara en este -niño que traigo en el vientre, que concedas a mis ruegos, haciendo que -yo goce de ver y hablar a mis hermanas. Y de aquí adelante no curaré -más de querer conocer tu cara, y no me curo que las tinieblas de la -noche me quiten tu vista, pues yo tengo a ti, que eres mi lumbre. - -Con estas palabras, abrazando a su marido y llorando, limpiaba las -lágrimas con sus cabellos, tanto que él fue vencido y prometió de hacer -todo lo que ella quería, y luego, antes que amaneciese, se partió de -ella, como acostumbraba. - -Las hermanas, con su mal propósito, en llegando no curaron de ver a sus -padres, sino en saliendo de las naos, derechas se fueron a aquel risco, -a donde con el ansia que tenían no esperaron que el viento les ayudase, -antes con temeridad y osadía se echaron de allí abajo; pero el viento, -recordándose de lo que su señor le había mandado, recibiolas en sus -alas y púsolas muy mansamente en el suelo. - -Ellas se metieron luego en casa, y van a abrazar a la que querían -perder, y comenzáronla a lisonjear de esta manera: - ---Hermana Psique, ya nos parece que estás preñada. ¡Oh, cuán -bienaventuradas somos nosotras, pues tenemos hermana que posee tantas -riquezas, y más bienandante serás tú cuando te naciere el hijo, porque -si él te pareciere, será el segundo dios Cupido! - -Con estas palabras maliciosas ganaban la voluntad de su hermana. - -Ella las mandó lavar en el rico baño, y después de lavadas sentáronse -a la mesa, donde les fueron dados manjares reales en abundancia, y -luego vino la música y comenzaron a cantar y tañer muy suavemente, que -parecía celestial. Pero con todo esto no se amansaba la maldad de las -falsas mujeres, antes procuraban de armar su lazo de engaños que traían -pensado. Y comenzaron disimuladamente a meter palabras, preguntándole -qué tal era su marido, de qué nación y ley venía. - -Psique, habiendo olvidado lo que su marido le encomendara, comenzó -a fingir una nueva razón, diciendo que su marido era de una gran -provincia, y que era mercader de muy gruesa mercadería, y que era -hombre de media edad. - -No tardó mucho en esta habla, que luego las cargó de joyas y ricos -dones, y mandó al viento que las llevase. - -Después que fueron idas, entre sí iban hablando de esta manera: - ---¿Qué diremos de esta loca? La otra vez nos dijo que era su marido -mancebo desbarbado, y ahora nos dice que es de media edad. ¿Quién será -este que tan presto se hizo viejo? - ---Cierto, hermana; o esta mala hembra nos miente, o ella no conoce -a su marido, y cualquier cosa de estas que sea, nos conviene que la -echemos de estas riquezas. Ahora volvámonos a casa de nuestros padres y -callémonos esto, encubriéndolo con el mejor modo que pudiéremos. - - -IV. - - Cómo vinieron las hermanas tercera vez a Psique, y del mal consejo - que le dieron y lo que acaeció a Psique. - -Al otro día, sin poder tomar reposo, luego las dos hermanas fueron -al risco o peñasco, de donde, con la ayuda del viento acostumbrado, -volaron hasta casa de Psique, y con unas pocas lágrimas que por fuerza -y apretando los ojos sacaron, comenzaron a hablar a su hermana de esta -manera: - ---Tú piensas que eres bienaventurada y estás segura y sin ningún -cuidado, no sabiendo cuánto mal y peligro tienes; pero nosotras, que -con grandísimo cuidado velamos sobre lo que te cumple, mucho somos -fatigadas con tu daño, porque has de saber que hemos hallado por -verdad que este tu marido que se echa contigo es una serpiente grande -y venenosa; lo cual, con el dolor y pena que de tu mal tenemos, no te -podemos encubrir, y ahora se nos recuerda de lo que el dios Apolo dijo -cuando le consultaron sobre tu casamiento, que tú eras señalada para -casarte con una cruel bestia. Y muchos de los vecinos de estos lugares, -que andan a cazar por estas montañas, dicen que han visto este dragón -por aquí cerca, y que se echa a nadar por este río para pasar acá, y -todos afirman que te quiere engordar con estos regalos y manjares que -te da; y cuando esta tu preñez estuviere más crecida, y tú estuvieres -bien llena, por gozar de más hartura, que te ha de tragar. Tú ahora, -hermana, mira bien lo que te decimos, porque mejor será que vivas -entre los tuyos, que no estar aquí solitaria en peligro tan grande. - -Psique, como era muchacha y de noble condición, creyó lo que le -dijeron, y con palabras tan espantables, salió casi de seso, por lo -cual olvidó las amonestaciones de su marido; y así, turbada, les dijo: - ---Vosotras, hermanas, hacéis lo que debéis a virtud, y eso que decís -trae camino, porque yo hasta hoy nunca pude ver la cara de mi marido; -solamente le oigo hablar de noche, y así paso con marido incierto que -huye de la luz, y siempre me amenaza que me vendrá gran mal si porfío -ver su cara. - -Cuando las malas mujeres hallaron el corazón de su hermana descubierto, -dejados los engaños secretos, comenzaron con las espadas desenvainadas -públicamente a combatir el pensamiento temeroso de la simple mujer, y -la una de ellas dijo de esta manera: - ---El mejor camino que yo veo en este negocio es que has de esconder -secretamente en la cama donde te sueles acostar, una navaja bien aguda, -y pondrás un candil lleno de aceite, encendido, debajo de alguna -cobertura al canto de la cámara, y con este aparejo, disimuladamente, -cuando viniere aquel serpiente a acostarse como suele, desde que ya -tú veas que él duerme, salta de la cama, y muy pasico, saca el candil -de debajo de donde está escondido, y con la navaja en la mano, con el -mayor esfuerzo que pudieres, dale en el nudo de la cerviz de aquel -serpiente venenoso, y córtale la cabeza; y no pienses que te faltará -nuestra ayuda y favor, porque después de esto hecho te llevaremos en -nuestra compañía con todas estas riquezas, y te casaremos con quien -mereces. - -Con estas palabras encendieron tanto las hermanas a Psique, que la -dejaron ardiendo, y ellas, temiendo del mal consejo que le daban no -les viniese algún gran mal por ello, se partieron luego; y con el -viento acostumbrado, se fueron hasta encima del risco, de donde se -fueron lo más presto que pudieron, y entráronse en sus naos, y fuéronse -a sus tierras. - -Psique quedó sola, y llorando pensaba cómo había de hacer aquel -negocio; por una parte osaba, y por otra temía. En fin, lo que más le -fatigaba era que en un mismo cuerpo aborrecía la serpiente y amaba a su -marido. - -Ya que la noche venía, comenzó a aparejar el candil y navaja, para su -mal. Siendo de noche, vino el marido a la cama, el cual, desde que -hubo burlado con ella, comenzó a dormir suavemente. Entonces Psique se -levantó de la cama, y sacado el candil debajo de donde estaba, tomó la -navaja en la mano, y como alumbrase con el candil, y descubriese todo -el secreto de la cama, vio una bestia la más mansa y dulce de todas las -fieras; digo que era aquel dios del amor, que se llama Cupido, el cual -estaba acostado muy hermosamente, y con su vista alegrándose, la lumbre -del candil creció, y la aguda y sacrílega navaja resplandeció. - -Cuando Psique vio tal cosa, espantada y fuera de sí, se cortó y cayó -sobre las rodillas, y la navaja se le cayó de las manos. Estando así -fatigada y desfallecida, cuanto más miraba la cara divina de Cupido, -tanto más se recreaba con su hermosura. Ella le vio los cabellos como -hebras de oro, llenos de olor divino; el cuello blanco como la leche; -la cara blanca y roja, como rosas coloradas, y los cabellos de oro -colgando por todas partes que resplandecían como el sol, y vencían la -lumbre del candil. Tenía en los hombros péñolas de color de rosas y -flores; y todo lo demás del cuerpo estaba hermoso, como convenía a hijo -de la diosa Venus, que lo parió sin arrepentirse por ello. - -Estaban ante los pies de la cama el arco y saetas; que son armas del -dios de amor; lo cual todo estando mirando Psique, no se hartaba de -mirarlo; maravillándose de las armas de su marido, saca del carcax una -saeta, y estándola tentando con el dedo, a ver si era tan aguda como -decían, hincósele un poquito de la saeta, de manera que tiró sangre -de color de rosas, y de esta manera Psique, no sabiéndolo, cayó y fue -presa en amor del dios de amor. Entonces con mayor ardor de amor se -abajó sobre él y lo comenzó a besar con tan gran placer, que temía no -despertase tan presto. - -Estando ella en este placer herida del amor, el candil que tenía en la -mano, o por no serle fiel, o de envidia mortal, o por ventura que él -también quiso tocar el cuerpo de Cupido, echó de sí una gota de aceite -hirviendo, y cayó sobre el hombro derecho de Cupido. - -De esta manera el dios Cupido, quemado, saltó de la cama, y conociendo -que su secreto era descubierto, callando, desapareció y huyó de -los ojos de Psique, la cual se pegó a una de sus piernas cuando se -levantaba, y así fue colgando de sus pies por las nubes del cielo, -hasta tanto que, cansada, cayó en el suelo. Pero el dios de amor no la -quiso desamparar en la caída, y vino volando a sentarse en un ciprés -que allí estaba, de donde la empezó a reprender, diciendo: - ---¡Oh, Psique, mujer simple! Yo, no recordándome de los mandamientos de -mi madre Venus, la cual me había mandado que te hiciese ser enamorada -del más miserable hombre del mundo, te quise bien y fui tu enamorado; -pero esto que hice, bien sé que fue hecho livianamente, y yo mismo, que -tiro a los otros con mis saetas, me herí a mí, y te tomé por mi mujer, -y tú querías cortar mi cabeza. ¿No sabes tú cuántas veces te decía que -te guardases de querer ver mi cara? Pero aquellas malas y envidiosas -de tus hermanas presto me pagarán el consejo que te dieron. - -Diciendo esto, levantose con sus alas y voló en alto hacia el cielo; -Psique quedó echada en tierra, y cuanto podía con la vista, miraba cómo -su marido iba volando, y afligía su corazón con muchos lloros y gemidos. - -Después que su marido desapareció, desesperada se echó en un río que -allí cerca estaba; pero el río, por honra del dios de amor, cuya mujer -ella era, tomola encima de sus ondas sin hacerle algún mal, y púsola -sobre las flores y hierbas del campo. - -Acaso el dios Pan, que es dios de las montañas, estaba asentado en un -otero cerca del río, enseñando a tañer una flauta a la ninfa Caña, y -viendo a Psique tan desmayada y llena de dolor, llamola, y halagándola -con buenas palabras, le dijo: - ---Doncella hermosa, bien veo que andas fatigada de dolor; mas no se -puede resistir a los crueles hados, por tanto, ten paciencia, y no -vuelvas a echarte en el río ni te mates con ningún otro género de -muerte. Antes procura aplacar con plegarias al dios Cupido, que es el -mayor de los dioses, y trabaja por merecer su amor, con servicios y -halagos, porque es mancebo delicado y muy regalado. - - -V. - - Cómo Psique fue a sus hermanas a quejarse de su desdicha mala, y del - castigo que sus hermanas recibieron. - -Hablando de esta manera el dios Pan a Psique, ella, sin responderle -palabra, comenzó a caminar por una senda que allí vio, y tanto anduvo, -hasta que llegó a una ciudad, adonde era el reino de una de sus -hermanas. La cual hermana, como supo que estaba allí Psique, mandola -entrar. Y después que se hubieron abrazado ambas a dos, preguntole qué -era la causa de su venida. Psique le respondió: - ---¿No te recuerdas tú, señora hermana, el consejo que me disteis ambas -a dos, que matase aquella grande bestia que conmigo se acostaba, antes -que me tragase, para lo cual me diste una navaja? Y como yo quisiese -poner por obra vuestro consejo, saqué el candil, y luego que miré su -gesto y cara, veo una cosa divina y maravillosa, al hijo de la diosa -Venus, digo al dios Cupido, aquel dios de amor que estaba hermosamente -durmiendo, y como yo estaba pasmada de ver un dios tan hermoso y tan -resplandeciente, acaso cayó una gota de aceite hirviendo del candil -sobre su hombro, y con el dolor despertó; y como me vio armada con -hierro y fuego, díjome: - ---¿Cómo has hecho tan gran maldad y traición? Anda, vete luego de mi -casa, que yo casaré con una de tus hermanas, y la dotaré de más ricas -piezas que a ti. - -Y diciendo esto, mandó al viento cierzo que me pusiese muy lejos de su -casa. - -No había acabado Psique de hablar estas palabras, cuando la hermana, -incitada de envidia inmortal, compuesta una mentira para engañar a su -marido, diciendo que había sabido de cómo su padre estaba a la muerte -metiose en una nao, y fue navegando hasta que llegó a aquel risco, en -el cual subida, dijo: - ---¡Oh, Cupido! Recíbeme, que soy perteneciente para ser tu mujer, y tú, -viento cierzo, recibe a tu señora. - -Con estas palabras dio un salto grande del risco abajo, pero ella ni -viva ni muerta pudo llegar al lugar que deseaba, porque se hizo por -aquellas peñas pedazos, como merecía. - -Tras de esta no tardó mucho la pena y venganza de la otra hermana, -porque yendo Psique por su camino más adelante llegó a otra ciudad, -en la cual moraba la otra su hermana, a la cual asimismo engañó con -decirle lo que había dicho a la otra. Y queriendo el casamiento que no -le cumplía, fuese a aquel risco, de donde fue despeñada. - -Entretanto Psique andaba muy congojosa en busca de su marido Cupido por -todos los pueblos y ciudades; pero él, herido de la llaga que le hizo -la gota de aceite del candil, estaba echado enfermo, gimiendo, en la -cámara de su madre. - -Entonces un ave blanca que se llama gaviota, zambullose dentro en la -mar, y halló allí a la diosa Venus, que se estaba lavando, nadando y -holgando, a la cual se llegó y le dijo cómo su hijo Cupido estaba malo -de una llaga de fuego que le daba mucho dolor: diciéndole más: que él -se había estado apartado de las gentes, metido en una sierra con una -doncella muy hermosa, la cual le había hecho la llaga, y que en el -mundo ya no había amor ni policía alguna, ni nadie se casaba, ni se -amaban los casados, sino todo andaba al contrario, feo y enojoso para -todos. - -Cuando aquella ave parlera dijo estas cosas a Venus, llena de ira y -enojo contra su hijo Cupido, exclamó diciendo estas palabras: - ---Paréceme que ya aquel bueno de mi hijo tiene alguna amiga; hazme -tanto placer tú, que me sirves con más amor que ninguna, que me digas -el nombre de aquella que engañó a este muchacho sin barbas y de poca -edad, ahora sea alguna de las ninfas o del número de las diosas, ahora -sea del coro de las musas o del ministerio de mis gracias. - -Aquella ave parlera no calló lo que sabía, diciendo: - ---Por cierto, señora, no sé bien cómo se llama, mas pienso, si bien me -recuerdo, que la que tu hijo ama se llama Psique. - -Entonces Venus, indignada, comenzó a dar voces, diciendo: - ---Ciertamente, él debe amar a aquella Psique, que pensaba tener mi -gesto y era envidiosa de mi nombre; de lo que más tengo enojo en este -negocio, es que me hizo a mí alcahueta, porque yo le mostré y enseñé -por dónde conociese a aquella moza. - -De esta manera, riñendo y gritando, prestamente se salió de la mar y -fuese luego a su cámara, a donde halló a su hijo malo, según lo había -oído, y desde la puerta comenzó a dar voces, diciendo de esta manera: - ---Honesta cosa es, y que cumple mucho a nuestra honra y fama, lo que -tú has hecho parecerte buena cosa, menospreciar y tener en poco los -mandamientos de tu madre, dándome pena con los amores de mi enemiga -que tenía robada en el mundo mi honra y honor. ¿Piensas tú que -tengo yo de sufrir, por amor de ti, nuera que sea mi enemiga? Pero -tú, mentiroso y corrompedor de costumbres, presumes que tú solo eres -engendrado para los amores, y que yo no podré parir otro Cupido; pues -quiero ahora que sepas que yo podré engendrar otro hijo mucho mejor que -tú; y aun porque más sientas la injuria, adoptaré por hijo a alguno de -mis esclavos y servidores, y darle he alas y llamas de amores, con el -arco y las saetas y todo lo otro que a ti di. - -Después que Venus hubo dicho esto, saliose fuera muy enojada diciendo -palabras de enojo; pero la diosa Ceres y Juno, como la vieron enojada, -la fueron a acompañar, y la preguntaron qué era la causa por que -traía el gesto tan turbado, y los ojos, que resplandecían (de tanta -hermosura), traía tan revueltos mostrando su enojo. - -Ella respondió: - ---A buen tiempo venís para preguntarme la causa de este enojo que -traigo, aunque no por mi voluntad, sino porque otro me lo ha dado; por -ende, yo os ruego que con todas vuestras fuerzas busquéis a aquella -huidora de Psique doquier que la hallareis, porque yo bien sé que -vosotras sabéis toda la historia de lo que ha acontecido en mi casa con -este hijo que no oso decir que es mío. - -Ellas, sabiendo las cosas que habían pasado, deseando amansar la ira de -Venus, comenzáronle a hablar de esta manera: - ---Qué, ¿tan gran delito pudo hacer tu hijo, que tú, señora, estés -contra él enojada con tan gran pertinacia y melancolía, y que a aquella -que él mucho ama tú la desees destruir? Rogámoste que mires bien si -es crimen para tu hijo que le pareciese bien una doncella; ¿no sabes -tú que es hombre? ¿Hásete ya olvidado cuántos años tiene tu hijo, o -porque es mancebo y hermoso tú piensas que es todavía muchacho? Tú eres -su madre y mujer de seso, y siempre has experimentado los placeres y -juegos de tu hijo, ¿y tú culpas en él y reprendes sus artes y amores, y -quieres cerrar la tienda pública de los placeres de las mujeres? - -De esta manera ellas querían satisfacer por el dios Cupido, por miedo -de sus amorosas saetas. Mas Venus, viendo que burlaban de ella, las -dejó con la palabra en la boca y se volvió a la mar, de donde había -salido. - - - - -LIBRO VI. - -ARGUMENTO. - - Después de haber Psique con mucha fatiga buscado a Cupido, se ofreció - a Venus, y con cuánta soberbia fue tratada de ella; mandole hacer - cosas imposibles; conviene a saber: que apartase de un montón grande - todas las simientes, cada linaje de granos por su parte, y que le - trajese el fleco del vellocino de oro, y del agua Estigia infernal - le trajese un jarro lleno. -- Asimismo le trajese una bujeta llena - de la hermosura de Proserpina. -- Todas las cuales cosas hechas por - ayuda de los Dioses, Psique casó con su marido Cupido en el Concilio - de los Dioses, y sus bodas fueron celebradas en el cielo, del cual - matrimonio nació el deleite. - - -I. - - Cómo Psique fue al templo de la diosa Ceres y al de Juno a - demandarles socorro y ayuda para su fatiga, y ninguna se lo dio por - no enojar más a Venus, que estaba enojada. - -La desdichada Psique andaba por diversas partes y caminos buscando a -su marido, y tanto más le crecía el deseo de hallarlo, cuanta era la -pena que traía en buscarle. Y deliberaba entre sí que si no le pudiese -con sus halagos como mujer amansar, que a lo menos con sus ruegos y -oraciones lo aplacara. - -Yendo así pensando en esto, vio un templo encima de un alto monte, y -dijo: - ---¿Qué sé yo ahora si por ventura mora mi señor en este templo? Y luego -se fue hacia allá; y habiendo subido a aquel monte, llegó al templo -y entró, donde vio muchas espigas de trigo y cebada derramadas por -el suelo sin ningún orden ni concierto. Psique, como vio estas cosas -derramadas, comenzó a apartar cada cosa por su parte, y a componerlo y -a ataviarlo todo. - -Estando en esta obra, entró la diosa Ceres, y como la viese, comenzole -a decir. - ---¡Oh Psique desventurada, la diosa Venus anda por todo el mundo con -grandísima ansia buscándote, y pretende traerte a la muerte, y tú ahora -estás aquí teniendo cuidado de mis cosas! - -Entonces Psique echose a sus pies y comenzolos a regar con sus -lágrimas, suplicándole y pidiéndole perdón, diciendo: - ---Ruégote, señora, por la tu diestra mano, sembradora de los panes, -y por las ceremonias alegres de las sementeras, y por las aradas y -barbechos de Sicilia, y por los sacrificios que se hacen en la ciudad -Eleusina, que tú socorras a la triste ánima de tu sierva Psique, y -consiente que entre estos montones de espigas me pueda esconder algunos -pocos días hasta que pase la cruel y vengativa ira de tan gran diosa -como es Venus. - -Ceres le respondió: - ---Ciertamente yo me he conmovido a compasión por ver tus lágrimas y lo -que me ruegas, y deséote ayudar, pero no quiero incurrir en desgracia -de mi cuñada, con la cual tengo antigua amistad. Así que tú parte luego -de mi casa, y recibe en gracia que no fuiste presa por mí ni retenida. - -Cuando Psique esto oyó, llena de mayor dolor, tomó su camino adelante, -y habiendo andado un gran rato, vio un hermoso templo que estaba en una -selva de mucha arboleda, edificado muy pulidamente, en el cual entró y -vio en él muy ricos dones de ropas y vestiduras colgadas de los troncos -y ramas de los árboles con letras de oro que decían la causa por que -eran allí ofrecidas, y el nombre de la diosa a quien se daban. - -Entonces Psique, hincando las rodillas en el suelo y con las manos -tocando el altar y limpiándolas con lágrimas de sus ojos, comenzó a -decir de esta manera: - ---¡Oh tú, Juno, mujer y hermana del gran Júpiter, o estés en el antiguo -templo de la isla de Samos, la cual se glorifica porque tú naciste y te -criaste allí; o estés en la silla de la alta ciudad de Cartago, la cual -te adoró como doncella que fuiste llevada al cielo encima de un león; o -estés en la ribera del río Ínaco, el cual hace memoria de ti, que eres -casada con Júpiter y reina de las diosas; o estés en las ciudades de -los griegos, adonde todos te honran como a diosa de los casamientos; -donde quiera que estés, te ruego que socorras mis extremas necesidades -y peligros! - -Acabado de decir esto, luego le pareció la diosa Juno, y díjole: - ---Yo te quisiera remediar con mi ayuda y favor; pero contra la voluntad -de Venus, mi nuera, la cual siempre tuve en lugar de hija, no lo -puedo hacer, porque la vergüenza me resiste. Demás de esto, las leyes -prohíben que nadie pueda recibir los esclavos fugitivos contra la -voluntad de sus señores; por tanto, vete luego de aquí. - - -II. - - Cómo Psique se fue a presentar ante Venus por demandarle perdón, y - los trabajos que con ella hubo. - -De esta manera espantada Psique, viéndose desechada del favor de las -diosas, determinó presentarse ante la diosa Venus, pensando que con -esta humildad y obediencia la aplacaría. En este medio tiempo, Venus, -enojada de andar a buscar a Psique por la tierra, determinó subir al -cielo, y mandó aparejar su carro, el cual, Vulcano, su marido, muy -sutil y pulidamente había fabricado y se lo había dado en arras de su -casamiento, y luego a la hora salieron de su cámara cuatro palomas muy -blancas, pusiéronse en orden para llevar el carro, y como Venus subió -encima, comenzaron a volar alegremente, y tras el carro comenzaron a -volar muchos pajaritos y aves que cantaban muy dulcemente, haciendo -saber como Venus venía. - -En esta manera llegó al palacio real de Júpiter, y con mucha osadía -pidió que le mandase al dios Mercurio le ayudase con su voz, que había -menester para cierto negocio. - -Júpiter se lo otorgó, y mandó que así se hiciese. - -Entonces ella, alegremente, acompañándola Mercurio, se partió del cielo -y de esta manera habló a Mercurio: - ---Hermano de Arcadia, tú sabes bien que tu hermana Venus nunca -hizo cosa alguna sin tu ayuda y presencia, y ahora tú no ignoras -cuánto tiempo ha que yo no puedo hallar a aquella mi sierva que se -anda escondiendo de mí; así que ya no tengo otro remedio sino que -públicamente tú pregones que le será dado gran premio a quien la -descubriere. Por ende te ruego que hagas prestamente lo que te digo, y -en tu pregón da las señas e indicios por donde manifiestamente se pueda -conocer. - -Diciendo esto, se fue a su casa. - -No olvidó Mercurio lo que Venus le mandó hacer, y luego se fue por -todos los lugares y ciudades pregonando que si alguno mostrare o -prendiere a Psique, hija del rey y sierva de Venus, que anda huida, que -le dará por ello muy grande premio. - -De esta manera pregonando Mercurio, todos buscaban a Psique por ganar -el hallazgo, la cual cosa oída por ella, luego a mucha prisa se fue a -presentar al templo de Venus, y como llegó a las puertas del templo, -salió a ella una doncella de Venus, que había nombre Costumbre, y como -la vio, comenzó a dar grandes voces diciendo: - ---Vos dueña, mala esclava, ya sentís que tenéis señora; no sabéis -cuánto trabajo nos habéis dado, que andamos por todas las partes a -buscaros. Pero bien está pues caísteis en mis manos; haced cuenta que -caísteis en la cárcel del infierno, adonde para siempre jamás nunca -podréis salir, y muy prestamente recibiréis la pena de vuestra gran -contumacia y fiera rebeldía. - -Diciendo esto arremetió a ella, y tomándola por los cabellos, la llevó -ante Venus, la cual, como la vio, comenzose a reír, y meneando la -cabeza, rascándose en la oreja, comenzó a decir: - ---Basta, que ya fuiste contenta de hablar a tu suegra; mas antes creo -que lo hiciste por ver a tu marido, que está a la muerte de la llaga -que tú le causaste; pero está segura que yo te recibiré como conviene -a buena nuera. - -Y como esto dijo, llamó a sus criadas la Costumbre y la Tristeza, a las -cuales mandó que azotasen cruelmente a Psique. Ellas, obedeciendo el -mandamiento de su señora, dieron tantos azotes a la mezquina Psique, -que la atormentaron muy malamente, y luego la tornaron a presentar otra -vez ante su señora. Venus, como la vio, se comenzó otra vez a reír, y -dijo: - ---¿No veis cómo aun en el vientre que trae hinchado nos conmueve a -misericordia? Piensa hacerme abuela, bien dichosa con lo que saliere -de esta su preñez. Dichosa yo que en la flor de mi edad me llamarán -abuela, y el hijo de una bellaca oirá que le llamen nieto de la diosa -Venus; pero necia soy en decir esto, porque mi hijo no es casado, -por cuanto las personas no son iguales, y lo que hicieron entre sí -no es válido, que fue en un monte escondido y sin testigos, ni con -consentimiento de padre ni madre. - -Y diciendo esto, tomó trigo y cebada, mijo y centeno, garbanzos y -lentejas, lo cual todo mezclado y hecho un gran montón, dijo a Psique: - ---Tú me pareces mujer de gran cuidado: yo quiero experimentar tu -servicio; por tanto, aparta todos los granos de estas simientes que -están juntos en este montón, y cada simiente apartada me la has de dar -antes de la noche. - -Y diciendo esto, se fue a comer a las bodas de sus dioses. - -Psique, embarazada con la grandeza de aquel mandamiento, estaba -callando como una muerta, que nunca alzó la mano a comenzar tan grande -obra para nunca acabar. - -Entonces aquellas pequeñas hormigas del campo, teniendo mancilla de tan -gran trabajo y dificultad como era el de la mujer del dios de amor, -discurrieron prestamente por esos campos, y llamaron todas las huestes -de hormigas, diciéndoles: - ---¡Oh sutiles hijas, criadas de la tierra, madre de todas las cosas, -habed mancilla de una moza hermosa, mujer del dios de amor, y -socorredla presto, que está en gran peligro! - ---Entonces, como ondas de agua, venían infinitas hormigas, cayendo unas -sobre otras, y con mucha diligencia apartaron todo el montón, grano a -grano. Después de apartado y divisos todos los géneros de simiente, -prestamente se fueron de allí. - -Luego, al comienzo de la noche, Venus llegó, y vista la diligencia de -la obra, dijo: - ---¡Oh mala, no es tuya ni de tus manos esta obra sino de aquel a quien -tú más has placido! - -Y diciendo esto, echole un pedazo de pan para que comiese, y se fue a -acostar. - - -III. - - Cómo Venus mandó a Psique cosas muy dificultosas, las cuales acabó - con ayuda de los dioses. - -Y al otro día, luego que amaneció, mandó Venus llamar a Psique, y -díjole de esta manera: - ---¿Ves tú aquella floresta por donde pasa aquel río que tiene aquellos -grandes árboles alderredor, y ves aquellas ovejas resplandecientes y -de color de oro, que andan por allí paciendo, sin que nadie las guarde? -Pues ve allá luego, y tráeme la flor de su precioso vellocino, en -cualquier manera que lo puedas traer. - -Psique, de muy buena gana se fue allá, no con pensamiento de hacer lo -que Venus le había mandado, mas por dar fin a sus males, echándose de -un risco de aquellos dentro en el río. Y llegando cerca del río, una -caña verde, que es madre de la suave música, meneada de un dulce aire, -por inspiración divina le habló de esta manera: - ---Psique, tú que has sufrido tantas tribulaciones, no me quieras -ensuciar mis muy santas aguas con tu misérrima muerte, ni tampoco -llegues a estas espantosas ovejas; porque tomado el calor del sol, -suelen ser muy rabiosas, y con los cuernos agudos y las frentes de -piedra, y aun mordiendo con los dientes ponzoñosos, matan a muchos -hombres. Pero después que pasare el ardor del mediodía y las ovejas -se vayan a reposar a la frescura del río, podrás esconderte debajo de -aquel alto plátano, y como tú vieres que las ovejas, dejada toda su -ferocidad, comienzan a dormir, sacudirás las ramas y hojas de aquel -monte que está cerca de ellas, y allí hallarás las vedijas de oro, que -se pegan por aquellas varas cuando las ovejas pasan. - -En esta manera la caña, por su virtud y humanidad, enseñó a la mezquina -de Psique cómo se había de remediar. Ella, cuando esto oyó, no fue -negligente en cumplirlo; y así, haciendo todo lo que le dijo, hurtó el -oro con la lana de aquellos montes, y trájola a Venus. Mas con todo -esto, nunca se aplacó su ira, y con una risa falsa le dijo: - ---Tampoco creo yo ahora que en esto que tú hiciste faltó quien te -ayudase; pero yo quiero experimentar si por ventura tú lo haces con -esfuerzo tuyo y prudencia o con ayuda de otro: por ende, mira bien -aquella altura de aquel monte, a donde están aquellos riscos muy altos, -de donde sale una fuente de agua muy negra, que desciende por aquel -valle donde hace aquellas lagunas hondas y turbias, y de allí salen -algunos arroyos infernales, feos y temerosos a la vista de todos. De -allí, de la altura donde sale aquella fuente, tráeme este vaso lleno de -agua. - -Y diciendo esto, le dio un vaso de cristal, amenazándola si no lo traía -lleno como le decía. - -Psique, cuando esto oyó, aceleradamente se fue hacia aquel monte, -para subir encima de él, y desde allí echarse, para dar fin a su -amarga vida. Pero como llegó alderredor de aquel monte, vio una mortal -dificultad para llegar a él, porque estaba allí un risco muy alto, -que parecía llegar al cielo, y tan liso, que no había quien por él -pudiese subir, de encima del cual salía una fuente de agua muy negra -y espantable, que corría por aquellos riscos abajo, venía a un valle -grande, que estaba cercado de una parte y de la otra de grandes riscos, -a donde moraban dragones espantables, con los cuellos alzados y los -ojos tan abiertos para velar, que jamás los cerraban, ni pestañeaban; y -como ella llegó allí, las mismas aguas le hablaron, diciéndole muchas -veces que se apartase de allí, o si no, que moriría. - -Cuando Psique vio la imposibilidad que había de llegar a aquel lugar, -fue tornada como una piedra, en tal manera, que con el gran miedo del -peligro estaba tan muerta, que carecía del último consuelo y solaz -de las lágrimas; pero no pudo esconderse a los ojos de la divina -Providencia tanta fatiga y tribulación de la inocente Psique, la -cual, estando en esta fatiga, aquella ave real de Júpiter que se llama -águila, abiertas las alas, vino volando súbitamente, recordándose -del servicio que antiguamente hizo Cupido a Júpiter, cuando por su -diligencia arrebató a Ganímedes el troyano para su copero; queriendo -dar ayuda y pagar el beneficio recibido y ayudar a los trabajos de -Psique, mujer de Cupido, dejó de volar por el cielo, y vínose a la -presencia de Psique, y díjole en esta manera: - ---¿Cómo tú eres tan simple y necia de tales cosas, que esperas poderte -hartar, ni solamente tocar a una sola gota de esta fuente, no menos -cruel que santísima? ¿Tú nunca oíste alguna vez que estas aguas -estigias son espantables a los dioses y aun al mismo Júpiter? Demás -de esto, vosotros los mortales juráis por los dioses, pero los dioses -acostumbran jurar por la Majestad del lago Estigio; pero dame ese vaso -que traes. - -El cual ella le dio, y el águila se lo arrebató de la mano muy -presto, y volando entre las bocas y dientes crueles y las lenguas de -tres órdenes de aquellos dragones, fue al agua e hinchió el vaso, -consintiéndolo la misma agua, y aun amonestándole que prestamente se -fuese, antes que los dragones la matasen. - -El águila, fingió que por el mandamiento de la diosa Venus, y para -su servicio, había venido por aquella agua; por la cual causa más -fácilmente llegó a henchir el vaso y salir libre con ella. En esta -manera tornó con mucho gozo, y dio el vaso a Psique, lleno de agua; -la cual llevó luego y la dio a Venus; pero con todo esto, nunca pudo -aplacar ni amansar algo su crueldad; antes con su risa mortal, como -solía, le habló, amenazándola con mayores tormentos, diciendo: - ---Ya tú me pareces una gran hechicera, porque muy bien has remediado -mis mandamientos; mas tú, lumbre de mis ojos, aún te resta otra cosa -que has de hacer. Toma esta bujeta (la cual luego le dio) y vete a los -palacios del infierno, y darás esta bujeta a Proserpina, diciéndole: -«Venus te ruega que le des aquí una poca de tu hermosura, que baste -siquiera para un día, porque todo lo hermoso que ella tenía lo ha -perdido y consumido curando a su hijo Cupido, que está muy malo»; y -torna presto con ella, porque tengo necesidad de lavarme la cara con -esto para entrar en el teatro y fiesta de los dioses. - -Entonces Psique abiertamente sintió su último fin, pues la mandaban -ir al infierno, donde estaban las ánimas de los muertos. Con este -pensamiento se fue a una torre muy alta para echarse de allí abajo, por -así acabar su vida y descender muy presto al infierno. Pero la torre le -habló de esta manera: - ---¡Mezquina de ti! ¿Por qué te quieres matar echándote de aquí abajo? -Pues que ya este es último peligro y trabajo que has de pasar, porque -si una vez tu alma fuere apartada de tu cuerpo, bien podrás ir de -cierto al infierno; pero créeme, que en ninguna manera podrás tornar -a salir de allí. No está muy lejos de aquí una noble ciudad de Acaya, -que se llama Lacedemonia; cerca de esta ciudad busca un monte que se -llama Ténaro, el cual está apartado en lugares remotos. En este monte -está una puerta del infierno, y por la boca de aquella cueva va un -triste camino, por donde si tú entras podrás ir por aquella solitaria -vía derechamente a los infiernos, a donde están los palacios del rey -Plutón; pero no entiendas que has de llevar las manos vacías, porque -te conviene llevar en cada una de las dos una sopa de pan mojada -en meloja, y en la boca has de llevar dos monedas, y desde que ya -hubieres andado buena parte de aquel camino de la muerte, hallarás un -asno cojo cargado de leña, con él un hombre también cojo, el cual te -rogará que le des ciertas chamizas para echar en la carga, que se le -cae; pero tú pásate callando sin hablarle palabra, y después, como -llegares al río donde está Caronte, él te pedirá portazgo, porque así -pasa él en su barca de la otra parte a los muertos que allí llegan, -porque has de saber que hasta allí entre los muertos hay avaricia; que -ni Caronte, ni aquel gran rey Plutón, hacen alguna cosa de gracia, y -si algún pobre muere, cúmplele buscar dineros para el camino, porque -si no los llevare en la mano no le pasarán de allí. A este viejo le -darás, en nombre de flete, una moneda de aquellas que llevares, pero -ha de ser que él mismo la tome con su mano de tu boca. Después que -hubieres pasado este río muerto, hallarás otro viejo muerto y podrido, -que anda nadando sobre las aguas de aquel río, y alzando las manos -te rogará que lo recibas dentro en la barca; tú no cures de usar -piedad que no te conviene. Pasado el río y andando un poco adelante, -hallarás unas viejas tejedoras que están tejiendo una tela, las cuales -te rogarán que les toques la mano; pero tú no lo hagas, porque no te -conviene tocarles en manera ninguna. Que has de saber que todas estas -cosas y otras muchas, nacen de las asechanzas de Venus, que quería -que te pudiesen quitar de las manos una de aquellas sopas, lo cual te -sería muy grave daño, porque si una de ellas perdieses, nunca jamás -tornarías a esta vida. Demás de esto, sepas que está un poco más -adelante un perro muy grueso y grande que tiene tres cabezas, el cual -es muy espantable, y ladrando con aquellas bocas abiertas, espanta a -los muertos, a los cuales ya ningún mal puede hacer, y siempre está -velando ante la puerta del oscuro palacio de Proserpina, guardando -la casa vacía de Plutón. Cuando aquí llegares, con una sopa que le -eches lo tendrás enfrenado y podrás luego pasar fácilmente, y entrarás -a donde está Proserpina, la cual te recibirá benigna y alegremente, -y te mandará sentar y dar muy bien de comer; pero tú siéntate en el -suelo y come de aquel pan negro que te dieren, y pide luego de parte de -Venus aquello por que eres venida, y recibido lo que te dieren en la -bujeta, cuando tornares amansarás la rabia de aquel perro con la otra -sopa, y después cuando llegares al barquero avariento, le darás la otra -moneda que guardaste en la boca, y pasando aquel río, tornarás por las -mismas pisadas por donde entraste, y así vendrás a ver esta claridad -celestial. Pero sobre todo te aviso que en ninguna manera cures de -abrir ni mirar lo que traes en la bujeta. - -De esta manera aquella torre, habiendo mancilla de Psique, le declaró -lo que le era menester. - -No tardó Psique, que luego se fue al monte Ténaro, y tomando aquellos -dineros y aquellas sopas como le mandó la torre, entrose por aquella -boca del infierno, y pasando callando aquel asnero cojo y pagado a -Caronte su flete porque la pasase, y menospreciando asimismo el deseo -de aquel viejo muerto que andaba nadando, y también no curando de -los engañosos ruegos de las viejas tejedoras, y habiendo amansado la -rabia de aquel temeroso perro con el manjar de aquella sopa, llegó, -pasando todo esto, a los palacios de Proserpina; pero no quiso aceptar -el asiento y manjar que Proserpina le mandaba dar, mas contenta con -un pedazo de pan, le dio la embajada que de Venus traía, y luego -Proserpina le hinchó la bujeta secretamente de lo que pedía. - -Psique luego partió, y aplacado el perro bravo con la sopa que le -quedaba, y habiendo dado la otra moneda a Caronte el barquero porque -la pasase, tornó del infierno más esforzada de lo que entró. Y como -este era el postrer servicio que a Venus había de hacer, vínole al -pensamiento una temeraria curiosidad, diciendo: - ---Bien soy yo necia, trayendo conmigo la divina hermosura, que no tome -de ella siquiera un poquito para mí, para poder placer a aquel mi -hermoso enamorado. - -Diciendo esto abrió la bujeta, dentro de la cual ninguna cosa había, -sino un sueño infernal y profundo, el cual cubrió a Psique de una -niebla de sueño grueso que la hizo dormir como cosa mortal. - -Pero Cupido, ya que convalecía de su llaga, no pudiendo sufrir la larga -ausencia de su amiga, saliose por una ventana de su cámara y fue a -socorrer a su amiga Psique, y apartado de ella el sueño, y metiéndolo -otra vez en la bujeta, la despertó, reprendiéndola de su curiosidad, -y díjole más, que llevase la embajada a su madre, que entretanto él -proveería lo que fuese menester. - -Dicho esto, levantose con sus alas y se fue volando. - -Psique llevó lo que traía de Proserpina, y diolo a Venus. - -Entretanto Cupido, que andaba muy fatigado del gran amor, la cara -amarilla, temiendo la severidad de su madre, tornose almario de su -pecho, y con sus ligeras alas volando, se fue al cielo y suplicó al -dios Júpiter que le ayudase, y recontole toda su causa. - -Entonces Júpiter tomolo por la barba, y trayéndole la mano por la cara, -comenzolo a besar, diciendo: - ---Como quiera que tú, señor hijo, nunca me guardaste la honra que se -debe a los padres por mandamiento de los dioses, pero aun este mi -pecho, en el cual se encierran y disponen todas las leyes de los -elementos, y a las veces el de las estrellas, muchas veces lo llagaste -con continuos golpes de tu amor, y lo ensuciaste con muchos lazos de -terrenal lujuria, y lisiaste mi honra y fama con adulterios torpes y -sucios contra las leyes, especialmente contra la ley Julia y la pública -disciplina, transformando mi cara y hermosura en serpientes, en fuegos, -en bestias fieras, en aves y en cualquier otro animal, con todo esto, -recordándome de mi mansedumbre y que tú creciste entre estas mis manos, -yo haré todo lo que tú quisieres, y tú te sepas guardar de otros que -desean lo que tú deseas. Esto sea con una condición: que si tú sabes -de alguna doncella hermosa en la tierra, por este beneficio que de mí -recibes has de pagarme con ella la recompensa. - -Después que esto hubo hablado, mandó a Mercurio que llamase a todos -los dioses a concilio, y si alguno de ellos faltase, que pagase diez -mil talentos de pena. Por el cual miedo todos vinieron, y fue lleno -el palacio donde estaba Júpiter, el cual, asentado en la silla alta, -comenzó a decir de esta manera: - ---¡Oh dioses escritos en el banco de las musas! Vosotros todos sabéis -cómo a este mancebo, que yo crié en mis manos, procuré de refrenar -los ímpetus y movimientos ardientes de su primera juventud. Pero -harto basta que él es infamado entre todos de adulterio y de otras -corruptelas, por lo cual es bien que se quite toda ocasión y para -esto me parece que su licenciosa juventud se debe atar con lazo -de matrimonio. Él ha escogido una doncella, a la cual privó de su -virginidad; téngala y poséala siempre y use de sus amores. - -Y diciendo esto, volvió la cara a Venus y díjole: - ---Tú, hija, no te entristezcas por esto; no temas a tu linaje, porque -yo haré que este matrimonio sea igual al de los dioses. - -Luego mandó a Mercurio que subiese a Psique al cielo; y como Mercurio -la trajo, le dio Júpiter a beber del licor de los dioses, diciéndole: - ---Toma, Psique, bebe esto y serás inmortal; Cupido nunca se apartará de -ti, y este matrimonio durará siempre. - -Dicho esto, no tardó mucho cuando vino la cena muy abundante, como a -tales bodas convenía. Estaba sentado a la mesa Cupido junto a Júpiter, -con su amada Psique, y por su orden todos los dioses. Ganímedes echaba -el vino a Júpiter, como copero suyo, y a los otros Baco. Vulcano -cocinaba la cena; las ninfas henchían de flores y rosas la sala donde -cenaban; las musas cantaban muy dulcemente, y también Apolo con su -vihuela. - -De esta manera vino Psique en poder de su marido Cupido, y estando ya -Psique en el tiempo del parir, nacioles una hija, la cual llamamos -Placer. - -En esta manera contaba la vieja a la doncella cautiva esta conseja; -pero yo, como estaba allí cerca, oíalo todo, y dolíame que no podía con -mis manos de asno escribir y notar tan linda y hermosa novela. - - -IV. - - Cómo vinieron los ladrones de robar, y lo que acaeció a Lucio y a la - doncella. - -Muy de prisa entraron los ladrones en su cueva, diciendo que habían -peleado muy fuertemente. Y dejando en casa algunos de los heridos para -que se curasen, los más esforzados, comiendo de prisa unos bocados, -sacaron del establo a mí y a mis compañeros y lleváronnos a una cueva -lejos de allí y cerca de un pueblo, a donde nos cargaron de muchas -cosas, y luego a gran prisa nos hicieron caminar con tantos palos y -rempujones, que me hicieron caer, y para levantarme me dieron tantos -golpes, que me lisiaron en un pie, que como yo iba cojeando, uno de -aquellos ladrones dijo: - ---¿Hasta cuándo hemos de mantener de balde a este asnillo cansado y -ahora cojo? - -A esto respondió otro: - ---Después que este entró en nuestro poder, siempre anduvo de mal en -peor. ¡Oh! yo os prometo que cuando llevare estas cargas, lo hemos de -despeñar. - -Como yo esto oí, con el miedo hice alas de los pies, caminando cuanto -podía. Cuando llegamos, luego prestamente nos quitaron de encima lo -que llevábamos, y no curando de nuestra salud ni tampoco de mi muerte, -llamaron a sus compañeros que habían quedado en casa heridos, y, según -lo que ellos decían, era para contarles el enojo que habían habido de -nuestra tardanza. - -En todo esto no tenía yo poco miedo a la muerte de que me habían -amenazado, y, pensando en ella, decía entre mí de esta manera: - ---¿En qué estás, Lucio? ¿qué cosa más extrema puedes esperar? Esta -muerte muy cruel te está aparejada por deliberación y acuerdo de estos -ladrones, y en el cierto peligro, poco aprovecha el esfuerzo. Ya ves -estos riscos y peñas muy agudas; a cualquier parte que cayeres por -ellas, te desmembrarán y harán pedazos, porque el arte mágica que -tú andabas a buscar no te dio tan solamente la cara y las fatigas y -trabajos de asno, mas aun cercote de un cuero grueso como de asno. Pues -que así es, ¿por qué no te esfuerzas, y en tanto que puedes aconsejas -a tu salud? Ahora tienes muy buena oportunidad para huir, en tanto que -los ladrones no están en casa. ¿Has de temer, por ventura, la guarda -de una vieja medio muerta, la cual puedes matar con una coz de tu pie -cojo? Pero ¿hacia dónde podré huir, o quién me acogerá en su casa? -Este pensamiento, ciertamente me parece necio y de asno, porque, ¿qué -caminante me hallará en el camino que no cabalgue encima de mí y me -lleve consigo? - -Diciendo esto, con muy alegre esfuerzo quebré el cabestro con que -estaba atado, y eché a correr cuanto más presto pude, por huir los ojos -de milano de aquella falsa vieja, la cual, como me vio suelto, tomando -un grande ánimo y esfuerzo, más que la edad y condición le podían dar, -arrebatome por el cabestro y porfiome a quererme tornar por fuerza -al establo; pero yo, recordándome del propósito mortal de aquellos -ladrones, no me moví a piedad alguna; antes, alzando los pies, le di un -par de coces en aquellos pechos, que di con ella en tierra. - -La vieja, como quiera que estaba en tierra, todavía me tenía fuertemente -por el cabestro; de manera que, aunque yo corría, la llevaba -arrastrando, la cual luego comenzó con grandes voces y gritos a pedir -ayuda de otra más fuerza que la suya. Pero en balde hallaba ayuda con -sus voces, porque nadie había que le pudiese socorrer, salvo aquella -doncella que allí estaba presa, la cual, a las voces que la vieja daba, -salió y vio un aparato para reír; conviene saber: la vejezuela trabada, -no de un toro, mas de un asno; y como aquello vio, tomada en fin fuerza -y ánimo de varón, osó hacer una hazaña maravillosa. Primeramente -trabome del cabestro, y con palabras de halagos comenzome a detener un -poco, y luego saltó encima de mí. Desde que se vio encima incitábame a -que corriese, y yo, por la gana que tenía de huir, como por librar a -aquella doncella, corría como un caballo, y aun tentaba de responder a -las palabras que la delicada doncella decía, y muchas veces, fingiendo -quererme rascar en el espinazo, volvía la cabeza y besaba los hermosos -pies de la moza. - -Entonces ella, suspirando, decía: - ---¡Oh soberanos dioses, dad ayuda y favor a mis extremos peligros, -y tú, cruel fortuna, deja ya de perseguirme! Y tú, asno, remedio de -mi libertad, si me llevares en salvo a mi casa, y me tornares a mis -padres y hermoso marido, cuántas gracias te daré y de cuántas comidas -te hartaré. Esas tus crines muy bien peinadas, te adornaré las cerdas -de tu cola, que por negligencia están revueltas, con mucho cuidado las -puliré y ataviaré. Tú serás comparado a los antiguos milagros, porque -por tu ejemplo creeremos que Frixo pasó la mar encima de un carnero, -y Arión escapó encima de un delfín, y Europa huyó encima de un toro; -porque si fue verdad que Júpiter se transfiguró en buey, bien puede ser -que este mi asno esconda la figura de algún hombre y la imagen de algún -dios. - -Entretanto que la hermosa doncella esto decía, llegamos adonde se -apartaban tres caminos. Cuando allí llegamos, ella, tirándome del -cabestro con toda cuanta fuerza podía, tiraba y porfiaba de enderezarme -por el camino de a mano derecha, porque aquella era la vía para ir a -casa de sus padres. Mas yo, sabiendo que aquellos ladrones habían ido -por allí a hacer otros robos, resistíale fuertemente, y entre mí decía -de esta manera: - ---¿Qué haces, moza desventurada? ¿Por qué quieres perder a ti y a mí? -¿No sabes que este es el camino de los ladrones? - -Estando nosotros altercando cada uno en su porfía, contendiendo sobre -el camino que habíamos de tomar, he aquí que los ladrones, cargados de -lo que habían robado, nos tomaron a manos, y como con la claridad de la -luna nos conocieron un poco de lejos, con una risa falsa y cruel nos -comenzaron a saludar, y el uno de ellos dijo de esta manera: - ---¿Hacia dónde tan de prisa trasnocháis este camino, que no teméis las -brujas y fantasmas de la soledad de la noche; y tú, muy buena doncella, -das mucha prisa en ir a ver a tus padres? Pues que así es, nosotros -socorreremos a tu soledad, y te mostraremos el camino bien ancho para -ir a tus padres. - -Y sirviéndola con las palabras y no con el hecho, echó mano del -cabestro y tornome para atrás, dándome buenos palos y guinchones con un -palo nudoso que traía en la mano. - -Entonces yo, contra mi voluntad tornado a la muerte que me estaba -aparejada, acordeme del dolor de la uña, y comencé cabeceando a cojear; -pero aquel que me tornó para atrás, dijo: - ---¿Y cómo tú otra vez vas titubeando y vacilando, y estos tus pies -podridos pueden huir y no saben andar, y ahora poco ha vencías la -celeridad de Pegaso, aquel caballo que volaba? - -En tanto que este compañero muy sabroso jugaba conmigo de esta manera, -sacudiéndome muy buenas varadas, ya llegábamos al cantón de su casa, -cuando vimos aquella vejezuela que estaba ahorcada con una soga de la -rama de un alto ciprés, a la cual los ladrones descolgaron, y así, con -su cuerda al pescuezo, la lanzaron por las peñas abajo, y entrando en -casa, después que hubieron atado la doncella con sus cordeles, dieron -en la cena que la desventurada vieja en su última diligencia había -aparejado, y después que con sus ánimos bestiales y ferocidad tragaron -todo lo que allí había, comenzaron entre sí a platicar de nuestra pena -y de su venganza, y como suele acontecer entre gente turbulenta, fueron -diferentes las sentencias que cada uno daba. - -El primero dijo que le parecía que era bueno y que debían quemar viva -aquella doncella; el segundo, que la echasen a las bestias fieras; -el tercero, que la debían de ahogar; el cuarto, que con tormentos la -despedazasen. Ciertamente por dicho de todos, como quiera que fuese, la -muerte le estaba aparejada. - -Entonces uno de aquellos mandó callar a todos, y con palabras -agradables comenzó a hablar de esta manera: - ---No conviene a la secta de nuestro colegio, ni a la mansedumbre de -cada uno, ni aun tampoco a mi modestia, sufrir que vosotros seáis -crueles más de lo que el delito merece, ni debéis traer para esto -bestias fieras, ni horca, ni fuego, ni tormentos ni aun tampoco muerte -apresurada. Así que vosotros, si tomáis mi voto, habéis de dar vida -a la doncella, pero aquella vida que merece. No creo yo que se os -ha olvidado lo que determinabais hacer de este asno perezoso y gran -comilón, y aun ahora mentiroso, fingiendo que estaba cojo; era ministro -y medianero de la huida de esta doncella. Así, pues, me parece que -mañana degollemos a este asno, y sacadas de él todas las entrañas por -medio de la barriga, cosámosle dentro esta doncella, y solamente le -quede la cara fuera; y después me parece se debe poner este asno, así -relleno y cosido, encima de un risco de estos, adonde le dé el ardor -del sol, y de esta manera sufrirán ambos todas las penas que vosotros -derechamente habéis sentenciado, porque el asno recibirá la muerte que -hace días ha merecido, y la doncella vivirá muriendo, pasando grandes -penas, así del ardor del sol que la quemará, como de hambre y sed, y -los bocados que los tigres y buitres le han de dar, le darán mayores -dolores y fatigas. - -Cuando este mal ladrón acabó de hablar, todos confirmaron su parecer y -sentencia; lo cual oyendo con mis grandes orejas, ¿qué otra cosa podía -hacer, sino llorar mi muerte que había de ser al otro día? - - - - -LIBRO VII. - -ARGUMENTO. - - Lucio Apuleyo cuenta cómo de mañana uno de aquellos ladrones vino - de fuera y decía a los otros en qué manera culpaban a Apuleyo y le - imputaban el robo de la casa de Milón; que no culpaban a ninguno de - los ladrones, salvo a Apuleyo, que nunca más había parecido; el cual, - oyendo esto, y estando hecho asno, gemía entre sí por culpársele - de este gran crimen. -- Cómo la doncella fue libre por su esposo - Lepolemo. -- Cuenta muchas desventuras y trabajos que pasó siendo - asno. -- También refiere muchos cuentos y fábulas graciosas, y la - maldad de un muchacho que traía leña con él, y otras muchas cosas de - gusto. - - -I. - - Cómo viniendo un ladrón de la ciudad de Hipata, cuenta a los otros - cómo no culpaban a nadie del robo de la casa de Milón, sino a Lucio - Apuleyo, y cómo fue admitido a la compañía de los ladrones un mancebo. - -Al otro día, de mañana, después de salido el sol, uno de la compañía -de aquellos ladrones, según yo conocí en sus palabras, entró por la -puerta, y como llegó a la entrada de la cueva, sentose allí para cobrar -resuello, y comenzó a hablar a sus compañeros de esta manera: - ---Cuanto toca a la casa de Milón, el de la ciudad de Hipata, la cual -poco ha robamos, ya podemos estar seguros, porque yo lo he bien -solicitado, que después que vosotros con vuestras fuerzas robasteis -todo lo de aquella casa, y os partisteis para esta nuestra estancia, -mezcleme entre aquella gente popular de aquella ciudad, haciendo -parecer que me dolía y me pesaba de aquel negocio; donde andaba mirando -qué consejo tomaban sobre buscar quién había hecho aquel robo y en qué -manera y cómo querían hacer la pesquisa para buscar los ladrones, lo -cual todo yo miraba para deciros, como me mandasteis. Y no solamente -por dudosos argumentos, mas por razones probadas, todos los de aquella -ciudad, y de consentimiento de todos, pedían no sé qué Lucio, diciendo -ser el autor manifiesto de tan gran crimen. El cual, pocos días antes -con ciertas cartas fingidas y fingiendo ser hombre de bien, había hecho -amistad estrechamente con aquel Milón, en tanto que lo recibió por -huésped en su casa y por muy su amigo, y él se detuvo algunos días en -su casa, fingiendo tener amores con una criada de Milón, y espió muy -bien las cerraduras de la puerta y los cuartos donde Milón tenía todo -su patrimonio, para lo cual no pequeño indicio se halla contra aquel -mal hombre, porque aquella misma noche, y en el momento de aquel robo, -él huyó, y desde entonces acá nunca más pareció, y porque tuviese ayuda -muy prestamente y muy lejos se escondiese, dejando atrás los que los -seguían, tuvo buen remedio que llevó consigo, en que fue cabalgando, -aquel su caballo blanco en que había venido, dejando en la posada a -su mozo, el cual fue hallado allí, y por la justicia de la ciudad lo -mandaron echar en la cárcel como testigo que sabía de las maldades -y consejos de su señor. Y otro día, puesto a cuestión de tormento, -lo quebrantaron y desmembraron hasta que llegó a punto de muerte, -mas nunca confesó cosa ninguna de todo lo que al pobre hombre le -preguntaban, por la cual causa enviaron muchos de aquella ciudad a la -tierra de aquel Lucio para hacerle pagar la pena del delito que había -cometido. - -Contando él estas cosas yo gemía y lloraba dentro de mis entrañas, -viéndome hecho asno, que no podía volver por mí ni defender mi honra. -Veníanme al pensamiento los varones antiguos, que no sin causa pintaban -a la fortuna ciega y sin ojos, la cual trataba bien y daba sus riquezas -y honras a hombres malos y que no las merecían, y los trabajos, -miserias y deshonras, a los buenos. Así que yo, a quien su cruel ímpetu -trajo y reformó en una bestia de cuatro pies, de la más vil suerte de -todas las bestias, sobre todo era ahora acusado de crimen de ladrón -contra mi huésped Milón, que tanta honra me hizo en su casa, el cual -crimen no solamente se podía llamar latrocinio, pero más justamente se -llamaría parricidio. - -Estando pensando en esto lleno de enojo, quise responder a los -ladrones, diciendo que no hice tal cosa, pero nunca pude pronunciar más -de una sílaba, la cual, dije muchas veces, rebuznando siempre: «No, no, -no.» ¿Qué más me puedo yo quejar de la cruel fortuna sino que aun no -hubo vergüenza de juntarme y hacerme compañero de mi caballo, que me -trajo a cuestas? - -Estando yo entre mí imaginando estas cosas, vínome al pensamiento otro -mal mayor, y era acordarme que estaba sentenciado para ser sacrificio -del ánima de aquella doncella, y mirando muchas veces mi barriga, me -parecía que ya tenía la doncella dentro. Mas si os place, aquel ladrón -que trajo la falsa relación del hurto, sacados de su seno mil ducados -que allí traía cosidos, los cuales (según él decía) había sacado a -muchos caminantes, echándolos dentro en el arca para provecho común -de todos, comenzó a inquirir y preguntar por todos los compañeros, y -sabido cómo algunos de los más esforzados eran muertos en diversos -casos, persuadiolos que entretanto no robasen en los caminos ni en otra -parte, hasta que entendiesen en buscar compañeros, y con la milicia de -otros mancebos fuese restituido el número de su compañía como antes -estaba, porque haciéndolo así podrían compeler, poniendo miedo a los -que no quisiesen. Que no habría pocos que, renunciando la vida pobre y -servil, no quisiesen más seguir su opinión y fuerte compañía, la cual -parecía que era cosa de grande estado y poderío, diciendo que él había -hablado de su parte con un hombre hacía poco, alto de cuerpo, y mancebo -esforzado, y le había persuadido, y finalmente acabado con él, que -tornase a ejercitar las manos, que traía embotadas de la larga paz, y -que mientras pudiese usase de los bienes de la fortuna, y no quisiese -ensuciar sus esforzadas manos, pidiendo por amor de Dios, sino que se -ejercitasen cogiendo oro a manos llenas. - -Cuando aquel mancebo hubo dicho estas cosas, todos los que allí estaban -consintieron en ello, diciendo que tal hombre como aquel, que era ya -probado en las armas, que debería ser luego llamado, y buscar otros -para suplir el número de los compañeros. Entonces aquel salió fuera -de casa y tardó un poco. El cual trajo consigo un mancebo grande y -esforzado, como había prometido, que no se podía comparar a ninguno de -los que estaban presentes, porque además de la grandeza de su cuerpo, -sobrepujaba en altura a todos los otros, y entonces le apuntaban los -pelos de las barbas; como quiera que venía muy mal vestido y con un -sayo vil y roto, por el cual se le parecía el pecho y vientre con las -costras y callos duros y fuertes. De esta manera, como entró en casa, -dijo: - ---Dios os salve, servidores del fortísimo dios Marte y mis fieles -compañeros: recibid, queriendo de vuestra voluntad y gana, a un hombre -muy valiente de un gran corazón, que quiere estar en vuestra compañía, -que de mejor gana recibe heridas en el cuerpo que dinero en la mano, y -es mejor que la muerte, la cual otros temen. Y no penséis que soy pobre -y desdichado, ni estiméis mis paños rotos, porque yo fui capitán de un -ejército, que casi destruimos a toda Macedonia; yo fui aquel ladrón -famoso que ha por nombre Hemo de Tracia, del cual todas las provincias -temen. Yo soy hijo de aquel Terón que fue muy famoso ladrón. Yo fui -criado con sangre de hombre, y crecía entre los hombres de guerra, y -fui heredero imitador de la virtud de mi padre, pero en espacio de poco -tiempo perdí aquellas grandes riquezas, y aquella primera muchedumbre -de mis fuertes compañeros, porque demás de yo haber sido procurador del -emperador César, fui también su capitán de doscientos hombres, de donde -la mala fortuna me derribó y fue causa de todo mi mal. Dejado esto -aparte, como ya en vuestra presencia había comenzado, tomaré la orden -de contar el negocio por que conozcáis y sepáis cómo pasa. - -En el palacio del Emperador César había un caballero muy noble y -privado del emperador, al cual la cruel envidia, por malicia de -algunos acusado, desterró de palacio. Su mujer, dueña de mucha -fidelidad y prudencia, menospreciando los placeres y reposo de la -ciudad, le acompañó en su destierro; la cual, cortados los cabellos, -en hábito de hombre, ceñida una cinta de oro, pasó muchos trabajos con -ánimo viril en compañía de su marido. En fin, que aportando una vez al -puerto de Accio, por donde nosotros andábamos robando toda Macedonia, -ya que era noche se aposentó en un mesón a donde nosotros llegamos, -y le robamos todo cuanto traía, y no con poco peligro de nuestras -personas nos partimos de allí, porque como aquella dueña oyó el sonido -de la puerta cuando la abríamos, metiose en su cámara dando grandes -gritos y voces, que despertó a todos sus criados y criadas y vecinos; -y si no fuera porque nosotros, como éramos muchos, teníamos atajados -los pasos a todos, cierto que lo pasáramos mal. Pero a los pocos días -aquella dueña suplicó a la majestad del Emperador, y alcanzó que su -marido tornase a palacio; asimismo impetró que se hiciese pesquisa -general sobre los ladrones, por donde fueron destruidos y muertos casi -todos; y así se deshizo el colegio y compañía de Hemo. Y como era -desbarbado, escapé de la furia del Emperador vestido en traje de mujer -con un asno cargado de paja. Pero con todo esto, yo nunca me aparté ni -disminuí la gloria de mi padre, ni de mi esfuerzo y virtud. Verdad es -que casi con miedo, pasando cerca de los caballeros de la pesquisa, -cubierto con el engaño del hábito de mujer, yo solo me iba por esas -villas y castillos donde apañaba lo que podía para provisión de mi -camino. - -Diciendo esto, descosió aquellos paños rasgados que traía vestidos, y -sacó dos mil ducados de oro, diciendo: - ---Veis aquí esta pitanza, y aun digo, que en dote los doy de buena gana -para vuestro colegio y esforzada compañía, y me ofrezco por vuestro -capitán fidelísimo, que yo sé muchas provincias y ciudades, y conozco a -los hombres ricos y pobres, y otras muchas cosas con que os holgaréis; -y si vosotros no rehusáis esto, yo me obligo a hacer que en espacio de -breve tiempo esta vuestra casa, que ahora es de piedra, se torne toda -de oro. - -No tardaron más los ladrones todos, que de un voto le hicieron su -capitán, y le vistieron luego una vestidura de seda como convenía a tal -capitán, quitándole primero el sayo roto, aunque rico, que traía. - -En esta manera reformado, dio paz, y abrazó a cada uno de ellos, y -sentado en más alto lugar que ninguno, comenzaban a hacer fiesta con su -cena de muchos manjares y vinos. - - -II. - - Cómo aquel mancebo, recibido en la compañía por Hemo, afamado ladrón, - fue descubierto ser Lepolemo, esposo de la doncella, el cual la - libertó con su buena industria, y la llevó a su tierra. - -Pues hablando entonces unos con otros, comenzaron a decir de la huida -de la doncella y de cómo yo la llevaba a cuestas, y diciendo asimismo -de la monstruosa y no oída muerte que para entrambos nos tenían -aparejada; lo cual todo por él oído, preguntó dónde estaba aquella -moza, y lleváronlo a donde estaba, y como la vio en prisión cargada de -hierro, comenzó a despreciarla haciendo un sonido con las narices, y -saliose luego de la cámara, y desde que se tornó a sentar, dijo luego a -los ladrones: - ---Yo, señores, no soy tan bruto ni temerario que quiera refrenar -vuestra sentencia y acuerdo; pero yo pensaría que tenía dentro de mi -corazón pecado de mala conciencia, si disimulase lo que me parece que -es bueno y provechoso; mas una cosa habéis de pensar, que esto que yo -digo es por vuestra causa y provecho. Por ende, si esto que os dijere -no os placiere, digo que tengáis libertad para tornarlo al asno; porque -yo, señores, pienso que los ladrones saben que ninguna cosa más debe -anteponerse a su ganancia. También esta venganza es dañosa muchas -veces a ellos, y a otros. Pues si matareis la doncella en el asno, no -haréis otra cosa sino ejercitar vuestro enojo sin ningún provecho ni -ganancia. Por ende, me parece que esta doncella deberíais llevarla a -alguna ciudad, porque no sería liviano el precio que por ella se diese, -según su edad, que aun yo tengo conocido días ha algunos rufianes, de -los cuales uno podría (según yo pienso) comprar esta moza con muchos -talentos de oro, para ponerla al partido en el burdel, como ella merece -por su huida, y vosotros quedáis bien vengados. - -De esta manera, aquel abogado del fisco de los ladrones proponía -nuestro pleito, como buen defensor de la doncella y del asno. - -Todos se llegaron al consejo del nuevo ladrón, y luego soltaron a la -doncella de las cadenas en que estaba; la cual, como vio aquel mancebo, -y oyó hacer mención del burdel y del rufián, secretamente se reía, y -estaba llena de placer; tanto, que a mí me vino al pensamiento que no -hay que fiar en mujeres, pues aquella se alegraba con oír hablar de tan -infame cosa. - -Aquel mancebo, tornando a hablar, dijo. - ---Pues ¿por qué no aparejamos de hacer sacrificio a nuestro dios Marte, -que nos dé buena mano derecha en nuestro oficio? Mas paréceme que no -tenemos aquí animal que sacrificar; por tanto, vengan conmigo algunos -compañeros, e iré al primer pueblo a comprar lo necesario. - -Dicho esto, partieron de allí, y antes de mucho tiempo vinieron unos -cargados con cueros de vino, otros con pan, otros traían un rebaño de -ganado, de donde escogieron un hermoso cabrón, que sacrificaron al dios -Marte, y luego fue aparejada la comida abundantemente. - -Entonces aquel nuevo mancebo, por ser a todos agradable, empezó a -cocinar muchos y sabrosos manjares; después daba de beber a todos en -grandes tazas; servíalos a la mesa, repartiendo los guisados por entre -todos. Y algunas veces, fingiendo que iba por las cosas necesarias -para la mesa, entraba donde estaba la moza, y traíale algunas cosas de -comer, y aun la besaba muchas veces, lo que ella consentía de buena -voluntad, la cual cosa a mí mucho me desplacía, y decía entre mí: - ---¡Oh moza doncella, tan presto te has olvidado de tu desposorio y -de aquel tu amado esposo, por quien tanto llorabas, y ahora besas a -un advenedizo y cruel matador, ladrón corsario! ¿No te acusará la -conciencia, no te acusará la fe que debes a tu esposo? Paréceme que te -revolvió la inconstancia el corazón. ¿Qué será si esto entienden los -otros ladrones? ¿Piensas que no tornarás otra vez al asno, y otra vez -me causarás la muerte? - -Entretanto que yo, en mi triste y desventurado pensamiento, falsamente -acusaba y deponía contra la casta doncella estas cosas, y disputaba -de ellas con gran enojo, conocí de sus mismas palabras, algo mansas -y dudosas, aunque no muy oscuras para asno discreto, que aquel -mancebo no era Hemo, ladrón famoso, mas que era Lepolemo, esposo de -la doncella. Porque procediendo en sus palabras, que ya un poco más -claramente hablaba, no curando de mi presencia, estuvieron hablando muy -quedo, y él le dijo: - ---Tú, señora Carites, mi dulcísima esposa, ten buen esfuerzo, que -todos estos tus enemigos te los daré presos y cautivos en las manos. - -Y diciendo esto, no cesaba de darles el vino, ya mezclado y algo tibio, -con grande instancia, de manera que ellos estaban ya de buena manera. -Él se abstenía de beber; y por Dios que a mí me dio sospecha que les -había echado dentro los cántaros del vino algunas hierbas para hacerles -dormir. - -Finalmente, que todos, sin que uno faltase, estaban sepultados en vino, -y algunos de ellos aparejados para la muerte. - -Entonces Lepolemo, sin ninguna dificultad y trabajo, puestos ellos en -prisiones y atados en ellas como a él le pareció, puso encima de mí la -doncella; enderezó el camino para su tierra, a la cual, como llegamos, -toda la ciudad salió a ver lo que mucho deseaban. Salieron su padre y -madre y parientes, cuñados y esclavos, las caras llenas de gozo, que -quien lo viera pudiera ver muy bien una gran fiesta de personas de -todo linaje y edad, que por Dios que era un espectáculo digno de gran -memoria, ver una doncella triunfante encima de un asno. - -Yo también muy alegre como hombre varón, porque no pareciese que era -ajeno del presente placer, alzadas las orejas, e hinchadas las narices, -rebuzné muy fuertemente, y aun puedo decir que canté con clamor alto y -grande. - - -III. - - Cómo, celebradas las bodas de la doncella, se pusieron a pensar con - gran consejo qué premio se daría a Lucio, asno, en recompensa de su - libertad. -- Donde cuenta grandes trabajos que padeció. - -Después que la doncella entró en casa, los padres la recibieron y -regalaron como mejor pudieron. Lepolemo tornó a mí con otra muchedumbre -de asnos y acémilas de la ciudad, y tornome para atrás, adonde yo iba -de buena gana, porque tenía mucha gana y deseo de tornar a ver la -prisión de aquellos ladrones, a los cuales hallamos bien atados con el -vino más que con cadenas. Así que nosotros, cargados de oro y plata y -otras cosas suyas, que nada les dejaron, tomaron a los ladrones atados -como estaban, y a los unos, envueltos, los echaron de esos riscos -abajo; otros, degollados con sus espadas, se los dejaron por ahí. - -Con esta tal venganza, alegres y con mucho placer, nos tornamos a la -ciudad, adonde pusieron todas aquellas riquezas en el Tesoro y arca -pública de ella, y la doncella diéronla a Lepolemo, su esposo, como era -razón y derecho. - -Desde allí la dueña, que ya era casada, me nombraba a mí como a su -guardador, que le había librado de tanto peligro: y ese mismo día de -las bodas me mandó henchir el pesebre de cebada, y poner heno, tan -abundantemente, que bastara para un camello. - -¡Cuántas maldiciones podría yo echar ahora a mi Andria, que es -merecedora de ellas, porque me tornó en asno y no en perro!; porque -veía por allí los perros hartos de aquellas reliquias y sobras de la -boda, muy abundantes. - -Después de pasada la primera noche de la boda, la recién casada no se -olvidó del beneficio que de mí tenía recibido, y llamando a su padre -y madre y marido, me encomendó mucho a todos y les preguntó cómo se -podrían remunerar al asno tan grandes servicios. - -El uno dijo, que si me tuviesen encerrado en casa, sin que cosa alguna -hiciese, y me engordasen con cebada y habas y buena cama; pero venció -a este otro, que miró más a mi libertad, diciendo que me echasen al -campo con las yeguas, y que allí andando a mi placer holgando entre -ellas, daría a mis señores muchas y buenas mulas. Así que, llamando -al yeguarizo, habláronle muy largamente, encomendándome mucho, y -entregáronme a él que me llevase. Adonde, por cierto, yo iba muy alegre -y gozoso, creyendo que ya había renunciado el trabajo y cargas que -me solían echar. Demás de esto, me gozaba que me habían dado aquella -libertad en principio del verano, cuando los prados estaban llenos de -hierbas y flores, donde pensaba hallar algunas rosas; porque me venía -un continuo pensamiento, que habiéndome hecho tanta honra siendo asno, -tornándome hombre más me gratificaran y honraran. - -Mas después que el yeguarizo me llevó, ninguna libertad ni placer tuve, -porque su mujer, que era mala hembra, me puso a moler en una tahona, y -con un palo nudoso me castigaba de continuo, ganando con mi cuero pan -para sí y para los suyos; y no solamente era contentada de fatigarme y -trabajar por causa de su comer, pero matábame moliendo continuamente, -por dineros, del trigo de sus vecinos; y por todos estos trabajos -y fatigas no me daba a comer la cebada que habían señalado para mí, -mezquino, la cual tostaba ella, y me la hacía moler con mis continuas -vueltas, y la vendía a sus vecinos cercanos; y a mí, que andaba atento -todo el día al continuo trabajo de la tahona, me ponía unos pocos -salvados sucios y por cerner, llenos de piedras, que no había quien los -pudiese comer. - -Estando yo bien domado con tales penas y trabajos, la cruel fortuna -me trajo a otro mayor tormento; conviene a saber: aquel buen pastor -que tarde escuchó el mandado de su señor, plúgole ya de echarme a las -yeguas. Finalmente, de que yo me veía asno libre, alegre y saltando -con mis pasos blandos, y a mi placer andaba escogiendo las yeguas que -mejor me parecían, creyendo que habían de ser mis enamoradas; pero -aquí aun la alegre esperanza que tenía se me volvió en gran tristeza, -porque los garañones, como estaban hartos y gruesos y muy terribles, -por haber muchos días que andaban al pasto, eran cierto muy más fuertes -que ningún asno, y temíanse de mí, guardando que hiciese adulterio -monstruoso con sus amigas; no guardando la amistad que Júpiter mandó -tener con los huéspedes, comenzaron a perseguirme con mucha furia y -odio. - -El uno, alzados sus grandes pechos en alto, su cabeza alta y con las -manos sobre mi cabeza, peleaba con sus uñas contra mí; el otro, con -sus ancas redondas y gruesas, volviéndolas hacia mí, me daba de coces; -otro, amenazándome con sus malditos relinchos y bajadas las orejas -y descubiertos los dientes, me mordía. Así lo había yo leído en la -historia del gran rey de Tracia, que daba a sus caballos los mezquinos -de los huéspedes que acogía, para despedazarlos y comer. Tanto era -aquel tirano escaso de la cebada, que con abundancia de cuerpos -humanos ensuciaba el hambre de sus rabiosos caballos[3]. De aquella -misma manera yo era mordido y lacerado de los saltos y varios golpes de -aquellos caballos, tanto, que pensaba me sería mejor tornar a la tahona. - -Mas la fortuna, que no se hartaba de atormentarme, instruyó de nuevo -y aparejó otra mayor pestilencia y daño, la cual fue que me echaron a -traer leña de un monte y entregáronme a un muchacho que me llevase y -trajese, el más falso y maligno rapaz de todos los del mundo, que no -me fatigaba tanto la áspera subida del monte, ni las piedras y ásperos -riscos por donde con harto trabajo pasaba, como los grandes y continuos -palos que me daba, en tal manera, que dentro, en el corazón, me entraba -el dolor de los golpes y heridas, y con el pie derecho siempre me daba -tantos golpes, que hiriendo en un lugar me desollaba el cuero. Y con -todo este mal no dejaba de martillar siempre en una misma llaga llena -de sangre. Echábame tan gran carga de leña a cuestas, que quien quiera -que la viera dijera que bastaba más para un elefante que para un asno. - -Aquel falso rapaz, cada vez que la carga pesaba más a una parte y se -acostaba a un lado, en lugar de quitarme la leña de aquel cabo, para -que quitado el peso me quitase de aquella fatiga, a lo menos pasar -de los leños de un lado a otro, para igualar la carga, hacíalo al -contrario, porque echaba muchas piedras a la otra parte, y así curaba -el mal y pena de mi carga. - -No contento con tan gran peso de cargas como me echaba, después de -otras muchas fatigas y tribulaciones, cuando habíamos de pasar algún -río, por no mojarse los pies, saltaba encima de mis ancas, y así pasaba -cabalgando, y si acaso con tan gran peso resbalaba en el cieno que -estaba a la orilla del río, y caía, el bueno de mi maestro, en lugar de -ayudarme con la mano, alzándome la cabeza con el cabestro y tirándome -de la cola, o a lo menos quitarme alguna parte de la carga de encima -hasta que me levantase, ninguna ayuda detrás me hacía aunque me veía -cansado, antes comenzando desde la cabeza, y aun de las orejas, con un -palo nudoso me daba tantos golpes, que todo el cuerpo me desollaba, -hasta tanto que, con las heridas y palos que me daba, me hacía levantar. - -Este mal rapaz inventó una travesura para maltratarme, y fue que tomó -una manojo de zarzas, con las espinas muy agudas, las cuales puso -atadas debajo de mi cola de manera que, como yo comenzase a andar, me -llagase con sus puntas venenosas. - -Así que yo estaba en dos peligros, porque si quería huir corriendo, -heríame más reciamente la fuerza de las espinas, y si me estaba quedo -un poco, porque no me lastimasen las zarzas, dábame de palos para -hacerme correr, que cierto aquel maligno rapaz no parecía que pensaba -en otra cosa sino cómo me matase y echase a perder, y así lo juraba, y -algunas veces me amenazaba. - -Y cierto su detestable malicia le estimulaba para que hiciese otras -peores cosas, porque un día, a causa que mi paciencia ya no podía -sufrir su gran soberbia, dile un par de coces; por la cual causa él -inventó contra mí crimen y hazaña endiablada. Cargome encima dos -barcinas de tascos muy bien ligados, con sus cuerdas, y así me llevó -por este camino adelante, y llegando a una aldea, hurtó una brasa de -fuego y púsola en medio de la carga: el fuego recalentado y criado -con los tascos, alzó grandes llamas, de manera que el ardor mortal -me cubrió, que ni había remedio a tan gran mal, ni parecía socorro -alguno para mi salud. Y como semejante peligro no sufre tardanza, antes -pervierte todo buen consejo, la providencia de la fortuna resplandece a -la vez muy alegre en los casos crueles y contrarios. - -No sé si lo hizo aquí por guardarme para otro mayor peligro, pero -cierto ella me libró de la presente y cierta muerte. Acaso estaba un -charquillo de agua turbia, que había llovido otro día antes, el cual, -como yo vi, lánceme dentro en un salto, sin pensar otro peligro, y la -llama fue luego apagada, en tal manera, que yo fui vacío de la carga, y -escapé libre de la muerte. - -Mas aquel maligno y temeroso mozo tornó contra mí toda su malignidad -que había hecho, diciendo y afirmando a todos los pastores que por allí -estaban, que pasando yo por los fuegos de los vecinos de aquella aldea, -de mi propia gana, titubeando los pasos, había tomado aquel fuego, y -aun haciendo burla de mí, andaba diciendo: - ---¿Hasta cuando hemos de mantener de balde a este engendrador de fuego? - - -IV. - - Lucio recuenta grandes trabajos que padeció por causa de venir a - poder y manos de un mal rapaz. - -Ya que pasaron muchos días después, me buscó otro mayor engaño. Vendió -la carga de leña que yo traía en una casa de aquella aldea, y tornome -vacío a casa, dando voces que no podía ya su fuerza bastar a mi maldad, -y que él no quería más servir en este miserable oficio, y las quejas -que inventaba contra mí, eran de esta manera: - ---Vosotros veis este perezoso tardón y grande asno, además de otras -maldades que cada día me hace, ahora me fatiga con menos peligros: como -ve por ese camino a algún caminante, ahora sea mujer vieja, ahora moza -doncella para casar, o muchacho de tierna edad, luego, echada la carga -en el suelo, y aun algunas veces la albarda y cuanto trae encima, con -mucha furia corre, como enamorado de personas humanas, y echados por -aquel suelo, prueba de hacer con ellos lo que es contra natura, y aun -muérdelos con su boca sucia, que parece que los quiere besar, lo cual -nos es causa de muchas lites y cuestiones, y aun quizá algún día nos -traerá a mayor daño. Que ahora halló en el camino una moza honesta y -hermosa, y como la vio, echada por el suelo la carga de leña que traía, -arremetió a ella con ímpetu furioso, y el gentil enamorado derribó a -la mujer por el suelo, y trabajaba cuanto podía por dormir con ella, -en tal manera, que si no acudieran unos labradores y se la quitaran -de entre las manos, cierto él hiciera mal, a pesar de la moza, y la -matara, y a nosotros diera harto trabajo y mala ventura. - -Con estas tan falsas mentiras, que mucho me atormentaban, incitó -cruel y fieramente los ánimos de los pastores para destrucción mía. -Finalmente, que uno de ellos dijo: - ---Pues si así es, ¿por qué no sacrificamos este marido público y -adúltero común de todos, así como lo merecen sus bodas contra natura? Y -tú, mozo, ¿oyes? Mátalo luego y echa las entrañas y asadura a nuestros -perros, y la otra carne se salará para que la coman los gañanes, y el -cuero llevaremos a nuestro amo, y con él haremos pago, diciendo que le -mató un lobo. - -Cuando esto oyó aquel mortal enemigo y acusador mío, estaba muy alegre, -por ser ejecutor de la sentencia de los pastores, y procurando siempre -mi mal, recordándose de aquellas coces que le había dado, comenzó luego -a aguzar el cuchillo en una piedra. Entonces, uno de la compañía de -aquellos labradores, dijo: - ---Grande mal es que matemos de esta manera un asno tan hermoso como -este y que por lujuria de amores de personas humanas él sea acusado, -y carezcamos de su buen trabajo y servicio tan necesario, cuanto más, -quitándole los compañones, nunca será más celoso ni se alzará para -hacer mala cosa; a nosotros quitaremos de peligro, y él se hará más -hermoso y grueso; porque yo he visto muchos, no solamente de estos -asnos perezosos, mas caballos muy fieros que eran celosos en gran -manera, y por aquella causa, bravos y crueles, y haciéndoles este -remedio de castrarlos, se tornaban muy mansos sin ninguna furia; y por -esto no eran menos hábiles para traer la carga y hacer todo lo otro -que era menester. Si todo esto que os digo creéis, y os parece bien, de -aquí un poco de rato yo he acordado de ir a este mercado que aquí cerca -se hace, y tomadas de casa las herramientas que son menester para hacer -esta cura, tornaré a vosotros muy presto, y castrado este enamorado, -cruel y bravo, yo entiendo tornarlo más manso que un cordero. - -Con esta sentencia yo fui revocado de las manos de la muerte, pero como -quedé desde entonces reservado para aquella pena, yo lloraba y gemía, -viendo que era ya muerto en la última parte de mi cuerpo. Finalmente, -yo deliberaba de dejarme morir de hambre, o de matarme, echándome de -unos riscos abajo, porque aunque hubiese luego de morir, muriese entero. - -Entretanto que yo tardaba en pensar y elegir cuál de estas muertes -tomaría, a la mañana, aquel malvado mozo que me quería matar, me llevó -a aquel monte donde solíamos traer leña, y allí atome muy bien del ramo -de una grande encina; yo muy bien atado, él se fue un poco adelante con -su hacha, para cortar la leña que había de llevar, cuando de una grande -cueva que allí estaba salió una osa espantable, alzada, la cual como -yo vi con su vista repentina, muy espantado y temeroso, colgué todo -el peso del cuerpo sobre las corvas de los pies, la cerviz alta tiré -cuanto pude. De manera que quebré el cabestro con que estaba atado, y -eché a huir cuanto pude por allí abajo; no solamente corría con los -pies, más con todo el cuerpo; medio tropezando salí por esos campos -llanos, huyendo con grandísimo ímpetu de aquella grande osa, y del -bellaco del mozo, que era peor que la osa. - -Entonces un caminante que por allí pasaba, como me vio vagabundo y -solitario, cabalgó encima de mí, y con un palo que traía en la mano -comenzome a echar y guiar por otro camino que yo no sabía. Pero yo no -iba contra mi voluntad, antes caminaba lo más que podía, por alejarme -de aquella cruel carnicería de mis compañones, y tampoco me curaba -mucho porque aquel me daba con el palo; porque yo estaba acostumbrado, -que cada día me desollaban a palos; mas aquella fortuna cruel que -siempre me fue contraria, no permitió que esto fuese adelante, antes -ordenó otra cosa. - -Aquellos mis pastores andaban a buscar una vaquilla que se les había -perdido, y habiendo atravesado y andado por muchas partes, acaso -encontraron con nosotros, y luego, como me conocieron, tomáronme por el -cabestro, y comenzáronme a llevar; pero aquel otro resistía con mucha -osadía, llamando ayuda y protestando la fe de los hombres, y el señorío -que en mí tenía, diciendo: - ---¿Por qué me robáis lo mío? ¿Por qué me salteáis? - -Ellos dijeron: - ---Tú dices que te tratamos descortésmente, llevando como llevas nuestro -asno hurtado. Antes has de decir dónde escondiste el mozo que traía el -asno, el cual tú mataste. - -Y diciendo esto, dieron con él en tierra, y sacudiéronle muy bien de -coces y puñadas, y él juraba que nunca había visto quién trajese el -asno, mas que lo cierto era que él lo había hallado suelto y solo por -ese camino, y que lo había tomado por ganar el hallazgo; pero que la -verdad era que él tenía pensamiento de restituirlo a su dueño, y que -pluguiese a Dios que este asno pudiera hablar, para que declarara y -diera testimonio de su inocencia, porque cierto a ellos les pesara de -la injuria que le habían hecho. - -De esta manera, porfiando y defendiendo su causa, ninguna cosa le -aprovechaba, porque los pastores, enojados, le echaron las manos -al pescuezo, y así lo tornaron hasta aquel cerro donde el mozo -acostumbraba hacer leña, el cual nunca pareció en todo aquel monte; -pero al cabo hallaron su cuerpo desmembrado y despedazado, derramado -por muchas partes, lo que yo entendía ser hecho por los dientes de la -osa, y cierto yo dijera lo que sabía, si el hablar me ayudara. - -Los pastores cogieron todos aquellos pedazos del cuerpo, y con mucha -ansia los enterraron allí. - -De esta manera, culpando a mi nuevo guiador, diciendo que era cruel, -ladrón y matador, llevándolo bien preso y atado, tornáronle a sus casas -y chozas, diciendo que al otro día siguiente lo llevasen ante los -alcaldes para que le diesen la pena que merecía. - -Entretanto que los padres del mozo muerto lloraban y plañían su hijo, -he aquí do viene aquel rústico que había ido al mercado, al cual -no se le había olvidado lo que le prometió, y venía pidiendo muy -ahincadamente que me castrasen, al cual uno de los que allí estaban -dijo: - ---No es nuestro daño presente lo que tú ahora solamente pides, pero -antes conviene que mañana, no solamente cortemos la natura a este -pésimo asno, mas es razón que también le cortemos la cabeza. Y no creas -que para esto te faltará la ayuda y diligencia de estos. - -En esta manera fue hecho que mi mala ventura se dilatase hasta otro día. - -Yo entre mí daba gracias al bueno del mozo, porque a lo menos, siendo -muerto, daba un día de espacio a mi carnicería. Pero con todo esto, -nunca fue dado un poquito de espacio a mi reposo y placer, porque la -madre de aquel mozo, llorando la muerte amarga de su hijo con muchas -lágrimas y llantos, cubierta de luto, mesaba sus canas con ambas manos, -aullando y gritando, y de esta manera lanzose en mi establo, adonde, -abofeteándose la cara y dándose de puñadas en los pechos, dijo de esta -manera: - ---Ahora este asno está muy seguro sobre su pesebre, entendiendo en -tragar y comiendo siempre, ensancha su profunda barriga, que nunca -se harta, y no se le recuerda de mi amarga mancilla, ni del caso -desdichado que aconteció a su maestro difunto, antes me parece que -menosprecia y tiene en poco mi vejez y flaqueza, y piensa que pasará -sin pena de tan gran crimen como hizo y cometió. - -Y como esto dijo, desenvueltas sus manos, desató una faja que traía -ceñida, y ligados mis pies y manos con ella, me apretó muy fuertemente, -porque estuviese obediente a su venganza, y arrebató una tranca con que -se solían cerrar las puertas del establo, y no cesó de darme de palos -hasta que con el peso del madero, cansada ya de darme, le soltó de la -mano. - -Entonces, quejándose que tan presto se había cansado, arremetió al -fuego, y tomó un tizón ardiendo y metiómelo en medio de estas ingles, -que me quemó todo, hasta que ya no me restaba sino solo un remedio, -en que algo me esforzaba, que solté un chisguete de líquido, que le -ensucié toda la cara y los ojos; finalmente, que con aquella ceguedad y -hedor se apartó la mala vieja de mí, dejándome con harto dolor. - - - - -LIBRO VIII. - -ARGUMENTO. - - En este libro se contiene la desdichada muerte de Lepolemo, marido - de Carites, y de cómo ella sacó los ojos del traidor Trasilo, que - lo había muerto, y después se mató con sus propias manos. -- Y la - mudanza que hicieron sus pastores después de su muerte. -- Adonde - cuenta muy lucidamente los trabajos que pasó, y cómo después - fue vendido a un echacuervos de la diosa Siria, que andaba por - los pueblos pidiendo, y al fin cómo fueron descubiertos de sus - bellaquerías y torpezas, y otras muchas cosas de gusto y pasatiempo. - - -I. - - Cómo vino un mancebo a casa del pastor amo de Lucio, asno, el cual - cuenta a los pastores la muerte de Lepolemo, y la venganza que - Carites tomó en su enamorado Trasilo, y cómo después se mató. - -Cuando vino el otro día, llegó un mancebo de la ciudad, el cual (a mi -parecer) debía ser criado de Carites, aquella doncella que padeció -conmigo tantas tribulaciones y trabajos en casa de aquellos ladrones. -Este mancebo, estando sentado al fuego con los otros gañanes y mozos, -contaba cosas maravillosas y espantables de la desventura e infortunio -que había venido a la persona y casa de su señora, diciendo de esta -manera: - ---Yeguarizos, vaqueros y ovejeros, quiéroos contar lo que ahora -aconteció en casa de nuestros amos. Era un mancebo de esta ciudad, -hidalgo y de nuestro linaje, asaz rico, pero era dado a los vicios de -lujuria y tabernas, andando de continuo en los mesones y burdeles, -acompañándose siempre con ladrones y hombres infames y de bajos -espíritus, ensuciando continuo sus manos en sangre humana, el cual se -llamaba Trasilo; tal era su fama y así se decía de él. Este mancebo -fue uno de los principales que por muchas veces, ahora por sí, ahora -por intercesión de sus parientes y otras personas, pidió en casamiento -a Carites siendo ella de edad para casar, y con toda su posibilidad -trabajó por casarse con ella, y aunque en linaje y riqueza precedía a -todos los otros del pueblo, pero por sus malas costumbres fue desechado -y repelido. - -Después que la hija de mi señor se casó y vino a poder de aquel noble -varón Lepolemo, Trasilo criaba entre sí el amor que a Carites tenía, y -recordándose cómo le habían negado aquel casamiento, buscaba ocasión -para su cruel deseo. Y para esto se hizo y mostró muy placentero con el -casamiento y bodas de Lepolemo, y el día que la doncella fue librada -de mano de los ladrones por astucia y esfuerzo de su esposo, él, -mostrándose más alegre que otro ninguno, hacía mucha fiesta, gozándose -mucho de su buen suceso, y así por todo esto que mostraba, como por -ser de los más principales de la tierra, él fue recibido en nuestra -casa como uno de los principales huéspedes, el cual, encubriendo su -traición, era muy placentero y mostraba su gesto alegre. De esta manera -vino a ser grande amigo y familiar de casa, y cada día crecía la -conversación. - -Finalmente, Trasilo deliberó consigo muchos días antes de hacer lo que -pudiese, y como no hallase lugar oportuno para poder hablar a la dueña -secretamente, y conociese que el vínculo del nuevo amor, que entre los -nuevos desposados crecía, no se pudiese desatar, y que la dueña no -había de hacer traición a su marido, determinó porfiar en su obstinado -y mal propósito, confiando en su juventud, y lo que ahora le parecía -dificultoso, el amor loco que cada día más crecía, le hacía creer y -tener esperanza de ponerlo en efecto. - -Mas yo os ruego ahora que con mucha atención escuchéis en qué paró el -ímpetu de esta perversa y furiosa lujuria. - -Un día Lepolemo llevó consigo a Trasilo, fuese a caza de monte para -buscar animales, así como corzos, porque en estos no hay ferocidad ni -braveza como en los otros animales, y también Carites no consentía que -su marido fuese a cazar bestias armadas con dientes o con cuernos, por -el peligro que de ello se podría seguir. Y llegando a un monte muy -espeso de árboles, comenzaron los cazadores a llamar los perros, que -eran monteros de linaje, para que sacasen de allí los animales que -había, y como los perros eran enseñados de aquella arte, repartiéronse -luego, cercando todas las salidas de aquel monte. - -Estando así, cada uno aguardando en su estancia, hecha señal por los -cazadores, comenzaron de latir y ladrar tan reciamente, que toda la -montaña hinchieron de voces, de la cual no salió corza ni gama, que -es mansa más que ninguna otra fiera, pero salió un puerco montés -muy grande y espantable, con las cerdas levantadas encima del lomo, -echando espumajos con el sonido de las navajas, los ojos de fuego, con -ímpetu cruel, que parecía un rayo. Y luego, como llegaron a él los -más esforzados perros, dando con las navajas acá y allá los mató y -despedazó, y después saltó las redes y enderezó su camino. - -Nosotros, cuando aquello vimos, espantados de gran miedo, como no -éramos acostumbrados a aquella peligrosa caza, mayormente que estábamos -sin armas, escondímonos entre aquellas ramas y hojas de los árboles. -Trasilo, como halló oportunidad para la traición y maldad que en su -pecho moraba, dijo a Lepolemo engañosamente: «¿Qué es la causa por que -confusos de miedo, y semejantes a nuestros criados, espantados dejamos -perder tan hermosa presa de nuestras manos? ¿Por qué no subimos en -nuestros caballos y seguimos a este puerco? Toma tú este venablo, y yo -tomaré mi lanza.» - -Diciendo esto, no tardaron más, y saltaron luego en sus caballos, y con -grandísima gana siguieron tras del puerco, el cual, como el animal se -viese apretado, no se le olvidó su esfuerzo, y tornó con gran ímpetu y -encendimiento de su ferocidad, dando golpes con las navajas, hiriendo -y rompiendo cuanto topaba. Mas el primero que llegó fue Lepolemo, que -le metió el venablo por las espaldas. Trasilo perdonó al jabalí, y -arrojó la lanza al caballo de Lepolemo, que le cortó las corvas de -los pies, por manera que el caballo cayó hacia la parte donde estaba -herido, y contra su voluntad dio con su señor en tierra. No tardó el -puerco, que con mucha furia arremetió a él, y comenzole a trabar de la -ropa, y él forcejeaba por levantarse, mas diole tantas navajadas, que -le hizo muchas llagas; pero en todo esto, nunca el bueno de su amigo -le socorrió ni se arrepintió de la traición comenzada, antes rogándole -Lepolemo que le socorriese, no lo hizo, mas metiole la lanza por muchas -partes, a semejanza de las heridas del diente del jabalí, porque no -pareciesen dadas con mano. Y revolviéndose al puerco, muy fácilmente lo -mató. - -En esta manera muerto Lepolemo, salimos todos de donde estábamos -escondidos, y corrimos allá. Trasilo, como había acabado lo que -deseaba, aunque estaba alegre, todavía hizo gran sentimiento, y -mostraba mucha tristeza, y con mucha ansia besaba el cuerpo del -difunto, de manera que ninguna cosa dejó de hacer para mostrar que -tenía gran dolor de su muerte. - -Cuando esta nueva fue a la triste de su mujer, conmovida de gran dolor, -como mujer sin seso, se salió de casa y fue a esperar el cuerpo de su -marido, y luego se ayuntaron muchos de la ciudad, que la acompañaron -en su dolor. En esto llegó el muerto, el cual como ella vio, llena de -lágrimas se cayó amortecida, y con harto trabajo la volvieron en sí. -Después, con mucha pompa y honra, lo enterraron. - -En todo esto Trasilo no hacía sino dar voces y llorar, diciendo muchas -cosas lastimosas por engañar a la verdad y encubrir su maldad. Y -llegándose muchas veces a Carites, esposa del muerto, le tomaba las -manos, porque no se rompiese los pechos, y con oficio de piedad se -deleitaba en tocar a la dueña. - -Después de hechas las exequias, Carites se retrajo y determinaba de -morir de hambre y sed para ir a acompañar a su marido. Mas Trasilo, -con malvada instancia, unas veces por sí, otras por sus familiares y -parientes, trabajaba que ella no se consumiese ni angustiase, y que -tomase placer. Y como era atrevido y desvergonzado, un día le habló, -diciéndole que se casase con él, lo cual como ella oyese, fue muy -escandalizada, y disimulando con él, le dijo que tomaría su consejo y -que le daría la respuesta. - -Esa misma noche le apareció el ánima de su marido Lepolemo, la cual, -alzando la cara ensangrentada, amarilla y muy disforme, quebrantó el -casto sueño de su mujer, diciendo: - ---Señora mujer, yo te doy licencia que te cases en buen hora con quien -quisieres, con tal condición: que jamás vengas a poder del traidor -sacrílego de Trasilo, ni hables con él, ni te sientes a la mesa, ni -duermas en cama con él; huye de su mano sangrienta que me mató; no -quieras comenzar bodas con quien mató a tu marido, que las heridas -aquellas, cuya sangre lavaron tus lágrimas, no son todas de las -navajadas del puerco, porque la lanza del malvado Trasilo me hizo ajeno -de ti. - -Y de esta manera le contó todas las otras cosas, por donde le manifestó -toda la traición como había pasado. - -Ella, muy temerosa, metió la cara debajo de la ropa, adonde bañó la -cara en lágrimas, llorando y suspirando con gran dolor y mancilla de su -marido, muerto a traición tan malamente por el malvado Trasilo. Y desde -entonces propuso en su pecho de vengarse del cruel matador, y después -matar a sí misma para quitarse de tan enojosa y triste vida. Al otro -día siguiente he aquí donde torna otra vez el abominable demandador -de placeres ilícitos, y comenzó a porfiar con la dueña sobre su -casamiento; pero ella, con astucia y sagacidad, le habló de esta manera: - ---Aun ahora la cara de mi marido y tu amigo se representa ante mis -ojos, y aún el olor de su cuerpo dura en mis narices; por ende me -parecía bien que aguardases el tiempo que es honesto para el luto y -llanto que cualquier noble matrona es obligada a hacer legítimamente -por su marido, a lo menos hasta que se cumpla el año, y esto conviene a -mi honra y a tu provecho y salud. - -Trasilo, no satisfecho con estas palabras, ni contento con el -prometimiento que le hacía, al cabo de muy poco tiempo tornó a -porfiar, diciendo palabras lastimeras con su lengua maldita, hasta -tanto que Carites, vencida de su importunidad, con gran disimulación -comenzó a decir de esta manera: - ---Trasilo, tú me has de otorgar lo que ahora te pido, y es que por -algunos días secretamente seamos en uno, en tal manera, que ninguno de -los familiares de casa lo sienta hasta que pasen algunos días en que se -cumpla este año. - -Mas Trasilo, cuando esto oyó, oprimido de la engañosa promesa de la -mujer, concedió alegremente por cumplir toda su voluntad con ella a -hurto. - -Ella le dijo: - ---Mira bien tú, Trasilo, que lo hagas discretamente: cubierta la cabeza -con tu capa, y sin compañía, vendrás a mi puerta al primer sueño, y -solamente con un silbido que des, te abrirá la puerta esta mi ama, que -te estará esperando; y como entrares, ella te llevará a mi cama. - -Cuando esto oyó Trasilo, plúgole mucho de la manera que le decía de sus -bodas mortales; y no sospechando otra alguna mala cosa, sino turbado -con el deseo, se quejaba porque la noche no venía. - -En fin, después que el sol dio lugar a la noche, Trasilo, aparejado -como le había mandado Carites, vino a la hora, y engañado por la vieja -ama que luego le abrió, lleno de placer y gozo se echó en la cama. -Entonces la vieja, por mandado de su señora, le comenzó a halagar y -hacer caricias, y secretamente sacando un jarro de vino, que tenía -mezclado con cierta medicina para darle sueño, de allí con una copa le -dio a beber tres o cuatro veces, fingiendo que su señora se tardaba -porque estaba allí su padre enfermo y ella estaba cerca de él hasta que -reposase. - -De esta manera Trasilo, bebiendo de aquel vino, seguramente, y con -aquel deseo que tenía, fácilmente la vieja lo enterró en un profundo -sueño. - -Estando él ya aparejado para sufrir todas las injurias que le quisiesen -hacer, durmiendo de espaldas, la vieja llamó a Carites, la cual, con -esfuerzo varonil, se llegó a aquel cruel matador, diciendo de esta -manera: - ---¿Veis aquí el fiel compañero y amigo de mi marido? Este es el que -quiere contraer nuevas bodas conmigo; esta mano es aquella que derramó -mi sangre; este es el pecho que pensó y compuso tantos engaños y rodeos -para mi destrucción; estos son los ojos a quien yo en mal hora agradé. -Pues duerme seguro y sueña bien a tu placer, que yo no te heriré con -cuchillo ni con espada; nunca plegue a Dios que tal haga, porque no te -iguales con mi marido en semejante género de muerte; pero siendo tú -vivo, morirán tus ojos y no verás cosa alguna. - -Diciendo esto, sacó un alfiler de la cabeza e hirió con él en los ojos -de Trasilo, y dejándolo así ciego del todo, desenvainó la espada que su -marido solía traer, y echó a correr furiosamente por medio de la ciudad -y fue hasta la sepultura de su marido. Nosotros y todo el pueblo la -seguimos para quitarle la espada de las manos; pero ella se sentó cerca -del sepulcro, y apartando a todos, les dijo de esta manera: - ---Dejad, señores, estas lágrimas; dejad el llanto, que es ajeno de -mis virtudes, porque yo me vengué del cruel matador de mi marido; yo -he punido y castigado al ladrón y malvado robador de mis bodas; ya es -tiempo que con esta espada busque el camino para ir adonde está mi -Lepolemo. - -Y después que hubo contado por orden todas las cosas que su marido le -reveló en el sueño, y asimismo de qué manera había engañado a Trasilo, -diose con la espada por debajo de la teta izquierda, y así cayó muerta -revuelta en su propia sangre. Finalmente, no pudiendo hablar claro, se -le salió el ánima. - -Entonces los criados de Carites tomaron su cuerpo y enterráronlo en la -misma sepultura de su marido, dándole allí su perpetua compañera. - -Trasilo, vistas todas estas cosas que por él habían pasado, no pudiendo -hallar género de muerte que satisficiese a su presente tribulación, y -teniendo por muy cierto que ninguna espada ni cuchillo podía bastar -a la gran traición por él cometida, hízose llevar al sepulcro de -Lepolemo, y estando allí, dijo: - ---¡Oh ánimas enemigas, veis aquí donde viene la víctima y sacrificio de -su propia voluntad para vuestra venganza! - -Y diciendo esto muchas veces, metiose dentro del sepulcro, y cerradas -muy bien las puertas de la tumba, deliberó por hambre sacar de sí el -ánima condenada por su propia sentencia. - - -II. - - Cómo después que los pastores supieron la muerte de sus señores se - huyeron con su hacienda. - -Siendo aquellos pastores sabedores de la cruel fortuna que había pasado -por sus amos, unos lloraban, otros gemían, doliéndose del triste suceso -de aquella casa. Y temiendo la novedad de la mudanza de otro señor, -aparejáronse para huir, y aquel mayordomo que tenía cargo de las -yeguas y ganado (el cual me recibió muy encomendado para tratarme y -curar bien), todas cuantas cosas había de precio en la casa y alquería -las cargó encima de mis espaldas y de otros caballos, y así se partió, -desamparando su primera morada. Nosotros llevábamos a cuestas niños -y mujeres; llevábamos gallinas, pollos, pájaros, gatos y perrillos, -y cualquiera otra cosa que por su flaco peso podía detener la huida -andaba con nuestros pies, y aunque la carga era grande, no me fatigaba -mucho el peso de ella, antes me holgaba con la huida por dejar aquel -bellaco que me quería castrar y deshacerme de hombre. - -Yendo por nuestro camino, habiendo pasado una cuesta muy áspera de -un espeso monte, entramos por unos grandes campos, y ya que la noche -venía, llegamos a una villa bien grande y rica, adonde los vecinos nos -avisaron que no caminásemos de noche, porque había por allí infinitos -lobos muy grandes, feroces y muy bravos, que estaban acostumbrados a -saltear y comer a los hombres que caminaban de noche. Pero aquellos -malvados huidores que nos llevaban, ciegos con el atrevimiento de la -presa que llevaban, y miedo que no los siguiesen, desechando el consejo -saludable que les daban, no esperaron el día, mas cerca de media noche -nos cargaron y comenzaron a caminar. - -Entonces yo, por miedo del peligro susodicho, me metí en medio de -todas las otras bestias, y todos se maravillaban cómo yo andaba más -liviano que cuantos caballos allí iban; pero aquello no era livianeza -de alegría, mas era indicio del miedo que llevaba: finalmente, que yo -pensaba entre mí, que aquel caballo Pegaso, por miedo le habían nacido -alas con que voló, y por eso fue hasta el cielo, habiendo miedo que no -lo mordiese la ardiente Quimera. - -Aquellos pastores que nos llevaban hiciéronse a manera de un ejército; -unos llevaban lanzas, otros dardos, otros ballestas, y otros piedras -en las manos, y otros llevaban picas bien agudas, y algunos llevaban -hachas ardiendo por espantar a los lobos; en tal manera iban, que no -les faltaba sino una trompeta para que pareciera hueste de guerra. - -Pero aunque pasamos nuestro miedo sin peligro, caímos en otro lazo -mucho mayor, porque los lobos, o por ver mucha gente, o por las -lumbres de aquellos, hubieron miedo, o por ventura porque eran idos -a otra parte, ninguno de ellos vimos, ni pareció cerca ni lejos. Mas -los vecinos de aquellos cortijos por donde pasamos, como vieron tanta -gente y armada, pensaron que eran ladrones, y proveyendo a sus bienes -y hacienda con gran temor que tenían de no ser robados, llamaron a los -perros, que eran más rabiosos y feroces que lobos, y más crueles que -osos, los cuales tenían criados así bravos y furiosos, para guarda -de sus casas y ganados, y con sus silbos acostumbrados y otras tales -voces, echaron los perros contra nosotros, y ellos, además de su propia -braveza, esforzados con las voces de sus amos, cercáronnos de una -parte y otra, y comienzan a saltar y a morder en la gente sin hacer -apartamiento de hombres ni de bestias; mordían tan fieramente, que a -muchos echaron por el suelo. - -Vierais una fiesta que era más para haber mancilla, que no para -contarla, porque como había muchos perros que andaban como rabiosos, -y a los que huían arrebataban con los dientes, y a los que estaban -quedos arremetían, y con crueldad y braveza les sacaban los pedazos, -en tal manera, que a bocados disminuyeron toda nuestra compañía. He -aquí que a este peligro sucedió otro mayor, que los villanos de encima -de los tejados, y de una cuesta que estaba allí arriba, echábannos -tantas piedras, que no sabíamos de qué habíamos de huir. De una parte -los perros que andaban cerca de nosotros, y de la otra más lejos las -piedras que venían sobre nosotros: de manera que estábamos en harto -aprieto. - -En esto vino una piedra que descalabró a una mujer que iba encima de -mí, y ella, con el gran dolor, comenzó a dar grandes gritos y voces, -llamando a su marido, que era un pastor de aquellos, que la viniese a -socorrer. - -Él, cuando la vio, limpiándole la sangre, comenzó a dar gritos, -diciendo: - ---¡Justicia de Dios! ¿por qué matáis los tristes caminantes, y los -perseguís, espantáis y apedreáis con tan crueles ánimos? ¿Qué daño os -hemos hecho? ¿Qué robo es este? - -Como esto oyeron, luego cesó el llover de las piedras, y apartaron la -tempestad de los perros bravos, y uno de aquellos labradores dijo a -voces: - ---No creáis que nosotros, teniendo codicia de vuestros despojos os -queríamos robar; mas pensando que lo mismo queríais hacer a nosotros, -nos pusimos en defensa por quitar nuestro daño de vuestras manos; así -que de aquí en adelante podéis ir seguros y en paz. - -Esto dicho, comenzamos a andar nuestro camino bien descalabrados, y -cada uno contaba su mal: los unos, heridos de piedras; los otros, -mordidos de los perros; de manera que todos iban lastimados. - -Yendo adelante ya buena parte del camino, llegamos a un valle de muchas -arboledas y espesuras de grandes matas, adonde acordaron aquellos -pastores que nos llevaban, de holgar un rato por descansar y curarse -de las heridas. Así que echáronse todos por aquel prado, y después de -haber reposado, curáronse sus llagas lo mejor que pudieron: el uno se -lavaba la sangre en un arroyo que por allí pasaba, y otros con esponjas -mojadas remediaban la hinchazón de sus llagas; otros ligaban las -heridas con vendas, y de esta manera procuraba cada uno su salud. - -Entretanto, un viejo asomó por un cerro, el cual debía ser pastor, y -uno de los de nuestra compañía le preguntó si tenía leche o cuajada -para vender; el viejo cabrero, meneando la cabeza, dijo: - ---No sabéis en qué lugar estáis; guardaos de ahí no muráis. - -Y diciendo esto, fuese de allí muy lejos. La cual palabra y su huida no -poco miedo puso a nuestros pastores. Así que estando ellos espantados -y no viendo a quién preguntar qué cosa fuese aquella, asomó otro viejo -muy mayor que aquel y más cargado de años, con un bordón en la mano, -corcovado, y venía como hombre cansado, y llorando muy reciamente: -llegó a nosotros, y haciendo grandes reverencias, comenzó a besar a -cada uno de aquellos mancebos en las rodillas, diciendo: - ---Señores, por vuestra virtud, y por el Dios que adoráis, que me -socorráis en una tribulación, a mí, viejo cuitado, de un niño mi nieto -que casi está a punto de muerte, el cual venía conmigo en este camino, -y tiró una piedra a un pajarito que estaba cantado, y por matarlo, -cayó en una cueva que estaba llena de árboles por encima, que no se -parecía, y creo que está en lo último de su vida, aunque por las voces -que da, conozco que aún está vivo, mas por mi vejez y flaqueza, como -veis, no le pude ayudar. Vosotros, señores, que sois mancebos y recios, -fácilmente podréis socorrer a este mezquino viejo, librándome aquel -niño, que no tengo otro heredero, ni sucesor de mi linaje. - -Diciendo esto, el viejo pelábase las barbas, de manera que todos habían -mancilla de él. Pero uno más recio que ninguno, y más mozo, de gran -cuerpo y fuerzas, que aquel solo había quedado sano del ruido pasado, -levantose luego y preguntó en qué lugar había caído. El viejo le mostró -con el dedo entre unas zarzas y matas espesas. Así que el mancebo -siguió tras el viejo hacia do le había mostrado. - -Los compañeros, de que hubieron bien comido, y nosotros pacido, -cargáronnos para ir su camino, y como aquel mancebo no venía, -comenzaron a darle voces; desde que vieron que no respondía, enviaron -uno que lo buscase, y que le dijese que viniese presto, que era ya -hora de caminar: aquel tardó en ir a buscar al otro, y tornó admirado -y espantado, diciendo que había visto una cosa maravillosa de aquel -mancebo, que vio cómo estaba muerto en el suelo medio comido, y un -dragón espantable encima de él, comiéndolo todo, y que no parecía el -viejo; lo cual, visto por los pastores, y conociendo que no había en -aquella tierra otro morador, sino aquel viejo, conocieron que aquel era -el dragón. Así que dejaron aquella tierra y se fueron. - - -III. - - Cómo Lucio prosigue contando muchos acontecimientos que se ofrecieron - siendo asno, yendo con los pastores. - -De allí fuimos a una aldea, donde estuvimos toda aquella noche, y allí -aconteció una cosa que yo deseo contar. - -Un esclavo de un caballero, cuya era aquella heredad, estaba allí por -mayordomo y guarda de toda la hacienda, y era casado con una esclava -del mismo caballero. El marido andaba enamorado de otra moza libre, -hija de un vecino de allí. La mujer, con el dolor y enojo de los -amores del marido, tomó cuantos libros de sus cuentas tenía, y toda la -hacienda y ropa de casa, no estando allí su marido, y quemolo todo. No -contenta con lo que había hecho, ni pensando que estaba vengada de la -injuria, tornose contra sí misma y tomó en los brazos un niño, hijo del -marido, y atolo consigo y echose en un pozo muy hondo. - -El señor, cuando supo la muerte de su esclava y del niño, que había -sido por causa de los amores del marido, hubo mucho enojo, y tomolo -desnudo y enmelado, y atolo muy fuertemente a una higuera vieja que -tenía muchas hormigas, que hervían de un cabo a otro, las cuales, -como sintieron el dulzor de la miel y el olor de la carne, y aunque -eran chicas, pero infinitas, con los continuos y espesos bocados que -le daban, en tres o cuatro días le comieron hasta las entrañas, que -dejaron los huesos blancos y sin carne ninguna, atados a la vieja -higuera, de lo cual se espantaron todos los labradores. - -Dejamos también esta mala tierra y partimos, caminando a mucha priesa -por unos grandes campos, hasta que llegamos a una ciudad muy noble y -bien poblada, adonde aquellos pastores determinaron tomar sus casas y -morada, porque les parecía que allí se podrían muy bien esconder de los -que viniesen a buscarles. Demás de esto les convidaba a morar allí la -abundancia que había. Finalmente, que después de haber reposado tres -días por descansar, porque nos rehiciésemos del camino, para mejor -podernos vender, sacáronnos al mercado, y un pregonero nos comenzó a -pregonar, y luego vendió el caballo y otro asno, mas a mi nadie me -quería, como a mala bestia. - -Ya yo estaba enojado de los que allí estaban, que todos me palpaban -las encías, queriendo saber y contar de mis dientes la edad que había, -y con este asco, llegando a mí uno que le hedían las manos, sobajando -muchas veces mi boca con sus dedos sucios, dile un bocado en la mano, -casi le corté los dedos; lo cual espantó tanto a los que allí estaban -alrededor, que ninguno me quiso comprar, diciendo que era asno bravo y -fiero. - -Entonces el pregonero comenzó a dar grandes voces, que ya estaba ronco, -diciendo muchas gracias y burlas contra mi fortuna y desdicha. - ---¿Hasta cuándo tardaremos en vender este asno viejo? Él tiene las -manos y pies desportillados, flaco y de muy ruin color, perezoso, y, -sobre todo, bravo y feroz tan sin provecho, que no es bueno sino para -hacer de su pellejo un harnero; démoslo a alguno que no le pese de -perder la paja y cebada que comiere. - -En esta manera, jugando aquel pregonero, hacía dar grandes risas a -los que allí estaban; pero aquella mi cruelísima fortuna, la cual yo, -huyendo por tantas provincias, nunca pude huir de ella, ni con tantos -males y tribulaciones como pasé, pude aplacar, otra vez de nuevo lanzó -sus ojos ciegos contra mí, dándome un comprador perteneciente para -mis duras adversidades; y ¿sabéis qué tal? Un viejo calvo y bellaco, -cubierto de cabellos y medio cano, del más bajo linaje, y de las heces -de todo el pueblo, el cual andaba con otros trayendo a la diosa Siria -por esas plazas, villas y lugares, tañendo panderos y atabales y -mendigando de puerta en puerta sin ninguna vergüenza. - -Este echacuervos, con la mucha gana que tenía de comprarme, preguntó al -pregonero que de dónde era yo. Él le respondió prestamente que era de -Capadocia, y que era muy bueno y asaz recio. Preguntole más: ¿qué edad -había? El pregonero, burlándose de mí, dijo: - ---Un astrólogo que miró la constelación de su nacimiento, dijo, -que podría ahora haber como cinco años, pero él sé que sabrá mejor -estas cosas, según la profesión de su ciencia. Y como quiera que yo, -a sabiendas, incurra en la pena de la ley Cornelia, si revendiere -ciudadano romano por esclavo; pero ¿por qué no compras un servidor tan -bueno y provechoso, que te podrá ayudar así en casa como fuera de ella? - -Con todo esto, aquel comprador malo no dejó de preguntar cuando esto -oyó, y sacar unas cosas de otras. Finalmente preguntó con mucha ansia -si yo era manso. El pregonero le dijo: - ---Es tan manso, que no parece asno, sino cordero: no muerde, ni echa -coces, que no parece sino que debajo del cuero de un asno mora un -hombre muy pacífico y modesto. - -En esta manera, el pregonero, con sus chocarrerías, trataba aquel -glotón echacuervos, el cual dio por mí siete dineros, y llevándome a su -casa, luego, a la entrada de la puerta, comenzó a dar voces, diciendo: - ---Mozas, un servidor os traigo del mercado, ¿veislo aquí? - -Pero aquellas mozas que él decía, era una manada de mozos bardajas, -los cuales, como lo oyeron, habiendo de ello mucho placer y alegría, -alzaron grandes voces pensando que les traería algún esclavo que -fuese aparejado para lo que ellos querían. Pero cuando vieron que -era un asno, torciendo el rostro con enojo, increpaban a su maestro, -diciéndole que no había traído servidor para ellos, sino marido para sí. - -Diciendo estas y otras cosas de burlas, me ataron a un pesebre, y luego -vino un mancebo, que tenía flauta y trompeta, que estaba allí por su -sueldo para tañer a la diosa, y en casa ejercitábase en contentar a -aquellos medio mujeres, el cual me echó de comer. - - -IV. - - Cómo después que Lucio, asno, fue vendido a un echacuervos de la - diosa Siria, le acontecieron muchos trabajos. - -Al otro día siguiente, vestidos de varios colores, y cada uno de su -traje, unos con mitras en sus cabezas, otros con túnicas blancas -ceñidas, pusieron encima de mí a la diosa Siria, cubierta de una -vestidura de seda. Ellos llevaban los brazos desnudos hasta los hombros -y unos cuchillos en las manos, y al son de la flauta bailaban delante -de su diosa. Y yendo de esta manera, pasamos por algunas caserías y -pueblos, adonde aquellos hipócritas falsos comenzaron a hacer grandes -maravillas, bajando furiosamente sus cabezas, torciendo a una parte -y a otra los pescuezos, colgando los cabellos y mordiéndose algunas -veces los brazos, y aun con aquellos cuchillos que traían se daban de -cuchilladas. Entre estos había uno que con mayor furia, así como hombre -endemoniado, fingía aquella locura, por parecer que con las presencias -de los dioses suelen los hombres no ser mejores en sí, mas antes -hacerse flacos y enfermos. - -Pues espera, y verás qué galardón hubo de la Providencia celestial. Él -comenzó a decir adivinando a grandes voces, y fingiendo mayor mentira, -que quería castigar y reprender asimismo, diciendo que había pecado -contra su santa religión; y por esto quería él tomar por sus propias -manos la pena que merecía por aquel pecado que había cometido. Así -que arrebató un azote, el cual es propia insignia de aquellas medias -mujeres, torcidos muchos cordeles de lana de ovejas y escarchado con -choquezuelas de pies de carneros a colores, y diose con aquellos -nudos muchos golpes, hasta que se adormeció las carnes, que parecía -que maravillosamente estaba preservado para poder sufrir el dolor de -aquellas llagas. Que vieras cómo de las heridas de los cuchillos y de -los golpes de la disciplina todo el suelo estaba bañado en la suciedad -de aquella sangre afeminada, la cual cosa no poco cuidado y fatiga me -ponía en mi corazón, viendo derramar tan largamente sangre de tantas -heridas, por ventura que al estómago de aquella diosa extraña no se le -antojase sangre de asno, como a los estómagos de algunos hombres se les -antoja leche; así que cuando ya estaban cansados, cierto mejor diría -cuando hartos de abrir sus carnes, hicieron pausa cesando de aquella -carnicería; y comenzaron a recoger en sus faldas abiertas dineros de -cobre y aun también de plata que muchos les ofrecían. Demás de esto, -les daban jarros de vino y de leche, queso y harina y trigo candeal, y -algunos daban cebada para mí que traía la diosa. - -Ellos, con aquella codicia rapaban todo cuanto podían y lanzábanlo en -costales que para esto traían de industria aparejados para aquella -echacorvería y todos los echaban encima de mí, de manera que ya yo iba -bien cargado con carga doblada, porque iba hecho troje y templo. - -En esta manera discurriendo por aquella región, la robaban. Llegando a -una villa principal, como allí hallaron provecho de alguna ganancia, -alegres hicieron un convite de placer, que sacaron un carnero grueso -a un vecino de allí, con una mentira de su fingida predicación, -diciéndole que con su limosna y sacrificio hartase a la diosa Siria, -que estaba hambrienta. Así que su cena bien aparejada, fuéronse al -baño, y vinieron muy bien lavados. Trajeron consigo un mancebo aldeano -de allí para cenar con ellos, y como hubieron comido unos bocados de -ensalada, allí delante de la mesa aquellos sucios bellacos comenzaron a -burlar con aquel mancebo, que tenían desnudo, como hacían las mujeres -con los hombres. - -Yo, cuando vi tan gran traición y maldad, no pudiéndolo sufrir mis -ojos, intenté dar voces, diciendo: «¡Oh romanos!», pero no pudiendo -pronunciar las otras letras y sílabas, solamente dije muy claro y muy -recio: «¡Oh, oh!», lo cual dije a tiempo oportuno, a causa que muchos -mancebos de una aldea de allí cerca, andaban a buscar un asnillo que -les habían hurtado aquella noche, y andaban muy codiciosos buscándolo -por todos los caminos y apartamientos; los cuales, oyendo mi rebuzno -dentro de aquellas casas, creyeron que era su asno, y de improviso -todos juntos entraron en casa, donde hallaron aquellos bellacos -haciendo aquellas maldades y suciedades, y como los vieron comenzaron a -llamar a los vecinos para que viesen aquel aparato torpe y sucio; demás -de esto, haciendo burla, alababan la purísima castidad de aquellos -echacuervos. - -Ellos, embarazados y turbados con esta infamia, que fácilmente fue -divulgada por todo el pueblo, por lo cual con mucha razón eran -aborrecidos y malquistos de todos, aquella noche a las doce, liadas -todas sus ropas, se partieron a hurtadillas de aquella villa; y -habiendo andado buena parte del camino antes del día, entramos por un -desierto y despoblado, siendo ya claro día; entonces hablaron entre -sí primeramente, y después aparejáronse para mi daño y muerte; porque -quitando la diosa de encima de mí, y puesta en tierra, quitáronme todos -aquellos paramentos que traía, y desnudo atáronme a un roble, y con -aquel azote que estaba encadenado de osezuelos de ovejas, diéronme -tantos azotes, que casi me llegaron a lo último de la muerte. - -Uno de aquellos me amenazaba con un cuchillo para cortarme las piernas, -diciendo que había enfadado con mi feo rebuzno a todos; pero los -otros no permitieron que me las cortase, diciendo que por reverencia -de la diosa, que estaba delante, no muriese por entonces. En tal -manera, que luego me tornaron a cargar de aquellas cosas que llevaba, -y dándome buenos palos, coces y encontrones, llegamos a una grande y -noble ciudad; adonde un noble varón principal de allí, hombre de buena -vida, y que era muy devoto de la diosa Siria, como oyó el sonido -de los atabales y panderos y los cantares de aquellos echacuervos a -manera de como cantan los sacerdotes de la diosa Cibeles, corrió luego -a recibirlos muy devotamente; recibió por huéspeda a la diosa, y a -nosotros todos nos hizo meter dentro del cercado de su ancha casa, y -luego comenzaron a entender en aplacar y sacrificar a la diosa con gran -veneración y con gruesos animales y sacrificios. - -En este lugar me acuerdo yo haber escapado de un grandísimo peligro de -muerte, el cual fue este: - -Un labrador de allí envió un presente al señor de aquella casa, que era -un cuarto de ciervo muy grande y grueso, el cual recibió el cocinero y -lo colgó negligentemente tras la puerta de la cocina, no muy alto del -suelo. Un lebrel que allí estaba, sin que nadie lo viese, alcanzolo, -y alegre con su presa, prestamente desapareció delante de los ojos de -los que allí estaban. El cocinero, cuando conoció su daño y la gran -negligencia en que había caído, llorando muy fieramente, y como casi -desesperado que ya casi su señor demandaba de cenar, no sabiendo qué -hacer, y con el temor que tenía, se quería ir de su amo. La mujer, que -le quería bien, con palabras amorosas le ponía esfuerzos, diciendo: - ---¿Cómo tan espantado y atemorizado te ha este presente mal, que -determinas de dejar la casa de tu señor, adonde tanto tiempo ha que -ganas tu vida? ¿Y no ves que me dejas sola llena de hijos? Por ende yo -he hallado un buen remedio, el cual vino por providencia de los dioses, -y es este: Toma este asno, que ahora es venido aquí, llévalo a algún -lugar apartado, y degüéllalo, y una de sus piernas, que es semejante -a la que se perdió, le cortas, y muy bien picada y guisada, o de otra -manera que sea muy sabrosa, la pondrás delante de tu señor, en lugar -del ciervo. Al bellaco pusilánime del cocinero plugo mucho el consejo -que la sagaz y astuta de su mujer le había dado, y acordó hacer en mí -aquella cruel carnicería, queriendo con mi muerte remediar su vida y la -de su mujer e hijos, y para esto comenzó luego a aguzar sus cuchillos, -no viendo la hora de tener guisada mi pobre pierna. - - - - -LIBRO IX. - -ARGUMENTO. - - Este noveno libro cuenta la astucia del asno cómo se escapó de - la muerte, de donde se le siguió mayor peligro, que creyeron que - rabiaba, y con el agua que bebió vieron que estaba sano. -- Cuenta - una mujer que engañó a su marido por un sutil arte de un tonel. -- - Ítem el engaño de las suertes que traían los echacuervos de la diosa - Siria. -- Y cómo fueron tomados con un hurto, y fueron presos por - ello. -- Y de cómo fue vendido a un tahonero, adonde cuenta de la - maldad de su mujer y otras cosas de mucho gusto y pasatiempo. -- Y - cómo después fue vendido a un hortelano, y de un caballero que quiso - tomar el asno por fuerza, y lo que le aconteció. - - -I. - - Cómo después que Lucio entendió que el cocinero le quería matar, - buscó astucia para librarse de tan gran peligro, de donde se le - siguió otro mayor, del cual también se libró. - -Aquel cocinero traidor ya armaba contra mí sus crueles manos. Yo, -con la presencia de tan gran peligro, no teniendo consejo ni aun -tiempo para pensar en él, deliberé, huyendo, escapar de la muerte -que sobre mí estaba, y prestamente, quebrando el cabestro con que -estaba atado, eché a correr a cuatro pies cuanto pude, y metime sin -empacho ni vergüenza en la sala donde estaba cenando aquel señor de -casa sus manjares con los sacerdotes de aquella diosa Siria; y con mi -ímpetu derramé y vertí todas aquellas comidas que allí estaban, mesas -y candeleros y cosas semejantes, la cual disformidad y estrago, como -vio el señor de la casa mandó a un