summaryrefslogtreecommitdiff
diff options
context:
space:
mode:
-rw-r--r--.gitattributes4
-rw-r--r--LICENSE.txt11
-rw-r--r--README.md2
-rw-r--r--old/64418-0.txt4189
-rw-r--r--old/64418-0.zipbin94498 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/64418-h.zipbin381836 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/64418-h/64418-h.htm4320
-rw-r--r--old/64418-h/images/colofon.pngbin2917 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/64418-h/images/cover.jpgbin277177 -> 0 bytes
9 files changed, 17 insertions, 8509 deletions
diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes
new file mode 100644
index 0000000..d7b82bc
--- /dev/null
+++ b/.gitattributes
@@ -0,0 +1,4 @@
+*.txt text eol=lf
+*.htm text eol=lf
+*.html text eol=lf
+*.md text eol=lf
diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt
new file mode 100644
index 0000000..6312041
--- /dev/null
+++ b/LICENSE.txt
@@ -0,0 +1,11 @@
+This eBook, including all associated images, markup, improvements,
+metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be
+in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES.
+
+Procedures for determining public domain status are described in
+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
+
+No investigation has been made concerning possible copyrights in
+jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize
+this eBook outside of the United States should confirm copyright
+status under the laws that apply to them.
diff --git a/README.md b/README.md
new file mode 100644
index 0000000..20cbd37
--- /dev/null
+++ b/README.md
@@ -0,0 +1,2 @@
+Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for
+eBook #64418 (https://www.gutenberg.org/ebooks/64418)
diff --git a/old/64418-0.txt b/old/64418-0.txt
deleted file mode 100644
index 81e8b15..0000000
--- a/old/64418-0.txt
+++ /dev/null
@@ -1,4189 +0,0 @@
-The Project Gutenberg eBook of Paisajes Argentinos, by José María
-Salaverría
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Paisajes Argentinos
-
-Author: José María Salaverría
-
-Release Date: January 29, 2021 [eBook #64418]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at
- http://www.pgdp.net (This file was produced from images
- available at The Internet Archive)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK PAISAJES ARGENTINOS ***
-
-
-
-
- PAISAJES ARGENTINOS
-
- _OBRAS DEL AUTOR_
-
-
- =El perro negro.= (Ensayos)
-
- =Vieja España.= (Impresión de Castilla, con un prólogo de Pérez
- Galdós)
-
- =Nicéforo el bueno.= (Novela)
-
- =La Virgen de Aranzazu.= (Novela)
-
- =Tierra Argentina.= (Viajes)
-
- =La sombra de Loyola.= (Ensayos)
-
- =A lo lejos.= (Ensayos)
-
- =Cuadros europeos.= (Viajes)
-
- =Espíritu ambulante.= (Ensayos)
-
- =La afirmación española.= (Estudios sobre el pesimismo español y los
- nuevos tiempos)
-
- =El muchacho español.=
-
- =El poema de la Pampa.= (Martín Fierro y el criollismo español)
-
-
-
-
- _JOSÉ Mª. SALAVERRÍA_
-
- PAISAJES
- ARGENTINOS
-
- [colfón]
-
- GUSTAVO GILI, EDITOR
- UNIVERSIDAD, 45: BARCELONA
- MCMXVIII
-
-
- ES PROPIEDAD
-
- TIPOGRAFÍA LA ACADÉMICA
-
-
-_Este libro, que la amistad del editor don Gustavo Gili me ha instigado
-a publicar, está formado de partes variadas en las que alternan
-recuerdos de viajes por los sitios más pintorescos y grandiosos de la
-Argentina, y sensaciones e ideas de aquel Buenos Aires donde he pasado
-tres años bien curiosos de mi vida._
-
-_El Sr. Gili, como creador que ha sido de la Cámara del Libro Español,
-sustenta el principio ético-editorial de una verdadera comunión de
-intereses hispanoamericanos, y piensa que todo editor tiene el deber de
-ensayar la publicación de libros americanistas en España, y dar a
-conocer en la Península las cosas e ideas americanas._
-
-_Algunas páginas de esta obra fueron escritas antes de que la guerra
-arrojase su crisis y sus agobios sobre tantos países del mundo._
-
-_Tal vez la exaltación arrogante y un poco excesiva de los pueblos del
-Plata se haya contenido algo a causa de la crisis universal, lo que
-haría aparecer a ciertos pasajes del libro como no reflejando fielmente
-los caracteres de aquella vida. Pero cualquier crisis es pasajera en el
-Plata, y lo permanente y característico es el tono peculiar de vida que
-estas páginas intentan reflejar._
-
-_A los amigos de allá, a la nación Argentina siempre recordada, va
-dedicado el libro como una ofrenda._
-
-
-
-
-I
-
-EN EL RÍO URUGUAY
-
-
-La belleza de navegar
-
-Uno de los más grandes tormentos que pueden asaltarle al hombre es la
-necesidad de permanecer inmóvil en un sitio. El hombre sedentario es
-como un árbol o como un pilar clavado en tierra. Por el contrario, ¡qué
-bello es viajar! El mundo es ancho, es hermoso, está lleno de
-curiosidades; el mundo, además, lo hicieron indudablemente para que el
-hombre lo recorriera. ¡Ya nos quedará tiempo después, cuando la hora
-amarga llegue, de permanecer inmóviles, bien inmóviles y resignados,
-debajo de una losa de piedra!
-
-Es bello viajar; pero todavía es más deseable el navegar. La navegación
-conserva aún el picor sugestivo de las antiguas emociones errantes, y
-aunque no vayamos ahora, como en los tiempos de Ulises, ni tan siquiera
-como en los de Colón, embarcados en alígeras carabelas por los remotos
-mares desconocidos, sin embargo, al pisar la cubierta de un barco de
-vapor, sentimos un cosquilleo particular en el alma. El mar se mantiene
-siempre en su puesto arrogante. ¡El mar sigue siendo una cosa seria! Por
-eso la navegación nos reserva aún un especial encanto: el encanto del
-peligro.
-
-
-La grandeza del río
-
-He hablado del mar con alguna precipitación. Porque, en realidad, las
-aguas que surca este barco no son salobres, ni verdes, ni azules. Esto
-no es el mar, seguramente; no es más que el río de la Plata, con sus
-aguas dulces, turbias, lisas y superficiales. Pero con un poco de
-esfuerzo imaginativo, el río de la Plata puede suplantar al Océano: un
-Océano canicular, ecuatorial, de calma chicha.
-
-Por otra parte, esas aguas que miradas de cerca se nos representan de un
-color tan sucio, contempladas desde lejos recuerdan bastante bien la
-lontananza atlántica. El Río de la Plata debe mirarse a conveniente
-distancia, como las pinturas escenográficas: entonces se da un efecto
-muy aceptable de alta mar azul.
-
-Tampoco hay que mirar muy prolijamente el vapor. Ya se sabe que es un
-buque limitado, de ruedas y de falsa quilla; pero cerrando los ojos a
-ciertos detalles, el viajero puede lograr una perfecta ilusión de buque
-transatlántico. Hasta nos apoya la aparición en medio de la inmensa
-agua, de una costa remota, una isla, una playa. Es como cuando se navega
-en la mar abierta y súbitamente surge el encanto de la costa deseada.
-
-Sólo que aquí, en nuestro caso, la costa se complica con exceso. No es
-una costa la que aparece, sino dos. Y estas dos costas van
-estrechándose, poco a poco, hasta formar dos riberas fluviales. Sí:
-estamos en un río. La ilusión del mar se desvanece del todo y nos
-resignamos a la idea de que navegamos por un río.
-
-Este es el río Uruguay. El vapor de ruedas lo enfila con entusiasmo,
-corriente arriba, a toda marcha. ¡Ancho, soberbio, generoso río de aguas
-calmas! Es el gemelo del Paraná: los dos hermanos vienen a verter sus
-caudales inmensos en la majestad del Plata. Ayer mismo, en sus márgenes
-selváticas tendía el indio su arco, amenazando al cauteloso tigre; hoy,
-en su lugar, el caballero pastor acosa a las reses pacíficas; mañana se
-levantarán ciudades populosas e innumerables. Porque nada es tan
-propicio a la civilización como un río caudaloso. Las grandes
-civilizaciones han nacido al favor de las corrientes fluviales, como la
-babilónica, la egipcia, la brahmánica. Y un gran río suele ser siempre
-el compañero de una gran ciudad. Nadie se explicaría la magnificencia de
-Menfis o de Tebas sin el Nilo opulento, ni concebimos la existencia de
-Babilonia sin el riego bienhechor del Eufrates. Hasta tal punto, que
-casi hallamos cuerda la célebre frase gedeónica: «Bendigamos a la
-providencia que hizo pasar un gran río junto a cada gran ciudad.»
-
-
-Las islas
-
-En algunos momentos de esta navegación encantada yo desearía suplicarle
-al capitán del barco: Señor, vire un poco hacia tierra; déjeme
-desembarcar y siga después adelante.
-
-Me asalta este deseo cuando surge ante los ojos, en el centro del ancho
-río, una isla poblada de maleza. Disculpadme: siento un infantil
-sentimentalismo al ver las frondosas islas de los ríos americanos. Se
-opera en mí, en tal momento, una regresión inevitable, un salto atrás,
-una vuelta hacia los días crédulos de la infancia. Viendo las islas de
-los ríos argentinos me achico, me empequeñezco, me convierto en un
-muchachito quimérico. Y el estado de mi espíritu entonces es el mismo
-que cuando tenía diez años.
-
-Me veo sentado ante una mesa, con las piernas colgando y el ceño
-fruncido al imperio de una reconcentrada atención. Tengo un libro en la
-mano. Es cualquiera de los mágicos libros que escribió aquel bondadoso
-hombre llamado Julio Verne, el escritor que más ha espoleado las
-imaginaciones infantiles. Sí; al descubrir las islas frondosas,
-surgiendo de las plateadas aguas del gran río, yo no soy el hombre
-actual, de bigote lacio y frente científica; soy, al revés, un muchacho
-crédulo que lee una novela de Julio Verne.
-
-Y una vez más, como en los años antiguos, se me despierta la ambición de
-echar pie a tierra, tomar posesión de una de estas islas y hacer vida
-robinsoniana. Antiguamente, cuando me dormía sobre las páginas del libro
-estimado, soñaba que era un navegante, un descubridor... ¿Existe entre
-los niños americanos la obsesión de los descubrimientos? Tal vez no;
-ésta debe de ser una manía europea, un atavismo de las razas anteriores,
-aquellas que se lanzaron en un momento dado a descubrir islas y
-continentes por todo el mundo, cuando los mares parecían abrirse en una
-fantástica cosecha de archipiélagos perfumados.
-
-Hoy también, igual que en los años mozos, delante de una isla me siento
-descubridor y conquistador. Quisiera desembarcar, y vivir allí
-novelescamente. Construir una choza. Subir a la copa de los árboles para
-recoger los frutos exóticos. Cobijarme a la sombra de una palmera. Cazar
-aves de plumas repintadas. Buscar al tigre entre la maleza y matarlo de
-un certero tiro. Pescar peces policromos. Oír la voz musical de los
-pájaros. Asistir a la gloriosa asunción de la luna sobre los bosques. Y
-emocionarme con los peligros, sorpresas y épicos trabajos de la
-naturaleza virgen...
-
-Pero el vapor pasa de largo, y las islas, una a una, van quedándose
-atrás. En ellas podría un hombre vivir una vida libre, sencilla e
-intensa a la vez, lejos de las leyes y pragmáticas de la sociedad, solo
-ante la naturaleza, dueño de su destino, feliz y rico en su pobreza
-aparente, con abundancia de peces, pájaros, aire, sol, claros paisajes.
