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Galia, Santiago, Sanly Bowitts, F1 and the Online - Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This - file was produced from images generously made available by The - Internet Archive) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DOCTOR SUTILIS *** - - - NOTAS DEL TRANSCRIPTOR - -En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con -_guiones bajos_. - -La cubierta del libro fue agregada por el Transcriptor y ha sido puesta -en el dominio público. - -Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la -presente edición de esta obra fue publicada eran diferentes a -las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió, -fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha -sido respetado. - -El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el -de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese -entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios -Académicos de la Real Academia Española. - -En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas -acentuadas a las reglas establecidas por la RAE. Según esa norma, las -letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde llevar -tilde según las reglas de acentuación gráfica del castellano, tanto si -se trata de palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se -trata únicamente de la mayúscula inicial. - -Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos. - -El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final, -ha sido trasladado al principio por el Transcriptor. - - - * * * * * - - - LEOPOLDO ALAS - (CLARÍN) - - OBRAS COMPLETAS - - TOMO III - - DOCTOR SUTILIS - - RENACIMIENTO - MADRID - - - DOCTOR SUTILIS - - - LEOPOLDO ALAS - (CLARÍN) - - OBRAS COMPLETAS - TOMO III - - - - - DOCTOR SUTILIS - - (CUENTOS) - - [Ilustración] - - RENACIMIENTO - - - MADRID BUENOS AIRES - SAN MARCOS, 42 LIBERTAD, 172 - 1916 - - - ES PROPIEDAD - - Imprenta de Juan Pueyo.--Mesonero Romanos, 34.--MADRID - - - - - ÍNDICE - - Página - - Doctor Sutilis 7 - - La mosca sabia 23 - - El doctor Pértinax 45 - - De la comisión 63 - - De burguesa á cortesana 81 - - El diablo en Semana Santa 89 - - Doctor Angelicus 103 - - Los señores de Casabierta 115 - - El poeta-buho 121 - - Don Ermeguncio ó la vocación 127 - - Novela realista 137 - - La perfecta casada 147 - - El filósofo y la «Vengadora» 153 - - Medalla de perro chico 167 - - Diálogo edificante 173 - - Un candidato 181 - - La contribución 187 - - El rana 201 - - Versos de un loco 211 - - Nuevo contrato 219 - - Feminismo 229 - - Manín de Pepa José 237 - - Álbum-abanico 257 - - Un repatriado 269 - - Doble vía 277 - - El viejo y la niña 287 - - Jorge 295 - - Sinfonía de dos novelas 305 - - - - - DOCTOR SUTILIS - - I - -Si le hubiérais conocido hace ocho años... no le conoceríais ahora. - -¿Veis esa cabeza rapada á punta de tijera, aunque el diccionario -entiende que sólo se puede rapar á navaja? Pues hace ocho años era -enmarañada selva de ébano. - -¿Veis esos insignificantes ojos á que unos lentes de cristal de roca -quitan toda expresión y dan estoica serenidad, irritante audacia? Pues -eran hace ocho años llamaradas de un incendio que ardía en el corazón -de Pablo. - -Pablo tiene veintiocho años y es agente de bolsa. - -Hace ocho años tenía veinte y era soñador de oficio. - -Á los veinte años Pablo era pagano, como el santo de su nombre. Mirando -á las estrellas del cielo, á las olas del mar, á las hojas del bosque, -á las espigas de las llanuras, lloraba de repente sin saber por qué, y -era feliz en medio de penas sin nombre y sin cuento. - -De cada amapola que veía en un campo de trigo se enamoraba -perdidamente, y se tenía por un ingrato sin corazón, si de una sola -llegaba á olvidarse. Cada vez que el sol se ponía, despedíale Pablo -con lágrimas en los ojos. Cuando en sus paseos solitarios por la -campiña encontraba á un pastor que le pedía fuego para encender tabaco -envuelto en una hoja de maíz, Pablo entablaba conversación con él, y al -alejarse _para siempre_ de aquel desconocido sentía que “se le partía -el corazón.” - -Comprenderá el lector que vivir así era imposible. - -Tanto más cuanto que Pablo no tenía sobre qué caerse muerto... ni vivo. - -Un día, su señor tío don Pantaleón de los Pantalones tosió tres veces -consecutivas delante de su sobrino Pablo, que le estaba comiendo un -lado, según aseguraba el tío hiperbólicamente. - -El discurso estaba á la vuelta y sobrevino, que el mal nunca se anuncia -en balde. - ---Pablo--dijo don Pantaleón--esto no puede seguir así. - -Pablo suspiró. - ---Esto no puede seguir--prosiguió el tío--porque tú ya tienes más de -veinte años y no piensas en hacerte hombre, es decir, en hacerte hombre -en la verdadera acepción de la palabra, hombre rico, porque el llamar -hombres á los demás es una corruptela del lenguaje. Yo te veo muy -ocupado en pensar si habrá ó no habrá habitantes en los demás planetas, -y sé que tienes escritos muy concienzudos trabajos acerca de la -naturaleza de lo bello. Todo eso será muy bonito, muy interplanetario, -pero no tiene sentido común. Figúrate que yo aprieto los cordones de -la bolsa. ¿Qué harás tú en adelante? ¿Te comerás la vía láctea, ó el -concepto de lo sublime? Estás muy empingorotado y es necesario que -bajes á la vida real para alternar con los semejantes. En una palabra, -te voy á hacer tenedor de libros. - -Ésta es ocasión de decir que Pablo amaba á Restituta con una pasión sin -freno, como el huracán; sin medida, como el océano; sin pies ni cabeza, -como la política española. - -Restituta debió empezar por no llamarse Restituta. ¿Á qué venía ese -nombre en participio pasado y casi en latín? - -Sin embargo, esta contrariedad léxica no desorientó á Pablo. - -No era lo peor que Restituta se llamase Restituta, sino que además se -llamaba Andana. - -Muy buenos versos hacía Pablo; pero la niña, que había leído el -Romancero de la Guerra de África _escrito en verso_ por Eduardo -Bustillo, había perdido el gusto en materia de versos. - -Pablo era predominantemente subjetivo, como dicen en el Ateneo, sección -de literatura; y Restituta era aficionada á lo épico hasta el punto de -llegar á casarse con un capitán de cazadores en situación de reemplazo. - -El mismo día en que el capitán pidió al padre de Restituta la mano de -su hija, don Pantaleón de los Pantalones le pidió para Pablo una plaza -de tenedor vacante en su establecimiento de paños y tejidos. - -He aquí los versos que escribió Pablo con motivo de este segundo -acontecimiento: - -“El amor caminaba desnudo entre rosas y suavísimo césped; las brisas y -las auras juguetonas le acariciaban. Cuando era esto no había telares -en el mundo, ni se desnudaba á los animales de sus pieles para vestir -al lobo humano. - -“El amor, anda que te andarás, llegó á las breñas, halló angosto el -camino y lleno de zarzas, cardos y espinas; á los primeros pasos vertió -lágrimas de dolor; pero esperaba que volvieran las flores y sufrió -las heridas de los abrojos resignado. Siguió andando y las rosas no -volvieron á aparecer; las espinas de las zarzas eran cada vez más -y más agudas. El amor iba hecho un San Lázaro. Entonces se detuvo; -sembró lino en derredor, no sin desbrozar antes la tierra; inventó la -lanzadera, el telar, todo lo que le hizo falta para fabricar tela; -probó á andar otra vez, vestido de flotante túnica, pero la vida -sedentaria le había hecho poltrón, afeminado, y las heridas de los -abrojos le lastimaban más que cuando caminaba desnudo. Fué preciso -fabricar el paño, hizo trampas para cazar animales; despellejó, -curtió, tundió y se vistió de señorito. _La ley de las salidas_ le -aconsejó que trabajara en grande; el espíritu industrial se apoderó -del amor, trabajó para afuera y tuvo que aprender la teneduría de -libros. Cuando la razón social ‘Amor y Compañía’ se hizo respetable -en todos los mercados, el amor probó de nuevo á emprender el viaje, y -grande y agradable fué su sorpresa al ver que las espinas y los cardos -y las breñas habían desaparecido. El camino era otra vez de rosas y -suavísimo césped: las brisas y las auras acariciaban al viajero. Todo -volvía á ser como al principio. No hubo más sino que, al pasar junto á -una fuente, el amor se miró en sus aguas y vió que no era él mismo, ni -cosa parecida. Desde aquel día el amor busca al amor y no parece.” - -Lo primero que le extrañará al lector en esta poesía será el que esté -escrita en prosa; ¿es que hay poesía en prosa, como pretende el Sr. -Vidart? Nada de eso; lo que hay es que yo he traducido estos versos, -escritos en alemán, en prosa castellana. Pablo, que había estudiado -mucho cuando anduvo desnudo, escribía sus poesías íntimas en alemán con -regular corrección. - -Pero después de hacer ésta, ni en alemán ni otra lengua alguna, ni -viva, ni muerta, volvió á encontrar consonantes, como no fuera por -casualidad. - -Esta poesía _hizo crisis_ en el alma de Pablo, que desde aquel día -empezó á ser hombre en la verdadera acepción de la palabra. - -El señor de los Pantalones veía con asombro y con alegría que en las -cuentas de su sobrino las sumas eran fiel representación del conjunto -de los sumandos, y que ni por casualidad era un cociente mayor que -el dividendo en las divisiones de Pablo. En los libros diarios no -había raspaduras, ni al margen escollos rítmicos, ni _suspirillos -germánicos_. - - - II - -El capitán de cazadores, ¿cómo ocultarlo?, no era poeta; y para ser -hombre en la verdadera acepción de la palabra, le faltaba medio -escalafón. En la lista de los capitanes estaba como el alma de Garibay, -muy lejos de ambas orillas, como un náufrago en las soledades del -océano; si se miraba para atrás se veía que el bueno de don Suero -de Quiñones debió ponerse las tres estrellas próximamente cuando el -Gran Capitán, y si se miraba hacia adelante, se adivinaba que don -Suero pondría galones en la bocamanga cuando ya fuese un hecho la paz -perpetua. - -Pero nada de esto inquietaba al principio á Restituta, quien confiada, -como los economistas, esperaba que las causas represivas vinieran -á mermar la clase de capitanes y á reducir considerablemente la -población, por consecuencia. - -Quiñones era un guapo mozo y Restituta le había amado _por espíritu -de cuerpo_; porque Restituta, en el fondo del alma, era una mujer de -infantería. Había nacido para casarse con un capitán del arma. - -Ni por un momento se le ocurrió á Pablo hacer la competencia á un rival -que tenía fuero privilegiado. Se dió por vencido desde la primera -formación en que vió Restituta á don Suero. - -Sea dicho en honor de Pablo, Restituta no había dejado de dar pábulo -algunas veces á la pasión del mísero soñador. La niña no quería para sí -aquel sonámbulo, incapaz de coger cotufas en el golfo; pero se había -acostumbrado á verle padecer, languidecer, callar y llorar en silencio. - -Es más, y esto sea dicho en honor de Restituta, la muchacha solía -ir muy callandito al cuarto de Pablo. (Aquí debo advertir que eran -parientes y vivían largas temporadas bajo el mismo techo). - -¿Qué hacía Restituta en el cuarto de su desdeñado amador? - -Revolver los cajones de la mesa, sacar papeles, leerlos, ponerse -colorada, quedarse pensativa, soltar luego una carcajada, guardar todo -aquello y echar á correr. - -Pocos días antes de ascender Restituta á capitana, Pablo, por -casualidad, la vió en su propia habitación entregada á las curiosidades -que quedan apuntadas. Pablo, que acababa de escribir la poesía alemana -que va unida á los autos, estuvo á punto de sentir amor _usque ad -mortem_. El corazón ya lo tenía en la garganta; pero se dió un -golpecito en la nuez, tragó saliva y volvieron las cosas á su sitio. -Restituta no supo que su primo la había visto revolverle los papeles. - -El primo, que otras veces se pasaba semanas y meses _rumiando_ -indicios, atisbos, asomos de simpatía que creía ver en la prima, esta -vez no quiso sacar consecuencias de lo que había presenciado, no pensó -en ello, es decir, no reflexionó sobre ello, no lo saboreó. Se limitó -á consignar el hecho en el libro mayor bajo aquellas letras que dicen -_Debe_. - - - III - -Un capitán de cazadores tiene poco que aprender. - -Evitemos la anfibología; no quiero decir que él, el capitán, tenga poco -que aprender, porque ya lo sepa casi todo; he querido decir que á don -Suero de Quiñones su mujer se lo supo muy pronto de memoria. - -Á los maridos, especialmente á los maridos capitanes, les sucede lo -que á la Naturaleza, son bellos _per troppo variar_. Don Suero fué -bello y vario mientras no agotó las combinaciones posibles de su -indumentaria: de paisano, de uniforme, de gala con uniforme, de levita -de campaña, de gorra de cuartel, de ruso, y pare usted de contar. No -había más. Restituta, después que se sació de ver todo esto, y no -tardó mucho, quiso penetrar en los subterráneos del alma. Quiñones no -tenía subterráneos. Su alma era una casamata á prueba de bomba y de -psicologías. No tenía ideales muertos ni vivos: no tenía más ideal que -el empleo inmediato superior. - -En el entretanto, el tenedor de libros leía á ratos perdidos la -_Fisiología del matrimonio_, no para tomar las lucubraciones de Balzac -al pie de la letra, sino como aperitivo para las propias reflexiones. - -Si le hubiérais visto, como Restituta le veía, con el tomo entre las -manos, la cabeza inclinada y los ojos fijos en el suelo con mirada -oblicua y llena de maligna expresión, si le hubiérais visto entonces -morderse las uñas y como volviendo en sí mirar alrededor asustado -y luego volver á la lectura, tal vez hubiéseis sentido la extraña -curiosidad que sentía la prima, aunque en vosotros no fuese tan -vehemente y misteriosa. - -El padre de Restituta, Quiñones, Restituta y don Pantaleón, todos -cuatro convenían en este punto: que Pablo estaba sufriendo una -extraña (y saludable añadía el de los Pantalones) cuanto inesperada -transformación. - -El padre de la prima se alegraba por las ventajas que para su comercio -tenía la buena administración de los libros. Don Pantaleón no es -necesario decir por qué se alegraba; y Don Suero, desinteresadamente, -participaba del contento general, por esa extraña atracción del abismo -de que nos hablan los poetas y que tanto debieran meditar los maridos. - -Restituta no se alegraba; se limitaba á sentir mucha curiosidad. Pero -¡ah! lo que es curiosidad, mucha. - - - IV - -Pablo llegó á tener participación en los beneficios. - -Y acabó por tomar tan por lo serio los negocios, que más de una vez se -le vió disputar muy acalorado sobre asuntos mercantiles, ventilando lo -que suele llamarse el cuarto y el ochavo. - -Don Pantaleón sostenía que su sobrino era un Necker, porque le sonaba -el nombre de Necker á pesos fuertes. Le confundía con Creso. - -Una noche que se había quedado sola en casa, Restituta tuvo la -tentación de volver al cuarto de Pablo. Pero ya no se puede decir el -_cuarto de Pablo_, porque el amo de la casa le había cedido toda una -crujía del caserón que habitaban. Pablo había alhajado sus habitaciones -con gusto y elegancia. No tardó pocos minutos la prima en dar con la -mesa, cuyos cajones registraba en otro tiempo. Al fin la vió en un -rincón, muy barnizada y compuesta. Cada llave estaba en cada cerradura. -Abrió trémula uno y otro y todos los cajones. ¡Qué desencanto! Aquellos -desordenados papeles, unos cortos, otros largos, unos escritos en -castellano, otros en caracteres desconocidos, ya no estaban allí. En su -lugar había muchos y muy simétricos legajos con sendas carpetas, atados -con cinta de lustre encarnada. Cuando firmó el contrato de matrimonio -vió Restituta algo parecido en el despacho del Juez municipal. - -Buscó por todas partes, pero no vió ni rastro de aquellos papeles que, -valga la verdad, no había olvidado en tanto tiempo. - -De algunas composiciones cortas quiso Restituta hasta acordarse de -memoria. Por cierto que decía para sí, de vuelta á su hogar propiamente -dicho: - ---¡Cómo era aquel _verso_ en que juraba mi primo que se reía y lloraba -al mismo tiempo! - -Viendo que no podía hacer memoria, pensó Restituta que mejor sería -hacer entendimiento. - -Y lo hizo. Tanto aguzó la inteligencia, tantas vueltas dió á los viejos -recuerdos de los conceptos aprendidos en los papeles de Pablo, que al -fin Restituta, allá en sus soledades, se convenció de que su señor -marido y capitán era un beduino, ella una mujer no comprendida, y su -primo un hombre que la hubiera comprendido perfectamente. - - - V - -Ya había sido miembro de varias comisiones de hacienda municipal y -provincial, y estaba á punto de ser diputado á Cortes Pablo Soldevilla, -cuando su primer amor se decidió á sondearle aludiendo á las tristezas -del pasado: - ---¿No te casas, Pablo?--dijo Restituta cuando se vió á solas con él en -la glorieta del jardín, cerca ya de la noche. - ---¿Casarme? ¿Yo? Lo dicho, dicho, prima. Aunque lo haya dicho hace ocho -años, dicho está. Yo he amado á una mujer, á una sola, ¿entiendes?, -y de una vez para siempre. Ya sabes que creo en la pluralidad de los -mundos habitados, que creo, como si lo viera, ¡que mi alma ha de vivir -en todas esas estrellas que ahora empiezan á lucir allá arriba!... -Te advierto que son infinitas; pues bien, Restituta; yo que espero -vivir en todas, en todas seguiré amando á la mujer que amé aquí, en -esta pobrecita y tristísima tierra que se va quedando tan obscura. (Y -era verdad que obscurecía, y Pablo daba pataditas sobre una planta de -violetas). Bien podrán preguntarme después de un millón de vidas: ¿No -te casas, Pablo? Yo contestaré siempre: lo dicho, dicho. - -Restituta apreció en todo su valor este trozo de literatura corrosiva, -como la llaman, con razón, las almas honradas. - -Hubo una pausa. Al fin Restituta, como quien varía y no varía de -conversación, exclamó: - ---Oye, y desde que te has hecho comerciante y sabio hacendista, ¿ya no -haces versos? ¡Qué bonitos los hacías! Parece mentira; pero la verdad -es que á la larga no se puede vivir sin versos, buenos, se entiende, -como los tuyos. - ---Hace ocho años escribí los últimos; son los únicos que conservo... en -la memoria. - ---¿Quieres recitarlos? - ---¡Si los hice en alemán! - ---Pues no importa; dime la substancia. - -Pablo dijo la substancia, sin poner, pero no sin quitar, pues creyó del -caso suprimir aquello de que el amor, al mirarse en la fuente, no se -había conocido. Concluyó diciendo que el amor busca el amor. - -¡Qué pensativa se quedó Restituta! - ---Oye, Pablo--dijo cuando ya era noche del todo--qué amargos son esos -versos; parece que piensas, según ellos, que nadie quiere el amor por -el amor, que necesita otros atractivos, que ha de revestirse de mil -requisitos y tomar mil precauciones para que no le lastimen los abrojos -de la vida. - ---Y es la verdad: á mí no me quisieron cuando ofrecí un amor sincero, -inocente; mi tío me aseguraba que hasta que fuera hombre no me -querrían... y trabajé y fuí hombre, y ahora, aunque me quieran, ¿qué me -importa?, porque... lo dicho, dicho... - - - VI - -Dicho y hecho. - -Yo no tengo la culpa. Ni ellos tampoco. Restituta comenzó á comprender -el amor puro, ideal, cuando la Naturaleza--_natura naturans_--ya había -satisfecho sus primeras necesidades, cuando Quiñones no tuvo más -uniformes que vestir y cuando las tinieblas caliginosas dieron paso en -el cerebro de la hermosa niña á un poco de luz. - -Porque Restituta era todavía muy joven cuando sucedió la escena de la -glorieta. Veinticuatro años. Es cuando una mujer puede entender algo -de los desengaños y gozar esa melancólica y poética perspectiva de los -recuerdos, de la cual Dios libre, lector, á tu mujer, si la tienes. -Amén. - -En cuanto á Pablo, preciso es confesar que se portó como un bellaco, y -como un cobarde primero. - -Fué cobarde porque, ya que había nacido soñador, idealista, debió -afrontar las desastrosas consecuencias de su vocación y de su carácter. - -Fué bellaco porque no recitó delante de Restituta su última poesía -íntegra. ¿Por qué no dijo, como era la verdad, que el amor al mirarse -en la fuente no se había conocido? - -¿Por qué no confesó que al tener entre los brazos el sueño cuajado en -realidad, ó aquella mujer adorada en la primera juventud... sólo había -sentido el placer de la venganza y del orgullo satisfechos? - -Y ¡oh vergüenza! debió confesar también que á la segunda cita no -acudió, sino muy tarde, porque sus deberes de agente le llevaron á la -Bolsa. - -Sí; fué cobarde, fué bellaco... pero fué agudo, fué sutil. - -Oyó en los labios de su tío don Pantaleón de los Pantalones, que era -tan bruto, las palabras de la sabiduría. - -Amaba el ideal y le recordaron los dolores que acarrea. Huyó á tiempo -del precipicio. - -Si hubiese seguido soñando le hubieran sucedido las siguientes -desgracias, alguna de ellas por lo menos: - -1.ª. Morirse de hambre tarde ó temprano. - -2.ª. Suponiendo que el hambre no hubiese sido puñalada de pícaro, su -prima le hubiera martirizado durante toda la vida, porque el señuelo -del desdén fué sin duda lo que la atrajo (ahora que ella no lo oye), y - -3.ª. Dado que la prima se hubiese rendido, de todos modos, ¡qué amarga -felicidad no hubiera traído consigo el amor adúltero al alma enamorada -del pobre soñador! - -No, y mil veces no. Pablo se convirtió de veras, perdió los sueños y el -amor, dejó los versos y la poesía, y sólo fingió amor, sueños, poesía, -versos, cuando sus planes lo exigieron. - -Gozaba poco, es verdad, Pablo el convertido, pero no padecía nada. - -Aquel amante podía exclamar: nada se ha perdido más que el amor. - -Poetas de imitación, que buscais dolores íntimos para cantar endechas -y publicar vuestras penas, si encuentran editor, no despreciéis á mi -Pablo, no le tengais por menos que vosotros. Fué desertor del ideal, -huyó de los ensueños dolorosos porque los sintió de veras... y según -dicen los inteligentes, cuando se ama muy de veras se padece mucho. - - - - - LA MOSCA SABIA - - - I - -Don Eufrasio Macrocéfalo me permitió una noche penetrar en el _sancta -sanctorum_, en su gabinete de estudio, que era, más bien que gabinete, -salón biblioteca; las paredes estaban guarnecidas de gruesos y muy -respetables volúmenes, cuyo valor en venta había de subir á un precio -fabuloso el día en que don Eufrasio cerrase el ojo y se vendiera aquel -tesoro de ciencia en pública almoneda; pues si mucho vale Aristóteles -por su propia cuenta, un Aristóteles propiedad del sabio Macrocéfalo -tenía que valer mucho más para cualquier bibliómano capaz de comprender -á mi ilustre amigo. Era mi objeto al visitar la biblioteca de don -Eufrasio, verificar notas en no importa qué autor, cuyo libro no era -fácil encontrar en otra parte; y llegó á tanto la amabilidad insólita -del erudito, que me dejó solo en aquel santuario de la sabiduría, -mientras él iba á no sé qué Academia á negar un premio á cierta Memoria -en que se le llamaba animal, no por llamárselo, sino por demostrar que -no hay solución de continuidad en la escala de los seres. - -La biblioteca de don Eufrasio era una habitación abrigada, tan -herméticamente cerrada á todo airecillo indiscreto por lo colado, -que no había recuerdo de que jamás allí se hubiera tosido ni hecho -manifestación alguna de las que anuncian constipado; don Eufrasio no -quería constiparse, porque su propia tos le hubiera distraído de sus -profundas meditaciones. Era, en fin, aquélla una habitación en que bien -podría cocer pan un panadero, como dice Campoamor. Junto á la mesa -escritorio estaba un brasero todo ascuas, y al extremo de la sala, -en una chimenea de construcción anticuada, ardían troncos de encina, -que se quejaban al quemarse. Mullida alfombra cubría el pavimento; -cortinones de tela pesada colgaban en los huecos, y no había rendija -sin tapar, ni por lado alguno pretexto para que el aire frío del -exterior penetrase atropelladamente, sino por sus pasos contados y bajo -la palabra de ir calentándose poco á poco. - -Largo rato pasé gozando de aquel agradable calorcillo, que yo juzgaba -tan ajeno á la ciencia, siempre tenida por fría y casi helada. Creíame -solo, porque de ratones no había que hablar en casa de Macrocéfalo, -químico excelente, especie de Borgia de los mures. Yo callaba, y los -libros también; pues aunque me decían muchas cosas con lo que tenían -escrito sobre el lomo, decíanlo sin hacer ruido; y sólo allá en la -chimenea alborotaban todo lo que podían, que no era mucho, porque iban -ya de vencida, los abrasados troncos. - -En vez de evacuar las citas que llevaba apuntadas, arrellanéme en -una mecedora, cerca del brasero, y en dulce somnolencia dejé á la -perezosa fantasía vagar á su antojo, llevando el pensamiento por donde -ella fuere. Pero la fantasía se quejaba de que le faltaba espacio entre -aquellas paredes de sabiduría, que no podía romper, como si fuesen de -piedra. ¿Cómo atravesar con holgura aquellos tomos que sabían todo lo -que Platón dijo, y que gritaban aquí ¡Leibnitz! más allá ¡Descartes! -¡San Agustín! ¡Enciclopedia! ¡Sistema del mundo! ¡Crítica de la razón -pura! _¡Novum organum!_ Todo el mundo de la inteligencia se interponía -entre mi pobre imaginación y el libre ambiente. No podía volar. -¡Ea!--le dije--; busca materia para tus locuras dentro del estrecho -recinto en que te ve encerrada. Estás en la casa de un sabio; este -silencio ¿nada te dice? ¿No hay aquí algo que hable del misterioso -vivir del filósofo? ¿No quedó en el aire, perceptible á tus ojos, -algún rastro que sea indicio de los pensamientos de don Eufrasio, ó de -sus pesares, ó de sus esperanzas, ó de sus pasiones, que tal vez, con -saber tanto, Macrocéfalo las tenga? Nada respondió mi fantasía; pero en -aquel instante oí á mi espalda un zumbido muy débil y de muy extraña -naturaleza: parecía en algo el zumbido de una mosca, y en algo parecía -el rumor de palabras que sonaban lejos, muy apagadas y confusas. - -Entonces dijo la fantasía: “¿Oyes? ¡Aquí está el misterio! Ese rumor -es de un espíritu acaso; acaso va á hablar el genio de don Eufrasio, -algún demonio, en el buen sentido de la palabra, que Macrocéfalo tendrá -metido en algún frasco.” Sobre la pantalla de transparentes que casi -tapaba por completo el quinqué colocado sobre la mesa, que yo tenía -muy cerca, se vino á posar una mosca de muy triste aspecto, porque -tenía las alas sucias, caídas y algo rotas, el cuerpo muy delgado y -de color... de ala de mosca, faltábale alguna de las extremidades, y -parecía, al andar sobre la pantalla, baldada y canija. Repitióse el -zumbido, y esta vez ya sonaba más á palabras; la mosca decía algo, -aunque no podía yo distinguir lo que decía. Acerqué más á la mesa la -mecedora, y aplicando el oído al borde de la pantalla, oí que la mosca, -sin esquivar mi indiscreta presencia, decía con muy bien entonada voz, -que para sí quisieran muchos actores de fama: - - _--Sucedió en la suprema monarquía - de la Mosquea, un rey que, aunque valiente, - la suma de riquezas que tenía - su pecho afeminaron fácilmente._ - ---¿Quién anda ahí? _¿Hospes, quis es?_--gritó la mosquita estremecida, -interrumpiendo el canto de Villaviciosa, que tan entusiasmada estaba -declamando; y fué que sintió como estrépito horrísono el ligero roce de -mis barbas con la pantalla en que ella se paseaba con toda la majestad -que le consentía la cojera.--Dispense usted, caballero, continuó -reportándose, me ha dado usted un buen susto; soy nerviosa, sumamente -nerviosa, y además soy miope y distraída, por todo lo cual no había -notado su presencia. - -Yo estaba perplejo; no sabía qué tratamiento dar á aquella mosca que -hablaba con tanta corrección y propiedad, y recitaba versos clásicos. - ---Usted es quien ha de dispensar--dije al fin, saludando cortésmente--: -yo ignoraba que hubiese en el mundo dípteros capaces de expresarse con -tanta claridad y de aprender de memoria poemas que no han leído muchos -literatos primates. - -Yo soy políglota, caballero; si usted quiere, le recito en griego la -_Batracomiomaquia_, lo mismo que le recitaría toda la _Mosquea_. Éstos -son mis poemas favoritos; para usted son poemas burlescos, para mí -son epopeyas grandiosas, porque un ratón y una rana son á mis ojos -verdaderos gigantes cuyas batallas asombran y no pueden tomarse á risa. -Yo leo la _Batracomiomaquia_ como Alejandro leía _La Ilíada_... - - _Arjómenos proton Mouson yoron ex Heliconos..._ - -¡Ay! Ahora me consagro á esta amena literatura, que refresca la -imaginación, porque harto he cultivado las ciencias exactas y -naturales, que secan toda fuente de poesía; harto he vivido entre el -polvo de los pergaminos, descifrando caracteres rúnicos, cuneiformes, -signos hieráticos, jeroglíficos, etc.; harto he pensado y sufrido -con el desengaño que engendra siempre la filosofía; pasé mi juventud -buscando la verdad, y ahora, que lo mejor de la vida se acaba, busco -afanosa cualquier mentira agradable que me sirva de Leteo para olvidar -las verdades que sé. - -Permítame usted, caballero, que siga hablando sin dejarle á usted meter -baza, porque ésta es la costumbre de todos los sabios del mundo, sean -moscas ó mosquitos. Yo nací en no sé qué rincón de esta biblioteca; -mis próximos ascendientes y otros de la tribu volaron muy lejos de -aquí, en cuanto llegó la amable primavera de las moscas y en cuanto -vieron una ventana abierta; yo no pude seguir á los míos, porque don -Eufrasio me cogió un día que, con otros mosquitos inexpertos, le estaba -yo sorbiendo el seso que por la espaciosa calva sudaba el pobre señor; -guardóme debajo de una copa de cristal, y allí viví días y días, los -mejores de mi infancia. Servíle en numerosos experimentos científicos; -pero como el resultado de ellos no fuera satisfactorio, porque -demostraba todo lo contrario de lo que Macrocéfalo quería probar, que -era la teoría cartesiana, que considera como máquinas á los animales, -el pobre sabio quiso matarme, cegado por el orgullo, tan mal herido en -aquella lucha con la realidad. - -Pero en la misma filosofía que iba á ser causa de mi muerte hallé la -salvación, porque en el momento de prepararme el suplicio, que era un -alfiler que debía atravesarme las entrañas, don Eufrasio se rascó la -cabeza, señal de que dudaba, en efecto, si tenía ó no tenía derecho -para matarme. Ante todo, ¿es legítima á los ojos de la razón la pena -de muerte? Y dado que no lo sea, ¿los animales tienen derecho? Esto -le llevó á pensar lo que sería el derecho, y vió que era propiedad; -pero, ¿propiedad de qué? Y de cuestión en cuestión, don Eufrasio -llegó al _punto de partida_ necesario para dar un solo paso en firme. -Todo esto le ocupó muchos meses, que fueron dilatando el plazo de mi -muerte. Por fin, analíticamente, Macrocéfalo llegó á considerar que -era derecho suyo el quitarme de en medio; pero como le faltaba el -rabo por desollar, ó sea la sintética que hace falta para conocer el -fundamento, el porqué, don Eufrasio no se decidió á matarme por ahora, -y está esperando el día en que llegue al primer principio, y desde allí -descienda por todo el sistema real de la ciencia, para acabar conmigo -sin mengua del imperativo categórico. Entretanto fué, sin conocerlo, -tomándome cariño, y al fin me dió la libertad relativa de volar por -esta habitación; aquí el aire caliente me guarda de los furores del -invierno, y vivo, y vivo, mientras mis compañeras habrán muerto por -esos mundos, víctimas del frío que debe hacer por ahí fuera. ¡Mas, con -todo, yo envidio su suerte! Medir la vida por el tiempo, ¡qué necedad! -La vida no tiene otra medida que el placer, la pasión desenfrenada, los -accidentes infinitos que vienen sin que se sepa ni cómo ni por qué, -la incertidumbre de todas las horas, el peligro de cada momento, la -variedad de las impresiones siempre intensas. ¡Ésa es la vida verdadera! - -Calló la mosca para lanzar profundo suspiro, y yo aproveché la ocasión, -y dije: - ---Todo eso está muy bien; pero todavía no me ha dicho usted cómo se las -compone para hablar mejor que algunos literatos... - ---Un día, continuó la mosca, leyó don Eufrasio en la _Revista de -Westminster_ que dentro de mil años, acaso, los perros hablarían, -y, preocupado con esta idea, se empeñó en demostrar lo contrario; -compró un perro, un podenco, y aquí, en mi presencia, comenzó á darle -lecciones de lenguaje hablado; el perro, quizá porque era podenco, no -pudo aprender; pero yo, en cambio, fuí recogiendo todas las enseñanzas -que él perdía, y una noche, posándome en la calva de don Eufrasio, le -dije: - ---Buenas noches, maestro, no sea usted animal; los animales sí pueden -hablar, siempre que tengan regular disposición; los que no hablan son -los podencos y los hombres que lo parecen. - -Don Eufrasio se puso furioso conmigo. Otra vez había echado por tierra -sus teorías; pero yo no tenía la culpa. Procuré tranquilizarle, y al -fin creí que me perdonaba el delito de contradecir todas sus doctrinas, -cumpliendo las leyes de mi naturaleza. Perdido por uno, perdido por -ciento uno, se dijo don Eufrasio, y accedió á mi deseo de que me -enseñara lenguas sabias y á leer y escribir. En poco tiempo supe yo -tanto chino y sánscrito como cualquier sabio español; leí todos los -libros de la biblioteca, pues para leer me bastaba pasearme por encima -de las letras, y en punto á escribir, seguí el sistema nuevo de hacerlo -con los pies; ya escribo regulares patas de mosca. - -Yo creía al principio, ¡incauta!, que Macrocéfalo había olvidado sus -rencores; mas hoy comprendo que me hizo sabia para mi martirio. ¡Bien -supo lo que hacía! - -Ni él ni yo somos felices. Tarde los dos echamos de menos el placer, y -daríamos todo lo que sabemos por una aventurilla, de un estudiante él; -yo, de un mosquito. - -¡Ay! Una tarde--prosiguió la mosca--me dijo el tirano: Ea, hoy sales á -paseo. - -Y me llevó consigo. - -Yo iba loca de contenta. ¡El aire libre! ¡El espacio sin fin! Toda -aquella inmensidad azul me parecía poco trecho para volar. “No vayas -lejos”, me advirtió el sabio cuando me vió apartarme de su lado. ¡Yo -tenía el propósito de huir, de huir por siempre! Llegamos al campo. Don -Eufrasio se tendió sobre el césped, sacó un pastel y otras golosinas, -y se puso á merendar como un ignorante. Después se quedó dormido. Yo, -con un poco de miedo á aquella soledad, me planté sobre la nariz del -sabio, como en una atalaya, dispuesta á meterme en la boca entreabierta -á la menor señal de peligro. Había vuelto el verano, y el calor era -sofocante. Los restos del festín estaban por el suelo, y al olor -apetitoso acudieron bien pronto numerosos insectos de muchos géneros, -que yo teóricamente conocía por la zoología que había estudiado. -Después llegó el bando zumbón de los moscones y de las moscas, mis -hermanas. ¡Ay! En vez de la alegría que yo esperaba tener al verlas, -sentí pavor y envidia; los moscones me asustaban con sus gigantescos -corpanchones y sus zumbidos rimbombantes; las moscas me encantaban -con la gracia de sus movimientos, con el brillo de sus alas; pero al -comprender que mi figura raquítica era objeto de sus burlas, al ver que -me miraban con desprecio, yo, mosca macho, sentí la mayor amargura de -la vida. - -El sabio es el más capaz de amar á la mujer, pero la mujer es incapaz -de estimar al sabio. Lo que digo de la mujer es también aplicable á -las moscas. ¡Qué envidia, qué envidia sentí al contemplar los fecundos -juegos aéreos de aquellas coquetas enlutadas, todas con mantilla, que -huían de sus respectivos amantes, todos más gallardos que yo, para -tener el placer, y darlo, de encontrarse á lo mejor en el aire y caer -juntos á la tierra en apretado abrazo! - -Volvió á callar la mosca infeliz; temblaron sus alas rotas; y continuó -tras larga pausa: - - _--Nessun maggior dolore - Che ricordasi del témpo felice - Nella miseria..._ - -Mientras yo devoraba la envidia y la vergüenza de tenerla y sentir -miedo, una mosca, un ángel diré mejor, abatió el vuelo y se posó á mi -lado, sobre la nariz aguileña del sabio. Era hermosa como la Venus -negra, y en sus alas tenía todos los colores de iris; verde y dorado -era su cuerpo airoso; las extremidades eran robustas, bien modeladas, -y de movimientos tan seductores, que equivalían á los seis pies de -las Gracias aquellas patas de la mosca gentil. Sobre la nariz de don -Eufrasio, la hermosa aparecida se me antojaba Safo en el salto de -Léucade. Yo, inmóvil, la contemplé sin decir nada. ¿Con qué lenguaje -se hablaría á aquella diosa? Yo lo ignoraba. ¡Saber tantos idiomas, de -qué me servía, no sabiendo el del amor! La mosca dorada se acercó á -mí, anduvo alrededor, por fin se detuvo enfrente, casi tocando en mi -cabeza con su cabeza. ¡Ya no vi más que sus ojos! Allí estaba todo el -universo. _Kalé_, dije en griego, creyendo que era aquella lengua la -más digna de la diosa de las alas de verde y oro. La mosca me entendió, -no porque entendiera el griego, sino porque leyó el amor en mis ojos. - ---Ven--me respondió hablando en el lenguaje de mi madre--: ven al -festín de las migajas, serás tú mi pareja; yo soy la más hermosa y á -ti te escojo, porque el amor para mí es capricho; no sé amar, sólo sé -agradecer que me amen: ven y volaremos juntos; yo fingiré que huyo de -ti...--Sí, como Galatea, ya sé, dije neciamente.--Yo no entiendo de -Galateos, pero te advierto que no hables en latín; vuela en pos de -mis alas, y en los aires encontrarás mis besos... Como las velas de -púrpura se extendían sobre las aguas jónicas de color de vino tinto, -que dijo Homero, así extendió sus alas aquella hechicera, y se fué por -el aire zumbando: _¡Ven, ven!_... Quise seguirla, mas no pude. El amor -me había hecho vivir siglos en un minuto; no tuve fuerzas, y en vez -de volar, caí en la sima, en las fauces de don Eufrasio, que despertó -despavorido, me sacó como pudo de la boca, y no me dió muerte porque -aún no había llegado á la metafísica sintética. - - - II - -La mosca de mi cuento - - Tras nueva pausa prosiguió llorando: - ¡Cuánta afrenta y dolor el alma mía - halló dentro de sí, la luz mirando - que brilló, como siempre, al otro día! - -Sí, volvimos á casa, porque yo no tenía fuerzas para volar ni deseo -ya de escaparme. ¿Cómo? ¿Para qué? Mi primera visita al mundo de -las moscas me había traído, “con el primer placer, el desengaño” -(dispense usted si se me escapan muchos versos en medio de la prosa: -es una costumbre que me ha quedado de cuando yo dedicaba suspirillos -germánicos á la mosca de mis sueños). Como el _joven enfermo_ de -Chénier, yo volví herida de amor á esta cárcel lúgubre y sin más anhelo -que ocultarme y saborear á solas aquella pasión que era imposible -satisfacer; porque primero me moriría de vergüenza que ver otra vez á -la mosca verde y dorada que me convidó al festín de las migajas y á los -juegos locos del aire. Un enamorado que se ve en ridículo á los ojos -de la mosca amada, es el más desgraciado mortal, y daría de fijo la -salvación por ser en aquel momento, ó grande como Dios, ó pequeño como -un infusorio. De vuelta á nuestra biblioteca, don Eufrasio me preguntó -con sorna: “¿Qué tal, te has divertido?” Yo le contesté mordiéndole en -un párpado: se puso colérico. “¡Máteme usted!” le dije.--“¡Oh! ¡Así -pudiera! pero no puedo; el sistema no está completo; _subjetivamente_ -podría matarte; pero falta el fundamento, falta la síntesis”. - -¡Qué ridículo me pareció desde aquel día Macrocéfalo! ¡Esperar la -síntesis para matar, cuando yo hubiera matado á todas las moscas -machos y á todos los moscones del mundo que me hubiesen disputado el -amor, á que yo no aspiraba, de la mosca de oro! Más que el deseo de -verla, pudo en mí el terror que me causaba el ridículo, y no quise -volver á la calle ni al campo. Quise apagar el sentimiento y dejar -el amor en la fantasía. Desde entonces fueron mis lecturas favoritas -las leyendas y poemas en que se cuentan hazañas de héroes hermosos y -valientes: la Batracomiomaquia, la Gatomaquia, y sobre todo, la Mosquea, -me hacían llorar de entusiasmo. ¡Oh, quién hubiera sido Marramaquiz, -aquel gato romano que, atropellando por todo, calderas de fregar -inclusive, buscaba á Zapaquilda por tejados, guardillas y desvanes! Y -aquel rey de la Mosquea, Salomón en amores, ¡qué envidia me daba! ¡Qué -de aventuras no fraguaría yo en la mente loca, en la exaltación del -amor comprimido! Dime á pensar que era un Reinaldos ó un Sigfrido ó -cualquier otro personaje de leyenda, y discurrí la traza de recorrer el -mundo entero del siguiente modo: pedirle á don Eufrasio que pusiera á -mi disposición los magníficos atlas que tenía, donde la tierra, pintada -de brillantísimos colores en mapas de gran tamaño, se extendía á mis -ojos en dilatados horizontes. Con el fingimiento de aprender geografía -pude á mis anchas pasearme por todo el mundo, mosca andante en busca -de aventuras. Híceme una armadura de una pluma de acero rota, un yelmo -dorado con restos de una tapa de un tintero; fué mi lanza un alfiler, -y así recorrí tierras y mares, atravesando ríos, cordilleras, y sin -detenerme al dar con el océano, como el musulmán se detuvo. - -Los nombres de la geografía moderna parecíanme prosaicos, y preferí -para mis viajes las cartas de la geografía antigua, mitad fantástica, -mitad verdadera: era el mundo para mí según lo concebía Homero, y por -el mapa que esta creencia representaba, era por donde yo de ordinario -paseaba mis aventuras: iba con los dioses á celebrar las bodas de Tetis -al océano, un río que daba vuelta á la tierra; subía á las regiones -hiperbóreas, donde yo tenía al cuidado de honradísima dueña, en un -castillo encerrada, á mi mosca de oro. Cazaba los insectos menudos que -solían recorrer las hojas del atlas y se los llevaba prisioneros de -guerra á mi mosca adorada, allá á las regiones fabulosas. - ---Éste--le decía--fué por mí vencido, sobre el empinado Cáucaso, y aún -en sus cumbres corre en torrentes la sangre del mosquito que á tus pies -se postra, malferido por la poderosa lanza á que tú prestas fuerza, ¡oh -mosca mía! con dársela á mi brazo por conducto del alma que te adora y -vive de tu recuerdo.--Todas estas locuras, y aun infinitas más, hacía -yo y decía, mientras pensaba don Eufrasio que estudiaba á Estrabón y -Ptolomeo.--La novela en Grecia empezó por la geografía; fueron viajeros -los primeros novelistas, y yo también me consagré en cuerpo y alma á la -novela geográfica. Aunque el placer del fantasear no es intenso, tiene -una singular voluptuosidad, que en ningún otro placer se encuentra, y -puedo jurar á usted que aquellos meses que pasé entregado á mis viajes -imaginarios, paseándome por el atlas de don Eufrasio, son los que -guardo como dulces recuerdos, porque en ellos, el alivio que sentí á -mis dolores lo debí á mis propias facultades. - -Poetizar la vida con elementos puramente interiores, propios, éste es -el único consuelo para las miserias del mundo: no es gran consuelo, -pero es el único. - -Un día don Eufrasio puso encima de la mesa un libro de gran tamaño, -de lujo excepcional. Era un regalo de Año Nuevo, era un tratado de -Entomología, según decían las letras góticas doradas de la cubierta. -El canto del grueso volumen parecía un espejo de oro. Volé y anduve -hora tras hora alrededor de aquel magnífico monumento, historia de -nuestro pueblo en todos sus géneros y especies. El corazón me decía -que había allí algo maravilloso, regalo de la fantasía. Pero yo por -mis propias fuerzas no podía abrir el libro. Al fin don Eufrasio vino -en mi ayuda: levantó la pesada tapa y me dejó á mis anchas recorrer -aquel paraíso fantástico, museo de todos los portentos, iconoteca de -insectos, donde se ostentaban en tamaño natural, pintados con todos -los brillantes colores con que los pintó Naturaleza, la turbamulta -de flores aladas, que son para el hombre insectos, para mí ángeles, -ninfas, dríadas, genios de lagos y arroyos, fuentes y bosques. Recorrí -ansiosa, embriagada con tanta luz y tantos colores, aquellas soberbias -láminas, donde la fantasía veía á montones argumentos para mil poemas: -el corazón me decía “más allá”; esperaba ver algo que excediera á toda -aquella orgía de tintas vivas, dulces ó brillantes. ¡Llegué por fin al -tratado de las moscas! El autor les había consagrado toda la atención -y esmero que merecen: muchas páginas hablaban de su forma, vida y -costumbres; muchas láminas presentaban figuras de todas las clases y -familias. - -Vi y admiré la hermosura de todas las especies, pero yo buscaba -ansiosa, sin confesármelo á mí misma, una imagen conocida: ¡al fin! en -medio de una lámina, reluciendo más que todas sus compañeras, estaba -ella, la mosca verde y dorada, tal como yo la vi un día sobre la nariz -de D. Eufrasio, y desde entonces á todas las horas del día y de la -noche dentro de mí. Estaba allí, saltando del papel, grave, inmóvil, -como muerta, pero con todos los reflejos que el sol tenía al besar con -sus rayos las alas de sutil encaje. El amante que haya robado alguna -vez un retrato de su amada desdeñosa, y que á solas haya saciado en él -su pasión comprimida, adivinará los excesos á que me arrojé, perdida -la razón, al ver en mi poder aquella imagen, fiel exactísima, de la -mosca de oro. Mas no crea usted, si no entiende de esto, que fué de -pronto el atreverme á acercarme á ella; no, al principio turbéme y -retrocedí como hubiera hecho á su presencia real. Un amante grosero -no respeta la castidad de la materia, de la forma; para mí no sólo -el alma de la mosca era sagrada: también su figura, su sombra misma, -hasta su recuerdo. Para atreverme á besar el castísimo bulto tuve que -recurrir á mi eterno novelar; en mis diálogos imaginarios ya estaba yo -familiarizado con mi felicidad de amante correspondido; y así, como si -no fuese nuevo el encanto de tener aquella esplendorosa beldad dócil -y fiel al anhelante mirar de mis ojos, sin apartarse de ellos, como -quien sigue un deliquio de amor, acerquéme, tras una lucha tenaz con el -miedo, y dije á la mosca pintada: “Estoy, señora, tan acostumbrado á -que todo sea en mi amor desdichas, que al veros tan cerca de mí y que -no huís al verme, no avanzo de miedo de deshacer este encanto, que es -teneros tan cerca; tantas espinas me punzaron el corazón, señora, que -tengo miedo á las flores; si hay engaño, sépalo yo después del primer -beso, porque, al fin, ello ha de ser que todo acabe en daño mío”. No -contestó la mosca, ni yo lo necesitaba; mas yo, en vez de ella, díjeme -tantas ternuras, tan bien me convencí de que la mosca de oro sabía -despreciar el vano atavío de la hermosura aparente y conocer y sentir -la belleza del espíritu, que al cabo, con todo el valor y la fe que -el amante necesita para no ser desairado ó desabrido en sus caricias, -lancéme sobre la imagen de ricos colores y de líneas graciosas, y en -besos y abrazos consumí la mitad de mi vida en pocos minutos. - -En medio de aquel vértigo de amor, en que yo estaba amando por dos á -un tiempo, vi que la mosca pintada me decía, á intervalos de besos -y entre el mismo besar, casi besándome con las palabras que decía: -“Tonto, tonto mío, ¿por qué dudas de mí, por qué creer que la hembra -no sabe sentir lo que tú sabes pensar? Tus alas rotas, tus movimientos -difíciles y sin gracia aparente, tu miedo á los moscones, tu rubor, -tu debilidad, tu silencio, todo lo que te abruma, porque juzgas que -te estorba para el amor, yo lo aprecio, yo lo comprendo, y lo siento -y lo amo. Ya sé yo que en tus brazos me espera oir hablar de lo que -jamás supieron de amor otros machos más hermosos que tú; sé que al -contarme tus soledades, tus luchas interiores, tus fantasías, has de -ser para mí como ser divinizado por el amor; no habrá voluptuosidad más -intensa que la que yo disfrute bebiendo por tus ojos todo el amor de un -alma grande, arrugada y oscurecida en la cárcel estrecha de tu cuerpo -flaco y empobrecido por la fiebre del pensar y del querer”. Y á este -tenor, seguía diciéndome la mosca dorada tan deliciosas frases, que -yo no hacía más que llorar y besarle los pies, aún más agradecido que -enamorado. ¡Bendita fuerza de la fantasía que me permitió gozar este -deliquio, momento sublime de la eternidad de un cielo! Al fin hablé yo -(por mi cuenta) y sólo dije con voz que parecía sonar en las mismas -entrañas:--¿Tu nombre? Mi nombre está en la leyenda que tengo al pie; -esto dijo mi razón fría y traidora tomando la voz que yo atribuía á mi -amada. Bajé los ojos y leí... _Musca vomitoria._ - -Al llegar aquí, la voz de la mosca sabia se debilitó, y siguió hablando -como se oye en la iglesia hablar á las mujeres que se confiesan. Yo, -como el confesor, acerqué tanto, tanto el oído, que á haber sido la -mosca hermosa penitente, hubiera sentido el perfume de su aliento (como -el confesor) acariciarme el rostro. Y dijo así: - ---¡Mosca vomitoria! Éste era el nombre de mi amada. En el texto -encontré su historia. Era terrible. Bien dijo Shakespeare: “estos -jóvenes pálidos que no beben vino acaban por casarse con una meretriz”. -Yo, casta mosca, enamorada del ideal, tenía por objeto de mis sueños -á la enamorada de la podredumbre. Allí donde la vida se descompone, -donde la química celebra esas orgías de miasmas envenenados que hay en -los estercoleros, en las letrinas, en las sepulturas y en los campos -de batalla después de la carnicería, allí acudía mi mosca de las -alas de oro, de los metálicos cambiantes, Mesalina del cieno y de la -peste. ¡Yo amaba á la mosca vampiro, á la mosca del _Vomitorium_! Yo -había colocado en las regiones soñadas, en las regiones hiperbóreas, -su palacio de cristal, y en las Hespérides su jardín de recreo; -¡por ella había corrido yo las aventuras más pasmosas que forjó la -fantasía, estrangulando mosquitos y otras alimañas en miniatura, -sin remordimientos de conciencia! Pero lo más horroroso no fué el -desengaño, sino que el desengaño no me trajo el olvido ni el desdén. -Seguí amando ciega á la _mosca vomitoria_, seguí besando loca sus alas -de colores pintadas en el tremendo libro que me contó la vergonzosa -historia. - -Procuré, si no olvidar, porque esto no era posible, distraer mi pena, -y como se vuelve al hogar abandonado por correr las locuras del mundo, -así volví á la ciencia, tranquilo albergue que me daría el consuelo de -la paz del alma, que es la mayor riqueza. ¡Ay! Volví á estudiar, pero -ya los problemas de la vida, los misterios de lo alto no tenían para -mí aquel interés de otros días; ya sólo veía en la ciencia la miseria -de lo que ignora, el pavor que inspiran sus arcanos; en fin, en vez de -la calma del justo, sólo me dió la calma del desesperado, engendradora -de las eternas tristezas. ¿Qué es el cielo? ¿Qué es la tierra? ¿Qué -nos importa? ¿Hay un más allá para las moscas que sufrieron en la vida -resignadas el tormento del amor? Ni yo sufro resignada, ni sé nada del -más allá. La ciencia ya sólo me da la duda anhelante, porque en ella ya -no busco la verdad, sino el consuelo; para mí no es un templo en que -se adora, es un lugar de asilo; por eso la ciencia me desdeña. Perdida -en el mar del pensamiento, cada vez que me engolfo en sus olas, las -olas me arrojan desdeñosas á la orilla como cáscara vacía. Y éste es mi -estado. Voy y vengo de los libros sabios á la poesía, y ni en la poesía -encuentro la frescura lozana de otros días, ni en los libros del saber -veo más verdades que las amargas y tristes. Ahora espero tan sólo, ya -que no tengo el valor material que necesito para darme la muerte, que -don Eufrasio llegue á la Sintética, y sepa, bajo principio, que puede -en derecho aplastarme. Mi único placer consiste en provocarle, picando -y chupando sin cesar en aquella calva mollera, de cuyos jugos venenosos -bebí, en mal hora, el afán de saber, que no trae aparejada la virtud -que para tanta abnegación se necesita. - -Calló la mosca, y al oir el ruido de la puerta que se abría, voló hacia -un rincón de la biblioteca. - - - III - -Don Eufrasio volvía de la Academia. - -Venía muy colorado, sudaba mucho, hacía eses al andar, y sus ojillos, -medio cerrados, echaban chispas. Yo estaba en la sombra y no me vió. Ya -no recordaba que me había dejado en su _camarín_, perfumado con todos -los aromas bien olientes de la sabiduría. - -Creía estar solo y habló en voz alta (al parecer era su costumbre), -diciendo así á las paredes sapientísimas que debían de conocer tantos -secretos: - ---¡Miserables! ¡Me han vencido! Han demostrado que no hay razón para -que el animal no llegue á hablar, pero afortunadamente no se fundan en -ningún dato positivo, en ninguna experiencia. ¿Dónde está el animal que -comenzó á hablar? ¿Cuál fué? Esto no lo dicen, no hay prueba plena; -puedo, pues, contradecirlo. Escribiré una obra en diez tomos negando la -posibilidad del hecho; desacreditaré la hipótesis. Estas copitas que he -bebido en casa de Friné me han reanimado. ¡Diablos! Esto da vueltas: -¿si estaré borracho? ¿Si iré á ponerme malo? No importa; lo principal -es que les falte el hecho, el dato positivo. El animal no habla, no -puede hablar. