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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: Paisajes Argentinos - -Author: José María Salaverría - -Release Date: January 29, 2021 [eBook #64418] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at - http://www.pgdp.net (This file was produced from images - available at The Internet Archive) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK PAISAJES ARGENTINOS *** - - - - - PAISAJES ARGENTINOS - - _OBRAS DEL AUTOR_ - - - =El perro negro.= (Ensayos) - - =Vieja España.= (Impresión de Castilla, con un prólogo de Pérez - Galdós) - - =Nicéforo el bueno.= (Novela) - - =La Virgen de Aranzazu.= (Novela) - - =Tierra Argentina.= (Viajes) - - =La sombra de Loyola.= (Ensayos) - - =A lo lejos.= (Ensayos) - - =Cuadros europeos.= (Viajes) - - =Espíritu ambulante.= (Ensayos) - - =La afirmación española.= (Estudios sobre el pesimismo español y los - nuevos tiempos) - - =El muchacho español.= - - =El poema de la Pampa.= (Martín Fierro y el criollismo español) - - - - - _JOSÉ Mª. SALAVERRÍA_ - - PAISAJES - ARGENTINOS - - [colfón] - - GUSTAVO GILI, EDITOR - UNIVERSIDAD, 45: BARCELONA - MCMXVIII - - - ES PROPIEDAD - - TIPOGRAFÍA LA ACADÉMICA - - -_Este libro, que la amistad del editor don Gustavo Gili me ha instigado -a publicar, está formado de partes variadas en las que alternan -recuerdos de viajes por los sitios más pintorescos y grandiosos de la -Argentina, y sensaciones e ideas de aquel Buenos Aires donde he pasado -tres años bien curiosos de mi vida._ - -_El Sr. Gili, como creador que ha sido de la Cámara del Libro Español, -sustenta el principio ético-editorial de una verdadera comunión de -intereses hispanoamericanos, y piensa que todo editor tiene el deber de -ensayar la publicación de libros americanistas en España, y dar a -conocer en la Península las cosas e ideas americanas._ - -_Algunas páginas de esta obra fueron escritas antes de que la guerra -arrojase su crisis y sus agobios sobre tantos países del mundo._ - -_Tal vez la exaltación arrogante y un poco excesiva de los pueblos del -Plata se haya contenido algo a causa de la crisis universal, lo que -haría aparecer a ciertos pasajes del libro como no reflejando fielmente -los caracteres de aquella vida. Pero cualquier crisis es pasajera en el -Plata, y lo permanente y característico es el tono peculiar de vida que -estas páginas intentan reflejar._ - -_A los amigos de allá, a la nación Argentina siempre recordada, va -dedicado el libro como una ofrenda._ - - - - -I - -EN EL RÍO URUGUAY - - -La belleza de navegar - -Uno de los más grandes tormentos que pueden asaltarle al hombre es la -necesidad de permanecer inmóvil en un sitio. El hombre sedentario es -como un árbol o como un pilar clavado en tierra. Por el contrario, ¡qué -bello es viajar! El mundo es ancho, es hermoso, está lleno de -curiosidades; el mundo, además, lo hicieron indudablemente para que el -hombre lo recorriera. ¡Ya nos quedará tiempo después, cuando la hora -amarga llegue, de permanecer inmóviles, bien inmóviles y resignados, -debajo de una losa de piedra! - -Es bello viajar; pero todavía es más deseable el navegar. La navegación -conserva aún el picor sugestivo de las antiguas emociones errantes, y -aunque no vayamos ahora, como en los tiempos de Ulises, ni tan siquiera -como en los de Colón, embarcados en alígeras carabelas por los remotos -mares desconocidos, sin embargo, al pisar la cubierta de un barco de -vapor, sentimos un cosquilleo particular en el alma. El mar se mantiene -siempre en su puesto arrogante. ¡El mar sigue siendo una cosa seria! Por -eso la navegación nos reserva aún un especial encanto: el encanto del -peligro. - - -La grandeza del río - -He hablado del mar con alguna precipitación. Porque, en realidad, las -aguas que surca este barco no son salobres, ni verdes, ni azules. Esto -no es el mar, seguramente; no es más que el río de la Plata, con sus -aguas dulces, turbias, lisas y superficiales. Pero con un poco de -esfuerzo imaginativo, el río de la Plata puede suplantar al Océano: un -Océano canicular, ecuatorial, de calma chicha. - -Por otra parte, esas aguas que miradas de cerca se nos representan de un -color tan sucio, contempladas desde lejos recuerdan bastante bien la -lontananza atlántica. El Río de la Plata debe mirarse a conveniente -distancia, como las pinturas escenográficas: entonces se da un efecto -muy aceptable de alta mar azul. - -Tampoco hay que mirar muy prolijamente el vapor. Ya se sabe que es un -buque limitado, de ruedas y de falsa quilla; pero cerrando los ojos a -ciertos detalles, el viajero puede lograr una perfecta ilusión de buque -transatlántico. Hasta nos apoya la aparición en medio de la inmensa -agua, de una costa remota, una isla, una playa. Es como cuando se navega -en la mar abierta y súbitamente surge el encanto de la costa deseada. - -Sólo que aquí, en nuestro caso, la costa se complica con exceso. No es -una costa la que aparece, sino dos. Y estas dos costas van -estrechándose, poco a poco, hasta formar dos riberas fluviales. Sí: -estamos en un río. La ilusión del mar se desvanece del todo y nos -resignamos a la idea de que navegamos por un río. - -Este es el río Uruguay. El vapor de ruedas lo enfila con entusiasmo, -corriente arriba, a toda marcha. ¡Ancho, soberbio, generoso río de aguas -calmas! Es el gemelo del Paraná: los dos hermanos vienen a verter sus -caudales inmensos en la majestad del Plata. Ayer mismo, en sus márgenes -selváticas tendía el indio su arco, amenazando al cauteloso tigre; hoy, -en su lugar, el caballero pastor acosa a las reses pacíficas; mañana se -levantarán ciudades populosas e innumerables. Porque nada es tan -propicio a la civilización como un río caudaloso. Las grandes -civilizaciones han nacido al favor de las corrientes fluviales, como la -babilónica, la egipcia, la brahmánica. Y un gran río suele ser siempre -el compañero de una gran ciudad. Nadie se explicaría la magnificencia de -Menfis o de Tebas sin el Nilo opulento, ni concebimos la existencia de -Babilonia sin el riego bienhechor del Eufrates. Hasta tal punto, que -casi hallamos cuerda la célebre frase gedeónica: «Bendigamos a la -providencia que hizo pasar un gran río junto a cada gran ciudad.» - - -Las islas - -En algunos momentos de esta navegación encantada yo desearía suplicarle -al capitán del barco: Señor, vire un poco hacia tierra; déjeme -desembarcar y siga después adelante. - -Me asalta este deseo cuando surge ante los ojos, en el centro del ancho -río, una isla poblada de maleza. Disculpadme: siento un infantil -sentimentalismo al ver las frondosas islas de los ríos americanos. Se -opera en mí, en tal momento, una regresión inevitable, un salto atrás, -una vuelta hacia los días crédulos de la infancia. Viendo las islas de -los ríos argentinos me achico, me empequeñezco, me convierto en un -muchachito quimérico. Y el estado de mi espíritu entonces es el mismo -que cuando tenía diez años. - -Me veo sentado ante una mesa, con las piernas colgando y el ceño -fruncido al imperio de una reconcentrada atención. Tengo un libro en la -mano. Es cualquiera de los mágicos libros que escribió aquel bondadoso -hombre llamado Julio Verne, el escritor que más ha espoleado las -imaginaciones infantiles. Sí; al descubrir las islas frondosas, -surgiendo de las plateadas aguas del gran río, yo no soy el hombre -actual, de bigote lacio y frente científica; soy, al revés, un muchacho -crédulo que lee una novela de Julio Verne. - -Y una vez más, como en los años antiguos, se me despierta la ambición de -echar pie a tierra, tomar posesión de una de estas islas y hacer vida -robinsoniana. Antiguamente, cuando me dormía sobre las páginas del libro -estimado, soñaba que era un navegante, un descubridor... ¿Existe entre -los niños americanos la obsesión de los descubrimientos? Tal vez no; -ésta debe de ser una manía europea, un atavismo de las razas anteriores, -aquellas que se lanzaron en un momento dado a descubrir islas y -continentes por todo el mundo, cuando los mares parecían abrirse en una -fantástica cosecha de archipiélagos perfumados. - -Hoy también, igual que en los años mozos, delante de una isla me siento -descubridor y conquistador. Quisiera desembarcar, y vivir allí -novelescamente. Construir una choza. Subir a la copa de los árboles para -recoger los frutos exóticos. Cobijarme a la sombra de una palmera. Cazar -aves de plumas repintadas. Buscar al tigre entre la maleza y matarlo de -un certero tiro. Pescar peces policromos. Oír la voz musical de los -pájaros. Asistir a la gloriosa asunción de la luna sobre los bosques. Y -emocionarme con los peligros, sorpresas y épicos trabajos de la -naturaleza virgen... - -Pero el vapor pasa de largo, y las islas, una a una, van quedándose -atrás. En ellas podría un hombre vivir una vida libre, sencilla e -intensa a la vez, lejos de las leyes y pragmáticas de la sociedad, solo -ante la naturaleza, dueño de su destino, feliz y rico en su pobreza -aparente, con abundancia de peces, pájaros, aire, sol, claros paisajes. -Pero las islas pasan y yo no me atrevo a desembarcar. Me ha estropeado -la civilización. - - -Las goletas - -De repente, en un recodo del río, se descubre una goleta sin velas, -atracada a la costa. ¿Qué hace ahí esa goleta? La costa es desierta, y -está poblada de bosque; el barquito se arrima a la arboleda, como si -quisiera cubrirse y esconderse. - -¿Qué hace ahí ese barco? No hay muelle, ni puerto, ni pueblo, ni -siquiera una mala casucha. El lugar no puede ser más desolado. Y otra -vez entra en acción la fantasía novelesca. Ahora son las novelas de -Mayne Reid las que reviven en la memoria. Y reanudo en seguida las -lecturas de los diez años, tremendas lecturas en que un barco -filibustero se arrimaba a las costas tropicales, o subía por la -corriente del Missisipí, del Orinoco, y los piratas, al abrigo de la -selva, sorprendían un poblado, se llevaban cautivas las mujeres, se -reembarcaban y huían por los vericuetos inexplorados de los -archipiélagos... - - -La calma tórrida del mediodía - -En la hora central del día, el río se convierte en una lámina de plata. -No se mueve ni un pliegue de aire. La atmósfera duerme su siesta. - -Si no fuera por la máquina del buque, el silencio sería total. El buque, -sin embargo, no cesa: las dos ruedas potentes arañan el agua, la -sacuden, y el río se riza con olas oblicuas, largas, como las varillas -simétricas de un abanico. - -Duermen los bosques de la orilla, duerme el aire, todo está inmóvil. -Bajo la pereza del mediodía, el barco resbala sobre el río. Y allá -lejos, en lo alto de las colinas, las palmeras aisladas, derechas, -quietas, aparentan la suma expresión de la molicie, con sus palmas -curvadas hacia el suelo, indolentemente. Entre dos palmeras, ¡qué bien -se tendería una hamaca, y se dormiría allí, al arrullo de los -moscardones sonsoneantes! - -Todo está hablando alrededor de cosas lejanas, de vidas diferentes, de -primitivismo. Unas pocas horas han bastado para alejarnos enormemente -de la civilización y del europeísmo. Lo que nos rodea tiene sabor -americano, pero de americanismo legendario. Parece que nos separan miles -de leguas de las ciudades, y que Buenos Aires se ha retirado muy lejos, -pero muy lejos. - -De tal modo, que el ánimo está preparado para todo fenómeno fantástico. -Si nos dijeran que un tigre ha rugido entre los cañares de la orilla, lo -consideraríamos muy natural; tampoco nos extrañaría ver avanzar una -banda de indios armados con agudas lanzas. Encontraríamos perfectamente -lógico que un barco pirata nos embistiese de proa, y que nos lanzara dos -cañonazos detonantes. - -Hasta que el sol, inclinándose al horizonte, modera su fuerza, ilumina -las cosas de costado y hace desaparecer la modorra y la tensión de la -fantasía. Entonces la luz se vuelve dorada, las sombras se alargan y -acentúan. El río adquiere matices variados. Llega la hora de la dulzura -y la melancolía, el antecrepúsculo de oro. Si el barco se aproxima a las -márgenes, pueden distinguirse los detalles de las arboledas, los -trenzados impenetrables de las lianas y la amorosa paz de algunas -ensenadas. - - -Los arroyos - -Muchas veces tienen los fenómenos sencillos la virtud de despertar en -nuestra mente complicados pensamientos. Que un arroyo desemboque en un -río, es un acto perfectamente natural; nada tiene de extraordinario, en -efecto. No obstante, la conjunción de un arroyo en un ancho río me -sugiere siempre una grave curiosidad. - -Si vemos caer un arroyo en un río, desde la parte de tierra, la cosa no -nos merece mayor atención; pero visto el fenómeno desde la parte del -río, cobra un valor simbólico muy grande. Yo veo desembocar los arroyos -en el río, y ¿podrá creérseme?: en aquel momento se me figura que estoy -al otro lado de la vida, más allá de la barrera de la muerte. En fin: -los arroyos confluentes se me representan como vidas que concluyen. - -El final de una existencia, indudablemente, no es más que eso: un acto -de caer, de rendirse, de sumirse en la extensión anuladora de las -grandes aguas. El arroyo es una vida. Su historia está repetida desde el -principio del mundo y se repetirá hasta la extinción del mundo. Como una -vida, nada más. Nacer de una fuente matriz, saltar y jugar entre las -peñas, borbotar entre los guijarrillos, correr por entre márgenes -floridas, ensancharse en el valle, ir majestuosamente por el llano: y al -final, caer humildemente en el gran río de aguas numerosas, anuladoras. -Anularse, morir. - -Los arroyos, como las vidas, ofrecen rasgos característicos en su -momento terminal. Hay arroyos trágicos, como hay vidas de tragedia. Los -que caen al mar o al río caudaloso desde una altura, en forma de -cascada, son arroyos dramáticos, inquietos y violentos, que corresponden -a las vidas trágicas de un César, de un Borgia o de un Cromwell. Otros -arroyos vierten sus aguas finales con una serena resignación; su muerte -es filosófica y austera como la de un Sócrates, o también como la de -una persona buena que ha cumplido honestamente su misión en el mundo y -entra con grave sencillez en la muerte. - -De esta última clase son los arroyos que confluyen en el río Uruguay, -arroyos tranquilos y mansos, que salen de la espesura, abren un hueco en -la maleza y entran en el río sin protestas, sin resistirse ni -espumajear: como verdaderos seres filosóficos. - -¡Oh arroyos simbólicos y representativos! Seáis vosotros el alto ejemplo -que me inspire a mí la manera de pasar, noble y decorosamente, el umbral -de aquella última hora definitiva. - - -Los hombres a caballo - -A medida que el vapor avanza, la costa se hace más abrupta. En algunos -sitios se descubren imponentes acantilados, cortados con tajo brusco -sobre el agua. El terreno es más alto, más ondulado. Se entra en la -región de las pequeñas colinas, más bien de los collados, o empleando el -vocablo territorial: cuchillas. - -En lo alto de estas cuchillas se eleva de tarde en tarde alguna casa, -alguna choza misérrima: no es raro divisar también la blancura -confortable de una estancia. Otras veces, la cumbre de estas cuchillas -está tomada por algún rebaño de novillos, quienes comen mansamente su -hierba providencial sin dignarse volver la mirada hacia el barco que -pasa. - -Pero en ocasiones suele ser un hombre el que ocupa la eminencia de esas -colinas. Un hombre montado en su caballo. Un hombre que se para en seco, -enhiesto sobre su montura, vueltos los ojos hacia la embarcación que -sube río arriba. Y ese hombre ahí parado, no sé por qué, se me figura -que vierte una mirada de antipatía hacia el rugiente barco. - -Su destino es uno, y el del barco es otro. El hombre ése representa el -pasado, mientras que el barco de vapor representa lo evolutivo, lo -revolucionario y transformador. Ese hombre sintetiza la vida fácil, -libre y romántica de la tradición pastoril. Cabalgar desde que apunta el -día, recorrer las praderas pobladas de copiosos rebaños, comer la carne -sobre la hoguera que sirvió de fogón y de abrigo, dormir bajo el manto -constelado; no inquietarse por el porvenir, sino esperar que el mismo -destino provea a nuestras necesidades; amar, cantar melancólicamente; -reñir y guerrear si es preciso, y terminar de una recta puñalada al -corazón, en una noche de contraria suerte. - -El vapor significa lo opuesto. El vapor sube por la corriente arriba, -paralelo al ferrocarril, llevando arados, ladrillos, alambres -cercadores. Representa el sedentarismo, la agricultura, la economía, la -organización municipal, la fundación de bancos, la población numerosa, -la tierra acotada, la supresión de aquella vida libre, deliciosamente -anárquica, generosamente sobria, de los confusos tiempos pastoriles. - -El hombre ese que se detiene sobre la montura de su caballo, en lo alto -de la cuchilla, siente que cada vapor que remonta el río es un nuevo -asalto a la tradición. Y lo mira pasar seriamente, llena el alma de -tristeza y de odio. - -El hombre y el vapor son enemigos por necesidad, opuestos entre sí, -mutuamente incomprensibles. El hombre a caballo no comprende la prisa, -ni el entusiasmo codicioso que lleva el vapor, porque él aprecia mucho -más el sangrante churrasco devorado en la rasa llanura, que los -suculentos manjares comidos en cerradas habitaciones. No concibe que un -hombre construya su casa con ladrillos sobrepuestos y bien ensamblados, -cuando unas tablas o unos adobes recubiertos de hierba seca, bastan para -cobijarle. Y entiende que todo lo demás sirve solamente de nudo y de -cadena. Ciertamente: cada nueva comodidad, cada seguridad nueva que nos -presta la civilización, es una nueva hipoteca que le hacemos a la -libertad personal. - -Pero de los dos adversarios, el vapor es el más poderoso. El saldrá -vencedor. Y las orillas del río se cubrirán de pueblos, de casas, de -alquerías. La belleza salvaje y solitaria de ahora, se cambiará por otra -hermosura distinta. Las aguas mansas del río reflejarán árboles -civilizados, recortados, obedientes, en lugar de las malezas -insubordinadas de ahora. Los ranchos misérrimos habrán de convertirse en -casitas pintadas, coquetonas. A la soledad majestuosa de las llanuras, -seguirán los campos labrados, cercados por setos florecidos. Niños que -van a la escuela en tropel; golpes de martillo; silbar de locomotoras; -los carros henchidos de frutas sazonadas; cantos y alborozo de las -vendimias. - -Si una poesía decrece, otra renacerá. La naturaleza no renuncia jamás a -su dominio estético, y sabe siempre ser noble, lo mismo en la grandeza -de las selvas vírgenes, que en los trabajos de los valles cultivados, de -las ciudades atareadas... - -El sol se ha puesto. Tímidamente asoman, una a una, las estrellas. El -río se vuelve negro: sobre la sombra de sus aguas, un lucero pone su -blanco punto ideal. La noche es muda, como un silencio estupefacto. En -medio de este silencio, el buque, un poco pedante, persiste en su ritmo -bronco: bum, burrum, bum. - -Octubre, 1912. - - - - -II - -LA DOCTA CÓRDOBA - - -Cuando el tren camina con más entusiasmo, a la dorada luz del sol -matutino, el viajero queda perplejo al ver que la llanura inmensa, la -abrumadora llanura argentina, se deprime bruscamente, como por efecto de -un encantamiento. Allá en el fondo de la depresión, una multitud de -casitas y ranchos sobresalen entre las arboledas. El paisaje ha tomado -repentinamente un aire rudo y enérgico. La monotonía de la llanura, la -suavidad de las líneas prolongadas hasta lo infinito, se traducen en -unos desniveles y bancales poblados de matas, bosques y zarzas. Una -población extraurbana, numerosa y típica, bulle por aquel paisaje -intempestivo. Las casitas de adobe, los ranchos de paja, asoman entre -las tunas. Y las gentes, con su color moreno y su aire netamente -criollo, evocan en la imaginación un mundo muy apartado del Buenos Aires -europeo y descolorido. Un poco más adelante, en el fondo de la -depresión, ocupando el lugar estratégico del valle, aparece Córdoba. - -Primero no se ven más que torres, sobresaliendo del semioculto caserío. -Y esas torres distintas, extemporáneas dentro de la igualdad pampeana, -son para el viajero una nota llena de simpatía, algo como un hallazgo -providencial. Porque el viajero, si es de índole un poco artística, ama -precisamente aquellas cosas que se apartan de lo común, y sobre todo las -cosas que tienen fuerza evocativa. ¿Y puede haber algo tan evocador, -como un ejército de torres levantándose sobre una ciudad histórica? En -cada torre hay un mundo de recuerdos, de creencias, de controversias o -de fanatismo: pocas cosas existen en el mundo, efectivamente, que -sugieran tal suma de ideas y contrastes como unas torres levantándose -sobre una ciudad. Y como la ciudad de Córdoba aparece a la vista del -espectador tan erizada de torres ingentes, uno se imagina bien pronto la -profundidad histórica que ha de existir en ese pueblo interior, colocado -en el mismo centro del antiguo virreinato. - -Los pueblos se dividen, como las personas, en dos categorías: hay la -categoría de las ciudades vulgares, y la de las ciudades típicas, -entonadas, de sabor propio. En seguida que el viajero penetra por las -calles de Córdoba, comprende que se encuentra en una ciudad personal y -de pronunciado carácter. - -Mientras camino por las calles, nada me impide suponer que voy vagando -por una de aquellas ciudades históricas del mediodía de España. La -multitud de iglesias, las tapias discretas de los conventos, la paz de -las calles silenciosas, el misterio de los muros viejos, por encima de -los cuales asoma un árbol florido; y en el fondo de esas calles vacías, -silenciosas, limpias, alguna ventana aislada, con su reja artística, y -colgando de los hierros de la reja una flor... Todo esto es bien -europeo, bien antiguo, y sobre todo bien español. Hasta las personas -eclesiásticas adoptan un aspecto raro. Los sacerdotes no visten como los -atildados abates de Buenos Aires, no llevan el redingot ajustado, el -sombrerillo de ala plana y breve, el bastón en la mano; este aire de -mundanidad no lo desean los sacerdotes de Córdoba. Ellos no tratan de -disimular su estado, como si se avergonzaran de vestir trajes demasiado -sombríos y demasiado anacrónicos, entre las gentes despreocupadas del -cosmopolitismo. Por el contrario, los sacerdotes de Córdoba se mantienen -fieles a la sotana, y al manteo amplio, y al sombrero ampuloso, el -clásico sombrero de «teja». Se ven también frailes de distintas órdenes, -unos con hábito pardo, otros con hábito blanco, y algunos con los dos -colores, pardo y blanco. Y pasan gravemente por las calles, sin timidez, -sin miedo a la ironía del descreído cosmopolitismo; antes más bien con -el gesto y la compostura del que se siente dentro de su legítimo feudo. -Y se ven además muchas, numerosas mujeres que visten hábitos diversos, -incomprensibles para el profano. Las hay vestidas de color marrón; otras -visten de blanco, con manto a la cabeza color azul; otras combinan el -blanco con el negro; y otras, en fin, sobre el traje rosa ponen su manto -azul celeste. El viajero queda asombrado, perplejo, ante la variedad -colorista de los hábitos femeninos de Córdoba. He ahí una ciudad que -posee en alto grado el instinto del color, tan negado a muchos pintores. - -¿Y las campanas? Desde que abandoné las costas de Europa no había yo -escuchado el son de las campanas. En Europa suenan mucho los bronces -místicos. Nuestro oído se halla como viciado por ese son un poco -lúgubre, pero también recordatorio de muchas escenas infantiles. Yo -notaba en mí cierto vacío. Pero en Córdoba he vuelto a saturarme de ese -son familiar. Las campanas de Córdoba suenan numerosas, porfiadas, a -todas horas. Vienen las campanadas de cerca, de lejos, de todos los -lados. La campana de la catedral, principalmente, suena de un modo grave -y religioso; es un son venerable, no exento de soberbia; suena con la -autoridad de algo que se siente legítimo, necesario, inseparable de la -tradición de la ciudad. Cuando la campana suena, de los pliegues y -dibujos churriguerescos que coronan la gran cúpula central surge una -bandada de palomas; las pobres palomas eclesiásticas no han podido -habituarse al tono solemne de la campana; el misticismo de las blancas -palomas cree que existe mayor dulzura religiosa en el éter azul, que en -la voz triste del bronce; y mientras la iglesia, para comunicarse con -Dios, usa la voz de la campana, las palomas levantan el vuelo, ascienden -por el aire nítido, y es como si quisieran abismarse en el azul -firmamento, regazo inmenso de Dios. - -Pero a la vez que estas cosas hablan a la imaginación de las viejas -ciudades españolas, otras cosas nos sugieren imágenes contrarias, de un -fuerte aire americano. Entrando en Córdoba es cuando el viajero llega a -entender lo que era una ciudad prócer en tiempos de absoluto criollismo. -La banda de la Argentina que da sobre el mar y sobre el ancho río, va -perdiendo, o ha perdido completamente su aspecto criollo: entre los -inmigrantes, los almacenes, los remates, los arados ingleses y las -copias de París, le han quitado a esa banda su barniz tradicional. Pero -en Córdoba hay civilización, hay trabajo, hay negocios, y sin embargo -conserva su tono tradicional. Se parece a esas personas próceres, de -largo abolengo, de fortuna pingüe y heredada, que saben recibir las -modas recientes, pero sin renunciar a sus maneras y costumbres -señoriales. - -Algo hay, sin duda, en el ambiente de Córdoba, algo que no se puede -tocar ni apenas definir, y que para ser expresado se requiere emplear la -palabra difícil, la palabra muy pocas veces lícita: la palabra señorial. -¿Qué es lo señorial? Ahí está un nombre de veras difícil. El vulgo, y -también el que no es vulgo, quiere aplicar ese nombre a cosas y personas -que maldito de Dios si lo merecen. Señorial no es lo que tiene riquezas, -como el vulgo supone; muchas personas ricas andan por el mundo que no -han tenido el menor contacto con lo señorial. Lo fastuoso tampoco es -señorial. Se pueden tener muchos trajes, muchos palacios, muchos troncos -de caballos ingleses, mucha vajilla de plata, mucha prodigalidad, y sin -embargo se puede no ser señorial. Lo señorial quiere decir noble, y -esto de noble es un compuesto de cultura, de inteligencia, de arte, de -cortesía, de bondad, de discreción, de medida, de caballerosidad, de -buen gusto, de calma, de saber limitarse, de huir de la exageración como -del diablo, de no entregarse a la última moda