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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: Tragedias - -Author: Esquilo - -Translator: Fernando Segundo Brieva Salvatierra - -Release Date: August 9, 2021 [eBook #66023] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading - Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from - images generously made available by The Internet - Archive/Canadian Libraries) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRAGEDIAS *** - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_, las negritas entre - =iguales= y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. Las - acotaciones escénicas aparecen entre ~virgulillas~. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * La ortografía del texto original ha sido respetada, con - normalización de las variantes a la grafía más frecuente. - - * No obstante, se han puesto tildes a ciertas mayúsculas que las - necesitaban y se ha completado el emparejamiento de los signos de - exclamación e interrogación. - - * Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas tras el - párrafo que contiene la llamada. - - * Las páginas en blanco han sido eliminadas. - - - - -_TRAGEDIAS DE ESQUILO_ - - - - - _ESQUILO_ - - _Tragedias_ - - _Versión directa del griego por D. - Fernando Segundo Brieva Salvatierra_ - - [Ilustración] - - _Universidad Nacional - de México._ - =_1921_= - - - - -[Ilustración] - -_NOTA PRELIMINAR_ - - -La tragedia griega se ocupa --más directamente que la epopeya y la -lírica-- en los problemas de la vida, en el misterio que rodea a la -voluntad humana, en las leyes superiores que presiden nuestros destinos. - -Florece en el siglo V, antes de Cristo, y se derivó del ditirambo, coro -en el culto de Dionisos (Baco), que se distinguió por su exaltación -y violencia de sentimientos dolorosos. Los cantores simulaban ser -sátiros y demás entidades del cortejo de Dionisos, y se entregaban a -apasionadas lamentaciones con motivo de los patéticos episodios de -la leyenda del dios. Con el tiempo, este coro vino a ser precedido -por un recitado en que acaso se exponía algún trance doloroso de la -divinidad; más tarde el narrador se tornó actor; además de los mitos -báquicos se utilizaron los de otros dioses y héroes; y desapareció el -coro de sátiros que no tenía ya razón de ser en leyendas diversas del -culto de los viñadores y se le relegó el drama satírico. El ditirambo -al evolucionar pierde su carácter lírico y se vuelve dramático: la -acción o trama se precisa y Esquilo finalmente da a la tragedia griega -su forma definitiva, como Lope de Vega hizo con la comedia española. - -La tragedia no perdió nunca su carácter religioso; no fué sino un -acto público por medio del cual la ciudad procuraba tener propicio -al dios. La organizaban magistrados y se representaba únicamente en -las fiestas de Baco (en Atenas --donde florece de modo exclusivo-- -durante las Grandes Dionisíacas, las Leneas y las Pequeñas Dionisíacas -o Dionisíacas de los demos o barrios). Así pues, la tragedia difiere -totalmente de nuestro drama moderno. - -“Un bello espectáculo religioso, danzas, cantos, una acción simple y -fuerte, he aquí lo que el público pedía;”[1] y he aquí, cabe agregar, -lo que comprendía una tragedia griega. Acaso la humanidad no ha vuelto -a tener nunca espectáculo tan magnífico: en el que, dentro de la mayor -simplicidad de concepción, se sucedían las danzas austeras del coro, -los cantos líricos al son de la flauta, las exclamaciones orgullosas de -algún rey insensato, a quien los dioses enloquecen antes de perder. - - [1] A. y M. Croiset, _Histoire de la Littérature Grecque_, tomo III. - -Esquilo ennobleció la tragedia; la purificó de elementos extraños y la -hizo apta para recibir y contener el más alto pensamiento filosófico -y religioso. Nació en Eleusis --Ática-- el año de 525 antes de Cristo. -Era _eupátrida_, es decir, noble; y se distinguió como soldado en la -guerra contra los persas, que invadían Grecia con el propósito de -conquistarla. Combatió en Marathón, Salamina y Platea, y estas jornadas -gloriosas dejaron honda huella en las ideas centrales de su obra. -Comienza su carrera literaria a los veintiséis años. El número de sus -obras, según Suidas, era de noventa. Sólo nos restan siete tragedias, -algunos títulos de otras y fragmentos. En las fiestas de Dionisos -se celebraban concursos trágicos; cada concurrente presentaba tres -tragedias y un drama satírico; el _arconte_ concedía o negaba el coro, -con lo cual se representaban las obras de los vencedores. Esquilo fué -premiado en doce concursos por lo menos. Viajó tal vez por Tracia, y -de seguro por Sicilia. Murió en esta isla, en Gela, año de 456 antes de -Cristo. - -Esquilo tomó sus asuntos del acervo de leyendas y mitos homéricos. No -es tampoco un pensador original en el sentido de que haya descubierto -nuevos sistemas filosóficos. Para él la fatalidad está por encima de -las pasiones humanas y del capricho de los dioses. Nuestros destinos, -al igual que el reinado de Zeus, están sometidos a una ley superior -y misteriosa. Por sobre la divina inconciencia de los protagonistas, -el autor recuerda a los espectadores que nuestras acciones tienen un -sentido oculto, y que fatalmente nos apresuramos a nuestra ruina y -total aniquilamiento cuando impíamente pensamos escapar al destino. -La terrible fatalidad pesa no sólo sobre los individuos, sino también -sobre las familias enteras, y así presenciamos, en la casa de los -Labdácidas y los Atridas, la lenta y dolorosa expiación de un antiguo -crimen. - -Un hondo sentimiento religioso y un exaltado amor patrio animan toda -la obra de Esquilo. Sin duda constituyen su auditorio atenienses -que van olvidando ya las virtudes antiguas, generaciones escépticas -que comienzan a perder el sentido de la seriedad de la vida y de la -dolorosa corriente de los sucesos. - - _Julio Torri._ - - - - -[Ilustración] - -_PROMETHEO ENCADENADO_ - - -~Aparecen CRATOS y BÍA, HEFESTOS y PROMETHEO~ - -CRATOS - -Ya estamos en el postrer confín de la tierra, en la región escytha, -en un yermo inaccesible. Impórtate, pues, Hefestos, cuidar de las -órdenes que te dió padre; amarrar a este alborotador del pueblo al alto -precipicio de esas rocas con invencibles trabas de diamantinos lazos. -Pues hurtó tu atributo, el fulgurante fuego, universal artífice, y lo -entregó a los mortales, por que así aprenda a llevar de buen grado la -dominación de Zeus, y dejarse de aficiones philantrópicas. - -HEFESTOS - -Cratos y Bía, cumplido está por vuestra parte el decreto de Zeus, y -nada os embaraza ya. Cobarde ando yo para encadenar en este precipicio -que azotan las tormentas, a un dios de mi propia sangre; puesto que -fuerza me es tal osadía; que es grave cosa acudir con tibieza a los -mandatos de padre. Mal que a los dos pese, Prometheo, hijo magnánimo -de la consejera Themis, te ataré con broncíneos e indisolubles nudos -a este risco apartado de toda humana huella; donde jamás llegará a ti -figura ni voz de mortal alguno, sino que tostado de los lucientes rayos -del sol, mudarás las rosas de la tez. Vendrá la noche, ansiada de ti, -y te ocultará la luz con su estrellado manto; de nuevo enjugará el -sol el rocío de la mañana; pero el dolor del presente mal te abrumará -sin tregua, que aún no ha nacido tu libertador. He ahí lo que te has -granjeado con tu philanthrópica solicitud! Dios como eres, sin temer la -cólera de los dioses, a los mortales honraste más de lo debido, y en -pago guardarás esta desapacible roca, en pie derecho, sin dormir, sin -tomar descanso; y vano será que lances muchos lamentos y gemidos, que -son recias de mover las entrañas de Zeus, y tirano nuevo siempre duro. - -CRATOS - -¡Eh, basta! ¿A qué es vacilar y lamentarse en balde? ¿Cómo no abominas -al dios más aborrecido de los dioses, a quien entregó tu atributo a los -mortales? - -HEFESTOS - -¡Son tan poderosos la sangre y el trato! - -CRATOS - -Concedo. Mas ¿cómo te será dado desobedecer los mandatos de padre? ¿No -temes más esto? - -HEFESTOS - -Siempre fuiste sin misericordia y lleno de ferocidad. - -CRATOS - -No es remedio lamentarle. No te canses, pues, necio, en lo que nada -aprovecha. - -HEFESTOS - -¡Oh maniobra aborrecidísima! - -CRATOS - -¿Por qué la detestas? que cierto es que tu arte no tiene culpa de los -males presentes. - -HEFESTOS - -Con todo ello, así a otro cualquiera le hubiese tocado en suerte, que -no a mí. - -CRATOS - -Todo es dado a los dioses menos el imperio; sólo Zeus es libre. - -HEFESTOS - -Lo conozco, y nada tengo que replicar. - -CRATOS - -¿Por qué, pues, no te das prisa a rodearle la cadena? No te vea padre -reacio. - -HEFESTOS - -Prontas están las esposas, que se pueden ver. - -CRATOS - -Tómalas, pues; martíllalas junto a las manos con toda tu fuerza, y -clávalas a la roca. - -HEFESTOS - -Ya está terminada esa faena, y bien pronto. - -CRATOS - -Remacha más; aprieta, que nunca se afloje: que es diestro en encontrar -salidas aun de lo imposible. - -HEFESTOS - -Sujeto queda este brazo indisolublemente. - -CRATOS - -Y ahora este otro; sujétale con la anilla; firme, porque aprenda que es -un buscador de ardides menos diestro que Zeus. - -HEFESTOS - -Sino es él, nadie con razón podría quejarse de mí. - -CRATOS - -Híncale duro en medio del pecho el fiero diente de diamantina cuña. - -HEFESTOS - -¡Ay, Prometheo, cómo lloras tus trabajos! - -CRATOS - -¿De nuevo andas vacilando y lloras a los enemigos de Zeus? ¡que no te -lastimes de ti algún día! - -HEFESTOS - -Estás viendo ante tus ojos espectáculo horrendo de ver. - -CRATOS - -Estoy viendo a ése llevar su merecido. Conque échale una cadena a los -costados. - -HEFESTOS - -Fuerza me es hacerlo; no porfíes más. - -CRATOS - -Pues todavía te mandaré más, y te apretaré con mis voces. Ve por -debajo, y átale fuerte las piernas. - -HEFESTOS - -Hecho está ya, y no en mucho tiempo. - -CRATOS - -Remacha ahora los clavos en los agujeros de los grillos, firme; que es -severo el veedor de esta obra. - -HEFESTOS - -Cual es tu rostro, así habla tu lengua. - -CRATOS - -Tú ablándate, mas no me dés en cara con la arrogancia y aspereza de mi -condición. - -HEFESTOS - -Pues ya tiene ceñidas a los miembros las cadenas, marchemos. - -CRATOS - -Insoléntate aquí ahora, y robando sus atributos a los dioses, aplícalos -a los séres de un día. ¿Quiénes serán los mortales para aliviarte tus -penas siquiera un punto? Con falso nombre te llaman Prometheo los -bienaventurados, pues tú mismo necesitas un Prometheo para saber con -qué traza te desenredarás de este artificio. - -~(Vanse CRATOS y BÍA y HEFESTOS.)~ - -PROMETHEO - -¡Oh divino éther, y alígeras auras, y fuentes de los ríos, y perpetua -risa de las marinas ondas; y tierra, madre común, y tú, ojo del sol -omnividente; yo os invoco! Vedme cuál padezco, dios como soy, por obra -de dioses. Contemplad cargado de qué oprobios lucharé por espacio de -años infinito. ¡Tal infame cadena tuvo para mí el nuevo rey de los -felices! ¡Ay! ¡que lamento el mal presente y también el futuro! ¿Cuándo -asomará el término de mis penas? Mas, ¿qué digo? Cuanto ha de suceder, -bien lo sé de antemano: ningún mal inesperado me avendrá. Forzoso me es -llevar mi destino lo mejor que pueda, como quien conoce que el rigor -del hado es invencible. Con todo ello ni puedo hablar de mis desdichas, -ni soy poderoso a callarlas. Sin ventura yo, que dispensando favores a -los mortales, sufro ahora el yugo de este suplicio. Tomé en hueca caña -la furtiva chispa, madre del fuego; lució, maestro de toda industria, -comodidad grande para los hombres; y de esta suerte pago la pena de -mis delitos, puesto al raso y en prisiones. ¡Ay de mí! ¿Qué rumor, qué -invisible perfume me envuelve con sus alas? ¿Es divino o mortal, o uno -y otro? ¿Viene a esta postrera roca de espectador de mis males, o qué -quiere en fin? ¡Miradme encadenado, dios infeliz, enemigo de Zeus, -hecho el odio de cuantos pisan su estancia, por mi extremado amor a los -mortales! ¡Ah! ¿Qué ruido de aves oigo otra vez junto a mí? Susurra el -aire con el leve meneo de sus alas. Cuanto se me acerca póneme espanto. - -~(Aparecen las OCEÁNIDAS en un carro alado.)~ - -CORO - -Nada temas, que amiga viene a ese risco esta bandada con acelerado -aleteo. A duras penas persuadí el ánimo de padre; mas al fin las -veloces auras me han traído. El eco del golpeado hierro penetró en lo -profundo de mis antros; hízome vencer mi tímida modestia, y sin calzar -corrí a ti en este alado carro. - -PROMETHEO - -¡Ay! hijas de la fecunda Tethis, hijas del padre Océano, que se -revuelve en torno a la tierra con incansable curso; ved, considerad -qué guardia tan poco envidiable haré en la cima de este precipicio, -aprisionado con tales cadenas. - -CORO - -Viéndote estoy, Prometheo, y una nube de temerosas lágrimas cubre mis -ojos al contemplar tu cuerpo consumido en esas rocas entre afrentosos -y diamantinos hierros. Nuevos timoneles rigen el Olimpo; Zeus manda a -su gusto con desaforadas leyes; lo que ayer era grande, desaparecido es -hoy de ante nuestra vista. - -PROMETHEO - -¡Y si me hubiese arrojado en las entrañas de la tierra, en lo profundo -del caliginoso imperio, común hospedaje de los muertos, en el inmenso -Tártaro, después que me aherrojó con estas bárbaras e indisolubles -cadenas! De esa suerte, ni dios, ni otro ninguno de los séres se -recrearía en mis males; pero ahora, ¡desdichado! juguete de los -vientos, soy con mi padecer regocijo de mis enemigos. - -CORO - -¿Cuál de los dioses será tan fiero de corazón que se recree en estas -lástimas? ¿Quién no se dolerá de tus males, si no es Zeus? Él, que -airado siempre, siempre recio de condición, oprime al celeste linaje, -y que no cederá mientras no sacie su encono, o por ventura alguno con -cualquiera industria no le arranque un poder difícil de arrebatar. - -PROMETHEO - -Y en verdad que afrentado y todo como estoy con estas viles cadenas -que amarran mis miembros, todavía el rey de los bienaventurados -habrá necesidad de mí, porque le haga parar mientes en una su nueva -resolución que le ha de privar del cetro y sus honores. Y no me -ablandará con encantadas y melosas frases, ni por temor a fieros y -amenazas se lo he de descubrir, en tanto que no me suelte de estos -ásperos hierros, y me dé satisfacción de este ultraje. - -CORO - -¡Siempre temerario! ¡Ni aun en estos acerbos pesares desmayas un punto! -Pero eres demasiado suelto de lengua. Temo por tu suerte, y penetrante -terror conturba mi ánimo. ¿Cuándo te verás en el puerto tocando al -término de tus desdichas? Que el hijo de Cronos es de natural adusto y -duro de corazón. - -PROMETHEO - -Sé que es áspero, y que hace ley de su albedrío; mas algún día será -blando de entrañas cuando de esta misma suerte sea tundido por la -desdicha, y entonces bajará su indomable orgullo, y solícito cual yo, -vendrá a mi amistad y concierto. - -CORO - -Descúbrenoslo todo; cuéntanos en qué delito te cogió Zeus para -castigarte tan afrentosa y cruelmente. Habla, si no ha de apenarte su -relato. - -PROMETHEO - -Doloroso me es de referir; dolor callar; de cualquier modo desdicha. -Luego que nació el odio en los inmortales, alzóse la discordia entre -ellos. Quiénes querían derribar a Cronos del trono, y que Zeus -reinase; quiénes, al contrario, esforzábanse por que jamás llegase a -imperar sobre los dioses. En este trance, en vano yo con mejor consejo -traté de persuadirlos; no lo conseguí. Despreciando los hijos del cielo -y de la tierra, los Titanes, con altanero ánimo, industria y maña, -jactábanse de alcanzarlo sin fatiga por sólo la fuerza. Pero ya mi -madre Themis, la Tierra, un solo sér con multitud de nombres, habíame -profetizado, y no una vez sola, que no con fuerzas y violencias se -había de alcanzar la victoria, mas con la astucia. Tal les mostré con -razones, y ni aun se dignaron mirarme. En resolución, que puesto en -esto, me pareció lo mejor tomar conmigo a mi madre y acudir de grado -al deseo de Zeus. Gracias a mí, los caliginosos senos del profundo -Tártaro encierran hoy al antiguo Cronos y a sus defensores. Y ahora, -ese tirano de los dioses, favorecido por mí con tales servicios, con -esta fementida paga me corresponde: que es achaque de la tiranía no -fiarse de los amigos. A lo que me demandabais, por qué así me afrenta, -yo os satisfaré. Tan pronto como el nuevo señor se sentó en el paterno -trono, luego repartió entre los dioses a cada cual su merced, y ordenó -el imperio; mas para nada tuvo cuenta con los míseros mortales; antes -bien, imaginaba aniquilarlos y crear una nueva raza. Ninguno le salió -al paso en sus intentos, sino fuí yo. Yo me arresté; yo libré a los -mortales de ser precipitados hechos polvo en el Hades profundo. Por -esto me veo ahora abrumado con tan fieros tormentos, dolorosos de -sufrir, lastimosos de ver. Movíme a piedad de los hombres, y no soy -tenido por digno de ella, mas tratado sin misericordia. ¡Espectáculo -ignominioso para Zeus! - -CORO - -De férreas entrañas será y hecho de dura roca quien no se ablande con -tus quebrantos. ¡Quién no los hubiese visto, que en el alma me duele -verlos! - -PROMETHEO - -Cierto que para los amigos debo de estar miserable de ver. - -CORO - -¿Pero no fuiste más allá con tus propósitos? - -PROMETHEO - -Por mí han dejado los mortales de mirar con terror a la Muerte. - -CORO - -¿Y qué remedio encontraste contra ese fiero mal? - -PROMETHEO - -Hice habitar entre ellos la ciega Esperanza. - -CORO - -Grande bien es ese que dispensaste a los mortales. - -PROMETHEO - -Pues sobre esto, además, puse el fuego en sus manos. - -CORO - -¿Y ahora poseen el esplendente fuego los séres de un día? - -PROMETHEO - -Por él aprenderán muchas artes. - -CORO - -¡Y por esos crímenes te trata Zeus tan afrentosamente! ¡y ni aun te -rebaja un punto la pena! Pero ¿no hay señalado término alguno a tu -aflicción? - -PROMETHEO - -Ningún otro sino cuando a él le parezca. - -CORO - -¿Y cuándo le parecerá? ¿Cuál es tu esperanza? ¿No ves que has errado? -Mas decir que erraste, a mí no me es grato y a ti ha de dolerte. -Dejémos esto, y busca alguna salida a tus desventuras. - -PROMETHEO - -Cómodo es a quien tiene el pie fuera de males dar consejos y -advertencias al que los pasa. Todo eso ya lo sabía yo. De voluntad -erré, de voluntad; no lo negaré. Favoreciendo a los mortales me buscaba -trabajos, mas no podía imaginarme que con tal suplicio me había de -consumir en esta altiva roca, teniendo por morada el solitario yermo de -este monte. Pero no lloréis mis males presentes. Echad pie a tierra, y -escuchad las desdichas que me amenazan, porque lo sepáis todo hasta el -fin. Venid, venid en lo que os pido, doleos ahora con quien se duele; -que el infortunio, vagando en torno nuestro, ahora se acerca a uno, -ahora a otro. - -CORO - -No lo dices a esquivas, Prometheo. Con leve planta dejo el ligero carro -y el éther, pura región de las aves, y desciendo a este escarpado -risco; que deseo oír todas tus cuitas. - -~(Aparece el OCÉANO en un carro alado.)~ - -OCÉANO - -A ti vengo, Prometheo, haciendo una larga jornada en este alado -monstruo, que rijo sin otro freno que mi voluntad. Porque ten entendido -que me duelo de tus desgracias. A ello me obliga la sangre; así lo -juzgo; pero, fuera del parentesco, no hay quien tenga en mi amistad -más parte que tú. Ya verás tú cómo es verdad esto que digo, y que no -está en mi genio hablar vano y lisonjero de favores. Conque anda; dime -en qué se te puede favorecer. Jamás podrás decir que hubo para ti un -amigo más firme que el Océano. - -PROMETHEO - -¡Bah! ¿qué es esto? ¿También tú vienes de espectador de mis males? -¿Cómo te has atrevido a dejar la corriente de tu nombre y tus nativos y -roqueros antros para venir a la tierra madre del hierro? ¿Llegaste a mí -curioso de mi suceso, o compasivo de mis desdichas? ¡Contempla, pues, -un espectáculo! ¡Mira a este amigo de Zeus, que le ayudó a afirmar su -tiranía, de qué rigores se ve oprimido! - -OCÉANO - -Viéndote estoy, Prometheo, y aunque seas tan avisado, todavía quiero -aconsejarte lo que te estará mejor. Reconócete, y pues que hay nuevo -tirano entre los dioses, muda tú también de procederes. Porque si -así lanzas ásperos y punzantes dicterios, con estar Zeus sentado tan -alto y lejos de ti, pudiera oírte de modo que el rigor del presente -mal le tuvieras por juego. Conque deja esa arrogancia, desdichado, -y aplícate al remedio de tu miseria. Quizá te parezca que esto que -digo son vejeces; pero estos premios vienen, Prometheo, de una lengua -demasiado jactanciosa. Tú no eres nada humilde, ni cedes a los males; -antes quieres sobre los presentes traerte otros. Mas si te aprovechas -de mis lecciones, no obrarás en tu propio mal, considerando que reina -un monarca duro y nada sujeto a dar razón de sus obras. Y ahora parto, -y probaré si puedo librarte de estos males. Tú, aquiétate y no seas -demasiado atrevido de lengua; pues, ¿no sabes, discreto por extremo -como sin disputa eres, que el castigo marca la lengua temeraria? - -PROMETHEO - -Dígote que eres feliz, porque después de haber osado tomar parte -conmigo en mis penas, aún estás sin que Zeus te culpe. Mas déjalo ya; -no te dé cuidado. En manera alguna le persuadirías; que no es blando -de persuadir. Y tú ándate con tiento, mirando bien no te acarree algún -daño esta jornada. - -OCÉANO - -Mejor consejero eres de los demás, con mucho, que no de ti propio; con -hechos, no con palabras, lo atestiguo. Pero no me estorbes que corra -solícito. Me precio, me precio, sí, de que Zeus me otorgará la gracia -de alzarte esta pena. - -PROMETHEO - -Gracias, te lo agradezco, y nunca jamás dejaré de agradecértelo; porque -en verdad que no omites diligencia. Pero no te molestes, pues cuando -quisieras procurar algo por mí, cansaríaste en balde, sin aprovecharme -nada. Conque estate quieto, y hurta el cuerpo al peligro; que, ya que -soy desdichado, no quisiera por ello que a más que a mí alcanzasen mis -desdichas. Cierto que no. Ya me traspasa el infortunio de mi hermano -Atlas, que está a pie firme manteniendo en ambos hombros la columna -del cielo y la tierra, abrumadora pesadumbre. Ya me lastimo viendo -derribado por victoriosa fuerza al terrígena habitador de los cilicios -antros, espantable monstruo de cien cabezas; a Tifón el impetuoso, -que hizo frente a los dioses. Silbaba muerte por sus horrendas fauces, -terrífico fulgor centelleaban sus ojos, como si hubiese de derrocar al -empuje de su brazo la tiranía de Zeus; pero el dardo que jamás duerme, -vino sobre él. Respirando fuego descendió el rayo, y derribóle de -su arrogante jactancia. Herido en las entrañas mismas; abrasado por -la llama; asombrado del trueno, cayó aquel poderoso valor. Y ahora -yace allá, cuerpo inútil, tendido junto a la angostura del mar, y -aprisionado bajo las raíces del Etna, de cuyas altas cumbres, donde -Hefestos forja el hierro candente, romperán un día ríos de fuego que -devoren con fieras mandíbulas los abundosos y dilatados campos de -Sicilia. Tal cólera vomitará Tifón con insaciable e igniespirante -torbellino de ardientes saetas, aún carbonizado por el rayo de Zeus. -Mas a ti no te falta experiencia, ni necesitas de mis lecciones. -Guárdate a ti mismo como sabes, que yo apuraré esta mi suerte hasta -tanto que el ánimo de Zeus no aplaque su cólera. - -OCÉANO - -¿No conoces, pues, Prometheo, que las razones son médicos del ánimo -enfermo? - -PROMETHEO - -Si a tiempo se trata de calmar el corazón; no si se quiere reducirle -por fuerza cuando el furor le hincha. - -OCÉANO - -Pero en intentarlo y procurarlo, ¿qué mal ves tú que haya? Dime. - -PROMETHEO - -Un trabajo excusado y una vana simplicidad. - -OCÉANO - -Déjame que enferme de ese achaque; que lo mejor para el sabio es no -parecerlo. - -PROMETHEO - -Tendríase por mía tu culpa. - -OCÉANO - -Claro se ve que con esa respuesta me despides. - -PROMETHEO - -Porque no sea que el dolerte de mí te ponga en enemistad... - -OCÉANO - -¿Con quién acaba de sentarse en el omnipotente trono, por ventura? - -PROMETHEO - -Guarda que alguna vez no se irrite su ánimo. - -OCÉANO - -Maestro es en verdad tu infortunio, Prometheo. - -PROMETHEO - -Marcha, pues. Tórnate, y mantente en esos pensamientos. - -OCÉANO - -Lo dices a quien se apresura a ponerlo por obra; que ya este cuadrúpedo -alado se apresta a surcar la dilatada región del éther, querencioso de -echarse a descansar en su establo. - -~(Vase.)~ - -CORO - -¡Ay Prometheo, acongójanme tus fieras desdichas! Un raudal de lágrimas -brota de mis piadosos ojos, y baña mis mejillas con sus húmedas -fuentes. ¡Infelices hazañas son éstas! Reinando con sólo la ley de su -albedrío, muestra Zeus su soberbio poder a los antiguos dioses. - -Ya toda esta región rompe en tristes gemidos, y lloran tu antigua y -magnífica grandeza y la de tus hermanos, y se duelen de tus lastimosas -desdichas cuantos mortales habitan el vecino suelo de la sagrada Asia; -y las vírgenes de la Cólchida, intrépidas en la pelea; y la caterva -escytha, que en los postreros términos de la tierra ciñen la laguna -Meotis; y la flor de la belicosa Arabia; y quienes sobre el Cáucaso -mantienen escarpada fortaleza: fiera gente que brama de furor entre las -agudas lanzas. - -Tan sólo a otro dios había yo visto antes afligido de esa suerte con el -tormento de ligaduras que jamás se cansan. Al Titán Atlas, que soporta -sin respiro sobre sus espaldas la inmensa pesadumbre del poderoso -polo de Uranos. En tanto a sus pies vocean las ondas marinas chocando -unas con otras; gime el líquido abismo; brama debajo de la tierra el -caliginoso seno del Hades, y las fuentes de los ríos, de sagradas -linfas, lloran su miserable angustia. - -PROMETHEO - -No imaginéis que callo de desdeñoso ni de arrogante, sino que dentro -en el corazón me devora la pena viéndome así tratado. Pues ¿quién otro -que yo repartió a esos dioses nuevos todas sus preeminencias? Mas -callemos esto, que sería contarlo a quienes lo saben, y oíd los males -de los hombres, y cómo de rudos, que antes eran, hícelos avisados y -cuerdos. Lo cual diré yo, no en són de queja contra los hombres, sino -porque veáis cuánto los regaló mi buena voluntad. Ellos, a lo primero, -viendo, veían en vano; oyendo, no oían. Semejantes a los fantasmas de -los sueños, al cabo de siglos aún no había cosa que por ventura no -confundiesen. Ni sabían de labrar con el ladrillo y la madera casas -halagadas del sol. Debajo de tierra habitaban a modo de ágiles hormigas -en lo más escondido de los antros donde jamás llega la luz. No había -para ellos signo cierto, ni del invierno, ni de la florida primavera, -ni del verano abundoso en frutos. Todo lo hacían sin tino, hasta tanto -que no les enseñé yo las intrincadas salidas y puestas de los astros. -Por ellos inventé los números, ciencia entre todas eminente, y la -composición de las letras, y la memoria, madre de las Musas, universal -hacedora. Yo fuí el primero que unció al yugo las bestias fieras, que -ahora doblan la cerviz a la cabezada, para que sustituyesen con sus -cuerpos a los mortales en las más recias fatigas. Y puse al carro los -caballos humildes al freno, ufanía de la opulenta pompa. Ni nadie más -que yo inventó esos otros carros de alas de lino que surcan los mares. -¡Y después que tales industrias inventé por los hombres, no encuentro -ahora, mísero yo, arte alguno que me libre de este daño! - -CORO - -¡Extraño a no dudar es el que padeces! Apartado de tu buen consejo, -andas irresoluto. Como un mal médico que enferma, así desmayas tú y no -aciertas a dar con qué medicinas puedas curarte. - -PROMETHEO - -Escucha lo que resta y más admirarás aún; qué industrias y salidas -ideé. Y sobre todo, esto: ¿caían enfermos? pues no había remedio -ninguno, ni manjar, ni poción, ni bálsamo, sino que se consumían con -la falta de medicinas, antes de que yo les enseñase las saludables -preparaciones con que ahora se defienden de todas las enfermedades. -Yo instituí además los varios modos de adivinación, y fuí el primero -que distinguió en los sueños cuáles han de tenerse por verdades; y -díles a conocer los oscuros presagios, y las señales que a las veces -salen al paso en los caminos. Y definí exacto el vuelo de las aves de -corvas garras; cuáles son favorables, cuáles adversas; qué estilos -tiene cada cual de ellas; qué amores, qué odios, qué compañías entre -sí. Y qué lustre y color necesitan las entrañas, si han de ser aceptas -a los dioses, y la hermosa y varia forma de la hiel y el hígado. Y -en fin, echando al fuego los grasientos muslos y el ancho lomo, puse -a los mortales en camino de arte dificilísimo, y abríles los ojos, -antes ciegos, a los signos de la llama. Tal fué mi obra. Pues, y las -preciosidades, ocultas a los hombres en el seno de la tierra: el cobre, -el hierro, la plata y el oro, ¿quién podría decir que los encontró -antes que yo? Nadie, que bien lo sé, si ya no quisiere jactarse -temerario. En conclusión, óyelo todo en junto. Por Prometheo tienen los -hombres todas las artes. - -CORO - -No te cuides ahora de ellos fuera de lugar, y te abandones a ti propio -en el infortunio; que yo tengo buena esperanza de que aún has de ser, -suelto de esas cadenas, no menos poderoso que Zeus. - -PROMETHEO - -No tiene decretado todavía que eso suceda el Destino que todo lo -consuma, sino que después de abrumado de males y tormentos infinitos, -entonces escaparé de estas prisiones. Y la industria puede mucho menos -que el Hado. - -CORO - -Pero... y el timón del Hado ¿quién lo rige? - -PROMETHEO - -La trimorfe Moira y las memoriosas Erinnas. - -CORO - -¿Y es Zeus menos poderoso que ellas? - -PROMETHEO - -Cierto que sí. No podría esquivar la fortuna que le está deparada. - -CORO - -¿Pues qué le espera a Zeus más que reinar por siempre? - -PROMETHEO - -Eso no podrías tú llegar a saberlo. No me aprietes a instancias. - -CORO - -Sagrado secreto debe de ser el que ocultas. - -PROMETHEO - -Hablad de otro asunto. En manera ninguna es tiempo de publicarlo, antes -ha de ocultarse todo lo más posible; que como le guarde, yo escaparé de -estos inmerecidos lazos y miserias. - -CORO - -Que nunca jamás Zeus, que gobierna todas las cosas, tenga que oponer -su poder a mi voluntad. Que nunca jamás ande yo tibia en acercarme -a los dioses con piadosas ofrendas de sacrificados bueyes, junto -a la inagotable corriente de mi padre el Océano. Ni de palabra le -ofenda, antes bien manténgase en mí siempre firme este propósito, y no -desfallezca nunca. - -Dulce es caminar una larga vida entre confiadas esperanzas en tanto que -se apacienta el alma con serenos deleites; pero al contemplarte acabado -por tormentos sin número, me estremezco de horror. Piadoso en demasía -fuiste con los mortales, Prometheo, sin temor de Zeus, y siguiendo sólo -tu natural impulso. - -Y bien, ¡mira cuál ingrata es la recompensa! ¿Quién de los séres de un -día será tu amparo? ¿quién tu escudo? ¿Pues no conocías la menguada -flaqueza que a modo de un sueño embarga a la ciega raza de los hombres? -Jamás los consejos de los mortales prevalecerán contra la ordenación de -Zeus. - -Esto me enseña la contemplación de tus fieros infortunios. ¡Cuán -diverso me suena este canto, de aquel de hymeneo que cantaba en rededor -de tu baño y lecho con ocasión de tus bodas, cuando persuadida mi -hermana Hesione de tus presentes, tomástela por esposa y compañera de -thálamo! - -~(Sale IO.)~ - -IO - -¿Qué tierra es ésta? ¿qué gente? ¿A quién diré que estoy viendo -azotado por la tormenta entre los lazos de esas rocas? ¿Por qué delito -te acabas en esos rigores? Dime adónde del mundo llega errante ésta -sin ventura. ¡Ay, ay! ¡Mísera yo! Otra vez el tábano me aguija; el -espectro del terrígena Argos. ¡Oh tierra, aléjale de mí! En viendo a -ese pastor de cien ojos, tiemblo de espanto. Ya se acerca con traidora -mirada. Ni aun después de muerto le esconde la tierra. Tornado a mí -de lo profundo de los infiernos, me da caza y háceme vagar errante y -hambrienta por la playa arenosa, mientras la música y encerada fístula -deja oír su adormecedora cantinela. ¡Ay! ¿Adónde ¡oh dolor! adónde me -arrastran estas carreras sin término? ¿En qué me hallaste culpada, hija -de Cronos, que así me amarras al yugo de estas congojas? ¿En qué? ¡Ah! -¡Y de esta suerte acosas a esta mísera con el furioso aguijón de ese -tábano que me aterra y enloquece! Abrásame con tu rayo, o sepúltame -bajo la tierra, o hazme pasto de los monstruos marinos. No rechaces mis -votos, señor. Harto me ha probado ya este correr sin rumbo, y sin tener -ni por dónde sepa cómo me libraré de estos dolores. - -CORO - -¿Oyes el clamor de la bicorne virgen? - -PROMETHEO - -¿Pues cómo no oír a la doncellita a quien hostiga furioso tábano, a la -Ináquea? Ella encendió en amores el corazón de Zeus, y aborrecida de -Hera, es ejercitada bien a su pesar con carreras dilatadísimas. - -IO - -¿De dónde sabes tú el nombre de mi padre? Dilo a esta infortunada. -¿Quién eres tú, desventurado, quién eres tú que con tanta verdad hablas -de sus trabajos a ésta sin ventura? ¿Tú, que has mentado el divino -azote que me punza con aguijón furioso, y me consume? ¡Ay de mí, que -perseguida por el airado encono de Hera llego hambrienta y desatentada -con violentos saltos! ¿Quiénes habrá entre los desdichados que padezcan -cual yo padezco? Pero dime claro y sin rebozo: ¿qué me espera aún que -sufrir? ¿Qué socorro, qué remedio hay contra mi mal? Muéstramelo si lo -sabes. Descúbrete a la mísera virgen errante. - -PROMETHEO - -Yo te diré claro todo cuanto deseas saber; no envolviéndolo en enigmas, -sino en puridad. Como es justo abrir la boca entre amigos. Ante tus -ojos tienes al que dió el fuego a los mortales, a Prometheo. - -IO - -¡Oh tú que te mostraste auxilio común de los hombres, mísero -Prometheo!; ¿por qué razón padeces esos ultrajes? - -PROMETHEO - -Poco ha que acababa su relación lastimosa. - -IO - -Así pues, ¿no me concederías a mí también la gracia?... - -PROMETHEO - -Di cuál es la que pides; que no habrá cosa que yo no te diga. - -IO - -Dime quién te encadenó a ese risco. - -PROMETHEO - -El decreto de Zeus y la mano de Hefestos. - -IO - -Mas ¿por qué delito estás cumpliendo esa pena? - -PROMETHEO - -Tan sólo con lo que te he indicado te basta. - -IO - -Muéstrame a lo menos siquiera cuándo llegará el término del errante -correr de ésta sin ventura. - -PROMETHEO - -Mejor que saberlo te es ignorarlo. - -IO - -No, no me ocultes lo que aún tengo que padecer. - -PROMETHEO - -Pero no te envidio el presente. - -IO - -En fin, ¿por qué tardas en decírmelo todo? - -PROMETHEO - -No es mala voluntad de mi parte, sino que temo herirte el corazón. - -IO - -No mires por mí más de lo que yo quisiera. - -PROMETHEO - -¿Lo quieres? Fuerza será hablar. Escucha, pues. - -CORO - -Todavía no. Dame a mí también parte en tus mercedes. Sepamos primero -por ésta la historia de sus dolores, sus fieros infortunios. Las -pruebas por que le resta pasar, tú se las revelarás después. - -PROMETHEO - -A ti te toca, Io, venir en lo que desean, por varias razones, y más -por hermanas de tu padre. Que es dulce empleo plañir y llorar nuestras -desdichas, allí donde hemos de arrancar lágrimas de quien las escucha. - -IO - -No sé cómo pueda negarme a vosotros; sabréis, pues, cuanto deseáis. -Y sin embargo, ¡cuál me aflige contar de dónde vinieron sobre ésta -desdichada esa tempestad que desató la mano de los dioses, y la -horrenda transformación de mi rostro! De continuo revoloteaban los -sueños durante la noche en mi virginal retiro, y me decían con blandas -razones: “Oh felicísima doncella, ¿a qué tanto guardar tu doncellez, -cuando te es dado conseguir la mejor de las bodas? Zeus arde por -ti herido del dardo del deseo; contigo quiere partir los placeres -de Cypris. Ea, niña, no vayas tú a desdeñar el lecho del padre de -los dioses. Marcha al fértil prado de Lerna, junto a los rebaños y -establos de tu padre, y calma el deseo de los divinos ojos.” Tales -sueños me asaltaban una, y otra, y otra noche, hasta que por fin me -determiné ¡infeliz! a revelar a mi padre las nocturnas visiones. Él -envió más de una vez a consultar los oráculos de Delphos y Dodona por -averiguar qué haría o qué diría que fuese grato a los dioses. Pero los -enviados tornaban con respuestas ambiguas, oscuras y dificilísimas -de interpretar. Por último, que llegó a Ínaco un oráculo claro y -terminante, que sin rodeos decía y ordenaba que me arrojase de casa -y de la patria, y me dejase correr errante, suelta y libre hasta -los postreros confines de la tierra. Donde no, que Zeus lanzaría el -encendido rayo, y aniquilaría a todo su linaje. Las palabras de Loxias -vencieron a mi padre; echóme de casa; me cerró las puertas. Bien a su -pesar fué; bien al mío; pero mal de su grado y todo, Zeus hacíale ceder -y tascar el freno. Al punto altérase mi razón y mi faz, asoman en mi -frente estos cuernos que veis, y picada por el aguijón de punzante -tábano, de un salto furioso me lanzo en las sabrosas Cerneas aguas, -y en el collado de Lerna. Un pastor hijo de la tierra me persigue, -el implacable Argos, y sus ojos sin número rastrean mis huellas. -Privado él de la vida por improvisa y súbita muerte, así y todo, yo -siempre en este correr sin tregua, de región en región, aguijada del -furioso tábano, y acosada por el látigo de los dioses. Ya sabes mis -sucesos. Ahora, si puedes decirme el resto de mis males, habla. Mas -no por compasivo me diviertas con engañosas razones; que no hay tan -aborrecible peste como la compostura de la frase. - -CORO - -Basta, basta, deténte. ¡Ay! Jamás pude pensar, jamás, que llegase a mis -oídos relación tan extraña. Calamidades, tormentos dolorosos de sufrir, -dolorosos de mirar. Terrores que como dardo de dos filos me traspasan y -hielan el alma. ¡Oh Destino, Destino! Me estremezco de horror, Io, al -considerar tu triste historia. - -PROMETHEO - -Pronto te angustias y llenas de espanto. Espera que sepas lo que falta. - -CORO - -Habla, explícate. Modo de alivio es para quien padece saber de antemano -qué le aguarda que sufrir todavía. - -PROMETHEO - -Queríais lo primero oír de su boca la relación de sus desventuras. -Fácilmente habéis alcanzado de mí vuestra demanda. Escuchad ahora lo -demás; los rigores con que aún ha de afligir a esta doncellita la -mano de Hera. Y tú, hija de Ínaco, graba mis palabras en tu memoria, -y sabrás el término de tu camino. De aquí vuelve hacia donde el sol -asoma y atraviesa esos incultos campos que jamás sintieron en sus -entrañas la reja del arado. Llegarás a los Escithas, gente nómada de -certeras flechas, que en lo alto de sus bien dispuestos carros viven -bajo tejidas chozas. No te acerques a ellos, sino atraviesa la comarca, -enderezando tus pasos por las ásperas orillas que baten las ondas -mugidoras. A mano izquierda habitan los Calybes, forjadores del hierro; -húyelos, que son feroces y nada hospitalarios. Luego llegarás al río -Hybristes, que no niega su nombre. No le pases, que no es bueno de -pasar, hasta que no toques en el Cáucaso, el más elevado de los montes, -de cuyas sienes mismas arroja el río la hirviente violencia de sus -aguas. Fuerza será entonces que ganes sus empinadas cumbres, vecinas -de los astros, y desciendas a la banda del Mediodía. Allí hallarás a -las Amazonas, guerrera gente aborrecedora de los hombres, que algún -día se asentarán en Themiscira a las orillas del Termodonte, donde -avanza en el mar la horrenda quijada Salmidessia, enemiga huéspeda -de los navegantes; madrastra de sus naves. De muy buena voluntad te -enseñarán el camino. Tocarás después en el istmo Cimmerio junto a la -misma angosta entrada de la laguna Meotis, cuyo estrecho fuerza será -también que con intrépido corazón le salves. Grande memoria de tu paso -quedará por siempre entre los mortales, y de tu nombre el estrecho se -llamará Bósforo. Con esto habrás dejado a Europa y te hallarás en suelo -de Asia. Pero ¿no os parece que aquel tirano de los dioses es igual -de violento en todo? Es dios, quiere unirse a esta mortal, y la pone -a este correr sin descanso, ¡Cruel galán encontraste, niña! que la -relación que acabas de oír no te imagines que es ni siquiera el proemio -de tus desventuras. - -IO - -¡Ay de mí! - -PROMETHEO - -¡Otra vez gemir y suspirar! Pues ¿qué harás cuando conozcas el resto de -tus males? - -CORO - -¿Por ventura queda aún mal alguno que la anuncies? - -PROMETHEO - -Sí; un mar desencadenado de crueles dolores. - -IO - -¡A qué es ya vivir! ¿Y al punto no me arrojaré de esta escarpada roca -de modo que me estrelle contra el suelo, y descanse de todas mis penas? -Mejor es morir de una vez que padecer malamente por todos los días de -la vida. - -PROMETHEO - -Mal podrías tú llevar mis trabajos. ¡A mí el Destino no me deja morir! -Siquiera la muerte sería el fin de mis sufrimientos; mas ahora no hay -término a mis males mientras Zeus no caiga de la tiranía. - -IO - -¿Pues acaso es posible que Zeus caiga jamás del imperio? - -PROMETHEO - -Paréceme que te alegrarías de ver ese desastre. - -IO - -¿Y cómo no, yo que tan miserablemente estoy padeciendo por su causa? - -PROMETHEO - -Bien puedes tener por cierto que eso ha de suceder. - -IO - -¿Quién le despojará del tiránico cetro? - -PROMETHEO - -Él a sí mismo con sus desatentadas resoluciones. - -IO - -¿Cómo? Explícate si no hay mal en ello. - -PROMETHEO - -Hará boda tal que algún día le duela. - -IO - -¿Con diosa o con mortal? Dímelo, si se puede decir. - -PROMETHEO - -¿Y a qué? No se debe hablar de esto. - -IO - -¿Será derribado del trono por su esposa? - -PROMETHEO - -Ella parirá un hijo más fuerte que su padre. - -IO - -¿Y no habrá para él medio de esquivar este infortunio? - -PROMETHEO - -Ninguno, a no ser que yo, libre de estas cadenas... - -IO - -¿Y quién será el que te libre a despecho de Zeus? - -PROMETHEO - -Uno de tus descendientes. Así está decretado. - -IO - -¿Qué has dicho? ¿Que un hijo mío te ha de sacar de males? - -PROMETHEO - -Cierto. Tu tercer descendiente después de otras diez generaciones. - -IO - -Todavía no está muy fácil de alcanzar tu vaticinio. - -PROMETHEO - -No busques más ya la averiguación de tus desdichas. - -IO - -No me niegues ahora el bien, después de habérmele ofrecido. - -PROMETHEO - -De los dos secretos te revelaré uno u otro. - -IO - -¿De cuáles dos? Muéstramelos y dame a elegir. - -PROMETHEO - -Doy. Elige, pues, y te diré o los dolores que aún te esperan, o quién -ha de libertarme. - -CORO - -Concédenos que obtengamos de ti ambos favores. No desoigas mis ruegos. -Sepa ella por ti el término de su errante carrera; yo el nombre de tu -libertador, que lo ansío. - -PROMETHEO - -Pues que tanto lo deseáis, no me negaré a deciros nada de lo que -pedís. Primero a ti, Io, te contaré el errante curso de tu agitada -carrera. Grábalo bien en las tablillas de tu memoria. Después que -hayas pasado el río, confín de ambos continentes, hacia las encendidas -puertas orientales por donde el sol asoma, atravesado ya el estrépito -del undimugiente mar, llegarás a los Gorgôneos campos de Cisthene. -Allí habitan las hijas de Forco. De ellas, tres son las antiguas -doncellas de rostro de cisne, con un único ojo y un diente común, a -las cuales jamás visitó el sol con sus rayos ni en la noche la serena -luna. No lejos están las otras tres hermanas, aladas, de cabellera de -serpientes: las Gorgonas, a los humanos aborrecibles. Ningún mortal -en viéndolas podría retener en su pecho el aliento de la vida. Con -esto ya te digo de qué has de guardarte. Mas atiende a otro temeroso -espectáculo. Huye los grifos de corvo pico, mudos canes de Zeus. Huye -también los Arimaspos, guerreros de un solo ojo, incansables jinetes -que pueblan las orillas del aurífero Pinto. No te acerques a ellos. -Llegarás después a la postrera tierra que baña el río Ethíope, cerca -del nacimiento del sol; habitación de un pueblo negro. Sigue serpeando -las riberas del río hasta la catarata donde el Nilo precipita de lo -alto de los montes Biblios la corriente de sus sabrosas y venerandas -aguas. El te encaminará a la tierra triangular que ciñe con sus brazos, -y allí, en fin, tú y tus hijos fundaréis colonia dilatada. Tal es el -decreto del Destino. Ahora, si en esto hay algo de oscuro para ti, y -que no alcances, vuelve a preguntar, y apréndelo bien, que más vagar -tengo que quisiera. - -CORO - -Si algo te queda o te olvidaste de decir sobre su triste historia, -dilo; mas si lo hablaste todo, concédenos a nuestra vez la merced que -te hemos pedido. Acuérdate de ella. - -PROMETHEO - -Io ha oído ya el término y remate de su peregrinación; mas porque vea -que no me ha escuchado en vano, yo le diré qué trabajos ha sufrido -antes de llegar aquí, dándole este testimonio de mis palabras. Dejaré -multitud de sucesos, y voy al término mismo de tus errantes aventuras. -Cuando llegaste a los Molossos campos y a la empinada Dodona donde -está la fatídica sede de Zeus Thesprocio, ¡extraño prodigio! por las -agoreras encinas fuiste saludada claro y sin enigmas, como quien había -de ser ínclita esposa de Zeus: si es que hay en esto cosa que pueda -lisonjearte. De allí, picada del tábano, te lanzaste, siguiendo la -costa, hasta el ancho golfo de Rea, de donde retrocediste, siempre -acongojada por tus furiosos saltos. Y sabe que, en la futura edad, -aquel marino seno se llamará mar Jonio para perpetuo monumento de tu -paso. Sírvate esto para que conozcas que ve mi espíritu más que a -primera vista parece. Lo que aún queda, decirlo he por igual a todas -vosotras, volviendo sobre el hilo de mi primer discurso. Hay una ciudad -en la extrema región de Egipto, Canopos, a la boca misma del río, -junto a las arenas que acarrean sus aguas. En ella te volverá Zeus la -razón acariciándote con serena mano; tan sólo con tocarte. Y parirás -al negro Épafo, así dicho del modo de ser engendrado, el cual cogerá -los frutos de cuanta tierra riega el Nilo en su dilatada corriente. -Su quinta generación, femenil linaje de cincuenta doncellas, bien a -su pesar tornará a Argos huyendo de incestuosas bodas con sus primos. -Ellos, abrasados de deseo, como halcones en persecución de palomas, -acosaránlas codiciosos de unas bodas que jamás debieron pretender. -Un dios las defenderá, y la tierra pelasga recibirá los sangrientos -cuerpos de sus perseguidores. Audaz matanza los acechará en la noche -hiriéndolos con femeniles manos. Cada esposa hundirá en la garganta del -esposo agudo hierro de dos filos, y le arrancará la vida ¡Tal venga -Cipris para mis enemigos! Mas el amor ablandará a una de las desposadas -para que no dé muerte a quien comparte su lecho; su resolución -flaqueará, y puesta a escoger, antes querrá ser motejada de cobarde -que no de sanguinaria. De ella nacerá en Argos regia estirpe. Pero -el recorrer por sus puntos estos sucesos largo discurso pediría. Con -todo ello diré que de esta semilla brotará un hombre arrojado, por sus -flechas famoso, que me librará de estos tormentos. Tal es el oráculo -que me reveló la Titánide Themis, mi antigua madre. Cómo y cuándo, eso, -ni podría reducirse a breve espacio, ni tú ganarías con saberlo. - -IO - -¡Ay! ¡ay de mí, ay de mí! ¡Otra vez el delirio! Insano furor enciende -y enajena mi alma. El tábano me punza con aguijón ardentísimo. -Estremecido de terror el corazón palpita con rudo golpear dentro del -pecho; giran mis ojos en sus órbitas; el furioso viento de la rabia me -arrastra; mi lengua no obedece, y turbado el pensamiento en vano lucha -con las ondas de mi acerbo infortunio. - -~(Vase.)~ - -CORO - -¡Qué sabio que era, qué sabio el primero que en su mente pensó, y con -su lengua proclamó, que casarse entre iguales es el mejor partido, y -que quien vive de sus manos no ha de codiciar bodas ni con el regalado -de la fortuna ni con el ensoberbecido de su linaje! - -Jamás, jamás, oh Moira, me vea yo en el lecho de Zeus. Jamás me una por -esposa a ninguno de los celestiales. Me estremece ver a la casta virgen -Io tan fieramente atormentada por Hera con las crueles penas de un -correr sin descanso. - -Una boda igual nada de temible tiene para mí; no la temo. Pero ¡que -jamás se fije en mí la inevitable mirada de un dios poderoso! ¡Luchar -sin lucha; camino sin salida! No sé qué sería de mí, porque no alcanzo -cómo había de esquivar la resolución de Zeus. - -PROMETHEO - -Y con todo ello ese Zeus, aun cuando de ánimo tan arrogante, todavía -alguna vez ha de ser humilde. Un hymeneo se dispone a celebrar que -ha de derribarlo del poder, y derrumbar su trono, y desaparecerle de -los que ahora le contemplan. Entonces se cumplirá en sus ápices la -imprecación que lanzó su padre Cronos al caer de su secular imperio. -Y contra este desastre, fuera de mí, ninguno de los dioses podría -mostrarle remedio cierto. Yo lo sé y de qué modo. Asiéntese ahora en -su trono muy sosegado y seguro; confíese en el tronante estampido que -retumba en las alturas; vibre en su diestra el rayo igniespirante; que -todo ello de nada le servirá para no haber de caer con ignominiosa e -irreparable caída. Tal contendiente va a buscarse, invencible monstruo -que encontrará un fuego más poderoso que el rayo, y un estampido que -asorde el trueno, y hará saltar hecha astillas la lanza de Poseidón, -el tridente, azote que alborota el mar y sacude la tierra. Cuando se -estrelle contra su desgracia entonces aprenderá cuánto va de imperar a -ser esclavo. - -CORO - -Sin duda haces predicciones de tus deseos para con Zeus. - -PROMETHEO - -Lo que ha de cumplirse, y yo deseo, eso es lo que predigo. - -CORO - -Y ¿acaso es de esperar que a Zeus le venza alguien? - -PROMETHEO - -Y aún han de abrumar su cerviz trabajos más pesados que estos míos. - -CORO - -¿Cómo no temes soltar esas palabras? - -PROMETHEO - -¿Y qué habrá que haga temer a quien por su sino no puede morir? - -CORO - -Mas pudiera enviarte Zeus aflicciones más dolorosas que éstas. - -PROMETHEO - -Hágalo pues. Todo lo espero. - -CORO - -Sabios los que doblan su rodilla ante Adrastea. - -PROMETHEO - -Ruega, reverencia, adula siempre al que manda. Para mí Zeus menos que -nada me importa. Haga, mande como quiera en este breve tiempo; que no -imperará mucho sobre los dioses. Mas he aquí a su correo, al ministro -del nuevo tirano. De seguro que viene a anunciarme alguna cosa nueva. - -~(Sale HERMES.)~ - -HERMES - -A ti, engañador lleno de hiel; pecador contra los dioses, que entregas -sus honores a los héroes de un día; a ti, ladrón del fuego, a ti es -a quien me dirijo. Padre manda que digas qué bodas son esas por las -cuales ha de caer del imperio. Y esto sin enigmas, antes explicándolo -punto por punto. No me obligues a segundo viaje, Prometheo, que bien -ves que no es con estos modos como Zeus se ablanda. - -PROMETHEO - -Gravemente hablado está el discurso y lleno de arrogancia como del -ministro de los dioses. Nuevos sois; como nuevos mandáis, y creéis -habitar fortaleza que el dolor no ha de asaltar nunca. Pues ¿no sé yo -de dos tiranos que han caído de ella? Y todavía he de ver el tercero, -al que ahora manda, y bien pronto, y con mayor ignominia. ¿Parécete que -tiemblo a los nuevos dioses; que menguado he de bajarme a ellos? Muy -lejos estoy de eso. Vuelve pies atrás por el camino que viniste, pues -nada de lo que quieres averiguar has de saber. - -HERMES - -Con esos fieros te acarreaste ya esta desgracia. - -PROMETHEO - -Ten por cierto que no trocaría yo mi desdicha por tu servil oficio; que -juzgo por mejor servir a esta roca que no ser dócil mensajero de Zeus -tu padre. Así es razón que con ultrajes se responda a quien nos ultraja. - -HERMES - -Paréceme que te recreas con tu presente fortuna. - -PROMETHEO - -¡Que me recreo! ¡Que no viera yo recrearse así a todos mis enemigos! Y -a ti entre ellos. - -HERMES - -Pues qué, ¿a mí también me culpas de tus infortunios? - -PROMETHEO - -En una palabra; yo abomino a todos esos dioses que colmados por mí de -beneficios, tan inicuamente me pagan. - -HERMES - -Ya veo que grave dolencia te hace perder la razón. - -PROMETHEO - -Adolezca yo si es dolencia odiar a los enemigos. - -HERMES - -Dichoso, serías intolerable. - -PROMETHEO - -¡Ay de mí! - -HERMES - -Palabra es esa que Zeus no conoce. - -PROMETHEO - -Pero el tiempo va envejeciendo y enseñándolo todo. - -HERMES - -Y sin embargo todavía no has aprendido tú a ser prudente. - -PROMETHEO - -Cierto, que entonces no te dirigiera yo la palabra, siervo. - -HERMES - -¿No piensas decir nada de lo que padre desea? - -PROMETHEO - -Y en verdad que debiéndole tanto debería corresponder al beneficio. - -HERMES - -¿Te burlas de mí como si fuese un niño? - -PROMETHEO - -Pues que, ¿no eres tú un niño, y aun más cándido todavía, si esperas -que has de saber algo de mí? No hay tormento ni artificio con que Zeus -me reduzca a hablar si antes no suelta estas afrentosas cadenas. Por -tanto, que caiga sobre mí la llama abrasadora y la nieve de cándidas -alas; que rujan los truenos habitadores de las entrañas de la tierra; -que todo se conmueva y se confunda todo, que nada me doblará para que -declare a manos de quién ha de caer Zeus de su tiranía. - -HERMES - -Considera tú si eso puede remediarte. - -PROMETHEO - -De antes está todo ello visto y determinado. - -HERMES - -Ante los males presentes resuélvete, temerario, resuélvete a pensar -cuerdo una vez siquiera. - -PROMETHEO - -En vano me importunas exhortándome; como si hablases a las ondas del -mar. Que jamás se te ponga en mientes que por temor a sentencias de -Zeus me he de hacer de ánimo femenil y he de tenderle las manos como -una mujer, suplicando a ese aborrecidísimo que me suelte de estas -cadenas. Lejos de mí eso. - -HERMES - -Mucho he hablado, lo sé, y que hablaré en vano, porque tu corazón no se -mueve ni ablanda con ruegos, antes como potro recién puesto al yugo, -así tú tascas el freno, y te resistes violento, y forcejeas contra las -riendas. Pero en vano sacas fuerzas de tu necio consejo; menos que nada -puede la pertinacia del desaconsejado. Considera qué tempestad y grande -ola de males caerá sobre ti sin remedio de no rendirte a mis razones. -Hará padre saltar en pedazos esa áspera cumbre con la fulmínea llama -en medio del estampido del trueno, y sus despojos cubrirán tu cuerpo y -te estrecharán con pesados y roqueros brazos. Después de largo espacio -de tiempo volverás a la luz; pero el can alado de Zeus, el águila -carnicera vendrá a ti, convidado importuno, todos los días, y voraz -te arrancará la carne a pedazos, y se cebará con el negro manjar de -tus hígados. Y no esperes el fin de este suplicio hasta que un dios no -se preste a substituirte en tus trabajos, y quiera bajar a la obscura -morada de Hades y a las caliginosas profundidades del Tártaro. Con -que así, determina. No es esto fingida baladronada, sino dicho muy de -veras; que la boca de Zeus no sabe decir mentira, y todas sus palabras -se cumplen. Mira bien, pues, en derredor tuyo, y reflexiona, y no -tengas nunca la arrogancia por mejor que la prudencia. - -CORO - -Parécenos que Hermes no habla fuera de propósito, pues que te exhorta -a deponer tu pertinacia y seguir la sabia cordura. Escúchale; que es -vergonzoso para un sabio aferrarse en su falta. - -PROMETHEO - -Ese ha vociferado su embajada a quien ya la sabía. Pero en que un -enemigo padezca malamente bajo el poder de su enemigo, no hay afrenta. -¡Caiga, pues, sobre mí el afilado rizo del fuego; conmuévase el éther -con el estampido del trueno y el huracán de los vientos desatados; que -la tormenta sacuda la tierra en la raíz misma de sus hondos cimientos; -que invadan las olas del mar con bárbara furia los celestes caminos -de los astros; que arrastre mi cuerpo el irresistible torbellino de -la necesidad hasta el fondo del negro Tártaro! ¡Como quiera no podría -darme la muerte! - -HERMES - -¡Esas son las palabras y razones que es posible oír de los mentecatos! -¿Qué le falta a tu demencia? ¿Por ventura a tratarte mejor se calmarían -tus furores? Pero a lo menos vosotras, que os doléis de sus miserias, -alejaos de estos lugares al punto. El horrendo rugir del trueno os -dejaría atónitas. - -CORO - -Dime, aconséjame cualquiera otra cosa, y serás obedecido; pero esas -palabras que has pronunciado no las puedo tolerar. ¿Cómo? ¡Tú me mandas -rendir culto a la cobardía! En los males que haya de padecer, con él -quiero entrar a la parte; que yo aprendí a odiar a los traidores, y no -hay ruindad que más me repugne que esa. - -HERMES - -Pues acordaos de lo que a tiempo os he advertido, y cuando os asalte -el mal no acuséis a la fortuna, ni digáis jamás que Zeus os hirió con -improviso golpe. En verdad que no, sino vosotras mismas, que a ciencia -cierta, y no a deshora ni con cautela, seréis cogidas por vuestra -locura en la red del infortunio, de la cual nadie se desenvuelve. - -~(Vanse HERMES y las OCEÁNIDAS.)