-Pero las islas pasan y yo no me atrevo a desembarcar. Me ha estropeado
-la civilización.
-
-
-Las goletas
-
-De repente, en un recodo del río, se descubre una goleta sin velas,
-atracada a la costa. ¿Qué hace ahí esa goleta? La costa es desierta, y
-está poblada de bosque; el barquito se arrima a la arboleda, como si
-quisiera cubrirse y esconderse.
-
-¿Qué hace ahí ese barco? No hay muelle, ni puerto, ni pueblo, ni
-siquiera una mala casucha. El lugar no puede ser más desolado. Y otra
-vez entra en acción la fantasía novelesca. Ahora son las novelas de
-Mayne Reid las que reviven en la memoria. Y reanudo en seguida las
-lecturas de los diez años, tremendas lecturas en que un barco
-filibustero se arrimaba a las costas tropicales, o subía por la
-corriente del Missisipí, del Orinoco, y los piratas, al abrigo de la
-selva, sorprendían un poblado, se llevaban cautivas las mujeres, se
-reembarcaban y huían por los vericuetos inexplorados de los
-archipiélagos...
-
-
-La calma tórrida del mediodía
-
-En la hora central del día, el río se convierte en una lámina de plata.
-No se mueve ni un pliegue de aire. La atmósfera duerme su siesta.
-
-Si no fuera por la máquina del buque, el silencio sería total. El buque,
-sin embargo, no cesa: las dos ruedas potentes arañan el agua, la
-sacuden, y el río se riza con olas oblicuas, largas, como las varillas
-simétricas de un abanico.
-
-Duermen los bosques de la orilla, duerme el aire, todo está inmóvil.
-Bajo la pereza del mediodía, el barco resbala sobre el río. Y allá
-lejos, en lo alto de las colinas, las palmeras aisladas, derechas,
-quietas, aparentan la suma expresión de la molicie, con sus palmas
-curvadas hacia el suelo, indolentemente. Entre dos palmeras, ¡qué bien
-se tendería una hamaca, y se dormiría allí, al arrullo de los
-moscardones sonsoneantes!
-
-Todo está hablando alrededor de cosas lejanas, de vidas diferentes, de
-primitivismo. Unas pocas horas han bastado para alejarnos enormemente
-de la civilización y del europeísmo. Lo que nos rodea tiene sabor
-americano, pero de americanismo legendario. Parece que nos separan miles
-de leguas de las ciudades, y que Buenos Aires se ha retirado muy lejos,
-pero muy lejos.
-
-De tal modo, que el ánimo está preparado para todo fenómeno fantástico.
-Si nos dijeran que un tigre ha rugido entre los cañares de la orilla, lo
-consideraríamos muy natural; tampoco nos extrañaría ver avanzar una
-banda de indios armados con agudas lanzas. Encontraríamos perfectamente
-lógico que un barco pirata nos embistiese de proa, y que nos lanzara dos
-cañonazos detonantes.
-
-Hasta que el sol, inclinándose al horizonte, modera su fuerza, ilumina
-las cosas de costado y hace desaparecer la modorra y la tensión de la
-fantasía. Entonces la luz se vuelve dorada, las sombras se alargan y
-acentúan. El río adquiere matices variados. Llega la hora de la dulzura
-y la melancolía, el antecrepúsculo de oro. Si el barco se aproxima a las
-márgenes, pueden distinguirse los detalles de las arboledas, los
-trenzados impenetrables de las lianas y la amorosa paz de algunas
-ensenadas.
-
-
-Los arroyos
-
-Muchas veces tienen los fenómenos sencillos la virtud de despertar en
-nuestra mente complicados pensamientos. Que un arroyo desemboque en un
-río, es un acto perfectamente natural; nada tiene de extraordinario, en
-efecto. No obstante, la conjunción de un arroyo en un ancho río me
-sugiere siempre una grave curiosidad.
-
-Si vemos caer un arroyo en un río, desde la parte de tierra, la cosa no
-nos merece mayor atención; pero visto el fenómeno desde la parte del
-río, cobra un valor simbólico muy grande. Yo veo desembocar los arroyos
-en el río, y ¿podrá creérseme?: en aquel momento se me figura que estoy
-al otro lado de la vida, más allá de la barrera de la muerte. En fin:
-los arroyos confluentes se me representan como vidas que concluyen.
-
-El final de una existencia, indudablemente, no es más que eso: un acto
-de caer, de rendirse, de sumirse en la extensión anuladora de las
-grandes aguas. El arroyo es una vida. Su historia está repetida desde el
-principio del mundo y se repetirá hasta la extinción del mundo. Como una
-vida, nada más. Nacer de una fuente matriz, saltar y jugar entre las
-peñas, borbotar entre los guijarrillos, correr por entre márgenes
-floridas, ensancharse en el valle, ir majestuosamente por el llano: y al
-final, caer humildemente en el gran río de aguas numerosas, anuladoras.
-Anularse, morir.
-
-Los arroyos, como las vidas, ofrecen rasgos característicos en su
-momento terminal. Hay arroyos trágicos, como hay vidas de tragedia. Los
-que caen al mar o al río caudaloso desde una altura, en forma de
-cascada, son arroyos dramáticos, inquietos y violentos, que corresponden
-a las vidas trágicas de un César, de un Borgia o de un Cromwell. Otros
-arroyos vierten sus aguas finales con una serena resignación; su muerte
-es filosófica y austera como la de un Sócrates, o también como la de
-una persona buena que ha cumplido honestamente su misión en el mundo y
-entra con grave sencillez en la muerte.
-
-De esta última clase son los arroyos que confluyen en el río Uruguay,
-arroyos tranquilos y mansos, que salen de la espesura, abren un hueco en
-la maleza y entran en el río sin protestas, sin resistirse ni
-espumajear: como verdaderos seres filosóficos.
-
-¡Oh arroyos simbólicos y representativos! Seáis vosotros el alto ejemplo
-que me inspire a mí la manera de pasar, noble y decorosamente, el umbral
-de aquella última hora definitiva.
-
-
-Los hombres a caballo
-
-A medida que el vapor avanza, la costa se hace más abrupta. En algunos
-sitios se descubren imponentes acantilados, cortados con tajo brusco
-sobre el agua. El terreno es más alto, más ondulado. Se entra en la
-región de las pequeñas colinas, más bien de los collados, o empleando el
-vocablo territorial: cuchillas.
-
-En lo alto de estas cuchillas se eleva de tarde en tarde alguna casa,
-alguna choza misérrima: no es raro divisar también la blancura
-confortable de una estancia. Otras veces, la cumbre de estas cuchillas
-está tomada por algún rebaño de novillos, quienes comen mansamente su
-hierba providencial sin dignarse volver la mirada hacia el barco que
-pasa.
-
-Pero en ocasiones suele ser un hombre el que ocupa la eminencia de esas
-colinas. Un hombre montado en su caballo. Un hombre que se para en seco,
-enhiesto sobre su montura, vueltos los ojos hacia la embarcación que
-sube río arriba. Y ese hombre ahí parado, no sé por qué, se me figura
-que vierte una mirada de antipatía hacia el rugiente barco.
-
-Su destino es uno, y el del barco es otro. El hombre ése representa el
-pasado, mientras que el barco de vapor representa lo evolutivo, lo
-revolucionario y transformador. Ese hombre sintetiza la vida fácil,
-libre y romántica de la tradición pastoril. Cabalgar desde que apunta el
-día, recorrer las praderas pobladas de copiosos rebaños, comer la carne
-sobre la hoguera que sirvió de fogón y de abrigo, dormir bajo el manto
-constelado; no inquietarse por el porvenir, sino esperar que el mismo
-destino provea a nuestras necesidades; amar, cantar melancólicamente;
-reñir y guerrear si es preciso, y terminar de una recta puñalada al
-corazón, en una noche de contraria suerte.
-
-El vapor significa lo opuesto. El vapor sube por la corriente arriba,
-paralelo al ferrocarril, llevando arados, ladrillos, alambres
-cercadores. Representa el sedentarismo, la agricultura, la economía, la
-organización municipal, la fundación de bancos, la población numerosa,
-la tierra acotada, la supresión de aquella vida libre, deliciosamente
-anárquica, generosamente sobria, de los confusos tiempos pastoriles.
-
-El hombre ese que se detiene sobre la montura de su caballo, en lo alto
-de la cuchilla, siente que cada vapor que remonta el río es un nuevo
-asalto a la tradición. Y lo mira pasar seriamente, llena el alma de
-tristeza y de odio.
-
-El hombre y el vapor son enemigos por necesidad, opuestos entre sí,
-mutuamente incomprensibles. El hombre a caballo no comprende la prisa,
-ni el entusiasmo codicioso que lleva el vapor, porque él aprecia mucho
-más el sangrante churrasco devorado en la rasa llanura, que los
-suculentos manjares comidos en cerradas habitaciones. No concibe que un
-hombre construya su casa con ladrillos sobrepuestos y bien ensamblados,
-cuando unas tablas o unos adobes recubiertos de hierba seca, bastan para
-cobijarle. Y entiende que todo lo demás sirve solamente de nudo y de
-cadena. Ciertamente: cada nueva comodidad, cada seguridad nueva que nos
-presta la civilización, es una nueva hipoteca que le hacemos a la
-libertad personal.
-
-Pero de los dos adversarios, el vapor es el más poderoso. El saldrá
-vencedor. Y las orillas del río se cubrirán de pueblos, de casas, de
-alquerías. La belleza salvaje y solitaria de ahora, se cambiará por otra
-hermosura distinta. Las aguas mansas del río reflejarán árboles
-civilizados, recortados, obedientes, en lugar de las malezas
-insubordinadas de ahora. Los ranchos misérrimos habrán de convertirse en
-casitas pintadas, coquetonas. A la soledad majestuosa de las llanuras,
-seguirán los campos labrados, cercados por setos florecidos. Niños que
-van a la escuela en tropel; golpes de martillo; silbar de locomotoras;
-los carros henchidos de frutas sazonadas; cantos y alborozo de las
-vendimias.
-
-Si una poesía decrece, otra renacerá. La naturaleza no renuncia jamás a
-su dominio estético, y sabe siempre ser noble, lo mismo en la grandeza
-de las selvas vírgenes, que en los trabajos de los valles cultivados, de
-las ciudades atareadas...
-
-El sol se ha puesto. Tímidamente asoman, una a una, las estrellas. El
-río se vuelve negro: sobre la sombra de sus aguas, un lucero pone su
-blanco punto ideal. La noche es muda, como un silencio estupefacto. En
-medio de este silencio, el buque, un poco pedante, persiste en su ritmo
-bronco: bum, burrum, bum.
-
-Octubre, 1912.
-
-
-
-
-II
-
-LA DOCTA CÓRDOBA
-
-
-Cuando el tren camina con más entusiasmo, a la dorada luz del sol
-matutino, el viajero queda perplejo al ver que la llanura inmensa, la
-abrumadora llanura argentina, se deprime bruscamente, como por efecto de
-un encantamiento. Allá en el fondo de la depresión, una multitud de
-casitas y ranchos sobresalen entre las arboledas. El paisaje ha tomado
-repentinamente un aire rudo y enérgico. La monotonía de la llanura, la
-suavidad de las líneas prolongadas hasta lo infinito, se traducen en
-unos desniveles y bancales poblados de matas, bosques y zarzas. Una
-población extraurbana, numerosa y típica, bulle por aquel paisaje
-intempestivo. Las casitas de adobe, los ranchos de paja, asoman entre
-las tunas. Y las gentes, con su color moreno y su aire netamente
-criollo, evocan en la imaginación un mundo muy apartado del Buenos Aires
-europeo y descolorido. Un poco más adelante, en el fondo de la
-depresión, ocupando el lugar estratégico del valle, aparece Córdoba.