puerilmente, de apartarse -de lo «snob» y de conservar siempre los prestigios de su personalidad... -Me atreveré a afirmar que todos esos atributos los posee la ciudad de -Córdoba. - -Es claro que para muchos espíritus descuidados Córdoba parece un tanto -rancia; tiene un sabor provinciano, y esto hace torcer el gesto a los -cosmopolitas. Pero es menester inclinarse con respeto ante las ciudades -que no quieren sumirse en el todo igualatorio; ante los pueblos que -creen en la historia, en la personalidad nacional, en los prestigios -heredados y transmisibles. Por mi parte, no niego que me infunden gran -consideración el árbol que sobresale en el bosque, el arbusto lindo o -feo, que rompe la monotonía de un sembrado, el hombre que se atreve a -llevar un sombrero distinto a los demás, o simplemente el que tiene más -estatura, es más pequeño o tiene la calva más exagerada que los otros. -Ser distinto, en estos tiempos en que los sastres, las ordenanzas -municipales y los hoteleros se empeñan en hacernos simétricos, denota -valor y fe, y ambas virtudes son de las más altas de cuantas se ofrecen -a nuestra consideración. - -Un ejemplo de esa discreción noble, señorial, lo tenemos en la -universidad, tres veces gloriosa. La universidad de Córdoba cuenta su -vida por siglos; en sus aulas han enseñado los primeros profesores del -virreinato y de la república; en esas mismas aulas han estudiado los -obispos, los generales, los magistrados, los presidentes, los escritores -de más lustre de la nación. La vida intelectual de la Argentina, en lo -que ésta tiene de abolenga y de histórica, puede decirse que ha nacido -en los bancos de la universidad cordobesa. Otra ciudad menos discreta -hubiese dado a su universidad un aspecto ampuloso, soberbiamente -monumental; hubiera puesto una fachada rimbombante, con muchas -columnas, estatuas e inscripciones, y una suerte de molduras hechas de -cemento habrían dejado pasmado al pobre transeúnte. En Córdoba no sucede -así. La universidad de Córdoba, sin embargo de su prestigio, ofrece una -apariencia modesta. Es preciso ir a buscarla, y buscarla bien en el -recodo de una calle apartada, para dar con ella. Nada de fachadas -rimbombantes. Un frente de estilo clásico, una puerta mediana, un -vestíbulo pequeño, y eso es todo. En el centro el patio ofrece un -aspecto conventual, con su claustro de columnas de medio punto. Un -jardincillo llena el patio con sus verdores amables. Las aulas se abren -sobre el corredor del claustro, y en aquellas aulas, sobre bancos de -pino, se sientan los estudiantes. Se comprende que todo está igual, -desde muy antiguo. La universidad no ha querido abandonarse a las -locuras de la ostentación moderna. Piensa que la inteligencia no -necesita de mucho lujo para desenvolverse, y que Sócrates conversaba con -sus discípulos en mitad de la calle o a la sombra de los plátanos -clásicos. - -La simpatía es un sentimiento inefable. Nos es una cosa simpática, y el -por qué no sabemos decirlo muchas veces. De la ciudad de Córdoba -guardaré siempre un recuerdo amable. Una visita rápida, que duró dos -días, no sirve, es claro, para penetrar en el fondo de un pueblo; pero -yo prefiero atenerme a mi impresión fugaz, ya que ella es propicia. La -plaza central, tan bella y limpia; las calles bien cuidadas; las casas -discretas y elegantes; la distinción de todo, lo mismo de las piedras -que de las personas. Y el recato y silencio de las vías adyacentes, -aquellas encantadoras calles por donde no se ve transitar muchedumbres -afanosas; allí donde el reposo es tan completo que se oye distintamente -la voz de un piano interior, las risas de unas muchachas invisibles, -hasta el crujir de las hojas de los naranjos y de las adelfas que asoman -por encima de las tapias. - -De noche la ciudad se envuelve en calma y en silencio. A la hora en que -el último color del día se amortigua, cuando la luz de los luceros llena -de poesía el espacio, el aire de Córdoba tiene una transparencia, una -suave frescura, una sonoridad indecible. El rumor de las calles no -viene a turbar esa calma con su estúpido ruido. Es hora en que las -personas caminan sin prisa, con ademán negligente y desinteresado. -Entonces la ciudad entera parece sumida en descanso y en amabilidad. El -aire se hace sonoro. Las mujeres salen al balcón y sus voces animan la -calle, como un sonido que viniera de atrás, de un tiempo en que no -existían ni ferrocarriles ni periódicos. Y el aire de fin de verano se -embalsama con olor de hierbas campestres. Hay, en fin, tiempo y espacio -para mirar al cielo y para ocuparse en un trabajo tan divino como es el -de contar las estrellas del cielo. El alma se abandona a las ideas -semisueños. El alma descansa. - -Febrero, 1911 - - - - -III - -VIAJE A LAS MISIONES JESUÍTICAS - - -Paisaje civilizado - -Era una brillante mañana de primavera cuando emprendí aquella expedición -hacia los países remotos e inhabitados del interior de América (como un -conquistador que hubo de llegar demasiado tarde). - -Alma de explorador, fantasía de viajero, yo, que a los quince años -soñaba con descubrir un nuevo Amazonas, ahora podía por último lanzarme -a la aventura de la América florida, selvática y prodigiosa. No dudé en -aceptar la generosa invitación de mi amigo el señor Errecaborde, que se -dirigía al pueblo de San Javier con propósito de subastar unas cuantas -leguas de tierra. Y en compañía de dos distinguidos «rematadores», -provistos de maletas, armas y provisiones, todos juntos y en buena -disposición de ánimo emprendimos la marcha hacia el territorio de las -Misiones. - -Plana y verde, sembrada de quintas y de «chacras», la fértil llanura de -Buenos Aires tendía al paso del tren su opulencia agricultora. Aquel -país monótono y civilizado no era todavía el mundo salvaje y novelesco -que mi imaginación deseaba. Pero más allá del pueblo de Zárate comenzó -la decoración a complicarse. El tren se trasladó todo entero a un «ferry -boat» que lenta y suavemente nos puso en la otra margen del río -Paraná... Y mientras cruzaba las aguas parduscas y tranquilas del ancho -río, mis ojos pudieron admirar los primeros signos del paisaje indiano; -ceibas de encarnada flor, bosques de caña «tacuara», y unas palmeras a -lo lejos, flotando sobre las malezas de los campos anegadizos. - - -Empieza el exotismo - -Salió el tren del «ferry boat» y recuperó el dominio de los carriles. Y -se lanzó a la carrera por las soledades de la provincia de Entre Ríos, -patria de hombres valientes, hábiles en el manejo de la lanza y del -cuchillo cuando las «montoneras» y las guerras civiles conmovían -continuamente el territorio del Plata. Cruzábamos un paisaje denso y -austero, solitario y noble, que por estar moteado de pequeñas y -onduladas lomas, por la vastedad religiosa y por los grupos de árboles -parecidos a encinas, me recordaba mucho el grave paisaje castellano. - -Vino la noche, divinamente sembrada de estrellas, y el aire, al paso del -tren, nos traía vagos presagios del Trópico. A veces, en la pausa de una -estación, veíamos volar las mágicas luminarias de las luciérnagas. -Perfumes dulces y pesados, de magnolias y jazmines, llegaban a nosotros -desde el fondo de la llanura como ingenuas tentaciones voluptuosas. La -gente caminaba sin prisa. Los pueblos aparecían inmensamente -distanciados. De los chozos o «ranchos» del camino surgían mujeres de -piel cobriza y muelles ademanes. Los hombres, a caballo, portaban sobre -los riñones, cruzado en bandolera el largo y puntiagudo «facón» de los -famosos «gauchos»... ¡Hallábame, pues, en la verdadera América de mis -sueños! - -En el pueblo de Santo Tomé acabó la primera etapa de nuestro viaje. -Hasta entonces pudimos beneficiarnos de las comodidades y delicias de la -civilización: vagón corrido, restaurant, cama. Desde ahora empezaba la -lucha con lo desconocido y con lo indisciplinado. Ibamos a usar todos -los medios imaginables de locomoción, y tendríamos que someternos a la -cocina fantástica de las posadas, donde quiméricos cocineros italianos -nos servirían manjares incomestibles. Y dormiríamos, claro es, en la -vecindad de toda suerte de insectos. Para estas contingencias del -porvenir decidimos reposar y abastecernos en el pueblo de Santo Tomé. - -Es un pueblo amable, bastante crecido y de contornos deliciosos. Su -nombre de santo antiguo indica desde luego que fué creado por los -Jesuítas. En efecto, desde Santo Tomé, hacia las espesuras del Brasil y -el Paraguay, entre los grandes ríos Uruguay y Paraná, extendíanse las -célebres Misiones Jesuíticas, ese noble intento de una república -cristiano-comunista que dió lugar a tantas leyendas y a tan -contradictorios comentarios. - -En Santo Tomé viví dos días; no podré contar en mi vida muchos días que -sean más serenos. Una suavidad del aire, un perfume de jazmines, el -panorama del caudaloso río, y una paz de lentitud y de pereza en las -gentes... En Santo Tomé parece que las cosas esperan a alguien. Esta -espera es la misma que la del rebaño que perdiera su pastor. Los pueblos -misioneros tenían en los jesuítas su pastor. Estos eran el cerebro, la -conciencia y la voluntad, la providencia que evita el dolor y el cálculo -que previene; los sencillos indios no necesitaban pensar ni agitarse, ni -desear siquiera. Sobre sus vírgenes y sumisas naturalezas en que faltaba -principalmente la voluntad, ¡con qué alegría y entusiasmo ensayaron los -hijos de Loyola su programa cristiano-social! - - -Armados de revólver... - -En fin, partimos de Santo Tomé en un tren explorador que marchaba con un -cargamento de obreros hasta el límite de la línea. Nos acomodamos en un -furgón sin techumbre, y en esta poco sibarítica forma hicimos un -recorrido de tres horas. La línea del ferrocarril terminaba en seco en -mitad de una llanura desierta y rasa. Descendimos a tierra, y con -nosotros bajaron los obreros. - -Acababan de llegar de Europa. Eran inmigrantes novicios, reclutados en -todos los rincones de España, de Italia, de Turquía y de Rusia. Venían -deshechos, sucios, hambrientos. Al saltar a tierra formaron en grupos, y -los capataces los escogían, los distribuían de aquí para allá. En -seguida pusiéronse a encender fuego. Prepararon el «mate» y lo sorbían a -grandes tragos, mojando en la caliente infusión la dura galleta. - -Nosotros teníamos apercibida una «galera», regularmente desvencijada. -Nos instalamos allí, y a un trallazo del mayoral las mulas arrancaron a -correr por el infame camino polvoriento. Eran cuatro mulas en las varas; -otras dos iban delanteras; y a la cabeza de la tropilla, jinete en un -caballejo, marchaba un muchacho con su rebenque. - -El mayoral llevaba un cuchillo enorme cruzado a la cintura; el que hacía -de jefe o intendente de la galera mostraba un buen revólver bajo el -chaleco. Entrábamos, pues, en una comarca semidesierta, fronteriza al -Brasil y al Uruguay, nido de contrabandistas y desterrados... Mis -compañeros de viaje buscaron en sus maletas y sacaron sendos revólveres, -que prendieron de sus cinturas. Yo no tenía armas. Esta ausencia de -previsión marcial me avergonzó bastante y me dejó en situación de -manifiesta inferioridad. - -Entonces, viendo mi actitud humillada e indefensa, alguien me alargó un -revólver que sobraba. Como el revólver era de grueso calibre y yo -carecía de cinto y de funda, me ví perplejo ante aquella arma, que no -sabía en donde aposentar. Opté por guardarla en el bolsillo de la -chaqueta. - ---¡Qué hace usted, señor! Con los tumbos que da el coche, ¿no imagina -usted que se dispare y se hiera, o nos hiera a nosotros? - -En resolución, tuve que entregar el revólver a quien me lo quiso -prestar. Y puesto que tan mala maña demostraba yo para el manejo de las -armas, decidimos que mi persona era inútil en cuanto a las contingencias -de asaltos, sorpresas y bandidajes, y que mis compañeros asumían la -responsabilidad de defenderme. - -En seguida nos lanzamos por el camino polvoriento, que, a causa de ser -muy roja la tierra de Misiones, semejaba una herida palpitante y -sanguinolenta en mitad de las hinchadas colinas. - - -Un camposanto en el desierto - -Marchábamos en la galera desvencijada por aquel camino infernal, y sin -embargo del fatigoso viaje iba yo bastante alegre; porque sin mucho -esfuerzo imaginativo podía considerarme entonces como un explorador de -antaño o como un personaje de Julio Verne. - -Sentía la extraña y directa impresión de haber retrocedido muchos años -en la cuenta del tiempo. Todo a mi alrededor hablaba de cosas remotas y -antiguas, desde el arcaico tintineo de las muías hasta la soledad -primitiva y salvaje del campo. A veces el mayoral cruzaba con el -zagalillo algunas palabras en idioma «guaraní», o animaba a las bestias -con gritos de raro y gutural acento: «¡Oh, oh! ¡Perico!...», y las -mulillas trotaban valientemente haciendo crujir al coche a cada -arrancada. - -En la ondulada llanura que cruzábamos no se distinguían ni pueblos, ni -«estancias» ni campos de cultivo. De tarde en tarde descubríamos un seto -artificial, un «alambrado», y aquel cerco, símbolo de propiedad, era el -único vestigio de civilización. Algún «rancho», mísera cabaña perdida en -la vastedad, nos advertía que por alguna parte existiera gente humana. -Las enigmáticas lechuzas de circulares ojos fijos, posadas en las puntas -de los postes solitarios, miraban el paso de la galera con una -hierática o supersticiosa obstinación. Y las bandadas de cuervos volaban -lentamente sobre los descampados. - -Caía el sol de plano sobre la tierra, donde un manto de hierba escuálida -se requemaba bajo la brasa del cielo. Las nubes se abombaban en el -horizonte y hacían magníficas combinaciones de grandes masas de rosa y -blanco. El paisaje, ondulado y liso, semejaba un mar de olas pacíficas; -sólo en las encañadas y cortaduras crecían bellos grupos de árboles, -vírgenes y sin dueño, que daban fresca sombra a regocijantes y -encantadores arroyos. Fuera de estos bosquecillos, la tierra ofrecía un -ardiente color encarnado, como regada con sangre. - -Recuerdo ahora mismo la tristísima impresión que me produjo, a lo largo -de la marcha, ver de pronto surgir en aquel desierto un rudimentario -camposanto. Eran unos palos irregulares y mal reunidos, que a cierta -distancia aparentaban formas de un culto idolátrico, y que, -aproximándonos, vimos que eran efectivamente toscas cruces. Para -resguardar a los muertos de las reses vagabundas, alguien había cercado -con alambre de púas el santo lugar. Una cruz, menos tosca y más grande -que las demás, hacía allí el efecto de un pastor, o era como un espectro -macabro y piadoso que vigilaba la inseguridad y el misterio del -horizonte. Un cementerio nos entristece siempre y nos perturba. ¡Pero -aquel pobre camposanto en el desierto, tan abandonado de los vivos y tan -sin contacto con la vida! ¡Aquellos pobres muertos sin nombre, -indefensos en la soledad, temerosos en la misma muerte, abrasados por el -sol tórrido!... - - -Un pueblo de polacos - -Más adelante empezamos a descubrir frecuentes cabañas y pequeños -cultivos de maíz. Por último avistamos algunos edificios de canto y cal -y pabellones de madera. Estábamos en una colonia de polacos, llamada -Apóstoles. - -De estas poblaciones exóticas e intrusas existen bastantes en la -Argentina. Suelen formarse con rusos, judíos, polacos, galenses, y en -la inmensidad del territorio viven una vida poco próspera, estacionaria -por lo general, puesto que se componen de gentes ignorantes y de -mezquinos labriegos. La colonia que nosotros acabábamos de descubrir se -componía de polacos de la Galitzia austriaca, polacos rusos y rutenos. -Eran bastante numerosos. Cultivaban sus campos de maíz y de trigo y -pastoreaban algunas reses vacunas. Los de religión ortodoxa tenían su -«pope», y los católicos habían traído también su sacerdote de lengua -polaca. Un intendente o administrador dirigía la colonia y velaba por el -orden. Era de Varsovia; un hombre joven, rubio, de rostro fino y soñador -y mirada inteligente. - -Los pobres polacos, nacidos en la servidumbre y la ignorancia, venían, -pues, a substituir a los indios en la tierra de Misiones. Tenían éstos, -como los antiguos indígenas, una especie de fatalismo perezoso y -conformista y una inhabilidad para vivir sin la ayuda del jefe y del -pastor. Traían también la honda religiosidad de los indios. En los -cruces de los senderos, en las lindes de los sembrados, constantemente -veíamos grandes cruces votivas y protectoras. En ellas había a veces -inscripciones. Pedimos que nos tradujeran una de aquellas leyendas, y -decía: «¡Señor Dios, dadme este año una buena cosecha de maíz!...» - -Nos albergamos en una mísera posada, donde en desvencijados catres -pudimos dormir a la noche. Y tan pronto el día alumbraba, -encomendándonos a nuestros ángeles familiares, volvimos a ir dentro de -la galera por el camino de la soledad. - -Y cuando la mañana se hizo más calurosa, tropezamos con un arroyo -bastante ancho que carecía de puente y hubo necesidad de atravesar -haciendo raras gimnasias. Allí contemplé por vez primera un vehículo muy -americano, muy curioso y que, usual y único antes de la importación del -ferrocarril, ha quedado hoy constreñido a las comarcas más desviadas del -país. - -Se trataba de una «carreta». Antiguamente hacían esas «carretas» el -camino de las Pampas y eran a modo de caravanas rodantes que en viajes -lentos, peligrosos, largos de muchos meses, conducían mercaderías y -personas desde los Andes hasta el litoral del Plata. La carreta que yo -veía era grande, con un tosco armazón de madera y enormes ruedas -pesadas. Un techo de paja cubría el armatoste, dándole aspecto de cabaña -verdadera, rodante y vagabunda. Una familia brasileña viajaba en el -carro. Tres parejas de bueyes lo arrastraban, obedeciendo al aguijón de -un muchachuelo que trotaba y se revolvía constantemente, jinete en un -potro. - -Como los nómadas de la prehistoria, como los personajes de una novela, -marchando lentamente por un país suave, cruzando selvas y ríos, -durmiendo bajo las estrelladas y cálidas noches... ¡confieso que sentí -un poco de envidia por los viajeros de aquella cabaña rodadora! - -Tuve que resignarme a montar en la galera, que nuevamente nos llevó -dando tumbos por un camino cada vez más impracticable. Y así dimos vista -al pueblo de Concepción de la Sierra, precisamente la víspera de la -festividad de la Concepción. - - -Misticismo eslavo - -Tan trabajado me sentía por el penoso viaje, el polvo y el calor -tórrido, que me tendí a dormir en la posada una siesta profunda, como de -piedra. Apenas concluí de cenar, otra vez busqué la cama y me hundí en -un sueño profundo. Pero al alba me despertaron unos cohetes y un -campaneo estrepitoso. ¡Bien! El pueblo se disponía a celebrar la fiesta -de su Patrona, la Virgen de la Concepción. - -Salí pronto a la plaza, y frente a la iglesia hube de tentarme el cuerpo -para convencerme de que no dormía, de que, en efecto, yo estaba en un -pueblo de la América meridional. - -Todos los polacos del contorno habían acudido al pueblo de Concepción de -la Sierra. Llegaban en sus largos carros típicos, vistiendo a usanza de -su país; ellos con trajes gruesos y obscuros y botas altas, los bigotes -lacios y la melena hasta el hombro; las mujeres con una falda de color, -chaleco liso y camisa de mangas amplias. Los cuerpos toscos, las caras -feas y juanetudas, y un olor a grasa y sudor rancio... Pero su -impresionante misticismo les disculpaba de todas las imperfecciones -físicas. - -Al entrar en el templo, las mujeres se arrojaban de bruces y besaban el -polvo. Próximos al altar veíanse cuatro hombres, especie de acólitos -encargados de corear las palabras litúrgicas del cura celebrante. -Cantaban, pero con una voz tan triste, tan perfectamente triste, que -producía angustia. La misma rudeza de las voces aumentaba la sugestión -del canto y lo hacía más sincero y hondo. Parecía un eco que llegase de -la estepa remota, helada, infinita, o un lamento trascendental y místico -que interpretase el doloroso anhelo de la melancólica raza eslava... - -Salí de la iglesia con un hipo de dolor, y busqué en el aire encendido y -brillante una compensación aliviadora. Los zorzales, en los patios -sombrosos, modulaban sus ternezas amatorias; y los jazmines llenaban con -su perfume voluptuoso el ambiente quieto y cálido. - -Pero un campaneo desenfrenado rompe a sonar; todo el pueblo acude a la -plaza. Está saliendo la procesión por la puerta de la iglesia. Tiene -esta procesión un sabor raro, original, maravilloso. El ambiente es -luminoso y tropical, mientras que los personajes vienen ataviados a la -usanza rusa; y de esta unión estrambótica surge el efecto más -inverosímil. - -No traen más imagen que la de la Virgen; toda está rodeada de flores. El -honor de escoltar a la Virgen se lo han adjudicado las mujeres del -pueblo, y algunos paisanos del contorno, con sus bombachas nuevas y la -gran espuela calada, se reservan el derecho de llevar las andas. Los -polacos, privados de todo honor, se resignan a escoltar la imagen, -humildemente. No pueden ellos cargar las andas ni tocar la imagen; pero -como perros fieles, como rendidos siervos, rodean el objeto amado y lo -miran con ávidos ojos. Descubiertos como van, el sol misionero les hiere -en los cráneos y hace rebrillar sus cabelleras rubias, aceitosas. Y se -achicharran dentro de sus capotes de paño grueso. Las mujeres tiran y -arrastran a sus pequeñuelos. Los más ancianos siguen al cortejo montados -en sus carros. Van cantando. - -Cantan una triste, una desgarradora melopea. El canto se extiende por la -plaza y llena el pueblo entero. Parece una voz antigua y remota que -viene a saludar a un amigo. Al conjuro de aquel canto religioso, yo no -sé qué raras interpretaciones se entremezclan en mi espíritu. Me figuro -que las voces cristianas de los polacos llaman a las almas de los indios -que allí residieron un día y que dispersó la fatalidad. En aquella misma -plaza de Concepción de la Sierra, dos siglos antes habían pasado los -indios guaraníes, rodeando la imagen de la Virgen. Un jesuíta, revestido -de su pompa eclesiástica, los dirigía, dándoles la pauta del canto. Los -indios fueron aventados, y ahora, pasados los siglos, otros hombres -indefensos forman en rebaño y piden a Dios, con místicos clamores, la -firmeza y la felicidad que sus pobres almas inseguras no saben -procurarse en los azares y las luchas de la vida... - - -Ruinas en la selva - -Habíamos salido del pueblo de la Concepción en medio de un diluvio -relampagueante. De estas tormentas aparatosas no es conveniente hacer -mucho caso en los países próximos a la zona tropical. En efecto, muy -pronto nos vimos otra vez bajo un sol abrasador y un cielo brillante, -con el espectáculo de una naturaleza recién lavada y rica en primores de -color. - -Para almorzar más a placer (galleta dura y cecina criolla) nos -refugiamos en un bosque. Ya no se trataba de un simple grupo de árboles, -como los que antes habíamos visto; aquello era la «selva», interminable -y profunda, inexplorada y misteriosa; la selva virgen que avanzaba hacia -el Paraguay y el Brasil, con sus tigres y sus sorpresas. - -El mayoral del coche nos dijo: - ---Ahí en el bosque hay un pueblo jesuítico; pueden verlo, porque está -cerca. - ---¿Un pueblo de las antiguas misiones jesuíticas?... - ---Sí, señor. Por esa «picada» es el camino. Se llama Santa María Mártir. - -Me apresuré a internarme en la selva por una «picada», o sea un camino -abierto en la espesura. A los pocos minutos me hallé frente a una -maravilla arqueológica, mudo de sorpresa, de admiración. - -Oprimida y sofocada por la frondosidad del bosque, descubrí una plaza -rectangular, grande como de cien metros de lado. Allí podía comprobarse -la forma que adoptaban los misioneros para construir sus ciudades. En -uno de los lienzos de la plaza levantaban la iglesia, el convento y el -almacén; en los otros lados se hallaban las dependencias más -importantes, las habitaciones de los jefes y de los caciques, y los -talleres comunales, que surtían de cosas al «falansterio» místico y -tributaban riquezas a la Compañía. - -La plaza tenía un pórtico corrido, apto para guarecer a las gentes del -sol o de las tormentas. Esta disposición de las poblaciones misioneras -estaba a mis ojos claramente expuesta; las ruinas sufrieron poco, los -hombres no se habían llevado los sillares para construir tapias ni -chozas; la misma bravura del bosque defendía la muerta ciudad de la -barbarie o inconsciencia humana. - -Dos lienzos de la plaza conservábanse en pie, hasta la altura del primer -piso; los pilares, cuadrados y de sencillos capiteles, permanecían -erguidos aún. En el centro de la plaza asomaba la boca de un profundo -pozo, que se comunicaba con un subterráneo cuya boca quedaba abierta en -un muro lateral, de proporciones ciclópeas. - -Dentro del muro ciclópeo, capaz de resistir la furia de un cañón, -contemplé una especie de nicho, resto de capilla o de celda. Sobre un -altar improvisado, una imagen de la Virgen mantenía aún en sus brazos al -Niño, que la injuria del tiempo había maltratado, cortándole los brazos -y las narices. - -Después los macizos muros se desprendían de la plaza céntrica y -alejábanse en varias direcciones, hasta perderse y desaparecer -bruscamente, como indescifrables interrogaciones en el misterio de la -selva. Nada tan extraño e imponente como aquellos muros decapitados, -hechos de grandes sillares rojos, ocultos en la sombra de los inmensos -árboles enlazados por las lianas. Una impresión del soñado Indostán se -avivaba en mi mente, y me figuraba asistir al espectáculo de las raras -arquitecturas místicas en los bosques del Ganges... - -Cuando me alejaba, una cotorra pasó chillando sobre mi cabeza. El fruto -de los naranjos comenzaba a sazonar. Eran unos naranjos silvestres, -nobiliarios y perseverantes, hijos de aquellos otros que los misioneros -importaron y cultivaron. Uno tras otro, los árboles de fruto de oro iban -sucediéndose en el secreto de la selva, como tácitos transmisores de la -tradición. Bajo la sombra de los naranjos, los cándidos indios guaraníes -sesteaban después de la labor reglamentaria. Trabajaban para el común; -nadie tenía propiedad individual; vivían acuartelados con una -distribución inteligente y suave de todas sus horas. Dirigidos por los -misioneros, gobernados por los caciques de su propia raza, tenían -limpios trajes de algodón, impresionantes y poéticas fiestas