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-The Project Gutenberg eBook of Doctor Sutilis, by Leopoldo Alas
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Doctor Sutilis
- Cuentos (short stories)
-
-Author: Leopoldo Alas
-
-Release Date: February 18, 2021 [eBook #64589]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Andrés V. Galia, Santiago, Sanly Bowitts, F1 and the Online
- Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This
- file was produced from images generously made available by The
- Internet Archive)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DOCTOR SUTILIS ***
-
-
- NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
-
-En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con
-_guiones bajos_.
-
-La cubierta del libro fue agregada por el Transcriptor y ha sido puesta
-en el dominio público.
-
-Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la
-presente edición de esta obra fue publicada eran diferentes a
-las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió,
-fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha
-sido respetado.
-
-El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
-de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese
-entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios
-Académicos de la Real Academia Española.
-
-En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas
-acentuadas a las reglas establecidas por la RAE. Según esa norma, las
-letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde llevar
-tilde según las reglas de acentuación gráfica del castellano, tanto si
-se trata de palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se
-trata únicamente de la mayúscula inicial.
-
-Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
-
-El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final,
-ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.
-
-
- * * * * *
-
-
- LEOPOLDO ALAS
- (CLARÍN)
-
- OBRAS COMPLETAS
-
- TOMO III
-
- DOCTOR SUTILIS
-
- RENACIMIENTO
- MADRID
-
-
- DOCTOR SUTILIS
-
-
- LEOPOLDO ALAS
- (CLARÍN)
-
- OBRAS COMPLETAS
- TOMO III
-
-
-
-
- DOCTOR SUTILIS
-
- (CUENTOS)
-
- [Ilustración]
-
- RENACIMIENTO
-
-
- MADRID BUENOS AIRES
- SAN MARCOS, 42 LIBERTAD, 172
- 1916
-
-
- ES PROPIEDAD
-
- Imprenta de Juan Pueyo.--Mesonero Romanos, 34.--MADRID
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
- Página
-
- Doctor Sutilis 7
-
- La mosca sabia 23
-
- El doctor Pértinax 45
-
- De la comisión 63
-
- De burguesa á cortesana 81
-
- El diablo en Semana Santa 89
-
- Doctor Angelicus 103
-
- Los señores de Casabierta 115
-
- El poeta-buho 121
-
- Don Ermeguncio ó la vocación 127
-
- Novela realista 137
-
- La perfecta casada 147
-
- El filósofo y la «Vengadora» 153
-
- Medalla de perro chico 167
-
- Diálogo edificante 173
-
- Un candidato 181
-
- La contribución 187
-
- El rana 201
-
- Versos de un loco 211
-
- Nuevo contrato 219
-
- Feminismo 229
-
- Manín de Pepa José 237
-
- Álbum-abanico 257
-
- Un repatriado 269
-
- Doble vía 277
-
- El viejo y la niña 287
-
- Jorge 295
-
- Sinfonía de dos novelas 305
-
-
-
-
- DOCTOR SUTILIS
-
- I
-
-Si le hubiérais conocido hace ocho años... no le conoceríais ahora.
-
-¿Veis esa cabeza rapada á punta de tijera, aunque el diccionario
-entiende que sólo se puede rapar á navaja? Pues hace ocho años era
-enmarañada selva de ébano.
-
-¿Veis esos insignificantes ojos á que unos lentes de cristal de roca
-quitan toda expresión y dan estoica serenidad, irritante audacia? Pues
-eran hace ocho años llamaradas de un incendio que ardía en el corazón
-de Pablo.
-
-Pablo tiene veintiocho años y es agente de bolsa.
-
-Hace ocho años tenía veinte y era soñador de oficio.
-
-Á los veinte años Pablo era pagano, como el santo de su nombre. Mirando
-á las estrellas del cielo, á las olas del mar, á las hojas del bosque,
-á las espigas de las llanuras, lloraba de repente sin saber por qué, y
-era feliz en medio de penas sin nombre y sin cuento.
-
-De cada amapola que veía en un campo de trigo se enamoraba
-perdidamente, y se tenía por un ingrato sin corazón, si de una sola
-llegaba á olvidarse. Cada vez que el sol se ponía, despedíale Pablo
-con lágrimas en los ojos. Cuando en sus paseos solitarios por la
-campiña encontraba á un pastor que le pedía fuego para encender tabaco
-envuelto en una hoja de maíz, Pablo entablaba conversación con él, y al
-alejarse _para siempre_ de aquel desconocido sentía que “se le partía
-el corazón.”
-
-Comprenderá el lector que vivir así era imposible.
-
-Tanto más cuanto que Pablo no tenía sobre qué caerse muerto... ni vivo.
-
-Un día, su señor tío don Pantaleón de los Pantalones tosió tres veces
-consecutivas delante de su sobrino Pablo, que le estaba comiendo un
-lado, según aseguraba el tío hiperbólicamente.
-
-El discurso estaba á la vuelta y sobrevino, que el mal nunca se anuncia
-en balde.
-
---Pablo--dijo don Pantaleón--esto no puede seguir así.
-
-Pablo suspiró.
-
---Esto no puede seguir--prosiguió el tío--porque tú ya tienes más de
-veinte años y no piensas en hacerte hombre, es decir, en hacerte hombre
-en la verdadera acepción de la palabra, hombre rico, porque el llamar
-hombres á los demás es una corruptela del lenguaje. Yo te veo muy
-ocupado en pensar si habrá ó no habrá habitantes en los demás planetas,
-y sé que tienes escritos muy concienzudos trabajos acerca de la
-naturaleza de lo bello. Todo eso será muy bonito, muy interplanetario,
-pero no tiene sentido común. Figúrate que yo aprieto los cordones de
-la bolsa. ¿Qué harás tú en adelante? ¿Te comerás la vía láctea, ó el
-concepto de lo sublime? Estás muy empingorotado y es necesario que
-bajes á la vida real para alternar con los semejantes. En una palabra,
-te voy á hacer tenedor de libros.
-
-Ésta es ocasión de decir que Pablo amaba á Restituta con una pasión sin
-freno, como el huracán; sin medida, como el océano; sin pies ni cabeza,
-como la política española.
-
-Restituta debió empezar por no llamarse Restituta. ¿Á qué venía ese
-nombre en participio pasado y casi en latín?
-
-Sin embargo, esta contrariedad léxica no desorientó á Pablo.
-
-No era lo peor que Restituta se llamase Restituta, sino que además se
-llamaba Andana.
-
-Muy buenos versos hacía Pablo; pero la niña, que había leído el
-Romancero de la Guerra de África _escrito en verso_ por Eduardo
-Bustillo, había perdido el gusto en materia de versos.
-
-Pablo era predominantemente subjetivo, como dicen en el Ateneo, sección
-de literatura; y Restituta era aficionada á lo épico hasta el punto de
-llegar á casarse con un capitán de cazadores en situación de reemplazo.
-
-El mismo día en que el capitán pidió al padre de Restituta la mano de
-su hija, don Pantaleón de los Pantalones le pidió para Pablo una plaza
-de tenedor vacante en su establecimiento de paños y tejidos.
-
-He aquí los versos que escribió Pablo con motivo de este segundo
-acontecimiento:
-
-“El amor caminaba desnudo entre rosas y suavísimo césped; las brisas y
-las auras juguetonas le acariciaban. Cuando era esto no había telares
-en el mundo, ni se desnudaba á los animales de sus pieles para vestir
-al lobo humano.
-
-“El amor, anda que te andarás, llegó á las breñas, halló angosto el
-camino y lleno de zarzas, cardos y espinas; á los primeros pasos vertió
-lágrimas de dolor; pero esperaba que volvieran las flores y sufrió
-las heridas de los abrojos resignado. Siguió andando y las rosas no
-volvieron á aparecer; las espinas de las zarzas eran cada vez más
-y más agudas. El amor iba hecho un San Lázaro. Entonces se detuvo;
-sembró lino en derredor, no sin desbrozar antes la tierra; inventó la
-lanzadera, el telar, todo lo que le hizo falta para fabricar tela;
-probó á andar otra vez, vestido de flotante túnica, pero la vida
-sedentaria le había hecho poltrón, afeminado, y las heridas de los
-abrojos le lastimaban más que cuando caminaba desnudo. Fué preciso
-fabricar el paño, hizo trampas para cazar animales; despellejó,
-curtió, tundió y se vistió de señorito. _La ley de las salidas_ le
-aconsejó que trabajara en grande; el espíritu industrial se apoderó
-del amor, trabajó para afuera y tuvo que aprender la teneduría de
-libros. Cuando la razón social ‘Amor y Compañía’ se hizo respetable
-en todos los mercados, el amor probó de nuevo á emprender el viaje, y
-grande y agradable fué su sorpresa al ver que las espinas y los cardos
-y las breñas habían desaparecido. El camino era otra vez de rosas y
-suavísimo césped: las brisas y las auras acariciaban al viajero. Todo
-volvía á ser como al principio. No hubo más sino que, al pasar junto á
-una fuente, el amor se miró en sus aguas y vió que no era él mismo, ni
-cosa parecida. Desde aquel día el amor busca al amor y no parece.”
-
-Lo primero que le extrañará al lector en esta poesía será el que esté
-escrita en prosa; ¿es que hay poesía en prosa, como pretende el Sr.
-Vidart? Nada de eso; lo que hay es que yo he traducido estos versos,
-escritos en alemán, en prosa castellana. Pablo, que había estudiado
-mucho cuando anduvo desnudo, escribía sus poesías íntimas en alemán con
-regular corrección.
-
-Pero después de hacer ésta, ni en alemán ni otra lengua alguna, ni
-viva, ni muerta, volvió á encontrar consonantes, como no fuera por
-casualidad.
-
-Esta poesía _hizo crisis_ en el alma de Pablo, que desde aquel día
-empezó á ser hombre en la verdadera acepción de la palabra.
-
-El señor de los Pantalones veía con asombro y con alegría que en las
-cuentas de su sobrino las sumas eran fiel representación del conjunto
-de los sumandos, y que ni por casualidad era un cociente mayor que
-el dividendo en las divisiones de Pablo. En los libros diarios no
-había raspaduras, ni al margen escollos rítmicos, ni _suspirillos
-germánicos_.
-
-
- II
-
-El capitán de cazadores, ¿cómo ocultarlo?, no era poeta; y para ser
-hombre en la verdadera acepción de la palabra, le faltaba medio
-escalafón. En la lista de los capitanes estaba como el alma de Garibay,
-muy lejos de ambas orillas, como un náufrago en las soledades del
-océano; si se miraba para atrás se veía que el bueno de don Suero
-de Quiñones debió ponerse las tres estrellas próximamente cuando el
-Gran Capitán, y si se miraba hacia adelante, se adivinaba que don
-Suero pondría galones en la bocamanga cuando ya fuese un hecho la paz
-perpetua.
-
-Pero nada de esto inquietaba al principio á Restituta, quien confiada,
-como los economistas, esperaba que las causas represivas vinieran
-á mermar la clase de capitanes y á reducir considerablemente la
-población, por consecuencia.
-
-Quiñones era un guapo mozo y Restituta le había amado _por espíritu
-de cuerpo_; porque Restituta, en el fondo del alma, era una mujer de
-infantería. Había nacido para casarse con un capitán del arma.
-
-Ni por un momento se le ocurrió á Pablo hacer la competencia á un rival
-que tenía fuero privilegiado. Se dió por vencido desde la primera
-formación en que vió Restituta á don Suero.
-
-Sea dicho en honor de Pablo, Restituta no había dejado de dar pábulo
-algunas veces á la pasión del mísero soñador. La niña no quería para sí
-aquel sonámbulo, incapaz de coger cotufas en el golfo; pero se había
-acostumbrado á verle padecer, languidecer, callar y llorar en silencio.
-
-Es más, y esto sea dicho en honor de Restituta, la muchacha solía
-ir muy callandito al cuarto de Pablo. (Aquí debo advertir que eran
-parientes y vivían largas temporadas bajo el mismo techo).
-
-¿Qué hacía Restituta en el cuarto de su desdeñado amador?
-
-Revolver los cajones de la mesa, sacar papeles, leerlos, ponerse
-colorada, quedarse pensativa, soltar luego una carcajada, guardar todo
-aquello y echar á correr.
-
-Pocos días antes de ascender Restituta á capitana, Pablo, por
-casualidad, la vió en su propia habitación entregada á las curiosidades
-que quedan apuntadas. Pablo, que acababa de escribir la poesía alemana
-que va unida á los autos, estuvo á punto de sentir amor _usque ad
-mortem_. El corazón ya lo tenía en la garganta; pero se dió un
-golpecito en la nuez, tragó saliva y volvieron las cosas á su sitio.
-Restituta no supo que su primo la había visto revolverle los papeles.
-
-El primo, que otras veces se pasaba semanas y meses _rumiando_
-indicios, atisbos, asomos de simpatía que creía ver en la prima, esta
-vez no quiso sacar consecuencias de lo que había presenciado, no pensó
-en ello, es decir, no reflexionó sobre ello, no lo saboreó. Se limitó
-á consignar el hecho en el libro mayor bajo aquellas letras que dicen
-_Debe_.
-
-
- III
-
-Un capitán de cazadores tiene poco que aprender.
-
-Evitemos la anfibología; no quiero decir que él, el capitán, tenga poco
-que aprender, porque ya lo sepa casi todo; he querido decir que á don
-Suero de Quiñones su mujer se lo supo muy pronto de memoria.
-
-Á los maridos, especialmente á los maridos capitanes, les sucede lo
-que á la Naturaleza, son bellos _per troppo variar_. Don Suero fué
-bello y vario mientras no agotó las combinaciones posibles de su
-indumentaria: de paisano, de uniforme, de gala con uniforme, de levita
-de campaña, de gorra de cuartel, de ruso, y pare usted de contar. No
-había más. Restituta, después que se sació de ver todo esto, y no
-tardó mucho, quiso penetrar en los subterráneos del alma. Quiñones no
-tenía subterráneos. Su alma era una casamata á prueba de bomba y de
-psicologías. No tenía ideales muertos ni vivos: no tenía más ideal que
-el empleo inmediato superior.
-
-En el entretanto, el tenedor de libros leía á ratos perdidos la
-_Fisiología del matrimonio_, no para tomar las lucubraciones de Balzac
-al pie de la letra, sino como aperitivo para las propias reflexiones.
-
-Si le hubiérais visto, como Restituta le veía, con el tomo entre las
-manos, la cabeza inclinada y los ojos fijos en el suelo con mirada
-oblicua y llena de maligna expresión, si le hubiérais visto entonces
-morderse las uñas y como volviendo en sí mirar alrededor asustado
-y luego volver á la lectura, tal vez hubiéseis sentido la extraña
-curiosidad que sentía la prima, aunque en vosotros no fuese tan
-vehemente y misteriosa.
-
-El padre de Restituta, Quiñones, Restituta y don Pantaleón, todos
-cuatro convenían en este punto: que Pablo estaba sufriendo una
-extraña (y saludable añadía el de los Pantalones) cuanto inesperada
-transformación.
-
-El padre de la prima se alegraba por las ventajas que para su comercio
-tenía la buena administración de los libros. Don Pantaleón no es
-necesario decir por qué se alegraba; y Don Suero, desinteresadamente,
-participaba del contento general, por esa extraña atracción del abismo
-de que nos hablan los poetas y que tanto debieran meditar los maridos.
-
-Restituta no se alegraba; se limitaba á sentir mucha curiosidad. Pero
-¡ah! lo que es curiosidad, mucha.
-
-
- IV
-
-Pablo llegó á tener participación en los beneficios.
-
-Y acabó por tomar tan por lo serio los negocios, que más de una vez se
-le vió disputar muy acalorado sobre asuntos mercantiles, ventilando lo
-que suele llamarse el cuarto y el ochavo.
-
-Don Pantaleón sostenía que su sobrino era un Necker, porque le sonaba
-el nombre de Necker á pesos fuertes. Le confundía con Creso.
-
-Una noche que se había quedado sola en casa, Restituta tuvo la
-tentación de volver al cuarto de Pablo. Pero ya no se puede decir el
-_cuarto de Pablo_, porque el amo de la casa le había cedido toda una
-crujía del caserón que habitaban. Pablo había alhajado sus habitaciones
-con gusto y elegancia. No tardó pocos minutos la prima en dar con la
-mesa, cuyos cajones registraba en otro tiempo. Al fin la vió en un
-rincón, muy barnizada y compuesta. Cada llave estaba en cada cerradura.
-Abrió trémula uno y otro y todos los cajones. ¡Qué desencanto! Aquellos
-desordenados papeles, unos cortos, otros largos, unos escritos en
-castellano, otros en caracteres desconocidos, ya no estaban allí. En su
-lugar había muchos y muy simétricos legajos con sendas carpetas, atados
-con cinta de lustre encarnada. Cuando firmó el contrato de matrimonio
-vió Restituta algo parecido en el despacho del Juez municipal.
-
-Buscó por todas partes, pero no vió ni rastro de aquellos papeles que,
-valga la verdad, no había olvidado en tanto tiempo.
-
-De algunas composiciones cortas quiso Restituta hasta acordarse de
-memoria. Por cierto que decía para sí, de vuelta á su hogar propiamente
-dicho:
-
---¡Cómo era aquel _verso_ en que juraba mi primo que se reía y lloraba
-al mismo tiempo!
-
-Viendo que no podía hacer memoria, pensó Restituta que mejor sería
-hacer entendimiento.
-
-Y lo hizo. Tanto aguzó la inteligencia, tantas vueltas dió á los viejos
-recuerdos de los conceptos aprendidos en los papeles de Pablo, que al
-fin Restituta, allá en sus soledades, se convenció de que su señor
-marido y capitán era un beduino, ella una mujer no comprendida, y su
-primo un hombre que la hubiera comprendido perfectamente.
-
-
- V
-
-Ya había sido miembro de varias comisiones de hacienda municipal y
-provincial, y estaba á punto de ser diputado á Cortes Pablo Soldevilla,
-cuando su primer amor se decidió á sondearle aludiendo á las tristezas
-del pasado:
-
---¿No te casas, Pablo?--dijo Restituta cuando se vió á solas con él en
-la glorieta del jardín, cerca ya de la noche.
-
---¿Casarme? ¿Yo? Lo dicho, dicho, prima. Aunque lo haya dicho hace ocho
-años, dicho está. Yo he amado á una mujer, á una sola, ¿entiendes?,
-y de una vez para siempre. Ya sabes que creo en la pluralidad de los
-mundos habitados, que creo, como si lo viera, ¡que mi alma ha de vivir
-en todas esas estrellas que ahora empiezan á lucir allá arriba!...
-Te advierto que son infinitas; pues bien, Restituta; yo que espero
-vivir en todas, en todas seguiré amando á la mujer que amé aquí, en
-esta pobrecita y tristísima tierra que se va quedando tan obscura. (Y
-era verdad que obscurecía, y Pablo daba pataditas sobre una planta de
-violetas). Bien podrán preguntarme después de un millón de vidas: ¿No
-te casas, Pablo? Yo contestaré siempre: lo dicho, dicho.
-
-Restituta apreció en todo su valor este trozo de literatura corrosiva,
-como la llaman, con razón, las almas honradas.
-
-Hubo una pausa. Al fin Restituta, como quien varía y no varía de
-conversación, exclamó:
-
---Oye, y desde que te has hecho comerciante y sabio hacendista, ¿ya no
-haces versos? ¡Qué bonitos los hacías! Parece mentira; pero la verdad
-es que á la larga no se puede vivir sin versos, buenos, se entiende,
-como los tuyos.
-
---Hace ocho años escribí los últimos; son los únicos que conservo... en
-la memoria.
-
---¿Quieres recitarlos?
-
---¡Si los hice en alemán!
-
---Pues no importa; dime la substancia.
-
-Pablo dijo la substancia, sin poner, pero no sin quitar, pues creyó del
-caso suprimir aquello de que el amor, al mirarse en la fuente, no se
-había conocido. Concluyó diciendo que el amor busca el amor.
-
-¡Qué pensativa se quedó Restituta!
-
---Oye, Pablo--dijo cuando ya era noche del todo--qué amargos son esos
-versos; parece que piensas, según ellos, que nadie quiere el amor por
-el amor, que necesita otros atractivos, que ha de revestirse de mil
-requisitos y tomar mil precauciones para que no le lastimen los abrojos
-de la vida.
-
---Y es la verdad: á mí no me quisieron cuando ofrecí un amor sincero,
-inocente; mi tío me aseguraba que hasta que fuera hombre no me
-querrían... y trabajé y fuí hombre, y ahora, aunque me quieran, ¿qué me
-importa?, porque... lo dicho, dicho...
-
-
- VI
-
-Dicho y hecho.
-
-Yo no tengo la culpa. Ni ellos tampoco. Restituta comenzó á comprender
-el amor puro, ideal, cuando la Naturaleza--_natura naturans_--ya había
-satisfecho sus primeras necesidades, cuando Quiñones no tuvo más
-uniformes que vestir y cuando las tinieblas caliginosas dieron paso en
-el cerebro de la hermosa niña á un poco de luz.
-
-Porque Restituta era todavía muy joven cuando sucedió la escena de la
-glorieta. Veinticuatro años. Es cuando una mujer puede entender algo
-de los desengaños y gozar esa melancólica y poética perspectiva de los
-recuerdos, de la cual Dios libre, lector, á tu mujer, si la tienes.
-Amén.
-
-En cuanto á Pablo, preciso es confesar que se portó como un bellaco, y
-como un cobarde primero.
-
-Fué cobarde porque, ya que había nacido soñador, idealista, debió
-afrontar las desastrosas consecuencias de su vocación y de su carácter.
-
-Fué bellaco porque no recitó delante de Restituta su última poesía
-íntegra. ¿Por qué no dijo, como era la verdad, que el amor al mirarse
-en la fuente no se había conocido?
-
-¿Por qué no confesó que al tener entre los brazos el sueño cuajado en
-realidad, ó aquella mujer adorada en la primera juventud... sólo había
-sentido el placer de la venganza y del orgullo satisfechos?
-
-Y ¡oh vergüenza! debió confesar también que á la segunda cita no
-acudió, sino muy tarde, porque sus deberes de agente le llevaron á la
-Bolsa.
-
-Sí; fué cobarde, fué bellaco... pero fué agudo, fué sutil.
-
-Oyó en los labios de su tío don Pantaleón de los Pantalones, que era
-tan bruto, las palabras de la sabiduría.
-
-Amaba el ideal y le recordaron los dolores que acarrea. Huyó á tiempo
-del precipicio.
-
-Si hubiese seguido soñando le hubieran sucedido las siguientes
-desgracias, alguna de ellas por lo menos:
-
-1.ª. Morirse de hambre tarde ó temprano.
-
-2.ª. Suponiendo que el hambre no hubiese sido puñalada de pícaro, su
-prima le hubiera martirizado durante toda la vida, porque el señuelo
-del desdén fué sin duda lo que la atrajo (ahora que ella no lo oye), y
-
-3.ª. Dado que la prima se hubiese rendido, de todos modos, ¡qué amarga
-felicidad no hubiera traído consigo el amor adúltero al alma enamorada
-del pobre soñador!
-
-No, y mil veces no. Pablo se convirtió de veras, perdió los sueños y el
-amor, dejó los versos y la poesía, y sólo fingió amor, sueños, poesía,
-versos, cuando sus planes lo exigieron.
-
-Gozaba poco, es verdad, Pablo el convertido, pero no padecía nada.
-
-Aquel amante podía exclamar: nada se ha perdido más que el amor.
-
-Poetas de imitación, que buscais dolores íntimos para cantar endechas
-y publicar vuestras penas, si encuentran editor, no despreciéis á mi
-Pablo, no le tengais por menos que vosotros. Fué desertor del ideal,
-huyó de los ensueños dolorosos porque los sintió de veras... y según
-dicen los inteligentes, cuando se ama muy de veras se padece mucho.
-
-
-
-
- LA MOSCA SABIA
-
-
- I
-
-Don Eufrasio Macrocéfalo me permitió una noche penetrar en el _sancta
-sanctorum_, en su gabinete de estudio, que era, más bien que gabinete,
-salón biblioteca; las paredes estaban guarnecidas de gruesos y muy
-respetables volúmenes, cuyo valor en venta había de subir á un precio
-fabuloso el día en que don Eufrasio cerrase el ojo y se vendiera aquel
-tesoro de ciencia en pública almoneda; pues si mucho vale Aristóteles
-por su propia cuenta, un Aristóteles propiedad del sabio Macrocéfalo
-tenía que valer mucho más para cualquier bibliómano capaz de comprender
-á mi ilustre amigo. Era mi objeto al visitar la biblioteca de don
-Eufrasio, verificar notas en no importa qué autor, cuyo libro no era
-fácil encontrar en otra parte; y llegó á tanto la amabilidad insólita
-del erudito, que me dejó solo en aquel santuario de la sabiduría,
-mientras él iba á no sé qué Academia á negar un premio á cierta Memoria
-en que se le llamaba animal, no por llamárselo, sino por demostrar que
-no hay solución de continuidad en la escala de los seres.
-
-La biblioteca de don Eufrasio era una habitación abrigada, tan
-herméticamente cerrada á todo airecillo indiscreto por lo colado,
-que no había recuerdo de que jamás allí se hubiera tosido ni hecho
-manifestación alguna de las que anuncian constipado; don Eufrasio no
-quería constiparse, porque su propia tos le hubiera distraído de sus
-profundas meditaciones. Era, en fin, aquélla una habitación en que bien
-podría cocer pan un panadero, como dice Campoamor. Junto á la mesa
-escritorio estaba un brasero todo ascuas, y al extremo de la sala,
-en una chimenea de construcción anticuada, ardían troncos de encina,
-que se quejaban al quemarse. Mullida alfombra cubría el pavimento;
-cortinones de tela pesada colgaban en los huecos, y no había rendija
-sin tapar, ni por lado alguno pretexto para que el aire frío del
-exterior penetrase atropelladamente, sino por sus pasos contados y bajo
-la palabra de ir calentándose poco á poco.
-
-Largo rato pasé gozando de aquel agradable calorcillo, que yo juzgaba
-tan ajeno á la ciencia, siempre tenida por fría y casi helada. Creíame
-solo, porque de ratones no había que hablar en casa de Macrocéfalo,
-químico excelente, especie de Borgia de los mures. Yo callaba, y los
-libros también; pues aunque me decían muchas cosas con lo que tenían
-escrito sobre el lomo, decíanlo sin hacer ruido; y sólo allá en la
-chimenea alborotaban todo lo que podían, que no era mucho, porque iban
-ya de vencida, los abrasados troncos.
-
-En vez de evacuar las citas que llevaba apuntadas, arrellanéme en
-una mecedora, cerca del brasero, y en dulce somnolencia dejé á la
-perezosa fantasía vagar á su antojo, llevando el pensamiento por donde
-ella fuere. Pero la fantasía se quejaba de que le faltaba espacio entre
-aquellas paredes de sabiduría, que no podía romper, como si fuesen de
-piedra. ¿Cómo atravesar con holgura aquellos tomos que sabían todo lo
-que Platón dijo, y que gritaban aquí ¡Leibnitz! más allá ¡Descartes!
-¡San Agustín! ¡Enciclopedia! ¡Sistema del mundo! ¡Crítica de la razón
-pura! _¡Novum organum!_ Todo el mundo de la inteligencia se interponía
-entre mi pobre imaginación y el libre ambiente. No podía volar.
-¡Ea!--le dije--; busca materia para tus locuras dentro del estrecho
-recinto en que te ve encerrada. Estás en la casa de un sabio; este
-silencio ¿nada te dice? ¿No hay aquí algo que hable del misterioso
-vivir del filósofo? ¿No quedó en el aire, perceptible á tus ojos,
-algún rastro que sea indicio de los pensamientos de don Eufrasio, ó de
-sus pesares, ó de sus esperanzas, ó de sus pasiones, que tal vez, con
-saber tanto, Macrocéfalo las tenga? Nada respondió mi fantasía; pero en
-aquel instante oí á mi espalda un zumbido muy débil y de muy extraña
-naturaleza: parecía en algo el zumbido de una mosca, y en algo parecía
-el rumor de palabras que sonaban lejos, muy apagadas y confusas.
-
-Entonces dijo la fantasía: “¿Oyes? ¡Aquí está el misterio! Ese rumor
-es de un espíritu acaso; acaso va á hablar el genio de don Eufrasio,
-algún demonio, en el buen sentido de la palabra, que Macrocéfalo tendrá
-metido en algún frasco.” Sobre la pantalla de transparentes que casi
-tapaba por completo el quinqué colocado sobre la mesa, que yo tenía
-muy cerca, se vino á posar una mosca de muy triste aspecto, porque
-tenía las alas sucias, caídas y algo rotas, el cuerpo muy delgado y
-de color... de ala de mosca, faltábale alguna de las extremidades, y
-parecía, al andar sobre la pantalla, baldada y canija. Repitióse el
-zumbido, y esta vez ya sonaba más á palabras; la mosca decía algo,
-aunque no podía yo distinguir lo que decía. Acerqué más á la mesa la
-mecedora, y aplicando el oído al borde de la pantalla, oí que la mosca,
-sin esquivar mi indiscreta presencia, decía con muy bien entonada voz,
-que para sí quisieran muchos actores de fama:
-
- _--Sucedió en la suprema monarquía
- de la Mosquea, un rey que, aunque valiente,
- la suma de riquezas que tenía
- su pecho afeminaron fácilmente._
-
---¿Quién anda ahí? _¿Hospes, quis es?_--gritó la mosquita estremecida,
-interrumpiendo el canto de Villaviciosa, que tan entusiasmada estaba
-declamando; y fué que sintió como estrépito horrísono el ligero roce de
-mis barbas con la pantalla en que ella se paseaba con toda la majestad
-que le consentía la cojera.--Dispense usted, caballero, continuó
-reportándose, me ha dado usted un buen susto; soy nerviosa, sumamente
-nerviosa, y además soy miope y distraída, por todo lo cual no había
-notado su presencia.
-
-Yo estaba perplejo; no sabía qué tratamiento dar á aquella mosca que
-hablaba con tanta corrección y propiedad, y recitaba versos clásicos.
-
---Usted es quien ha de dispensar--dije al fin, saludando cortésmente--:
-yo ignoraba que hubiese en el mundo dípteros capaces de expresarse con
-tanta claridad y de aprender de memoria poemas que no han leído muchos
-literatos primates.
-
-Yo soy políglota, caballero; si usted quiere, le recito en griego la
-_Batracomiomaquia_, lo mismo que le recitaría toda la _Mosquea_. Éstos
-son mis poemas favoritos; para usted son poemas burlescos, para mí
-son epopeyas grandiosas, porque un ratón y una rana son á mis ojos
-verdaderos gigantes cuyas batallas asombran y no pueden tomarse á risa.
-Yo leo la _Batracomiomaquia_ como Alejandro leía _La Ilíada_...
-
- _Arjómenos proton Mouson yoron ex Heliconos..._
-
-¡Ay! Ahora me consagro á esta amena literatura, que refresca la
-imaginación, porque harto he cultivado las ciencias exactas y
-naturales, que secan toda fuente de poesía; harto he vivido entre el
-polvo de los pergaminos, descifrando caracteres rúnicos, cuneiformes,
-signos hieráticos, jeroglíficos, etc.; harto he pensado y sufrido
-con el desengaño que engendra siempre la filosofía; pasé mi juventud
-buscando la verdad, y ahora, que lo mejor de la vida se acaba, busco
-afanosa cualquier mentira agradable que me sirva de Leteo para olvidar
-las verdades que sé.
-
-Permítame usted, caballero, que siga hablando sin dejarle á usted meter
-baza, porque ésta es la costumbre de todos los sabios del mundo, sean
-moscas ó mosquitos. Yo nací en no sé qué rincón de esta biblioteca;
-mis próximos ascendientes y otros de la tribu volaron muy lejos de
-aquí, en cuanto llegó la amable primavera de las moscas y en cuanto
-vieron una ventana abierta; yo no pude seguir á los míos, porque don
-Eufrasio me cogió un día que, con otros mosquitos inexpertos, le estaba
-yo sorbiendo el seso que por la espaciosa calva sudaba el pobre señor;
-guardóme debajo de una copa de cristal, y allí viví días y días, los
-mejores de mi infancia. Servíle en numerosos experimentos científicos;
-pero como el resultado de ellos no fuera satisfactorio, porque
-demostraba todo lo contrario de lo que Macrocéfalo quería probar, que
-era la teoría cartesiana, que considera como máquinas á los animales,
-el pobre sabio quiso matarme, cegado por el orgullo, tan mal herido en
-aquella lucha con la realidad.
-
-Pero en la misma filosofía que iba á ser causa de mi muerte hallé la
-salvación, porque en el momento de prepararme el suplicio, que era un
-alfiler que debía atravesarme las entrañas, don Eufrasio se rascó la
-cabeza, señal de que dudaba, en efecto, si tenía ó no tenía derecho
-para matarme. Ante todo, ¿es legítima á los ojos de la razón la pena
-de muerte? Y dado que no lo sea, ¿los animales tienen derecho? Esto
-le llevó á pensar lo que sería el derecho, y vió que era propiedad;
-pero, ¿propiedad de qué? Y de cuestión en cuestión, don Eufrasio
-llegó al _punto de partida_ necesario para dar un solo paso en firme.
-Todo esto le ocupó muchos meses, que fueron dilatando el plazo de mi
-muerte. Por fin, analíticamente, Macrocéfalo llegó á considerar que
-era derecho suyo el quitarme de en medio; pero como le faltaba el
-rabo por desollar, ó sea la sintética que hace falta para conocer el
-fundamento, el porqué, don Eufrasio no se decidió á matarme por ahora,
-y está esperando el día en que llegue al primer principio, y desde allí
-descienda por todo el sistema real de la ciencia, para acabar conmigo
-sin mengua del imperativo categórico. Entretanto fué, sin conocerlo,
-tomándome cariño, y al fin me dió la libertad relativa de volar por
-esta habitación; aquí el aire caliente me guarda de los furores del
-invierno, y vivo, y vivo, mientras mis compañeras habrán muerto por
-esos mundos, víctimas del frío que debe hacer por ahí fuera. ¡Mas, con
-todo, yo envidio su suerte! Medir la vida por el tiempo, ¡qué necedad!
-La vida no tiene otra medida que el placer, la pasión desenfrenada, los
-accidentes infinitos que vienen sin que se sepa ni cómo ni por qué,
-la incertidumbre de todas las horas, el peligro de cada momento, la
-variedad de las impresiones siempre intensas. ¡Ésa es la vida verdadera!
-
-Calló la mosca para lanzar profundo suspiro, y yo aproveché la ocasión,
-y dije:
-
---Todo eso está muy bien; pero todavía no me ha dicho usted cómo se las
-compone para hablar mejor que algunos literatos...
-
---Un día, continuó la mosca, leyó don Eufrasio en la _Revista de
-Westminster_ que dentro de mil años, acaso, los perros hablarían,
-y, preocupado con esta idea, se empeñó en demostrar lo contrario;
-compró un perro, un podenco, y aquí, en mi presencia, comenzó á darle
-lecciones de lenguaje hablado; el perro, quizá porque era podenco, no
-pudo aprender; pero yo, en cambio, fuí recogiendo todas las enseñanzas
-que él perdía, y una noche, posándome en la calva de don Eufrasio, le
-dije:
-
---Buenas noches, maestro, no sea usted animal; los animales sí pueden
-hablar, siempre que tengan regular disposición; los que no hablan son
-los podencos y los hombres que lo parecen.
-
-Don Eufrasio se puso furioso conmigo. Otra vez había echado por tierra
-sus teorías; pero yo no tenía la culpa. Procuré tranquilizarle, y al
-fin creí que me perdonaba el delito de contradecir todas sus doctrinas,
-cumpliendo las leyes de mi naturaleza. Perdido por uno, perdido por
-ciento uno, se dijo don Eufrasio, y accedió á mi deseo de que me
-enseñara lenguas sabias y á leer y escribir. En poco tiempo supe yo
-tanto chino y sánscrito como cualquier sabio español; leí todos los
-libros de la biblioteca, pues para leer me bastaba pasearme por encima
-de las letras, y en punto á escribir, seguí el sistema nuevo de hacerlo
-con los pies; ya escribo regulares patas de mosca.
-
-Yo creía al principio, ¡incauta!, que Macrocéfalo había olvidado sus
-rencores; mas hoy comprendo que me hizo sabia para mi martirio. ¡Bien
-supo lo que hacía!
-
-Ni él ni yo somos felices. Tarde los dos echamos de menos el placer, y
-daríamos todo lo que sabemos por una aventurilla, de un estudiante él;
-yo, de un mosquito.
-
-¡Ay! Una tarde--prosiguió la mosca--me dijo el tirano: Ea, hoy sales á
-paseo.
-
-Y me llevó consigo.
-
-Yo iba loca de contenta. ¡El aire libre! ¡El espacio sin fin! Toda
-aquella inmensidad azul me parecía poco trecho para volar. “No vayas
-lejos”, me advirtió el sabio cuando me vió apartarme de su lado. ¡Yo
-tenía el propósito de huir, de huir por siempre! Llegamos al campo. Don
-Eufrasio se tendió sobre el césped, sacó un pastel y otras golosinas,
-y se puso á merendar como un ignorante. Después se quedó dormido. Yo,
-con un poco de miedo á aquella soledad, me planté sobre la nariz del
-sabio, como en una atalaya, dispuesta á meterme en la boca entreabierta
-á la menor señal de peligro. Había vuelto el verano, y el calor era
-sofocante. Los restos del festín estaban por el suelo, y al olor
-apetitoso acudieron bien pronto numerosos insectos de muchos géneros,
-que yo teóricamente conocía por la zoología que había estudiado.
-Después llegó el bando zumbón de los moscones y de las moscas, mis
-hermanas. ¡Ay! En vez de la alegría que yo esperaba tener al verlas,
-sentí pavor y envidia; los moscones me asustaban con sus gigantescos
-corpanchones y sus zumbidos rimbombantes; las moscas me encantaban
-con la gracia de sus movimientos, con el brillo de sus alas; pero al
-comprender que mi figura raquítica era objeto de sus burlas, al ver que
-me miraban con desprecio, yo, mosca macho, sentí la mayor amargura de
-la vida.
-
-El sabio es el más capaz de amar á la mujer, pero la mujer es incapaz
-de estimar al sabio. Lo que digo de la mujer es también aplicable á
-las moscas. ¡Qué envidia, qué envidia sentí al contemplar los fecundos
-juegos aéreos de aquellas coquetas enlutadas, todas con mantilla, que
-huían de sus respectivos amantes, todos más gallardos que yo, para
-tener el placer, y darlo, de encontrarse á lo mejor en el aire y caer
-juntos á la tierra en apretado abrazo!
-
-Volvió á callar la mosca infeliz; temblaron sus alas rotas; y continuó
-tras larga pausa:
-
- _--Nessun maggior dolore
- Che ricordasi del témpo felice
- Nella miseria..._
-
-Mientras yo devoraba la envidia y la vergüenza de tenerla y sentir
-miedo, una mosca, un ángel diré mejor, abatió el vuelo y se posó á mi
-lado, sobre la nariz aguileña del sabio. Era hermosa como la Venus
-negra, y en sus alas tenía todos los colores de iris; verde y dorado
-era su cuerpo airoso; las extremidades eran robustas, bien modeladas,
-y de movimientos tan seductores, que equivalían á los seis pies de
-las Gracias aquellas patas de la mosca gentil. Sobre la nariz de don
-Eufrasio, la hermosa aparecida se me antojaba Safo en el salto de
-Léucade. Yo, inmóvil, la contemplé sin decir nada. ¿Con qué lenguaje
-se hablaría á aquella diosa? Yo lo ignoraba. ¡Saber tantos idiomas, de
-qué me servía, no sabiendo el del amor! La mosca dorada se acercó á
-mí, anduvo alrededor, por fin se detuvo enfrente, casi tocando en mi
-cabeza con su cabeza. ¡Ya no vi más que sus ojos! Allí estaba todo el
-universo. _Kalé_, dije en griego, creyendo que era aquella lengua la
-más digna de la diosa de las alas de verde y oro. La mosca me entendió,
-no porque entendiera el griego, sino porque leyó el amor en mis ojos.
-
---Ven--me respondió hablando en el lenguaje de mi madre--: ven al
-festín de las migajas, serás tú mi pareja; yo soy la más hermosa y á
-ti te escojo, porque el amor para mí es capricho; no sé amar, sólo sé
-agradecer que me amen: ven y volaremos juntos; yo fingiré que huyo de
-ti...--Sí, como Galatea, ya sé, dije neciamente.--Yo no entiendo de
-Galateos, pero te advierto que no hables en latín; vuela en pos de
-mis alas, y en los aires encontrarás mis besos... Como las velas de
-púrpura se extendían sobre las aguas jónicas de color de vino tinto,
-que dijo Homero, así extendió sus alas aquella hechicera, y se fué por
-el aire zumbando: _¡Ven, ven!_... Quise seguirla, mas no pude. El amor
-me había hecho vivir siglos en un minuto; no tuve fuerzas, y en vez
-de volar, caí en la sima, en las fauces de don Eufrasio, que despertó
-despavorido, me sacó como pudo de la boca, y no me dió muerte porque
-aún no había llegado á la metafísica sintética.
-
-
- II
-
-La mosca de mi cuento
-
- Tras nueva pausa prosiguió llorando:
- ¡Cuánta afrenta y dolor el alma mía
- halló dentro de sí, la luz mirando
- que brilló, como siempre, al otro día!
-
-Sí, volvimos á casa, porque yo no tenía fuerzas para volar ni deseo
-ya de escaparme. ¿Cómo? ¿Para qué? Mi primera visita al mundo de
-las moscas me había traído, “con el primer placer, el desengaño”
-(dispense usted si se me escapan muchos versos en medio de la prosa:
-es una costumbre que me ha quedado de cuando yo dedicaba suspirillos
-germánicos á la mosca de mis sueños). Como el _joven enfermo_ de
-Chénier, yo volví herida de amor á esta cárcel lúgubre y sin más anhelo
-que ocultarme y saborear á solas aquella pasión que era imposible
-satisfacer; porque primero me moriría de vergüenza que ver otra vez á
-la mosca verde y dorada que me convidó al festín de las migajas y á los
-juegos locos del aire. Un enamorado que se ve en ridículo á los ojos
-de la mosca amada, es el más desgraciado mortal, y daría de fijo la
-salvación por ser en aquel momento, ó grande como Dios, ó pequeño como
-un infusorio. De vuelta á nuestra biblioteca, don Eufrasio me preguntó
-con sorna: “¿Qué tal, te has divertido?” Yo le contesté mordiéndole en
-un párpado: se puso colérico. “¡Máteme usted!” le dije.--“¡Oh! ¡Así
-pudiera! pero no puedo; el sistema no está completo; _subjetivamente_
-podría matarte; pero falta el fundamento, falta la síntesis”.
-
-¡Qué ridículo me pareció desde aquel día Macrocéfalo! ¡Esperar la
-síntesis para matar, cuando yo hubiera matado á todas las moscas
-machos y á todos los moscones del mundo que me hubiesen disputado el
-amor, á que yo no aspiraba, de la mosca de oro! Más que el deseo de
-verla, pudo en mí el terror que me causaba el ridículo, y no quise
-volver á la calle ni al campo. Quise apagar el sentimiento y dejar
-el amor en la fantasía. Desde entonces fueron mis lecturas favoritas
-las leyendas y poemas en que se cuentan hazañas de héroes hermosos y
-valientes: la Batracomiomaquia, la Gatomaquia, y sobre todo, la Mosquea,
-me hacían llorar de entusiasmo. ¡Oh, quién hubiera sido Marramaquiz,
-aquel gato romano que, atropellando por todo, calderas de fregar
-inclusive, buscaba á Zapaquilda por tejados, guardillas y desvanes! Y
-aquel rey de la Mosquea, Salomón en amores, ¡qué envidia me daba! ¡Qué
-de aventuras no fraguaría yo en la mente loca, en la exaltación del
-amor comprimido! Dime á pensar que era un Reinaldos ó un Sigfrido ó
-cualquier otro personaje de leyenda, y discurrí la traza de recorrer el
-mundo entero del siguiente modo: pedirle á don Eufrasio que pusiera á
-mi disposición los magníficos atlas que tenía, donde la tierra, pintada
-de brillantísimos colores en mapas de gran tamaño, se extendía á mis
-ojos en dilatados horizontes. Con el fingimiento de aprender geografía
-pude á mis anchas pasearme por todo el mundo, mosca andante en busca
-de aventuras. Híceme una armadura de una pluma de acero rota, un yelmo
-dorado con restos de una tapa de un tintero; fué mi lanza un alfiler,
-y así recorrí tierras y mares, atravesando ríos, cordilleras, y sin
-detenerme al dar con el océano, como el musulmán se detuvo.
-
-Los nombres de la geografía moderna parecíanme prosaicos, y preferí
-para mis viajes las cartas de la geografía antigua, mitad fantástica,
-mitad verdadera: era el mundo para mí según lo concebía Homero, y por
-el mapa que esta creencia representaba, era por donde yo de ordinario
-paseaba mis aventuras: iba con los dioses á celebrar las bodas de Tetis
-al océano, un río que daba vuelta á la tierra; subía á las regiones
-hiperbóreas, donde yo tenía al cuidado de honradísima dueña, en un
-castillo encerrada, á mi mosca de oro. Cazaba los insectos menudos que
-solían recorrer las hojas del atlas y se los llevaba prisioneros de
-guerra á mi mosca adorada, allá á las regiones fabulosas.
-
---Éste--le decía--fué por mí vencido, sobre el empinado Cáucaso, y aún
-en sus cumbres corre en torrentes la sangre del mosquito que á tus pies
-se postra, malferido por la poderosa lanza á que tú prestas fuerza, ¡oh
-mosca mía! con dársela á mi brazo por conducto del alma que te adora y
-vive de tu recuerdo.--Todas estas locuras, y aun infinitas más, hacía
-yo y decía, mientras pensaba don Eufrasio que estudiaba á Estrabón y
-Ptolomeo.--La novela en Grecia empezó por la geografía; fueron viajeros
-los primeros novelistas, y yo también me consagré en cuerpo y alma á la
-novela geográfica. Aunque el placer del fantasear no es intenso, tiene
-una singular voluptuosidad, que en ningún otro placer se encuentra, y
-puedo jurar á usted que aquellos meses que pasé entregado á mis viajes
-imaginarios, paseándome por el atlas de don Eufrasio, son los que
-guardo como dulces recuerdos, porque en ellos, el alivio que sentí á
-mis dolores lo debí á mis propias facultades.
-
-Poetizar la vida con elementos puramente interiores, propios, éste es
-el único consuelo para las miserias del mundo: no es gran consuelo,
-pero es el único.
-
-Un día don Eufrasio puso encima de la mesa un libro de gran tamaño,
-de lujo excepcional. Era un regalo de Año Nuevo, era un tratado de
-Entomología, según decían las letras góticas doradas de la cubierta.
-El canto del grueso volumen parecía un espejo de oro. Volé y anduve
-hora tras hora alrededor de aquel magnífico monumento, historia de
-nuestro pueblo en todos sus géneros y especies. El corazón me decía
-que había allí algo maravilloso, regalo de la fantasía. Pero yo por
-mis propias fuerzas no podía abrir el libro. Al fin don Eufrasio vino
-en mi ayuda: levantó la pesada tapa y me dejó á mis anchas recorrer
-aquel paraíso fantástico, museo de todos los portentos, iconoteca de
-insectos, donde se ostentaban en tamaño natural, pintados con todos
-los brillantes colores con que los pintó Naturaleza, la turbamulta
-de flores aladas, que son para el hombre insectos, para mí ángeles,
-ninfas, dríadas, genios de lagos y arroyos, fuentes y bosques. Recorrí
-ansiosa, embriagada con tanta luz y tantos colores, aquellas soberbias
-láminas, donde la fantasía veía á montones argumentos para mil poemas:
-el corazón me decía “más allá”; esperaba ver algo que excediera á toda
-aquella orgía de tintas vivas, dulces ó brillantes. ¡Llegué por fin al
-tratado de las moscas! El autor les había consagrado toda la atención
-y esmero que merecen: muchas páginas hablaban de su forma, vida y
-costumbres; muchas láminas presentaban figuras de todas las clases y
-familias.
-
-Vi y admiré la hermosura de todas las especies, pero yo buscaba
-ansiosa, sin confesármelo á mí misma, una imagen conocida: ¡al fin! en
-medio de una lámina, reluciendo más que todas sus compañeras, estaba
-ella, la mosca verde y dorada, tal como yo la vi un día sobre la nariz
-de D. Eufrasio, y desde entonces á todas las horas del día y de la
-noche dentro de mí. Estaba allí, saltando del papel, grave, inmóvil,
-como muerta, pero con todos los reflejos que el sol tenía al besar con
-sus rayos las alas de sutil encaje. El amante que haya robado alguna
-vez un retrato de su amada desdeñosa, y que á solas haya saciado en él
-su pasión comprimida, adivinará los excesos á que me arrojé, perdida
-la razón, al ver en mi poder aquella imagen, fiel exactísima, de la
-mosca de oro. Mas no crea usted, si no entiende de esto, que fué de
-pronto el atreverme á acercarme á ella; no, al principio turbéme y
-retrocedí como hubiera hecho á su presencia real. Un amante grosero
-no respeta la castidad de la materia, de la forma; para mí no sólo
-el alma de la mosca era sagrada: también su figura, su sombra misma,
-hasta su recuerdo. Para atreverme á besar el castísimo bulto tuve que
-recurrir á mi eterno novelar; en mis diálogos imaginarios ya estaba yo
-familiarizado con mi felicidad de amante correspondido; y así, como si
-no fuese nuevo el encanto de tener aquella esplendorosa beldad dócil
-y fiel al anhelante mirar de mis ojos, sin apartarse de ellos, como
-quien sigue un deliquio de amor, acerquéme, tras una lucha tenaz con el
-miedo, y dije á la mosca pintada: “Estoy, señora, tan acostumbrado á
-que todo sea en mi amor desdichas, que al veros tan cerca de mí y que
-no huís al verme, no avanzo de miedo de deshacer este encanto, que es
-teneros tan cerca; tantas espinas me punzaron el corazón, señora, que
-tengo miedo á las flores; si hay engaño, sépalo yo después del primer
-beso, porque, al fin, ello ha de ser que todo acabe en daño mío”. No
-contestó la mosca, ni yo lo necesitaba; mas yo, en vez de ella, díjeme
-tantas ternuras, tan bien me convencí de que la mosca de oro sabía
-despreciar el vano atavío de la hermosura aparente y conocer y sentir
-la belleza del espíritu, que al cabo, con todo el valor y la fe que
-el amante necesita para no ser desairado ó desabrido en sus caricias,
-lancéme sobre la imagen de ricos colores y de líneas graciosas, y en
-besos y abrazos consumí la mitad de mi vida en pocos minutos.
-
-En medio de aquel vértigo de amor, en que yo estaba amando por dos á
-un tiempo, vi que la mosca pintada me decía, á intervalos de besos
-y entre el mismo besar, casi besándome con las palabras que decía:
-“Tonto, tonto mío, ¿por qué dudas de mí, por qué creer que la hembra
-no sabe sentir lo que tú sabes pensar? Tus alas rotas, tus movimientos
-difíciles y sin gracia aparente, tu miedo á los moscones, tu rubor,
-tu debilidad, tu silencio, todo lo que te abruma, porque juzgas que
-te estorba para el amor, yo lo aprecio, yo lo comprendo, y lo siento
-y lo amo. Ya sé yo que en tus brazos me espera oir hablar de lo que
-jamás supieron de amor otros machos más hermosos que tú; sé que al
-contarme tus soledades, tus luchas interiores, tus fantasías, has de
-ser para mí como ser divinizado por el amor; no habrá voluptuosidad más
-intensa que la que yo disfrute bebiendo por tus ojos todo el amor de un
-alma grande, arrugada y oscurecida en la cárcel estrecha de tu cuerpo
-flaco y empobrecido por la fiebre del pensar y del querer”. Y á este
-tenor, seguía diciéndome la mosca dorada tan deliciosas frases, que
-yo no hacía más que llorar y besarle los pies, aún más agradecido que
-enamorado. ¡Bendita fuerza de la fantasía que me permitió gozar este
-deliquio, momento sublime de la eternidad de un cielo! Al fin hablé yo
-(por mi cuenta) y sólo dije con voz que parecía sonar en las mismas
-entrañas:--¿Tu nombre? Mi nombre está en la leyenda que tengo al pie;
-esto dijo mi razón fría y traidora tomando la voz que yo atribuía á mi
-amada. Bajé los ojos y leí... _Musca vomitoria._
-
-Al llegar aquí, la voz de la mosca sabia se debilitó, y siguió hablando
-como se oye en la iglesia hablar á las mujeres que se confiesan. Yo,
-como el confesor, acerqué tanto, tanto el oído, que á haber sido la
-mosca hermosa penitente, hubiera sentido el perfume de su aliento (como
-el confesor) acariciarme el rostro. Y dijo así:
-
---¡Mosca vomitoria! Éste era el nombre de mi amada. En el texto
-encontré su historia. Era terrible. Bien dijo Shakespeare: “estos
-jóvenes pálidos que no beben vino acaban por casarse con una meretriz”.
-Yo, casta mosca, enamorada del ideal, tenía por objeto de mis sueños
-á la enamorada de la podredumbre. Allí donde la vida se descompone,
-donde la química celebra esas orgías de miasmas envenenados que hay en
-los estercoleros, en las letrinas, en las sepulturas y en los campos
-de batalla después de la carnicería, allí acudía mi mosca de las
-alas de oro, de los metálicos cambiantes, Mesalina del cieno y de la
-peste. ¡Yo amaba á la mosca vampiro, á la mosca del _Vomitorium_! Yo
-había colocado en las regiones soñadas, en las regiones hiperbóreas,
-su palacio de cristal, y en las Hespérides su jardín de recreo;
-¡por ella había corrido yo las aventuras más pasmosas que forjó la
-fantasía, estrangulando mosquitos y otras alimañas en miniatura,
-sin remordimientos de conciencia! Pero lo más horroroso no fué el
-desengaño, sino que el desengaño no me trajo el olvido ni el desdén.
-Seguí amando ciega á la _mosca vomitoria_, seguí besando loca sus alas
-de colores pintadas en el tremendo libro que me contó la vergonzosa
-historia.
-
-Procuré, si no olvidar, porque esto no era posible, distraer mi pena,
-y como se vuelve al hogar abandonado por correr las locuras del mundo,
-así volví á la ciencia, tranquilo albergue que me daría el consuelo de
-la paz del alma, que es la mayor riqueza. ¡Ay! Volví á estudiar, pero
-ya los problemas de la vida, los misterios de lo alto no tenían para
-mí aquel interés de otros días; ya sólo veía en la ciencia la miseria
-de lo que ignora, el pavor que inspiran sus arcanos; en fin, en vez de
-la calma del justo, sólo me dió la calma del desesperado, engendradora
-de las eternas tristezas. ¿Qué es el cielo? ¿Qué es la tierra? ¿Qué
-nos importa? ¿Hay un más allá para las moscas que sufrieron en la vida
-resignadas el tormento del amor? Ni yo sufro resignada, ni sé nada del
-más allá. La ciencia ya sólo me da la duda anhelante, porque en ella ya
-no busco la verdad, sino el consuelo; para mí no es un templo en que
-se adora, es un lugar de asilo; por eso la ciencia me desdeña. Perdida
-en el mar del pensamiento, cada vez que me engolfo en sus olas, las
-olas me arrojan desdeñosas á la orilla como cáscara vacía. Y éste es mi
-estado. Voy y vengo de los libros sabios á la poesía, y ni en la poesía
-encuentro la frescura lozana de otros días, ni en los libros del saber
-veo más verdades que las amargas y tristes. Ahora espero tan sólo, ya
-que no tengo el valor material que necesito para darme la muerte, que
-don Eufrasio llegue á la Sintética, y sepa, bajo principio, que puede
-en derecho aplastarme. Mi único placer consiste en provocarle, picando
-y chupando sin cesar en aquella calva mollera, de cuyos jugos venenosos
-bebí, en mal hora, el afán de saber, que no trae aparejada la virtud
-que para tanta abnegación se necesita.
-
-Calló la mosca, y al oir el ruido de la puerta que se abría, voló hacia
-un rincón de la biblioteca.
-
-
- III
-
-Don Eufrasio volvía de la Academia.
-
-Venía muy colorado, sudaba mucho, hacía eses al andar, y sus ojillos,
-medio cerrados, echaban chispas. Yo estaba en la sombra y no me vió. Ya
-no recordaba que me había dejado en su _camarín_, perfumado con todos
-los aromas bien olientes de la sabiduría.
-
-Creía estar solo y habló en voz alta (al parecer era su costumbre),
-diciendo así á las paredes sapientísimas que debían de conocer tantos
-secretos:
-
---¡Miserables! ¡Me han vencido! Han demostrado que no hay razón para
-que el animal no llegue á hablar, pero afortunadamente no se fundan en
-ningún dato positivo, en ninguna experiencia. ¿Dónde está el animal que
-comenzó á hablar? ¿Cuál fué? Esto no lo dicen, no hay prueba plena;
-puedo, pues, contradecirlo. Escribiré una obra en diez tomos negando la
-posibilidad del hecho; desacreditaré la hipótesis. Estas copitas que he
-bebido en casa de Friné me han reanimado. ¡Diablos! Esto da vueltas:
-¿si estaré borracho? ¿Si iré á ponerme malo? No importa; lo principal
-es que les falte el hecho, el dato positivo. El animal no habla, no
-puede hablar. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué hermosa es Friné! ¡Qué hermosa bestia!
-¡Pues Friné habla! Bien, pero ésa no se cuenta: habla como una cotorra,
-y no es ése el caso. Friné habla como ama, sin saber lo que hace;
-aquello no es amar ni hablar. ¡Pero vaya si es hermosa!
-
-Macrocéfalo sacó del bolsillo de la levita una petaca; en la petaca
-había una miniatura: era el retrato de Friné. Le contempló con deleite
-y volvió á decir:--No, no hablan, los animales no hablan. ¡Bueno
-estaría que yo hubiese sostenido un error toda la vida!
-
-En aquel momento la mosca sabia dejó oir su zumbido, voló, haciendo
-un espiral en el aire, y acabó por dejarse caer sobre la miniatura de
-Friné.