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué hermosa es Friné! ¡Qué hermosa bestia! -¡Pues Friné habla! Bien, pero ésa no se cuenta: habla como una cotorra, -y no es ése el caso. Friné habla como ama, sin saber lo que hace; -aquello no es amar ni hablar. ¡Pero vaya si es hermosa! - -Macrocéfalo sacó del bolsillo de la levita una petaca; en la petaca -había una miniatura: era el retrato de Friné. Le contempló con deleite -y volvió á decir:--No, no hablan, los animales no hablan. ¡Bueno -estaría que yo hubiese sostenido un error toda la vida! - -En aquel momento la mosca sabia dejó oir su zumbido, voló, haciendo -un espiral en el aire, y acabó por dejarse caer sobre la miniatura de -Friné. - -Macrocéfalo se puso pálido, miró á la mosca con ojos que ya no -arrojaban chispas, sino rayos, y dijo en voz ronca: - ---¡Miserable! ¿Á qué vienes aquí? ¿Te ríes? ¿Te burlas de mí? - ---¡Como usted decía que los animales no hablan! - ---No hablarás mucho tiempo, bachillera--gritó el sabio, y quiso coger -entre los dedos á su enemiga. Pero la mosca voló lejos, y no paró hasta -meter las patas en el tintero. De allí volvió arrogante á posarse -en la petaca.--Oye--dijo á Macrocéfalo--los animales hablan... y -escriben...--Y diciendo y andando, sobre la piel de Rusia, al pie del -retrato de Friné, escribió con las patas mojadas en tinta roja: _Musca -vomitoria_. Don Eufrasio lanzó un bramido de fiera. La mosca había -volado al cráneo del sabio; allí mordió con furia... y yo vi caer sobre -su cuerpo débil y raquítico la mano descarnada de Macrocéfalo. La mosca -sabia murió antes de que llegase Don Eufrasio á la filosofía sintética. - -Sobre la tersa y reluciente calva quedó una gota de sangre, que caló la -piel del cráneo, y filtrándose por el hueso llegó á ser una estalactita -en la conciencia de mi sabio amigo. Al fin había sido capaz de matar -una mosca. - - - - - EL DOCTOR PÉRTINAX - - - I - -El sacerdote se retiraba mohíno. Mónica, la vieja impertinente y beata, -quedaba sola junto al lecho de muerte. Sus ojos de lechuza, en que -reverberaba la luz de la mortecina lamparilla, lanzaba miradas como -anatemas al rostro cadavérico del doctor Pértinax. - ---¡Perro judío! ¡Si no fuera por la manda, ya iría yo aguantando el -olor de azufre que sale de tu cuerpo maldito!... ¡No confesarse ni á la -hora de la muerte!... - -Este impío monólogo fué interrumpido por un ¡ay! del moribundo. - ---¡Agua!--exclamaba el mísero filósofo. - ---¡Vinagre!--contestó la vieja sin moverse de su sitio. - ---Mónica, buena Mónica--prosiguió el doctor hablando como pudo--; tú -eres la única persona que en la tierra me ha sido fiel... tu conciencia -te lo premie... esto se acaba... llegó mi hora, pero no temas... - ---No, señor; pierda usted cuidado... - ---No temas: la muerte es una apariencia; sólo el egoísmo... individual -puede quejarse de la muerte... Yo expiro, es verdad, nada queda de -mí... pero la especie permanece... No es sólo eso: mi obra, el producto -de mi trabajo, los majuelos del pueblo, mi propiedad, extensión de mi -personalidad en la Naturaleza, quedan también; son tuyas, ya lo sabes, -pero dame agua. - -Mónica vaciló, y ablandándose al cabo, cuanto un pedernal puede -ablandarse, acercó á los labios de su amo no sé qué jarabe, cuya sola -virtud era trastornar el juicio del moribundo más y más cada vez. - ---Gracias, Mónica, gracias, y adiós; es decir, hasta luego. Queda la -especie; tú también desaparecerás, pero no te importe, quedarán la -especie y los majuelos, que heredará tu sobrino, ó mejor dicho, nuestro -hijo, porque ésta es la hora de las grandes verdades. - -Mónica sonrió, y después, mirando al techo, vió en la obscuridad de -arriba la imagen reluciente de un tambor mayor, de grandes bigotes y de -gallarda apostura. - ---¡No sería mala especie la que saliera de tu cuerpo enclenque y de tu -meollo consumido por las herejías! - -Esto pensó la vieja al tiempo mismo que Pértinax entregaba los despojos -de su organismo gastado al acervo común de la especie, laboratorio -magno de la Naturaleza. - -Amanecía. - - - II - -Era la hora de las burras de leche: San Pedro frotaba con un paño el -aldabón de la puerta del cielo y lo dejaba reluciente como un sol. -¡Claro! Como que era el aldabón que limpiaba San Pedro el mismísimo sol -que nosotros vemos aparecer todas las mañanas por el Oriente. - -El santo portero, de mejor humor que sus colegas de Madrid, cantaba no -sé qué aire, muy parecido al _ça irá_ de los franceses. - ---¡Hola! Parece que se madruga--dijo inclinando la cabeza y mirando de -hito en hito á un personaje que se le había puesto delante en el umbral -de la puerta. - -El desconocido no contestó, pero se mordió los labios, que eran -delgados, pálidos y secos. - ---Sin duda, prosiguió San Pedro--, ¿usted es el sabio que se estaba -muriendo esta noche?... ¡Vaya una noche que me ha hecho usted pasar, -compadre!... ¡No he pegado ojo en toda ella, esperando que á usted se -le antojase llamar; y como tenía órdenes terminantes de no hacerle á -usted aguardar ni un momento!... ¡Poquito respeto que se les tiene -á ustedes aquí en el cielo! En fin, bienvenido, y y pase usted; yo -no puedo moverme de aquí, pero no tiene pérdida. Suba usted... todo -derecho... No hay entresuelo. - -El forastero no se movió del umbral, y clavó los ojos pequeños y azules -en la venerable calva de San Pedro, que había vuelto la espalda para -seguir limpiando el sol. - -Era el recién venido, delgado, bajo, de color cetrino, algo afeminado -en los movimientos, pulcro en el trato de su persona y sin pelo de -barba en todo su rostro. Llevaba la mortaja con elegancia y compostura, -y medía los ademanes y gestos con académico rigor. - -Después de mirar una buena pieza la obra de San Pedro, dió media vuelta -y quiso desandar el camino que sin saber cómo había andado, pero vió -que estaba sobre un abismo de obscuridad en que había tinieblas como -palpables, ruidos de tempestad horrísona, y á intervalos ráfagas de una -luz cárdena, á la manera de la que tienen los relámpagos. No había allí -traza de escalera, y la máquina con que medio recordaba que le habían -subido, tampoco estaba á la vista. - ---Caballero--exclamó con voz vibrante y agrio tono:--¿se puede saber -qué es esto? ¿dónde estoy? ¿por qué se me ha traído aquí? - ---¡Ah! ¿Todavía no se ha movido usted? Me alegro, porque se me había -olvidado un pequeño requisito. Y sacando un libro de memorias del -bolsillo, mientras mojaba la punta de un lápiz en los labios, preguntó: - ---¿Su gracia de usted? - ---Yo soy el doctor Pértinax, autor del libro estereotipado en su -vigésima edición, que se intitula _Filosofía última_... - -San Pedro, que no era listo de mano, sólo había escrito á todo esto -Pértinax... - ---Bien: ¿Pértinax de qué? - ---¿Cómo de qué? ¡Ah! sí; querrá usted decir ¿de dónde? así como se -dice: Tales de Mileto, Parménides de Elea... Michelet de Berlín... - ---Justo, Quijote de la Mancha... - ---Escriba usted: Pértinax de Torrelodones. Y ahora, ¿podré saber qué -farsa es ésta? - ---¿Cómo farsa? - ---Sí, señor; yo soy víctima de una burla; esto es una comedia; mis -enemigos, los de mi oficio, ayudados con los recursos de la industria, -con efectos de teatro, exaltando mi imaginación con algún brebaje, han -preparado todo esto, sin duda; pero no les valdrá el engaño: sobre -todas estas apariencias está mi razón; mi razón, que protesta con voz -potente contra y sobre toda esta farándula; pero no valen carátulas ni -relumbrones; que á mí no se me vence con tan grosero ardid, y digo lo -que siempre dije y tengo consignado en la página 315 de la _Filosofía -última_..., nota b de la subnota _alfa_, á saber: que después de la -muerte no debe subsistir el engaño del aparecer, y es hora de que cese -el concupiscente querer vivir, _Nolite vivere_, que es sólo cadena de -sombras engarzada en deseos, etc., etc. Conque así, una de dos: ó yo -me he muerto, ó no me he muerto; si me he muerto, no es posible que -yo sea yo, como hace media hora, que vivía; y todo esto que delante -tengo, como sólo puede ser ante mí, en la representación no es, porque -yo no soy; pero si no me he muerto, y sigo siendo yo, éste que fuí y -soy, es claro que esto que tengo delante, aunque existe en mí como -representación, no es lo que mis enemigos quieren que yo crea, sino -una farsa indigna tramada para asustarme, pero en vano, porque ¡vive -Dios!... - -Y juró el filósofo como un carretero. Y no fué lo peor que jurase, sino -que ponía el grito en el cielo, y los que en él estaban comenzaron á -despertarse al estrépito, y ya bajaban algunos bienaventurados por las -escalonadas nubes, teñidas, cuál de gualda, cuál otra de azul marino. - -Entretanto San Pedro se apretaba los ijares con entrambas manos, por no -descoyuntarse con la risa, que le sofocaba. Más se irritaba Pértinax -con la risa del Santo, y éste hubo de suspenderla para aplacarle, si -podía, con tales palabras: - ---Señor mío, ni aquí hay farsa que valga, ni se trata de engañar á -usted, sino de darle el cielo, que, por lo visto, ha merecido por -buenas obras, que yo ignoro; como quiera que sea, tranquilícese y suba, -que ya la gente de casa bulle por allá dentro y habrá quien le conduzca -donde todo se lo expliquen á su gusto, para que no le quede sombra de -duda, que todas se acaban en esta región, donde lo que menos brilla es -este sol que estoy limpiando. - ---No digo yo que usted quiera engañarme, pues me parece hombre de bien; -otros serán los farsantes, y usted sólo un instrumento sin conciencia -de lo que hace. - ---Yo soy San Pedro... - ---Á usted le habrán persuadido de que lo es; pero eso no prueba que -usted lo sea. - ---Caballero, llevo más de 1.800 años en la portería... - ---Aprensión, prejuicio... - ---¡Qué prejuicio ni qué calabaza!--grita el Santo ya incomodado un -tantico--; San Pedro soy, y usted un sabio como todos los que de allá -nos vienen, tonto de capirote y con muchos humos en la cabeza... La -culpa la tiene quien yo me sé, que no se va más despacio en el admitir -gente de pluma donde bendita la falta que hace. Y bien dice San -Ignacio... - -Á la sazón aparecióse en el portal la majestuosa figura de un venerable -anciano, vestido de amplia y blanquísima túnica, el cual, mirando con -dulces ojos al _filósofo colérico_, le dijo, mientras cogía sus flacas -manos, con las que él tenía de luz, ó, por lo menos, de algo muy tenue -y esplendoroso: - ---Pértinax, yo soy el solitario de Patmos; ven conmigo á la presencia -del Señor, tus pecados te han sido perdonados y tus méritos te -levantaron, como alas, de la tierra triste y llegaste al cielo, y verás -al Hijo á la diestra del Padre... El Verbo que se hizo carne. - ---Habitó entre nosotros, ya sé la historia; pero señor San Juan, -digo y repito que esto es indigno, que reconozco la habilidad de los -escenógrafos; pero la farsa, buena para alucinar á un espíritu vulgar, -no sirve contra el autor de la _Filosofía última_.--Y el pobre filósofo -escupía espuma de puro rabiado. - -El portal estaba lleno de ángeles y querubines, tronos y dominaciones, -santos y santas, beatas y beatos y bienaventurados rasos. Hacían -coro alrededor del extranjero y escuchaban con sonrisa... de -bienaventurados, la sabrosa plática que tenían ya entablada el autor -del _Apocalipsis_ y el de la _Filosofía última_. Como San Juan se -explicara en términos un tanto metafísicos, fué apaciguándose poco -á poco el furioso pensador, y con el interés de la polémica llegó á -olvidar la que él llamaba farsa indigna. - -Entre los del coro había dos que se miraban de reojo, como animándose -mutuamente á echar su cuarto á espadas. Eran Santo Tomás y Hegel, -que por distintas razones veían con disgusto en el cielo al autor de -la _Filosofía última_, obra detestable en su dictamen, esta vez de -acuerdo. Por fin, Santo Tomás, terciando el manteo, interrumpió al -filósofo intruso, gritando sin poder contenerse: - -_¡Nego suppositum!_ - -Volvióse el doctor Pértinax con altiva dignidad para contestar como -se merecía al Doctor Angélico, el cual, después de haberle negado -el supuesto, se preparaba á anonadarle bajo la fuerza de la _Summa -teológica_ que al efecto hizo traer de la biblioteca celestial. -Diógenes el Cínico, que andaba por allí, puesto que se había salvado -por los buenos chascarrillos que supo contar en vida, no por otra -cosa, Diógenes opinó que la mejor manera de sacar de sus errores al -doctor Pértinax era enseñarle todo el cielo, desde la bodega hasta el -desván. Á esto, Santo Tomás apóstol, dijo:--Perfectamente; eso es, ver -y creer. Pero su tocayo, el de Aquino, no se dió á partido; insistió -en demostrar que la mejor manera de vencer los paralogismos de aquel -filósofo era recurrir á la _Summa_. Y dicho y hecho; ya llegaba con -cuatro tomos como casas sobre las robustas espaldas una especie de -mozo de cordel muy guapo que llamaban por allí Alejandrito, y era -efectivamente Alejandro Pidal y Mon, tomista de tomo y lomo que estaba -en el cielo de temporada y en calidad de corresponsal. Abrió Santo -Tomás la _Summa_ con mucha prosopopeya, y la primer _q_ con que topó -vínole como pedrada en ojo de boticario. Ya el Santo había juntado el -dedo índice con el pulgar en forma de anteojo, y comenzaba á balbucir -latines cuando Pértinax gritó con toda la fuerza de sus pulmones: - ---¡Callen todas las Escolásticas del mundo donde esté mi _Filosofía -última_! En ella queda demostrado... - ---Oiga usted, señor filósofo, interrumpió Santa Escolástica, que era -una señora muy sabida; yo no quiero callar, ni es usted quién para -venir aquí con esos aires de taco, y lo que yo digo es que ya no hay -clases, y que aquí entra todo el mundo. - ---Señora, exclamó el Santo Job, haciendo una reverencia con una teja -que llevaba en la mano y usaba á guisa de cepillo--; señora, sea todo -por Dios, y dejemos que entre el que lo merezca, que todos cabemos. -Yo creo que mi amigo Diógenes dice bien; este caballero se convencerá -de que ha vivido en un error si se le hace ver el Universo y la corte -celestial tal como son efectivamente; esto no es desairar á Santo -Tomás, mi buen amigo, Dios me libre de ello; pero en fin, por mucho que -valga la _Summa_, más vale el gran libro de la Naturaleza, como dicen -en la tierra; más vale la suma de maravillas que el Señor ha creado, -y así, salvo mejor parecer, propongo que se nombre una comisión de -nuestro seno que acompañe al doctor Pértinax y le vaya haciendo ver la -fábrica de la inmensa arquitectura, como dijo Lope de Vega, á quien -siento no ver entre nosotros. - -Grandísimo era el respeto que á todos los santos y santas merecía el -Santo Job, y así, aunque otra le quedaba, el de Aquino tuvo que dar -su brazo á torcer, y Pidal volvió con la _Summa_ á la biblioteca. -Procedióse á votación nominal, en la que se empleó mucho tiempo, por -haber acudido al portalón del cielo más de medio martirologio, y -resultaron elegidos de la comisión los señores siguientes: el Santo -Job, por aclamación; Diógenes, por mayoría, y Santo Tomás apóstol, por -mayoría. Tuvieron votos: Santo Tomás de Aquino, Scoto y Espartero. - -El doctor Pértinax accedió á las súplicas de la comisión y consintió en -recorrer todas aquellas decoraciones de magia que le podrían meter por -los ojos, decía él, pero no por el espíritu. - ---Hombre, no sea usted pesado--le decía Santo Tomás, mientras le cosía -unas alas en las clavículas para que pudiese acompañarles en el viaje -que iban á emprender. Aquí me tiene usted á mí, que me resistía á creer -en la Resurrección del Maestro; vi, toqué y creí; usted hará lo mismo... - ---Caballero, replicó Pértinax--, usted vivía en tiempos muy diferentes; -estaban ustedes entonces en la edad teológica, como dice Comte, y yo he -pasado ya todas esas edades y he vivido del lado de acá de la _Crítica -de la razón pura y de la Filosofía última_, de modo que no creo nada, -ni en la madre que me parió; no creo más que en esto: en cuanto me sé -de saberme, soy conscio, pero sin caer en el prejuicio de confundir la -representación con la esencia, que es inasequible, esto es, fuera de, -como conscio, quedando todo lo que de mí (y conmigo todo), sé, en saber -que se representa todo (y yo como todo) en puro aparecer, cuya realidad -sólo se inquieta el sujeto por conocer por nueva representación -volitiva y afectiva, representación dañosa por irracional y pecado -original de la caída, pues deshecha esta apariencia del deseo, nada -queda que explorar, ya que ni la voluntad del saber queda. - -Sólo el Santo Job oyó la última palabra del discurso, y rascándose con -la teja la pelada coronilla, respondió: - ---La verdad es que son ustedes el diablo para discurrir disparates, -y no se ofenda usted, porque con esas cosas que tiene metidas en la -cabeza ó en la representación, como usted quiere, va á costar sudores -hacerle ver la realidad tal como es. - ---¡Andando, andando!--gritó Diógenes en esto--á mí me negaban los -sofistas el movimiento, y ya saben ustedes cómo se lo demostré: -¡andando, andando! - -Y emprendieron el vuelo por el espacio sin fin. ¿Sin fin? Así lo creía -Pértinax, que dijo:--¿Piensan ustedes hacerme ver todo el Universo? - ---Sí, señor--respondió Santo Tomás apóstol (único Santo Tomás de que -hablaremos en adelante)--, eso pronto se ve. - ---¡Pero hombre, si el Universo (en el aparecer, por supuesto) es -infinito! ¿Cómo conciben ustedes el límite del espacio? - ---Lo que es concebirlo, mal; pero verlo, todos los días lo ve -Aristóteles, que se da unos paseos atroces con sus discípulos, y por -cierto que se queja de que primero se acaba el espacio para pasear que -las disputas de sus peripatéticos. - ---Pero ¿cómo puede ser que el espacio tenga fin? Si hay límite, tiene -que ser la nada; pero la nada, como no es, nada puede limitar, porque -lo que limita es, y es algo distinto del ser limitado. - -El santo Job, que ya se iba impacientando, le cortó la palabra con -éstas: - ---¡Bueno, bueno, conversación! Más le vale á usted bajar la cabeza para -no tropezar con el techo, que hemos llegado á ese límite del espacio -que no se concibe, y si usted da un paso más, se rompe la cabeza contra -esa nada que niega. - -Efectivamente; Pértinax notó que no había más allá; quiso seguir, y se -hizo un chichón en la cabeza. - ---¡Pero esto no puede ser!--exclamó, mientras Santo Tomás aplicaba al -chichón una moneda de las que llevaban los paganos en su viaje al otro -mundo. - -No hubo más remedio que volver pie atrás, porque el Universo se había -acabado. Pero finito y todo, ¡cuán hermoso brilla el firmamento con sus -millones de millones de estrellas! - ---¿Qué es aquella claridad deslumbradora que brilla en lo alto, más -alta que todas las constelaciones? ¿Es alguna nebulosa desconocida de -los astrónomos de la tierra? - ---¡Buena nebulosa te dé Dios!--contestó Santo Tomás--; aquélla es la -Jerusalén celestial, de donde bajamos nosotros precisamente; allí ha -disputado usted con mi tocayo, y eso que brilla son las murallas de -diamantes que rodean la ciudad de Dios. - ---¿De manera que aquellas maravillas que cuenta Chateaubriand y que yo -juzgaba indignas de un hombre serio?... - ---Son habas contadas, amigo mío. Ahora vamos á descansar en esta -estrella que pasa por debajo, que á fe de Diógenes, que estoy cansado -de tanto ir y venir. - ---Señores, yo no estoy presentable--dijo Pértinax--; todavía no me he -quitado la mortaja, y los habitantes de esa estrella se van á reir de -este traje indecoroso... - -Los tres _ciceroni_ del cielo soltaron la carcajada á un tiempo. -Diógenes fué el que exclamó:--Aunque yo le prestara á usted mi -linterna, no encontraría usted alma viviente ni en esa estrella, ni en -estrella alguna de cuantas Dios creó. - ---¡Claro, hombre, claro!--añadió muy serio Job--; no hay habitantes más -que en la tierra: no diga usted locuras. - ---¡Eso sí que no lo puedo creer! - ---Pues vamos allá--replicó Santo Tomás, á quien ya se le iba subiendo -el humo á las narices. Y emprendieron el viaje de estrella en estrella, -y en pocos minutos habían recorrido toda la vía láctea y los sistemas -estelares más lejanos. Nada, no había asomo de vida. No encontraron ni -una pulga en tantos y tantos globos como recorrieron. Pértinax estaba -horrorizado. - ---¡Esta es la creación!--exclamó--; ¡qué soledad! - -Á ver, enséñeme usted la tierra; quiero ver esa región privilegiada: -por lo que barrunto, debe de ser mentira toda la cosmografía moderna, -la tierra estará quieta y será centro de toda la bóveda celeste; y á -su alrededor girarán soles y planetas y será la mayor de todas las -esferas... - ---Nada de eso--repuso Santo Tomás--; la astronomía no se ha equivocado; -la tierra anda alrededor del sol, y ya verá usted qué insignificante -aparece. Vamos á ver si la encontramos entre todo este garbullo de -astros. Búsquela usted, santo Job, usted que es cachazudo. - ---¡Allá voy!--exclamó el santo de la teja, dando un suspiro y -asegurando en las orejas unas gafas. ¡Es como buscar una aguja en un -pajar!... ¡Allí la veo! ¡allí va! ¡mírela usted, mírela usted qué -chiquitina! ¡parece un infusorio! - -Pértinax vió la tierra, y suspiró pensando en Mónica y en el fruto de -sus filosóficos amores. - ---¿Y no hay habitantes más que en esa mota de tierra? - ---Nada más. - ---¿Y el resto del Universo está vacío? - ---Vacío. - ---Y entonces, ¿para qué sirven tantos y tantos millones de estrellas? - ---Para faroles. Son el alumbrado público de la tierra. Y sirven además -para cantar alabanzas al Señor. Y sirven de ripio á la poesía. Y no se -puede negar que son muy bonitas. - ---¡Pero vacío todo! - ---¡Vacío! - -Pértinax permaneció en los aires un buen rato triste y meditabundo. -Se sentía mal. El edificio de la _Filosofía última_ amenazaba ruina. -Al ver que el Universo era tan distinto de como lo pedía la razón, -empezaba á creer en el Universo. Aquella lección brusca de la realidad -era el contacto áspero y frío de la materia que necesitaba su espíritu -para creer.--¡Está todo tan mal arreglado, que acaso sea verdad!--así -pensaba el filósofo. De repente se volvió hacia sus compañeros y les -preguntó:--¿Existe el infierno? - -Los tres suspiraron, hicieron gestos de compasión, y respondieron: - ---Sí; existe. - ---Y la condenación, ¿es eterna? - ---Eterna. - ---¡Solemne injusticia! - ---¡Terrible realidad!--respondieron los del cielo á coro. - -Pértinax se pasó la mortaja por la frente. Sudaba filosofía. Iba -creyendo que estaba en el otro mundo. Aquella sinrazón de todo le -convencía.--¿Luego la cosmogonía y la teogonía de mi infancia eran la -verdad? - ---Sí: la primera y última filosofía. - ---¿Luego no sueño? - ---No. - ---¡Confesión! ¡confesión!--gritó llorando el filósofo; y cayó desmayado -en los brazos de Diógenes. - -Cuando volvió en sí, estaba de rodillas, todo vestido de blanco, en -los estrados de Dios, á los pies de la Santísima Trinidad. Lo que más -le chocó fué ver efectivamente al Hijo sentado á la diestra de Dios -Padre. Como el Espíritu Santo estaba encima, entre cabeza y cabeza, -resultaba que el Padre estaba á la izquierda.--No sé si un Trono ó una -Dominación, se acercó á Pértinax y le dijo: - ---Oye tu sentencia definitiva: y leyó la que sigue: - -“Resultando que Pértinax, filósofo, es un pobre de espíritu incapaz de -matar un mosquito; - -“Resultando que estuvo dando alimentos y carrera por espacio de muchos -años á un hijo natural habido por el tambor mayor Roque García en -Mónica González, ama de llaves del filósofo; - -“Considerando que todas sus filosofías no han causado más daño que el -de abreviar su existencia, que no servía para bendita de Dios la cosa; - -“Fallamos que debemos absolver, y absolvemos libremente al procesado, -condenando en costas al fiscal señor don Ramón Nocedal, y dando por los -méritos dichos al filósofo Pértinax la gloria eterna.” - -Oída la sentencia, Pértinax volvió á desmayarse. - - * * * * * - -Cuando despertó, se encontró en su lecho. Mónica y un cura estaban á su -lado. - ---Señor--dijo la bruja--, aquí está el confesor que usted ha pedido... - -Pértinax se incorporó; pudo sentarse en la cama, y extendiendo ambas -manos, gritó, mirando al confesor con ojos espantados: - ---Digo, y repito, que todo es pura representación, y que se ha jugado -conmigo una farsa indigna. Y en último caso, podrá ser cierto lo que -he visto; pero entonces juro y perjuro que si Dios hizo el mundo, debió -haberlo hecho de otro modo.--Y expiró de veras. - -No le enterraron en sagrado. - - - - - DE LA COMISIÓN... - - - I - -Él lo niega en absoluto; pero no por eso es menos cierto. Sí, allá por -los años de 1840 á 50 hizo versos, imitó á Zorrilla como un condenado -y puso mano á la obra temeraria (llevada á término feliz más tarde por -un Sr. Albornoz), de continuar y dar finiquito al _Diablo Mundo_ de -Espronceda. - -Pero nada de esto deben saber los hijos de Pastrana y Rodríguez, que es -nuestro héroe. Fué poeta, es verdad; pero el mundo no lo sabe, no debe -saberlo. - -Á los diez y siete años comienza en realidad su gloriosa carrera este -favorito de la suerte en su aspecto administrativo. En esa edad de las -ilusiones le nombraron escribiente temporero en el Ayuntamiento de su -valle natal, como dice _La Correspondencia_ cuando habla de los poetas -y del lugar de su nacimiento. - -La vocación de Pastrana se reveló entonces como una profecía. - -El primer trabajo serio que llevó á glorioso remate aquel funcionario -público, fué la redacción de un oficio en que el alcalde de -Villaconducho pedía al gobernador de la provincia una pareja de la -Guardia civil para ayudarle á hacer las elecciones. El oficio de -Pastrana anduvo en manos y en lenguas de todos los notables del -lugar. El maestro de la escuela nada tuvo que oponer á la gallarda -letra bastardilla que ostentaba el documento; el boticario fué quien -se atrevió á sostener que la filosofía gramatical exigía que ayer -se escribiera con _h_, pues con _h_ se escribe hoy; pero Pastrana -le derrotó, advirtiendo que, según esa filosofía, también debiera -escribirse mañana con _h_. - -El boticario no volvió á levantar cabeza, y Perico Pastrana no tardó -un año en ser nombrado secretario del Ayuntamiento con sueldo. Con -tan plausible motivo se hizo una levita negra; pero se la hizo en la -capital. El Sr. Pespunte, sastre de la localidad y alguacil de la -alcaldía, no se dió por ofendido: comprendió que la levita del señor -secretario era una prenda que estaba muy por encima de sus tijeras; -cuando en la fiesta del Sacramento vió Pespunte á Pedro Pastrana lucir -la rutilante levita cerca del señor alcalde, que llevaba el farol, es -verdad, pero no llevaba levita, exclamó con tono profético: - ---¡Ese muchacho subirá mucho!--Y señalaba á las nubes. - -Pastrana pensaba lo mismo, pero su pensamiento iba mucho más allá de -lo que podía sospechar aquel alguacil que no sabía leer ni escribir é -ignoraba, por consiguiente, lo que enseñan libros y periódicos á la -ambición de un secretario de Ayuntamiento. - -Toda la poesía que antes le llenaba el pecho y le hacía emborronar -tanto papel de barbas, se había convertido en una inextinguible sed de -mando y honores y honorarios. Pastrana amaba todo, como Espronceda; -pero lo amaba por su cuenta y razón, á beneficio de inventario. Como -era secretario del Ayuntamiento, conocía al dedillo toda la propiedad -territorial del Concejo y no se le escapaban las ocultaciones de -riqueza inmueble. Así como el divino Homero en el canto II de su -_Ilíada_ enumera y describe el contingente, procedencia y cualidades de -los ejércitos de griegos y troyanos, Pastrana hubiera podido cantar el -debe y haber de todos y cada uno de los vecinos de Villaconducho. - -Era un catastro semoviente. Su fantasía estaba llena de foros y -subforos, de arrendamientos, y enfiteusis, de anotaciones preventivas, -embargos y céntimos adicionales. Era amigo del registrador de la -propiedad, á quien ayudaba en calidad de subalterno, y sabía de memoria -los libros del registro. Salía Perico á los campos á comulgar con la -madre Naturaleza. Pero verán mis lectores cómo comulgaba Pastrana con -la Naturaleza: él no veía la cinta de plata que partía en dos la vega -verde, fecunda, y orlada por fresca sombra de corpulentos castaños que -trepaban por las faldas de los montes vecinos; el río no era á sus ojos -palacio de cristal de ninfas y sílfides, sino finca que dejaba pingües -(pingüe era el adjetivo predilecto de Pastrana), pingües productos al -marqués de Pozos-hondos, que tenía el privilegio, que no pagaba, de -pescar á bragas enjutas las truchas y salmones que á la sombra de -aquellas peñas y enramadas buscaban mentida paz y engañoso albergue en -las cuevas y en los remansos. Al correr de las linfas cristalinas, fija -la mirada sobre las ondas, meditaba Pastrana, pensando, no que nuestras -vidas son los ríos que van á dar á la mar, que es el morir, sino en -el valor en venta de los salmones que en un año con otro pescaba el -marqués de Pozos-hondos. ¡Es un abuso!, exclamaba, dejando á las auras -un suspiro eminentemente municipal; y el aprendiz de edil maduraba un -maquiavélico proyecto que más tarde puso en práctica, como sabrá el que -leyere. - -Las sendas y trochas que por montes y prados descendían en caprichosos -giros, no eran ante la fantasía de Pastrana sino servidumbres de paso: -los setos de zarzamora, madreselva y espino de olor, donde vivían -tribus numerosas de canoras aves, alegría de la aurora, y música triste -de la melancólica tarde á la hora del ocaso, teníalos Pastrana por -lindes de las respectivas fincas, y nada más; y sonreía maliciosamente -contemplando aquella sede de Paco Antúnez, que antaño estaba metida -en un puño lejos de los mansos del cura un buen trecho, y que hogaño, -desde que mandaban los liberales, andaba, andaba como si tuviera -pies, prado arriba, prado arriba, amenazando meterse en el campo de -la Iglesia y hasta en el huerto de la casa rectoral. Cada monte, cada -prado, cada huerta veíalos Perico, más que allí donde estaban, en el -plano ideal del catastro de sus sueños; y así, una casita rodeada de -jardín y huerta con pomarada, oculta allá en el fondo de la vega, -mirábala el secretario abrumada bajo el enorme peso de una hipoteca -y próxima á ser pasto de voraz concurso de acreedores; el soto del -Marqués (¡siempre el Marqués!) donde crecían en inmenso espacio -millares de gigantes de madera, entre cuyos pies corrían, no los gnomos -de la fábula, sino conejos muy bien criados, antojábasele á Pastrana -misterioso personaje que viajaba de incógnito: porque el tal soto no -tenía existencia civil, no sabían de él en las oficinas del Estado. - -De esta suerte discurría nuestro hombre por aquellos cerros y -vericuetos, inspirado por el dios Término que adoraron los romanos, -midiéndolo todo, pesándolo todo y calculando el producto bruto y el -producto líquido de cuanto Dios crió. Otro aspecto de la Naturaleza que -también sabía considerar Pastrana, era el de la riqueza territorial -en cuanto materia imponible; él, que manejaba todos los papeles del -Ayuntamiento, sabía, en cierta topografía rentística que llevaba -grabada en la cabeza, cuáles eran los altos y bajos del terreno que á -sus ojos se extendía, ante la consideración del fisco: aquel altozano -de la vega pagaba al Estado mucho menos que el pradico de la Solana, -metido de patas en el río: por lo cual estaba, según Pastrana, el -pradico mucho más alto sobre el nivel de la contribución que el erguido -cerro que era del marqués de Pozos-hondos, y por eso pagaba menos. Por -este tenor, la imaginación de Pastrana convertía el monte en llano, y -el llano en monte; y observaba que eran los pobres los que tenían sus -pegujares por las nubes, mientras los ricos influyentes tenían bajo -tierra sus dominios, según lo poco y mal que contribuían á las cargas -del Estado. - -Estas observaciones no hicieron de Pastrana un filántropo, ni un -socialista, ni un demagogo, sino que le hicieron abrir el ojo para lo -que se verá en el capítulo siguiente. - - - II - -Pastrana no daba puntada sin hilo. Aquellos paseos por los campos y -los montes dieron más tarde ópimo fruto á nuestro héroe. Era necesario, -se decía, _sacar partido_ (su frase favorita) de todas aquellas -irregularidades administrativas. El salmón fué ante todo el objetivo -de sus maquinaciones. Varios días se le vió trabajar asiduamente en -el archivo del Ayuntamiento: Pespunte le ayudaba á revolver legajos, -á atar y desatar y á limpiar de polvo, ya que de paja no era posible, -los papelotes del Municipio. Ocho días duró aquel trabajo de erudición -concejil. Otros ocho anduvo registrando escrituras y copiando matrices -en los protocolos notariales, merced á la benévola protección que le -otorgaba el señor Litispendencia, escribano del pueblo. Después... -Pespunte no vió en quince días á Pedro Pastrana. Se había encerrado en -su casa-habitación, como decía Pespunte, y allí se pasó dos semanas sin -levantar cabeza. - -En la secretaría se le echaba de menos; pero el alcalde, que profesaba -también profundo respeto á los planes y trabajos del secretario, no se -dió por entendido, y suplió, como pudo, la presencia de Pastrana. En -fin, un domingo Pedro se presentó en público de levita, oyó misa mayor -y se dirigió á casa del alcalde: iba á pedirle una licencia de pocos -días para ir á la capital de la provincia. ¿Á qué? Ni lo preguntó el -alcalde, ni Pespunte se atrevió á procurar adivinarlo. Pastrana tomó -asiento en el cupé de la diligencia que pasaba por Villaconducho á las -cuatro de la tarde. - -El resultado de aquel viaje fué el siguiente: un opúsculo de 160 -páginas en 4.° mayor, letra del 8, intitulado _Apuntes para la -historia del privilegio de la pesca del salmón en el río Sele, en -los Pozos-obscuros del Ayuntamiento de Villaconducho, que disfruta -en la actualidad el excelentísimo señor marqués de Pozos-hondos -(Primera parte), por don Pedro Pastrana Rodríguez, secretario de dicho -Ayuntamiento de Villaconducho_. - -Sí; así se llamaba la primera obra literaria de aquel Pastrana que -andando el tiempo había de escribirlas inmortales, ó poco menos, no ya -tratando el asunto, al fin baladí, de la pesca del salmón, sino otros -tan interesantes como el de _La caza y la veda_, _La ocultación de la -riqueza territorial_, _Fuentes ó raíces de este abuso_, _Cómo se pueden -cegar ó extirpar estas fuentes ó raíces_. - -Pero volviendo al opúsculo piscatorio, diremos que produjo una -revolución en Villaconducho, revolución que hubo de transcender á -los habitantes de Pozos-obscuros, queremos decir á los salmones, que -en adelante decidieron dejarse pescar con cuenta y razón, esto es, -siempre y cuando que el privilegio de Pozos-hondos resultare claro -como el agua de Pozos-obscuros: fundado en derecho. ¿Lo estaba? ¡Ah! -Ésta era la gran cuestión, que Pastrana se guardó muy bien de resolver -en la primera parte de su trabajo. En ella se suscitaban pavorosas -dudas histórico-jurídicas acerca de la legitimidad de aquella renta -pingüe--pingüe decía el texto--de que gozaba la casa de Pozos-hondos; -en la sección del libro titulada _Piezas justificantes_, en la cual -había echado el resto de su erudición municipal el autor, había -acumulado argumentos poderosos en pro y en contra del privilegio; -“la imparcialidad, decía una nota, nos obliga, á fuer de verídicos -historiadores y según el conocido consejo de Tácito, á ser atrevidos -lo bastante para no callar nada de cuanto debe decirse, pero también -á no decir nada que no sea probado. Suspendemos nuestro juicio -por ahora; ésta es la exposición histórica: en la segunda parte, -que será la síntesis, diremos al fin nuestra opinión, declarando -paladinamente cómo entendemos nosotros que debe resolverse este -problema jurídico-administrativo-histórico del _privilegio del Sele en -Villaconducho_, como le denominan antiguos tratadistas”. - -El marqués de Pozos-hondos, que se comía los salmones del Sele en -Madrid, en compañía de una bailarina del Real, capaz de tragarse el -río, cuanto más los salmones, convertidos en billetes de Banco; el -marqués tuvo noticia del folleto y del efecto que estaba causando en su -distrito (pues además de salmones tenía electores en Villaconducho). -Primero se fué derecho al ministro á reclamar justicia; quería que el -secretario fuese destituido por atreverse á poner en tela de juicio un -privilegio señorial del más adicto de los diputados ministeriales; y, -por añadidura, pedía el secuestro de la edición del folleto, que él no -había leído, pero que contendría ataques directos ó indirectos á las -instituciones. - -El Ministro escribió al Gobernador, el Gobernador al Alcalde y el -Alcalde llamó á su casa al Secretario para que... redactase la carta -con que quería contestar al Gobernador, para que éste se entendiera -con el Ministro. Ocho días después, el Ministro le decía al diputado: -“Amigo mío, ha visto usted las cosas como no son, y no es posible -satisfacer sus deseos; el secretario es excelente hombre, excelente -funcionario y excelentísimo ministerial; el folleto no es subversivo, -ni siquiera irrespetuoso respecto de sus salmones de usted; hoy lo -recibirá usted por el correo, y si lo lee, se convencerá de ello. -Gobernar es transigir, y pescar viene á ser como gobernar; de modo, -que lo mejor será que usted reparta los salmones con ese secretario, -que está dispuesto á entenderse con usted. En cuanto á destituirlo, no -hay que pensar en ello; su popularidad en Villaconducho crece como la -espuma, y sería peligrosa toda medida contra ese funcionario...” - -Esto de la popularidad era muy cierto. Los vecinos de Villaconducho -veían con muy malos ojos que todos los salmones del río cayesen en -las máquinas endiabladas del Marqués; pero, como suele decirse, nadie -se atrevía á echar la liebre. Así es que cuando se leyó y comentó -el folleto de don Pedro Pastrana y Rodríguez, la fama de éste no -tuvo rival en todo el Concejo, y muy especialmente adquirió amigos -y simpatías entre los _exaltados_. Los exaltados eran el médico, el -albéitar, Cosme, licenciado del ejército; Ginés, el cómico retirado, y -varios zagalones del pueblo, no todos tan ocupados como fuera menester. - -Pespunte, que también tenía ideas (él así las llamaba) un tanto -calientes, les decía á los demócratas, _para inter nos_, que el chico -era de los suyos, y que tenía una intención atroz, y que ello diría, -porque para las ocasiones son los hombres, y “obras son amores, y no -buenas razones”, y que detrás de lo del privilegio vendrían otras -más gordas, y, en fin, que dejasen al chico, que amanecería Dios y -medraríamos. Pastrana dejaba que rodase la bola; no se desvanecía con -sus triunfos, y no quería más que _sacar partido_ de todo aquello. Si -los exaltados le sonreían y halagaban, no les respondía á coces, ni -mucho menos, pero tampoco soltaba prenda; y le bastaba para mantener su -benévola inclinación y curiosidad oficiosa, con hacerse el misterioso y -reservado, y para esto le ayudaba no poco la levita de gran señor, que -ahora le estaba como nunca. Pero ¡ay! pese á los cálculos optimistas -de Pespunte, no iba por allí el agua del molino; los exaltados y sus -favores no eran, en los planes de Pastrana, más que el cebo, y el pez -que había de tragarlo no andaba por allí; de él se había de saber por -el correo. - -Y, en efecto, una mañana recibió el secretario una carta, cuyo sobre -ostentaba el sello del Congreso de los Diputados. Era una carta -del señor del privilegio, era lo que esperaba Pastrana desde el -primer día que había contemplado desde Puentemayor correr las aguas -en remolino hacia aquel remanso donde las sombras del monte y del -castañar obscurecían la superficie del Sele. El marqués capitulaba y -ofrecía al activo y erudito cronista de sus privilegios señoriales su -amistad é influencia; era necesario que en este país, donde el talento -sucumbe por falta de protección, los poderosos tendieran la mano á los -hombres de mérito. En su consecuencia, el Marqués se ofrecía á pagar -todos los gastos de publicación que ocasionara la segunda parte de la -“Historia del privilegio de pesca”, y en adelante esperaba tener un -amigo particular y político en quien tan respetuosamente había tratado -la arriesgada materia de sus derechos señoriales. Pastrana contestó -al Marqués con la finura del mundo, asegurándole que siempre había -creído en los sólidos títulos de su propiedad sobre los salmones de -Pozos-obscuros, los cuales salmones llevaban en su dorada librea, como -los peces del Mediterráneo llevan las barras de Aragón, las armas de -Pozos-hondos, que son escamas en campo de oro. De paso manifestaba -respetuosamente al señor Marqués que el soto grande estaba muy mal -administrado, que en él hacían leña todos los vecinos, y que si se -trataba de evitarlo, era preciso hacerlo de modo que no se enterase la -Administración de la falta de existencia económico-civil-rentística del -soto, finca anónima en lo que toca á las relaciones con el Fisco. El -Marqués, que algunas veces había oído en el Congreso hablar de este -galimatías, sacó en limpio que el secretario sabía que el soto grande -no pagaba contribución. Nueva carta del Marqués, nuevos ofrecimientos, -réplica de Pastrana diciendo que él era un pozo tan hondo como el -mismísimo Pozos-hondos, y que ni del soto ni de otras heredades, que -en no menos anómala situación poseía el Marqués, diría él palabra -que pudiese comprometer los sagrados intereses de tan antigua y -privilegiada casa. Pocos meses después los exaltados decían pestes -de Pastrana, á quien el marqués de Pozos-hondos hacía administrador -general de sus bienes raíces y muebles en Villaconducho, aunque á -nombre de su señor padre, porque Pedro no tenía edad suficiente para -desempeñar sin estorbos de formalidades legales tan elevado cargo. - -Y en esto se disolvieron las Cortes y se anunciaron nuevas elecciones -generales. Por cierto que cuando leyó esta noticia en la _Gaceta_ -estaba Pastrana entresacando pinos en la Grandota, otra finca que no -tenía relaciones con el Fisco; entresaca útil, en primer lugar, para -los pinos supervivientes, como los llamaba el administrador; en segundo -lugar, para el Marqués, su dueño, y en el último lugar, para Pastrana, -que de los pinos entresacados entresacaba él más de la mitad moralmente -en pago de tomarse por los intereses del amo un cuidado que sólo -prestaría un diligentísimo padre de familia. Y ya que voluntariamente -prestaba la culpa levísima, no quería que fuese á humo de pajas. En -cuanto leyó lo de las elecciones, comparó instintivamente los votos -con los pinos, y se propuso, para un porvenir quizá no muy lejano, -entresacar electores en aquella dehesa electoral de Villaconducho. -Pespunte, que se había resellado como Pastrana, pues para los -admiradores como el sastre, incondicionales, las ideas son menos que -los ídolos, Pespunte no podía imaginar adónde llegaban los ambiciosos -proyectos de don Pedro. Lo único que supo, porque esto fué cosa de -pocos días, y público y notorio, que el alcalde no haría aquellas -elecciones, porque antes sería destituido. Como lo fué efectivamente. -Las elecciones las hizo el señor administrador del excelentísimo -señor marqués de Pozos-hondos, presidente del Ayuntamiento de -Villaconducho, comendador de la Orden de Carlos III, señor don Pedro -Pastrana y Rodríguez. Un día antes del escrutinio general, se publicó -la segunda parte de los “Apuntes para la historia del privilegio”; -en ella se demostraba finalmente que ya en tiempo del rey Don Pelayo -pescaban salmones en el Sele sus próximos parientes los Marqueses -de Pozos-hondos, encargados de suministrar el pescado necesario á -todos los ejércitos del rey de la Reconquista durante la Cuaresma. Al -siguiente día se recogieron las redes y se vació el cántaro electoral, -todo bajo los auspicios de Pastrana; jamás el Marqués había tenido -tamaña cosecha de votos y salmones. - - - III - -Es necesario, para el regular proceso de esta verídica historia, que -el lector, en alas de su ardiente fantasía, acelere el curso de los -años y deje atrás no pocos. Mientras el lector atraviesa el tiempo de -un brinco, Pastrana, por sus pasos contados, atraviesa multitud de -funciones públicas, unas retribuídas y otras no, meramente honoríficas. -Hechas las elecciones, resultó que el marqués de Pozos-hondos era cinco -veces más popular en Villaconducho que su enemigo el candidato de -oposición. De resultas de esta popularidad del Marqués, hubo que hacer -á Pastrana administrador de Bienes Nacionales. También se le formó -expediente por cohecho y se le persiguió en justicia por no sé qué -minuciosas formalidades de la ley electoral; el Marqués bien hubiera -querido dejar en la estacada á su administrador de votos, salmones y -hacienda; pero don Pedro Pastrana hizo comprender perfectamente al -magnate la solidaridad de sus intereses, y salió libre y sin costas -de todas aquellas redes con que la ley quería pescarle. Pastrana no -perdonó al Marqués el poco celo que había manifestado por salvarle. - -Al año siguiente, en que hubo nuevas elecciones para Constituyentes -nada menos, el candidato de oposición fué cinco veces más popular que -el Marqués. Bueno es advertir que el candidato de oposición ya no era -de oposición, porque habían triunfado los suyos. El Marqués se quedó -sin distrito; y como se había acabado el tiempo del monopolio (según -decía Pespunte, que se había echado al río para deshacer á hachazos -las máquinas de pescar salmones), como ya no había clases, el pueblo -pudo pescar á río revuelto, y aquel año la bailarina del Marqués no -comió salmón. Pasó otro año, hubo nuevas elecciones, porque las cortes -las disolvió no sé quién, pero, en fin, uno de tropa, y entonces no -fueron diputados ni el Marqués ni su enemigo, sino el mismísimo don -Pedro Pastrana, que, una vez _encauzada la revolución_... y encauzado -el río, cogió las riendas del gobierno de Villaconducho, y en nombre -de la libertad bien entendida, y para evitar la _anarquía mansa_ de -que estaban siendo víctimas el distrito y los salmones, se atribuyó el -privilegio de la pesca y el alto y merecido honor de representar ante -el nuevo Parlamento á los villaconduchanos. - - - IV - -Y aquí era donde yo le quería ver. - -Tiene la palabra _La Correspondencia_: - -“Ha llegado á Madrid el señor don Pedro Pastrana Rodríguez, diputado -adicto por el distrito de Villaconducho, vencedor del Marqués de -Pozos-hondos en una empeñada batalla electoral.” - -Pasan algunos días; vuelve á tener la palabra _La Correspondencia_: - -“Es notabilísima, bajo muchos conceptos, y muy alabada de las personas -competentes, la obra publicada recientemente sobre _Los amillaramientos -y abusos inveterados de la ocultación de riqueza territorial_, por el -diputado adicto señor don Pedro Pastrana Rodríguez.” - -“Ha sido nombrado de la comisión de *** el reputado publicista -financiero señor don Pedro Pastrana Rodríguez, diputado adicto por -Villaconducho.” - -“No es cierto que haya presentado voto particular en la célebre -cuestión de los tabacos de la Vuelta del Medio, el ilustrado individuo -de la comisión señor Pastrana Rodríguez.” - -“Digan lo que quieran los maliciosos, no es cierto que el ilustre -escritor señor Pastrana, haya adquirido la propiedad de la marca -_Aliquid chupatur_, con que se distinguen los acreditados tabacos de -Vuelta del Medio. No es el señor Pastrana el nuevo propietario, sino su -paisano y amigo el alcalde de Villaconducho, señor Pespunte.” - -“Ha sido aprobado el proyecto de ley del ferrocarril de Villaconducho -á los Tuétanos, montes de la provincia de ***, riquísimos en mineral -de plata; los cuales Tuétanos serán explotados en gran escala por una -gran Compañía, de cuyo Consejo de administración no es cierto que sea -presidente el individuo de la Comisión á cuya influencia se dice que es -debida la concesión de dicho ferrocarril.” - -“Parece cosa decidida el viaje del Jefe del Estado á la provincia -de ***. Asistirá á la inauguración del ferrocarril de los Tuétanos, -hospedándose en la quinta regia que en aquella pintoresca comarca -posee el señor Pastrana.” - -“No pueden ustedes figurarse á qué grado llegan el acendrado -patriotismo y la exquisita amabilidad que distinguen al gran -hacendista, de quien fué huésped S. M., nuestro amigo y paisano el -señor marqués de Pozos-oscuros, presidente, como saben nuestros -lectores, de la Comisión encargada de gestionar un importante negocio -en las capitales de Europa.” - -“Ha sido nombrado presidente de la Comisión que ha de presentar -informe en el famoso negocio de los tabacos de Vuelta del Medio, el -señor marqués de Pozos-oscuros, ya de vuelta de su viaje á las cortes -extranjeras.” - -“Satisfactoriamente para el sistema parlamentario y su prestigio, ha -terminado en la sesión de ayer tarde el ruidoso incidente que había -surgido entre el señor marqués de Pozos-oscuros y el señor Pespunte, -diputado por la Vuelta del Medio. El señor Pespunte, en el calor de -la discusión, y un tanto enojado por el calificativo de _ingrato_ que -le había dirigido el presidente de la Comisión, pronunció palabras -poco parlamentarias, tales como ‘ropa sucia’, ‘manos puercas’, ‘río -revuelto’, ’bragas enjutas’, ‘fumarse la isla’, ‘merienda de negros’, -‘presidio suelto’, ‘cocinero y fraile’, ‘peces gordos’, y otras no -menos malsonantes. El digno diputado de la isla hubo de retirarlas ante -la actitud enérgica del señor marqués de Pozos-hondos, ministro de -Hacienda, que declaró que la honra del señor marqués de Pozos-oscuros -estaba muy alta para que pudieran mancharla ciertas acusaciones. Nos -alegraríamos, por el prestigio del sistema parlamentario, de que no se -repitieran escenas de esta índole, tan frecuentes en otros Parlamentos, -pero no en el nuestro, modelo de templanza”. - -Hasta aquí _La Correspondencia_. - -Ahora un oficio de la fiscalía: “Advierto á usted, para los efectos -consiguientes, que ha sido denunciado por esta fiscalía el número -primero del periódico _El Puerto de Arrebata-capas_, por su artículo -editorial, que titula ‘¡Vecinos, ladrones!’ que empieza con las -palabras ‘Pozos obscuros, y muy obscuros’, y termina con las ‘á la -cárcel desde el Congreso’.” - - - V - EPÍLOGO - -_La Correspondencia_: “Para el estudio del proyecto de reforma del -Código Penal ha sido nombrada una Comisión compuesta por los señores -siguientes: Presidente, D. Pedro Pastrana Rodríguez...” - - - - - DE BURGUESA Á CORTESANA - - -Mi querida Doña Encarnación: Ya sé que las de Pinto dijeron por ahí á -los amigos que las de Covachuelón no iríamos á las fiestas por falta -de posibles ó por falta de amor á los regocijos, como dice mi Juan -que se llama eso; no haga usted pizca de caso, porque ya nos hemos -encargado los sombreros, de ésos que parecen de hombre, que son la -última moda, según dijo la modista, que es de París de Francia, como si -dijéramos; porque si bien ella no nació allá ni lo vió con sus propios -ojos, su marido es de pura raza parisién: ¡conque figúrese usted! -Iremos, y tres más, lo cual, para evitarle á usted molestias de andar -buscando casa y demás, nos iremos derechitos á la suya, y así se ahorra -usted la incomodidad de tener que entenderse con fondistas y amas de -huéspedes, que en estos días sacarán la tripa de mal año y pedirán -por una habitación un ojo de la cara. Adjunta les remito la lista de -las monadas y cachivaches que mi hija la mayor quiere que usted le -tenga comprados para el mismo día en que lleguemos; porque todo su -prurito es que de cien lenguas se la tome por una madrileña; porque ser -provinciana es muy cursi, ya ve usted; y aunque yo la digo que lo que -se hereda no se hurta, y que de la casta le viene al galgo... y que -una Covachuelón, que desciende de cien Covachuelones, aunque sea con -el aire de la montaña, puede tenérselas tiesas, en punto á buen tono y -chicq (_sic_) con la más encopetada cortesana, que puede ser hija de -un cualquiera; digo que, á pesar de esto, la niña quiere que usted la -tenga preparados esos trastos; y no es que aquí no haya guantes de ésos -que llegan hasta los hombros, porque también los vende, la modista que -tiene un marido de París; pero ¿qué quiere usted?, estas muchachas del -día están perdidas por no ser de su tierra. Y mire usted en confianza, -doña Encarnación, y aquí _inter nos_, como dicen los franceses, la -chica está en estado de merecer, y aquí todos son pelagatos; no hay -proporciones; ¿quién sabe si alguno de esos caballeros en plaza, de que -tanto hablan los periódicos, se enamorará de mi niña? En ese caso, nos -quedaríamos á vivir en Madrid, que es lo que yo le digo á Juan; pero -mi Juan es tan terco, que no quiere abandonar este destino humilde, -indigno de un Covachuelón, porque dicen que es seguro, y manos puercas. -¡Como si no conociéramos el mundo, doña Encarnación, y no supiéramos -que eso de gajes es cosa común á todos los destinos, con tal que haya -buena voluntad! Yo, á decir la verdad, no sé de qué son esos caballeros -en plaza; pero sin duda serán unos cumplidos caballeros que apaleen el -oro, ó por lo menos las fanegas de trigo, que todo es apalear. Demás -de esto, mi Juan, que tiene mucho amor á las Instituciones, no perderá -el tiempo durante nuestra estancia en ésa, ni se dormirá en las pajas, -porque el Ministro le tiene ofrecido torres y montones; pero ojos -que no ven... y así atenaceándole de cerca y no dejándole ni á sol ni -sombra, verá usted cómo se logra un ascenso, que buena falta nos hace, -porque con este modestísimo sueldo y todas las manos que Juan quiera, -no se puede vivir: y si no, ahora se ve, lo que es una deshonra, que -para emprender un viaje á la Corte, con rebaja de precio y todo, la -familia de un Covachuelón se halla obligada á vender los cubiertos -de plata y algunas alhajas de los Covachuelones que fueron. Dígales, -dígales usted á las de Pinto (sin contarles lo de los cubiertos), -cuánto hacen y pueden los de Covachuelón en alas ó en aras (nunca digo -bien esta palabra) de su amor á las Instituciones. Aquí se ha corrido -el rumor de que por culpa de Moyano ya no había fiestas; que es ese -señor, que dicen que es muy feo, y lo prueban, había aguado la función; -pero no lo hemos creído, porque es imposible. Dios no puede consentir -que mi hija se quede sin su caballero en plaza, porque eso sería como -quedarse en la calle; ni mi esposo ha de pudrirse y pudrirme en este -rincón obscuro; los Covachuelones pican más alto, y amanecerá Dios y -medraremos: porque la mala voluntad de las de Pinto poco podrá contra -los altos escrutinios de la Providencia, que á todas voces llama á los -de Covachuelón á la Corte. Diga usted de mi parte al señor don Juan, su -marido (¡qué diferencia entre los dos Juanes! el de usted tan dócil, -tan rico y tan amigo de su negocio), pues dígale usted que me busque -sin pérdida de tiempo papeleta para todas partes: queremos verlo todo, -lo que se llama todo, porque ¿á qué estamos? no es cosa de vender una -los cubiertos para volverse luego dejando por ver alguna cosa. He leído -en _La Época_ que los provincianos llegarían tarde para sacar papeleta: -¡qué sabrá ella! _La Época_; como si esos perdularios gacetilleros, -que son la perdición del país, hubieran de ser antes que nosotros, que -servimos á la Patria y á las Instituciones desde un rincón de España, -con celo, inteligencia y lealtad, como decían los mismísimos liberales -cuando dejaron cesante á mi marido. ¡Sería de contar que la señora de -Covachuelón é hija se quedaran sin papeleta para ver todo lo reservado -y todo lo no reservado! - -Hemos de verlo todo: dígaselo usted así á don Juan: no rebajo nada. - -¡Oh, quién fuera condesa, amiga mía! Pero de menos nos hizo Dios, y -como Juan, el mío, ande derecho y en un pie, y haga lo que yo le diga, -¡quién sabe adónde podremos llegar, y si vendrá día en que yo le vea á -él mismo hecho un caballero en plaza, título que me suena de perlas, -y que no puedo quitármelo de la imaginación! No canso más; consérvese -usted buena y no se olvide de los encarguitos. Su amiga de toda la vida -que desea abrazarla pronto, - - _Purificación de los Pinzones de Covachuelón._ - -_P. D._ Le advierto á usted que Juan se muere por los caracoles, y le -dará usted una sorpresa agradable si se los presenta para almorzar -el día que lleguemos. Supongo que irán ustedes á esperarnos con los -criados, porque llevaremos mucho equipaje, y esos mozos de cordel la -confunden á una con una palurda y piden un sentido. Suya, - - _Purificación._ - -Otra P. D. Le advierto á usted que en las camisolas y en los pañuelos -que le encargué el otro día para Juan, han de ponerse estas letras: -P. Juan, que no significan Padre Juan, sino que Juan es marido de -Purificación, como usted sabe. Un Covachuelón no podría poner en sus -camisas unas simples iniciales como cualquiera. Expresiones á su Juan -de usted. - - _Pura._ - - Pajares, 1.