~ - -PROMETHEO - -Ya las palabras son obras. La tierra se agita, y el eco del trueno ruge -en sus hondas entrañas; y las inflamadas vueltas del rayo fulguran en -el aire; y el polvo se levanta en revuelto torbellino, y los ímpetus -todos de los vientos se desatan, y en encontrados soplos se chocan en -porfiada pelea; y el mar y el aire se encuentran y confunden. Contra mí -a no dudar, y de parte de Zeus, viene esta furia poniendo espanto. ¡Oh -deidad veneranda de mi madre!, ¡oh éther, que haces girar la luz común -para todos, viéndome estáis, cuán sin justicia padezco! - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -_LOS SIETE SOBRE THEBAS_ - - -~Aparece ETEOCLES, el CORO y PUEBLO.~ - -ETEOCLES - -Ciudadanos de Cadmo: menester es que en la ocasión hable quien vela -por la república, sentado en la popa de la ciudad, timón en mano, y -sin rendir los ojos al sueño. Porque si salimos con bien se dirá: ¡un -dios lo hizo!; pero si, lo que no suceda, sobreviene un desastre, sólo -Eteocles será el infame que andará en coplas entre los ciudadanos, y -contra él irán los ayes y clamores. ¡Líbrenos de ello Zeus, defensor, -y haga con la ciudad de los cadmeos según su nombre! Hora es esta de -que vosotros todos, el que aún no ha llegado a la flor de la mocedad, -y el que ha tiempo que salió de ella, y el que sustenta un cuerpo -lleno de vigorosa lozanía, cada cual, cuidadoso como debe, defienda la -ciudad y las aras de los dioses patrios, porque jamás sean privados -de sus honores; y a los hijos, y a la tierra madre, amorosa nodriza -que tomando sobre sí toda la fatiga de vuestra infancia, os criaba -cuando de niños os arrastrabais por su propicio suelo, como a quienes -habíais de ser sus habitadores fieles, que la han de cubrir con sus -escudos en este trance. Hasta el presente día sin duda que algún dios -se inclina a nosotros benigno. Asediados, durante ese tiempo, gracias -a los dioses, las más veces nos ha sido la lucha favorable. Pero hoy, -el adivino, ese pastor de las aves, que sin ayuda del fuego pesa en su -oído y ánimo con no engañoso arte los agoreros signos; ese dueño de los -augurios nos anuncia que anoche se juntaron los Aqueos, y determinaron -el ataque decisivo contra la ciudad. Ea, pues, lanzaos a las almenas -y a las entradas de las torres; corred, armaos de todas armas, poblad -las defensas, manteneos firmes en las plataformas de los baluartes, y -apostados en las avenidas tened buen ánimo, y no temáis a una turba -de extranjeros. El dios, que lo ha comenzado bien, lo acabará. Por mi -parte he enviado espías y exploradores del campo. Espero que no han de -perder la jornada, y en oyéndoles no seré tomado de sorpresa. - -ESPÍA - -Eteocles, óptimo príncipe de los cadmeos, torno de allá trayéndote -nuevas ciertas del campo; yo mismo he sido espectador de los sucesos. -Siete caudillos, hombres impetuosos, desollaron un toro sobre un -herrado escudo; mojan luego sus manos en la sangre de la taurina -víctima, y juran por Ares, por Enio y por Febo, ávido de matanza, -asolar la ciudad, y devastar la fortaleza de Cadmo, a morir empapando -en su sangre esta tierra. Después con aquellas mismas sangrientas manos -cuelgan del carro de Adrasto las caras prendas que han de ser en el -hogar memoria para sus hijos, y las lágrimas salen hilo a hilo de sus -ojos, pero ni un ¡ay! de su boca. Antes sus almas de hierro, ardiendo -en coraje, respiran muerte como leones que olfatean la sangre. Y no -se ha de tardar perezosa la prueba de estos hechos, porque los he -dejado echando suertes, a fin de que cada cual mueva su hueste contra -la puerta que los dados le señalen. Por tanto, escoge al punto los -guerreros más esforzados de la ciudad, y apóstalos en las avenidas de -las puertas, que ya el ejército argivo, todo él armado, se acerca a -toda prisa, y avanza entre nubes de polvo, y la blanca espuma salpica -el llano, desprendida en gotas del agitado resuello de los corceles. -Tú, pues, asegura la ciudad como prudente patrón de esta nave, antes -que los vientos de Ares se suelten impetuosos. Ya ruge la terrestre -onda de los sitiadores. Pronto, aprovecha cuanto más antes la ocasión -de la defensa. Yo seguiré todo el resto del día con ojo vigilante y -fiel, y sabedor tú con puntualidad de lo que ocurra de puertas afuera, -estarás a salvo de todo golpe. - -ETEOCLES - -¡Oh Zeus! ¡oh Gea! ¡oh vosotros, dioses tutelares de la ciudad! ¡Oh -Maldición y formidable Erinna de mi padre! ¡no queráis hacer presa de -enemigos, y entregar a todo devastador estrago, y arrasar hasta los -cimientos ciudad donde corre el habla de Hélade y hogares en que se -alzan vuestras aras! ¡Jamás esta libre tierra ni la ciudad de Cadmo -sufran el yugo de la servidumbre! Sed nuestro baluarte. Vuestra como -nuestra es la causa porque abogo. Así lo espero, que en la buena -fortuna es cuando una ciudad hace honor a los dioses. - -~(Vanse ETEOCLES, el ESPÍA y el PUEBLO.)~ - -CORO - -¡Ay que temo que habré de lamentar grandes dolores! El ejército ha -dejado ya el campo y avanza con fiera acometida. Hacia aquí corre -innumerable vanguardia de gente de a caballo. Esa nube de polvo que -se cierne en el aire, me lo está anunciando, mensajero mudo, pero -bien cierto e infalible. El fragor de la tierra, sacudida por los -equinos cascos, se levanta de entre el polvo, y se acerca, y vuela, y -brama a modo de victorioso torrente que con estruendo del alto monte -se derrumba. ¡Oh dioses, oh diosas! apartad de nosotros el mal que -nos asalta. Las haces cubiertas de sus lucientes escudos se lanzan -con precipitada furia sobre la ciudad, prontas a la acometida; su -vocear domina las murallas. ¿Qué dios nos defenderá? ¿Qué diosa será -en nuestro socorro? ¿Ante cuál de estos simulacros de los dioses me -postraré en súplica? ¡Oh bienaventurados, que ocupáis esos espléndidos -tronos, llegó el momento de abrazarnos a vuestras imágenes! -- ¿A qué -es tardar gimiendo tanto? -- ¿Oís o no oís el choque de los escudos? -¿Cuándo pensaremos en ceñirnos velos y coronas, y elevar nuestras -súplicas, si ahora no?... Siento un estrépito. ¡Ay que no es el golpe -de una sola lanza! -- ¿Qué harás, oh Ares, antiguo señor de este -pueblo? ¿Harás traición a una tierra que es tuya? ¡Oh dios de casco -de oro, contempla, contempla la ciudad a quien tanto amor tuviste -algún día! -- Dioses tutelares de la patria, acudid todos, acudid; -echad una mirada sobre este aterrado coro de vírgenes que os suplican -temerosas de la esclavitud. En torno a la ciudad una ola de guerreros -de ondeantes penachos hierve mugidora, hinchada por el aliento de Ares. --- ¡Oh Zeus, padre sumo, defiéndenos de ser presa de nuestros enemigos! -Porque los Argivos rodean la ciudad de Cadmo, y con ellos el terror de -las marciales armas. Los frenos que sujetan las equinas bocas dicen con -lúgubre son: ¡muerte! Siete hombres audaces que se señalan entre todo -el ejército por sus ricas armaduras, blandiendo sus lanzas, amenazan -las siete puertas, cada cual la que la suerte le ha deparado. -- Hija -de Zeus, potestad amiga de los combates, ¡oh Palas! sé el salvaguarda -de la ciudad. -- Y tú, creador del caballo, Poseidón, señor que dominas -los mares con el tridente azote de los marinos peces, líbranos, -líbranos de estos terrores. -- Y tú, Ares, ¡ay de mí! guarda la ciudad -que lleva el nombre de Cadmo, y haz ostentación de tu alianza. -- -Primera madre de nuestro linaje, Cipris, ven en nuestra defensa. De tu -sangre nacimos, a ti llegamos ahora clamando, a ti con súplicas, que -sin duda escucharán tus oídos de diosa. -- Numen tutelar, Matador de -lobos, por nuestros lastimosos clamores, sé el matador de esos lobos -de nuestros enemigos. -- ¡Oh virgen hija de Latona, ármate bien de tu -arco, propicia Artemisa! -- ¡Ah, ah, que oigo en derredor de los muros -el estruendoso rodar de los carros! -- ¡Augusta Hera! En los cubos de -las ruedas rechinan pesadamente los ejes oprimidos. ¡Propicia Artemisa! --- ¡Ah, ah! El aire brama enfurecido, azotado por las lanzas. ¿Qué -te espera que padecer, ciudad nuestra? ¿Qué será de ti? ¿Qué fin te -depararán los cielos en estas desventuras? -- ¡Ay, ay! -- Una granizada -de piedras viene sobre las almenas de las torres. -- ¡Oh propicio -Apolo! Retumba en las puertas el estrépito del golpeado cobre de los -escudos. ¡De Zeus venga el piadoso término rematador del combate! --- Y tú, que habitas enfrente de la ciudad, Onca, bienaventurada -señora, defiende esta tu morada de las siete puertas. -- ¡Oh deidades -prepotentes; excelsos dioses y diosas, custodios de las torres de esta -tierra, no entreguéis la ciudad al hierro de un ejército que habla una -lengua extraña! Escuchad, escuchad los justos ruegos de unas vírgenes -que os tienden las manos suplicantes. Dioses amigos, rodead la ciudad, -protegedla; mostrad cómo la amáis. Velad por los públicos sagrados -ritos; velad por ellos, defendedlos. Haced memoria de las fiestas -abundosas en víctimas, que con voluntad pronta este pueblo os consagra. - -~(Sale ETEOCLES.)~ - -ETEOCLES - -Yo os pregunto, ganado insufrible, ¿es esto mostrarse pronto a hacer -bien a la ciudad, y salvarla, y dar aliento a sus asediados defensores? -¿Es esto? ¡caer ante las imágenes de los dioses tutelares, y gritar, -y vocear, ralea aborrecida de los sabios! Jamás, ni en la mala ni en -la buena fortuna, viva yo bajo un mismo techo con gente mujeril; que -como ella domine, ¡qué intolerable petulancia! mas si algo teme, no hay -peste como ella para su casa y pueblo. Ahora, con este gritar y este -correr de un lado a otro, ponéis cobarde desaliento en el ánimo de los -ciudadanos, y ayudáis a maravilla las armas de los de afuera. Nosotros -mismos nos destruimos aquí adentro. He ahí lo que puedes sacar de vivir -con mujeres. Mas si alguien no se sujetare a mis órdenes, hombre o -mujer o lo que quiera que sea, contra ellos se dictará sentencia de -muerte, y no habrá cómo escapen de ser apedreadas por el pueblo en -público suplicio. Pues que al hombre tocan las cosas de afuera, no se -entrometa la mujer en esto; estése dentro de casa, y no haga daño. -¿Oís, o no oís? ¿hablo con sordas por ventura? - -CORO - -¡Oh amado hijo de Edipo! Temí oyendo el estruendoso rodar de los -carros, y el girar rechinante del cubo de las ruedas, y el gemir de -esos frenos, hijos del fuego; timones que rigen las hípicas bocas, sin -dormir jamás. - -ETEOCLES - -¡Y qué! ¿Acaso huyendo de la popa a la proa es como el piloto -encontrará camino de salvación cuando fluctúe entre las ondas la -combatida nave? - -CORO - -Dirigíame yo corriendo a los antiguos simulacros de los -bienaventurados, puesta en ellos mi confianza, cuando llegó hasta mí -el fragor de la funesta tempestad que a modo de apretada nieve caía -sobre las puertas, y entonces con el terror elevé a los dioses mi voz -suplicante, por que tiendan su auxilio sobre la ciudad. - -ETEOCLES - -Orad por que los muros resistan el empuje de los sitiadores. - -CORO - -Pues en verdad que de los dioses depende. - -ETEOCLES - -Mas también es común sentencia, que ciudad tomada los dioses la -abandonan. - -CORO - -En mi vida me abandonen estos dioses, ni vea yo la ciudad entrada por -asalto, y abrasada su gente por el fuego enemigo. - -ETEOCLES - -Con invocar a los dioses no vayas a resolver en mi daño, mujer; que, -como dice el proverbio, la obediencia al que manda es madre del buen -suceso que salva. - -CORO - -Razón tienes; pero más alta potestad es la de los dioses, que muchas -veces levanta al desvalido de entre sus males, y desvanece la densa -niebla de dolor que se tendía delante de sus ojos. - -ETEOCLES - -A los hombres toca, cuando los enemigos intentan atacar, ofrecer -sacrificios a los dioses, y consultar los oráculos; a ti callar y -permanecer dentro de casa. - -CORO - -Gracias a los dioses habitamos hoy una ciudad que no ha sido tomada, y -nuestras torres rechazan a la impetuosa muchedumbre enemiga. ¿Qué hay -de odioso y reprensible en esto que digo? - -ETEOCLES - -No te niego que honres al linaje de los inmortales; pero de modo que no -vuelvas pusilánimes a nuestros defensores. Permanece serena, y no hagas -extremos de dolor. - -CORO - -Oí de improviso estrepitoso tumulto, y trémula y aterrada me refugié en -esta acrópolis, venerando sagrario de nuestros dioses. - -ETEOCLES - -Pues ahora, si oís hablar de muertos y heridos, no los recibáis con -sollozos, que con esa carnicería de hombres se alimenta Ares. - -CORO - -¡Oigo el relinchar de los caballos! - -ETEOCLES - -Si lo oyes, haz como si no oyeses. - -CORO - -Gime la fortaleza estremecida en sus cimientos como si los enemigos la -rodeasen. - -ETEOCLES - -Sobre estos negocios basta con que yo determine. - -CORO - -Estoy temblando; crece en las puertas el estrépito. - -ETEOCLES - -¿No callarás? Guárdate de decir palabra en Thebas. - -CORO - -¡Oh consejo altísimo de los dioses, no entregues estos baluartes! - -ETEOCLES - -¡Noramala! ¿No podréis sufrir en silencio? - -CORO - -¡Que no me vea yo en la esclavitud, dioses de mi patria! - -ETEOCLES - -Tú misma, tú nos harás esclavos, a mí, y a ti, y a la ciudad entera. - -CORO - -Omnipotente Zeus, vuelve tu rayo contra los enemigos. - -ETEOCLES - -¡Oh Zeus, y qué casta nos has regalado! ¡las mujeres! - -CORO - -Míseras como los hombres cuya ciudad es tomada. - -ETEOCLES - -¿Otra vez andáis abrazando esas estatuas, y augurando males? - -CORO - -Falta ya de alientos, el terror se lleva tras sí mi lengua. - -ETEOCLES - -Si me otorgases una corta merced que yo te demandara... - -CORO - -Dila cuanto antes, y así la sabré pronto. - -ETEOCLES - -Que calles, ¡infeliz! y no atemorices a nuestros amigos. - -CORO - -Me callo. Sufriré con los demás lo que está decretado. - -ETEOCLES - -Prefiero ese modo de hablar a aquellas tus palabras de antes. Pero -apártate de esas estatuas, y ruega por lo que importa más que todo: -que los dioses peleen en nuestra ayuda. Escucha ahora mis votos, y -depuesto el temor del enemigo, respóndeme cantando el sagrado Peán, -jubiloso himno henchido de guerreras esperanzas; estilo de la patria -Hélade; compañía de los sacrificios; aliento del soldado. Yo hago votos -a los dioses tutelares de nuestra ciudad, y a los que habitan y cuidan -nuestros campos, y a los que vigilan y presiden nuestra pública Ágora, -y a la fuente Dircea, sin que exceptúe las aguas del Ismeno; digo, que -hago voto, si alcanzamos próspero suceso, y la ciudad se salva, de -enrojecer las aras de los dioses con la sangre de las ovejas, e inmolar -en su honor taurinas víctimas, y colgar en sus santas moradas los -trofeos y las vestiduras de nuestros invasores y los enemigos despojos, -que ostenten las gloriosas señales de nuestras lanzas. Tales votos -como éstos has de hacer tú a los dioses; pero no con gemidos, y vanos -y broncos ayes. Así no evitarías mejor lo que esté decretado. Pero -marcho a disponer con toda diligencia otros seis adalides, y yo iré de -séptimo, que apostados en las avenidas de las siete entradas de los -muros, haremos cara a los enemigos antes que vuelvan apresurados los -espías, y sus nuevas corran veloces, y con lo apretado de la necesidad -lo enciendan todo. - -~(Vase.)~ - -CORO - -Procuro obedecerte; pero el temor no deja que descanse mi pecho. Como -paloma criadora, que a la vista del dragón se agita en el mísero nido, -y tiembla por sus polluelos, así las ansias, que hacen habitación en -mi alma, aumentan mis terrores. -- El ejército todo viene derecho en -apretadas haces hacia nuestras torres. ¿Qué va a ser de mí? De todas -partes arrojan sobre nuestros soldados una granizada de asperísimas -piedras. Dioses hijos de Zeus, haced todo esfuerzo en defensa de la -ciudad y ejército de Cadmo. ¿Por qué otro suelo mejor cambiaríais este -suelo, si abandonaseis esta tierra de profundos y henchidos surcos, y -el agua Dircea, la más saludable entre cuantas buenas de beber envía -Poseidón, el que entre sus brazos abarca la tierra, y los hijos de -Tetis? Enviad, pues, dioses tutelares de mi patria, contra los que -están fuera de muros la espantable derrota, perdición del soldado que -hace arrojar las armas; dad el triunfo a los thebanos, y por nuestras -lastimeras súplicas permaneced por siempre en vuestros ricos tronos -para ser los defensores de Thebas. - -Miserable cosa sería que una tan antigua ciudad fuese precipitada en el -Hades. Que por permisión de los dioses se viese esclava, hecha presa -de las armas enemigas, afrentosamente asolada por el aqueo, y vuelta -en cenizas inertes. Que las mujeres ¡ay de mí! jóvenes y ancianas -fuésemos llevadas por fuerza de las crenchas de nuestros cabellos a -modo de yeguas, y desgarradas nuestras túnicas. Y en la desierta ciudad -resonarían los apagados ayes de los cautivos moribundos. Ya antes de -que suceda tan funesta desdicha se llena de terror mi alma. - -Y bien de llorar sería para las delicadas doncellas dejar sus casas por -un camino odioso, ya agostadas por bárbara fuerza, que arrebató los -frutos verdes aún, antes que un legítimo hymeneo los gozase. ¡Qué por -más dichoso tengo a quien muere, que no a éstas sin ventura! ¡Ay de mí, -que ciudad entrada luego padece muchos infelicísimos males! Los unos -haciendo cautivos a los otros, y dándoles muerte, y llevando a todas -partes el incendio; la ciudad entera toda ella envuelta e infestada de -humo; mientras el domador de los pueblos, Ares, atropella toda piedad, -y sopla enfurecido. - -Dentro de muros estrépito temeroso; fuera, una valla de picas que a -modo de torre inexpugnable encierra a los vencidos. Al bote de lanza -de un hombre cae muerto otro hombre. Resuena en el aire el vagido -lastimero de los recién nacidos que espiran ensangrentando con su -propia sangre el materno pecho que les sustenta. Tras de esto aquel -correr codicioso de acá para allá, seguido de su hermano el pillaje. El -afortunado, que hizo presa, se encuentra y topa con otro afortunado, -rico de despojos, y el apocado, que va con las manos vacías, deseoso de -su parte, incita a voces a quien como él va de vacío. Y no la buscan -menor ni siquiera igual, sino cada cual mayor que la de los otros. ¿Qué -podrá esperarse después de esto? - -Derramados por el suelo toda suerte de frutos son dolor de quien se los -halla, y amargura de los ojos del ama cuidadosa. Revueltos en confuso -montón, corren muchos en sórdidas y vilísimas ondas los regalados dones -de la tierra. Las tiernas doncellas esclavas sufren con nuevo dolor, -como a un enemigo más poderoso, el servil lecho de quien las logró por -su buena fortuna. Su esperanza es que venga la sempiterna noche y les -libre de sus lastimosísimos dolores. - -PRIMER SEMICORO - -¡Oh amigas! he ahí el espía que llega, y según me parece trae alguna -nueva del ejército. Bien de prisa viene, y apretando el paso. - -SEGUNDO SEMICORO - -Y aquí está el rey en persona, el hijo de Edipo, a saber las nuevas que -el espía tan oportunamente trae. También a él apenas le deja la prisa -fijar la planta en el suelo. - -~(Salen ETEOCLES y el ESPÍA.)~ - -ESPÍA - -A ciencia cierta puedo decirte el estado de los enemigos, y qué puerta -le cupo a cada cual en suerte. Ya Tideo brama de furor frente a la -puerta Prétida. El adivino no le deja pasar las aguas del Ismeno porque -las entrañas de las víctimas no le son favorables; y Tideo, fuera de -sí y ansioso de pelear, se desata en voces, como hambriento león en -silbos al calor del mediodía y provoca con denuestos al sabio vate -hijo de Oídeo, acusándolo de retroceder medroso, con bajeza de ánimo, -ante la pelea y la muerte. Y gritando así, sacude el triple penacho; -la crinada cabellera hace negra sombra al yelmo, y bajo la trémula -mano claman terror las resonantes y cóncavas labores de su broncíneo -escudo. En él lleva esta arrogante empresa: un cielo, hecho a cincel, -todo encendido por los astros, en medio del cual brilla resplandeciente -la luna llena, gloria de las estrellas y ojo de la noche. De esta -suerte está a la orilla del río, y salta loco de ufanía con el soberbio -aparato de sus armas, y vocea, y llama a combate, no de otro modo -que fogoso corcel, en oyendo el són de la corneta, se ensaña con el -espumante freno, y quiere lanzarse a la batalla. ¿Quién le opondrás? -Una vez que la puerta de Preto sea forzada ¿quién será poderoso a -hacerle frente? - -ETEOCLES - -No me asusto yo de afeites de hombre ninguno; ni los motes hacen -heridas, ni muerden penachos y sonoros cobres sin la lanza. Y en cuanto -a esa noche que dices hay en el escudo, resplandeciente con los astros -del cielo, acaso esa locura pudiera ser profecía para alguno. Por que -si cae sobre sus ojos la noche de la muerte, vendrá a ser esa arrogante -empresa bien justa, y verdadera, y significativa para su mantenedor, y -el agorero de su propia afrenta. Yo pondré contra Tideo por defensor de -esa puerta al virtuoso hijo de Astaco, de muy generosa sangre, honrador -del trono del honor, y aborrecedor de jactanciosas frases. Tímido sólo -para toda acción fea, jamás conoció la cobardía. Trae su estirpe de -aquellos hombres nacidos de la siembra de Cadmo, que perdonó Ares, -y es de pura raza thebana. Tal es Melanippo. Ahora Ares jugará a los -dados la victoria, mas como quiera la ley de la sangre designa a -Melanippo para defender de la lanza enemiga a la madre que le parió. - -CORO - -Así los dioses den ahora a mi mantenedor tan buena fortuna como -justicia le asiste al alzarse en armas por la ciudad; pero temo ver el -fin sangriento de los que van a morir por los que les son caros. - -ESPÍA - -Sí, quieran los dioses darle buena suerte. La puerta de Electra tocóle -a Capaneo, el cual es otro gigante mayor que el sobredicho, cuya -arrogancia no razona a lo humano. Amenaza las torres con estragos que -jamás permita la fortuna, y dice que, quiera el cielo o no quiera, que -él ha de destruir la ciudad, y que la ira misma de Zeus, que se clavase -en el suelo a su paso, no le detendría en su camino. Para él lo mismo -se le da de relámpagos y rayos que de los calores del mediodía. Tiene -por empresa un hombre desnudo armado de encendida tea, y que dice en -letras de oro: “Yo incendiaré la ciudad.” Contra un tal hombre como -éste envía... Mas ¿quién le hará cara? ¿Quién esperará sin temblar a -hombre que viene tan arrogante? - -ETEOCLES - -Ventaja sobre ventaja. La lengua es el verdadero acusador de los vanos -pensamientos de los hombres. Capaneo amenaza, pronto a hacer lo que -dice, y menosprecia a los dioses, y suelta su lengua con necia alegría, -y, mortal como es, lanza a voces arrebatadas palabras que llegan hasta -el mismo Zeus. Pero confío que ha de venir sobre él, y con razón, el -ignífero rayo, y nada semejante a los ardores del sol de mediodía. Tan -baladrón y todo, contra él está designado un hombre que arde en coraje, -el impetuoso Polifónte, defensa bastante del puesto con el favor de su -patrona Artemisa y de los demás dioses. Dime otro de los destinados por -la suerte para las restantes puertas. - -CORO - -Perezca quien se gloría lanzando tan terribles amenazas contra la -ciudad. Que el golpe del rayo le destruya antes que invada mis hogares, -y me arroje con lanza soberbia de mi virginal retiro. - -ESPÍA - -Voy, pues, a decir a quien señaló en seguida la suerte para otra de -las puertas. Salió la tercer jugada del cobrizo fondo del yelmo, y fué -para Eteoclo, a quien toca llevar su gente sobre la puerta de Neis. Él -entonces hace revolverse a las yeguas, que relinchan impacientes bajo -el freno, codiciosas de volar a las puertas. Los férreos bocados silban -con rudo estilo, cubiertos del resuello espumoso que se exhala de las -dilatadas narices. El escudo que lleva está pintado con nada humilde -adorno: un hombre armado, que va subiendo los peldaños de una escala -arrimada a una torre enemiga que quiere destruir; el cual vocifera -estas palabras escritas: “Ni el mismo Ares podrá arrojarme de esta -torre.” Envía también contra éste un hombre que sea capaz de apartar de -Thebas el yugo de la esclavitud. - -ETEOCLES - -He aquí a quien puedo enviar, y pienso que con alguna fortuna: a -Megareo, hijo de Creonte, del linaje de los hombres sembrados. Ya -partió a su puesto. No ostentan sus manos pomposos alardes; pero no -retrocederá por temor a estrepitosos relinchos de caballos fogosos, -antes bien o morirá, pagando así a la patria la deuda de su crianza, o -se apoderará de los dos hombres y de la ciudad del escudo, y alhajará -con estos despojos la casa de su padre. Cuéntame las baladronadas de -otro; di, y no omitas palabra alguna. - -CORO - -Pido a los cielos ¡oh defensor de mis hogares! que seas afortunado en -tu empresa, y que les sea contraria a nuestros enemigos. Como ellos con -enfurecido ánimo se desatan en amenazas insolentes contra la ciudad, -así los mire airado Zeus justiciero. - -ESPÍA - -El cuarto, a quien corresponde la puerta de Atenea Onca, es el gigante -de Hippomedonte, de desaforada estatura, que viene a nosotros con -grandes voces. Como comenzase a voltear un enorme disco que trae, -quiero decir, el círculo de su escudo, temblé de miedo; no diré lo -contrario. Y no era ningún torpe el grabador de empresas que cinceló -en él este asunto: Tifón arrojando por la igniespirante boca la -negra humareda, ágil hermana del fuego. Y todo alrededor de la honda -cavidad del disco, está todo él incrustado de entrelazadas madejas de -serpientes. En cuanto a Hippomedonte, da jubilosos alaridos de guerra, -y lleno del furor de Ares corre a la lucha arrebatado y loco como una -bacante, y despidiendo terror de sus ojos. Fuerza es guardarse bien -de la acometida de un tal enemigo, que ya su arrogancia ha llevado el -terror a aquella puerta. - -ETEOCLES - -Ante todo, Palas Onca, que asiste en la ciudad vecina a esa puerta, -perseguirá con su odio la insolencia de ese hombre, y le rechazará de -sus polluelos como a dragón dañoso. Además el adversario que se le ha -elegido es el insigne hijo de Enopo, Hiperbio, que está deseoso de -probar su suerte en este trance de fortuna. Y nada hay que tacharle ni -en la apostura, ni en el valor, ni en el arreo de las armas. Con razón -los ha juntado Hermes, porque irán enemigo contra enemigo, y llevarán -en sus escudos dioses enemigos. Pues si Hippomedonte tiene a Tifón -respirando llamas, en el escudo de Hiperbio está sentado Zeus, firme -y reposado, con el rayo ardiente en la diestra; y nadie vió todavía -a Zeus vencido de vencedor alguno. ¡Y he aquí cuánto vale la amistad -de los dioses! nosotros estamos con los vencedores; ellos con los -vencidos, porque si Zeus pudo más en la pelea que Tifón, así es natural -que suceda ahora con los dos contrarios. Zeus que está en el escudo de -Hiperbio, será su salvador según reza la empresa. - -CORO - -Yo confío que quien lleva en el escudo y pone enfrente de Zeus una -figura que le es odiosa, el cuerpo de un dios sepultado bajo la tierra, -imagen por igual aborrecida de los hombres y de los eternos dioses, que -ha de dejar su cabeza en nuestras puertas. - -ESPÍA - -Que sea así. Pero voy a hablar del quinto, que está apostado en la -puerta del Bóreas, junto al sepulcro del divino hijo de Zeus, Anfión. -Jura por la lanza que sustenta, y que lleno de arrogancia tiene en -más veneración que a un dios, y la quiere más que a las niñas de sus -ojos, que a despecho de Zeus ha de asolar la ciudad de Cadmo. Quien así -vocifera es un hombre de hermoso rostro, casi niño, aún no salido de la -mocedad, retoño de una madre habitadora de las selvas. Apenas apunta en -sus mejillas el ligero bozo, que con la edad crece y se torna espesa -barba; pero de niño sólo tiene rostro y nombre. Allá está retándonos, -con la fiereza en la mirada y la crueldad en el corazón. Y tampoco éste -se llega a nuestras puertas sin alardear de jactancioso. Juega un ancho -y broncíneo escudo, que defiende en redondo su cuerpo, y en él lleva la -figura de la afrenta de nuestra ciudad; la Esfinge carnicera, hecha de -bulto y con primoroso arte claveteada, y toda resplandeciente. Bajo sus -garras tiene un Cadmeo, de modo que contra él vengan la mayor parte de -nuestros dardos. Mas no parece que el árcade Parthenopeo viene a hacer -tráfico de la guerra, y deshonrar el término de una larga jornada. -Extranjero educado en Argos, este tan valeroso guerrero, por pagar a -los Argivos los cuidados de su crianza, amenaza ahora nuestras torres -con estragos que jamás cumplan los dioses. - -ETEOCLES - -¡Si alcanzasen de los dioses para sí lo que contra nosotros piensan -con esas sus impías vanidades! ¡A buen seguro que no pereciesen todos -con entera y miserabilísima ruina! También para ese, que tú dices el -Arcade, hay un hombre nada jactancioso, pero cuya mano sabe lo que hay -que hacer; Actor, hermano del que he nombrado antes, el cual no dejará -que una vana lengua sin obras corra suelta dentro de nuestros muros -para aumento de nuestras desdichas, ni que entre jamás quien ostenta -en el enemigo escudo la imagen de una fiera, el más aborrecido de los -monstruos, que cuando se halle puesta a la espesa nube de dardos que -sobre ella irán de la ciudad, se revolverá acusadora contra quien la -lleva. Con la voluntad de los dioses, saldrán verdades mis palabras. - -CORO - -Tus razones penetran hasta el fondo de mi pecho; pero los cabellos -se me erizan de horror al oír las soberbias amenazas de esos hombres -impíos y arrogantes. ¡Así hagan los dioses que perezcan en esta tierra! - -ESPÍA - -El sexto, de quien hablaré al punto, es Anfiareo el adivino, varón -prudentísimo, y en el combate por extremo valeroso. Apostado frente -a la puerta Homolois, ahora maldice a Tideo el violento; ahora -clavando airado sus ojos en ese tu hermano, desdichado juguete del -destino, parte en dos su nombre por afrenta, y le grita: “¡Polinices, -homicida, perturbador de la república, autor de todos los males de -Argos, evocador de las Erinnas, ministro de la Muerte, y para Adrastro -consejero de estas maldades! ¡Cierto, prosiguen sus labios, que tal -hazaña será agradable a los dioses, y para los que nos sucedan hermosa -de contar y de oír! ¡Arrojar sobre la patria un ejército extraño, y -asolar la ciudad de tus padres y los templos de los dioses de tu propia -tierra! ¿Qué sentencia habrá que haga enmudecer la causa de una madre? -¡Cómo ha de estar jamás de tu parte la patria entregada por obra tuya -al hierro enemigo! Adivino de mi propia suerte, bien sé que he de -quedar sepultado en este suelo, y le he de fecundar con mis despojos. -Peleemos, sin embargo, que no temo muerte deshonrosa.” Así dice el -adivino, jugando un escudo todo de cobre, bien forjado, pero en cuyo -centro no campea empresa alguna. No quiere parecer el mejor, sino -serlo, cuidadoso de coger los frutos del hondo surco que la sabiduría -abrió en su mente, del cual brotan las cuerdas resoluciones. Aconséjote -que contra este hombre despaches adversarios diestros y valerosos; que -es temible el que venera a los dioses. - -ETEOCLES - -¡Ah destino, que asocias a un hombre justo con los más impíos de -los mortales! ¡Cierto que en toda empresa nada hay peor que la mala -compañía, y su fruto es bien desabrido! El campo de la maldad rinde -por cosecha la muerte. Embárquese el bueno con navegantes malvados -y puestos a toda mala obra, y perecerá con toda aquella ralea -aborrecida de los dioses. O que el justo viva entre hombres inhumanos -y olvidadizos de los dioses, y se hallará cogido en la misma red -que ellos, y como ellos caerá, y con razón derribado por el divino -azote que alcanzará a todos. He aquí ahora este vate; hablo del hijo -de Ecleo; varón prudente, bueno, justo y piadoso; profeta insigne, -confundido mal de su voluntad con estos hombres impíos y procaces, que -hacen tan larga expedición para haber de volverse huyendo; pues Zeus -mediante, con ellos sufrirá la misma funestísima suerte. Imagínome que -no ha de atacar las puertas; no por cobardía ni por flaqueza de ánimo, -mas porque sabe que ha de perecer en lucha. Si es que de algún fruto -tienen que ser para él los oráculos de Loxias, el cual ha por costumbre -siempre callar o decir verdad. No obstante, contra él pondremos un -hombre que guardará la puerta; al esforzado Lasthenes, que no da -cuartel; en el entendimiento anciano; en el cuerpo mozo y de bríos; en -el mirar pronto; y nada tardo de manos para llevarlas a la siniestra y -tirar de la desnuda lanza. En cuanto a la victoria... sólo el cielo -puede darla a los hombres. - -CORO - -Escuchad, dioses, nuestras justas plegarias, y haced que la victoria -sea de la ciudad. Volved los desastres de la guerra contra los -invasores de nuestro suelo. ¡Que Zeus los arroje de nuestras torres, y -los aniquile con su rayo! - -ESPÍA - -Diré, en fin, el que viene sobre la séptima puerta: es tu propio -hermano. ¡Qué de maldiciones echa contra la ciudad, y qué desdichas -le promete! Que en asaltando nuestras torres; luego que se haga -proclamar en la comarca a voz de pregón, y que entone el triunfal Peán, -celebrador de nuestra ruina, que correrá a encontrarse contigo; y que, -o te matará, aunque muera sobre tu mismo cuerpo, o que si vives, que se -ha de vengar de ti con un deshonroso destierro como aquel con que tú -le afrentaste. Tales amenazas lanza a voces el arrebatado Polinices, e -invoca a los dioses gentilicios de la tierra patria porque miren a sus -súplicas. Y tiene un escudo recién forjado, de hermosa hechura, encima -del cual lleva un doble emblema esculpido con todo arte. Es una mujer -que va guiando grave y serena a un hombre hecho de oro, al parecer -soldado; la cual dice, al tenor de la leyenda: “Yo soy la Justicia: -y volveré del destierro a este hombre; y tendrá la ciudad patria, y -la posesión de la casa de sus padres.” Esto es lo que trazan nuestros -enemigos. Tú ahora ve a quién piensas despachar contra Polinices. -Porque jamás tendrás que reprender a este hombre por sus noticias, pero -tú sólo eres quien ha de entender de regir la nave de la ciudad. - -ETEOCLES - -¡Oh raza mía de Edipo, digna de llanto, por los dioses enloquecida y -por los dioses grandemente odiada! ¡Ay de mí, que al fin se cumplen hoy -las maldiciones de mi padre! Mas no es hora esta de llorar y dolerse; -no salgan de aquí más insoportables lamentos. Polinices, merecedor del -nombre que tienes, yo te digo que pronto veremos cómo se cumplen tus -emblemas y si las letras de oro del escudo, tan vanas como tu orgullo -necio, te restituyen en la ciudad. Porque, si la Justicia, esa virgen -hija de Zeus, acompañase tus obras y pensamientos, por ventura pudiera -suceder así. Pero ni cuando saliste del obscuro seno de tu madre, ni -en la niñez, ni en la mocedad, ni al cerrar la barba, nunca jamás te -creyó digno ni de mirarte. Y no pienso que ha de ponerse de tu lado -para oprimir a la patria; que no haría verdadero su nombre, sino antes -falsísimo, si asistiese a quien por condición está pronto a toda mala -obra. En esta confianza, yo iré a encontrarme con él; yo mismo. ¿Y -qué otro con más justicia que yo? Yo iré contra él; príncipe contra -príncipe, hermano contra hermano, enemigo contra enemigo. Trae cuanto -antes las crépidas de campaña, la lanza y el escudo para las piedras. - -~(Vase el ESPÍA.)~ - -CORO - -¡Oh Eteocles, para mí el más querido de los hombres! ¡oh hijo de Edipo, -no quieras hacerte semejante en condición a quien tan feamente has -denostado! Que Argivos y Cadmeos vengan a las manos; baste con esto. -Sangre es que puede expiarse. ¡Pero la muerte de dos hermanos así -suicida!... No hay vejez para tal mancha. - -ETEOCLES - -Cualquier mal que me aviniere, como sea sin ignominia, venga en buena -hora; que en la muerte está el único bien. Mas no dirás que hay gloria -en lo que sobre desdicha es vergüenza. - -CORO - -¿Y aún lo intentas, hijo? No te arrastre esa funesta y loca ansia de -pelea que llena tu alma. Desecha de ti ese primer impulso de una mala -pasión. - -ETEOCLES - -Pues que el cielo da prisa por el desenlace, láncese viento en popa -a las ondas del Cocyto, que son su herencia, toda esta raza de Layo -aborrecida de Febo. - -CORO - -Es un cruelísimo deseo ese que te punza y muerde, y te incita a cometer -un homicidio de bien amargos frutos; a derramar una sangre que para ti -es sagrada. - -ETEOCLES - -No; es la maldición de mi padre que se apercibe ya a cumplirse. Llena -de odio y con los ojos secos y sin lágrimas, llégase a mi lado y me -grita: Primero la venganza y después la muerte. - -CORO - -Pero tú no la provoques. Por guardar una vida inocente no has de ser -motejado de cobarde. Ni Erinna descarga sobre nuestra morada su negra -tormenta, cuando las manos se conservan puras, para que nuestras -ofrendas sean aceptas a los dioses. - -ETEOCLES - -Ya los dioses no se curan de nosotros. Además, que ha de poner -admiración el beneficio que traerá nuestra muerte. ¿A qué, pues, -andamos halagando todavía a nuestro mortal destino? - -CORO - -Sí, ahora que te estrecha. Porque ese mal espíritu que agita tu alma, -quizá mudándose con el tiempo se vuelva en viento más blando; pero -ahora está hirviendo aún. - -ETEOCLES - -Es la maldición de Edipo que se agita hirviente. ¡Harto verdaderas son -esas visiones de nocturnos fantasmas que se me aparecen partiendo la -herencia de mi padre! - -CORO - -Créete de mujeres por más que no les tengas amor. - -ETEOCLES - -Podéis decir cosas que sean de hacer, pero sin hablar mucho. - -CORO - -No tomes el camino de la séptima puerta. - -ETEOCLES - -Tus palabras no quebrantarán la resolución de mi ánimo airado. - -CORO - -· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · - -ETEOCLES - -Justa o no, los dioses honran siempre la victoria. - -CORO - -· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · - -ETEOCLES - -Lenguaje es ese que un soldado no puede aprobar. - -CORO - -¿Quieres, pues, gozarte en la sangre de tu propio hermano? - -ETEOCLES - -Si los dioses me lo conceden, no escapará él de la muerte. - -~(Vase ETEOCLES.)~ - -CORO - -¡Estoy transida de terror! Esa diosa, ruina de las casas y en -nada igual a los otros dioses; la de los decretos infalibles; la -vaticinadora de infortunios; esa Erinna invocada por un padre, va -al fin a cumplir las airadas imprecaciones del insensato Edipo. La -discordia, que perderá a sus hijos, precipita el desenlace. - -El hierro extranjero, venido de los Cálibes de la Escithia, será el -fiero y cruel partidor de la hacienda paterna, que hará las suertes, y -a cada uno le dará para que habite, en vez de dilatados dominios, la -tierra que pueda ocupar después de muerto. - -Cuando heridos y despedazados con mutuos y mortales golpes, caigan ya -sin vida; luego que el fondo mismo de la tierra haya bebido su roja -sangre, ya negra y cuajada, ¿quién ofrecerá sacrificios expiatorios? -¿Quién lustrará sus cuerpos? ¡Oh desdichas nuevas de esta casa, que -venís a juntaros con sus antiguos males! - -Con aquella vieja culpa de Layo, bien pronto castigada, y que hoy vive -en su tercera generación. Por tres veces habíales advertido Apolo desde -aquella ara de Pithia, centro de la tierra, que muriese sin hijos si -quería ver salva a la ciudad. Dejóse él vencer de temerarios consejos -de amigos; fué contra la voluntad del dios, y engendró su propia -muerte; a Edipo el parricida, que osó sembrar una estirpe sangrienta -en la sagrada tierra de su madre, donde fué sustentado. La demencia -juntó a los insensatos esposos, y a modo de un mar, trajo sobre -nosotros olas de males. Cayó la una, y otra más terrible se levanta -ahora, y muge en torno a la popa de la ciudad. Tan sólo una tabla de -salvación hay de por medio; el espesor de una torre; y no para mucho, -que bien me temo que con sus reyes va a caer también Thebas. - -¡Cumplidas están ya las antiguas maldiciones! ¡Ya se hacen las funestas -paces! Las calamidades cuando vienen no pasan de largo, sino que -descargan. Afanoso el hombre, amontona sobre el bajel riquezas en -demasía, y luego tiene que arrojarlas de lo alto de la popa. Porque ¿a -quién admiraron más los hogares de sus conciudadanos y la pública Ágora -henchida de atropellada muchedumbre? ¿A quién dieron más honor y gloria -que a Edipo cuando limpió la comarca de la peste que le arrebataba sus -hombres? Mas así que el infeliz se dió razón de su miserable consorcio, -no pudiendo llevar su dolor, y lleno el pecho de rabia, añade a sus -males otros dos males nuevos. Con bárbara furia arranca con la mano -parricida aquellos sus ojos que tenían que encontrarse con el rostro de -sus hijos, y ¡ay de mí! horrorizado de su nefanda obra, lanza tremendas -maldiciones sobre los que engendró. ¡Que alguna vez dividan entre sí -espada en mano la herencia de sus padres! Tiemblo que la veloz Erinna -vaya a cumplirlas ahora. - -~(Sale un MENSAJERO.)~ - -MENSAJERO - -Tened buen ánimo, hijas con tanto regalo criadas por vuestras madres. -La ciudad escapó del yugo de la servidumbre. Vinieron por tierra los -fieros de aquellos hombres arrogantes; Thebas boga ya por mar serena, -y el fondo del bajel no se ha abierto al continuo azotar de las olas. -Las torres se mantienen en pie y nos escudan; las habíamos asegurado -con defensores poderosos cada cual de ellos para guardar la que le -estaba encomendada. - -En lo más hemos tenido buen suceso: en seis de las puertas; pero de la -séptima se ha apoderado el augusto Apolo, sagrado guía de los siete -príncipes, haciendo así que en la raza de Edipo llegue a cumplirse el -castigo de la antigua temeridad de Layo. - -CORO - -¿Qué nuevo desastre es ese que ha venido sobre la ciudad? - -MENSAJERO - -La ciudad está en salvo; pero los reyes que fueron engendrados de una -misma sangre... - -CORO - -¿Quiénes? ¿Qué dices? Túrbase mi mente con el terror que me ponen tus -palabras. - -MENSAJERO - -Vuelve en ti ahora, y escucha. La raza de Edipo... - -CORO - -¡Ay de mí desdichada, que soy adivina de males! - -MENSAJERO - -La tierra ha bebido su sangre, que derramaron el uno contra el otro. - -CORO - -¡Y hasta ahí llegaron! ¡Espantable crimen! Pero... ¡acaba! - -MENSAJERO - -Murieron los dos dándose mutua muerte. - -CORO - -¡Y así con las manos fraternales se han arrancado la vida! - -MENSAJERO - -Demasiado cierto es. Ambos quedan en el polvo. - -CORO - -¡Y así a los dos juntos esperaba un mismo destino! - -MENSAJERO - -Sí, él acabó por fin con la infeliz raza. ¡Cosas para ser celebradas -con alegrías y con llanto! Salva está Thebas; pero los príncipes, los -dos caudillos hermanos se sortearon con el bien forjado hierro escytha -la plena posesión de sus riquezas y tendrán cuanto de tierra puedan -ocupar en su sepultura, con que habrán alcanzado los funestos votos de -su padre. - -~(Vase.)~ - -CORO - -¡Oh gran Zeus! ¡oh dioses tutelares de la ciudad, que habéis defendido -estas torres de Cadmo! ¿Por ventura deberé yo alegrarme y celebrar con -regocijadas voces la salvación de Thebas, libre ya de todo riesgo, o -lloraré a esos tristes e infortunados caudillos, últimos de su raza? -¡Bien cumplieron con sus nombres; que con harta fama y reñida pelea han -perecido llevados de su impío consejo! - -¡Oh negra maldición de la raza de Edipo al fin cumplida! Un hielo de -muerte se derrama por todo mi corazón. Fuera de mí como una Tiade, -rompo en funerario canto, vertiendo lágrimas sobre los ensangrentados -cuerpos de los que tan miserablemente han acabado. ¡Cierto que con mal -sino se cruzaron sus lanzas! - -Llegó a cumplirse la palabra de maldición de un padre; no ha faltado, -no. La terca resolución de Layo ha dado fruto. Y mis ansias por la -ciudad no cesan; que están aún en todo su rigor los oráculos de los -dioses. -- ¡Oh príncipes dignos de perpetuo llanto, ved ahí la inaudita -hazaña que habéis acometido! ~(Traen a la escena los cuerpos de -ETEOCLES y POLINICES.)~ Ya están aquí; no las palabras, sino las -calamitosas y lastimeras realidades. Hélas ahí, que ellas mismas se -ofrecen a nuestros ojos. Patente está la relación del mensajero. -¡Dobles congojas! ¡Dobles víctimas de un mutuo homicidio! Dobles -males, compartidos entre dos sin ventura. Es la ruina, que hoy quedó -consumada. ¿Y qué diré yo sino que en esta casa hacen su habitación -infortunios sobre infortunios? Ea, amigas, al viento dad los gemidos, -golpead con ambas manos vuestra cabeza, e imitad el acompasado batir -de los remos, propicio són para los navegantes que de continuo hace -bogar por el Aqueronte la gemebunda barca de negras velas hacia la -región donde nunca fijó Apolo su planta; lugar sin luz que a todos los -mortales recibe, y siempre está con las fauces abiertas, hambriento de -devorarlos. ~(Salen ANTÍGONA e ISMENE.)~ Pero mirad aquí a Antígona -e Ismene, que vienen a un amargo oficio: a endechar sobre sus dos -hermanos. Sin duda que dejarán que salga del fondo de su amoroso pecho -el justo dolor que las atormenta, mas razón es que antes de su canto -entonemos nosotros el lúgubre y desapacible himno de las Erinnas y que -luego cantemos el odioso cántico de Edes. ¡Ay hermanas, las de más -infelices hermanos de cuantos ceñimos nuestras vestiduras con femenil -cíngulo, no imaginéis que hay engaño en mis lágrimas y sollozos, sino -que mis ayes salen del fondo de mi pecho! - -~(Divídese el CORO.)~ - -PRIMER SEMICORO - -¡Ay, ay, temerarios, a quienes ni persuadieron amigos, ni quebrantaron -tribulaciones! ¡Desdichados, que por la fuerza quisisteis haceros -dueños de la casa de vuestros padres! - -SEGUNDO SEMICORO - -¡Desdichados, sí, que con ruina de su casa hallaron desdichada muerte! - -PRIMER SEMICORO - -¡Ay, ay, destructores de los muros de vuestra casa, que en un amargo -reinar teníais puestos los ojos; ya habéis dirimido con el hierro -vuestras discordias! - -SEGUNDO SEMICORO - -¡Bien cumplió la formidable Erinna la maldición de vuestro padre Edipo! - -PRIMER SEMICORO - -¡Los dos pasados de parte a parte el costado izquierdo! - -SEGUNDO SEMICORO - -Sí; pasados de parte a parte costados que salieron de unas mismas -entrañas. - -PRIMER SEMICORO - -¡Ay, ay, infelices! ¡Ay, maldiciones que habéis traído un mutuo -fratricidio! - -SEGUNDO SEMICORO - -¡Herida que los pasó de parte a parte! - -PRIMER SEMICORO - -¡Herida que los hirió en su cuerpo y en su casa! - -SEGUNDO SEMICORO - -Con el indecible furor de la fatal discordia, invocada por la -imprecación de un padre. - -PRIMER SEMICORO - -Los gemidos invaden la ciudad; gimen las torres; gime este suelo, que -amaba a sus dos hijos. Ahí quedan para los que vengan después las -riquezas que a esos infelices les trajeron la discordia, y al fin la -muerte. - -SEGUNDO SEMICORO - -Lleno de ira el pecho, partieron entre sí esas riquezas, de modo que -cada cual tuviese igual parte; pero sus amigos no dejarán de maldecir -el hierro que los concertó, y que a ninguno hizo gracia de la vida. - -PRIMER SEMICORO - -Sí ahí están muertos a hierro. - -SEGUNDO SEMICORO - -Y abiertas a hierro los esperan... Acaso alguno preguntará qué. ¡Dos -suertes de tierra cavadas en la sepultura de sus padres! - -PRIMER SEMICORO - -Hasta la que fué su morada envían sus ecos mis desconsolados ayes; ayes -por ellos; ayes por mí, y por mis propias desventuras. Duelo cruel, que -huye toda odiosa alegría, y hace que con no fingida pena desfallezca -el corazón, y se deshaga en lágrimas por los dos príncipes hermanos. - -SEGUNDO SEMICORO - -Mas sea lícito decir de los tristes, que ellos fueron causa de grandes -males para sus conciudadanos y para esas invasoras haces de extranjeros -que en inmensa muchedumbre han perecido en la pelea. - -PRIMER SEMICORO - -¡Infeliz de la que los parió, sobre todas cuantas mujeres llevaron -nombre de madres! Que recibió por esposo a su propio hijo, y de él -concibió a los que así acabaron ahora matándose el uno al otro con -aquellas manos nacidas de un mismo seno. - -SEGUNDO SEMICORO - -Sí, los dos a quienes un mismo seno había concebido, muertos quedan a -la vez por una herencia amarga, en furioso combate que ha puesto fin a -su querella. - -PRIMER SEMICORO - -Ya la enemistad cesó, y en la sangrienta y empapada tierra se juntaron -sus vidas. ¡Ahora sí que son de una sangre! - -SEGUNDO SEMICORO - -Cruel dirimidor de discordia es el huésped del otro lado del mar, el -agudo hierro al fuego forjado. Cruel también es Ares, e inicuo partidor -de riquezas, que ha sacado verdadera la maldición de un padre. - -PRIMER SEMICORO - -¡Míseros de ellos, que cada uno tiene la parte de infortunios que le -regaló Zeus, y bajo su cuerpo una riqueza sin fondo: la tierra! - -SEGUNDO SEMICORO - -¡Oh casa en desastres fecunda! Todo acabó. Ya toda esta raza entera ha -desaparecido. Las Furias de la maldición paterna lanzan con desapacible -són agudos alaridos de triunfo. Ate ha erigido su trofeo en la puerta -donde los dos hermanos se pasaron con las mortales lanzas, y, vencedor -de ambos, reposa el Destino. - -ANTÍGONA - -~(Dirigiéndose al cuerpo de POLINICES.)~ - -Tú diste y recibiste la muerte. - -ISMENE - -~(Dirigiéndose al de ETEOCLES.)~ - -Tú has muerto matando. - -ANTÍGONA - -A hierro mataste. - -ISMENE - -A hierro moriste. - -ANTÍGONA - -¡Qué miserias has procurado! - -ISMENE - -¡Qué miserias has padecido! - -ANTÍGONA - -¡Salid, gemidos! - -ISMENE - -¡Salid, lágrimas! - -ANTÍGONA - -Mataste, y ahora yaces tendido delante de mis ojos. - -ISMENE - -Caíste envuelto en sangre, y así te ofreces a mí, sangriento y sin vida. - -ANTÍGONA - -¡Ay! - -ISMENE - -¡Ay! - -ANTÍGONA - -El dolor enajena mi mente. - -ISMENE - -Dentro del pecho angústiase el corazón. - -ANTÍGONA - -¡Ah, ah, merecedor de ser llorado por siempre! - -ISMENE - -¡Y tú también, desdichado entre los desdichados! - -ANTÍGONA - -De mano amiga recibiste la muerte. - -ISMENE - -Tú diste muerte al amigo. - -ANTÍGONA - -Doble desastre que referir. - -ISMENE - -Doble desastre que considerar. - -ANTÍGONA - -Doble aflicción, que está aquí, ¡a mi lado! - -ISMENE - -Desgracias de hermano, desgracias hermanas también, que me hacen -vecindad desdichada. - -ANTÍGONA - -¡Horrendo de decir! - -ISMENE - -¡Horrendo de mirar! - -CORO - -¡Oh Moira, funesta distribuidora de infortunios! ¡Oh veneranda sombra -de Edipo, negra Erinna; y cuán formidable eres! - -ANTÍGONA - -¡Ay! - -ISMENE - -¡Ay! - -ANTÍGONA - -¡Qué de horrendos males...! - -ISMENE - -Le ofreció a éste su hermano de vuelta del destierro. - -ANTÍGONA - -¡Y después que le mató, no entró en Thebas! - -ISMENE - -Y cuando parecía haberse salvado, perdió la vida. - -ANTÍGONA - -¡Sí, la perdió! - -ISMENE - -¡Y quitó a éste la suya! - -ANTÍGONA - -¡Mísera raza! - -ISMENE - -¡Calamidad miserable! - -ANTÍGONA - -Desgracias gemelas dignas de lastimosísimo duelo. - -ISMENE - -Torrente irresistible de males que saltan los unos sobre los otros. - -ANTÍGONA - -¡Horrendo de decir! - -ISMENE - -¡Horrendo de mirar! - -CORO - -¡Oh Moira, funesta distribuidora de infortunios! ¡Oh veneranda sombra -de Edipo, negra Erinna, y cuán formidable eres! - -ANTÍGONA - -¡Bien lo sabes tú, que experiencia hiciste de ella! - -ISMENE - -Y tú, que no lo aprendiste más tarde. - -ANTÍGONA - -Cuando volviste a la ciudad. - -ISMENE - -Cuando lanza en mano le provocaste. - -ANTÍGONA - -¡Ay dolor! - -ISMENE - -¡Ay desdichas! - -ANTÍGONA - -Para mi casa y para la patria. - -ISMENE - -¡Ay, y más aún para mí! - -ANTÍGONA - -¡Ay acaudillador de estas discordias! - -ISMENE - -¡Ay príncipe sin ventura! - -ANTÍGONA - -Los dos dignos de lástima sobre todos los hombres. - -ISMENE - -Caísteis ¡ay de mí! bajo la maldición de un padre. - -ANTÍGONA - -¡Ay de mí! El destino os arrastró al crimen. - -ISMENE - -¡Ay! ¿En qué lugar daremos tierra a sus cuerpos? - -ANTÍGONA - -¡Ay! En el lugar más honrado. - -ISMENE - -¡Oh, sí! ¡Reposen los infelices junto a su padre! - -~(Sale un PREGONERO.)