-
-Macrocéfalo se puso pálido, miró á la mosca con ojos que ya no
-arrojaban chispas, sino rayos, y dijo en voz ronca:
-
---¡Miserable! ¿Á qué vienes aquí? ¿Te ríes? ¿Te burlas de mí?
-
---¡Como usted decía que los animales no hablan!
-
---No hablarás mucho tiempo, bachillera--gritó el sabio, y quiso coger
-entre los dedos á su enemiga. Pero la mosca voló lejos, y no paró hasta
-meter las patas en el tintero. De allí volvió arrogante á posarse
-en la petaca.--Oye--dijo á Macrocéfalo--los animales hablan... y
-escriben...--Y diciendo y andando, sobre la piel de Rusia, al pie del
-retrato de Friné, escribió con las patas mojadas en tinta roja: _Musca
-vomitoria_. Don Eufrasio lanzó un bramido de fiera. La mosca había
-volado al cráneo del sabio; allí mordió con furia... y yo vi caer sobre
-su cuerpo débil y raquítico la mano descarnada de Macrocéfalo. La mosca
-sabia murió antes de que llegase Don Eufrasio á la filosofía sintética.
-
-Sobre la tersa y reluciente calva quedó una gota de sangre, que caló la
-piel del cráneo, y filtrándose por el hueso llegó á ser una estalactita
-en la conciencia de mi sabio amigo. Al fin había sido capaz de matar
-una mosca.
-
-
-
-
- EL DOCTOR PÉRTINAX
-
-
- I
-
-El sacerdote se retiraba mohíno. Mónica, la vieja impertinente y beata,
-quedaba sola junto al lecho de muerte. Sus ojos de lechuza, en que
-reverberaba la luz de la mortecina lamparilla, lanzaba miradas como
-anatemas al rostro cadavérico del doctor Pértinax.
-
---¡Perro judío! ¡Si no fuera por la manda, ya iría yo aguantando el
-olor de azufre que sale de tu cuerpo maldito!... ¡No confesarse ni á la
-hora de la muerte!...
-
-Este impío monólogo fué interrumpido por un ¡ay! del moribundo.
-
---¡Agua!--exclamaba el mísero filósofo.
-
---¡Vinagre!--contestó la vieja sin moverse de su sitio.
-
---Mónica, buena Mónica--prosiguió el doctor hablando como pudo--; tú
-eres la única persona que en la tierra me ha sido fiel... tu conciencia
-te lo premie... esto se acaba... llegó mi hora, pero no temas...
-
---No, señor; pierda usted cuidado...
-
---No temas: la muerte es una apariencia; sólo el egoísmo... individual
-puede quejarse de la muerte... Yo expiro, es verdad, nada queda de
-mí... pero la especie permanece... No es sólo eso: mi obra, el producto
-de mi trabajo, los majuelos del pueblo, mi propiedad, extensión de mi
-personalidad en la Naturaleza, quedan también; son tuyas, ya lo sabes,
-pero dame agua.
-
-Mónica vaciló, y ablandándose al cabo, cuanto un pedernal puede
-ablandarse, acercó á los labios de su amo no sé qué jarabe, cuya sola
-virtud era trastornar el juicio del moribundo más y más cada vez.
-
---Gracias, Mónica, gracias, y adiós; es decir, hasta luego. Queda la
-especie; tú también desaparecerás, pero no te importe, quedarán la
-especie y los majuelos, que heredará tu sobrino, ó mejor dicho, nuestro
-hijo, porque ésta es la hora de las grandes verdades.
-
-Mónica sonrió, y después, mirando al techo, vió en la obscuridad de
-arriba la imagen reluciente de un tambor mayor, de grandes bigotes y de
-gallarda apostura.
-
---¡No sería mala especie la que saliera de tu cuerpo enclenque y de tu
-meollo consumido por las herejías!
-
-Esto pensó la vieja al tiempo mismo que Pértinax entregaba los despojos
-de su organismo gastado al acervo común de la especie, laboratorio
-magno de la Naturaleza.
-
-Amanecía.
-
-
- II
-
-Era la hora de las burras de leche: San Pedro frotaba con un paño el
-aldabón de la puerta del cielo y lo dejaba reluciente como un sol.
-¡Claro! Como que era el aldabón que limpiaba San Pedro el mismísimo sol
-que nosotros vemos aparecer todas las mañanas por el Oriente.
-
-El santo portero, de mejor humor que sus colegas de Madrid, cantaba no
-sé qué aire, muy parecido al _ça irá_ de los franceses.
-
---¡Hola! Parece que se madruga--dijo inclinando la cabeza y mirando de
-hito en hito á un personaje que se le había puesto delante en el umbral
-de la puerta.
-
-El desconocido no contestó, pero se mordió los labios, que eran
-delgados, pálidos y secos.
-
---Sin duda, prosiguió San Pedro--, ¿usted es el sabio que se estaba
-muriendo esta noche?... ¡Vaya una noche que me ha hecho usted pasar,
-compadre!... ¡No he pegado ojo en toda ella, esperando que á usted se
-le antojase llamar; y como tenía órdenes terminantes de no hacerle á
-usted aguardar ni un momento!... ¡Poquito respeto que se les tiene
-á ustedes aquí en el cielo! En fin, bienvenido, y y pase usted; yo
-no puedo moverme de aquí, pero no tiene pérdida. Suba usted... todo
-derecho... No hay entresuelo.
-
-El forastero no se movió del umbral, y clavó los ojos pequeños y azules
-en la venerable calva de San Pedro, que había vuelto la espalda para
-seguir limpiando el sol.
-
-Era el recién venido, delgado, bajo, de color cetrino, algo afeminado
-en los movimientos, pulcro en el trato de su persona y sin pelo de
-barba en todo su rostro. Llevaba la mortaja con elegancia y compostura,
-y medía los ademanes y gestos con académico rigor.
-
-Después de mirar una buena pieza la obra de San Pedro, dió media vuelta
-y quiso desandar el camino que sin saber cómo había andado, pero vió
-que estaba sobre un abismo de obscuridad en que había tinieblas como
-palpables, ruidos de tempestad horrísona, y á intervalos ráfagas de una
-luz cárdena, á la manera de la que tienen los relámpagos. No había allí
-traza de escalera, y la máquina con que medio recordaba que le habían
-subido, tampoco estaba á la vista.
-
---Caballero--exclamó con voz vibrante y agrio tono:--¿se puede saber
-qué es esto? ¿dónde estoy? ¿por qué se me ha traído aquí?
-
---¡Ah! ¿Todavía no se ha movido usted? Me alegro, porque se me había
-olvidado un pequeño requisito. Y sacando un libro de memorias del
-bolsillo, mientras mojaba la punta de un lápiz en los labios, preguntó:
-
---¿Su gracia de usted?
-
---Yo soy el doctor Pértinax, autor del libro estereotipado en su
-vigésima edición, que se intitula _Filosofía última_...
-
-San Pedro, que no era listo de mano, sólo había escrito á todo esto
-Pértinax...
-
---Bien: ¿Pértinax de qué?
-
---¿Cómo de qué? ¡Ah! sí; querrá usted decir ¿de dónde? así como se
-dice: Tales de Mileto, Parménides de Elea... Michelet de Berlín...
-
---Justo, Quijote de la Mancha...
-
---Escriba usted: Pértinax de Torrelodones. Y ahora, ¿podré saber qué
-farsa es ésta?
-
---¿Cómo farsa?
-
---Sí, señor; yo soy víctima de una burla; esto es una comedia; mis
-enemigos, los de mi oficio, ayudados con los recursos de la industria,
-con efectos de teatro, exaltando mi imaginación con algún brebaje, han
-preparado todo esto, sin duda; pero no les valdrá el engaño: sobre
-todas estas apariencias está mi razón; mi razón, que protesta con voz
-potente contra y sobre toda esta farándula; pero no valen carátulas ni
-relumbrones; que á mí no se me vence con tan grosero ardid, y digo lo
-que siempre dije y tengo consignado en la página 315 de la _Filosofía
-última_..., nota b de la subnota _alfa_, á saber: que después de la
-muerte no debe subsistir el engaño del aparecer, y es hora de que cese
-el concupiscente querer vivir, _Nolite vivere_, que es sólo cadena de
-sombras engarzada en deseos, etc., etc. Conque así, una de dos: ó yo
-me he muerto, ó no me he muerto; si me he muerto, no es posible que
-yo sea yo, como hace media hora, que vivía; y todo esto que delante
-tengo, como sólo puede ser ante mí, en la representación no es, porque
-yo no soy; pero si no me he muerto, y sigo siendo yo, éste que fuí y
-soy, es claro que esto que tengo delante, aunque existe en mí como
-representación, no es lo que mis enemigos quieren que yo crea, sino
-una farsa indigna tramada para asustarme, pero en vano, porque ¡vive
-Dios!...
-
-Y juró el filósofo como un carretero. Y no fué lo peor que jurase, sino
-que ponía el grito en el cielo, y los que en él estaban comenzaron á
-despertarse al estrépito, y ya bajaban algunos bienaventurados por las
-escalonadas nubes, teñidas, cuál de gualda, cuál otra de azul marino.
-
-Entretanto San Pedro se apretaba los ijares con entrambas manos, por no
-descoyuntarse con la risa, que le sofocaba. Más se irritaba Pértinax
-con la risa del Santo, y éste hubo de suspenderla para aplacarle, si
-podía, con tales palabras:
-
---Señor mío, ni aquí hay farsa que valga, ni se trata de engañar á
-usted, sino de darle el cielo, que, por lo visto, ha merecido por
-buenas obras, que yo ignoro; como quiera que sea, tranquilícese y suba,
-que ya la gente de casa bulle por allá dentro y habrá quien le conduzca
-donde todo se lo expliquen á su gusto, para que no le quede sombra de
-duda, que todas se acaban en esta región, donde lo que menos brilla es
-este sol que estoy limpiando.
-
---No digo yo que usted quiera engañarme, pues me parece hombre de bien;
-otros serán los farsantes, y usted sólo un instrumento sin conciencia
-de lo que hace.
-
---Yo soy San Pedro...
-
---Á usted le habrán persuadido de que lo es; pero eso no prueba que
-usted lo sea.
-
---Caballero, llevo más de 1.800 años en la portería...
-
---Aprensión, prejuicio...
-
---¡Qué prejuicio ni qué calabaza!--grita el Santo ya incomodado un
-tantico--; San Pedro soy, y usted un sabio como todos los que de allá
-nos vienen, tonto de capirote y con muchos humos en la cabeza... La
-culpa la tiene quien yo me sé, que no se va más despacio en el admitir
-gente de pluma donde bendita la falta que hace. Y bien dice San
-Ignacio...
-
-Á la sazón aparecióse en el portal la majestuosa figura de un venerable
-anciano, vestido de amplia y blanquísima túnica, el cual, mirando con
-dulces ojos al _filósofo colérico_, le dijo, mientras cogía sus flacas
-manos, con las que él tenía de luz, ó, por lo menos, de algo muy tenue
-y esplendoroso:
-
---Pértinax, yo soy el solitario de Patmos; ven conmigo á la presencia
-del Señor, tus pecados te han sido perdonados y tus méritos te
-levantaron, como alas, de la tierra triste y llegaste al cielo, y verás
-al Hijo á la diestra del Padre... El Verbo que se hizo carne.
-
---Habitó entre nosotros, ya sé la historia; pero señor San Juan,
-digo y repito que esto es indigno, que reconozco la habilidad de los
-escenógrafos; pero la farsa, buena para alucinar á un espíritu vulgar,
-no sirve contra el autor de la _Filosofía última_.--Y el pobre filósofo
-escupía espuma de puro rabiado.
-
-El portal estaba lleno de ángeles y querubines, tronos y dominaciones,
-santos y santas, beatas y beatos y bienaventurados rasos. Hacían
-coro alrededor del extranjero y escuchaban con sonrisa... de
-bienaventurados, la sabrosa plática que tenían ya entablada el autor
-del _Apocalipsis_ y el de la _Filosofía última_. Como San Juan se
-explicara en términos un tanto metafísicos, fué apaciguándose poco
-á poco el furioso pensador, y con el interés de la polémica llegó á
-olvidar la que él llamaba farsa indigna.
-
-Entre los del coro había dos que se miraban de reojo, como animándose
-mutuamente á echar su cuarto á espadas. Eran Santo Tomás y Hegel,
-que por distintas razones veían con disgusto en el cielo al autor de
-la _Filosofía última_, obra detestable en su dictamen, esta vez de
-acuerdo. Por fin, Santo Tomás, terciando el manteo, interrumpió al
-filósofo intruso, gritando sin poder contenerse:
-
-_¡Nego suppositum!_
-
-Volvióse el doctor Pértinax con altiva dignidad para contestar como
-se merecía al Doctor Angélico, el cual, después de haberle negado
-el supuesto, se preparaba á anonadarle bajo la fuerza de la _Summa
-teológica_ que al efecto hizo traer de la biblioteca celestial.
-Diógenes el Cínico, que andaba por allí, puesto que se había salvado
-por los buenos chascarrillos que supo contar en vida, no por otra
-cosa, Diógenes opinó que la mejor manera de sacar de sus errores al
-doctor Pértinax era enseñarle todo el cielo, desde la bodega hasta el
-desván. Á esto, Santo Tomás apóstol, dijo:--Perfectamente; eso es, ver
-y creer. Pero su tocayo, el de Aquino, no se dió á partido; insistió
-en demostrar que la mejor manera de vencer los paralogismos de aquel
-filósofo era recurrir á la _Summa_. Y dicho y hecho; ya llegaba con
-cuatro tomos como casas sobre las robustas espaldas una especie de
-mozo de cordel muy guapo que llamaban por allí Alejandrito, y era
-efectivamente Alejandro Pidal y Mon, tomista de tomo y lomo que estaba
-en el cielo de temporada y en calidad de corresponsal. Abrió Santo
-Tomás la _Summa_ con mucha prosopopeya, y la primer _q_ con que topó
-vínole como pedrada en ojo de boticario. Ya el Santo había juntado el
-dedo índice con el pulgar en forma de anteojo, y comenzaba á balbucir
-latines cuando Pértinax gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
-
---¡Callen todas las Escolásticas del mundo donde esté mi _Filosofía
-última_! En ella queda demostrado...
-
---Oiga usted, señor filósofo, interrumpió Santa Escolástica, que era
-una señora muy sabida; yo no quiero callar, ni es usted quién para
-venir aquí con esos aires de taco, y lo que yo digo es que ya no hay
-clases, y que aquí entra todo el mundo.
-
---Señora, exclamó el Santo Job, haciendo una reverencia con una teja
-que llevaba en la mano y usaba á guisa de cepillo--; señora, sea todo
-por Dios, y dejemos que entre el que lo merezca, que todos cabemos.
-Yo creo que mi amigo Diógenes dice bien; este caballero se convencerá
-de que ha vivido en un error si se le hace ver el Universo y la corte
-celestial tal como son efectivamente; esto no es desairar á Santo
-Tomás, mi buen amigo, Dios me libre de ello; pero en fin, por mucho que
-valga la _Summa_, más vale el gran libro de la Naturaleza, como dicen
-en la tierra; más vale la suma de maravillas que el Señor ha creado,
-y así, salvo mejor parecer, propongo que se nombre una comisión de
-nuestro seno que acompañe al doctor Pértinax y le vaya haciendo ver la
-fábrica de la inmensa arquitectura, como dijo Lope de Vega, á quien
-siento no ver entre nosotros.
-
-Grandísimo era el respeto que á todos los santos y santas merecía el
-Santo Job, y así, aunque otra le quedaba, el de Aquino tuvo que dar
-su brazo á torcer, y Pidal volvió con la _Summa_ á la biblioteca.
-Procedióse á votación nominal, en la que se empleó mucho tiempo, por
-haber acudido al portalón del cielo más de medio martirologio, y
-resultaron elegidos de la comisión los señores siguientes: el Santo
-Job, por aclamación; Diógenes, por mayoría, y Santo Tomás apóstol, por
-mayoría. Tuvieron votos: Santo Tomás de Aquino, Scoto y Espartero.
-
-El doctor Pértinax accedió á las súplicas de la comisión y consintió en
-recorrer todas aquellas decoraciones de magia que le podrían meter por
-los ojos, decía él, pero no por el espíritu.
-
---Hombre, no sea usted pesado--le decía Santo Tomás, mientras le cosía
-unas alas en las clavículas para que pudiese acompañarles en el viaje
-que iban á emprender. Aquí me tiene usted á mí, que me resistía á creer
-en la Resurrección del Maestro; vi, toqué y creí; usted hará lo mismo...
-
---Caballero, replicó Pértinax--, usted vivía en tiempos muy diferentes;
-estaban ustedes entonces en la edad teológica, como dice Comte, y yo he
-pasado ya todas esas edades y he vivido del lado de acá de la _Crítica
-de la razón pura y de la Filosofía última_, de modo que no creo nada,
-ni en la madre que me parió; no creo más que en esto: en cuanto me sé
-de saberme, soy conscio, pero sin caer en el prejuicio de confundir la
-representación con la esencia, que es inasequible, esto es, fuera de,
-como conscio, quedando todo lo que de mí (y conmigo todo), sé, en saber
-que se representa todo (y yo como todo) en puro aparecer, cuya realidad
-sólo se inquieta el sujeto por conocer por nueva representación
-volitiva y afectiva, representación dañosa por irracional y pecado
-original de la caída, pues deshecha esta apariencia del deseo, nada
-queda que explorar, ya que ni la voluntad del saber queda.
-
-Sólo el Santo Job oyó la última palabra del discurso, y rascándose con
-la teja la pelada coronilla, respondió:
-
---La verdad es que son ustedes el diablo para discurrir disparates,
-y no se ofenda usted, porque con esas cosas que tiene metidas en la
-cabeza ó en la representación, como usted quiere, va á costar sudores
-hacerle ver la realidad tal como es.
-
---¡Andando, andando!--gritó Diógenes en esto--á mí me negaban los
-sofistas el movimiento, y ya saben ustedes cómo se lo demostré:
-¡andando, andando!
-
-Y emprendieron el vuelo por el espacio sin fin. ¿Sin fin? Así lo creía
-Pértinax, que dijo:--¿Piensan ustedes hacerme ver todo el Universo?
-
---Sí, señor--respondió Santo Tomás apóstol (único Santo Tomás de que
-hablaremos en adelante)--, eso pronto se ve.
-
---¡Pero hombre, si el Universo (en el aparecer, por supuesto) es
-infinito! ¿Cómo conciben ustedes el límite del espacio?
-
---Lo que es concebirlo, mal; pero verlo, todos los días lo ve
-Aristóteles, que se da unos paseos atroces con sus discípulos, y por
-cierto que se queja de que primero se acaba el espacio para pasear que
-las disputas de sus peripatéticos.
-
---Pero ¿cómo puede ser que el espacio tenga fin? Si hay límite, tiene
-que ser la nada; pero la nada, como no es, nada puede limitar, porque
-lo que limita es, y es algo distinto del ser limitado.
-
-El santo Job, que ya se iba impacientando, le cortó la palabra con
-éstas:
-
---¡Bueno, bueno, conversación! Más le vale á usted bajar la cabeza para
-no tropezar con el techo, que hemos llegado á ese límite del espacio
-que no se concibe, y si usted da un paso más, se rompe la cabeza contra
-esa nada que niega.
-
-Efectivamente; Pértinax notó que no había más allá; quiso seguir, y se
-hizo un chichón en la cabeza.
-
---¡Pero esto no puede ser!--exclamó, mientras Santo Tomás aplicaba al
-chichón una moneda de las que llevaban los paganos en su viaje al otro
-mundo.
-
-No hubo más remedio que volver pie atrás, porque el Universo se había
-acabado. Pero finito y todo, ¡cuán hermoso brilla el firmamento con sus
-millones de millones de estrellas!
-
---¿Qué es aquella claridad deslumbradora que brilla en lo alto, más
-alta que todas las constelaciones? ¿Es alguna nebulosa desconocida de
-los astrónomos de la tierra?
-
---¡Buena nebulosa te dé Dios!--contestó Santo Tomás--; aquélla es la
-Jerusalén celestial, de donde bajamos nosotros precisamente; allí ha
-disputado usted con mi tocayo, y eso que brilla son las murallas de
-diamantes que rodean la ciudad de Dios.
-
---¿De manera que aquellas maravillas que cuenta Chateaubriand y que yo
-juzgaba indignas de un hombre serio?...
-
---Son habas contadas, amigo mío. Ahora vamos á descansar en esta
-estrella que pasa por debajo, que á fe de Diógenes, que estoy cansado
-de tanto ir y venir.
-
---Señores, yo no estoy presentable--dijo Pértinax--; todavía no me he
-quitado la mortaja, y los habitantes de esa estrella se van á reir de
-este traje indecoroso...
-
-Los tres _ciceroni_ del cielo soltaron la carcajada á un tiempo.
-Diógenes fué el que exclamó:--Aunque yo le prestara á usted mi
-linterna, no encontraría usted alma viviente ni en esa estrella, ni en
-estrella alguna de cuantas Dios creó.
-
---¡Claro, hombre, claro!--añadió muy serio Job--; no hay habitantes más
-que en la tierra: no diga usted locuras.
-
---¡Eso sí que no lo puedo creer!
-
---Pues vamos allá--replicó Santo Tomás, á quien ya se le iba subiendo
-el humo á las narices. Y emprendieron el viaje de estrella en estrella,
-y en pocos minutos habían recorrido toda la vía láctea y los sistemas
-estelares más lejanos. Nada, no había asomo de vida. No encontraron ni
-una pulga en tantos y tantos globos como recorrieron. Pértinax estaba
-horrorizado.
-
---¡Esta es la creación!--exclamó--; ¡qué soledad!
-
-Á ver, enséñeme usted la tierra; quiero ver esa región privilegiada:
-por lo que barrunto, debe de ser mentira toda la cosmografía moderna,
-la tierra estará quieta y será centro de toda la bóveda celeste; y á
-su alrededor girarán soles y planetas y será la mayor de todas las
-esferas...
-
---Nada de eso--repuso Santo Tomás--; la astronomía no se ha equivocado;
-la tierra anda alrededor del sol, y ya verá usted qué insignificante
-aparece. Vamos á ver si la encontramos entre todo este garbullo de
-astros. Búsquela usted, santo Job, usted que es cachazudo.
-
---¡Allá voy!--exclamó el santo de la teja, dando un suspiro y
-asegurando en las orejas unas gafas. ¡Es como buscar una aguja en un
-pajar!... ¡Allí la veo! ¡allí va! ¡mírela usted, mírela usted qué
-chiquitina! ¡parece un infusorio!
-
-Pértinax vió la tierra, y suspiró pensando en Mónica y en el fruto de
-sus filosóficos amores.
-
---¿Y no hay habitantes más que en esa mota de tierra?
-
---Nada más.
-
---¿Y el resto del Universo está vacío?
-
---Vacío.
-
---Y entonces, ¿para qué sirven tantos y tantos millones de estrellas?
-
---Para faroles. Son el alumbrado público de la tierra. Y sirven además
-para cantar alabanzas al Señor. Y sirven de ripio á la poesía. Y no se
-puede negar que son muy bonitas.
-
---¡Pero vacío todo!
-
---¡Vacío!
-
-Pértinax permaneció en los aires un buen rato triste y meditabundo.
-Se sentía mal. El edificio de la _Filosofía última_ amenazaba ruina.
-Al ver que el Universo era tan distinto de como lo pedía la razón,
-empezaba á creer en el Universo. Aquella lección brusca de la realidad
-era el contacto áspero y frío de la materia que necesitaba su espíritu
-para creer.--¡Está todo tan mal arreglado, que acaso sea verdad!--así
-pensaba el filósofo. De repente se volvió hacia sus compañeros y les
-preguntó:--¿Existe el infierno?
-
-Los tres suspiraron, hicieron gestos de compasión, y respondieron:
-
---Sí; existe.
-
---Y la condenación, ¿es eterna?
-
---Eterna.
-
---¡Solemne injusticia!
-
---¡Terrible realidad!--respondieron los del cielo á coro.
-
-Pértinax se pasó la mortaja por la frente. Sudaba filosofía. Iba
-creyendo que estaba en el otro mundo. Aquella sinrazón de todo le
-convencía.--¿Luego la cosmogonía y la teogonía de mi infancia eran la
-verdad?
-
---Sí: la primera y última filosofía.
-
---¿Luego no sueño?
-
---No.
-
---¡Confesión! ¡confesión!--gritó llorando el filósofo; y cayó desmayado
-en los brazos de Diógenes.
-
-Cuando volvió en sí, estaba de rodillas, todo vestido de blanco, en
-los estrados de Dios, á los pies de la Santísima Trinidad. Lo que más
-le chocó fué ver efectivamente al Hijo sentado á la diestra de Dios
-Padre. Como el Espíritu Santo estaba encima, entre cabeza y cabeza,
-resultaba que el Padre estaba á la izquierda.--No sé si un Trono ó una
-Dominación, se acercó á Pértinax y le dijo:
-
---Oye tu sentencia definitiva: y leyó la que sigue:
-
-“Resultando que Pértinax, filósofo, es un pobre de espíritu incapaz de
-matar un mosquito;
-
-“Resultando que estuvo dando alimentos y carrera por espacio de muchos
-años á un hijo natural habido por el tambor mayor Roque García en
-Mónica González, ama de llaves del filósofo;
-
-“Considerando que todas sus filosofías no han causado más daño que el
-de abreviar su existencia, que no servía para bendita de Dios la cosa;
-
-“Fallamos que debemos absolver, y absolvemos libremente al procesado,
-condenando en costas al fiscal señor don Ramón Nocedal, y dando por los
-méritos dichos al filósofo Pértinax la gloria eterna.”
-
-Oída la sentencia, Pértinax volvió á desmayarse.
-
- * * * * *
-
-Cuando despertó, se encontró en su lecho. Mónica y un cura estaban á su
-lado.
-
---Señor--dijo la bruja--, aquí está el confesor que usted ha pedido...
-
-Pértinax se incorporó; pudo sentarse en la cama, y extendiendo ambas
-manos, gritó, mirando al confesor con ojos espantados:
-
---Digo, y repito, que todo es pura representación, y que se ha jugado
-conmigo una farsa indigna. Y en último caso, podrá ser cierto lo que
-he visto; pero entonces juro y perjuro que si Dios hizo el mundo, debió
-haberlo hecho de otro modo.--Y expiró de veras.
-
-No le enterraron en sagrado.
-
-
-
-
- DE LA COMISIÓN...
-
-
- I
-
-Él lo niega en absoluto; pero no por eso es menos cierto. Sí, allá por
-los años de 1840 á 50 hizo versos, imitó á Zorrilla como un condenado
-y puso mano á la obra temeraria (llevada á término feliz más tarde por
-un Sr. Albornoz), de continuar y dar finiquito al _Diablo Mundo_ de
-Espronceda.
-
-Pero nada de esto deben saber los hijos de Pastrana y Rodríguez, que es
-nuestro héroe. Fué poeta, es verdad; pero el mundo no lo sabe, no debe
-saberlo.
-
-Á los diez y siete años comienza en realidad su gloriosa carrera este
-favorito de la suerte en su aspecto administrativo. En esa edad de las
-ilusiones le nombraron escribiente temporero en el Ayuntamiento de su
-valle natal, como dice _La Correspondencia_ cuando habla de los poetas
-y del lugar de su nacimiento.
-
-La vocación de Pastrana se reveló entonces como una profecía.
-
-El primer trabajo serio que llevó á glorioso remate aquel funcionario
-público, fué la redacción de un oficio en que el alcalde de
-Villaconducho pedía al gobernador de la provincia una pareja de la
-Guardia civil para ayudarle á hacer las elecciones. El oficio de
-Pastrana anduvo en manos y en lenguas de todos los notables del
-lugar. El maestro de la escuela nada tuvo que oponer á la gallarda
-letra bastardilla que ostentaba el documento; el boticario fué quien
-se atrevió á sostener que la filosofía gramatical exigía que ayer
-se escribiera con _h_, pues con _h_ se escribe hoy; pero Pastrana
-le derrotó, advirtiendo que, según esa filosofía, también debiera
-escribirse mañana con _h_.
-
-El boticario no volvió á levantar cabeza, y Perico Pastrana no tardó
-un año en ser nombrado secretario del Ayuntamiento con sueldo. Con
-tan plausible motivo se hizo una levita negra; pero se la hizo en la
-capital. El Sr. Pespunte, sastre de la localidad y alguacil de la
-alcaldía, no se dió por ofendido: comprendió que la levita del señor
-secretario era una prenda que estaba muy por encima de sus tijeras;
-cuando en la fiesta del Sacramento vió Pespunte á Pedro Pastrana lucir
-la rutilante levita cerca del señor alcalde, que llevaba el farol, es
-verdad, pero no llevaba levita, exclamó con tono profético:
-
---¡Ese muchacho subirá mucho!--Y señalaba á las nubes.
-
-Pastrana pensaba lo mismo, pero su pensamiento iba mucho más allá de
-lo que podía sospechar aquel alguacil que no sabía leer ni escribir é
-ignoraba, por consiguiente, lo que enseñan libros y periódicos á la
-ambición de un secretario de Ayuntamiento.
-
-Toda la poesía que antes le llenaba el pecho y le hacía emborronar
-tanto papel de barbas, se había convertido en una inextinguible sed de
-mando y honores y honorarios. Pastrana amaba todo, como Espronceda;
-pero lo amaba por su cuenta y razón, á beneficio de inventario. Como
-era secretario del Ayuntamiento, conocía al dedillo toda la propiedad
-territorial del Concejo y no se le escapaban las ocultaciones de
-riqueza inmueble. Así como el divino Homero en el canto II de su
-_Ilíada_ enumera y describe el contingente, procedencia y cualidades de
-los ejércitos de griegos y troyanos, Pastrana hubiera podido cantar el
-debe y haber de todos y cada uno de los vecinos de Villaconducho.
-
-Era un catastro semoviente. Su fantasía estaba llena de foros y
-subforos, de arrendamientos, y enfiteusis, de anotaciones preventivas,
-embargos y céntimos adicionales. Era amigo del registrador de la
-propiedad, á quien ayudaba en calidad de subalterno, y sabía de memoria
-los libros del registro. Salía Perico á los campos á comulgar con la
-madre Naturaleza. Pero verán mis lectores cómo comulgaba Pastrana con
-la Naturaleza: él no veía la cinta de plata que partía en dos la vega
-verde, fecunda, y orlada por fresca sombra de corpulentos castaños que
-trepaban por las faldas de los montes vecinos; el río no era á sus ojos
-palacio de cristal de ninfas y sílfides, sino finca que dejaba pingües
-(pingüe era el adjetivo predilecto de Pastrana), pingües productos al
-marqués de Pozos-hondos, que tenía el privilegio, que no pagaba, de
-pescar á bragas enjutas las truchas y salmones que á la sombra de
-aquellas peñas y enramadas buscaban mentida paz y engañoso albergue en
-las cuevas y en los remansos. Al correr de las linfas cristalinas, fija
-la mirada sobre las ondas, meditaba Pastrana, pensando, no que nuestras
-vidas son los ríos que van á dar á la mar, que es el morir, sino en
-el valor en venta de los salmones que en un año con otro pescaba el
-marqués de Pozos-hondos. ¡Es un abuso!, exclamaba, dejando á las auras
-un suspiro eminentemente municipal; y el aprendiz de edil maduraba un
-maquiavélico proyecto que más tarde puso en práctica, como sabrá el que
-leyere.
-
-Las sendas y trochas que por montes y prados descendían en caprichosos
-giros, no eran ante la fantasía de Pastrana sino servidumbres de paso:
-los setos de zarzamora, madreselva y espino de olor, donde vivían
-tribus numerosas de canoras aves, alegría de la aurora, y música triste
-de la melancólica tarde á la hora del ocaso, teníalos Pastrana por
-lindes de las respectivas fincas, y nada más; y sonreía maliciosamente
-contemplando aquella sede de Paco Antúnez, que antaño estaba metida
-en un puño lejos de los mansos del cura un buen trecho, y que hogaño,
-desde que mandaban los liberales, andaba, andaba como si tuviera
-pies, prado arriba, prado arriba, amenazando meterse en el campo de
-la Iglesia y hasta en el huerto de la casa rectoral. Cada monte, cada
-prado, cada huerta veíalos Perico, más que allí donde estaban, en el
-plano ideal del catastro de sus sueños; y así, una casita rodeada de
-jardín y huerta con pomarada, oculta allá en el fondo de la vega,
-mirábala el secretario abrumada bajo el enorme peso de una hipoteca
-y próxima á ser pasto de voraz concurso de acreedores; el soto del
-Marqués (¡siempre el Marqués!) donde crecían en inmenso espacio
-millares de gigantes de madera, entre cuyos pies corrían, no los gnomos
-de la fábula, sino conejos muy bien criados, antojábasele á Pastrana
-misterioso personaje que viajaba de incógnito: porque el tal soto no
-tenía existencia civil, no sabían de él en las oficinas del Estado.
-
-De esta suerte discurría nuestro hombre por aquellos cerros y
-vericuetos, inspirado por el dios Término que adoraron los romanos,
-midiéndolo todo, pesándolo todo y calculando el producto bruto y el
-producto líquido de cuanto Dios crió. Otro aspecto de la Naturaleza que
-también sabía considerar Pastrana, era el de la riqueza territorial
-en cuanto materia imponible; él, que manejaba todos los papeles del
-Ayuntamiento, sabía, en cierta topografía rentística que llevaba
-grabada en la cabeza, cuáles eran los altos y bajos del terreno que á
-sus ojos se extendía, ante la consideración del fisco: aquel altozano
-de la vega pagaba al Estado mucho menos que el pradico de la Solana,
-metido de patas en el río: por lo cual estaba, según Pastrana, el
-pradico mucho más alto sobre el nivel de la contribución que el erguido
-cerro que era del marqués de Pozos-hondos, y por eso pagaba menos. Por
-este tenor, la imaginación de Pastrana convertía el monte en llano, y
-el llano en monte; y observaba que eran los pobres los que tenían sus
-pegujares por las nubes, mientras los ricos influyentes tenían bajo
-tierra sus dominios, según lo poco y mal que contribuían á las cargas
-del Estado.
-
-Estas observaciones no hicieron de Pastrana un filántropo, ni un
-socialista, ni un demagogo, sino que le hicieron abrir el ojo para lo
-que se verá en el capítulo siguiente.
-
-
- II
-
-Pastrana no daba puntada sin hilo. Aquellos paseos por los campos y
-los montes dieron más tarde ópimo fruto á nuestro héroe. Era necesario,
-se decía, _sacar partido_ (su frase favorita) de todas aquellas
-irregularidades administrativas. El salmón fué ante todo el objetivo
-de sus maquinaciones. Varios días se le vió trabajar asiduamente en
-el archivo del Ayuntamiento: Pespunte le ayudaba á revolver legajos,
-á atar y desatar y á limpiar de polvo, ya que de paja no era posible,
-los papelotes del Municipio. Ocho días duró aquel trabajo de erudición
-concejil. Otros ocho anduvo registrando escrituras y copiando matrices
-en los protocolos notariales, merced á la benévola protección que le
-otorgaba el señor Litispendencia, escribano del pueblo. Después...
-Pespunte no vió en quince días á Pedro Pastrana. Se había encerrado en
-su casa-habitación, como decía Pespunte, y allí se pasó dos semanas sin
-levantar cabeza.
-
-En la secretaría se le echaba de menos; pero el alcalde, que profesaba
-también profundo respeto á los planes y trabajos del secretario, no se
-dió por entendido, y suplió, como pudo, la presencia de Pastrana. En
-fin, un domingo Pedro se presentó en público de levita, oyó misa mayor
-y se dirigió á casa del alcalde: iba á pedirle una licencia de pocos
-días para ir á la capital de la provincia. ¿Á qué? Ni lo preguntó el
-alcalde, ni Pespunte se atrevió á procurar adivinarlo. Pastrana tomó
-asiento en el cupé de la diligencia que pasaba por Villaconducho á las
-cuatro de la tarde.
-
-El resultado de aquel viaje fué el siguiente: un opúsculo de 160
-páginas en 4.° mayor, letra del 8, intitulado _Apuntes para la
-historia del privilegio de la pesca del salmón en el río Sele, en
-los Pozos-obscuros del Ayuntamiento de Villaconducho, que disfruta
-en la actualidad el excelentísimo señor marqués de Pozos-hondos
-(Primera parte), por don Pedro Pastrana Rodríguez, secretario de dicho
-Ayuntamiento de Villaconducho_.
-
-Sí; así se llamaba la primera obra literaria de aquel Pastrana que
-andando el tiempo había de escribirlas inmortales, ó poco menos, no ya
-tratando el asunto, al fin baladí, de la pesca del salmón, sino otros
-tan interesantes como el de _La caza y la veda_, _La ocultación de la
-riqueza territorial_, _Fuentes ó raíces de este abuso_, _Cómo se pueden
-cegar ó extirpar estas fuentes ó raíces_.
-
-Pero volviendo al opúsculo piscatorio, diremos que produjo una
-revolución en Villaconducho, revolución que hubo de transcender á
-los habitantes de Pozos-obscuros, queremos decir á los salmones, que
-en adelante decidieron dejarse pescar con cuenta y razón, esto es,
-siempre y cuando que el privilegio de Pozos-hondos resultare claro
-como el agua de Pozos-obscuros: fundado en derecho. ¿Lo estaba? ¡Ah!
-Ésta era la gran cuestión, que Pastrana se guardó muy bien de resolver
-en la primera parte de su trabajo. En ella se suscitaban pavorosas
-dudas histórico-jurídicas acerca de la legitimidad de aquella renta
-pingüe--pingüe decía el texto--de que gozaba la casa de Pozos-hondos;
-en la sección del libro titulada _Piezas justificantes_, en la cual
-había echado el resto de su erudición municipal el autor, había
-acumulado argumentos poderosos en pro y en contra del privilegio;
-“la imparcialidad, decía una nota, nos obliga, á fuer de verídicos
-historiadores y según el conocido consejo de Tácito, á ser atrevidos
-lo bastante para no callar nada de cuanto debe decirse, pero también
-á no decir nada que no sea probado. Suspendemos nuestro juicio
-por ahora; ésta es la exposición histórica: en la segunda parte,
-que será la síntesis, diremos al fin nuestra opinión, declarando
-paladinamente cómo entendemos nosotros que debe resolverse este
-problema jurídico-administrativo-histórico del _privilegio del Sele en
-Villaconducho_, como le denominan antiguos tratadistas”.
-
-El marqués de Pozos-hondos, que se comía los salmones del Sele en
-Madrid, en compañía de una bailarina del Real, capaz de tragarse el
-río, cuanto más los salmones, convertidos en billetes de Banco; el
-marqués tuvo noticia del folleto y del efecto que estaba causando en su
-distrito (pues además de salmones tenía electores en Villaconducho).
-Primero se fué derecho al ministro á reclamar justicia; quería que el
-secretario fuese destituido por atreverse á poner en tela de juicio un
-privilegio señorial del más adicto de los diputados ministeriales; y,
-por añadidura, pedía el secuestro de la edición del folleto, que él no
-había leído, pero que contendría ataques directos ó indirectos á las
-instituciones.
-
-El Ministro escribió al Gobernador, el Gobernador al Alcalde y el
-Alcalde llamó á su casa al Secretario para que... redactase la carta
-con que quería contestar al Gobernador, para que éste se entendiera
-con el Ministro. Ocho días después, el Ministro le decía al diputado:
-“Amigo mío, ha visto usted las cosas como no son, y no es posible
-satisfacer sus deseos; el secretario es excelente hombre, excelente
-funcionario y excelentísimo ministerial; el folleto no es subversivo,
-ni siquiera irrespetuoso respecto de sus salmones de usted; hoy lo
-recibirá usted por el correo, y si lo lee, se convencerá de ello.
-Gobernar es transigir, y pescar viene á ser como gobernar; de modo,
-que lo mejor será que usted reparta los salmones con ese secretario,
-que está dispuesto á entenderse con usted. En cuanto á destituirlo, no
-hay que pensar en ello; su popularidad en Villaconducho crece como la
-espuma, y sería peligrosa toda medida contra ese funcionario...”
-
-Esto de la popularidad era muy cierto. Los vecinos de Villaconducho
-veían con muy malos ojos que todos los salmones del río cayesen en
-las máquinas endiabladas del Marqués; pero, como suele decirse, nadie
-se atrevía á echar la liebre. Así es que cuando se leyó y comentó
-el folleto de don Pedro Pastrana y Rodríguez, la fama de éste no
-tuvo rival en todo el Concejo, y muy especialmente adquirió amigos
-y simpatías entre los _exaltados_. Los exaltados eran el médico, el
-albéitar, Cosme, licenciado del ejército; Ginés, el cómico retirado, y
-varios zagalones del pueblo, no todos tan ocupados como fuera menester.
-
-Pespunte, que también tenía ideas (él así las llamaba) un tanto
-calientes, les decía á los demócratas, _para inter nos_, que el chico
-era de los suyos, y que tenía una intención atroz, y que ello diría,
-porque para las ocasiones son los hombres, y “obras son amores, y no
-buenas razones”, y que detrás de lo del privilegio vendrían otras
-más gordas, y, en fin, que dejasen al chico, que amanecería Dios y
-medraríamos. Pastrana dejaba que rodase la bola; no se desvanecía con
-sus triunfos, y no quería más que _sacar partido_ de todo aquello. Si
-los exaltados le sonreían y halagaban, no les respondía á coces, ni
-mucho menos, pero tampoco soltaba prenda; y le bastaba para mantener su
-benévola inclinación y curiosidad oficiosa, con hacerse el misterioso y
-reservado, y para esto le ayudaba no poco la levita de gran señor, que
-ahora le estaba como nunca. Pero ¡ay! pese á los cálculos optimistas
-de Pespunte, no iba por allí el agua del molino; los exaltados y sus
-favores no eran, en los planes de Pastrana, más que el cebo, y el pez
-que había de tragarlo no andaba por allí; de él se había de saber por
-el correo.
-
-Y, en efecto, una mañana recibió el secretario una carta, cuyo sobre
-ostentaba el sello del Congreso de los Diputados. Era una carta
-del señor del privilegio, era lo que esperaba Pastrana desde el
-primer día que había contemplado desde Puentemayor correr las aguas
-en remolino hacia aquel remanso donde las sombras del monte y del
-castañar obscurecían la superficie del Sele. El marqués capitulaba y
-ofrecía al activo y erudito cronista de sus privilegios señoriales su
-amistad é influencia; era necesario que en este país, donde el talento
-sucumbe por falta de protección, los poderosos tendieran la mano á los
-hombres de mérito. En su consecuencia, el Marqués se ofrecía á pagar
-todos los gastos de publicación que ocasionara la segunda parte de la
-“Historia del privilegio de pesca”, y en adelante esperaba tener un
-amigo particular y político en quien tan respetuosamente había tratado
-la arriesgada materia de sus derechos señoriales. Pastrana contestó
-al Marqués con la finura del mundo, asegurándole que siempre había
-creído en los sólidos títulos de su propiedad sobre los salmones de
-Pozos-obscuros, los cuales salmones llevaban en su dorada librea, como
-los peces del Mediterráneo llevan las barras de Aragón, las armas de
-Pozos-hondos, que son escamas en campo de oro. De paso manifestaba
-respetuosamente al señor Marqués que el soto grande estaba muy mal
-administrado, que en él hacían leña todos los vecinos, y que si se
-trataba de evitarlo, era preciso hacerlo de modo que no se enterase la
-Administración de la falta de existencia económico-civil-rentística del
-soto, finca anónima en lo que toca á las relaciones con el Fisco. El
-Marqués, que algunas veces había oído en el Congreso hablar de este
-galimatías, sacó en limpio que el secretario sabía que el soto grande
-no pagaba contribución. Nueva carta del Marqués, nuevos ofrecimientos,
-réplica de Pastrana diciendo que él era un pozo tan hondo como el
-mismísimo Pozos-hondos, y que ni del soto ni de otras heredades, que
-en no menos anómala situación poseía el Marqués, diría él palabra
-que pudiese comprometer los sagrados intereses de tan antigua y
-privilegiada casa. Pocos meses después los exaltados decían pestes
-de Pastrana, á quien el marqués de Pozos-hondos hacía administrador
-general de sus bienes raíces y muebles en Villaconducho, aunque á
-nombre de su señor padre, porque Pedro no tenía edad suficiente para
-desempeñar sin estorbos de formalidades legales tan elevado cargo.
-
-Y en esto se disolvieron las Cortes y se anunciaron nuevas elecciones
-generales. Por cierto que cuando leyó esta noticia en la _Gaceta_
-estaba Pastrana entresacando pinos en la Grandota, otra finca que no
-tenía relaciones con el Fisco; entresaca útil, en primer lugar, para
-los pinos supervivientes, como los llamaba el administrador; en segundo
-lugar, para el Marqués, su dueño, y en el último lugar, para Pastrana,
-que de los pinos entresacados entresacaba él más de la mitad moralmente
-en pago de tomarse por los intereses del amo un cuidado que sólo
-prestaría un diligentísimo padre de familia. Y ya que voluntariamente
-prestaba la culpa levísima, no quería que fuese á humo de pajas. En
-cuanto leyó lo de las elecciones, comparó instintivamente los votos
-con los pinos, y se propuso, para un porvenir quizá no muy lejano,
-entresacar electores en aquella dehesa electoral de Villaconducho.
-Pespunte, que se había resellado como Pastrana, pues para los
-admiradores como el sastre, incondicionales, las ideas son menos que
-los ídolos, Pespunte no podía imaginar adónde llegaban los ambiciosos
-proyectos de don Pedro. Lo único que supo, porque esto fué cosa de
-pocos días, y público y notorio, que el alcalde no haría aquellas
-elecciones, porque antes sería destituido. Como lo fué efectivamente.
-Las elecciones las hizo el señor administrador del excelentísimo
-señor marqués de Pozos-hondos, presidente del Ayuntamiento de
-Villaconducho, comendador de la Orden de Carlos III, señor don Pedro
-Pastrana y Rodríguez. Un día antes del escrutinio general, se publicó
-la segunda parte de los “Apuntes para la historia del privilegio”;
-en ella se demostraba finalmente que ya en tiempo del rey Don Pelayo
-pescaban salmones en el Sele sus próximos parientes los Marqueses
-de Pozos-hondos, encargados de suministrar el pescado necesario á
-todos los ejércitos del rey de la Reconquista durante la Cuaresma. Al
-siguiente día se recogieron las redes y se vació el cántaro electoral,
-todo bajo los auspicios de Pastrana; jamás el Marqués había tenido
-tamaña cosecha de votos y salmones.
-
-
- III
-
-Es necesario, para el regular proceso de esta verídica historia, que
-el lector, en alas de su ardiente fantasía, acelere el curso de los
-años y deje atrás no pocos. Mientras el lector atraviesa el tiempo de
-un brinco, Pastrana, por sus pasos contados, atraviesa multitud de
-funciones públicas, unas retribuídas y otras no, meramente honoríficas.
-Hechas las elecciones, resultó que el marqués de Pozos-hondos era cinco
-veces más popular en Villaconducho que su enemigo el candidato de
-oposición. De resultas de esta popularidad del Marqués, hubo que hacer
-á Pastrana administrador de Bienes Nacionales. También se le formó
-expediente por cohecho y se le persiguió en justicia por no sé qué
-minuciosas formalidades de la ley electoral; el Marqués bien hubiera
-querido dejar en la estacada á su administrador de votos, salmones y
-hacienda; pero don Pedro Pastrana hizo comprender perfectamente al
-magnate la solidaridad de sus intereses, y salió libre y sin costas
-de todas aquellas redes con que la ley quería pescarle. Pastrana no
-perdonó al Marqués el poco celo que había manifestado por salvarle.
-
-Al año siguiente, en que hubo nuevas elecciones para Constituyentes
-nada menos, el candidato de oposición fué cinco veces más popular que
-el Marqués. Bueno es advertir que el candidato de oposición ya no era
-de oposición, porque habían triunfado los suyos. El Marqués se quedó
-sin distrito; y como se había acabado el tiempo del monopolio (según
-decía Pespunte, que se había echado al río para deshacer á hachazos
-las máquinas de pescar salmones), como ya no había clases, el pueblo
-pudo pescar á río revuelto, y aquel año la bailarina del Marqués no
-comió salmón. Pasó otro año, hubo nuevas elecciones, porque las cortes
-las disolvió no sé quién, pero, en fin, uno de tropa, y entonces no
-fueron diputados ni el Marqués ni su enemigo, sino el mismísimo don
-Pedro Pastrana, que, una vez _encauzada la revolución_... y encauzado
-el río, cogió las riendas del gobierno de Villaconducho, y en nombre
-de la libertad bien entendida, y para evitar la _anarquía mansa_ de
-que estaban siendo víctimas el distrito y los salmones, se atribuyó el
-privilegio de la pesca y el alto y merecido honor de representar ante
-el nuevo Parlamento á los villaconduchanos.
-
-
- IV
-
-Y aquí era donde yo le quería ver.
-
-Tiene la palabra _La Correspondencia_:
-
-“Ha llegado á Madrid el señor don Pedro Pastrana Rodríguez, diputado
-adicto por el distrito de Villaconducho, vencedor del Marqués de
-Pozos-hondos en una empeñada batalla electoral.”
-
-Pasan algunos días; vuelve á tener la palabra _La Correspondencia_:
-
-“Es notabilísima, bajo muchos conceptos, y muy alabada de las personas
-competentes, la obra publicada recientemente sobre _Los amillaramientos
-y abusos inveterados de la ocultación de riqueza territorial_, por el
-diputado adicto señor don Pedro Pastrana Rodríguez.”
-
-“Ha sido nombrado de la comisión de *** el reputado publicista
-financiero señor don Pedro Pastrana Rodríguez, diputado adicto por
-Villaconducho.”
-
-“No es cierto que haya presentado voto particular en la célebre
-cuestión de los tabacos de la Vuelta del Medio, el ilustrado individuo
-de la comisión señor Pastrana Rodríguez.”
-
-“Digan lo que quieran los maliciosos, no es cierto que el ilustre
-escritor señor Pastrana, haya adquirido la propiedad de la marca
-_Aliquid chupatur_, con que se distinguen los acreditados tabacos de
-Vuelta del Medio. No es el señor Pastrana el nuevo propietario, sino su
-paisano y amigo el alcalde de Villaconducho, señor Pespunte.”
-
-“Ha sido aprobado el proyecto de ley del ferrocarril de Villaconducho
-á los Tuétanos, montes de la provincia de ***, riquísimos en mineral
-de plata; los cuales Tuétanos serán explotados en gran escala por una
-gran Compañía, de cuyo Consejo de administración no es cierto que sea
-presidente el individuo de la Comisión á cuya influencia se dice que es
-debida la concesión de dicho ferrocarril.”
-
-“Parece cosa decidida el viaje del Jefe del Estado á la provincia
-de ***. Asistirá á la inauguración del ferrocarril de los Tuétanos,
-hospedándose en la quinta regia que en aquella pintoresca comarca
-posee el señor Pastrana.”
-
-“No pueden ustedes figurarse á qué grado llegan el acendrado
-patriotismo y la exquisita amabilidad que distinguen al gran
-hacendista, de quien fué huésped S. M., nuestro amigo y paisano el
-señor marqués de Pozos-oscuros, presidente, como saben nuestros
-lectores, de la Comisión encargada de gestionar un importante negocio
-en las capitales de Europa.”
-
-“Ha sido nombrado presidente de la Comisión que ha de presentar
-informe en el famoso negocio de los tabacos de Vuelta del Medio, el
-señor marqués de Pozos-oscuros, ya de vuelta de su viaje á las cortes
-extranjeras.”
-
-“Satisfactoriamente para el sistema parlamentario y su prestigio, ha
-terminado en la sesión de ayer tarde el ruidoso incidente que había
-surgido entre el señor marqués de Pozos-oscuros y el señor Pespunte,
-diputado por la Vuelta del Medio. El señor Pespunte, en el calor de
-la discusión, y un tanto enojado por el calificativo de _ingrato_ que
-le había dirigido el presidente de la Comisión, pronunció palabras
-poco parlamentarias, tales como ‘ropa sucia’, ‘manos puercas’, ‘río
-revuelto’, ’bragas enjutas’, ‘fumarse la isla’, ‘merienda de negros’,
-‘presidio suelto’, ‘cocinero y fraile’, ‘peces gordos’, y otras no
-menos malsonantes. El digno diputado de la isla hubo de retirarlas ante
-la actitud enérgica del señor marqués de Pozos-hondos, ministro de
-Hacienda, que declaró que la honra del señor marqués de Pozos-oscuros
-estaba muy alta para que pudieran mancharla ciertas acusaciones. Nos
-alegraríamos, por el prestigio del sistema parlamentario, de que no se
-repitieran escenas de esta índole, tan frecuentes en otros Parlamentos,
-pero no en el nuestro, modelo de templanza”.
-
-Hasta aquí _La Correspondencia_.
-
-Ahora un oficio de la fiscalía: “Advierto á usted, para los efectos
-consiguientes, que ha sido denunciado por esta fiscalía el número
-primero del periódico _El Puerto de Arrebata-capas_, por su artículo
-editorial, que titula ‘¡Vecinos, ladrones!’ que empieza con las
-palabras ‘Pozos obscuros, y muy obscuros’, y termina con las ‘á la
-cárcel desde el Congreso’.”
-
-
- V
- EPÍLOGO
-
-_La Correspondencia_: “Para el estudio del proyecto de reforma del
-Código Penal ha sido nombrada una Comisión compuesta por los señores
-siguientes: Presidente, D. Pedro Pastrana Rodríguez...”
-
-
-
-
- DE BURGUESA Á CORTESANA
-
-
-Mi querida Doña Encarnación: Ya sé que las de Pinto dijeron por ahí á
-los amigos que las de Covachuelón no iríamos á las fiestas por falta
-de posibles ó por falta de amor á los regocijos, como dice mi Juan
-que se llama eso; no haga usted pizca de caso, porque ya nos hemos
-encargado los sombreros, de ésos que parecen de hombre, que son la
-última moda, según dijo la modista, que es de París de Francia, como si
-dijéramos; porque si bien ella no nació allá ni lo vió con sus propios
-ojos, su marido es de pura raza parisién: ¡conque figúrese usted!
-Iremos, y tres más, lo cual, para evitarle á usted molestias de andar
-buscando casa y demás, nos iremos derechitos á la suya, y así se ahorra
-usted la incomodidad de tener que entenderse con fondistas y amas de
-huéspedes, que en estos días sacarán la tripa de mal año y pedirán
-por una habitación un ojo de la cara. Adjunta les remito la lista de
-las monadas y cachivaches que mi hija la mayor quiere que usted le
-tenga comprados para el mismo día en que lleguemos; porque todo su
-prurito es que de cien lenguas se la tome por una madrileña; porque ser
-provinciana es muy cursi, ya ve usted; y aunque yo la digo que lo que
-se hereda no se hurta, y que de la casta le viene al galgo... y que
-una Covachuelón, que desciende de cien Covachuelones, aunque sea con
-el aire de la montaña, puede tenérselas tiesas, en punto á buen tono y
-chicq (_sic_) con la más encopetada cortesana, que puede ser hija de
-un cualquiera; digo que, á pesar de esto, la niña quiere que usted la
-tenga preparados esos trastos; y no es que aquí no haya guantes de ésos
-que llegan hasta los hombros, porque también los vende, la modista que
-tiene un marido de París; pero ¿qué quiere usted?, estas muchachas del
-día están perdidas por no ser de su tierra. Y mire usted en confianza,
-doña Encarnación, y aquí _inter nos_, como dicen los franceses, la
-chica está en estado de merecer, y aquí todos son pelagatos; no hay
-proporciones; ¿quién sabe si alguno de esos caballeros en plaza, de que
-tanto hablan los periódicos, se enamorará de mi niña? En ese caso, nos
-quedaríamos á vivir en Madrid, que es lo que yo le digo á Juan; pero
-mi Juan es tan terco, que no quiere abandonar este destino humilde,
-indigno de un Covachuelón, porque dicen que es seguro, y manos puercas.
-¡Como si no conociéramos el mundo, doña Encarnación, y no supiéramos
-que eso de gajes es cosa común á todos los destinos, con tal que haya
-buena voluntad! Yo, á decir la verdad, no sé de qué son esos caballeros
-en plaza; pero sin duda serán unos cumplidos caballeros que apaleen el
-oro, ó por lo menos las fanegas de trigo, que todo es apalear. Demás
-de esto, mi Juan, que tiene mucho amor á las Instituciones, no perderá
-el tiempo durante nuestra estancia en ésa, ni se dormirá en las pajas,
-porque el Ministro le tiene ofrecido torres y montones; pero ojos
-que no ven... y así atenaceándole de cerca y no dejándole ni á sol ni
-sombra, verá usted cómo se logra un ascenso, que buena falta nos hace,
-porque con este modestísimo sueldo y todas las manos que Juan quiera,
-no se puede vivir: y si no, ahora se ve, lo que es una deshonra, que
-para emprender un viaje á la Corte, con rebaja de precio y todo, la
-familia de un Covachuelón se halla obligada á vender los cubiertos
-de plata y algunas alhajas de los Covachuelones que fueron. Dígales,
-dígales usted á las de Pinto (sin contarles lo de los cubiertos),
-cuánto hacen y pueden los de Covachuelón en alas ó en aras (nunca digo
-bien esta palabra) de su amor á las Instituciones. Aquí se ha corrido
-el rumor de que por culpa de Moyano ya no había fiestas; que es ese
-señor, que dicen que es muy feo, y lo prueban, había aguado la función;
-pero no lo hemos creído, porque es imposible. Dios no puede consentir
-que mi hija se quede sin su caballero en plaza, porque eso sería como
-quedarse en la calle; ni mi esposo ha de pudrirse y pudrirme en este
-rincón obscuro; los Covachuelones pican más alto, y amanecerá Dios y
-medraremos: porque la mala voluntad de las de Pinto poco podrá contra
-los altos escrutinios de la Providencia, que á todas voces llama á los
-de Covachuelón á la Corte. Diga usted de mi parte al señor don Juan, su
-marido (¡qué diferencia entre los dos Juanes! el de usted tan dócil,
-tan rico y tan amigo de su negocio), pues dígale usted que me busque
-sin pérdida de tiempo papeleta para todas partes: queremos verlo todo,
-lo que se llama todo, porque ¿á qué estamos? no es cosa de vender una
-los cubiertos para volverse luego dejando por ver alguna cosa. He leído
-en _La Época_ que los provincianos llegarían tarde para sacar papeleta:
-¡qué sabrá ella! _La Época_; como si esos perdularios gacetilleros,
-que son la perdición del país, hubieran de ser antes que nosotros, que
-servimos á la Patria y á las Instituciones desde un rincón de España,
-con celo, inteligencia y lealtad, como decían los mismísimos liberales
-cuando dejaron cesante á mi marido. ¡Sería de contar que la señora de
-Covachuelón é hija se quedaran sin papeleta para ver todo lo reservado
-y todo lo no reservado!