º Febrero. - -Mi querida Visitación: Cuando ésta llegue á tus manos estará tu pobre -Pura, tu buena amiga, enterrada en vida, con no sé cuántos kilómetros -de nieve sobre la cabeza. Nos ha cogido la mayor nevada del siglo en -medio del puerto, y no podemos volver atrás ni llegar á nuestro bendito -pueblo, del que ojalá no hubiéramos salido nunca. El correo lo llevan -los peatones; yo he ofrecido el oro y el moro por que me pasara un -peatón, y por que me pesaran en el estanquillo, para llegar á mi destino -en calidad de certificado, costara los sellos que costara: ¡imposible! -me fué forzoso renunciar á mi proyecto, y aquí me tienes extraviada -en el camino como carta de Posada Herrera. Mi Juan, ese hombre de -bien, no hace más que dar pataditas en el suelo, soplarse las manos y -exclamar de vez en cuando: ¡maldita sea mi suerte! ¡Calzonazos! ¡Como -si no fuera él la causa de todos nuestros males! Figúrate, tú, Visita, -que lo primero que hace Juan en cuanto llegamos á Madrid, es coger -una pulmonía. Verdad es que por más de veinticuatro horas la disimuló -para que yo no me incomodara y pudiese ver los festejos; pero ¡buenos -festejos te dé Dios! Yo quería estar en todas partes á un tiempo, como -es natural en tales casos; para esto es necesario correr mucho; pues -nada, Juan no daba paso; que le dolía esto, que le dolía lo otro, y -no se meneaba. Tomamos un coche para los tres, el cochero refunfuña y -me dice no sé qué groserías respecto á si yo abultaba por cuatro, y -Juan... ¡qué te parece! no le rompió nada. - -Se pone en movimiento aquel armatoste y á los cuatro pasos el -caballo... cae muerto. Juan se enfureció porque yo le eché á él la -culpa; pelea tú con un hombre así; en fin, nos volvemos á casa, y doña -Encarnación, con una oficiosidad que me da mala espina, declara que -Juan está malo y que debe acostarse; y se acuesta, y viene el médico, -y dice que mi esposo tiene pulmonía. Ya ves cómo todos se conjuraban -contra mí. ¡Adiós visitas al Ministro, adiós ascenso, adiós quedarnos -en Madrid! Añade á esto que doña Encarnación, que es una jamona muy -presumida, no había comprado más que adefesios para mi hija, todo -cursi y de moda del año ocho. Purita pataleó y echó la culpa á su -papá, que efectivamente es quien nos trae en estos malos pasos de -ser provincianas y tener que guiarnos por los envidiosos de Madrid. -Pedíamos billetes á D. Juan: ¡que si quieres! ni uno solo había podido -conseguir, y eso que amenazó con la dimisión de su destino, pero no -dimitió: ¡qué había de dimitir, si estos burócratas de Madrid no saben -lo que es dignidad! Pero dirás tú, y con razón: ¿por qué tu Juan había -de necesitar que nadie mendigara billetes para su mujer? Es verdad, y -en eso hablas como una Santa Teresa; pero Juan, nada, en su cama, queja -que te quejarás, preparándose á bien morir y sin pensar en billetes, ni -en caballeros en plaza, ni en ascensos, ni en todo eso que me trajo á -la corte en mal hora. En fin, Visita, no hemos visto nada, á no ser las -iluminaciones, que valientes iluminaciones estaban; y se dió el caso -de andar la familia de Covachuelón sin cabeza (porque la cabeza tenía -malo el pulmón), de andar por aquellas plazuelas y calles de Dios, -como unas cualesquiera, como unos papanatas, codeándose con la plebe -y teniendo que dejar la acera á los que la llevasen, aunque fueran -hijos del verdugo. Aquí no se respetan las clases, ni el abolengo, -y no le conocen á una en la cara los pergaminos ni la categoría. No -creas que el bullicio fué tan grande como dicen, y de mí te puedo -asegurar que no grité viva nada, porque esto no es modo de tratar á -la gente. ¿Te acuerdas de aquel don Casimiro á quien sacamos diputado -por los pelos, y gracias á estanquillos y chorizos de los decomisados? -Pues ¡asómbrate! don Casimiro, que tenía un paquete de entradas para -todas partes, pasó junto á nosotros sin saludarnos, en un coche muy -elegante, que no sé de dónde lo habrá sacado ese pelagatos. Y dicen -que la conciliación se arraiga y que esto va á durar; ¡mira tú qué -postura de conciliación es ésta, ni si lleva trazas de arraigarse un -Ministerio tan destartalado y montado al aire! Después de ver tanta -farsa y tanto descaro, no me quedaba más que ver, y quise volverme á -mi tierra; el mismo día en que la enfermedad de Juan hacía crisis, -según dijo el médico, cogí á Juan por los pies, le vestí, y lo tapé, y -escondí entre cinco mantas: _hice la crisis_ yo, y nos metimos en el -tren correo. Juan, dócil por la primera vez de su vida, se puso bueno -en el camino, ó por lo menos disimuló el mal; y aquí nos tienes con -la nieve al cuello, en un lugarón que no tiene nombre en el mapa; yo -furiosa, Purita desesperanzada de coger una proporción, y Juan dando -pataditas en el suelo, soplándose los nudillos y murmurando á cada -paso: “¡Maldita sea mi suerte!” - -Si algún día llego á mi casita, y desempeño los cubiertos, y junto -algunos cuartos procedentes de las manos de Juan, que él llama -groseramente puercas, y pongo esos cuartos á réditos y saco una renta -regular para ir tirando... te juro, Visita (tanto es lo que aborrezco -la conciliación), te juro que presento la renuncia del destino de Juan -y me declaro _ilegala_. - - _Purificación._ - - - - - EL DIABLO EN SEMANA SANTA - - -Como un león en su jaula, bostezaba el diablo en su trono; y he -observado que todas las potestades, así en la tierra como en el cielo -y en el infierno, tienen gran afición al aparato majestuoso y solemne -de sus prerrogativas, sin duda porque la vanidad es flaqueza natural y -sobrenatural que llena los mundos con sus vientos, y acaso los mueve -y rige. Bostezaba el diablo del hambre que tenía de picardías que por -aquellos días le faltaban, y eran los de Semana Santa. - -Tal como se muere de inanición el cómico en esta época del año, así -el diablo expiraba de aburrido; y no bastaban las invenciones de sus -palaciegos para divertirle el ánimo, alicaído y triste con la ausencia -de bellaquerías, infamias y demás proezas de su gusto. - -Según bostezaba y se aburría, ocurriósele de pronto una idea, como -suya, diabólica en extremo; y como no peca S. M. _in inferis_ de -irresoluta, dando un brinco como los que dan los monos, pero mucho más -grande, saltó fuera de sus reales, y se quedó en el aire muy cerca de -la tierra, donde es huésped agasajado y bienquisto por sus frecuentes -visitas. - -Fué la idea que se le ocurrió al demonio, que por entonces comenzaba -la tierra madre á hincharse con la comenzón de dar frutos, yéndosele -los antojos en flores, que lo llenaban todo de aromas y de alegres -pinturas, ora echadas al aire, y eran las alas de las mariposas, ora -sujetas al misterioso capullo, y eran los pétalos. - -Bien entiende el diablo lo que es la primavera, que antes de ser -diablo fué ángel y se llamó luz bella, que es la luz de la aurora, ó -la luz triste de la tarde, que es la luz de la melancolía y de las -aspiraciones sin nombre que buscan lo infinito. Lo que sabe el diablo -de argucias, díganlo San Antonio y otros varones benditos, que lucharon -con fatiga y sudor entre las tentaciones del enemigo malo y las -inefables y austeras delicias de la gracia. Claro es que al atractivo -celestial, nada hay comparable, ni de lejos, y que soñar con tales -comparaciones es pecar mortalmente; pero también es cierto que, aparte -de Dios, nada hay tan poderoso y amable, á su manera, como el diablo; -siendo todo lo que queda por el medio, insulso, tibio y de menos -precio, sea bueno ó malo. Para todo corazón grande, el bien, como no -sea el supremo, que es Dios mismo, vale menos que el mal cuando es el -supremo, que es el demonio. - -Al ver que brotaba la primavera en los botones de las plantas y en la -sangre bulliciosa de los animales jóvenes, se dijo “ésta es la mía”, el -diablo, gran conocedor de las inclinaciones naturales. Aunque le teme y -huye, no quiere el diablo mal á Dios, y mucho menos desconoce su fuerza -omnipotente, su sabiduría y amor infinito, que á él no le alcanza, -por misterioso motivo, cuyo secreto el mismísimo demonio respeta, más -reverente que algunos apologistas cristianos. Y así, mirando al cielo, -que estaba todo azul al Oriente y al Poniente se engalanaba con ligeras -nubecillas de amaranto, decía el diablo con acento plañidero, pero -no rencoroso, digan lo que quieran las beatas, que hasta del diablo -murmuran y le calumnian; digo que decía el diablo: “Señor, de tu propia -obra me valgo y aprovecho: tú fuiste, y sólo tú, quien produjo esta -maravilla de las primaveras en los mundos, en una divina inspiración -de amor dulcísimo y expansivo, que jamás comprenderán los hombres que -son religiosos por manera ascética; ¿y qué es la primavera, Señor? Un -beso caliente y muy largo que se dan el sol y la tierra, de frente, -cara á cara, sin miedo. ¡Pobres mortales! Los malos, los que saben -algo de la verdad del buen vivir, están en mi poder, y los buenos, los -que vuelven á Ti los ojos, Dios Eterno, quiérente de soslayo, no con -el alma entera; no entienden lo que es besar de frente y cara á cara, -como besa el sol á la tierra, y tiemblan, vacilan y gozan de tibias -delicias, más ideadas que sentidas; y acaso es mayor el placer que les -causa la tentación con que yo les mojo los labios, que el alabado gozo -del deliquio místico, mitad enfermedad, mitad buen deseo...” - -Comprendió el diablo que se iba embrollando en su discurso, y calló -de repente, prefiriendo las obras á las palabras, como suelen hacer -los malvados, que son más activos y menos habladores que la gente -bonachona y aficionada al _verbo_. - -Sonrió S. M. infernal con una sonrisa que hubiera hecho temblar de -pavor á cualquier hombre que le hubiese visto: y varios ángeles que de -vuelta del mundo pasaban volando cerca de aquellas nubes pardas donde -Satanás estaba escondido, cambiaron por instinto la dirección del -vuelo, como bandada de palomas que vuelan atolondradas con distinto -rumbo al oir el estrépito que hace un disparo cuando retumba por los -aires. Mira el diablo á los ángeles con desprecio, y volviendo en -seguida los ojos á la tierra, que á sus pies se iba deslizando como el -agua de un arroyo, dejó que pasara el Mediterráneo, que era el que á -la sazón corría hacia Oriente por debajo, y cuando tuvo debajo de sí -á España, dejóse caer sobre la llanura, y como si fuera por resorte, -redújose con el choque de la caída, la estatura del diablo, que era de -leguas, á un escaso kilómetro. - -El sol se escondía en los lejanos términos, y sus encendidos colores -reflejábanse en el diablo de medio cuerpo arriba, dándole ese tinte -mefistofélico con que solemos verle en las óperas, merced á la lámpara -Drumont ó á las luces de bengala. Puso el Señor de los Abismos la -mano derecha sobre los ojos y miró en torno, y no vió nada á la -investigación primera, mas luego distinguió de la otra parte del sol -como la punta de una lanza enrojecida al fuego. Era la veleta de una -torre muy lejana. En unos doce pasos que anduvo, vióse el diablo muy -cerca de aquella torre, que era la de la catedral de una ciudad muy -antigua, triste y vieja, pero no exenta de aires señoriales y de -elegancia majestuosa. Tendióse cuan largo era por la ribera de un río -que al pie de la ciudad corría (como contando con las quejas de su -murmullo la historia de su tierra), y estirando un tanto el cuello, con -postura violenta, pudo Satanás mirar por las ventanas de la catedral lo -que pasaba dentro. Es de advertir que los habitantes de aquella ciudad -no veían al diablo tal como era, sino parte en forma de niebla que se -arrastraba al lado del río perezosa, y parte como nubarrón negro y -bajo que amenaza tormenta y que iba en dirección de la catedral desde -las afueras. Verdad es que el nubarrón tenía la figura de un avechucho -raro, así como cigüeña con gorro de dormir; pero esto no lo veían -todos, y los niños, que eran los que mejor determinaban el parecido de -la nube, no merecían el crédito de nadie. Un acólito de muy tiernos -años, que había subido en compañía del campanero á tocar las oraciones, -le decía:--Señor Paco, mire usted este nubarrajo que está tan cerca, -parece un aguilucho que vuelve á la torre, pero trae una alcuza en -el pico; vendrá por aceite para las brujas. Pero el campanero, sin -contestar palabra ni mirar al cielo, daba la primer campanada, que -despertaba á muchos vencejos y lechuzas dormidos en la torre. Sonaba -la segunda campanada solemne y melancólica, y los pajarracos revolaban -cerca de las veletas de la catedral; el chico, el acólito, continuaba -mirando al nubarrón, que era el diablo; y á la campanada tercera -seguía un repique lento, acompasado y grave, mientras que los otros -campanarios de la ciudad vetusta comenzaban á despertarse y á su vez -bostezaban con las tres campanadas primeras de las oraciones. - -Cerró la noche, el nubarrón se puso negro del todo, y nadie vió las -ascuas con que el diablo miraba al interior de la catedral por unos -vidrios rotos de una ventana que caía sobre el altar mayor, muy -alumbrado con lámparas que colgaban de la alta bóveda y con velas de -cera que chisporroteaban allá abajo. - -El aliento del diablo, entrando por la ventana de los vidrios rotos, -bajaba hasta el altar mayor en remolinos, y movía el pesado lienzo -negro que tapaba por aquellos días el retablo de nogal labrado. Á los -lados del altar, dos canónigos, apoyados en sendos reclinatorios, -sumidos los pliegues del manteo en ampuloso almohadón carmesí, -meditaban á ratos, y á ratos leían la pasión de Cristo. En el recinto -del altar mayor, hasta la altísima verja de metal dorado con que se -cerraba, nadie más había que los dos canónigos; detrás de la verja, -el pueblo devoto, sumido en la sombra, oía con religiosa atención las -voces que cantaban las _Lamentaciones_, los inmortales _trenos_ de -Jeremías. Cuando el monótono cántico de los clérigos cesaba, tras breve -pausa, los violines volvían á quejarse, acompañando á los _niños de -coro_, tiples y contraltos, que parecían llegar á las nubes con los -ayes del _Miserere_. Diríase que cantaban en el aire, que se cernían -las notas aladas en la bóveda, y que de pronto, volando, volando, -subían hasta desvanecerse en el espacio. Después las voces del violín -y las voces del colegial tiple emprendían juntas el vuelo, jugaban, -como las mariposas, alrededor de las flores ó de la luz, y ora bajaban -las unas en pos de las otras hasta tocarse cerca del suelo, ora, -persiguiéndose también, salían en rápida fuga por los altos florones de -las ventanas, á través de las cortinas cenicientas y de los vidrios de -colores. Nuevo silencio; cerca del altar mayor se extinguía una luz, -de varias colocadas en alto, sobre un triángulo de madera sostenido -por un mástil de nogal pintado. Entonces como risas contenidas, pero -risas lanzadas por bocas de madera, se oían algunos chasquidos; á -veces los chasquidos formaban serie, las risas eran carcajadas; eran -las carcajadas de las carracas que los niños ocultaban, como si fueran -armas prohibidas preparadas para el crimen. El incipiente motín de las -carracas se desvanecía al resonar otra vez por la anchurosa nave el -cántico pesado, estrepitoso y lúgubre de los clérigos del coro. - -El diablo seguía allá arriba alentando con mucha fuerza, y llenaba -el templo de un calor pegajoso y sofocante: cuando oyó el preludio -inseguro y contenido de las carracas, no pudo contener la risa, y movió -las fauces y la lengua de un modo que los fieles se dijeron unos á -otros:--¿Será el carracón de la torre? ¿Pero por qué le tocan ahora? -Un canónigo, mientras se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo -de hierbas, decía para sí:--¡Ese Perico es el diablo, el mismo diablo! -¡Pues no se ha puesto á tocar el carracón del campanario! Y todo era -que el diablo, no Perico, sino el diablo de veras, se había reído. El -canónigo, que sudaba, miró hacia el retablo y vió el lienzo negro que -se movía; volvió los ojos á su compañero, sumido en la meditación, y -le dijo en voz muy baja y sin moverse: --¿Qué será? ¿No ve usted cómo -se menea eso? - -El otro canónigo era muy pálido. No sudaba ni con el calor que hacía -allí dentro. Era joven; tenía las facciones hermosas y de un atrevido -relieve; la nariz era acaso demasiado larga, demasiado inclinada sobre -los labios y demasiado carnosa; aunque aguda, tenía las ventanas muy -anchas, y por ellas alentaba el canónigo fuertemente, como el diablo de -allá arriba.--No es nada--contestó sin apartar los ojos del libro que -tenía delante; “es el viento que penetra por los cristales rotos”. En -aquel momento todos los fieles pensaban en lo mismo y miraban al mismo -sitio; miraban al altar y al lienzo que se movía, y pensaban: “¿qué -será esto?” Las luces del triángulo puesto en alto se movían también, -inclinándose de un lado á otro alrededor del pábilo, y brillaban cada -vez más rojas, pero como envueltas en una atmósfera que hiciera difícil -la combustión. El canónigo viejo se fué quedando aletargado ó dormido; -la misma torpeza de los sentidos pareció invadir á los fieles, que -oían como en sueños á los que en el coro cantaban con perezoso compás -y enronquecidas voces. El diablo seguía alentando por la ventana de -los vidrios rotos. El canónigo joven estaba muy despierto y sentía una -comezón que no pudo dominar al cabo; pasó una mano por los ojos, anduvo -en los registros del libro, compuso los pliegues del manteo, hizo -mil movimientos para entretener el ansia de no sabía qué, que le iba -entrando por el corazón y los sentidos; respiró con fuerza inusitada, -levantando mucho la cabeza... y en aquel momento volvió á cantar el -colegial que subía á las nubes con su voz de tiple. Era aquella voz -para los oídos del canónigo inquieto de una extraña naturaleza, que él -se figuraba así, en aquel mismo instante en que estaba luchando con sus -angustias; era aquella voz de una pasta muy suave, tenue y blanquecina; -vagaba en el aire, y al chocar con sus ondas, que la labraban como -si fueran finísimos cinceles, iba adquiriendo graciosas curvas que -parecían, más que líneas, sutiles y vagarosas ideas, que suspiraban -entusiasmo y amor; al cabo, la fina labor de las ondas del aire sobre -la masa de aquella voz, que era, aunque muy delicada, materia, daba -por maravilloso producto los contornos de una mujer que no acababan de -modelarse con precisa forma; pero que, semejando todo lo curvilíneo -de Venus, no paraban en ser nada, sino que lo iban siendo todo por -momentos. Y según eran las notas, agudas ó graves, así el canónigo veía -aquellas líneas que son símbolo en la mujer de la idealidad más alta, -ó aquellas otras que toman sus encantos del ser ellas incentivo de más -corpóreos apetitos. - -Toda nota grave era, en fin, algo turgente, y entonces el canónigo -cerraba los ojos, hundía en el pecho la cabeza y sentía pasar fuego -por las hinchadas venas del robusto cuello; cuando sonaban las notas -agudas, el joven magistral (que ésta era su dignidad) erguía su cabeza -apolina, abría los ojos, miraba á lo alto y respiraba aquel aire de -fuego con que se estaba envenenando, gozoso, anhelante, mientras -rodaban lágrimas lentas de sus azules ojos, llenos de luz y de vida. - -Aunque la voz del colegial cantaba en latín los dolores del Profeta, -el magistral creía oir palabras de tentación que en claro español le -decían: - -“Mientras lloras y gimes por los dolores de edades enterradas después -de muchos siglos, las golondrinas preparan sus nidos para albergar el -fruto del amor. - -“Mientras cantas en el coro tristezas que no sientes, corre loca la -savia por las entrañas de las plantas y se amontona en los pétalos -colorados de la flor como la sangre se transparenta en las mejillas de -la virgen hermosa. - -“El olor del incienso te enerva el espíritu; en el campo huele á -tomillo, y la espinera y el laurel real embalsaman el ambiente libre. - -“Tus ayes y los míos son la voz del deseo encadenado; rompamos estos -lazos, y volemos juntos; la primavera nos convida; cada hoja que nace -es una lengua que dice: ‘ven: el misterio dionisíaco te espera’. - -“Soy la voz del amor, soy la ilusión que acaricias en sueños; tú me -arrojas de ti, pero yo vuelo en la callada noche, y muchas veces, al -huir en la obscuridad, enredo entre tus manos mis cabellos; yo te besé -los ojos, que estaban llenos de lágrimas que durmiendo vertías. - -“Yo soy la bien amada, que te llama por última vez: ahora ó nunca. Mira -hacia atrás: ¿no oyes que me acerco? ¿Quieres ver mis ojos y morir de -amor? ¡Mira hacia atrás, mírame, mírame!...” - -Por supuesto, que todo esto era el diablo quien lo decía, y no el niño -del coro, como el magistral pensaba. La voz, al cantar lo de “¡mírame, -mírame!”, se había acercado tanto, que el canónigo creyó sentir en la -nuca el aliento de una mujer (según él se figuraba que eran esta clase -de alientos). - -No pudo menos de volver los ojos, y vió con espanto detrás de la verja, -tocando casi con la frente en las rejas doradas, un rostro de mujer, -del cual partía una mirada dividida en dos rayos que venían derechos á -herirle en sitios del corazón deshabitados. Púsose en pie el magistral -sin poder contenerse, y por instinto anduvo en dirección de la verja -cerrada. Á nadie extrañó el caso, porque en aquel momento otro canónigo -vino de relevo y se arrodilló ante el reclinatorio. - -Aquella imagen que asomaba entre las rejas era de la jueza (que así -llamaban á doña Fe, por ser esposa del magistrado de mayor categoría -del pueblo). - -Bien la conocía el magistral, y aun sabía no pocos de sus pecados, pues -ella se los había referido; pero jamás hasta entonces había notado -la acabadísima hermosura de aquel rostro moreno. Claro es que al -magistral, sin las artes del diablo, jamás se le hubiera ocurrido mirar -á aquella devota dama, famosa por sus virtudes y acendrada piedad. - -Cuando el canónigo, sin saber lo que hacía, se iba acercando á ella, -un caballero de elegante porte, vestido con esmerada riqueza y gusto, -y ni más ni menos hermoso que el magistral mismo, pues se le parecía -como una gota á otra gota, se acercó á la jueza, se arrodilló á su -lado, y acercando la cabeza al oído de un niño que la señora tenía -también arrodillado en su falda, le dijo algo que oyó el niño sólo, y -que le hizo sonreir con suma picardía. Miró la madre al caballero, y no -pudo menos de sonreir á su vez cuando le vió posar los labios sobre la -melena abundosa y crespa de su hijo, diciendo: “¡hermoso arcángel!”--El -niño, con cautela y á espaldas de la madre, sacó de entre los pliegues -de su vestido una carraca de tamaño descomunal, en cuanto carraca, y -sin más miramientos, en cuanto vió que otra luz de las del triángulo -se apagaba, trazó en el viento un círculo con la estrepitosa máquina -y dió horrísono comienzo á la revolución de las carracas. No había -llegado, ni con mucho, el momento señalado por el rito para el barullo -infantil, pero ya era imposible contener el torrente; estalló la furia -acorralada, y de todos los ángulos del templo, como gritos de las -euménides, salieron de las fauces de madera los discordantes ruidos, -sofocados antes, rompiendo al fin la cárcel estrecha y llenando los -aires, en desesperada lucha unos con otros, y todos contra los tímpanos -de los escandalizados fieles. - -Y era lo que más sonaba y más horrísono estrépito movía la carcajada -del diablo, que tenía en sus brazos al hijo de la jueza y le decía -entre la risa: --¡Bien, bravo, ja, ja, ja, toca; eso, ra, ra, ra, ra!... - -El niño, orgulloso de la revolución que había iniciado, manejaba la -carraca como una honda, y gritaba frenético: “¡Mamá, mamá, he sido -yo el primero! ¡Qué gusto, qué gusto! ¡Ra, ra, ra!” La jueza bien -quisiera ponerse seria, á fuer de severa madre; pero no podía, y -callaba y miraba al _hermoso arcángel_ y al caballero que le sostenía -en sus brazos; y oía el estrépito de las carracas como el ruido de -la lluvia de primavera, que refresca el ambiente y el alma. Porque -precisamente en aquel día había esta señora sentido grandes antojos -de algo extraordinario, sin saber qué; algo, en fin, que no fuera el -juez del distrito; algo que estuviera fuera del orden; algo que hiciese -mucho ruido, como los besos que ella daba al arcángel de la melena; -más todavía, como los latidos de su corazón, que se le saltaba del -pecho pidiendo alegría, locuras, libertad, aire, amores... carracas. -El magistral, que había acudido con sus compañeros de capítulo á poner -dique á la inundación del estrépito, pero en vano, fingía, también en -balde, tomar á mal la diablura irreverente de los muchachos, porque -su conciencia le decía que aquella revolución le había ensanchado el -ánimo, le había abierto no sabía qué válvulas que debía de tener en el -pecho, que al fin respiraba libre, gozoso. Ni el magistral volvió á -pensar en la jueza, ni la jueza miró sino con agradecimiento de madre -al caballero que se parecía al magistral, á quien había mirado la -espalda aquella noche antes de que entrase el caballero. - -Los demás devotos, que al principio se habían indignado, dejaron al -cabo que los _diablejos_ se despacharan á su gusto; en todas las caras -había frescura, alegría; parecíales á todos que despertaban de un -letargo; que un peso se les había quitado de encima, que la atmósfera -estaba antes llena de plomo, azufre y fuego, y que ahora con el ruido, -se llenaba el aire de brisas, de fresco aliento que rejuvenecía y -alegraba las almas.--Y ¡ra, ra, ra! ¡ra! los chicos tocaban como -desesperados. Perico hacía sonar el carracón de la torre, y el diablo -reía, reía como cien mil carracas. - - * * * * * - -Lo cierto es que el demonio tenía un plan como suyo; que la jueza y el -magistral estuvieron á punto de perderse, allá en lo recóndito de la -intención por lo menos; pero, como al diablo lo que más le agrada son -las diabluras, en cuanto le infundió al chico de la jueza la tentación -de tocar la carraca á deshora, todo lo demás se le olvidó por completo, -y dejando en paz, por aquella noche, las almas de los justos, gozó como -un niño con la tentación de los inocentes. - -Cuando Satanás, á la hora del alba, envuelto por obscuras nubes, volvía -á sus reales, encontró en el camino del aire á los ángeles de la -víspera. Oyeron que iba hablando solo, frotándose las manos y riendo á -carcajadas todavía. - ---¡Es un pobre diablo!--dijo uno de los ángeles. - ---¡Y ríe!--exclamó otro.--Y ríe en la condenación eterna... - -Y callaron todos, y siguieron cabizbajos su camino. - - - - - DOCTOR ANGELICUS - - - I - -¿Pánfilo había sido niño alguna vez? ¿Era posible que aquellos ojos -hundidos, yo no sé si hundidos ó profundos, llenos de bondad, pero -tristes y apagados, hubieran reverberado algún día los sueños alegres -de la infancia? - -Aquella boca de labios pálidos y delgados, que jamás sonreía para el -placer, sino para la resignación y la amargura, ¿habría tenido risas -francas, sonoras, estrepitosas? - -En aquella frente rugosa y abatida, desierta de cabellos, ¿habrían -flotado alguna vez rizos blondos ó negros sobre una frente de matices -sonrosados? - -Y el cuerpo mustio y encorvado, de pesados movimientos, sin gracia y -achacoso, ¿fué esbelto, ligero, flexible y sano en tiempo alguno? - -Eufemia, considerando estos problemas, concluía por pensar que su noble -esposo, su sabio marido, su eruditísima cara mitad había nacido con -cincuenta años y cincuenta achaques, y que así sabía él lo que era -jugar al trompo y escribir billetes de amor, como ella entender las mil -sabidurías que su media naranja le decía con voz cariñosa y apasionada. - -Pero de todas maneras, Eufemia quería á su marido entrañablemente. -Verdad es que en ocasiones se olvidaba de su amor, y tenía que -preguntarse: “¿Á quién quiero yo?--¡Ah, sí, á mi marido!”, le -contestaba la conciencia después de un lapso de tiempo más ó menos -largo. - -Esto era porque Eufemia padecía distracciones. Pero en virtud de un -silogismo, en forma de entimema, para abreviar, Eufemia se convencía -cuantas veces era necesario, y era muy á menudo, de que Pánfilo era el -hombre más amado de la tierra, y de que ella, Eufemia, era la mujer -á quien el tal Pánfilo tenía sorbido el poco seso que Dios, en sus -inescrutables designios, le había concedido. - -Para sesos, Pánfilo. Era el hombre más sesudo de España, y sobre esto -sí que no admitía discusión Eufemia. - -No sabía ella todavía que, así como los terrenos carboníferos se -anuncian en la superficie por determinados vegetales, por ejemplo, el -helecho, los sesos son un subsuelo que suele señalarse en la superficie -con otro vegetal, que produce madera de tinteros, como dijo el autor de -la gatomaquia. No sabía nada de esto Eufemia, ni se le pasaba por las -mientes que pudiera llegar á parecerle su marido demasiado sesudo. - -Preciso es confesarlo. Eufemia daba por hecho que su esposo sabía todo -lo que se puede saber, porque eso pronto se aprende; pero, ¿y qué? Ser -el primer sabio del mundo no es más que esto: ser el primer sabio del -mundo. Delante de gente, Eufemia se daba tono con su marido: veía -que todos tenían en mucho la sabiduría de Pánfilo, y usaba y abusaba -de aquella ventaja que Dios le había concedido, dándole por eterno -compañero á un hombre que ya no tenía nada que aprender. - -Pero en su fuero interno, que también lo tenía Eufemia, veía que su -admiración incondicional no era más que _flatus vocis_ (no es que ella -lo pensara en latín, sino que lo que ella pensaba venía á ser esto): -porque desde la más tierna infancia la buena mujer había profesado -cariño á infinitas cosas; pero jamás había encontrado un mérito muy -grande en tener la habilidad de estar enterado de todo. - - - II - -Una tarde de Mayo, el doctor don Pánfilo Saviaseca estaba más triste -que un saco de tristezas arrimado á una pared. - -¡Ea! Se había cansado de estudiar aquella tarde. ¡Estaba tan hermoso el -sol, y la tierra, y todo! - -Leía á Kant; estaba en aquello de si la percepción del yo es ó no -conocimiento analítico _a priori_. - -Esto era en el Retiro, en lo más retirado del Retiro, si vale hablar -así. Pánfilo estaba sentado en un banco de musgo. - -Conque... ¿en qué quedamos?... ¿es, ó no es conocimiento analítico el -que tenemos del yo? Así meditaba en el instante en que una galguita, -muy mona, vino á posar las extremidades torácicas sobre La Crítica de -la Razón Pura. - -Era la realidad, la ciencia del porvenir en figura de perro, que se le -echaba encima al buen sabio y le llamaba al sentimiento positivo de las -cosas. - -La galga no estaba sola. Se oyó una voz argentina que gritaba: -“¡Merlina, aquí! Merlina, eh, Merli... Usted dispense, caballero, estos -perros... no saben lo que hacen. Pero, Merlina, ¿qué es esto?”..., -etcétera, etc., etc. - -Y, en fin, que Eufemia, su tía, que tenía muchas ganas de casarla, y -hacía bien, y don Pánfilo, hablaron y pensaron juntos. - -Resultó que eran vecinos, y como la niña no tenía novio, ni de dónde -le viniera, y como don Pánfilo se había convencido de que el yo no -puede vivir sin el tú para que llegue á ser aquél, y que más vale ser -nosotros que yo solo, hubo boda, no sin que derramase algunas lágrimas -la tía, que lo había tramado todo. - -Eufemia era una rubia hermosa. - -Pero no tenía nada de particular, á no ser su primo, que no tenía nada -de general, porque era alférez de Ingenieros, agregado, por supuesto. - -Don Pánfilo, una vez dispuesto á ser un fiel y enamoradísimo esposo, -se devanaba los sesos, aquellos grandísimos sesos que tenía, para -encontrarle algo de particular á su Eufemia; pero no dió en la cuenta -de que el primo era lo único que tenía Eufemia digno de llamar la -atención. - -Jamás había pensado en su prima Héctor González, que éste era el -alférez; pero desde el momento en que la vió casada, se sintió tan mal -ferido de punta de amor, que aprovechó la ocasión para renegar de las -tiránicas leyes que no consienten á los primos enamorar á sus primas -magüer estén casadas. - -Pero ¿por qué se había casado Eufemia? No, no era Héctor hombre que -retrocediese ante los obstáculos de esta índole; había leído demasiado -libros malos para que semejante contratiempo le acobardase á él, -agregado de un cuerpo facultativo. - -Formó planes que envidiaría cualquier novelista adúltero de Francia, y -se dispuso á comenzar la novela de su vida, que hasta entonces había -corrido monótona entre guardias, formaciones y pronunciamientos. - - - III - -En el ínterin, como dice un orador que yo conozco; en el ínterin, -Pánfilo no pensaba más que en encontrarle el _quid divinum_ á su mujer, -sin que se le ocurriera dar con el quid de la dificultad. - -Y así como Don Quijote averiguó al cabo que éste, y no otro, era el -nombre significativo que convenía á la altura y calidad de sus proezas, -Pánfilo entendió que Eufemia se distinguía por un delicadísimo gusto, -que la inclinaba á lo más espiritual y sublime, á la quintaesencia de -los afectos sin nombre, cuyos misteriosos matices jamás traducirán las -Bellas Artes, ni la más profunda armonía, ni la lírica mejor inspirada. -Oigamos, ó mejor, leamos á don Pánfilo: - -“Pasan por el alma á veces extraños y sublimes sueños, adivinaciones -de verdades del cielo, amorosas ansias, que no son, sin embargo, como -la pasión ciega, sino como luz que estuviera enamorada del calor: -pues todo esto es lo que siente y comprende Eufemia, mi mujercita, -con maravillosa intuición. Sabe prescindir de la apariencia de las -cosas, remontarse á la región ideal, que con ser ideal, es lo más -real de todo. ¿Por qué me quiere á mí, sino por eso? Porque lee en -mis ojos, tristes y apagados, el fuego que por dentro me devora. Un -día me preguntó:--Si yo no te hubiera querido, ¿qué hubieras hecho -tú?--¿Qué?--respondí.--Primero, llorar mucho, querer morirme y mirar -de hito en hito á las estrellas; mirándolas, pensaría muchas cosas; -me acordaría de mi infancia, de mi madre, de mi Dios, á quien adoré -de niño, á quien olvidé de joven y á quien busco de viejo; y pensando -estas cosas, no me olvidaría de ti, no, eso es imposible; sino que, -mezclándote con todas ellas, poniéndote sobre todas, viendo bien claro, -como lo vería, que las distancias de este mundo así en el espacio -como en el tiempo, como en las formas, como en los sentimientos, son -aparentes, y que todo acaba por juntarse, entenderse y quererse, viendo -esto, me consolaría, y resignado, me pondría á estudiar mucho, mucho, -para amar mucho y esperar mucho, y tener la seguridad de acercarme á ti -al fin y al cabo, no sé dónde, ni sé cuándo, pero algún día, en algún -lugar, donde Dios quisiera. - -“Cuando Eufemia me oyó hablar así, no replicó; pero cerró los ojos y se -quedó sintiendo y pensando todas esas cosas inefables que pasan por su -alma en algunos momentos de extática contemplación. Cuando despertó -de su embeleso, que bien habría durado una hora, me dirigió una dulce -sonrisa y me dió un abrazo; pero nada dijo. ¿Qué había de decir? Me -había comprendido, había penetrado la sublimidad de mi amor: eso -bastaba. - -“Aquella tarde vino á buscarla su primo González para ir á la Casa de -Campo: ella no quería ir, pero al fin consintió á una insinuación mía, -y se despidió de mí como si fuera al otro mundo. Y era que en aquel día -inolvidable estaban tan unidas nuestras almas, que toda separación era -dolorosísima. - -“El alma de mi Eufemia es éter puro. ¡Cómo la quiero! Ella me inspira -este buen ánimo que necesito para seguir, sin desmayar, en la -formidable obra emprendida; quiero acabar para siempre con toda clase -de pesimismo; quiero poner en su punto y en lo cierto la dignidad de -la vida, la perfección de lo creado y la evidencia con que se presenta -á mis ojos la finalidad de todo lo que existe, finalidad real á pesar -del constante progreso y de la variedad infinita. Voy ahora á esperar á -Eufemia, que debe de volver con su primo de los toros. Llevarla á los -toros ha sido demasiada exigencia; pero como la otra vez yo la reprendí -porque no era más amable con González, en esta ocasión se anticipó la -pobrecita á los que consideraba mis deseos. ¡Como no vuelva desmayada!” - -Lo que va entre comillas es extracto de un diario inédito. - - - IV - -Ello es que el primo se había declarado á la prima. Había hablado él -también de amores que en el cielo empiezan y siguen en la tierra; del -más allá y del algo desconocido, trinando principalmente contra el -derecho civil vigente y los matrimonios desiguales. - -Que Eufemia quería á Pánfilo no debía ponerse en tela de juicio, y no -se puso. No lo hubiera consentido Eufemia, para la cual era axiomático: -primero, que su esposo era un sabio, y segundo, que ella le quería como -á las niñas de sus ojos. - -En vista de que el dogma era inalterable, Héctor procuró barrenar la -moral, obrando como un sabio mucho mayor que su primo. - -La mujer siempre es un poco protestante: piensa que _fides sine -operibus_ vale algo, y que á fuerza de creer mucho, se puede compensar -el defecto de pecar no poco. - ---Tu marido es un sabio, convenido; pero ¿y eso qué?--Esto dijo -el primo, que fué como leer en el ya citado fuero interno de -Eufemia.--Supongamos que tú te enamoras de otro hombre que sólo sepa -lo que Dios le dé á entender, ¿bastará la sabiduría de tu marido para -evitar lo inevitable? - -Eufemia no tenía qué contestar. - -De hipótesis en hipótesis, llegaron los primos - - Al puente que separa - Á Eva inocente de Eva pecadora. - - - V - -Dejábamos al doctor Pánfilo entre San Marcos y la puente. - -Era una tarde de Mayo. Pánfilo escribía la última cuartilla de su obra, -que iba á ser inmortal y que se titulaba: _Eufemia. Investigaciones -acerca de la dignidad y finalidad racional de la vida humana. -Endemonología aplicada, basada en una arquitectónica racional de la -biología psíquica, especialmente la prasológica._ - -Un rayo de sol, que entraba por la ventana, caía sobre el papel que iba -emborronando el doctor. Escribía esto: “... Tal ha sido el propósito -del autor; demostrar con argumentos tomados de la realidad viva que el -predominio de la felicidad se observa ya hoy en nuestras sociedades -civilizadas, sin necesidad de recurrir á la hipótesis probable, pero no -necesaria, de ulterior sanción de otros mundos mejores. Debe, sí, el -filósofo recurrir á la experiencia, pero no fijando sólo su examen en -la propia individual; pues nada significa el apasionado testimonio del -que lamenta desgracias peculiares; hay otra experiencia, que una sabia -y bien ordenada estadística moral y civil puede suministrarnos, y en -ella podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que sea lo que quiera de -la propia fortuna...” - -Al llegar á “fortuna”, sintió el filósofo que le sacudían el papel. - -Era Merlina, la galguita de mi cuento, que se había subido á la mesa y -se paseaba arrogante sobre _Las investigaciones acerca de la dignidad_, -etcétera, etc. - -Pánfilo suspendió su trabajo. Un recuerdo dulcísimo, el más querido de -su vida, le trajo lágrimas á los ojos. - -Á Merlina debía el doctor su felicidad propia, individual, sin -necesidad de endemonologías ni de arquitectónicas biológicas, sólo -por una casualidad, por una indiscreción de la perra, según frase de -Eufemia. - -Embelesado por este recuerdo, se estuvo el doctor largo rato pasando la -mano izquierda por el lomo de Merlina. - -La galguita se dejaba querer. Pero de pronto dió un brinco; saltó de -la mesa á la ventana, y apoyó las patas delanteras sobre un tiesto. -Las orejas se le pusieron muy tiesas, y aulló Merlina con señales de -impaciencia. Parecía que deseaba arrojarse por la ventana. - -Se levantó de su poltrona el doctor para ver lo que causaba tal -impresión en su galguita. - -En el jardín, dentro de la glorieta, Héctor González y Eufemia Rivero -y González representaban en aquel momento la escena culminante de -_Francesca da Rimini_. - -Pánfilo oyó el chasquido de... El lector puede imaginarse qué clase de -chasquidos se usan en tales casos. - -El autor de las _Investigaciones_ retrocedió instintivamente, se -desplomó sobre el sillón y ocultó la cabeza entre las manos. - -Cuando volvió al sentido y abrió los ojos, vió delante, en un papel -blanco, unas palabras, que se le antojaban escritas con una tinta de -color de rosa. - -Leyó: “... podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que, sea lo que -quiera de la propia fortuna...” - -Pánfilo cogió con gran parsimonia la pluma, y concluyó el párrafo: “... -la humanidad, en conjunto, prospera, y es feliz en esta tierra con la -conciencia del progreso y del fin bueno que aguarda al cabo á todas -las criaturas. Para el que sepa elevarse á esta contemplación del bien -general, como el más importante aun para el propio interés, bien puede -decirse que el cielo comienza en la tierra”. - -Pánfilo había terminado su obra, la obra de su vida entera, la que le -había gastado el cerebro y los ojos. - -Por cierto que sintió en ellos algo extraño; miraba á todas partes, -y aquel matiz halagüeño que veía en la tinta, dominaba en todos los -objetos. - -¡Pobre doctor! Se había declarado la enfermedad cuyos síntomas no había -conocido: el Daltonismo. - -Desde aquel día Pánfilo todo lo vió de color de rosa. - -NOTA. Pánfilo, en griego, viene á ser el que todo lo ama. - -Lo cual en castellano significa: Quien más pone, pierde más. - -En cuanto á Eufemia, siguió viviendo convencida: primero, de que su -esposo era un sabio; segundo, de que amarle era su obligación. - -El dogma era el mismo siempre: sólo se había relajado la disciplina. - - - - - LOS SEÑORES DE CASABIERTA - - -¡Pero estos señores de Casabierta no tienen vida privada! - -Así se explica lo que le sucedió con ellos á don Eufrasio Paleólogo, -presidente del Casino de Villapidiendo, gran lector de periódicos y -elector nato del señor de Casabierta, candidato nato también á la -Diputación de Villapidiendo. - -Pues señor, vino á Madrid Paleólogo á unos asuntos del común, ó del -procomún, como él cree que se dice; y claro, en seguida, es decir, en -cuanto se dejó dar lustre á las botas en la Puerta del Sol, junto al -Imperial, se dirigió á casa del señor de Casabierta. - -¡Entró!--El señor no está... Ya, ya lo sé; pero de seguro está la -señora.--Caballero, ¿usted qué sabe?--Hombre, sepa usted que trata con -una persona ilustrada que lee los periódicos y tiene coleccionados -en un tomo los artículos de Almaviva... La señora se levanta á las -nueve; hace su _toilette_--usted no sabe lo que es eso--hasta las -diez; toma un piscolabis, que consiste en una copa de jerez seco, y -versos de Grilo, mojados en el jerez. Á las once recibe en el salón -verde, que tiene una consola Pompadour, una chimenea de la Regencia... -de Espartero y muchos platos allá cerca del techo. Como si lo viera, -hombre, como si lo viera. Ea, déjeme usted pasar.--Por aquí, caballero, -por aquí.--No, señor, voy bien; los íntimos entran por aquí: á mí me -recibirá en su _boudoir_ chocolate claro, color serio, propio de señora -leída al par que _dettachée_ de las vanidades del mundo. ¿Usted qué -se figura, hombre de Dios, que en Villapidiendo no sabemos francés -españolizado y entrar en el _boudoir_ por donde entran _les intimes_, y -en francés como ellos? - -En efecto, Paleólogo, que fué carlista y estuvo emigrado, sabe su -poquito de francés, y lo que no, lo aprende en Almaviva, Ladevese, -Blasco, Asmodeo y otros escritores del Instituto. Es un alcalde á la -moderna, con la facha de Luján alcalde; pero tan fino como Sardoal -cuando era del Ayuntamiento. - -_En fin_, ó finalmente, como decían los italianos en la Comedia, -Paleólogo ya está sentado frente á la señora de Casabierta.--Casabierta -no está en casa. Ha ido...--Sí, supongo que habrá ido á afeitarse; es -la hora precisamente.--Sí, señor; antes venía el barbero á casa...--Sí, -ya sé; pero desde que le cortó aquel poquito de oreja de que hablaron -los periódicos... ¡pícaros barberos!, ya no hay clases... ¡y qué versos -tan hermosos los que hizo su oreja de usted, digo, no, su hija de -usted, la rubia, la Pilarita, al cacho de oreja de su papá difunto, el -cacho se entiende.--¿Usted los conoce?--Toma, y los sé de memoria... -¡si los publicaron cinco periódicos! Y diga usted ¿qué es de él?--Creo -que está en Córdoba.--¿El cacho de oreja?--No, señor, Grilo; creí que -hablaba usted de Grilo, que fué el que improvisó los versos de la -niña.--Bien, lo mismo me da; ¿y qué es de Grilo?--Pues ayer comió -aquí.--Pero ¿no dice usted que está en Córdoba?--Bien, pero eso no -quita.--¿No quita? (¡Y este Almaviva que no explica estas cosas!) ¿Y el -ojo de gallo de usted, señora?--Tan robusto.--Hace días que no hablan -de él las crónicas de salones.--¡Es un ojo de gallo muy modesto!--Es -moda ser modesto, pero decirlo, porque si no como si no se fuera. ¿Y -qué tal les han sentado á ustedes las anguilas del _lago Tiberiades_ -del miércoles?--¡Cómo! ¿Usted sabe que comimos anguilas el miércoles? ---Sí, señora, por los periódicos. Las anguilas no tienen vida privada. Á -propósito, señora, ¿es verdad que la viudita de Truchón ha tenido un -tropiezo?--No, señor; ha tenido un hijo, pero nadie lo sabe.--Dispense -usted, señora, yo lo sabía; pero creí que se trataba ya de otro, es -decir, de otro lance. Ése que usted dice le refirieron los periódicos -de la manera más discreta. En Villapidiendo nadie cayó en la cuenta -más que yo, y por eso no comprendieron aquel sueltecito que decía: “La -señora viuda de Truchón ha tenido que guardar cama. Celebraremos que la -interesante viuda se restablezca pronto”. Dicen que demostró gran valor -durante la crisis de la enfermedad, ó como dijo el clásico: - - “En aquel duro trance de Lucina...” - -por eso sé yo que parió sin novedad, porque conozco la Mitología y -conozco á la viuda.--¿Usted la ha tratado?--Á la Mitología no, ni á la -viuda tampoco. Pero leo; algo se sabe, y he visto tantas crónicas con -alusiones transparentes á sus transparentes gracias y costumbres... que -algo se ha transparentado. - -(_Pausa._) ¡Oh, señora, feliz la honrada madre de familia que puede dar -á luz, á la prensa, como quien dice, todos los hijos que quiere! ¡Todas -las hojas literarias de los periódicos estaban consagradas el lunes al -rorro de usted. ¿Cómo está, cómo está el muñeco?--¡Hermosísimo!--¿Y -es cierto que tiene esa inteligencia que dice el revistero -_Begonia_?--Pues ya lo creo, y más.--Qué saladísimo estaba Ricardo -Flores, el que firma _Cardoenflor_ (por imitar á Fernanflor, que no -me gusta porque habla poco de salones), qué gracioso estaba Ricardito -contando las travesuras de su bebé de usted durante la ceremonia del -bautizo.--Está gracioso, pero calumnia al muchacho.--Sí, dice que antes -que le hicieran cristiano tenía en la iglesia cara de aburrido como -un perro ó como un librepensador.--El revistero no sabe que los niños -no entran en la iglesia hasta que les echan los demonios fuera del -cuerpo.--Pero lo mejor son los versos de Cigarra, el chiquitín junto á -la pila bautismal. Los sé de memoria: - - «En la pila bautismal - todo el Jordán se refleja, - te moja el cura la oreja - y ya estás libre del mal. - El acto sacramental - mata en tu pecho el pecado - y se abre regenerado, - como rosa alejandrina, - tu ser á la fe divina, - pues de pila te ha sacado - el ministro de Marina, - en el acto acompañado - de más augusta madrina.» - ---¡Hermosa décima! ¿Verdad usted?--Décima precisamente, no, -señora.--Bien, ya lo sé, es la _docena del fraile_, un nuevo género de -décimas de trece versos, que ha inventado Cigarra, para que cupiesen -el ministro de Marina y la madrina más augusta. Ya ve usted, por verso -más ó menos no habíamos de ser unos mal criados.--No cabe duda; y -más vale que sobre que no que falte.--Á propósito de versos, señor -de Paleólogo. Me va usted á sacar de un apuro. Aquí en casa vamos á -representar una comedia, pero nos falta un personaje. ¿Sería usted tan -amable?...--Señora, yo no soy personaje más que en Villapidiendo...--No -importa, ¿quiere usted _crear el papel_ de Cocupassepartout?--Señora; -mucho crear es, pero si no hay otro Cocu... yo lo haré, como se hacen -esas cosas en Villapidiendo.--¡Oh, gracias, gracias!--Por supuesto, -¿usted sabe francés?... Condición indispensable.--Pero qué, ¿vamos á -representar en francés?--No, señor, en castellano, es una traducción -de Fois Grass, el corresponsal del _Bombo_ en París... y ya ve usted, -hace falta dominar el francés... para pronunciar correctamente -los galicismos.--¿Y cómo se llama la comedia?--Espere usted... se -llama...--¡Ah! ya sé, lo he leído ayer en los periódicos, se llama: -_Á qué sueñan las jóvenes hijas_, es un fusilamiento de Musset. Pues -cuente usted conmigo. Por supuesto, ¿hablarán los periódicos de los -ensayos?--Ya lo creo, hombre; hablarán _por encima del mercado_... - -Paleólogo se despidió. Eran las once y quince. Sabía por los periódicos -que era la hora de inspeccionar la lactancia de Bebé. - -Si el lector quiere, volveremos á visitar á los señores de Casabierta -con el presidente del Casino de Villapidiendo, y acaso veamos la -comedia de Fois-Gras..., si se logra. - - - - - EL POETA-BUHO - HISTORIA NATURAL - - ---Señorito, un caballero quiere hablar á usted. - ---¿Qué trazas tiene? - ---Parece un empleado de _La Funeraria_. - ---¡Ah! Ya sé quién es: es don Tristán de las Catacumbas. Que pase. - -Y entró don Tristán de las Catacumbas, á quien conozco de haberle -pagado varios cafés sin leche. Es alto, escuálido, cejijunto, lleva la -barba partida como Nuestro Señor Jesucristo, tiene el pelo negro, los -ojos negros, el traje negro y las uñas negras. Lo único que no tiene -negro son las botas, que tiran á rojas. - -Me dió un apretón de manos, fúnebre como él solo; el apretón de manos -del Convidado de Piedra. Hay hombres que aprietan la mano como una -puerta que se cierra de golpe y nos coge los dedos. Es su manera de -probar cariño. - -Don Tristán habla poco, pero _lee_ mucho. Es un poeta inédito, de viva -voz; si se le pregunta cuántas ediciones ha hecho de sus poesías, -contesta con una sonrisa de muerto desengañado: “¡Ninguna! Yo no -imprimo mis versos: no hago más que leerlos á las almas escogidas”. -Para él son almas escogidas todas las que le quieren oir. Calculando el -número de veces que ha leído sus versos, dice don Tristán, usando de -un tropo especial, que consiste en tomar el oyente por el lector que -compra el libro, que sus _Ecos de la tumba_ han alcanzado una tirada de -nueve mil ejemplares. Quiere decir que los ha leído nueve mil veces á -nueve mil mártires de la condescendencia. - ---Pues señor Clarín, sabrá usted cómo he escrito otro libro de poesías -y vengo á leérselo á usted. - ---¿Entero? - ---Y verdadero; sí, señor. Pero tiene cuatro partes; leeremos una cada -día, y en cuatro sesiones despachamos. Quiero saber su opinión de -usted, porque aunque á mí la crítica epitelúrica me importa un bledo, -porque yo tengo el pensamiento puesto en lo alto (y señalaba al techo), -como esta vez acaso me anime á dar mi obra á la estampa, si se muere un -tío mío, á quien ya he dedicado un canto fúnebre... - ---¡Ah! pues cuente usted con ello. - ---¿Con qué? - ---Conque se morirá su tío de usted. - ---Eso creo; pues decía que si el tío me deja, agradecido, unos cuartos, -imprimo el libro; y en tal caso espero que usted me tratará como -merezco. Yo no pido más que justicia. Lo que quiero es que usted _se -penetre_ de esta poesía y no hable sin enterarse. Lo mejor para esto es -que yo mismo lea mis versos y le haga fijarse en sus transcendentales -pensamientos. - ---¿Sabe usted?... Me espera el barbero... Tengo una barba de tres días. - ---¡Ah! ¿Usted se afeita?