-
-Primero no se ven más que torres, sobresaliendo del semioculto caserío.
-Y esas torres distintas, extemporáneas dentro de la igualdad pampeana,
-son para el viajero una nota llena de simpatía, algo como un hallazgo
-providencial. Porque el viajero, si es de índole un poco artística, ama
-precisamente aquellas cosas que se apartan de lo común, y sobre todo las
-cosas que tienen fuerza evocativa. ¿Y puede haber algo tan evocador,
-como un ejército de torres levantándose sobre una ciudad histórica? En
-cada torre hay un mundo de recuerdos, de creencias, de controversias o
-de fanatismo: pocas cosas existen en el mundo, efectivamente, que
-sugieran tal suma de ideas y contrastes como unas torres levantándose
-sobre una ciudad. Y como la ciudad de Córdoba aparece a la vista del
-espectador tan erizada de torres ingentes, uno se imagina bien pronto la
-profundidad histórica que ha de existir en ese pueblo interior, colocado
-en el mismo centro del antiguo virreinato.
-
-Los pueblos se dividen, como las personas, en dos categorías: hay la
-categoría de las ciudades vulgares, y la de las ciudades típicas,
-entonadas, de sabor propio. En seguida que el viajero penetra por las
-calles de Córdoba, comprende que se encuentra en una ciudad personal y
-de pronunciado carácter.
-
-Mientras camino por las calles, nada me impide suponer que voy vagando
-por una de aquellas ciudades históricas del mediodía de España. La
-multitud de iglesias, las tapias discretas de los conventos, la paz de
-las calles silenciosas, el misterio de los muros viejos, por encima de
-los cuales asoma un árbol florido; y en el fondo de esas calles vacías,
-silenciosas, limpias, alguna ventana aislada, con su reja artística, y
-colgando de los hierros de la reja una flor... Todo esto es bien
-europeo, bien antiguo, y sobre todo bien español. Hasta las personas
-eclesiásticas adoptan un aspecto raro. Los sacerdotes no visten como los
-atildados abates de Buenos Aires, no llevan el redingot ajustado, el
-sombrerillo de ala plana y breve, el bastón en la mano; este aire de
-mundanidad no lo desean los sacerdotes de Córdoba. Ellos no tratan de
-disimular su estado, como si se avergonzaran de vestir trajes demasiado
-sombríos y demasiado anacrónicos, entre las gentes despreocupadas del
-cosmopolitismo. Por el contrario, los sacerdotes de Córdoba se mantienen
-fieles a la sotana, y al manteo amplio, y al sombrero ampuloso, el
-clásico sombrero de «teja». Se ven también frailes de distintas órdenes,
-unos con hábito pardo, otros con hábito blanco, y algunos con los dos
-colores, pardo y blanco. Y pasan gravemente por las calles, sin timidez,
-sin miedo a la ironía del descreído cosmopolitismo; antes más bien con
-el gesto y la compostura del que se siente dentro de su legítimo feudo.
-Y se ven además muchas, numerosas mujeres que visten hábitos diversos,
-incomprensibles para el profano. Las hay vestidas de color marrón; otras
-visten de blanco, con manto a la cabeza color azul; otras combinan el
-blanco con el negro; y otras, en fin, sobre el traje rosa ponen su manto
-azul celeste. El viajero queda asombrado, perplejo, ante la variedad
-colorista de los hábitos femeninos de Córdoba. He ahí una ciudad que
-posee en alto grado el instinto del color, tan negado a muchos pintores.
-
-¿Y las campanas? Desde que abandoné las costas de Europa no había yo
-escuchado el son de las campanas. En Europa suenan mucho los bronces
-místicos. Nuestro oído se halla como viciado por ese son un poco
-lúgubre, pero también recordatorio de muchas escenas infantiles. Yo
-notaba en mí cierto vacío. Pero en Córdoba he vuelto a saturarme de ese
-son familiar. Las campanas de Córdoba suenan numerosas, porfiadas, a
-todas horas. Vienen las campanadas de cerca, de lejos, de todos los
-lados. La campana de la catedral, principalmente, suena de un modo grave
-y religioso; es un son venerable, no exento de soberbia; suena con la
-autoridad de algo que se siente legítimo, necesario, inseparable de la
-tradición de la ciudad. Cuando la campana suena, de los pliegues y
-dibujos churriguerescos que coronan la gran cúpula central surge una
-bandada de palomas; las pobres palomas eclesiásticas no han podido
-habituarse al tono solemne de la campana; el misticismo de las blancas
-palomas cree que existe mayor dulzura religiosa en el éter azul, que en
-la voz triste del bronce; y mientras la iglesia, para comunicarse con
-Dios, usa la voz de la campana, las palomas levantan el vuelo, ascienden
-por el aire nítido, y es como si quisieran abismarse en el azul
-firmamento, regazo inmenso de Dios.
-
-Pero a la vez que estas cosas hablan a la imaginación de las viejas
-ciudades españolas, otras cosas nos sugieren imágenes contrarias, de un
-fuerte aire americano. Entrando en Córdoba es cuando el viajero llega a
-entender lo que era una ciudad prócer en tiempos de absoluto criollismo.
-La banda de la Argentina que da sobre el mar y sobre el ancho río, va
-perdiendo, o ha perdido completamente su aspecto criollo: entre los
-inmigrantes, los almacenes, los remates, los arados ingleses y las
-copias de París, le han quitado a esa banda su barniz tradicional. Pero
-en Córdoba hay civilización, hay trabajo, hay negocios, y sin embargo
-conserva su tono tradicional. Se parece a esas personas próceres, de
-largo abolengo, de fortuna pingüe y heredada, que saben recibir las
-modas recientes, pero sin renunciar a sus maneras y costumbres
-señoriales.
-
-Algo hay, sin duda, en el ambiente de Córdoba, algo que no se puede
-tocar ni apenas definir, y que para ser expresado se requiere emplear la
-palabra difícil, la palabra muy pocas veces lícita: la palabra señorial.
-¿Qué es lo señorial? Ahí está un nombre de veras difícil. El vulgo, y
-también el que no es vulgo, quiere aplicar ese nombre a cosas y personas
-que maldito de Dios si lo merecen. Señorial no es lo que tiene riquezas,
-como el vulgo supone; muchas personas ricas andan por el mundo que no
-han tenido el menor contacto con lo señorial. Lo fastuoso tampoco es
-señorial. Se pueden tener muchos trajes, muchos palacios, muchos troncos
-de caballos ingleses, mucha vajilla de plata, mucha prodigalidad, y sin
-embargo se puede no ser señorial. Lo señorial quiere decir noble, y
-esto de noble es un compuesto de cultura, de inteligencia, de arte, de
-cortesía, de bondad, de discreción, de medida, de caballerosidad, de
-buen gusto, de calma, de saber limitarse, de huir de la exageración como
-del diablo, de no entregarse a la última moda puerilmente, de apartarse
-de lo «snob» y de conservar siempre los prestigios de su personalidad...
-Me atreveré a afirmar que todos esos atributos los posee la ciudad de
-Córdoba.
-
-Es claro que para muchos espíritus descuidados Córdoba parece un tanto
-rancia; tiene un sabor provinciano, y esto hace torcer el gesto a los
-cosmopolitas. Pero es menester inclinarse con respeto ante las ciudades
-que no quieren sumirse en el todo igualatorio; ante los pueblos que
-creen en la historia, en la personalidad nacional, en los prestigios
-heredados y transmisibles. Por mi parte, no niego que me infunden gran
-consideración el árbol que sobresale en el bosque, el arbusto lindo o
-feo, que rompe la monotonía de un sembrado, el hombre que se atreve a
-llevar un sombrero distinto a los demás, o simplemente el que tiene más
-estatura, es más pequeño o tiene la calva más exagerada que los otros.
-Ser distinto, en estos tiempos en que los sastres, las ordenanzas
-municipales y los hoteleros se empeñan en hacernos simétricos, denota
-valor y fe, y ambas virtudes son de las más altas de cuantas se ofrecen
-a nuestra consideración.
-
-Un ejemplo de esa discreción noble, señorial, lo tenemos en la
-universidad, tres veces gloriosa. La universidad de Córdoba cuenta su
-vida por siglos; en sus aulas han enseñado los primeros profesores del
-virreinato y de la república; en esas mismas aulas han estudiado los
-obispos, los generales, los magistrados, los presidentes, los escritores
-de más lustre de la nación. La vida intelectual de la Argentina, en lo
-que ésta tiene de abolenga y de histórica, puede decirse que ha nacido
-en los bancos de la universidad cordobesa. Otra ciudad menos discreta
-hubiese dado a su universidad un aspecto ampuloso, soberbiamente
-monumental; hubiera puesto una fachada rimbombante, con muchas
-columnas, estatuas e inscripciones, y una suerte de molduras hechas de
-cemento habrían dejado pasmado al pobre transeúnte. En Córdoba no sucede
-así. La universidad de Córdoba, sin embargo de su prestigio, ofrece una
-apariencia modesta. Es preciso ir a buscarla, y buscarla bien en el
-recodo de una calle apartada, para dar con ella. Nada de fachadas
-rimbombantes. Un frente de estilo clásico, una puerta mediana, un
-vestíbulo pequeño, y eso es todo. En el centro el patio ofrece un
-aspecto conventual, con su claustro de columnas de medio punto. Un
-jardincillo llena el patio con sus verdores amables. Las aulas se abren
-sobre el corredor del claustro, y en aquellas aulas, sobre bancos de
-pino, se sientan los estudiantes. Se comprende que todo está igual,
-desde muy antiguo. La universidad no ha querido abandonarse a las
-locuras de la ostentación moderna. Piensa que la inteligencia no
-necesita de mucho lujo para desenvolverse, y que Sócrates conversaba con
-sus discípulos en mitad de la calle o a la sombra de los plátanos
-clásicos.
-
-La simpatía es un sentimiento inefable. Nos es una cosa simpática, y el
-por qué no sabemos decirlo muchas veces. De la ciudad de Córdoba
-guardaré siempre un recuerdo amable. Una visita rápida, que duró dos
-días, no sirve, es claro, para penetrar en el fondo de un pueblo; pero
-yo prefiero atenerme a mi impresión fugaz, ya que ella es propicia. La
-plaza central, tan bella y limpia; las calles bien cuidadas; las casas
-discretas y elegantes; la distinción de todo, lo mismo de las piedras
-que de las personas. Y el recato y silencio de las vías adyacentes,
-aquellas encantadoras calles por donde no se ve transitar muchedumbres
-afanosas; allí donde el reposo es tan completo que se oye distintamente
-la voz de un piano interior, las risas de unas muchachas invisibles,
-hasta el crujir de las hojas de los naranjos y de las adelfas que asoman
-por encima de las tapias.
-
-De noche la ciudad se envuelve en calma y en silencio. A la hora en que
-el último color del día se amortigua, cuando la luz de los luceros llena
-de poesía el espacio, el aire de Córdoba tiene una transparencia, una
-suave frescura, una sonoridad indecible. El rumor de las calles no
-viene a turbar esa calma con su estúpido ruido. Es hora en que las
-personas caminan sin prisa, con ademán negligente y desinteresado.
-Entonces la ciudad entera parece sumida en descanso y en amabilidad. El
-aire se hace sonoro. Las mujeres salen al balcón y sus voces animan la
-calle, como un sonido que viniera de atrás, de un tiempo en que no
-existían ni ferrocarriles ni periódicos. Y el aire de fin de verano se
-embalsama con olor de hierbas campestres. Hay, en fin, tiempo y espacio
-para mirar al cielo y para ocuparse en un trabajo tan divino como es el
-de contar las estrellas del cielo. El alma se abandona a las ideas
-semisueños. El alma descansa.