siervo suyo que con diligencia me -tomase y como asno importuno y garañón me tuviese encerrado en alguna -parte, porque otra vez con mi poca vergüenza no desbaratase su convite -placentero y alegre. - -Entonces yo me alegré con aquel mandamiento de la guarda y cárcel -saludable, viendo cómo con mi astucia y discreta invención había -escapado de las crueles y pestilenciales manos de aquel carnicero. - -Pero cuando la fortuna persigue a un hombre, ningún buen consejo le -aprovecha, porque la invención que a mí me pareció haber hallado para -mi salud, me fabricó otro mayor peligro, y fue que un muchacho entró en -la sala donde estaban comiendo, y dijo a su señor cómo de una calleja -de allí cerca había entrado poco antes un perro rabioso con gran ímpetu -y ardiente furor, y había mordido a todos los perros de casa, y después -había entrado en el establo y mordido con aquella rabia a muchos de -los caballos que allí estaban, y que también había mordido a algunas -personas de casa, lo cual asombró a todos, y pensando que por estar -yo inficionado de aquella pestilencia hacía aquellas ferocidades, -arrebataron lanzas y dardos y comenzáronse a amonestar unos a otros -que echasen de sí un mal tan grande como era aquel. Y cierto, ellos me -perseguían y rabiaban más que yo, por lo cual, sin duda, me mataran y -despedazaran con aquellas lanzas y venablos y con hachas que traían; -mas yo, viendo el ímpetu de tan gran peligro, luego me metí en la -cámara donde posaban aquellos mis amos. - -Entonces ellos, cerrándome luego las puertas, velaban hasta que aquella -fuerte pestilencia y rabia se consumiese, para que ellos pudiesen estar -sin peligro. - -Como yo me vi así encerrado, libre de aquel infortunio, echeme encima -de la cama, que estaba muy bien hecha, y descansé durmiendo como -hombre, lo cual mucho tiempo había que no usaba. Y a otro día bien -claro, habiendo yo muy bien descansado con la blandura de la cama, -levanteme esforzado y aceché aquellos veladores que allí estaban -guardándome, los cuales altercaban sobre mí de esta manera: - ---Este mezquino asno creemos que está fatigado con su furor y rabia, y -puede ser que estará ya muerto. Bueno será que veamos lo que hace. - -Y abierta una pequeña parte de la puerta, viéronme estar sosegado y muy -quieto; y como así me vieron, uno de aquellos que parece los dioses -habían enviado para mi remedio, mostró a otro un remedio para conocer -mi sanidad, diciendo que me pusiesen una caldera de agua para beber, y -que si yo sin temor y como acostumbraba llegase al agua y bebiese, de -buena voluntad supiesen que yo estaba sano y libre de toda enfermedad; -y por el contrario, si vista el agua hubiese miedo, haciendo algunos -meneos y diabluras, y no la quisiese tocar, tuviesen por muy cierto -que aquella rabia mortal duraba en mí, y que esto tal se solía guardar -según cuentan los libros antiguos. - -Como esto les pluguiese a todos, tomaron luego una grande herrada de -agua clara y limpia, y con algún temor me la pusieron delante; yo salí -luego sin tardanza ninguna a recibir el agua con harta sed que tenía, -y comencé a beber de aquella agua, que asaz era para mí verdaderamente -saludable. Entonces yo sufrí cuanto ellos hacían, dándome golpes con -las manos y tirarme de las orejas y trabarme del cabestro, y cualquier -otra cosa que ellos querían hacer por experimentar mi salud; yo había -placer de ello, hasta tanto que con su desvariada presunción yo probase -claramente mi modestia y mansedumbre para que a todos fuese manifiesta. - - -II. - - Lucio recuenta una historia que oyó haber acontecido en un pueblo, de - cómo una mujer burló de su marido. - -Luego otro día siguiente, habiendo yo escapado de tanto peligro, me -cargaron otra vez de los divinos despojos, y ellos con sus panderos -y campanillas comenzamos a caminar, y habiendo ya pasado algunas -caserías, llegamos a un lugarejo, adonde aquella noche nos aposentamos. - -Allí oí contar un gracioso cuento, el cual quiero que vosotros sepáis. - -Era un hombre que se alquilaba por trabajador, y con aquello que ganaba -se mantenía miserablemente; tenía una mujer galana y requebrada. Un día -de mañana, como el marido se fuese a la plaza para buscar de trabajar, -vino el enamorado de su mujer y metiose en casa. - -Estando ellos así, el marido, que ninguna cosa sabía ni sospechaba, -tornó de improviso a casa y batió a la puerta. - -La mujer, que era astuta para tales sobresaltos, hizo meter a su -enamorado en un tonel viejo que estaba en un rincón de casa, medio -roto y vacío; y abierta la puerta a su marido, comenzó a reñir con él, -diciendo: - ---¿Cómo así venís vacío y muy despacio, metidas las manos en el seno? -¿No veis nuestra necesidad y pobreza? ¿Por qué no traéis alguna cosilla -para comer? Yo, mezquina, que todo el día y la noche me estoy quebrando -los dedos hilando, encerrada en casa, al menos que tenga para encender -un candil. ¡Bienaventurada mi vecina Dafnes, que en amaneciendo come y -bebe cuanto quiere, y todo el día está en placeres con sus enamorados! - -El marido, convencido con esto, dijo: - ---¿Pues qué es ahora esto? Aunque mi amo está ocupado en un pleito y -no nos ha llevado a trabajar, yo he proveído a lo que hemos de comer, -porque he vendido aquel tonel, que nunca nos sirve de nada, por cinco -dineros a un hombre que aquí viene; por tanto, ayúdame a sacarlo de -aquí, y entregarlo hemos a quien me lo compró. - -Cuando esto oyó la mujer, sacó el engaño de lo que el marido decía, y -fingiendo una gran risa, le dijo: - ---¡Oh qué hombre y buen negociador he hallado, que la cosa que yo, -siendo mujer necesitada, tengo vendida por siete dineros, vendió él en -la calle por menos! - -El marido, alegre con esto, le dijo: - ---¿Quién es este que tanto te dio por él? - -La mujer respondió: - ---Vos no sabéis nada; ahora entró uno dentro de él para ver qué tal -estaba. - -No faltó astucia al enamorado, que luego saltó de dentro, diciendo: - ---Buena mujer, este tonel me parece que está abierto por muchas partes. - -Y disimuladamente volviose al marido, como que no le conocía, y díjole: - ---Tú, hombrecillo, quien quiera que eres, ¿por qué no me traes un -candil para ver bien de dentro este tonel? ¿Por ventura piensas que he -de dar mis dineros sin mirarlo muy bien? - -El buen hombre, no sospechando mal, no tardó en encender el candil, y -dijo al enamorado: - ---Apártate, hermano, y huelga, que yo entraré a ver las heces, y verás -si es hendido y mal tratado. - -Diciendo esto, tomó la mujer el candil, y él entró en el tonel y -comenzó a raer aquellas costras. - -El adúltero, como vio que la mujer estaba bajada alumbrando a su -marido, dolábala por detrás; y ella, con astucia metida la cabeza en el -tonel, burlaba del marido, diciendo: «trae aquí y allí, y quita esto y -esto otro», hasta que la obra de entrambos fue acabada. - -Entonces salió del tonel, y tomando sus siete dineros el mezquino del -marido cargó el tonel a cuestas, y llevolo a casa del adúltero. - -Aquí estuvimos algunos días, donde por la liberalidad de los moradores -de aquella ciudad fuimos muy bien tratados, y mis amos cargados de -dones por su adivinar. - - -III. - - Cómo Lucio recuenta una astuta manera de suerte que los echacuervos - usaban para sacar dineros; y cómo fueron presos y él vendido a un - tahonero. - -Bien sabían engañar al pueblo aquellos limpios y buenos de mis amos, -porque para sacar dineros inventaron una suerte sola; la cual aplicaban -y referían a muchas cosas, y en cada pueblo de aquellos la sacaban para -responder y engañar a los que les preguntaban, y consultaban sobre -cosas varias; y la suerte decía de esta manera: - ---Por ende, los bueyes juntos aran la tierra, porque para el tiempo -venidero nazcan los trigos alegres. - -Con esta suerte burlaban a todos; porque si algunos deseaban casarse, -y les preguntaban cómo sucedería, decían que la suerte respondía -que era muy buena para juntarse por matrimonio y para tener buenos -hijos. Si alguno quería comprar una heredad, respondían que era muy -bien, porque los bueyes y el yugo significaban los campos floridos y -llenos de fruto. Si alguno quería ir camino y preguntaba a aquellos -buenos sacerdotes de su viaje, decían que sería muy bueno, porque -venían en la suerte los más mansos animales que hay en el mundo y más -provechosos. Si alguno de aquellos quería ir a la guerra o a perseguir -ladrones, y preguntaba si sería su ida provechosa, respondían que la -victoria tenían muy cierta, según la demostración de la suerte; porque -sojuzgarían al yugo las cervices de los enemigos, y habrían de lo que -robasen muy abundante y provechosa presa. - -Con esta manera de adivinar y con su grande astucia, no pocos dineros -apañaban. Pero ya cansados de recibir dineros, aparejáronse para -caminar, llevándome muy bien cargado por un camino muy bellaco de -muchos lodos y lagunas, que a cada paso resbalaba y tenía gran miedo de -dar con la diosa en tierra. - -Saliendo de este mal camino llegamos a unos espaciosos y hermosos -campos, y he aquí súbitamente a nuestras espaldas una manada de gente -de a caballo, corriendo con gran ímpetu, y pegaron muy recio a los -sacerdotes, llamándoles sacrílegos y regulares y grandes ladrones, -engañadores y falsarios; dándoles buenas puñadas echaron a todos -esposas a las manos, y con palabras muy recias les comenzaron a -apretar, para que descubriesen dónde llevaban un vaso de oro que habían -hurtado, y que dijesen la verdad, porque fingiendo ellos de sacrificar -secretamente a la madre de los dioses que allí iba, de su estrado lo -hurtaron escondidamente; y pensando escapar de la pena de tan gran -traición, se partieron calladamente, antes que amaneciese, de la ciudad. - -Diciendo esto, no faltó uno de aquellos caballeros que por encima de -mis espaldas metió la mano debajo de las faldas de la que yo traía, y -buscando bien halló el vaso de oro, el cual sacó delante de todos. - -Pero con este tan gran crimen no se avergonzaron aquellos sucios -bellacos, mas antes fingiendo un mentiroso reír, dijeron: - ---¡Oh, qué crueldad y sinrazón! Por un vasillo que la madre de los -dioses presentó a su hermana Siria, en don de haberla tenido por -huésped en su casa, lleváis vosotros a sus sacerdotes presos como a -homicidas. - -Estas y otras tales mentiras y excusas gritando daban, mas aquellos -caballeros, no curando de sus palabras, los tornaron para atrás y los -metieron en la cárcel, y el vaso de oro y la diosa que yo llevaba -pusieron en el templo de la madre de los dioses. - -Al otro día sacáronme a la plaza, y otra vez me pusieron en almoneda, -pregonando el pregonero: «¿Quién da más por él?» y un tahonero de -un lugar allí cerca me compró por siete dineros más caro que el -echacuervos me había comprado; el cual molinero luego me cargó muy bien -de trigo, y por un camino lleno de piedras y cuestas me llevó a su -tahona. Allí vi muchos caballos y acémilas que traían aquellas muelas -en derredor dando vueltas siempre por un camino. Y no solamente de día, -pero toda la noche hacían harina, volviendo continuamente aquellas -tahonas. Pero como venía de nuevo, porque no me espantase de la novedad -de aquel servicio, aposentome el nuevo señor en lugar ancho donde -estuviese; aquel primer día que llegué me dejó holgar, dándome muy bien -de comer. - -Pero aquella bienaventuranza de holgar y comer no duró más adelante, -porque al otro día siguiente bien de mañana yo fui ligado a un ingenio -de aquellos, que parecía ser el mayor de todos, y cubierta mi cara -fui compelido a caminar por aquel espacio redondo de canal torcida -de manera que yo retornando y rehollando mis pasos en la redondez de -aquel término triste y sin esperanza, y no olvidando mi sagacidad y -prudencia, fácilmente me di a la novedad de mi servicio; y también -cuando yo era hombre, muchas veces había visto semejantes ingenios. - -Mas hallando este oficio muy trabajoso, propuse en mí de hacerme -espantadizo y andar para atrás, pensando que como a asno bobo y sin -provecho para aquel oficio, me enviarían a otro lugar donde tuviese -más liviano trabajo, o por ventura me dejarían holgar. - -Pero en balde pensé yo esta astucia dañosa, porque luego muchos de -aquellos que allí estaban se pusieron alrededor de mí con varas en las -manos; y como yo estaba seguro por tener los ojos tapados, súbitamente -con grandes voces me dieron muchos palos, y en tal manera que con aquel -ruido me espantaron, que luego dejado todo mi consejo, muy sabiamente, -así como estaba ligado con aquellas cinchas de esparto, hice mis -discursos y vueltas, alegre, aunque me daban harto trabajo; y con esta -súbita mudanza de un extremo a otro, los que allí estaban se finaban de -risa. - -Ya gran parte del día había muy bien molido, y aun andaba harto -desmayado y cansado, cuando me quitaron las cinchas de esparto con que -andaba ligado, y lleváronme al pesebre. Pero yo, aunque había bien -menester descansar, que casi estaba muerto de hambre, dejando todo -refrigerio aparte, me puse a mirar la familia y gente de aquella casa. -¡Oh Dios, y qué hombrecitos había allí, pintados de las señales de -los azotes que les daban, las espaldas negras de los palos, con unos -enjalmillos más para cobertura que vestidura; otros solamente con paños -menores cubiertas sus vergüenzas, y tan rotos, que casi todo se les -parecía, herrados en la frente[4] y argollas de hierro en los pies, -las cabezas trasquiladas, los ojos pelados y comidas las pestañas del -humo y hollín de la casa; por lo cual todos tenían los ojos muy malos y -blanqueaban con el polvo de la harina, como luchadores que se polvorean -cuando quieren luchar! - -Pues de mis compañeros, los otros asnos y acémilas que molían, ¿qué -podría decir? ¡Cuán cansados, aquellos machos y jacones flacos, cerca -de los pesebres royendo granzones de paja, los pescuezos desollados y -llenos de llagas podridas, las narices abiertas para tomar más huelgo, -los pechos, del muermo, tosiendo, y de los antepechos que les ponían -para moler, todos pelados y llagados, que casi les parecían los huesos, -las uñas de pies y manos alzadas hacia arriba de no herrarse, y mancos -de andar alderredor, todo el pellejo sarnoso de magrez y flaqueza! - -Mirando yo esto, temía de venir en otro tanto, y recordándome de -cuando era hombre, y que había venido en tanta desventura, bajada la -cabeza, lloraba, y no tenía otro solaz de mi pena, sino que con mi -natural ingenio que tenía, me recreaba algo, porque no curando de mi -presencia, libremente hacía y hablaba cada uno, delante de mí, lo que -quería, por donde yo conocí que, no sin causa, aquel divino autor de la -primera poesía[5], deseando mostrar un varón de gran prudencia entre -los griegos, celebró y alabó a Ulises haber alcanzado las soberanas -virtudes, por haber andado muchas ciudades y conocido diversos pueblos. -Así que yo, recordándome de esto, hacía muchas gracias a mi asno, -porque me traía encubierto con su figura, ejercitándome por muchos y -diversos casos y fortunas, por lo cual si yo no fui prudente, al menos -me hizo sabedor de muchas cosas. - - -IV. - - Cómo Lucio cuenta un gracioso acontecimiento, en el cual la mujer del - tahonero (su amo) gozó un enamorado; y tomándolos juntos los castigó, - en la cual venganza le ahorcó por arte de encantamento. - -Finalmente, que yo deliberé de traer a vuestras orejas una buena -historia, suavemente compuesta, mejor que las que he dicho, la cual -comienza: - -Aquel molinero que me compró, era hombre de bien y de buena -conversación, y tenía una mujer la más pésima y mala que jamás se vio, -con la cual él pasaba mucha pena y enojo en su casa, que por cierto yo -había mancilla de aquel buen hombre, porque ningún vicio faltaba en -aquella mala mujer, que todos se habían lanzado en su cuerpo, como en -sucia sentina; soberbia, cruel, lujuriosa, borracha, porfiada, avara -en robar donde pudiese, gastadora en cosas sucias, enemiga de fe y de -honra. Menospreciaba los dioses, y mentía jurando por ellos, y con -juramentos engañaba a todos, y al mezquino del marido. Embeodábase -luego de mañana, y todo el día gastaba con sus enamorados. - -Esta mala mujer, con grande odio me perseguía, que en amaneciendo, -antes que ella se levantase, llamaba a los mozos y mandábales que -echasen a moler al asno novicio. Y como ella salía del palacio cuando -se levantaba, allí, en su presencia, me mandaba dar de palos, y cuando -soltaban las otras bestias temprano, mandaba que a mí dejasen hasta más -tarde, que no me diesen a comer. - -Y esta crueldad suya fue causa que yo más en sus costumbres mirase; de -manera que yo veía a menudo entrar un mancebo en su aposento, la cara -del cual yo deseaba ver, mas no podía, por los anteojos que traía; -verdad es que no me faltaba astucia para descubrir, en cualquier -manera, la maldad que aquella mala mujer hacía a su marido, mas una -vieja que sabía toda la ruindad, y era mensajera entre ella y su amigo, -nunca se partía de allí, las cuales, en amaneciendo, almorzaban, y -entre sí altercaban quién bebería más del vino puro. La mala de la -vieja, alcahueta, hacía estos aparatos públicos y engañosos en gran -daño del triste del marido. Y aunque yo muchas veces, entre mí, me -enojaba contra Andria, que por hacerme ave me tornase asno; todavía, en -esta triste deformidad mía, había placer, porque como tenía las orejas -largas, cualquier cosa que decían, aunque estuviese lejos, luego la oía. - -Un día, estando la vieja hablando con ella, decía estas palabras: - ---Hija mía, mira bien lo que te cumple acerca de este mancebo que ahora -amas, porque es negligente y temeroso, y tiene miedo del gesto arrugado -de tu marido, y tal enamorado no pertenece para ti, que quieres holgar -y llevar buena vida en cuanto tienes tiempo; igual es Filesitero, un -mancebo hermoso, gentilhombre, liberal, magnífico, y contra los celos -de estos maridos muy esforzado, el cual es digno de ser enamorado de -todas las mujeres del mundo, y merecedor de traer una corona de oro, -por sola una cosa que hizo el otro día a un casado celoso. - -Óyeme ahora, y verás cuánta diferencia hay de un enamorado a otro. Bien -conoces un barbudo que es alcaide de esta villa, que tiene una mujer -muy hermosa, y es muy celoso; este, pues, habiendo de ir fuera de la -ciudad, dejó encomendada la guarda de su mujer a Hormigón, su esclavo, -por ser más fiel y diligente. A este cometió secretamente toda la -guarda de su mujer, diciéndole que si no guardaba bien a su señora, de -manera que ninguno, pasando cerca de ella, solamente le tocase con el -dedo o con la falda, que le echaría hierros y en cárcel perpetuamente, -donde muriese de hambre, lo cual juró y perjuró muchas veces por -todos los dioses. Así que con esta seguridad se partió, dejando por -recio guardián a Hormigón, y bien amedrentado, el cual guardaba a su -señora con tanta diligencia, que a ninguna parte la dejaba ir, y de -continuo estaba sentado cerca de ella, estando hilando o haciendo otras -cosas que las mujeres hacen en su casa, y si alguna vez, por grande -necesidad, iba a lavarse al baño, Hormigón iba tan pegado a ella, que -las faldas llevaba en la mano, y de esta manera, con mucha sagacidad -cumplía lo que su señor le había mandado. - -Pero no se pudo esconder a Filesitero la hermosura de esta gentil -mujer, porque la bondad y castidad de ella le inflamó y puso más -codicia para hacer todo lo que pudiese, y ponerse a cualquier peligro -que le viniese, y con esta gana propuso de combatir y expugnar la -fortaleza o casa bien guardada de la dueña, confiando y siendo cierto -que la flaqueza humana, con el dinero, al cual toda dificultad es -llana, se puede fácilmente derribar, que el oro por donde quiera halla -entrada, aunque las puertas sean diamantes muy fuertes. - -Un día, andando en este pensamiento, Filesitero halló solo a Hormigón, -y díjole abiertamente toda su pena y amor, rogándole, con mucha -cortesía, que diese remedio a su tormento, porque si presto no -alcanzaba lo que deseaba, su muerte era muy cierta, y que en esto no -temiese, porque él iría, secreto, de noche, que nadie lo sintiese, y -en un momento de hora se tornaría. Estas y otras persuasiones tales -diciendo, añadió un grandísimo aguijón, el cual rompió y pervirtió -a Hormigón por su codicia. Echó mano a la escarcela, y sacó treinta -ducados, nuevos, resplandecientes, de los cuales dijo a Hormigón que -diese veinte a su señora, y tomase diez para sí. - -Cuando esto oyó Hormigón, espantose de tan abominable pecado, y tapadas -las orejas echó a huir; pero el resplandor y codicia que tenía del oro -no le pudo huir de los ojos y del corazón, mas apartado lejos, yéndose -apriesa hacia casa, representábasele la hermosura de la moneda ante -los ojos, y deseaba apañar lo que ya tenía arraigado en el corazón. -Con este pensamiento, el mezquino navegaba como en las ondas de la -mar, ya en una cosa ya en otra. De la una parte se le representaba -la fidelidad, de la otra la ganancia. De la otra la pena con que le -amenazó su señor, de la otra el deleite y provecho del oro. Finalmente, -que el oro venció al miedo de la muerte, y apartada de sí toda -tardanza, llegose a su señora, y secretamente le dijo todo el negocio -como pasaba. - -Ella, con la natural liviandad, luego obligó su pudicicia al maldito -metal, y consintió por apañar el dinero. - -Cuando Hormigón oyó esto, lleno de placer y gozo, deseaba ya de tocar -aquel dinero, que en precio de su fidelidad había ganado, y fue luego -a dar la nueva a Filesitero, pidiéndole lo que le había prometido. Y -como Hormigón se vio con tanto dinero, habido de buen lance, estaba tan -alegre, que luego a la noche tomó a Filesitero, y lo metió secretamente -en la cámara de su señora. - -Los nuevos enamorados, estando ya desnudos y a placer, tomando el -primer fruto de sus amores, no pensaban ni sospechaban la venida de su -marido. - -De improviso súbitamente comienzan a dar grandes voces a la puerta -de casa, y a querer quebrar la puerta con una piedra; y cuanto más -tardaban en abrirla, tanto más sospecha le ponían de la que él tenía. -Así que comenzó a amenazar a Hormigón que lo mataría. Hormigón, oyendo -esto, y con la prisa que le daba, estaba turbado, y con la turbación no -tenía consejo, ni sabía qué hacerse, sino decía que no tenía lumbre, y -que no hallaba la llave de la puerta. - -En tanto, Filesitero, como oyó el ruido, arrebató su ropa, y vistiose, -mas con la turbación se le olvidaron las chinelas, y saliose de la -cámara. - -En esto Hormigón llegó con la llave y abrió las puertas a su señor, el -cual entró bramando, y luego fue derecho a la cámara. Filesitero, en -tanto, botó por la puerta fuera de casa, y Hormigón cerró las puertas. - -El marido, desde que vio todo seguro, ya un poco manso, fuese a dormir. - -Otro día luego de mañana, como el barbudo se levantó, vio junto a -la cama unas chinelas que no eran de casa, las cuales había dejado -Filesitero, y sospechando y sacando de allí lo que podía ser, y cómo -alguno había dormido aquella noche con su mujer, que las había dejado, -calló su dolor y congoja, que ni a su mujer ni a otro de casa dijo cosa -alguna, y tomó las chinelas secretamente, y metióselas en el seno, y -mandó a otros siervos que le trajesen a Hormigón atado hasta la plaza. - -El barbudo, yendo todavía entregruñendo, andando aprisa hacia la plaza, -tenía por cierto que por las chinelas había de hallar al adúltero que -sospechaba haber estado con su mujer. Iba él en este pensamiento, la -cara turbia, las cejas caídas y muy enojado, y detrás de él Hormigón -atado, aunque no se sabía la culpa que él tuviese; pero él mismo bien -lo sabía, por lo cual lloraba, de suerte que los que le veían habían -gran duelo de él. - -Acaso Filesitero, que iba a otro negocio, encontró con ellos, y como -vio de la manera que llevaban a Hormigón, sin miedo ni turbación, y -acordándose que se le habían olvidado las chinelas en la cámara, y -sospechando que por aquello llevaban así atado a Hormigón, astutamente -y con su esfuerzo acostumbrado, apartó a los otros siervos y arremetió -con Hormigón, y con grandes voces comenzole a dar de puñadas, y decirle: - ---¡Oh malvado, ladrón ahorcado; este tu señor, y todos los dioses del -cielo a quien tú has perjurado, te hagan mal y te destruyan, que me -hurtaste el otro día mis chinelas en el baño; bien mereces, por cierto, -ser muy bien castigado! - -Con este engaño que el esforzado Filesitero hizo, el barbudo, que iba -determinado de matar a Hormigón, depuesto ya de toda crueldad, tornose -a su casa y llamó a Hormigón, al cual dio las chinelas y perdonó de muy -buena gana, y le mandó que luego las tornase a quien las había hurtado. - -Acabado de decir esto la vejezuela, comenzó la mujer del tahonero: - ---Bienaventurada ella que goza de la libertad de tan constante y recio -enamorado; pero yo, mezquina de mí, que caí con uno que ha miedo del -sonido de la muela y de la cara cubierta de aquel asno sarnoso que allí -está. - -Respondió la vieja: - ---Pues si tú quieres, yo emplazaré a este alegre enamorado que venga -delante de ti, y luego voy por él. Cuando sea noche, espérame, que yo -tornaré. - -La buena mujer, con el ansia que tenía de ver aquel enamorado, aparejó -muy bien de cenar, vinos excelentísimos de buenos, y la mesa puesta con -todo lo demás, esperando su venida como de algún dios. - -Acaso el marido cenaba aquella noche con un pelaire, un muy su amigo, -y casi a mediodía, que nos soltaba de la tahona, para darnos de comer; -yo no había tanto placer con la comida y descanso, cuanto porque me -desataban los ojos, que libremente podía ver las artes y engaños de -aquella mala mujer. - -Ya el sol puesto, vino aquella vieja mala con el adúltero escondido a -su lado, el cual era un mancebo gentilhombre que entonces le apuntaba -la barba. Ella lo recibió con muchos besos, abrazándole, y sentáronse a -la mesa. - -En comenzando a cenar los primeros bocados, el marido llamó a la -puerta, sin ser esperado, ni creyendo que viniera tan presto. Ella, -cuando esto vio, comenzolo a maldecir, diciendo que las piernas tuviese -quebradas y los ojos. Diciendo esto, y sobresaltada, metió el enamorado -debajo de una artesa en que limpiaba el trigo, y sentose cerca de él, -y con su malicia acostumbrada, disimulando tanta maldad, con su rostro -sereno, preguntó a su marido qué era la causa por que venía tan presto, -dejada la cena de su amigo. - -Él le respondió con mucha tristeza, diciendo: - ---Yo vine tan presto, porque acaeció allá una cosa bien bellaca. ¡Oh -Dios, y que es posible que una mujer tan honrada haya de hacer tan gran -fealdad! Juro por este pan, que aunque yo lo viera con mis ojos, que no -lo creyera. - -Ella le preguntó muy ahincadamente le contase aquel negocio, qué era y -cómo pasara. - -Él, importunado de ella, comenzó a contar duelos ajenos, no sabiendo el -triste de los suyos, diciendo así: - ---La mujer de este pelaire, mi vecino y amigo, cierto parecía mujer de -vergüenza y casta, que no se podía pensar mal de ella; cuando íbamos a -cenar ahora a su casa, ella parece que estaba holgando con su enamorado -secretamente, y como llegamos, turbada con nuestra presencia, de súbito -consejo proveída, tomó aquel su enamorado y metiolo debajo de un -azufrador de mimbres, donde tenía azufrando sus tocas, que estaba junto -con la mesa; pensando ella que ya estaba seguramente escondido, sentose -a la mesa a cenar con nosotros sin ningún cuidado. - -Entretanto, con el grave humo del azufre embarbascado el otro, no podía -resollar debajo del perfumador; como es vivo y hediondo aquel humo, -comenzó a estornudar de la parte donde estaba sentada la mujer. - -El marido pensó que era ella, y díjole como se suele decir: «Dios te -ayude.» Mas el desventurado dio otro estornudo, y otro; y estornudó -tantas veces, que el marido sospechó lo que podía ser, y arrojó de sí -la mesa, y alzó el perfumador, y halló debajo el gentilhombre, que con -el gran humo estaba casi muerto, que no resollaba. - -Cuando lo vio, inflamado de su injuria, echó mano a su espada, que -lo quería degollar, pero porque yo estaba presente, y no me culpasen -de la muerte de aquel hombre, lo defendía diciendo también que si no -curase de él, que presto moriría sin cargarnos culpa, según estaba casi -ahogado de la furia y violencia del azufre. - -Él, como vio que le decía bien, más por necesidad suya que por mi -persuasión, amansado del enojo, sacó al adúltero medio vivo, y lo -echó en una calleja cerca de su casa. Yo, como vi la revuelta, dije a -la mujer que huyese a casa de una vecina suya, en tanto que al marido -se le pasaba el enojo y se le amansaba el calor de la ira y dolor del -corazón; porque con la rabia no dudaba que de sí y de su mujer hiciese -algún mal recado. Así que yo, enojado de lo que había acaecido en su -convite, torneme a mi casa. - -Diciendo esto el tahonero, su mujer reprendía con muy malas palabras a -la mujer de aquel pelaire, diciendo que era una mala mujer, sin fe y -sin vergüenza, deshonra de todas las mujeres; que pospuesta su honra y -bondad, menospreciando la honra de su marido y casa, la había ensuciado -y deshonrado, por donde había perdido nombre de casada, y tomado fama -de burdelera; y aun añadía encima de esto, que tales hembras merecían -ser quemadas. Pero ella, instigada y amonestada de la llaga que sentía, -y de su mala y su sucia conciencia, queriendo librar a su enamorado de -la pena que tenía debajo de la artesa, ahincaba mucho a su marido que -se fuese a acostar temprano. Él, como le habían atajado la cena en casa -de su amigo, por no irse a dormir ayuno y sin cenar, demandó a la mujer -que le pusiese la mesa. - -Ella, aunque contra su voluntad, porque estaba para otro guisada, -púsosela delante muy de prisa y de mala gana. A mí se me quería -arrancar el corazón y las entrañas, habiendo visto la maldad pasada -que hizo, y la traición presente de tan mala mujer; y pensaba entre mí -cómo, descubriendo aquel engaño y maldad, podría ayudar a mi señor, y -aquel que estaba como galápago debajo de la artesa, para que todos lo -viesen. - -Estando con pena en esto, la fortuna lo hubo de proveer, porque un -viejo, cojo, que tenía cargo de dar pienso a las bestias, siendo la -hora de llevarnos a beber, saconos a todos juntos; lo cual me dio causa -muy oportuna para vengar aquella injuria. Así que, pasando cerca de la -artesa, vi como era angosta y tenía de fuera los dedos de la mano, y -púsele el pie encima, apretando tan reciamente, que le desmenucé los -dedos. - -El adúltero, con gran dolor, dio grandes voces, y echó de sí la artesa, -de manera que quedó descubierto a todos, y fue entendida la maldad que -aquella mala mujer hacía. - -El tahonero, cuando esto vio, no se curó mucho por el daño de la -honestidad de su mujer, antes con el gesto sereno y alegre, comenzó a -hablar al mozo, que estaba amarillo y temeroso de la muerte, de esta -manera: - ---No temas, hijo, que de mí te venga mal ninguno, ni tampoco te acusaré -para que te degüellen por el rigor de la ley de los adúlteros, pues -eres tan lindo y hermoso mancebo. Mas, cierto, yo te trataré igualmente -con mi mujer, no te apartaré de mi heredad, mas comúnmente partiré -contigo; y sin ninguna división, todos tres moraremos en uno; porque -siempre yo viví con mi mujer en tanta concordia, que, según sentencia -de los sabios, siempre una cosa agradó a entrambos. Por tanto, yo te -quiero hacer muy bien curar de la mano que tienes maltratada. - -Con estos halagos burlando, llevó al mozo a su cámara, aunque él no -quiso, y a la buena de su mujer encerrola en otro aposento. - -Otro día de mañana llamó a dos valientes mancebos sus criados, y -mandó tomar al mozo y azotarlo muy bien en las nalgas con un azote, -diciéndole: - ---Pues que tú eres tan blando y tierno, y tan muchacho; ¿por qué -engañas a las mujeres y andas tras las casadas, rompiendo los -matrimonios, y tomando para ti, muy temprano, nombre de adúltero? - -Diciéndole estas palabras y otras muchas, y habiéndolo muy bien -azotado, echolo fuera de casa. Aquel valiente y esforzado enamorado, -cuando se vio en libertad que él no esperaba, aunque llevaba las nalgas -blandas, bien azotadas, llorando de noche y de día, huyó. - -El tahonero dio carta de quita a la mujer, y luego la echó de casa. - -Ella, cuando se vio desechaba del marido y fuera de su casa, y que no -comía ni bebía de lo puro, como solía, ni tenía qué dar ni mandar, -viéndose afrentada y maltratada, con vida triste y amarga, con su -malicia y natural inclinación, tornose al marido con sus maldades, -y armose de las artes que comúnmente usan las mujeres, y con mucha -diligencia buscó una mala vieja hechicera, que con sus maleficios y -hechizos se creía que haría todo lo que quisiese. A esta vieja dio -muchas dádivas, prometiéndole otras mayores, y le rogó mucho que -hiciese por ella una de dos cosas: o que amansase a su marido y se -reconciliase con él, o si aquello no pudiese acabar, que enviase algún -fantasma o algún diablo que le atormentase el espíritu. - -Entonces aquella hechicera comenzó a invocar los demonios, y hacer -cuanto pudo por tornar el corazón del marido al amor de su mujer; -mas esto no sucedió como ella quería, por lo cual se enojó contra -los diablos, porque demás de hacerle perder la ganancia que ya le -habían prometido, parecía que la menospreciaban, y comenzó a hacer su -arte contra la cabeza del mezquino del marido, para lo cual llamó el -espíritu de una mujer muerta a hierro, que le viniese a asombrar o -matar. - -Aquí, por ventura, tú, lector escrupuloso, reprenderás lo que yo digo, -y dirás así: Tú, asno malicioso, ¿dónde pudiste saber lo que afirmas y -cuentas que hablaban aquellas mujeres en secreto, estando tú ligado a -la piedra de la tahona y tapados los ojos? - -A esto respondo: Oye ahora, hombre curioso, en qué manera, teniendo yo -forma de asno, conocí y vi todo lo que se hacía en daño de mi amo: - -Un día casi a mediodía, súbitamente, cerca de la tahona, pareció una -mujer muy fea y disforme, vestida de muy sucio y vilísimo hábito, los -pies descalzos, flaca y muy amarilla, los cabellos medio canos, llenos -de ceniza y desgreñada, colgando las greñas ante los ojos. Esta mujer -diablo echó mano del tahonero, como que le quería hablar secreto, y -llevolo a su cámara, y cerrada la puerta, tardaba mucho, y como ya se -acababa de moler todo el trigo que estaba en las tolvas, los mozos -tenían necesidad de pedir más, y fueron a la puerta del palacio, que -estaba cerrada por dentro, y llamaron a su señor, que viniese a dar -trigo, y como nadie les respondía, comenzaron a dar golpes a la puerta -recio, y como estaba fuertemente cerrada, sospechando algún mal, con -una palanca arrancaron la puerta. - -Cuando entraron dentro, la mujer no pareció; pero hallaron a su señor -ahorcado de una viga del aposento, el cual descolgaron con muchos -llantos. Hechas sus obsequias, lleváronlo a enterrar. - -Otro día vino una su hija de otro lugar, donde era casada, mesándose y -dándose puñadas en los pechos, la cual sabía de la desdicha que había -acontecido a su padre, sin que persona se lo hubiese dicho; mas en -sueños le había aparecido el espíritu de su padre muy lloroso, atada -la soga a la garganta, y le contó toda la maldad y traición de su -madrastra, del adulterio que le acometía, de los hechizos, y de cómo lo -hizo descender a los infiernos, endemoniado; la cual, como se fatigaba -mucho llorando y gimiendo, los familiares de casa la consolaron e -hicieron que diesen espacio a su corazón y al dolor. - -Después, pasados los nueve días, hechos todos los oficios al difunto, -sacaron a vender en almoneda toda la ropa y bestias como bienes de -herencia. - - -V. - - Cómo Lucio cuenta que lo vendieron a un hortelano, y de sus miserias, - y lo que acaeció con un caballero. - -A mí, desventurado y mezquino, me compró en aquella almoneda un -hortelano por cincuenta dineros, el cual decía que era gran precio; mas -que me había comprado tan caro por buscar de comer para sí y para mí. - -El tiempo y razón demandan que yo cuente la manera de mi servicio, -la cual era esta. Aquel mi amo que me había comprado, acostumbraba -bien de mañana, cargado de coles y hortaliza, ir a la ciudad que allí -cerca estaba, y después que había vendido su mercadería, cabalgaba -encima de mí y tornábase a su huerta. Entretanto que él, corcovado, -andaba cavando y regando su huerta, yo me recreaba a todo mi placer y -descansaba callando, que en otra cosa no entendía. - -Así pasaba mi triste vida, contentándome con la alegre vista de la -huerta, porque como era verano era cosa placentera. - -Mas no quiso mi cruel fortuna que en esta huerta hubiese rosas -para tornar a ser hombre con ellas, por ser parte donde muy bien lo -pudiera hacer. Viniendo el invierno, tempestuoso y revuelto el signo -de Capricornio, llovía continuamente y nevaba, y yo, triste, estaba -encerrado en un establo sin techo y debajo del cielo, atormentado con -el continuo frío. Pero ¿cómo no estaría yo así, pues que mi señor era -tan pobre que no solamente no me podía dar alguna enjalma, o siquiera -un poco de tejado, mas aun para sí no lo tenía, que con la sombra de -ramas de una choza, donde moraba, era contento? - -Demás de esto, en las mañanas hollaba aquel lodo frío y aquellos -carámbanos helados, con los pies descalzos, y aun no podía henchir su -vientre siquiera de los manjares acostumbrados, porque igual era la -cena a mí y a mi amo, que cierto no había diferencia; pero eran bien -pocas hojas de lechugas viejas sin sabor, o aquellas que de mucha vejez -están espigadas de la simiente, tan altas como escobas, que ya el zumo -de ellas se había tornado como carcoma desabrida y amarga. - -Viniendo un día mi amo de la ciudad de vender unas coles, encima de mí, -he aquí un hombre de buena disposición, y según mostraba su hábito y -gesto, debía de ser hombre de armas de alguna hueste, nos encontró en -el camino y preguntó con una palabra muy soberbia y arrogante: - ---¿A dónde llevas aquel asno vacío? - -Mi amo no entendió su lenguaje, que era romano o latino, y bajada la -cabeza, pasó adelante. - -El caballero, cuando esto vio, no pudo sufrir su acostumbrada soberbia, -y enojado por su callar, como si le hubiera hecho una grande injuria, -diole de palos con un sarmiento que en la mano traía, y juntamente le -echó de encima de mí, dando con él en tierra. - -Entonces el pobre hortelano le respondió humildemente, diciendo que por -no saber la lengua no podía saber ni entender lo que había dicho. - -El caballero, con enojo, tornole a decir: - ---Pues dime, ¿dónde llevas este asno? - -El hortelano respondió que iba a aquella ciudad que allí cerca estaba. - -El caballero dijo: - ---Pues yo he menester este asno, porque ha de traer, con otras -acémilas, unas cargas de nuestro capitán, que aquí cerca esté. - -Y luego echó la mano y arrebatome por el cabestro, y comenzome a llevar. - -El hortelano, estando limpiando la sangre que de su cabeza le corría -de una descalabradura que le había hecho con el sarmiento, rogábale -otra vez que tratase bien y mansamente al compañero, lo cual le -pedía diciendo que así Dios le prosperase e hiciese victorioso; y -asimismo decía que aquel asnillo era perezoso, y demás de esto tenía -una abominable enfermedad, que era gota coral, y que a mala vez -acostumbraba traer de cerca de allí unos pocos de manojos de berzas, y -cuando llegaba con ellos, ya no podía resollar; cuanto más para gran -carga, que en ninguna manera pertenecía para ello. - -Pero desde que el hortelano vio que por ningún ruego se amansaba el -caballero, antes veía que se ensoberbecía más, y algunas veces alzaba -la mano para darle, buscó un último remedio: fingiendo de quererle -besar las rodillas para conmoverle a misericordia, y estando así bajado -y encorvado, arrebatolo por entrambos los pies, y alzándolo arriba, dio -con él un gran golpe en tierra, y luego saltó encima y diole muchas -puñadas, y con una piedra que allí halló le sacudió muy bien en la -cabeza y en las manos y brazos, de manera que lo aturdió y descalabró -en muchas partes. - -El caballero, con la súbita caída y mucha presteza del hortelano, no -tuvo lugar de pelear; solamente gritando amenazaba al hortelano que -lo había de matar, lo cual, oído por él, de nuevo le tornó a dar más -crueles heridas. - -Estando el pobre caballero así maltratado y tendido en tierra, no -hallando ningún remedio a su salud y vida, determinó de hacerse el -muerto, y así lo hizo. - -Entonces el hortelano, que así lo vio, tomándole la espada, cabalgó -encima de mí cuanto más aprisa pudo, y acogiose a la ciudad, no curando -de ir a ver su huerta, y fuese a casa de un amigo suyo, al cual, -contándole todo como había pasado, le rogó que le ayudase en aquel -peligro en que estaba y que lo escondiese a él y a su asno hasta que -pasase el ímpetu de la pesquisa que la justicia había de hacer. - -Aquel su amigo, no olvidando la ley de la amistad, recibiolo de buena -gana, y a mí, atados los pies y manos, subiéronme por una escalera y -metiéronme en un aposento. Al hortelano metiéronlo en una canasta con -su tapadera encima. - -El caballero, según que después supe, como quien se levanta de una -gran embriaguez, medio trompicado, como mejor pudo llegó a la ciudad, -y confuso de su poco poder y fuerza, no osó decir cosa alguna a -la justicia; pero callando y tragando su injuria, halló a ciertos -compañeros suyos y contoles esta su fatiga y pena, a los cuales pareció -que él se debía esconder y no descubrirse a nadie, porque demás de -la injuria que había recibido, que era infame y baja, había de temer -el juramento que había hecho de la caballería, que le fuese acusado -por haber perdido su espada, y que ellos, como ya tenían señas de -nosotros, pondrían mucha diligencia en buscarnos para su venganza. - -No faltó un traidor vecino suyo que luego descubrió que estábamos allí -escondidos. - -Entonces aquellos sus compañeros fuéronse a la justicia, y mintiendo, -dijeron que habían perdido en el camino una capa rica y de mucho precio -de su capitán, y que la había hallado un hortelano, el cual no se la -quería restituir, por lo cual estaba escondido en casa de un su amigo. - -Entonces los alcaldes, viendo la querella y el robo que le decían ser -hecho al capitán, vinieron a las puertas de nuestra posada, y dijeron a -nuestro huésped que aquel que tenía escondido dentro en su casa, pues -sabían que era ladrón, que luego le entregase antes que incurriese en -pena de su propia cabeza; pero el amigo no se espantó, antes procurando -la salud de aquel que había recibido en su protección y amparo, no dijo -cosa de nosotros, sino que había muchos días que a tal hombre no había -visto. - -Los escuderos porfiaban lo contrario, jurando por vida del Emperador -que allí estaba escondido, y no en otro lugar alguno. - -Finalmente, que los alcaldes acordaron de mandar buscarlo, y dijeron a -un alguacil que entrase a buscarlo, el cual brevemente revolvió la casa -y dijo a los alcaldes que no hallaba tal hombre. - -Entonces fue mayor la porfía entre los escuderos, diciendo que sabían -por muy cierto que nosotros estábamos allí, y protestaban por el ayuda -y favor del Emperador. - -El amigo nuestro negaba, jurando por los dioses que tal hombre no -estaba en su casa. - -Yo, cuando oí la porfía y voces que daban, como era asno curioso, deseé -saber lo que pasaba; como bajé la cabeza por una ventanilla que allí -estaba, por ver qué cosa era aquel tumulto y voces que daban, uno de -aquellos escuderos acaso alzó los ojos a mi sombra, que daba abajo, -y como me vio, díjolo a todos, y luego levantaron un gran clamor y -vocería, riéndose de cómo me vieron arriba en la ventana, y luego me -hicieron bajar y tomáronme por perdido, como esclavo cautivo. Y luego, -buscando bien la casa, hallaron el mezquino hortelano metido en la -cesta, al cual llevaron a la cárcel para darle la pena que merecía. Y -en todo esto nunca dejaron de burlar con gran risa de mi asomada a la -ventana, de donde nació aquel muy usado refrán de «la mirada y sombra -del asno». - - - - -LIBRO X. - -ARGUMENTO. - -En este libro se contiene cómo el caballero llevó al asno a una -ciudad, adonde aconteció una notable cosa de una mujer que requirió -de amores a un su entenado. -- Y de cómo fue vendido el asno a dos -hermanos, uno cocinero y otro pastelero de un señor, a los cuales él -comía los manjares, y de la buena vida que tuvo con el señor, adonde -cuenta muchas cosas graciosas y de pasatiempo, y de un teatro que se -hizo, en que se representó el _Juicio de Paris_ con las tres diosas, y -finalmente cómo el asno huyó. - - -I. - - Cómo el asno fue llevado por el caballero a una ciudad, y de un - extraño caso que allí aconteció. - -Otro día siguiente, no sé qué fue ni qué hicieron de mi amo el -hortelano; pero aquel caballero que por su gran soberbia y tiranía fue -muy bien aporreado, quitome de la casa y llevome a la suya sin que -nadie se lo contradijese. Después me cargó de sus alhajas, que eran -cosas de soldados. - -Yo iba alegre y galán, porque resplandecía con un yelmo muy luciente -y un escudo grande y hermoso y una pica muy fuerte y aguda, la cual -había puesto con mucha diligencia encima de la carga, de la manera que -los soldados la llevan enristrada, lo cual él no hacía tanto por causa -que fuese bien puesta, cuanto por espantar a los pobres caminantes que -encontrase. - -Después que pasamos aquellos campos, no con mucho trabajo, por el -camino llano llegamos a una ciudad pequeña, adonde fuimos a posar -a casa de un capitán de peones, su amigo, y luego, como llegamos, -encomendome a una esclava, y él se fue a visitar a su capitán. - -Después de algunos días que allí estábamos, en los cuales yo tenía -buena vida, aconteció una cosa fuera de toda razón y espantable, la -cual, porque vosotros también sepáis, acordé poner en este libro. - -Aquel curioso capitán, señor de esta posada, tenía un hijo mancebo, -buen letrado y virtuoso, adornado de toda modestia y piedad. - -Muerta la madre mucho tiempo había, su padre se casó segunda vez y -de esta segunda mujer tenía otro hijo que pasaba de doce años. La -madrastra, como era rica y viciosa, no mirando a su honor, puso los -ojos en su entenado. - -Ahora tú, buen lector, has de saber que no lees fábulas de cosas bajas, -sino tragedia de altos y grandes hechos, y que has de subir de comedia -a tragedia. - -Aquella mujer, en cuanto el amor se iba arraigando en su pecho, -resistía y disimulaba a sus llamas; pero después que el cruel amor tomó -posesión en sus entrañas, no pudiéndolo resistir, determinó hacerse -enferma en cama para por este medio alcanzar lo que deseaba, diciendo -que era dolor del corazón. - -Ninguno hay que no entienda que la persona doliente luego muestra -señales claras de su mal: la flaqueza y color amarillo de la cara, -los ojos marchitos, las piernas cansadas, el reposo sin sueño, grandes -suspiros y luengos, con grandes fatigas. - -Quien quiera que viera a esta dueña, no creyera que estaba atormentada -de ardientes fiebres, sino que lloraba. ¡Guay del seso e ingenio de -los médicos! ¿Qué cosa es la vena o el pulso, o la poca templanza del -calor? ¿Qué es la fatiga del resuello y las vueltas continuas de un -lado a otro sin reposo? ¡Oh buen Dios, qué fácilmente se descubre el -mal del amor, no solamente al médico, que es letrado, pero a cualquier -hombre discreto, especialmente cuando veis a alguno arder sin tener -calor en el cuerpo! - -Así ella, reciamente fatigada con la poca paciencia del amor, rompió el -silencio de lo que callaba mucho tiempo había, y envió a llamar a su -hijo, el cual nombre de hijo ella de buena gana rayara y quitara por no -haber vergüenza del mismo. - -El mancebo no tardó en obedecer el mandamiento de su madre enferma, y -con el gesto triste y honesto entró en la cámara para servirla en todo -lo que mandase. Pero ella, fatigada de un gran dolor, estaba en mucha -duda entre sí, pensando si se descubriría, por dónde le entraría y qué -palabras le diría, y en esto estuvo suspensa un rato. - -El mancebo, que ninguna cosa sospechaba, bajados los ojos, le preguntó -qué era la causa de su presente enfermedad. - -Entonces ella, hallando ocasión muy dañosa, que es la soledad, tomó -osadía para decirle su pena, y llorando reciamente y temblando, le -comenzó a hablar de esta manera: - ---La causa y principio de este mi presente mal, y aun la medicina para -él y toda mi salud y remedio, tú solo eres, porque esos tus ojos, que -entraron por los míos a lo íntimo de mis entrañas, mueven un cruel -encendimiento en mi corazón, por lo cual te ruego que hayas mancilla -de quien por ti muere, y no te espantes que pecas contra tu padre, mas -antes entiende que libras a su mujer de la muerte. Ahora tienes tiempo, -pues estamos solos para cumplir mis deseos a tu voluntad, porque lo que -nadie sabe no se puede decir que es hecho. - -El mancebo, cuando esto oyó, turbado de tan repentino mal, aunque -se espantase y aborreciese tan gran crimen, no le pareció bien -desengañarla luego con palabras ásperas, antes tuvo por mejor de -amansarla con dilación cautelosa; y así le respondió alegremente, que -se esforzarse y curase de sí, hasta que su padre se fuese a alguna -parte, y viniese tiempo libre para su placer. - -Diciendo esto, apartose de la mortal vista de su madrastra; y viendo -que una traición tamaña, como ella pedía que se hiciese, había menester -mayor consejo que el suyo, platicó el negocio con un viejo ayo suyo, -hombre muy prudente, al cual no pareció otro mejor consejo, sino que el -mancebo se fuese de casa lejos, por escapar de la tempestad de la cruel -fortuna. - -Pero la madrastra, como no tenía paciencia para esperar, persuadió -a su marido con maravillosas artes y palabras, que luego se fuese a -unas aldeas que estaban bien lejos de allí. Lo cual hecho, ella con su -locura apresurada, viendo que había lugar para su esperanza, demandole -con mucha instancia que cumpliese con ella lo que había prometido. Pero -el mancebo excusábase, diciendo ahora una cosa, ahora otra; apartándose -de su abominable vista cuanto podía, hasta tanto que, conociendo ella -claramente que le negaba la promesa, prestamente se le mudó su nefando -amor en odio mortal. Y llamando a un esclavo suyo muy malo y aparejado -para toda maldad, comunicó con él todo este negocio y pensamiento -malvado que ella tenía; lo cual entre ellos platicado, hallaron por -bueno que lo matasen con ponzoña. Y luego envió al esclavo a comprar la -ponzoña, la cual traída, mezcláronla en un vaso con vino. - -En tanto que la malvada hembra y su esclavo deliberaban entre sí la -oportunidad y tiempo para podérselo dar, acaso el hermano menor, hijo -propio de la mala mujer, viniendo de la escuela a la hora de comer, -teniendo sed, bebió de aquel veneno que allí halló, no sabiendo la -ponzoña y engaño escondido que allí dentro estaba; y después que hubo -bebido la muerte que estaba aparejada para su hermano, súbitamente cayó -en tierra sin ánimo. - -Los familiares de casa, que esto vieron, comenzaron a dar grandes -gritos, y alborotados todos de tan repentino caso, llamaron prestamente -a la madre, la cual, como estaba dañada, como mala hembra, ejemplo -único de la malicia de las madrastras, no conmovida por la muerte de -su hijo, por el parricidio que ella misma había causado, ni por la -desdicha de su casa, ni por el enojo que de ello su marido había de -tener, ni por la fatiga del enterramiento del hijo, procuró venganza -muy presta, por donde causó daño para su casa. Así que muy presto -despachó un mensajero que fuese a su marido y le contase la muerte de -su hijo. - -Cuando el marido oyó estas nuevas tornose del camino, y entrando en -casa, luego ella, con gran temeridad y audacia, comenzó a acusar y -decir que su hijo era muerto con la ponzoña del entenado; y en esto no -mentía ella, porque el muchacho era muerto con la ponzoña que estaba -aparejada para el mancebo; pero ella fingía que su hijo era muerto -por maldad del entenado, a causa que ella no quiso consentir en su -malvada voluntad, con la cual había tentado de forzarla; y no contenta -con estas tan grandes mentiras, añadía más, que porque ella había -descubierto esta traición, él la amenazaba de matarla con un puñal. - -Entonces, el desventurado marido fue lleno de gran saña contra su hijo, -así por la traición que le quería hacer, como por la arrebatada muerte -del hijo que presente tenía; de manera que deliberó de hacer morir a -su hijo por justicia. Y como hubo enterrado el hijo, luego se fue a -los alcaldes, y les hizo saber la maldad que su hijo había cometido, -diciendo que había cometido pecado de incesto en acometer a su madre, -y que era homicida en la muerte de su hermano, y no contento con esto, -amenazaba a la madre que la había de matar. - -Esto decía el viejo llorando muy piadosamente, y con su lloro conmovió -a los alcaldes; los cuales llamaron luego un pregonero para que llamase -las partes a juicio. Vino el acusador y el reo por llamamiento del -pregonero; y asimismo fueron amonestados los abogados de la causa, -según la costumbre del Senado y leyes de Atenas, que no curasen de -hacer dilaciones, ni conmoviesen a los presentes con sus proemios. -Estas cosas en esta manera pasadas supe yo, porque las oía a muchos -que hablaban en ello; pero cuántas alteraciones hubo de una parte a -otra, y con qué palabras el acusador decía contra el reo, se defendía -y deshacía su acusación; y estando yo ausente atado al pesebre, no lo -pude bien saber por entero, ni las preguntas ni respuestas, y otras -palabras que entre ellos pasaron, y por esto no os podré contar lo que -yo no supe; pero sí lo que hoy quise escribir en este libro. - - -II. - - Cómo por industria de un senador antiguo fue descubierta la maldad de - la madrastra, y libre el mancebo. - -Después que fue acabada la contención entre ellos, plugo a los jueces -buscar la verdad de este crimen por cierta manera, y no dar tanto -lugar a la sospecha que del mancebo se tenía. Y mandaron que fuese -traído allí aquel esclavo diligente que afirmaba que él solo sabía -aquel negocio cómo había pasado, y venido aquel bellaco ahorcadizo, -ningún empacho ni turbación tuvo ni de ver en caso de tan gran juicio, -ni de aquel senado adonde tales personas estaban, o a lo menos de su -conciencia culpada, que él sabía bien que lo que había fingido era -falso, lo cual él afirmaba como cosa verdadera, diciendo de esta manera: - -Que aquel mancebo, muy enojado de su madrastra, lo había llamado y -díchole que por vengar su injuria había muerto a su hijo de ella, y que -le había prometido gran premio porque callase, y porque él dijo que no -quería callar, el mancebo le amenazó que lo mataría, y que el dicho -mancebo había destemplado con su propia mano la ponzoña, y la había -dado al esclavo para que la diese a su hermano; pero él, temiendo tan -gran mal, no la quiso dar al muchacho, y que en fin el mancebo con su -propia mano se la había dado. - -Diciendo estas cosas que parecían tener apariencia de verdad, aquel -azotado fingiendo miedo, acabose la audiencia. Lo cual oído por -los jueces, ninguno quedó tan justo y tan derecho a la justicia del -mancebo, que no le pronunciase ser culpado manifiestamente de este -crimen, y como a tal lo debían meter en un cuero de lobo, y echarlo -en el río como a parricida; y como ya las sentencias y votos de todos -fuesen iguales, y estuviesen firmados de la mano de cada uno, para -meterlos en un cántaro de cobre, de donde no se podía sacar después de -una vez metidos, ni convenía mudar alguna cosa, porque la sentencia ya -era dada en cosa bien vista, y no restaba otra cosa sino entregarlo al -verdugo para que cumpliese la justicia, uno de aquellos senadores, el -más viejo y de mejor conciencia, letrado y médico, puso la mano encima -de la boca del cántaro, porque ninguno echase su voto dentro, y dijo a -todos de esta manera: - ---Yo me gozo y soy alegre de haber vivido tanto tiempo, que por mi -edad vosotros, señores, me tengáis en alguna más reputación y cuenta, -y por esto no consentiré que acusado el reo por falsos testigos, se -haya de condenar por cruel homicidio, ni que vosotros seáis engañados -por la mentira de un esclavo, porque cierto yo no veo con qué razón -nosotros podemos juzgar a este mancebo. Oíd ahora, y sabed todos cómo -pasa este negocio: Este ladrón, muy diligente vino a mí por comprar -ponzoña que luego matase, y ofrecíame cien sueldos de oro por que se -la diese, diciendo que la había menester para un enfermo que estaba -muy fatigado con una enfermedad de hidropesía perpetua, de la cual -no podía sanar, y deseaba morir brevemente por librarse del tormento -que con la vida tenía. Yo, viendo que este esclavo parlaba mucho y -decía cosas livianas, no satisfaciéndome, antes siendo cierto que -él procuraba alguna traición, acordé de darle, no ponzoña, mas otra -poción soñolienta de mandrágora, que es muy famosa para hacer dormir -gravemente, y da un sueño semejante a la muerte; por tanto, si es -verdad que el muchacho bebió aquella confección que por mis manos fue -hecha, él es vivo, y reposa con gran sueño, y en acabando de consumirse -el potente humor de la mandrágora, despertará tan sano como antes. Y si -él es verdaderamente muerto, o verdaderamente le mataron, yo no sé de -eso. - -En esta manera hablando aquel viejo, plugo a todos lo que decía, y -fueron luego a mucha prisa al sepulcro donde estaba el cuerpo de aquel -muchacho; que casi ninguno de los jueces ni de los principales de la -ciudad, ni aun tampoco de los del pueblo, quedó que no viniese allí por -ver aquel milagro. - -Su padre, muy diligente, con sus propias manos alzó la cobertera de -la tumba y halló a su hijo que ya comenzaba a querer levantarse, y -abrazándole y besándole, enseñolo al pueblo, y así como estaba lo -llevaron a casa de la justicia. - -Así que en esta manera descubierta la maldad de la mala mujer y -del bellaco del esclavo, fue pronunciada sentencia, que ella fuese -desterrada y el esclavo ahorcado, lo que luego se cumplió. - -Y a aquel viejo senador, que tanta prudencia tuvo en dar aquel brebaje -de mandrágora, y en descubrir el negocio en tal tiempo, diéronle cien -sueldos de oro por tan buen servicio. - - -III. - - Cómo el asno fue vendido a un cocinero y a un panadero, que eran - hermanos, y de la buena vida que tenía, donde pasó cosas de mucho - gusto. - -Aquel caballero que me hubo de buen lance, húbose de partir para Roma, -por mandado de su capitán, a llevar ciertas cartas a su general, y ante -que se partiese me vendió a dos hermanos, sus vecinos, por once dineros. - -Estos tenían un señor rico, y el uno de ellos era panadero, que hacía -pan y pasteles, y fruta de sartén y otros manjares. El otro, cocinero, -que hacía manjares muy sabrosos y delicados. - -Estos dos hermanos moraban ambos en una casa, y compráronme para -traer platos y escudillas, y lo que era necesario para su oficio, de -manera que yo fui llamado como un tercer compañero entre aquellos dos -hermanos, para andar por las aldeas de aquel caballero, y traer todo lo -que era menester para su cocina, y otras muchas cosas. Y ciertamente, -en ningún tiempo experimenté tan mansa mi adversa fortuna, porque a la -noche después de aquellas muy abundantes cenas, y sus esplendidísimos -aparatos, mis amos acostumbraban a traer a su casilla muchas partes -de aquellos manjares. El cocinero traía grandes pedazos de puerco, de -pollo y otras carnes, pescados, y otras muchas maneras de comer. El -panadero traía pan y pedazos de pasteles, y muchas frutas de sartén, -así como juncadas y pestiños, mazapanes y otras cosas de azúcar y -miel, lo cual todo dejaban encerrado en su aposento, y se iban a lavar -al baño. En tanto yo comía y tragaba a mi placer de aquellos sabrosos y -delicados manjares que Dios me daba, porque tampoco yo no era tan loco -y verdadero asno que, dejados aquellos tan dulces y costosos manjares, -cenase heno áspero y duro. - -Esta manera y maña de comer a hurto me duró algunos días, porque -comía poco y con miedo, y como de muchos manjares comía lo menos, no -sospechaban ellos engaño ninguno en el asno; pero después que yo tomé -mayor atrevimiento en el comer, tragaba lo más principal y mejor de lo -que allí estaba, y como yo escogía siempre lo mejor y más preciado, no -pequeña sospecha entró en los corazones de los hermanos, los cuales, -aunque de mí no creyesen tal cosa, todavía con el daño cotidiano, con -mucha diligencia procuraban de saber quién lo hacía. Finalmente, que -ellos se acusaban uno a otro de aquella rapiña y fealdad, y desde -adelante pusieron cuidado diligente y mayor guarda, contando los -pedazos y partes que dejaban, y cómo siempre faltaba. Roto al fin el -velo de la vergüenza, el uno al otro habló de esta manera: - ---Por cierto ya esto ni es justo ni humano, menospreciar y disminuir -cada día más la fe que está entre nosotros, hurtando lo principal que -aquí queda, y aquello vendido escondidamente, acrecientas tu caudal, y -aun de ese poco que queda, llevas tu parte igual; por tanto, si a ti -no place nuestra compañía, podemos quedar hermanos en todas las otras -cosas, y apartarnos de este vínculo de comunidad, porque según yo veo, -este mal crece mucho, de donde nos puede venir gran discordia. - -El otro hermano le respondió: - ---Por Dios que yo alabo este tu parecer, pues has querido prevenir a la -querella de lo que hasta ahora es secretamente hurtado a entrambos, lo -cual yo sufriendo muchos días entre mí mismo, me he quejado, porque no -pareciese que reprendía a mi hermano de un hurto tan bajo como este; -pero bien está, pues que nos hemos descubierto, para que por mí y por -ti se busque el remedio de nuestro daño, y la envidia, procediendo -mansamente, no nos traiga contenciones, como entre los dos hermanos -Eteocles y Polinices, que el uno al otro se mataron. - -Estas y otras semejantes palabras dichas el uno al otro, juraron cada -uno de ellos que ningún engaño ni hurto había hecho ni cometido; pero -que debían por todas las vías artes que pudiesen buscar el ladrón que -aquel común daño les hacía, porque no era de creer que el asno que allí -solamente estaba se había de aficionar a comer tales manjares; pero -que cada día faltaban los principales y más preciados manjares; demás -de esto, en su cámara no había muy grandes ratones ni moscas, como -fueron otro tiempo las arpías que robaban los manjares de Fineo, rey de -Arcadia. - -Entretanto que ellos andaban en esto, yo, cebado de aquellas copiosas -cenas, y bien gordo con los manjares de hombre, estaba redondo y -lleno, y mi cuerpo ablandado con la hermosa grosura, y criado el pelo, -que resplandecía; pero esta hermosura de mi cuerpo causó saberse el -negocio, porque ellos, movidos de la grandeza y grosura no acostumbrada -de mi cuerpo, y viendo que el heno y cebada que me echaban cada -día quedaba allí sin tocar en ella, sospecharon de mí, y a la hora -acostumbrada hicieron como que se iban al baño, y cerradas las puertas -como solían, pusiéronse a mirar por una hendidura de la puerta y -viéronme cómo estaba puesto con aquellos manjares. - -Ellos, no haciendo cosa de su daño, tornaron el enojo en muy gran risa; -y llamando al otro hermano, y después a todos los servidores de casa, -mostrábales la gula, digna de ponerse en memoria, de un asno perezoso. - -Finalmente, que tan gran risa y tan liberal tomó a todos, que vino a -las orejas del señor, que por allí pasaba, el cual preguntó qué cosa -era aquella de que tanto se reían, si estaban locos o mordidos de la -tarántula. - -Y sabido el negocio que era, él también fue a mirar por el agujero, -de que hubo gran placer, y tan gran risa le tomó, que le dolían las -ingles; y abierto el aposento, púsose a mirar de más cerca. - -Yo, cuando esto vi, pareciome que veía próspera y amigable la cara de -la fortuna, que en alguna manera ya más blandamente me favorecía, y -ayudándome el gozo y placer de los que presentes estaban, ninguna cosa -me turbaba, antes comía seguramente, hasta tanto que con la novedad de -aquella vista, el señor de casa, muy alegremente, mandó lavar, y él -mismo por sus manos me llevó a su sala, y puesta la mesa, mandome poner -en ella todo género de manjares enteros, sin que nadie hubiese tocado -en ellos. Yo, como quiera que ya estaba algún tanto harto de lo que -había comido, pero deseando hacerme gracioso y grato al señor, y que él -me tuviese en algo, comía de aquellos manjares como si estuviera muy -hambriento. - -Ellos, por informarse bien si yo era manso, aquello que naturalmente -aborrecen los asnos, eso me ponían delante, por si lo comía, así como -carne adobada, gallinas y capones salpimentados, pescados en escabeche -y otras muchas cosas. - -Entretanto que esto pasaba, había muy gran risa entre los convidados -que allí estaban, y un truhan que allí había, dijo: - ---Dad alguna cosa a este mi compañero. - -A lo cual respondió el señor, diciendo: - ---Pues tú, ladrón, no has hablado neciamente, que muy bien puede ser -que este nuestro convidado desee beber de buena gana de este vino. - -Y luego dijo a un paje: - ---Daca aquella copa de oro e hínchela de vino y da de beber a mi -truhan, y aun dile cómo yo bebí antes que él. - -Los convidados que estaban a la mesa estuvieron muy atentos esperando -lo que había de pasar. - -Entonces yo, no espantado por cosa alguna, muy despacio y a mi placer, -retorciendo el labio de abajo a manera de lengua, bebí toda aquella -gran copa. Y luego, todos a una voz, con grande clamor me dijeron: - ---Dios te dé salud, que tan bien lo has hecho. - -En fin, que aquel señor, lleno de gran placer y alegría, llamó a sus -dos criados que me habían comprado, y mandoles dar por mí cuatro tantos -más de lo en que me habían comprado, y a mí diome a otro su criado, -haciéndole primero un gran sermón, encomendándome mucho, el cual me -criaba y trataba asaz humanamente, como a un su compañero. Y porque -su amo lo tuviese más acepto, procuraba cuanto podía darme placer con -mis juegos. Y primeramente me enseñó a estar a la mesa sobre el codo; -después también me enseñó a luchar y a saltar alzadas las manos. Y -porque fuese cosa muy maravillosa, me enseñó a responder a las palabras -por señales. En tal manera, que cuando no quería, meneaba la cabeza, y -cuando algo quería, mostraba que me placía bajándola, y cuando había -sed, miraba al copero, y haciendo señal con las pestañas, le demandaba -de beber. - -Todas estas cosas fácilmente las aprendía y hacía, porque aunque nadie -me las mostrara, las supiera muy bien hacer; pero temía que si por -ventura, sin que nadie me enseñase, yo hiciese estas cosas como hombre -humano, muchos, pensando que podría venir de esto algún cruel presagio -o agüero, que como a monstruo y mal agorero me matarían y darían muy -bien de comer conmigo a los buitres. - - -IV. - - Cómo Lucio cuenta qué estado era el de su señor, y cómo partió para - la ciudad de Corinto. - -Por todas partes corría ya la fama de cómo yo, con mis maravillosas -artes y juegos, era muy placentero; por esta causa era mi señor muy -afamado y acatado de todos. Cuando iba por la calle, decían: - ---Este es el que tiene un asno que es compañero y convidado, que salta -y lucha, y entiende las hablas de los hombres, y da a entender lo que -quiere con señales que hace. - -Ahora lo demás que os quiero decir, aunque lo debiera hacer al -principio; pero al menos relataré quién era este amo, el cual se -llamaba Tiaso. Él era natural de la ciudad de Corinto, que es cabeza -de toda la provincia de Acaya; según que la dignidad y majestad de su -nacimiento lo demandaba, y de grado en grado, había tenido todos los -oficios de honra de la ciudad, y ahora estaba nombrado para ser la -quinta vez cónsul, y por que respondiese su nobleza al resplandor de -tan gran oficio en que había de entrar, prometió dar al pueblo tres -días fiestas y juegos de placer, extendiendo largamente su liberalidad -y magnificencia. De manera que tanta gana tenía de la gloria y favor -del pueblo, que hubo de ir a Tesalia a comprar bestias fieras, grandes -y hermosas, y a traer muchas otras cosas de gran precio para regocijar -al pueblo. - -Después que hubo a su placer comprado todas las cosas que había -menester, aparejó de tornarse a su casa. Y menospreciadas aquellas -ricas sillas en que lo traían, y dejados los carros ricos, unos -cubiertos de toldo y otros descubiertos, que allí venían vacíos, y -los traían aquellos caballos que nos seguían; y dejados asimismo -los caballos de Tesalia, y otros palafrenes franceses, a los cuales -el generoso linaje y crianza que de ellos sale, los hace ser muy -estimados, venía con mucho amor encima de mí, trayéndome muy ataviado -con guarnición dorada y cubierto de tapetes de muy fina seda y -brocado y con freno de plata, y las cinchas labradas de seda muy -artificialmente, y adornado con muchas campanillas y cascabeles de -plata, que venían sonando, que en verdad yo no parecía asno, sino un -potente dromedario, según que venía ancho. - -Después que hubimos caminado por la mar y por tierra, llegamos a -Corinto, adonde nos salió a recibir gran compaña de la ciudad, los -cuales, según que a mí me parecía, no salían tanto por hacer honra a -mi señor, cuanto era deseando de verme a mí; porque tanta fama había -allí de mí, que no poca ganancia hubo por mí aquel que me tenía en -cargo. El cual, viendo que muchos tenían grande ansia deseando de ver -mis juegos, cerraba las puertas y entraban uno a uno, y él, recibiendo -dineros, no pocas sumas rapaba cada día. - -En aquel conventículo y ayuntamiento fue a verme una matrona, mujer -rica y honrada, la cual, como los otros, mercó mi vista con su dinero; -y con las muchas maneras de juegos que yo hacía, ella se deleitó y -maravilló tanto, que poco a poco se enamoró maravillosamente de mí, -y no tomando medicina ni remedio alguno para su loco amor y deseo, -ardientemente deseaba echarse conmigo y ser otra Pasífae de asno, como -fue la otra del toro; en fin, que ella concertó con aquel que me tenía -a su cargo que la dejase echar una noche conmigo y que le daría gran -precio por ello. Así que aquel bellaco, por que de mí le pudiese venir -provecho, contento de su ganancia, prometióselo. - -Ya que habíamos cenado, partímonos de la sala de mi señor y hallamos -aquella dueña que me estaba esperando en mi cámara. - -¡Oh Dios, qué bueno era aquel aparato! ¡Cuán rico y ataviado! Cuatro -eunucos que allí tenía nos aparejaron luego la cama en el suelo con -muchos cojines llenos de pluma delicada y muelle, que parecía que -estaban hinchados de viento, y encima ropas de brocado y de púrpura, -y encima de todo otros cojines más pequeños que los otros, con los -cuales las mujeres delicadas acostumbraban sostener sus rostros y -cervices. Y por que no impidiesen el placer y deseo de la señora con -su larga tardanza, cerradas las puertas de la cámara se fueron luego; -pero dentro quedaron velas de cera ardiendo resplandecientes, que nos -esclarecían las tinieblas oscuras de la noche. - -Entonces ella, desnuda de sus vestiduras, y llegada cerca de la -lumbre, sacó un botecillo de estaño y untose toda con bálsamo que allí -traía, y a mí también me untó y fregó muy largamente; pero con mucha -mayor diligencia me untó la boca y narices. - -[Latín: Tunc exosculata pressule, non qualia in lupanari solent basiola -jactari, vel meretricum poscinummia, vel adventorum negotinummia, sed -pura atque sincera instruit, et blandissimos affatus: Amo, et cupio, -et te solum diligo, et sine te jam vivere nequeo: et cetera, quis -mulieres et alios inducunt, et suas testantur affectiones. Capistroque -me prehensum, more quo didiceram, declinat facile. Quippe quum nil -novi nihilque difficile facturus mihi viderer; præsertim post tamtum -temporis, tam formosæ mulieris cupientis amplexus obiturus. Nam et vino -pulcherrimo atque copioso memet madefeceram; et unguento fragrantisimo -prolubium libidinis suscitaram.] - -[Latín: Sed angebar plane non exili metu, reputans quemadmodum tantis -tamque magnis cruribus possem delicatam matronam inscendere; vel tam -lucida, tamque tenera et lacte ac melle confecta membra duris ungulis -complecti: labiasque modicas ambrosio rore purpurantes tam amplo ore -tamque enormi et saxeis dentibus deformis saviari: novissime, quo -pacto quamquam ex unguiculis perpruriscens, mulier tam vastum genitale -susciperet. Heu me, qui dirupta nobili femina, bestiis objectus, -manus instructurus sim mei domini! Molles interdum voculas, et asidua -savia, et dulces gannitus, commorsicantibus oculis, iterabat illa. -Et in summa, Teneo te, inquit, teneo meum palumbulum, meum passerem. -Et cum dicto, vanas fuisse cogitationes meas, ineptumque monstrat -metum. Artisime namque complexa, totum me, prorsus sed totum recepit. -Illa vero, quotiens ei parcens nates recellebam accedens totiens -nisu rabido, et spinam prehendens meam, appliciore nexu inhærebat: -ut Hercules etiam deesse mihi aliquid ad supplendam ejus libidinem -crederem; nec Minotauri matrem frustra delectatam putarem adultero -mugiente.] - - Nota de transcripción - - Los dos párrafos anteriores han sido puestos en latín por el editor, - presumiblemente por su carácter explícito. La traducción que hizo de - ellos López de Cortegana, en castellano del final del siglo XV, fue - la siguiente: - - «Esto hecho besome muy apretadamente, no de la manera que suelen - besar las mujeres que están en el burdel, u otras rameras de - mandonas, o las que suelen recibir a los negociantes que vienen, - sino pura y sinceramente sin engaño. Y dende comenzome a hablar muy - blandamente, diciendo: Yo te amo, y te deseo, y a ti solo, y sin ti - ya no puedo vivir: y semejantes cosas con que las mujeres atraen - a otros, y les declaran sus aficiones y amor que les tienen. Así - que tomome por el cabestro, y como ya sabía la costumbre de aquel - negocio, fácilmente me hizo abajar. Mayormente que yo bien veía que - en aquello ninguna cosa nueva ni difícil hacía, cuanto más a cabo de - tanto tiempo que hubiese dicha de abrazar una mujer tan hermosa, y - que tanto me deseaba. Demás de esto yo estaba harto de muy buen vino, - y con aquel ungüento tan oloroso que me había untado, desperté mucho - más el deseo y aparejo de la lujuria. - - »Verdad es que me fatigaba entre mí no con poco temor, pensando en - qué manera un asno como yo podría abrazar con mis duras uñas, unos - miembros tan blancos y tiernos hechos de miel y de leche: y también - aquellos labios delgados, colorados como rocío de púrpura, había de - tocar con una boca tan ancha y grande: y besarla con mis dientes - disformes y grandes como de piedra. Finalmente que yo conocía que - aquella dueña estaba encendida dende las uñas hasta los cabellos; - guay de mí, que rompiendo una mujer hija dalgo como aquella, yo había - de ser echado a las bestias bravas que me comiesen y despedazasen, - y haría fiesta a mi señor. Ella entretanto tornaba a decir aquellas - palabras blandas, besándome muchas veces y diciendo aquellos - halagos dulces con los ojos amodorridos diciendo en suma: Téngote, - mi palomino, mi pajarito: y diciendo esto mostró que mi miedo y mi - pensamiento era muy necio. Tanto que por Dios yo creía que me faltaba - algo para suplir su deseo, por lo cual yo pensaba que no de balde la - madre del Minotauro se deleitaba con el toro su enamorado.» - -Ya que la noche trabajosa y muy velada era pasada, ella, escondiéndose -de la luz del día, partiose de mañana, dejando acordado otro tanto -precio para la noche venidera, lo cual aquel mi maestro concedió de su -propia gana sin mucha dificultad por dos cosas: lo uno por la ganancia -que a mi causa recibía; lo otro, por aparejar nueva fiesta para mi -señor. En fin, que sin tardanza ninguna le descubrió todo el aparato -del negocio y en qué manera había pasado. - -Cuando él oyó esto, hizo mercedes magníficamente a aquel su criado, y -mandó que él me aparejase para hacer aquello en una fiesta pública. - - -V. - - Cómo se buscaba a una mujer que estaba condenada o muerte, para que - en unas fiestas tuviese acceso con el asno en el teatro público, y - cuenta el delito que había cometido aquella mujer. - -Porque aquella buena de mi mujer, por ser de linaje y honrada, ni -tampoco otra alguna se pudo hallar para aquello, buscose una de baja -condición por gran precio (la cual estaba condenada por sentencia de -la justicia, para ser echada a las bestias), para que públicamente, -delante del pueblo, en el teatro, se echase conmigo; de la cual yo supe -esta historia: - -Aquella mujer tenía un marido, el padre del cual, partiéndose a otra -tierra muy lejos, dejaba preñada a su mujer, madre de aquel mancebo, y -mandole que si pariese hija, que luego que fuese nacida la matase. - -Ella parió una hija, y por lo que el marido le había mandado, habiendo -piedad de la niña, como las madres la tienen de sus hijos, no quiso -cumplir aquello que su marido le dijo, y dióla a criar a un vecino. - -Después que tornó el marido, díjole como había muerto a una hija que -parió. Pero después que ya la moza estaba para casar, la madre no la -podía dotar sin que el marido lo supiese, y lo que pudo hacer fue que -descubrió el secreto a aquel mancebo hijo suyo, porque temía quizá por -ventura no se enamorase de la moza, y con el calor de la juventud, no -sabiéndolo, incurriese en mal caso con su hermana, que tampoco lo sabía. - -Mas aquel mancebo, que era hombre de noble condición, puso en obra lo -que su madre le mandaba y lo que a su hermana cumplía, y guardando -mucho el secreto, por la honra de la casa de su padre, y mostrando de -parte de fuera una humanidad común entre los buenos, quiso satisfacer -a lo que era obligado a su sangre, diciendo que por ser aquella moza -su vecina desconsolada y apartada de la ayuda y favor de sus padres, -la quería recibir en su casa so su amparo y tutela, porque la quería -dotar de su propia hacienda y casarla con un compañero muy su amigo y -allegado. - -Pero estas cosas, así con mucha nobleza y bondad bien dispuestos no -pudieron huir de la mortal envidia de la fortuna; por disposición de -la cual, luego los crueles celos entraron en la casa del mancebo, y -luego la mujer de aquel mancebo, que ahora estaba condenada a ser -echada a las bestias por aquellos males que hizo, comenzó primeramente -a sospechar contra la moza que era su combleza y que se echaba con su -marido, y por esto decía mal de ella. De aquí se puso en acecharlos por -todos los lazos de la muerte. - -Finalmente, que inventó y pensó su traición y maldad de esta manera: - -Esta mujer hurtó a su marido el anillo y fuese a la aldea donde tenía -sus heredades, y envió a un esclavo suyo que le era muy fiel, aunque -él merecía mal por la fe que le tenía, para que dijese a la moza que -aquel mancebo, su marido, la llamaba que viniese luego allí a la aldea, -adonde él estaba, añadiendo a esto que muy prestamente viniese sola y -sin ningún compañero, y por que no hubiese causa para tardarse, dio el -anillo que había hurtado a su marido, el cual, como lo mostrase ella, -daría fe a sus palabras. El esclavo hizo lo que su señora le mandaba, y -como aquella doncella oyó el mandado de su hermano, aunque este nombre -no lo sabía otro, viendo la señal que le mostró, prestamente se partió -sin compañía como le era mandado. - -Pero después que caída en el hoyo del engaño, sintió las asechanzas y -lazos que le estaban aparejadas, aquella buena mujer, desenfrenada, -y con los estímulos de la lujuria, tomó a la hermana de su marido. -Primeramente, desnuda, la hizo azotar cruelmente, y aunque ella, -hablando lo que era verdad, decía que por demás tenía pena y sospecha -que era su combleza, y llamado muchas veces el nombre de su hermano, -aquella mala mujer la lanzó un tizón ardiendo entre las piernas, -diciendo que mentía y fingía aquellas cosas que decía, hasta que -cruelmente la mató. - -Entonces, el marido de esta y su hermano, supo su amarga muerte por -los que corrieran presto a la aldea donde estaba, y después de muy -llorada, pusiéronla en la sepultura. - -El mancebo, su hermano, no pudiendo tolerar ni sufrir con paciencia -la rabiosa muerte de su hermana, y que sin causa había sido muerta, -conmovido y apasionado de gran dolor que tenía en medio de su corazón, -encendido de un mortal furor de la amarga cólera, ardía con una fiebre -muy ardiente y encendida, de tal manera, que ya a él le parecía tomar -medicinas. - -Pero la mujer, la cual antes de ahora había perdido con la fe el nombre -de su mujer, habló a un físico, que notoriamente era falsario y mal -hombre, el cual tenía ya hartos triunfos de su mano, y era conocido en -las batallas de semejantes victorias, y prometiole cincuenta ducados -por que le vendiese ponzoña que luego matase, y ella comprase la muerte -de su marido; la cual, como vido la ponzoña, fingió que era necesario -aquel noble jarabe que los sabios llaman sagrado, para amansar las -entrañas y sacar toda la cólera. Pero en lugar de esta medicina que -ella decía, puso otra maldita para ir a la salud del infierno. - -El físico, presentes todos los de casa y algunos amigos y parientes, -quería dar al enfermo aquel jarabe, muy bien destemplado por su -mano, pero aquella mujer, audaz y atrevida, por matar juntamente -al físico con su marido, como a hombre que sabía su traición, y no -la descubriese, y también por quedarse con el dinero que le había -prometido, detuvo el vaso que el físico tenía, y dijo: - ---Señor doctor, pues eres el mejor de los físicos, no consiento que des -este jarabe a mi marido sin que primeramente tú bebas de él una buena -parte; porque ¿cómo sé yo ahora si por ventura está en él escondida -alguna ponzoña mortal? Cierto no se ofende, siendo tan prudente y tan -docto físico, si la buena mujer, deseosa y solícita acerca de la salud -de su marido, procura piedad para su salud necesaria. - -Cuando el físico esto oyó, fue súbitamente turbado por la maravillosa -desesperación de aquella mujer, y viéndose privado de todo consejo por -el poco tiempo que tenía para pensar que con su miedo o tardanza diese -sospecha a los otros de su mala conciencia, gustó una buena parte de -aquella poción. - -El marido, viendo lo que el físico había hecho, tomó el vaso en la mano -y bebió lo que quedaba. - -Pasado el negocio de esta manera, el médico se tornaba a su casa lo -más presto que podía, por tomar alguna saludable poción para apagar y -matar la pestilencia de aquel vino que había tomado. Pero la mujer, -con porfía y obstinación sacrílega, como ya lo había comenzado, no -consintió que el médico se apartase de ella tanto como una uña, -diciendo que no se partiese de allí hasta que el jarabe que su marido -había tomado fuese digerido, y pareciese probado lo que la medicina -obraba. - -Finalmente, que fatigada de los ruegos e importunaciones del físico, -contra su voluntad, y de mala gana, lo dejó ir. - -Entretanto, las entrañas y el corazón habían recibido en sí aquella -ponzoña furiosa y ciega; así que él, lisiado de la muerte y lanzado -en una graveza de sueño que ya no se podía tener, llegó a su casa, y -apenas pudo contar a su mujer cómo había pasado. Mandole que, al menos, -pidiese los cincuenta ducados que le había ofrecido, en remuneración de -aquellas dos muertes. En esta manera aquel físico, muy famoso abogado, -con la violencia de la ponzoña dio el ánima. - -Ni tampoco aquel mancebo, marido de esta mujer, detuvo mucho la vida, -porque entre las fingidas lágrimas de ella, murió de otra muerte -semejante. - -Después que el marido fue sepultado, pasando pocos días, en los cuales -se hacen exequias a los muertos, la mujer del físico vino a pedir -el precio de la muerte doblada de ambos maridos; pero aquella mujer -mala, en todo semejante a sí misma, suprimiendo la verdad y mostrando -semejanza de querer cumplir con ella, respondiole muy blandamente, -prometiendo que la pagaría largamente y aun más adelante, y que luego -era contenta con tal condición, que le quisiese dar un poco de aquel -jarabe para acabar el negocio que había comenzado. - -La mujer del físico, inducida por los lazos y engaños de aquella mala -hembra, fácilmente consintió en lo que le demandaba, y por agradar -y mostrarse ser servidora de aquella mujer que era muy rica, muy -prestamente fue a su casa y trajo toda la bujeta de la ponzoña, y -diósela a aquella mujer, la cual, hallada causa y materia de grandes -maldades, procedió adelante largamente con sus manos sangrientas. - -Ella tenía una hija pequeña de aquel marido que poco ha había muerto, -y a esta niña, como la venían por sucesión los bienes de su padre, -como el derecho manda, queríala muy mal, y codiciando con mucha ansia -todo el patrimonio de su hija, deseábala ver muerta. Así que ella, -siendo cierto que las madres, aunque sean malas, heredan los bienes de -los hijos difuntos, deliberó de ser tan buena madre para su hija cual -fue mujer para su marido, de manera que cuando vio tiempo ordenó un -convite, en el cual hirió con aquella ponzoña a la mujer del físico, -juntamente con su misma hija, y como la niña era pequeña y tenía el -espíritu sutil, luego la ponzoña rabiosa se entró en las delicadas y -tiernas venas y entrañas, y murió la mujer del físico. - -En tanto que la tempestad de aquella poción detestable andaba dando -vueltas por sus pulmones, sospechando primero lo que había de ser, y -luego como se comenzó a hincar, ya más cierta que lo cierto, corrió -presto a la casa del senador, y con gran clamor comenzó a llamar su -ayuda y favor, a las cuales voces el pueblo todo se levantó con gran -tumulto. Diciendo ella que quería descubrir grandes traiciones, hizo -que las puertas de la casa, y juntamente las orejas del senador, se -le abriesen, y contadas por orden las maldades de aquella cruda mujer -desde el principio, súbitamente tomó un desvanecimiento de cabeza, cayó -con la boca medio abierta, que no pudo más hablar, y dando grandes -tenazadas con los dientes, cayó muerta ante los pies del senador. - -Cuando él vio esto, como era hombre ejercitado en tales cosas, -maldiciendo la maldad de aquella hechicera, que a tantos había muerto, -no permitió que el negocio se enfriase con perezosa dilación, y luego, -traída allí aquella mujer, apartados los de su cámara, con amenazas y -tormentos sacó de ella toda la verdad, y así fue sentenciada que la -echasen a las bestias. - -Como quiera que esta pena era menor que la que ella merecía, -diéronsela, porque no se pudo pensar otro tormento que más digno fuese -para su maldad. - -Tal era la mujer con quien yo había de hacer matrimonio públicamente, -por lo cual, estando así suspenso, tenía conmigo muy gran pena y -fatiga, esperando el día de aquella fiesta, y por cierto muchas veces -pensaba tomar la muerte con mis manos y matarme, antes que ensuciarme -juntándome yo con mujer tan maligna, o que hubiese yo de perder la -vergüenza con infamia de tan público espectáculo. - -Pero privado yo de manos humanas, y privado de los dedos, con la uña -redonda y maciza no podía apretar espada ni cuchillo para hacer lo que -quería. En fin, yo consolaba estas mis extremas fatigas con una muy -pequeña esperanza, y era que el verano comenzaba ya, y que pintaba -todas las cosas con hierbezuelas floridas, y vestía los prados con -flores de muchos colores, y que luego las rosas, echando de sí olores -celestiales, salidas de su vestidura espinosa, resplandecerían y me -tornarían a mi primer Lucio, como yo antes era. - - -VI. - - Lucio, asno, cuenta cómo se representó en un teatro el _Juicio de - Paris_ y otras cosas, y cómo huyó de allí. - -Mi señor, determinando hacer gran fiesta al pueblo, como ya dije, mandó -hacer un teatro muy suntuoso, en el cual se habían de hacer muchos -juegos e invenciones, y yo había de ser el postrer juego, porque había -de bailar y hacer mis habilidades delante de todo el pueblo, y después -de todo esto, habían de soltar muchas fieras bravas y fuertes a una -mujer que tenía graves crímenes, para que la comiesen. - -En esto he aquí do viene el día que era señalado para aquella fiesta, -y con gran pompa y favor, acompañándome todo el pueblo, yo soy llevado -al teatro. Y en tanto que comenzaban a hacer principio de la fiesta -ciertas danzas y representaciones, yo estuve quedo ante la puerta -del teatro, paciendo grama y otras hierbas frescas, que yo había gran -placer de comer; la puerta del teatro estaba abierta y sin impedimento; -muchas veces recreaba los ojos, mirando aquellas fiestas graciosas. -Porque allí había mozos y mozas de florida edad, hermosos en sus -personas y resplandecientes en las vestiduras, saltadores, que bailaban -y representaban una fábula griega que se llama pírrica, los cuales, -dispuestos sus órdenes, daban sus graciosas vueltas, unas veces en -rueda, otras en ordenanza torcida, otras veces hechos una cuña en -manera cuadrada, y apartándose unos de otros. - -Después que aquella trompa con que tañían hizo señal que acababan ya la -danza, fueron quitados los paños de raso que allí había, y cogidas las -velas aparejose el aparato de la fiesta, el cual era de esta manera: - -Estaba allí un monte de madera, hecho a la forma de aquel muy nombrado -monte, el cual el gran poeta Homero celebró llamándolo Ida, adornado y -hecho de muy excelente arte, lleno de matas y árboles verdes; y encima -del altura del monte manaba una fuente de agua muy hermosa, hecha de -mano de carpintero, y allí andaban unas pocas cabrillas, que comían -de aquellas hierbas. Estaba allí un mancebo muy hermosamente vestido, -con un sombrero de oro en la cabeza y una ropa al hombro, a manera de -Paris, pastor troyano, el cual mancebo fingía ser pastor de aquellas -cabras. - -En esto vino un muchacho muy lindo, desnudo, salvo que en el hombro -izquierdo llevaba una ropa blanca, los cabellos rubios; entre ellos -saltaban unas plumas de oro, juntas unas a otras. El cual, según el -instrumento y verga que llevaba en la mano, manifestaba ser Mercurio. - -Este, saltando y bailando con una manzana de láminas de oro que llevaba -en su mano, llegó a aquel que parecía ser Paris, y diósela, diciéndole -lo que Júpiter mandaba que hiciese, y luego se fue. - -Entró luego una doncella honesta en su gesto, semejante a la diosa -Juno, porque traía con una diadema blanca ligada la cabeza, y traía -asimismo un cetro real. Tras de esta salió otra que luego parecía -que era Minerva, la cabeza cubierta con un yelmo resplandeciente, y -encima traía una corona de ramos de oliva, con una lanza y una adarga, -meneándola a una parte y a otra, como cuando ella pelea. Después de -estas entró otra muy poderosa; con hermosa vista y la gracia de su -divino color, manifestaba que debía ser la diosa Venus, cual ella -era cuando fue doncella, el cuerpo desnudo y sin ninguna vestidura, -mostrando su perfecta hermosura, salvo que con un velo sutil de seda -cubría su vergüenza, el cual velo un airecillo curioso enamoradamente -meneaba. El color de esta diosa era tan hermoso, que el cuerpo era -blanco y claro, como cuando sale del cielo, y la vestidura azul, como -cuando torna de la mar. - -Estas tres doncellas, que representaban aquellas tres diosas, traían -sus compañas consigo que las acompañaban. A Juno acompañaban Cástor -y Pólux, cubiertas las cabezas con sus yelmos y cimeras adornados de -estrellas; pero estos dos pastores eran dos muchachos de aquellos que -representaban la fábula. Esta doncella, aunque la trompa tenía diversos -sones y bailes, salió muy reposada y sin hacer gesto ninguno, y -honestamente, con su rostro sereno, prometió al pastor, que si le diese -aquella manzana, que era premio de la hermosura, le daría el reino -y señorío de toda Asia. A la otra doncella, que en el atavío de sus -armas parecía Minerva, acompañaban dos muchachos pajes, que llevaban -las armas de esta diosa de las batallas, a los cuales llamaban, al -uno Espanto, y al otro Miedo. Estos venían saltando y esgrimiendo con -sus espadas sacadas; a las espaldas de ellos estaban las trompetas, -que tañían como cuando entran en las batallas, y junto con las -trompetas bastardas tocaban clarines, de manera que incitaban a gana de -ligeramente saltar. - -Esta doncella, volviendo la cabeza, y con los ojos que parecía que -amenazaban, saltando y dando vueltas muy alegremente, decía a Paris, -que si le diese la victoria de la hermosura, que lo haría muy esforzado -y muy famoso, con su favor y ayuda en los triunfos de las batallas. - -Después de esto, he aquí do sale Venus, con gran favor de todo el -pueblo que allí estaba, y en medio del teatro, cercada de muchachos -alegres y hermosos, y riéndose dulcemente, estuvo queda con gentil -continencia. - -Cierto, quien quiera que viera aquellos niños gordos y blancos, -dijera que eran dioses del amor, como Cupido, que a honrarla habían -salido de la mar, o volado del cielo, porque ellos conformaban en las -plumas, arcos y saetas, y en todo el otro hábito, al dios Cupido, -y llevaban hachas encendidas, como si su señora Venus se casara. -Asimismo, otro linaje de damas hermosas la cercaban: de una parte, -las gracias agradables, y de la otra, las muy hermosas horas, que son -ninfas que acompañan a Venus, las cuales, por agradar a su señora, con -sus guirnaldas de flores, y otras en las manos que por allí echaban -y derramaban, hacían un corro muy bien ordenado por dar placer a su -señora con aquellas hierbas y flores del verano. - -Ya las chirimías tocaban dulcemente aquellos cantos y sones músicos -y suaves, los cuales deleitaban suavemente los corazones de los que -allí estaban mirando; pero muy más suavemente se conmovían con la vista -de Venus, la cual muy paso a paso, por medio de aquellos niños y de -sus plumas y alas, moviendo poco a poco la cabeza, comenzó a andar, -y con su gesto y aire delicado a responder al son y canto de los -instrumentos, una vez bajando los ojos, otra vez parecía que amenazaba -con las pestañas, y algunas veces parecía que saltaba con solos los -ojos. Esta, como llegó ante la presencia del juez, echole los brazos al -cuello, prometiéndole que si ella llevase la victoria, que le daría una -mujer tan hermosa como ella. - -Entonces aquel mancebo troyano de muy buena gana le metiera en la mano -aquella manzana de oro, que era victoria. - -¿De qué os maravilláis, hombres muy viles, letrados y abogados, y aun -digo buitres de rapiña en hábitos de hombre, si ahora todos los jueces -venden por dinero sus sentencias, porque, en el comienzo de todas las -cosas del mundo, la gracia y hermosura corrompió el juicio que se -trataba entre los dioses y el hombre? - -Y aquel pastor rústico, juez elegido por el gran Júpiter, vendió la -primera sentencia de aquel antiguo siglo, por ganancia de su lujuria, -con destrucción y perdimiento de todo su linaje. - -Por cierto, de esta manera aconteció otro juicio hecho entre los -capitanes griegos. - -Cuando Palamedes, poderoso en armas, fue condenado de traición, o -cuando Ulises fue preferido a Áyax. - -Pues que tal fue aquel otro juicio cerca de los letrados y discretos de -Atenas y los otros maestros de toda la ciencia. - -Por ventura, aquel viejo Sócrates, de divina prudencia, el cual fue -preferido a todos los mortales en sabiduría por el dios Apolo, ¿no fue -muerto con el zumo de la hierba mortal, acusado por engaño y envidia -de malos hombres, diciendo que era corrompedor de la juventud, la -cual antes él constreñía y apretaba con el freno de su doctrina, y -murió dejando a los ciudadanos de Atenas mácula de perpetua ignominia? -Mayormente que los filósofos de este tiempo desean y siguen su doctrina -santísima, y con grandísimo estudio y afición de felicidad juran por su -nombre. Mas porque alguno no reprenda el ímpetu de mi enojo, diciendo -entre sí de esta manera: ¿Cómo es ahora razón que suframos un asno que -nos esté aquí diciendo filosofías? tornaré otra vez a contar la fábula -donde la dejé. - -Después que fue acabado el _Juicio de Paris_, aquellas diosas, Juno -y Minerva, tristes, y semejantes, y enojadas, fuéronse del teatro, -manifestando en sus gestos la indignación y pena de la injusticia que -les era hecha. Pero la diosa Venus, gozosa y muy alegre, saltando y -bailando con toda su compañía, manifestó su alegría. - -Entonces, encima de aquel monte, por un caño escondido, salió una -fuente de agua de color de azafrán, y cayendo de arriba, roció aquellas -cabras que andaban allí paciendo, con aquella agua olorosa, en tal -manera, que teñidas y pintadas del agua, mudaron el color blanca que -era propio suyo, en color amarillo. Así que oliendo suavemente todo el -teatro ya que era acabada toda la fábula, sumiose todo aquel monte de -madera en una abertura grande de la tierra que allí estaba hecha. - -Acabados estos juegos, luego empezó mi maestro a aparejar el teatro -para yo ir a danzar. Mas como yo era asno vergonzoso, y no hacía mis -cosas públicas, hallando ocasión de tomar las riñas y acogerme, -determiné hacerlo, entretanto que mi maestro aparejaba el teatro, y -la otra gente que allí estaba, los unos estaban ocupados en mirar la -caza de las bestias, los otros atónitos en aquel espectáculo y fiesta -deleitosa, en tal manera que daban libre albedrío a mi pensamiento para -poner en obra mi huida, y también nadie tenía pensamiento ni se curaba -de aguardar un asno tan manso. Así que poco a poco comencé a retraer -los pies horriblemente, y de que llegué a la puerta de la ciudad, que -estaba cerca de allí, eché a correr cuanto pude muy apresuradamente, -y andadas seis millas, en breve espacio llegué a Céncreas, que es una -villa muy noble de los Corintios, junta con ella el mar Egeo de la una -parte, y de la otra el mar Sarónico, adonde, porque hay puerto seguro -para las naos, es frecuentada de muchos mercaderes y pueblos. - -Cuando yo allí llegué, aparteme de la gente que no me viese, y en la -ribera de la mar, secretamente, cerca del rocío de las ondas del agua, -me eché en un blando montón de arena, y allí recreé mi cuerpo cansado, -porque ya el carro del Sol había bajado y puesto último término al día; -adonde yo estando descansando de noche, un dulce sueño me tomó. - - - - -LIBRO XI. - -ARGUMENTO. - - Nuestro Lucio Apuleyo todo es lleno de doctrina y elegancia; pero - este último libro excede a todos los otros: en el cual dice algunas - cosas simplemente y muchas de historia verdadera, y otras muchas - sacadas de los secretos de la filosofía y religión de Egipto. En - el principio explica con gran elocuencia una oración, no de asno, - mas de elocuente orador, que hizo a la Luna, y luego la respuesta - de la Luna. -- La copiosa y muy discreta descripción de la pompa - sacerdotal. -- La reformación del asno en hombre, comidas las rosas. - -- La entrada que hizo en la religión de Isis. -- La abstinencia - de su castidad. -- Y otra oración que hizo a la Luna. -- Y después - la feliz jornada que hizo a Roma, adonde, ordenado en las cosas - sagradas, de allí fue puesto en el colegio de los principales - sacerdotes. -- Hablarán copiosamente, que es difícil a la letra - tornarlo en nuestro romance: haya paciencia quien lo leyere, y no - culpe lo que él, por ventura, no podrá hacer. - - -I. - - Cómo Lucio cuenta que, venido en aquel lugar de Céncreas, después del - primer sueño vio la Luna, a la cual pidió le volviese a su primera - forma de hombre. - -Siendo ya de noche, yo desperté con un súbito pavor, y vi la luna -relumbrando y con un resplandor grande, que a la hora salía de las -ondas de la mar. Yo, hallándome solo y con la ocasión de la noche -llena de silencio, pensaba que la Luna resplandece con gran majestad, -y que todas las cosas humanas son regidas por su providencia, no tan -solamente las animalias domésticas y bestias fieras, mas aun los que -son sin ánima se esfuerzan y crecen por virtud de su lumbre, y también, -por consiguiente, los mismos cuerpos en la tierra, en el aire y en -la mar, ahora se aumentan con los crecimientos de la Luna, ahora se -disminuyen cuando ella mengua. Pensando yo también que mi fortuna -estaría ya harta con tantas tribulaciones y desventuras como me había -dado, y que ahora, aunque tarde, me mostraba alguna esperanza de salud, -deliberé de rogar y suplicar a aquella venerable diosa me diese su -favor. Y luego, quitando de mí toda pereza, me levanté muy alegre, -y con gana de limpiarme y purificarme, echeme en la mar metiendo la -cabeza siete veces debajo del agua, porque aquel divino Pitágoras -manifestó que aquel número septenario era en gran manera aparejado para -la religión y santidad, y con el placer alegre, saliéndome las lágrimas -de los ojos, suplicábale de esta manera: - ---¡Oh, reina! ¡Ahora tú seas aquella santa Ceres, madre primera de los -panes, que te alegraste cuando se halló tu hija, y quitado el manjar -antiguo de las bellotas, mostraste manjar deleitoso! ¡Ahora tú seas -aquella Venus celestial, que juntas los hombres con amor y haces los -casamientos para haber generación! ¡Ahora tú seas hermana del Sol, que -socorres a las mujeres en sus trabajosos partos! ¡Ahora tú seas aquella -temerosa Proserpina a quien sacrificaban con aullidos de noche, y que -oprimes las fantasmas con tu forma de tres caras, y refrenándote de los -encerramientos de la tierra andas por diversas montañas y arboledas, -y eres sacrificada y adorada por diversas maneras! ¡Tú alumbras todas -las ciudades del mundo con esta tu claridad mujeril; y criando las -simientes alegres, con tus húmedos rayos dispensas tu lumbre incierta -con las vueltas y rodeos del Sol! ¡Por cualquier nombre, o por -cualquier rito, o nombre que sea lícito llamarte, tú, señora, socorre -y ayuda ahora a mis extremas angustias! ¡Tú levanta mi caída fortuna! -¡Tú da paz y reposo a los acaecimientos crueles por mí pasados y -sufridos! ¡Basten ya los trabajos, basten ya los peligros, y quítame -esta cara maldita de asno, y tórname a hacer Lucio, para que vea y goce -de los míos! Y si por ventura a algún dios yo he enojado y me trata con -crueldad inexorable, ¡consienta a lo menos que yo muera, pues que no me -conviene que viva! - -En esta manera habiendo hecho mis rogativas, tornome otra vez a venir -gran sueño, y acosteme en el mismo lugar donde antes había dormido, -para reposar y pasar la triste noche. - -No había yo bien cerrado los ojos, he aquí aquella alegre cara, alzando -su gesto honrado, salió de en medio de la mar, y de allí poco a poco su -luciente figura, ya que estaba toda fuera del agua, pareció que se puso -delante de mí. De la cual maravillosa imagen yo me esforzaré a contar, -si el efecto de la lengua humana me diere para ello facultad, o si su -divinidad me administrare abundante copia de facundia para poderlo -decir. - -Tenía los cabellos, muchos y muy largos, derramados por el divino -cuello, que le cubrían las espaldas. Tenía en su cabeza una corona -adornada de diversas flores, en medio de la cual estaba una redondez -llana, a manera de espejo, que resplandecía la lumbre de él, para -demostración de la luna. De la una parte y de la otra había muchos -surcos de arados, torcidos como culebras, y con muchas espigas de -trigo por allí nacidas. Traía una vestidura de lino tejida de muchos -colores: ahora era blanca y muy luciente, ahora amarilla como flor -de azafrán, ahora inflamada con un color rosado, que, aunque estaba -muy lejos, me quitaba la vista de los ojos. Traía encima otra ropa -negra, que resplandecía la oscuridad de ella, la cual traía cubierta -y echada por debajo del brazo diestro al hombro izquierdo como un -escudo, pendiendo con muchos pliegues y dobleces. Era esta ropa bordada -alderredor con sus trenzas de oro, y sembrada toda de unas estrellas -muy resplandecientes, en medio de las cuales, la luna llena de quince -días lanzaba de sí rayos inflamados. Y como quiera que esta ropa la -cercaba toda, pendiendo de cada parte, y tenía la hermosa corona ligada -con ella, adornada de diversas flores, manzanas, peras y otras frutas, -con todo, en la mano tenía otra cosa muy diferente de lo que hemos -dicho; porque ella tenía un pandero en la mano derecha, con sus sonajas -de alambre y de plata atravesadas por medio con sus hierrecitos, y con -un palillo dábale muchos golpes, que lo hacía sonar muy dulcemente. - -En la mano izquierda traía un jarro de oro, y del asa del jarro, que -era muy linda y pulida, salía una serpiente, que se llama áspid, -alzando la cabeza y con el cuello muy alto. - -En los pies, divinos y hermosos, traía unos alpargates hechos de hojas -de palma. Tal y tan grande me pareció aquella diosa, echando de sí un -olor divino, como los olores que se crían en Arabia, y tuvo por bien de -hablarme de esta manera: - ---Heme aquí, do vengo conmovida por tus ruegos, oh Lucio; sepas que yo -soy madre y natura de todas las cosas, señora de todos los elementos, -principio y generación de los siglos, la mayor de los dioses y reina de -todos los difuntos, primera y una sola de todos los dioses y diosas del -cielo, que dispenso con mi poder y mando las alturas resplandecientes -del cielo, y las aguas saludables de la mar, y los secretos lloros del -infierno. - -A mí sola y a una diosa honra y sacrifica todo el mundo en muchas -maneras de nombres. De aquí los troyanos, que fueron los primeros -que nacieron en el mundo, me llaman Pesimútica, madre de los dioses. -De aquí asimismo los Atenienses naturales y allí nacidos, me llaman -Minerva Cecropea, y también los de Chipre, que moran cerca de la mar, -me nombran Venus Pafia; los Arqueros y Sagitarios de Cresa, Diana; los -Sicilianos de tres lenguas me llaman Proserpina; los Eleusinos, la -diosa Ceres antigua. Otros me llaman Juno, otros Belona, otros Ecates, -otros Ranusia. - -Los Etíopes, ilustrados de los hirvientes rayos del Sol cuando nace, y -los Arios y Egipcios poderosos y sabios, donde nació toda la doctrina, -cuando me honran y sacrifican con mis propios ritos y ceremonias, me -llaman mi verdadero nombre, que es la reina Isis. Habiendo merced de -tu desastrado caso, vengo en persona a favorecerte y ayudarte; por -eso deja ya esos lloros y lamentaciones; aparta de ti toda tristeza y -fatiga, que ya por mi providencia es llegado el día saludable para ti. -Así que con mucha solicitud y diligencia entiende y cumple lo que te -mandare. - -El día de mañana nombro la religión de los hombres, y lo festivo y -dedico para siempre en mi nombre; porque apaciguadas las tempestades -del invierno, y amansadas las ondas y tormentas de la mar, estando ya -manso para navegar, los sacerdotes de mi templo me sacrificaban una -barca nueva en señal y primicia de su navegación. - -Esta mi fiesta no la debes tú esperar con pensamiento profano; porque -por mi aviso y mandado, el sacerdote que fuere en esta procesión -llevará en la mano derecha una guirnalda de rosas. Así que, sin empacho -ni tardanza, alegre, apartando la gente, llégate a la procesión, -confiado en mí, y blandamente llégate al sacerdote, y morderás de -aquellas rosas, las cuales comidas, luego yo te desnudaré del cuero -de esta pésima y detestable bestia, en que ha tantos días andas -metido, y no temas cosa alguna de lo que te digo, pensando ser cosa -difícil; porque yo mando en sueños al sacerdote lo que ha de hacer -para que esto venga a efecto; por mi mandado el pueblo, aunque esté -muy apretado, se apartará y te dará lugar, y ninguno de cuantos allí -hubiere se espantarán en ver esta cara disforme que traes. Ni tampoco -acusará maliciosamente, ni interpretará en mala parte, que tu figura -súbitamente sea tornada en hombre. - -De una cosa te recordarás y tendrás siempre escondida en lo íntimo -de tu corazón: que todo el tiempo de tu vida que de aquí adelante -vivieres, hasta el último término de ella, todo aquello que vives lo -debes, con mucha razón, a aquella por cuyo beneficio tornas a estar -entre los hombres. Tú vivirás placentero y honrado debajo de mi -amparo, y cuando hubieres acabado el espacio de tu vida y entrares en -el infierno, allí, en aquel subterráneo medio redondo, me verás que -alumbro a las tinieblas del río Aqueronte y que reino en los palacios -secretos del infierno, y tú, que estarás y morarás en los campos -Elíseos, muchas veces me adorarás como a tu abogada cierta y propicia. - -Demás de esto, sepas que si con servicios continuos, actos religiosos -y perpetua castidad merecieres mi gracia, yo te podré alegrar, y a mí -solamente conviene prolongarte la vida allende el tiempo constituido a -tu término. En esta manera, acabada la habla de esta venerable visión, -desapareció delante de mis ojos, tornándose en sí misma. - - -II. - - Escribe con grande elocuencia una solemne procesión que los - sacerdotes hicieron a la Luna, en la cual procesión el asno apañó las - rosas de las manos del gran sacerdote, y, comidas, se volvió hombre. - -No tardó mucho que yo desperté de aquel sueño; me levanté con un pavor -y gozo, y asimismo mezclado de un gran sudor, maravillándome mucho de -tan clara presencia de esta diosa poderosa, y rociándome con el agua de -la mar, estando muy atento a sus grandes mandamientos, recolegía entre -mí la orden de su munición. - -En esto estando, no tardó mucho que el Sol dorado salió apartando las -tinieblas de la noche oscura, y llegándome a la ciudad, yo vi que la -gente y pueblo de ella henchían todas las plazas en hábito religioso, -y triunfante con tanta alegría, que demás del placer que yo tenía, me -parecía que todas las cosas se alegraban, en tal manera, que hasta los -bueyes y brutos animales, y todas las cosas, y aun el mismo día, sentía -yo que con alegres gestos se gozaban, porque el día sereno y apacible -había seguido a la lluvia que otro día antes había hecho. En tal -manera, que los pajaritos y avecicas, alegrándose del vapor del verano, -sonaban cantos muy dulces y suaves, halagando blandamente a la madre -de las estrellas, principio de los tiempos, señora de todo el mundo. - -¿Qué puedo decir, sino que los árboles, así los que dan fruto, como los -que se contentan con solamente su sombra, meneando y alzando las ramas -con el viento Austro, se reían y alegraban con el nuevo nacimiento de -sus hojas, y con el manso movimiento de sus ramos chiflaban y hacían -un dulce estrépito? El mar, amansado de la tormenta y tempestad, y -depuesto el rumor e hinchazón de las ondas, estaba templado y con -reposo. El cielo, alanzando de sí las oscuras nubes, relumbraba con la -serenidad y resplandor de su propia lumbre. - -He aquí donde vienen delante de la procesión, poco a poco, muchas -maneras de juegos, hermosamente adornados; uno venía en hábito de -caballero, ceñido con su banda; otro vestido su vestidura y zapatos -de caza, con un venablo en la mano, representando un cazador; otro -vestido con una ropa de seda y chapines dorados y otros ornamentos -de mujer, con una cabellera de cabellos rubios en la cabeza, andando -pomposamente, y otro venía todo armado con quijotes y capacete y -babera, y su espada y broquel en la mano, que parecía que salía del -juego de la esgrima. - -No faltaba otro que le seguía vestido de púrpura, con insignias de -senador, y tras de este otro con su bordón, esclavina y alpargates, y -con sus barbas de cabrón representaba y fingía persona de filósofo. -Otro iba con diversas cañas, la una para cazar aves con un visco, y -otras para pescar peces con anzuelo. - -Demás de esto, vi asimismo que llevaban una osa mansa asentada en una -silla y vestida en hábito de mujer casada y honrada. Otro llevaba una -mano, con un sombrerete velloso en la cabeza, y vestida con un sayo -amarillo, con una copa de oro, que parecía a Ganímedes, aquel pastor -troyano que Júpiter arrebató para su servicio. Tras de esto, vi que -iba allí un asno con alas, que representaba aquel caballo Belerofonte, -y cerca de él andaba un viejo, que podía decir quien lo viese que era -Pegaso, como quiera que podía reírse y burlar de entrambos a dos. - -Entre estas cosas de juegos que popularmente allí se hacían, ya -se aparejaban y venía la fiesta y pompa de mi propia diosa, que -me había de librar de tanta tribulación, y delante de ella venían -muchas mujeres resplandecientes, con vestiduras blancas, y alegres, -con diversas guirnaldas de flores que traían, las cuales henchían de -flores, que sacaban de sus senos, las calles y plazas por donde venía -la fiesta y procesión. Otras llevaban en las espaldas unos espejos -resplandecientes, por mostrar a la diosa, que venía tras de ellas, el -servicio y fiesta que le hacían. Otras había que rociaban las plazas -con muchas aguas olorosas. - -Demás de esto, iba gran muchedumbre de hombres de toda suerte, y -mujeres con sus candelas, hachas y cirios, y con otro género de fuego -artificial, con muchas banderas de seda de muchas invenciones y artes -hechas, favoreciendo y honrando las estrellas celestiales. También iban -muchos instrumentos de música, así como sinfonías, y suaves flautas -y chirimías, que cantaban muy dulcemente, a las cuales seguía una -danza de muy hermosas doncellas, con sus alcandoras blancas, cantando -un canto muy gracioso, el cual, con favor de las musas, ordenó aquel -sabio poeta, en el cual se contenía el argumento y ordenanza de toda la -fiesta. - -Otros iban cantando dulces canciones de mayores votos, y otros con -trompetas dedicadas al gran dios de Egipto, Serapis, los cuales, con -las trompetas retorcidas puestas a la oreja derecha, cantaban aquellos -versos familiares del templo y de la diosa. Otros muchos había que iban -haciendo lugar por donde pasase la fiesta. - -En esto vino una gran muchedumbre de hombres y mujeres de toda -suerte y edad, relumbrando con vestiduras de lino puro y muy blanco; -mezcláronse con los sacerdotes que allí iban. Las unas llevaban los -cabellos untados con olores y ligados en limpios y blandos trenzados. -Los hombres llevaban las cabezas raídas, reluciéndoles las coronas -como estrellas terrenales de gran religión, tañendo y haciendo dulce -sonido con panderos y sonajas de alambre y de plata y aun también de -oro. Y aquellos principales sacerdotes, que iban vestidos de aquellas -vestiduras blancas hasta los pies, llevaban las alhajas e insignias de -sus poderosos dioses. - -El primero de los cuales llevaba una lámpara resplandeciente, no -semejante a nuestra lumbre con que nos alumbramos a las cenas de la -noche, pero era un jarro de oro; tenía la boca ancha, por donde echaba -la llama de la lumbre largamente. El segundo iba vestido semejante a -este, pero llevaba en ambas manos un altar, que quiere decir auxilio, -al cual, la providencia de la soberana diosa, que es ayudadora, le -dio este propio nombre. Iba el tercero y llevaba en la mano una palma -con hojas de oro sutilmente labradas, y en la otra un caduceo, que -es instrumento de Mercurio. El cuarto mostró un indicio y señal de -equidad, conviene a saber: llevaba la mano izquierda extendida, la -cual, por ser de su natural perezosa y que no es astuta ni maliciosa, -parece que es más aparejada y conveniente a la igualdad y razón, que -no la mano derecha. Este mismo llevaba en la otra mano un vaso de oro -redondo y hecho a manera de teta, del cual salía leche. El quinto -traía una criba de oro, llena de ramos dorados. - -No tardaron tras de esto de salir los dioses, que tuvieron por bien -de andar sobre pies humanos. Aquí venía Mercurio, mensajero de los -dioses, con la cara negra, ahora de oro, alzando la cerviz, y cabeza de -perro; el cual traía en la mano izquierda un caduceo, y con la derecha -sacudiendo una palma. Tras de él seguía una vaca levantada en su -estado, la cual es figura de la diosa madre de todas las cosas; porque -como la vaca es útil y provechosa, así lo es esta diosa: la cual imagen -o figura llevaba encima de sus hombros uno de aquellos sacerdotes, con -pasos muy pomposos. Otro llevaba un cofre donde iban todas las cosas -secretas de aquella religión. Otro, asimismo, llevaba en su regazo la -venerable figura de su diosa soberana, la cual no era de bestia, ni de -ave, ni de otra fiera, ni tampoco era semejante a figura de hombre. - -Mas por una alta invención y novedad, para argumento inefable de la -reverencia y gran silencio de su secreta religión, era una cosa de -oro resplandeciente, figurado de esta manera: Un vaso pulidamente -obrado, abajo redondo, y de parte de fuera bien esculpido, con figuras -y simulacros de los Egipcios, la boca no muy alta, pero tenía un pico -luengo como canal, por donde echaba el agua, y de la otra parte un -asa muy larga y apartada del vaso, encima del cual estaba torcida una -serpiente áspid, con la cerviz escamosa y el cuello alto y soberbio; y -luego he aquí donde llegan mis hados y beneficios, que por la presente -diosa me fueron prometidos, y el sacerdote que traía esta misma salud -mía, allegó a cumplir el mandado a la divina promisión, el cual traía -en su mano derecha un pandero con sonajas, y colgada de ella una corona -de rosas, la cual, por cierto, a mi se me podía muy bien dar, porque -había pasado tantos y tan grandes trabajos y peligros. - -Con todo esto yo no me movía, súbitamente arremetiendo recio y con -ferocidad, temiendo que por ventura con el ímpetu repentino de una -bestia de cuatro pies no se turbase el orden de la procesión. Mas poco -a poco, deteniéndome, con la cara alegre y el paso como de hombre de -seso, bajando el cuerpo, dándome lugar el pueblo, por la gracia de la -diosa, llegueme muy pasito cerca del sacerdote que llevaba las rosas, -el cual, siendo ya amonestado y avisado de la diosa por el sueño y -visión de la noche pasada, según que del mismo negocio yo pude conocer, -maravillándose asimismo como todo aquello concordaba con lo que le -había sido revelado, luego estuvo quedo y de su propia gana tendió su -mano a mi boca y me dio la corona de rosas. - -Entonces yo, temblando y dándome el corazón muchos saltos en el cuerpo, -llegué a la corona, la cual resplandecía, tejida de rosas delicadas y -frescas, y tomándola con mucha gana y deseo, deseosamente la tragué. - -No me engañó la promesa celestial, porque luego a la hora se me cayó -aquel disforme y fiero gesto de asno. Primeramente los pelos duros se -me quitaron, y desde adelante el cuero grueso se adelgazó; el vientre, -hinchado y redondo, se asentó; las plantas de los pies, que estaban -hechas uñas, se tornaron dedos; las manos ya no eran pies como de -antes, y se levantaron derechas para hacer su oficio; la cerviz, alta y -grande, se achicó; la boca y la cabeza se redondeó; las orejas, grandes -y gruesas, se tornaron a su primera forma, y también los dientes, que, -eran crecidos, tornaron a ser menudos como de hombre; la cola, que -principalmente me daba pena, desapareció. - -Aquellas gentes y el pueblo que allí estaba se maravillaron todos. Los -sacerdotes adoraron y honraron tan evidente potencia de la gran diosa -y la magnificencia semejante a la revelación de la noche pasada y la -facilidad de esta mi reforma, y alzando las manos al cielo, todos a una -voz testificaban y decían este tan ilustre beneficio de su diosa. Yo, -espantado y como pasmado, estaba quedo y callando, revolviendo en mi -corazón tan repentino y tan gran gozo, que no cabía en mí, pensando qué -era lo primero que principalmente había de comenzar a hablar, de dónde -había de tomar el comienzo de la nueva voz. ¿Con qué palabras podría -ahora la lengua, otra vez nacida, comenzar con mejor dicha? ¿Con cuáles -y con cuántas palabras yo podría hacer gracias a tan gran diosa? - -Pero el sacerdote, que por la divina revelación estaba informado de -todos mis trabajos y penas desde el principio, como quiera que él -también estaba espantado, hizo señal y mandó que primeramente me diesen -una vestidura de lino con que me vistiese, porque yo, luego que vi -que el asno me había despojado de aquella cobertura bruta y nefanda, -apretadas las piernas estrechamente y puestas las manos encima, según -que convenía a hombre desnudo, tapaba mis vergüenzas. - -Entonces uno de la compañía de aquella religión, prestamente se quitó -una ropa que traía, y cubriome. Lo cual así hecho, el sacerdote, con -alegre gesto, estando pasmado de verme en la forma que me veía, me -habló de esta manera: - ---¡Oh, Lucio: habiendo tú padecido muchos y diversos trabajos con -grandes tempestades de la fortuna, y siendo maltratado de mayores -tribulaciones, finalmente viniste al puerto de salud y era de -misericordia, y no te aprovechó tu linaje y la dignidad de tu persona, -ni aun tampoco la ciencia que tienes; mas antes con la incontinencia -de tu mocedad, puesto en vicios de hombres siervos y bajos, hubiste el -premio y galardón de tu agudeza y curiosidad sin provecho! - -Mas como quiera que sea la ciega fortuna, pensando de atormentarte con -estos pésimos trabajos y peligros, te trajo con su malicia, no por ella -vista, a esta bienaventuranza, pues vaya ahora y bravee con su furia -cuanto quisiere, y busque desde luego para su crueldad otra materia -donde se ejercite, porque en aquellos cuyas vidas y servicios la -majestad de nuestra diosa tomó bajo su amparo y protección, no ha lugar -ningún caso contrario. ¿Qué le aprovecharon a la malvada de la fortuna -los ladrones, qué le aprovecharon las fieras o el servicio en que te -puso, o las idas y venidas de los caminos ásperos que anduviste, o el -miedo de la muerte en que cada día te puso? - -Y ahora eres recibido en tutela y guarda de la prosperidad, pero de -la que es buena y alumbra a los dioses. De aquí adelante ten la cara -alegre, y que se conforme con este tu hábito cándido y blanco. Acompaña -la pompa y procesión de esta diosa que te salvó, con pasos alegres, por -que lo vean los herejes y conozcan su error. He aquí, Lucio, librado de -las primeras tribulaciones, gozoso con la providencia de la gran diosa, -y triunfando con vencimiento de su desdicha. Y por que seas más seguro -y mejor guardado, entrégate a esta santa religión, y por tu voluntad -toma el yugo de esta milicia, porque cuando comenzares a servir a esta -diosa, entonces tú sentirás mucho más el fruto de tu libertad. - -De esta manera, habiendo hablado aquel egregio sacerdote, estando -ya cansado de hablar, calló, y entonces yo, mezclándome con aquella -compañía de religiosos, iba en la solemne procesión acompañando -aquella solemnidad, señalándome y notándome con los dedos y gestos -todos los de la ciudad, y todos hablando de mí, diciendo: - ---La divinidad de nuestra gran diosa reformó y trasladó hoy a este de -bestia en hombre; por cierto, él es bienaventurado, y hubo buena dicha, -que por la inocencia y fe de la vida pasada mereció tan gran favor y -ayuda del cielo, que casi ha tornado a nacer hoy de nuevo, y luego fue -dedicado y puesto en el servicio de las cosas sagradas. - -Dicho esto, viniendo un poco adelante con la procesión, llegamos a -la ribera de la mar en aquel mismo lugar donde otro día antes mi -asno había tenido su establo, y allí, puesta la diosa y las otras -cosas sagradas en tierra honradamente, el principal de los sacerdotes -ofreció a la diosa una nave muy pulidamente obrada y pintada con -pinturas maravillosas, como las que se pintan en Egipto, y hechos sus -sacrificios y solemnísimas preces, con una tea ardiendo y un huevo y -piedra azufre, rezando con su casta boca, después de haberla limpiado y -purificado, la dedicó y nombró a esta gran diosa. - -La nave tenía una vela muy blanca de lino delgado, en la cual estaban -escritas unas letras que declaraban el voto de los que ofrecían, por -que la diosa les diese próspero viaje. Tenía asimismo la nave su -mástil, que era un pino redondo, alto y muy hermoso, con su entena y -su gavia, y la popa de la nave era cubierta de láminas de oro, con las -cuales resplandecía. Y todo el cuerpo de la nave era de cedro limpio y -muy pulido. - -Entonces todo el pueblo, así los religiosos como los seglares, con sus -harneros y espuertas en las manos llenos de olores y de otras cosas -semejantes, para suplicar a su diosa, las lanzaban dentro en la nao; y -asimismo desmenuzadas estas cosas con leche, las lanzaban sobre las -ondas de la mar, por ceremonia de sus sacrificios. Hasta tanto que -la nao, llena de estos dones y otras largas promesas y devociones, -sueltas las cuerdas de las áncoras, fue echada en la mar con su sereno -y próspero viento, la cual después, con su ida, se nos perdió de vista. -Los que traían las cosas sagradas, tomando cada uno lo que traía a -cargo, alegres y con mucho placer, en procesión como habían ido, se -tornaron a su templo. - -Después que hubimos llegado al templo, el principal de los sacerdotes -y los otros que traían aquellas divinas reliquias, y los que eran -novicios en aquella religión, entráronse dentro en el sagrario, -adonde pusieron sus imágenes y reliquias que traían. Entonces, uno -de aquellos, al cual los otros llamaban escribano, estando a la -puerta, llamó allí todo el colegio de aquellos sacerdotes, de encima -de un púlpito, y comenzó a pronunciar en palabras y lenguaje griego, -diciendo: «Paz sea al Príncipe y gran Senado, caballeros y a todo el -pueblo romano, y buen viaje a los marineros y a las naves que van por -la mar, y salud a todos los que son regidos y gobernados debajo de -nuestro imperio.» En fin de lo cual, dio licencia a todo el pueblo, -diciendo que se fuesen con Dios. A lo cual respondió todo el pueblo con -gran clamor y alegría, por donde pareció que a todos había de venir -buenaventura, como