~ - -PREGONERO - -Según mi deber, os anuncio el juicio y sentencia de los magistrados -del pueblo de Cadmo: Eteocles, que amó a su patria, recibirá en esta -tierra honrada sepultura. Él, por defendernos de enemigos, delante de -nuestra ciudad arrostró la muerte; él ha sido hallado puro y sin tacha -en presencia de la religión de sus padres; él murió allí donde para un -joven guerrero es hermoso el morir. Ahí tenéis lo que me está mandado -que anuncie respecto de Eteocles; mas en cuanto a su hermano Polinices, -que su cadáver insepulto sea arrojado fuera de aquí a que le devoren -los perros, como a quien habría sido el asolador de la tierra de Cadmo, -si no hubiese salido un dios al encuentro de su lanza. Pero aun después -de muerto sufrirá la expiación el sacrílego; ese, que en deshonor de -los dioses, arrojó invasor ejército sobre su patria con el ansia de -su conquista. Así se tiene por justo que lleve el premio, recibiendo -de las hambrientas aves de rapiña ignominiosa sepultura; y que ni con -piadoso oficio manos amigas ningunas echen sobre su cuerpo amontonada -tierra; ni tenga funerario culto de endechas y plañidos, ni le paguen -los suyos tributo de honrosas exequias. Tal es la sentencia del Senado -Cadmeo. - -ANTÍGONA - -Pues yo les digo a esos mismos que están al frente de la ciudad, que -si nadie más quiere venir conmigo a sepultarle, yo le sepultaré, yo. -Yo arrostraré el peligro por dar sepultura a mi hermano, y no me -avergonzaré de haber negado obediencia a la ciudad en esto. ¡Son muy -poderosas aquellas entrañas donde a los dos nos engendraron una madre -infeliz y un padre sin ventura! Y así, alma mía, tú que aún estás sobre -la tierra, toma parte, y de voluntad, y con afecto de hermana, en el -infortunio de quien ya es muerto. No sepultarán los lobos sus carnes -en los hondos vientres; que ninguno se lo imagine. Aun mujer como soy, -yo misma encontraré como le abra la fosa y como le forme un túmulo; yo -misma le llevaré en mis brazos, y le envolveré en los anchos pliegues -de este velo de finísimo lino cysino. Y nadie mande lo contrario. -~(Dirigiéndose al cuerpo de POLINICES.)~ Descansa; medio habrá de -ponerlo por obra. - -PREGONERO - -Te prevengo que no lo intentes contra el voto de la ciudad. - -ANTÍGONA - -Te prevengo que no me notifiques decretos inútiles. - -PREGONERO - -¡Qué arrogante es la plebe luego que escapa del peligro! - -ANTÍGONA - -Sea arrogante. Pero no quedará insepulto mi hermano. - -PREGONERO - -¿Y honrarás tú con la sepultura a quien la ciudad tiene por enemigo? - -ANTÍGONA - -Aún no recibieron sus hechos marca alguna de manos de los dioses. - -PREGONERO - -Antes que pusiese a la ciudad en peligro, cierto que no. - -ANTÍGONA - -Había padecido sin razón, y volvió males por males. - -PREGONERO - -Mas por uno cometió el crimen contra todos. - -ANTÍGONA - -La divina Eris es siempre la última que habla. Yo le sepultaré. No -hables más. - -PREGONERO - -Sigue, pues, llevándote sólo de tu consejo; mas en cuanto a mí te lo -prohibo. - -CORO - -¡Ay, ay! ¡oh Erinnas, que así os ufanáis con vuestras obras; peste, -que arruinas los linajes, y ahora has destruído de raíz toda la -raza de Edipo! ¿En qué pararé? ¿Qué hacer yo? ¿Qué partido tomar? -~(A POLINICES.)~ ¿Cómo me determinaré a no llorarte, ni acompañar -tu cuerpo hasta la sepultura? Mas tiemblo, y retrocedo por temor a -los ciudadanos... ~(A ETEOCLES.)~ Tú a lo menos tendrás muchos que -te lloren; ¡pero este infeliz irá sin otro duelo ni llanto que las -lágrimas de una hermana! ¿Quién habrá que pueda resignarse a esto? - -~(Divídese el CORO.)~ - -PRIMER SEMICORO - -Haga lo que quiera la ciudad con los que lloran a Polinices; nosotras -iremos con Antígona, y le haremos las exequias, y le daremos sepultura. -Su duelo toca también a toda la raza de Cadmo; y en punto a justicia a -las veces el pueblo muda de pareceres. - -SEGUNDO SEMICORO - -Pues nosotras con éste, como a una mandan la ciudad y la justicia. -Porque después de los felices dioses y del poder de Zeus, él fué sobre -todos quien salvó de la ruina a la ciudad de Cadmo; él quien contuvo la -ola de extranjeros próxima a inundarla. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -_LOS PERSAS_ - - -~(Aparece el CORO DE ANCIANOS.)~ - -CORO - -Henos aquí a los que somos llamados los Fieles, entre aquellos persas -que marcharon contra la Hélade; a los custodios de estos espléndidos y -dorados palacios, a quienes por la dignidad de las canas nos eligió el -hijo de Darío, el mismo rey Xerxes nuestro señor, para que velásemos -por su reino. Agitado ya el corazón salta en el pecho presagiando -males sobre la vuelta del rey y de aquel su ejército que salió de aquí -con dorada y magnífica pompa. Partió toda la flor de los hijos de -Asia, y en vano es que clamen por ellos sus lastimeras voces; ni un -mensajero, ni un posta llega a la capital de los Persas. Desampararon -sus ciudades, y partieron los de Susa y los de Ecbatana, y los que -habitan la antigua fortaleza de Cissia; de ellos a caballo, de ellos -en naves, de ellos con lento caminar, a pie y en apretadas haces, -formando el grueso del ejército. Tales corrieron a la guerra, Amistres, -y Artafernes, y Megabactes, y Astaspes, caudillos de los Persas, reyes -súbditos del gran rey, que van al cuidado de esa expedición poderosa. -Diestros en el arco, jinetes expertos, en la presencia formidables, -y por la arrojada resolución de su ánimo temibles en la pelea. Y con -ellos, Artembares, que combate a caballo; y Masistres, e Imayo el -valeroso, buen flechero; y Farandaces, que con mano firme rige el -carro de guerra, y los que envía el ancho Nilo de vivíficas aguas; -Susiscanes, y Pegastagón, egipcio de nacimiento; y el poderoso Arsames, -gobernador de la sagrada Menfis; y Ariomardo, que guarda a la antigua -Thebas; y la innumerable multitud de prácticos remeros que habitan -junto a las lagunas del Delta. Y van después la turba de los delicados -Lidios, que tienen bajo de sí a todos los pueblos del continente; a -los cuales rigen dos reyes, Mitrogathes y el valeroso Arteo. Y la -opulenta Sardes lanzó a la guerra grande copia de carros de cuatro y -seis caballos, que hacen espectáculo temeroso. Los que se avecinan al -sagrado Etmolo aseguran que han de echar sobre la Hélade el yugo de la -esclavitud; Mardon y Tharibis los de incansable lanza, y sus misios -de certeros dardos. Babilonia la espléndida envía a modo de un río de -innumerables hombres todos mezclados, y de gente de mar, orgullosa de -la fina puntería de sus flechas. Y en fin, los pueblos todos de Asia, -armados de sus mortales dagas, siguen luego bajo la veneranda conducta -de su rey. De esta suerte ha partido la flor de los hijos de Persia, y -esta tierra de Asia, que los crió, llóralos con amor ardentísimo; y -las madres y las esposas cuentan temblando los largos días de un tiempo -que no se acaba jamás. - -Ya ha pasado el asolador ejército real a la vecina costa frontera. -Convirtió el estrecho de Helles la Atamántida en bien claveteado puente -de naves, amarradas con cuerdas de lino, y echóle al mar sobre la -cerviz el yugo de su dominación. - -Y el señor de la populosa Asia lanza con furia sobre el continente su -prodigioso rebaño de pueblos por dos partes a la vez: por mar y por -tierra, confiado en el valor y firmeza de sus capitanes. Él, hijo de -esta raza nacida de la lluvia de oro; él, hombre igual a los mismos -dioses. - -Fulgura en sus ojos la sombría mirada del sangriento dragón; dueño de -miles de brazos, de miles de naves, dispara su carro sirio, y lleva -contra los guerreros de poderosa lanza a Ares el del certero arco. - -¿Y quién habrá, aunque salga al paso con inmenso torrente de hombres, -que pruebe a detener con él, como con valladar firmísimo, las nunca -vencidas olas de los mares? Que es el ejército persa imposible de -resistir, y su pueblo de ánimo esforzado. - -Ya de antiguo la fortuna dispuso y ordenó a los Persas por voluntad del -cielo para correr tras de asaltos de torres, y encuentros de belicosos -jinetes, y asolaciones de ciudades. - -A ellos, que fiando a todo un pueblo al débil artificio de algunos -barcos trabados entre sí, aprendieron a contemplar con serenos ojos la -vasta pradera del mar cubierta de ondeante espuma al soplo impetuoso de -los vientos. - -Mas ¿qué mortal escapará a la engañosa astucia del Destino? ¿Quién -tan ligero de pies que con fácil salto salve sus redes? Muéstrase la -calamidad a lo primero amiga de los hombres, y de allí los lleva con -halagos hasta aquellos lazos de los cuales a ningún mortal le fué dado -salir jamás. ¡Pensamiento que cubre mi corazón de un velo de tristeza! -¡Ay ejército de los Persas! Atorméntame el temor de que alguna vez se -encuentre nuestro pueblo con que la gran ciudad de Susa quedó privada -de sus hijos; con que a su ayes responden los ayes de la fortaleza -de Cissia, y las mujeres en confuso tropel van repitiendo iguales -lastimeras voces, mientras caen hechos jirones sus ricos velos de lino. - -Cual enjambre de abejas sale de enmelado panal, así los de a pie y -los de a caballo, todo el pueblo, partió con su rey, y pasó el marino -promontorio común a entrambos continentes. - -Mas el lecho conyugal está empapado en lágrimas que hace derramar el -amor por el ausente esposo. Las mujeres de Persia viven oprimidas de -dolor agudísimo. Cada cual quedó solitaria, sin su compañía, y tan -sólo con el deseo amoroso del marido que compartía su tálamo, y que la -abandonó con el ansia ardiente de pelea. - -Ea, pues, ¡oh Persas! nosotros que tenemos nuestro consejo en esta -antigua y veneranda morada, veamos con prudente solicitud, pues que -estrecha la necesidad, de qué modo sabremos la fortuna que corre el -rey Xerxes, el hijo de Darío, el vástago del que dió nombre a nuestro -pueblo. ¿Por ventura triunfó la ligereza del tendido arco, o salió -vencedor el empuje de la aguda lanza? - -Pero he ahí que viene a nosotros una luz que brilla como la mirada de -los dioses; es la madre del rey; nuestra reina. Caigamos de rodillas, -y saludémosla con las palabras de reverencia y acatamiento que se deben -a su majestad. - -~(Sale ATOSSA en una carroza, y con todo el cortejo y pompa de la -majestad real.)~ - -¡Salve, altísima señora de los Persas de rica y holgada vestidura; -anciana madre de Xerxes, esposa de Darío, salve! Contigo partió su -lecho el dios de los Persas; tú eres también hoy la madre de su dios, -si ya no es que la antigua fortuna ha vuelto la espalda a nuestros -soldados. - -ATOSSA - -Con esa inquietud dejo mi dorada estancia y el tálamo que partí con -Darío, y vengo a vosotros. También a mí los pensamientos me atormentan -el alma. Yo os lo diré todo. Jamás me veo libre de temores. Temo que la -fortuna poderosa derribe con el pie entre nubes de polvo la grandeza -que levantó Darío, no sin ayuda del cielo. Con esto llena mi alma un -doble cuidado imposible de explicar. En estima ninguna puede estar el -más rico tesoro sin hombres que lo guarden, ni luce la fortuna para el -menesteroso según es el valor de su ánimo. Verdad que nuestras riquezas -no han tenido mengua hasta ahora; pero temo por el ojo de esta casa; -que ojo de una casa es sin duda la presencia del dueño. Por tanto, -Persas, fieles ancianos, sed mis consejeros en esta ansia y congoja en -que me encuentro; en vosotros estriba para mí toda buena resolución. - -CORO - -Bien sabes, señora de esta tierra, que en cuanto mis fuerzas quieran -alcanzar no necesitas mandar dos veces qué he de decir ni qué he de -hacer, y que pides consejo a quienes son tuyos de corazón. - -ATOSSA - -Desde que mi hijo, con el deseo de asolar la tierra de Jonia, dispuso -su ejército y partió, mil sueños me asaltan y rodean de continuo. Mas -ninguno como el de anoche se me apareció jamás tan claro. Escucha. -Parecióme que se presentaban delante de mis ojos dos mujeres ricamente -vestidas: venía la una en hábito persa; la otra en el de la Doria. -Ambas por la majestad y gallardía de su talle superaban con mucho a -las mujeres de nuestros tiempos; hermosas sin tacha, y hermanas, como -de una misma sangre. A cada una de ellas la suerte le había dado una -patria; a la una Grecia, a la otra la tierra de los bárbaros. A lo -que me pareció ver, armóse entre ellas cierta contienda. Sábelo mi -hijo; las contiene; las calma; unce a entrambas a su carro, y échales -el yugo al cuello. La una, con aquellos arneses se yergue y ensancha, -y mantiene su boca dócil a la rienda; pero la otra se revuelve y -encabrita; destroza con sus manos todo el armazón del carro; arroja -las riendas; quiebra el yugo, y con poderosa fuerza arrastra tras sí -los despedazados despojos... Mi hijo cae. Acude a él Darío, doliéndose -de su desgracia, y así que Xerxes le ve, desgarra las vestiduras que -cubren su cuerpo. Tal se me aparece en viniendo la noche. Mas después -que me levanto del lecho, y lavo mis manos en las puras aguas de una -fuente, y me acerco al ara, deseosa de ofrecer libaciones a los dioses -que alejan de nosotros los funestos presagios, luego veo una águila que -viene huyendo hacia el ara del sol... ¡Muda de espanto quedo, amigos! -Detrás distingo un halcón que la sigue volando, y se arroja sobre ella -batiendo sus alas, y le despedaza la cabeza con sus uñas; atemorizada -el águila no se defiende, y le entrega su cuerpo. Cosas son éstas en -verdad para que nos aterre, a mí el verlas, a vosotros el oírlas. -Porque, bien lo sabéis: mi hijo, a tener buena fortuna en su empresa, -llegaría a ser el más admirado de los hombres; mas no porque se viera -vencido tendría él que dar cuenta de sus hechos a sus vasallos, y una -vez salvo, lo mismo que antes reinaría en esta tierra. - -CORO - -Ni queremos, oh madre, que nuestras palabras te pongan inmoderado -temor, ni tampoco que te den inconsiderada confianza. Vuélvete a los -dioses con súplicas. Si viste algo adverso, pídeles que lo alejen de -ti, y que se cumpla lo favorable en ti y en tu hijo, y en el imperio, -y en los amigos todos. Haz luego libaciones a la tierra y a los -muertos; que así es debido. Conjúrale con fervoroso pecho a aquel Darío -tu esposo, a quien dices que viste anoche, por que del seno de las -regiones infernales envíe a la luz lo que sea de buen agüero para ti y -para tu hijo, y haga que se desvanezca en la obscuridad de las entrañas -de la tierra lo que os sea contrario. He aquí lo que de corazón te -digo y la razón me previene previsora. Y en cuanto a lo que nos has -revelado, juzgamos que en resolución todo acabará por tener para ti -buen suceso. - -ATOSSA - -Tú eres el primero que ha interpretado mis sueños y que con amor a mi -hijo y a mi casa determinas lo que se debe hacer. ¡Ojalá suceda todo -cual lo deseamos! Entremos en palacio, y hagamos al punto cuanto -mandas en honor de los dioses y de aquellos de nuestros amigos que -habitan en los senos infernales. Mas, oh amigos, yo quisiera saber de -vosotros, dónde dicen que está asentada Atenas. - -CORO - -Lejos de aquí, a occidente; hacia donde se pone Helios nuestro señor. - -ATOSSA - -¿Y tanto desea mi hijo tomar esa ciudad? - -CORO - -Tomada, la Hélade entera quedaría sujeta al rey. - -ATOSSA - -De esa suerte, ¿abunda su ejército en soldados? - -CORO - -Y tales, que ya causaron muchas pérdidas a los Medos. - -ATOSSA - -¿Y qué otra cosa más tienen? ¿Hay riquezas bastantes en sus casas? - -CORO - -Tienen una fuente de riqueza; un tesoro que la tierra les regala. - -ATOSSA - -¿Por ventura brillan en sus manos el arco y las flechas? - -CORO - -Jamás. Pelean con lanza, de cerca y a pie firme, y cubiertos con el -escudo. - -ATOSSA - -¿Quién es su rey y el señor y caudillo de su ejército? - -CORO - -No se dicen esclavos ni súbditos de hombre ninguno. - -ATOSSA - -¿Y cómo podrán resistir ellos la acometida de los invasores? - -CORO - -Como destruyeron el grande y valeroso ejército de Darío. - -ATOSSA - -¡Terrible desastre has traído a la memoria para avivar el cuidado en -los padres de los que partieron! - -CORO - -A lo que me parece, pronto vas a saber toda la verdad, porque aquí -llega un hombre, un correo persa; bien se le conoce. Él traerá noticias -ciertas, que podamos oír, de nuestra victoria o de nuestra derrota. - -~(Sale un MENSAJERO.)~ - -MENSAJERO - -¡Oh ciudades todas de Asia! ¡Oh tierra de Persia! ¡Oh ancho puerto de -riqueza! ¡Cómo una gran prosperidad vino al suelo de un solo golpe! -¡Cayó y pereció la flor de los Persas! ¡Ay de mí, infeliz, que el -primer mal es tener que anunciar males! ¡Mas fuerza es que os descubra -todo el cuadro de nuestra desgracia! Persas, el ejército entero de los -bárbaros ha perecido. - -CORO - -¡Crueles males, crueles! ¡Nuevas terribles! ¡Ay, ay! Llorad, Persas que -oís estas lástimas. - -MENSAJERO - -Sí, todas aquellas grandezas perecieron. Yo mismo vuelvo a ver el sol -de mi patria contra lo que esperaba. - -CORO - -¡Cuán larga ha sido nuestra vida para ver por fin a la vejez este -inesperado desastre! - -MENSAJERO - -Presente estaba yo. No será de oídas, oh Persas, como os haré la triste -relación de las desventuras que nos han sobrevenido. - -CORO - -¡Oh dolor! En vano juntaron sus armas todos los numerosos pueblos de -Asia, y fueron contra la funesta Hélade. - -MENSAJERO - -Llenas están de cadáveres las costas de Salamina y todos sus -alrededores; ¡de los cadáveres de quienes tan miserablemente perecieron! - -CORO - -¡Oh dolor! ¡Conque los cuerpos de nuestros hermanos, envueltos en las -ondas, y sin vida, son arrebatados por la corriente entre los flotantes -despojos de nuestras naves! - -MENSAJERO - -De nada nos sirvieron las flechas. La armada entera pereció al choque -poderoso de las naves enemigas. - -CORO - -¡Infelices! ¡Qué grito de angustia y dolor lanzarían cuando los dioses -con total perdición lo acabaron todo! ¡Ay, ay, armada nuestra destruída! - -MENSAJERO - -¡Oh nombre de Salamina, a mis oídos el más odioso de todos! ¡Oh, -Atenas, y qué de lágrimas me hace derramar tu recuerdo! - -CORO - -¡Oh Atenas, funesta para tus enemigos! ¡Harto de recordar serán tantas -Persas como hoy quedan sin esposos, sin padres, sin hijos; y todo en -vano! - -ATOSSA - -Afligida, atónita con estos males, por largo espacio no he podido -romper mi silencio. Tal es nuestro infortunio que supera mis fuerzas; -ni acierto a articular palabra, ni a averiguar nuestras desventuras. -Necesario es, no obstante, que los mortales sobrellevemos las -tribulaciones que los dioses nos envían. Recóbrate, y aun cuando te -haga verter lágrimas, habla, y explícanos todo aquel desastre. ¿Quién -escapó de la muerte? ¿Tendremos que llorar que alguno de los caudillos -que empuñaban regio cetro, haya dejado huérfanos a los suyos? - -MENSAJERO - -Xerxes vive, y ve la luz del día. - -ATOSSA - -Viva luz anunciaste a mi casa; día claro después de oscurísima noche. - -MENSAJERO - -Pero muerto queda en las ásperas costas de Silenia Artembares, que -mandaba innumerable gente de a caballo. De un bote de lanza bajó -saltando de la nave al mar con ligero salto Dadaces, el caudillo de mil -guerreros. Tenagón, el más valiente entre los hijos de la Bactriana, -queda también en aquella isla de Ayax, de continuo azotada por las -olas. Lilayo, Arsames y Argestes, los tres, vencidos junto a la isla -criadora de palomas, dieron con su frente en las ásperas peñas. De -una sola nave cayeron Arcteo, que habitaba cerca de las fuentes del -Nilo en Egipto; Adeves, y Feressenes; los tres, y además Farnuco. -Murió Matallo el Crisio, que mandaba diez mil caballos; su barba roja, -espesa y erizada, goteaba sangre; teñía su cuerpo el encendido color -de la púrpura. Arabos el Mago, y Artames el de Bactriana, que guiaba -treinta mil soldados caballeros en negros corceles, allí perecieron, y -tomaron perpetua habitación en aquella escabrosa comarca. Y Amestris y -Anfistreo, el de los mortales botes de lanza; y el generoso Ariomardo, -triste ocasión de llanto y luto para Sardes, y Sisames el Misio, -y Tharibis, Lirnense de nación, gallardo soldado, que capitaneaba -doscientas cincuenta naves, yacen allí los infelices miserablemente -muertos. Siennesis, caudillo de los cilicios, el primero por el valor -de su ánimo, pereció con gloria. Él solo dió muchísimo que hacer a -los enemigos. Estos son los capitanes de quienes hago memoria por -el pronto; mas no te he dicho sino una pequeña parte de las muchas -desgracias que nos rodean. - -ATOSSA - -¡Ay de mí; ay, que llegaron a mis oídos los mayores males que -imaginarse pueden, la afrenta de los Persas, lo que ha de ser una causa -tristísima de lamentos desgarradores! Pero vuelve a tu relato, y dime: -¿tantas eran las naves de los Helenos que así se determinaron a entrar -en batalla con la armada de los Persas? - -MENSAJERO - -Si en el número de naves hubiese estado, ten por seguro que los -bárbaros hubiésemos llevado la mejor parte, porque todo lo que tenían -los Helenos eran trescientas naves, y de ellas diez de reserva; pero -Xerxes, y esto lo sé bien, contaba con mil bajo su mando, fuera de -doscientas siete que sobresalían por muy veleras. Esta es la cuenta -justa. ¿Te pareceremos ahora que no teníamos bastante fuerzas para -aquel combate? Pero sin duda no le plugo a algún dios mantener su -balanza en el fiel; cargó sus platillos con desigual fortuna, y de este -modo nuestra armada quedó destruída. Los dioses protegen a la ciudad de -la diosa Palas. - -ATOSSA - -Pues cómo, ¿aún permanece en pie la ciudad de Atenas? - -MENSAJERO - -Es inexpugnable muralla el pecho de los que se defienden como hombres. - -ATOSSA - -Mas dime: ¿de qué manera se empeñó la batalla? ¿Quiénes fueron los -primeros a acometer? ¿Acaso los Helenos, o fué mi hijo, ensoberbecido -con la multitud de sus naves? - -MENSAJERO - -¡Oh reina, algún dios vengador, algún mal genio venido no sé de -dónde, fué a no dudar el primer principio de toda nuestra desgracia! -Un Heleno de la armada de Atenas vino diciendo a tu hijo Xerxes -como así que cerrasen las negras sombras de la noche, los Helenos -no permanecerían en sus puestos, sino que saltando presurosos a los -bancos de las naves, cada cual por su lado intentaría salvar la vida -con callada y secreta fuga. El que lo oyó, no recelando engaño en el -Heleno, ni malquerencia en los dioses, luego al punto ordena a todos -los capitanes de nave, que tan pronto como el sol deje de enviar sus -rayos sobre la tierra, y la obscuridad se enseñoree del dilatado -templo del éther, que dispongan las más de sus numerosas naves en tres -órdenes, para guardar los pasos y derrotas de aquellos mares, y otras -formadas en círculo todo alrededor de la isla de Ayax. “Porque si los -Helenos, por cualquier camino que se os oculte, escapan de la ruina -que los amenaza, todos vosotros pagaréis con vuestra cabeza.” Tal dijo -con arrebatado y engreído ánimo; ignoraba lo que había de avenirle de -parte de los dioses. La armada sin desorden y con obediente disciplina -se prepara; sácase el matalotaje y dispónese la cena; los marineros -amarran los remos a los escálamos, prontos a la maniobra. Luego que se -puso el sol y vino la noche, remeros y soldados, todos en sus naves, -ocupan sus puestos. Hácense las señales de mando; ordénase la armada; -toma cada cual la derrota que se le designa, y toda la noche tienen los -capitanes a la gente de mar navegando de un punto a otro. La noche se -iba pasando, y los Helenos no se daban mucha prisa a hacer su salida -secreta por parte ninguna. Mas apenas el luciente día, conducido por -sus blancos caballos, entró señoreándose de toda la tierra, cuando de -la parte de los Helenos levantóse grande y regocijado clamor a modo -de músico canto, a que respondían con estruendosos ecos las enriscadas -costas de la isla. Entró el pavor en los bárbaros, engañados en sus -juicios; que no cantaban entonces los Helenos aquel sagrado Peán como -para huír, sino arrojándose a la pelea con animoso aliento. El clarín -con su voz enardecía todas aquellas marciales maniobras. De pronto, a -una señal de los jefes azotan los remos a una vez con acompasado golpe -las mugidoras aguas, e incontinenti tenemos a la vista toda la armada -helena. El cuerno derecho venía el primero, en buen orden, haciendo la -guía; detrás marchaba todo el grueso de las naves, y bien se podían oír -ya de cerca estas voces que de ellas salían: “¡Oh! hijos de la Hélade, -andad, libertad a la patria; libertad a vuestros hijos, a vuestras -esposas, y los templos de los dioses de vuestros padres, y las tumbas -de vuestros mayores. Por todo ello vais ahora a empeñar la lucha.” Por -nuestra parte respondióles la algazara de nuestro grito persa; no había -ya lugar de esperar más. Pronto una nave clava su broncíneo espolón en -una nave nuestra; era una nave helena que había comenzado el abordaje, -y que hizo pedazos todo el aparejo de un bajel fenicio. Lánzase la una -escuadra contra la otra. A lo primero, el torrente de naves de Persia -resiste la arremetida, mas así que aquella multitud de barcos se vió -apretada en una angostura, donde no se podían valer los unos a los -otros, ellos mismos se herían con sus espolones de cobre, y quebraban -andanas enteras de remos. Las naves helenas, no sin buena dirección, -acometieron entonces en redondo, y comenzaron a herir por todas partes; -nuestros bajeles volvieron las quillas, y ya no se veía el mar, lleno -todo él como estaba de navales despojos y de cuerpos ensangrentados. -Las costas y los escollos se cubren de cadáveres. Cada barco de cuantos -habían pertenecido a la poderosa armada bárbara, vira de popa, y pónese -en desordenada fuga, y los vencedores, como a redada de atunes o de -otros cualesquiera peces, con pedazos de remos y restos de tablas nos -hieren y destrozan. El ancho mar se llena por todas partes de lamentos -y gemidos, hasta que por fin asoma la noche su negra faz, y nos arranca -de manos de los Helenos. Mas en cuanto a la multitud de males que -vinieron sobre nosotros, si yo estuviera hablando diez días seguidos no -podría referírtelo todo. Pero ten por cierto que nunca jamás en sólo un -día murió muchedumbre tan numerosa. - -ATOSSA - -¡Ay! ¡verdad! ¡Qué grande piélago de males se ha precipitado sobre los -Persas y sobre toda la raza de los bárbaros! - -MENSAJERO - -Pues bien puedes creer que eso no es ni la mitad de nuestras -desgracias. Otra calamidad ha venido sobre los Persas, tal, que pesa -tanto como aquéllas, y también dos veces más. - -ATOSSA - -¿Y qué desdicha más funesta pudiera haber ya? Habla. ¿Qué calamidad es -esa que dices que ha venido sobre el ejército, y que supera los más -terribles de los males? - -MENSAJERO - -Toda aquella juventud persa, sin iguales en el valor, por su generosa -sangre insignes, y en la fidelidad a su señor siempre los primeros, -toda ella pereció con infame y miserable muerte. - -ATOSSA - -¡Ay de mí sin ventura! ¡Oh calamidad desdichada! ¡Amigos! -- ¿Con qué -muerte dices que perecieron? - -MENSAJERO - -Hay un islote frente a las costas de Salamina, casi cerrado a las -naves; en sus orillas acostumbra a juntar sus coros el dios Pan. Allí -era donde Xerxes había enviado sus tropas, por que cuando deshecho el -enemigo buscase su salvación en aquel lugar, pudiésemos hacer fácil -presa en él, y acabar con todo el ejército heleno; y además para que -pusiéramos en salvo a aquellos de los nuestros a quienes arrojase -en sus riscos la furia de los mares. Mal conoció lo porvenir. Los -cielos dieron a la armada helena la gloria del combate, y aquel mismo -día, cubiertos con sus broncíneas armaduras, saltan de sus naves los -vencedores, rodean la isla, y los persas no saben ya hacia dónde -volverse. Miles de piedras enemigas los hieren; las veloces flechas -de sus arqueros los rematan, y, por último, échanse todos de golpe -sobre ellos, y cortan, y degüellan y hacen cuartos a los infelices, -hasta que no quedó a vida ni uno solo. Xerxes, que vió aquel océano de -desastres, lanzó un ay lastimero. Porque tenía su trono en una elevada -colina cerca del mar, desde la cual atalayaba todo el campo. Rasga -sus vestiduras; rompe en agudos gemidos; manda que al punto marche en -retirada el ejército de tierra, y él mismo se pone en desordenada fuga. -He aquí la calamidad que sobre la primera tendrás que lamentar ahora. - -ATOSSA - -¡Oh fortuna cruel, y cómo burlaste los pensamientos de los Persas! -¡Amarga venganza tomó mi hijo de la famosa Atenas! ¡No fueron bastantes -los bárbaros que en otro tiempo perecieron en Marathón, sino que -imaginándose tomar el desquite, había de traer mi hijo sobre sí tanta -infinidad de daños! Pero, dime tú: ¿quiénes han escapado de la pérdida -de la armada? ¿Dónde los dejaste? ¿No pudieras decirme algo cierto -sobre ellos? - -MENSAJERO - -Los capitanes de los bajeles que aún quedaban diéronse a huír siguiendo -el viento, desordenados y en tumulto. En cuanto al ejército de tierra -que se había salvado, parte perecieron en Beocia, ahogados de sed junto -a las mismas codiciadas y reparadoras fuentes; los demás sin alientos -atravesamos la Phócida y la Dórica, y los llanos vecinos al golfo -de Melias, regados por las saludables aguas del Esperquio. De allí -llegamos a los campos de Acaia y a las ciudades thesalias, afligidos -con la penuria de mantenimientos. Allí murieron los más de hambre y -sed; plagas las dos que a la vez nos consumían. Pasamos Magnesia y -Macedonia; vadeamos el Axio; cruzamos los pantanosos cañaverales de -Bolbes, y el monte Pangeo y la comarca de Edonia. Estando aquí, algún -dios, a no dudar, envió aquella noche una helada fuera de tiempo, que -heló toda la corriente del sagrado Estrimonio. Y tal hubo entonces, que -de antes nunca había acatado la ley de los dioses, y ahora los invocaba -con súplicas, y se postraba de hinojos, y adoraba la tierra y el cielo. -Luego, pues, que el ejército hizo larga oración de rogativa, comenzó -a atravesar aquel paso a la sazón vuelto en apretados cristales. -Quienquiera que pasó antes que el dios del día comenzara a derramar -sus rayos sobre la tierra, quedó a salvo; mas así que la encendida -y luciente esfera del sol penetró con su llama por medio del helado -tránsito y derritió sus cristales, comenzaron a caer los soldados -los unos sobre los otros, y por feliz pudo tenerse quien en breves -instantes dió el último vital aliento. Los que sobrevivieron y lograron -salvarse atravesaron la Tracia a duras penas y con grandes trabajos; -y por fin algunos, no muchos, llegan ahora en huída a la tierra donde -tienen sus hogares, para poner angustia en el corazón de la Persia, que -clamará por la cara flor de sus hijos perdida para siempre. Esta es la -verdad de lo sucedido; mas he pasado por alto en mi relación muchos de -los males con que el cielo afligió a los Persas. - -CORO - -¡Oh Destino funestísimo! ¡Y cuán pesadamente has brincado con entrambos -pies encima de toda la raza persa! - -ATOSSA - -¡Ay desdichada de mí, que ha sido aniquilado el ejército! ¡Oh clara -visión de mis sueños, y con qué verdad me revelabas estos males! ¡Y -vosotros, con cuánta ignorancia los interpretasteis! Con todo ello, -puesto que así lo decidió vuestro dictamen, quiero ante todas cosas -hacer oración a los dioses. Después vendré otra vez de mi estancia -trayendo libaciones y ofrendas para la tierra y para los manes de -los que han muerto. Bien conozco que esto es ya sucedido y sin -remedio, mas oremos porque en lo venidero acontezca algo que sea más -favorable. A vosotros toca ahora aconsejar a los amigos según pide la -amistad verdadera. Consolad a mi hijo, si llegare aquí antes que yo; -acompañadle a casa, no sea que por ventura añada él un nuevo mal a los -males ya sufridos. - -~(Vase.)~ - -CORO - -¡Oh Zeus soberano! ¡Hoy destruiste aquel soberbio y numeroso ejército -de los Persas, y cubriste de negro luto a las ciudades de Susa y -Ecbatana! ¡Qué de madres comparten su dolor, y rasgan sus velos con sus -débiles manos, y bañan su pecho con torrentes de lágrimas! Y las Persas -que esperaban con amor ardentísimo volver a aquel dulce consorcio -apenas consumado, y a aquellos regalados deleites de su florida -juventud, vierten lágrimas sin fin sobre las blandas ropas de su lecho -solitario por lo que perdieron para no cobrarlo jamás. - -Y yo también tomo sobre mí con hartas veras la tristísima desventura de -los que ya no vivirán entre nosotros. - -Asia entera gime hoy al verse sin sus hijos. Xerxes los llevó -¡oh dolor!, ¡oh dolor! Xerxes los perdió. Xerxes lo entregó todo -imprudentemente a las naves que caminan a merced de las olas. ¿Cómo fué -que Darío, aquel amado príncipe de Susa, aquel caudillo de nuestros -flecheros, llevó su ejército sin daño de su gente? - -A todos los llevaron ¡oh dolor! las aladas naves de negras proas; a -hombres de tierra y a los hombres de mar, y ¡oh dolor! a todos los -perdieron las naves con su mortal encuentro. El mismo rey, según hemos -oído, apenas pudo escapar de manos de los jonios, atravesando los -ásperos caminos y tierras de la helada Tracia. - -Pronto recibieron el golpe mortal de su triste suerte. Vencidos por -el Destino implacable ¡ay! ¡ay! flotan dispersos frente a las costas -de Cicrea. Llora; ríndete a tu cruel angustia; lamenta a gritos estos -dolores que el cielo te envía. Suelta tu voz a las quejas y a los ayes. - -El fiero mar hace juguete de sus ímpetus aquellos tristes despojos; -los mudos hijos de su líquido y nunca manchado seno los despedazan; -¡ay lágrimas! Llora la casa la muerte de su perdido dueño; lloran los -padres sin hijos esta desolación que manda sobre Persia la mano de los -dioses. ¡Oh ancianos sin consuelo, que no oís cosa que no sea incentivo -para vuestro dolor! - -Ya no vivirán sujetos a la dominación de Persia los pueblos de Asia; ya -no pagarán el tributo a que los obligaba la ley de la servidumbre; ya -no escucharán de rodillas la voluntad del que fué su señor. El imperio -del rey quedó aniquilado. - -Ya no guardarán su lengua los súbditos; que el pueblo se suelta a -hablar libremente así que se ha soltado el yugo que le obliga a -doblegarse. La isla de Ayax encierra en sus sangrientos campos y en las -ondas que la ciñen todo el poderío de los Persas. - -~(Sale ATOSSA.)~ - -ATOSSA - -Amigos, el que ha pasado por males sabe bien que cuando viene sobre -el hombre la tormenta del infortunio, de todo se aterra, al paso que -si el viento de la fortuna le es favorable, consiéntese y le parece -que por siempre jamás ha de soplar así. Hoy no veo cosa que no se -ofrezca a mis ojos preñada de terrores. Todo cuanto pueda venir de los -dioses antójaseme contrario. De continuo están resonando en mis oídos -clamores que no son los clamores del triunfo. Tanta consternación y -pavor pusieron en mi ánimo nuestros desastres. Con esta angustia, otra -vez me encamino aquí desde mi morada; pero sin carroza, sin aquella -lujosa pompa de antes. Vengo a traerle al padre de mi hijo las ofrendas -propiciatorias que aplacan los manes de los muertos; la blanca y -sabrosa leche de una ternera que nunca sufrió el yugo; la transparente -miel, dulce humor que hurta a las flores la abeja laboriosa; las -limpias aguas de una cristalina fuente con el puro licor que se -engendra en el agrio seno del pesado racimo, gloria de la vid añosa, -sin que falte el odorífero fruto del obscuro olivo cuyas ramas ostentan -el verdor perenne de una perpetua vida, ni entretejidas flores hijas -de la omnifecunda tierra. Conque, oh amigos, acompañad con himnos mis -ofrendas a los muertos; evocad al divino Darío; que yo voy a derramar -en honor de los dioses subterráneos estas libaciones que la tierra -beberá bien pronto. - -CORO - -¡Oh reina, honor de los Persas, haz tú llegar esas libaciones a las -obscuras moradas subterráneas, que nosotros pediremos con himnos que -nos sean propicios los dioses que acompañan a los muertos hasta el seno -de la tierra! -- Ea pues, sagradas deidades infernales; Gea, Hermes, y tú -rey de los muertos, restituíd el ánima de Darío de las tinieblas de esa -mansión a la luz del día; que si es que aún hay remedio para nuestros -infortunios, tan sólo él entre los mortales será quien lo sepa y pueda -decirnos cuándo tendrán fin. - -¿Oirás tú, rey bienaventurado y casi divino, estos plañidos desacordes, -que en vuestra bárbara lengua salen de mis labios con todos los tristes -acentos del dolor y la angustia? Desastres miserabilísimos habrán de -revelarte mis clamores. ¿Me escucharás desde lo profundo? - -Conque ea, oh Gea, y vosotros todos, dioses que guiais a los mortales a -vuestras negras y profundas moradas, consentid que salga de ellas aquel -espíritu generoso, aquel hijo de Susa, aquel dios de los Persas; enviad -arriba, a la luz, a quien fué cual ninguno de cuantos sepultó nuestro -patrio suelo. - -¡Oh amada tumba!, ¡ah amada tumba, que escondes a un alma tan amada! -¡Oh Aidoneo, Aidoneo, así consientas en enviarnos a la luz a Darío! -¡Ay! ¡A quien fué un rey cual él lo fué! ¡él, Darío! - -Jamás en la guerra que tantas vidas arrebata, jamás perdió él sus -soldados. Igual en consejo a los mismos dioses era apellidado por los -Persas; y sin duda que igual a ellos era en consejo quien siempre llevó -sus ejércitos a la victoria. ¡Ay de mí! - -¡Oh rey!, ¡oh antiguo monarca nuestro!, ven, acércate; aparece en lo -alto de ese monumento; levántate ostentando el pie calzado con el rojo -coturno y el espléndido ornamento de tu regia tiara. Ven, padre; ven, -generoso Darío. - -Aparécete a nosotros, señor de señores, por que oigas nuestros -presentes e inauditos infortunios. Las tinieblas de la Estigia se -cierne sobre nuestras cabezas y nos envuelven: nuestra juventud pereció -toda entera. ¡Ven, padre; ven, generoso Darío! - -¡Oh tú cuya muerte fué tan llorada de los que te amaban! ¡oh señor, -señor! ¿cómo por dos veces pudo caer tu imperio, todo este vasto -imperio que fué tuyo, en yerro tan desdichado? ¿Cómo se perdieron -aquellas trirremes, aquellas nuestras naves, que ya no son sino -despojos de naves, tristes y miserables despojos? - -~(Aparece la SOMBRA de DARÍO.)~ - -LA SOMBRA DE DARÍO - -¡Oh fieles entre los fieles, y compañeros de mi juventud; ancianos -Persas! ¿qué tribulación aflige a nuestra ciudad? El suelo gime y se -estremece herido y golpeado. Junto a mi tumba estoy viendo a la que -fué mi dulce compañera, cuyas libaciones acabo de recibir propicio, y -al verla, profunda turbación se apodera de mi alma: vosotros también -estáis ahí en pie enfrente de este monumento, y plañís, y me evocáis -con altas y lastimeras voces y gemidos, y hacéis que deje mi ánima las -sombras sempiternas. Salida es esta nada fácil, sobre todo porque los -dioses infernales son mejores para apoderarse de sus súbditos que no -para soltarlos. Sin embargo, al fin logré hacerme dueño de su voluntad, -y heme aquí entre vosotros. Mas apresuraos, no sea que se me acuse de -tardanza. ¿Qué nuevo desastre pesa hoy sobre los Persas? - -CORO - -Turbado por el antiguo respeto, ni oso mirarte cara a cara, ni oso -hablar en tu presencia. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -Pues que acudiendo a tus ayes vengo del profundo, nada de prolijas -razones; dímelo todo brevemente, y acaba. Depón esa reverencia que me -tienes. - -CORO - -Temo satisfacerte; temo hablarte para haber de contar cosas tan amargas -de decir a amigos. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -Ya que el antiguo respeto se te representa en tu ánimo, y te embarga, -pero tú, ~(a ATOSSA)~ anciana que un día fuiste la compañera de mi -lecho, noble esposa, da tregua al llanto y a los gemidos, y dime: ¿qué -sucede? Habla sin rebozo. Dió naturaleza por patrimonio a los humanos -las adversidades. Del mar y de la tierra salen infortunios infinitos, y -vienen sobre el hombre cuando su vida se dilata algún tanto. - -ATOSSA - -¡Oh tú, cuya venturosa fortuna superó la prosperidad de todos los -hombres; pues mientras viste la luz del sol, pasaste los serenos años -de tu vida en felicidad envidiable, siendo como un dios para los -Persas! ¡Ahora también te digo dichoso, que moriste antes de ver el -abismo de nuestros infortunios! Oye en breves razones todo lo sucedido. -Para decirlo con una sola palabra: pereció el poderío de los Persas. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -Y ¿de qué modo? ¿Ha sido el azote de la peste, ha sido la discordia, -quién ha destruído el reino? - -ATOSSA - -Nada menos que eso, sino que todo nuestro ejército quedó exterminado -cerca de Atenas. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -¿Y cuál de mis hijos fué el que llevó allí sus armas? dime. - -ATOSSA - -El impetuoso Xerxes, que despobló todas las dilatadas llanuras del -continente de Asia. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -Y ¿cómo se aventuró el desdichado en ese necio intento; por tierra, o -por mar? - -ATOSSA - -Por mar y por tierra. Dos ejércitos formaban la expedición; dos frentes -presentaban al enemigo. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -¿Pero de qué manera la gente de a pie pudo llevar a cabo la travesía de -piélago tan dilatado y profundo? - -ATOSSA - -Uniendo Xerxes con cierto artificio entrambas orillas del estrecho de -Helles a fin de tener un paso para el ejército. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -¡Y tal puso por obra para cerrar el ancho Bósforo! - -ATOSSA - -Así fué. Algún dios sin duda le ayudó en esta resolución. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -¡Ah! algún dios enemigo y poderoso que vino a trastornar su mente. - -ATOSSA - -A la vista está el desastrado fin que todo ello tuvo, y qué de males -nos ha traído. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -Mas acaba, ¿qué desastre les ha sucedido para que así los lloréis? - -ATOSSA - -Rota y deshecha la armada, acarreó la perdición del ejército de tierra. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -¿De ese modo, pues, todo nuestro pueblo ha sido completamente -exterminado por el hierro enemigo? - -ATOSSA - -Sí, como que hoy llora desierta la ciudad de Susa la pérdida de todos -sus defensores. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -¡Oh vana defensa y auxilio de un tan poderoso ejército! - -ATOSSA - -También pereció el pueblo entero de los Bactrianos, y todos en la flor -de la edad. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -¡Oh infeliz, y qué vigorosos y valientes auxiliares ha perdido! - -ATOSSA - -Dicen que tan sólo Xerxes, abandonado de todas sus tropas y con no -muchos de los suyos... - -LA SOMBRA DE DARÍO - -¿Llegó al fin a ponerse en salvo? ¿Cómo? ¿Adónde? ¿Se ha salvado? - -ATOSSA - -Dándose por muy contento llegó al puente que unía a entrambas regiones. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -¿Y dicen si está ya salvo en nuestra tierra? ¿Y es esto verdad? - -ATOSSA - -Sí, cierto. Es voz enteramente confirmada, y sobre la cual no hay -discrepancia alguna. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -¡Ay! ¡Cuán pronto vino el cumplimiento de los oráculos! En mi hijo ha -hecho Zeus que se ejecuten los divinos anuncios. Imaginábame yo que -los dioses habían de tardar largo tiempo en llevarlos a cabo; pero -cuando el hombre corre desatentado a su destino, hasta el cielo se -junta con él, y le ayuda a despeñarse. Ya brotó para los nuestros la -fuente de todos sus infortunios, y mi hijo ha sido quien la ha hecho -brotar con su inconsiderada y juvenil audacia ¡Él, que esperaba que -había de encadenar al sagrado Helesponto como a un esclavo, e impedir -que corriesen las divinas aguas del Bósforo! ¡Él, que con echar a sus -ondas unos grillos bien forjados, presumió forzarle a torcer su natural -impulso, y abrir ancho camino para su inmenso ejército! ¡Desaconsejado -mortal que creía que había de ser más poderoso que todos los dioses, -y que Poseidón! ¿Cómo pudo ser, para hacer tal, que la demencia no -se hubiese apoderado de mi hijo? ¡Ah! Temo que aquellos tesoros que -alcancé con tantos esfuerzos no sean ahora presa del primero que quiera -ocuparlos. - -ATOSSA - -Tal fué la enseñanza que sacó el arrebatado Xerxes de comunicar con -hombres funestos. Decíanle que tú habías ganado con tu lanza grandes -riquezas para tus hijos, mientras que él con flojedad de ánimo -reducíase a jugar la lanza en su palacio, sin aumentar nada la herencia -de su padre. De continuo estaba oyendo oprobios como éstos de boca -de aquellos malvados, y al fin determinó mover su ejército y llevarle -contra la Hélade. - -LA SOMBRA DE DARÍO - -¡Grandísima hazaña en verdad la de ellos y por siempre memorable! -¡Calamidad que ha desolado a la ciudad de Susa, como ninguna de cuantas -cayeron sobre ella desde que Zeus todopoderoso quiso conceder a un -solo hombre el honor de imperar sobre toda la rica Asia, empuñando -el cetro real! De Media era el primer rey de nuestro pueblo. Otro -Medo perfeccionó su obra; su hijo, hombre en quien la prudencia llevó -siempre el timón de sus resoluciones, Cyro, fué quién le sucedió, -tercer rey nuestro y varón afortunado que una vez en el trono dió paz a -todos sus súbditos. Él unió a su imperio a Lidios y Frigios y subyugó -por fuerza de armas la Jonia entera. Siempre recto en sus pensamientos, -jamás se trajo sobre sí la ira del cielo. Su hijo reinó el cuarto, y -después de él Merdis, oprobio de la patria y de su antiguo trono. El -noble Artafernes con la ayuda de sus parciales, con quienes se conjuró, -sorprendióle en su palacio, y le dió muerte. Con esto entró a reinar -Marafis, y luego el mismo Artafernes, séptimo de nuestros príncipes. -Por fin, la suerte vino a darme lo que tanto hacía que deseaba; pero -con guerrear tantas veces, y mandar ejércitos numerosísimos, nunca mal -como este traje sobre mi reino. Mas mi hijo Xerxes es mozo, y como mozo -piensa, y no se acuerda de mis mandatos. Bien claro lo veis, antiguos -compañeros míos, cuantos ejercimos la suprema potestad en Persia, todos -juntos, no causamos jamás desastres tan grandes como el presente. - -CORO - -Y en fin, ¿qué determinas? ¡oh Darío, oh señor! Después de lo ya -sucedido, ¿cómo haremos aún para que el pueblo persa vuelva a su -antigua gloria? - -LA SOMBRA DE DARÍO - -Jamás llevéis vuestras armas contra los Helenos, así fuesen más -poderosos que el ejército de Xerxes; porque hasta la tierra misma pelea -por ellos. - -CORO - -¿Cómo has dicho? ¡Que pelea por ellos...! ¿De qué suerte? - -LA SOMBRA DE DARÍO - -Matando de hambre a los ejércitos más grandes y poderosos. - -CORO - -Pero tal ejército aprestaríamos escogido y bien dispuesto... - -LA SOMBRA DE DARÍO - -El mismo ejército que ahora queda en los campos de Hélade no tendrá -salvación ni en la retirada. - -CORO - -¿Qué dices? ¿Pues no ha atravesado ya el Helesponto, de vuelta de -Europa, todo el ejército de los bárbaros? - -LA SOMBRA DE DARÍO - -Bien pocos serán entre tantos, si es que no ha de negar su fe a los -oráculos de los dioses quien tiene delante de sus ojos lo que hasta -ahora ha sucedido. No se cumplen a medias los oráculos jamás. Y si esto -es así, mi hijo llevado de sus vanas esperanzas, deja allí grande -copia de gente escogida. Allá acampan en los llanos que riegan las -aguas del Asopo, codiciado beneficio del suelo de Beocia; y allá les -aguarda que padecer los últimos y más crueles males, merecido pago de -su insolencia y de sus impías resoluciones. Porque así que entraron en -la Hélade, no retrocedieron temerosos ante el despojo de las imágenes -de los dioses, ni ante el incendio de los templos, sino que las aras -fueron destruídas, y las estatuas de los bienaventurados con bárbara -furia arrancadas de sus asientos, y unas contra otras derribadas. Los -que cometieron estas maldades, ya están padeciendo males nada menores; -pero otros quedan por venir todavía. Aún no se alcanza a divisar el -fondo debajo de ellos; aún están manando. Tal de cadáveres hacinados -quedará en los campos de Platea, entre ríos de cuajada sangre vertida -por la lanza doria, los cuales hasta la tercera generación estarán -hablando a los ojos de los hombres, y diciéndoles con mudas lenguas: -“No os ensoberbezcáis demasiado los que habéis de morir. De la flor -de la soberbia, sale luego la espiga del crimen; la mies que se coge -es mies de lágrimas”. Vosotros ahora, considerad el condigno pago que -tuvieron aquellos delitos; guardad memoria de Atenas y de la Hélade. -Nadie mire desdeñoso y atediado su presente fortuna, ni por codicia -de las ajenas venga a perder las riquezas propias. Jamás deja sin -castigo Zeus justiciero la soberbia desenfrenada, ni se olvida de pedir -estrecha cuenta de nuestras acciones. Por tanto, vosotros que poseéis -la prudencia, amonestad a Xerxes con atinados consejos; enseñadle a -deponer su arrogante audacia, y a no pecar contra los dioses. Y tú, -anciana y querida madre de Xerxes, vuelve a tu estancia; toma para él -las vestiduras que te pareciere oportuno, y sal al encuentro de tu -hijo. Porque con la furia del dolor todas sus ricas vestiduras las -hizo girones sobre su mismo cuerpo. Y consuélale con blandas y dulces -palabras; que bien lo sé, que tan sólo oyéndote a ti cobrará ánimos. Yo -vuelvo a las tinieblas habitadoras del profundo. Y vosotros ancianos, -salud, y aun en los males mismos dad el alma a la alegría, mientras -el día luzca para vosotros; que las riquezas de nada aprovechan a los -muertos. - -~(Húndese la SOMBRA DE DARÍO.)~ - -CORO - -Lleno de dolor he oído los muchos desastres que hoy afligen a los -bárbaros y los que han de sobrevenir aún. - -ATOSSA - -¡Oh Destino, y cuántos dolores me asaltan, y qué crueles! Y lo que me -hiere más es oír la fealdad e ignominia con que viene mi hijo hechas -harapos sus magníficas vestiduras. Corro a mi estancia; tomaré cuanto -sea menester para su remedio y regalo, y me daré prisa a salirle al -encuentro. No abandonemos en la desgracia lo que más amamos en el mundo. - -~(Vase.)~ - -CORO - -¡Oh dolor! ¡Qué poderosa y feliz y bien gobernada vivía nuestra -república cuando imperaba aquel anciano generoso que a todo acudía, el -invencible Darío, aquel rey igual en grandeza a los mismos dioses! - -Entonces brillábamos por la gloria de nuestras armas, y las leyes -gobernaban nuestras bien defendidas ciudades, y de retorno de nuestras -guerreras empresas veníamos otra vez sanos y salvos, y trayendo la -victoria a nuestros hogares. - -¡Y cuántas ciudades tomó sin pasar el río Halys ni moverse del augusto -hogar de su palacio! Tal como las palustres ciudades del mar Estrimonio -vecinas a las mansiones de los Tracios, y a las que fuera del lago se -asientan en la tierra firme, bien circuídas de muros, las cuales todas -le acataban por su rey y señor. Y las engreídas y jactanciosas que -se levantan en entrambas orillas del prolongado estrecho de Helles, -junto con las de la sinuosa Propóntide, y las de la boca del Ponto. Y -las islas que ciñe el mar cerca del dilatado promontorio que avanza -en las ondas, al cual se avecinan: Lesbos, la olivífera Samos, Chíos, -Paros, Naxos, Miconos y Andros que está al lado de Tenos, y con ella se -toca. También dominó aquellas islas de alta mar que se asientan entre -una y otra costas: Lemnos, y la sagrada mansión de Ícaro, y Rodas y -Cnido, y las ciudades ciprias, y Pafos, y Solos, y aquella Salamina -cuya metrópoli es ahora causa de este llanto. En fin, bajo el imperio -y auspicios del gran Darío, hízose dueña el Asia de las opulentas y -populosas ciudades de la parte griega de la Jonia. Que entonces era -invencible el esfuerzo y valor de nuestros guerreros, y de aquellos sus -aliados venidos de todas las naciones de la tierra; pero ahora trocaron -los dioses la suerte de las armas. Obra de ellos es sin duda este -desastre que hemos sufrido, quedando rotos y deshechos en una batalla -naval. - -~(Sale Xerxes solo, con los vestidos desgarrados y en desorden y sin -ningún aparato ni pompa real. En la mano trae el arco de sus flechas.)