-
-Febrero, 1911
-
-
-
-
-III
-
-VIAJE A LAS MISIONES JESUÍTICAS
-
-
-Paisaje civilizado
-
-Era una brillante mañana de primavera cuando emprendí aquella expedición
-hacia los países remotos e inhabitados del interior de América (como un
-conquistador que hubo de llegar demasiado tarde).
-
-Alma de explorador, fantasía de viajero, yo, que a los quince años
-soñaba con descubrir un nuevo Amazonas, ahora podía por último lanzarme
-a la aventura de la América florida, selvática y prodigiosa. No dudé en
-aceptar la generosa invitación de mi amigo el señor Errecaborde, que se
-dirigía al pueblo de San Javier con propósito de subastar unas cuantas
-leguas de tierra. Y en compañía de dos distinguidos «rematadores»,
-provistos de maletas, armas y provisiones, todos juntos y en buena
-disposición de ánimo emprendimos la marcha hacia el territorio de las
-Misiones.
-
-Plana y verde, sembrada de quintas y de «chacras», la fértil llanura de
-Buenos Aires tendía al paso del tren su opulencia agricultora. Aquel
-país monótono y civilizado no era todavía el mundo salvaje y novelesco
-que mi imaginación deseaba. Pero más allá del pueblo de Zárate comenzó
-la decoración a complicarse. El tren se trasladó todo entero a un «ferry
-boat» que lenta y suavemente nos puso en la otra margen del río
-Paraná... Y mientras cruzaba las aguas parduscas y tranquilas del ancho
-río, mis ojos pudieron admirar los primeros signos del paisaje indiano;
-ceibas de encarnada flor, bosques de caña «tacuara», y unas palmeras a
-lo lejos, flotando sobre las malezas de los campos anegadizos.
-
-
-Empieza el exotismo
-
-Salió el tren del «ferry boat» y recuperó el dominio de los carriles. Y
-se lanzó a la carrera por las soledades de la provincia de Entre Ríos,
-patria de hombres valientes, hábiles en el manejo de la lanza y del
-cuchillo cuando las «montoneras» y las guerras civiles conmovían
-continuamente el territorio del Plata. Cruzábamos un paisaje denso y
-austero, solitario y noble, que por estar moteado de pequeñas y
-onduladas lomas, por la vastedad religiosa y por los grupos de árboles
-parecidos a encinas, me recordaba mucho el grave paisaje castellano.
-
-Vino la noche, divinamente sembrada de estrellas, y el aire, al paso del
-tren, nos traía vagos presagios del Trópico. A veces, en la pausa de una
-estación, veíamos volar las mágicas luminarias de las luciérnagas.
-Perfumes dulces y pesados, de magnolias y jazmines, llegaban a nosotros
-desde el fondo de la llanura como ingenuas tentaciones voluptuosas. La
-gente caminaba sin prisa. Los pueblos aparecían inmensamente
-distanciados. De los chozos o «ranchos» del camino surgían mujeres de
-piel cobriza y muelles ademanes. Los hombres, a caballo, portaban sobre
-los riñones, cruzado en bandolera el largo y puntiagudo «facón» de los
-famosos «gauchos»... ¡Hallábame, pues, en la verdadera América de mis
-sueños!
-
-En el pueblo de Santo Tomé acabó la primera etapa de nuestro viaje.
-Hasta entonces pudimos beneficiarnos de las comodidades y delicias de la
-civilización: vagón corrido, restaurant, cama. Desde ahora empezaba la
-lucha con lo desconocido y con lo indisciplinado. Ibamos a usar todos
-los medios imaginables de locomoción, y tendríamos que someternos a la
-cocina fantástica de las posadas, donde quiméricos cocineros italianos
-nos servirían manjares incomestibles. Y dormiríamos, claro es, en la
-vecindad de toda suerte de insectos. Para estas contingencias del
-porvenir decidimos reposar y abastecernos en el pueblo de Santo Tomé.
-
-Es un pueblo amable, bastante crecido y de contornos deliciosos. Su
-nombre de santo antiguo indica desde luego que fué creado por los
-Jesuítas. En efecto, desde Santo Tomé, hacia las espesuras del Brasil y
-el Paraguay, entre los grandes ríos Uruguay y Paraná, extendíanse las
-célebres Misiones Jesuíticas, ese noble intento de una república
-cristiano-comunista que dió lugar a tantas leyendas y a tan
-contradictorios comentarios.
-
-En Santo Tomé viví dos días; no podré contar en mi vida muchos días que
-sean más serenos. Una suavidad del aire, un perfume de jazmines, el
-panorama del caudaloso río, y una paz de lentitud y de pereza en las
-gentes... En Santo Tomé parece que las cosas esperan a alguien. Esta
-espera es la misma que la del rebaño que perdiera su pastor. Los pueblos
-misioneros tenían en los jesuítas su pastor. Estos eran el cerebro, la
-conciencia y la voluntad, la providencia que evita el dolor y el cálculo
-que previene; los sencillos indios no necesitaban pensar ni agitarse, ni
-desear siquiera. Sobre sus vírgenes y sumisas naturalezas en que faltaba
-principalmente la voluntad, ¡con qué alegría y entusiasmo ensayaron los
-hijos de Loyola su programa cristiano-social!
-
-
-Armados de revólver...
-
-En fin, partimos de Santo Tomé en un tren explorador que marchaba con un
-cargamento de obreros hasta el límite de la línea. Nos acomodamos en un
-furgón sin techumbre, y en esta poco sibarítica forma hicimos un
-recorrido de tres horas. La línea del ferrocarril terminaba en seco en
-mitad de una llanura desierta y rasa. Descendimos a tierra, y con
-nosotros bajaron los obreros.
-
-Acababan de llegar de Europa. Eran inmigrantes novicios, reclutados en
-todos los rincones de España, de Italia, de Turquía y de Rusia. Venían
-deshechos, sucios, hambrientos. Al saltar a tierra formaron en grupos, y
-los capataces los escogían, los distribuían de aquí para allá. En
-seguida pusiéronse a encender fuego. Prepararon el «mate» y lo sorbían a
-grandes tragos, mojando en la caliente infusión la dura galleta.
-
-Nosotros teníamos apercibida una «galera», regularmente desvencijada.
-Nos instalamos allí, y a un trallazo del mayoral las mulas arrancaron a
-correr por el infame camino polvoriento. Eran cuatro mulas en las varas;
-otras dos iban delanteras; y a la cabeza de la tropilla, jinete en un
-caballejo, marchaba un muchacho con su rebenque.
-
-El mayoral llevaba un cuchillo enorme cruzado a la cintura; el que hacía
-de jefe o intendente de la galera mostraba un buen revólver bajo el
-chaleco. Entrábamos, pues, en una comarca semidesierta, fronteriza al
-Brasil y al Uruguay, nido de contrabandistas y desterrados... Mis
-compañeros de viaje buscaron en sus maletas y sacaron sendos revólveres,
-que prendieron de sus cinturas. Yo no tenía armas. Esta ausencia de
-previsión marcial me avergonzó bastante y me dejó en situación de
-manifiesta inferioridad.
-
-Entonces, viendo mi actitud humillada e indefensa, alguien me alargó un
-revólver que sobraba. Como el revólver era de grueso calibre y yo
-carecía de cinto y de funda, me ví perplejo ante aquella arma, que no
-sabía en donde aposentar. Opté por guardarla en el bolsillo de la
-chaqueta.
-
---¡Qué hace usted, señor! Con los tumbos que da el coche, ¿no imagina
-usted que se dispare y se hiera, o nos hiera a nosotros?
-
-En resolución, tuve que entregar el revólver a quien me lo quiso
-prestar. Y puesto que tan mala maña demostraba yo para el manejo de las
-armas, decidimos que mi persona era inútil en cuanto a las contingencias
-de asaltos, sorpresas y bandidajes, y que mis compañeros asumían la
-responsabilidad de defenderme.
-
-En seguida nos lanzamos por el camino polvoriento, que, a causa de ser
-muy roja la tierra de Misiones, semejaba una herida palpitante y
-sanguinolenta en mitad de las hinchadas colinas.
-
-
-Un camposanto en el desierto
-
-Marchábamos en la galera desvencijada por aquel camino infernal, y sin
-embargo del fatigoso viaje iba yo bastante alegre; porque sin mucho
-esfuerzo imaginativo podía considerarme entonces como un explorador de
-antaño o como un personaje de Julio Verne.
-
-Sentía la extraña y directa impresión de haber retrocedido muchos años
-en la cuenta del tiempo. Todo a mi alrededor hablaba de cosas remotas y
-antiguas, desde el arcaico tintineo de las muías hasta la soledad
-primitiva y salvaje del campo. A veces el mayoral cruzaba con el
-zagalillo algunas palabras en idioma «guaraní», o animaba a las bestias
-con gritos de raro y gutural acento: «¡Oh, oh! ¡Perico!...», y las
-mulillas trotaban valientemente haciendo crujir al coche a cada
-arrancada.
-
-En la ondulada llanura que cruzábamos no se distinguían ni pueblos, ni
-«estancias» ni campos de cultivo. De tarde en tarde descubríamos un seto
-artificial, un «alambrado», y aquel cerco, símbolo de propiedad, era el
-único vestigio de civilización. Algún «rancho», mísera cabaña perdida en
-la vastedad, nos advertía que por alguna parte existiera gente humana.
-Las enigmáticas lechuzas de circulares ojos fijos, posadas en las puntas
-de los postes solitarios, miraban el paso de la galera con una
-hierática o supersticiosa obstinación. Y las bandadas de cuervos volaban
-lentamente sobre los descampados.
-
-Caía el sol de plano sobre la tierra, donde un manto de hierba escuálida
-se requemaba bajo la brasa del cielo. Las nubes se abombaban en el
-horizonte y hacían magníficas combinaciones de grandes masas de rosa y
-blanco. El paisaje, ondulado y liso, semejaba un mar de olas pacíficas;
-sólo en las encañadas y cortaduras crecían bellos grupos de árboles,
-vírgenes y sin dueño, que daban fresca sombra a regocijantes y
-encantadores arroyos. Fuera de estos bosquecillos, la tierra ofrecía un
-ardiente color encarnado, como regada con sangre.
-
-Recuerdo ahora mismo la tristísima impresión que me produjo, a lo largo
-de la marcha, ver de pronto surgir en aquel desierto un rudimentario
-camposanto. Eran unos palos irregulares y mal reunidos, que a cierta
-distancia aparentaban formas de un culto idolátrico, y que,
-aproximándonos, vimos que eran efectivamente toscas cruces. Para
-resguardar a los muertos de las reses vagabundas, alguien había cercado
-con alambre de púas el santo lugar. Una cruz, menos tosca y más grande
-que las demás, hacía allí el efecto de un pastor, o era como un espectro
-macabro y piadoso que vigilaba la inseguridad y el misterio del
-horizonte. Un cementerio nos entristece siempre y nos perturba. ¡Pero
-aquel pobre camposanto en el desierto, tan abandonado de los vivos y tan
-sin contacto con la vida! ¡Aquellos pobres muertos sin nombre,
-indefensos en la soledad, temerosos en la misma muerte, abrasados por el
-sol tórrido!...
-
-
-Un pueblo de polacos
-
-Más adelante empezamos a descubrir frecuentes cabañas y pequeños
-cultivos de maíz. Por último avistamos algunos edificios de canto y cal
-y pabellones de madera. Estábamos en una colonia de polacos, llamada
-Apóstoles.
-
-De estas poblaciones exóticas e intrusas existen bastantes en la
-Argentina. Suelen formarse con rusos, judíos, polacos, galenses, y en
-la inmensidad del territorio viven una vida poco próspera, estacionaria
-por lo general, puesto que se componen de gentes ignorantes y de
-mezquinos labriegos. La colonia que nosotros acabábamos de descubrir se
-componía de polacos de la Galitzia austriaca, polacos rusos y rutenos.