religiosas, -procesiones, luminarias, bailes y ceremonias, tan caras a la imaginación -del indio. - - -El confín del mundo - -En fin, nuestro pintoresco y laborioso viaje hubo de llegar a su -término, y una tarde, efectivamente, penetramos en un pueblo que se -llama, si no falla mi memoria, Itacaruaré. En aquel pueblo radicaban las -extensas tierras cuya subasta íbamos nosotros a realizar. - -Yo no he visto en toda mi vida un pueblo más extraño como el de -Itacaruaré. Era pueblo, pero al mismo tiempo carecía de realidad. -Existía de hecho, pero no de derecho... En suma, era un verdadero pueblo -americano, ligeramente fantástico, algo cómico por su duplicidad de cosa -efectiva y no existente, y sin embargo admirable como una concepción de -Walt Whitman. - -En la extensión inhabitada de la selva, gentes del Brasil y de la -Argentina habían hecho su nido. Hoy era un italiano que, subiendo desde -las provincias pobladas del Sur, estimaba bueno establecerse en aquel -ángulo desierto del mundo; después era un sueco o un alemán, que -abandonando los estados vecinos del Brasil tomaban posesión de un trozo -de selva; o era un español, un sirio, un judío de la Besarabia, un ruso -de Crimea, un croata, un francés, un irlandés los que llegaban a -establecerse. Cuantos hombres de diverso origen vagan y pululan por -aquellas naciones de inmigración, aportaban alguna representación al -pueblo novato de Itacaruaré. - -Como el territorio estaba abandonado y la selva era grande, cada nuevo -colono escogía un pedazo de país, quemaba los árboles, y sobre la tierra -virgen y fértil plantaba tabaco, arroz, legumbres. Si la tierra se -fatigaba, no había más que incendiar un nuevo trozo de selva y plantar -en terreno virgen, fecundo. En seguida acudieron algunos comerciantes. -Los colonos, poco a poco, se asociaban más estrechamente, contrataban un -maestro y una maestra, establecían un Ayuntamiento rudimentario y daban -a su ciudad la consistencia de un organismo civilizado... - -Yo me admiraba de ver aquel fenómeno de espontaneidad cívica, operado -con gentes tan contrarias y diversas, en quienes no había nada de -común, ni la religión, ni la raza, ni las tradiciones. Sólo les unía el -destino, la identidad de intereses, y una aspiración de crearse una -«estirpe». Aventureros de Europa, piedras rodantes, traqueteados en las -aventuras y los fracasos, con las vidas truncadas, ¡ahora querían -«construirse» su vida, fundar una casa, una familia, una propiedad, una -patria!... - -Pero entonces, cuando llegaban al triunfo de sus afanes, ¡he ahí que se -entrometía la Ley! Ellos habían «creado» su propiedad, su casa, su -campo, su huerto, su familia; pero en Buenos Aires, unos hombres severos -oponían unos papeles sellados, en los que se decía que los campos de -Itacaruaré no eran de sus pobladores, sino de otro señor... - -Afortunadamente, este señor, propietario de derecho, iba dispuesto a la -concordia y a ser generoso con aquellos bravos «pioneers». - -Antes de llegar a la vista del pueblo, los colonos de Itacaruaré -formaron una nutrida cabalgata y salieron a saludarnos al camino. Desde -lejos comenzaron a disparar cohetes. - -Nos recibieron a caballo en dos filas, muy galantemente, rodeando -nuestro coche en actitud de respetuosa escolta. Venían todos armados con -cuchillos y grandes revólveres, sin duda porque no pudieron todavía -contratar algunos gendarmes. Cada uno era el guardia y el juez de sí -mismo... - -¡Ah! ¡Episodio romántico y novelesco, caído en mitad de mi vida como un -premio a mis largas y fervorosas aspiraciones adolescentes! ¡Qué aroma -de primitivismo, qué ráfaga de plena naturaleza llenó entonces mi alma, -en aquel rincón del mundo donde confluía la selva virgen y la -civilización naciente! ¡Qué ruda franqueza en las vidas de aquellos -hombres, cuyo pasado estaría tal vez moteado de raras aventuras, de -tragedias íntimas, quién sabe si de crímenes!... - -Noviembre, 1909. - - - - -IV - -LOS ANDES - - -El mundo muerto - -Cuando un viajero de mediana cultura atraviesa los Andes por primera -vez, irremediablemente le asaltará una idea admirativa. Considerará -asombrado la suma de valor y de persistencia ideal que fué necesaria -para traspasar esas ingentes montañas con los recursos primitivos de los -conquistadores. - -Pero aquello fué antes, en los tiempos del heroísmo; actualmente el -ferrocarril conduce al hombre sin mayores peligros materiales por la -sinuosidad de las barrancadas, de un lado al otro de la cordillera. El -peligro material ha desaparecido. Pero queda el otro peligro de la -imaginación. ¿Has preguntado por la razón de este nuevo peligro, -lector?... Pero este es un peligro familiar a todas las cabezas algo -desvaídas. - -Hay un peligro en los Andes, indudablemente. Sentir que de dentro del -ser, pero de lo más íntimo del ser, fluyen arrebatadamente ideas y -sentimientos extraños; sentir que el orden de los razonamientos -cotidianos se invierte, como se invierte la aguja magnética de los -marinos en determinados climas; sentirse, en una palabra, propenso a -enloquecer, ¿no es este un grave y bien temible peligro? Puesto que -otros hablan del mal del «puna» y de otros males serranos, yo me permito -hablar del mal de la imaginación, peculiar a todas las ascensiones -montañesas, pero mucho más agudo y temeroso en el seno de los Andes. - -¿Y por qué es más agudo el mal en los Andes? Quizá porque la impresión -imaginativa es allí descendente, al contrario que en otras montañas, -donde se presenta en forma ascendente. En las montañas que pudiéramos -llamar naturales--Pirineo, Alpes, Cárpatos--la sensación es entusiasta, -pletórica y optimista; mientras que en los Andes nos sentimos oprimidos -por no sabemos qué rara angustia, y cuanto más nos elevamos sobre sus -cumbres, sufrimos una depresión mayor y más negativa. - -Por eso tal vez son los Andes las montañas únicas en el mundo, las de -una originalidad más intensa. Habréis visitado las gargantas peñascosas -de las sierras de España, las sumidades húmedas de Suiza, las lomas -cálidas y olorosas del Apenino, hasta las musgosas laderas del litoral -noruego, o las montañas floridas de los archipiélagos tropicales: -después de haber ascendido a tantas alturas, os faltará conocer lo -principal. Porque las otras montañas, aparte los accidentes de luz, de -clima y de vegetación, se parecen todas: son, al fin, protuberancias -terrenas, perfectamente lógicas, con vegetación de árboles, de hierbas o -de musgos, con animales que las pueblan, con ruidos leves o airados que -las animan. Los Andes son otra cosa. No pertenecen a este mundo. Son -hinchazones hiperbólicas, sin vida, sin musgo, sin ruido, sin nada. Es -un algo atormentado y trágico; pero trágico sin teatralidad; sincera, -íntimamente trágico. - -Sin embargo, uno ha visto alguna vez ese paisaje. ¿En dónde?... Es un -paisaje casi familiar. ¡Sí, el recuerdo llega, finalmente! Un paisaje -como el de los Andes lo vió uno allá remoto, cuando leía los libros -sugestionantes de Astronomía, en los grabados que transcribían la -posible forma de las anfractuosidades selenitas. Paisaje lunar: esto son -los Andes. En oposición a las otras montañas, que son paisajes -terrenales. - -Desde lejos, situándose en la llanada de Mendoza, el viajero cree que ha -de poder sumergirse impunemente dentro del mundo andino. Más allá de las -primeras estribaciones, que forman un muro sombrío, las cumbres nevadas -se deslizan, como si dijéramos, en el aire límpido, y ascienden a -alturas milagrosas. Pero nada de esto presupone pavor ni emociones -extranaturales: al contrario, vistas desde la llanura, aquellas -olímpicas cumbres que ascienden en el espacio finísimo, sugieren ideas -dichosas. Después, cuando se ha penetrado en el laberinto de la -cordillera, el ánimo queda encogido, nuestro ser se inmuta todo entero, -y sobreviene la angustia capital, la angustia andina; una angustia -moral, hecha de náuseas, como la angustia material de la «puna» se -resuelve en náuseas y opresión de las sienes. - -Todo el orden del paisaje se ha invertido, y las ideas, las impresiones, -se invierten también. A la falta de lógica en la naturaleza, corresponde -en nuestra mente un trastorno mental. Comienza a desaforarse nuestra -imaginación. - -Surgen ideas de milenario... Y a medida que pasan las horas, el recuerdo -de los países que se han dejado atrás, desaparece: llega, entonces, el -momento en que nos consideramos desprendidos del mundo real, y que -habitamos un astro muerto. Y persistiendo en la creencia de que el astro -está muerto, del todo y para siempre muerto, nos asalta un inaudito -asombro: ¿cómo estamos, pues, vivos nosotros, si el astro que nos -retiene se ha muerto?... ¿O acaso nos habremos muerto, realmente, y -esta apariencia de vida mental no será más que una pausa de sueño, un -sueño quimérico soñado por un cadáver?... - -Este efecto se conseguirá nada más que apartándose de la línea férrea y -de las mezquinas, aisladas señales de vida real que se escalonan a lo -largo de los rieles. Doblando cualquier recodo y subiendo a una mediana -altura, la sensación andina, total y magna, se precipita en nuestro ser. -Ved ahí que todo ha terminado. Los ojos, con una angustiosa inquisición, -escrutan las montañas y las hondonadas, por ver si descubren algún signo -de vida; el oído se abre atento: pero la vida no aparece. Silencio, -soledad, desolación terminante y definitiva. ¿Quedará, en tal caso, la -compensación grave e indecible de las emociones místicas? Pero la -religiosidad, considerada esta palabra en su sentido más amplio y -eterno, no acude al alma. Uno se siente sumergido en panteísmo dentro de -la naturaleza animada, múltiple y vigorosa de las alturas medias; aun -allá, en la cima de las otras montañas, en aquel silencio bienhechor, el -espíritu se mece en pensamientos de una dulce eternidad; pero en el -seno de los Andes, la eternidad se representa como un algo vacío y -yerto. Hasta la eternidad, o la idea del infinito, adquiere en los Andes -forma de cosa muerta. - -¡Y aquel color ocre de las montanas! ¡Oh, la monótona y extraña -coloración de esas cumbres colosales! Color ocre, repetido hasta la -fatiga. Pero dentro del ocre, ¡qué inmensidad de matices! Y los matices -llegan de repente, sin gradación, sin lógica; sobre una ladera extensa y -rasa, pintada de cobre mate, salta, por ejemplo, una gran verruga de -color vivo, como oro. Pero el sol, por su parte, se entretiene en jugar -con las montañas, colorándolas a su capricho; así es como pueden -sorprenderse, de repente, sobre la larga cresta de una sierra, un filete -encendido, al modo de una barra de oro ígneo. Otras veces el sol sume en -la sombra una montaña pequeña, y la montaña se va poniendo obscura, -obscura, como el bronce sucio de las estatuas en los climas húmedos. - -¡Humedad! ¡Sagrada palabra! De la humedad nos viene todo lo bueno, lo -substancioso y lo poético; las plantas, los granos, la salud y el -vigor, y también las nieblas, que son la madre de la poesía. Pero en los -Andes no existe la humedad. Si hubiese allí nieblas, nuestra alma -descansaría, porque las nieblas montañesas ejercen una acción sedante en -el espíritu. Pero no hay nieblas, y el espíritu queda tenso, siempre -tenso, a punto de quebrarse en locura. Y el aire es tan neto, tan fino y -transparente, que las cosas simulan haber perdido su condición gradual; -la más pequeña piedra se distingue a largas distancias, y es como si el -paisaje, en su totalidad, se nos viniese encima de los ojos. - -¿Pero es un paisaje en realidad? Nuestra costumbre clasificadora -entiende que un paisaje debe estar formado por árboles, por arbustos, -por hierbas siquiera, sin contar los otros aditamentos de las aguas, las -viviendas, los seres animados. En tal sentido, los Andes no son un -paisaje. Falta allí todo rastro de vida animada, y en la vertiente de -las montañas no arraiga el más mínimo liquen. Las nieves grandes se -licuaron. Sólo en algunos sitios hay manchas blancas; pero esa misma -nieve, contagiada por la universal desolación, adopta un aspecto seco: -se diría que la nieve se ha fosilizado. ¡Ah, todo el paisaje es un -inmenso fósil!... - -Pero aunque el viajero haya de huir alarmado de ese laberinto trágico, -¡nunca agradecerá bastante a su fortuna el poder haberlo sentido, vivido -y padecido! En todo el resto del mundo no hay una cosa tan gigantesca y -sugeridora. Nada es tan imprevisto y original como esos Andes augustos, -malditos del cielo, desheredados, atormentados; pero únicos. - -Los pájaros escapan, los animalillos rastreros y viles huyen también; -quizá en ninguna primavera nacerá allí una humilde flor... Las montañas -están limpias, como puede estar limpia una osamenta bajo la injuria de -un sol tórrido. Y aquel cielo de las alturas, ¡cómo es de nítido! A la -hora del crepúsculo, después que el sol desaparece, el firmamento toma -un matiz opalino, de una finura imponderable. Después la atmósfera se -enfría intensa y bruscamente. Cae sobre los espacios vacíos y hondos, un -velo; cabría decir que el paisaje se inmuta, al amago de un terror -inefable. Es el terror de la noche que llega. Bajo la luz del sol, la -muerte misma olvida su muerte; pero viene la noche y aquellas montañas -cadáveres se reintegran a la evidencia de su muerte. - -El destino de esas montañas se ha consumado: ¡nunca más han de vivir! ¿Y -todas las demás montañas del globo, todos los valles y llanuras rientes, -que son hoy encanto del hombre, se doblarán a su vez bajo el mismo -destino mortal?... Será muy tarde; será en un lapso inconmensurable de -tiempo, pero alguna vez será. Como estos cadavéricos Andes ha de morir -toda nuestra combatida y afanosa tierra. Y para entonces--¡oh -pensamiento desolador!--no quedará ni un alma que pueda considerar la -muerte del mundo. Los hombres todos habrán fenecido. Sobre el cadáver de -la Tierra no habrá comentarios de hombres. ¡Los miserables hombres -estarán conversos en polvo! - -Como los místicos suelen mostrar a la arrogancia humana, para abatirla, -el ejemplo de un cadáver, los Andes se nos presentan también en actitud -conminatoria. El duque de Gandía contempló el cadáver de la mujer que -tanto veneraba, y al verlo putrefacto, en un instante reaccionó su -espíritu hacia el lado divino, y aborreció las galas terrenales. Así -también los Andes se nos presentan como predicadores de renunciación. -¡Renunciemos a la soberbia, en efecto! Más temprano o más tarde, el -mundo que tanto admiramos, se convertirá, como esos cerros, en frío, en -silencio, en inanidad. - -Por el espacio ruedan mundos que tuvieron fronda de árboles y lujo de -flores encantadas; hoy giran yertos, en una imperturbable rueda de -amaneceres y de anocheceres sin objeto. Como esos mundos sin vida rodará -también nuestro mundo, nuestra anhelante tierra, esta bola fenomenal que -nuestras pasiones llenan de crímenes, de amores y de glorias. - -Abajo, detrás de las barreras andinas, hacia los caminos de la llanura y -de los grandes ríos, numerosos pueblos se afanan por levantarse, -engrandecerse y convertirse en cosas gloriosas; más allá de la llanura y -de los ríos, sobre los anchos continentes, otros pueblos buscan -asimismo el poder, la grandeza y la victoria. ¡Descomunal hormiguero de -pasiones! Y un siglo tras otro, desde lontananzas inaccesibles a nuestra -percepción, desde el principio de la vida moral, los hombres luchan, -guerrean, padecen, lloran, nada más que por conseguir el derecho a la -inmortalidad. Sedienta de inmortalidad ha estado siempre la especie -humana. Un poeta con un verso, un guerrero con una hazaña, un sabio con -una idea nueva, se encaraman sobre el montón de la multitud reclamando -la inmortalidad. ¡Ea, pues, tomad vuestra inmortalidad! Aquí hay una -estatua, un libro de historia, una palma indeleble; vuestros nombres son -inmortales. ¿Y después?... Contemplad esas montañas supremas, esos -cadáveres eminentes: ¡considerad que el globo entero será una cosa tan -yerta como lo son ahora esas montañas! - -Y el mundo yerto, el mundo cadáver, girará sin tregua por los circulares -senderos del infinito. El sol hará que amanezcan sobre él las radiantes -auroras, y que la noche, dulce reposo, venga a envolverlo en sus negros -pliegues. Pero la aurora y la noche, los siglos todos, encontrarán -insensible a nuestra muerta Tierra. La historia de sus grandezas, -quedará enterrada en el mismo cadáver. La muerta Tierra guardará su -secreto, y los esfuerzos descomunales que hizo el hombre por la -conquista del pensamiento o de las fuerzas naturales, allá permanecerán -fracasados, interrumpidos, estériles. Acaso entonces, desde un mundo -lejano, otros seres inteligentes, mediante aparatos y recursos -colosales, investigarán el secreto de la yerta Tierra, y por inducciones -sacarán alguna verdad, y someterán nuestra antigua existencia a -investigaciones y comentarios filosóficos. Pero, ¿y si hasta esta última -esperanza nos fracasase? ¿Si ocurriera, por ejemplo, que en ningún otro -astro pueda haber nunca seres de mediana talla intelectual, capaces de -interpretar nuestra historia?... Entonces sería cuando la Tierra habría -perecido del todo. - -«Refugio» de Puente del Inca, 1909. - - -El cóndor solitario - -Sobre la más alta cumbre, y en la porción más luminosa del cielo, una -nota obscura aparece, apenas un punto en aquella inmensidad. Y se -mantiene inmóvil largo tiempo, y luego desciende rápido a la región de -la sombra, ocultándose en el secreto de los abismos. Más tarde surge -otra vez a la luz, y en la luz vuela, con vuelo largo, lento, onduloso, -magnífico. - -Es el cóndor, el señor de los Andes, el rey exclusivo de las alturas. Su -majestad reina sobre cosas precarias, según la interpretación del hombre -positivo: reina sobre cosas estériles, como son la nieve, el hielo, la -roca, el rayo o el huracán. Pero dominando sobre esas cosas -infructíferas, el ave colosal se siente bien. ¿Qué le importan a ella -las interpretaciones de los hombres? - -¿Por qué sube tan alto esa ave solitaria? ¿Es por verse más cerca del -cielo? ¿O es por huir más lejos de la tierra? ¿Cuáles son sus -sentimientos? ¿Sed de luz divina, o aborrecimiento de la pequeñez -terrena? ¿Ansia de subir hasta Dios, o anhelo de escapar al Hombre?... - -Aquí abajo, sobre la evidente corteza terrenal, el hombre rastrea las -cosas útiles, necesarias, positivas: allá arriba asciende el ave caudal -por la escala luminosa del infinito. Cosas útiles, ¡cuánto nos cuestan! -Hay frutos, y minas, y carnes sabrosas sobre la tierra; hay gloria, y -triunfos, y placeres: y los hombres vamos rastreando, en pos de las -cosas deseadas, odiándonos y mordiéndonos, asesinándonos si es preciso. -Mientras tanto, el cóndor augusto se sumerge en su remota soledad, lejos -de la tierra, lejos de las cosas útiles que pueden dar placer y que -concitan odios. - -¡Ave caudal, solitaria! ¡Quién pudiera entender el sentido de tu alma -rebelde, y saber remontarse también a la región limpia y virginal en -donde no existen las cosas útiles! ¡Quién pudiera acompañarte en tu -soledad austera! Y sobre todo, ¡quién pudiera huir del hombre! - -Tú tienes garras potentes y pico de hierro; pero el hombre, ¡qué -peligrosas y triturantes garras posee! Y el pico del hombre es feroz -cuando se lanza sobre la presa. La Humanidad es una muchedumbre de -garras y de picos aprestados, prontos a la lucha, dispuestos a -desgarrar, ávidos de la carne fresca de las víctimas, o de la carne -hedionda de los cadáveres. - -¿Y para qué, finalmente? La muerte nos espera a todos, ahí cerca, -escondida en la sombra. Si esta fenomenal comedia de la vida tuviese la -virtud de la eternidad, aun entonces merecería el dolor de disputarla. -Pero esto acaba ingenuamente, como una luz corta y estúpida... - -Sobre el cadáver de la cordillera pedregosa, el cóndor atisba el secreto -del mundo: vive en contacto con las cimas peladas, con las rocas que -nunca han reverdecido, con los horizontes de eterna desolación. Prejuzga -ya la hora final que ha de tragarse a los cóndores, a los hombres y a la -tierra accidental. Y esta visión exacta de la vida le empuja cada vez -más lejos, hacia lo eterno infinito. En tanto que el hombre, alucinado -por la rotación de las estaciones y por el florecer constante de las -primaveras, se figura, obcecado, que él mismo ha de ser una primavera -rediviva. Y no piensa en la miseria del tiempo, y en que un poco más -tarde, la Tierra fría será como son ahora los Andes: una osamenta -irredimible. Y dentro del cadáver de la tierra, blanqueará el cadáver -del hombre, y blanquearán asimismo los cadáveres de sus glorias, de sus -odios, de sus enormes anhelos... - -Sobre la más alta cumbre, el cóndor abre sus alas poderosas y se -mantiene vibrando largo tiempo, inmóvil en el centro del espacio. - -Bebe el último rayo de luz solar. - -Cuando la luz se ha ido totalmente, el ave se abisma en la tiniebla, y -en ella se envuelve, digno manto regio para su majestad solitaria. - -Puente del Inca, 1909. - - -Los Andes a la luz de la luna - -Sobre la nieve de las cumbres el último claror del crepúsculo se -desvanece, se diluye en blancura, y desde entonces la noche se apodera -definitivamente de la cordillera. Sucede al día una vaguedad de ensueño, -una media luz extraña que no tiene relación con ninguna otra -luminosidad; una media luz que no es siquiera penumbra, y que no se -acierta a discernir por completo. No se sabe si es reflejo de nieve, -resto postrero del crepúsculo o alba de luna. Y en aquel instante -supremo y trascendental, el silencio, que tan absoluto era de día, ahora -se convierte en algo infinito y alucinador. En el sepulcro, los -cadáveres deben de sentir un silencio como éste. - -La primera hora de la noche va asociada en nuestra imaginación con ideas -y emociones familiares. Nada tan íntimo y amoroso como la preparación -del sueño. Las bestias más brutales y feroces se amansan y endulzan -cuando les invade el sueño, y en la copa de los árboles los pájaros -errabundos declinan su independencia al morir el día, y allí gimen y -cuchichean, se juntan y aprietan cariñosamente. Y nosotros, los hombres, -tenemos impresa en el alma, para toda la vida, la huella de aquel -momento en que reclinábamos nuestra cabeza indómita en el seno -maternal, y caía el sueño sobre nuestro ser, empapado en el efluvio -materno. - -Pero la noche de los Andes carece de familiaridad y de ternura. En los -Andes no hay lugar para el idilio, sino para la tragedia. Como un mundo -que cuenta ya muchos milenarios de muerte, hasta el recuerdo de la vida -ha desaparecido. No hay árboles, ni hierbas, ni insectos, ni apenas -musgos. La vida está ya olvidada. ¿Qué importa, pues, que brille el sol -o que llegue la noche? La naturaleza cadavérica de los Andes no cuenta -ya los días, ni los milenarios, ni menos el transcurso efímero de las -horas de luz y sombra. Es un esqueleto que se ha entregado -definitivamente a la eternidad. Ya no le importan los días. ¿Cómo han de -importarle los días al infinito? - -En el precario hotel que se levanta sobre el barranco, los pasajeros -buscan la manera de olvidar el sitio donde se hallan. Pesa demasiado -sobre sus frágiles espíritus la enormidad de las montañas, y, sobre -todo, la sugestión de esa naturaleza trágica. Buscan el calor de la -estufa, el olvido en la revista ilustrada, la conversación amistosa -entre humo de cigarros, teniendo las ventanas bien cerradas. Así logran -aislarse de la naturaleza que les abruma, como quien se hunde en un -submarino. Lejos de la realidad actual, muy lejos del sitio donde están, -pensando en la vida de los países llanos y sociables. - -La luna, mientras tanto, una luna incompleta y oblicua, ha salido -imprevistamente de la montaña. La nieve ha adquirido una nitidez de -fantasía. Todo el cielo se ha purificado, y la atmósfera está como -cernida. - -Las rocas desnudas que se encaraman en aquella cima lejana han -recuperado su matiz rojizo; el tono enérgico de su color extemporáneo -destaca furiosamente de entre la universal blancura y de esta unánime -transparencia sutil. Parece una llaga, un manchón de carne herida, un -algo cualquiera que recuerde a la vida. Pero no. Aquellas mismas rocas -han muerto. Ni aun con el sudario de la muerte desean vestirse o -engalanarse. Su antigua muerte está exenta ya de las primeras vanidades -suntuarias que acompañan al joven cadáver. - -¡Naturaleza! ¿Qué se hicieron tus galas, tus furores, tus hecatombes, -tus rugidos y tus primaveras? En este momento concibe el alma la -fugacidad de todo, el secreto del destino que nos aguarda a todos. Los -Andes han terminado ya su misión, como la luna quizá, como seguramente -muchos astros que ruedan inútiles por el vacío. Es un miembro inerte de -ese gran cuerpo terráqueo que tanto nos apasiona. Un aviso de lo que ha -de suceder más tarde. Como este paisaje yerto, alguna vez será toda la -Tierra. - -Del mismo modo que al llegar a una cumbre se complace la mirada en -revisar las cosas que quedaron abajo, también aquí se apresura la mente -a revisar la historia del mundo. Surge esa historia como una síntesis, a -grandes rasgos, en procesos milenarios. Vista desde lejos, la historia -se reduce a unos cuantos gestos o ademanes, a unos cuantos nombres -representativos. Toda Babilonia se sintetiza en unos jardines aéreos, en -una quimérica torre de ladrillo y en la figura tambaleante de -Nabucodonosor. Sócrates, Platón, Anacreonte... Bajo un cielo azul vemos -unas columnas de mármol, y los filósofos, como sombras de sueño, que -frasean vagamente: eso nada más es Grecia. Otros pueblos se nos -representan en un ademán único. Los normandos los vemos remar, todos a -un tiempo, con rumbo hacia las tierras de botín. La España del siglo XVI -vémosla caminar con el arcabuz y la pica al hombro, toda unánime, hacia -un sacrificio de estéril gloria. ¿Pero no vemos de la misma manera a las -personas en nuestro recuerdo? Fulano es el hombre que ríe, y siempre le -recordamos riendo; otro es el hombre que declama, y le vemos hablando, -accionando, en nuestra imaginación. Porque el recuerdo es gráfico sobre -todo. Nuestra mente está hecha para las imágenes visibles. La -inteligencia, en su fondo, es gráfica, como la vida, en fin de cuentas. - -Y todo eso se irá simplificando, sintetizándose cada vez más. La -historia, proceso de eliminación. Cuanto más avanzamos, lo de lejos se -simplifica más. Ahora todavía percibimos un gesto, una figura, un -nombre: mañana, nada. Hasta que finalmente el mundo todo será una -síntesis