~ - -XERXES - -¡Ay infeliz de mí! ¡Y qué triste suerte alcancé, como nunca podía -esperarla! ¡Con qué crueldad se ha ensañado la Fortuna en la nación -persa! ¿Qué haré? ¡Miserable! Mi cuerpo desfallece; me faltan las -fuerzas al contemplar a estos ancianos. ¡Oh Zeus! ¡Ojalá que con -aquellos esforzados varones que perecieron, a mí también me hubieses -sepultado en las sombras fatales de la muerte! - -CORO - -¡Ay, oh rey! ¡Ay de nuestro valeroso ejército! ¡Ay de la grandeza y -majestad del imperio de los Persas! ¡Ay del marcial continente y de -los ricos arreos de aquellos soldados que acaba de segar el Destino! -La patria llora a aquella juventud que nació en su suelo, y a la -cual Xerxes ha llevado a la muerte, llenando con ella las profundas -mansiones de Hades. -- ¡Qué multitud de guerreros, la flor de esta -tierra, los de temible arco, han descendido a aquel imperio tenebroso! -Toda una generación entera de miles de miles de hombres que ha -perecido. ¡Ay ejército insigne! ¡Cayó miserablemente la nación reina y -señora de Asia! ¡Cayó postrada de rodillas! - -XERXES - -¡Heme aquí; yo soy el miserable, el digno de ser lamentado por toda mi -raza; yo, que nací para ruina de la tierra de mis padres! - -CORO - -Y estas serán las aclamaciones con que salude y celebre tu vuelta; -tristes voces, doloridos lamentos, el lacrimoso y funerario cántico del -plañidor Mariandyno. - -XERXES - -¡Dejad salir las lágrimas, los ayes y los gemidos, porque ya estáis -viendo cómo se ha mudado el Destino y cómo se ha vuelto contra mí! - -CORO - -Sí; yo dejaré que salgan mis quejas y mis ayes; yo rendiré tributo de -duelo y de plañidos a las desgracias de nuestro pueblo; a esa tremenda -calamidad que ha sepultado en las ondas a toda una generación que ahora -está llorando la patria. Yo clamaré una vez y otra con doloridas y -lacrimosas voces. - -XERXES - -Ares nos la arrebató, Ares que se puso de parte de los Jonios, que -combatió en su armada, y segó la infausta llanura del mar y las -malaventuradas costas. ¡Ay, ay! clama a grandes voces, y pregunta todo -cuanto quieras. - -CORO - -¿Dónde está aquella multitud amiga, dónde los que te escoltaban, como -Farandaces, Susas, Pelagón, Agdabatas, Dotamas, Psammis y Susiscanes, -que abandonaron a Ecbatana en tu seguimiento? - -XERXES - -Allí los dejé muertos. Cayeron de sus naves tirias, y arrastrados -por las olas hasta las costas de Salamina, se estrellaron contra sus -ásperos riscos. - -CORO - -¡Ay, ay! ¿Y dónde tienes a Farnuco y al valeroso Ariomardo? ¿Dónde al -rey Sevalces y al noble Lileo? Y aún te he de preguntar: ¿Y Menfis? ¿y -Tharibis? ¿y Masistres? ¿y Artembares? ¿y Hystekmas? - -XERXES - -¡Ay de mí! Todos cayeron de un solo golpe. Sus míseros cuerpos -palpitantes aún, yacen en la costa mirando a la antigua, a la odiosa -Atenas. - -CORO - -¿Y aquel que era siempre tu ojo fiel, que contaba diez mil a diez mil -tus soldados persas; Alpisto, el hijo de Batanoco ... hijo de Sesames -el de Megabactes? ¿Y Partho? ¿Y el grande Oibares? ¿Dónde los has -dejado? ¿Dónde los has dejado? - -XERXES - -¡Oh! ¡los enemigos! - -CORO - -¡Males más fieros y terribles anuncias con esto a los generosos Persas! - -XERXES - -Tú me haces renovar la memoria de aquellos buenos compañeros, y avivas -en mí su amor vehementísimo. Tú que me hablas de calamidades tan -terribles y horrendas, y que no son para olvidadas jamás. De lo hondo -de mi pecho clama por ellos mi corazón con grandes voces. - -CORO - -¿Y tantos otros a quienes con tan vivo deseo esperamos? ¿Y Xantho, que -mandaba diez mil Mardos? ¿Y el belicoso Ancares? ¿Y Diaxis y Arsaces, -capitanes de la caballería? ¿Y Cedadates? ¿Y Litimna? ¿Y Tolmo, que -jamás se hartaba de pelea? - -XERXES - -¡Allá quedan sepultados; allá quedan sepultados! No los llevaron -en entoldadas literas, ni detrás los acompañaba fúnebre cortejo. -Perecieron aquellos caudillos de nuestro ejército y perecieron sin -gloria. - -CORO - -¡Ay dioses! ¡ay! ¡Qué desastre habéis enviado contra nosotros! -¡Desastre inesperado; desastre no visto jamás, desastres digno de que -le contemple la mirada de Ate! - -XERXES - -Golpe es el que nos ha herido cual los que la Fortuna suele dar en la -vida. - -CORO - -Sí, ella es quien nos ha herido. Bien claro está. ¡Calamidad inaudita! -¡calamidad inaudita! Con bien menguada suerte abordamos a la armada -Jonia. ¡Infeliz es en las armas la gente de los Persas! - -XERXES - -¿Y cómo no serlo, cuando con ejército tan poderoso fuí miserablemente -destrozado? - -CORO - -¡Verdad! ¡cómo no, cuando ha perecido por completo el poderío de la -Persia! - -XERXES - -¿Ves lo que me resta de todos mis arreos y pompa militar? - -CORO - -¡Lo veo, lo veo! - -XERXES - -Este carcaj... - -CORO - -¿Qué es lo que dices que has salvado? - -XERXES - -El carcaj donde guardo mis flechas. - -CORO - -¡Miserable resto de tesoros tan ricos! - -XERXES - -Hemos perdido todos nuestros defensores. - -CORO - -¡No huye del combate el pueblo jonio! - -XERXES - -Es un valerosísimo pueblo. ¡No me esperaba yo la derrota que he -presenciado! - -CORO - -¿Dices, pues, que nuestra armada ha huído en derrota? - -XERXES - -Al contemplar aquel desastre, rasgué mis vestiduras. - -CORO - -¡Ay, ay de mí! - -XERXES - -¡Ay! Es poco decir ¡ay! para tamaña desdicha. - -CORO - -Sí, que son desdichas que doblan y triplican la desdicha más grande. - -XERXES - -¡Tristísimas para nosotros; pero bien alegres para nuestros enemigos! - -CORO - -¡Quedó abatida nuestra pujanza! - -XERXES - -Vedme sin ninguno de los que me escoltaban. - -CORO - -Amigos infelices, que han perecido en el mar. - -XERXES - -Llora, llora nuestra pérdida, y vuélvete a tus hogares. - -CORO - -Lloro sí, y no me dejan hablar los sollozos. - -XERXES - -Responde a mis clamores con tus clamores. - -CORO - -Triste consuelo de sus desdichas para los desdichados. - -XERXES - -Acompaña mi fúnebre canto con tus tristes acentos. - -CORO - -¡Ay, ay! ¡oh dolor! - -XERXES - -¡Desastre que nos abruma! - -CORO - -¡Desastre del cual me duelo en el fondo de mi alma! - -XERXES - -Hiere tu pecho, hiérele, y llora por mi causa. - -CORO - -¡Ay infortunio! ¡ay infortunio! - -XERXES - -Responde a mis clamores con tus clamores. - -CORO - -¡Oh, mi señor, no necesitas decírmelo! - -XERXES - -Alza hasta el cielo tus sollozos. - -CORO - -¡Ay, ay de mí! De nuevo acompañaré mis gemidos con tristes extremos de -dolor. - -XERXES - -Hiere tu pecho al lúgubre són del canto misio. - -CORO - -¡Oh desdichas, desdichas! - -XERXES - -Mésate la blanca barba. - -CORO - -¡Con toda mi fuerza, con toda mi fuerza! ¡Oh miserabilísima desventura! - -XERXES - -Lanza agudos ayes. - -CORO - -Así haré. - -XERXES - -Desgarra tu ancha túnica con toda la fuerza de tus manos. - -CORO - -¡Oh desdichas, desdichas! - -XERXES - -Mésate los cabellos, y llora nuestra perdida armada. - -CORO - -Con toda mi fuerza, con toda mi fuerza. ¡Oh miserabilísima desventura! - -XERXES - -Báñense en lágrimas tus ojos. - -CORO - -¡Sí que me deshago en lágrimas! - -XERXES - -Responde a mis clamores con tus clamores. - -CORO - -¡Ay, ay de mí! - -XERXES - -Vuelve a tus hogares llorando nuestra ruina. - -CORO - -¡Oh patria mía de Persia, lanza un ay de dolor! - -XERXES - -Sí; resuene en toda la ciudad. - -CORO - -¡Ay, ay! lloremos más todavía; lloremos más. - -XERXES - -Caminad con tácitos y lentos pasos en señal de duelo y gemid. - -CORO - -¡Oh patria mía de Persia, lanza un ay de dolor! - -XERXES - -¡Ay trirremes mías! ¡armada mía destrozada! - -CORO - -Yo te seguiré con doloridos ayes. - -[Ilustración] - - - - -_LA ORESTIADA_ - -_I.--AGAMEMNÓN, II.--LAS COÉFORAS, III.--LAS EUMÉNIDES_ - - - - -[Ilustración] - -I - -_AGAMEMNÓN_ - - -~Aparece el ATALAYA puesto en vela en el terrado de palacio. Al -comenzar la acción es todavía noche cerrada.~ - -ATALAYA - -Pido a los dioses que me libren de este penoso trabajo, de esta guardia -sin fin que estoy haciendo en lo alto del palacio de los Atridas, todo -el año alerta como un perro, contemplando las varias constelaciones -de los astros de la noche, brillantes reyes que lucen en el dilatado -éther, y marcan a los mortales el invierno y el verano; cuándo se -ponen, y cuándo hacen su salida. Ahora, como siempre, estoy esperando -la señal de la hoguera, el esplendente fuego que nos ha de traer la -nueva de la toma de Troya; que así lo manda el duro corazón de una -mujer imperiosa y dominante, que la está aguardando. Llega la noche, -mas no viene con ella el reposo a mi lecho húmedo de rocío. Jamás le -visitan los sueños; en vez del sueño, el terror es quien se sienta a -mi cabecera y no me deja cerrar los ojos a un tranquilo descanso. Y -si quiero cantar o tararear buscando remedio contra el sueño que me -acomete, entonces rompo en lágrimas, lamentando los infortunios de -esta casa, que ya no se ve en la prosperidad que la tenía aquel su amo -de otros tiempos. ¡Ojalá venga por fin el dichoso instante que me vea -libre de esta fatiga! ¡Ojalá aparezca en medio de las sombras el fuego -de la buena nueva! -- ¡Ah! ¡ah! ¡Salve, oh lucero de la noche, que -anuncias la luz de un claro y nuevo día, y a la ciudad de Argos le das -la señal de regocijados y festivos coros en celebración de un feliz -suceso! Sí, no hay duda; en verdad te lo digo, esposa de Agamemnón; -que en seguida saltes del lecho, y que en todo el palacio se levante -jubiloso himno que salude esta luz venturosa. Tomada es Ilión. Esa -luminaria encendida lo está anunciando. Yo mismo seré, yo, quien daré -comienzo al preludio, y guiaré los coros de la fiesta; yo, que voy a -llevar la dicha a mis señores; que esta hoguera ha sido para mí una -jugada redonda. ¡Así me sea dado ver la vuelta de mi Rey a su casa, -y estrechar su mano querida entre mis manos! Lo demás lo callo: un -enorme buey pesa sobre mi lengua. A poder hablar, bien claramente se -explicaría este palacio. Por lo que hace a mí, de buen grado hablaría -con quien me entendiera; para los que no, como si nada supiese. - -~(Vase.)~ - -~(Sale el CORO. Comienza a alborear. Al aparecer CLITEMNESTRA en escena -es ya de día.)~ - -CORO - -Este es el décimo año ya después que los dos poderosos competidores -de Príamo, el rey Menelao y Agamemnón, aquel invencible par de -Atridas, a quienes honró Zeus por igual, dándoles a los dos trono y -cetro, movieron de esta región poderosa armada argiva de mil naves, -que apoyase con la fuerza su demanda. Del fondo de su generoso pecho -lanzaron grito de guerra como altaneros buitres que al ver arrebatados -sus polluelos, lanzan un ay de dolor, y azotando el aire con los -remos de sus alas, vuelan en precipitados giros alderredor del nido -desierto, donde ya no se guarece aquella cría, dulce y perdido objeto -de sus cuidados. Pero así como no falta un dios, que oiga desde su -excelso trono el gemido de dolor que lanzan las tristes aves; o ya -Apolo, o Pan, o el mismo Zeus, y envíe una Erinna vengadora que al cabo -y al fin castigará la maldad de los impíos violadores, así también -Zeus, poderoso amparador de la hospitalidad, envió contra Alexandro -a los hijos de Atreo por causa de una mujer que tantas veces mudó -de marido, y por ella puso entre Danaos y Troyanos grandes y fieras -luchas, donde los cuerpos de los combatientes se rendirán a la fatiga, -y los más fuertes tocarán con sus rodillas el polvo de la tierra, y a -los primeros encuentros saltarán en astillas las robustas lanzas. De -cualquier modo que sea, hoy sucede lo que tenía que suceder; lo que -está decretado se cumple; y ya ni lamentos, ni lágrimas, ni libaciones -serán poderosas a calmar la implacable ira de las deidades a quienes no -son aceptos sacrificios de fuego. - -En tanto, nosotros, privados de seguir la generosa expedición por causa -de esta vieja y despreciable carne que ya no puede pagar su tributo, -permanecemos aquí, sustentando en un báculo nuestras fuerzas flacas -como las de la infancia. Igual es la lozanía que retoza en un penco -demasiado mozo, que la del viejo; ni en la una ni en la otra tiene su -imperio Ares. - -Cuando el verdor de los años se ha marchitado ya, la vejez decrépita, -seca y sin hojas va haciendo su camino sobre sus tres pies, sin más -fuerzas que un niño, y arrastrándose con incierto paso a modo de un -sueño que anduviese vagando en pleno día. - -Pero, hija de Tíndaro, reina Clitemnestra, ¿qué sucede? ¿qué novedad es -ésta? ¿qué has sabido tú, que así te mueve a ordenar esos sacrificios -que estoy viendo por todas partes? Las ofrendas levantan su llama en -las aras de todos los dioses patronos de la ciudad; de los del cielo y -los del infierno; de los que guardan nuestros campos como de los que -presiden nuestra ágora. Aquí y allá y acullá se enciende brillante -llama y llega hasta el cielo fomentada por el suave y puro aceite de -las libaciones, traídas del lugar más retirado y secreto de la regia -morada. Dime lo que puedas y te sea lícito decirme; calma esta mi -ansiedad, que ora me llena de tristes pensamientos, ora a la vista -de esos sacrificios da acogida a la esperanza alegre, que domina mi -congojoso cuidado y la tristeza que devora mi corazón. - -Sea dueño a lo menos de celebrar el feliz prodigio que señaló la -partida de nuestros príncipes; que los dioses me convidan a que lo -celebre, y me inspiran este cántico, y todavía no es tal la edad que -no me preste fuerzas para ello. Aquel prodigio, digo, que sucedió -cuando los dos poderosos reyes de los Aqueos, juntando sus robustos -cetros para una misma empresa, marcharon contra el reino de Teucro al -frente de toda la juventud de la Hélade, lanza en mano y prontos a la -venganza. A este punto, dos reinas de las aves se aparecen a los reyes -de la armada helena, no lejos del palacio, y a la mano que blande la -lanza. Era la una negra y la otra blanca por el lomo, y acababan de -devorar en la dilatada y espléndida región de los cielos a una liebre -preñada, muerta con todos sus gazapillos cuando ya tocaba al término de -su fugitiva carrera. ¡Celébralo, celébralo con tristes cánticos; pero -que venza por fin la buena fortuna! - -El avisado y prudente adivino del ejército observó aquellas dos rapaces -aves que devoraban su presa, y reconoció en ellas a los dos belicosos -Atridas, príncipes y caudillos de la expedición; e interpretando el -prodigio soltó la voz a semejantes razones: Al cabo de tiempo llegará -esta empresa al término que se propone; la ciudad de Príamo será -tomada, y el destino entregará al pillaje todas las riquezas atesoradas -por un pueblo en el recinto de sus torreados muros. Si no es que antes -lo cubre todo de tinieblas la cólera divina, y rompe el freno que con -vuestras armas teníais forjado para Troya. A lo que anuncia el portento -de esos alados canes del padre Zeus, que han inmolado a ese tímido y -triste animal con los hijuelos que aún llevaba en sus entrañas, la -casta Artemisa mira a esta casa con airados ojos. Banquetes como el -de las águilas son aborrecibles a la diosa. ¡Celébralo, celébralo con -tristes cánticos; pero que venza por fin la buena fortuna! - -No lo dudéis; la bella diosa, que con tanto amor mira por los tiernos -cachorrillos del león invencible, y que tiene sus complacencias en -los hijuelos de las fieras de los montes, que aún van colgados de -los pechos de sus madres, quiere que se cumpla lo anunciado por el -prodigio de esas águilas, lo cual, puesto que nos es favorable, pero -también encierra algo que es de infeliz agüero. ¡Oh, Peán salvador, -yo te invoco! Que no suscite Artemisa contra los Griegos vientos -contrarios que los detengan en su larga navegación, ni nos compela a -un sacrificio harto diferente de éste; sacrificio excecrable, donde -no habrá festines; artífice impío de crímenes entre los que son de -una misma sangre, y que no perdonará ni la reverencia de un esposo. El -rencor esperará en vela dentro del hogar, envuelto en el manto de la -astucia, y siempre acompañado del pensamiento de la venganza de una -hija, y al fin un día se alzará otra vez terrible. Tal dijo Calcas con -ocasión de las agoreras aves que se aparecieron al partir de la armada, -presagiando males a este regio palacio a la vez que grandes bienes. -Acompaña con tus voces al adivino; celébralo, celébralo con tristes -cánticos, pero que venza por fin la buena ventura. - -¡Oh, Zeus, quien quiera que tú seas, yo te invoco con este nombre, -si con él te agrada de ser invocado! Porque bien considerado todo en -mi mente, para arrojar de mí el peso de estas vanas inquietudes, no -hallaré en verdad quien con Zeus pueda compararse. - -El primero que fué grande en el mundo, aquel dios que estaba rebosando -fuerza, y al cual nadie se resistía, nada podría mandar hoy: fué antes; -ya nada es. El que vino después de él, encontró quien le venciese, y -feneció. Mas quien de corazón celebre a Zeus con jubiloso himno de -triunfo, llegará al colmo de la sabia prudencia. - -A aquel dios que encamina a los mortales a la sabiduría, y dispuso que -en el dolor se hiciesen señores de la ciencia. Hasta en el sueño mismo -el penoso recuerdo de nuestros males está destilando sobre el corazón, -y aun sin quererlo nos llega el pensar con cordura. Don del dios, que -sentado en augusto trono rige con diestra vigorosa la nave de nuestros -destinos. - -El venerable caudillo de la armada aquea, que jamás se alzó contra -adivino ninguno, cede resignado al viento de las desdichas que le -amagan. Cuando he aquí que la imposibilidad de navegar viene a poner -en consternación al ejército aqueo, retenido enfrente de Calcis en -las tempestuosas costas de Aulide, cuyas aguas turbulentas amenazan -aniquilar las naves. Soplan los vientos del Estrimonio; los vientos -que traen la arribada funesta, y el hambre, y el ningún abrigo contra -el inminente naufragio, y la dispersión de los navegantes; vientos que -no perdonan ni cascos ni jarcias; que alargan crueles la hora de la -partida, y a la sazón secan y consumen la flor de los Argivos. Entonces -el adivino, anunciando la voluntad de Artemisa, reveló a los caudillos -un remedio más terrible que la tempestad misma, y tal, que al oírle los -Atridas, hirieron la tierra con sus cetros, y no pudieron contener las -lágrimas. -- ¡Desdicha fiera no obedecer!, exclamó el augusto príncipe -dando una gran voz; ¡pero fiera desdicha también inmolar a mi hija, -a la alegría de mi casa, y que las manos de un padre se manchen con -la sangre de una tierna virgen, derramada sobre el ara de Artemisa! -¿Cuál de estos dos caminos estará libre de males? ¿Cómo ser yo desertor -de la armada? ¿Cómo separarme de esta empresa? Pues que es justo que -ellos deseen con ansia el sacrificio de esta sangre virginal, que ha de -calmar los vientos... ¡ojalá sea para bien! - -Pero una vez que siente sobre sí el yugo de la necesidad, que trastorna -su mente y le inspira una nueva resolución cruel, criminal e impía, -múdase su ánimo y arrójase a la más bárbara hazaña que imaginarse -puede. ¡Que así hace temerarios a los mortales la locura funesta, -consejera de ignominias y primera fuente de todos nuestros males! -Atrevióse, pues, a ser el sacrificador de su hija, en favor de una -guerra que iba a vengar la afrenta de una mujer, y por primera víctima -propiciatoria de la armada. - -Llevados del ansia de pelea, en nada tuvieron los caudillos ni la -florida juventud de la doncella, ni las súplicas y clamores con que -llamaba a su padre. Él mismo, hecha ya la deprecación a los dioses, -manda a los ministros del sacrificio que la levanten en alto como -a una cabritilla, y con entera resolución la pongan sobre el ara, -bien envuelta en sus vestiduras y con el rostro mirando al cielo; él -también, que con los apretados nudos de una mordaza detengan en los -labios de la hermosa víctima la execración que va a lanzar contra los -suyos. - -Pero ella, dejando caer al suelo el velo rojo que cubre su frente, -lanza de sus ojos una mirada que hiere a sus sacrificadores con el -dardo de la compasión. Ofrécese ante ellos resplandeciente y bella -como hermosa pintura; parece que quiere hablarlos como en otro tiempo, -cuando tantas veces cantaba con dulce voz en los espléndidos festines, -con que Agamemnón agasajaba a sus guerreros, aquella casta virgen, -honor y contento de la felicísima vida de su padre. - -Lo que sucedió después, ni lo vi, ni hablaré de ello; pero las -predicciones de Calcas jamás dejan de cumplirse. Enseña la justicia con -sus golpes a que comprendan los mortales lo que vendrá sobre ellos en -lo porvenir. Mas lejos de mí saber lo que más tarde ha de pasar. Tanto -manda llorar de antemano nuestro destino. Hora vendrá que se presente a -nuestros ojos claro como la luz del día. ¡Que tengan buen suceso estas -cosas, según es el deseo de los que somos el único muro que defiende -hoy esta tierra de Apis! - -~(Sale CLITEMNESTRA.)~ - -Heme aquí, Clitemnestra, rindiendo homenaje de veneración a tu -potestad; que así es justo que se honre a la esposa del príncipe cuando -la ausencia del esposo dejó el trono vacante. ¿Qué te mueve a ofrecer -esos sacrificios? ¿Es alguna nueva feliz? ¿Es por ventura tan sólo -la esperanza de un buen suceso? Bien de voluntad lo sabría; mas si -callares, yo acataré tu resolución. - -CLITEMNESTRA - -¡Ojalá que del seno de la noche nazca la aurora de un venturoso día, -como dice el proverbio! Apercíbete a recibir una alegría que supera -todas las esperanzas: los Argivos son dueños de la ciudad de Príamo. - -CORO - -¿Qué dices? ¡Apenas si me atrevo a dar fe a tus palabras! - -CLITEMNESTRA - -Que Troya es de los Aqueos. ¿No lo he dicho claro? - -CORO - -La alegría me enajena y hace asomar mis lágrimas. - -CLITEMNESTRA - -Sí; bien están publicando tus ojos los afectos del corazón. - -CORO - -¿Pero tienes algún testimonio cierto de esta ventura? - -CLITEMNESTRA - -Lo hay. ¿Y cómo no? ¡A no ser que algún dios me engañe...! - -CORO - -¿Acaso será que rindas, crédulo, culto a las visiones de los sueños? - -CLITEMNESTRA - -No soy yo quien toma por verdades las ilusiones de la mente dormida. - -CORO - -Quizá te llenó cualquier rumor prematuro. - -CLITEMNESTRA - -¿Es que para ti tengo tan poco juicio como una chicuela? - -CORO - -¿Mas cuándo ha sido destruída la ciudad? - -CLITEMNESTRA - -Yo te lo diré. En esta misma noche de cuyo seno ha nacido esta luz que -nos alumbra. - -CORO - -¿Y qué mensajero pudo traer tan pronto la noticia? - -CLITEMNESTRA - -Hefestos, que envió desde el monte Ida el fulgor resplandeciente de sus -rayos. De lumbre en lumbre ha llegado hasta aquí el fuego mensajero. --- Del Ida al promontorio de Hermayo en Lemnos; de esta isla recíbele -la alta cumbre del Atos, y la cima consagrada a Zeus se alumbra con la -tercera vivísima llama, que sube, y se yergue, y salva con poderoso -salto las anchas espaldas del mar, y corre presurosa, y se presenta -como un sol dorando las empinadas rocas de Macisto y anunciándoles -la regocijada nueva. -- Y no anda perezoso el atalaya, ni se deja -vencer imprudentemente del sueño, sino que luego acude a lo que le -toca, y hace la señal; la luz de los encendidos sarmientos llega a las -corrientes del Euripo, y avisa desde lejos a los atalayas del Messapio, -y ellos ponen fuego a un montón de secas zarzas y llevan más allá las -señales. El vivo resplandor de la hoguera, en ningún modo se amortigua; -pasa de un salto la llanura del Asopo, semejante a clarísima luna, -y hace que se enciendan sobre las cimas del Citerón nuevas lumbres -mensajeras. El guarda allí apostado no se niega a trasmitir la luz -a los que están más lejos, antes enciende hoguera más viva aún que -todas las ya dichas, la cual salva la laguna Gorgopis, llega al monte -Egiplacto y obliga a cumplir las órdenes de modo que no falte el fuego. -Encienden, pues, una gran lumbre; la llama, con poderoso ímpetu, suelta -su roja cabellera; traspone el alto promontorio del estrecho Sarónico, -y despidiendo rayos de luz pasa más allá, hasta que toca en el monte -Aracneo, atalaya vecina a nuestra ciudad. De aquí, en fin, vino a esta -morada de los Atridas aquella luz, cuyo primer padre fué la hoguera -que brilló sobre el Ida. Tales fueron las señales que yo hice disponer -de modo que por su orden pasasen de unos en otros: el primero de ellos -y el último, el primero que dió la señal y el último que la recibió, -ambos son los vencedores en esta carrera. Lo que te he dicho no es sino -lo que mi esposo me anuncia y certifica desde Troya. - -CORO - -¡Oh, mujer! lo primero de todo rindamos tributo de adoración a los -dioses. Pero quisiera estar oyendo de continuo esa asombrosa nueva; que -tuvieses a bien repetírmela. - -CLITEMNESTRA - -Sí, dueños son hoy de Troya los Aqueos. Imagínome ya estar oyendo -las encontradas voces que resuenan en la ciudad. Echad vinagre y -aceite en un mismo vaso, y veréis cómo no se juntan amorosos; cómo -se rechazan. Así también suenan distintos y encontrados los gritos -que en tan diversa fortuna lanzan vencidos y vencedores. Aquí están -abrazados con los cuerpos de sus esposos, de sus hermanos y de sus -padres, las mujeres y los niños, que ya no podrán ni siquiera llorar -con libertad el triste destino de aquellos a quienes más amaron en -el mundo. -- Allí, los vencedores, después de la fatiga de la pelea -y de una noche sin reposo, acosados del hambre, apercíbense a hacer -la comida de la mañana con los manjares que la ciudad les ofrece. No -hay orden ni rangos; cada cual se acomoda donde la suerte le depara, -y así ocupan las casas de la cautiva Troya, y se ponen, por fin, al -abrigo del sereno de la noche y de las inclemencias del cielo. -- ¡Y -cómo que son felices con poder dormir la noche entera sin centinelas -que los guarden! Veneren piadosos a los dioses tutelares de la ciudad -tomada; respeten sus templos, y no sufrirán después de la victoria la -suerte de los vencidos. ¡Ojalá no se deje vencer nuestro ejército de -la avaricia, ni entre en deseo de lo que no le es lícito codiciar; que -para volver a sus hogares sanos y salvos, aún les queda por andar la -mitad de la jornada! Y si pecaren contra los dioses pudiera suceder que -a su vuelta, la sangre de los vencidos se alzase contra ellos; cuando -no sobrevinieren nuevos males. Ahí tienes todo lo que yo, como mujer, -puedo decir. ¡Que sea acabada su dicha y sin revés que la turbe; que no -les deseo menos que la posesión de largos bienes! - -CORO - -Generoso es tu pecho, mujer, y has hablado como pudiera un hombre -prudente. En cuanto a mí, oídas tus palabras, que no dejan lugar a -duda, voy al punto a hacer piadosa oración a los dioses; que no merece -menos la recompensa que han tenido nuestros trabajos. - -~(Vase CLITEMNESTRA.)~ - -¡Oh, Zeus soberano! ¡Oh cara noche, que tan grande gloria nos -deparaste, y tendiste red espesísima sobre los muros de Troya de modo -tal, que ni el grande ni el pequeño, ninguno pudiera escapar de aquel -lazo de esclavitud y muerte que los aprisionó a todos! Yo te adoro, -Zeus poderoso, que velas por los fueros de la hospitalidad; hacedor -de estas grandes cosas, que ya de antes habías tendido el arco contra -Alexandro. No se disparó el dardo antes de tiempo, ni vanamente se -perdió más allá de los astros. - -Ya pueden decir que este golpe es castigo de Zeus; bien han podido -conocerlo. Él comenzó esta obra, y él también la consumó. Hay quien -dice que los dioses no se dignan cuidarse de los hombres que pisotean -el honor de las cosas santas; pero el que así habla es un impío. Algún -día se manifiestan los dioses a los hijos de aquellos hombres soberbios -que sólo respiraban guerra e inquietud, y vivieron hinchados con la -pompa de una opulencia sin medida. Viva yo libre de males, y tan sólo -con lo que basta al varón prudente. No son baluarte las riquezas para -quien en el tedio de la hartura derriba con pie sacrílego el ara santa -de la justicia. Él será borrado de entre los hombres. - -Arrástrale la funesta confianza que el delito engendra, madre y -consejera de maldades. No hay salvación para él. Su crimen no permanece -oculto en la sombra; antes, cual lumbre que brilla con siniestros -fulgores, muéstrase a los ojos de todos. Como moneda de mala ley que -con el uso y roce se ennegrece, así el hombre es por fin apreciado en -lo que vale. Niño que corre tras el vuelo de un pájaro, al cabo ve que -sólo ha conseguido arrojar indeleble afrenta sobre su patria. No hay -dios que escuche sus preces, y el inicuo, que causó tantos males, es -borrado de sobre la haz de la tierra. Así Paris, que recibido en el -hogar de los Atridas, deshonró la mesa de la hospitalidad con el rapto -de una esposa. - -Osada ella, con audacia jamás vista, salva ligera las puertas de la -ciudad. Déjale a su patria chocar de lanzas y de escudos, y armamentos -de naves. A Ilión llévale en dote total y lastimosísima ruina. ¡Ay, -casa! clamaban los adivinos de palacio con tristes lamentos; ¡ay, casa! -¡ay, príncipes! ¡ay, lecho nupcial! ¡ay, desaconsejados pasos de la -afición amorosa! Ahí está el esposo que ella abandonó; ahí está, que -se le puede ver; silencioso, sin honra; pero sin que ni una injuria -salga de sus labios, ni se haya alterado la dulce tristeza de su -semblante. Vencido del deseo de aquella esposa, que huyó al otro lado -de los mares, diríase que es un espectro que reina en esos palacios. La -gracia de las hermosas estatuas que se la representan, le es desabrida -y aborrecible; que toda su hermosura se pierde en aquellos ojos sin -expresión y sin pupilas. - -Vienen las sombras de la noche, y asáltanle con tristes apariencias -que le traen vanísima alegría. Vana, sí, porque cuando se imagina que -está contemplando su bien, al punto escápasele de entre las manos, y la -visión desaparece con alada planta por los ligeros caminos del sueño. -Tales son los dolores que hacen su habitación en el hogar de este -palacio; tales son, y aun otros que con mucho les superan. Mas donde -quiera se enseñorea el dolor; un dolor que oprime los corazones. En -cada hogar de donde salió un heleno para la guerra. Sí, ¡que son muchas -las desdichas que hieren nuestra alma! Cada cual recuerda bien a quién -dió su despedida; mas en vez de hombres, urnas y cenizas, he ahí todo -lo que volverá a nuestros hogares. - -Porque Ares, que vuelve cadáveres por hombres, y durante la pelea tiene -en sus manos la balanza, envíanos desde Ilión, en vez de aquellos a -quienes tanto amamos, el triste y lacrimosísimo polvo de sus cenizas, -recogido de la ardiente hoguera; todo lo que de ellos queda, bien -holgado en una urna funeraria. - -Y se llora a los nuestros; y se bendice su memoria; a éste por diestro -en el combate, a aquél porque cayó con honra en la fiera matanza por -causa de una mujer ajena. Esto se murmura en voz baja, y dentro del -pecho hierve dolorosa cólera contra los Atridas que todo lo provocaron. -Los otros yacen allá, en honrados sepulcros, al pie de los muros de -Ilión. La tierra enemiga guarda en su seno a sus dominadores. - -Grave cosa es que un pueblo airado dicte sentencia; que al fin la -maldición popular es deuda que se paga. Esta angustia, que no me deja -un instante, me está diciendo que algo se oculta entre las sombras. No -escapan a la mirada de los dioses los que han derramado torrentes de -sangre. Andando el tiempo, las negras Erinnas, con precipitado vuelco -de fortuna, hunden en las tinieblas al afortunado que menospreció la -justicia; su fuerza toda se aniquila, y él desaparece sin dejar huella. -De temer es ser aplaudido y envidiado. El rayo de Zeus hiere entonces -los ojos, y ciega y derriba. Una dicha no envidiada, esto es lo que -prefiero. Ni llegue yo jamás a ser destructor de ciudades, ni me vea -jamás esclavo, y sujeto al arbitrio de otro. - -Mas la alegre nueva del fuego mensajero ha atravesado veloz toda la -ciudad. Si es verdad, ¿quién lo sabe? ¿No será quizá engaño de los -dioses? ¿Quién tan niño y falto de seso que deje que su corazón se -encienda con las noticias de ese fuego repentino, para que después -tenga que sufrir el desengaño? Propio es del gobierno de la mujer -celebrar victorias antes de sabidas. Es la condición femenil pronta a -creerlo todo, y llenarse luego con ello. Gloria que tiene a la mujer -por pregonero, es de corta vida y pronto se desvanece. - -En breve vamos a saber si esas encendidas lumbres, si esa sucesión de -hogueras eran verdad, o si a modo de un sueño su regocijada luz vino a -engañar nuestra mente. He aquí que diviso un mensajero que llega de la -costa, la frente sombreada con el ramo de oliva. Ese árido polvo que -se levanta, hermano del lodo, me está notificando que alguien nos trae -nuevas del suceso; y no mudo, ni con hogueras de silvestres sarmientos, -ni con humos ni lumbres. Sí, sus palabras pondrán colmo a nuestra -alegría. Lejos de mí imaginar lo contrario. ¡Ojalá lo que avenga supere -nuestras esperanzas! ¡Y recoja el fruto de sus impíos pensamientos -quienquiera que hiciese por la ciudad otras súplicas que estas! - -~(Sale TALTIBIO, mensajero.)~ - -MENSAJERO - -¡Oh tierra de Argos! ¡Oh suelo de la patria! Al cabo de diez años -vuelvo a ti en este claro día. De tantas esperanzas defraudadas, por -fin se me ha logrado una; la que jamás imaginé conseguir. Morir en -Argos, y tener mi sepultura en su tierra queridísima. -- Salve, pues, -¡oh tierra! ¡salve luz del sol! ¡y tú, Zeus, señor altísimo de esta -comarca; y tú, dios Pitio, que ya no dispararás las flechas de tu arco -contra nosotros! Sobrado tiempo, oh dios Apolo, nos fuiste contrario -en las riberas del Escamandro; sé ahora nuestro salvador, y líbranos -de nuevas contiendas. También a vosotros todos os saludo, dioses -tutelares que presidís nuestra Ágora; y a ti, Hermes mensajero, mi -patrón, gloria y culto de los mensajeros. Dióscuros, vosotros que -acompañasteis nuestra marcha, recibid propicios los restos de nuestro -ejército que escaparon de la lanza enemiga. -- ¡Oh palacio de mis -reyes! ¡Oh techo amado! ¡Oh sagrados altares! ¡Oh dioses saludados por -el claro sol de Oriente; si por ventura de antes mirasteis a nuestro -rey con serenos ojos, recibidle ahora con agrado después de tan larga -jornada! -- Porque el rey Agamemnón viene, y trae en sus manos la luz -que ha de alumbrar esta obscurísima noche; la vuestra, la nuestra y la -de todos. Ea, acoged como es debido al asolador de Troya, que con el -azada justiciera de Zeus ha removido hasta el seno mismo de la tierra -enemiga. Desaparecieron las aras y templos de sus dioses; la raza -entera de un pueblo ha sido aniquilada. Y después que yugo tal echó -sobre la cerviz de Troya, torna a vosotros el augusto Atrida, nuestro -señor; el varón afortunado, el más merecedor de honores entre cuantos -mortales existen hoy sobre la haz de la tierra. No se jactará Paris -jamás ni la ciudad, que fué su cómplice, de que la hazaña superó al -castigo. Convicto de rapto y robo, perdió la prenda robada, y arruinó -la casa de sus padres junto con su propia patria. Con doble pena -pagaron su culpa los hijos de Príamo. - -CORO - -Bien venido seas, enviado del ejército aqueo. - -MENSAJERO - -Sí que soy bien venido. Ya pueden los dioses mandarme morir; no me -negaré a su voluntad. - -CORO - -¿Te atormentaba la nostalgia de la patria? - -MENSAJERO - -Sí, tanto que la alegría arranca lágrimas de mis ojos. - -CORO - -¿Padecíais, pues, como nosotros de ese dulce mal? - -MENSAJERO - -¿Qué dices? Explícate de modo que yo te entienda. - -CORO - -De heridas de amor por aquellos que os amaban. - -MENSAJERO - -¿Es decir, que la ciudad recordaba también con ardiente amor aquel -ejército que tanto la echaba de menos? - -CORO - -Como que afligida el alma, de continuo estaba suspirando. - -MENSAJERO - -Mas ¿de dónde nació esa cruel tristeza? Habla. - -CORO - -Tiempo ha que callar es el único remedio de mis males. - -MENSAJERO - -¿Cómo? ¿Pues había de quién pudieses temer en ausencia de tus reyes? - -CORO - -Y de suerte, que aquel morir, de que tú hablabas ha poco, sería para mí -hoy colmada alegría. - -MENSAJERO - -Eso puedo decirlo yo que he logrado la dicha deseada. En la carrera -de la vida, a las veces los tiempos nos son favorables y a las veces -adversos. Fuera de los dioses, ¿quién podrá decir que pasó su vida -entera exento de dolores? Pues ¡si yo contase nuestros trabajos, y -la falta de toda comodidad y abrigo, y la rareza de las arribadas, -y lo duro y desapacible del lecho, y cómo no había hora del día que -pasásemos sin gemir y clamar! Y ya en tierra, otra vez nuevas fatigas, -mayores aún que las pasadas, porque venía la noche y acampábamos al -pie de las murallas enemigas, y el rocío del cielo y la humedad de los -prados nos calaban, y perdían nuestros vestidos y erizaban nuestros -helados cabellos. ¡Y si alguno pudiese pintar aquellos crudos inviernos -que nos deparaba el monte Ida con sus nieves, donde ni las aves del -cielo quedaban a vida; o aquella calma sofocante del mediodía en el -estío, cuando echados los vientos y serenas las olas, el mar se tendía -en su lecho y sesteaba! Mas ¿a qué es lamentarlo? Pasaron aquellos -trabajos; pasaron para los que murieron, y de suerte que nunca jamás -cuidarán de volver a levantarse. Y en cuanto al que sobrevive, ¿a qué -viene que cuente los muertos y se duela de su adversa fortuna? Aun en -medio de nuestras desdichas hay muchas cosas que celebrar. Para los -que hemos quedado del ejército argivo, el provecho supera al daño, e -inclina de su lado la balanza. Justo es que a la luz del sol que nos -alumbra se celebre la gloria de los que atravesaron intrépidos tierra -y mares: “El ejército argivo vencedor de Troya, colgó estos antiguos y -gloriosos despojos en los templos de los dioses de la Hélade.” Y los -que tal oigan celebrarán como deben a la ciudad y a los caudillos, y -rendirán tributo de honor y gracias a Zeus, cuya es la obra. Ahí tienes -todo lo que tengo que decir. - -~(Sale CLITEMNESTRA.)~ - -CORO - -Tus razones me han satisfecho, no te lo negaré, que en los ancianos -tiene grande fuerza el deseo de averiguarlo todo. Natural es que lo -sucedido interese más que a nadie a este palacio y a Clitemnestra; pero -también que a mí me colme de alegría. - -CLITEMNESTRA - -No hace mucho tiempo que gritaba yo trasportada de gozo; anoche, cuando -la llama mensajera nos anunció por primera vez la toma y destrucción -de Ilión. Y no faltó entonces quien me increpase, diciéndome: ¡Qué! -¿fiada en esas hogueras te imaginas ya que Troya ha sido destruída? -¡Cierto que es muy del corazón de la mujer el alborotarse luego! Con -tales juicios pasaba yo por loca. No obstante, ofrecí sacrificios, y -entonces aquí y allá, cada cual por su lado, iba clamando por la ciudad -con femenil estilo, y celebrábase la alegre nueva en los templos de los -dioses, mientras la fragante llama se iba apagando sobre el consumido -cuerpo de la víctima. Ahora, ¿a qué es que tú me cuentes más? De boca -del mismo rey voy a saberlo todo. Corro presurosa a fin de recibir a mi -esposo venerado con el más grande acogimiento. ¿Qué luz habrá más dulce -y clara para una mujer, que abrir la puerta a su marido que por merced -de los dioses vuelve salvo del combate? Ve y dile a mi esposo; dile que -cuanto antes, que en seguida venga a este su pueblo que le ama, y que -en viniendo, que él encontrará en su casa una mujer fiel, la misma de -siempre; cual la dejó; una perra para su casa; para él dulce, y para -los que mal le quieren, fiera; y así en todo, que en tan larga ausencia -no he violado el sello de su fe. Así sé de halagos ni de culpables -palabras de otro hombre alguno, como de teñir cobre. Hacer gala de -tales prendas, cuando se está lleno de verdad, no desdice en mujer de -mi sangre. - -~(Vase.)~ - -CORO - -Bien puedes haberlo aprendido, que hermosamente lo expuso ella, y en -términos que no pueden dejar duda. Pero dime tú, mensajero, que deseo -preguntarte por Menelao. ¿Viene también con vosotros sano y salvo aquel -príncipe tan amado de este pueblo? - -MENSAJERO - -No es posible, amigos, que yo os cuente falsas dichas. No os gozaríais -largo tiempo en ellas. - -CORO - -¡Ah! ¿Cómo hacer que diciéndonos dichas, nos dijeses también verdades? -Que dicha engañosa jamás deja de verse tal cual es, y bien pronto. - -MENSAJERO - -Aquel guerrero ha desaparecido de la armada aquea; él y su nave. Harta -verdad digo. - -CORO - -¿Es que a vista de todos vosotros se retiró de Ilión, o quizá que -alguna tempestad, que os afligió a todos, le arrebató lejos de la -armada? - -MENSAJERO - -Como un buen flechero así diste en el blanco. Con sólo una palabra has -mentado todo un gran desastre. - -CORO - -¿Vive? ¿Es muerto? ¿Se dice algo de él en la flota? - -MENSAJERO - -Nadie lo sabe de modo que pueda decir algo cierto; nadie sino Helios, -que alimenta la tierra. - -CORO - -¿Y cómo vino sobre la armada? ¿y cómo se calmó esa tempestad, que tú -dices, desencadenada por la ira de los dioses? - -MENSAJERO - -No es lícito profanar un fausto día contando malas nuevas. Hoy tan -sólo es dado honrar a los dioses. Cuando un mensajero, triste el -rostro, llega a una ciudad a anunciarle espantables desastres; la rota -y pérdida de todo un ejército, herida que por igual traspasa a toda -la república; y la muerte de tantos guerreros, que dejaron huérfanas -sus casas, caídos bajo el doble azote de Ares, cruel pareja que con -hierro de dos filos va sembrando el estrago; cuando ese hombre llega -abrumado con el peso tal de infortunios, razón es que cante el Peán -de las Erinnas. Pero yo, afortunado mensajero de hazañas y triunfos, -que llego a esta ciudad cuando se halla entregada al regocijo de su -dicha, ¿cómo habré de mezclar males con bienes pintando la borrasca -que la cólera de los dioses desencadenó contra los aqueos? El fuego y -el mar, con ser de antiguo enemigos implacables, conjuráronse ahora, -y bien mostraron su fidelidad destruyendo entrambos la mísera armada -de los argivos. En medio de la noche surgen todos los horrores de las -olas embravecidas. Empujadas por los vientos de Tracia chocan las naves -las unas contra las otras. Con bárbara furia clávanse los espolones, -y entre torbellinos de viento y torrentes de agua, se abren y se -hunden, arrebatadas por el vértigo del fiero pastor de tanto estrago. -Así que asomó la clara luz del sol, vimos el mar Egeo sembrado de -cadáveres de guerreros aquivos, y de restos de naves. Por lo que hace -a nosotros, sin duda algún dios que se puso al timón de nuestra nave, -que no hombre ninguno, la sacó de allí ilesa, y nos salvó. Pues la -fortuna salvadora tomó asiento en ella, y la encaminó de suerte que en -las arribadas ni las olas alborotadas la inquietaron, ni encalló en -los escollos de las costas. Mas luego que salimos de aquella mortal -y negra noche de mar a la clara luz del día, no osábamos creer en -nuestra ventura, y un nuevo dolor vino a cebarse en nuestras almas, -al contemplar aquella flota desecha y reducida a cenizas. Y en tanto, -si algunos son todavía vivos, nos tendrán por muertos, y ¿cómo no? -Igual suerte tememos nosotros que hayan tenido ellos... ¡Mejor lo haga -nuestro destino! Sobre todo, espera que Menelao ha de venir, y el -primero. Si él vive aún; si todavía los rayos del sol le alumbran; si -Zeus le ha guardado, no queriendo que todavía se extinga su linaje, -esperemos aún, que hemos de verle entrar en su casa. Y tú, ten por -cierto que al escuchar lo que acabo de referir, has estado oyendo la -verdad. - -CORO - -¿Quién pudo darle nombre tan verdadero? ¿Quién sino alguno de esos -seres invisibles que saben de antemano lo que ha de suceder en los -varios azares de la fortuna? El cual dirigiendo certero nuestra lengua -hizo que llamásemos Helena, a aquella ocasión de discordias a quien su -esposo hubo de recobrar a lanzadas. -- Tal fué en verdad; perdición de -armadas; perdición de hombres; perdición de ciudades. Dejó los ricos y -delicados velos de su tálamo e hízose a la mar favorecida de las auras -del poderoso Céfiro. Multitud de hombres embrazan sus escudos y siguen -la perdida huella de los fugitivos, como cazadores que persiguen la -pista, y por fin abordan a las frondosas riberas del Símois a empeñar -sangriento combate. - -La cólera de los perseguidores logró su intento, y lanzó contra Ilión -una verdadera alianza, una alianza de desdichas. Pasaron años; pero -ellos vengaron el ultraje hecho a la mesa de un huésped, y a Zeus -vengador del hogar ofendido, en aquellos que a voces y sin rebozo -habían celebrado el himno que los deudos de Paris cantaron en honor de -sus bodas. En cambio, ahora la antigua ciudad de Príamo ha aprendido -un himno nuevo; un himno de lágrimas. Y gime con grandes ayes; y llama -a Paris el funesto desposado. Ella, que tanto ha que está pasando -una vida de crueles dolores, y que por último tiene que sufrir la -sangrienta y desastrada muerte de sus ciudadanos. - -Cierto hombre crió un león que había de ser la perdición de su casa. -Cachorrillo recién arrancado de las tetas de su madre, a los principios -de su vida se criaba manso. Era el amor de los niños y el regocijo de -los viejos. Paseábale su amo por la ciudad, llevándole en brazos como a -un recién nacido, y él halagaba con sus ojos la mano amiga, y meneaba -blandamente la cola, cuando el hambre le apretaba. Mas así que se hizo -crecido sacó los viejos instintos paternos, y pagó el cuidado de su -cría, aderezándose sin orden de nadie, festín de ovejas fieramente -despedazadas por sus garras. La casa queda anegada en sangre, y de nada -sirve el dolor de sus moradores para evitar el espantable sangriento -estrago. Es un ministro de la muerte que se ha criado en aquella casa -por disposición del cielo. - -No de otro modo pudiera yo decir que entró Helena en la ciudad de -Ilión. Serena el alma, como un mar sin ondas; hermosa, que fuera gala -de la más espléndida opulencia; con un mirar de ojos que dulcemente -hería. Era una rosa de amor que punzaba los corazones. Pero consúmanse -por fin las funestas bodas, y luego decae de todo aquel encanto, y ya -no es sino enfado del hogar donde se sienta; compañera temerosa; Erinna -que hará derramar lágrimas a los esposos, y que viene contra los hijos -de Príamo, lanzada por Zeus vengador. - -Dice un antiguo adagio que ha mucho tiempo que corre entre los hombres: -“Jamás fué infecunda la dicha de un mortal cuando llegó a su colmo, ni -murió sin hijos: la buena fortuna tiene por descendencia un mal sin -remedio.” -- Otro es, sin embargo, mi sentir. La impiedad engendra -posteridad numerosa; pero toda de su raza. Engendrar dichas es síno de -la casa del justo. - -Sí, en la del malvado, tarde o temprano, cuando llega la hora -decretada, una vieja culpa engendra otra culpa nueva. La nueva retoña -a su vez, y sus renuevos son: horror a la luz; espíritu de iniquidad -invencible y obstinado; audacia impía; negros infortunios; perdición de -las más altivas casas; hijos todos que son la imagen de sus padres. - -Pero la justicia resplandece en el ahumado hogar del pobre, y premia -una vida honesta y honrada. Apartando los ojos aléjase de los alcázares -que cubrió de oro una mano manchada, y se encamina a la santa mansión -del bueno. Jamás rinde culto al poder del rico notado de infame. A cada -cual le da siempre el fin merecido. - -~(Sale AGAMEMNÓN en un carro con pompa y aparato real. Detrás de él -CASANDRA en otro carro, donde vienen los despojos de Troya.)~ - -Ea, ya estáis aquí, ¡oh rey! ¡oh destructor de Troya! ¡oh hijo de -Atreo! ¿Cómo te saludaré yo? ¿Con qué honores te rendiré acatamiento -de modo que ni pase de los términos de lo que se te debe, ni tampoco -te falte en nada? Los más de los hombres van siempre más allá de lo -justo y antes que ser estiman parecer. Prontos a llorar a toda hora -con los desdichados, la herida de su pena no llega jamás al corazón. -Alegres con los alegres, componen a aquel tenor su rostro, y hácense -violencia por sacarle una forzada sonrisa. Mas el buen pastor, que -conoce su ganado, nunca se engaña. No se le oculta la verdadera -expresión de los ojos del lisonjero que con mentido amor alardea de -una amistad que finge. Por lo que a mí hace, no te negaré que te noté -de imprudente sobremanera, y de hombre que no pensabas con seso cuando -por causa de Helena sacaste de aquí la armada arrastrando a nuestros -guerreros con obligada resolución a recibir la muerte. Mas ahora que -la empresa se llevó a feliz término, son dulces las penas sufridas, y -para ti sólo hay amor de corazón; bien que el tiempo y la experiencia -te harán conocer qué ciudadanos han vivido en justicia y quiénes la han -conculcado. - -AGAMEMNÓN - -Justo es que ante todo te salude, ciudad de Argos; y a vosotros, dioses -de mi patria, que me habéis ayudado en mi vuelta, y en la justicia que -he hecho en la ciudad de Príamo. No atendieron los dioses a discursos -para juzgar la causa. Sin que uno siquiera discrepase echaron en la -urna de la sangre voto de destrucción y muerte contra Ilión. Tan sólo -la esperanza acercó su mano a la urna del perdón, ninguna otra la ocupó -con su voto. Todavía el humo hace ver de todas partes el lugar donde -se alzó la ciudad tomada. Todavía ruge allí y se enseñorea el huracán -desencadenado de la desolación, y al morir las humeantes cenizas lanzan -de sí con sus postreros alientos los tesoros del pueblo vencido. -Demos gracias a los dioses por tales beneficios, recordándolos con -eterna memoria. Feliz suceso tuvo el lazo de perdición que tendimos a -nuestros enemigos; por una mujer Ilión ha quedado reducida a cenizas. -El monstruo argivo salió del vientre de un caballo, armado de su -fuerte escudo, y de un salto poderoso lanzóse sobre la ciudad a la -hora que las Pléyades caminan a su ocaso. El hambriento león salva -de una arremetida sus torres y bebe la sangre real, y regálase con -ella hasta saciarse. Ahí tenéis mi primer pensamiento y mis primeras -palabras que yo debía a los dioses. Y por lo que hace a lo que tú -piensas, bien lo oí y lo guardo en la memoria, y digo lo mismo que tú -y en ello me tienes completamente de tu lado. Pocos hombres son de -condición tal, que celebren la buena fortuna del amigo sin envidiarla. -El mortal veneno de la envidia va infiltrándose en el corazón del que -padece de este achaque, y hácele que se doblen sus dolores. Siente -sobre sí el peso de sus propios males, que le ahoga, y angústiase a -la vez, contemplando la dicha ajena. Bien puedo hablar así, porque -lo sé de propia experiencia; que he visto bien en el espejo de la -vida que aquellos que parecían amigos míos tan adictos, no eran -sino vana apariencia de una sombra. Tan sólo Odiseo, Odiseo que se -había embarcado contra su gusto, ya que se unió a mí, siempre estuvo -dispuesto a llevar conmigo la carga y marchar adelante. Ora que sea -muerto, ora que viva aún, así debo declararlo. Lo demás que mira al -gobierno de la ciudad y al culto de los dioses, ya lo trataremos en -pública asamblea de todos los ciudadanos: allí proveeremos cómo lo bien -ordenado se mantenga y perpetúe largo tiempo; mas lo que pida remedio, -ya lo curaremos nosotros resueltamente con el fuego y el hierro, y -probaremos a ahuyentar de aquí toda dañada pestilencia. Pero entremos -en nuestro palacio, en nuestro hogar, y ante todo saludaré con mi -diestra, y rendiré adoración a los dioses que me llevaron a tan lejas -tierras, y después guiaron mi retorno. La victoria me siguió entonces; -¡que por siempre viva a nuestro lado! - -~(Sale CLITEMNESTRA.)~ - -CLITEMNESTRA - -Ciudadanos venerables, honor de Argos, que estáis reunidos aquí: no me -sonrojaré de mostrar en vuestra presencia el amor que siento por mi -esposo. Con los años también la apocada timidez desaparece. De mí lo -aprendí, que no de otras, la angustiosa vida que voy a pintaros; tan -larga, cuanto lo fueron los años que pasó éste en Ilión. Ante todo, -¡qué horrenda desdicha para una mujer morar en la casa desierta, sola -y separada de su marido! ¡Y luego, de continuo estar oyendo rumores -siempre odiosos! Viene uno y trae una mala nueva; viene otro y propala -otra aún peor. A haber recibido este hombre tantas heridas como la fama -corrió aquí por Argos, bien pudiera decir que estaba más agujereado -que una red de mallas. Pues si hubiese sido muerto tantas veces como -se dijo en la ciudad, podría jactarse de que era un segundo Gerión con -tres cuerpos, que había usado tres túnicas acá en vida; y no quiero -hablar de la que se viste debajo de tierra, y que bajo cada una de -estas tres formas había muerto una vez. Por causa de estas voces, -siempre siniestras, en más de una ocasión vinieron manos extrañas a -desatar mi cuello, a pesar de mi resistencia, el lazo con que hubiese -querido quitarme la vida. ¡Ahí tienes también por qué no se halla a mi -lado, según era razón, nuestro hijo Orestes, cara prenda de tu fe y -de la mía! No te asombre; tu fiel amigo y aliado Estrofio el Focense -le está educando. Hízome comprender el mal que por entrambas partes -me amenazaba; los peligros que tú corrías en Ilión, y el riego de un -alboroto popular que derribase el Consejo y entronizase la anarquía; -que es condición humana pisotear más y más al caído. Esta es la razón; -no imagines que hay en ello engaño. En cuanto a mí, aquellos raudales -de lágrimas, que brotaban de mis ojos, secáronse ya; no queda ni -una gota. ¡Cuánto padecieron mis ojos en aquellas largas noches de -desvelo! ¡Cuánto he llorado por tu amor aquellas encendidas señales, -para mí siempre frustradas! Y si por ventura dormía, el tenue rumor -de las alas de un mosquito, que zumbase a mi oído, hacíame despertar -sobresaltada, y entonces veía venir sobre ti males mayores que los que -me representaba el sueño. Mas después de haber sufrido todos estos -dolores, ahora ya, libre el alma de penas, te puedo decir: esposo mío, -que aquí estás, tú eres para mí el perro de este establo; el cable -salvador de la nave, firme columna de esta alta techumbre; lo que el -hijo único para un padre; tierra que se aparece a los navegantes contra -toda esperanza; día hermosísimo a los ojos después de la tormenta; -manantial de agua viva para el sediento caminante. ¡Qué dulce es haber -escapado ya de todo peligro! Merecedor eres de que te salude con estos -elogios, y no haya en mi presencia quien se atreva a afearlo. ¡Sobradas -desdichas hemos padecido antes! Amado mío, apéate ya de ese carro; mas -no pongas en el suelo, oh rey, la planta que ha hollado a la devastada -Ilión. Esclavas, ¿cómo tardáis en hacer vuestro oficio y cubrir de -alfombras su camino? Al punto tiéndase de rica púrpura el camino que -ha de seguir hasta la mansión que ya no esperaba recibirle. Que se le -haga el acogimiento que pide la justicia. Lo demás que el destino tiene -decretado, queda a mi cuidado vigilante, que lo dispondrá a su hora con -el ayuda de los dioses. - -AGAMEMNÓN - -Hija de Leda, guarda de mi casa, cierto que tu discurso se asemejó a -mi ausencia; largamente has hablado. Mas si es que en justicia merezco -yo esas alabanzas, tal honor debía venir más bien de los extraños. -Por otra parte, no me trates muellemente a lo mujer, ni me recibas a -estilo de rey bárbaro con voces descompasadas, y serviles adoraciones. -No quieras hacer odiosa mi entrada en la ciudad, tendiendo a mi paso -espléndidas alfombras. Hónrese a los dioses con esos homenajes, que a -ellos les son debidos; ¡pero un mortal caminar sobre rica y bordada -púrpura! Jamás podría yo hacerlo sin temblar. Como a hombre, y no -como a dios, quiero que se me honre. La fama publica ya mi gloria sin -necesidad de lujosos estrados; y, en fin, la modestia es el dón más -precioso de los dioses. Dichoso tan sólo se puede llamar a aquel que -acaba su vida en serena bienandanza. Si en todo obrase yo como ahora, -bien podía esperar un fin afortunado. - -CLITEMNESTRA - -No te opongas a lo que es mi voluntad. - -AGAMEMNÓN - -Ten por seguro que no quebrantaré mi resolución. - -CLITEMNESTRA - -¿Por ventura hiciste voto de obrar así, temiendo a los dioses? - -AGAMEMNÓN - -Al anunciar mi resolución sé bien por qué lo hago. - -CLITEMNESTRA - -A dar cima a lo que tú has alcanzado, ¿qué te parece a ti que hubiese -hecho Príamo? - -AGAMEMNÓN - -Paréceme que sin dudar habría hecho su entrada sobre alfombras. - -CLITEMNESTRA - -Déjate de tímidos respetos a la censura de los hombres. - -AGAMEMNÓN - -¡Es tan poderosa la voz del pueblo...! - -CLITEMNESTRA - -No es digno de envidia el que no es envidiado. - -AGAMEMNÓN - -Ni propio de una mujer andar deseosa de disputa. - -CLITEMNESTRA - -Pero sí le sienta bien al afortunado dejarse vencer. - -AGAMEMNÓN - -En fin, ¿qué, en tanto estimas tú la victoria en esta contienda? - -CLITEMNESTRA - -Cede a mis ruegos. Déjame de buen grado esta victoria. - -AGAMEMNÓN - -Pues que así te place, que me desaten luego al punto este calzado, que -va sufriendo servil el peso de mis pies. No quiero que ninguno de los -dioses lance sobre mí desde los altos cielos una mirada de odio, al -verme caminando sobre esas alfombras de púrpura. Grande vergüenza sería -para mí enviciar mi cuerpo, hollando con mi planta la opulencia de esos -ricos tejidos a subidísimo precio comprados. Y basta de esto. -- Recibe -bondadosa a esta extranjera. ~(Señalando a CASANDRA.)