-
-Hemos de verlo todo: dígaselo usted así á don Juan: no rebajo nada.
-
-¡Oh, quién fuera condesa, amiga mía! Pero de menos nos hizo Dios, y
-como Juan, el mío, ande derecho y en un pie, y haga lo que yo le diga,
-¡quién sabe adónde podremos llegar, y si vendrá día en que yo le vea á
-él mismo hecho un caballero en plaza, título que me suena de perlas,
-y que no puedo quitármelo de la imaginación! No canso más; consérvese
-usted buena y no se olvide de los encarguitos. Su amiga de toda la vida
-que desea abrazarla pronto,
-
- _Purificación de los Pinzones de Covachuelón._
-
-_P. D._ Le advierto á usted que Juan se muere por los caracoles, y le
-dará usted una sorpresa agradable si se los presenta para almorzar
-el día que lleguemos. Supongo que irán ustedes á esperarnos con los
-criados, porque llevaremos mucho equipaje, y esos mozos de cordel la
-confunden á una con una palurda y piden un sentido. Suya,
-
- _Purificación._
-
-Otra P. D. Le advierto á usted que en las camisolas y en los pañuelos
-que le encargué el otro día para Juan, han de ponerse estas letras:
-P. Juan, que no significan Padre Juan, sino que Juan es marido de
-Purificación, como usted sabe. Un Covachuelón no podría poner en sus
-camisas unas simples iniciales como cualquiera. Expresiones á su Juan
-de usted.
-
- _Pura._
-
- Pajares, 1.º Febrero.
-
-Mi querida Visitación: Cuando ésta llegue á tus manos estará tu pobre
-Pura, tu buena amiga, enterrada en vida, con no sé cuántos kilómetros
-de nieve sobre la cabeza. Nos ha cogido la mayor nevada del siglo en
-medio del puerto, y no podemos volver atrás ni llegar á nuestro bendito
-pueblo, del que ojalá no hubiéramos salido nunca. El correo lo llevan
-los peatones; yo he ofrecido el oro y el moro por que me pasara un
-peatón, y por que me pesaran en el estanquillo, para llegar á mi destino
-en calidad de certificado, costara los sellos que costara: ¡imposible!
-me fué forzoso renunciar á mi proyecto, y aquí me tienes extraviada
-en el camino como carta de Posada Herrera. Mi Juan, ese hombre de
-bien, no hace más que dar pataditas en el suelo, soplarse las manos y
-exclamar de vez en cuando: ¡maldita sea mi suerte! ¡Calzonazos! ¡Como
-si no fuera él la causa de todos nuestros males! Figúrate, tú, Visita,
-que lo primero que hace Juan en cuanto llegamos á Madrid, es coger
-una pulmonía. Verdad es que por más de veinticuatro horas la disimuló
-para que yo no me incomodara y pudiese ver los festejos; pero ¡buenos
-festejos te dé Dios! Yo quería estar en todas partes á un tiempo, como
-es natural en tales casos; para esto es necesario correr mucho; pues
-nada, Juan no daba paso; que le dolía esto, que le dolía lo otro, y
-no se meneaba. Tomamos un coche para los tres, el cochero refunfuña y
-me dice no sé qué groserías respecto á si yo abultaba por cuatro, y
-Juan... ¡qué te parece! no le rompió nada.
-
-Se pone en movimiento aquel armatoste y á los cuatro pasos el
-caballo... cae muerto. Juan se enfureció porque yo le eché á él la
-culpa; pelea tú con un hombre así; en fin, nos volvemos á casa, y doña
-Encarnación, con una oficiosidad que me da mala espina, declara que
-Juan está malo y que debe acostarse; y se acuesta, y viene el médico,
-y dice que mi esposo tiene pulmonía. Ya ves cómo todos se conjuraban
-contra mí. ¡Adiós visitas al Ministro, adiós ascenso, adiós quedarnos
-en Madrid! Añade á esto que doña Encarnación, que es una jamona muy
-presumida, no había comprado más que adefesios para mi hija, todo
-cursi y de moda del año ocho. Purita pataleó y echó la culpa á su
-papá, que efectivamente es quien nos trae en estos malos pasos de
-ser provincianas y tener que guiarnos por los envidiosos de Madrid.
-Pedíamos billetes á D. Juan: ¡que si quieres! ni uno solo había podido
-conseguir, y eso que amenazó con la dimisión de su destino, pero no
-dimitió: ¡qué había de dimitir, si estos burócratas de Madrid no saben
-lo que es dignidad! Pero dirás tú, y con razón: ¿por qué tu Juan había
-de necesitar que nadie mendigara billetes para su mujer? Es verdad, y
-en eso hablas como una Santa Teresa; pero Juan, nada, en su cama, queja
-que te quejarás, preparándose á bien morir y sin pensar en billetes, ni
-en caballeros en plaza, ni en ascensos, ni en todo eso que me trajo á
-la corte en mal hora. En fin, Visita, no hemos visto nada, á no ser las
-iluminaciones, que valientes iluminaciones estaban; y se dió el caso
-de andar la familia de Covachuelón sin cabeza (porque la cabeza tenía
-malo el pulmón), de andar por aquellas plazuelas y calles de Dios,
-como unas cualesquiera, como unos papanatas, codeándose con la plebe
-y teniendo que dejar la acera á los que la llevasen, aunque fueran
-hijos del verdugo. Aquí no se respetan las clases, ni el abolengo,
-y no le conocen á una en la cara los pergaminos ni la categoría. No
-creas que el bullicio fué tan grande como dicen, y de mí te puedo
-asegurar que no grité viva nada, porque esto no es modo de tratar á
-la gente. ¿Te acuerdas de aquel don Casimiro á quien sacamos diputado
-por los pelos, y gracias á estanquillos y chorizos de los decomisados?
-Pues ¡asómbrate! don Casimiro, que tenía un paquete de entradas para
-todas partes, pasó junto á nosotros sin saludarnos, en un coche muy
-elegante, que no sé de dónde lo habrá sacado ese pelagatos. Y dicen
-que la conciliación se arraiga y que esto va á durar; ¡mira tú qué
-postura de conciliación es ésta, ni si lleva trazas de arraigarse un
-Ministerio tan destartalado y montado al aire! Después de ver tanta
-farsa y tanto descaro, no me quedaba más que ver, y quise volverme á
-mi tierra; el mismo día en que la enfermedad de Juan hacía crisis,
-según dijo el médico, cogí á Juan por los pies, le vestí, y lo tapé, y
-escondí entre cinco mantas: _hice la crisis_ yo, y nos metimos en el
-tren correo. Juan, dócil por la primera vez de su vida, se puso bueno
-en el camino, ó por lo menos disimuló el mal; y aquí nos tienes con
-la nieve al cuello, en un lugarón que no tiene nombre en el mapa; yo
-furiosa, Purita desesperanzada de coger una proporción, y Juan dando
-pataditas en el suelo, soplándose los nudillos y murmurando á cada
-paso: “¡Maldita sea mi suerte!”
-
-Si algún día llego á mi casita, y desempeño los cubiertos, y junto
-algunos cuartos procedentes de las manos de Juan, que él llama
-groseramente puercas, y pongo esos cuartos á réditos y saco una renta
-regular para ir tirando... te juro, Visita (tanto es lo que aborrezco
-la conciliación), te juro que presento la renuncia del destino de Juan
-y me declaro _ilegala_.
-
- _Purificación._
-
-
-
-
- EL DIABLO EN SEMANA SANTA
-
-
-Como un león en su jaula, bostezaba el diablo en su trono; y he
-observado que todas las potestades, así en la tierra como en el cielo
-y en el infierno, tienen gran afición al aparato majestuoso y solemne
-de sus prerrogativas, sin duda porque la vanidad es flaqueza natural y
-sobrenatural que llena los mundos con sus vientos, y acaso los mueve
-y rige. Bostezaba el diablo del hambre que tenía de picardías que por
-aquellos días le faltaban, y eran los de Semana Santa.
-
-Tal como se muere de inanición el cómico en esta época del año, así
-el diablo expiraba de aburrido; y no bastaban las invenciones de sus
-palaciegos para divertirle el ánimo, alicaído y triste con la ausencia
-de bellaquerías, infamias y demás proezas de su gusto.
-
-Según bostezaba y se aburría, ocurriósele de pronto una idea, como
-suya, diabólica en extremo; y como no peca S. M. _in inferis_ de
-irresoluta, dando un brinco como los que dan los monos, pero mucho más
-grande, saltó fuera de sus reales, y se quedó en el aire muy cerca de
-la tierra, donde es huésped agasajado y bienquisto por sus frecuentes
-visitas.
-
-Fué la idea que se le ocurrió al demonio, que por entonces comenzaba
-la tierra madre á hincharse con la comenzón de dar frutos, yéndosele
-los antojos en flores, que lo llenaban todo de aromas y de alegres
-pinturas, ora echadas al aire, y eran las alas de las mariposas, ora
-sujetas al misterioso capullo, y eran los pétalos.
-
-Bien entiende el diablo lo que es la primavera, que antes de ser
-diablo fué ángel y se llamó luz bella, que es la luz de la aurora, ó
-la luz triste de la tarde, que es la luz de la melancolía y de las
-aspiraciones sin nombre que buscan lo infinito. Lo que sabe el diablo
-de argucias, díganlo San Antonio y otros varones benditos, que lucharon
-con fatiga y sudor entre las tentaciones del enemigo malo y las
-inefables y austeras delicias de la gracia. Claro es que al atractivo
-celestial, nada hay comparable, ni de lejos, y que soñar con tales
-comparaciones es pecar mortalmente; pero también es cierto que, aparte
-de Dios, nada hay tan poderoso y amable, á su manera, como el diablo;
-siendo todo lo que queda por el medio, insulso, tibio y de menos
-precio, sea bueno ó malo. Para todo corazón grande, el bien, como no
-sea el supremo, que es Dios mismo, vale menos que el mal cuando es el
-supremo, que es el demonio.
-
-Al ver que brotaba la primavera en los botones de las plantas y en la
-sangre bulliciosa de los animales jóvenes, se dijo “ésta es la mía”, el
-diablo, gran conocedor de las inclinaciones naturales. Aunque le teme y
-huye, no quiere el diablo mal á Dios, y mucho menos desconoce su fuerza
-omnipotente, su sabiduría y amor infinito, que á él no le alcanza,
-por misterioso motivo, cuyo secreto el mismísimo demonio respeta, más
-reverente que algunos apologistas cristianos. Y así, mirando al cielo,
-que estaba todo azul al Oriente y al Poniente se engalanaba con ligeras
-nubecillas de amaranto, decía el diablo con acento plañidero, pero
-no rencoroso, digan lo que quieran las beatas, que hasta del diablo
-murmuran y le calumnian; digo que decía el diablo: “Señor, de tu propia
-obra me valgo y aprovecho: tú fuiste, y sólo tú, quien produjo esta
-maravilla de las primaveras en los mundos, en una divina inspiración
-de amor dulcísimo y expansivo, que jamás comprenderán los hombres que
-son religiosos por manera ascética; ¿y qué es la primavera, Señor? Un
-beso caliente y muy largo que se dan el sol y la tierra, de frente,
-cara á cara, sin miedo. ¡Pobres mortales! Los malos, los que saben
-algo de la verdad del buen vivir, están en mi poder, y los buenos, los
-que vuelven á Ti los ojos, Dios Eterno, quiérente de soslayo, no con
-el alma entera; no entienden lo que es besar de frente y cara á cara,
-como besa el sol á la tierra, y tiemblan, vacilan y gozan de tibias
-delicias, más ideadas que sentidas; y acaso es mayor el placer que les
-causa la tentación con que yo les mojo los labios, que el alabado gozo
-del deliquio místico, mitad enfermedad, mitad buen deseo...”
-
-Comprendió el diablo que se iba embrollando en su discurso, y calló
-de repente, prefiriendo las obras á las palabras, como suelen hacer
-los malvados, que son más activos y menos habladores que la gente
-bonachona y aficionada al _verbo_.
-
-Sonrió S. M. infernal con una sonrisa que hubiera hecho temblar de
-pavor á cualquier hombre que le hubiese visto: y varios ángeles que de
-vuelta del mundo pasaban volando cerca de aquellas nubes pardas donde
-Satanás estaba escondido, cambiaron por instinto la dirección del
-vuelo, como bandada de palomas que vuelan atolondradas con distinto
-rumbo al oir el estrépito que hace un disparo cuando retumba por los
-aires. Mira el diablo á los ángeles con desprecio, y volviendo en
-seguida los ojos á la tierra, que á sus pies se iba deslizando como el
-agua de un arroyo, dejó que pasara el Mediterráneo, que era el que á
-la sazón corría hacia Oriente por debajo, y cuando tuvo debajo de sí
-á España, dejóse caer sobre la llanura, y como si fuera por resorte,
-redújose con el choque de la caída, la estatura del diablo, que era de
-leguas, á un escaso kilómetro.
-
-El sol se escondía en los lejanos términos, y sus encendidos colores
-reflejábanse en el diablo de medio cuerpo arriba, dándole ese tinte
-mefistofélico con que solemos verle en las óperas, merced á la lámpara
-Drumont ó á las luces de bengala. Puso el Señor de los Abismos la
-mano derecha sobre los ojos y miró en torno, y no vió nada á la
-investigación primera, mas luego distinguió de la otra parte del sol
-como la punta de una lanza enrojecida al fuego. Era la veleta de una
-torre muy lejana. En unos doce pasos que anduvo, vióse el diablo muy
-cerca de aquella torre, que era la de la catedral de una ciudad muy
-antigua, triste y vieja, pero no exenta de aires señoriales y de
-elegancia majestuosa. Tendióse cuan largo era por la ribera de un río
-que al pie de la ciudad corría (como contando con las quejas de su
-murmullo la historia de su tierra), y estirando un tanto el cuello, con
-postura violenta, pudo Satanás mirar por las ventanas de la catedral lo
-que pasaba dentro. Es de advertir que los habitantes de aquella ciudad
-no veían al diablo tal como era, sino parte en forma de niebla que se
-arrastraba al lado del río perezosa, y parte como nubarrón negro y
-bajo que amenaza tormenta y que iba en dirección de la catedral desde
-las afueras. Verdad es que el nubarrón tenía la figura de un avechucho
-raro, así como cigüeña con gorro de dormir; pero esto no lo veían
-todos, y los niños, que eran los que mejor determinaban el parecido de
-la nube, no merecían el crédito de nadie. Un acólito de muy tiernos
-años, que había subido en compañía del campanero á tocar las oraciones,
-le decía:--Señor Paco, mire usted este nubarrajo que está tan cerca,
-parece un aguilucho que vuelve á la torre, pero trae una alcuza en
-el pico; vendrá por aceite para las brujas. Pero el campanero, sin
-contestar palabra ni mirar al cielo, daba la primer campanada, que
-despertaba á muchos vencejos y lechuzas dormidos en la torre. Sonaba
-la segunda campanada solemne y melancólica, y los pajarracos revolaban
-cerca de las veletas de la catedral; el chico, el acólito, continuaba
-mirando al nubarrón, que era el diablo; y á la campanada tercera
-seguía un repique lento, acompasado y grave, mientras que los otros
-campanarios de la ciudad vetusta comenzaban á despertarse y á su vez
-bostezaban con las tres campanadas primeras de las oraciones.
-
-Cerró la noche, el nubarrón se puso negro del todo, y nadie vió las
-ascuas con que el diablo miraba al interior de la catedral por unos
-vidrios rotos de una ventana que caía sobre el altar mayor, muy
-alumbrado con lámparas que colgaban de la alta bóveda y con velas de
-cera que chisporroteaban allá abajo.
-
-El aliento del diablo, entrando por la ventana de los vidrios rotos,
-bajaba hasta el altar mayor en remolinos, y movía el pesado lienzo
-negro que tapaba por aquellos días el retablo de nogal labrado. Á los
-lados del altar, dos canónigos, apoyados en sendos reclinatorios,
-sumidos los pliegues del manteo en ampuloso almohadón carmesí,
-meditaban á ratos, y á ratos leían la pasión de Cristo. En el recinto
-del altar mayor, hasta la altísima verja de metal dorado con que se
-cerraba, nadie más había que los dos canónigos; detrás de la verja,
-el pueblo devoto, sumido en la sombra, oía con religiosa atención las
-voces que cantaban las _Lamentaciones_, los inmortales _trenos_ de
-Jeremías. Cuando el monótono cántico de los clérigos cesaba, tras breve
-pausa, los violines volvían á quejarse, acompañando á los _niños de
-coro_, tiples y contraltos, que parecían llegar á las nubes con los
-ayes del _Miserere_. Diríase que cantaban en el aire, que se cernían
-las notas aladas en la bóveda, y que de pronto, volando, volando,
-subían hasta desvanecerse en el espacio. Después las voces del violín
-y las voces del colegial tiple emprendían juntas el vuelo, jugaban,
-como las mariposas, alrededor de las flores ó de la luz, y ora bajaban
-las unas en pos de las otras hasta tocarse cerca del suelo, ora,
-persiguiéndose también, salían en rápida fuga por los altos florones de
-las ventanas, á través de las cortinas cenicientas y de los vidrios de
-colores. Nuevo silencio; cerca del altar mayor se extinguía una luz,
-de varias colocadas en alto, sobre un triángulo de madera sostenido
-por un mástil de nogal pintado. Entonces como risas contenidas, pero
-risas lanzadas por bocas de madera, se oían algunos chasquidos; á
-veces los chasquidos formaban serie, las risas eran carcajadas; eran
-las carcajadas de las carracas que los niños ocultaban, como si fueran
-armas prohibidas preparadas para el crimen. El incipiente motín de las
-carracas se desvanecía al resonar otra vez por la anchurosa nave el
-cántico pesado, estrepitoso y lúgubre de los clérigos del coro.
-
-El diablo seguía allá arriba alentando con mucha fuerza, y llenaba
-el templo de un calor pegajoso y sofocante: cuando oyó el preludio
-inseguro y contenido de las carracas, no pudo contener la risa, y movió
-las fauces y la lengua de un modo que los fieles se dijeron unos á
-otros:--¿Será el carracón de la torre? ¿Pero por qué le tocan ahora?
-Un canónigo, mientras se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo
-de hierbas, decía para sí:--¡Ese Perico es el diablo, el mismo diablo!
-¡Pues no se ha puesto á tocar el carracón del campanario! Y todo era
-que el diablo, no Perico, sino el diablo de veras, se había reído. El
-canónigo, que sudaba, miró hacia el retablo y vió el lienzo negro que
-se movía; volvió los ojos á su compañero, sumido en la meditación, y
-le dijo en voz muy baja y sin moverse: --¿Qué será? ¿No ve usted cómo
-se menea eso?
-
-El otro canónigo era muy pálido. No sudaba ni con el calor que hacía
-allí dentro. Era joven; tenía las facciones hermosas y de un atrevido
-relieve; la nariz era acaso demasiado larga, demasiado inclinada sobre
-los labios y demasiado carnosa; aunque aguda, tenía las ventanas muy
-anchas, y por ellas alentaba el canónigo fuertemente, como el diablo de
-allá arriba.--No es nada--contestó sin apartar los ojos del libro que
-tenía delante; “es el viento que penetra por los cristales rotos”. En
-aquel momento todos los fieles pensaban en lo mismo y miraban al mismo
-sitio; miraban al altar y al lienzo que se movía, y pensaban: “¿qué
-será esto?” Las luces del triángulo puesto en alto se movían también,
-inclinándose de un lado á otro alrededor del pábilo, y brillaban cada
-vez más rojas, pero como envueltas en una atmósfera que hiciera difícil
-la combustión. El canónigo viejo se fué quedando aletargado ó dormido;
-la misma torpeza de los sentidos pareció invadir á los fieles, que
-oían como en sueños á los que en el coro cantaban con perezoso compás
-y enronquecidas voces. El diablo seguía alentando por la ventana de
-los vidrios rotos. El canónigo joven estaba muy despierto y sentía una
-comezón que no pudo dominar al cabo; pasó una mano por los ojos, anduvo
-en los registros del libro, compuso los pliegues del manteo, hizo
-mil movimientos para entretener el ansia de no sabía qué, que le iba
-entrando por el corazón y los sentidos; respiró con fuerza inusitada,
-levantando mucho la cabeza... y en aquel momento volvió á cantar el
-colegial que subía á las nubes con su voz de tiple. Era aquella voz
-para los oídos del canónigo inquieto de una extraña naturaleza, que él
-se figuraba así, en aquel mismo instante en que estaba luchando con sus
-angustias; era aquella voz de una pasta muy suave, tenue y blanquecina;
-vagaba en el aire, y al chocar con sus ondas, que la labraban como
-si fueran finísimos cinceles, iba adquiriendo graciosas curvas que
-parecían, más que líneas, sutiles y vagarosas ideas, que suspiraban
-entusiasmo y amor; al cabo, la fina labor de las ondas del aire sobre
-la masa de aquella voz, que era, aunque muy delicada, materia, daba
-por maravilloso producto los contornos de una mujer que no acababan de
-modelarse con precisa forma; pero que, semejando todo lo curvilíneo
-de Venus, no paraban en ser nada, sino que lo iban siendo todo por
-momentos. Y según eran las notas, agudas ó graves, así el canónigo veía
-aquellas líneas que son símbolo en la mujer de la idealidad más alta,
-ó aquellas otras que toman sus encantos del ser ellas incentivo de más
-corpóreos apetitos.
-
-Toda nota grave era, en fin, algo turgente, y entonces el canónigo
-cerraba los ojos, hundía en el pecho la cabeza y sentía pasar fuego
-por las hinchadas venas del robusto cuello; cuando sonaban las notas
-agudas, el joven magistral (que ésta era su dignidad) erguía su cabeza
-apolina, abría los ojos, miraba á lo alto y respiraba aquel aire de
-fuego con que se estaba envenenando, gozoso, anhelante, mientras
-rodaban lágrimas lentas de sus azules ojos, llenos de luz y de vida.
-
-Aunque la voz del colegial cantaba en latín los dolores del Profeta,
-el magistral creía oir palabras de tentación que en claro español le
-decían:
-
-“Mientras lloras y gimes por los dolores de edades enterradas después
-de muchos siglos, las golondrinas preparan sus nidos para albergar el
-fruto del amor.
-
-“Mientras cantas en el coro tristezas que no sientes, corre loca la
-savia por las entrañas de las plantas y se amontona en los pétalos
-colorados de la flor como la sangre se transparenta en las mejillas de
-la virgen hermosa.
-
-“El olor del incienso te enerva el espíritu; en el campo huele á
-tomillo, y la espinera y el laurel real embalsaman el ambiente libre.
-
-“Tus ayes y los míos son la voz del deseo encadenado; rompamos estos
-lazos, y volemos juntos; la primavera nos convida; cada hoja que nace
-es una lengua que dice: ‘ven: el misterio dionisíaco te espera’.
-
-“Soy la voz del amor, soy la ilusión que acaricias en sueños; tú me
-arrojas de ti, pero yo vuelo en la callada noche, y muchas veces, al
-huir en la obscuridad, enredo entre tus manos mis cabellos; yo te besé
-los ojos, que estaban llenos de lágrimas que durmiendo vertías.
-
-“Yo soy la bien amada, que te llama por última vez: ahora ó nunca. Mira
-hacia atrás: ¿no oyes que me acerco? ¿Quieres ver mis ojos y morir de
-amor? ¡Mira hacia atrás, mírame, mírame!...”
-
-Por supuesto, que todo esto era el diablo quien lo decía, y no el niño
-del coro, como el magistral pensaba. La voz, al cantar lo de “¡mírame,
-mírame!”, se había acercado tanto, que el canónigo creyó sentir en la
-nuca el aliento de una mujer (según él se figuraba que eran esta clase
-de alientos).
-
-No pudo menos de volver los ojos, y vió con espanto detrás de la verja,
-tocando casi con la frente en las rejas doradas, un rostro de mujer,
-del cual partía una mirada dividida en dos rayos que venían derechos á
-herirle en sitios del corazón deshabitados. Púsose en pie el magistral
-sin poder contenerse, y por instinto anduvo en dirección de la verja
-cerrada. Á nadie extrañó el caso, porque en aquel momento otro canónigo
-vino de relevo y se arrodilló ante el reclinatorio.
-
-Aquella imagen que asomaba entre las rejas era de la jueza (que así
-llamaban á doña Fe, por ser esposa del magistrado de mayor categoría
-del pueblo).
-
-Bien la conocía el magistral, y aun sabía no pocos de sus pecados, pues
-ella se los había referido; pero jamás hasta entonces había notado
-la acabadísima hermosura de aquel rostro moreno. Claro es que al
-magistral, sin las artes del diablo, jamás se le hubiera ocurrido mirar
-á aquella devota dama, famosa por sus virtudes y acendrada piedad.
-
-Cuando el canónigo, sin saber lo que hacía, se iba acercando á ella,
-un caballero de elegante porte, vestido con esmerada riqueza y gusto,
-y ni más ni menos hermoso que el magistral mismo, pues se le parecía
-como una gota á otra gota, se acercó á la jueza, se arrodilló á su
-lado, y acercando la cabeza al oído de un niño que la señora tenía
-también arrodillado en su falda, le dijo algo que oyó el niño sólo, y
-que le hizo sonreir con suma picardía. Miró la madre al caballero, y no
-pudo menos de sonreir á su vez cuando le vió posar los labios sobre la
-melena abundosa y crespa de su hijo, diciendo: “¡hermoso arcángel!”--El
-niño, con cautela y á espaldas de la madre, sacó de entre los pliegues
-de su vestido una carraca de tamaño descomunal, en cuanto carraca, y
-sin más miramientos, en cuanto vió que otra luz de las del triángulo
-se apagaba, trazó en el viento un círculo con la estrepitosa máquina
-y dió horrísono comienzo á la revolución de las carracas. No había
-llegado, ni con mucho, el momento señalado por el rito para el barullo
-infantil, pero ya era imposible contener el torrente; estalló la furia
-acorralada, y de todos los ángulos del templo, como gritos de las
-euménides, salieron de las fauces de madera los discordantes ruidos,
-sofocados antes, rompiendo al fin la cárcel estrecha y llenando los
-aires, en desesperada lucha unos con otros, y todos contra los tímpanos
-de los escandalizados fieles.
-
-Y era lo que más sonaba y más horrísono estrépito movía la carcajada
-del diablo, que tenía en sus brazos al hijo de la jueza y le decía
-entre la risa: --¡Bien, bravo, ja, ja, ja, toca; eso, ra, ra, ra, ra!...
-
-El niño, orgulloso de la revolución que había iniciado, manejaba la
-carraca como una honda, y gritaba frenético: “¡Mamá, mamá, he sido
-yo el primero! ¡Qué gusto, qué gusto! ¡Ra, ra, ra!” La jueza bien
-quisiera ponerse seria, á fuer de severa madre; pero no podía, y
-callaba y miraba al _hermoso arcángel_ y al caballero que le sostenía
-en sus brazos; y oía el estrépito de las carracas como el ruido de
-la lluvia de primavera, que refresca el ambiente y el alma. Porque
-precisamente en aquel día había esta señora sentido grandes antojos
-de algo extraordinario, sin saber qué; algo, en fin, que no fuera el
-juez del distrito; algo que estuviera fuera del orden; algo que hiciese
-mucho ruido, como los besos que ella daba al arcángel de la melena;
-más todavía, como los latidos de su corazón, que se le saltaba del
-pecho pidiendo alegría, locuras, libertad, aire, amores... carracas.
-El magistral, que había acudido con sus compañeros de capítulo á poner
-dique á la inundación del estrépito, pero en vano, fingía, también en
-balde, tomar á mal la diablura irreverente de los muchachos, porque
-su conciencia le decía que aquella revolución le había ensanchado el
-ánimo, le había abierto no sabía qué válvulas que debía de tener en el
-pecho, que al fin respiraba libre, gozoso. Ni el magistral volvió á
-pensar en la jueza, ni la jueza miró sino con agradecimiento de madre
-al caballero que se parecía al magistral, á quien había mirado la
-espalda aquella noche antes de que entrase el caballero.
-
-Los demás devotos, que al principio se habían indignado, dejaron al
-cabo que los _diablejos_ se despacharan á su gusto; en todas las caras
-había frescura, alegría; parecíales á todos que despertaban de un
-letargo; que un peso se les había quitado de encima, que la atmósfera
-estaba antes llena de plomo, azufre y fuego, y que ahora con el ruido,
-se llenaba el aire de brisas, de fresco aliento que rejuvenecía y
-alegraba las almas.--Y ¡ra, ra, ra! ¡ra! los chicos tocaban como
-desesperados. Perico hacía sonar el carracón de la torre, y el diablo
-reía, reía como cien mil carracas.
-
- * * * * *
-
-Lo cierto es que el demonio tenía un plan como suyo; que la jueza y el
-magistral estuvieron á punto de perderse, allá en lo recóndito de la
-intención por lo menos; pero, como al diablo lo que más le agrada son
-las diabluras, en cuanto le infundió al chico de la jueza la tentación
-de tocar la carraca á deshora, todo lo demás se le olvidó por completo,
-y dejando en paz, por aquella noche, las almas de los justos, gozó como
-un niño con la tentación de los inocentes.
-
-Cuando Satanás, á la hora del alba, envuelto por obscuras nubes, volvía
-á sus reales, encontró en el camino del aire á los ángeles de la
-víspera. Oyeron que iba hablando solo, frotándose las manos y riendo á
-carcajadas todavía.
-
---¡Es un pobre diablo!--dijo uno de los ángeles.
-
---¡Y ríe!--exclamó otro.--Y ríe en la condenación eterna...
-
-Y callaron todos, y siguieron cabizbajos su camino.
-
-
-
-
- DOCTOR ANGELICUS
-
-
- I
-
-¿Pánfilo había sido niño alguna vez? ¿Era posible que aquellos ojos
-hundidos, yo no sé si hundidos ó profundos, llenos de bondad, pero
-tristes y apagados, hubieran reverberado algún día los sueños alegres
-de la infancia?
-
-Aquella boca de labios pálidos y delgados, que jamás sonreía para el
-placer, sino para la resignación y la amargura, ¿habría tenido risas
-francas, sonoras, estrepitosas?
-
-En aquella frente rugosa y abatida, desierta de cabellos, ¿habrían
-flotado alguna vez rizos blondos ó negros sobre una frente de matices
-sonrosados?
-
-Y el cuerpo mustio y encorvado, de pesados movimientos, sin gracia y
-achacoso, ¿fué esbelto, ligero, flexible y sano en tiempo alguno?
-
-Eufemia, considerando estos problemas, concluía por pensar que su noble
-esposo, su sabio marido, su eruditísima cara mitad había nacido con
-cincuenta años y cincuenta achaques, y que así sabía él lo que era
-jugar al trompo y escribir billetes de amor, como ella entender las mil
-sabidurías que su media naranja le decía con voz cariñosa y apasionada.
-
-Pero de todas maneras, Eufemia quería á su marido entrañablemente.
-Verdad es que en ocasiones se olvidaba de su amor, y tenía que
-preguntarse: “¿Á quién quiero yo?--¡Ah, sí, á mi marido!”, le
-contestaba la conciencia después de un lapso de tiempo más ó menos
-largo.
-
-Esto era porque Eufemia padecía distracciones. Pero en virtud de un
-silogismo, en forma de entimema, para abreviar, Eufemia se convencía
-cuantas veces era necesario, y era muy á menudo, de que Pánfilo era el
-hombre más amado de la tierra, y de que ella, Eufemia, era la mujer
-á quien el tal Pánfilo tenía sorbido el poco seso que Dios, en sus
-inescrutables designios, le había concedido.
-
-Para sesos, Pánfilo. Era el hombre más sesudo de España, y sobre esto
-sí que no admitía discusión Eufemia.
-
-No sabía ella todavía que, así como los terrenos carboníferos se
-anuncian en la superficie por determinados vegetales, por ejemplo, el
-helecho, los sesos son un subsuelo que suele señalarse en la superficie
-con otro vegetal, que produce madera de tinteros, como dijo el autor de
-la gatomaquia. No sabía nada de esto Eufemia, ni se le pasaba por las
-mientes que pudiera llegar á parecerle su marido demasiado sesudo.
-
-Preciso es confesarlo. Eufemia daba por hecho que su esposo sabía todo
-lo que se puede saber, porque eso pronto se aprende; pero, ¿y qué? Ser
-el primer sabio del mundo no es más que esto: ser el primer sabio del
-mundo. Delante de gente, Eufemia se daba tono con su marido: veía
-que todos tenían en mucho la sabiduría de Pánfilo, y usaba y abusaba
-de aquella ventaja que Dios le había concedido, dándole por eterno
-compañero á un hombre que ya no tenía nada que aprender.
-
-Pero en su fuero interno, que también lo tenía Eufemia, veía que su
-admiración incondicional no era más que _flatus vocis_ (no es que ella
-lo pensara en latín, sino que lo que ella pensaba venía á ser esto):
-porque desde la más tierna infancia la buena mujer había profesado
-cariño á infinitas cosas; pero jamás había encontrado un mérito muy
-grande en tener la habilidad de estar enterado de todo.
-
-
- II
-
-Una tarde de Mayo, el doctor don Pánfilo Saviaseca estaba más triste
-que un saco de tristezas arrimado á una pared.
-
-¡Ea! Se había cansado de estudiar aquella tarde. ¡Estaba tan hermoso el
-sol, y la tierra, y todo!
-
-Leía á Kant; estaba en aquello de si la percepción del yo es ó no
-conocimiento analítico _a priori_.
-
-Esto era en el Retiro, en lo más retirado del Retiro, si vale hablar
-así. Pánfilo estaba sentado en un banco de musgo.
-
-Conque... ¿en qué quedamos?... ¿es, ó no es conocimiento analítico el
-que tenemos del yo? Así meditaba en el instante en que una galguita,
-muy mona, vino á posar las extremidades torácicas sobre La Crítica de
-la Razón Pura.
-
-Era la realidad, la ciencia del porvenir en figura de perro, que se le
-echaba encima al buen sabio y le llamaba al sentimiento positivo de las
-cosas.
-
-La galga no estaba sola. Se oyó una voz argentina que gritaba:
-“¡Merlina, aquí! Merlina, eh, Merli... Usted dispense, caballero, estos
-perros... no saben lo que hacen. Pero, Merlina, ¿qué es esto?”...,
-etcétera, etc., etc.
-
-Y, en fin, que Eufemia, su tía, que tenía muchas ganas de casarla, y
-hacía bien, y don Pánfilo, hablaron y pensaron juntos.
-
-Resultó que eran vecinos, y como la niña no tenía novio, ni de dónde
-le viniera, y como don Pánfilo se había convencido de que el yo no
-puede vivir sin el tú para que llegue á ser aquél, y que más vale ser
-nosotros que yo solo, hubo boda, no sin que derramase algunas lágrimas
-la tía, que lo había tramado todo.
-
-Eufemia era una rubia hermosa.
-
-Pero no tenía nada de particular, á no ser su primo, que no tenía nada
-de general, porque era alférez de Ingenieros, agregado, por supuesto.
-
-Don Pánfilo, una vez dispuesto á ser un fiel y enamoradísimo esposo,
-se devanaba los sesos, aquellos grandísimos sesos que tenía, para
-encontrarle algo de particular á su Eufemia; pero no dió en la cuenta
-de que el primo era lo único que tenía Eufemia digno de llamar la
-atención.
-
-Jamás había pensado en su prima Héctor González, que éste era el
-alférez; pero desde el momento en que la vió casada, se sintió tan mal
-ferido de punta de amor, que aprovechó la ocasión para renegar de las
-tiránicas leyes que no consienten á los primos enamorar á sus primas
-magüer estén casadas.
-
-Pero ¿por qué se había casado Eufemia? No, no era Héctor hombre que
-retrocediese ante los obstáculos de esta índole; había leído demasiado
-libros malos para que semejante contratiempo le acobardase á él,
-agregado de un cuerpo facultativo.
-
-Formó planes que envidiaría cualquier novelista adúltero de Francia, y
-se dispuso á comenzar la novela de su vida, que hasta entonces había
-corrido monótona entre guardias, formaciones y pronunciamientos.
-
-
- III
-
-En el ínterin, como dice un orador que yo conozco; en el ínterin,
-Pánfilo no pensaba más que en encontrarle el _quid divinum_ á su mujer,
-sin que se le ocurriera dar con el quid de la dificultad.
-
-Y así como Don Quijote averiguó al cabo que éste, y no otro, era el
-nombre significativo que convenía á la altura y calidad de sus proezas,
-Pánfilo entendió que Eufemia se distinguía por un delicadísimo gusto,
-que la inclinaba á lo más espiritual y sublime, á la quintaesencia de
-los afectos sin nombre, cuyos misteriosos matices jamás traducirán las
-Bellas Artes, ni la más profunda armonía, ni la lírica mejor inspirada.
-Oigamos, ó mejor, leamos á don Pánfilo:
-
-“Pasan por el alma á veces extraños y sublimes sueños, adivinaciones
-de verdades del cielo, amorosas ansias, que no son, sin embargo, como
-la pasión ciega, sino como luz que estuviera enamorada del calor:
-pues todo esto es lo que siente y comprende Eufemia, mi mujercita,
-con maravillosa intuición. Sabe prescindir de la apariencia de las
-cosas, remontarse á la región ideal, que con ser ideal, es lo más
-real de todo. ¿Por qué me quiere á mí, sino por eso? Porque lee en
-mis ojos, tristes y apagados, el fuego que por dentro me devora. Un
-día me preguntó:--Si yo no te hubiera querido, ¿qué hubieras hecho
-tú?--¿Qué?--respondí.--Primero, llorar mucho, querer morirme y mirar
-de hito en hito á las estrellas; mirándolas, pensaría muchas cosas;
-me acordaría de mi infancia, de mi madre, de mi Dios, á quien adoré
-de niño, á quien olvidé de joven y á quien busco de viejo; y pensando
-estas cosas, no me olvidaría de ti, no, eso es imposible; sino que,
-mezclándote con todas ellas, poniéndote sobre todas, viendo bien claro,
-como lo vería, que las distancias de este mundo así en el espacio
-como en el tiempo, como en las formas, como en los sentimientos, son
-aparentes, y que todo acaba por juntarse, entenderse y quererse, viendo
-esto, me consolaría, y resignado, me pondría á estudiar mucho, mucho,
-para amar mucho y esperar mucho, y tener la seguridad de acercarme á ti
-al fin y al cabo, no sé dónde, ni sé cuándo, pero algún día, en algún
-lugar, donde Dios quisiera.
-
-“Cuando Eufemia me oyó hablar así, no replicó; pero cerró los ojos y se
-quedó sintiendo y pensando todas esas cosas inefables que pasan por su
-alma en algunos momentos de extática contemplación. Cuando despertó
-de su embeleso, que bien habría durado una hora, me dirigió una dulce
-sonrisa y me dió un abrazo; pero nada dijo. ¿Qué había de decir? Me
-había comprendido, había penetrado la sublimidad de mi amor: eso
-bastaba.
-
-“Aquella tarde vino á buscarla su primo González para ir á la Casa de
-Campo: ella no quería ir, pero al fin consintió á una insinuación mía,
-y se despidió de mí como si fuera al otro mundo. Y era que en aquel día
-inolvidable estaban tan unidas nuestras almas, que toda separación era
-dolorosísima.
-
-“El alma de mi Eufemia es éter puro. ¡Cómo la quiero! Ella me inspira
-este buen ánimo que necesito para seguir, sin desmayar, en la
-formidable obra emprendida; quiero acabar para siempre con toda clase
-de pesimismo; quiero poner en su punto y en lo cierto la dignidad de
-la vida, la perfección de lo creado y la evidencia con que se presenta
-á mis ojos la finalidad de todo lo que existe, finalidad real á pesar
-del constante progreso y de la variedad infinita. Voy ahora á esperar á
-Eufemia, que debe de volver con su primo de los toros. Llevarla á los
-toros ha sido demasiada exigencia; pero como la otra vez yo la reprendí
-porque no era más amable con González, en esta ocasión se anticipó la
-pobrecita á los que consideraba mis deseos. ¡Como no vuelva desmayada!”
-
-Lo que va entre comillas es extracto de un diario inédito.
-
-
- IV
-
-Ello es que el primo se había declarado á la prima. Había hablado él
-también de amores que en el cielo empiezan y siguen en la tierra; del
-más allá y del algo desconocido, trinando principalmente contra el
-derecho civil vigente y los matrimonios desiguales.
-
-Que Eufemia quería á Pánfilo no debía ponerse en tela de juicio, y no
-se puso. No lo hubiera consentido Eufemia, para la cual era axiomático:
-primero, que su esposo era un sabio, y segundo, que ella le quería como
-á las niñas de sus ojos.
-
-En vista de que el dogma era inalterable, Héctor procuró barrenar la
-moral, obrando como un sabio mucho mayor que su primo.
-
-La mujer siempre es un poco protestante: piensa que _fides sine
-operibus_ vale algo, y que á fuerza de creer mucho, se puede compensar
-el defecto de pecar no poco.
-
---Tu marido es un sabio, convenido; pero ¿y eso qué?--Esto dijo
-el primo, que fué como leer en el ya citado fuero interno de
-Eufemia.--Supongamos que tú te enamoras de otro hombre que sólo sepa
-lo que Dios le dé á entender, ¿bastará la sabiduría de tu marido para
-evitar lo inevitable?
-
-Eufemia no tenía qué contestar.
-
-De hipótesis en hipótesis, llegaron los primos
-
- Al puente que separa
- Á Eva inocente de Eva pecadora.
-
-
- V
-
-Dejábamos al doctor Pánfilo entre San Marcos y la puente.
-
-Era una tarde de Mayo. Pánfilo escribía la última cuartilla de su obra,
-que iba á ser inmortal y que se titulaba: _Eufemia. Investigaciones
-acerca de la dignidad y finalidad racional de la vida humana.
-Endemonología aplicada, basada en una arquitectónica racional de la
-biología psíquica, especialmente la prasológica._
-
-Un rayo de sol, que entraba por la ventana, caía sobre el papel que iba
-emborronando el doctor. Escribía esto: “... Tal ha sido el propósito
-del autor; demostrar con argumentos tomados de la realidad viva que el
-predominio de la felicidad se observa ya hoy en nuestras sociedades
-civilizadas, sin necesidad de recurrir á la hipótesis probable, pero no
-necesaria, de ulterior sanción de otros mundos mejores. Debe, sí, el
-filósofo recurrir á la experiencia, pero no fijando sólo su examen en
-la propia individual; pues nada significa el apasionado testimonio del
-que lamenta desgracias peculiares; hay otra experiencia, que una sabia
-y bien ordenada estadística moral y civil puede suministrarnos, y en
-ella podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que sea lo que quiera de
-la propia fortuna...”
-
-Al llegar á “fortuna”, sintió el filósofo que le sacudían el papel.
-
-Era Merlina, la galguita de mi cuento, que se había subido á la mesa y
-se paseaba arrogante sobre _Las investigaciones acerca de la dignidad_,
-etcétera, etc.
-
-Pánfilo suspendió su trabajo. Un recuerdo dulcísimo, el más querido de
-su vida, le trajo lágrimas á los ojos.
-
-Á Merlina debía el doctor su felicidad propia, individual, sin
-necesidad de endemonologías ni de arquitectónicas biológicas, sólo
-por una casualidad, por una indiscreción de la perra, según frase de
-Eufemia.
-
-Embelesado por este recuerdo, se estuvo el doctor largo rato pasando la
-mano izquierda por el lomo de Merlina.
-
-La galguita se dejaba querer. Pero de pronto dió un brinco; saltó de
-la mesa á la ventana, y apoyó las patas delanteras sobre un tiesto.
-Las orejas se le pusieron muy tiesas, y aulló Merlina con señales de
-impaciencia. Parecía que deseaba arrojarse por la ventana.
-
-Se levantó de su poltrona el doctor para ver lo que causaba tal
-impresión en su galguita.
-
-En el jardín, dentro de la glorieta, Héctor González y Eufemia Rivero
-y González representaban en aquel momento la escena culminante de
-_Francesca da Rimini_.
-
-Pánfilo oyó el chasquido de... El lector puede imaginarse qué clase de
-chasquidos se usan en tales casos.
-
-El autor de las _Investigaciones_ retrocedió instintivamente, se
-desplomó sobre el sillón y ocultó la cabeza entre las manos.
-
-Cuando volvió al sentido y abrió los ojos, vió delante, en un papel
-blanco, unas palabras, que se le antojaban escritas con una tinta de
-color de rosa.
-
-Leyó: “... podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que, sea lo que
-quiera de la propia fortuna...”
-
-Pánfilo cogió con gran parsimonia la pluma, y concluyó el párrafo: “...
-la humanidad, en conjunto, prospera, y es feliz en esta tierra con la
-conciencia del progreso y del fin bueno que aguarda al cabo á todas
-las criaturas. Para el que sepa elevarse á esta contemplación del bien
-general, como el más importante aun para el propio interés, bien puede
-decirse que el cielo comienza en la tierra”.
-
-Pánfilo había terminado su obra, la obra de su vida entera, la que le
-había gastado el cerebro y los ojos.
-
-Por cierto que sintió en ellos algo extraño; miraba á todas partes,
-y aquel matiz halagüeño que veía en la tinta, dominaba en todos los
-objetos.
-
-¡Pobre doctor! Se había declarado la enfermedad cuyos síntomas no había
-conocido: el Daltonismo.
-
-Desde aquel día Pánfilo todo lo vió de color de rosa.
-
-NOTA. Pánfilo, en griego, viene á ser el que todo lo ama.
-
-Lo cual en castellano significa: Quien más pone, pierde más.
-
-En cuanto á Eufemia, siguió viviendo convencida: primero, de que su
-esposo era un sabio; segundo, de que amarle era su obligación.
-
-El dogma era el mismo siempre: sólo se había relajado la disciplina.
-
-
-
-
- LOS SEÑORES DE CASABIERTA
-
-
-¡Pero estos señores de Casabierta no tienen vida privada!
-
-Así se explica lo que le sucedió con ellos á don Eufrasio Paleólogo,
-presidente del Casino de Villapidiendo, gran lector de periódicos y
-elector nato del señor de Casabierta, candidato nato también á la
-Diputación de Villapidiendo.
-
-Pues señor, vino á Madrid Paleólogo á unos asuntos del común, ó del
-procomún, como él cree que se dice; y claro, en seguida, es decir, en
-cuanto se dejó dar lustre á las botas en la Puerta del Sol, junto al
-Imperial, se dirigió á casa del señor de Casabierta.
-
-¡Entró!--El señor no está... Ya, ya lo sé; pero de seguro está la
-señora.--Caballero, ¿usted qué sabe?--Hombre, sepa usted que trata con
-una persona ilustrada que lee los periódicos y tiene coleccionados
-en un tomo los artículos de Almaviva... La señora se levanta á las
-nueve; hace su _toilette_--usted no sabe lo que es eso--hasta las
-diez; toma un piscolabis, que consiste en una copa de jerez seco, y
-versos de Grilo, mojados en el jerez. Á las once recibe en el salón
-verde, que tiene una consola Pompadour, una chimenea de la Regencia...
-de Espartero y muchos platos allá cerca del techo. Como si lo viera,
-hombre, como si lo viera. Ea, déjeme usted pasar.--Por aquí, caballero,
-por aquí.--No, señor, voy bien; los íntimos entran por aquí: á mí me
-recibirá en su _boudoir_ chocolate claro, color serio, propio de señora
-leída al par que _dettachée_ de las vanidades del mundo. ¿Usted qué
-se figura, hombre de Dios, que en Villapidiendo no sabemos francés
-españolizado y entrar en el _boudoir_ por donde entran _les intimes_, y
-en francés como ellos?
-
-En efecto, Paleólogo, que fué carlista y estuvo emigrado, sabe su
-poquito de francés, y lo que no, lo aprende en Almaviva, Ladevese,
-Blasco, Asmodeo y otros escritores del Instituto. Es un alcalde á la
-moderna, con la facha de Luján alcalde; pero tan fino como Sardoal
-cuando era del Ayuntamiento.
-
-_En fin_, ó finalmente, como decían los italianos en la Comedia,
-Paleólogo ya está sentado frente á la señora de Casabierta.--Casabierta
-no está en casa. Ha ido...--Sí, supongo que habrá ido á afeitarse; es
-la hora precisamente.--Sí, señor; antes venía el barbero á casa...--Sí,
-ya sé; pero desde que le cortó aquel poquito de oreja de que hablaron
-los periódicos... ¡pícaros barberos!, ya no hay clases... ¡y qué versos
-tan hermosos los que hizo su oreja de usted, digo, no, su hija de
-usted, la rubia, la Pilarita, al cacho de oreja de su papá difunto, el
-cacho se entiende.--¿Usted los conoce?--Toma, y los sé de memoria...
-¡si los publicaron cinco periódicos! Y diga usted ¿qué es de él?--Creo
-que está en Córdoba.--¿El cacho de oreja?--No, señor, Grilo; creí que
-hablaba usted de Grilo, que fué el que improvisó los versos de la
-niña.--Bien, lo mismo me da; ¿y qué es de Grilo?--Pues ayer comió
-aquí.--Pero ¿no dice usted que está en Córdoba?--Bien, pero eso no
-quita.--¿No quita? (¡Y este Almaviva que no explica estas cosas!) ¿Y el
-ojo de gallo de usted, señora?--Tan robusto.--Hace días que no hablan
-de él las crónicas de salones.--¡Es un ojo de gallo muy modesto!--Es
-moda ser modesto, pero decirlo, porque si no como si no se fuera. ¿Y
-qué tal les han sentado á ustedes las anguilas del _lago Tiberiades_
-del miércoles?--¡Cómo! ¿Usted sabe que comimos anguilas el miércoles?
---Sí, señora, por los periódicos. Las anguilas no tienen vida privada. Á
-propósito, señora, ¿es verdad que la viudita de Truchón ha tenido un
-tropiezo?--No, señor; ha tenido un hijo, pero nadie lo sabe.--Dispense
-usted, señora, yo lo sabía; pero creí que se trataba ya de otro, es
-decir, de otro lance. Ése que usted dice le refirieron los periódicos
-de la manera más discreta. En Villapidiendo nadie cayó en la cuenta
-más que yo, y por eso no comprendieron aquel sueltecito que decía: “La
-señora viuda de Truchón ha tenido que guardar cama. Celebraremos que la
-interesante viuda se restablezca pronto”. Dicen que demostró gran valor
-durante la crisis de la enfermedad, ó como dijo el clásico:
-
- “En aquel duro trance de Lucina...”
-
-por eso sé yo que parió sin novedad, porque conozco la Mitología y
-conozco á la viuda.--¿Usted la ha tratado?--Á la Mitología no, ni á la
-viuda tampoco. Pero leo; algo se sabe, y he visto tantas crónicas con
-alusiones transparentes á sus transparentes gracias y costumbres... que
-algo se ha transparentado.
-
-(_Pausa._) ¡Oh, señora, feliz la honrada madre de familia que puede dar
-á luz, á la prensa, como quien dice, todos los hijos que quiere! ¡Todas
-las hojas literarias de los periódicos estaban consagradas el lunes al
-rorro de usted. ¿Cómo está, cómo está el muñeco?--¡Hermosísimo!--¿Y
-es cierto que tiene esa inteligencia que dice el revistero
-_Begonia_?--Pues ya lo creo, y más.--Qué saladísimo estaba Ricardo
-Flores, el que firma _Cardoenflor_ (por imitar á Fernanflor, que no
-me gusta porque habla poco de salones), qué gracioso estaba Ricardito
-contando las travesuras de su bebé de usted durante la ceremonia del
-bautizo.--Está gracioso, pero calumnia al muchacho.--Sí, dice que antes
-que le hicieran cristiano tenía en la iglesia cara de aburrido como
-un perro ó como un librepensador.--El revistero no sabe que los niños
-no entran en la iglesia hasta que les echan los demonios fuera del
-cuerpo.--Pero lo mejor son los versos de Cigarra, el chiquitín junto á
-la pila bautismal. Los sé de memoria:
-
- «En la pila bautismal
- todo el Jordán se refleja,
- te moja el cura la oreja
- y ya estás libre del mal.
- El acto sacramental
- mata en tu pecho el pecado
- y se abre regenerado,
- como rosa alejandrina,
- tu ser á la fe divina,
- pues de pila te ha sacado
- el ministro de Marina,
- en el acto acompañado
- de más augusta madrina.»
-
---¡Hermosa décima! ¿Verdad usted?--Décima precisamente, no,
-señora.--Bien, ya lo sé, es la _docena del fraile_, un nuevo género de
-décimas de trece versos, que ha inventado Cigarra, para que cupiesen
-el ministro de Marina y la madrina más augusta. Ya ve usted, por verso
-más ó menos no habíamos de ser unos mal criados.--No cabe duda; y
-más vale que sobre que no que falte.--Á propósito de versos, señor
-de Paleólogo. Me va usted á sacar de un apuro. Aquí en casa vamos á
-representar una comedia, pero nos falta un personaje. ¿Sería usted tan
-amable?...--Señora, yo no soy personaje más que en Villapidiendo...--No
-importa, ¿quiere usted _crear el papel_ de Cocupassepartout?--Señora;
-mucho crear es, pero si no hay otro Cocu... yo lo haré, como se hacen
-esas cosas en Villapidiendo.--¡Oh, gracias, gracias!--Por supuesto,
-¿usted sabe francés?... Condición indispensable.--Pero qué, ¿vamos á
-representar en francés?--No, señor, en castellano, es una traducción
-de Fois Grass, el corresponsal del _Bombo_ en París... y ya ve usted,
-hace falta dominar el francés... para pronunciar correctamente
-los galicismos.--¿Y cómo se llama la comedia?--Espere usted... se
-llama...--¡Ah! ya sé, lo he leído ayer en los periódicos, se llama:
-_Á qué sueñan las jóvenes hijas_, es un fusilamiento de Musset. Pues
-cuente usted conmigo. Por supuesto, ¿hablarán los periódicos de los
-ensayos?--Ya lo creo, hombre; hablarán _por encima del mercado_...
-
-Paleólogo se despidió. Eran las once y quince. Sabía por los periódicos
-que era la hora de inspeccionar la lactancia de Bebé.
-
-Si el lector quiere, volveremos á visitar á los señores de Casabierta
-con el presidente del Casino de Villapidiendo, y acaso veamos la
-comedia de Fois-Gras..., si se logra.
-
-
-
-
- EL POETA-BUHO
- HISTORIA NATURAL
-
-
---Señorito, un caballero quiere hablar á usted.
-
---¿Qué trazas tiene?
-
---Parece un empleado de _La Funeraria_.
-
---¡Ah! Ya sé quién es: es don Tristán de las Catacumbas. Que pase.
-
-Y entró don Tristán de las Catacumbas, á quien conozco de haberle
-pagado varios cafés sin leche. Es alto, escuálido, cejijunto, lleva la
-barba partida como Nuestro Señor Jesucristo, tiene el pelo negro, los
-ojos negros, el traje negro y las uñas negras. Lo único que no tiene
-negro son las botas, que tiran á rojas.
-
-Me dió un apretón de manos, fúnebre como él solo; el apretón de manos
-del Convidado de Piedra. Hay hombres que aprietan la mano como una
-puerta que se cierra de golpe y nos coge los dedos. Es su manera de
-probar cariño.
-
-Don Tristán habla poco, pero _lee_ mucho. Es un poeta inédito, de viva
-voz; si se le pregunta cuántas ediciones ha hecho de sus poesías,
-contesta con una sonrisa de muerto desengañado: “¡Ninguna! Yo no
-imprimo mis versos: no hago más que leerlos á las almas escogidas”.
-Para él son almas escogidas todas las que le quieren oir. Calculando el
-número de veces que ha leído sus versos, dice don Tristán, usando de
-un tropo especial, que consiste en tomar el oyente por el lector que
-compra el libro, que sus _Ecos de la tumba_ han alcanzado una tirada de
-nueve mil ejemplares. Quiere decir que los ha leído nueve mil veces á
-nueve mil mártires de la condescendencia.
-
---Pues señor Clarín, sabrá usted cómo he escrito otro libro de poesías
-y vengo á leérselo á usted.
-
---¿Entero?
-
---Y verdadero; sí, señor. Pero tiene cuatro partes; leeremos una cada
-día, y en cuatro sesiones despachamos. Quiero saber su opinión de
-usted, porque aunque á mí la crítica epitelúrica me importa un bledo,
-porque yo tengo el pensamiento puesto en lo alto (y señalaba al techo),
-como esta vez acaso me anime á dar mi obra á la estampa, si se muere un
-tío mío, á quien ya he dedicado un canto fúnebre...
-
---¡Ah! pues cuente usted con ello.
-
---¿Con qué?
-
---Conque se morirá su tío de usted.
-
---Eso creo; pues decía que si el tío me deja, agradecido, unos cuartos,
-imprimo el libro; y en tal caso espero que usted me tratará como
-merezco. Yo no pido más que justicia. Lo que quiero es que usted _se
-penetre_ de esta poesía y no hable sin enterarse. Lo mejor para esto es
-que yo mismo lea mis versos y le haga fijarse en sus transcendentales
-pensamientos.
-
---¿Sabe usted?... Me espera el barbero... Tengo una barba de tres días.
-
---¡Ah! ¿Usted se afeita?--exclamó el de las Catacumbas con acento de
-compasión... Que espere el barbero... Oiga usted la primera parte
-siquiera. El libro se titula _El Requiem eterno_. Primera parte:
-“Idilio del subsuelo”.
-
---Le advierto á usted que el subsuelo es del dominio del Estado...
-
---El subsuelo es aquí el del cementerio. La segunda parte, que
-leeremos otro día, se titula “Fuegos fatuos”; la tercera, “Responsos
-de mi lira”, y la cuarta, “Rimas de luto”. Le advierto á usted que yo
-prescindo de la forma.
-
---Hace usted bien; yo que usted, prescindiría de todo, hasta de la
-madre que me parió...
-
---Prescindo de la forma y me voy al fondo.
-
---Sí, ya sé; al fondo de la tumba. Es usted el topo de la poesía...