--exclamó el de las Catacumbas con acento de -compasión... Que espere el barbero... Oiga usted la primera parte -siquiera. El libro se titula _El Requiem eterno_. Primera parte: -“Idilio del subsuelo”. - ---Le advierto á usted que el subsuelo es del dominio del Estado... - ---El subsuelo es aquí el del cementerio. La segunda parte, que -leeremos otro día, se titula “Fuegos fatuos”; la tercera, “Responsos -de mi lira”, y la cuarta, “Rimas de luto”. Le advierto á usted que yo -prescindo de la forma. - ---Hace usted bien; yo que usted, prescindiría de todo, hasta de la -madre que me parió... - ---Prescindo de la forma y me voy al fondo. - ---Sí, ya sé; al fondo de la tumba. Es usted el topo de la poesía... - ---¡Bonita frase! Ahora oiga usted... Primera parte: “Idilio del -subsuelo”. - - - I - - Llegaron los gusanos - á devorar su corazón de cieno; - en su sangre cebáronse inhumanos, - y los mató el veneno. - ---¿Qué tal? - ---Que les está bien empleado. ¿Quién les manda ser _inhumanos_ á esos -gusanillos? - ---Esto de llamar inhumanos á los seres irracionales, no es cosa mía; lo -he visto en un poeta que lee en el Ateneo. - ---No; si yo no me quejo. Ya ve usted: á mí, ¿qué me importa? Yo no soy -gusano. - ---Continuemos. - - - II - - La llevaban á enterrar... - ---Como á la Constitución. - - --La llevaban á enterrar - en un ataúd muy ancho, - en el que llevan á todos - los difuntos de aquel barrio. - El cadáver se movía - con los tumbos que iba dando. - Yo les hallé en el camino. - --Detened, les dije, el paso. - No va _completo_ el vehículo, - aún hay sitio para ambos; - llevadme también á mí - que yo la carrera pago; - poco hay desde aquí á la muerte, - el viaje no será caro... - ---¿Y le enterraron á usted? - ---No, señor; todo eso es un decir. - - - III - - Exhumaron su cadáver, - lleváronlo al panteón... - ---¿Ésos habrán sido los progresistas?... - ---¡Silencio! - - En el campo santo humilde - sólo la tumba quedó, - y en el hueco de la tumba - enterré mi corazón. - -Oiga usted ahora el IV. Y me leyó todos los números romanos posibles; -cuando terminó la primera parte, olía á difunto. - ---¿Qué opina usted? Así, en conjunto... - ---Opino que debe usted esperar, para publicar su _Requiem eterno_, -alguna ocasión solemne... por ejemplo, sería de mucha actualidad en el -día del juicio... - ---Eso es muy tarde... - ---Bueno, pues cuando se inaugure la Necrópolis... - ---Señorito, el barbero espera en la antesala. - ---Dígale usted que se vaya, que hoy ya me ha hecho la barba este -caballero... - - - - - DON ERMEGUNCIO Ó LA VOCACIÓN - DEL NATURAL - - -¿Cuándo y por qué se empezó á hablar de don Ermeguncio en los -periódicos? Nadie lo sabe; yo sólo puedo asegurar que yo siempre oí -llamarle literato distinguido. - -La vez primera que su nombre significativo sonó en mis oídos, por lo -demás era ya famoso, fué con motivo de unas oposiciones á una cátedra -de Psicología, Lógica y Ética. Sí; yo lo vi en la _Gaceta_; estaba el -último en la lista de jueces. Don Ermeguncio de la Trascendencia, autor -de obras; don Ermeguncio era, pues, ya por aquel entonces autor de -obras. - -Eran los tiempos en que mandaban los krausistas. Por aquella época todo -se dividía en parte general, especial y orgánica. Don Ermeguncio había -escrito una _Memoria sobre el arte de extirpar los caracoles en las -huertas_; y una _Sociedad de Antropología general_ le dió un _accésit_ -por su trabajo, que se dividía, no faltaba más, en parte general, -especial y orgánica. Ignoro por qué una Sociedad de Antropología -perseguía los caracoles; pero consigno un hecho. - -Otra vez le _adjudicaron_ á Trascendencia una _rosa natural_, que -le tuvieron que mandar á Madrid desde Alicante. La había ganado en -un certamen escribiendo una oda en verso libre. _Á la influencia de -las bibliotecas populares en el adelanto general de la cultura._ Por -supuesto, la oda iba también dividida en parte general, especial y -orgánica. - -Por estas dos producciones principalmente llamaba la _Gaceta_ autor de -obras á don Ermeguncio de la Trascendencia. - -Primero faltaba el sol que don Ermeguncio dejase de asistir á la clase -de todos los catedráticos que habían sido ó estaban á punto de ser -ministros. Él ya era doctor; ¡pero amaba tanto la ciencia! - -Desde que fué juez de oposiciones, Trascendencia se creyó en sazón para -considerarse, sin prejuicio ni sobrestima, un hombre importante, de la -clase de los sabios, subclase de los filósofos. - -Pero vino Pavía y el sistema filosófico de don Ermeguncio se disolvió -como el Congreso. Aquella crisis de la política coincidió con una -crisis económica de Trascendencia. - -Los _sucesos_ le cogieron sin un cuarto. Comprendió que no había -modo de sacarle jugo á la filosofía con la nueva situación. En -la Universidad ya no se hablaba del _concepto_ de nada, en los -periódicos todo se volvía personalidades, politiquilla vil y -rastrera.--Apliquemos--se dijo--la filosofía á la vida real, á la -actividad de los intereses temporales, en una palabra, hagamos -filosofía de la historia.--Y por recomendaciones de un ex -ministro entró en una redacción en calidad de redactor de fondos -filosófico-políticos y revistero de libros y teatros. Sus artículos -se titulaban _La política esencial_, _El formalismo político_, _Más -principios y menos personas_, etc., etc. Pero nadie los leía, ni -el corrector de pruebas, que dejaba pasar todos los perjuicios de -los cajistas en vez de los _prejuicios_ de don Ermeguncio. Una vez -hablaba el redactor de la infinita bondad de Dios, y los cajistas -pusieron la infinita bondad de Díaz, produciendo una especie de -antropomorfismo que estaba Trascendencia muy lejos de profesar. -Estas erratas le desesperaban, pero su pena era ociosa, porque nadie -leía sus artículos.--Casi me remuerde la conciencia--se decía--de -cobrar trabajo tan inútil; porque no está el país para esta política -fundamental.--Ignoraba el mísero Trascendencia que en aquella redacción -no se cobraba. Al redactor que pedía el sueldo se le echaba á la calle -por insubordinado.--¡Cómo!--exclamaba el director--¿usted piensa que -aquí nadamos en oro? ¿Que vivimos de subvenciones? No, señor; aquí -se juega trigo limpio.--Ni limpio ni sucio, porque no había trigo. -Don Ermeguncio tuvo que convencerse de que en España el periodista -suele ser tan filósofo como el primero en lo de no cobrar.--¡Y para -esto--gritaba comiéndose los codos,--para esto abandoné yo mis trabajos -especulativos y mis visiones poéticas!--Y suspiraba pensando en sus -estudios de antropología y en su oda á la influencia. - -Así pasó mucho tiempo, esperando la edad _de la armonía_, como él -llamaba al primer pronunciamiento que le trajese á los suyos, y fumando -pitillos _prestados_. Sí, prestados, porque Trascendencia, con el -hambre sentía una ansia de chupar que estaba muy por encima de su -presupuesto, y tuvo que arrojarse á naufragar en una inmensa deuda -flotante de tabaco rizado. Era un préstamo de consumo que le hacían -gustosos sus admiradores, á los que prometía pagar con creces cuando -él fuera á Filipinas á arrancar la enseñanza pública de las garras -de los frailes y á arreglar la cuestión del tabaco. Don Ermeguncio -asistía al café de París después de comer (los demás), y asistía allí -porque economizaba medio real... á sus amigos. En cambio, _en papel_ -les gastaba el oro y el moro. Pero ¡qué importaba, si sabía tanto y era -amigote de don Pedro y de don Juan, unos personajes que le tuteaban! - -Uno de sus _estanqueros_, como él los llamaba en broma, le ofreció -cierta noche una canongía: una correspondencia _pagada_ para un -periódico de provincias. El periódico se llamaba _El Faro de Alfaro_. -Á pesar de la cacofonía del título y de lo cursi de la redacción, -Trascendencia aceptó los doce duros mensuales y la carta diaria sobre -política, ciencias, artes, agricultura, y especialmente todo lo -relativo á los intereses del país, tal como insultar á los diputados de -la provincia por su morosidad, etc., etc. Además había que hablar mucho -del Ateneo, de los estrenos y decir chistes, terminando siempre con _le -mot de la fin_, como los periódicos de París. - -Muy de otro modo entendía Trascendencia la misión del corresponsal -concienzudo; pero hubo de transigir, y olvidando que llevaba dentro de -sí al autor de la oda á la influencia, y al juez de oposiciones, se -puso á escribir su primera carta al director de _El Faro de Alfaro_. - -La primera dificultad con que tropezó fué que no sabía dónde estaba -Alfaro, ni si era puerto de mar, ignorancia muy común en filósofos y -literatos españoles. Su amigo, que era de allí, y por eso lo sabía, le -enteró de todo, y le dijo _además_ que á quien había que dar de firme -era al alcalde; porque llamarle bruto desde el pueblo no tenía gracia; -pero diciéndolo desde Madrid era cosa de que él mismo lo creyese. En -fin, don Ermeguncio empezó:--Señor director... - -¿Pero qué le iba él á hablar á un director que pedía noticias frescas -de todo: de la Bolsa, del Congreso, y así discurriendo, hasta noticias -frescas del pescado fresco? Trascendencia no sabía nada de nada. Le -faltaba ropa decente para entrar donde se pescan las noticias; no -conocía á nadie, y si preguntaba algo, le engañaban de fijo.--Pero, -¿qué le importará á esta gente saber los chismes de Madrid? ¿No les -basta con los de su pueblo? ¡Cuánto mejor les estaría que yo les -hablase de los adelantos de la psicología, que ahora resulta ser puro -monismo (de esto hace años) y que les diese mi opinión acerca de la -religión de los animales, opinión que acabo de adquirir en la Revista -positiva!--Pero no había remedio; había que someterse á las exigencias -de la preocupación vulgar, y Trascendencia inventó un sistema: copiar -el _Diario de Avisos_, para la sección de intereses materiales, y _La -Correspondencia_ para la de intereses morales; pero lo que copiaba de -_La Correspondencia_ lo ponía en cuarentena, y con tan plausible motivo -dejaba á la juguetona musa de los chistes hacer de las suyas. ¡Qué tal -serían los chistes de Trascendencia que ni á él mismo le hacían bendita -la gracia! En cuanto á _le mot de la fin_ lo copiaba de _Charivari_ y -del _Fígaro_ alternativamente. - -Otra gravísima dificultad para don Ermeguncio era que no sabía empezar -nunca á hablar de lo que debía. Que se habían descubierto unas carpetas -falsas; pues empezaba así la carta al _Faro de Alfaro_: - -“Señor director: El hombre es un compuesto de alma y cuerpo; de aquí -que esté íntimamente ligado con la naturaleza y tenga necesidades -económicas; la esfera propia de la actividad económica en el Estado en -lo que se llama hacienda pública...” y por ahí adelante; cuando llegaba -á hablar de las carpetas, ya no cabía la carta en el periódico. - -Llegó la hora de cobrar. Giró, y la letra volvió protestada. _El Faro -de Alfaro_ había muerto. Los suscritores no querían un periódico que -no sabía más noticias de Madrid, sino que todo lo real es racional y -viceversa, según Hegel. - -Trascendencia volvió los ojos al teatro. Era preciso regenerar la -decadente dramática y hacerse unos pantalones, porque los puestos se le -caían á pedazos. Al fin en el teatro se cobra. - -Escribió un drama que se titulaba... _Prejuicios contra prejuicios._ - -El empresario del Español preguntó á don Ermeguncio: - ---¿Qué significa esto? Querrá usted decir: “Perjuicios contra -perjuicios”, y aun así no se entiende muy bien. - ---¡Dale! ¡Lo de siempre! No, señor; prejuicios contra prejuicios quiero -decir. - ---Bueno, pues dígalo usted; pero no será en mi teatro donde se estrenen -esos prejuicios que usted dice, y que yo tengo por perjuicios para mí. - ---Le cambiaré el título á la obra. - -Y volvió con ella al teatro: ahora se llamaba _Antítesis de la vida_. - ---Déjela usted ahí--dijo el empresario. - -Y allí se pudrieron las antítesis. Don Ermeguncio de la Trascendencia, -que hasta entonces había creído que el mal es accidental en la vida y -debido sólo á nuestra finitud, comenzó á darse á todos los diablos del -infierno, aunque no los llamaba por su nombre, porque él no creía en la -demonología ni en la angelología. De lo que él estaba seguro era de que -había nacido con la suerte más perra del mundo. - ---Indudablemente yo no soy de mi siglo. Feliz el señor Núñez de Arce -que es de su siglo, como dice en sus versos; yo no, yo no debía haber -nacido hasta que llegara la edad de la armonía. Uno de esos poetas que -persiguen el ideal, y de camino el turno pacífico, consiguen al cabo el -turno, aunque el ideal sea inasequible. Pero yo no consigo nada. - -Ermeguncio hizo el último esfuerzo. - ---Voy á escribir--se dijo--una obra inmortal de filosofía; se la llevo -á un editor, y si me la paga, como, y si no, que él se las arregle con -el fallo inapelable de la historia. - -Y dicho y hecho. Comenzó á llenar pliegos y más pliegos de filosofía, -y cuando tuvo escritas dos mil páginas de investigaciones ascendentes -y otras dos mil de las descendentes, se presentó á un editor que á la -sazón publicaba _El latente pensante_, traducido al chino. - -El editor era muy bruto. Esto no tiene nada de particular. - -Siempre había tenido un criterio muy raro para las obras del ingenio -humano en siendo escritas. Él había sido maestro de escuela, y nadie le -sacaba de sus trece: el mejor escritor es el que mejor escribe. Esto -pensaba Sánchez el editor, aunque no se atrevía á decirlo, porque la -opinión general era muy distinta. - -Don Ermeguncio le presentó sus resmas de filosofía ascendente y -descendente, y ya temía que Sánchez se las tirase á la cabeza, cuando -notó que el concienzudo editor abría los ojos y la boca, tan asombrado -como podía estarlo un partidario de Torío, que ya no esperaba ver una -gallarda letra bastardilla en lo que le quedaba de vida. - -Sánchez dejó sobre la mesa la filosofía de ida y vuelta con el respeto -con que el sacerdote deja el copón en el sagrario, y abriendo los -brazos, cerrólos después que tuvo entre ellos, y le apretó á su gusto, -al autor insigne, al escritor de los escritores, al escritor de mejor -letra que había conocido. - ---¡Esto es escribir, esto es escribir, y lo demás son -cuentos!--exclamó Sánchez; esto es Torío puro, Torío sin mezcla. -Usted conserva la buena tradición; usted es mi hombre. Esto no se -imprimirá como cualquier libro con letra de molde; esto se conservará -en litografía; esto debe pasar á la inmortalidad como monumento -caligráfico. Y usted, joven ilustre, flor y nata de los pendolistas, el -mejor escritor del mundo, usted tendrá casa y mesa, y dinero para el -bolsillo, y el oro y el moro, porque yo le tomo á usted á mí servicio; -usted será mi secretario, mejor dicho, mi escribiente. - -Trascendencia dudó entre matar á aquel hombre, incapaz de comprender su -sistema, ó aceptar la plaza que le ofrecía. - -Y siendo filósofo de veras por la primera vez en su vida, dijo: - ---Seré su escribiente de usted. - ---Pero júreme usted conservar estos perfiles, estos rasgos, esta santa -y pura tradición de Torío... - ---Lo juro. - -Y Ermeguncio vivió feliz, cobró á toca teja, y no volvió á pasar -hambres ni filosofías. - -Al fin había seguido la vocación. - -Había nacido para escribiente. - - - - - NOVELA REALISTA - - -Apuntes de la cartera de un suicida:“--He venido á Z... á bañarme -y á resucitar la muerta poesía del corazón. He dado trece baños, -número fatal, y hoy me decido á quedarme en el agua. He cogido la -sábana como si fuera un sudario; el calzoncillo de punto me lo he -puesto como quien se viste la mortaja. Al pasar bajo el balcón del -célebre doctor Sarcófago le he visto apoyado sobre el antepecho. -Fumaba tranquilo, de bata, calzando babuchas tan holgadas y tan -poco cristianas como su conciencia. Eran babuchas berberiscas. El -doctor me ha saludado sonriente.--¡Corto, corto! gritaba, ya se lo -tengo á usted dicho.--Quería decir que el baño durase poco.--¿Baño de -impresión, no es eso?--Sí, de impresión.--Así será en efecto. ¡Un -baño de impresión!--Escribo en la casa de baños. Es decir, en la -capilla. ¡Acabo de fumar un cigarro del estanco y de leer un número -atrasado de _La Correspondencia_! El cielo está nublado, llueve, hace -frío, el agua está como dormida, en la sucia playa se abaten las olas -sobre montones de inmundicia. Parece esto un lavadero público. Todo -es triste, insignificante, sucio. Allí está don Restituto, con el -agua al cuello, aunque sólo le llega á las rodillas; pero su esposa -doña Paz está á su lado, mejor sobre sus costillas, y don Restituto, -mísero Atlante con 8.000 reales de sueldo, sufre en los hombros la -inmensa pesadumbre de su cara mitad. Una mitad leonina. ¿Y qué me -importa á mí esto? Nada. Y sin embargo, la presencia de doña Paz me -turba, y mi deseo de morir es más vehemente contemplando esta cópula -canónica y civil que se llama ante el mundo matrimonio, y en el -hogar es la explotación del hombre por el histérico. Doña Paz tiene -histérico, última _ratio_ de la machorra. ¡Machorra! Palabra grosera, -sarcástica, que el Diccionario autoriza. En Madrid don Restituto -es mi subalterno. Yo cobro algo más que él, soy su jefe. Y yo soy -soltero, ni fumo, ni bebo. Don Restituto bebería, fumaría, si tuviese -dinero y no tuviese á doña Paz. Mi subalterno y su esposa han venido -á baños conmigo por una de esas casualidades terribles de que está -la vida llena. Aburrido de Madrid, muerto de calor, soñando con la -poesía de mi juventud, me introduje en un coche de primera, olvidado -de todas las cosas prosaicas de la vida, con el anhelo del ideal. De -pronto abren la portezuela.--¡Está lleno!--estuve por gritar. Y era -verdad; estaba lleno el mundo, cuanto más el coche, de los fantasmas -de mis ilusiones. ¿Qué falta me hacía á mí un compañero de viaje que -probablemente tendría ese reloj del ferrocarril que se llama la Guía, -y que en España sólo sirve para convencerse de que ningún tren llega -á debido tiempo á ningún sitio? Un compañero de viaje que me daría -las buenas tardes y después me miraría sonriente como anuncio de una -amistad que allí mismo iba á empezar (porque la gente que viaja poco -cree en las amistades del viaje y las procura). Lo primero que apareció -fué una maleta de las que usaban nuestros abuelos para viajar á lomos -de un mal rocín. Después entró en el coche una escusa-baraja; luego -un serón, después dos cestas, después un jamón con camisa, esto es, -enfundado en lona blanca, á guisa de violín; después una manta de tal -longitud, que aún no había entrado toda cuando ya amenazaba romper -los cristales de la ventanilla de enfrente. Protesté enérgicamente, -librándome como pude de aquella agresión anónima. Aún ignoraba yo qué -clase de bárbaro hacía aquella invasión. Entonces oí una voz débil -que decía:--Dispensen ustedes, caballeros...--¡Vaya usted al diablo! -Á ver, un empleado de la estación, el jefe, un civil, cualquier -cosa, ¡socorro!--El jefe acude.--Esto no puede ir con ustedes; no -es de uso personal ni necesario en el viaje.--Sí, señor, que es; -es decir, yo no necesito nada de eso, pero mi señora sí; ¡como -padece del histérico!--¡Histérico! exclamé, ¿entonces es usted don -Restituto?--¡Oh, mi querido jefe! gritó el subalterno al conocerme; y -me dió un abrazo, y sobrevino doña Paz; y como yo pasé por todo, el -jefe de la estación no se opuso, pues no había más viajeros, á que -entrasen en el coche los voluminosos artículos de primera necesidad -de la señora del histérico.--Si hubiese podido mandar á doña Paz á -un furgón yo hubiera sostenido mi derecho, pero admitida ella, lo de -menos era consentir los bultos, que al fin no tenían histérico.--¡Y -válgame Dios qué viaje! Entre marido y mujer me pusieron la bilis en -revolución. ¡Cuánta pusilanimidad en el esposo y en ella! ¡cuántas -abominaciones! Don Restituto tuvo que quitarle las botas, calzarle -las zapatillas, y porque no procuraba ocultar á mis ojos profanos los -tobillos de su cara mitad, doña Paz le riñó por lo bajo, con intención -de que yo lo oyera, y le dijo que aquella falta de pudor conyugal le -daba mala espina; porque indicaba poco amor ó excesiva confianza; ¡y si -no fuera que una es como es! Don Restituto aseguraba que yo era corto -de vista, pero doña Paz insistía en que yo había visto algo.--Juro á -Dios que no había visto nada. Llegó la noche; don Restituto dormía. -Doña Paz suspiraba. Con pretexto de que se mareaba yendo de espalda -á la máquina, se sentó junto á mí. Y el Señor me dejó caer en la -tentación. Doña Paz es fea, no es joven; pero quise probar aquella -virtud. La primer tentativa fué rechazada con un melindre. La segunda, -que iba á ser la última y acreditar para siempre la castidad de aquella -histérica dama ¡ay, la segunda tentativa fué un crimen frustrado! -Doña Paz, indignada quizás con el escaso pudor conyugal, como ella -decía, de aquel esposo, tomó cruel venganza. Hizo á su manera lo que -aquella reina de Frigia que compartió el trono con el sabio Gijes. -Pero yo, ni maté á don Restituto ni consumé lo que aún ignoro si se -podría consumar. Pero doña Paz no fué por eso menos infiel. ¡Ridícula y -terrible aventura!” - - * * * * * - -“Y yo había amado á lo Werther; yo había nacido para el ideal; pero -¡ay! como dicen en el Ateneo de Madrid, los ideales han muerto: ya -sólo quedan las mujeres histéricas para mí. No hay tormento comparable -á mi tormento; yo tengo la conciencia torturada por un crimen que me -dió el hastío por todo placer. Recuerdo con asco y con vergüenza una -aventura que arrojó el cieno de la deshonra sobre las canas de un buen -amigo. ¡Pobre don Restituto!... Ahora me llama el infeliz, me dice que -corra á bañarme á su lado. ¡Sugestiones de su mujer!--Voy á vengarme y -á vengarle; voy á dar á esa Mesalina de la calle de las Postas un buen -susto. Éste es mi plan. Nado junto á ella, la invito á un ensayo de -natación bajo mis auspicios; ella acepta de fijo; la llevo por la barba -adonde nos cubra, finjo un accidente, me voy al fondo, y ella... Yo no -soy responsable. Un muerto no responde de nada. Si perece no es mía la -culpa, ó si es mía, es una culpa que me honra. Por desgracia no faltará -quien acuda á tiempo para salvarla; ella sin saberlo, debe flotar -como el corcho. Á lo menos en todas las disputas domésticas siempre -ha quedado encima como el aceite.--Allá voy, don Restituto, corro á -salvarte, á librarte si puedo de tu doña Paz de tus pecados. Y además -te proporciono un ascenso. ¿Para qué quiero yo el destino? ¡Yo que -soñé con la gloria, me veo reducido á ser jefe de un don Restituto! Tú -serás el jefe en adelante, hombre probo, tú ascenderás, tú tendrás esos -cinco mil reales que faltan para que te llegue el agua al sal. Mañana -dirán de mí que tuve la cobardía de matarme, que cometí un crimen. No; -hice una obra de caridad, dí el ascenso inmediato á un funcionario -que cuenta veinticinco años de servicio y otros tantos años de hambre. -La vida se ha hecho para los Restitutos que esperan veinticinco años -un ascenso y se ligan con indisoluble vínculo al histérico semoviente. -Sí, ¡doña Paz es la mujer probable! Ella también habrá tenido sus -quince, aunque parece mentira. Quién sabe si mi Carlota, que era como -una sílfide, que andaba de manera que sus pasos parecían aleteos de -ángel--frase que se me ocurrió escribir en aquel soneto que no se -me ocurrió enviarle--¡quién sabe si ella también... tendrá á estas -horas bajo sus uñas un don Restituto, si ella también habrá padecido -ó padecerá histérico!--¡Ay, la mujer que no muere con la tisis -interesante de la juventud, llega á ser fatalmente doña Paz!--Allá voy, -allá voy, don Restituto--Él me llama á la muerte; sí, él puede hacerlo, -él es mi víctima, aunque lo ignora; allá voy, sí, laven las ondas del -océano la afrenta de tu honor.” - -Así terminan estos apuntes, que con notoria imprudencia dejó en el -bolsillo de la levita el incauto criminal. - - * * * * * - -En el libro de cuentas “para huso de Doña Paz Cordero de Cabra” se lee -al folio 20 lo que sigue: Manteca 12 uebos 20 Haceyte 6, y más abajo: - -“Yo lamaba, si le hamaba, perro el no lo savia, una muger como yo no -puede dar á entender su hamor sin desonrrarse y desonrrar á su manido. -Yo á los quinze años le havia bisto y hamado, el no se havia figado -en mi, porque hestaba enamorrado de Carrlota y de sus Ilusiones sovre -todo: erra Pueta, soñador, anvicionava bolar muy alto, y yo no podia -yamar su Hatenzion. Uió de nuestro puevlo, perro mi hamor se quedó -conmijo, cada dia herra mayor, mas triste, perro grande como nunca. No -bolbi a hoir ablar del, perro aqui en el corracon su Recuerrdo bibia, -bibia heterrno. Mi madre se morria desesperrada por degarme sola y -pobre, restituto era goben, vueno y mamava y le dy mi mano sin hamor, -como pude hir al ospizio. En este matrimonio no ice mas que Enjorrdar -y Enjorrdar y hazquirir un genio muy malo, caprichoso, antogadizo, -por culpa de mi tristeza hintima y de la pubreza de Elespiritu de mi -hesposo; otro hesposo que no fuerra mi hesposo, uvierra echo de Mi una -muger, él, restituto izo una sultana, una fierra, disimulada, cruel, -mala, mala si. Muchos años pasarron y bolbi a Ver a mi Hamor, herra el -Gefe de restituto en la oficina. ¡No se acordava de mi! ¡Como si nunca -me uvierra bisto y yo que le Beia todos los dias ha todas orras en mi -Halma! Perro no le dige nada, como si tampozo le conociera. Me beia -pocas beces, restituto le querria mucho y procurraba traherle a casa -cuanto podia; yo uia del, Perro en el tren, de noche, cuando yo sentia -cerca del todo el Fuego de la Gubentuz, enloquezida por su presenzia y -por no sé que haromas que benian del campo que atrabesaba el Trren y -asta creo que por suspiros que vajaban de las estrrellas que briyaban -Tanto, no pude menos de hacercarme a El y suspirar y El me cogio la -mano y me ablo de Hamor y de Su Hamor y Aquella Noche de Gran Pecado, -fue la única Feliz de Mi Bida. Que Lo Sepa el Mundo Entero. Despues no -bolbio a ablarme; uia de mi en los vaños, se conoze que fuí parra El un -pasatiempo nada más. Por eso Me Mato. Que Lo Sepa el Mundo Entero y mi -marrido, adios restituto.” - - * * * * * - -El corresponsal del _Hipódromo_ escribió á su perfumada revista lo -siguiente: - -“Hemos tenido también nosotros en Z... nuestro drama, tragedia mejor -dicho. Gracias á esto, hay algo de qué hablar. El señor X... conocido -en Madrid por su afable trato en los círculos más distinguidos, ha -sido el héroe. En traje de baño, si traje se puede llamar á unos -sencillísimos calzoncillos de punto, salió á la playa y entró mar -adentro con rumbo á la eternidad. La señora de V..., esposa de un -modesto empleado se bañaba con su marido, y al pasar cerca de ella -el señor X... indicado, le dió un sonoro beso en la frente, así como -suena, y lanzando una carcajada histérica cayó en las olas sin sentido. -El señor V... acudió en vano á salvar á la no muy casta esposa; con -la fuerza del paroxismo la robusta dama sujetaba al nada atlético -esposo, y en tanto las amargas olas, con esa fría impasibilidad de -la naturaleza, arrastraban á la infortunada pareja. Ambos hubieran -perecido á no estar cerca el señor X... que pudo sacar á la arena al -señor V... donde le dejó antes que volviera en sí. El señor X... se -echó otra vez al agua; los circunstantes, gente toda de Madrid, le -dejaron hacer: creyeron que esta vez iba á salvar á la dama... pero se -le vió desaparecer entre las amargas olas, y ni la señora de V... ni el -señor X... volvieron á la arenosa playa, hasta que la marea trajo horas -después dos cadáveres.” - - * * * * * - -Cuando leyó don Restituto la confesión de su esposa en el libro de -cuentas, exclamó: ¡Yo te perdono! Después meditó y dijo: - ---Y á él también le perdono. ¡Al fin le debo la vida! Si no es por él -me ahogo en el mar ó... en mi cara esposa. - - - - - LA PERFECTA CASADA - - -Don Autónomo, que celebraba sus días en Septiembre, pues en ese mes -“cae” San Autónomo, y que lo diga la _Leyenda de Oro_; don Autónomo -Parcerisa acaba de comer _opíparamente_ rodeado de su esposa é hijos, -muy satisfecho, alegres todos, felices. No había familia más dichosa -en el mundo. Vivían en una _mediocritas si no áurea_, por lo menos de -plata sobredorada, la cual les permitía en los días que repicaban en -gordo tirar la casa por la ventana, en forma de símbolo, por supuesto; -es decir, sin pagar una _onza_ en el gasto extraordinario, que lo demás -quedaba muy guardado en la caja de caudales, en el Banco y en las arcas -de la Equitativa, donde don Autónomo se había asegurado. - -Serafina era un serafín; mujer más angelical no la había: era la -perfecta casada de Fray Luis, pero á la moderna, con costumbres algo -menos devotas, pues si no, hoy ya no hubiera sido la perfecta casada. -Nada de gazmoñería, virtud expansiva, alegre; sacrificio constante de -su egoísmo al interés de su marido é hijos, pero sin que se conociera -esfuerzo alguno, con divina gracia. Parecía una mujer como todas y era -la mejor de todas. - -No hacía valer su fidelidad (y era guapísima y muy codiciada) como -un mérito: esta pretensión le hubiera parecido ya una especie de -adulterio. Así como á nadie se le ocurre en una sociedad de personas -distinguidas, nobles, ricas, finísimas, que uno de aquellos duques, -ó generales, ó ministros, se va á llevar un candelabro de plata, por -ejemplo, y nadie piensa en el robo posible, pero una posibilidad -_infinitesimal_, por decirlo así, tampoco se le pasó jamás por las -mientes á Serafina ser infiel á su Autónomo por pensamiento, de palabra -ú obra. - -Y como no había manera de reprenderle por nada, de reñirle, jamás le -había reprendido; nunca habían reñido. Estaba íntegra la vajilla é -íntegra la paz conyugal. - -De todo lo cual llegó, á fuerza de años, á sacar en consecuencia -Autónomo que así no se podía seguir, que había que acabar de cualquier -manera. - -En esto pensaba precisamente aquel día de su santo, después de los -postres, cuando ya los niños se iban despidiendo del padre porque los -reclamaba el lecho. - -Todos se acostaban sin protestar, y eso que estaban seguros de que su -madre no les hubiera negado permiso para velar un ratito. Ellos lo -deseaban... pero no, ¿para qué? La mamá les tenía demostrado que era -cosa nociva, y además, la hubieran disgustado, aunque ella no lo dejara -ver: nada, nada, á la cama. - ---Buenas noches, papá. - ---Santas y buenas, hijos míos, santas y buenas. - -Y seguía pensando don Autónomo: “Vea usted. Ahora me iría yo de muy -buena gana á jugar un tresillito al casino. Siempre pierdo, es verdad, -pero ¿y qué? No es mucho y me divierto. Pero no voy, imposible. Si -anuncio que salgo ésta se reirá lo mismo absolutamente que si le digo -‘Me voy á la cama’, que es lo que á ella le gusta, porque sabe que me -conviene madrugar, para el estómago y para los negocios... ¿Quién le da -un disgusto _callado_ sin grandes remordimientos? Pero... la verdad es -que hoy... día de mi santo...” - -Sin embargo, decidió tener un rasgo de energía que no hacía falta, y -poniéndose en pie exclamó: - ---Ea, chica, dame... la palmatoria, que me voy á la cama. - -Y se acostó, se acostó como los niños. - -Y en cuanto se vió entre las sábanas se sintió como en presidio, como -en el cepo, y echaba pestes contra sí mismo, pues contra su mujer no -había por qué. - ---¡Voy á saltar de la cama! ¡Salto! ¿Quién me lo impide? - -Y no saltaba por eso mismo, porque era su derecho, porque nadie lo -impedía; y su mujercita le hubiera acercado la ropa muy contenta, y le -hubiera alumbrado hasta la calle, sonriente. - -Se quedó dormido protestando contra la excesiva virtud de su esposa, -que por ser una santa le obligaba á él, para no tener terribles -remordimientos, á ser, por lo menos, el _beato_ Autónomo. - -Y pasaban días y días, y siempre así. - -En fin, llegó á encontrarse con todos sus vicios extirpados, incapaz -de la menor calaverada, que hubiera sido terrible ingratitud para -con aquella _santa familia_ en que él mismo se veía con su aureola -resplandeciente. - ---Pero, señor, si yo no iba para santo; si esto es á la fuerza. ¡Esto -no es la perfecta casada, esto es la _pluscuamperfecta_! - -Y poco á poco le creció la manía hasta el punto de aborrecer, á su -manera, á aquella mujer, á quien adoraría de rodillas, y por no -disgustar á la cual estaba él ganando el cielo. - -Y de una en otra, vino á parar en comprar una maquinilla manual de -imprimir, y se encerraba en su casa, imprimiendo en tarjetas, volantes, -besalamanos, etc., las mismas palabras, pocas. Y después, de noche, -los llevaba al correo y estaba cinco minutos echando papel por la boca -abierta del león, pasmado de tanta correspondencia. - -Había comprado el libro de las cien mil señas y había dirigido á todos -los periódicos del mundo, ó á muchos por lo menos, á las agencias, -á los abogados, obispos, diputados, cónsules, jueces, alcaldes, -banqueros, etc., etc., la misma noticia, que los importaba igualmente á -todos: nada. - -El juez de guardia, que la recibió también, fué el único que hizo caso -de ella. Decía así el volante que recibió: “Me mato por no aguantar á -mi mujer.” - -Y en efecto, Autónomo se suicidó de veras. - -Por más que se hizo, no se pudo ocultar la terrible catástrofe á -Serafina; y lo peor fué que, por la inmensa publicidad que el suicida -había dado á la noticia, tardó muy poco en llegar á conocimiento de -la santa esposa la causa del suicidio. ¡Su marido se mataba por no -aguantarla á ella! - -El buen sentido hizo que el público en masa, conocidas las cualidades -de la virtuosa señora, declarase que aquel hombre se había vuelto -loco de pura felicidad doméstica. Sólo así se explicaba el absurdo de -_matarse por no aguantar á la perfecta casada_. - -Sin embargo, cierto solterón empedernido amigo del difunto, decía: - ---Á la muerte de Autónomo no se le ha sacado toda la filosofía que -tiene. No estaba loco. Lo que ha hecho es dejarnos ejemplo con su -muerte. La filosofía de ese suicidio es ésta: “Me mato por no aguantar -á mi mujer.” Pero su mujer es la mejor del mundo. Luego... la mejor de -las mujeres es inaguantable. ¡Lo que serán las otras! ¡Y lo que será el -matrimonio! - -Este Autónomo es el redentor de los célibes. - - - - - EL FILÓSOFO Y LA “VENGADORA” - (CORRESPONDENCIA) - - - I - -Amigo mío: aunque vivo lejos del mundanal ruido, no dejo de enterarme -por los periódicos de los sucesos públicos más interesantes, en -particular de los que atañen á la vida literaria contemporánea, que -sabes cuánto me llama la atención, por el gran valor social que -atribuyo á sus manifestaciones. Pues bien: he leído el monólogo de -Teresa, la _vengadora_ de Sellés, y he visto que al público no le ha -parecido inverosímil que una mujer de esa clase, de esa _vida_, sepa -hablar tan bien y pensar tan profundamente. El buen éxito de la Teresa -de Sellés me anima á publicar, por tu conducto, si aceptas el encargo, -esta especie de _Heroídas_ en prosa que adjuntas te remito y que son, -como verás, una correspondencia entre una verdadera _vengadora_ y este -humilde _filósofo_, según tú y otros amigos me llamáis, tal vez por -burlaros de mis aficiones. Mi _vengadora_ es más sabia que Teresa, -hasta es pedante y muy aficionada á psicologías, según consta en esos -papeles. He tenido guardadas estas cartas porque, si bien me parece que -tienen cierto sabor literario (y perdona la inmodestia, por lo que -toca á las mías) no creí hasta ahora que el público pudiera encontrar -verosímil esta clase de damas de las Camelias casi idealistas, -retorcidas y alambicadas de espíritu, pero no arrepentidas ni tal vez -enamoradas. Y que existe la mujer así es evidente: yo he conocido, he -visto ésa, de carne y hueso, y para que tú la conozcas también, en -espíritu, le dejo la palabra. Lee, y si te parece, publica. - -Tuyo, - - _El filósofo_. - - - II - -Señor... filósofo: perdone usted, ante todo, que no le llame por su -nombre. Fernando no ha querido decírmelo ni en presencia de usted ni -á solas: usted tampoco ha querido ser menos misterioso; de modo que -respeto... á la fuerza, el incógnito, y le llamo por el mote que le han -puesto sus amigos. Pero conste que es á la fuerza, no porque yo quiera -usar con usted una familiaridad á que no tengo derecho y á la cual -usted no ha dado, por cierto, pretexto en el corto _lapso de tiempo_ -(como dice Mambrú) que he tenido el honor de tratarle. Además, por mi -gusto, aunque pudiera legítimamente hablarle á usted, en broma, en -estilo _festivo_ (Mambrú), no lo haría hoy, y le confieso que con mucho -gusto le llamaría mi estimado don... Pepe, por ejemplo, ó Pepe ó Juan -ó lo que sea, á secas. No estoy para bromas. Además (y van dos), me -tiembla el pulso al escribir. Para mí la situación, ó el momento, ó -como se diga, es solemne. Escribo, acaso por primera vez, á un _hombre -honrado_; pues me inclino á creer que usted lo es, en efecto, no por -las apariencias sólo, no porque le llamen filósofo, y Fernando diga -que usted tiene mucho talento, pero _no vive en la realidad_; estos -serían, en todo caso, indicios de su honradez de usted, pero no bastan: -le creo hombre honrado por otras señas que observé en el citado _lapso_ -de Mambrú.--Y ¿qué es un _hombre honrado_?--dirá usted.--¿Cómo cree -ésta que por primera vez escribe á un hombre honrado, cuando tantas -cartas... habrá escrito á Fernando... y al barón de X y á Paquito H -y... ¡etc., etc., etc., etc.!!!--Pues sepa usted, señor filósofo (por -mi gusto se llamaba usted _mi querido don Andrés_, como mi padre) -que ni Fernando ni los demás perdidos son para mí hombres honrados. -¿Qué es entonces un hombre honrado? Lo mismo que una mujer honrada. -Son hombres deshonrados los que tienen tratos con las mujeres... que -tienen tratos con esos hombres: ni más ni menos. _Do ut des_, como -dice Mambrú, aunque no sé si viene á pelo. Esto no quiere decir que -yo tenga por _malo_ á Fernando, eso no; pero no es lo mismo. Tampoco -yo soy una _mujer honrada_ y me tengo por buena. Ya ve usted que soy -bien franca y que no juego _á la demi mondaine_. ¡Ah! No. ¡Viva España! -Si yo fuera literata no hablaría como esas señoras sospechosas que he -visto representar á la Duse y á la Tubau: hablaría como la _Celestina_, -que es una comedia, ó novela en conversación, que me leyó Fernando y me -gustó mucho... Pero vamos al grano. Usted es un _hombre honrado_, ó me -lo parece, y esta _novedad_ me infunde un respeto extraño (á ratos, -cuando estoy de broma, loca, si me acuerdo de usted... se me escapa -por dentro la risa) y... si he de ser franca del todo... me entraron, -al fijarme en el modo que usted tenía _de no mirarme_, vivos deseos -de hacer que me mirara y admirara... y deseara. Todo esto pasó, me -pesa, y por eso se lo digo (y perdone tanto _seseo_). Á los ojos no me -miró usted más que un _momentín_ muy pequeño que no debe de merecer el -nombre de _lapso_. Usted también debe de acordarse. Es usted el único -hombre que entró en esta casa, desde que vivo con Fernando, á quien no -le conocí ni asomos de intención de burlar _al amigo_ y quitarle, más -ó menos completamente, la fidelidad cuasi conyugal de su Nila. Pero -hizo usted otra cosa: se llevó usted el retrato que había sobre la -_cónsola_, como dice Trini. Fernando, que miente cuando es necesario, y -eso que es casi tan _pensador_ como usted, jura y perjura que él no le -regaló el cuadrito, y como yo estoy segura de que usted fué quien se lo -llevó, de que el cuadro desapareció cuando usted salió de casa; como es -imposible que fuera el _ladrón_ alma nacida no siendo usted (no admito -discusión sobre esto) resulta... eso... que ha robado usted el retrato -de la señorita Elena, la hermana que se le murió á Fernando. No es -probable que usted se atreviera á llevarse el cuadro sin pedirlo; pero -sí creo que de Fernando no salió el ofrecérselo. Fué usted quien, ya -que no me ofendió deseando mi _infidelidad_, me maltrató sin decírmelo, -advirtiendo á Fernando que el retrato de su hermana parecía mal en la -casa en que vivimos juntos. (De que se lo llevó usted estoy segura; -porque Fernando no se lo tragó. Yo le registré en cuanto usted salió, y -á la calle no pudo tirarlo, y en casa doy fe de que no está. Usted lo -tiene). Él dice que estuvo usted algo enamorado platónicamente de su -hermana Elena, y que por eso... - -No es eso. Es que usted cree que yo no debo tener en _mi_ casa el -retrato de esa señorita. Yo pensaba que no había pecado ni ofensa en -ello; que bastaba con no haber creído prudente, por el qué dirán, -sólo por eso, que entrase en casa ni una hilacha, ningún recuerdo de -la pobre _difunta_... de la _otra_ difunta. Sea como quiera (Mambrú), -digo, no, _séase de esto lo que quiera_, yo acato el _superior -criterio_ de usted; pero se me figura que si en vez de encontrarse -con Cristo se encuentra con usted la Magdalena, se quedan sin santa -de su devoción las Arrepentidas. En resumidas cuentas, si usted -quiere... devuélvanos el retrato (á no ser que jure _haber amado_ -á esa señorita). Como usted, aunque filósofo, no lo sabe todo, ni -lo entiende todo, no sabe, no comprende el papel que ese cuadrito -desempeñaba en la casa. Era objeto de una especie de culto doméstico, -nuestros _dioses lares_, nuestros _penates_, ó como se diga: algo así -como un pebetero de buen olor de honradez, de intimidad digna, noble. -Fernando y yo, que somos á ratos unos locos, nos hemos empeñado en que -el amor todo lo vence (ó la pata de cabra), y llegamos á figurarnos -que somos... no marido y mujer, que eso no hace falta, y dice Fernando -que mujer _se tiene_ una sola, sino algo que, sin ser matrimonio, ni -querer imitarlo, y sin dejar de ser amor, es otra cosa también digna -á su modo, no _honrada_, pero otra cosa, tal vez mejor, allá, en alta -metafísica. En fin, esto se lo explicará á usted Fernando, si hablan de -ello, mejor que yo. Y eso que, no crea usted, puesta á ello, yo también -podría analizar con el escalpelo de la crítica (Mambrú puro) estas -quisicosas del alma en sus relaciones con el _medio ambiente_. (Repito -que dispense usted las bromas: no domino el estilo: él me lleva á mí y -por la costumbre de hablar siempre en _guasa_ escribo de esta manera... -cuando quisiera escribirle á usted como el devocionario). - -Conque ¿nos devuelve usted el retrato? Por si se niega, ahí le mando á -usted por Petra ese paquete: es un escapulario de mi madre que yo he -traído _casi siempre_ conmigo. Ahora caigo en la cuenta de que, si el -retrato de la señorita Elena _se mancha_ estando sobre una consola de -la sala, este recuerdo de mi madre, bendito por añadidura, porque está -tocado al Santísimo Cristo de las Cadenas, _se mancha_ exponiéndose al -roce de Fernando, que es tan... tan _corrompido_ como esta servidora. -Ó vuelve el retrato y admita usted los tiquis miquis sentimentales y -suprasensibles de nuestro _arreglo_, ó quédense en poder del _hombre -honrado_ las dos cosas. Y, _más diré_ (Mambrú), si usted nos devuelve -el retrato... por el favor... y por _un no sé qué_, porque eso otro es -más serio, más... religioso, más... del alma, quédese usted, si quiere, -de todos modos, con el recuerdo de mi madre que le envío por Petra. Su -affma. s. s. y a. q. b. m., Nila.--Va sin señas el sobre porque no sé -cómo se llama usted ni dónde vive... (Petra lo sabe... pero ésa no -lo dice; fué ama de cría de Fernando; está juramentada... Pequeñeces -de la vida semiconyugal. Fernando es así. Él dice que es una broma -el no dejarme saber quién es usted... Me deja escribirle... con esta -condición: que no he de volver á verle ni he de saber dónde está, ni -cómo se llama). Petra también dice que es broma y se ríe á carcajadas. -En el fondo me halaga estar _un poco_ presa... y con espías. Fernando -no lee mis cartas: dice que le basta con leer lo que usted me -conteste... si se lo permito. Petra no sabe leer. Yo puedo decirle á -usted lo que quiera, siguiendo la broma; pero usted á mí es seguro que -sólo me dirá lo que deba. Es una diversión como otra cualquiera y que -Fernando me _otorga_, á cambio del teatro. Lo malo es que usted se -cansará pronto de esta comedia. Pero... no deje de contestarme, por -lo menos á esta _primera de retratos_, como diría Sancho. (¿Eh? ¡Qué -erudita!)--Vale. - - - III - -Mi estimada amiga: es de mi obligación, aunque me pese, romper á las -primeras de cambio el encanto de la novela misteriosa, y á su modo -picaresca, que usted tenía tramada y cuyo primer capítulo viene á -ser la carta habilidosa á que contesto. Si en las comedias _todo lo -comprenden á lo último_, yo, para que no haya comedia, le declaro que -lo he comprendido todo desde el principio. Casi todo. Ni Fernando -le ha callado á usted mi nombre, ni le ha prohibido saber dónde -vivo, ni Petra ha sido nodriza, ni él desconfía de nosotros, de mí -particularmente, ni, mucho menos de usted, en el sentido de creer que -mi prosa puede ser pólvora en salvas para seducir á usted, y que, -en cambio, mi presencia corporal pudiera vencerla. Esto es lo que -usted quería dar á entender... Comprendido; pero no hay tal cosa: es -una estratagema de usted: la trama de su novela. Queda deshecha. Le -advierto que Fernando no sabe lo que usted me ha escrito; ignora que -usted quería componer una novela en colaboración con el _filósofo_. Yo -le he preguntado lo que necesitaba saber para cerciorarme de que usted -_fantaseaba_, pero de suerte que él nada pudiera sospechar del secreto -fin de mis preguntas. - -También es obligación mía advertir á usted que de Fernando á mí hay -un género de intimidad espiritual que usted no puede sospechar adónde -llega. Usted es muy lista, sabe mucho (la aparente frivolidad y el -desaliño contrahecho de su carta tampoco me engañan), ha leído usted -mucha psicología... de novela y aun algo de literatura mística. Ya ve -usted si estoy enterado. Pero, permítame que se lo diga: una mujer, -como no sea una mujer extraordinaria, un monstruo verdadero, no llega -en estas materias adonde llegan los hombres... cuando llegan. Sé que -usted es capaz de comprender _mucho más_ de lo que pudiera inducirse -á juzgar por su carta... en la que imita usted á ciertas damas -alegres de novela y comedia... Es más; adivino que si usted vuelve á -escribirme, convencida de que he conocido el disfraz, se pondrá otro -muy diferente, y acaso le dé por presentárseme hecha una Hipatía -moderna. Pues con todo eso, no es probable que usted pueda comprender -de qué clase es la intimidad espiritual de Fernando y el que suscribe. -Tenga usted cuidado, por consiguiente, con lo que me dice. Lo que usted -y Fernando puedan confesarse, comunicarse en los momentos más sublimes -de esa metafísica amorosa que todo lo perdona, todo lo santifica, etc., -etc., no tiene comparación en profundidad, solemnidad y... bondad, con -lo que en otra clase de expansiones nos decimos ese _perdido_, como -usted le llama, y este _hombre honrado_, que lo es, en efecto, en la -acepción que da usted á la palabra. Honrado... hasta cierto punto. Y -para que no vuelva usted á reirse de mí, en esos momentos en que no -es usted _mística_... á su manera, le voy á contar un cuento. Hay un -escritor en París (amigo y algo así como correligionario de M. M. B. -á quien usted _tanto_ conoce), el cual es propagandista y director en -cierto modo del movimiento neo-idealista, ó neo-religioso, ó neo... -lo que usted quiera, de que tantas veces habrá hablado con usted M. -M. B. Pues el tal escritor en un artículo reciente nos cuenta que -otro amigo suyo (no M. M. B.), que quería convertirse á la nueva -escuela ó tendencia, así como idealista y religiosa, le decía un tanto -alarmado:--Pero, vamos á ver, esto de la nueva idealidad, de la futura -religiosidad ¿significa... que no va uno á poder mirar á las mujeres -bonitas?--El filósofo cuasi-místico le reanimó diciéndole que no se -trataba de votos de castidad, ni de abstinencia que, por modestia -se seguía dejando á los sacerdotes _verdaderos_, á los de carrera. -Pues bien, amiga mía: yo soy de la escuela del amigo de su amigo de -usted. Yo miro á las mujeres bonitas y consagro no pequeña parte de mi -vida á estar enamorado á mi manera. El amor no es pecado ni pequeñez -cuando se le sabe conservar su mayor encanto, que es la ilusión. Así -como Gœthe, en el _Fausto_, segunda parte, que usted leyó en Granada, -en la Alhambra (¿estoy enterado?) hace decir á Manto en la Walpurgis -clásica _Den lieb ich, der Unmögliches begehrt_[1] yo opino que el amor -imposible es lícito... al que, por una razón ó por otra, no debe amar -en una mujer lo posible. - -Yo, por motivos que no son del caso, no puedo amar lícitamente á las -mujeres que encuentro por ahí, si se ha de entender por amar pretender -_poseerlas_. (Palabra bárbara, grosera, aunque no tanto, como aquélla -que abunda en nuestros poetas clásicos: _gozarla_). - -Por esto consagro mi idealidad amorosa, fuerza inexorable, invencible, -que ha de ser respetada si no se ha de mutilar la _representación -poética_, _animadora de la vida_, á las vírgenes pudorosas, -inasequibles, de las que estoy seguro que no serán mías. En cuanto veo -en ellas este _imposible moral_ que dignifica mi _ilusión_, á ésta me -arrojo sin miedo, remordimiento ni medida. No digo, amiga mía, que esto -sea una perfección moral, ni mucho menos, ni me propongo como dechado; -no hago más que declarar cuál es el expediente á que he podido llegar -yo para resolver, interinamente á lo menos, esta dificultad que -engendra la oposición entre ciertas leyes sociales, consuetudinarias, -hoy por hoy indispensables, y algunas tendencias naturales que -constituyen elementos insustituíbles para la vida estética armónica. -Hablo de esto, principalmente, por que usted vea que yo no bajo la -vista en presencia de la mujer, sino que _por principios_ me enamoro, -á mi manera, exclusivamente de las mujeres puras, de las que no son -capaces _moralmente_ de amar, ó mostrarlo al menos, á un hombre que -no puede contraer _justas nupcias_. La mujer imposible es mi único -_tópico_ amoroso. Ya lo sabe usted. De modo que entre nosotros no hay -_flirtation_ posible; y, además, no cabe mirarme como un _seminarista -escapado_: soy tan _hombre de mundo_ como cualquiera... que no -practique. Ni una _tentación_ para los momentos de _mística_ diabólica, -ni una figura ridícula para los momentos de epicurismo reincidente. -Tengo un verdadero placer al escribir todo esto, seguro de que usted -me entiende. Lo cual no quiere decir que usted _lo entiende todo_. No, -ciertos lazos que nos unen á Fernando y á mí, y de que él tal vez está -olvidado por algún tiempo, usted no puede verlos. Su vista espiritual -es sutil, pero no tanto. Y ahora á otra cosa. No quiero ser traidor. -Sé su historia de usted... hasta el punto que usted ha querido que la -supiera Fernando. - -Y un poco más allá, por ciertos cálculos de trigonometría psicológica -que hicimos entre Fernando y yo, y después yo solo, Fernando no le ha -jugado á usted ninguna partida serrana, al contarme sus confidencias. -No puede usted figurarse adónde llega la intimidad de dos amigos -verdaderos; qué secretos se cuentan cuando casi emborrachados -materialmente por las mutuas confesiones de idealidades, aventuras -poéticas, vaporosas, discurren horas y horas, verbigracia, paseando -á media noche, en primavera, recogiendo al paso las emanaciones -perfumadas de los jardines de los ricos (de los ricos que no gozan de -esta riqueza suya, porque ó duermen ó velan por miserables cuidados -lejos de sus propias flores), gozando de esos aromas volanderos que -se burlan del derecho de propiedad y van á halagar los sentidos y el -espíritu de sus verdaderos propietarios, los soñadores que pasean á -media noche contándose purísimos ideales, escudriñando á dúo arcanos -santos de la vida... Y el uno dice: --Voy á llevarte á tu casa.--Y -cuando llegan dice el otro:--No tengo sueño, necesito andar más: voy á -llevarte yo á ti.