-Eran bastante numerosos. Cultivaban sus campos de maíz y de trigo y
-pastoreaban algunas reses vacunas. Los de religión ortodoxa tenían su
-«pope», y los católicos habían traído también su sacerdote de lengua
-polaca. Un intendente o administrador dirigía la colonia y velaba por el
-orden. Era de Varsovia; un hombre joven, rubio, de rostro fino y soñador
-y mirada inteligente.
-
-Los pobres polacos, nacidos en la servidumbre y la ignorancia, venían,
-pues, a substituir a los indios en la tierra de Misiones. Tenían éstos,
-como los antiguos indígenas, una especie de fatalismo perezoso y
-conformista y una inhabilidad para vivir sin la ayuda del jefe y del
-pastor. Traían también la honda religiosidad de los indios. En los
-cruces de los senderos, en las lindes de los sembrados, constantemente
-veíamos grandes cruces votivas y protectoras. En ellas había a veces
-inscripciones. Pedimos que nos tradujeran una de aquellas leyendas, y
-decía: «¡Señor Dios, dadme este año una buena cosecha de maíz!...»
-
-Nos albergamos en una mísera posada, donde en desvencijados catres
-pudimos dormir a la noche. Y tan pronto el día alumbraba,
-encomendándonos a nuestros ángeles familiares, volvimos a ir dentro de
-la galera por el camino de la soledad.
-
-Y cuando la mañana se hizo más calurosa, tropezamos con un arroyo
-bastante ancho que carecía de puente y hubo necesidad de atravesar
-haciendo raras gimnasias. Allí contemplé por vez primera un vehículo muy
-americano, muy curioso y que, usual y único antes de la importación del
-ferrocarril, ha quedado hoy constreñido a las comarcas más desviadas del
-país.
-
-Se trataba de una «carreta». Antiguamente hacían esas «carretas» el
-camino de las Pampas y eran a modo de caravanas rodantes que en viajes
-lentos, peligrosos, largos de muchos meses, conducían mercaderías y
-personas desde los Andes hasta el litoral del Plata. La carreta que yo
-veía era grande, con un tosco armazón de madera y enormes ruedas
-pesadas. Un techo de paja cubría el armatoste, dándole aspecto de cabaña
-verdadera, rodante y vagabunda. Una familia brasileña viajaba en el
-carro. Tres parejas de bueyes lo arrastraban, obedeciendo al aguijón de
-un muchachuelo que trotaba y se revolvía constantemente, jinete en un
-potro.
-
-Como los nómadas de la prehistoria, como los personajes de una novela,
-marchando lentamente por un país suave, cruzando selvas y ríos,
-durmiendo bajo las estrelladas y cálidas noches... ¡confieso que sentí
-un poco de envidia por los viajeros de aquella cabaña rodadora!
-
-Tuve que resignarme a montar en la galera, que nuevamente nos llevó
-dando tumbos por un camino cada vez más impracticable. Y así dimos vista
-al pueblo de Concepción de la Sierra, precisamente la víspera de la
-festividad de la Concepción.
-
-
-Misticismo eslavo
-
-Tan trabajado me sentía por el penoso viaje, el polvo y el calor
-tórrido, que me tendí a dormir en la posada una siesta profunda, como de
-piedra. Apenas concluí de cenar, otra vez busqué la cama y me hundí en
-un sueño profundo. Pero al alba me despertaron unos cohetes y un
-campaneo estrepitoso. ¡Bien! El pueblo se disponía a celebrar la fiesta
-de su Patrona, la Virgen de la Concepción.
-
-Salí pronto a la plaza, y frente a la iglesia hube de tentarme el cuerpo
-para convencerme de que no dormía, de que, en efecto, yo estaba en un
-pueblo de la América meridional.
-
-Todos los polacos del contorno habían acudido al pueblo de Concepción de
-la Sierra. Llegaban en sus largos carros típicos, vistiendo a usanza de
-su país; ellos con trajes gruesos y obscuros y botas altas, los bigotes
-lacios y la melena hasta el hombro; las mujeres con una falda de color,
-chaleco liso y camisa de mangas amplias. Los cuerpos toscos, las caras
-feas y juanetudas, y un olor a grasa y sudor rancio... Pero su
-impresionante misticismo les disculpaba de todas las imperfecciones
-físicas.
-
-Al entrar en el templo, las mujeres se arrojaban de bruces y besaban el
-polvo. Próximos al altar veíanse cuatro hombres, especie de acólitos
-encargados de corear las palabras litúrgicas del cura celebrante.
-Cantaban, pero con una voz tan triste, tan perfectamente triste, que
-producía angustia. La misma rudeza de las voces aumentaba la sugestión
-del canto y lo hacía más sincero y hondo. Parecía un eco que llegase de
-la estepa remota, helada, infinita, o un lamento trascendental y místico
-que interpretase el doloroso anhelo de la melancólica raza eslava...
-
-Salí de la iglesia con un hipo de dolor, y busqué en el aire encendido y
-brillante una compensación aliviadora. Los zorzales, en los patios
-sombrosos, modulaban sus ternezas amatorias; y los jazmines llenaban con
-su perfume voluptuoso el ambiente quieto y cálido.
-
-Pero un campaneo desenfrenado rompe a sonar; todo el pueblo acude a la
-plaza. Está saliendo la procesión por la puerta de la iglesia. Tiene
-esta procesión un sabor raro, original, maravilloso. El ambiente es
-luminoso y tropical, mientras que los personajes vienen ataviados a la
-usanza rusa; y de esta unión estrambótica surge el efecto más
-inverosímil.
-
-No traen más imagen que la de la Virgen; toda está rodeada de flores. El
-honor de escoltar a la Virgen se lo han adjudicado las mujeres del
-pueblo, y algunos paisanos del contorno, con sus bombachas nuevas y la
-gran espuela calada, se reservan el derecho de llevar las andas. Los
-polacos, privados de todo honor, se resignan a escoltar la imagen,
-humildemente. No pueden ellos cargar las andas ni tocar la imagen; pero
-como perros fieles, como rendidos siervos, rodean el objeto amado y lo
-miran con ávidos ojos. Descubiertos como van, el sol misionero les hiere
-en los cráneos y hace rebrillar sus cabelleras rubias, aceitosas. Y se
-achicharran dentro de sus capotes de paño grueso. Las mujeres tiran y
-arrastran a sus pequeñuelos. Los más ancianos siguen al cortejo montados
-en sus carros. Van cantando.
-
-Cantan una triste, una desgarradora melopea. El canto se extiende por la
-plaza y llena el pueblo entero. Parece una voz antigua y remota que
-viene a saludar a un amigo. Al conjuro de aquel canto religioso, yo no
-sé qué raras interpretaciones se entremezclan en mi espíritu. Me figuro
-que las voces cristianas de los polacos llaman a las almas de los indios
-que allí residieron un día y que dispersó la fatalidad. En aquella misma
-plaza de Concepción de la Sierra, dos siglos antes habían pasado los
-indios guaraníes, rodeando la imagen de la Virgen. Un jesuíta, revestido
-de su pompa eclesiástica, los dirigía, dándoles la pauta del canto. Los
-indios fueron aventados, y ahora, pasados los siglos, otros hombres
-indefensos forman en rebaño y piden a Dios, con místicos clamores, la
-firmeza y la felicidad que sus pobres almas inseguras no saben
-procurarse en los azares y las luchas de la vida...
-
-
-Ruinas en la selva
-
-Habíamos salido del pueblo de la Concepción en medio de un diluvio
-relampagueante. De estas tormentas aparatosas no es conveniente hacer
-mucho caso en los países próximos a la zona tropical. En efecto, muy
-pronto nos vimos otra vez bajo un sol abrasador y un cielo brillante,
-con el espectáculo de una naturaleza recién lavada y rica en primores de
-color.
-
-Para almorzar más a placer (galleta dura y cecina criolla) nos
-refugiamos en un bosque. Ya no se trataba de un simple grupo de árboles,
-como los que antes habíamos visto; aquello era la «selva», interminable
-y profunda, inexplorada y misteriosa; la selva virgen que avanzaba hacia
-el Paraguay y el Brasil, con sus tigres y sus sorpresas.
-
-El mayoral del coche nos dijo:
-
---Ahí en el bosque hay un pueblo jesuítico; pueden verlo, porque está
-cerca.
-
---¿Un pueblo de las antiguas misiones jesuíticas?...
-
---Sí, señor. Por esa «picada» es el camino. Se llama Santa María Mártir.
-
-Me apresuré a internarme en la selva por una «picada», o sea un camino
-abierto en la espesura. A los pocos minutos me hallé frente a una
-maravilla arqueológica, mudo de sorpresa, de admiración.
-
-Oprimida y sofocada por la frondosidad del bosque, descubrí una plaza
-rectangular, grande como de cien metros de lado. Allí podía comprobarse
-la forma que adoptaban los misioneros para construir sus ciudades. En
-uno de los lienzos de la plaza levantaban la iglesia, el convento y el
-almacén; en los otros lados se hallaban las dependencias más
-importantes, las habitaciones de los jefes y de los caciques, y los
-talleres comunales, que surtían de cosas al «falansterio» místico y
-tributaban riquezas a la Compañía.
-
-La plaza tenía un pórtico corrido, apto para guarecer a las gentes del
-sol o de las tormentas. Esta disposición de las poblaciones misioneras
-estaba a mis ojos claramente expuesta; las ruinas sufrieron poco, los
-hombres no se habían llevado los sillares para construir tapias ni
-chozas; la misma bravura del bosque defendía la muerta ciudad de la
-barbarie o inconsciencia humana.
-
-Dos lienzos de la plaza conservábanse en pie, hasta la altura del primer
-piso; los pilares, cuadrados y de sencillos capiteles, permanecían
-erguidos aún. En el centro de la plaza asomaba la boca de un profundo
-pozo, que se comunicaba con un subterráneo cuya boca quedaba abierta en
-un muro lateral, de proporciones ciclópeas.
-
-Dentro del muro ciclópeo, capaz de resistir la furia de un cañón,
-contemplé una especie de nicho, resto de capilla o de celda. Sobre un
-altar improvisado, una imagen de la Virgen mantenía aún en sus brazos al
-Niño, que la injuria del tiempo había maltratado, cortándole los brazos
-y las narices.
-
-Después los macizos muros se desprendían de la plaza céntrica y
-alejábanse en varias direcciones, hasta perderse y desaparecer
-bruscamente, como indescifrables interrogaciones en el misterio de la
-selva. Nada tan extraño e imponente como aquellos muros decapitados,
-hechos de grandes sillares rojos, ocultos en la sombra de los inmensos
-árboles enlazados por las lianas. Una impresión del soñado Indostán se
-avivaba en mi mente, y me figuraba asistir al espectáculo de las raras
-arquitecturas místicas en los bosques del Ganges...
-
-Cuando me alejaba, una cotorra pasó chillando sobre mi cabeza. El fruto
-de los naranjos comenzaba a sazonar. Eran unos naranjos silvestres,
-nobiliarios y perseverantes, hijos de aquellos otros que los misioneros
-importaron y cultivaron. Uno tras otro, los árboles de fruto de oro iban
-sucediéndose en el secreto de la selva, como tácitos transmisores de la
-tradición. Bajo la sombra de los naranjos, los cándidos indios guaraníes
-sesteaban después de la labor reglamentaria. Trabajaban para el común;
-nadie tenía propiedad individual; vivían acuartelados con una
-distribución inteligente y suave de todas sus horas. Dirigidos por los
-misioneros, gobernados por los caciques de su propia raza, tenían
-limpios trajes de algodón, impresionantes y poéticas fiestas religiosas,
-procesiones, luminarias, bailes y ceremonias, tan caras a la imaginación
-del indio.