-
---¡Bonita frase! Ahora oiga usted... Primera parte: “Idilio del
-subsuelo”.
-
-
- I
-
- Llegaron los gusanos
- á devorar su corazón de cieno;
- en su sangre cebáronse inhumanos,
- y los mató el veneno.
-
---¿Qué tal?
-
---Que les está bien empleado. ¿Quién les manda ser _inhumanos_ á esos
-gusanillos?
-
---Esto de llamar inhumanos á los seres irracionales, no es cosa mía; lo
-he visto en un poeta que lee en el Ateneo.
-
---No; si yo no me quejo. Ya ve usted: á mí, ¿qué me importa? Yo no soy
-gusano.
-
---Continuemos.
-
-
- II
-
- La llevaban á enterrar...
-
---Como á la Constitución.
-
- --La llevaban á enterrar
- en un ataúd muy ancho,
- en el que llevan á todos
- los difuntos de aquel barrio.
- El cadáver se movía
- con los tumbos que iba dando.
- Yo les hallé en el camino.
- --Detened, les dije, el paso.
- No va _completo_ el vehículo,
- aún hay sitio para ambos;
- llevadme también á mí
- que yo la carrera pago;
- poco hay desde aquí á la muerte,
- el viaje no será caro...
-
---¿Y le enterraron á usted?
-
---No, señor; todo eso es un decir.
-
-
- III
-
- Exhumaron su cadáver,
- lleváronlo al panteón...
-
---¿Ésos habrán sido los progresistas?...
-
---¡Silencio!
-
- En el campo santo humilde
- sólo la tumba quedó,
- y en el hueco de la tumba
- enterré mi corazón.
-
-Oiga usted ahora el IV. Y me leyó todos los números romanos posibles;
-cuando terminó la primera parte, olía á difunto.
-
---¿Qué opina usted? Así, en conjunto...
-
---Opino que debe usted esperar, para publicar su _Requiem eterno_,
-alguna ocasión solemne... por ejemplo, sería de mucha actualidad en el
-día del juicio...
-
---Eso es muy tarde...
-
---Bueno, pues cuando se inaugure la Necrópolis...
-
---Señorito, el barbero espera en la antesala.
-
---Dígale usted que se vaya, que hoy ya me ha hecho la barba este
-caballero...
-
-
-
-
- DON ERMEGUNCIO Ó LA VOCACIÓN
- DEL NATURAL
-
-
-¿Cuándo y por qué se empezó á hablar de don Ermeguncio en los
-periódicos? Nadie lo sabe; yo sólo puedo asegurar que yo siempre oí
-llamarle literato distinguido.
-
-La vez primera que su nombre significativo sonó en mis oídos, por lo
-demás era ya famoso, fué con motivo de unas oposiciones á una cátedra
-de Psicología, Lógica y Ética. Sí; yo lo vi en la _Gaceta_; estaba el
-último en la lista de jueces. Don Ermeguncio de la Trascendencia, autor
-de obras; don Ermeguncio era, pues, ya por aquel entonces autor de
-obras.
-
-Eran los tiempos en que mandaban los krausistas. Por aquella época todo
-se dividía en parte general, especial y orgánica. Don Ermeguncio había
-escrito una _Memoria sobre el arte de extirpar los caracoles en las
-huertas_; y una _Sociedad de Antropología general_ le dió un _accésit_
-por su trabajo, que se dividía, no faltaba más, en parte general,
-especial y orgánica. Ignoro por qué una Sociedad de Antropología
-perseguía los caracoles; pero consigno un hecho.
-
-Otra vez le _adjudicaron_ á Trascendencia una _rosa natural_, que
-le tuvieron que mandar á Madrid desde Alicante. La había ganado en
-un certamen escribiendo una oda en verso libre. _Á la influencia de
-las bibliotecas populares en el adelanto general de la cultura._ Por
-supuesto, la oda iba también dividida en parte general, especial y
-orgánica.
-
-Por estas dos producciones principalmente llamaba la _Gaceta_ autor de
-obras á don Ermeguncio de la Trascendencia.
-
-Primero faltaba el sol que don Ermeguncio dejase de asistir á la clase
-de todos los catedráticos que habían sido ó estaban á punto de ser
-ministros. Él ya era doctor; ¡pero amaba tanto la ciencia!
-
-Desde que fué juez de oposiciones, Trascendencia se creyó en sazón para
-considerarse, sin prejuicio ni sobrestima, un hombre importante, de la
-clase de los sabios, subclase de los filósofos.
-
-Pero vino Pavía y el sistema filosófico de don Ermeguncio se disolvió
-como el Congreso. Aquella crisis de la política coincidió con una
-crisis económica de Trascendencia.
-
-Los _sucesos_ le cogieron sin un cuarto. Comprendió que no había
-modo de sacarle jugo á la filosofía con la nueva situación. En
-la Universidad ya no se hablaba del _concepto_ de nada, en los
-periódicos todo se volvía personalidades, politiquilla vil y
-rastrera.--Apliquemos--se dijo--la filosofía á la vida real, á la
-actividad de los intereses temporales, en una palabra, hagamos
-filosofía de la historia.--Y por recomendaciones de un ex
-ministro entró en una redacción en calidad de redactor de fondos
-filosófico-políticos y revistero de libros y teatros. Sus artículos
-se titulaban _La política esencial_, _El formalismo político_, _Más
-principios y menos personas_, etc., etc. Pero nadie los leía, ni
-el corrector de pruebas, que dejaba pasar todos los perjuicios de
-los cajistas en vez de los _prejuicios_ de don Ermeguncio. Una vez
-hablaba el redactor de la infinita bondad de Dios, y los cajistas
-pusieron la infinita bondad de Díaz, produciendo una especie de
-antropomorfismo que estaba Trascendencia muy lejos de profesar.
-Estas erratas le desesperaban, pero su pena era ociosa, porque nadie
-leía sus artículos.--Casi me remuerde la conciencia--se decía--de
-cobrar trabajo tan inútil; porque no está el país para esta política
-fundamental.--Ignoraba el mísero Trascendencia que en aquella redacción
-no se cobraba. Al redactor que pedía el sueldo se le echaba á la calle
-por insubordinado.--¡Cómo!--exclamaba el director--¿usted piensa que
-aquí nadamos en oro? ¿Que vivimos de subvenciones? No, señor; aquí
-se juega trigo limpio.--Ni limpio ni sucio, porque no había trigo.
-Don Ermeguncio tuvo que convencerse de que en España el periodista
-suele ser tan filósofo como el primero en lo de no cobrar.--¡Y para
-esto--gritaba comiéndose los codos,--para esto abandoné yo mis trabajos
-especulativos y mis visiones poéticas!--Y suspiraba pensando en sus
-estudios de antropología y en su oda á la influencia.
-
-Así pasó mucho tiempo, esperando la edad _de la armonía_, como él
-llamaba al primer pronunciamiento que le trajese á los suyos, y fumando
-pitillos _prestados_. Sí, prestados, porque Trascendencia, con el
-hambre sentía una ansia de chupar que estaba muy por encima de su
-presupuesto, y tuvo que arrojarse á naufragar en una inmensa deuda
-flotante de tabaco rizado. Era un préstamo de consumo que le hacían
-gustosos sus admiradores, á los que prometía pagar con creces cuando
-él fuera á Filipinas á arrancar la enseñanza pública de las garras
-de los frailes y á arreglar la cuestión del tabaco. Don Ermeguncio
-asistía al café de París después de comer (los demás), y asistía allí
-porque economizaba medio real... á sus amigos. En cambio, _en papel_
-les gastaba el oro y el moro. Pero ¡qué importaba, si sabía tanto y era
-amigote de don Pedro y de don Juan, unos personajes que le tuteaban!
-
-Uno de sus _estanqueros_, como él los llamaba en broma, le ofreció
-cierta noche una canongía: una correspondencia _pagada_ para un
-periódico de provincias. El periódico se llamaba _El Faro de Alfaro_.
-Á pesar de la cacofonía del título y de lo cursi de la redacción,
-Trascendencia aceptó los doce duros mensuales y la carta diaria sobre
-política, ciencias, artes, agricultura, y especialmente todo lo
-relativo á los intereses del país, tal como insultar á los diputados de
-la provincia por su morosidad, etc., etc. Además había que hablar mucho
-del Ateneo, de los estrenos y decir chistes, terminando siempre con _le
-mot de la fin_, como los periódicos de París.
-
-Muy de otro modo entendía Trascendencia la misión del corresponsal
-concienzudo; pero hubo de transigir, y olvidando que llevaba dentro de
-sí al autor de la oda á la influencia, y al juez de oposiciones, se
-puso á escribir su primera carta al director de _El Faro de Alfaro_.
-
-La primera dificultad con que tropezó fué que no sabía dónde estaba
-Alfaro, ni si era puerto de mar, ignorancia muy común en filósofos y
-literatos españoles. Su amigo, que era de allí, y por eso lo sabía, le
-enteró de todo, y le dijo _además_ que á quien había que dar de firme
-era al alcalde; porque llamarle bruto desde el pueblo no tenía gracia;
-pero diciéndolo desde Madrid era cosa de que él mismo lo creyese. En
-fin, don Ermeguncio empezó:--Señor director...
-
-¿Pero qué le iba él á hablar á un director que pedía noticias frescas
-de todo: de la Bolsa, del Congreso, y así discurriendo, hasta noticias
-frescas del pescado fresco? Trascendencia no sabía nada de nada. Le
-faltaba ropa decente para entrar donde se pescan las noticias; no
-conocía á nadie, y si preguntaba algo, le engañaban de fijo.--Pero,
-¿qué le importará á esta gente saber los chismes de Madrid? ¿No les
-basta con los de su pueblo? ¡Cuánto mejor les estaría que yo les
-hablase de los adelantos de la psicología, que ahora resulta ser puro
-monismo (de esto hace años) y que les diese mi opinión acerca de la
-religión de los animales, opinión que acabo de adquirir en la Revista
-positiva!--Pero no había remedio; había que someterse á las exigencias
-de la preocupación vulgar, y Trascendencia inventó un sistema: copiar
-el _Diario de Avisos_, para la sección de intereses materiales, y _La
-Correspondencia_ para la de intereses morales; pero lo que copiaba de
-_La Correspondencia_ lo ponía en cuarentena, y con tan plausible motivo
-dejaba á la juguetona musa de los chistes hacer de las suyas. ¡Qué tal
-serían los chistes de Trascendencia que ni á él mismo le hacían bendita
-la gracia! En cuanto á _le mot de la fin_ lo copiaba de _Charivari_ y
-del _Fígaro_ alternativamente.
-
-Otra gravísima dificultad para don Ermeguncio era que no sabía empezar
-nunca á hablar de lo que debía. Que se habían descubierto unas carpetas
-falsas; pues empezaba así la carta al _Faro de Alfaro_:
-
-“Señor director: El hombre es un compuesto de alma y cuerpo; de aquí
-que esté íntimamente ligado con la naturaleza y tenga necesidades
-económicas; la esfera propia de la actividad económica en el Estado en
-lo que se llama hacienda pública...” y por ahí adelante; cuando llegaba
-á hablar de las carpetas, ya no cabía la carta en el periódico.
-
-Llegó la hora de cobrar. Giró, y la letra volvió protestada. _El Faro
-de Alfaro_ había muerto. Los suscritores no querían un periódico que
-no sabía más noticias de Madrid, sino que todo lo real es racional y
-viceversa, según Hegel.
-
-Trascendencia volvió los ojos al teatro. Era preciso regenerar la
-decadente dramática y hacerse unos pantalones, porque los puestos se le
-caían á pedazos. Al fin en el teatro se cobra.
-
-Escribió un drama que se titulaba... _Prejuicios contra prejuicios._
-
-El empresario del Español preguntó á don Ermeguncio:
-
---¿Qué significa esto? Querrá usted decir: “Perjuicios contra
-perjuicios”, y aun así no se entiende muy bien.
-
---¡Dale! ¡Lo de siempre! No, señor; prejuicios contra prejuicios quiero
-decir.
-
---Bueno, pues dígalo usted; pero no será en mi teatro donde se estrenen
-esos prejuicios que usted dice, y que yo tengo por perjuicios para mí.
-
---Le cambiaré el título á la obra.
-
-Y volvió con ella al teatro: ahora se llamaba _Antítesis de la vida_.
-
---Déjela usted ahí--dijo el empresario.
-
-Y allí se pudrieron las antítesis. Don Ermeguncio de la Trascendencia,
-que hasta entonces había creído que el mal es accidental en la vida y
-debido sólo á nuestra finitud, comenzó á darse á todos los diablos del
-infierno, aunque no los llamaba por su nombre, porque él no creía en la
-demonología ni en la angelología. De lo que él estaba seguro era de que
-había nacido con la suerte más perra del mundo.
-
---Indudablemente yo no soy de mi siglo. Feliz el señor Núñez de Arce
-que es de su siglo, como dice en sus versos; yo no, yo no debía haber
-nacido hasta que llegara la edad de la armonía. Uno de esos poetas que
-persiguen el ideal, y de camino el turno pacífico, consiguen al cabo el
-turno, aunque el ideal sea inasequible. Pero yo no consigo nada.
-
-Ermeguncio hizo el último esfuerzo.
-
---Voy á escribir--se dijo--una obra inmortal de filosofía; se la llevo
-á un editor, y si me la paga, como, y si no, que él se las arregle con
-el fallo inapelable de la historia.
-
-Y dicho y hecho. Comenzó á llenar pliegos y más pliegos de filosofía,
-y cuando tuvo escritas dos mil páginas de investigaciones ascendentes
-y otras dos mil de las descendentes, se presentó á un editor que á la
-sazón publicaba _El latente pensante_, traducido al chino.
-
-El editor era muy bruto. Esto no tiene nada de particular.
-
-Siempre había tenido un criterio muy raro para las obras del ingenio
-humano en siendo escritas. Él había sido maestro de escuela, y nadie le
-sacaba de sus trece: el mejor escritor es el que mejor escribe. Esto
-pensaba Sánchez el editor, aunque no se atrevía á decirlo, porque la
-opinión general era muy distinta.
-
-Don Ermeguncio le presentó sus resmas de filosofía ascendente y
-descendente, y ya temía que Sánchez se las tirase á la cabeza, cuando
-notó que el concienzudo editor abría los ojos y la boca, tan asombrado
-como podía estarlo un partidario de Torío, que ya no esperaba ver una
-gallarda letra bastardilla en lo que le quedaba de vida.
-
-Sánchez dejó sobre la mesa la filosofía de ida y vuelta con el respeto
-con que el sacerdote deja el copón en el sagrario, y abriendo los
-brazos, cerrólos después que tuvo entre ellos, y le apretó á su gusto,
-al autor insigne, al escritor de los escritores, al escritor de mejor
-letra que había conocido.
-
---¡Esto es escribir, esto es escribir, y lo demás son
-cuentos!--exclamó Sánchez; esto es Torío puro, Torío sin mezcla.
-Usted conserva la buena tradición; usted es mi hombre. Esto no se
-imprimirá como cualquier libro con letra de molde; esto se conservará
-en litografía; esto debe pasar á la inmortalidad como monumento
-caligráfico. Y usted, joven ilustre, flor y nata de los pendolistas, el
-mejor escritor del mundo, usted tendrá casa y mesa, y dinero para el
-bolsillo, y el oro y el moro, porque yo le tomo á usted á mí servicio;
-usted será mi secretario, mejor dicho, mi escribiente.
-
-Trascendencia dudó entre matar á aquel hombre, incapaz de comprender su
-sistema, ó aceptar la plaza que le ofrecía.
-
-Y siendo filósofo de veras por la primera vez en su vida, dijo:
-
---Seré su escribiente de usted.
-
---Pero júreme usted conservar estos perfiles, estos rasgos, esta santa
-y pura tradición de Torío...
-
---Lo juro.
-
-Y Ermeguncio vivió feliz, cobró á toca teja, y no volvió á pasar
-hambres ni filosofías.
-
-Al fin había seguido la vocación.
-
-Había nacido para escribiente.
-
-
-
-
- NOVELA REALISTA
-
-
-Apuntes de la cartera de un suicida:“--He venido á Z... á bañarme
-y á resucitar la muerta poesía del corazón. He dado trece baños,
-número fatal, y hoy me decido á quedarme en el agua. He cogido la
-sábana como si fuera un sudario; el calzoncillo de punto me lo he
-puesto como quien se viste la mortaja. Al pasar bajo el balcón del
-célebre doctor Sarcófago le he visto apoyado sobre el antepecho.
-Fumaba tranquilo, de bata, calzando babuchas tan holgadas y tan
-poco cristianas como su conciencia. Eran babuchas berberiscas. El
-doctor me ha saludado sonriente.--¡Corto, corto! gritaba, ya se lo
-tengo á usted dicho.--Quería decir que el baño durase poco.--¿Baño de
-impresión, no es eso?--Sí, de impresión.--Así será en efecto. ¡Un
-baño de impresión!--Escribo en la casa de baños. Es decir, en la
-capilla. ¡Acabo de fumar un cigarro del estanco y de leer un número
-atrasado de _La Correspondencia_! El cielo está nublado, llueve, hace
-frío, el agua está como dormida, en la sucia playa se abaten las olas
-sobre montones de inmundicia. Parece esto un lavadero público. Todo
-es triste, insignificante, sucio. Allí está don Restituto, con el
-agua al cuello, aunque sólo le llega á las rodillas; pero su esposa
-doña Paz está á su lado, mejor sobre sus costillas, y don Restituto,
-mísero Atlante con 8.000 reales de sueldo, sufre en los hombros la
-inmensa pesadumbre de su cara mitad. Una mitad leonina. ¿Y qué me
-importa á mí esto? Nada. Y sin embargo, la presencia de doña Paz me
-turba, y mi deseo de morir es más vehemente contemplando esta cópula
-canónica y civil que se llama ante el mundo matrimonio, y en el
-hogar es la explotación del hombre por el histérico. Doña Paz tiene
-histérico, última _ratio_ de la machorra. ¡Machorra! Palabra grosera,
-sarcástica, que el Diccionario autoriza. En Madrid don Restituto
-es mi subalterno. Yo cobro algo más que él, soy su jefe. Y yo soy
-soltero, ni fumo, ni bebo. Don Restituto bebería, fumaría, si tuviese
-dinero y no tuviese á doña Paz. Mi subalterno y su esposa han venido
-á baños conmigo por una de esas casualidades terribles de que está
-la vida llena. Aburrido de Madrid, muerto de calor, soñando con la
-poesía de mi juventud, me introduje en un coche de primera, olvidado
-de todas las cosas prosaicas de la vida, con el anhelo del ideal. De
-pronto abren la portezuela.--¡Está lleno!--estuve por gritar. Y era
-verdad; estaba lleno el mundo, cuanto más el coche, de los fantasmas
-de mis ilusiones. ¿Qué falta me hacía á mí un compañero de viaje que
-probablemente tendría ese reloj del ferrocarril que se llama la Guía,
-y que en España sólo sirve para convencerse de que ningún tren llega
-á debido tiempo á ningún sitio? Un compañero de viaje que me daría
-las buenas tardes y después me miraría sonriente como anuncio de una
-amistad que allí mismo iba á empezar (porque la gente que viaja poco
-cree en las amistades del viaje y las procura). Lo primero que apareció
-fué una maleta de las que usaban nuestros abuelos para viajar á lomos
-de un mal rocín. Después entró en el coche una escusa-baraja; luego
-un serón, después dos cestas, después un jamón con camisa, esto es,
-enfundado en lona blanca, á guisa de violín; después una manta de tal
-longitud, que aún no había entrado toda cuando ya amenazaba romper
-los cristales de la ventanilla de enfrente. Protesté enérgicamente,
-librándome como pude de aquella agresión anónima. Aún ignoraba yo qué
-clase de bárbaro hacía aquella invasión. Entonces oí una voz débil
-que decía:--Dispensen ustedes, caballeros...--¡Vaya usted al diablo!
-Á ver, un empleado de la estación, el jefe, un civil, cualquier
-cosa, ¡socorro!--El jefe acude.--Esto no puede ir con ustedes; no
-es de uso personal ni necesario en el viaje.--Sí, señor, que es;
-es decir, yo no necesito nada de eso, pero mi señora sí; ¡como
-padece del histérico!--¡Histérico! exclamé, ¿entonces es usted don
-Restituto?--¡Oh, mi querido jefe! gritó el subalterno al conocerme; y
-me dió un abrazo, y sobrevino doña Paz; y como yo pasé por todo, el
-jefe de la estación no se opuso, pues no había más viajeros, á que
-entrasen en el coche los voluminosos artículos de primera necesidad
-de la señora del histérico.--Si hubiese podido mandar á doña Paz á
-un furgón yo hubiera sostenido mi derecho, pero admitida ella, lo de
-menos era consentir los bultos, que al fin no tenían histérico.--¡Y
-válgame Dios qué viaje! Entre marido y mujer me pusieron la bilis en
-revolución. ¡Cuánta pusilanimidad en el esposo y en ella! ¡cuántas
-abominaciones! Don Restituto tuvo que quitarle las botas, calzarle
-las zapatillas, y porque no procuraba ocultar á mis ojos profanos los
-tobillos de su cara mitad, doña Paz le riñó por lo bajo, con intención
-de que yo lo oyera, y le dijo que aquella falta de pudor conyugal le
-daba mala espina; porque indicaba poco amor ó excesiva confianza; ¡y si
-no fuera que una es como es! Don Restituto aseguraba que yo era corto
-de vista, pero doña Paz insistía en que yo había visto algo.--Juro á
-Dios que no había visto nada. Llegó la noche; don Restituto dormía.
-Doña Paz suspiraba. Con pretexto de que se mareaba yendo de espalda
-á la máquina, se sentó junto á mí. Y el Señor me dejó caer en la
-tentación. Doña Paz es fea, no es joven; pero quise probar aquella
-virtud. La primer tentativa fué rechazada con un melindre. La segunda,
-que iba á ser la última y acreditar para siempre la castidad de aquella
-histérica dama ¡ay, la segunda tentativa fué un crimen frustrado!
-Doña Paz, indignada quizás con el escaso pudor conyugal, como ella
-decía, de aquel esposo, tomó cruel venganza. Hizo á su manera lo que
-aquella reina de Frigia que compartió el trono con el sabio Gijes.
-Pero yo, ni maté á don Restituto ni consumé lo que aún ignoro si se
-podría consumar. Pero doña Paz no fué por eso menos infiel. ¡Ridícula y
-terrible aventura!”
-
- * * * * *
-
-“Y yo había amado á lo Werther; yo había nacido para el ideal; pero
-¡ay! como dicen en el Ateneo de Madrid, los ideales han muerto: ya
-sólo quedan las mujeres histéricas para mí. No hay tormento comparable
-á mi tormento; yo tengo la conciencia torturada por un crimen que me
-dió el hastío por todo placer. Recuerdo con asco y con vergüenza una
-aventura que arrojó el cieno de la deshonra sobre las canas de un buen
-amigo. ¡Pobre don Restituto!... Ahora me llama el infeliz, me dice que
-corra á bañarme á su lado. ¡Sugestiones de su mujer!--Voy á vengarme y
-á vengarle; voy á dar á esa Mesalina de la calle de las Postas un buen
-susto. Éste es mi plan. Nado junto á ella, la invito á un ensayo de
-natación bajo mis auspicios; ella acepta de fijo; la llevo por la barba
-adonde nos cubra, finjo un accidente, me voy al fondo, y ella... Yo no
-soy responsable. Un muerto no responde de nada. Si perece no es mía la
-culpa, ó si es mía, es una culpa que me honra. Por desgracia no faltará
-quien acuda á tiempo para salvarla; ella sin saberlo, debe flotar
-como el corcho. Á lo menos en todas las disputas domésticas siempre
-ha quedado encima como el aceite.--Allá voy, don Restituto, corro á
-salvarte, á librarte si puedo de tu doña Paz de tus pecados. Y además
-te proporciono un ascenso. ¿Para qué quiero yo el destino? ¡Yo que
-soñé con la gloria, me veo reducido á ser jefe de un don Restituto! Tú
-serás el jefe en adelante, hombre probo, tú ascenderás, tú tendrás esos
-cinco mil reales que faltan para que te llegue el agua al sal. Mañana
-dirán de mí que tuve la cobardía de matarme, que cometí un crimen. No;
-hice una obra de caridad, dí el ascenso inmediato á un funcionario
-que cuenta veinticinco años de servicio y otros tantos años de hambre.
-La vida se ha hecho para los Restitutos que esperan veinticinco años
-un ascenso y se ligan con indisoluble vínculo al histérico semoviente.
-Sí, ¡doña Paz es la mujer probable! Ella también habrá tenido sus
-quince, aunque parece mentira. Quién sabe si mi Carlota, que era como
-una sílfide, que andaba de manera que sus pasos parecían aleteos de
-ángel--frase que se me ocurrió escribir en aquel soneto que no se
-me ocurrió enviarle--¡quién sabe si ella también... tendrá á estas
-horas bajo sus uñas un don Restituto, si ella también habrá padecido
-ó padecerá histérico!--¡Ay, la mujer que no muere con la tisis
-interesante de la juventud, llega á ser fatalmente doña Paz!--Allá voy,
-allá voy, don Restituto--Él me llama á la muerte; sí, él puede hacerlo,
-él es mi víctima, aunque lo ignora; allá voy, sí, laven las ondas del
-océano la afrenta de tu honor.”
-
-Así terminan estos apuntes, que con notoria imprudencia dejó en el
-bolsillo de la levita el incauto criminal.
-
- * * * * *
-
-En el libro de cuentas “para huso de Doña Paz Cordero de Cabra” se lee
-al folio 20 lo que sigue: Manteca 12 uebos 20 Haceyte 6, y más abajo:
-
-“Yo lamaba, si le hamaba, perro el no lo savia, una muger como yo no
-puede dar á entender su hamor sin desonrrarse y desonrrar á su manido.
-Yo á los quinze años le havia bisto y hamado, el no se havia figado
-en mi, porque hestaba enamorrado de Carrlota y de sus Ilusiones sovre
-todo: erra Pueta, soñador, anvicionava bolar muy alto, y yo no podia
-yamar su Hatenzion. Uió de nuestro puevlo, perro mi hamor se quedó
-conmijo, cada dia herra mayor, mas triste, perro grande como nunca. No
-bolbi a hoir ablar del, perro aqui en el corracon su Recuerrdo bibia,
-bibia heterrno. Mi madre se morria desesperrada por degarme sola y
-pobre, restituto era goben, vueno y mamava y le dy mi mano sin hamor,
-como pude hir al ospizio. En este matrimonio no ice mas que Enjorrdar
-y Enjorrdar y hazquirir un genio muy malo, caprichoso, antogadizo,
-por culpa de mi tristeza hintima y de la pubreza de Elespiritu de mi
-hesposo; otro hesposo que no fuerra mi hesposo, uvierra echo de Mi una
-muger, él, restituto izo una sultana, una fierra, disimulada, cruel,
-mala, mala si. Muchos años pasarron y bolbi a Ver a mi Hamor, herra el
-Gefe de restituto en la oficina. ¡No se acordava de mi! ¡Como si nunca
-me uvierra bisto y yo que le Beia todos los dias ha todas orras en mi
-Halma! Perro no le dige nada, como si tampozo le conociera. Me beia
-pocas beces, restituto le querria mucho y procurraba traherle a casa
-cuanto podia; yo uia del, Perro en el tren, de noche, cuando yo sentia
-cerca del todo el Fuego de la Gubentuz, enloquezida por su presenzia y
-por no sé que haromas que benian del campo que atrabesaba el Trren y
-asta creo que por suspiros que vajaban de las estrrellas que briyaban
-Tanto, no pude menos de hacercarme a El y suspirar y El me cogio la
-mano y me ablo de Hamor y de Su Hamor y Aquella Noche de Gran Pecado,
-fue la única Feliz de Mi Bida. Que Lo Sepa el Mundo Entero. Despues no
-bolbio a ablarme; uia de mi en los vaños, se conoze que fuí parra El un
-pasatiempo nada más. Por eso Me Mato. Que Lo Sepa el Mundo Entero y mi
-marrido, adios restituto.”
-
- * * * * *
-
-El corresponsal del _Hipódromo_ escribió á su perfumada revista lo
-siguiente:
-
-“Hemos tenido también nosotros en Z... nuestro drama, tragedia mejor
-dicho. Gracias á esto, hay algo de qué hablar. El señor X... conocido
-en Madrid por su afable trato en los círculos más distinguidos, ha
-sido el héroe. En traje de baño, si traje se puede llamar á unos
-sencillísimos calzoncillos de punto, salió á la playa y entró mar
-adentro con rumbo á la eternidad. La señora de V..., esposa de un
-modesto empleado se bañaba con su marido, y al pasar cerca de ella
-el señor X... indicado, le dió un sonoro beso en la frente, así como
-suena, y lanzando una carcajada histérica cayó en las olas sin sentido.
-El señor V... acudió en vano á salvar á la no muy casta esposa; con
-la fuerza del paroxismo la robusta dama sujetaba al nada atlético
-esposo, y en tanto las amargas olas, con esa fría impasibilidad de
-la naturaleza, arrastraban á la infortunada pareja. Ambos hubieran
-perecido á no estar cerca el señor X... que pudo sacar á la arena al
-señor V... donde le dejó antes que volviera en sí. El señor X... se
-echó otra vez al agua; los circunstantes, gente toda de Madrid, le
-dejaron hacer: creyeron que esta vez iba á salvar á la dama... pero se
-le vió desaparecer entre las amargas olas, y ni la señora de V... ni el
-señor X... volvieron á la arenosa playa, hasta que la marea trajo horas
-después dos cadáveres.”
-
- * * * * *
-
-Cuando leyó don Restituto la confesión de su esposa en el libro de
-cuentas, exclamó: ¡Yo te perdono! Después meditó y dijo:
-
---Y á él también le perdono. ¡Al fin le debo la vida! Si no es por él
-me ahogo en el mar ó... en mi cara esposa.
-
-
-
-
- LA PERFECTA CASADA
-
-
-Don Autónomo, que celebraba sus días en Septiembre, pues en ese mes
-“cae” San Autónomo, y que lo diga la _Leyenda de Oro_; don Autónomo
-Parcerisa acaba de comer _opíparamente_ rodeado de su esposa é hijos,
-muy satisfecho, alegres todos, felices. No había familia más dichosa
-en el mundo. Vivían en una _mediocritas si no áurea_, por lo menos de
-plata sobredorada, la cual les permitía en los días que repicaban en
-gordo tirar la casa por la ventana, en forma de símbolo, por supuesto;
-es decir, sin pagar una _onza_ en el gasto extraordinario, que lo demás
-quedaba muy guardado en la caja de caudales, en el Banco y en las arcas
-de la Equitativa, donde don Autónomo se había asegurado.
-
-Serafina era un serafín; mujer más angelical no la había: era la
-perfecta casada de Fray Luis, pero á la moderna, con costumbres algo
-menos devotas, pues si no, hoy ya no hubiera sido la perfecta casada.
-Nada de gazmoñería, virtud expansiva, alegre; sacrificio constante de
-su egoísmo al interés de su marido é hijos, pero sin que se conociera
-esfuerzo alguno, con divina gracia. Parecía una mujer como todas y era
-la mejor de todas.
-
-No hacía valer su fidelidad (y era guapísima y muy codiciada) como
-un mérito: esta pretensión le hubiera parecido ya una especie de
-adulterio. Así como á nadie se le ocurre en una sociedad de personas
-distinguidas, nobles, ricas, finísimas, que uno de aquellos duques,
-ó generales, ó ministros, se va á llevar un candelabro de plata, por
-ejemplo, y nadie piensa en el robo posible, pero una posibilidad
-_infinitesimal_, por decirlo así, tampoco se le pasó jamás por las
-mientes á Serafina ser infiel á su Autónomo por pensamiento, de palabra
-ú obra.
-
-Y como no había manera de reprenderle por nada, de reñirle, jamás le
-había reprendido; nunca habían reñido. Estaba íntegra la vajilla é
-íntegra la paz conyugal.
-
-De todo lo cual llegó, á fuerza de años, á sacar en consecuencia
-Autónomo que así no se podía seguir, que había que acabar de cualquier
-manera.
-
-En esto pensaba precisamente aquel día de su santo, después de los
-postres, cuando ya los niños se iban despidiendo del padre porque los
-reclamaba el lecho.
-
-Todos se acostaban sin protestar, y eso que estaban seguros de que su
-madre no les hubiera negado permiso para velar un ratito. Ellos lo
-deseaban... pero no, ¿para qué? La mamá les tenía demostrado que era
-cosa nociva, y además, la hubieran disgustado, aunque ella no lo dejara
-ver: nada, nada, á la cama.
-
---Buenas noches, papá.
-
---Santas y buenas, hijos míos, santas y buenas.
-
-Y seguía pensando don Autónomo: “Vea usted. Ahora me iría yo de muy
-buena gana á jugar un tresillito al casino. Siempre pierdo, es verdad,
-pero ¿y qué? No es mucho y me divierto. Pero no voy, imposible. Si
-anuncio que salgo ésta se reirá lo mismo absolutamente que si le digo
-‘Me voy á la cama’, que es lo que á ella le gusta, porque sabe que me
-conviene madrugar, para el estómago y para los negocios... ¿Quién le da
-un disgusto _callado_ sin grandes remordimientos? Pero... la verdad es
-que hoy... día de mi santo...”
-
-Sin embargo, decidió tener un rasgo de energía que no hacía falta, y
-poniéndose en pie exclamó:
-
---Ea, chica, dame... la palmatoria, que me voy á la cama.
-
-Y se acostó, se acostó como los niños.
-
-Y en cuanto se vió entre las sábanas se sintió como en presidio, como
-en el cepo, y echaba pestes contra sí mismo, pues contra su mujer no
-había por qué.
-
---¡Voy á saltar de la cama! ¡Salto! ¿Quién me lo impide?
-
-Y no saltaba por eso mismo, porque era su derecho, porque nadie lo
-impedía; y su mujercita le hubiera acercado la ropa muy contenta, y le
-hubiera alumbrado hasta la calle, sonriente.
-
-Se quedó dormido protestando contra la excesiva virtud de su esposa,
-que por ser una santa le obligaba á él, para no tener terribles
-remordimientos, á ser, por lo menos, el _beato_ Autónomo.
-
-Y pasaban días y días, y siempre así.
-
-En fin, llegó á encontrarse con todos sus vicios extirpados, incapaz
-de la menor calaverada, que hubiera sido terrible ingratitud para
-con aquella _santa familia_ en que él mismo se veía con su aureola
-resplandeciente.
-
---Pero, señor, si yo no iba para santo; si esto es á la fuerza. ¡Esto
-no es la perfecta casada, esto es la _pluscuamperfecta_!
-
-Y poco á poco le creció la manía hasta el punto de aborrecer, á su
-manera, á aquella mujer, á quien adoraría de rodillas, y por no
-disgustar á la cual estaba él ganando el cielo.
-
-Y de una en otra, vino á parar en comprar una maquinilla manual de
-imprimir, y se encerraba en su casa, imprimiendo en tarjetas, volantes,
-besalamanos, etc., las mismas palabras, pocas. Y después, de noche,
-los llevaba al correo y estaba cinco minutos echando papel por la boca
-abierta del león, pasmado de tanta correspondencia.
-
-Había comprado el libro de las cien mil señas y había dirigido á todos
-los periódicos del mundo, ó á muchos por lo menos, á las agencias,
-á los abogados, obispos, diputados, cónsules, jueces, alcaldes,
-banqueros, etc., etc., la misma noticia, que los importaba igualmente á
-todos: nada.
-
-El juez de guardia, que la recibió también, fué el único que hizo caso
-de ella. Decía así el volante que recibió: “Me mato por no aguantar á
-mi mujer.”
-
-Y en efecto, Autónomo se suicidó de veras.
-
-Por más que se hizo, no se pudo ocultar la terrible catástrofe á
-Serafina; y lo peor fué que, por la inmensa publicidad que el suicida
-había dado á la noticia, tardó muy poco en llegar á conocimiento de
-la santa esposa la causa del suicidio. ¡Su marido se mataba por no
-aguantarla á ella!
-
-El buen sentido hizo que el público en masa, conocidas las cualidades
-de la virtuosa señora, declarase que aquel hombre se había vuelto
-loco de pura felicidad doméstica. Sólo así se explicaba el absurdo de
-_matarse por no aguantar á la perfecta casada_.
-
-Sin embargo, cierto solterón empedernido amigo del difunto, decía:
-
---Á la muerte de Autónomo no se le ha sacado toda la filosofía que
-tiene. No estaba loco. Lo que ha hecho es dejarnos ejemplo con su
-muerte. La filosofía de ese suicidio es ésta: “Me mato por no aguantar
-á mi mujer.” Pero su mujer es la mejor del mundo. Luego... la mejor de
-las mujeres es inaguantable. ¡Lo que serán las otras! ¡Y lo que será el
-matrimonio!
-
-Este Autónomo es el redentor de los célibes.
-
-
-
-
- EL FILÓSOFO Y LA “VENGADORA”
- (CORRESPONDENCIA)
-
-
- I
-
-Amigo mío: aunque vivo lejos del mundanal ruido, no dejo de enterarme
-por los periódicos de los sucesos públicos más interesantes, en
-particular de los que atañen á la vida literaria contemporánea, que
-sabes cuánto me llama la atención, por el gran valor social que
-atribuyo á sus manifestaciones. Pues bien: he leído el monólogo de
-Teresa, la _vengadora_ de Sellés, y he visto que al público no le ha
-parecido inverosímil que una mujer de esa clase, de esa _vida_, sepa
-hablar tan bien y pensar tan profundamente. El buen éxito de la Teresa
-de Sellés me anima á publicar, por tu conducto, si aceptas el encargo,
-esta especie de _Heroídas_ en prosa que adjuntas te remito y que son,
-como verás, una correspondencia entre una verdadera _vengadora_ y este
-humilde _filósofo_, según tú y otros amigos me llamáis, tal vez por
-burlaros de mis aficiones. Mi _vengadora_ es más sabia que Teresa,
-hasta es pedante y muy aficionada á psicologías, según consta en esos
-papeles. He tenido guardadas estas cartas porque, si bien me parece que
-tienen cierto sabor literario (y perdona la inmodestia, por lo que
-toca á las mías) no creí hasta ahora que el público pudiera encontrar
-verosímil esta clase de damas de las Camelias casi idealistas,
-retorcidas y alambicadas de espíritu, pero no arrepentidas ni tal vez
-enamoradas. Y que existe la mujer así es evidente: yo he conocido, he
-visto ésa, de carne y hueso, y para que tú la conozcas también, en
-espíritu, le dejo la palabra. Lee, y si te parece, publica.
-
-Tuyo,
-
- _El filósofo_.
-
-
- II
-
-Señor... filósofo: perdone usted, ante todo, que no le llame por su
-nombre. Fernando no ha querido decírmelo ni en presencia de usted ni
-á solas: usted tampoco ha querido ser menos misterioso; de modo que
-respeto... á la fuerza, el incógnito, y le llamo por el mote que le han
-puesto sus amigos. Pero conste que es á la fuerza, no porque yo quiera
-usar con usted una familiaridad á que no tengo derecho y á la cual
-usted no ha dado, por cierto, pretexto en el corto _lapso de tiempo_
-(como dice Mambrú) que he tenido el honor de tratarle. Además, por mi
-gusto, aunque pudiera legítimamente hablarle á usted, en broma, en
-estilo _festivo_ (Mambrú), no lo haría hoy, y le confieso que con mucho
-gusto le llamaría mi estimado don... Pepe, por ejemplo, ó Pepe ó Juan
-ó lo que sea, á secas. No estoy para bromas. Además (y van dos), me
-tiembla el pulso al escribir. Para mí la situación, ó el momento, ó
-como se diga, es solemne. Escribo, acaso por primera vez, á un _hombre
-honrado_; pues me inclino á creer que usted lo es, en efecto, no por
-las apariencias sólo, no porque le llamen filósofo, y Fernando diga
-que usted tiene mucho talento, pero _no vive en la realidad_; estos
-serían, en todo caso, indicios de su honradez de usted, pero no bastan:
-le creo hombre honrado por otras señas que observé en el citado _lapso_
-de Mambrú.--Y ¿qué es un _hombre honrado_?--dirá usted.--¿Cómo cree
-ésta que por primera vez escribe á un hombre honrado, cuando tantas
-cartas... habrá escrito á Fernando... y al barón de X y á Paquito H
-y... ¡etc., etc., etc., etc.!!!--Pues sepa usted, señor filósofo (por
-mi gusto se llamaba usted _mi querido don Andrés_, como mi padre)
-que ni Fernando ni los demás perdidos son para mí hombres honrados.
-¿Qué es entonces un hombre honrado? Lo mismo que una mujer honrada.
-Son hombres deshonrados los que tienen tratos con las mujeres... que
-tienen tratos con esos hombres: ni más ni menos. _Do ut des_, como
-dice Mambrú, aunque no sé si viene á pelo. Esto no quiere decir que
-yo tenga por _malo_ á Fernando, eso no; pero no es lo mismo. Tampoco
-yo soy una _mujer honrada_ y me tengo por buena. Ya ve usted que soy
-bien franca y que no juego _á la demi mondaine_. ¡Ah! No. ¡Viva España!
-Si yo fuera literata no hablaría como esas señoras sospechosas que he
-visto representar á la Duse y á la Tubau: hablaría como la _Celestina_,
-que es una comedia, ó novela en conversación, que me leyó Fernando y me
-gustó mucho... Pero vamos al grano. Usted es un _hombre honrado_, ó me
-lo parece, y esta _novedad_ me infunde un respeto extraño (á ratos,
-cuando estoy de broma, loca, si me acuerdo de usted... se me escapa
-por dentro la risa) y... si he de ser franca del todo... me entraron,
-al fijarme en el modo que usted tenía _de no mirarme_, vivos deseos
-de hacer que me mirara y admirara... y deseara. Todo esto pasó, me
-pesa, y por eso se lo digo (y perdone tanto _seseo_). Á los ojos no me
-miró usted más que un _momentín_ muy pequeño que no debe de merecer el
-nombre de _lapso_. Usted también debe de acordarse. Es usted el único
-hombre que entró en esta casa, desde que vivo con Fernando, á quien no
-le conocí ni asomos de intención de burlar _al amigo_ y quitarle, más
-ó menos completamente, la fidelidad cuasi conyugal de su Nila. Pero
-hizo usted otra cosa: se llevó usted el retrato que había sobre la
-_cónsola_, como dice Trini. Fernando, que miente cuando es necesario, y
-eso que es casi tan _pensador_ como usted, jura y perjura que él no le
-regaló el cuadrito, y como yo estoy segura de que usted fué quien se lo
-llevó, de que el cuadro desapareció cuando usted salió de casa; como es
-imposible que fuera el _ladrón_ alma nacida no siendo usted (no admito
-discusión sobre esto) resulta... eso... que ha robado usted el retrato
-de la señorita Elena, la hermana que se le murió á Fernando. No es
-probable que usted se atreviera á llevarse el cuadro sin pedirlo; pero
-sí creo que de Fernando no salió el ofrecérselo. Fué usted quien, ya
-que no me ofendió deseando mi _infidelidad_, me maltrató sin decírmelo,
-advirtiendo á Fernando que el retrato de su hermana parecía mal en la
-casa en que vivimos juntos. (De que se lo llevó usted estoy segura;
-porque Fernando no se lo tragó. Yo le registré en cuanto usted salió, y
-á la calle no pudo tirarlo, y en casa doy fe de que no está. Usted lo
-tiene). Él dice que estuvo usted algo enamorado platónicamente de su
-hermana Elena, y que por eso...
-
-No es eso. Es que usted cree que yo no debo tener en _mi_ casa el
-retrato de esa señorita. Yo pensaba que no había pecado ni ofensa en
-ello; que bastaba con no haber creído prudente, por el qué dirán,
-sólo por eso, que entrase en casa ni una hilacha, ningún recuerdo de
-la pobre _difunta_... de la _otra_ difunta. Sea como quiera (Mambrú),
-digo, no, _séase de esto lo que quiera_, yo acato el _superior
-criterio_ de usted; pero se me figura que si en vez de encontrarse
-con Cristo se encuentra con usted la Magdalena, se quedan sin santa
-de su devoción las Arrepentidas. En resumidas cuentas, si usted
-quiere... devuélvanos el retrato (á no ser que jure _haber amado_
-á esa señorita). Como usted, aunque filósofo, no lo sabe todo, ni
-lo entiende todo, no sabe, no comprende el papel que ese cuadrito
-desempeñaba en la casa. Era objeto de una especie de culto doméstico,
-nuestros _dioses lares_, nuestros _penates_, ó como se diga: algo así
-como un pebetero de buen olor de honradez, de intimidad digna, noble.
-Fernando y yo, que somos á ratos unos locos, nos hemos empeñado en que
-el amor todo lo vence (ó la pata de cabra), y llegamos á figurarnos
-que somos... no marido y mujer, que eso no hace falta, y dice Fernando
-que mujer _se tiene_ una sola, sino algo que, sin ser matrimonio, ni
-querer imitarlo, y sin dejar de ser amor, es otra cosa también digna
-á su modo, no _honrada_, pero otra cosa, tal vez mejor, allá, en alta
-metafísica. En fin, esto se lo explicará á usted Fernando, si hablan de
-ello, mejor que yo. Y eso que, no crea usted, puesta á ello, yo también
-podría analizar con el escalpelo de la crítica (Mambrú puro) estas
-quisicosas del alma en sus relaciones con el _medio ambiente_. (Repito
-que dispense usted las bromas: no domino el estilo: él me lleva á mí y
-por la costumbre de hablar siempre en _guasa_ escribo de esta manera...
-cuando quisiera escribirle á usted como el devocionario).
-
-Conque ¿nos devuelve usted el retrato? Por si se niega, ahí le mando á
-usted por Petra ese paquete: es un escapulario de mi madre que yo he
-traído _casi siempre_ conmigo. Ahora caigo en la cuenta de que, si el
-retrato de la señorita Elena _se mancha_ estando sobre una consola de
-la sala, este recuerdo de mi madre, bendito por añadidura, porque está
-tocado al Santísimo Cristo de las Cadenas, _se mancha_ exponiéndose al
-roce de Fernando, que es tan... tan _corrompido_ como esta servidora.
-Ó vuelve el retrato y admita usted los tiquis miquis sentimentales y
-suprasensibles de nuestro _arreglo_, ó quédense en poder del _hombre
-honrado_ las dos cosas. Y, _más diré_ (Mambrú), si usted nos devuelve
-el retrato... por el favor... y por _un no sé qué_, porque eso otro es
-más serio, más... religioso, más... del alma, quédese usted, si quiere,
-de todos modos, con el recuerdo de mi madre que le envío por Petra. Su
-affma. s. s. y a. q. b. m., Nila.--Va sin señas el sobre porque no sé
-cómo se llama usted ni dónde vive... (Petra lo sabe... pero ésa no
-lo dice; fué ama de cría de Fernando; está juramentada... Pequeñeces
-de la vida semiconyugal. Fernando es así. Él dice que es una broma
-el no dejarme saber quién es usted... Me deja escribirle... con esta
-condición: que no he de volver á verle ni he de saber dónde está, ni
-cómo se llama). Petra también dice que es broma y se ríe á carcajadas.
-En el fondo me halaga estar _un poco_ presa... y con espías. Fernando
-no lee mis cartas: dice que le basta con leer lo que usted me
-conteste... si se lo permito. Petra no sabe leer. Yo puedo decirle á
-usted lo que quiera, siguiendo la broma; pero usted á mí es seguro que
-sólo me dirá lo que deba. Es una diversión como otra cualquiera y que
-Fernando me _otorga_, á cambio del teatro. Lo malo es que usted se
-cansará pronto de esta comedia. Pero... no deje de contestarme, por
-lo menos á esta _primera de retratos_, como diría Sancho. (¿Eh? ¡Qué
-erudita!)--Vale.
-
-
- III
-
-Mi estimada amiga: es de mi obligación, aunque me pese, romper á las
-primeras de cambio el encanto de la novela misteriosa, y á su modo
-picaresca, que usted tenía tramada y cuyo primer capítulo viene á
-ser la carta habilidosa á que contesto. Si en las comedias _todo lo
-comprenden á lo último_, yo, para que no haya comedia, le declaro que
-lo he comprendido todo desde el principio. Casi todo. Ni Fernando
-le ha callado á usted mi nombre, ni le ha prohibido saber dónde
-vivo, ni Petra ha sido nodriza, ni él desconfía de nosotros, de mí
-particularmente, ni, mucho menos de usted, en el sentido de creer que
-mi prosa puede ser pólvora en salvas para seducir á usted, y que,
-en cambio, mi presencia corporal pudiera vencerla. Esto es lo que
-usted quería dar á entender... Comprendido; pero no hay tal cosa: es
-una estratagema de usted: la trama de su novela. Queda deshecha. Le
-advierto que Fernando no sabe lo que usted me ha escrito; ignora que
-usted quería componer una novela en colaboración con el _filósofo_. Yo
-le he preguntado lo que necesitaba saber para cerciorarme de que usted
-_fantaseaba_, pero de suerte que él nada pudiera sospechar del secreto
-fin de mis preguntas.
-
-También es obligación mía advertir á usted que de Fernando á mí hay
-un género de intimidad espiritual que usted no puede sospechar adónde
-llega. Usted es muy lista, sabe mucho (la aparente frivolidad y el
-desaliño contrahecho de su carta tampoco me engañan), ha leído usted
-mucha psicología... de novela y aun algo de literatura mística. Ya ve
-usted si estoy enterado. Pero, permítame que se lo diga: una mujer,
-como no sea una mujer extraordinaria, un monstruo verdadero, no llega
-en estas materias adonde llegan los hombres... cuando llegan. Sé que
-usted es capaz de comprender _mucho más_ de lo que pudiera inducirse
-á juzgar por su carta... en la que imita usted á ciertas damas
-alegres de novela y comedia... Es más; adivino que si usted vuelve á
-escribirme, convencida de que he conocido el disfraz, se pondrá otro
-muy diferente, y acaso le dé por presentárseme hecha una Hipatía
-moderna. Pues con todo eso, no es probable que usted pueda comprender
-de qué clase es la intimidad espiritual de Fernando y el que suscribe.
-Tenga usted cuidado, por consiguiente, con lo que me dice. Lo que usted
-y Fernando puedan confesarse, comunicarse en los momentos más sublimes
-de esa metafísica amorosa que todo lo perdona, todo lo santifica, etc.,
-etc., no tiene comparación en profundidad, solemnidad y... bondad, con
-lo que en otra clase de expansiones nos decimos ese _perdido_, como
-usted le llama, y este _hombre honrado_, que lo es, en efecto, en la
-acepción que da usted á la palabra. Honrado... hasta cierto punto. Y
-para que no vuelva usted á reirse de mí, en esos momentos en que no
-es usted _mística_... á su manera, le voy á contar un cuento. Hay un
-escritor en París (amigo y algo así como correligionario de M. M. B.
-á quien usted _tanto_ conoce), el cual es propagandista y director en
-cierto modo del movimiento neo-idealista, ó neo-religioso, ó neo...
-lo que usted quiera, de que tantas veces habrá hablado con usted M.
-M. B. Pues el tal escritor en un artículo reciente nos cuenta que
-otro amigo suyo (no M. M. B.), que quería convertirse á la nueva
-escuela ó tendencia, así como idealista y religiosa, le decía un tanto
-alarmado:--Pero, vamos á ver, esto de la nueva idealidad, de la futura
-religiosidad ¿significa... que no va uno á poder mirar á las mujeres
-bonitas?--El filósofo cuasi-místico le reanimó diciéndole que no se
-trataba de votos de castidad, ni de abstinencia que, por modestia
-se seguía dejando á los sacerdotes _verdaderos_, á los de carrera.
-Pues bien, amiga mía: yo soy de la escuela del amigo de su amigo de
-usted. Yo miro á las mujeres bonitas y consagro no pequeña parte de mi
-vida á estar enamorado á mi manera. El amor no es pecado ni pequeñez
-cuando se le sabe conservar su mayor encanto, que es la ilusión. Así
-como Gœthe, en el _Fausto_, segunda parte, que usted leyó en Granada,
-en la Alhambra (¿estoy enterado?) hace decir á Manto en la Walpurgis
-clásica _Den lieb ich, der Unmögliches begehrt_[1] yo opino que el amor
-imposible es lícito... al que, por una razón ó por otra, no debe amar
-en una mujer lo posible.
-
-Yo, por motivos que no son del caso, no puedo amar lícitamente á las
-mujeres que encuentro por ahí, si se ha de entender por amar pretender
-_poseerlas_. (Palabra bárbara, grosera, aunque no tanto, como aquélla
-que abunda en nuestros poetas clásicos: _gozarla_).
-
-Por esto consagro mi idealidad amorosa, fuerza inexorable, invencible,
-que ha de ser respetada si no se ha de mutilar la _representación
-poética_, _animadora de la vida_, á las vírgenes pudorosas,
-inasequibles, de las que estoy seguro que no serán mías. En cuanto veo
-en ellas este _imposible moral_ que dignifica mi _ilusión_, á ésta me
-arrojo sin miedo, remordimiento ni medida. No digo, amiga mía, que esto
-sea una perfección moral, ni mucho menos, ni me propongo como dechado;
-no hago más que declarar cuál es el expediente á que he podido llegar
-yo para resolver, interinamente á lo menos, esta dificultad que
-engendra la oposición entre ciertas leyes sociales, consuetudinarias,
-hoy por hoy indispensables, y algunas tendencias naturales que
-constituyen elementos insustituíbles para la vida estética armónica.
-Hablo de esto, principalmente, por que usted vea que yo no bajo la
-vista en presencia de la mujer, sino que _por principios_ me enamoro,
-á mi manera, exclusivamente de las mujeres puras, de las que no son
-capaces _moralmente_ de amar, ó mostrarlo al menos, á un hombre que
-no puede contraer _justas nupcias_. La mujer imposible es mi único
-_tópico_ amoroso. Ya lo sabe usted. De modo que entre nosotros no hay
-_flirtation_ posible; y, además, no cabe mirarme como un _seminarista
-escapado_: soy tan _hombre de mundo_ como cualquiera... que no
-practique. Ni una _tentación_ para los momentos de _mística_ diabólica,
-ni una figura ridícula para los momentos de epicurismo reincidente.
-Tengo un verdadero placer al escribir todo esto, seguro de que usted
-me entiende. Lo cual no quiere decir que usted _lo entiende todo_. No,
-ciertos lazos que nos unen á Fernando y á mí, y de que él tal vez está
-olvidado por algún tiempo, usted no puede verlos. Su vista espiritual
-es sutil, pero no tanto. Y ahora á otra cosa. No quiero ser traidor.
-Sé su historia de usted... hasta el punto que usted ha querido que la
-supiera Fernando.
-
-Y un poco más allá, por ciertos cálculos de trigonometría psicológica
-que hicimos entre Fernando y yo, y después yo solo, Fernando no le ha
-jugado á usted ninguna partida serrana, al contarme sus confidencias.
-No puede usted figurarse adónde llega la intimidad de dos amigos
-verdaderos; qué secretos se cuentan cuando casi emborrachados
-materialmente por las mutuas confesiones de idealidades, aventuras
-poéticas, vaporosas, discurren horas y horas, verbigracia, paseando
-á media noche, en primavera, recogiendo al paso las emanaciones
-perfumadas de los jardines de los ricos (de los ricos que no gozan de
-esta riqueza suya, porque ó duermen ó velan por miserables cuidados
-lejos de sus propias flores), gozando de esos aromas volanderos que
-se burlan del derecho de propiedad y van á halagar los sentidos y el
-espíritu de sus verdaderos propietarios, los soñadores que pasean á
-media noche contándose purísimos ideales, escudriñando á dúo arcanos
-santos de la vida... Y el uno dice: --Voy á llevarte á tu casa.--Y
-cuando llegan dice el otro:--No tengo sueño, necesito andar más: voy á
-llevarte yo á ti.--Y llegan á la casa del que acompañó primero, el cual
-tampoco quiere acostarse todavía. Y así van y vienen, y les sorprende
-el canto de la alondra, aunque no haya alondras, pero les sorprende el
-alba y el recuerdo de la alondra de Shakespeare y el de Romeo que vela,
-y que, ausente Julieta, pero presente el amigo, con él se compara en
-deliquio que, si no es comparable al amoroso, tiene una austera poesía
-inefable... que no comprenden bien ustedes las mujeres, por exquisitas
-que sean en sus _psicologías_, y aunque hayan acompañado á un _poeta
-decadente_ en un viaje, cuasi-peregrinación por el país de los místicos.
-
-Sí, Nila, lo sé todo: sé su historia de usted... hasta donde la sabe
-Fernando. ¿Para qué contársela á usted? Fuera impertinencia. Para
-hablarle de otras cosas, del retrato que me llevé y del escapulario que
-por Petra usted me envió, necesito, si he de ser sincero, conocerla
-á usted más, para estar seguro de no profanar, hablando con usted de
-ellas, cosas tan serias y respetables como son el retrato de la hermana
-de Fernando y el escapulario de su señora madre de usted. Su affmo.
-amigo, q. b. s. p.,
-
- _El Filósofo._
-
-
- IV
-
-Amigo... filósofo (repito que no sé su nombre de usted; Fernando
-le ha engañado): observo con cierta vanidad que es usted mucho más
-difuso y desordenado que yo al escribir: empieza usted un asunto...
-se pierde en pormenores, y ¡adiós _hilo del discurso_! Además,
-también es usted menos... delicado... ¡Qué pocas galanterías me dice
-usted!... Hablar así á una _dama_ es enseñar las uñas... antes de
-limpiarlas. No importa. Los filósofos me gustan así. Los amantes, no.
-Observe usted que yo no hablaba directamente nada apenas de nuestra
-_impossible flirtation_, y usted... apenas habla de otra cosa, aunque
-sea para negar su posibilidad. Pero vamos á otro asunto. Á lo que _hoy_
-me importa. Digo hoy porque otro día, que esté yo más desocupada,
-hablaremos de otra cosa. Dejo para más adelante lo de su amor de usted
-_en alemán_, lo de las _ingenuas_, su afición á los pimpollitos (señal
-de vejez). (Ahora la grosera soy yo, ¿verdad?) No haga usted caso. Le
-comprendo á usted... un _poco_ (hasta donde puede comprender una mujer
-_no extraordinaria_) porque..., _auch ich war in Arcadien geboren_:
-(_yo también nací en Arcadia_) (Schiller), y yo también sé alemán y
-_supe_ querer en _alemán_. Yo también fuí, si no filósofo ni _amigo
-íntimo_, mujer pura, virgen _imposible_ (y con todo, hubo quien pudo).