--Y llegan á la casa del que acompañó primero, el cual -tampoco quiere acostarse todavía. Y así van y vienen, y les sorprende -el canto de la alondra, aunque no haya alondras, pero les sorprende el -alba y el recuerdo de la alondra de Shakespeare y el de Romeo que vela, -y que, ausente Julieta, pero presente el amigo, con él se compara en -deliquio que, si no es comparable al amoroso, tiene una austera poesía -inefable... que no comprenden bien ustedes las mujeres, por exquisitas -que sean en sus _psicologías_, y aunque hayan acompañado á un _poeta -decadente_ en un viaje, cuasi-peregrinación por el país de los místicos. - -Sí, Nila, lo sé todo: sé su historia de usted... hasta donde la sabe -Fernando. ¿Para qué contársela á usted? Fuera impertinencia. Para -hablarle de otras cosas, del retrato que me llevé y del escapulario que -por Petra usted me envió, necesito, si he de ser sincero, conocerla -á usted más, para estar seguro de no profanar, hablando con usted de -ellas, cosas tan serias y respetables como son el retrato de la hermana -de Fernando y el escapulario de su señora madre de usted. Su affmo. -amigo, q. b. s. p., - - _El Filósofo._ - - - IV - -Amigo... filósofo (repito que no sé su nombre de usted; Fernando -le ha engañado): observo con cierta vanidad que es usted mucho más -difuso y desordenado que yo al escribir: empieza usted un asunto... -se pierde en pormenores, y ¡adiós _hilo del discurso_! Además, -también es usted menos... delicado... ¡Qué pocas galanterías me dice -usted!... Hablar así á una _dama_ es enseñar las uñas... antes de -limpiarlas. No importa. Los filósofos me gustan así. Los amantes, no. -Observe usted que yo no hablaba directamente nada apenas de nuestra -_impossible flirtation_, y usted... apenas habla de otra cosa, aunque -sea para negar su posibilidad. Pero vamos á otro asunto. Á lo que _hoy_ -me importa. Digo hoy porque otro día, que esté yo más desocupada, -hablaremos de otra cosa. Dejo para más adelante lo de su amor de usted -_en alemán_, lo de las _ingenuas_, su afición á los pimpollitos (señal -de vejez). (Ahora la grosera soy yo, ¿verdad?) No haga usted caso. Le -comprendo á usted... un _poco_ (hasta donde puede comprender una mujer -_no extraordinaria_) porque..., _auch ich war in Arcadien geboren_: -(_yo también nací en Arcadia_) (Schiller), y yo también sé alemán y -_supe_ querer en _alemán_. Yo también fuí, si no filósofo ni _amigo -íntimo_, mujer pura, virgen _imposible_ (y con todo, hubo quien pudo). -Pero á eso íbamos, antes del paréntesis. Íbamos á mi historia. ¿Conque -la sabe usted? ¿Está usted seguro? Usted sabrá la que Fernando le -contó; pero, ¿es ésa mi historia? Ésta es la cuestión. Lo primero que -_exijo_ es que me la cuente usted... Porque... puede muy bien suceder -que yo no la sepa. Ó porque Fernando no le haya contado á usted la -misma que yo le conté á él... ó porque yo me haya olvidado de la -historia que le conté á Fernando. Veamos. Venga ésa, la que usted sabe, -y después yo desembucharé la historia _auténtica_... si me conviene. -Diga usted lo que sabe, criatura. Su amiga y colega en pedantería, -_Nila_. Hoy no hay postdata: no la merece usted. - - - NOTAS: - -[1] Yo amo al que desea lo imposible.--(N. de C.) - - - - - MEDALLA... DE PERRO CHICO - - -¿Que no conocen ustedes á la de Casa-Pinar? ¡Pues si no se ve por ahí -otra cosa! Ella es la golondrina que sí hace verano. - -En cuanto asoma Agosto, se presenta Agripina Pinillos, hija de la -marquesa viuda, y pontificia, de Casa-Pinar. - -Es una golondrina que no viene de África, á no ser que África empiece -en Pajares. Viene de tierra de Campos ó cosa así: es _high life_... de -_tierra_, y, á todo tirar, de _Toro_. - -Todos los veranos aparece con una protesta que no se le cae de los -labios, á saber: que por milagro de Dios no está en San Sebastián ó en -Ostende ó en Corls... eso, en fin, donde la señora de Cánovas. - -Todavía da la mano como se daba el año ochenta y tantos, es decir, como -quien da una coz con los remos delanteros. Si no fuese por la moda, -ese ídolo que no conocieron los griegos, la de Casa-Pinar sería una -perfecta hermosura. No es la Venus Urania, es la Venus... _snob_. - -Sí; representa el _snobismo_... de cabotaje. - -Porque no sale de nuestras costas. - -Quiere ser más figurín que estatua. Entre Fidias y el _modisto_ mejor -de París, ella no vacilaría: se pondría en manos del _modisto_. - -Cuando se ve desnuda, se desprecia. Y vuelve á ser el pavo real, -satisfecho de sus plumas, cuando se ciñe el ridículo traje de baño y se -pone el sombrero que la convierte en un patache á toda vela, ó el gorro -ignominioso que la hace parecerse á un frasco de esencias. ¿Queréis que -os salude la de Casa-Pinar, ya que tenéis el honor de tratarla y ser -acreedor de su señora madre, por ejemplo? - -Pues en vano aspirais á tal privilegio... si llevais chaleco al -balneario. - -Es necesario, para que Agripina os honre con algo más que una -imperceptible inclinación de cabeza, que os presentéis con zapatos -blancos, de tela y con semicírculos de charol, con faja chillona y -camisa churrigueresca terminada por cuello blanco de los que dan -garrote al dar vuelta. - -Agripina Pinillos viene á la playa á curar no sé qué humores, que -más parecen humos; pero la vida que hace no es para llegar á vieja. -Como el otro dijo: _mi cura de aguas_, ella puede decir... _mi cura -de vientos_. Y no es por lo que la dé el aire, sino porque todo lo -sacrifica á los huracanes de la vanidad. - -Se levanta á las doce, porque trasnocha, y se va muy peripuesta á _Las -Carolinas_ en el momento preciso en que no se puede dar un paso por los -corredores. - -Se da algunos días, cuando hay muchos espectadores sin chaleco, un baño -de arena y de malicia. Usa bañero, que como no trae chaleco, no se -hace acreedor á su desprecio. - -Al obscurecer la veréis en las Termópilas de la calle Corrida, dando -“los codazos que daba Mesalina” en las estrecheces de la acera, delante -de _Colón_. - -De noche, ya se sabe, en las Catacumbas de Dindurra, esto es, en el -Teatro Cómico, que no se da un aire al de Lara porque allí no hay aire -ni para eso. Total, que la de Pinillos no respira en todo el día. Vive -del aire que lleva en la cabeza. - -¿Ama? Sí, ama, según su género (algodón) á un joven, también triguero, -que tiene un traje para cada hora del día. ¿Qué digo cada hora? La -indumentaria de este sietemesino puede reemplazar á un reloj de sol, -porque va cambiando según el astro rey sube y baja por el espacio. -Fijaos bien y veréis que el sombrero de Juanito Pinabete y Conífera no -es absolutamente el mismo á las once que á las once y cuarto. - -Pero ¡ay! Pinabete _está llamado á desaparecer_ del corazón de trapo -de Agripina. Porque acaba de llegar un teniente armado de todas armas, -el cual tiene tantos trajes como Juanito, más el uniforme que á última -hora se viste para deslumbrar á Agripina con todos aquellos cordones, -bordaduras y cimeras... - -Y Pinabete no tiene uniforme; lo cual le hace suspirar exclamando: - -¡Si yo fuera... siquiera bombero! - -Para terminar: - -Dicho sea en honor, ó en deshonor, según se mire, de Agripina la de -Casa-Pinar. - -Ya que en esta mujer no hay nada espiritualmente humano, confesemos que -algo humano hay, según la materia. - -Porque _Xuaco_, el buen mozo que la baña, tiene mucho apego á esta -parroquiana, y eso que sabe que las de Casa-Pinar no dan propina. - - * * * * * - -Paca Blanco también es de Castilla, del mismo pueblo que la de -Pinillos. Se baña allá, hacia las últimas casetas de la _Sultana_. Al -llegar á la orilla del agua parece una figura dantesca, con su saco -largo, obscuro, de graves y preciosos pliegues. Es alta, esbelta, de -alabastro; no se baña con sombrero, ni gorro, ni papalina; el sol le -bruñe el rodete negro, de picaporte, el radiante casco de Minerva -aldeana. Sus ojos, moras maduras, se ven más de lejos; y de cerca, las -pocas veces que miran despacio y con susto, son todo un hartazgo de -delicias, unas bodas de Camacho de golosinas del alma. La Paca es hija -de un cosechero rico que vive, no á lo pobre, pero sí á lo modesto. La -Paca no es señorita, ni gana. Su hermosura soberana es anterior á la -división de clases. - -Se baña al salir el sol. Nada de bañero. No sube á los balnearios, no -va al teatro. Mucha playa, paseos por Santa Catalina, y cuando hay -mucha ola ó salen barcos grandes, un ratico de contemplación, apoyada -en el muro alto del muelle. Se llena Paca los ojos, serios y soñadores, -de la poesía del horizonte, como si esperase algo que de allá lejos le -ha de traer una ventura. - -Casi nunca ríe; pero si una ola salta por encima del muro y la refresca -el rostro con agujitas saladas, que son como una caricia, se enjuga las -mejillas de rosa, un poco sonriente. - -De noche, con su padre, á tomar el fresco, á oir la música de Begoña, -de lejos, desde lo oscuro. - -No tiene novio; no tiene amores. Pero tiene algo mejor: los espera. - -Cualquiera diría que se aburre en los baños. Y no hay tal: cuando está -allá en su Castilla, contemplando la llanura de tierra, se acuerda -con amor triste de la llanura del agua; de lo que sintió y sonó en su -orilla. Verdad es que ahora, á orillas del Océano, recuerda con vaga -_saudade_ sus queridos llanos de Castilla. - - * * * * * - - - - - DIÁLOGO EDIFICANTE - - - PERSONAJES: - - La Capilla evangélica.--La Catedral de Covadonga. - Coro de Catedrales. - - - LA CAPILLA - - Cerrada. - -¿Por qué no me abren? Por fanatismo. - - - LA CATEDRAL - - Asomando algunas columnas á flor de tierra. - -¿Por qué no me sacan de cimientos? ¿Por qué no me construyen de una -vez? ¿Por qué no me cubren, á lo menos, para librarme de la intemperie? -Por avaricia, por indiferentismo. - - - LA CAPILLA - -Como el pino del Norte suspiraba por la palmera del Mediodía, podemos -amarnos y entendernos, ¡oh catedral católica!, tú desde tu vericueto de -Covadonga, yo desde este desierto madrileño... - - - LA CATEDRAL - -No diré yo tanto. Nada de coaliciones imposibles. Quéjate tú por -tu cuenta, y yo me lamentaré por la mía. No somos hermanas. _Non -possumus._ Somos un contraste. - - - LA CAPILLA - -Como quieras. Pero de nuestra antítesis sale una armonía elocuente. Á -mí no me dejan _abrirme_ y ya estoy construída. Á ti te abrirán sin -inconveniente, pero no te construyen. Si no fuera absurdo se podría -decir que quien sale perdiendo es Dios, que tiene dos templos menos. - - - LA CATEDRAL - -En otros siglos, valga la verdad, no te dejarían abrirte tampoco, y -hasta se atreverían á derribarte; pero, en cambio, á mí me construirían -en poco tiempo, con entusiasmo, á la voz de la fe viva y ardiente. - - - LA CAPILLA - -Hoy existe bastante fanatismo para inutilizarme á mí y poca fe para -levantar tus paredes, tus torres. De la religión se han quedado con lo -peor, con la intransigencia. - - - LA CATEDRAL - -Sí; no cabe negar que falta fe y hay fanatismo. Pero todavía hay -fanáticos peores que los nuestros. Los fanáticos descreídos. El -fanático con dogma tiene esa disculpa, el dogma; pero ¿qué le queda al -impío que ni siquiera es tolerante? - - - LA CAPILLA - -¿Hay de ésos en tu patria? - - - LA CATEDRAL - -Muchos. Son inquisidores herejes, familiares de la apostasía, ó lo que -es peor que todo: sectarios intransigentes de la negación, _celotas_ de -la impiedad superficial, sicarios del ateísmo. ¡Hay español nieto de -cien cristianos que ha dado su religión por cuatro frases hechas... con -cuatrocientos galicismos! - - - LA CAPILLA - -Tal vez constituyen la mayoría entre unos y otros. Los fanáticos á la -antigua no quieren más culto que su culto; como si su dios fuera el -sol, no el Espíritu Eterno, toleran en la sombra otros ritos, otras -ceremonias religiosas, pero no á la luz del día. ¡Adoran á Febo y temen -que se profane su culto! - - - LA CATEDRAL - -Los fanáticos _modernos_ no conciben que se construya una catedral en -Covadonga á expensas de toda la nación, como obra patriótica, como -grandioso monumento que conmemora la primera hazaña de la reconquista, -el primer milagro del valor español en su lucha de tantos siglos -contra los sectarios de Mahoma. “¿Por qué una catedral?--gritan--¿Y la -libertad de cultos? ¿Y el racionalismo? Los que no oímos misa ¿por qué -hemos de construir una catedral?” - -¡Porque lo quiere la historia! ¿Por qué no habéis de construir en -Covadonga una mezquita, ni una pagoda, ni un frío monumento anodino, -_abstracto_ como el del Dos de Mayo, lo cual equivaldría á olvidar la -mitad, por lo menos, de lo que Covadonga representa? ¿Que no queréis -hacer de Covadonga un Lourdes? Perfectamente; pero si no queréis que -otros, aunque sea poco á poco, hagan eso, apresuraos á hacer otra cosa, -una obra nacional, un gran recuerdo histórico; y como la Historia es -como es y no como el capricho de cada cual, Covadonga, quiéralo ó no -el racionalista _negativo_, tiene que representar dos grandes cosas: -un gran patriotismo, el español, y una gran fe, la fe católica de -los españoles, que por su fe y su patria lucharon en Covadonga. Una -catedral es el mejor monumento en estos riscos, altares de la patria. - - - LA CAPILLA - -Hablas como un libro. Y esos fanáticos _nuevos_ son tan irracionales -como los viejos, que me niegan el derecho á la vida porque, llamándome -yo cristiana, y sin que nadie me niegue tal nombre, ostento en mi -fachada una cruz y un letrero que dice: “Cristo, redentor eterno”. ¿Qué -hay de malo en esto? - - - LA CATEDRAL - -Creerán que lo dices con segunda. - - - LA CAPILLA - -El signo de la cruz ¿no es siempre santo? ¿Ó es que quieren parecerse -esos fanáticos ortodoxos al impío Strauss, que en sus _Confesiones_ -llega á declarar que la cruz le repugna? - - - LA CATEDRAL - -Con la Constitución del Estado en la mano te demuestran que no tienes -derecho á la cruz de la fachada... - - - LA CAPILLA - -Así argumentaban los saduceos cuando querían probar á Roma que Jesús -barrenaba la constitución judaica... - - - LA CATEDRAL - -En cambio, si los fanáticos _nuevos_ triunfan, ya harán otra -Constitución para declarar que en España tanto como yo representa -cualquier zaquizamí en que á un extravagante soñador se le antoje -exhibir un culto de su invención... y acaso de su industria. Unas -constituciones niegan la historia y otras niegan la filosofía... Pero -al fin á ti sólo te perjudican tus contrarios, los que ven en ti el -símbolo de la abominación. Pero á mí me dejan abandonada todos, los -que debieran ser mis amigos por patriotas y los que debieran serlo por -patriotas y por creyentes de mi Iglesia. Hace muchos años, un santo -obispo, varón elocuente y virtuoso, lleno de humildad y de fe, vino de -Levante, de país muy diferente de estas mis brumosas montañas, y él, -hijo del sol, de la clara y diáfana atmósfera mediterránea, se enamoró -de estos lugares húmedos y oscuros por el encanto singular de estas -montañas, sagradas para el cristiano y para el patriota. La idea del -santo obispo fué construir aquí una catedral sobre estos vericuetos -dantescos, y en los primeros trabajos necesarios empleó su patrimonio. -La fe y el patriotismo de los demás debía ayudarle, convertir en -realidad su noble idea... Pero España no comprendió la grandeza del -propósito. Se convirtió en cuestión de interés provincial puramente -lo que debiera ser empresa nacional, porque Covadonga no es sólo de -Asturias, es de España. - - - LA CAPILLA - -Y esta aristocracia ilustre, cuyas principales damas tan ruda guerra -me han declarado á mí, ¿no ha dado su dinero, no ha facilitado su -influencia para levantar tus muros y hacer de tus naves un santuario -digno de la gran idea religiosa y española que representas? - - - LA CATEDRAL - -Esas damas ilustres, cuyos títulos reunidos parecen un índice de la -historia de España, no se han acordado de mí... ni del origen de su -grandeza. Cuanto más ilustres esos grandes apellidos y esos grandes -títulos, más se acercan á mí. No hay nobleza castellana más pura, más -grande que la que tenga su origen cerca de estas fuentes, de estas -aguas que se despeñan por ese torrente abajo... - - - LA CAPILLA - -Conque todas esas señoras que han ido á suplicar á Sagasta que no se -me abra... - - - LA CATEDRAL - -Ignoran todas que un modesto sacerdote anda por Asturias de puerta en -puerta mendigando una limosna para ir construyéndome poco á poco y -con el menor gasto posible, sin la magnificencia arquitectónica que -merezco... Debiera ser yo la obra espontánea, simultánea y unánime de -todas las fortunas de España, y no soy más que una humilde prueba de la -caridad y del _provincialismo_ de unos pocos asturianos... ¿Qué más? Se -acaba de celebrar el centenario de Cristóbal Colón y su descubrimiento, -y todos han pensado en Granada, nadie se acordó de Covadonga. Yo no -discuto si esas ilustres señoras y esos insignes obispos que piden al -Estado que no consienta tu apertura hacen bien ó hacen mal. Lo que digo -es que mucho más urgente que impedir á los demás abrir sus templos es -construir los propios. - - - CORO DE CATEDRALES - -¿Qué importa una capilla protestante en esta tierra en que somos -nosotras legión? ¡Somos un bosque de torres cristianas! ¡Pero muchas -amenazamos ruina! ¡Que se salve la Giralda! ¡Que resplandezca la -linterna mágica de León, aquella inspiración sublime de piedra! -¡Levantad en Covadonga, no una pobre basílica amanerada y raquítica por -su miseria, sino un reflejo glorioso de nuestra grandeza! ¡La fe de -León, de Burgos, de Sevilla, de Granada, se salvó en Covadonga! - - - LA CAPILLA EVANGÉLICA - -¡Oh, coro sublime! ¡Oh, sublime religión de Jesús!... ¡Tú sola pudiste -inspirar estos ideales himnos de piedra!... - - Bajando la voz, porque á Segura llevan preso. - -_¡Christus redemptor æternus!_ - - - - - UN CANDIDATO - - -Tiene la cara de pordiosero; mendiga con la mirada. Sus ojos, de color -de avellana, inquietos, medrosos, siguen los movimientos de aquél -de quien esperan algo, como los ojos del mono sabio á quien arrojan -golosinas, y que devorando unas, espera y codicia otras. No repugna -aquel rostro, aunque revela miseria moral, escaso aliño, ninguna -pulcritud, porque expresa todo esto, y más, de un modo clásico, con -rasgos y dibujo del más puro realismo artístico: es nuestro Zalamero, -que así se llama, un pobre de Velázquez. Parece un modelo hecho á -propósito por la Naturaleza para representar el mendigo de oficio, -curtido por el sol de los holgazanes en los pórticos de las iglesias, -en las lindes de los caminos. Su miseria es campesina; no habla de -hambre ni de falta de luz y de aire, sino de mal alimento y de grandes -intemperies; no está pálido, sino aterrado, no enseña perfiles de -huesos, sino pliegues de carne blanda, fofa. Así como sus ojos se -mueven implorando limosna y acechando la presa, su boca rumia sin -cesar, con un movimiento de los labios que parece disimular la ausencia -de los dientes. Y con todo, sí, tiene dientes, negros, pero fuertes. -Los esconde como quien oculta sus armas. Es un carnívoro vergonzante. -Cuando se queda solo ó está entre gente de quien nada puede esperar, -aquella impaciencia de sus gestos se trueca en una expresión de -melancolía humilde sin dignidad picaresca, sin dejar de ser triste; no -hay en aquella expresión honradez, pero sí algo que merece perdón, no -por lo bajo y villano, sino por lo doloroso. Se acuerda cualquiera, -al contemplarle en tales momentos, de Gil Blas, de don Pablos, de -Maese Pedro, de Patricio Rigüelta; pero como este último, todos esos -personajes con un tinte aldeano que hace de esta mezcla algo digno de -la égloga picaresca, si hubiese tal género. - -Zalamero ha sido diputado en una porción de legislaturas; conoce á -Madrid al dedillo, por dentro y por fuera; entra en toda clase de -círculos por altos que sean; se hace la ropa con un sastre de nota, y -con todo, anda por las calles como por una calleja de su aldea remota y -pobre. - -Los pantalones de Zalamero tienen rodilleras la misma tarde del día -que los estrena. Por un instinto del gusto, de que no se da cuenta, -viste siempre de pardo, y en invierno el paño de sus trajes siempre es -peludo. Los bolsillos de su americana, en los que mete las manazas muy -á menudo, parecen alforjas. - -No se sabe por qué, Zalamero siempre trae migajas en aquellos bolsillos -hondos y sucios, y lo peor es que, distraído, las coge entre los dedos -manchados de tabaco y se las lleva á la boca. - -Con tales maneras y figura, se roza con los personajes más -empingorotados, y todos le hacen mucho caso. “Es pájaro de cuenta”, -dicen todos. - -“Zalamero, mozo listo,” repiten los ministros de más correa. -Fascina solicitando. El menos observador ve en él algo simbólico; -es una personificación del genio de la raza en lo que tiene de más -miserable, en la holgazanería servil, pedigüeña y cazurra. “Yo soy un -frailuco--dice el mismo Zalamero--; un fraile á la moderna. Soy de -la orden de los mendicantes parlamentarios.” Siempre con el saco al -hombro, va de ministerio en ministerio pidiendo pedazos de pan para -cambiarlos en su aldea por influencias, por votos. Ha repartido más -empleos de doce mil reales abajo, que toda una familia de ésas que -tienen el padre jefe de partido ó de fracción de partido. Para él no -hay pan duro; está á las resultas de todo; en cualquier combinación -se contenta con la peor; lo peor, pero con sueldo. Sus empleados van -á Canarias, á Filipinas; casi siempre se los pasan por agua; pero -vuelven, y suelen volver con el riñón cubierto y agradecidos. - ---¿Qué carrera ha seguido usted, señor Zalamero?--le preguntan las -damas. - -Y él contesta sonriendo: - ---Señora, yo siempre he sido un simple hombre público. - ---¡Ah! ¿Nació usted diputado? - ---Diputado, no, señora; pero candidato creo que sí. - ---¿Y ha pronunciado usted muchos discursos en el Congreso? - ---No, señora: porque no me gusta hablar de política. - -En efecto; Zalamero, que sigue con agrado é interés cualquier -conversación, en cuanto se trata de política bosteza, se queda triste, -con la cara de miseria melancólica que le caracteriza, y enmudece -mientras mira receloso al preopinante. - -No cree que ningún hombre de talento tenga lo que se llama ideas -políticas, y hablarle á Zalamero de monarquía ó república, democracia, -derechos individuales, etc., etc., es darle pruebas de ser tonto ó de -tratarle con poca confianza. Las ideas políticas, los credos, como él -dice, se han inventado para los imbéciles y para que los periódicos -y los diputados tengan algo que decir. No es que él haga alarde de -escepticismo político. No; eso no le tendría cuenta. Pertenece á un -partido como cada cual; pero una cosa es seguirle el humor al pueblo -soberano, representar un papel en la comedia en que todos admiten el -suyo, por no desafinar, y otra cosa es que entre personas distinguidas, -de buena sociedad, se hable de las ideas en que no cree nadie. - -Zalamero, en el seno de la confianza, declara que él ha llegado á ser -hombre público... por pereza, por pura inercia. “Dejándome, dejándome -ir, dice, me he visto hecho diputado. Nunca me gustó trabajar; siempre -tuve que buscar la compañía de los vagos, de los que están en la plaza -pública, en el café, azotando calles á las horas en que los hombres -ocupados no parecen por ninguna parte. ¿Qué había de hacer? Me aficioné -á la cosa pública: me vi metido en los negocios de los holgazanes, -de los desocupados, en elecciones. Fuí elector y cazador de votos, -como quien es jugador. Cuando supe bastante me voté á mí propio. El -progreso de mi ciencia consistió en ir buscando la influencia cada vez -más arriba. He llegado á esta síntesis: todo se hace con dinero, pero -arriba. Cuanto más arriba y cuanto más dinero, mejor. El que no es -rico, no por eso deja de manejar dinero; hay para esto la tercería de -los grandes contratos vergonzantes. El dinero de los demás, en idas y -venidas que ideaba yo, me ha servido como si fuera mío.” - -Mientras muchos personajes andan echando los bofes para asegurar -un distrito, y hoy salen por aquí, mañana por los cerros de Úbeda, -Zalamero tiene su elección asegurada para siempre en el tranquilo -huerto electoral que cultiva abonando sus tierras con todo el estiércol -que encuentra por los caminos, en los basureros, donde hay abono de -cualquier clase. - -Aunque trata á duquesas, grandes hombres, ilustres próceres, -millonarios insignes, cortesanos y diplomáticos, en el fondo Zalamero -los desprecia á todos, y sólo está contento y sólo habla con sinceridad -cuando va á recorrer el distrito, y en una taberna, ó bajo los árboles -de una pumarada, ante el paisaje que vieron sus ojos desde la niñez, -apura el jarro de sidra ó el vaso de vino, bosteza sin disimulo, -estira los brazos, y á la luz de la luna, con la poética sugestión de -los rayos de plata que incitan á las confidencias, exclama con su voz -tierna y ronca de pordiosero clásico, dirigiéndose á uno de sus íntimos -aldeanos, agentes, electores, sus criaturas. - ---...Y después, si Dios quiere, como otros han llegado, puedo llegar á -ministro... y como no soy ambicioso, juro á Dios que con los treinta -mil reales de la cesantía me contento; sí, los treinta mil... aquí, -en esta tierra de mis padres, en la aldea, bajo estos árboles, con -vosotros... - -Y Zalamero se enternece de veras y suspira porque ha hablado con el -corazón. En el fondo es como el aguador que junta ochavos y sueña con -la terriña. Zalamero, el palaciego del sistema parlamentario, el pobre -de la Corte de los Milagros... del salón de conferencias: el mendicante -representativo, no sueña con grandezas, no quiere meter al país en un -puño, imponer un credo. - -¡Qué credos! - -Ser ministro ocho días, quedarse con treinta mil... y á la aldea. Es -todo lo Cincinnato que puede ser un Zalamero. No quiere ser gravoso á -la patria. “Si me hubiesen dado una carrera, hoy sería algo. Pero un -hombre como yo ¿á qué ha de aspirar sino á ser ministro cesante cuando -la vejez ya no le consienta trabajar... el distrito?” - - - - - LA CONTRIBUCIÓN - TRAGICOMEDIA EN CUATRO ESCENAS - - - ESCENA PRIMERA - - - Estación de Pinares. Al amanecer. El campo cubierto de escarcha. Mucho - frío. El tren parado delante del andén. Algunos viajeros de tercera - corren á la cantina, donde se sirve café malo, pero caliente. Muchos - se soplan las manos, otros dan patadas fuertes contra el suelo, otros - se pasean, mientras se les prepara el café. Los empleados, pocos y mal - vestidos, de la estación, muestran actividad extraordinaria. Es que - en un coche de lujo, en un _break_, viajan altos funcionarios de la - Compañía y un ministro, el de Hacienda. - - UN VIAJERO DE 3.ª - - Enfermo, de color de aceituna, muy débil, vestido con un traje claro - muy ligero; se acerca, andando y hablando con dificultad, al jefe de - la estación, que pasa con mucha prisa. - -¿Me hace el favor? - - - EL JEFE - -¿Qué hay? - - - VIAJERO DE 3.ª - -¿Cuántos minutos para aquí? - - - EL JEFE - -¿No lo ha oído usted? Cinco. - - - VIAJERO DE 3.ª - -Pero como decían... que hoy... que se habían bajado unos señores que -tienen que hacer ahí fuera... y se les esperaría... Pensaba yo... - - - EL JEFE - -Eso no es cuenta de usted ni mía. - - El jefe desaparece sin oir las excusas del viajero de 3.ª, que teme - haber ofendido á aquel personaje. - - - VIAJERO DE 3.ª - - Á otro empleado de la estación. - -¿Se puede saber cuánto pararemos aquí? - - - EL EMPLEADO - -¡Uf! Lo menos un cuarto de hora. ¿No ha visto usted que se han apeado -esos señores para ver las obras del puente? Lo menos un cuarto de hora. - - - VIAJERO DE 3.ª - - Con expresión de alegría y agradecimiento. - -Muchas gracias, muchas gracias... Pero ¿está usted seguro que un cuarto -de hora lo menos? - - - EL EMPLEADO - - Con el humor del jefe: - -Hombre, ¿quiere usted una hipoteca? - - Se va. - - - VIAJERO DE 3.ª - -No, señor, gracias... Usted dispense... Basta la palabra... ¡Quince -minutos! ¡Oh, sí, me decido! ¡Dios mío, dame fuerzas! - - Con gran trabajo, respirando con dificultad, se dirige - hacia... _lo que no puede decirse_. Lee: - -_Señoras_... ¡Aquí no! - - Da otros cuantos pasos con gran dificultad. Lee: - -_Caballeros._ - - Vacila; muestra gran desaliento. - -No hay más... Sí, aquí debe de ser. - - Desaparece. Pasan tres minutos. Suena una campana. - - - UNA VOZ - -Señores viajeros, ¡al tren! - - Los pasajeros del _break_ ya han ocupado su coche. - Al parecer, tienen prisa. Uno de ellos se dirige - al jefe de estación, que se cuadra. - - - EL PERSONAJE - -Sí, sí; ahora mismo. Pite usted. El ministro se siente mal y hay que -llegar cuanto antes á la ciudad... - - El empleado de marras habla en voz baja al jefe y señala al lugar - por donde ha desaparecido el viajero de 3.ª. El jefe hace un gesto - de contrariedad y se encoge de hombres. El personaje se retira de - la ventanilla. El jefe espera unos segundos. El empleado y algunos - viajeros, que se dirigían corriendo al tren, hacen señas, como de - quien mete prisa á alguien, en la dirección por donde ha - desaparecido el viajero de 3.ª. - - - EL EMPLEADO - -¡Vamos, hombre, á escape!... Que se queda usted en tierra... - - - UN VIAJERO - -¡Que se va el tren! - - Suena el pito. - -¡Que se va!... ¡Ese pobre hombre!... ¡Que no puede!... ¡Que se cae!... -Allá ustedes. - - Monta corriendo en su coche. - - - EL EMPLEADO - -Pero ¿qué le pasa? - - El tren empieza á moverse. - - - VIAJERO DE 3.ª - - Aparece, arrastrándose casi, con una mano apoyada en el suelo - y otra sujetando la ropa. Lívido, aterrado, habla con voz - debilísima; quiere llegar al tren que marcha. - -¡Socorro! ¡favor!... ¡Ayudarme, ayudarme! ¡No puedo, no puedo!... - - Toca con una mano el estribo, - un mozo de la estación y el empleado de - antes se precipitan hacia él para contenerle. - - - EL EMPLEADO - -¡Imprudente!... ¡Desgraciado!... ¡Que le arrastra, que le deshace el -tren!... - - - VIAJERO DE 3.ª - -¡Por Dios!... ¡Arriba!... Quiero morir allá... en Cardaña... junto á mi -padre... ¡Falta tan poco!... ¡Ayuda, arriba!... - - - MUCHAS VOCES - -¡Imposible!... - - Quieren ayudarle los de dentro y los de fuera. Se abre - una portezuela, se tienden varias manos. Todo inútil. El tren - sigue, el viajero de 3.ª cae sin sentido en brazos del mozo - de la estación. Todas las ventanillas, las del break - inclusive, llenas de cabezas. Curiosidad inútil. - El tren desaparece. - - - VOCES EN EL TREN - -¿Quién es? ¿Quién será? - - - OTRAS VOCES - -Dicen que es un soldado de Cuba que viene por enfermo... - - - ESCENA SEGUNDA - - Cardaña. La estación. Mucho frío. Muy poca gente en el - andén. Un viejecillo ochentón, apoyado en muletas, rendido - de fatiga, se arrima á una columna de hierro y mira con - ansiedad hacia la parte de Pinares, por donde va á llegar - el tren. Llega el tren. Nadie se apea. ¡Un minuto de parada! - grita una voz. Suena inmediatamente una campana, luego un - silbido y el tren emprende la marcha. - - - EL VIEJO - -¡Dios mío! ¿Qué es esto? Nadie, nada... ¿Se habrá dormido? No, -imposible. Es que no viene. ¿Dónde se ha quedado? Si debía llegar -ahora, sin falta... ¡Enfermo, enfermo por el camino!... ¡Mi Nicolás, -Nicolás!... Nada; no viene... y ya se aleja el tren... ¡No viene... no -viene!... ¡Dios mío!... - - - EL JEFE DE LA ESTACIÓN - -¿Qué es eso, señor Paco? ¿Qué le sucede? ¿Le han arrojado ya de su casa -esos caballeros _mandones_? - - - EL VIEJO - -No... si ahora no es eso... No es la casa... Es mi hijo... Nicolás, que -vuelve de Cuba muy enfermo, deshaciéndose... y debía llegar en este -tren... ¡y nada! - - - EL JEFE - -Calma, hombre; vendrá mañana. - - - EL VIEJO - -No, no; ¡me da el corazón una desgracia!... ¡Hoy, hoy, era hoy!... Algo -le pasó en el camino. - - - EL JEFE - -Vaya, que es usted el rigor de las desdichas. Pero ¿qué hay de eso? -¿Es verdad que le han vendido á usted la huerta y la chozuca por mal -pagador, por rebelarse contra el comisionado?... ¡Ja, ja! Usted, señor -Paco, siempre tan... faccioso. ¿Pero no sabe que el que no paga la -contribución... la paga de todas maneras? - - - EL VIEJO - -Yo no podía pagar. ¡Les abandoné mi pobreza! Pero de mi rincón no me -han echado todavía... ¡Ni me echarán! Quiero mi cama en mi choza para -mi hijo, que viene enfermo de Cuba... - - - EL JEFE - -¡Pero si le han vendido la choza, si ya no tiene allí nada suyo más que -la cama!... Usted lo dice, usted se lo abandonó todo. - - - EL VIEJO - - Irritándose. - -Sí; lo abandoné porque no podía pagar trimestres y más trimestres... -Me pedían un dineral... Una injusticia... Mientras pude trabajar, -pagué á regañadientes, pero pagué; ahora, solo, baldado, inútil, sin -trabajo... apenas como... y he de pagar... ¿Con qué? ¡Rayos! ¡Mi casa, -la huerta!... Se la llevaron, bueno; ya es de otro... ¡Rayos! Pero si -Nicolás llega enfermo, ¿dónde le meto? ¡Vive Dios! ¡En mi choza, en su -casa! - - - EL JEFE - -Juicio, juicio, señor Paco. Con los mandones no se juega. No haga usted -un disparate. Y salga, que esto se queda solo y yo me voy arriba. - - - EL VIEJO - - Saliendo de la estación hacia el pueblo. - -¡Dios mío! Pero ¿dónde está mi hijo? ¡Enfermo!... ¡Abandonado en el -camino!... ¡Muerto, acaso muerto! - - - ESCENA TERCERA - - La tarde del mismo día. Calle de aldea, solitaria, delante - de la casucha del señor Paco. El alcalde y dos hombres - mal encarados, vestidos á lo ciudadano, pero con mala ropa, - se acercan al señor Paco, sentado á la puerta de su casa. - - - EL ALCALDE - -¡Ea, señor Paco, esto se acabó! La paciencia y todo, se acaba. - - - EL SEÑOR PACO - -¿Qué quiere usted decir, señor alcalde? - - - EL ALCALDE - -Que estos señores vienen á tomar posesión de lo que es suyo. Que -esta casa ya no es de usted. Que usted ha dejado que la Hacienda se -incautase de sus bienes y sin mezclarse usted en nada, despreciando la -ley, como si ésta no tuviera que cumplirse, ha visto sin moverse que, -paso tras paso, como pide la justicia, se fueran llenando todos los -requisitos para dejarle á usted en la calle... Y ahora que eso ya es -de otro, de este caballero que acompaña al señor comisionado, á quien -usted conoce... - - - EL SEÑOR PACO - -Sí; demasiado. - - - EL ALCALDE - -Ahora que usted no tiene ahí dentro más que unos pocos muebles, ni -quiere sacarlos, ni se va con la música á otra parte... y eso no está -en el orden. Haber pagado á su tiempo. - - - EL SEÑOR PACO - -No tenía con qué. - - - EL ALCALDE - -Eso no es cuenta mía. Ni esto tampoco... Entendámonos: estos señores -recurren á mí, porque, por la presente, y á falta de mejor... postor... -eso es, soy la fuerza pública, vamos al decir. Está usted ejecutado; la -ley ya no tiene más que hacer... á no ser que quiera que materialmente -se le eche á patadas... - - - EL SEÑOR PACO - -¡Atrévase usted, señor alcalde!... - - - EL ALCALDE - -No, yo no. Es usted un pobre viejo. Pero vendrá la guardia civil, ya -que es usted tan testarudo. Este caballero ya ha estado aquí tres -veces. Tiene razón al quejarse de que no se le haya hecho salir de -aquí á usted á su debido tiempo. Por lástima han hecho todos la vista -gorda hasta llegar el último momento... Pero ésta es la de vámonos. -Tanto derecho tiene usted á estar en esta casa como en la mía. Yo, por -motivos de orden público, digámoslo así, vengo á darle el último aviso -por las buenas. Este señor ya está cansado de aguantarle... Conque, ó -deja usted libre la puerta... ó vienen los guardias ¡y hay violencia! - - - EL SEÑOR PACO - -¡Que venga un ejército! Que me maten... de aquí no me muevo. Espero -á mi hijo... á Nicolás... que viene muy enfermo... ¡Dios mío! ¡Si -llega! ¿En dónde le acuesto? Viene de Cuba... deshaciéndose... Mi cama -es suya... ahí, en ese rincón donde nació... donde moriremos los dos -abrazados... en nuestra casa, donde murió su madre... en mi choza... -mía, pese á todas las contribuciones del mundo. No pago, porque no -puedo... ¡pero mi casa es mía! - - - EL COMISIONADO - -Señor Paco, esta casa es de este caballero, que la ha adquirido del -Estado en la forma que señala la ley y con todos los requisitos del -caso; hace mucho tiempo que está usted aquí de sobra. Bastante se -ha levantado el brazo. Si usted no hubiese sido terco... si hubiera -pagado... - - - EL SEÑOR PACO - - Sombrío, como transtornado. - -Esta casa es para mi hijo... Ahí, en esa cama moriremos los dos... -abrazados... ¡Si viene! ¡Si no ha muerto por el camino! - - - EL DUEÑO NUEVO - -Nada, nada; yo no sirvo para ver estas cosas. Que se cumpla la ley en -todos sus extremos. Yo me voy y volveré cuando la fuerza me haya dejado -mi propiedad libre de estorbos... Con Dios, señores. - - - EL ALCALDE - -Espere usted. Ea, tío Paco, ya se me sube á mí el humo á las narices. -Aquí ya no hay civiles que valgan: yo soy alcalde... y me basto y me -sobro... Deje usted libre el paso... ó me lo llevo á la cárcel... - - - EL SEÑOR PACO - - Blandiendo una muleta. - -Moriré aquí dando palos al que se acerque... En muriendo los dos... ahí -dentro, en esa cama, cargad con todo. Llevadnos de limosna al campo -santo... y todo es vuestro. Pero me da el corazón, miserables, que si -os abandono la choza antes que él venga... no vendrá; _se habrá muerto_ -en el camino, en el barco, entre las ruedas del tren, ¡qué sé yo! Si le -aguarda su cama en su choza... en el rincón donde nació... vendrá, sí, -vendrá... ¡Se lo pido á Dios de rodillas! - - Se arrodilla temblando y apoyando las manos en el suelo. - Silencio solemne. Aquellos cafres callan con respeto, - relativo, á la desgracia y á la oración del anciano. - - - ESCENA CUARTA Y ÚLTIMA - - Se oye el ruido estridente de las ruedas de una - carreta del país. Aparece por la calleja que desemboca - frente á la choza del señor Paco una carreta de bueyes - guiada por un aldeano y escoltada por dos civiles. - Dentro de la carreta un bulto largo cubierto con un - lienzo gris. - - - UN GUARDIA CIVIL - -Aquí es, señores, ¿no vive aquí el señor Paco Muñiz de la Muñiza? - - - EL ALCALDE - -Ahí le tienen... Á buen tiempo llegan, señores guardias... Yo soy el -alcalde del pueblo, y este hombre... - - - EL GUARDIA - -Espere un poco, señor alcalde. El caso es... - - - EL SEÑOR PACO - - Como iluminado por una revelación al ver la carreta, - se dirige hacia ella, sin apoyarse en las muletas, que - arroja; levanta el lienzo gris, descubre un cadáver - y se abraza, entre alaridos, al muerto. - -¡Nicolás! ¡Mi hijo! ¡Mi Colasín! - - - EL ALDEANO - - Al alcalde. - -Se nos ha muerto en el camino. Es un soldado de Cuba que venía por -enfermo. Se bajó en Pinares... no pudo montar en el tren... y se -moría. Suplicó que por caridad se le trajera á Cardaña... á morir en su -casa, junto á su padre... - - - EL SEÑOR PACO - - Incorporándose airado, como loco. - -¡Miserables, dejadme lo mío! ¡Ya pago, ya pago! ¿No me robáis porque -no pagaba?... ¿Y ese hijo? ¿Y esa vida? ¡Alcalde, ahí tienes la -contribución! ¡Entiérramela! - - Con las manos crispadas señala al muerto. - - TELÓN MUY LENTO - - - - - EL RANA - - -Tenía cincuenta años que parecían setenta; una levita que no lo -parecía, del color de la vía pública, el gris que se coge en el arroyo -como una pátina; barba rala, corrida, del color de la levita; tres ó -cuatro dientes; una camisa, y muy arraigadas convicciones políticas, -sociológicas y aun filosóficas y teológicas. Había aprendido á leer -allá en Cuba, cuando la otra guerra, siendo voluntario en un batallón -provincial; y ahora leía periódicos y más periódicos arrimado á los -pilares en los porches del Ayuntamiento. Siempre leía de prestado, -porque él su poco dinero lo gastaba en aguardiente y en tabaco. Era -peón de albañil, pero casi siempre dimisionario. No estaba conforme con -la marcha del mundo. Cuando él era joven, la culpa de todos los males -la tenía el _oro de la reacción_; ahora parecía ser que el enemigo -era “el infame burgués”. “Sea”, se había dicho el Rana; y, como antes -del oscurantismo y de los _presupuestívoros_, ahora maldecía del -burgués, del zángano de levita. Y eso que él, por invencible afición, -siempre vestía de levita, verdad es que debida á la munificencia de -algún aborrecido burgués. Era el borracho más popular de su pueblo, -y todas las clases sociales le encontraban gracia al Rana, y veían -en él, acaso, el último representante de una generación famosa de -perdis populares, que eran, en cierto modo, orgullo de la ciudad por -el ingenio de todos ellos, por los rasgos originales y muy cómicos de -su excitada fantasía. El Rana, á pesar de sus ideas disolventes, de su -_bala rasa_ (alcohol puro) anarquista, no tenía un enemigo, ni siquiera -entre el clero, que él despreciaba con serenidad olímpica. Sin embargo, -sus lucubraciones teológicas más de una vez le hicieron dormir en la -prevención, por la forma más que por el fondo. Cuando la prensa local -encarecía la necesidad de perseguir la blasfemia, el Rana no se libraba -de los rigores del terror blanco. Pero salía de prisiones sin abdicar -uno solo de sus principios; y aquella misma noche volvía á presentarse -tan borracho como el día anterior y tan encastillado en sus negaciones -impías y en sus imprecaciones escandalosas. - -Amigo de marchar con el siglo, había renunciado á ser republicano, ya -que los jóvenes de la esquina del Ayuntamiento se reían de la política; -y era anarquista, pero disidente, porque los de esta opinión le habían -expulsado con toda solemnidad de su grey, con el frívolo pretexto de -que empalmaba las borracheras y era el hazmerreir de los burgueses, y -admitía de éstos propinas, prendas de vestir y otras humillaciones. - -Pero el Rana, haciendo eses, y mirando al cielo, con quien se pasaba el -día de coloquio, pues era su costumbre decírselo todo á las nubes, al -_tal_ Dios, desdeñando ponerse al habla con los míseros mortales, el -Rana, digo, perdonaba á sus correligionarios porque no sabían lo que -hacían, y les dedicaba sonrisas de desprecio en un todo iguales á las -que le merecía el alto y bajo clero. Además de no estar conforme con -el _credo_ (así decía él) de su partido, en lo tocante á la bebida, -también protestaba contra los alardes de cosmopolitismo, porque él era -patriota ¡por vida de la Chilindraina! y había expuesto la vida en cien -combates por la... _eso_ de la patria: en fin, “¡Viva Cuba española!”, -gritaba El Rana, que en esta materia no admitía bromas ni novedades. -Bueno que la república fuera un... mito, eso, un mito..., pero en la -_aquello_... de la patria, que no le tocaran el Carlos Más (Marx), ni -el Carlos Menos, ni Carlos Chapa..., porque el Rana, allí donde se le -veía... había sido voluntario del heroico batallón de la _Purísima_ -(alabada sea ella), añadía el Rana, que sólo estaba mal con el elemento -masculino de la Sacra Familia; y eso de boca. - -“Mil éramos, predicaba entusiasmado en medio de la plaza, mil éramos -cuando íbamos por la carretera de Castilla arriba: ciento cuatro -volvimos de Cuba... Los demás todos muertos... unos por uno, otros por -otro..., ¡todos muertos! ¡Viva la anarquía y el libertinaje! Fuego -y fuego en el burgués..., pero el que me toque á... pues, á Cuba -española, que se entienda con este cura, hablando mal, con el Rana, -veterano distinguido del batallón provincial de la Purísima, alabada -sea ella... Me... _caso_ en el _tal_ del _Tal_.” - -Y si pasaba por allí un polizonte iba el Rana á la prevención por -blasfemo. - - * * * * * - -Una mañana muy fría, de Diciembre, salió el Rana muy temprano del -zaquizamí en que dormía, y previo el ordinario tocado de pasarse la -mano por los ojos, se encaminó á la estación del ferrocarril del -Norte, pisando la dura escarcha, soplándose los dedos y hablando entre -dientes con las _podridas_ nubes. La letra de lo que quería decir no -era muy clara, pero la música era ésta: pestes contra el frío, contra -el hambre, contra el infame burgués y contra la falta de patriotismo -del obispo, del alcalde, del gobernador y demás oscurantistas, digo -burgueses. - -El Rana había leído en un periódico local, el día anterior, que aquella -mañana, en el primer tren saldrían por el ferrocarril del Norte quince -voluntarios que embarcarían en La Coruña con destino á Cuba. Una semana -antes la ciudad en masa había despedido entre gritos de entusiasmo -patriótico á todo un batallón de infantería que de allí había salido -para la guerra. Se había obsequiado á los soldados con cigarros, -fiambres, vino, reparto de pesetas y grandes dosis de cariño fraternal, -inspirado en el amor á la patria. Estaba bien. El Rana era el primero -en aplaudir aquella manifestación. Pero ahora... - ---¡Lo que yo temía!--exclamó al pisar el andén, donde le dejaron entrar -á la cuarta ó quinta blasfemia. - ---¡Lo que yo temía! ¡Ni un alma! ¡Muera el burgués! ¡Abajo lo -existente!... ¡Ni un alma!... ¡Sean ustedes _Daoíces_ para esto!... -¡Claro!... Los pobretones son voluntarios; como yo, como el Rana, allá -en mis buenos tiempos... Son el _Queso_, _Piniella_, el _Marqués_, -_Viruela_, _Viruso_, el _Troncho_... cuatro gatos, la hez, eso, la -hez del pueblo soberano... Una limpia, ¿eh? ¡Dígalo usted, burgués -infame!... ¡Una limpia!... ¡Dígalo usted claro! - -Y el Rana, hablando y andando, se dirigió á la cantina solitaria, -donde pidió una copa de aguardiente, al mismo tiempo que ponía sobre -el mostrador unos cuantos perros chicos, pero sin separar de ellos la -mano. Era aquel gesto una fórmula á que le obligaba su escaso crédito. -Quería decir que tenía con qué pagar; no que pagaría de fijo. - -Como la cantinera le mirase con cierta sorna y no se diera mucha -prisa á servirle, El Rana, con ceño digno de las Euménides, se encaró -con la pobre muchacha y la abrumó bajo el peso de cien blasfemias é -imprecaciones. - -“¿De qué se dudaba allí? ¿De su buena fe de pagador ó de su amor á -la... _eso_ de la patria?” - -“¿Tenía él ó no tenía decoro? ¿Tenía ó no tenía razón? Ni el obispo, -ni el alcalde, ni una rata, venía á ‘despedir á los quince _Daoíces_’ -que iban á morir por España, como el más currutaco general ó cadete...” -Bebió dos ó tres copas; dejó sobre el mostrador algunas monedas, -recogió otras, y siempre hablando con las nubes, se fué hacia el grupo -de voluntarios, que también soplándose las manos daban diente con -diente y patadas en el suelo, formando piña cerca del tren, preparado -ya para la marcha. - ---¡Eh, Rana, faltan cinco céntimos!...--le gritó no muy incomodada la -cantinera. - -El Rana se encogió de hombros, y con un ademán de pródigo, exclamó: - ---Para ti--y llegó al grupo de voluntarios, donde no fué mal recibido. -El _Queso_ le estrechó la mano con efusión, y dijo: - ---¡Bien por el Rana! Vivan los patriotas de la _Purísima_. - ---Alabada sea ella. Pero el podrido obispo, ¿por qué no viene hoy á -echar bendiciones? Y el alcalde, ¿para cuándo deja los _puros_ y los -vivas?... - ---¡Porque sois la hez, Queso! Esto es una limpia... Os barre el hambre, -os echa á morir, á la alcantarilla, á la manigua, la _nesecidad_... Y, -claro... los señoritos, los burgueses... no se levantan de la cama á la -hora que barren los barrenderos del Ayuntamiento... - - * * * * * - -La verdad era que en la estación no había ni _elemento oficial_, -ni muchos curiosos ó patriotas. Casi ninguno. Había, sí, mujeres -harapientas, niños pobres que lloraban ó reían, los pedazos del corazón -cubiertos de andrajos, que dejaban en el pueblo aquellos muchachos que -iban... no sabían á qué... á morir probablemente... á padecer por la... -_eso_, de la patria. - -El Rana no se explicaba bien--porque blasfemar no es argüir;--pero él -veía clara la cosa: lo que pasaba por el espíritu... de vino de aquel -insigne borracho, traducido de las nieblas alcohólicas de su conciencia -al lenguaje usual, era esto: - -“No valen más mil que quince. Aquellos chicos no tenían la culpa de -ser tan pocos. No valía decir que el pueblo acababa de entusiasmarse -pocos días antes. En estos casos no vale el cansancio. Aquel desaire -á la _hez_ de la población, que iban de su propio querer á morir por -España, era una ingratitud, una crueldad. El voluntario no es menos que -el soldado que _sirve al rey_ porque le toca. _Allá_ son iguales; pero -en el _arrancar_ tiene el voluntario más mérito. Y no valía pensar que -el _Queso_, el _Marqués_, _Viruela_, iban echados por la miseria, por -no luchar con el hambre, por dar pan á su madre, ó á su mujer ó á sus -hijos... - -“No; algo había él visto... pero sin lo _otro_, sin lo de... _aquello_ -de la patria, no irían. ¿Por qué no iban á otra parte, donde había -_guita_, pero no había peligro, mala vida? ¿Por qué á ninguno se le -ocurría ir á cambiar la miseria de su _tierra_ por el pan seguro -de otras aventuras lejanas, por mar ó por tierra? En fin, que, por -dentro, al _Queso_ le pasaba lo que á él, al Rana, le había pasado -en su tiempo. ¿Qué era España? ¿Qué era la patria? No lo sabía. -Música... El himno de Riego, la tropa que pasa, un discurso que se -entendió á medias, jirones de frases patrióticas en los periódicos... -Pelayo... El Cid... La francesada... El Dos de Mayo... El Rana, como -otros camaradas, confundía los tiempos; no sabía si lo de Pelayo y -lo de Covadonga había sido poco antes que lo de Daoiz ó por el mismo -tiempo... Pero, en fin, ello era que... ¡viva España! y lo que sale -de dentro sale de dentro... y, en fin, que en un arranque de... no -sabía qué, pero contento, muy _ancho_, se había alistado... y allá -había ido, mezclado con mucha gente honrada, siendo tanto como ellos, -en cuanto era voluntario; y se había batido bien, y había perdonado, -allá en la guerra, á los españoles de acá, á los _reaccionarios_ (hoy -burgueses) que habían ido á despedir el batallón de la _Purísima_ -por la carretera de Castilla arriba, y que iban diciendo, mientras -acompañaban á los voluntarios: - ---“Y además, ¡_qué limpia_! El batallón se lleva al Rana, se lleva -á _Saltamontes_, se lleva á _Tarucos_... se llevaba... Sí, se los -llevaba; ya no quedaban _perdis_ en el pueblo apenas; y los más se -habían ido y no habían vuelto... ¡Qué limpia! Entre muchos pobres muy -juiciosos, sin tacha, la picardía de la ciudad, era cierto; borrachos, -jugadores, blasfemos, el escándalo de las plazuelas... ¡Pero allí todos -iguales, todos voluntarios! Y el Rana y _Tarucos_ no iban sólo por el -rancho y á la que saltara; no, señor... iban por una corazonada, por -el himno de Riego, por lo de los moros y los mambises... y Pelayo y -los franceses... y, en fin... como los otros... ¡Rayo en el burgués! -¿Qué limpia, eh? ¡Oh! ¡Pues si viérais morir en la manigua á los de las -_barreduras_!...” - - * * * * * - -Sonó el pito del jefe. Se cerraron portezuelas, hubo abrazos, besos, -lágrimas, carcajadas nerviosas, gritos locos. De repente silencio -triste. En aquel silencio sonó de repente la voz del Rana que peroraba, -sin que ya nadie le hiciera caso: - ---Á ver, ¿dónde está el pueblo? ¿Dónde está el burgués, dónde está el -obispo? ¿Y esas pesetas, señores de la Diputación? ¿Y esos cigarros, -señor Alcalde? - -Y entusiasmado con su propia arenga, el Rana, al arrancar el tren, tuvo -una inspiración generosa. - -Sacó del bolsillo interior de la levita de color de carretera una -cajetilla de las más baratas, aún no mediada, y con gesto de soberana -arrogancia, comenzó á arrojar pitillos á las ventanas de los coches que -ya se movían... - ---Toma, _Queso_; toma, _Viruela_..., toma tú, _Troncho_... ¡Viva Cuba -española! - ---¡Viva el Rana! gritaron los voluntarios que ya se alejaban... ¡Viva -la integridad de la patria! - ---¡Eso! ¡eso!--gritó nuestro hombre--¡viva la _ingratidad_ de la -patria! Me _caso_ en el _tal_ del _Tal_... y blasfemó horriblemente, -hasta que un guardia le puso la mano en el hombro, diciendo: - ---Calla, Rana, si no quieres dormir el martes donde duermes el -domingo... - -El Rana miró de hito en hito, con gran desprecio, al guardia, y, sin -blasfemar, exclamó: - ---Oye, tú, dile al obispo... que es un... _trásfuga_... y que ¡viva -Cuba española! - - - - - VERSOS DE UN LOCO - - -Mi criado me presentó una tarjeta que decía: - - TEOPOMPO FILOTEO DE BELEM - -y debajo, en letras más pequeñas: - - POETA ESOTÉRICO ULTRATELÚRICO - -y más abajo, en letras más pequeñas todavía: - - _Ecce-Homo, 13, guardilla._ - ---Que pase, que pase--grité--ese Ecce-Homo de Belem ultratelúrico. - -Y á los pocos minutos se presentó un hombre que ni pintado para -representar el _presidente_ graciosísimo de _Su Excelencia_, de Vital -Aza. - -Tenía un aire de familia con todos esos _trovadores errantes_ que andan -por ahí cantando la Marsellesa y enseñando los codos. Era la imagen del -romanticismo, como le vestiría su enemigo el clasicismo, de buena gana. -Usaba melena, la noble, la irreemplazable melena, con símplica audacia. -Por toga pretexta llevaba el conocido gabán de verano, largo, gris, -raído, como tenía que ser. Por caridad y buen gusto no quise mirarle -las botas. - -Supongo que traería pantalones, pero no conservo conciencia de su color -ni corte. - -De todas maneras, á las pocas palabras, aquel hombre pálido (no faltaba -más) me había hecho olvidarme de todo lo material, de todo lo sensible. -Había sonreído, había hecho reverencias, se había santiguado dos veces -de prisa, había pasado la mano por el lomo, con cariño, á un gato de -porcelana que tengo junto á mi mesa de escribir y me había hablado, sin -dejarme meter baza, de Budha, de Lao-Tseu, del etíope que Renán nos -describe, creo que en _San Pablo_, y que va meditando el Evangelio á -su manera; de Verlaine, de Caran d’Ache, de San Agustín, del gallo de -Sócrates y del gallo de San Pedro... - -Cuando yo iba á decirle que me mareaba, ya no estaba allí el buen -hombre; pero quedaba su espíritu en forma de cuaderno verde, de unas -cien hojas, doradas por el canto. Abrí y leí en la primera página: -_Estambres_ y _Pistilos_. La letra era clara, las tes muy grandes. Dí -vuelta á la hoja y leí: - - - DEDICATORIA - - Aunque usté no lo crea, - señor obispo, - aunque parezco hereje - me quiere Cristo. - -Otra hoja, y leo: - - PISTILOS - - Soy la ameba redonda, la femenina, - la de fe y esperanzas y gelatina. - -En una nota dice: Advierto al lector idiota é indocto que no debe -reirse de lo que no entienda. - -Otra hoja: - - ESTAMBRES - - Aunque sé que estoy loco rematado, - porque tal como fué todo lo cuento, - hasta el mismo doctor me halla curado - las veces que no digo lo que siento. - - - PISTILOS - - Cuando tengo en un sueño una esperanza, - se la agradezco á Dios sin hipoteca; - que es el poeta la gallina clueca - que no quiere empollar á Sancho Panza. - -Otra hoja: - - ESTAMBRES - - Hay siempre una impostura en hablar claro; - no se puede ser claro sin mentira... - ve oscuro y algo raro; - divaga, ama y delira... - - - PISTILOS - - Por santa castidad, el pensamiento - no debe bautizar sus invenciones: - son bastardas, después del nacimiento, - llevando un apellido, las nociones. - -Otra hoja: - - ESTAMBRES - - Era en lo oscuro: sobre mi pecho sentí una mano; - en las tristezas del pobre lecho - me visitaba Dios Soberano. - - * * * * * - - Era la mano de luz; caricia - de lo Infinito, callado premio, - misterio--madre.