~ Propicios -miran los dioses, desde la cumbre donde moran, al que sabe mandar con -dulzura; que nadie se somete de voluntad al yugo de la esclavitud. Esta -cautiva, que me acompaña, es la flor escogida para mí entre multitud -de riquezas; el presente que me ha hecho el ejército. -- Y pues mudé -de resolución por complacerte, vamos, y entremos en palacio pisando -púrpuras. - -CLITEMNESTRA - -Ahí está el mar donde se forma el manantial perenne y abundoso de la -púrpura preciosísima con que se tiñen estas alfombras: y ¿quién habrá -que piense en agotarle? Además, señor, gracias a los dioses, nuestra -casa abunda en tales tesoros, y nunca supo lo que es pobreza. Y -¡cuántos ricos tapices no hubiese hecho voto de destrozar bajo mis pies -a haberme dicho los oráculos que este era el precio de tu salvación y -de tu vuelta, alma querida! Que mientras viven las raíces, las ramas -florecen y suben hasta lo alto de la casa, y con la sombra de sus ojos -la guarecen de los ardores de la canícula. Y vuelto tú al hogar, tu -sola presencia, amo y señor de esta casa, es rayo de sol que abriga en -el invierno; frescor suave que refrigera cuando Zeus hace cocer el vino -en el seno de la verde uva. ¡Zeus! ¡oh Zeus, por quien todas las cosas -llegan a su fin, haz que se cumplan mis votos; vela porque se consume -lo que ya tienes decretado! - -~(Vanse AGAMEMNÓN y CLITEMNESTRA.)~ - -CORO - -¿Por qué este triste y tenaz presentimiento que asalta mi corazón, y -le llena de adversos presagios? ¿Qué voz es esta adivina, que contra -mi voluntad y sin razón alguna resuena en mi alma, que no la puedo -desechar como se desecha obscuro sueño, ni hacer que la confianza firme -tome posesión de mi pecho? Y sin embargo, pasó ya largo tiempo desde -que nuestras naves echaron las amarras en la playa arenosa, y nuestros -guerreros se lanzaron contra Ilión. - -Estoy viendo su vuelta, la estoy viendo con mis propios ojos; yo mismo -he sido testigo de ella, y con todo, el alma, llevada de natural -inspiración, canta dentro del pecho un triste himno que la lira no -acompaña: la canción de Erinna, y no quiere entregarse confiada a la -dulce esperanza. No es traidor el corazón, y esta agitación y angustia -que le ahogan, son anuncios ciertos de lo que tiene que suceder. -¡Permita el cielo que me engañe y que no se cumplan mis temores! Triste -fin tiene la salud más robusta; que de continuo está aguijando la -enfermedad, que vive vecina, pared por medio de ella. El destino del -hombre marcha derecho y sin tropezar hasta que se estrella en invisible -escollo. Así el prudente que teme por sus riquezas arroja con tino -parte de la carga, y ya no se pierde toda su hacienda por sobra de -peso, ni la nave se sumerge. Y en resolución, los dones abundosos, que -Zeus hace brotar cada año con mano liberal del surco de la tierra, son -remedio seguro contra el hambre. - -Pero ¿qué encanto será poderoso a hacer volver atrás la negra sangre, -que por herida mortal se escapó del pecho de la víctima, una vez que -cayó sobre la tierra? Ya en otro tiempo detuvo Zeus en la mitad de su -camino a aquel sabio que poseía el arte de restituir de la muerte a la -vida. ¡Ah! si a dicha no hubiesen ordenado los dioses que mi destino -fuera refrenarme y callar, ya habría hecho el corazón impaciente que -mi lengua revelase todo lo que en él se encierra; mas ahora el alma -dolorida tiene que gemir en la obscuridad, y abrasarse en vanos deseos -sin ninguna esperanza de hacer nada provechoso. - -~(Sale CLITEMNESTRA.)~ - -CLITEMNESTRA - -Entra tú también. Contigo hablo, Casandra. ¿Qué has de hacer ya? -Zeus te ha destinado benigno para que asistas con nuestras numerosas -esclavas al pie de las aras domésticas en las sagradas lustraciones. -Baja de ese carro y depón tu orgullo. También del hijo de Alcmena dicen -que allá en otro tiempo pasó por ser vendido, y cedió a la fuerza, -y se resignó a sufrir el yugo. Y cuando la necesidad nos traiga a -esta desgracia, todavía es grande beneficio dar con amos de antiguo -acostumbrados a la opulencia; pues los que tuvieron buena cosecha -sin esperarla, esos siempre fueron crueles con sus esclavos, y nada -equitativos ni legales. Entre nosotros tendrás todo lo que es debido. - -CORO ~(a CASANDRA.)~ - -Bien claro acaba de hablarte. Si no estuvieses cogida en esa red fatal -obedecerías, si es que obedecías; e igual podrías también no obedecer. - -CLITEMNESTRA - -Si ya no es como las golondrinas que tienen un habla bárbara e -ignorada, mis razones habrán penetrado en su ánimo, y me obedecerá. - -CORO - -Síguela. Te ha dicho lo mejor que pudieras oír en el trance en que te -hallas. Levántate y baja de ese carro. - -CLITEMNESTRA - -No tengo ahora vagar para esperarte aquí a la puerta, que ya están -prontas allá dentro junto al hogar, las ovejas que han de ser -sacrificadas a los dioses, en acción de gracias por un beneficio que -no esperamos jamás. -- Conque tú si has de obedecer, no tardes, y si -es que desconoces la lengua y no entiendes mis palabras, a lo menos -respóndame tu mano por señas como hacen los bárbaros. - -CORO - -Bien se está viendo que la extranjera necesita de intérprete para -explicarse. Parece una bestia brava recién cogida. - -CLITEMNESTRA - -Sí, ella está loca, y sólo atiende a su loco consejo. Acaba de dejar -su patria, recién conquistada, y viene aquí cautiva, y no aprenderá -a sufrir el freno hasta que no desfogue la sangrienta espuma de su -cólera. Pues no más hablarla para que me desprecie. - -~(Vase.)~ - -CORO - -En mí puede más la compasión, y no me deja airarme con ella. ¡Anda, -infeliz, deja ese carro; cede a la necesidad, y prueba por primera vez -el yugo! - -CASANDRA - -¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Apolo! ¡Apolo! - -CORO - -¿A qué clamas a Loxias con esos ayes? No es él de condición de escuchar -lamentos. - -CASANDRA - -¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Apolo! ¡Apolo! - -CORO - -Y otra vez vuelve a gemir y a llamar al dios, que no acude jamás a las -lágrimas. - -CASANDRA - -¡Apolo! ¡Apolo que me has traído hasta aquí, y eres mi perdición; -segunda vez me pierdes con total ruina! - -CORO - -Diríase que está vaticinando sus propios males. Esclava y todo, el -numen divino habita en su alma. - -CASANDRA - -¡Apolo! ¡Apolo que me has traído hasta aquí, y eres mi perdición! ¡Ah! -¿Adónde me llevas tú? ¿Bajo qué techo? - -CORO - -Bajo el de los Atridas. Yo te lo digo, si es que no lo sabes. No podrás -decir nunca que falté a la verdad. - -CASANDRA - -¡Techo aborrecido de los dioses, testigo de innumerables crímenes! -¡Lazos suicidas! ¡Esposo degollado! ¡Suelo todo cubierto de sangre! - -CORO - -Como una perra fina así tiene el olfato la extranjera. Sigue la -sangrienta pista de algún crimen, y ya le encontrará. - -CASANDRA - -¡Ahí están los testimonios en que me fundo; esos niños degollados a -pesar de sus ayes lastimeros; esas carnes asadas que devora un padre! - -CORO - -Ya había llegado a nosotros la fama de tus vaticinios, cierto; mas no -tenemos ahora necesidad de profecías. - -CASANDRA - -¡Oh cielos! ¿Qué es lo que se está meditando? ¿Qué nueva maldad es esta -que se prepara bajo ese techo? Crimen grande, muy grande, odiosísimo -contra la propia sangre; crimen que no tendrá reparación alguna. ¡Está -muy lejos el socorro! - -CORO - -No entiendo ninguno de estos vaticinios. Los otros sí los conozco, que -toda la ciudad los publica a voces aún. - -CASANDRA - -¡Ah, desdichada! ¿Cómo te atreves a consumar ese crimen? Vas a hacer -entrar en el baño al esposo que comparte tu lecho; le vas a lavar tú -misma, y... ¿Cómo decir lo demás? Ello ha de suceder bien pronto. ¡Ya -tiende la mano sobre su víctima una y otra vez! - -CORO - -Nada comprendo. Envueltos esos oráculos en enigmas, no acierto a -descifrarlos. - -CASANDRA - -¡Ah, ah, oh dolor! ¿Qué es eso que se ve ahí? ¿Es alguna red del Hades? -Sí, una red; la túnica que le acompañaba en el lecho; el instrumento de -su muerte. Legión desordenada de Erinnas, nunca hartas de la sangre de -esta raza, romped en regocijados alaridos de triunfo por ese sacrificio -execrable. - -CORO - -¿Qué Erinna es esa cuyas maldiciones llamas sobre este palacio? Pónenme -miedo tus palabras. Agólpase mi sangre al corazón, como si herida con -mortal golpe viera ya ponerse ante mis ojos la postrera y desmayada luz -de la vida. ¡Ay! ¡Y cómo viene presuroso el infortunio! - -CASANDRA - -¡Ah, ah! ¡Mira, mira! ¡Separa al toro de la vaca! -- Ya cogió en las -mallas de esa túnica, al generoso animal de negros cuernos; ya le -hiere; ya cayó él en el baño lleno de agua. -- Ahí tienes, yo te lo -anuncio, el crimen alevoso que va a consumarse en sus ondas. - -CORO - -No me atrevería yo nunca a jactarme de sagaz en la interpretación de -los oráculos, mas paréceme que en todo esto se encierra algún mal. Y -¿cuándo oráculo alguno anunció bienes a los hombres? Siempre estas -antiguas artes, a fuerza de infortunios, nos enseñaron a temer. - -CASANDRA - -¡Ay de mí, infeliz! ¡Ay, destino mío adverso, que vengo a gemir y -llorar sobre mi propia desventura! ¿A qué trajiste hasta aquí a esta -desdichada sino a morir contigo? ¿A qué más que a morir? - -CORO - -Divino furor enajena tu alma, y en desacorde y nunca usado estilo -cantas tus propios infortunios. No de otra suerte canoro ruiseñor deja -escapar sus quejas del pecho acongojado, sin darse punto de reposo, y -llora una vida siempre nueva en males, y dice entre lágrimas: ¡Itis, -Itis! - -CASANDRA - -¡Ah, ah! ¡La suerte del arpado ruiseñor! A él siquiera vistiéronle los -dioses el cuerpo de ligeras plumas, y le dieron una vida dulce y exenta -de llanto; pero a mí, la muerte a hierro de dos filos es lo que me -espera. - -CORO - -¿Qué arranques de furor divino son esos que te asaltan de repente? -¿A qué tus vanas angustias? ¿Por qué con agudos acentos y gritos de -maldición celebras temerosos sucesos? ¿Por dónde sabes tú los caminos -de esos siniestros oráculos? - -CASANDRA - -¡Oh bodas de Paris, bodas funestas para todos los suyos! ¡Oh -Escamandro! ¡Oh río de mi patria! ¡No ha mucho que a tus orillas veía -yo cómo iba espigando mi mocedad, y ahora, a lo que veo, bien pronto -anunciaré mis vaticinios en las riberas del Cocyto y el Aqueronte! - -CORO - -Demasiado claro es lo que acabas de hablar: un recién nacido lo -entendería. Cruel dolor desgarra mi alma. Quebrántame oír el triste -lamentar de tu desventura. - -CASANDRA - -¡Oh trabajos! ¡Oh trabajos sufridos por una ciudad que al fin había de -ser arrasada! ¡Oh sacrificios que ofrecía mi padre por la salvación -de nuestros muros! ¡Ganados de nuestras praderas degollados a miles! -¡Y cuán de ningún remedio servisteis para que Ilión no padeciese la -calamidad que le ha acabado! Yo misma, que me siento encendida por el -soplo divino, bien pronto caeré también bajo igual golpe. - -CORO - -Todavía prosigues en tu triste historia. Algún mal espíritu, que te es -contrario, se apoderó de ti y te fuerza a romper en lastimeros ayes de -dolor y muerte. Pero no alcanzo adónde van tus palabras. - -CASANDRA - -Y con todo ello, ya no mirará más el oráculo a través de velos a modo -de recién desposada. El aparecerá todo resplandeciente, y se lanzará, -respirando furor, hacia el sol que nace. A la luz del día una calamidad -más grande aún que esta de ahora lo inundará todo, semejante a la -onda que se encrespa e inunda la ribera. Pero basta de advertiros por -enigmas. Dad testimonio de la finura de mi olfato, y de que sé correr -bien derecha tras la pista de las maldades que se cometieron aquí en lo -antiguo. Un coro hay que hace su habitación bajo este techo, y jamás -le abandonará; tropa de hermanas, de Erinnas, que a una voz cantan -desapacible y temerosa canción de maldiciones. Cobran nuevos bríos -bebiendo sangre humana, y permanecen en este palacio sin que haya quien -sea poderoso a alejarlas de él. Fijas en esta casa como en su natural -asiento, celebran con himno de muerte el primer crimen que engendró -tantos crímenes, o ya lanzan airados gritos de execración contra el -impío que violó el lecho de su hermana. ¿Erré por ventura, o dí en el -blanco como buen flechero? ¿Soy acaso una embaucadora que va de puerta -en puerta fingiendo embelecos? Da testimonio de la verdad con que te -hablo; jura antes de nada que yo conozco bien las antiguas maldades de -este palacio. - -CORO - -Y ese juramento con toda su virtud y firmeza, ¿en qué podría -remediarnos? Pero te admiro, pues criada más allá del mar, en ciudad -extraña, así hablas de nuestras desdichas como si hubieses estado -presente. - -CASANDRA - -Apolo, dios de las profecías, me concedió este dón. - -CORO - -Dios como es, ¿también él se sintió herido de amor? - -CASANDRA - -En otro tiempo rubor me hubiera causado decirlo. - -CORO - -Sí, que la felicidad de ordinario nos hace desdeñosos. - -CASANDRA - -Pero me acometía de tal manera, y ardía por mí en amor tan encendido... - -CORO - -¿Qué, cumplisteis con lo que pide la ley de amor...? - -CASANDRA - -Prometíme a Loxias por suya, mas no lo cumplí. - -CORO - -¿Poseías ya entonces el divino arte? - -CASANDRA - -Sí, ya vaticinaba a los míos todos sus infortunios. - -CORO - -¿Y cómo escapaste del rencor de Loxias? - -CASANDRA - -Después de mi engaño, nadie creyó más en mis palabras. - -CORO - -Pues a nosotros parécenos que tus oráculos merecen fe. - -CASANDRA - -¡Ay de mí! ¡oh desventura! ¡otra vez esta cruel fatiga, este espíritu -profético que se apodera de mi mente, y me atormenta con siniestros -anuncios! ¿No veis ahí, sentados en esa casa, a esos niños que -semejan la aparición de un sueño? Los mismos que les debían amor les -dieron muerte. ¡Vedlos ahí que aparecen sustentando en sus manos -miserabilísima carga; su propia carne, sus entrañas, su corazón, manjar -que gustó su mismo padre! Pero alguien medita su venganza; yo os lo -afirmo; un león cobarde, guarda infiel de la casa, que se revuelca en -el lecho conyugal, y está acechando la vuelta de mi dueño. ¡Ay de mí, -que es mi dueño; que me veo forzada a sufrir el yugo de la esclavitud! -Y el capitán de la armada, el destructor de Ilión, ¡no ve cuán fiero -destino le prepara a traición con sus largas arengas y sus dulces -sonrisas esa perra aborrecible! A tanto se atreverá. La mujer será -homicida de su marido. ¿Qué nombre daría yo a ese monstruo venenoso? -¿La llamaré víbora? ¿la llamaré Escila, habitadora de los escollos y -perdición de los navegantes? ¿la llamaré madre y ministro del Hades que -respira odio implacable contra todos los suyos? ¡Y cómo la muy atrevida -y malvada mujer brincaba y gritaba de contento cual si hubiese vencido -en la pelea! ¡No parecía sino que se regocijaba con el feliz retorno de -su esposo! Después de esto, si todavía no se me cree, ¿qué hacer? Lo -que ha de ser, ello vendrá. Bien pronto presenciarás el suceso, y te -moverás a lástima de mí y me llamarás adivina demasiado verdadera. - -CORO - -Bien he reconocido horrorizada, el festín donde Tiestes comió la carne -misma de sus hijos; y apodérase de mí el temor oyendo relación tan -verdadera, que nada tiene de inventado. Pero lo demás lo oigo, y me -pierdo en mil imaginaciones, sin saber dónde irá a parar todo ello. - -CASANDRA - -Digo que vas a ver la muerte de Agamemnón. - -CORO - -Cállate, infeliz, y cierra tu boca. - -CASANDRA - -Mas no por callar habrá remedio alguno contra lo que os he anunciado. - -CORO - -Cierto que no, si es que hubiere de suceder; mas ojalá nunca jamás -suceda. - -CASANDRA - -Tú haces súplicas; pero ellos se aprestan a matar. - -CORO - -¿Y qué hombre habrá que cometa ese crimen? - -CASANDRA - -Muy torpe andas, en verdad, para entender mis oráculos. - -CORO - -Sí, no comprendo qué maquinación es esa que se ha de consumar. - -CASANDRA - -Pues yo sé bastante bien la lengua griega. - -CORO - -También la saben los oráculos de Pythio, y sin embargo son difíciles de -entender. - -CASANDRA - -¡Ay! ¿qué fuego es este que llega hasta mis entrañas? ¡Oh dolor! ¡Apolo -Licio! ¡Ay, ay de mí! ¡Infeliz que yo soy! Esa misma leona de dos pies, -que yace con el lobo en ausencia del generoso león, me dará muerte. -Como quien confecciona venenosas hierbas, ella está afilando el puñal -para herir al esposo, y tanto se gloría de que ha de satisfacer su -rencor y me ha de dar el pago, y a él la muerte por haberme traído. ¿A -qué guardar ya estas insignias para mi propio escarnio; este cetro, -y estas ínfulas de profetisa que ciñen mi cuello? Yo te haré pedazos -antes de morir. ~(Arroja el cetro.)~ Anda en mal hora y caed en el -polvo. ~(Arroja las ínfulas.)~ Este es el pago de vuestros servicios. -Enriqueced a otra y no a mí con vuestros tesoros de maldición. Helo -ahí, Apolo; tú me despojas de mis vestiduras de profetisa. Tú me veías -con estos ornamentos, y así todo hecha la burla de los míos, que eran -unos a odiarme los insensatos. ¡Y cómo sufría que me motejasen de loca -y vagabunda, cual mendiga hambrienta y miserable que va de plaza en -encrucijada diciendo la buena ventura. Y ahora, dios profeta, después -que me hiciste tu sacerdotisa, me arrastras a tan fiero trance de -muerte! En lugar del ara de mi padre, me espera un tajo de carnicero -donde seré degollada con cruel golpe, y correrá mi sangre humeante. -Mas, gracias a los dioses, no quedará nuestra muerte sin venganza. -Vendrá a su vez el que nos ha de vengar; un hijo que matará a su madre, -y castigará el asesinato de su padre. Hoy anda errante y fugitivo -y desterrado de su patria; pero él volverá para dar cima a la total -perdición de los suyos. Porque los dioses hicieron solemne juramento de -que le ha de traer la sombra de su padre muerto y tendido en tierra. ¿A -qué llorar así al entrar en esa casa? Yo contemplé antes la desolación -de Ilión, y ahora aquellos que conquistaron mi patria son a su vez -sentenciados por los dioses. Entraré, sí; sufriré mi destino. Tendré -valor para morir. Puertas del Hades, ya os veo. Yo os saludo. ¡Así -reciba golpe tan certero, que entre arroyos de sangre me dé súbita -muerte, y sin estremecerme siquiera cierre mis ojos! - -CORO - -¡Oh infelicísima y sapientísima mujer, mucho es lo que nos has -revelado! Pero si de cierto sabes tu muerte, ¿cómo con firme paso te -encaminas al ara, tan animosa como becerrilla a quien los dioses llevan -al sacrificio? - -CASANDRA - -No hay huír posible, amigos. Nada haría con retardarlo. - -CORO - -Pero a lo menos la muerte cuanto más tarde es mejor. - -CASANDRA - -Ha llegado el día; huírle sería de bien poco provecho. - -CORO - -Tu temeridad te pierde. Considéralo. - -CASANDRA - -¡Nunca tales cargos se le hacen al dichoso! - -CORO - -Si fuera a morir con gloria... entonces cualquier mortal pudiera -graduarlo de ventura. - -CASANDRA - -¡Ay de ti, oh padre! ¡Ay de tus generosos hijos! - -CORO - -¿Qué es eso? ¿Qué temor es ese que te hace retroceder? - -CASANDRA - -¡Oh, oh! - -CORO - -¿Por qué gritas así? ¿Qué te espanta? - -CASANDRA - -Despide esa casa aliento de sangre y muerte. - -CORO - -¿Cómo? Será el perfume de los sacrificios que se están haciendo en el -hogar. - -CASANDRA - -No; diríase que es el hedor de los sepulcros. - -CORO - -A lo que tú dices, no son perfumes de Siria los de esa casa. - -CASANDRA - -Pero vamos ya. Lloraré en ese palacio mi muerte y la muerte de -Agamemnón. -- Basta ya de vida. -- ¡Ay huéspedes míos! No tiemblo sin -razón como el pajarillo a la vista del zarzal. Dad testimonio de ello -cuando yo sea muerta; cuando una mujer pague mi vida con su vida, -y un hombre expíe con su sangre la sangre del infeliz esposo de una -mala esposa. Venid en lo que os pide quien por toda hospitalidad va a -recibir la muerte. - -CORO - -¡Oh infeliz! Lloro el destino que te anuncian los dioses. - -CASANDRA - -Una sola palabra: todavía quiero lamentar mi muerte una sola vez. ¡Oh -Helios! por esos tus rayos que no volveré a ver más, yo te pido que mis -odiosos asesinos reciban de mis vengadores el pago de la fácil muerte -de una esclava indefensa. - -~(Entra en el palacio de Agamemnón.)~ - -CORO - -¡Oh condición de las cosas humanas! Prósperas, cualquiera sombra os -pone en huída; adversas, el frote de una esponja húmeda basta para -borrar vuestra imagen. Olvido que entre todas las desdichas es la más -digna de ser lamentada. - -Jamás se sacian de felicidad los mortales. Ninguno hay que os cierre -las puertas de esos ricos alcázares, que las gentes señalan con el -dedo por su magnificencia, y os rechace diciendo: no entréis ahí. Y -bien, he ahí a Agamemnón, a quien concedieron los bienaventurados que -conquistase la ciudad de Príamo, y volviese colmado de honores por los -dioses; pues si ahora tiene que pagar la sangre en otro tiempo vertida; -si su muerte ha de satisfacer por otras muertes; si han de consumarse -sangrientas venganzas, ¿cuál será el mortal que en oyendo esto pueda -jactarse de haber nacido con buena estrella? - -AGAMEMNÓN ~(Dentro.)~ - -¡Ay de mí que me hirieron de muerte! - -PRIMER SEMICORO - -¡Callad! ¿Quién clama? ¿Quién es muerto? - -AGAMEMNÓN - -¡Ay de mí, otra vez segundaron el golpe! - -SEGUNDO SEMICORO - -Se consumó el crimen. Ese gemido, a lo que parece, es del Rey. Tratemos -pues entre nosotros cómo tomar alguna acertada resolución. - -PRIMER SEMICORO - -Yo os diré mi dictamen. Llamemos a los ciudadanos a palacio pidiendo -socorro. - -SEGUNDO SEMICORO - -Pues a mí me parece que cuanto antes caigamos sobre los matadores -espada en mano para sorprenderlos en su crimen. - -PRIMER SEMICORO - -Lo mismo pienso yo. Fuerza es hacer algo. No es ocasión ésta de -dilaciones. - -SEGUNDO SEMICORO - -Pero bueno es examinarlo. Por tales comienzos se anuncian los que -intentan tiranizar a un pueblo. - -PRIMER SEMICORO - -Nosotros pasamos el tiempo en estas dudas; ellos marchan con firme -planta hacia su futuro encumbramiento, y no dejan dormir su mano. - -SEGUNDO SEMICORO - -No encuentro qué aconsejaros. Andar en consejos es de quien puede poner -por obra alguna resolución. - -PRIMER SEMICORO - -Otro tanto digo yo; mal podremos con palabras resucitar al muerto. - -SEGUNDO SEMICORO - -¿Y seremos los matadores de nuestra propia vida cediendo a que nos -manden los que han manchado ese palacio? - -PRIMER SEMICORO - -No; eso es intolerable. Morir sería mejor. La muerte es más dulce que -la tiranía. - -SEGUNDO SEMICORO - -¿Mas por la prueba de esos lamentos, diremos ya que ha perecido nuestro -Rey? - -PRIMER SEMICORO - -Veámoslo por nuestros propios ojos, y entonces hablaremos como se debe; -que uno es imaginárselo y otro saberlo a ciencia cierta. - -SEGUNDO SEMICORO - -Todo viene en apoyo de esa resolución. Sepamos con certeza qué es del -Atrida. - -~(Ábrense las puertas del palacio y aparece CLITEMNESTRA. Más al fondo, -tendidos en el suelo, los cuerpos de AGAMEMNÓN y de CASANDRA.)~ - -CLITEMNESTRA - -Si antes dije todas aquellas cosas, según pedía la ocasión, no me -avergonzaré ahora de decir lo contrario. Pues, si no, el que prepara -la ruina de un enemigo, a quien parece amar, ¿cómo podría envolverle -en la red de su perdición, de modo que ni con el más poderoso salto se -desenredase? Era esto para mí la decisión de una contienda ha mucho -meditada. Aunque al cabo de tiempo, por fin llegó. Aquí estoy en pie -y serena, en el mismo lugar donde le maté; junto a mi obra. De manera -lo hice, y no he de negarlo, que ni pudiese huír, ni defenderse de -la muerte. Envolvíle como quien coge peces, en la red sin salida de -rozagante vestidura, para él mortal. Dos veces le hiero; lanza dos -gemidos, y cae su cuerpo desplomado. Ya en tierra, le doy un tercer -golpe más, que ofrezco en reverencia de Hades, guardián de los muertos -en la mansión del profundo. Así caído, estremécese por última vez; -da su espíritu, y de las anchas heridas salta impetuosa la hirviente -sangre. Las negras gotas del sangriento rocío me salpican y alégrame -no menos que la lluvia de Zeus alegra la mies al brotar de la espiga. -Esto es todo, tal como ha sucedido. Ahora, ancianos de Argos, podéis -alegraros, si es que queréis. Yo por mí me glorío de mi obra. A ser -lícito hacer libaciones sobre un cadáver, justas, justísimas serían en -esta ocasión. -- Este hombre había llenado la copa de los enormes y -execrable crímenes de su casa, y a su vuelta él mismo la ha apurado. - -CORO - -Me pasma la insolencia atrevida de tu lengua. ¡Así te jactas de hablar -contra tu esposo! - -CLITEMNESTRA - -Me tratáis como una mujer sin consejo, pero yo os lo digo con el -corazón bien sereno, para que lo sepáis. -- Alábame o vitupérame, -si quieres; me es igual. Este es Agamemnón, mi esposo ~(señalando -al cadáver)~, muerto por esta mi mano derecha. La obra es de hábil -artífice. Tales son los hechos. - -CORO - -¡Oh mujer! ¿qué mala ponzoña criada en la tierra o en las corrientes -del mar tomaste tú, que así te precipitó a ese horrendo crimen, y -a ponerte a las maldiciones de un pueblo? Lo has derribado, lo has -degollado; pero tú vivirás desterrada de nuestra ciudad; blanco del -odio implacable de los ciudadanos. - -CLITEMNESTRA - -¡Tú ahora me sentencias a destierro, y a llevar sobre mí el odio y las -maldiciones de los ciudadanos, y nada tienes que decir contra este -hombre que, mientras abundaban en los rebaños las ovejas de rico vellón -por aplacar los vientos thracios inmoló a su propia hija, al fruto -amadísimo de mi vientre, sin tener su vida en más de lo que pudiera -haber tenido la de una res! ¿Por ventura no era justo que le hubieses -desterrado a él en pago de su sacrílego crimen? Pero sabes lo que he -hecho, y entonces eres juez riguroso. Pues bien, yo te digo que me -amenaces, como quien por igual está apercibida a todo. Luchemos. Si -tú me vences, tú quedarás por mi dueño; mas si el cielo dispone lo -contrario, tarde habrás aprendido a saber vivir con prudencia. - -CORO - -Rebosa soberbia tu corazón y arrogancia tus palabras, como si la vista -de tu sangrienta obra te sacase de ti y te enloqueciese. En tu rostro -se ostenta la mancha de una sangre que ha de ser vengada. Hora llegará -que, privada de los tuyos, pagarás sangre con sangre. - -CLITEMNESTRA - -Pues oye ahora mi sagrado juramento. Por la justicia, que vengó la -muerte de mi hija; por Ate, por Erinis, con cuyo auxilio he degollado -a este hombre, te juro que no espero que el temor ponga su pie jamás -en estos alcázares, mientras Egisto encienda el fuego de mi hogar, y -me guarde el amor que siempre me ha tenido; que él es el fuerte escudo -de mi confianza. ¡Ahí tenéis tendido a ese hombre que fué mi afrenta, -y el contento de las Criseidas allá en Ilión! Ahí lo tenéis, a él y -a esa cautiva ~(señalando el cadáver de Casandra)~, a esa intérprete -de agüeros y prodigios; a su concubina que tan fiel le fué en partir -con él su lecho y los trabajos de la navegación. Ninguno de los dos ha -llevado cosa que no mereciera. Cayó él según sabéis, y ella, después de -cantar como un cisne sus endechas funerarias, cayó también, y yace ahí -junto a su amante. ¡Sabroso contento que colma los gustos de mis amores! - -CORO - -¡Si ya que es muerto aquel nuestro guarda, que tanto amor nos tenía, -viniera la muerte con breve paso, y sin que el dolor me asaltase, ni el -lecho con enfadosa espera me consumiese, cerrara mis ojos a sempiterno -sueño!... ¡Murió a manos de una mujer quien por una mujer pasó tantos -trabajos! ¡Perdió la vida a manos de su esposa! ¡Ay, ay, loca Helena! -¡Cuántas y cuántas vidas se perdieron tan sólo por tu causa! Por ti -también ha perecido ahora esta vida preciosísima... - -· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · - -Por ti se ha derramado está sangre sobre aquella otra sangre para la -cual no hay olvido ni expiación. La fiera Eris habitaba desde entonces -este palacio, y ha sido por fin la ruina de un esposo. - -CLITEMNESTRA - -No te apesare lo pasado, ni llames sobre ti a la muerte, ni vuelvas tu -ira contra Helena, como si ella hubiese sido la perdición de nuestros -guerreros; como si sólo ella hubiese hecho que tantos Danaos perdiesen -la vida, y nos hubiese traído estos dolores que no se calmarán jamás. - -CORO - -¡Oh espíritu de maldición que te señoreaste de esta casa y de los dos -hijos de Tántalo! El alma de sus mujeres, igual en fiereza a la de sus -hombres te ha dado otra victoria con que me oprimes y me desgarras el -corazón. ¡Como cuervo carnicero, así esa mujer se yergue insolente -junto a ese cadáver y se gloría de celebrar su triunfo! - -CLITEMNESTRA - -Ahora sí que vas bien en tus juicios; ahora que has mentado al -invencible espíritu de maldición de esta raza. Él alimenta en nuestras -entrañas esta sed de sangre codiciosa. No se ha cerrado la antigua -herida, cuando nueva sangre está corriendo ya. - -CORO - -¡Verdad dices al confirmar mis razones! ¡Formidable espíritu de odios -el que en esta casa hace su habitación! ¡Ay, ay! ¡fieros males, -engendrados por un destino cruel, que nunca se sacia! ¡Ah! ¡Permisión -es de Zeus, causa suma y hacedor de todas las cosas! Pues ¿qué sucederá -entre los mortales en que Zeus no medie? ¿Qué habrá en todos estos -crímenes que no esté decretado por los dioses? ¡Oh rey, oh rey! ¿Cómo -te lloraré yo? ¿Cómo significarte el amor de mi pecho? Ahí yaces en esa -tela de araña donde rendiste la vida con impía muerte. ¡Ay de mí! ¡Y -en qué lecho tan innoble para un hombre libre, te acabó mano aleve con -hierro de dos filos! - -CLITEMNESTRA - -Tú piensas que es mía esta obra. Pero entonces no digas que yo soy la -esposa de Agamemnón. Aquel antiguo y fiero espíritu de venganza que -aderezó el cruel festín de Atreo, ese es quien, tomando la apariencia -de la mujer del que ahí yace, vengó en un hombre el sacrificio de dos -niños. - -CORO - -¿Y quién habrá que atestigüe que estás inocente de esa muerte? ¿De -dónde ha de venir tal testimonio? ¿De dónde? Quizá acuda en tu defensa -ese espíritu vengador de los crímenes de los padres; pero la cruel -batalla sigue arreciando, y hará correr la sangre a manos parricidas, -y llegará a punto que helará de horror al mismo que devoró la carne de -sus hijos. ¡Oh rey, oh rey! ¿Cómo te lloraré yo? ¿Cómo significarte el -amor de mi pecho? ¡Ahí yaces en esa tela de araña donde rendiste la -vida con impía muerte! ¡Ay de mí! ¡Y en que lecho tan innoble para un -hombre libre te acabó mano aleve con hierro de dos filos! - -CLITEMNESTRA - -No sé por qué, muerte tal haya de ser indigna de este hombre. ¿Por -ventura no trajo él la desdicha a esta casa con torpe engaño? Inicuo -fué con mi lloradísima Ifigenia, con aquella su hija que llevé en mis -entrañas; que no diga ahora en los infiernos que padece injusticia -porque fué muerto a hierro y pagó las que hizo. - -CORO - -La casa de mis reyes se hunde, y yo, perdida mi razón, no sé qué hacer, -ni adónde vuelva mis cuidados. Me aterra oír el fragor de la lluvia de -sangre en que se va a anegar esta morada. Ya no cae gota a gota. A cada -nuevo crimen afila el destino en la piedra de otro crimen el hierro de -la justicia. - -PRIMER SEMICORO - -¡Oh tierra, tierra! ¡Ojalá me hubieses recibido en tu seno, antes -que ver a mi rey teniendo por lecho ese argentado baño! ¿Quién le -sepultará? ¿Quién cantará sus endechas? ¿Te atreverás tú a hacerlo, -tú, matadora de tu esposo? ¿Te atreverás tú a ofrecer a su ánima, en -satisfacción de tus enormes e inicuas maldades, el odioso tributo de tu -llanto? - -SEGUNDO SEMICORO - -¿Y quién será el que suelte la dolorida voz a cantar el elogio fúnebre -de este varón divino, con el llanto en los ojos y la sinceridad en el -corazón? - -CLITEMNESTRA - -No te tocan a ti esos cuidados. A nuestras manos cayó; a nuestras manos -murió; nosotros le sepultaremos. No le acompañarán lamentos de los -suyos... - -· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · - -Pero a la orilla del rápido río de los dolores, su hija Ifigenia le -saldrá al encuentro, como es natural, toda regocijada, y le echará los -brazos, y le llenará de besos. - -CORO - -A un ultraje responde con otro ultraje. Difícil de dirimir es la -contienda. El que quita la vida a otro pierde a su vez la vida; el que -mata, sufre la pena de su delito. Mientras exista Zeus, subsistirá que -quien tal haga, que tal pague. Así es la ley. ¿Y quién podría arrancar -de ese palacio la semilla de maldición? Que de tal modo ha arraigado en -esta raza, que ya son una misma cosa. - -CLITEMNESTRA - -Verdad dices; tus palabras son un oráculo. Mas con ser tan dura esa -ley, juro por el espíritu de los Plistenidas, que desde luego quiero -quedar sometida a ella. Salga de aquí ese mal espíritu; salga de esta -morada, y en adelante lleve la afición a otra raza con esas muertes -suicidas. La más pequeña porción de nuestros bienes bastará a darme yo -por contenta con tal que lograse arrojar de este palacio esa furiosa -locura de mutuos homicidios. - -~(Sale EGISTO.)~ - -EGISTO - -¡Oh alegre luz del día de la venganza! Ahora ya puedo decir que hay -dioses vengadores que desde lo alto echan una mirada acá, a la tierra, -sobre los crímenes de los mortales. Ahora, que estoy viendo a ese -hombre ¡brinco de mis ojos! tendido, y envuelto en ese manto, que -tejieron las Erinnas, en pago de las maquinaciones que urdió la mano de -su padre. Su padre, Atreo, el rey de esta tierra, el que desterró de -su casa y de su patria a Tiestes, a mi padre; y para decirlo más claro -aún, a su propio hermano, ¡después de disputarle el imperio! Un día, -el infeliz Tiestes vuelve a su hogar, póstrase suplicante, y se le da -seguro de la vida y de que su muerte no ha de ensangrentar el suelo -de sus antepasados. Allí fué. ~(Señalando a donde yace Agamemnón.)~ -El padre de ese hombre, el impío Atreo, con más diligencia que amor, -finge entonces que regocijado quiere dar un día de festín en honor -de su huésped, y por todo manjar ¡preséntale a mi padre la carne de -sus hijos! Siéntanse a sendas mesas los convidados. Atreo, puesto a -la cabecera de la estancia, hace menudos trozos los dedos de los pies -y manos infantiles, y manda ofrecer los desfigurados despojos a mi -padre, el cual, luego al punto los toma, y sin conocerlos come de aquel -plato, que ya ves que había de ser mortal para esta raza. Comprende -él por fin la inicua maldad, lanza un ¡ay! lastimero, y cae en tierra -vomitando la sangrienta vianda, y llamando sobre los Pelópidas los más -fieros rigores del destino. En su furor derriba con el pie la mesa -del festín, y pide con justas maldiciones que así perezca, la raza -entera de Plistenes. He aquí por qué veis muerto a ese hombre. Yo he -sido el justiciero maquinador de su muerte; yo, el tercer hijo de mi -desventurado padre, que junto con él fuí arrojado de aquí, en mantillas -aún. Me hice hombre, y la justicia me volvió a traer. Bien que ausente -a la sazón que ese hombre moría, yo he sido quien me he apoderado de -él; yo el zurcidor de toda la trama. ¡La muerte misma sería para mí -hermosa después que le he visto cogido en la red de mi venganza! - -CORO - -Egisto, la insolencia en el crimen no me intimida. - -· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · - -Tú te alabas de haber muerto a ese hombre por tu propia voluntad; de -haber ideado tú solo este asesinato miserable; pero, óyelo bien, tu -cabeza no escapará de la justicia; las maldiciones de un pueblo te -condenarán, y serás apedreado. - -EGISTO - -¿Tú, pobre remero, que ocupas el último banco de la nave; tú hablas -así a los que se sientan al timón y mandan la maniobra? ¡Viejo como -eres, ya verás tú si es difícil aprender a la edad en que se debe -saber! Las cadenas, y los tormentos del hambre son médicos infalibles -y excelentísimos, que sanan el juicio de los viejos y le hacen que -aprenda. Al ver lo que estás viendo, ¿no acabarás de abrir los ojos? No -des golpes contra el aguijón, no sea que al herirlo te lastimes. - -CORO - -¡Ah mujerzuelas! ¿así te estabas tú quieto en casa esperando la vuelta -de nuestros guerreros, y en tanto manchabas el lecho de ese caudillo -valeroso, y junto con esto te apercibías a darle muerte? - -EGISTO - -Palabras son esas que te harán llorar. Tu lengua es bien contraria a -la de Orfeo. Atraía él con su voz todas las cosas y las alegraba; pero -tú las concitas y llevas contra ti con esos insensatos ladridos. Ya -aparecerás más manso cuando yo te sujete. - -CORO - -¡Cómo! ¡Que tú has de ser mi rey, el rey de los Argivos! ¡Tú, que -después de haber tramado la muerte de este varón generoso, no tuviste -valor de dársela por tu propia mano! - -EGISTO - -Porque claro está que a la mujer tocaba engañarle. Yo era enemigo -antiguo, y por tal sospechoso... - -Mas dueño de sus tesoros, ya probaré a hacerme señor de la ciudad, y al -que no obedezca ya le unciré al yugo, y le domaré como a potro lucio y -vicioso que se resiste al freno. El hambre y la obscuridad harán con él -habitación desapacible y le pondrán blando. - -CORO - -¡Cobarde! ¿Por qué no le mataste tú mismo? ¡Sino que una mujer le -mató; una mujer oprobio de esta tierra y de los dioses patrios! Mas -por ventura todavía ve Orestes la luz del sol, y esté donde quiera, él -vendrá con feliz suceso y os matará a entrambos. - -EGISTO - -Pues que parece que te apercibes a decirlo y hacerlo, presto verás... - -CORO - -· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · - -EGISTO - -Ea, pues, a mí mis guardias; llegó la hora. - -CORO - -¡Ea, al aire los aceros, y en guardia cada cual! - -EGISTO - -Desenvainado está el mío; no temo morir. - -CORO - -¿Hablas de morir? Acepto tu palabra. Tú la muerte; nosotros la -victoria. - -CLITEMNESTRA - -¡Oh el más querido de los hombres, no más; no causemos otros males! -Sobrados son ya los sucedidos para que cojamos de ellos una tristísima -mies. Basta ya de muertes; no más ensangrentarnos. Anda adentro tú; y -vosotros, ancianos, marchad cada cual a vuestra casa, antes que tengáis -que sentir algún desastre. Lo que hemos hecho tenía que suceder. Y si -con esto el Destino se da por contento de calamidades, todavía después -de haber recibido de su cólera golpes tan terribles, pudiéramos tenerlo -a dicha. Tal os advierte una mujer, si es que os dignáis escucharla. - -EGISTO - -¿Así han de desatar contra mí su lengua insolente en esa lluvia de -ultrajes, y con palabras como ellas han de tentar a la fortuna...? De -cuerdos y avisados es respetar siempre y dondequiera al que manda. - -CORO - -No sería de Argivos adular a un malvado. - -EGISTO - -Algún día te castigaré yo; aún no es tarde. - -CORO - -No será ello, si el cielo quiere volvernos aquí a Orestes. - -EGISTO - -Ya sé yo que los desterrados se alimentan de esperanzas. - -CORO - -¡Anda, llénate hollando la justicia, puesto que puedes! - -EGISTO - -Te aseguro que me darás satisfacción de tu loca insolencia. - -CORO - -Ensánchate y cacarea como gallo junto a su gallina. - -CLITEMNESTRA - -No hagas caso de esos vanos ladridos. Tú y yo somos los amos de este -palacio, y lo pondremos todo en orden. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -II - -_LAS COÉFORAS_ - - -~(Aparecen ORESTES y PÍLADES.)~ - -ORESTES - -Hermes, habitador de los profundos, tú que tienes fijos los ojos en -los malvados a cuyos golpes cayó mi padre, acorre a quien necesitado -te invoca; sé conmigo. Por fin volví de mi destierro y ya estoy en mi -patria. Postrado al pie de este monumento, ¡oh padre mío! yo te llamo. -Aquí estoy, padre; óyeme, escúchame... - -· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · - -Ínaco, que me crió, llevó las primicias de mis cabellos; recibe tú en -este otro rizo la ofrenda de mi dolor. ¡Yo no estaba presente, padre -mío, cuando moriste; yo no pude llorar sobre tus restos; yo no pude -tomarlos en mis brazos y darles sepultura! - -~(Aparecen por las puertas del palacio las esclavas de CLITEMNESTRA -llevando en sus manos las libaciones que se han de ofrecer en el túmulo -de Agamemnón. Detrás ELECTRA, cerrando el cortejo.)~ - -~(La procesión avanza lentamente.)~ - -¿Qué veo? ¿Qué procesión de mujeres es ésa que aquí se encamina, todas -vestidas de luto? ¿Qué pensar? ¿Qué nueva calamidad habrá caído sobre -esta casa? ¿Será que traen esos fúnebres obsequios para aplacar los -manes de mi padre? No puede ser otra cosa. A lo que me parece ver, con -ellas viene también mi hermana Electra. ¡Sí! ¡Harto la reconozco en su -tristeza profunda! ¡Oh Zeus, que vengue yo la muerte de mi padre! ¡Sé -conmigo en este empeño! -- Apartémonos a un lado, Pílades, y averigüe -yo al fin qué buscan estas mujeres con tales rogativas. - -~(ORESTES y PÍLADES se retiran al baño.)~ - -CORO - -Enviada de palacio salgo a ofrecer estos fúnebres obsequios. Mis manos -hieren mis senos con recios golpes en señal de dolor; mis mejillas -desgarradas por los surcos que en ellas han abierto mis uñas, manan -sangre; mi alimento es gemir toda mi vida; y estos enlutados linos que -me cubren acompañan mi llanto, gimiendo tristes al verse hechos jirones -por mi amargo duelo. - -Media noche era por filo: todo dormía en palacio. Cuando he aquí que -a deshora se aparece el Terror; los cabellos erizados, respirando -venganza y anunciando sueños temerosos. Del fondo de esa mansión sale -su voz terrible; llénalo todo de espanto, y cae en el gineceo con -atronadora pesadumbre. Los intérpretes de los sueños, poniendo por -fiadores a los dioses, afirman que los manes de los muertos tiemblan de -cólera y claman contra los asesinos. - -Y por conjurar los males que amenazan, ¡oh Tierra! ¡oh Tierra! aquí -tienes la ofrenda ingrata con que me manda presurosa una mujer impía. -¡Miedo me da que palabras tales salgan de mis labios! Una vez que la -sangre cayó en el suelo, ¿con qué se redimirá? ¡Ay, hogar de desdichas! -¡Ay, desolación del palacio de mis reyes! ¡Ay, tinieblas densísimas, -jamás visitadas del sol y a los humanos aborrecibles, que envolvéis -esta morada desde que su señor fué muerto! - -Aquella veneración sin igual que causaba nuestro rey; que a todos -imponía; que a todos subyugaba; que no había lengua que no la -confesase, ni pecho que no la sintiese, no existe ya hoy. ¡Hoy todos -tiemblan! -- ¡Ser feliz; este es el dios de los mortales, y más que su -dios! pero de pronto la justicia cae sobre ellos y los sorprende en -medio del día; de un golpe descarga sobre su cabeza todos los males que -con tardo paso había ido acumulando a la luz incierta del crepúsculo, y -en un instante los sepulta en sempiterna noche. - -La alma tierra sorbe la sangre que vertió el crimen; pero allí queda -seca clamando venganza, y nada hay que la borre. Pesa el castigo sobre -el culpable, y le acaba y apura en un tormento sin fin. No hay poder -de hombres que haga florecer de nuevo la virginidad atropellada. Todos -los ríos del mundo que juntaren sus aguas, no serían parte tampoco para -purificar mano que manchó el crimen. - -Pero yo, forzada por los dioses a vivir en ciudad donde no nací; yo, -arrancada de casa de mis padres y reducida a vivir en esclavitud; yo, -¿qué he de hacer? Justas o injustas las acciones de los que me mandan -como amos desde la aurora de mi vida, tengo que bajar la cabeza y -dominar el odio y la venganza de mi corazón; tengo que ocultar bajo -este velo las lágrimas que me arranca el malaventurado destino de mis -señores, y mis penas, y el terror que hiela mi alma. - -ELECTRA - -¡Oh fieles siervas de esta casa! ya que me acompañáis en estas preces, -acudidme con vuestro consejo. ¿Qué diré yo al derramar estas funerarias -libaciones? ¿De qué palabras valerme que sean aceptas a mi padre? -¿Con qué súplicas dirigirme a él? ¿Es que he de decirle: aquí tienes -el presente con que al esposo bien amado me envía su cara esposa, -mi madre...? Jamás tendré valor para ello. ¡No encuentro qué decir -cuando haya de verter sobre el túmulo de mi padre la fúnebre ofrenda! -¿Diréle si no: según es ley entre hombres, págales sus coronas a los -malvados que te las dedican en la moneda que merecen sus maldades?... -¿O más bien me llegaré en silencio, y de espaldas, ¡como mi padre -fué asesinado! sin honores ningunos, a modo de quien hace sacrificio -expiatorio, derramaré las libaciones, y así que la tierra se las haya -bebido, luego al punto, arrojando de mí la copa, me alejaré sin volver -los ojos...? Aconsejadme, amigas, pues que en ese palacio vosotras y -yo tenemos unos mismos odios. No me ocultéis vuestro pecho; a nadie -temáis, que libre o esclavo no hay mortal que se exima de los decretos -del destino. Habla, si tienes algo mejor que aconsejarme. - -CORO - -Pues que lo mandas, ante ese túmulo de tu padre, que como una ara -reverencio, te diré de corazón mi sentir. - -ELECTRA - -Habla, pues, y siempre con ese respeto por delante. - -CORO - -Al derramar estas libaciones sobre el túmulo de tu padre ruega piadosa -por los que le amaron. - -ELECTRA - -¿Y a quiénes podría llamar sus amigos? - -CORO - -Desde luego a ti, y después a todo el que odie a Egisto. - -ELECTRA - -¿Entonces, por mí y por ti habré de elevar mis preces...? - -CORO - -Ya que me has comprendido, párate a reflexionar. - -ELECTRA - -¿Hay alguien todavía que pudiese yo asociar a nosotros? - -CORO - -Ausente y todo como está, acuérdate de Orestes. - -ELECTRA - -¡Oh, y qué bueno y acertado es tu consejo! - -CORO - -Por último, trae a tu memoria el horrendo asesinato; pide para sus -autores... - -ELECTRA - -¿Qué pedir? Ilumina mi ignorancia. Explícate. - -CORO - -Que dios u hombre venga sobre ellos... - -ELECTRA - -¿Un juez o un vengador? - -CORO - -Di sin más hablar: cualquiera que a su vez les dé muerte. - -ELECTRA - -Pero ¿crees tú que sin impiedad podré pedir tal a los dioses? - -CORO - -Pues ¿cómo no ha de ser justo volver mal por mal a un enemigo? - -ELECTRA - -¡Oh altísimo embajador de los dioses superiores e inferiores; Hermes, -que habitas lo profundo, escúchame! Dígnate ser embajador de mis -súplicas; haz que sean oídas de las deidades infernales, que tienen -fijos los ojos en los que vertieron la sangre de mi padre. Que también -las acepte benigna esta tierra, madre universal que pare y cría -todas las cosas y vuelve a albergarlas en su omnifecundo seno. Y yo, -derramando estas libaciones en honor de los muertos, te invoco a ti, -padre mío. Ten piedad de mí y de mi amado Orestes. Que algún día seamos -restituídos en nuestro hogar. ¡Errantes andamos ahora, y vendidos por -la misma que nos parió, que ha puesto en tu lugar a Egisto, el cómplice -de tu muerte! Yo estoy aquí como una esclava; Orestes, desposeído de su -hacienda, vive en destierro, y ellos, los muy insolentes, se solazan -a sus anchas con el fruto de tus afanes. Que vuelva Orestes en hora -feliz; yo te lo ruego. Y a mí, padre, escúchame también; haz que sea -yo más honesta que mi madre, y más piadosa de manos. Tal te pedimos -para nosotros, y para tus enemigos, que te les aparezcas como tu propio -vengador. Ven, haz justicia; da muerte a tus matadores. ¡Vaya para -ellos esta maldición en medio de mis votos de ventura! Pero a nosotros, -envíanos desde el profundo, padre, los bienes que te imploramos, con -ayuda de los dioses y de la Tierra y de la Justicia vencedora. Ahí -tienes mis preces, que acompaño con estas libaciones. Cumplid vosotras -los venerandos ritos; cantad el Peán de los muertos y esparcid sobre el -túmulo las flores de vuestro llanto. - -CORO - -¡Salid, lágrimas; salid, mortales gemidos; salid por nuestro asesinado -señor! Caed sobre este su túmulo, baluarte de los buenos, y contra -la odiosa impiedad de los malvados conjuro formidable. Ya corren las -libaciones. ¡Escúchame, oh venerado señor mío; escucha la triste voz -que sale de las tinieblas de mi alma! ¡Ah, ah, ah! ¡Ay de mí! ¿Quién -será el esforzado varón cuyo poderoso brazo dé libertad a nuestra -casa? ¿Qué Ares escita la acorrerá, ora venga armado del curvo arco -de voladoras flechas, ora caiga sobre los culpables empuñando bien -esgrimida espada? - -ELECTRA - -Ya bebió la tierra nuestras libaciones. Ya las tiene mi padre. -(Reparando en el rizo que dejó Orestes.) ¿Pero qué novedad es ésta? -Mirad lo que ocurre. - -CORO - -¡Habla ya! ¡Me ha dado un salto el corazón...! ¡Estoy temblando! - -ELECTRA - -Acabo de ver sobre el túmulo un rizo de cabellos. - -CORO - -¿De algún hombre acaso? ¿De alguna doncella de calidad? - -ELECTRA - -Cualquiera podría imaginárselo sin gran trabajo. - -CORO - -Y ¿cómo? Más vieja soy que tú; pero si no te explicas... - -ELECTRA - -Nadie más que yo se lo hubiese cortado aquí. - -CORO - -No; a sus enemigos era a quienes tocaba ofrecerle la cabellera en señal -de duelo. - -ELECTRA - -Sí, pero este rizo... bien lo veis, se parece todo... - -CORO - -¿A qué cabellos? Deseando estoy que acabes. - -ELECTRA - -A los míos. El parecido está a la vista. - -CORO - -¿Será por ventura secreto obsequio de Orestes? - -ELECTRA - -¡Muchísimo se parece a sus rizos...! - -CORO - -Mas ¿cómo se hubiera atrevido a venir aquí? - -ELECTRA - -Se cortó el rizo y lo envió como ofrenda a su padre. - -CORO - -¡Otra causa de lágrimas para mí, y no menos desconsolada; si es que -jamás ha de poner el pie en este suelo! - -ELECTRA - -¿Y para mí? Un mar de amargura inunda y agita mi corazón. Diríase -que dardo agudísimo me ha traspasado de parte a parte. Abrasadas -y dolorosas lágrimas se agolpan a mis ojos, y sin que las pueda -contener, me caen hilo a hilo al contemplar esos cabellos. Porque -¿cómo imaginarme que este rizo pertenece a ninguno de la ciudad? Y la -homicida no pudo ser que viniese a ofrecerle su propia cabellera... -No, no pudo ser mi madre, que desmiente este nombre con el odio impío -que abriga contra sus hijos. Cómo pueda decir yo y afirmar que esa -ofrenda es del más amado de los hombres, de Orestes... yo no lo sé, y -sin embargo, me dejo acariciar de la esperanza. ¡Ay! ¡Que no tuviese -este rizo la clara voz de un mensajero y me sacase de estas ansias -y perplejidades! Que entonces, a saber yo de cierto que había sido -cortado de cabeza enemiga, yo le arrojaría de mí; pero si era de aquel -que es de mi sangre, conmigo lloraría, conmigo vendría a honrar y -reverenciar la tumba de mi padre. Invoquemos a los dioses, que ven en -qué borrascoso mar fluctúa la nave de nuestra alma. Y si de ello ha de -salir un salvador, que esta menuda semilla eche raíz profunda. -- ¡Otro -indicio! ¡Y aquí no hay duda! Son pisadas e iguales a las que marcan -mis pies. Mirad: dos huellas diferentes; esa es de algún compañero de -viaje y esta la suya. El talón, los dedos, el contorno del pie, todo -lo mismo que el mío. ¡Qué desfallecimiento! ¡qué angustia siente mi -alma! - -ORESTES ~(dirigiéndose a ELECTRA.)