-Pero á eso íbamos, antes del paréntesis. Íbamos á mi historia. ¿Conque
-la sabe usted? ¿Está usted seguro? Usted sabrá la que Fernando le
-contó; pero, ¿es ésa mi historia? Ésta es la cuestión. Lo primero que
-_exijo_ es que me la cuente usted... Porque... puede muy bien suceder
-que yo no la sepa. Ó porque Fernando no le haya contado á usted la
-misma que yo le conté á él... ó porque yo me haya olvidado de la
-historia que le conté á Fernando. Veamos. Venga ésa, la que usted sabe,
-y después yo desembucharé la historia _auténtica_... si me conviene.
-Diga usted lo que sabe, criatura. Su amiga y colega en pedantería,
-_Nila_. Hoy no hay postdata: no la merece usted.
-
-
- NOTAS:
-
-[1] Yo amo al que desea lo imposible.--(N. de C.)
-
-
-
-
- MEDALLA... DE PERRO CHICO
-
-
-¿Que no conocen ustedes á la de Casa-Pinar? ¡Pues si no se ve por ahí
-otra cosa! Ella es la golondrina que sí hace verano.
-
-En cuanto asoma Agosto, se presenta Agripina Pinillos, hija de la
-marquesa viuda, y pontificia, de Casa-Pinar.
-
-Es una golondrina que no viene de África, á no ser que África empiece
-en Pajares. Viene de tierra de Campos ó cosa así: es _high life_... de
-_tierra_, y, á todo tirar, de _Toro_.
-
-Todos los veranos aparece con una protesta que no se le cae de los
-labios, á saber: que por milagro de Dios no está en San Sebastián ó en
-Ostende ó en Corls... eso, en fin, donde la señora de Cánovas.
-
-Todavía da la mano como se daba el año ochenta y tantos, es decir, como
-quien da una coz con los remos delanteros. Si no fuese por la moda,
-ese ídolo que no conocieron los griegos, la de Casa-Pinar sería una
-perfecta hermosura. No es la Venus Urania, es la Venus... _snob_.
-
-Sí; representa el _snobismo_... de cabotaje.
-
-Porque no sale de nuestras costas.
-
-Quiere ser más figurín que estatua. Entre Fidias y el _modisto_ mejor
-de París, ella no vacilaría: se pondría en manos del _modisto_.
-
-Cuando se ve desnuda, se desprecia. Y vuelve á ser el pavo real,
-satisfecho de sus plumas, cuando se ciñe el ridículo traje de baño y se
-pone el sombrero que la convierte en un patache á toda vela, ó el gorro
-ignominioso que la hace parecerse á un frasco de esencias. ¿Queréis que
-os salude la de Casa-Pinar, ya que tenéis el honor de tratarla y ser
-acreedor de su señora madre, por ejemplo?
-
-Pues en vano aspirais á tal privilegio... si llevais chaleco al
-balneario.
-
-Es necesario, para que Agripina os honre con algo más que una
-imperceptible inclinación de cabeza, que os presentéis con zapatos
-blancos, de tela y con semicírculos de charol, con faja chillona y
-camisa churrigueresca terminada por cuello blanco de los que dan
-garrote al dar vuelta.
-
-Agripina Pinillos viene á la playa á curar no sé qué humores, que
-más parecen humos; pero la vida que hace no es para llegar á vieja.
-Como el otro dijo: _mi cura de aguas_, ella puede decir... _mi cura
-de vientos_. Y no es por lo que la dé el aire, sino porque todo lo
-sacrifica á los huracanes de la vanidad.
-
-Se levanta á las doce, porque trasnocha, y se va muy peripuesta á _Las
-Carolinas_ en el momento preciso en que no se puede dar un paso por los
-corredores.
-
-Se da algunos días, cuando hay muchos espectadores sin chaleco, un baño
-de arena y de malicia. Usa bañero, que como no trae chaleco, no se
-hace acreedor á su desprecio.
-
-Al obscurecer la veréis en las Termópilas de la calle Corrida, dando
-“los codazos que daba Mesalina” en las estrecheces de la acera, delante
-de _Colón_.
-
-De noche, ya se sabe, en las Catacumbas de Dindurra, esto es, en el
-Teatro Cómico, que no se da un aire al de Lara porque allí no hay aire
-ni para eso. Total, que la de Pinillos no respira en todo el día. Vive
-del aire que lleva en la cabeza.
-
-¿Ama? Sí, ama, según su género (algodón) á un joven, también triguero,
-que tiene un traje para cada hora del día. ¿Qué digo cada hora? La
-indumentaria de este sietemesino puede reemplazar á un reloj de sol,
-porque va cambiando según el astro rey sube y baja por el espacio.
-Fijaos bien y veréis que el sombrero de Juanito Pinabete y Conífera no
-es absolutamente el mismo á las once que á las once y cuarto.
-
-Pero ¡ay! Pinabete _está llamado á desaparecer_ del corazón de trapo
-de Agripina. Porque acaba de llegar un teniente armado de todas armas,
-el cual tiene tantos trajes como Juanito, más el uniforme que á última
-hora se viste para deslumbrar á Agripina con todos aquellos cordones,
-bordaduras y cimeras...
-
-Y Pinabete no tiene uniforme; lo cual le hace suspirar exclamando:
-
-¡Si yo fuera... siquiera bombero!
-
-Para terminar:
-
-Dicho sea en honor, ó en deshonor, según se mire, de Agripina la de
-Casa-Pinar.
-
-Ya que en esta mujer no hay nada espiritualmente humano, confesemos que
-algo humano hay, según la materia.
-
-Porque _Xuaco_, el buen mozo que la baña, tiene mucho apego á esta
-parroquiana, y eso que sabe que las de Casa-Pinar no dan propina.
-
- * * * * *
-
-Paca Blanco también es de Castilla, del mismo pueblo que la de
-Pinillos. Se baña allá, hacia las últimas casetas de la _Sultana_. Al
-llegar á la orilla del agua parece una figura dantesca, con su saco
-largo, obscuro, de graves y preciosos pliegues. Es alta, esbelta, de
-alabastro; no se baña con sombrero, ni gorro, ni papalina; el sol le
-bruñe el rodete negro, de picaporte, el radiante casco de Minerva
-aldeana. Sus ojos, moras maduras, se ven más de lejos; y de cerca, las
-pocas veces que miran despacio y con susto, son todo un hartazgo de
-delicias, unas bodas de Camacho de golosinas del alma. La Paca es hija
-de un cosechero rico que vive, no á lo pobre, pero sí á lo modesto. La
-Paca no es señorita, ni gana. Su hermosura soberana es anterior á la
-división de clases.
-
-Se baña al salir el sol. Nada de bañero. No sube á los balnearios, no
-va al teatro. Mucha playa, paseos por Santa Catalina, y cuando hay
-mucha ola ó salen barcos grandes, un ratico de contemplación, apoyada
-en el muro alto del muelle. Se llena Paca los ojos, serios y soñadores,
-de la poesía del horizonte, como si esperase algo que de allá lejos le
-ha de traer una ventura.
-
-Casi nunca ríe; pero si una ola salta por encima del muro y la refresca
-el rostro con agujitas saladas, que son como una caricia, se enjuga las
-mejillas de rosa, un poco sonriente.
-
-De noche, con su padre, á tomar el fresco, á oir la música de Begoña,
-de lejos, desde lo oscuro.
-
-No tiene novio; no tiene amores. Pero tiene algo mejor: los espera.
-
-Cualquiera diría que se aburre en los baños. Y no hay tal: cuando está
-allá en su Castilla, contemplando la llanura de tierra, se acuerda
-con amor triste de la llanura del agua; de lo que sintió y sonó en su
-orilla. Verdad es que ahora, á orillas del Océano, recuerda con vaga
-_saudade_ sus queridos llanos de Castilla.
-
- * * * * *
-
-
-
-
- DIÁLOGO EDIFICANTE
-
-
- PERSONAJES:
-
- La Capilla evangélica.--La Catedral de Covadonga.
- Coro de Catedrales.
-
-
- LA CAPILLA
-
- Cerrada.
-
-¿Por qué no me abren? Por fanatismo.
-
-
- LA CATEDRAL
-
- Asomando algunas columnas á flor de tierra.
-
-¿Por qué no me sacan de cimientos? ¿Por qué no me construyen de una
-vez? ¿Por qué no me cubren, á lo menos, para librarme de la intemperie?
-Por avaricia, por indiferentismo.
-
-
- LA CAPILLA
-
-Como el pino del Norte suspiraba por la palmera del Mediodía, podemos
-amarnos y entendernos, ¡oh catedral católica!, tú desde tu vericueto de
-Covadonga, yo desde este desierto madrileño...
-
-
- LA CATEDRAL
-
-No diré yo tanto. Nada de coaliciones imposibles. Quéjate tú por
-tu cuenta, y yo me lamentaré por la mía. No somos hermanas. _Non
-possumus._ Somos un contraste.
-
-
- LA CAPILLA
-
-Como quieras. Pero de nuestra antítesis sale una armonía elocuente. Á
-mí no me dejan _abrirme_ y ya estoy construída. Á ti te abrirán sin
-inconveniente, pero no te construyen. Si no fuera absurdo se podría
-decir que quien sale perdiendo es Dios, que tiene dos templos menos.
-
-
- LA CATEDRAL
-
-En otros siglos, valga la verdad, no te dejarían abrirte tampoco, y
-hasta se atreverían á derribarte; pero, en cambio, á mí me construirían
-en poco tiempo, con entusiasmo, á la voz de la fe viva y ardiente.
-
-
- LA CAPILLA
-
-Hoy existe bastante fanatismo para inutilizarme á mí y poca fe para
-levantar tus paredes, tus torres. De la religión se han quedado con lo
-peor, con la intransigencia.
-
-
- LA CATEDRAL
-
-Sí; no cabe negar que falta fe y hay fanatismo. Pero todavía hay
-fanáticos peores que los nuestros. Los fanáticos descreídos. El
-fanático con dogma tiene esa disculpa, el dogma; pero ¿qué le queda al
-impío que ni siquiera es tolerante?
-
-
- LA CAPILLA
-
-¿Hay de ésos en tu patria?
-
-
- LA CATEDRAL
-
-Muchos. Son inquisidores herejes, familiares de la apostasía, ó lo que
-es peor que todo: sectarios intransigentes de la negación, _celotas_ de
-la impiedad superficial, sicarios del ateísmo. ¡Hay español nieto de
-cien cristianos que ha dado su religión por cuatro frases hechas... con
-cuatrocientos galicismos!
-
-
- LA CAPILLA
-
-Tal vez constituyen la mayoría entre unos y otros. Los fanáticos á la
-antigua no quieren más culto que su culto; como si su dios fuera el
-sol, no el Espíritu Eterno, toleran en la sombra otros ritos, otras
-ceremonias religiosas, pero no á la luz del día. ¡Adoran á Febo y temen
-que se profane su culto!
-
-
- LA CATEDRAL
-
-Los fanáticos _modernos_ no conciben que se construya una catedral en
-Covadonga á expensas de toda la nación, como obra patriótica, como
-grandioso monumento que conmemora la primera hazaña de la reconquista,
-el primer milagro del valor español en su lucha de tantos siglos
-contra los sectarios de Mahoma. “¿Por qué una catedral?--gritan--¿Y la
-libertad de cultos? ¿Y el racionalismo? Los que no oímos misa ¿por qué
-hemos de construir una catedral?”
-
-¡Porque lo quiere la historia! ¿Por qué no habéis de construir en
-Covadonga una mezquita, ni una pagoda, ni un frío monumento anodino,
-_abstracto_ como el del Dos de Mayo, lo cual equivaldría á olvidar la
-mitad, por lo menos, de lo que Covadonga representa? ¿Que no queréis
-hacer de Covadonga un Lourdes? Perfectamente; pero si no queréis que
-otros, aunque sea poco á poco, hagan eso, apresuraos á hacer otra cosa,
-una obra nacional, un gran recuerdo histórico; y como la Historia es
-como es y no como el capricho de cada cual, Covadonga, quiéralo ó no
-el racionalista _negativo_, tiene que representar dos grandes cosas:
-un gran patriotismo, el español, y una gran fe, la fe católica de
-los españoles, que por su fe y su patria lucharon en Covadonga. Una
-catedral es el mejor monumento en estos riscos, altares de la patria.
-
-
- LA CAPILLA
-
-Hablas como un libro. Y esos fanáticos _nuevos_ son tan irracionales
-como los viejos, que me niegan el derecho á la vida porque, llamándome
-yo cristiana, y sin que nadie me niegue tal nombre, ostento en mi
-fachada una cruz y un letrero que dice: “Cristo, redentor eterno”. ¿Qué
-hay de malo en esto?
-
-
- LA CATEDRAL
-
-Creerán que lo dices con segunda.
-
-
- LA CAPILLA
-
-El signo de la cruz ¿no es siempre santo? ¿Ó es que quieren parecerse
-esos fanáticos ortodoxos al impío Strauss, que en sus _Confesiones_
-llega á declarar que la cruz le repugna?
-
-
- LA CATEDRAL
-
-Con la Constitución del Estado en la mano te demuestran que no tienes
-derecho á la cruz de la fachada...
-
-
- LA CAPILLA
-
-Así argumentaban los saduceos cuando querían probar á Roma que Jesús
-barrenaba la constitución judaica...
-
-
- LA CATEDRAL
-
-En cambio, si los fanáticos _nuevos_ triunfan, ya harán otra
-Constitución para declarar que en España tanto como yo representa
-cualquier zaquizamí en que á un extravagante soñador se le antoje
-exhibir un culto de su invención... y acaso de su industria. Unas
-constituciones niegan la historia y otras niegan la filosofía... Pero
-al fin á ti sólo te perjudican tus contrarios, los que ven en ti el
-símbolo de la abominación. Pero á mí me dejan abandonada todos, los
-que debieran ser mis amigos por patriotas y los que debieran serlo por
-patriotas y por creyentes de mi Iglesia. Hace muchos años, un santo
-obispo, varón elocuente y virtuoso, lleno de humildad y de fe, vino de
-Levante, de país muy diferente de estas mis brumosas montañas, y él,
-hijo del sol, de la clara y diáfana atmósfera mediterránea, se enamoró
-de estos lugares húmedos y oscuros por el encanto singular de estas
-montañas, sagradas para el cristiano y para el patriota. La idea del
-santo obispo fué construir aquí una catedral sobre estos vericuetos
-dantescos, y en los primeros trabajos necesarios empleó su patrimonio.
-La fe y el patriotismo de los demás debía ayudarle, convertir en
-realidad su noble idea... Pero España no comprendió la grandeza del
-propósito. Se convirtió en cuestión de interés provincial puramente
-lo que debiera ser empresa nacional, porque Covadonga no es sólo de
-Asturias, es de España.
-
-
- LA CAPILLA
-
-Y esta aristocracia ilustre, cuyas principales damas tan ruda guerra
-me han declarado á mí, ¿no ha dado su dinero, no ha facilitado su
-influencia para levantar tus muros y hacer de tus naves un santuario
-digno de la gran idea religiosa y española que representas?
-
-
- LA CATEDRAL
-
-Esas damas ilustres, cuyos títulos reunidos parecen un índice de la
-historia de España, no se han acordado de mí... ni del origen de su
-grandeza. Cuanto más ilustres esos grandes apellidos y esos grandes
-títulos, más se acercan á mí. No hay nobleza castellana más pura, más
-grande que la que tenga su origen cerca de estas fuentes, de estas
-aguas que se despeñan por ese torrente abajo...
-
-
- LA CAPILLA
-
-Conque todas esas señoras que han ido á suplicar á Sagasta que no se
-me abra...
-
-
- LA CATEDRAL
-
-Ignoran todas que un modesto sacerdote anda por Asturias de puerta en
-puerta mendigando una limosna para ir construyéndome poco á poco y
-con el menor gasto posible, sin la magnificencia arquitectónica que
-merezco... Debiera ser yo la obra espontánea, simultánea y unánime de
-todas las fortunas de España, y no soy más que una humilde prueba de la
-caridad y del _provincialismo_ de unos pocos asturianos... ¿Qué más? Se
-acaba de celebrar el centenario de Cristóbal Colón y su descubrimiento,
-y todos han pensado en Granada, nadie se acordó de Covadonga. Yo no
-discuto si esas ilustres señoras y esos insignes obispos que piden al
-Estado que no consienta tu apertura hacen bien ó hacen mal. Lo que digo
-es que mucho más urgente que impedir á los demás abrir sus templos es
-construir los propios.
-
-
- CORO DE CATEDRALES
-
-¿Qué importa una capilla protestante en esta tierra en que somos
-nosotras legión? ¡Somos un bosque de torres cristianas! ¡Pero muchas
-amenazamos ruina! ¡Que se salve la Giralda! ¡Que resplandezca la
-linterna mágica de León, aquella inspiración sublime de piedra!
-¡Levantad en Covadonga, no una pobre basílica amanerada y raquítica por
-su miseria, sino un reflejo glorioso de nuestra grandeza! ¡La fe de
-León, de Burgos, de Sevilla, de Granada, se salvó en Covadonga!
-
-
- LA CAPILLA EVANGÉLICA
-
-¡Oh, coro sublime! ¡Oh, sublime religión de Jesús!... ¡Tú sola pudiste
-inspirar estos ideales himnos de piedra!...
-
- Bajando la voz, porque á Segura llevan preso.
-
-_¡Christus redemptor æternus!_
-
-
-
-
- UN CANDIDATO
-
-
-Tiene la cara de pordiosero; mendiga con la mirada. Sus ojos, de color
-de avellana, inquietos, medrosos, siguen los movimientos de aquél
-de quien esperan algo, como los ojos del mono sabio á quien arrojan
-golosinas, y que devorando unas, espera y codicia otras. No repugna
-aquel rostro, aunque revela miseria moral, escaso aliño, ninguna
-pulcritud, porque expresa todo esto, y más, de un modo clásico, con
-rasgos y dibujo del más puro realismo artístico: es nuestro Zalamero,
-que así se llama, un pobre de Velázquez. Parece un modelo hecho á
-propósito por la Naturaleza para representar el mendigo de oficio,
-curtido por el sol de los holgazanes en los pórticos de las iglesias,
-en las lindes de los caminos. Su miseria es campesina; no habla de
-hambre ni de falta de luz y de aire, sino de mal alimento y de grandes
-intemperies; no está pálido, sino aterrado, no enseña perfiles de
-huesos, sino pliegues de carne blanda, fofa. Así como sus ojos se
-mueven implorando limosna y acechando la presa, su boca rumia sin
-cesar, con un movimiento de los labios que parece disimular la ausencia
-de los dientes. Y con todo, sí, tiene dientes, negros, pero fuertes.
-Los esconde como quien oculta sus armas. Es un carnívoro vergonzante.
-Cuando se queda solo ó está entre gente de quien nada puede esperar,
-aquella impaciencia de sus gestos se trueca en una expresión de
-melancolía humilde sin dignidad picaresca, sin dejar de ser triste; no
-hay en aquella expresión honradez, pero sí algo que merece perdón, no
-por lo bajo y villano, sino por lo doloroso. Se acuerda cualquiera,
-al contemplarle en tales momentos, de Gil Blas, de don Pablos, de
-Maese Pedro, de Patricio Rigüelta; pero como este último, todos esos
-personajes con un tinte aldeano que hace de esta mezcla algo digno de
-la égloga picaresca, si hubiese tal género.
-
-Zalamero ha sido diputado en una porción de legislaturas; conoce á
-Madrid al dedillo, por dentro y por fuera; entra en toda clase de
-círculos por altos que sean; se hace la ropa con un sastre de nota, y
-con todo, anda por las calles como por una calleja de su aldea remota y
-pobre.
-
-Los pantalones de Zalamero tienen rodilleras la misma tarde del día
-que los estrena. Por un instinto del gusto, de que no se da cuenta,
-viste siempre de pardo, y en invierno el paño de sus trajes siempre es
-peludo. Los bolsillos de su americana, en los que mete las manazas muy
-á menudo, parecen alforjas.
-
-No se sabe por qué, Zalamero siempre trae migajas en aquellos bolsillos
-hondos y sucios, y lo peor es que, distraído, las coge entre los dedos
-manchados de tabaco y se las lleva á la boca.
-
-Con tales maneras y figura, se roza con los personajes más
-empingorotados, y todos le hacen mucho caso. “Es pájaro de cuenta”,
-dicen todos.
-
-“Zalamero, mozo listo,” repiten los ministros de más correa.
-Fascina solicitando. El menos observador ve en él algo simbólico;
-es una personificación del genio de la raza en lo que tiene de más
-miserable, en la holgazanería servil, pedigüeña y cazurra. “Yo soy un
-frailuco--dice el mismo Zalamero--; un fraile á la moderna. Soy de
-la orden de los mendicantes parlamentarios.” Siempre con el saco al
-hombro, va de ministerio en ministerio pidiendo pedazos de pan para
-cambiarlos en su aldea por influencias, por votos. Ha repartido más
-empleos de doce mil reales abajo, que toda una familia de ésas que
-tienen el padre jefe de partido ó de fracción de partido. Para él no
-hay pan duro; está á las resultas de todo; en cualquier combinación
-se contenta con la peor; lo peor, pero con sueldo. Sus empleados van
-á Canarias, á Filipinas; casi siempre se los pasan por agua; pero
-vuelven, y suelen volver con el riñón cubierto y agradecidos.
-
---¿Qué carrera ha seguido usted, señor Zalamero?--le preguntan las
-damas.
-
-Y él contesta sonriendo:
-
---Señora, yo siempre he sido un simple hombre público.
-
---¡Ah! ¿Nació usted diputado?
-
---Diputado, no, señora; pero candidato creo que sí.
-
---¿Y ha pronunciado usted muchos discursos en el Congreso?
-
---No, señora: porque no me gusta hablar de política.
-
-En efecto; Zalamero, que sigue con agrado é interés cualquier
-conversación, en cuanto se trata de política bosteza, se queda triste,
-con la cara de miseria melancólica que le caracteriza, y enmudece
-mientras mira receloso al preopinante.
-
-No cree que ningún hombre de talento tenga lo que se llama ideas
-políticas, y hablarle á Zalamero de monarquía ó república, democracia,
-derechos individuales, etc., etc., es darle pruebas de ser tonto ó de
-tratarle con poca confianza. Las ideas políticas, los credos, como él
-dice, se han inventado para los imbéciles y para que los periódicos
-y los diputados tengan algo que decir. No es que él haga alarde de
-escepticismo político. No; eso no le tendría cuenta. Pertenece á un
-partido como cada cual; pero una cosa es seguirle el humor al pueblo
-soberano, representar un papel en la comedia en que todos admiten el
-suyo, por no desafinar, y otra cosa es que entre personas distinguidas,
-de buena sociedad, se hable de las ideas en que no cree nadie.
-
-Zalamero, en el seno de la confianza, declara que él ha llegado á ser
-hombre público... por pereza, por pura inercia. “Dejándome, dejándome
-ir, dice, me he visto hecho diputado. Nunca me gustó trabajar; siempre
-tuve que buscar la compañía de los vagos, de los que están en la plaza
-pública, en el café, azotando calles á las horas en que los hombres
-ocupados no parecen por ninguna parte. ¿Qué había de hacer? Me aficioné
-á la cosa pública: me vi metido en los negocios de los holgazanes,
-de los desocupados, en elecciones. Fuí elector y cazador de votos,
-como quien es jugador. Cuando supe bastante me voté á mí propio. El
-progreso de mi ciencia consistió en ir buscando la influencia cada vez
-más arriba. He llegado á esta síntesis: todo se hace con dinero, pero
-arriba. Cuanto más arriba y cuanto más dinero, mejor. El que no es
-rico, no por eso deja de manejar dinero; hay para esto la tercería de
-los grandes contratos vergonzantes. El dinero de los demás, en idas y
-venidas que ideaba yo, me ha servido como si fuera mío.”
-
-Mientras muchos personajes andan echando los bofes para asegurar
-un distrito, y hoy salen por aquí, mañana por los cerros de Úbeda,
-Zalamero tiene su elección asegurada para siempre en el tranquilo
-huerto electoral que cultiva abonando sus tierras con todo el estiércol
-que encuentra por los caminos, en los basureros, donde hay abono de
-cualquier clase.
-
-Aunque trata á duquesas, grandes hombres, ilustres próceres,
-millonarios insignes, cortesanos y diplomáticos, en el fondo Zalamero
-los desprecia á todos, y sólo está contento y sólo habla con sinceridad
-cuando va á recorrer el distrito, y en una taberna, ó bajo los árboles
-de una pumarada, ante el paisaje que vieron sus ojos desde la niñez,
-apura el jarro de sidra ó el vaso de vino, bosteza sin disimulo,
-estira los brazos, y á la luz de la luna, con la poética sugestión de
-los rayos de plata que incitan á las confidencias, exclama con su voz
-tierna y ronca de pordiosero clásico, dirigiéndose á uno de sus íntimos
-aldeanos, agentes, electores, sus criaturas.
-
---...Y después, si Dios quiere, como otros han llegado, puedo llegar á
-ministro... y como no soy ambicioso, juro á Dios que con los treinta
-mil reales de la cesantía me contento; sí, los treinta mil... aquí,
-en esta tierra de mis padres, en la aldea, bajo estos árboles, con
-vosotros...
-
-Y Zalamero se enternece de veras y suspira porque ha hablado con el
-corazón. En el fondo es como el aguador que junta ochavos y sueña con
-la terriña. Zalamero, el palaciego del sistema parlamentario, el pobre
-de la Corte de los Milagros... del salón de conferencias: el mendicante
-representativo, no sueña con grandezas, no quiere meter al país en un
-puño, imponer un credo.
-
-¡Qué credos!
-
-Ser ministro ocho días, quedarse con treinta mil... y á la aldea. Es
-todo lo Cincinnato que puede ser un Zalamero. No quiere ser gravoso á
-la patria. “Si me hubiesen dado una carrera, hoy sería algo. Pero un
-hombre como yo ¿á qué ha de aspirar sino á ser ministro cesante cuando
-la vejez ya no le consienta trabajar... el distrito?”
-
-
-
-
- LA CONTRIBUCIÓN
- TRAGICOMEDIA EN CUATRO ESCENAS
-
-
- ESCENA PRIMERA
-
-
- Estación de Pinares. Al amanecer. El campo cubierto de escarcha. Mucho
- frío. El tren parado delante del andén. Algunos viajeros de tercera
- corren á la cantina, donde se sirve café malo, pero caliente. Muchos
- se soplan las manos, otros dan patadas fuertes contra el suelo, otros
- se pasean, mientras se les prepara el café. Los empleados, pocos y mal
- vestidos, de la estación, muestran actividad extraordinaria. Es que
- en un coche de lujo, en un _break_, viajan altos funcionarios de la
- Compañía y un ministro, el de Hacienda.
-
- UN VIAJERO DE 3.ª
-
- Enfermo, de color de aceituna, muy débil, vestido con un traje claro
- muy ligero; se acerca, andando y hablando con dificultad, al jefe de
- la estación, que pasa con mucha prisa.
-
-¿Me hace el favor?
-
-
- EL JEFE
-
-¿Qué hay?
-
-
- VIAJERO DE 3.ª
-
-¿Cuántos minutos para aquí?
-
-
- EL JEFE
-
-¿No lo ha oído usted? Cinco.
-
-
- VIAJERO DE 3.ª
-
-Pero como decían... que hoy... que se habían bajado unos señores que
-tienen que hacer ahí fuera... y se les esperaría... Pensaba yo...
-
-
- EL JEFE
-
-Eso no es cuenta de usted ni mía.
-
- El jefe desaparece sin oir las excusas del viajero de 3.ª, que teme
- haber ofendido á aquel personaje.
-
-
- VIAJERO DE 3.ª
-
- Á otro empleado de la estación.
-
-¿Se puede saber cuánto pararemos aquí?
-
-
- EL EMPLEADO
-
-¡Uf! Lo menos un cuarto de hora. ¿No ha visto usted que se han apeado
-esos señores para ver las obras del puente? Lo menos un cuarto de hora.
-
-
- VIAJERO DE 3.ª
-
- Con expresión de alegría y agradecimiento.
-
-Muchas gracias, muchas gracias... Pero ¿está usted seguro que un cuarto
-de hora lo menos?
-
-
- EL EMPLEADO
-
- Con el humor del jefe:
-
-Hombre, ¿quiere usted una hipoteca?
-
- Se va.
-
-
- VIAJERO DE 3.ª
-
-No, señor, gracias... Usted dispense... Basta la palabra... ¡Quince
-minutos! ¡Oh, sí, me decido! ¡Dios mío, dame fuerzas!
-
- Con gran trabajo, respirando con dificultad, se dirige
- hacia... _lo que no puede decirse_. Lee:
-
-_Señoras_... ¡Aquí no!
-
- Da otros cuantos pasos con gran dificultad. Lee:
-
-_Caballeros._
-
- Vacila; muestra gran desaliento.
-
-No hay más... Sí, aquí debe de ser.
-
- Desaparece. Pasan tres minutos. Suena una campana.
-
-
- UNA VOZ
-
-Señores viajeros, ¡al tren!
-
- Los pasajeros del _break_ ya han ocupado su coche.
- Al parecer, tienen prisa. Uno de ellos se dirige
- al jefe de estación, que se cuadra.
-
-
- EL PERSONAJE
-
-Sí, sí; ahora mismo. Pite usted. El ministro se siente mal y hay que
-llegar cuanto antes á la ciudad...
-
- El empleado de marras habla en voz baja al jefe y señala al lugar
- por donde ha desaparecido el viajero de 3.ª. El jefe hace un gesto
- de contrariedad y se encoge de hombres. El personaje se retira de
- la ventanilla. El jefe espera unos segundos. El empleado y algunos
- viajeros, que se dirigían corriendo al tren, hacen señas, como de
- quien mete prisa á alguien, en la dirección por donde ha
- desaparecido el viajero de 3.ª.
-
-
- EL EMPLEADO
-
-¡Vamos, hombre, á escape!... Que se queda usted en tierra...
-
-
- UN VIAJERO
-
-¡Que se va el tren!
-
- Suena el pito.
-
-¡Que se va!... ¡Ese pobre hombre!... ¡Que no puede!... ¡Que se cae!...
-Allá ustedes.
-
- Monta corriendo en su coche.
-
-
- EL EMPLEADO
-
-Pero ¿qué le pasa?
-
- El tren empieza á moverse.
-
-
- VIAJERO DE 3.ª
-
- Aparece, arrastrándose casi, con una mano apoyada en el suelo
- y otra sujetando la ropa. Lívido, aterrado, habla con voz
- debilísima; quiere llegar al tren que marcha.
-
-¡Socorro! ¡favor!... ¡Ayudarme, ayudarme! ¡No puedo, no puedo!...
-
- Toca con una mano el estribo,
- un mozo de la estación y el empleado de
- antes se precipitan hacia él para contenerle.
-
-
- EL EMPLEADO
-
-¡Imprudente!... ¡Desgraciado!... ¡Que le arrastra, que le deshace el
-tren!...
-
-
- VIAJERO DE 3.ª
-
-¡Por Dios!... ¡Arriba!... Quiero morir allá... en Cardaña... junto á mi
-padre... ¡Falta tan poco!... ¡Ayuda, arriba!...
-
-
- MUCHAS VOCES
-
-¡Imposible!...
-
- Quieren ayudarle los de dentro y los de fuera. Se abre
- una portezuela, se tienden varias manos. Todo inútil. El tren
- sigue, el viajero de 3.ª cae sin sentido en brazos del mozo
- de la estación. Todas las ventanillas, las del break
- inclusive, llenas de cabezas. Curiosidad inútil.
- El tren desaparece.
-
-
- VOCES EN EL TREN
-
-¿Quién es? ¿Quién será?
-
-
- OTRAS VOCES
-
-Dicen que es un soldado de Cuba que viene por enfermo...
-
-
- ESCENA SEGUNDA
-
- Cardaña. La estación. Mucho frío. Muy poca gente en el
- andén. Un viejecillo ochentón, apoyado en muletas, rendido
- de fatiga, se arrima á una columna de hierro y mira con
- ansiedad hacia la parte de Pinares, por donde va á llegar
- el tren. Llega el tren. Nadie se apea. ¡Un minuto de parada!
- grita una voz. Suena inmediatamente una campana, luego un
- silbido y el tren emprende la marcha.
-
-
- EL VIEJO
-
-¡Dios mío! ¿Qué es esto? Nadie, nada... ¿Se habrá dormido? No,
-imposible. Es que no viene. ¿Dónde se ha quedado? Si debía llegar
-ahora, sin falta... ¡Enfermo, enfermo por el camino!... ¡Mi Nicolás,
-Nicolás!... Nada; no viene... y ya se aleja el tren... ¡No viene... no
-viene!... ¡Dios mío!...
-
-
- EL JEFE DE LA ESTACIÓN
-
-¿Qué es eso, señor Paco? ¿Qué le sucede? ¿Le han arrojado ya de su casa
-esos caballeros _mandones_?
-
-
- EL VIEJO
-
-No... si ahora no es eso... No es la casa... Es mi hijo... Nicolás, que
-vuelve de Cuba muy enfermo, deshaciéndose... y debía llegar en este
-tren... ¡y nada!
-
-
- EL JEFE
-
-Calma, hombre; vendrá mañana.
-
-
- EL VIEJO
-
-No, no; ¡me da el corazón una desgracia!... ¡Hoy, hoy, era hoy!... Algo
-le pasó en el camino.
-
-
- EL JEFE
-
-Vaya, que es usted el rigor de las desdichas. Pero ¿qué hay de eso?
-¿Es verdad que le han vendido á usted la huerta y la chozuca por mal
-pagador, por rebelarse contra el comisionado?... ¡Ja, ja! Usted, señor
-Paco, siempre tan... faccioso. ¿Pero no sabe que el que no paga la
-contribución... la paga de todas maneras?
-
-
- EL VIEJO
-
-Yo no podía pagar. ¡Les abandoné mi pobreza! Pero de mi rincón no me
-han echado todavía... ¡Ni me echarán! Quiero mi cama en mi choza para
-mi hijo, que viene enfermo de Cuba...
-
-
- EL JEFE
-
-¡Pero si le han vendido la choza, si ya no tiene allí nada suyo más que
-la cama!... Usted lo dice, usted se lo abandonó todo.
-
-
- EL VIEJO
-
- Irritándose.
-
-Sí; lo abandoné porque no podía pagar trimestres y más trimestres...
-Me pedían un dineral... Una injusticia... Mientras pude trabajar,
-pagué á regañadientes, pero pagué; ahora, solo, baldado, inútil, sin
-trabajo... apenas como... y he de pagar... ¿Con qué? ¡Rayos! ¡Mi casa,
-la huerta!... Se la llevaron, bueno; ya es de otro... ¡Rayos! Pero si
-Nicolás llega enfermo, ¿dónde le meto? ¡Vive Dios! ¡En mi choza, en su
-casa!
-
-
- EL JEFE
-
-Juicio, juicio, señor Paco. Con los mandones no se juega. No haga usted
-un disparate. Y salga, que esto se queda solo y yo me voy arriba.
-
-
- EL VIEJO
-
- Saliendo de la estación hacia el pueblo.
-
-¡Dios mío! Pero ¿dónde está mi hijo? ¡Enfermo!... ¡Abandonado en el
-camino!... ¡Muerto, acaso muerto!
-
-
- ESCENA TERCERA
-
- La tarde del mismo día. Calle de aldea, solitaria, delante
- de la casucha del señor Paco. El alcalde y dos hombres
- mal encarados, vestidos á lo ciudadano, pero con mala ropa,
- se acercan al señor Paco, sentado á la puerta de su casa.
-
-
- EL ALCALDE
-
-¡Ea, señor Paco, esto se acabó! La paciencia y todo, se acaba.
-
-
- EL SEÑOR PACO
-
-¿Qué quiere usted decir, señor alcalde?
-
-
- EL ALCALDE
-
-Que estos señores vienen á tomar posesión de lo que es suyo. Que
-esta casa ya no es de usted. Que usted ha dejado que la Hacienda se
-incautase de sus bienes y sin mezclarse usted en nada, despreciando la
-ley, como si ésta no tuviera que cumplirse, ha visto sin moverse que,
-paso tras paso, como pide la justicia, se fueran llenando todos los
-requisitos para dejarle á usted en la calle... Y ahora que eso ya es
-de otro, de este caballero que acompaña al señor comisionado, á quien
-usted conoce...
-
-
- EL SEÑOR PACO
-
-Sí; demasiado.
-
-
- EL ALCALDE
-
-Ahora que usted no tiene ahí dentro más que unos pocos muebles, ni
-quiere sacarlos, ni se va con la música á otra parte... y eso no está
-en el orden. Haber pagado á su tiempo.
-
-
- EL SEÑOR PACO
-
-No tenía con qué.
-
-
- EL ALCALDE
-
-Eso no es cuenta mía. Ni esto tampoco... Entendámonos: estos señores
-recurren á mí, porque, por la presente, y á falta de mejor... postor...
-eso es, soy la fuerza pública, vamos al decir. Está usted ejecutado; la
-ley ya no tiene más que hacer... á no ser que quiera que materialmente
-se le eche á patadas...
-
-
- EL SEÑOR PACO
-
-¡Atrévase usted, señor alcalde!...
-
-
- EL ALCALDE
-
-No, yo no. Es usted un pobre viejo. Pero vendrá la guardia civil, ya
-que es usted tan testarudo. Este caballero ya ha estado aquí tres
-veces. Tiene razón al quejarse de que no se le haya hecho salir de
-aquí á usted á su debido tiempo. Por lástima han hecho todos la vista
-gorda hasta llegar el último momento... Pero ésta es la de vámonos.
-Tanto derecho tiene usted á estar en esta casa como en la mía. Yo, por
-motivos de orden público, digámoslo así, vengo á darle el último aviso
-por las buenas. Este señor ya está cansado de aguantarle... Conque, ó
-deja usted libre la puerta... ó vienen los guardias ¡y hay violencia!
-
-
- EL SEÑOR PACO
-
-¡Que venga un ejército! Que me maten... de aquí no me muevo. Espero
-á mi hijo... á Nicolás... que viene muy enfermo... ¡Dios mío! ¡Si
-llega! ¿En dónde le acuesto? Viene de Cuba... deshaciéndose... Mi cama
-es suya... ahí, en ese rincón donde nació... donde moriremos los dos
-abrazados... en nuestra casa, donde murió su madre... en mi choza...
-mía, pese á todas las contribuciones del mundo. No pago, porque no
-puedo... ¡pero mi casa es mía!
-
-
- EL COMISIONADO
-
-Señor Paco, esta casa es de este caballero, que la ha adquirido del
-Estado en la forma que señala la ley y con todos los requisitos del
-caso; hace mucho tiempo que está usted aquí de sobra. Bastante se
-ha levantado el brazo. Si usted no hubiese sido terco... si hubiera
-pagado...
-
-
- EL SEÑOR PACO
-
- Sombrío, como transtornado.
-
-Esta casa es para mi hijo... Ahí, en esa cama moriremos los dos...
-abrazados... ¡Si viene! ¡Si no ha muerto por el camino!
-
-
- EL DUEÑO NUEVO
-
-Nada, nada; yo no sirvo para ver estas cosas. Que se cumpla la ley en
-todos sus extremos. Yo me voy y volveré cuando la fuerza me haya dejado
-mi propiedad libre de estorbos... Con Dios, señores.
-
-
- EL ALCALDE
-
-Espere usted. Ea, tío Paco, ya se me sube á mí el humo á las narices.
-Aquí ya no hay civiles que valgan: yo soy alcalde... y me basto y me
-sobro... Deje usted libre el paso... ó me lo llevo á la cárcel...
-
-
- EL SEÑOR PACO
-
- Blandiendo una muleta.
-
-Moriré aquí dando palos al que se acerque... En muriendo los dos... ahí
-dentro, en esa cama, cargad con todo. Llevadnos de limosna al campo
-santo... y todo es vuestro. Pero me da el corazón, miserables, que si
-os abandono la choza antes que él venga... no vendrá; _se habrá muerto_
-en el camino, en el barco, entre las ruedas del tren, ¡qué sé yo! Si le
-aguarda su cama en su choza... en el rincón donde nació... vendrá, sí,
-vendrá... ¡Se lo pido á Dios de rodillas!
-
- Se arrodilla temblando y apoyando las manos en el suelo.
- Silencio solemne. Aquellos cafres callan con respeto,
- relativo, á la desgracia y á la oración del anciano.
-
-
- ESCENA CUARTA Y ÚLTIMA
-
- Se oye el ruido estridente de las ruedas de una
- carreta del país. Aparece por la calleja que desemboca
- frente á la choza del señor Paco una carreta de bueyes
- guiada por un aldeano y escoltada por dos civiles.
- Dentro de la carreta un bulto largo cubierto con un
- lienzo gris.
-
-
- UN GUARDIA CIVIL
-
-Aquí es, señores, ¿no vive aquí el señor Paco Muñiz de la Muñiza?
-
-
- EL ALCALDE
-
-Ahí le tienen... Á buen tiempo llegan, señores guardias... Yo soy el
-alcalde del pueblo, y este hombre...
-
-
- EL GUARDIA
-
-Espere un poco, señor alcalde. El caso es...
-
-
- EL SEÑOR PACO
-
- Como iluminado por una revelación al ver la carreta,
- se dirige hacia ella, sin apoyarse en las muletas, que
- arroja; levanta el lienzo gris, descubre un cadáver
- y se abraza, entre alaridos, al muerto.
-
-¡Nicolás! ¡Mi hijo! ¡Mi Colasín!
-
-
- EL ALDEANO
-
- Al alcalde.
-
-Se nos ha muerto en el camino. Es un soldado de Cuba que venía por
-enfermo. Se bajó en Pinares... no pudo montar en el tren... y se
-moría. Suplicó que por caridad se le trajera á Cardaña... á morir en su
-casa, junto á su padre...
-
-
- EL SEÑOR PACO
-
- Incorporándose airado, como loco.
-
-¡Miserables, dejadme lo mío! ¡Ya pago, ya pago! ¿No me robáis porque
-no pagaba?... ¿Y ese hijo? ¿Y esa vida? ¡Alcalde, ahí tienes la
-contribución! ¡Entiérramela!
-
- Con las manos crispadas señala al muerto.
-
- TELÓN MUY LENTO
-
-
-
-
- EL RANA
-
-
-Tenía cincuenta años que parecían setenta; una levita que no lo
-parecía, del color de la vía pública, el gris que se coge en el arroyo
-como una pátina; barba rala, corrida, del color de la levita; tres ó
-cuatro dientes; una camisa, y muy arraigadas convicciones políticas,
-sociológicas y aun filosóficas y teológicas. Había aprendido á leer
-allá en Cuba, cuando la otra guerra, siendo voluntario en un batallón
-provincial; y ahora leía periódicos y más periódicos arrimado á los
-pilares en los porches del Ayuntamiento. Siempre leía de prestado,
-porque él su poco dinero lo gastaba en aguardiente y en tabaco. Era
-peón de albañil, pero casi siempre dimisionario. No estaba conforme con
-la marcha del mundo. Cuando él era joven, la culpa de todos los males
-la tenía el _oro de la reacción_; ahora parecía ser que el enemigo
-era “el infame burgués”. “Sea”, se había dicho el Rana; y, como antes
-del oscurantismo y de los _presupuestívoros_, ahora maldecía del
-burgués, del zángano de levita. Y eso que él, por invencible afición,
-siempre vestía de levita, verdad es que debida á la munificencia de
-algún aborrecido burgués. Era el borracho más popular de su pueblo,
-y todas las clases sociales le encontraban gracia al Rana, y veían
-en él, acaso, el último representante de una generación famosa de
-perdis populares, que eran, en cierto modo, orgullo de la ciudad por
-el ingenio de todos ellos, por los rasgos originales y muy cómicos de
-su excitada fantasía. El Rana, á pesar de sus ideas disolventes, de su
-_bala rasa_ (alcohol puro) anarquista, no tenía un enemigo, ni siquiera
-entre el clero, que él despreciaba con serenidad olímpica. Sin embargo,
-sus lucubraciones teológicas más de una vez le hicieron dormir en la
-prevención, por la forma más que por el fondo. Cuando la prensa local
-encarecía la necesidad de perseguir la blasfemia, el Rana no se libraba
-de los rigores del terror blanco. Pero salía de prisiones sin abdicar
-uno solo de sus principios; y aquella misma noche volvía á presentarse
-tan borracho como el día anterior y tan encastillado en sus negaciones
-impías y en sus imprecaciones escandalosas.
-
-Amigo de marchar con el siglo, había renunciado á ser republicano, ya
-que los jóvenes de la esquina del Ayuntamiento se reían de la política;
-y era anarquista, pero disidente, porque los de esta opinión le habían
-expulsado con toda solemnidad de su grey, con el frívolo pretexto de
-que empalmaba las borracheras y era el hazmerreir de los burgueses, y
-admitía de éstos propinas, prendas de vestir y otras humillaciones.
-
-Pero el Rana, haciendo eses, y mirando al cielo, con quien se pasaba el
-día de coloquio, pues era su costumbre decírselo todo á las nubes, al
-_tal_ Dios, desdeñando ponerse al habla con los míseros mortales, el
-Rana, digo, perdonaba á sus correligionarios porque no sabían lo que
-hacían, y les dedicaba sonrisas de desprecio en un todo iguales á las
-que le merecía el alto y bajo clero. Además de no estar conforme con
-el _credo_ (así decía él) de su partido, en lo tocante á la bebida,
-también protestaba contra los alardes de cosmopolitismo, porque él era
-patriota ¡por vida de la Chilindraina! y había expuesto la vida en cien
-combates por la... _eso_ de la patria: en fin, “¡Viva Cuba española!”,
-gritaba El Rana, que en esta materia no admitía bromas ni novedades.
-Bueno que la república fuera un... mito, eso, un mito..., pero en la
-_aquello_... de la patria, que no le tocaran el Carlos Más (Marx), ni
-el Carlos Menos, ni Carlos Chapa..., porque el Rana, allí donde se le
-veía... había sido voluntario del heroico batallón de la _Purísima_
-(alabada sea ella), añadía el Rana, que sólo estaba mal con el elemento
-masculino de la Sacra Familia; y eso de boca.
-
-“Mil éramos, predicaba entusiasmado en medio de la plaza, mil éramos
-cuando íbamos por la carretera de Castilla arriba: ciento cuatro
-volvimos de Cuba... Los demás todos muertos... unos por uno, otros por
-otro..., ¡todos muertos! ¡Viva la anarquía y el libertinaje! Fuego
-y fuego en el burgués..., pero el que me toque á... pues, á Cuba
-española, que se entienda con este cura, hablando mal, con el Rana,
-veterano distinguido del batallón provincial de la Purísima, alabada
-sea ella... Me... _caso_ en el _tal_ del _Tal_.”
-
-Y si pasaba por allí un polizonte iba el Rana á la prevención por
-blasfemo.
-
- * * * * *
-
-Una mañana muy fría, de Diciembre, salió el Rana muy temprano del
-zaquizamí en que dormía, y previo el ordinario tocado de pasarse la
-mano por los ojos, se encaminó á la estación del ferrocarril del
-Norte, pisando la dura escarcha, soplándose los dedos y hablando entre
-dientes con las _podridas_ nubes. La letra de lo que quería decir no
-era muy clara, pero la música era ésta: pestes contra el frío, contra
-el hambre, contra el infame burgués y contra la falta de patriotismo
-del obispo, del alcalde, del gobernador y demás oscurantistas, digo
-burgueses.
-
-El Rana había leído en un periódico local, el día anterior, que aquella
-mañana, en el primer tren saldrían por el ferrocarril del Norte quince
-voluntarios que embarcarían en La Coruña con destino á Cuba. Una semana
-antes la ciudad en masa había despedido entre gritos de entusiasmo
-patriótico á todo un batallón de infantería que de allí había salido
-para la guerra. Se había obsequiado á los soldados con cigarros,
-fiambres, vino, reparto de pesetas y grandes dosis de cariño fraternal,
-inspirado en el amor á la patria. Estaba bien. El Rana era el primero
-en aplaudir aquella manifestación. Pero ahora...
-
---¡Lo que yo temía!--exclamó al pisar el andén, donde le dejaron entrar
-á la cuarta ó quinta blasfemia.
-
---¡Lo que yo temía! ¡Ni un alma! ¡Muera el burgués! ¡Abajo lo
-existente!... ¡Ni un alma!... ¡Sean ustedes _Daoíces_ para esto!...
-¡Claro!... Los pobretones son voluntarios; como yo, como el Rana, allá
-en mis buenos tiempos... Son el _Queso_, _Piniella_, el _Marqués_,
-_Viruela_, _Viruso_, el _Troncho_... cuatro gatos, la hez, eso, la
-hez del pueblo soberano... Una limpia, ¿eh? ¡Dígalo usted, burgués
-infame!... ¡Una limpia!... ¡Dígalo usted claro!
-
-Y el Rana, hablando y andando, se dirigió á la cantina solitaria,
-donde pidió una copa de aguardiente, al mismo tiempo que ponía sobre
-el mostrador unos cuantos perros chicos, pero sin separar de ellos la
-mano. Era aquel gesto una fórmula á que le obligaba su escaso crédito.
-Quería decir que tenía con qué pagar; no que pagaría de fijo.
-
-Como la cantinera le mirase con cierta sorna y no se diera mucha
-prisa á servirle, El Rana, con ceño digno de las Euménides, se encaró
-con la pobre muchacha y la abrumó bajo el peso de cien blasfemias é
-imprecaciones.
-
-“¿De qué se dudaba allí? ¿De su buena fe de pagador ó de su amor á
-la... _eso_ de la patria?”
-
-“¿Tenía él ó no tenía decoro? ¿Tenía ó no tenía razón? Ni el obispo,
-ni el alcalde, ni una rata, venía á ‘despedir á los quince _Daoíces_’
-que iban á morir por España, como el más currutaco general ó cadete...”
-Bebió dos ó tres copas; dejó sobre el mostrador algunas monedas,
-recogió otras, y siempre hablando con las nubes, se fué hacia el grupo
-de voluntarios, que también soplándose las manos daban diente con
-diente y patadas en el suelo, formando piña cerca del tren, preparado
-ya para la marcha.
-
---¡Eh, Rana, faltan cinco céntimos!...--le gritó no muy incomodada la
-cantinera.
-
-El Rana se encogió de hombros, y con un ademán de pródigo, exclamó:
-
---Para ti--y llegó al grupo de voluntarios, donde no fué mal recibido.
-El _Queso_ le estrechó la mano con efusión, y dijo:
-
---¡Bien por el Rana! Vivan los patriotas de la _Purísima_.
-
---Alabada sea ella. Pero el podrido obispo, ¿por qué no viene hoy á
-echar bendiciones? Y el alcalde, ¿para cuándo deja los _puros_ y los
-vivas?...
-
---¡Porque sois la hez, Queso! Esto es una limpia... Os barre el hambre,
-os echa á morir, á la alcantarilla, á la manigua, la _nesecidad_... Y,
-claro... los señoritos, los burgueses... no se levantan de la cama á la
-hora que barren los barrenderos del Ayuntamiento...
-
- * * * * *
-
-La verdad era que en la estación no había ni _elemento oficial_,
-ni muchos curiosos ó patriotas. Casi ninguno. Había, sí, mujeres
-harapientas, niños pobres que lloraban ó reían, los pedazos del corazón
-cubiertos de andrajos, que dejaban en el pueblo aquellos muchachos que
-iban... no sabían á qué... á morir probablemente... á padecer por la...
-_eso_, de la patria.
-
-El Rana no se explicaba bien--porque blasfemar no es argüir;--pero él
-veía clara la cosa: lo que pasaba por el espíritu... de vino de aquel
-insigne borracho, traducido de las nieblas alcohólicas de su conciencia
-al lenguaje usual, era esto:
-
-“No valen más mil que quince. Aquellos chicos no tenían la culpa de
-ser tan pocos. No valía decir que el pueblo acababa de entusiasmarse
-pocos días antes. En estos casos no vale el cansancio. Aquel desaire
-á la _hez_ de la población, que iban de su propio querer á morir por
-España, era una ingratitud, una crueldad. El voluntario no es menos que
-el soldado que _sirve al rey_ porque le toca. _Allá_ son iguales; pero
-en el _arrancar_ tiene el voluntario más mérito. Y no valía pensar que
-el _Queso_, el _Marqués_, _Viruela_, iban echados por la miseria, por
-no luchar con el hambre, por dar pan á su madre, ó á su mujer ó á sus
-hijos...
-
-“No; algo había él visto... pero sin lo _otro_, sin lo de... _aquello_
-de la patria, no irían. ¿Por qué no iban á otra parte, donde había
-_guita_, pero no había peligro, mala vida? ¿Por qué á ninguno se le
-ocurría ir á cambiar la miseria de su _tierra_ por el pan seguro
-de otras aventuras lejanas, por mar ó por tierra? En fin, que, por
-dentro, al _Queso_ le pasaba lo que á él, al Rana, le había pasado
-en su tiempo. ¿Qué era España? ¿Qué era la patria? No lo sabía.
-Música... El himno de Riego, la tropa que pasa, un discurso que se
-entendió á medias, jirones de frases patrióticas en los periódicos...
-Pelayo... El Cid... La francesada... El Dos de Mayo... El Rana, como
-otros camaradas, confundía los tiempos; no sabía si lo de Pelayo y
-lo de Covadonga había sido poco antes que lo de Daoiz ó por el mismo
-tiempo... Pero, en fin, ello era que... ¡viva España! y lo que sale
-de dentro sale de dentro... y, en fin, que en un arranque de... no
-sabía qué, pero contento, muy _ancho_, se había alistado... y allá
-había ido, mezclado con mucha gente honrada, siendo tanto como ellos,
-en cuanto era voluntario; y se había batido bien, y había perdonado,
-allá en la guerra, á los españoles de acá, á los _reaccionarios_ (hoy
-burgueses) que habían ido á despedir el batallón de la _Purísima_
-por la carretera de Castilla arriba, y que iban diciendo, mientras
-acompañaban á los voluntarios:
-
---“Y además, ¡_qué limpia_! El batallón se lleva al Rana, se lleva
-á _Saltamontes_, se lleva á _Tarucos_... se llevaba... Sí, se los
-llevaba; ya no quedaban _perdis_ en el pueblo apenas; y los más se
-habían ido y no habían vuelto... ¡Qué limpia! Entre muchos pobres muy
-juiciosos, sin tacha, la picardía de la ciudad, era cierto; borrachos,
-jugadores, blasfemos, el escándalo de las plazuelas... ¡Pero allí todos
-iguales, todos voluntarios! Y el Rana y _Tarucos_ no iban sólo por el
-rancho y á la que saltara; no, señor... iban por una corazonada, por
-el himno de Riego, por lo de los moros y los mambises... y Pelayo y
-los franceses... y, en fin... como los otros... ¡Rayo en el burgués!
-¿Qué limpia, eh? ¡Oh! ¡Pues si viérais morir en la manigua á los de las
-_barreduras_!...”
-
- * * * * *
-
-Sonó el pito del jefe. Se cerraron portezuelas, hubo abrazos, besos,
-lágrimas, carcajadas nerviosas, gritos locos. De repente silencio
-triste. En aquel silencio sonó de repente la voz del Rana que peroraba,
-sin que ya nadie le hiciera caso:
-
---Á ver, ¿dónde está el pueblo? ¿Dónde está el burgués, dónde está el
-obispo? ¿Y esas pesetas, señores de la Diputación? ¿Y esos cigarros,
-señor Alcalde?
-
-Y entusiasmado con su propia arenga, el Rana, al arrancar el tren, tuvo
-una inspiración generosa.
-
-Sacó del bolsillo interior de la levita de color de carretera una
-cajetilla de las más baratas, aún no mediada, y con gesto de soberana
-arrogancia, comenzó á arrojar pitillos á las ventanas de los coches que
-ya se movían...
-
---Toma, _Queso_; toma, _Viruela_..., toma tú, _Troncho_... ¡Viva Cuba
-española!
-
---¡Viva el Rana! gritaron los voluntarios que ya se alejaban... ¡Viva
-la integridad de la patria!
-
---¡Eso! ¡eso!--gritó nuestro hombre--¡viva la _ingratidad_ de la
-patria! Me _caso_ en el _tal_ del _Tal_... y blasfemó horriblemente,
-hasta que un guardia le puso la mano en el hombro, diciendo:
-
---Calla, Rana, si no quieres dormir el martes donde duermes el
-domingo...
-
-El Rana miró de hito en hito, con gran desprecio, al guardia, y, sin
-blasfemar, exclamó:
-
---Oye, tú, dile al obispo... que es un... _trásfuga_... y que ¡viva
-Cuba española!
-
-
-
-
- VERSOS DE UN LOCO
-
-
-Mi criado me presentó una tarjeta que decía:
-
- TEOPOMPO FILOTEO DE BELEM
-
-y debajo, en letras más pequeñas:
-
- POETA ESOTÉRICO ULTRATELÚRICO
-
-y más abajo, en letras más pequeñas todavía:
-
- _Ecce-Homo, 13, guardilla._
-
---Que pase, que pase--grité--ese Ecce-Homo de Belem ultratelúrico.
-
-Y á los pocos minutos se presentó un hombre que ni pintado para
-representar el _presidente_ graciosísimo de _Su Excelencia_, de Vital
-Aza.
-
-Tenía un aire de familia con todos esos _trovadores errantes_ que andan
-por ahí cantando la Marsellesa y enseñando los codos. Era la imagen del
-romanticismo, como le vestiría su enemigo el clasicismo, de buena gana.
-Usaba melena, la noble, la irreemplazable melena, con símplica audacia.
-Por toga pretexta llevaba el conocido gabán de verano, largo, gris,
-raído, como tenía que ser. Por caridad y buen gusto no quise mirarle
-las botas.
-
-Supongo que traería pantalones, pero no conservo conciencia de su color
-ni corte.
-
-De todas maneras, á las pocas palabras, aquel hombre pálido (no faltaba
-más) me había hecho olvidarme de todo lo material, de todo lo sensible.