absoluta. Una gran bola sin vida que da vueltas sistemáticas. -¡Suprema estupidez! - -Sin embargo, nuestra imaginación se rebela siempre, y ve formas de vida -en donde no las hay. Aquí, cuando todo está inmóvil y muerto, todavía la -imaginación insiste en representar formas aparentes de vida. De este -modo, aquella cumbre recuerda la cabeza de un hombre pensativo, aquella -roca parece el dorso de un monstruo, aquella nubecilla copia el vuelo de -una grande y prodigiosa ave. Así logra el espíritu llenarse de -consolador engaño e imaginarse que, hasta en esta siniestra concavidad -de los Andes muertos, la vida no cesa de existir. Démosle, pues, gracias -a la imaginación. Ella nos envuelve con cendales de ensueño, y ella se -encarga de revestir a la razón con toda suerte de alentadoras mentiras. -Por virtud de la imaginación se olvida el ser vivo de que existe la -muerte. Merced a esa maga protectora hemos inventado los hombres la -ficción de la inmortalidad. Donde la razón termina con una linde -desoladora, allá acude vigorosa, rauda, juvenil, la imaginación nuestra, -a sugerirnos lontananzas inacabables, mentiras del más allá. ¡Qué fuera -de nosotros sin esas mentiras! - -Y ahora, que rompa el alba con su claror este delirio de la noche de -luna. Que venga el tren a llevarnos, rumbo a las tierras normales, -sociales, llenas de gratas mentiras. Volver a contemplar los árboles, -las flores, los pájaros, los pueblos. Sumirnos en la enorme ilusión del -mundo rodante y agitado. Olvidar estas montañas inertes, anticipo y -promesa de la última muerte universal. Y entrar en la vorágine de las -ilusiones, oír la voz materna de la imaginación que nos habla de -inmortalidad. - -Puente del Inca, 1909. - - - - -V - -ASPECTOS DE MONTEVIDEO - - -Por la mañana muy temprano, cuando el viajero consigue libertarse de la -presión carcelaria del camarote, su anhelo, como una imposición -irrebatible, le empuja hacia la parte más eminente de la cubierta del -buque. ¡Aire! Ha salido el viajero de la metrópoli del Plata, y -probablemente sale en busca de los dos elementos capitales, los mayores -enemigos de la neurastenia: aire y silencio. En efecto, sobre la -cubierta del buque soplan amplias bocanadas de aire puro, y el silencio -es tan grande, que el retemblar sordo de la máquina no es sino un -contraste que sirve para acentuar la placidez silenciosa. El sol -asciende sobre las aguas. Delante, y bajo el mismo centelleo del sol -naciente, surge Montevideo. - - -El silencio - -Todo está sujeto a la ley de las relaciones, y una cosa no es grande por -ella misma, sino porque hay otra cosa menor. El silencio de Montevideo -no es absoluto; es mayor que otros y menor que otros muchos. Para la -percepción de la persona que llega de Buenos Aires, el silencio de -Montevideo es de una divina plenitud. El viajero se figura que ha -penetrado en una ciudad mágica donde no existen tranvías, ni carros, ni -coches, ni chicos vocingleros; sin embargo, en Montevideo hay tranvías y -carros y demás sujetos de alboroto. ¿Pero no gritan, ni ruedan, ni -chirrian, esos sujetos alborotantes en Montevideo? Seguramente que sí; y -hasta es probable que los habitantes de la urbe oriental se sentirán -bien incómodos con el ruido penoso de sus tranvías, carros, coches y -chicos; pero al viajero que llega de Buenos Aires le parece que todas -las cosas son de pluma y que al chocar entre sí no levantan el más leve -ruido. ¡Suprema paradoja de lo relativo! Parece también,--ésa es al -menos la impresión que recibe el viajero de Buenos Aires,--parece que la -ciudad se encontrase en plena huelga; hay un no sé qué de laxo y de -tranquilo en las personas que andan, en los vehículos que ruedan; los -dependientes de los comercios se diría que, como hay huelga en la -ciudad, se ocupan en ordenar con calma sus mercancías en los aparadores; -las personas no titubean en pararse a charlar sobre la vía; y hay muchas -calles, en fin, de una incomparable soledad, apenas turbada por el paso -errabundo de un perro o de un vigilante. El aire sopla libremente, con -fuerza, pero no con tanta energía que moleste: es una caricia sobre el -rostro y sobre la hondura de los pulmones. ¡Qué plausible ciudad para -las faenas del pensamiento! Aire, silencio, ausencia de prisa: son los -más activos colaboradores del obrero intelectual. - - -Las plazas filosóficas - -En el mismo corazón de la ciudad tropieza el viajero con unos espacios -floridos, frescos, sombrosos, verdaderas treguas de paz. Son plazas -pequeñas, plazas sin pretensiones, plazas minúsculas si las consideramos -con un criterio actual. Allá en tiempos de Artigas, esas plazas -equivaldrían a soberbios parques frondosos: hoy no podemos considerarlas -sino como placitas tutelares, en donde uno se halla tan bien, tan -suavemente, como cuando recostamos la cabeza sobre un pecho cariñoso. No -tienen la magnificencia insultadora de los grandes parques que hoy se -usan en las principales metrópolis, pero tienen un encanto de intimidad -que vale por todas las grandezas. ¿Dónde he visto yo unas plazas -semejantes? Debe de ser en una ciudad europea, quizá española. -Ciertamente: yo he visto en Cádiz unas plazas pequeñas, íntimas, -calladas, hermosas, como las de Montevideo. Son plazas como para los -ancianos, las comadres, los niños y los literatos. En esas pequeñas -plazas de Montevideo debe ser delicioso sentarse a leer un libro, cuando -la primavera desgrana todas sus flores. Pero leer un libro sin codicia, -platónicamente, no por el afán práctico y mercantil de sacarle a las -páginas una utilidad de conocimiento, sino con ánimo ligero y generoso. -Leer un fragmento y mirar a un árbol; leer otro fragmento y suspender la -lectura para seguir el vuelo turbio de una mariposa. De esta manera debe -ser grato sentarse en esas plazas pacíficas de Montevideo. En Montevideo -vale la pena de ser ocioso: ¡no puede decirse lo mismo de todas las -poblaciones! Y como el ocio contemplativo es la condición exigida para -una buena literatura, no debe vacilarse en asegurar que Montevideo es la -ciudad mejor preparada para conceder a Sur América el regalo de geniales -poetas y pensadores. - - -La naturaleza - -Otro de los encantos con que se ve obsequiado el viajero en la ciudad -oriental, es la naturaleza. Hay allí bosques, playas, mar, hasta -colinas. También estas cosas de la naturaleza montevideana están sujetas -a la ley de la relatividad: si comparamos ese mar agridulce y -ligeramente teñido de azul, con la brava y franca grandiosidad del -Atlántico, nos ha de resultar un mar algo modesto. Los bosques tampoco -pueden resistir una confrontación con las selvas tropicales, y esas -cuchillas que se incorporan sobre la llanura no son, precisamente, -estribaciones de los Andes. Pero con un poco de esfuerzo imaginativo y -otro poco de buena voluntad, el viajero encuentra en Montevideo cuadros -de paisaje deliciosos. Marchando hacia la parte del paseo del Prado, uno -se siente sumergido en amables y frescas frondosidades. Hay en aquel -paseo una encantadora negligencia. - -¡Estamos tan hartos de jardines simétricos y versallescos! En los -parques rígidos, bien vigilados y atendidos, el paseante se considera -violento; cada una de las hierbas tiene carácter religioso; las -ordenanzas municipales han puesto un sello timbrado en cada hoja, y las -flores parecen cosas oficiales, protocolarias: en esos parques -versallescos, tan lindos para ser mirados desde un balcón, uno no puede -moverse, ni sentarse, ni oler, ni tocar, ni apenas mirar. Eso es una -caricatura de la naturaleza. Mientras que los parques algo abandonados -se ofrecen al paseante íntegramente. Es una condición estimable que un -parque tenga consignada una pequeña suma en el presupuesto oficial; así -hay la certidumbre de que habrá pocos vigilantes, pocos obreros y pocas -mangas de regar. Escaseando estos elementos de urbanización jardinera, -sabemos positivamente que el parque se inclinará más al monte que al -jardín. Y lo que el hombre ciudadano estima es el monte, precisamente, o -sea lo contrario de la ciudad; por esa ley de los contrastes que nos -incita a desear lo que no poseemos. El paseo del Prado de Montevideo -recuerda más al monte que al jardín. ¡Hermoso lugar! Ahora bien, si las -personas urbanas estimamos los paisajes agrestes, al mismo tiempo nos -molestan mucho las intemperancias de la naturaleza, libre y bravía. Una -excesiva convivencia con las calles planas y las casas cómodas, nos ha -dado una sensibilidad miedosa; sentimos miedo a las espinas, a los -zarzales, a los pedruscos, a los aviesos animalillos que adornan y -pueblan los montes naturales. Pero el paseo del Prado de Montevideo goza -el encanto de ser un monte, sin los inconvenientes del monte natural. He -ahí el acierto. Puesto que hay avenidas y senderos para transitar, y una -hierba medianamente agreste, en la que puede sentarse, y hasta tumbarse, -sin miedo, ni al funcionario municipal escrupuloso de la ley, ni al -impertinente pinchazo de las matas bravas. Esta sería, probablemente, la -fórmula ideal de la civilización: una vida que no huyese tanto como huye -la nuestra de la naturaleza, ni que se acercase demasiado a ella: una -vida de sabio equilibrio, que evitase caer en el decadente refinamiento -artificial y en la barbarie del primitivismo. - - -Las playas - -Un espíritu mordaz podría hacer juegos humorísticos con la profusión de -playas en Montevideo. Un marsellés o un andaluz se sentirían molestos -ante ese lujo de playas: Capurro, Ramírez, Pocitos y quién sabe cuántas -más. Pero no deben permitirse ironías con las playas. ¿Se sabe bien lo -que significa la palabra playa? En la vida trágica del mar, la playa -significa serenidad, refugio, calma, salvación, belleza. Con ciertas -palabras no caben bromas; son sagradas; así las palabras madre, virtud, -playa. Una playa sugiere siempre ideas bondadosas y tiernas. - -Sobre sus arenas encallaron sus naves los remotos nautas, cuando no -existían muelles y dársenas, aunque existiera el infinito anhelo de las -nobles empresas civilizadoras; y ahora aún, los pescadores modestos -buscan en las arenas de las playas un refugio para sus navecillas; y -los náufragos, en su último esfuerzo titánico, ¡con qué delirante gozo -hunden sus dedos en las arenas de las playas benéficas! Todas las playas -de Montevideo son dignas de elogio, por la suavidad de sus líneas y la -calma de sus aguas. Cada una tiene personalidad aparte, y hasta a ellas -ha llegado la diferencia social. La playa de Pocitos, por ejemplo, es un -tanto aristocrática y presuntuosa; sus hoteles y su rambla se mantienen -dentro de un aislamiento, fuera del contacto de la multitud. En cambio -la playa de Ramírez es democrática, abierta a todo el mundo. El parque -Urbano se llena de pueblo, y este mismo pueblo inunda la playa, hasta -rebosarla. Allí acuden los niños, los hombres, las mujeres, los ricos, -los pobres, los comerciantes, los jovencillos tenorios y las muchachitas -pizpiretas. En las tardes de domingo media ciudad se vierte sobre la -playa. Adquiere aquello un aire animado de fiesta popular. Las barracas -de titiriteros para los pazguatos, los columpios para los niños, los -tíos vivos para las mucamas, los organillos, los vendedores ambulantes, -los refrescos con soda y los grandes vasos de cerveza. El sol hiere con -su luz y su fuego ese cuadro de _kermesse_, y la gente va y viene, -mirándose, por esa necesidad invencible que siente el ser humano de -tocarse, mirarse, formar montón. - -El hombre es un animal sociable: así se le ha definido. Realmente, el -hombre no puede vivir solo; ni disfruta aún de suficiente mentalidad -para vivir solo. ¿Qué haría el hombre si le condenasen a la soledad? Ya -se sabe que Schopenhauer discernía la capacidad mental de las personas, -por su aptitud para la soledad: según él, un negro, un niño y un -estúpido se aburren, lloran o mueren si no encuentran gente con quien -compartir su estolidez; mientras que la persona inteligente, la que -posee en sí misma un tesoro, se encuentra más acompañada cuando más sola -está. Pero no todos pueden ser filósofos ni profundas y ricas -personalidades; la sociedad se compone de infinitas personas medias, más -o menos vulgares, que necesitan vivir agrupadas. Sin el concurso de -estas personas medias, y si se quiere vulgares, no existiría la -civilización; porque la civilización viene a ser, en fin de cuentas, la -obra de las medianías asociadas. Pongamos cuatro filósofos en una isla, -y al momento disputarían, yéndose cada cual por su lado; pongamos en esa -misma isla cuatro personalidades vigorosas--César Borgia, Pizarro, -Bismarck, Chamberlain--y al instante se despedazarían entre sí, o cada -uno por su lado marcharían a buscar aventuras. Pero los medianos se -buscan, se unen, se encuentran bien juntos, instituyen leyes, crean -autoridades, ponen hombres armados para la defensa del estado, -construyen casas y ferrocarriles, escuelas y hospitales, periódicos y -parlamentos. - -Sin la compenetración de las medianías, ¿qué suerte hubiera corrido la -humanidad? Es bello creer con Carlyle que todo se ha hecho por la acción -de los «héroes»; pero la realidad nos dice que la civilización es obra -de las medianías. Si «esta» civilización fuese obra de los «héroes», -¿tendría el carácter que tiene? Nadie, sino las medianías, ha podido -formar esta civilización... - - -Las solteronas - -En la playa de Ramírez hay un balneario, al extremo de un malecón de -madera. Este malecón o rambla forma una plazoleta, con bancos, sillas y -un cafetín. La gente se sienta a refrescar o a comer emparedados de -jamón y queso. Otra porción de gente pasea. Da vueltas por la plazoleta, -en perfecto orden, como en las plazas de las ciudades de provincia -suelen las familias pasear a la caída de la tarde. En ese balneario de -Ramírez se congregan las personas de la clase media; pequeños -comerciantes, empleados y dependientes de oficina o de almacén. Las -señoras se sientan en los bancos y las señoritas giran pausadamente de -dos en dos, o de tres en tres; los jovenzuelos, con algunos curiosos, -forman el complemento. Pero es un fenómeno singular y digno de -mencionarse: en ese paseo abundan las solteronas de una manera -sorprendente. Arrugadas unas, muy pintadas otras, vistiendo trajes y -sombreros algo defectuosos; todas ellas con el aire peculiar que las -distingue, o sea una mezcla de tristeza y de fuerza ilusoria. ¡Nada tan -grande y poderoso como la facultad de ilusión de una solterona! La -solterona no renuncia jamás a la ilusión; tiene encendida en su alma, -constantemente, una lámpara votiva a la esperanza. Cada aurora le trae -una interrogación, una promesa: ¿será hoy, por fin?... Cuando se acaba -el día la solterona reanuda vigorosamente su ilusión, pone nuevo aceite -perfumado en su lámpara votiva y se acuesta, suspirando, sí, pero en -silencio, para que ni ella misma se entere de la flaqueza. Y al -siguiente día, otra vez a luchar; a luchar contra el desengaño, contra -la realidad cruel, impura, odiosa. Yo no conozco nada tan triste y al -mismo tiempo tan admirable como una solterona. Pensad en que una mujer -ha nacido para el amor y que su misión única, así como su única -finalidad, consiste en acoplar dos besos trascendentales: uno sobre los -labios del amado, y otro sobre la frente del hijo. Hacia ese fin van las -mujeres, fatalmente, como las aguas al mar. - -Las solteronas aguardan, y nunca llega su hora. En sus corazones van -almacenando almíbar de amor; sus corazones son como las frutas pasadas, -más dulces que las normales. Miran un niño, y sus entrañas de madres -frustradas se conmueven dolorosamente; ven pasar un hombre, y todos sus -viejos anhelos se precipitan sobre los ojos. ¡Oh sublimes seres -sacrificados! Cada solterona es un drama profundo, un poema inenarrable. - -Las otras mujeres lo hallaron todo fácil; su existencia tiene la -vulgaridad de un proceso corriente, de un hecho adocenado; pero las -solteronas conocen todos los martirios, las torturas de la envidia, el -dolor de la espera infinita, y sobre todo, la angustia de lo que está -lleno y no puede vaciarse, suprema angustia de lo que desea darse y no -puede. En algún siglo futuro, ¿será posible una ley que disponga el amor -para todos? Hemos decretado la enseñanza obligatoria, el derecho al -trabajo, el derecho a la vida, el derecho al pan: nos falta aún decretar -el derecho al amor y a la maternidad. - -Marzo, 1912. - - - - -VI - -LA TENTACIÓN AGRARIA - - -Los trenes suelen delatar las características de las naciones con una -veracidad insubstituible. Yo he aprendido mucha psicología americana en -el fondo de un vagón... - -Sentémonos en el restaurant de un tren argentino. Cuatro o cinco -naciones están allí representadas. Se oye el suave acento de los -ingleses, el apasionado hablar de los italianos, el rudo seseo de los -españoles. No se advierte en ningún semblante asomo de melancolía o -decaimiento. Tratan de comprar novillos, de vender campos, de construir -galpones, de adquirir semillas. Al través de los cristales, la sequía -pasada deja ver su castigo. Pero nadie hace caso de esta evidente -ruina. Todos hablan con el fervor del que tiene por delante la -inmensidad del tiempo y del espacio. En efecto, el tiempo es largo y -traerá nuevas lluvias, y en cuanto al espacio, ahí está la llanura -interminable que aguarda a que la mano del hombre la acaricie con el -arado. - -La psicología de esas gentes del campo es simple como la del marino, -como la del jugador. Puede ser que carezcan de la profundidad que tienen -los seres de los países viejos y definitivamente acotados. Son gentes -que ignoran el ahorro, la previsión, y por tanto el miedo. Para ellos la -tierra es un tapete verde donde se juega a juegos de azar. Lejos de su -ánimo las virtudes de la cautela, de los actos bien meditados, de la -sujeción a las formas seculares; ellos poseen otras virtudes, que a los -sociólogos timoratos pueden parecer defectos: poseen la virtud, o el -defecto si se quiere, de la temeridad. Se lanzan a sembrar sin tener -semillas, ni herramientas, ni hombres; esto, en Europa, parecería una -locura, pero en América resulta perfectamente real. Ponen a una carta -todo cuanto tienen. Si ganan, su vida adquiere un tono de increíble -arrogancia; si pierden, no han perdido nada, porque vuelven a empezar. -Esto también parecería en Europa fantástico, donde el que se arruina una -vez ya no se levanta más. - -Esta temeridad o inconsciencia, acompañada del valor, no es una cosa -antipática, sino al contrario. La temeridad presta a la vida americana -un tono ágil, vigoroso y alegre. Más que negociar, se juega. Del fondo -de este juego continuo surge una aura de esperanza y optimismo. Porque -todos se ven con derecho a jugar, y todos juegan. La especulación -alcanza a los más ínfimos y a los más altos. El médico que ahorra cinco -mil pesos, compra tierras y las vende luego; el artista construye una -casa y la enajena por el doble de su costo; el humilde limpiabotas acude -a un remate, compra, vende, juega al alza y baja. El hombre más -espiritual, aquel que en Europa no soñaría nunca con adulterar su vida -de ensueño y meditación, se entrega él también a la vorágine de la -compra y venta. ¡Cuántos deliciosos poetas habrán fracasado en la -Argentina por haber substituido el ritmo del oro por el ritmo del -verso! - -Saliendo en tren de Buenos Aires, cualquiera que sea la línea, el -viajero caminará todo el día sin haber salido del mismo paisaje. La -unidad topográfica de la mayor parte de la república es uno de sus -principales caracteres. Llanura, siempre llanura. El extranjero se -siente al principio deprimido por esa falta de variedad panorámica, y si -se le pregunta por la belleza del país, confesará que el país tiene bien -poca hermosura. La extensión de la planicie fatiga, con la fatiga del -océano. Todo se presenta dotado de abrumadora extensión. Cuando la -llanura se interrumpe, surge un río también extenso, uniforme, -fatigador. El ánimo siente angustia delante de tanta inmensidad, la -angustia que nos invade ante el vacío. - -Pero más tarde el europeo encuentra una sensación nueva dentro de esa -llanura argentina. La necesidad de lo íntimo se pierde, dando paso a un -sentimiento extraño. Este sentimiento debe parecerse al que sentirá el -marino, cuando su barco, en mitad del Atlántico, vuela al ímpetu del -viento. Ese sentimiento se llama «libertad». En el centro de la llanura, -el hombre, después que ha sabido matar la angustia de lo interminable, -siente la impresión nueva, radiante, juvenil, de la alta mar. Se ve solo -en la inmensidad. Sabe que su esfuerzo es la única ayuda que le sirve en -la lucha con los elementos. Conoce entonces el placer que debió gozar -Robinson, cuando se vió dueño de la naturaleza. La sensación del propio -y absoluto mérito hincha todos los músculos físicos y morales del hombre -abandonado a su propia iniciativa. Y la libertad, la deseable libertad, -le llena el alma de indecible alegría. El cielo claro, la tierra -infinita, todo le habla al espíritu de libertad. Entonces se olvida de -los paisajes antiguos, de las bellezas que tanto amaba; concibe otra -clase de belleza, dentro de la simplicidad de la llanura: conoce la -belleza moral de esa llanura inextinguible... - -Ahora le pido licencia al lector para revelarle un secreto. - -Asomado a la ventanilla del tren, miraba yo una extensión muy grande de -trigo. Estaba aquel trigo tan lozano, que los ojos no se cansaban de -verlo. Recordé todos los trigales contemplados por mí en el curso de la -vida: las pequeñas y modestísimas parcelas del país cantábrico, las -mieses de Castilla, los perfectos y casi académicos sembrados del -interior de Francia. - -Comparaba aquellos recuerdos con la realidad actual, y sacaba yo en -consecuencia que estos extensos trigales superaban en magnitud a todos -los vistos anteriormente. Los sembrados del país cantábrico eran, sin -duda, más amables, porque su pequeñez surgía de entre setos frondosos, -de entre rientes praderías, en forma que el oro del trigo parecía estar -guardado primorosamente en el fondo de almohadillas felpudas y verdes. -Los trigales de Castilla aparentaban tener, cuando mi imaginación los -evocaba, un valor histórico, más bien legendario; no es posible asistir -al espectáculo de la llanura castellana sin que se levanten las imágenes -del Romancero, el paso de las mesnadas del Cid, el relumbrar de los -hierros marciales y antiguos: el blanco y sabroso pan de Castilla parece -que nutre al mismo tiempo nuestro estómago y nuestra fantasía. Los -trigos de Francia tienen a su favor la intensidad y la sabiduría; son -campos regulares de líneas precisas, de conjunto armónico e impecable; -los bordes del sembrado tienen una corrección clásica; indudablemente, -en esos trigales intensos e inteligentes se descubre el alma ordenada de -Francia, todo medida, todo corrección y disciplinada inteligencia. - -Después de repasar mis recuerdos hundía la mirada en los trigos que -corrían delante del tren, y me parecían los más grandes, los más -«fastuosos». Podían ser otros más intensos y más científicos, pero estos -de aquí poseían la virtud de lo inmenso. Quizá incorrectos, tal vez -desordenados, pero inmensos y fastuosos. Entre los trigales argentinos y -los europeos, había la diferencia de un parque urbano a una selva -tropical. - -Si los bosques, los ríos, las cataratas, las cordilleras y las llanuras -de América se distinguen por su grandeza, las formas que adoptase la -agricultura debían ser también gigantescas. Pero he hallado la palabra -conveniente: los trigales argentinos se me figuran gigantescos. - -Y entonces--aquí está el secreto que anunciaba--me asaltó una idea -súbita. ¿Por qué no había yo de convertirme en agricultor?... - -Todos los que seamos un poco sentimentales, y especialmente aquellos que -sufren la tiranía aniquilante de la ciudad, hemos suspirado alguna vez -por el ideal de Horacio: tener un huerto, un jardín, una casa pacífica -en la ladera de un collado. Pero este ideal guarda relación con la -literatura; es un programa literario-filosófico, en que la labranza es -lo de menos, en que lo importante sería el ocio aristocrático dentro de -un marco sereno. No era esta tentación la que yo sentí. Era una -tentación nueva, un impulso de hombre primitivo, un deseo puramente -labrador. La tentación me sugería ideas nuevas que me sorprendían. No -ambicionaba el huerto horaciano, para descansar de mis trabajos y -lecturas; deseaba el campo abierto, para cansarme allí, pero con un -cansancio corporal, cansancio de músculos, de sudor, de callos. -Convertirme en _chacarero_. - -El concepto masculino de la agricultura se me introdujo en la mente, y -comprendí de pronto la infinita hermosura de una vida agraria en esa -gigantesca llanura platense. Todas estas especulaciones mentales con que -distraemos nuestras horas, ¿no serán un poco femeninas? Lo viril, lo -masculino, es el trabajo muscular sobre la tierra; lo noble es el -esfuerzo que va de nuestra voluntad a la tierra, en un viaje de simpatía -amorosa que tiene por fin la concepción. - -Olvidé el huerto horaciano, excesivamente intelectual; olvidé la afición -bucólica del siglo XVIII, motivo, cuando más, para decorar tapices. -Estas manos ¿por qué han de rehuir la herramienta áspera? A un lado la -agricultura simple; ésa es la noble. Llenarse de honrados callos. Sentir -la aspereza de la tierra sobre la piel. Hundir los pies en el barro. -Ofrecer el rostro a los latigazos del viento. Soportar con firmeza las -caricias brutales del sol. Empaparse en las aguas torrenciales del -cielo. Contemplar sin pavor la brusca tormenta y el fulgor del rayo. -Cabalgar. Dominar potros reacios, imponiéndoles el imperio de las -piernas contraídas y del freno tenso. Levantarse cuando en el cielo se -apagan las lámparas nocturnas. Tenderse en la cama dura con un espasmo -de placer, todos los músculos cansados como piedras. Dormir sin sueños, -al modo de los niños, inocentemente. No hacerle ascos a ninguna comida. -Comer de pie, a grandes bocados, y sentir que los manjares se resuelven -en sangre y en alegría. Olvidarse de las dispepsias sedentarias, de las -jaquecas afeminadas, de los achaques poco varoniles. Y luego convencerse -de la eficacia de las propias aptitudes para dirigir la siembra, para -conocer el punto de madurez de las plantas, para recolectar a tiempo y -con habilidad. Correr, gritar a las peonadas, disciplinar las fuerzas de -los hombres y las bestias, revelarse dueño ante los subordinados, y -después beber con ellos a su salud... - -La tentación agraria no se ofrece sólo en el campo; se ofrece lo mismo -en las ciudades. Sobre la sociedad argentina se levanta invariablemente -la eterna conversación: la cosecha. El campo está allí siempre de moda. -Y como adondequiera que uno vaya, así sea el perfumado gabinete de una -señorita, se encuentra con el tópico de la cosecha, termina uno por -preocuparse seriamente de los trigos y del maíz. En otros países podrá -ser la agricultura una ocupación ordinaria y plebeya; en la Argentina es -la ocupación aristocrática por excelencia. Una fortuna no se considera -respetable si no cuenta con ricos campos de cultivo; hablarle del maíz a -una señorita no es en Buenos Aires ninguna impertinencia, como lo sería -en París o Viena. - -Luego viene otro agente de tentación: el reclamo periodístico. Abriendo -un gran diario nos encontramos con hojas enteras destinadas a anunciar -las ventas de campos; ahí aparecen en fotografía las «chacras», o salen -grabados los mapas, con sus ríos, pueblos y heredades. Y el reclamo de -esas ventas y remates adopta un calor, un apasionamiento tan grande, que -el hombre más frío se siente arrastrado por la pasión. - -¡Los campos de tal punto son inmejorables!