el escribano decía. - -Después de esto, todos los que allí estaban, con gran gozo y con sus -guirnaldas de rosas y flores, besando los pies de la diosa, que estaba -hecha de plata y puesta en las gradas del templo, fuéronse para sus -casas; pero a mí no me dejaba mi corazón apartarme de allí cuanto una -uña; mas atento en la hermosura de la diosa, me recordaba de la fortuna -que me había acontecido. - - -III. - - Cómo Lucio cuenta el ardiente deseo que tuvo de entrar en la religión - de la diosa, y cómo fue primero industriado para recibirla. - -La fama, que vuela con sus alas muy ligeramente, no cesó ni fue -perezosa, antes voló muy presto en mi tierra, recontando el honorable -beneficio de la providencia de la diosa, y la memorable fortuna que -por mí había pasado. En tal manera, que mis familiares y criados, y -asimismo mis parientes, quitado el luto que a mi causa habían tomado -por la falsa relación y mensajería que de mi muerte tenían, súbitamente -se alegraron, y luego vinieron corriendo a mí, cada uno con su -presente, para ver mi presencia. - -Yo asimismo, holgándome con ver mi gesto y persona, de lo cual ya -estaba desesperado, recibí sus dones y presentes, dándoles muchas -gracias por ello, lo cual yo tenía razón de hacer, porque estos mis -familiares y amigos habían tenido cuidado de traer cumplidamente lo -que había menester, así para vestirme y ataviarme como para el otro -gasto. Así que, después que les hube hablado en general y a cada uno -particularmente, diciéndoles todas mis primeras fatigas y penas, y -el gozo presente en que estaba, torneme otra vez a la muy agradable -vista y presencia de la diosa. Y alquilada una casa dentro del -cerco del templo, constituí allí mi morada temporal, sirviendo por -entonces en las cosas de dentro de casa que me mandaban, estando de -continuo en la compañía de aquellos sacerdotes, no apartándome del -servicio de la gran diosa; en tal manera, que ninguna cosa pasó, ni -hube reposo alguno, sin que viese y contemplase en esta diosa, cuyos -sagrados mandamientos y servicios, como quiera que mucho antes a ellos -yo me viese obligado, me parecía que ahora lo comenzaba a hacer y -a servirla; y aunque en esto yo tenía gran deseo y voluntad, pero -excusábame y tenía como religioso temor y vergüenza, mayormente que -con mucha diligencia preguntaba la dificultad que había en el servicio -de aquella religión, y sabía yo que había gran abstinencia y castidad. -Demás de esto miraba con mucha cautela que la vida de aquella religión -era disminuida y estaba debajo de muchos casos y ocasiones, lo cual -todo pensando entre mí muchas veces, no sé cómo dilataba lo que mucho -deseaba. - -Estando en este pensamiento, una noche soñaba que el sumo sacerdote me -daba y ofrecía la falda llena, y preguntándole yo qué cosa era aquella, -me respondió que traía allí ciertas cosas que me enviaban de la ciudad -de Tesalia, y que asimismo había venido de allá un siervo mío, que por -nombre había Cándido. - -Despertando con este sueño, revolvía muchas veces mi pensamiento, -diciendo qué cosa podía ser aquesta, mayormente que no me recordaba en -tiempo alguno haber tenido siervo que por tal nombre se llamase. Pero -porque la adivinanza del señor se enderezase a bien, yo creía y se me -figuraba que el ofrecimiento de aquellas cosas que me daban, en todas -maneras significaban alguna cierta ganancia. - -En esta manera, estando en gran congoja, atónito con la prosperidad -de la ganancia, esperaba la hora de maitines para que las puertas -del templo fuesen abiertas, las cuales desde que se abrieron, -comenzamos a adorar y suplicar a la imagen venerable de la diosa. -Y el sumo sacerdote, andando por estos altares y aras, procuraba -hacer su sacrificio y divinos oficios. Y después tomó un vaso de agua -de la fuente secreta, e hizo la salva, como se acostumbraba en las -solemnidades y suplicaciones divinas. Lo cual todo muy bien acabado, -los otros religiosos comenzaron a cantar la hora de prima, adorando y -saludando a la luz del día, que entonces comenzaba. - -Estando en esto vinieron de mi tierra mis criados y servidores que -allá había dejado cuando Andria, criada de Milón, me encabestró por -su necio error. Así que, conocidos mis criados y mi caballo cándido y -blanco que ellos me traían, el cual era perdido y lo había cobrado por -conocimiento de una señal que traía en las espaldas, por lo cual yo -me maravillaba de la violencia de mi sueño, mayormente que, demás de -concordar con la ganancia prometida, me había dado, en lugar del siervo -Cándido, mi caballo, que era de color cándido y blanco. - -Lo cual todo así hecho, con mucha solicitud y diligencia yo frecuentaba -el servicio del templo, con esperanza cierta que por los servicios -presentes habría alguna remuneración. - -No menos con todo esto, cada día me crecía el deseo y codicia de -recibir aquel hábito y religión, por lo cual muchas veces rogué y -supliqué ahincadamente al principal de los sacerdotes que tuviese por -bien de ordenarme, para que yo pudiese intervenir en los secretos -sacrificios; pero él, como era personaje grave y muy afamado en la -observancia y guarda de su religión, con mucha clemencia y humanidad, -como suelen los padres templar los deseos apresurados de sus hijos, -halagaba y aplacaba la fatiga de mi deseo, dilatando mi importunidad -con promesa de mejor esperanza, diciendo que el día que cualquiera se -hubiese de ordenar, había de ser mostrado y señalado por la voluntad de -la diosa, y también por su divina providencia había de ser elegido el -sacerdote que había de administrar en sus sacrificios, y por semejante, -ella había de declarar el gasto necesario para aquellas ceremonias; las -cuales cosas nosotros somos obligados a guardar con mucha paciencia, -y guardarnos de ser apresurados, y de ser remisos, apartándonos de no -caer en culpa de lo uno ni de lo otro; conviene a saber: que si soy -llamado a la religión, no tengo de tardar, y si no me llaman, no ir -de prisa; ni hay ninguno del número de estos sacerdotes que tenga tan -perdido el seso, ni se pondrá tan a peligro de muerte, que sin ser -llamado por la diosa, osase emprender tan sacrílego ministerio, de -donde pudiese contraer culpa mortal, porque en mano de esta diosa están -las llaves de la muerte y la guarda de la vida, y la entrada de esta -religión se ha de celebrar a manera de una muerte voluntaria y rogada -salud. Mayormente que esta diosa acostumbraba elegir para su servicio -y religión los hombres que ya están en el último término de su vivir, -a los cuales seguramente se puede cometer el silencio y autoridad de -su orden, porque con su providencia hace tornar de nuevo a vivir a los -que, en alguna manera renacidos en esta religión, entran en ella. Por -las cuales razones me convenía obedecer el mandamiento celestial. - -Y como quiera que clara y abiertamente la diosa, por su gracia y bondad, -me hubiese señalado y elegido para el ministerio de su religión, pero -que ni más ni menos que los otros sus servidores me había de abstener, -guardar y apartar de todos los manjares y actos profanos y seglares, -por donde más derechamente pudiese llegar a los secretos purísimos de -esta sagrada religión. - -Después que el sacerdote hubo dicho esto, no creáis que por ello yo me -enojase, ni se corrompió mi servicio; antes muy atento, con grandísima -paciencia y sufrimiento, continuamente hacía el oficio que convenía -a las cosas sagradas del templo, y no recibí en ello engaño, ni la -liberalidad de la diosa poderosa consintió que yo padeciese pena de -larga tardanza. - -Mas una noche oscura claramente en sueños la vi, diciendo que ya era -llegado el día que yo mucho deseaba, en el cual alcanzaría y tendría -efecto mi voto y deseo, diciendo asimismo cuánto era lo que se había -de gastar en el aparato de los oficios y ceremonias, y como aquel su -principal sacerdote, que Mitra se llamaba, me había de juntar y poner -en el número de los de aquella compañía sagrada, señalándome por uno de -los ministros de aquella religión. - -Yo, cuando oí estas razones y otras semejantes palabras de aquella -señora, recreado en mi corazón, casi aún no era bien de día, cuando muy -presto me fui a la celda del sacerdote. Y yo que llegaba a la puerta y -él que salía, dile los buenos días, y con mayor instancia y ahinco que -solía, pensaba decirle que tuviese ya por bien de recibirme al servicio -y deuda que debía a su religión. - -El sacerdote, luego que me vio, antes que nada me dijese, comenzó de -esta manera: - ---¡Oh, Lucio: tú eres dichoso y bienaventurado, pues que por su propia -voluntad nuestra diosa te ha juzgado y escogido por hombre digno -para su servicio! Así que, pues esto así es, ¿por qué te tardas y no -despachas presto? Este es aquel día que tú mucho deseabas, en el cual -por estas mis manos tú serás ordenado para los piísimos secretos de -esta diosa y de su religión. - -Diciendo esto, aquel viejo honrado me tomó con su mano derecha, y -me llevó muy presto a las puertas del magnífico templo, las cuales -abiertas con aquella solemnidad que convenía, acabado el sacrificio -de la mañana, sacó de un lugar secreto del templo unos ciertos libros -escritos de letras y figuras no conocidas; en parte eran figuras de -animales, que declaraban lo que allí se contenía, y de partes figuras -de sarmientos torcidos y atados por las puntas, por que la lección de -las letras fuese escondida de la curiosidad de los legos. - -De allí me dijo y enseñó las cosas que era necesario aparejar para mi -profesión, las cuales luego yo con alguna liberalidad, por una parte, y -mis compañeros por otra, procurábamos comprar y buscar. - -Así que venido el tiempo, según que el sacerdote decía, llevome, -acompañado de muchos religiosos, a unos baños que allí cerca estaban, -y primeramente me hizo lavar, como es costumbre, y después, rezando -y suplicando a los dioses, rociándome todo de una parte y de otra, -limpiome muy bien y tornome al templo casi pasadas dos partes del día, -y púsome ante los pies de la diosa, diciéndome secretamente ciertos -mandamientos que es mejor callarlos que decirlos; pero en presencia de -todos me dijo estas cosas, conviene a saber: que en aquellos diez días -continuos me abstuviese de comer, ayunando, y que no comiese carne de -ningún animal ni bebiese vino. - -Las cuales cosas por mí guardadas derechamente con venerable -abstinencia, ya que era llegado el día señalado y prometido para mi -recepción, casi a la tarde, cuando el sol baja, he aquí donde vienen -muchos compañeros vestidos al modo antiguo de vestiduras sagradas, y -cada uno de ellos diversamente me daba su don. Entonces, apartados de -allí todos los legos, y vestido yo de una túnica de lino blanco, el -sacerdote me tomó por la mano, y me llevó a lo íntimo y secreto del -sagrario. - -Por ventura, tú, lector estudioso, podrás aquí con ansia preguntar -qué es lo que después fue dicho o hecho o qué me aconteció, lo cual -yo diría si fuese cosa conveniente el decirlo, y si no conociese que -a ninguno conviene saberlo ni oírlo, porque en igual culpa incurrían -las orejas y la lengua de aquella temerosa osadía. Pero con todo eso -no quiero dar pena a tu deseo (por ventura religioso), teniéndote -gran rato suspenso. Mas créelo, que es verdad. Sepas que yo llegué -al término de la muerte, y hallando el palacio de Proserpina, anduve -y fui traído por todos los elementos, y a media noche vi el Sol -resplandeciente con muy hermosa claridad, y vi los dioses altos y -bajos, y llegueme cerca y adorelos. - -He aquí te he dicho lo que vi; lo cual, como quiera que lo has oído, es -necesario que lo sepas. Pero aquello que sin pecado se puede manifestar -y denunciar a las orejas de los legos, yo lo diré. - - -IV. - - Lucio cuenta la entrada en la religión, y cómo fue a Roma donde fue - ordenado en las cosas sagradas, y fue recibido en el colegio de los - sacerdotes de la diosa Isis. - - -Otro día de mañana, acabadas las horas solemnes, salí vestido con doce -vestiduras, que es hábito muy devoto y religioso, del cual puedo hablar -sin prohibición alguna, mayormente que en aquel tiempo muchos que -estaban presentes lo vieron. - -Estaba en medio del templo sagrado, delante la imagen de la diosa, -hecho un cadalso de madera, encima del cual yo estaba muy adornado de -una vestidura, que era blanca de lino, pero de diversas flores pintada, -que me colgaba de los hombros por las espaldas hasta los pies; ella era -tan rica y preciosa, que de cualquier parte que la veían parecía de -diversos colores, y muy adornada de animales en ella bordados. De una -parte había dragones de las Indias, de la otra grifos hiperbóreos, que -nacen y son criados en tierras muy ásperas, y tienen alas a manera de -aves. A esta vestidura llamaban los sacerdotes estola olímpica. - -En la mano derecha tenía yo un hacha encendida, y encima una hermosa -corona resplandeciente, a manera de unas hojas de palma, alzadas arriba -como rayos. En esta manera yo adornado, que parecía al Sol, y ataviado -como una imagen, súbitamente alzaron la vela que estaba delante, y -quedé descubierto en presencia de todo el pueblo. - -Después de esto celebré muy solemnemente la fiesta de mi profesión, -hice convite de muy suaves manjares y otros placeres y fiestas, que -duraron tres días, así en lo que pertenecía a la honesta y religiosa -comida, como en todas las otras cosas que eran necesarias a la -solemnidad y perfección de mi entrada. - -Después, continuando allí algunos pocos días, mi deseo y trabajo -gozaba de aquel inestimable, por estar en servicio de la diosa, siendo -prendado de tan grande beneficio. - -Finalmente, que habiendo referido humildemente, según mi posibilidad, -aunque no tan por entero como era razón, las gracias del beneficio -y merced recibida, siendo amonestado por la gran diosa, y con gran -pena rotas las áncoras de mi ardiente deseo, alcancé licencia (aunque -tardía) para tornar a mi casa. Así que, echado en tierra con mi cara -ante sus pies, y lavándolos con mis lágrimas, y tapando la habla con -grandes sollozos y tragando las palabras; finalmente, habiendo hecho mi -oración a la diosa, abracé al sacerdote Mitra, padre mío, y colgado de -su pescuezo, dándole muchos besos, le demandaba perdón. Porque no podía -remunerar ni agradecerle tantos beneficios como de él había recibido. - -Finalmente, que al cabo de gran rato que pasamos en referir las gracias -y ofrecimientos, nos partimos. - -Yo, después, a muy poquito tiempo enderecé mi camino para tornar a la -casa de mis padres. Así que, habiendo pasado algunos días por aviso -y mando de nuestra diosa, hice liar muy prestamente mi hacienda, y -entrando en la nao tomé el camino hacia Roma, y navegando con favor y -prosperidad de los vientos (que traían), muy presto tomé puerto. - -De allí, por tierra, subí en un carro y llegué a esta sacrosanta -ciudad, a doce días del mes de Diciembre, a donde no tuve otro mayor -cuidado, como llegué, sino cada día ir a visitar el templo de la reina -Isis, llamado Campense. - -He aquí donde, pasado el sol por los doce signos del cielo, había -cumplido un año, y el cuidado de la diosa, que bien me quería, tornó -de nuevo a interrumpir mi descanso y reposo, haciéndome ensueños que -otra vez me aparejase para entrar en la religión. Yo estaba maravillado -qué cosa podía ser aquella, si por ventura no era bien ordenado y me -faltaba algo, y en este escrúpulo hallé una cosa nueva, la cual era -que, aunque yo estaba cierto en el entendimiento de la orden de la -reina Isis, no estaba alumbrado ni limpio para el sacrificio del padre -de todos los dioses, Osiris; y aunque ambas estas religiones eran unas -y estaban juntas, pero había gran diferencia cuanto al hacer de la -profesión. - -Estando yo en esta duda, a la noche, en sueño me apareció un sacerdote -de Osiris, el cual me denunció los secretos de aquella religión. Este -sacerdote por darme conocimiento de sí por alguna cierta señal, andaba -poco a poco cojeando un poco del pie izquierdo. Así que, quitada toda -oscuridad y duda por la voluntad de los dioses, luego de mañana, -acabadas las horas matutinas, miraba con gran diligencia a cada uno, -quién de ellos era semejante al que vi en sueños, y luego vi uno -de aquellos sacerdotes que, demás del indicio de ser cojo del pie -izquierdo, concordaba justamente en todo lo otro, así en hábito como en -estatura, al que vi en sueños, y según después supe, se llamaba Asinio -Marcelo, el cual nombre no era ajeno de mi reformación de cuando yo -andaba hecho asno. - -Visto esto, fuile luego a hablar, pero él no estaba incierto de lo -que yo le decía, que ya había sido avisado por semejante orden como -me había de administrar y admitir en estas cosas de sus sacrificios y -religión, porque en sueños había oído la noche pasada al gran Osiris, -estándole ataviando la corona, por su propia boca, con la cual dice -y declara las venturas de cada uno, cómo le era enviado un hombre de -Orán, virtuoso, al cual él luego recibiese a sus sacrificios. - -En esta manera, estando yo destinado para entrar en la religión, -estaba impedido contra mi voluntad por la pobreza, por no tener para -cumplir lo que era necesario para la costa, porque los grandes gastos -de mi larga peregrinación habían consumido las fuerzas del patrimonio, -y también los gastos que había de hacer en Roma precedían y eran -mayores que los que se habían hecho en Acaya, donde tomé el hábito. -Así que, con la pobreza y necesidad que tenía, estaba en mucha fatiga -puesto, como dice el proverbio, «entre el cuchillo y la piedra»; demás -de lo cual ya era amonestado que vendiese las alhajas y ropa que -tenía, aunque poca, lo que luego hice, con que hice alguna suma de -dineros. Así que, ya aparejadas abundantemente todas las cosas que eran -menester, otra vez torné a ayunar tres días, contentándome con manjares -de hierbas y no comer otra alguna cosa. - -Demás de esto, siendo amonestado por las nocturnas fantasmas de Osiris, -estaba ya muy satisfecho para entrar en su religión, por ser hermano de -la gran reina Isis, y por esto yo frecuentaba su servicio, lo cual daba -gran descanso y placer a mi larga peregrinación y trabajo; no menos -me ayudaba, y daba abundantemente lo necesario a mi vivir, el oficio -de abogar causas, que con el favor de mi buena dicha yo ejercitaba -y tenía, en que yo era muy diligente y harto solícito. He aquí que -después, a poquito tiempo, no pensándolo yo, otra vez fui amonestado -por mandamientos de los dioses, para que tercera vez me ordenase en su -religión, lo cual no poco cuidado y pena me dio, y con gran congoja y -pena de mi corazón pensaba qué cosa podría ser esta nueva y no oída -intención de los dioses, qué quería decir, o a dónde se enderezaba, o -qué faltaba a la profesión y entrada que ya dos veces había hecho. - -Estando yo en este pensamiento como hombre sin seso, me apareció en -sueños una persona que mansamente me instruyó, y dijo de esta manera: - ---No hay causa de que te puedas espantar, porque sabe que por tu bien -te mandan ordenar tercera vez, que es cosa que a nadie se permitió, y -mira bien que te pertenece morar en Roma, en el templo de la diosa -Isis, con el hábito y vestiduras de su religión, que tomaste en la -provincia de Acaya; y no puedes en los días solemnes suplicar ni hacer -cosa alguna sin este felice y glorioso hábito, lo cual, porque para ti -sea dichoso y de buenaventura, recíbelo otra vez con ánimo gozoso y -placentero, pues lo mandan y son autores de ello los dioses grandes y -soberanos. - -Hasta aquí, de la manera que he contado, me persuadió la revelación -de la profesión, diciéndome todo lo que era menester para mi entrada. -En adelante no dilaté ni olvidé el negocio, antes luego me fui al -sacerdote principal, y dichas todas las cosas que había visto, me puse -a la obediencia y yugo de la castidad, y abstinencia de comer cosas de -sangre; y por la ley perpetua de aquellos diez días, yo de propia gana -multipliqué otros más adelante. De manera que largamente aparejé todo -lo que era menester para mi profesión y entrada, porque muchas cosas de -aquellas me fueron dadas más por virtud y piedad de algunos, que por -precio de dineros, aunque a mí no me pesaba del trabajo ni del gasto, -pues que liberalmente la providencia de los dioses me había proveído en -los negocios y causas de mi abogar. - -Finalmente, después, a bien pocos días, el dios principal, Osiris, me -apareció en sueños, mandándome que sin alguna tardanza tomase cargo de -patrocinar y ayudar en las causas y pleitos de los que poco pueden, y -no temiese las envidias y murmuraciones de los que mal me querían, las -cuales allí se causaban y divulgaban por la doctrina y trabajo de mi -estudio. Y no solamente su gran majestad tenía por bien que yo fuese -juntado en la compañía de los sacerdotes, mas que fuese uno de los -principales entre los Decuriones, que de cinco en cinco años se elegían. - -Finalmente, que yo, trayendo mi cabeza rasa de cada parte, según -la ceremonia e institución del antiguo colegio que se instituyó en -los tiempos de Sila, me ejercitaba y servía mis oficios y cargos, -perseverando en ellos con mucho placer y alegría. - - -FIN. - - - - - LAS FLORIDAS - - FRAGMENTOS DE DISCURSOS - DE - LUCIO APULEYO - - - - -LAS FLORIDAS - - -I. - -Es costumbre de los viajeros piadosos, cuando encuentran algún bosque -sagrado o algún lugar santo, detenerse en ellos un momento para -pedir ayuda a los cielos y ofrecerles sus votos. Yo, como ellos, al -entrar en esta ciudad, la más santa de todas[6], apremiado como lo -estoy por el tiempo, debo, ante todo, implorar indulgencia, detener -mis pasos, pronunciar un discurso. Nada hay, en efecto, más digno de -que un viajero de religiosas costumbres suspenda su marcha, ni el -altar adornado con flores, ni la gruta que el follaje sombrea, ni la -encina que termina en forma de cuernos, ni el haya coronada de pieles, -ni la colina consagrada por un cercado, ni tronco que la azuela ha -esculpido, ni césped fumigado con las libaciones, ni piedra impregnada -de perfumes, porque tales signos son poca cosa, pocos son los que los -conocen y adoran; el vulgo los ignora y sigue adelante. - - -II. - -No es esto lo que opinaba nuestro maestro Sócrates. - -Mirando cierto día a un bello joven que guardaba prudentísimo silencio: -«Habla, le dijo, para que te vea.» Así, pues, para Sócrates, el callar -equivalía a no dejarse ver, es decir, que pensaba no deben apreciarse -los hombres con los ojos del cuerpo, sino con la mirada de la -inteligencia y la vista del alma, y en este punto estaba en desacuerdo -con el soldado de Plauto, que dice: - -«Más vale un hombre con ojos que diez con oídos.» - -El filósofo, para examinar al hombre, volvía del revés la frase -diciendo: - -«Más que diez hombres con ojos, vale uno con oídos.» - -Por lo demás, si el juicio de la vista fuera superior al de la -inteligencia, la sabiduría del águila sería mayor que la nuestra. - -Nosotros los hombres no podemos distinguir los objetos ni demasiado -distantes ni demasiado cerca; en cierto modo todos somos ciegos, y -si quedáramos reducidos a los débiles ojos del cuerpo, tendría razón -un famoso poeta al decir «que una especie de nube se extiende ante -nuestros ojos impidiéndonos ver más allá de donde llega la piedra -que sale de la honda». Pero el águila, cuando con sublime vuelo se -lanza hacia las nubes, cuando llega a la región de las lluvias y de -las nieves y más allá de las alturas donde se producen el relámpago -y el rayo, y que, por decirlo así, son la base del éter y la cima de -las tempestades; cuando allí se balancea suavemente a derecha o a -izquierda y a su placer mueve la masa de su cuerpo, ayudándose de las -alas como de velas, de la cola como de timón y de sus plumas como de -remos infatigables, todo lo ve. Irresoluta un momento, suspende de -pronto el vuelo, contempla cuanto le rodea y busca y escoge la presa -sobre la que ha de arrojarse desde lo alto como el rayo. Desde las -nubes, que ocultan su presencia, distingue el rebaño en la llanura, la -fiera en la montaña y los hombres en el interior de las poblaciones; -les amenaza con la vista y con las garras y se apresta a despedazar con -el pico, a desgarrar con las uñas a la descuidada oveja o a la liebre -medrosa, o a cualquier otra víctima que el acaso ofrece a su hambre o a -sus crueles instintos. - - -III. - -Hyagnis, según la tradición, fue el padre y señor del flautista -Marsias, el único que en aquellos siglos rudos poseía el instinto de la -música. Desconocía la flauta de muchos agujeros con su flexible armonía -y variadas modulaciones, pues este arte, de reciente invención, estaba -entonces en la infancia; que nada desde su origen es perfecto, y los -elementos ricos en esperanzas preceden siempre a los resultados de la -experiencia. Antes de Hyagnis, la mayoría, como el pastor o boyero de -Virgilio, no sabían sino - - _Stridente miserum stipula disperdere carmen._ - -Aun los que tenían fama de haber profundizado más en los dominios del -arte, limitábanse a hacer sonar una sola flauta, como se hace con una -trompeta. Hyagnis fue el primero que movió los dedos para producir -varios sonidos, el primero que animó dos flautas con un solo aliento, -el primero que, por medio de agujeros colocados a izquierda y derecha, -produjo el acorde musical mezclando sonidos agudos y notas graves. -Marsias, su hijo, heredero de la flauta y del talento paterno, era, sin -embargo, un frigio, un bárbaro asqueroso y repugnante, de barba sucia, -erizada de espinas a guisa de pelos, y no obstante, se dice (audacia -inaudita) que quiso rivalizar con Apolo, como si Tersites compitiera -con Nereo, un rústico con un erudito, un bruto con un dios. - -Minerva y las Musas fingieron constituirse en jueces para burlarse -de la bárbara fanfarronada de este monstruo y para castigarle por su -estupidez. Pero Marsias (y este era el rasgo distintivo de su necedad), -no comprendiendo que servía de mofa, empezó, antes de hacer sonar la -flauta, a decir groseras impertinencias de él y de Apolo. Alabábase -de su cabellera echada hacia atrás, de su barba sucia, de su velludo -pecho, de que el arte le había hecho flautista y la fortuna indigente; -y, cosa ridícula, censuraba en Apolo las cualidades contrarias; que -tuviese el cabello largo, gracioso semblante, cutis suave, grandes y -variadas dotes artísticas y opulenta fortuna. - -«Y además, dijo, su cabellera, arreglada en pequeños bucles y -graciosos anillos, cae por ambos lados de la frente; todo su cuerpo es -encantador, sus miembros de blancura deslumbradora, su boca profética -con igual facilidad habla en prosa que en verso. ¿Qué? ¿Es acaso -bella cosa su vestido de finísimo tejido, de blanda tela, teñido de -radiante púrpura? ¿Lo es una lira en que brilla el resplandor del oro, -la blancura del marfil y el fulgor de los diamantes? ¿Lo es, en fin, -murmurar docta y gratamente algunas canciones? Todas estas niñerías no -son títulos de virtud, sino signos de afeminación.» - -Diciendo esto ostentaba las cualidades específicas de su persona. Las -Musas, al oír que dirigía a Apolo censuras que todo hombre sensato -desearía merecer, estallaban de risa. El flautista fue vencido en esta -lid, y ellas le dejaron como oso en dos pies, con el pellejo roto y -las entrañas palpitantes. Así fue castigado Marsias por su reto y su -derrota, avergonzando a Apolo tan humilde victoria. - - -IV. - -Era Antigénidas un flautista que sabía cadenciar dulce como la miel -todos los acordes y producir todos los modos que se deseaban, el -sencillo eólico, el variado iásico, el plañidero lidio, el frigio -religioso y el belicoso dórico. Lo que más afligía a este hombre -eminente en el arte, lo que, al decir suyo, mortificaba más su alma y -su genio, era oír llamar a los flautistas músicos de entierros. Pero -seguramente hubiera sufrido esta calificación, de haber visto los mimos -(entre los cuales unos presiden, otros reciben los golpes, y todos -visten púrpura casi semejante), si hubiera asistido a nuestros juegos, -donde de igual manera preside un hombre o combate, o si viera tomar la -toga lo mismo para un sacrificio que para unos funerales, y el manto -servir lo mismo para envolver cadáveres que para traje de filósofos. - - -V. - -Favorable es el afán con que venís aquí sabiendo que el sitio no puede -disminuir la autoridad del orador y que conviene enterarse antes de -lo que se verá en el teatro; porque si es un mimo, os reiréis; si un -bailarín en cuerda, lo admiraréis; si un cómico, aplaudiréis; si un -filósofo, os instruiréis. - - -VI. - -La India, paraje lleno de habitantes y que se extiende hasta el -infinito, está situada lejos de nosotros, al Oriente, en los lugares -donde el Océano forma un golfo, donde nace el sol. Próximo a los -primeros astros y límite del mundo, encuéntrase más allá de los sabios -Egipcios, de los Judíos supersticiosos, de los Nabateos mercaderes, de -los Arsácidas de vestiduras talares, de los Itureos, pobres en frutos, -de los Árabes, ricos en perfumes. - -Por mi parte no admiro a esos indios por sus masas de marfil, sus -cosechas de pimienta, su comercio de cinamomo, el temple de sus -hierros, sus minas de plata y sus auríferos ríos. ¿Qué me importa que -tengan el mayor de estos, el Ganges? - - Monarca de las aguas; origen de cien ríos - Que cien valles recorren, fecundizando el suelo, - Y por cien bocas entran en el undoso mar. - -¿Qué me importa que estos pueblos, situados en los lugares donde -empieza el día, muestren en sus cuerpos el color de la noche, y que -allí inmensas serpientes luchen con monstruosos elefantes en combates -donde igualmente peligran y mueren? Porque estos reptiles encadenan con -sus tortuosos repliegues a los elefantes, que no pudiendo desenlazar -las patas y escapar a la furiosa presión de las serpientes y a sus -escamosas ligaduras, vense precisados a procurar la venganza con el -peso de su cuerpo, arrojándose al suelo para aplastar con su masa a los -enemigos que les sujetan. - -Hay entre los indios gran variedad de razas, pues me agrada más contar -los prodigios del hombre que los de la Naturaleza. Una de ellas solo -sabe apacentar bueyes, y de aquí que se les llame boyeros. Otras se -distinguen por su habilidad en el cambio de mercancías o por su valor -en la guerra; de lejos combaten con la flecha, y de cerca con la espada. - -Existe además una clase preeminente que se llama de los gimnosofistas. -Estos son los que admiro. ¿Por qué? Porque son hábiles, no en propagar -la viña o podar los árboles o labrar la tierra; no saben cultivar el -campo, ni recolectar el vino, ni domar un caballo, ni sujetar un toro, -ni esquilar o apacentar ovejas y cabras. ¿Y qué importa? Saben lo que -es superior a todo; todos ellos cultivan la sabiduría, lo mismo los -viejos maestros que los jóvenes discípulos, y mis mayores elogios son -al odio que profesan a la torpeza del entendimiento y a la ociosidad. -Por ello, cuando está puesta la mesa, y antes de traer las viandas, -todos los jóvenes dejan sus trabajos y moradas, reuniéndose para la -comida, y los maestros les preguntan qué han hecho bueno desde la -salida del sol hasta aquella hora del día. Uno refiere que, elegido -por árbitro entre dos hombres, ha sabido calmarles la ira, aplacar sus -corazones, disipar sus sospechas, y de enemigos que eran, convertirles -en amigos; otro dice que ha obedecido todas las órdenes de sus padres; -otro que ha logrado con sus meditaciones algún descubrimiento o que lo -aprendió por las demostraciones de otro; finalmente, todos refieren lo -que han hecho, y el que nada tiene que decir para merecer la comida, es -echado fuera, para que continúe el trabajo con el estómago vacío. - - -VII. - -Alejandro, el más ilustre de todos los reyes por sus acciones y sus -conquistas, mereció el título de Grande, que le dieron para que quien -había adquirido una gloria por nadie igualada, no fuera jamás nombrado -sin elogio. Desde que el mundo empezó y la tradición existe, este -hombre, cuyo brazo invencible había sometido el universo, es el único -superior a su fortuna. Sus más extraordinarios triunfos los provocó con -su valor, los igualó con su mérito y los sobrepujó con la grandeza de -su alma. Es el único que brilla sin rivales, hasta el punto que nadie -se atrevería a esperar su virtud o a desear su fortuna. - -Las acciones sublimes que llenan la vida de Alejandro, los brillantes -rasgos que causan la admiración, aquella audacia en la guerra, aquella -previsión en el gobierno, ha tomado a su cargo el referirlas un poeta -eruditísimo y suavísimo, mi Clemente[7], en un maravilloso poema. - -Pero ved aquí un rasgo notable entre los que lo son más. Quería -Alejandro que su imagen fuera transmitida fielmente a la posteridad, y -temiendo que la desfigurasen la generalidad de los artistas, prohibió -en todo el universo reproducir su real efigie en bronce, en pintura o -por medio del grabado. Polícleto solo fue el encargado de reproducirla -en bronce, Apeles de representarla con el pincel, y Pirgoteles de -esculpirla con el buril. A excepción de estos tres artistas, cada uno -superior en su arte, quien se atreviera a acercarse a aquella santa -imagen, debía ser castigado como sacrílego. Gracias a este general -temor, Alejandro es él en todos sus retratos. En todas las estatuas, -en todos los cuadros, en todos los vasos aparece igualmente el varonil -vigor del audaz guerrero, el inmenso genio del héroe en la flor de su -bella juventud y con el encanto de su olímpica frente. - -¡Oh! ¡Si la filosofía pudiera, como Alejandro, prohibir a lo vulgar -reproducir su imagen! Corto número de hombres de bien verdaderamente -instruidos, se dedicarían a este estudio que lo comprende todo: al -estudio de la sabiduría. La turba grosera, ignorante, inculta, no -imitaría a los filósofos hasta en el manto, y a la reina de las -ciencias, que no enseña menos a bien decir que a bien vivir, no la -deshonrarían con un mal lenguaje y peor conducta. Este doble vicio es -facilísimo; nada más común que la violencia del lenguaje, unida a la -bajeza de las costumbres. Ambas cosas nacen del desprecio a los demás y -a sí mismo, porque prescindir de la moral es despreciarse a sí propio -y atacar groseramente a los demás; es despreciar al auditorio. ¿Acaso -no es para vosotros el mayor ultraje que os crean íntimamente gozosos -por los insultos dirigidos a los hombres más honrados, suponer que -no comprendéis el sentido de las palabras bochornosas y deshonestas, -o que, si lo entendéis, os agradan? ¿Qué zafio, mozo de esquina o -tabernero, no tendría más verbosidad que vosotros para insultar, si -quiere tomar el manto? - - -VIII. - -Debe más a su persona que a su dignidad, aunque de esta dignidad no -sea partícipe todo el universo. Porque entre un número infinito de -hombres, pocos son senadores; entre los senadores, pocos son nobles de -nacimiento; de estos consulares, pocos son virtuosos, y finalmente, -de estos virtuosos, pocos son instruidos. Pero, hablando del honor -únicamente, las insignias de este cargo, el vestido y el calzado, no -las tiene el primero que llega. - - -IX. - -Si por acaso en esta ilustre asamblea hay alguno de mis envidiosos, -porque en una gran ciudad siempre hay hombres que prefieren denigrar el -mérito superior a imitarlo, y que, desesperando de igualarlo afectan -despreciarlo; hombres cuyo nombre es oscuro y que quisieran darse a -conocer a expensas del mío; si, pues, alguno de estos seres biliosos se -ha mezclado, como mancha, a este brillante auditorio, deseo que pase un -poco la vista por el inmenso concurso, y que mirando esta concurrencia -tan grande que ningún filósofo la ha visto igual alrededor de su -cátedra, medite qué peligros puede correr un hombre que inspira tan -grande estimación y está tan habituado al desprecio. - -¡Cuán ruda y penosa tarea la de satisfacer la curiosidad, por poca que -sea, de un corto número de oyentes, sobre todo para mí, a quien mi fama -y una favorable prevención no permiten negligencia alguna, ninguna -expresión descuidada! ¿Quién de vosotros, en efecto, me perdonaría -un solecismo? ¿Quién una sola sílaba pronunciada con acento bárbaro? -¿Quién me permitiría balbucear frases incorrectas y viciosas como las -que produce el delirio de la fiebre? - -Sin embargo, todo esto lo permitís a los demás y tenéis razón sobrada. -Pero cada una de mis palabras la examináis, la pesáis cuidadosamente, -la sometéis al contraste de la lima y de la cuerda, relacionáis el -torno con las exigencias del coturno. Tanta es la indulgencia con la -medianía, como la severidad con el mérito. - -Reconozco, pues, la dificultad de mi situación y no os demando -diferente disposición de ánimo; pero no os dejéis engañar por una -ligera y falsa semejanza, porque ya lo he dicho con frecuencia: los -pordioseros con manto llenan las calles. El pregonero sube al tribunal -con el procónsul, y también va cubierto con toga; a veces está largo -tiempo de pie: a veces anda; pero ordinariamente grita con toda la -potencia de su voz. El procónsul permanece sentado; habla raras veces, -y si habla es con voz pausada, y lo más frecuente es que lea en sus -tablillas. Ahora bien: el gritador de voz estentórea es un ministril; -el procónsul que lee en sus tablillas es un juez, y a su fallo, una vez -pronunciado, no se puede añadir ni quitar una sola letra. Tal como lo -pronuncia es inscrito en el archivo de la provincia. - -Yo estoy, por mis estudios, casi en una posición análoga, salvo la -distancia correspondiente. Lo que ante vosotros digo es escrito y leído -en seguida, nada puedo retirar, ni cambiar, ni corregir, y por ello mis -palabras tengo que medirlas y pensarlas en mis diversas composiciones. -Porque hay más obras en mi galería que había en la fábrica de -Hipias[8]. Sea de ello lo que quiera, estad atentos y hablaré con mayor -cuidado y método. - -Este Hipias, el primero de los sofistas por la variedad de su talento -y la facilidad de sus locuciones, era contemporáneo de Sócrates. La -Élida fue su patria: se ignora su origen; tenía gran reputación, -mediana fortuna, memoria excelente, variados conocimientos y numerosos -rivales. Vino una vez a los juegos olímpicos a Pisa; su traje era tan -brillante como de extraña forma, y nada de lo que sobre sí llevaba -lo había comprado, sino estaba hecho por sus manos, las telas que le -cubrían, el calzado que llevaba en los pies y los adornos que llamaban -la atención. Ceñía el cuerpo con estrecha túnica de finísimo tejido -de tres hilos, de púrpura dos veces teñida, y la había tejido él -mismo. El cinturón era un tahalí cubierto de bordados babilónicos de -abigarrados y brillantes colores, y nadie le había ayudado en este -trabajo. Cubríale un manto blanco que echaba por encima del hombro. -Este manto también, según se decía, era obra suya y los pantuflos que -le servían de calzado. Mostraba con ostentación en la mano izquierda -un anillo de oro, cuyo sello estaba artísticamente trabajado, y él era -quien había redondeado el oro, puesto el engarce y grabado la piedra. -No he enumerado aún todas sus obras, porque no debo avergonzarme en -referir lo que él sin ruborizarse y vanidosamente mostraba. Refirió -ante numerosa asamblea haber fabricado el frasco de aceite que llevaba, -que era un vaso de forma lenticular, suavemente redondeado por los -contornos, y como compañero mostraba un precioso peinecillo de mango -recto y púas en forma de tubos, de manera que el mango servía para -sostenerlo, y los tubos para que corriese el sudor. - -¿Quién no elogiaría a un sabio en tan gran número de artes, en tan -varias ciencias; peritísimo Dédalo para todos los utensilios? Yo -también elogio a Hipias, pero prefiero igualar su fecundidad con mi -instrucción mejor que con mi talento para fabricar tantas cosas. Lo -confieso: soy inferior a él en las artes mecánicas; compro mis vestidos -al sastre y mi calzado al zapatero; no uso anillo y estimo el oro y -las piedras preciosas como el plomo y los guijarros. El peine, el -frasco de aceite y los demás objetos de baño los compro en el mercado. -Finalmente, ¿por qué negarlo? no sé manejar ni la escuadra, ni la -lezna, ni la lima, ni el torno, ni otras tales herramientas. A todas -ellas, lo confieso, prefiero una pluma de escribir, que me sirve para -componer toda clase de poemas dignos de la cítara, de la lira, del -coturno o del zueco; sátiras, logogrifos, historias varias, discursos -admirados por los oradores, diálogos elogiados por los filósofos; -abarco todos los géneros y los expreso en griego y en latín, por mi -doble vocación, con el mismo gusto e igual estilo. - -¡Que no pueda yo ofrecerte, ilustre procónsul, todos estos tributos -literarios, no en partes separadas y como nuestras, sino en su conjunto -y unidad, y merecer tu glorioso testimonio por la universalidad de -mis aptitudes! Y no es ciertamente por falta de alabanzas, porque mi -gloria, siempre intacta, floreciente siempre, ha llegado a tu noticia -por conducto de todos tus predecesores; pero deseo con preferencia a -todos los otros sufragios, el del hombre que yo más estimo, porque es -natural amar a quienes se estima, y buscar los elogios de aquellos a -quienes se ama. Ahora bien: yo te profeso la más viva amistad, porque -si ninguna obligación tengo con el hombre privado, el magistrado ha -adquirido por completo mi afecto, y si ningún favor he obtenido de ti, -es porque ninguno he pedido. - -Además, la filosofía me ha enseñado a amar no solamente a mis -bienhechores, sino hasta a mis enemigos; a escuchar la voz de la -justicia mejor que los consejos del interés; a preferir la utilidad -general a la mía propia. Así, pues, mientras los más aman los efectos -de tu benevolencia, yo amo tu inclinación al bien. Me he aficionado a -ti al ver tu celo por los negocios de la provincia, celo que te debe -proporcionar el apasionado amor de todos: de los obligados, por el -beneficio, de los demás, por el ejemplo; porque si los beneficios son -útiles a gran número, el ejemplo es saludable a todos. - -En efecto, ¿quién no deseará aprender de ti por qué moderación se -adquiere esa amable gravedad, esa dulce austeridad, esa seguridad -tranquila, esa amenidad que no excluye la energía? - -Ningún procónsul, que yo sepa, inspira a África más respeto y menos -temor. Jamás, antes de tu mando, se había visto ser más fuerte que la -intimidación para reprimir el crimen, la vergüenza de cometerlo. - -Ningún otro, con igual poder, repartió más beneficios e infundió menos -terror; ninguno trajo consigo un hijo que tanto le asemejara en las -virtudes; ninguno ha sido por más largo tiempo procónsul de Cartago; -porque cuando tú recorrías la provincia, Honorio quedaba con nosotros, -y si nuestro pesar fue más amargo, tu ausencia era menos sentida. En el -hijo se encontraba la equidad del padre, en el joven la prudencia del -anciano, en el teniente la autoridad del cónsul. Retrata tan fielmente -todas tus virtudes, que se te admiraría más por tu hijo que por ti -mismo, si este hijo no fuera uno de tus dones. ¡Plegue al cielo que -gocemos siempre de tu mando! ¿Para qué esos cambios de procónsules? -¡Años demasiado cortos; meses que transcurren fugaces! ¡Cuán fugitivo -es el paso de los hombres virtuosos! ¡Qué rápidamente cumplen su misión -los buenos gobernadores! Ya te acompaña, Severiano, el sentimiento de -toda la provincia; pero Honorio es llamado por su sangre a la pretura; -el favor de los Césares le prepara el consulado. Desde ahora posee -nuestro amor, y en él cifra Cartago su esperanza para lo porvenir. -¡Único consuelo que tu ejemplo nos da! Es enviado de lugarteniente, y -pronto volverá a nosotros de procónsul. - - -X. - -Citemos primero el Sol, cuyo carro, en su luminosa carrera, inunda el -universo con su brillante llama, y la Luna, que refleja dócilmente su -luz, y los otros cinco planetas, el benéfico Júpiter, la voluptuosa -Venus, el rápido Mercurio, el devorador Saturno, Marte el incendiario. - -Hay además otras divinidades intermedias cuya influencia sentimos, -pero que no alcanzamos a ver con nuestros ojos, como el Amor y todos -sus adherentes, que, invisibles por la forma, conocemos por su fuerza. -Esta fuerza es la que, conforme a los designios de la Providencia, ha -levantado aquí las encrespadas crestas de los montes, y allá extendido -a sus pies el nivel de las campiñas, diversificando por todas partes -el curso de los ríos y el verdor de las praderas. Ella es la que ha -dicho al pájaro: «Vuela», y a la serpiente: «Arrástrate», a la fiera: -«Corre», y al hombre: «Anda». - - -XI. - -Veis esos desgraciados que cultivan una heredad estéril, un campo -pedregoso, lleno de guijarros y matorrales, no recolectando ningún -fruto en sus arenales pantanosos, no encontrando sino la estéril cizaña -y la infecunda avena; pues como no tienen frutos suyos, toman los de -otros y cogen las flores del vecino para mezclarlas a sus cardos. Lo -mismo sucede a los hombres estériles en virtudes. - - -XII. - -El loro es un ave de la India, casi del mismo tamaño que una paloma, -pero de distinto color. No es el blanco leche, ni el tinte amarillento, -ni la mezcla de ambos colores con el gris ceniciento; el color del -loro es verde desde el nacimiento de las plumas hasta la punta de las -alas, y solo el cuello se diferencia por estar rodeado de un círculo de -bermellón que, como collar de oro, se repite alrededor de la cabeza en -forma de brillante corona. El pico es de una dureza sin igual, y cuando -desde la altura se precipita sobre una roca con toda la impetuosidad de -su vuelo, el pico es como ancla que lo sujeta. La cabeza es igualmente -dura, y por eso, para obligarle a imitar nuestro lenguaje, se le da en -ella con una varilla de hierro a fin de hacerle comprender lo que se le -manda. Es como la férula del colegial. - -Puede ser instruido desde que nace hasta la edad de dos años, porque -entonces su garganta se presta fácilmente a todos los ejercicios, su -lenguaje a todas las evoluciones. Pero cuando se le coge viejo, es -indócil y olvidadizo. - -El loro que se presta mejor a reproducir el lenguaje humano es el que -se alimenta con bellotas y tiene en las patas tantos dedos como el -hombre. En esto se distingue de las otras especies; pero es condición -común a todas, la de que, poseyendo la lengua más fuerte que las demás -aves, articulan más fácilmente la palabra humana por tener el paladar -y la laringe más desarrollados. - -El loro habla, o mejor dicho, canta lo que aprende con tan fiel -imitación, que al oírle se creería que es un hombre, pero viéndole se -reconoce que su palabra es un esfuerzo. Por lo demás, el loro, como el -cuervo, no pronuncia más que los sonidos que ha aprendido. Enseñadle -palabras indignas y os aturdirá día y noche con sus blasfemias; esta -será su poesía y su canción, y cuando agote su repertorio, comenzará -la misma cantilena. El único medio de poner coto a su tan indecorosa -verbosidad, será cortarle la lengua o devolverle cuanto antes a sus -bosques. - - -XIII. - -La filosofía no me ha dado una palabra en el género de canto corto e -intermitente que la Naturaleza ha proporcionado a ciertos pájaros. -La golondrina se hace oír por la mañana, la cigarra al mediodía, el -murciélago al ponerse el sol, la lechuza al oscurecer, el búho durante -la noche, y el gallo antes de despuntar la aurora. Todos estos animales -parece que se relevan, si se considera la variedad de tiempo y de modo -que determinan la hora y el tono de sus cantos. El gallo da el grito de -aviso, el búho gime, la lechuza se queja, el murciélago lanza roncos -sonidos, la cigarra chirría, la golondrina gorjea. Pero la razón, como -la palabra de los filósofos, son de todos los momentos, y así sucede -por su carácter imponente de autoridad, de utilidad y de universalidad. - - -XIV. - -Oyendo Crates a Diógenes repetir estas máximas y otras semejantes, -tanto se enardeció su ánimo, que un día fue a la plaza pública y arrojó -allí todo su patrimonio como vil carga, más embarazosa que útil. -Después, en medio de la multitud que le rodeaba, exclamó: «Crates -emancipa a Crates.» Desde entonces, solo, desnudo, libre de todo, vivió -toda su vida como verdadero hombre feliz. - -Buscábanle con tanto empeño, que una doncella de ilustre nacimiento, -desdeñando a todos los pretendientes jóvenes y ricos, deseó unirse a -él. Crates le descubrió sus hombros, entre los cuales tenía una joroba, -puso en el suelo sus alforjas, su bastón y su manto, y le dijo que -aquellos eran todos sus bienes, y sus atractivos personales ya los -veía, añadiendo que consultara seriamente consigo misma, para que no se -arrepintiera después. - -Hiparquia, no obstante, aceptó las condiciones, y respondiole que -ya había reflexionado y deliberado bastante; que en parte alguna -encontraría un marido más rico y más amable y que podía conducirla -donde quisiera. El cínico la llevó al Pórtico, y allí, en el sitio más -frecuentado, ante todos, y en pleno día, se acostó junto a ella, y -ante todos también hubiera consumado el matrimonio, a lo que accedía -la joven con igual desenfado, si Zenón no les hubiera cubierto con su -manto para ocultar a su maestro de las miradas de la multitud que le -rodeaba. - - -XV. - -Es Samos una islilla del mar Icariense, situada frente y al Occidente -de Mileto, de la cual la separa un brazo de mar. Con viento favorable -se puede hacer el trayecto de una a otra en dos días. El suelo, poco -fértil en trigo, rebelde al arado, pero propicio al olivo, no produce -ni viñas ni legumbres. El cultivo consiste, únicamente, en plantar -y podar olivos, cuyo producto es más beneficioso a la isla que las -demás recolecciones. Por lo demás, Samos está pobladísima y es muy -frecuentada por los forasteros. La ciudad no responde a la fama de -la comarca, y solo las ruinas de los muros indican que fue una gran -población. - -Hay, sin embargo, en ella un templo a Juno, muy celebrado en la -antigüedad. Este templo, si no recuerdo mal, está a veinte estadios de -la población siguiendo la ribera. El altar de la diosa es riquísimo y -se ha empleado gran cantidad de oro y plata en platos, espejos, copas -y otros objetos que sirven de ornamentación. También hay allí muchas -estatuas de bronce representando diversas figuras, trabajo antiguo y -muy notable. Citaré la de Batilo, que está delante del altar y que fue -dedicada por el tirano Polícrates. No conozco trabajo más esmerado. -Algunos creen, erróneamente, que es la estatua de Pitágoras. - -Representa un adolescente de admirable belleza. Sus cabellos, partidos -por mitad de la cabeza y retirados de las sienes, caen por la espalda -en largos bucles, formando sobre los hombros una sombra en la que -destaca el cuello finísimo y mórbido; las líneas de las sienes son -graciosas, las mejillas redondeadas, con un hoyuelo en medio de la -barba. Su postura es la de un tocador de cítara; mira a la diosa -y parece que canta. Su túnica, cubierta de bordados y sujeta con -cinturón griego, cae hasta los pies. Una clámide cubre ambos brazos -hasta los puños, y por bajo flota en elegantes pliegues. La cítara -está suspendida de un tahalí de perfecto trabajo. Sus manos son finas -y delicadas; la izquierda toca las cuerdas separando los dedos, y la -derecha aproxima el arco de la cítara como si aguardara para tocar a -que la voz interrumpa el canto que parece escaparse de su redondeada -boca y de los dulcemente entreabiertos labios. - -Admito que esta estatua sea de algún favorito de Polícrates que, por -agradarle, modula una canción anacreóntica, pero de seguro no es -la imagen de Pitágoras. Este era, en verdad, de Samos, de belleza -maravillosa, de talento superior para tocar toda clase de instrumentos -de música y vivió en los tiempos en que Polícrates dominaba a Samos; -pero el tirano jamás amó al filósofo, porque cuando aquel se apoderó -del mando, Pitágoras escapó secretamente de la isla. Acababa de perder -a su padre Mnesarco, hábil grabador en piedras, que en el arte de -trabajarlas prefería, según se dice, la gloria al provecho. - -Hay quien supone que Pitágoras fue uno de los cautivos del rey -Cambises, llevado a Egipto, donde tuvo por maestros a los magos persas, -y especialmente a Zoroastro, el gran fundador de su religión y que -después fue rescatado por un tal Gillo, príncipe de los Crotonenses. -Pero la tradición más acreditada consiste en que fue voluntariamente -a estudiar las doctrinas egipcias y que los sacerdotes le enseñaron -el increíble y misterioso poder de sus ceremonias, la admirable -combinación de los números y las fórmulas rigurosas de la geometría. -Su ciencia no le satisfizo: visitó a los Caldeos y después a los -Brahmanes y sus gimnosofistas. Los Caldeos le revelaron la ciencia de -los astros, las revoluciones precisas de los planetas y su influencia -en el nacimiento de los hombres. Diéronle los remedios para curar las -enfermedades, remedios adquiridos a gran coste, buscados en la tierra, -en el cielo y en la profundidad de los mares. De los Brahmanes tomó el -mayor número de los principios de la filosofía; el arte de ilustrar -la inteligencia; el de fortificar el cuerpo; las diferentes partes -del alma; las transformaciones de la vida; las penas y recompensas -concedidas por los dioses manes a cada mortal según su mérito. - -También tuvo por maestro a Ferécides de Siros, el primero que sacudió -el yugo de los versos y empleó un lenguaje libre, sin las trabas de -la poesía. Y cuando Ferécides, putrefacto por los horribles insectos -que le roían, sucumbió víctima de esta espantosa enfermedad, Pitágoras -amortajó religiosamente a su maestro. - -Dícese, además, que estudió filosofía natural con Anaximandro, de -Mileto, que siguió la escuela del cretense Epiménides, augur y poeta -ilustre, y que escuchó las lecciones de Leodamas, discípulo de -Creófilo, de quien se asegura que fue huésped y rival de Homero. - -Este hombre, instruido por tantos maestros; este hombre, que había -recorrido el universo para aprender las doctrinas en su origen; este -genio eminente, cuya inteligencia supera los límites impuestos a la -humana; este fundador, este creador de la filosofía, lo primero que -enseñó a sus discípulos fue el silencio. En su opinión, el primer -estudio de quien quería llegar a ser sabio, era el de contener -completamente su lengua, refrenar esas palabras que los poetas llaman -_volantes_, cortarles las alas, encerrarlas en esa fortaleza de marfil -que forman los dientes. El primer elemento de la filosofía era aprender -a reflexionar y olvidar el perorar. - -No estaba prohibido el uso de la palabra toda la vida, ni todos los -discípulos estaban condenados a mutismo de igual duración. Para los -hombres graves reducía el maestro a corto tiempo la obligación del -silencio; para los locuaces prolongaba hasta a cinco años esta especie -de destierro de la palabra. - -Ahora bien: nuestro Platón, que ha sido fiel o se ha desviado muy poco -de las leyes de esta secta, pitagoriza casi siempre; y yo, que he -sido adoptado en su nombre por mis maestros, debo a mis meditaciones -académicas la doble ventaja de saber hablar animosamente cuando es -preciso, y callarme sin esfuerzo cuando la ocasión lo exige. - -Gracias a esta moderación, he obtenido con tus predecesores la honrosa -reputación de hombre que sabe guardar silencio a propósito y hablar -cuando es preciso. - - -XVI. - -Quiero, nobles jefes de África, antes de daros gracias por esta estatua -que me habéis hecho el honor de pedir para mí cuando estaba entre -vosotros y de conceder en mi ausencia, quiero explicaros por qué he -faltado muchos días a mi auditorio y he ido a las aguas Persianas[9], -sitio de delicioso solaz para los sanos y de salud para los enfermos; -porque he resuelto daros cuenta de todos los instantes de esta vida -mía que os está consagrada para siempre, y cuanto haga, importante o -frívolo, someterlo a vuestro conocimiento y a vuestro juicio. - -El motivo que repentinamente me privó de vuestra ilustre presencia, -tiene alguna relación con el hecho que voy a referir: se trata de -Filemón el cómico[10]. Probablemente conoceréis su genio: escuchad -algunos detalles de su muerte. ¡Pero qué! ¿Dudáis de su talento? Pues -sabed que Filemón era un poeta de la media comedia, contemporáneo de -Menandro, con quien luchó, y si no le iguala, fue al menos su rival, y -aun con frecuencia, vergüenza me da decirlo, su vencedor. - -Encuéntrase en sus obras fina sátira, intrigas ingeniosas, -reconocimientos de hijos clarísimamente explicados: los actos y el -lenguaje de sus personajes están de acuerdo con las situaciones, sus -chistes nunca son triviales, su gravedad nunca trágica. Rara vez son -sus comedias licenciosas, y si habla del amor, es tratándolo como un -extravío. Pero nunca deja de sacar a la escena el mercader de esclavos -sin fe, el amante en desvarío, el criado astuto, la querida falaz, la -esposa arrogante, la madre indulgente, el tío sermoneador, el amigo -entremetido, el soldado fanfarrón y hasta los glotones parásitos, los -padres testarudos y las procaces meretrices. - -Gracias a estos méritos llegó a ser célebre Filemón en el arte cómico. -Un día que recitaba en público una obra suya nueva, en el tercer -acto de la comedia, en el momento en que todo el interés estaba más -vivamente excitado, una lluvia repentina, como me sucedió hace poco, -le obligó a interrumpir la lectura y a prometer, por petición de todo -el auditorio, acabarla al día siguiente. - -Acudió al otro día inmensa multitud; cada cual procura sentarse lo -más cerca posible; los últimos en llegar hacían señas a sus amigos -de que se estrecharan para dejarles puestos; los espectadores de las -extremidades se quejaban de que les empujaban fuera de sus asientos; el -auditorio estaba apiñado en el teatro, y empezaron las conversaciones. -Los que no estuvieron la víspera preguntaban lo que se había leído; -los que asistieron recordaban lo que habían oído, hasta que sabiéndolo -todos, esperaban la continuación de la comedia. - -El día avanza y Filemón no acude a la cita; algunos murmuran por su -tardanza; los más defienden al poeta. Pero después de aguardar largo -rato, y viendo que Filemón no llegaba, envían a los más impacientes -para que salgan a su encuentro, y le hallan... muerto en su lecho. -Acababa de exhalar el último suspiro, y tendido en la cama parecía -estar meditando, con los dedos aún entre las hojas y la boca junto al -libro abierto. Pero el alma había partido; el libro estaba cerrado y -olvidado el auditorio. - -Los primeros que entraron permanecieron un instante inmóviles, -sorprendidos por un acontecimiento tan imprevisto como lo era una -muerte tan maravillosa y bella. Seguidamente fueron a anunciar al -pueblo que el poeta Filemón, a quien esperaba para terminar en el -teatro la lectura de una comedia escrita sobre asunto imaginario, -acababa de terminar en su casa el verdadero drama, diciendo por última -vez a las cosas humanas _valere et plaudere_, y a sus amigos _dolere -et plangere_; que la lluvia de la víspera era presagio de lágrimas; -que su comedia había llegado a la antorcha fúnebre antes de llegar a la -antorcha nupcial, y que al abandonar este ilustre poeta el teatro de la -vida, su auditorio debía asistir a sus exequias, recogiendo primero sus -huesos y después sus versos. - -Largo tiempo hace que sabía esta historia, y la he recordado en daño -mío; porque no habéis olvidado que la lluvia interrumpió mi último -discurso, y que a petición vuestra dejé el continuarlo para el día -siguiente. A fe mía que me ha faltado poco para asemejar por completo -a Filemón; el mismo día sufrí en la palestra tan violenta torcedura en -el talón, que estuvo a punto de romperse la articulación de la pierna, -aún inflamada por consecuencia de la luxación. Pero mientras la curaba -a fuerza de ligaduras y por mi cuerpo corría el sudor a torrentes, la -acción de un frío demasiado prolongado me dejó transido, produciéndome -dolor agudo en las entrañas, que no se calmó sino en el instante en -que su violencia me iba a matar. Expuesto he estado, como Filemón, a -despedirme de la vida antes de volver a veros, a hacer mi reverencia -al mundo antes de hacerla al público, a terminar mi existencia antes -que mi historia. Pero gracias a las aguas Persianas, a su dulce -temperatura, a sus duchas saludables, he recobrado la facultad de -andar, y aunque todavía mal seguro sobre mis piernas, venía apresurado -a pagar la deuda con vosotros contraída, cuando vuestro beneficio, no -solo ha puesto al cojo en pie, sino que le ha dado alas. - -¿Acaso no debía yo apresurarme tratándose de un honor que me obliga al -agradecimiento, mayormente por no haber sido pedido? Y no es porque la -gloriosa Cartago no merezca hacerse pagar los honores, aun para un -filósofo, con un ruego, sino porque para que vuestro beneficio nada -perdiese de su gracia y de su precio, era necesario que no alterara su -brillo una demanda; que fuera gratuito. - -En efecto, no se obtiene gratis lo que se consigue por ruegos, como -no es dar nada ceder a las instancias. Por esto se prefiere comprar -todos los utensilios a pedirlos, y en mi opinión este principio -es especialmente aplicable en cuestión de honores, porque quien -laboriosamente los consigue, no está obligado más que a sí mismo; -pero quien, sin importunar, los obtiene, debe doblado reconocimiento -a sus bienhechores, porque no pide, recibe. Os debo, pues, doble -reconocimiento, o mejor dicho, inmenso, y lo proclamaré siempre y en -todas partes. - -Por ahora, este discurso, compuesto a propósito de tal honor, será, -como de costumbre, pública expresión de mi agradecimiento. El filósofo, -en efecto, tiene un medio seguro de dar gracias a los que le decretan -una estatua, y poco me apartaré de él en este discurso que reclama la -eminente dignidad de Emiliano Estrabón; discurso que tendrá, así lo -espero, algún éxito si él quiere añadir hoy su aprobación a la vuestra; -pues tal es su superioridad literaria, que debe más fama a su propio -genio que a sus títulos de patricio y de cónsul. - -¿De qué términos, Emiliano Estrabón, el primero de los mortales que -han existido, existen y existirán, el más ilustre de los hombres -virtuosos, el más virtuoso de los ilustres y el más sabio de unos y -otros; de qué términos me valdré para tributar a la benevolencia con -que me honras, solemnes actos de gracia? ¿Cómo celebrar dignamente tan -glorioso patrocinio? ¿Cómo reconocer e igualar con humildes palabras -tan brillante favor? Busco aún el medio de conseguirlo, pero ¿lo -encontraré? Al menos emplearé el mayor celo, los más grandes esfuerzos, - - Si gratitud y vida no me faltan. - -En este momento, lo confieso, la alegría entorpece mis palabras, el -placer suspende mi pensamiento, y mi alma delirante prefiere saborear -sus transportes a celebrarlos. ¿Qué hacer? Quiero mostrar mi gratitud, -y en mi entusiasmo no encuentro palabras que lo expresen. Nadie, ni aun -los que peor me quieran, se atreverá a censurarme porque, ante honor -tan grande, quede tan sobrecogido como satisfecho, y que, por venir del -más noble y sabio de los hombres, me exalte tan magnífico testimonio. - -En efecto, ¿dónde lo he recibido? En medio del Senado de Cartago, -cuerpo tan ilustre como benévolo, y de parte de un consular. Ser -conocido de este sería ya insigne honor. ¡Y él, sin embargo, es quien -se ha constituido en mi panegirista ante los primeros magistrados -de la provincia! Porque, lo he sabido, él es quien ha propuesto -hace tres días que se me erigiera una estatua en una plaza pública; -él ha invocado primero los derechos de nuestra amistad, comenzada -honrosamente por una comunidad de estudios con los mismos maestros. -Después recordó los votos con que le he felicitado en todas las fases -de su grandeza. Su primer beneficio ha sido recordar nuestros votos -comunes; el segundo haberse vanagloriado, él, tan eminente, de mi -afecto como del que le profesara un igual suyo. Además ha enumerado -los pueblos y comarcas que me han dedicado estatuas y concedido otros -honores. - -¿Qué puedo yo añadir a este panegírico, hecho por un ilustre consular? -Hasta ha demostrado que, en virtud del sacerdocio que ejerzo, poseo -en Cartago una eminente dignidad, y coronando este elogio con el mayor -de todos los beneficios, me ha recomendado, este glorioso preopinante, -con todo el poder de su sufragio. En fin, ha prometido hacer elevar mi -estatua a sus expensas en Cartago, él, a quien todas las provincias -tienen por dicha ofrecerle cuadrigas y tiros de seis caballos. - -¿Es necesario algo más para colmarme de gloria y poner el sello a -mi reputación? ¿Qué falta acaso? Emiliano Estrabón, un consular que -los votos de todos llevaran al proconsulado, ha hecho en el Senado -de Cartago una proposición relativa a los honores que quiere se me -concedan, y todos han aplaudido su pensamiento. ¿No os parece este -asentimiento un _senatus consulto_? Diré más. Todos los cartagineses -presentes en esta ilustre asamblea no han decretado inmediatamente la -plaza donde será erigida la estatua, ni han dejado, yo creo, el votar -una segunda estatua para la próxima sesión sino por deferencia, por -respeto a su consular; querían parecer que le imitaban, no rivalizar -con él, deseando que se dedicara un día entero y se consagrara a la -expresión de los sentimientos públicos. Estos excelentes magistrados, -estos jefes benévolos recordaban, sin embargo, Emiliano, que tu -proposición estaba de acuerdo con su propia voluntad. ¿Y fingiré -ignorar todo esto? ¿Guardaré silencio? Sería un ingrato. Permitidme que -para responder a los brillantes honores de que he sido objeto por parte -de todos los de vuestro orden senatorial, ofrezca y dispense todos los -homenajes que puedo poner a vuestros pies, a vosotros, que me habéis -saludado con vuestras gloriosas aclamaciones en un sitio donde tan -honroso es el ser solamente nombrado. - -Sí; lo que era difícil, lo que me parecía de todo punto imposible -reunir, las simpatías del pueblo y el agrado del Senado, la aprobación -de los magistrados y de los jefes del Estado, lo digo sin orgullo, -ya en cierto modo he llegado a conseguirlo. ¿Qué falta, pues, a este -insigne honor si no es la compra del bronce y el trabajo del artista? -Seguramente no dejaré de tener en Cartago, donde la clase más ilustre, -aun en los casos en que se ventilan los más grandes intereses, decreta -y no calcula, estas dos cosas que he obtenido en las más pequeñas -ciudades. - -Por lo demás, cuanto más completo sea vuestro favor, más grande será mi -gratitud. - -Nobles senadores, ciudadanos ilustres, y vosotros, mis gloriosos -amigos, cuando llegue la dedicatoria de mi estatua, yo os dedicaré -un libro de mi mano en el que mi reconocimiento sea más vivamente -expresado, y este libro correrá por todas las provincias, por todo el -universo, en todos los siglos venideros, para inmortalizar en todos los -pueblos la gloria de vuestro beneficio. - - -XVII. - -Plena libertad para aquellos que tienen por máxima perturbar la -tranquilidad de los procónsules; que procuran recomendar su talento por -la intemperancia de su lenguaje, y que afectadamente se adornan con -el manto de vuestra amistad. Evito cuidadosamente estos dos defectos, -pues aunque mi mérito sea mediano, todos tienen conocimiento de él lo -bastante para no necesitar nueva recomendación. - -Por otra parte, tu favor, Escipión Orfito, y el de los que se te -parecen, es más dulce a mi corazón que a mi vanidad. De la amistad de -persona tan insigne más bien estoy celoso que enorgullecido, porque no -se la debe desear sin conocer su justo valor, y cualquier advenedizo -puede erróneamente vanagloriarse con ella. - -Además, desde mi infancia ha sido tal mi pasión por las artes -liberales, y este amor a las buenas costumbres y al estudio que me ha -seguido a vuestra provincia, me había proporcionado en Roma tan gran -estimación entre tus amigos, de lo cual tú eres irrecusable testigo, -que debéis, cartagineses, recibir mi amistad con tanta afición como -tengo yo en buscar la vuestra. Las dificultades con que accedéis a -mis raras audiencias prueban vuestro deseo de escucharme asiduamente. -Y si no, decidme: el agrado en frecuentar a las gentes, el irritarse -por sus inexactitudes, el regocijarse por su constancia, el censurar -sus infidelidades, todos estos sentimientos que se experimentan por -aquellos cuya ausencia nos es penosa, ¿no son la mayor prueba de amor? -Y por otra parte, la palabra condenada a eterno silencio, ¿no es lo -mismo el olfato entorpecido por el constipado, que el oído ensordecido -por el viento, que los ojos cubiertos con una tela? ¿No equivale a -sujetar las manos con esposas, a aprisionar los pies con grillos, el -sumir el alma, esta reina del cuerpo, en el sueño, ahogarla en el vino -o embotarla con las enfermedades? - -De igual suerte que la espada brilla con el uso y se enmohece con el -descanso, la voz sujeta a la tortura de largo silencio se entorpece. La -falta de actividad engendra en todo la pereza, y la pereza el letargo. -Los actores trágicos perdían el brillo de su voz si no declamaban -todos los días, y gritando es como se desarrolla la laringe. - -Sin embargo, la vocalización humana es un trabajo superfluo, -un ejercicio inútil comparado con multitud de otros resultados -posteriores. ¿Qué es la voz del hombre si se compara con el brillante -sonido del clarín, con la variada armonía de la lira, con el seductor -lamento de la flauta, con el murmullo encantador del caramillo o el eco -prolongado de la trompeta? - -Y no hablo de multitud de animales cuyos acentos naturales, por sus -propiedades especiales, nos llenan de admiración: el grave mugido de -los toros, el lúgubre aullido de los lobos, el grito doloroso del -elefante, el regocijado relincho del caballo, los penetrantes chillidos -de los pájaros, los feroces rugidos del león y otras voces de animales, -voces terribles o llenas de dulzura, según expresan la rabia cruel o el -amoroso celo. En cambio ha dado Dios al hombre una voz menos fuerte, -pero más útil a la inteligencia y agradable al oído; no habiendo mejor -ocasión de emplearla y servirse de ella que ante una asamblea presidida -por tan grande hombre, ante la numerosa reunión de personas tan -instruidas y benévolas. - -Si tuviera superior habilidad para tocar la lira, no querría lucirla -sino ante numeroso auditorio. En la soledad cantaban: en las selvas, -Orfeo; Arión entre delfines; porque de dar crédito a las fábulas, Orfeo -ocultaba su dolor en el destierro, y Arión se arrojó de lo alto de un -buque; aquel domesticaba a las fieras; este encantaba a los monstruos -del mar. ¡Desdichados cantores! Sus acordes no los inspiraba el amor a -la gloria, sino la necesidad de su salvación. Más y de mejor grado les -admiraría si hubieran deleitado a los hombres y no a los animales. La -soledad es patrimonio de los pájaros, de los mirlos, de los ruiseñores, -de los cisnes; el mirlo silba en los apartados eriales; el ruiseñor -alegra los desiertos de África con sus juveniles canciones; el cisne en -las orillas de los ríos solitarios medita el canto de la vejez. - -Pero quien puede cantar versos útiles a los niños, a los jóvenes y a -los ancianos, debe cantar en medio de todos, y por ello mi poesía está -dedicada a las virtudes de Orfito; himno tardío acaso, pero serio y -tan agradable como útil a los cartagineses de todas las edades, porque -todos tienen pruebas de la especial bondad del procónsul; del que -atemperando los deseos con saludables restricciones, ha sabido inspirar -a los niños la moderación, a los jóvenes la alegría, a los ancianos la -seguridad. - -Ahora, Escipión, que llego a hablar de tu noble carácter, temo que -me detenga o tu generosa modestia o el sentimiento de natural pudor. -Pero no puedo pasar en silencio todas las cualidades que con tan -justo título admiramos en tu persona; mencionaré algunas de ellas, y -vosotros, ciudadanos a quien él ha salvado, reconocedlas conmigo. - - -XVIII. - -Ante tan prodigiosa afluencia de oyentes debo más bien felicitar -a Cartago, por poseer en su seno tantos amigos de la ciencia, que -justificar a un filósofo que se presenta ante el público. Por lo demás, -esta numerosa asamblea corresponde a la grandeza de la ciudad, y el -inmenso concurso explica la elección del sitio. - -Además, en presencia de tal auditorio no se debe fijar la atención en -el mármol del piso ni en las tablas del teatro, ni en la columnata de -la escena más que en la elevación del techo, el brillo del artesonado, -o la circunferencia de las gradas. Olvidad que aquí mismo y en otras -ocasiones un mimo se descoyunta, un cómico charla, un trágico declama, -un bailarín de cuerda da sus peligrosos saltos, un escamoteador hace -sus juegos, un histrión sus payasadas; olvidad, en fin, que todos los -demás farsantes muestran aquí, a los ojos del pueblo, sus diversas -habilidades; dejad a un lado todas estas ideas y pensad solo en la -gravedad de la asamblea y en el lenguaje del orador. - -Por ello, a ejemplo de los poetas que de ordinario suponen aquí mismo -diferentes ciudades, y como el trágico que hace decir en el teatro: - - Tú que del Citerón a la alta cumbre llegas, - -o como el cómico: - - Plauto en esta ciudad vuestra - Os pide modesto sitio - Para transportar Atenas - Sin arquitecto y sin ruido, - -séame permitido transportaros, no a una ciudad lejana y del otro lado -del mar, sino al Senado o a la Biblioteca de Cartago. Suponed, si mi -discurso es digno del Senado, que lo oís en el Senado, y si es sabio, -que nos encontramos en la Biblioteca. - -Quisiera que la fecundidad de mi palabra respondiera a la grandeza de -este auditorio y que no me faltara, sobre todo, donde yo deseo emplear -mayor elocuencia; pero nada tan cierto que el dicho de que «el cielo -no concede al hombre ninguna dicha que no esté mezclada con algunas -contrariedades» y el de que en la mayor alegría siempre existe alguna -amargura. No hay miel sin hiel. La abundancia conduce al exceso. -Conozco más que en ninguna otra ocasión esta verdad, porque cuando más -derechos creo tener a vuestros sufragios, mayor es el embarazo que me -inspira para hablar el respeto que os profeso. - -Yo que con frecuencia he hecho ante extranjeros prueba de una -locución fácil, titubeo ante mis conciudadanos. ¡Cosa extraña! -Vuestras alabanzas me cortan, vuestros aplausos me intimidan, vuestra -benevolencia encadena mi palabra, y, sin embargo, ¿no debería todo -esto, al contrario, alentarme? - -Nuestros penates son comunes; he vivido entre vosotros desde mi -infancia, he estudiado con vuestros maestros; estáis iniciados en mi -doctrina; conocéis mi voz; habéis aprobado mis obras; mi patria está -en la jurisdicción de África; he pasado con vosotros mi juventud; he -escuchado vuestras lecciones, y si completé mis estudios en Atenas, -aquí los empecé. Pronto hará seis años que estáis acostumbrados a oírme -hablar en las dos lenguas; en cuanto a mis libros, lo que sobre todo -les da mérito y precio es la aprobación que vosotros les concedéis. -Pues bien, estos mil puntos comunes que os predisponen a escucharme -favorablemente, detienen mi palabra. - -Seríame mucho más fácil celebrar vuestras alabanzas en cualquier otro -sitio que en medio de vosotros, porque entre los suyos a cada cual -retiene la modestia; la verdad no es libre sino entre extraños, y por -ello siempre y en todas partes os celebro como parientes míos y mis -primeros maestros y os pago mi tributo, no a la manera del sofista -Protágoras, que fijó su salario y no lo recibió, sino como el sabio -Tales, que no lo pidió y lo cobró. - -Pero ya veo lo que deseáis saber, y os contaré esta doble historia. - -Protágoras, sofista instruidísimo y uno de los primeros y más -elocuentes inventores de la retórica, era de la misma edad y de la -misma ciudad que el naturalista Demócrito, cuyas doctrinas estudió. -Dícese que Protágoras había estipulado con Euathlo, su discípulo, un -salario elevadísimo, con la imprudente condición de que no lo pagaría -si no ganaba el primer pleito. Euathlo aprendió fácilmente todos los -medios de atraerse la benevolencia de los jueces, los ardides de la -defensa y los artificios de la parte contraria, tanto mas fácilmente -cuanto que su ingenio era fino y astuto. - -Satisfecho de saber lo que había deseado, imaginó eludir su promesa; -entretuvo a su maestro con prórrogas, y pasó largo tiempo sin querer -pleitear ni pagar. Protágoras al fin le cita a juicio; expone en este -las condiciones con que se había comprometido a instruírle, y emplea -este argumento bicornuto: «O yo ganaré el pleito y deberás pagarme -el precio convenido, porque a ello serás condenado, o lo ganas tú y -entonces tendrás que pagarme también, conforme a nuestras condiciones, -puesto que habrás ganado el primer pleito. De suerte que si ganas estás -en el caso previsto en nuestro contrato, y si pierdes, obligado a pagar -por la sentencia.» Responde a esto. - -Los jueces encontraron el argumento concluyente e invencible; pero -Euathlo, digno discípulo de su maestro, lo devolvió de esta manera: -«Pues bien, si así es, en ninguno de ambos casos te debo pagar lo que -demandas. Si gano, la sentencia me liberta de la deuda, y si pierdo, me -libran nuestras condiciones, por virtud de las cuales nada te debo si -pierdo mi primer pleito. En cualquiera de ambos casos quedo libre del -pago; si pierdo, por la condición de nuestro contrato; si gano, por la -sentencia.» - -¿No os parece que estos argumentos de ambos sofistas se enmarañan como -espinas revueltas por el viento? Por ambas partes los mismos dardos, -igual habilidad, idénticas heridas. Dejemos, pues, a los abogados y a -los avaros el salario de Protágoras, con sus asperezas y espinas. - -¡Cuánto más amo este otro salario que Tales demandaba! Era Tales uno de -los siete sabios, y ciertamente el más ilustre de todos. Inventor entre -los griegos de la geometría, fue el primero que estudió con exactitud -la naturaleza de las cosas, y ayudado de pequeñas líneas, hizo los más -grandes descubrimientos; la revolución de los tiempos, el soplo de -los vientos, el curso de las estrellas, la retumbante maravilla del -trueno, la dirección oblicua de los relámpagos, la vuelta anual del -sol, las diversas fases de la luna, que nace y crece, envejece y se -altera, tropieza con un obstáculo y desaparece. Ya en edad avanzada dio -la verdadera explicación del sistema solar; explicación que aprendí y -comprobé por medio de la experiencia. Él es quien ha medido el círculo -que el sol, con su inmensa vuelta, describe sobre sí mismo. - -Se cuenta que acababa de hacer Tales un descubrimiento, y lo enseñó -a Mandraito de Priene. Maravillado este por un sistema tan nuevo e -inesperado, dejó a elección de Tales la recompensa que había de darle -por tan preciosa comunicación. «Estaré recompensado, contestó el -sabio, si cuando demuestres a alguno lo que te acabo de enseñar, no te -atribuyes el descubrimiento, ni a ningún otro, sino a mí.» ¡Respuesta -admirable y digna de este grande hombre! ¡Salario inmortal! Porque hoy -y siempre le estaremos pagando cuantos hemos reconocido la verdad de -sus observaciones astronómicas. - -Tal es el salario que os pago, cartagineses, en todas partes donde -voy, por la enseñanza que me habéis dado durante mi infancia. En todas -me vanaglorio de ser vuestro discípulo y os tributo todo género de -elogios. Vuestras doctrinas son las que cultivo con mayor cuidado; -vuestro poder el que celebro como más elevado; vuestras divinidades las -que honro con más devoción. - -No creo encontrar un exordio más agradable a vuestros oídos que la -invocación del nombre de Esculapio, de ese dios que protege con visible -predilección la ciudadela de vuestra Cartago. Os recitaré un himno que, -en honor de este dios, he compuesto en latín y griego, porque no soy -para él adorador desconocido, ni iniciado novel, ni pontífice ingrato, -pues en prosa y verso he celebrado su divinidad hasta el punto de -cantarle en dos lenguas; y a este himno he añadido un diálogo-prólogo -en griego y en latín. - -En este diálogo hablarán Sabidio Severo y Julio Persio: dos ilustres -amigos que igualmente queréis por sus servicios, por su elocuencia y -por su patriotismo, y de quienes no se sabe decir si se distinguen -más por su moderación tranquila, por la actividad de su celo o por -el brillo de sus honores. Unidos por estrecha amistad, solo luchan y -rivalizan entre sí en un punto: su amor por Cartago; en esto agotan -ambos toda su energía y de ambos es la victoria. - -Persuadido estoy de que la lectura de este diálogo no os será menos -agradable que a mí placentero el haberlo compuesto, y que con él os -hago un piadoso homenaje. Al principio del libro introduzco uno de los -que conmigo estudiaban en Atenas, el cual pide en griego a Persio que -le cuente las palabras que yo he pronunciado la víspera en el templo -de Esculapio. Viene en seguida Severiano, que desempeña el papel de -interlocutor latino, pues aunque Persio pueda hablar muy bien la lengua -latina, conviene a nuestro propósito valernos en esta ocasión del -vocabulario de Atenas. - - -XIX. - -Asclepiades, uno de los médicos más ilustres, exceptuando a Hipócrates, -el más ilustre de todos, es el primero que ha empleado el vino -para mejorar a los enfermos; pero, entiéndase bien, lo empleaba -oportunamente. Para ello, la observación le servía de regla infalible, -pues estudiaba con extraordinaria atención los movimientos irregulares -o satisfactorios del pulso. - -Un día, al volver a la ciudad de su campaña por el barrio, vio una -inmensa pira puesta en una plaza, y alrededor de ella, de pie, en traje -de luto, sumida en la mayor tristeza y con señales exteriores del más -profundo duelo, una inmensa multitud que había acudido para asistir a -los funerales. - -Por un impulso de natural curiosidad, se acercó para saber quién era el -difunto, porque nadie había contestado a sus preguntas, y acaso porque -esperaba hacer algunas observaciones útiles a la ciencia. Lo cierto es -que aquel hombre, tendido y casi inhumado, le debió la vida. - -Asclepiades miraba a aquel desdichado, cuyos miembros estaban ya -cubiertos de aromas, el rostro impregnado de esencias por mano de -los embalsamadores y preparada la comida fúnebre; notó con atención -ciertos signos, y tentando el cuerpo repetidas veces, comprendió que -quedaba en él un resto de vida. - -«Este hombre vive, exclamó, alejad esas antorchas, apagad ese fuego, -destruid esa pira, llevad esa comida a la sala del festín.» - -Óyese en seguida un rumor; decían unos que era preciso creer a los -médicos; otros se burlaban de la medicina. Finalmente, a despecho hasta -de los parientes, que no prestaban fe a sus palabras o que ya saludaban -la herencia, consiguió Asclepiades, no sin gran trabajo, una breve -dilación para las exequias del supuesto difunto; llevole a su casa en -virtud de un derecho de postliminio de nueva especie; y arrancando a -este desdichado de las manos de los sepultureros, como del infierno, le -devolvió el aliento, y a poco la vida, escondida en los más secretos -repliegues del cuerpo, fue reanimada, gracias a ciertos remedios. - - -XX. - -He aquí una frase célebre de un sabio, relativa a los placeres de la -mesa: - -«La primera copa es para la sed, la segunda para la alegría, la tercera -para la voluptuosidad, la cuarta para la demencia.» - -La copa de las Musas, al contrario, cuanto más llena de licor sin -mezcla, es más propicia a la salud del alma. La primera copa, la de los -elementos, disipa la ignorancia; la segunda, la de la gramática, enseña -las reglas; la tercera, la de la retórica, proporciona el arma de la -elocuencia. Los más se detienen aquí. - -Por mi parte, estando en Atenas, he bebido además otras copas; he -gastado la poesía y sus especias, la geometría y su agua clara, la -música y sus dulzores, la dialéctica y su picante aspereza, en fin, la -filosofía general y su delicioso néctar. Juzgad si no. - -Empédocles compone versos; Platón, diálogos; Sócrates, himnos; -Epicarmo, refranes; Jenofonte, historias; Jenócrates, sátiras. Vuestro -Apuleyo abarca todos estos géneros; con celo igual cultiva las nueve -Musas, con mejor voluntad, sin duda, que talento. Por esto acaso merece -más elogios, porque en todas las cosas bellas, el mérito está en los -esfuerzos y el resultado es cosa eventual. - -Lo mismo sucede con el crimen; la intención, no seguida del efecto, es -penada por la ley, porque si la mano queda pura, el alma está manchada. -Por tanto, si la intención de obrar mal basta para ser castigado, -también basta para la gloria intentar cosas laudables. ¿Y cómo -conquistar los elogios más brillantes y más seguros, sino celebrando -a Cartago, ciudad donde todos los ciudadanos se distinguen por su -instrucción, donde se ven todos los géneros de conocimientos estudiados -por los niños, practicados por los jóvenes, enseñados por los ancianos? -¡Cartago, venerable institutriz de nuestra provincia; Cartago, musa -celeste del África; Cartago, inspiración de la toga! - - -XXI. - -A veces, aun durante una precipitación necesaria, ocurren honrosos -impedimentos que obligan a aplaudir una suspensión de voluntad. -Supongamos a algunos hombres apremiados para hacer un viaje; prefieren -montar a caballo a sentarse en un carro, a causa del embarazo del -equipaje, de la pesadez de los carruajes, de las ruedas embarradas, de -los carriles con baches, sin contar los montones de piedras, las cepas -de árboles, los campos encharcados, las colinas en talud. - -Queriendo evitar todos estos motivos de tardanza, han escogido para -montar caballos tan sólidos como vigorosos, tan fuertes como rápidos, - - Que de un escape salvan los campos y colinas, - -como dice Lucilio. Pero mientras sobre sus fogosos corceles vuelan, -por el camino ven un hombre eminente por su dignidad y su nobleza; un -hombre muy considerado, muy conocido, y entonces, sea la que quiera su -impaciencia, suspenden, en honor suyo, la carrera, detienen los pasos, -refrenan los caballos y echan pie a tierra; la varilla que les sirve -para excitar el corcel, la pasan a la mano izquierda, y con la derecha, -ya libre, le acogen y saludan. Mientras el personaje les pregunta, le -acompañan conversando, y cualquiera que sea el retraso lo sacrifican de -buen grado al cumplimiento de un deber. - - -XXII. - -A Crates, discípulo de Diógenes, lo honraban sus contemporáneos en -Atenas como a un genio doméstico. Ninguna casa le fue jamás cerrada, -ningún padre de familia tuvo secreto tan oculto que no lo supiera -inmediatamente Crates, porque era el árbitro y mediador de todas las -cuestiones y de todos los disgustos entre parientes. Lo que los poetas -cuentan de que Hércules sometió, venció con su valor tantos monstruos -terribles, hombres y fieras, y que purgó de ellos al mundo, puede -decirse de la cólera, de la envidia, de la avaricia, de la lujuria -de todos los monstruos y de todas la plagas del alma humana, para -las cuales fue un Hércules este filósofo. Las arrancó de todas las -almas, purgó de ellas a todas las familias y domó la perversidad. Como -Hércules, iba medio desnudo y llevaba una maza. - -Había nacido en Tebas, donde, según la tradición, nació Hércules. Antes -de llegar a ser Crates, era uno de los principales tebanos; se citaban -la nobleza de su origen, el número de sus servidores, el esplendor del -vestíbulo de su casa; él mismo iba bien vestido y con dinero. - -Pero más tarde reconoció que en toda esta fortuna no había nada sólido, -ninguna regla de conducta; vio que todo es efímero y frívolo, que -cuantas riquezas hay bajo los cielos no sirven para hacer la felicidad. - -Un barco, decía, es bueno hábilmente construido, bien acondicionado -y elegantemente decorado por dentro, provisto por fuera de un timón -móvil, de un mástil elevado, de brillantes velas, en una palabra, de -cuanto es necesario al equipo, de cuanto puede agradar a la vista. -Pero si este barco no tiene piloto que le dirija, o la tempestad -es su piloto, pronto se sepultará con su magnífico equipaje en las -profundidades del mar, o se estrellará contra las rocas. - -Por muchos que sean los médicos que visiten a un enfermo, ninguno de -ellos, porque vea la casa adornada de soberbias galerías y de dorados -techos, porque un rebaño de esclavos y de adolescentes de rara belleza -estén de pie alrededor del lecho, dice al enfermo que tenga buen ánimo, -sino se sienta junto al lecho, le toma la mano, le tienta, observa -los movimientos del pulso y sus intervalos, y si encuentra en ellos -alguna alteración o perturbación, anuncia al paciente que su mal es -peligroso. A este Creso le prohíbe tomar alimento. En aquella casa tan -opulenta, no hay en todo el día un mendrugo de pan para él, mientras -sus servidores gozan en alegres festines. En esto, su condición y nada -son la misma cosa. - - -XXIII. - -Vosotros, los que habéis querido que hablase abundantemente, aceptad -este ensayo. Más tarde lo acabaré. No creo correr ningún riesgo -atreviéndome a improvisar delante de vosotros, puesto que ya habéis -aplaudido mis discursos preparados; ni temo desagradar en las cosas -frívolas, habiéndoos satisfecho en las más graves. Preciso es que me -conozcáis bajo todos los aspectos. Por este boceto informe, como dice -Lucilio, podréis juzgar si soy el mismo en mis improvisaciones que en -mis asuntos meditados, si algunos de vosotros desconocen esta facultad -mía de hablar de improviso. - -Espero que vuestros oídos no sean más severos que mi pluma; en cambio -seréis con la obra más indulgentes que su mismo autor. Esto es, por -lo demás, costumbre de hombres de gusto, que muestran tanta severidad -y desconfianza con las obras larga y detenidamente elaboradas, -como benevolencia con las espontáneas. Jueces rigurosos, críticos -severos, sin restricción para las obras escritas, deseáis conocer las -improvisaciones para no juzgarlas. Esto es justo. Nuestros escritos -quedan como están después que hemos terminado su lectura; pero en lo -que decimos de repente, en lo cual en cierto modo sois partícipes, -el único mérito es la acogida que le hagáis. Cuanto mayor desenfado -haya hoy en mi estilo, tanto más me elevaré a vuestros ojos. Pero ya -veo que me escucháis con gusto. Mi suerte está en vuestras manos, a -vosotros toca desplegar y hacer que floten nuestras velas, a vosotros -impedir que lánguidamente cuelguen o que permanezcan crispadas en las -vergas. Por mi parte, aplicaré la frase de Aristipo, el jefe de la -escuela cirenaica, o dándole el nombre que él prefiere, el discípulo de -Sócrates. - -Preguntándole un tirano para qué le había servido el largo y penoso -estudio de la filosofía, Aristipo respondió: «Para poder hablar a todos -los hombres sin temor ni embarazo.» - -En este asunto, improvisada la expresión, será espontánea como muralla -construida a escape, donde es preciso colocar las piedras al azar y -sin simetría, sin apoyarlas en sólida base, sin alinearlas en planos -regulares, sin medirlas conforme a las leyes geométricas. - -Construcción de palabras, las piedras que para ello traeré de mi -montaña no están labradas en ángulos rectos, perfectamente iguales en -todas sus caras y pulidas en las proporciones más exactas. Acopiaré -los materiales para la obra y emplearé indiferentemente las piedras -desiguales y esquinadas como las pulimentadas y brillantes. Unas serán -angulosas, de aristas vivas; otras redondas o de bordes desgastados, -sin alineación ni regularidad de escuadra ni rectitud de nivel. La -celeridad y la corrección en una misma cosa, son imposibles, y nada -hay que a la vez reúna el mérito de la prontitud y la belleza de la -perfección. - -He cedido al deseo de algunas personas que absolutamente deseaban fuese -improvisado mi discurso; pero temo me suceda lo que aconteció, según -Esopo, al cuervo de la fábula, esto es, que buscando nueva gloria, -pierda algo del mérito que antes me concedíais. - -Veo que tenéis curiosidad de conocer este apólogo, y no me molesta -recitároslo. - -El cuervo y el zorro vieron al mismo tiempo una presa, y con igual -ardor se lanzaron a cogerla; pero no con igual prontitud, porque el -zorro corría y el cuervo volaba, de modo que el ave adelantó muy pronto -a su rival. Desplegadas las alas atravesó el aire con rápido vuelo, -cayó sobre la presa, se apoderó de ella, y orgulloso de la victoria, -emprendió de nuevo el vuelo y fue a posarse seguro sobre la cima de una -próxima encina. Entonces el zorro, no pudiendo valerse de sus patas, -apeló a la astucia, y parándose debajo del cuervo, vanidoso de su -conquista, empezó a alabarle hipócritamente, diciendo: - -«¡Cuán loco era yo en pretender rivalizar con el ave de Apolo! ¿Viose -nunca cuerpo más gracioso? Ni pequeño ni grande, todo es en él útil y -agradable; plumaje lustroso, cabeza elegante, pico sólido. ¡Qué miradas -tan penetrantes! ¡Qué uñas tan vigorosas! ¿Y qué decir del color? Solo -hay dos colores primordiales, el negro y el blanco, que son entre sí -el día y la noche. Ambos los dio Apolo a sus aves queridas, el blanco -al cisne y el negro al cuervo. Pero al conceder el canto a aquel, ¿por -qué no dio voz a este? Tan hermosa ave, el fénix de los huéspedes de la -selva, el favorito del armonioso Apolo, ¿verase obligado a vivir mudo y -silencioso?» - -Al oír estas palabras el cuervo, queriendo demostrar que no carecía de -esta cualidad, quiso dar enorme graznido por probar que en nada cedía -al cisne, y olvidando la presa que tenía cogida, abrió el ancho pico, y -perdió con el canto lo que había ganado con el vuelo, ganando el zorro -con la astucia lo que había perdido en la carrera. - -Resumamos esta fábula en pocas palabras, si es posible. - -El cuervo, para mostrar su bella voz, único mérito que le faltaba, al -decir del engañoso zorro, se puso a graznar, y la presa que tenía fue -el premio del adulador. - - -XXIV. - -De antemano sé lo que significan estas demostraciones. Pedís que diga -en latín el resto de mi discurso, porque recuerdo que, al empezar, las -opiniones estaban divididas, y prometí que si alguno de vosotros se -inclinara en favor de la una o de la otra lengua, no se retiraría sin -haber oído lo que prefiriese. - -Por eso, si queréis, dejaremos ahora la lengua del Ática, que ya es -tiempo de abandonar a Grecia por el Lacio. Estamos próximamente a la -mitad del discurso, y por lo que puedo juzgar, esta última parte no -será inferior a la que he pronunciado en griego, ni por el vigor de los -pensamientos, ni por la abundancia de las ideas, ni por la riqueza de -los ejemplos, ni por la elegancia de la expresión. - - - - - EL DEMONIO DE SÓCRATES - POR - LUCIO APULEYO - - - - -EL DEMONIO DE SÓCRATES. - - -ARGUMENTO. - -Los dioses supremos habitan en las alturas del mundo sin contacto -alguno con los animales que viven en la tierra; pero entre el hombre y -la Divinidad hay poderes intermediarios. - -Los genios o demonios son a la vez los intérpretes de nuestros -votos y los mensajeros de los beneficios celestes, participando de -doble naturaleza; como nosotros, son apasionados; como los dioses, -inmortales. Su morada es ese intervalo aéreo que existe entre el cielo -y la tierra. Su cuerpo es más ligero que el de los animales terrestres, -y menos sutil que el de los seres superiores. Son visibles e invisibles -según su voluntad, o mejor dicho, según sus diversas atribuciones. - -Deben ser contados entre ellos los manes y demás genios familiares, -y otros de superior esencia, como el Sueño y el Amor. Todos tienen -un culto especial, todos agradecen las ofrendas, y a todos irrita la -indiferencia o el desprecio. - -Sin embargo, cada hombre tiene un demonio que debe honrar -particularmente, un genio cuyos consejos debe escuchar y cuyas -inspiraciones seguir. La sabiduría consiste en el culto tributado al -genio especial de cada uno, y Sócrates fue el hombre más sabio por su -obediencia a los mandamientos de su genio. En todas ocasiones escuchaba -con respeto la divina voz que le hablaba. Este demonio fue quien le -enseñó a distinguir los verdaderos de los falsos bienes, a despreciar -los favores de la fortuna, y a buscar solo la virtud. - -Imitemos a Sócrates: dejando de un lado las cosas exteriores, -cultivemos nuestro genio; no deseemos más que los verdaderos bienes, y -seremos felices, y mereciendo, como Ulises, elogios que solo se dirijan -a nuestra virtud. - - * * * * * - -Examinando Platón la naturaleza de todas las cosas, y principalmente -la de los seres animados, los dividió en tres clases. Creyó que -había dioses superiores, dioses intermedios y dioses inferiores, -distinguiéndoles no solo por sus moradas, sino también por la -perfección de su naturaleza, y fundó esta diferencia en numerosas -consideraciones. - -Estableció primero, para mayor claridad, la distinción de las moradas -y, cual su majestad lo exigía, asignó el cielo a los dioses inmortales. - -Entre estos dioses celestiales unos aparecen a nuestros ojos, otros los -descubre la inteligencia. Vemos, pues, con nuestros ojos - - ... esos astros brillantes - Que arreglan en los cielos el curso de los años. - -Pero nuestros ojos no ven solo esos astros principales: el sol, -creador del día; la luna, rival del sol, esplendor de la noche, que, -alternativamente figura un arco o aparece la mitad, o se muestra en -la plenitud de su forma, antorcha variable, que luce con mayor brillo -conforme se aleja más del sol, midiendo los meses en sus períodos -regulares, períodos que se componen de crecientes y menguantes iguales. -¿Brilla la luna, como creen los Caldeos, con luz propia, luminosa -de un lado y oscura de otro; debe a la revolución de su globo los -cambios de su color, forma y extensión, o es cuerpo oscuro y falto de -luz, que absorbe como espejo los rayos oblicuos u opuestos del sol? O -sirviéndome de la frase de Lucrecio: «La luz que en ella brilla ¿es -prestada?» - -Después veremos cuál de ambas opiniones es verdadera, pero lo cierto es -que ni griegos ni bárbaros han negado o puesto en duda la divinidad del -sol y de la luna. - -No son estos astros, según he dicho, los únicos dioses superiores. Hay -además cinco estrellas que el ignorante vulgo llama errantes, aunque -tienen un movimiento eterno, regular y cierto: si bien siguen distinta -ruta, conservan siempre una velocidad igual y semejante, una progresión -y una vuelta admirablemente determinadas por su situación y por la -oblicuidad de su curva. Este orden maravilloso lo han advertido los que -estudian la salida y ocultación de los astros. - -Los partidarios del sistema de Platón deben contar en el número de los -dioses visibles a Arturo, las pluviosas Híades y las dos _Osas_, como -también las demás constelaciones luminosas, coro admirable que en un -cielo puro vemos brillar con severo resplandor; majestuosas bellezas de -la noche sembrada de estrellas, luces deslumbradoras que reflejan, como -dice Ennio, multitud de figuras en el magnífico escudo del mundo. - -Hay también otra especie de dioses que la naturaleza ha negado a -nuestras miradas, pero que advertimos en las contemplaciones de -la inteligencia, cuando con los ojos del alma los consideramos -atentamente; entre ellos están los doce siguientes, cuyos nombres -reunió Ennio en dos versos, - - Juno, Vesta, Minerva, Ceres, Diana, Venus, Marte, - Mercurio, Júpiter, Neptuno, Vulcano, Apolo, - -y otros de igual naturaleza, cuyos nombres desde hace largo tiempo son -familiares a nuestros oídos, y cuyo poder comprende nuestro espíritu -por los distintos beneficios que nos prodigan en la vida, según sus -diversas atribuciones. - -Pero el vulgo profano, ignorante de la filosofía y de las cosas -santas, privado de razón y de creencias, y extraño a la verdad; el -vulgo crédulo e insolente desconoce a los dioses, y con un culto -ridículo o con insolentes desdenes, unos son supersticiosos y otros -despreciadores, aquellos por debilidad, y estos por orgullo. En efecto, -el mayor número reverencia a todos los dioses que habitan en las altas -regiones del aire y que están muy alejados de las debilidades humanas; -pero los honores que les tributan son indignos de ellos. Todo el mundo -teme los dioses, pero sin saber la razón. Pocos los niegan, y estos por -impiedad. - -Los dioses, según Platón, son naturalezas incorpóreas, animadas, sin -principio ni fin, eternas en lo porvenir y en lo pasado, sin contacto -alguno con los cuerpos perfectos y destinadas a la felicidad suprema. -Buenos por sí mismos, no participan de ningún bien exterior y alcanzan -el objeto de su deseo por un movimiento fácil, sencillo, libre y sin -obstáculos. - -¿Hablaré yo del padre de los dioses, del que crea y gobierna todas las -cosas y que no está obligado a ningún acto, a ningún especial deber? -¿Qué diré de él cuando Platón, filósofo dotado de divina elocuencia y -de penetración igual a la de los inmortales, ha repetido frecuentemente -que la majestad de este ser, solo e infinito, está por encima de los -términos y de las expresiones, y que ninguna palabra humana puede dar -la menor idea de su perfección; que los mismos sabios, después de -elevarse cuanto pueden sobre el nivel de los sentidos, apenas llegan -a comprender este dios, y que lo entreven de ordinario como rapidísimo -relámpago que brilla en densa oscuridad? - -No me detendré en este punto; la fuerza me faltaría, puesto que mi -maestro Platón no ha encontrado ninguna expresión digna de tan gran -asunto: ante una materia que excede al alcance de mi débil genio, tengo -que batirme en retirada, y del cielo bajo mi discurso a la tierra, -donde el hombre es el primero de los animales. - -En verdad, la mayoría de los hombres, depravados por el abandono de -toda moral, entregados a los errores y a los crímenes, de dulces que -eran naturalmente, han llegado a ser de tal modo feroces, que el ser -humano podría ser considerado como el último de los animales de la -tierra. Pero no tratamos ahora de discutir sobre sus extravíos, sino de -poner de manifiesto la división de la naturaleza. - -Los hombres están dotados de razón y de palabra, su alma es inmortal, -su cuerpo perdurable, su espíritu activo e inquieto, sus sentidos -groseros y falibles. Difieren entre sí por sus costumbres, y se -parecen por sus extravíos, por su audacia, por la terquedad de sus -esperanzas, por sus vanos trabajos, por su frágil fortuna. Cada hombre, -aisladamente, es mortal, pero el género humano existe, se reproduce y -se renueva perpetuamente. Su vida es rápida, su saber tardío, su muerte -pronta y la tierra es la morada donde pasa su dolorosa existencia. - -Tenéis, pues, dos clases de seres animados: los hombres y los dioses; -mas estos difieren de aquellos en que habitan en lugares sublimes, en -la perpetuidad de su vida, en la perfección de su naturaleza. Nada de -común tienen con nosotros, porque la inmensidad separa sus moradas de -las nuestras, porque en ellos la juventud es eterna e inalterable, y -nuestra vida es frágil y rápida, y porque ellos están destinados a la -felicidad, y nosotros oprimidos por el peso de las miserias. - -Pero qué, ¿la naturaleza no está unida en sí misma por ningún lazo, -sino que, dividida en parte divina y en parte humana, se hace impotente -por esta escisión? Porque como Platón ha dicho, ningún dios se mezcla -con los hombres, y la señal más evidente de su sublimidad es que jamás -se manchan con nuestro contacto. - -Algunos solamente, como los astros, aparecen a nuestra débil vista, -y con todo eso, aun no estamos de acuerdo acerca de su tamaño y -color. Los otros solo son comprendidos por los esfuerzos de nuestra -inteligencia. Y no debe admirar que los dioses inmortales no estén -al alcance de nuestra vista, porque aun entre los hombres, el que la -fortuna eleva al trono, silla movible y frágil, se aparta lejos de -todos, y, huyendo el contacto del vulgo, se oculta, por decirlo así, -dentro de su propia dignidad, porque, así como la familiaridad produce -el desprecio, la rareza de las relaciones inspira respetuosa admiración. - -Dirase, sin embargo, ¿qué ha de hacerse, según esta opinión, quizá -sublime, pero casi inhumana? ¿Qué ha de hacerse, si los hombres, -rechazados por los Inmortales, relegados en el Tártaro de esta vida, -privados de toda comunicación con los dioses, no tienen ninguna -divinidad que vele por ellos como pastor por sus ovejas, si ningún -poder celestial modera el furor de los malos, cura las enfermedades, -consuela a los indigentes? Decís que ningún dios se ocupa de las cosas -humanas. ¿A quién, pues, debo dirigir mis ruegos? ¿A quién ofreceré -mis votos? ¿A quién inmolaré víctimas? ¿A quién podré invocar como -protector de los desgraciados, defensor de los inocentes y enemigo -de los perversos? ¿A quién, finalmente, apelaré como juez de mis -juramentos? ¿Diré yo como el Ascanio de Virgilio: - -«Juro por esta cabeza, por la cual mi padre antes juraba»? - -Sin duda, Julio, tu padre podía invocar esta prenda sagrada entre los -troyanos nacidos de la misma raza que él, y acaso entre los griegos -que lo habían conocido en los combates; pero entre los Rútulos que -recientemente has conocido, si nadie quiere fiar en dicha cabeza, ¿qué -dios responderá por ti? ¿Apelarás, como el feroz Mecencio, a tu brazo y -a tu lanza? Porque este tirano solo respetaba sus armas: - - Mi dios es esta mano y este dardo que lanzo. - -Apartad esos dioses tan crueles, esa mano fatigada de homicidios, ese -dardo enmohecido por la sangre; ni aquella ni este tienen nada en sí -que merezca que se les invoque o que por ellos se jure. Este honor solo -corresponde al dios de los dioses, porque jurar es poner a Júpiter por -testigo, como ha dicho Ennio. - -¿Qué hacer? ¿Juraremos por Júpiter en piedra, según antigua costumbre -de los romanos? Si la opinión de Platón es cierta, si los dioses no -tienen ninguna comunicación con los hombres, la piedra no ha de oírnos -con más facilidad que Júpiter. No, os responderá Platón por mi boca; -no, los dioses no son tan distintos ni viven tan separados de los -hombres, que no puedan oír vuestros votos. Son, en verdad, extraños al -contacto, pero no al cuidado de las cosas humanas. Existen divinidades -intermedias que habitan entre las alturas del cielo y el elemento -terrestre, en ese medio que ocupa el aire, divinidades que transmiten -a los dioses nuestros deseos y los méritos de nuestras acciones. Los -griegos las llaman _demonios_. - -Mensajeros de ruegos y de beneficios entre los hombres y los dioses, -estos demonios llevan y traen de unos a otros, de una parte las -demandas, y de otra los socorros; intérpretes con unos, genios -bienhechores con otros, como lo dice Platón en su _Banquete_, presiden -también en las revelaciones, en los encantos de los magos y en todos -los presagios. - -Cada cual de ellos tiene sus atributos especiales. Componen los sueños, -despedazan las víctimas, arreglan el vuelo y el canto de los pájaros, -inspiran a los adivinos, lanzan el rayo, hacen brillar los relámpagos -y se ocupan, en fin, de cuanto nos revela el porvenir: cosas todas que -debemos creer mandadas por la voluntad, la providencia y las órdenes de -los dioses, y ejecutadas por el cuidado, la obediencia y el ministerio -de los demonios. - -Por ellos, por su intervención, fue Aníbal amenazado en sueños de la -pérdida de un ojo; Flaminio, al ver las entrañas de la víctima, temió -una derrota; los augures descubrieron a Navio Atto la maravillosa -propiedad de la piedra de afilar; algunos hombres ven brillar los -signos precursores del reinado que les espera; un águila corona a -Tarquinio Prisco; una llama ilumina la cabeza de Servio Tulio; en fin, -son las divinidades mediadoras entre los hombres y los dioses, que -inspiran los presagios de los augures, los sacrificios toscanos, los -versos de las Sibilas, y que indican los lugares donde ha de herir el -rayo. Tales son las atribuciones de estos poderes intermedios entre -los hombres y los dioses. Ciertamente sería impropio de la majestad de -los dioses supremos, que alguno de ellos infundiera un sueño a Aníbal, -o despedazara la víctima de Flaminio, o hiciera volar un ave junto -a Atto Navio, o pusiera en verso las predicciones de la Sibila, o le -quitara el bonete de flamen a Tarquinio, para devolvérselo, o hiciera -aparecer envuelta en fuego la cabeza de Servio sin quemarla. - -Las divinidades del cielo no descienden a estos detalles que -corresponden a los poderes intermedios, cuya morada está en el espacio -de aire contiguo a la tierra y a los cielos, y que habitan en él como -cada especie animada en el elemento que le es propio: en el aire lo que -vuela, y en la tierra lo que anda. - -Y como hay cuatro elementos bien conocidos, que son, por decirlo así, -las cuatro grandes divisiones de la naturaleza, y la tierra, el agua -y el fuego, tienen cada uno sus animales peculiares (Aristóteles -asegura que en las abrasadoras hornazas hay unos animales alados que -revolotean y pasan su vida en el fuego, con el cual nacen, y sin él -perecen), como tantos brillantes astros giran, según antes he dicho, en -el éter, donde está el más vivo y puro origen del fuego, ¿por qué el -aire, este cuarto elemento que ocupa tanto espacio, ha de estar vacío -de toda cosa, y ser el único de los cuatro condenado por la naturaleza -a no tener habitantes? ¿Por qué no ha de hacer que nazcan en el aire -animales aéreos, como los produce inflamados en el fuego, fluidos en -el agua y terrestres en la tierra? Porque los que asignan el aire como -morada a las aves, cometen un error evidente. En primer lugar, ningún -ave remonta su vuelo por encima del Olimpo, el monte más elevado del -globo, cuya altura, según la medida de los geómetras, no llega a diez -estadios. A partir de este monte, se extiende un inmenso espacio de -aire hasta el primer círculo de la luna, donde verdaderamente empieza -el éter. ¿Qué diréis, pues, de esta grande extensión de aire que se -encuentra entre la cima del Olimpo y el círculo más próximo a la luna? -¿Estará despoblada de animales que le sean propios, y esta parte de la -naturaleza quedará muerta e impotente? Porque, observad que el ave es -más bien un animal terrestre que aéreo; su alimento está en la tierra; -en ella nace y en ella descansa, y cuando vuela, solo atraviesa el aire -más próximo a la tierra; en fin, cuando las alas que le sirven de remos -están fatigadas, la tierra es el puerto que la recibe. - -Puesto que la fuerza del razonamiento obliga a admitir la existencia -de animales propios del aire, resta solo, tratar de su naturaleza y de -sus propiedades. No serán terrestres, porque les arrastraría su peso: -no estarán formados de fuego, porque la fuerza del calor les llevaría -fuera del elemento en que viven. Preciso es, pues, combinar una -naturaleza intermedia, como el sitio en que se encuentran, para que la -constitución de los habitantes esté en armonía con la región que ocupan. - -Formemos con el pensamiento, creemos una especie de animales hechos de -suerte que no sean ni tan pesados como los de la tierra, ni tan ligeros -como los del éter. Que difieran de unos y otros en algunas propiedades, -o que las tengan de ambos, sea que se admita o que se rechace la -participación de las dos naturalezas, advirtiendo de paso que la -formación que admite la mezcla es más inteligible que la que la excluye. - -Así, pues, los cuerpos de estos demonios tendrán algún peso para que no -sean elevados a las regiones superiores, y alguna ligereza para que no -sean precipitados a la tierra. - -Ante todo, para que no me acuséis de presentaros creaciones increíbles, -como hacen los poetas, os daré un ejemplo de este equilibrio. - -Las nubes tienen alguna relación con los cuerpos de que os hablo: si -fueran tan ligeras como las cosas que carecen de peso, jamás bajarían, -como frecuentemente las vemos descender, hasta la cima de las montañas -que parece coronan; y si, por otra parte, fueran tan densas y pesadas -que ningún principio de ligereza las levantara, caerían por su propio -peso como masa de plomo o como piedra, destrozándose contra la tierra. -Pero permanecen en suspensión y son movibles, corren acá y allá en el -océano y en los aires, como barco que gobierna el viento; cambian de -forma según se acercan o se alejan de la tierra. Cuando están preñadas -de aguas celestes, descienden como para parir, y cuanto mayor es su -peso, más bajan negras y amenazadoras y más lenta es su marcha. Por el -contrario, cuanto menos cargadas, se elevan en el espacio más rápidas y -transparentes, y huyen como guedejas de ligera lana. - -Ya sabéis los admirables versos de Lucrecio sobre el trueno: - - El trueno que desgarra la cima de los cielos, - Formado está por nubes aéreas que entrechocan - Arrastradas a impulsos de fiero vendaval. - -Si, pues, las nubes que se forman enteramente de la tierra y que a -ella caen en seguida, se elevan a lo alto, ¿qué pensáis sucederá a los -cuerpos de estos demonios, cuya combinación es mucho más sutil? No -están formados, como ellas, de esos vapores espesos, de esas nieblas -impuras, sino del elemento más puro, de la serenidad misma del aire, y -a causa de ello no aparecen fácilmente a los mortales, llegando solo -a ser visibles por la voluntad de los dioses, porque carecen de esa -solidez terrestre que intercepta la luz, que detiene la mirada y que -concentra necesariamente la vista. Los tejidos de su cuerpo son raros, -brillantes y separados, de suerte que su resplandor deslumbra nuestros -ojos y engaña las miradas. - -Preciso es poner en esta categoría la Minerva de Homero, cuando se -aparece en medio de los griegos para apaciguar a Aquiles, - - Visible para él solo; ningún otro la ve. - -También debe ponerse la Juturna de Virgilio cuando avanza por entre las -filas del ejército para socorrer a su hermano, y - - Mezclada con soldados, permanece invisible. - -No es, pues, como ese soldado de Plauto, que se vanagloria de su escudo, - - Cuyo brillo deslumbra los ojos enemigos. - -Y para no decir más, en esta especie de demonios es donde los poetas, -no apartándose mucho de la verdad, escogen ordinariamente los dioses -que suponen amigos o enemigos de ciertos hombres, aplicados aquellos -a elevar y a sostener a sus protegidos, estos a perseguirlos y -afligirlos, de suerte que participan de todas las pasiones humanas, -la compasión, el odio, la alegría, el dolor, y, como nosotros, son -agitados por los movimientos del corazón y los tumultuosos pensamientos -del espíritu. - -Los dioses supremos viven tranquilos, extraños a todas estas -perturbaciones, a todas estas tempestades. Estos habitantes del cielo -gozan de eterna calma de espíritu. No sienten dolor ni voluptuosidad -que les arrebate, ni cambios súbitos ni violencias extrañas, porque -nada hay tan omnipotente como un dios; ni modificaciones espontáneas, -porque nada hay que les iguale en perfección. - -¿Cómo creer que sea perfecto el que pasa de un primer estado a otro más -irregular? Ninguno cambia si no se arrepiente de su primera posición, -y el cambio es la condenación del estado precedente. Así, pues, un -dios no puede sentir ningún afecto temporal, ni el amor ni el odio; es -inaccesible a la cólera y a la piedad, a las angustias del dolor y a -los transportes del placer; para él no hay pasiones, ni tristeza, ni -alegría, ni deseos súbitos y contradictorios. - -Todos estos movimientos y muchos otros convienen a la naturaleza media -de los demonios, que, por el lugar que habitan y por la índole de -su espíritu, son término medio entre dioses y hombres, teniendo la -inmortalidad de aquellos y las pasiones de estos. - -Se les puede definir así: los demonios son seres animados, razonables -y sensibles, cuyo cuerpo es aéreo y la vida eterna. De estos cinco -atributos les son comunes con los hombres los tres primeros, el cuarto -les es propio, y el último lo comparten con los dioses inmortales, de -quienes solo difieren por la sensibilidad. - -Llámoles sensibles no sin razón, puesto que su alma está sujeta a las -mismas agitaciones que la nuestra, y por ello debemos prestar fe a -las diversas ceremonias de las religiones y a las diferentes súplicas -empleadas en los sacrificios. - -Algunos de estos demonios aman las ceremonias que se celebran de noche, -otros las que se verifican de día; unos prefieren el culto público, -otros el privado; unos exigen la alegría, otros que la tristeza presida -a los sacrificios y solemnidades que se les consagran. Por ello los -dioses de Egipto son honrados casi siempre con sollozos; los de -Grecia, con bailes; los de los bárbaros, con el ruido de címbalos, -tambores y flautas. - -Obsérvase la misma diferencia, según las costumbres de cada país, en -la marcha de las ceremonias, en el silencio de los misterios, en las -funciones de los sacerdotes, en los ritos de los sacrificadores y hasta -en las estatuas de los dioses, en los despojos que les son ofrecidos, -en la consagración de los templos y en el lugar donde son edificados, -en el color y sacrificios de las víctimas. - -Todos estos usos son establecidos solemnemente, según los diversos -países, y con frecuencia reconocemos en los sueños, en los presagios -y en los oráculos, que los dioses se indignan si por ignorancia o por -orgullo se descuida algún detalle de su culto. - -Podría citar multitud de ejemplos de este género, pero son tan -conocidos y en tanto número, que quien quisiera enumerarlos olvidaría -muchos más que citaría. No me detendré, pues, a enumerar estos hechos, -a los cuales podrán no dar fe algunos espíritus, pero que al menos son -universalmente conocidos. Más vale discurrir acerca de las diferentes -especies de genios citadas por filósofos, a fin de que podamos conocer -claramente cuál era el presentimiento de Sócrates, y cuál el dios que -tenía por amigo. - -Porque en determinada acepción, el alma humana, aun encerrada en el -cuerpo, es llamada demonio. - - ¿Este ardor nos proviene, Euríale, de los dioses - Donde divinizamos nuestros deseos furiosos? - -Así, pues, un buen deseo del alma es un dios bienhechor, y de ello -proviene que muchos, como he dicho, llaman _feliz_ a aquel cuyo demonio -es bueno, es decir, cuya alma está formada por la virtud. - -En nuestro lenguaje puede llamarse a este demonio genio. No sé si la -expresión es perfectamente justa, pero me atrevo a llamarlo así porque -el dios que representa es el alma de cada hombre; dios inmortal y que, -sin embargo, nace en cierto modo con el hombre. Así, pues, las preces -en las cuales invocamos el _genio_ y _Genita_, me parece que explican -la formación y el nudo de nuestro ser cuando designan con dos nombres -el alma y el cuerpo, cuya unión constituye el hombre. - -En otro sentido llámase también demonio al alma humana, que después de -haber pagado su tributo a la vida, se separa del cuerpo. En la antigua -lengua de los Latinos encuentro que se la llamaba _Lémure_. Entre estos -_Lémures_ los hay divinidades pacíficas y bienhechoras de la familia, -que eran encargadas del cuidado de la posteridad y toman el nombre de -_Lares domésticos_. Otros, por lo contrario, privados de una estancia -feliz, expían los crímenes de su vida en una especie de destierro, y -siendo espanto de los buenos y plaga de los malvados, yerran al azar. -Se les designa generalmente con el nombre de _Larvas_. - -Pero cuando no se está seguro de la suerte de uno u otro, ni si un -genio es lare o larva, se le llama _dios Mane_. Este título de dios es -solo una señal de respeto; porque no se llaman verdaderamente dioses -sino a aquellos cuya vida se acomodó a las leyes de la justicia y -de la virtud, y que, divinizados en seguida por los hombres, se les -edificaron templos y recibieron homenajes, como Anfiarao, en Beocia; -Mopso, en África; Osiris, en Egipto; otros, en otras naciones, y -Esculapio, en todas partes. - -Esta división de los demonios solo se refiere a los que vivieron en -cuerpo humano. Pero hay otra especie de demonios no menos numerosos, -superiores en poder, de naturaleza más augusta y elevada, que jamás -estuvieron sometidos a los lazos y a las cadenas del cuerpo, y que -tienen un poder cierto y determinado. En este número están el Sueño y -el Amor, que ejercen opuesta influencia: el Amor hace velar, y el Sueño -dormir. - -En este orden más elevado coloca Platón a los árbitros y testigos de -nuestras acciones, guardianes invisibles de todos, siempre presentes, -siempre instruidos de nuestros actos y pensamientos. - -Cuando abandonamos la vida, este genio, que ha sido dado a cada uno -de nosotros, coge al hombre confiado a su guarda y le lleva ante el -Tribunal supremo, donde se encarga de su defensa. Allí rebate sus -mentiras, confirma sus palabras si dice verdad, y por su testimonio se -da la sentencia. - -Así, pues, todos vosotros los que escucháis esta divina sentencia de -Platón, pronunciada por mi boca, arreglad a este principio vuestras -pasiones, vuestros actos y vuestros pensamientos, y no olvidéis que -para estos guardianes no hay secreto alguno ni dentro ni fuera de -nuestro corazón; que vuestro genio asiste a toda vuestra vida, que todo -lo ve, que lo comprende todo, y como la conciencia, penetra en los más -ocultos repliegues del corazón. - -Este genio es un centinela, un guía personal, un censor íntimo, un -curador especial, un observador asiduo, un testigo inseparable, un -juez familiar que desaprueba el mal, que aplaude el bien y que debe -ser estudiado, conocido y honrado con un cuidado religioso; a quien -debemos, como Sócrates, el homenaje de nuestra justicia y de nuestra -inocencia. Porque en la incertidumbre de los acontecimientos prevé por -nosotros, en la duda nos aconseja, en el peligro nos protege, en la -miseria nos socorre. - -En su poder está a veces por los sueños, a veces por los signos; por -su presencia visible a veces cuando es necesario alejar el infortunio, -atraer el éxito, engrandecer o conservar nuestra fortuna, disipar las -nubes de la vida, guiarnos en los días felices o corregir la adversidad. - -Y ahora bien: ¿quién extrañara que Sócrates, hombre eminente perfecto, -sabio por el dicho del mismo Apolo, conozca y honre su dios, su -guardián, su _lare_ familiar (así puedo llamarlo) que aparta de él -cuanto era preciso apartar, que le protege contra todos los peligros, -que le da todos los consejos necesarios? Y cuando su saber desfallecía -y sus consejos eran impotentes, siendo precisos los presagios, él era -quien disipaba la duda en el corazón de Sócrates por medio de una -revelación divina. - -Hay, en efecto, en la vida muchas circunstancias en que los mismos -sabios tienen que recurrir a los oráculos y a los adivinos. - -¿No veis acaso en Homero, como en un gran espejo, esta distinción -claramente fijada entre los consejos de la sabiduría y las advertencias -del cielo? Cuando las dos columnas del ejército, Agamenón el poderoso -rey, y Aquiles el formidable guerrero, se separan, siéntese la -necesidad de un hombre sabio y elocuente que modere el orgullo del -Átrida y el ardor del hijo de Peleo, y que, dominándoles por su -autoridad, les instruya con sus ejemplos y les calme con sus discursos. -¿Quién se levanta en este momento? ¿Quién toma la palabra? El orador -de Pilos, el respetable anciano cuya voz es tan dulce y tan persuasiva -su sabiduría. Todos lo saben: la edad debilita su cuerpo, pero su alma -está llena de sabiduría y de vigor, y sus palabras corren como la miel. - -Pero en los reveses de la guerra, cuando precisa enviar emisarios -que penetren en el campo enemigo en mitad de la noche, ¿a quién se -escogerá? Ulises y Diomedes representan la prudencia y la fuerza, el -espíritu humano, el pensamiento y la espada. - -Ahora bien: si los griegos son detenidos en Áulida por los vientos -contrarios, si se cansan de esperar y luchar contra los obstáculos, -si para obtener una mar tranquila y una travesía feliz tienen que -interrogar a las entrañas de las víctimas y al vuelo de las aves y -a la comida de las serpientes, los dos sabios de Grecia, Ulises y -Néstor, permanecen entonces silenciosos, y Calcas, el más hábil de -los adivinos, dirige su vista a las aves y al altar, y de repente el -profeta calma las tempestades, lanza los barcos al mar y predice un -sitio de diez años. - -Igualmente en el campo de los troyanos, cuando precisa recurrir a -los augures, aquel sabio Senado permanece mudo, nadie se atreve a -hablar, ni Hicetaón, ni Lampo, ni Clitio; todos escuchan en silencio, -o las terribles predicciones de Heleno, o las profecías de Casandra, -condenada a no ser jamás creída. - -De igual manera Sócrates, cuando no bastaban los consejos de la -sabiduría, seguía los presagios de su demonio, y su respetuosa -obediencia le hacía agradable a su dios. - -Si el genio detenía casi siempre a Sócrates en el momento de obrar, -si jamás le excitaba, es por una razón que ya hemos dicho; porque -Sócrates, hombre eminentemente perfecto, cumplía todos sus deberes con -ardimiento, sin necesidad de ser excitado, sino retenido cuando sus -actos podían producir algún peligro, y estas advertencias le obligaban -a diferir por el momento empresas que reanudaba más tarde o por otros -medios. - -En estas ocasiones decía oír _una cierta voz divina_ (es la expresión -de Platón), y no es de creer que aceptara los presagios de boca del -primero que llegara. - -Un día que estaba fuera de la ciudad solo con Fedro, a la sombra de -frondoso árbol, oyó esta voz que le advertía no atravesara el arroyo -de Iliso antes de calmar con una retractación al Amor, que había -ofendido. De haber acudido a los presagios, hubiera encontrado alguno -que le excitara a obrar, como con frecuencia sucede a los hombres -supersticiosos que se dejan guiar, no por su corazón, sino por la -palabra de otro; que van por las calles recogiendo consejos de todo el -mundo, y que, por decirlo de una vez no piensan con su entendimiento -sino con sus oídos. Lo cierto es que los que escuchan la palabra de los -intérpretes, palabra que con frecuencia han oído, no pueden dudar de -que salga de boca humana. Pero Sócrates no dice que llega a sus oídos -_una voz_, sino _una cierta voz_, y esta adición demuestra que no es -una voz ordinaria, una voz humana, porque en tal caso hubiera añadido -inútilmente la palabra _cierta_, siendo más exacto decir _una voz_ o -_la voz de alguno_, como la cortesana de Terencio: - - Paréceme que oigo la voz de mi soldado. - -Cuando se dice _una cierta voz_, es porque se ignora de dónde viene, -porque se duda hasta de que exista; dase a entender que hay algo en -ella de extraordinario, de misterioso, como la que a Sócrates le -hablaba de una manera divina y tan oportuna. - -Creo, además, que no conocía solo su genio por audición, sino también -por signos visibles, porque con frecuencia decía que un signo divino -y no una voz se había ofrecido a él. Este signo era quizá la figura -del mismo demonio que Sócrates solo veía, como en Homero Aquiles ve a -Minerva. - -Persuadido estoy de que la mayoría de vosotros vacila en creer lo que -acabo de decir y se admira de que la forma de un demonio haya aparecido -a Sócrates; pero Aristóteles refiere (y es testigo importantísimo) que -a los pitagóricos causaba extrañeza que alguno asegurara no haber visto -jamás demonios. Si, pues, cada uno puede ver su divina imagen, ¿por -qué no la había de ver Sócrates, cuya sabiduría lo elevó a rango de -los dioses supremos? Porque lo que hay más semejante y más agradable a -un dios, es un hombre de perfecta virtud, un hombre tan superior a los -demás mortales, como es inferior a los dioses inmortales. - -¿Por qué no nos estimula el ejemplo y el recuerdo de Sócrates? ¿Por -qué el temor de estos dioses no nos induce al estudio de la filosofía? -No sé lo que lo impide, y sobre todo me admira que deseando todos la -felicidad y sabiendo que no reside sino en el alma, y que para vivir -dichoso es preciso cultivar nuestra alma, no la cultivemos. Quien -quiere tener penetrante vista, necesita cuidar sus ojos, por cuyo medio -ve; a quien quiere correr con rapidez, le es preciso cuidar sus pies, -que le sirven para correr, y quien quiere luchar al pugilato, debe -fortificar sus brazos, con los cuales lucha; en fin, todos los demás -miembros exigen un cuidado en relación con sus funciones. - -Esto es claro para todo el mundo, y por ello me extraña y no comprendo -que el hombre deje de cultivar su alma con el auxilio de su razón; -porque al fin todos necesitamos saber vivir, no sucediendo en esto como -en la pintura o en la música, artes que un hombre bueno puede ignorar -sin incurrir por ello en nota de infamia. Yo no sé tocar la flauta -como Ismenias, sin que esto me avergüence; no soy pintor como Apeles, -ni escultor como Lisipo, y no me ruboriza el no serlo. En una palabra, -es permitido ignorar sin desdoro todos los conocimientos de esta -índole; pero decid, si os atrevéis: No sé vivir como Sócrates, como -Platón, como Pitágoras, y no me sonrojo. No osaréis jamás decirlo. - -Y ¡cosa extraña! lo que no se quiere ignorar se descuida el aprenderlo, -retrocediendo a la vez ante el estudio y ante la ignorancia de este -arte. Haced la cuenta de los gastos diarios, y encontraréis muchos -cuantiosos e inútiles, y nada empleado para vos, es decir, para el -culto de vuestro demonio, culto que no es otra cosa sino la santa -práctica de la filosofía. - -Construyen los hombres magníficas casas de campo, adornan -espléndidamente sus palacios, aumentan el número de sus esclavos; pero -en medio de toda esta abundancia hay alguna cosa que avergüenza, y -es el dueño; y con razón, porque los dueños reúnen las riquezas, les -dedican culto y permanecen ellos ignorantes, groseros y sin cultura. - -Ved esos edificios en los que han gastado todo su patrimonio; nada hay -más risueño y espléndido: posesiones tan grandes como ciudades, casas -adornadas como templos, numerosos sirvientes cuidadosamente peinados, -muebles soberbios, lujo deslumbrador. Todo es suntuoso, magnífico, -excepto el dueño. Él solo, como Tántalo, es pobre. En medio de sus -riquezas todo le falta; no desea un fruto que no tenga, pero tiene -hambre y sed de verdadera felicidad, es decir, de una vida tranquila -y de una dichosa filosofía. Ignora que las riquezas son examinadas -como los caballos que él quiere comprar, pues cuando esto sucede no se -para la atención en los arneses, ni en la silla, ni en los adornos -que brillan en la cabeza, ni en las bridas bordadas con oro, plata o -piedras preciosas, ni en la riqueza y arte de los objetos que rodean -su cuello, ni en el cincelado del freno, ni en el brillo y dorado de -la cincha; déjase todo esto aparte y se mira el caballo desnudo, se -examina su cuerpo, su genio, la nobleza de su andar, la rapidez de su -carrera y la resistencia. Mírase ante todo si tiene - - El vientre corto, la cabeza fina, - Redonda grupa y musculoso pecho. - -Después, si la espina dorsal es doble, porque queremos que el -movimiento sea rápido y suave. - -Por igual modo, en la apreciación del hombre, apartad cuanto le es -extraño; examinad al hombre solo, reducido a sí mismo, pobre como mi -Sócrates; y llamo extraño al hombre, cuanto debe a sus padres y a la -fortuna, porque nada de esto entra en mi admiración a Sócrates. La -nobleza, los abuelos, la genealogía, las envidiadas riquezas, todo -esto, lo repito, es extraño. La gloria del nacimiento procede de un -abuelo cuya conducta no ruborice al nieto, e igual sucede con las demás -ventajas que podéis enumerar. Tal hombre es noble; pues alabáis a sus -antecesores; es rico, pues no creo en la fortuna y de lo demás no hago -caso; es vigoroso, pues la enfermedad puede debilitarle; es ágil, pues -llegará a ser viejo; es bello, esperad un poco y dejará de serlo. Pero -si decís: ha estudiado las bellas artes, es muy instruido, es tan sabio -como puede serlo un hombre, es prudente, entonces elogiáis al hombre en -sí mismo. Nada de esto es herencia de sus padres, ni regalo de azar, -ni resultado efímero del sufragio, ni cosa que se altera con el cuerpo -o cambia con la edad. Estas son las únicas ventajas de mi Sócrates, y -por eso desdeñaba la posesión de las otras. - -Si todo esto os excita al estudio de la filosofía, no oiréis mezclar a -nuestras alabanzas nada que os sea extraño, y quien quiera elogiaros -tendrá que decir de vosotros lo que Aecio al principio de su -_Filoctetes_ ha dicho de Ulises: - -«Héroe glorioso, salido de patria oscura; tu nombre es célebre, tu -alma está llena de sabiduría, tú guías a los griegos y sabes vengarles -de Ilión, hijo de Laertes...» - -Solo en último caso habla de su padre, y solo oís alabanzas que le -son personales. Ninguna de ella llega a Laertes, ni a Anticlea, ni a -Arcesio; todo el elogio corresponde a Ulises. - -Homero, hablando de este héroe, dice lo mismo; le da por compañera la -prudencia, designada, según costumbre de los poetas, con el nombre -de Minerva. Con ella vence todos los obstáculos y evita todos los -peligros; penetra en el antro del Cíclope, y sale de él; ve los bueyes -del sol, y no los toca; desciende a los infiernos, y vuelve a la -tierra. Con la sabiduría pasa Escila sin ser arrastrado, salva los -remolinos del Caribdis sin ser sumergido; bebe la copa de Circe sin ser -metamorfoseado; llega a la tierra de los Lotófagos sin permanecer allí, -y oye a las Sirenas sin acercarse a ellas. - - - - -NOTAS - - -[1] Chassang, _Histoire du roman dans l’antiquité grecque et latine_. - -[2] Nicolás Maquiavelo. - -[3] Este rey era Diomedes. Hércules le venció y castigó con el mismo -suplicio que hacía sufrir a sus huéspedes, entregándole a la voracidad -de sus caballos. - -[4] Cuando los esclavos habían cometido algún delito o se les capturaba -por haber huido, sus dueños los hacían marcar en la frente con un -hierro candente, imprimiéndoles así letras, y a veces palabras enteras -indicando la clase del delito. Por ejemplo, si habían robado, la frase -_Cave a fure_. Guárdate del ladrón. Estos caracteres los ennegrecían -con una especie de tinta para que fuesen más perceptibles. - -[5] Homero. - -[6] Se refiere indudablemente a Cartago. - -[7] Este poeta es desconocido. Hay, sin embargo, en las poesías de -Ausonio el elogio de un poeta de este nombre. - -[8] Es el mismo Hipias de quien habla Platón en sus diálogos. - -[9] Estas aguas son hoy desconocidas. - -[10] Véase el juicio que de este poeta hace Quintiliano. - - - - -ÍNDICE. - - - Páginas. - - PRÓLOGO. VII - - Introducción. XXXI - - - LIBRO I. - - I. Cómo Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se - fue a la provincia de Tesalia, y en el camino se juntó - con dos compañeros, los cuales iban contando - admirables acaecimientos de hechiceras. 