-- - Lloro en espíritu por la delicia - que al miserable dulce bohemio - le otorga el Padre. - - * * * * * - - Y desde entonces, siempre en lo oscuro, - siento la mano sobre mi pecho; - mas su contacto va siendo duro, - peso terrible me hunde en el lecho. - - * * * * * - - Pero la mano, que ya es de plomo, - entre dolores, sin saber cómo, - siempre acaricia. La pasión fuerte - que tanto oprime, siempre es delicia. - - ¡Ya en torno mío nombran la muerte - los cuchicheos de la estulticia... - mientras _me arranca_ del cuerpo inerte - mano con alas de la _Justicia_! - -Otra hoja: - - PISTILOS - - Me paso toda la noche - contando miles de estrellas, - y si está el cielo nublado - me pongo á _cantar_ la cuenta. - Así hace el hombre en la vida, - si ama á Dios y en Dios espera; - goza la dicha que pasa... - y pasada... _cantando_ la recuerda. - - - ESTAMBRES - - Ha de ser en el cielo una sorpresa - de los santos sin fin inocentones, - ver llegar á montones - una y otra remesa - de ateos, sin saberlo, santurrones. - - - PISTILOS - - Cuando en el fondo del abismo frío - deja de ver á Dios el pensamiento, - al ir á maldecirme por impío, - la caridad, en un escalofrío, - con el perdón, me vuelve el sentimiento - de que un ángel sonríe al lado mío. - - - CAMPOAMOR - - PISTILOS - - Escribe versos en la _ceniza_; - saca del polvo, de los gusanos, - y de la nada, que se desliza, - viento sin aire, por bosques vanos - de tallos huecos, veta cañiza, - saca la idea de sus cantares; - médula amarga de tristes huesos; - sin corazones, suspiros; besos - sin labios; saca los cañizares - del esqueleto; la catadura - de desnudeces de sepultura; - saca del fondo de noble rima - sarcasmos místicos que causan grima... - Pasión perenne firma en la arena - cuando á las dunas va la mar llena, - y con los rayos tenues de luna - rubrica pactos de la fortuna; - ve del cerebro las telarañas - y le enternecen las musarañas - que ve la lógica de lo Infinito - en palimpsestos de lo no escrito... - - - NÚÑEZ DE ARCE - - ESTAMBRES - - Como Dios sacó el mundo de la nada, - de allí saca también la poesía... - Escribe con perfecta simetría; - y así, tiene por plectro... la _plomada_. - Todo á la ley de _gravedad_ lo fía. - -Cansado de leer disparates, incoherencias, tal vez congruentes en el -fondo de un cerebro enfermo, arrojé el cuaderno con tedio... y no volví -á pensar en el poeta loco... hasta que en persona se me presentó al día -siguiente: - ---Vengo á recoger mis _Pistilos_...--me dijo, sonriendo con lástima. - ---Ahí los tiene; verá usted que no se los he separado de los -_estambres_. - -Don Teopompo recogió el cuaderno, le dió un beso, hizo sobre él la -señal de la cruz, y se lo metió debajo del brazo. - -Y sin más, sin hablar palabra, _sin preguntarme nada_, hizo una -reverencia y dió media vuelta. - -No pude contenerme. El orgullo de aquel _imbécil_ me sublevó; irritó mi -amor propio. - ---Pero hombre--exclamé--¿no venía usted á conocer mi opinión? ¿Á que le -dijera?... - ---¡Oh! Nada de eso. Enseño mis versos á todos los literatos vulgares -que quieren recibirme. Es una oferta. Me he impuesto esa penitencia y -la voy cumpliendo por el mundo adelante. Unos se burlan de mí, otros -hasta me insultan; otros, los más tolerantes callan... y yo sigo. Hay -que matar el _hombre viejo_, el de la vanidad, el del _buen éxito_, el -del aplauso, el que quiere ser admirado sin ser comprendido. - ---Pero aunque no sea por vanidad, sino por amor á sus ideas, usted -querrá hacer propaganda, fundar escuela... - ---¡Ah, señor! La escuela está fundada. Es la escuela del flato. Esta -poesía, con la debilidad cerebral que revela, es hija del hambre... - ---De modo que usted... por dinero... ¡por mucho dinero! ¿Tal vez -renunciara á la escuela, á esa poesía?... - ---¡Oh, tanto dinero podía ser! - ---¿Á qué llama usted mucho? - ---Eso depende del momento... histórico. - ---En el actual momento... - ---Bastante dinero son cinco duros. - - * * * * * - -La herida fué leve; libré al arte de una escuela contagiosa, y aún hoy, -por mi conciencia de _crítico_, ostento con orgullo la cicatriz de las -25 pesetas. - - - - - NUEVO CONTRATO - - FAUST (_erwachend_).--¿Bin - ich dem abermals betrogen?... - - (GOETHE.--_Fausto._) - - - FAUSTO - - Despertando. - -¿Qué es esto? ¿Engañado otra vez? ¿Ha sido todo un sueño? ¿No he visto -yo al diablo? Y todo lo demás... ¡Válgame Dios qué cosas he soñado!... -¿Y Margarita, mi Gretchen?... ¿Sueño también? ¿Fué verdad lo que soñaba, - - «porque todo se acabó - y esto sólo no se acaba?» - -¿Amé? ¿Amo á Gretchen? ¡Ay... no!... Amo el amor. Amo la sombra de la -noche. Todo sueño... Luego no he vendido el alma al diablo... Luego -soy libre... ¡Oh!... qué... ¿felicidad? ¡No! Estoy como estaba. ¿Por -qué no me alegro? Soy libre. Sí; mas ¿para qué? Vuelta á empezar... -Ah, Filosofía, Jurisprudencia y Medicina, y, ¡por mi desgracia!, -Teología. Todo lo he profundizado... etc., etc., etc. En fin, lo que -ustedes saben por Goethe, ó, á lo menos, por la ópera de Gounod... -Estamos frescos. ¡Otra vez en el mundo! ¡Y cómo está el mundo! ¡Qué -de filosofías nuevas ó renovadas; es decir, las nubes de antaño, -que vuelven con nueva electricidad!... ¡Oh, angustia del pensar!... -¡Náuseas de silogismo, introspección, neurastenia!... Felices los -necios pseudofilósofos, que aseguran que no se puede saber nada del -fondo de las cosas... y se llaman sabios; ellos, á lo menos, descansan -sobre sus fórmulas y nomenclaturas; sobre sus hipótesis y relativismos -como sobre almohada de lana de los carneros de Panurgo... Ya saben lo -que sabía el diablo, aquel Mefistófeles con quien yo soñé, que decía... - - - MEFISTÓFELES - - Hablando desde un fonógrafo que hay sobre la mesa. - -No poseo la omnisciencia, pero sé muchas cosas. - - - FAUSTO - - Incorporándose asustado. - -¡Oh! ¿Qué es esto? ¡Otra vez!... Alucinación... Sueño repetido... Idea -fija... - - - MEFISTÓFELES - - En el fonógrafo. - -No sabes si sueñas ó no; no puedes distinguir la realidad del -ensueño... Á eso ha llegado la ciencia humana, á no saber si duerme ó -está en vela... ¡Ja, ja, ja! - - - FAUSTO - -Esa carcajada... Yo la he oído otras veces... Sí... ¿Dónde?... - - - MEFISTÓFELES - -En la ópera, en la serenata de Mefistófeles... Á ver, acaba. ¿Es verdad -que estoy yo aquí, ó no? - - - FAUSTO - -No sé... No sé... - - - MEFISTÓFELES - -Pregunta á Kant... - - - FAUSTO - -No sabe... - - - MEFISTÓFELES - -Pregunta á Spencer... - - - FAUSTO - -¡Psche!... Ése sabe demasiado. Dice que está seguro de que una realidad -está ante él... - - - MEFISTÓFELES - -¿Y no es ésa la última moda? - - - FAUSTO - -Mira, estos metafísicos novísimos - - Señalando una revista. - -le prueban á Spencer que de lo que está seguro es de que ve la realidad -como cosa segura... pero de que lo sea, no. - - - MEFISTÓFELES - -De modo, que no podemos entendernos; ¿no puedes responder de que yo te -hablo en efecto? - - - FAUSTO - -No sé si puedo ó no puedo responder. - - - MEFISTÓFELES - -Ni eso. ¡Oh, ciencia humana! - - - FAUSTO - -No hay otra, y á lo menos es leal. - - - MEFISTÓFELES - -Oye, deja los metafísicos; toma esa otra revista, lee ese artículo -científico, no filosófico; su autor sabe las cosas como el diablo, -relativamente. Mira lo que dice: que “la vigilia se distingue del sueño -en que durante el sueño no tenemos conciencia, soslayada del resto -del universo, y en la vigilia acompaña á la conciencia del objeto -particular de la atención la de sus relaciones con los demás”... -Reflexiona... ¿Qué ves? - - - FAUSTO - -¡Oh, sí! Me acompaña la conciencia de los demás en relación discreta, -no continua; veo en mí fenómenos de conciencia concomitantes... Pero la -prueba no me parece segura. - - - MEFISTÓFELES - -Otra cosa. ¿Quién soy yo? - - - FAUSTO - -El diablo. - - - MEFISTÓFELES - -¿Crees en el diablo? - - - FAUSTO - -No. - - - MEFISTÓFELES - -Pues cree... _quia absurdum_. - - - FAUSTO - -Supongamos que está ahí... - - - MEFISTÓFELES - -Ésa es la fija. Todo para ahí. Querer es reconocer; ya lo dicen -nuestros filósofos de ahora... - - - FAUSTO - -Pero como pueden equivocarse... - - - MEFISTÓFELES - -¿Vuelta á empezar? No le des vueltas; cree, mientras nos entendemos. -Primero es vivir, después, filosofar. Vengo á un negocio; cuestión de -derecho; un contrato; y estas cosas serias necesitan una metafísica -positiva; sin _fas_ no hay _jus_. Aunque me esté mal el decirlo, sin -Dios no hay justicia. Ten fe hasta que firmes. - - - FAUSTO - -¿De qué se trata, de venderte el alma? ¡Pero entonces esto es una idea -fija! Deliro... - - - MEFISTÓFELES - -No, no te asustes. Ahora no es eso. ¡Infeliz, qué más quisieras tú -que poder vender el alma! Señal de que creías en ella. Pero como eres -honrado... por herencia, por evolución ¿á que no te atreves á vender lo -que no sabes si tienes ó no tienes? - - - FAUSTO - -¿Qué quieres entonces? - - - MEFISTÓFELES - -Otra cosa, Fausto ¿qué preferirías, saber ó gozar? - - - FAUSTO - -Saber. Ahora saber. Verdad ó sueño, lo que nos pasó la otra vez me -tiene escarmentado. Estoy convencido de ello; en el fondo de lo que -soy, que no sé lo que es, sé que hay orgullo. Mi orgullo rechaza -el gozar empírico, la vida de fenómeno en fenómeno, carrera eterna; -sensación sin fin, á través de lo inagotable... ¡Infierno de cansancio -y de hastío y de humillación! ¡Lo infinito paso á paso! Oh, no; tanto -vale lo mucho como lo poco: sólo vale el todo. Quiero lo absoluto. Lo -absoluto ó nada. No quiero sentir, sin saber por qué, ni para qué. -Quiero ver si el gozar es una puerilidad indigna de mí. La verdad me -dirá lo que me conviene. Antes de tener la absoluta verdad no puedo -racionalmente saber lo que es preferible. Luego es preferible, para -escoger la verdad. ¿Por qué te ríes, Mefistófeles? - - - MEFISTÓFELES - -Lo sabrás cuando sepas la verdad absoluta. He aquí el contrato: aunque -la psicología moderna no admite esos símbolos clásicos é inocentes que -ponen el sentimiento en el corazón y la inteligencia en el cerebro, -tú y yo, como hacen los juristas, usaremos un lenguaje metafórico y -atrasado. - - - FAUSTO - -Explícate. - - - MEFISTÓFELES - -Por arte del diablo, mía, tendrás en la cabeza la ciencia y en el -corazón el sentir, si prefieres gozar, amar, tu cerebro irá perdiendo -vigor, y pasará toda la vida al corazón... Si prefieres, como dices, -ante todo, saber la verdad, la absoluta verdad, en tu cerebro irá -entrando la clarividencia, la conciencia te dirá el último íntimo -secreto de la realidad..., pero el corazón, que irá dando jugo al -cerebro para que vea claro, se te irá secando; se pondrá como una -piedra. Al fin, no sentirás, no amarás. Escoge. - - - FAUSTO - -Ya lo he dicho. - - - MEFISTÓFELES - -Pues dicho... y hecho. Comienza el encanto. Perdona si el aparato de -la brujería es el de siempre: decoraciones gastadas de comedia de -magia muy repetida. El infierno es viejo, antiguo régimen; seguimos -empleando el aceite hirviendo, sapos y culebras, murciélagos, ratas, -vestiglos... Por eso las pesadillas siguen siendo como en la Edad -Media. Ya no me oye... medita... sueña... ¡Demontre, qué olvido! No le -he obligado á firmar antes... ¿Firmará después?... ¡Ja, ja, ja! ¡Vaya -una equivocación! ¿Pues no he creído que era yo el Mefistófeles de la -Ópera? - -Firmar ¿para qué? El contrato lo perfeccionará la fuerza de las -cosas... Con hacer lo que quiso, ya ha hecho lo que en vano querrá -después deshacer... - - - FAUSTO - - Volviendo en sí. - -¡Oh luz! ¡Oh luz! Todo claro... Todo evidente... ¡Qué de mundos da la -idea! ¡Qué procesión, qué sacra teoría de sistemas... los sistemas -filosóficos de miles de millones de sistemas solares... Y todo sin -fatiga, sin hastío; todo preparado por todo... ni un pensamiento -inútil. ¡Santa Armonía! Y por fin... la verdad, el principio, la regla -absoluta... ¡Ya lo sé todo! Y en el todo ¡qué sencillez! ¡Sacrosanta -cenidad sencilla, humilde! ¿Cuál será el secreto del universo? ¿Una -novedad? ¡No! Hasta los cursis lo habían dicho. Mefistófeles, ¿no lo -sabes? No; tú, por alambicado y retorcido y relativista no lo sabrás. -El secreto de la realidad, el fondo del ser, el primer móvil es el -amor. Amar, sentir, eso es todo. La ciencia absoluta nos dice eso -nada más: sentid, amad... Á ver, el corazón, Mefistófeles, ¡venga el -corazón! ¡Me lo has robado, venga; no ha habido pacto; yo no he firmado -nada! ¡Mi corazón!... - - - MEFISTÓFELES - -Ahí lo tienes, entre pecho y espalda. - - - FAUSTO - -¡Ah, sí, aquí está! ¡Una piedra! - - - MEFISTÓFELES - -¿Qué importa? Ya lo sabes todo; hasta sabes por qué antes yo me reía. - - - - - FEMINISMO - - -Jesús Murias de Paredes era natural del pueblo de su apellido; pero -aquel horizonte era estrecho para él, según dijo en una elegía, sin -tener en cuenta que el horizonte de Murias, á pesar de lo de Paredes, -es bastante ancho. Quería él decir que en Murias no se podía ser vate -sin ponerse en ridículo y despertar sospechas de las autoridades -civiles, eclesiásticas y militares. El cura le tenía por hereje, el -alcalde por vago, y el cabo de la Guardia civil por _avanzado_. No le -querían bien. Además, en su pueblo natal se moría de hambre. No tenía -oficio ni beneficio; no tenía más que lira, y ésa rota; por lo menos, -así lo rezaban mil y mil pasajes de las poesías inéditas de Murias. - -Azares de la suerte, que no es del caso recordar, le llevaron á -Valladolid. Allí el horizonte era más ancho, pero el hambre la misma. -En un periódico, cuya principal misión era llevar la cuenta del mercado -de cereales, le admitieron los versos, que se publicaban entre cebada y -centeno, como quien dice. Vamos, que la sección que había de quedar en -barbecho, porque el periódico se escribía _á tres hojas_, se la dejaban -á él. Lo que no hacían era pagarle. No faltaba más. - -Lo que sí consiguió, que un impresor de la calle de Cantarranas -(parecía alusión) le publicara algunas de aquellas poesías en una -colección que parecía el _Fleury_, por fuera. Mal papel, y cubierta de -cartulina áspera, amarilla, como la del _Astete_. El libro se llamaba -_Ecos del Pisuerga_. - -Pues como si hubiera tirado al Pisuerga los ecos. - -Nadie se enteró. Él no se dió por vencido, y cogió otra porción de -inspiraciones y las imprimió en otro _libro de doctrina_ con este -título: _Ecos de la Esgueva_. Dirán ustedes: ¡eso es inverosímil! Si él -no pagaba la impresión, porque no tenía con qué, ¿cómo iba á encontrar -impresor que le pagara la _segunda salida_? En Valladolid hay gente -así. Como Zorrilla era de la provincia, en cuanto ven por allí un -poeta, sea ó no de la tierra, se dicen algunos: ¡otra te pego! ¡Otro -don José! Y le protegen. El de Cantarranas veía en la figura de Murias -y hasta en su dulce nombre--el dulce nombre de Jesús--_una garantía de -éxito_, según la frase favorita del impresor. Jesús tenía aspecto de -tísico, el valor de su melena, desaliñada y de un castaño sucio (sucios -tenía todos los colores de su cuerpo y traje); usaba barba corrida... -de la vergüenza de sus pocos pelos; pocos y mal avenidos. En fin, así -eran los poetas, ó no debían ser, según el librero impresor, y estaba -seguro de que el chico le había de hacer ganar dinero, en cuanto le -diera la mano algún crítico de Madrid, uno de aquellos _sacerdotes_ -á quienes don Nicomedes Niceno--el impresor editor--tenía por más -Merlines cuantos más _palos_ pegaban. - -Decirle á Niceno que tal crítico “no se casaba con nadie”, era -nombrarle un fetiche á quien él adoraría en adelante. Decidió mandar -á Madrid--que tiene la exclusiva de los _sacerdotes_ críticos--á su -protegido; no para que los críticos se casaran con él, sino para que -no le _repudiaran_ antes de _conocerle_. Empezaba entonces á llamar -algo la atención un abogadillo sin pleitos, chiquitín, bilioso, miope, -que escribía de crítica y de cuanto Dios crió en prosa y en verso, en -un papel satírico. ¡La sátira! la sátira le atraía como el abismo al -impresor de Cantarranas; él, que era un hombre optimista, no se sentía -capaz de tener hígados satíricos en su vida; pero, aun con cierto -horror nativo al género, se sentía seducido, como en un vértigo de -humorismo, por los escritores que empleaban la ironía, aunque fuera -la de menos grados; y si llegaban al sarcasmo, como Aquiles ante el -cadáver de Héctor, don Nicomedes gozaba de una voluptuosidad que él -confesaba ser diabólica. Á pesar de que era incapaz de querer mal á -nadie, y de que á él todos los versos y toda prosa que tuviese la -ortografía académica le parecían bien, en cuanto veía maltratado á -un literato por un crítico satírico, declaraba fuera de la ley al -imbécil intruso, y sin compasión alguna le veía en las garras del ogro -sardónico, sarcástico y cáustico, ó estanquero, como diría _El vecino -de enfrente_, de Blasco. - -No vaciló don Nicomedes. Pagó el viaje á Jesús Murias, que tenía un -catarro crónico que no le dejaba respirar, cuanto más inspirarse; le -regaló unos cuartos para la posada; le cargó las alforjas de ejemplares -de los _Ecos de ambos ríos_, y le dió una carta de recomendación para -el Sr. Sencillo, que así se llamaba el crítico corrosivo. ¿Que de quién -era la carta? De Niceno en persona. Decía así: Ilustre Aristarco: no le -conozco á usted. No lo necesito. No pido favor. Pido justicia... Y por -ahí adelante, todo en estilo cortado, manía que había cogido Niceno, -como una peste, corrigiendo pruebas de una obra de Henao y Muñoz. - - * * * * * - -Jesús se presentó á Herodes, es decir, Murias se presentó á Sencillo -en la redacción de _El Erizo_. Saludó al Minos que tenía delante con -uno de aquellos saludos que Fígaro llamaba, en casos semejantes, -sordos; y precisamente saludó pensando en Fígaro y en aquel adjetivo, y -procurando evitar toda _gauchería_ (como él se dijo para sus adentros, -porque usaba los galicismos voluntarios hasta en sueños). Ya se -verá después que la especialidad de Murias era el francés... y sus -consecuencias. - -Sencillo contestó al saludo de Murias sin mirarle, y siguió escribiendo -en la mesa que tenía para él sólo. Por de pronto, no abrió la carta. - -Murias no se ofendió. Él pensaba hacer lo mismo cuando fuese célebre: -pensaba darse tono no viendo siquiera los principiantes que se le -pusiesen delante. - -Pasaron cinco minutos y tosió Murias, sin querer. - -Levantó los ojos Sencillo y dijo:--Soy con usted. No puedo interrumpir -ahora esto... - -Vamos, pensó Jesús, tiene á algún poeta en el asador y temerá que se le -queme. - -El director del periódico, que observaba la escena desde su despacho, -pues estaba la puerta abierta, se levantó, no sin vencer la prosa y -se acercó á la mesa de Sencillo. Conocía al crítico, sabía cómo las -gastaba y le quitaba todas las púas que podía. Allí _El Erizo_ era -Sencillo; el director, D. Autónomo Eufemio de Pérezbueno, era lo menos -áspero que cabía. Era una mantequilla de Soria de mucho bulto y muy -ilustrado. Usaba bata de las talares y babuchas de Tánger. Flemático, -hombre de mucho mundo... corrido con buena correa, no creía en los -malos escritores, á fuerza de creerlos inofensivos... No digo que no -los haya, decía, sino que es lo mismo que si no los hubiera. - -Abreviando: Murias salió de allí con muchas ilusiones, gracias á las -buenas palabras de Pérezbueno. Á Sencillo apenas le oyó el metal de su -voz, pero don Autónomo le había dado palabra de que Sencillo--_Bisturí_ -en el claustro... crítico--hablaría de los _Ecos_ de todos los ríos y -canales de Castilla y Aragón que se pusieran por delante. - -Pasaron años; por lo menos así le parecieron á Murias, aunque no eran -más que días, y Sencillo nada dijo ni de _Ecos_ ni de resonancias. -Murias se atrevió á ponérsele otra vez delante de la mesa. No estaba -el director. Tosió Jesús, sin querer, de puro tísico; le miró Bisturí, -le reparó bien y le mandó sentarse. Asado el poeta del día, Bisturí se -volvió á Jesús y le preguntó, sin echar veneno, qué se le ofrecía... -Murias, balbuciente, aludió á los _Ecos_ que estaban en el cajón de la -derecha... si no recordaba mal. Buscó Bisturí y echó de menos... un -cartucho de dulces que había metido allí. Bronca entre la crítica y la -portería. El portero culpaba á un redactor. - - _Quel giorno più non..._ - -No se habló más de los Ecos aquel día. Al siguiente, sí. Estaba el -director. Pareció el libro... debajo de un pie de la mesa. Estaba -haciendo de _forro_. Ni por el forro lo había mirado Bisturí. - -Murias empezó á observar al crítico mas en silencio. Pero cada vez más -humilde. Bisturí acabó por fijarse en aquel tipo que venía semanas y -semanas á pedir que lo pusieran en parrillas si lo merecía, pero que se -hablara de él, y que lo pedía poniendo el rostro á todos los desaires. - -Todavía no había dicho nada del libro Sencillo, cuando ya era casi como -de la casa, á fuerza de trato y familiaridad, Jesús Murias. - -Casi convencido de que no tendrían eco los Ecos, empezó á alimentar -otra esperanza... pensando en que necesitaba alimentarse él. Se habían -acabado los cuartos de Niceno. Jesús aspiraba á ser _meritorio_ en -_El Erizo_. Pérezbueno á los colaboradores regalados no les miraba el -diente. Pero no había plaza. No había dónde poner un alfiler ni un -galicismo en el periódico. - -Cierto redactor _maleante_--que era el que se comía los caramelos -del _sacerdote_ con púas--propuso, con la mayor seriedad, que Murias -entrase á formar parte de la colaboración de _El Erizo_ en la -sección... de fajas. - -“Podía escribirlas; no pegarlas, por supuesto.” - -Murias no le tiró un tintero ni nada al redactor maleante. - -No aceptó el empleo. Pero sí otro que le ofreció el director. Fué de -cronista á la tribuna del Senado.--¿Quiere usted que sea cáustico?--Sea -usted el pimiento del baturro zaragozano... - -Al día siguiente aquel poeta llamaba animal al respetable presidente de -la Cámara alta; dudaba, con ironía, de la honradez de tres generales -victoriosos y dirigía alusiones pornográficas á lo más augusto. Presidio -seguro para toda la redacción si se publicaba aquello. - -_El Erizo_ siguió sin clavarse en la ley de imprenta como hasta -entonces. Y las crónicas del Senado firmadas por Arquiloco salían todos -los días. - -“Mis _yambos_ en prosa”, llamaba él á las crónicas, hablando con sus -amigos en Fornos. - ---Pero, hombre, le preguntó uno á Pérezbueno, ¿cómo se las echa de -Arquiloco el pobre Jesús, si sus crónicas del Senado son anodinas, -inocentes?... - ---¡Oh!--exclamó D. Autónomo--¡Qué han de ser anónimas! ¡Si ustedes las -vieran! Cantáridas, injurias, calumnias, _yambos_ á toca teja... Lo -que hay es que al corregirle las pruebas yo _le quito las ocurrencias_ -(Histórico). No queda más que lo que él copia del extracto de una -agencia. Pero él ser, es una ventosa. - -Y el pobre Murias aguantaba esto y aguantaba el hambre, porque sueldo -¡Dios lo diera! - -Cuando ya Jesús era lo que se llama redactor de _El Erizo_, aunque á -prueba... de pruebas, y sin probar bocado, _por fin_ Bisturí se dignó -hablar de los _Ecos de Entrambasaguas_. - -Y decía Bisturí en _El Erizo_: “Ahora se verá si soy ó no imparcial de -veras. El autor es un amigo, un compañero... pues bien, por lo mismo se -le debe la verdad entera...” Y la verdad era digna de los yangüeses que -apalearon á D. Quijote.--Murias se quedó en la cama unos días, porque -se sentía molido materialmente. No se reconocía hueso sano. - -No volvió por _El Erizo_, y, en la cama, recibió una carta del Mecenas -de Cantarranas, don Nicomedes, que le decía entre otras cosas: “Nos -hemos equivocado. No es usted lírico. Bisturí ha puesto el filo en -la llaga. Acaso sea usted épico. Pero por si acaso, probemos otra -cosa. Cuente usted conmigo. ¿Quiere usted traducir un diccionario de -teología, en veinticinco tomos? Se trata de la lengua de Fenelón. Cinco -duros por tomo.” - ---Bueno, seré _épico_--se dijo Jesús resignado.--Traduciré los -veinticinco tomos. Y ésta es la primera estación. Las que faltan se -recorrerán en el segundo y último capítulo de esta historia, _arrancada -á la realidad_. - - - - - MANÍN DE PEPA JOSÉ - - -Manín de Pepa José, si hubiera nacido señorito y hubiera estudiado y -escrito en los periódicos, hubiera sido un _esteta_. Pero en Llantones, -parroquia rural cerca de Gijón, Manín no era más que un _folganzán_, -que no valía la _borona_ que comía... cuando la comía. - -Su madre, Pepa José, es decir, una Josefa, mujer de un José, quedó -viuda ya en edad madura, y aunque la _casería_ que llevaba en -arrendamiento, en la escritura del contrato parecía cosa de Manín, -heredero de José, quien mandaba en todo era la madre; sólo con ella se -contaba. Enjuta, alta, de mucho hueso, mirada fiera, actividad febril, -gestos hombrunos, era un águila para el trabajo, para el cuidado de la -hacienda, y sus criados y jornaleros andaban en un pie. Sólo Manín, el -hijo único, gozaba el privilegio de la benevolencia de aquella mujer -que no daba un bocado de pan sin que se lo pagara algún servicio. -Pero Manín era otra cosa; por él y para él trabajaba ella tanto. No -era fuerte, no mostraba aptitud para las faenas del campo, y la madre -había soñado con hacerle sacerdote. Pero él, muy contento con trabajar -poco y cuando quería, no entraba por lo de cantar misa. El trabajo le -repugnaba... pero el ascetismo también. Le gustaba la alegría, el -ruido, el baile. Era gaitero de afición, y de habilidad notoria. Con la -gaita suavizaba el carácter de su madre, aquella fiera; la embelesaba -con aquellos gorgoritos estridentes del puntero y con las notas -asmáticas que salían de las profundas entrañas del fuelle. - -Cuando Pepa aturdía á gritos á los vecinos en media legua á la redonda, -riñendo á un criado ó atosigando á un deudor, y las imprecaciones de -aquella Euménide de pan llevar retumbaban en el castañar que rodeaba -la _casería_, Manín, tocando el _Altísimo Señor_ ó la _Praviana_ en la -gaita desafinada y melancólica, aplacaba poco á poco á la furia, la -atraía y acababa por enternecerla. - - * * * * * - -Manín era de oficio, de verdadero oficio, soñador. Un soñador alegre, -que buscaba la soledad para saborear los recuerdos de las fiestas, de -las romerías, de los bailes alegres, llenos de _ijujús_ tempestuosos, -horrísonos, expresión de _histerismo_ de centauros. Manín no sabía que -el _ijujú_ era celta; él lo consideraba como una manera de _relinchar_ -de los mozos de la aldea. Y él relinchaba también, sobre todo allá para -sus adentros. - -¡Si el mundo fuera siempre cortejar, bailar la danza prima, disparar el -cachorrillo para solemnizar la procesión, tocar la gaita _al alzar_ en -la misa cantada el día de la fiesta! ¡Y después, á la luz de la luna, -por el _castañeo_ arriba, acompañar á una rapaza, y _echar la presona_ -á la puerta de su casa hasta cerca del alba! ¡Y luego, á solas, en la -_llinda_, ó á la hora de la siesta, sentir la brisa llena de olores -queridos, familiares, reclinado el cuerpo sobre la rapada yerba, y -soñar despierto, rumiando recuerdos dulces; como las vacas, sentadas á -la sombra, rumiaban su alimento! - - * * * * * - -Pero la vida no era eso. En faltándole su madre ¿qué iba á ser de -Manín? Y Pepa envejecía, y tenía achaques, que le procuró el trabajo -excesivo. Se sentía herida de muerte y temblaba por el porvenir de -aquel hijo, incapaz de dirigir la hacienda. Ya se había susurrado por -la aldea que el _amo_, si moría Pepa, y Manín quedaba solo, no le -dejaría seguir con el arrendamiento, porque en poder de tal _casero_ -los bienes perderían mucho. - -Pepa vió la única salvación de su hijo en casarlo con una mujer que -fuera como ella, que se pusiera los pantalones, y trabajara y dirigiera -la casería. Rosa Francisca de Xunco fué la moza que ella deseaba. Era -como ella, hormiga con alas para la codicia. Era hija de un vecino que -siempre había envidiado la casería de Pepa José. - -Rosa se casó con Manín sin mirarle siquiera, pensando nada más que en -mandar allí, donde tanto mandaba Pepa. Eran iguales ambas hembras; pero -por lo mismo eran incompatibles. Eran dos abejas reinas; una tenía -que sucumbir. Como una especie de pacto tácito, venía á ser condición -de la boda que Rosa no tuviera mucho tiempo que obedecer á nadie; -sobraba Pepa, si lo tratado era tratado. Pepa bien lo conocía. Admiraba -á Rosa, veía en ella el futuro amparo, y tirano también, de su Manín; -y aborrecía á Rosa necesitándola, y le envidiaba aquella sucesión que -tenía que dejarle ella. Pero Pepa murió pronto. Rosa Francisca ocupó -su puesto y todo siguió como antes: los criados andaban en un pie, la -_casería_ prosperaba, y Manín tocaba la gaita, soñaba despierto en la -_llinda_, y echaba de menos, un poco, el cariño áspero, pero cierto, de -su madre. Rosa no le mimaba, ciertamente; le despreciaba; le tenía en -constante olvido; pero le dejaba comer sin trabajar apenas. - -Manín sintió también, además de la ausencia de su madre, la ausencia de -las aventuras amorosas: ya se había acabado lo de _echar la presona_, -el _cortejar_ los sábados de noche, hasta la aurora del domingo. ¿Con -qué reemplazar aquella dulzura? ¿Con el juego de bolos? Probó... pero -aquello no le hizo gracia. Montaigne no encontraba ni en la gula ni en -placer alguno un sustituto digno del amor: comprendía á los viejos que -se consolaban con los buenos tragos, pero él no podía reemplazar con la -embriaguez el amor. Manín, si no cosa tan delicada como el _rebrincar_ -y ergotizar con una buena moza, acabó por encontrar cierto encanto -en las copas de anís escarchado, de malvasía y de rosa. Los licores -dulzones fueron el sucedáneo de los galanteos para aquel epicurista de -montera. Iba á los mercados de Gijón y allí se despachaba á su gusto -bebiendo en un café, entre el _señorío_, aniseta, rosa, málaga y cosas -así. Mucha dulzura, y ver candelillas, y figurarse el mundo menos malo -de lo que positivamente era... Y á casa á dormir, oyendo frases de -desprecio de aquella Rosa, que era su tirano, pero también el amparo -que le había dejado su madre. - - * * * * * - -Tuvieron una hija. Buenos insultos le costó á Manín. Rosa hubiera -querido un hijo. - -No lo hubo. El trabajo mata, por lo visto. Mientras Manín se conservaba -fresco, lozano, pese á los años, Rosa empezó á decaer; una vejez -prematura, precipitada, acabó con ella... y tuvo que pensar en lo mismo -en que había pensado Pepa José algún día. Si moría ella, ¿á quién iría -á parar la casería? El nuevo amo, hijo del otro, tampoco la dejaría -en poder de aquel trasto inútil de Manín... Y Rosa, con el mismo fin -con que Pepa había buscado una mujer para Manín, buscó un marido para -Ramona, la hija de Manín y de Rosa. - -Ramona se parecía á su padre: era alegre, soñadora como él, poco -activa, débil de carácter; no servía ella, como su madre y su abuela, -para cuidar la hacienda. Pero Roque de Xuaca, el marido que escogió -Rosa, sin consultar á Ramona, la mujer de Roque, era el aldeano más -codicioso y tenaz para el trabajo de todo el concejo. En su juventud, -mientras fué soltero, nunca fué á las romerías por las mozas, sino por -los bolos. Ganar algunos céntimos en la bolera, á fuerza de sudores, -era todo su recreo. El resto de la semana, en vez de los bolos del -domingo, tenía la _fesoría_, la pala, la guadaña... los céntimos se -los sacaba á la tierra. Se casó sin amor, sin nada más que codicia; -dispuesto á ser el amo cuanto antes. Rosa murió pronto, y Roque empezó -á tratar á su suegro peor que al perro, que le servía más guardándole -la casa. - -Manín temblaba ante el marido de su hija; no pensó en disputarle el -dominio: desde luego aceptó su papel de carga inútil. Trabajar de veras -no podía, no sabía; cada vez menos. Á pesar de las buenas apariencias, -Manín por dentro se sentía viejo, muy débil, cada día con más necesidad -de amparo, de que le cuidaran, de que le dejasen sus aficiones de pobre -diablo amigo de los tragos dulces, de la excitación alegre del licor... -Pero Roque no consentía ni siquiera lo que Rosa había tolerado por -desprecio. Roque de Xuaca era brutal, soez, cruel. Á Ramona la tenía -en un puño, y la pobre hija de Manín, siempre enferma, no se atrevía á -defender á su padre. Ni Manín se quejaba delante de Ramona, por miedo -de que el marido la maltratase si ella abogaba por su padre. - -Roque ensayó lo imposible: obligar á Manín á trabajar de veras, con -provecho y constancia. Manín sólo tuvo fuerzas de voluntad... para -oponerse á tales ensayos, nuevos en su vida y de fracaso seguro. Lo -que es trabajar como los demás no trabajaría por mucho que mandara -Roque. Podía matarle de hambre, de un palo; pero hacerle pasar el día -encorvado rompiendo terrones, era imposible. Pero el de Xuaca no se -dió por vencido. Renunció á tener en Manín un esclavo que le ahorrase -un criado, pero no renunció á sacar del pobre viejo todo el partido -posible. Como á un chicuelo, se le obligaba á llevar el ganado al -pasto, era el _rapacín de la llinda_ y se le empleaba en otras labores -fáciles, sencillas, pero molestas para un anciano. Y, por supuesto, -se le acortó la ración. Se acabaron los buenos tragos, los viajes en -pollino á la villa, los bocados de pan tierno, la ropa limpia y fresca; -hasta se le echó del cuarto desahogado y caliente que ocupaba en la -casa nueva y se le obligó á vivir en la choza antigua de la casería, á -un tiro de fusil de la vivienda de su hija. Para Roque, su suegro era -menos que el último jornalero. - -Manín se sintió aislado, sitiado por hambre; quería matarle á fuerza -de hastío, de soledad, de privaciones... ¡Málaga, rosa, marrasquino! -¡Recuerdos del bien perdido! Ni una _copiquiña_ en un año. _Borona_, -_fabes_, agua... un poco de leche, poco... y lo demás tristeza, frío, -soledad, aburrimiento... Lo que no podía Roque era vencer la afición de -Manín á las delicias de que le privaba. Soñaba con ellas, no pensaba -en otra cosa. La privación de aquellos placeres materiales, de los -buenos tragos, de los buenos bocados, le hacía dar un interés exclusivo -á tales cosas; toda su voluptuosidad, que antes se esparcía en tantas -delicias, el amor, la música, la vaga poesía del ensueño, la danza, la -conversación alegre... ahora se reducía á complacencias del paladar, -que no podía conseguir, y que cada día deseaba con más fuerza. - -Cuando le echaban en cara su apego á tales apetitos groseros, Manín se -enternecía, con lástima infinita de sí mismo, y, como un anacreonte -elegíaco, procuraba demostrar que á un pobre viejo que ya no podía -gozar de otros placeres, los buenos tragos, los buenos bocados se le -debían como se le debe el respeto. - -Pero Roque le trataba peor cada día: llegó á reducirle á la condición, -casi casi, de un mendigo. - - * * * * * - -Murió Ramona en un mal parto. Roque, seguro de tiempo atrás de que con -la casería se quedaba él, se vistió de negro, con ropa de invierno en -Agosto, antes de que el cadáver saliera de casa. Puso el rostro duro, -compungido, con mueca avinagrada, y recibió á los señores curas y á -los parientes y vecinos que vinieron al entierro y á los funerales, -con seria amabilidad, sin extremar las manifestaciones del dolor, sin -olvidar sus deberes de amo de casa para con los huéspedes, pero sin -descuidarse un momento en su papel de viudo que debía estar por dentro -muy afligido. Con suspiros contestaba á los consuelos de rúbrica, y en -silencio pagaba con obsequios las máximas filosóficas y religiosas con -que los huéspedes procuraban mitigar la pena que él estaba en el caso -de sentir. - -De Manín nadie se acordaba; pero él vino desde su destierro de la -cabaña vieja sin que le llamaran, y á nadie se le ocurrió echarlo de -allí, como tampoco se echaba al perro, que entraba y salía en la alcoba -mortuoria. - -Manín estaba, más que afligido, aturdido, desorientado. ¿Qué iba á ser -de él? Algunos, los pocos que no sabían el desprecio con que se miraba -al pobre viejo en la casa, le daban el pésame y procuraban consolarle -también. Estos consuelos le hicieron pensar á Manín algo en lo que le -pasaba: perdía á una hija, á Ramona, su hija única... Su carácter de -padre exigía sentir una pena moral, honda... más honda... Manín sentía -una pereza invencible de padecer. Comprendió que si se empeñaba en -enternecerse, en afligirse, imaginándose _cosas finas_ como antaño -cuando comía y bebía bien y tenía la sangre caliente, conseguiría -algo, conseguiría atormentarse, recordar la niñez de Ramona, remotas -caricias... pero todo eso podía excusarse. Manín suspiraba, murmuraba -frases de resignación mezcladas con otras de dolor... pero se resistía, -en sus adentros, á dejar que la imaginación se le fuese por los campos -negros de la pena. Además, si pensaba en Ramona, tenía que pensar en sí -mismo, en cómo quedaba él... y aquello sí que era serio, terrible, cosa -positiva, perentoria, mal de un vivo, no de muertos, que ya no son... -No, no; nada de pensar en el dolor que le aguardaba... - -Por el olfato empezó Manín á separarse de todas aquellas tristezas -imaginarias á que le invitaban los curas y los vecinos que le hablaban -de la muerta. - -De la cocina, muy próxima, venían olores que eran delicias positivas -en forma de esperanza que casi se podía paladear. Entró en la cocina. -Se preparaba la gran comilona del funeral, el banquete en la aldea -inexcusable. El _xenru_, el yerno, Roque, estaba en todo; la dignidad -de la casería exigía aquel sacrificio: buena comida y muchos curas -á cobrar la pitanza. Mostrándose rumboso y no dejando un momento el -gesto avinagrado, que él creía de tristeza, probaba Roque lo que debía -á su papel de viudo mejor que con frases que no se le ocurrían. En día -tan lleno de cuidados no pensó en la difunta directamente ni cuatro -veces. Además, allí no había pasado nada en rigor: él ya era el amo; -continuaría siéndolo. - -Manín, mientras el clero y los demás del duelo cumplieron con todas -las diligencias debidas al _cuerpo_ (así llamaban todos al cadáver de -Ramona), se quedó en casa alrededor de los pucheros, y cuando volvió -de la lejana iglesia el fúnebre cortejo, ya sabía el pobre hambriento -á qué atenerse; en la mesa principal, la de los clérigos, había puesto -para él, y había dos sopas, dos pucheros, tres principios, arroz con -leche, café, queso y vino y licores. Cuatro botellas de cuello largo -había visto él sobre la masera. Aquellos eran los licores. No sabía -leer y no pudo enterarse por los rótulos del contenido, pero no dudaba -de que algo de aquello sería dulce. - -Manín se impacientaba. Tardaban en volver los clérigos y legos que -habían ido á enterrar á su hija, á su Ramona, y á cantarle un gorigori -de los repicoteados. ¿Si se quemaba el arroz con leche? ¿Y la sopa? -¿No se perdería la sopa? Si se hubiera atrevido él á meter baza en -la cocina, habría aconsejado á la respetable María Xuanón, la gran -cocinera de la comarca, que no echase el arroz y los fideos tan pronto, -porque las misas de difuntos cantadas con todo lujo son muy largas. - -Manín se plantó, como gallo vigilante, en lo más alto de la -_saltadera_, entre la _quintana_ y la _llosa_, para adelantar los -sucesos, para dominar más camino y ver cuándo aparecían los primeros -señores que habían de volver de la iglesia y del cementerio. Por la -frente, para que no le deslumbrase el sol, Manín divisó el primer -grupo, negro, compacto; después otro de más gente, y otro y otro... -Volvían como bandada de cuervos que se disuelve. ¡Qué poca prisa se -daban! ¡Cuánta hipocresía!--pensaba Manín á su manera.--¡Vienen con -pies de plomo para disimular la gana que tienen de coger las tajadas! -Todos parecen abrumados por la pena, y están sintiendo exclusivamente -el hambre. - -Cuando llegaron á la _saltadera_ los del primer grupo, Manín dejó el -paso libre. Los más eran aldeanos que le conocían bien; dos ó tres -que eran de la _villa_ le dieron el pésame otra vez, le estrecharon -la mano. Manín gruñó agradecido, pero algo turbado, como temiendo que -aquel honor no le correspondiera, en concepto de su yerno, el viudo, y -esto pudiera costarle el asiento que tenía á la mesa. - -Roque llegó con el último grupo, con el cura de la parroquia, el -arcipreste y otros clérigos. No se dignó mirar al padre de su difunta. -Entre la gente del duelo ya se notaba que empezaba á ser tema viejo y -gastado el del triste suceso que allí los reunía y los daba de comer -aquel día. El elemento laico mostraba más hipocresía ó más cuidado -de las _formas_; aún se repetían los lugares comunes que debieran -servir de consuelo y no sirven; se conservaban los rostros con -expresión compungida. El clero disimulaba menos su indiferencia, y -esta franqueza del egoísmo inconsciente tiene algo de relativamente -simpática. Enterrar al prójimo era el oficio de aquellos buenos -párrocos y capellanes sueltos; de eso vivían; de modo que no era cosa -de llorarlo. Además, sin darse cuenta de ello, los curas mostraban, -entre los aldeanos, cierto aire de superioridad, así como de casta, -ó por lo menos de clase. Hablaban y bromeaban en presencia de los -destripaterrones casi con la misma libertad que empleaban en sus -gaudeamus de las fiestas, cuando todos eran de Iglesia. Las bromas -y libertades de los clérigos rurales podían no ser del mejor gusto, -ni graciosas, ni _correctas_; pero eran inocentes, casi infantiles. -Faltaban á ciertas reglas de urbanidad clerical, si cabe hablar -así, que hubiera exigido la presencia de un obispo, v. gr. Pero que -ofendiesen á Dios aquellas maneras algo descompuestas, no es cosa -segura. - -Roque, de vuelta del entierro, ya era otro. Pensaba exclusivamente en -sus huéspedes, no en la difunta. El gesto de vinagre se atenuó; quedaba -el traje negro de invierno encargado de recordar el papel _social_ que -representaba el viudo. Servir bien á los señores sacerdotes, y á los -de la villa, y como se pudiera á los demás, éste era ya el único afán -del que iba á quedarse con la casería de que ya era dueño, _de hecho_, -hacía tantos años. - ---¡Señores, á la mesa!--dijo Roque con tono solemne y algo fúnebre, -en pie, en medio de la puerta del corral, donde estaban muchos curas -examinando las vacas y los recentales. - ---¡Santa palabra!--se atrevió á decir un capellán, picado de viruelas, -pequeño, vivaracho, que hacía alarde de ser travieso, franco y todo lo -mundano que las sinodales permitían. - -Subieron todos al comedor, improvisado en la sala del piso alto, -estrecha, oscura y mal pintada de amarillo y verde; lujo introducido -por Roque, que era ambicioso y aspiraba al sibaritismo, allá, para -cuando ahorrara bastante. - -Una cabecera la ocupó el arcipreste y otra el párroco de Llantones, que -fué diciendo: - ---Aquí Jove, aquí Puao, aquí Contreces, aquí Granda... - -Y así fué señalando silla á cada uno de los curas designándoles con el -nombre de la respectiva parroquia, si la tenían. - -Á la derecha del arcipreste sentaron á Manín; á la del párroco de -Llantones se sentó Roque. - -Manín hubiera sentido orgullo delicuescente si hubiera sido capaz de -apreciar que aquello del sitio era un honor. Pero él no picaba tan alto -en materia de pompas y vanidades, como la inspección de los pucheros y -ollas le habían dado la seguridad de que sobraba comida, hasta para los -pobres, no daba importancia al sitio, sino al hecho de estar sentado á -la mesa. El dónde, importaba poco. - ---¡Don Manuel, ánimo! ¡Hay que comer, qué diantre!--dijo don Primitivo, -el curita de las viruelas, que estaba cerca del aturdido Manín. - ---Sí, señor; ya lo creo. Comeremos... ¡qué remedio!... - -Iba á suspirar, pero lo dejó, porque lo reputó una excusada y -repugnante hipocresía. Su Ramona, que le vería desde el cielo, ó desde -el purgatorio, de fijo aprobaría su conducta; además, con ella, con su -hija, no tenía para qué andarse con cumplidos: harto sabía ella que su -padre no había comido cosa fina, comida de curas nada menos, muchos -años hacía. ¿Cómo no habían de alegrársele los sentidos? ¡Olía tan bien -la sopa humeante! Estaba la mesa tan blanca, el pan parecía tan tierno, -tan caliente y generoso el vino... ¡Quién dijo pena!... es decir, pena -sí, claro; pero luego, luego... á otra hora, otro día... muchos días... -¡sí, carape, muchos días!... más cada día, acaso... ¡Recontra! ¡pues no -iba á ponerse á pensar en aquello tan negro, tan triste!... - ---¿Arroz ó fideos... Manín?