~ - -Pide a los dioses, a quienes invocas, que se te cumpla así todo lo -demás que deseas. - -ELECTRA - -Pues ¿he alcanzado yo algo de los dioses? - -ORESTES - -Aquel por quien ha poco rezabas, está delante de tus ojos. - -ELECTRA - -Y ¿a qué mortal me viste que llamase yo? - -ORESTES - -Sé que por Orestes apasionadamente suspiras. - -ELECTRA - -Pero... ¿qué alcanzaron mis ruegos? - -ORESTES - -Yo soy Orestes. No esperes tener amigo más fiel que yo. - -ELECTRA - -¡Extranjero! ¿es que quieres tenderme un lazo? - -ORESTES - -A mí sería a quien me le tendiera. - -ELECTRA - -¡Quieres burlarte de mis males! - -ORESTES - -¡Burlárame de los míos a burlarme de los tuyos! - -ELECTRA - -¡Orestes! ¿Es, pues, Orestes a quien estoy hablando? - -ORESTES - -¡Me estás viendo y no acabas de conocerme! ¡Tú, que ha un instante, -al ver esa prenda de mi amoroso duelo, ese rizo de mis cabellos, tan -parecido a los tuyos, y al comparar tus pisadas con mis pisadas, te -enajenabas de alegría y ya te imaginabas que me tenías delante de tus -ojos! Acerca ese rizo a la melena de donde le he cortado y fíjate bien. -Mira esta tela, que labraron tus manos, y las figuras de animales que -en ella tejió tu lanzadera... Repórtate y no te alborote la alegría. -Ya sé que aquellos que debían amarnos más, son hoy nuestros mortales -enemigos. - -ELECTRA - -¡Oh blanco de mis amorosas ansias! ¡Oh esperanza llorada de un vástago -que salvase la casa paterna! ¡Confía en el valor de tu brazo; tú -recobrarás la herencia de tu padre! ¡Oh dulce luz de mis ojos, que -tienes cuatro partes en mi corazón! Porque a ti debo llamarte mi -padre; en ti recae el amor que tuve a una madre, hoy con harta razón -aborrecida; en ti el amor de una hermana impíamente sacrificada, y tú -fuiste siempre mi hermano fiel, el único que volverá por mi honra. ¡Que -la fuerza y la justicia, junto con Zeus, soberano señor de todos los -dioses, sean con nosotros! - -ORESTES - -¡Zeus, Zeus, contempla nuestros males! Mira las crías del águila que -han quedado huérfanas. Murió su padre entre las apretadas roscas de -espantable víbora, y los desamparados aguiluchos perecen de hambre; -que no tienen fuerzas para traer al nido la caza con que su padre los -sustentaba. Tal puedes vernos a nosotros, a Electra y a mí; hijos sin -padre, ambos arrojados de nuestro hogar. Si tu dejas perecer a estos -hijuelos de un padre que tanto te honraba y tan continuos sacrificios -te ofrecía, ¿qué otra mano será tan liberal a ofrecerte espléndidos -honores? Si de esa suerte dejares perecer los polluelos del águila, -¿tendrías acaso con quien enviar a los mortales tus adorables augurios? -Seca de raíz este árbol real, y sus ramas no defenderán ya tus aras -en los días de los solemnes sacrificios. ¡Favorécenos! Levanta de su -miseria a su grandeza de antes esta casa que parece ya en total ruina. - -CORO - -¡Oh hijos! ¡oh libertadores del hogar paterno, callad! Cuidado, no os -oiga alguien, hijitos, y se le vaya la lengua y lo descubra todo a -los que hoy todavía son los amos. ¡Así los vea yo algún día muertos y -consumiéndose en abrasada pira! - -ORESTES - -No me hará traición, no, el oráculo del poderoso Loxias que me manda -arrostrar este peligro. Él me hablaba con voz formidable; él hacía -arder más y más la cólera en mi pecho, y me anunciaba que me asaltarán -crueles infortunios si no busco a los matadores de mi padre, y no les -doy igual muerte que a él le dieron, y no me revuelvo hecho un toro -contra los que me despojaron de mi hacienda. Que entonces yo seré -quien tendrá que pagar los infortunios de esa ánima querida, sufriendo -largos y acerbos males. Y a mi pueblo le predijo todas las plagas de la -tierra en satisfacción de las deidades irritadas; y a mí que la lepra -invadiría mis carnes, y devoraría con hambrientas mandíbulas mi recia -complexión de otro tiempo, y enfermaría mis cabellos, y los volvería -blancos. “Otros golpes descargarán sobre ti las Erinnas, suscitadas -por la sangre paterna --añadió--. En medio de la oscuridad verás -centellear los ojos de tu padre y revolverse airados en sus órbitas. -Y te herirá el dardo que desde el fondo de las tinieblas que habitan, -disparan contra los suyos los que cayeron a impío golpe y no alcanzaron -venganza. Y la rabia furiosa, y los vanos terrores de la noche te -agitarán y te llenarán de pavor; y huirás de tu patria, siempre -perseguido tu apestado cuerpo por acerado azote. Porque con estos tales -ninguno partiría su copa; ninguno les haría lugar en sus libaciones; -recházaseles hasta de las aras. Nadie daría abrigo al objeto visible -de la cólera de un padre; nadie se hospedaría con él bajo un techo. -Abominado de todos, sin un amigo, poco a poco se va consumiendo, y por -fin, acaba en aquella crudelísima miseria.” Justo es que yo crea en -estos oráculos; y cuando no creyera, todavía mi obra había de ponerse -en ejecución. ¡Son muchos los incentivos que para ello se juntan! La -orden de un dios; el duelo desconsolado de un padre, y la pobreza que -me estrecha. ¿Ha de vivir este pueblo, el más glorioso entre todos los -pueblos de la tierra, el que con inaudito esfuerzo destruyó a Troya, ha -de vivir así a la voz de dos mujeres? Porque él tiene corazón mujeril, -y si no, pronto se ha de ver. - -CORO - -¡Oh poderosas Moiras! ¡Ea, cúmplase lo que es justo, con ayuda de Zeus! -La justicia reclama su deuda y grita con voz formidable: Páguese la -afrenta con la afrenta; la muerte con la muerte. Ya lo dice sentencia -antiquísima: quien tal hizo que tal pague. - -ORESTES - -¡Oh padre, padre infeliz! ¿Qué te diría yo? ¿Qué pudiera yo hacer que -llegara desde este suelo a las profundas mansiones donde moras, y te -restituyese de las tinieblas a la luz? ¡Mas presentes y honores se -llaman aquí los lamentos; uno son para los antiguos señores de esta -casa; para los Atridas! - -CORO - -Hijo, el fuego con sus voraces mandíbulas no logra aniquilar los -afectos de los muertos. Después de la muerte estalla también su cólera. -La víctima lanza lastimeros ayes, y su matador aparece a los ojos de -todos. Los desgarrados y continuos lamentos de un padre, de aquel que -te engendró, reclaman justa venganza. - -ELECTRA - -¡Escucha también mis lacrimosos gemidos, oh padre! Al pie de este -túmulo están tus dos hijos llorándote con tristes endechas. Aquí están -los dos, suplicantes; los dos igualmente desterrados, y acogidos a tu -sepultura. ¿Qué bien habrá para ellos? ¿Dónde irán que el mal no les -asalte? ¿Acaso no es invencible el rigor de su desdicha? - -CORO - -Pero que el cielo quiera, y él dispondrá más regocijadas voces; y en -vez de cantos funerarios el Peán triunfal que restituya en sus regios -alcázares al nuevo amigo que se nos acaba de juntar. - -ORESTES - -¡Y si hubieses perecido, oh padre, delante de Ilión, al golpe de licio -hierro, legando a tu casa la gloria y labrando a tus hijos vida feliz -que se llevase las miradas de todos...! Al otro lado del mar tendrías -honrado túmulo, menos triste para los tuyos que este donde yaces. - -CORO - -Hasta bajo la tierra sería amado e insigne, y augusto señor de los -héroes que hallaron gloriosa muerte en los campos de Troya, y ministro -de las potentes deidades subterráneas; pues que en vida fué rey de -cuantos recibieron del Hado cetro con que tener a los hombres en -obediencia. - -ELECTRA - -No, no; tampoco eso, padre; tampoco que hubieras fenecido al pie de -los muros de Ilión entre tantos otros como cayeron bajo las enemigas -lanzas; ni que junto con ellos hubieses hallado a las orillas del -Escamandro honrada sepultura; sino que tus matadores hubieran muerto -entonces con la misma muerte que después te dieron a ti, y que tú -hubieses sabido su fin desastrado, lejos de estos lugares, y libre de -la desgracia que lloramos ahora. - -CORO - -Pedir tal, hija, es pedir más que oro, más que las colmadas dichas -hiperbóreas. El dolor habla por ti. Pero vuestros ayes penetraron al -fin en las mansiones del Hades; los que habitan el seno de la tierra se -han estremecido con violenta sacudida, y apréstanse a acudir en vuestra -ayuda. Las manchadas manos de los impíos dominadores encienden el odio -de la víctima; ese odio más vivo aún en el corazón de sus hijos. - -ELECTRA - -Como un dardo me han traspasado tus palabras. ¡Zeus, Zeus, que haces -surgir de los abismos profundos el castigo que con tardo, pero seguro -golpe, abate la osadía de los malvados, haz que así suceda también en -favor de mi padre! - -CORO - -¡Ojalá llegue a cantar jubiloso himno de muerte sobre los cuerpos -ensangrentados y sin vida de un hombre y una mujer! Porque ¿a qué -ocultar este pensamiento que acude a mi mente y la llena? Mal que me -pesara, asoma a mi rostro la ira, y el odio cruel y acerbo que se -alberga en mi corazón. - -ORESTES - -¿Cuándo tenderá Zeus sobre ellos su diestra omnipotente? ¡Ay de mí! -¿Cuándo abatirás sus cabezas, y harás ante nuestro pueblo completa -ostentación de tu poder? ¡Justicia contra los inicuos pido! ¡Diosas que -veláis por el honor de los muertos, escuchadme! - -CORO - -Es ley. Las gotas de sangre, que cayeron en el suelo, reclaman otra -sangre. El crimen da grandes voces. Acude, Erinis, y en venganza de las -primeras víctimas ve amontonando calamidad sobre calamidad. - -ELECTRA - -¿Dónde estáis, dónde estáis, potestades subterráneas? Tremendas -maldiciones de los muertos, ved lo que resta de los Atridas; contemplad -a estos infelices que no se pueden valer, ultrajados, y desposeídos de -su casa. - -CORO - -Mi corazón se estremece cada vez que oigo tus lamentos. Cúbrese el alma -de horrenda negrura, y la esperanza me abandona, cuando el valor y la -confianza volvían a renacer; cuando divertía mis dolores, y esperaba -que había de amanecer para nosotros un día feliz. - -ORESTES - -Entonces, ¿qué podremos decir? ¿Diremos los males que nos hace padecer -una madre? ¡Ay, que quiere templarnos; pero estos dolores no se calman -jamás! Como lobo hambriento, así es de implacable la ira que mi madre -encendió en mi alma. - -CORO - -¿He podido hacer extremos de dolor como una ariana, ni mostrar mi duelo -a estilo de plañidera cissia? ¿Acaso me viste tú corriendo de aquí para -allá, e hiriendo mi cuerpo a puño cerrado con repetidos golpes, arriba -y abajo, en la cabeza y en el pecho, menudeándolos con toda prisa y sin -darme punto de reposo? ¿Oíste tú resonar mi cabeza dolorida al choque -de mis puños? - -ELECTRA - -¡Ay enemiga y despiadada madre! ¡Tú te atreviste con inaudita -resolución a darle sepultura como a un enemigo, sin que al rey le -acompañasen sus ciudadanos, ni al esposo cortejo de piadosas lágrimas! - -ORESTES - -¡Válgame el cielo, qué de ultrajes! Pero en verdad que, con ayuda de -los dioses y de mi mano, ha de pagar los ultrajes que hizo a mi padre. -Después que yo le dé muerte, ¡aunque yo muera! - -ELECTRA - -Para que lo sepas. Pues todavía hizo más. Ella mutiló su cuerpo, y así -de maltratado fué como le dió sepultura, deseosa de hacerte la vida más -amarga aún. Ahí tienes los ultrajes que padeció nuestro padre. - -ORESTES - -¡Conque tal fué la miserable suerte de mi padre! - -ELECTRA - -Y yo vivía en un rincón, despreciada, puesta a todo vil trato y -arrojada del hogar como perro que muerde. Más prontas estaban las -lágrimas que las risas, y así y todo tenía que sonreírme por ver de -ocultar mi continuo y dolorido llanto. Graba en el alma lo que acabas -de oír; que mis palabras penetren tus oídos y lleguen a la serena -región del pensamiento. Lo que sucedió, ya lo sabes; lo que debe -suceder, pregúntaselo a tu odio. Es necesario llegar al fin con ánimo -inalterable. - -ORESTES - -¡Yo te invoco, padre! ¡Padre, sé con los que te amaron! - -ELECTRA - -¡Yo también te llamo con mis lágrimas! - -CORO - -Y todo este coro acompaña esas voces con sus voces. Óyenos. Vuelve a la -luz. Sé con nosotros contra tus enemigos. - -ORESTES - -¡Acuda la fuerza a la fuerza; la justicia a la justicia! - -ELECTRA - -¡Oh dioses, que se ejecute vuestra justa sentencia! - -CORO - -Al oíros, el pavor se apodera de mí. Mas lo que decretó el Destino hace -tiempo que está amenazando. Roguemos por que al fin se cumpla. - -¡Oh ingénita desventura de esta familia! ¡Oh cruel y horrendo azote -de la culpa! ¡Oh duelos acerbísimos y lacrimosos! ¡Oh dolores -desconsolados! ¡Cómo arraigasteis en esta casa! ¡No venís de lejos; -no os trajeron extraños! Unos contra otros los Atridas son los que -encienden estas sangrientas discordias. Tal es el himno de las diosas -subterráneas. - -Oíd nuestros ruegos, dioses inferiores; mostraos propicios a estos -hijos; ayudadlos y dadles la victoria. - -ORESTES - -Padre, a quien fué negado morir como muere un rey, hazme dueño y señor -de tu palacio: yo te lo pido. - -ELECTRA - -Y yo también necesito de ti, padre, tanto como él, si he de escapar de -la muerte y he de dársela a Egisto con golpe certero. - -ORESTES - -Y así podríamos ofrecerte los banquetes acostumbrados entre los -mortales. Donde no, tú serás el menospreciado y sin honores ningunos, -entre tantos otros manes como se regalan con el oloroso perfume de los -sacrificios consagrados a los muertos. - -ELECTRA - -Y el día de mis bodas traeré yo de la casa paterna ricos dones que -ofrecerte del caudal de mi herencia; y antes que todo será esta tumba -el venerado objeto de mi culto. - -ORESTES - -¡Oh tierra! Vuélveme el padre que guardas en tu seno, por que presencie -la pelea. - -ELECTRA - -¡Oh Perséfone, danos completa victoria! - -ORESTES - -Padre, acuérdate del baño en que fuiste muerto. - -ELECTRA - -Y acuérdate de la red en que te envolvieron. - -ORESTES - -¡No te cogieron en grillos de cobre, padre! - -ELECTRA - -Sino en vergonzosa y traidora envoltura. - -ORESTES - -A estas afrentas, ¿despertarás, padre? - -ELECTRA - -¿Levantarás tu cabeza querida? - -ORESTES - -Envía, pues, a la justicia a pelear por los tuyos, o dales a tus -matadores igual muerte que a ti te dieron, si es que vencido quieres -ser vencedor a tu vez. - -ELECTRA - -Padre, escucha mis postreros clamores. Mira a estos hijuelos cómo -rodean tu sepulcro. Apiádate de tu hija y de tu hijo. - -ORESTES - -No dejes que se extinga la descendencia de los Pelópidas, y así no -habrás muerto ni aun después de tu muerte. - -ELECTRA - -Sí, que son los hijos la gloria de su padre, que le salvan de que muera -con él su nombre; bien así como corchos que mantienen a flote la red y -no la dejan irse a fondo. - -ORESTES - -Óyenos; por ti son estos lamentos. Al atender nuestras preces, a ti -mismo te salvas. - -CORO - -No seré yo quien desapruebe vuestras prolijas lamentaciones. Debidas -eran en honor de ese túmulo, y de un infortunado a quien nadie había -llorado aún. ~(A ORESTES.)~ Por lo demás, pues que estás resuelto a -ello, razón es que ya obres, y pruebes fortuna. - -ORESTES - -Será. Pero no irá fuera de camino, que yo pregunte: ¿a qué envió estas -libaciones? ¿Por qué esta tardía reparación de un mal que no la tiene? -¿Para qué estos presentes miserables a un muerto que no se curará de -ellos? No acierto a imaginarme que se pueda ella esperar. Tan sólo sé -que tales regalos son mucho menores que su culpa. Todas las libaciones -del mundo, derramadas por la sangre de un solo hombre, trabajo -perdido. Este es mi sentir. Mas si sabes qué pueda ello ser, dímelo, -que lo deseo. - -CORO - -Lo sé, hijo, porque estaba presente. Llena de sobresalto con las -terribles apariencias, que en la callada noche venían a turbar su -sueño, la impía mujer me envió con estas ofrendas funerarias. - -ORESTES - -¿Conoces tú ese sueño, de modo que puedas explicármelo? - -CORO - -Según dijo ella, parecióle que había parido un dragón. - -ORESTES - -¿Y qué fin y remate tuvo la apariencia? - -CORO - -Teníale envuelto en pañales como a un niño, cuando he aquí que el -monstruo recién nacido sintió hambre, y entonces, soñando, ella misma -le puso al pecho. - -ORESTES - -¡Cómo! ¿Y no la hirió el pecho el horrendo monstruo? - -CORO - -Como que junto con la leche sacó sangre. - -ORESTES - -No en vano la envió su esposo ese sueño. - -CORO - -Despierta ella entonces toda despavorida y pidiendo socorro. A las -voces de la reina, mil antorchas, apagadas en la hora del descanso, -vuelven a encenderse y disipan la obscuridad. Luego al punto envía -estos fúnebres obsequios, esperanzada en que han de ser remedio -certísimo de sus males. - -ORESTES - -¡Oh tierra natal! ¡oh tumba de mi padre, haced que sea yo el cumplidor -de ese sueño! A lo que se me alcanza, él viene bien con mi destino. Si -la serpiente salió del mismo seno de donde salí; si fué envuelta en mis -propios pañales, y se agarró voraz a los pechos que me criaron, y sacó -de ellos leche y sangre, razón tuvo la que tal soñó, para lanzar grito -de angustia temerosa. Quien amamantó a un horrendo monstruo, de mala -muerte debe morir. Yo seré la serpiente; yo la mataré como el sueño -anuncia. Habla: te hago juez de la interpretación del prodigio. - -CORO - -¡Suceda como lo dices! Pero explícales a tus amigos cómo vas a -ejecutarlo. - -ORESTES - -Pronto está dicho. Que Electra vuelva adentro; nosotros quedamos para -obrar; vosotras, quietas, y no hacer nada. Sólo encarezco que se calle -lo que he trazado y vais a oír. Con engaños mataron a aquel varón -insigne: con engaños mueran ellos, y en iguales lazos cogidos, según -predijo ya Loxias, el soberano Apolo, adivino a quien nadie halló -falaz todavía. Disfrazado de extranjero, y con todo el equipaje de un -caminante, yo me llegaré a las puertas del vestíbulo, acompañado de -este amigo, de Pílades, como de un huésped y compañero de armas de la -casa. Ambos hemos de hablar la lengua Parnésida, imitando el acento -focense. A buen seguro que ninguno de los porteros nos reciba con -buenas entrañas, cuando el genio del mal reina en ese palacio. Así, -pues, aguardaremos que cualquiera pase por delante de la casa y diga -en viéndonos: ¿Por qué cerráis la puerta a quien os pide hospitalidad? -¿Está dentro Egisto? ¿Sabe lo que pasa? Y como llegue yo a pasar de -los umbrales, ora que me le encuentre sentado en el trono de mi padre, -ora que venga a mí a hablarme cara a cara y a escudriñarme con los -ojos, tenedlo por cierto, antes que pueda decir: “¿de dónde bueno, -extranjero?” le dejo sin vida, y envuelto en el rápido lazo de mi -espada. No padecerá Erinis necesidad de sangre. Hay que apurar la -tercera copa. ~(A ELECTRA.)~ Tú, pues, observa bien lo que pase en -casa, porque todo venga a nuestro intento. ~(Al CORO.)~ A vosotras os -recomiendo que tengáis la lengua y sepáis hablar o callar, según pida -el caso. Este ~(a PÍLADES)~ cuidará de lo demás, cuando mi espada vaya -a terminar la lucha. - -~(Vanse ORESTES y PÍLADES. ELECTRA entra en palacio.)~ - -CORO - -La tierra cría multitud de tremendas plagas; los antros del mar están -poblados de bestias feroces enemigas de los mortales; los rayos del sol -engendran alados monstruos que cruzan los espacios; monstruos que se -arrastran por el suelo; furores de hinchadas tempestades: y todo ello -se puede pintar. - -¿Mas quién podría pintar la osadía de un hombre soberbio y la liviandad -de una mujer que por nada se detiene? ¿Quién los desenfrenados deseos -de los mortales, del infortunio perpetuamente acompañados? Cuando la -pasión amorosa se apodera de la mujer, no es sino furiosa rabia que -deja atrás el ciego instinto de monstruos y brutos. - -Considere quien sea discreto y deseoso de conocer la verdad, cuán -desdichado pensamiento el que tuvo aquella hija de Thestio, verdadera -perdición de su hijo, para quemar el rojo tizón que apartó del fuego -cuando nació Meleagro, y el cual había de ser la medida de su vida -desde que dió el primer vagido al salir del vientre de su madre hasta -la fatal postrimera hora. - -Y abomine también de aquella cruel Escyla, de quien nos dicen las -historias que perdió al hombre que había de serle más caro, vencida de -sus enemigos. Rindiéronla los collares de oro de Creta; por los regalos -de Minos determinóse desaconsejada la mala hembra a despojar a Niso del -cabello de la inmortalidad, mientras se hallaba entregado al sueño; y -Hermes se apoderó de Niso. - -Pero de todos los crímenes, el más famoso y que gana a todos es el de -Lemnio. Dondequiera se le llora y abomina. No hay maldad horrenda que -no se diga de Lemnio, como el mayor encarecimiento que de ella pudiera -hacerse. Mas las grandezas de los hombres, manchadas por sacrilegio -execrable, presto desaparecen con oprobio. Nadie rinde culto a lo que -detestan los dioses. -- De todos estos crímenes que acabo de traer a la -memoria, ¿habrá algo que no haya mentado con razón? - -Y después de recordar tan impías maldades, ¿será extraño que yo maldiga -un contubernio odioso y las asechanzas puestas por una mujer a un varón -esforzado, a un valentísimo guerrero que a sus mismos encarnizados -enemigos causaba reverencia? ¿Podré yo mirar jamás con respeto, hogar -donde se apagó el sagrado fuego de la familia, ni cetro mujeril y -cobarde? - -Pero la espada afiladísima de la Justicia pasa algún día de parte a -parte el corazón del malvado. No son las leyes que ella dicta suelo que -impunemente se pisotea. Quien las quebranta ofende a la majestad de -Zeus. - -Y tal vez sucede que la Justicia vuelve a afirmarse en su asiento; la -Moira forja en su yunque un puñal más y le afila; Erinis, la diosa de -los inescrutables designios, hace por fin ostentación de su poder, y da -entrada en la casa que manchó el crimen, al nuevo crimen, que nació de -la sangre antigua, y ha de ser ahora su vengador. - -~(Salen ORESTES y PÍLADES y se dirigen al palacio.)~ - -ORESTES ~(llamando a la puerta.)~ - -¡Muchacho, muchacho! oye que están llamando a la puerta del vestíbulo. -~(Llama por segunda vez.)~ Otro golpe más. ¡Muchacho, muchacho! ¿No hay -nadie en casa? ~(Llama por tercera vez.)~ Vaya el tercer golpe que doy; -a ver si sale alguien: si es que la casa de Egisto no se cierra a la -hospitalidad. - -SIERVO ~(Abriendo la puerta.)~ - -Ea, bien; ya oigo. ¿De qué tierra es el huésped? ¿De dónde viene? - -ORESTES - -Di a los señores de la casa que vengo en su busca; que les traigo -nuevas. Pero date prisa, porque el caliginoso carro de la noche va -apresurando su carrera, y hora es ya que los caminantes echen anclas -en hospedaje donde reposen. Que salga el que mande aquí; el ama de la -casa. Pero no, estas cosas son mejor para el amo. Con él no tendré -reparo ninguno en hablar sin rodeos. De hombre a hombre hay siempre más -llaneza y se dice claro lo que se quiere. - -~(Salen CLITEMNESTRA y ELECTRA.)~ - -CLITEMNESTRA - -Extranjeros, si es que habéis menester de algo, podéis hablar. Pronta -se halla cuanta comodidad debe ofrecer casa como ésta: templados baños; -reposo para vuestras fatigas; lecho, y la presencia de rostros amigos. -Si es que se trata de negocio de mayor momento, eso toca a mi esposo; -se lo comunicaré. - -ORESTES - -Mi patria es Daulide, en la Fócida. Encaminábame hacia Argos, como -me ves que llego, un pie tras otro y llevando a cuestas mi equipaje, -cuando se me acercó cierto hombre, que ni yo le conocía ni él me -conocía a mí; y después de preguntarme por mi camino y cerciorarse bien -del suyo, “Extranjero --me dijo Estrofio el Focense (que así me dió a -entender en nuestra plática que se llamaba)--, pues que vas a Argos a -tus haciendas, diles a los padres de Orestes como es muerto. Acuérdate -de todo; cuidado que no se te olvide. Pregúntales si son de parecer -que se envíen las cenizas de él, o que le demos sepultura en la tierra -que le acogió y quede en ella por sempiterno huésped. A la vuelta me -traes sus órdenes. En tanto, los ámbitos de broncínea urna guardan sus -restos, y no les ha faltado tampoco el funerario obsequio de nuestras -lágrimas.” Tal me dijo él, y tal digo. No sé si estoy hablando con los -parientes y deudos de Orestes; pero justo es que su padre sepa lo que -pasa. - -ELECTRA - -¡Ay de mí! ¡Perdidos somos del todo! ¡Oh maldición que pesas sobre -esta casa, sin que haya poder que te ahuyente! ¡Y cómo escudriñas y -llegas con tu mirada hasta aquellos que parecían fuera de tu alcance -y en salvo! ¡Y cómo los heriste de lejos con certera flecha! ¡Infeliz -de mí, que me has privado de los que amaba! Ahora Orestes, que con -buen consejo había huído de hundir su pie en el cenagoso pantano donde -habría hallado la muerte. ¡Aquella esperanza de salvación, que nos -prometía para esta casa regocijadas venturas, pintábanos tan sólo vanas -apariencias sin realidad! - -ORESTES - -Bien hubiera querido yo haberme dado a conocer de tan generoso -huéspedes, y recibir su hospitalidad con ocasión de felices sucesos. -¿Quién más que un huésped puede desear el bien de su huésped? Mas tengo -para mí que habría sido gran maldad no decir a quienes les importa todo -lo que hay en suceso como el que me trae, habiéndolo prometido así, y -después del acogimiento que me habéis hecho. - -CLITEMNESTRA - -No por ello será menos digno de ti el que tengas, ni menos tratado -como amigo en esta casa. Lo mismo que tú cualquiera otro nos hubiera -traído la noticia. Pero tiempo es ya que tengan lo que han menester, -huéspedes que se han pasado el día caminando. ~(Al SIERVO.)~ Anda -con él, y condúcele a la hospedería, y a su compañero, y que allá -encuentren cuanta comodidad debe ofrecerles este palacio. Te recomiendo -que lo hagas como quien después tendrá que darme cuenta. Nosotros -comunicaremos la nueva al señor de esta morada, y pues no nos faltan -amigos, con ellos consultaremos sobre el caso. - -~(Vanse el SIERVO, guiando a ORESTES, y PÍLADES, CLITEMNESTRA y -ELECTRA.)~ - -CORO - -Ea, pues, compañeras de servidumbre, ¿cuándo hemos de esforzar nuestra -voz pidiendo por Orestes? ¡Oh tierra sagrada!, ¡oh sagrado túmulo que -descansas sobre el cuerpo de aquel rey que capitaneó tantas naves; -escúchanos ahora, auxílianos ahora! Ahora que llegó el trance de que -pelee por nosotros la astucia engañosa, y Hermes, desde las nubes donde -habita, guíe la espada que ha de terminar la contienda. ~(El CORO, al -sentir pasos, muda de tono y lenguaje; a poco sale GILISSA.)~ Paréceme -que el huésped trama algo malo. Pero mira a la nodriza de Orestes, que -viene hacia aquí deshecha en lágrimas. ¿Adónde vas, Gilissa, fuera de -casa, arrastrando los tardos pies? Contigo va el dolor; ¡y no un dolor -mercenario, ciertamente! - -NODRIZA - -La que manda ha dado orden de llamar a Egisto, que venga cuanto antes -a ver a los huéspedes para que hable con ellos y averigüe él mejor -la nueva que traen. Delante de los criados ha puesto ella el rostro -triste, queriendo ocultar la alegría que lo sucedido le causaba; pero -mal de su grado la retozaba en los ojos. Bien le ha venido la nueva que -le dieron los huéspedes, harto cierta, y para esta casa infelicísima -que pone colmo a su desventura. Pues cuando lo oiga aquél y lo averigüe -¡cómo se le alegrará el alma! ¡Ay, desdichada de mí! ¡Cuántas terribles -calamidades se conjuraron de antiguo contra la mansión de Atreo, y -afligieron mi corazón; pero dolor como éste nunca jamás le padecí! -Todos los otros males había ido llevándolos en paciencia; pero mi -Orestes, el dulce cuidado de mi alma, que de recién nacido le tomé -de los brazos de su madre, y le crié; aquel cuyos lloros hacíanme -levantar de noche, y andar paseándole sin cesar de un lado a otro... -¡Tantas incomodidades y fatigas; todo padecer en vano y sin fruto! -Porque a un niño que no tiene uso de razón, fuerza es criarle como -quien cría a una bestezuela. Y ¿cómo no? Conforme a lo que pide su -condición. Un niño de mantillas nada dice; que tenga hambre; que tenga -sed; que tenga ganas de orinar. Vientre de niño a nadie pide licencia. -Sin duda ninguna, ya lo conocía yo; pero muchas veces me engañaba, y -entonces había que ser lavandera de sus pañales. De esta suerte, el -batanero y la nodriza tenían el mismo oficio. Entrambas cargas eché -sobre mí al recibir el niño de su padre. Y ahora, ¡desdichada que yo -soy! oigo que es muerto. Pero vamos en busca de ese hombre, que ha sido -la perdición de esta casa. ¡Con qué gusto escuchará la nueva! - -CORO - -¿Con qué aparato manda ella que venga? - -NODRIZA - -¿Cómo has dicho? Repítelo, para que lo entienda mejor. - -CORO - -Si con guardias o solo. - -NODRIZA - -Manda que traiga consigo sus gentes de armas. - -CORO - -No digas tal a ese tirano aborrecido. Pon el rostro alegre por que te -escuche sin temor, y dile que venga él solo y cuanto antes. En este -aviso se oculta nuestra dicha. - -NODRIZA - -¿Por ventura es que piensas bien de las nuevas que acabamos de recibir? - -CORO - -¿Y si Zeus mudase los males en bienes? - -NODRIZA - -Y ¡cómo! Orestes, que era la esperanza de esta casa, ha muerto. - -CORO - -Todavía no. Y para pensar así, cierto que no es necesario ser gran -adivino. - -NODRIZA - -¿Qué dices? ¿Sabes tú algo en contra de lo que se cuenta? - -CORO - -Anda y da tu recado, y haz lo que te mandan. Deja a los dioses que -ellos cuiden de lo que es suyo. - -NODRIZA - -Voy, pues, y seguiré tu consejo. ¡Hagan los dioses que suceda lo mejor! - -~(Vase.)~ - -CORO - -Zeus, padre de los dioses del Olimpo, escucha mis ruegos. ¡Que vea yo -que dan cima a su empresa los que están deseosos del bien! Justicia te -piden mis clamores, ¡oh Zeus! ¡Guarda a Orestes! - -Ea, constitúyele en su palacio frente a frente a sus enemigos. -Engrandécele, que él te pagará de buen grado con duplicadas y -triplicadas ofrendas en acción de gracias. - -Contempla al huérfano de aquel varón que tanto amaste, cómo va -marchando uncido al carro de la desgracia, y pon medida a su -desenfrenada carrera. ¿Quién le verá caminar con firmes y asentados -pasos hasta tocar el término de sus males? - -Dioses que habitáis esas ricas estancias, custodios del hogar, -escuchadnos; sed con nosotros. Ea, ea; paguen las justicias de hoy la -sangre que se derramó ayer; pero cumplida esta obra de justicia, que la -muerte no engendre ya más muertes en esta casa. - -¡Oh habitador de la insondable sima, haz que Orestes se vea restituído -en el palacio de Agamemnón, y que su padre, a través de las -tinieblas que le envuelven, pueda contemplar a su hijo libre y todo -resplandeciente de gloria! - -Venga también en su favor el hijo de Maya y préstele justo auxilio que -encamine la empresa a feliz suceso. Queriendo él, ya mostrará secretas -trazas, y con palabras obscuras tenderá ante los ojos de los enemigos -noche de espesísimas tinieblas, que toda la luz del día no será parte a -despejar. - -Entonces, salvos ya, ofrecerán estos palacios las preseas de sus ricos -tesoros, y en vez de lamentos, elevaremos nosotras por toda la ciudad -al són de la cítara, femenil y regocijado canto de triunfo. Esta -victoria será para mí el colmo de la dicha; para los que amo, el fin de -sus males. - -Y tú, ¡valor, cuando llegue el momento de obrar! Ella te gritará: -¡hijo! Respóndela tú con las palabras de tu padre; cumple sus mandatos, -y consuma el tremendo castigo. - -Ármate en tu corazón del valor de Perseo. ¡Que los que habitan las -profundidades de la tierra conozcan que los amas; que los que viven -aún, en vez de tu amor sientan tu implacable odio. Lleva a esa mansión -el sangriento castigo; mata al asesino de tu padre! - -~(Sale EGISTO.)~ - -EGISTO - -Han mandado que me llamen, y acudo en seguida al aviso. Me dicen -que ciertos extranjeros, que acaban de llegar, traen nuevas nada -agradables; que ha muerto Orestes. Sería esto un golpe más para esta -casa, y nuevo manantial de temores, sobre la otra muerte que de antes -nos punzaba y remordía. ¿Cómo saber con toda certeza si es verdad? -¡Acaso serán voces de mujeres medrosas, que vuelan mucho y luego -mueren, y nada! ¿Podrías decirme tú algo que me diese luz sobre lo que -ocurre? - -CORO - -Sí, lo hemos oído; pero entra en palacio y entérate de los extranjeros. -Nada hace valer una nueva como que por nosotros mismos la hayamos -comprobado. - -EGISTO - -En fin, quiero ver al mensajero y averiguar si estaba presente cuando -Orestes murió, o es que cuenta vagos rumores que él ha oído. Yo le -veré, y a mí no me engañan mis ojos. - -~(Vase.)~ - -CORO - -¡Zeus, Zeus! ¿Qué diré yo? ¿Por dónde comenzar mis plegarias, mis -suplicantes clamores? ¿Con qué palabras acabaré que expresen todos mis -buenos deseos? Pronto van a bañarse en sangre las matadoras espadas. -O la raza de Agamemnón perece con total ruina, o dueño Orestes y -poseedor de las grandes riquezas de sus padres, hará encender fuegos -y luminarias por festejar la libertad cobrada y la autoridad legítima -restituída. Tan grande batalla se apercibe a sustentar el generoso -Orestes, solo él contra sus dos enemigos. ¡Que obtenga la victoria! - -EGISTO ~(dentro.)~ - -¡Ay, ay de mí! - -CORO - -¡Ea, ea, firme! ¿Cómo habrá sido? ¿Qué pasará ahí dentro? Todo se -acabó. Apartémonos de ahí. Que aparezcamos inocentes de esas desdichas. -No hay que dudar; la lucha ha terminado. - -SIERVO ~(asomando en el fondo del vestíbulo, y acompañando sus palabras -con la acción que expresan.)~ - -¡Desdichado de mí! ¡Desdichado de mí, una y mil veces! Muerto es mi -señor. ¡Desdichado de mí, diré otra vez; y más que nadie desdichado! -Egisto no existe ya. Pero, abrid las puertas del gineceo; ¡corriendo! -¡Descorred esos cerrojos! Menester sería aquí un hombre joven y -forzudo. No para socorro del muerto, ¿a qué ya? ¡Hola, hola! Grito a -sordos. Hablar en vano y sin provecho; están dormidos. ¿Dónde estará -Clitemnestra? ¿Qué hace? Temo que su cabeza corre gravísimo peligro de -caer al golpe de la venganza. - -~(Sale CLITEMNESTRA.)~ - -CLITEMNESTRA - -¿Qué es eso? ¿Por qué armas este alboroto en palacio? - -SIERVO - -Los muertos matan a los vivos. - -CLITEMNESTRA - -¡Ay de mí, bien comprendo el enigma! Matamos con engaños y con engaños -perecemos. Déme cualquiera una hacha con qué matar. ¡Pronto! Veamos si -vencemos o somos vencidos, ya que hemos llegado a este extremo. - -~(Sale ORESTES espada en mano.)~ - -ORESTES - -A ti te busco ahora; él ya tiene bastante. - -CLITEMNESTRA - -¡Ay de mí! ¿Has muerto, amadísimo Egisto? - -ORESTES - -¿Amas a ese hombre...? Pues bien, tú yacerás con él en la misma tumba. -Así no le serás infiel ni aun después de muerto. - -CLITEMNESTRA - -¡Detente, oh hijo! Respeta, hijo de mis entrañas, este pecho sobre el -cual tantas veces te quedaste dormido, mientras mamaban tus labios la -leche que te crió. - -ORESTES - -Pílades, ¿qué haré? ¿Huiré con horror de matar a mi madre? - -PÍLADES - -Y los oráculos de Loxias que te anunció la Pithia, ¿dónde se fueron? -¿Dónde la fe y la santidad de tus juramentos? Ten a todos los hombres -por enemigos; a todos sin excepción, mejor que no a los dioses. - -ORESTES - -Venciste; lo reconozco. Tienes razón. -- ~(A CLITEMNESTRA.)~ Sígueme; -quiero degollarte junto a aquél hombre. En vida le preferiste a -mi padre; muere, pues, y duerme con él, ya que a él le amaste, y -aborreciste a quien debías amar. - -CLITEMNESTRA - -Yo te crié; déjame envejecer a tu lado. - -ORESTES - -¿A mi lado tú....? ¡Tú, la matadora de mi padre...! - -CLITEMNESTRA - -¡Oh, hijo mío! El Destino fué el autor de ese crimen. - -ORESTES - -El Destino es también quien dispone tu muerte. - -CLITEMNESTRA - -¡Hijo de mis entrañas! ¿no temes las maldiciones de la madre que te -parió? - -ORESTES - -Me pariste, sí.... para lanzarme en el infortunio. - -CLITEMNESTRA - -No en verdad, sino que te puse en manos amigas. - -ORESTES - -Dos veces fuí vendido; yo, hijo de un hombre libre. - -CLITEMNESTRA - -Entonces, ¿dónde está el precio que por ti recibí? - -ORESTES - -Vergüenza me da echártelo en cara siquiera. - -CLITEMNESTRA - -No te avergüence; pero di también las sinrazones de tu padre. - -ORESTES - -No acuse a quien anda pasando fatigas la que se está en casa muy -descansada. - -CLITEMNESTRA - -También es triste cosa, hijo, verse una mujer alejada de su marido. - -ORESTES - -Pero las fatigas del marido deparan el sustento a la mujer, mientras -ella se está ociosa en casa. - -CLITEMNESTRA - -Hijo de mis entrañas, ¿te parece lícito matar a tu madre? - -ORESTES - -No soy yo quien te mato; eres tú. - -CLITEMNESTRA - -Repara; guárdate de las perras irritadas que vengarán a una madre. - -ORESTES - -Y las que vengan a un padre, ¿cómo las huiré si desisto? - -CLITEMNESTRA - -Aún vivo; pero en vano es que clame; como si clamase al sepulcro. - -ORESTES - -La suerte de mi padre ha fijado tu suerte. - -CLITEMNESTRA - -¡Ay de mí, que parí esta serpiente y la crié! - -ORESTES - -Cierto; presagio fué aquel sueño que despertó tus terrores. - -CLITEMNESTRA - -· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · - -ORESTES - -Mataste a quien no debiste; padece ahora lo que no debías. - -~(Entra en palacio arrastrando tras sí a CLITEMNESTRA.)~ - -CORO - -Lloremos la desdichada suerte de los dos; pero ya que el infortunado -Orestes llenó la sangrienta medida, prefirámoslo, que al fin la luz de -esta casa no se ha extinguido para siempre. - -Al cabo de tiempo la Justicia descargó sobre los hijos de Príamo el -grave castigo que merecían. También ha descargado por fin sobre la casa -de Agamemnón. Un doble león, un doble Ares ha penetrado en ella. El -desterrado cumplió hasta el ápice los oráculos pitios; los dioses le -alentaron a la empresa, y le sostuvieron con sus consejos. - -Celebrad con jubiloso himno de triunfo la terminación de los males que -afligían a la regia morada, y el rescate de sus tesoros usurpados por -aquellos dos infames que tuvieron tan desastrada muerte. - -Con engaños asaltó el castigo a quienes vencieron con engaños. La santa -hija de Zeus, respirando odio mortal contra nuestros enemigos, tomó de -la mano al vengador y le guió en la pelea. ¡Razón tenemos los mortales -para darle el nombre de Justicia! - -Sucedió según lo predijo Loxias Parnasio, el dios que habita el centro -de la tierra: pasó tiempo; pero la justicia llegó, y arrastró al -abismo a la mujer que la había ultrajado, valiéndose de sus mismas -artes. También lo divino tiene leyes por qué regirse; modo de ley es -que no pueda ayudar a los malos. Adoremos el poder que gobierna los -cielos. Por fin vemos la luz. - -Ya cayó el freno que oprimía a estas casas. Ea, pues, ¡levantaos! -Sobrado tiempo habéis yacido ahí, siempre humilladas. Pero el tiempo -todo lo vence. Pronto se volverán tus pórticos de tristes, alegres, -cuando la expiación haya purificado tu hogar de las manchas que lo -afeaban. Entonces, aquellas que en este palacio habían hecho su -habitación, se alejarán, y la fortuna pondrá buen rostro a los que -antes llorábamos de tanto ver y oír. Por fin, por fin vemos la luz. - -~(Ábrense las puertas del palacio y aparece ORESTES con el ramo de los -suplicantes en la mano. En el fondo se ven los cuerpos de EGISTO y -CLITEMNESTRA.)~ - -ORESTES - -Contemplad a los dos tiranos de nuestra ciudad; a los asesinos de -mi padre; a los que arruinaron mi casa. Bien se entendían mientras -estuvieron sentados en el trono; mas todavía sigue su amorosa alianza, -como se puede presumir de la suerte que han tenido. ¡Fieles se -mantuvieron a sus juramentos! Juraron dar muerte desastrada a mi padre -y morir juntos, y lo han cumplido religiosamente. ~(Mostrando el velo -en que fué envuelto Agamemnón.)~ Vosotros, que oísteis hablar de aquel -crimen, contemplad también el artificio que les sirvió de grillos y -esposas con que mi desdichado padre quedase sujeto de pies y manos. -Poneos en círculo y desplegadlo bien, y mostrad la red en que fué -cogido varón tan insigne. Que aquel Padre, no el mío, sino Helios que -lo ve todo, contemple las impías maldades de mi madre, porque si soy -acusado alguna vez, pueda dar testimonio de la justicia con que la dí -muerte. No hablaré de la de Egisto. Él sufrió el castigo que impone la -ley al que atropella la honestidad. Pero ella, que imaginó aquel odioso -atentado contra el hombre cuyos hijos llevó en su seno; carga entonces -dulce, y ahora, ya lo veis, por su desgracia, aborrecida; ella, ¿qué -te parece? Era una murena, una víbora; tan sólo su contacto, que no -ya su mordedura, bastaba a emponzoñar. Tal era de procaz y malvado su -instinto. ¡Jamás esposa como ella habite bajo mi techo! ¡Permitan los -dioses primero que muera sin hijos! - -CORO - -¡Ay, ay, crímenes miserables! ~(Contemplando el cuerpo de -CLITEMNESTRA.)~ ¡Horrenda muerte has tenido! ~(Viendo a ORESTES, que -comienza a dar señales de turbación.)~ ¡Ay cielos! ¡También para el que -sobrevive comienza a dar frutos la desdicha! - -ORESTES - -¿Hízolo o no lo hizo ella? -- Hable por mí este velo, ensangrentado -por la espada que la dió Egisto. Pasó el tiempo; pero la mancha de -la sangre quedó aquí e hizo que se perdiesen los variados matices de -este rico tejido. ¿Qué nombre le daré que le cuadre? ¿Le llamaré lazo -de coger fieras, o sábana mortuoria en que envolver el cuerpo para la -tumba? Trampa, red, grillos; todo esto a la vez pudieras llamar a este -velo. A lograrlo un ladrón de esos que se pasan la vida engañando a -los viajeros y robándoles sus caudales, ¿a cuántos no diera muerte con -un artificio como él, y cuántos felicísimos golpes no maquinara en -su ánimo? ¡Contigo hablo, velo parricida! Presente estás a mis ojos, -y al verte, ya me alabo; ya rompo en gemidos, y me duelo del crimen, -y del castigo, y de mi raza entera, y siento sobre mí el peso de esta -desdichada victoria que me mancha. - -CORO - -No hay mortal que pueda asegurarse una felicidad perpetua. Hoy éste, -mañana aquél, todos han de encontrarse con el dolor. - -ORESTES - -Mas para que lo sepáis... Porque ni yo sé dónde irá esto a parar. -Como caballos desbocados que se lanzan fuera de la carrera, así mis -pensamientos se desmandan y alborotan y me arrastran, mal que me pese. -Ya oigo la voz del terror que se levanta en mi corazón. Ya el corazón -se estremece enfurecido. Pero mientras sea dueño de mí, todavía yo -afirmaré ante vosotros, amigos míos; yo proclamaré que si maté a mi -madre, no fué sin justicia. Ella se manchó con la sangre de mi padre; -ella se hizo blanco del aborrecimiento de los dioses. Apolo fué el -principal autor de mi obra, yo os lo digo; Apolo, que alentó mi audacia -y me anunció, por boca del oráculo pitio, que esta acción no se me -imputaría a delito; mas a qué retroceder... No os diré la pena. No -habría flechero tan hábil que pudiese alcanzar con sus flechas a lo -espantoso de tales horrores. Y ahora, ya lo estáis viendo, armado -con este ramo, que coronan listones de lana, me encamino al templo -que marca el ombligo de la tierra, sagrado lugar donde arde, sin -extinguirse jamás, el rutilante fuego de Loxias. Allí me lavaré de la -sangre de mi madre: Loxias me ha prohibido volverme a otro altar que al -suyo. Vosotros, Argivos todos, cuando sea hora, atestiguar por mí de -los terribles desastres que pesaron sobre los míos; que yo, desterrado -de mi patria, viviré errante, y en vida y después de muerto dejaré -memoria de esta triste hazaña. - -CORO - -Pues que obraste en justicia, no cierres tu boca ante los que te -acusen; ni rompas en maldiciones después que has vuelto su libertad -a toda la ciudad de Argos, cortando valeroso la cabeza a esas dos -serpientes. - -ORESTES - -¡Ah, ah! Vedlas, esclavas: ¡ahí están! ¡parecen las Gorgonas! ¡Sus -vestiduras son negras! ¡En sus cabellos se enroscan multitud de -serpientes! Ya no podría yo permanecer aquí ni un instante más. - -CORO - -¿Qué imágenes son esas que te trastornan, oh hijo el más cariñoso para -su padre? Serénate; no te dejes vencer tan pronto del terror. - -ORESTES - -No son imaginaciones; son realidades horrendas. Son las perras furiosas -que vienen a vengar a mi madre. ¡Harto lo sé! - -CORO - -Su sangre, caliente aún en tus manos, es lo que pone terror en tu alma. - -ORESTES - -¡Soberano Apolo! su número aumenta; de sus ojos destilan horrenda -sangre. - -CORO - -Una purificación queda para ti. Abrázate al ara de Loxias, y él te hará -libre de tus tormentos. - -ORESTES - -¡Vosotras no las veis, pero yo sí las veo! ¡Me persiguen! ¡No, no puedo -estar aquí! - -~(Huye despavorido.)~ - -CORO - -¡Que tengan buen suceso tus desventuras! ¡Que el dios eche sobre ti -mirada amiga, y te guarde en los peligros! - -He ahí la tercera tempestad que se desencadenó sobre el alcázar de -nuestros reyes. Los mismos de su linaje la han movido. Comenzaron por -el horrendo banquete que se ofreció al desdichado Tiestes. Vino después -el desastrado fin de aquel valeroso rey que acaudilló a todos los -Aqueos: asesináronle en el baño. Y ahora, ¿cómo llamaré a esto último? -¿mi salvación o mi ruina? ¡Cuándo se saciará, cuándo se calmará, cuándo -se adormecerá siquiera el encono de la desgracia! - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -III - -_LAS EUMÉNIDES_ - - -CUADRO PRIMERO - -~La escena representa el exterior del templo de Delfos.~ - -LA PITONISA ~(que aparece en el pórtico del templo.)~ - -Sean para la Tierra mis primeras preces, mis primeros actos de -adoración: ella fué, antes que ningún otro dios, quien pronunció -aquí sus oráculos. Después para Themis, que según cuentan, sucedió -a su madre en este profético templo. Sentóse en él la tercera otra -Titánida, hija de la tierra, Febe; por voluntad de Themis, que no por -fuerza ninguna. Febo, al nacer, recibiólo de Febe, como regalo que -ella quiso hacerle en su nacimiento, y con él aquel nombre tomado de -su madre. El dios deja el lago de la isla Delos y su riscoso suelo; -aborda a las costas de Palas, de los navegantes visitadísimas, y -por fin llega a esta comarca donde se asienta el Parnaso. Los hijos -de Hefestos le acompañan con gran veneración; allánanle el camino, -y le van abriendo paso por una tierra agreste, hasta entonces nunca -cultivada. Luego que llegó, el pueblo entero y Delfos, que era el rey -que a la sazón le gobernaba, ríndenle singularísimos honores. Zeus -le infunde el divino arte, y le sienta en este trono profético, que -él es el cuarto a ocupar. Desde entonces, Loxias es el profeta de su -padre Zeus. Comiencen, pues, por estos dioses mis oraciones. Pero -además, reciba sobre todos homenaje de adoración la diosa Palas, cuya -imagen se ostenta frente a este templo; sean también veneradas las -Ninfas que pueblan la hueca peña Coricia, lugar de las aves deseado, -y para los dioses apacible retiro; sin que deje de recordar a Bromio, -que en aquella región tiene su morada, y de ella lanzó sus bacantes -contra Pentheo y le dió la muerte de una fiera. Por último, invoquemos -a la fuente del Plisto, y al poderoso Poseidón, y a Zeus, altísimo -y omnipotente, y vamos a sentarnos en el trono de sus profecías. Al -pasar estos sagrados umbrales, ¡quieran los dioses mostrarse conmigo -más amigos que nunca! Si hay algunos helenos que vengan a consultar al -oráculo, acérquense por el orden que la suerte les designe, que así -lo manda la ley; y yo en mis oráculos sólo me guío de la voluntad del -dios. ~(Entra en el templo y al punto vuelve a salir despavorida.)~ -¡Horrendo, horrendo de contar, horrendo de ver lo que me arroja del -templo de Loxias! Ni puedo dar un paso, ni tenerme en pie; apoyada en -mis manos voy arrastrándome como puedo, que las piernas se niegan a -llevarme. Vieja con miedo, nada: igual que un niño. Llegaba yo, pues, -arrastrando al sagrario del templo, donde cuelgan tantas coronas, -cuando en la piedra misma, que ocupa el ombligo de la tierra, me veo -un hombre en ademán suplicante, que, a no dudar, tiene sobre sí algún -nefando sacrilegio. Sangre destilan sus manos; sangre la espada que -empuña con la una de ellas, mientras que en la otra ostenta lozano -ramo de oliva, piadosamente coronado con largas cintas de blanquísimo -vellón. En esto no me engaño; desde luego salta a la vista. Pero -delante de este hombre, sentadas en las gradas del altar, duerme -extraña caterva de mujeres... ¿De mujeres dije? No, sino de Gorgonas. -Mas tampoco se parece su figura a la de las Gorgonas... Yo las he -visto pintadas alguna vez, que arrebataban a Fineo los manjares: con -todo, éstas no tienen alas. Están vestidas de negro, y son por extremo -horrendas: con sus ronquidos despiden ponzoñoso aliento, que no deja -acercárseles; de sus ojos se destilan lágrimas de sangre que espantan, -y todo su arreo y compostura es tal, que no es para tolerado ni ante -estatuas de dioses, ni en moradas de hombres. Gente de este linaje no -la vi jamás, ni es posible que tierra ninguna se gloríe de haberlas -criado, sin que tenga que llorar desastres. Pero de lo que se siga, a -Loxias toca cuidar como prepotente señor de esta santa casa; pues que -él es médico divino y profeta, e intérprete de agüeros y prodigios, y -quien toda otra casa purifica. - -~(Vase.)~ - -~(Ábrese la escena y aparece el interior del templo. Junto al ara -está el mismo dios APOLO; a su lado HERMES, y a sus pies, en ademán -suplicante, ORESTES, del modo que le ha pintado la PITONISA. Las -ERINNAS le rodean como guardándole; están dormidas.)~ - -APOLO - -No, no te entregaré. Cerca de ti o lejos, yo seré tu guarda hasta -el fin, y no he de usar de blanduras con tus enemigos. Ahora, ya -lo ves, esas furiosas están cogidas; tomólas sueño pesadísimo. -Vírgenes abominables y vetustas que después de tantos años guardan -su doncellez, pues ni dios, ni hombre, ni siquiera fiera ninguna, -querría comunicarlas jamás. Nacieron para el mal; habitan las horrendas -tinieblas del Tártaro en las profundidades de la tierra, y de los -hombres y de los dioses del Olimpo son por igual aborrecidas. No -desfallezcas; pero huye, porque ellas te perseguirán, ya atravieses el -dilatado continente, ya en el mar, ya en las islas; por dondequiera -que eches tus errantes pasos. Sufre esta fatiga y no desmayes, y en -llegando a la ciudad de Palas, póstrate a los pies de la antigua imagen -de la diosa y abrázate con ella. Allá tendremos quienes nos juzguen, y -no dejaremos de encontrar palabras con qué moverlos, y modo de librarte -de todas tus penas, pues que yo te persuadí a dar muerte a tu madre. - -ORESTES - -Soberano Apolo, bien sabes tú ser justo. Siendo así, por tu justicia, -considera la que me asiste y no me abandones. Tu poder basta a salvarme. - -APOLO - -Acuérdate que el temor no se apodere de tu ánimo. ~(A HERMES.)~ Y tú, -Hermes, hermano mío, hijo del mismo padre que yo, guárdale, haz con él -según tu nombre, guíale en su camino y asístele. Es mi suplicante. Zeus -mismo reverencia la piedad que se debe a los proscritos de la justicia, -y que para bien de los mortales siempre los acompaña. - -~(Vanse HERMES y ORESTES. APOLO desaparece en el santuario. Luego -al punto ábrese el suelo y surge por escotillón la SOMBRA DE -CLITEMNESTRA.)~ - -LA SOMBRA ~(a las Erinnas que duermen.)~ - -¿Dormís? ¡Hola! ¡sús! ¿A qué es dormir ahora? Entre todos los muertos -yo sola soy la despreciada de vosotras. Y en tanto me echan en rostro -que maté, y no se perdona para mí afrenta ninguna, y ando errante y -avergonzada entre las sombras. Sí, os lo repito; todos son a acusarme -como al mayor de los criminales. ¡Y yo, que tan cruelmente fuí tratada -por quien debió amarme más; yo degollada por manos parricidas, no -tengo ni un solo dios que sienta indignación por mi suerte! Contempla -estas heridas; míralas con los ojos del alma, más despiertos aún y -perspicaces en el sueño; que a la luz del día parece que es destino -de los mortales apenas alcanzar a ver. ¡Qué de veces bebisteis las -libaciones sin vino que yo os hacía, sobrias y dulces ofrendas que -os deleitaban, y gustasteis los festines que os daba en mi hogar, en -aquellas temerosas horas de la noche que ningún otro dios comparte con -vosotras! ¡Y todos mis homenajes los veo hollados por vuestros pies! -¡Y él se ha escapado y huye como un cervatillo! De un salto salvó -vuestras redes vanas, y ahora se ríe de vosotras en grande. Oíd, ¡es -de mi salvación de lo que os hablo! ¡Volved en vuestro acuerdo, diosas -subterráneas! ¡Soy yo, Clitemnestra, quien os invoca! ¡soy su sombra! - -CORO - -¡Joooh, joooh, joooh, joooh! - -LA SOMBRA - -¿Roncáis? Y él se os escapa, y huye lejos de aquí. ¡Tan sólo mis dioses -no escuchan a quien les suplica! - -CORO - -¡Joooh, jooh, jooh! - -LA SOMBRA - -¡Ya es demasiado dormir! ¡No compartís mis penas, y Orestes huye; mi -asesino, el asesino de su madre! - -CORO - -¡Oh, oh, oh, oh! - -LA SOMBRA - -¿A qué esos gritos? ¿Dormís aún? ¿Qué, no te levantarás al punto? ¿Qué -otra cosa tienes que hacer más que perseguir a los culpados? - -CORO - -¡Oh, oh, oh, oh! - -LA SOMBRA - -El sueño y la fatiga se conjuraron para señorearse de ellas. Estas -horrendas serpientes perdieron toda su furia. - -CORO - -¡Oh, oh, oh! ~(redoblados y agudos: en sueños.)~ ¡Cógele, cógele, -cógele! ¡ten cuidado! - -LA SOMBRA - -En sueños persigues tu presa, y ladras como perro que va tras la pista -sin rendirse al cansancio. Ea, pues, ¿qué haces? ¡levanta! no te dejes -vencer de la fatiga. Mira el mal que te avino por ceder al sueño. -Así te duelan en el alma mis justas reprensiones; que ellas sirven -de aguijón al pundonoroso. Arroja sobre mi asesino tu ensangrentado -aliento; que el fuego que arde en tus entrañas, le abrase y le consuma. -Persíguele; que él se sienta morir al ver a su perseguidor segunda vez -sobre sus huellas. - -~(Húndese. Las Furias van despertando según indica el texto. Una vez en -pie, cada cual por su lado y alborotadas corren. Su traje y apostura -conforme a lo que ha dicho la Pithia. Acaso también con antorchas -encendidas en las manos.)~ - -CORO - -¡Despierta, que te llamo; despierta tú y despierta a ésa! ¡Duermes! -¡Arriba! Sacude el sueño. ¡Sepamos si soñábamos sueños o realidades! - -¡Ay, ay! ¡oh rabia! ¡Perdidas somos, amigas! ¡Tanto pasar: y todo en -vano! ¡Oh dolor! ¡Qué cruel calamidad, qué insufrible desdicha pesa -sobre nosotras! La fiera se escapó de las redes y ha huído. Dejéme -rendir del sueño y perdí la presa. ¡Ay, hijo de Zeus, tú has sido el -astuto ladrón! ¡Tú, dios mozo, que has puesto bajo tus pies a estas -antiguas diosas, dando oídos piadosos a las súplicas de un impío que -sólo tuvo crueldad para la que le parió! ¿Tú eres un dios, y hurtas -a mi venganza al que mató a su madre? ¿Habrá quién diga que esto es -justicia? - -Yo he oído en sueños amargas quejas que venían sobre mí. Como aguijón -bien empuñado por el auriga, así me han herido el corazón y las -entrañas. Todavía siento el hielo del terror que me ha causado el azote -de aquel fiero verdugo. - -¡Ahí está lo que hacen estos dioses nuevos con su reinar fuera de los -términos de la justicia! Ya podéis ver ese trono, ombligo de la tierra, -todo él goteando sangre de arriba abajo, desde que quiso sufrir la -horrenda mancha del crimen. - -Dios Profeta, tú has contaminado este sagrado recinto, acogiendo en tus -aras el crimen impuro; tú le incitaste; tú le llamaste; tú atendiste a -los humanos con desprecio de lo divino; tú hollaste las antiguas leyes. - -Tú has sido malo para mí; pero él no se escapará. Así se esconda debajo -de la tierra, que no ha de verse libre. Él trajo sobre sí la maldición -del cielo; pues hasta en el abismo sentirá caer sobre su cabeza el -golpe de la venganza. - -~(Sale APOLO.)~ - -APOLO - -Sal al punto de este templo: yo lo mando. Libra de tu presencia este -profético recinto, no sea que te alcance la veloz y alada serpiente -de mi áureo arco y tengas que vomitar en tu dolor, entre torrentes de -negra espuma, la sangre humana que has chupado. -- No es a esta mansión -donde tú puedes acercarte, sino al lugar de las sangrientas justicias; -allí donde se cortan cabezas, y se arrancan ojos, y se degüella, y se -provocan abortos, y se castra, y se descuartiza, y se apedrea, y se -pone a los reos en el espantable tormento de la estaca, sin compasión -a sus lastimeros gemidos. ¿No oís, aborrecidas de los dioses, cuáles -fiestas os contentan? Harto lo dice vuestra catadura: la caverna de -sangriento león es la morada que te está bien habitar, que no manchar -con tu impura planta estos proféticos lugares. ¡Marchad; corred los -campos a la ventura, rebaño sin pastor; pues que ganado como vosotras -no habría dios que quisiera pastorearle! - -CORO - -Soberano Apolo, escúchame a tu vez ahora. No has sido tú cómplice en -este crimen, sino quien lo has hecho todo, como solo y único autor. - -APOLO - -¿Qué dices?... Explícate más. - -CORO - -Tu oráculo dió por respuesta a tu huésped que matase a su madre. - -APOLO - -Respondíle que vengase a su padre. Bien, ¿y qué? - -CORO - -Después te constituíste en su amparo cuando aún estaba caliente la -sangre. - -APOLO - -Y le mandé que buscase asilo en mi templo. - -CORO - -¡Y a nosotras, que le perseguimos, nos llenas de injurias! - -APOLO - -Porque el llegaros a este templo os está vedado. - -CORO - -Pero este es nuestro oficio. - -APOLO - -¡Qué honor es ese!... ¡Jáctate de tu honrado ministerio! - -CORO - -Nosotras arrojamos de dondequiera que habiten hombres, a los que -derraman la sangre de su madre. - -APOLO - -¿Y qué? El que mata a la mujer que dió muerte a su marido... - -CORO - -A lo menos la que tal hizo no derramó su propia sangre. - -APOLO - -¡Así tienes tú por cosa vil y para nada la fe y los juramentos de -Zeus y Hera, augustos patronos del himeneo! Y no sale de tus labios -más honrada la diosa Cipris, por quien tienen los mortales los más -regalados gustos. Es el lecho nupcial, donde quiso el Destino juntar -a los esposos, más sagrado que un juramento, y guárdale la justicia. -Si te muestras clemente con los esposos que uno a otro se quitan la -vida, para no tomar venganza ni airarte siquiera por ello, niego que -en justicia puedas perseguir a Orestes. ¡Arrebatada de cólera te veo -para lo uno; muy blanda y sosegada para lo otro! Pero la diosa Palas -sentenciará este juicio. - -CORO - -Jamás dejaré de perseguir a ese hombre. - -APOLO - -Persíguele, pues, y cánsate más todavía. - -CORO - -No ofendas con tus palabras los honores de mi oficio. - -APOLO - -Honores tales, si me los dieras, ¡a buen seguro que yo los recibiese! - -CORO - -Verdad. Sobrada gloria tienes ya junto al trono de Zeus. Pero la sangre -de una madre me arrastra. Yo pediré venganza contra ese hombre y le -perseguiré como el cazador a su presa. - -APOLO - -Y yo acorreré a mi suplicante y le salvaré. Entregar a un suplicante, -pudiendo defenderle, crimen es que provoca su cólera, por igual temible -a mortales y dioses. - -~(Retírase al interior del Santuario. El CORO deja también la escena. -Mutación escénica.)