1 - - II. Cómo prosiguiendo Aristómenes (que así se llamaba - el compañero) su historia, contó a Lucio Apuleyo - cómo dos hechiceras, Meroes y Pancia, degollaron - aquella noche a Sócrates. 8 - - III. Cómo Lucio Apuleyo llegó a la ciudad de Hipata - y fue a posar en casa de Milón, y lo que con - Pitias le aconteció. 14 - - - LIBRO II. - - I. Cómo andando Lucio Apuleyo por la - ciudad, se conoció con una su tía, que le dio algunos - avisos. 19 - - II. Cómo Lucio Apuleyo se enamoró de Andria, la - moza de su huésped Milón, y lo que pasó con ella. 22 - - III. Cómo Birrena convidó a su sobrino Lucio Apuleyo, - y de un cuento muy gracioso que uno contó. 28 - - - LIBRO III. - - I. Cómo Lucio Apuleyo fue preso y llevado - al teatro público, adonde fue acusado de la - muerte de tres hombres. 38 - - II. Cómo estando Apuleyo para recibir sentencia, - llega al teatro una vieja que de nuevo lo acusó, y - el donoso cuento en que esto paró. 43 - - III. Cómo Andria descubrió a Lucio Apuleyo que su - ama Pánfila fue causa de ser afrentado en la fiesta - de la risa. 45 - - IV. Cómo Andria mostró a Lucio Apuleyo a su ama - Pánfila cuando se untaba para convertirse en búho, - y él, queriéndose untar por experimentar el arte, - fue, por yerro de la bujeta del ungüento, convertido - en asno. 49 - - V. Cómo estando Lucio Apuleyo convertido en asno, - vinieron súbitamente ladrones a robar la casa de - Milón, y cargado el robo en el caballo y asno, cargaron - también a él y se partieron para la posada - de los ladrones, que era una cueva, y lo que más - pasó. 53 - - LIBRO IV. - - I. Lucio Apuleyo cuenta lo que pasaron - los ladrones desde la ciudad de Hipata hasta llegar - a la cueva de su morada. 56 - - II. Lucio cuenta cómo llegaron a la cueva, y el sitio - de ella. Y otras cosas de gusto. 60 - - III. Cómo aquel ladrón cuenta que robaron a un - hombre rico con una graciosa industria de una osa. 65 - - IV. Cómo los ladrones trajeron una doncella robada, - la cual llora su desdicha. 70 - - V. Cómo la vieja madre de los ladrones cuenta a la - doncella un cuento muy elegante y lleno de doctrina. 73 - - - LIBRO V. - - I. Cómo la vieja cuenta a la doncella - cómo Psique fue llevada a unos palacios muy poderosos, - adonde holgó con su nuevo marido. 78 - - II. Cómo prosiguiendo la vieja en su cuento, dice - cómo las dos hermanas de Psique la vinieron a - ver y le tuvieron envidia. 82 - - III. Cómo Cupido avisa a su mujer que en ninguna - manera oiga a sus hermanas, porque la quieren - echar a perder. 84 - - IV. Cómo vinieron las hermanas tercera vez a Psique, - y del mal consejo que le dieron y lo que acaeció - a Psique. 88 - - V. Cómo Psique fue a sus hermanas a quejarse de - su desdicha mala, y del castigo que sus hermanas - recibieron. 93 - - - LIBRO VI. - - I. Cómo Psique fue al templo de la - diosa Ceres y al de Juno a demandarles socorro y - ayuda para su fatiga, y ninguna se lo dio por no - enojar más a Venus, que estaba enojada. 98 - - II. Cómo Psique se fue a presentar ante Venus por - demandarle perdón, y los trabajos que con ella - hubo. 101 - - III. Cómo Venus mandó a Psique cosas muy dificultosas, - las cuales acabó con ayuda de los dioses. 104 - - IV. Cómo vinieron los ladrones de robar, y lo que - acaeció a Lucio y a la doncella. 113 - - - LIBRO VII. - - I. Cómo viniendo un ladrón de la ciudad - de Hipata, cuenta a los otros cómo no culpaban - a nadie del robo de la casa de Milón, sino a - Lucio Apuleyo, y cómo fue admitido a la compañía - de los ladrones un mancebo. 120 - - II. Cómo aquel mancebo, recibido en la compañía - por Hemo, afamado ladrón, fue descubierto ser - Lepolemo, esposo de la doncella, el cual la libertó - con su buena industria, y la llevó a su tierra. 126 - - III. Cómo, celebradas las bodas de la doncella, se - pusieron a pensar con gran consejo qué premio se - daría a Lucio, asno, en recompensa de su libertad. - Donde cuenta grandes trabajos que padeció. 130 - - IV. Lucio recuenta grandes trabajos que padeció por - causa de venir a poder y manos de un mal rapaz. 136 - - - LIBRO VIII. - - I. Cómo vino un mancebo a casa de - un pastor amo de Lucio, asno, el cual cuenta a los - pastores la muerte de Lepolemo y la venganza - que Carites tomó en su enamorado Trasilo, y - cómo después se mató. 142 - - II. Cómo después que los pastores supieron la muerte - de sus señores, se huyeron con su hacienda. 150 - - III. Cómo Lucio prosigue contando muchos acontecimientos - que se ofrecieron siendo asno, yendo con los pastores. 156 - - IV. Cómo después que Lucio, asno, fue vendido a - un echacuervos de la diosa Siria, le acontecieron - muchos trabajos. 159 - - - LIBRO IX. - - I. Cómo después que Lucio entendió - que el cocinero le quería matar, buscó astucia para - librarse de tan gran peligro, de donde se le siguió - otro mayor, del cual también se libró. 165 - - II. Lucio recuenta una historia que oyó haber acontecido - en un pueblo, de cómo una mujer burló de - su marido. 168 - - III. Cómo Lucio recuenta una astuta manera de - suerte que los echacuervos usaban para sacar dineros, - y cómo fueron presos y él vendido a un tahonero. 171 - - IV. Cómo Lucio cuenta un gracioso acontecimiento, - en el cual la mujer del tahonero (su amo) gozó - un enamorado; y tomándolos juntos los castigó: en - la cual venganza le ahorcó por arte de encantamento. 176 - - V. Cómo Lucio cuenta que lo vendieron a un hortelano, - y de sus miserias, y lo que acaeció con un caballero. 188 - - - LIBRO X. - - I. Cómo el asno fue llevado por el caballero - a una ciudad, y de un extraño caso que allí - aconteció. 194 - - II. Cómo por industria de un senador antiguo fue - descubierta la maldad de la madrastra, y libre el - mancebo. 200 - - III. Cómo el asno fue vendido a un cocinero y a un - panadero, que eran hermanos, y de la buena vida - que tenía, donde pasó cosas de mucho gusto. 203 - - IV. Cómo Lucio cuenta qué estado era el de su señor, - y cómo partió para la ciudad de Corinto. 208 - - V. Cómo se buscaba a una mujer que estaba condenada - a muerte, para que en unas fiestas tuviese - acceso con el asno en el teatro público, y cuenta el - delito que había cometido aquella mujer. 212 - - VI. Lucio, asno, cuenta cómo se representó en un - teatro el _Juicio de Paris_ y otras cosas, y cómo - huyó de allí. 219 - - LIBRO XI. - - I. Cómo Lucio cuenta que, venido en - aquel lugar de Céncreas, después del primer sueño - vio la Luna, a la cual le pidió le volviese a su primera - forma de hombre. 226 - - II. Escribe con grande elocuencia una solemne procesión - que los sacerdotes hicieron a la Luna, en la - cual procesión el asno apañó las rosas de las manos - del gran sacerdote, y, comidas, se volvió hombre. 232 - - III. Cómo Lucio cuenta el ardiente deseo que tuvo - de entrar en la religión de la diosa, y cómo fue - primero industriado para recibirla. 242 - - IV. Lucio cuenta la entrada en la religión, y cómo - fue a Roma, donde fue ordenado en la cosas sagradas, - y fue recibido en el Colegio de los sacerdotes - de la diosa Isis. 248 - - - LAS FLORIDAS. 257 - - EL DEMONIO DE SÓCRATES. 307 - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA METAMORFOSIS O EL ASNO DE ORO *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. 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Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online -at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you -are not located in the United States, you will have to check the laws of the -country where you are located before using this eBook. -</div> - -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: La metamorfosis o El asno de oro</p> - -<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Lucio Apuleyo</div> - -<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Translator: Diego López de Cortegana</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'>Release Date: October 22, 2021 [eBook #66591]</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'>Language: Spanish</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'>Character set encoding: UTF-8</div> - -<div style='display:block; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from scanned images of public domain material from the Google Books project.)</div> - -<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA METAMORFOSIS O EL ASNO DE ORO ***</div> - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> - <p><a href="#Notas">Notas</a></p> - <h1 class="faux">La metamorfosis o El asno de oro</h1> -</div> - -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - <ul> - <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li> - - <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li> - - <li>Se han añadido tildes a las mayúsculas y se han modernizado las - transcripciones de los nombres propios de origen griego.</li> - - <li>En la página <a href="#Page_212">212</a>, se ha añadido el texto - en castellano, tomado de la traducción original, de dos párrafos que - aparecen impresos en latín.</li> - - <li>Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final - del libro.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - </ul> -</div> - - -<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - style="width: 26em; height: auto;" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_iii">p. iii</span></p> - <p class="fs110 lh150 ws1">LA METAMORFOSIS</p> - <p class="lh200">o</p> - <p class="fs150 lh150 g0 ws1">EL ASNO DE ORO</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt6"> - <hr class="sep" /> - - <p class="centra lh150 fs90"><span class="pagenum" id="Page_iv">p. - iv</span><span class="asc">ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO - «SUCESORES DE RIVADENEYRA»,</span></p> - - <p class="centra smaller lh150 ws1">Paseo de San Vicente, 20.</p> - - <hr class="sep" /> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_v">p. v</span></p> - <p class="fs130 ws1">BIBLIOTECA CLÁSICA</p> - <p class="fs75 ws1">TOMO CXLIII</p> - <hr class="fil" /> - - <p class="fs140 lh150 ws1 mt15">LA METAMORFOSIS</p> - <p class="fs110 lh150">o</p> - <p class="fs200 lh150 g0 ws1">EL ASNO DE ORO</p> - - <p class="fs60 mt2">POR</p> - <p class="fs150 ws1 mt05">LUCIO APULEYO</p> - <p class="fs80 mt2">Versión castellana hecha a fines del siglo <span class="asc">XV</span></p> - <p class="fs60 mt2">POR</p> - <p class="fs120 ws1 g0 mt05">DIEGO LÓPEZ DE CORTEGANA</p> - <p class="fs60 ws1 mt2">Arcediano de Sevilla.</p> - - <hr class="sep0" /> - - <p class="fs110 lh150 g2">MADRID</p> - <p class="fs80 lh175 ws1">LIBRERÍA DE LA VIUDA DE HERNANDO Y C.ª</p> - <p class="fs60 lh175 ws1">CALLE DEL ARENAL, NÚM. 11</p> - <p>—</p> - <p>1890</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch01"> - <p><span class="pagenum" id="Page_vii">p. vii</span></p> - <h2 class="nobreak">PRÓLOGO.</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h3>I.</h3> - -<p>El arcediano de Sevilla Diego López de Cortegana, escribía a fines -del siglo <span class="asc">XV</span>, al frente de su traducción -de <i>El asno de oro</i>, las siguientes noticias biográficas del autor -de esta novela latina:</p> - -<p class="mt1">«Lucio Apuleyo, de noble linaje y en su secta platónica, -fue natural de la ciudad de Orán, en África, que en aquel tiempo era -colonia y población de los romanos, la cual está asentada en los -fines de Numidia y Getulia, de donde el mismo Apuleyo confiesa ser; y -asimismo Platónico le llama Sidonio de Orán.</p> - -<p>»Su padre se llamaba Teseo, de los principales de la ciudad, y -la madre había nombre Salvia, dueña de mucha virtud; su linaje es -muy noble, pues desciende de aquel Plutarco Queronense, y de Sexto, -filósofo.</p> - -<p>»La mujer de Apuleyo se llamaba Pudentila, adornada de todas las -virtudes y hermosura.</p> - -<p>»Él era de buena estatura, los ojos verdes y el cabello rubio.</p> - -<p>»Floreció en la ciudad de Cartago, teniendo por cónsules<span -class="pagenum" id="Page_viii">p. viii</span> Juliano Abito y Claudio -Máximo, adonde él, en su mocedad, se empleó en todas las artes -liberales, y se aprovechó de la doctrina de los maestros cartagineses, -de donde, no sin causa, él se alaba de ser criado en la ciudad insigne -de Cartago, a la cual llama venerable maestra de África.</p> - -<p>»Y también estuvo en la ciudad de Atenas, de donde en aquel tiempo -se sacaban los ríos de todas las ciencias, de donde él bebió gran -parte; conviene a saber: la afición de la poesía y la política, -geometría, y la dulce música, la austeridad de la dialéctica y el -manjar real de la filosofía, en tal manera, que con su continuo estudio -alcanzó las nueve ciencias liberales.</p> - -<p>»Después vino a Roma, adonde fue tan dado a la ciencia de la lengua -latina, que llegó a la cumbre de la facundia romana, en tal manera, -que él fue habido por muy elocuente. Aquí fue ordenado y juntado en el -número de los sacerdotes principales de Osiris, el cual se llama el -Colegio Sacrosanto, adonde por mandado de aquel ídolo, que por Dios -adoraban, él tomó cargo de abogar por los pobres.</p> - -<p>»Escribió algunos tratados y libros, no menos doctos que elocuentes, -de los cuales, los que han parecido, son cuatro libros que se llamaban -floridos, en los cuales su florida facundia y olorosa doctrina bien -se mostró. Asimismo la oración copiosísima por la cual se defiende -contra sus enemigos que le imponían que era mágico, con tanta fuerza -y vehemencia de doctrina y elocuencia, que parece que a sí mismo se -vence.</p> - -<p>»Escribió también un libro del Demonio de Sócrates, cuya autoridad -alega el bienaventurado San Agustín, en la definición de los demonios y -en la descripción de los hombres.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_ix">p. ix</span>»Asimismo escribió -dos libros de la enseñanza de Platón, donde recoligió breve y -doctamente lo que Platón escribió en diversos libros.</p> - -<p>»Escribió un libro de cosmografía, adonde no poco se contiene de -los meteoros de Aristóteles, y el diálogo de Trismegisto y estos once -libros de <i>El asno de oro</i>, con tanta hermosura y elegancia y -diversidad de materias, que no hay cosa que se pueda decir más hermosa -y elegante, ni más florida, en tal manera, que con mucha razón se -puede llamar <i>Asno de oro</i>, por el estilo, cubierto de oro, y la -hermosura de su decir.</p> - -<p>»Y porque en semejantes libros se acostumbra querer saber la -intención del que los escribió, y por qué les puso tal nombre, para -esto es de saber que Apuleyo imitó en el argumento de esta su obra -a Luciano, filósofo griego; pero en este envolvimiento y oscuridad -de transformación, parece que quiso notar la natura de los hombres y -sus costumbres malas, porque entendamos que nos tornamos de hombres -en asnos cuando, como brutos animales, seguimos tras los deleites y -vicios carnales con una asnal torpeza, y que no reluce en nosotros -una centella de razón y virtud. Y en esta manera el hombre, según -que enseña Orígenes en sus libros, es hecho como caballo y mulo; -y así se transmuda el cuerpo humano en cuerpo de bestia. Demás de -esto, la reformación de asno en hombre significa que, vencidos los -vicios y quitados los deleites corporales, resucita la razón, y el -hombre de dentro, que es verdadero hombre, salido de aquella cárcel -y cieno del pecado, mediante la virtud y religión, torna a la clara -y luciente vida, en tal manera, que podemos decir que los mancebos -poseídos de los deleites se tornan en asnos, y después, cuando son más -ancianos, mirando con claros ojos la virtud, la abrazan, y entonces, -apartando<span class="pagenum" id="Page_x">p. x</span> de si la figura -de bestia, tornan a recibir la de hombre.</p> - -<p>»Porque (según dice Platón) entonces ven los hombres las cosas -perfectamente, cuando los dejan sus concupiscencias. Y Próculo dice -que en esta vida hay muchos lobos, puercos, y otras muchas formas -de bestias. De lo cual no nos maravillemos, pues que en esta ínsula -vive aquella falsa Circe, que transforma los hombres en puercos. Y -esto es, cuando nuestro entendimiento es tan terreno que tiene la -voluntad embriagada en los vicios del mundo; entonces nos tornamos -bestias, hasta que gustamos las rosas, esto es, la ciencia, que -alumbra la razón, cuyo olor suavísimo gustado, se torna en humana -forma y razonable entendimiento, apartada de sí la gruesa cobertura de -las cosas terrenales. Y cierto que muy pocos hombres se hallan que, -estando revueltos en los vicios corporales, vivan templadamente y sin -perturbación alguna.</p> - -<p>»También se puede referir esta materia de transmutación a los muchos -trabajos y muchas variedades de la vida humana, en los cuales el hombre -casi cada día se transmuta. Y porque estas prefaciones nos enseñan el -argumento de la materia propuesta, dejaré de más alargarme en esto y en -la vida de Lucio Apuleyo.</p> - -<p>»Suplico a los lectores, que de estas historias se avisen para bien -vivir.»</p> - -<p class="mt1">Hasta aquí lo que Cortegana escribió de Apuleyo, y pocos -detalles pueden añadirse a esta biografía, por no citarle los autores -contemporáneos, y sí solo los Padres de la Iglesia para combatir sus -doctrinas filosóficas.</p> - -<p>Se sabe que nació en el año 114 de J. C., cuando ocupaba el trono -imperial Trajano; que su padre era duunviro en la pequeña población de -Mandaura (hoy Orán),<span class="pagenum" id="Page_xi">p. xi</span> -es decir, el primer magistrado de la ciudad, y su madre sobrina de -Plutarco.</p> - -<p>De sus primeros años ninguna noticia ha llegado a nosotros, si no -es la de que profesaba grandísima afición a las letras y a las bellas -artes, afición que aumentó con la edad; que joven abandonó su patria, -recorrió Egipto y Grecia y se detuvo en Italia; que estudió las -doctrinas de los neoplatónicos y asistió a las escuelas de los sofistas -de Atenas, como también a las de los retóricos de Roma, enamorándose de -la elocuencia declamatoria tan en boga en su época, elocuencia que se -aplicaba a todos los asuntos y a la exposición de todas las ciencias; -que agotado su patrimonio, no por ello se desalentó, llegando a vender -hasta sus propios vestidos; que aprendió solo la lengua latina y -estudió el derecho y la retórica.</p> - -<p>Estos datos y los demás que hay de la vida de este escritor, en su -mayor número están tomados de la defensa que de él hizo cuando los -parientes de su mujer, Pudentila, le acusaron de practicar la magia.</p> - -<p>Apuleyo volvió a África en el año 148, cuando ya gozaba de gran -reputación, y los cartagineses le acogieron con entusiasmo. Fijó -su residencia en Cartago, y al poco tiempo le hicieron célebre sus -discursos.</p> - -<p>En su <i>Apología</i>, que es la antes citada defensa contra la -acusación de los parientes de su esposa, habla del entusiasmo que -inspiraba, de las estatuas que le dedicaron y de la influencia que -gozaba en el Senado y entre los magnates. Recuerda con énfasis la -variedad de sus aptitudes y su admirable facilidad de palabra, que le -proporcionaron tantos rivales y acaso tantos enemigos.</p> - -<p>Estos aprovecharon el casamiento de Apuleyo con una viuda rica, -Pudentila, acusándole de haber empleado<span class="pagenum" -id="Page_xii">p. xii</span> artes de magia para hacerse amar de -una mujer que era de bastante más edad que él, y Pontiano, hijo de -Pudentila, le citó ante el tribunal del procónsul Claudio Máximo, donde -Apuleyo pronunció su <i>Apología</i>, inspirándole la defensa de su -honor y acaso de su vida, rasgos de grande elocuencia.</p> - -<p>Fue absuelto, pero le quedó el apodo de mágico.</p> - -<p>No se conocen más detalles de la vida de Apuleyo. Sábese únicamente -que murió en el reinado de Antonino, el año 184 de J. C.</p> - -<p>Deseoso Apuleyo de que sus obras llegaran a la posteridad, dejó -coleccionadas las flores de su elocuencia, panegíricos en verso y -prosa, novelas, himnos en honor de los héroes y diversos tratados de -filosofía; pero perdidas muchas de estas obras, y entre ellas todas las -poéticas, solo han llegado a nosotros su <i>Metamorfosis</i>, o como -vulgarmente se la llama, <i>El asno de oro</i>, los fragmentos de sus -discursos y arengas, llamados <i>Las floridas</i>, su <i>Apología</i> -y dos tratados sobre las opiniones del Pórtico y de la Academia, la -filosofía de Sócrates y la de Platón.</p> - -<p>Durante largo tiempo solo fue conocido de Apuleyo <i>El asno de -oro</i>, y aun hoy día es esta obra la que mantiene su fama.</p> - -<p>«<i>El asno de oro</i>, dice Schœll en su historia de la literatura -latina, es una novela satírica en la cual se burla Apuleyo con mucho -ingenio y originalidad de las ridiculeces y vicios que dominaban en su -siglo, de la general superstición, de la inclinación a lo maravilloso -y a la magia, de la trapacería de los sacerdotes del paganismo y de la -mala policía en el Imperio romano, que permitía a los ladrones ejecutar -impunemente toda clase de fechorías.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_xiii">p. xiii</span>»El héroe de la -novela, cuya curiosidad y lubricidad son castigadas al ser convertido -en asno, corre aventuras que le ponen en relación con diversas clases -de individuos, y le dan a conocer lo que pasa en el interior de las -casas y en las sociedades más secretas. Las abominaciones cubiertas -con el velo de sagrados misterios, están pintadas con vivos colores. -Termina la novela con una bella descripción de los misterios de Isis, -en los cuales es iniciado el héroe, depurando con ellos sus debilidades -y regenerándose.»</p> - - -<h3>II.</h3> - -<p>El origen de este género de novelas de amor y de aventuras es -preciso buscarlo en la primitiva literatura de Grecia y Roma. -Adviértense los lejanos principios de esta literatura en la época -ática, y puede seguirse su oscuro desarrollo en la alejandrina, -pero no se le ve florecer hasta la romana<a id="FNanchor_1" -href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>.</p> - -<p>La diferencia de costumbres y de sociedades explica el tardío favor -de la novela entre los antiguos, género literario tan popular en -nuestros días, distinto de la historia por la mezcla de la ficción y la -escasa importancia de los acontecimientos, distinto de la poesía por el -empleo de la prosa y por la pintura de la vida familiar.</p> - -<p>En los modernos pueblos, los progresos de las ciencias y -los estudios abstractos han agotado no poco las fuentes<span -class="pagenum" id="Page_xiv">p. xiv</span> de las fábulas poéticas; -y la constitución política de los grandes Estados de Europa, aun de -aquellos en que los ciudadanos no tienen directa intervención en el -gobierno, no permite que la vida pública absorba por completo la -privada.</p> - -<p>En Grecia y Roma, al contrario, solo muy tarde llegó a hastiarse -la imaginación de lo maravilloso de las fábulas épicas, cuadro casi -siempre ideal de la vida, y mientras la turbulenta libertad de las -pequeñas repúblicas griegas y de la ciudad de Roma consumía en el Ágora -y el Foro la existencia de casi todos los ciudadanos, el cuadro de las -circunstancias ordinarias de la vida privada fue impotente para seducir -los ánimos.</p> - -<p>Eran entonces preferidos los espectáculos heroicos de la tragedia, -y aun la misma comedia, para inspirar interés, tenía que acudir a la -pintura de las pasiones políticas. Solo en tiempo de Menandro, es -decir, en la época de la conquista macedónica, pacificada la sociedad -griega, pudo ser la comedia espejo de las costumbres privadas, y -entonces también apareció la novela.</p> - -<p>Las <i>Fábulas milesias</i> son sin duda de mayor antigüedad, -pero en un principio eran recitaciones orales como las <i>Fábulas -frigias</i> o el apólogo esópico, y nacieron en una sociedad muy -distinta de las demás poblaciones griegas, en una sociedad donde los -goces de la vida privada hacían olvidar los de la vida pública.</p> - -<p>En la sociedad griega, antes de la conquista macedónica, y en la -romana, antes del Imperio, todo concurría a retardar la pintura de -los cuadros de la vida familiar. Cuando florecían sus repúblicas, -griegos y romanos carecían de tiempo para dedicarse a lecturas de mera -distracción del espíritu. Los asuntos públicos y privados ocupaban -su vida entera, y su misma literatura era una<span class="pagenum" -id="Page_xv">p. xv</span> literatura activa, una literatura viva, que -se dirigía más a los oyentes que a los lectores, y que se escuchaba en -templos, teatros, juegos, festines, tribunas y escuelas.</p> - -<p>Conforme se fue extinguiendo en Grecia y Roma la actividad de -la vida pública, debió extenderse la afición a la pintura de las -costumbres. En las obras de Eurípides se advierte ya la tendencia de -la tragedia a apartarse de las tradiciones heroicas y a acercarse a -los cuadros familiares y novelescos. En la <i>Flor</i> de Agatón, la -tragedia es una novela.</p> - -<p>La comedia nueva aparece bajo la dominación de los sucesores de -Alejandro, y en las de Menandro, de Alexis y de Filemón, aún permanece -cerrado el santuario de la familia, limitándose estos poetas a retratar -cortesanas, jóvenes, padres y esclavos.</p> - -<p>Puede creerse que en la misma época se propagaron de Jonia en -Grecia las <i>Fábulas milesias</i>, cuyos autores, más atrevidos, -dirigían mirada indiscreta al interior de la familia. Pero estas -fábulas eran breves cuentos, muy distintos de las extensas narraciones -que empezaron en la época romana. Entonces es cuando aparecen -Petronio, Apuleyo, Jámblico, Heliodoro, Aquiles Tacio, porque también -empezaba nueva era para el mundo antiguo. Con el Imperio acabaron las -costumbres republicanas y la vida pública; los excesos de la libertad -habían muerto la libertad; no había ya ciudadanos; los particulares -gozan de largos ocios que pueden dedicar a las lecturas frívolas, -y los retóricos aprovechan esta holganza de la clase opulenta para -entretenerla con interminables novelas de amor y de aventuras.</p> - -<p>La verdadera patria de esta clase de narraciones es el Oriente -porque siempre fue la tierra de la servidumbre política, y de la vida -privada. En Oriente es donde se<span class="pagenum" id="Page_xvi">p. -xvi</span> encuentran los ejemplos más antiguos de este género de -composiciones, y en las posesiones griegas más en contacto con la vida -oriental, es decir, en el Asia Menor, aparecen los primeros ensayos -de la literatura novelesca de los griegos. Allí también fue donde más -tarde tomó gran desarrollo.</p> - -<p>En Jonia aparecieron las <i>Fábulas milesias</i>; Jámblico, autor -de las <i>Babilónicas</i>, nació en Siria, como Luciano, que lo fue de -la <i>Luciada</i> y de la <i>Historia verdadera</i>; Heliodoro era de -Emesa, en Fenicia, y Aquiles Tacio de Alejandría. En Chipre, Antioquía -y Éfeso vieron también la luz tres novelistas que llevan por nombre -Jenofonte.</p> - -<p>No puede, pues, negarse que la influencia del gusto oriental indujo -a algunas imaginaciones hacia lo maravilloso y extraordinario y -favoreció en Grecia el desarrollo de las composiciones novelescas; pero -no por ello debe afirmarse que la novela griega procede de los cuentos -orientales, porque el carácter de estos cuentos y de aquellas novelas -es, por regla general, distinto. Aunque las pinturas en las novelas -sean poco naturales y verosímiles, todo en ellas es griego, hasta los -cuadros del mundo oriental. El elemento maravilloso que ocupa algún -espacio en varias de estas narraciones fabulosas, no tiene jamás la -amplitud y franqueza con que domina en los cuentos de Oriente. El gusto -de la novela pasa de Oriente a Grecia; pero la novela se transforma -en manos de los griegos, pues sabido es con cuánta facilidad la raza -griega se asimila e imprime el sello de su genio a cuanto coge de las -civilizaciones extranjeras.</p> - -<p>Eran los griegos, naturalmente, aficionados a cuentos. Antes -que las narraciones fabulosas llegaran a ser en manos de los -retóricos un género literario, se habían hecho<span class="pagenum" -id="Page_xvii">p. xvii</span> multitud de cuentos orales, en los que -se había desvanecido, hasta desaparecer, la influencia oriental. -Unas veces eran cuentos de madres y nodrizas a los niños; otras de -ociosos y desocupados en las barberías; hasta en las encrucijadas -de las calles de Atenas había charlatanes, cuyo oficio consistía en -entretener a los transeúntes con sus cuentos, como el <i>Filepsio</i> -de Aristófanes.</p> - -<p>Estos cuentos orales eran de muchas clases. Los había morales en -el género de las fábulas de Esopo y de la fábula <i>Líbica</i>; los -había satíricos y agradables, que dieron origen a las <i>Fábulas -sibaríticas</i>. En su origen, estas fábulas, que algunas veces -llamaban <i>Apotegmas sibaríticos</i>, eran, más que una narración, -la expresión de un chiste, y tal es el carácter de muchos de los -cuentecillos que el autor de las Avispas pone en boca de Filocleón. -Pero es dudoso que las <i>Fábulas sibaríticas</i> hayan tenido siempre -su primitiva sencillez, y la estrecha alianza de Síbaris y de Mileto -parece que, a la larga, confundió estas narraciones con las <i>Fábulas -milesias</i>.</p> - -<p>Hemos mencionado los cuentos que en la antigüedad tuvieron mayor -boga, lo mismo cuando eran transmitidos de boca en boca, que cuando -más tarde fueron recogidos, reformados o imitados por los escritores. -Pero de estas cortas y fugitivas narraciones, a las novelas compuestas -después por los retóricos, hay gran distancia.</p> - -<p>Antes de llegar al examen de estas novelas, conviene echar rápida -ojeada a las narraciones que les sirvieron de origen.</p> - -<p>Natural era que la elegante y voluptuosa Jonia fuese la cuna de -los cuentos eróticos. El nombre solo de Jonios recuerda al pueblo más -felizmente dotado de los Helenos, el pueblo en cuyo seno se desarrolla -más pronto la poesía, la filosofía, la música, la arquitectura, todas -las<span class="pagenum" id="Page_xviii">p. xviii</span> elegancias y -todas las delicadezas de la civilización; pero también el pueblo más -dado a los refinamientos de la voluptuosidad. Sucesivamente sometido a -la dominación de los Lidios y de los Persas, se cuidó siempre más de su -bienestar que de la libertad, y acaso la libertad consistía para ellos -en la ausencia de toda clase de cortapisa a sus placeres.</p> - -<p>«En todos mis viajes solo he encontrado una ciudad libre, decía -un sibarita, y es Mileto.» Mileto, la patria de Aspasia y de otras -cortesanas tan famosas como las de Corinto, era, en efecto, modelo -de este género de independencia, que le valió la admiración de los -habitantes de Síbaris, y que estableció entre ambas ciudades relaciones -de íntima amistad. De Mileto, como de Síbaris, salieron multitud -de cuentos agradables y con sobrada frecuencia licenciosos, que -esparcieron por toda Grecia la fama de ambas ciudades y la afición a -las costumbres voluptuosas.</p> - -<p>En vano fue asolada Mileto en la guerra de los Medos; en vano -Síbaris fue destruida; los <i>Cuentos milesios</i> y <i>sibaríticos</i> -sobrevivieron a la prosperidad de ambos pueblos y llegaron a ser la -delicia de la Roma degenerada. Cuando la derrota de Craso se encontró -en el bagaje de un oficial romano una colección de esta clase de -cuentos, y el <i>surena</i> leyó el libro ante el Senado de Seleucia, -para que se formara juicio de las costumbres de aquel pueblo arrogante -que pretendía dominar a los Partos.</p> - -<p>El rival de Septimio Severo, Albino, que fue algún tiempo emperador, -ocupaba los ratos de ocio que su ambición le permitía, en leer a -Apuleyo y en escribir <i>Cuentos milesios</i>, que sus cortesanos -encontraban excelentes, pero no tanto su historiador Capitolino.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_xix">p. xix</span>La colección más -famosa de <i>Cuentos milesios</i>, es la que compuso, no se sabe en qué -época, un tal Arístides de Mileto, y que tradujo en latín L. Cornelio -Sisenna, dos veces citados por Ovidio, quien parece decir que la obra -de Arístides había sido presentada como histórica. Probablemente era -un libro en el cual, después de una breve historia de Mileto, refería -numerosas anécdotas de la vida milesia; anécdotas que no eran otra cosa -sino <i>Cuentos milesios</i>.</p> - -<p>Hegesipo y algunos otros escritores a quienes alude Partenio de -Nicea, sin nombrarlos, escribieron obras de igual índole. En la -colección de cuentos amatorios que nos ha dejado este gramático, hay -muchos <i>Cuentos milesios</i>; pues como tales deben ser considerados, -no solo los que Partenio copia de Hegesipo o de cualquiera otro autor -de las <i>Historias milesias</i>, sino todos aquellos que tienen a -Mileto por lugar de la escena, y por asunto la incontinencia de las -mujeres de aquella ciudad.</p> - -<p>El recuerdo de estos cuentos se halla en todas las narraciones -eróticas de la antigüedad, especialmente en las más antiguas. Uno de -los interlocutores del diálogo de Luciano, titulado <i>Los amores</i>, -hablando de tales narraciones, que acaba de oír, las llama <i>Cuentos -milesios</i>.</p> - -<p>Apuleyo no hizo otra cosa que reunir muchos de estos <i>Cuentos -milesios</i>, entre los cuales está la historia de una madrastra -enamorada, como <i>Fedra</i>, y un <i>Cuento del cubero</i>, que ha -aprovechado Lafontaine.</p> - -<p>No creemos que tenga el mismo origen la fábula de <i>Psique</i>, -aunque algunas ficciones de pura fantasía desfiguran un poco el -primitivo carácter alegórico. Los <i>Cuentos milesios</i> dirigíanse -más a los sentidos que<span class="pagenum" id="Page_xx">p. xx</span> -al sentimiento, y a lo más había en ellos alguna lección moral, como en -una de las narraciones de Partenio, o alguna intención satírica, como -en la <i>Matrona de Éfeso</i>. Este último cuento, uno de los episodios -de <i>El Satiricón</i> de Petronio, también procedía, sin duda, de la -Jonia.</p> - -<p>Éfeso tuvo también, quizá como Mileto, su literatura erótica, y -en Jenofonte de Éfeso su Arístides de Mileto. Al menos era célebre, -como Mileto, por su vida voluptuosa; y ordinariamente, en cualquiera -de ambas ciudades colocaban los novelistas griegos la acción de sus -novelas.</p> - -<p>Los <i>Cuentos milesios</i> son imagen de la primera forma de las -narraciones eróticas en la antigüedad. Eran ligeros y rápidos bosquejos -en el género de las trovas de la Edad Media, sin la versificación, -y de los cuentos que forman el <i>Decamerón</i> de Boccacio y el -<i>Heptamerón</i> de Margarita de Navarra. Destinados únicamente a -entretener y excitar las imaginaciones sensuales, no tuvieron al -principio ninguna pretensión literaria, y eran más agradables cuanto -más naturales. Es probable que no tuvieran, por lo general, más -extensión que las narraciones del mismo género que Partenio de Nicea -extractó de diversas historias para que sirvieran de asuntos de elegía -a su amigo Cornelio Galo.</p> - -<p>Se ve por la obra de Partenio, por una colección idéntica de -Plutarco, por algunas de las <i>Narraciones</i> de Conón, y por -las <i>Historias variadas</i> de Eliano, que la influencia de -los <i>Cuentos milesios</i> se hizo sentir hasta en la historia, -introduciendo en ella algunos episodios eróticos, en su mayor número -imaginarios.</p> - -<p>Tales eran los cuentos relativos a la cortesana Ródope, que, -según unos, hizo elevar una de las pirámides<span class="pagenum" -id="Page_xxi">p. xxi</span> de Egipto, invitando a cada uno de sus -amantes a llevar una piedra, y al decir de otros, llegó a ser reina de -Egipto gracias a haber perdido sus pantuflos. El nombre de Ródope es -tan popular entre los novelistas griegos, como el de Helena entre los -poetas. En <i>Teágenes y Cariclea</i> las seducciones de otra Ródope -casi triunfaron de la austeridad de un gran sacerdote de Menfis, y -en <i>Leucipa y Clitofonte</i> también hay otra Ródope, pero esta -es virtuosa y pura, hasta el punto de provocar con sus desdenes la -venganza de Venus.</p> - -<p>Plutarco, en sus <i>Obras morales</i>, cita con la <i>Pantea</i> de -Jenofonte a la <i>Timoquea</i> de Aristóbulo y a la <i>Tebea</i> de -Teopompo, nombres de algunas heroínas de los cuentos eróticos mezclados -a la historia. Fácil sería aumentar esta lista con las narraciones -de este género, extractadas de la historia por Conón, Partenio y -Plutarco, y también se hubiera podido hacer con un libro, hoy perdido, -que erróneamente se atribuyó al logógrafo Cadmo de Mileto, y cuyo -título era igual al de la obra de Partenio, <i>Relatos de pasiones -amorosas</i>.</p> - -<p>De la historia pasaron los <i>Cuentos milesios</i> a los escritos -de los filósofos. Rastros de ellos se advierten en el <i>Banquete</i> -de Jenofonte, en el <i>Tratado del amor</i> de Clearco de Solí, en -algunas obras idénticas de Teofrastro, de Aristón de Iulis, de Esfodrio -el cínico, de Favorino de Arlés, y hasta en algunos de los diálogos, -mezclados con narraciones, que quedan de Plutarco, sobre todo en el que -lleva por título <i>Del amor</i>.</p> - -<p>Bastante tiempo después, y acaso poco antes de Petronio, los -cuentos de amor, tan breves en las <i>Fábulas milesias</i>, tan -rápidos cuando iban mezclados a la historia y a las novelas históricas -y filosóficas, como las que hasta ahora hemos mencionado, tomaron -grande extensión<span class="pagenum" id="Page_xxii">p. xxii</span> y -considerable desarrollo. Las antiguas narraciones del género milesio -consérvanse a veces en forma de episodios en largas novelas, que ven la -luz en la época romana y en la bizantina, mas en general desaparecen -al convertirse en narraciones mucho más amplias, que abarcan mucho -más tiempo, y que complican la acción principal con gran número de -episodios, y añaden a los principales personajes multitud de figuras -secundarias.</p> - -<p>La transición del cuento a la novela no se realizó sin trabajo, y -basta comparar la <i>Luciada</i> con <i>La metamorfosis</i> o <i>El -asno de oro</i> de Apuleyo, para comprender cuán artificial era a veces -el procedimiento de mezclar multitud de cuentos episódicos a la fábula -principal, y cuán fácilmente se advierte la soldadura.</p> - -<p>Pocos cuentos tuvieron en la antigüedad tanto éxito como el de -Lucio metamorfoseado en asno gracias a un ungüento mágico, y vuelto a -la humana forma al comer rosas. No era esta solamente una narración -erótica, sino un cuento de género fantástico, género que también fue -muy cultivado en la antigüedad.</p> - -<p>Mientras los poetas alimentaban la imaginación popular con -narraciones relativas a los dioses y las diosas del Olimpo, la -superstición no dejó de multiplicar los cuentos referentes a seres -sobrenaturales y a sucesos maravillosos. Para exhortar al bien a los -niños, se les recitaban fábulas como las de Esopo; para apartarles -del mal, cuentos terribles en que intervenían los ogros de ambos -sexos de la antigüedad. Y como el imperio de la credulidad no se -limita a la infancia, en todas las edades se amedrentaban con cuentos -de malhechores y demonios que poblaban los espacios, de fantasmas y -aparecidos.</p> - -<p>Cuando en el primer siglo de la era cristiana el furor<span -class="pagenum" id="Page_xxiii">p. xxiii</span> de la magia se apoderó -de todo el mundo pagano, este aspecto de lo maravilloso abrió ilimitado -campo a la fantasía de los narradores. Las novelas de amor tomaron de -los cuentos fantásticos muchos de sus episodios, y no hay escritor -alguno que desaproveche este recurso que aseguraba el éxito entre los -lectores de su época. No es extraño que esto suceda cuando la misma -historia también lo hacía; testigo, el genio que, según Plutarco, se -aparece a Bruto antes de la batalla de Filipos.</p> - -<p>Las compilaciones que han llegado a nosotros de Apolonio y de Flegón -de Tralles, con título de <i>Historias maravillosas</i>, contienen -muchos relatos de esta índole, mezclándose en algunos de ellos el -artificio de una ingeniosa ficción. Luciano, en uno de sus diálogos -titulado <i>El mentiroso</i>, incluye una serie de cuentos fantásticos -que corrían en su época, uno de los cuales ha servido a Goethe para -su cuento <i>El estudiante brujo</i>. El filósofo se burlaba de las -creencias supersticiosas en su tiempo, pero el hombre de ingenio sabía -aprovecharlas para asuntos de sus amenas obras. Se le cree autor de -la <i>Luciada</i>, y muy bien pudo escribirla como entretenimiento -burlesco, de igual modo que su contemporáneo el platónico Apuleyo se -divirtió en hacer <i>El asno de oro</i>.</p> - -<p>¿Es o no de Luciano la obra que ha llegado a nosotros con el título -de <i>Luciada</i>? Lo que puede asegurarse es que el asunto produjo -a lo menos dos obras distintas, atribuidas una a Lucio de Patras y -otra a Luciano. ¿Fue este imitador de aquel, o la imitó de este algún -falsificador, poniéndola bajo el nombre de Lucio de Patras? La crítica -no ha podido aún resolver estas dudas. En opinión de Mr. Chassang, -de cuya excelente obra sobre la novela en la antigüedad tomamos -estos párrafos, es evidente<span class="pagenum" id="Page_xxiv">p. -xxiv</span> que el cuento fue repetidas veces rehecho en griego, y debe -ser más antiguo que la versión que ha llegado a nosotros, atribuida a -Luciano.</p> - -<p>Uno de los episodios más extraños de la novela, la monstruosa -aventura del asno y de la dama de Patras, tenía precedentes en las -narraciones de los poetas relativas a Pasífae y en lo que dicen los -historiadores de la hija de Hipomeno.</p> - -<p>Focio, que tuvo a la vista dos versiones en griego de esta novela, -una con el nombre de Luciano y otra con el de Lucio, las aprecia y -compara. Censura al supuesto Lucio de hablar de todos estos prestigios -y encantos en el tono propio de quien cree lo que cuenta, y prefiere -la narración de Luciano, que le parece una agradable burla de las -supersticiones paganas.</p> - -<p>De seguro el falso Lucio no creía más ni mejor que el autor de la -<i>Luciada</i> en su propia metamorfosis; pero entre esta obra y la -de Luciano había la diferencia de referir con pesadez y sin ingenio -anécdotas insípidas por sí mismas, mientras que Luciano dio atractivo -y belleza a tales extravagancias con una narración ligera, ingeniosa -y llena de gracejo. Creemos error de la crítica, sigue diciendo Mr. -Chassang, el haber negado algunas veces esta obra a Luciano; la -tradición se la conserva, y el buen gusto no la encuentra indigna de -él. ¿Es acaso inverosímil que hiciera en cuanto a los cuentos mágicos -lo que había hecho respecto a los viajes imaginarios en su <i>Historia -verdadera</i>? Luciano era de los que tienen el don de transformar -cuanto tocan.</p> - -<p>Uno de los méritos de la <i>Luciada</i> es la brevedad. La -prolijidad difusa es, por lo contrario, el principal defecto de -<i>El asno de oro</i> de Apuleyo, y este defecto tiene especial -importancia en obras de asuntos frívolos. Una<span class="pagenum" -id="Page_xxv">p. xxv</span> broma prolongada fatiga, y así sucede a la -novela latina de las aventuras de Lucio.</p> - -<p>De las dos <i>Luciadas</i>, la atribuida a Lucio y la que se cree -de Luciano, no se sabe cuál imitó Apuleyo; pero él mismo advierte que -refiere una <i>fábula griega</i>, y aun añade que ha hilvanado diversos -cuentos del género de las fábulas milesias. Así revela el secreto de la -composición del libro, que consiste en repetir todos los cuentos de la -<i>Luciada</i>, añadiéndoles gran número de circunstancias accesorias y -de narraciones episódicas.</p> - -<p>Una sola de estas narraciones vale más que todo el resto de la -obra, la historia de Psique. Tampoco fue inventada por Apuleyo, pues -evidentemente procede de origen griego y muy antiguo. Esta bella -narración contrasta con los cuentos licenciosos, y a veces obscenos, -que Apuleyo toma de la <i>Luciada</i>, o añade por su cuenta, con -tantas pinturas inmorales, que ponen de manifiesto una época en que se -representaban en el anfiteatro los amores de Pasífae y de Leda, cuyo -realismo los recomendó a la imitación de un escritor famosísimo del -siglo <span class="asc">XVI</span>, el autor de <i>El Príncipe</i> -y de <i>La mandrágora</i><a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" -class="fnanchor">[2]</a>.</p> - - -<h3>III.</h3> - -<p><i>Las floridas</i> son una colección de extractos o de párrafos de -diversas memorias y discursos.</p> - -<p>El estilo de estos fragmentos es ampuloso, sin variedad<span -class="pagenum" id="Page_xxvi">p. xxvi</span> y sin naturalidad. -Imitando el ejemplo de sus maestros de Roma, hacía Apuleyo con -frecuencia discursos pueriles, cuyo único objeto era su propio -panegírico y el de sus oyentes. Por fortuna ponía en ellos algunas -digresiones, y a estas se deben varios detalles curiosos, relativos a -los usos de la época y a las costumbres religiosas del politeísmo.</p> - -<p>Las obras religiosas comprenden: 1.º Un tratado del <i>Dogma de -Platón</i>, que se divide en tres libros: la filosofía natural, la -filosofía moral extractada de los libros <i>De Republica</i> y de -<i>Las leyes</i>, de Platón, y la lógica, que contiene los principios -de Aristóteles y de los estoicos. 2.º El tratado de <i>El mundo</i>, -que reproduce literalmente la doctrina cosmogónica de Aristóteles. -3.º El tratado de <i>El dios de Sócrates</i>, en el cual Apuleyo, -admitiendo la realidad del genio de Sócrates, examina a qué clase de -demonios pertenece.</p> - -<p>Este libro ha sido ampliamente refutado por San Agustín. El gran -doctor acusa a Apuleyo de comercio secreto con el demonio. San Jerónimo -le considera como el Anticristo, y proscribe en los términos más -enérgicos sus obras, como inspiradas en el espíritu del mal.</p> - -<p>Apuleyo, sin embargo, no pasa de ser un sectario de la filosofía de -Platón, y dentro y fuera del cristianismo tuvo numerosos cómplices, -porque era entonces general la influencia del espiritualismo griego, -no faltando entre los más doctos cristianos quien tratase de conciliar -los mitos poéticos del discípulo de Sócrates, con la sublime moral de -Jesucristo, uniendo de esta suerte el antiguo con el nuevo mundo.</p> - -<p>No se empeñó en tan difícil trabajo Apuleyo, y acaso porque no -tuvo ni el propósito, ni siquiera la idea, de demostrar que las -doctrinas platónicas eran como el presentimiento<span class="pagenum" -id="Page_xxvii">p. xxvii</span> de la gran reforma humana consumada por -el cristianismo, incurrió en el anatema.</p> - -<p>En los trabajos filosóficos que de él han llegado a nosotros, no es -Apuleyo más que un traductor; no crea ningún nuevo sistema, limitándose -a exponer el del maestro. Apenas se atreve a añadir algunos comentarios -al texto que traduce, a la concreta exposición de las teorías del -filósofo divino.</p> - -<p>No fatiga su imaginación investigando nuevas verdades, ni examinando -las reconocidas, ingeniándose en reproducir laboriosamente las mismas -ideas con distintas formas. Socavando en los despojos de la antigua -lengua latina, encuentra nuevas palabras para disfrazar ideas vulgares, -siendo como escritor lo mismo que era como orador.</p> - -<p>Este estilo bárbaro e insólito fue sin duda lo que engañó a sus -piadosos adversarios, atribuyéndole lo que pertenecía a Platón. No -conocieron al amable filósofo vestido con tan rústico traje, ni -encontraron en el latín de África rastro alguno de aquella dicción -griega tan pura y tan perfecta, de aquel estilo encantador, propio del -amado discípulo de Sócrates.</p> - - -<div class="chapter pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_xxix">p. xxix</span></p> - <p class="centra fs130 g0 ws1">EL ASNO DE ORO</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch02"> - <p><span class="pagenum" id="Page_xxxi">p. xxxi</span></p> - <h2 class="nobreak g0">INTRODUCCIÓN</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<p>En este libro podrás conocer y saber diversas historias y -fábulas, con las cuales deleitarás tus oídos y sentidos: si quisieres -leer y no menospreciares mi escritura, porque aquí verás las fortunas -y figuras de hombres convertidas en otras imágenes y tornadas otra vez -en su misma forma; de manera, que te maravillarás lo que digo. Y si -quieres saber quién soy, en pocas palabras te lo diré:</p> - -<p>Mi antiguo linaje es de Atenas y de Lacedemonia, que son ciudades -muy fértiles y nobles, celebradas por muchos escritores. En esta -ciudad de Atenas comencé a aprender siendo mozo; después vine a -Roma, donde con mucho trabajo y fatiga, sin que maestro me enseñase, -aprendí la lengua natural de los romanos. Así que pido perdón si en -algo ofendiere, siendo yo rudo para hablar lengua extraña. Que aun la -misma mudanza de mi hablar responde a la ciencia y estilo variable que -comienzo a escribir.</p> - -<p>La historia es griega; entiéndela bien y habrás placer.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch1_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> - <p class="centra fs130 g0 ws1">EL ASNO DE ORO.</p> - <hr class="tir" /> - <h2 class="nobreak">LIBRO PRIMERO.</h2> -</div> - -<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p> - -<p class="hang">Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue a la -provincia de Tesalia, donde estas artes se usaban, y en el camino se -juntó con otros dos compañeros: y en aquel camino iban contando cosas -increíbles y de maravillar de un embaidor y de dos hechiceras. — Y -luego cómo llegó a la ciudad de Hipata, y de su huésped Milón, y lo que -le aconteció en su casa la primera noche. — Lee y verás cosas de mucho -gusto, y toma lo mejor para ti.</p> - - -<h3>I.</h3> - -<p class="hang">Cómo Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue -a la provincia de Tesalia, y en el camino se juntó con dos compañeros, -los cuales iban contando admirables acaecimientos de hechiceras.</p> - -<p>Yendo yo a Tesalia (que de allí era mi linaje por parte de mi madre, -de aquel noble Plutarco, y Sexto su sobrino), después de haber pasado -por sierras y valles, deleitosos prados llenos de hierbas y campos -arados, ya<span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span> mi caballo iba -rendido, y así por esto, como por ejercitar las piernas, que llevaba -cansadas de venir caballero, salté de él en tierra y comencé a caminar -muy poco a poco, llevándolo por delante. De esta manera alcancé dos -compañeros que iban allí cerca, y escuché lo que hablaban.</p> - -<p>El uno de ellos, con una risa, dijo:</p> - -<p>—Calla ya; no digas esas palabras mentirosas.</p> - -<p>Como esto le oí, deseando saber cosas nuevas, dije:</p> - -<p>—Señores, repartid conmigo de lo que vais hablando, porque huelgo -mucho de oír cosas tales, y también porque subiendo esta tan áspera -cuesta, el hablar nos alivie parte del trabajo.</p> - -<p>Entonces, aquel que había comenzado la plática primera, nos dijo:</p> - -<p>—Por cierto no es más verdad esta mentira, que si alguno dijese que -con arte mágica se vuelven atrás los caudalosos ríos, que la mar se -cuaja, que los aires no se mueven, que el sol está fijo en el cielo, -que despuma en las hierbas la luna, que se arrancan del cielo las -estrellas, que se quita el día y la noche se detiene.</p> - -<p>Yo entonces, con un poco más de osadía, dije:</p> - -<p>—Oyes, tú que comenzaste la primera habla, por amor de mí que no te -pese ni te enojes de proseguir adelante.</p> - -<p>Asimismo dije al otro:</p> - -<p>—Paréceme que tú, con grueso entendimiento y rudo corazón, -menosprecias lo que por ventura es verdad, y no sabes que muchas cosas -juzgan los hombres por mentira, o porque nunca fueron vistas, o porque -ellas parecen más grandes de lo que se puede pensar, las cuales, si -bien se mirasen y contemplasen, no solamente serían claras de hallar, -pero aun fáciles de hacer. Porque yendo yo un día a Atenas, y llegando -a la puerta grande que llamaban Decile, vi un hombre de estos que -hacen juegos<span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span> de manos, -que tragó una espada bien aguda por la punta. Y luego, por un poco de -dinero que le dieron, tomó una lanza por el hierro y metiósela por la -barriga; de manera que el hierro que entró por la ingle le salió por -la parte del colodrillo a la cabeza, y en la punta de él apareció un -niño volteando y danzando, de lo cual nos maravillamos cuantos allí -estábamos, que no dijeras sino que era el báculo del dios Esculapio, -medio cortados los ramos y nudoso, con una serpiente volteando encima. -Así que, tú que comenzaste a hablar, torna lo comenzado, que yo solo -te creeré, y demás de esto te prometo que en el primer mesón en que -entremos te convidaré a comer conmigo, y esta será la paga de tu -trabajo.</p> - -<p>Él respondió:</p> - -<p>—Pláceme aceptar lo que dices, y luego proseguiré lo que antes había -comenzado, y primero, te juro por el sol, te he de contar cosas que así -han pasado, porque no dudes que cierto por mí pasaron, aunque me pesó, -y en esta ciudad que aquí cerca está, es cosa muy sabida y manifiesta. -Y porque sepáis quién soy, de qué tierra y qué es mi oficio, habéis -de saber que yo soy de Egina y ando por estas provincias de Tesalia, -Etolia y Beocia, de acá para allá, buscando mercaderías de queso, miel -y semejantes cosas de taberneros, y como oyese decir que en la ciudad -de Hipata (la cual es la más principal de Tesalia) hubiese buen queso, -de buen sabor y provechoso para vender, corrí luego allá para comprar -todo lo que pudiese; pero con el pie izquierdo entré en la negociación, -que no me sucedió como esperaba, porque otro día antes había venido -otro negociador que se llamaba Lobo, y lo había comprado todo. Así que -yo, fatigado del camino, fuime hacia el baño y de improviso hallé en -la calle a Sócrates, mi amigo y compañero, que estaba sentado<span -class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span> en tierra medio vestido, con -un sayuelo roto, tan disforme, flaco y amarillo, que parecía tal como -aquellos que la triste fortuna trae a pedir por las calles. Como yo lo -vi, aunque era muy familiar mío y compañero, con todo esto dudé si le -conocía, y llegándome a él, dije:</p> - -<p>—¡Oh mi Sócrates! ¿Qué es esto? ¿Qué gesto es ese? ¿Qué desventura -fue la tuya? En tu casa ya eres llorado; ya a tus hijos han dado -tutores los alcaldes. Tu mujer, después de hechas tus exequias y -haberte llorado, cargada de luto y tristeza, es importunada por sus -parientes que se case, y tú estás aquí como estatua del diablo con -nuestra injuria y deshonra.</p> - -<p>Él entonces me respondió:</p> - -<p>—¡Oh Aristómenes, no sabes tú las vueltas y rodeos de la fortuna y -sus instables movimientos!</p> - -<p>Y diciendo esto, con su falda rota se cubrió la cara de manera que -se descubrió desde el ombligo abajo.</p> - -<p>Yo no pude sufrir tan miserable vista y triste espectáculo; tomelo -por la mano y trabajé con él porque se levantase, y él así con la cara -cubierta, me dijo:</p> - -<p>—Déjame use la fortuna conmigo de su triunfo y siga lo que -comenzó.</p> - -<p>Yo luego desnudeme una de mis vestiduras y prestamente se la vestí, -aunque mejor diría que lo cubrí, e hícelo ir a lavar al baño, y dile -todo lo que fue menester para untarse y limpiar la mucha suciedad que -tenía. Después de bien curado llevelo al mesón e hícelo asentar a la -mesa y comer a su placer, amanselo con el comer, alegrelo con el beber, -de manera que ya estaba inclinado a hablar en cosas de juego y placer, -para conversar como hombre decidor, cuando de lo íntimo de su corazón -dio un mortal suspiro, y con la mano derecha se dio un gran golpe en la -cara, diciendo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span>—¡Oh mezquino de mí! -que en tanto que anduve siguiendo el arte de la esgrima, que mucho me -placía, caí en estas miserias, porque, como tú bien sabes, después -de la mucha ganancia que hube en Macedonia, partiéndome de allí con -mi dinero, un poco antes que llegase a la ciudad de Larisa, pasando -por un valle muy grande lleno de espesa arboleda, hay unas grandes -decendidas; allí me cercaron los ladrones y me robaron cuanto traía, y -yo escapé medio muerto; víneme a la ciudad y posé en casa de una vieja -tabernera llamada Meroes, mujer sabia y parlera, a la cual conté lo que -me acaeció en el camino y la gana y ansia que tenía por volver a mi -casa, contándole mis penas con mucha fatiga y miseria; ella me empezó -a tratar humanamente y diome a cenar muy bien y de balde, y así que, -movida o alterada de amor, metiome en su cámara y cama. Yo, mezquino -luego, como llegué a ella una vez, se me pegó tanta enfermedad y -vejez, que por huir su conversación todo cuanto tenía le di, hasta las -vestiduras que los buenos ladrones me dejaron con que me cubriese, y -aun algunas de las cosas que había ganado. Así que aquella buena mujer -y mi mala fortuna me trajeron a este gesto que poco antes me viste.</p> - -<p>Yo le respondí:</p> - -<p>—Por cierto, tú eres merecedor de cualquier mal que te viniese, pues -que una mala mujer, y un vicio carnal tan sucio, te hizo olvidar de tu -casa, mujer e hijos.</p> - -<p>Sócrates entonces, poniendo el dedo en la boca, mirando en derredor -a ver si era lugar seguro para hablar, dijo:</p> - -<p>—Calla, calla, no digas mal contra esta mujer que es maga, por -ventura no recibas algún daño por tu lengua.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span>A lo cual yo le -respondí:</p> - -<p>—¿Cómo es eso de esa tabernera, y tanto puede? ¿Qué mujer es?</p> - -<p>Él respondió:</p> - -<p>—Es muy astuta hechicera, que puede más que los diablos, y los manda -a zapatazos; hará temblar la tierra, y cuajar las aguas, deshacer los -montes, oscurecer las estrellas, conjurar los muertos, resistir a los -dioses.</p> - -<p>Cuando le oí decir estas cosas, le dije:</p> - -<p>—Ruégote, por Dios, que no hablemos más en materia tan alta, -hablemos en cosas comunes.</p> - -<p>Sócrates dijo:</p> - -<p>—¿Quieres oír alguna cosa o muchas de las suyas? Pues has de -saber que ella hace que dos enamorados se quieran bien y se amen -muy fuertemente, no solamente aquí los naturales, pero aun los que -están muy lejos, aunque sea en el cabo del mundo. Oye ahora lo que -en presencia de muchos osó hacer a un enamorado suyo porque tuvo que -hacer con otra mujer: con una sola palabra lo convirtió en un animal -que llaman castor, el cual tiene esta propiedad, que temiendo de no ser -tomado por los cazadores, córtase su natura porque lo dejen; y porque -otro tanto le aconteciese a aquel su amigo, lo tornó en aquella bestia. -Asimismo, a otro su vecino tabernero que le quería mal, convirtió en -rana; y ahora el mezquino viejo andaba nadando en la tinaja del vino, -y escondiéndose debajo las heces; canta cuando vienen a su casa los -que continuaban a comprar de él. También a otro procurador de causas, -porque abogó contra ella, lo transformó en un carnero; y así en esta -forma procura ahora los pleitos. Esta misma, porque la mujer de un su -enamorado le dijo cierta injuria, le hizo tal hechizo, que quedó con la -barriga muy grande, como<span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span> -preñada, y todos cuentan el tiempo de su preñez, que son ya ocho años -que a la mezquina crece el vientre, como preñez de elefante. La cual, -como a muchos dañase, fue tanta la ira que el pueblo tomó contra ella, -que determinaron de apedrearla; pero con sus encantamentos, ella supo -lo que estaba ordenado, y como aquella Medea, que con la tregua de un -día que alcanzó del rey Creón, toda su casa, y su hija, y al mismo rey, -quemó en vivas llamas, así esta, con sus imprecaciones infernales, -que dentro de un sepulcro hizo (según que la beoda me contó), a todos -los vecinos de la ciudad encerró en sus casas con la fuerza de sus -encantamentos, que en dos días no pudieron romper las cerraduras ni -abrir las puertas, hasta que unos a otros se amonestaron y juraron de -no tocarle ni hacer mal alguno, antes de darle todo favor y ayuda. De -esta manera amansada, desligó toda la ciudad; pero al autor de este -escándalo, con su casa entera, y sus cimientos, a media noche la llevó -a otra ciudad cien millas de allí; y porque en la ciudad no había lugar -donde pudiese asentar la casa, por la mucha vecindad, la puso en el -arrabal, y allí la dejó.</p> - -<p>Cuando yo le oí esto, díjele:</p> - -<p>—Por cierto, mi Sócrates, tú dices cosas muy espantables y crueles, -y sin duda que en gran miedo me has puesto. Y porque esta vieja (usando -de su encantamento) habrá entendido nuestra plática, vámonos a dormir, -y muy de mañana huyamos de aquí lo más lejos que pudiéremos.</p> - - -<h3 title="II." id="Ch1_2"><span class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span>II.</h3> - -<p class="hang">Cómo prosiguiendo Aristómenes (que así se llamaba el -compañero) su historia, contó a Lucio Apuleyo cómo dos hechiceras, -Meroes y Pancia, degollaron aquella noche a Sócrates.</p> - -<p>Aún yo no había bien acabado de decir esto, cuando Sócrates se -adormeció, así por haber bebido de lo que no acostumbra, como también -por la luenga fatiga que había padecido.</p> - -<p>Yo entonces entré la puerta dentro de la cámara y echele la aldaba, -y acosteme sobre una camilla que estaba cerca los quicios de la puerta. -Así que del miedo que tenía velé un poco, y siendo casi media noche, -comenzáronseme a cerrar los ojos; mi fe, si os place, ya dormía, y -súpitamente las puertas se arrancaron de sus quicios, y se cayeron en -tierra.</p> - -<p>Mi camilla en que estaba, como era pequeña, y cojo el banco de un -pie y los otros podridos, con la fuerza e ímpetu de la puerta, cayó en -tierra, y yo caí debajo en el suelo, porque como la cama se volvió, -tomome debajo de sí; entonces sentí un efecto natural en contrario, que -así como en un gran placer suelen venir lágrimas, así a mí, que estaba -lleno de miedo, me venía gran risa, porque estaba de hombre hecho -tortuga.</p> - -<p>Estando así en el suelo cubierto con mi camilla, vi dos mujeres -viejas; la una traía un candil ardiendo, la otra un puñal y una -esponja, y pusiéronse cerca de Sócrates, que dormía muy bien. La que -traía el puñal dijo a la otra:</p> - -<p>—Hermana Pancia, este es el gran enamorado Endimión,<span -class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span> otro Ganímedes, que días y -noches burló de mi juventud. Este es el que no solamente contando mis -amores me difama y deshonra, mas aun ahora se quería huir, y que yo -quede sola y con pena, como Calipso cuando Ulises la dejó y se fue.</p> - -<p>Diciendo esto me señaló con la mano, y dijo a Pancia:</p> - -<p>—Y también este buen consejero Aristómenes, que es el autor de esta -huida, cercano está de la muerte, echado yace en tierra debajo de la -cama; todo esto bien lo ha mirado, mas no crea que ha de pasar sin -pena por lo que contra mí dijo, yo le haré que luego, y aun ahora, se -arrepienta de lo que malamente ha hablado y del consejo de la huida que -quiere hacer.</p> - -<p>Yo, mezquino, como entendí estas palabras, cubrime de un sudor frío -y comenzome a temblar todo el cuerpo, en tanta manera, que mi camilla -saltaba temblando en mis espaldas.</p> - -<p>Pancia dijo entonces:</p> - -<p>—Pues, hermana, ¿por qué a este no despedazamos primero o le -cortamos su natura?</p> - -<p>Respondiole Meroes (que era la tabernera, la cual conocí más por su -gesto de vino que por otra cosa):</p> - -<p>—Antes me parece que debe de vivir este, para que entierre a este -otro cuitado.</p> - -<p>Y tomando la cabeza de Sócrates por la parte siniestra de la -garganta, le metió el puñal hasta los cabos, y tomó la sangre en un -barquino, de manera que gota no pareció, y metiendo la mano por la -llaga hasta las entrañas, sacó el corazón de mi triste compañero, el -cual, como tenía cortado el gaznate, no pudo dar ni un solo gemido.</p> - -<p>Pancia tomó la esponja que traía, y metióla en la boca de la llaga, -diciendo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span>—Tú, esponja, nacida -en la mar, guarda que no pases por ningún río.</p> - -<p>Diciendo esto, ambas se vinieron a mí y quitáronme la cama de -encima, y puestas en cuclillas meáronme la cara, tanto, que me -remojaron muy bien, y entonces se fueron, y luego las puertas se -tornaron a su lugar como de antes estaban.</p> - -<p>Yo, como estaba echado en tierra, desnudo y frío y remojado de -orines, como si entonces hubiera salido del vientre de mi madre, dije -entre mí:</p> - -<p>«¿Qué será de mí cuando se hallare este a la mañana degollado? ¿Quién -me podrá creer, aunque dé mil razones? Porque luego me dirán: Si tú, -hombre tan grande, no podías resistir a una mujer, a lo menos dieras -voces y llamaras socorro. ¿Cómo en tu presencia degollaban un hombre? -¿Por qué, si eran ladrones, no mataban a ti como a él? Así que, pues -escapaste de la muerte, torna a ella.»</p> - -<p>Considerando yo estas cosas muchas veces, íbase la noche, y venía el -día; pareciome buen consejo salirme antes de él, y tomar mis alforjas y -mi capa.</p> - -<p>Comencé de abrir las puertas de la cámara con la llave, y aquellas, -que esa noche de su voluntad se abrieron, a mala vez y con mucho -trabajo pude abrir, dando veinte vueltas a la llave.</p> - -<p>Después que salí de la cámara, fuime a la puerta del mesón, y dije -al portero:</p> - -<p>—Oyes, tú, ábreme la puerta, que quiero caminar de mañana.</p> - -<p>El que cerca de la puerta estaba echado, me respondió:</p> - -<p>—¿Cómo te quieres partir ahora, que aún es de noche? ¿No sabes -que andan ladrones por los caminos? Si tú<span class="pagenum" -id="Page_11">p. 11</span> eres tan simple que deseas morir, nosotros no -tenemos cabezas de calabaza que queramos morir por ti.</p> - -<p>Yo dije:</p> - -<p>—No hay mucho de aquí al día, cuanto más, que a hombre pobre, ¿qué -pueden robarle los ladrones? ¿No sabes tú, hermano, que a hombre -desnudo, diez valientes no le pueden despojar?</p> - -<p>A esto el embeleñado villano, medio dormido, dio una vuelta sobre el -otro lado, diciendo:</p> - -<p>—¿Y qué sé yo ahora si dejas degollado aquel tu compañero con quien -cenabas anoche, y te vas huyendo?</p> - -<p>Cuando yo le oí aquello, en aquel punto me pareció abrirse la -tierra, y que vide el maldito profundo del infierno, y el traidor del -Cancerbero hambriento por tragarme. Acordóseme que aquella buena de -Meroes no me había dejado de matar por misericordia, mas por crueldad, -por guardarme para la horca. Así que torneme a la cámara, y pensaba -entre mí qué linaje de muerte me habían de dar al otro día; con esta -cuita determiné de matarme, y como en la cámara no hubiese armas, -volvime a mi camilla, y díjele:</p> - -<p>—¡Oh mi lecho amado, que has padecido conmigo tanta fatiga esta -noche, tú eres sabedor de lo que aquí se hizo; a ti solo puedo tomar -por testigo de mi inocencia; ruégote que si tengo que morir, me des -algún socorro!</p> - -<p>Y diciendo esto, desaté una soguilla con que estaba tejido, y -echéla de un madero, e hice un lazo en la cuerda, y subido encima de -la cama, me lo puse atado al pescuezo, y dando con los pies en la cama -por apartarla, para que el cuerpo quedase en el aire, y me ahogase, -la cuerda, súpitamente, con el peso del cuerpo se hizo pedazos<span -class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> de vieja y podrida; yo, como -caí de lo alto, di sobre Sócrates, que estaba allí echado cerca de mí. -Y luego en ese momento entró el portero dando voces:</p> - -<p>—¿Dónde estás tú que a media noche con gran prisa te querías partir, -y ahora te estás en la cama?</p> - -<p>A esto, no sé si o con la caída que yo di, o por las voces y -baraúnda del portero, Sócrates se levantó primero que yo, diciendo:</p> - -<p>—No sin causa los huéspedes aborrecen y dicen mal de estos -mesoneros; ved ahora este necio importuno cómo entró de rondón en la -cámara, creo que por hurtar algo. Con sus voces me despertó.</p> - -<p>Cuando yo vi a mi compañero hablar, fuime a él y abracele y besele -muchas veces; él me dijo:</p> - -<p>—Quítate allá, que hiedes malamente.</p> - -<p>Entonces yo le mudé el propósito, y lo hice levantar, y luego nos -partimos. Empezamos a caminar ya cuando el sol alumbraba toda la -tierra: yo iba muy curiosamente mirando a mi compañero la garganta por -aquella parte que le había visto meter el puñal, y decía entre mí.</p> - -<p>Cierto, anoche yo estaba tan lleno de vino, que soñé cosas del -diablo: he aquí Sócrates vivo y sano. ¿Dónde está la herida? ¿Dónde -esta la esponja?</p> - -<p>Entonces dije a mi compañero:</p> - -<p>—No sin causa dicen los médicos que los que mucho cenan y beben, -sueñan pesados sueños, así me aconteció a mí, que anoche, como me -desordené en el beber, soñé crueles y espantables cosas, que aun me -parecía que estaba rociado con sangre de hombre.</p> - -<p>A esto respondió él riéndose:</p> - -<p>—Antes me parece que estás rociado con meados. Pero también soñaba -yo que me degollaban, y me dolió la garganta, y que me arrancaban el -corazón: y aun ahora<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span> no -puedo resollar; por tanto, quería comer alguna cosa para esforzar.</p> - -<p>Yo entonces le dije:</p> - -<p>—He aquí el almuerzo.</p> - -<p>Luego saqué pan y queso, y sentámonos a almorzar. Yo lo estaba -mirando cómo tragaba los bocados con una flaqueza intrínseca y un -color amarillo, que parecía de muerto: yo, pensando en aquellas -brujas, estaba tan medroso, que el bocado de pan que había mordido -se me atravesó en el galillo, de manera que no podía pasar abajo, ni -tornar arriba, y también tenía temor por no ver pasar a nadie por el -camino.</p> - -<p>Sócrates, desde que hubo bien comido del pan y queso, tenía gran -sed, y cerca de allí do estábamos asentados, corría un hermoso y claro -río, adonde mi compañero fue a matar su sed; y echándose de bruces -en el agua, empezando a meter los labios, se le abrió súpitamente la -degolladura, y de dentro salió la esponja con una poca de sangre.</p> - -<p>Yo, cuando esto vi, asile por los pies y tirelo a tierra, que de -otra manera, el cuerpo sin alma cayera en el río. Después (según el -tiempo y lugar) lloré a mi compañero, y le di en la arena sepultura -para siempre. Y con mucha ansia me fui por esos caminos; y dejando mi -tierra y casa, tomando voluntario destierro me fui a Etolia, y allí me -casé, donde ahora soy morador.</p> - -<p>De esta manera nos contó Aristómenes su historia: y el otro su -compañero, medio riendo, dijo:</p> - -<p>—No hay mentira tan fabulosa en el mundo como esta.</p> - -<p>Y mirando hacia mí, dijo:</p> - -<p>—Tú, hombre de bien (según tu presencia y hábito muestran), ¿crees -esta conseja?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span>Yo le respondí:</p> - -<p>—Cierto: no pienso que hay cosa imposible, porque muchas veces -acaecen a mí y a ti, y a todos los hombres, cosas maravillosas que -nunca acontecieron, que si se cuentan a persona rústica, no son -creídas.</p> - -<p>Y volviéndome a Aristómenes, le dije:</p> - -<p>—Mucho holgué de oír tu historia, y de mi parte lo agradezco mucho, -porque con tu cuento me hiciste olvidar el camino y pasarlo sin fatiga; -del cual beneficio también mi caballo lleva su parte, porque sin -trabajo suyo he venido hasta la puerta de esta ciudad, no encima de él, -mas de mis orejas.</p> - -<p>Aquí nos apartamos; yo entré en la ciudad, y mis compañeros pasaron -adelante.</p> - - -<h3 id="Ch1_3">III.</h3> - -<p class="hang">Cómo Lucio Apuleyo llegó a la ciudad de Hipata y fue a -posar en casa de Milón, y lo que con Pitias le aconteció.</p> - -<p>Llegando al primer mesón que hallé, pregunté a una vieja tabernera -si conocía uno de los principales de aquel pueblo que se llamaba -Milón.</p> - -<p>La vieja respondió:</p> - -<p>—Por cierto así es, que este Milón es el más honrado de su casa.</p> - -<p>Yo le dije:</p> - -<p>—Madre mía, dejemos burlas y dime en qué casa mora.</p> - -<p>Ella respondió:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span>—¿Ves aquellas -ventanas del cabo que están fuera de la ciudad, de frente una calleja -sin salida? pues allí mora Milón, harto rico, y mayor avariento, y de -baja condición, hombre infame y sucio, que no tiene otro oficio sino -continuo dar dinero a usura, sobre buenas prendas de plata y oro; -metido en una casilla pequeña, está siempre pensando en su dinero, -con su mujer, compañera de tristeza y avaricia, y no tiene en su casa -persona, sino una mozuela, y tanto es avariento, que anda vestido como -un pobre hombre.</p> - -<p>Cuando yo oí esto, reíme entre mí, diciendo:</p> - -<p>—Por cierto, bien encaminado vengo de mi amigo Demeas, pues a tal -hombre me envía para que me dé posada, en cuya casa ni habrá miedo del -humo ni del olor de la cocina.</p> - -<p>Y diciendo esto llegué a la puerta de Milón, a la cual, como estaba -muy bien cerrada, empecé a llamar.</p> - -<p>En esto salió una mozuela de dentro, que me dijo:</p> - -<p>—Oyes tú, que tan reciamente llamas a la puerta, ¿qué prenda traes -para que te preste sobre ella dineros?</p> - -<p>Yo le respondí:</p> - -<p>—Mejor lo haga Dios conmigo; respóndeme si está en casa tu señor.</p> - -<p>Ella dijo:</p> - -<p>—Sí está; mas dime: ¿qué es lo que quieres?</p> - -<p>Yo respondí:</p> - -<p>—Tráigole cartas de Corinto, de su amigo Demeas.</p> - -<p>Ella me dijo:</p> - -<p>—Espera en cuanto se lo digo.</p> - -<p>Y cerrando muy bien la puerta, se entró para dentro.</p> - -<p>De allí a poco tornó a salir, y abriéndola, me dijo que entrase.</p> - -<p>Yo entré y hallé a Milón sentado a una mesilla pequeña,<span -class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> que entonces empezaba a -cenar. Y la mujer estaba sentada a los pies, y en la mesa había poco o -casi nada que comer.</p> - -<p>Él me dijo:</p> - -<p>—Esta es tu posada.</p> - -<p>Yo le di muchas gracias, y luego le di las cartas de Demeas, las -cuales por él leídas, dijo:</p> - -<p>—Yo soy muy contento de tener tan honrado huésped como mi amigo -Demeas me envía.</p> - -<p>Y diciendo esto, hizo levantar a su mujer, y a mí, tomándome por la -halda, me hizo sentar en su lugar, diciendo que por miedo de ladrones -no tenía otra silla ni otras cosas que convenían.</p> - -<p>Después que yo fui sentado, me dijo.</p> - -<p>—Huésped honrado, ruégote que no menosprecies la angostura de mi -casa, que está aparejada para lo que mandares, y ves allí a aquella -cámara, que es razonable, donde puedes estar a tu placer. Porque -cierto, tu persona hará mayor la casa; demás de esto, imitarás a tu -padre Teseo, que nunca se menospreció de posar en casa de aquella buena -vieja Hecales.</p> - -<p>Entonces llamó a la moza, y díjole:</p> - -<p>—Andria, toma esta ropa del huésped y ponla a buen recaudo, y saca -aceite para untarse y un paño para limpiarle, y llévalo al baño más -cercano, porque vendrá fatigado del largo camino.</p> - -<p>Cuando yo le oí esto, dije:</p> - -<p>—No he menester nada de esto, que yo iré y preguntaré por el baño. -Lo que ahora querría es que para mi caballo me compres tú, Andria, heno -y cebada, ves aquí los dineros.</p> - -<p>Entonces puse mi ropa en aquella cámara, y yendo al baño, acordé -de proveer primero algo para cenar, y fuime<span class="pagenum" -id="Page_17">p. 17</span> a la plaza de Cupido a donde había gran -abundancia, y compré pescado.</p> - -<p>Al tiempo que me venía topé con Pitias, que fue mi compañero cuando -estudiábamos en Atenas, el cual, como me vio, se vino a mi y abrazome y -diome paz amorosamente, y dijo:</p> - -<p>—¡Oh, mi Lucio! mucho tiempo ha que no nos vimos; ¿qué es ahora la -causa de tu venida?</p> - -<p>Yo dije:</p> - -<p>—Mañana nos veremos más despacio, y entonces te lo diré. Mas ¿qué es -esto? Yo he gran placer en verte con vara de justicia; según tu hábito, -debes tener oficio en la ciudad.</p> - -<p>Él me respondió:</p> - -<p>—Soy almotacén, tengo cargo de las cosas de comer; por eso, si -quieres comprar algo, bien te podré aprovechar.</p> - -<p>Yo no quise, porque ya tenía comprado lo necesario para cenar. Pero -él, como vio la espuerta del pescado, tomola, y mirando los peces que -en ella había, dijo:</p> - -<p>—¿Cuánto te costó este rehús?</p> - -<p>Yo le dije que veinte maravedís. Lo cual como él oyó, tomome por la -halda y llevome a la plaza de Cupido y preguntome:</p> - -<p>—¿De cuál de estos lo compraste?</p> - -<p>Yo le mostré un vejezuelo que estaba sentado en un rincón. Al cual, -con voces ásperas (como a su oficio convenía), empezó a maltratar -diciendo:</p> - -<p>—Vosotros ni perdonáis a nuestros amigos ni a los forasteros que -aquí vienen, porque vendéis el pescado podrido por tan gran precio, y -hacéis con vuestra carestía que una ciudad como esta, que es la flor -de Tesalia, se torne en un desierto. Pero no lo haréis sin pena, a lo -menos en tanto que yo tuviere este cargo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span>Y tomando la espuerta -del pescado la derramó por el suelo e hizo a uno de sus oficiales que -lo rehollasen con los pies. Así que mi amigo Pitias contestó con este -castigo, me dijo:</p> - -<p>—Lucio, bien basta lo que hice a este vejezuelo; vete con Dios.</p> - -<p>Yo quedé mal contento de esto, y me fui al baño sin cena y sin -dineros, por el buen consejo de aquel mi amigo Pitias. Así que, después -de lavado, torneme a la posada de Milón y entreme en la cámara.</p> - -<p>Luego vino Andria, la moza de casa, a llamarme diciendo:</p> - -<p>—Ruégate mi señor que vayas allá.</p> - -<p>Yo, sabiendo la miseria de Milón, excuseme diciendo que quien venía -fatigado del camino, más había menester reposar en la cama que otra -cosa.</p> - -<p>Mas Milón se vino a mí, y tomome por la mano y llevome a aquella su -pequeña y pobre mesilla, donde me hizo sentar. Y luego me preguntó:</p> - -<p>—¿Cómo está mi amigo Demeas? ¿cómo está su mujer e hijos?</p> - -<p>Yo le di cuenta de todo muy cumplidamente. Así mismo me preguntó -ahincadamente la causa de mi venida, la cual después que muy bien le -relaté, me preguntó de la tierra y del estado de la ciudad, y quién la -regía y gobernaba, y otras cosas.</p> - -<p>Plugo a Dios que acabó de parlar el viejo rancioso, más hambriento -del sueño que harto de la cena, y dándome licencia me fui a dormir.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch2_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span></p> - <h2 class="nobreak g0">LIBRO II.</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p> - -<p class="hang">Andando Lucio Apuleyo mirando la ciudad de Hipata, se -conoció con una tía suya; era dueña muy rica; y cómo fue avisado de -ella que se guardase de la mujer de Milón, porque era grande hechicera. -— Y cómo se enamoró de la moza de casa. — Y de un convite que le hizo -su tía, donde infiere cosas graciosas y de placer. — Y cómo guardando -uno a un muerto, le cortaron las narices y orejas. — Después, cómo -Lucio Apuleyo tornó de noche a su posada cansado de haber muerto, no a -tres hombres, mas a tres odres.</p> - - -<h3>I.</h3> - -<p class="cent">Cómo andando Lucio Apuleyo por la ciudad se conoció con -una su tía, que le dio algunos avisos.</p> - -<p>Viniendo la mañana, yo me levanté con ansia y deseo de saber -aquellas cosas que son raras y maravillosas, pensando entre mí que -estaba en aquella ciudad tan populosa, y que era nombrada por todo el -mundo de haber en ella muchos encantamentos de arte mágica.</p> - -<p>También consideraba en aquella fábula de Aristómenes<span -class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> mi compañero, la cual había -acontecido en aquella ciudad. Y así andaba escudriñando todas las cosas -que veía. Y no había cosa que, mirándola yo, creyese ser lo que veía; -mas parecíame que todas con encantamento estaban tornadas en otra -figura. Andando así, atónito, no hallando principio a lo que deseaba, -halleme en la plaza de Cupido, a donde vi venir una dueña con una buena -compañía de servidores, vestida de oro y seda y piedras preciosas. -Venía a su lado un viejo honrado, el cual, como me vio, dijo:</p> - -<p>—En verdad, este es Lucio.</p> - -<p>Y diome paz; y llegándose a la oreja de la dueña, no sé qué le -habló, que, volviéndose a mí, dijo:</p> - -<p>—¿Por qué no te llegas a tu madre y le hablas?</p> - -<p>Yo le respondí:</p> - -<p>—He vergüenza, porque no la conozco.</p> - -<p>Y diciendo esto me detuve.</p> - -<p>Ella puso los ojos en mí, diciendo:</p> - -<p>—¡Oh bondad generosa de aquella muy noble Salvia, tu madre, prima -mía, que en todo le pareces! Llégate a mí, que yo soy aquella Birrena, -tu tía, cuyo nombre bien has oído muchas veces a tus padres. Ruégote -que vengas a mi posada, aunque mejor diré a la tuya.</p> - -<p>A esto respondí con mucha mesura y cortesía:</p> - -<p>—Señora, yo poso en casa de Milón, y no me será bien contado mudar -de posada; lo que haré será que te visitaré muchas veces.</p> - -<p>Hablando estas y otras cosas llegamos a su casa, la cual era muy -hermosa y bien labrada. Había en ella cuatro órdenes de columnas de -mármol, y sobre cada columna de las esquinas estaba una estatua de la -diosa de la Victoria, tan artificiosamente labradas, con sus rostros, -alas y plumas, que parecía que querían volar.<span class="pagenum" -id="Page_21">p. 21</span> De la otra parte estaba la estatua de la -diosa Diana, hecha de mármol muy blanco, enfrente de la entrada de la -puerta. Estaba esta diosa tan pulidamente labrada, que parecía que el -aire llevaba su vestidura y que se movía y andaba, y en su presencia -mostraba gran majestad. Alderredor de ella estaban sus lebreles, hechos -del mismo mármol, que parecía que amenazaban con los ojos, las orejas -alzadas, las narices y las bocas abiertas. A las espaldas de esta diosa -estaba una piedra muy grande, cavada en manera de cueva, en la cual -había esculpidas hierbas de muchas maneras, con sus troncos y hojas, -pámpanos y parras, y otras flores que resplandecían dentro de la cueva -con la claridad de la estatua Diana, que era de mármol muy claro, y -resplandeciente. Pensaras que viniendo el tiempo de las uvas, cuando -ellas maduran, que podrás coger de ellas para comer. Y si miraras las -fuentes que a los pies de la diosa corrían como un arroyo, creyeras -que los racimos que cuelgan de las parras eran verdaderos, que aun no -carecen de movimiento dentro en el agua. En medio de estos árboles y -flores estaba la imagen del rey Acteón; estaba mirando cómo ella se -lavaba en la fuente y cómo él se tornaba ciervo montés.</p> - -<p>Andando yo mirando esto con mucho placer, dijo aquella Birrena, mi -tía:</p> - -<p>—Tuyo es todo lo que aquí ves.</p> - -<p>Y diciendo esto mandó a los que allí estaban que se apartasen, que -quería hablar un poco secreto; los cuales apartados, me dijo:</p> - -<p>—Lucio, hijo muy amado, por esta diosa que delante de nos está, -que tengo mucha compasión y ansia de ti, deseando cómo proveerte y -remediarte, porque no te querría ver en esta tierra, ni en otra, en -peligros y trabajos<span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> -que ligeramente vienen a las personas. Guárdate fuertemente de las -malas artes y peores halagos de aquella Pánfila, mujer de tu huésped -Milón, porque es gran mágica y maestra de cuantas hechicerías se pueden -pensar; que con cogollos de árboles y pedrezuelas y semejantes cosas, -con ciertas palabras hace que la luz del día se torne tinieblas, y -que la mar se levante y la tierra tiemble. Y si ve algún gentilhombre -que tenga buena disposición, luego se enamora de él, y le hace tales -encantamentos, que le ata el cuerpo y el alma, y después que se harta -de él, conviértelo en piedra o en bestia, o en otra forma que ella -quiere, y a otros mata. Esto te digo temblando, porque te guardes, -que es muy enamorada, y tú, como eres mozo y gentilhombre, agradarle -has.</p> - -<p>Esto me decía mi tía con harta congoja y pena que de mí tenía. Mas -yo holgué mucho de saber que mi huéspeda era mágica, porque pretendía -alcanzar algo de ella. Y disimulando con mi tía lo mejor que pude, me -despedí, pidiéndome que la visitase muchas veces, ya que no quería -aceptar su posada. De esta manera salí de manos de mi tía, que ya no -veía la hora de verme en casa de Milón, mi huésped.</p> - - -<h3 id="Ch2_2">II.</h3> - -<p class="cent">Cómo Lucio Apuleyo se enamoró de Andria, la moza de su -huésped Milón, y lo que pasó con ella.</p> - -<p>Después que me aparté de mi tía me iba para casa de mi huésped; en -el camino decía entre mí:</p> - -<p>—Ea, Lucio, vélate bien, que ahora tienes entre las manos<span -class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> lo que tanto deseabas. -Desecha de ti todo miedo, porque puedas presto alcanzar lo que deseas; -pero mira bien que te apartes de no hacer vileza ni ensuciar la cama y -honra de tu huésped Milón. Con todo eso bien puedes requerir de amores -a Andria su criada, que parece agudilla, bonica y alegre. Aun bien te -debes recordar cuando anoche te ibas a dormir, cómo ella te acompañó -mostrándote la cámara, y cubriéndote con la ropa después de acostado, y -te besó en la cabeza, partiéndose de allí contra su voluntad.</p> - -<p>Yendo yo disputando entre mí estas cosas, llegué a la casa de Milón, -y, como dicen, yo por mis pies confirmé la sentencia de lo que había -pensado.</p> - -<p>Entrando en casa, ni hallé a Milón ni tampoco a su mujer, que eran -idos fuera, sino a sola mi Andria, que aparejaba de comer para sus -amos. Estaba vestida de blanco, su camisa limpia, y ceñida una faja -blanca por debajo de la tetas; y con sus manos blancas y lindas estaba -haciendo unos pasteles; y como traía alderredor la masa, ella también -se movía tan apaciblemente, que yo, con lo que veía, estaba enamorado -de ella; y lo más cortésmente que pude, dije:</p> - -<p>—Señora Andria, con tanta gracia y donaire aparejas este manjar, que -yo creo ser más dulce y sabroso que otro alguno. Cierto, será dichoso -aquel que dejares tocar a tus vestidos.</p> - -<p>Ella, como era viva y decidora, me dijo:</p> - -<p>—Anda, mezquino, quítate de aquí, vete de la cocina, no te llegues -al fuego, porque si un poco del mío te tocare, arderás de dentro, -que nadie podrá apagarlo sino yo, que sé muy bien merecer la olla y -cama.</p> - -<p>Diciendo esto mirome y riose; pero yo no me partí de allí hasta -que le toqué con mis manos por su cuerpo, y<span class="pagenum" -id="Page_24">p. 24</span> dejadas las particularidades de su persona, -porque todas eran cabales, yo me enamoré tanto de sus cabellos, que en -público nunca partía los ojos de ellos, tanto les era su aficionado. -Entonces tuve por cierta razón y conocí que la cabeza y cabellos es -la parte principal de la hermosura en las mujeres, por dos razones, o -porque es la primera cosa que nos ocurre a los ojos, o porque adorna -la cabeza de la manera que los vestidos adornan las otras partes del -cuerpo. Si trasquilasen la más hermosa mujer que hubiese en el mundo, -aunque fuese la diosa Venus, acompañada de sus ninfas graciosas, con -su Cupido y toda la más compañía que le sigue, con su arreo de cinta -de oro y hermosas cadenas al cuello, y olores de cinamomo y bálsamo, -si viniere sin cabellos, no aplacerá ni aun a su marido Vulcano. -¿Qué color puede más agradar que el natural de sus cabellos? Tanta -es la gracia de ellos, que, aunque una mujer esté vestida de seda y -oro y piedras preciosas, si no mostrase sus cabellos, no podrá estar -perfectamente ornada ni ataviada.</p> - -<p>Pero en Andria, mi señora, no el atavío de su persona, mas estando -revuelta como estaba, le daba más gracia. Ella los tenía espesos y -largos que le llegaban abajo de la cintura, y con una redecilla de oro -ligados con un nudo muy artificialmente dado, que le daba mucha gracia. -De manera que yo no me pude sufrir, y tomándola por el trenzado, la -empecé a besar.</p> - -<p>Ella me dijo:</p> - -<p>—Oyes tú, escolar, dulce y amargo gusto tomas, pues mira que te -aviso que, a trueque de comer de la miel, no gustes después la hiel.</p> - -<p>Yo le respondí:</p> - -<p>—Mi señora, por solo darte un beso a mi contento, sufriré veinte mil -penas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span>Y sintiendo yo que -ella estaba ya encendida en mi amor, la abracé y besé muy a mi placer, -y prometiome que esa noche se acostaría conmigo. Así que con esta -promesa nos partimos por entonces.</p> - -<p>Después, ya que era mediodía, mi tía Birrena me envió un presente -de media docena de gallinas, un lechón y un barril de vino añejo. Yo -lo entregué a Andria, como despensera de la miserable casa de Milón, y -díjele:</p> - -<p>—Ves aquí, señora, el dios del amor e instrumento de nuestro -placer, viene sin llamarlo, de su propia gana. Bebámoslo sin que gota -quede, porque nos quite la vergüenza y nos incite la fuerza de nuestra -alegría, que esta es la vitualla o provisión que ha menester el navío -de Venus; conviene, a saber, que en la noche sin sueño abunde en el -candil aceite y vino en la copa.</p> - -<p>Después que hube comido, me fui otra vez al baño; ya la noche me -recogí a casa, y convidome a cenar mi huésped.</p> - -<p>Senteme a una pequeña mesilla, guardándome cuanto podía de la vista -de Pánfila, su mujer, porque acordándome del aviso que me había dado -mi tía, parecíame que veía el infierno cuando la miraba, y por eso -empleaba los ojos en mi Andria.</p> - -<p>En esto, como vino la noche y encendieron lumbre, la mujer de Milón, -mirando el candil, dijo:</p> - -<p>—Cuán grande agua hará mañana.</p> - -<p>El marido le preguntó que cómo lo sabía.</p> - -<p>Ella le respondió que la lumbre se lo decía.</p> - -<p>Milón, riéndose, dijo:</p> - -<p>—Por cierto la gran sibila profetisa mantenemos en este candil que -todas las cosas que han de ser nos dice primero.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>Yo entremetime a -hablar en su plática, y dije:</p> - -<p>—Pues sabe que este es el principal argumento de la adivinación, -y no te maravilles, porque como esta sea lumbre encendida por manos -de hombres, a semejanza de aquel fuego mayor que está en el cielo, y, -por tanto, se puede adivinar todo. Yo vi ahora en Corinto, antes que -de allí partiese, un sabio que allí es venido, que toda la ciudad se -espanta de respuestas maravillosas que da a los que le preguntan sus -venturas y caminos que han de hacer, y qué día es bueno para hacer -casamientos, o para hacer viajes y otras cosas. A mí dijo cuando venía -para esta ciudad, que me acaecerían grandes cosas y que de mí se -haría un cuento fabuloso, y cosas variables, y que había de escribir -libros.</p> - -<p>A esto respondió Milón riéndose:</p> - -<p>—¿Qué señas tiene ese hombre, cómo se llama?</p> - -<p>Yo le dije que era un hombre de buena estatura, entre rojo y -negrillo, que se llamaba Diófanes.</p> - -<p>Entonces Milón dijo:</p> - -<p>—Ese es el que aquí en esta ciudad hacía muchas cosas semejantes -a las que dices, por donde ganó hartos dineros; y estando él un día -cercado de muchas gentes que le preguntaban sus venturas y suertes, -acaso llegó un mozo que le abrazó, y el sabio se holgó mucho de verlo, -y preguntando el mancebo cómo le había ido en el viaje de la isla -Rubea, él dijo que muy mal, porque la nave, con una grande tormenta, se -abrió, y ellos en un pequeño barquillo habían salido con harto trabajo -a tierra.</p> - -<p>Oyendo esto los que presentes estaban, se rieron y mofaron del -sabio, diciendo que cómo conocía el hado y suerte de los otros y era -necio en lo que le importaba. Pero tú, Lucio, ¿crees que aquel sabio -te dijo verdad?<span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span> No lo -creas, que son grandes charlatanes, y con sus mentiras roban al pueblo -ignorante y rudo.</p> - -<p>Mi amigo Milón se detenía tanto en contar estas patrañas, que yo -entre mí me deshacía, porque quería ir a gozar de mi Andria.</p> - -<p>Finalmente, que yo me despedí de él, diciendo que todo me dormía, -porque aún estaba fatigado del camino. Y así me fui a mi aposento, a -donde hallé muy ricamente de cenar y las copas llenas de vino. Como yo -cené a mi placer, acosteme en la cama.</p> - -<p>He aquí do viene mi Andria (que ya dejaba acostada a su señora) con -una guirnalda de rosas, la cual, como llegó, me besó muy dulcemente, -y tomando las rosas, las echó sobre la cama; después hinchó una taza -de vino, templola con agua caliente, y me la dio a beber, y teniéndola -medio bebida, me la tomó de las manos y bebiose lo que me quedaba, -mirándome y saboreando los labios, y de esta manera bebimos otra vez, -hasta la tercera.</p> - -<p>Después que estaba ya harto de beber, y no solamente con el deseo, -sino también con el cuerpo aparejado a la batalla, roguele que se -apiadara de mí y se acostase, diciéndole:</p> - -<p>—Ya ves cuánta pena me ha dado tu señora, porque estando yo con -esperanza de lo que tú me habías prometido, después que la primera -saeta de tu cruel amor me dio en el corazón, fue causa de que mi arco -se extendiese tanto, que si no le aflojas, tengo miedo que con la -mucha tensión la cuerda se rompa, y si del todo quieres satisfacer mi -voluntad, suelta tus cabellos y así me abrazarás.</p> - -<p>No tardó ella, que había alzado la mesa prestamente con todas -aquellas cosas que en ella estaban, y desnudada<span class="pagenum" -id="Page_28">p. 28</span> de todas sus vestiduras, hasta la camisa, -y sueltos los cabellos, que parecía la diosa Venus cuando sale de la -mar, blanca y hermosa, poniéndose la mano delante de sus vergüenzas. Y -acostándose en par de mí, dijo:</p> - -<p>—Ahora haz de mí lo que quisieres, que yo no entiendo ser vencida ni -te he de volver las espaldas.</p> - -<p>Así que pasamos la noche recreando el cuerpo con el beber, y de esta -manera entretuvimos algunas otras, aguardando lo que la fortuna quería -hacer de mí.</p> - - -<h3 id="Ch2_3">III.</h3> - -<p class="cent">Cómo Birrena convidó a su sobrino Lucio Apuleyo, y de un -cuento muy gracioso que uno contó.</p> - -<p>Pasados algunos días en que me recreaba con mi Andria, mi tía me -rogó que fuese una noche a cenar con ella, lo cual yo le concedí, más -por su ruego que por voluntad que tenía, por no apartarme de mi Andria, -a la cual primero pedí licencia, y ella me la dio diciendo que volviese -temprano del convite, porque de noche andaban por las calles bandas de -ladrones que cruelmente mataban a cualquier hombre; yo le prometí de -volver lo más presto que pudiese, y dije que conmigo llevaba mi espada -para guardarme y defenderme.</p> - -<p>Con esto me despedí de ella y fui a la cena, donde hallé otros -muchos convidados, que como mi tía era<span class="pagenum" -id="Page_29">p. 29</span> principal de la ciudad, así era el convite -bien acompañado y suntuoso.</p> - -<p>Allí había mesas ricas de cedro y marfil, cubiertas con paños de -brocado; muchas copas y tazas de diversas maneras, y todas de muy gran -precio; las unas eran de vidrio artificialmente labrado; otras de -cristal pintado; otras de plata y oro resplandeciente, adornadas de -piedras preciosas, que ponían gana de beber; finalmente, que todo el -suntuoso aparejo que puede ser, allí lo había. Los pajes y servidores -de la mesa eran muchos y bien ataviados; los manjares, en abundancia y -muy bien guisados; los vinos, añejos, muy finos y de muchas maneras.</p> - -<p>En comenzando a cenar, comenzaron a hablar los convidados, riéndose -y burlando.</p> - -<p>Mi tía dijo entonces:</p> - -<p>—¿Cómo te va en esta nuestra tierra, que cierto es la principal del -mundo en edificios, y de mucha mercadería, seguridad y franqueza para -todos los extranjeros?</p> - -<p>A esto yo respondí:</p> - -<p>—Por cierto, señora, así me parece; mas he miedo de las tinieblas -y maldades del arte mágica, que me dicen que es aquí muy usado, y que -aun los muertos no están seguros en sus sepulturas, porque de allí los -sacan y toman ciertas partes de sus cuerpos y cortaduras para hacer mal -a los vivos, y que las viejas hechiceras, en el punto que alguno muere, -en tanto que le aparejan las exequias, con gran cuidado procuran de -tomarle alguna cosa de su cuerpo.</p> - -<p>Diciendo yo esto, respondió uno que allí estaba:</p> - -<p>—Antes digo que aquí tampoco perdonan a los vivos, y aún no sé quién -padeció lo semejante, que tiene la cara cortada disforme y fea de toda -parte.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span>Como aquel dijo estas -palabras, comenzaron todos a dar grandes risas, volviendo las caras y -mirando a uno que estaba sentado al canto de la mesa, el cual, confuso -y turbado de la burla que los otros hacían de él, comenzó a reñir entre -sí, y como se quiso levantar para irse, Birrena le dijo:</p> - -<p>—Antes te ruego, mi Telefrón, que no te vayas; siéntate un poco, y -por cortesía que nos cuentes aquella historia que te aconteció, porque -mi hijo Lucio goce de oír tu graciosa fábula.</p> - -<p>Él respondió:</p> - -<p>—Señora, tú me ruegas como noble y virtuosa, pero no es de sufrir la -soberbia y necedad en algunos hombres.</p> - -<p>De esta manera Telefrón enojado, Birrena con mucha instancia le -rogaba y juraba por su vida que, aunque fuese contra su voluntad, se lo -recontase y dijese; así que él hizo lo que ella mandaba, y dijo de esta -manera:</p> - -<p>—Siendo yo huérfano de padre y de madre, partí de Mileto para ir a -ver una fiesta Olimpia, y oyendo decir la gran fama de esta provincia, -deseaba mucho verla. Así que, andando toda Tesalia, llegué a la ciudad -de Larisa con mal agüero de aves negras. Y andando mirando por todas -partes las cosas de allí, ya que se me enflaquecía la bolsa, comencé a -buscar el remedio para mi pobreza, y andando así, veo en medio de la -plaza un viejo que a voces altas decía:</p> - -<p>—Si alguno quisiere guardar un muerto, avéngase conmigo en el -precio.</p> - -<p>Yo pregunté a uno de los que pasaban:</p> - -<p>—¿Qué cosa es esta? ¿Suelen aquí guardar los muertos?</p> - -<p>Respondiome aquel:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span>—Calla, hermano, -que bien pareces extranjero, y por eso no sabes que estás en medio de -Tesalia, donde las mujeres hechiceras les cortan narices y orejas, -porque con esto hacen sus artes y encantamentos.</p> - -<p>Yo entonces le dije:</p> - -<p>—Dime, por tu vida, ¿y qué guarda es esta de los difuntos?</p> - -<p>Él me respondió:</p> - -<p>—Primeramente toda la noche ha de velar muy bien abiertos los ojos -y siempre puestos en el cuerpo del difunto, sin jamás mirar en otra -parte, ni solamente volverlos de él, porque estas malas mujeres, -convertidas en cualquier animal que quieran, en volviendo la cara, -luego se meten y esconden, una vez hechas aves, otra vez perros y -ratones y también moscas. Y como están dentro, con sus malditos -encantamentos oprimen y echan sueño a los que guardan; de manera que no -hay quien pueda contar cuántas maldades estas malas mujeres hacen por -su mal vicio; y por este tan grande trabajo no dan de salario más de -cuatro ducados de oro, poco más o menos. Lo principal se me olvidaba -por decirte: que si el guardador del muerto no lo restituye entero -a la mañana, como se lo entregaron, todo lo que hallaren cortado y -disminuido del muerto, han de cortar en su misma carne del vivo para -rehacer al muerto lo que falta.</p> - -<p>Oyendo esto, esforceme lo mejor que pude, y llegándome al que -pregonaba, le dije:</p> - -<p>—Deja de pregonar, que aquí está quien guardará al muerto. Dime, -¿qué salario me han de dar?</p> - -<p>Él dijo:</p> - -<p>—Darte han mil maravedís; pero, mira, mancebo, que este cuerpo es -de un hombre principal de esta ciudad; por tanto, vélate bien por -guardarlo de estas malas arpías.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>Yo le dije -entonces:</p> - -<p>—¿Para qué me dices esto? ¿No ves que soy hombre de hierro, que -nunca entró sueño en mí? Cierto, más veo que un lince; estoy más lleno -de ojos que Argos.</p> - -<p>No había dicho esto, cuando me llevó a una casa, la cual tenía -cerradas las ventanas; metiome dentro por un pequeño postigo, y llevome -a una cámara sin lumbre, donde estaba una dueña vestida de luto, y -llegando a ella la dijo:</p> - -<p>—Este es el hombre que ha de guardar a tu marido.</p> - -<p>Ella me dijo:</p> - -<p>—Mira bien, hermano, que guardes con vigilancia lo que tomas a -cargo.</p> - -<p>Yo la respondí:</p> - -<p>—Señora, déjate de eso, y mándame dar de cenar.</p> - -<p>Lo cual a ella le plugo, y metiome después en un aposento, donde -estaba el difunto cubierto de sábanas blancas, y trajo allí siete -testigos. Luego, levantando la sábana, descubrió el muerto llorando y -enseñome todas las partes de su cuerpo, diciendo que fuesen de ello -testigos, lo cual un escribano asentaba en su registro.</p> - -<p>Ella decía:</p> - -<p>—¿Ves aquí la nariz entera, los ojos sin lesión, las orejas sanas, -los labios sin faltarle cosa y la barba maciza? Vosotros buenos -testigos sois de todo.</p> - -<p>Diciendo esto, me mandó proveer de un candil con aceite y un jarro -de vino para acompañarme con pan y queso.</p> - -<p>En fin, se fueron todos, y yo quedé solo y con harta tristeza; pero -esforzándome lo más que pude, refregaba mis ojos, y a ratos cantaba, -paseaba y hablaba en muchas cosas por no caer en sueño, por la pena que -tenía si no lo guardaba bien.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span>Siendo ya gran parte -de la noche, a mí me vino un miedo grande; en esto entró una comadreja, -y púsoseme a mirar a la cara muy fuertemente. Yo, viendo un tan pequeño -animal que me miraba con ahinco, indigneme contra él, y díjele:</p> - -<p>—Oh bestia sucia y mala, ¿por qué no te vas de aquí, y te encierras -con los ratoncillos tus iguales, antes que experimentes el daño que te -puedo hacer?</p> - -<p>En esto la comadreja se fue. Y no tardó mucho que me vino un sueño -tan profundo, como que me echaban en el centro de los abismos; de -tal manera que el dios Apolo no pudiera fácilmente discernir cuál de -ambos los que estábamos en el aposento fuese más muerto. Estando así -desarmado, y quien había menester otro que me guardase, casi que no -estaba allí donde estaba. En fin, cantando el gallo, yo desperté con -grande sobresalto y temor, y tomando el candil en la mano, fui a mirar -con gran prisa el muerto, y con gran diligencia le caté todo el cuerpo, -y hallé que todo estaba sano y entero.</p> - -<p>En esto vino la mañana, y he aquí do entra la mujer llorando, y -mostrando mucha pena entraron con ella los siete testigos que la noche -antes había traído. Y echándose sobre el cuerpo, lo besaba muchas -veces; y mirándolo todo y reconociéndolo, halló que estaba entero y -sano. Entonces llamó a un su mayordomo que me pagase por la buena -guarda que había hecho; luego me pagaron, y la dueña me dijo:</p> - -<p>—Mira, mancebo, todo lo que te fuere menester de esta casa, mientras -aquí estuvieres, pídelo; que por este buen servicio que me has hecho, -se hará por ti.</p> - -<p>Yo, como no esperaba tal ganancia, lleno de placer tomé mis -ducados resplandecientes, y como pasmado los<span class="pagenum" -id="Page_34">p. 34</span> pasé de una mano a otra. Y dando las gracias -a la señora de mi buena paga, me fui hacia la plaza, y entreme a -comer en un bodegón; después me salí a pasear a la misma plaza, donde -estaba pensando en la miseria de este mezquino y trabajoso mundo, y la -ceguedad de las malas mujeres, que con sus encantamentos y hechizos -quieren buscar deleites y torpezas para cumplir sus depravados y -malos apetitos, no pensando que el soberbio Plutón las ha de castigar -cruelmente.</p> - -<p>Estando en esto, he aquí do asomó el cuerpo del difunto, llorado -y plañido, el cual pasaba por la plaza con gran pompa, acompañado de -mucha gente hasta su sepultura. Como allí llegaron, vino un viejo con -mucha ansia llorando y mesándose sus canas honradas, y con ambas manos -trabó de la tumba donde iba el muerto, diciendo:</p> - -<p>—Por la fe que mantenéis, oh ciudadanos, y por la piedad de la -República, que socorráis al triste muerto, y castiguéis con graveza -la gran traición y maldad que esta nefanda y mala mujer hizo; porque -esta mató con hierbas ponzoñosas a este malogrado hombre, hijo de mi -hermana, por complacer a su enamorado y comerle su hacienda.</p> - -<p>De tal manera decía y se quejaba el buen viejo, que oyendo aquellas -palabras el pueblo, se indignó contra la mujer; unos dicen que traigan -leña y que luego la quemen, y otros que apedreada muera.</p> - -<p>Ella, con palabras bien compuestas y antes pensadas, se excusaba -jurando por los dioses.</p> - -<p>El viejo dijo entonces:</p> - -<p>—Pues que así es, pongamos la cosa en las manos de la divina -Providencia, que lo descubra. Y para esto aquí está presente Zacles, -egipcio, sacerdote de Plutón y de<span class="pagenum" id="Page_35">p. -35</span> Proserpina, el cual hace venir los muertos del infierno a dar -sus razones a lo que les preguntan.</p> - -<p>Como el viejo dijese esto, todo el pueblo fue contento; y llamando -allí al sacerdote, le rogó ahincadamente que le diese remedio para -descubrirse tan gran maldad.</p> - -<p>El viejo se llegó al cuerpo muerto, y tomando una cierta hierba que -consigo traía, se la puso en tres partes, en la boca, y en el pecho, -y en la mano izquierda, y vuelto hacia el poniente del sol, comenzó a -rezar entre sí mansamente.</p> - -<p>Todo el pueblo estaba mirando tan grande milagro como allí se quería -hacer. Yo, que deseaba mucho saber lo que pasaba acerca de mi muerto, -llegueme cuanto pude a la tumba y aun hallé una piedra en que puse los -pies, de manera que yo lo veía muy bien todo.</p> - -<p>Comenzó el muerto a vivir poco a poco, hasta que se levantó, y -empezó a hablar, diciendo:</p> - -<p>—¿Por qué me haces tornar a este mundo, después de haber venido del -río Leteo, y haber pasado por el lago Estigio? Déjame, déjame estar en -mi reposo.</p> - -<p>Como esto dijo el ánima del muerto, el sacerdote le dijo:</p> - -<p>—¿Por qué no manifiestas al pueblo y declaras la causa de tu -muerte? ¿No sabes tú que con mis encantamentos puedo llamar las furias -infernales, que te atormenten los miembros?</p> - -<p>Entonces el difunto se levantó en el lecho donde iba, y de allí -empezó a hablar al pueblo de esta manera:</p> - -<p>—Yo fui muerto por astucia y engaños de mi mujer, por complacer un -adúltero que ensuciaba mi lecho.</p> - -<p>Entonces la mujer le respondió con grande ánimo, y altercaba con el -marido resistiendo a sus argumentos.</p> - -<p>El pueblo, cuando esto oyó, alterose en diversas opiniones,<span -class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> unos decían que aquella -pésima mujer la debían enterrar viva juntamente con el marido, y -otros que no se había de dar crédito al cuerpo muerto. Pero estas -alteraciones atajó el cuerpo del difunto, el cual, dando un gran -gemido, dijo:</p> - -<p>—Yo os daré muy clara señal de mi entera verdad, y manifestaré lo -que no sabe otro ninguno.</p> - -<p>Entonces, demostrándome con el dedo, prosiguió diciendo:</p> - -<p>—Sabed que este muy sagaz y astuto guardador de mi cuerpo, que me -velaba muy bien y con diligencia, las hechiceras que deseaban cortarme -las narices y orejas, no pudiendo engañar su industria y buena guarda, -le echaron un gran sueño, y estando él como muerto comenzaron a llamar -mi nombre, y como mi cuerpo estaba finado, no pudo tan presto responder -al servicio de la arte mágica; pero él, como estaba vivo, aunque -sepultado en el sueño, y se llamaba como yo, levantose a su llamada -sin saber quién lo llamaba, de manera que él, de su propia voluntad, -andando como ánima de muerto por la casa, aunque las puertas estaban -cerradas, por un agujero le cortaron las narices y las orejas, en fin, -que recibió en sí la carnicería que se había de hacer en mí. Y porque -el engaño no pareciese, pegáronle allí, con mucha sutileza, de cera, -formada a manera de orejas, y la nariz semejante a la suya: y ahora -está aquí el mezquino gozoso por la buena paga que le hicieron, no por -su guarda y vigilancia, mas por la pérdida y lesión de sus narices y -orejas.</p> - -<p>Como esto dijo el muerto, yo, espantado luego, me eché mano a las -narices y trájelas en la mano; trabé de las orejas y cayéronseme. -Cuando esto vieron los que estaban alderredor, comenzaron todos a -mirarme haciendo<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span> gestos -con las cabezas. En tanto que ellos se reían, yo, bajando mi cabeza, -como mejor pude me fui de allí, y desde entonces nunca más volví a mi -tierra, por estar así lisiado. Así que con los cabellos largos encubro -la falta de las orejas, y con este paño la fealdad de mis desventuradas -narices.</p> - -<p>Cuando Telefrón acabó de contar su historia, los que estaban a la -mesa, ya alegres del vino, comenzaron otra vez a dar grandes risas y a -beber largamente.</p> - -<p>Mi tía me dijo:</p> - -<p>—Mañana se hace la fiesta del dios de la risa, la cual nosotros los -de esta ciudad festejamos con mucho placer; esta fiesta será más alegre -y placentera con tu vista, por tanto, querría que nos ayudases con -alguna invención a ella.</p> - -<p>Yo le respondí:</p> - -<p>—Señora, mucho holgaría de ser parte para hacerle algún regocijo.</p> - -<p>Y con esto me despedí de mi tía y de los más convidados. En el medio -de la plaza un aire grande apagó el hacha que llevaba mi criado, de -manera que con la oscuridad, tropezando me fui a casa, y llegando -junto a la puerta, vi tres hombres que hacían fuerza por entrar dentro, -y aunque nos veían, ni por eso dejaban de encontrar la puerta.</p> - -<p>Yo que esto vi, eché mano a mi espada, y dando en ellos con buen -corazón, los derroqué en el suelo uno a uno. Al ruido que yo hice bajó -Andria y abriome la puerta; yo me entré de prisa por sentir gente que -por la calle venía, y como estaba cansado y bien cenado, luego me eché -a dormir sin curar de más nada.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch3_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span></p> - <h2 class="nobreak g0">LIBRO III.</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p> - -<p class="hang">Luego que fue de día, la justicia con sus ministros -fueron a la posada de Apuleyo, y como a hombre homicida lo llevaron -ante los jueces. — Y cuenta del gran pueblo y gente que se juntó a -verlo. — Y de cómo el promotor fiscal le acusó como a hombre matador, -y cómo él defendía su parte por argumentos de grande orador, y cómo -vino una vieja que parecía ser madre de aquellos muertos a los cuales -descubrió Apuleyo por mandato de los jueces, y hallaron tres odres, de -donde se levantó tan gran risa entre todos, que con esto fue celebrada -la fiesta del dios de la risa. — Cómo Andria, su amiga, le descubrió la -causa de los odres. — Y cómo le mostró a la mujer de Milón cuando se -untaba para tornarse en ave, de lo cual le tomó gran deseo, y por yerro -de la bujeta del ungüento, por tornarse ave se volvió en asno; en fin, -cuenta cómo robaron a Milón, de donde hecho asno le llevaron cargado, -con otras bestias, de las riquezas de Milón su huésped.</p> - - -<h3>I.</h3> - -<p class="cent">Cómo Lucio Apuleyo fue preso y llevado al teatro -público, adonde fue acusado de la muerte de tres hombres.</p> - -<p>Otro día de mañana yo desperté y comencé a pensar en lo que había -hecho antenoche, y lloraba muy reciamente diciendo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span>—¿Qué juez puedo -yo hallar que me haya de dar por inocente siendo homicida de tantos -hombres? Esta es aquella prosperidad de mi camino que el sabio Diófanes -me decía.</p> - -<p>Esto y otras cosas diciendo, lloraba mi ventura, cuando entraron los -alcaldes y alguaciles en casa, pegaron en mí para llevarme por fuerza, -a lo que yo no resistí.</p> - -<p>Y yendo yo preso, toda la ciudad me salió a mirar, y volviendo a -un lado vi una gran maravilla, y fue que entre tanto pueblo como allí -estaba, ninguno había que no rompiese las entrañas de risa. Finalmente, -habiéndome llevado por todas las calles públicas, de la manera que -purgan la ciudad cuando hay algunas malas señales o agüeros, que traen -la víctima o animal que han de sacrificar por las calles y rincones -de la ciudad. Después de haberme traído por los rincones de ella, -pusiéronme delante de la silla de los jueces, que era un cadalso muy -alto donde estaban sentados.</p> - -<p>Ya el pregonero de la ciudad pregonaba que todos callasen y tuviesen -silencio, cuando todos a una voz dicen que por la muchedumbre de la -gente que peligraba por la estrechura y apretamiento del lugar, que -este juicio se fuese a juzgar al teatro. Y luego sin más tardanza, todo -el pueblo fue corriendo al teatro, que en muy poco espacio fue lleno -de gente, de manera que las entradas y tejados todo estaba lleno. Unos -estaban abrazados con las columnas, otros colgados de las estatuas, y -otros a las ventanas y azoteas medio asomados, tanto, que por la gana -que tenían de ver se ponían a peligro de su salud. Entonces lleváronme -por medio del teatro los ministros de la justicia como a un carnero que -quieren sacrificar, y pusiéronme delante del asiento de los jueces. -El pregonero, a grandes voces, comenzó a pregonar al acusador,<span -class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span> y luego se levantó un viejo -para acusarme, y para el término de la acusación pusiéronme allí un -reloj de arena; en cuanto caía la arena por un sutil agujero, el viejo -comenzó a hablar al pueblo de esta manera:</p> - -<p>—Ciudadanos nobles y honrados, no penséis que se tratan aquí cosas -de poca sustancia; mayormente, que toca a la paz y bien común de toda -la ciudad y al buen ejemplo; yo soy capitán de la guarda que se hace en -la noche, y creo que ninguno habrá que culpe mi diligencia. Andando yo -anoche casi a las once horas, con mucha diligencia cercando y rondando -la ciudad de puerta en puerta, vi este crudelísimo hombre con una -espada en la mano, matando cuantos podía, y tenía a sus pies muertos -tres, que aún estaban expirando, llenos de sangre, y él, como me sintió -y vio el mal que tenía hecho, metiose en una casa con mucha prisa, y -como hacía oscuro, fácilmente se me pudo esconder, mas la providencia -de los dioses, que no permiten que los malhechores queden sin castigo, -quiso que esta mañana lo hallase y lo prendiese, y lo presentase ante -la majestad de vuestro juicio; de manera que aquí tenéis este culpado -de tantas muertes, que fue tomado en el delito y es extranjero. Así -que, con mucha constancia y severidad, pronunciad la sentencia contra -este hombre extraño que mató a tres de vuestros ciudadanos.