-
-
-El confín del mundo
-
-En fin, nuestro pintoresco y laborioso viaje hubo de llegar a su
-término, y una tarde, efectivamente, penetramos en un pueblo que se
-llama, si no falla mi memoria, Itacaruaré. En aquel pueblo radicaban las
-extensas tierras cuya subasta íbamos nosotros a realizar.
-
-Yo no he visto en toda mi vida un pueblo más extraño como el de
-Itacaruaré. Era pueblo, pero al mismo tiempo carecía de realidad.
-Existía de hecho, pero no de derecho... En suma, era un verdadero pueblo
-americano, ligeramente fantástico, algo cómico por su duplicidad de cosa
-efectiva y no existente, y sin embargo admirable como una concepción de
-Walt Whitman.
-
-En la extensión inhabitada de la selva, gentes del Brasil y de la
-Argentina habían hecho su nido. Hoy era un italiano que, subiendo desde
-las provincias pobladas del Sur, estimaba bueno establecerse en aquel
-ángulo desierto del mundo; después era un sueco o un alemán, que
-abandonando los estados vecinos del Brasil tomaban posesión de un trozo
-de selva; o era un español, un sirio, un judío de la Besarabia, un ruso
-de Crimea, un croata, un francés, un irlandés los que llegaban a
-establecerse. Cuantos hombres de diverso origen vagan y pululan por
-aquellas naciones de inmigración, aportaban alguna representación al
-pueblo novato de Itacaruaré.
-
-Como el territorio estaba abandonado y la selva era grande, cada nuevo
-colono escogía un pedazo de país, quemaba los árboles, y sobre la tierra
-virgen y fértil plantaba tabaco, arroz, legumbres. Si la tierra se
-fatigaba, no había más que incendiar un nuevo trozo de selva y plantar
-en terreno virgen, fecundo. En seguida acudieron algunos comerciantes.
-Los colonos, poco a poco, se asociaban más estrechamente, contrataban un
-maestro y una maestra, establecían un Ayuntamiento rudimentario y daban
-a su ciudad la consistencia de un organismo civilizado...
-
-Yo me admiraba de ver aquel fenómeno de espontaneidad cívica, operado
-con gentes tan contrarias y diversas, en quienes no había nada de
-común, ni la religión, ni la raza, ni las tradiciones. Sólo les unía el
-destino, la identidad de intereses, y una aspiración de crearse una
-«estirpe». Aventureros de Europa, piedras rodantes, traqueteados en las
-aventuras y los fracasos, con las vidas truncadas, ¡ahora querían
-«construirse» su vida, fundar una casa, una familia, una propiedad, una
-patria!...
-
-Pero entonces, cuando llegaban al triunfo de sus afanes, ¡he ahí que se
-entrometía la Ley! Ellos habían «creado» su propiedad, su casa, su
-campo, su huerto, su familia; pero en Buenos Aires, unos hombres severos
-oponían unos papeles sellados, en los que se decía que los campos de
-Itacaruaré no eran de sus pobladores, sino de otro señor...
-
-Afortunadamente, este señor, propietario de derecho, iba dispuesto a la
-concordia y a ser generoso con aquellos bravos «pioneers».
-
-Antes de llegar a la vista del pueblo, los colonos de Itacaruaré
-formaron una nutrida cabalgata y salieron a saludarnos al camino. Desde
-lejos comenzaron a disparar cohetes.
-
-Nos recibieron a caballo en dos filas, muy galantemente, rodeando
-nuestro coche en actitud de respetuosa escolta. Venían todos armados con
-cuchillos y grandes revólveres, sin duda porque no pudieron todavía
-contratar algunos gendarmes. Cada uno era el guardia y el juez de sí
-mismo...
-
-¡Ah! ¡Episodio romántico y novelesco, caído en mitad de mi vida como un
-premio a mis largas y fervorosas aspiraciones adolescentes! ¡Qué aroma
-de primitivismo, qué ráfaga de plena naturaleza llenó entonces mi alma,
-en aquel rincón del mundo donde confluía la selva virgen y la
-civilización naciente! ¡Qué ruda franqueza en las vidas de aquellos
-hombres, cuyo pasado estaría tal vez moteado de raras aventuras, de
-tragedias íntimas, quién sabe si de crímenes!...
-
-Noviembre, 1909.
-
-
-
-
-IV
-
-LOS ANDES
-
-
-El mundo muerto
-
-Cuando un viajero de mediana cultura atraviesa los Andes por primera
-vez, irremediablemente le asaltará una idea admirativa. Considerará
-asombrado la suma de valor y de persistencia ideal que fué necesaria
-para traspasar esas ingentes montañas con los recursos primitivos de los
-conquistadores.
-
-Pero aquello fué antes, en los tiempos del heroísmo; actualmente el
-ferrocarril conduce al hombre sin mayores peligros materiales por la
-sinuosidad de las barrancadas, de un lado al otro de la cordillera. El
-peligro material ha desaparecido. Pero queda el otro peligro de la
-imaginación. ¿Has preguntado por la razón de este nuevo peligro,
-lector?... Pero este es un peligro familiar a todas las cabezas algo
-desvaídas.
-
-Hay un peligro en los Andes, indudablemente. Sentir que de dentro del
-ser, pero de lo más íntimo del ser, fluyen arrebatadamente ideas y
-sentimientos extraños; sentir que el orden de los razonamientos
-cotidianos se invierte, como se invierte la aguja magnética de los
-marinos en determinados climas; sentirse, en una palabra, propenso a
-enloquecer, ¿no es este un grave y bien temible peligro? Puesto que
-otros hablan del mal del «puna» y de otros males serranos, yo me permito
-hablar del mal de la imaginación, peculiar a todas las ascensiones
-montañesas, pero mucho más agudo y temeroso en el seno de los Andes.
-
-¿Y por qué es más agudo el mal en los Andes? Quizá porque la impresión
-imaginativa es allí descendente, al contrario que en otras montañas,
-donde se presenta en forma ascendente. En las montañas que pudiéramos
-llamar naturales--Pirineo, Alpes, Cárpatos--la sensación es entusiasta,
-pletórica y optimista; mientras que en los Andes nos sentimos oprimidos
-por no sabemos qué rara angustia, y cuanto más nos elevamos sobre sus
-cumbres, sufrimos una depresión mayor y más negativa.
-
-Por eso tal vez son los Andes las montañas únicas en el mundo, las de
-una originalidad más intensa. Habréis visitado las gargantas peñascosas
-de las sierras de España, las sumidades húmedas de Suiza, las lomas
-cálidas y olorosas del Apenino, hasta las musgosas laderas del litoral
-noruego, o las montañas floridas de los archipiélagos tropicales:
-después de haber ascendido a tantas alturas, os faltará conocer lo
-principal. Porque las otras montañas, aparte los accidentes de luz, de
-clima y de vegetación, se parecen todas: son, al fin, protuberancias
-terrenas, perfectamente lógicas, con vegetación de árboles, de hierbas o
-de musgos, con animales que las pueblan, con ruidos leves o airados que
-las animan. Los Andes son otra cosa. No pertenecen a este mundo. Son
-hinchazones hiperbólicas, sin vida, sin musgo, sin ruido, sin nada. Es
-un algo atormentado y trágico; pero trágico sin teatralidad; sincera,
-íntimamente trágico.
-
-Sin embargo, uno ha visto alguna vez ese paisaje. ¿En dónde?... Es un
-paisaje casi familiar. ¡Sí, el recuerdo llega, finalmente! Un paisaje
-como el de los Andes lo vió uno allá remoto, cuando leía los libros
-sugestionantes de Astronomía, en los grabados que transcribían la
-posible forma de las anfractuosidades selenitas. Paisaje lunar: esto son
-los Andes. En oposición a las otras montañas, que son paisajes
-terrenales.
-
-Desde lejos, situándose en la llanada de Mendoza, el viajero cree que ha
-de poder sumergirse impunemente dentro del mundo andino. Más allá de las
-primeras estribaciones, que forman un muro sombrío, las cumbres nevadas
-se deslizan, como si dijéramos, en el aire límpido, y ascienden a
-alturas milagrosas. Pero nada de esto presupone pavor ni emociones
-extranaturales: al contrario, vistas desde la llanura, aquellas
-olímpicas cumbres que ascienden en el espacio finísimo, sugieren ideas
-dichosas. Después, cuando se ha penetrado en el laberinto de la
-cordillera, el ánimo queda encogido, nuestro ser se inmuta todo entero,
-y sobreviene la angustia capital, la angustia andina; una angustia
-moral, hecha de náuseas, como la angustia material de la «puna» se
-resuelve en náuseas y opresión de las sienes.
-
-Todo el orden del paisaje se ha invertido, y las ideas, las impresiones,
-se invierten también. A la falta de lógica en la naturaleza, corresponde
-en nuestra mente un trastorno mental. Comienza a desaforarse nuestra
-imaginación.
-
-Surgen ideas de milenario... Y a medida que pasan las horas, el recuerdo
-de los países que se han dejado atrás, desaparece: llega, entonces, el
-momento en que nos consideramos desprendidos del mundo real, y que
-habitamos un astro muerto. Y persistiendo en la creencia de que el astro
-está muerto, del todo y para siempre muerto, nos asalta un inaudito
-asombro: ¿cómo estamos, pues, vivos nosotros, si el astro que nos
-retiene se ha muerto?... ¿O acaso nos habremos muerto, realmente, y
-esta apariencia de vida mental no será más que una pausa de sueño, un
-sueño quimérico soñado por un cadáver?...
-
-Este efecto se conseguirá nada más que apartándose de la línea férrea y
-de las mezquinas, aisladas señales de vida real que se escalonan a lo
-largo de los rieles. Doblando cualquier recodo y subiendo a una mediana
-altura, la sensación andina, total y magna, se precipita en nuestro ser.
-Ved ahí que todo ha terminado. Los ojos, con una angustiosa inquisición,
-escrutan las montañas y las hondonadas, por ver si descubren algún signo
-de vida; el oído se abre atento: pero la vida no aparece. Silencio,
-soledad, desolación terminante y definitiva. ¿Quedará, en tal caso, la
-compensación grave e indecible de las emociones místicas? Pero la
-religiosidad, considerada esta palabra en su sentido más amplio y
-eterno, no acude al alma. Uno se siente sumergido en panteísmo dentro de
-la naturaleza animada, múltiple y vigorosa de las alturas medias; aun
-allá, en la cima de las otras montañas, en aquel silencio bienhechor, el
-espíritu se mece en pensamientos de una dulce eternidad; pero en el
-seno de los Andes, la eternidad se representa como un algo vacío y
-yerto. Hasta la eternidad, o la idea del infinito, adquiere en los Andes
-forma de cosa muerta.
-
-¡Y aquel color ocre de las montanas! ¡Oh, la monótona y extraña
-coloración de esas cumbres colosales! Color ocre, repetido hasta la
-fatiga. Pero dentro del ocre, ¡qué inmensidad de matices! Y los matices
-llegan de repente, sin gradación, sin lógica; sobre una ladera extensa y
-rasa, pintada de cobre mate, salta, por ejemplo, una gran verruga de
-color vivo, como oro. Pero el sol, por su parte, se entretiene en jugar
-con las montañas, colorándolas a su capricho; así es como pueden
-sorprenderse, de repente, sobre la larga cresta de una sierra, un filete
-encendido, al modo de una barra de oro ígneo. Otras veces el sol sume en
-la sombra una montaña pequeña, y la montaña se va poniendo obscura,
-obscura, como el bronce sucio de las estatuas en los climas húmedos.