~ - - -CUADRO SEGUNDO - -~Exterior del templo de Atena Polías en la acrópolis de Atenas. -Frontera al templo la estatua de la diosa.~ - -ORESTES ~(que aparece postrado a los pies de la estatua en ademán -suplicante.)~ - -Augusta Atena, a ti vengo. Loxias es quien me manda. Acoge piadosa a -un homicida que ya no necesita purificarse por su delito; cuyas manos -ya no gotean sangre, sino que borró el reato de su culpa con la recia -fatiga de tantas casas extrañas como conoció; de tantos caminos y -jornadas como caminó. Igual atravesé tierras que mares; y ahora, fiel a -las órdenes del oráculo de Loxias, me acerco, oh diosa, a tu templo y a -tu imagen. Aquí haré descanso; aquí esperaré mi sentencia. - -~(Sale el CORO y se esparce por la orquesta. ORESTES permanece en el -_logeum_.)~ - -CORO - -¡Ea! aquí tenemos una señal del paso de nuestro hombre, y bien clara. -Sigue los avisos de ese mudo delator. Como perro que va tras la -pista de herido cervatillo, así nosotras por estas gotas de sangre -reconocemos sus huellas. Llego rendida de fatiga y jadeante de tanto -correr tras de este hombre. No hay lugar de la tierra que no haya -recorrido yo; sin tener alas, de un vuelo he salvado el mar, no menos -ligera que una nave; siempre persiguiéndole. Mas ahora no hay duda; él -se oculta en alguna parte no lejos de aquí, porque el olor a sangre -humana me sonríe. Mira, mira otra vez; mira mejor; escudriña por todos -lados, no sea que a hurto de nosotras escape sin castigo el que mató -a su madre. ~(Reparando en ORESTES.)~ Hele allí, que otra vez logró -asilo; hele allí abrazado a la imagen de la inmortal diosa. Pretende -que su acción sea juzgada: no ha lugar a juicio. Una vez derramada la -sangre de una madre, ya no vuelve a sus venas; caliente aún, apenas -cae en el suelo la absorbe la tierra y desaparece. Fuerza es, pues, -que sufras la pena de tu delito; que yo chupe toda la sangre de tus -miembros; que yo me cebe en esa roja bebida, que nadie sino yo osara -beber, y que después de haberte consumido en vida, te arrastre a los -infiernos. Allí verás a todos los demás mortales que fueron culpables -como tú; a los que pecaron contra los dioses; a los que profanaron -el sagrado de la hospitalidad; a los que no honraron a sus padres -con piedad de hijos: a cada cual sufriendo la pena que mereció por -su pecado. Que Hades, el poderoso juez que habita las mansiones -infernales, toma estrecha cuenta a los hombres, y no hay acción que -no escriba en el libro de memorias de su pensamiento, al cual nada se -oculta. - -ORESTES - -Aleccionado por mis males sé no pocos modos de expiar un delito, y -cuándo se debe hablar y cuándo callar. A la sazón, yo debo alzar mi -voz; que así me lo ordena sabio maestro. Ya se secó la sangre que -había en mi mano; ya se adormeció; ya está lavada la mancha de mi -parricidio. Todavía estaba reciente cuando me purifiqué de ella, -inmolando en el ara del dios Febo los puercos expiatorios. Decir aquí -todos los hombres con quienes he comunicado sin que mi presencia les -trajese mal alguno, largo discurso pediría. El tiempo al par que -envejece va borrando todas las cosas. Hoy ya sin impiedad y con pureza -de labio puedo invocarte, ¡oh Atena! reina augusta de esta comarca; -¡ven en mi auxilio! Y sin guerra me ganarás a mí, y ganarás la tierra -y pueblo de Argos; que te seremos siempre fieles, y tus aliados y -auxiliares en toda empresa. Ea, pues, ora que en los líbicos campos, -junto a las riberas del Tritón donde naciste, estés peleando por los -tuyos a los ojos de todos o envuelta en celeste nube; ora que a modo -de esforzado caudillo hagas alarde y muestra de tus huestes en las -llanuras de Flegra; estés dondequiera, ven a mí. Eres diosa, y por -lejos que estés me oyes. ¡Ven, y sálvame de mis males! - -CORO - -Ni Apolo ni el poder de Atena podrán salvarte de perecer miserablemente -abandonado; sin saber jamás qué es alegría; consumido y exangüe; sombra -viviente, hecha pasto de las Furias. ¡Nada respondes y desdeñas hablar, -tú que me estás consagrado, que has sido criado para mí!... Pues en -vida me has de servir el manjar regalado de tus carnes: ni siquiera -serás degollado sobre el ara. Ahora vas a oír el himno que a mí te -encadena. - -Ea, pues, formemos nuestro coro. Ocasión es ésta de hacer resonar -nuestro horrendo cántico. Digamos la suerte que destina nuestro -tribunal a cada uno de los mortales. Nosotras nos complacemos -en ser rectos jueces. El que conserva la pureza de sus manos, no -tiene que temer nuestra cólera, y su vida se pasará en paz. Mas -para los malvados, como ese hombre, que tratan de ocultar sus manos -ensangrentadas, para estos somos testigos incorruptibles; vengadoras de -la sangre de sus víctimas, que los perseguimos hasta acabarlos. - -¡Oh Noche! ¡Oh madre! ¡Madre, que me pariste para castigo de vivos y -muertos, escúchame! El hijo de Latona me ha deshonrado, arrebatándome -la presa que debía pagar la sangre de una madre. ¡Caiga siquiera sobre -esa víctima que me está consagrada, este mi canto; canto de delirio, de -locura, de furor; himno de las Erinnas, que encadena las almas; que no -se acompaña jamás de los dulces conciertos de la lira; himno que seca y -consume a los mortales! - -La Moira, que nada deja por castigar, señalóme esta suerte por decreto -irrevocable. A aquellos mortales insensatos que se hacen reos y autores -de crimen, yo les he de servir de cortejo hasta que desciendan a las -mansiones infernales, y todavía no se han de ver libres de mí ni con -la muerte. ¡Caiga, pues, sobre esa víctima, que me está consagrada, -este mi canto; canto de delirio; de locura, de furor; himno de las -Erinnas, que encadena las almas; que no se acompaña jamás de los dulces -conciertos de la lira; himno que seca y consume a los mortales! - -Luego que nacimos quedó fija nuestra suerte. Nuestras manos no debían -de llegar jamás a los inmortales. Nuestros banquetes no habían de tener -a ninguno de ellos por convidado. Las cándidas vestiduras de la alegría -estaríanos para siempre vedadas. Nuestro destino era arruinar las -casas donde Ares en traidora guerra de familia arma a deudos contra -deudos. ¡Oh! Sobre quien a tal se atreve, sobre ese nos lanzamos, -apenas derrama la sangre, y le perseguimos, y por fuerte que él sea, le -hacemos desaparecer. - -Nosotras nos afanamos por quitar de este cuidado a los dioses; -confirmen, pues, ellos la inmunidad de nuestros juicios; no quieran -sujetarlos a apelación. - -No ha de comunicar Zeus con una raza odiosa que está goteando sangre, -a la cual jamás tuvo por merecedora de su presencia. De un salto caigo -sobre el criminal y le atajo por lejos que esté: mis pies chocan -pesadamente contra sus piernas cansadas de tan larga huída; flaquea él -y sucumbe sin remedio. No hay debajo del cielo gloria de mortal tan -altiva que yo no la derribe miserablemente en tierra al acercarme a -él con impetuoso salto, envuelta en mis negras vestiduras, y que no -desaparezca pisoteada por mis pies enemigos. - -Loco y ciego con su culpa cae el malvado y no sabe que cae. ¡Tal niebla -tiende sobre él su crimen! Su morada queda envuelta en tinieblas -oscurísimas que la fama pregonará con lastimeras voces. - -Así es, y así será. En el idear, hábiles; en el conseguir, seguras; en -la memoria de las maldades, firmes y severas; en nuestros juicios, para -todo mortal incorruptibles; nosotras marchamos por los caminos que nos -marcó la suerte: caminos sin honores, y de los dioses y de la luz del -sol nunca visitados, donde por igual se pierden y despeñan los vivos y -los muertos. - -¿Qué mortal habrá que no sienta reverencia temerosa al oír de mis -labios el ministerio que me confiaron los decretos de la Moira y la -voluntad de los dioses? Dignidad antigua y no despreciable ni sin -gloria, aunque tenga su asiento en las caliginosas mazmorras del sol -nunca esclarecidas. - -~(Aparece en el aire la diosa ATENA en un carro.)~ - -ATENA - -De lejos oí una voz que me imploraba; desde las riberas del Escamandro -donde tomaba posesión de la tierra que me dedicaron los príncipes y -caudillos Aqueos en absoluto y perpetuo dominio: porción magnífica de -los ricos despojos de la guerra y para los hijos de Teseo recompensa -selectísima. De allí vengo con presuroso e incansable paso. No hube -menester de alas: tendí al viento mi égida haciendo gemir los aires, -y uncí a este carro mis poderosos corceles. -- Extraña gente es la que -se ofrece a mis ojos aquí reunida, la cual cierto que no me espanta; -pero me asombra. ¿Quién podéis ser? A todos vosotros me dirijo; a -ese peregrino que está abrazado a mi imagen, y a vosotras, que ni os -asemejáis a casta ninguna de criaturas, ni los dioses os vieron jamás -entre las diosas, ni tenéis figura humana. -- Mas echar a uno en cara su -deformidad ni es justo ni piadoso. - -CORO - -Con una palabra lo sabrás todo, hija de Zeus. Somos hijas de la lúgubre -Noche; en las mansiones subterráneas nos llaman las Imprecaciones. - -ATENA - -Conozco vuestro linaje y vuestro nombre. - -CORO - -Pues ahora sabrás cuál es mi ministerio. - -ATENA - -Lo sabré si me lo explicáis. - -CORO - -Nosotras arrojamos a los homicidas de toda habitación de hombres. - -ATENA - -Y entonces ¿dónde acabará para el matador su huír? - -CORO - -Donde jamás imperó la alegría. - -ATENA - -Y ¿a huída tal condenas tú a este hombre, acosándolo con roncos gritos? - -CORO - -Él fué bastante osado para matar a su madre. - -ATENA - -¿No le forzaría acaso el temor a alguna airada potestad que le -amenazara? - -CORO - -Y ¿qué fuerza hay tan poderosa que arrastre a matar a una madre? - -ATENA - -Aquí hay dos partes; hasta ahora no he oído más que a una. - -CORO - -Es que él no deferiría a mi juramento y tampoco quiere prestarlo. - -ATENA - -Y tú quieres más oír hablar de justicia, que no practicarla. - -CORO - -¿Cómo? Explícate, que no te faltará saber para ello. - -ATENA - -Digo, que la injusticia no vence por juramentos que se hagan. - -CORO - -Ea, pues examina la causa y falla en justicia. - -ATENA - -¿Remitís, pues, a mí el fallo de esta causa? - -CORO - -Y ¿cómo no? Nadie más que tú merece este honor, y por tal te acatamos. - -ATENA - -¿Qué tienes tú que contestar a esto, extranjero? Dime tu patria, tu -linaje y tus aventuras, y luego excúlpate de la acusación, si es -verdad que fiado en la justicia de tu causa has venido a ampararte de -mi templo e imagen y pides con piadosas súplicas, cual otro Ixión, la -expiación de tu delito. Responde a todas mis preguntas de modo que yo -quede bien informada. - -ORESTES - -Soberana Atena, ante todas cosas te libraré de ese grave cuidado que -revelan tus últimas palabras. No vengo a ti menesteroso de expiación, -ni me abracé a tu imagen con las manos manchadas por el crimen. Yo -te daré prueba cierta de ello. La ley reduce a silencio al matador -mientras la sangre de tierna víctima no le purifique de su mancha. -Tiempo ha que así expié mi delito, y corrí casas extrañas y tierras y -mares. Sobre esto, pues, desecha todo cuidado. En cuanto a mi linaje, -al punto vas a saberlo. Soy de Argos; a mi padre Agamemnón bien le -conociste, que él fué el capitán de la armada griega, y con su ayuda -arrasaste no ha mucho la ciudad de Ilión. Vuelto a su casa, halló la -muerte, y no con gloria, sino que mi madre con negras entrañas le mató, -envolviéndole en la red de traidor artificio. Testigo es aquel baño -donde corrió su sangre. Yo estaba huído hacía tiempo, mas por fin volví -de mi destierro, y maté a la que me parió; no he de negarlo ahora. Pagó -con su muerte la muerte de mi amadísimo padre. Cómplice mío fué Loxias, -que me anunció grandes males de no castigar a los autores del crimen; -con que puso acicates a mi voluntad. Decide tú si obré en justicia o -no. A ti remito la causa: cualquiera que sea la sentencia, yo la acato. - -ATENA - -El caso es más grave de juzgar que cuantos imaginaron nunca los -hombres. Tampoco me es lícito a mí conocer en una causa de muerte -donde tan enconados se hallan los ánimos. Sobre todo porque bien que -perpetrador de un crimen, tú has llegado a mi templo suplicante y -purificado y sin ofenderle con tu presencia; y así he de acogerte en mi -ciudad como a quien no tengo que hacer cargo ninguno. Por otra parte, -éstas no son tan blandas de condición que si salen vencidas en juicio -no derramen después sobre esta tierra el veneno de sus corazones; que -sería triste e incurable daño. El trance es tal, que yo no podría sin -ofensa ni retener aquí a entrambas partes ni tampoco despedirlas. Mas -ya que aquí llegaron las cosas, yo elegiré jueces del crimen, y los -ligaré con juramento, y constituiré tribunal que dure para siempre. -Vosotros reunid los testimonios y pruebas que habéis de traer a la -causa y todos los medios de defensa. Así que haya elegido los mejores -de mis ciudadanos, con ellos vendré, y ellos sentenciarán en justicia -sin apartarse un punto del juramento que prestaren. - -~(Vase.)~ - -CORO - -Si vence la causa de este parricida, su crimen, nuevas leyes habrán -trastornado bien pronto el orden del mundo. Todos los mortales se -encontrarán sueltos y expeditos para lanzarse a igual atentado. ¡Qué -de golpes, no imaginarios sino verdaderos, esperan en adelante a los -padres de mano de sus hijos! - -Ya no perseguirá los delitos la cólera de estas Furias que estaban -siempre con atentos ojos sobre los hombres. Dejaremos correr todo -crimen. Cada cual se quejará de las maldades de los suyos y buscará por -todas partes el fin de sus penas o su alivio; pero no hallará remedio -seguro, y en vano será que el afligido pida consuelo. - -Vosotros, los heridos de la desgracia, no nos invoquéis más; no -gritéis: ¡oh justicia, oh trono de las Erinnas! Así clamarán de aquí a -poco los padres y las madres entre lastimeros gemidos que les arrancará -su infortunio; pero cuando ya el templo de la Justicia se derrumba. - -A las veces es saludable el terror. Conviene que se asiente en el -ánimo, y que allí esté vigilante; que los remordimientos ayudan a -aprender a bien vivir. ¿Pues qué ciudad ni qué mortal rendirá culto a -la justicia, si se crían sin ningún temor de corazón en la bienandanza? - -No desees vivir ni en licencia ni en servidumbre. El cielo puso -siempre en el medio la virtud, y mira los extremos con ojos enemigos. -Muy conforme a razón es la sentencia que dice: “La impiedad es hija -legítima de la soberbia; sólo de la rectitud del corazón nace la -felicidad de todos querida y codiciosamente deseada.” - -Pero sobre todo te digo: respeta el ara de la justicia; no la derribes -con impío pie por mirar a tu provecho, porque la pena seguirá a la -culpa, y te aguardará el fin merecido. Así pues, honren todos a sus -padres, y respete cada cual los santos fueros del huésped que viene a -acogerse a su casa. - -De esta suerte el hombre que de voluntad sea justo no será infeliz; -jamás podrá ser absolutamente desventurado. Pero el atropellador de -toda ley, que a todo se atreve, y todo lo trastorna y confunde sin -atender a la justicia, ese hombre será al fin abatido; yo lo afirmo: -cuando la borrasca rasgue las velas de su nave, y tronche las antenas. - -En su vana lucha con la tormenta que le asalta por todas partes, -llamará entonces a los que no le oirán. Los cielos ríen viendo al -temerario, contra todo lo que él se imaginó nunca, aprisionado en los -lazos inquebrantables de la desgracia y sin poder ganar la orilla. -Aquella su felicidad de otro tiempo se estrelló en la roca de la -justicia, y él perece y nadie tiene para él ni una lágrima ni un -recuerdo. - -~(Sale ATENA acompañada de los jueces areopagitas, un pregonero, pueblo -y cortejo de matronas y doncellas atenienses.)~ - -ATENA - -Pregonero, haz tu oficio y contén a la muchedumbre. Que la trompeta -tirrena se llene con el humano aliento de tu pecho, y que su aguda voz -invada la región del éther y se haga oír de todo el pueblo. El Consejo -está aquí reunido. Silencio, pues, ahora. Escuche la ciudad entera -estas mis leyes que por siempre han de gobernarla, y cómo se falla en -justicia la causa que se nos ha sometido. - -~(Sale APOLO.)~ - -CORO - -Dios Apolo, manda en lo que tienes bajo tu imperio; ¿qué te interesa a -ti este negocio? ¡Di! - -APOLO - -Vengo a dar mi testimonio. Este hombre llegó suplicante a mi templo, -y se acogió a mis aras, y yo le purifiqué. Con él debo ser procesado, -pues que yo tengo la culpa de la muerte de su madre. Atena, abre el -juicio con las formalidades que tan bien conoces, y sigue la causa. - -ATENA - -Se abre el juicio. Vosotras tenéis la palabra. El acusador es quien -debe hablar primero y exponer conforme a derecho los puntos de su -querella. - -CORO - -Muchas somos, mas con todo ello hablaremos poco y breve. ~(A ORESTES.)~ -Tú contesta extremo por extremo conforme vayamos preguntándote. En -primer lugar di si mataste a tu madre. - -ORESTES - -La maté. No podría negarlo. - -CORO - -Bueno. De las tres caídas del lidiador ya tenemos una. - -ORESTES - -Todavía no he caído para que te jactes así. - -CORO - -Respóndeme ahora a esto: ¿cómo la mataste? - -ORESTES - -Respondo. Esta mano la clavó el hierro y la degolló. - -CORO - -¿Quién te lo aconsejó? ¿Quién te movió a ello? - -ORESTES - -Los oráculos de este dios. Él dará testimonio. - -CORO - -¡Qué! ¿El dios profeta te había de inducir a matar a tu madre? - -ORESTES - -Y hasta aquí cierto que no tengo que acusar a mi fortuna. - -CORO - -Si la votación te es contraria, pronto mudarás de parecer. - -ORESTES - -Espero confiado. Mi padre me auxiliará desde el sepulcro. - -CORO - -¡Confía en los muertos, matador de tu madre! - -ORESTES - -Sobre ella había caído la mancha de un doble crimen. - -CORO - -¿Cómo? Demuéstralo ante los jueces. - -ORESTES - -Al matar a su marido mató a mi padre. - -CORO - -Y ¿qué? Tú vives aún, mientras que ella pagó ya con la muerte. - -ORESTES - -Y ¿por qué no la perseguiste en vida? - -CORO - -Ella no era de la misma sangre del hombre a quien mató. - -ORESTES - -Pues ¿yo soy de la misma sangre de mi madre? - -CORO - -Pues ¡malvado! ¿cómo si no te alimentó en sus entrañas? ¿Renegarás de -la sangre amadísima de una madre? - -ORESTES - -Apolo, depón ya tu testimonio. Ven y di si la maté en justicia. Que lo -hice no lo negaré; así es la verdad; pero dinos si en tu sentir fuí -justo al verter su sangre o no. Decide tú para que yo pueda responder. - -APOLO - -Yo declaro ante vosotros, augusto tribunal de Atena, que este hombre -obró en justicia. Mis profecías no engañan. Jamás desde mi vatídico -trono dije a hombre ni a mujer ni a ciudad ninguna, cosa que no me -dictase Zeus, el padre del Olimpo. Cuanta sea, pues, la fuerza de -nuestro derecho, yo os recomiendo que lo consideréis, y que acatéis el -decreto de mi padre; que no hay juramento ninguno que pueda prevalecer -contra Zeus. - -CORO - -¡Así pues a lo que tú dices, Zeus fué quien te dictó ese oráculo de -ordenar aquí a Orestes que vengase la muerte de su padre sin tener en -nada el amor y reverencia de una madre...! - -APOLO - -Mayor que no igual crimen es hacer que muera un varón generoso a quien -Zeus había honrado con el cetro; y que muera a manos de su esposa y -no en leal combate al golpe de un dardo como los que disparan las -Amazonas, sino... Lo diré para que lo oigas, oh Palas, y vosotros -jueces que con vuestros votos habéis de sentenciar esta causa. Volvía -él de la guerra, donde había dado felice cima a grandes hazañas; -acógele ella con amoroso semblante, condúcele al baño, y cuando ya se -disponía a salir de él, en el mismo punto y término ella le echa encima -con artero golpe un ancho velo, y así envuelto en aquella red le hiere -de muerte. Expuesta queda a vuestra consideración la suerte infortunada -del más augusto de los príncipes; de aquel soldado que capitaneó la -armada griega. Os la he contado tal como fué, para mover a justa cólera -a este pueblo que ha de dictar sentencia. - -CORO - -Según tu dicho, Zeus gradúa de más grave que todo otro crimen el -homicidio de un padre; y sin embargo él aherrojó entre cadenas a su -anciano padre Cronos. ¿Cómo no ves aquí la contradicción de tus -palabras? Pero vosotros lo habéis oído; yo daré fe. - -APOLO - -¡Oh monstruos, de todos abominados y de los dioses aborrecidos! Se -pueden romper las cadenas: remedios tiene la esclavitud; hay muchos -caminos de recobrar la libertad. Pero una vez muerto un hombre, y que -el polvo se traga su sangre, ya no hay resurrección para él. Contra la -muerte no inventó mi padre encantamientos; él que gobierna y muda todas -las cosas, y las humilla y las ensalza sin fatigarse del esfuerzo. - -CORO - -¿Cómo defiendes su absolución? Considéralo. Este hombre regó la tierra -con la sangre de su madre, con la sangre que corre por sus venas: y ¿ha -de ir después a Argos y ha de habitar la casa de su padre? ¿A qué aras -públicas se atreverá él a acercarse? ¿Qué cofradía habrá que le reciba -a sus ceremonias y lustraciones? - -APOLO - -También contestaré a esto; reconoce tú la verdad de mis razones. No -es la madre engendradora del que llaman su hijo, sino sólo nodriza -del germen sembrado en sus entrañas. Quien con ella se junta es el -que engendra. La mujer es como huéspeda que recibe en hospedaje el -germen de otro y le guarda, si el cielo no dispone otra cosa. Te daré -la prueba de mi proposición. Se puede llegar a ser padre sin necesidad -de madre, y de ello aquí tenemos un testigo, la hija de Zeus Olímpico, -que no se nutrió en las tinieblas de materno seno; pero criatura cual -diosa ninguna hubiese podido engendrarla. ~(A ATENA.)~ En cuanto a mí, -¡oh Palas!, yo engrandeceré a tu ciudad y pueblo, como sé hacerlo; yo -que envié a mi suplicante a tus aras para que en todo tiempo fuese tu -amigo fiel, y por que te le granjeases por aliado, oh diosa, a él y a -sus descendientes. ¡Así se mantenga y se ratifique esta alianza para -siempre en las futuras edades! - -ATENA - -La causa está ya bastante dilucidada; consultad, pues, con vuestra -conciencia, oh jueces, y votad en justicia. - -APOLO ~(a los jueces.)~ - -Atended a lo que habéis oído, y al dar vuestros votos, oh huéspedes -míos, respetad en vuestro corazón el juramento que prestasteis. - -ATENA ~(al CORO.)~ - -Y ahora, ¿qué he de hacer yo para que no tengáis que acusarme jamás? - -CORO - -Yo he disparado todas mis fechas, y espero a ver cómo se decide el -combate. - -ATENA - -Ciudadanos de Atenas, que vais a juzgar por primera vez en causa de -sangre, mirad ahora la institución que yo fundo. En adelante subsistirá -por siempre en el pueblo de Egeo este senado de jueces. Se asentará -en esta colina donde acamparon las Amazonas y pusieron sus tiendas -cuando con ejército poderoso vinieron en son de guerra contra Teseo -y su recién edificada ciudad, y frente de sus torres alzaron otras -torres. En este lugar ofrecieron sacrificios al dios Ares, con que esta -roca tomó el nombre de Areópago, y aquí velarán por los ciudadanos -el respeto y el temor, igual de día que de noche, y contendrán la -injusticia mientras los mismos ciudadanos no alteren las leyes: que si -mezcláis con sucias y cenagosas aguas las claras linfas de una fuente, -no encontraréis después dónde beber. Oíd mi consejo, ciudadanos que -habéis de mirar por la república: no rindáis culto a la anarquía ni al -despotismo; pero no desterréis de la ciudad todo temor, que sin temor -no hay hombre justo. Mirad, pues, con temerosa y merecida reverencia -la majestad de este senado, porque así tengáis un baluarte defensor -de vuestra ciudad y patria, cual no lo tiene pueblo en el mundo, ni -se hallaría entre los Escithas ni en la tierra de Pélope. Yo os doy -un tribunal que nadie podrá cohechar; venerando, severo, guarda de -esta ciudad, que velará por los que duermen. Sirvan en lo venidero a -mis ciudadanos estas advertencias que les dirijo. Y ahora levantaos, -y dad vuestro voto, y sentenciad esta causa con respeto a vuestros -juramentos. He dicho. - -CORO - -Os aconsejamos que no nos tratéis con menosprecio; que pesaríamos harto -gravemente sobre vuestra tierra. - -APOLO - -Y yo os mando que respetéis mis oráculos, que son los de Zeus, y no -hagáis que salgan vanos. - -CORO - -No te cuides de causas de sangre que no son de tu incumbencia, pues, si -te obstinas, ya no habrá más santidad en tus oráculos. - -APOLO - -¿Por ventura erró mi padre al escuchar las súplicas de Ixión, el primer -homicida? - -CORO - -¡Palabras! Si no obtengo justicia ya me haré yo sentir en este suelo. - -APOLO - -Tú eres despreciada de los nuevos dioses y de los viejos. Yo soy quien -venceré. - -CORO - -Tales fueron también tus hazañas en el palacio de Feres. Tú persuadiste -a las Moiras a hacer inmortales a los hombres. - -APOLO - -¿Y no es justo hacer beneficios a quien nos honra, y más cuando se -halla necesitado? - -CORO - -Tú derribaste todo el edificio de las antiguas leyes engañando con vino -a aquellas viejas deidades. - -APOLO - -Pronto vas a ser vencida en juicio. Vomita entonces tú ese veneno, que -no inquietará mucho a los que aborreces. - -CORO - -¡Dios nuevo! ¿Tú pisoteas a estas antiguas diosas? No obstante esperaré -a oír la sentencia, y en tanto no descargaré mi cólera sobre la ciudad. - -APOLO - -· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · - -ATENA - -Eso me toca a mí dar mi voto la última. Este es mi voto, que añadiré -a los que haya en favor de Orestes. Yo no nací de madre, y, salvo el -himeneo, en lo demás amo con toda el alma todo lo varonil. Estoy por -entero con la causa del padre. No ha de pesar más en mi ánimo la suerte -de una mujer que mató a su marido, al dueño de la casa. Orestes vencerá -aun en igualdad de votos por entrambas partes. Al punto, vaciad las -urnas y contad los votos, jueces a quienes está encomendado este cargo. - -ORESTES - -¡Oh Febo Apolo! ¿cómo se fallará la causa? - -CORO - -¡Oh negra Noche, madre mía! ¿no ves esto? - -ORESTES - -No es menos para mí que echarme un dogal al cuello o ver por fin la luz. - -CORO - -Ni para nosotras que perecer o conservar nuestros honores. - -APOLO - -Contad bien los votos al sacarlos, huéspedes míos, y en el escrutinio, -respeto a la justicia. Un voto que falte sería una gran desgracia; un -voto más puede levantar una familia de su abatimiento. - -ATENA - -Este hombre queda absuelto de su delito: el número de votos es igual -por ambas partes. - -ORESTES - -¡Oh Palas! ¡tú has salvado mi casa; tú me restituyes aquella patria -de que yo estaba privado! Y dirán los Helenos: ahí tenéis a ese hijo -de Argos que ha recobrado la posesión de la hacienda de sus padres, -gracias a Palas y a Loxias, y a aquel Autor sumo de todas las cosas, -su tercer salvador. ¡Sí, Zeus, tú eres quien me salva; tú, que al ver -a estas abogadas de mi madre, recordaste con horror la impía suerte -de mi padre! Marcho ya a mi patria, jurando a esta comarca, jurando a -tu pueblo que nunca jamás en los siglos de los siglos príncipe alguno -de Argos vendrá aquí en son de guerra, pues donde no contra los que -así quebrantaren los juramentos que yo hago, nosotros mismos desde -el sepulcro, donde entonces yaceremos, pondrémosles dificultades tan -invencibles; tan triste haremos su camino y tan infaustos sus pasos, -que les pese de su empresa. Mas si con fidelidad los guardaren, y en -paz y en guerra acuden siempre con su alianza a esta ciudad de Palas, -les seremos propicios. ¡Salve, oh diosa! y tú, pueblo de Atenas, ¡ojalá -que tus enemigos no puedan escapar jamás de tus golpes, y que seas -siempre salvo y vencedor! - -~(Vanse APOLO y ORESTES.)~ - -CORO - -¡Ay, dioses nuevos! ¡habéis pisoteado las antiguas leyes! ¡me lo -habéis arrebatado de las manos! Pero yo, la miserable, la despreciada, -encendida en cólera arrojaré sobre este suelo en desagravio de mi -afrenta, todo el veneno que gotea mi corazón. ¡Vaya si lo arrojaré! Y -este veneno se derramará por la tierra, y su ponzoña secará hojas y -flores, y matará a todo sér viviente, y no perdonará a los hombres. -¡Oh justicia! ¡Todo, todo lo apestará y asolará! ¿Lloro? ¡Qué hacer! -¿Me río? ¡Lo que he padecido ha de pesar mucho a los Atenienses! ¡Ay, -hijas de la Noche! ¡infelices! ¡cuán grande y afrentosa es la desdicha -que lloráis! - -ATENA - -Creedme a mí, y no lo llevéis así con ese llanto. No habéis sido -vencidas. Salió igual número de votos por ambas partes, con toda buena -fe y no para tu afrenta. Pero había claros testimonios de la voluntad -de Zeus; el mismo dios que pronunció el oráculo, salió por fiador de -él. Bien que autor de su delito, Orestes no debía llevar pena. No os -irritéis pues; no queráis descargar vuestra cólera sobre esta tierra ni -hacerla estéril; no derraméis sobre ella la baba de vuestro furor, que -implacable corroe todo germen de vida. Yo os prometo solemnemente que -tendréis en este suelo un templo donde moréis, y ricos tronos junto a -vuestras aras, donde seáis honradas de los ciudadanos de Atenas. - -CORO - -¡Ay dioses nuevos! ¡habéis pisoteado las antiguas leyes! ¡me lo -habéis arrebatado de las manos! Pero yo la miserable, la despreciada, -encendida en cólera arrojaré sobre este suelo en desagravio de mi -afrenta, todo el veneno que gotea mi corazón. ¡Vaya si lo arrojaré! ¡Y -este veneno se derramará por la tierra, y su ponzoña secará hojas y -flores, y matará a todo sér viviente, y no perdonará a los hombres! ¡Oh -justicia! ¡Todo, todo lo apestará y asolará! ¿Lloro? ¡Qué hacer! ¿Me -río? ¡Lo que he padecido ha de pesar mucho a los Atenienses! ¡Ay, hijas -de la Noche! ¡infelices! ¡Cuán grande y afrentosa es la desdicha que -lloráis! - -ATENA - -Nadie os ha menospreciado. No os irritéis tanto, oh diosas, ni vayáis a -infestar de males sin remedio esta tierra habitación de los mortales. -Por mi parte, cuento con el poder de Zeus, y ¿a qué decir más? Yo sola -entre los dioses conozco las llaves del sellado tesoro donde se guarda -el rayo. Pero nada de esto se necesita, pues, atenta a mis razones, no -querrás tú arrojar sobre este suelo el fruto maléfico de tu lengua, del -cual toda triste calamidad se engendraría. Calma las negras oleadas de -tu amarga cólera, y aquí serás honrada y venerada; y aquí habitarás -conmigo; y en natalicios e himeneos recibirás en ofrenda las primicias -de esta dilatada comarca, y por siempre celebrarás mi consejo. - -CORO - -¡Yo sufrir esto, cielos! ¡Yo con mi saber y experiencia habitar en -estos lugares despreciada de todos! ¡Maldición! ¡Maldad execrable! -¡Vomitemos todo el furor, todo el odio de nuestro pecho! ¡Ah, ah! ¡oh -tierra! ¡oh cielos! ¿Qué dolor es éste que me llega al alma? Noche, -madre mía, oye los alaridos de mi cólera. Los engaños de los dioses me -han envuelto sin que me pudiese defender y han reducido a la nada los -honores que los pueblos me ofrecían. - -ATENA - -Tolero tus arrebatos porque tienes más años que yo. A no dudar, tú -eres mucho más sabia, aunque también a mí me concedió Zeus no pensar -del todo mal. Si marcháis a extrañas regiones, ya echaréis de menos -esta tierra; yo os lo predigo. Porque correrán los tiempos, y cada -vez serán más gloriosos para mi pueblo. Y tendríais venerando altar -junto al templo de Erecteo, y allí recibiríais de hombres y mujeres -en las grandes fiestas honores cual de ningún otro mortal del mundo -podríais obtener jamás... No arrojes, pues, en este suelo, que es -mío, el aguijón sangriento de tus odios que corrompan las entrañas de -la juventud y la abrasen en furiosa ira, y sin vino la perturben y -embriaguen. No siembres la discordia en el corazón de mis ciudadanos, -porque no se empeñen entre sí como los gallos en impías y feroces -luchas. La guerra... con el extranjero y no larga. Allí es donde el -amor a la gloria es noble y generoso: ¡no se llame guerra a una riña de -aves domésticas! Acepta lo que te ofrezco, que te está bien aceptarlo. -Haz bien, y bien recibirás, y serás grandemente honrada, y poseerás -conmigo esta tierra predilecta de los dioses. - -CORO - -¡Yo sufrir esto, cielos! ¡Yo con mi saber y experiencia habitar en -estos lugares despreciada de todos! ¡Maldición! ¡Maldad execrable! -¡Vomitemos todo el furor, todo el odio de nuestro pecho! ¡Ah, ah! ¡oh -tierra! ¡oh cielos! ¿Qué dolor es éste que me llega al alma? Noche, -madre mía, oye los alaridos de mi cólera. Los engaños de los dioses me -han envuelto sin que me pudiese defender y han reducido a la nada los -honores que los pueblos me ofrecían. - -ATENA - -No me cansaré de aconsejarte bien, porque no digas nunca que las -antiguas diosas salisteis de esta tierra, arrojadas de ella con -desprecio por una diosa más joven que vosotras y por los mortales -que habitan la ciudad. A poder algo contigo la dulce e irresistible -fuerza de la persuasión; si mis palabras fuesen poderosas a calmarte -y ablandarte, aquí te quedarías. Mas si no quisieres quedarte aquí, -no por ello sería justo que descargases sobre esta ciudad tu furioso -encono, ni que hicieses a mi pueblo daño ninguno; pues que en ti está -poseer conmigo esta tierra, y ser en ella dignamente honrada. - -CORO - -Diosa Atena, ¿qué morada dices tú que tendría yo? - -ATENA - -Una donde jamás hallaría asiento el infortunio. Acéptala pues. - -CORO - -Y ¿qué honores me esperan si acepto? - -ATENA - -No habrá casa que pueda prosperar sin ti. - -CORO - -¿Tanto harás tú que sea mi poder? - -ATENA - -Levantaré hasta la cumbre de la fortuna a quien te rindiere culto. - -CORO - -¿Y me prometes que así será en todo tiempo? - -ATENA - -Yo no prometo jamás lo que no he de cumplir. - -CORO - -Siento que me ablandas y que desecho todo mi rencor. - -ATENA - -Corre, pues, a los que acabas de ganarte por amigos. - -CORO - -¿Qué bienes quieres tú que pida en mis cánticos para este pueblo? - -ATENA - -Cuanto sea nobles y leales victorias; y que la tierra y el cielo, y el -mar con sus aguas, y los vientos con sus blandas corrientes, y el sol -con sus claros rayos traigan sobre este suelo toda suerte de bienes. -Que la tierra abunde en frutos y rebaños; que vivan los ciudadanos en -prosperidad, jamás derribada a los golpes del tiempo; que se logren y -florezcan los tiernos retoños infantiles. Pero a los impíos ya puedes -exterminarlos con más furor que nunca. Yo amo a los hombres como el -hortelano a las plantas, y quiero que la semilla de los buenos no se -dañe con la mala hierba de los malos. Tal es lo que te incumbe. A mí -toca no permitir jamás que esta ciudad vencedora deje de llevarse nunca -entre los hombres el honor y lauro del triunfo en los más gloriosos -combates. - -CORO - -Sí; acepto habitar en compañía de Atena. No he de menospreciar yo -ciudad donde moran el omnipotente Zeus y Ares, y que es alcázar -fortísimo de los dioses, honor y contento de las deidades griegas -y baluarte de sus aras. A la cual mi amorosa voluntad le desea, le -predice que los espléndidos rayos del sol han de hacer brotar de la -tierra en abundosa copia cuantos frutos hacen afortunada la vida. - -ATENA - -Obra es de mi amor a esta ciudad haber hecho que en ella pongan su -habitación las potentes e implacables diosas cuyo destino es regir -todas las cosas humanas. Pues el que no se granjea a estos terribles -enemigos, no sabe qué calamidades le aguardan aún en la vida. Los -pecados de sus mayores le arrastran hasta ellas; la muerte llega en -silencio, y con sañuda crueldad le reduce a polvo cuando se jactaba de -su fortuna. - -CORO - -Oíd lo que mi amor os desea. Que jamás la furia de los vientos pierda -los árboles; ni los ardores del sol abrasen las plantas e impidan -que se abran lozanos los pimpollos; ni la triste y estéril sequía os -azote. Antes bien, que vuestros ganados se multipliquen, y a su tiempo -os regalen con dobles crías; y que los ricos tesoros arrancados a las -entrañas de la tierra honren la liberalidad de los dioses que os los -dieron. - -ATENA ~(a los AREOPAGITAS.)~ - -Ya habéis oído, custodios de nuestra ciudad, cuántas bendiciones llaman -sobre vosotros. Mucho puede en verdad la veneranda Erinna con los -dioses del cielo y con los que habitan las mansiones subterráneas, y -bien se ve cómo dispone de la suerte de los humanos: a éstos les da -cánticos y alegrías; a aquéllos una vida de sombras y lágrimas. - -CORO - -Alejaos de aquí, azotes que malográis a los hombres con prematura -muerte. Dioses, de quienes penden los destinos de los mortales, dejad -que las tiernas y amorosas doncellas gocen de las dulzuras de Himeneo; -permitidlo vosotras también, oh divinas Moiras, hermanas mías de madre, -que a cada cual recompensáis según sus obras, sin que haya lugar a que -no asistáis, ni tiempo en que no hagáis sentir el peso de vuestras -justas leyes; diosas honradísimas de todos los dioses. - -ATENA - -Al oírte pedir para mi pueblo con tanto amor dichas y bendiciones, -me lleno de alegría. ¡Oh atractivos ojos de la Persuasión, y cuán -merecedores sois de que yo os ame, pues que habéis velado por mi lengua -cuando hablaba a quien con dura tenacidad se resistía a escucharme! -Venció por fin Zeus, dios de la elocuencia, y nuestra causa, la causa -del bien, alcanzó completa victoria. - -CORO - -Quiera el cielo que jamás se oigan en esta ciudad los rugidos de la -discordia, que no se sacia de males. Jamás se empape el suelo en -la sangre de los ciudadanos, derramada en fratricidas y vengativas -contiendas; sino antes con el deseo del bien común sean unas sus mutuas -alegrías, y unos también sus odios: que en la unión tienen los hombres -el remedio de sus mayores infortunios. - -ATENA - -¿No es verdad que, serena ya su razón, encontró por fin su lengua -el camino de las bendiciones? Tengo para mí que de estas diosas de -espantable catadura han de venir grandes ganancias a mi pueblo. -Pagadles amor con amor; tributadles grandes honores, y la ciudad y toda -su comarca verán pasar los tiempos en gloria y en justicia. - -CORO - -¡Salve, salve; los dioses os den felicidades y abundancia! Salve, -pueblo de Atenas. Palas, la bien amada hija de Zeus, os mira con amor -y habita a vuestro lado. Que no se desmientan nunca vuestras virtudes. -Zeus honra a los mortales que Palas acoge bajo sus alas. - -ATENA - -Salve, también vosotras. Yo saldré delante para mostraros vuestra -morada. Marchad al resplandor de las antorchas de ese religioso -cortejo y en medio de las sagradas víctimas que os serán ofrecidas en -sacrificio. Corred a vuestro templo subterráneo, y apartad de esta -tierra la adversidad, y traed sobre ella la bienandanza y la victoria. -Y vosotros, ciudadanos de Atenas, hijos de Cranao, guiad a las que -vienen a habitar entre vosotros. ¡Ojalá que la ciudad recuerde siempre -la memoria de tales beneficios! - -CORO - -Salve, salve, diré otra vez y otra; salve todos los que habitan en -esta ciudad de Palas, dioses y mortales. Honrad con vuestro culto la -vecindad que me habéis concedido y jamás tendréis que lamentar los -reveses de la fortuna. - -ATENA - -Vuestros votos me colman de contento. Que el resplandor de las -lucíferas antorchas os acompañe hasta los profundos lugares donde -tenéis vuestro templo subterráneo. Vayan también mis sacerdotisas, -piadosas guardas de mi sagrada imagen. Y vosotras, gloria y ornamento -de la tierra de Teseo, cortejo insigne de doncellas y matronas; -y vosotras, ancianas venerables, llegad todas luciendo vuestras -vestiduras de púrpura y en las manos encendidas teas, y tributad así -a estas diosas públicos honores porque su estancia entre nosotros se -señale en las edades futuras con dichosa y perdurable bienandanza. - -~(Vase.)~ - -CORTEJO - -Marchad a vuestra morada, poderosas y venerables hijas de la Noche, -castas vírgenes, acompañadas de este pueblo que os ama. Aplaudid, -Atenienses. - -Descended a esos antiguos y profundos antros donde recibiréis insigne -culto de honores y sacrificios. Pueblo de Atenas, aplaudid todos. - -Venid acá, venerandas diosas; sednos propicias. Mirad con amor a -nuestra comarca, y recibid el agasajo de estas encendidas antorchas -que arden en vuestro obsequio. Y nosotras acompañemos su carrera con -alegres cánticos y gritos de regocijo. - -Por siempre jamás ofrecerá en tu templo la ciudad de Palas libaciones -y lucientes antorchas. Así lo concertaron la Providencia infinita de -Zeus, y la Moira. Rompamos en cánticos de alegría y regocijo. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -_LAS SUPLICANTES_ - - -~(Aparecen el CORO DE DANAIDES, con ramos de suplicantes en sus manos, -y DANAO.)~ - -CORO - -Zeus que protege a los suplicantes, nos mire con piadosos ojos al tomar -tierra en este puerto. Hicímonos a la mar en las arenosas bocas del -Nilo, y dejamos aquella sagrada región, vecina a la Siria. Venimos -huyendo. No nos destierra sentencia ninguna popular por sangre que -no hemos derramado: huímos de los hijos de Egipto, por escapar a sus -abominables, impías e incestuosas nupcias. Danao, nuestro padre, ha -sido nuestro consejero y nuestro guía; él quien entre los males, -resolviéndose por el más honroso, determinó que huyésemos sin tardanza, -cruzásemos el mar y arribásemos a esta tierra de Argos, de donde -desciende nuestro linaje: porque nos gloriamos de venir de aquel Épafo, -a quien concibió con sólo el tacto de Zeus, con un soplo suyo, la -becerrilla perseguida del Tábano. Y ¿a qué pueblo que nos fuese más -amigo pudiéramos llegar en súplica con estos ramos vestidos de lana, -que ostentan nuestras manos? ¡Oh dioses, señores de esta ciudad, y de -sus campos y de las claras corrientes que los riegan; oh dioses del -cielo, y vosotros los que ocupáis las sedes subterráneas, tremendos -vengadores; y tú, Zeus, que guardas la morada del piadoso, acoged todos -a estas mujeres que os suplican, y haced que las voluntades les sean -favorables! Antes que la caterva insolente de los hijos de Egipto ponga -el pie en esta arenosa playa, volvedlos al mar, a ellos y a sus remeras -naves. Y allí perezcan asaltados por las olas embravecidas en deshecha -borrasca de truenos, relámpagos y vientos, antes que hagan suyas a las -hijas del hermano de su padre, y profanen con impía fuerza lechos de -que la ley los rechaza. - -Ven, novillo hijo de Zeus y de nuestra abuela la becerrilla que pacía -la verde hierba de los prados; ven. Tú que fuiste concebido con sólo -el tacto de Zeus, con un soplo suyo, cruza los mares y acude a nuestra -venganza hoy que te invocamos. ¡Épafo! Así te llamaron del origen de -tu nacimiento. Pasados los meses que pide la ley de naturaleza, Io te -parió, y tu nombre confirmó la verdad de tu origen. - -Aquí le pronunciaré yo en estas praderas, antiguamente visitadas de -mi progenitora, y recordaré sus trabajos, y daré señales ciertas de -mi linaje; las cuales bien que a los habitantes de esta tierra les -parezcan inauditas, pero al fin han de comprender, si me atienden, que -digo verdad. - -Si pasa por aquí algún argivo que entienda el lenguaje de las aves, y -oye nuestras tristes quejas, se imaginará estar oyendo la voz de la -mísera esposa del pérfido Tereo; la voz de Filomela, perseguida por el -gavilán. - -La cual, arrojada de los campos y ríos de su querencia, da suelta al -dolor en el lugar de su destierro, y junto con él llora la muerte de -aquel hijo que entregó a sus manos homicidas el furor de una madre -cruel y despiadada. - -Así doy yo suelta a mis ayes, remedando la triste canturia jonia, y -castigo este delicado rostro, que tostaron los aires del Nilo, mientras -se ahoga el corazón con el peso de tantas lágrimas. Mi angustia es -extrema; estoy temblando que mi huída de aquella serena región de -Egipto ha de empeñar más a mis deudos en perseguirme. - -Ea, pues, dioses de mi casa, escuchadme. Mirad por los fueros de la -justicia; no dejéis que la iniquidad se consume, y si es verdad que -sois aborrecedores de toda insolencia, sed justos con estas nefandas -nupcias. Hasta el vencido en la guerra, si se acoge a vuestras aras, -encuentra un asilo contra la fuerza del vencedor, y la majestad de -vuestra divina grandeza le protege. - -¡Quiera Zeus disponerlo así! ¡Inescrutable es tu voluntad, oh Zeus; mas -a las veces muéstrase ella toda resplandeciente, aun en medio de las -tinieblas obscuras, para negra desdicha de la raza de los humanos! - -Lo que la mente de Zeus tiene decretado que suceda, jamás se tuerce ni -se frustra, sino que llega a su fin por aquellos caminos dilatados del -pensamiento divino, envueltos en espesas tinieblas, donde el ojo del -hombre no pudo nunca penetrar. - -Él precipita a los mortales en la sima de su perdición desde las altas -torres de sus soberbias esperanzas, y sin hacer esfuerzo ninguno; que -todo es llano y descansado para los dioses. Sentada la Mente divina en -la cumbre del cielo, ejecuta desde allí todos sus designios sin moverse -de su trono de gloria. - -Eche, pues, desde la altura una mirada sobre la insolencia de los -hombres. Vea a aquellos verdes mozos, cómo se encienden con el lascivo -apetito de mis bodas; cual los ciega y enloquece el aguijón de su -furioso y desenfrenado deseo, que no les deja un punto; y más, que ya -habrán visto que salieron burlados sus malos intentos. - -¡Ahí está la causa de mis males; las penas que me afligen, y me hacen -romper en agudos gemidos, y derramar lágrimas! ¡Ay, ay de mí! En vida -estoy celebrando mis honras con estos funerarios plañidos que tan bien -sientan a mi dolor. ¡Oh montuosa tierra de la Argólide, séme propicia; -yo te adoro! Escucha benigna mi lengua bárbara. Mira cómo me precipito -a hacer jiras estos linos que me visten, y este velo de Sidón que cubre -mi cabeza. - -En los días de bienandanza, cuando la muerte se aleja de nosotros, -ofrécense a los dioses sacrificios en acción de gracias por sus -bondades. Pero ¡ay de mí, ay de mí triste, que mis males no tienen fin! -¿Adónde me arrastrará el mar de mis infortunios? ¡Oh montuosa tierra -de la Argólide, séme propicia; yo te adoro! Escucha benigna mi lengua -bárbara. Mira cómo me precipito a hacer jiras estos linos que me visten -y este velo de Sidón que cubre mi cabeza. - -Cierto que el leñoso edificio que arman linos y remos me guardó de las -olas, y favorecido de los vientos me trajo aquí sin haber pasado por -los horrores de la borrasca. No me quejaré, pues, de mi fortuna. ¡Pero -quiera el Padre omnividente mostrársenos propicio hasta el fin, porque -esta numerosa descendencia de una madre veneranda pueda huír, ¡ay de -mí!, pueda huír el lecho de tales esposos como aquellos, y queden -libres y doncellas! - -Casta hija de Zeus, tú cuya serena mirada no hay poder que la turbe, -míranos piadosa, y defiéndenos de los que nos persiguen. Virgen, sé -el amparo de estas vírgenes, porque esta numerosa descendencia de una -madre veneranda pueda huír, ¡ay de mí! pueda huír el lecho de tales -esposos como aquellos y queden libres y doncellas. - -Donde no, si no hallamos amparo en los dioses del Olimpo, lazos hay de -qué colgarnos, y una vez muertas nos encaminaremos a aquellas negras y -profundas mazmorras, en que el rayo precipitó a los hijos de la Tierra, -y nos postraremos ante el Zeus de los muertos, huésped que a nadie -rechaza, presentándole nuestros ramos de suplicantes. ¡Ay, Zeus! ¡Ay, -cólera divina que perseguiste a Io! Reconozco en mis males el furor -de aquella esposa augusta que se enseñorea de los cielos; que es muy -poderoso el viento que desencadenó esta tormenta. - -Graves palabras tendría que sufrir Zeus, nada dignas de su majestad, -si menospreciando a las hijas de la becerrilla, después de haber sido -su primer padre, apartase ahora los ojos de nuestras súplicas. ¡Oiga -de las alturas donde habita, esta voz que le implora! ¡Ay, Zeus! ¡Ay, -cólera divina que perseguiste a Io! Reconozco en mis males el furor -de aquella esposa augusta que se enseñorea de los cielos; que es muy -poderoso el viento que desencadenó esta tormenta. - -DANAO - -Obremos con prudencia, hijas; Pues que la experiencia de vuestro -anciano padre fué el fiel piloto que os encaminó hasta aquí, ya que -estamos en tierra, os recomiendo que seáis prudentes y grabéis mis -palabras en la memoria. Estoy viendo una nube de polvo, muda mensajera -de un ejército; oigo el rechinar de los cubos de las ruedas, que nada -silenciosas giran sobre los ejes, y diviso multitud de peones armados -de escudos; y lanzas que se agitan; y corceles, y redondos carros de -guerra. Por ventura, serán los príncipes de la comarca, que avisados -de nuestro arribo, vienen a nosotros a verlo por sus propios ojos. Ya -vengan de paz, ya mueva a esa gente alguna cruel y airada resolución, -lo mejor será, oh hijas, que a todo evento nos refugiemos en esa colina -consagrada a los dioses públicos de este pueblo; que un ara vale más -que una torre: es un escudo impenetrable. Ea, pues, id lo más pronto -que podáis; ¡al punto! Mostrad reverentes en vuestras manos esos ramos -suplicantes, vestidos de blanca lana, alegría del venerando Zeus; y a -vuestros huéspedes respondedles lo que haya que responder, con modestia -y en tono que les mueva a lástima: en fin, cual conviene a quienes -llegan a suelo extraño. Explicadles bien cómo vuestra huída no fué por -sangre ninguna que hubieseis derramado. Nada de arrogancia en vuestro -acento: el semblante honesto, la mirada apacible, y todo vuestro -ademán dulce y mesurado. Mucho comedimiento en las palabras, y nada de -discursos prolijos: cosa a los de esta tierra aborrecidísima. Acuérdate -que hay que ceder; que eres una extranjera fugitiva y necesitada, y que -a los que están debajo no les cuadra hablar con altanería. - -CORO - -Hablaste de prudencia, padre, a quienes saben tenerla. Procuraremos -guardar en la memoria tus discretos consejos. ¡Mire por nosotras Zeus, -padre de nuestro linaje! - -DANAO - -No estéis ahí ociosas; apresuraos a poner por obra vuestro intento. - -CORO - -Quisiera estar ya a tu lado y sentada al pie de ese trono. - -DANAO - -¡Oh Zeus, compadécete de nosotros antes que sucumbamos a nuestros males! - -CORO - -Él nos mire con ojos de piedad; que si él quiere, todo acabará bien. - -DANAO - -Invocad ahora a ese ave de Zeus. - -CORO - -¡Saludables rayos de Helios, nosotras os invocamos! ¡Casto Apolo, -dios que en otro tiempo te viste desterrado de la mansión celeste, -compadécete de nosotras como quien sabe lo que es tal desventura! - -DANAO - -¡Sí, él se compadezca de nosotros y nos acuda propicio! - -CORO - -¿Y a cuál de estos otros dioses invocaré además? - -DANAO - -Ahí tienes el tridente, atributo de Poseidón. - -CORO - -¡El que nos trajo con bien a esta tierra, nos reciba en ella piadoso! - -DANAO - -Este otro es Hermes, según le presenta la tradición entre los Helenos. - -CORO - -¡Sea para nosotros mensajero de libertad y bienandanza! - -DANAO - -Rendid culto a todos los dioses que tienen aquí un altar común. Acogeos -al lugar santo bandada de palomas espantada por voladores gavilanes, -por enemigos incestuosos, afrenta de su propia raza. Ave que devora a -otra ave ¿cómo quedará pura? ¿Cómo quedar puro tampoco quien fuerza -a una virgen, y a pesar de ella y de su padre la desposa? Quien tal -hiciese, ni aun después de muerto en el mismo infierno escapará al -castigo de su temeraria culpa. Sabido es que ahí hay otro Zeus que -juzga sin apelación los delitos de los que murieron. Considerad bien lo -que os digo, y responded de esta suerte porque tengáis buen suceso en -este trance. - -~(Sale el REY con acompañamiento de guardias.)