</p> - -<p>De esta manera hablando aquel recio acusador, en fin acabó su razón, -y luego el pregonero me dijo si quería responder alguna cosa, a lo que -aquel decía que comenzase; pero yo en aquel tiempo ninguna otra cosa -podía, salvo llorar, y no tanto por oír aquella cruel acusación, como -por ser yo matador. Con todo esto Dios me dio una poca de osadía, con -que respondí de esta manera:</p> - -<p>—No ignoro yo, señores, cuán recia y ardua cosa sea,<span -class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> estando muertos tres -ciudadanos, aquel que es acusado de su muerte (aunque diga verdad -confesando el delito), cómo podrá persuadir a tanta muchedumbre de -pueblo ser inocente y sin culpa; mas si vuestra humanidad me quiere -dar un poco de audiencia pública, fácilmente os mostraré que este -peligro en que ahora estoy puesto, no por mi culpa y merecimiento, -mas por caso fortuito, con mucha razón que tuve, lo padezco. Porque -viniendo anoche un poco tarde de cenar y habiendo bebido, y muy bien, -lo cual como crimen verdadero no dejaré de confesar, llegando ante -las puertas de mi posada, que es en casa de Milón, vuestro ciudadano, -vi unos crudelísimos ladrones que tentaban de entrar en su casa y -procuraban arrancar las puertas de sus quicios, determinados ya de -matar a los que hallaran dentro de ella, de los cuales ladrones, el -principal de ellos, así en cuerpo como en fuerzas, incitaba a los otros -con estas palabras: «Ea, mancebos, con esfuerzo salteemos a estos que -duermen; apartad toda pereza de vosotros; con las espadas en las manos -andemos matando por toda la casa al que halláremos durmiendo, y así, -matando a todos, nos iremos en salvo si ninguno dejamos vivo en casa.» -Yo, señores, confieso que pensando hacer oficio de buen ciudadano, -y también temiendo no robasen a mis huéspedes y a mí, eché mano a -mi espada, que para semejantes peligros conmigo traía, y arremetí a -ellos por hacerlos huir. Ellos, como hombres bárbaros y crueles, no -quisieron, antes aunque me vieron con la espada en la mano, pusiéronse -a resistirme con grande pertinacia; el capitán de ellos arremetió -conmigo con mucha valentía, y con ambas manos me trabó de los cabellos, -y volviéndome atrás la cabeza, quería darme con una piedra, y en tanto -que la pedía dile una estocada que luego cayó muerto; a otro que me -mordía<span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span> los pies le di -por las espaldas; al tercero, que sin discreción vino contra mí, le di -por los pechos, y así los despaché a todos tres. En esta manera hice -paz, aseguré la casa de mi huésped y defendí las vidas a todos, y no -pensaba que por esto me darían pena, antes me galardonarían, porque -hasta hoy no se hallara que en cosa alguna yo haya hecho ni cometido -crimen, antes siempre fui tenido en honra, y en mi tierra siempre la -virtud antepuse a todos otros provechos y utilidades, ni puedo hallar -qué razón haya para acusarme de tan justa venganza como fue la que -hice contra unos ladrones tan malignos, mayormente, que no se podría -mostrar que yo tuviese enemistad con ellos antes de ahora, ni que yo -los conociese ni hubiese visto.</p> - -<p>Habiendo hablado de esta manera, con las manos alzadas y los ojos -llenos de lágrimas, a todos pedía la debida misericordia.</p> - -<p>Y como creyese que ya todos estaban conmovidos, habiendo mancillado -mis lágrimas, alcé un poco la cabeza, y veo que todo el pueblo -quería reventar de risa, y también mi huésped Milón, que se deshacía -riendo.</p> - -<p>Cuando yo esto vi, dije entre mí: «¡Mirad qué fe y qué proximidad; -yo, por la defensa de mi huésped, soy acusado de homicidio, y él, en -pago de esto, está riéndose de mí!»</p> - - -<h3 title="II." id="Ch3_2" ><span class="pagenum" id="Page_43">p. -43</span>II.</h3> - -<p class="hang">Cómo estando Apuleyo para recibir sentencia, llega al -teatro una vieja que de nuevo lo acusó, y el donoso cuento en que esto -paró.</p> - -<p>Haciendo todos, como dije, grandes fiestas, con mucha risa, he -aquí do viene al teatro una mujer llorando, cubierta de luto, y con -un niño en los brazos; tras ella venía una vieja llorando como la -otra; las cuales, poniéndose alderredor del lecho donde los muertos -estaban cubiertos con una sábana, alzaron grandes gritos, y llorando -amargamente, decían:</p> - -<p>—¡Oh señores, por la misericordia que debéis a todos y por el bien -común de esta ciudad, tened piedad de estos tres mancebos muertos y de -nuestra ciudad y soledad, y para nuestra consolación, dadnos venganza -sacrificando por la paz y sosiego de esta República la sangre de este -ladrón, según vuestras leyes y derechos!</p> - -<p>Levantose uno de los jueces más antiguos, y comenzó a hablar al -pueblo de esta manera:</p> - -<p>—Sobre tan grave crimen como este resta hacer una diligencia, y es -que sepamos quiénes fueron los compañeros de tan gran hazaña, porque -no es cosa de creer que un hombre solo matase a tres tan valientes -mancebos. Por tanto, mi parecer es que la verdad se sepa por cuestión -de tormento, porque quien le acompañaba, huyó.</p> - -<p>Diciendo esto el juez, no tardó mucho que, a la manera de Grecia, -luego trajeron allí un carro de fuego y todos los otros artificios del -tormento. Acrecentóseme<span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span> -con esto la tristeza, porque a lo menos no me dejaban morir entero sin -despedazarme con tormentos; pero aquella vieja que con lloros y plantos -lo turbaba todo, dijo:</p> - -<p>—Señores, antes que pongáis en la horca a este ladrón, matador de -mis tristes hijos, permitid que sean descubiertos sus cuerpos muertos, -que aquí están, porque vista su edad y disposición, más justamente os -indignéis a vengar este delito.</p> - -<p>A esto que la vieja dijo, concedieron, y luego uno de los jueces -me mandó que con mi mano descubriese los muertos que estaban en el -lecho.</p> - -<p>Excusándome yo que no lo quería hacer, porque parecía que con -la nueva demostración renovaba el delito pasado, los ministros me -compelieron que por fuerza y contra mi voluntad lo hubiese de hacer; -finalmente, que yo, constreñido de necesidad, obedecí su mandado, y -aunque contra mi voluntad, arrebatada la sábana, descubrí los cuerpos -muertos.</p> - -<p>¡Oh buenos dioses, qué cosa vi, qué monstruo y cosa nueva, porque -los cuerpos de aquellos tres hombres eran tres odres hinchados, y -acordándome de la pendencia de anteanoche, estaban abiertos y heridos -por las partes que yo había dado a los ladrones!</p> - -<p>Entonces, de industria de algunos, detuvieron un poco la risa, y -luego comenzó el pueblo a reír tanto, que unos con la gran alegría -daban voces, otros se ponían las manos en las barrigas, que les dolían -de risa, y todos, llenos de placer y alegría, mirándome muchas veces, -se partieron del teatro.</p> - -<p>Yo, luego que alcé la sábana y vi los odres, quedé ni más ni menos -como una piedra, estatua o columna de las que estaban en el teatro, -y no volví en mí hasta que<span class="pagenum" id="Page_45">p. -45</span> mi huésped Milón llegó y tiró de mí para llevarme, y -renovadas otra vez las lágrimas y sollozando muchas veces, me llevó -consigo, aunque no quise, por unas callejas malas y sin gente, y por -unos rodeos fuimos a casa, consolándome con muchas palabras; y estando -así con mucha tristeza, llegaron allí los senadores y jueces, y -comienzan a hablarme de esta manera:</p> - -<p>—No ignoramos, Lucio, tu dignidad y el noble linaje de donde vienes; -esto porque ahora te quejas, no lo recibiste por injuria, porque esta -fiesta celebramos cada año al gratísimo dios de la risa con alguna -novedad; por tanto, aparta de tu corazón toda tristeza y fatiga, y este -pueblo te agradece mucho el placer que le has dado, y desde ahora te -asentarán en sus libros para tener memoria de ti.</p> - -<p>A esto que me decían yo no pude responder, porque aún me parecía -que esperaba la sentencia, y como mejor pude les di las gracias de su -visitación, y al fin se partieron de mí.</p> - - -<h3 id="Ch3_3">III.</h3> - -<p class="cent">Cómo Andria descubrió a Lucio Apuleyo que su ama -Pánfila fue causa del ser afrentado en la fiesta de la risa.</p> - -<p>De esta manera estaba con harta pasión afrentado y con dolor de -cabeza, por las muchas lágrimas que había derramado. Mi huésped Milón -me convidaba a cenar, mas yo me excusé, porque no estaba para ello; y -así me fui a acostar con harta tristeza, pensando en todas las cosas -que aquel día habían pasado.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span>Estando así -pensativo, llegó mi amiga Andria, la cual venía más desemejada que -antes era, la cara no alegre, ni con habla graciosa; mas con mucha pena -empezó a decir:</p> - -<p>—Yo soy culpada en tu afrenta y enojo; lo que a causa de otro a mí -me mandaron que hiciese, por mi desdichada y mala suerte se tornó y -cayó en tu injuria.</p> - -<p>Entonces yo le rogué me dijese en qué manera aquel su yerro se -convirtió en mi daño.</p> - -<p>Ella me respondió:</p> - -<p>—Señor, ruégote que esperes, cerraré la puerta de la cámara, porque -no haya algún escándalo de lo que aquí hablaremos.</p> - -<p>Diciendo esto, echó la aldaba a la puerta, y tornada a mí, con voz -muy baja me dijo:</p> - -<p>—Gran temor tengo de descubrirte los secretos de esta casa y cosas -ocultas de mi señora; pero confiada de tu discreción y saber, me atrevo -a decirte cosas que a persona del mundo no dijera. Ya sabrás todo el -estado de nuestra casa, y también los secretos maravillosos que mi -señora sabe, por los cuales la obedecen los muertos, las estrellas se -turban, los dioses son apremiados, los elementos la sirven, y en cosa -alguna no usa tanto de este arte, como cuando ve algún gentilhombre -que le agrada, lo cual le suele acontecer a menudo, que aun ahora -está muerta de amores por un mancebo hermoso y de buena disposición, -contra el cual apareja todas sus artes, manos y artillería. Yo le -oí decir ayer a vísperas, amenazando el sol, que si presto no se -pusiese, y diese lugar que la noche viniese para hacer las artes de -sus hechicerías, que lo haría cubrir de una niebla oscura que en diez -días no alumbrase. Este mancebo que digo, viniendo ella el otro día -del baño, viole estar en casa de<span class="pagenum" id="Page_47">p. -47</span> un barbero que lo afeitaban, y como ella lo viese, mandome -a mí que secretamente tomase de los cabellos que le habían cortado, -que estaban en el suelo caídos; los cuales, como yo comencé a coger a -hurto, el barbero me vio, y como nosotras somos conocidas e infamadas -de hechiceras, arrebatome de las manos los cabellos y aun me quisiera -dar unas pocas de bofetadas si yo no me desviara. Conociendo yo las -costumbres de mi señora, que cuando no le llevaba lo que quería se -enojaba mucho conmigo, y aun me daba de palos, yendo así triste, -pensando qué haría, acaso veo estar un odrero trasquilando tres cueros -de cabrón; los cuales, como yo los viese estar colgados, tiesos e -hinchados, tomé algunos de los pelos que estaban por el suelo, y como -eran rojos, parecían a los cabellos de aquel Beocio gentilhombre de -quien mi ama estaba enamorada, a la cual se los di, encubriéndole la -verdad. Mi señora Pánfila, en el principio de la noche, antes que -volvieses de cenar, con la pena y ansia que tenía en el corazón, -subiose a un aposento alto, adonde ella tiene sus hechicerías. Y ante -todas cosas, según su costumbre, aparejó sus instrumentos mortíferos, -conviene a saber: todo género de especias odoríferas, láminas de cobre -con ciertos caracteres que no se pueden leer, clavos y tablas de navíos -que se perdieron en la mar y fueron llorados. Asimismo tenía allí -delante de sí muchos miembros y pedazos de cuerpos muertos, así como -narices, dedos y clavos de los pies de hombres ahorcados. También tenía -sangre de muertos a hierro, huesos de cabeza y quijadas sin dientes -de bestias fieras. Entonces abrió un corazón, y vistas las venas y -fibras cómo bullían, comenzó a rociarlo con diversos licores, con -agua de fuente, ahora con leche de vacas, ahora con miel silvestre; -añadió mulsa, que es hecha de<span class="pagenum" id="Page_48">p. -48</span> muchos materiales. De esta manera, aquellos pelos retorcidos -y con muchos olores perfumados, puso en medio las brasas para quemar. -Entonces con la fuerza de la nigromancia y hechizos, apremiados por -los espíritus aquellos cuerpos, cuyos pelos están en el fuego, vienen -muy recios en aquella parte do son llamados; esto hicieron los odres, -y vinieron a la puerta porfiando de entrar. Y tú, engañado con la -oscuridad de la noche, y con el vino que habías bebido, con gran -osadía, como aquel Áyax griego, no matando ovejas, cuando mató a -muchos, pero muy más esforzadamente mataste tres odres hinchados. De -manera que vencidos los enemigos sin sangre, te abrazaré no como a -matahombres, mas como a mataodres.</p> - -<p>Siendo yo de esta suerte burlado y escarnecido de mi Andria, le -dije:</p> - -<p>—Pues que así es, yo podré muy bien contar esta primera historia, -comparándola a los doce trabajos de Hércules, que como él mató a -Cerión, que era de tres cuerpos, o al Cancerbero del infierno, que era -de tres cabezas, así yo maté otros tantos odres. Pero por el amor que -te tengo, te ruego me enseñes a tu señora cuando hace alguna cosa del -arte mágica, o cuando se muda en otra forma.</p> - -<p>Andria me respondió:</p> - -<p>—Mucho deseo, mi Lucio, en todo hacer tu voluntad, pero mi señora -siempre se aparta a solas a hacer sus hechizos; mas por tu amor, yo -buscaré tiempo y parte en que la puedas ver, con condición que, como te -dije al principio, tengas silencio en todo lo que vieres.</p> - -<p>En esta manera, hablando y burlando, nos dormimos, y así pasamos la -noche, olvidando los enojos del dios de la risa.</p> - - -<h3 title="IV." id="Ch3_4" ><span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span>IV.</h3> - -<p class="hang">Cómo Andria mostró a Lucio Apuleyo a su ama Pánfila -cuando se untaba para convertirse en búho, y él, queriéndose untar -por experimentar el arte, fue, por yerro de la bujeta del ungüento, -convertido en asno.</p> - -<p>De esta manera, pasadas algunas noches de placer, un día vino a mí -corriendo Andria, medrosa y alterada, y díjome que, viendo su señora -cómo con todas las otras artes que hacía no le aprovechaban para sus -amores, deliberaba aquella noche tornarse en un ave con plumas, y así -volar a su amigo deseado, por ende que yo me aparejase cautamente para -ver cosa tan grande y maravillosa. Así que a la prima de la noche -tomome de la mano, y con pasos muy sutiles, y sin algún ruido, llevome -a la cámara alta, donde la señora estaba, y mostrome una hendidura de -la puerta por donde viese lo que hacía. Lo cual Pánfila hizo de esta -manera: Primeramente ella se desnudó, y, abierta una arquilla pequeña, -sacó muchas bujetas, de las cuales, tirando la tapadera a una, sacó de -ella un ungüento, con que se untó desde las puntas de los pies hasta la -cabeza, y diciendo entre sí ciertas palabras, comenzose a sacudir todos -sus miembros, de los cuales salieron poco a poco plumas; luego le salen -las alas y el pico, y las uñas se encorvaron: en fin, que se tornó -perfecto búho, y luego empezó a cantar aquel triste canto que ellos -cantan, y después se salió volando por la ventana fuera.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span>Yo, que mirando -estaba esto, quedé como hombre loco, y pensaba entre mí si estaba -durmiendo o si estaba encantado, y porque tan gran hazaña me espantó -mucho.</p> - -<p>Tornando en mi seso, viendo lo presente cómo había pasado, rogué a -mi Andria que me untase con aquel ungüento para tornarme en búho o en -otra cualquier ave.</p> - -<p>Ella dijo:</p> - -<p>—¿Para qué me pides eso? ¿Quieres que yo misma encienda el fuego en -que me queme? Veamos: tú hecho ave, ¿a dónde te iré a buscar, o cuándo -te veré?</p> - -<p>Yo le respondí:</p> - -<p>—Los dioses me guarden de hacer contra ti cosa que te dé enojo. -¿Cómo, y aunque volase y subiese tan alto como el águila, no volvería -muchas veces a mi nido? Yo te juro por este trenzado de tus cabellos, -con el cual ataste mi corazón, que a persona del mundo no quiero más -que a ti: por tanto, no receles de tornarme en ave, porque yo sabré muy -bien tornar a ti. Mas te quiero preguntar si después de tornado en ave -he de volver a ser Lucio como de antes.</p> - -<p>Ella respondió:</p> - -<p>—De eso no tengas temor, porque mi señora me enseñó todo lo que es -menester para los que toman estas figuras poder tornar a su natural y -forma primera; y esto no pienses que me lo mostró por quererme bien, -sino porque cuando ella tornase, le pudiese dar medicina con que -vuelva a su primera forma. Y mira con cuán poca cosa y cuán liviana se -remedia tan gran cosa, con un poco de eneldo y hojas de laurel echado -en agua de fuente, y con esto lavarla y darle a beber un poco, luego se -convierte en su propia forma.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span>Estas y otras cosas -me decía Andria, por lo cual me daba cada vez más gana de hacerme ave, -por probar estos hechizos. Mas Andria decía que yo me perdería y que no -sabría volver, y otras muchas cosas me ponía delante. Yo le decía que -sí volvería y que no recelase de hacerlo.</p> - -<p>Ella, con mucha prisa y temor, se metió en la cámara y sacó una de -las bujetas. Así que prestamente yo me desnudé, y con mucha ansia metí -la mano en la bujeta y tomé un buen pedazo de aquel ungüento, con el -cual refregué todos los miembros de mi cuerpo.</p> - -<p>Ya que yo con buen esfuerzo sacudí los brazos, pensando tornarme en -ave semejante que Pánfila se había tornado, no me nacieron plumas, ni -los cuchillos de las alas, antes los de mi cuerpo se tornaron sedas, y -mi piel delgada se tornó cuero duro, y los dedos de las partes extremas -de pies y manos, perdido el número, se juntaron y tornaron en sendas -uñas, y del fin de mi espinazo salió una grande cola; pues la cara muy -grande, el hocico largo, las narices abiertas, los labios colgando, y -las orejas alzábanseme con unos ásperos pelos, y en todo este mal veía -que también me crecía mi natura. Así que estando considerando tanto -mal como tenía, vídeme tornado, no en ave, mas en asno. Y queriéndome -quejar de lo que Andria había hecho, ya no podía, porque estaba privado -de gesto y voz de hombre; y lo que solamente pude era que, caídos los -bezos, los ojos hundidos, mirando un poco de través a ella, callando la -acusaba y me quejaba, la cual, como así me vido, abofeteando su cara, y -arañándose, lloraba diciendo:</p> - -<p>—Mezquina de mí que soy muerta: el miedo y priesa que tenía me hizo -errar, y la semejanza de las bujetas me engañó; pero bien está, que -fácilmente habremos el remedio<span class="pagenum" id="Page_52">p. -52</span> para reformarte como antes. Porque solamente mascando unas -pocas de rosas te desnudarás de asno y luego te tornarás mi Lucio. -Pluguiera a Dios que, como otras veces yo he hecho, esta tarde hubiera -aparejado guirnaldas de rosas, porque solamente no estuvieras en esa -pena espacio de una noche; pero luego en la mañana te será dado el -remedio prestamente.</p> - -<p>En esta manera ella lloraba: yo, como quiera que estaba hecho -perfecto asno, y por Lucio era bestia; pero todavía retuve el sentido -de hombre. Finalmente, yo estaba en gran pensamiento y deliberación, si -mataría a coces y bocados aquella maligna y falsa hembra; pero de este -pensamiento temerario me aparté, porque si matara a Andria, por ventura -también matara y acabara el remedio de mi salud. Así que, bajada mi -cabeza y murmurando entre mí, y disimulada esta temporal injuria, -obedeciendo a mi dura y adversa fortuna, voyme al establo, donde estaba -mi buen caballo que me había traído, donde asimismo hallé otro asno de -mi huésped Milón, que estaba con él.</p> - -<p>Entonces yo pensaba entre mí si algún natural distinto y -conocimiento tuviesen los brutos animales, que aquel mi caballo, -revestido de alguna mancilla, me hospedara y diera el mejor lugar del -establo; mas él y el otro asno juntaron las cabezas como que hacían -conjuración contra mí para destruirme, temiendo que les comiese la -cebada; apenas me vieron llegar al pesebre, cuando, abajadas las -orejas, con mucha furia me siguen echando pernadas, de manera que me -hicieron apartar de la cebada, que yo poco antes les había echado. -En esta manera maltratado y desterrado, me aparté en un rincón del -establo.</p> - - -<h3 title="V." id="Ch3_5" ><span class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span>V.</h3> - -<p class="hang">Cómo estando Lucio Apuleyo convertido en asno, vinieron -súpitamente ladrones a robar la casa de Milón, y cargado el robo en el -caballo y asno, cargaron también a él y se partieron para la posada de -los ladrones, que era una cueva, y lo que más pasó.</p> - -<p>De esta manera estaba hecho asno, pensando en la soberbia de mis -compañeros, y también las cosas que a la mañana había de hacer para -volverme Lucio, y la venganza que había de tomar en mi caballo. Estando -pensando esto miré a una columna, sobre la cual se sustentaban las -vigas de la casa; y vi en ella estar una imagen de la diosa Hipona, -la cual estaba adornada de rosas frescas. Finalmente, que conocido -mi saludable remedio, lleno de esperanza me alcé cuanto pude con los -pies delante todos, y levanteme esforzadamente, y tendido el pescuezo, -alargando los bezos con cuanta fuerza yo podía, procuraba llegar a las -rosas. Lo cual yo con mala dicha procuraba alzándome muchas veces; -mas un mi criado que tenía cuidado de dar pienso al caballo, viéndome -levantar, se vino a mí con grande enojo, y dijo:</p> - -<p>—¿Quién trajo aquí esta jaca castrada? De antes quería comer la -cebada a los otros, y ahora quiere hacer enojo a la imagen de la diosa; -por cierto que a este asno sacrílego yo le quiebre las piernas y lo -amanse.</p> - -<p>Y luego, buscando un palo topó con un haz de leña que allí estaba, -del cual sacó un valiente leño nudoso y más<span class="pagenum" -id="Page_54">p. 54</span> grueso de cuantos allí había, y comenzó a -sacudirme tantos palos, que no acabó hasta que sonó un gran ruido y -golpes en las puertas de casa, y con temor de la vecindad, que daba -voces: ¡Ladrones, ladrones! De esto él, espantado, huyó. Y sin más -tardar, súpitamente abiertas las puertas, entró un montón de ladrones, -los cuales, armados, cercaron la casa por todas partes, resistiendo a -los que venían a socorrer de una parte y de otra; porque como ellos -venían todos bien armados, con sus espadas y armas, y con hachas en -las manos que alumbraban la noche, de manera que el fuego y las armas -resplandecían como rayos del sol. Entonces llegaron a un almacén que -estaba en medio de la casa, bien cerrado con fuertes candados, lleno -de todas las riquezas de Milón, y con fuertes hachas quebraron las -puertas, el cual abierto, sacaron de él todo cuanto allí había, y -muy prestamente hechos líos de todo ello, repartiéronlos entre sí; -pero la mucha carga excedía el número de las bestias que lo habían de -llevar. Entonces ellos, puestos en necesidad por la abundancia de la -gran riqueza, sacaron del establo a nosotros, ambos los asnos y a mi -caballo, y cargáronnos con cuantas mayores cargas pudieron, y dejando -la casa vacía y metida a sacomano, dándonos de palos nos llevaron, -y para que les avisase de la pesquisa que se hacía de aquel delito, -dejaron allí uno de sus compañeros; y dándonos mucha prisa y palos, nos -llevaron fuera de camino por esos montes.</p> - -<p>Yo, con el gran peso de tantas cosas como llevaba, y con las cuestas -de aquellas sierras, y el camino largo, casi no había diferencia -de mí a un muerto. Yendo así vínome al pensamiento, como quiera que -tarde, pero de veras, de llamar el ayuda y socorro de la justicia -para que, invocando el nombre del emperador César, me pudiese<span -class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span> librar de tanto trabajo. -Finalmente, como ya fuese bien claro el día, pasando por una aldea -bien llena de gente, porque había allí feria aquel día, entre aquellos -griegos y gentes que allí andaban intenté invocar el nombre de Augusto -César en lenguaje griego, que yo sabía bien por ser mío de nacimiento. -Y comencé valientemente y muy claro a decir: «¡Oh, oh!» Lo otro que -restaba del nombre de César nunca lo pude pronunciar.</p> - -<p>Los ladrones, cuando esto oyeron, enojados de mi áspero y duro -cantar, sacudiéronme tantos palos, hasta que hicieron del triste de mi -cuero tal, que aun para cribas no era bueno.</p> - -<p>Al fin Dios me deparó remedio no pensado, que como pasamos por -muchas aldehuelas, vi estar un huerto muy hermoso y deleitable a donde -había rosas muy hermosas y llenas del rocío de la mañana; yo, como las -vi, con gran deseo y ansia esperando la salud, alegreme, y muy gozoso -llegueme cerca de ellas; y ya que movía mis labios para comer, vínome -a la memoria otro consejo muy más saludable, creyendo que si comía de -aquellas rosas y de improviso dejase de ser asno y me tornase hombre, -manifiestamente me ponía en gran peligro de morir por las manos de -los ladrones, porque sospecharían que yo era nigromántico, o que los -había de descubrir y acusar del robo. Entonces, con este pensamiento -me aparté de ellas, padeciendo mi desdicha presente en figura de -asno, royendo heno y cebada como los otros animales, esperando la -ventura.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch4_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span></p> - <h2 class="nobreak g0">LIBRO IV.</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p> - -<p class="hang">Apuleyo, tornado asno, cuenta elocuentemente las -fatigas y trabajos que padeció en su larga peregrinación, andando en -forma de asno y reteniendo el sentido de hombre. — Entremete a su -tiempo diversos casos de los ladrones. — Asimismo escribe de un ladrón -que se metió en un cuero de osa para ciertas fiestas que se habían de -hacer, y de una doncella que robaron.</p> - - -<h3>I.</h3> - -<p class="cent">Lucio Apuleyo cuenta lo que pasaron los ladrones desde -la ciudad de Hipata hasta llegar a la cueva de su morada.</p> - -<p>Andando nuestro camino, sería casi mediodía que ya el sol ardía, -llegamos a una aldea, donde hallamos ciertos ladrones amigos de -nuestros amos, lo que yo bien conocí, aunque era uno, porque en -llegando hablaron como amigos y se abrazaron, y también porque les -dieron algunas cosas de las que llevaban.</p> - -<p>Allí nos descargaron de todo y nos echaron en un prado cerca, para -que a nuestro buen placer paciésemos, pero la compañía de pacer con -el otro asno y con mi caballo,<span class="pagenum" id="Page_57">p. -57</span> no pudo detenerme allí, porque yo no era usado de comer heno; -mas como estaba perdido de hambre, vi tras de la casa un hortezuelo, en -el cual me lancé. Y como quiera que de coles crudas, pero abundantemente -henchí mi barriga.</p> - -<p>Andando así en el huerto, miraba por todas partes rogando a los -dioses, por ventura, si en los otros huertos que estaban junto a este -hubiese algún rosal, a lo cual me daba buena confianza la soledad que -por allí había, y estando fuera de camino y escondido, en tomando el -remedio que deseaba de tornarme de asno en hombre, lo podría hacer sin -que nadie me viese. Así que, andando en este pensamiento vacilando, -vi un poco lejos un valle con árboles y sombra, en el cual, entre -otras hierbas, resplandecían rosas coloradas y frescas; ya en mi -pensamiento, que del todo no era de bestia, pensaba que aquel lugar -fuese de la diosa Venus y de sus ninfas, cuyas flores y rosas relucían -entre aquellas arboledas y sombras. Entonces, invocado por mi alegre -y próspero aliento, comencé a correr cuanto pude, que, por Dios, yo -no parecía ser asno, sino un caballo corredor y ligero; pero aquel mi -osado y buen esfuerzo no pudo huir de la crueldad de mi fortuna; ya -que llegaba cerca, veo que no eran rosas tiernas y amenas rociadas del -rocío de la aurora, mas antes eran unos árboles, los cuales tienen la -hoja larga de manera de laureles, y las flores sin olor, que son unas -campanillas un poco coloradas, que llaman los rústicos, o el vulgo, -rosas de laurel silvestre, cuyo manjar mata cualquier animal que lo -come.</p> - -<p>Con tales desdichas fatigado ya, y desesperado de mi remedio, quería -de mi voluntad propia comer de aquella ponzoña, pero con poca gana y -alguna tardanza; cuando quise llegar a morder en ellas, un mancebo -que me pareció<span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span> ser el -hortelano del huerto que yo había destruido y comido las coles, como -vido haberle hecho tanto daño, arrebató un palo y con mucho enojo fue -hacia mí, y diome tantos palos, que casi me pusiera en peligro de -muerte, si yo, sabia y discretamente, no buscara remedio; así que yo -alcé mis ancas y los pies en alto y sacudile muy bien de coces, de -manera que, él bien castigado y caído en el suelo, eché a huir contra -una sierra muy alta que estaba allí junto; mas luego una mujer, que -parece debía ser del hortelano, como le vido que estaba tendido en -el suelo medio muerto y sin sentido, vino corriendo llorando y dando -voces, porque oyéndola la gente de alderredor, viniesen contra mí por -matarme.</p> - -<p>Entonces los villanos, alborotados con los gritos, comenzaron a -llamar los perros y echármelos para que me despedazasen; entonces, -como me vi sin alguna duda cerca de la muerte, y los perros que venían -contra mí, dejé de subir a la sierra arriba y torné para casa corriendo -cuanto más podía, y metime en el establo de donde había salido. Ellos, -desde que hubieron pacificado a los perros, tomáronme con un cabestro -bien recio y atáronme a una argolla, dándome tantos palos, que cierto -me mataran, si no que con el dolor de los palos, como tenía la barriga -tiesa y llena de coles crudas vínome flujo, y suelto un chisguete con -que los rocié muy bien; por esto y por el gran hedor, se apartaron de -mis espaldas.</p> - -<p>No tardó mucho que nos cargasen, y volviendo a nuestro viaje andando -un buen pedazo, yo iba muy desfallecido con el largo camino y con el -peso de la gran carga y los continuos palos que me daban; también iba -cojo y muy maltratado, porque llevaba los pies y manos desportillados; -llegando cerca de un arroyo que corría mansamente, pareciome haber -hallado con mi buena<span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span> -dicha sutil ocasión para lo que pensaba, lo cual era derrengarme por -las ancas y echarme en tierra muy obstinado de no levantarme para pasar -el arroyo, aunque me diesen veinte mil palos, y aunque me diesen con -una espada, antes morir que no levantarme, porque como a cosa vieja -y doliente me diesen carta de horro, y también pensaba que por no -detenerse los ladrones, yendo de huida con su robo, quitarían la carga -de mis cuestas y la repartirían por los otros mis compañeros, y me -dejarían allí para que me comiesen lobos y buitres.</p> - -<p>Pero mi desdichada suerte no quiso que tan buen consejo me -aprovechase, porque el otro asno, adivinando mi pensamiento, se dejó -caer con su carga en tierra como muerto, y aunque le daban muchos palos -y le metían aguijones, y le alzaban por la cola, y le hacían otros -muchos remedios, ni les aprovechaba alzarle las piernas, ni aunque le -revolvían el cuerpo de una parte a otra, nunca probó a levantarse; -hasta que finalmente los ladrones (y con la postrimera esperanza), -habiendo hablado entre sí, porque no estuviesen tanto sirviendo a -un asno muerto, y más, en verdad, se podía decir de piedra, y no -detuviesen su huida, quitáronle la carga y repartiéronla entre mí y mi -caballo, y a él con sus espadas cortáronle las piernas y apartáronle -un poco del camino, y medio vivo lanzáronlo de una altura abajo en un -valle muy hondo.</p> - -<p>Entonces yo, pensando entre mí la desdicha del triste de mi -compañero, acordé, apartados de mí todos fraudes y engaños, como buen -asno provechoso, servir a mis señores, cuanto más que, según lo que yo -les oía estar hablando, cerca de allí estaba su casa, donde habíamos -de descansar y reposar del fin de nuestro camino, porque allí era su -morada.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span>Finalmente, pasada -una cuestezuela no muy áspera, llegamos al lugar donde íbamos. En -llegando, luego nos descargaron, y metieron lo que traíamos dentro de -casa. Yo, aliviado del peso de la carga, por refrescarme del cansancio, -en lugar de baño comencé a revolcarme en el polvo.</p> - - -<h3 id="Ch4_2">II.</h3> - -<p class="cent">Lucio cuenta cómo llegaron a la cueva, y el sitio de -ella. Y otras cosas de gusto.</p> - -<p>Brevemente contaré del sitio donde habitaban estos ladrones. Era -allí una montaña bien alta, muy horrible y umbrosa, de muchos árboles -silvestres; de esta montaña descendían ciertos cerros llenos de muy -ásperos riscos y peñas, que no había persona que pudiese llegar a -ellos, los cuales la ceñían; abajo había muchas y hondas lagunas, -en aquellos valles llenos de espinas y zarzas, que naturalmente -fortalecían aquel lugar. De encima del monte descendía una fuente de -agua muy hermosa y muy clara, que parecía color de plata, y corría por -tantas partes, que henchía los valles que abajo estaban a manera de un -mar o de un gran río o lago que está quedo. Aquí estaba la cueva de -estos ladrones, a donde nos descargaron, y ellos, cargados de lo que -nosotros traíamos, lanzáronse en la cueva, y a nosotros nos ataron con -cabestros bien recios a la puerta.</p> - -<p>Luego empezaron a reñir con una vejezuela, la cual<span -class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span> sola tenía cargo de la salud -de tantos mancebos, diciendo:</p> - -<p>—¡Oh sepulcro de la muerte, deshonra de la vida, enojo del infierno, -así nos has de burlar, estándote sentada no haciendo nada, que nos -tengas aparejado algún solaz por tantos trabajos como hemos pasado, que -tú días y noches no entiendes en otra cosa sino echar vino en ese tu -vientre sediento que nunca se harta!</p> - -<p>La vieja, con su voz medrosa, temblando respondió:</p> - -<p>—¡Oh señores valientes mancebos, todo está presto y aparejado -abundantemente; yo tengo guisado de comer muy sabroso, mucho pan, y -vino puesto en sus copas, y también agua cocida para que todos os -lavéis!</p> - -<p>Acabando la vieja de decir esto, ellos se desnudaron luego, y -lavados con agua caliente, se untaron con aceite. Y puestas las mesas -con sus manjares, sentáronse a comer.</p> - -<p>Luego, en aquel tiempo que se sentaron a la mesa llegaron otros -mancebos, los cuales en viéndolos quienquiera diría que eran ladrones -como los otros, porque también traían muchos vasos y monedas de oro -y plata, y ricas vestiduras. Así que, por el semejante lavados y -refrescados, sentáronse a comer con sus compañeros. Ellos comían y -bebían sin orden los manjares a montones; el beber sin cuenta ni razón; -burlaban unos con otros, cantaban y reían motejándose.</p> - -<p>Entonces un mancebo de aquellos, que parecía más valiente que los -otros, dijo:</p> - -<p>—Nosotros batimos esforzadamente la casa de Milón, de Hipata, y -demás de la presa y grandes riquezas que por nuestro esfuerzo ganamos, -tornamos todos a nuestra casa sin que uno faltase, y aun si hace al -caso, digo que vinimos ocho pies más acrecentados. Pero vosotros -que<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> habéis andado por -las ciudades de Beocia, donde perdisteis a vuestro capitán Lámaco -y habéis disminuido el número de vuestra compañía. Cierto, yo más -quisiera su salud y vida, que todo cuanto trajisteis en estos líos y -fardos; pero como él haya muerto con esfuerzo y valentía, la memoria y -fama lo hará vivir para siempre. Que, hablando verdad, vosotros sois -ladrones medrosos, y para hurtos pequeños, andando por casillas de -viejas y otras pobres.</p> - -<p>A esto respondió uno de aquellos:</p> - -<p>—¿Cómo ahora sabes que las casas mayores son más fáciles de robar -que las otras pequeñas? Porque como quiera que en las casas grandes haya -muchos servidores, cada uno cura más de su salud que de la hacienda de -su señor. Pero los hombres de bien, solitarios y modestos sus bienes, -pocos o muchos, disimuladamente los encubren, y reciamente defienden, -y con peligro de su sangre y vida los fortalecen. El mismo negocio que -ahora paso, os hará creer lo que digo. Casi como llegamos a Tebas, -ciudad de Beocia, que es la más principal para el trato de nuestro -arte, andando con diligencia buscando lo que habíamos de robar entre -los populares, no se nos pudo esconder Criseros, un cambiador muy rico, -y señor de gran dinero, el cual, por miedo de los tributos y pechos -de la ciudad, con grandes artes disimulaba y encubría gran riqueza. -Finalmente, que él, solo y solitario en una pequeña casa, aunque bien -fortalecida, contento, sucio y mal vestido, dormía sobre los zurrones -de oro. Así que todos de un voto acordamos que el primer ímpetu y -combate fuese en esta casa, porque todos a una, comenzada la batalla, -sin dificultad pudiésemos apañar los dineros de aquel cambiador rico. -Lo cual puesto en obra al principio de la noche, fuimos a las puertas -de su casa, las<span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span> cuales -ni pudimos alzar, ni mover, ni quebrar, porque como eran fuertes, al -ruido de ellas despertó la vecindad toda en daño nuestro. Entonces -aquel esforzado nuestro capitán y alférez Lámaco, con la furia de su -gran esfuerzo y valentía, metió la mano poco a poco por aquel agujero -que se mete la llave para abrir la puerta, y procuraba arrancar el -pestillo o cerradura; pero aquel Criseros, malvado y maligno más que -hombre del mundo, estaba vestido, y sintiendo lo que pasaba, vino hacia -la puerta muy pacífico, que casi no resollaba, y traía en su mano un -gran clavo y martillo, con el cual, súbitamente, con gran golpe clavó -la mano de nuestro capitán en la tabla de la puerta, y dejado allí -cruelmente clavado, como quien lo deja en la horca, subiose encima -de una azotea de su casa, y de allí con grandes voces llamaba a los -vecinos muy ahincadamente. Cuando los vecinos oyeron esto, cada uno -espantado del peligro que podía venir a su casa por la del cambiador, -venían corriendo a socorrerle. Entonces nosotros, puestos en uno de -dos peligros, o de matar nuestro compañero, o desampararlo, acordamos -un remedio terrible, queriéndolo él, y fue que le cortamos el brazo -por la coyuntura del hombro, y dejado allí el brazo, atada la herida -con muchos paños, porque la sangre no hiciese rastro por donde nos -siguiesen, arrebatamos a Lámaco, y llevámoslo como pudimos, y como -íbamos huyendo, ni él nos podía seguir, ni nos lo podíamos llevar, ni -podía quedar seguro, y como era valiente, animoso y esforzado, viendo -que no podía escapar de las manos enemigas, con mucha instancia nos -rogaba, por la diestra del dios Marte y por el juramento que entre nos -había, que lo matásemos, diciendo asimismo que cómo había de vivir un -hombre teniendo el brazo cortado, con el cual solía robar y degollar, -que él se tendría por bien<span class="pagenum" id="Page_64">p. -64</span> aventurado si muriese a manos de sus compañeros. Así que -después que vido que a ninguno de nosotros pudo persuadir que lo -matase, tomó con la otra mano un puñal que traía y metióselo por los -pechos. Nosotros, alabando el esfuerzo de tal varón, tomando su cuerpo -envuelto en una sábana, lo echamos en la mar. Y así quedó allí nuestro -capitán Lámaco, el cual hizo fin conforme a su oficio. Pues el nuestro -compañero Alcimo, que tenía muy astutos principios, no pudo huir la -sentencia de la cruel fortuna, el cual después de entrado en casa de -una vejezuela, que estaba durmiendo, subió a la cámara donde dormía, -y pudiera muy bien ahogarla si quisiera, pero quiso primero echar por -una ventana a la calle todas las cosas que tenía, y ya que tenía todo -echado, no quiso perdonar a la cama en que la vieja dormía. La mala -vieja, viendo esto, le dijo llorando:</p> - -<p>—Hijo, ruégote que me digas por qué echas mis cosas pobres al vecino -rico, sobre cuya huerta cae esta ventana.</p> - -<p>Alcimo, medio turbado, llegose a la ventana por ver si era así, mas -la vieja, que lo vio medio salido de la ventana, mirando a una parte y -a otra, súbitamente lo empujó, y dio con él abajo, donde se le abrió la -cabeza, y contándonos el engaño que le hizo la vieja, acabó de morir, -al cual dimos sepultura en la mar, como a nuestro capitán Lámaco.</p> - - -<h3 title="III." id="Ch4_3" ><span class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span>III.</h3> - -<p class="cent">Cómo aquel ladrón cuenta que robaron a un hombre rico -con una graciosa industria de una osa.</p> - -<p>—Después de la pérdida de estos dos compañeros, nosotros, tristes -y con pena, parecionos que debíamos dejar de entender en las cosas de -aquella provincia de Tebas, y acordamos de venirnos a una ciudad que -estaba cerca, que ha nombre Plates; en la cual hallamos gran fama de un -hombre que moraba allí, llamado Demócares, el cual celebraba grandes -fiestas al pueblo, porque él era más principal en la ciudad, hombre muy -rico y liberal, y hacía estos placeres y fiestas al pueblo por mostrar -la magnificencia de sus riquezas. ¿Quién podría ahora explicar y tener -idóneas palabras para decir tanta facundia de ingenio, tantas maneras -de aparatos como tenía? Los unos eran jugadores de esgrima afamados -de sus manos; otros cazadores muy ligeros para correr; en otra parte -había hombres condenados a muerte, que los engordaban para que los -comiesen las bestias bravas. Había asimismo torres hechas de madera a -la manera de unas casas movedizas, que se traen de una parte a otra, -las cuales eran muy bien pintadas, para acogerse a ellas cuando corrían -toros u otras bestias en el teatro. Demás de esto, ¿cuántas maneras de -bestias había allí y cuán fieras y valientes? Tanto era su estudio de -hacer magníficamente aquellos juegos, que buscaba hombres de linaje -que fuesen condenados a muerte, para que peleasen con las bestias; -pero sobre todo el aparato que buscaba para estas fiestas<span -class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span> principalmente y con cuánta -fuerza de dineros podía, procuraba tener número de grandísimas osas, -demás de de las que él hacía cazar, de las que a poder de dinero -compraba.</p> - -<p>Mas este tan claro y magnífico aparejo de placer y fiesta popular, -no pudo huir los ojos mortales de la envidia. Porque con la fatiga de -estar mucho tiempo presas, y con el gran calor del verano, y también -por estar flojas y perezosas por no andar ni correr, dio tan gran -pestilencia en ellas, que casi ninguna quedó. Estaban por estas plazas -muchas de ellas muertas con tanto estrago, que parecía haber hecho -naufragio de bestias.</p> - -<p>Aquellos pobres del pueblo, a los cuales la pobreza y necesidad -constriñe a buscar algo para henchir el vientre, sin escoger manjares -andaban tomando de la carne de aquellos animales que por allí estaban, -para hartarse.</p> - -<p>Cuando yo y este nuestro compañero Bardulo vimos aquello, inventamos -del mismo negocio un muy sutil consejo, y era que estaba allí una osa -muerta mayor que todas las otras, la cual de noche llevamos a nuestra -estancia, y allí la desollamos muy bien, no tocándose en las uñas ni en -la cabeza. Tomamos el cuero, y polvoreado por encima, pusímoslo a secar -al sol. Nosotros nos conjuramos para el negocio, e hicimos juramento -que uno de nosotros, el más valiente, se metiese dentro en aquella -piel y se hiciese osa, y la llevaríamos de noche a casa de Demócares, -para que nos abriese las puertas cuando todos durmiesen. Y para esto -escogimos por todos a Trasileón, el cual con gran ánimo se metió en el -cuero y comenzó a tratarlo y ablandarlo, para ejercitar en lo que había -de hacer. Y nosotros rehenchimos algunas partes de él con lana para -igualarlo todo; cosímoslo, y con los pelos de una parte y otra cubrimos -la costura muy bien;<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> -hicimos a Trasileón que juntase su cabeza con la de la osa cerca del -pescuezo, y por las narices y ojos de la osa abrimos ciertos agujeros -por do pudiese mirar y resollar. Así que nuestro valiente compañero -hecho bestia, metímoslo en una jaula.</p> - -<p>De esta manera, prosiguiendo en nuestro negocio, supimos como este -Demócares tenía un gran amigo en Tracia, del cual fingimos carta que -le escribía, diciendo que por honrar sus fiestas le enviaba aquel -presente, que era la primera bestia que había cazado. Y siendo ya -noche, aprovechándonos del ayuda de ella, presentamos la jaula, con -Trasileón dentro, a Demócares, y dímosle la carta falsa. El cual, -maravillándose de la grandeza de la bestia, y muy alegre con la -liberalidad de su amigo, nos mandó luego dar diez ducados.</p> - -<p>Todos venían a ver la osa y decían no haber visto cosa tan grande; -mas Trasileón daba muchas vueltas, saltando de una parte a otra, porque -no viesen en alguna señal el engaño. Y así, todos a una voz decían que -era muy espantable, ligera y grande. Así que Demócares mandaba llevar -la osa a un buen pasto do tenía otras; mas yo le dije:</p> - -<p>—Mira, señor, lo que haces, porque esta bestia viene fatigada del -camino; no debía echarse con las otras fieras, mayormente que me dicen -que están todas dolientes, antes sería bueno que la dejases en este -patio, do corre este caño de agua, para que de noche se recree.</p> - -<p>Con estas palabras, Demócares, habiendo miedo de que se le muriese -aquella, como las otras muchas que se le habían muerto, fácilmente -consintió a nuestras persuasiones, y mandó que pusiésemos la jaula -o caja donde a nosotros pareciese; demás de esto yo dije que si -él mandaba, que estábamos prestos de velar algunas noches<span -class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> cerca de la jaula para dar de -comer y beber a la bestia cuando menester fuese, porque prestamente se -le quitase la fatiga del sol y el cansancio del camino.</p> - -<p>A esto respondió Demócares:</p> - -<p>—No es menester que os pongáis en ese trabajo, porque todos los de -mi casa, por la larga costumbre, están bien ejercitados para saber -curar estas bestias.</p> - -<p>Dicho esto, tomamos licencia y nos fuimos. Saliendo por la puerta -de la ciudad vimos estar un enterramiento apartado y escondido del -camino; allí abrimos algunos de aquellos sepulcros medio abiertos, -donde moraban aquellos muertos hechos ceniza y comidos de carcoma, para -esconder allí lo que robásemos.</p> - -<p>Después, al principio de la noche, según es costumbre de ladrones, -al primer sueño, cuando más gravemente carga los cuerpos humanos, -con toda nuestra gente armada nos fuimos a poner ante las puertas de -Demócares para robarlo, como cuando vamos citados a juicio.</p> - -<p>No menos fue perezoso Trasileón, que como vido la oportunidad -de la noche, saltó fuera de la jaula, abrionos las puertas, y como -nosotros prestamente nos metiésemos en casa, mostronos un almacén donde -aquella noche sagazmente él vio meter y encerrar mucha plata, al cual, -quebradas las puertas por fuerza, mandó a cada uno de los compañeros -que entrasen y cargasen cuanto pudiesen llevar de aquel oro y plata, -y prestamente lo llevasen a esconder en las casas de aquellos fieles -muertos, y que luego corriendo tornasen por más, y que para lo demás yo -quedaría allí al umbral de las puertas, a resistir si alguno viniese, y -para espiar solícitamente hasta que tornasen.</p> - -<p>De más de esto la osa andaba por casa aparejada para matar a los -que despertasen, porque, en la verdad, ¿quién<span class="pagenum" -id="Page_69">p. 69</span> podría ser tan fuerte y esforzado que viendo -una forma de bestia tan fiera, y mayormente de noche, que, vista, no se -pusiese en huir aceleradamente, o que no echase la aldaba a la puerta -de su cámara y se encerrase de miedo?</p> - -<p>Estas cosas así, prósperamente dispuestas, sucedió en ellas fin -desdichado, porque en tanto que yo estaba esperando a mis compañeros -que tornasen, entonces un esclavo de la propia casa, como vio la osa -que andaba por toda la casa, vase muy pasico de cámara en cámara, -diciendo a todos lo que había visto.</p> - -<p>No tardó mucho que todos no salieran con candiles y mechones -encendidos, y con lanzas y espadas se pusieron a guardar las puertas de -casa. Demás de esto llamaron los perros de monte, grandes y bravos, y -echáronlos a la osa.</p> - -<p>Cuando yo esto vi, y que crecía el ruido y tumulto, aparteme de -allí y púseme detrás de la puerta, de donde vi a Trasileón pelear -maravillosamente contra los perros, el cual, como estaba en lo último -de su vida, hacía cosas de espanto; ora huyendo, ora resistiendo, daba -saltos sin compás; en fin, no pudiendo más, vínose retrayendo a la -calle, en donde se juntaron muchos más perros, los cuales cercaron a -Trasileón y lo despedazaban y mordían cruelmente.</p> - -<p>Entonces yo, no pudiendo sufrir tanto dolor, metime en medio de la -gente, y en lo que podía ayudaba a nuestro buen compañero, diciendo a -todos de esta manera:</p> - -<p>—¡Oh qué pérdida y mal hacemos! ¿Para qué queremos hacer morir una -tan preciada y hermosa bestia?</p> - -<p>Pero todas estas artes y cautelas no aprovecharon para el triste -y desdichado de mi compañero vivir, porque un hombre de aquellos, -indignado contra la osa, le<span class="pagenum" id="Page_70">p. -70</span> arrojó una lanza, que le atravesó todo el cuerpo, y los más -cargaron sobre la osa con sus espadas hasta que la mataron.</p> - -<p>De esta manera acabó Trasileón, gloria y honra de nuestra capitanía. -Y era tanto el miedo que todos tenían de la osa, que hasta el otro día -bien tarde ninguno fue osado llegar a ella, hasta que uno de estos que -andaban a desollar bestias, se le llegó, y empezando a desollar la -piel, halló dentro a aquel magnífico ladrón.</p> - -<p>Entonces nosotros cogimos nuestros líos que tenían en guarda -aquellos fieles muertos, y cuan presto pudimos nos vinimos cargados con -esta prisa que veis.</p> - -<p>Acabada la habla, tomaron sus tazas y bebieron el vino puro, y en -memoria de sus compañeros cantaron ciertas canciones al dios Marte, y -después se fueron a dormir.</p> - - -<h3 id="Ch4_4">IV.</h3> - -<p class="cent">Cómo los ladrones trajeron una doncella robada, la cual -llora su desdicha.</p> - -<p>Aquella buena vieja proveyó muy bien a nosotros de cebada, sin tasa -ni medida, tanto que mi rocín, como vio tanta abundancia y hartura para -sí solo, creía que hacía carnestolendas, y como quiera que otras veces -hubiese yo comido cebada, tragándola con pena por ser para mí manjar -dañoso y desabrido; pero entonces miré a un rincón, donde habían puesto -los pedazos del pan que habían sobrado de aquellos ladrones, y comencé -a ejercitar mis quijadas, que tenían telarañas de mucha hambre.</p> - -<p>Venida la noche, que ya todos dormían, los ladrones<span -class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span> despertaron con gran ímpetu -y comenzaron a mudar su real, armados con sus espadas y lanzas que -parecían diablos, y salieron por la puerta afuera muy aprisa. Pero ni -solo esto ni aun el sueño, que bien me eran menester, pudo impedir el -tragar y comer que yo hacía, y como quiera que cuando era Lucio con -uno o dos panes me hartaba y levantaba harto de la mesa; mas entonces, -contentando a un vientre de asno tan ancho y profundo, ya entraba -rumiando por el tercero canastillo de pan, cuando estando atónito en -esta obra me tomó el día claro.</p> - -<p>Entonces yo, como asno empachado de vergüenza, salime de casa y fui -a un arroyo a hartarme de agua; no tardó mucho que no viniesen los -ladrones, los cuales traían una doncella muy linda hurtada, y según en -su gesto y hábito mostraba, debía ser alguna hijadalgo, que cierto yo, -aunque era asno, la deseaba. La triste venía llorando y mesando sus -cabellos.</p> - -<p>Después que la metieron en su cueva, comenzaron a consolarla, -diciendo:</p> - -<p>—Tú, pues, estás aquí segura de la vida, y ahora ten paciencia, -porque la necesidad y pobreza nos hace seguir este trato; tu padre y -madre, aunque sean avarientos, no dejarán de rescatarte.</p> - -<p>Con estas palabras y otras la consolaban, pero no dejaba su -llanto.</p> - -<p>Entonces los ladrones mandaron a la vieja que se sentase a par de -ella y la consolase con blandas palabras mientras ellos iban a hacer su -oficio; la vieja, movida de piedad, le decía muchas cosas; mas todo no -aprovechaba, porque lloraba y decía palabras lastimosas, y de cansada -se durmió.</p> - -<p>Ya que había dormido un poco, despertó con un sobresalto como -mujer sin seso, y comenzó de nuevo a hacer<span class="pagenum" -id="Page_72">p. 72</span> mayores llantos; como la vieja vio que otra -vez de nuevo comenzaba, le rogó con mucha instancia la contase por qué -causa lloraba más fuertemente después de haber dormido.</p> - -<p>La doncella, aunque llena de lágrimas, le dijo de esta manera:</p> - -<p>—Pocos días ha que yo fui desposada con un mancebo muy rico y de -buena disposición, con el cual desde niña me crié, y siempre nos -tuvimos grande amor, como si fuéramos hermanos. Así que estando para -velarnos, de consentimiento de nuestros padres, con la casa aderezada y -enramada de laureles, con contares y otras cosas de bodas, estándome mi -madre ataviando para semejante fiesta, he aquí do entra súbitamente un -escuadrón de ladrones con gran ímpetu, con las espadas desnudas, y no -curaron de robar alguna cosa ni matar a nadie, sino todos juntos, sin -los familiares de casa podérselo estorbar, me arrebataron y trajeron -aquí. Pero ahora soñaba que mi querido esposo venía por librarme y que -cruelmente le mataban estos hombres espantables y temerarios, y por -esta causa me afligía más que de antes.</p> - -<p>Entonces la vieja, suspirando, le dijo:</p> - -<p>—Hija, esfuérzate y ten buen corazón; no te espantes con unas -ficciones de sueños, porque demás de tener por cierto que los sueños -del día son falsos, aun los de la noche traen los fines y salidas al -contrario: porque llorar, ser herido o muerto, traen el fin próspero y -de mucha ganancia; y, por el contrario, reír, o comer cosas sabrosas, -o hallarse en placeres, significa tristeza de corazón o enfermedad del -cuerpo y otros daños y fatigas. Pero yo te quiero consolar y decir una -novela muy linda, con que olvides esta pena y trabajo.</p> - -<p>La cual luego comenzó en esta manera:</p> - - -<h3 title="V." id="Ch4_5" ><span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>V.</h3> - -<p class="cent">Cómo la vieja madre de los ladrones cuenta a la -doncella un cuento muy elegante y lleno de doctrina.</p> - -<p>—Había en una ciudad un rey y una reina que tenían tres hijas: las -dos mayores eran muy hermosas y bien apuestas; pero la más pequeña, era -tanta su hermosura, que no bastan palabras humanas para poderlo decir. -Muchos de otros reinos y ciudades, oyendo la fama de su gran beldad y -hermosura, venían a verla, y luego, poniendo las manos en la boca y -los dedos extendidos, así como a la diosa Venus, con sus religiosas -adoraciones la honraban y adoraban.</p> - -<p>Ya la fama corría por todas las ciudades y tierras cercanas, que -esta era la diosa Venus, que por influjo de las estrellas del cielo -había nacido otra vez, no en la mar, pero en la tierra, conversando con -todas las gentes, adornada de flor de virginidad. De esta manera su -fama crecía más cada día, y de muchas partes venían por mar y tierra, -por ver este glorioso espectáculo que había nacido en el mundo. Y nadie -quería ir a ver a la diosa Venus, que estaba en la ciudad de Pafo, -ni a la isla de Gnido, ni al monte Citerón, donde solían sacrificar. -Sus templos eran ya destruidos, sus ceremonias menospreciadas, sus -estatuas sin honra. Todos a esta doncella suplicaban, y siendo humana -la adoraban por tan gran diosa; y cuando de mañana se levantaban, todos -le sacrificaban con manjares y otras cosas; cuando iba por la calle, -todo el pueblo, con flores y guirnaldas de rosas, le suplicaban y -honraban.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span>Esta honra que se -daba a esta doncella encendió mucho en ira a la propia diosa Venus, y -riñendo entre sí, dijo:</p> - -<p>—Yo, que soy madre de todas las cosas criadas; yo, que soy principio -y nacimiento de los elementos; yo, que soy Venus poderosa, ¿he de -sufrir que se dé la honra debida a mi majestad a una moza mortal, y -que mi nombre, puesto en el cielo, se haya de profanar en la tierra, y -que en cada parte tengan duda si me han de sacrificar y adorar a mí o -a esta doncella, y que tenga tal gesto que piensen que soy yo? Según -esto, por demás me juzgó aquel pastor que por mi gran hermosura me -prefirió a tales diosas, cuyo juicio aprobó aquel gran Júpiter. Mas a -esta que mi honra ha robado, yo haré que se arrepienta de esto y de su -hermosura.</p> - -<p>Luego llamó a su hijo Cupido, al cual, con sus palabras encendido -mucho, le llevó a aquella ciudad donde estaba esta doncella, que se -llamaba Psique, y mostrósela, diciendo con mucho enojo y casi llorando -toda la historia de la semejanza envidiosa de su hermosura, diciéndole -de esta manera:</p> - -<p>—¡Oh hijo, yo te ruego por el amor que tienes a tu madre y por las -dulces llagas de tus saetas y por los sabrosos fuegos de tus amores, -que des cumplida venganza a tu madre contra la hermosura rebelde y -contumaz de esta mujer; y sobre todo te ruego que esta doncella sea -enamorada de muy ardiente amor del más bajo y vil hombre que en todo el -mundo se halle!</p> - -<p>Después que Venus hubo dicho esto, besó y abrazó a su hijo, y fuese -a la ribera de un río que estaba cerca, donde con sus hermosos pies -holló el rocío de las ondas de aquel río, y de allí se fue a la mar, a -donde todas las ninfas le vinieron a servir.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span>Allí vinieron las -hijas de Nereo cantando, y el dios Neptuno con su áspera barba del agua -de la mar y con su mujer Salicia, y Palemón, que es guiador del Delfín, -y las compañas de los tritones, saltando por la mar, unos tocando -trompetas, otros traían un palio de seda, porque el sol no le tocase; -otros llevan el espejo delante de la diosa. De esta manera, nadando con -sus carros por la mar, todo este ejército acompañó a Venus hasta el -Océano.</p> - -<p>Entretanto, la doncella Psique, con su hermosura para sí, ningún -fruto recibía de ella. Todos la miraban y alababan, pero ningún rey, -ni otro alguno, la pedía por mujer. Maravillábanse de ver su divina -hermosura, pero era como quien ve una estatua de una diosa pulidamente -fabricada.</p> - -<p>Las dos hermanas mayores, como eran medianamente hermosas, no eran -tanto divulgadas por los pueblos, y habían sido casadas con dos reyes -que las pidieron: ya estaba cada una en su casa, reina y señora. Mas -esta doncella Psique estaba en casa de su padre, llorando su soledad, y -siendo virgen era viuda, por la cual causa estaba enferma en el cuerpo -y llagada en el corazón. Aborrecía su hermosura, porque todos pasmaban -de verla.</p> - -<p>El mezquino padre, sospechando que alguna ira y odio tuviesen los -dioses contra su desventurada hija, acordó de ir a consultar el oráculo -antiguo del dios Apolo, que estaba en la ciudad de Mileto, y con sus -sacrificios y ofrendas suplicó a aquel dios que diese casa y marido a -la triste de su hija. Apolo le respondió en esta manera:</p> - -<p>—Pondrás esta moza, adornada del aparato delante, en el más -alto peñasco que hallares, y déjala allí. No<span class="pagenum" -id="Page_76">p. 76</span> esperes yerno que sea nacido de linaje -mortal, mas espéralo fiero y cruel y venenoso como serpiente, el cual, -volando, fatiga con sus saetas a todos.</p> - -<p>El rey, que siempre fue próspero y favorecido, como oyó esto, triste -y de mala gana se tornó para su casa. Y dijo a su mujer el mandamiento -que el dios Apolo había dado a su desdichada suerte, por lo cual -lloraron y gimieron algunos días.</p> - -<p>En esto ya se llegaba el tiempo en que había de poner en efecto lo -que Apolo mandaba; de manera que comenzaron a aparejar todo lo que -la doncella tenía menester para sus mortales bodas. Encendieron las -lumbres de las hachas negras con hollín, y los alegres instrumentos -músicos se mudaron en lloro y amargura, los cantares en luto y lloro. -De manera que el triste hado de esta casa hacía entristecer a toda -la ciudad. El padre, por la necesidad que tenía de cumplir lo que -Apolo había mandado, procuraba de llevar a la mezquina de Psique a la -pena que le estaba profetizada; mas por otra parte, movido de piedad, -detenía el negocio, llorando amargamente.</p> - -<p>Entonces la hija dijo al padre y madre de esta manera:</p> - -<p>—¿Por qué, señores, atormentáis vuestra vejez con tan continuo -llorar? ¿Por qué fatigáis vuestro espíritu con tantos aullidos? ¿Por -qué ensuciáis esas caras con lágrimas que poco aprovechan? ¿Por qué -apuñeáis vuestros pechos con tanta fuerza? ¿Este será el premio y -galardón de mi hermosura? Vosotros estáis heridos mortalmente de la -envidia, y sentís tarde el daño. Cuando las gentes y los pueblos -nos honraban y celebraban con divinos honores; cuando todos a una -voz me llamaban la nueva diosa Venus, entonces os había de doler y -llorar,<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> entonces me -habíais ya de tener por muerta. Ahora veo y siento que solo este nombre -de Venus ha sido causa de mi muerte: llevadme ya en aquel risco donde -Apolo manda, porque ya querría ver acabadas estas tristes bodas.</p> - -<p>Acabado de hablar esto la doncella, cayó en tierra, y como ya venía -todo el pueblo para acompañarla, metiose en medio de ellos y fueron -su camino a un lugar donde estaba un risco muy alto sobre un monte, -encima del cual pusieron la doncella, y allí la dejaron, poniendo en -su compañía las hachas negras que delante de sí llevaban ardiendo. -El pueblo, lleno de lágrimas, bajando sus cabezas, volvieron a sus -casas, acompañando al rey y a la reina, los cuales, cubiertos de luto y -cerrando las ventanas del palacio, se pusieron en perpetuo llanto.</p> - -<p>Psique, estando temerosa en aquella peña, vino un manso viento y muy -quietamente la puso en un delicioso prado, donde la dejó.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch5_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span></p> - <h2 class="nobreak g0">LIBRO V.</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p> - -<p class="hang">En este libro se contienen los palacios que Psique -halló, y los amores secretos que con ella tuvo el dios Cupido, y de -cómo vinieron a visitar a Psique sus mismas hermanas, y la envidia -que de ella tuvieron; por cuya causa, creyendo Psique lo que le -aconsejaban, quiso herir a su marido Cupido; por lo cual cayó de la -cumbre de su felicidad y fue puesta en tribulación. — Y cómo las -hermanas hubieron el castigo que merecían por tan mal consejo como a su -hermana dieron. — Y cómo Venus persigue a Psique, buscándola por todas -partes.</p> - - -<h3>I.</h3> - -<p class="hang">Cómo la vieja cuenta a la doncella cómo Psique fue -llevada a unos palacios muy poderosos, a donde holgó con su nuevo -marido.</p> - -<p>—Hallándose Psique en aquel prado hermoso y florido, aliviose algún -tanto de la pena que en su corazón tenía. Y mirando a todas partes -vio una floresta con muy grande arboleda, y una fuente muy clara -y apacible, y allí junto estaba una casa real, la cual no parecía -edificada por mano de hombres, sino por los dioses. A la entrada -de la casa estaba un palacio tan rico y hermoso, que parecía<span -class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> morada de algún dios, -porque el zaquizamí y cobertura de madera era de cedro y marfil -maravillosamente labrado. Las columnas eran de oro, y todas las paredes -eran de plata. Y todos los aposentos y cámaras relucían con el oro, y -daban tanta claridad, que era cosa más celestial que humana.</p> - -<p>Psique, convidada con la hermosura de tal lugar, llegose cerca, -y con osadía entró dentro, maravillándose de lo que veía. Y dentro -en la casa vio muchos palacios y salas tan perfectamente adornados y -aderezados, que ninguna cosa había en el mundo que allí no hubiese; -pero sobre todo, de lo que más se maravilló fue de ver los aposentos -tan llenos de oro y riquezas, y sin cerradura ni guarda.</p> - -<p>Andando ella con gran placer mirando estas cosas, oyó una sola voz -que le decía: «¿Por qué, señora, te espantas de tantas riquezas? Tuyo -es todo esto que aquí ves; por tanto, entra en la cámara y descansa en -la rica cama, y cuando quisieres pide agua para bañarte, que nosotras, -cuyas voces oyes, somos tus siervas, y en todo lo que mandares te -serviremos, y luego vendrá la comida, que bien aparejada está para -esforzar tu cuerpo.»</p> - -<p>Cuando esto oyó Psique, entendió que aquello era ordenado por -algún dios, y descansando de su fatiga, durmió un poco, y después que -despertó levantose y lavose, y viendo que la mesa estaba puesta y -aparejada, se fue a sentar a ella; luego vinieron muchos manjares y -un vino que se llama néctar, del que los dioses beben, lo cual todo -no parecía quién lo traía, solamente parecía que venía en el aire, ni -tampoco la señora podía ver a nadie, mas solamente oía las voces que -la hablaban. Después que hubo comido le vinieron a cantar y tañer muy -suavísimamente sin ser vistos los músicos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span>Acabado este placer -ya que era noche, Psique se fue a dormir, temiendo la guarda de su -virginidad. Y estando con este miedo vino el marido no conocido, y -acostándose junto a ella se confirmó el matrimonio; y antes que fuese -de día se partió de allí, y luego aquellas voces fueron oídas en la -cámara y comenzaron a curar de la novia.</p> - -<p>De esta manera pasó algún tiempo sin ver a su marido; ella, por la -mucha continuación de las voces y del servicio que le hacían, lo tenía -ya por deleite y pasatiempo.</p> - -<p>Entretanto su padre y madre se envejecían en llanto y luto continuo, -y la fama de este negocio cómo había pasado, llegó adonde estaban las -hermanas mayores casadas, las cuales con mucha tristeza, cargadas de -luto, dejaron sus casas y vinieron a ver a sus padres para hablarles y -consolarles.</p> - -<p>Aquella misma noche el marido habló a su mujer Psique, que aunque -no lo veía, bien lo oía y con sus manos palpaba, y la dijo de esta -manera:</p> - -<p>—¡Oh, señora mía y muy amada mujer, la fortuna cruel te amenaza -con un peligro de muerte, del cual yo querría que te guardases; con -mucha cautela tus hermanas, turbadas pensando que tú eres muerta, han -de venir a aquel risco en donde tú aquí viniste; si tú, por ventura, -oyeres sus voces y llantos, no les respondas en ningún modo, porque si -lo haces, darásme gran dolor y para ti causarás un grandísimo mal que -te será casi la muerte!</p> - -<p>Ella prometió de hacer todo lo que el marido le mandase; pero como -la noche fue pasada y el marido de ella partido, todo aquel día la -doncella consumió en llantos y en lágrimas, diciendo que estaba en una -hermosa cárcel<span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span> apartada -de toda conversación humana, y que no podía ver a sus hermanas, ni aun -responderlas. De esta manera, aquel día ni quiso lavarse, ni comer, ni -holgarse con cosa alguna, sino llorando con muchas lágrimas, se fue a -dormir.</p> - -<p>Luego vino el marido, y acostándose en la cama la comenzó a -reprender de esta manera:</p> - -<p>—¡Oh, mi señora Psique! ¿Esto es lo que tú me prometiste? ¿Qué te -puedo yo aconsejar siendo tu marido, que no sea tu provecho? Anda ya, y -haz lo que te pareciere. Porque cuando te viniere el mal, te acordarás -de lo que te he amonestado.</p> - -<p>Entonces ella, con muchos ruegos, le hizo conceder que ella hable -a sus hermanas y les dé todas las piezas de oro y joyas que quisiere. -Pero muchas veces le amonestó que no curase de sus palabras ni curase -de saber la cara y figura de su marido, porque si esto pretendiese, que -caería de tanta felicidad como tenía.</p> - -<p>Ella le dijo que todo lo cumpliría, y con muchos besos y abrazos que -le daba, juntamente le pidió que mandase al viento que trajese allí a -sus hermanas, así como a ella había traído, todo lo cual él le otorgó, -y viniendo la mañana se partió del lecho.</p> - -<p>Las hermanas preguntaron por aquel risco o lugar donde habían dejado -a Psique, y luego se fueron para allá, donde comenzaron a llorar y -dar grandes voces, hiriéndose en los pechos, tanto, que a las voces -que daban acudió Psique, diciéndoles: «¿Por qué os afligís con tantas -lágrimas y tristes voces? Dejad, hermanas, el llanto, y venid a ver y -abrazar a quien lloráis.»</p> - -<p>Entonces llamó al viento cierzo, y mandole que hiciese lo que -su marido le había mandado. Él, sin más tardar, obedeciendo a su -mandamiento, trajo luego a sus hermanas<span class="pagenum" -id="Page_82">p. 82</span> muy mansamente, sin fatiga ni peligro alguno, -y como llegaron, comenzáronse a abrazar y a besar unas a otras con -grandísimo contentamiento. Y Psique les dijo que entrasen en su casa -alegremente y descansasen con ella de su pena y fatiga, deleitándose en -ver tan suntuoso y rico palacio y frescos jardines.</p> - - -<h3 id="Ch5_2">II.</h3> - -<p class="hang">Cómo prosiguiendo la vieja en su cuento, dice cómo las -dos hermanas de Psique la vinieron a ver y le tuvieron envidia.</p> - -<p>—Después que así les hubo hablado, mostroles la casa y las grandes -riquezas de ella, y la mucha familia de los que le servían, oyéndolos -solamente. Después las mandó a un baño muy rico y hermoso, y luego -vinieron a comer, donde había muchos manjares abundantemente. En tal -manera, que la hartura y abundancia de tantas comidas y riquezas (más -de los dioses que humanas), criaron envidia en sus corazones contra -ella. Finalmente, que le comenzaron a preguntar curiosamente les dijese -quién era el señor de aquellas riquezas celestiales. Pero Psique, -disimulando, les dijo que su marido era un mozo hermoso que le apuntaba -la barba, el cual andaba ocupado en la caza de montería. Y por no -tratar más en este negocio, les dio mucho oro y piedras preciosas, y -mandó al viento que las tornase a llevar de donde las había traído.</p> - -<p>Lo cual hecho, las hermanas, tornándose a casa, iban ardiendo con -la hiel de la envidia que les crecía, y una<span class="pagenum" -id="Page_83">p. 83</span> otra hablaban sobre ello muchas cosas, entre -las cuales la una dijo esto:</p> - -<p>—Mirad ahora qué escasa es la fortuna, ciega malvada; ¿parécete bien -que seamos todas hijas de un padre y madre, y que tengamos diversos -estados; nosotras que somos mayores que ella, seamos esclavas de -maridos advenedizos, y que vivamos como desterradas fuera de nuestra -tierra, y apartadas muy lejos de la casa y reino de nuestros padres, -y esta nuestra hermana, última de todas, que haya de poseer tantas -riquezas, y tener un dios por marido, y aun cierto ella no sabe bien -usar de tanta muchedumbre de riquezas como tiene? ¿No viste tú, -hermana, cuántas cosas están en aquella casa, cuántos collares de -oro, cuántas vestiduras resplandecientes, y cuántas piedras preciosas -relumbran por ella? Por cierto, si ella tiene el marido hermoso mancebo -como nos dijo, ninguna más bienaventurada que ella. Y demás de esto, -manda a los vientos, y tiene por servidoras las voces. Yo, mezquina, -lo primero que puedo decir es que fui casada con un marido más viejo -que mi padre y más calvo que una calabaza, y más flaco que un niño, -guardando de continuo la casa.</p> - -<p>La otra dice:</p> - -<p>—Pues yo sufro a otro marido gotoso y aun corcovado, por lo -cual nunca tengo placer con él, fregándole de continuo sus dedos, -endurecidos como piedras, con medicinas hediondas, que ya estoy harta -de tantos trabajos como paso con él; pero tú, hermana, paréceme que -sufres esto con ánimo paciente, mas yo en ninguna manera puedo sufrir -que tanta riqueza y bienaventuranza tenga esta melindrosilla. ¿No -te recuerdas cuán soberbiamente y con cuánta arrogancia se hubo con -nosotras, las piezas que nos mostró con tanta vanidad, y de tantas -riquezas<span class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> como allí -había no nos dio más de esto poquito, y luego mandó al viento que nos -llevase luego fuera? Pues no me tendría yo por mujer si no la echase -de tantas riquezas. Tomemos yo y tú algún buen consejo para esto que -digo, y estas cosas que llevamos que ella nos dio, no las mostremos -a nuestros padres ni digamos cosa alguna de su salud y vida, ni -publiquemos las muchas riquezas que vimos, porque no so pueden llamar -bienaventurados aquellos cuyas riquezas no son sabidas: ahora dejemos -esto y tornemos a nuestros maridos, y después, instruidas con mayor -acuerdo y consejo, tornaremos más fuertes para castigar su soberbia.</p> - -<p>Este mal consejo parecía bueno a las dos malas hermanas; y -escondidas las joyas y dones que Psique les había dado, tornáronse -desgreñadas como que venían llorando, y rascándose las caras, -fingiendo de nuevo grandes llantos. En esta manera dejaron sus padres, -refrescándoles su pena y dolor, y fuéronse a sus casas.</p> - - -<h3 id="Ch5_3">III.</h3> - -<p class="cent">Cómo Cupido avisa a su mujer que en ninguna manera oiga -a sus hermanas, porque la quieren echar a perder.</p> - -<p>Viendo Cupido los engaños y maldades que las hermanas ordenaban, -habló a Psique de esta manera:</p> - -<p>—¿No ves cuánto peligro te está aparejado de la cruel e inconstante -fortuna, por medio de tus hermanas? Por eso, si tú de lejos no -te apercibes, yo creo que te derrocará<span class="pagenum" -id="Page_85">p. 85</span> y hará mucho mal. Aquellas lobas tejen una -desleal y mala tela para tu perdición. Ellas te quieren persuadir que -tú veas mi cara, la cual, como muchas veces te he dicho, tú no verás; -mas si intentares verla, ya aquellas malas brujas vienen armadas con -sus malignos corazones encendidos de envidia por echarte a perder: tú -no hables con ellas ni las admitas a que te vengan a ver. Y si por tu -liviandad y amor que les tienes no te pudieres sufrir sin hablarles, -no les respondas ni les des oídos a todo lo que hablaren acerca de tu -marido, porque haciéndolo de esta manera acrecentaremos nuestro linaje, -que este tu vientre un niño trae ya, y si tú encubres y guardas lo -que te digo, ese niño que parieres será inmortal; haciéndolo de otra -manera, yo te digo que será mortal.</p> - -<p>Psique, cuando esto oyó, alegrose mucho con la divina generación, -y prometió a su marido hacer lo que él decía. Pero aquellas furias -espantables de sus hermanas ya deseaban echar de sí el veneno de -serpientes: y con este deseo aceleraban su camino por la mar cuanto -podían.</p> - -<p>En esto el marido de Psique de nuevo la tornó a amonestar diciéndole -las mismas palabras que de antes le había dicho.</p> - -<p>Ella entonces, llorando, le dijo:</p> - -<p>—Bien sabes tú, señor, que yo no soy parlera; ya el otro día me -enseñaste la fe que te había de guardar y lo que había de callar; así, -que ahora tú no verás que yo mude la constancia y firmeza de mi ánimo; -solamente te ruego que mandes al viento que haga su oficio y que sirva -en lo que le mandare, y en lugar de tu vista, pues me la niegas, a lo -menos consiente que yo goce de la vista de mis hermanas. Esto, señor, -te suplico por estos<span class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span> -tus cabellos lindos y olorosos y por el amor que te tengo, aunque no -te conozco de vista. Así conozca tu cara en este niño que traigo en -el vientre, que concedas a mis ruegos, haciendo que yo goce de ver -y hablar a mis hermanas. Y de aquí adelante no curaré más de querer -conocer tu cara, y no me curo que las tinieblas de la noche me quiten -tu vista, pues yo tengo a ti, que eres mi lumbre.</p> - -<p>Con estas palabras, abrazando a su marido y llorando, limpiaba las -lágrimas con sus cabellos, tanto que él fue vencido y prometió de hacer -todo lo que ella quería, y luego, antes que amaneciese, se partió de -ella, como acostumbraba.</p> - -<p>Las hermanas, con su mal propósito, en llegando no curaron de ver a -sus padres, sino en saliendo de las naos, derechas se fueron a aquel -risco, a donde con el ansia que tenían no esperaron que el viento les -ayudase, antes con temeridad y osadía se echaron de allí abajo; pero el -viento, recordándose de lo que su señor le había mandado, recibiolas en -sus alas y púsolas muy mansamente en el suelo.</p> - -<p>Ellas se metieron luego en casa, y van a abrazar a la que querían -perder, y comenzáronla a lisonjear de esta manera:</p> - -<p>—Hermana Psique, ya nos parece que estás preñada. ¡Oh, cuán -bienaventuradas somos nosotras, pues tenemos hermana que posee tantas -riquezas, y más bienandante serás tú cuando te naciere el hijo, porque -si él te pareciere, será el segundo dios Cupido!</p> - -<p>Con estas palabras maliciosas ganaban la voluntad de su hermana.</p> - -<p>Ella las mandó lavar en el rico baño, y después de lavadas -sentáronse a la mesa, donde les fueron dados<span class="pagenum" -id="Page_87">p. 87</span> manjares reales en abundancia, y luego vino -la música y comenzaron a cantar y tañer muy suavemente, que parecía -celestial. Pero con todo esto no se amansaba la maldad de las falsas -mujeres, antes procuraban de armar su lazo de engaños que traían -pensado. Y comenzaron disimuladamente a meter palabras, preguntándole -qué tal era su marido, de qué nación y ley venía.</p> - -<p>Psique, habiendo olvidado lo que su marido le encomendara, comenzó -a fingir una nueva razón, diciendo que su marido era de una gran -provincia, y que era mercader de muy gruesa mercadería, y que era -hombre de media edad.</p> - -<p>No tardó mucho en esta habla, que luego las cargó de joyas y ricos -dones, y mandó al viento que las llevase.</p> - -<p>Después que fueron idas, entre sí iban hablando de esta manera:</p> - -<p>—¿Qué diremos de esta loca? La otra vez nos dijo que era su marido -mancebo desbarbado, y ahora nos dice que es de media edad. ¿Quién será -este que tan presto se hizo viejo?</p> - -<p>—Cierto, hermana; o esta mala hembra nos miente, o ella no conoce -a su marido, y cualquier cosa de estas que sea, nos conviene que la -echemos de estas riquezas. Ahora volvámonos a casa de nuestros padres y -callémonos esto, encubriéndolo con el mejor modo que pudiéremos.</p> - - -<h3 title="IV." id="Ch5_4" ><span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span>IV.</h3> - -<p class="cent">Cómo vinieron las hermanas tercera vez a Psique, y del -mal consejo que le dieron y lo que acaeció a Psique.</p> - -<p>Al otro día, sin poder tomar reposo, luego las dos hermanas fueron -al risco o peñasco, de donde, con la ayuda del viento acostumbrado, -volaron hasta casa de Psique, y con unas pocas lágrimas que por fuerza -y apretando los ojos sacaron, comenzaron a hablar a su hermana de esta -manera:</p> - -<p>—Tú piensas que eres bienaventurada y estás segura y sin ningún -cuidado, no sabiendo cuánto mal y peligro tienes; pero nosotras, que -con grandísimo cuidado velamos sobre lo que te cumple, mucho somos -fatigadas con tu daño, porque has de saber que hemos hallado por -verdad que este tu marido que se echa contigo es una serpiente grande -y venenosa; lo cual, con el dolor y pena que de tu mal tenemos, no te -podemos encubrir, y ahora se nos recuerda de lo que el dios Apolo dijo -cuando le consultaron sobre tu casamiento, que tú eras señalada para -casarte con una cruel bestia. Y muchos de los vecinos de estos lugares, -que andan a cazar por estas montañas, dicen que han visto este dragón -por aquí cerca, y que se echa a nadar por este río para pasar acá, y -todos afirman que te quiere engordar con estos regalos y manjares que -te da; y cuando esta tu preñez estuviere más crecida, y tú estuvieres -bien llena, por gozar de más hartura, que te ha de tragar. Tú ahora, -hermana, mira bien lo que te<span class="pagenum" id="Page_89">p. -89</span> decimos, porque mejor será que vivas entre los tuyos, que no -estar aquí solitaria en peligro tan grande.</p> - -<p>Psique, como era muchacha y de noble condición, creyó lo que le -dijeron, y con palabras tan espantables, salió casi de seso, por lo -cual olvidó las amonestaciones de su marido; y así, turbada, les -dijo:</p> - -<p>—Vosotras, hermanas, hacéis lo que debéis a virtud, y eso que decís -trae camino, porque yo hasta hoy nunca pude ver la cara de mi marido; -solamente le oigo hablar de noche, y así paso con marido incierto que -huye de la luz, y siempre me amenaza que me vendrá gran mal si porfío -ver su cara.</p> - -<p>Cuando las malas mujeres hallaron el corazón de su hermana -descubierto, dejados los engaños secretos, comenzaron con las espadas -desenvainadas públicamente a combatir el pensamiento temeroso de la -simple mujer, y la una de ellas dijo de esta manera:</p> - -<p>—El mejor camino que yo veo en este negocio es que has de esconder -secretamente en la cama donde te sueles acostar, una navaja bien aguda, -y pondrás un candil lleno de aceite, encendido, debajo de alguna -cobertura al canto de la cámara, y con este aparejo, disimuladamente, -cuando viniere aquel serpiente a acostarse como suele, desde que ya -tú veas que él duerme, salta de la cama, y muy pasico, saca el candil -de debajo de donde está escondido, y con la navaja en la mano, con el -mayor esfuerzo que pudieres, dale en el nudo de la cerviz de aquel -serpiente venenoso, y córtale la cabeza; y no pienses que te faltará -nuestra ayuda y favor, porque después de esto hecho te llevaremos en -nuestra compañía con todas estas riquezas, y te casaremos con quien -mereces.</p> - -<p>Con estas palabras encendieron tanto las hermanas a Psique, que -la dejaron ardiendo, y ellas, temiendo del<span class="pagenum" -id="Page_90">p. 90</span> mal consejo que le daban no les viniese algún -gran mal por ello, se partieron luego; y con el viento acostumbrado, -se fueron hasta encima del risco, de donde se fueron lo más presto que -pudieron, y entráronse en sus naos, y fuéronse a sus tierras.</p> - -<p>Psique quedó sola, y llorando pensaba cómo había de hacer aquel -negocio; por una parte osaba, y por otra temía. En fin, lo que más le -fatigaba era que en un mismo cuerpo aborrecía la serpiente y amaba a su -marido.</p> - -<p>Ya que la noche venía, comenzó a aparejar el candil y navaja, para -su mal. Siendo de noche, vino el marido a la cama, el cual, desde que -hubo burlado con ella, comenzó a dormir suavemente. Entonces Psique se -levantó de la cama, y sacado el candil debajo de donde estaba, tomó la -navaja en la mano, y como alumbrase con el candil, y descubriese todo -el secreto de la cama, vio una bestia la más mansa y dulce de todas las -fieras; digo que era aquel dios del amor, que se llama Cupido, el cual -estaba acostado muy hermosamente, y con su vista alegrándose, la lumbre -del candil creció, y la aguda y sacrílega navaja resplandeció.</p> - -<p>Cuando Psique vio tal cosa, espantada y fuera de sí, se cortó y cayó -sobre las rodillas, y la navaja se le cayó de las manos. Estando así -fatigada y desfallecida, cuanto más miraba la cara divina de Cupido, -tanto más se recreaba con su hermosura. Ella le vio los cabellos como -hebras de oro, llenos de olor divino; el cuello blanco como la leche; -la cara blanca y roja, como rosas coloradas, y los cabellos de oro -colgando por todas partes que resplandecían como el sol, y vencían la -lumbre del candil. Tenía en los hombros péñolas de color de rosas y -flores; y todo lo demás del cuerpo estaba hermoso, como convenía a hijo -de la diosa Venus, que lo parió sin arrepentirse por ello.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span>Estaban ante los pies -de la cama el arco y saetas; que son armas del dios de amor; lo cual -todo estando mirando Psique, no se hartaba de mirarlo; maravillándose -de las armas de su marido, saca del carcax una saeta, y estándola -tentando con el dedo, a ver si era tan aguda como decían, hincósele un -poquito de la saeta, de manera que tiró sangre de color de rosas, y de -esta manera Psique, no sabiéndolo, cayó y fue presa en amor del dios de -amor. Entonces con mayor ardor de amor se abajó sobre él y lo comenzó a -besar con tan gran placer, que temía no despertase tan presto.</p> - -<p>Estando ella en este placer herida del amor, el candil que tenía en -la mano, o por no serle fiel, o de envidia mortal, o por ventura que él -también quiso tocar el cuerpo de Cupido, echó de sí una gota de aceite -hirviendo, y cayó sobre el hombro derecho de Cupido.</p> - -<p>De esta manera el dios Cupido, quemado, saltó de la cama, y -conociendo que su secreto era descubierto, callando, desapareció y huyó -de los ojos de Psique, la cual se pegó a una de sus piernas cuando se -levantaba, y así fue colgando de sus pies por las nubes del cielo, -hasta tanto que, cansada, cayó en el suelo. Pero el dios de amor no la -quiso desamparar en la caída, y vino volando a sentarse en un ciprés -que allí estaba, de donde la empezó a reprender, diciendo:</p> - -<p>—¡Oh, Psique, mujer simple! Yo, no recordándome de los mandamientos -de mi madre Venus, la cual me había mandado que te hiciese ser -enamorada del más miserable hombre del mundo, te quise bien y fui tu -enamorado; pero esto que hice, bien sé que fue hecho livianamente, y yo -mismo, que tiro a los otros con mis saetas, me herí a mí, y te tomé por -mi mujer, y tú querías cortar mi cabeza. ¿No sabes tú cuántas veces te -decía que te guardases<span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span> -de querer ver mi cara? Pero aquellas malas y envidiosas de tus hermanas -presto me pagarán el consejo que te dieron.</p> - -<p>Diciendo esto, levantose con sus alas y voló en alto hacia el cielo; -Psique quedó echada en tierra, y cuanto podía con la vista, miraba -cómo su marido iba volando, y afligía su corazón con muchos lloros y -gemidos.</p> - -<p>Después que su marido desapareció, desesperada se echó en un río que -allí cerca estaba; pero el río, por honra del dios de amor, cuya mujer -ella era, tomola encima de sus ondas sin hacerle algún mal, y púsola -sobre las flores y hierbas del campo.</p> - -<p>Acaso el dios Pan, que es dios de las montañas, estaba asentado en -un otero cerca del río, enseñando a tañer una flauta a la ninfa Caña, y -viendo a Psique tan desmayada y llena de dolor, llamola, y halagándola -con buenas palabras, le dijo:</p> - -<p>—Doncella hermosa, bien veo que andas fatigada de dolor; mas no -se puede resistir a los crueles hados, por tanto, ten paciencia, y -no vuelvas a echarte en el río ni te mates con ningún otro género de -muerte. Antes procura aplacar con plegarias al dios Cupido, que es el -mayor de los dioses, y trabaja por merecer su amor, con servicios y -halagos, porque es mancebo delicado y muy regalado.</p> - - -<h3 title="V." id="Ch5_5" ><span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span>V.</h3> - -<p class="hang">Cómo Psique fue a sus hermanas a quejarse de su -desdicha mala, y del castigo que sus hermanas recibieron.</p> - -<p>Hablando de esta manera el dios Pan a Psique, ella, sin responderle -palabra, comenzó a caminar por una senda que allí vio, y tanto anduvo, -hasta que llegó a una ciudad, adonde era el reino de una de sus -hermanas. La cual hermana, como supo que estaba allí Psique, mandola -entrar. Y después que se hubieron abrazado ambas a dos, preguntole qué -era la causa de su venida. Psique le respondió:</p> - -<p>—¿No te recuerdas tú, señora hermana, el consejo que me disteis -ambas a dos, que matase aquella grande bestia que conmigo se acostaba, -antes que me tragase, para lo cual me diste una navaja? Y como yo -quisiese poner por obra vuestro consejo, saqué el candil, y luego que -miré su gesto y cara, veo una cosa divina y maravillosa, al hijo de -la diosa Venus, digo al dios Cupido, aquel dios de amor que estaba -hermosamente durmiendo, y como yo estaba pasmada de ver un dios tan -hermoso y tan resplandeciente, acaso cayó una gota de aceite hirviendo -del candil sobre su hombro, y con el dolor despertó; y como me vio -armada con hierro y fuego, díjome:</p> - -<p>—¿Cómo has hecho tan gran maldad y traición? Anda, vete luego de mi -casa, que yo casaré con una de tus hermanas, y la dotaré de más ricas -piezas que a ti.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span>Y diciendo esto, -mandó al viento cierzo que me pusiese muy lejos de su casa.</p> - -<p>No había acabado Psique de hablar estas palabras, cuando la hermana, -incitada de envidia inmortal, compuesta una mentira para engañar a su -marido, diciendo que había sabido de cómo su padre estaba a la muerte -metiose en una nao, y fue navegando hasta que llegó a aquel risco, en -el cual subida, dijo:</p> - -<p>—¡Oh, Cupido! Recíbeme, que soy perteneciente para ser tu mujer, y -tú, viento cierzo, recibe a tu señora.</p> - -<p>Con estas palabras dio un salto grande del risco abajo, pero ella -ni viva ni muerta pudo llegar al lugar que deseaba, porque se hizo por -aquellas peñas pedazos, como merecía.</p> - -<p>Tras de esta no tardó mucho la pena y venganza de la otra hermana, -porque yendo Psique por su camino más adelante llegó a otra ciudad, -en la cual moraba la otra su hermana, a la cual asimismo engañó con -decirle lo que había dicho a la otra. Y queriendo el casamiento que no -le cumplía, fuese a aquel risco, de donde fue despeñada.</p> - -<p>Entretanto Psique andaba muy congojosa en busca de su marido Cupido -por todos los pueblos y ciudades; pero él, herido de la llaga que le -hizo la gota de aceite del candil, estaba echado enfermo, gimiendo, en -la cámara de su madre.</p> - -<p>Entonces un ave blanca que se llama gaviota, zambullose dentro en la -mar, y halló allí a la diosa Venus, que se estaba lavando, nadando y -holgando, a la cual se llegó y le dijo cómo su hijo Cupido estaba malo -de una llaga de fuego que le daba mucho dolor: diciéndole más: que él -se había estado apartado de las gentes, metido en una sierra con una -doncella muy hermosa, la cual<span class="pagenum" id="Page_95">p. -95</span> le había hecho la llaga, y que en el mundo ya no había amor -ni policía alguna, ni nadie se casaba, ni se amaban los casados, sino -todo andaba al contrario, feo y enojoso para todos.</p> - -<p>Cuando aquella ave parlera dijo estas cosas a Venus, llena de ira y -enojo contra su hijo Cupido, exclamó diciendo estas palabras:</p> - -<p>—Paréceme que ya aquel bueno de mi hijo tiene alguna amiga; hazme -tanto placer tú, que me sirves con más amor que ninguna, que me digas -el nombre de aquella que engañó a este muchacho sin barbas y de poca -edad, ahora sea alguna de las ninfas o del número de las diosas, ahora -sea del coro de las musas o del ministerio de mis gracias.</p> - -<p>Aquella ave parlera no calló lo que sabía, diciendo:</p> - -<p>—Por cierto, señora, no sé bien cómo se llama, mas pienso, si bien -me recuerdo, que la que tu hijo ama se llama Psique.</p> - -<p>Entonces Venus, indignada, comenzó a dar voces, diciendo:</p> - -<p>—Ciertamente, él debe amar a aquella Psique, que pensaba tener mi -gesto y era envidiosa de mi nombre; de lo que más tengo enojo en este -negocio, es que me hizo a mí alcahueta, porque yo le mostré y enseñé -por dónde conociese a aquella moza.</p> - -<p>De esta manera, riñendo y gritando, prestamente se salió de la mar -y fuese luego a su cámara, a donde halló a su hijo malo, según lo -había oído, y desde la puerta comenzó a dar voces, diciendo de esta -manera:</p> - -<p>—Honesta cosa es, y que cumple mucho a nuestra honra y fama, lo que -tú has hecho parecerte buena cosa, menospreciar y tener en poco los -mandamientos de tu madre, dándome pena con los amores de mi enemiga -que<span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span> tenía robada en el -mundo mi honra y honor. ¿Piensas tú que tengo yo de sufrir, por amor -de ti, nuera que sea mi enemiga? Pero tú, mentiroso y corrompedor de -costumbres, presumes que tú solo eres engendrado para los amores, y -que yo no podré parir otro Cupido; pues quiero ahora que sepas que yo -podré engendrar otro hijo mucho mejor que tú; y aun porque más sientas -la injuria, adoptaré por hijo a alguno de mis esclavos y servidores, y -darle he alas y llamas de amores, con el arco y las saetas y todo lo -otro que a ti di.</p> - -<p>Después que Venus hubo dicho esto, saliose fuera muy enojada -diciendo palabras de enojo; pero la diosa Ceres y Juno, como la vieron -enojada, la fueron a acompañar, y la preguntaron qué era la causa por -que traía el gesto tan turbado, y los ojos, que resplandecían (de tanta -hermosura), traía tan revueltos mostrando su enojo.</p> - -<p>Ella respondió:</p> - -<p>—A buen tiempo venís para preguntarme la causa de este enojo que -traigo, aunque no por mi voluntad, sino porque otro me lo ha dado; por -ende, yo os ruego que con todas vuestras fuerzas busquéis a aquella -huidora de Psique doquier que la hallareis, porque yo bien sé que -vosotras sabéis toda la historia de lo que ha acontecido en mi casa con -este hijo que no oso decir que es mío.</p> - -<p>Ellas, sabiendo las cosas que habían pasado, deseando amansar la ira -de Venus, comenzáronle a hablar de esta manera:</p> - -<p>—Qué, ¿tan gran delito pudo hacer tu hijo, que tú, señora, estés -contra él enojada con tan gran pertinacia y melancolía, y que a aquella -que él mucho ama tú la desees destruir? Rogámoste que mires bien si es -crimen para tu hijo que le pareciese bien una doncella; ¿no sabes tú -que es hombre? ¿Hásete ya olvidado cuántos años<span class="pagenum" -id="Page_97">p. 97</span> tiene tu hijo, o porque es mancebo y hermoso -tú piensas que es todavía muchacho? Tú eres su madre y mujer de seso, -y siempre has experimentado los placeres y juegos de tu hijo, ¿y tú -culpas en él y reprendes sus artes y amores, y quieres cerrar la tienda -pública de los placeres de las mujeres?</p> - -<p>De esta manera ellas querían satisfacer por el dios Cupido, por -miedo de sus amorosas saetas. Mas Venus, viendo que burlaban de ella, -las dejó con la palabra en la boca y se volvió a la mar, de donde había -salido.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch6_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span></p> - <h2 class="nobreak g0">LIBRO VI.</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p> - -<p class="hang">Después de haber Psique con mucha fatiga buscado a -Cupido, se ofreció a Venus, y con cuánta soberbia fue tratada de -ella; mandole hacer cosas imposibles; conviene a saber: que apartase -de un montón grande todas las simientes, cada linaje de granos por -su parte, y que le trajese el fleco del vellocino de oro, y del agua -Estigia infernal le trajese un jarro lleno. — Asimismo le trajese una -bujeta llena de la hermosura de Proserpina. — Todas las cuales cosas -hechas por ayuda de los Dioses, Psique casó con su marido Cupido en el -Concilio de los Dioses, y sus bodas fueron celebradas en el cielo, del -cual matrimonio nació el deleite.</p> - - -<h3>I.</h3> - -<p class="hang">Cómo Psique fue al templo de la diosa Ceres y al de -Juno a demandarles socorro y ayuda para su fatiga, y ninguna se lo dio -por no enojar más a Venus, que estaba enojada.</p> - -<p>La desdichada Psique andaba por diversas partes y caminos buscando -a su marido, y tanto más le crecía el deseo de hallarlo, cuanta era -la pena que traía en buscarle. Y deliberaba entre sí que si no le -pudiese con sus<span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span> halagos -como mujer amansar, que a lo menos con sus ruegos y oraciones lo -aplacara.</p> - -<p>Yendo así pensando en esto, vio un templo encima de un alto monte, y -dijo:</p> - -<p>—¿Qué sé yo ahora si por ventura mora mi señor en este templo? Y -luego se fue hacia allá; y habiendo subido a aquel monte, llegó al -templo y entró, donde vio muchas espigas de trigo y cebada derramadas -por el suelo sin ningún orden ni concierto. Psique, como vio estas -cosas derramadas, comenzó a apartar cada cosa por su parte, y a -componerlo y a ataviarlo todo.</p> - -<p>Estando en esta obra, entró la diosa Ceres, y como la viese, -comenzole a decir.</p> - -<p>—¡Oh Psique desventurada, la diosa Venus anda por todo el mundo con -grandísima ansia buscándote, y pretende traerte a la muerte, y tú ahora -estás aquí teniendo cuidado de mis cosas!</p> - -<p>Entonces Psique echose a sus pies y comenzolos a regar con sus -lágrimas, suplicándole y pidiéndole perdón, diciendo:</p> - -<p>—Ruégote, señora, por la tu diestra mano, sembradora de los panes, -y por las ceremonias alegres de las sementeras, y por las aradas y -barbechos de Sicilia, y por los sacrificios que se hacen en la ciudad -Eleusina, que tú socorras a la triste ánima de tu sierva Psique, y -consiente que entre estos montones de espigas me pueda esconder algunos -pocos días hasta que pase la cruel y vengativa ira de tan gran diosa -como es Venus.</p> - -<p>Ceres le respondió:</p> - -<p>—Ciertamente yo me he conmovido a compasión por ver tus lágrimas -y lo que me ruegas, y deséote ayudar, pero no quiero incurrir en -desgracia de mi cuñada, con la cual tengo antigua amistad. Así que tú -parte luego de<span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> mi -casa, y recibe en gracia que no fuiste presa por mí ni retenida.</p> - -<p>Cuando Psique esto oyó, llena de mayor dolor, tomó su camino -adelante, y habiendo andado un gran rato, vio un hermoso templo que -estaba en una selva de mucha arboleda, edificado muy pulidamente, en el -cual entró y vio en él muy ricos dones de ropas y vestiduras colgadas -de los troncos y ramas de los árboles con letras de oro que decían la -causa por que eran allí ofrecidas, y el nombre de la diosa a quien se -daban.</p> - -<p>Entonces Psique, hincando las rodillas en el suelo y con las manos -tocando el altar y limpiándolas con lágrimas de sus ojos, comenzó a -decir de esta manera:</p> - -<p>—¡Oh tú, Juno, mujer y hermana del gran Júpiter, o estés en el -antiguo templo de la isla de Samos, la cual se glorifica porque tú -naciste y te criaste allí; o estés en la silla de la alta ciudad de -Cartago, la cual te adoró como doncella que fuiste llevada al cielo -encima de un león; o estés en la ribera del río Ínaco, el cual hace -memoria de ti, que eres casada con Júpiter y reina de las diosas; o -estés en las ciudades de los griegos, adonde todos te honran como a -diosa de los casamientos; donde quiera que estés, te ruego que socorras -mis extremas necesidades y peligros!</p> - -<p>Acabado de decir esto, luego le pareció la diosa Juno, y díjole:</p> - -<p>—Yo te quisiera remediar con mi ayuda y favor; pero contra la -voluntad de Venus, mi nuera, la cual siempre tuve en lugar de hija, -no lo puedo hacer, porque la vergüenza me resiste. Demás de esto, las -leyes prohíben que nadie pueda recibir los esclavos fugitivos contra la -voluntad de sus señores; por tanto, vete luego de aquí.</p> - - -<h3 title="II." id="Ch6_2" ><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span>II.</h3> - -<p class="cent">Cómo Psique se fue a presentar ante Venus por -demandarle perdón, y los trabajos que con ella hubo.</p> - -<p>De esta manera espantada Psique, viéndose desechada del favor de las -diosas, determinó presentarse ante la diosa Venus, pensando que con -esta humildad y obediencia la aplacaría. En este medio tiempo, Venus, -enojada de andar a buscar a Psique por la tierra, determinó subir al -cielo, y mandó aparejar su carro, el cual, Vulcano, su marido, muy -sutil y pulidamente había fabricado y se lo había dado en arras de su -casamiento, y luego a la hora salieron de su cámara cuatro palomas muy -blancas, pusiéronse en orden para llevar el carro, y como Venus subió -encima, comenzaron a volar alegremente, y tras el carro comenzaron a -volar muchos pajaritos y aves que cantaban muy dulcemente, haciendo -saber como Venus venía.</p> - -<p>En esta manera llegó al palacio real de Júpiter, y con mucha osadía -pidió que le mandase al dios Mercurio le ayudase con su voz, que había -menester para cierto negocio.</p> - -<p>Júpiter se lo otorgó, y mandó que así se hiciese.</p> - -<p>Entonces ella, alegremente, acompañándola Mercurio, se partió del -cielo y de esta manera habló a Mercurio:</p> - -<p>—Hermano de Arcadia, tú sabes bien que tu hermana Venus nunca hizo -cosa alguna sin tu ayuda y presencia, y ahora tú no ignoras cuánto -tiempo ha que yo no<span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span> -puedo hallar a aquella mi sierva que se anda escondiendo de mí; así que -ya no tengo otro remedio sino que públicamente tú pregones que le será -dado gran premio a quien la descubriere. Por ende te ruego que hagas -prestamente lo que te digo, y en tu pregón da las señas e indicios por -donde manifiestamente se pueda conocer.</p> - -<p>Diciendo esto, se fue a su casa.</p> - -<p>No olvidó Mercurio lo que Venus le mandó hacer, y luego se fue -por todos los lugares y ciudades pregonando que si alguno mostrare o -prendiere a Psique, hija del rey y sierva de Venus, que anda huida, que -le dará por ello muy grande premio.</p> - -<p>De esta manera pregonando Mercurio, todos buscaban a Psique por -ganar el hallazgo, la cual cosa oída por ella, luego a mucha prisa se -fue a presentar al templo de Venus, y como llegó a las puertas del -templo, salió a ella una doncella de Venus, que había nombre Costumbre, -y como la vio, comenzó a dar grandes voces diciendo:</p> - -<p>—Vos dueña, mala esclava, ya sentís que tenéis señora; no sabéis -cuánto trabajo nos habéis dado, que andamos por todas las partes a -buscaros. Pero bien está pues caísteis en mis manos; haced cuenta que -caísteis en la cárcel del infierno, adonde para siempre jamás nunca -podréis salir, y muy prestamente recibiréis la pena de vuestra gran -contumacia y fiera rebeldía.</p> - -<p>Diciendo esto arremetió a ella, y tomándola por los cabellos, la -llevó ante Venus, la cual, como la vio, comenzose a reír, y meneando la -cabeza, rascándose en la oreja, comenzó a decir:</p> - -<p>—Basta, que ya fuiste contenta de hablar a tu suegra; mas antes -creo que lo hiciste por ver a tu marido, que está a la muerte de la -llaga que tú le causaste; pero<span class="pagenum" id="Page_103">p. -103</span> está segura que yo te recibiré como conviene a buena -nuera.</p> - -<p>Y como esto dijo, llamó a sus criadas la Costumbre y la Tristeza, a -las cuales mandó que azotasen cruelmente a Psique. Ellas, obedeciendo -el mandamiento de su señora, dieron tantos azotes a la mezquina Psique, -que la atormentaron muy malamente, y luego la tornaron a presentar otra -vez ante su señora. Venus, como la vio, se comenzó otra vez a reír, y -dijo:</p> - -<p>—¿No veis cómo aun en el vientre que trae hinchado nos conmueve a -misericordia? Piensa hacerme abuela, bien dichosa con lo que saliere -de esta su preñez. Dichosa yo que en la flor de mi edad me llamarán -abuela, y el hijo de una bellaca oirá que le llamen nieto de la diosa -Venus; pero necia soy en decir esto, porque mi hijo no es casado, -por cuanto las personas no son iguales, y lo que hicieron entre sí -no es válido, que fue en un monte escondido y sin testigos, ni con -consentimiento de padre ni madre.</p> - -<p>Y diciendo esto, tomó trigo y cebada, mijo y centeno, garbanzos -y lentejas, lo cual todo mezclado y hecho un gran montón, dijo a -Psique:</p> - -<p>—Tú me pareces mujer de gran cuidado: yo quiero experimentar tu -servicio; por tanto, aparta todos los granos de estas simientes que -están juntos en este montón, y cada simiente apartada me la has de dar -antes de la noche.</p> - -<p>Y diciendo esto, se fue a comer a las bodas de sus dioses.</p> - -<p>Psique, embarazada con la grandeza de aquel mandamiento, estaba -callando como una muerta, que nunca alzó la mano a comenzar tan grande -obra para nunca acabar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span>Entonces aquellas -pequeñas hormigas del campo, teniendo mancilla de tan gran trabajo -y dificultad como era el de la mujer del dios de amor, discurrieron -prestamente por esos campos, y llamaron todas las huestes de hormigas, -diciéndoles:</p> - -<p>—¡Oh sutiles hijas, criadas de la tierra, madre de todas las -cosas, habed mancilla de una moza hermosa, mujer del dios de amor, y -socorredla presto, que está en gran peligro!</p> - -<p>—Entonces, como ondas de agua, venían infinitas hormigas, cayendo -unas sobre otras, y con mucha diligencia apartaron todo el montón, -grano a grano. Después de apartado y divisos todos los géneros de -simiente, prestamente se fueron de allí.</p> - -<p>Luego, al comienzo de la noche, Venus llegó, y vista la diligencia -de la obra, dijo:</p> - -<p>—¡Oh mala, no es tuya ni de tus manos esta obra sino de aquel a -quien tú más has placido!</p> - -<p>Y diciendo esto, echole un pedazo de pan para que comiese, y se fue -a acostar.</p> - - -<h3 id="Ch6_3">III.</h3> - -<p class="cent">Cómo Venus mandó a Psique cosas muy dificultosas, las -cuales acabó con ayuda de los dioses.</p> - -<p>Y al otro día, luego que amaneció, mandó Venus llamar a Psique, y -díjole de esta manera:</p> - -<p>—¿Ves tú aquella floresta por donde pasa aquel río que tiene -aquellos grandes árboles alderredor, y ves<span class="pagenum" -id="Page_105">p. 105</span> aquellas ovejas resplandecientes y de color -de oro, que andan por allí paciendo, sin que nadie las guarde? Pues ve -allá luego, y tráeme la flor de su precioso vellocino, en cualquier -manera que lo puedas traer.</p> - -<p>Psique, de muy buena gana se fue allá, no con pensamiento de hacer -lo que Venus le había mandado, mas por dar fin a sus males, echándose -de un risco de aquellos dentro en el río. Y llegando cerca del río, una -caña verde, que es madre de la suave música, meneada de un dulce aire, -por inspiración divina le habló de esta manera:</p> - -<p>—Psique, tú que has sufrido tantas tribulaciones, no me quieras -ensuciar mis muy santas aguas con tu misérrima muerte, ni tampoco -llegues a estas espantosas ovejas; porque tomado el calor del sol, -suelen ser muy rabiosas, y con los cuernos agudos y las frentes de -piedra, y aun mordiendo con los dientes ponzoñosos, matan a muchos -hombres. Pero después que pasare el ardor del mediodía y las ovejas -se vayan a reposar a la frescura del río, podrás esconderte debajo de -aquel alto plátano, y como tú vieres que las ovejas, dejada toda su -ferocidad, comienzan a dormir, sacudirás las ramas y hojas de aquel -monte que está cerca de ellas, y allí hallarás las vedijas de oro, que -se pegan por aquellas varas cuando las ovejas pasan.</p> - -<p>En esta manera la caña, por su virtud y humanidad, enseñó a la -mezquina de Psique cómo se había de remediar. Ella, cuando esto oyó, no -fue negligente en cumplirlo; y así, haciendo todo lo que le dijo, hurtó -el oro con la lana de aquellos montes, y trájola a Venus. Mas con todo -esto, nunca se aplacó su ira, y con una risa falsa le dijo:</p> - -<p>—Tampoco creo yo ahora que en esto que tú hiciste<span -class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span> faltó quien te ayudase; -pero yo quiero experimentar si por ventura tú lo haces con esfuerzo -tuyo y prudencia o con ayuda de otro: por ende, mira bien aquella -altura de aquel monte, a donde están aquellos riscos muy altos, de -donde sale una fuente de agua muy negra, que desciende por aquel valle -donde hace aquellas lagunas hondas y turbias, y de allí salen algunos -arroyos infernales, feos y temerosos a la vista de todos. De allí, de -la altura donde sale aquella fuente, tráeme este vaso lleno de agua.</p> - -<p>Y diciendo esto, le dio un vaso de cristal, amenazándola si no lo -traía lleno como le decía.</p> - -<p>Psique, cuando esto oyó, aceleradamente se fue hacia aquel monte, -para subir encima de él, y desde allí echarse, para dar fin a su -amarga vida. Pero como llegó alderredor de aquel monte, vio una mortal -dificultad para llegar a él, porque estaba allí un risco muy alto, -que parecía llegar al cielo, y tan liso, que no había quien por él -pudiese subir, de encima del cual salía una fuente de agua muy negra -y espantable, que corría por aquellos riscos abajo, venía a un valle -grande, que estaba cercado de una parte y de la otra de grandes riscos, -a donde moraban dragones espantables, con los cuellos alzados y los -ojos tan abiertos para velar, que jamás los cerraban, ni pestañeaban; y -como ella llegó allí, las mismas aguas le hablaron, diciéndole muchas -veces que se apartase de allí, o si no, que moriría.</p> - -<p>Cuando Psique vio la imposibilidad que había de llegar a aquel -lugar, fue tornada como una piedra, en tal manera, que con el gran -miedo del peligro estaba tan muerta, que carecía del último consuelo -y solaz de las lágrimas; pero no pudo esconderse a los ojos de la -divina Providencia tanta fatiga y tribulación de la inocente<span -class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span> Psique, la cual, estando en -esta fatiga, aquella ave real de Júpiter que se llama águila, abiertas -las alas, vino volando súbitamente, recordándose del servicio que -antiguamente hizo Cupido a Júpiter, cuando por su diligencia arrebató -a Ganímedes el troyano para su copero; queriendo dar ayuda y pagar el -beneficio recibido y ayudar a los trabajos de Psique, mujer de Cupido, -dejó de volar por el cielo, y vínose a la presencia de Psique, y díjole -en esta manera:</p> - -<p>—¿Cómo tú eres tan simple y necia de tales cosas, que esperas -poderte hartar, ni solamente tocar a una sola gota de esta fuente, no -menos cruel que santísima? ¿Tú nunca oíste alguna vez que estas aguas -estigias son espantables a los dioses y aun al mismo Júpiter? Demás -de esto, vosotros los mortales juráis por los dioses, pero los dioses -acostumbran jurar por la Majestad del lago Estigio; pero dame ese vaso -que traes.</p> - -<p>El cual ella le dio, y el águila se lo arrebató de la mano muy -presto, y volando entre las bocas y dientes crueles y las lenguas de -tres órdenes de aquellos dragones, fue al agua e hinchió el vaso, -consintiéndolo la misma agua, y aun amonestándole que prestamente se -fuese, antes que los dragones la matasen.</p> - -<p>El águila, fingió que por el mandamiento de la diosa Venus, y para -su servicio, había venido por aquella agua; por la cual causa más -fácilmente llegó a henchir el vaso y salir libre con ella. En esta -manera tornó con mucho gozo, y dio el vaso a Psique, lleno de agua; -la cual llevó luego y la dio a Venus; pero con todo esto, nunca pudo -aplacar ni amansar algo su crueldad; antes con su risa mortal, como -solía, le habló, amenazándola con mayores tormentos, diciendo:</p> - -<p>—Ya tú me pareces una gran hechicera, porque muy<span -class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span> bien has remediado mis -mandamientos; mas tú, lumbre de mis ojos, aún te resta otra cosa que -has de hacer. Toma esta bujeta (la cual luego le dio) y vete a los -palacios del infierno, y darás esta bujeta a Proserpina, diciéndole: -«Venus te ruega que le des aquí una poca de tu hermosura, que baste -siquiera para un día, porque todo lo hermoso que ella tenía lo ha -perdido y consumido curando a su hijo Cupido, que está muy malo»; y -torna presto con ella, porque tengo necesidad de lavarme la cara con -esto para entrar en el teatro y fiesta de los dioses.</p> - -<p>Entonces Psique abiertamente sintió su último fin, pues la mandaban -ir al infierno, donde estaban las ánimas de los muertos. Con este -pensamiento se fue a una torre muy alta para echarse de allí abajo, por -así acabar su vida y descender muy presto al infierno. Pero la torre le -habló de esta manera:</p> - -<p>—¡Mezquina de ti! ¿Por qué te quieres matar echándote de aquí abajo? -Pues que ya este es último peligro y trabajo que has de pasar, porque -si una vez tu alma fuere apartada de tu cuerpo, bien podrás ir de -cierto al infierno; pero créeme, que en ninguna manera podrás tornar -a salir de allí. No está muy lejos de aquí una noble ciudad de Acaya, -que se llama Lacedemonia; cerca de esta ciudad busca un monte que se -llama Ténaro, el cual está apartado en lugares remotos. En este monte -está una puerta del infierno, y por la boca de aquella cueva va un -triste camino, por donde si tú entras podrás ir por aquella solitaria -vía derechamente a los infiernos, a donde están los palacios del rey -Plutón; pero no entiendas que has de llevar las manos vacías, porque -te conviene llevar en cada una de las dos una sopa de pan mojada en -meloja, y en la boca has de llevar dos monedas,<span class="pagenum" -id="Page_109">p. 109</span> y desde que ya hubieres andado buena parte -de aquel camino de la muerte, hallarás un asno cojo cargado de leña, -con él un hombre también cojo, el cual te rogará que le des ciertas -chamizas para echar en la carga, que se le cae; pero tú pásate callando -sin hablarle palabra, y después, como llegares al río donde está -Caronte, él te pedirá portazgo, porque así pasa él en su barca de la -otra parte a los muertos que allí llegan, porque has de saber que hasta -allí entre los muertos hay avaricia; que ni Caronte, ni aquel gran rey -Plutón, hacen alguna cosa de gracia, y si algún pobre muere, cúmplele -buscar dineros para el camino, porque si no los llevare en la mano no -le pasarán de allí. A este viejo le darás, en nombre de flete, una -moneda de aquellas que llevares, pero ha de ser que él mismo la tome -con su mano de tu boca. Después que hubieres pasado este río muerto, -hallarás otro viejo muerto y podrido, que anda nadando sobre las aguas -de aquel río, y alzando las manos te rogará que lo recibas dentro en -la barca; tú no cures de usar piedad que no te conviene. Pasado el río -y andando un poco adelante, hallarás unas viejas tejedoras que están -tejiendo una tela, las cuales te rogarán que les toques la mano; pero -tú no lo hagas, porque no te conviene tocarles en manera ninguna. -Que has de saber que todas estas cosas y otras muchas, nacen de las -asechanzas de Venus, que quería que te pudiesen quitar de las manos -una de aquellas sopas, lo cual te sería muy grave daño, porque si una -de ellas perdieses, nunca jamás tornarías a esta vida. Demás de esto, -sepas que está un poco más adelante un perro muy grueso y grande que -tiene tres cabezas, el cual es muy espantable, y ladrando con aquellas -bocas abiertas, espanta a los muertos, a los cuales ya ningún mal puede -hacer,<span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span> y siempre está -velando ante la puerta del oscuro palacio de Proserpina, guardando -la casa vacía de Plutón. Cuando aquí llegares, con una sopa que le -eches lo tendrás enfrenado y podrás luego pasar fácilmente, y entrarás -a donde está Proserpina, la cual te recibirá benigna y alegremente, -y te mandará sentar y dar muy bien de comer; pero tú siéntate en el -suelo y come de aquel pan negro que te dieren, y pide luego de parte de -Venus aquello por que eres venida, y recibido lo que te dieren en la -bujeta, cuando tornares amansarás la rabia de aquel perro con la otra -sopa, y después cuando llegares al barquero avariento, le darás la otra -moneda que guardaste en la boca, y pasando aquel río, tornarás por las -mismas pisadas por donde entraste, y así vendrás a ver esta claridad -celestial. Pero sobre todo te aviso que en ninguna manera cures de -abrir ni mirar lo que traes en la bujeta.</p> - -<p>De esta manera aquella torre, habiendo mancilla de Psique, le -declaró lo que le era menester.</p> - -<p>No tardó Psique, que luego se fue al monte Ténaro, y tomando -aquellos dineros y aquellas sopas como le mandó la torre, entrose por -aquella boca del infierno, y pasando callando aquel asnero cojo y -pagado a Caronte su flete porque la pasase, y menospreciando asimismo -el deseo de aquel viejo muerto que andaba nadando, y también no curando -de los engañosos ruegos de las viejas tejedoras, y habiendo amansado -la rabia de aquel temeroso perro con el manjar de aquella sopa, llegó, -pasando todo esto, a los palacios de Proserpina; pero no quiso aceptar -el asiento y manjar que Proserpina le mandaba dar, mas contenta con -un pedazo de pan, le dio la embajada que de Venus traía, y luego -Proserpina le hinchó la bujeta secretamente de lo que pedía.</p> - -<p>Psique luego partió, y aplacado el perro bravo con<span -class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span> la sopa que le quedaba, y -habiendo dado la otra moneda a Caronte el barquero porque la pasase, -tornó del infierno más esforzada de lo que entró. Y como este era el -postrer servicio que a Venus había de hacer, vínole al pensamiento una -temeraria curiosidad, diciendo:</p> - -<p>—Bien soy yo necia, trayendo conmigo la divina hermosura, que no -tome de ella siquiera un poquito para mí, para poder placer a aquel mi -hermoso enamorado.</p> - -<p>Diciendo esto abrió la bujeta, dentro de la cual ninguna cosa había, -sino un sueño infernal y profundo, el cual cubrió a Psique de una -niebla de sueño grueso que la hizo dormir como cosa mortal.</p> - -<p>Pero Cupido, ya que convalecía de su llaga, no pudiendo sufrir la -larga ausencia de su amiga, saliose por una ventana de su cámara y fue -a socorrer a su amiga Psique, y apartado de ella el sueño, y metiéndolo -otra vez en la bujeta, la despertó, reprendiéndola de su curiosidad, -y díjole más, que llevase la embajada a su madre, que entretanto él -proveería lo que fuese menester.</p> - -<p>Dicho esto, levantose con sus alas y se fue volando.</p> - -<p>Psique llevó lo que traía de Proserpina, y diolo a Venus.</p> - -<p>Entretanto Cupido, que andaba muy fatigado del gran amor, la cara -amarilla, temiendo la severidad de su madre, tornose almario de su -pecho, y con sus ligeras alas volando, se fue al cielo y suplicó al -dios Júpiter que le ayudase, y recontole toda su causa.</p> - -<p>Entonces Júpiter tomolo por la barba, y trayéndole la mano por la -cara, comenzolo a besar, diciendo:</p> - -<p>—Como quiera que tú, señor hijo, nunca me guardaste la honra que -se debe a los padres por mandamiento de los dioses, pero aun este -mi pecho, en el cual se encierran y disponen todas las leyes de los -elementos, y a las<span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span> -veces el de las estrellas, muchas veces lo llagaste con continuos -golpes de tu amor, y lo ensuciaste con muchos lazos de terrenal -lujuria, y lisiaste mi honra y fama con adulterios torpes y sucios -contra las leyes, especialmente contra la ley Julia y la pública -disciplina, transformando mi cara y hermosura en serpientes, en fuegos, -en bestias fieras, en aves y en cualquier otro animal, con todo esto, -recordándome de mi mansedumbre y que tú creciste entre estas mis manos, -yo haré todo lo que tú quisieres, y tú te sepas guardar de otros que -desean lo que tú deseas. Esto sea con una condición: que si tú sabes -de alguna doncella hermosa en la tierra, por este beneficio que de mí -recibes has de pagarme con ella la recompensa.</p> - -<p>Después que esto hubo hablado, mandó a Mercurio que llamase a todos -los dioses a concilio, y si alguno de ellos faltase, que pagase diez -mil talentos de pena. Por el cual miedo todos vinieron, y fue lleno -el palacio donde estaba Júpiter, el cual, asentado en la silla alta, -comenzó a decir de esta manera:</p> - -<p>—¡Oh dioses escritos en el banco de las musas! Vosotros todos -sabéis cómo a este mancebo, que yo crié en mis manos, procuré de -refrenar los ímpetus y movimientos ardientes de su primera juventud. -Pero harto basta que él es infamado entre todos de adulterio y de -otras corruptelas, por lo cual es bien que se quite toda ocasión y -para esto me parece que su licenciosa juventud se debe atar con lazo -de matrimonio. Él ha escogido una doncella, a la cual privó de su -virginidad; téngala y poséala siempre y use de sus amores.</p> - -<p>Y diciendo esto, volvió la cara a Venus y díjole:</p> - -<p>—Tú, hija, no te entristezcas por esto; no temas a tu linaje, porque -yo haré que este matrimonio sea igual al de los dioses.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span>Luego mandó a -Mercurio que subiese a Psique al cielo; y como Mercurio la trajo, le -dio Júpiter a beber del licor de los dioses, diciéndole:</p> - -<p>—Toma, Psique, bebe esto y serás inmortal; Cupido nunca se apartará -de ti, y este matrimonio durará siempre.</p> - -<p>Dicho esto, no tardó mucho cuando vino la cena muy abundante, como a -tales bodas convenía. Estaba sentado a la mesa Cupido junto a Júpiter, -con su amada Psique, y por su orden todos los dioses. Ganímedes echaba -el vino a Júpiter, como copero suyo, y a los otros Baco. Vulcano -cocinaba la cena; las ninfas henchían de flores y rosas la sala donde -cenaban; las musas cantaban muy dulcemente, y también Apolo con su -vihuela.</p> - -<p>De esta manera vino Psique en poder de su marido Cupido, y estando -ya Psique en el tiempo del parir, nacioles una hija, la cual llamamos -Placer.</p> - -<p>En esta manera contaba la vieja a la doncella cautiva esta conseja; -pero yo, como estaba allí cerca, oíalo todo, y dolíame que no podía con -mis manos de asno escribir y notar tan linda y hermosa novela.</p> - - -<h3 id="Ch6_4">IV.</h3> - -<p class="cent">Cómo vinieron los ladrones de robar, y lo que acaeció a -Lucio<br /> y a la doncella.</p> - -<p>Muy de prisa entraron los ladrones en su cueva, diciendo que habían -peleado muy fuertemente. Y dejando en casa algunos de los heridos para -que se curasen, los<span class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span> -más esforzados, comiendo de prisa unos bocados, sacaron del establo -a mí y a mis compañeros y lleváronnos a una cueva lejos de allí y -cerca de un pueblo, a donde nos cargaron de muchas cosas, y luego a -gran prisa nos hicieron caminar con tantos palos y rempujones, que -me hicieron caer, y para levantarme me dieron tantos golpes, que me -lisiaron en un pie, que como yo iba cojeando, uno de aquellos ladrones -dijo:</p> - -<p>—¿Hasta cuándo hemos de mantener de balde a este asnillo cansado y -ahora cojo?</p> - -<p>A esto respondió otro:</p> - -<p>—Después que este entró en nuestro poder, siempre anduvo de mal en -peor. ¡Oh! yo os prometo que cuando llevare estas cargas, lo hemos de -despeñar.</p> - -<p>Como yo esto oí, con el miedo hice alas de los pies, caminando -cuanto podía. Cuando llegamos, luego prestamente nos quitaron de encima -lo que llevábamos, y no curando de nuestra salud ni tampoco de mi -muerte, llamaron a sus compañeros que habían quedado en casa heridos, -y, según lo que ellos decían, era para contarles el enojo que habían -habido de nuestra tardanza.</p> - -<p>En todo esto no tenía yo poco miedo a la muerte de que me habían -amenazado, y, pensando en ella, decía entre mí de esta manera:</p> - -<p>—¿En qué estás, Lucio? ¿qué cosa más extrema puedes esperar? Esta -muerte muy cruel te está aparejada por deliberación y acuerdo de estos -ladrones, y en el cierto peligro, poco aprovecha el esfuerzo. Ya ves -estos riscos y peñas muy agudas; a cualquier parte que cayeres por -ellas, te desmembrarán y harán pedazos, porque el arte mágica que -tú andabas a buscar no te dio tan solamente la cara y las fatigas y -trabajos de asno, mas aun cercote de un cuero grueso como de asno. -Pues que<span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span> así es, -¿por qué no te esfuerzas, y en tanto que puedes aconsejas a tu salud? -Ahora tienes muy buena oportunidad para huir, en tanto que los -ladrones no están en casa. ¿Has de temer, por ventura, la guarda de -una vieja medio muerta, la cual puedes matar con una coz de tu pie -cojo? Pero ¿hacia dónde podré huir, o quién me acogerá en su casa? -Este pensamiento, ciertamente me parece necio y de asno, porque, ¿qué -caminante me hallará en el camino que no cabalgue encima de mí y me -lleve consigo?</p> - -<p>Diciendo esto, con muy alegre esfuerzo quebré el cabestro con que -estaba atado, y eché a correr cuanto más presto pude, por huir los ojos -de milano de aquella falsa vieja, la cual, como me vio suelto, tomando -un grande ánimo y esfuerzo, más que la edad y condición le podían dar, -arrebatome por el cabestro y porfiome a quererme tornar por fuerza -al establo; pero yo, recordándome del propósito mortal de aquellos -ladrones, no me moví a piedad alguna; antes, alzando los pies, le di un -par de coces en aquellos pechos, que di con ella en tierra.</p> - -<p>La vieja, como quiera que estaba en tierra, todavía me tenía -fuertemente por el cabestro; de manera que, aunque yo corría, la -llevaba arrastrando, la cual luego comenzó con grandes voces y gritos -a pedir ayuda de otra más fuerza que la suya. Pero en balde hallaba -ayuda con sus voces, porque nadie había que le pudiese socorrer, -salvo aquella doncella que allí estaba presa, la cual, a las voces -que la vieja daba, salió y vio un aparato para reír; conviene saber: -la vejezuela trabada, no de un toro, mas de un asno; y como aquello -vio, tomada en fin fuerza y ánimo de varón, osó hacer una hazaña -maravillosa. Primeramente trabome del cabestro, y con palabras de -halagos comenzome a detener un poco, y luego saltó encima de mí. Desde -que se vio encima incitábame a que corriese,<span class="pagenum" -id="Page_116">p. 116</span> y yo, por la gana que tenía de huir, como -por librar a aquella doncella, corría como un caballo, y aun tentaba -de responder a las palabras que la delicada doncella decía, y muchas -veces, fingiendo quererme rascar en el espinazo, volvía la cabeza y -besaba los hermosos pies de la moza.</p> - -<p>Entonces ella, suspirando, decía:</p> - -<p>—¡Oh soberanos dioses, dad ayuda y favor a mis extremos peligros, -y tú, cruel fortuna, deja ya de perseguirme! Y tú, asno, remedio de -mi libertad, si me llevares en salvo a mi casa, y me tornares a mis -padres y hermoso marido, cuántas gracias te daré y de cuántas comidas -te hartaré. Esas tus crines muy bien peinadas, te adornaré las cerdas -de tu cola, que por negligencia están revueltas, con mucho cuidado las -puliré y ataviaré. Tú serás comparado a los antiguos milagros, porque -por tu ejemplo creeremos que Frixo pasó la mar encima de un carnero, -y Arión escapó encima de un delfín, y Europa huyó encima de un toro; -porque si fue verdad que Júpiter se transfiguró en buey, bien puede ser -que este mi asno esconda la figura de algún hombre y la imagen de algún -dios.