--gritan los anuncios. -¡Compren los campos de riego! ¡No descuiden sus negocios, y compren -tierras! ¡Las tierras son fortuna! ¡El porvenir está en nuestras -tierras!... - -Carteles por las calles, anunciando remates. Carteles en las estaciones -de ferrocarril, y un ejército de agentes que ponderan de mil modos las -ventajas agrícolas. Se advierte, en fin, tal entusiasmo por la -agricultura, que uno termina por sugestionarse: entonces se trastornan -los conceptos pasivos que una vida sedentaria o libresca ha logrado -infundir a nuestra mente, y lo que nos parecía grosero y sin gracia, -ahora nos parece hermoso y hasta elegante. Preparado así el ánimo para -la conversión, un momento cualquiera, un incidente vulgar provoca la -nueva profesión de fe. Yo estaba bien preparado para la conversión; la -vista de los extensos trigales maduros fué el rayo divino, el camino de -Damasco; y una voz me gritó por último: Hazte _chacarero_... - -Pero la vida me arrastró por otros caminos, haciendo fracasar el -agricultor a la americana que indudablemente había en mí. - - - - -VII - -EL CANTO DE LA SEMILLA - - -Sobre la llanura plana e inmensa, el invierno ha tendido su hielo, su -escarcha y su nieve. Desde el Plata hasta los Andes, desde los -matorrales del Chaco hasta los acantilados de la Tierra de Fuego, la -llanura, la descomunal e inaudita llanura, se ha arrebujado en ese manto -invernal, y duerme. Está cansada de producir. La cosecha de flores de la -primavera, la cosecha de mieses del verano, la han rendido. Quiere ahora -reposar... - -Pero no hay reposo para ti, oh fecunda llanura. El destino te ha -condenado a una eterna, creciente y acelerada germinación. El mundo -tiene hambre, y el mundo piensa que tú tienes la misión de alimentarle. -Estás condenada a germinar eternamente, cada vez más intensamente. No -puedes dormir. No duermes, ni ahora, cuando el hielo, la escarcha y la -nieve te cubren con su manto. La semilla está despierta, la semilla te -aguija por dentro, y vive en tu interior, lacerándote las entrañas -maternales. - -Ya se acabaron tus días de reposo. Desde que la luz se hizo sobre la -Tierra, sobre tu rasa superficie no cruzó nunca la aguja de un arado. -Jamás el hombre te atormentó con los golpes de la azada, y el indio -ingenuo, vagabundo, errante, iba al azar por entre las cañas de los -bañados, por entre las matas de los valles, sin rozarte más que con la -huella de su planta desnuda. Los ligeros guanacos, los aéreos -avestruces, el ondulante y liviano tigre, eran tus únicos dueños. En -aquel tiempo feliz y alboreal, nadie exigía a tus entrañas que pariesen -más, siempre más, en una febril sucesión de cosechas. Si creabas, tu -creación era platónica y gratuita; dabas al viento tus flores y tus -hierbas, como un poeta simple da a la ventura sus versos -desinteresados. - -Pero cierto día vinieron unos hombres barbudos. Su mirada traía un -reflejo satánico, y su gesto significaba claramente el más demoníaco de -los vicios: la codicia. Detrás de ellos, en aquel continente lejano -donde toda tragedia tuvo su escenario, aguardaban otros hombres, -millones de gentes ávidas. Los exploradores volvieron, alabando la -virgen prodigalidad de la nueva tierra de promisión. Y desde entonces no -hay paz para ti. El nervioso caballo, el filosófico buey, la inocente -oveja, se multiplicaron hasta el infinito, exigiendo de tus praderas más -producción, siempre más. Y con el arado, más tarde, rayaron lo incólume -de tu superficie, ¡oh, llanura inmensa, para sepultarnos a nosotras, las -semillas! - -Somos la semilla, el trigo dorado, la benéfica harina. Somos extrañas -para ti, llanura americana. Venimos de un continente viejo y trabajado, -donde nada se produce ya espontáneamente. Somos, dentro de la -agricultura, un producto de la industria. Somos las hijas del -pensamiento humano. Somos humanas, humanas. - -Representamos el eje de la idea del hombre: el pan. Para que el hombre -viva, para que sus esperanzas puedan efectuarse en el campo de la -ciencia y del ideal, es preciso que nosotras existamos, las semillas, y -que demos eternamente el alimento del pan. Hay en nosotras algo de la -fiebre humana; la tragedia humana nos ha tomado de colaboradoras. Toda -la historia humana está influida de nuestro nombre, y Dios, cuando -maldijo al hombre, le habló del pan como del supremo tormento. ¡Ay! -Somos tormento, inquietud y angustia. El miserable nos evoca en sus -momentos de desolación, y esa tragedia social que ahora llega a su punto -máximo, tiene como fondo siniestro la palabra precisa: pan. - -Germinad, compañeras, bajo la tierra dormida. No descansemos nunca. La -tragedia humana nos necesita; el ideal del hombre nos necesita también. -Para la tragedia, para el anhelo, para las alegrías y para el ideal, -germinad, compañeras, hasta la consumación de los siglos. - -El invierno ha extendido su manto helado; no importa. Nosotras, las -semillas, estamos vigilando despiertas en el seno de la llanura. Apenas -se nos advierte. La mirada indocta piensa que todo ha terminado, y que -la quietud más absoluta reina debajo del invierno. Tal vez aparece sólo -un musgo verde, una hierba sutil y tímida, por entre las rayas que trazó -el arado; pero los surcos revivirán, y una gloria opulenta se levantará -con las primeras brisas primaverales. Y en llegando la hora solar, -cuando las ráfagas del viento sean de suaves como una caricia de amor, -entonces nosotras daremos a la tierra una insuperable fronda de verdor. -Y toda la llanura resplandecerá de gloria. Semejará un mar sin orillas, -un océano fastuoso; desde los matorrales del Chaco hasta los acantilados -de la Tierra de Fuego, la llanura se cubrirá de opulencia. Y el viento -que surja de las hondonadas de los Andes irá a morir en el estero del -Plata después de jugar con ese mar de verdura. Y luego vendrán las -espigas, y la obra nuestra se habrá consumado. Y entonces la llanura -parecerá un mar de oro, una fantasía de los cuentos de hadas, una -promesa hecha fruto y un sueño convertido en oro. - -Germinad, compañeras. Somos el símbolo supremo; representamos la idea -que se mete en la entraña, y que en el silencio labora, para surgir al -fin en flores y frutos de realidad. De una idea del infinito brotaron -los mundos; semillas siderales son los astros, que han de germinar en el -silencio del Cosmos, hasta dar su cosecha fenomenal. ¿Qué era, sino una -semilla, esta tierra asombrosa que nos sustenta? Llevaba dentro de sí -los gérmenes de toda grandeza y también de todo crimen; la semilla se -manifestó, nació la vida y ahora la tierra es un fruto grande y -magnífico--quizá un poco amargo, ¡pero siempre magnífico! - -El mundo tiene hambre. ¡No descanséis, compañeras! En Europa nos -aguardan los hombres numerosos, los que bullen en las ciudades, los que -arrancan en las fábricas los objetos amados de la civilización. Nos -aguarda el miserable, tanto como el potentado. Ninguna mesa nos repudia. -El facineroso arranca violentamente el pan codiciado, y marcha a -devorarlo en su cubil; así como la delicada doncella rompe el lindo pan -crujiente y lo acaricia con su dentadura de marfil. Nadie se libra de -nuestra tentación. Con pan se nutre la soberbia del hombre. - -Representamos el germen, esa cosa llena de misterio, de tentación, de -curiosidad y de infinitas posibilidades. El germen es lo más misterioso -y lo más inefable. En el germen está escondida la solución de todos los -actos que después servirán de admiración. En un germen humano puede -preexistir un Napoleón, un Sócrates o un desalmado. De gérmenes -incontables está hecha la vida, y toda la vida es un germen florecido. -También nosotras, gérmenes del pan, floreceremos en rubias espigas, como -una filosofía que se resuelve en sublimes realidades. La realidad del -pan caliente y restaurador: ésa ha de ser nuestra realidad futura. - -Laboremos, compañeras, bajo la helada tierra de la llanura. Después -vendrá el sol tibio de la primavera, y las espigas ondularán -graciosamente. Y vendrá el sol cálido del estío, y las mieses tomarán el -color sagrado del oro. Y los hombres transitarán contentos por los -campos. Se levantarán montañas de trigo. Los trenes correrán -enardecidos, conduciendo afanosos el rico grano. Y los trenes -desembocarán en el puerto, donde las naves enormes estarán aguardando la -preciosa carga. Para llevarla a los cuatro ángulos del mundo. - -Y de las sucesivas cosechas, el mundo devolverá el regalo del trigo con -montañas de oro acuñado. Y así se realizará el sueño de una nación cada -vez más rica y populosa. Nacerán ciudades nuevas, se cubrirá la llanura -de gentes afanadas. Finalmente vendrá una cosecha de ideas, que tal vez -hoy viven en germen... - -Laborad, compañeras. - - - - -VIII - -EL CANTO DEL EMIGRANTE - - -Decrépita Europa; avaro país del ahorro; patria de la prudencia y del -temor, de la medida y de la minuciosidad, de lo reglamentado y de lo -limitado: vieja Europa, ¡adiós! - -Vamos al país ancho y luminoso; al país que no tiene límites; a la -patria de la inconsciencia; a la tierra que no cuenta, ni mide, ni -ahorra, ni recela; al país que no tiene miedo del mañana, sino que ama -al mañana, con la clara y confiada alegría del niño. Vamos a la tierra -de promisión, donde existe todavía el azar, y lo fortuito, y lo -imprevisto, y las locas sorpresas. - -La prudencia de Europa nos había agarrotado entre sus brazos de -sabiduría. ¡Malhaya la sabiduría que proporciona el hambre! Estamos -cansados de experiencia, de prudencia, de medida y de limitación. -Deseamos vivir la vida grande, la vida amplia. Nos ahogábamos en aquella -atmósfera de prudencia, donde todo está contado y previsto. - -Adiós, tierra anciana y perezosa. Nosotros buscamos otra tierra -virginal, que da sin cálculo ni medida. La tierra de Europa carece de -ingenuidad; tiene la sabiduría de lo anciano, y entre ella y el -agricultor se establece un contrato severo de exacta justicia; paga sus -frutos a cambio de tantos puñados de abono--ni uno menos--y a cambio de -tantos golpes de azada. Si no se le da lo que exige, no rinde lo justo. -Es como un experimentado comerciante. Aquella tierra sabe demasiado. -Tiene el pulso de la ciencia, de la vejez, de las largas comprobaciones. -Ha llegado al límite del cálculo, maneja la balanza con una prolijidad -de tendero. - -Mirad, en cambio, esa tierra nueva que se nos ofrece. Tiene la -encantadora inexperiencia de la juventud, que confía en sus recursos -vigorosos. Esa tierra joven se abre al soborno, al engaño, a la -violencia del hombre. Lo da todo; se da entera, toda entera, al primer -advenedizo. ¿Para qué quiere ella reservarse? La juventud no es -previsora, carece de miedo, porque se cree inmortal y porque piensa que -su vigor no ha de extinguirse jamás. Se la engaña con cuatro someros -golpes de arado, con unos puñados de semilla arrojados al viento; no -pide abono, no conoce la virtud estimulante de la química. Quédese el -abono, la estimulación química, para las tierras ancianas y perezosas; -esa nueva tierra de América, como un joven vigoroso, se ríe de los -estimulantes. - -Europa quedó lejos, al otro lado de las altas olas. Las últimas cruces -de sus campanarios desaparecieron en el horizonte; los amigos y los -parientes que gritaban en el puerto, desaparecieron también: ya no -escucharemos sus voces queridas, ni sentiremos el calor amargo de sus -lágrimas cariñosas. ¡Oh patria, oh patria!... A pesar de tu ingratitud, -no podemos arrancarte de nuestro corazón. Tu recuerdo nos ha seguido en -el curso de la mar, como una golondrina sigue la estela del barco -corredor. ¿Por qué nos atormentas?... Si has querido ser cruel, hasta el -punto de lanzarnos a la emigración, ¿por qué nos persigues todavía? -Desde lejos nos están hablando tus palabras insinuantes y pérfidas; nos -traes el eco de los tamboriles y gaitas natales, el rumor de los bosques -infantiles, las risas de las muchachas, el alboroto de los bailes -domingueros, las hogueras de San Juan, las cenas de Nochebuena, el canto -de los grillos, las fiestas de la vendimia... ¡Oh patria, oh patria! -Déjanos para siempre, no prolongues tu crueldad hasta más allá de la -emigración. Nos esclavizabas con el hambre, ¿y quieres ahora -esclavizarnos con la nostalgia? - -El viaje llega a su fin. Piadoso, el mar nos ha transportado sobre sus -robustas espaldas, nos ha mecido blandamente, y para que el pavor no -amilane nuestras almas, ha separado las greñas adustas de la tempestad. -En las noches de luna sus olas nos han hablado aquel lenguaje monocorde -y sereno, tan propicio a las evocaciones lejanas. Y el cielo del -trópico nos ha regalado la fiesta de sus crepúsculos dorados, la -brillantez de sus amaneceres, la pompa bíblica de sus noches -estrelladas. - -Ya el viaje llega a su término. Aparecen las primeras gaviotas, como un -saludo de las costas cercanas. Una mancha obscura ciñe el borde del -horizonte. ¿Serán las nubes aún? ¡Es la tierra, la tierra de promisión, -la tierra soñada! Y en seguida emergen de la bruma las torres de la gran -ciudad, las chimeneas humeantes, las cúpulas. - -¡Salve, salve, tierra novísima! Acógenos con liberalidad. Que seas -hospitalaria con nosotros los desterrados del viejo mundo. Que tu sol -ilumine nuestros afanes; que tus vientos encumbren nuestras esperanzas. -Que nos concedas la rica, la amada libertad. - -Ea, pues, compañeros, pongamos nuestra planta segura sobre esa tierra -nueva. Tomemos posesión de las llanuras y de las montañas, de los -bosques y de los ríos. Marchemos hacia las selvas, donde los árboles -centenarios guardan el secreto de los siglos que pasaron. El golpe de -nuestras hachas hará despertar a los policromos papagayos y el cielo se -punteará de colores caprichosos. Al ruido de nuestros pasos, el tigre -cruel levantará su cabeza feroz; pero no temamos. Somos la vida -inteligente, la civilización y la paz. Todas las alimañas de la selva -necesitarán huir, desaparecer, ante nuestra invasión arrolladora. - -Marchemos hacia las remotas montañas, escalemos los picos de las -cordilleras. Que los cóndores solitarios abandonen también sus -madrigueras. Más alto que las nubes, sobre las madrigueras de los -cóndores soberbios, ¡nosotros levantaremos la frente ambiciosa! Nos trae -la ambición. Contra la ambición no valen nada las barreras de los montes -más encumbrados. Y no nos detendrá el hielo. Iremos a los valles -desiertos del Mediodía, allí donde los pájaros marinos graznan su -estúpido canto en la soledad de los acantilados. Llevaremos la vida a -aquellas playas distantes, y el humo de los hogares civilizados -levantará su columna gloriosa en el cielo hiperbóreo. - -Marchemos hacia la llanura. ¡Oh, qué maravilla divina, regalo de los -dioses benéficos, ofrenda del cielo a los hombres de buena voluntad! Sus -límites se confunden con el mar y con las ingentes cordilleras. Como un -plato de abundancia se ofrece al hombre laborioso. Grande, inmensa, -fabulosa, esa llanura no se acaba nunca. Parece un sueño fabuloso, o un -cuento oriental. Su tierra es negra, blanda, profunda; no la entorpecen -las rocas; toda ella es aprovechable, semejante al manjar que la -providencia de una madre presenta al hijo. Y esa llanura infinita nos -está aguardando. Nos espera, como la amada al amado, temblando de -emoción, impaciente de recibir en sus entrañas nuestra caricia. - -¡Hurra, hurra! Los desheredados del viejo mundo, los hijos de la -pobreza, los expulsados, marchemos a conquistar la tierra prometida. Con -arados y azadones la conquistaremos. Será nuestra. Tendremos tesoros, -riquezas increíbles, rebaños. - -Qué placer tan viril hundir el arado en la tierra virgen y ver cómo -brotan mares de espigas. Anegarse en el oro del trigo cosechado. Sentir -que la tierra produce sin esfuerzo, y que al tiempo de cosechar llega la -fortuna repentinamente. Tender la mirada hasta el horizonte y ver que -todo aquel océano de espigas maduras nos lo regala el destino. Sentirse -fuerte y pletórico, como nadando en abundancias consecutivas y sin -fin... - -El placer de los rebaños ascendentes, prolíficos; los rebaños que se -hinchan, se agigantan, como en las leyendas bíblicas; los rebaños más -numerosos que las arenas de la mar. La reproducción fastuosa, el -crecimiento inaudito. Las ovejas que se multiplican en cifras de -millares; el novillo que se convierte en multitudes de toros bramadores. -Toda la llanura cubierta de vida y de abundancia. ¡Marchemos, -compañeros, a conquistar esa tierra de promisión! - -Nosotros también, como las espigas y los ganados, nos multiplicaremos. -Pequeños somos, es verdad, y pobres; pero nuestra semilla humana -fructificará en cosechas de muchedumbres futuras. De nuestra raíz -ambiciosa y viril nacerá el pueblo venidero. La llanura se cubrirá con -los hijos de nuestra sangre, y ese pueblo futuro se hinchará, se -agrandará gigantescamente, como las arenas del mar. Y así tendrá el -mundo una reserva de nuevas y juveniles probabilidades. Cuando los -continentes viejos no produzcan más que flores fatigadas, los hijos de -nuestra sangre ofrecerán a la humanidad sus energías ingenuas, su -entusiasmo y su optimismo. - -Sea bendito el fruto de nuestro trabajo. Y mil veces bendito sea el -fruto de nuestra sangre, el hijo de nuestro ser. Que la Fortuna lo -adopte y lo cuide celosamente, para que se convierta en una fuerte -realidad; para que no se malogre en vanas tentativas; para que no le -arrastre el demonio de la estúpida soberbia, o el otro demonio de la -frivolidad, o aquel otro demonio que se llama sensualismo. ¡Que la -Fortuna adopte al hijo de nuestra sangre, para que sea una realidad de -fuerza, de pensamiento y de idealismo! - - - - -IX - -ASPECTOS DE BUENOS AIRES - - -Carencia de viejos - -Deseo hacer partícipe al lector de una de mis habituales preocupaciones: -¿Dónde están los viejos porteños? ¿Hay ancianos en Buenos Aires? Y si -existen viejecitos en esta turbulenta ciudad, ¿en qué rincones -misteriosos se ocultan? - -El interés de algunas ciudades estriba nada más que en el número y la -exhibición de sus ancianos. Los viejecitos de esas ciudades, -generalmente tranquilas, suelen tener sus plazas y paseos exclusivos, -adonde acuden los días de buen sol, si es invierno, o en las mañanas -frescas del estío. Se les ve también en las puertas de las casas, -mirando beatíficamente el transcurso de las cosas callejeras, o formando -grupos en los bancos de los paseos, para comentar los sucesos de hace -medio siglo. - -Estos viejos acartonados no existen en Buenos Aires. Naturalmente que -sería demasiada exigencia pedir que en el vértigo de la City se pasearan -con su pasito breve los sobrevivientes del tiempo de Rosas. Las ciudades -agitadas suelen excluir de su centro vital a todas las personas débiles; -pero en los remansos tranquilos, en los paseos centrales de París, por -ejemplo, es frecuente encontrar a los pulcros ancianos de vestimenta -anticuada y con la roseta, a veces, de una honorable condecoración. - -Yo he indagado en los paseos de Buenos Aires, y no he visto en ellos más -que niños, transeúntes melancólicos y atorrantes. ¿Es que no hay viejos -en Buenos Aires? Acaso no existan, en efecto, o cuando menos no forman -multitud. Desde luego puede asegurarse que no existe esa clase de -ancianos vegetativos, ambulantes, acartonados, de aquellos que parecen -conservarse por virtud de un ambiente particular. - -A muchos podrá parecerles este dato desconsolador. Pero si miramos al -fondo del problema, fácil nos será advertir que la vejez acartonada, la -vejez estacionaria y vegetativa, no siempre señala un grado distinguido -de vitalidad. Al contrario, los casos de vejez excesiva son patrimonio -de los países estacionarios, en que la existencia carece de energía y de -ardor. Los viejos centenarios, según dicen las estadísticas, están en -mayor número en los pueblos pobres y poco fecundos. Allí se llega a la -longevidad por ausencia de gasto: es un efecto de economía que entra de -lleno en la sordidez. A fuerza de escatimar la acción, la vida se -prolonga; pero esa clase de vida, si vida puede llamársele, no merece -ser envidiada. - -Mientras que en los pueblos activos, el hombre vive plenamente, sin -reservarse; se abandona al remolino del azar, y pone todo su tesoro -vital en la contienda. No se resguarda sórdidamente. Sus nervios, sus -músculos, sus órganos fundamentales, su cerebro, su imaginación, todo -lo lanza a la vida. Cincuenta años de brega significan una larga -historia de emociones. Vive, pero vive plenamente, con todo su ser, -robustamente, intensamente. Negocia su existencia a un plazo corto; -cuando el plazo ha vencido, sus órganos están destrozados. La muerte, -inexorable cobrador, llega a hacer efectiva la letra. Y todo acaba. Y -otro acude en seguida a ocupar el puesto... - - -Faltan gatos - -Otra particularidad muy curiosa de Buenos Aires, es que mantiene muy -pocos gatos. Si se pudiera hacer una estadística de tales mamíferos, -quedaríamos sorprendidos ante la cortedad de las cifras. - -En muchos países se considera al gato como una entidad adherente, -indispensable, necesaria a la familia. El gato viene a ser así algo como -el fogón, como el lecho, como la cuna, como la olla. Una familia sin -gato, en esos pueblos a que me refiero, equivale a una familia trunca e -incompleta. Cuando la familia cambia de lugar, el gato sigue el éxodo -fielmente. Si la familia es pobre y ha sido desahuciada, el gato, sobre -el ajuar miserable, aguanta estoicamente el revés de la fortuna. Y el -gato se encarga de soportar el irascible humor de la familia, cuando la -familia sufre, o recibe los mimos suaves cuando la familia goza. Unas -veces puntapiés, otras veces sobaduras tiernas en el lomo, el gato lo -soporta y lo acepta todo, con aquella cauta filosofía que tanto le -distingue. Y se le ve en lo alto de los muebles, limpio y sedoso, -adornado el cuello con una cinta roja; o junto al fogón mugriento, al -calor de las brasas familiares. Algunas madres frustradas adoptan al -gato como a hijo, prodigándole las más dulces afecciones. Y por la -noche, sobre todo en las noches de luna invernal, los tejados suelen -convertirse en escenarios de amorosas tragedias; los mahidos de los -gatos llenan con su música supersticiosa la calma nocturna. - -En Buenos Aires se ven muy pocos gatos. Hay numerosas familias que -desconocen al gato, que no lo han tenido nunca en sus casas. Esto -parecería absurdo a muchas personas de otros países. ¿Por qué se ven -pocos gatos en Buenos Aires? Es que les falta ternura a las familias -porteñas? O es que no existen ratones? - -La explicación de este fenómeno debe de estar en una de las principales -características bonaerenses, o sea en la accidentalidad y nomadismo de -los hogares. Las familias se organizan demasiado bruscamente: en tal -caso, muchas cosas del hogar necesitan padecer el defecto de la -improvisación. Dos extranjeros, llegados de opuestas zonas, se -encuentran, se aman, contraen matrimonio. Son dos «déracinés», como -dicen los franceses. Al unirse, cada uno de los cónyuges hace omisión de -sus hábitos tradicionales. Recuerdan que en su casa de la patria remota -había un retrato del abuelo, unas cortinas que bordó la madre en su -mocedad, un sofá donde murió el padre, un gato viejo y maniático... Pero -todo esto ha quedado allá lejos, interrumpido, roto, sin continuidad, -como un primer tomo de una novela. Al formar familia, instintivamente -enuncian el propósito de «empezar de nuevo». Empiezan, efectivamente, -una vida, una cuenta nueva. Todo en ellos es nuevo, sin tradición y sin -compromisos anteriores. Compran los muebles, los utensilios juntos, de -una vez. No heredan nada de nadie. El hogar es un conglomerado de cosas -anónimas adquiridas en los bazares. ¿Cómo podrían acordarse del gato? El -gato presupone historia y tradición familiares. No habiendo historia ni -compromisos con los manes de los antepasados, el gato no tiene razón de -ser ni de existir. Es verdad que caza ratones, y esa utilidad de sus -garras podría sincerar su existencia; pero la química con sus polvos -venenosos, la ferretería con sus cepos automáticos, superan a las uñas -gatunas. La permanencia del gato no se debe a la utilidad. El gato, en -la familia civilizada, tiene un sentido más íntimo, más filosófico, y de -esencia más oculta. - - -Los escaparates - -Pocas ciudades aventajan a Buenos Aires en el lujo de sus comercios. Es -un lujo imaginario muchas veces, un derroche de luz y de maniquíes, una -fantasía de exhibiciones. Los escaparates porteños resultan una -verdadera fiesta de adornos, de prodigalidad, y con frecuencia también -de buen gusto. - -Pero los escaparates, como todas las cosas, hasta las más vulgares, -tienen su psicología particular. Repasando uno a uno los escaparates -bonaerenses, es posible averiguar los vicios, las características -morales, las pasiones de los habitantes. Observad, verbigracia, los -comercios destinados a vender objetos comestibles, y descubriréis una -nota original del carácter argentino: su escasa glotonería. Pero -observad inmediatamente los escaparates de las tiendas de lujo, y -conoceréis el prurito de ostentación que ocupa el