-Había sonreído, había hecho reverencias, se había santiguado dos veces
-de prisa, había pasado la mano por el lomo, con cariño, á un gato de
-porcelana que tengo junto á mi mesa de escribir y me había hablado, sin
-dejarme meter baza, de Budha, de Lao-Tseu, del etíope que Renán nos
-describe, creo que en _San Pablo_, y que va meditando el Evangelio á
-su manera; de Verlaine, de Caran d’Ache, de San Agustín, del gallo de
-Sócrates y del gallo de San Pedro...
-
-Cuando yo iba á decirle que me mareaba, ya no estaba allí el buen
-hombre; pero quedaba su espíritu en forma de cuaderno verde, de unas
-cien hojas, doradas por el canto. Abrí y leí en la primera página:
-_Estambres_ y _Pistilos_. La letra era clara, las tes muy grandes. Dí
-vuelta á la hoja y leí:
-
-
- DEDICATORIA
-
- Aunque usté no lo crea,
- señor obispo,
- aunque parezco hereje
- me quiere Cristo.
-
-Otra hoja, y leo:
-
- PISTILOS
-
- Soy la ameba redonda, la femenina,
- la de fe y esperanzas y gelatina.
-
-En una nota dice: Advierto al lector idiota é indocto que no debe
-reirse de lo que no entienda.
-
-Otra hoja:
-
- ESTAMBRES
-
- Aunque sé que estoy loco rematado,
- porque tal como fué todo lo cuento,
- hasta el mismo doctor me halla curado
- las veces que no digo lo que siento.
-
-
- PISTILOS
-
- Cuando tengo en un sueño una esperanza,
- se la agradezco á Dios sin hipoteca;
- que es el poeta la gallina clueca
- que no quiere empollar á Sancho Panza.
-
-Otra hoja:
-
- ESTAMBRES
-
- Hay siempre una impostura en hablar claro;
- no se puede ser claro sin mentira...
- ve oscuro y algo raro;
- divaga, ama y delira...
-
-
- PISTILOS
-
- Por santa castidad, el pensamiento
- no debe bautizar sus invenciones:
- son bastardas, después del nacimiento,
- llevando un apellido, las nociones.
-
-Otra hoja:
-
- ESTAMBRES
-
- Era en lo oscuro: sobre mi pecho sentí una mano;
- en las tristezas del pobre lecho
- me visitaba Dios Soberano.
-
- * * * * *
-
- Era la mano de luz; caricia
- de lo Infinito, callado premio,
- misterio--madre.--
- Lloro en espíritu por la delicia
- que al miserable dulce bohemio
- le otorga el Padre.
-
- * * * * *
-
- Y desde entonces, siempre en lo oscuro,
- siento la mano sobre mi pecho;
- mas su contacto va siendo duro,
- peso terrible me hunde en el lecho.
-
- * * * * *
-
- Pero la mano, que ya es de plomo,
- entre dolores, sin saber cómo,
- siempre acaricia. La pasión fuerte
- que tanto oprime, siempre es delicia.
-
- ¡Ya en torno mío nombran la muerte
- los cuchicheos de la estulticia...
- mientras _me arranca_ del cuerpo inerte
- mano con alas de la _Justicia_!
-
-Otra hoja:
-
- PISTILOS
-
- Me paso toda la noche
- contando miles de estrellas,
- y si está el cielo nublado
- me pongo á _cantar_ la cuenta.
- Así hace el hombre en la vida,
- si ama á Dios y en Dios espera;
- goza la dicha que pasa...
- y pasada... _cantando_ la recuerda.
-
-
- ESTAMBRES
-
- Ha de ser en el cielo una sorpresa
- de los santos sin fin inocentones,
- ver llegar á montones
- una y otra remesa
- de ateos, sin saberlo, santurrones.
-
-
- PISTILOS
-
- Cuando en el fondo del abismo frío
- deja de ver á Dios el pensamiento,
- al ir á maldecirme por impío,
- la caridad, en un escalofrío,
- con el perdón, me vuelve el sentimiento
- de que un ángel sonríe al lado mío.
-
-
- CAMPOAMOR
-
- PISTILOS
-
- Escribe versos en la _ceniza_;
- saca del polvo, de los gusanos,
- y de la nada, que se desliza,
- viento sin aire, por bosques vanos
- de tallos huecos, veta cañiza,
- saca la idea de sus cantares;
- médula amarga de tristes huesos;
- sin corazones, suspiros; besos
- sin labios; saca los cañizares
- del esqueleto; la catadura
- de desnudeces de sepultura;
- saca del fondo de noble rima
- sarcasmos místicos que causan grima...
- Pasión perenne firma en la arena
- cuando á las dunas va la mar llena,
- y con los rayos tenues de luna
- rubrica pactos de la fortuna;
- ve del cerebro las telarañas
- y le enternecen las musarañas
- que ve la lógica de lo Infinito
- en palimpsestos de lo no escrito...
-
-
- NÚÑEZ DE ARCE
-
- ESTAMBRES
-
- Como Dios sacó el mundo de la nada,
- de allí saca también la poesía...
- Escribe con perfecta simetría;
- y así, tiene por plectro... la _plomada_.
- Todo á la ley de _gravedad_ lo fía.
-
-Cansado de leer disparates, incoherencias, tal vez congruentes en el
-fondo de un cerebro enfermo, arrojé el cuaderno con tedio... y no volví
-á pensar en el poeta loco... hasta que en persona se me presentó al día
-siguiente:
-
---Vengo á recoger mis _Pistilos_...--me dijo, sonriendo con lástima.
-
---Ahí los tiene; verá usted que no se los he separado de los
-_estambres_.
-
-Don Teopompo recogió el cuaderno, le dió un beso, hizo sobre él la
-señal de la cruz, y se lo metió debajo del brazo.
-
-Y sin más, sin hablar palabra, _sin preguntarme nada_, hizo una
-reverencia y dió media vuelta.
-
-No pude contenerme. El orgullo de aquel _imbécil_ me sublevó; irritó mi
-amor propio.
-
---Pero hombre--exclamé--¿no venía usted á conocer mi opinión? ¿Á que le
-dijera?...
-
---¡Oh! Nada de eso. Enseño mis versos á todos los literatos vulgares
-que quieren recibirme. Es una oferta. Me he impuesto esa penitencia y
-la voy cumpliendo por el mundo adelante. Unos se burlan de mí, otros
-hasta me insultan; otros, los más tolerantes callan... y yo sigo. Hay
-que matar el _hombre viejo_, el de la vanidad, el del _buen éxito_, el
-del aplauso, el que quiere ser admirado sin ser comprendido.
-
---Pero aunque no sea por vanidad, sino por amor á sus ideas, usted
-querrá hacer propaganda, fundar escuela...
-
---¡Ah, señor! La escuela está fundada. Es la escuela del flato. Esta
-poesía, con la debilidad cerebral que revela, es hija del hambre...
-
---De modo que usted... por dinero... ¡por mucho dinero! ¿Tal vez
-renunciara á la escuela, á esa poesía?...
-
---¡Oh, tanto dinero podía ser!
-
---¿Á qué llama usted mucho?
-
---Eso depende del momento... histórico.
-
---En el actual momento...
-
---Bastante dinero son cinco duros.
-
- * * * * *
-
-La herida fué leve; libré al arte de una escuela contagiosa, y aún hoy,
-por mi conciencia de _crítico_, ostento con orgullo la cicatriz de las
-25 pesetas.
-
-
-
-
- NUEVO CONTRATO
-
- FAUST (_erwachend_).--¿Bin
- ich dem abermals betrogen?...
-
- (GOETHE.--_Fausto._)
-
-
- FAUSTO
-
- Despertando.
-
-¿Qué es esto? ¿Engañado otra vez? ¿Ha sido todo un sueño? ¿No he visto
-yo al diablo? Y todo lo demás... ¡Válgame Dios qué cosas he soñado!...
-¿Y Margarita, mi Gretchen?... ¿Sueño también? ¿Fué verdad lo que soñaba,
-
- «porque todo se acabó
- y esto sólo no se acaba?»
-
-¿Amé? ¿Amo á Gretchen? ¡Ay... no!... Amo el amor. Amo la sombra de la
-noche. Todo sueño... Luego no he vendido el alma al diablo... Luego
-soy libre... ¡Oh!... qué... ¿felicidad? ¡No! Estoy como estaba. ¿Por
-qué no me alegro? Soy libre. Sí; mas ¿para qué? Vuelta á empezar...
-Ah, Filosofía, Jurisprudencia y Medicina, y, ¡por mi desgracia!,
-Teología. Todo lo he profundizado... etc., etc., etc. En fin, lo que
-ustedes saben por Goethe, ó, á lo menos, por la ópera de Gounod...
-Estamos frescos. ¡Otra vez en el mundo! ¡Y cómo está el mundo! ¡Qué
-de filosofías nuevas ó renovadas; es decir, las nubes de antaño,
-que vuelven con nueva electricidad!... ¡Oh, angustia del pensar!...
-¡Náuseas de silogismo, introspección, neurastenia!... Felices los
-necios pseudofilósofos, que aseguran que no se puede saber nada del
-fondo de las cosas... y se llaman sabios; ellos, á lo menos, descansan
-sobre sus fórmulas y nomenclaturas; sobre sus hipótesis y relativismos
-como sobre almohada de lana de los carneros de Panurgo... Ya saben lo
-que sabía el diablo, aquel Mefistófeles con quien yo soñé, que decía...
-
-
- MEFISTÓFELES
-
- Hablando desde un fonógrafo que hay sobre la mesa.
-
-No poseo la omnisciencia, pero sé muchas cosas.
-
-
- FAUSTO
-
- Incorporándose asustado.
-
-¡Oh! ¿Qué es esto? ¡Otra vez!... Alucinación... Sueño repetido... Idea
-fija...
-
-
- MEFISTÓFELES
-
- En el fonógrafo.
-
-No sabes si sueñas ó no; no puedes distinguir la realidad del
-ensueño... Á eso ha llegado la ciencia humana, á no saber si duerme ó
-está en vela... ¡Ja, ja, ja!
-
-
- FAUSTO
-
-Esa carcajada... Yo la he oído otras veces... Sí... ¿Dónde?...
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-En la ópera, en la serenata de Mefistófeles... Á ver, acaba. ¿Es verdad
-que estoy yo aquí, ó no?
-
-
- FAUSTO
-
-No sé... No sé...
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-Pregunta á Kant...
-
-
- FAUSTO
-
-No sabe...
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-Pregunta á Spencer...
-
-
- FAUSTO
-
-¡Psche!... Ése sabe demasiado. Dice que está seguro de que una realidad
-está ante él...
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-¿Y no es ésa la última moda?
-
-
- FAUSTO
-
-Mira, estos metafísicos novísimos
-
- Señalando una revista.
-
-le prueban á Spencer que de lo que está seguro es de que ve la realidad
-como cosa segura... pero de que lo sea, no.
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-De modo, que no podemos entendernos; ¿no puedes responder de que yo te
-hablo en efecto?
-
-
- FAUSTO
-
-No sé si puedo ó no puedo responder.
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-Ni eso. ¡Oh, ciencia humana!
-
-
- FAUSTO
-
-No hay otra, y á lo menos es leal.
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-Oye, deja los metafísicos; toma esa otra revista, lee ese artículo
-científico, no filosófico; su autor sabe las cosas como el diablo,
-relativamente. Mira lo que dice: que “la vigilia se distingue del sueño
-en que durante el sueño no tenemos conciencia, soslayada del resto
-del universo, y en la vigilia acompaña á la conciencia del objeto
-particular de la atención la de sus relaciones con los demás”...
-Reflexiona... ¿Qué ves?
-
-
- FAUSTO
-
-¡Oh, sí! Me acompaña la conciencia de los demás en relación discreta,
-no continua; veo en mí fenómenos de conciencia concomitantes... Pero la
-prueba no me parece segura.
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-Otra cosa. ¿Quién soy yo?
-
-
- FAUSTO
-
-El diablo.
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-¿Crees en el diablo?
-
-
- FAUSTO
-
-No.
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-Pues cree... _quia absurdum_.
-
-
- FAUSTO
-
-Supongamos que está ahí...
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-Ésa es la fija. Todo para ahí. Querer es reconocer; ya lo dicen
-nuestros filósofos de ahora...
-
-
- FAUSTO
-
-Pero como pueden equivocarse...
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-¿Vuelta á empezar? No le des vueltas; cree, mientras nos entendemos.
-Primero es vivir, después, filosofar. Vengo á un negocio; cuestión de
-derecho; un contrato; y estas cosas serias necesitan una metafísica
-positiva; sin _fas_ no hay _jus_. Aunque me esté mal el decirlo, sin
-Dios no hay justicia. Ten fe hasta que firmes.
-
-
- FAUSTO
-
-¿De qué se trata, de venderte el alma? ¡Pero entonces esto es una idea
-fija! Deliro...
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-No, no te asustes. Ahora no es eso. ¡Infeliz, qué más quisieras tú
-que poder vender el alma! Señal de que creías en ella. Pero como eres
-honrado... por herencia, por evolución ¿á que no te atreves á vender lo
-que no sabes si tienes ó no tienes?
-
-
- FAUSTO
-
-¿Qué quieres entonces?
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-Otra cosa, Fausto ¿qué preferirías, saber ó gozar?
-
-
- FAUSTO
-
-Saber. Ahora saber. Verdad ó sueño, lo que nos pasó la otra vez me
-tiene escarmentado. Estoy convencido de ello; en el fondo de lo que
-soy, que no sé lo que es, sé que hay orgullo. Mi orgullo rechaza
-el gozar empírico, la vida de fenómeno en fenómeno, carrera eterna;
-sensación sin fin, á través de lo inagotable... ¡Infierno de cansancio
-y de hastío y de humillación! ¡Lo infinito paso á paso! Oh, no; tanto
-vale lo mucho como lo poco: sólo vale el todo. Quiero lo absoluto. Lo
-absoluto ó nada. No quiero sentir, sin saber por qué, ni para qué.
-Quiero ver si el gozar es una puerilidad indigna de mí. La verdad me
-dirá lo que me conviene. Antes de tener la absoluta verdad no puedo
-racionalmente saber lo que es preferible. Luego es preferible, para
-escoger la verdad. ¿Por qué te ríes, Mefistófeles?
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-Lo sabrás cuando sepas la verdad absoluta. He aquí el contrato: aunque
-la psicología moderna no admite esos símbolos clásicos é inocentes que
-ponen el sentimiento en el corazón y la inteligencia en el cerebro,
-tú y yo, como hacen los juristas, usaremos un lenguaje metafórico y
-atrasado.
-
-
- FAUSTO
-
-Explícate.
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-Por arte del diablo, mía, tendrás en la cabeza la ciencia y en el
-corazón el sentir, si prefieres gozar, amar, tu cerebro irá perdiendo
-vigor, y pasará toda la vida al corazón... Si prefieres, como dices,
-ante todo, saber la verdad, la absoluta verdad, en tu cerebro irá
-entrando la clarividencia, la conciencia te dirá el último íntimo
-secreto de la realidad..., pero el corazón, que irá dando jugo al
-cerebro para que vea claro, se te irá secando; se pondrá como una
-piedra. Al fin, no sentirás, no amarás. Escoge.
-
-
- FAUSTO
-
-Ya lo he dicho.
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-Pues dicho... y hecho. Comienza el encanto. Perdona si el aparato de
-la brujería es el de siempre: decoraciones gastadas de comedia de
-magia muy repetida. El infierno es viejo, antiguo régimen; seguimos
-empleando el aceite hirviendo, sapos y culebras, murciélagos, ratas,
-vestiglos... Por eso las pesadillas siguen siendo como en la Edad
-Media. Ya no me oye... medita... sueña... ¡Demontre, qué olvido! No le
-he obligado á firmar antes... ¿Firmará después?... ¡Ja, ja, ja! ¡Vaya
-una equivocación! ¿Pues no he creído que era yo el Mefistófeles de la
-Ópera?
-
-Firmar ¿para qué? El contrato lo perfeccionará la fuerza de las
-cosas... Con hacer lo que quiso, ya ha hecho lo que en vano querrá
-después deshacer...
-
-
- FAUSTO
-
- Volviendo en sí.
-
-¡Oh luz! ¡Oh luz! Todo claro... Todo evidente... ¡Qué de mundos da la
-idea! ¡Qué procesión, qué sacra teoría de sistemas... los sistemas
-filosóficos de miles de millones de sistemas solares... Y todo sin
-fatiga, sin hastío; todo preparado por todo... ni un pensamiento
-inútil. ¡Santa Armonía! Y por fin... la verdad, el principio, la regla
-absoluta... ¡Ya lo sé todo! Y en el todo ¡qué sencillez! ¡Sacrosanta
-cenidad sencilla, humilde! ¿Cuál será el secreto del universo? ¿Una
-novedad? ¡No! Hasta los cursis lo habían dicho. Mefistófeles, ¿no lo
-sabes? No; tú, por alambicado y retorcido y relativista no lo sabrás.
-El secreto de la realidad, el fondo del ser, el primer móvil es el
-amor. Amar, sentir, eso es todo. La ciencia absoluta nos dice eso
-nada más: sentid, amad... Á ver, el corazón, Mefistófeles, ¡venga el
-corazón! ¡Me lo has robado, venga; no ha habido pacto; yo no he firmado
-nada! ¡Mi corazón!...
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-Ahí lo tienes, entre pecho y espalda.
-
-
- FAUSTO
-
-¡Ah, sí, aquí está! ¡Una piedra!
-
-
- MEFISTÓFELES
-
-¿Qué importa? Ya lo sabes todo; hasta sabes por qué antes yo me reía.
-
-
-
-
- FEMINISMO
-
-
-Jesús Murias de Paredes era natural del pueblo de su apellido; pero
-aquel horizonte era estrecho para él, según dijo en una elegía, sin
-tener en cuenta que el horizonte de Murias, á pesar de lo de Paredes,
-es bastante ancho. Quería él decir que en Murias no se podía ser vate
-sin ponerse en ridículo y despertar sospechas de las autoridades
-civiles, eclesiásticas y militares. El cura le tenía por hereje, el
-alcalde por vago, y el cabo de la Guardia civil por _avanzado_. No le
-querían bien. Además, en su pueblo natal se moría de hambre. No tenía
-oficio ni beneficio; no tenía más que lira, y ésa rota; por lo menos,
-así lo rezaban mil y mil pasajes de las poesías inéditas de Murias.
-
-Azares de la suerte, que no es del caso recordar, le llevaron á
-Valladolid. Allí el horizonte era más ancho, pero el hambre la misma.
-En un periódico, cuya principal misión era llevar la cuenta del mercado
-de cereales, le admitieron los versos, que se publicaban entre cebada y
-centeno, como quien dice. Vamos, que la sección que había de quedar en
-barbecho, porque el periódico se escribía _á tres hojas_, se la dejaban
-á él. Lo que no hacían era pagarle. No faltaba más.
-
-Lo que sí consiguió, que un impresor de la calle de Cantarranas
-(parecía alusión) le publicara algunas de aquellas poesías en una
-colección que parecía el _Fleury_, por fuera. Mal papel, y cubierta de
-cartulina áspera, amarilla, como la del _Astete_. El libro se llamaba
-_Ecos del Pisuerga_.
-
-Pues como si hubiera tirado al Pisuerga los ecos.
-
-Nadie se enteró. Él no se dió por vencido, y cogió otra porción de
-inspiraciones y las imprimió en otro _libro de doctrina_ con este
-título: _Ecos de la Esgueva_. Dirán ustedes: ¡eso es inverosímil! Si él
-no pagaba la impresión, porque no tenía con qué, ¿cómo iba á encontrar
-impresor que le pagara la _segunda salida_? En Valladolid hay gente
-así. Como Zorrilla era de la provincia, en cuanto ven por allí un
-poeta, sea ó no de la tierra, se dicen algunos: ¡otra te pego! ¡Otro
-don José! Y le protegen. El de Cantarranas veía en la figura de Murias
-y hasta en su dulce nombre--el dulce nombre de Jesús--_una garantía de
-éxito_, según la frase favorita del impresor. Jesús tenía aspecto de
-tísico, el valor de su melena, desaliñada y de un castaño sucio (sucios
-tenía todos los colores de su cuerpo y traje); usaba barba corrida...
-de la vergüenza de sus pocos pelos; pocos y mal avenidos. En fin, así
-eran los poetas, ó no debían ser, según el librero impresor, y estaba
-seguro de que el chico le había de hacer ganar dinero, en cuanto le
-diera la mano algún crítico de Madrid, uno de aquellos _sacerdotes_
-á quienes don Nicomedes Niceno--el impresor editor--tenía por más
-Merlines cuantos más _palos_ pegaban.
-
-Decirle á Niceno que tal crítico “no se casaba con nadie”, era
-nombrarle un fetiche á quien él adoraría en adelante. Decidió mandar
-á Madrid--que tiene la exclusiva de los _sacerdotes_ críticos--á su
-protegido; no para que los críticos se casaran con él, sino para que
-no le _repudiaran_ antes de _conocerle_. Empezaba entonces á llamar
-algo la atención un abogadillo sin pleitos, chiquitín, bilioso, miope,
-que escribía de crítica y de cuanto Dios crió en prosa y en verso, en
-un papel satírico. ¡La sátira! la sátira le atraía como el abismo al
-impresor de Cantarranas; él, que era un hombre optimista, no se sentía
-capaz de tener hígados satíricos en su vida; pero, aun con cierto
-horror nativo al género, se sentía seducido, como en un vértigo de
-humorismo, por los escritores que empleaban la ironía, aunque fuera
-la de menos grados; y si llegaban al sarcasmo, como Aquiles ante el
-cadáver de Héctor, don Nicomedes gozaba de una voluptuosidad que él
-confesaba ser diabólica. Á pesar de que era incapaz de querer mal á
-nadie, y de que á él todos los versos y toda prosa que tuviese la
-ortografía académica le parecían bien, en cuanto veía maltratado á
-un literato por un crítico satírico, declaraba fuera de la ley al
-imbécil intruso, y sin compasión alguna le veía en las garras del ogro
-sardónico, sarcástico y cáustico, ó estanquero, como diría _El vecino
-de enfrente_, de Blasco.
-
-No vaciló don Nicomedes. Pagó el viaje á Jesús Murias, que tenía un
-catarro crónico que no le dejaba respirar, cuanto más inspirarse; le
-regaló unos cuartos para la posada; le cargó las alforjas de ejemplares
-de los _Ecos de ambos ríos_, y le dió una carta de recomendación para
-el Sr. Sencillo, que así se llamaba el crítico corrosivo. ¿Que de quién
-era la carta? De Niceno en persona. Decía así: Ilustre Aristarco: no le
-conozco á usted. No lo necesito. No pido favor. Pido justicia... Y por
-ahí adelante, todo en estilo cortado, manía que había cogido Niceno,
-como una peste, corrigiendo pruebas de una obra de Henao y Muñoz.
-
- * * * * *
-
-Jesús se presentó á Herodes, es decir, Murias se presentó á Sencillo
-en la redacción de _El Erizo_. Saludó al Minos que tenía delante con
-uno de aquellos saludos que Fígaro llamaba, en casos semejantes,
-sordos; y precisamente saludó pensando en Fígaro y en aquel adjetivo, y
-procurando evitar toda _gauchería_ (como él se dijo para sus adentros,
-porque usaba los galicismos voluntarios hasta en sueños). Ya se
-verá después que la especialidad de Murias era el francés... y sus
-consecuencias.
-
-Sencillo contestó al saludo de Murias sin mirarle, y siguió escribiendo
-en la mesa que tenía para él sólo. Por de pronto, no abrió la carta.
-
-Murias no se ofendió. Él pensaba hacer lo mismo cuando fuese célebre:
-pensaba darse tono no viendo siquiera los principiantes que se le
-pusiesen delante.
-
-Pasaron cinco minutos y tosió Murias, sin querer.
-
-Levantó los ojos Sencillo y dijo:--Soy con usted. No puedo interrumpir
-ahora esto...
-
-Vamos, pensó Jesús, tiene á algún poeta en el asador y temerá que se le
-queme.
-
-El director del periódico, que observaba la escena desde su despacho,
-pues estaba la puerta abierta, se levantó, no sin vencer la prosa y
-se acercó á la mesa de Sencillo. Conocía al crítico, sabía cómo las
-gastaba y le quitaba todas las púas que podía. Allí _El Erizo_ era
-Sencillo; el director, D. Autónomo Eufemio de Pérezbueno, era lo menos
-áspero que cabía. Era una mantequilla de Soria de mucho bulto y muy
-ilustrado. Usaba bata de las talares y babuchas de Tánger. Flemático,
-hombre de mucho mundo... corrido con buena correa, no creía en los
-malos escritores, á fuerza de creerlos inofensivos... No digo que no
-los haya, decía, sino que es lo mismo que si no los hubiera.
-
-Abreviando: Murias salió de allí con muchas ilusiones, gracias á las
-buenas palabras de Pérezbueno. Á Sencillo apenas le oyó el metal de su
-voz, pero don Autónomo le había dado palabra de que Sencillo--_Bisturí_
-en el claustro... crítico--hablaría de los _Ecos_ de todos los ríos y
-canales de Castilla y Aragón que se pusieran por delante.
-
-Pasaron años; por lo menos así le parecieron á Murias, aunque no eran
-más que días, y Sencillo nada dijo ni de _Ecos_ ni de resonancias.
-Murias se atrevió á ponérsele otra vez delante de la mesa. No estaba
-el director. Tosió Jesús, sin querer, de puro tísico; le miró Bisturí,
-le reparó bien y le mandó sentarse. Asado el poeta del día, Bisturí se
-volvió á Jesús y le preguntó, sin echar veneno, qué se le ofrecía...
-Murias, balbuciente, aludió á los _Ecos_ que estaban en el cajón de la
-derecha... si no recordaba mal. Buscó Bisturí y echó de menos... un
-cartucho de dulces que había metido allí. Bronca entre la crítica y la
-portería. El portero culpaba á un redactor.
-
- _Quel giorno più non..._
-
-No se habló más de los Ecos aquel día. Al siguiente, sí. Estaba el
-director. Pareció el libro... debajo de un pie de la mesa. Estaba
-haciendo de _forro_. Ni por el forro lo había mirado Bisturí.
-
-Murias empezó á observar al crítico mas en silencio. Pero cada vez más
-humilde. Bisturí acabó por fijarse en aquel tipo que venía semanas y
-semanas á pedir que lo pusieran en parrillas si lo merecía, pero que se
-hablara de él, y que lo pedía poniendo el rostro á todos los desaires.
-
-Todavía no había dicho nada del libro Sencillo, cuando ya era casi como
-de la casa, á fuerza de trato y familiaridad, Jesús Murias.
-
-Casi convencido de que no tendrían eco los Ecos, empezó á alimentar
-otra esperanza... pensando en que necesitaba alimentarse él. Se habían
-acabado los cuartos de Niceno. Jesús aspiraba á ser _meritorio_ en
-_El Erizo_. Pérezbueno á los colaboradores regalados no les miraba el
-diente. Pero no había plaza. No había dónde poner un alfiler ni un
-galicismo en el periódico.
-
-Cierto redactor _maleante_--que era el que se comía los caramelos
-del _sacerdote_ con púas--propuso, con la mayor seriedad, que Murias
-entrase á formar parte de la colaboración de _El Erizo_ en la
-sección... de fajas.
-
-“Podía escribirlas; no pegarlas, por supuesto.”
-
-Murias no le tiró un tintero ni nada al redactor maleante.
-
-No aceptó el empleo. Pero sí otro que le ofreció el director. Fué de
-cronista á la tribuna del Senado.--¿Quiere usted que sea cáustico?--Sea
-usted el pimiento del baturro zaragozano...
-
-Al día siguiente aquel poeta llamaba animal al respetable presidente de
-la Cámara alta; dudaba, con ironía, de la honradez de tres generales
-victoriosos y dirigía alusiones pornográficas á lo más augusto. Presidio
-seguro para toda la redacción si se publicaba aquello.
-
-_El Erizo_ siguió sin clavarse en la ley de imprenta como hasta
-entonces. Y las crónicas del Senado firmadas por Arquiloco salían todos
-los días.
-
-“Mis _yambos_ en prosa”, llamaba él á las crónicas, hablando con sus
-amigos en Fornos.
-
---Pero, hombre, le preguntó uno á Pérezbueno, ¿cómo se las echa de
-Arquiloco el pobre Jesús, si sus crónicas del Senado son anodinas,
-inocentes?...
-
---¡Oh!--exclamó D. Autónomo--¡Qué han de ser anónimas! ¡Si ustedes las
-vieran! Cantáridas, injurias, calumnias, _yambos_ á toca teja... Lo
-que hay es que al corregirle las pruebas yo _le quito las ocurrencias_
-(Histórico). No queda más que lo que él copia del extracto de una
-agencia. Pero él ser, es una ventosa.
-
-Y el pobre Murias aguantaba esto y aguantaba el hambre, porque sueldo
-¡Dios lo diera!
-
-Cuando ya Jesús era lo que se llama redactor de _El Erizo_, aunque á
-prueba... de pruebas, y sin probar bocado, _por fin_ Bisturí se dignó
-hablar de los _Ecos de Entrambasaguas_.
-
-Y decía Bisturí en _El Erizo_: “Ahora se verá si soy ó no imparcial de
-veras. El autor es un amigo, un compañero... pues bien, por lo mismo se
-le debe la verdad entera...” Y la verdad era digna de los yangüeses que
-apalearon á D. Quijote.--Murias se quedó en la cama unos días, porque
-se sentía molido materialmente. No se reconocía hueso sano.
-
-No volvió por _El Erizo_, y, en la cama, recibió una carta del Mecenas
-de Cantarranas, don Nicomedes, que le decía entre otras cosas: “Nos
-hemos equivocado. No es usted lírico. Bisturí ha puesto el filo en
-la llaga. Acaso sea usted épico. Pero por si acaso, probemos otra
-cosa. Cuente usted conmigo. ¿Quiere usted traducir un diccionario de
-teología, en veinticinco tomos? Se trata de la lengua de Fenelón. Cinco
-duros por tomo.”
-
---Bueno, seré _épico_--se dijo Jesús resignado.--Traduciré los
-veinticinco tomos. Y ésta es la primera estación. Las que faltan se
-recorrerán en el segundo y último capítulo de esta historia, _arrancada
-á la realidad_.
-
-
-
-
- MANÍN DE PEPA JOSÉ
-
-
-Manín de Pepa José, si hubiera nacido señorito y hubiera estudiado y
-escrito en los periódicos, hubiera sido un _esteta_. Pero en Llantones,
-parroquia rural cerca de Gijón, Manín no era más que un _folganzán_,
-que no valía la _borona_ que comía... cuando la comía.
-
-Su madre, Pepa José, es decir, una Josefa, mujer de un José, quedó
-viuda ya en edad madura, y aunque la _casería_ que llevaba en
-arrendamiento, en la escritura del contrato parecía cosa de Manín,
-heredero de José, quien mandaba en todo era la madre; sólo con ella se
-contaba. Enjuta, alta, de mucho hueso, mirada fiera, actividad febril,
-gestos hombrunos, era un águila para el trabajo, para el cuidado de la
-hacienda, y sus criados y jornaleros andaban en un pie. Sólo Manín, el
-hijo único, gozaba el privilegio de la benevolencia de aquella mujer
-que no daba un bocado de pan sin que se lo pagara algún servicio.
-Pero Manín era otra cosa; por él y para él trabajaba ella tanto. No
-era fuerte, no mostraba aptitud para las faenas del campo, y la madre
-había soñado con hacerle sacerdote. Pero él, muy contento con trabajar
-poco y cuando quería, no entraba por lo de cantar misa. El trabajo le
-repugnaba... pero el ascetismo también. Le gustaba la alegría, el
-ruido, el baile. Era gaitero de afición, y de habilidad notoria. Con la
-gaita suavizaba el carácter de su madre, aquella fiera; la embelesaba
-con aquellos gorgoritos estridentes del puntero y con las notas
-asmáticas que salían de las profundas entrañas del fuelle.
-
-Cuando Pepa aturdía á gritos á los vecinos en media legua á la redonda,
-riñendo á un criado ó atosigando á un deudor, y las imprecaciones de
-aquella Euménide de pan llevar retumbaban en el castañar que rodeaba
-la _casería_, Manín, tocando el _Altísimo Señor_ ó la _Praviana_ en la
-gaita desafinada y melancólica, aplacaba poco á poco á la furia, la
-atraía y acababa por enternecerla.
-
- * * * * *
-
-Manín era de oficio, de verdadero oficio, soñador. Un soñador alegre,
-que buscaba la soledad para saborear los recuerdos de las fiestas, de
-las romerías, de los bailes alegres, llenos de _ijujús_ tempestuosos,
-horrísonos, expresión de _histerismo_ de centauros. Manín no sabía que
-el _ijujú_ era celta; él lo consideraba como una manera de _relinchar_
-de los mozos de la aldea. Y él relinchaba también, sobre todo allá para
-sus adentros.
-
-¡Si el mundo fuera siempre cortejar, bailar la danza prima, disparar el
-cachorrillo para solemnizar la procesión, tocar la gaita _al alzar_ en
-la misa cantada el día de la fiesta! ¡Y después, á la luz de la luna,
-por el _castañeo_ arriba, acompañar á una rapaza, y _echar la presona_
-á la puerta de su casa hasta cerca del alba! ¡Y luego, á solas, en la
-_llinda_, ó á la hora de la siesta, sentir la brisa llena de olores
-queridos, familiares, reclinado el cuerpo sobre la rapada yerba, y
-soñar despierto, rumiando recuerdos dulces; como las vacas, sentadas á
-la sombra, rumiaban su alimento!
-
- * * * * *
-
-Pero la vida no era eso. En faltándole su madre ¿qué iba á ser de
-Manín? Y Pepa envejecía, y tenía achaques, que le procuró el trabajo
-excesivo. Se sentía herida de muerte y temblaba por el porvenir de
-aquel hijo, incapaz de dirigir la hacienda. Ya se había susurrado por
-la aldea que el _amo_, si moría Pepa, y Manín quedaba solo, no le
-dejaría seguir con el arrendamiento, porque en poder de tal _casero_
-los bienes perderían mucho.
-
-Pepa vió la única salvación de su hijo en casarlo con una mujer que
-fuera como ella, que se pusiera los pantalones, y trabajara y dirigiera
-la casería. Rosa Francisca de Xunco fué la moza que ella deseaba. Era
-como ella, hormiga con alas para la codicia. Era hija de un vecino que
-siempre había envidiado la casería de Pepa José.
-
-Rosa se casó con Manín sin mirarle siquiera, pensando nada más que en
-mandar allí, donde tanto mandaba Pepa. Eran iguales ambas hembras; pero
-por lo mismo eran incompatibles. Eran dos abejas reinas; una tenía
-que sucumbir. Como una especie de pacto tácito, venía á ser condición
-de la boda que Rosa no tuviera mucho tiempo que obedecer á nadie;
-sobraba Pepa, si lo tratado era tratado. Pepa bien lo conocía. Admiraba
-á Rosa, veía en ella el futuro amparo, y tirano también, de su Manín;
-y aborrecía á Rosa necesitándola, y le envidiaba aquella sucesión que
-tenía que dejarle ella. Pero Pepa murió pronto. Rosa Francisca ocupó
-su puesto y todo siguió como antes: los criados andaban en un pie, la
-_casería_ prosperaba, y Manín tocaba la gaita, soñaba despierto en la
-_llinda_, y echaba de menos, un poco, el cariño áspero, pero cierto, de
-su madre. Rosa no le mimaba, ciertamente; le despreciaba; le tenía en
-constante olvido; pero le dejaba comer sin trabajar apenas.
-
-Manín sintió también, además de la ausencia de su madre, la ausencia de
-las aventuras amorosas: ya se había acabado lo de _echar la presona_,
-el _cortejar_ los sábados de noche, hasta la aurora del domingo. ¿Con
-qué reemplazar aquella dulzura? ¿Con el juego de bolos? Probó... pero
-aquello no le hizo gracia. Montaigne no encontraba ni en la gula ni en
-placer alguno un sustituto digno del amor: comprendía á los viejos que
-se consolaban con los buenos tragos, pero él no podía reemplazar con la
-embriaguez el amor. Manín, si no cosa tan delicada como el _rebrincar_
-y ergotizar con una buena moza, acabó por encontrar cierto encanto
-en las copas de anís escarchado, de malvasía y de rosa. Los licores
-dulzones fueron el sucedáneo de los galanteos para aquel epicurista de
-montera. Iba á los mercados de Gijón y allí se despachaba á su gusto
-bebiendo en un café, entre el _señorío_, aniseta, rosa, málaga y cosas
-así. Mucha dulzura, y ver candelillas, y figurarse el mundo menos malo
-de lo que positivamente era... Y á casa á dormir, oyendo frases de
-desprecio de aquella Rosa, que era su tirano, pero también el amparo
-que le había dejado su madre.
-
- * * * * *
-
-Tuvieron una hija. Buenos insultos le costó á Manín. Rosa hubiera
-querido un hijo.
-
-No lo hubo. El trabajo mata, por lo visto. Mientras Manín se conservaba
-fresco, lozano, pese á los años, Rosa empezó á decaer; una vejez
-prematura, precipitada, acabó con ella... y tuvo que pensar en lo mismo
-en que había pensado Pepa José algún día. Si moría ella, ¿á quién iría
-á parar la casería? El nuevo amo, hijo del otro, tampoco la dejaría
-en poder de aquel trasto inútil de Manín... Y Rosa, con el mismo fin
-con que Pepa había buscado una mujer para Manín, buscó un marido para
-Ramona, la hija de Manín y de Rosa.
-
-Ramona se parecía á su padre: era alegre, soñadora como él, poco
-activa, débil de carácter; no servía ella, como su madre y su abuela,
-para cuidar la hacienda. Pero Roque de Xuaca, el marido que escogió
-Rosa, sin consultar á Ramona, la mujer de Roque, era el aldeano más
-codicioso y tenaz para el trabajo de todo el concejo. En su juventud,
-mientras fué soltero, nunca fué á las romerías por las mozas, sino por
-los bolos. Ganar algunos céntimos en la bolera, á fuerza de sudores,
-era todo su recreo. El resto de la semana, en vez de los bolos del
-domingo, tenía la _fesoría_, la pala, la guadaña... los céntimos se
-los sacaba á la tierra. Se casó sin amor, sin nada más que codicia;
-dispuesto á ser el amo cuanto antes. Rosa murió pronto, y Roque empezó
-á tratar á su suegro peor que al perro, que le servía más guardándole
-la casa.
-
-Manín temblaba ante el marido de su hija; no pensó en disputarle el
-dominio: desde luego aceptó su papel de carga inútil. Trabajar de veras
-no podía, no sabía; cada vez menos. Á pesar de las buenas apariencias,
-Manín por dentro se sentía viejo, muy débil, cada día con más necesidad
-de amparo, de que le cuidaran, de que le dejasen sus aficiones de pobre
-diablo amigo de los tragos dulces, de la excitación alegre del licor...
-Pero Roque no consentía ni siquiera lo que Rosa había tolerado por
-desprecio. Roque de Xuaca era brutal, soez, cruel. Á Ramona la tenía
-en un puño, y la pobre hija de Manín, siempre enferma, no se atrevía á
-defender á su padre. Ni Manín se quejaba delante de Ramona, por miedo
-de que el marido la maltratase si ella abogaba por su padre.
-
-Roque ensayó lo imposible: obligar á Manín á trabajar de veras, con
-provecho y constancia. Manín sólo tuvo fuerzas de voluntad... para
-oponerse á tales ensayos, nuevos en su vida y de fracaso seguro. Lo
-que es trabajar como los demás no trabajaría por mucho que mandara
-Roque. Podía matarle de hambre, de un palo; pero hacerle pasar el día
-encorvado rompiendo terrones, era imposible. Pero el de Xuaca no se
-dió por vencido. Renunció á tener en Manín un esclavo que le ahorrase
-un criado, pero no renunció á sacar del pobre viejo todo el partido
-posible. Como á un chicuelo, se le obligaba á llevar el ganado al
-pasto, era el _rapacín de la llinda_ y se le empleaba en otras labores
-fáciles, sencillas, pero molestas para un anciano. Y, por supuesto,
-se le acortó la ración. Se acabaron los buenos tragos, los viajes en
-pollino á la villa, los bocados de pan tierno, la ropa limpia y fresca;
-hasta se le echó del cuarto desahogado y caliente que ocupaba en la
-casa nueva y se le obligó á vivir en la choza antigua de la casería, á
-un tiro de fusil de la vivienda de su hija. Para Roque, su suegro era
-menos que el último jornalero.
-
-Manín se sintió aislado, sitiado por hambre; quería matarle á fuerza
-de hastío, de soledad, de privaciones... ¡Málaga, rosa, marrasquino!
-¡Recuerdos del bien perdido! Ni una _copiquiña_ en un año. _Borona_,
-_fabes_, agua... un poco de leche, poco... y lo demás tristeza, frío,
-soledad, aburrimiento... Lo que no podía Roque era vencer la afición de
-Manín á las delicias de que le privaba. Soñaba con ellas, no pensaba
-en otra cosa. La privación de aquellos placeres materiales, de los
-buenos tragos, de los buenos bocados, le hacía dar un interés exclusivo
-á tales cosas; toda su voluptuosidad, que antes se esparcía en tantas
-delicias, el amor, la música, la vaga poesía del ensueño, la danza, la
-conversación alegre... ahora se reducía á complacencias del paladar,
-que no podía conseguir, y que cada día deseaba con más fuerza.
-
-Cuando le echaban en cara su apego á tales apetitos groseros, Manín se
-enternecía, con lástima infinita de sí mismo, y, como un anacreonte
-elegíaco, procuraba demostrar que á un pobre viejo que ya no podía
-gozar de otros placeres, los buenos tragos, los buenos bocados se le
-debían como se le debe el respeto.
-
-Pero Roque le trataba peor cada día: llegó á reducirle á la condición,
-casi casi, de un mendigo.
-
- * * * * *
-
-Murió Ramona en un mal parto. Roque, seguro de tiempo atrás de que con
-la casería se quedaba él, se vistió de negro, con ropa de invierno en
-Agosto, antes de que el cadáver saliera de casa. Puso el rostro duro,
-compungido, con mueca avinagrada, y recibió á los señores curas y á
-los parientes y vecinos que vinieron al entierro y á los funerales,
-con seria amabilidad, sin extremar las manifestaciones del dolor, sin
-olvidar sus deberes de amo de casa para con los huéspedes, pero sin
-descuidarse un momento en su papel de viudo que debía estar por dentro
-muy afligido. Con suspiros contestaba á los consuelos de rúbrica, y en
-silencio pagaba con obsequios las máximas filosóficas y religiosas con
-que los huéspedes procuraban mitigar la pena que él estaba en el caso
-de sentir.
-
-De Manín nadie se acordaba; pero él vino desde su destierro de la
-cabaña vieja sin que le llamaran, y á nadie se le ocurrió echarlo de
-allí, como tampoco se echaba al perro, que entraba y salía en la alcoba
-mortuoria.
-
-Manín estaba, más que afligido, aturdido, desorientado. ¿Qué iba á ser
-de él? Algunos, los pocos que no sabían el desprecio con que se miraba
-al pobre viejo en la casa, le daban el pésame y procuraban consolarle
-también. Estos consuelos le hicieron pensar á Manín algo en lo que le
-pasaba: perdía á una hija, á Ramona, su hija única... Su carácter de
-padre exigía sentir una pena moral, honda... más honda... Manín sentía
-una pereza invencible de padecer. Comprendió que si se empeñaba en
-enternecerse, en afligirse, imaginándose _cosas finas_ como antaño
-cuando comía y bebía bien y tenía la sangre caliente, conseguiría
-algo, conseguiría atormentarse, recordar la niñez de Ramona, remotas
-caricias... pero todo eso podía excusarse. Manín suspiraba, murmuraba
-frases de resignación mezcladas con otras de dolor... pero se resistía,
-en sus adentros, á dejar que la imaginación se le fuese por los campos
-negros de la pena. Además, si pensaba en Ramona, tenía que pensar en sí
-mismo, en cómo quedaba él... y aquello sí que era serio, terrible, cosa
-positiva, perentoria, mal de un vivo, no de muertos, que ya no son...
-No, no; nada de pensar en el dolor que le aguardaba...
-
-Por el olfato empezó Manín á separarse de todas aquellas tristezas
-imaginarias á que le invitaban los curas y los vecinos que le hablaban
-de la muerta.
-
-De la cocina, muy próxima, venían olores que eran delicias positivas
-en forma de esperanza que casi se podía paladear. Entró en la cocina.
-Se preparaba la gran comilona del funeral, el banquete en la aldea
-inexcusable. El _xenru_, el yerno, Roque, estaba en todo; la dignidad
-de la casería exigía aquel sacrificio: buena comida y muchos curas
-á cobrar la pitanza. Mostrándose rumboso y no dejando un momento el
-gesto avinagrado, que él creía de tristeza, probaba Roque lo que debía
-á su papel de viudo mejor que con frases que no se le ocurrían. En día
-tan lleno de cuidados no pensó en la difunta directamente ni cuatro
-veces. Además, allí no había pasado nada en rigor: él ya era el amo;
-continuaría siéndolo.
-
-Manín, mientras el clero y los demás del duelo cumplieron con todas
-las diligencias debidas al _cuerpo_ (así llamaban todos al cadáver de
-Ramona), se quedó en casa alrededor de los pucheros, y cuando volvió
-de la lejana iglesia el fúnebre cortejo, ya sabía el pobre hambriento
-á qué atenerse; en la mesa principal, la de los clérigos, había puesto
-para él, y había dos sopas, dos pucheros, tres principios, arroz con
-leche, café, queso y vino y licores. Cuatro botellas de cuello largo
-había visto él sobre la masera. Aquellos eran los licores. No sabía
-leer y no pudo enterarse por los rótulos del contenido, pero no dudaba
-de que algo de aquello sería dulce.
-
-Manín se impacientaba. Tardaban en volver los clérigos y legos que
-habían ido á enterrar á su hija, á su Ramona, y á cantarle un gorigori
-de los repicoteados. ¿Si se quemaba el arroz con leche? ¿Y la sopa?
-¿No se perdería la sopa? Si se hubiera atrevido él á meter baza en
-la cocina, habría aconsejado á la respetable María Xuanón, la gran
-cocinera de la comarca, que no echase el arroz y los fideos tan pronto,
-porque las misas de difuntos cantadas con todo lujo son muy largas.
-
-Manín se plantó, como gallo vigilante, en lo más alto de la
-_saltadera_, entre la _quintana_ y la _llosa_, para adelantar los
-sucesos, para dominar más camino y ver cuándo aparecían los primeros
-señores que habían de volver de la iglesia y del cementerio. Por la
-frente, para que no le deslumbrase el sol, Manín divisó el primer
-grupo, negro, compacto; después otro de más gente, y otro y otro...
-Volvían como bandada de cuervos que se disuelve. ¡Qué poca prisa se
-daban! ¡Cuánta hipocresía!--pensaba Manín á su manera.--¡Vienen con
-pies de plomo para disimular la gana que tienen de coger las tajadas!
-Todos parecen abrumados por la pena, y están sintiendo exclusivamente
-el hambre.
-
-Cuando llegaron á la _saltadera_ los del primer grupo, Manín dejó el
-paso libre. Los más eran aldeanos que le conocían bien; dos ó tres
-que eran de la _villa_ le dieron el pésame otra vez, le estrecharon
-la mano. Manín gruñó agradecido, pero algo turbado, como temiendo que
-aquel honor no le correspondiera, en concepto de su yerno, el viudo, y
-esto pudiera costarle el asiento que tenía á la mesa.
-
-Roque llegó con el último grupo, con el cura de la parroquia, el
-arcipreste y otros clérigos. No se dignó mirar al padre de su difunta.
-Entre la gente del duelo ya se notaba que empezaba á ser tema viejo y
-gastado el del triste suceso que allí los reunía y los daba de comer
-aquel día. El elemento laico mostraba más hipocresía ó más cuidado
-de las _formas_; aún se repetían los lugares comunes que debieran
-servir de consuelo y no sirven; se conservaban los rostros con
-expresión compungida. El clero disimulaba menos su indiferencia, y
-esta franqueza del egoísmo inconsciente tiene algo de relativamente
-simpática. Enterrar al prójimo era el oficio de aquellos buenos
-párrocos y capellanes sueltos; de eso vivían; de modo que no era cosa
-de llorarlo. Además, sin darse cuenta de ello, los curas mostraban,
-entre los aldeanos, cierto aire de superioridad, así como de casta,
-ó por lo menos de clase. Hablaban y bromeaban en presencia de los
-destripaterrones casi con la misma libertad que empleaban en sus
-gaudeamus de las fiestas, cuando todos eran de Iglesia. Las bromas
-y libertades de los clérigos rurales podían no ser del mejor gusto,
-ni graciosas, ni _correctas_; pero eran inocentes, casi infantiles.
-Faltaban á ciertas reglas de urbanidad clerical, si cabe hablar
-así, que hubiera exigido la presencia de un obispo, v. gr. Pero que
-ofendiesen á Dios aquellas maneras algo descompuestas, no es cosa
-segura.
-
-Roque, de vuelta del entierro, ya era otro. Pensaba exclusivamente en
-sus huéspedes, no en la difunta. El gesto de vinagre se atenuó; quedaba
-el traje negro de invierno encargado de recordar el papel _social_ que
-representaba el viudo. Servir bien á los señores sacerdotes, y á los
-de la villa, y como se pudiera á los demás, éste era ya el único afán
-del que iba á quedarse con la casería de que ya era dueño, _de hecho_,
-hacía tantos años.
-
---¡Señores, á la mesa!--dijo Roque con tono solemne y algo fúnebre,
-en pie, en medio de la puerta del corral, donde estaban muchos curas
-examinando las vacas y los recentales.
-
---¡Santa palabra!--se atrevió á decir un capellán, picado de viruelas,
-pequeño, vivaracho, que hacía alarde de ser travieso, franco y todo lo
-mundano que las sinodales permitían.
-
-Subieron todos al comedor, improvisado en la sala del piso alto,
-estrecha, oscura y mal pintada de amarillo y verde; lujo introducido
-por Roque, que era ambicioso y aspiraba al sibaritismo, allá, para
-cuando ahorrara bastante.
-
-Una cabecera la ocupó el arcipreste y otra el párroco de Llantones, que
-fué diciendo:
-
---Aquí Jove, aquí Puao, aquí Contreces, aquí Granda...
-
-Y así fué señalando silla á cada uno de los curas designándoles con el
-nombre de la respectiva parroquia, si la tenían.
-
-Á la derecha del arcipreste sentaron á Manín; á la del párroco de
-Llantones se sentó Roque.
-
-Manín hubiera sentido orgullo delicuescente si hubiera sido capaz de
-apreciar que aquello del sitio era un honor. Pero él no picaba tan alto
-en materia de pompas y vanidades, como la inspección de los pucheros y
-ollas le habían dado la seguridad de que sobraba comida, hasta para los
-pobres, no daba importancia al sitio, sino al hecho de estar sentado á
-la mesa. El dónde, importaba poco.
-
---¡Don Manuel, ánimo! ¡Hay que comer, qué diantre!--dijo don Primitivo,
-el curita de las viruelas, que estaba cerca del aturdido Manín.
-
---Sí, señor; ya lo creo. Comeremos... ¡qué remedio!...
-
-Iba á suspirar, pero lo dejó, porque lo reputó una excusada y
-repugnante hipocresía. Su Ramona, que le vería desde el cielo, ó desde
-el purgatorio, de fijo aprobaría su conducta; además, con ella, con su
-hija, no tenía para qué andarse con cumplidos: harto sabía ella que su
-padre no había comido cosa fina, comida de curas nada menos, muchos
-años hacía. ¿Cómo no habían de alegrársele los sentidos? ¡Olía tan bien
-la sopa humeante! Estaba la mesa tan blanca, el pan parecía tan tierno,
-tan caliente y generoso el vino... ¡Quién dijo pena!... es decir, pena
-sí, claro; pero luego, luego... á otra hora, otro día... muchos días...
-¡sí, carape, muchos días!... más cada día, acaso... ¡Recontra! ¡pues no
-iba á ponerse á pensar en aquello tan negro, tan triste!...
-
---¿Arroz ó fideos... Manín?--preguntó el arcipreste.
-
---_Mezámelo, mezámelo_--contestó el padre de Ramona con humildad y
-candor de paloma.
-
-Quería decir que le dieran fideos y arroz.
-
-Comía, devoraba Manín; á dos carrillos; engullía de prisa, como perro ó
-gato que asalta una despensa, mirando receloso á su yerno entre bocado
-y bocado. Roque estaba muy ocupado con sus atenciones de amo de casa
-que quiere agasajar á los huéspedes. Por eso--pensaba Manín--le dejaba
-á él comer todo lo que quería.
-
-Sonreía el padre de la difunta á derecha é izquierda, mirando á todos
-con expresión de agradecimiento y ternura, como diciendo: ¡Gracias,
-señores; gracias por admitir al mísero padre de Ramona, que en paz
-descanse, á esta mesa tan bien servida, donde va á sacar la tripa de
-mal año, de muchos malos años!
-
-La primera copa de buen vino de Toro la recibió el cuerpo de Manín
-como si con ella le hubiesen ungido rey y emperador de la felicidad
-terrenal. ¡Qué cosas de cariño, de intimidad caliente, familiar, llena
-de recuerdos dulcísimos, le decía el jugo de la uva al caerle por la
-garganta abajo!
-
-Vino el primer cocido, el puchero fresco, lleno de golosinas, tales
-como buen chorizo, jamón, menudos de gallina, tocino rancio, y Manín
-dejó que le llenara Don Primitivo el plato, hasta convertírselo en
-pirámide, de todas aquellas delicias del estómago.
-
-La conversación empezaba á animarse. No había ya reserva alguna,
-hipocresía de ningún género, ni aun por parte del elemento laico, que
-antes fingía cierta pena. Así como cuando hay fiesta nadie se acuerda
-del santo, ahora nadie se acordaba de la difunta, á cuya salud...
-eterna estaba comiendo toda aquella concurrencia de cristianos tibios.
-
-Se habló de la cosecha, del último concurso convocado por el señor
-obispo, de los masones; pero la alegría franca, aunque no descarada ni
-de manifestaciones bulliciosas, no se mostró hasta que comenzaron los
-chascarrillos. Á Manín le parecía inagotable el vino, y como el vino
-los cuentos; creía que aquellos señores curas sacaban del fondo de los
-vasos todas aquellas historias que acababan siempre por un chiste, que
-reían todos, y que él no entendía las más veces, pero celebraba también
-con una carcajada y un trago. Los cuentos eran, los más, relativos al
-clero; solía ser el héroe un famoso cura de La Parada, á quien Manín
-estaba admirando y envidiando, como César á Alejandro. ¡Si él hubiera
-sido párroco! ¡Qué tragos, qué pitanzas, qué comilonas!
-
- * * * * *
-
-Vino la morcilla, con las _fabes_ y el _llacón_ y la sidra. ¡Madre de
-Dios, qué recuerdos de dicha olímpica despertaban en las entrañas de
-Manín aquellos olores! Sí, en las entrañas; porque eran recuerdos,
-sensaciones, deleite de paladar _alucinado_ por evocaciones de
-remota harturas; asociación de ideas, y aún más, de voluptuosidades;
-sentimentalismo de la gula... ¡qué sabía el pobre Manín! Pero ello era
-un encanto, estómago y corazón participaban de la delicia...
-
-¡La juventud, la abundancia... el pasado... su madre, su mujer... su
-hija... sus ensueños!... Manín aflojó el cinto ruin con que sujetaba
-los pantalones, se limpió el sudor de la frente con la servilleta... y
-se bebió de un trago un vaso de vino tinto.
-
-Carne asada, un pato, calabacines rellenos... todo eso fué pasando por
-la mesa y de todo comió el de Pepa José como por cuatro; y de camino
-bebía como seis...
-
-Indudablemente, el mundo ya le parecía otro: quería pensar y echaba de
-menos lo que él no sabía que se llamaba lógica; quería sentir y sentía
-cosas extrañas, ilógicas también; por ejemplo: perdonaba á su yerno y
-le abrazaba, _in mente_ y al recordar á Ramona no le dolía mucho por
-dentro, sino que la veía como en el centro de la tierra muerta de risa
-y contenta de ver á su padre tan bien comido y en camino de coger una
-borrachera de las que se duermen dos días...
-
-Manín, sin miedo á su yerno ni al arcipreste, rompió á hablar alto,
-y contó cuentos verdes, y filosofó á su modo acerca de la comunión
-de los santos y el perdón de los pecados. Dijo lo que quiso, nadie
-le fué á la mano. El infeliz creía que todos estaban tan exaltados
-como él; no podía notar que desentonaba, que la alegría de los demás
-era contenida, expresiva sin estrépito, sobre todo, sin imprudencias,
-sin paradojas sentimentales... Nada de eso podía ver, se puso en pie,
-peroró, lloró, abrazó á diestro y siniestro... y cuando llegó la hora
-de los licores, abrazado á la botella de aniseta, pegajoso y dulzón,
-cantó á su modo, en prosa bable, una égloga elegíaca, invocando el
-derecho de gozar del presente, de aquella orgía, que lo era para él la
-comilona; y se esforzaba en compaginar, con palabras incoherentes, el
-dolor y la alegría, su desgracia cierta y su pasajera delicia, con no
-menos poesía, en el fondo, y no menos incomprensible para el vulgo, que
-Shelley cuando quiere en el _Epipsychidion_ armonizar el amor á dos
-mujeres á un tiempo.
-
-Roque dejaba á su suegro disparatar, desentonar, descomponerse,
-escandalizar... Le convenía... Ya lo veían aquellos señores; testigos
-eran: quedaba explicado por qué él trataba al padre de su difunta como
-á un perro... Si se le dejaba comer y beber bien, se ponía así, loco...
-
- * * * * *
-
-El escándalo fué mayúsculo. “Tenía razón Roque: su suegro era
-_imposible_.” La opinión, en las aldeas del contorno, fué unánime. En
-la comida del entierro nadie, ni los más indiferentes al duelo de la
-casa, se habían extralimitado. Se había querido, como siempre, distraer
-á la familia, contando chascarrillos, animando la conversación, pero
-todo con cierto tino, sin salir del tono conveniente... y él, Manín,
-el padre de la difunta, se había emborrachado, y había cantado coplas
-sucias y había llorado... vino y sidra... ¡Horror!
-
- * * * * *
-
-Algunos meses después, ni Roque, ni el párroco de Llantones, ni el
-arcipreste, ni ninguno de aquellos comensales tan morigerados se
-acordaban ya, ni en sus cortas oraciones, de la pobre Ramona, que comía
-tierra. De lo que sí se hablaba algunas veces todavía era del escándalo
-que había dado Manín de Pepa José en la comida de los funerales de su
-hija...