</p> - -<p>Entretanto que la hermosa doncella esto decía, llegamos adonde se -apartaban tres caminos. Cuando allí llegamos, ella, tirándome del -cabestro con toda cuanta fuerza podía, tiraba y porfiaba de enderezarme -por el camino de a mano derecha, porque aquella era la vía para ir a -casa de sus padres. Mas yo, sabiendo que aquellos ladrones habían ido -por allí a hacer otros robos, resistíale fuertemente, y entre mí decía -de esta manera:</p> - -<p>—¿Qué haces, moza desventurada? ¿Por qué quieres perder a ti y a mí? -¿No sabes que este es el camino de los ladrones?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span>Estando nosotros -altercando cada uno en su porfía, contendiendo sobre el camino que -habíamos de tomar, he aquí que los ladrones, cargados de lo que habían -robado, nos tomaron a manos, y como con la claridad de la luna nos -conocieron un poco de lejos, con una risa falsa y cruel nos comenzaron -a saludar, y el uno de ellos dijo de esta manera:</p> - -<p>—¿Hacia dónde tan de prisa trasnocháis este camino, que no teméis -las brujas y fantasmas de la soledad de la noche; y tú, muy buena -doncella, das mucha prisa en ir a ver a tus padres? Pues que así es, -nosotros socorreremos a tu soledad, y te mostraremos el camino bien -ancho para ir a tus padres.</p> - -<p>Y sirviéndola con las palabras y no con el hecho, echó mano del -cabestro y tornome para atrás, dándome buenos palos y guinchones con un -palo nudoso que traía en la mano.</p> - -<p>Entonces yo, contra mi voluntad tornado a la muerte que me estaba -aparejada, acordeme del dolor de la uña, y comencé cabeceando a cojear; -pero aquel que me tornó para atrás, dijo:</p> - -<p>—¿Y cómo tú otra vez vas titubeando y vacilando, y estos tus pies -podridos pueden huir y no saben andar, y ahora poco ha vencías la -celeridad de Pegaso, aquel caballo que volaba?</p> - -<p>En tanto que este compañero muy sabroso jugaba conmigo de esta -manera, sacudiéndome muy buenas varadas, ya llegábamos al cantón de -su casa, cuando vimos aquella vejezuela que estaba ahorcada con una -soga de la rama de un alto ciprés, a la cual los ladrones descolgaron, -y así, con su cuerda al pescuezo, la lanzaron por las peñas abajo, -y entrando en casa, después que hubieron atado la doncella con -sus cordeles, dieron en la<span class="pagenum" id="Page_118">p. -118</span> cena que la desventurada vieja en su última diligencia había -aparejado, y después que con sus ánimos bestiales y ferocidad tragaron -todo lo que allí había, comenzaron entre sí a platicar de nuestra pena -y de su venganza, y como suele acontecer entre gente turbulenta, fueron -diferentes las sentencias que cada uno daba.</p> - -<p>El primero dijo que le parecía que era bueno y que debían quemar -viva aquella doncella; el segundo, que la echasen a las bestias fieras; -el tercero, que la debían de ahogar; el cuarto, que con tormentos la -despedazasen. Ciertamente por dicho de todos, como quiera que fuese, la -muerte le estaba aparejada.</p> - -<p>Entonces uno de aquellos mandó callar a todos, y con palabras -agradables comenzó a hablar de esta manera:</p> - -<p>—No conviene a la secta de nuestro colegio, ni a la mansedumbre -de cada uno, ni aun tampoco a mi modestia, sufrir que vosotros seáis -crueles más de lo que el delito merece, ni debéis traer para esto -bestias fieras, ni horca, ni fuego, ni tormentos ni aun tampoco muerte -apresurada. Así que vosotros, si tomáis mi voto, habéis de dar vida -a la doncella, pero aquella vida que merece. No creo yo que se os -ha olvidado lo que determinabais hacer de este asno perezoso y gran -comilón, y aun ahora mentiroso, fingiendo que estaba cojo; era ministro -y medianero de la huida de esta doncella. Así, pues, me parece que -mañana degollemos a este asno, y sacadas de él todas las entrañas por -medio de la barriga, cosámosle dentro esta doncella, y solamente le -quede la cara fuera; y después me parece se debe poner este asno, así -relleno y cosido, encima de un risco de estos, adonde le dé el ardor -del sol, y de esta manera sufrirán ambos todas las penas que vosotros -derechamente habéis sentenciado, porque el asno recibirá la muerte -que hace días ha merecido,<span class="pagenum" id="Page_119">p. -119</span> y la doncella vivirá muriendo, pasando grandes penas, así -del ardor del sol que la quemará, como de hambre y sed, y los bocados -que los tigres y buitres le han de dar, le darán mayores dolores y -fatigas.</p> - -<p>Cuando este mal ladrón acabó de hablar, todos confirmaron su parecer -y sentencia; lo cual oyendo con mis grandes orejas, ¿qué otra cosa -podía hacer, sino llorar mi muerte que había de ser al otro día?</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch7_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span></p> - <h2 class="nobreak g0">LIBRO VII.</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p> - -<p class="hang">Lucio Apuleyo cuenta cómo de mañana uno de aquellos -ladrones vino de fuera y decía a los otros en qué manera culpaban a -Apuleyo y le imputaban el robo de la casa de Milón; que no culpaban -a ninguno de los ladrones, salvo a Apuleyo, que nunca más había -parecido; el cual, oyendo esto, y estando hecho asno, gemía entre sí -por culpársele de este gran crimen. — Cómo la doncella fue libre por su -esposo Lepolemo. — Cuenta muchas desventuras y trabajos que pasó siendo -asno. — También refiere muchos cuentos y fábulas graciosas, y la maldad -de un muchacho que traía leña con él, y otras muchas cosas de gusto.</p> - - -<h3>I.</h3> - -<p class="hang">Cómo viniendo un ladrón de la ciudad de Hipata, cuenta -a los otros cómo no culpaban a nadie del robo de la casa de Milón, sino -a Lucio Apuleyo, y cómo fue admitido a la compañía de los ladrones un -mancebo.</p> - -<p>Al otro día, de mañana, después de salido el sol, uno de la compañía -de aquellos ladrones, según yo conocí en sus palabras, entró por la -puerta, y como llegó a la entrada de la cueva, sentose allí para cobrar -resuello, y comenzó a hablar a sus compañeros de esta manera:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span>—Cuanto toca a la -casa de Milón, el de la ciudad de Hipata, la cual poco ha robamos, ya -podemos estar seguros, porque yo lo he bien solicitado, que después -que vosotros con vuestras fuerzas robasteis todo lo de aquella casa, y -os partisteis para esta nuestra estancia, mezcleme entre aquella gente -popular de aquella ciudad, haciendo parecer que me dolía y me pesaba de -aquel negocio; donde andaba mirando qué consejo tomaban sobre buscar -quién había hecho aquel robo y en qué manera y cómo querían hacer la -pesquisa para buscar los ladrones, lo cual todo yo miraba para deciros, -como me mandasteis. Y no solamente por dudosos argumentos, mas por -razones probadas, todos los de aquella ciudad, y de consentimiento de -todos, pedían no sé qué Lucio, diciendo ser el autor manifiesto de tan -gran crimen. El cual, pocos días antes con ciertas cartas fingidas y -fingiendo ser hombre de bien, había hecho amistad estrechamente con -aquel Milón, en tanto que lo recibió por huésped en su casa y por muy -su amigo, y él se detuvo algunos días en su casa, fingiendo tener -amores con una criada de Milón, y espió muy bien las cerraduras de la -puerta y los cuartos donde Milón tenía todo su patrimonio, para lo cual -no pequeño indicio se halla contra aquel mal hombre, porque aquella -misma noche, y en el momento de aquel robo, él huyó, y desde entonces -acá nunca más pareció, y porque tuviese ayuda muy prestamente y muy -lejos se escondiese, dejando atrás los que los seguían, tuvo buen -remedio que llevó consigo, en que fue cabalgando, aquel su caballo -blanco en que había venido, dejando en la posada a su mozo, el cual -fue hallado allí, y por la justicia de la ciudad lo mandaron echar -en la cárcel como testigo que sabía de las maldades y consejos de su -señor. Y otro día, puesto a cuestión de tormento, lo quebrantaron<span -class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span> y desmembraron hasta que -llegó a punto de muerte, mas nunca confesó cosa ninguna de todo lo que -al pobre hombre le preguntaban, por la cual causa enviaron muchos de -aquella ciudad a la tierra de aquel Lucio para hacerle pagar la pena -del delito que había cometido.</p> - -<p>Contando él estas cosas yo gemía y lloraba dentro de mis entrañas, -viéndome hecho asno, que no podía volver por mí ni defender mi honra. -Veníanme al pensamiento los varones antiguos, que no sin causa pintaban -a la fortuna ciega y sin ojos, la cual trataba bien y daba sus riquezas -y honras a hombres malos y que no las merecían, y los trabajos, -miserias y deshonras, a los buenos. Así que yo, a quien su cruel ímpetu -trajo y reformó en una bestia de cuatro pies, de la más vil suerte de -todas las bestias, sobre todo era ahora acusado de crimen de ladrón -contra mi huésped Milón, que tanta honra me hizo en su casa, el cual -crimen no solamente se podía llamar latrocinio, pero más justamente se -llamaría parricidio.</p> - -<p>Estando pensando en esto lleno de enojo, quise responder a los -ladrones, diciendo que no hice tal cosa, pero nunca pude pronunciar más -de una sílaba, la cual, dije muchas veces, rebuznando siempre: «No, no, -no.» ¿Qué más me puedo yo quejar de la cruel fortuna sino que aun no -hubo vergüenza de juntarme y hacerme compañero de mi caballo, que me -trajo a cuestas?</p> - -<p>Estando yo entre mí imaginando estas cosas, vínome al pensamiento -otro mal mayor, y era acordarme que estaba sentenciado para ser -sacrificio del ánima de aquella doncella, y mirando muchas veces mi -barriga, me parecía que ya tenía la doncella dentro. Mas si os place, -aquel ladrón que trajo la falsa relación del hurto, sacados de su seno -mil ducados que allí traía cosidos, los cuales<span class="pagenum" -id="Page_123">p. 123</span> (según él decía) había sacado a muchos -caminantes, echándolos dentro en el arca para provecho común de todos, -comenzó a inquirir y preguntar por todos los compañeros, y sabido -cómo algunos de los más esforzados eran muertos en diversos casos, -persuadiolos que entretanto no robasen en los caminos ni en otra -parte, hasta que entendiesen en buscar compañeros, y con la milicia de -otros mancebos fuese restituido el número de su compañía como antes -estaba, porque haciéndolo así podrían compeler, poniendo miedo a los -que no quisiesen. Que no habría pocos que, renunciando la vida pobre y -servil, no quisiesen más seguir su opinión y fuerte compañía, la cual -parecía que era cosa de grande estado y poderío, diciendo que él había -hablado de su parte con un hombre hacía poco, alto de cuerpo, y mancebo -esforzado, y le había persuadido, y finalmente acabado con él, que -tornase a ejercitar las manos, que traía embotadas de la larga paz, y -que mientras pudiese usase de los bienes de la fortuna, y no quisiese -ensuciar sus esforzadas manos, pidiendo por amor de Dios, sino que se -ejercitasen cogiendo oro a manos llenas.</p> - -<p>Cuando aquel mancebo hubo dicho estas cosas, todos los que allí -estaban consintieron en ello, diciendo que tal hombre como aquel, -que era ya probado en las armas, que debería ser luego llamado, y -buscar otros para suplir el número de los compañeros. Entonces aquel -salió fuera de casa y tardó un poco. El cual trajo consigo un mancebo -grande y esforzado, como había prometido, que no se podía comparar a -ninguno de los que estaban presentes, porque además de la grandeza -de su cuerpo, sobrepujaba en altura a todos los otros, y entonces -le apuntaban los pelos de las barbas; como quiera que venía muy mal -vestido y con un sayo vil y roto, por el cual se le parecía<span -class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span> el pecho y vientre con las -costras y callos duros y fuertes. De esta manera, como entró en casa, -dijo:</p> - -<p>—Dios os salve, servidores del fortísimo dios Marte y mis fieles -compañeros: recibid, queriendo de vuestra voluntad y gana, a un hombre -muy valiente de un gran corazón, que quiere estar en vuestra compañía, -que de mejor gana recibe heridas en el cuerpo que dinero en la mano, y -es mejor que la muerte, la cual otros temen. Y no penséis que soy pobre -y desdichado, ni estiméis mis paños rotos, porque yo fui capitán de un -ejército, que casi destruimos a toda Macedonia; yo fui aquel ladrón -famoso que ha por nombre Hemo de Tracia, del cual todas las provincias -temen. Yo soy hijo de aquel Terón que fue muy famoso ladrón. Yo fui -criado con sangre de hombre, y crecía entre los hombres de guerra, y -fui heredero imitador de la virtud de mi padre, pero en espacio de poco -tiempo perdí aquellas grandes riquezas, y aquella primera muchedumbre -de mis fuertes compañeros, porque demás de yo haber sido procurador del -emperador César, fui también su capitán de doscientos hombres, de donde -la mala fortuna me derribó y fue causa de todo mi mal. Dejado esto -aparte, como ya en vuestra presencia había comenzado, tomaré la orden -de contar el negocio por que conozcáis y sepáis cómo pasa.</p> - -<p>En el palacio del Emperador César había un caballero muy noble -y privado del emperador, al cual la cruel envidia, por malicia -de algunos acusado, desterró de palacio. Su mujer, dueña de mucha -fidelidad y prudencia, menospreciando los placeres y reposo de la -ciudad, le acompañó en su destierro; la cual, cortados los cabellos, -en hábito de hombre, ceñida una cinta de oro, pasó muchos trabajos con -ánimo viril en compañía de su marido. En fin, que aportando una vez -al puerto de Accio, por donde<span class="pagenum" id="Page_125">p. -125</span> nosotros andábamos robando toda Macedonia, ya que era noche -se aposentó en un mesón a donde nosotros llegamos, y le robamos todo -cuanto traía, y no con poco peligro de nuestras personas nos partimos -de allí, porque como aquella dueña oyó el sonido de la puerta cuando -la abríamos, metiose en su cámara dando grandes gritos y voces, que -despertó a todos sus criados y criadas y vecinos; y si no fuera porque -nosotros, como éramos muchos, teníamos atajados los pasos a todos, -cierto que lo pasáramos mal. Pero a los pocos días aquella dueña -suplicó a la majestad del Emperador, y alcanzó que su marido tornase -a palacio; asimismo impetró que se hiciese pesquisa general sobre los -ladrones, por donde fueron destruidos y muertos casi todos; y así se -deshizo el colegio y compañía de Hemo. Y como era desbarbado, escapé de -la furia del Emperador vestido en traje de mujer con un asno cargado -de paja. Pero con todo esto, yo nunca me aparté ni disminuí la gloria -de mi padre, ni de mi esfuerzo y virtud. Verdad es que casi con miedo, -pasando cerca de los caballeros de la pesquisa, cubierto con el engaño -del hábito de mujer, yo solo me iba por esas villas y castillos donde -apañaba lo que podía para provisión de mi camino.</p> - -<p>Diciendo esto, descosió aquellos paños rasgados que traía vestidos, -y sacó dos mil ducados de oro, diciendo:</p> - -<p>—Veis aquí esta pitanza, y aun digo, que en dote los doy de buena -gana para vuestro colegio y esforzada compañía, y me ofrezco por -vuestro capitán fidelísimo, que yo sé muchas provincias y ciudades, y -conozco a los hombres ricos y pobres, y otras muchas cosas con que os -holgaréis; y si vosotros no rehusáis esto, yo me obligo a hacer que en -espacio de breve tiempo esta vuestra casa, que ahora es de piedra, se -torne toda de oro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span>No tardaron más los -ladrones todos, que de un voto le hicieron su capitán, y le vistieron -luego una vestidura de seda como convenía a tal capitán, quitándole -primero el sayo roto, aunque rico, que traía.</p> - -<p>En esta manera reformado, dio paz, y abrazó a cada uno de ellos, y -sentado en más alto lugar que ninguno, comenzaban a hacer fiesta con su -cena de muchos manjares y vinos.</p> - - -<h3 id="Ch7_2">II.</h3> - -<p class="hang">Cómo aquel mancebo, recibido en la compañía por Hemo, -afamado ladrón, fue descubierto ser Lepolemo, esposo de la doncella, el -cual la libertó con su buena industria, y la llevó a su tierra.</p> - -<p>Pues hablando entonces unos con otros, comenzaron a decir de la -huida de la doncella y de cómo yo la llevaba a cuestas, y diciendo -asimismo de la monstruosa y no oída muerte que para entrambos nos -tenían aparejada; lo cual todo por él oído, preguntó dónde estaba -aquella moza, y lleváronlo a donde estaba, y como la vio en prisión -cargada de hierro, comenzó a despreciarla haciendo un sonido con las -narices, y saliose luego de la cámara, y desde que se tornó a sentar, -dijo luego a los ladrones:</p> - -<p>—Yo, señores, no soy tan bruto ni temerario que quiera refrenar -vuestra sentencia y acuerdo; pero yo pensaría que tenía dentro de mi -corazón pecado de mala conciencia, si disimulase lo que me parece -que es bueno y<span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span> -provechoso; mas una cosa habéis de pensar, que esto que yo digo es -por vuestra causa y provecho. Por ende, si esto que os dijere no os -placiere, digo que tengáis libertad para tornarlo al asno; porque -yo, señores, pienso que los ladrones saben que ninguna cosa más debe -anteponerse a su ganancia. También esta venganza es dañosa muchas -veces a ellos, y a otros. Pues si matareis la doncella en el asno, no -haréis otra cosa sino ejercitar vuestro enojo sin ningún provecho ni -ganancia. Por ende, me parece que esta doncella deberíais llevarla a -alguna ciudad, porque no sería liviano el precio que por ella se diese, -según su edad, que aun yo tengo conocido días ha algunos rufianes, de -los cuales uno podría (según yo pienso) comprar esta moza con muchos -talentos de oro, para ponerla al partido en el burdel, como ella merece -por su huida, y vosotros quedáis bien vengados.</p> - -<p>De esta manera, aquel abogado del fisco de los ladrones proponía -nuestro pleito, como buen defensor de la doncella y del asno.</p> - -<p>Todos se llegaron al consejo del nuevo ladrón, y luego soltaron a la -doncella de las cadenas en que estaba; la cual, como vio aquel mancebo, -y oyó hacer mención del burdel y del rufián, secretamente se reía, y -estaba llena de placer; tanto, que a mí me vino al pensamiento que no -hay que fiar en mujeres, pues aquella se alegraba con oír hablar de tan -infame cosa.</p> - -<p>Aquel mancebo, tornando a hablar, dijo.</p> - -<p>—Pues ¿por qué no aparejamos de hacer sacrificio a nuestro dios -Marte, que nos dé buena mano derecha en nuestro oficio? Mas paréceme -que no tenemos aquí animal que sacrificar; por tanto, vengan conmigo -algunos compañeros, e iré al primer pueblo a comprar lo necesario.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span>Dicho esto, -partieron de allí, y antes de mucho tiempo vinieron unos cargados con -cueros de vino, otros con pan, otros traían un rebaño de ganado, de -donde escogieron un hermoso cabrón, que sacrificaron al dios Marte, y -luego fue aparejada la comida abundantemente.</p> - -<p>Entonces aquel nuevo mancebo, por ser a todos agradable, empezó a -cocinar muchos y sabrosos manjares; después daba de beber a todos en -grandes tazas; servíalos a la mesa, repartiendo los guisados por entre -todos. Y algunas veces, fingiendo que iba por las cosas necesarias -para la mesa, entraba donde estaba la moza, y traíale algunas cosas de -comer, y aun la besaba muchas veces, lo que ella consentía de buena -voluntad, la cual cosa a mí mucho me desplacía, y decía entre mí:</p> - -<p>—¡Oh moza doncella, tan presto te has olvidado de tu desposorio -y de aquel tu amado esposo, por quien tanto llorabas, y ahora besas -a un advenedizo y cruel matador, ladrón corsario! ¿No te acusará la -conciencia, no te acusará la fe que debes a tu esposo? Paréceme que te -revolvió la inconstancia el corazón. ¿Qué será si esto entienden los -otros ladrones? ¿Piensas que no tornarás otra vez al asno, y otra vez -me causarás la muerte?</p> - -<p>Entretanto que yo, en mi triste y desventurado pensamiento, -falsamente acusaba y deponía contra la casta doncella estas cosas, y -disputaba de ellas con gran enojo, conocí de sus mismas palabras, algo -mansas y dudosas, aunque no muy oscuras para asno discreto, que aquel -mancebo no era Hemo, ladrón famoso, mas que era Lepolemo, esposo de -la doncella. Porque procediendo en sus palabras, que ya un poco más -claramente hablaba, no curando de mi presencia, estuvieron hablando muy -quedo, y él le dijo:</p> - -<p>—Tú, señora Carites, mi dulcísima esposa, ten buen<span -class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span> esfuerzo, que todos estos -tus enemigos te los daré presos y cautivos en las manos.</p> - -<p>Y diciendo esto, no cesaba de darles el vino, ya mezclado y algo -tibio, con grande instancia, de manera que ellos estaban ya de buena -manera. Él se abstenía de beber; y por Dios que a mí me dio sospecha -que les había echado dentro los cántaros del vino algunas hierbas para -hacerles dormir.</p> - -<p>Finalmente, que todos, sin que uno faltase, estaban sepultados en -vino, y algunos de ellos aparejados para la muerte.</p> - -<p>Entonces Lepolemo, sin ninguna dificultad y trabajo, puestos ellos -en prisiones y atados en ellas como a él le pareció, puso encima de -mí la doncella; enderezó el camino para su tierra, a la cual, como -llegamos, toda la ciudad salió a ver lo que mucho deseaban. Salieron -su padre y madre y parientes, cuñados y esclavos, las caras llenas -de gozo, que quien lo viera pudiera ver muy bien una gran fiesta de -personas de todo linaje y edad, que por Dios que era un espectáculo -digno de gran memoria, ver una doncella triunfante encima de un -asno.</p> - -<p>Yo también muy alegre como hombre varón, porque no pareciese que era -ajeno del presente placer, alzadas las orejas, e hinchadas las narices, -rebuzné muy fuertemente, y aun puedo decir que canté con clamor alto y -grande.</p> - - -<h3 title="III." id="Ch7_3" ><span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span>III.</h3> - -<p class="hang">Cómo, celebradas las bodas de la doncella, se -pusieron a pensar con gran consejo qué premio se daría a Lucio, asno, -en recompensa de su libertad. — Donde cuenta grandes trabajos que -padeció.</p> - -<p>Después que la doncella entró en casa, los padres la recibieron y -regalaron como mejor pudieron. Lepolemo tornó a mí con otra muchedumbre -de asnos y acémilas de la ciudad, y tornome para atrás, adonde yo iba -de buena gana, porque tenía mucha gana y deseo de tornar a ver la -prisión de aquellos ladrones, a los cuales hallamos bien atados con el -vino más que con cadenas. Así que nosotros, cargados de oro y plata y -otras cosas suyas, que nada les dejaron, tomaron a los ladrones atados -como estaban, y a los unos, envueltos, los echaron de esos riscos -abajo; otros, degollados con sus espadas, se los dejaron por ahí.</p> - -<p>Con esta tal venganza, alegres y con mucho placer, nos tornamos a -la ciudad, adonde pusieron todas aquellas riquezas en el Tesoro y arca -pública de ella, y la doncella diéronla a Lepolemo, su esposo, como era -razón y derecho.</p> - -<p>Desde allí la dueña, que ya era casada, me nombraba a mí como a su -guardador, que le había librado de tanto peligro: y ese mismo día de -las bodas me mandó henchir el pesebre de cebada, y poner heno, tan -abundantemente, que bastara para un camello.</p> - -<p>¡Cuántas maldiciones podría yo echar ahora a mi Andria,<span -class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span> que es merecedora de ellas, -porque me tornó en asno y no en perro!; porque veía por allí los perros -hartos de aquellas reliquias y sobras de la boda, muy abundantes.</p> - -<p>Después de pasada la primera noche de la boda, la recién casada no -se olvidó del beneficio que de mí tenía recibido, y llamando a su padre -y madre y marido, me encomendó mucho a todos y les preguntó cómo se -podrían remunerar al asno tan grandes servicios.</p> - -<p>El uno dijo, que si me tuviesen encerrado en casa, sin que cosa -alguna hiciese, y me engordasen con cebada y habas y buena cama; pero -venció a este otro, que miró más a mi libertad, diciendo que me echasen -al campo con las yeguas, y que allí andando a mi placer holgando entre -ellas, daría a mis señores muchas y buenas mulas. Así que, llamando -al yeguarizo, habláronle muy largamente, encomendándome mucho, y -entregáronme a él que me llevase. Adonde, por cierto, yo iba muy alegre -y gozoso, creyendo que ya había renunciado el trabajo y cargas que -me solían echar. Demás de esto, me gozaba que me habían dado aquella -libertad en principio del verano, cuando los prados estaban llenos de -hierbas y flores, donde pensaba hallar algunas rosas; porque me venía -un continuo pensamiento, que habiéndome hecho tanta honra siendo asno, -tornándome hombre más me gratificaran y honraran.</p> - -<p>Mas después que el yeguarizo me llevó, ninguna libertad ni placer -tuve, porque su mujer, que era mala hembra, me puso a moler en una -tahona, y con un palo nudoso me castigaba de continuo, ganando con -mi cuero pan para sí y para los suyos; y no solamente era contentada -de fatigarme y trabajar por causa de su comer, pero matábame -moliendo continuamente, por dineros, del trigo<span class="pagenum" -id="Page_132">p. 132</span> de sus vecinos; y por todos estos trabajos -y fatigas no me daba a comer la cebada que habían señalado para mí, -mezquino, la cual tostaba ella, y me la hacía moler con mis continuas -vueltas, y la vendía a sus vecinos cercanos; y a mí, que andaba atento -todo el día al continuo trabajo de la tahona, me ponía unos pocos -salvados sucios y por cerner, llenos de piedras, que no había quien los -pudiese comer.</p> - -<p>Estando yo bien domado con tales penas y trabajos, la cruel fortuna -me trajo a otro mayor tormento; conviene a saber: aquel buen pastor -que tarde escuchó el mandado de su señor, plúgole ya de echarme a las -yeguas. Finalmente, de que yo me veía asno libre, alegre y saltando -con mis pasos blandos, y a mi placer andaba escogiendo las yeguas que -mejor me parecían, creyendo que habían de ser mis enamoradas; pero -aquí aun la alegre esperanza que tenía se me volvió en gran tristeza, -porque los garañones, como estaban hartos y gruesos y muy terribles, -por haber muchos días que andaban al pasto, eran cierto muy más fuertes -que ningún asno, y temíanse de mí, guardando que hiciese adulterio -monstruoso con sus amigas; no guardando la amistad que Júpiter mandó -tener con los huéspedes, comenzaron a perseguirme con mucha furia y -odio.</p> - -<p>El uno, alzados sus grandes pechos en alto, su cabeza alta y con las -manos sobre mi cabeza, peleaba con sus uñas contra mí; el otro, con -sus ancas redondas y gruesas, volviéndolas hacia mí, me daba de coces; -otro, amenazándome con sus malditos relinchos y bajadas las orejas -y descubiertos los dientes, me mordía. Así lo había yo leído en la -historia del gran rey de Tracia, que daba a sus caballos los mezquinos -de los huéspedes que acogía, para despedazarlos y comer. Tanto era -aquel tirano<span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span> escaso -de la cebada, que con abundancia de cuerpos humanos ensuciaba el -hambre de sus rabiosos caballos<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" -class="fnanchor">[3]</a>. De aquella misma manera yo era mordido y -lacerado de los saltos y varios golpes de aquellos caballos, tanto, que -pensaba me sería mejor tornar a la tahona.</p> - -<p>Mas la fortuna, que no se hartaba de atormentarme, instruyó de nuevo -y aparejó otra mayor pestilencia y daño, la cual fue que me echaron a -traer leña de un monte y entregáronme a un muchacho que me llevase y -trajese, el más falso y maligno rapaz de todos los del mundo, que no -me fatigaba tanto la áspera subida del monte, ni las piedras y ásperos -riscos por donde con harto trabajo pasaba, como los grandes y continuos -palos que me daba, en tal manera, que dentro, en el corazón, me entraba -el dolor de los golpes y heridas, y con el pie derecho siempre me -daba tantos golpes, que hiriendo en un lugar me desollaba el cuero. Y -con todo este mal no dejaba de martillar siempre en una misma llaga -llena de sangre. Echábame tan gran carga de leña a cuestas, que quien -quiera que la viera dijera que bastaba más para un elefante que para un -asno.</p> - -<p>Aquel falso rapaz, cada vez que la carga pesaba más a una parte y se -acostaba a un lado, en lugar de quitarme la leña de aquel cabo, para -que quitado el peso me quitase de aquella fatiga, a lo menos pasar -de los leños de un lado a otro, para igualar la carga, hacíalo al -contrario, porque echaba muchas piedras a la otra parte, y así curaba -el mal y pena de mi carga.</p> - -<p>No contento con tan gran peso de cargas como me<span -class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span> echaba, después de otras -muchas fatigas y tribulaciones, cuando habíamos de pasar algún río, -por no mojarse los pies, saltaba encima de mis ancas, y así pasaba -cabalgando, y si acaso con tan gran peso resbalaba en el cieno que -estaba a la orilla del río, y caía, el bueno de mi maestro, en lugar de -ayudarme con la mano, alzándome la cabeza con el cabestro y tirándome -de la cola, o a lo menos quitarme alguna parte de la carga de encima -hasta que me levantase, ninguna ayuda detrás me hacía aunque me veía -cansado, antes comenzando desde la cabeza, y aun de las orejas, con un -palo nudoso me daba tantos golpes, que todo el cuerpo me desollaba, -hasta tanto que, con las heridas y palos que me daba, me hacía -levantar.</p> - -<p>Este mal rapaz inventó una travesura para maltratarme, y fue que -tomó una manojo de zarzas, con las espinas muy agudas, las cuales puso -atadas debajo de mi cola de manera que, como yo comenzase a andar, me -llagase con sus puntas venenosas.</p> - -<p>Así que yo estaba en dos peligros, porque si quería huir corriendo, -heríame más reciamente la fuerza de las espinas, y si me estaba quedo -un poco, porque no me lastimasen las zarzas, dábame de palos para -hacerme correr, que cierto aquel maligno rapaz no parecía que pensaba -en otra cosa sino cómo me matase y echase a perder, y así lo juraba, y -algunas veces me amenazaba.</p> - -<p>Y cierto su detestable malicia le estimulaba para que hiciese otras -peores cosas, porque un día, a causa que mi paciencia ya no podía -sufrir su gran soberbia, dile un par de coces; por la cual causa él -inventó contra mí crimen y hazaña endiablada. Cargome encima dos -barcinas de tascos muy bien ligados, con sus cuerdas, y así me llevó -por este camino adelante, y llegando a una<span class="pagenum" -id="Page_135">p. 135</span> aldea, hurtó una brasa de fuego y púsola en -medio de la carga: el fuego recalentado y criado con los tascos, alzó -grandes llamas, de manera que el ardor mortal me cubrió, que ni había -remedio a tan gran mal, ni parecía socorro alguno para mi salud. Y como -semejante peligro no sufre tardanza, antes pervierte todo buen consejo, -la providencia de la fortuna resplandece a la vez muy alegre en los -casos crueles y contrarios.</p> - -<p>No sé si lo hizo aquí por guardarme para otro mayor peligro, pero -cierto ella me libró de la presente y cierta muerte. Acaso estaba un -charquillo de agua turbia, que había llovido otro día antes, el cual, -como yo vi, lánceme dentro en un salto, sin pensar otro peligro, y la -llama fue luego apagada, en tal manera, que yo fui vacío de la carga, y -escapé libre de la muerte.</p> - -<p>Mas aquel maligno y temeroso mozo tornó contra mí toda su malignidad -que había hecho, diciendo y afirmando a todos los pastores que por allí -estaban, que pasando yo por los fuegos de los vecinos de aquella aldea, -de mi propia gana, titubeando los pasos, había tomado aquel fuego, y -aun haciendo burla de mí, andaba diciendo:</p> - -<p>—¿Hasta cuando hemos de mantener de balde a este engendrador de -fuego?</p> - - -<h3 title="IV." id="Ch7_4" ><span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span>IV.</h3> - -<p class="cent">Lucio recuenta grandes trabajos que padeció por causa -de venir a poder y manos de un mal rapaz.</p> - -<p>Ya que pasaron muchos días después, me buscó otro mayor engaño. -Vendió la carga de leña que yo traía en una casa de aquella aldea, y -tornome vacío a casa, dando voces que no podía ya su fuerza bastar a mi -maldad, y que él no quería más servir en este miserable oficio, y las -quejas que inventaba contra mí, eran de esta manera:</p> - -<p>—Vosotros veis este perezoso tardón y grande asno, además de otras -maldades que cada día me hace, ahora me fatiga con menos peligros: como -ve por ese camino a algún caminante, ahora sea mujer vieja, ahora moza -doncella para casar, o muchacho de tierna edad, luego, echada la carga -en el suelo, y aun algunas veces la albarda y cuanto trae encima, con -mucha furia corre, como enamorado de personas humanas, y echados por -aquel suelo, prueba de hacer con ellos lo que es contra natura, y aun -muérdelos con su boca sucia, que parece que los quiere besar, lo cual -nos es causa de muchas lites y cuestiones, y aun quizá algún día nos -traerá a mayor daño. Que ahora halló en el camino una moza honesta y -hermosa, y como la vio, echada por el suelo la carga de leña que traía, -arremetió a ella con ímpetu furioso, y el gentil enamorado derribó a la -mujer por el suelo, y trabajaba cuanto podía por dormir con ella, en -tal manera,<span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span> que si no -acudieran unos labradores y se la quitaran de entre las manos, cierto -él hiciera mal, a pesar de la moza, y la matara, y a nosotros diera -harto trabajo y mala ventura.</p> - -<p>Con estas tan falsas mentiras, que mucho me atormentaban, incitó -cruel y fieramente los ánimos de los pastores para destrucción mía. -Finalmente, que uno de ellos dijo:</p> - -<p>—Pues si así es, ¿por qué no sacrificamos este marido público y -adúltero común de todos, así como lo merecen sus bodas contra natura? Y -tú, mozo, ¿oyes? Mátalo luego y echa las entrañas y asadura a nuestros -perros, y la otra carne se salará para que la coman los gañanes, y el -cuero llevaremos a nuestro amo, y con él haremos pago, diciendo que le -mató un lobo.</p> - -<p>Cuando esto oyó aquel mortal enemigo y acusador mío, estaba muy -alegre, por ser ejecutor de la sentencia de los pastores, y procurando -siempre mi mal, recordándose de aquellas coces que le había dado, -comenzó luego a aguzar el cuchillo en una piedra. Entonces, uno de la -compañía de aquellos labradores, dijo:</p> - -<p>—Grande mal es que matemos de esta manera un asno tan hermoso como -este y que por lujuria de amores de personas humanas él sea acusado, -y carezcamos de su buen trabajo y servicio tan necesario, cuanto más, -quitándole los compañones, nunca será más celoso ni se alzará para -hacer mala cosa; a nosotros quitaremos de peligro, y él se hará más -hermoso y grueso; porque yo he visto muchos, no solamente de estos -asnos perezosos, mas caballos muy fieros que eran celosos en gran -manera, y por aquella causa, bravos y crueles, y haciéndoles este -remedio de castrarlos, se tornaban muy mansos sin ninguna furia; y por -esto no eran menos hábiles para<span class="pagenum" id="Page_138">p. -138</span> traer la carga y hacer todo lo otro que era menester. Si -todo esto que os digo creéis, y os parece bien, de aquí un poco de rato -yo he acordado de ir a este mercado que aquí cerca se hace, y tomadas -de casa las herramientas que son menester para hacer esta cura, tornaré -a vosotros muy presto, y castrado este enamorado, cruel y bravo, yo -entiendo tornarlo más manso que un cordero.</p> - -<p>Con esta sentencia yo fui revocado de las manos de la muerte, pero -como quedé desde entonces reservado para aquella pena, yo lloraba -y gemía, viendo que era ya muerto en la última parte de mi cuerpo. -Finalmente, yo deliberaba de dejarme morir de hambre, o de matarme, -echándome de unos riscos abajo, porque aunque hubiese luego de morir, -muriese entero.</p> - -<p>Entretanto que yo tardaba en pensar y elegir cuál de estas muertes -tomaría, a la mañana, aquel malvado mozo que me quería matar, me llevó -a aquel monte donde solíamos traer leña, y allí atome muy bien del ramo -de una grande encina; yo muy bien atado, él se fue un poco adelante con -su hacha, para cortar la leña que había de llevar, cuando de una grande -cueva que allí estaba salió una osa espantable, alzada, la cual como -yo vi con su vista repentina, muy espantado y temeroso, colgué todo -el peso del cuerpo sobre las corvas de los pies, la cerviz alta tiré -cuanto pude. De manera que quebré el cabestro con que estaba atado, y -eché a huir cuanto pude por allí abajo; no solamente corría con los -pies, más con todo el cuerpo; medio tropezando salí por esos campos -llanos, huyendo con grandísimo ímpetu de aquella grande osa, y del -bellaco del mozo, que era peor que la osa.</p> - -<p>Entonces un caminante que por allí pasaba, como me vio vagabundo y -solitario, cabalgó encima de mí, y con un palo que traía en la mano -comenzome a echar y guiar<span class="pagenum" id="Page_139">p. -139</span> por otro camino que yo no sabía. Pero yo no iba contra mi -voluntad, antes caminaba lo más que podía, por alejarme de aquella -cruel carnicería de mis compañones, y tampoco me curaba mucho porque -aquel me daba con el palo; porque yo estaba acostumbrado, que cada -día me desollaban a palos; mas aquella fortuna cruel que siempre me -fue contraria, no permitió que esto fuese adelante, antes ordenó otra -cosa.</p> - -<p>Aquellos mis pastores andaban a buscar una vaquilla que se les -había perdido, y habiendo atravesado y andado por muchas partes, acaso -encontraron con nosotros, y luego, como me conocieron, tomáronme por el -cabestro, y comenzáronme a llevar; pero aquel otro resistía con mucha -osadía, llamando ayuda y protestando la fe de los hombres, y el señorío -que en mí tenía, diciendo:</p> - -<p>—¿Por qué me robáis lo mío? ¿Por qué me salteáis?</p> - -<p>Ellos dijeron:</p> - -<p>—Tú dices que te tratamos descortésmente, llevando como llevas -nuestro asno hurtado. Antes has de decir dónde escondiste el mozo que -traía el asno, el cual tú mataste.</p> - -<p>Y diciendo esto, dieron con él en tierra, y sacudiéronle muy bien -de coces y puñadas, y él juraba que nunca había visto quién trajese el -asno, mas que lo cierto era que él lo había hallado suelto y solo por -ese camino, y que lo había tomado por ganar el hallazgo; pero que la -verdad era que él tenía pensamiento de restituirlo a su dueño, y que -pluguiese a Dios que este asno pudiera hablar, para que declarara y -diera testimonio de su inocencia, porque cierto a ellos les pesara de -la injuria que le habían hecho.</p> - -<p>De esta manera, porfiando y defendiendo su causa, ninguna cosa le -aprovechaba, porque los pastores, enojados,<span class="pagenum" -id="Page_140">p. 140</span> le echaron las manos al pescuezo, y así -lo tornaron hasta aquel cerro donde el mozo acostumbraba hacer leña, -el cual nunca pareció en todo aquel monte; pero al cabo hallaron su -cuerpo desmembrado y despedazado, derramado por muchas partes, lo que -yo entendía ser hecho por los dientes de la osa, y cierto yo dijera lo -que sabía, si el hablar me ayudara.</p> - -<p>Los pastores cogieron todos aquellos pedazos del cuerpo, y con mucha -ansia los enterraron allí.</p> - -<p>De esta manera, culpando a mi nuevo guiador, diciendo que era cruel, -ladrón y matador, llevándolo bien preso y atado, tornáronle a sus casas -y chozas, diciendo que al otro día siguiente lo llevasen ante los -alcaldes para que le diesen la pena que merecía.</p> - -<p>Entretanto que los padres del mozo muerto lloraban y plañían su -hijo, he aquí do viene aquel rústico que había ido al mercado, al -cual no se le había olvidado lo que le prometió, y venía pidiendo muy -ahincadamente que me castrasen, al cual uno de los que allí estaban -dijo:</p> - -<p>—No es nuestro daño presente lo que tú ahora solamente pides, pero -antes conviene que mañana, no solamente cortemos la natura a este -pésimo asno, mas es razón que también le cortemos la cabeza. Y no creas -que para esto te faltará la ayuda y diligencia de estos.</p> - -<p>En esta manera fue hecho que mi mala ventura se dilatase hasta otro -día.</p> - -<p>Yo entre mí daba gracias al bueno del mozo, porque a lo menos, -siendo muerto, daba un día de espacio a mi carnicería. Pero con todo -esto, nunca fue dado un poquito de espacio a mi reposo y placer, porque -la madre de aquel mozo, llorando la muerte amarga de su hijo con muchas -lágrimas y llantos, cubierta de luto, mesaba sus canas con ambas manos, -aullando y gritando, y de<span class="pagenum" id="Page_141">p. -141</span> esta manera lanzose en mi establo, adonde, abofeteándose la -cara y dándose de puñadas en los pechos, dijo de esta manera:</p> - -<p>—Ahora este asno está muy seguro sobre su pesebre, entendiendo en -tragar y comiendo siempre, ensancha su profunda barriga, que nunca -se harta, y no se le recuerda de mi amarga mancilla, ni del caso -desdichado que aconteció a su maestro difunto, antes me parece que -menosprecia y tiene en poco mi vejez y flaqueza, y piensa que pasará -sin pena de tan gran crimen como hizo y cometió.</p> - -<p>Y como esto dijo, desenvueltas sus manos, desató una faja que traía -ceñida, y ligados mis pies y manos con ella, me apretó muy fuertemente, -porque estuviese obediente a su venganza, y arrebató una tranca con que -se solían cerrar las puertas del establo, y no cesó de darme de palos -hasta que con el peso del madero, cansada ya de darme, le soltó de la -mano.</p> - -<p>Entonces, quejándose que tan presto se había cansado, arremetió al -fuego, y tomó un tizón ardiendo y metiómelo en medio de estas ingles, -que me quemó todo, hasta que ya no me restaba sino solo un remedio, -en que algo me esforzaba, que solté un chisguete de líquido, que le -ensucié toda la cara y los ojos; finalmente, que con aquella ceguedad y -hedor se apartó la mala vieja de mí, dejándome con harto dolor.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch8_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span></p> - <h2 class="nobreak g0">LIBRO VIII.</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p> - -<p class="hang">En este libro se contiene la desdichada muerte de -Lepolemo, marido de Carites, y de cómo ella sacó los ojos del traidor -Trasilo, que lo había muerto, y después se mató con sus propias manos. -— Y la mudanza que hicieron sus pastores después de su muerte. — Adonde -cuenta muy lucidamente los trabajos que pasó, y cómo después fue -vendido a un echacuervos de la diosa Siria, que andaba por los pueblos -pidiendo, y al fin cómo fueron descubiertos de sus bellaquerías y -torpezas, y otras muchas cosas de gusto y pasatiempo.</p> - - -<h3>I.</h3> - -<p class="hang">Cómo vino un mancebo a casa del pastor amo de Lucio, -asno, el cual cuenta a los pastores la muerte de Lepolemo, y la -venganza que Carites tomó en su enamorado Trasilo, y cómo después se -mató.</p> - -<p>Cuando vino el otro día, llegó un mancebo de la ciudad, el cual (a -mi parecer) debía ser criado de Carites, aquella doncella que padeció -conmigo tantas tribulaciones y trabajos en casa de aquellos ladrones. -Este mancebo, estando sentado al fuego con los otros gañanes y mozos, -contaba cosas maravillosas y espantables de la<span class="pagenum" -id="Page_143">p. 143</span> desventura e infortunio que había venido a -la persona y casa de su señora, diciendo de esta manera:</p> - -<p>—Yeguarizos, vaqueros y ovejeros, quiéroos contar lo que ahora -aconteció en casa de nuestros amos. Era un mancebo de esta ciudad, -hidalgo y de nuestro linaje, asaz rico, pero era dado a los vicios de -lujuria y tabernas, andando de continuo en los mesones y burdeles, -acompañándose siempre con ladrones y hombres infames y de bajos -espíritus, ensuciando continuo sus manos en sangre humana, el cual se -llamaba Trasilo; tal era su fama y así se decía de él. Este mancebo -fue uno de los principales que por muchas veces, ahora por sí, ahora -por intercesión de sus parientes y otras personas, pidió en casamiento -a Carites siendo ella de edad para casar, y con toda su posibilidad -trabajó por casarse con ella, y aunque en linaje y riqueza precedía a -todos los otros del pueblo, pero por sus malas costumbres fue desechado -y repelido.</p> - -<p>Después que la hija de mi señor se casó y vino a poder de aquel -noble varón Lepolemo, Trasilo criaba entre sí el amor que a Carites -tenía, y recordándose cómo le habían negado aquel casamiento, buscaba -ocasión para su cruel deseo. Y para esto se hizo y mostró muy -placentero con el casamiento y bodas de Lepolemo, y el día que la -doncella fue librada de mano de los ladrones por astucia y esfuerzo de -su esposo, él, mostrándose más alegre que otro ninguno, hacía mucha -fiesta, gozándose mucho de su buen suceso, y así por todo esto que -mostraba, como por ser de los más principales de la tierra, él fue -recibido en nuestra casa como uno de los principales huéspedes, el -cual, encubriendo su traición, era muy placentero y mostraba su gesto -alegre. De esta manera vino a ser grande amigo y familiar de casa, y -cada día crecía la conversación.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>Finalmente, Trasilo -deliberó consigo muchos días antes de hacer lo que pudiese, y como -no hallase lugar oportuno para poder hablar a la dueña secretamente, -y conociese que el vínculo del nuevo amor, que entre los nuevos -desposados crecía, no se pudiese desatar, y que la dueña no había -de hacer traición a su marido, determinó porfiar en su obstinado y -mal propósito, confiando en su juventud, y lo que ahora le parecía -dificultoso, el amor loco que cada día más crecía, le hacía creer y -tener esperanza de ponerlo en efecto.</p> - -<p>Mas yo os ruego ahora que con mucha atención escuchéis en qué paró -el ímpetu de esta perversa y furiosa lujuria.</p> - -<p>Un día Lepolemo llevó consigo a Trasilo, fuese a caza de monte para -buscar animales, así como corzos, porque en estos no hay ferocidad ni -braveza como en los otros animales, y también Carites no consentía que -su marido fuese a cazar bestias armadas con dientes o con cuernos, por -el peligro que de ello se podría seguir. Y llegando a un monte muy -espeso de árboles, comenzaron los cazadores a llamar los perros, que -eran monteros de linaje, para que sacasen de allí los animales que -había, y como los perros eran enseñados de aquella arte, repartiéronse -luego, cercando todas las salidas de aquel monte.</p> - -<p>Estando así, cada uno aguardando en su estancia, hecha señal por -los cazadores, comenzaron de latir y ladrar tan reciamente, que toda -la montaña hinchieron de voces, de la cual no salió corza ni gama, -que es mansa más que ninguna otra fiera, pero salió un puerco montés -muy grande y espantable, con las cerdas levantadas encima del lomo, -echando espumajos con el sonido de las navajas, los ojos de fuego, con -ímpetu cruel, que parecía un rayo. Y luego, como llegaron a él los más -esforzados perros,<span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span> -dando con las navajas acá y allá los mató y despedazó, y después saltó -las redes y enderezó su camino.</p> - -<p>Nosotros, cuando aquello vimos, espantados de gran miedo, como no -éramos acostumbrados a aquella peligrosa caza, mayormente que estábamos -sin armas, escondímonos entre aquellas ramas y hojas de los árboles. -Trasilo, como halló oportunidad para la traición y maldad que en su -pecho moraba, dijo a Lepolemo engañosamente: «¿Qué es la causa por que -confusos de miedo, y semejantes a nuestros criados, espantados dejamos -perder tan hermosa presa de nuestras manos? ¿Por qué no subimos en -nuestros caballos y seguimos a este puerco? Toma tú este venablo, y yo -tomaré mi lanza.»</p> - -<p>Diciendo esto, no tardaron más, y saltaron luego en sus caballos, y -con grandísima gana siguieron tras del puerco, el cual, como el animal -se viese apretado, no se le olvidó su esfuerzo, y tornó con gran ímpetu -y encendimiento de su ferocidad, dando golpes con las navajas, hiriendo -y rompiendo cuanto topaba. Mas el primero que llegó fue Lepolemo, que -le metió el venablo por las espaldas. Trasilo perdonó al jabalí, y -arrojó la lanza al caballo de Lepolemo, que le cortó las corvas de -los pies, por manera que el caballo cayó hacia la parte donde estaba -herido, y contra su voluntad dio con su señor en tierra. No tardó el -puerco, que con mucha furia arremetió a él, y comenzole a trabar de la -ropa, y él forcejeaba por levantarse, mas diole tantas navajadas, que -le hizo muchas llagas; pero en todo esto, nunca el bueno de su amigo -le socorrió ni se arrepintió de la traición comenzada, antes rogándole -Lepolemo que le socorriese, no lo hizo, mas metiole la lanza por muchas -partes, a semejanza de las heridas del diente del jabalí, porque no -pareciesen dadas con mano. Y revolviéndose al puerco, muy fácilmente lo -mató.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span>En esta manera -muerto Lepolemo, salimos todos de donde estábamos escondidos, y -corrimos allá. Trasilo, como había acabado lo que deseaba, aunque -estaba alegre, todavía hizo gran sentimiento, y mostraba mucha -tristeza, y con mucha ansia besaba el cuerpo del difunto, de manera -que ninguna cosa dejó de hacer para mostrar que tenía gran dolor de su -muerte.</p> - -<p>Cuando esta nueva fue a la triste de su mujer, conmovida de gran -dolor, como mujer sin seso, se salió de casa y fue a esperar el -cuerpo de su marido, y luego se ayuntaron muchos de la ciudad, que la -acompañaron en su dolor. En esto llegó el muerto, el cual como ella -vio, llena de lágrimas se cayó amortecida, y con harto trabajo la -volvieron en sí. Después, con mucha pompa y honra, lo enterraron.</p> - -<p>En todo esto Trasilo no hacía sino dar voces y llorar, diciendo -muchas cosas lastimosas por engañar a la verdad y encubrir su maldad. -Y llegándose muchas veces a Carites, esposa del muerto, le tomaba las -manos, porque no se rompiese los pechos, y con oficio de piedad se -deleitaba en tocar a la dueña.</p> - -<p>Después de hechas las exequias, Carites se retrajo y determinaba de -morir de hambre y sed para ir a acompañar a su marido. Mas Trasilo, -con malvada instancia, unas veces por sí, otras por sus familiares y -parientes, trabajaba que ella no se consumiese ni angustiase, y que -tomase placer. Y como era atrevido y desvergonzado, un día le habló, -diciéndole que se casase con él, lo cual como ella oyese, fue muy -escandalizada, y disimulando con él, le dijo que tomaría su consejo y -que le daría la respuesta.</p> - -<p>Esa misma noche le apareció el ánima de su marido Lepolemo, la -cual, alzando la cara ensangrentada, amarilla<span class="pagenum" -id="Page_147">p. 147</span> y muy disforme, quebrantó el casto sueño de -su mujer, diciendo:</p> - -<p>—Señora mujer, yo te doy licencia que te cases en buen hora con -quien quisieres, con tal condición: que jamás vengas a poder del -traidor sacrílego de Trasilo, ni hables con él, ni te sientes a la -mesa, ni duermas en cama con él; huye de su mano sangrienta que me -mató; no quieras comenzar bodas con quien mató a tu marido, que las -heridas aquellas, cuya sangre lavaron tus lágrimas, no son todas de las -navajadas del puerco, porque la lanza del malvado Trasilo me hizo ajeno -de ti.</p> - -<p>Y de esta manera le contó todas las otras cosas, por donde le -manifestó toda la traición como había pasado.</p> - -<p>Ella, muy temerosa, metió la cara debajo de la ropa, adonde bañó -la cara en lágrimas, llorando y suspirando con gran dolor y mancilla -de su marido, muerto a traición tan malamente por el malvado Trasilo. -Y desde entonces propuso en su pecho de vengarse del cruel matador, y -después matar a sí misma para quitarse de tan enojosa y triste vida. -Al otro día siguiente he aquí donde torna otra vez el abominable -demandador de placeres ilícitos, y comenzó a porfiar con la dueña sobre -su casamiento; pero ella, con astucia y sagacidad, le habló de esta -manera:</p> - -<p>—Aun ahora la cara de mi marido y tu amigo se representa ante mis -ojos, y aún el olor de su cuerpo dura en mis narices; por ende me -parecía bien que aguardases el tiempo que es honesto para el luto y -llanto que cualquier noble matrona es obligada a hacer legítimamente -por su marido, a lo menos hasta que se cumpla el año, y esto conviene a -mi honra y a tu provecho y salud.</p> - -<p>Trasilo, no satisfecho con estas palabras, ni contento con el -prometimiento que le hacía, al cabo de muy poco<span class="pagenum" -id="Page_148">p. 148</span> tiempo tornó a porfiar, diciendo palabras -lastimeras con su lengua maldita, hasta tanto que Carites, vencida -de su importunidad, con gran disimulación comenzó a decir de esta -manera:</p> - -<p>—Trasilo, tú me has de otorgar lo que ahora te pido, y es que por -algunos días secretamente seamos en uno, en tal manera, que ninguno de -los familiares de casa lo sienta hasta que pasen algunos días en que se -cumpla este año.</p> - -<p>Mas Trasilo, cuando esto oyó, oprimido de la engañosa promesa de la -mujer, concedió alegremente por cumplir toda su voluntad con ella a -hurto.</p> - -<p>Ella le dijo:</p> - -<p>—Mira bien tú, Trasilo, que lo hagas discretamente: cubierta la -cabeza con tu capa, y sin compañía, vendrás a mi puerta al primer -sueño, y solamente con un silbido que des, te abrirá la puerta esta mi -ama, que te estará esperando; y como entrares, ella te llevará a mi -cama.</p> - -<p>Cuando esto oyó Trasilo, plúgole mucho de la manera que le decía -de sus bodas mortales; y no sospechando otra alguna mala cosa, sino -turbado con el deseo, se quejaba porque la noche no venía.</p> - -<p>En fin, después que el sol dio lugar a la noche, Trasilo, aparejado -como le había mandado Carites, vino a la hora, y engañado por la vieja -ama que luego le abrió, lleno de placer y gozo se echó en la cama. -Entonces la vieja, por mandado de su señora, le comenzó a halagar y -hacer caricias, y secretamente sacando un jarro de vino, que tenía -mezclado con cierta medicina para darle sueño, de allí con una copa le -dio a beber tres o cuatro veces, fingiendo que su señora se tardaba -porque estaba allí su padre enfermo y ella estaba cerca de él hasta que -reposase.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span>De esta manera -Trasilo, bebiendo de aquel vino, seguramente, y con aquel deseo que -tenía, fácilmente la vieja lo enterró en un profundo sueño.</p> - -<p>Estando él ya aparejado para sufrir todas las injurias que le -quisiesen hacer, durmiendo de espaldas, la vieja llamó a Carites, la -cual, con esfuerzo varonil, se llegó a aquel cruel matador, diciendo de -esta manera:</p> - -<p>—¿Veis aquí el fiel compañero y amigo de mi marido? Este es el que -quiere contraer nuevas bodas conmigo; esta mano es aquella que derramó -mi sangre; este es el pecho que pensó y compuso tantos engaños y rodeos -para mi destrucción; estos son los ojos a quien yo en mal hora agradé. -Pues duerme seguro y sueña bien a tu placer, que yo no te heriré con -cuchillo ni con espada; nunca plegue a Dios que tal haga, porque no te -iguales con mi marido en semejante género de muerte; pero siendo tú -vivo, morirán tus ojos y no verás cosa alguna.</p> - -<p>Diciendo esto, sacó un alfiler de la cabeza e hirió con él en los -ojos de Trasilo, y dejándolo así ciego del todo, desenvainó la espada -que su marido solía traer, y echó a correr furiosamente por medio de la -ciudad y fue hasta la sepultura de su marido. Nosotros y todo el pueblo -la seguimos para quitarle la espada de las manos; pero ella se sentó -cerca del sepulcro, y apartando a todos, les dijo de esta manera:</p> - -<p>—Dejad, señores, estas lágrimas; dejad el llanto, que es ajeno de -mis virtudes, porque yo me vengué del cruel matador de mi marido; yo -he punido y castigado al ladrón y malvado robador de mis bodas; ya es -tiempo que con esta espada busque el camino para ir adonde está mi -Lepolemo.</p> - -<p>Y después que hubo contado por orden todas las cosas que su -marido le reveló en el sueño, y asimismo de<span class="pagenum" -id="Page_150">p. 150</span> qué manera había engañado a Trasilo, diose -con la espada por debajo de la teta izquierda, y así cayó muerta -revuelta en su propia sangre. Finalmente, no pudiendo hablar claro, se -le salió el ánima.</p> - -<p>Entonces los criados de Carites tomaron su cuerpo y enterráronlo en -la misma sepultura de su marido, dándole allí su perpetua compañera.</p> - -<p>Trasilo, vistas todas estas cosas que por él habían pasado, no -pudiendo hallar género de muerte que satisficiese a su presente -tribulación, y teniendo por muy cierto que ninguna espada ni cuchillo -podía bastar a la gran traición por él cometida, hízose llevar al -sepulcro de Lepolemo, y estando allí, dijo:</p> - -<p>—¡Oh ánimas enemigas, veis aquí donde viene la víctima y sacrificio -de su propia voluntad para vuestra venganza!</p> - -<p>Y diciendo esto muchas veces, metiose dentro del sepulcro, y -cerradas muy bien las puertas de la tumba, deliberó por hambre sacar de -sí el ánima condenada por su propia sentencia.</p> - - -<h3 id="Ch8_2">II.</h3> - -<p class="cent">Cómo después que los pastores supieron la muerte de sus -señores se huyeron con su hacienda.</p> - -<p>Siendo aquellos pastores sabedores de la cruel fortuna que había -pasado por sus amos, unos lloraban, otros gemían, doliéndose del triste -suceso de aquella casa. Y temiendo la novedad de la mudanza de otro -señor, aparejáronse<span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> -para huir, y aquel mayordomo que tenía cargo de las yeguas y ganado -(el cual me recibió muy encomendado para tratarme y curar bien), todas -cuantas cosas había de precio en la casa y alquería las cargó encima -de mis espaldas y de otros caballos, y así se partió, desamparando -su primera morada. Nosotros llevábamos a cuestas niños y mujeres; -llevábamos gallinas, pollos, pájaros, gatos y perrillos, y cualquiera -otra cosa que por su flaco peso podía detener la huida andaba con -nuestros pies, y aunque la carga era grande, no me fatigaba mucho el -peso de ella, antes me holgaba con la huida por dejar aquel bellaco que -me quería castrar y deshacerme de hombre.</p> - -<p>Yendo por nuestro camino, habiendo pasado una cuesta muy áspera de -un espeso monte, entramos por unos grandes campos, y ya que la noche -venía, llegamos a una villa bien grande y rica, adonde los vecinos nos -avisaron que no caminásemos de noche, porque había por allí infinitos -lobos muy grandes, feroces y muy bravos, que estaban acostumbrados a -saltear y comer a los hombres que caminaban de noche. Pero aquellos -malvados huidores que nos llevaban, ciegos con el atrevimiento de la -presa que llevaban, y miedo que no los siguiesen, desechando el consejo -saludable que les daban, no esperaron el día, mas cerca de media noche -nos cargaron y comenzaron a caminar.</p> - -<p>Entonces yo, por miedo del peligro susodicho, me metí en medio de -todas las otras bestias, y todos se maravillaban cómo yo andaba más -liviano que cuantos caballos allí iban; pero aquello no era livianeza -de alegría, mas era indicio del miedo que llevaba: finalmente, que -yo pensaba entre mí, que aquel caballo Pegaso, por miedo le habían -nacido alas con que voló, y por eso fue hasta el<span class="pagenum" -id="Page_152">p. 152</span> cielo, habiendo miedo que no lo mordiese la -ardiente Quimera.</p> - -<p>Aquellos pastores que nos llevaban hiciéronse a manera de un -ejército; unos llevaban lanzas, otros dardos, otros ballestas, y otros -piedras en las manos, y otros llevaban picas bien agudas, y algunos -llevaban hachas ardiendo por espantar a los lobos; en tal manera iban, -que no les faltaba sino una trompeta para que pareciera hueste de -guerra.</p> - -<p>Pero aunque pasamos nuestro miedo sin peligro, caímos en otro -lazo mucho mayor, porque los lobos, o por ver mucha gente, o por las -lumbres de aquellos, hubieron miedo, o por ventura porque eran idos -a otra parte, ninguno de ellos vimos, ni pareció cerca ni lejos. Mas -los vecinos de aquellos cortijos por donde pasamos, como vieron tanta -gente y armada, pensaron que eran ladrones, y proveyendo a sus bienes -y hacienda con gran temor que tenían de no ser robados, llamaron a los -perros, que eran más rabiosos y feroces que lobos, y más crueles que -osos, los cuales tenían criados así bravos y furiosos, para guarda -de sus casas y ganados, y con sus silbos acostumbrados y otras tales -voces, echaron los perros contra nosotros, y ellos, además de su propia -braveza, esforzados con las voces de sus amos, cercáronnos de una -parte y otra, y comienzan a saltar y a morder en la gente sin hacer -apartamiento de hombres ni de bestias; mordían tan fieramente, que a -muchos echaron por el suelo.</p> - -<p>Vierais una fiesta que era más para haber mancilla, que no para -contarla, porque como había muchos perros que andaban como rabiosos, y -a los que huían arrebataban con los dientes, y a los que estaban quedos -arremetían, y con crueldad y braveza les sacaban los pedazos, en<span -class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span> tal manera, que a bocados -disminuyeron toda nuestra compañía. He aquí que a este peligro sucedió -otro mayor, que los villanos de encima de los tejados, y de una cuesta -que estaba allí arriba, echábannos tantas piedras, que no sabíamos de -qué habíamos de huir. De una parte los perros que andaban cerca de -nosotros, y de la otra más lejos las piedras que venían sobre nosotros: -de manera que estábamos en harto aprieto.</p> - -<p>En esto vino una piedra que descalabró a una mujer que iba encima de -mí, y ella, con el gran dolor, comenzó a dar grandes gritos y voces, -llamando a su marido, que era un pastor de aquellos, que la viniese a -socorrer.</p> - -<p>Él, cuando la vio, limpiándole la sangre, comenzó a dar gritos, -diciendo:</p> - -<p>—¡Justicia de Dios! ¿por qué matáis los tristes caminantes, y los -perseguís, espantáis y apedreáis con tan crueles ánimos? ¿Qué daño os -hemos hecho? ¿Qué robo es este?</p> - -<p>Como esto oyeron, luego cesó el llover de las piedras, y apartaron -la tempestad de los perros bravos, y uno de aquellos labradores dijo a -voces:</p> - -<p>—No creáis que nosotros, teniendo codicia de vuestros despojos os -queríamos robar; mas pensando que lo mismo queríais hacer a nosotros, -nos pusimos en defensa por quitar nuestro daño de vuestras manos; así -que de aquí en adelante podéis ir seguros y en paz.</p> - -<p>Esto dicho, comenzamos a andar nuestro camino bien descalabrados, -y cada uno contaba su mal: los unos, heridos de piedras; los otros, -mordidos de los perros; de manera que todos iban lastimados.</p> - -<p>Yendo adelante ya buena parte del camino, llegamos a un -valle de muchas arboledas y espesuras de grandes matas, adonde -acordaron aquellos pastores que nos llevaban,<span class="pagenum" -id="Page_154">p. 154</span> de holgar un rato por descansar y curarse -de las heridas. Así que echáronse todos por aquel prado, y después de -haber reposado, curáronse sus llagas lo mejor que pudieron: el uno se -lavaba la sangre en un arroyo que por allí pasaba, y otros con esponjas -mojadas remediaban la hinchazón de sus llagas; otros ligaban las -heridas con vendas, y de esta manera procuraba cada uno su salud.</p> - -<p>Entretanto, un viejo asomó por un cerro, el cual debía ser pastor, -y uno de los de nuestra compañía le preguntó si tenía leche o cuajada -para vender; el viejo cabrero, meneando la cabeza, dijo:</p> - -<p>—No sabéis en qué lugar estáis; guardaos de ahí no muráis.</p> - -<p>Y diciendo esto, fuese de allí muy lejos. La cual palabra y su -huida no poco miedo puso a nuestros pastores. Así que estando ellos -espantados y no viendo a quién preguntar qué cosa fuese aquella, asomó -otro viejo muy mayor que aquel y más cargado de años, con un bordón -en la mano, corcovado, y venía como hombre cansado, y llorando muy -reciamente: llegó a nosotros, y haciendo grandes reverencias, comenzó a -besar a cada uno de aquellos mancebos en las rodillas, diciendo:</p> - -<p>—Señores, por vuestra virtud, y por el Dios que adoráis, que me -socorráis en una tribulación, a mí, viejo cuitado, de un niño mi nieto -que casi está a punto de muerte, el cual venía conmigo en este camino, -y tiró una piedra a un pajarito que estaba cantado, y por matarlo, -cayó en una cueva que estaba llena de árboles por encima, que no se -parecía, y creo que está en lo último de su vida, aunque por las voces -que da, conozco que aún está vivo, mas por mi vejez y flaqueza, como -veis, no le pude ayudar. Vosotros, señores, que sois mancebos y recios, -fácilmente<span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> podréis -socorrer a este mezquino viejo, librándome aquel niño, que no tengo -otro heredero, ni sucesor de mi linaje.</p> - -<p>Diciendo esto, el viejo pelábase las barbas, de manera que todos -habían mancilla de él. Pero uno más recio que ninguno, y más mozo, de -gran cuerpo y fuerzas, que aquel solo había quedado sano del ruido -pasado, levantose luego y preguntó en qué lugar había caído. El viejo -le mostró con el dedo entre unas zarzas y matas espesas. Así que el -mancebo siguió tras el viejo hacia do le había mostrado.</p> - -<p>Los compañeros, de que hubieron bien comido, y nosotros pacido, -cargáronnos para ir su camino, y como aquel mancebo no venía, -comenzaron a darle voces; desde que vieron que no respondía, enviaron -uno que lo buscase, y que le dijese que viniese presto, que era ya -hora de caminar: aquel tardó en ir a buscar al otro, y tornó admirado -y espantado, diciendo que había visto una cosa maravillosa de aquel -mancebo, que vio cómo estaba muerto en el suelo medio comido, y un -dragón espantable encima de él, comiéndolo todo, y que no parecía el -viejo; lo cual, visto por los pastores, y conociendo que no había en -aquella tierra otro morador, sino aquel viejo, conocieron que aquel era -el dragón. Así que dejaron aquella tierra y se fueron.</p> - - -<h3 title="III." id="Ch8_3" ><span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span>III.</h3> - -<p class="hang">Cómo Lucio prosigue contando muchos acontecimientos que -se ofrecieron siendo asno, yendo con los pastores.</p> - -<p>De allí fuimos a una aldea, donde estuvimos toda aquella noche, y -allí aconteció una cosa que yo deseo contar.</p> - -<p>Un esclavo de un caballero, cuya era aquella heredad, estaba allí -por mayordomo y guarda de toda la hacienda, y era casado con una -esclava del mismo caballero. El marido andaba enamorado de otra moza -libre, hija de un vecino de allí. La mujer, con el dolor y enojo de los -amores del marido, tomó cuantos libros de sus cuentas tenía, y toda la -hacienda y ropa de casa, no estando allí su marido, y quemolo todo. No -contenta con lo que había hecho, ni pensando que estaba vengada de la -injuria, tornose contra sí misma y tomó en los brazos un niño, hijo del -marido, y atolo consigo y echose en un pozo muy hondo.</p> - -<p>El señor, cuando supo la muerte de su esclava y del niño, que había -sido por causa de los amores del marido, hubo mucho enojo, y tomolo -desnudo y enmelado, y atolo muy fuertemente a una higuera vieja que -tenía muchas hormigas, que hervían de un cabo a otro, las cuales, -como sintieron el dulzor de la miel y el olor de la carne, y aunque -eran chicas, pero infinitas, con los continuos y espesos bocados que -le daban, en tres o cuatro días le comieron hasta las entrañas, que -dejaron los<span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> huesos -blancos y sin carne ninguna, atados a la vieja higuera, de lo cual se -espantaron todos los labradores.</p> - -<p>Dejamos también esta mala tierra y partimos, caminando a mucha -priesa por unos grandes campos, hasta que llegamos a una ciudad muy -noble y bien poblada, adonde aquellos pastores determinaron tomar -sus casas y morada, porque les parecía que allí se podrían muy bien -esconder de los que viniesen a buscarles. Demás de esto les convidaba -a morar allí la abundancia que había. Finalmente, que después de haber -reposado tres días por descansar, porque nos rehiciésemos del camino, -para mejor podernos vender, sacáronnos al mercado, y un pregonero nos -comenzó a pregonar, y luego vendió el caballo y otro asno, mas a mi -nadie me quería, como a mala bestia.</p> - -<p>Ya yo estaba enojado de los que allí estaban, que todos me palpaban -las encías, queriendo saber y contar de mis dientes la edad que había, -y con este asco, llegando a mí uno que le hedían las manos, sobajando -muchas veces mi boca con sus dedos sucios, dile un bocado en la mano, -casi le corté los dedos; lo cual espantó tanto a los que allí estaban -alrededor, que ninguno me quiso comprar, diciendo que era asno bravo y -fiero.</p> - -<p>Entonces el pregonero comenzó a dar grandes voces, que ya -estaba ronco, diciendo muchas gracias y burlas contra mi fortuna y -desdicha.</p> - -<p>—¿Hasta cuándo tardaremos en vender este asno viejo? Él tiene las -manos y pies desportillados, flaco y de muy ruin color, perezoso, y, -sobre todo, bravo y feroz tan sin provecho, que no es bueno sino para -hacer de su pellejo un harnero; démoslo a alguno que no le pese de -perder la paja y cebada que comiere.</p> - -<p>En esta manera, jugando aquel pregonero, hacía dar<span -class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span> grandes risas a los que -allí estaban; pero aquella mi cruelísima fortuna, la cual yo, huyendo -por tantas provincias, nunca pude huir de ella, ni con tantos males y -tribulaciones como pasé, pude aplacar, otra vez de nuevo lanzó sus ojos -ciegos contra mí, dándome un comprador perteneciente para mis duras -adversidades; y ¿sabéis qué tal? Un viejo calvo y bellaco, cubierto de -cabellos y medio cano, del más bajo linaje, y de las heces de todo el -pueblo, el cual andaba con otros trayendo a la diosa Siria por esas -plazas, villas y lugares, tañendo panderos y atabales y mendigando de -puerta en puerta sin ninguna vergüenza.</p> - -<p>Este echacuervos, con la mucha gana que tenía de comprarme, preguntó -al pregonero que de dónde era yo. Él le respondió prestamente que era -de Capadocia, y que era muy bueno y asaz recio. Preguntole más: ¿qué -edad había? El pregonero, burlándose de mí, dijo:</p> - -<p>—Un astrólogo que miró la constelación de su nacimiento, dijo, -que podría ahora haber como cinco años, pero él sé que sabrá mejor -estas cosas, según la profesión de su ciencia. Y como quiera que yo, -a sabiendas, incurra en la pena de la ley Cornelia, si revendiere -ciudadano romano por esclavo; pero ¿por qué no compras un servidor -tan bueno y provechoso, que te podrá ayudar así en casa como fuera de -ella?</p> - -<p>Con todo esto, aquel comprador malo no dejó de preguntar cuando esto -oyó, y sacar unas cosas de otras. Finalmente preguntó con mucha ansia -si yo era manso. El pregonero le dijo:</p> - -<p>—Es tan manso, que no parece asno, sino cordero: no muerde, ni echa -coces, que no parece sino que debajo del cuero de un asno mora un -hombre muy pacífico y modesto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span>En esta manera, -el pregonero, con sus chocarrerías, trataba aquel glotón echacuervos, -el cual dio por mí siete dineros, y llevándome a su casa, luego, a la -entrada de la puerta, comenzó a dar voces, diciendo:</p> - -<p>—Mozas, un servidor os traigo del mercado, ¿veislo aquí?</p> - -<p>Pero aquellas mozas que él decía, era una manada de mozos bardajas, -los cuales, como lo oyeron, habiendo de ello mucho placer y alegría, -alzaron grandes voces pensando que les traería algún esclavo que -fuese aparejado para lo que ellos querían. Pero cuando vieron que -era un asno, torciendo el rostro con enojo, increpaban a su maestro, -diciéndole que no había traído servidor para ellos, sino marido para -sí.</p> - -<p>Diciendo estas y otras cosas de burlas, me ataron a un pesebre, y -luego vino un mancebo, que tenía flauta y trompeta, que estaba allí por -su sueldo para tañer a la diosa, y en casa ejercitábase en contentar a -aquellos medio mujeres, el cual me echó de comer.</p> - - -<h3 id="Ch8_4">IV.</h3> - -<p class="hang">Cómo después que Lucio, asno, fue vendido a un -echacuervos de la diosa Siria, le acontecieron muchos trabajos.</p> - -<p>Al otro día siguiente, vestidos de varios colores, y cada uno de -su traje, unos con mitras en sus cabezas, otros con túnicas blancas -ceñidas, pusieron encima de mí a la diosa Siria, cubierta de una -vestidura de seda. Ellos llevaban los brazos desnudos hasta los hombros -y<span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span> unos cuchillos en -las manos, y al son de la flauta bailaban delante de su diosa. Y yendo -de esta manera, pasamos por algunas caserías y pueblos, adonde aquellos -hipócritas falsos comenzaron a hacer grandes maravillas, bajando -furiosamente sus cabezas, torciendo a una parte y a otra los pescuezos, -colgando los cabellos y mordiéndose algunas veces los brazos, y aun -con aquellos cuchillos que traían se daban de cuchilladas. Entre estos -había uno que con mayor furia, así como hombre endemoniado, fingía -aquella locura, por parecer que con las presencias de los dioses -suelen los hombres no ser mejores en sí, mas antes hacerse flacos y -enfermos.</p> - -<p>Pues espera, y verás qué galardón hubo de la Providencia celestial. -Él comenzó a decir adivinando a grandes voces, y fingiendo mayor -mentira, que quería castigar y reprender asimismo, diciendo que había -pecado contra su santa religión; y por esto quería él tomar por sus -propias manos la pena que merecía por aquel pecado que había cometido. -Así que arrebató un azote, el cual es propia insignia de aquellas -medias mujeres, torcidos muchos cordeles de lana de ovejas y escarchado -con choquezuelas de pies de carneros a colores, y diose con aquellos -nudos muchos golpes, hasta que se adormeció las carnes, que parecía -que maravillosamente estaba preservado para poder sufrir el dolor de -aquellas llagas. Que vieras cómo de las heridas de los cuchillos y de -los golpes de la disciplina todo el suelo estaba bañado en la suciedad -de aquella sangre afeminada, la cual cosa no poco cuidado y fatiga me -ponía en mi corazón, viendo derramar tan largamente sangre de tantas -heridas, por ventura que al estómago de aquella diosa extraña no se le -antojase sangre de asno, como a los estómagos de algunos hombres se les -antoja leche; así que cuando ya<span class="pagenum" id="Page_161">p. -161</span> estaban cansados, cierto mejor diría cuando hartos de abrir -sus carnes, hicieron pausa cesando de aquella carnicería; y comenzaron -a recoger en sus faldas abiertas dineros de cobre y aun también de -plata que muchos les ofrecían. Demás de esto, les daban jarros de vino -y de leche, queso y harina y trigo candeal, y algunos daban cebada para -mí que traía la diosa.</p> - -<p>Ellos, con aquella codicia rapaban todo cuanto podían y lanzábanlo -en costales que para esto traían de industria aparejados para aquella -echacorvería y todos los echaban encima de mí, de manera que ya yo iba -bien cargado con carga doblada, porque iba hecho troje y templo.</p> - -<p>En esta manera discurriendo por aquella región, la robaban. Llegando -a una villa principal, como allí hallaron provecho de alguna ganancia, -alegres hicieron un convite de placer, que sacaron un carnero grueso -a un vecino de allí, con una mentira de su fingida predicación, -diciéndole que con su limosna y sacrificio hartase a la diosa Siria, -que estaba hambrienta. Así que su cena bien aparejada, fuéronse al -baño, y vinieron muy bien lavados. Trajeron consigo un mancebo aldeano -de allí para cenar con ellos, y como hubieron comido unos bocados de -ensalada, allí delante de la mesa aquellos sucios bellacos comenzaron a -burlar con aquel mancebo, que tenían desnudo, como hacían las mujeres -con los hombres.</p> - -<p>Yo, cuando vi tan gran traición y maldad, no pudiéndolo sufrir mis -ojos, intenté dar voces, diciendo: «¡Oh romanos!», pero no pudiendo -pronunciar las otras letras y sílabas, solamente dije muy claro y -muy recio: «¡Oh, oh!», lo cual dije a tiempo oportuno, a causa que -muchos mancebos de una aldea de allí cerca, andaban a buscar un -asnillo que les habían hurtado aquella noche,<span class="pagenum" -id="Page_162">p. 162</span> y andaban muy codiciosos buscándolo por -todos los caminos y apartamientos; los cuales, oyendo mi rebuzno dentro -de aquellas casas, creyeron que era su asno, y de improviso todos -juntos entraron en casa, donde hallaron aquellos bellacos haciendo -aquellas maldades y suciedades, y como los vieron comenzaron a llamar -a los vecinos para que viesen aquel aparato torpe y sucio; demás -de esto, haciendo burla, alababan la purísima castidad de aquellos -echacuervos.</p> - -<p>Ellos, embarazados y turbados con esta infamia, que fácilmente -fue divulgada por todo el pueblo, por lo cual con mucha razón eran -aborrecidos y malquistos de todos, aquella noche a las doce, liadas -todas sus ropas, se partieron a hurtadillas de aquella villa; y -habiendo andado buena parte del camino antes del día, entramos por un -desierto y despoblado, siendo ya claro día; entonces hablaron entre -sí primeramente, y después aparejáronse para mi daño y muerte; porque -quitando la diosa de encima de mí, y puesta en tierra, quitáronme todos -aquellos paramentos que traía, y desnudo atáronme a un roble, y con -aquel azote que estaba encadenado de osezuelos de ovejas, diéronme -tantos azotes, que casi me llegaron a lo último de la muerte.</p> - -<p>Uno de aquellos me amenazaba con un cuchillo para cortarme las -piernas, diciendo que había enfadado con mi feo rebuzno a todos; -pero los otros no permitieron que me las cortase, diciendo que por -reverencia de la diosa, que estaba delante, no muriese por entonces. -En tal manera, que luego me tornaron a cargar de aquellas cosas que -llevaba, y dándome buenos palos, coces y encontrones, llegamos a -una grande y noble ciudad; adonde un noble varón principal de allí, -hombre de buena vida, y que era muy devoto de la diosa Siria, como -oyó el sonido<span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span> de -los atabales y panderos y los cantares de aquellos echacuervos a -manera de como cantan los sacerdotes de la diosa Cibeles, corrió luego -a recibirlos muy devotamente; recibió por huéspeda a la diosa, y a -nosotros todos nos hizo meter dentro del cercado de su ancha casa, y -luego comenzaron a entender en aplacar y sacrificar a la diosa con gran -veneración y con gruesos animales y sacrificios.</p> - -<p>En este lugar me acuerdo yo haber escapado de un grandísimo peligro -de muerte, el cual fue este:</p> - -<p>Un labrador de allí envió un presente al señor de aquella casa, -que era un cuarto de ciervo muy grande y grueso, el cual recibió el -cocinero y lo colgó negligentemente tras la puerta de la cocina, no -muy alto del suelo. Un lebrel que allí estaba, sin que nadie lo viese, -alcanzolo, y alegre con su presa, prestamente desapareció delante de -los ojos de los que allí estaban. El cocinero, cuando conoció su daño -y la gran negligencia en que había caído, llorando muy fieramente, -y como casi desesperado que ya casi su señor demandaba de cenar, no -sabiendo qué hacer, y con el temor que tenía, se quería ir de su amo. -La mujer, que le quería bien, con palabras amorosas le ponía esfuerzos, -diciendo:</p> - -<p>—¿Cómo tan espantado y atemorizado te ha este presente mal, que -determinas de dejar la casa de tu señor, adonde tanto tiempo ha que -ganas tu vida? ¿Y no ves que me dejas sola llena de hijos? Por ende -yo he hallado un buen remedio, el cual vino por providencia de los -dioses, y es este: Toma este asno, que ahora es venido aquí, llévalo -a algún lugar apartado, y degüéllalo, y una de sus piernas, que es -semejante a la que se perdió, le cortas, y muy bien picada y guisada, -o de otra manera que sea muy sabrosa, la pondrás delante de tu<span -class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span> señor, en lugar del ciervo. -Al bellaco pusilánime del cocinero plugo mucho el consejo que la sagaz -y astuta de su mujer le había dado, y acordó hacer en mí aquella cruel -carnicería, queriendo con mi muerte remediar su vida y la de su mujer e -hijos, y para esto comenzó luego a aguzar sus cuchillos, no viendo la -hora de tener guisada mi pobre pierna.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch9_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span></p> - <h2 class="nobreak g0">LIBRO IX.</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p> - -<p class="hang">Este noveno libro cuenta la astucia del asno cómo se -escapó de la muerte, de donde se le siguió mayor peligro, que creyeron -que rabiaba, y con el agua que bebió vieron que estaba sano. — Cuenta -una mujer que engañó a su marido por un sutil arte de un tonel. — Ítem -el engaño de las suertes que traían los echacuervos de la diosa Siria. -— Y cómo fueron tomados con un hurto, y fueron presos por ello. — Y de -cómo fue vendido a un tahonero, adonde cuenta de la maldad de su mujer -y otras cosas de mucho gusto y pasatiempo. — Y cómo después fue vendido -a un hortelano, y de un caballero que quiso tomar el asno por fuerza, y -lo que le aconteció.</p> - - -<h3>I.</h3> - -<p class="hang">Cómo después que Lucio entendió que el cocinero le -quería matar, buscó astucia para librarse de tan gran peligro, de donde -se le siguió otro mayor, del cual también se libró.</p> - -<p>Aquel cocinero traidor ya armaba contra mí sus crueles manos. Yo, -con la presencia de tan gran peligro, no teniendo consejo ni aun tiempo -para pensar en él, deliberé, huyendo, escapar de la muerte que sobre -mí estaba, y prestamente, quebrando el cabestro con que estaba<span -class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> atado, eché a correr a -cuatro pies cuanto pude, y metime sin empacho ni vergüenza en la -sala donde estaba cenando aquel señor de casa sus manjares con los -sacerdotes de aquella diosa Siria; y con mi ímpetu derramé y vertí -todas aquellas comidas que allí estaban, mesas y candeleros y cosas -semejantes, la cual disformidad y estrago, como vio el señor de la -casa mandó a un siervo suyo que con diligencia me tomase y como asno -importuno y garañón me tuviese encerrado en alguna parte, porque otra -vez con mi poca vergüenza no desbaratase su convite placentero y -alegre.</p> - -<p>Entonces yo me alegré con aquel mandamiento de la guarda y cárcel -saludable, viendo cómo con mi astucia y discreta invención había -escapado de las crueles y pestilenciales manos de aquel carnicero.</p> - -<p>Pero cuando la fortuna persigue a un hombre, ningún buen consejo -le aprovecha, porque la invención que a mí me pareció haber hallado -para mi salud, me fabricó otro mayor peligro, y fue que un muchacho -entró en la sala donde estaban comiendo, y dijo a su señor cómo de una -calleja de allí cerca había entrado poco antes un perro rabioso con -gran ímpetu y ardiente furor, y había mordido a todos los perros de -casa, y después había entrado en el establo y mordido con aquella rabia -a muchos de los caballos que allí estaban, y que también había mordido -a algunas personas de casa, lo cual asombró a todos, y pensando que por -estar yo inficionado de aquella pestilencia hacía aquellas ferocidades, -arrebataron lanzas y dardos y comenzáronse a amonestar unos a otros -que echasen de sí un mal tan grande como era aquel. Y cierto, ellos me -perseguían y rabiaban más que yo, por lo cual, sin duda, me mataran y -despedazaran con aquellas lanzas y venablos y con hachas que traían; -mas yo, viendo el ímpetu<span class="pagenum" id="Page_167">p. -167</span> de tan gran peligro, luego me metí en la cámara donde -posaban aquellos mis amos.</p> - -<p>Entonces ellos, cerrándome luego las puertas, velaban hasta que -aquella fuerte pestilencia y rabia se consumiese, para que ellos -pudiesen estar sin peligro.</p> - -<p>Como yo me vi así encerrado, libre de aquel infortunio, echeme -encima de la cama, que estaba muy bien hecha, y descansé durmiendo -como hombre, lo cual mucho tiempo había que no usaba. Y a otro día -bien claro, habiendo yo muy bien descansado con la blandura de la -cama, levanteme esforzado y aceché aquellos veladores que allí estaban -guardándome, los cuales altercaban sobre mí de esta manera:</p> - -<p>—Este mezquino asno creemos que está fatigado con su furor y rabia, -y puede ser que estará ya muerto. Bueno será que veamos lo que hace.</p> - -<p>Y abierta una pequeña parte de la puerta, viéronme estar sosegado y -muy quieto; y como así me vieron, uno de aquellos que parece los dioses -habían enviado para mi remedio, mostró a otro un remedio para conocer -mi sanidad, diciendo que me pusiesen una caldera de agua para beber, y -que si yo sin temor y como acostumbraba llegase al agua y bebiese, de -buena voluntad supiesen que yo estaba sano y libre de toda enfermedad; -y por el contrario, si vista el agua hubiese miedo, haciendo algunos -meneos y diabluras, y no la quisiese tocar, tuviesen por muy cierto -que aquella rabia mortal duraba en mí, y que esto tal se solía guardar -según cuentan los libros antiguos.</p> - -<p>Como esto les pluguiese a todos, tomaron luego una grande herrada de -agua clara y limpia, y con algún temor me la pusieron delante; yo salí -luego sin tardanza ninguna a recibir el agua con harta sed que tenía, -y<span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span> comencé a beber de -aquella agua, que asaz era para mí verdaderamente saludable. Entonces -yo sufrí cuanto ellos hacían, dándome golpes con las manos y tirarme -de las orejas y trabarme del cabestro, y cualquier otra cosa que ellos -querían hacer por experimentar mi salud; yo había placer de ello, -hasta tanto que con su desvariada presunción yo probase claramente mi -modestia y mansedumbre para que a todos fuese manifiesta.</p> - - -<h3 id="Ch9_2">II.</h3> - -<p class="cent">Lucio recuenta una historia que oyó haber acontecido en -un pueblo, de cómo una mujer burló de su marido.</p> - -<p>Luego otro día siguiente, habiendo yo escapado de tanto peligro, -me cargaron otra vez de los divinos despojos, y ellos con sus -panderos y campanillas comenzamos a caminar, y habiendo ya pasado -algunas caserías, llegamos a un lugarejo, adonde aquella noche nos -aposentamos.</p> - -<p>Allí oí contar un gracioso cuento, el cual quiero que vosotros -sepáis.</p> - -<p>Era un hombre que se alquilaba por trabajador, y con aquello que -ganaba se mantenía miserablemente; tenía una mujer galana y requebrada. -Un día de mañana, como el marido se fuese a la plaza para buscar de -trabajar, vino el enamorado de su mujer y metiose en casa.</p> - -<p>Estando ellos así, el marido, que ninguna cosa sabía ni sospechaba, -tornó de improviso a casa y batió a la puerta.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span>La mujer, que era -astuta para tales sobresaltos, hizo meter a su enamorado en un tonel -viejo que estaba en un rincón de casa, medio roto y vacío; y abierta la -puerta a su marido, comenzó a reñir con él, diciendo:</p> - -<p>—¿Cómo así venís vacío y muy despacio, metidas las manos en el seno? -¿No veis nuestra necesidad y pobreza? ¿Por qué no traéis alguna cosilla -para comer? Yo, mezquina, que todo el día y la noche me estoy quebrando -los dedos hilando, encerrada en casa, al menos que tenga para encender -un candil. ¡Bienaventurada mi vecina Dafnes, que en amaneciendo -come y bebe cuanto quiere, y todo el día está en placeres con sus -enamorados!</p> - -<p>El marido, convencido con esto, dijo:</p> - -<p>—¿Pues qué es ahora esto? Aunque mi amo está ocupado en un pleito y -no nos ha llevado a trabajar, yo he proveído a lo que hemos de comer, -porque he vendido aquel tonel, que nunca nos sirve de nada, por cinco -dineros a un hombre que aquí viene; por tanto, ayúdame a sacarlo de -aquí, y entregarlo hemos a quien me lo compró.</p> - -<p>Cuando esto oyó la mujer, sacó el engaño de lo que el marido decía, -y fingiendo una gran risa, le dijo:</p> - -<p>—¡Oh qué hombre y buen negociador he hallado, que la cosa que yo, -siendo mujer necesitada, tengo vendida por siete dineros, vendió él en -la calle por menos!</p> - -<p>El marido, alegre con esto, le dijo:</p> - -<p>—¿Quién es este que tanto te dio por él?</p> - -<p>La mujer respondió:</p> - -<p>—Vos no sabéis nada; ahora entró uno dentro de él para ver qué tal -estaba.</p> - -<p>No faltó astucia al enamorado, que luego saltó de dentro, -diciendo:</p> - -<p>—Buena mujer, este tonel me parece que está abierto por muchas -partes.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span>Y disimuladamente -volviose al marido, como que no le conocía, y díjole:</p> - -<p>—Tú, hombrecillo, quien quiera que eres, ¿por qué no me traes un -candil para ver bien de dentro este tonel? ¿Por ventura piensas que he -de dar mis dineros sin mirarlo muy bien?</p> - -<p>El buen hombre, no sospechando mal, no tardó en encender el candil, -y dijo al enamorado:</p> - -<p>—Apártate, hermano, y huelga, que yo entraré a ver las heces, y -verás si es hendido y mal tratado.</p> - -<p>Diciendo esto, tomó la mujer el candil, y él entró en el tonel y -comenzó a raer aquellas costras.</p> - -<p>El adúltero, como vio que la mujer estaba bajada alumbrando a su -marido, dolábala por detrás; y ella, con astucia metida la cabeza en el -tonel, burlaba del marido, diciendo: «trae aquí y allí, y quita esto y -esto otro», hasta que la obra de entrambos fue acabada.</p> - -<p>Entonces salió del tonel, y tomando sus siete dineros el mezquino -del marido cargó el tonel a cuestas, y llevolo a casa del adúltero.</p> - -<p>Aquí estuvimos algunos días, donde por la liberalidad de los -moradores de aquella ciudad fuimos muy bien tratados, y mis amos -cargados de dones por su adivinar.</p> - - -<h3 title="III." id="Ch9_3" ><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>III.</h3> - -<p class="hang">Cómo Lucio recuenta una astuta manera de suerte que -los echacuervos usaban para sacar dineros; y cómo fueron presos y él -vendido a un tahonero.</p> - -<p>Bien sabían engañar al pueblo aquellos limpios y buenos de mis amos, -porque para sacar dineros inventaron una suerte sola; la cual aplicaban -y referían a muchas cosas, y en cada pueblo de aquellos la sacaban para -responder y engañar a los que les preguntaban, y consultaban sobre -cosas varias; y la suerte decía de esta manera:</p> - -<p>—Por ende, los bueyes juntos aran la tierra, porque para el tiempo -venidero nazcan los trigos alegres.</p> - -<p>Con esta suerte burlaban a todos; porque si algunos deseaban -casarse, y les preguntaban cómo sucedería, decían que la suerte -respondía que era muy buena para juntarse por matrimonio y para tener -buenos hijos. Si alguno quería comprar una heredad, respondían que era -muy bien, porque los bueyes y el yugo significaban los campos floridos -y llenos de fruto. Si alguno quería ir camino y preguntaba a aquellos -buenos sacerdotes de su viaje, decían que sería muy bueno, porque -venían en la suerte los más mansos animales que hay en el mundo y más -provechosos. Si alguno de aquellos quería ir a la guerra o a perseguir -ladrones, y preguntaba si sería su ida provechosa, respondían que la -victoria tenían muy cierta, según la demostración de la suerte; porque -sojuzgarían<span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span> al yugo -las cervices de los enemigos, y habrían de lo que robasen muy abundante -y provechosa presa.</p> - -<p>Con esta manera de adivinar y con su grande astucia, no pocos -dineros apañaban. Pero ya cansados de recibir dineros, aparejáronse -para caminar, llevándome muy bien cargado por un camino muy bellaco de -muchos lodos y lagunas, que a cada paso resbalaba y tenía gran miedo de -dar con la diosa en tierra.</p> - -<p>Saliendo de este mal camino llegamos a unos espaciosos y hermosos -campos, y he aquí súbitamente a nuestras espaldas una manada de gente -de a caballo, corriendo con gran ímpetu, y pegaron muy recio a los -sacerdotes, llamándoles sacrílegos y regulares y grandes ladrones, -engañadores y falsarios; dándoles buenas puñadas echaron a todos -esposas a las manos, y con palabras muy recias les comenzaron a -apretar, para que descubriesen dónde llevaban un vaso de oro que habían -hurtado, y que dijesen la verdad, porque fingiendo ellos de sacrificar -secretamente a la madre de los dioses que allí iba, de su estrado lo -hurtaron escondidamente; y pensando escapar de la pena de tan gran -traición, se partieron calladamente, antes que amaneciese, de la -ciudad.</p> - -<p>Diciendo esto, no faltó uno de aquellos caballeros que por encima de -mis espaldas metió la mano debajo de las faldas de la que yo traía, y -buscando bien halló el vaso de oro, el cual sacó delante de todos.</p> - -<p>Pero con este tan gran crimen no se avergonzaron aquellos sucios -bellacos, mas antes fingiendo un mentiroso reír, dijeron:</p> - -<p>—¡Oh, qué crueldad y sinrazón! Por un vasillo que la madre de los -dioses presentó a su hermana Siria, en don de haberla tenido por -huésped en su casa, lleváis vosotros a sus sacerdotes presos como a -homicidas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span>Estas y otras tales -mentiras y excusas gritando daban, mas aquellos caballeros, no curando -de sus palabras, los tornaron para atrás y los metieron en la cárcel, -y el vaso de oro y la diosa que yo llevaba pusieron en el templo de la -madre de los dioses.</p> - -<p>Al otro día sacáronme a la plaza, y otra vez me pusieron en -almoneda, pregonando el pregonero: «¿Quién da más por él?» y un tahonero -de un lugar allí cerca me compró por siete dineros más caro que el -echacuervos me había comprado; el cual molinero luego me cargó muy bien -de trigo, y por un camino lleno de piedras y cuestas me llevó a su -tahona. Allí vi muchos caballos y acémilas que traían aquellas muelas -en derredor dando vueltas siempre por un camino. Y no solamente de día, -pero toda la noche hacían harina, volviendo continuamente aquellas -tahonas. Pero como venía de nuevo, porque no me espantase de la novedad -de aquel servicio, aposentome el nuevo señor en lugar ancho donde -estuviese; aquel primer día que llegué me dejó holgar, dándome muy bien -de comer.</p> - -<p>Pero aquella bienaventuranza de holgar y comer no duró más adelante, -porque al otro día siguiente bien de mañana yo fui ligado a un ingenio -de aquellos, que parecía ser el mayor de todos, y cubierta mi cara -fui compelido a caminar por aquel espacio redondo de canal torcida -de manera que yo retornando y rehollando mis pasos en la redondez de -aquel término triste y sin esperanza, y no olvidando mi sagacidad y -prudencia, fácilmente me di a la novedad de mi servicio; y también -cuando yo era hombre, muchas veces había visto semejantes ingenios.</p> - -<p>Mas hallando este oficio muy trabajoso, propuse en mí de hacerme -espantadizo y andar para atrás, pensando que como a asno bobo y sin -provecho para aquel oficio,<span class="pagenum" id="Page_174">p. -174</span> me enviarían a otro lugar donde tuviese más liviano trabajo, -o por ventura me dejarían holgar.</p> - -<p>Pero en balde pensé yo esta astucia dañosa, porque luego muchos de -aquellos que allí estaban se pusieron alrededor de mí con varas en las -manos; y como yo estaba seguro por tener los ojos tapados, súbitamente -con grandes voces me dieron muchos palos, y en tal manera que con aquel -ruido me espantaron, que luego dejado todo mi consejo, muy sabiamente, -así como estaba ligado con aquellas cinchas de esparto, hice mis -discursos y vueltas, alegre, aunque me daban harto trabajo; y con esta -súbita mudanza de un extremo a otro, los que allí estaban se finaban de -risa.</p> - -<p>Ya gran parte del día había muy bien molido, y aun andaba harto -desmayado y cansado, cuando me quitaron las cinchas de esparto con que -andaba ligado, y lleváronme al pesebre. Pero yo, aunque había bien -menester descansar, que casi estaba muerto de hambre, dejando todo -refrigerio aparte, me puse a mirar la familia y gente de aquella casa. -¡Oh Dios, y qué hombrecitos había allí, pintados de las señales de -los azotes que les daban, las espaldas negras de los palos, con unos -enjalmillos más para cobertura que vestidura; otros solamente con paños -menores cubiertas sus vergüenzas, y tan rotos, que casi todo se les -parecía, herrados en la frente<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" -class="fnanchor">[4]</a> y argollas de hierro en los pies, las -cabezas trasquiladas, los ojos<span class="pagenum" id="Page_175">p. -175</span> pelados y comidas las pestañas del humo y hollín de la -casa; por lo cual todos tenían los ojos muy malos y blanqueaban con el -polvo de la harina, como luchadores que se polvorean cuando quieren -luchar!</p> - -<p>Pues de mis compañeros, los otros asnos y acémilas que molían, ¿qué -podría decir? ¡Cuán cansados, aquellos machos y jacones flacos, cerca -de los pesebres royendo granzones de paja, los pescuezos desollados y -llenos de llagas podridas, las narices abiertas para tomar más huelgo, -los pechos, del muermo, tosiendo, y de los antepechos que les ponían -para moler, todos pelados y llagados, que casi les parecían los huesos, -las uñas de pies y manos alzadas hacia arriba de no herrarse, y mancos -de andar alderredor, todo el pellejo sarnoso de magrez y flaqueza!</p> - -<p>Mirando yo esto, temía de venir en otro tanto, y recordándome de -cuando era hombre, y que había venido en tanta desventura, bajada la -cabeza, lloraba, y no tenía otro solaz de mi pena, sino que con mi -natural ingenio que tenía, me recreaba algo, porque no curando de -mi presencia, libremente hacía y hablaba cada uno, delante de mí, -lo que quería, por donde yo conocí que, no sin causa, aquel divino -autor de la primera poesía<a id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" -class="fnanchor">[5]</a>, deseando mostrar un varón de gran prudencia -entre los griegos, celebró y alabó a Ulises haber alcanzado las -soberanas virtudes, por haber andado muchas ciudades y conocido -diversos pueblos. Así que yo, recordándome de esto, hacía muchas -gracias a mi asno, porque me traía encubierto con su figura, -ejercitándome por muchos y diversos casos y fortunas, por lo cual si yo -no fui prudente, al menos me hizo sabedor de muchas cosas.</p> - - -<h3 title="IV." id="Ch9_4" ><span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span>IV.</h3> - -<p class="hang">Cómo Lucio cuenta un gracioso acontecimiento, en el -cual la mujer del tahonero (su amo) gozó un enamorado; y tomándolos -juntos los castigó, en la cual venganza le ahorcó por arte de -encantamento.</p> - -<p>Finalmente, que yo deliberé de traer a vuestras orejas una buena -historia, suavemente compuesta, mejor que las que he dicho, la cual -comienza:</p> - -<p>Aquel molinero que me compró, era hombre de bien y de buena -conversación, y tenía una mujer la más pésima y mala que jamás se vio, -con la cual él pasaba mucha pena y enojo en su casa, que por cierto yo -había mancilla de aquel buen hombre, porque ningún vicio faltaba en -aquella mala mujer, que todos se habían lanzado en su cuerpo, como en -sucia sentina; soberbia, cruel, lujuriosa, borracha, porfiada, avara -en robar donde pudiese, gastadora en cosas sucias, enemiga de fe y de -honra. Menospreciaba los dioses, y mentía jurando por ellos, y con -juramentos engañaba a todos, y al mezquino del marido. Embeodábase -luego de mañana, y todo el día gastaba con sus enamorados.</p> - -<p>Esta mala mujer, con grande odio me perseguía, que en amaneciendo, -antes que ella se levantase, llamaba a los mozos y mandábales que -echasen a moler al asno novicio. Y como ella salía del palacio cuando -se levantaba, allí, en su presencia, me mandaba dar de palos, y cuando -soltaban las otras bestias temprano, mandaba que a mí dejasen hasta más -tarde, que no me diesen a comer.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span>Y esta crueldad -suya fue causa que yo más en sus costumbres mirase; de manera que yo -veía a menudo entrar un mancebo en su aposento, la cara del cual yo -deseaba ver, mas no podía, por los anteojos que traía; verdad es que -no me faltaba astucia para descubrir, en cualquier manera, la maldad -que aquella mala mujer hacía a su marido, mas una vieja que sabía toda -la ruindad, y era mensajera entre ella y su amigo, nunca se partía de -allí, las cuales, en amaneciendo, almorzaban, y entre sí altercaban -quién bebería más del vino puro. La mala de la vieja, alcahueta, hacía -estos aparatos públicos y engañosos en gran daño del triste del marido. -Y aunque yo muchas veces, entre mí, me enojaba contra Andria, que por -hacerme ave me tornase asno; todavía, en esta triste deformidad mía, -había placer, porque como tenía las orejas largas, cualquier cosa que -decían, aunque estuviese lejos, luego la oía.</p> - -<p>Un día, estando la vieja hablando con ella, decía estas palabras:</p> - -<p>—Hija mía, mira bien lo que te cumple acerca de este mancebo que -ahora amas, porque es negligente y temeroso, y tiene miedo del gesto -arrugado de tu marido, y tal enamorado no pertenece para ti, que -quieres holgar y llevar buena vida en cuanto tienes tiempo; igual es -Filesitero, un mancebo hermoso, gentilhombre, liberal, magnífico, y -contra los celos de estos maridos muy esforzado, el cual es digno de -ser enamorado de todas las mujeres del mundo, y merecedor de traer -una corona de oro, por sola una cosa que hizo el otro día a un casado -celoso.</p> - -<p>Óyeme ahora, y verás cuánta diferencia hay de un enamorado a otro. -Bien conoces un barbudo que es alcaide de esta villa, que tiene una -mujer muy hermosa, y<span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span> -es muy celoso; este, pues, habiendo de ir fuera de la ciudad, dejó -encomendada la guarda de su mujer a Hormigón, su esclavo, por ser -más fiel y diligente. A este cometió secretamente toda la guarda de -su mujer, diciéndole que si no guardaba bien a su señora, de manera -que ninguno, pasando cerca de ella, solamente le tocase con el dedo -o con la falda, que le echaría hierros y en cárcel perpetuamente, -donde muriese de hambre, lo cual juró y perjuró muchas veces por -todos los dioses. Así que con esta seguridad se partió, dejando por -recio guardián a Hormigón, y bien amedrentado, el cual guardaba a su -señora con tanta diligencia, que a ninguna parte la dejaba ir, y de -continuo estaba sentado cerca de ella, estando hilando o haciendo otras -cosas que las mujeres hacen en su casa, y si alguna vez, por grande -necesidad, iba a lavarse al baño, Hormigón iba tan pegado a ella, que -las faldas llevaba en la mano, y de esta manera, con mucha sagacidad -cumplía lo que su señor le había mandado.</p> - -<p>Pero no se pudo esconder a Filesitero la hermosura de esta gentil -mujer, porque la bondad y castidad de ella le inflamó y puso más -codicia para hacer todo lo que pudiese, y ponerse a cualquier peligro -que le viniese, y con esta gana propuso de combatir y expugnar la -fortaleza o casa bien guardada de la dueña, confiando y siendo cierto -que la flaqueza humana, con el dinero, al cual toda dificultad es -llana, se puede fácilmente derribar, que el oro por donde quiera halla -entrada, aunque las puertas sean diamantes muy fuertes.</p> - -<p>Un día, andando en este pensamiento, Filesitero halló solo a -Hormigón, y díjole abiertamente toda su pena y amor, rogándole, con -mucha cortesía, que diese remedio a su tormento, porque si presto no -alcanzaba lo que<span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> -deseaba, su muerte era muy cierta, y que en esto no temiese, porque -él iría, secreto, de noche, que nadie lo sintiese, y en un momento de -hora se tornaría. Estas y otras persuasiones tales diciendo, añadió -un grandísimo aguijón, el cual rompió y pervirtió a Hormigón por su -codicia. Echó mano a la escarcela, y sacó treinta ducados, nuevos, -resplandecientes, de los cuales dijo a Hormigón que diese veinte a su -señora, y tomase diez para sí.</p> - -<p>Cuando esto oyó Hormigón, espantose de tan abominable pecado, y -tapadas las orejas echó a huir; pero el resplandor y codicia que -tenía del oro no le pudo huir de los ojos y del corazón, mas apartado -lejos, yéndose apriesa hacia casa, representábasele la hermosura de -la moneda ante los ojos, y deseaba apañar lo que ya tenía arraigado -en el corazón. Con este pensamiento, el mezquino navegaba como en las -ondas de la mar, ya en una cosa ya en otra. De la una parte se le -representaba la fidelidad, de la otra la ganancia. De la otra la pena -con que le amenazó su señor, de la otra el deleite y provecho del oro. -Finalmente, que el oro venció al miedo de la muerte, y apartada de sí -toda tardanza, llegose a su señora, y secretamente le dijo todo el -negocio como pasaba.</p> - -<p>Ella, con la natural liviandad, luego obligó su pudicicia al maldito -metal, y consintió por apañar el dinero.</p> - -<p>Cuando Hormigón oyó esto, lleno de placer y gozo, deseaba ya de -tocar aquel dinero, que en precio de su fidelidad había ganado, y -fue luego a dar la nueva a Filesitero, pidiéndole lo que le había -prometido. Y como Hormigón se vio con tanto dinero, habido de buen -lance, estaba tan alegre, que luego a la noche tomó a Filesitero, y lo -metió secretamente en la cámara de su señora.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span>Los nuevos -enamorados, estando ya desnudos y a placer, tomando el primer fruto de -sus amores, no pensaban ni sospechaban la venida de su marido.</p> - -<p>De improviso súbitamente comienzan a dar grandes voces a la puerta -de casa, y a querer quebrar la puerta con una piedra; y cuanto más -tardaban en abrirla, tanto más sospecha le ponían de la que él tenía. -Así que comenzó a amenazar a Hormigón que lo mataría. Hormigón, oyendo -esto, y con la prisa que le daba, estaba turbado, y con la turbación no -tenía consejo, ni sabía qué hacerse, sino decía que no tenía lumbre, y -que no hallaba la llave de la puerta.</p> - -<p>En tanto, Filesitero, como oyó el ruido, arrebató su ropa, y -vistiose, mas con la turbación se le olvidaron las chinelas, y saliose -de la cámara.</p> - -<p>En esto Hormigón llegó con la llave y abrió las puertas a su señor, -el cual entró bramando, y luego fue derecho a la cámara. Filesitero, -en tanto, botó por la puerta fuera de casa, y Hormigón cerró las -puertas.</p> - -<p>El marido, desde que vio todo seguro, ya un poco manso, fuese a -dormir.</p> - -<p>Otro día luego de mañana, como el barbudo se levantó, vio junto a -la cama unas chinelas que no eran de casa, las cuales había dejado -Filesitero, y sospechando y sacando de allí lo que podía ser, y cómo -alguno había dormido aquella noche con su mujer, que las había dejado, -calló su dolor y congoja, que ni a su mujer ni a otro de casa dijo cosa -alguna, y tomó las chinelas secretamente, y metióselas en el seno, -y mandó a otros siervos que le trajesen a Hormigón atado hasta la -plaza.</p> - -<p>El barbudo, yendo todavía entregruñendo, andando aprisa hacia -la plaza, tenía por cierto que por las chinelas había de hallar al -adúltero que sospechaba haber<span class="pagenum" id="Page_181">p. -181</span> estado con su mujer. Iba él en este pensamiento, la cara -turbia, las cejas caídas y muy enojado, y detrás de él Hormigón atado, -aunque no se sabía la culpa que él tuviese; pero él mismo bien lo -sabía, por lo cual lloraba, de suerte que los que le veían habían gran -duelo de él.</p> - -<p>Acaso Filesitero, que iba a otro negocio, encontró con ellos, y -como vio de la manera que llevaban a Hormigón, sin miedo ni turbación, -y acordándose que se le habían olvidado las chinelas en la cámara, y -sospechando que por aquello llevaban así atado a Hormigón, astutamente -y con su esfuerzo acostumbrado, apartó a los otros siervos y arremetió -con Hormigón, y con grandes voces comenzole a dar de puñadas, y -decirle:</p> - -<p>—¡Oh malvado, ladrón ahorcado; este tu señor, y todos los dioses del -cielo a quien tú has perjurado, te hagan mal y te destruyan, que me -hurtaste el otro día mis chinelas en el baño; bien mereces, por cierto, -ser muy bien castigado!</p> - -<p>Con este engaño que el esforzado Filesitero hizo, el barbudo, que -iba determinado de matar a Hormigón, depuesto ya de toda crueldad, -tornose a su casa y llamó a Hormigón, al cual dio las chinelas y -perdonó de muy buena gana, y le mandó que luego las tornase a quien las -había hurtado.</p> - -<p>Acabado de decir esto la vejezuela, comenzó la mujer del -tahonero:</p> - -<p>—Bienaventurada ella que goza de la libertad de tan constante y -recio enamorado; pero yo, mezquina de mí, que caí con uno que ha miedo -del sonido de la muela y de la cara cubierta de aquel asno sarnoso que -allí está.</p> - -<p>Respondió la vieja:</p> - -<p>—Pues si tú quieres, yo emplazaré a este alegre enamorado<span -class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span> que venga delante de ti, y -luego voy por él. Cuando sea noche, espérame, que yo tornaré.</p> - -<p>La buena mujer, con el ansia que tenía de ver aquel enamorado, -aparejó muy bien de cenar, vinos excelentísimos de buenos, y la mesa -puesta con todo lo demás, esperando su venida como de algún dios.</p> - -<p>Acaso el marido cenaba aquella noche con un pelaire, un muy su -amigo, y casi a mediodía, que nos soltaba de la tahona, para darnos de -comer; yo no había tanto placer con la comida y descanso, cuanto porque -me desataban los ojos, que libremente podía ver las artes y engaños de -aquella mala mujer.</p> - -<p>Ya el sol puesto, vino aquella vieja mala con el adúltero escondido -a su lado, el cual era un mancebo gentilhombre que entonces le apuntaba -la barba. Ella lo recibió con muchos besos, abrazándole, y sentáronse a -la mesa.</p> - -<p>En comenzando a cenar los primeros bocados, el marido llamó a la -puerta, sin ser esperado, ni creyendo que viniera tan presto. Ella, -cuando esto vio, comenzolo a maldecir, diciendo que las piernas tuviese -quebradas y los ojos. Diciendo esto, y sobresaltada, metió el enamorado -debajo de una artesa en que limpiaba el trigo, y sentose cerca de él, -y con su malicia acostumbrada, disimulando tanta maldad, con su rostro -sereno, preguntó a su marido qué era la causa por que venía tan presto, -dejada la cena de su amigo.</p> - -<p>Él le respondió con mucha tristeza, diciendo:</p> - -<p>—Yo vine tan presto, porque acaeció allá una cosa bien bellaca. ¡Oh -Dios, y que es posible que una mujer tan honrada haya de hacer tan gran -fealdad! Juro por este pan, que aunque yo lo viera con mis ojos, que no -lo creyera.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span>Ella le preguntó -muy ahincadamente le contase aquel negocio, qué era y cómo pasara.</p> - -<p>Él, importunado de ella, comenzó a contar duelos ajenos, no sabiendo -el triste de los suyos, diciendo así:</p> - -<p>—La mujer de este pelaire, mi vecino y amigo, cierto parecía mujer -de vergüenza y casta, que no se podía pensar mal de ella; cuando -íbamos a cenar ahora a su casa, ella parece que estaba holgando con su -enamorado secretamente, y como llegamos, turbada con nuestra presencia, -de súbito consejo proveída, tomó aquel su enamorado y metiolo debajo de -un azufrador de mimbres, donde tenía azufrando sus tocas, que estaba -junto con la mesa; pensando ella que ya estaba seguramente escondido, -sentose a la mesa a cenar con nosotros sin ningún cuidado.</p> - -<p>Entretanto, con el grave humo del azufre embarbascado el otro, -no podía resollar debajo del perfumador; como es vivo y hediondo -aquel humo, comenzó a estornudar de la parte donde estaba sentada la -mujer.</p> - -<p>El marido pensó que era ella, y díjole como se suele decir: «Dios -te ayude.» Mas el desventurado dio otro estornudo, y otro; y estornudó -tantas veces, que el marido sospechó lo que podía ser, y arrojó de sí -la mesa, y alzó el perfumador, y halló debajo el gentilhombre, que con -el gran humo estaba casi muerto, que no resollaba.</p> - -<p>Cuando lo vio, inflamado de su injuria, echó mano a su espada, que -lo quería degollar, pero porque yo estaba presente, y no me culpasen -de la muerte de aquel hombre, lo defendía diciendo también que si no -curase de él, que presto moriría sin cargarnos culpa, según estaba casi -ahogado de la furia y violencia del azufre.</p> - -<p>Él, como vio que le decía bien, más por necesidad suya que por -mi persuasión, amansado del enojo, sacó<span class="pagenum" -id="Page_184">p. 184</span> al adúltero medio vivo, y lo echó en una -calleja cerca de su casa. Yo, como vi la revuelta, dije a la mujer que -huyese a casa de una vecina suya, en tanto que al marido se le pasaba -el enojo y se le amansaba el calor de la ira y dolor del corazón; -porque con la rabia no dudaba que de sí y de su mujer hiciese algún mal -recado. Así que yo, enojado de lo que había acaecido en su convite, -torneme a mi casa.</p> - -<p>Diciendo esto el tahonero, su mujer reprendía con muy malas palabras -a la mujer de aquel pelaire, diciendo que era una mala mujer, sin fe y -sin vergüenza, deshonra de todas las mujeres; que pospuesta su honra y -bondad, menospreciando la honra de su marido y casa, la había ensuciado -y deshonrado, por donde había perdido nombre de casada, y tomado fama -de burdelera; y aun añadía encima de esto, que tales hembras merecían -ser quemadas. Pero ella, instigada y amonestada de la llaga que sentía, -y de su mala y su sucia conciencia, queriendo librar a su enamorado de -la pena que tenía debajo de la artesa, ahincaba mucho a su marido que -se fuese a acostar temprano. Él, como le habían atajado la cena en casa -de su amigo, por no irse a dormir ayuno y sin cenar, demandó a la mujer -que le pusiese la mesa.</p> - -<p>Ella, aunque contra su voluntad, porque estaba para otro guisada, -púsosela delante muy de prisa y de mala gana. A mí se me quería -arrancar el corazón y las entrañas, habiendo visto la maldad pasada -que hizo, y la traición presente de tan mala mujer; y pensaba entre mí -cómo, descubriendo aquel engaño y maldad, podría ayudar a mi señor, y -aquel que estaba como galápago debajo de la artesa, para que todos lo -viesen.</p> - -<p>Estando con pena en esto, la fortuna lo hubo de proveer,<span -class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span> porque un viejo, cojo, que -tenía cargo de dar pienso a las bestias, siendo la hora de llevarnos a -beber, saconos a todos juntos; lo cual me dio causa muy oportuna para -vengar aquella injuria. Así que, pasando cerca de la artesa, vi como -era angosta y tenía de fuera los dedos de la mano, y púsele el pie -encima, apretando tan reciamente, que le desmenucé los dedos.</p> - -<p>El adúltero, con gran dolor, dio grandes voces, y echó de sí la -artesa, de manera que quedó descubierto a todos, y fue entendida la -maldad que aquella mala mujer hacía.</p> - -<p>El tahonero, cuando esto vio, no se curó mucho por el daño de la -honestidad de su mujer, antes con el gesto sereno y alegre, comenzó a -hablar al mozo, que estaba amarillo y temeroso de la muerte, de esta -manera:</p> - -<p>—No temas, hijo, que de mí te venga mal ninguno, ni tampoco te -acusaré para que te degüellen por el rigor de la ley de los adúlteros, -pues eres tan lindo y hermoso mancebo. Mas, cierto, yo te trataré -igualmente con mi mujer, no te apartaré de mi heredad, mas comúnmente -partiré contigo; y sin ninguna división, todos tres moraremos en -uno; porque siempre yo viví con mi mujer en tanta concordia, que, -según sentencia de los sabios, siempre una cosa agradó a entrambos. -Por tanto, yo te quiero hacer muy bien curar de la mano que tienes -maltratada.</p> - -<p>Con estos halagos burlando, llevó al mozo a su cámara, aunque él no -quiso, y a la buena de su mujer encerrola en otro aposento.</p> - -<p>Otro día de mañana llamó a dos valientes mancebos sus criados, y -mandó tomar al mozo y azotarlo muy bien en las nalgas con un azote, -diciéndole:</p> - -<p>—Pues que tú eres tan blando y tierno, y tan muchacho;<span -class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span> ¿por qué engañas a las -mujeres y andas tras las casadas, rompiendo los matrimonios, y tomando -para ti, muy temprano, nombre de adúltero?</p> - -<p>Diciéndole estas palabras y otras muchas, y habiéndolo muy bien -azotado, echolo fuera de casa. Aquel valiente y esforzado enamorado, -cuando se vio en libertad que él no esperaba, aunque llevaba las nalgas -blandas, bien azotadas, llorando de noche y de día, huyó.</p> - -<p>El tahonero dio carta de quita a la mujer, y luego la echó de -casa.</p> - -<p>Ella, cuando se vio desechaba del marido y fuera de su casa, y que -no comía ni bebía de lo puro, como solía, ni tenía qué dar ni mandar, -viéndose afrentada y maltratada, con vida triste y amarga, con su -malicia y natural inclinación, tornose al marido con sus maldades, -y armose de las artes que comúnmente usan las mujeres, y con mucha -diligencia buscó una mala vieja hechicera, que con sus maleficios y -hechizos se creía que haría todo lo que quisiese. A esta vieja dio -muchas dádivas, prometiéndole otras mayores, y le rogó mucho que -hiciese por ella una de dos cosas: o que amansase a su marido y se -reconciliase con él, o si aquello no pudiese acabar, que enviase algún -fantasma o algún diablo que le atormentase el espíritu.</p> - -<p>Entonces aquella hechicera comenzó a invocar los demonios, y hacer -cuanto pudo por tornar el corazón del marido al amor de su mujer; -mas esto no sucedió como ella quería, por lo cual se enojó contra -los diablos, porque demás de hacerle perder la ganancia que ya le -habían prometido, parecía que la menospreciaban, y comenzó a hacer su -arte contra la cabeza del mezquino del marido, para lo cual llamó el -espíritu de una mujer muerta a hierro, que le viniese a asombrar o -matar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span>Aquí, por ventura, -tú, lector escrupuloso, reprenderás lo que yo digo, y dirás así: Tú, -asno malicioso, ¿dónde pudiste saber lo que afirmas y cuentas que -hablaban aquellas mujeres en secreto, estando tú ligado a la piedra de -la tahona y tapados los ojos?</p> - -<p>A esto respondo: Oye ahora, hombre curioso, en qué manera, teniendo -yo forma de asno, conocí y vi todo lo que se hacía en daño de mi -amo:</p> - -<p>Un día casi a mediodía, súbitamente, cerca de la tahona, pareció -una mujer muy fea y disforme, vestida de muy sucio y vilísimo hábito, -los pies descalzos, flaca y muy amarilla, los cabellos medio canos, -llenos de ceniza y desgreñada, colgando las greñas ante los ojos. Esta -mujer diablo echó mano del tahonero, como que le quería hablar secreto, -y llevolo a su cámara, y cerrada la puerta, tardaba mucho, y como ya -se acababa de moler todo el trigo que estaba en las tolvas, los mozos -tenían necesidad de pedir más, y fueron a la puerta del palacio, que -estaba cerrada por dentro, y llamaron a su señor, que viniese a dar -trigo, y como nadie les respondía, comenzaron a dar golpes a la puerta -recio, y como estaba fuertemente cerrada, sospechando algún mal, con -una palanca arrancaron la puerta.</p> - -<p>Cuando entraron dentro, la mujer no pareció; pero hallaron a su -señor ahorcado de una viga del aposento, el cual descolgaron con muchos -llantos. Hechas sus obsequias, lleváronlo a enterrar.</p> - -<p>Otro día vino una su hija de otro lugar, donde era casada, mesándose -y dándose puñadas en los pechos, la cual sabía de la desdicha que había -acontecido a su padre, sin que persona se lo hubiese dicho; mas en -sueños le había aparecido el espíritu de su padre muy lloroso, atada la -soga a la garganta, y le contó toda la maldad y<span class="pagenum" -id="Page_188">p. 188</span> traición de su madrastra, del adulterio -que le acometía, de los hechizos, y de cómo lo hizo descender a los -infiernos, endemoniado; la cual, como se fatigaba mucho llorando y -gimiendo, los familiares de casa la consolaron e hicieron que diesen -espacio a su corazón y al dolor.</p> - -<p>Después, pasados los nueve días, hechos todos los oficios al -difunto, sacaron a vender en almoneda toda la ropa y bestias como -bienes de herencia.</p> - - -<h3 id="Ch9_5">V.</h3> - -<p class="cent">Cómo Lucio cuenta que lo vendieron a un hortelano, -y de sus miserias, y lo que acaeció con un caballero.</p> - -<p>A mí, desventurado y mezquino, me compró en aquella almoneda un -hortelano por cincuenta dineros, el cual decía que era gran precio; -mas que me había comprado tan caro por buscar de comer para sí y para -mí.</p> - -<p>El tiempo y razón demandan que yo cuente la manera de mi servicio, -la cual era esta. Aquel mi amo que me había comprado, acostumbraba -bien de mañana, cargado de coles y hortaliza, ir a la ciudad que allí -cerca estaba, y después que había vendido su mercadería, cabalgaba -encima de mí y tornábase a su huerta. Entretanto que él, corcovado, -andaba cavando y regando su huerta, yo me recreaba a todo mi placer y -descansaba callando, que en otra cosa no entendía.</p> - -<p>Así pasaba mi triste vida, contentándome con la alegre vista de la -huerta, porque como era verano era cosa placentera.</p> - -<p>Mas no quiso mi cruel fortuna que en esta huerta<span -class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> hubiese rosas para tornar -a ser hombre con ellas, por ser parte donde muy bien lo pudiera hacer. -Viniendo el invierno, tempestuoso y revuelto el signo de Capricornio, -llovía continuamente y nevaba, y yo, triste, estaba encerrado en un -establo sin techo y debajo del cielo, atormentado con el continuo frío. -Pero ¿cómo no estaría yo así, pues que mi señor era tan pobre que no -solamente no me podía dar alguna enjalma, o siquiera un poco de tejado, -mas aun para sí no lo tenía, que con la sombra de ramas de una choza, -donde moraba, era contento?</p> - -<p>Demás de esto, en las mañanas hollaba aquel lodo frío y aquellos -carámbanos helados, con los pies descalzos, y aun no podía henchir su -vientre siquiera de los manjares acostumbrados, porque igual era la -cena a mí y a mi amo, que cierto no había diferencia; pero eran bien -pocas hojas de lechugas viejas sin sabor, o aquellas que de mucha vejez -están espigadas de la simiente, tan altas como escobas, que ya el zumo -de ellas se había tornado como carcoma desabrida y amarga.</p> - -<p>Viniendo un día mi amo de la ciudad de vender unas coles, encima de -mí, he aquí un hombre de buena disposición, y según mostraba su hábito -y gesto, debía de ser hombre de armas de alguna hueste, nos encontró en -el camino y preguntó con una palabra muy soberbia y arrogante:</p> - -<p>—¿A dónde llevas aquel asno vacío?</p> - -<p>Mi amo no entendió su lenguaje, que era romano o latino, y bajada la -cabeza, pasó adelante.</p> - -<p>El caballero, cuando esto vio, no pudo sufrir su acostumbrada -soberbia, y enojado por su callar, como si le hubiera hecho una grande -injuria, diole de palos con un sarmiento que en la mano traía, y -juntamente le echó de encima de mí, dando con él en tierra.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span>Entonces el pobre -hortelano le respondió humildemente, diciendo que por no saber la -lengua no podía saber ni entender lo que había dicho.</p> - -<p>El caballero, con enojo, tornole a decir:</p> - -<p>—Pues dime, ¿dónde llevas este asno?</p> - -<p>El hortelano respondió que iba a aquella ciudad que allí cerca -estaba.</p> - -<p>El caballero dijo:</p> - -<p>—Pues yo he menester este asno, porque ha de traer, con otras -acémilas, unas cargas de nuestro capitán, que aquí cerca esté.</p> - -<p>Y luego echó la mano y arrebatome por el cabestro, y comenzome a -llevar.</p> - -<p>El hortelano, estando limpiando la sangre que de su cabeza le -corría de una descalabradura que le había hecho con el sarmiento, -rogábale otra vez que tratase bien y mansamente al compañero, lo cual -le pedía diciendo que así Dios le prosperase e hiciese victorioso; -y asimismo decía que aquel asnillo era perezoso, y demás de esto -tenía una abominable enfermedad, que era gota coral, y que a mala vez -acostumbraba traer de cerca de allí unos pocos de manojos de berzas, y -cuando llegaba con ellos, ya no podía resollar; cuanto más para gran -carga, que en ninguna manera pertenecía para ello.</p> - -<p>Pero desde que el hortelano vio que por ningún ruego se amansaba el -caballero, antes veía que se ensoberbecía más, y algunas veces alzaba -la mano para darle, buscó un último remedio: fingiendo de quererle -besar las rodillas para conmoverle a misericordia, y estando así bajado -y encorvado, arrebatolo por entrambos los pies, y alzándolo arriba, dio -con él un gran golpe en tierra, y luego saltó encima y diole muchas -puñadas, y con una piedra que allí halló le sacudió muy bien en la -cabeza y<span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span> en las manos -y brazos, de manera que lo aturdió y descalabró en muchas partes.</p> - -<p>El caballero, con la súbita caída y mucha presteza del hortelano, -no tuvo lugar de pelear; solamente gritando amenazaba al hortelano que -lo había de matar, lo cual, oído por él, de nuevo le tornó a dar más -crueles heridas.</p> - -<p>Estando el pobre caballero así maltratado y tendido en tierra, no -hallando ningún remedio a su salud y vida, determinó de hacerse el -muerto, y así lo hizo.