mayor espacio del alma -argentina. - -Los escaparates de los almacenes y reposterías no están en Buenos Aires -a la altura de su prestigio. Hay muchos bares, restaurantes, -confiterías; pero esa profusión de lugares donde se come y bebe no -significa, a lo más, otra cosa que abundancia de dinero. Falta, en -cambio, el esmero de las muestras, falta la tentación de las golosinas -expuestas con ánimo de sobornar la gula del transeúnte. Esto indica que -el argentino no es glotón. Mejor dicho, no es vicioso del comer. Sus -antepasados, agarrándose al churrasco, al mate y a la galleta dura, -soportaban las empresas heroicas de la llanura. El puchero, que aun se -mantiene en vigor dentro de respetables familias, habla mejor que nada, -con su simplismo culinario, de la sobriedad platense. - -Pero los escaparates de las tiendas de modas, adornos, bisutería, están -hablando por su parte de la condición exhibitoria y fastuosa que llena -el alma de los argentinos, así como de los seudoargentinos. Los -comerciantes lo saben muy bien; las vitrinas de sus tiendas relumbran -ante la mirada de las pobres mujeres fascinadas, y ante el ojo codicioso -de los hombres. Gustan el charol, la seda, los encajes, las colas, las -joyas, las plumas. Todo lo que concierne a la vanidad. - - -El horror a lo antiguo - -Las casas viejas de Buenos Aires se van. Quedan muy pocas, y las pocas -que quedan desaparecen con singular rapidez. - -La muerte de las cosas familiares origina en todas partes un sentimiento -de melancolía; cuando esas cosas, además de familiares, tienen un valor -artístico, todavía la melancolía es mucho más acentuada y universal. -Pero en Buenos Aires, por no se sabe qué fenómeno de psicología, todo -eso no levanta la menor emoción. Caen las casas, se derriba lo viejo, -huye lo familiar y lo histórico, y el alma pública sigue tan fría, como -si esos objetos no la afectasen en nada. Se diría que la ciudad está -poblada toda ella por gentes nuevas y adventicias, para quienes lo de -ayer carece de sentido. Sus almas se diría que no guardan contacto ni -continuidad con las almas antepasadas. Se diría una ciudad sin -historia, sobre todo sin abolengo, cuya tradición comienza desde ayer -mismo, todavía más: desde hoy... - -Lo característico de Buenos Aires, y también de la vasta región que -sigue sus inspiraciones, es una especie de horror hacia lo viejo. -Repugnancia por la pátina,--he ahí lo que singulariza a la moderna -sociedad argentina. Las casas todas son nuevas; cuando la pesadumbre de -diez, veinte años, empieza a barnizarlas con el matiz inapreciable del -tiempo, entonces se las derriba y se construye otras nuevecitas y -flamantes. Los muebles tienen que ser nuevos también, para que los -salones de una casa ofrezcan el aspecto de haber sido amueblados el día -anterior por la tarde. Nada de antigüedad. - -Los países europeos sienten gusto de estimar las cosas, no por su -novedad, sino por sus anos; aquellas gentes entienden que una familia -será tanto más noble, cuanto más generaciones pueda contar, y que los -muebles, las casas, las joyas y los trajes ganan en nobleza con el -tiempo. Se piensa allí que lo noble no es lo de hoy, porque toda -nobleza heráldica o intelectual, necesita ser contrastada y discernida -por los años, por los siglos. Se piensa allí además que la pátina es el -secreto de la estética, puesto que un hermoso palacio recién construído, -con sus piedras blancas y virginales, está recordando con exceso al -albañil y al maestro cantero; parece haber salido de un taller, limpio, -brillante, con la firma del arquitecto bien visible y las huellas de las -manos del herrero en las verjas del parque. Mientras que, al contrario, -un simple torreón viejo devorado por la yedra, ofrece, gracias a su -adusta vejez y a su anónima factura, un efecto extraño de belleza. Es -como si el torreón ese hubiera surgido hecho de la misma tierra, o como -si toda una época, toda una civilización, hubiesen tomado parte en su -obra. Del mismo modo se entiende, en esos países europeos, que el -mármol, el marfil y el bronce ganan con el tiempo, así como las buenas y -legítimas joyas, y que careciendo de pátina, el cristo de marfil y la -estatuita de bronce, recuerdan demasiado al bazar de «objetos -artísticos» en donde fueron comprados. - -En los objetos del culto cristiano se advierte el mismo afán de -pulcritud, la misma tendencia hacia lo bonito de los criollos. Los -extranjeros que llegan de países seculares quedan sorprendidos ante el -efecto, casi negativo, que ocasionan esos templos barnizados, -desprovistos de penumbra y de ha grave austeridad que debe tener una -casa de oración. Una catedral gótica, con sus sepulcros de mármol -mohoso, sus altares un poco descoloridos y sus imágenes algo -desportilladas, sería recibida en Buenos Aires con un mohín de -repugnancia. Inmediatamente abrirían ventanas en los muros, para que las -naves sombrías adquirieran luz, y los santos y los altares, las piedras -consumidas por el roce de los siglos, todo eso que habla al espíritu -religioso de una manera tan profunda, sería reformado, pulido, -barnizado, puesto a tono con la general corrección mundana. - -Tampoco se muestra la gente muy apegada a desempolvar recuerdos -históricos de larga fecha. Todo cuanto se refiere a un siglo pertenece a -la «edad antigua». La historia propiamente dicha comienza en la -revolución de 1810; lo anterior a esa fecha corresponde a la -prehistoria. Se sospecha que antes de ese año culminante de la -revolución hubo hombres, quizá comerciantes, acaso artesanos: pero todo -aparece borroso y vago, como podría aparecer a los ojos de un francés la -vida de los galos prelatinos. No se quiere ahondar demasiado en los -prolegómenos de la nacionalidad. En rigor, aquellos siglos preliminares -en que se formaban la raza y el carácter merecen poca simpatía; es como -si se tratara de cosas y personas extrañas, sin contacto con las cosas y -personas actuales. Y, sin embargo, los pueblos tienen mucha semejanza -con los vinos. Los buenos cosecheros preparan en un principio sus cubas, -maceran los caldos, hasta que el recipiente se empapa y satura de esa -que, castizamente, se llama «solera». Aunque el vino primitivo vaya -enajenándose, las nuevas aportaciones se saturan del sabor originario, -gracias a la poderosa virtud de la solera, y las nuevas cosechas, en -infinitos años, conservan siempre el sabor y el tono de la elaboración -primera. Los pueblos, asimismo, por muchas importaciones y renovaciones -que sufran, guardan siempre la modalidad, enérgica, definitiva, que -adquirieron en su formación. Por eso, con todas las aportaciones -exóticas y multiformes que caen diariamente en la Argentina, la -modalidad auténtica, la que se formó en los primeros tiempos de la -colonia, se mantiene viva siempre. - -Pero el tiempo pasará, y todo lo que ahora es heteróclito y renovado irá -consolidándose. Las fortunas se harán cada vez más tradicionales. Las -familias contarán entonces con un abolengo de varias generaciones. Y -nacerá, si no ha nacido ya en pequeña escala y tímidamente, el amor y el -culto por los antepasados. - -Cuando llegue ese momento, los argentinos lamentarán la irrespetuosa -manía de destrucción de sus antepasados. Modestas, frágiles y sencillas -como eran, sin embargo, aquellas mansiones viejas habían guardado el -aliento de los abuelos, en su ámbito se desenvolvieron las vidas -antepasadas, y de ellas surgió el molde de la nacionalidad. - - -La marea humana - -Todos sabemos que una ciudad guarda mucho parecido con el cuerpo humano: -tiene un órgano vital, de donde fluye y se esparce la energía dinámica. -El corazón es la urna que contiene el tesoro bullente de la vida humana; -las ciudades poseen también su corazón. - -El palpitante corazón de Buenos Aires se llama la City. Suprimid ese -barrio vital, y la población no tendrá ninguna razón de ser; paralizad -el movimiento febril de la City, y la ciudad habrá quedado inmóvil, -yerta, como un hombre presa de un síncope. - -Una de las cualidades de Buenos Aires que merece mayor aprecio, es su -franqueza. Buenos Aires no engaña a nadie. Al extranjero que desembarca -en los muelles, le ofrece como primer espectáculo el de la City, con sus -bancos y oficinas de negocio. Hace, como si dijéramos, sonar un saquito -de monedas al oído del inmigrante, para convencerle desde luego que en -esa tierra de promisión no encontrará más que tópicos monetarios. - -Otras poblaciones suelen ser hipócritas o convencionales. Presentan al -viajero las severas fachadas de sus Universidades, liceos y pinacotecas, -con la intención de aparentar una vida de divagaciones mentales. Pero -Buenos Aires, mucho más sincero, pone en primer lugar sus Bancos y -oficinas mercantiles. Así logra encadenar al hombre ambicioso, -inyectándole desde el momento que desembarca el virus de la codicia. Una -codicia franca y leal, libre de simulaciones. - -La City propiamente dicha es pequeña: comprende cuando más una -superficie de un kilómetro cuadrado. En ese espacio de terreno tan corto -se encuentra lo más vigoroso y potente de la ciudad: los Bancos, la -Bolsa, las agencias de navegación, los grandes remates, las oficinas de -tierras y de seguros. Lo más vivo, todo cuanto significa fuerza -financiera, está comprendido en esas calles privilegiadas. - -Pero la City, a pesar de ser el corazón de la metrópoli, tiene aspectos -tan distintos, que parece una ciudad extraña, un pueblo extranjero -incrustado en la urbe criolla. El americanismo novelesco evoca en la -imaginación formas ligeras e indolentes, colores claros y pintorescos. -La City no es americana en ese sentido. Es de un americanismo yanqui; -negra, fea y agria. La angostura de sus calles hace que los tranvías, -los carruajes y las personas vayan disputando entre sí y eludiéndose a -trompicones. Uno piensa con terror que camina por la calle de milagro, y -se llega a creer firmemente en una providencia vigilante. - -Y el ruido. No se parece al ruido disciplinado de algunas avenidas -europeas, donde el paso simétrico de cuatro filas de vehículos recuerda -a un ejército en marcha, a un torrente majestuoso. En la angostura de la -City bonaerense, el ruido es desordenado, agudo, irritante. Los -tranvías, rozando las aceras, arrojan al oído del transeunte sus latidos -metálicos que crispan; los carros se enredan; riñen los conductores, se -apostrofan y amenazan con los puños cerrados. Los nervios vibran. Y -pasan rápidos los caminantes, empujándose, pisándose, obsesos en su -única y común preocupación. - -Sin embargo de su fealdad y su acritud, ¡qué emocionante es la City! -Nada hay en Buenos Aires que me produzca una impresión tan enérgica, -como un paseo por ese barrio cartaginés. Siento en sus calles como la -brutal caricia de una ráfaga huracanada. Me acuerdo del Océano, de la -tempestad, de los precipicios torrenciales, de todas las cosas -primitivas y fuertes que acatan el imperio de la fatalidad. En esas -calles tumultuosas recibo un aliento de sana y trascendental barbarie. -Me olvido de las exquisiteces decadentistas, de las neurosis afeminadas, -de los remudamientos intelectuales. La muchedumbre me rodea, me traga, y -yo me veo arrastrado como por un torrente. Olvido y disculpo los -encontronazos de los hombres, los atropellos de los carruajes; sobre mi -naturaleza de hombre de gabinete, aquella marea oceánica ensaya sus -golpes y ultrajes más imponentes. - -Bárbaro y violento, todo aquello tiene para mí un sabor nuevo, extraño, -excitante. Las caras rojas de los negociantes, la falta de educación y -compostura, los ademanes bruscos, eso apenas roza mi sensibilidad. Todo -lo brutal que allí reside, yo lo disculpo. La ola total me agarra, me -lleva, me infunde vigor, como un gran trago de _whisky_. Siento que me -asalta entonces la borrachera de aquella multitud encandilada, y el -entusiasmo del ambiente se me introduce en la tímida alma -intelectual... - - - - -X - -PSICOLOGÍA DE LOS ANUNCIOS - - -Antes de visitar la República Argentina conocía yo varias de sus -intimidades. La lección previa me la habían dado sus periódicos, grandes -como océanos. Pero no aprendí a conocer esas interioridades en las -columnas periodísticas, en sus artículos políticos ni en sus reseñas -sociales o policíacas. Mi curiosidad bebía en unas fuentes humildes y -despreciadas: en las planas de anuncios. - -Cada pueblo tiene su fisonomía; tienen también las planas de avisos de -sus periódicos un tono diferenciado. ¿Para qué buscar los datos en las -planas principales de las hojas cotidianas? La verdad y el rasgo -característico suelen estar allí casi siempre velados o atenuados. La -civilización, obligándonos al uso del guante, quiere también que -enguantemos nuestras ideas y emociones. Se escribe discretamente, -envolviendo en eufemismos los pensamientos, poniendo sordina a la -indignación y evitando los grandes ademanes. En cambio, quién es capaz -de contener las exclamaciones rudas y sinceras de los anuncios? Los -artículos pasan por el tamiz del director o del propietario, mientras -que los anuncios llegan directamente de la calle y pasan a la imprenta. -Pagan religiosamente su inserción, y en tal sentido se sienten con el -derecho de decir la verdad. - -La grosería de lo demasiado sincero es una de sus peculiaridades. Están -ahí todos los días, revueltos y amontonados, gesticuladores. Nos hacen -muecas raras y altisonantes, para que nos fijemos en ellos. Como los -sacamuelas de las plazas, como los apóstoles de las sesenta religiones -que actúan dominicalmente en los jardines de Boston o de Cincinati, esos -avisos cotidianos se esfuerzan por atraernos. Si uno grita, otro grita -más fuerte. Recurren a todos los arbitrios de notoriedad, y emplean en -ello un ingenio sutil y estrambótico. Nos ofrecen todo, nos regalan -todas las delicias, con tal de que les hagamos caso. Brindan la salud, -la fortuna, la felicidad... Pero tan grotescos y charlatanes como son, -en los anuncios está la raíz psicológica de un pueblo. - -Más adelante, cuando una sociedad venidera intente reconstruir la -historia prolija de nuestra época atormentada, necesitará recurrir a -planes de comprobación muy delicados, y apartar la hojarasca de los -datos numerosos y confusos. Ningún dato mejor que los anuncios. Las -sociedades futuras observarán, por ejemplo, que el mayor número de -avisos está formado de dos temas: la oferta de específicos medicinales y -la invitación de medios para adquirir fortuna. Con lo que deducirán que -nuestra época padece dos enfermedades distintas y una dolencia -verdadera: intemperancia. - -He dicho antes que yo conocía previamente los rasgos argentinos por los -avisos de sus periódicos. Me gustaba, efectivamente, hundirme en la -lectura de sus numerosos anuncios, desentrañar su sentido, gozarme en su -pintoresca confusión. No he sentido después una sensación tan plena de -la inconsciente juventud argentina. Yo me entretenía en el juego raro de -«perderme» entre las columnas y planas anunciadoras de los periódicos de -Buenos Aires, analizar su alma, discernir sus rasgos originales. - -«Se presta dinero sobre sueldos y alhajas», es el aviso que menudea en -muchas capitales burocráticas de Europa. En Buenos Aires también abundan -los avisos de préstamo. ¡Pero qué distintos! Leed uno: «Dinero -disponible, _cualquier suma_, para hipotecas. Largos plazos y -amortización a voluntad del tomador». Hay otro más expresivo todavía: -«Cualquier suma disponible, desde 10,000 hasta 1.000,000 de pesos...». -Aquí no se trata de mezquinas usuras sobre sueldos; no se transparenta -aquí, detrás del aviso, una vida de estrechez y de mal disimulada -tacañería. La usura, en este caso, toma un aspecto magnífico. En ese -millón de pesos ofrecido hay una enorme ambición de dar, y otra enorme -ambición de arriesgarse en estupendas aventuras. Pueblo que vive del -crédito, gente que no sabe ahorrar ni contener sus prodigalidades y sus -apetitos; pueblo que carece de dinero, posee, sin embargo, la audacia de -entenderse por cifras de millones. - -La virgen tierra inacabable aparece detrás de los avisos como un mágico -telón de fondo. La locura de la tierra, la locura de las especulaciones -bruscas, rápidas, ilógicas, es una característica del país, la que le da -el tono principal, la que le hace aparecer como un gran tapete verde en -donde todo es motivo de juego y de azar; las cosechas de trigo, los -rebaños, los barcos llenos de maíz. «Compro cualquier extensión de -tierra, pagando al contado,» dice un aviso gallardamente. - -La grandeza territorial de un país no saben expresarla bien los mapas y -las geografías. Tantos grados de latitud, tantos kilómetros cuadrados de -superficie: todas esas cifras geográficas no aciertan a darnos una -visión clara de la extensión. Los avisos saben medir mejor. «En Río -Negro, vendo 5,000 hectáreas, y dos fracciones con 10,000 hectáreas más -o menos.» Este _más_ o _menos_ es de una real e ingenua magnificencia. -Acostumbrado a ver las parcelas de tierra perfectamente medidas hasta el -centímetro, un europeo queda asombrado ante esas elásticas mediciones, -ante ese _más_ o _menos_ que bien puede consistir en 100 ó 500 -hectáreas. «Vendo cuatro leguas en el Neuquen.» He ahí cómo los avisos -de los periódicos son los más justos y expresivos historiadores de la -Argentina. - -Hasta en la manera de pedir y ofrecer empleos resultan grandes -psicólogos los avisos. No se solicita trabajo en forma humilde y -pordiosera, como en los países muy trabajados por la concurrencia. Los -avisos dicen simplemente: «Necesito obreros; tres pesos por día.» -«Jardinero experimentado, se ofrece.» No hay aquí ninguna imposición por -parte del amo ni ninguna mendicidad del lado del operario. Se -transparenta la libertad de contratarse, el ir y venir de los hombres a -lo largo de los oficios, hacia la meta hipotética de la fortuna. - -Luego viene el capítulo numeroso de los avisos de subastas. A través de -esos avisos está viendo el lector la trama nacional, el ambiente de -aventura, de engaños y de audacias. Se ve pasar una multitud de -agiotistas, especuladores, locos, ilusos y temerarios. Hallazgos -inauditos, sorpresas fabulosas, negocios pingües realizados en un día. -Terrenos que se compran por la mañana a diez, y por la noche se venden a -cien. Acaso pérdidas bruscas y jugadas más que dudosas. - -También nos enseñan los anuncios a conocer el espíritu nómada de estos -países improvisados, repentistas, sin cimientos en la tradición. Basta -fijarse en la sección de compras y ventas. Se venden las casas como -pudieran venderse juguetes. Se venden las casas con sus muebles, con -todos los objetos familiares. En las viejas sociedades está la familia -como pegada a la tierra y a los objetos caros. Antes de desprenderse de -un mueble, una familia europea echa mano de todos los recursos -defensivos, porque el mueble conserva el roce y el baño de la tradición. -En aquel sofá se sentaba el abuelo; aquel crucifijo oyó las oraciones de -la madre; en aquel armario se guardaban los mantones bordados y los -abanicos de nácar de la abuela. Tienen aquellos objetos aromas -espirituales. Pero en Buenos Aires los muebles son cosas sin expresión: -se compraron ayer todos juntos, y como hoy han pasado de moda, se venden -todos en montón. Nada dicen a las sumidades del alma donde se esconden -los recuerdos. Nacieron de la vanidad y la vanidad los enajena. Van, -ruedan, como los hombres, como las familias, como todo el país... - -La gente vive muy aprisa y está enferma; pero no quiere morirse. Para -enfermedades indefinibles se inventan medicinas fantásticas. ¡Pobre -humanidad civilizada! Compras muy cara tu civilización. Los avisos de -los periódicos lo dicen: necesitas excitantes alcohólicos para -multiplicar la actividad del trabajo o del placer, y te hacen falta -tónicos reconstituyentes para no caer en la consunción. - -La sociedad requiere el _whisky_, el vermut o el cognac para ofrecerle -al organismo una amplificación enérgica. Es preciso comer mucho, creando -una energía artificial que nos permita dilatarnos hasta todas las -solicitaciones de la ambición y de la sensualidad. Para eso se inventan -los aperitivos. Cuando éstos no bastan, se inventan las panaceas -reconstituyentes, los tónicos salvadores. Pero las panaceas -farmacéuticas no son más que livianos paliativos o donosas mentiras. -Entonces sobreviene la neurastenia, el histerismo. Los avisos lo dicen: -Las tres cuartas partes de los médicos que se anuncian en los periódicos -son especialistas de enfermedades nerviosas. - -¡Enloquecer! Este es el destino de las sociedades ambiciosas, activas, -incontinentes. El progreso exige que vibremos como cuerdas tensas y que -no hallemos jamás el reposo o el término a nuestros apetitos apasionados -¡Más, más! Este es el mandato imperativo. Un algo trágico surge del -maremagnum de los avisos. Entre el júbilo de las ventas y de los -millones ofrecidos, se levanta la hostil catadura del farmacéutico -trayéndonos un frasco tonificante. Cansancio, agotamiento; he ahí el -corolario de la vida moderna. Y una locura ascendente, devastadora, que -alcanza a todos los seres humanos. - -Esa tragedia moderna está hablando ahí, en las planas de los periódicos. -No hay novela, no hay historia tan íntimamente veraz y emocionante como -los avisos de un periódico. La humanidad aparece en ellos desnuda, con -el más desconcertante impudor. - - - - -XI - -LAS MANSIONES Y LOS HOMBRES IMAGINARIOS - - -¿Qué cosa es lo real? Por el supremo valor que le damos al dinero, nos -inclinamos a respetar como la cosa más real y positiva, un Banco, por -ejemplo. Sin embargo, en Buenos Aires he perdido yo el respeto que me -merecían, como a todos los hombres pobres, los Bancos. - -Junto a los Bancos de la City se reúne una multitud de escritorios y -pequeñas oficinas, de distintos tamaños, de nacionalidades diversas. Al -principio sentía yo un gran respeto por esas oficinas, adornadas con -todo el lujo de rótulos dorados, extensos cristales, tableros con -cifras y cotizaciones, ingentes armarios de hierro. También me causaban -respeto una especie de antros, a cuya puerta veía clavadas muchas, -infinitas placas de cobre con un nombre o una firma comercial. Miraba al -pasar el fondo de aquellas habitaciones, y descubría allí dentro un algo -misterioso, una suerte de esfuerzos heroicos en que estaban empeñadas -gentes audaces y patrióticas. Pero también les he perdido el respeto a -esos antros... Ahora los miro como lugares cómicos, pintorescos, nidos -de aventuras novelables. - -Son unos locales espaciosos, compuestos de un patio largo al que -convergen numerosos cuartos y gabinetes; en los pisos altos se continúa -la misma distribución de habitaciones autónomas. Cada gabinete ostenta -un número, como las celdas de una cárcel o de un hospital; junto a la -puerta, una placa de porcelana o de cobre indica el apellido del dueño. -Estos dueños asumen las más variadas y antagónicas profesiones. Unos son -abogados, otros ingenieros, contratistas, rematadores de tierras, -registradores, notarios, agentes comerciales, representantes de -compañías navieras, de compañías pobladoras, de compañías de seguros; -otros negocios y profesiones suele haber que lindan con lo fantástico. -Cualquier persona que tenga el propósito de especular, pone su placa a -la puerta de un gabinete, planta una mesa y cuatro sillas, compra una -máquina de escribir y se pone a operar. ¿Sobre qué opera? Sobre nada, -sobre el vacío. Ya es una empresa de seguros, ya una sociedad de avisos, -de colonización, de cualquier cosa. En muchos de estos gabinetes se -sientan, es claro, verdaderos abogados, verdaderos comisionistas y -evidentes sociedades de colonización y de seguros; pero quienes dan -carácter a la cosa son los otros, los imaginarios, los increíbles e -inauditos. - -¿Qué habrá ahí dentro?--me preguntaba yo antes.