~ - -REY - -¿De dónde podremos decir que sois, extranjeras, que así venís tan -lujosamente aderezadas, con esas túnicas y esos velos a estilo bárbaro? -Porque ese no es el traje de Argos ni de ningún otro de los pueblos -de la Hélade. Pues cómo os habéis atrevido a llegar con intrépida -resolución a esta comarca, sin mensajeros que os anuncien, ni huéspedes -que os amparen, ni guías que os encaminen, cosa es también que -verdaderamente asombra. Veo junto a vosotras unos ramos de suplicantes, -depositados en las aras de los dioses de nuestra ciudad; sois, pues, -suplicantes, y esto es sólo lo que Grecia afirmaría que ha comprendido; -pero en lo demás pudieran hacerse con razón muchas conjeturas si yo no -hubiese venido aquí y vosotras no tuvieseis palabra que me explicara -todo vuestro suceso. - -CORO - -Bien has dicho acerca de mi traje. Pero ante todo, ¿estoy hablando con -un ciudadano, o con algún sacerdote, custodio de los templos, o con el -Jefe de la ciudad? - -REY - -Por lo que a eso hace, descuida, y responde a mis preguntas: explícate -sin temor ninguno. Porque yo soy Pelasgo, rey de esta comarca, hijo -del terrígena Palectón. El pueblo que posee esta tierra y coge sus -frutos, son los Pelasgos, que como es razón, toman su nombre de mí -que los gobierno. Domino en toda la región que atraviesa el sagrado -Estrimonio al poniente, y encierro dentro de mis fronteras la tierra -de los Perrebos, y las que hay más allá del Pindo, aledañas de los -Peonios, y los montes de Dodona. De la otra parte tengo por límites las -aguas del mar. Tales son mis dominios. De antiguo se llama a este suelo -comarca de Apis, en honor del médico Apis, hijo de Apolo, a la vez -médico y profeta, el cual de las playas de Naupactia vino aquí y limpió -nuestros campos de aquellas alimañas que devoraban a los hombres, las -cuales había arrojado de sí esta tierra manchada con antiguos delitos; -y de las bestias fieras, y de la multitud de dragones que nos hacían -vecindad terrible. Y porque Apis con sus remedios nos libró de nuestros -males y exterminó los monstruos, mereció de los Argivos tributo de -alabanza, y que siempre hagamos memoria de él en nuestras preces. Ya -que sabes de mí quién soy, puedes decirme tu linaje y proseguir tu -historia; mas te advierto que mi ciudad no es aficionada a discursos -largos. - -CORO - -Breve y clara será la respuesta. Nosotras nos gloriamos de ser de raza -argiva; de la sangre de aquella becerrilla que tuvo nobilísimo hijo. -Esta es la verdad, que estoy pronta a probar cumplidamente. - -REY - -¡Oh extranjeras! no puedo creer lo que decís sobre que sois de nuestra -raza argiva. Más bien parecéis mujeres de la Libia; pero en manera -ninguna de nuestro país. El Nilo debe haber sido quien crió planta tal, -porque tenéis todo el sello que en el molde de sus mujeres imprimen a -sus obras los maridos Ciprios. He oído también que los Indios nómadas, -que viven vecinos a los Etíopes, se valen de camellos que a la vez les -sirven de cabalgaduras y bestias de carga. Y aun si fueseis armadas -de arcos, de cierto que os tomaría por aquellas Amazonas que dicen -que viven sin maridos y se alimentan de carne cruda. Pero vosotras me -enteraréis de todo, y así podré saber cómo es que sois de sangre y -procedencia argiva. - -CORO - -Se cuenta que Io, que fué en otro tiempo custodia del templo de Hera, -nació en este suelo de Argos; aquella de la cual habrás oído tantas -veces... - -REY - -Que mortal como era ella, Zeus buscó sus favores. ¿No es esto? - -CORO - -Sí, y por el pronto su comunicación fué a hurto de Hera. - -REY - -Y después, ¿en qué paró la celosa desavenencia del Rey y la Reina del -Olimpo? - -CORO - -La diosa de Argos convirtió a la mortal en becerrilla. - -REY - -Hecha una becerrilla y ceñida de cuernos su frente, ¿se llegó a ella -todavía Zeus? - -CORO - -Sí. Dicen que tomando la forma de un toro en celo. - -REY - -¿Qué hizo a esto entonces la severa esposa de Zeus? - -CORO - -Puso a la becerrilla guarda tal que todo lo viese. - -REY - -Y ese pastor omnividente, puesto para guardar una sola vaquilla, ¿quién -era? - -CORO - -Argos, hijo de la Tierra, que fué muerto por Hermes. - -REY - -¿Qué otra cosa dispuso Hera contra la mísera becerrilla? - -CORO - -Esa mosca zumbadora que pica a los bueyes y los espanta, a la cual -llaman tábano en la ribera del Nilo. - -REY - -¿Y fué persiguiéndola desde su patria durante una larga carrera?... - -CORO - -Cabalmente; eso mismo iba a decir yo. - -REY - -Y llegó a Canopos, y hasta Menfis. - -CORO - -Y Zeus con sólo tocarla con la mano la hizo madre. - -REY - -¿Quién fué el que pudo llamarse novillo hijo de Zeus y de una -becerrilla? - -CORO - -Épafo, con razón llamado así del precio a que su madre se libró de sus -trabajos. - -REY - -· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · - -CORO - -Libia, poseedora de la más grande porción de la tierra. - -REY - -Y ella ¿qué descendencia tuvo? - -CORO - -Belo, que tuvo dos hijos; uno de los cuales fué el padre de este mi -padre que ves aquí. - -REY - -Dime el nombre de este mortal venerable. - -CORO - -Danao, y su hermano es padre de cincuenta hijos. - -REY - -Dime también su nombre. - -CORO - -Egipto. Y ya que conoces mi linaje, haz conmigo de modo que saques de -su miserable infortunio a esta familia argiva hoy perseguida. - -REY - -Ya veo que vuestro linaje procede de esta tierra. Cierto. Mas ¿cómo os -atrevisteis a dejar vuestra patria? ¿Qué golpe de fortuna os sobrevino? - -CORO - -Rey de los Pelasgos; muchos y varios son los males de los hombres. -¡Ojalá no veas jamás el infortunio tendiendo hacia ti sus alas! ¿Quién -se hubiese imaginado nunca esta huída inesperada, ni que habíamos de -arribar a esta tierra de Argos, de donde somos oriundas, por escapar a -unas bodas aborrecidas? - -REY - -¿Qué pides ahí postrada delante de los dioses de nuestra ciudad? ¿Por -qué esos verdes ramos de suplicantes, orlados de blanca lana? - -CORO - -Por no verme esclava de los hijos de Egipto. - -REY - -¿Es que los odias, o que huyes de cometer un crimen? - -CORO - -¿Y quién ha de querer comprar con su dote un pariente para haber de -servirle después? - -REY - -Así se acrecienta entre los mortales el lustre y fortuna de una casa. - -CORO - -¡Y así a lo menos fácilmente se remedian los que no son bien heredados! - -REY - -Pero, en fin, ¿qué he de hacer yo en pro vuestro para satisfacer a la -amistad? - -CORO - -Si los hijos de Egipto nos reclaman, no entregarnos a ellos. - -REY - -Grave es lo que dices; acaso provocar una guerra. - -CORO - -Pero la justicia sostendrá a mis defensores. - -REY - -Cierto, si desde luego estuvo con vuestra causa. - -CORO ~(señalando el altar.)~ - -Teme a esta popa de la ciudad que coronan nuestros ramos. - -REY - -Tiemblo al ver esos ramos dando sombra a las aras de nuestros dioses. - -SEMICORO - -¡Pesado es, en verdad, el enojo de Zeus; del dios que vela por los -suplicantes! - -CORO - -Hijo de Palectón, rey de los Pelasgos, escúchame con benevolencia. -Mírame postrada ante ti, fugitiva y errante como vaquita perseguida del -lobo, que se sube a las rocas escarpadas, y desde allí avisa con sus -mugidos al pastor el peligro en que se halla, esperando que la acorra. - -REY - -Estoy viendo todas estas tiernas doncellas acogidas a la sombra de esos -verdes ramos con que imploran protección en nombre de nuestros dioses -tutelares. - -¡Ojalá sea sin daño para nosotros la venida de estas oriundas de Argos, -que hoy solicitan su hospitalidad, y que no nos traiga alguna guerra -este improviso y no esperado suceso! ¡Que Argos no tiene necesidad -ahora de tales aventuras! - -CORO - -Vuelva a mí sus ojos la diosa Themis, patrona de los suplicantes e hija -de Zeus, distribuidor de todo bien; proteja mi huída que no manchó -crimen ninguno. Y tú, anciano, aprende lo que te avisa una tierna -doncella. Sé piadoso con quienes te suplican, y no padecerás reveses de -la fortuna; que siempre fueron aceptas a los dioses las ofrendas de un -corazón puro... - -· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · - -REY - -No es en mi hogar donde os habéis amparado suplicantes: no. Si aquí hay -sacrilegio, será para toda la ciudad, y así al pueblo en común toca -procurar el remedio. Yo no puedo hacer promesa ninguna sin comunicarlo -antes con todos los ciudadanos. - -CORO - -Tú eres la ciudad; tú eres el pueblo; tú, que eres sumo juez a quien -nadie juzga, e imperas en el altar, hogar común de la patria. Con sólo -tu voto, a una seña tuya, todo lo decides desde lo alto de tu trono, -donde no hay más cetro que el tuyo. ¡Guárdate de un sacrilegio! - -REY - -¡Recaiga el sacrilegio sobre mis enemigos! No puedo daros auxilio sin -daño para mí, ni despreciar vuestras súplicas sin tocar en lo inhumano. -No sé qué hacer, no sé qué partido tomar, y el alma se llena de temor -lo mismo si quiero concederte lo que pides, que si quiero negártelo. - -CORO - -Piensa en aquel que desde lo alto está velando por nosotras; en aquel -custodio de los mortales atribulados que acuden a sus prójimos y no -consiguen ser oídos en sus justas súplicas. Nada hay que aplaque -la cólera de Zeus, protector de los suplicantes, encendida con los -lamentos del que padece. - -REY - -Pero si los hijos de Egipto alegan derecho sobre ti por las leyes de su -pueblo, a título de tus parientes más próximos, ¿quién querrá oponerse -a su demanda? Preciso que será que excepciones con las leyes de Egipto, -probando que conforme a ellas no tienen sobre ti autoridad ninguna. - -CORO - -¡Jamás me vea yo en manos de esos hombres! Por huír de tan odioso -himeneo me aventuré a esta larga travesía y me puse a merced de las -estrellas del cielo, que me guiaron. Toma, pues, por aliado a la -Justicia, y decreta como pide la piedad que se debe a los dioses. - -REY - -La causa no es tan fácil de juzgar. No me tomes por juez. Ya dije antes -que yo no haría nada sin el pueblo. Cuando tuviera potestad para ello, -no querría yo que el pueblo pudiese decir nunca, si teníamos algún -desastre: por favorecer a unos extranjeros has perdido a Argos. - -CORO - -Zeus es el juez de esta causa entre mis parientes y yo; Zeus, que se -inclina siempre del lado de la justicia, y a cada cual le da lo que se -merece: castigo a los inicuos, y premio a los justos. Siendo la balanza -igual para todos, ¿qué mal temes tú que te avenga por hacer justicia? - -REY - -Negocio es éste que pide reflexión profunda. A modo del buzo que -desciende al fondo del abismo, necesito yo un ojo perspicaz y nada -turbado de la embriaguez, porque estas cosas sin daño para la ciudad -ni para nosotros felicísimamente se rematen. No quiero que las -reclamaciones de los Egipcios nos traigan una guerra; pero tampoco que -por entregaros a vosotras, después que habéis buscado asilo en las -aras de nuestros dioses, nos granjeemos el tremendo castigo de aquel -dios vengador, huésped terrible que no se aparta del culpado ni en la -muerte, sino que le persigue en el seno mismo del infierno. ¿Os parece, -por ventura, que no necesito considerarlo para llegar a una buena -resolución? - -CORO - -Mira solícito por nosotras; sé nuestro piadoso patrono, como es justo. - -No hagas traición a una fugitiva a quien una impía violencia ha sacado -de tan lejanas tierras. - -¡Oh, tú, absoluto señor de esta comarca, no quieras ver que me -arranquen de las aras de todos estos dioses a cuya sombra busqué un -asilo! Reconoce la insolencia de aquellos hombres, y guárdate de la -cólera del cielo. - -No sufras que a tus ojos esta suplicante sea arrancada del pie de estos -divinos simulacros, con agravio de la justicia, y que tiren de mí como -de una yegua, asiéndome de las cintas que adornan mi frente y de los -velos que me cubren. - -Porque ten por cierto que, según como obrares, así les aguardará la -recompensa a tus hijos y a tu casa. Tales son los justos juicios de -Zeus. Considéralo bien. - -REY - -Ya está considerado; ahí vienen a dar todos mis pensamientos: o pelear -con los hijos de Egipto, o pelear con los dioses. Fuerza es lo uno o -lo otro; no hay salida. Ya está claveteada y carenada la nave, y rueda -sobre los rodillos. Dondequiera que me vuelva me he de encontrar con -el mal. Puede el que perdió su casa y su hacienda, levantarse a mayor -fortuna que antes tuvo y juntar grandes riquezas, si así place a Zeus, -dispensador de todo bien. Las heridas que abrió en el ánimo una lengua -indiscreta, ella misma puede curarlas; conque una palabra vendrá a ser -el bálsamo de otra palabra. Pero que corra la sangre de los nuestros... -calamidad como ésta es necesario que no suceda. Hagamos espléndidos -sacrificios; ofrezcamos a los dioses miles de víctimas, que éste es -seguro remedio contra los males. Quizá me engaño por completo acerca de -esta contienda; pero quiero más bien ser agorero ignorante que no sabio -previsor de desdichas. ¡Ojalá contra mi juicio tengamos buen suceso! - -CORO - -Escucha una palabra para fin de tantas súplicas. - -REY - -He escuchado hasta ahora. Puedes hablar, que no desoiré lo que digas. - -CORO - -Mira estos ceñidores con que sujeto mi túnica a la cintura. - -REY - -Muy propios de los arreos femeniles ciertamente. - -CORO - -Pues ten entendido que ellos serán excelente recurso. - -REY - -¡Explícate! ¿Qué quieres significar con eso? - -CORO - -Si no das una seguridad a estas fugitivas... - -REY - -¿Para qué te servirá entonces el recurso de esos ceñidores?... - -CORO - -Para adornar a esas imágenes con ex-votos nunca vistos. - -REY - -¿Qué enigma es ese? Habla claro. - -CORO - -Al punto nos colgaremos de esas imágenes. - -REY - -¡Oh, qué palabras que me han herido en el corazón! - -CORO - -¿Comprendiste?... ¡Bien claramente me he expresado! - -REY - -¡Cuánto imposible! ¡Multitud de males viene sobre mí como torrente que -se desborda! ¡Heme aquí en este mar sin fondo de la desgracia, donde me -anego sin poder ganar la orilla, ni hallar puerto que me abrigue contra -mis desventuras! Porque si no accedo a lo que deseas, me amenazas con -una resolución de cuya mancha jamás podríamos lavarnos; y si he de -venir a trance de batalla con los hijos de Egipto, tus deudos, delante -de nuestros muros, ¿cómo no sernos amargo, que por defender a unas -mujeres hayamos de ensangrentar el suelo de la patria con la sangre de -sus hijos? Y con todo, ello es fuerza temer la cólera de Zeus, patrono -de los suplicantes; que no hay para los hombres más formidable temor. -Anda, anciano, tú como padre de estas vírgenes toma en tus brazos esos -ramos, y al punto llévalos a las aras de los otros dioses de nuestro -pueblo, para que todos los ciudadanos puedan saber la razón de vuestra -llegada. Así no hablarán contra mí; que el pueblo es de suyo amigo de -culpar al que manda. Al ver esos ramos fácilmente se moverá a piedad, -y todos los Argivos se pondrán de vuestra parte con más empeño aún en -odio a vuestros insolentes perseguidores. No hay uno entre ellos que no -se incline a favorecer al débil. - -DANAO - -De grande estima es para nosotros el haber encontrado patrono tan -respetable. Pero manda conmigo gentes del país que me acompañen y me -enseñen el camino a fin de que podamos dar con las aras, que se alzan -fronteras a los templos donde moran vuestros dioses tutelares, y -discurramos seguros por la ciudad. Porque nuestro aire y porte no es el -mismo que el vuestro. La raza que cría el Nilo no se parece a la de las -riberas del Ínaco. Guarda, no sea que la demasiada confianza nos dé qué -temer. Ya se ha visto al amigo matar por ignorancia al amigo. - -REY - -Acompañadle, guardias. Dice bien el extranjero. Guiadle a las aras -y templos de los dioses de la ciudad. Y poco hablar con los que os -encontréis al paso: que vais acompañando a un extranjero, que llegó por -mar, y quiere postrarse en el santuario de nuestros dioses. - -~(Vase DANAO acompañado de algunos guardias.)~ - -CORO - -Tú te has dirigido a mi padre, y ya sabe él a qué ha de acomodar su -conducta; pero yo ¿qué haré? ¿Cómo proveerás a mi seguridad? - -REY - -Deja ahí esos ramos, ese emblema del dolor. - -CORO - -Y bien, ya los dejo, obediente a tus palabras y autoridad. - -REY - -Ahora retírate a aquel dilatado bosque. - -CORO - -¿Y qué defensa puede ofrecerme un bosque profano? - -REY - -No te entregaremos ciertamente a las aves de rapiña. - -CORO - -¿Y qué, si me entregas a hombres más aborrecibles que los crueles -dragones? - -REY - -Hable bien el que es bien tratado. - -CORO - -No es maravilla que el temor que se alberga en nuestro pecho nos haga -poco sufridas. - -REY - -Pero siempre se desconfía demasiado de los reyes. - -CORO - -Devuélvenos tú la alegría con tus palabras y con tus acciones. - -REY - -Vuestro padre no os dejará solas mucho tiempo. Yo convocaré a los -Argivos y trataré de persuadir a la ciudad, y de ver cómo puedo -ganarla en favor vuestro. Ya advertiré a tu padre lo que debe decir. -Por tanto, espera aquí. Eleva tus preces a los dioses de Argos, -y pídeles que se logren tus deseos. Yo marcho a disponerlo todo. -¡Asístanme la Persuasión y la Fortuna para alcanzar feliz suceso! - -~(Vase con su acompañamiento.)~ - -CORO - -¡Rey de reyes, santo de los santos, potestad altísima sobre todas las -potestades, bienaventurado Zeus, escucha mis votos y haz que lleguen -a cumplimiento! Aleja de nosotros a aquellos hombres insolentes; -muéstrales tu justo enojo; hunde en las purpúreas olas del mar la nave -fatal y sus negros remeros. - -Mira por estas mujeres; mira por nuestro antiguo linaje, descendencia -de una mujer que te fué cara. Renueva la memoria de tus amores; -acuérdate bien cuando tu mano acariciaba la frente de aquella Io, -por la cual nos gloriamos de ser oriundas de esta tierra donde nos -amparamos hoy. - -En ella estamos ahora marchando sobre los mismos antiguos pasos de mi -madre. Aquí en los floridos campos y herbosos prados donde ella se -apacentaba, siempre bajo los ojos vigilantes del pastor Argos; aquí de -donde, perseguida por el tábano, huyó furiosa, atravesando pueblos y -pueblos. Sumisa a su destino, pasa a nado el undoso estrecho, y demarca -así entrambos continentes. - -Echa por Asia; atraviesa la Frigia, en rebaños abundante, y la ciudad -misia de Teutras, y los valles de Lydia, y los Cilicios montes; deja -atrás con precipitado curso la tierra de los Panfilios, y los ríos de -perenne corriente, y la región de la opulencia, y el suelo consagrado -a Afrodita, liberal en doradas espigas. - -Aguijada por el dardo del alado boyero, llega a los feracísimos campos -de Zeus, a aquellos prados que las nieves fecundan cuando contra ellos -se desata la cólera de Tifón, el Nilo de saludables y no contaminadas -linfas. Ahí se lanza Io fuera de sí con el azote de los afrentosos -trabajos y agudos dolores que la hace padecer la furibunda Hera. - -Los hombres que habitaban la comarca por aquel entonces, palidecieron -y comenzaron a temblar al ver aquella extraña figura; aquel bruto -espantable y semihumano, mitad mujer y mitad vaquilla; quedáronse -estupefactos del prodigio. ¿Quién fué el que endulzó entonces las penas -de la errante y sin ventura Io, y la libró del tábano que la acosaba? - -Zeus, el rey que reinará por siglos de siglos... - -· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · - -Con su poder incontrastable, con su divino aliento pone fin a aquella -violencia. Io, así que recobra la razón, siente que los encendidos -colores de la honestidad asoman a su rostro, y se deshace en lágrimas -considerando sus desventuras. Pero ya había concebido en su seno el -fruto de los divinos amores. Así fué en verdad, que luego parió un hijo -sin tacha. - -El cual gozó de felicidad colmada por toda su larga vida. De donde -toda la tierra dijo a una voz: “¡Vivífica descendencia! ¡de Zeus es -a no dudar! ¿Pues quién otro hubiese podido poner fin a los males -causados por el rencor de Hera? ¡Obra de Zeus es ésta!” Y nosotras, la -descendencia de Épafo. Proclamándolo así no digo más que la verdad. - -¿A qué otro dios pudiera yo invocar con más justos títulos que a aquel -padre, primer autor de mi linaje; a aquel poderoso señor que con sola -su mano fecundó a Io, y fundó larga descendencia; a aquel Zeus por -quien viene todo remedio en los trabajos? - -No hay potestad alguna sobre él. En grandes y pequeños, en todos reina -como señor altísimo. Nadie se sienta en más encumbrado trono, ni puede -alegar títulos a su acatamiento. Habla, y se sigue la obra, y al punto -se cumple lo que decreta su mente. - -~(Sale DANAO.)~ - -DANAO - -Ánimo, hijas. Nuestras cosas con los Argivos van bien. El pueblo todo -ha votado por nosotros. - -CORO - -¡Salve, anciano padre mío, que tan gratas nuevas me anuncias! Pero -dinos qué se ha decretado; qué resolución se llevó la mayoría del -pueblo. - -DANAO - -Allí no hubo pareceres, sino que de modo fué que sentía yo remozarse mi -vieja alma. El aire apareció como erizado de diestras que se alzaban -de todo el pueblo argivo entero que a una voz sancionaba el decreto. -Podremos vivir aquí libres, y sin que mortal alguno pueda reclamarnos, -gozando del derecho de asilo: nadie, ni ciudadano ni extranjero, nos -arrancará de estos lugares. Notado de infame será y desterrado por -el pueblo, cualquier argivo que no acuda en nuestro socorro, si por -ventura se tratase de usar de la fuerza. Tal fué la sentencia que en -pro nuestro obtuvo el rey de los Pelasgos con su persuasiva palabra. -“Cuidad, les decía, no amontonéis para lo porvenir sobre la ciudad de -Argos la tremenda cólera de Zeus, que protege a los suplicantes. Ved -que dos veces los agraviaríais por huéspedes y por ciudadanos, y que -sería esto afrenta manifiesta de nuestra ciudad, y principio de males -sin remedio.” Lo cual, así que el pueblo lo oyó, sin aguardar la voz -del pregonero, todos los Argivos levantaron las manos, confirmando y -ratificando lo que el rey decía. Los Pelasgos se dejaron mover de la -palabra persuasiva que les hablaba; Zeus consumó la obra. - -CORO - -Ea, pues, respondamos con votos de bendición al bien que nos hacen los -Argivos. Zeus hospitalario atiende a la verdad con que la lengua de -esta huéspeda agradecida le ofrece tributo de honor y alabanza, para -que nuestros votos todos alcancen cabal y felicísimo suceso. - -Vosotros también, dioses hijos de Zeus, escuchad las preces que por -este pueblo os dirigimos. Nunca jamás se vea presa de las llamas la -ciudad de los Pelasgos, ni oiga el bárbaro y desapacible clamor de la -pelea. Vaya Ares a segar hombres a otros campos. Porque se apiadaron de -nosotras, y nos dieron voto favorable, y tuvieron respeto para estas -suplicantes de Zeus, para este mísero rebaño. - -No han desoído la demanda de unas débiles mujeres por sentenciar a -favor de sus perseguidores, sino que pusieron la consideración en aquel -vengador divino, celador de toda obra, en sus castigos inevitable. -Imposible que techo ninguno pudiera resistir el peso de la divina -venganza; ¡que es abrumadora pesadumbre! Pero han respetado nuestra -sangre; han respetado a las que suplicaban en nombre de Zeus santísimo, -y sus sacrificios serán puros y aceptos a los dioses. - -Salgan, pues, de mi boca sombreada por estas coronas de olivo, palabras -de bendición y dicha. Nunca jamás la peste deje a esta ciudad yerma de -sus hijos, ni guerras intestinas ensangrienten su suelo. Viva intacta -en su tallo la flor de tu juventud sin que el amante de Afrodita, sin -que el enemigo mortal de los hombres, Ares, venga a cortarla en su -gallarda lozanía. - -Véanse rodeadas las aras humeantes de sus dioses de ancianos venerables -con que la república esté siempre bien y sabiamente regida. Rinda el -pueblo continuo culto de adoración al gran Zeus, altísimo amparador de -la hospitalidad, que con antigua ley dispone el destino de los humanos. -¡Jamás se extinga la raza de los fieles celadores de esta tierra! -¡Dígnese Artemisa Hécate asistir al parto de sus matronas! - -Lejos de aquí las discordias civiles que pierden a los hombres, y -arruinan las ciudades, y ahuyentan los músicos apacibles coros, y -arman el brazo de Ares, fiero provocador de lágrimas para los pueblos, -y de voces lastimosas. Fuera de aquí el enjambre enfadoso de las -enfermedades; vaya a posarse lejos de la cabeza de estos ciudadanos. -Apolo Liceo vele amoroso por toda la juventud argiva. - -Haga Zeus que en todo tiempo y estación produzca la fecunda tierra -frutos sazonados, y que los rebaños pueblen la pradera herbosa de -numerosas crías. ¡No haya bien que Argos no reciba de los dioses! -Rompan las musas, diosas del saber y del canto, en himnos de bendición -y alegría, y acompañe la cítara los acentos de su boca sagrada. - -¡Ojalá que el pueblo, que es el soberano de la ciudad, guarde sin -mancha ni menoscabo el honor de sus legítimos derechos, y que los que -le manden provean siempre solícitos al bien común! Con el extranjero -antes sean prontos a entrar en pláticas que a declarar la guerra, y -quieran más satisfacer de justos que de vencidos. - -Honren siempre a los dioses tutelares de la comarca con aquellos -homenajes que les tributaban sus antepasados. Ofrézcanles víctimas de -bueyes, y coronen de laurel sus altares. Así honrarán también a los -que les dieron la vida; que es otro de los tres preceptos que están -escritos en las leyes de la Justicia suma y perfectísima. - -DANAO - -Alabo esos buenos deseos, hijas mías. Pero escuchad ahora sin -alborotaros la inesperada nueva que tiene que daros vuestro padre. -Desde la atalaya de esta colina, asilo de nuestras súplicas, diviso un -navío: se ve harto bien para que me engañe. Distingo todo el aparejo -y velamen de él, y los parapetos con que se cubren sus remeros y -hombres de guerra. Allá veo la proa que sigue su derrota mirando hacia -nosotros; ¡demasiado obediente el timón, que desde popa le rige; porque -no es ninguna nave amiga aquélla! Las blancas túnicas de los marineros -hacen resaltar lo negro de sus miembros. He allí que aparecen bien -claro las demás naves: toda la escuadra está a la vista. La capitana -ha amainado velas, y forzando remos vira hacia la playa. Miradlo -con calma. Prudencia, y no olvidaros de estos dioses, que es lo que -importa. Yo parto en busca de defensores que tomen sobre sí nuestra -causa, y vuelvo al punto. Quizá venga algún heraldo o alguno de los -príncipes queriendo poner mano en vosotras y llevaros consigo; pero -nada harán. No tembléis al verlos. No obstante, por si se retarda el -socorro, lo mejor será que no os olvidéis nunca de que en esas aras -está vuestra defensa. ¡Ánimo! Al fin, a su tiempo y día el mortal que -menosprecie a los dioses paga la pena que merece. - -CORO - -¡Padre, estoy temblando! Ya abordan las naves, impelidas de sus ligeras -alas. Dentro de un instante los tenemos aquí. El pavor se apodera de mi -alma, ¡y con razón! ¿De qué me sirvió mi precipitada huída? ¡Me muero -de miedo, padre mío! - -DANAO - -¡Valor, hijas! Pues que los Argivos han decretado a tu favor, ellos -pelearán por vosotras; estoy cierto de ello. - -CORO - -Son una procaz y malvada ralea estos hijos de Egipto, que no se hartan -nunca de contiendas. Se lo estoy diciendo a quien lo sabe como yo. Por -saciar su encono se han hecho a la mar con todas esas negras y bien -trabadas naves, y con tal aparato de atezada y numerosa gente de armas. - -DANAO - -Con quien tendrán que habérselas son muchos en número también y de -brazos endurecidos y curtidos por los rayos del sol del Mediodía. - -CORO - -No me dejes sola, padre; te lo suplico. Una mujer abandonada a sí -sola, nada es. El valor de las batallas no se alberga en su corazón. Y -ellos... ellos son impíos y de bien torcidos y bajos pensamientos, y -no serás más respetuosos con las aras de los dioses que los cuervos. - -DANAO - -Lo cual ayudará a maravilla a nuestros deseos, hijas mías, pues que tan -odiosos como a vosotras les serán a los dioses. - -CORO - -Por temor a esos tridentes ni a la majestad de estas imágenes no -dejarán de poner manos en nosotras, padre; que son por demás soberbios -e impíos esos rabiosos y desvergonzados perros, y se harán sordos a la -voz de los dioses. - -DANAO - -Pero sabido es que los lobos pueden más que los perros. El fruto del -papiro no aventaja a la espiga. - -CORO - -Con todo, guardémonos de su poder; que encierran en su pecho toda la -rabia y crueldad de las bestias feroces. - -DANAO - -No es maniobra tan pronta la arribada y desembarco de una armada. No -se hallan al paso los fondeaderos, ni en todo paraje se puede amarrar -los cables sin peligro, ni así a la primera se fía a las anclas un -patrón de nave; y más cuando se aborda a tierra donde no hay puertos. -Al ponerse el sol y venir ya la noche, el timonel más experto se llena -siempre de temores vivísimos, aunque se eche el viento y la mar duerma -serena y en calma. Antes de encontrar fondeadero cómodo donde la armada -pueda confiarse, la gente de mar no haría desembarco seguro. Piensa tú -que el terror no te haga olvidar a los dioses, y pídeles su auxilio. Yo -corro a avisar a la ciudad. No me desatenderá, porque viejo como soy, -mi corazón y mi lengua son jóvenes todavía. - -~(Vase.)~ - -CORO - -¡Oh tierra montuosa, de mí con tanta justicia venerada! ¿Qué va a ser -de nosotras? ¿Dónde refugiarme en esta tierra de Apis? ¿Habrá alguna -sombría y caliginosa caverna donde nos ocultemos? ¡Que no me volviera -yo negro humo para subir hasta las nubes de Zeus y allí desvanecerme; o -bien, que no pudiese yo volar sin alas como el polvo y desaparecer en -el aire! - -¡Alienta, corazón, ten fuerzas para huír de aquí! Pero ¡ay! que mi -corazón tan sólo las tiene para palpitar, cubierto con las negras -sombras del espanto. Estos lugares, donde mi padre vió mi salvación, -serán mi ruina. ¡Me muero de terror! Echémonos un lazo al cuello y -quitémonos la vida antes que nos lleguen las manos de esos hombres -abominables. ¡Antes muertas y sometidas al imperio caliginoso de Hades! - -¡Quién me diera a mí un lugar en aquellos etéreos espacios donde la -nieve se engendra en las acuosas nubes, o la escueta cima de altiva, -tajada y áspera roca, que se pierde en las alturas; yerma, cerrada a -las cabras, y sólo de los buitres apetecida! Siquiera me aseguraría -caída de muerte, antes que pasar por un cruel himeneo que rechaza mi -corazón. - -Y luego, sea yo pasto de los perros y aves de esta tierra; no diré que -no: el morir libra de lágrimas y males. ¡Venga la muerte antes que la -consumación de esas bodas! ¿Dónde, si no, encontrar camino que de ellas -me liberte? - -¡Alza hasta el cielo tu triste voz; rompe en doloridas letanías -que te alcancen de los dioses auxilio y remedio contra tus penas! -Padre celestial, tú cuyos severos ojos aborrecen la iniquidad, mira -la bárbara fuerza que se me hace. ¡Sé benigno con tus suplicantes, -soberano señor de la tierra, Zeus omnipotente! - -Porque los hijos de Egipto con insolencia intolerable corren tras de -mí, y me persiguen y acosan con grandes voces por ver de lograrme, -siquier tengan que usar de la fuerza. Pero sobre todo está el fiel de -tu balanza. Sin ti ¡qué pueden los mortales! - -¡Oh, oh, oh! ¡ah, ah, ah! ¡Nuestro raptor, que dejó ya la nave y saltó -en tierra! ¡Así mueras a mi vista antes de llegar aquí, raptor inicuo! -¡Socorro, socorro! ¡Por todas partes se oyen mis gritos de terror -y angustia! ¡Principios de los males y violencias que me aguardan, -ya os veo! -- ¡Pronto, pronto, venid a favorecer nuestra huída! -- -¡Por tierra y por mar resuenan los brutales y odiosos alaridos de -la lascivia de nuestros perseguidores, codiciosa de satisfacerse! -¡Protégenos, señor del universo! - -~(Sale un HERALDO egipcio con acompañamiento de soldados.)~ - -HERALDO - -¡Corriendo, corriendo, a las naves! ¡Pronto! - -CORO - -¡Bien, aquí nos tenéis! ¡Heridnos el rostro; maltratadnos; cortadnos la -cabeza; derramad nuestra sangre toda! - -HERALDO - -¡Corre, infeliz, corre a la nave! ¡Ven conmigo por el dilatado espacio -donde se agitan las saladas ondas! Cede por fin al deseo de tu señor y -al poder de su férrea lanza. Bañada en sangre te arrojaré en la nave. -Allí, tendida en el fondo, podrás gritar cuanto quieras. Ceda, mal que -te pese, tu obstinada locura. ¡Lo mando! - -CORO - -¡Ay, ay de mí! - -HERALDO - -Deja esas aras; anda a la nave. Ven a adorar a los dioses que venera -nuestro pueblo. - -CORO - -¡Nunca más vuelva yo a ver el almo río, el de las crecidas fecundantes, -el de las aguas vivíficas que vigorizan la sangre de los hombres! Mi -patria, anciano, mi antigua y sagrada patria es la tierra donde se -alzan las aras de estos dioses. - -HERALDO - -Que quieras que no, a la nave irás; a la nave, y pronto. Sucumbirás a -la fuerza; a la fuerza de tu señor, que es poderosa; y después de haber -recibido miles de ultrajes de sus manos crueles, tendrás que sufrir su -lecho. - -CORO - -¡Ay, ay! ¡Ojalá hubieses perecido miserablemente al cruzar la movible -selva de los mares, arrojado por desecha borrasca contra el arenoso -promontorio de Sarpedón! - -HERALDO - -Grita; vocifera; llama a los dioses. No escaparás a la nave egipcia. -Grita, clama; puedes quejarte de tu miseria con más amargura todavía. - -CORO - -¡Ay cielos! ¡Perezcas tú frente a esas costas dando voces y ladridos; -tú que tan jactancioso me escarneces! ¡Que el caudaloso Nilo, que te -crió, te haga desaparecer a ti, insolente, y a tu insolencia! - -HERALDO - -Andad, os digo. La nave ya se balancea en las ondas. ¡Pronto! Nada de -tardanzas, y así no seréis llevadas de los cabellos. - -CORO - -¡Ay, ay, Padre mío celestial! ¡Busqué mi defensa en estas aras, y hallé -mi perdición! Ya me arrastran al mar. Ya me cercan, y se van llegando -a mí como la araña a su presa. ¡Parece un sueño!... ¡sueño negro y -espantoso! ¡Socorro, socorro! ¡Madre Tierra, madre Tierra, aleja de mí -estos gritos furiosos que me llenan de espanto! ¡Oh Rey, hijo de Gea! -¡Oh Zeus! - -HERALDO - -No temo yo a los dioses de este pueblo. Ni ellos me criaron de niño, ni -ellos me han de sostener en la vejez. - -CORO - -Cerca de mí bípeda serpiente se retuerce furiosa. ¡Es una víbora que me -va a sujetar entre sus dientes! ¡Socorro, socorro! ¡Madre Tierra, madre -Tierra; aleja de mí esos gritos que me llenan de espanto! ¡Oh Rey, hijo -de Gea! ¡Oh Zeus! - -HERALDO - -Si no venís a la nave, si no me obedecéis, no me detengo ante vuestros -vestidos, y los hago jiras. - -CORO - -¡Favor, príncipes que veláis por la ciudad, que me roban! - -HERALDO - -¿Príncipes llamáis que os acorran? Pronto vais a ver aquí, no uno, -sino muchos: a todos los hijos de Egipto. Perded cuidado, que no os -quejaréis por falta de señores. - -~(Sale el REY con su acompañamiento.)~ - -CORO - -¡Perdidas somos! -- ¡Oh Rey, qué nunca vista violencia! - -HERALDO - -Paréceme que os voy a llevar arrastrando de los cabellos, ya que no -queréis atender a mis razones. - -REY - -¡Hola, tú! ¿qué estás haciendo ahí? ¿Qué arrogancia es esa con que -ultrajas esta tierra, la tierra pelásgica? ¿Por ventura piensas que has -venido a una ciudad de mujeres? Para ser bárbaro, alardeas demasiado -con los Griegos. Grave es tu atentado: sin duda tienes perdido el -juicio. - -HERALDO - -Pues ¿en qué yerro yo, ni me aparto de la justicia? - -REY - -En primer lugar, con ser extranjero no sabes lo que es hospitalidad. - -HERALDO - -¿Cómo que no? Encuentro lo que perdí, y lo recobro. - -REY - -Y ¿a cuál de los patronos que la ciudad tiene diputados para proteger a -los extranjeros, los reclamaste tú? - -HERALDO - -A Hermes, máximo patrono de los extranjeros, y abogado de las cosas -perdidas. - -REY - -¡Hablas de invocar a los dioses, y no tienes para los dioses ninguna -reverencia! - -HERALDO - -Yo venero a los dioses del Nilo. - -REY - -A lo que te oigo, ¿los de aquí no son nada? - -HERALDO - -Si no es que por la fuerza me las quitáis, yo me las he de llevar. - -REY - -Pudiera ser que lo llorases si las tocas, y no muy tarde. - -HERALDO - -¡Nada tienen de hospitalarias tus palabras! - -REY - -Yo no doy jamás hospitalidad a los que ultrajan a los dioses. - -HERALDO - -¿Irías tú a decir eso a los hijos de Egipto? - -REY - -Y ¿qué cuidado me podrá dar a mí? - -HERALDO - -Pero, en fin, para que yo lo sepa y pueda comunicarlo mejor, según -conviene a un heraldo que debe hacer relación fiel y exacta de cada -punto; en fin, ¿quién eres tú? ¿Quién les digo que les ha tomado sus -primas hermanas? ¡Asegúroos que Ares no llamará testigos para dirimir -esta contienda, ni admitirá composición, sino que antes que sentencie -han de caer muchos hombres y han de perderse muchas vidas entre agonías -espantosas! - -REY - -¿A qué decirte mi nombre? Luego lo aprenderéis lo mismo tú que los que -vienen contigo. Si estas doncellas lo quieren así, y ese es el deseo de -su corazón; si con blandas y comedidas razones las persuades, puedes -llevártelas; mas a la fuerza no se te entregarán. Así lo ha proclamado -y ratificado la ciudad de Argos por voto unánime. Y el decreto está -bien clavado, de modo que nadie será poderoso a moverlo. No lo hemos -grabado en tablas, ni lo refrendamos y confirmamos en las vueltas de -un papiro; pero te lo dice, fiándotelo, la boca de un hombre libre. -Quítate cuanto antes de mi vista. - -HERALDO - -Sábelo, pues: pronto tendréis guerra. ¡Sean la victoria y la dominación -de los que sean hombres! - -REY - -Aquí, en los ciudadanos de Argos encontraréis hombres, y que no beben -vino de cebada. ~(Vase el Heraldo.)~ -- Vosotras, cobrad ánimos, y -acompañadas de vuestras fieles siervas, dirigíos todas a la ciudad: -está muy bien guarnecida de muros, y fortificada con torres de -profundo y solidísimo cimiento. Allí encontraréis muchos edificios -públicos que poder ofreceros, y aun mi casa, pues no se labró con -encogida y corta mano. Es gran contento habitar bien dispuesta casa en -numerosa compañía; pero si os aplace más vivir solas, podéis hacerlo -así. Pronto está todo; escoged, pues, lo que mejor os parezca y más os -agrade. Yo estoy aquí para defenderos, y conmigo los ciudadanos todos; -que por voto unánime se han empeñado en esta empresa. ¿Podrás esperar -tú mejor fianza? - -CORO - -¡No en verdad! ¡Antes, divino rey de los Pelasgos, que seas colmado -de bienes en premio del que tú nos haces! Pero dígnate traernos aquí -a nuestro animoso padre Danao; a nuestro guía y consejero. Su consejo -ha de resolver qué casa nos conviene habitar y dónde debe ser nuestro -puesto. Tratándose de extranjeros, cada cual se apresura a murmurarlos. -Sigamos el partido más prudente. - -REY - -Vosotras seréis recibidas en la ciudad con aplauso de todo el pueblo, -y nadie os ofenderá, ni tendrá para vosotras más que palabras de -alabanza. Fieles siervas, marchad en su compañía, y cada una con -aquella a cuyo servicio la hubiese destinado Danao. - -~(Sale DANAO.)~ - -DANAO - -Bendigamos a los Argivos, hijas mías, y ofrezcámosles sacrificios -y libaciones como a los dioses del Olimpo, porque todos ellos sin -excepción, acaban de salvarnos. Con grande acedía y enojo oyeron de mi -boca lo sucedido con nuestros obstinados deudos; y luego ordenaron -que viniesen escoltándome estos guardias armados por hacerme honor y -para estorbar que golpe aleve e inesperado me diese muerte: con que -caería sobre este suelo mancha sempiterna. Después de tales beneficios -les debéis aún más acendrado agradecimiento y reverencia que a mí. -Grabad ahora en vuestra mente esta máxima junto a los demás avisos que -os dió la prudencia de vuestro padre: el tiempo es el que prueba lo -que son y valen los desconocidos. Al extranjero que se avecinda entre -nosotros, todos nos adelantamos a murmurarle, y la lengua anda lista -para demostrarlo y ejercitarse a su costa. Encarézcoos, pues, que -cuidéis de no afrentarme, porque estáis en ese verdor de la mocedad -que tanto atrae las miradas de los hombres. Fruta en sazón nunca fué -buena de guardar: todos son a arrebatarla, los hombres y las fieras; -las alimañas que surcan los aires, y las que se arrastran por el suelo. -¿Y cómo no? Cipris convida a voz de pregón a coger el fruto sazonado, y -marchita su lozanía y no deja vivir la flor. Cualquiera que pasa junto -a una doncella se siente vencido del deseo, y lanza sobre los encantos -de su hermosura dardo de amorosa mirada. ¡Mirad, no veamos menoscabada -nuestra honra, que tantos trabajos nos ha costado salvar, y por la cual -tan dilatados mares hemos tenido que correr; que esto sería trabajar -en nuestra afrenta y en contento de nuestros enemigos! En cuanto a -habitación donde nos alojemos, dos hay, la de Pelasgo, y la que nos -ofrece la ciudad, y ambas sin merced ninguna; negocio es, pues, de -bien poca monta. Sólo os digo que guardéis las advertencias de vuestro -padre, y tengáis la honestidad en más que la vida. - -CORO - -Quieran los dioses favorecernos en todo lo demás, que en cuanto a mi -mocedad, descuida, padre, que a no determinar otra cosa los dioses, no -se ha de apartar paso mi corazón de la senda que ha emprendido. - -PRIMER SEMICORO - -Marchad; celebrad con jubilosos cánticos a los bienaventurados dioses, -señores y patronos de la ciudad, y a los que habitan las riberas del -antiguo Erasino. - -SEGUNDO SEMICORO - -Responded a mis cánticos, vosotras que me acompañáis. ¡Gloria y -alabanza a la ciudad de los Pelasgos! ¡Ya no más celebrar con mis -himnos las aguas del Nilo! - -PRIMER SEMICORO - -Sino los ríos que tienden sus múltiples brazos por esta región, y con -sus sabrosas fecundantes aguas alegran y sustentan sus campiñas. - -SEGUNDO SEMICORO - -Mire con piedad la casta Artemisa a estas mujeres fugitivas. Que -Cithera no nos imponga sus lazos por la fuerza: ¡tormento aborrecible! - -PRIMER SEMICORO - -Cipris, tampoco te olvido a ti en mis piadosos cultos. Tu poder con -el de Hera iguala casi al de Zeus. Tus golpes, oh astuta diosa, -son temidos de los mortales, y así intentan ganarte con homenajes -reverentes. - -SEGUNDO SEMICORO - -Acompáñanla siempre, como a su querida madre, el Deseo, y la blanda -Persuasión a quien nadie se resiste y aquella Harmonía, a la cual ha -dado en suerte Afrodita los susurrantes requiebros de los amores. - -PRIMER SEMICORO - -Pero ¡ay! ¡que temo mucho la tormenta que se ha de levantar con mi -huída; los fieros males y sangrientas guerras que han de sobrevenir! -¿Por qué hicieron tan feliz navegación nuestros activos y tenaces -perseguidores? - -SEGUNDO SEMICORO - -¡Cúmplanse los decretos del Destino! Nadie hay que pueda escapar a los -designios altísimos e insondables de Zeus. ¡Quizá como tantas otras -mujeres antes de nosotras, habremos de acabar por contraer un lazo -aborrecido! - -PRIMER SEMICORO - -¡Gran Zeus, aparta de mí el himeneo con los hijos de Egipto! - -SEGUNDO SEMICORO - -¡Sería eso el mayor de los bienes! Pero quizá tratas de mover a un dios -inexorable. - -PRIMER SEMICORO - -Lo que ha de suceder no lo sabes tú. - -SEGUNDO SEMICORO - -¿A qué esforzarme a penetrar en el abismo de la mente de Zeus, a cuyo -fondo no llegó jamás mirada alguna? Sé más moderada en tus deseos. - -PRIMER SEMICORO - -¿Por qué me das esta lección? - -SEGUNDO SEMICORO - -Porque no te atrevas curiosa a las cosas divinas. - -PRIMER SEMICORO - -¡Soberano Zeus, líbranos de un himeneo funesto y aborrecido! Tú -libraste a Io de sus males, acariciándola con mano que la volvió la -salud. ¡Dichosa fuerza aquélla, donde se engendró nuestro linaje! - -SEGUNDO SEMICORO - -¡Danos la victoria, que somos débiles mujeres! ¡Permita el cielo que -entre dos males tan sólo padezca el menor, templado siquiera con algún -bien! Alcancen mis súplicas que la Justicia triunfe de sus enemigos con -ayuda de los dioses. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -_APÉNDICE_ - -LOS POETAS TRÁGICOS - - -Eskylo es el viejo ático, aristócrata y religioso. Descendía de la -generación que levantó en el Ágora un monumento a los Tiranicidas; -y fué iniciado en los misterios de Eleusis, en el culto pacificador -y purificador de la =Mater Dolorosa=, de la transparente Deméter. -Su espíritu se formó con ejemplos severos y con prácticas augustas. -Atrevido y grandioso era el arco de su cabeza; meridiana la claridad -de sus pupilas; y, como la gruta de bronce de la Pytia, resonantes -y proféticos sus labios. En los momentos crueles del peligro persa, -cuando Athenas necesitaba de mucha fe y de mucho valor en sus hijos, -encontró en Eskylo un creyente y un héroe. Fué, dice una historia que -parece canto de errante aeda, uno de los hoplitas que, en Marathón, -después de peinar y trenzar sus cabelleras, como para una fiesta, se -lanzaron a paso veloz, cantando estrofas guerreras, sobre las pesadas -falanges de los bárbaros; y haciendo vivir, a fuerza de entusiasmo -y de bravura, una sangrienta Rapsodia de La Ilíada, desbarataron al -enemigo y lo arrojaron hasta la orilla del mar, en donde un hermano del -poeta, Cynegiro, murió homéricamente aferrando una galera persa con -las manos, y, cortadas éstas, con los dientes, hasta que un segundo -tajo hizo rodar su cabeza sobre las olas. Murió a los setenta años, al -parecer desterrado, en Sicilia, en el ardiente y trepidante país de los -Cíclopes, oyendo los rugidos del Titán que se sacude bajo la mole del -Etna. Compuso para su tumba este epitafio: “Esta piedra cubre a Eskylo, -hijo de Euphorión. Nacido en Athenas, duerme en las fecundas planicies -de Gela. El bosque sagrado de Marathón y el Meda de flotante cabellera -dirán si fué valiente: ¡bien lo vieron!” Así nos lo revela su obra, su -colosal obra trágica: hondo, alto, pomposo. Con médula de su alma formó -personajes “altos de cuatro codos, respirando lanzas y flechas, cascos -de penacho refulgente, escudos forrados de siete cueros de buey.” Su -musa “celebró las virtudes heroicas de los Patroklos y de los Teukros -corazones de león, a fin de contagiar con su ejemplo a los ciudadanos, -apenas oyeran la trompeta.” Inventó palabras de sonoridades inauditas, -de nunca vistos reflejos; construyó frases fuertes, compactas y bandera -al viento, como ejércitos en marcha y “llenó de almenas las alturas -del lenguaje.”[2] Decoró la escena con magnificencias dignas del -Olimpo; en su Coro cantó como canta el mar, el misterio, el dolor, la -anunciación... y tan alto levantó a la Humanidad sobre los coturnos -trágicos, que la envidia de los Dioses la corona con una diadema de -rayos. Como el árbol para erguirse frondoso necesita encajar sus raíces -en las profundidades de la tierra, el poeta sólo alcanza el ideal -cuando es verdaderamente humano, cuando tiene prendidas sus fibras en -el corazón vivo y nutricio de los hombres. Por humano y por ideal, -Eskylo es el trágico heleno que mayor fascinación ejerce sobre el -filósofo y sobre el poeta. - - [2] Frases tomadas de “Las Ranas” de Aristóphanes. - -Eurípides --¡oh, pobre e inquieto y amargo Eurípides!-- es el ático -decadente. La vida le dió todas las amarguras que enferman, las del -amor, las de la filosofía, las del arte. A falta de una, tuvo dos -mujeres infieles; quiso, se dice, ser atleta y dibujante; bebió veneno -intelectual en los =filosofaderos= de Athenas; fué raras veces coronado -en los concursos trágicos; y la leyenda, cruel leyenda, charlaba -que había muerto en tierra extraña devorado, como Acteón, por los -perros feroces de las montañas del Epiro. ¿Qué de extraño tiene que -haya sido, como lo llama Croiset, un “destructor de ilusiones”? ¿Qué -de extraño tiene que haya sido, como dice Benjamín Constant en un -admirable anacronismo, “un volteriano”? Por eso introdujo en el teatro -“el razonamiento, la argucia, la reflexión; y, con la vida íntima, las -rufianas, las hermanas incestuosas, las Phedras impúdicas,” en fin, -personajes con úlceras y en andrajos. Pero por eso mismo, por doloroso -y por pesimista, es el más interesante para el psicólogo. “Se asemeja, -escribe Paul de Saint Victor, a Pédaso, el tercer caballo del carro -de Aquiles, que no era de sangre divina como los otros dos, Xantos -y Balios; pero que, dice Homero, seguía sin embargo, a los corceles -inmortales.”[3] - - [3] Les Deux Masques. - -Entre estos dos genios extremos está Sóphokles. Entramos en la -belleza. Es el Heleno perfecto, el ático por excelencia, es la razón -limpia, la imaginación pura y el sentimiento exquisito de Athenas, en -la breve e incomparable mañana de su gloria. Es el poeta eminentemente -nacional. -- Athenas, después de las guerras médicas, sintió crecer -su alma; se exaltaron sus facultades, esas admirables facultades de -prudencia en la disciplina y de audacia en la acción, de que había dado -tantas pruebas para poder salvar a la Grecia; y logró consolidar su -=imperialismo=, como hoy se dice, su =hegemonía=, como más bellamente -se decía entonces, poniéndose al frente de la confederación de -Delos, y guiada por el infalible genio de Perikles. Centro político -y comercial del mundo griego, respetada y rica, fué también el foco -del arte. Con el dinero de los aliados se atavió de templos y de -estatuas; y atrayendo, magnética, a los filósofos, a los sabios y a los -poetas, pronunció las palabras eternas que nos hacen vivir todavía. -En las alturas del Akrópolis consagró el más bello de sus templos, -el Parthenón, a Pallas tutelar, guerrera y omnicia. Y semejante al -Parthenón fué la elocuencia del Dictador Olímpico, envuelto como una -estatua, en los marmóreos pliegues de su manto, porque sus frases -viriles y nobles, semejantes a columnas dóricas, encerraban, en pie y -armada, una diosa, la verdad, blanca y vestida de oro y pedrerías como -la que, dentro de la =Cella=, en el corazón del templo, habían pulido -en el marfil las manos mágicas de Phidias. Y Sóphokles hizo vibrar en -los labios de esta Virgen de marfil y de oro el Verso infinito de los -espacios celestes. Toda la vida del poeta fué canto y ambrosía. Tuvo de -seguro una nodriza de lenguaje inmaculado, como la recomendaba Crysipo, -que le murmuró muchas dulzuras en los oídos. Era afable, cordial y -piadoso: puso constancia y alegría en sus amistades, calor y luz en -sus amores, tranquilidad y esperanza en su culto. Bello como un dios, -en los banquetes coronaba su cabellera rubia de violetas y desataba -a la ironía su lengua elocuente. Era de los primeros en el gimnasio -y no tenía rival cuando, como un Musageta, cantaba acompañándose con -la lira. A los veintiocho años obtuvo su primera victoria en los -concursos trágicos, compitiendo con el viejo Eskylo. Oíd como la relata -Plutarco: “El auditorio estaba dividido: los partidarios de los dos -rivales estaban a punto de llegar a las manos. El arconte Aphepsion no -se atrevía a sacar en suerte, según el uso, los nombres de los cinco -jueces. Cimón, cubierto de gloria por uno de sus recientes triunfos -(había pacificado los mares de la Grecia y acababa de traer a Athenas -los huesos de Theseo), llega al teatro con sus nueve lugartenientes. -Apenas hicieron a los dioses su libación habitual, el Arconte, -súbitamente inspirado, ordenó a esos diez jueces que designasen al -vencedor: nombraron a Sóphokles. El auditorio, emocionado, respetó el -veredicto de los generales victoriosos, y el lustre del juicio hizo -callar los celos y las rivalidades. Al día siguiente Eskylo, humillado, -partió para Siracusa...”.[4] - - [4] Vida de Cimón. - -Era la juventud que triunfaba; era la poesía verdadera de Athenas. -La Diosa de Phidias no podía hablar de otra manera. Eskylo, con -sus concepciones profundas y misteriosas, con su música solemne y -fatídica, con sus grupos trágicos monumentales y arcaicos, y con su -decoración escénica, abigarrada y pomposa, fatigaba el espíritu de -los athenienses, tan amantes de la claridad, de la precisión y del -buen gusto. En el genio de Sóphokles se reposaron con beatitud. El -dió a los diversos elementos de la tragedia sus proporciones justas -y su tranquilo equilibrio; la epopeya, el lirismo, el drama, todo -harmoniza en su obra de arte con tal medida, en una gradación de -planos y de tonos tan fina y tan suave, que produce el éxtasis de la -belleza definitiva y eterna. Sus héroes no son ya las gigantescas -víctimas del Destino inexorable que atraviesan el teatro empujados por -la mano de un dios, seres primitivos en quienes el acto realiza con -terrible violencia las imágenes alucinantes; sino los bellos y nobles -tipos de una humanidad superior, conscientes de sus determinaciones, -que llevan su destino en sus actos mismos y que revelan en la lucha -la grandeza del alma depurada por el amor y por el dolor. Su coro no -es ya ese personaje multánime, activo, sugestionador, preponderante, -que cubre la tragedia con un inmenso concierto de voces, sino una -especie de =espectador ideal= de la acción que recoge en su espíritu -las diferentes impresiones del drama y las expresa, purificadas con la -música, en la pastoral jubilosa, en el himno grave y en la plegaria -ardiente. Su estilo no es ya esa expresión torturada y ampulosa, -obscura y relampagueante de la tragedia titánica; es límpido, diáfano; -es el sol de Athenas; y el sol de Athenas, “penetra todo sin choque y -sin resistencia, inunda de luz los objetos, pero baña sus contornos -voluptuosamente, lo mismo que las olas de su golfo van a unirse -con dulzura a las riberas doradas de Phalera.” Harmonía justa del -pensamiento y de la expresión, la lengua de Sóphokles es semejante a -esos peplos de mármol cuyos pliegues en vez de ocultar, transparentan -en todo su esplendor, la forma serena de la estatua. Toda poesía es -turbia y amarga al lado de la suya tan cristalina y tan dulce. Junto a -él, Eskylo parece un bárbaro pomposo y Eurípides un impostor pedante. -Fué el que más premios obtuvo en los certámenes dyonisíacos. Solamente -una ocasión un arconte se negó a aceptarle una tragedia; el señor de La -Harpe, que sabe el hecho, aplaude; y esto prueba, según Pitágoras, que -las almas de los seres inferiores también transmigran. -- Murió cubierto -de gloria, a los noventa años, como su viejo Edipo, “sin gemidos y sin -dolores;” y la leyenda contaba que, recitando los coros de su poema -preferido, Antígona, y fijas las sonrientes pupilas en el oro de un -ocaso de transfiguración, se le había apagado la voz y se le había -caído la lira de las manos... En su tumba grabó el cincel una sirena. -Athenas le erigió un santuario y le consagró culto. - - _Jesús Urueta._ - -(Fragmento del Ensayo sobre la Tragedia Ática.) - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -_EXPLICACIÓN DE ALGUNOS NOMBRES PROPIOS_ - - -Agamemnón, hijo de Atreo, Rey de Micenas, asesinado por su esposa, -Clitemnestra, y por Egisto. - -Aidoneo, epíteto que se da a Hades o Plutón. - -Antígona, princesa hija de Edipo. - -Apolo, dios de la poesía, la música y las artes. - -Ares, dios de la guerra, hijo de Zeus y de Hera. - -Artemisa o Diana, diosa hija de Zeus y de Hera. - -Atena, Atenea o Minerva, diosa de la sabiduría, hija de Zeus. - -Atossa, reina de Persia, esposa de Darío. - -Atlas, hijo de Zeus y de Climena, condenado a sostener sobre sus -espaldas el polo de los cielos. - -Bía, personificación divina de la Violencia. - -Casandra, profetisa, hija de Príamo, hecha esclava por Agamemnón al -tomar a Troya. - -Cipris, epíteto de la diosa Afrodita. - -Clitemnestra, esposa de Agamemnón y madre de Orestes. - -Cratos, personificación divina de la Fuerza. - -Danao, rey de Egipto, hijo de Belos y padre de las cincuenta Danaides. - -Edipo, hijo de Layo, rey de Tebas. - -Egisto, hijo de Tiestes, usurpador y matador de Agamemnón. - -Egipto, hermano de Danao y rey de Egipto. - -Electra, hermana de Orestes, hija de Agamemnón y de Clitemnestra. - -Épafo, rey de Egipto, hijo de Io y de Zeus. - -Erinnas o Furias, diosas vengadoras de faltas contra el orden moral. - -Eris o Discordia, diosa compañera de Ares. - -Eteocles, rey de Tebas, hijo de Edipo, hermano de Polinices. - -Gea, la Tierra. - -Hades o Plutón, dios subterráneo, hijo de Cronos. Significa también la -mansión de las tinieblas y de los muertos. - -Hefestos o Vulcano, dios del fuego, hijo de Zeus y de Hera. - -Hera, diosa esposa de Zeus o Júpiter. - -Hermes o Mercurio, dios hijo de Zeus y de Maya. - -Io, hija de Ínaco y de la ninfa Melia, amada por Zeus, fué convertida -en becerra por Hera. - -Ismene, princesa de Tebas, hija de Edipo. - -Loxias, epíteto de Apolo. - -Orestes, príncipe de Micenas, hijo de Agamemnón, dió muerte a su madre -Clitemnestra y a Egisto. - -Polinices, príncipe de Tebas, desterrado por su hermano Eteocles. - -Poseidón o Neptuno, dios del mar, hijo de Cronos y de Rea. - -Prometheo, protector de la raza del hombre; personificación del genio -del hombre. - -Xerxes, rey de Persia; hijo de Darío. - -Zeus, dios máximo, Júpiter entre los romanos. - - - - -_ÍNDICE_ - - - Págs. - - NOTA PRELIMINAR. 5 - - PROMETHEO ENCADENADO. 9 - - LOS SIETE SOBRE THEBAS. 49 - - LOS PERSAS. 91 - - LA ORESTIADA: - - I.--AGAMEMNÓN. 135 - - II.--LAS COÉFORAS. 197 - - III.--LAS EUMÉNIDES. 241 - - LAS SUPLICANTES. 281 - - APÉNDICE.--LOS POETAS TRÁGICOS. 323 - - EXPLICACIÓN DE ALGUNOS NOMBRES PROPIOS. 331 - - - - -[Ilustración] - - - - - SE ACABÓ DE IMPRIMIR ESTE VOLUMEN EL - DÍA 22 DE JULIO DEL AÑO DE 1921, - EN LOS TALLERES GRÁFICOS - DE LA NACIÓN, BAJO LA DIRECCIÓN - DEL DEPARTAMENTO - EDITORIAL DE - LA UNIVERSIDAD - NACIONAL DE - MÉXICO. - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRAGEDIAS *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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