</p> - -<p>Entonces el hortelano, que así lo vio, tomándole la espada, cabalgó -encima de mí cuanto más aprisa pudo, y acogiose a la ciudad, no curando -de ir a ver su huerta, y fuese a casa de un amigo suyo, al cual, -contándole todo como había pasado, le rogó que le ayudase en aquel -peligro en que estaba y que lo escondiese a él y a su asno hasta que -pasase el ímpetu de la pesquisa que la justicia había de hacer.</p> - -<p>Aquel su amigo, no olvidando la ley de la amistad, recibiolo de -buena gana, y a mí, atados los pies y manos, subiéronme por una -escalera y metiéronme en un aposento. Al hortelano metiéronlo en una -canasta con su tapadera encima.</p> - -<p>El caballero, según que después supe, como quien se levanta de -una gran embriaguez, medio trompicado, como mejor pudo llegó a la -ciudad, y confuso de su poco poder y fuerza, no osó decir cosa alguna -a la justicia; pero callando y tragando su injuria, halló a ciertos -compañeros suyos y contoles esta su fatiga y pena, a los cuales pareció -que él se debía esconder y no descubrirse a nadie, porque demás de la -injuria que había recibido, que era infame y baja, había de temer el -juramento que había hecho de la caballería, que le fuese acusado por -haber<span class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span> perdido su -espada, y que ellos, como ya tenían señas de nosotros, pondrían mucha -diligencia en buscarnos para su venganza.</p> - -<p>No faltó un traidor vecino suyo que luego descubrió que estábamos -allí escondidos.</p> - -<p>Entonces aquellos sus compañeros fuéronse a la justicia, y -mintiendo, dijeron que habían perdido en el camino una capa rica y de -mucho precio de su capitán, y que la había hallado un hortelano, el -cual no se la quería restituir, por lo cual estaba escondido en casa de -un su amigo.</p> - -<p>Entonces los alcaldes, viendo la querella y el robo que le decían -ser hecho al capitán, vinieron a las puertas de nuestra posada, y -dijeron a nuestro huésped que aquel que tenía escondido dentro en su -casa, pues sabían que era ladrón, que luego le entregase antes que -incurriese en pena de su propia cabeza; pero el amigo no se espantó, -antes procurando la salud de aquel que había recibido en su protección -y amparo, no dijo cosa de nosotros, sino que había muchos días que a -tal hombre no había visto.</p> - -<p>Los escuderos porfiaban lo contrario, jurando por vida del Emperador -que allí estaba escondido, y no en otro lugar alguno.</p> - -<p>Finalmente, que los alcaldes acordaron de mandar buscarlo, y dijeron -a un alguacil que entrase a buscarlo, el cual brevemente revolvió la -casa y dijo a los alcaldes que no hallaba tal hombre.</p> - -<p>Entonces fue mayor la porfía entre los escuderos, diciendo que -sabían por muy cierto que nosotros estábamos allí, y protestaban por el -ayuda y favor del Emperador.</p> - -<p>El amigo nuestro negaba, jurando por los dioses que tal hombre no -estaba en su casa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span>Yo, cuando oí la -porfía y voces que daban, como era asno curioso, deseé saber lo que -pasaba; como bajé la cabeza por una ventanilla que allí estaba, por ver -qué cosa era aquel tumulto y voces que daban, uno de aquellos escuderos -acaso alzó los ojos a mi sombra, que daba abajo, y como me vio, díjolo -a todos, y luego levantaron un gran clamor y vocería, riéndose de cómo -me vieron arriba en la ventana, y luego me hicieron bajar y tomáronme -por perdido, como esclavo cautivo. Y luego, buscando bien la casa, -hallaron el mezquino hortelano metido en la cesta, al cual llevaron a -la cárcel para darle la pena que merecía. Y en todo esto nunca dejaron -de burlar con gran risa de mi asomada a la ventana, de donde nació -aquel muy usado refrán de «la mirada y sombra del asno».</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch10_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span></p> - <h2 class="nobreak g0">LIBRO X.</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p> - -<p class="hang">En este libro se contiene cómo el caballero llevó al -asno a una ciudad, adonde aconteció una notable cosa de una mujer que -requirió de amores a un su entenado. — Y de cómo fue vendido el asno a -dos hermanos, uno cocinero y otro pastelero de un señor, a los cuales -él comía los manjares, y de la buena vida que tuvo con el señor, adonde -cuenta muchas cosas graciosas y de pasatiempo, y de un teatro que se -hizo, en que se representó el <i>Juicio de Paris</i> con las tres -diosas, y finalmente cómo el asno huyó.</p> - - -<h3>I.</h3> - -<p class="cent">Cómo el asno fue llevado por el caballero a una -ciudad,<br /> y de un extraño caso que allí aconteció.</p> - -<p>Otro día siguiente, no sé qué fue ni qué hicieron de mi amo el -hortelano; pero aquel caballero que por su gran soberbia y tiranía fue -muy bien aporreado, quitome de la casa y llevome a la suya sin que -nadie se lo contradijese. Después me cargó de sus alhajas, que eran -cosas de soldados.</p> - -<p>Yo iba alegre y galán, porque resplandecía con un yelmo muy luciente -y un escudo grande y hermoso y<span class="pagenum" id="Page_195">p. -195</span> una pica muy fuerte y aguda, la cual había puesto con mucha -diligencia encima de la carga, de la manera que los soldados la llevan -enristrada, lo cual él no hacía tanto por causa que fuese bien puesta, -cuanto por espantar a los pobres caminantes que encontrase.</p> - -<p>Después que pasamos aquellos campos, no con mucho trabajo, por el -camino llano llegamos a una ciudad pequeña, adonde fuimos a posar -a casa de un capitán de peones, su amigo, y luego, como llegamos, -encomendome a una esclava, y él se fue a visitar a su capitán.</p> - -<p>Después de algunos días que allí estábamos, en los cuales yo tenía -buena vida, aconteció una cosa fuera de toda razón y espantable, la -cual, porque vosotros también sepáis, acordé poner en este libro.</p> - -<p>Aquel curioso capitán, señor de esta posada, tenía un hijo mancebo, -buen letrado y virtuoso, adornado de toda modestia y piedad.</p> - -<p>Muerta la madre mucho tiempo había, su padre se casó segunda vez -y de esta segunda mujer tenía otro hijo que pasaba de doce años. La -madrastra, como era rica y viciosa, no mirando a su honor, puso los -ojos en su entenado.</p> - -<p>Ahora tú, buen lector, has de saber que no lees fábulas de cosas -bajas, sino tragedia de altos y grandes hechos, y que has de subir de -comedia a tragedia.</p> - -<p>Aquella mujer, en cuanto el amor se iba arraigando en su pecho, -resistía y disimulaba a sus llamas; pero después que el cruel amor tomó -posesión en sus entrañas, no pudiéndolo resistir, determinó hacerse -enferma en cama para por este medio alcanzar lo que deseaba, diciendo -que era dolor del corazón.</p> - -<p>Ninguno hay que no entienda que la persona doliente luego muestra -señales claras de su mal: la flaqueza y<span class="pagenum" -id="Page_196">p. 196</span> color amarillo de la cara, los ojos -marchitos, las piernas cansadas, el reposo sin sueño, grandes suspiros -y luengos, con grandes fatigas.</p> - -<p>Quien quiera que viera a esta dueña, no creyera que estaba -atormentada de ardientes fiebres, sino que lloraba. ¡Guay del seso e -ingenio de los médicos! ¿Qué cosa es la vena o el pulso, o la poca -templanza del calor? ¿Qué es la fatiga del resuello y las vueltas -continuas de un lado a otro sin reposo? ¡Oh buen Dios, qué fácilmente -se descubre el mal del amor, no solamente al médico, que es letrado, -pero a cualquier hombre discreto, especialmente cuando veis a alguno -arder sin tener calor en el cuerpo!</p> - -<p>Así ella, reciamente fatigada con la poca paciencia del amor, rompió -el silencio de lo que callaba mucho tiempo había, y envió a llamar a su -hijo, el cual nombre de hijo ella de buena gana rayara y quitara por no -haber vergüenza del mismo.</p> - -<p>El mancebo no tardó en obedecer el mandamiento de su madre enferma, -y con el gesto triste y honesto entró en la cámara para servirla en -todo lo que mandase. Pero ella, fatigada de un gran dolor, estaba en -mucha duda entre sí, pensando si se descubriría, por dónde le entraría -y qué palabras le diría, y en esto estuvo suspensa un rato.</p> - -<p>El mancebo, que ninguna cosa sospechaba, bajados los ojos, le -preguntó qué era la causa de su presente enfermedad.</p> - -<p>Entonces ella, hallando ocasión muy dañosa, que es la soledad, tomó -osadía para decirle su pena, y llorando reciamente y temblando, le -comenzó a hablar de esta manera:</p> - -<p>—La causa y principio de este mi presente mal, y aun la medicina -para él y toda mi salud y remedio, tú solo<span class="pagenum" -id="Page_197">p. 197</span> eres, porque esos tus ojos, que entraron -por los míos a lo íntimo de mis entrañas, mueven un cruel encendimiento -en mi corazón, por lo cual te ruego que hayas mancilla de quien por ti -muere, y no te espantes que pecas contra tu padre, mas antes entiende -que libras a su mujer de la muerte. Ahora tienes tiempo, pues estamos -solos para cumplir mis deseos a tu voluntad, porque lo que nadie sabe -no se puede decir que es hecho.</p> - -<p>El mancebo, cuando esto oyó, turbado de tan repentino mal, aunque -se espantase y aborreciese tan gran crimen, no le pareció bien -desengañarla luego con palabras ásperas, antes tuvo por mejor de -amansarla con dilación cautelosa; y así le respondió alegremente, que -se esforzarse y curase de sí, hasta que su padre se fuese a alguna -parte, y viniese tiempo libre para su placer.</p> - -<p>Diciendo esto, apartose de la mortal vista de su madrastra; y viendo -que una traición tamaña, como ella pedía que se hiciese, había menester -mayor consejo que el suyo, platicó el negocio con un viejo ayo suyo, -hombre muy prudente, al cual no pareció otro mejor consejo, sino que el -mancebo se fuese de casa lejos, por escapar de la tempestad de la cruel -fortuna.</p> - -<p>Pero la madrastra, como no tenía paciencia para esperar, persuadió -a su marido con maravillosas artes y palabras, que luego se fuese a -unas aldeas que estaban bien lejos de allí. Lo cual hecho, ella con su -locura apresurada, viendo que había lugar para su esperanza, demandole -con mucha instancia que cumpliese con ella lo que había prometido. -Pero el mancebo excusábase, diciendo ahora una cosa, ahora otra; -apartándose de su abominable vista cuanto podía, hasta tanto que, -conociendo ella claramente que le negaba la promesa, prestamente se le -mudó su nefando amor en odio mortal. Y llamando a<span class="pagenum" -id="Page_198">p. 198</span> un esclavo suyo muy malo y aparejado para -toda maldad, comunicó con él todo este negocio y pensamiento malvado -que ella tenía; lo cual entre ellos platicado, hallaron por bueno que -lo matasen con ponzoña. Y luego envió al esclavo a comprar la ponzoña, -la cual traída, mezcláronla en un vaso con vino.</p> - -<p>En tanto que la malvada hembra y su esclavo deliberaban entre sí la -oportunidad y tiempo para podérselo dar, acaso el hermano menor, hijo -propio de la mala mujer, viniendo de la escuela a la hora de comer, -teniendo sed, bebió de aquel veneno que allí halló, no sabiendo la -ponzoña y engaño escondido que allí dentro estaba; y después que hubo -bebido la muerte que estaba aparejada para su hermano, súbitamente cayó -en tierra sin ánimo.</p> - -<p>Los familiares de casa, que esto vieron, comenzaron a dar grandes -gritos, y alborotados todos de tan repentino caso, llamaron prestamente -a la madre, la cual, como estaba dañada, como mala hembra, ejemplo -único de la malicia de las madrastras, no conmovida por la muerte de -su hijo, por el parricidio que ella misma había causado, ni por la -desdicha de su casa, ni por el enojo que de ello su marido había de -tener, ni por la fatiga del enterramiento del hijo, procuró venganza -muy presta, por donde causó daño para su casa. Así que muy presto -despachó un mensajero que fuese a su marido y le contase la muerte de -su hijo.</p> - -<p>Cuando el marido oyó estas nuevas tornose del camino, y entrando -en casa, luego ella, con gran temeridad y audacia, comenzó a acusar y -decir que su hijo era muerto con la ponzoña del entenado; y en esto no -mentía ella, porque el muchacho era muerto con la ponzoña que estaba -aparejada para el mancebo; pero ella fingía<span class="pagenum" -id="Page_199">p. 199</span> que su hijo era muerto por maldad del -entenado, a causa que ella no quiso consentir en su malvada voluntad, -con la cual había tentado de forzarla; y no contenta con estas tan -grandes mentiras, añadía más, que porque ella había descubierto esta -traición, él la amenazaba de matarla con un puñal.</p> - -<p>Entonces, el desventurado marido fue lleno de gran saña contra su -hijo, así por la traición que le quería hacer, como por la arrebatada -muerte del hijo que presente tenía; de manera que deliberó de hacer -morir a su hijo por justicia. Y como hubo enterrado el hijo, luego -se fue a los alcaldes, y les hizo saber la maldad que su hijo había -cometido, diciendo que había cometido pecado de incesto en acometer a -su madre, y que era homicida en la muerte de su hermano, y no contento -con esto, amenazaba a la madre que la había de matar.</p> - -<p>Esto decía el viejo llorando muy piadosamente, y con su lloro -conmovió a los alcaldes; los cuales llamaron luego un pregonero -para que llamase las partes a juicio. Vino el acusador y el reo por -llamamiento del pregonero; y asimismo fueron amonestados los abogados -de la causa, según la costumbre del Senado y leyes de Atenas, que -no curasen de hacer dilaciones, ni conmoviesen a los presentes con -sus proemios. Estas cosas en esta manera pasadas supe yo, porque las -oía a muchos que hablaban en ello; pero cuántas alteraciones hubo -de una parte a otra, y con qué palabras el acusador decía contra el -reo, se defendía y deshacía su acusación; y estando yo ausente atado -al pesebre, no lo pude bien saber por entero, ni las preguntas ni -respuestas, y otras palabras que entre ellos pasaron, y por esto no os -podré contar lo que yo no supe; pero sí lo que hoy quise escribir en -este libro.</p> - - -<h3 title="II." id="Ch10_2" ><span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span>II.</h3> - -<p class="cent">Cómo por industria de un senador antiguo fue -descubierta<br /> la maldad de la madrastra, y libre el mancebo.</p> - -<p>Después que fue acabada la contención entre ellos, plugo a los -jueces buscar la verdad de este crimen por cierta manera, y no dar -tanto lugar a la sospecha que del mancebo se tenía. Y mandaron -que fuese traído allí aquel esclavo diligente que afirmaba que él -solo sabía aquel negocio cómo había pasado, y venido aquel bellaco -ahorcadizo, ningún empacho ni turbación tuvo ni de ver en caso de tan -gran juicio, ni de aquel senado adonde tales personas estaban, o a lo -menos de su conciencia culpada, que él sabía bien que lo que había -fingido era falso, lo cual él afirmaba como cosa verdadera, diciendo de -esta manera:</p> - -<p>Que aquel mancebo, muy enojado de su madrastra, lo había llamado y -díchole que por vengar su injuria había muerto a su hijo de ella, y que -le había prometido gran premio porque callase, y porque él dijo que no -quería callar, el mancebo le amenazó que lo mataría, y que el dicho -mancebo había destemplado con su propia mano la ponzoña, y la había -dado al esclavo para que la diese a su hermano; pero él, temiendo tan -gran mal, no la quiso dar al muchacho, y que en fin el mancebo con su -propia mano se la había dado.</p> - -<p>Diciendo estas cosas que parecían tener apariencia de verdad, aquel -azotado fingiendo miedo, acabose la audiencia.<span class="pagenum" -id="Page_201">p. 201</span> Lo cual oído por los jueces, ninguno -quedó tan justo y tan derecho a la justicia del mancebo, que no le -pronunciase ser culpado manifiestamente de este crimen, y como a -tal lo debían meter en un cuero de lobo, y echarlo en el río como a -parricida; y como ya las sentencias y votos de todos fuesen iguales, y -estuviesen firmados de la mano de cada uno, para meterlos en un cántaro -de cobre, de donde no se podía sacar después de una vez metidos, ni -convenía mudar alguna cosa, porque la sentencia ya era dada en cosa -bien vista, y no restaba otra cosa sino entregarlo al verdugo para que -cumpliese la justicia, uno de aquellos senadores, el más viejo y de -mejor conciencia, letrado y médico, puso la mano encima de la boca del -cántaro, porque ninguno echase su voto dentro, y dijo a todos de esta -manera:</p> - -<p>—Yo me gozo y soy alegre de haber vivido tanto tiempo, que por mi -edad vosotros, señores, me tengáis en alguna más reputación y cuenta, -y por esto no consentiré que acusado el reo por falsos testigos, se -haya de condenar por cruel homicidio, ni que vosotros seáis engañados -por la mentira de un esclavo, porque cierto yo no veo con qué razón -nosotros podemos juzgar a este mancebo. Oíd ahora, y sabed todos cómo -pasa este negocio: Este ladrón, muy diligente vino a mí por comprar -ponzoña que luego matase, y ofrecíame cien sueldos de oro por que se -la diese, diciendo que la había menester para un enfermo que estaba -muy fatigado con una enfermedad de hidropesía perpetua, de la cual -no podía sanar, y deseaba morir brevemente por librarse del tormento -que con la vida tenía. Yo, viendo que este esclavo parlaba mucho y -decía cosas livianas, no satisfaciéndome, antes siendo cierto que -él procuraba alguna traición, acordé de darle, no ponzoña, mas otra -poción soñolienta<span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span> -de mandrágora, que es muy famosa para hacer dormir gravemente, y -da un sueño semejante a la muerte; por tanto, si es verdad que el -muchacho bebió aquella confección que por mis manos fue hecha, él es -vivo, y reposa con gran sueño, y en acabando de consumirse el potente -humor de la mandrágora, despertará tan sano como antes. Y si él es -verdaderamente muerto, o verdaderamente le mataron, yo no sé de eso.</p> - -<p>En esta manera hablando aquel viejo, plugo a todos lo que decía, y -fueron luego a mucha prisa al sepulcro donde estaba el cuerpo de aquel -muchacho; que casi ninguno de los jueces ni de los principales de la -ciudad, ni aun tampoco de los del pueblo, quedó que no viniese allí por -ver aquel milagro.</p> - -<p>Su padre, muy diligente, con sus propias manos alzó la cobertera -de la tumba y halló a su hijo que ya comenzaba a querer levantarse, -y abrazándole y besándole, enseñolo al pueblo, y así como estaba lo -llevaron a casa de la justicia.</p> - -<p>Así que en esta manera descubierta la maldad de la mala mujer y -del bellaco del esclavo, fue pronunciada sentencia, que ella fuese -desterrada y el esclavo ahorcado, lo que luego se cumplió.</p> - -<p>Y a aquel viejo senador, que tanta prudencia tuvo en dar aquel -brebaje de mandrágora, y en descubrir el negocio en tal tiempo, -diéronle cien sueldos de oro por tan buen servicio.</p> - - -<h3 title="III." id="Ch10_3" ><span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span>III.</h3> - -<p class="hang">Cómo el asno fue vendido a un cocinero y a un panadero, -que eran hermanos, y de la buena vida que tenía, donde pasó cosas de -mucho gusto.</p> - -<p>Aquel caballero que me hubo de buen lance, húbose de partir para -Roma, por mandado de su capitán, a llevar ciertas cartas a su general, -y ante que se partiese me vendió a dos hermanos, sus vecinos, por once -dineros.</p> - -<p>Estos tenían un señor rico, y el uno de ellos era panadero, que -hacía pan y pasteles, y fruta de sartén y otros manjares. El otro, -cocinero, que hacía manjares muy sabrosos y delicados.</p> - -<p>Estos dos hermanos moraban ambos en una casa, y compráronme para -traer platos y escudillas, y lo que era necesario para su oficio, de -manera que yo fui llamado como un tercer compañero entre aquellos -dos hermanos, para andar por las aldeas de aquel caballero, y traer -todo lo que era menester para su cocina, y otras muchas cosas. Y -ciertamente, en ningún tiempo experimenté tan mansa mi adversa fortuna, -porque a la noche después de aquellas muy abundantes cenas, y sus -esplendidísimos aparatos, mis amos acostumbraban a traer a su casilla -muchas partes de aquellos manjares. El cocinero traía grandes pedazos -de puerco, de pollo y otras carnes, pescados, y otras muchas maneras -de comer. El panadero traía pan y pedazos de pasteles, y muchas frutas -de sartén, así como juncadas y pestiños, mazapanes y otras<span -class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span> cosas de azúcar y miel, -lo cual todo dejaban encerrado en su aposento, y se iban a lavar al -baño. En tanto yo comía y tragaba a mi placer de aquellos sabrosos y -delicados manjares que Dios me daba, porque tampoco yo no era tan loco -y verdadero asno que, dejados aquellos tan dulces y costosos manjares, -cenase heno áspero y duro.</p> - -<p>Esta manera y maña de comer a hurto me duró algunos días, porque -comía poco y con miedo, y como de muchos manjares comía lo menos, no -sospechaban ellos engaño ninguno en el asno; pero después que yo tomé -mayor atrevimiento en el comer, tragaba lo más principal y mejor de lo -que allí estaba, y como yo escogía siempre lo mejor y más preciado, no -pequeña sospecha entró en los corazones de los hermanos, los cuales, -aunque de mí no creyesen tal cosa, todavía con el daño cotidiano, con -mucha diligencia procuraban de saber quién lo hacía. Finalmente, que -ellos se acusaban uno a otro de aquella rapiña y fealdad, y desde -adelante pusieron cuidado diligente y mayor guarda, contando los -pedazos y partes que dejaban, y cómo siempre faltaba. Roto al fin el -velo de la vergüenza, el uno al otro habló de esta manera:</p> - -<p>—Por cierto ya esto ni es justo ni humano, menospreciar y disminuir -cada día más la fe que está entre nosotros, hurtando lo principal que -aquí queda, y aquello vendido escondidamente, acrecientas tu caudal, y -aun de ese poco que queda, llevas tu parte igual; por tanto, si a ti -no place nuestra compañía, podemos quedar hermanos en todas las otras -cosas, y apartarnos de este vínculo de comunidad, porque según yo veo, -este mal crece mucho, de donde nos puede venir gran discordia.</p> - -<p>El otro hermano le respondió:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span>—Por Dios que -yo alabo este tu parecer, pues has querido prevenir a la querella -de lo que hasta ahora es secretamente hurtado a entrambos, lo cual -yo sufriendo muchos días entre mí mismo, me he quejado, porque no -pareciese que reprendía a mi hermano de un hurto tan bajo como este; -pero bien está, pues que nos hemos descubierto, para que por mí y por -ti se busque el remedio de nuestro daño, y la envidia, procediendo -mansamente, no nos traiga contenciones, como entre los dos hermanos -Eteocles y Polinices, que el uno al otro se mataron.</p> - -<p>Estas y otras semejantes palabras dichas el uno al otro, juraron -cada uno de ellos que ningún engaño ni hurto había hecho ni cometido; -pero que debían por todas las vías artes que pudiesen buscar el ladrón -que aquel común daño les hacía, porque no era de creer que el asno que -allí solamente estaba se había de aficionar a comer tales manjares; -pero que cada día faltaban los principales y más preciados manjares; -demás de esto, en su cámara no había muy grandes ratones ni moscas, -como fueron otro tiempo las arpías que robaban los manjares de Fineo, -rey de Arcadia.</p> - -<p>Entretanto que ellos andaban en esto, yo, cebado de aquellas -copiosas cenas, y bien gordo con los manjares de hombre, estaba redondo -y lleno, y mi cuerpo ablandado con la hermosa grosura, y criado -el pelo, que resplandecía; pero esta hermosura de mi cuerpo causó -saberse el negocio, porque ellos, movidos de la grandeza y grosura no -acostumbrada de mi cuerpo, y viendo que el heno y cebada que me echaban -cada día quedaba allí sin tocar en ella, sospecharon de mí, y a la hora -acostumbrada hicieron como que se iban al baño, y cerradas las puertas -como solían, pusiéronse a mirar por una hendidura<span class="pagenum" -id="Page_206">p. 206</span> de la puerta y viéronme cómo estaba puesto -con aquellos manjares.</p> - -<p>Ellos, no haciendo cosa de su daño, tornaron el enojo en muy gran -risa; y llamando al otro hermano, y después a todos los servidores de -casa, mostrábales la gula, digna de ponerse en memoria, de un asno -perezoso.</p> - -<p>Finalmente, que tan gran risa y tan liberal tomó a todos, que vino -a las orejas del señor, que por allí pasaba, el cual preguntó qué cosa -era aquella de que tanto se reían, si estaban locos o mordidos de la -tarántula.</p> - -<p>Y sabido el negocio que era, él también fue a mirar por el agujero, -de que hubo gran placer, y tan gran risa le tomó, que le dolían las -ingles; y abierto el aposento, púsose a mirar de más cerca.</p> - -<p>Yo, cuando esto vi, pareciome que veía próspera y amigable la cara -de la fortuna, que en alguna manera ya más blandamente me favorecía, y -ayudándome el gozo y placer de los que presentes estaban, ninguna cosa -me turbaba, antes comía seguramente, hasta tanto que con la novedad de -aquella vista, el señor de casa, muy alegremente, mandó lavar, y él -mismo por sus manos me llevó a su sala, y puesta la mesa, mandome poner -en ella todo género de manjares enteros, sin que nadie hubiese tocado -en ellos. Yo, como quiera que ya estaba algún tanto harto de lo que -había comido, pero deseando hacerme gracioso y grato al señor, y que él -me tuviese en algo, comía de aquellos manjares como si estuviera muy -hambriento.</p> - -<p>Ellos, por informarse bien si yo era manso, aquello que naturalmente -aborrecen los asnos, eso me ponían delante, por si lo comía, así como -carne adobada, gallinas y capones salpimentados, pescados en escabeche -y otras muchas cosas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>Entretanto que esto -pasaba, había muy gran risa entre los convidados que allí estaban, y un -truhan que allí había, dijo:</p> - -<p>—Dad alguna cosa a este mi compañero.</p> - -<p>A lo cual respondió el señor, diciendo:</p> - -<p>—Pues tú, ladrón, no has hablado neciamente, que muy bien puede ser -que este nuestro convidado desee beber de buena gana de este vino.</p> - -<p>Y luego dijo a un paje:</p> - -<p>—Daca aquella copa de oro e hínchela de vino y da de beber a mi -truhan, y aun dile cómo yo bebí antes que él.</p> - -<p>Los convidados que estaban a la mesa estuvieron muy atentos -esperando lo que había de pasar.</p> - -<p>Entonces yo, no espantado por cosa alguna, muy despacio y a mi -placer, retorciendo el labio de abajo a manera de lengua, bebí toda -aquella gran copa. Y luego, todos a una voz, con grande clamor me -dijeron:</p> - -<p>—Dios te dé salud, que tan bien lo has hecho.</p> - -<p>En fin, que aquel señor, lleno de gran placer y alegría, llamó a -sus dos criados que me habían comprado, y mandoles dar por mí cuatro -tantos más de lo en que me habían comprado, y a mí diome a otro su -criado, haciéndole primero un gran sermón, encomendándome mucho, el -cual me criaba y trataba asaz humanamente, como a un su compañero. -Y porque su amo lo tuviese más acepto, procuraba cuanto podía darme -placer con mis juegos. Y primeramente me enseñó a estar a la mesa sobre -el codo; después también me enseñó a luchar y a saltar alzadas las -manos. Y porque fuese cosa muy maravillosa, me enseñó a responder a las -palabras por señales. En tal manera, que cuando no quería, meneaba la -cabeza, y cuando algo quería, mostraba que me placía bajándola,<span -class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> y cuando había sed, miraba -al copero, y haciendo señal con las pestañas, le demandaba de beber.</p> - -<p>Todas estas cosas fácilmente las aprendía y hacía, porque aunque -nadie me las mostrara, las supiera muy bien hacer; pero temía que si -por ventura, sin que nadie me enseñase, yo hiciese estas cosas como -hombre humano, muchos, pensando que podría venir de esto algún cruel -presagio o agüero, que como a monstruo y mal agorero me matarían y -darían muy bien de comer conmigo a los buitres.</p> - - -<h3 id="Ch10_4">IV.</h3> - -<p class="cent">Cómo Lucio cuenta qué estado era el de su señor,<br /> -y cómo partió para la ciudad de Corinto.</p> - -<p>Por todas partes corría ya la fama de cómo yo, con mis maravillosas -artes y juegos, era muy placentero; por esta causa era mi señor muy -afamado y acatado de todos. Cuando iba por la calle, decían:</p> - -<p>—Este es el que tiene un asno que es compañero y convidado, que -salta y lucha, y entiende las hablas de los hombres, y da a entender lo -que quiere con señales que hace.</p> - -<p>Ahora lo demás que os quiero decir, aunque lo debiera hacer al -principio; pero al menos relataré quién era este amo, el cual se -llamaba Tiaso. Él era natural de la ciudad de Corinto, que es cabeza -de toda la provincia de Acaya; según que la dignidad y majestad de -su nacimiento lo demandaba, y de grado en grado, había tenido<span -class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> todos los oficios de honra -de la ciudad, y ahora estaba nombrado para ser la quinta vez cónsul, -y por que respondiese su nobleza al resplandor de tan gran oficio en -que había de entrar, prometió dar al pueblo tres días fiestas y juegos -de placer, extendiendo largamente su liberalidad y magnificencia. De -manera que tanta gana tenía de la gloria y favor del pueblo, que hubo -de ir a Tesalia a comprar bestias fieras, grandes y hermosas, y a traer -muchas otras cosas de gran precio para regocijar al pueblo.</p> - -<p>Después que hubo a su placer comprado todas las cosas que había -menester, aparejó de tornarse a su casa. Y menospreciadas aquellas -ricas sillas en que lo traían, y dejados los carros ricos, unos -cubiertos de toldo y otros descubiertos, que allí venían vacíos, y -los traían aquellos caballos que nos seguían; y dejados asimismo -los caballos de Tesalia, y otros palafrenes franceses, a los cuales -el generoso linaje y crianza que de ellos sale, los hace ser muy -estimados, venía con mucho amor encima de mí, trayéndome muy ataviado -con guarnición dorada y cubierto de tapetes de muy fina seda y -brocado y con freno de plata, y las cinchas labradas de seda muy -artificialmente, y adornado con muchas campanillas y cascabeles de -plata, que venían sonando, que en verdad yo no parecía asno, sino un -potente dromedario, según que venía ancho.</p> - -<p>Después que hubimos caminado por la mar y por tierra, llegamos a -Corinto, adonde nos salió a recibir gran compaña de la ciudad, los -cuales, según que a mí me parecía, no salían tanto por hacer honra a mi -señor, cuanto era deseando de verme a mí; porque tanta fama había allí -de mí, que no poca ganancia hubo por mí aquel que me tenía en cargo. -El cual, viendo que muchos<span class="pagenum" id="Page_210">p. -210</span> tenían grande ansia deseando de ver mis juegos, cerraba las -puertas y entraban uno a uno, y él, recibiendo dineros, no pocas sumas -rapaba cada día.</p> - -<p>En aquel conventículo y ayuntamiento fue a verme una matrona, mujer -rica y honrada, la cual, como los otros, mercó mi vista con su dinero; -y con las muchas maneras de juegos que yo hacía, ella se deleitó y -maravilló tanto, que poco a poco se enamoró maravillosamente de mí, -y no tomando medicina ni remedio alguno para su loco amor y deseo, -ardientemente deseaba echarse conmigo y ser otra Pasífae de asno, como -fue la otra del toro; en fin, que ella concertó con aquel que me tenía -a su cargo que la dejase echar una noche conmigo y que le daría gran -precio por ello. Así que aquel bellaco, por que de mí le pudiese venir -provecho, contento de su ganancia, prometióselo.</p> - -<p>Ya que habíamos cenado, partímonos de la sala de mi señor y hallamos -aquella dueña que me estaba esperando en mi cámara.</p> - -<p>¡Oh Dios, qué bueno era aquel aparato! ¡Cuán rico y ataviado! Cuatro -eunucos que allí tenía nos aparejaron luego la cama en el suelo con -muchos cojines llenos de pluma delicada y muelle, que parecía que -estaban hinchados de viento, y encima ropas de brocado y de púrpura, -y encima de todo otros cojines más pequeños que los otros, con los -cuales las mujeres delicadas acostumbraban sostener sus rostros y -cervices. Y por que no impidiesen el placer y deseo de la señora con -su larga tardanza, cerradas las puertas de la cámara se fueron luego; -pero dentro quedaron velas de cera ardiendo resplandecientes, que nos -esclarecían las tinieblas oscuras de la noche.</p> - -<p>Entonces ella, desnuda de sus vestiduras, y llegada<span -class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span> cerca de la lumbre, sacó un -botecillo de estaño y untose toda con bálsamo que allí traía, y a mí -también me untó y fregó muy largamente; pero con mucha mayor diligencia -me untó la boca y narices.</p> - -<p xml:lang="la" lang="la"><i>Tunc exosculata pressule, non qualia -in lupanari solent basiola jactari, vel meretricum poscinummia, -vel adventorum negotinummia, sed pura atque sincera instruit, et -blandissimos affatus: Amo, et cupio, et te solum diligo, et sine te -jam vivere nequeo: et cetera, quis mulieres et alios inducunt, et suas -testantur affectiones. Capistroque me prehensum, more quo didiceram, -declinat facile. Quippe quum nil novi nihilque difficile facturus -mihi viderer; præsertim post tamtum temporis, tam formosæ mulieris -cupientis amplexus obiturus. Nam et vino pulcherrimo atque copioso -memet madefeceram; et unguento fragrantisimo prolubium libidinis -suscitaram.</i></p> - -<p xml:lang="la" lang="la"><i>Sed angebar plane non exili metu, -reputans quemadmodum tantis tamque magnis cruribus possem delicatam -matronam inscendere; vel tam lucida, tamque tenera et lacte ac melle -confecta membra duris ungulis complecti: labiasque modicas ambrosio -rore purpurantes tam amplo ore tamque enormi et saxeis dentibus -deformis saviari: novissime, quo pacto quamquam ex unguiculis -perpruriscens, mulier tam vastum genitale susciperet. Heu me, qui -dirupta nobili femina, bestiis objectus, manus instructurus sim mei -domini! Molles interdum voculas, et asidua savia, et dulces gannitus, -commorsicantibus oculis, iterabat illa. Et in summa, Teneo te, -inquit, teneo meum palumbulum, meum passerem. Et cum dicto, vanas -fuisse cogitationes meas, ineptumque monstrat metum. Artisime namque -complexa, totum me, prorsus sed totum recepit. Illa vero, quotiens -ei parcens nates recellebam accedens totiens nisu rabido, et spinam -prehendens<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> meam, -appliciore nexu inhærebat: ut Hercules etiam deesse mihi aliquid ad -supplendam ejus libidinem crederem; nec Minotauri matrem frustra -delectatam putarem adultero mugiente.</i></p> - -<div class="transnote2"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - - <p>Los dos párrafos anteriores han sido puestos en latín por el - editor, presumiblemente por su carácter explícito. La traducción que - hizo de ellos López de Cortegana, en castellano del final del siglo - <span class="asc">XV</span>, fue la siguiente:</p> - - <p class="mt1">«Esto hecho besome muy apretadamente, no de la manera - que suelen besar las mujeres que están en el burdel, u otras rameras - de mandonas, o las que suelen recibir a los negociantes que vienen, - sino pura y sinceramente sin engaño. Y dende comenzome a hablar muy - blandamente, diciendo: Yo te amo, y te deseo, y a ti solo, y sin ti - ya no puedo vivir: y semejantes cosas con que las mujeres atraen - a otros, y les declaran sus aficiones y amor que les tienen. Así - que tomome por el cabestro, y como ya sabía la costumbre de aquel - negocio, fácilmente me hizo abajar. Mayormente que yo bien veía que - en aquello ninguna cosa nueva ni difícil hacía, cuanto más a cabo de - tanto tiempo que hubiese dicha de abrazar una mujer tan hermosa, y - que tanto me deseaba. Demás de esto yo estaba harto de muy buen vino, - y con aquel ungüento tan oloroso que me había untado, desperté mucho - más el deseo y aparejo de la lujuria.</p> - - <p>»Verdad es que me fatigaba entre mí no con poco temor, pensando en - qué manera un asno como yo podría abrazar con mis duras uñas, unos - miembros tan blancos y tiernos hechos de miel y de leche: y también - aquellos labios delgados, colorados como rocío de púrpura, había de - tocar con una boca tan ancha y grande: y besarla con mis dientes - disformes y grandes como de piedra. Finalmente que yo conocía que - aquella dueña estaba encendida dende las uñas hasta los cabellos; - guay de mí, que rompiendo una mujer hija dalgo como aquella, yo había - de ser echado a las bestias bravas que me comiesen y despedazasen, - y haría fiesta a mi señor. Ella entretanto tornaba a decir aquellas - palabras blandas, besándome muchas veces y diciendo aquellos - halagos dulces con los ojos amodorridos diciendo en suma: Téngote, - mi palomino, mi pajarito: y diciendo esto mostró que mi miedo y mi - pensamiento era muy necio. Tanto que por Dios yo creía que me faltaba - algo para suplir su deseo, por lo cual yo pensaba que no de balde la - madre del Minotauro se deleitaba con el toro su enamorado.»</p> - -</div> - -<p>Ya que la noche trabajosa y muy velada era pasada, ella, -escondiéndose de la luz del día, partiose de mañana, dejando acordado -otro tanto precio para la noche venidera, lo cual aquel mi maestro -concedió de su propia gana sin mucha dificultad por dos cosas: lo uno -por la ganancia que a mi causa recibía; lo otro, por aparejar nueva -fiesta para mi señor. En fin, que sin tardanza ninguna le descubrió -todo el aparato del negocio y en qué manera había pasado.</p> - -<p>Cuando él oyó esto, hizo mercedes magníficamente a aquel su -criado, y mandó que él me aparejase para hacer aquello en una fiesta -pública.</p> - - -<h3 id="Ch10_5">V.</h3> - -<p class="hang">Cómo se buscaba a una mujer que estaba condenada o -muerte, para que en unas fiestas tuviese acceso con el asno en el -teatro público, y cuenta el delito que había cometido aquella mujer.</p> - -<p>Porque aquella buena de mi mujer, por ser de linaje y honrada, ni -tampoco otra alguna se pudo hallar para aquello, buscose una de baja -condición por gran precio (la cual estaba condenada por sentencia de -la justicia, para ser echada a las bestias), para que públicamente, -delante del pueblo, en el teatro, se echase conmigo; de la cual yo supe -esta historia:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span>Aquella mujer tenía -un marido, el padre del cual, partiéndose a otra tierra muy lejos, -dejaba preñada a su mujer, madre de aquel mancebo, y mandole que si -pariese hija, que luego que fuese nacida la matase.</p> - -<p>Ella parió una hija, y por lo que el marido le había mandado, -habiendo piedad de la niña, como las madres la tienen de sus hijos, -no quiso cumplir aquello que su marido le dijo, y dióla a criar a un -vecino.</p> - -<p>Después que tornó el marido, díjole como había muerto a una hija -que parió. Pero después que ya la moza estaba para casar, la madre no -la podía dotar sin que el marido lo supiese, y lo que pudo hacer fue -que descubrió el secreto a aquel mancebo hijo suyo, porque temía quizá -por ventura no se enamorase de la moza, y con el calor de la juventud, -no sabiéndolo, incurriese en mal caso con su hermana, que tampoco lo -sabía.</p> - -<p>Mas aquel mancebo, que era hombre de noble condición, puso en obra -lo que su madre le mandaba y lo que a su hermana cumplía, y guardando -mucho el secreto, por la honra de la casa de su padre, y mostrando de -parte de fuera una humanidad común entre los buenos, quiso satisfacer -a lo que era obligado a su sangre, diciendo que por ser aquella moza -su vecina desconsolada y apartada de la ayuda y favor de sus padres, -la quería recibir en su casa so su amparo y tutela, porque la quería -dotar de su propia hacienda y casarla con un compañero muy su amigo y -allegado.</p> - -<p>Pero estas cosas, así con mucha nobleza y bondad bien dispuestos no -pudieron huir de la mortal envidia de la fortuna; por disposición de la -cual, luego los crueles celos entraron en la casa del mancebo, y luego -la mujer de aquel mancebo, que ahora estaba condenada a ser echada a -las bestias por aquellos males que hizo, comenzó primeramente<span -class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> a sospechar contra la moza -que era su combleza y que se echaba con su marido, y por esto decía -mal de ella. De aquí se puso en acecharlos por todos los lazos de la -muerte.</p> - -<p>Finalmente, que inventó y pensó su traición y maldad de esta -manera:</p> - -<p>Esta mujer hurtó a su marido el anillo y fuese a la aldea donde -tenía sus heredades, y envió a un esclavo suyo que le era muy fiel, -aunque él merecía mal por la fe que le tenía, para que dijese a la moza -que aquel mancebo, su marido, la llamaba que viniese luego allí a la -aldea, adonde él estaba, añadiendo a esto que muy prestamente viniese -sola y sin ningún compañero, y por que no hubiese causa para tardarse, -dio el anillo que había hurtado a su marido, el cual, como lo mostrase -ella, daría fe a sus palabras. El esclavo hizo lo que su señora -le mandaba, y como aquella doncella oyó el mandado de su hermano, -aunque este nombre no lo sabía otro, viendo la señal que le mostró, -prestamente se partió sin compañía como le era mandado.</p> - -<p>Pero después que caída en el hoyo del engaño, sintió las asechanzas -y lazos que le estaban aparejadas, aquella buena mujer, desenfrenada, -y con los estímulos de la lujuria, tomó a la hermana de su marido. -Primeramente, desnuda, la hizo azotar cruelmente, y aunque ella, -hablando lo que era verdad, decía que por demás tenía pena y sospecha -que era su combleza, y llamado muchas veces el nombre de su hermano, -aquella mala mujer la lanzó un tizón ardiendo entre las piernas, -diciendo que mentía y fingía aquellas cosas que decía, hasta que -cruelmente la mató.</p> - -<p>Entonces, el marido de esta y su hermano, supo su amarga muerte -por los que corrieran presto a la aldea<span class="pagenum" -id="Page_215">p. 215</span> donde estaba, y después de muy llorada, -pusiéronla en la sepultura.</p> - -<p>El mancebo, su hermano, no pudiendo tolerar ni sufrir con paciencia -la rabiosa muerte de su hermana, y que sin causa había sido muerta, -conmovido y apasionado de gran dolor que tenía en medio de su corazón, -encendido de un mortal furor de la amarga cólera, ardía con una fiebre -muy ardiente y encendida, de tal manera, que ya a él le parecía tomar -medicinas.</p> - -<p>Pero la mujer, la cual antes de ahora había perdido con la fe el -nombre de su mujer, habló a un físico, que notoriamente era falsario y -mal hombre, el cual tenía ya hartos triunfos de su mano, y era conocido -en las batallas de semejantes victorias, y prometiole cincuenta ducados -por que le vendiese ponzoña que luego matase, y ella comprase la muerte -de su marido; la cual, como vido la ponzoña, fingió que era necesario -aquel noble jarabe que los sabios llaman sagrado, para amansar las -entrañas y sacar toda la cólera. Pero en lugar de esta medicina que -ella decía, puso otra maldita para ir a la salud del infierno.</p> - -<p>El físico, presentes todos los de casa y algunos amigos y parientes, -quería dar al enfermo aquel jarabe, muy bien destemplado por su -mano, pero aquella mujer, audaz y atrevida, por matar juntamente -al físico con su marido, como a hombre que sabía su traición, y no -la descubriese, y también por quedarse con el dinero que le había -prometido, detuvo el vaso que el físico tenía, y dijo:</p> - -<p>—Señor doctor, pues eres el mejor de los físicos, no consiento -que des este jarabe a mi marido sin que primeramente tú bebas de él -una buena parte; porque ¿cómo sé yo ahora si por ventura está en él -escondida alguna<span class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span> -ponzoña mortal? Cierto no se ofende, siendo tan prudente y tan docto -físico, si la buena mujer, deseosa y solícita acerca de la salud de su -marido, procura piedad para su salud necesaria.</p> - -<p>Cuando el físico esto oyó, fue súbitamente turbado por la -maravillosa desesperación de aquella mujer, y viéndose privado de todo -consejo por el poco tiempo que tenía para pensar que con su miedo o -tardanza diese sospecha a los otros de su mala conciencia, gustó una -buena parte de aquella poción.</p> - -<p>El marido, viendo lo que el físico había hecho, tomó el vaso en la -mano y bebió lo que quedaba.</p> - -<p>Pasado el negocio de esta manera, el médico se tornaba a su casa lo -más presto que podía, por tomar alguna saludable poción para apagar y -matar la pestilencia de aquel vino que había tomado. Pero la mujer, -con porfía y obstinación sacrílega, como ya lo había comenzado, no -consintió que el médico se apartase de ella tanto como una uña, -diciendo que no se partiese de allí hasta que el jarabe que su marido -había tomado fuese digerido, y pareciese probado lo que la medicina -obraba.</p> - -<p>Finalmente, que fatigada de los ruegos e importunaciones del físico, -contra su voluntad, y de mala gana, lo dejó ir.</p> - -<p>Entretanto, las entrañas y el corazón habían recibido en sí aquella -ponzoña furiosa y ciega; así que él, lisiado de la muerte y lanzado -en una graveza de sueño que ya no se podía tener, llegó a su casa, y -apenas pudo contar a su mujer cómo había pasado. Mandole que, al menos, -pidiese los cincuenta ducados que le había ofrecido, en remuneración de -aquellas dos muertes. En esta manera aquel físico, muy famoso abogado, -con la violencia de la ponzoña dio el ánima.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span>Ni tampoco aquel -mancebo, marido de esta mujer, detuvo mucho la vida, porque entre las -fingidas lágrimas de ella, murió de otra muerte semejante.</p> - -<p>Después que el marido fue sepultado, pasando pocos días, en los -cuales se hacen exequias a los muertos, la mujer del físico vino a -pedir el precio de la muerte doblada de ambos maridos; pero aquella -mujer mala, en todo semejante a sí misma, suprimiendo la verdad y -mostrando semejanza de querer cumplir con ella, respondiole muy -blandamente, prometiendo que la pagaría largamente y aun más adelante, -y que luego era contenta con tal condición, que le quisiese dar un poco -de aquel jarabe para acabar el negocio que había comenzado.</p> - -<p>La mujer del físico, inducida por los lazos y engaños de aquella -mala hembra, fácilmente consintió en lo que le demandaba, y por -agradar y mostrarse ser servidora de aquella mujer que era muy rica, -muy prestamente fue a su casa y trajo toda la bujeta de la ponzoña, y -diósela a aquella mujer, la cual, hallada causa y materia de grandes -maldades, procedió adelante largamente con sus manos sangrientas.</p> - -<p>Ella tenía una hija pequeña de aquel marido que poco ha había -muerto, y a esta niña, como la venían por sucesión los bienes de su -padre, como el derecho manda, queríala muy mal, y codiciando con mucha -ansia todo el patrimonio de su hija, deseábala ver muerta. Así que -ella, siendo cierto que las madres, aunque sean malas, heredan los -bienes de los hijos difuntos, deliberó de ser tan buena madre para su -hija cual fue mujer para su marido, de manera que cuando vio tiempo -ordenó un convite, en el cual hirió con aquella ponzoña a la mujer -del físico, juntamente con su misma hija, y como la niña era pequeña -y tenía el espíritu sutil, luego la ponzoña<span class="pagenum" -id="Page_218">p. 218</span> rabiosa se entró en las delicadas y tiernas -venas y entrañas, y murió la mujer del físico.</p> - -<p>En tanto que la tempestad de aquella poción detestable andaba dando -vueltas por sus pulmones, sospechando primero lo que había de ser, y -luego como se comenzó a hincar, ya más cierta que lo cierto, corrió -presto a la casa del senador, y con gran clamor comenzó a llamar su -ayuda y favor, a las cuales voces el pueblo todo se levantó con gran -tumulto. Diciendo ella que quería descubrir grandes traiciones, hizo -que las puertas de la casa, y juntamente las orejas del senador, se -le abriesen, y contadas por orden las maldades de aquella cruda mujer -desde el principio, súbitamente tomó un desvanecimiento de cabeza, cayó -con la boca medio abierta, que no pudo más hablar, y dando grandes -tenazadas con los dientes, cayó muerta ante los pies del senador.</p> - -<p>Cuando él vio esto, como era hombre ejercitado en tales cosas, -maldiciendo la maldad de aquella hechicera, que a tantos había muerto, -no permitió que el negocio se enfriase con perezosa dilación, y luego, -traída allí aquella mujer, apartados los de su cámara, con amenazas y -tormentos sacó de ella toda la verdad, y así fue sentenciada que la -echasen a las bestias.</p> - -<p>Como quiera que esta pena era menor que la que ella merecía, -diéronsela, porque no se pudo pensar otro tormento que más digno fuese -para su maldad.</p> - -<p>Tal era la mujer con quien yo había de hacer matrimonio -públicamente, por lo cual, estando así suspenso, tenía conmigo muy -gran pena y fatiga, esperando el día de aquella fiesta, y por cierto -muchas veces pensaba tomar la muerte con mis manos y matarme, antes -que ensuciarme juntándome yo con mujer tan maligna, o que<span -class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span> hubiese yo de perder la -vergüenza con infamia de tan público espectáculo.</p> - -<p>Pero privado yo de manos humanas, y privado de los dedos, con la -uña redonda y maciza no podía apretar espada ni cuchillo para hacer lo -que quería. En fin, yo consolaba estas mis extremas fatigas con una -muy pequeña esperanza, y era que el verano comenzaba ya, y que pintaba -todas las cosas con hierbezuelas floridas, y vestía los prados con -flores de muchos colores, y que luego las rosas, echando de sí olores -celestiales, salidas de su vestidura espinosa, resplandecerían y me -tornarían a mi primer Lucio, como yo antes era.</p> - - -<h3 id="Ch10_6">VI.</h3> - -<p class="cent">Lucio, asno, cuenta cómo se representó en un teatro<br /> el -<i>Juicio de Paris</i> y otras cosas, y cómo huyó de allí.</p> - -<p>Mi señor, determinando hacer gran fiesta al pueblo, como ya dije, -mandó hacer un teatro muy suntuoso, en el cual se habían de hacer -muchos juegos e invenciones, y yo había de ser el postrer juego, porque -había de bailar y hacer mis habilidades delante de todo el pueblo, y -después de todo esto, habían de soltar muchas fieras bravas y fuertes a -una mujer que tenía graves crímenes, para que la comiesen.</p> - -<p>En esto he aquí do viene el día que era señalado para aquella -fiesta, y con gran pompa y favor, acompañándome todo el pueblo, yo -soy llevado al teatro. Y en tanto que comenzaban a hacer principio de -la fiesta ciertas<span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span> -danzas y representaciones, yo estuve quedo ante la puerta del teatro, -paciendo grama y otras hierbas frescas, que yo había gran placer de -comer; la puerta del teatro estaba abierta y sin impedimento; muchas -veces recreaba los ojos, mirando aquellas fiestas graciosas. Porque -allí había mozos y mozas de florida edad, hermosos en sus personas -y resplandecientes en las vestiduras, saltadores, que bailaban y -representaban una fábula griega que se llama pírrica, los cuales, -dispuestos sus órdenes, daban sus graciosas vueltas, unas veces en -rueda, otras en ordenanza torcida, otras veces hechos una cuña en -manera cuadrada, y apartándose unos de otros.</p> - -<p>Después que aquella trompa con que tañían hizo señal que acababan ya -la danza, fueron quitados los paños de raso que allí había, y cogidas -las velas aparejose el aparato de la fiesta, el cual era de esta -manera:</p> - -<p>Estaba allí un monte de madera, hecho a la forma de aquel muy -nombrado monte, el cual el gran poeta Homero celebró llamándolo Ida, -adornado y hecho de muy excelente arte, lleno de matas y árboles -verdes; y encima del altura del monte manaba una fuente de agua muy -hermosa, hecha de mano de carpintero, y allí andaban unas pocas -cabrillas, que comían de aquellas hierbas. Estaba allí un mancebo muy -hermosamente vestido, con un sombrero de oro en la cabeza y una ropa al -hombro, a manera de Paris, pastor troyano, el cual mancebo fingía ser -pastor de aquellas cabras.</p> - -<p>En esto vino un muchacho muy lindo, desnudo, salvo que en el -hombro izquierdo llevaba una ropa blanca, los cabellos rubios; entre -ellos saltaban unas plumas de oro, juntas unas a otras. El cual, -según el instrumento y verga que llevaba en la mano, manifestaba ser -Mercurio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span>Este, saltando y -bailando con una manzana de láminas de oro que llevaba en su mano, -llegó a aquel que parecía ser Paris, y diósela, diciéndole lo que -Júpiter mandaba que hiciese, y luego se fue.</p> - -<p>Entró luego una doncella honesta en su gesto, semejante a la diosa -Juno, porque traía con una diadema blanca ligada la cabeza, y traía -asimismo un cetro real. Tras de esta salió otra que luego parecía -que era Minerva, la cabeza cubierta con un yelmo resplandeciente, y -encima traía una corona de ramos de oliva, con una lanza y una adarga, -meneándola a una parte y a otra, como cuando ella pelea. Después de -estas entró otra muy poderosa; con hermosa vista y la gracia de su -divino color, manifestaba que debía ser la diosa Venus, cual ella -era cuando fue doncella, el cuerpo desnudo y sin ninguna vestidura, -mostrando su perfecta hermosura, salvo que con un velo sutil de seda -cubría su vergüenza, el cual velo un airecillo curioso enamoradamente -meneaba. El color de esta diosa era tan hermoso, que el cuerpo era -blanco y claro, como cuando sale del cielo, y la vestidura azul, como -cuando torna de la mar.</p> - -<p>Estas tres doncellas, que representaban aquellas tres diosas, traían -sus compañas consigo que las acompañaban. A Juno acompañaban Cástor -y Pólux, cubiertas las cabezas con sus yelmos y cimeras adornados de -estrellas; pero estos dos pastores eran dos muchachos de aquellos que -representaban la fábula. Esta doncella, aunque la trompa tenía diversos -sones y bailes, salió muy reposada y sin hacer gesto ninguno, y -honestamente, con su rostro sereno, prometió al pastor, que si le diese -aquella manzana, que era premio de la hermosura, le daría el reino y -señorío de toda Asia. A la otra doncella, que en el atavío de sus armas -parecía Minerva, acompañaban<span class="pagenum" id="Page_222">p. -222</span> dos muchachos pajes, que llevaban las armas de esta diosa de -las batallas, a los cuales llamaban, al uno Espanto, y al otro Miedo. -Estos venían saltando y esgrimiendo con sus espadas sacadas; a las -espaldas de ellos estaban las trompetas, que tañían como cuando entran -en las batallas, y junto con las trompetas bastardas tocaban clarines, -de manera que incitaban a gana de ligeramente saltar.</p> - -<p>Esta doncella, volviendo la cabeza, y con los ojos que parecía que -amenazaban, saltando y dando vueltas muy alegremente, decía a Paris, -que si le diese la victoria de la hermosura, que lo haría muy esforzado -y muy famoso, con su favor y ayuda en los triunfos de las batallas.</p> - -<p>Después de esto, he aquí do sale Venus, con gran favor de todo el -pueblo que allí estaba, y en medio del teatro, cercada de muchachos -alegres y hermosos, y riéndose dulcemente, estuvo queda con gentil -continencia.</p> - -<p>Cierto, quien quiera que viera aquellos niños gordos y blancos, -dijera que eran dioses del amor, como Cupido, que a honrarla habían -salido de la mar, o volado del cielo, porque ellos conformaban en las -plumas, arcos y saetas, y en todo el otro hábito, al dios Cupido, -y llevaban hachas encendidas, como si su señora Venus se casara. -Asimismo, otro linaje de damas hermosas la cercaban: de una parte, -las gracias agradables, y de la otra, las muy hermosas horas, que son -ninfas que acompañan a Venus, las cuales, por agradar a su señora, con -sus guirnaldas de flores, y otras en las manos que por allí echaban -y derramaban, hacían un corro muy bien ordenado por dar placer a su -señora con aquellas hierbas y flores del verano.</p> - -<p>Ya las chirimías tocaban dulcemente aquellos cantos<span -class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> y sones músicos y suaves, -los cuales deleitaban suavemente los corazones de los que allí estaban -mirando; pero muy más suavemente se conmovían con la vista de Venus, -la cual muy paso a paso, por medio de aquellos niños y de sus plumas y -alas, moviendo poco a poco la cabeza, comenzó a andar, y con su gesto y -aire delicado a responder al son y canto de los instrumentos, una vez -bajando los ojos, otra vez parecía que amenazaba con las pestañas, y -algunas veces parecía que saltaba con solos los ojos. Esta, como llegó -ante la presencia del juez, echole los brazos al cuello, prometiéndole -que si ella llevase la victoria, que le daría una mujer tan hermosa -como ella.</p> - -<p>Entonces aquel mancebo troyano de muy buena gana le metiera en la -mano aquella manzana de oro, que era victoria.</p> - -<p>¿De qué os maravilláis, hombres muy viles, letrados y abogados, y -aun digo buitres de rapiña en hábitos de hombre, si ahora todos los -jueces venden por dinero sus sentencias, porque, en el comienzo de -todas las cosas del mundo, la gracia y hermosura corrompió el juicio -que se trataba entre los dioses y el hombre?</p> - -<p>Y aquel pastor rústico, juez elegido por el gran Júpiter, vendió la -primera sentencia de aquel antiguo siglo, por ganancia de su lujuria, -con destrucción y perdimiento de todo su linaje.</p> - -<p>Por cierto, de esta manera aconteció otro juicio hecho entre los -capitanes griegos.</p> - -<p>Cuando Palamedes, poderoso en armas, fue condenado de traición, o -cuando Ulises fue preferido a Áyax.</p> - -<p>Pues que tal fue aquel otro juicio cerca de los letrados y discretos -de Atenas y los otros maestros de toda la ciencia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span>Por ventura, -aquel viejo Sócrates, de divina prudencia, el cual fue preferido a -todos los mortales en sabiduría por el dios Apolo, ¿no fue muerto con -el zumo de la hierba mortal, acusado por engaño y envidia de malos -hombres, diciendo que era corrompedor de la juventud, la cual antes él -constreñía y apretaba con el freno de su doctrina, y murió dejando a -los ciudadanos de Atenas mácula de perpetua ignominia? Mayormente que -los filósofos de este tiempo desean y siguen su doctrina santísima, y -con grandísimo estudio y afición de felicidad juran por su nombre. Mas -porque alguno no reprenda el ímpetu de mi enojo, diciendo entre sí de -esta manera: ¿Cómo es ahora razón que suframos un asno que nos esté -aquí diciendo filosofías? tornaré otra vez a contar la fábula donde la -dejé.</p> - -<p>Después que fue acabado el <i>Juicio de Paris</i>, aquellas diosas, -Juno y Minerva, tristes, y semejantes, y enojadas, fuéronse del teatro, -manifestando en sus gestos la indignación y pena de la injusticia que -les era hecha. Pero la diosa Venus, gozosa y muy alegre, saltando y -bailando con toda su compañía, manifestó su alegría.</p> - -<p>Entonces, encima de aquel monte, por un caño escondido, salió una -fuente de agua de color de azafrán, y cayendo de arriba, roció aquellas -cabras que andaban allí paciendo, con aquella agua olorosa, en tal -manera, que teñidas y pintadas del agua, mudaron el color blanca que -era propio suyo, en color amarillo. Así que oliendo suavemente todo el -teatro ya que era acabada toda la fábula, sumiose todo aquel monte de -madera en una abertura grande de la tierra que allí estaba hecha.</p> - -<p>Acabados estos juegos, luego empezó mi maestro a aparejar el teatro -para yo ir a danzar. Mas como yo era asno vergonzoso, y no hacía -mis cosas públicas, hallando<span class="pagenum" id="Page_225">p. -225</span> ocasión de tomar las riñas y acogerme, determiné hacerlo, -entretanto que mi maestro aparejaba el teatro, y la otra gente que allí -estaba, los unos estaban ocupados en mirar la caza de las bestias, los -otros atónitos en aquel espectáculo y fiesta deleitosa, en tal manera -que daban libre albedrío a mi pensamiento para poner en obra mi huida, -y también nadie tenía pensamiento ni se curaba de aguardar un asno tan -manso. Así que poco a poco comencé a retraer los pies horriblemente, -y de que llegué a la puerta de la ciudad, que estaba cerca de allí, -eché a correr cuanto pude muy apresuradamente, y andadas seis millas, -en breve espacio llegué a Céncreas, que es una villa muy noble de los -Corintios, junta con ella el mar Egeo de la una parte, y de la otra -el mar Sarónico, adonde, porque hay puerto seguro para las naos, es -frecuentada de muchos mercaderes y pueblos.</p> - -<p>Cuando yo allí llegué, aparteme de la gente que no me viese, y en la -ribera de la mar, secretamente, cerca del rocío de las ondas del agua, -me eché en un blando montón de arena, y allí recreé mi cuerpo cansado, -porque ya el carro del Sol había bajado y puesto último término al día; -adonde yo estando descansando de noche, un dulce sueño me tomó.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch11_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span></p> - <h2 class="nobreak g0">LIBRO XI.</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p> - -<p class="hang">Nuestro Lucio Apuleyo todo es lleno de doctrina y -elegancia; pero este último libro excede a todos los otros: en el cual -dice algunas cosas simplemente y muchas de historia verdadera, y otras -muchas sacadas de los secretos de la filosofía y religión de Egipto. -En el principio explica con gran elocuencia una oración, no de asno, -mas de elocuente orador, que hizo a la Luna, y luego la respuesta de la -Luna. — La copiosa y muy discreta descripción de la pompa sacerdotal. — -La reformación del asno en hombre, comidas las rosas. — La entrada que -hizo en la religión de Isis. — La abstinencia de su castidad. — Y otra -oración que hizo a la Luna. — Y después la feliz jornada que hizo a -Roma, adonde, ordenado en las cosas sagradas, de allí fue puesto en el -colegio de los principales sacerdotes. — Hablarán copiosamente, que es -difícil a la letra tornarlo en nuestro romance: haya paciencia quien lo -leyere, y no culpe lo que él, por ventura, no podrá hacer.</p> - - -<h3>I.</h3> - -<p class="hang">Cómo Lucio cuenta que, venido en aquel lugar de -Céncreas, después del primer sueño vio la Luna, a la cual pidió le -volviese a su primera forma de hombre.</p> - -<p>Siendo ya de noche, yo desperté con un súbito pavor, y vi la -luna relumbrando y con un resplandor grande,<span class="pagenum" -id="Page_227">p. 227</span> que a la hora salía de las ondas de la mar. -Yo, hallándome solo y con la ocasión de la noche llena de silencio, -pensaba que la Luna resplandece con gran majestad, y que todas las -cosas humanas son regidas por su providencia, no tan solamente las -animalias domésticas y bestias fieras, mas aun los que son sin -ánima se esfuerzan y crecen por virtud de su lumbre, y también, por -consiguiente, los mismos cuerpos en la tierra, en el aire y en la mar, -ahora se aumentan con los crecimientos de la Luna, ahora se disminuyen -cuando ella mengua. Pensando yo también que mi fortuna estaría ya -harta con tantas tribulaciones y desventuras como me había dado, y que -ahora, aunque tarde, me mostraba alguna esperanza de salud, deliberé -de rogar y suplicar a aquella venerable diosa me diese su favor. Y -luego, quitando de mí toda pereza, me levanté muy alegre, y con gana -de limpiarme y purificarme, echeme en la mar metiendo la cabeza siete -veces debajo del agua, porque aquel divino Pitágoras manifestó que -aquel número septenario era en gran manera aparejado para la religión y -santidad, y con el placer alegre, saliéndome las lágrimas de los ojos, -suplicábale de esta manera:</p> - -<p>—¡Oh, reina! ¡Ahora tú seas aquella santa Ceres, madre primera de -los panes, que te alegraste cuando se halló tu hija, y quitado el -manjar antiguo de las bellotas, mostraste manjar deleitoso! ¡Ahora tú -seas aquella Venus celestial, que juntas los hombres con amor y haces -los casamientos para haber generación! ¡Ahora tú seas hermana del Sol, -que socorres a las mujeres en sus trabajosos partos! ¡Ahora tú seas -aquella temerosa Proserpina a quien sacrificaban con aullidos de noche, -y que oprimes las fantasmas con tu forma de tres caras, y refrenándote -de los encerramientos de la tierra andas por<span class="pagenum" -id="Page_228">p. 228</span> diversas montañas y arboledas, y eres -sacrificada y adorada por diversas maneras! ¡Tú alumbras todas las -ciudades del mundo con esta tu claridad mujeril; y criando las -simientes alegres, con tus húmedos rayos dispensas tu lumbre incierta -con las vueltas y rodeos del Sol! ¡Por cualquier nombre, o por -cualquier rito, o nombre que sea lícito llamarte, tú, señora, socorre -y ayuda ahora a mis extremas angustias! ¡Tú levanta mi caída fortuna! -¡Tú da paz y reposo a los acaecimientos crueles por mí pasados y -sufridos! ¡Basten ya los trabajos, basten ya los peligros, y quítame -esta cara maldita de asno, y tórname a hacer Lucio, para que vea y goce -de los míos! Y si por ventura a algún dios yo he enojado y me trata con -crueldad inexorable, ¡consienta a lo menos que yo muera, pues que no me -conviene que viva!</p> - -<p>En esta manera habiendo hecho mis rogativas, tornome otra vez a -venir gran sueño, y acosteme en el mismo lugar donde antes había -dormido, para reposar y pasar la triste noche.</p> - -<p>No había yo bien cerrado los ojos, he aquí aquella alegre cara, -alzando su gesto honrado, salió de en medio de la mar, y de allí poco a -poco su luciente figura, ya que estaba toda fuera del agua, pareció que -se puso delante de mí. De la cual maravillosa imagen yo me esforzaré a -contar, si el efecto de la lengua humana me diere para ello facultad, -o si su divinidad me administrare abundante copia de facundia para -poderlo decir.</p> - -<p>Tenía los cabellos, muchos y muy largos, derramados por el -divino cuello, que le cubrían las espaldas. Tenía en su cabeza una -corona adornada de diversas flores, en medio de la cual estaba una -redondez llana, a manera de espejo, que resplandecía la lumbre de -él, para demostración de la luna. De la una parte y de la otra había -muchos<span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span> surcos de -arados, torcidos como culebras, y con muchas espigas de trigo por allí -nacidas. Traía una vestidura de lino tejida de muchos colores: ahora -era blanca y muy luciente, ahora amarilla como flor de azafrán, ahora -inflamada con un color rosado, que, aunque estaba muy lejos, me quitaba -la vista de los ojos. Traía encima otra ropa negra, que resplandecía -la oscuridad de ella, la cual traía cubierta y echada por debajo del -brazo diestro al hombro izquierdo como un escudo, pendiendo con muchos -pliegues y dobleces. Era esta ropa bordada alderredor con sus trenzas -de oro, y sembrada toda de unas estrellas muy resplandecientes, en -medio de las cuales, la luna llena de quince días lanzaba de sí rayos -inflamados. Y como quiera que esta ropa la cercaba toda, pendiendo de -cada parte, y tenía la hermosa corona ligada con ella, adornada de -diversas flores, manzanas, peras y otras frutas, con todo, en la mano -tenía otra cosa muy diferente de lo que hemos dicho; porque ella tenía -un pandero en la mano derecha, con sus sonajas de alambre y de plata -atravesadas por medio con sus hierrecitos, y con un palillo dábale -muchos golpes, que lo hacía sonar muy dulcemente.</p> - -<p>En la mano izquierda traía un jarro de oro, y del asa del jarro, -que era muy linda y pulida, salía una serpiente, que se llama áspid, -alzando la cabeza y con el cuello muy alto.</p> - -<p>En los pies, divinos y hermosos, traía unos alpargates hechos de -hojas de palma. Tal y tan grande me pareció aquella diosa, echando de -sí un olor divino, como los olores que se crían en Arabia, y tuvo por -bien de hablarme de esta manera:</p> - -<p>—Heme aquí, do vengo conmovida por tus ruegos, oh Lucio; sepas -que yo soy madre y natura de todas las<span class="pagenum" -id="Page_230">p. 230</span> cosas, señora de todos los elementos, -principio y generación de los siglos, la mayor de los dioses y reina de -todos los difuntos, primera y una sola de todos los dioses y diosas del -cielo, que dispenso con mi poder y mando las alturas resplandecientes -del cielo, y las aguas saludables de la mar, y los secretos lloros del -infierno.</p> - -<p>A mí sola y a una diosa honra y sacrifica todo el mundo en muchas -maneras de nombres. De aquí los troyanos, que fueron los primeros -que nacieron en el mundo, me llaman Pesimútica, madre de los dioses. -De aquí asimismo los Atenienses naturales y allí nacidos, me llaman -Minerva Cecropea, y también los de Chipre, que moran cerca de la mar, -me nombran Venus Pafia; los Arqueros y Sagitarios de Cresa, Diana; los -Sicilianos de tres lenguas me llaman Proserpina; los Eleusinos, la -diosa Ceres antigua. Otros me llaman Juno, otros Belona, otros Ecates, -otros Ranusia.</p> - -<p>Los Etíopes, ilustrados de los hirvientes rayos del Sol cuando -nace, y los Arios y Egipcios poderosos y sabios, donde nació toda -la doctrina, cuando me honran y sacrifican con mis propios ritos y -ceremonias, me llaman mi verdadero nombre, que es la reina Isis. -Habiendo merced de tu desastrado caso, vengo en persona a favorecerte -y ayudarte; por eso deja ya esos lloros y lamentaciones; aparta de ti -toda tristeza y fatiga, que ya por mi providencia es llegado el día -saludable para ti. Así que con mucha solicitud y diligencia entiende y -cumple lo que te mandare.</p> - -<p>El día de mañana nombro la religión de los hombres, y lo festivo y -dedico para siempre en mi nombre; porque apaciguadas las tempestades -del invierno, y amansadas las ondas y tormentas de la mar, estando ya -manso para navegar, los sacerdotes de mi templo me sacrificaban<span -class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> una barca nueva en señal y -primicia de su navegación.</p> - -<p>Esta mi fiesta no la debes tú esperar con pensamiento profano; -porque por mi aviso y mandado, el sacerdote que fuere en esta procesión -llevará en la mano derecha una guirnalda de rosas. Así que, sin empacho -ni tardanza, alegre, apartando la gente, llégate a la procesión, -confiado en mí, y blandamente llégate al sacerdote, y morderás de -aquellas rosas, las cuales comidas, luego yo te desnudaré del cuero -de esta pésima y detestable bestia, en que ha tantos días andas -metido, y no temas cosa alguna de lo que te digo, pensando ser cosa -difícil; porque yo mando en sueños al sacerdote lo que ha de hacer -para que esto venga a efecto; por mi mandado el pueblo, aunque esté -muy apretado, se apartará y te dará lugar, y ninguno de cuantos allí -hubiere se espantarán en ver esta cara disforme que traes. Ni tampoco -acusará maliciosamente, ni interpretará en mala parte, que tu figura -súbitamente sea tornada en hombre.</p> - -<p>De una cosa te recordarás y tendrás siempre escondida en lo íntimo -de tu corazón: que todo el tiempo de tu vida que de aquí adelante -vivieres, hasta el último término de ella, todo aquello que vives lo -debes, con mucha razón, a aquella por cuyo beneficio tornas a estar -entre los hombres. Tú vivirás placentero y honrado debajo de mi -amparo, y cuando hubieres acabado el espacio de tu vida y entrares -en el infierno, allí, en aquel subterráneo medio redondo, me verás -que alumbro a las tinieblas del río Aqueronte y que reino en los -palacios secretos del infierno, y tú, que estarás y morarás en los -campos Elíseos, muchas veces me adorarás como a tu abogada cierta y -propicia.</p> - -<p>Demás de esto, sepas que si con servicios continuos, actos -religiosos y perpetua castidad merecieres mi gracia, yo<span -class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span> te podré alegrar, y a mí -solamente conviene prolongarte la vida allende el tiempo constituido a -tu término. En esta manera, acabada la habla de esta venerable visión, -desapareció delante de mis ojos, tornándose en sí misma.</p> - - -<h3 id="Ch11_2">II.</h3> - -<p class="hang">Escribe con grande elocuencia una solemne procesión -que los sacerdotes hicieron a la Luna, en la cual procesión el asno -apañó las rosas de las manos del gran sacerdote, y, comidas, se volvió -hombre.</p> - -<p>No tardó mucho que yo desperté de aquel sueño; me levanté con un -pavor y gozo, y asimismo mezclado de un gran sudor, maravillándome -mucho de tan clara presencia de esta diosa poderosa, y rociándome con -el agua de la mar, estando muy atento a sus grandes mandamientos, -recolegía entre mí la orden de su munición.</p> - -<p>En esto estando, no tardó mucho que el Sol dorado salió apartando -las tinieblas de la noche oscura, y llegándome a la ciudad, yo vi -que la gente y pueblo de ella henchían todas las plazas en hábito -religioso, y triunfante con tanta alegría, que demás del placer que yo -tenía, me parecía que todas las cosas se alegraban, en tal manera, que -hasta los bueyes y brutos animales, y todas las cosas, y aun el mismo -día, sentía yo que con alegres gestos se gozaban, porque el día sereno -y apacible había seguido a la lluvia que otro día antes había hecho. -En tal manera, que los pajaritos y avecicas, alegrándose del vapor -del verano, sonaban cantos muy dulces y suaves,<span class="pagenum" -id="Page_233">p. 233</span> halagando blandamente a la madre de las -estrellas, principio de los tiempos, señora de todo el mundo.</p> - -<p>¿Qué puedo decir, sino que los árboles, así los que dan fruto, -como los que se contentan con solamente su sombra, meneando y alzando -las ramas con el viento Austro, se reían y alegraban con el nuevo -nacimiento de sus hojas, y con el manso movimiento de sus ramos -chiflaban y hacían un dulce estrépito? El mar, amansado de la tormenta -y tempestad, y depuesto el rumor e hinchazón de las ondas, estaba -templado y con reposo. El cielo, alanzando de sí las oscuras nubes, -relumbraba con la serenidad y resplandor de su propia lumbre.</p> - -<p>He aquí donde vienen delante de la procesión, poco a poco, muchas -maneras de juegos, hermosamente adornados; uno venía en hábito de -caballero, ceñido con su banda; otro vestido su vestidura y zapatos -de caza, con un venablo en la mano, representando un cazador; otro -vestido con una ropa de seda y chapines dorados y otros ornamentos -de mujer, con una cabellera de cabellos rubios en la cabeza, andando -pomposamente, y otro venía todo armado con quijotes y capacete y -babera, y su espada y broquel en la mano, que parecía que salía del -juego de la esgrima.</p> - -<p>No faltaba otro que le seguía vestido de púrpura, con insignias de -senador, y tras de este otro con su bordón, esclavina y alpargates, y -con sus barbas de cabrón representaba y fingía persona de filósofo. -Otro iba con diversas cañas, la una para cazar aves con un visco, y -otras para pescar peces con anzuelo.</p> - -<p>Demás de esto, vi asimismo que llevaban una osa mansa asentada en -una silla y vestida en hábito de mujer casada y honrada. Otro llevaba -una mano, con un sombrerete velloso en la cabeza, y vestida con un -sayo<span class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> amarillo, con -una copa de oro, que parecía a Ganímedes, aquel pastor troyano que -Júpiter arrebató para su servicio. Tras de esto, vi que iba allí un -asno con alas, que representaba aquel caballo Belerofonte, y cerca de -él andaba un viejo, que podía decir quien lo viese que era Pegaso, como -quiera que podía reírse y burlar de entrambos a dos.</p> - -<p>Entre estas cosas de juegos que popularmente allí se hacían, ya -se aparejaban y venía la fiesta y pompa de mi propia diosa, que -me había de librar de tanta tribulación, y delante de ella venían -muchas mujeres resplandecientes, con vestiduras blancas, y alegres, -con diversas guirnaldas de flores que traían, las cuales henchían de -flores, que sacaban de sus senos, las calles y plazas por donde venía -la fiesta y procesión. Otras llevaban en las espaldas unos espejos -resplandecientes, por mostrar a la diosa, que venía tras de ellas, el -servicio y fiesta que le hacían. Otras había que rociaban las plazas -con muchas aguas olorosas.</p> - -<p>Demás de esto, iba gran muchedumbre de hombres de toda suerte, y -mujeres con sus candelas, hachas y cirios, y con otro género de fuego -artificial, con muchas banderas de seda de muchas invenciones y artes -hechas, favoreciendo y honrando las estrellas celestiales. También iban -muchos instrumentos de música, así como sinfonías, y suaves flautas -y chirimías, que cantaban muy dulcemente, a las cuales seguía una -danza de muy hermosas doncellas, con sus alcandoras blancas, cantando -un canto muy gracioso, el cual, con favor de las musas, ordenó aquel -sabio poeta, en el cual se contenía el argumento y ordenanza de toda la -fiesta.</p> - -<p>Otros iban cantando dulces canciones de mayores votos, y otros -con trompetas dedicadas al gran dios de<span class="pagenum" -id="Page_235">p. 235</span> Egipto, Serapis, los cuales, con las -trompetas retorcidas puestas a la oreja derecha, cantaban aquellos -versos familiares del templo y de la diosa. Otros muchos había que iban -haciendo lugar por donde pasase la fiesta.</p> - -<p>En esto vino una gran muchedumbre de hombres y mujeres de toda -suerte y edad, relumbrando con vestiduras de lino puro y muy blanco; -mezcláronse con los sacerdotes que allí iban. Las unas llevaban los -cabellos untados con olores y ligados en limpios y blandos trenzados. -Los hombres llevaban las cabezas raídas, reluciéndoles las coronas -como estrellas terrenales de gran religión, tañendo y haciendo dulce -sonido con panderos y sonajas de alambre y de plata y aun también de -oro. Y aquellos principales sacerdotes, que iban vestidos de aquellas -vestiduras blancas hasta los pies, llevaban las alhajas e insignias de -sus poderosos dioses.</p> - -<p>El primero de los cuales llevaba una lámpara resplandeciente, no -semejante a nuestra lumbre con que nos alumbramos a las cenas de la -noche, pero era un jarro de oro; tenía la boca ancha, por donde echaba -la llama de la lumbre largamente. El segundo iba vestido semejante a -este, pero llevaba en ambas manos un altar, que quiere decir auxilio, -al cual, la providencia de la soberana diosa, que es ayudadora, le -dio este propio nombre. Iba el tercero y llevaba en la mano una palma -con hojas de oro sutilmente labradas, y en la otra un caduceo, que -es instrumento de Mercurio. El cuarto mostró un indicio y señal de -equidad, conviene a saber: llevaba la mano izquierda extendida, la -cual, por ser de su natural perezosa y que no es astuta ni maliciosa, -parece que es más aparejada y conveniente a la igualdad y razón, que -no la mano derecha. Este mismo llevaba en la otra mano un vaso de -oro redondo y hecho a manera<span class="pagenum" id="Page_236">p. -236</span> de teta, del cual salía leche. El quinto traía una criba de -oro, llena de ramos dorados.</p> - -<p>No tardaron tras de esto de salir los dioses, que tuvieron por bien -de andar sobre pies humanos. Aquí venía Mercurio, mensajero de los -dioses, con la cara negra, ahora de oro, alzando la cerviz, y cabeza de -perro; el cual traía en la mano izquierda un caduceo, y con la derecha -sacudiendo una palma. Tras de él seguía una vaca levantada en su -estado, la cual es figura de la diosa madre de todas las cosas; porque -como la vaca es útil y provechosa, así lo es esta diosa: la cual imagen -o figura llevaba encima de sus hombros uno de aquellos sacerdotes, con -pasos muy pomposos. Otro llevaba un cofre donde iban todas las cosas -secretas de aquella religión. Otro, asimismo, llevaba en su regazo la -venerable figura de su diosa soberana, la cual no era de bestia, ni de -ave, ni de otra fiera, ni tampoco era semejante a figura de hombre.</p> - -<p>Mas por una alta invención y novedad, para argumento inefable de -la reverencia y gran silencio de su secreta religión, era una cosa -de oro resplandeciente, figurado de esta manera: Un vaso pulidamente -obrado, abajo redondo, y de parte de fuera bien esculpido, con figuras -y simulacros de los Egipcios, la boca no muy alta, pero tenía un pico -luengo como canal, por donde echaba el agua, y de la otra parte un -asa muy larga y apartada del vaso, encima del cual estaba torcida una -serpiente áspid, con la cerviz escamosa y el cuello alto y soberbio; y -luego he aquí donde llegan mis hados y beneficios, que por la presente -diosa me fueron prometidos, y el sacerdote que traía esta misma salud -mía, allegó a cumplir el mandado a la divina promisión, el cual traía -en su mano derecha un pandero con sonajas, y colgada de ella una corona -de rosas, la cual, por cierto,<span class="pagenum" id="Page_237">p. -237</span> a mi se me podía muy bien dar, porque había pasado tantos y -tan grandes trabajos y peligros.</p> - -<p>Con todo esto yo no me movía, súbitamente arremetiendo recio y con -ferocidad, temiendo que por ventura con el ímpetu repentino de una -bestia de cuatro pies no se turbase el orden de la procesión. Mas poco -a poco, deteniéndome, con la cara alegre y el paso como de hombre de -seso, bajando el cuerpo, dándome lugar el pueblo, por la gracia de la -diosa, llegueme muy pasito cerca del sacerdote que llevaba las rosas, -el cual, siendo ya amonestado y avisado de la diosa por el sueño y -visión de la noche pasada, según que del mismo negocio yo pude conocer, -maravillándose asimismo como todo aquello concordaba con lo que le -había sido revelado, luego estuvo quedo y de su propia gana tendió su -mano a mi boca y me dio la corona de rosas.</p> - -<p>Entonces yo, temblando y dándome el corazón muchos saltos en el -cuerpo, llegué a la corona, la cual resplandecía, tejida de rosas -delicadas y frescas, y tomándola con mucha gana y deseo, deseosamente -la tragué.</p> - -<p>No me engañó la promesa celestial, porque luego a la hora se me cayó -aquel disforme y fiero gesto de asno. Primeramente los pelos duros se -me quitaron, y desde adelante el cuero grueso se adelgazó; el vientre, -hinchado y redondo, se asentó; las plantas de los pies, que estaban -hechas uñas, se tornaron dedos; las manos ya no eran pies como de -antes, y se levantaron derechas para hacer su oficio; la cerviz, alta y -grande, se achicó; la boca y la cabeza se redondeó; las orejas, grandes -y gruesas, se tornaron a su primera forma, y también los dientes, que, -eran crecidos, tornaron a ser menudos como de hombre; la cola, que -principalmente me daba pena, desapareció.</p> - -<p>Aquellas gentes y el pueblo que allí estaba se maravillaron<span -class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> todos. Los sacerdotes -adoraron y honraron tan evidente potencia de la gran diosa y la -magnificencia semejante a la revelación de la noche pasada y la -facilidad de esta mi reforma, y alzando las manos al cielo, todos a una -voz testificaban y decían este tan ilustre beneficio de su diosa. Yo, -espantado y como pasmado, estaba quedo y callando, revolviendo en mi -corazón tan repentino y tan gran gozo, que no cabía en mí, pensando qué -era lo primero que principalmente había de comenzar a hablar, de dónde -había de tomar el comienzo de la nueva voz. ¿Con qué palabras podría -ahora la lengua, otra vez nacida, comenzar con mejor dicha? ¿Con cuáles -y con cuántas palabras yo podría hacer gracias a tan gran diosa?</p> - -<p>Pero el sacerdote, que por la divina revelación estaba informado -de todos mis trabajos y penas desde el principio, como quiera que él -también estaba espantado, hizo señal y mandó que primeramente me diesen -una vestidura de lino con que me vistiese, porque yo, luego que vi -que el asno me había despojado de aquella cobertura bruta y nefanda, -apretadas las piernas estrechamente y puestas las manos encima, según -que convenía a hombre desnudo, tapaba mis vergüenzas.</p> - -<p>Entonces uno de la compañía de aquella religión, prestamente se -quitó una ropa que traía, y cubriome. Lo cual así hecho, el sacerdote, -con alegre gesto, estando pasmado de verme en la forma que me veía, me -habló de esta manera:</p> - -<p>—¡Oh, Lucio: habiendo tú padecido muchos y diversos trabajos con -grandes tempestades de la fortuna, y siendo maltratado de mayores -tribulaciones, finalmente viniste al puerto de salud y era de -misericordia, y no te aprovechó tu linaje y la dignidad de tu persona, -ni aun tampoco<span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span> la -ciencia que tienes; mas antes con la incontinencia de tu mocedad, -puesto en vicios de hombres siervos y bajos, hubiste el premio y -galardón de tu agudeza y curiosidad sin provecho!</p> - -<p>Mas como quiera que sea la ciega fortuna, pensando de atormentarte -con estos pésimos trabajos y peligros, te trajo con su malicia, no -por ella vista, a esta bienaventuranza, pues vaya ahora y bravee con -su furia cuanto quisiere, y busque desde luego para su crueldad otra -materia donde se ejercite, porque en aquellos cuyas vidas y servicios -la majestad de nuestra diosa tomó bajo su amparo y protección, no ha -lugar ningún caso contrario. ¿Qué le aprovecharon a la malvada de la -fortuna los ladrones, qué le aprovecharon las fieras o el servicio en -que te puso, o las idas y venidas de los caminos ásperos que anduviste, -o el miedo de la muerte en que cada día te puso?</p> - -<p>Y ahora eres recibido en tutela y guarda de la prosperidad, pero de -la que es buena y alumbra a los dioses. De aquí adelante ten la cara -alegre, y que se conforme con este tu hábito cándido y blanco. Acompaña -la pompa y procesión de esta diosa que te salvó, con pasos alegres, por -que lo vean los herejes y conozcan su error. He aquí, Lucio, librado de -las primeras tribulaciones, gozoso con la providencia de la gran diosa, -y triunfando con vencimiento de su desdicha. Y por que seas más seguro -y mejor guardado, entrégate a esta santa religión, y por tu voluntad -toma el yugo de esta milicia, porque cuando comenzares a servir a esta -diosa, entonces tú sentirás mucho más el fruto de tu libertad.</p> - -<p>De esta manera, habiendo hablado aquel egregio sacerdote, estando -ya cansado de hablar, calló, y entonces yo, mezclándome con aquella -compañía de religiosos, iba<span class="pagenum" id="Page_240">p. -240</span> en la solemne procesión acompañando aquella solemnidad, -señalándome y notándome con los dedos y gestos todos los de la ciudad, -y todos hablando de mí, diciendo:</p> - -<p>—La divinidad de nuestra gran diosa reformó y trasladó hoy a este de -bestia en hombre; por cierto, él es bienaventurado, y hubo buena dicha, -que por la inocencia y fe de la vida pasada mereció tan gran favor y -ayuda del cielo, que casi ha tornado a nacer hoy de nuevo, y luego fue -dedicado y puesto en el servicio de las cosas sagradas.</p> - -<p>Dicho esto, viniendo un poco adelante con la procesión, llegamos -a la ribera de la mar en aquel mismo lugar donde otro día antes mi -asno había tenido su establo, y allí, puesta la diosa y las otras -cosas sagradas en tierra honradamente, el principal de los sacerdotes -ofreció a la diosa una nave muy pulidamente obrada y pintada con -pinturas maravillosas, como las que se pintan en Egipto, y hechos sus -sacrificios y solemnísimas preces, con una tea ardiendo y un huevo y -piedra azufre, rezando con su casta boca, después de haberla limpiado y -purificado, la dedicó y nombró a esta gran diosa.</p> - -<p>La nave tenía una vela muy blanca de lino delgado, en la cual -estaban escritas unas letras que declaraban el voto de los que -ofrecían, por que la diosa les diese próspero viaje. Tenía asimismo la -nave su mástil, que era un pino redondo, alto y muy hermoso, con su -entena y su gavia, y la popa de la nave era cubierta de láminas de oro, -con las cuales resplandecía. Y todo el cuerpo de la nave era de cedro -limpio y muy pulido.</p> - -<p>Entonces todo el pueblo, así los religiosos como los seglares, con -sus harneros y espuertas en las manos llenos de olores y de otras cosas -semejantes, para suplicar a su diosa, las lanzaban dentro en la nao; y -asimismo<span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span> desmenuzadas -estas cosas con leche, las lanzaban sobre las ondas de la mar, por -ceremonia de sus sacrificios. Hasta tanto que la nao, llena de estos -dones y otras largas promesas y devociones, sueltas las cuerdas de las -áncoras, fue echada en la mar con su sereno y próspero viento, la cual -después, con su ida, se nos perdió de vista. Los que traían las cosas -sagradas, tomando cada uno lo que traía a cargo, alegres y con mucho -placer, en procesión como habían ido, se tornaron a su templo.</p> - -<p>Después que hubimos llegado al templo, el principal de los -sacerdotes y los otros que traían aquellas divinas reliquias, y los que -eran novicios en aquella religión, entráronse dentro en el sagrario, -adonde pusieron sus imágenes y reliquias que traían. Entonces, uno -de aquellos, al cual los otros llamaban escribano, estando a la -puerta, llamó allí todo el colegio de aquellos sacerdotes, de encima -de un púlpito, y comenzó a pronunciar en palabras y lenguaje griego, -diciendo: «Paz sea al Príncipe y gran Senado, caballeros y a todo el -pueblo romano, y buen viaje a los marineros y a las naves que van por -la mar, y salud a todos los que son regidos y gobernados debajo de -nuestro imperio.» En fin de lo cual, dio licencia a todo el pueblo, -diciendo que se fuesen con Dios. A lo cual respondió todo el pueblo con -gran clamor y alegría, por donde pareció que a todos había de venir -buenaventura, como el escribano decía.</p> - -<p>Después de esto, todos los que allí estaban, con gran gozo y con sus -guirnaldas de rosas y flores, besando los pies de la diosa, que estaba -hecha de plata y puesta en las gradas del templo, fuéronse para sus -casas; pero a mí no me dejaba mi corazón apartarme de allí cuanto una -uña; mas atento en la hermosura de la diosa, me recordaba de la fortuna -que me había acontecido.</p> - - -<h3 title="III." id="Ch11_3" ><span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span>III.</h3> - -<p class="hang">Cómo Lucio cuenta el ardiente deseo que tuvo de entrar -en la religión de la diosa, y cómo fue primero industriado para -recibirla.</p> - -<p>La fama, que vuela con sus alas muy ligeramente, no cesó ni fue -perezosa, antes voló muy presto en mi tierra, recontando el honorable -beneficio de la providencia de la diosa, y la memorable fortuna que -por mí había pasado. En tal manera, que mis familiares y criados, y -asimismo mis parientes, quitado el luto que a mi causa habían tomado -por la falsa relación y mensajería que de mi muerte tenían, súbitamente -se alegraron, y luego vinieron corriendo a mí, cada uno con su -presente, para ver mi presencia.</p> - -<p>Yo asimismo, holgándome con ver mi gesto y persona, de lo cual ya -estaba desesperado, recibí sus dones y presentes, dándoles muchas -gracias por ello, lo cual yo tenía razón de hacer, porque estos mis -familiares y amigos habían tenido cuidado de traer cumplidamente lo -que había menester, así para vestirme y ataviarme como para el otro -gasto. Así que, después que les hube hablado en general y a cada uno -particularmente, diciéndoles todas mis primeras fatigas y penas, y el -gozo presente en que estaba, torneme otra vez a la muy agradable vista -y presencia de la diosa. Y alquilada una casa dentro del cerco del -templo, constituí allí mi morada temporal, sirviendo por entonces en -las cosas de dentro de casa que me mandaban, estando de continuo en la -compañía de aquellos<span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span> -sacerdotes, no apartándome del servicio de la gran diosa; en tal -manera, que ninguna cosa pasó, ni hube reposo alguno, sin que viese y -contemplase en esta diosa, cuyos sagrados mandamientos y servicios, -como quiera que mucho antes a ellos yo me viese obligado, me parecía -que ahora lo comenzaba a hacer y a servirla; y aunque en esto yo tenía -gran deseo y voluntad, pero excusábame y tenía como religioso temor y -vergüenza, mayormente que con mucha diligencia preguntaba la dificultad -que había en el servicio de aquella religión, y sabía yo que había gran -abstinencia y castidad. Demás de esto miraba con mucha cautela que la -vida de aquella religión era disminuida y estaba debajo de muchos casos -y ocasiones, lo cual todo pensando entre mí muchas veces, no sé cómo -dilataba lo que mucho deseaba.</p> - -<p>Estando en este pensamiento, una noche soñaba que el sumo sacerdote -me daba y ofrecía la falda llena, y preguntándole yo qué cosa era -aquella, me respondió que traía allí ciertas cosas que me enviaban de -la ciudad de Tesalia, y que asimismo había venido de allá un siervo -mío, que por nombre había Cándido.</p> - -<p>Despertando con este sueño, revolvía muchas veces mi pensamiento, -diciendo qué cosa podía ser aquesta, mayormente que no me recordaba en -tiempo alguno haber tenido siervo que por tal nombre se llamase. Pero -porque la adivinanza del señor se enderezase a bien, yo creía y se me -figuraba que el ofrecimiento de aquellas cosas que me daban, en todas -maneras significaban alguna cierta ganancia.</p> - -<p>En esta manera, estando en gran congoja, atónito con la prosperidad -de la ganancia, esperaba la hora de maitines para que las puertas del -templo fuesen abiertas, las cuales desde que se abrieron, comenzamos -a adorar y<span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span> suplicar -a la imagen venerable de la diosa. Y el sumo sacerdote, andando por -estos altares y aras, procuraba hacer su sacrificio y divinos oficios. -Y después tomó un vaso de agua de la fuente secreta, e hizo la salva, -como se acostumbraba en las solemnidades y suplicaciones divinas. Lo -cual todo muy bien acabado, los otros religiosos comenzaron a cantar -la hora de prima, adorando y saludando a la luz del día, que entonces -comenzaba.</p> - -<p>Estando en esto vinieron de mi tierra mis criados y servidores que -allá había dejado cuando Andria, criada de Milón, me encabestró por -su necio error. Así que, conocidos mis criados y mi caballo cándido y -blanco que ellos me traían, el cual era perdido y lo había cobrado por -conocimiento de una señal que traía en las espaldas, por lo cual yo -me maravillaba de la violencia de mi sueño, mayormente que, demás de -concordar con la ganancia prometida, me había dado, en lugar del siervo -Cándido, mi caballo, que era de color cándido y blanco.</p> - -<p>Lo cual todo así hecho, con mucha solicitud y diligencia yo -frecuentaba el servicio del templo, con esperanza cierta que por los -servicios presentes habría alguna remuneración.</p> - -<p>No menos con todo esto, cada día me crecía el deseo y codicia de -recibir aquel hábito y religión, por lo cual muchas veces rogué y -supliqué ahincadamente al principal de los sacerdotes que tuviese por -bien de ordenarme, para que yo pudiese intervenir en los secretos -sacrificios; pero él, como era personaje grave y muy afamado en -la observancia y guarda de su religión, con mucha clemencia y -humanidad, como suelen los padres templar los deseos apresurados de -sus hijos, halagaba y aplacaba la fatiga de mi deseo, dilatando mi -importunidad con promesa de mejor esperanza, diciendo que el día que -cualquiera<span class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span> se hubiese -de ordenar, había de ser mostrado y señalado por la voluntad de la -diosa, y también por su divina providencia había de ser elegido el -sacerdote que había de administrar en sus sacrificios, y por semejante, -ella había de declarar el gasto necesario para aquellas ceremonias; las -cuales cosas nosotros somos obligados a guardar con mucha paciencia, -y guardarnos de ser apresurados, y de ser remisos, apartándonos de no -caer en culpa de lo uno ni de lo otro; conviene a saber: que si soy -llamado a la religión, no tengo de tardar, y si no me llaman, no ir -de prisa; ni hay ninguno del número de estos sacerdotes que tenga tan -perdido el seso, ni se pondrá tan a peligro de muerte, que sin ser -llamado por la diosa, osase emprender tan sacrílego ministerio, de -donde pudiese contraer culpa mortal, porque en mano de esta diosa están -las llaves de la muerte y la guarda de la vida, y la entrada de esta -religión se ha de celebrar a manera de una muerte voluntaria y rogada -salud. Mayormente que esta diosa acostumbraba elegir para su servicio -y religión los hombres que ya están en el último término de su vivir, -a los cuales seguramente se puede cometer el silencio y autoridad de -su orden, porque con su providencia hace tornar de nuevo a vivir a los -que, en alguna manera renacidos en esta religión, entran en ella. Por -las cuales razones me convenía obedecer el mandamiento celestial.</p> - -<p>Y como quiera que clara y abiertamente la diosa, por su gracia -y bondad, me hubiese señalado y elegido para el ministerio de su -religión, pero que ni más ni menos que los otros sus servidores me -había de abstener, guardar y apartar de todos los manjares y actos -profanos y seglares, por donde más derechamente pudiese llegar a los -secretos purísimos de esta sagrada religión.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span>Después que el -sacerdote hubo dicho esto, no creáis que por ello yo me enojase, ni -se corrompió mi servicio; antes muy atento, con grandísima paciencia -y sufrimiento, continuamente hacía el oficio que convenía a las cosas -sagradas del templo, y no recibí en ello engaño, ni la liberalidad de -la diosa poderosa consintió que yo padeciese pena de larga tardanza.</p> - -<p>Mas una noche oscura claramente en sueños la vi, diciendo que -ya era llegado el día que yo mucho deseaba, en el cual alcanzaría y -tendría efecto mi voto y deseo, diciendo asimismo cuánto era lo que se -había de gastar en el aparato de los oficios y ceremonias, y como aquel -su principal sacerdote, que Mitra se llamaba, me había de juntar y -poner en el número de los de aquella compañía sagrada, señalándome por -uno de los ministros de aquella religión.</p> - -<p>Yo, cuando oí estas razones y otras semejantes palabras de aquella -señora, recreado en mi corazón, casi aún no era bien de día, cuando muy -presto me fui a la celda del sacerdote. Y yo que llegaba a la puerta y -él que salía, dile los buenos días, y con mayor instancia y ahinco que -solía, pensaba decirle que tuviese ya por bien de recibirme al servicio -y deuda que debía a su religión.</p> - -<p>El sacerdote, luego que me vio, antes que nada me dijese, comenzó de -esta manera:</p> - -<p>—¡Oh, Lucio: tú eres dichoso y bienaventurado, pues que por su -propia voluntad nuestra diosa te ha juzgado y escogido por hombre digno -para su servicio! Así que, pues esto así es, ¿por qué te tardas y no -despachas presto? Este es aquel día que tú mucho deseabas, en el cual -por estas mis manos tú serás ordenado para los piísimos secretos de -esta diosa y de su religión.</p> - -<p>Diciendo esto, aquel viejo honrado me tomó con su<span -class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span> mano derecha, y me llevó -muy presto a las puertas del magnífico templo, las cuales abiertas con -aquella solemnidad que convenía, acabado el sacrificio de la mañana, -sacó de un lugar secreto del templo unos ciertos libros escritos de -letras y figuras no conocidas; en parte eran figuras de animales, que -declaraban lo que allí se contenía, y de partes figuras de sarmientos -torcidos y atados por las puntas, por que la lección de las letras -fuese escondida de la curiosidad de los legos.</p> - -<p>De allí me dijo y enseñó las cosas que era necesario aparejar para -mi profesión, las cuales luego yo con alguna liberalidad, por una -parte, y mis compañeros por otra, procurábamos comprar y buscar.</p> - -<p>Así que venido el tiempo, según que el sacerdote decía, llevome, -acompañado de muchos religiosos, a unos baños que allí cerca estaban, -y primeramente me hizo lavar, como es costumbre, y después, rezando -y suplicando a los dioses, rociándome todo de una parte y de otra, -limpiome muy bien y tornome al templo casi pasadas dos partes del día, -y púsome ante los pies de la diosa, diciéndome secretamente ciertos -mandamientos que es mejor callarlos que decirlos; pero en presencia de -todos me dijo estas cosas, conviene a saber: que en aquellos diez días -continuos me abstuviese de comer, ayunando, y que no comiese carne de -ningún animal ni bebiese vino.</p> - -<p>Las cuales cosas por mí guardadas derechamente con venerable -abstinencia, ya que era llegado el día señalado y prometido para mi -recepción, casi a la tarde, cuando el sol baja, he aquí donde vienen -muchos compañeros vestidos al modo antiguo de vestiduras sagradas, y -cada uno de ellos diversamente me daba su don. Entonces, apartados -de allí todos los legos, y vestido yo de una<span class="pagenum" -id="Page_248">p. 248</span> túnica de lino blanco, el sacerdote me tomó -por la mano, y me llevó a lo íntimo y secreto del sagrario.</p> - -<p>Por ventura, tú, lector estudioso, podrás aquí con ansia preguntar -qué es lo que después fue dicho o hecho o qué me aconteció, lo cual -yo diría si fuese cosa conveniente el decirlo, y si no conociese que -a ninguno conviene saberlo ni oírlo, porque en igual culpa incurrían -las orejas y la lengua de aquella temerosa osadía. Pero con todo eso -no quiero dar pena a tu deseo (por ventura religioso), teniéndote -gran rato suspenso. Mas créelo, que es verdad. Sepas que yo llegué -al término de la muerte, y hallando el palacio de Proserpina, anduve -y fui traído por todos los elementos, y a media noche vi el Sol -resplandeciente con muy hermosa claridad, y vi los dioses altos y -bajos, y llegueme cerca y adorelos.</p> - -<p>He aquí te he dicho lo que vi; lo cual, como quiera que lo has -oído, es necesario que lo sepas. Pero aquello que sin pecado se puede -manifestar y denunciar a las orejas de los legos, yo lo diré.</p> - - -<h3 id="Ch11_4">IV.</h3> - -<p class="hang">Lucio cuenta la entrada en la religión, y cómo fue a -Roma donde fue ordenado en las cosas sagradas, y fue recibido en el -colegio de los sacerdotes de la diosa Isis.</p> - -<p>Otro día de mañana, acabadas las horas solemnes, salí vestido con -doce vestiduras, que es hábito muy devoto y religioso, del cual puedo -hablar sin prohibición alguna, mayormente que en aquel tiempo muchos -que estaban presentes lo vieron.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span>Estaba en medio -del templo sagrado, delante la imagen de la diosa, hecho un cadalso de -madera, encima del cual yo estaba muy adornado de una vestidura, que -era blanca de lino, pero de diversas flores pintada, que me colgaba -de los hombros por las espaldas hasta los pies; ella era tan rica y -preciosa, que de cualquier parte que la veían parecía de diversos -colores, y muy adornada de animales en ella bordados. De una parte -había dragones de las Indias, de la otra grifos hiperbóreos, que nacen -y son criados en tierras muy ásperas, y tienen alas a manera de aves. A -esta vestidura llamaban los sacerdotes estola olímpica.</p> - -<p>En la mano derecha tenía yo un hacha encendida, y encima una hermosa -corona resplandeciente, a manera de unas hojas de palma, alzadas arriba -como rayos. En esta manera yo adornado, que parecía al Sol, y ataviado -como una imagen, súbitamente alzaron la vela que estaba delante, y -quedé descubierto en presencia de todo el pueblo.</p> - -<p>Después de esto celebré muy solemnemente la fiesta de mi profesión, -hice convite de muy suaves manjares y otros placeres y fiestas, que -duraron tres días, así en lo que pertenecía a la honesta y religiosa -comida, como en todas las otras cosas que eran necesarias a la -solemnidad y perfección de mi entrada.</p> - -<p>Después, continuando allí algunos pocos días, mi deseo y trabajo -gozaba de aquel inestimable, por estar en servicio de la diosa, siendo -prendado de tan grande beneficio.</p> - -<p>Finalmente, que habiendo referido humildemente, según mi -posibilidad, aunque no tan por entero como era razón, las gracias del -beneficio y merced recibida, siendo amonestado por la gran diosa, y con -gran pena<span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span> rotas las -áncoras de mi ardiente deseo, alcancé licencia (aunque tardía) para -tornar a mi casa. Así que, echado en tierra con mi cara ante sus pies, -y lavándolos con mis lágrimas, y tapando la habla con grandes sollozos -y tragando las palabras; finalmente, habiendo hecho mi oración a la -diosa, abracé al sacerdote Mitra, padre mío, y colgado de su pescuezo, -dándole muchos besos, le demandaba perdón. Porque no podía remunerar ni -agradecerle tantos beneficios como de él había recibido.</p> - -<p>Finalmente, que al cabo de gran rato que pasamos en referir las -gracias y ofrecimientos, nos partimos.</p> - -<p>Yo, después, a muy poquito tiempo enderecé mi camino para tornar a -la casa de mis padres. Así que, habiendo pasado algunos días por aviso -y mando de nuestra diosa, hice liar muy prestamente mi hacienda, y -entrando en la nao tomé el camino hacia Roma, y navegando con favor y -prosperidad de los vientos (que traían), muy presto tomé puerto.</p> - -<p>De allí, por tierra, subí en un carro y llegué a esta sacrosanta -ciudad, a doce días del mes de Diciembre, a donde no tuve otro mayor -cuidado, como llegué, sino cada día ir a visitar el templo de la reina -Isis, llamado Campense.</p> - -<p>He aquí donde, pasado el sol por los doce signos del cielo, había -cumplido un año, y el cuidado de la diosa, que bien me quería, tornó -de nuevo a interrumpir mi descanso y reposo, haciéndome ensueños que -otra vez me aparejase para entrar en la religión. Yo estaba maravillado -qué cosa podía ser aquella, si por ventura no era bien ordenado y -me faltaba algo, y en este escrúpulo hallé una cosa nueva, la cual -era que, aunque yo estaba cierto en el entendimiento de la orden de -la reina Isis, no estaba alumbrado ni limpio para el sacrificio del -padre<span class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span> de todos los -dioses, Osiris; y aunque ambas estas religiones eran unas y estaban -juntas, pero había gran diferencia cuanto al hacer de la profesión.</p> - -<p>Estando yo en esta duda, a la noche, en sueño me apareció un -sacerdote de Osiris, el cual me denunció los secretos de aquella -religión. Este sacerdote por darme conocimiento de sí por alguna cierta -señal, andaba poco a poco cojeando un poco del pie izquierdo. Así que, -quitada toda oscuridad y duda por la voluntad de los dioses, luego -de mañana, acabadas las horas matutinas, miraba con gran diligencia a -cada uno, quién de ellos era semejante al que vi en sueños, y luego vi -uno de aquellos sacerdotes que, demás del indicio de ser cojo del pie -izquierdo, concordaba justamente en todo lo otro, así en hábito como en -estatura, al que vi en sueños, y según después supe, se llamaba Asinio -Marcelo, el cual nombre no era ajeno de mi reformación de cuando yo -andaba hecho asno.</p> - -<p>Visto esto, fuile luego a hablar, pero él no estaba incierto de lo -que yo le decía, que ya había sido avisado por semejante orden como -me había de administrar y admitir en estas cosas de sus sacrificios y -religión, porque en sueños había oído la noche pasada al gran Osiris, -estándole ataviando la corona, por su propia boca, con la cual dice -y declara las venturas de cada uno, cómo le era enviado un hombre de -Orán, virtuoso, al cual él luego recibiese a sus sacrificios.</p> - -<p>En esta manera, estando yo destinado para entrar en la religión, -estaba impedido contra mi voluntad por la pobreza, por no tener para -cumplir lo que era necesario para la costa, porque los grandes gastos -de mi larga peregrinación habían consumido las fuerzas del patrimonio, -y también los gastos que había de hacer en Roma precedían<span -class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> y eran mayores que los que -se habían hecho en Acaya, donde tomé el hábito. Así que, con la pobreza -y necesidad que tenía, estaba en mucha fatiga puesto, como dice el -proverbio, «entre el cuchillo y la piedra»; demás de lo cual ya era -amonestado que vendiese las alhajas y ropa que tenía, aunque poca, -lo que luego hice, con que hice alguna suma de dineros. Así que, ya -aparejadas abundantemente todas las cosas que eran menester, otra vez -torné a ayunar tres días, contentándome con manjares de hierbas y no -comer otra alguna cosa.</p> - -<p>Demás de esto, siendo amonestado por las nocturnas fantasmas de -Osiris, estaba ya muy satisfecho para entrar en su religión, por ser -hermano de la gran reina Isis, y por esto yo frecuentaba su servicio, -lo cual daba gran descanso y placer a mi larga peregrinación y trabajo; -no menos me ayudaba, y daba abundantemente lo necesario a mi vivir, -el oficio de abogar causas, que con el favor de mi buena dicha yo -ejercitaba y tenía, en que yo era muy diligente y harto solícito. He -aquí que después, a poquito tiempo, no pensándolo yo, otra vez fui -amonestado por mandamientos de los dioses, para que tercera vez me -ordenase en su religión, lo cual no poco cuidado y pena me dio, y con -gran congoja y pena de mi corazón pensaba qué cosa podría ser esta -nueva y no oída intención de los dioses, qué quería decir, o a dónde -se enderezaba, o qué faltaba a la profesión y entrada que ya dos veces -había hecho.</p> - -<p>Estando yo en este pensamiento como hombre sin seso, me apareció -en sueños una persona que mansamente me instruyó, y dijo de esta -manera:</p> - -<p>—No hay causa de que te puedas espantar, porque sabe que por tu bien -te mandan ordenar tercera vez, que es cosa que a nadie se permitió, -y mira bien que<span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span> te -pertenece morar en Roma, en el templo de la diosa Isis, con el hábito -y vestiduras de su religión, que tomaste en la provincia de Acaya; y -no puedes en los días solemnes suplicar ni hacer cosa alguna sin este -felice y glorioso hábito, lo cual, porque para ti sea dichoso y de -buenaventura, recíbelo otra vez con ánimo gozoso y placentero, pues lo -mandan y son autores de ello los dioses grandes y soberanos.</p> - -<p>Hasta aquí, de la manera que he contado, me persuadió la revelación -de la profesión, diciéndome todo lo que era menester para mi entrada. -En adelante no dilaté ni olvidé el negocio, antes luego me fui al -sacerdote principal, y dichas todas las cosas que había visto, me puse -a la obediencia y yugo de la castidad, y abstinencia de comer cosas de -sangre; y por la ley perpetua de aquellos diez días, yo de propia gana -multipliqué otros más adelante. De manera que largamente aparejé todo -lo que era menester para mi profesión y entrada, porque muchas cosas de -aquellas me fueron dadas más por virtud y piedad de algunos, que por -precio de dineros, aunque a mí no me pesaba del trabajo ni del gasto, -pues que liberalmente la providencia de los dioses me había proveído en -los negocios y causas de mi abogar.</p> - -<p>Finalmente, después, a bien pocos días, el dios principal, Osiris, -me apareció en sueños, mandándome que sin alguna tardanza tomase cargo -de patrocinar y ayudar en las causas y pleitos de los que poco pueden, -y no temiese las envidias y murmuraciones de los que mal me querían, -las cuales allí se causaban y divulgaban por la doctrina y trabajo -de mi estudio. Y no solamente su gran majestad tenía por bien que yo -fuese juntado en la compañía de los sacerdotes, mas que fuese uno de -los<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> principales entre -los Decuriones, que de cinco en cinco años se elegían.</p> - -<p>Finalmente, que yo, trayendo mi cabeza rasa de cada parte, según -la ceremonia e institución del antiguo colegio que se instituyó en -los tiempos de Sila, me ejercitaba y servía mis oficios y cargos, -perseverando en ellos con mucho placer y alegría.</p> - - -<p class="centra mt2">FIN.</p> - - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span></p> - <p class="fs150 ws1 g1">LAS FLORIDAS</p> - <hr class="tir" /> - <p class="lh150 ws1">FRAGMENTOS DE DISCURSOS</p> - <p class="fs75 lh200">DE</p> - <p class="fs110 lh150 g0 ws1">LUCIO APULEYO</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch12_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span></p> - <h2 class="nobreak">LAS FLORIDAS</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h3>I.</h3> - -<p>Es costumbre de los viajeros piadosos, cuando encuentran algún -bosque sagrado o algún lugar santo, detenerse en ellos un momento -para pedir ayuda a los cielos y ofrecerles sus votos. Yo, como ellos, -al entrar en esta ciudad, la más santa de todas<a id="FNanchor_6" -href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a>, apremiado como lo estoy -por el tiempo, debo, ante todo, implorar indulgencia, detener mis -pasos, pronunciar un discurso. Nada hay, en efecto, más digno de que -un viajero de religiosas costumbres suspenda su marcha, ni el altar -adornado con flores, ni la gruta que el follaje sombrea, ni la encina -que termina en forma de cuernos, ni el haya coronada de pieles, ni -la colina consagrada por un cercado, ni tronco que la azuela ha -esculpido, ni césped fumigado con las libaciones, ni piedra impregnada -de perfumes, porque tales signos son poca cosa, pocos son los que los -conocen y adoran; el vulgo los ignora y sigue adelante.</p> - - -<h3 title="II." id="Ch12_2" ><span class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span>II.</h3> - -<p>No es esto lo que opinaba nuestro maestro Sócrates.</p> - -<p>Mirando cierto día a un bello joven que guardaba prudentísimo -silencio: «Habla, le dijo, para que te vea.» Así, pues, para Sócrates, -el callar equivalía a no dejarse ver, es decir, que pensaba no deben -apreciarse los hombres con los ojos del cuerpo, sino con la mirada -de la inteligencia y la vista del alma, y en este punto estaba en -desacuerdo con el soldado de Plauto, que dice:</p> - -<p>«Más vale un hombre con ojos que diez con oídos.»</p> - -<p>El filósofo, para examinar al hombre, volvía del revés la frase -diciendo:</p> - -<p>«Más que diez hombres con ojos, vale uno con oídos.»</p> - -<p>Por lo demás, si el juicio de la vista fuera superior al de la -inteligencia, la sabiduría del águila sería mayor que la nuestra.</p> - -<p>Nosotros los hombres no podemos distinguir los objetos ni demasiado -distantes ni demasiado cerca; en cierto modo todos somos ciegos, y -si quedáramos reducidos a los débiles ojos del cuerpo, tendría razón -un famoso poeta al decir «que una especie de nube se extiende ante -nuestros ojos impidiéndonos ver más allá de donde llega la piedra que -sale de la honda». Pero el águila, cuando con sublime vuelo se lanza -hacia las nubes, cuando llega a la región de las lluvias y de las -nieves y más allá de las alturas donde se producen el relámpago y el -rayo, y que, por decirlo así, son la base del éter y la cima de las -tempestades; cuando allí se balancea suavemente<span class="pagenum" -id="Page_259">p. 259</span> a derecha o a izquierda y a su placer mueve -la masa de su cuerpo, ayudándose de las alas como de velas, de la cola -como de timón y de sus plumas como de remos infatigables, todo lo ve. -Irresoluta un momento, suspende de pronto el vuelo, contempla cuanto le -rodea y busca y escoge la presa sobre la que ha de arrojarse desde lo -alto como el rayo. Desde las nubes, que ocultan su presencia, distingue -el rebaño en la llanura, la fiera en la montaña y los hombres en el -interior de las poblaciones; les amenaza con la vista y con las garras -y se apresta a despedazar con el pico, a desgarrar con las uñas a la -descuidada oveja o a la liebre medrosa, o a cualquier otra víctima que -el acaso ofrece a su hambre o a sus crueles instintos.</p> - - -<h3 id="Ch12_3">III.</h3> - -<p>Hyagnis, según la tradición, fue el padre y señor del flautista -Marsias, el único que en aquellos siglos rudos poseía el instinto de la -música. Desconocía la flauta de muchos agujeros con su flexible armonía -y variadas modulaciones, pues este arte, de reciente invención, estaba -entonces en la infancia; que nada desde su origen es perfecto, y los -elementos ricos en esperanzas preceden siempre a los resultados de la -experiencia. Antes de Hyagnis, la mayoría, como el pastor o boyero de -Virgilio, no sabían sino</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0"><i>Stridente miserum stipula disperdere carmen.</i></div> - </div> -</div> -</div> - -<p>Aun los que tenían fama de haber profundizado más en los dominios -del arte, limitábanse a hacer sonar una<span class="pagenum" -id="Page_260">p. 260</span> sola flauta, como se hace con una trompeta. -Hyagnis fue el primero que movió los dedos para producir varios -sonidos, el primero que animó dos flautas con un solo aliento, el -primero que, por medio de agujeros colocados a izquierda y derecha, -produjo el acorde musical mezclando sonidos agudos y notas graves. -Marsias, su hijo, heredero de la flauta y del talento paterno, era, sin -embargo, un frigio, un bárbaro asqueroso y repugnante, de barba sucia, -erizada de espinas a guisa de pelos, y no obstante, se dice (audacia -inaudita) que quiso rivalizar con Apolo, como si Tersites compitiera -con Nereo, un rústico con un erudito, un bruto con un dios.</p> - -<p>Minerva y las Musas fingieron constituirse en jueces para burlarse -de la bárbara fanfarronada de este monstruo y para castigarle por su -estupidez. Pero Marsias (y este era el rasgo distintivo de su necedad), -no comprendiendo que servía de mofa, empezó, antes de hacer sonar la -flauta, a decir groseras impertinencias de él y de Apolo. Alabábase -de su cabellera echada hacia atrás, de su barba sucia, de su velludo -pecho, de que el arte le había hecho flautista y la fortuna indigente; -y, cosa ridícula, censuraba en Apolo las cualidades contrarias; que -tuviese el cabello largo, gracioso semblante, cutis suave, grandes y -variadas dotes artísticas y opulenta fortuna.</p> - -<p>«Y además, dijo, su cabellera, arreglada en pequeños bucles y -graciosos anillos, cae por ambos lados de la frente; todo su cuerpo es -encantador, sus miembros de blancura deslumbradora, su boca profética -con igual facilidad habla en prosa que en verso. ¿Qué? ¿Es acaso bella -cosa su vestido de finísimo tejido, de blanda tela, teñido de radiante -púrpura? ¿Lo es una lira en que brilla el resplandor del oro, la -blancura del marfil y el fulgor<span class="pagenum" id="Page_261">p. -261</span> de los diamantes? ¿Lo es, en fin, murmurar docta y -gratamente algunas canciones? Todas estas niñerías no son títulos de -virtud, sino signos de afeminación.»</p> - -<p>Diciendo esto ostentaba las cualidades específicas de su persona. -Las Musas, al oír que dirigía a Apolo censuras que todo hombre sensato -desearía merecer, estallaban de risa. El flautista fue vencido en esta -lid, y ellas le dejaron como oso en dos pies, con el pellejo roto y -las entrañas palpitantes. Así fue castigado Marsias por su reto y su -derrota, avergonzando a Apolo tan humilde victoria.</p> - - -<h3 id="Ch12_4">IV.</h3> - -<p>Era Antigénidas un flautista que sabía cadenciar dulce como la -miel todos los acordes y producir todos los modos que se deseaban, -el sencillo eólico, el variado iásico, el plañidero lidio, el frigio -religioso y el belicoso dórico. Lo que más afligía a este hombre -eminente en el arte, lo que, al decir suyo, mortificaba más su alma y -su genio, era oír llamar a los flautistas músicos de entierros. Pero -seguramente hubiera sufrido esta calificación, de haber visto los -mimos (entre los cuales unos presiden, otros reciben los golpes, y -todos visten púrpura casi semejante), si hubiera asistido a nuestros -juegos, donde de igual manera preside un hombre o combate, o si viera -tomar la toga lo mismo para un sacrificio que para unos funerales, y -el manto servir lo mismo para envolver cadáveres que para traje de -filósofos.</p> - - -<h3 title="V." id="Ch12_5" ><span class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span>V.</h3> - -<p>Favorable es el afán con que venís aquí sabiendo que el sitio no -puede disminuir la autoridad del orador y que conviene enterarse antes -de lo que se verá en el teatro; porque si es un mimo, os reiréis; si -un bailarín en cuerda, lo admiraréis; si un cómico, aplaudiréis; si un -filósofo, os instruiréis.</p> - - -<h3 id="Ch12_6">VI.</h3> - -<p>La India, paraje lleno de habitantes y que se extiende hasta el -infinito, está situada lejos de nosotros, al Oriente, en los lugares -donde el Océano forma un golfo, donde nace el sol. Próximo a los -primeros astros y límite del mundo, encuéntrase más allá de los sabios -Egipcios, de los Judíos supersticiosos, de los Nabateos mercaderes, de -los Arsácidas de vestiduras talares, de los Itureos, pobres en frutos, -de los Árabes, ricos en perfumes.</p> - -<p>Por mi parte no admiro a esos indios por sus masas de marfil, -sus cosechas de pimienta, su comercio de cinamomo, el temple de sus -hierros, sus minas de plata y sus auríferos ríos. ¿Qué me importa que -tengan el mayor de estos, el Ganges?</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">Monarca de las aguas; origen de cien ríos</div> - <div class="verse indent0">Que cien valles recorren, fecundizando el suelo,</div> - <div class="verse indent0">Y por cien bocas entran en el undoso mar.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p><span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span>¿Qué me importa -que estos pueblos, situados en los lugares donde empieza el día, -muestren en sus cuerpos el color de la noche, y que allí inmensas -serpientes luchen con monstruosos elefantes en combates donde -igualmente peligran y mueren? Porque estos reptiles encadenan con -sus tortuosos repliegues a los elefantes, que no pudiendo desenlazar -las patas y escapar a la furiosa presión de las serpientes y a sus -escamosas ligaduras, vense precisados a procurar la venganza con el -peso de su cuerpo, arrojándose al suelo para aplastar con su masa a los -enemigos que les sujetan.</p> - -<p>Hay entre los indios gran variedad de razas, pues me agrada más -contar los prodigios del hombre que los de la Naturaleza. Una de ellas -solo sabe apacentar bueyes, y de aquí que se les llame boyeros. Otras -se distinguen por su habilidad en el cambio de mercancías o por su -valor en la guerra; de lejos combaten con la flecha, y de cerca con la -espada.</p> - -<p>Existe además una clase preeminente que se llama de los -gimnosofistas. Estos son los que admiro. ¿Por qué? Porque son hábiles, -no en propagar la viña o podar los árboles o labrar la tierra; no -saben cultivar el campo, ni recolectar el vino, ni domar un caballo, -ni sujetar un toro, ni esquilar o apacentar ovejas y cabras. ¿Y qué -importa? Saben lo que es superior a todo; todos ellos cultivan la -sabiduría, lo mismo los viejos maestros que los jóvenes discípulos, -y mis mayores elogios son al odio que profesan a la torpeza del -entendimiento y a la ociosidad. Por ello, cuando está puesta la mesa, -y antes de traer las viandas, todos los jóvenes dejan sus trabajos y -moradas, reuniéndose para la comida, y los maestros les preguntan qué -han hecho bueno desde la salida del sol hasta aquella hora del día. -Uno refiere que, elegido por<span class="pagenum" id="Page_264">p. -264</span> árbitro entre dos hombres, ha sabido calmarles la ira, -aplacar sus corazones, disipar sus sospechas, y de enemigos que -eran, convertirles en amigos; otro dice que ha obedecido todas las -órdenes de sus padres; otro que ha logrado con sus meditaciones algún -descubrimiento o que lo aprendió por las demostraciones de otro; -finalmente, todos refieren lo que han hecho, y el que nada tiene que -decir para merecer la comida, es echado fuera, para que continúe el -trabajo con el estómago vacío.</p> - - -<h3 id="Ch12_7">VII.</h3> - -<p>Alejandro, el más ilustre de todos los reyes por sus acciones y sus -conquistas, mereció el título de Grande, que le dieron para que quien -había adquirido una gloria por nadie igualada, no fuera jamás nombrado -sin elogio. Desde que el mundo empezó y la tradición existe, este -hombre, cuyo brazo invencible había sometido el universo, es el único -superior a su fortuna. Sus más extraordinarios triunfos los provocó con -su valor, los igualó con su mérito y los sobrepujó con la grandeza de -su alma. Es el único que brilla sin rivales, hasta el punto que nadie -se atrevería a esperar su virtud o a desear su fortuna.</p> - -<p>Las acciones sublimes que llenan la vida de Alejandro, los -brillantes rasgos que causan la admiración, aquella audacia en -la guerra, aquella previsión en el gobierno, ha tomado a su -cargo el referirlas un poeta eruditísimo<span class="pagenum" -id="Page_265">p. 265</span> y suavísimo, mi Clemente<a id="FNanchor_7" -href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>, en un maravilloso -poema.</p> - -<p>Pero ved aquí un rasgo notable entre los que lo son más. Quería -Alejandro que su imagen fuera transmitida fielmente a la posteridad, y -temiendo que la desfigurasen la generalidad de los artistas, prohibió -en todo el universo reproducir su real efigie en bronce, en pintura o -por medio del grabado. Polícleto solo fue el encargado de reproducirla -en bronce, Apeles de representarla con el pincel, y Pirgoteles de -esculpirla con el buril. A excepción de estos tres artistas, cada uno -superior en su arte, quien se atreviera a acercarse a aquella santa -imagen, debía ser castigado como sacrílego. Gracias a este general -temor, Alejandro es él en todos sus retratos. En todas las estatuas, -en todos los cuadros, en todos los vasos aparece igualmente el varonil -vigor del audaz guerrero, el inmenso genio del héroe en la flor de su -bella juventud y con el encanto de su olímpica frente.