-
-Manín volvió á su choza miserable, á su vida de perro pastor;
-decrépito, comiendo como un anacoreta... borracho de lágrimas, de
-recuerdos, de necesidad... lleno de lástima de sí mismo... y viendo el
-mundo vacío, enemigo, con él porque por él ya no cuidaba aquella hija
-que parecía ruda y era como el aire, como la luz, como el calor... La
-necesitaba, con ansias de enfermo caduco... y ella no venía, no volvía,
-no podía volver...
-
-Manín deseaba un remedio que no sabía buscar, en sus cortos alcances;
-el remedio que él quería era el suicidio, pero no daba con él. Los
-animales no suelen suicidarse, aunque padecen mucho á veces. Manín era
-como un rocín viejo, podrido, desamparado... que no sabía suicidarse.
-Acaso estaba chocho, con la idea-dolor fija de su Ramona... que no
-estaba allí, en Llantones... en la casería... para compadecerse del
-pobre viejo, y darle aire, luz, calor... vida... la vida aquélla que ni
-se marchaba ni se quedaba; que él tenía y no tenía... Para su delirio
-de penas, Ramona ausente era el sol muerto, y él, Manín, desnudo, en la
-calle, tiritando de frío... ¡con miedo, con sed, con hambre!...
-
-
-
-
- ÁLBUM-ABANICO
-
-
-Ó al revés, abanico-álbum _como gustéis_. La señora de Frondoso tenía
-uno, célebre en todo Madrid. Por el tiempo en que comienza esta fiel
-historia de sucesos reales, ya el álbum de versos y dibujos era cosa
-bastante desacreditada, y el abanico convertido en álbum, el colmo de
-lo cursi. Pero la señora de Frondoso había leído en _Pepita Jiménez_
-que la esencia de lo cursi estaba en el excesivo temor de parecerlo;
-y se hubiera creído más cursi que todas las cursis juntas si hubiera
-renunciado á que la pusieran versos en los abanicos, considerando
-que se había abusado de este género de galantería, que ya apestaba
-al mundo, pero que á ella no le apestaba. Y en el círculo de sus
-relaciones, ó mejor, en la corte de Cupido que la rodeaba, lo ridículo
-é impertinente era quejarse de la anticuada manía.
-
---Fulanito, tiene usted que hacerme algo para el abanico--decía la de
-Frondoso á cualquier nuevo amigo presentado en su círculo escogido--; y
-Fulanito se guardaba de repetir los lugares comunes que corrían contra
-los abanicos literarios, y prometía escribir, y escribía y procuraba
-esmerarse. ¡Vaya, y que era fácil distinguirse entre aquellas patas
-de mosca que llenaban el _país_ del álbum de viento! Ayala á la
-derecha; Campoamor por arriba; Núñez de Arce, con su _Excelsior_, por
-debajo; Manuel del Palacio á babor...; Echegaray allá á lo lejos...
-No había formas desconocidas, ni aficionados completamente memos;
-todos los firmantes eran poetas de verdad, ó, por lo menos, mozos de
-chispa, ó buenos mozos, ó ilustres políticos, ó periodistas célebres,
-ó cómicos insignes. Dígase pronto, porque ello se ha de saber. La
-señora de Frondoso amaba mucho; y su marido, secretario del Círculo,
-consejero de ferrocarriles y afortunado bolsista, no había sido más
-que uno de los primeros eslabones de una cadena de oro con que ella
-voluntariamente sujetaba el corazón. Era rica, hermosa todavía, muy
-franca, muy bien educada, digámoslo así; muy afable, muy natural, nada
-gazmoña. Su esposo era un hombre muy simpático y muy influyente, amigo
-y deudo de grandes personajes, algunos de escogida aristocracia... Todo
-Madrid sabía que Julita Medero, ó á la francesa, como la llamaban,
-Julita Frondoso, era... la _Pródiga_; y sin embargo, no sólo las
-catorce señoras malas que hay en la corte, según la estadística del
-P. Coloma, sino las muchas docenas de damas intachables de la más
-culta y distinguida sociedad, transigían con Julita, y la llevaban en
-palmas, siempre que ella quería, que no era todo el año. Porque había
-temporadas en que se la veía muy poco entre la gente de su _mundo_, y
-entonces ó desaparecía ó iba á sitios poco _distinguidos_ con otras
-damas, también ricas y de mucho tono... pero un poco separadas del
-trato de las familias más escrupulosas.
-
-La de Frondoso volvía á los _suyos_ siempre que quería, y nadie temía
-que trajera consigo la peste que hubieran podido pegarle aquellas
-_otras_.
-
-Este privilegio lo debía Julita á muchas cosas. En parte, á su humor
-equilibrado, alegre, sin aturdimiento; á su trato simpático, cordial; á
-su atractivo singular, que era tal, que muchas veces se vió enamoradas
-de ella, en pura amistad, á las mismas que debían estar celosas, por
-causa del respectivo marido. Tenía la de Frondoso una particular
-complacencia en conquistar á un tiempo á un amigo... y á su mujer; y lo
-conseguía no pocas veces. Nadie hablaba mal de ella... en detalle. Se
-reconocía, en general, que no había por dónde cogerla, porque eso era
-notorio; pero... _nada más_. Nadie comentaba sus aventuras una á una,
-ni se hablaba de su querido _actual_; no se la seguían los pasos. Tenía
-la gran _virtud_... mundana de _no dar escándalo_. Cierto beneficiado
-de una catedral, amigo suyo, había dicho en una ocasión delante de
-ella: “Si no puedes ser casto, sé cauto”; y ella había convertido en
-dogma de moral la frase, digna de Cicerón. Secreto, siempre secreto.
-Nadie tenía pruebas, que pudieran valer en juicio, de lo que era una
-convicción común. “Concretamente no se sabe nada”, se repetía por todas
-partes. En fin, aquello sí que era cursi y de clavo pasado: hablar de
-los adulterios de Julita. ¡Adulterios! ¡Jesús, qué palabrota tan poco
-oportuna y tan escandalosa... tratándose de Julita Frondoso! Amigos,
-protegidos, así se debían llamar los amantes de aquella señora. No
-eran sus _admiradores_, sino mejor sus _admirados_; era ella la que
-admiraba. Su especialidad era... el _plato del día_; el hombre de quien
-hablaban los periódicos de aquella semana..., ése era el seductor... á
-quien Julita procuraba seducir. Parecía á veces la de Frondoso la _flor
-natural_ de un certamen. Se _adjudicaba_ al más excelente versificador,
-ó al diputado de más labia, ó al espadachín de más agallas y más arte.
-Nunca llegó á los toreros. Pero sí á los ministros. Un ministro joven
-le parecía un encanto, si no era tonto. Por lo general, prefería las
-bellas artes, incluyendo las letras. El poeta era lo mejor, y lo que
-más se le pareciese, en seguida. En pintura entró por el naturalismo
-primero que en literatura. En la época de los últimos resplandores
-de la hermosura de esta señora, empezaba el realismo á estar de moda
-en España; y ella lo acogió, en las artes plásticas, concediendo sus
-favores á Pablito Fonseca, que era un paisajista de la escuela natural.
-Su especialidad eran las vacas sentadas sobre la yerba. Pablito no
-tenía dos dedos de frente; pero sus vacas eran _pedazos de la realidad_
-puestos en el lienzo. Daban ganas de ordeñarlas. Por unas cuantas
-semanas, algunos chuscos llamaron á la de Frondoso la de _Finojosa_. Ya
-comprenden ustedes por qué.
-
-Pero, amigo, en materia de novelas, “¡mi Feuillet de mi alma!” decía
-Julita; y, dicho sea en puridad, lo que le gustaba á ella de verdad era
-el folletín criminal, con un misterio en cada número del respectivo
-periódico. Una hija que estaba una porción de semanas sin padre, y que
-á lo mejor encontraba tres ó cuatro...; eso, eso era lo que encantaba á
-Julita.
-
-Si al cabo entró por la novela más ó menos naturalista, fué gracias
-al carácter firme y genio áspero de Ángel Trabanco, poeta lírico
-_predominantemente_ descriptivo, que despreciaba de modo olímpico el
-argumento, la _fábula_, y en poesía y en novela quería ver el mundo
-real pintado por él mismo, por el mundo, no por las aventuras de los
-muñecos humanos que lo pisaban y profanaban. Con todo su mal genio,
-Trabanco, si quiso conquistar el corazón de Julita, ó por lo menos
-alquilarlo por una temporada, no tuvo más remedio que pasar por las
-horcas caudinas del _álbum-abanico_. Quedaba un rincón en blanco, y
-allí, con letra muy menuda, el poeta descriptivo de mal genio tuvo que
-pintar en unos veinte versos, modelo de concisión y fuerza plástica,
-_El molino viejo_. Era un molino cansado de moler, en ruinas por fuera
-y por dentro; la molinera vieja, la cítola gastada... ¡Magnífico de
-verdad y de tristeza! “Ese molino soy yo”, dijo la de Frondoso. No
-valieron protestas; se empeñó en que era ella, y le hizo gracia tener
-un parroquiano nuevo para el molino viejo de su corazón... Ángel se
-hizo querer más que otros, porque era dominante, desconfiado, montaraz,
-decía Julita. La convenció de que tenía la pobre muy mal gusto
-literario, y le hizo leer las novelas de los Goncourt, que la aburrían,
-y las de Balzac y demás maestros consabidos, que no las podía concluir
-sin dormirse.
-
-Pero al álbum-abanico no pudo hacerla renunciar. Aquel registro
-de notabilidades más ó menos pasajeras siguió siendo la manía de
-Julita; los amantes variaban; la manía siempre era la misma. Como se
-decía que aquellos abanicos poéticos y artísticos eran las _actas
-de los mártires_, es decir, listas de los amantes de Julita, ésta
-creyó oportuno advertir á Trabanco que en tal supuesto había notoria
-exageración.
-
---Oye, tú--le dijo un día:--la tirria que le tienes al abanico
-ilustrado, como tú dices, no será porque creas que han sido amigos
-míos, así como tú, todos estos señores... Te juro que nunca tuve nada
-con Zorrilla, ni con Campoamor, ni con Pepe Luis...
-
---No; si á quien yo temo es al _nuevo Parnaso_.
-
---Yo soy franca, ya lo sabes; un cómico francés, que fué íntimo de
-casa, allá en París, me decía que ya Molière, en una comedia que se
-llama _L’Etourdi_, justificaba la brevedad de los amores: cuanto más
-breves sean los extravíos, menos malos serán.
-
-Y la de Frondoso, con mediana pronunciación, repetía siempre que
-hablaba de esto:
-
- _Si notre esprit n’est pas sage á toutes les heures,
- Les plus courts erreurs sont toujours les meilleurs._
-
---Y tú no puedes quejarte, Nerón--añadía la simpática matrona--; hace
-un siglo que te quiero.
-
-Y era verdad; la de Frondoso se había acostumbrado á su poeta del
-molino viejo, y no llevaba trazas el trueno de venir por causa de ella.
-
-Pero al vate le llamaron á su pueblo, donde le esperaba una buena
-moza, que le quería muchos años hacía, y que acababa de heredar algo
-más sólido que los poemas descriptivos. Trabanco habló claro. Julita
-trató de disuadirle; le aconsejó que se quedara en Madrid para hacerse
-_célebre de veras_; esto en el lenguaje de Julita, quería decir:
-hacerse hombre político con el riñón cubierto. Le prometió ayudarle
-con la influencia de su marido y otras que ella tenía... Quedaron en
-discutirlo en el tren, saliendo juntos de Madrid, ella para Francia
-y él para su pueblo... Si ella le convencía en unas cuantas horas...
-seguirían juntos á Francia...
-
-La de Frondoso no vió á Trabanco ni en la estación ni en el tren. No le
-volvió á ver en muchos años. Le perdonó, le escribió; él contestó dos,
-tres veces; después, ni cartas.
-
-Julita perdonó esto también... y á los pocos meses para ella Trabanco
-era un joven de porvenir, que había cortado la carrera casándose con
-una _ingenua_ de pueblo. Y tan amigos.
-
- * * * * *
-
-Pasaron más de doce años, trece ó catorce; la de Frondoso siguió
-viviendo en Madrid, y Trabanco en Barcelona, en Sevilla, en el
-extranjero algunas temporadas; á Madrid no fué nunca más que de paso.
-Muy de tarde en tarde, leía Ángel en los periódicos algo referente
-á las tertulias de la señora de Frondoso; según los revisteros de
-salones, el encanto de aquella morada era Luz, aquella _Bebé_ de que
-tanto le hablaba _illo tempore_ Julita; la niña esbelta y precoz que
-había visto él muy pocas veces, siempre de lejos.
-
-Una tarde, en uno de sus raros viajes á la corte, Trabanco hablaba con
-varios amigos, políticos y literatos, en un corrillo en la Carrera de
-San Jerónimo.
-
-Á tales fechas, Trabanco era muchas cosas antes que lírico. Con el
-dinero de su mujer había hecho negocios muy sanos en la industria
-taponera; el corcho y su mercado eran una de las preocupaciones más
-importantes del poeta de cabeza gris y grandes patas de gallo alrededor
-de los ojos, siempre enérgicos y soñadores. El corcho le había llevado
-al estudio de ciertas cuestiones económicas muy prácticas; de estas
-cuestiones había ido por asociación de hechos á la política, y en la
-actualidad era un candidato á la diputación á Cortes, tan encasillado
-como otro cualquiera. Pero seguía siendo poeta y viendo el mundo por su
-aspecto de hermosura plástica; de tarde en tarde publicaba un tomo de
-versos, muy elegante, con grabados muy bonitos. No le atormentaba la
-mucha ó poca venta, como antaño; el corcho le permitía estar tranquilo
-respecto de este particular. Regalaba muchos ejemplares, recorría
-muchas redacciones y se hablaba bastante de los versos de Trabanco, sin
-que nadie pusiera interés en negarle el talento poético, que ni subía
-ni bajaba. Cuando había alguna vacante de académico de la Española, no
-faltaban _críticos_ que _indicaban_ á Trabanco, sin escándalo de nadie.
-Y nada más. Ésta era toda su gloria. Como se ve, Trabanco no había
-llegado á ser _célebre de veras_, como la de Frondoso hubiera querido,
-y acaso hubiera conseguido si él no se hubiese separado de ella y de la
-corte.
-
-En fin, aquella tarde, cuando más animada estaba la conversación del
-corrillo, dos damas muy bien vestidas, altas las dos, una vieja y otra
-muy joven, deslumbradora de lozanía y belleza, pasaron junto á aquel
-grupo, que se abrió para dejar libre la acera.
-
---¡Ibáñez!--exclamó la dama entrada en años deteniéndose y alargando
-una mano á un buen mozo, pero muy gastado, que formaba parte del corro.
-
---Señora... Luz...
-
---Me tiene usted olvidada.. Y tú, Luz, ríñele...
-
---No lo crea usted. Mañana mismo...
-
---Sí, siempre mañana...
-
---Mañana sin falta tiene usted eso en el palco; ¿no le toca á usted
-mañana en el Español?
-
---Sí, sí; ¿pero están ya hechos?
-
---Sí, señora, sí. No valen nada... pero...
-
---¡Oh! eso es modestia... ¡Oh, Trabanco! Usted por aquí... cuánto
-tiempo...
-
---Sí, señora; catorce años lo menos...
-
---Sí, catorce...
-
---¿Y ésta es?
-
---Luz...
-
---¿Bebé?
-
---Sí, Bebé... ¿Ha crecido, eh?
-
-Y Luz, sonriente, sencilla, _natural_, mucho más natural que los versos
-de Trabanco, miró y saludó con un apretón de manos, al antiguo amante
-de aquella madre de quien ella nada malo sabía ni sospechaba.
-
-Siguió la conversación entre las señoras, Ibáñez y Trabanco. Ibáñez era
-poeta también, pero de otra generación... literaria, aunque poco menos
-viejo que Trabanco. Pero Ibáñez estaba de moda, era entre místico y
-diabólico y con las señoras tenía mucho más partido que Trabanco había
-tenido en sus mejores tiempos. Además, vivía casi siempre en París ó en
-Londres, y esto le refrescaba la fama como si fuera sal.
-
-Lo que Julita Frondoso, anciana respetable, muy bien conservada, le
-pedía á Ibáñez era, efectivamente, unos versos para un abanico de Luz.
-Luz tenía también álbum-abanico, ó mejor, lo tenía su madre á nombre
-de Luz. La arrogante moza, figura de Diana, era pura, noble, enérgica;
-si coqueteaba, era por procedimientos que nada tenían que ver con las
-letras ni con los abanicos.
-
-Pero Trabanco, al oir lo del álbum, miró á la virgen arrogante y
-tranquila, y un momento temió que el álbum de la hija, sugestión de la
-madre, fuera un registro simbólico, como aquel otro abanico en que él
-había escrito: “El molino viejo”...
-
-Por lo demás, Trabanco y la de Frondoso se miraban y se sonreían, como
-dos antiguos conocidos que nada recordaban de intimidades y ternezas...
-Aún Trabanco, como poeta, daba cierto tinte de filosófica _añoranza_ á
-las reminiscencias comunes... pero la de Frondoso, nada absolutamente,
-nada parecía recordar; es decir, se acordaba de todo, pero como si no.
-En una casa que veían enfrente habían tenido su nido de amores, pues
-allí vivía Ángel, y allí le visitaba Julita. Trabanco lo recordó, miró
-á la casa, al balcón de su gabinete... También, por casualidad, la de
-Frondoso miró hacia allí... pero sin pensar en nada remoto, pensando en
-Ibáñez, en Luz... en el álbum, en los versos que Ibáñez prometía llevar
-al teatro al día siguiente...
-
-¡La de Frondoso! ¡Oh! una señora muy respetable. Aquella gente nueva
-nada malo sabía de tal dama; se había olvidado su vida alegre; no era
-ya nadie más que la madre amabilísima de una de las muchachas más
-hermosas y elegantes de Madrid... En cuanto al álbum-abanico... era una
-manía inocente, inofensiva, que todos seguían respetando.
-
-Trabanco, viendo seguir calle arriba á la dama vistosa, siempre
-alegre... siempre frívola; sin los vicios que la edad le había hecho
-abandonar, pero con la manía que era como la cáscara, ya vacía, del
-vicio, pensó para sus adentros una porción de cosas, filosóficas como
-ellas solas, de una filosofía ni pesimista ni optimista... casi cómica.
-
-Y se dijo lleno de benevolencia irónica...
-
---¡Qué diferencia entre Julita Frondoso... y la _Magdalena_.
-
-
-
-
- UN REPATRIADO
-
-
-Antonio Casero, de cuarenta años, célibe, doctor en Ciencias, filósofo
-de afición, del riñón de Castilla, después de haber creído en muchas
-cosas y amado y admirado mucho, había llegado á tener por principal
-pasión la sinceridad.
-
-Y por amor de la sinceridad salía de España, por la primera vez de su
-vida, á los cuarenta años; acaso, pensaba él, para no volver.
-
-Véanse algunos fragmentos de una carta muy larga en que Casero me
-explicaba el motivo de su emigración voluntaria:
-
-“...Ya conoces mi repugnancia al movimiento, á los viajes, al cambio
-de _medio_, de costumbres, á toda variación material, que distrae,
-pide esfuerzos. Este defecto, porque reconozco que lo es, no deja de
-ser bastante general entre los que, como yo, viven poco _por fuera_, y
-mucho por dentro, y prefieren el pensamiento á la acción.
-
-“Verdad es que la misma historia de la filosofía nos ofrece ejemplos de
-grandes pensadores muy activos, muy metidos en el mundanal trasiego,
-como, v. gr.: Platón, con sus idas y venidas á Sicilia, sin contar
-otras idas y venidas y su discípulo y rival Aristóteles, que no fué
-_peripatético_ sólo en su escuela de Atenas, sino recorriendo mucha
-tierra y viendo y haciendo muchas cosas. De los modernos, se puede
-citar, entre los muy activos, á Descartes y á Leibnitz, por más
-ilustres. Pero, con todo, entre los de nuestras aficiones, son más
-los que siguen el ejemplo de Kant, que apenas salió en su vida de su
-Königsberg. Carlyle, en su _Viaje á Francia_, póstumo, nos hace ver la
-gran importancia que da al acto de _valor personal_... de decidirse
-á hacer la maleta y pasar el Estrecho; y Paul Bourget, en su novela
-_El discípulo_, nos ofrece la psicología del pensador sedentario que
-pasa las de Caín porque tiene que ir de París á una ciudad cercana.
-Yo, aunque indigno, también aborrezco los baúles, las facturas, los
-andenes, las fondas, los trenes, las caras nuevas, la vida nueva, la
-congoja infinita de variar, en todo lo que se refiere á las necesidades
-del mísero cuerpo y á las nimiedades de la vida social.
-
-“Muchas veces me han censurado, y hasta se han reído de mí, creo, porque
-nunca he salido de España. ¡No he estado en París! ¡París! Magnífico,
-si yo pudiera llevar mi casa conmigo, como el caracol... y, por
-supuesto, ir por el aire. El mundo civilizado, sobre poco más ó menos,
-en lo que merece atención, es lo mismo ya en todas partes, y lo que
-varía de región á región es lo que mortifica al sedentario maniático,
-cual yo, que en ropa, alimento, lecho, vivienda, costumbres de la
-vida ordinaria, no puede sufrir las variaciones. Yo me siento hermano
-del chino, del hotentote; pero ¡cómo pondrán el caldo por ahí fuera!
-Francia es como patria de mi espíritu; pero ¡creo que por allí dan un
-chocolate!...
-
-“...Y, á pesar de todo eso, emigro; sí, me voy; dejo á España. _Dimito._
-
-“Sí, dimito, por creerme indigno de ella, mi magistratura de español _en
-activo_. Yo, sobre que, después de pensar y sentir muchas cosas en esta
-vida, en que tanto he reflexionado y sentido, ahora tengo por _deidad_
-la sencillez sincera, la humilde ingenuidad para conmigo mismo; no
-quiero, como diría Bacon, _ídolos_ de la _caverna_, ni del _teatro_, ni
-del _foro_, ni de la _tribu_; mi ídolo es la sinceridad ¡Culto austero,
-amargo; pero noble, sereno!
-
-“Pues, bien, amigo mío, ahondando en mi espíritu, mirando _cara á cara_
-mi sentir más íntimo, he llegado á convencerme de que... yo _no siento
-la patria_. No, no la siento como se debe sentir; lo mismo me sucede
-con la pintura: digo que no la siento, porque comparo el efecto que
-me produce con el que causa á otros, y con el que yo experimento en
-presencia de la música buena, de la poesía, de la arquitectura, y veo
-su inferioridad palmaria. La patria es una madre ó no es nada; es un
-_seno_, un _hogar_, se la debe amar, no por _a_ más _b_, no por efecto
-de teorías sociológicas, sino como se quiere á los padres, á los hijos,
-lo de casa. Yo no amo así á España; me he convencido de ello ahora al
-ver nuestras desgracias nacionales y lo poco que, en resumidas cuentas,
-las he sentido. No, no me quieras consolar de esta decepción íntima
-diciéndome que casi todos los españoles están en el mismo caso. Es
-verdad, pero allá ellos; que emigren también. Sí, ya sé que los más,
-sin descontar aquéllos que han impreso su dolor patriótico en multitud
-de ediciones, en rigor, han visto pasar las cosas como si la lucha de
-España y los Estados Unidos fuera _res inter alios acta_.
-
-“La misma observación, honda, amarga, despiadada, pero sincera, que
-he aplicado á mis íntimos sentimientos, la he podido hacer en torno
-mío. No hablemos de los egoístas francos, militares ó paisanos, que
-porque la ley, deficiente sin duda, no les exigía un sacrificio
-directo, ni de su persona, ni de sus bienes, veían con la indiferencia
-menos disimulada las catástrofes que nos hundían; no hablemos tampoco
-de los patrioteros hipócritas que por oficio tienen que emplear á
-diario toneladas de lugares comunes elegíacos en lamentar dolores de
-la patria que ellos no experimentan; pero ¡si fueran ésos solos! Yo
-he observado de cerca á quien ha luchado por España, ha expuesto su
-vida defendiéndola, y ha merecido gloriosos laureles... Ese mismo,
-que hubiera muerto en su puesto de honor..., lo hacía todo más por el
-honor que por cariño real, de hijo, á España. No había más que oirle
-relatar nuestras desventuras que había visto de cerca. No, no hubiera
-hablado así de las desgracias de una madre, de un hijo. Sin darse él
-cuenta, ajeno de hipocresía, bien se dejaba ver que más influía en
-su alma la alegría del noble orgullo, por su valor, su pericia, su
-brillante campaña, que el dolor por lo que España había perdido. Aquel
-héroe vencido, no había alcanzado menos gloria que la que el triunfo le
-hubiera podido dar; por eso estaba contento... y la patria, por la que
-hubiere muerto, quedaba en su espíritu, allí, en segundo término, como
-una abstracción de la geometría moral, exacta, pero fría...”
-
- * * * * *
-
-“Además, yo me siento poco español. Creo en el genio nacional; no sé
-en qué consiste precisamente; pero en ciertos momentos de la historia
-pragmática, y más en los rasgos populares y en ciertas cosas de
-nuestros grandes santos, poetas y artistas, adivino un fondo, mal
-estudiado todavía, de grandeza espiritual, de originalidad fuerte.
-En Santa Teresa y en Cervantes es donde yo adivino más caracteres
-esenciales de ese genio. Pero... ¡es tan recóndito y obscuro todo
-eso! En cambio, saltan á la vista, me hieren con tonos chillones y
-antipáticos las cualidades nacionales, mejor, los vicios adquiridos,
-que me repugnan y ofenden. Este predominio, casi exclusivo, de la vida
-exterior, del color sobre la figura, que es la idea; de la fórmula
-cristalizada sobre el jugo espiritual de las cosas; este servilismo del
-pensamiento, esta ceguedad de la rutina, y tantas y tantas miserias
-atávicas contrarias á la natural índole del progreso social en los
-países de veras _modernos_, me desorientan, me desaniman, me irritan...
-y me marcho, me marcho. Excuso decirte que no creo en regeneraciones
-ni en _Geraudeles_ patrioteros... Ni yo merezco vivir en España, ni
-España es de mi gusto. Yo no me siento capaz de sacrificar por ella
-lo que toda patria merece; no tengo, pues, derecho á que su suelo
-me sustente, su ley me ampare. Ella á mí no me ha dado lo que yo
-más hubiera querido: una sólida educación intelectual y moral, que
-me hubiera ahorrado esta farsa de semisabiduría en que vivimos los
-_intelectuales_ en España. No puedes figurarte lo que padece mi amor
-de sinceridad, hoy mi fe, con este fingimiento de ciencia prendida con
-alfileres á que nos obliga la mala preparación de nuestros estudios
-juveniles. Yo veo mi poder reflexivo, mis facultades intuitivas, mi
-juicio y mi experiencia, muy superiores á los medios de instrucción
-sólida de que dispongo, para aprovechar en la sociedad esas facultades.
-Si no fuera español, sino francés, inglés, alemán, no tendría que
-lamentar tan bochornosa deficiencia. Ser tuerto en tierra de ciegos, no
-puede ser consuelo más que para egoístas y vanidosos. Yo quisiera tener
-dos buenos ojos en tierra en que no hubiera ni tuertos ni ciegos. Ser
-de la multitud, en Atenas...
-
-“...No se puede creer en regeneradores, porque faltan las primeras
-materias para toda regeneración. Emigro; ni yo creo en España, ni ella
-debe esperar nada de mí. Cuando perdimos las escuadras, cuando se
-rindió Santiago, me puse un poco malo del disgusto... Sí, poco; pronto
-sané, más contento con este orgullo de querer _algo_ de veras á la
-patria, que apenado con las irremediables desgracias... Por la pérdida
-de padres y de hijos, se siente otra cosa más fuerte, más honda: el
-dolor por la ausencia de la madre no lo endulza la conciencia de la
-ternura filial; en cambio, al sentir que yo quería á España algo más
-que los patriotas vocingleros, me sorprendí gozando de cierta alegría
-íntima... Y después, ¡qué pronto fuí olvidando las pérdidas, las
-vergüenzas nacionales!... No, España; no te merezco. Ni mi espíritu,
-hecho extranjero por lectura de franceses, ingleses y alemanes, te
-comprende bien, ni soy, en definitiva, un buen hijo. Seré el hijo
-pródigo... que no vuelve.”
-
- * * * * *
-
-Pero volvió. Yo me encontré al pobre Antonio Casero en la Puerta del
-Sol, disponiéndose á subir á un ómnibus que le llevara á... los toros,
-á una novillada cualquiera. Volvía de Inglaterra, Alemania y Francia,
-triste, desmejorado, flacucho.
-
---Estoy--me dijo--como aturdido. He llegado á ese escepticismo de la
-conducta, mil veces más angustioso que el de la inteligencia. ¡No sé
-qué hacer! ¡No sé dónde estar! Huí de España, como sabes, con gran
-esfuerzo, no por apartarme de ella, sino por cambiar, por moverme.
-Sabes las razones que tuve para emigrar. Pero ¡fuera de España tampoco
-_sabía vivir_! ¡Tenía la patria más arraigada en las entrañas de lo
-que yo creía! El clima, el color del cielo, el del paisaje, su figura,
-el modo de comer, el modo de hablar, lo extraño de los intereses
-públicos, el no importarme nada de cuanto me rodeaba; las costumbres,
-que me parecían irracionales por no ser las mías; todo me repugnaba, me
-ofendía; todo era hielo y aspereza, una especie de magnetismo enemigo
-que me acosaba en todas partes. Hasta respiraba peor. Tal vez lo más
-espiritual de mi ser continúa siendo extranjero, pero cuanto en mí es
-tierra, barro humano, que es lo más, ¡ay! es español y no puede vivir
-fuera de la patria. No, no puedo vivir en España... pero tampoco fuera.
-Y en tal conflicto... vuelvo, aborrezco el _españolismo_, pero me
-llamo de hoy más _Vicente_, y me voy donde los demás españoles... á
-los toros. _Natura naturans._ Después de todo, ¡qué sería de España si
-emigrasen todos sus hijos ingratos, que no la aman bastante! Quedaría
-desierta.
-
-
-
-
- DOBLE VÍA
-
-
-Al año de ser diputado y madrileño _adoptivo_, Arqueta ya era bastante
-célebre para que todo el mundo conociera un epigrama que se había
-dignado dedicarle nada menos que el jefe de la minoría más importante
-del Congreso.
-
---“Ese Arqueta, había dicho, no sólo no tiene palabra fácil, sino que
-no tiene palabra.”
-
-Eso ya lo sabía Arqueta; nunca había pretendido ir para Demóstenes, ni
-ése era el camino; pero el tener palabra difícil no le estorbaba, y el
-no ser hombre de palabra le servía muchísimo. Claro que este último
-defecto le acarreaba enemistades, pues las víctimas de aquella carencia
-le aborrecían é injuriaban; pero ya tenía él buen cuidado de que
-siempre fueran los caídos los que pudieran comprobar toda la exactitud
-del epigrama... de la minoría. ¿Á que nunca había faltado á la palabra
-dada al presidente del Consejo de Ministros ó á cualquier otro
-presidente de alguna cosa importante? ¡Ah! pues ahí estaba el toque. Lo
-que era, que muchas veces había que navegar de bolina; algunas bordadas
-había que darlas en dirección que parecía alejarle de su objeto, del
-puerto que buscaba, pero aquel zis-zás le iba acercando, acercando, y
-á cada cambiazo, ¡claro!, algún tonto se tenía que quedar con la boca
-abierta.
-
-Orador, ¡no! La mayor parte de los paisanos suyos que habían sido
-expertos pilotos del cabotaje parlamentario habían sido premiosos de
-palabra... y listos de manos. ¡La corrección! ¡Fíate de la corrección y
-no corras! En el salón de conferencias, en los pasillos, en el _seno_
-de la comisión, en los despachos ministeriales, Arqueta era un águila.
-¡Cómo le respetaban los porteros! Olían en él á un futuro personaje.
-
-Además, aunque el diputado Arqueta no esperaba su medro del poder
-legislativo, se iba al bulto, ó sea al poder ejecutivo. Se agarró á
-las faldas... de la señora del ministro de Hacienda y la declaró buena
-presa; los Arqueta y Conchita Manzano, la ministra, se habían conocido
-en un balneario del Norte.
-
-Conchita era una jamona que procuraba prolongar el otoño de su vida
-hasta bien entrado el invierno. Mejor. Ya sabía Arqueta que no se
-le iba á dar miel sobre hojuelas; se contentaba con la miel, con el
-turrón. En el balneario, aunque el trato fué de mucha confianza,
-Arqueta no pudo conocer, de seguro, si la ministra era una de las
-catorce señoras malas del P. Coloma.
-
-En Madrid creció la confianza, por la cuenta que les tenía á _los
-diputados_ por Polanueva, y el ministro participó de la intimidad de
-los amigos de su mujer. Juana llegó á ser confidente de Concha, que
-algo tendría que contarla; y el ministro, Medianez, hizo su favorito de
-Arqueta, que era el encargado por su excelencia de no tener palabra,
-siempre que convenía dársela á alguno y recogerla sin que él la
-devolviese.
-
-La clase de servicios que Arqueta prestaba á Medianez eran todos del
-género que á Mariano le gustaba, _entre bastidores_; se referían _á
-lo que no puede decirse_ (¡la delicia de Arqueta!), y aquellos lazos
-eran de los que sólo abate la muerte; y puede que tampoco, porque lo
-probable será encontrarse en el infierno.
-
-Arqueta, cuando convino, fué director general, subsecretario y otra
-porción de cosas, algunas sin nombre oficial, ni sueldo _explícito_.
-
-Á pesar de la pureza que el de Polanueva atribuía á la clase de
-relaciones que le unían al _hombre público_, ponía su principal
-confianza en las delicias del hogar doméstico... del _hombre público_.
-Cuando Arqueta pudo afirmar, para su coleto, que Conchita Manzano era
-_de las catorce_, fué cuando respiró tranquilo.
-
- * * * * *
-
-Subieron y bajaron varias veces los _suyos_, y Arqueta llegó á verse
-con méritos suficientes para _entrar en una combinación_, para ser
-ministro, siquiera fuese temporero... que ya sabría él aprovechar la
-temporada y aunque fuese el temporal. Un inconveniente de jerarquía
-encontraba: que siendo ministro era tanto como su padrino y no estaba
-bien. Pero fué el caso que las circunstancias hicieron que Medianez
-estuviera _indicadísimo_ para presidir un ministerio de transición,
-de perro chico, sin ministros de _altura_; pero que podían ser todo lo
-_largos_ que quisieran. Y allí estaba él. Presidente Medianez y él,
-Arqueta, en Fomento ó donde Dios fuera servido... ¿por qué no? Así las
-categorías seguían respetándose, pues el presidente seguía siendo el
-jefe, el amo...
-
-¿Por qué no entraba él en las candidaturas que preparaba Medianez por
-si le llamaban?
-
-Siempre había atribuido á las faldas de Conchita la fuerza decisiva,
-cuando había que influir en el ánimo de Medianez y hacerle servir en
-caso grave los intereses de Arqueta. Ahora había que apretar por este
-lado.
-
-“¡Lo que puede el amor!, pensaba Arqueta. Todo el mundo dice, y es
-verdad, que Medianez sabe llevar con dignidad los pantalones; que no es
-de los políticos que dejan que gobierne su mujer. En efecto, yo noto
-que Conchita no suele imponerse á su marido; más bien le teme que le
-manda... y, sin embargo, en todo lo referente á mis cosas ¡como una
-seda! Pido una gollería, Medianez se enfada, Concha vacila... aprieto
-yo, se sacrifica ella, pido, ruego, insisto, mando, y... ¡conseguido!
-
-“Ahora el empeño es grave. Pero hay que echar el resto. Medianez ve en
-mí _poco_ ministro; tiene mil compromisos... ¡No importa, venceré!...
-Apretemos.”
-
---¿No te parece á ti que debo apretar?, le decía á su mujer. Y Juana,
-sin vacilar, contestaba:
-
---¡Pues es claro! ¡Aprieta!
-
-Ella también seguía cultivando la amistad de la de Medianez y la
-del ministro mismo; pero, es claro, que pasando lo que pasaba, y que
-su esposa, naturalmente, no sabía, Arqueta no creía decoroso que
-Juana apretase también; aparte de que lo que él no lograra menos lo
-conseguiría su pobre mujercita.
-
-La ministra juraba y perjuraba que ella tenía en perpetuo asedio á su
-marido para que diera un ministerio, si formaba gabinete, al pobre
-Mariano, que era el hombre de mayor confianza que tenían.
-
---Pero, desengáñate, digas tú lo que quieras yo no mando en Medianez
-tanto como tú crees. Me hace caso cuando cree que tengo razón. Así
-hablaba, en sus intimidades, la ministra á su amante; pero éste no se
-daba á partido; insistía, insistía; aprieta que apretarás.
-
-Era el caso que, por una de esas combinaciones tan comunes en la
-política de bastidores (la que gustaba á Mariano), Medianez estaba
-haciendo el juego de aquel jefe del partido contrario que decía
-epigramas contra Arqueta. El jefe de Medianez no quería ministerios de
-transición; el enemigo sí, porque no estaba propuesto para entrar en el
-Gobierno; necesitaba dividir al adversario, desacreditar á un Gabinete
-intermedio y llegar él á tiempo y como hombre prevenido. Medianez y
-Arqueta bien veían el juego, pero como la coyuntura era única para que
-Medianez fuera presidente del Consejo, estaban decididos á comprar
-aquellos rábanos, que pasaban, y caiga el que caiga.
-
-Lo que no sabía Arqueta era que el jefe del partido contrario, que
-ayudaba á subir á la presidencia á Medianez, ponía sus condiciones
-al personal del Gabinete futuro, y había declarado que Arqueta no era
-_persona grata_.
-
-Medianez ocultaba á su amigo las batallas que reñía con aquel señorón
-para obligarle á transigir con el diputado por Polanueva, á quien él
-quería á todo trance llevar consigo al Gabinete que iba á presidir.
-
-En fin, para abreviar, vino la crisis, que fué laboriosa; hubo
-soluciones á porrillo; ministerios de altura y ministerios de perro
-chico... y por fin ¡oh alegría! vino un ministerio que “nacía muerto”
-según las oposiciones, pero nacía, que era lo principal: el ministerio
-Medianez.
-
-¡Y Arqueta entraba en Fomento!
-
-¡Qué escena, la de Arqueta con la ministra, cuando supo que estaba él
-en la lista de ministros!
-
-Concha estaba muy contenta, claro; pero mucho más preocupada. No salía
-de su asombro. Estaba segura de no haberle arrancado á su marido
-palabra redonda de hacer ministro al buen Arqueta. Pero, en fin, ya era
-un hecho.
-
-Con su mujer estuvo Mariano menos expansivo, porque tenía ciertos
-resquemores de conciencia, aunque muy leves... Al fin, era por una
-infidelidad conyugal por lo que llegaba á la anhelada poltrona...
-¡Pobre Juana! Pero, qué diantre, como ella no estaba en el secreto y se
-veía ministra, también debía alegrarse muchísimo.
-
-Ya lo creo que se alegraba. Estaba radiante de alegría. Ella fué la que
-encargó á escape el uniforme, ó lo sacó de la nada, de repente, según
-lo pronto que estuvo listo.
-
-Á las once de la mañana iban á jurar y á las diez Juana ya había
-vestido, con sus propias manos, á su marido el vistoso uniforme,
-reluciente de oro, con que iba á entrar en la brega ministerial. La
-casa se había llenado de amigos y amigas. Y, ¡oh colmo del honor y de
-la amabilidad!, á las diez y media recibió el matrimonio un volante de
-Medianez en que decía: “Espéreme usted: voy yo á buscarle en mi coche y
-á dar la enhorabuena personalmente á Juana.”
-
-Á la cual se le cayeron las lágrimas al leer esto.
-
-¡Qué triunfo!
-
-Llegó el presidente nuevo, Medianez, de uniforme también, aunque no tan
-flamante como el de Arqueta.
-
-Aquella casa era una Babel.
-
-Arqueta... tuvo un momento de debilidad.
-
-Todos le decían que estaba muy guapo con el uniforme; pero el caso era
-que él, por no parecer fatuo, no había podido mirarse á su gusto en un
-espejo, vestido de uniforme. ¡Y era el sueño de su vida!
-
-Tuvo que confesarse que su dicha no hubiera sido completa aquel día,
-si no hubiese podido aprovechar dos minutos para contemplarse á solas,
-á su gusto, en el espejo, adorando su propia imagen ministerial. En su
-gabinete ¡dónde mejor! Allí donde tanto había soñado con el triunfo,
-quería verla reflejada en aquel armario de espejo que tantas veces le
-había invitado á confiar en la _explotación del físico_.
-
-Nada más fácil, entre el barullo de la multitud que llenaba la casa,
-que eclipsarse un momento...
-
-Sin que nadie le echara de menos, con las precauciones de un ratero,
-Arqueta se dirigió á su gabinete. Atravesó el despacho; la puerta
-estaba entreabierta... enfrente estaba el armario en cuya clara luna se
-quería contemplar.
-
-¡Demonio! Antes de que las leyes físicas permitieran que Arqueta
-pudiera verse reflejado en el espejo... vió en él, con toda claridad...
-un uniforme de ministro. ¡Era el presidente!
-
-Pero no estaba solo; en el espejo también vió Arqueta la imagen de
-Juana la regordeta... con cuyas mejillas de rosa hacía Medianez, el
-presidente sin cartera, lo mismo que él, Arqueta, había hecho la noche
-anterior en las mejillas, menos frescas, de la esposa del presidente.
-
-Arqueta dió un paso atrás. No entró en su gabinete... Entró en el otro,
-en el que presidía Medianez, es decir, presidir también presidía el de
-Arqueta, por lo visto... pero, en fin, se quiere decir que, rechazando
-el primer impulso de echarlo todo á rodar, se decidió á sacrificarse
-en aras de la patria. Pensó primero en desgarrar el uniforme que le
-quemaba, ó debía quemarle el cuerpo, como la túnica de... no recordaba
-quién; pero, no desgarró nada... y cinco minutos después llegaba en el
-coche de Medianez á casa de éste, donde aguardaban otros ministros y
-muchos políticos importantes. Allí estaba el _protector_ de la nueva
-situación, el del epigrama, que iba á gozar de su triunfo subrepticio.
-
-Arqueta reparó que le miraba y le saludaba aquel prócer con sonrisa
-burlona, tal vez despreciativa. Hubo más. Notó que en un grupo que
-rodeaba al ilustre jefe de la minoría, se celebraba con grandes
-carcajadas chistes que el señor del epigrama decía en voz baja... Y á
-él, á Mariano Arqueta, le miraban los del grupo con el rabillo del ojo.
-
-Sólo pudo oir esto que dijo el protector del ministerio en voz alta y
-solemne:
-
---_¡Sic itur ad astra!_
-
-Carcajada general.
-
---“Sí, pensó Arqueta, eso va conmigo; el que sube _así_ á las
-estrellas... soy yo!”
-
-Y se puso como un tomate.
-
---Arqueta--gritó en aquel instante el cáustico jefe de la minoría,
-dirigiéndose al nuevo ministro de Fomento:--Arqueta, la calumnia ya se
-ceba en usted.
-
---¡Cómo! ¿Qué dicen?
-
---Que no va usted á jurar... sino á prometer por su honor. Absurdo,
-¿verdad? ¡Calumnia!...
-
-
-
-
- EL VIEJO Y LA NIÑA
-
-
-Viejo precisamente... no. Pero comparado con ella, sí; podía ser su
-padre. Eso bastaba para que los dos se vieran separados por un abismo
-de tiempo; y lo mismo que ellos, la madre de ella y el mundo, que los
-dejaba andar juntos y solos por teatros y paseos, sin desconfianza ni
-sospechas de ningún género. Era él primo de la madre, y ésta pensando
-en que, de chicos, habían sido algo novios, sacaba en consecuencia que
-dejar á su hija confiada á aquel contemporáneo suyo no ofrecía ningún
-peligro, ni podía dar que decir á la malicia.
-
-Años y años vivieron así.
-
-Si queréis figuraros cómo era él, recordad á Sagasta, no como está
-ahora, naturalmente, sino como estaba allá, por los días en que dijo
-que iba “á caer del lado de la libertad”... sin romperse ningún
-peroné, por entonces. Tenía don Diego facciones más correctas que don
-Práxedes, pero el mismo no sé qué de melancolía elegante, simpática.
-Tenía el pelo negro todavía, con algo gris nada más en un bucle, sobre
-la sien derecha. En aquel rizo disimulado había una singular tristeza
-graciosa, que armonizaba misteriosamente con la mirada entre burlona y
-amorosa, algo cansada, y triste, con resignación que dan la piedad y
-la experiencia. Vestía con gusto según la elegancia propia de su edad.
-
-Ella... era todo lo bonita que ustedes quieran figurarse. Morena ó
-rubia, no importa. Dulce, serena, de humores equilibrados, eso sí.
-
-Volvían del Retiro en una tarde de Septiembre, al morir el día.
-Habían estado en una tertulia al aire libre, rodeados, mientras
-ocupaban sillas del paseo, de una media docena de adoradores que á
-Paquita no le faltaban nunca. Eran todos jóvenes de pocos años; muy
-escogidos gomosos, como entonces se decía, de la más fina sociedad.
-No eran Sénecas, ni habían asado la manteca. Uno á uno, aislados,
-no empalagaban. Todos juntos, parecían ecos repetidos de la misma
-insustancialidad. Costaba trabajo distinguirlos, á pesar de las
-diferencias físicas.
-
-Paquita, al llegar á la Puerta de Alcalá, se cogió del brazo de su
-inofensivo amigo, que venía un poco preocupado, algo conmovido, pero no
-con pensamientos tristes.
-
---¿Pero, ves, que he de estar condenada á bebé perpetuo?
-
---¿Cómo bebés? Eduardo ya tiene lo menos veinte años y Alfredo sus diez
-y nueve.
-
---¡Ya ves qué gallos!
-
---¿Y para qué quieres tu gallos?
-
-Callaron los dos. Demasiado sabía don Diego que á Paquita no le
-gustaban los pocos años. De esto habían hablado mil veces, con gran
-complacencia del muy socarrón amigo, y, como tutor callejero de la
-niña.
-
-Varios novios le había conocido don Diego á Paquita; como que él era su
-confidente en casos tales. Pero duraban siempre los amores inocentes de
-aquella niña, poco, y ahondaban casi nada en su espíritu. Por vanidad,
-por curiosidad, por agradar á la madre, que quería _relaciones_ que
-fueran _formales_ y procurasen una posición segura á la hija, admitía
-aquellos escarceos amorosos Paquita; pero, en rigor nunca había estado
-todavía “lo que se llama enamorada”. También esto lo sabía don Diego;
-y ella se lo repetía á menudo, casi orgullosa de aquel modo de sentir
-suyo, y se lo decía una vez y otra vez á su amigo y Mentor, como quien
-insiste en una obra de caridad.
-
-En tantos años de vida íntima, de familiaridad constante, jamás de
-los labios de don Diego había salido una palabra que pudiese tomar
-Paquita por atrevimiento de galán con pretensiones. En cambio, su vida
-común estaba llena de elocuentísimos silencios; y en los contactos
-indispensables en paseos, teatros, iglesias, bailes, etc., etc., ni
-nunca había habido deshonestos ademanes, ni siquiera insinuaciones que
-la joven hubiese podido llevar á mala parte, había tenido por uno y
-otro lado no confesada delicia.
-
-Paquita se fijaba en que los novios cambiaban y el _amigo viejo_
-siempre era el mismo. Sin decírselo, los dos sabían que el _otro_
-pensaba esto; que era mucho más _serio_ aquel contrato _innominado_ de
-su amistad extraña, que los amoríos pasajeros, casi infantiles, de la
-niña.
-
-Otra cosa sabían los dos: que Paquita estimaba en todo lo que valía
-la pulquérrima conducta de don Diego, que jamás, ni con disculpa
-del grandísimo deseo ni con disculpa de la insidiosa ocasión, había
-sucumbido á las tentaciones que el íntimo y continuo trato le hacía
-padecer. Jamás el más pequeño desmán... y eso que la frialdad y apatía
-ni el más ciego podía señalarlas como causa de aquella prudencia
-sublime. Él y ella se acordaban de los besos que cuando Paquita era
-niña, niña del todo, regalaba al buen señor, y aquello había concluido
-para no volver; y don Diego había sido el primero á renunciar, sin que
-mediaran explicaciones, es claro, á tamaña regalía.
-
---¿Por qué has reñido con Periquillo?--le preguntaba en una ocasión el
-viejo á la niña.
-
---Porque se empeñaba en que me estuviera al balcón las horas muertas,
-viéndole pasear la calle, y yo no quise... porque me aburría.
-
-Y los dos reían á carcajadas, pensando en aquel modo tan singular de
-querer á sus novios que tenía Paquita.
-
- * * * * *
-
-Aquella tarde volvía muy contento, para sus adentros, don Diego,
-porque en la tertulia, al aire libre, en el Retiro, él había lucido su
-ingenio, con gran naturalidad y modestia, á costa de aquellos pobres
-sietemesinos. Paquita le había admirado, echando chispas de entusiasmo
-contenido por los ojos; bien lo había reparado él. Por eso volvía
-tan satisfecho... y con una tentación diabólica, que mil veces había
-tenido, pero á que siempre había resistido... y que ahora no creía
-poder resistir.
-
-Llegaron al Prado y á Paquita se le ocurrió sentarse allí otra vez. La
-tarde, ya cerca del obscurecer, estaba deliciosa; y declaró la niña
-que le daba pena meterse en casa tan pronto, perder aquel crepúsculo,
-aquella brisa tan dulce...
-
-Se sentaron, muy solos, sin alma viviente que reparase en ellos.
-
-Hablaron con gran calor, muy alegres los dos, sin saber por qué, los
-ojos en los ojos.
-
---¿En qué piensas?--preguntó Paquita al ver de pronto ensimismado á don
-Diego.
-
---Oye, Paca... ¿Quién es en el mundo la persona, sin contar á tu madre,
-de tu mayor confianza?
-
---¿Quién ha de ser? Tú.
-
---Bueno, pues...--y don Diego empezó á decir unas cosas que dejaba
-atónita á la niña. Él habló mucho, con mucha pasión y muchos
-circunloquios. Nosotros tenemos más prisa y menos reparos, y tenemos
-que decirlo todo en pocas palabras.
-
-Ello fué algo así: don Diego propuso que jugaran á un juego que era una
-delicia, pero al cual sólo podían jugar dos personas de sexo diferente,
-si el juego había de tener gracia, y que se fiaran en absoluto la una
-de la otra. Era menester que se diera mutua palabra, seguro cada cual
-de que el otro la cumpliría, de no sacar ninguna consecuencia práctica
-del juego aquél; que por eso era juego. Consistía la cosa en confesarse
-mutuamente, sin reserva de ningún género, lo que cada cual pensaba y
-sentía y había pensado y sentido acerca del otro; lo malo, por malo
-que fuere, lo bueno por bueno que fuera también. Y después, como si
-nada se hubiera dicho. No debía ofenderse por lo desagradable, ni sacar
-partido de lo agradable.
-
-Paquita estaba como la grana; sentía calentura; había comprendido y
-sentido la profunda y maliciosa voluptuosidad moral, es decir, inmoral,
-del juego que el viejo la proponía. Había que decir todo, todo lo que
-se había pensado, á cualquier hora, en cualquier parte, con motivo de
-aquel amigo; cuantas escenas la imaginación había trazado haciéndole
-figurar á él como personaje...
-
-Paquita, después de parecer de púrpura, se quedó pálida, se puso en
-pie, quiso hablar y no pudo. Dos lágrimas se le asomaron á los ojos. Y
-sin mirar á don Diego, le volvió la espalda, y con paso lento echó á
-andar camino de su casa.
-
-El viejo asustado, horrorizado por lo que había hecho, siguió á la
-pobre amiga; pero sin osar emparejarse con ella, detrás, como un criado.
-
-No se atrevía á hablarle. Sólo, al llegar al portal de la casa de ella,
-osó él decir:
-
---Paquita, Paquita, ¿qué tienes? Oye: ¿Qué tienes? ¿Yo, qué te he
-hecho? ¿Qué dirá mamá?...
-
-Ella, sin contestarle, ni mover la cabeza, la movió lentamente con
-signo negativo.
-
-No, no hablaría: su madre no sabría nada... Pero al llegar á la
-escalera echó á correr, subió como huyendo, llamó á la puerta de su
-casa apresurada, y cuando abrieron desapareció, y cerró con prisa,
-dejando fuera al mísero don Diego.
-
-El cual salió á la calle aturdido y avergonzado, y cuando vió á dos
-del orden en una esquina, sintió tentaciones de decirles:
-
---Llévenme ustedes á la cárcel, soy un criminal; mi delito es de los
-más feos, de ésos cuya vista tiene que celebrarse á puertas cerradas,
-por respeto al pudor, á la honestidad...
-
-
-
-
- JORGE
- DIÁLOGO, PERO NO PLATÓNICO
-
-
---¿Qué hay de libros nuevos?--me preguntó Jorge, suspirando como
-distraído, dejando de pensar en mí y en lo que me había preguntado.
-
-Estaba pálido, ojeroso, con cara de sueño y de mal humor. Yo le miré
-con atención y fijeza, y dando cierta intención maliciosa á mis
-palabras, contesté:
-
---Acabo de ver que Carlos Groos, ya sabes, el docto alemán que publicó
-en 1896 _Die Spiele der Tiere_ (_Los juegos de los animales_), publica
-ahora _Die Spiele der Menschen_ (_Los juegos del hombre_).
-
---Sí; ya me acuerdo. _Los juegos de los animales_... No hay más juego
-que ése. Porque... ¡valientes animales son todos los que juegan!
-
---Hombre, no _juegues_ tú con el vocablo...
-
---Ya sé que es feo jugar _de boca_... Y, en rigor, está prohibido...
-Véase el artículo...
-
---No digo eso. Juegas con el vocablo; porque animales...
-
---Sí; ya te entiendo. Se trata de los animales... no humanos. Bueno,
-pues el señor Groos los calumnia. Los animales no juegan. Sólo juega
-el hombre, que es el único ser metafísico y jugador. Es un efecto de
-la dichosa evolución. ¡Qué remedio! Yo quería corregirme, dejar el
-vicio... pero... imposible... Es cosa de la herencia... de la raza. Lo
-he leído en Ihering, en la _Historia de los indo-europeos antes de su
-separación_. Aquello desconsuela. Nuestros patriarcales y bucólicos
-ascendientes remotísimos... eran unos empedernidos jugadores. Mataban
-el tiempo, el tiempo monótono de aquella vida lacia, sin variedad,
-sin emociones nuevas, jugando y jugando... Y esto, generaciones y
-generaciones... ¡Ya ves! ¿Quién puede más que el hábito incrustado en
-la herencia?... Pastores... y jugadores...
-
---Basta de disculpas prehistóricas y darwinistas... No me has
-entendido, ó no has querido entenderme... ó todo te sabe á lo que te
-pica. El juego de que habla Groos no es ése; es el juego como diversión
-ó recreación, según dice el Diccionario, en que no se persigue otro
-propósito que la distracción misma...
-
---Á propósito del Diccionario. Los que hablan mal de ese libro
-académico no conocen su gran mérito. Es un libro de moral... Á lo
-menos á mí, casi me convirtió. Verás lo que pasó. Un día, viéndome
-encenagado en el pícaro juego, sin poder remediarlo, convencido
-de que eran inútiles los propósitos de enmienda, quise saber á lo
-menos cómo se definía académicamente el vicio que me dominaba, y me
-fuí al Diccionario oficial, y leí: “Juego, pasatiempo, recreación,
-aquello que se hace por espíritu de alegría y sólo para divertirse y
-entretenerse.” No era esto; _mi juego_ no era pasatiempo, ni alegría;
-¡era infierno!... Seguí leyendo: “Ejercicio recreativo sometido á
-reglas, y en el cual se gana ó se pierde.” Lo de ejercicio no me
-_llenaba_, porque ¡se hace tan poco ejercicio pasando doce horas
-arrimado al tapete verde! Y lo de “se gana ó se pierde” no es exacto,
-porque muchas veces se queda... á juego, ni se pierde ni se gana. Si
-el banquero _abate_ con nueve y yo también... ni pierdo ni gano. Y si
-salgo del Casino con el mismo dinero con que entré... ni pierdo ni
-gano. “Para darle mayor aliciente--continúa el Diccionario--aventúrase
-en él con frecuencia algún dinero.” Los académicos deben de ser
-_peseteros_ por esa manera de hablar. “Merece reprobación--sigue la
-Academia--cuando la ganancia ó la pérdida puede ser importante; cuando
-se juega por vicio ó _cuando el jugador no tiene por objeto divertirse
-ó entretenerse, sino hacer suyo el dinero ajeno_.” Al leer esto, sentí
-toda la sangre en el rostro; estaba muerto de vergüenza. ¡Qué lección
-inesperada me daba el _léxico_ oficial! ¡Cuánto había yo leído contra
-el juego! Pero nunca aquella bofetada de moralidad me había azotado el
-rostro. Tolstoi con su moral de maníaco, combatiendo lo mismo que el
-juego el vino, el tabaco... el servicio militar y el trabajo, no me
-había hecho sonrojarme. Siempre que se atacaba el juego como _vicio_,
-yo me disculpaba con la decencia que pueden tener los viciosos. El
-juego me parecía diabólico, pero noble, jugando como caballero, es
-claro. ¡Cuántos sofismas había inventado yo para disculpar mi vicio! Le
-había encontrado analogías con mil cosas, malas, pero no bochornosas.
-Así como el amor ilegal es pecado, pero no sórdido, no bajo, el
-juego me parecía incompatible con la vida económica ordenada de la
-sociedad... pero no infame, no vil, no mezquino; sin relación con la
-codicia, con el robo. ¡Jesús, el robo! Y de repente el Diccionario
-¡zás!, me daba aquella bofetada... ¡No me había fijado! Al juego se iba
-para _hacer suyo el dinero ajeno_... Era verdad; á eso se iba. Lo mismo
-que los usureros y que los ladrones... para hacer de uno el dinero
-ajeno... contra la voluntad de su dueño también; porque nadie tiene
-voluntad de perder. ¿Que se expone el dinero propio en cambio? También
-el avaro expone la salud, la vida; el usurero se expone á quedarse sin
-lo prestado, y el ladrón... á ir á presidio. Sí, no cabe duda; el juego
-es eso: desear quedarse con el dinero ajeno. ¿Querrás creer que me dió
-asco el juego? Vi en mí un pecado de la índole ruin de que siempre me
-había creído libre; un pecado sórdido, de injusticia con el prójimo, de
-repugnante _psiquis_... (_Pausa._)
-
---¿Y qué?