--Hay hombres serios que -trabajan y operan sobre realidades; pero una muchedumbre opera sobre -sombras y palabras. Allí dentro no hay nada, o hay cosas de apariencia y -de ilusión. Este, por ejemplo, tiene en su mesa o tiradas por los -divanes, muestras de un alambre nuevo para cercar campos; el otro -presenta unas espigas de trigo cosechadas en un campo «que se dice que -se vende y es una pichincha»; otros no presentan ni eso, como no sea una -placa con un nombre, que es un enigma. - -Pero en ningún escritorio faltan planos y mapas de pueblos y territorios -lejanos. Los terrenos aparecen cortados por líneas simétricas, en forma -de parcelas cuadradas: son los terrenos, los eternos _terrenos_ que se -ofrecen a la especulación, las fichas de este gran tapete verde de la -república donde se juega a la compra y venta de fantasías. - -Allí se fraguan negocios extraños. Pulula por allí una gitanería -internacional, un picarismo cosmopolita, digno de la pluma de un -Dickens. Nadie tiene allí punta ni asomo de idiota; todos son -perfectamente linces, educados en la escuela de lo maravilloso. Se ve a -un italiano asociarse con un andaluz, a un vasco con un ruso, a un -inglés con un dálmata. Unos se engañan a otros, se echan la zancadilla, -en un torneo de astucia. Esperan a los incautos y a los ilusos. Viajan -en viajes repentinos y anónimos, para volver con informes y hallazgos -recogidos tierra adentro. Tienden la red, como las arañas, y aguardan a -la presa. - -Allí se fabrican reputaciones sorprendentes. Los campos secos, con -cuatro flacos novillos, pasan a convertirse en fértiles terrenos de -pasturaje. Enseñan muestras de pasto, o plantas de lino y maíz de gran -desarrollo. Con el dedo se recorren los mapas, hechos con la ciencia -aduladora de los técnicos que están en el secreto del negocio; se miden -en el mapa los terrenos y se ponderan sus perfecciones. Por aquí ha de -pasar el ferrocarril; allá se ha de fundar una colonia agrícola; por -aquel lado irá un canal de riego... Y las tierras se venden, se compran, -sin que nadie las haya visto. En ellas no hay cultivo, ni rinden ninguna -renta. No se compran por su valor esencial, sino por el valor que se -supone han de alcanzar más tarde. Como todos tienen interés en sostener -la farsa, la farsa sigue su curso. Ved un tapete inmenso, en cuya verde -superficie se reflejan las ambiciones y fantasías de tanto soñador, de -tanto aventurero. - -Un ambiente así, tan recargado de especulaciones monetarias, ha tenido -que producir muchas locuras. Uno de los locos más típicos, es el que -llamo yo «creador de proyectos». Su locura no cae dentro de los límites -del manicomio; no es un demente de clínica: es simplemente un maniático, -como el enamorado, como el artista. Tiene la monomanía de los proyectos, -tiene el ideal de la fortuna, así como para el enamorado y para el -artista sus ideales se convierten en obsesión fija y constante. - -El proyectista se levanta pensando en sus colosales negocios, y se -duerme con sus sueños de fortuna; pero la fortuna no se le aparece en -una forma material, sino fantástica e idealista. No quiere él la fortuna -como los hombres prácticos, para conseguir cosas y satisfacciones -reales: él desea la fortuna por la fortuna misma, ama el proyecto por el -proyecto. Algo parecido a Don Quijote, el creador de proyectos se ha -imaginado una Dulcinea, y por su bello amor vive, sueña, batalla, corre, -habla. - -Le veréis en cualquier punto del centro de la ciudad. Está en los cafés, -en los «bars», en los pasillos de los teatros. Como si su excitación -cerebral no fuera suficiente, aun la aumenta con los aperitivos y -estimulantes. Bebe vermut, copa tras copa; bebe sucesivas tazas de -espeso café; ingiere a borbotones la cerveza. Borracho por su monomanía, -apenas se da cuenta de la embriaguez alcohólica. Los alcoholes no añaden -locura a su borrachera idiosincrásica, permanente. - -¡Oh soñador, soñador empedernido, soñador de fantasías metálicas! El oro -de las libras esterlinas, la sedosidad de los billetes de banco, lo -envuelven en continuas sinfonías ideales. Y marcha por la vida -escuchando el sonoro retintín de las monedas, estimulado por su música -interior, enloquecido por la sarcástica excitación de su demonio íntimo. - -Un loco hace cien locos. El proyectista comunica a sus semejantes su -locura, y allí donde va deja un rastro de utopías. Escoge por lo regular -las naturalezas blandas y propicias, tal como los recién desembarcados. -Entonces ocurre que el que llega, en cuanto pisa tierra, choca con el -creador de proyectos, y el hombre se pierde irremediablemente. -Desembarcar en América, en el país del oro, y tropezar con un hombre -que baraja negocios, que hila y amontona proyectos, esto es tan terrible -como caer por la boca de un abismo. Así se explica que las calles del -centro estén pobladas por una muchedumbre rara, hiperbólica, -febricitante, que manotea epilépticamente al conjuro de una idéntica -locura. Todos hablan de proyectos enormes, de ganancias monstruosas. -Sobre las mesas de los cafés, de pie ante el mostrador de un «bar», en -mitad de la calle, los proyectistas gesticulan entusiasmados, o hablan -muy bajito, misteriosamente, para que nadie les sorprenda la idea y les -malogre el descomunal negocio. - -Negocios descomunales, sí; negocios estupendos. Pensar en grandes -destinos, o no pensar en nada. Unas veces se trata de crear una ciudad; -otras veces el asunto consiste en regar un desierto y valorizar las -tierras en proporciones de dos a mil; otras veces se habla de un invento -prodigioso, o de una nueva forma de reclamo, o de sociedades anónimas -con capitales inauditos. Las cifras más altas, los miles y millones de -pesos, bailan una danza extraña dentro de esas imaginaciones -espoleadas. Las demás cosas del mundo las encuentran insensibles; no -salen nunca del riñón de la ciudad, y en esas calles apasionadas y -ruidosas, ellos encuentran un placer morboso que los enajena. El -estrépito de tranvías y carros, el vocear de los chicos, los tropezones, -la continua alarma de la calle, todo eso los enardece. - -Absortos en su ideal, temblando siempre ante la inminencia del éxito, su -cerebro se convierte en una colmena de ilusiones. Dentro de sus almas -hay fuegos fatuos, sombras siniestras, iluminaciones repentinas y -maravillosas. Riman cantidades, como el poeta rima bellos adjetivos. -Poetas del negocio, idealistas estrambóticos en un medio cartaginés, -ellos vienen a ser las mariposas o la flor romántica del centro de la -ciudad. Flores morbosas y enfermizas, caldeadas por la locura. - -Hasta que caen lentamente en la indigencia, y se convierten en -atorrantes. O una noche cualquiera, no pudiendo sus pobres cabezas -resistir tan alta presión, revientan y se mueren. - - - - -XII - -UNA FARMACIA EN LA CITY - - -La torre del vigía - -¿Cuál es el punto más estratégico desde donde se puede vigilar mejor la -miseria humana? - -Una sala de juego, un confesionario, un cálido salón de baile son -culminantes sitios de investigación, en donde el ojo despierto penetrará -como una saeta en la psicología humana. Pero existe otro lugar -ventajosamente colocado sobre el panorama del mundo, o sobre el -escenario social, punto obligado adonde afluyen los dolores del hombre y -en donde la humanidad se muestra sinceramente en toda su pobre miseria. -Este lugar de transcendente observación se halla al alcance de cualquier -espíritu curioso. Se trata simplemente de las farmacias. - -El boticario es aquel para quien no existen secretos. El sabe qué -pequeños, qué endebles y cuán cobardes somos. Situado en su mostrador, -ningún esfuerzo necesita hacer para averiguar nuestras debilidades. -Desde que el día amanece hasta que la noche se cierra, todos nosotros -acudimos anhelantes donde él y le pedimos la salud, la providencial -salud para nuestra gran cobardía y nuestro estupendo miedo de morir. Y -todos nuestros vicios de lujuria, de glotonería, de sensualidad -impenitente, el boticario los conoce. Con más sinceridad todavía que al -confesor, le revelamos al boticario nuestras flaquezas. ¡Oh discreto y -tácito farmacéutico, que sabe callar tan filosóficamente y que no guarda -para nuestra miseria la menor sonrisa de desprecio! - -Alguna vez me ha arrastrado a la botica un malsano instinto de -curiosidad, y allí me he complacido en asistir al desarrollo y tránsito -de los gestos, las palabras, los elocuentes detalles del público, que -acude con sus recetas y con su zozobra. Pero las farmacias guardan entre -sí una vasta relación de categorías. No todas son igualmente -entretenidas e ilustradoras. La botica de los barrios pobres, por -ejemplo, sólo nos muestra un lado de la humanidad; la pobreza, la vil -pobreza. Y cuando la pobreza se junta con la enfermedad, entonces surge -un espectáculo que nada tiene de tentador. Son otras las farmacias -sugestivas. Las situadas en los barrios ricos, ¡éstas sí que ofrecen -largo tema de experimentación! Además tienen de favorable su ausencia de -tragedia. El elemento trágico de las boticas pobres se convierte en -tragi-cómico allá en las boticas que abastecen a los ricos. Porque el -rico es un ser que teme a la muerte con un temor ridículo. Tiene miedo -hasta de la sospecha de morir. Su regalona sensualidad se crispa a la -más pequeña amenaza del dolor. Un simple dolor de cabeza le obliga a -poner en movimiento al médico, al boticario, a todas las gentes -cercanas. Y tienen razón después de todo. La muerte, para quien sufre en -vida el hambre, el frío, la servidumbre y el vilipendio, hasta puede -resultar una puerta amable de huída, de liberación; pero aquel que todo -lo posee, justo es que se disguste ante la idea de abandonar unas cosas -y unos placeres que no serán fácilmente substituíbles en otro mundo -hipotético. Por otra parte, el miserable siente al morir que tiene -derecho a una compensación; ante cualquier posible tribunal de justicia, -el pobre está en el caso de reclamar el pago de deudas atrasadas. Pero -quien lo ha tenido y gozado todo, ése, aunque no lo declare, mantiene la -sospecha de que un justo tribunal posterior le habría de cargar en -cuenta las satisfacciones anteriores. Pero esto lo dijeron ya otros -labios más competentes. «Antes entrará un camello por el agujero de una -aguja», etc. - -Todavía mejor que en las boticas de los barrios acaudalados, es situarse -en aquellas otras del centro de la ciudad. Las boticas de la City son -las más instructivas, las más profundas y complejas. Media hora de -observación en una de ellas equivale a la lectura de un folletín. ¿No -queréis entrar?... - -He ahí una farmacia de la City. Por lo común es extranjera y tiene -escritos en los paneles de su fachada ininteligibles rótulos alemanes, -franceses o ingleses, quizá porque al vulgo de los dolientes les presta -más confianza la farmacopea de los pueblos lejanos: no hay que olvidar -que en todo enfermo habita un supersticioso. Recorred con la vista los -anaqueles y los mostradores: están llenos de frascos, botellines, -paquetes y envoltorios, cuyas leyendas nos hablan de específicos -providenciales, omnipotentes, todopoderosos. El milagro está allí, el -soñado milagro de los enfermos. Ninguna de esas panaceas duda o vacila; -todas afirman categóricamente su virtud curadora. Son hoy lo que eran -antes los visionarios, los profetas y los elegidos de Dios; curan los -males misteriosos, reportan vigor a los decaídos, infunden fuerzas a los -desalentados. Es una repetición, en fin, de las antiguas magias. Y es -que el hombre, por más que se empeñe en disimularlo, sigue siendo el -niño grande, adorador de la fábula. - -Numerosos carteles cuelgan al azar de las estanterías, de las columnas y -de las paredes. Asesorados por dibujos llamativos, esos cartelones -anuncian las virtudes múltiples y terminantes de los específicos, de las -aguas medicinales, de los ungüentos y de las hierbas. La ciencia aparece -allí convertida en un sacamuelas de plaza pública. Y se ven firmas -doctorales de médicos, que atestiguan formalmente la exactitud de cuanto -prometen los específicos. Industria, comercio, reclamo, añagazas, -grandes palabras, enormes afirmaciones, todo confundido con apotegmas -universitarios y bañado con un lustre científico. - -Es un gran observatorio, de seguro. No dudéis en aprovecharlo. Desde -allí se abarca el núcleo temblante, frágil, representativo de la pobre -humanidad. Fuera, por los cristales, se ve pasar el torbellino de la -gente, esa multitud sui géneris que va y corre por el barrio de la City -con un temblor de marea turbulenta. Loca y febril, vibrante, la multitud -pasa en pos de sus gruesos ideales; el dinero, lo mismo que una estrella -celeste, le guía a través de sus fracasos y dolores; la codicia le -espolea, y un trabajo brutal, nunca satisfecho, le presta esa inquietud -trascendental y única. - -Emana de esa multitud un aura de fuerza; las mismas casas obscuras y -pesadas sugieren ideas de un vigor incontrastable. Todo lo que vive y -transita por allí habla de fuerza y poderío. Los bancos llenos de -dinero--suprema significación de potencia--y los restaurantes -suculentos, así como las oficinas en donde se consagran los grandes -negocios, todo eso aporta a la imaginación sugericiones poderosas. Son, -indudablemente, cosas densas y firmes, cosas y muchedumbres vigorosas, -formidables. Sin embargo, en la botica está el secreto; allí se nos -revela el doble fondo, el reverso, la clave. - -Esos mismos hombres de aspecto y ademanes fortalecidos entran en la -botica y piden humildemente un tónico. ¡Una panacea, por Dios, que nos -ayude a soportar la carga increíble de la vida! Ya está, pues, el -secreto revelado, la mentira deshecha. Por debajo de la aparente fuerza, -la humanidad transeúnte arrastra sus vísceras doloridas y rotas. Del -torbellino pujante que pasa, van desprendiéndose los individuos, entran -en las farmacias y piden el elíxir que ha de proporcionarles vigor para -seguir andando, para continuar la lucha. La ciencia les da su calor como -la mano maternal que enjuga la frente sudorosa del guerrero. Y luego, -otra vez a las filas. Otra vez y siempre, ¡hasta la definitiva etapa -final! - -El arsénico, el yodo, el mercurio, la quina. Todas las substancias -revividoras se ponen a contribución. Olores acres y exóticos, gustos -ásperos, matices de color indiscernibles. Los organismos, al recibir la -inyección de esas substancias misteriosas, perciben como una sensación -de júbilo material, a la manera que el cansado corcel brinca y se -enardece cuando el acicate del impaciente amo le espolea. Brincan los -organismos, se llenan de un imprevisto vigor, y la carrera adquiere una -súbita celeridad. ¡Adelante, siempre adelante! - -Se le pide también al alcohol su virtud acicateante. Junto a las -farmacias, los bares y los cafés, los puestos de comida y las -cervecerías llaman la atención de los luchadores. ¡Entrad y -reconfortaos! Y entran a montones, turbulentamente, en solicitud de una -multi-nutrición. Comen glotonamente a dos carrillos, se hartan de jamón -y huevos y manteca, la carne roja les chorrea grasa por los labios. Es -preciso compensar con una sobrealimentación las pérdidas cuantiosas y -diarias. Para poder alcanzar a tantos negocios, para tener asidos los -vértices de tantas combinaciones codiciosas, hace falta exaltar la -personalidad y hacer que un solo individuo posea la aptitud de diez o -veinte. - -Devoran, tragan, beben copiosos vasos de licor cálido. El apetito -lánguido y perezoso requiere también la espuela del aperitivo. La musa -demoníaca del alcohol vuela sobre las frentes y ayuda a que enloquezcan -más aún, mucho más todavía. Todos vibrantes, tensos, como pugilistas en -el estadio. Comiendo, bebiendo, gesticulando. Rojas las caras, -brillantes los ojos. Y andar, andar sin freno, de una a otra idea, de -este a aquel proyecto. Sumar cifras, levantar montañas de ideales. -Manipular los billetes de banco con mano nerviosa. Sentir la infernal y -sublime embriaguez de gastar dinero. Ver cómo van y vienen las monedas, -al compás de un ritmo de locura. Oír la voz de las brujas que gritan en -el alma, como en el alma de Macbeth: «Tú serás rey: tú serás rico»... - -Mientras tanto el boticario combina sus drogas. - -En los momentos de tregua, cuando nuestro espíritu se abisma en su -soledad, acude a nosotros la revelación intrínseca y luminosa de los -pasmosos engaños en que vivimos. Durante esas paradas que hacemos al -margen del camino, llega a nuestra imaginación la síntesis final de las -cosas, y vemos que, verbigracia, todo esto que tanto nos enajena, -termina estúpidamente en un hueco de cuatro palmos abierto en la tierra. -El boticario y el enterrador son aquellos amigos adversos que no se -fatigan de aguardarnos, porque saben que no podemos faltar a la cita. -Entonces nos entra una gran desgana, y como los cenobitas quisiéramos -renunciar a toda lucha, ya que todo acaba tan simplemente, tan -brevemente. - -Pero quieren los hados que cerremos los oídos a la seducción ultra -epicúrea del renunciamiento místico. Y otra vez, pasado aquel momento de -alucinación intelectual, el hombre vuelve al torbellino. Nadie se libra -de esos instantes lúcidos en que la vida se muestra en toda su -integridad. Todos vuelven a incorporarse a la marea, aceptando como una -solución la locura de este tráfago inverosímil, sin objeto, sin -finalidad ni explicación. ¿Adonde se va? Nadie lo sabe. El mundo lo -ignora. Se ha inventado una palabra vaga: progreso. Pero lo cierto es -que el mundo, la sociedad, todos nosotros, obedecemos a esa ley de -movimiento que se llama vida, de cuya ley ninguno podrá evadirse, tanto -la planta como el hombre. Y la vida insaciable, al igual que los niños, -pide siempre más. - -Vivir más, con la mayor extensión e intensidad posibles. Más... -Boticario, ¿qué haces que no mezclas más aprisa tus mágicas drogas? - - - - -XIII - -ESCENAS MARINERAS - - -Los grandes puertos son sugestivos y amenos como una novela. En un barco -anclado hay siempre un mundo de imaginaciones, de posibilidades y de -heroicas inminencias. Pero el puerto de Buenos Aires es una novela mucho -más complicada y entretenida que las otras. Le conceden interés -dramático y pintoresco, no sólo los barcos y las mercaderías exóticas, -sino además los hombres. - -Los hombres que desembarcan en muchedumbre, y que traen en sus rostros -el gesto emocionado, estupefacto, de los descubridores. Como Colón en -otro tiempo se abalanzó a la proa de su nave y quedó ensimismado ante -la tierra soñada y al fin descubierta, los inmigrantes también corren a -la punta del barco y miran, con un silencio trascendental, aparecer en -el horizonte las cúpulas de Buenos Aires. Y más allá de las cúpulas ven -lo ignoto, lo misterioso de un porvenir que tanto tiempo se complacieron -en soñar. - -Ir errante por los muelles del puerto; he ahí un placer de nómada y de -visionario. Muchas veces me he complacido yo en evadirme de las cárceles -cotidianas, salir de la cuadrangular población y perderme a lo largo de -las dársenas. Confundirme con la multitud de los estibadores y -gabarreros, y sentirme pequeño, ignorado, insignificante, allí donde las -grúas rechinan con tanta fuerza y las sirenas de los vapores lanzan sus -alaridos tan gigantescos. Polvo, ruido, aglomeración. - -Todo tiene allí una energía descomunal. Las cosas son fuertes, enormes, -fatales. Los mismos hombres sugieren una impresión de fuerza poco -habitual. Lobos de mar, gavieros hirsutos, pilotos de andar zambo y ojos -grises, encalmados como un mediodía oceánico, pero que al mandar en la -maniobra se enardecen, chispean como un acero vibrante. Y la diversidad -de lenguas, la multiplicación de los tipos, cobrizos unos, otros negros, -rubios otros. Todos mezclados en el puerto, como en una resurrección del -mito de Babel. - -Aquí reposan los grandes y lujosos transatlánticos, con su turba de -camareros y marmitones, con sus oficiales galoneados. En otra dársena, -los chatos y ciclópeos buques de carga arrojan a tierra su varia -mercancía. Más allá están los vapores carboneros, con el pabellón -británico sobre el tope. Luego vienen los buques fluviales, largos, -llenos de ventanillas circulares, cómodos como un vagón de ferrocarril, -los suaves buques que se deslizan por la plateada anchura de los ríos y -que se sumen en la tórrida magnificencia del lejano Paraguay. Después -las dársenas se acaban y comienza la sinuosa y pintoresca región del -Riachuelo, atiborrado de bergantines, lleno de marineros tartajeantes, -con denso olor a brea, con un aire como de folletín romántico. Y entre -las dársenas y los pesados buques un enjambre de bateles, de gabarras, -de remolcadores, una actividad de hormiguero, una confusión clamorosa, -animada, tonificante. - -Y los ruidos. ¡Qué significación de colosal energía tienen los ruidos de -un puerto! Las máquinas chirrían y crujen; los vagones ruedan -sordamente; los cajones de mercancías caen con golpes agrios o rotundos. -Se escuchan los gritos de los capitanes que dirigen la maniobra. Un -buque se desprende del muelle, suelta las amarras, parte. ¡Quién sabe a -qué bellos países partirá!... - -Un buque es un monstruo hecho para lanzarse corriendo sobre las libres -olas. Dentro de las dársenas se mueve torpemente, marcha ciego, -conducido y guiado por los rechonchos remolcadores. La menor negligencia -puede hacerle chocar contra los malecones y abrirse en dos pedazos. Por -eso el capitán grita con gritos de ira y alarma. Los marineros, -injuriados por la voz del capitán, corren sobre cubierta, escalan -veloces los mástiles, hacen vibrar las maquinillas auxiliares. Y el -buque, lentamente, va salvando los obstáculos, pasa de una dársena a -otra, gana por fin la boca del puerto, aprieta los resortes de la -hélice, se lanza corriendo en busca de la alta mar hermosa. Entonces su -sirena vomita un alarido de triunfo, de gloria, de libertad. - -Y entonces, ¡con qué envidia sigue al barco valiente nuestra alma -viajera! Viajar, soltar las amarras, irse. Irse a cualquier parte; ir -por el placer de ir. Desprenderse de los muelles, desamarrarse de lo -cotidiano y convencional. Huir de lo habitual. Huir de la muerte, en -suma, porque todo lo que se inmoviliza se muere. Porque la muerte no es -más que un detenimiento. Y porque la vida es sólo un viaje. ¡Viajar, -vivir!... - -Para un artista o un soñador, los buques modernos no tienen todavía -suficiente encanto. En cambio los barcos de vela traen a la fantasía un -torbellino de recuerdos, sugericiones de aquellos siglos en que había -negreros, piratas y abordajes imprevistos. Por eso me gusta a mí -alejarme de las dársenas donde atracan los grandes buques de vapor y -zambullirme en los recodos pintorescos del Riachuelo, en los muelles -destinados a las fragatas, a las bellas corbetas, a las lindas goletas, -frágiles, graciosas y femeninas. - -Pero en los días de labor aquellos muelles están sacudidos por la fiebre -del trabajo, y el encanto es menor. De los ventrudos barcos sacan -montones de madera, adoquines, fardos y barriles químicos. En las tardes -del domingo es cuando los muelles esos adquieren su mayor curiosidad. -Entonces las grúas descansan, los carreros no alteran con sus voces -maldicientes la paz del lugar, y los barcos veleros semejan viejos lobos -de mar que reposan y sueñan una suerte de sueños colosales y exóticos. -Las finas arboladuras se lanzan al espacio, como queriendo extraviarse -en la pureza gris del cielo invernizo. Y las proas, tan parecidas al -semblante de un hombre, miran con sus ojos pacíficos la turbia quietud -de las aguas dormidas. Todo es pensativo y ensoñador en esos barcos -arcaicos, en esas naves de leyenda que la civilización ha condenado a -morir. - -Los marineros, como las naves, reposan también, sumidos en su nostalgia. -De bruces sobre la borda miran la tierra, las casas, los escasos -transeúntes; pero aunque miran no ven; sus almas andan lejos, en el -confín del mundo, en los puertos natales. Cabezas rubias de noruego, -ojos glaucos de inglés, melenas rizosas de italiano. Unos fuman su pipa -beatíficamente, sin un guiño ni la menor muestra de emoción; otros -pasean en silencio con las manos hundidas en los profundos bolsillos del -pantalón. Alguno de ellos, tal vez de vuelta de la taberna, rezonga y -balbucea como un animal aturdido, y marcha a ocultarse en su camarote. - -La atmósfera, que recuerda al cristal, tiene la rigidez tenue de las -finas cosas quebradizas. Se teme que cualquier choque brusco, o -cualquier agrio sonido, fueran a romper el cristal finísimo, -imponderable, de la atmósfera. Sólo caben allí los sonidos tenues y a la -sordina. Por eso es grato oír en esas horas inefables la voz gangosa y -apagada de los acordeones marineros. A veces suena un acordeón dentro de -un barco, y no se sabe dónde está el músico; parece que es el barco -quien canta, con aquella voz gangosa que rememora al órgano, o mejor -todavía a los armoniums místicos de las pequeñas capillas privadas. Pero -no, es un marinero de grandes barbas rubias, o un grumete lampiño. El -músico busca un lugar propicio en el seno del barco. Y son cantatas -populares de los _fiord_ noruegos, o de los lagos suecos, o de las -estepas moscovitas... Todo ello envuelto en olor de brea, ese olor que -es el alma de los barcos y el acicate más vivo para una imaginación -viajera. - -Cosmopolita, confuso, formidable y sugeridor, ¡oh gran puerto colmado de -ilusiones!, tú eres un mundo mucho más grave y trascendental que el de -las vanas y cuadrangulares calles ciudadanas. Energía, fuerza, -civilización. Tabernas genovesas del barrio de la Boca; ciclópeos -almacenes del paseo de Colón; fonduchos del paseo de Julio donde humean -las fritangas más inverosímiles. Letreros en inglés, en francés, en -italiano, en turco, en ruso. Olor a polenta y a macarrones, a _whisky_ y -a caviar, a puchero y a sopas picantes. Grandes pizarras con sus -inscripciones trazadas en blanco: «se desean braceros para un -ferrocarril de Tucumán». Hombres lentos y ociosos que pasean con sus -botas altas, sus ponchos al brazo, sus chambergos deformados, buscando -donde contratar sus músculos para no se sabe qué raras o remotas -labores. Locomotoras que gritan imperiosamente arrastrando trenes -enormes. El transatlántico que parte, los pañuelos de despedida, el -llanto de los que se quedan en el muelle, el humo solemne y triunfal de -las chimeneas en marcha. ¡Adiós, adiós!... - -Todo esto, que es imprevisto, lejano, accidental, enérgico, forzudo y -aéreo; todo esto que es viaje, azar, y que huele intensamente a -aventura, es lo que hace a un puerto profundamente emocionante como la -más loca novela. - - - - -XIV - -BUENOS AIRES NOCTURNO - - -Como la muerte sigue a la vida, el reposo es la playa donde viene a -perecer la soberbia del trabajo. Todos tenemos que pagarle tributo al -descanso. Los hombres, las aves del cielo, las hojas de los árboles. -Hasta el viento y la mar mitigan su violencia llegando a la noche. La -noche es la tregua, la pausa grave en esa batalla sin fin que empeñaron -los elementos desde que hay vida en el Cosmos. - -¿Habéis puesto el oído alguna vez sobre el gran corazón de una ciudad -dormida? Bajo la paz nocturna, una ciudad parece un monstruo descomunal -que pone el ritmo de su pecho al compás del latido de la naturaleza. -Ninguna sensación es comparable a la que se percibe de noche, muy dentro -de la noche, en las calles dormidas de una ciudad. Hay entonces en el -aire no se sabe qué presagios, qué inminencias o qué supersticiosas -revelaciones. El monstruo está dormido, y toda la tragedia que se -reconcentra en su interior, entonces, a la hora central de la noche se -revela a nuestra alma absorta. Lo más intenso que ha creado el hombre es -la ciudad; la ciudad es la suma de toda la ambición, de toda la fiebre y -de toda la maldad que vive en el espíritu del hombre. Viendo una ciudad -dormida, es como si asistiéramos al entreacto de una tragedia. Nuestra -alma tiembla de emoción al recordar las peripecias dolorosas del día que -pasó, y se estremece ante la seguridad de los episodios del día -siguiente. Cada día es un acto trágico; la noche es una pausa, y el -espacio es el telón siniestro moteado de brillantes. - -Pero no duermen del mismo modo todas las ciudades. Los pueblos frívolos -desconocen el sueño rotundo y terminante; hasta muy cerca del alba hay -en ellos un rastro de vida, alguna orquesta pertinaz, algunos viciosos -rezagados. En cambio, los pueblos que trabajan intensamente duermen de -una manera definitiva, casi brutal. Una aldea de labradores duerme al -compás de la naturaleza; ni siquiera parpadea una luz en sus casas; la -aldea se acuesta en el seno del campo, hasta confundirse con la misma -tierra. Las ciudades comerciales y laboriosas duermen del mismo modo -rotundo. - -Ningún hombre se escapa de tener una o varias manías. Las manías son las -que nos diferencian a los unos de los otros, como los rasgos físicos, -como los lunares o el dibujo de la nariz, como el color del pelo o de -los ojos. Una de mis manías consiste en