</p> - -<p>¡Oh! ¡Si la filosofía pudiera, como Alejandro, prohibir a lo vulgar -reproducir su imagen! Corto número de hombres de bien verdaderamente -instruidos, se dedicarían a este estudio que lo comprende todo: al -estudio de la sabiduría. La turba grosera, ignorante, inculta, no -imitaría a los filósofos hasta en el manto, y a la reina de las -ciencias, que no enseña menos a bien decir que a bien vivir, no la -deshonrarían con un mal lenguaje y peor conducta. Este doble vicio es -facilísimo; nada más común que la violencia del lenguaje, unida a la -bajeza de las costumbres. Ambas cosas nacen del desprecio a los demás -y a sí mismo, porque prescindir de la moral<span class="pagenum" -id="Page_266">p. 266</span> es despreciarse a sí propio y atacar -groseramente a los demás; es despreciar al auditorio. ¿Acaso no es -para vosotros el mayor ultraje que os crean íntimamente gozosos por -los insultos dirigidos a los hombres más honrados, suponer que no -comprendéis el sentido de las palabras bochornosas y deshonestas, -o que, si lo entendéis, os agradan? ¿Qué zafio, mozo de esquina o -tabernero, no tendría más verbosidad que vosotros para insultar, si -quiere tomar el manto?</p> - - -<h3 id="Ch12_8">VIII.</h3> - -<p>Debe más a su persona que a su dignidad, aunque de esta dignidad -no sea partícipe todo el universo. Porque entre un número infinito de -hombres, pocos son senadores; entre los senadores, pocos son nobles de -nacimiento; de estos consulares, pocos son virtuosos, y finalmente, -de estos virtuosos, pocos son instruidos. Pero, hablando del honor -únicamente, las insignias de este cargo, el vestido y el calzado, no -las tiene el primero que llega.</p> - - -<h3 id="Ch12_9">IX.</h3> - -<p>Si por acaso en esta ilustre asamblea hay alguno de mis envidiosos, -porque en una gran ciudad siempre hay hombres que prefieren denigrar el -mérito superior a imitarlo, y que, desesperando de igualarlo afectan -despreciarlo;<span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span> hombres -cuyo nombre es oscuro y que quisieran darse a conocer a expensas del -mío; si, pues, alguno de estos seres biliosos se ha mezclado, como -mancha, a este brillante auditorio, deseo que pase un poco la vista por -el inmenso concurso, y que mirando esta concurrencia tan grande que -ningún filósofo la ha visto igual alrededor de su cátedra, medite qué -peligros puede correr un hombre que inspira tan grande estimación y -está tan habituado al desprecio.</p> - -<p>¡Cuán ruda y penosa tarea la de satisfacer la curiosidad, por poca -que sea, de un corto número de oyentes, sobre todo para mí, a quien mi -fama y una favorable prevención no permiten negligencia alguna, ninguna -expresión descuidada! ¿Quién de vosotros, en efecto, me perdonaría -un solecismo? ¿Quién una sola sílaba pronunciada con acento bárbaro? -¿Quién me permitiría balbucear frases incorrectas y viciosas como las -que produce el delirio de la fiebre?</p> - -<p>Sin embargo, todo esto lo permitís a los demás y tenéis razón -sobrada. Pero cada una de mis palabras la examináis, la pesáis -cuidadosamente, la sometéis al contraste de la lima y de la cuerda, -relacionáis el torno con las exigencias del coturno. Tanta es la -indulgencia con la medianía, como la severidad con el mérito.</p> - -<p>Reconozco, pues, la dificultad de mi situación y no os demando -diferente disposición de ánimo; pero no os dejéis engañar por una -ligera y falsa semejanza, porque ya lo he dicho con frecuencia: los -pordioseros con manto llenan las calles. El pregonero sube al tribunal -con el procónsul, y también va cubierto con toga; a veces está largo -tiempo de pie: a veces anda; pero ordinariamente grita con toda la -potencia de su voz. El procónsul permanece sentado; habla raras veces, -y si habla es con voz<span class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span> -pausada, y lo más frecuente es que lea en sus tablillas. Ahora bien: el -gritador de voz estentórea es un ministril; el procónsul que lee en sus -tablillas es un juez, y a su fallo, una vez pronunciado, no se puede -añadir ni quitar una sola letra. Tal como lo pronuncia es inscrito en -el archivo de la provincia.</p> - -<p>Yo estoy, por mis estudios, casi en una posición análoga, salvo la -distancia correspondiente. Lo que ante vosotros digo es escrito y leído -en seguida, nada puedo retirar, ni cambiar, ni corregir, y por ello mis -palabras tengo que medirlas y pensarlas en mis diversas composiciones. -Porque hay más obras en mi galería que había en la fábrica de Hipias<a -id="FNanchor_8" href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a>. Sea -de ello lo que quiera, estad atentos y hablaré con mayor cuidado y -método.</p> - -<p>Este Hipias, el primero de los sofistas por la variedad de su -talento y la facilidad de sus locuciones, era contemporáneo de -Sócrates. La Élida fue su patria: se ignora su origen; tenía gran -reputación, mediana fortuna, memoria excelente, variados conocimientos -y numerosos rivales. Vino una vez a los juegos olímpicos a Pisa; -su traje era tan brillante como de extraña forma, y nada de lo que -sobre sí llevaba lo había comprado, sino estaba hecho por sus manos, -las telas que le cubrían, el calzado que llevaba en los pies y los -adornos que llamaban la atención. Ceñía el cuerpo con estrecha túnica -de finísimo tejido de tres hilos, de púrpura dos veces teñida, y -la había tejido él mismo. El cinturón era un tahalí cubierto de -bordados babilónicos de abigarrados y brillantes colores, y nadie -le había ayudado en este trabajo. Cubríale<span class="pagenum" -id="Page_269">p. 269</span> un manto blanco que echaba por encima -del hombro. Este manto también, según se decía, era obra suya y los -pantuflos que le servían de calzado. Mostraba con ostentación en la -mano izquierda un anillo de oro, cuyo sello estaba artísticamente -trabajado, y él era quien había redondeado el oro, puesto el engarce -y grabado la piedra. No he enumerado aún todas sus obras, porque no -debo avergonzarme en referir lo que él sin ruborizarse y vanidosamente -mostraba. Refirió ante numerosa asamblea haber fabricado el frasco de -aceite que llevaba, que era un vaso de forma lenticular, suavemente -redondeado por los contornos, y como compañero mostraba un precioso -peinecillo de mango recto y púas en forma de tubos, de manera que -el mango servía para sostenerlo, y los tubos para que corriese el -sudor.</p> - -<p>¿Quién no elogiaría a un sabio en tan gran número de artes, en -tan varias ciencias; peritísimo Dédalo para todos los utensilios? Yo -también elogio a Hipias, pero prefiero igualar su fecundidad con mi -instrucción mejor que con mi talento para fabricar tantas cosas. Lo -confieso: soy inferior a él en las artes mecánicas; compro mis vestidos -al sastre y mi calzado al zapatero; no uso anillo y estimo el oro y -las piedras preciosas como el plomo y los guijarros. El peine, el -frasco de aceite y los demás objetos de baño los compro en el mercado. -Finalmente, ¿por qué negarlo? no sé manejar ni la escuadra, ni la -lezna, ni la lima, ni el torno, ni otras tales herramientas. A todas -ellas, lo confieso, prefiero una pluma de escribir, que me sirve para -componer toda clase de poemas dignos de la cítara, de la lira, del -coturno o del zueco; sátiras, logogrifos, historias varias, discursos -admirados por los oradores, diálogos elogiados por los filósofos; -abarco todos los géneros y los expreso en griego<span class="pagenum" -id="Page_270">p. 270</span> y en latín, por mi doble vocación, con el -mismo gusto e igual estilo.</p> - -<p>¡Que no pueda yo ofrecerte, ilustre procónsul, todos estos tributos -literarios, no en partes separadas y como nuestras, sino en su conjunto -y unidad, y merecer tu glorioso testimonio por la universalidad de -mis aptitudes! Y no es ciertamente por falta de alabanzas, porque mi -gloria, siempre intacta, floreciente siempre, ha llegado a tu noticia -por conducto de todos tus predecesores; pero deseo con preferencia a -todos los otros sufragios, el del hombre que yo más estimo, porque es -natural amar a quienes se estima, y buscar los elogios de aquellos a -quienes se ama. Ahora bien: yo te profeso la más viva amistad, porque -si ninguna obligación tengo con el hombre privado, el magistrado ha -adquirido por completo mi afecto, y si ningún favor he obtenido de ti, -es porque ninguno he pedido.</p> - -<p>Además, la filosofía me ha enseñado a amar no solamente a mis -bienhechores, sino hasta a mis enemigos; a escuchar la voz de la -justicia mejor que los consejos del interés; a preferir la utilidad -general a la mía propia. Así, pues, mientras los más aman los efectos -de tu benevolencia, yo amo tu inclinación al bien. Me he aficionado a -ti al ver tu celo por los negocios de la provincia, celo que te debe -proporcionar el apasionado amor de todos: de los obligados, por el -beneficio, de los demás, por el ejemplo; porque si los beneficios son -útiles a gran número, el ejemplo es saludable a todos.</p> - -<p>En efecto, ¿quién no deseará aprender de ti por qué moderación se -adquiere esa amable gravedad, esa dulce austeridad, esa seguridad -tranquila, esa amenidad que no excluye la energía?</p> - -<p>Ningún procónsul, que yo sepa, inspira a África más<span -class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span> respeto y menos temor. -Jamás, antes de tu mando, se había visto ser más fuerte que la -intimidación para reprimir el crimen, la vergüenza de cometerlo.</p> - -<p>Ningún otro, con igual poder, repartió más beneficios e infundió -menos terror; ninguno trajo consigo un hijo que tanto le asemejara -en las virtudes; ninguno ha sido por más largo tiempo procónsul de -Cartago; porque cuando tú recorrías la provincia, Honorio quedaba con -nosotros, y si nuestro pesar fue más amargo, tu ausencia era menos -sentida. En el hijo se encontraba la equidad del padre, en el joven la -prudencia del anciano, en el teniente la autoridad del cónsul. Retrata -tan fielmente todas tus virtudes, que se te admiraría más por tu hijo -que por ti mismo, si este hijo no fuera uno de tus dones. ¡Plegue -al cielo que gocemos siempre de tu mando! ¿Para qué esos cambios de -procónsules? ¡Años demasiado cortos; meses que transcurren fugaces! -¡Cuán fugitivo es el paso de los hombres virtuosos! ¡Qué rápidamente -cumplen su misión los buenos gobernadores! Ya te acompaña, Severiano, -el sentimiento de toda la provincia; pero Honorio es llamado por su -sangre a la pretura; el favor de los Césares le prepara el consulado. -Desde ahora posee nuestro amor, y en él cifra Cartago su esperanza -para lo porvenir. ¡Único consuelo que tu ejemplo nos da! Es enviado de -lugarteniente, y pronto volverá a nosotros de procónsul.</p> - - -<h3 id="Ch12_10">X.</h3> - -<p>Citemos primero el Sol, cuyo carro, en su luminosa carrera, inunda -el universo con su brillante llama, y la<span class="pagenum" -id="Page_272">p. 272</span> Luna, que refleja dócilmente su luz, y los -otros cinco planetas, el benéfico Júpiter, la voluptuosa Venus, el -rápido Mercurio, el devorador Saturno, Marte el incendiario.</p> - -<p>Hay además otras divinidades intermedias cuya influencia sentimos, -pero que no alcanzamos a ver con nuestros ojos, como el Amor y todos -sus adherentes, que, invisibles por la forma, conocemos por su fuerza. -Esta fuerza es la que, conforme a los designios de la Providencia, ha -levantado aquí las encrespadas crestas de los montes, y allá extendido -a sus pies el nivel de las campiñas, diversificando por todas partes -el curso de los ríos y el verdor de las praderas. Ella es la que ha -dicho al pájaro: «Vuela», y a la serpiente: «Arrástrate», a la fiera: -«Corre», y al hombre: «Anda».</p> - - -<h3 id="Ch12_11">XI.</h3> - -<p>Veis esos desgraciados que cultivan una heredad estéril, un campo -pedregoso, lleno de guijarros y matorrales, no recolectando ningún -fruto en sus arenales pantanosos, no encontrando sino la estéril cizaña -y la infecunda avena; pues como no tienen frutos suyos, toman los de -otros y cogen las flores del vecino para mezclarlas a sus cardos. Lo -mismo sucede a los hombres estériles en virtudes.</p> - - -<h3 title="XII." id="Ch12_12" ><span class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span>XII.</h3> - -<p>El loro es un ave de la India, casi del mismo tamaño que una paloma, -pero de distinto color. No es el blanco leche, ni el tinte amarillento, -ni la mezcla de ambos colores con el gris ceniciento; el color del -loro es verde desde el nacimiento de las plumas hasta la punta de las -alas, y solo el cuello se diferencia por estar rodeado de un círculo de -bermellón que, como collar de oro, se repite alrededor de la cabeza en -forma de brillante corona. El pico es de una dureza sin igual, y cuando -desde la altura se precipita sobre una roca con toda la impetuosidad de -su vuelo, el pico es como ancla que lo sujeta. La cabeza es igualmente -dura, y por eso, para obligarle a imitar nuestro lenguaje, se le da en -ella con una varilla de hierro a fin de hacerle comprender lo que se le -manda. Es como la férula del colegial.</p> - -<p>Puede ser instruido desde que nace hasta la edad de dos años, porque -entonces su garganta se presta fácilmente a todos los ejercicios, su -lenguaje a todas las evoluciones. Pero cuando se le coge viejo, es -indócil y olvidadizo.</p> - -<p>El loro que se presta mejor a reproducir el lenguaje humano es el -que se alimenta con bellotas y tiene en las patas tantos dedos como el -hombre. En esto se distingue de las otras especies; pero es condición -común a todas, la de que, poseyendo la lengua más fuerte que las -demás aves, articulan más fácilmente la palabra<span class="pagenum" -id="Page_274">p. 274</span> humana por tener el paladar y la laringe -más desarrollados.</p> - -<p>El loro habla, o mejor dicho, canta lo que aprende con tan fiel -imitación, que al oírle se creería que es un hombre, pero viéndole se -reconoce que su palabra es un esfuerzo. Por lo demás, el loro, como el -cuervo, no pronuncia más que los sonidos que ha aprendido. Enseñadle -palabras indignas y os aturdirá día y noche con sus blasfemias; esta -será su poesía y su canción, y cuando agote su repertorio, comenzará -la misma cantilena. El único medio de poner coto a su tan indecorosa -verbosidad, será cortarle la lengua o devolverle cuanto antes a sus -bosques.</p> - - -<h3 id="Ch12_13">XIII.</h3> - -<p>La filosofía no me ha dado una palabra en el género de canto corto -e intermitente que la Naturaleza ha proporcionado a ciertos pájaros. -La golondrina se hace oír por la mañana, la cigarra al mediodía, -el murciélago al ponerse el sol, la lechuza al oscurecer, el búho -durante la noche, y el gallo antes de despuntar la aurora. Todos estos -animales parece que se relevan, si se considera la variedad de tiempo -y de modo que determinan la hora y el tono de sus cantos. El gallo da -el grito de aviso, el búho gime, la lechuza se queja, el murciélago -lanza roncos sonidos, la cigarra chirría, la golondrina gorjea. Pero -la razón, como la palabra de los filósofos, son de todos los momentos, -y así sucede por su carácter imponente de autoridad, de utilidad y de -universalidad.</p> - - -<h3 title="XIV." id="Ch12_14" ><span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span>XIV.</h3> - -<p>Oyendo Crates a Diógenes repetir estas máximas y otras semejantes, -tanto se enardeció su ánimo, que un día fue a la plaza pública y arrojó -allí todo su patrimonio como vil carga, más embarazosa que útil. -Después, en medio de la multitud que le rodeaba, exclamó: «Crates -emancipa a Crates.» Desde entonces, solo, desnudo, libre de todo, vivió -toda su vida como verdadero hombre feliz.</p> - -<p>Buscábanle con tanto empeño, que una doncella de ilustre nacimiento, -desdeñando a todos los pretendientes jóvenes y ricos, deseó unirse a -él. Crates le descubrió sus hombros, entre los cuales tenía una joroba, -puso en el suelo sus alforjas, su bastón y su manto, y le dijo que -aquellos eran todos sus bienes, y sus atractivos personales ya los -veía, añadiendo que consultara seriamente consigo misma, para que no se -arrepintiera después.</p> - -<p>Hiparquia, no obstante, aceptó las condiciones, y respondiole que -ya había reflexionado y deliberado bastante; que en parte alguna -encontraría un marido más rico y más amable y que podía conducirla -donde quisiera. El cínico la llevó al Pórtico, y allí, en el sitio más -frecuentado, ante todos, y en pleno día, se acostó junto a ella, y -ante todos también hubiera consumado el matrimonio, a lo que accedía -la joven con igual desenfado, si Zenón no les hubiera cubierto con su -manto para ocultar a su maestro de las miradas de la multitud que le -rodeaba.</p> - - -<h3 title="XV." id="Ch12_15" ><span class="pagenum" id="Page_276">p. 276</span>XV.</h3> - -<p>Es Samos una islilla del mar Icariense, situada frente y al -Occidente de Mileto, de la cual la separa un brazo de mar. Con viento -favorable se puede hacer el trayecto de una a otra en dos días. El -suelo, poco fértil en trigo, rebelde al arado, pero propicio al olivo, -no produce ni viñas ni legumbres. El cultivo consiste, únicamente, en -plantar y podar olivos, cuyo producto es más beneficioso a la isla que -las demás recolecciones. Por lo demás, Samos está pobladísima y es muy -frecuentada por los forasteros. La ciudad no responde a la fama de -la comarca, y solo las ruinas de los muros indican que fue una gran -población.</p> - -<p>Hay, sin embargo, en ella un templo a Juno, muy celebrado en la -antigüedad. Este templo, si no recuerdo mal, está a veinte estadios de -la población siguiendo la ribera. El altar de la diosa es riquísimo y -se ha empleado gran cantidad de oro y plata en platos, espejos, copas -y otros objetos que sirven de ornamentación. También hay allí muchas -estatuas de bronce representando diversas figuras, trabajo antiguo y -muy notable. Citaré la de Batilo, que está delante del altar y que fue -dedicada por el tirano Polícrates. No conozco trabajo más esmerado. -Algunos creen, erróneamente, que es la estatua de Pitágoras.</p> - -<p>Representa un adolescente de admirable belleza. Sus cabellos, -partidos por mitad de la cabeza y retirados de las sienes, caen -por la espalda en largos bucles, formando<span class="pagenum" -id="Page_277">p. 277</span> sobre los hombros una sombra en la que -destaca el cuello finísimo y mórbido; las líneas de las sienes son -graciosas, las mejillas redondeadas, con un hoyuelo en medio de la -barba. Su postura es la de un tocador de cítara; mira a la diosa -y parece que canta. Su túnica, cubierta de bordados y sujeta con -cinturón griego, cae hasta los pies. Una clámide cubre ambos brazos -hasta los puños, y por bajo flota en elegantes pliegues. La cítara -está suspendida de un tahalí de perfecto trabajo. Sus manos son finas -y delicadas; la izquierda toca las cuerdas separando los dedos, y la -derecha aproxima el arco de la cítara como si aguardara para tocar a -que la voz interrumpa el canto que parece escaparse de su redondeada -boca y de los dulcemente entreabiertos labios.</p> - -<p>Admito que esta estatua sea de algún favorito de Polícrates que, -por agradarle, modula una canción anacreóntica, pero de seguro no es -la imagen de Pitágoras. Este era, en verdad, de Samos, de belleza -maravillosa, de talento superior para tocar toda clase de instrumentos -de música y vivió en los tiempos en que Polícrates dominaba a Samos; -pero el tirano jamás amó al filósofo, porque cuando aquel se apoderó -del mando, Pitágoras escapó secretamente de la isla. Acababa de perder -a su padre Mnesarco, hábil grabador en piedras, que en el arte de -trabajarlas prefería, según se dice, la gloria al provecho.</p> - -<p>Hay quien supone que Pitágoras fue uno de los cautivos del rey -Cambises, llevado a Egipto, donde tuvo por maestros a los magos persas, -y especialmente a Zoroastro, el gran fundador de su religión y que -después fue rescatado por un tal Gillo, príncipe de los Crotonenses. -Pero la tradición más acreditada consiste en que fue voluntariamente -a estudiar las doctrinas egipcias y que los sacerdotes<span -class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span> le enseñaron el increíble -y misterioso poder de sus ceremonias, la admirable combinación de -los números y las fórmulas rigurosas de la geometría. Su ciencia no -le satisfizo: visitó a los Caldeos y después a los Brahmanes y sus -gimnosofistas. Los Caldeos le revelaron la ciencia de los astros, las -revoluciones precisas de los planetas y su influencia en el nacimiento -de los hombres. Diéronle los remedios para curar las enfermedades, -remedios adquiridos a gran coste, buscados en la tierra, en el cielo y -en la profundidad de los mares. De los Brahmanes tomó el mayor número -de los principios de la filosofía; el arte de ilustrar la inteligencia; -el de fortificar el cuerpo; las diferentes partes del alma; las -transformaciones de la vida; las penas y recompensas concedidas por los -dioses manes a cada mortal según su mérito.</p> - -<p>También tuvo por maestro a Ferécides de Siros, el primero que -sacudió el yugo de los versos y empleó un lenguaje libre, sin las -trabas de la poesía. Y cuando Ferécides, putrefacto por los horribles -insectos que le roían, sucumbió víctima de esta espantosa enfermedad, -Pitágoras amortajó religiosamente a su maestro.</p> - -<p>Dícese, además, que estudió filosofía natural con Anaximandro, -de Mileto, que siguió la escuela del cretense Epiménides, augur y -poeta ilustre, y que escuchó las lecciones de Leodamas, discípulo de -Creófilo, de quien se asegura que fue huésped y rival de Homero.</p> - -<p>Este hombre, instruido por tantos maestros; este hombre, que -había recorrido el universo para aprender las doctrinas en su -origen; este genio eminente, cuya inteligencia supera los límites -impuestos a la humana; este fundador, este creador de la filosofía, -lo primero que enseñó a sus discípulos fue el silencio. En su -opinión, el primer estudio de quien quería llegar a ser sabio, era -el<span class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span> de contener -completamente su lengua, refrenar esas palabras que los poetas llaman -<i>volantes</i>, cortarles las alas, encerrarlas en esa fortaleza de -marfil que forman los dientes. El primer elemento de la filosofía era -aprender a reflexionar y olvidar el perorar.</p> - -<p>No estaba prohibido el uso de la palabra toda la vida, ni todos los -discípulos estaban condenados a mutismo de igual duración. Para los -hombres graves reducía el maestro a corto tiempo la obligación del -silencio; para los locuaces prolongaba hasta a cinco años esta especie -de destierro de la palabra.</p> - -<p>Ahora bien: nuestro Platón, que ha sido fiel o se ha desviado muy -poco de las leyes de esta secta, pitagoriza casi siempre; y yo, que he -sido adoptado en su nombre por mis maestros, debo a mis meditaciones -académicas la doble ventaja de saber hablar animosamente cuando es -preciso, y callarme sin esfuerzo cuando la ocasión lo exige.</p> - -<p>Gracias a esta moderación, he obtenido con tus predecesores la -honrosa reputación de hombre que sabe guardar silencio a propósito y -hablar cuando es preciso.</p> - - -<h3 id="Ch12_16">XVI.</h3> - -<p>Quiero, nobles jefes de África, antes de daros gracias por esta -estatua que me habéis hecho el honor de pedir para mí cuando estaba -entre vosotros y de conceder en mi ausencia, quiero explicaros por qué -he faltado muchos días a mi auditorio y he ido a las aguas Persianas<a -id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a>,<span -class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span> sitio de delicioso solaz -para los sanos y de salud para los enfermos; porque he resuelto daros -cuenta de todos los instantes de esta vida mía que os está consagrada -para siempre, y cuanto haga, importante o frívolo, someterlo a vuestro -conocimiento y a vuestro juicio.</p> - -<p>El motivo que repentinamente me privó de vuestra ilustre -presencia, tiene alguna relación con el hecho que voy a referir: se -trata de Filemón el cómico<a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10" -class="fnanchor">[10]</a>. Probablemente conoceréis su genio: escuchad -algunos detalles de su muerte. ¡Pero qué! ¿Dudáis de su talento? Pues -sabed que Filemón era un poeta de la media comedia, contemporáneo de -Menandro, con quien luchó, y si no le iguala, fue al menos su rival, y -aun con frecuencia, vergüenza me da decirlo, su vencedor.</p> - -<p>Encuéntrase en sus obras fina sátira, intrigas ingeniosas, -reconocimientos de hijos clarísimamente explicados: los actos y el -lenguaje de sus personajes están de acuerdo con las situaciones, sus -chistes nunca son triviales, su gravedad nunca trágica. Rara vez son -sus comedias licenciosas, y si habla del amor, es tratándolo como un -extravío. Pero nunca deja de sacar a la escena el mercader de esclavos -sin fe, el amante en desvarío, el criado astuto, la querida falaz, la -esposa arrogante, la madre indulgente, el tío sermoneador, el amigo -entremetido, el soldado fanfarrón y hasta los glotones parásitos, los -padres testarudos y las procaces meretrices.</p> - -<p>Gracias a estos méritos llegó a ser célebre Filemón en el arte -cómico. Un día que recitaba en público una obra suya nueva, en el -tercer acto de la comedia, en el momento en que todo el interés estaba -más vivamente<span class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span> -excitado, una lluvia repentina, como me sucedió hace poco, le obligó a -interrumpir la lectura y a prometer, por petición de todo el auditorio, -acabarla al día siguiente.</p> - -<p>Acudió al otro día inmensa multitud; cada cual procura sentarse lo -más cerca posible; los últimos en llegar hacían señas a sus amigos -de que se estrecharan para dejarles puestos; los espectadores de las -extremidades se quejaban de que les empujaban fuera de sus asientos; el -auditorio estaba apiñado en el teatro, y empezaron las conversaciones. -Los que no estuvieron la víspera preguntaban lo que se había leído; -los que asistieron recordaban lo que habían oído, hasta que sabiéndolo -todos, esperaban la continuación de la comedia.</p> - -<p>El día avanza y Filemón no acude a la cita; algunos murmuran por su -tardanza; los más defienden al poeta. Pero después de aguardar largo -rato, y viendo que Filemón no llegaba, envían a los más impacientes -para que salgan a su encuentro, y le hallan... muerto en su lecho. -Acababa de exhalar el último suspiro, y tendido en la cama parecía -estar meditando, con los dedos aún entre las hojas y la boca junto al -libro abierto. Pero el alma había partido; el libro estaba cerrado y -olvidado el auditorio.</p> - -<p>Los primeros que entraron permanecieron un instante inmóviles, -sorprendidos por un acontecimiento tan imprevisto como lo era una -muerte tan maravillosa y bella. Seguidamente fueron a anunciar al -pueblo que el poeta Filemón, a quien esperaba para terminar en el -teatro la lectura de una comedia escrita sobre asunto imaginario, -acababa de terminar en su casa el verdadero drama, diciendo por -última vez a las cosas humanas <i>valere et plaudere</i>, y a sus -amigos <i>dolere et plangere</i>; que la lluvia<span class="pagenum" -id="Page_282">p. 282</span> de la víspera era presagio de lágrimas; que -su comedia había llegado a la antorcha fúnebre antes de llegar a la -antorcha nupcial, y que al abandonar este ilustre poeta el teatro de la -vida, su auditorio debía asistir a sus exequias, recogiendo primero sus -huesos y después sus versos.</p> - -<p>Largo tiempo hace que sabía esta historia, y la he recordado en daño -mío; porque no habéis olvidado que la lluvia interrumpió mi último -discurso, y que a petición vuestra dejé el continuarlo para el día -siguiente. A fe mía que me ha faltado poco para asemejar por completo -a Filemón; el mismo día sufrí en la palestra tan violenta torcedura en -el talón, que estuvo a punto de romperse la articulación de la pierna, -aún inflamada por consecuencia de la luxación. Pero mientras la curaba -a fuerza de ligaduras y por mi cuerpo corría el sudor a torrentes, la -acción de un frío demasiado prolongado me dejó transido, produciéndome -dolor agudo en las entrañas, que no se calmó sino en el instante en -que su violencia me iba a matar. Expuesto he estado, como Filemón, a -despedirme de la vida antes de volver a veros, a hacer mi reverencia -al mundo antes de hacerla al público, a terminar mi existencia antes -que mi historia. Pero gracias a las aguas Persianas, a su dulce -temperatura, a sus duchas saludables, he recobrado la facultad de -andar, y aunque todavía mal seguro sobre mis piernas, venía apresurado -a pagar la deuda con vosotros contraída, cuando vuestro beneficio, no -solo ha puesto al cojo en pie, sino que le ha dado alas.</p> - -<p>¿Acaso no debía yo apresurarme tratándose de un honor que me obliga -al agradecimiento, mayormente por no haber sido pedido? Y no es -porque la gloriosa Cartago no merezca hacerse pagar los honores, aun -para<span class="pagenum" id="Page_283">p. 283</span> un filósofo, -con un ruego, sino porque para que vuestro beneficio nada perdiese de -su gracia y de su precio, era necesario que no alterara su brillo una -demanda; que fuera gratuito.</p> - -<p>En efecto, no se obtiene gratis lo que se consigue por ruegos, como -no es dar nada ceder a las instancias. Por esto se prefiere comprar -todos los utensilios a pedirlos, y en mi opinión este principio -es especialmente aplicable en cuestión de honores, porque quien -laboriosamente los consigue, no está obligado más que a sí mismo; -pero quien, sin importunar, los obtiene, debe doblado reconocimiento -a sus bienhechores, porque no pide, recibe. Os debo, pues, doble -reconocimiento, o mejor dicho, inmenso, y lo proclamaré siempre y en -todas partes.</p> - -<p>Por ahora, este discurso, compuesto a propósito de tal honor, será, -como de costumbre, pública expresión de mi agradecimiento. El filósofo, -en efecto, tiene un medio seguro de dar gracias a los que le decretan -una estatua, y poco me apartaré de él en este discurso que reclama la -eminente dignidad de Emiliano Estrabón; discurso que tendrá, así lo -espero, algún éxito si él quiere añadir hoy su aprobación a la vuestra; -pues tal es su superioridad literaria, que debe más fama a su propio -genio que a sus títulos de patricio y de cónsul.</p> - -<p>¿De qué términos, Emiliano Estrabón, el primero de los mortales -que han existido, existen y existirán, el más ilustre de los hombres -virtuosos, el más virtuoso de los ilustres y el más sabio de unos y -otros; de qué términos me valdré para tributar a la benevolencia con -que me honras, solemnes actos de gracia? ¿Cómo celebrar dignamente tan -glorioso patrocinio? ¿Cómo reconocer e igualar con humildes palabras -tan brillante favor? Busco<span class="pagenum" id="Page_284">p. -284</span> aún el medio de conseguirlo, pero ¿lo encontraré? Al menos -emplearé el mayor celo, los más grandes esfuerzos,</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">Si gratitud y vida no me faltan.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>En este momento, lo confieso, la alegría entorpece mis palabras, el -placer suspende mi pensamiento, y mi alma delirante prefiere saborear -sus transportes a celebrarlos. ¿Qué hacer? Quiero mostrar mi gratitud, -y en mi entusiasmo no encuentro palabras que lo expresen. Nadie, ni -aun los que peor me quieran, se atreverá a censurarme porque, ante -honor tan grande, quede tan sobrecogido como satisfecho, y que, por -venir del más noble y sabio de los hombres, me exalte tan magnífico -testimonio.</p> - -<p>En efecto, ¿dónde lo he recibido? En medio del Senado de Cartago, -cuerpo tan ilustre como benévolo, y de parte de un consular. Ser -conocido de este sería ya insigne honor. ¡Y él, sin embargo, es quien -se ha constituido en mi panegirista ante los primeros magistrados -de la provincia! Porque, lo he sabido, él es quien ha propuesto -hace tres días que se me erigiera una estatua en una plaza pública; -él ha invocado primero los derechos de nuestra amistad, comenzada -honrosamente por una comunidad de estudios con los mismos maestros. -Después recordó los votos con que le he felicitado en todas las fases -de su grandeza. Su primer beneficio ha sido recordar nuestros votos -comunes; el segundo haberse vanagloriado, él, tan eminente, de mi -afecto como del que le profesara un igual suyo. Además ha enumerado -los pueblos y comarcas que me han dedicado estatuas y concedido otros -honores.</p> - -<p>¿Qué puedo yo añadir a este panegírico, hecho por un ilustre -consular? Hasta ha demostrado que, en virtud<span class="pagenum" -id="Page_285">p. 285</span> del sacerdocio que ejerzo, poseo en Cartago -una eminente dignidad, y coronando este elogio con el mayor de todos -los beneficios, me ha recomendado, este glorioso preopinante, con todo -el poder de su sufragio. En fin, ha prometido hacer elevar mi estatua -a sus expensas en Cartago, él, a quien todas las provincias tienen por -dicha ofrecerle cuadrigas y tiros de seis caballos.</p> - -<p>¿Es necesario algo más para colmarme de gloria y poner el sello -a mi reputación? ¿Qué falta acaso? Emiliano Estrabón, un consular -que los votos de todos llevaran al proconsulado, ha hecho en el -Senado de Cartago una proposición relativa a los honores que quiere -se me concedan, y todos han aplaudido su pensamiento. ¿No os parece -este asentimiento un <i>senatus consulto</i>? Diré más. Todos los -cartagineses presentes en esta ilustre asamblea no han decretado -inmediatamente la plaza donde será erigida la estatua, ni han dejado, -yo creo, el votar una segunda estatua para la próxima sesión sino -por deferencia, por respeto a su consular; querían parecer que le -imitaban, no rivalizar con él, deseando que se dedicara un día entero -y se consagrara a la expresión de los sentimientos públicos. Estos -excelentes magistrados, estos jefes benévolos recordaban, sin embargo, -Emiliano, que tu proposición estaba de acuerdo con su propia voluntad. -¿Y fingiré ignorar todo esto? ¿Guardaré silencio? Sería un ingrato. -Permitidme que para responder a los brillantes honores de que he sido -objeto por parte de todos los de vuestro orden senatorial, ofrezca -y dispense todos los homenajes que puedo poner a vuestros pies, a -vosotros, que me habéis saludado con vuestras gloriosas aclamaciones en -un sitio donde tan honroso es el ser solamente nombrado.</p> - -<p>Sí; lo que era difícil, lo que me parecía de todo punto<span -class="pagenum" id="Page_286">p. 286</span> imposible reunir, las -simpatías del pueblo y el agrado del Senado, la aprobación de los -magistrados y de los jefes del Estado, lo digo sin orgullo, ya en -cierto modo he llegado a conseguirlo. ¿Qué falta, pues, a este -insigne honor si no es la compra del bronce y el trabajo del artista? -Seguramente no dejaré de tener en Cartago, donde la clase más ilustre, -aun en los casos en que se ventilan los más grandes intereses, decreta -y no calcula, estas dos cosas que he obtenido en las más pequeñas -ciudades.</p> - -<p>Por lo demás, cuanto más completo sea vuestro favor, más grande será -mi gratitud.</p> - -<p>Nobles senadores, ciudadanos ilustres, y vosotros, mis gloriosos -amigos, cuando llegue la dedicatoria de mi estatua, yo os dedicaré -un libro de mi mano en el que mi reconocimiento sea más vivamente -expresado, y este libro correrá por todas las provincias, por todo el -universo, en todos los siglos venideros, para inmortalizar en todos los -pueblos la gloria de vuestro beneficio.</p> - - -<div class="section"> - <h3 id="Ch12_17">XVII.</h3> -</div> - -<p>Plena libertad para aquellos que tienen por máxima perturbar la -tranquilidad de los procónsules; que procuran recomendar su talento por -la intemperancia de su lenguaje, y que afectadamente se adornan con -el manto de vuestra amistad. Evito cuidadosamente estos dos defectos, -pues aunque mi mérito sea mediano, todos tienen<span class="pagenum" -id="Page_287">p. 287</span> conocimiento de él lo bastante para no -necesitar nueva recomendación.</p> - -<p>Por otra parte, tu favor, Escipión Orfito, y el de los que se te -parecen, es más dulce a mi corazón que a mi vanidad. De la amistad de -persona tan insigne más bien estoy celoso que enorgullecido, porque no -se la debe desear sin conocer su justo valor, y cualquier advenedizo -puede erróneamente vanagloriarse con ella.</p> - -<p>Además, desde mi infancia ha sido tal mi pasión por las artes -liberales, y este amor a las buenas costumbres y al estudio que me ha -seguido a vuestra provincia, me había proporcionado en Roma tan gran -estimación entre tus amigos, de lo cual tú eres irrecusable testigo, -que debéis, cartagineses, recibir mi amistad con tanta afición como -tengo yo en buscar la vuestra. Las dificultades con que accedéis a -mis raras audiencias prueban vuestro deseo de escucharme asiduamente. -Y si no, decidme: el agrado en frecuentar a las gentes, el irritarse -por sus inexactitudes, el regocijarse por su constancia, el censurar -sus infidelidades, todos estos sentimientos que se experimentan por -aquellos cuya ausencia nos es penosa, ¿no son la mayor prueba de amor? -Y por otra parte, la palabra condenada a eterno silencio, ¿no es lo -mismo el olfato entorpecido por el constipado, que el oído ensordecido -por el viento, que los ojos cubiertos con una tela? ¿No equivale a -sujetar las manos con esposas, a aprisionar los pies con grillos, el -sumir el alma, esta reina del cuerpo, en el sueño, ahogarla en el vino -o embotarla con las enfermedades?</p> - -<p>De igual suerte que la espada brilla con el uso y se enmohece con el -descanso, la voz sujeta a la tortura de largo silencio se entorpece. La -falta de actividad engendra en todo la pereza, y la pereza el letargo. -Los actores<span class="pagenum" id="Page_288">p. 288</span> trágicos -perdían el brillo de su voz si no declamaban todos los días, y gritando -es como se desarrolla la laringe.</p> - -<p>Sin embargo, la vocalización humana es un trabajo superfluo, -un ejercicio inútil comparado con multitud de otros resultados -posteriores. ¿Qué es la voz del hombre si se compara con el brillante -sonido del clarín, con la variada armonía de la lira, con el seductor -lamento de la flauta, con el murmullo encantador del caramillo o el eco -prolongado de la trompeta?</p> - -<p>Y no hablo de multitud de animales cuyos acentos naturales, por -sus propiedades especiales, nos llenan de admiración: el grave mugido -de los toros, el lúgubre aullido de los lobos, el grito doloroso del -elefante, el regocijado relincho del caballo, los penetrantes chillidos -de los pájaros, los feroces rugidos del león y otras voces de animales, -voces terribles o llenas de dulzura, según expresan la rabia cruel o el -amoroso celo. En cambio ha dado Dios al hombre una voz menos fuerte, -pero más útil a la inteligencia y agradable al oído; no habiendo mejor -ocasión de emplearla y servirse de ella que ante una asamblea presidida -por tan grande hombre, ante la numerosa reunión de personas tan -instruidas y benévolas.</p> - -<p>Si tuviera superior habilidad para tocar la lira, no querría lucirla -sino ante numeroso auditorio. En la soledad cantaban: en las selvas, -Orfeo; Arión entre delfines; porque de dar crédito a las fábulas, Orfeo -ocultaba su dolor en el destierro, y Arión se arrojó de lo alto de un -buque; aquel domesticaba a las fieras; este encantaba a los monstruos -del mar. ¡Desdichados cantores! Sus acordes no los inspiraba el amor a -la gloria, sino la necesidad de su salvación. Más y de mejor grado les -admiraría<span class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span> si hubieran -deleitado a los hombres y no a los animales. La soledad es patrimonio -de los pájaros, de los mirlos, de los ruiseñores, de los cisnes; el -mirlo silba en los apartados eriales; el ruiseñor alegra los desiertos -de África con sus juveniles canciones; el cisne en las orillas de los -ríos solitarios medita el canto de la vejez.</p> - -<p>Pero quien puede cantar versos útiles a los niños, a los jóvenes y a -los ancianos, debe cantar en medio de todos, y por ello mi poesía está -dedicada a las virtudes de Orfito; himno tardío acaso, pero serio y -tan agradable como útil a los cartagineses de todas las edades, porque -todos tienen pruebas de la especial bondad del procónsul; del que -atemperando los deseos con saludables restricciones, ha sabido inspirar -a los niños la moderación, a los jóvenes la alegría, a los ancianos la -seguridad.</p> - -<p>Ahora, Escipión, que llego a hablar de tu noble carácter, temo que -me detenga o tu generosa modestia o el sentimiento de natural pudor. -Pero no puedo pasar en silencio todas las cualidades que con tan -justo título admiramos en tu persona; mencionaré algunas de ellas, y -vosotros, ciudadanos a quien él ha salvado, reconocedlas conmigo.</p> - - -<h3 id="Ch12_18">XVIII.</h3> - -<p>Ante tan prodigiosa afluencia de oyentes debo más bien felicitar -a Cartago, por poseer en su seno tantos amigos de la ciencia, que -justificar a un filósofo que se presenta ante el público. Por lo demás, -esta numerosa asamblea corresponde a la grandeza de la ciudad, y el -inmenso concurso explica la elección del sitio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span>Además, en -presencia de tal auditorio no se debe fijar la atención en el mármol -del piso ni en las tablas del teatro, ni en la columnata de la escena -más que en la elevación del techo, el brillo del artesonado, o la -circunferencia de las gradas. Olvidad que aquí mismo y en otras -ocasiones un mimo se descoyunta, un cómico charla, un trágico declama, -un bailarín de cuerda da sus peligrosos saltos, un escamoteador hace -sus juegos, un histrión sus payasadas; olvidad, en fin, que todos los -demás farsantes muestran aquí, a los ojos del pueblo, sus diversas -habilidades; dejad a un lado todas estas ideas y pensad solo en la -gravedad de la asamblea y en el lenguaje del orador.</p> - -<p>Por ello, a ejemplo de los poetas que de ordinario suponen aquí -mismo diferentes ciudades, y como el trágico que hace decir en el -teatro:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">Tú que del Citerón a la alta cumbre llegas,</div> - </div> -</div> -</div> - -<p class="ti0">o como el cómico:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2">Plauto en esta ciudad vuestra</div> - <div class="verse indent0">Os pide modesto sitio</div> - <div class="verse indent0">Para transportar Atenas</div> - <div class="verse indent0">Sin arquitecto y sin ruido,</div> - </div> -</div> -</div> - -<p class="ti0">séame permitido transportaros, no a una ciudad lejana -y del otro lado del mar, sino al Senado o a la Biblioteca de Cartago. -Suponed, si mi discurso es digno del Senado, que lo oís en el Senado, y -si es sabio, que nos encontramos en la Biblioteca.</p> - -<p>Quisiera que la fecundidad de mi palabra respondiera a la grandeza -de este auditorio y que no me faltara, sobre todo, donde yo deseo -emplear mayor elocuencia; pero nada tan cierto que el dicho de que «el -cielo no concede al hombre ninguna dicha que no esté mezclada<span -class="pagenum" id="Page_291">p. 291</span> con algunas contrariedades» -y el de que en la mayor alegría siempre existe alguna amargura. No hay -miel sin hiel. La abundancia conduce al exceso. Conozco más que en -ninguna otra ocasión esta verdad, porque cuando más derechos creo tener -a vuestros sufragios, mayor es el embarazo que me inspira para hablar -el respeto que os profeso.</p> - -<p>Yo que con frecuencia he hecho ante extranjeros prueba de una -locución fácil, titubeo ante mis conciudadanos. ¡Cosa extraña! -Vuestras alabanzas me cortan, vuestros aplausos me intimidan, vuestra -benevolencia encadena mi palabra, y, sin embargo, ¿no debería todo -esto, al contrario, alentarme?</p> - -<p>Nuestros penates son comunes; he vivido entre vosotros desde mi -infancia, he estudiado con vuestros maestros; estáis iniciados en mi -doctrina; conocéis mi voz; habéis aprobado mis obras; mi patria está -en la jurisdicción de África; he pasado con vosotros mi juventud; he -escuchado vuestras lecciones, y si completé mis estudios en Atenas, -aquí los empecé. Pronto hará seis años que estáis acostumbrados a oírme -hablar en las dos lenguas; en cuanto a mis libros, lo que sobre todo -les da mérito y precio es la aprobación que vosotros les concedéis. -Pues bien, estos mil puntos comunes que os predisponen a escucharme -favorablemente, detienen mi palabra.</p> - -<p>Seríame mucho más fácil celebrar vuestras alabanzas en cualquier -otro sitio que en medio de vosotros, porque entre los suyos a cada -cual retiene la modestia; la verdad no es libre sino entre extraños, -y por ello siempre y en todas partes os celebro como parientes míos y -mis primeros maestros y os pago mi tributo, no a la manera del sofista -Protágoras, que fijó su salario y no lo recibió,<span class="pagenum" -id="Page_292">p. 292</span> sino como el sabio Tales, que no lo pidió y -lo cobró.</p> - -<p>Pero ya veo lo que deseáis saber, y os contaré esta doble -historia.</p> - -<p>Protágoras, sofista instruidísimo y uno de los primeros y más -elocuentes inventores de la retórica, era de la misma edad y de la -misma ciudad que el naturalista Demócrito, cuyas doctrinas estudió. -Dícese que Protágoras había estipulado con Euathlo, su discípulo, un -salario elevadísimo, con la imprudente condición de que no lo pagaría -si no ganaba el primer pleito. Euathlo aprendió fácilmente todos los -medios de atraerse la benevolencia de los jueces, los ardides de la -defensa y los artificios de la parte contraria, tanto mas fácilmente -cuanto que su ingenio era fino y astuto.</p> - -<p>Satisfecho de saber lo que había deseado, imaginó eludir su promesa; -entretuvo a su maestro con prórrogas, y pasó largo tiempo sin querer -pleitear ni pagar. Protágoras al fin le cita a juicio; expone en este -las condiciones con que se había comprometido a instruírle, y emplea -este argumento bicornuto: «O yo ganaré el pleito y deberás pagarme -el precio convenido, porque a ello serás condenado, o lo ganas tú y -entonces tendrás que pagarme también, conforme a nuestras condiciones, -puesto que habrás ganado el primer pleito. De suerte que si ganas estás -en el caso previsto en nuestro contrato, y si pierdes, obligado a pagar -por la sentencia.» Responde a esto.</p> - -<p>Los jueces encontraron el argumento concluyente e invencible; pero -Euathlo, digno discípulo de su maestro, lo devolvió de esta manera: -«Pues bien, si así es, en ninguno de ambos casos te debo pagar lo que -demandas. Si gano, la sentencia me liberta de la deuda, y si pierdo, -me libran nuestras condiciones, por virtud de las cuales nada te -debo si pierdo mi primer pleito. En cualquiera<span class="pagenum" -id="Page_293">p. 293</span> de ambos casos quedo libre del pago; -si pierdo, por la condición de nuestro contrato; si gano, por la -sentencia.»</p> - -<p>¿No os parece que estos argumentos de ambos sofistas se enmarañan -como espinas revueltas por el viento? Por ambas partes los mismos -dardos, igual habilidad, idénticas heridas. Dejemos, pues, a los -abogados y a los avaros el salario de Protágoras, con sus asperezas y -espinas.</p> - -<p>¡Cuánto más amo este otro salario que Tales demandaba! Era Tales uno -de los siete sabios, y ciertamente el más ilustre de todos. Inventor -entre los griegos de la geometría, fue el primero que estudió con -exactitud la naturaleza de las cosas, y ayudado de pequeñas líneas, -hizo los más grandes descubrimientos; la revolución de los tiempos, -el soplo de los vientos, el curso de las estrellas, la retumbante -maravilla del trueno, la dirección oblicua de los relámpagos, la -vuelta anual del sol, las diversas fases de la luna, que nace y -crece, envejece y se altera, tropieza con un obstáculo y desaparece. -Ya en edad avanzada dio la verdadera explicación del sistema solar; -explicación que aprendí y comprobé por medio de la experiencia. Él es -quien ha medido el círculo que el sol, con su inmensa vuelta, describe -sobre sí mismo.</p> - -<p>Se cuenta que acababa de hacer Tales un descubrimiento, y lo enseñó -a Mandraito de Priene. Maravillado este por un sistema tan nuevo -e inesperado, dejó a elección de Tales la recompensa que había de -darle por tan preciosa comunicación. «Estaré recompensado, contestó -el sabio, si cuando demuestres a alguno lo que te acabo de enseñar, -no te atribuyes el descubrimiento, ni a ningún otro, sino a mí.» -¡Respuesta admirable y digna de este grande hombre! ¡Salario inmortal! -Porque hoy<span class="pagenum" id="Page_294">p. 294</span> y siempre -le estaremos pagando cuantos hemos reconocido la verdad de sus -observaciones astronómicas.</p> - -<p>Tal es el salario que os pago, cartagineses, en todas partes donde -voy, por la enseñanza que me habéis dado durante mi infancia. En todas -me vanaglorio de ser vuestro discípulo y os tributo todo género de -elogios. Vuestras doctrinas son las que cultivo con mayor cuidado; -vuestro poder el que celebro como más elevado; vuestras divinidades las -que honro con más devoción.</p> - -<p>No creo encontrar un exordio más agradable a vuestros oídos que la -invocación del nombre de Esculapio, de ese dios que protege con visible -predilección la ciudadela de vuestra Cartago. Os recitaré un himno que, -en honor de este dios, he compuesto en latín y griego, porque no soy -para él adorador desconocido, ni iniciado novel, ni pontífice ingrato, -pues en prosa y verso he celebrado su divinidad hasta el punto de -cantarle en dos lenguas; y a este himno he añadido un diálogo-prólogo -en griego y en latín.</p> - -<p>En este diálogo hablarán Sabidio Severo y Julio Persio: dos ilustres -amigos que igualmente queréis por sus servicios, por su elocuencia y -por su patriotismo, y de quienes no se sabe decir si se distinguen -más por su moderación tranquila, por la actividad de su celo o por -el brillo de sus honores. Unidos por estrecha amistad, solo luchan y -rivalizan entre sí en un punto: su amor por Cartago; en esto agotan -ambos toda su energía y de ambos es la victoria.</p> - -<p>Persuadido estoy de que la lectura de este diálogo no os será menos -agradable que a mí placentero el haberlo compuesto, y que con él os -hago un piadoso homenaje. Al principio del libro introduzco uno de -los que conmigo estudiaban en Atenas, el cual pide en griego a<span -class="pagenum" id="Page_295">p. 295</span> Persio que le cuente las -palabras que yo he pronunciado la víspera en el templo de Esculapio. -Viene en seguida Severiano, que desempeña el papel de interlocutor -latino, pues aunque Persio pueda hablar muy bien la lengua latina, -conviene a nuestro propósito valernos en esta ocasión del vocabulario -de Atenas.</p> - - -<h3 id="Ch12_19">XIX.</h3> - -<p>Asclepiades, uno de los médicos más ilustres, exceptuando a -Hipócrates, el más ilustre de todos, es el primero que ha empleado el -vino para mejorar a los enfermos; pero, entiéndase bien, lo empleaba -oportunamente. Para ello, la observación le servía de regla infalible, -pues estudiaba con extraordinaria atención los movimientos irregulares -o satisfactorios del pulso.</p> - -<p>Un día, al volver a la ciudad de su campaña por el barrio, vio una -inmensa pira puesta en una plaza, y alrededor de ella, de pie, en traje -de luto, sumida en la mayor tristeza y con señales exteriores del más -profundo duelo, una inmensa multitud que había acudido para asistir a -los funerales.</p> - -<p>Por un impulso de natural curiosidad, se acercó para saber quién -era el difunto, porque nadie había contestado a sus preguntas, y acaso -porque esperaba hacer algunas observaciones útiles a la ciencia. Lo -cierto es que aquel hombre, tendido y casi inhumado, le debió la -vida.</p> - -<p>Asclepiades miraba a aquel desdichado, cuyos miembros estaban ya -cubiertos de aromas, el rostro impregnado de esencias por mano de los -embalsamadores y preparada<span class="pagenum" id="Page_296">p. -296</span> la comida fúnebre; notó con atención ciertos signos, y -tentando el cuerpo repetidas veces, comprendió que quedaba en él un -resto de vida.</p> - -<p>«Este hombre vive, exclamó, alejad esas antorchas, apagad ese fuego, -destruid esa pira, llevad esa comida a la sala del festín.»</p> - -<p>Óyese en seguida un rumor; decían unos que era preciso creer a los -médicos; otros se burlaban de la medicina. Finalmente, a despecho hasta -de los parientes, que no prestaban fe a sus palabras o que ya saludaban -la herencia, consiguió Asclepiades, no sin gran trabajo, una breve -dilación para las exequias del supuesto difunto; llevole a su casa en -virtud de un derecho de postliminio de nueva especie; y arrancando a -este desdichado de las manos de los sepultureros, como del infierno, le -devolvió el aliento, y a poco la vida, escondida en los más secretos -repliegues del cuerpo, fue reanimada, gracias a ciertos remedios.</p> - - -<h3 id="Ch12_20">XX.</h3> - -<p>He aquí una frase célebre de un sabio, relativa a los placeres de la -mesa:</p> - -<p>«La primera copa es para la sed, la segunda para la alegría, la -tercera para la voluptuosidad, la cuarta para la demencia.»</p> - -<p>La copa de las Musas, al contrario, cuanto más llena de licor sin -mezcla, es más propicia a la salud del alma. La primera copa, la de -los elementos, disipa la ignorancia; la segunda, la de la gramática, -enseña las reglas; la<span class="pagenum" id="Page_297">p. 297</span> -tercera, la de la retórica, proporciona el arma de la elocuencia. Los -más se detienen aquí.</p> - -<p>Por mi parte, estando en Atenas, he bebido además otras copas; he -gastado la poesía y sus especias, la geometría y su agua clara, la -música y sus dulzores, la dialéctica y su picante aspereza, en fin, la -filosofía general y su delicioso néctar. Juzgad si no.</p> - -<p>Empédocles compone versos; Platón, diálogos; Sócrates, himnos; -Epicarmo, refranes; Jenofonte, historias; Jenócrates, sátiras. Vuestro -Apuleyo abarca todos estos géneros; con celo igual cultiva las nueve -Musas, con mejor voluntad, sin duda, que talento. Por esto acaso merece -más elogios, porque en todas las cosas bellas, el mérito está en los -esfuerzos y el resultado es cosa eventual.</p> - -<p>Lo mismo sucede con el crimen; la intención, no seguida del efecto, -es penada por la ley, porque si la mano queda pura, el alma está -manchada. Por tanto, si la intención de obrar mal basta para ser -castigado, también basta para la gloria intentar cosas laudables. -¿Y cómo conquistar los elogios más brillantes y más seguros, sino -celebrando a Cartago, ciudad donde todos los ciudadanos se distinguen -por su instrucción, donde se ven todos los géneros de conocimientos -estudiados por los niños, practicados por los jóvenes, enseñados por -los ancianos? ¡Cartago, venerable institutriz de nuestra provincia; -Cartago, musa celeste del África; Cartago, inspiración de la toga!</p> - - -<h3 title="XXI." id="Ch12_21" ><span class="pagenum" id="Page_298">p. 298</span>XXI.</h3> - -<p>A veces, aun durante una precipitación necesaria, ocurren honrosos -impedimentos que obligan a aplaudir una suspensión de voluntad. -Supongamos a algunos hombres apremiados para hacer un viaje; prefieren -montar a caballo a sentarse en un carro, a causa del embarazo del -equipaje, de la pesadez de los carruajes, de las ruedas embarradas, de -los carriles con baches, sin contar los montones de piedras, las cepas -de árboles, los campos encharcados, las colinas en talud.</p> - -<p>Queriendo evitar todos estos motivos de tardanza, han escogido -para montar caballos tan sólidos como vigorosos, tan fuertes como -rápidos,</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">Que de un escape salvan los campos y colinas,</div> - </div> -</div> -</div> - -<p class="ti0">como dice Lucilio. Pero mientras sobre sus fogosos -corceles vuelan, por el camino ven un hombre eminente por su dignidad -y su nobleza; un hombre muy considerado, muy conocido, y entonces, sea -la que quiera su impaciencia, suspenden, en honor suyo, la carrera, -detienen los pasos, refrenan los caballos y echan pie a tierra; la -varilla que les sirve para excitar el corcel, la pasan a la mano -izquierda, y con la derecha, ya libre, le acogen y saludan. Mientras el -personaje les pregunta, le acompañan conversando, y cualquiera que sea -el retraso lo sacrifican de buen grado al cumplimiento de un deber.</p> - - -<h3 title="XXII." id="Ch12_22" ><span class="pagenum" id="Page_299">p. 299</span>XXII.</h3> - -<p>A Crates, discípulo de Diógenes, lo honraban sus contemporáneos en -Atenas como a un genio doméstico. Ninguna casa le fue jamás cerrada, -ningún padre de familia tuvo secreto tan oculto que no lo supiera -inmediatamente Crates, porque era el árbitro y mediador de todas las -cuestiones y de todos los disgustos entre parientes. Lo que los poetas -cuentan de que Hércules sometió, venció con su valor tantos monstruos -terribles, hombres y fieras, y que purgó de ellos al mundo, puede -decirse de la cólera, de la envidia, de la avaricia, de la lujuria -de todos los monstruos y de todas la plagas del alma humana, para -las cuales fue un Hércules este filósofo. Las arrancó de todas las -almas, purgó de ellas a todas las familias y domó la perversidad. Como -Hércules, iba medio desnudo y llevaba una maza.</p> - -<p>Había nacido en Tebas, donde, según la tradición, nació Hércules. -Antes de llegar a ser Crates, era uno de los principales tebanos; -se citaban la nobleza de su origen, el número de sus servidores, el -esplendor del vestíbulo de su casa; él mismo iba bien vestido y con -dinero.</p> - -<p>Pero más tarde reconoció que en toda esta fortuna no había nada -sólido, ninguna regla de conducta; vio que todo es efímero y frívolo, -que cuantas riquezas hay bajo los cielos no sirven para hacer la -felicidad.</p> - -<p>Un barco, decía, es bueno hábilmente construido, bien acondicionado -y elegantemente decorado por dentro, provisto<span class="pagenum" -id="Page_300">p. 300</span> por fuera de un timón móvil, de un mástil -elevado, de brillantes velas, en una palabra, de cuanto es necesario al -equipo, de cuanto puede agradar a la vista. Pero si este barco no tiene -piloto que le dirija, o la tempestad es su piloto, pronto se sepultará -con su magnífico equipaje en las profundidades del mar, o se estrellará -contra las rocas.</p> - -<p>Por muchos que sean los médicos que visiten a un enfermo, ninguno de -ellos, porque vea la casa adornada de soberbias galerías y de dorados -techos, porque un rebaño de esclavos y de adolescentes de rara belleza -estén de pie alrededor del lecho, dice al enfermo que tenga buen ánimo, -sino se sienta junto al lecho, le toma la mano, le tienta, observa -los movimientos del pulso y sus intervalos, y si encuentra en ellos -alguna alteración o perturbación, anuncia al paciente que su mal es -peligroso. A este Creso le prohíbe tomar alimento. En aquella casa tan -opulenta, no hay en todo el día un mendrugo de pan para él, mientras -sus servidores gozan en alegres festines. En esto, su condición y nada -son la misma cosa.</p> - - -<h3 id="Ch12_23">XXIII.</h3> - -<p>Vosotros, los que habéis querido que hablase abundantemente, -aceptad este ensayo. Más tarde lo acabaré. No creo correr ningún -riesgo atreviéndome a improvisar delante de vosotros, puesto que ya -habéis aplaudido mis discursos preparados; ni temo desagradar en las -cosas frívolas, habiéndoos satisfecho en las más graves. Preciso<span -class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span> es que me conozcáis bajo -todos los aspectos. Por este boceto informe, como dice Lucilio, podréis -juzgar si soy el mismo en mis improvisaciones que en mis asuntos -meditados, si algunos de vosotros desconocen esta facultad mía de -hablar de improviso.</p> - -<p>Espero que vuestros oídos no sean más severos que mi pluma; -en cambio seréis con la obra más indulgentes que su mismo autor. -Esto es, por lo demás, costumbre de hombres de gusto, que muestran -tanta severidad y desconfianza con las obras larga y detenidamente -elaboradas, como benevolencia con las espontáneas. Jueces rigurosos, -críticos severos, sin restricción para las obras escritas, deseáis -conocer las improvisaciones para no juzgarlas. Esto es justo. Nuestros -escritos quedan como están después que hemos terminado su lectura; -pero en lo que decimos de repente, en lo cual en cierto modo sois -partícipes, el único mérito es la acogida que le hagáis. Cuanto mayor -desenfado haya hoy en mi estilo, tanto más me elevaré a vuestros ojos. -Pero ya veo que me escucháis con gusto. Mi suerte está en vuestras -manos, a vosotros toca desplegar y hacer que floten nuestras velas, a -vosotros impedir que lánguidamente cuelguen o que permanezcan crispadas -en las vergas. Por mi parte, aplicaré la frase de Aristipo, el jefe de -la escuela cirenaica, o dándole el nombre que él prefiere, el discípulo -de Sócrates.</p> - -<p>Preguntándole un tirano para qué le había servido el largo y penoso -estudio de la filosofía, Aristipo respondió: «Para poder hablar a todos -los hombres sin temor ni embarazo.»</p> - -<p>En este asunto, improvisada la expresión, será espontánea como -muralla construida a escape, donde es preciso colocar las piedras -al azar y sin simetría, sin apoyarlas<span class="pagenum" -id="Page_302">p. 302</span> en sólida base, sin alinearlas en planos -regulares, sin medirlas conforme a las leyes geométricas.</p> - -<p>Construcción de palabras, las piedras que para ello traeré de mi -montaña no están labradas en ángulos rectos, perfectamente iguales en -todas sus caras y pulidas en las proporciones más exactas. Acopiaré -los materiales para la obra y emplearé indiferentemente las piedras -desiguales y esquinadas como las pulimentadas y brillantes. Unas serán -angulosas, de aristas vivas; otras redondas o de bordes desgastados, -sin alineación ni regularidad de escuadra ni rectitud de nivel. La -celeridad y la corrección en una misma cosa, son imposibles, y nada -hay que a la vez reúna el mérito de la prontitud y la belleza de la -perfección.</p> - -<p>He cedido al deseo de algunas personas que absolutamente deseaban -fuese improvisado mi discurso; pero temo me suceda lo que aconteció, -según Esopo, al cuervo de la fábula, esto es, que buscando nueva -gloria, pierda algo del mérito que antes me concedíais.</p> - -<p>Veo que tenéis curiosidad de conocer este apólogo, y no me molesta -recitároslo.</p> - -<p>El cuervo y el zorro vieron al mismo tiempo una presa, y con igual -ardor se lanzaron a cogerla; pero no con igual prontitud, porque el -zorro corría y el cuervo volaba, de modo que el ave adelantó muy pronto -a su rival. Desplegadas las alas atravesó el aire con rápido vuelo, -cayó sobre la presa, se apoderó de ella, y orgulloso de la victoria, -emprendió de nuevo el vuelo y fue a posarse seguro sobre la cima de una -próxima encina. Entonces el zorro, no pudiendo valerse de sus patas, -apeló a la astucia, y parándose debajo del cuervo, vanidoso de su -conquista, empezó a alabarle hipócritamente, diciendo:</p> - -<p>«¡Cuán loco era yo en pretender rivalizar con el ave<span -class="pagenum" id="Page_303">p. 303</span> de Apolo! ¿Viose nunca -cuerpo más gracioso? Ni pequeño ni grande, todo es en él útil y -agradable; plumaje lustroso, cabeza elegante, pico sólido. ¡Qué miradas -tan penetrantes! ¡Qué uñas tan vigorosas! ¿Y qué decir del color? Solo -hay dos colores primordiales, el negro y el blanco, que son entre sí -el día y la noche. Ambos los dio Apolo a sus aves queridas, el blanco -al cisne y el negro al cuervo. Pero al conceder el canto a aquel, ¿por -qué no dio voz a este? Tan hermosa ave, el fénix de los huéspedes de la -selva, el favorito del armonioso Apolo, ¿verase obligado a vivir mudo y -silencioso?»</p> - -<p>Al oír estas palabras el cuervo, queriendo demostrar que no carecía -de esta cualidad, quiso dar enorme graznido por probar que en nada -cedía al cisne, y olvidando la presa que tenía cogida, abrió el ancho -pico, y perdió con el canto lo que había ganado con el vuelo, ganando -el zorro con la astucia lo que había perdido en la carrera.</p> - -<p>Resumamos esta fábula en pocas palabras, si es posible.</p> - -<p>El cuervo, para mostrar su bella voz, único mérito que le faltaba, -al decir del engañoso zorro, se puso a graznar, y la presa que tenía -fue el premio del adulador.</p> - - -<h3 id="Ch12_24">XXIV.</h3> - -<p>De antemano sé lo que significan estas demostraciones. Pedís que -diga en latín el resto de mi discurso, porque recuerdo que, al empezar, -las opiniones estaban divididas, y prometí que si alguno de vosotros se -inclinara<span class="pagenum" id="Page_304">p. 304</span> en favor -de la una o de la otra lengua, no se retiraría sin haber oído lo que -prefiriese.</p> - -<p>Por eso, si queréis, dejaremos ahora la lengua del Ática, que ya es -tiempo de abandonar a Grecia por el Lacio. Estamos próximamente a la -mitad del discurso, y por lo que puedo juzgar, esta última parte no -será inferior a la que he pronunciado en griego, ni por el vigor de los -pensamientos, ni por la abundancia de las ideas, ni por la riqueza de -los ejemplos, ni por la elegancia de la expresión.</p> - - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_305">p. 305</span></p> - <p class="fs130 lh150 ws1">EL DEMONIO DE SÓCRATES</p> - <p class="fs75 lh200">POR</p> - <p class="fs110 lh150 g0 ws1">LUCIO APULEYO</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch13_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_307">p. 307</span></p> - <h2 class="nobreak">EL DEMONIO DE SÓCRATES.</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<p class="centra smaller">ARGUMENTO.</p> - -<div class="smaller mt1"> - -<p>Los dioses supremos habitan en las alturas del mundo sin contacto -alguno con los animales que viven en la tierra; pero entre el hombre y -la Divinidad hay poderes intermediarios.</p> - -<p>Los genios o demonios son a la vez los intérpretes de nuestros -votos y los mensajeros de los beneficios celestes, participando de -doble naturaleza; como nosotros, son apasionados; como los dioses, -inmortales. Su morada es ese intervalo aéreo que existe entre el cielo -y la tierra. Su cuerpo es más ligero que el de los animales terrestres, -y menos sutil que el de los seres superiores. Son visibles e invisibles -según su voluntad, o mejor dicho, según sus diversas atribuciones.</p> - -<p>Deben ser contados entre ellos los manes y demás genios familiares, -y otros de superior esencia, como el Sueño y el Amor. Todos tienen -un culto especial, todos agradecen las ofrendas, y a todos irrita la -indiferencia o el desprecio.</p> - -<p>Sin embargo, cada hombre tiene un demonio que debe honrar -particularmente, un genio cuyos consejos debe escuchar y cuyas -inspiraciones seguir. La sabiduría consiste en el culto tributado -al genio especial de cada uno, y Sócrates fue el hombre más sabio -por su obediencia a los mandamientos de su genio. En todas ocasiones -escuchaba con respeto la divina voz que le hablaba. Este demonio fue -quien le enseñó a distinguir los verdaderos de los falsos bienes, a -despreciar los favores de la fortuna, y a buscar solo la virtud.</p> -<p><span class="pagenum" id="Page_308">p. 308</span></p> <p>Imitemos a -Sócrates: dejando de un lado las cosas exteriores, cultivemos nuestro -genio; no deseemos más que los verdaderos bienes, y seremos felices, -y mereciendo, como Ulises, elogios que solo se dirijan a nuestra -virtud.</p> - -</div> - -<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> - -<p>Examinando Platón la naturaleza de todas las cosas, y principalmente -la de los seres animados, los dividió en tres clases. Creyó que -había dioses superiores, dioses intermedios y dioses inferiores, -distinguiéndoles no solo por sus moradas, sino también por la -perfección de su naturaleza, y fundó esta diferencia en numerosas -consideraciones.</p> - -<p>Estableció primero, para mayor claridad, la distinción de las -moradas y, cual su majestad lo exigía, asignó el cielo a los dioses -inmortales.</p> - -<p>Entre estos dioses celestiales unos aparecen a nuestros ojos, otros -los descubre la inteligencia. Vemos, pues, con nuestros ojos</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent8">... esos astros brillantes</div> - <div class="verse indent0">Que arreglan en los cielos el curso de los años.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>Pero nuestros ojos no ven solo esos astros principales: el sol, -creador del día; la luna, rival del sol, esplendor de la noche, que, -alternativamente figura un arco o aparece la mitad, o se muestra en -la plenitud de su forma, antorcha variable, que luce con mayor brillo -conforme se aleja más del sol, midiendo los meses en sus períodos -regulares, períodos que se componen de crecientes y menguantes iguales. -¿Brilla la luna, como creen los Caldeos, con luz propia, luminosa de un -lado y oscura de otro; debe a la revolución de su globo los cambios -de su color, forma y extensión, o es cuerpo oscuro y falto de<span -class="pagenum" id="Page_309">p. 309</span> luz, que absorbe como -espejo los rayos oblicuos u opuestos del sol? O sirviéndome de la frase -de Lucrecio: «La luz que en ella brilla ¿es prestada?»</p> - -<p>Después veremos cuál de ambas opiniones es verdadera, pero lo cierto -es que ni griegos ni bárbaros han negado o puesto en duda la divinidad -del sol y de la luna.</p> - -<p>No son estos astros, según he dicho, los únicos dioses superiores. -Hay además cinco estrellas que el ignorante vulgo llama errantes, -aunque tienen un movimiento eterno, regular y cierto: si bien siguen -distinta ruta, conservan siempre una velocidad igual y semejante, una -progresión y una vuelta admirablemente determinadas por su situación y -por la oblicuidad de su curva. Este orden maravilloso lo han advertido -los que estudian la salida y ocultación de los astros.</p> - -<p>Los partidarios del sistema de Platón deben contar en el número -de los dioses visibles a Arturo, las pluviosas Híades y las dos -<i>Osas</i>, como también las demás constelaciones luminosas, coro -admirable que en un cielo puro vemos brillar con severo resplandor; -majestuosas bellezas de la noche sembrada de estrellas, luces -deslumbradoras que reflejan, como dice Ennio, multitud de figuras en el -magnífico escudo del mundo.</p> - -<p>Hay también otra especie de dioses que la naturaleza ha negado -a nuestras miradas, pero que advertimos en las contemplaciones de -la inteligencia, cuando con los ojos del alma los consideramos -atentamente; entre ellos están los doce siguientes, cuyos nombres -reunió Ennio en dos versos,</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">Juno, Vesta, Minerva, Ceres, Diana, Venus, Marte,</div> - <div class="verse indent0">Mercurio, Júpiter, Neptuno, Vulcano, Apolo,</div> - </div> -</div> -</div> - -<p class="ti0">y otros de igual naturaleza, cuyos nombres desde -hace<span class="pagenum" id="Page_310">p. 310</span> largo tiempo son -familiares a nuestros oídos, y cuyo poder comprende nuestro espíritu -por los distintos beneficios que nos prodigan en la vida, según sus -diversas atribuciones.</p> - -<p>Pero el vulgo profano, ignorante de la filosofía y de las cosas -santas, privado de razón y de creencias, y extraño a la verdad; el -vulgo crédulo e insolente desconoce a los dioses, y con un culto -ridículo o con insolentes desdenes, unos son supersticiosos y otros -despreciadores, aquellos por debilidad, y estos por orgullo. En efecto, -el mayor número reverencia a todos los dioses que habitan en las altas -regiones del aire y que están muy alejados de las debilidades humanas; -pero los honores que les tributan son indignos de ellos. Todo el mundo -teme los dioses, pero sin saber la razón. Pocos los niegan, y estos por -impiedad.</p> - -<p>Los dioses, según Platón, son naturalezas incorpóreas, animadas, sin -principio ni fin, eternas en lo porvenir y en lo pasado, sin contacto -alguno con los cuerpos perfectos y destinadas a la felicidad suprema. -Buenos por sí mismos, no participan de ningún bien exterior y alcanzan -el objeto de su deseo por un movimiento fácil, sencillo, libre y sin -obstáculos.</p> - -<p>¿Hablaré yo del padre de los dioses, del que crea y gobierna todas -las cosas y que no está obligado a ningún acto, a ningún especial -deber? ¿Qué diré de él cuando Platón, filósofo dotado de divina -elocuencia y de penetración igual a la de los inmortales, ha repetido -frecuentemente que la majestad de este ser, solo e infinito, está por -encima de los términos y de las expresiones, y que ninguna palabra -humana puede dar la menor idea de su perfección; que los mismos sabios, -después de elevarse cuanto pueden sobre el nivel de los sentidos, -apenas llegan<span class="pagenum" id="Page_311">p. 311</span> a -comprender este dios, y que lo entreven de ordinario como rapidísimo -relámpago que brilla en densa oscuridad?</p> - -<p>No me detendré en este punto; la fuerza me faltaría, puesto que mi -maestro Platón no ha encontrado ninguna expresión digna de tan gran -asunto: ante una materia que excede al alcance de mi débil genio, tengo -que batirme en retirada, y del cielo bajo mi discurso a la tierra, -donde el hombre es el primero de los animales.</p> - -<p>En verdad, la mayoría de los hombres, depravados por el abandono -de toda moral, entregados a los errores y a los crímenes, de dulces -que eran naturalmente, han llegado a ser de tal modo feroces, que el -ser humano podría ser considerado como el último de los animales de la -tierra. Pero no tratamos ahora de discutir sobre sus extravíos, sino de -poner de manifiesto la división de la naturaleza.</p> - -<p>Los hombres están dotados de razón y de palabra, su alma es -inmortal, su cuerpo perdurable, su espíritu activo e inquieto, sus -sentidos groseros y falibles. Difieren entre sí por sus costumbres, y -se parecen por sus extravíos, por su audacia, por la terquedad de sus -esperanzas, por sus vanos trabajos, por su frágil fortuna. Cada hombre, -aisladamente, es mortal, pero el género humano existe, se reproduce y -se renueva perpetuamente. Su vida es rápida, su saber tardío, su muerte -pronta y la tierra es la morada donde pasa su dolorosa existencia.</p> - -<p>Tenéis, pues, dos clases de seres animados: los hombres y los -dioses; mas estos difieren de aquellos en que habitan en lugares -sublimes, en la perpetuidad de su vida, en la perfección de su -naturaleza. Nada de común tienen con nosotros, porque la inmensidad -separa sus moradas de las nuestras, porque en ellos la juventud -es<span class="pagenum" id="Page_312">p. 312</span> eterna e -inalterable, y nuestra vida es frágil y rápida, y porque ellos están -destinados a la felicidad, y nosotros oprimidos por el peso de las -miserias.</p> - -<p>Pero qué, ¿la naturaleza no está unida en sí misma por ningún lazo, -sino que, dividida en parte divina y en parte humana, se hace impotente -por esta escisión? Porque como Platón ha dicho, ningún dios se mezcla -con los hombres, y la señal más evidente de su sublimidad es que jamás -se manchan con nuestro contacto.</p> - -<p>Algunos solamente, como los astros, aparecen a nuestra débil -vista, y con todo eso, aun no estamos de acuerdo acerca de su tamaño -y color. Los otros solo son comprendidos por los esfuerzos de nuestra -inteligencia. Y no debe admirar que los dioses inmortales no estén -al alcance de nuestra vista, porque aun entre los hombres, el que -la fortuna eleva al trono, silla movible y frágil, se aparta lejos -de todos, y, huyendo el contacto del vulgo, se oculta, por decirlo -así, dentro de su propia dignidad, porque, así como la familiaridad -produce el desprecio, la rareza de las relaciones inspira respetuosa -admiración.</p> - -<p>Dirase, sin embargo, ¿qué ha de hacerse, según esta opinión, quizá -sublime, pero casi inhumana? ¿Qué ha de hacerse, si los hombres, -rechazados por los Inmortales, relegados en el Tártaro de esta vida, -privados de toda comunicación con los dioses, no tienen ninguna -divinidad que vele por ellos como pastor por sus ovejas, si ningún -poder celestial modera el furor de los malos, cura las enfermedades, -consuela a los indigentes? Decís que ningún dios se ocupa de las cosas -humanas. ¿A quién, pues, debo dirigir mis ruegos? ¿A quién ofreceré -mis votos? ¿A quién inmolaré víctimas? ¿A quién podré invocar como -protector de los desgraciados, defensor de los inocentes y enemigo -de los perversos? ¿A quién, finalmente,<span class="pagenum" -id="Page_313">p. 313</span> apelaré como juez de mis juramentos? ¿Diré -yo como el Ascanio de Virgilio:</p> - -<p>«Juro por esta cabeza, por la cual mi padre antes juraba»?</p> - -<p>Sin duda, Julio, tu padre podía invocar esta prenda sagrada entre -los troyanos nacidos de la misma raza que él, y acaso entre los griegos -que lo habían conocido en los combates; pero entre los Rútulos que -recientemente has conocido, si nadie quiere fiar en dicha cabeza, ¿qué -dios responderá por ti? ¿Apelarás, como el feroz Mecencio, a tu brazo y -a tu lanza? Porque este tirano solo respetaba sus armas:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">Mi dios es esta mano y este dardo que lanzo.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>Apartad esos dioses tan crueles, esa mano fatigada de homicidios, -ese dardo enmohecido por la sangre; ni aquella ni este tienen nada en -sí que merezca que se les invoque o que por ellos se jure. Este honor -solo corresponde al dios de los dioses, porque jurar es poner a Júpiter -por testigo, como ha dicho Ennio.</p> - -<p>¿Qué hacer? ¿Juraremos por Júpiter en piedra, según antigua -costumbre de los romanos? Si la opinión de Platón es cierta, si los -dioses no tienen ninguna comunicación con los hombres, la piedra no ha -de oírnos con más facilidad que Júpiter. No, os responderá Platón por -mi boca; no, los dioses no son tan distintos ni viven tan separados -de los hombres, que no puedan oír vuestros votos. Son, en verdad, -extraños al contacto, pero no al cuidado de las cosas humanas. Existen -divinidades intermedias que habitan entre las alturas del cielo y el -elemento terrestre, en ese medio que ocupa el aire, divinidades que -transmiten a los dioses nuestros deseos y los<span class="pagenum" -id="Page_314">p. 314</span> méritos de nuestras acciones. Los griegos -las llaman <i>demonios</i>.</p> - -<p>Mensajeros de ruegos y de beneficios entre los hombres y los -dioses, estos demonios llevan y traen de unos a otros, de una parte -las demandas, y de otra los socorros; intérpretes con unos, genios -bienhechores con otros, como lo dice Platón en su <i>Banquete</i>, -presiden también en las revelaciones, en los encantos de los magos y en -todos los presagios.</p> - -<p>Cada cual de ellos tiene sus atributos especiales. Componen los -sueños, despedazan las víctimas, arreglan el vuelo y el canto de los -pájaros, inspiran a los adivinos, lanzan el rayo, hacen brillar los -relámpagos y se ocupan, en fin, de cuanto nos revela el porvenir: cosas -todas que debemos creer mandadas por la voluntad, la providencia y las -órdenes de los dioses, y ejecutadas por el cuidado, la obediencia y el -ministerio de los demonios.</p> - -<p>Por ellos, por su intervención, fue Aníbal amenazado en sueños de -la pérdida de un ojo; Flaminio, al ver las entrañas de la víctima, -temió una derrota; los augures descubrieron a Navio Atto la maravillosa -propiedad de la piedra de afilar; algunos hombres ven brillar los -signos precursores del reinado que les espera; un águila corona a -Tarquinio Prisco; una llama ilumina la cabeza de Servio Tulio; en fin, -son las divinidades mediadoras entre los hombres y los dioses, que -inspiran los presagios de los augures, los sacrificios toscanos, los -versos de las Sibilas, y que indican los lugares donde ha de herir el -rayo. Tales son las atribuciones de estos poderes intermedios entre -los hombres y los dioses. Ciertamente sería impropio de la majestad de -los dioses supremos, que alguno de ellos infundiera un sueño a Aníbal, -o despedazara la víctima de<span class="pagenum" id="Page_315">p. -315</span> Flaminio, o hiciera volar un ave junto a Atto Navio, o -pusiera en verso las predicciones de la Sibila, o le quitara el bonete -de flamen a Tarquinio, para devolvérselo, o hiciera aparecer envuelta -en fuego la cabeza de Servio sin quemarla.</p> - -<p>Las divinidades del cielo no descienden a estos detalles que -corresponden a los poderes intermedios, cuya morada está en el espacio -de aire contiguo a la tierra y a los cielos, y que habitan en él como -cada especie animada en el elemento que le es propio: en el aire lo que -vuela, y en la tierra lo que anda.</p> - -<p>Y como hay cuatro elementos bien conocidos, que son, por decirlo -así, las cuatro grandes divisiones de la naturaleza, y la tierra, el -agua y el fuego, tienen cada uno sus animales peculiares (Aristóteles -asegura que en las abrasadoras hornazas hay unos animales alados que -revolotean y pasan su vida en el fuego, con el cual nacen, y sin él -perecen), como tantos brillantes astros giran, según antes he dicho, en -el éter, donde está el más vivo y puro origen del fuego, ¿por qué el -aire, este cuarto elemento que ocupa tanto espacio, ha de estar vacío -de toda cosa, y ser el único de los cuatro condenado por la naturaleza -a no tener habitantes? ¿Por qué no ha de hacer que nazcan en el aire -animales aéreos, como los produce inflamados en el fuego, fluidos en -el agua y terrestres en la tierra? Porque los que asignan el aire como -morada a las aves, cometen un error evidente. En primer lugar, ningún -ave remonta su vuelo por encima del Olimpo, el monte más elevado del -globo, cuya altura, según la medida de los geómetras, no llega a diez -estadios. A partir de este monte, se extiende un inmenso espacio de -aire hasta el primer círculo de la luna, donde verdaderamente empieza -el éter. ¿Qué diréis, pues, de esta grande<span class="pagenum" -id="Page_316">p. 316</span> extensión de aire que se encuentra entre la -cima del Olimpo y el círculo más próximo a la luna? ¿Estará despoblada -de animales que le sean propios, y esta parte de la naturaleza quedará -muerta e impotente? Porque, observad que el ave es más bien un animal -terrestre que aéreo; su alimento está en la tierra; en ella nace y en -ella descansa, y cuando vuela, solo atraviesa el aire más próximo a la -tierra; en fin, cuando las alas que le sirven de remos están fatigadas, -la tierra es el puerto que la recibe.</p> - -<p>Puesto que la fuerza del razonamiento obliga a admitir la existencia -de animales propios del aire, resta solo, tratar de su naturaleza y -de sus propiedades. No serán terrestres, porque les arrastraría su -peso: no estarán formados de fuego, porque la fuerza del calor les -llevaría fuera del elemento en que viven. Preciso es, pues, combinar -una naturaleza intermedia, como el sitio en que se encuentran, para que -la constitución de los habitantes esté en armonía con la región que -ocupan.</p> - -<p>Formemos con el pensamiento, creemos una especie de animales hechos -de suerte que no sean ni tan pesados como los de la tierra, ni tan -ligeros como los del éter. Que difieran de unos y otros en algunas -propiedades, o que las tengan de ambos, sea que se admita o que se -rechace la participación de las dos naturalezas, advirtiendo de paso -que la formación que admite la mezcla es más inteligible que la que la -excluye.</p> - -<p>Así, pues, los cuerpos de estos demonios tendrán algún peso para que -no sean elevados a las regiones superiores, y alguna ligereza para que -no sean precipitados a la tierra.</p> - -<p>Ante todo, para que no me acuséis de presentaros creaciones -increíbles, como hacen los poetas, os daré un ejemplo de este -equilibrio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_317">p. 317</span>Las nubes tienen -alguna relación con los cuerpos de que os hablo: si fueran tan ligeras -como las cosas que carecen de peso, jamás bajarían, como frecuentemente -las vemos descender, hasta la cima de las montañas que parece coronan; -y si, por otra parte, fueran tan densas y pesadas que ningún principio -de ligereza las levantara, caerían por su propio peso como masa de -plomo o como piedra, destrozándose contra la tierra. Pero permanecen -en suspensión y son movibles, corren acá y allá en el océano y en -los aires, como barco que gobierna el viento; cambian de forma según -se acercan o se alejan de la tierra. Cuando están preñadas de aguas -celestes, descienden como para parir, y cuanto mayor es su peso, -más bajan negras y amenazadoras y más lenta es su marcha. Por el -contrario, cuanto menos cargadas, se elevan en el espacio más rápidas y -transparentes, y huyen como guedejas de ligera lana.</p> - -<p>Ya sabéis los admirables versos de Lucrecio sobre el trueno:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">El trueno que desgarra la cima de los cielos,</div> - <div class="verse indent0">Formado está por nubes aéreas que entrechocan</div> - <div class="verse indent0">Arrastradas a impulsos de fiero vendaval.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>Si, pues, las nubes que se forman enteramente de la tierra y que -a ella caen en seguida, se elevan a lo alto, ¿qué pensáis sucederá a -los cuerpos de estos demonios, cuya combinación es mucho más sutil? No -están formados, como ellas, de esos vapores espesos, de esas nieblas -impuras, sino del elemento más puro, de la serenidad misma del aire, -y a causa de ello no aparecen fácilmente a los mortales, llegando -solo a ser visibles por la voluntad de los dioses, porque carecen de -esa solidez terrestre que intercepta la luz, que detiene la mirada -y<span class="pagenum" id="Page_318">p. 318</span> que concentra -necesariamente la vista. Los tejidos de su cuerpo son raros, brillantes -y separados, de suerte que su resplandor deslumbra nuestros ojos y -engaña las miradas.</p> - -<p>Preciso es poner en esta categoría la Minerva de Homero, cuando se -aparece en medio de los griegos para apaciguar a Aquiles,</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">Visible para él solo; ningún otro la ve.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>También debe ponerse la Juturna de Virgilio cuando avanza por entre -las filas del ejército para socorrer a su hermano, y</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">Mezclada con soldados, permanece invisible.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>No es, pues, como ese soldado de Plauto, que se vanagloria de su -escudo,</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">Cuyo brillo deslumbra los ojos enemigos.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>Y para no decir más, en esta especie de demonios es donde los -poetas, no apartándose mucho de la verdad, escogen ordinariamente los -dioses que suponen amigos o enemigos de ciertos hombres, aplicados -aquellos a elevar y a sostener a sus protegidos, estos a perseguirlos -y afligirlos, de suerte que participan de todas las pasiones humanas, -la compasión, el odio, la alegría, el dolor, y, como nosotros, son -agitados por los movimientos del corazón y los tumultuosos pensamientos -del espíritu.</p> - -<p>Los dioses supremos viven tranquilos, extraños a todas estas -perturbaciones, a todas estas tempestades. Estos habitantes del cielo -gozan de eterna calma de espíritu. No sienten dolor ni voluptuosidad -que les arrebate, ni cambios súbitos ni violencias extrañas, porque -nada hay tan omnipotente como un dios; ni modificaciones<span -class="pagenum" id="Page_319">p. 319</span> espontáneas, porque nada -hay que les iguale en perfección.</p> - -<p>¿Cómo creer que sea perfecto el que pasa de un primer estado a -otro más irregular? Ninguno cambia si no se arrepiente de su primera -posición, y el cambio es la condenación del estado precedente. Así, -pues, un dios no puede sentir ningún afecto temporal, ni el amor ni -el odio; es inaccesible a la cólera y a la piedad, a las angustias -del dolor y a los transportes del placer; para él no hay pasiones, ni -tristeza, ni alegría, ni deseos súbitos y contradictorios.</p> - -<p>Todos estos movimientos y muchos otros convienen a la naturaleza -media de los demonios, que, por el lugar que habitan y por la índole -de su espíritu, son término medio entre dioses y hombres, teniendo la -inmortalidad de aquellos y las pasiones de estos.</p> - -<p>Se les puede definir así: los demonios son seres animados, -razonables y sensibles, cuyo cuerpo es aéreo y la vida eterna. De estos -cinco atributos les son comunes con los hombres los tres primeros, -el cuarto les es propio, y el último lo comparten con los dioses -inmortales, de quienes solo difieren por la sensibilidad.</p> - -<p>Llámoles sensibles no sin razón, puesto que su alma está sujeta a -las mismas agitaciones que la nuestra, y por ello debemos prestar fe a -las diversas ceremonias de las religiones y a las diferentes súplicas -empleadas en los sacrificios.</p> - -<p>Algunos de estos demonios aman las ceremonias que se celebran -de noche, otros las que se verifican de día; unos prefieren el -culto público, otros el privado; unos exigen la alegría, otros que -la tristeza presida a los sacrificios y solemnidades que se les -consagran. Por ello los dioses de Egipto son honrados casi siempre -con sollozos;<span class="pagenum" id="Page_320">p. 320</span> los -de Grecia, con bailes; los de los bárbaros, con el ruido de címbalos, -tambores y flautas.</p> - -<p>Obsérvase la misma diferencia, según las costumbres de cada país, en -la marcha de las ceremonias, en el silencio de los misterios, en las -funciones de los sacerdotes, en los ritos de los sacrificadores y hasta -en las estatuas de los dioses, en los despojos que les son ofrecidos, -en la consagración de los templos y en el lugar donde son edificados, -en el color y sacrificios de las víctimas.</p> - -<p>Todos estos usos son establecidos solemnemente, según los diversos -países, y con frecuencia reconocemos en los sueños, en los presagios -y en los oráculos, que los dioses se indignan si por ignorancia o por -orgullo se descuida algún detalle de su culto.</p> - -<p>Podría citar multitud de ejemplos de este género, pero son tan -conocidos y en tanto número, que quien quisiera enumerarlos olvidaría -muchos más que citaría. No me detendré, pues, a enumerar estos hechos, -a los cuales podrán no dar fe algunos espíritus, pero que al menos son -universalmente conocidos. Más vale discurrir acerca de las diferentes -especies de genios citadas por filósofos, a fin de que podamos conocer -claramente cuál era el presentimiento de Sócrates, y cuál el dios que -tenía por amigo.</p> - -<p>Porque en determinada acepción, el alma humana, aun encerrada en el -cuerpo, es llamada demonio.</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">¿Este ardor nos proviene, Euríale, de los dioses</div> - <div class="verse indent0">Donde divinizamos nuestros deseos furiosos?</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>Así, pues, un buen deseo del alma es un dios bienhechor, y de ello -proviene que muchos, como he dicho, llaman <i>feliz</i> a aquel cuyo -demonio es bueno, es decir, cuya alma está formada por la virtud.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_321">p. 321</span>En nuestro -lenguaje puede llamarse a este demonio genio. No sé si la expresión es -perfectamente justa, pero me atrevo a llamarlo así porque el dios que -representa es el alma de cada hombre; dios inmortal y que, sin embargo, -nace en cierto modo con el hombre. Así, pues, las preces en las cuales -invocamos el <i>genio</i> y <i>Genita</i>, me parece que explican la -formación y el nudo de nuestro ser cuando designan con dos nombres el -alma y el cuerpo, cuya unión constituye el hombre.</p> - -<p>En otro sentido llámase también demonio al alma humana, que -después de haber pagado su tributo a la vida, se separa del cuerpo. -En la antigua lengua de los Latinos encuentro que se la llamaba -<i>Lémure</i>. Entre estos <i>Lémures</i> los hay divinidades pacíficas -y bienhechoras de la familia, que eran encargadas del cuidado de la -posteridad y toman el nombre de <i>Lares domésticos</i>. Otros, por -lo contrario, privados de una estancia feliz, expían los crímenes de -su vida en una especie de destierro, y siendo espanto de los buenos y -plaga de los malvados, yerran al azar. Se les designa generalmente con -el nombre de <i>Larvas</i>.</p> - -<p>Pero cuando no se está seguro de la suerte de uno u otro, ni si un -genio es lare o larva, se le llama <i>dios Mane</i>. Este título de -dios es solo una señal de respeto; porque no se llaman verdaderamente -dioses sino a aquellos cuya vida se acomodó a las leyes de la justicia -y de la virtud, y que, divinizados en seguida por los hombres, se les -edificaron templos y recibieron homenajes, como Anfiarao, en Beocia; -Mopso, en África; Osiris, en Egipto; otros, en otras naciones, y -Esculapio, en todas partes.</p> - -<p>Esta división de los demonios solo se refiere a los que vivieron en -cuerpo humano. Pero hay otra especie de demonios<span class="pagenum" -id="Page_322">p. 322</span> no menos numerosos, superiores en poder, -de naturaleza más augusta y elevada, que jamás estuvieron sometidos -a los lazos y a las cadenas del cuerpo, y que tienen un poder cierto -y determinado. En este número están el Sueño y el Amor, que ejercen -opuesta influencia: el Amor hace velar, y el Sueño dormir.</p> - -<p>En este orden más elevado coloca Platón a los árbitros y testigos de -nuestras acciones, guardianes invisibles de todos, siempre presentes, -siempre instruidos de nuestros actos y pensamientos.</p> - -<p>Cuando abandonamos la vida, este genio, que ha sido dado a cada -uno de nosotros, coge al hombre confiado a su guarda y le lleva ante -el Tribunal supremo, donde se encarga de su defensa. Allí rebate sus -mentiras, confirma sus palabras si dice verdad, y por su testimonio se -da la sentencia.</p> - -<p>Así, pues, todos vosotros los que escucháis esta divina sentencia -de Platón, pronunciada por mi boca, arreglad a este principio vuestras -pasiones, vuestros actos y vuestros pensamientos, y no olvidéis que -para estos guardianes no hay secreto alguno ni dentro ni fuera de -nuestro corazón; que vuestro genio asiste a toda vuestra vida, que todo -lo ve, que lo comprende todo, y como la conciencia, penetra en los más -ocultos repliegues del corazón.</p> - -<p>Este genio es un centinela, un guía personal, un censor íntimo, un -curador especial, un observador asiduo, un testigo inseparable, un -juez familiar que desaprueba el mal, que aplaude el bien y que debe -ser estudiado, conocido y honrado con un cuidado religioso; a quien -debemos, como Sócrates, el homenaje de nuestra justicia y de nuestra -inocencia. Porque en la incertidumbre de los acontecimientos prevé -por nosotros, en la duda nos<span class="pagenum" id="Page_323">p. -323</span> aconseja, en el peligro nos protege, en la miseria nos -socorre.</p> - -<p>En su poder está a veces por los sueños, a veces por los signos; por -su presencia visible a veces cuando es necesario alejar el infortunio, -atraer el éxito, engrandecer o conservar nuestra fortuna, disipar -las nubes de la vida, guiarnos en los días felices o corregir la -adversidad.</p> - -<p>Y ahora bien: ¿quién extrañara que Sócrates, hombre eminente -perfecto, sabio por el dicho del mismo Apolo, conozca y honre su -dios, su guardián, su <i>lare</i> familiar (así puedo llamarlo) que -aparta de él cuanto era preciso apartar, que le protege contra todos -los peligros, que le da todos los consejos necesarios? Y cuando su -saber desfallecía y sus consejos eran impotentes, siendo precisos los -presagios, él era quien disipaba la duda en el corazón de Sócrates por -medio de una revelación divina.</p> - -<p>Hay, en efecto, en la vida muchas circunstancias en que los mismos -sabios tienen que recurrir a los oráculos y a los adivinos.</p> - -<p>¿No veis acaso en Homero, como en un gran espejo, esta distinción -claramente fijada entre los consejos de la sabiduría y las advertencias -del cielo? Cuando las dos columnas del ejército, Agamenón el poderoso -rey, y Aquiles el formidable guerrero, se separan, siéntese la -necesidad de un hombre sabio y elocuente que modere el orgullo del -Átrida y el ardor del hijo de Peleo, y que, dominándoles por su -autoridad, les instruya con sus ejemplos y les calme con sus discursos. -¿Quién se levanta en este momento? ¿Quién toma la palabra? El orador -de Pilos, el respetable anciano cuya voz es tan dulce y tan persuasiva -su sabiduría. Todos lo saben: la edad debilita su cuerpo, pero su alma -está llena de sabiduría y de vigor, y sus palabras corren como la -miel.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_324">p. 324</span>Pero en los -reveses de la guerra, cuando precisa enviar emisarios que penetren en -el campo enemigo en mitad de la noche, ¿a quién se escogerá? Ulises y -Diomedes representan la prudencia y la fuerza, el espíritu humano, el -pensamiento y la espada.</p> - -<p>Ahora bien: si los griegos son detenidos en Áulida por los vientos -contrarios, si se cansan de esperar y luchar contra los obstáculos, -si para obtener una mar tranquila y una travesía feliz tienen que -interrogar a las entrañas de las víctimas y al vuelo de las aves y -a la comida de las serpientes, los dos sabios de Grecia, Ulises y -Néstor, permanecen entonces silenciosos, y Calcas, el más hábil de -los adivinos, dirige su vista a las aves y al altar, y de repente el -profeta calma las tempestades, lanza los barcos al mar y predice un -sitio de diez años.</p> - -<p>Igualmente en el campo de los troyanos, cuando precisa recurrir -a los augures, aquel sabio Senado permanece mudo, nadie se atreve a -hablar, ni Hicetaón, ni Lampo, ni Clitio; todos escuchan en silencio, -o las terribles predicciones de Heleno, o las profecías de Casandra, -condenada a no ser jamás creída.</p> - -<p>De igual manera Sócrates, cuando no bastaban los consejos de -la sabiduría, seguía los presagios de su demonio, y su respetuosa -obediencia le hacía agradable a su dios.</p> - -<p>Si el genio detenía casi siempre a Sócrates en el momento de obrar, -si jamás le excitaba, es por una razón que ya hemos dicho; porque -Sócrates, hombre eminentemente perfecto, cumplía todos sus deberes con -ardimiento, sin necesidad de ser excitado, sino retenido cuando sus -actos podían producir algún peligro, y estas advertencias le obligaban -a diferir por el momento empresas que reanudaba más tarde o por otros -medios.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_325">p. 325</span>En estas ocasiones -decía oír <i>una cierta voz divina</i> (es la expresión de Platón), -y no es de creer que aceptara los presagios de boca del primero que -llegara.</p> - -<p>Un día que estaba fuera de la ciudad solo con Fedro, a la sombra de -frondoso árbol, oyó esta voz que le advertía no atravesara el arroyo -de Iliso antes de calmar con una retractación al Amor, que había -ofendido. De haber acudido a los presagios, hubiera encontrado alguno -que le excitara a obrar, como con frecuencia sucede a los hombres -supersticiosos que se dejan guiar, no por su corazón, sino por la -palabra de otro; que van por las calles recogiendo consejos de todo el -mundo, y que, por decirlo de una vez no piensan con su entendimiento -sino con sus oídos. Lo cierto es que los que escuchan la palabra de los -intérpretes, palabra que con frecuencia han oído, no pueden dudar de -que salga de boca humana. Pero Sócrates no dice que llega a sus oídos -<i>una voz</i>, sino <i>una cierta voz</i>, y esta adición demuestra -que no es una voz ordinaria, una voz humana, porque en tal caso hubiera -añadido inútilmente la palabra <i>cierta</i>, siendo más exacto -decir <i>una voz</i> o <i>la voz de alguno</i>, como la cortesana de -Terencio:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">Paréceme que oigo la voz de mi soldado.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>Cuando se dice <i>una cierta voz</i>, es porque se ignora de dónde -viene, porque se duda hasta de que exista; dase a entender que hay algo -en ella de extraordinario, de misterioso, como la que a Sócrates le -hablaba de una manera divina y tan oportuna.</p> - -<p>Creo, además, que no conocía solo su genio por audición, sino -también por signos visibles, porque con frecuencia decía que un signo -divino y no una voz se había ofrecido a él. Este signo era quizá la -figura del mismo<span class="pagenum" id="Page_326">p. 326</span> -demonio que Sócrates solo veía, como en Homero Aquiles ve a Minerva.</p> - -<p>Persuadido estoy de que la mayoría de vosotros vacila en creer -lo que acabo de decir y se admira de que la forma de un demonio -haya aparecido a Sócrates; pero Aristóteles refiere (y es testigo -importantísimo) que a los pitagóricos causaba extrañeza que alguno -asegurara no haber visto jamás demonios. Si, pues, cada uno puede ver -su divina imagen, ¿por qué no la había de ver Sócrates, cuya sabiduría -lo elevó a rango de los dioses supremos? Porque lo que hay más -semejante y más agradable a un dios, es un hombre de perfecta virtud, -un hombre tan superior a los demás mortales, como es inferior a los -dioses inmortales.</p> - -<p>¿Por qué no nos estimula el ejemplo y el recuerdo de Sócrates? ¿Por -qué el temor de estos dioses no nos induce al estudio de la filosofía? -No sé lo que lo impide, y sobre todo me admira que deseando todos la -felicidad y sabiendo que no reside sino en el alma, y que para vivir -dichoso es preciso cultivar nuestra alma, no la cultivemos. Quien -quiere tener penetrante vista, necesita cuidar sus ojos, por cuyo medio -ve; a quien quiere correr con rapidez, le es preciso cuidar sus pies, -que le sirven para correr, y quien quiere luchar al pugilato, debe -fortificar sus brazos, con los cuales lucha; en fin, todos los demás -miembros exigen un cuidado en relación con sus funciones.</p> - -<p>Esto es claro para todo el mundo, y por ello me extraña y no -comprendo que el hombre deje de cultivar su alma con el auxilio de su -razón; porque al fin todos necesitamos saber vivir, no sucediendo en -esto como en la pintura o en la música, artes que un hombre bueno puede -ignorar sin incurrir por ello en nota de infamia.<span class="pagenum" -id="Page_327">p. 327</span> Yo no sé tocar la flauta como Ismenias, sin -que esto me avergüence; no soy pintor como Apeles, ni escultor como -Lisipo, y no me ruboriza el no serlo. En una palabra, es permitido -ignorar sin desdoro todos los conocimientos de esta índole; pero decid, -si os atrevéis: No sé vivir como Sócrates, como Platón, como Pitágoras, -y no me sonrojo. No osaréis jamás decirlo.</p> - -<p>Y ¡cosa extraña! lo que no se quiere ignorar se descuida el -aprenderlo, retrocediendo a la vez ante el estudio y ante la ignorancia -de este arte. Haced la cuenta de los gastos diarios, y encontraréis -muchos cuantiosos e inútiles, y nada empleado para vos, es decir, para -el culto de vuestro demonio, culto que no es otra cosa sino la santa -práctica de la filosofía.</p> - -<p>Construyen los hombres magníficas casas de campo, adornan -espléndidamente sus palacios, aumentan el número de sus esclavos; pero -en medio de toda esta abundancia hay alguna cosa que avergüenza, y -es el dueño; y con razón, porque los dueños reúnen las riquezas, les -dedican culto y permanecen ellos ignorantes, groseros y sin cultura.</p> - -<p>Ved esos edificios en los que han gastado todo su patrimonio; nada -hay más risueño y espléndido: posesiones tan grandes como ciudades, -casas adornadas como templos, numerosos sirvientes cuidadosamente -peinados, muebles soberbios, lujo deslumbrador. Todo es suntuoso, -magnífico, excepto el dueño. Él solo, como Tántalo, es pobre. En -medio de sus riquezas todo le falta; no desea un fruto que no tenga, -pero tiene hambre y sed de verdadera felicidad, es decir, de una -vida tranquila y de una dichosa filosofía. Ignora que las riquezas -son examinadas como los caballos que él quiere comprar, pues cuando -esto sucede no se para la atención en los arneses, ni en<span -class="pagenum" id="Page_328">p. 328</span> la silla, ni en los adornos -que brillan en la cabeza, ni en las bridas bordadas con oro, plata o -piedras preciosas, ni en la riqueza y arte de los objetos que rodean -su cuello, ni en el cincelado del freno, ni en el brillo y dorado de -la cincha; déjase todo esto aparte y se mira el caballo desnudo, se -examina su cuerpo, su genio, la nobleza de su andar, la rapidez de su -carrera y la resistencia. Mírase ante todo si tiene</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">El vientre corto, la cabeza fina,</div> - <div class="verse indent0">Redonda grupa y musculoso pecho.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p class="ti0">Después, si la espina dorsal es doble, porque queremos -que el movimiento sea rápido y suave.</p> - -<p>Por igual modo, en la apreciación del hombre, apartad cuanto le es -extraño; examinad al hombre solo, reducido a sí mismo, pobre como mi -Sócrates; y llamo extraño al hombre, cuanto debe a sus padres y a la -fortuna, porque nada de esto entra en mi admiración a Sócrates. La -nobleza, los abuelos, la genealogía, las envidiadas riquezas, todo -esto, lo repito, es extraño. La gloria del nacimiento procede de un -abuelo cuya conducta no ruborice al nieto, e igual sucede con las demás -ventajas que podéis enumerar. Tal hombre es noble; pues alabáis a sus -antecesores; es rico, pues no creo en la fortuna y de lo demás no hago -caso; es vigoroso, pues la enfermedad puede debilitarle; es ágil, pues -llegará a ser viejo; es bello, esperad un poco y dejará de serlo. Pero -si decís: ha estudiado las bellas artes, es muy instruido, es tan -sabio como puede serlo un hombre, es prudente, entonces elogiáis al -hombre en sí mismo. Nada de esto es herencia de sus padres, ni regalo -de azar, ni resultado efímero del sufragio, ni cosa que se altera -con el cuerpo o cambia con la edad. Estas son las únicas ventajas de -mi<span class="pagenum" id="Page_329">p. 329</span> Sócrates, y por -eso desdeñaba la posesión de las otras.</p> - -<p>Si todo esto os excita al estudio de la filosofía, no oiréis -mezclar a nuestras alabanzas nada que os sea extraño, y quien quiera -elogiaros tendrá que decir de vosotros lo que Aecio al principio de su -<i>Filoctetes</i> ha dicho de Ulises:</p> - -<p>«Héroe glorioso, salido de patria oscura; tu nombre es célebre, tu -alma está llena de sabiduría, tú guías a los griegos y sabes vengarles -de Ilión, hijo de Laertes...»</p> - -<p>Solo en último caso habla de su padre, y solo oís alabanzas que le -son personales. Ninguna de ella llega a Laertes, ni a Anticlea, ni a -Arcesio; todo el elogio corresponde a Ulises.</p> - -<p>Homero, hablando de este héroe, dice lo mismo; le da por compañera -la prudencia, designada, según costumbre de los poetas, con el nombre -de Minerva. Con ella vence todos los obstáculos y evita todos los -peligros; penetra en el antro del Cíclope, y sale de él; ve los bueyes -del sol, y no los toca; desciende a los infiernos, y vuelve a la -tierra. Con la sabiduría pasa Escila sin ser arrastrado, salva los -remolinos del Caribdis sin ser sumergido; bebe la copa de Circe sin ser -metamorfoseado; llega a la tierra de los Lotófagos sin permanecer allí, -y oye a las Sirenas sin acercarse a ellas.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Notas"> - <h2 class="nobreak g1">NOTAS</h2> -</div> - - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> -Chassang, <i>Histoire du roman dans l’antiquité grecque et -latine</i>.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Nicolás -Maquiavelo.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Este -rey era Diomedes. Hércules le venció y castigó con el mismo suplicio -que hacía sufrir a sus huéspedes, entregándole a la voracidad de sus -caballos.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> Cuando -los esclavos habían cometido algún delito o se les capturaba por -haber huido, sus dueños los hacían marcar en la frente con un hierro -candente, imprimiéndoles así letras, y a veces palabras enteras -indicando la clase del delito. Por ejemplo, si habían robado, la -frase <i>Cave a fure</i>. Guárdate del ladrón. Estos caracteres -los ennegrecían con una especie de tinta para que fuesen más -perceptibles.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_5" href="#FNanchor_5" class="label">[5]</a> -Homero.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_6" href="#FNanchor_6" class="label">[6]</a> Se -refiere indudablemente a Cartago.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_7" href="#FNanchor_7" class="label">[7]</a> Este -poeta es desconocido. Hay, sin embargo, en las poesías de Ausonio el -elogio de un poeta de este nombre.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_8" href="#FNanchor_8" class="label">[8]</a> Es el -mismo Hipias de quien habla Platón en sus diálogos.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_9" href="#FNanchor_9" class="label">[9]</a> Estas -aguas son hoy desconocidas.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_10" href="#FNanchor_10" class="label">[10]</a> Véase -el juicio que de este poeta hace Quintiliano.</p> - -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ToC"> - <p><span class="pagenum" id="Page_331">p. 331</span></p> - <h2 class="nobreak g1">ÍNDICE.</h2> -</div> - -<table class="toc" summary=""> - <tr> - <td> </td> - <td class="tdc smaller bb">Páginas.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh smcap pt05"><a href="#Ch01">Prólogo</a>.</td> - <td class="tdrb asc"><a href="#Page_vii">VII</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh smcap"><a href="#Ch02">Introducción</a>.</td> - <td class="tdrb asc"><a href="#Page_xxxi">XXXI</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro I.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch1_1">I.</a> Cómo Lucio Apuleyo, - deseando saber arte mágica, se fue a la provincia de Tesalia, y en - el camino se juntó con dos compañeros, los cuales iban contando - admirables acaecimientos de hechiceras.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_1">1</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch1_2">II.</a> Cómo prosiguiendo - Aristómenes (que así se llamaba el compañero) su historia, contó - a Lucio Apuleyo cómo dos hechiceras, Meroes y Pancia, degollaron - aquella noche a Sócrates.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_8">8</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch1_3">III.</a> Cómo Lucio Apuleyo - llegó a la ciudad de Hipata y fue a posar en casa de Milón, y lo que - con Pitias le aconteció.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_14">14</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro II.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch2_1">I.</a> Cómo andando Lucio - Apuleyo por la ciudad, se conoció con una su tía, que le dio algunos - avisos.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_19">19</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch2_2">II.</a> Cómo Lucio Apuleyo se - enamoró de Andria, la moza de su huésped Milón, y lo que pasó con - ella.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_22">22</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch2_3">III.</a> Cómo Birrena convidó - a su sobrino Lucio Apuleyo, y de un cuento muy gracioso que uno - contó.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_28">28</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro III.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch3_1">I.</a> Cómo Lucio Apuleyo fue - preso y llevado<span class="pagenum" id="Page_332">p. 332</span> al - teatro público, adonde fue acusado de la muerte de tres hombres.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_38">38</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch3_2">II.</a> Cómo estando Apuleyo - para recibir sentencia, llega al teatro una vieja que de nuevo lo - acusó, y el donoso cuento en que esto paró.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_43">43</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch3_3">III.</a> Cómo Andria descubrió - a Lucio Apuleyo que su ama Pánfila fue causa de ser afrentado en la - fiesta de la risa.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_45">45</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch3_4">IV.</a> Cómo Andria mostró a - Lucio Apuleyo a su ama Pánfila cuando se untaba para convertirse en - búho, y él, queriéndose untar por experimentar el arte, fue, por - yerro de la bujeta del ungüento, convertido en asno.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_49">49</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch3_5">V.</a> Cómo estando Lucio - Apuleyo convertido en asno, vinieron súbitamente ladrones a robar - la casa de Milón, y cargado el robo en el caballo y asno, cargaron - también a él y se partieron para la posada de los ladrones, que era - una cueva, y lo que más pasó.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_53">53</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro IV.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch4_1">I.</a> Lucio Apuleyo cuenta lo - que pasaron los ladrones desde la ciudad de Hipata hasta llegar a la - cueva de su morada.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_56">56</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch4_2">II.</a> Lucio cuenta cómo - llegaron a la cueva, y el sitio de ella. Y otras cosas de gusto.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_60">60</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch4_3">III.</a> Cómo aquel ladrón - cuenta que robaron a un hombre rico con una graciosa industria de una - osa.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_65">65</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch4_4">IV.</a> Cómo los ladrones - trajeron una doncella robada, la cual llora su desdicha.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_70">70</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch4_5">V.</a> Cómo la vieja madre de - los ladrones cuenta a la doncella un cuento muy elegante y lleno de - doctrina.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_73">73</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro V.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch5_1">I.</a> Cómo la vieja cuenta a - la doncella cómo Psique fue llevada a unos palacios muy poderosos, - adonde holgó con su nuevo marido.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_78">78</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch5_2">II.</a> Cómo prosiguiendo - la vieja en su cuento, dice<span class="pagenum" id="Page_333">p. - 333</span> cómo las dos hermanas de Psique la vinieron a ver y le - tuvieron envidia.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_82">82</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch5_3">III.</a> Cómo Cupido avisa a - su mujer que en ninguna manera oiga a sus hermanas, porque la quieren - echar a perder.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_84">84</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch5_4">IV.</a> Cómo vinieron las - hermanas tercera vez a Psique, y del mal consejo que le dieron y lo - que acaeció a Psique.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_88">88</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch5_5">V.</a> Cómo Psique fue a - sus hermanas a quejarse de su desdicha mala, y del castigo que sus - hermanas recibieron.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_93">93</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro VI.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch6_1">I.</a> Cómo Psique fue al - templo de la diosa Ceres y al de Juno a demandarles socorro y ayuda - para su fatiga, y ninguna se lo dio por no enojar más a Venus, que - estaba enojada.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_98">98</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch6_2">II.</a> Cómo Psique se fue a - presentar ante Venus por demandarle perdón, y los trabajos que con - ella hubo.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_101">101</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch6_3">III.</a> Cómo Venus mandó a - Psique cosas muy dificultosas, las cuales acabó con ayuda de los - dioses.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_104">104</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch6_4">IV.</a> Cómo vinieron los - ladrones de robar, y lo que acaeció a Lucio y a la doncella.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_113">113</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro VII.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch7_1">I.</a> Cómo viniendo un - ladrón de la ciudad de Hipata, cuenta a los otros cómo no culpaban a - nadie del robo de la casa de Milón, sino a Lucio Apuleyo, y cómo fue - admitido a la compañía de los ladrones un mancebo.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_120">120</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch7_2">II.</a> Cómo aquel mancebo, - recibido en la compañía por Hemo, afamado ladrón, fue descubierto - ser Lepolemo, esposo de la doncella, el cual la libertó con su buena - industria, y la llevó a su tierra.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_126">126</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch7_3">III.</a> Cómo, celebradas - las bodas de la doncella, se pusieron a pensar con gran consejo qué - premio se daría a Lucio, asno, en recompensa de su libertad. Donde - cuenta grandes trabajos que padeció.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_130">130</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><span class="pagenum" id="Page_334">p. - 334</span><a href="#Ch7_4">IV.</a> Lucio recuenta grandes trabajos - que padeció por causa de venir a poder y manos de un mal rapaz.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_136">136</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro VIII.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch8_1">I.</a> Cómo vino un mancebo a - casa de un pastor amo de Lucio, asno, el cual cuenta a los pastores - la muerte de Lepolemo y la venganza que Carites tomó en su enamorado - Trasilo, y cómo después se mató.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_142">142</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch8_2">II.</a> Cómo después que - los pastores supieron la muerte de sus señores, se huyeron con su - hacienda.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_150">150</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch8_3">III.</a> Cómo Lucio prosigue - contando muchos acontecimientos que se ofrecieron siendo asno, yendo - con los pastores.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_156">156</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch8_4">IV.</a> Cómo después que - Lucio, asno, fue vendido a un echacuervos de la diosa Siria, le - acontecieron muchos trabajos.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_159">159</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro IX.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch9_1">I.</a> Cómo después que Lucio - entendió que el cocinero le quería matar, buscó astucia para librarse - de tan gran peligro, de donde se le siguió otro mayor, del cual - también se libró.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_165">165</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch9_2">II.</a> Lucio recuenta una - historia que oyó haber acontecido en un pueblo, de cómo una mujer - burló de su marido.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_168">168</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch9_3">III.</a> Cómo Lucio recuenta - una astuta manera de suerte que los echacuervos usaban para sacar - dineros, y cómo fueron presos y él vendido a un tahonero.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_171">171</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch9_4">IV.</a> Cómo Lucio cuenta - un gracioso acontecimiento, en el cual la mujer del tahonero (su - amo) gozó un enamorado; y tomándolos juntos los castigó: en la cual - venganza le ahorcó por arte de encantamento.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_176">176</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch9_5">V.</a> Cómo Lucio cuenta que - lo vendieron a un hortelano, y de sus miserias, y lo que acaeció con - un caballero.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_188">188</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro X.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch10_1">I.</a> Cómo el asno fue - llevado por el caballero<span class="pagenum" id="Page_335">p. - 335</span> a una ciudad, y de un extraño caso que allí aconteció.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_194">194</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch10_2">II.</a> Cómo por industria de - un senador antiguo fue descubierta la maldad de la madrastra, y libre - el mancebo.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_200">200</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch10_3">III.</a> Cómo el asno fue - vendido a un cocinero y a un panadero, que eran hermanos, y de la - buena vida que tenía, donde pasó cosas de mucho gusto.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_203">203</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch10_4">IV.</a> Cómo Lucio cuenta - qué estado era el de su señor, y cómo partió para la ciudad de - Corinto.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_208">208</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch10_5">V.</a> Cómo se buscaba a una - mujer que estaba condenada a muerte, para que en unas fiestas tuviese - acceso con el asno en el teatro público, y cuenta el delito que había - cometido aquella mujer.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_212">212</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch10_6">VI.</a> Lucio, asno, cuenta - cómo se representó en un teatro el <i>Juicio de Paris</i> y otras - cosas, y cómo huyó de allí.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_219">219</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="2" class="tdc smcap pt1">Libro XI.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch11_1">I.</a> Cómo Lucio cuenta - que, venido en aquel lugar de Céncreas, después del primer sueño - vio la Luna, a la cual le pidió le volviese a su primera forma de - hombre.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_226">226</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch11_2">II.</a> Escribe con grande - elocuencia una solemne procesión que los sacerdotes hicieron a la - Luna, en la cual procesión el asno apañó las rosas de las manos del - gran sacerdote, y, comidas, se volvió hombre.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_232">232</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch11_3">III.</a> Cómo Lucio cuenta el - ardiente deseo que tuvo de entrar en la religión de la diosa, y cómo - fue primero industriado para recibirla.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_242">242</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Ch11_4">IV.</a> Lucio cuenta la - entrada en la religión, y cómo fue a Roma, donde fue ordenado en la - cosas sagradas, y fue recibido en el Colegio de los sacerdotes de la - diosa Isis.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_248">248</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh smcap pt1"><a href="#Ch12_1">Las Floridas</a>.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_257">257</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh smcap pt1"><a href="#Ch13_1">El demonio de Sócrates</a>.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_307">307</a></td> - </tr> -</table> - -<hr class="chap" /> - - -<hr class="full" /> - -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA METAMORFOSIS O EL ASNO DE ORO ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. -</div> - -<div style='margin:0.83em 0; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE<br /> -<span style='font-size:smaller'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br /> -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</span> -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase “Project -Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg™ License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.A. 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Information about the Mission of Project Gutenberg™ -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s -goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg™ and future -generations. 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