-
-¡Humedad! ¡Sagrada palabra! De la humedad nos viene todo lo bueno, lo
-substancioso y lo poético; las plantas, los granos, la salud y el
-vigor, y también las nieblas, que son la madre de la poesía. Pero en los
-Andes no existe la humedad. Si hubiese allí nieblas, nuestra alma
-descansaría, porque las nieblas montañesas ejercen una acción sedante en
-el espíritu. Pero no hay nieblas, y el espíritu queda tenso, siempre
-tenso, a punto de quebrarse en locura. Y el aire es tan neto, tan fino y
-transparente, que las cosas simulan haber perdido su condición gradual;
-la más pequeña piedra se distingue a largas distancias, y es como si el
-paisaje, en su totalidad, se nos viniese encima de los ojos.
-
-¿Pero es un paisaje en realidad? Nuestra costumbre clasificadora
-entiende que un paisaje debe estar formado por árboles, por arbustos,
-por hierbas siquiera, sin contar los otros aditamentos de las aguas, las
-viviendas, los seres animados. En tal sentido, los Andes no son un
-paisaje. Falta allí todo rastro de vida animada, y en la vertiente de
-las montañas no arraiga el más mínimo liquen. Las nieves grandes se
-licuaron. Sólo en algunos sitios hay manchas blancas; pero esa misma
-nieve, contagiada por la universal desolación, adopta un aspecto seco:
-se diría que la nieve se ha fosilizado. ¡Ah, todo el paisaje es un
-inmenso fósil!...
-
-Pero aunque el viajero haya de huir alarmado de ese laberinto trágico,
-¡nunca agradecerá bastante a su fortuna el poder haberlo sentido, vivido
-y padecido! En todo el resto del mundo no hay una cosa tan gigantesca y
-sugeridora. Nada es tan imprevisto y original como esos Andes augustos,
-malditos del cielo, desheredados, atormentados; pero únicos.
-
-Los pájaros escapan, los animalillos rastreros y viles huyen también;
-quizá en ninguna primavera nacerá allí una humilde flor... Las montañas
-están limpias, como puede estar limpia una osamenta bajo la injuria de
-un sol tórrido. Y aquel cielo de las alturas, ¡cómo es de nítido! A la
-hora del crepúsculo, después que el sol desaparece, el firmamento toma
-un matiz opalino, de una finura imponderable. Después la atmósfera se
-enfría intensa y bruscamente. Cae sobre los espacios vacíos y hondos, un
-velo; cabría decir que el paisaje se inmuta, al amago de un terror
-inefable. Es el terror de la noche que llega. Bajo la luz del sol, la
-muerte misma olvida su muerte; pero viene la noche y aquellas montañas
-cadáveres se reintegran a la evidencia de su muerte.
-
-El destino de esas montañas se ha consumado: ¡nunca más han de vivir! ¿Y
-todas las demás montañas del globo, todos los valles y llanuras rientes,
-que son hoy encanto del hombre, se doblarán a su vez bajo el mismo
-destino mortal?... Será muy tarde; será en un lapso inconmensurable de
-tiempo, pero alguna vez será. Como estos cadavéricos Andes ha de morir
-toda nuestra combatida y afanosa tierra. Y para entonces--¡oh
-pensamiento desolador!--no quedará ni un alma que pueda considerar la
-muerte del mundo. Los hombres todos habrán fenecido. Sobre el cadáver de
-la Tierra no habrá comentarios de hombres. ¡Los miserables hombres
-estarán conversos en polvo!
-
-Como los místicos suelen mostrar a la arrogancia humana, para abatirla,
-el ejemplo de un cadáver, los Andes se nos presentan también en actitud
-conminatoria. El duque de Gandía contempló el cadáver de la mujer que
-tanto veneraba, y al verlo putrefacto, en un instante reaccionó su
-espíritu hacia el lado divino, y aborreció las galas terrenales. Así
-también los Andes se nos presentan como predicadores de renunciación.
-¡Renunciemos a la soberbia, en efecto! Más temprano o más tarde, el
-mundo que tanto admiramos, se convertirá, como esos cerros, en frío, en
-silencio, en inanidad.
-
-Por el espacio ruedan mundos que tuvieron fronda de árboles y lujo de
-flores encantadas; hoy giran yertos, en una imperturbable rueda de
-amaneceres y de anocheceres sin objeto. Como esos mundos sin vida rodará
-también nuestro mundo, nuestra anhelante tierra, esta bola fenomenal que
-nuestras pasiones llenan de crímenes, de amores y de glorias.
-
-Abajo, detrás de las barreras andinas, hacia los caminos de la llanura y
-de los grandes ríos, numerosos pueblos se afanan por levantarse,
-engrandecerse y convertirse en cosas gloriosas; más allá de la llanura y
-de los ríos, sobre los anchos continentes, otros pueblos buscan
-asimismo el poder, la grandeza y la victoria. ¡Descomunal hormiguero de
-pasiones! Y un siglo tras otro, desde lontananzas inaccesibles a nuestra
-percepción, desde el principio de la vida moral, los hombres luchan,
-guerrean, padecen, lloran, nada más que por conseguir el derecho a la
-inmortalidad. Sedienta de inmortalidad ha estado siempre la especie
-humana. Un poeta con un verso, un guerrero con una hazaña, un sabio con
-una idea nueva, se encaraman sobre el montón de la multitud reclamando
-la inmortalidad. ¡Ea, pues, tomad vuestra inmortalidad! Aquí hay una
-estatua, un libro de historia, una palma indeleble; vuestros nombres son
-inmortales. ¿Y después?... Contemplad esas montañas supremas, esos
-cadáveres eminentes: ¡considerad que el globo entero será una cosa tan
-yerta como lo son ahora esas montañas!
-
-Y el mundo yerto, el mundo cadáver, girará sin tregua por los circulares
-senderos del infinito. El sol hará que amanezcan sobre él las radiantes
-auroras, y que la noche, dulce reposo, venga a envolverlo en sus negros
-pliegues. Pero la aurora y la noche, los siglos todos, encontrarán
-insensible a nuestra muerta Tierra. La historia de sus grandezas,
-quedará enterrada en el mismo cadáver. La muerta Tierra guardará su
-secreto, y los esfuerzos descomunales que hizo el hombre por la
-conquista del pensamiento o de las fuerzas naturales, allá permanecerán
-fracasados, interrumpidos, estériles. Acaso entonces, desde un mundo
-lejano, otros seres inteligentes, mediante aparatos y recursos
-colosales, investigarán el secreto de la yerta Tierra, y por inducciones
-sacarán alguna verdad, y someterán nuestra antigua existencia a
-investigaciones y comentarios filosóficos. Pero, ¿y si hasta esta última
-esperanza nos fracasase? ¿Si ocurriera, por ejemplo, que en ningún otro
-astro pueda haber nunca seres de mediana talla intelectual, capaces de
-interpretar nuestra historia?... Entonces sería cuando la Tierra habría
-perecido del todo.
-
-«Refugio» de Puente del Inca, 1909.
-
-
-El cóndor solitario
-
-Sobre la más alta cumbre, y en la porción más luminosa del cielo, una
-nota obscura aparece, apenas un punto en aquella inmensidad. Y se
-mantiene inmóvil largo tiempo, y luego desciende rápido a la región de
-la sombra, ocultándose en el secreto de los abismos. Más tarde surge
-otra vez a la luz, y en la luz vuela, con vuelo largo, lento, onduloso,
-magnífico.
-
-Es el cóndor, el señor de los Andes, el rey exclusivo de las alturas. Su
-majestad reina sobre cosas precarias, según la interpretación del hombre
-positivo: reina sobre cosas estériles, como son la nieve, el hielo, la
-roca, el rayo o el huracán. Pero dominando sobre esas cosas
-infructíferas, el ave colosal se siente bien. ¿Qué le importan a ella
-las interpretaciones de los hombres?
-
-¿Por qué sube tan alto esa ave solitaria? ¿Es por verse más cerca del
-cielo? ¿O es por huir más lejos de la tierra? ¿Cuáles son sus
-sentimientos? ¿Sed de luz divina, o aborrecimiento de la pequeñez
-terrena? ¿Ansia de subir hasta Dios, o anhelo de escapar al Hombre?...
-
-Aquí abajo, sobre la evidente corteza terrenal, el hombre rastrea las
-cosas útiles, necesarias, positivas: allá arriba asciende el ave caudal
-por la escala luminosa del infinito. Cosas útiles, ¡cuánto nos cuestan!
-Hay frutos, y minas, y carnes sabrosas sobre la tierra; hay gloria, y
-triunfos, y placeres: y los hombres vamos rastreando, en pos de las
-cosas deseadas, odiándonos y mordiéndonos, asesinándonos si es preciso.
-Mientras tanto, el cóndor augusto se sumerge en su remota soledad, lejos
-de la tierra, lejos de las cosas útiles que pueden dar placer y que
-concitan odios.
-
-¡Ave caudal, solitaria! ¡Quién pudiera entender el sentido de tu alma
-rebelde, y saber remontarse también a la región limpia y virginal en
-donde no existen las cosas útiles! ¡Quién pudiera acompañarte en tu
-soledad austera! Y sobre todo, ¡quién pudiera huir del hombre!
-
-Tú tienes garras potentes y pico de hierro; pero el hombre, ¡qué
-peligrosas y triturantes garras posee! Y el pico del hombre es feroz
-cuando se lanza sobre la presa. La Humanidad es una muchedumbre de
-garras y de picos aprestados, prontos a la lucha, dispuestos a
-desgarrar, ávidos de la carne fresca de las víctimas, o de la carne
-hedionda de los cadáveres.
-
-¿Y para qué, finalmente? La muerte nos espera a todos, ahí cerca,
-escondida en la sombra. Si esta fenomenal comedia de la vida tuviese la
-virtud de la eternidad, aun entonces merecería el dolor de disputarla.
-Pero esto acaba ingenuamente, como una luz corta y estúpida...
-
-Sobre el cadáver de la cordillera pedregosa, el cóndor atisba el secreto
-del mundo: vive en contacto con las cimas peladas, con las rocas que
-nunca han reverdecido, con los horizontes de eterna desolación. Prejuzga
-ya la hora final que ha de tragarse a los cóndores, a los hombres y a la
-tierra accidental. Y esta visión exacta de la vida le empuja cada vez
-más lejos, hacia lo eterno infinito. En tanto que el hombre, alucinado
-por la rotación de las estaciones y por el florecer constante de las
-primaveras, se figura, obcecado, que él mismo ha de ser una primavera
-rediviva. Y no piensa en la miseria del tiempo, y en que un poco más
-tarde, la Tierra fría será como son ahora los Andes: una osamenta
-irredimible. Y dentro del cadáver de la tierra, blanqueará el cadáver
-del hombre, y blanquearán asimismo los cadáveres de sus glorias, de sus
-odios, de sus enormes anhelos...
-
-Sobre la más alta cumbre, el cóndor abre sus alas poderosas y se
-mantiene vibrando largo tiempo, inmóvil en el centro del espacio.
-
-Bebe el último rayo de luz solar.
-
-Cuando la luz se ha ido totalmente, el ave se abisma en la tiniebla, y
-en ella se envuelve, digno manto regio para su majestad solitaria.
-
-Puente del Inca, 1909.
-
-
-Los Andes a la luz de la luna
-
-Sobre la nieve de las cumbres el último claror del crepúsculo se
-desvanece, se diluye en blancura, y desde entonces la noche se apodera
-definitivamente de la cordillera. Sucede al día una vaguedad de ensueño,
-una media luz extraña que no tiene relación con ninguna otra
-luminosidad; una media luz que no es siquiera penumbra, y que no se
-acierta a discernir por completo. No se sabe si es reflejo de nieve,
-resto postrero del crepúsculo o alba de luna. Y en aquel instante
-supremo y trascendental, el silencio, que tan absoluto era de día, ahora
-se convierte en algo infinito y alucinador. En el sepulcro, los
-cadáveres deben de sentir un silencio como éste.