-
---Pues nada. Que estuve sin jugar... mucho tiempo.
-
---¿Mucho, eh?
-
---Sí; ¡varias semanas!
-
---Pero, ¿cómo volviste á lo sórdido, á lo ruin, á lo que... (perdona,
-tú lo has dicho) se parecía al robo?...
-
---Verás. Eché mis cuentas. Según mis cálculos, yo, en conjunto, llevaba
-perdido mucho más dinero que ganado. Todavía _me tenían por allá_
-algunos miles de duros. Iba por el desquite. Iba por lo mío. Aquello
-no era jugar, y no hacía mío el dinero ajeno... sino el mío.
-
---Vamos, sí; les habías hecho una señal á las monedas y á los billetes,
-y cuando no eran los tuyos los que ganabas... los devolvías.
-
---Ya sabes que el dinero se considera como cosa _fungible_...
-
---¿Pues entonces?... Además, tus _deudores_(!), es decir, los que te
-habían ganado á ti, ¿eran los mismos á quienes tú ganabas?
-
---Ese argumento tiene menos fuerza que el que empleó para anonadarme la
-pícara realidad...
-
---¿Y fué?...
-
---Que aquellos señores, que no eran los que me habían ganado... me
-ganaron también. (_Nueva pausa._)
-
-Me daba lástima del pobre Jorge. No quise molestarle con nuevas
-observaciones _virtuosas_ tan fáciles de encontrar. ¡Es tan fácil
-lidiar _los vicios_ desde la barrera cuando no se tienen!
-
---¡El juego!--continuó el jugador.--Los filósofos no saben lo que es.
-Montaigne, que ha hablado de tantas cosas, de tantos vicios, no tiene
-ningún capítulo dedicado al juego. Montaigne hablaba de lo que sabía,
-de lo que había experimentado. Renán se queja de que los filósofos no
-han tomado el amor en serio del todo, y su verdadera filosofía está
-sin hacer. Y es verdad. Y la causa será que los filósofos no suelen
-enamorarse de veras. Lo mismo les pasa con el juego. ¡La estética del
-juego! existe; pero no es ésa de que hablan esos libros nuevos...
-Como que el juego... no es juego..., no tiene nada de juego, en ese
-otro sentido de _finalidad sin fin_ de que ya Kant hablaba. No debiera
-usarse la misma palabra para cosas tan diferentes. Una opinión muy
-generalizada entre los estéticos, es que el arte... es juego. Schiller,
-en sus célebres cartas sobre la ciencia de lo bello, siguiendo á Kant,
-desenvuelve admirablemente la teoría...
-
---Sí; y ahora la estética de tendencia positivista, ó mejor acaso la
-que estudia lo bello y el arte en su aspecto psico-fisiológico, sigue
-el mismo criterio. Spencer, como es sabido, también admite la teoría
-del arte juego...
-
---Y se ha dicho que el juego es un exceso, una sombra de la vida... lo
-mismo que se ha dicho del amor. Renán le preguntaba un día á Claudio
-Bernard por el misterio del amor, y el gran fisiólogo le decía: “No, no
-hay cosa más sencilla que el amor; es la vida que sobra...” De modo que
-amor y juego son plétora, lo que rebosa...
-
---El juego, según este Groos de que hablábamos, es un ejercicio natural
-de los aparatos sensoriales y de los motores, de las facultades del
-espíritu (inteligencia se entiende) y de los sentimientos, en atención
-al placer... La actividad por el placer mismo de la actividad, eso es
-el juego...
-
---¡Qué cosa tan diferente del otro _juego_, de _mi_ juego! El jugador
-no busca el placer... y en eso se engañan muchos que ven las cosas
-desde fuera... Busca la ganancia; sólo que la busca en la forma
-picante, misteriosa, inexplicable... de la suerte. ¡La suerte! Estoy
-por decir que el jugador es un metafísico apasionado que interroga de
-cerca y con interés el misterio metafísico en cada jugada... ¿Hay ley?
-¿No hay ley? ¿Es casualidad? ¿Qué es casualidad? ¿La Providencia se
-mezcla en estas cosas? ¿El calculo de las probabilidades hasta dónde
-sirve?... Y después... ¡una cosa terrible! Lo que á mí, al fin, me
-ata al juego hasta por la filosofía... quiero decir, por el sofisma,
-es... que la _vida es juego_. Sólo el que aspira al _nirvana_, á la
-_abulia_, á la _apatía_, puede decir que no es jugador. Los demás,
-todos juegan. La vida y la muerte son un modo de _copar_ la banca. Cada
-latido del corazón es un golpe de fortuna, una carta que se juega;
-cada vez que respiro puedo perder ó ganar la vida... La riqueza ó la
-miseria... juego...; el mérito... juego. ¿De dónde me viene el talento
-ó la estupidez? ¿De dónde vienen las _judías y las cristianas_, los
-_nueves_ ó las _figuras_?... Del misterio, del horrible _cincuenta por
-ciento_..., del abismo que se llama pares ó nones, cara ó cruz...
-
-“Esto... _ó_ lo otro”. En esa _ó_, en esa disyuntiva está el símbolo
-del juego... y de la existencia... Voy ahora á casa...; mis hijos,
-mis entrañas, ¿estarán durmiendo... ó muertos?... ¡Quién sabe!...
-Están durmiendo; ¡bien! ¡qué hermosos! ¡qué inocentes! Pero ¿mañana?
-El porvenir, la _carta_ que les tocará... la vida que les espera...
-¿Qué puedo yo para conseguir su dicha futura? Todos mis cálculos,
-mis previsiones, mis cuidados, mis ahorros, ¡inútil _martingala_!
-Mis esperanzas... ilusión como las supersticiones del jugador... En
-el fondo de la magna cuestión del libre albedrío, de la libertad
-y la gracia, de la libertad y el determinismo, de la filosofía de
-la contingencia, que hoy da nombre á una escuela, lo que se ve es
-el _quid_ del juego... No; el juego, el _mío_, no es diversión, no
-es broma, no es desinterés, no es finalidad sin fin... Es todo lo
-contrario; el interés, la ganancia, el egoísmo en la lucha con la
-suerte...: lo mismo que la vida _non sancta_, que es la vida de casi
-todos. Los grandes hombres, los _héroes_, decía Carlyle, toman la
-realidad, el mundo, en serio. No son _dilettanti_. Lo mismo el jugador.
-El azar para mí ó contra mí... Ésta es su idea, siempre seria, siempre
-con _fin_, siempre interesada...
-
---Sin embargo, en el juego, no el _tuyo_, el otro, el juego por el
-placer de la actividad, se llega, según _nuestro_ autor, á lo que él
-llama _el placer del mal_, á jugar con el propio dolor. Además, hay la
-_catarsis_ de Aristóteles, el placer de la calma tras la borrasca.
-
---No, no importa. Ni por ahí existe afinidad entre los _juegos_ y el
-juego. El jugador no busca el dolor del juego, que es grande, por el
-dolor, por el placer de saber que es un dolor buscado, querido: no,
-porque él sabe bien que la pasión le domina y que aquel dolor no es
-voluntario; y además, tolera el dolor por la esperanza de ganar, no por
-el gusto de poder triunfar de él. En cuanto á la catarsis, no tiene
-aplicación... Porque la calma para el jugador nunca llega. Todo es
-borrasca. Después de ganar... quiere, _necesita_ ganar más. Es un judío
-errante, no para nunca su ambición.
-
---Groos habla también de juegos _guerreros_, los del placer de luchar,
-de vencer á un contrario...
-
---Tampoco en eso hay afinidad entre los _juegos_ y el juego. En _La
-Traviata_, el tenor juega por ganar á un rival... Eso es música. El
-jugador _de veras_ no quiere el dinero de Fulano, quiere el dinero;
-en el juego hay disputas, pero no hay rivalidades, ni personalismos,
-ni rencores: no hay más enemigo que la _contraria_. Suerte, ganancia,
-pérdida. Ésas son las _categorías_.
-
---Pues Groos dice textualmente que las _apuestas_ son juegos
-_guerreros_, y los juegos de azar apuestas intelectuales. El juego de
-azar tiene para él tres elementos: el placer de ganar, que crece con la
-importancia de lo que se arriesga, _sin que la ganancia por sí sea el
-objeto del juego_; el placer de una excitación fuerte, y el placer de
-la lucha...
-
---Sí, pistolas de salón, de viento. Ese juego lo hay..., la lotería
-de las viejas... ¡y aún! No; en el juego _verdad_ no se sienten esas
-emociones pueriles; se quiere dinero, ganancia, y se quiere por el
-_único_ camino del jugador, la suerte. Que salga cara, si jugamos
-cara; que sean pares, si jugamos pares... y no por acertar, sino por
-ganar. Suerte, interés, eso es todo. ¡La excitación fuerte! Ésa no
-es incentivo aunque el jugador crea que sí. Es un castigo, es una
-maldición del juego, como el _remordimiento_, la _vergüenza_ de perder,
-después. Desengáñate; el juego... no es broma. Es como la vida, es
-como la metafísica... La vida racional quiere penetrar en el misterio
-para saber de su destino, porque teme y quiere esperar, ser feliz...
-El jugador, igual. _Ser ó no ser_, ésa es la cuestión... _Venir ó
-no venir_... ésa es la cuestión. _Estar á la que salta_; eso hace
-el jugador. Y eso hace el que no renuncia á las contingencias de la
-realidad. _Ó ser santo_... _ó jugar_...
-
-
-
-
- SINFONÍA DE DOS NOVELAS[2]
- (SU ÚNICO HIJO.--UNA MEDIANÍA).
-
-
- I
-
-Don Elías Cofiño, natural de Vigo, había hecho una regular fortuna en
-América con el comercio de libros. Había empezado fundando periódicos
-políticos y literarios, que escribía con otros aficionados á lo que
-llamaban ellos el cultivo de las musas. Cofiño se creyó poeta y
-escritor político hasta los veinticinco años; pero varios desencantos
-y un poco de hambre, con otros muchos apuros, le hicieron aguzar el
-sentido íntimo y llegar á conocerse mejor. Se convenció de que en
-literatura nunca sería más que un lector discreto, un entusiasta
-de lo bueno, ó que tal le parecía, y un imitador de cuanto le
-entusiasmaba. Y además, comprendió que á Buenos Aires no se iba á
-ejercer de Espronceda ni de Pablo Luis Courier (que eran sus ídolos),
-y que sus chistes é ironías recónditas, casi copiados de Courier y
-de _Fígaro_, no los entendían bien aquellos pueblos nuevos. En fin,
-se dejó de escribir periódicos, y descubrió con gran satisfacción su
-aptitud latente para el comercio. Importó libros franceses, ingleses
-y españoles; estudió el gusto del público americano, lo halagó al
-principio, “procuró rectificarlo y encauzarlo” después; se puso en
-correspondencia con las mejores casas editoriales de Londres, París y
-Madrid, y en pocos años ganó lo que jamás literato alguno español pudo
-ganar; y decidido á ser rico, continuó con ahínco en su empeño, y no
-paró hasta millonario.
-
-La muerte de su esposa, una linda americana, hija de inglesa y español,
-poetisa en español y en inglés, le quitó al buen Cofiño el ánimo de
-seguir trabajando; traspasó el comercio, y con sus millones y su hija
-única, de siete años, se volvió á Europa, donde repartió el tiempo y
-el dinero entre París y Madrid. La educación de Rita (así se llamaba
-la niña, por recordar el nombre de la difunta madre de don Elías) era
-la preocupación principal de Cofiño, que quería para su hija todas
-las gracias de la Naturaleza y todos los encantos que á ella puede
-añadir el arte de criar ángeles que han de ser señoritas. Ensayó varios
-sistemas de educación el padre amoroso; nunca estaba satisfecho, ni en
-parte alguna encontraba, aunque las pagaba á peso de oro, suficientes
-garantías para la salud material y moral del idolillo que había
-engendrado. Si pasaba un año entero en Madrid, al cabo renegaba de
-la educación madrileña, y decía que no había en la capital de España
-maestros dignos de su hija. Levantaba la casa, trasladábase á París,
-y allí parecía más contento de la enseñanza; pero después de algunos
-meses comenzaba á protestar el patriotismo, y temía que Rita se hiciera
-más francesa que española, lo cual sería como ser menos hija de Cofiño.
-
-En estas idas y venidas pasaron los años, y se gastó mucho dinero; y
-cuando ya creyó completa la educación de su ángel vestido de largo, se
-fijó en la corte de España, donde pasaban los inviernos. El verano y
-algo del otoño los repartía entre Vigo y una quinta deliciosa que había
-comprado el rico librero cerca de Pontevedra á orillas del poético
-Lerez.
-
-Don Elías, si no todos, conservaba algunos de sus millones, y si algo
-de su capital perdió en una empresa periodística en que se metió, por
-una especie de palingenesia de la vanidad, aún sacó, amén de las manos
-en la cabeza, incólumes unos doscientos mil duros y el propósito de
-no meterse en malos negocios, por halagüeños que fuesen para su amor
-propio.
-
-Más poderosa que él su afición á las letras, que se irritaba de nuevo
-con la proximidad de la vejez, le obligaba á procurar el trato de
-los escritores, y no siempre de balde. Su primera vanidad era Rita;
-esbelta, blanca, discreta hasta en el modo de andar, elegante, que se
-movía con una aprensión de alas en los hombros, que miraba á todo como
-al cielo azul, seria y dulce, sin más que un poco de acíbar de ironía
-en la punta de la lengua para el mal cuando era ridículo, y para la
-ignorancia cuando recaía en varón constante obligado á saber lo que
-pregonaba tener al dedillo. Pero la segunda vanidad de Cofiño, poco
-menos fuerte, era la amistad de los grandes literatos. Cuando era pobre
-todavía y redactaba periódicos, tenía don Elías gusto más difícil; le
-asustaba la idea de tragarlas como puños, de admirar lo malo por bueno:
-pero ahora, el bienestar y los años le habían hecho más benévolo y
-estragado en parte el paladar. Ya tenía por grandes escritores á los
-que no pasaban de medianos, y aun á algunos que, apurada la cuenta,
-serían malos probablemente. Él, que no necesitaba de nadie, por tal
-de ser amigo de _notabilidades_, adulaba á los mismos á quienes solía
-dar de comer; y á más de un parásito suyo le hizo la corte con una
-humildad indigna de su carácter, altivo en los demás negocios. Á los
-académicos les alababa el diccionario y el purismo, y la parsimonia
-de su vida literaria, y con ellos hablaba de líneas griegas, de
-_castidad clásica_, y de los modelos. Con los autores revolucionarios
-se explicaba de otro modo, y decía pestes de los ratones de biblioteca
-y de las “frías convenciones del pseudo clasicismo”. Á los jóvenes
-les concedía que había que reemplazar á los ídolos caducos; á los
-viejos, que con ellos se moriría el arte. Y esto lo hacía el pobre don
-Elías por estar bien con todos, por ser amigo de todos, y porque la
-experiencia le había enseñado que el manjar de esta clase de dioses es
-la murmuración, y que en sus altares, más que el incienso, se estima la
-sangre de literato degollado vivo sobre el ara.
-
-Todo ello se le podía perdonar al antiguo librero, porque el fin
-que se proponía no era bajo, ni siquiera interesado. Pero lo que no
-tenía perdón era su empeño de casar á Rita con un literato ilustre,
-ó por lo menos que estuviese en camino de serlo. Merecía Rita por
-su hermosura de rubia esbelta, de rubia con un _matiz_ de andaluza,
-suave, mezclado con otros de ángel y de mujer seria; por su educación
-completa, discreta y oportuna, por su candor, por su talento un poco
-avergonzado de sí mismo, y por los tesoros de virtud casera que todo
-lo suyo anunciaba, desde el modo de besar á un niño hasta la manera de
-doblar la mantilla, merecía por todo eso, y por su fortuna sana, aunque
-no fabulosa, un novio á pedir de boca, una gran proporción, algo así
-como un ministro, ó un banquero, ó un hombre honrado y guapo por lo
-menos. Pero don Elías exigía á todo pretendiente posible la condición
-de literato, y bastante conocido.
-
-
- II
-
-Augusto Rejoncillo, hijo legítimo de legítimo matrimonio de don Roque,
-magistrado del Supremo, y de doña Olegaria Martín y Martín, difunta, se
-hizo doctor en ambos derechos á los veinte años, doctor en ciencias
-físicas y matemáticas á los veintidós, y doctor en filosofía y letras á
-los veintitrés. Pero desde que tomó la primera borla empezó á figurar
-y á ser secretario de todo, y á pedir la palabra en la Academia de
-Jurisprudencia, y á decir: “Entiendo yo, señores”, y “tengo para mí”.
-
-Y no era que tuviese para sí, sino que quería tener y retener y guardar
-para la vejez, por lo cual él y su papá bebían los vientos; y apenas
-se formaba un nuevo partido político, allí estaba Rejoncillo de los
-primeros, muy limpio, muy guapo (porque era buen mozo, vistoso), de
-levita ceñida, sombrero reluciente y guantes de pespuntes colorados
-y gordos. No lo había como él para alborotar ni para manipulaciones
-electorales. Había él hecho más mesas que el más acreditado ebanista,
-y el que quisiera ser presidente de alguna cosa, no tenía más que
-encargárselo.
-
-Era colaborador de varios periódicos, pero confesaba que le cargaba
-la prensa; él prefería la tribuna. Á las redacciones iba de parte del
-jefe de semana (es decir, el jefe del partido ó de la partida en que
-_militaba_ aquella semana Augusto); llevaba _bombos_ escritos por el
-mismo jefe ó por Rejoncillo, pero inspirados en todo caso por el jefe.
-Para esto y para pedir las butacas del Real ó los billetes de un baile,
-solía presentarse en las oficinas de los periódicos, de las que salía
-pronto, porque le cargaban los periodistas humildes, y sobre todo los
-que presumían de literatos.
-
-“Él también escribía”, pero no letras de molde, en papel de muchas
-pesetas; escribía pedimentos y demás lucubraciones de litigio. Era
-pasante en casa de un abogado famoso, que era también jefe de grupo en
-el Congreso, y presidente de dos consejos administrativos de empresas
-ferrocarrileras.
-
-Tanto como despreciaba la literatura, respetaba y admiraba el foro
-Rejoncillo; pero no como fin “último”, según decía él, sino como
-preparación para la política y ayuda de gastos.
-
-Él pensaba hacerse famoso como político, y de este modo ganar clientes
-en cuanto abogado; y una vez abogado con pleitos, sacar partido de esto
-para ganar en categoría política. Era lo corriente, y Rejoncillo nunca
-hacía más que lo corriente, que era lo mejor. Sólo que lo hacía con
-mucho empuje.
-
-Eso sí: los empujones de Rejoncillo eran formidables; si para ocupar un
-puesto que le convenía tenía que acometer á un pobre prójimo colocado
-al borde del abismo, por ejemplo, al borde del viaducto de la calle de
-Segovia, Rejoncillo no vacilaba un momento, y daba un codazo, ó aunque
-fuera una patada, en el vientre del estorbo, y se quedaba tan fresco
-como Segismundo en _La vida es sueño_, diciendo para su capote: “¡Vive
-Dios, que pudo ser!” Para que la conciencia no le remordiera, se había
-hecho á su tiempo debido escéptico de los disimulados, que son los que
-tienen más gracia; escéptico que guardaba su opinión y profesaba la
-corriente y defendía todo lo estable, todo lo viejo, todo lo que “podía
-llegar á ser gobierno, en suma”.
-
-En un té político-literario conoció Augusto á Cofiño y á su hija.
-Rita había ido á semejante fiesta porque el ama de la casa era tan
-política como su esposo, ó más, y había convidado á las amigas. Cofiño
-había aceptado la invitación, porque el político era además literato.
-Hubo brindis, y Rejoncillo, pulcro, estirado, serio, con unos puños
-de camisa que daban gloria y despedían rayos de blancura, habló como
-un sacamuelas ilustrado, imitando el estilo y criterio del amo de la
-casa. _Hizo furor._ Fué el suyo el discurso de la noche. ¡Qué bien
-había sabido tratar las áridas materias políticas y administrativas
-con imágenes pintorescas y otros recursos retóricos, á fin de que no
-se aburrieran las señoras! Habló del calor del hogar con motivo de
-insultar al ministro de Hacienda; demostró que el impuesto equivalente
-al de la sal conspiraba contra esa piedra angular del edificio social
-que se llama la familia; y una vez dentro de la familia, hizo prodigios
-de elocuencia. ¿Por qué se perdió Francia? Por la disolución de la
-familia. ¿Por qué España se conservaba? Por la vida de familia. Hizo el
-panegírico de la madre, el elogio de la abuela, la apoteosis del padre
-y del hijo, y hasta tuvo arranques patéticos en pro de los criados
-fieles y antiguos. Pues bien: todo aquello quería destruirlo en _un
-hora_ (un hora dijo) el ministro de Hacienda. Síntesis: que el único
-ministerio viable sería el que formase el amo de la casa. De cuya
-esposa era amante Rejoncillo, según malas lenguas.
-
-El triunfo de Augusto fué solemne. Al día siguiente hablaron de él los
-periódicos. El amo de la casa del té le hizo secretario suyo. Y él,
-enterado de que una joven, Rita, que le había aplaudido mucho aquella
-noche, era rica, se propuso tomar aquella plaza y se hizo presentar en
-casa de Cofiño.
-
-
- III
-
-Antonio Reyes era un joven rubio, de lentes, delgado y alto; tosía
-mucho, pero con gracia; con una especie de modestia de enfermo crónico
-cansado de molestar al mundo entero. Este modo de toser y la barba de
-oro fina, aguda y recortada, había llamado la atención de Rita Cofiño
-en la tertulia de cierto marqués literato, adonde la llevaba de tarde
-en tarde don Elías.
-
-“El de la tos” le llamaba ella para sus adentros. Mientras multitud de
-poetas recitaban versos y el concurso aplaudía, y se hablaba alto, y se
-reía y gritaba, entre el bullicio Rita percibía la tos de Reyes, y cada
-vez sentía más simpatía por aquel muchacho, y más deseo de cuidarle
-aquel catarro en que él parecía no pensar. No sabía por qué, la hija
-de Cofiño encontraba en aquel ruido seco de la tos algo familiar, algo
-digno de atención, una cosa mucho más interesante que todas aquellas
-quejas rimadas con que los poetas se lamentaban entre dos candelabros,
-como si la tertulia pudiera mejorar su suerte y arreglar el pícaro
-mundo.
-
-Agapito Milfuegos leía poemas caóticos, de los que resultaba que el
-universo era una broma de mala ley inventada por Dios para mortificarle
-á él, al mísero Agapito. Restituto Mata se quejaba en _sonetos
-esculturales_ de una novia de Tierra de Campos, que le había dejado
-por un cosechero; Roque Sarga lamentaba en romances heroicos (no tan
-heroicos como los oyentes) la pérdida de la fe, y Pepe Tudela cantaba
-la electricidad, el descubrimiento del microscopio y la materia
-radiante. Antonio Reyes tosía.
-
-Rita no habló nunca con Antonio en aquella tertulia. Pocos meses
-después de haberse fijado ella en él, dejó de sonar allí la tos
-interesante.
-
---¿Y Reyes?--dijo cualquiera una noche.
-
---Se ha ido á París--respondieron.
-
---¿Quién es ese Reyes?--preguntó Rita á su padre al volver á casa.
-
---¿Antonio Reyes?--Un excéntrico, un holgazán, un muchacho que vale
-mucho, pero que no quiere trabajar. Es decir..., lee..., sabe...,
-entiende...; pero nadie le conoce. Ahora se ha ido á París de
-corresponsal de un periódico, de corresponsal político..., cualquier
-cosa..., á ganar los garbanzos...; es decir, los garbanzos no, porque
-allí no los comerá... Es lástima; vale, vale...; entiende, lee mucho,
-conoce todo lo moderno...; pero no trabaja, no escribe. Es muy
-orgulloso. Además, está malo; ¿no le oías toser? Un catarro crónico...,
-y la solitaria; además de eso, una tenia... Creo que es gastrónomo... y
-que come mucho... Es un escéptico, un estómago que piensa.
-
-Rita no volvió á ver á Reyes, ni á oir hablar de él, en mucho tiempo.
-
-
- IV
-
---De cuatro á cinco, no lo olvide usted; el viernes...--dijo una voz
-de mujer, vibrante, dulcemente imperiosa; y una mano corta y fina,
-cubierta de guante blanco, que subía brazo arriba, sacudió con fuerza
-otra mano delgada y larga.
-
-Regina Theil de Fajardo se despedía de Antonio Reyes, recordándole la
-promesa de asistir á su tertulia vespertina del viernes. Montó ella en
-su coche, que desapareció en la sombra; y Reyes, que había ratificado
-su promesa inclinando la cabeza y sonriendo, quedóse á pie entre los
-rails del tranvía sobre el lodo. La sonrisa continuaba en su rostro,
-pero tenía otro _color_; ahora expresaba una complacencia entre
-melancólica y maliciosa.
-
-El silbido de un tranvía que se acercaba de frente con un ojo de
-fuego rojo en medio de su mancha negra, obligó á Reyes á salir de su
-abstracción. En dos saltos se puso en la acera, y subió por la calle de
-Alcalá hacia el Suizo.
-
-Era una noche de Mayo. Había llovido toda la tarde entre relámpagos y
-truenos, y la tempestad se despedía murmurando á lo lejos, como perro
-gruñón que de mal grado obedece á la voz que le impone silencio. El
-Madrid que goza se echaba á la calle á pie ó en coche, con el afán de
-saborear sus ordinarios placeres nocturnos. Después de una tarde larga,
-aburrida, pasada entre paredes, se aspiraba con redoblada delicia
-el aire libre, y se buscaba con prisa y afán pueril el espectáculo
-esperado y querido, el rincón del café, que es casi una propiedad, la
-tertulia, en fin, la costumbre deliciosa y cara.
-
-Antonio Reyes entró en el Suizo Nuevo, y se acercó á una mesa de las
-más próximas á la calle.
-
---Se han ido todos--dijo al verle don Elías Cofiño, que le esperaba
-leyendo _La Correspondencia_.--¿Cómo ha tardado usted tanto? ¿Sabe
-usted lo de Augusto?
-
---¿Qué Augusto?--preguntó Reyes, mientras se quitaba un guante,
-distraído, y sonriendo todavía á sus ideas.
-
---¿Qué Augusto ha de ser? Rejoncillo.
-
---¿Qué le pasa?--dijo Antonio con gesto de mal humor, como quien elude
-una conversación inoportuna.
-
---¡Que al fin le han hecho subsecretario!
-
---¡Bah!
-
---¡Es un escándalo!
-
---¿Por qué?
-
---¿Cómo que por qué? Porque no tiene méritos suficientes... Yo no le
-niego talento... Es orador... Es valiente, audaz... Sabe vivir...
-Dígalo si no su _Historia del Parlamentarismo_, en que resulta que el
-mejor orador del mundo es el marqués de los Cenojiles, el marido de su
-querida...
-
-Antonio, que tenía cara de vinagre desde que oyera la noticia que
-escandalizaba á Cofiño, se mordió los labios y sintió que la sangre se
-le caía del rostro hacia el pecho.
-
---No diga usted... absurdos--(murmuró entre airado y displicente).--No
-son dignas de que usted las repita esas calumnias de idiotas y
-envidiosos. Regina es incapaz de...
-
---¿De faltar al marqués?
-
---No..., no digo eso. De querer á Rejoncillo. Es una mujer de talento.
-
-Don Elías encogió los hombros. No quería disputar. No creía á Regina
-incapaz de querer á cualquiera. ¡Le había conocido él cada amante!
-Pero no se trataba de eso. Lo que don Elías quería demostrar era que
-Rejoncillo no merecía ser subsecretario de Ultramar, al menos por ahora.
-
---Pero, ¿usted cree que tiene suficiente talla política para
-subsecretario?
-
-Reyes contestó con un gesto de indiferencia. Quería dar á entender que
-no le gustaba la conversación, por insignificante.
-
---¿Ha estado aquí Celestino?--preguntó, por hablar de otra cosa.
-
---¡Pobre! Sí.
-
---¿Se ha quejado del palo?
-
---Es un bendito. Él no dice nada; pero ese diablo de Enjuto sacó la
-conversación; le preguntó si anoche le habían hecho salir al escenario
-todavía..., y él se puso colorado y dijo que sí, entre dientes, como
-si se avergonzara de los aplausos del público. La verdad es que el
-artículo de Juanito no tiene vuelta de hoja; es implacable, pero no hay
-quien las mueva, tiene razón; el drama es malo, perro, y no merece más
-que el desprecio y la broma...
-
---Pues bien aplaudió usted la noche del estreno...
-
---Diré á usted: la impresión... así, la primera impresión... no es
-mala; y como es amigo Celestino, y el público se entusiasmaba...; pero
-Reseco ha puesto los puntos sobre las i i. ¡Ése sí que tiene talento!
-
-Otra vez se le avinagró el gesto á Reyes. Sacudió un guante sobre la
-mesa y se puso de pie. Aquella noche estaba inaguantable don Elías;
-no decía más que necedades. “No había peor bicho que el aficionado de
-la literatura”. Sin poder remediarlo, y después de un bostezo, dijo
-Antonio:
-
---Reseco..., ¡ps!..., en tierra de ciegos... En París Reseco sería uno
-de tantos muchachos de _sprit_; aquí es el terror de los tontos y de
-los Celestinos.
-
-Don Elías admiraba al tal Reseco, aunque no le era simpático; pero la
-opinión de Reyes, que venía de París, de vivir entre los literatos
-de moda, le parecía muy respetable. Sí; Antoñico, como él le llamaba
-delante de gente para indicar la confianza con que le trataba; Antoñico
-frecuentaba en París las _brasseries_, donde tomaban café, cerveza ó
-chocolate ó ajenjo notables _parnasianos_, ilustres pseudónimos de la
-_petite-presse_ y de algunos periódicos de los grandes; Antoñico había
-sido corresponsal parisiense de un periódico de mucha circulación, y el
-tono desdeñoso con que hablaba en sus cartas de ciertas celebridades
-francesas y españolas, había sobrecogido á don Elías, y le había
-hecho traspasar poco á poco su consideración de aquellas celebridades
-maltratadas al que las zahería. Cofiño siempre había sido un poco
-blando en materia de opiniones; pero los años le habían convertido en
-cera puesta al fuego. Cualquier libro, comedia, discurso, artículo, ó
-lo que fuese, le entusiasmaba fácilmente; pero una opinión contraria
-expuesta con valentía, con desprecio franco y con dejos de superioridad
-burlona y desdeñosa, le aterraba, le hacía ver un talento colosal en
-el que de tal manera censuraba; dejaba de admirar el libro, comedia,
-discurso ó lo que fuese para someterse al tirano, al crítico que
-había subvertido sus ideas y consagrarle culto idolátrico, mientras
-no hubiera mejor postor: otro crítico más fuerte, más burlón, más
-desengañado y más desdeñoso.
-
-Comprendió vagamente don Elías que á Reyes le disgustaba, por lo menos
-aquella noche, hablar de Reseco y hablar de Rejoncillo; y como la
-actualidad del día eran la subsecretaría del uno y el _palo_ que el
-otro le había dado al pobre Celestino, y don Elías difícilmente hablaba
-de cosa que no fuese la actualidad literaria, ó á lo menos política
-de los cafés, teatros, ateneos y plazuelas, pensó que lo mejor era
-callarse y levantar la sesión. Y se puso en pie también, preguntando:
-
---¿Viene usted á Rivas?
-
---¿Al estreno de Fernando? Antes la muerte. No, señor, tengo que hacer.
-
---Lo siento. Yo... tengo que ir... Me cargan las zarzuelas de
-Fernandito...; pero tengo que ir...; es un compromiso... Además, tengo
-que recoger á Rita, que está en el palco de... (don Elías se turbó un
-poco, recordando lo que antes había dicho), en el palco de Cenojiles.
-
---¿Con Regina?
-
---Sí, con la marquesa... Conque, ¿no viene usted?
-
-Antonio vaciló.
-
---No (dijo, después de pensarlo mucho); no...; tengo que hacer...;
-acaso... allá... al final, á la hora del triunfo.
-
---Ó de la silba...
-
---¡Bah! Será triunfo... ¡Ya no hay más que triunfos! Hasta mañana ó
-hasta luego...
-
-
- V
-
-Reyes anhelaba quedarse solo con sus pensamientos; reanudar las
-visiones agradables que le habían acompañado desde la Cibeles al
-Suizo; pero, ¡cosa rara!, en cuanto desapareció don Elías, se encontró
-peor, menos libre, más disgustado. Recordó que cuando era niño y se
-divertía cantando á solas ó declamando, si un importuno le interrumpía
-un momento, al volver á sus gritos y canciones ya lo hacía sin gusto,
-con desabrimiento y algo avergonzado, hasta dejar sus juegos y romper
-á llorar. Una impresión análoga sentía ahora: aquel tonto de don Elías
-le había hecho caer del quinto cielo; le había hecho derrumbarse desde
-gratas ilusiones que halagaban la vanidad, los sentidos y tal vez algo
-del corazón, á los cantos rodados de la crónica del día; había caído
-de cabeza sobre la subsecretaría de Rejoncillo y sus presuntos amores
-con la de Cenojiles; y después, de necedad en necedad, había rebotado
-sobre el artículo de Reseco...; y... “¡que un majadero pudiera tener
-tanta influencia en sus pensamientos!” Antonio emprendió la marcha
-por la calle de Sevilla hacia la del Príncipe, decidido á olvidar
-todo aquello y á volver á la idea dulcísima (sí, dulcísima, por más
-que coqueteando consigo mismo quisiera negárselo), de sus relaciones
-casi seguras, seguras, con Regina Theil. Pero, nada; los halagüeños
-pensamientos no volvían; no se ataban aquellos hilos rotos de la novela
-que ya él había comenzado á hilvanar, sin quererlo, mientras subía
-por la calle de Alcalá. En vez de aventuras graciosas y picantes,
-representábasele entre los ojos y las losas mojadas y relucientes á
-trechos, la imagen abstracta de la subsecretaría de Rejoncillo; era
-vaga, confusa, unas veces en figuras de letras de molde medio borradas,
-tal como podrían leerse en _La Correspondencia_; otras veces en la
-forma de un sillón lujoso, algo sobado, no se sabía si de raso, si de
-piel, ni de qué estructura..., y á lo mejor, ¡zás! Rejoncillo vestido
-de frac, con gran pechera reluciente, saltando de suelto en suelto por
-los de _La Correspondencia_, hasta plantarse en el de su subsecretaría;
-ó bien saludando á muchos señores en una sala, que era igual que el
-vestíbulo del Principal, á pesar de ser una sala. “¡Quería decirse
-que estaba soñando despierto, y que el sueño, á pesar de la voluntad
-vigilante, se empeñaba en ser estúpido, disparatado!”
-
-Y Reyes se detuvo ante los resplandores de las cucharas junto al
-escaparate de Meneses. Como si obedeciera á una sugestión, clavaba
-los ojos sin poder remediarlo en aquellos reflejos de blancura. No
-había motivo para dar un paso adelante ni para darlo hacia atrás, y
-se estuvo quieto ante la luz. No sabía adónde ir: ahora se le ocurría
-recordar que no tenía plan para aquella noche: un cuarto de hora antes
-hubiera jurado que le faltaría tiempo para todo lo que debía hacer
-antes de acostarse, para lo mucho que iba á divertirse..., y resultaba
-que no había tal cosa; que no tenía plan, que no había pensado nada,
-que no tenía dónde pasar el rato, para olvidar aquellas necedades que
-se le clavaban en la cabeza. ¿Por qué no estaba ya contento? ¿Por qué
-aquel optimismo, que casi como un zumbido agradable de oídos, ó mejor
-como una sinfonía, le había acompañado por la calle de Alcalá arriba,
-ahora se había convertido en _spleen_ mortal? “Hablemos claro: ¿le
-tengo yo envidia á Rejoncillo?” Y Antonio sonrió de tal modo, que
-cualquier transeúnte hubiera podido creer que se estaba burlando de
-la plata Meneses. “¡Envidia á Rejoncillo!” El pensamiento le pareció
-tan ridículo, la reacción del orgullo fué tan fuerte que, como si
-todas aquellas pasiones que le tenían parado en la acera se hubiesen
-convertido en descarga eléctrica, dió Antonio media vuelta automática,
-echó á andar hacia la Carrera de San Jerónimo, descendió por ésta,
-atravesó la Puerta del Sol, tomó por la calle de la Montera arriba y
-entró en el Ateneo.
-
-Se vió, sin saber cómo, en aquellos pasillos tristes y obscuros, llenos
-de humo: allí el calor parecía una pasta pesada que flotaba en el aire,
-y que se tragaba y se pegaba al estómago. Sin saber cómo tampoco,
-sin darse cuenta de que la voluntad interviniese en sus movimientos,
-llegó al salón de periódicos, se fué hacia el extremo de la mesa, y se
-sentó decidido á no mirar más que papeles extranjeros, por lo menos
-coloniales, que de fijo no hablarían de la subsecretaría de Rejoncillo.
-Á él mismo le parecía mentira verse repasando las columnas de una
-colección de _Diarios de la Marina_.
-
-Después tomó _Le Journal de Petersbourg_..., que estaba cerca. Allí se
-hablaba, en una correspondencia de París, de las últimas poesías de un
-escritor francés á quien trataba él. Esta consideración fué un ligero
-tónico. Reyes fué acercándose á los periódicos españoles; desde la
-mitad de la mesa comenzaban á verse acá y allá ejemplares borrosos de
-_La Correspondencia_; tenían algo de pastel de aceite apestoso acabado
-de salir del horno. No pudo menos; hizo lo que todos los presentes:
-cogió _La Correspondencia_. En la segunda plana, en medio de la tercera
-columna, estaba la noticia, poco más ó menos como él la había visto
-sobre las losas húmedas y brillantes de la calle de Sevilla. Allí
-estaban Augusto Rejoncillo y su subsecretaría; era, efectivamente, la
-de Ultramar. Era un hecho el nombramiento; nada de reclamo, no; un
-hecho: se había firmado el decreto.
-
-“¡Qué país!”--se puso á pensar Reyes, sin darse cuenta de ello; él, que
-hacía alarde desde muy antiguo de despreciar el país absolutamente y no
-acordarse de él para nada.--“¡Qué país!” “Todo está perdido; pero ¡esto
-es demasiado! Esto da náuseas. ¿Quién quiere ya ser nada? Diputación,
-cartera..., ¿qué sería todo eso para el amor propio? Nada..., peor,
-un insulto... ¿Cómo me había de halagar á mí ser ministro... habiendo
-sido antes Rejoncillo subsecretario? Por este lado no hay que buscar
-ya nunca nada; la política ya no es carrera para un hombre como yo; es
-una humillación, es una calleja inmunda; hay que tomar en serio esta
-resolución estoica de no querer ser diputado ni ministro, ni nada de
-eso, por dignidad, por decoro”. Y en el cerebro de Reyes estalló la
-idea fugaz y brillante de ser jefe de un nuevo partido, que llamó en
-francés, para sus adentros, el partido _zutista_, el de “no ha lugar á
-deliberar, el de la anulación de la política, el partido _anarquista_
-de la aristocracia del talento y de la distinción”. Sí, había que
-matar la política, convertirla en oficio de menestrales, dársela á los
-zapateros, á los que no saben leer ni escribir: un político era un
-hombre grosero, de alma de madera, limitado en ambiciones y gustos,
-un ser antipático: había que proclamar el _zutismo_ ó _chusismo_,
-la abstención; las personas de gusto, de talento, de espíritu noble
-y delicado no necesitaban gobernar ni ser gobernadas. “Iremos al
-Congreso para cerrarlo y tirar la llave á un pozo”--pensaba decir en
-el programa del partido. Por supuesto, que en Reyes estos conatos de
-grandes resoluciones eran _relámpagos de calor_, menos, fuegos de
-artificio á que él no daba ninguna importancia. Dejaba que la fantasía
-construyera á su antojo aquellos palacios de humo, y después se quedaba
-tan impasible, decidido á no meterse en nada. Sin embargo, la idea del
-partido _zutista_ era hermosa, aunque irrealizable. Sobre todo, había
-servido para elevarle á sus propios ojos, “sobre aquellas miserias
-de subsecretarías y Rejoncillos”. “No, él no tenía envidia á aquel
-mamarracho; de esto estaba... seguro”; pero el pensar en ello, el
-irritarse ante la majadería del ministerio que hacía tal nombramiento,
-ya era indigno de Antonio Reyes; el hombre que llevaba dentro de la
-cabeza el plan de aquella novela, que no acababa de escribir por lo
-mucho que despreciaba al público que la había de leer.
-
-En el salón de periódicos comenzó cierto movimiento de sillas y
-murmullo de conversaciones en voz baja. Los socios pasaban á la cátedra
-pública. Los gritos de un conserje sonaban á lo lejos, diciendo:
-“¡Sección de ciencias morales y políticas! ¡Sección de ciencias morales
-y políticas!...”
-
-
- VI
-
-La cabeza de Cervantes de yeso, cubierta de polvo, bostezaba sobre una
-columna de madera, sumida en la sombra; y los ojos de Reyes, fijos en
-ella, querían arrancarle el secreto de su hastío infinito en aquella
-vida de perpetua discusión académica, donde los hijos enclenques de
-un siglo echado á perder á lo mejor de sus años, gastaban la poca
-y mala sangre que tenían en calentarse los cascos discurriendo y
-vociferando por culpa de mil palabras y distingos inútiles, de que el
-buen Cervantes no había oído jamás hablar en vida. Sobre todo, la
-sección de ciencias morales y políticas (pensaba Reyes que debía de
-pensar el busto pálido y sucio) era cosa para volver el estómago á una
-estatua que ni siquiera lo tenía. Malo era oir á aquellos caballeros
-reñir, con motivo de negarle á Cristo la divinidad ó concedérsela;
-malo también aguantarlos cuando hablaban de _los ideales del arte_,
-de que él, Cervantes, nada había sabido nunca; pero todo era menos
-detestable que las discusiones políticas y sociológicas, donde cuanto
-había en Madrid de necedad y majadería ilustrada se atrevía á pedir
-la palabra y á vociferar sus sandeces, ya retrógradas, ya avanzadas
-como un adelantado mayor. Aquellos socios, pensaba Reyes, se dividían
-en derecha é izquierda, como si á todos ellos no los uniera su nativo
-cretinismo en un gran partido, el partido del _bocio invisible_, del
-nihilismo intelectual. Sí, todos eran unos, y ellos creían que no;
-todos eran topos, empeñados en ver claro en las más arduas cuestiones
-del mundo, las cuestiones prácticas de la vida común y solidaria,
-que no podrán ser planteadas con alguna probabilidad de acierto
-hasta que cientos y cientos de ciencias auxiliares y preparatorias
-se hayan formado, desarrollado y perfeccionado. Entretanto, y hasta
-que los hombres verdaderamente sabios, de un porvenir muy lejano,
-muy lejano, tal vez de nunca, tomaran por su cuenta esta materia, la
-ventilaban con fórmulas de vaciedades históricas ó filosóficas todos
-aquellos anémicos de alma, más despreciables todavía que los políticos
-prácticos, empíricos; porque éstos, al fin, iban detrás de un interés
-real, por una pasión propia, cierta, la ambición, por baja que fuese.
-El miserable que en nuestros tiempos de caos intelectual se dedica á
-la política abstracta, á las ciencias sociales, le parecía á Reyes el
-representante genuino de la estupidez humana, irremediable, en que él
-creía como en un dogma. Y si Antonio despreciaba aún á los que pasaban
-por sabios en estas materias, ¡qué sentiría ante aquellos buenos
-señores y jóvenes imberbes, que repetían allí por milésima vez las
-teorías más traídas y llevadas de unas y otras escuelas!
-
-Años atrás, antes de irse él á París se hablaba en la sección de
-ciencias morales y políticas de la _cuestión social en conjunto_, y
-se discutía si la habría ó no la habría. Los señores _de enfrente_,
-los de la derecha (Reyes se sentaba á la izquierda, cerca de un
-balcón escondido en las tinieblas), acababan por asegurar que siempre
-_habría pobres entre vosotros_, y con otros cinco ó seis textos del
-Evangelio daban por resuelta la cuestión. Los de la izquierda, con
-motivo de estas citas, negaban la divinidad de Jesucristo; y con
-gran escándalo de algunos socios muy amigos del orden y de asistir á
-todas las sesiones, «se pasaba de una sección á otra indebidamente»;
-pero no importaba, ya se sabía que siempre se iba á dar allí, y el
-presidente, experto y tolerante, no ponía veto á las citas de un
-krausista de tendencias demagógicas, que “con todo el respeto debido
-al Nazareno”, ponía al cristianismo como chupa de dómine, negando que
-él, Fernando Chispas, le debiera cosa alguna (á quien él debía era á
-la patrona), pues lo que el cristianismo tenía de bueno, lo debía á
-la filosofía platónica, á los sabios de Egipto, de Persia, y en fin,
-de cualquier parte, pero no á su propio esfuerzo. De una en otra se
-llegaba á discutir todo el dogma, toda la moral y toda la disciplina.
-Un caballero que hablaba todos los años tres ó cuatro veces en todas
-las secciones, se levantaba á echarle en cara á la religión de Jesús,
-según venía haciendo desde ocho años á aquella parte, á echarle en cara
-que colocase á los ladrones en los altares, y perdonase á los grandes
-criminales por un solo rasgo de contrición, estando á los últimos. Y
-citaba _La Devoción de la Cruz_, escandalizándose de la moral relajada
-de Calderón y de la Iglesia.
-
-Entonces surgía en la derecha un hegeliano católico, casi siempre
-consejero de Estado, gran maestro en el manejo del difumino filosófico.
-“Se levantaba, decía, á encauzar el debate, á elevarlo á la región pura
-de las ideas”; y la emprendía con _Emmanuel_ Kant (así le llamaba),
-Fichte, Schelling y Hegel, que eran los cuatro filósofos que citaba
-en esta época todo el mundo, exponiendo sus respectivas doctrinas en
-cuatro palabras. Los krausistas de escalera abajo replicaban, llenos
-de una unción filosófico-teológica, como pudiera tenerla un _bulldog_
-amaestrado; y con estudiada preterición citaban al mundo entero, menos
-á Krause, el maestro, encontrando la causa de tantos y tantos errores
-como, en efecto, deslucen la historia del pensamiento humano, en la
-falta de método, y sobre todo en no comenzar ó discurrir cada cual
-desde el primer día que se le ocurrió discurrir, por el yo, no como
-mero pensamiento, sino en todo lo que en la realidad es...
-
-Todo esto era hacía años, antes de irse él, Reyes, á París. Ahora,
-recordando semejantes escaramuzas, y contemplando lo presente, sentía
-cierta tristeza, que era producida por la romántica perspectiva de los
-recuerdos.
-
-En aquellas famosas discusiones, en que Cristo lo pagaba todo, había á
-lo menos cierta libertad de la fantasía; á veces eran aquellas locuras
-ideales morales en el fondo, no extrañas por completo á las sugestiones
-naturales de la moral práctica; en fin, él les reconocía cierta bondad
-y cierta poesía, que tal vez se debía á no ser posible que aquello
-volviese; tal vez no tenían más poesía que la que ve la memoria en todo
-lo muerto. Ahora el _positivismo_ era el rey de las discusiones. Los
-oradores de derecha é izquierda se atenían á los hechos, agarrados á
-ellos como las lapas á las peñas. Aquello no era una filosofía; era un
-_artículo de París_, la cuestión de los quince, ó el acertijo gráfico
-que se llama “¿dónde está la pastora?” Caballeros que nunca habían
-visto un cadáver hablaban de anatomía y de fisiología, y cualquiera
-podría pensar que pasaban la vida en el anfiteatro rompiendo huesos,
-metidos en entrañas humanas, calientes y sangrando, hasta las rodillas.
-Había allí una carnicería teórica. Las mismas palabras del tecnicismo
-fisiológico iban y venían mil veces, sin que las comprendiera casi
-nadie; el individuo era el protoplasma, la familia la célula, y la
-sociedad un tejido..., un tejido de disparates.
-
-Antonio, muy satisfecho en el fondo de su alma, porque penetraba
-todo lo que había de ridículo en aquella bacanal de la necedad
-libre-pensadora, se levantó de su butaca azul y salió á los pasillos,
-dejando con la palabra en la boca á un medicucho, que había aprendido
-en los manuales de Letourneau toda aquella masa incoherente de datos
-problemáticos y casi siempre insignificantes.
-
---¡Tontos, todos tontos!--pensaba: y una ola de agua rosada le bañaba
-el espíritu. Ya no se acordaba de Rejoncillo, ni de Reseco; la
-sensación de una superioridad casi tangible le llenaba el ánimo; sí,
-sí, era evidente; aquellos hombres que quedaban allí dentro dando voces
-ó escuchando con atención seria, algunos de los cuales tenían fama de
-talentudos, eran inferiores á él con mucho, incapaces de ver el aspecto
-cómico de semejantes disputas, la necedad hereditaria que asomaba en
-tamaño apasionamiento por ideas insustanciales, falsas, sin aplicación
-posible, sin relación con el mundo serio, digno y noble de la realidad
-misteriosa.
-
-En los pasillos también se disputaba. Eran algunos jóvenes que, sin
-sospecharlo siquiera Reyes, despreciaban las disputas de la sección.
-Hablaban también de filosofía, pero no tenía nada que ver su discusión
-con la de allá dentro: éstos habían venido á parar á la cuestión de
-si había ó no metafísica, á partir de la última novela publicada en
-Francia. Antonio se acercó al grupo, y no estuvo contento mientras notó
-alguna originalidad y fuerza en la argumentación. Un joven moreno,
-pálido, de ojos azules claros y muy redondos, soñadores, ó por lo
-menos distraídos, hablaba con descuido, sin atar las frases, pero con
-buen sentido y con entusiasmo contenido.
-
---¿Quién duda, señores, que, en efecto, el positivismo ha de ir... no
-digo que sea en este siglo, ¿eh? pero ha de ir poco á poco..., vamos,
-modificándose, cambiando, para acabar por ser una nueva metafísica?...
-
---Esa tendencia ya aparece en algunos escritores--, dijo otro, pequeño,
-rubio, vivaracho, de lentes, que gesticulaba mucho, y al cual el
-moreno, el distraído, oía con atención cariñosa. Siguió hablando
-el chiquitín de escritores alemanes modernísimos que repasaban la
-filosofía de Kant, y la de Fichte, y la de Hegel para ver de encontrar
-en ella bases nuevas de una metafísica que había que construir á todo
-trance.
-
-Entonces Reyes sonrió con disimulado desprecio, satisfecho, y se apartó
-también de aquel grupo. Al fin había encontrado lo que quería. “También
-aquéllos disparataban; creían en resurrecciones metafísicas; ¡bah!,
-tontos como los otros, como los positivistas de café, como los pobres
-diablos de allá dentro, aunque no lo fueran tanto.”
-
-Salió del Ateneo. El cielo se había despejado; los últimos nubarrones
-se amontonaban huyendo hacia el Norte; las estrellas brillaban como si
-las acabaran de lavar; una poesía sensual bajaba del infinito oscuro.
-
-Reyes comparó al Ateneo con el cielo estrellado y salió perdiendo el
-Ateneo. Debía estar prohibido discutir los grandes problemas de la vida
-universal, sobre todo cuando se era un _cretino_. Las estrellas, que
-de fijo sabían más de esas cosas sublimes que los hombres, callaban
-eternamente; callaban y brillaban. Reyes, en el fondo de su alma, se
-sintió digno de ser estrella.
-
-Bajó la calle de la Montera. El reloj del Principal dió las diez. Una
-mujer triste se acercó á Antonio rebozada en un mantón gris, con una
-mano envuelta en el mantón y aplicada á la boca. Él la miró sin verla,
-y no oyó lo que ella dijo; pero una asociación de ideas, de que él
-mismo no se dió cuenta, le hizo acordarse de repente de su aventura
-iniciada. Regina Theil estaba en Rivas. ¡Oh! ¡el amor, el galanteo!
-Un temblor dulce le sacudió el cuerpo. Á dos pasos tenía un coche de
-punto. El cochero dormía; le despertó dándole con el bastón en un
-hombro, montó y dijo al cerrar la portezuela:
-
---¡Á Rivas, corre!
-
-
- VII
-
-La berlina, destartalada, vieja y sucia, subió al galope del triste
-caballo blanco, flaco y de pelo fino, por la cuesta de la calle de
-Alcalá. Antonio, en cuanto el traqueo de las ruedas desvencijadas
-le sacudió el cuerpo, sintió una reacción del espíritu, que le hizo
-saltar desde el deleite casi místico de la vanidad halagada en su
-contemplación solitaria, á una ternura sin nombre, que buscaba alimento
-en recuerdos muy lejanos y vagos. Era una voluptuosidad entre dulce
-y amarga esforzarse en estar triste, melancólico por lo menos, en
-aquellos momentos en que el orgullo satisfecho le gritaba en los oídos
-que el mundo era hermoso, dramática la vida, grande él, el hijo de su
-padre. El run, run de los vidrios saltando sobre la madera, el ruido
-continuo y sordo de las ruedas, le iban sonando á canción de nodriza;
-gotas de la reciente tormenta, que aún resbalan en zig-zag por los
-cristales, tomaban de las luces de la calle fantásticos reflejos, y con
-refracciones caprichosas mostraban los objetos en formas disparatadas.
-Un olor punzante, indefinible, pero muy conocido (olor de coche de
-alquiler lo llamaba él para sus adentros), le traía multitud de
-recuerdos viejos; y se vió de repente sentado en la ceja de otro coche
-como aquél, á los cinco años, entre las rodillas de un señor delgado,
-que era su padre, su padre que le oprimía dulcemente el cuerpecito
-menudo con los huesos de sus piernas flacas y nerviosas. ¡Qué lejos
-estaba todo aquello! ¡Qué diferente era el mundo que veía entre sueños
-de una conciencia que nace, aquel niño precoz, del mundo verdadero, el
-de ahora!
-
-Las rodillas del padre eran almohada dura, pero que al niño se le
-antojaba muy blanda, suave, almohada de aquella cabeza rubia, un poco
-grande, poblada de fantasmas antes de tiempo, siempre con tendencias á
-inclinarse, apoyándose, para soñar.
-
-Reyes atribuía á los recuerdos de su infancia un interés supremo;
-conservábalos con vigorosa memoria y con una precisión plástica
-que le encantaba; los repasaba muy á menudo como los cantos de un
-poema querido. Como aquella poesía de sus primeras visiones no había
-otra; desde los seis años su vida interior comenzaba á admirarle; su
-precocidad extraordinaria había sido un secreto para el mundo; era un
-niño taciturno, que miraba sin verlas apenas las cosas exteriores.
-
-La realidad, tal como era desde que él tenía recuerdos, le había
-parecido despreciable; sólo podía valer transformándola, viendo en ella
-otras cosas; la actividad era lo peor de la realidad; era enojosa,
-insustancial; los resultados que complacían á todos, le repugnaban;
-el querer hacer bien algo, era una ambición de los demás, pequeña,
-sin sentido. De todo esto había salido muy temprano una injusticia
-constante del mundo para con él. Nadie le apreciaba en lo que valía;
-nadie le conocía; sólo su padre le adivinaba, por amor. En la escuela,
-donde había puesto los pies muy pocas veces, otros ganaban premios
-con estrepitosos alardes de sabiduría infantil; él entraba, los pocos
-días que entraba, llorando; érale imposible recordar las lecciones
-aprendidas al pie de la letra; sabíalas mejor que los otros, estaba
-seguro de comprenderlas y el maestro siempre torcía el gesto, porque
-Antonio tartamudeaba y decía una cosa por otra. En las reuniones
-de familia, donde se celebraban improvisados certámenes de gracias
-infantiles, el chico de Reyes siempre quedaba oscurecido por sus
-primitos, que saltaban mejor, declamaban escenas de Zorrilla y García
-Gutiérrez, recitaban fábulas y tenían _salidas_ graciosas. Se acordaba
-como si fueran de aquel instante, de los elogios fríos, de los besos
-helados con que amigos y parientes le acariciaban por complacer á su
-padre, que sonreía con tristeza y siempre acudía después de los otros á
-calentarle el alma con un beso fuerte, apretado y con un estrujón entre
-las rodillas temblonas y huesudas. Su padre comprendía que los demás no
-encontraban ninguna gracia en su hijo. Á los dos se les olvidaba pronto
-y la familia entera se consagraba á cantar las alabanzas del diablejo
-de Alberto, del chistosísimo Justo, de Sebastián el sabio, que á los
-siete años anunciaban seguras glorias de la familia de los Valcárcel.
-
-Emma Valcárcel se llamaba su madre.
-
-La imagen de aquella mujer flaca, enferma, de una hermosura arruinada,
-que jamás había visto él en su esplendor de juventud sana y alegre,
-llenó el cerebro de Antonio. Este recuerdo fué un dolor positivo; no
-tenía la triste voluptuosidad alambicada de los otros.
-
-“¡Mi madre!...” dijo en voz alta Reyes; y apoyó la cabeza en la fría y
-resquebrajada gutapercha que guarnecía el coche miserable. Encogió los
-hombros, cerró los ojos y sintió en ellos lágrimas. El ruido de los
-cristales y de las ruedas, más fuerte ahora, le resonaba dentro del
-cráneo; ya no era como canto de nodriza; tomó un ritmo extraño de coro
-infernal, parecido al de los demonios en _El Roberto_.
-
-
- NOTAS:
-
-[2] La novela _Su único hijo_ ha sido ya publicada y forma el
-tomo segundo de estas obras completas; de _Una medianía_, que iba
-á ser continuación de la anterior, tan sólo ha escrito Clarín el
-presente fragmento. No obstante hallarse incompleto (lo mismo que
-el cuento _Feminismo_, del que no se publicó más que lo reproducido
-anteriormente), creemos que debe figurar en este tomo, en la seguridad
-de que el público lo encontrará interesante.
-
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