--preguntó el arcipreste. - ---_Mezámelo, mezámelo_--contestó el padre de Ramona con humildad y -candor de paloma. - -Quería decir que le dieran fideos y arroz. - -Comía, devoraba Manín; á dos carrillos; engullía de prisa, como perro ó -gato que asalta una despensa, mirando receloso á su yerno entre bocado -y bocado. Roque estaba muy ocupado con sus atenciones de amo de casa -que quiere agasajar á los huéspedes. Por eso--pensaba Manín--le dejaba -á él comer todo lo que quería. - -Sonreía el padre de la difunta á derecha é izquierda, mirando á todos -con expresión de agradecimiento y ternura, como diciendo: ¡Gracias, -señores; gracias por admitir al mísero padre de Ramona, que en paz -descanse, á esta mesa tan bien servida, donde va á sacar la tripa de -mal año, de muchos malos años! - -La primera copa de buen vino de Toro la recibió el cuerpo de Manín -como si con ella le hubiesen ungido rey y emperador de la felicidad -terrenal. ¡Qué cosas de cariño, de intimidad caliente, familiar, llena -de recuerdos dulcísimos, le decía el jugo de la uva al caerle por la -garganta abajo! - -Vino el primer cocido, el puchero fresco, lleno de golosinas, tales -como buen chorizo, jamón, menudos de gallina, tocino rancio, y Manín -dejó que le llenara Don Primitivo el plato, hasta convertírselo en -pirámide, de todas aquellas delicias del estómago. - -La conversación empezaba á animarse. No había ya reserva alguna, -hipocresía de ningún género, ni aun por parte del elemento laico, que -antes fingía cierta pena. Así como cuando hay fiesta nadie se acuerda -del santo, ahora nadie se acordaba de la difunta, á cuya salud... -eterna estaba comiendo toda aquella concurrencia de cristianos tibios. - -Se habló de la cosecha, del último concurso convocado por el señor -obispo, de los masones; pero la alegría franca, aunque no descarada ni -de manifestaciones bulliciosas, no se mostró hasta que comenzaron los -chascarrillos. Á Manín le parecía inagotable el vino, y como el vino -los cuentos; creía que aquellos señores curas sacaban del fondo de los -vasos todas aquellas historias que acababan siempre por un chiste, que -reían todos, y que él no entendía las más veces, pero celebraba también -con una carcajada y un trago. Los cuentos eran, los más, relativos al -clero; solía ser el héroe un famoso cura de La Parada, á quien Manín -estaba admirando y envidiando, como César á Alejandro. ¡Si él hubiera -sido párroco! ¡Qué tragos, qué pitanzas, qué comilonas! - - * * * * * - -Vino la morcilla, con las _fabes_ y el _llacón_ y la sidra. ¡Madre de -Dios, qué recuerdos de dicha olímpica despertaban en las entrañas de -Manín aquellos olores! Sí, en las entrañas; porque eran recuerdos, -sensaciones, deleite de paladar _alucinado_ por evocaciones de -remota harturas; asociación de ideas, y aún más, de voluptuosidades; -sentimentalismo de la gula... ¡qué sabía el pobre Manín! Pero ello era -un encanto, estómago y corazón participaban de la delicia... - -¡La juventud, la abundancia... el pasado... su madre, su mujer... su -hija... sus ensueños!... Manín aflojó el cinto ruin con que sujetaba -los pantalones, se limpió el sudor de la frente con la servilleta... y -se bebió de un trago un vaso de vino tinto. - -Carne asada, un pato, calabacines rellenos... todo eso fué pasando por -la mesa y de todo comió el de Pepa José como por cuatro; y de camino -bebía como seis... - -Indudablemente, el mundo ya le parecía otro: quería pensar y echaba de -menos lo que él no sabía que se llamaba lógica; quería sentir y sentía -cosas extrañas, ilógicas también; por ejemplo: perdonaba á su yerno y -le abrazaba, _in mente_ y al recordar á Ramona no le dolía mucho por -dentro, sino que la veía como en el centro de la tierra muerta de risa -y contenta de ver á su padre tan bien comido y en camino de coger una -borrachera de las que se duermen dos días... - -Manín, sin miedo á su yerno ni al arcipreste, rompió á hablar alto, -y contó cuentos verdes, y filosofó á su modo acerca de la comunión -de los santos y el perdón de los pecados. Dijo lo que quiso, nadie -le fué á la mano. El infeliz creía que todos estaban tan exaltados -como él; no podía notar que desentonaba, que la alegría de los demás -era contenida, expresiva sin estrépito, sobre todo, sin imprudencias, -sin paradojas sentimentales... Nada de eso podía ver, se puso en pie, -peroró, lloró, abrazó á diestro y siniestro... y cuando llegó la hora -de los licores, abrazado á la botella de aniseta, pegajoso y dulzón, -cantó á su modo, en prosa bable, una égloga elegíaca, invocando el -derecho de gozar del presente, de aquella orgía, que lo era para él la -comilona; y se esforzaba en compaginar, con palabras incoherentes, el -dolor y la alegría, su desgracia cierta y su pasajera delicia, con no -menos poesía, en el fondo, y no menos incomprensible para el vulgo, que -Shelley cuando quiere en el _Epipsychidion_ armonizar el amor á dos -mujeres á un tiempo. - -Roque dejaba á su suegro disparatar, desentonar, descomponerse, -escandalizar... Le convenía... Ya lo veían aquellos señores; testigos -eran: quedaba explicado por qué él trataba al padre de su difunta como -á un perro... Si se le dejaba comer y beber bien, se ponía así, loco... - - * * * * * - -El escándalo fué mayúsculo. “Tenía razón Roque: su suegro era -_imposible_.” La opinión, en las aldeas del contorno, fué unánime. En -la comida del entierro nadie, ni los más indiferentes al duelo de la -casa, se habían extralimitado. Se había querido, como siempre, distraer -á la familia, contando chascarrillos, animando la conversación, pero -todo con cierto tino, sin salir del tono conveniente... y él, Manín, -el padre de la difunta, se había emborrachado, y había cantado coplas -sucias y había llorado... vino y sidra... ¡Horror! - - * * * * * - -Algunos meses después, ni Roque, ni el párroco de Llantones, ni el -arcipreste, ni ninguno de aquellos comensales tan morigerados se -acordaban ya, ni en sus cortas oraciones, de la pobre Ramona, que comía -tierra. De lo que sí se hablaba algunas veces todavía era del escándalo -que había dado Manín de Pepa José en la comida de los funerales de su -hija... - -Manín volvió á su choza miserable, á su vida de perro pastor; -decrépito, comiendo como un anacoreta... borracho de lágrimas, de -recuerdos, de necesidad... lleno de lástima de sí mismo... y viendo el -mundo vacío, enemigo, con él porque por él ya no cuidaba aquella hija -que parecía ruda y era como el aire, como la luz, como el calor... La -necesitaba, con ansias de enfermo caduco... y ella no venía, no volvía, -no podía volver... - -Manín deseaba un remedio que no sabía buscar, en sus cortos alcances; -el remedio que él quería era el suicidio, pero no daba con él. Los -animales no suelen suicidarse, aunque padecen mucho á veces. Manín era -como un rocín viejo, podrido, desamparado... que no sabía suicidarse. -Acaso estaba chocho, con la idea-dolor fija de su Ramona... que no -estaba allí, en Llantones... en la casería... para compadecerse del -pobre viejo, y darle aire, luz, calor... vida... la vida aquélla que ni -se marchaba ni se quedaba; que él tenía y no tenía... Para su delirio -de penas, Ramona ausente era el sol muerto, y él, Manín, desnudo, en la -calle, tiritando de frío... ¡con miedo, con sed, con hambre!... - - - - - ÁLBUM-ABANICO - - -Ó al revés, abanico-álbum _como gustéis_. La señora de Frondoso tenía -uno, célebre en todo Madrid. Por el tiempo en que comienza esta fiel -historia de sucesos reales, ya el álbum de versos y dibujos era cosa -bastante desacreditada, y el abanico convertido en álbum, el colmo de -lo cursi. Pero la señora de Frondoso había leído en _Pepita Jiménez_ -que la esencia de lo cursi estaba en el excesivo temor de parecerlo; -y se hubiera creído más cursi que todas las cursis juntas si hubiera -renunciado á que la pusieran versos en los abanicos, considerando -que se había abusado de este género de galantería, que ya apestaba -al mundo, pero que á ella no le apestaba. Y en el círculo de sus -relaciones, ó mejor, en la corte de Cupido que la rodeaba, lo ridículo -é impertinente era quejarse de la anticuada manía. - ---Fulanito, tiene usted que hacerme algo para el abanico--decía la de -Frondoso á cualquier nuevo amigo presentado en su círculo escogido--; y -Fulanito se guardaba de repetir los lugares comunes que corrían contra -los abanicos literarios, y prometía escribir, y escribía y procuraba -esmerarse. ¡Vaya, y que era fácil distinguirse entre aquellas patas -de mosca que llenaban el _país_ del álbum de viento! Ayala á la -derecha; Campoamor por arriba; Núñez de Arce, con su _Excelsior_, por -debajo; Manuel del Palacio á babor...; Echegaray allá á lo lejos... -No había formas desconocidas, ni aficionados completamente memos; -todos los firmantes eran poetas de verdad, ó, por lo menos, mozos de -chispa, ó buenos mozos, ó ilustres políticos, ó periodistas célebres, -ó cómicos insignes. Dígase pronto, porque ello se ha de saber. La -señora de Frondoso amaba mucho; y su marido, secretario del Círculo, -consejero de ferrocarriles y afortunado bolsista, no había sido más -que uno de los primeros eslabones de una cadena de oro con que ella -voluntariamente sujetaba el corazón. Era rica, hermosa todavía, muy -franca, muy bien educada, digámoslo así; muy afable, muy natural, nada -gazmoña. Su esposo era un hombre muy simpático y muy influyente, amigo -y deudo de grandes personajes, algunos de escogida aristocracia... Todo -Madrid sabía que Julita Medero, ó á la francesa, como la llamaban, -Julita Frondoso, era... la _Pródiga_; y sin embargo, no sólo las -catorce señoras malas que hay en la corte, según la estadística del -P. Coloma, sino las muchas docenas de damas intachables de la más -culta y distinguida sociedad, transigían con Julita, y la llevaban en -palmas, siempre que ella quería, que no era todo el año. Porque había -temporadas en que se la veía muy poco entre la gente de su _mundo_, y -entonces ó desaparecía ó iba á sitios poco _distinguidos_ con otras -damas, también ricas y de mucho tono... pero un poco separadas del -trato de las familias más escrupulosas. - -La de Frondoso volvía á los _suyos_ siempre que quería, y nadie temía -que trajera consigo la peste que hubieran podido pegarle aquellas -_otras_. - -Este privilegio lo debía Julita á muchas cosas. En parte, á su humor -equilibrado, alegre, sin aturdimiento; á su trato simpático, cordial; á -su atractivo singular, que era tal, que muchas veces se vió enamoradas -de ella, en pura amistad, á las mismas que debían estar celosas, por -causa del respectivo marido. Tenía la de Frondoso una particular -complacencia en conquistar á un tiempo á un amigo... y á su mujer; y lo -conseguía no pocas veces. Nadie hablaba mal de ella... en detalle. Se -reconocía, en general, que no había por dónde cogerla, porque eso era -notorio; pero... _nada más_. Nadie comentaba sus aventuras una á una, -ni se hablaba de su querido _actual_; no se la seguían los pasos. Tenía -la gran _virtud_... mundana de _no dar escándalo_. Cierto beneficiado -de una catedral, amigo suyo, había dicho en una ocasión delante de -ella: “Si no puedes ser casto, sé cauto”; y ella había convertido en -dogma de moral la frase, digna de Cicerón. Secreto, siempre secreto. -Nadie tenía pruebas, que pudieran valer en juicio, de lo que era una -convicción común. “Concretamente no se sabe nada”, se repetía por todas -partes. En fin, aquello sí que era cursi y de clavo pasado: hablar de -los adulterios de Julita. ¡Adulterios! ¡Jesús, qué palabrota tan poco -oportuna y tan escandalosa... tratándose de Julita Frondoso! Amigos, -protegidos, así se debían llamar los amantes de aquella señora. No -eran sus _admiradores_, sino mejor sus _admirados_; era ella la que -admiraba. Su especialidad era... el _plato del día_; el hombre de quien -hablaban los periódicos de aquella semana..., ése era el seductor... á -quien Julita procuraba seducir. Parecía á veces la de Frondoso la _flor -natural_ de un certamen. Se _adjudicaba_ al más excelente versificador, -ó al diputado de más labia, ó al espadachín de más agallas y más arte. -Nunca llegó á los toreros. Pero sí á los ministros. Un ministro joven -le parecía un encanto, si no era tonto. Por lo general, prefería las -bellas artes, incluyendo las letras. El poeta era lo mejor, y lo que -más se le pareciese, en seguida. En pintura entró por el naturalismo -primero que en literatura. En la época de los últimos resplandores -de la hermosura de esta señora, empezaba el realismo á estar de moda -en España; y ella lo acogió, en las artes plásticas, concediendo sus -favores á Pablito Fonseca, que era un paisajista de la escuela natural. -Su especialidad eran las vacas sentadas sobre la yerba. Pablito no -tenía dos dedos de frente; pero sus vacas eran _pedazos de la realidad_ -puestos en el lienzo. Daban ganas de ordeñarlas. Por unas cuantas -semanas, algunos chuscos llamaron á la de Frondoso la de _Finojosa_. Ya -comprenden ustedes por qué. - -Pero, amigo, en materia de novelas, “¡mi Feuillet de mi alma!” decía -Julita; y, dicho sea en puridad, lo que le gustaba á ella de verdad era -el folletín criminal, con un misterio en cada número del respectivo -periódico. Una hija que estaba una porción de semanas sin padre, y que -á lo mejor encontraba tres ó cuatro...; eso, eso era lo que encantaba á -Julita. - -Si al cabo entró por la novela más ó menos naturalista, fué gracias -al carácter firme y genio áspero de Ángel Trabanco, poeta lírico -_predominantemente_ descriptivo, que despreciaba de modo olímpico el -argumento, la _fábula_, y en poesía y en novela quería ver el mundo -real pintado por él mismo, por el mundo, no por las aventuras de los -muñecos humanos que lo pisaban y profanaban. Con todo su mal genio, -Trabanco, si quiso conquistar el corazón de Julita, ó por lo menos -alquilarlo por una temporada, no tuvo más remedio que pasar por las -horcas caudinas del _álbum-abanico_. Quedaba un rincón en blanco, y -allí, con letra muy menuda, el poeta descriptivo de mal genio tuvo que -pintar en unos veinte versos, modelo de concisión y fuerza plástica, -_El molino viejo_. Era un molino cansado de moler, en ruinas por fuera -y por dentro; la molinera vieja, la cítola gastada... ¡Magnífico de -verdad y de tristeza! “Ese molino soy yo”, dijo la de Frondoso. No -valieron protestas; se empeñó en que era ella, y le hizo gracia tener -un parroquiano nuevo para el molino viejo de su corazón... Ángel se -hizo querer más que otros, porque era dominante, desconfiado, montaraz, -decía Julita. La convenció de que tenía la pobre muy mal gusto -literario, y le hizo leer las novelas de los Goncourt, que la aburrían, -y las de Balzac y demás maestros consabidos, que no las podía concluir -sin dormirse. - -Pero al álbum-abanico no pudo hacerla renunciar. Aquel registro -de notabilidades más ó menos pasajeras siguió siendo la manía de -Julita; los amantes variaban; la manía siempre era la misma. Como se -decía que aquellos abanicos poéticos y artísticos eran las _actas -de los mártires_, es decir, listas de los amantes de Julita, ésta -creyó oportuno advertir á Trabanco que en tal supuesto había notoria -exageración. - ---Oye, tú--le dijo un día:--la tirria que le tienes al abanico -ilustrado, como tú dices, no será porque creas que han sido amigos -míos, así como tú, todos estos señores... Te juro que nunca tuve nada -con Zorrilla, ni con Campoamor, ni con Pepe Luis... - ---No; si á quien yo temo es al _nuevo Parnaso_. - ---Yo soy franca, ya lo sabes; un cómico francés, que fué íntimo de -casa, allá en París, me decía que ya Molière, en una comedia que se -llama _L’Etourdi_, justificaba la brevedad de los amores: cuanto más -breves sean los extravíos, menos malos serán. - -Y la de Frondoso, con mediana pronunciación, repetía siempre que -hablaba de esto: - - _Si notre esprit n’est pas sage á toutes les heures, - Les plus courts erreurs sont toujours les meilleurs._ - ---Y tú no puedes quejarte, Nerón--añadía la simpática matrona--; hace -un siglo que te quiero. - -Y era verdad; la de Frondoso se había acostumbrado á su poeta del -molino viejo, y no llevaba trazas el trueno de venir por causa de ella. - -Pero al vate le llamaron á su pueblo, donde le esperaba una buena -moza, que le quería muchos años hacía, y que acababa de heredar algo -más sólido que los poemas descriptivos. Trabanco habló claro. Julita -trató de disuadirle; le aconsejó que se quedara en Madrid para hacerse -_célebre de veras_; esto en el lenguaje de Julita, quería decir: -hacerse hombre político con el riñón cubierto. Le prometió ayudarle -con la influencia de su marido y otras que ella tenía... Quedaron en -discutirlo en el tren, saliendo juntos de Madrid, ella para Francia -y él para su pueblo... Si ella le convencía en unas cuantas horas... -seguirían juntos á Francia... - -La de Frondoso no vió á Trabanco ni en la estación ni en el tren. No le -volvió á ver en muchos años. Le perdonó, le escribió; él contestó dos, -tres veces; después, ni cartas. - -Julita perdonó esto también... y á los pocos meses para ella Trabanco -era un joven de porvenir, que había cortado la carrera casándose con -una _ingenua_ de pueblo. Y tan amigos. - - * * * * * - -Pasaron más de doce años, trece ó catorce; la de Frondoso siguió -viviendo en Madrid, y Trabanco en Barcelona, en Sevilla, en el -extranjero algunas temporadas; á Madrid no fué nunca más que de paso. -Muy de tarde en tarde, leía Ángel en los periódicos algo referente -á las tertulias de la señora de Frondoso; según los revisteros de -salones, el encanto de aquella morada era Luz, aquella _Bebé_ de que -tanto le hablaba _illo tempore_ Julita; la niña esbelta y precoz que -había visto él muy pocas veces, siempre de lejos. - -Una tarde, en uno de sus raros viajes á la corte, Trabanco hablaba con -varios amigos, políticos y literatos, en un corrillo en la Carrera de -San Jerónimo. - -Á tales fechas, Trabanco era muchas cosas antes que lírico. Con el -dinero de su mujer había hecho negocios muy sanos en la industria -taponera; el corcho y su mercado eran una de las preocupaciones más -importantes del poeta de cabeza gris y grandes patas de gallo alrededor -de los ojos, siempre enérgicos y soñadores. El corcho le había llevado -al estudio de ciertas cuestiones económicas muy prácticas; de estas -cuestiones había ido por asociación de hechos á la política, y en la -actualidad era un candidato á la diputación á Cortes, tan encasillado -como otro cualquiera. Pero seguía siendo poeta y viendo el mundo por su -aspecto de hermosura plástica; de tarde en tarde publicaba un tomo de -versos, muy elegante, con grabados muy bonitos. No le atormentaba la -mucha ó poca venta, como antaño; el corcho le permitía estar tranquilo -respecto de este particular. Regalaba muchos ejemplares, recorría -muchas redacciones y se hablaba bastante de los versos de Trabanco, sin -que nadie pusiera interés en negarle el talento poético, que ni subía -ni bajaba. Cuando había alguna vacante de académico de la Española, no -faltaban _críticos_ que _indicaban_ á Trabanco, sin escándalo de nadie. -Y nada más. Ésta era toda su gloria. Como se ve, Trabanco no había -llegado á ser _célebre de veras_, como la de Frondoso hubiera querido, -y acaso hubiera conseguido si él no se hubiese separado de ella y de la -corte. - -En fin, aquella tarde, cuando más animada estaba la conversación del -corrillo, dos damas muy bien vestidas, altas las dos, una vieja y otra -muy joven, deslumbradora de lozanía y belleza, pasaron junto á aquel -grupo, que se abrió para dejar libre la acera. - ---¡Ibáñez!--exclamó la dama entrada en años deteniéndose y alargando -una mano á un buen mozo, pero muy gastado, que formaba parte del corro. - ---Señora... Luz... - ---Me tiene usted olvidada.. Y tú, Luz, ríñele... - ---No lo crea usted. Mañana mismo... - ---Sí, siempre mañana... - ---Mañana sin falta tiene usted eso en el palco; ¿no le toca á usted -mañana en el Español? - ---Sí, sí; ¿pero están ya hechos? - ---Sí, señora, sí. No valen nada... pero... - ---¡Oh! eso es modestia... ¡Oh, Trabanco! Usted por aquí... cuánto -tiempo... - ---Sí, señora; catorce años lo menos... - ---Sí, catorce... - ---¿Y ésta es? - ---Luz... - ---¿Bebé? - ---Sí, Bebé... ¿Ha crecido, eh? - -Y Luz, sonriente, sencilla, _natural_, mucho más natural que los versos -de Trabanco, miró y saludó con un apretón de manos, al antiguo amante -de aquella madre de quien ella nada malo sabía ni sospechaba. - -Siguió la conversación entre las señoras, Ibáñez y Trabanco. Ibáñez era -poeta también, pero de otra generación... literaria, aunque poco menos -viejo que Trabanco. Pero Ibáñez estaba de moda, era entre místico y -diabólico y con las señoras tenía mucho más partido que Trabanco había -tenido en sus mejores tiempos. Además, vivía casi siempre en París ó en -Londres, y esto le refrescaba la fama como si fuera sal. - -Lo que Julita Frondoso, anciana respetable, muy bien conservada, le -pedía á Ibáñez era, efectivamente, unos versos para un abanico de Luz. -Luz tenía también álbum-abanico, ó mejor, lo tenía su madre á nombre -de Luz. La arrogante moza, figura de Diana, era pura, noble, enérgica; -si coqueteaba, era por procedimientos que nada tenían que ver con las -letras ni con los abanicos. - -Pero Trabanco, al oir lo del álbum, miró á la virgen arrogante y -tranquila, y un momento temió que el álbum de la hija, sugestión de la -madre, fuera un registro simbólico, como aquel otro abanico en que él -había escrito: “El molino viejo”... - -Por lo demás, Trabanco y la de Frondoso se miraban y se sonreían, como -dos antiguos conocidos que nada recordaban de intimidades y ternezas... -Aún Trabanco, como poeta, daba cierto tinte de filosófica _añoranza_ á -las reminiscencias comunes... pero la de Frondoso, nada absolutamente, -nada parecía recordar; es decir, se acordaba de todo, pero como si no. -En una casa que veían enfrente habían tenido su nido de amores, pues -allí vivía Ángel, y allí le visitaba Julita. Trabanco lo recordó, miró -á la casa, al balcón de su gabinete... También, por casualidad, la de -Frondoso miró hacia allí... pero sin pensar en nada remoto, pensando en -Ibáñez, en Luz... en el álbum, en los versos que Ibáñez prometía llevar -al teatro al día siguiente... - -¡La de Frondoso! ¡Oh! una señora muy respetable. Aquella gente nueva -nada malo sabía de tal dama; se había olvidado su vida alegre; no era -ya nadie más que la madre amabilísima de una de las muchachas más -hermosas y elegantes de Madrid... En cuanto al álbum-abanico... era una -manía inocente, inofensiva, que todos seguían respetando. - -Trabanco, viendo seguir calle arriba á la dama vistosa, siempre -alegre... siempre frívola; sin los vicios que la edad le había hecho -abandonar, pero con la manía que era como la cáscara, ya vacía, del -vicio, pensó para sus adentros una porción de cosas, filosóficas como -ellas solas, de una filosofía ni pesimista ni optimista... casi cómica. - -Y se dijo lleno de benevolencia irónica... - ---¡Qué diferencia entre Julita Frondoso... y la _Magdalena_. - - - - - UN REPATRIADO - - -Antonio Casero, de cuarenta años, célibe, doctor en Ciencias, filósofo -de afición, del riñón de Castilla, después de haber creído en muchas -cosas y amado y admirado mucho, había llegado á tener por principal -pasión la sinceridad. - -Y por amor de la sinceridad salía de España, por la primera vez de su -vida, á los cuarenta años; acaso, pensaba él, para no volver. - -Véanse algunos fragmentos de una carta muy larga en que Casero me -explicaba el motivo de su emigración voluntaria: - -“...Ya conoces mi repugnancia al movimiento, á los viajes, al cambio -de _medio_, de costumbres, á toda variación material, que distrae, -pide esfuerzos. Este defecto, porque reconozco que lo es, no deja de -ser bastante general entre los que, como yo, viven poco _por fuera_, y -mucho por dentro, y prefieren el pensamiento á la acción. - -“Verdad es que la misma historia de la filosofía nos ofrece ejemplos de -grandes pensadores muy activos, muy metidos en el mundanal trasiego, -como, v. gr.: Platón, con sus idas y venidas á Sicilia, sin contar -otras idas y venidas y su discípulo y rival Aristóteles, que no fué -_peripatético_ sólo en su escuela de Atenas, sino recorriendo mucha -tierra y viendo y haciendo muchas cosas. De los modernos, se puede -citar, entre los muy activos, á Descartes y á Leibnitz, por más -ilustres. Pero, con todo, entre los de nuestras aficiones, son más -los que siguen el ejemplo de Kant, que apenas salió en su vida de su -Königsberg. Carlyle, en su _Viaje á Francia_, póstumo, nos hace ver la -gran importancia que da al acto de _valor personal_... de decidirse -á hacer la maleta y pasar el Estrecho; y Paul Bourget, en su novela -_El discípulo_, nos ofrece la psicología del pensador sedentario que -pasa las de Caín porque tiene que ir de París á una ciudad cercana. -Yo, aunque indigno, también aborrezco los baúles, las facturas, los -andenes, las fondas, los trenes, las caras nuevas, la vida nueva, la -congoja infinita de variar, en todo lo que se refiere á las necesidades -del mísero cuerpo y á las nimiedades de la vida social. - -“Muchas veces me han censurado, y hasta se han reído de mí, creo, porque -nunca he salido de España. ¡No he estado en París! ¡París! Magnífico, -si yo pudiera llevar mi casa conmigo, como el caracol... y, por -supuesto, ir por el aire. El mundo civilizado, sobre poco más ó menos, -en lo que merece atención, es lo mismo ya en todas partes, y lo que -varía de región á región es lo que mortifica al sedentario maniático, -cual yo, que en ropa, alimento, lecho, vivienda, costumbres de la -vida ordinaria, no puede sufrir las variaciones. Yo me siento hermano -del chino, del hotentote; pero ¡cómo pondrán el caldo por ahí fuera! -Francia es como patria de mi espíritu; pero ¡creo que por allí dan un -chocolate!... - -“...Y, á pesar de todo eso, emigro; sí, me voy; dejo á España. _Dimito._ - -“Sí, dimito, por creerme indigno de ella, mi magistratura de español _en -activo_. Yo, sobre que, después de pensar y sentir muchas cosas en esta -vida, en que tanto he reflexionado y sentido, ahora tengo por _deidad_ -la sencillez sincera, la humilde ingenuidad para conmigo mismo; no -quiero, como diría Bacon, _ídolos_ de la _caverna_, ni del _teatro_, ni -del _foro_, ni de la _tribu_; mi ídolo es la sinceridad ¡Culto austero, -amargo; pero noble, sereno! - -“Pues, bien, amigo mío, ahondando en mi espíritu, mirando _cara á cara_ -mi sentir más íntimo, he llegado á convencerme de que... yo _no siento -la patria_. No, no la siento como se debe sentir; lo mismo me sucede -con la pintura: digo que no la siento, porque comparo el efecto que -me produce con el que causa á otros, y con el que yo experimento en -presencia de la música buena, de la poesía, de la arquitectura, y veo -su inferioridad palmaria. La patria es una madre ó no es nada; es un -_seno_, un _hogar_, se la debe amar, no por _a_ más _b_, no por efecto -de teorías sociológicas, sino como se quiere á los padres, á los hijos, -lo de casa. Yo no amo así á España; me he convencido de ello ahora al -ver nuestras desgracias nacionales y lo poco que, en resumidas cuentas, -las he sentido. No, no me quieras consolar de esta decepción íntima -diciéndome que casi todos los españoles están en el mismo caso. Es -verdad, pero allá ellos; que emigren también. Sí, ya sé que los más, -sin descontar aquéllos que han impreso su dolor patriótico en multitud -de ediciones, en rigor, han visto pasar las cosas como si la lucha de -España y los Estados Unidos fuera _res inter alios acta_. - -“La misma observación, honda, amarga, despiadada, pero sincera, que -he aplicado á mis íntimos sentimientos, la he podido hacer en torno -mío. No hablemos de los egoístas francos, militares ó paisanos, que -porque la ley, deficiente sin duda, no les exigía un sacrificio -directo, ni de su persona, ni de sus bienes, veían con la indiferencia -menos disimulada las catástrofes que nos hundían; no hablemos tampoco -de los patrioteros hipócritas que por oficio tienen que emplear á -diario toneladas de lugares comunes elegíacos en lamentar dolores de -la patria que ellos no experimentan; pero ¡si fueran ésos solos! Yo -he observado de cerca á quien ha luchado por España, ha expuesto su -vida defendiéndola, y ha merecido gloriosos laureles... Ese mismo, -que hubiera muerto en su puesto de honor..., lo hacía todo más por el -honor que por cariño real, de hijo, á España. No había más que oirle -relatar nuestras desventuras que había visto de cerca. No, no hubiera -hablado así de las desgracias de una madre, de un hijo. Sin darse él -cuenta, ajeno de hipocresía, bien se dejaba ver que más influía en -su alma la alegría del noble orgullo, por su valor, su pericia, su -brillante campaña, que el dolor por lo que España había perdido. Aquel -héroe vencido, no había alcanzado menos gloria que la que el triunfo le -hubiera podido dar; por eso estaba contento... y la patria, por la que -hubiere muerto, quedaba en su espíritu, allí, en segundo término, como -una abstracción de la geometría moral, exacta, pero fría...” - - * * * * * - -“Además, yo me siento poco español. Creo en el genio nacional; no sé -en qué consiste precisamente; pero en ciertos momentos de la historia -pragmática, y más en los rasgos populares y en ciertas cosas de -nuestros grandes santos, poetas y artistas, adivino un fondo, mal -estudiado todavía, de grandeza espiritual, de originalidad fuerte. -En Santa Teresa y en Cervantes es donde yo adivino más caracteres -esenciales de ese genio. Pero... ¡es tan recóndito y obscuro todo -eso! En cambio, saltan á la vista, me hieren con tonos chillones y -antipáticos las cualidades nacionales, mejor, los vicios adquiridos, -que me repugnan y ofenden. Este predominio, casi exclusivo, de la vida -exterior, del color sobre la figura, que es la idea; de la fórmula -cristalizada sobre el jugo espiritual de las cosas; este servilismo del -pensamiento, esta ceguedad de la rutina, y tantas y tantas miserias -atávicas contrarias á la natural índole del progreso social en los -países de veras _modernos_, me desorientan, me desaniman, me irritan... -y me marcho, me marcho. Excuso decirte que no creo en regeneraciones -ni en _Geraudeles_ patrioteros... Ni yo merezco vivir en España, ni -España es de mi gusto. Yo no me siento capaz de sacrificar por ella -lo que toda patria merece; no tengo, pues, derecho á que su suelo -me sustente, su ley me ampare. Ella á mí no me ha dado lo que yo -más hubiera querido: una sólida educación intelectual y moral, que -me hubiera ahorrado esta farsa de semisabiduría en que vivimos los -_intelectuales_ en España. No puedes figurarte lo que padece mi amor -de sinceridad, hoy mi fe, con este fingimiento de ciencia prendida con -alfileres á que nos obliga la mala preparación de nuestros estudios -juveniles. Yo veo mi poder reflexivo, mis facultades intuitivas, mi -juicio y mi experiencia, muy superiores á los medios de instrucción -sólida de que dispongo, para aprovechar en la sociedad esas facultades. -Si no fuera español, sino francés, inglés, alemán, no tendría que -lamentar tan bochornosa deficiencia. Ser tuerto en tierra de ciegos, no -puede ser consuelo más que para egoístas y vanidosos. Yo quisiera tener -dos buenos ojos en tierra en que no hubiera ni tuertos ni ciegos. Ser -de la multitud, en Atenas... - -“...No se puede creer en regeneradores, porque faltan las primeras -materias para toda regeneración. Emigro; ni yo creo en España, ni ella -debe esperar nada de mí. Cuando perdimos las escuadras, cuando se -rindió Santiago, me puse un poco malo del disgusto... Sí, poco; pronto -sané, más contento con este orgullo de querer _algo_ de veras á la -patria, que apenado con las irremediables desgracias... Por la pérdida -de padres y de hijos, se siente otra cosa más fuerte, más honda: el -dolor por la ausencia de la madre no lo endulza la conciencia de la -ternura filial; en cambio, al sentir que yo quería á España algo más -que los patriotas vocingleros, me sorprendí gozando de cierta alegría -íntima... Y después, ¡qué pronto fuí olvidando las pérdidas, las -vergüenzas nacionales!... No, España; no te merezco. Ni mi espíritu, -hecho extranjero por lectura de franceses, ingleses y alemanes, te -comprende bien, ni soy, en definitiva, un buen hijo. Seré el hijo -pródigo... que no vuelve.” - - * * * * * - -Pero volvió. Yo me encontré al pobre Antonio Casero en la Puerta del -Sol, disponiéndose á subir á un ómnibus que le llevara á... los toros, -á una novillada cualquiera. Volvía de Inglaterra, Alemania y Francia, -triste, desmejorado, flacucho. - ---Estoy--me dijo--como aturdido. He llegado á ese escepticismo de la -conducta, mil veces más angustioso que el de la inteligencia. ¡No sé -qué hacer! ¡No sé dónde estar! Huí de España, como sabes, con gran -esfuerzo, no por apartarme de ella, sino por cambiar, por moverme. -Sabes las razones que tuve para emigrar. Pero ¡fuera de España tampoco -_sabía vivir_! ¡Tenía la patria más arraigada en las entrañas de lo -que yo creía! El clima, el color del cielo, el del paisaje, su figura, -el modo de comer, el modo de hablar, lo extraño de los intereses -públicos, el no importarme nada de cuanto me rodeaba; las costumbres, -que me parecían irracionales por no ser las mías; todo me repugnaba, me -ofendía; todo era hielo y aspereza, una especie de magnetismo enemigo -que me acosaba en todas partes. Hasta respiraba peor. Tal vez lo más -espiritual de mi ser continúa siendo extranjero, pero cuanto en mí es -tierra, barro humano, que es lo más, ¡ay! es español y no puede vivir -fuera de la patria. No, no puedo vivir en España... pero tampoco fuera. -Y en tal conflicto... vuelvo, aborrezco el _españolismo_, pero me -llamo de hoy más _Vicente_, y me voy donde los demás españoles... á -los toros. _Natura naturans._ Después de todo, ¡qué sería de España si -emigrasen todos sus hijos ingratos, que no la aman bastante! Quedaría -desierta. - - - - - DOBLE VÍA - - -Al año de ser diputado y madrileño _adoptivo_, Arqueta ya era bastante -célebre para que todo el mundo conociera un epigrama que se había -dignado dedicarle nada menos que el jefe de la minoría más importante -del Congreso. - ---“Ese Arqueta, había dicho, no sólo no tiene palabra fácil, sino que -no tiene palabra.” - -Eso ya lo sabía Arqueta; nunca había pretendido ir para Demóstenes, ni -ése era el camino; pero el tener palabra difícil no le estorbaba, y el -no ser hombre de palabra le servía muchísimo. Claro que este último -defecto le acarreaba enemistades, pues las víctimas de aquella carencia -le aborrecían é injuriaban; pero ya tenía él buen cuidado de que -siempre fueran los caídos los que pudieran comprobar toda la exactitud -del epigrama... de la minoría. ¿Á que nunca había faltado á la palabra -dada al presidente del Consejo de Ministros ó á cualquier otro -presidente de alguna cosa importante? ¡Ah! pues ahí estaba el toque. Lo -que era, que muchas veces había que navegar de bolina; algunas bordadas -había que darlas en dirección que parecía alejarle de su objeto, del -puerto que buscaba, pero aquel zis-zás le iba acercando, acercando, y -á cada cambiazo, ¡claro!, algún tonto se tenía que quedar con la boca -abierta. - -Orador, ¡no! La mayor parte de los paisanos suyos que habían sido -expertos pilotos del cabotaje parlamentario habían sido premiosos de -palabra... y listos de manos. ¡La corrección! ¡Fíate de la corrección y -no corras! En el salón de conferencias, en los pasillos, en el _seno_ -de la comisión, en los despachos ministeriales, Arqueta era un águila. -¡Cómo le respetaban los porteros! Olían en él á un futuro personaje. - -Además, aunque el diputado Arqueta no esperaba su medro del poder -legislativo, se iba al bulto, ó sea al poder ejecutivo. Se agarró á -las faldas... de la señora del ministro de Hacienda y la declaró buena -presa; los Arqueta y Conchita Manzano, la ministra, se habían conocido -en un balneario del Norte. - -Conchita era una jamona que procuraba prolongar el otoño de su vida -hasta bien entrado el invierno. Mejor. Ya sabía Arqueta que no se -le iba á dar miel sobre hojuelas; se contentaba con la miel, con el -turrón. En el balneario, aunque el trato fué de mucha confianza, -Arqueta no pudo conocer, de seguro, si la ministra era una de las -catorce señoras malas del P. Coloma. - -En Madrid creció la confianza, por la cuenta que les tenía á _los -diputados_ por Polanueva, y el ministro participó de la intimidad de -los amigos de su mujer. Juana llegó á ser confidente de Concha, que -algo tendría que contarla; y el ministro, Medianez, hizo su favorito de -Arqueta, que era el encargado por su excelencia de no tener palabra, -siempre que convenía dársela á alguno y recogerla sin que él la -devolviese. - -La clase de servicios que Arqueta prestaba á Medianez eran todos del -género que á Mariano le gustaba, _entre bastidores_; se referían _á -lo que no puede decirse_ (¡la delicia de Arqueta!), y aquellos lazos -eran de los que sólo abate la muerte; y puede que tampoco, porque lo -probable será encontrarse en el infierno. - -Arqueta, cuando convino, fué director general, subsecretario y otra -porción de cosas, algunas sin nombre oficial, ni sueldo _explícito_. - -Á pesar de la pureza que el de Polanueva atribuía á la clase de -relaciones que le unían al _hombre público_, ponía su principal -confianza en las delicias del hogar doméstico... del _hombre público_. -Cuando Arqueta pudo afirmar, para su coleto, que Conchita Manzano era -_de las catorce_, fué cuando respiró tranquilo. - - * * * * * - -Subieron y bajaron varias veces los _suyos_, y Arqueta llegó á verse -con méritos suficientes para _entrar en una combinación_, para ser -ministro, siquiera fuese temporero... que ya sabría él aprovechar la -temporada y aunque fuese el temporal. Un inconveniente de jerarquía -encontraba: que siendo ministro era tanto como su padrino y no estaba -bien. Pero fué el caso que las circunstancias hicieron que Medianez -estuviera _indicadísimo_ para presidir un ministerio de transición, -de perro chico, sin ministros de _altura_; pero que podían ser todo lo -_largos_ que quisieran. Y allí estaba él. Presidente Medianez y él, -Arqueta, en Fomento ó donde Dios fuera servido... ¿por qué no? Así las -categorías seguían respetándose, pues el presidente seguía siendo el -jefe, el amo... - -¿Por qué no entraba él en las candidaturas que preparaba Medianez por -si le llamaban? - -Siempre había atribuido á las faldas de Conchita la fuerza decisiva, -cuando había que influir en el ánimo de Medianez y hacerle servir en -caso grave los intereses de Arqueta. Ahora había que apretar por este -lado. - -“¡Lo que puede el amor!, pensaba Arqueta. Todo el mundo dice, y es -verdad, que Medianez sabe llevar con dignidad los pantalones; que no es -de los políticos que dejan que gobierne su mujer. En efecto, yo noto -que Conchita no suele imponerse á su marido; más bien le teme que le -manda... y, sin embargo, en todo lo referente á mis cosas ¡como una -seda! Pido una gollería, Medianez se enfada, Concha vacila... aprieto -yo, se sacrifica ella, pido, ruego, insisto, mando, y... ¡conseguido! - -“Ahora el empeño es grave. Pero hay que echar el resto. Medianez ve en -mí _poco_ ministro; tiene mil compromisos... ¡No importa, venceré!... -Apretemos.” - ---¿No te parece á ti que debo apretar?, le decía á su mujer. Y Juana, -sin vacilar, contestaba: - ---¡Pues es claro! ¡Aprieta! - -Ella también seguía cultivando la amistad de la de Medianez y la -del ministro mismo; pero, es claro, que pasando lo que pasaba, y que -su esposa, naturalmente, no sabía, Arqueta no creía decoroso que -Juana apretase también; aparte de que lo que él no lograra menos lo -conseguiría su pobre mujercita. - -La ministra juraba y perjuraba que ella tenía en perpetuo asedio á su -marido para que diera un ministerio, si formaba gabinete, al pobre -Mariano, que era el hombre de mayor confianza que tenían. - ---Pero, desengáñate, digas tú lo que quieras yo no mando en Medianez -tanto como tú crees. Me hace caso cuando cree que tengo razón. Así -hablaba, en sus intimidades, la ministra á su amante; pero éste no se -daba á partido; insistía, insistía; aprieta que apretarás. - -Era el caso que, por una de esas combinaciones tan comunes en la -política de bastidores (la que gustaba á Mariano), Medianez estaba -haciendo el juego de aquel jefe del partido contrario que decía -epigramas contra Arqueta. El jefe de Medianez no quería ministerios de -transición; el enemigo sí, porque no estaba propuesto para entrar en el -Gobierno; necesitaba dividir al adversario, desacreditar á un Gabinete -intermedio y llegar él á tiempo y como hombre prevenido. Medianez y -Arqueta bien veían el juego, pero como la coyuntura era única para que -Medianez fuera presidente del Consejo, estaban decididos á comprar -aquellos rábanos, que pasaban, y caiga el que caiga. - -Lo que no sabía Arqueta era que el jefe del partido contrario, que -ayudaba á subir á la presidencia á Medianez, ponía sus condiciones -al personal del Gabinete futuro, y había declarado que Arqueta no era -_persona grata_. - -Medianez ocultaba á su amigo las batallas que reñía con aquel señorón -para obligarle á transigir con el diputado por Polanueva, á quien él -quería á todo trance llevar consigo al Gabinete que iba á presidir. - -En fin, para abreviar, vino la crisis, que fué laboriosa; hubo -soluciones á porrillo; ministerios de altura y ministerios de perro -chico... y por fin ¡oh alegría! vino un ministerio que “nacía muerto” -según las oposiciones, pero nacía, que era lo principal: el ministerio -Medianez. - -¡Y Arqueta entraba en Fomento! - -¡Qué escena, la de Arqueta con la ministra, cuando supo que estaba él -en la lista de ministros! - -Concha estaba muy contenta, claro; pero mucho más preocupada. No salía -de su asombro. Estaba segura de no haberle arrancado á su marido -palabra redonda de hacer ministro al buen Arqueta. Pero, en fin, ya era -un hecho. - -Con su mujer estuvo Mariano menos expansivo, porque tenía ciertos -resquemores de conciencia, aunque muy leves... Al fin, era por una -infidelidad conyugal por lo que llegaba á la anhelada poltrona... -¡Pobre Juana! Pero, qué diantre, como ella no estaba en el secreto y se -veía ministra, también debía alegrarse muchísimo. - -Ya lo creo que se alegraba. Estaba radiante de alegría. Ella fué la que -encargó á escape el uniforme, ó lo sacó de la nada, de repente, según -lo pronto que estuvo listo. - -Á las once de la mañana iban á jurar y á las diez Juana ya había -vestido, con sus propias manos, á su marido el vistoso uniforme, -reluciente de oro, con que iba á entrar en la brega ministerial. La -casa se había llenado de amigos y amigas. Y, ¡oh colmo del honor y de -la amabilidad!, á las diez y media recibió el matrimonio un volante de -Medianez en que decía: “Espéreme usted: voy yo á buscarle en mi coche y -á dar la enhorabuena personalmente á Juana.” - -Á la cual se le cayeron las lágrimas al leer esto. - -¡Qué triunfo! - -Llegó el presidente nuevo, Medianez, de uniforme también, aunque no tan -flamante como el de Arqueta. - -Aquella casa era una Babel. - -Arqueta... tuvo un momento de debilidad. - -Todos le decían que estaba muy guapo con el uniforme; pero el caso era -que él, por no parecer fatuo, no había podido mirarse á su gusto en un -espejo, vestido de uniforme. ¡Y era el sueño de su vida! - -Tuvo que confesarse que su dicha no hubiera sido completa aquel día, -si no hubiese podido aprovechar dos minutos para contemplarse á solas, -á su gusto, en el espejo, adorando su propia imagen ministerial. En su -gabinete ¡dónde mejor! Allí donde tanto había soñado con el triunfo, -quería verla reflejada en aquel armario de espejo que tantas veces le -había invitado á confiar en la _explotación del físico_. - -Nada más fácil, entre el barullo de la multitud que llenaba la casa, -que eclipsarse un momento... - -Sin que nadie le echara de menos, con las precauciones de un ratero, -Arqueta se dirigió á su gabinete. Atravesó el despacho; la puerta -estaba entreabierta... enfrente estaba el armario en cuya clara luna se -quería contemplar. - -¡Demonio! Antes de que las leyes físicas permitieran que Arqueta -pudiera verse reflejado en el espejo... vió en él, con toda claridad... -un uniforme de ministro. ¡Era el presidente! - -Pero no estaba solo; en el espejo también vió Arqueta la imagen de -Juana la regordeta... con cuyas mejillas de rosa hacía Medianez, el -presidente sin cartera, lo mismo que él, Arqueta, había hecho la noche -anterior en las mejillas, menos frescas, de la esposa del presidente. - -Arqueta dió un paso atrás. No entró en su gabinete... Entró en el otro, -en el que presidía Medianez, es decir, presidir también presidía el de -Arqueta, por lo visto... pero, en fin, se quiere decir que, rechazando -el primer impulso de echarlo todo á rodar, se decidió á sacrificarse -en aras de la patria. Pensó primero en desgarrar el uniforme que le -quemaba, ó debía quemarle el cuerpo, como la túnica de... no recordaba -quién; pero, no desgarró nada... y cinco minutos después llegaba en el -coche de Medianez á casa de éste, donde aguardaban otros ministros y -muchos políticos importantes. Allí estaba el _protector_ de la nueva -situación, el del epigrama, que iba á gozar de su triunfo subrepticio. - -Arqueta reparó que le miraba y le saludaba aquel prócer con sonrisa -burlona, tal vez despreciativa. Hubo más. Notó que en un grupo que -rodeaba al ilustre jefe de la minoría, se celebraba con grandes -carcajadas chistes que el señor del epigrama decía en voz baja... Y á -él, á Mariano Arqueta, le miraban los del grupo con el rabillo del ojo. - -Sólo pudo oir esto que dijo el protector del ministerio en voz alta y -solemne: - ---_¡Sic itur ad astra!_ - -Carcajada general. - ---“Sí, pensó Arqueta, eso va conmigo; el que sube _así_ á las -estrellas... soy yo!” - -Y se puso como un tomate. - ---Arqueta--gritó en aquel instante el cáustico jefe de la minoría, -dirigiéndose al nuevo ministro de Fomento:--Arqueta, la calumnia ya se -ceba en usted. - ---¡Cómo! ¿Qué dicen? - ---Que no va usted á jurar... sino á prometer por su honor. Absurdo, -¿verdad? ¡Calumnia!... - - - - - EL VIEJO Y LA NIÑA - - -Viejo precisamente... no. Pero comparado con ella, sí; podía ser su -padre. Eso bastaba para que los dos se vieran separados por un abismo -de tiempo; y lo mismo que ellos, la madre de ella y el mundo, que los -dejaba andar juntos y solos por teatros y paseos, sin desconfianza ni -sospechas de ningún género. Era él primo de la madre, y ésta pensando -en que, de chicos, habían sido algo novios, sacaba en consecuencia que -dejar á su hija confiada á aquel contemporáneo suyo no ofrecía ningún -peligro, ni podía dar que decir á la malicia. - -Años y años vivieron así. - -Si queréis figuraros cómo era él, recordad á Sagasta, no como está -ahora, naturalmente, sino como estaba allá, por los días en que dijo -que iba “á caer del lado de la libertad”... sin romperse ningún -peroné, por entonces. Tenía don Diego facciones más correctas que don -Práxedes, pero el mismo no sé qué de melancolía elegante, simpática. -Tenía el pelo negro todavía, con algo gris nada más en un bucle, sobre -la sien derecha. En aquel rizo disimulado había una singular tristeza -graciosa, que armonizaba misteriosamente con la mirada entre burlona y -amorosa, algo cansada, y triste, con resignación que dan la piedad y -la experiencia. Vestía con gusto según la elegancia propia de su edad. - -Ella... era todo lo bonita que ustedes quieran figurarse. Morena ó -rubia, no importa. Dulce, serena, de humores equilibrados, eso sí. - -Volvían del Retiro en una tarde de Septiembre, al morir el día. -Habían estado en una tertulia al aire libre, rodeados, mientras -ocupaban sillas del paseo, de una media docena de adoradores que á -Paquita no le faltaban nunca. Eran todos jóvenes de pocos años; muy -escogidos gomosos, como entonces se decía, de la más fina sociedad. -No eran Sénecas, ni habían asado la manteca. Uno á uno, aislados, -no empalagaban. Todos juntos, parecían ecos repetidos de la misma -insustancialidad. Costaba trabajo distinguirlos, á pesar de las -diferencias físicas. - -Paquita, al llegar á la Puerta de Alcalá, se cogió del brazo de su -inofensivo amigo, que venía un poco preocupado, algo conmovido, pero no -con pensamientos tristes. - ---¿Pero, ves, que he de estar condenada á bebé perpetuo? - ---¿Cómo bebés? Eduardo ya tiene lo menos veinte años y Alfredo sus diez -y nueve. - ---¡Ya ves qué gallos! - ---¿Y para qué quieres tu gallos? - -Callaron los dos. Demasiado sabía don Diego que á Paquita no le -gustaban los pocos años. De esto habían hablado mil veces, con gran -complacencia del muy socarrón amigo, y, como tutor callejero de la -niña. - -Varios novios le había conocido don Diego á Paquita; como que él era su -confidente en casos tales. Pero duraban siempre los amores inocentes de -aquella niña, poco, y ahondaban casi nada en su espíritu. Por vanidad, -por curiosidad, por agradar á la madre, que quería _relaciones_ que -fueran _formales_ y procurasen una posición segura á la hija, admitía -aquellos escarceos amorosos Paquita; pero, en rigor nunca había estado -todavía “lo que se llama enamorada”. También esto lo sabía don Diego; -y ella se lo repetía á menudo, casi orgullosa de aquel modo de sentir -suyo, y se lo decía una vez y otra vez á su amigo y Mentor, como quien -insiste en una obra de caridad. - -En tantos años de vida íntima, de familiaridad constante, jamás de -los labios de don Diego había salido una palabra que pudiese tomar -Paquita por atrevimiento de galán con pretensiones. En cambio, su vida -común estaba llena de elocuentísimos silencios; y en los contactos -indispensables en paseos, teatros, iglesias, bailes, etc., etc., ni -nunca había habido deshonestos ademanes, ni siquiera insinuaciones que -la joven hubiese podido llevar á mala parte, había tenido por uno y -otro lado no confesada delicia. - -Paquita se fijaba en que los novios cambiaban y el _amigo viejo_ -siempre era el mismo. Sin decírselo, los dos sabían que el _otro_ -pensaba esto; que era mucho más _serio_ aquel contrato _innominado_ de -su amistad extraña, que los amoríos pasajeros, casi infantiles, de la -niña. - -Otra cosa sabían los dos: que Paquita estimaba en todo lo que valía -la pulquérrima conducta de don Diego, que jamás, ni con disculpa -del grandísimo deseo ni con disculpa de la insidiosa ocasión, había -sucumbido á las tentaciones que el íntimo y continuo trato le hacía -padecer. Jamás el más pequeño desmán... y eso que la frialdad y apatía -ni el más ciego podía señalarlas como causa de aquella prudencia -sublime. Él y ella se acordaban de los besos que cuando Paquita era -niña, niña del todo, regalaba al buen señor, y aquello había concluido -para no volver; y don Diego había sido el primero á renunciar, sin que -mediaran explicaciones, es claro, á tamaña regalía. - ---¿Por qué has reñido con Periquillo?--le preguntaba en una ocasión el -viejo á la niña. - ---Porque se empeñaba en que me estuviera al balcón las horas muertas, -viéndole pasear la calle, y yo no quise... porque me aburría. - -Y los dos reían á carcajadas, pensando en aquel modo tan singular de -querer á sus novios que tenía Paquita. - - * * * * * - -Aquella tarde volvía muy contento, para sus adentros, don Diego, -porque en la tertulia, al aire libre, en el Retiro, él había lucido su -ingenio, con gran naturalidad y modestia, á costa de aquellos pobres -sietemesinos. Paquita le había admirado, echando chispas de entusiasmo -contenido por los ojos; bien lo había reparado él. Por eso volvía -tan satisfecho... y con una tentación diabólica, que mil veces había -tenido, pero á que siempre había resistido... y que ahora no creía -poder resistir. - -Llegaron al Prado y á Paquita se le ocurrió sentarse allí otra vez. La -tarde, ya cerca del obscurecer, estaba deliciosa; y declaró la niña -que le daba pena meterse en casa tan pronto, perder aquel crepúsculo, -aquella brisa tan dulce... - -Se sentaron, muy solos, sin alma viviente que reparase en ellos. - -Hablaron con gran calor, muy alegres los dos, sin saber por qué, los -ojos en los ojos. - ---¿En qué piensas?--preguntó Paquita al ver de pronto ensimismado á don -Diego. - ---Oye, Paca... ¿Quién es en el mundo la persona, sin contar á tu madre, -de tu mayor confianza? - ---¿Quién ha de ser? Tú. - ---Bueno, pues...--y don Diego empezó á decir unas cosas que dejaba -atónita á la niña. Él habló mucho, con mucha pasión y muchos -circunloquios. Nosotros tenemos más prisa y menos reparos, y tenemos -que decirlo todo en pocas palabras. - -Ello fué algo así: don Diego propuso que jugaran á un juego que era una -delicia, pero al cual sólo podían jugar dos personas de sexo diferente, -si el juego había de tener gracia, y que se fiaran en absoluto la una -de la otra. Era menester que se diera mutua palabra, seguro cada cual -de que el otro la cumpliría, de no sacar ninguna consecuencia práctica -del juego aquél; que por eso era juego. Consistía la cosa en confesarse -mutuamente, sin reserva de ningún género, lo que cada cual pensaba y -sentía y había pensado y sentido acerca del otro; lo malo, por malo -que fuere, lo bueno por bueno que fuera también. Y después, como si -nada se hubiera dicho. No debía ofenderse por lo desagradable, ni sacar -partido de lo agradable. - -Paquita estaba como la grana; sentía calentura; había comprendido y -sentido la profunda y maliciosa voluptuosidad moral, es decir, inmoral, -del juego que el viejo la proponía. Había que decir todo, todo lo que -se había pensado, á cualquier hora, en cualquier parte, con motivo de -aquel amigo; cuantas escenas la imaginación había trazado haciéndole -figurar á él como personaje... - -Paquita, después de parecer de púrpura, se quedó pálida, se puso en -pie, quiso hablar y no pudo. Dos lágrimas se le asomaron á los ojos. Y -sin mirar á don Diego, le volvió la espalda, y con paso lento echó á -andar camino de su casa. - -El viejo asustado, horrorizado por lo que había hecho, siguió á la -pobre amiga; pero sin osar emparejarse con ella, detrás, como un criado. - -No se atrevía á hablarle. Sólo, al llegar al portal de la casa de ella, -osó él decir: - ---Paquita, Paquita, ¿qué tienes? Oye: ¿Qué tienes? ¿Yo, qué te he -hecho? ¿Qué dirá mamá?... - -Ella, sin contestarle, ni mover la cabeza, la movió lentamente con -signo negativo. - -No, no hablaría: su madre no sabría nada... Pero al llegar á la -escalera echó á correr, subió como huyendo, llamó á la puerta de su -casa apresurada, y cuando abrieron desapareció, y cerró con prisa, -dejando fuera al mísero don Diego. - -El cual salió á la calle aturdido y avergonzado, y cuando vió á dos -del orden en una esquina, sintió tentaciones de decirles: - ---Llévenme ustedes á la cárcel, soy un criminal; mi delito es de los -más feos, de ésos cuya vista tiene que celebrarse á puertas cerradas, -por respeto al pudor, á la honestidad... - - - - - JORGE - DIÁLOGO, PERO NO PLATÓNICO - - ---¿Qué hay de libros nuevos?--me preguntó Jorge, suspirando como -distraído, dejando de pensar en mí y en lo que me había preguntado. - -Estaba pálido, ojeroso, con cara de sueño y de mal humor. Yo le miré -con atención y fijeza, y dando cierta intención maliciosa á mis -palabras, contesté: - ---Acabo de ver que Carlos Groos, ya sabes, el docto alemán que publicó -en 1896 _Die Spiele der Tiere_ (_Los juegos de los animales_), publica -ahora _Die Spiele der Menschen_ (_Los juegos del hombre_). - ---Sí; ya me acuerdo. _Los juegos de los animales_... No hay más juego -que ése. Porque... ¡valientes animales son todos los que juegan! - ---Hombre, no _juegues_ tú con el vocablo... - ---Ya sé que es feo jugar _de boca_... Y, en rigor, está prohibido... -Véase el artículo... - ---No digo eso. Juegas con el vocablo; porque animales... - ---Sí; ya te entiendo. Se trata de los animales... no humanos. Bueno, -pues el señor Groos los calumnia. Los animales no juegan. Sólo juega -el hombre, que es el único ser metafísico y jugador. Es un efecto de -la dichosa evolución. ¡Qué remedio! Yo quería corregirme, dejar el -vicio... pero... imposible... Es cosa de la herencia... de la raza. Lo -he leído en Ihering, en la _Historia de los indo-europeos antes de su -separación_. Aquello desconsuela. Nuestros patriarcales y bucólicos -ascendientes remotísimos... eran unos empedernidos jugadores. Mataban -el tiempo, el tiempo monótono de aquella vida lacia, sin variedad, -sin emociones nuevas, jugando y jugando... Y esto, generaciones y -generaciones... ¡Ya ves! ¿Quién puede más que el hábito incrustado en -la herencia?... Pastores... y jugadores... - ---Basta de disculpas prehistóricas y darwinistas... No me has -entendido, ó no has querido entenderme... ó todo te sabe á lo que te -pica. El juego de que habla Groos no es ése; es el juego como diversión -ó recreación, según dice el Diccionario, en que no se persigue otro -propósito que la distracción misma... - ---Á propósito del Diccionario. Los que hablan mal de ese libro -académico no conocen su gran mérito. Es un libro de moral... Á lo -menos á mí, casi me convirtió. Verás lo que pasó. Un día, viéndome -encenagado en el pícaro juego, sin poder remediarlo, convencido -de que eran inútiles los propósitos de enmienda, quise saber á lo -menos cómo se definía académicamente el vicio que me dominaba, y me -fuí al Diccionario oficial, y leí: “Juego, pasatiempo, recreación, -aquello que se hace por espíritu de alegría y sólo para divertirse y -entretenerse.” No era esto; _mi juego_ no era pasatiempo, ni alegría; -¡era infierno!... Seguí leyendo: “Ejercicio recreativo sometido á -reglas, y en el cual se gana ó se pierde.” Lo de ejercicio no me -_llenaba_, porque ¡se hace tan poco ejercicio pasando doce horas -arrimado al tapete verde! Y lo de “se gana ó se pierde” no es exacto, -porque muchas veces se queda... á juego, ni se pierde ni se gana. Si -el banquero _abate_ con nueve y yo también... ni pierdo ni gano. Y si -salgo del Casino con el mismo dinero con que entré... ni pierdo ni -gano. “Para darle mayor aliciente--continúa el Diccionario--aventúrase -en él con frecuencia algún dinero.” Los académicos deben de ser -_peseteros_ por esa manera de hablar. “Merece reprobación--sigue la -Academia--cuando la ganancia ó la pérdida puede ser importante; cuando -se juega por vicio ó _cuando el jugador no tiene por objeto divertirse -ó entretenerse, sino hacer suyo el dinero ajeno_.” Al leer esto, sentí -toda la sangre en el rostro; estaba muerto de vergüenza. ¡Qué lección -inesperada me daba el _léxico_ oficial! ¡Cuánto había yo leído contra -el juego! Pero nunca aquella bofetada de moralidad me había azotado el -rostro. Tolstoi con su moral de maníaco, combatiendo lo mismo que el -juego el vino, el tabaco... el servicio militar y el trabajo, no me -había hecho sonrojarme. Siempre que se atacaba el juego como _vicio_, -yo me disculpaba con la decencia que pueden tener los viciosos. El -juego me parecía diabólico, pero noble, jugando como caballero, es -claro. ¡Cuántos sofismas había inventado yo para disculpar mi vicio! Le -había encontrado analogías con mil cosas, malas, pero no bochornosas. -Así como el amor ilegal es pecado, pero no sórdido, no bajo, el -juego me parecía incompatible con la vida económica ordenada de la -sociedad... pero no infame, no vil, no mezquino; sin relación con la -codicia, con el robo. ¡Jesús, el robo! Y de repente el Diccionario -¡zás!, me daba aquella bofetada... ¡No me había fijado! Al juego se iba -para _hacer suyo el dinero ajeno_... Era verdad; á eso se iba. Lo mismo -que los usureros y que los ladrones... para hacer de uno el dinero -ajeno... contra la voluntad de su dueño también; porque nadie tiene -voluntad de perder. ¿Que se expone el dinero propio en cambio? También -el avaro expone la salud, la vida; el usurero se expone á quedarse sin -lo prestado, y el ladrón... á ir á presidio. Sí, no cabe duda; el juego -es eso: desear quedarse con el dinero ajeno. ¿Querrás creer que me dió -asco el juego? Vi en mí un pecado de la índole ruin de que siempre me -había creído libre; un pecado sórdido, de injusticia con el prójimo, de -repugnante _psiquis_... (_Pausa._) - ---¿Y qué? - ---Pues nada. Que estuve sin jugar... mucho tiempo. - ---¿Mucho, eh? - ---Sí; ¡varias semanas! - ---Pero, ¿cómo volviste á lo sórdido, á lo ruin, á lo que... (perdona, -tú lo has dicho) se parecía al robo?... - ---Verás. Eché mis cuentas. Según mis cálculos, yo, en conjunto, llevaba -perdido mucho más dinero que ganado. Todavía _me tenían por allá_ -algunos miles de duros. Iba por el desquite. Iba por lo mío. Aquello -no era jugar, y no hacía mío el dinero ajeno... sino el mío. - ---Vamos, sí; les habías hecho una señal á las monedas y á los billetes, -y cuando no eran los tuyos los que ganabas... los devolvías. - ---Ya sabes que el dinero se considera como cosa _fungible_... - ---¿Pues entonces?... Además, tus _deudores_(!), es decir, los que te -habían ganado á ti, ¿eran los mismos á quienes tú ganabas? - ---Ese argumento tiene menos fuerza que el que empleó para anonadarme la -pícara realidad... - ---¿Y fué?... - ---Que aquellos señores, que no eran los que me habían ganado... me -ganaron también. (_Nueva pausa._) - -Me daba lástima del pobre Jorge. No quise molestarle con nuevas -observaciones _virtuosas_ tan fáciles de encontrar. ¡Es tan fácil -lidiar _los vicios_ desde la barrera cuando no se tienen! - ---¡El juego!