pasear a grandes pasos por las -calles de una ciudad dormida. Encuentro un encanto extraño en sumergirme -dentro del vacío de la noche. Se me figura que la ciudad está ausente, -que los hombres se han ido, y que sólo queda allí, bajo las sombras, el -esqueleto. Se me figura también que la ciudad es un documento histórico, -un algo muerto que se puede interpretar fantásticamente, al arbitrio de -la imaginación. El día tiene demasiados afanes; de día nos arrastra la -zozobra de la lucha, y somos nosotros mismos, aunque a nuestro pesar, -actores en el drama ciudadano. Pero de noche somos espectadores. Podemos -ver el panorama de la ciudad muerta, levantarla en alas de nuestro -ensueño, manosearla con nuestra imaginación. Entonces la ciudad es -nuestra, mientras que durante el día somos nosotros de ella. - -Buenos Aires duerme. Llega un momento de la noche en que la gran ciudad, -unánime, se queda inmóvil. Millón y medio de almas se han dormido; miles -de máquinas, cientos de grúas, infinidad de hornos, se han paralizado; y -han quedado en suspenso infinitos negocios, combinaciones arriesgadas, -proyectos temerarios. Los libros del Debe y el Haber están cerrados; las -plumas descansan al borde los tinteros; las sumas quedaron -interrumpidas; los fajos de billetes, a medio contar, aguardan al día -próximo. El hilo de la vida se ha cortado. Como el sueño llega al niño y -le cierra los ojos imperativamente, así ha llegado para la ciudad: igual -que un niño, la ciudad ha cerrado los ojos, y tan rápidamente vino el -sueño, que los juguetes quedaron entre las manos apretadas... Pero la -ciudad es un niño sin candor, y sus juguetes son demasiado dramáticos. -Dinero: con un juguete que se llama «dinero», las bromas y los juegos -acaban en sangre, en lágrimas, en dolor. - -Buenos Aires tiene el sueño terminante y definitivo, como todas las -poblaciones laboriosas. Tal vez en algunas de sus calles se prolonguen -la luz y la vida hasta muy cerca del alba; acaso un coche, una pareja de -paseantes rezagados, rompan con su ruido el silencio de la ciudad. Pero -son rumores parciales y leves, casi vergonzantes. Hasta parece que ese -coche tardío, esos dos amigos que pasan hablando bajo, hacen resaltar el -silencio total. A media noche, Buenos Aires es una población muerta, -silenciosa, inmóvil. Tiene un sueño de labrador cansado, el sueño -característico de los seres que se mueven mucho durante el día. - -Y en esa hora central de la noche, es un espectáculo incitante pasear -por aquellos lugares que absorben la vida y el movimiento en las horas -diurnas. Las calles laboriosas, las más pobladas y comerciales, son las -que duermen con mayor intensidad. En el barrio de las oficinas y de los -bancos hay tal silencio, tal soledad de noche, que el ánimo se encoge de -cierto temor supersticioso. Caminando de noche por esas calles, se -siente la impresión de cruzar un cementerio. La soledad se mete dentro -del alma, el silencio se apodera de la mente; cae el silencio sobre uno -como algo denso, como algo misterioso y cabalístico. Las pisadas propias -resuenan huecamente. La sombra personal, persigue al cuerpo, le acompaña -de lado, se antepone, según la posición de los mecheros de gas. Esa -misma sombra de uno toma apariencia viva, supersticiosa e insinuante. Y -cuanto más rotunda es la inmovilidad de las cosas, más sugestiones se -desprenden de ellas. Las cosas, en fin, hablan entonces con palabras -segundas. Esas cosas tienen de día un lenguaje material y grosero, el -lenguaje de la realidad; pero de noche adoptan un lenguaje interior, un -segundo lenguaje, hijo de esa segunda vida que tienen las cosas, lo -mismo que los hombres. Porque las cosas sueñan también. Si es cierto que -duermen, ¿cómo podían no soñar? - -¿Y cuáles serán los sueños de ese barrio comercial, corazón de Buenos -Aires, pila cargada de electricidad? Alguna noche he querido yo -descifrar esos sueños, y la vanidad de mi fantasía ha creído -interpretarlos. Pero nuestra fantasía, seguramente, tiene sus límites, y -ciertos sueños son inasequibles a la interpretación. El barrio duerme, -el barrio de los negocios sueña. Está tendido a la margen del puerto, -cerca de las vías del mar, por donde llegan los buques y las gentes y -las mercaderías; la sábana negra de la noche lo cubre piadosamente. Ahí -está el barrio codicioso, el barrio inquieto y vivaz, el barrio -dramático, el más dramático de toda la ciudad. En sus casas no hay -apenas mercancías; sólo hay tinteros, libros rayados, aparatos -telefónicos, grandes cajas de acero. Los fardos y los cajones, las cosas -reales y tangibles, las cosas de comer y de arder, están en otras -calles. Sin embargo, ese barrio es el núcleo de la ciudad, el cerebro -metálico que rige las operaciones de la inmensa urbe. Ahí están los -bancos que conceden créditos, las oficinas que contratan, los remates -que valorizan las propiedades, las agencias europeas, la Bolsa. Ahí -están también los aventureros, los ambiciosos impacientes, los jugadores -de fortunas, los manipuladores de empresas, tal vez los piratas urbanos -que acechan víctimas desde el fondo de sus oficinas. - -Ahora, cuando llega la hora central de la noche, el barrio entero se -acuesta a dormir. Tiene un sueño capital, pesado. Recupera las fuerzas, -para emprender la campaña del siguiente día. Mientras tanto, sueña... -¿Pero no sueña acaso también de día? Los negocios, el comprar y vender, -el traspasarse las fortunas, el amontonar cifras, ¿es algo más que un -sueño? Todos esos hombres que viven como a impulso de una corriente -eléctrica, ¿qué son, sino soñadores? ¿Es verdad que viven despiertos? -¿Puede titularse vida real a ese ir y venir, a esa fiebre de todas las -horas, a ese comer de prisa, a ese beber apresurado, a ese contar y -recontar cantidades, a esa inquietud de monigotes movidos por hilos -invisibles? Todo eso es un sueño muy grande, y también muy humorístico. - -Allá cerca duerme el puerto. Los grandes buques duermen a lo largo de -los malecones. Los transatlánticos que cruzaron el peligro del Océano; -los vapores chatos que trajeron las mercancías desde las antípodas; los -barcos de vela, venidos desde los hielos del remoto septentrión; todos -duermen, fatigados. Las grúas de los muelles descansan. Los gabarrones, -negros y forzudos, están durmiendo como estúpidas bestias de carga. La -brisa del estuario orea los vientres y los lomos de esos monstruos -marítimos. Y del horizonte, como una faz despavorida, la luna emerge -despacio, amarilla y tácita. - -A la luz de la luna es grato contemplar la ciudad inmóvil. Tiene la luna -una eterna facultad de engaño, de manera que las cosas más torpes se -espiritualizan al beso de su luz. La luna se complace en poetizar una -tapia ruinosa, y de cualquier torre vulgar hace un poema místico. Las -calles prosaicas de Buenos Aires se afinan y ennoblecen con esa luz -fraudulenta de la luna. - -El barrio de los ricos, por ejemplo, adquiere a la luz de la luna una -suave espiritualidad. - -El mismo río, mirado desde la boca de una calle del norte, se muestra -argentado, poético, lleno de romanticismo; recuerda los lagos y los -mares que los pintores escenógrafos ponen como decoración de las óperas -antiguas. Y los palacios de ese barrio del norte, bajo la sugestión -arbitraria de la luna, toman un carácter de cosa vieja, realmente -aristocrática. Adquieren pátina, apariencia de vejez y de nobleza. El -ánimo se olvida de que los palacios han sido construídos antes de ayer, -por arquitectos anónimos, sobre planos de construcciones exóticas. Los -palacios se ilustran y avejentan a la luz de la luna; las torres de -pizarra simulan ser, en efecto, torres de mansiones feudales. Se piensa -en damas nobiliarias, en pajes rubios y en señores de horca y cuchillo. -Y así logran las familias recientes, que tienen por abolengo un honrado -comerciante o un pacífico ganadero, igualarse a las nobles estirpes de -las aristocracias europeas. - -Entonces, cuando la luna navega por lo más alto del cielo y el silencio -envuelve al barrio linajudo, uno quisiera poseer alguna virtud -maravillosa de las leyendas; ser, verbigracia, como un «diablo cojuelo», -capaz de destapar las techumbres de los palacios y sorprender el sueño -de los salones, de las joyas, de las personas. Cruzar los corredores -entapizados, oír el tic-tac de los relojes, y percibir y entender los -latidos de las almas. Descifrar el sueño del señor que ha lanzado sobre -un tapete verde una fortuna; interpretar el sueño de las damas, -entretejido de cintas de cotillón y flirteos trascendentales; leer la -última página del libro, que ha quedado abierto sobre el sofá; leer -asimismo la última frase de la carta íntima, o la última nota del piano -confidente. Y oír las palabras sin sonidos que se dicen las sedas y las -plumas, la conversación imperceptible de los brillantes y las perlas, -los cuchicheos y las risas de los pendientes, los collares, las -pulseras. Todo ese mundo reservado; todas esas joyas y sedas que viven -en contacto con las carnes rosadas; que se recuestan sobre el seno, en -la parte del corazón; que aprietan los pulsos de las muñecas; que rodean -las gargantas y oprimen las sienes; todas esas cosas calladas y leales -que conocen los secretos del pulso y del corazón, que saben todos los -matices de la emoción, que asisten a los más disimulados temblores de -sus bellas dueñas; ese mundo tácito de cosas sabias e íntimas está ahí, -sobre las consolas y mesillas, y uno siente la ambición de oírle hablar -a ese mundo hermético, que lo sabe todo, y que sabe callarlo todo -también. - -Los teatros cierran sus puertas en el centro, en el corazón de la -ciudad. Es aquella parte de la población que se destina a los gozadores -impenitentes, llena de cafés y de bares, de farándula y de mujeres -empolvadas. Cuando el resto de la ciudad se hunde en su sueño pesado, en -esas pocas calles se mantiene aún la supremacía del vicio despierto, de -la alegría repintada, de una alegría que tiene precio y que se cotiza -brutalmente a la luz de los grandes focos eléctricos. Allí acuden las -almas insaciables, queriendo prolongar la ilusión del día. Allí se -congrega ese mundo difuso, heterogéneo, cosmopolita, como en los -remansos de los grandes ríos se amontonan los restos de tantas -correntadas. Ingleses de afilado perfil, alemanes de caras apopléticas, -italianos gesticulantes, criollos irónicos, suizos borrosos y vulgares, -algún yanqui ciclópeo, y después los tipos indefinidos, indescifrables, -con rasgos tenebrosos y cataduras frías, siniestras. - -Toda esa multitud se aglomera, oscila, habla, ronda en un pequeño -espacio, como si todos los que la componen fuesen amigos. Nada, sin -embargo, hay de común entre ellos, como no sea la unánime sed de -placeres. Han trabajado durante el día afanosamente, sumando cifras, -combinando negocios, moviendo los resortes de la vida económica del -país. Al llegar la noche se sienten vacíos. Quieren lanzarse a -quiméricas dichas, por esa ilusión romántica de que ningún hombre se ve -libre. Se sienten vacíos. Vacíos de ternura familiar, de ideales -domésticos, de ambiciones puras o espirituales. Su ideal de trabajo y de -fortuna, su lucha por la conquista del triunfo financiero no les llena -el alma lo suficiente. Al cerrar sus libros de cuentas, al cerrar sus -oficinas, les queda un enorme vacío en el alma. Entonces acuden al -teatro, al restaurant, al _whisky_, a la cerveza, a la dama de mejillas -repintadas. Pasan las horas, se suceden los espectáculos y su vacío -continúa sin llenarse. Más allá de la media noche, todos andan rodando, -codeándose, con un no sé qué de angustia en las miradas. Algunos están -ebrios y esos son los más dichosos--tan dichosos como los que -duermen.--Y entonces, en plena calle, comienza la impudorosa cotización -del placer femenino. Pasan las féminas carnosas, grandes hembras rubias -arrancadas de las aldeas austriacas, polacas o rumanas. Se van por -parejas. Otros se alejan solos, cansados. - -Los violines, mientras tanto, dejan oír sus gemidos en el fondo de los -cafés. Más de una vez he penetrado yo a beber cosas que no me apetecían, -por escuchar las voces inactuales de esas orquestas asalariadas que se -obstinan en prodigar sus sartas de ensueños ideales ante gentes -distraídas y sordas. Cuando un café, pasada la media noche, está lleno -de un público glotón o gesticulante, uno está seguro de que la música de -esa orquesta se le reserva a él solo, como un regalo gratuito y -sorprendente. Nadie hace caso de las lamentaciones del violoncelo; el -violín primero ensaya en vano sus apasionadas frases; el tecleo elegante -del piano no encuentra, de seguro, quien le atienda. Y, sin embargo, -aquellos músicos obsesos, aquellos buenos padres de familia, que han -dejado su hogar caliente y los hijitos durmiendo, todo lo olvidan ante -la divina seducción de su arte amado, y tocan ardorosa, honradamente, -como si, en efecto, les escuchase un auditorio atento. Pero nadie les -hace caso. - -Entonces es agradable entrar y encender un cigarro. Envuelto en la -atmósfera de humo, en medio de aquella claridad fascinante de las cien -bombillas eléctricas, apartando, con un esfuerzo de la imaginación, la -realidad modesta de aquellos hombres que beben y gesticulan, uno puede -entonces figurarse muy bien que la orquesta ha sido traída para él, y -que los acordes de Beethoven o de Wagner se le dedican a él -exclusivamente. Y puede uno soñar con las cosas eternas, puras, lejanas; -con el cielo crepuscular de otoño, con un paisaje de primavera en la -montaña, con el mar y los bosques... - -Los violines, por último, interrumpen sus gemidos. Aquel trozo de la -ciudad, de grandes focos eléctricos, de alcohol y de mejillas -empolvadas, concluye por dormirse también. Canta un gallo -imprevistamente. Una carreta madrugadora, cargada de verduras, pasa -hacia el mercado... - - - - -XV - -LA NOCHE DEL SÁBADO - - -Ya no existen brujas; sobre el prado maldito ya no aguarda el macho -velludo y libidinoso la ofrenda de sus devotas nocturnas. Pero la noche -del sábado conserva aún no se sabe qué olor de aventura y de tragedia. -Modernamente, en nuestra edad metálica, económica y social, esa noche -representa el fin de la etapa jornalera. Es la noche en que el jornal -danza su baile tentador dentro del bolsillo proletario. La noche en que -los apetitos, sofocados durante seis días, despiertan imperiosamente. -Noche de vino y de francachela, de vómitos y de puñetazos, de cantos -obscenos y de puñaladas en la penumbra. - -El arrabal, en esa noche, se despereza torpemente. Pero hay otro síntoma -de estremecimiento sabático en el centro de la ciudad, mucho más -sugerente y representativo que el arrabalesco. - -Tiene Buenos Aires una encrucijada nocturna, donde se aglomera, como -milagrosamente, todo el vicio, todo el ocio, toda la incertidumbre -internacional. En el espacio de cuatro o seis manzanas se reúne un -número increíble de bares y restaurantes, de cafés y de tabernas, de -teatrillos, de cinematógrafos. Todo ese mundo vicioso, alegre, -pintarrajeado, que huele a alcohol y perfumes afrodisíacos, toda esa -turbia ola de placer nocturno halla en la noche del sábado su expresión -suprema de brillo y de grandeza. ¡Cómo no ha de existir grandeza en esa -suma de la vida moderna y en ese espumante delirio de la inmensa ciudad -que quiere, después de trabajar, morder la torpe fruta de los placeres -monetizados! - -Pero esa faz de la metrópoli tiene dos muecas distintas, como el rostro -de un cómico hábil. Durante el día, las calles en cuestión toman un -aspecto honorable, normal y sensato. Abren los comercios sus -escaparates, donde se exponen cosas correctas y sin malicia alguna; -transita la gente habitual; pasan las buenas madres y las honestas -hijas; nadie se atrevería a suponer ningún ardid ni un doble fondo -cualquiera en tan correcto sitio. Los cafés y bares, las tabernas y los -tugurios parecen esfumarse a la luz meridiana. Están allí, sin embargo; -pero cautamente se ocultan, se callan, procuran pasar inadvertidos. - -Llega la noche y la escena cambia de tono asombrosamente. Entonces la -decoración, las bambalinas y los personajes diurnos se desvanecen, y -entran en acción otros telones, otros actores. Los comercios honorables -han cerrado sus puertas. Y, como ciertos animalejos que reviven y -fosforean al amparo de la sombra, así también los bares y los chamizos, -los cafés y los escaparates pantagruelescos alcanzan, con la noche, un -brillo y una existencia sorprendentes. Parece aquello un efecto de -birlibirloque, el juego de un escamoteador. Las gentes son otras, las -palabras distintas, las pasiones completamente opuestas. Y entonces -queda uno asombrado ante la prodigiosa floración de tanto lugar alegre. -Los bares y los cafés se suceden en forma continua. Casi no queda -espacio para los otros comercios normales. ¿Cómo ha podido suceder?... -Pero Buenos Aires es fecundo en esta clase de sorpresas y mutaciones. - -La gente circula entretanto. Sale de un teatro para meterse en un café; -sale de un café para reunirse en el fondo de otro. Beben, comen, vuelven -a beber. Trasiegan los líquidos frescos o ardientes. Cerveza a grandes -tragos, _whisky_ a pequeños sorbos. La soda burbujea en los vasos, hace -cosquillas en la garganta. A veces estalla el estampido de un corcho de -champaña. Otras veces, cuando el vértigo culmina, los licores de alta -graduación ya no se ingieren a sorbitos, sino a grandes e imprudentes -tragos. Y esa gente, como si padeciera del mal de San Vito, no se -resigna a estacionarse en un lugar; sale, entra, torna a salir en un -peregrinaje de copas recientes y ampliamente vaciadas. Y por entre la -gente pasan los cocheros, ofreciendo el maternal refugio de las -victorias para los derrotados en la porfía. Y pasan del mismo modo las -mujeres imprecisas, con sus ojos arbitrariamente agrandados, con sus -palideces o carmines de engaño o tentación. - -¿Quién podría discernir y catalogar esa muchedumbre? En ella existe de -todo, como en un pedazo escogido de la humanidad. Están allí el burgués -y el estudiante, el empleado y el cultivador de tierra adentro. Están -asimismo los patoteros, los calaveras, los compadres, los buscavidas, -los vagabundos, los pilletes, los rateros, los mendigos. Se oye hablar -en infinitos idiomas. Allí se confunde el alemán de rostro encarnado con -el inglés de perfil anguloso y pipa, oliendo a higos macerados. El -capitán del barco que entró en el puerto por la mañana, y el estanciero -de la pampa remota que vino a negociar, y que por la noche enlazó una -buena comida de las ocho con una cuchipanda de las doce. Y pasan -semblantes siniestros, rápidos, que dejan en nuestro corazón una -sospecha supersticiosa, como si se nos anunciara la posibilidad de un -asesinato. Bajo las chaquetas, ciertamente, reposan, bien ocultos y bien -dispuestos, los negros revólveres. - -Toda esa gente busca en la noche el premio a los afanes del día. Gente, -en su mayoría, de inmigración: horteras, empleados de las compañías -ferroviarias, oficinistas o buscadores de negocios. Mezclados con ellos -bullen los muchachotes alegres, los hijos de familia que saben tirar tan -puerilmente aquellos sesudos pesos que el padre reunió con tanta -asiduidad. Pero los laboriosos están en mayor número. Son esos que han -pasado el día sumando cifras, distribuyendo lotes o negociando con minas -lejanas y con especulaciones seductoras. Han ganado un sueldo y quieren -una compensación de placer. No se resignan a depositar la cabeza sobre -la almohada sin haber tenido antes un relampagueo de ilusión. En las -mesas de los cafés, en la atmósfera grasienta de los restaurantes, echan -a volar su fantasía entre vaguedades beodas, fumando, riendo, atisbando -las carnes rosadas de las mujeres funambulescas. - -Ved ahí una síntesis de la civilización, el coronamiento del trabajo. La -civilización pide voluntades enérgicas y consecuentes, soldados de -férrea disciplina que trabajen sumisamente, sin preguntar las causas ni -los fines, tal como el buen soldado no pregunta jamás las causas ni los -fines de la guerra, sino que marcha al combate con estoica docilidad. -Los fines de la civilización, ¿quién los conoce? Los mismos generales -ignoran su interpretación. Un Rothschild o un Morgan, ellos mismos, son -capitanes que accionan mecánicamente, a impulso de un fatalismo -inexplicable, conducidos a la lucha monetaria por un deber -indiscernible. ¿Quién conoce, entonces, los hilos y los motivos de la -civilización?... Tanto valdría preguntar por el secreto de esa máxima -energía cósmica que sabemos que acciona, pero que no sabemos por qué ni -para qué. - -Y esos soldados de la civilización que esgrimen plumas o rimeros de -cifras, piden, en las horas de asueto, un buen botín de sensualidades. -Se atracan, en efecto, con grosera glotonería, y a la mañana vuelven a -su puesto. Hasta que un día caen. Otro ocupa su lugar entretanto. Y -continúa la marcha ascendente de la humanidad, cada vez más rica en -máquinas, en millones, en fuerza, pero también más rica en misterios -cada vez. - -La noche del sábado tiene en esas encrucijadas del centro de Buenos -Aires una vehemencia sin igual. Es incomparable, porque se resuelve en -un espacio tan corto, en tanta angostura y con elementos tan dispares. -Están muy juntos todos, y sin embargo no hay entre ellos ningún lazo de -solidaridad. Extraños unos con otros, de idioma desigual, casi hostiles, -sólo los une el propósito inicial de sus vidas: la ambición siempre, y -en la hora nocturna la sensualidad. Asoman la mirada por los cafés y ven -el espectáculo humoso, confuso, de allá dentro. Mujeres y hombres se -barajan sobre las copas de licor. Las orquestas ríen, los violines -aguzan sus notas vibrantes, los violoncelos lanzan su queja estéril, los -pianos teclean con presunción aristocrática. Y, frenéticos, dando -grandes voces, los lustradores de botas gesticulan a la puerta de sus -establecimientos. Y es un cómico cuadro el que ofrecen aquellos hombres -presurosos, aquellos lustradores vertiginosos, charolando los botines de -numerosos caballeros, como para una gran fiesta principesca que promete -empezar en seguida. No empieza nada, sin embargo... Todo acaba después, -entre bascas de vino y de tedio. - -Fango quizá, tal vez grosería, vicio. Pero la noche del sábado significa -una piadosa válvula a los afanes de la semana, una pobre compensación a -tanta disciplina y asiduidad. El aquelarre de otrora se ha convertido en -esta fiesta legal, sancionada por los vigilantes que montan la guardia, -impasibles en la esquina, y alumbrada por las bombas eléctricas. Ya no -vienen las brujas a caballo sobre sus escobas; el diablo no espera ya en -forma de macho cabrío. Este es un aquelarre civilizado, menos tenebroso -y obscuro que el anterior, que tiene también su diablo... «¡Vade -retro!». Pero hasta el diablo se ha empequeñecido y familiarizado en -este siglo de las cooperativas y del sufragio universal. - -Y aquí termina mi impresión de la urbe tentacular, del caótico Buenos -Aires, del núcleo dinámico más grande de Sur América. ¡Joven y ya -inmensa ciudad, como una fuerza de la Naturaleza que obedece a impulsos -fatales y cuyos fines y aspiraciones sería inútil querer explicar ni -reducir a concepto! - - - - -ÍNDICE - - - _Páginas_ - - -I.--En el río Uruguay 7 - -II.--La Docta Córdoba 25 - -III.--Viaje a las Misiones Jesuíticas 37 - -IV.--Los Andes 64 - -V.--Aspectos de Montevideo 87 - -VI.--La tentación agraria 103 - -VII.--El canto de la semilla 115 - -VIII.--El canto del emigrante 123 - -IX.--Aspectos de Buenos Aires 133 - -X.--Psicología de los anuncios 153 - -XI.--Las mansiones y los hombres imaginarios 163 - -XII.--Una farmacia en la City 173 - -XIII.--Escenas marineras 185 - -XIV.--Buenos Aires nocturno 195 - -XV.--La noche del sábado 211 - - * * * * * - - - GUSTAVO GILI, Editor: Universidad, 45: Barcelona - - - LA AFIRMACIÓN ESPAÑOLA - - Estudios sobre el pesimismo español y los nuevos tiempos - - por JOSÉ M.ª SALAVERRÍA - - Un volumen de 170 páginas, de 20 × 13 centímetros. - - EXTRACTO DEL ÍNDICE - -La afirmación como deber.--El tono negativo.--El tono -despectivo.--España frente a Europa.--La generación del 98.--La España -negra.--La superstición de Europa.--La negación sistemática.--Hacia -otras ideas.--Los negadores: intelectuales separatistas y -republicanos.--Justificación del optimismo.--De la relatividad.--El tono -moral.--España y América.--La voluntad afirmativa.--Gimnasia contra los -lugares comunes.--Fuenterrabía.--El oro, la dinámica y la hora más -propicia. - - - EL LIBRO DE LAS TIERRAS VÍRGENES - - por RUDYARD KIPLING - - Traducción directa del inglés por RAMÓN D. PERÉS - -Un lujoso volumen de 504 págs., de 20 × 13 cms., con ilustraciones de -JOSÉ TRIADÓ. - - * * * * * - -«La grandiosa poesía del mundo natural, pocas veces ha sido interpretada -por un hombre de modo tan elevado y profundo como por Kipling.»--RAFAEL -ALTAMIRA. - -«Kipling es uno de los escritores más originales de estos tiempos y su -obra considerabilísima y variada... El inmenso éxito de estos relatos -débese, sin duda, a su originalidad...»--LA LECTURA. - - * * * * * - - - GUSTAVO GILI, Editor: Universidad, 45: Barcelona - - - COLECCIÓN SELECTA INTERNACIONAL - - _VOLÚMENES PUBLICADOS_ - - PABLO BOURGET.--=El sentido de la muerte.= Novela. - - » » --=Lazarina.= Novela. - - RAMÓN D. PERÉS.--=La madre tierra.= Poema. - - JEROME K. JEROME.--=Las divagaciones de un haragán.= =Libro para los - días de asueto y de pereza.= - - ENRIQUE BORDEAUX.--=El ídolo roto.= =La casa maldita.= =La muchacha de - los pájaros.= =La visionaria.= =Novelas.= - - A. DE CHATEAUBRIANT.--=El señor de Lourdines.= =Novela.= - - A. RUIZ PABLO.--=Las metamorfosis de un erudito.= =Novela.= - - RENATO BAZIN.--=El ánade azul.= Novela. - - » » --=La alquería de Champdolent.= - Novela. - - J. ORTEGA MUNILLA.--=La Señorita de la Cisniega.= Novela. - - H. G. WELLS.--=Bealby.= Novela. - - - OTRAS PUBLICACIONES - - R. H. BENSON.--=El amo del mundo.= Novela. - - » » » --=Alba triunfante.= Novela. - - » » » --=La tragedia de la Reina.= Novela. - - ENRIQUE TOMASICH.--=Agua pasada.= Narraciones. - - RUDYARD KIPLING.--=El libro de las tierras vírgenes.= - - ENRIQUE BORDEAUX.--=Noviazgo de prueba.= Novela. - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK PAISAJES ARGENTINOS *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. 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