--continuó el jugador.--Los filósofos no saben lo que es. -Montaigne, que ha hablado de tantas cosas, de tantos vicios, no tiene -ningún capítulo dedicado al juego. Montaigne hablaba de lo que sabía, -de lo que había experimentado. Renán se queja de que los filósofos no -han tomado el amor en serio del todo, y su verdadera filosofía está -sin hacer. Y es verdad. Y la causa será que los filósofos no suelen -enamorarse de veras. Lo mismo les pasa con el juego. ¡La estética del -juego! existe; pero no es ésa de que hablan esos libros nuevos... -Como que el juego... no es juego..., no tiene nada de juego, en ese -otro sentido de _finalidad sin fin_ de que ya Kant hablaba. No debiera -usarse la misma palabra para cosas tan diferentes. Una opinión muy -generalizada entre los estéticos, es que el arte... es juego. Schiller, -en sus célebres cartas sobre la ciencia de lo bello, siguiendo á Kant, -desenvuelve admirablemente la teoría... - ---Sí; y ahora la estética de tendencia positivista, ó mejor acaso la -que estudia lo bello y el arte en su aspecto psico-fisiológico, sigue -el mismo criterio. Spencer, como es sabido, también admite la teoría -del arte juego... - ---Y se ha dicho que el juego es un exceso, una sombra de la vida... lo -mismo que se ha dicho del amor. Renán le preguntaba un día á Claudio -Bernard por el misterio del amor, y el gran fisiólogo le decía: “No, no -hay cosa más sencilla que el amor; es la vida que sobra...” De modo que -amor y juego son plétora, lo que rebosa... - ---El juego, según este Groos de que hablábamos, es un ejercicio natural -de los aparatos sensoriales y de los motores, de las facultades del -espíritu (inteligencia se entiende) y de los sentimientos, en atención -al placer... La actividad por el placer mismo de la actividad, eso es -el juego... - ---¡Qué cosa tan diferente del otro _juego_, de _mi_ juego! El jugador -no busca el placer... y en eso se engañan muchos que ven las cosas -desde fuera... Busca la ganancia; sólo que la busca en la forma -picante, misteriosa, inexplicable... de la suerte. ¡La suerte! Estoy -por decir que el jugador es un metafísico apasionado que interroga de -cerca y con interés el misterio metafísico en cada jugada... ¿Hay ley? -¿No hay ley? ¿Es casualidad? ¿Qué es casualidad? ¿La Providencia se -mezcla en estas cosas? ¿El calculo de las probabilidades hasta dónde -sirve?... Y después... ¡una cosa terrible! Lo que á mí, al fin, me -ata al juego hasta por la filosofía... quiero decir, por el sofisma, -es... que la _vida es juego_. Sólo el que aspira al _nirvana_, á la -_abulia_, á la _apatía_, puede decir que no es jugador. Los demás, -todos juegan. La vida y la muerte son un modo de _copar_ la banca. Cada -latido del corazón es un golpe de fortuna, una carta que se juega; -cada vez que respiro puedo perder ó ganar la vida... La riqueza ó la -miseria... juego...; el mérito... juego. ¿De dónde me viene el talento -ó la estupidez? ¿De dónde vienen las _judías y las cristianas_, los -_nueves_ ó las _figuras_?... Del misterio, del horrible _cincuenta por -ciento_..., del abismo que se llama pares ó nones, cara ó cruz... - -“Esto... _ó_ lo otro”. En esa _ó_, en esa disyuntiva está el símbolo -del juego... y de la existencia... Voy ahora á casa...; mis hijos, -mis entrañas, ¿estarán durmiendo... ó muertos?... ¡Quién sabe!... -Están durmiendo; ¡bien! ¡qué hermosos! ¡qué inocentes! Pero ¿mañana? -El porvenir, la _carta_ que les tocará... la vida que les espera... -¿Qué puedo yo para conseguir su dicha futura? Todos mis cálculos, -mis previsiones, mis cuidados, mis ahorros, ¡inútil _martingala_! -Mis esperanzas... ilusión como las supersticiones del jugador... En -el fondo de la magna cuestión del libre albedrío, de la libertad -y la gracia, de la libertad y el determinismo, de la filosofía de -la contingencia, que hoy da nombre á una escuela, lo que se ve es -el _quid_ del juego... No; el juego, el _mío_, no es diversión, no -es broma, no es desinterés, no es finalidad sin fin... Es todo lo -contrario; el interés, la ganancia, el egoísmo en la lucha con la -suerte...: lo mismo que la vida _non sancta_, que es la vida de casi -todos. Los grandes hombres, los _héroes_, decía Carlyle, toman la -realidad, el mundo, en serio. No son _dilettanti_. Lo mismo el jugador. -El azar para mí ó contra mí... Ésta es su idea, siempre seria, siempre -con _fin_, siempre interesada... - ---Sin embargo, en el juego, no el _tuyo_, el otro, el juego por el -placer de la actividad, se llega, según _nuestro_ autor, á lo que él -llama _el placer del mal_, á jugar con el propio dolor. Además, hay la -_catarsis_ de Aristóteles, el placer de la calma tras la borrasca. - ---No, no importa. Ni por ahí existe afinidad entre los _juegos_ y el -juego. El jugador no busca el dolor del juego, que es grande, por el -dolor, por el placer de saber que es un dolor buscado, querido: no, -porque él sabe bien que la pasión le domina y que aquel dolor no es -voluntario; y además, tolera el dolor por la esperanza de ganar, no por -el gusto de poder triunfar de él. En cuanto á la catarsis, no tiene -aplicación... Porque la calma para el jugador nunca llega. Todo es -borrasca. Después de ganar... quiere, _necesita_ ganar más. Es un judío -errante, no para nunca su ambición. - ---Groos habla también de juegos _guerreros_, los del placer de luchar, -de vencer á un contrario... - ---Tampoco en eso hay afinidad entre los _juegos_ y el juego. En _La -Traviata_, el tenor juega por ganar á un rival... Eso es música. El -jugador _de veras_ no quiere el dinero de Fulano, quiere el dinero; -en el juego hay disputas, pero no hay rivalidades, ni personalismos, -ni rencores: no hay más enemigo que la _contraria_. Suerte, ganancia, -pérdida. Ésas son las _categorías_. - ---Pues Groos dice textualmente que las _apuestas_ son juegos -_guerreros_, y los juegos de azar apuestas intelectuales. El juego de -azar tiene para él tres elementos: el placer de ganar, que crece con la -importancia de lo que se arriesga, _sin que la ganancia por sí sea el -objeto del juego_; el placer de una excitación fuerte, y el placer de -la lucha... - ---Sí, pistolas de salón, de viento. Ese juego lo hay..., la lotería -de las viejas... ¡y aún! No; en el juego _verdad_ no se sienten esas -emociones pueriles; se quiere dinero, ganancia, y se quiere por el -_único_ camino del jugador, la suerte. Que salga cara, si jugamos -cara; que sean pares, si jugamos pares... y no por acertar, sino por -ganar. Suerte, interés, eso es todo. ¡La excitación fuerte! Ésa no -es incentivo aunque el jugador crea que sí. Es un castigo, es una -maldición del juego, como el _remordimiento_, la _vergüenza_ de perder, -después. Desengáñate; el juego... no es broma. Es como la vida, es -como la metafísica... La vida racional quiere penetrar en el misterio -para saber de su destino, porque teme y quiere esperar, ser feliz... -El jugador, igual. _Ser ó no ser_, ésa es la cuestión... _Venir ó -no venir_... ésa es la cuestión. _Estar á la que salta_; eso hace -el jugador. Y eso hace el que no renuncia á las contingencias de la -realidad. _Ó ser santo_... _ó jugar_... - - - - - SINFONÍA DE DOS NOVELAS[2] - (SU ÚNICO HIJO.--UNA MEDIANÍA). - - - I - -Don Elías Cofiño, natural de Vigo, había hecho una regular fortuna en -América con el comercio de libros. Había empezado fundando periódicos -políticos y literarios, que escribía con otros aficionados á lo que -llamaban ellos el cultivo de las musas. Cofiño se creyó poeta y -escritor político hasta los veinticinco años; pero varios desencantos -y un poco de hambre, con otros muchos apuros, le hicieron aguzar el -sentido íntimo y llegar á conocerse mejor. Se convenció de que en -literatura nunca sería más que un lector discreto, un entusiasta -de lo bueno, ó que tal le parecía, y un imitador de cuanto le -entusiasmaba. Y además, comprendió que á Buenos Aires no se iba á -ejercer de Espronceda ni de Pablo Luis Courier (que eran sus ídolos), -y que sus chistes é ironías recónditas, casi copiados de Courier y -de _Fígaro_, no los entendían bien aquellos pueblos nuevos. En fin, -se dejó de escribir periódicos, y descubrió con gran satisfacción su -aptitud latente para el comercio. Importó libros franceses, ingleses -y españoles; estudió el gusto del público americano, lo halagó al -principio, “procuró rectificarlo y encauzarlo” después; se puso en -correspondencia con las mejores casas editoriales de Londres, París y -Madrid, y en pocos años ganó lo que jamás literato alguno español pudo -ganar; y decidido á ser rico, continuó con ahínco en su empeño, y no -paró hasta millonario. - -La muerte de su esposa, una linda americana, hija de inglesa y español, -poetisa en español y en inglés, le quitó al buen Cofiño el ánimo de -seguir trabajando; traspasó el comercio, y con sus millones y su hija -única, de siete años, se volvió á Europa, donde repartió el tiempo y -el dinero entre París y Madrid. La educación de Rita (así se llamaba -la niña, por recordar el nombre de la difunta madre de don Elías) era -la preocupación principal de Cofiño, que quería para su hija todas -las gracias de la Naturaleza y todos los encantos que á ella puede -añadir el arte de criar ángeles que han de ser señoritas. Ensayó varios -sistemas de educación el padre amoroso; nunca estaba satisfecho, ni en -parte alguna encontraba, aunque las pagaba á peso de oro, suficientes -garantías para la salud material y moral del idolillo que había -engendrado. Si pasaba un año entero en Madrid, al cabo renegaba de -la educación madrileña, y decía que no había en la capital de España -maestros dignos de su hija. Levantaba la casa, trasladábase á París, -y allí parecía más contento de la enseñanza; pero después de algunos -meses comenzaba á protestar el patriotismo, y temía que Rita se hiciera -más francesa que española, lo cual sería como ser menos hija de Cofiño. - -En estas idas y venidas pasaron los años, y se gastó mucho dinero; y -cuando ya creyó completa la educación de su ángel vestido de largo, se -fijó en la corte de España, donde pasaban los inviernos. El verano y -algo del otoño los repartía entre Vigo y una quinta deliciosa que había -comprado el rico librero cerca de Pontevedra á orillas del poético -Lerez. - -Don Elías, si no todos, conservaba algunos de sus millones, y si algo -de su capital perdió en una empresa periodística en que se metió, por -una especie de palingenesia de la vanidad, aún sacó, amén de las manos -en la cabeza, incólumes unos doscientos mil duros y el propósito de -no meterse en malos negocios, por halagüeños que fuesen para su amor -propio. - -Más poderosa que él su afición á las letras, que se irritaba de nuevo -con la proximidad de la vejez, le obligaba á procurar el trato de -los escritores, y no siempre de balde. Su primera vanidad era Rita; -esbelta, blanca, discreta hasta en el modo de andar, elegante, que se -movía con una aprensión de alas en los hombros, que miraba á todo como -al cielo azul, seria y dulce, sin más que un poco de acíbar de ironía -en la punta de la lengua para el mal cuando era ridículo, y para la -ignorancia cuando recaía en varón constante obligado á saber lo que -pregonaba tener al dedillo. Pero la segunda vanidad de Cofiño, poco -menos fuerte, era la amistad de los grandes literatos. Cuando era pobre -todavía y redactaba periódicos, tenía don Elías gusto más difícil; le -asustaba la idea de tragarlas como puños, de admirar lo malo por bueno: -pero ahora, el bienestar y los años le habían hecho más benévolo y -estragado en parte el paladar. Ya tenía por grandes escritores á los -que no pasaban de medianos, y aun á algunos que, apurada la cuenta, -serían malos probablemente. Él, que no necesitaba de nadie, por tal -de ser amigo de _notabilidades_, adulaba á los mismos á quienes solía -dar de comer; y á más de un parásito suyo le hizo la corte con una -humildad indigna de su carácter, altivo en los demás negocios. Á los -académicos les alababa el diccionario y el purismo, y la parsimonia -de su vida literaria, y con ellos hablaba de líneas griegas, de -_castidad clásica_, y de los modelos. Con los autores revolucionarios -se explicaba de otro modo, y decía pestes de los ratones de biblioteca -y de las “frías convenciones del pseudo clasicismo”. Á los jóvenes -les concedía que había que reemplazar á los ídolos caducos; á los -viejos, que con ellos se moriría el arte. Y esto lo hacía el pobre don -Elías por estar bien con todos, por ser amigo de todos, y porque la -experiencia le había enseñado que el manjar de esta clase de dioses es -la murmuración, y que en sus altares, más que el incienso, se estima la -sangre de literato degollado vivo sobre el ara. - -Todo ello se le podía perdonar al antiguo librero, porque el fin -que se proponía no era bajo, ni siquiera interesado. Pero lo que no -tenía perdón era su empeño de casar á Rita con un literato ilustre, -ó por lo menos que estuviese en camino de serlo. Merecía Rita por -su hermosura de rubia esbelta, de rubia con un _matiz_ de andaluza, -suave, mezclado con otros de ángel y de mujer seria; por su educación -completa, discreta y oportuna, por su candor, por su talento un poco -avergonzado de sí mismo, y por los tesoros de virtud casera que todo -lo suyo anunciaba, desde el modo de besar á un niño hasta la manera de -doblar la mantilla, merecía por todo eso, y por su fortuna sana, aunque -no fabulosa, un novio á pedir de boca, una gran proporción, algo así -como un ministro, ó un banquero, ó un hombre honrado y guapo por lo -menos. Pero don Elías exigía á todo pretendiente posible la condición -de literato, y bastante conocido. - - - II - -Augusto Rejoncillo, hijo legítimo de legítimo matrimonio de don Roque, -magistrado del Supremo, y de doña Olegaria Martín y Martín, difunta, se -hizo doctor en ambos derechos á los veinte años, doctor en ciencias -físicas y matemáticas á los veintidós, y doctor en filosofía y letras á -los veintitrés. Pero desde que tomó la primera borla empezó á figurar -y á ser secretario de todo, y á pedir la palabra en la Academia de -Jurisprudencia, y á decir: “Entiendo yo, señores”, y “tengo para mí”. - -Y no era que tuviese para sí, sino que quería tener y retener y guardar -para la vejez, por lo cual él y su papá bebían los vientos; y apenas -se formaba un nuevo partido político, allí estaba Rejoncillo de los -primeros, muy limpio, muy guapo (porque era buen mozo, vistoso), de -levita ceñida, sombrero reluciente y guantes de pespuntes colorados -y gordos. No lo había como él para alborotar ni para manipulaciones -electorales. Había él hecho más mesas que el más acreditado ebanista, -y el que quisiera ser presidente de alguna cosa, no tenía más que -encargárselo. - -Era colaborador de varios periódicos, pero confesaba que le cargaba -la prensa; él prefería la tribuna. Á las redacciones iba de parte del -jefe de semana (es decir, el jefe del partido ó de la partida en que -_militaba_ aquella semana Augusto); llevaba _bombos_ escritos por el -mismo jefe ó por Rejoncillo, pero inspirados en todo caso por el jefe. -Para esto y para pedir las butacas del Real ó los billetes de un baile, -solía presentarse en las oficinas de los periódicos, de las que salía -pronto, porque le cargaban los periodistas humildes, y sobre todo los -que presumían de literatos. - -“Él también escribía”, pero no letras de molde, en papel de muchas -pesetas; escribía pedimentos y demás lucubraciones de litigio. Era -pasante en casa de un abogado famoso, que era también jefe de grupo en -el Congreso, y presidente de dos consejos administrativos de empresas -ferrocarrileras. - -Tanto como despreciaba la literatura, respetaba y admiraba el foro -Rejoncillo; pero no como fin “último”, según decía él, sino como -preparación para la política y ayuda de gastos. - -Él pensaba hacerse famoso como político, y de este modo ganar clientes -en cuanto abogado; y una vez abogado con pleitos, sacar partido de esto -para ganar en categoría política. Era lo corriente, y Rejoncillo nunca -hacía más que lo corriente, que era lo mejor. Sólo que lo hacía con -mucho empuje. - -Eso sí: los empujones de Rejoncillo eran formidables; si para ocupar un -puesto que le convenía tenía que acometer á un pobre prójimo colocado -al borde del abismo, por ejemplo, al borde del viaducto de la calle de -Segovia, Rejoncillo no vacilaba un momento, y daba un codazo, ó aunque -fuera una patada, en el vientre del estorbo, y se quedaba tan fresco -como Segismundo en _La vida es sueño_, diciendo para su capote: “¡Vive -Dios, que pudo ser!” Para que la conciencia no le remordiera, se había -hecho á su tiempo debido escéptico de los disimulados, que son los que -tienen más gracia; escéptico que guardaba su opinión y profesaba la -corriente y defendía todo lo estable, todo lo viejo, todo lo que “podía -llegar á ser gobierno, en suma”. - -En un té político-literario conoció Augusto á Cofiño y á su hija. -Rita había ido á semejante fiesta porque el ama de la casa era tan -política como su esposo, ó más, y había convidado á las amigas. Cofiño -había aceptado la invitación, porque el político era además literato. -Hubo brindis, y Rejoncillo, pulcro, estirado, serio, con unos puños -de camisa que daban gloria y despedían rayos de blancura, habló como -un sacamuelas ilustrado, imitando el estilo y criterio del amo de la -casa. _Hizo furor._ Fué el suyo el discurso de la noche. ¡Qué bien -había sabido tratar las áridas materias políticas y administrativas -con imágenes pintorescas y otros recursos retóricos, á fin de que no -se aburrieran las señoras! Habló del calor del hogar con motivo de -insultar al ministro de Hacienda; demostró que el impuesto equivalente -al de la sal conspiraba contra esa piedra angular del edificio social -que se llama la familia; y una vez dentro de la familia, hizo prodigios -de elocuencia. ¿Por qué se perdió Francia? Por la disolución de la -familia. ¿Por qué España se conservaba? Por la vida de familia. Hizo el -panegírico de la madre, el elogio de la abuela, la apoteosis del padre -y del hijo, y hasta tuvo arranques patéticos en pro de los criados -fieles y antiguos. Pues bien: todo aquello quería destruirlo en _un -hora_ (un hora dijo) el ministro de Hacienda. Síntesis: que el único -ministerio viable sería el que formase el amo de la casa. De cuya -esposa era amante Rejoncillo, según malas lenguas. - -El triunfo de Augusto fué solemne. Al día siguiente hablaron de él los -periódicos. El amo de la casa del té le hizo secretario suyo. Y él, -enterado de que una joven, Rita, que le había aplaudido mucho aquella -noche, era rica, se propuso tomar aquella plaza y se hizo presentar en -casa de Cofiño. - - - III - -Antonio Reyes era un joven rubio, de lentes, delgado y alto; tosía -mucho, pero con gracia; con una especie de modestia de enfermo crónico -cansado de molestar al mundo entero. Este modo de toser y la barba de -oro fina, aguda y recortada, había llamado la atención de Rita Cofiño -en la tertulia de cierto marqués literato, adonde la llevaba de tarde -en tarde don Elías. - -“El de la tos” le llamaba ella para sus adentros. Mientras multitud de -poetas recitaban versos y el concurso aplaudía, y se hablaba alto, y se -reía y gritaba, entre el bullicio Rita percibía la tos de Reyes, y cada -vez sentía más simpatía por aquel muchacho, y más deseo de cuidarle -aquel catarro en que él parecía no pensar. No sabía por qué, la hija -de Cofiño encontraba en aquel ruido seco de la tos algo familiar, algo -digno de atención, una cosa mucho más interesante que todas aquellas -quejas rimadas con que los poetas se lamentaban entre dos candelabros, -como si la tertulia pudiera mejorar su suerte y arreglar el pícaro -mundo. - -Agapito Milfuegos leía poemas caóticos, de los que resultaba que el -universo era una broma de mala ley inventada por Dios para mortificarle -á él, al mísero Agapito. Restituto Mata se quejaba en _sonetos -esculturales_ de una novia de Tierra de Campos, que le había dejado -por un cosechero; Roque Sarga lamentaba en romances heroicos (no tan -heroicos como los oyentes) la pérdida de la fe, y Pepe Tudela cantaba -la electricidad, el descubrimiento del microscopio y la materia -radiante. Antonio Reyes tosía. - -Rita no habló nunca con Antonio en aquella tertulia. Pocos meses -después de haberse fijado ella en él, dejó de sonar allí la tos -interesante. - ---¿Y Reyes?--dijo cualquiera una noche. - ---Se ha ido á París--respondieron. - ---¿Quién es ese Reyes?--preguntó Rita á su padre al volver á casa. - ---¿Antonio Reyes?--Un excéntrico, un holgazán, un muchacho que vale -mucho, pero que no quiere trabajar. Es decir..., lee..., sabe..., -entiende...; pero nadie le conoce. Ahora se ha ido á París de -corresponsal de un periódico, de corresponsal político..., cualquier -cosa..., á ganar los garbanzos...; es decir, los garbanzos no, porque -allí no los comerá... Es lástima; vale, vale...; entiende, lee mucho, -conoce todo lo moderno...; pero no trabaja, no escribe. Es muy -orgulloso. Además, está malo; ¿no le oías toser? Un catarro crónico..., -y la solitaria; además de eso, una tenia... Creo que es gastrónomo... y -que come mucho... Es un escéptico, un estómago que piensa. - -Rita no volvió á ver á Reyes, ni á oir hablar de él, en mucho tiempo. - - - IV - ---De cuatro á cinco, no lo olvide usted; el viernes...--dijo una voz -de mujer, vibrante, dulcemente imperiosa; y una mano corta y fina, -cubierta de guante blanco, que subía brazo arriba, sacudió con fuerza -otra mano delgada y larga. - -Regina Theil de Fajardo se despedía de Antonio Reyes, recordándole la -promesa de asistir á su tertulia vespertina del viernes. Montó ella en -su coche, que desapareció en la sombra; y Reyes, que había ratificado -su promesa inclinando la cabeza y sonriendo, quedóse á pie entre los -rails del tranvía sobre el lodo. La sonrisa continuaba en su rostro, -pero tenía otro _color_; ahora expresaba una complacencia entre -melancólica y maliciosa. - -El silbido de un tranvía que se acercaba de frente con un ojo de -fuego rojo en medio de su mancha negra, obligó á Reyes á salir de su -abstracción. En dos saltos se puso en la acera, y subió por la calle de -Alcalá hacia el Suizo. - -Era una noche de Mayo. Había llovido toda la tarde entre relámpagos y -truenos, y la tempestad se despedía murmurando á lo lejos, como perro -gruñón que de mal grado obedece á la voz que le impone silencio. El -Madrid que goza se echaba á la calle á pie ó en coche, con el afán de -saborear sus ordinarios placeres nocturnos. Después de una tarde larga, -aburrida, pasada entre paredes, se aspiraba con redoblada delicia -el aire libre, y se buscaba con prisa y afán pueril el espectáculo -esperado y querido, el rincón del café, que es casi una propiedad, la -tertulia, en fin, la costumbre deliciosa y cara. - -Antonio Reyes entró en el Suizo Nuevo, y se acercó á una mesa de las -más próximas á la calle. - ---Se han ido todos--dijo al verle don Elías Cofiño, que le esperaba -leyendo _La Correspondencia_.--¿Cómo ha tardado usted tanto? ¿Sabe -usted lo de Augusto? - ---¿Qué Augusto?--preguntó Reyes, mientras se quitaba un guante, -distraído, y sonriendo todavía á sus ideas. - ---¿Qué Augusto ha de ser? Rejoncillo. - ---¿Qué le pasa?--dijo Antonio con gesto de mal humor, como quien elude -una conversación inoportuna. - ---¡Que al fin le han hecho subsecretario! - ---¡Bah! - ---¡Es un escándalo! - ---¿Por qué? - ---¿Cómo que por qué? Porque no tiene méritos suficientes... Yo no le -niego talento... Es orador... Es valiente, audaz... Sabe vivir... -Dígalo si no su _Historia del Parlamentarismo_, en que resulta que el -mejor orador del mundo es el marqués de los Cenojiles, el marido de su -querida... - -Antonio, que tenía cara de vinagre desde que oyera la noticia que -escandalizaba á Cofiño, se mordió los labios y sintió que la sangre se -le caía del rostro hacia el pecho. - ---No diga usted... absurdos--(murmuró entre airado y displicente).--No -son dignas de que usted las repita esas calumnias de idiotas y -envidiosos. Regina es incapaz de... - ---¿De faltar al marqués? - ---No..., no digo eso. De querer á Rejoncillo. Es una mujer de talento. - -Don Elías encogió los hombros. No quería disputar. No creía á Regina -incapaz de querer á cualquiera. ¡Le había conocido él cada amante! -Pero no se trataba de eso. Lo que don Elías quería demostrar era que -Rejoncillo no merecía ser subsecretario de Ultramar, al menos por ahora. - ---Pero, ¿usted cree que tiene suficiente talla política para -subsecretario? - -Reyes contestó con un gesto de indiferencia. Quería dar á entender que -no le gustaba la conversación, por insignificante. - ---¿Ha estado aquí Celestino?--preguntó, por hablar de otra cosa. - ---¡Pobre! Sí. - ---¿Se ha quejado del palo? - ---Es un bendito. Él no dice nada; pero ese diablo de Enjuto sacó la -conversación; le preguntó si anoche le habían hecho salir al escenario -todavía..., y él se puso colorado y dijo que sí, entre dientes, como -si se avergonzara de los aplausos del público. La verdad es que el -artículo de Juanito no tiene vuelta de hoja; es implacable, pero no hay -quien las mueva, tiene razón; el drama es malo, perro, y no merece más -que el desprecio y la broma... - ---Pues bien aplaudió usted la noche del estreno... - ---Diré á usted: la impresión... así, la primera impresión... no es -mala; y como es amigo Celestino, y el público se entusiasmaba...; pero -Reseco ha puesto los puntos sobre las i i. ¡Ése sí que tiene talento! - -Otra vez se le avinagró el gesto á Reyes. Sacudió un guante sobre la -mesa y se puso de pie. Aquella noche estaba inaguantable don Elías; -no decía más que necedades. “No había peor bicho que el aficionado de -la literatura”. Sin poder remediarlo, y después de un bostezo, dijo -Antonio: - ---Reseco..., ¡ps!..., en tierra de ciegos... En París Reseco sería uno -de tantos muchachos de _sprit_; aquí es el terror de los tontos y de -los Celestinos. - -Don Elías admiraba al tal Reseco, aunque no le era simpático; pero la -opinión de Reyes, que venía de París, de vivir entre los literatos -de moda, le parecía muy respetable. Sí; Antoñico, como él le llamaba -delante de gente para indicar la confianza con que le trataba; Antoñico -frecuentaba en París las _brasseries_, donde tomaban café, cerveza ó -chocolate ó ajenjo notables _parnasianos_, ilustres pseudónimos de la -_petite-presse_ y de algunos periódicos de los grandes; Antoñico había -sido corresponsal parisiense de un periódico de mucha circulación, y el -tono desdeñoso con que hablaba en sus cartas de ciertas celebridades -francesas y españolas, había sobrecogido á don Elías, y le había -hecho traspasar poco á poco su consideración de aquellas celebridades -maltratadas al que las zahería. Cofiño siempre había sido un poco -blando en materia de opiniones; pero los años le habían convertido en -cera puesta al fuego. Cualquier libro, comedia, discurso, artículo, ó -lo que fuese, le entusiasmaba fácilmente; pero una opinión contraria -expuesta con valentía, con desprecio franco y con dejos de superioridad -burlona y desdeñosa, le aterraba, le hacía ver un talento colosal en -el que de tal manera censuraba; dejaba de admirar el libro, comedia, -discurso ó lo que fuese para someterse al tirano, al crítico que -había subvertido sus ideas y consagrarle culto idolátrico, mientras -no hubiera mejor postor: otro crítico más fuerte, más burlón, más -desengañado y más desdeñoso. - -Comprendió vagamente don Elías que á Reyes le disgustaba, por lo menos -aquella noche, hablar de Reseco y hablar de Rejoncillo; y como la -actualidad del día eran la subsecretaría del uno y el _palo_ que el -otro le había dado al pobre Celestino, y don Elías difícilmente hablaba -de cosa que no fuese la actualidad literaria, ó á lo menos política -de los cafés, teatros, ateneos y plazuelas, pensó que lo mejor era -callarse y levantar la sesión. Y se puso en pie también, preguntando: - ---¿Viene usted á Rivas? - ---¿Al estreno de Fernando? Antes la muerte. No, señor, tengo que hacer. - ---Lo siento. Yo... tengo que ir... Me cargan las zarzuelas de -Fernandito...; pero tengo que ir...; es un compromiso... Además, tengo -que recoger á Rita, que está en el palco de... (don Elías se turbó un -poco, recordando lo que antes había dicho), en el palco de Cenojiles. - ---¿Con Regina? - ---Sí, con la marquesa... Conque, ¿no viene usted? - -Antonio vaciló. - ---No (dijo, después de pensarlo mucho); no...; tengo que hacer...; -acaso... allá... al final, á la hora del triunfo. - ---Ó de la silba... - ---¡Bah! Será triunfo... ¡Ya no hay más que triunfos! Hasta mañana ó -hasta luego... - - - V - -Reyes anhelaba quedarse solo con sus pensamientos; reanudar las -visiones agradables que le habían acompañado desde la Cibeles al -Suizo; pero, ¡cosa rara!, en cuanto desapareció don Elías, se encontró -peor, menos libre, más disgustado. Recordó que cuando era niño y se -divertía cantando á solas ó declamando, si un importuno le interrumpía -un momento, al volver á sus gritos y canciones ya lo hacía sin gusto, -con desabrimiento y algo avergonzado, hasta dejar sus juegos y romper -á llorar. Una impresión análoga sentía ahora: aquel tonto de don Elías -le había hecho caer del quinto cielo; le había hecho derrumbarse desde -gratas ilusiones que halagaban la vanidad, los sentidos y tal vez algo -del corazón, á los cantos rodados de la crónica del día; había caído -de cabeza sobre la subsecretaría de Rejoncillo y sus presuntos amores -con la de Cenojiles; y después, de necedad en necedad, había rebotado -sobre el artículo de Reseco...; y... “¡que un majadero pudiera tener -tanta influencia en sus pensamientos!” Antonio emprendió la marcha -por la calle de Sevilla hacia la del Príncipe, decidido á olvidar -todo aquello y á volver á la idea dulcísima (sí, dulcísima, por más -que coqueteando consigo mismo quisiera negárselo), de sus relaciones -casi seguras, seguras, con Regina Theil. Pero, nada; los halagüeños -pensamientos no volvían; no se ataban aquellos hilos rotos de la novela -que ya él había comenzado á hilvanar, sin quererlo, mientras subía -por la calle de Alcalá. En vez de aventuras graciosas y picantes, -representábasele entre los ojos y las losas mojadas y relucientes á -trechos, la imagen abstracta de la subsecretaría de Rejoncillo; era -vaga, confusa, unas veces en figuras de letras de molde medio borradas, -tal como podrían leerse en _La Correspondencia_; otras veces en la -forma de un sillón lujoso, algo sobado, no se sabía si de raso, si de -piel, ni de qué estructura..., y á lo mejor, ¡zás! Rejoncillo vestido -de frac, con gran pechera reluciente, saltando de suelto en suelto por -los de _La Correspondencia_, hasta plantarse en el de su subsecretaría; -ó bien saludando á muchos señores en una sala, que era igual que el -vestíbulo del Principal, á pesar de ser una sala. “¡Quería decirse -que estaba soñando despierto, y que el sueño, á pesar de la voluntad -vigilante, se empeñaba en ser estúpido, disparatado!” - -Y Reyes se detuvo ante los resplandores de las cucharas junto al -escaparate de Meneses. Como si obedeciera á una sugestión, clavaba -los ojos sin poder remediarlo en aquellos reflejos de blancura. No -había motivo para dar un paso adelante ni para darlo hacia atrás, y -se estuvo quieto ante la luz. No sabía adónde ir: ahora se le ocurría -recordar que no tenía plan para aquella noche: un cuarto de hora antes -hubiera jurado que le faltaría tiempo para todo lo que debía hacer -antes de acostarse, para lo mucho que iba á divertirse..., y resultaba -que no había tal cosa; que no tenía plan, que no había pensado nada, -que no tenía dónde pasar el rato, para olvidar aquellas necedades que -se le clavaban en la cabeza. ¿Por qué no estaba ya contento? ¿Por qué -aquel optimismo, que casi como un zumbido agradable de oídos, ó mejor -como una sinfonía, le había acompañado por la calle de Alcalá arriba, -ahora se había convertido en _spleen_ mortal? “Hablemos claro: ¿le -tengo yo envidia á Rejoncillo?” Y Antonio sonrió de tal modo, que -cualquier transeúnte hubiera podido creer que se estaba burlando de -la plata Meneses. “¡Envidia á Rejoncillo!” El pensamiento le pareció -tan ridículo, la reacción del orgullo fué tan fuerte que, como si -todas aquellas pasiones que le tenían parado en la acera se hubiesen -convertido en descarga eléctrica, dió Antonio media vuelta automática, -echó á andar hacia la Carrera de San Jerónimo, descendió por ésta, -atravesó la Puerta del Sol, tomó por la calle de la Montera arriba y -entró en el Ateneo. - -Se vió, sin saber cómo, en aquellos pasillos tristes y obscuros, llenos -de humo: allí el calor parecía una pasta pesada que flotaba en el aire, -y que se tragaba y se pegaba al estómago. Sin saber cómo tampoco, -sin darse cuenta de que la voluntad interviniese en sus movimientos, -llegó al salón de periódicos, se fué hacia el extremo de la mesa, y se -sentó decidido á no mirar más que papeles extranjeros, por lo menos -coloniales, que de fijo no hablarían de la subsecretaría de Rejoncillo. -Á él mismo le parecía mentira verse repasando las columnas de una -colección de _Diarios de la Marina_. - -Después tomó _Le Journal de Petersbourg_..., que estaba cerca. Allí se -hablaba, en una correspondencia de París, de las últimas poesías de un -escritor francés á quien trataba él. Esta consideración fué un ligero -tónico. Reyes fué acercándose á los periódicos españoles; desde la -mitad de la mesa comenzaban á verse acá y allá ejemplares borrosos de -_La Correspondencia_; tenían algo de pastel de aceite apestoso acabado -de salir del horno. No pudo menos; hizo lo que todos los presentes: -cogió _La Correspondencia_. En la segunda plana, en medio de la tercera -columna, estaba la noticia, poco más ó menos como él la había visto -sobre las losas húmedas y brillantes de la calle de Sevilla. Allí -estaban Augusto Rejoncillo y su subsecretaría; era, efectivamente, la -de Ultramar. Era un hecho el nombramiento; nada de reclamo, no; un -hecho: se había firmado el decreto. - -“¡Qué país!”--se puso á pensar Reyes, sin darse cuenta de ello; él, que -hacía alarde desde muy antiguo de despreciar el país absolutamente y no -acordarse de él para nada.--“¡Qué país!” “Todo está perdido; pero ¡esto -es demasiado! Esto da náuseas. ¿Quién quiere ya ser nada? Diputación, -cartera..., ¿qué sería todo eso para el amor propio? Nada..., peor, -un insulto... ¿Cómo me había de halagar á mí ser ministro... habiendo -sido antes Rejoncillo subsecretario? Por este lado no hay que buscar -ya nunca nada; la política ya no es carrera para un hombre como yo; es -una humillación, es una calleja inmunda; hay que tomar en serio esta -resolución estoica de no querer ser diputado ni ministro, ni nada de -eso, por dignidad, por decoro”. Y en el cerebro de Reyes estalló la -idea fugaz y brillante de ser jefe de un nuevo partido, que llamó en -francés, para sus adentros, el partido _zutista_, el de “no ha lugar á -deliberar, el de la anulación de la política, el partido _anarquista_ -de la aristocracia del talento y de la distinción”. Sí, había que -matar la política, convertirla en oficio de menestrales, dársela á los -zapateros, á los que no saben leer ni escribir: un político era un -hombre grosero, de alma de madera, limitado en ambiciones y gustos, -un ser antipático: había que proclamar el _zutismo_ ó _chusismo_, -la abstención; las personas de gusto, de talento, de espíritu noble -y delicado no necesitaban gobernar ni ser gobernadas. “Iremos al -Congreso para cerrarlo y tirar la llave á un pozo”--pensaba decir en -el programa del partido. Por supuesto, que en Reyes estos conatos de -grandes resoluciones eran _relámpagos de calor_, menos, fuegos de -artificio á que él no daba ninguna importancia. Dejaba que la fantasía -construyera á su antojo aquellos palacios de humo, y después se quedaba -tan impasible, decidido á no meterse en nada. Sin embargo, la idea del -partido _zutista_ era hermosa, aunque irrealizable. Sobre todo, había -servido para elevarle á sus propios ojos, “sobre aquellas miserias -de subsecretarías y Rejoncillos”. “No, él no tenía envidia á aquel -mamarracho; de esto estaba... seguro”; pero el pensar en ello, el -irritarse ante la majadería del ministerio que hacía tal nombramiento, -ya era indigno de Antonio Reyes; el hombre que llevaba dentro de la -cabeza el plan de aquella novela, que no acababa de escribir por lo -mucho que despreciaba al público que la había de leer. - -En el salón de periódicos comenzó cierto movimiento de sillas y -murmullo de conversaciones en voz baja. Los socios pasaban á la cátedra -pública. Los gritos de un conserje sonaban á lo lejos, diciendo: -“¡Sección de ciencias morales y políticas! ¡Sección de ciencias morales -y políticas!...” - - - VI - -La cabeza de Cervantes de yeso, cubierta de polvo, bostezaba sobre una -columna de madera, sumida en la sombra; y los ojos de Reyes, fijos en -ella, querían arrancarle el secreto de su hastío infinito en aquella -vida de perpetua discusión académica, donde los hijos enclenques de -un siglo echado á perder á lo mejor de sus años, gastaban la poca -y mala sangre que tenían en calentarse los cascos discurriendo y -vociferando por culpa de mil palabras y distingos inútiles, de que el -buen Cervantes no había oído jamás hablar en vida. Sobre todo, la -sección de ciencias morales y políticas (pensaba Reyes que debía de -pensar el busto pálido y sucio) era cosa para volver el estómago á una -estatua que ni siquiera lo tenía. Malo era oir á aquellos caballeros -reñir, con motivo de negarle á Cristo la divinidad ó concedérsela; -malo también aguantarlos cuando hablaban de _los ideales del arte_, -de que él, Cervantes, nada había sabido nunca; pero todo era menos -detestable que las discusiones políticas y sociológicas, donde cuanto -había en Madrid de necedad y majadería ilustrada se atrevía á pedir -la palabra y á vociferar sus sandeces, ya retrógradas, ya avanzadas -como un adelantado mayor. Aquellos socios, pensaba Reyes, se dividían -en derecha é izquierda, como si á todos ellos no los uniera su nativo -cretinismo en un gran partido, el partido del _bocio invisible_, del -nihilismo intelectual. Sí, todos eran unos, y ellos creían que no; -todos eran topos, empeñados en ver claro en las más arduas cuestiones -del mundo, las cuestiones prácticas de la vida común y solidaria, -que no podrán ser planteadas con alguna probabilidad de acierto -hasta que cientos y cientos de ciencias auxiliares y preparatorias -se hayan formado, desarrollado y perfeccionado. Entretanto, y hasta -que los hombres verdaderamente sabios, de un porvenir muy lejano, -muy lejano, tal vez de nunca, tomaran por su cuenta esta materia, la -ventilaban con fórmulas de vaciedades históricas ó filosóficas todos -aquellos anémicos de alma, más despreciables todavía que los políticos -prácticos, empíricos; porque éstos, al fin, iban detrás de un interés -real, por una pasión propia, cierta, la ambición, por baja que fuese. -El miserable que en nuestros tiempos de caos intelectual se dedica á -la política abstracta, á las ciencias sociales, le parecía á Reyes el -representante genuino de la estupidez humana, irremediable, en que él -creía como en un dogma. Y si Antonio despreciaba aún á los que pasaban -por sabios en estas materias, ¡qué sentiría ante aquellos buenos -señores y jóvenes imberbes, que repetían allí por milésima vez las -teorías más traídas y llevadas de unas y otras escuelas! - -Años atrás, antes de irse él á París se hablaba en la sección de -ciencias morales y políticas de la _cuestión social en conjunto_, y -se discutía si la habría ó no la habría. Los señores _de enfrente_, -los de la derecha (Reyes se sentaba á la izquierda, cerca de un -balcón escondido en las tinieblas), acababan por asegurar que siempre -_habría pobres entre vosotros_, y con otros cinco ó seis textos del -Evangelio daban por resuelta la cuestión. Los de la izquierda, con -motivo de estas citas, negaban la divinidad de Jesucristo; y con -gran escándalo de algunos socios muy amigos del orden y de asistir á -todas las sesiones, «se pasaba de una sección á otra indebidamente»; -pero no importaba, ya se sabía que siempre se iba á dar allí, y el -presidente, experto y tolerante, no ponía veto á las citas de un -krausista de tendencias demagógicas, que “con todo el respeto debido -al Nazareno”, ponía al cristianismo como chupa de dómine, negando que -él, Fernando Chispas, le debiera cosa alguna (á quien él debía era á -la patrona), pues lo que el cristianismo tenía de bueno, lo debía á -la filosofía platónica, á los sabios de Egipto, de Persia, y en fin, -de cualquier parte, pero no á su propio esfuerzo. De una en otra se -llegaba á discutir todo el dogma, toda la moral y toda la disciplina. -Un caballero que hablaba todos los años tres ó cuatro veces en todas -las secciones, se levantaba á echarle en cara á la religión de Jesús, -según venía haciendo desde ocho años á aquella parte, á echarle en cara -que colocase á los ladrones en los altares, y perdonase á los grandes -criminales por un solo rasgo de contrición, estando á los últimos. Y -citaba _La Devoción de la Cruz_, escandalizándose de la moral relajada -de Calderón y de la Iglesia. - -Entonces surgía en la derecha un hegeliano católico, casi siempre -consejero de Estado, gran maestro en el manejo del difumino filosófico. -“Se levantaba, decía, á encauzar el debate, á elevarlo á la región pura -de las ideas”; y la emprendía con _Emmanuel_ Kant (así le llamaba), -Fichte, Schelling y Hegel, que eran los cuatro filósofos que citaba -en esta época todo el mundo, exponiendo sus respectivas doctrinas en -cuatro palabras. Los krausistas de escalera abajo replicaban, llenos -de una unción filosófico-teológica, como pudiera tenerla un _bulldog_ -amaestrado; y con estudiada preterición citaban al mundo entero, menos -á Krause, el maestro, encontrando la causa de tantos y tantos errores -como, en efecto, deslucen la historia del pensamiento humano, en la -falta de método, y sobre todo en no comenzar ó discurrir cada cual -desde el primer día que se le ocurrió discurrir, por el yo, no como -mero pensamiento, sino en todo lo que en la realidad es... - -Todo esto era hacía años, antes de irse él, Reyes, á París. Ahora, -recordando semejantes escaramuzas, y contemplando lo presente, sentía -cierta tristeza, que era producida por la romántica perspectiva de los -recuerdos. - -En aquellas famosas discusiones, en que Cristo lo pagaba todo, había á -lo menos cierta libertad de la fantasía; á veces eran aquellas locuras -ideales morales en el fondo, no extrañas por completo á las sugestiones -naturales de la moral práctica; en fin, él les reconocía cierta bondad -y cierta poesía, que tal vez se debía á no ser posible que aquello -volviese; tal vez no tenían más poesía que la que ve la memoria en todo -lo muerto. Ahora el _positivismo_ era el rey de las discusiones. Los -oradores de derecha é izquierda se atenían á los hechos, agarrados á -ellos como las lapas á las peñas. Aquello no era una filosofía; era un -_artículo de París_, la cuestión de los quince, ó el acertijo gráfico -que se llama “¿dónde está la pastora?” Caballeros que nunca habían -visto un cadáver hablaban de anatomía y de fisiología, y cualquiera -podría pensar que pasaban la vida en el anfiteatro rompiendo huesos, -metidos en entrañas humanas, calientes y sangrando, hasta las rodillas. -Había allí una carnicería teórica. Las mismas palabras del tecnicismo -fisiológico iban y venían mil veces, sin que las comprendiera casi -nadie; el individuo era el protoplasma, la familia la célula, y la -sociedad un tejido..., un tejido de disparates. - -Antonio, muy satisfecho en el fondo de su alma, porque penetraba -todo lo que había de ridículo en aquella bacanal de la necedad -libre-pensadora, se levantó de su butaca azul y salió á los pasillos, -dejando con la palabra en la boca á un medicucho, que había aprendido -en los manuales de Letourneau toda aquella masa incoherente de datos -problemáticos y casi siempre insignificantes. - ---¡Tontos, todos tontos!--pensaba: y una ola de agua rosada le bañaba -el espíritu. Ya no se acordaba de Rejoncillo, ni de Reseco; la -sensación de una superioridad casi tangible le llenaba el ánimo; sí, -sí, era evidente; aquellos hombres que quedaban allí dentro dando voces -ó escuchando con atención seria, algunos de los cuales tenían fama de -talentudos, eran inferiores á él con mucho, incapaces de ver el aspecto -cómico de semejantes disputas, la necedad hereditaria que asomaba en -tamaño apasionamiento por ideas insustanciales, falsas, sin aplicación -posible, sin relación con el mundo serio, digno y noble de la realidad -misteriosa. - -En los pasillos también se disputaba. Eran algunos jóvenes que, sin -sospecharlo siquiera Reyes, despreciaban las disputas de la sección. -Hablaban también de filosofía, pero no tenía nada que ver su discusión -con la de allá dentro: éstos habían venido á parar á la cuestión de -si había ó no metafísica, á partir de la última novela publicada en -Francia. Antonio se acercó al grupo, y no estuvo contento mientras notó -alguna originalidad y fuerza en la argumentación. Un joven moreno, -pálido, de ojos azules claros y muy redondos, soñadores, ó por lo -menos distraídos, hablaba con descuido, sin atar las frases, pero con -buen sentido y con entusiasmo contenido. - ---¿Quién duda, señores, que, en efecto, el positivismo ha de ir... no -digo que sea en este siglo, ¿eh? pero ha de ir poco á poco..., vamos, -modificándose, cambiando, para acabar por ser una nueva metafísica?... - ---Esa tendencia ya aparece en algunos escritores--, dijo otro, pequeño, -rubio, vivaracho, de lentes, que gesticulaba mucho, y al cual el -moreno, el distraído, oía con atención cariñosa. Siguió hablando -el chiquitín de escritores alemanes modernísimos que repasaban la -filosofía de Kant, y la de Fichte, y la de Hegel para ver de encontrar -en ella bases nuevas de una metafísica que había que construir á todo -trance. - -Entonces Reyes sonrió con disimulado desprecio, satisfecho, y se apartó -también de aquel grupo. Al fin había encontrado lo que quería. “También -aquéllos disparataban; creían en resurrecciones metafísicas; ¡bah!, -tontos como los otros, como los positivistas de café, como los pobres -diablos de allá dentro, aunque no lo fueran tanto.” - -Salió del Ateneo. El cielo se había despejado; los últimos nubarrones -se amontonaban huyendo hacia el Norte; las estrellas brillaban como si -las acabaran de lavar; una poesía sensual bajaba del infinito oscuro. - -Reyes comparó al Ateneo con el cielo estrellado y salió perdiendo el -Ateneo. Debía estar prohibido discutir los grandes problemas de la vida -universal, sobre todo cuando se era un _cretino_. Las estrellas, que -de fijo sabían más de esas cosas sublimes que los hombres, callaban -eternamente; callaban y brillaban. Reyes, en el fondo de su alma, se -sintió digno de ser estrella. - -Bajó la calle de la Montera. El reloj del Principal dió las diez. Una -mujer triste se acercó á Antonio rebozada en un mantón gris, con una -mano envuelta en el mantón y aplicada á la boca. Él la miró sin verla, -y no oyó lo que ella dijo; pero una asociación de ideas, de que él -mismo no se dió cuenta, le hizo acordarse de repente de su aventura -iniciada. Regina Theil estaba en Rivas. ¡Oh! ¡el amor, el galanteo! -Un temblor dulce le sacudió el cuerpo. Á dos pasos tenía un coche de -punto. El cochero dormía; le despertó dándole con el bastón en un -hombro, montó y dijo al cerrar la portezuela: - ---¡Á Rivas, corre! - - - VII - -La berlina, destartalada, vieja y sucia, subió al galope del triste -caballo blanco, flaco y de pelo fino, por la cuesta de la calle de -Alcalá. Antonio, en cuanto el traqueo de las ruedas desvencijadas -le sacudió el cuerpo, sintió una reacción del espíritu, que le hizo -saltar desde el deleite casi místico de la vanidad halagada en su -contemplación solitaria, á una ternura sin nombre, que buscaba alimento -en recuerdos muy lejanos y vagos. Era una voluptuosidad entre dulce -y amarga esforzarse en estar triste, melancólico por lo menos, en -aquellos momentos en que el orgullo satisfecho le gritaba en los oídos -que el mundo era hermoso, dramática la vida, grande él, el hijo de su -padre. El run, run de los vidrios saltando sobre la madera, el ruido -continuo y sordo de las ruedas, le iban sonando á canción de nodriza; -gotas de la reciente tormenta, que aún resbalan en zig-zag por los -cristales, tomaban de las luces de la calle fantásticos reflejos, y con -refracciones caprichosas mostraban los objetos en formas disparatadas. -Un olor punzante, indefinible, pero muy conocido (olor de coche de -alquiler lo llamaba él para sus adentros), le traía multitud de -recuerdos viejos; y se vió de repente sentado en la ceja de otro coche -como aquél, á los cinco años, entre las rodillas de un señor delgado, -que era su padre, su padre que le oprimía dulcemente el cuerpecito -menudo con los huesos de sus piernas flacas y nerviosas. ¡Qué lejos -estaba todo aquello! ¡Qué diferente era el mundo que veía entre sueños -de una conciencia que nace, aquel niño precoz, del mundo verdadero, el -de ahora! - -Las rodillas del padre eran almohada dura, pero que al niño se le -antojaba muy blanda, suave, almohada de aquella cabeza rubia, un poco -grande, poblada de fantasmas antes de tiempo, siempre con tendencias á -inclinarse, apoyándose, para soñar. - -Reyes atribuía á los recuerdos de su infancia un interés supremo; -conservábalos con vigorosa memoria y con una precisión plástica -que le encantaba; los repasaba muy á menudo como los cantos de un -poema querido. Como aquella poesía de sus primeras visiones no había -otra; desde los seis años su vida interior comenzaba á admirarle; su -precocidad extraordinaria había sido un secreto para el mundo; era un -niño taciturno, que miraba sin verlas apenas las cosas exteriores. - -La realidad, tal como era desde que él tenía recuerdos, le había -parecido despreciable; sólo podía valer transformándola, viendo en ella -otras cosas; la actividad era lo peor de la realidad; era enojosa, -insustancial; los resultados que complacían á todos, le repugnaban; -el querer hacer bien algo, era una ambición de los demás, pequeña, -sin sentido. De todo esto había salido muy temprano una injusticia -constante del mundo para con él. Nadie le apreciaba en lo que valía; -nadie le conocía; sólo su padre le adivinaba, por amor. En la escuela, -donde había puesto los pies muy pocas veces, otros ganaban premios -con estrepitosos alardes de sabiduría infantil; él entraba, los pocos -días que entraba, llorando; érale imposible recordar las lecciones -aprendidas al pie de la letra; sabíalas mejor que los otros, estaba -seguro de comprenderlas y el maestro siempre torcía el gesto, porque -Antonio tartamudeaba y decía una cosa por otra. En las reuniones -de familia, donde se celebraban improvisados certámenes de gracias -infantiles, el chico de Reyes siempre quedaba oscurecido por sus -primitos, que saltaban mejor, declamaban escenas de Zorrilla y García -Gutiérrez, recitaban fábulas y tenían _salidas_ graciosas. Se acordaba -como si fueran de aquel instante, de los elogios fríos, de los besos -helados con que amigos y parientes le acariciaban por complacer á su -padre, que sonreía con tristeza y siempre acudía después de los otros á -calentarle el alma con un beso fuerte, apretado y con un estrujón entre -las rodillas temblonas y huesudas. Su padre comprendía que los demás no -encontraban ninguna gracia en su hijo. Á los dos se les olvidaba pronto -y la familia entera se consagraba á cantar las alabanzas del diablejo -de Alberto, del chistosísimo Justo, de Sebastián el sabio, que á los -siete años anunciaban seguras glorias de la familia de los Valcárcel. - -Emma Valcárcel se llamaba su madre. - -La imagen de aquella mujer flaca, enferma, de una hermosura arruinada, -que jamás había visto él en su esplendor de juventud sana y alegre, -llenó el cerebro de Antonio. Este recuerdo fué un dolor positivo; no -tenía la triste voluptuosidad alambicada de los otros. - -“¡Mi madre!...” dijo en voz alta Reyes; y apoyó la cabeza en la fría y -resquebrajada gutapercha que guarnecía el coche miserable. Encogió los -hombros, cerró los ojos y sintió en ellos lágrimas. El ruido de los -cristales y de las ruedas, más fuerte ahora, le resonaba dentro del -cráneo; ya no era como canto de nodriza; tomó un ritmo extraño de coro -infernal, parecido al de los demonios en _El Roberto_. - - - NOTAS: - -[2] La novela _Su único hijo_ ha sido ya publicada y forma el -tomo segundo de estas obras completas; de _Una medianía_, que iba -á ser continuación de la anterior, tan sólo ha escrito Clarín el -presente fragmento. No obstante hallarse incompleto (lo mismo que -el cuento _Feminismo_, del que no se publicó más que lo reproducido -anteriormente), creemos que debe figurar en este tomo, en la seguridad -de que el público lo encontrará interesante. - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DOCTOR SUTILIS *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. 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