-
-La primera hora de la noche va asociada en nuestra imaginación con ideas
-y emociones familiares. Nada tan íntimo y amoroso como la preparación
-del sueño. Las bestias más brutales y feroces se amansan y endulzan
-cuando les invade el sueño, y en la copa de los árboles los pájaros
-errabundos declinan su independencia al morir el día, y allí gimen y
-cuchichean, se juntan y aprietan cariñosamente. Y nosotros, los hombres,
-tenemos impresa en el alma, para toda la vida, la huella de aquel
-momento en que reclinábamos nuestra cabeza indómita en el seno
-maternal, y caía el sueño sobre nuestro ser, empapado en el efluvio
-materno.
-
-Pero la noche de los Andes carece de familiaridad y de ternura. En los
-Andes no hay lugar para el idilio, sino para la tragedia. Como un mundo
-que cuenta ya muchos milenarios de muerte, hasta el recuerdo de la vida
-ha desaparecido. No hay árboles, ni hierbas, ni insectos, ni apenas
-musgos. La vida está ya olvidada. ¿Qué importa, pues, que brille el sol
-o que llegue la noche? La naturaleza cadavérica de los Andes no cuenta
-ya los días, ni los milenarios, ni menos el transcurso efímero de las
-horas de luz y sombra. Es un esqueleto que se ha entregado
-definitivamente a la eternidad. Ya no le importan los días. ¿Cómo han de
-importarle los días al infinito?
-
-En el precario hotel que se levanta sobre el barranco, los pasajeros
-buscan la manera de olvidar el sitio donde se hallan. Pesa demasiado
-sobre sus frágiles espíritus la enormidad de las montañas, y, sobre
-todo, la sugestión de esa naturaleza trágica. Buscan el calor de la
-estufa, el olvido en la revista ilustrada, la conversación amistosa
-entre humo de cigarros, teniendo las ventanas bien cerradas. Así logran
-aislarse de la naturaleza que les abruma, como quien se hunde en un
-submarino. Lejos de la realidad actual, muy lejos del sitio donde están,
-pensando en la vida de los países llanos y sociables.
-
-La luna, mientras tanto, una luna incompleta y oblicua, ha salido
-imprevistamente de la montaña. La nieve ha adquirido una nitidez de
-fantasía. Todo el cielo se ha purificado, y la atmósfera está como
-cernida.
-
-Las rocas desnudas que se encaraman en aquella cima lejana han
-recuperado su matiz rojizo; el tono enérgico de su color extemporáneo
-destaca furiosamente de entre la universal blancura y de esta unánime
-transparencia sutil. Parece una llaga, un manchón de carne herida, un
-algo cualquiera que recuerde a la vida. Pero no. Aquellas mismas rocas
-han muerto. Ni aun con el sudario de la muerte desean vestirse o
-engalanarse. Su antigua muerte está exenta ya de las primeras vanidades
-suntuarias que acompañan al joven cadáver.
-
-¡Naturaleza! ¿Qué se hicieron tus galas, tus furores, tus hecatombes,
-tus rugidos y tus primaveras? En este momento concibe el alma la
-fugacidad de todo, el secreto del destino que nos aguarda a todos. Los
-Andes han terminado ya su misión, como la luna quizá, como seguramente
-muchos astros que ruedan inútiles por el vacío. Es un miembro inerte de
-ese gran cuerpo terráqueo que tanto nos apasiona. Un aviso de lo que ha
-de suceder más tarde. Como este paisaje yerto, alguna vez será toda la
-Tierra.
-
-Del mismo modo que al llegar a una cumbre se complace la mirada en
-revisar las cosas que quedaron abajo, también aquí se apresura la mente
-a revisar la historia del mundo. Surge esa historia como una síntesis, a
-grandes rasgos, en procesos milenarios. Vista desde lejos, la historia
-se reduce a unos cuantos gestos o ademanes, a unos cuantos nombres
-representativos. Toda Babilonia se sintetiza en unos jardines aéreos, en
-una quimérica torre de ladrillo y en la figura tambaleante de
-Nabucodonosor. Sócrates, Platón, Anacreonte... Bajo un cielo azul vemos
-unas columnas de mármol, y los filósofos, como sombras de sueño, que
-frasean vagamente: eso nada más es Grecia. Otros pueblos se nos
-representan en un ademán único. Los normandos los vemos remar, todos a
-un tiempo, con rumbo hacia las tierras de botín. La España del siglo XVI
-vémosla caminar con el arcabuz y la pica al hombro, toda unánime, hacia
-un sacrificio de estéril gloria. ¿Pero no vemos de la misma manera a las
-personas en nuestro recuerdo? Fulano es el hombre que ríe, y siempre le
-recordamos riendo; otro es el hombre que declama, y le vemos hablando,
-accionando, en nuestra imaginación. Porque el recuerdo es gráfico sobre
-todo. Nuestra mente está hecha para las imágenes visibles. La
-inteligencia, en su fondo, es gráfica, como la vida, en fin de cuentas.
-
-Y todo eso se irá simplificando, sintetizándose cada vez más. La
-historia, proceso de eliminación. Cuanto más avanzamos, lo de lejos se
-simplifica más. Ahora todavía percibimos un gesto, una figura, un
-nombre: mañana, nada. Hasta que finalmente el mundo todo será una
-síntesis absoluta. Una gran bola sin vida que da vueltas sistemáticas.
-¡Suprema estupidez!
-
-Sin embargo, nuestra imaginación se rebela siempre, y ve formas de vida
-en donde no las hay. Aquí, cuando todo está inmóvil y muerto, todavía la
-imaginación insiste en representar formas aparentes de vida. De este
-modo, aquella cumbre recuerda la cabeza de un hombre pensativo, aquella
-roca parece el dorso de un monstruo, aquella nubecilla copia el vuelo de
-una grande y prodigiosa ave. Así logra el espíritu llenarse de
-consolador engaño e imaginarse que, hasta en esta siniestra concavidad
-de los Andes muertos, la vida no cesa de existir. Démosle, pues, gracias
-a la imaginación. Ella nos envuelve con cendales de ensueño, y ella se
-encarga de revestir a la razón con toda suerte de alentadoras mentiras.
-Por virtud de la imaginación se olvida el ser vivo de que existe la
-muerte. Merced a esa maga protectora hemos inventado los hombres la
-ficción de la inmortalidad. Donde la razón termina con una linde
-desoladora, allá acude vigorosa, rauda, juvenil, la imaginación nuestra,
-a sugerirnos lontananzas inacabables, mentiras del más allá. ¡Qué fuera
-de nosotros sin esas mentiras!
-
-Y ahora, que rompa el alba con su claror este delirio de la noche de
-luna. Que venga el tren a llevarnos, rumbo a las tierras normales,
-sociales, llenas de gratas mentiras. Volver a contemplar los árboles,
-las flores, los pájaros, los pueblos. Sumirnos en la enorme ilusión del
-mundo rodante y agitado. Olvidar estas montañas inertes, anticipo y
-promesa de la última muerte universal. Y entrar en la vorágine de las
-ilusiones, oír la voz materna de la imaginación que nos habla de
-inmortalidad.
-
-Puente del Inca, 1909.
-
-
-
-
-V
-
-ASPECTOS DE MONTEVIDEO
-
-
-Por la mañana muy temprano, cuando el viajero consigue libertarse de la
-presión carcelaria del camarote, su anhelo, como una imposición
-irrebatible, le empuja hacia la parte más eminente de la cubierta del
-buque. ¡Aire! Ha salido el viajero de la metrópoli del Plata, y
-probablemente sale en busca de los dos elementos capitales, los mayores
-enemigos de la neurastenia: aire y silencio. En efecto, sobre la
-cubierta del buque soplan amplias bocanadas de aire puro, y el silencio
-es tan grande, que el retemblar sordo de la máquina no es sino un
-contraste que sirve para acentuar la placidez silenciosa. El sol
-asciende sobre las aguas. Delante, y bajo el mismo centelleo del sol
-naciente, surge Montevideo.
-
-
-El silencio
-
-Todo está sujeto a la ley de las relaciones, y una cosa no es grande por
-ella misma, sino porque hay otra cosa menor. El silencio de Montevideo
-no es absoluto; es mayor que otros y menor que otros muchos. Para la
-percepción de la persona que llega de Buenos Aires, el silencio de
-Montevideo es de una divina plenitud. El viajero se figura que ha
-penetrado en una ciudad mágica donde no existen tranvías, ni carros, ni
-coches, ni chicos vocingleros; sin embargo, en Montevideo hay tranvías y
-carros y demás sujetos de alboroto. ¿Pero no gritan, ni ruedan, ni
-chirrian, esos sujetos alborotantes en Montevideo? Seguramente que sí; y
-hasta es probable que los habitantes de la urbe oriental se sentirán
-bien incómodos con el ruido penoso de sus tranvías, carros, coches y
-chicos; pero al viajero que llega de Buenos Aires le parece que todas
-las cosas son de pluma y que al chocar entre sí no levantan el más leve
-ruido. ¡Suprema paradoja de lo relativo! Parece también,--ésa es al
-menos la impresión que recibe el viajero de Buenos Aires,--parece que la
-ciudad se encontrase en plena huelga; hay un no sé qué de laxo y de
-tranquilo en las personas que andan, en los vehículos que ruedan; los
-dependientes de los comercios se diría que, como hay huelga en la
-ciudad, se ocupan en ordenar con calma sus mercancías en los aparadores;
-las personas no titubean en pararse a charlar sobre la vía; y hay muchas
-calles, en fin, de una incomparable soledad, apenas turbada por el paso
-errabundo de un perro o de un vigilante. El aire sopla libremente, con
-fuerza, pero no con tanta energía que moleste: es una caricia sobre el
-rostro y sobre la hondura de los pulmones. ¡Qué plausible ciudad para
-las faenas del pensamiento! Aire, silencio, ausencia de prisa: son los
-más activos colaboradores del obrero intelectual.
-
-
-Las plazas filosóficas
-
-En el mismo corazón de la ciudad tropieza el viajero con unos espacios
-floridos, frescos, sombrosos, verdaderas treguas de paz. Son plazas
-pequeñas, plazas sin pretensiones, plazas minúsculas si las consideramos
-con un criterio actual. Allá en tiempos de Artigas, esas plazas
-equivaldrían a soberbios parques frondosos: hoy no podemos considerarlas
-sino como placitas tutelares, en donde uno se halla tan bien, tan
-suavemente, como cuando recostamos la cabeza sobre un pecho cariñoso. No
-tienen la magnificencia insultadora de los grandes parques que hoy se
-usan en las principales metrópolis, pero tienen un encanto de intimidad
-que vale por todas las grandezas. ¿Dónde he visto yo unas plazas
-semejantes? Debe de ser en una ciudad europea, quizá española.
-Ciertamente: yo he visto en Cádiz unas plazas pequeñas, íntimas,
-calladas, hermosas, como las de Montevideo. Son plazas como para los
-ancianos, las comadres, los niños y los literatos. En esas pequeñas
-plazas de Montevideo debe ser delicioso sentarse a leer un libro, cuando
-la primavera desgrana todas sus flores. Pero leer un libro sin codicia,
-platónicamente, no por el afán práctico y mercantil de sacarle a las
-páginas una utilidad de conocimiento, sino con ánimo ligero y generoso.
-Leer un fragmento y mirar a un árbol; leer otro fragmento y suspender la
-lectura para seguir el vuelo turbio de una mariposa. De esta manera debe
-ser grato sentarse en esas plazas pacíficas de Montevideo. En Montevideo
-vale la pena de ser ocioso: ¡no puede decirse lo mismo de todas las
-poblaciones! Y como el ocio contemplativo es la condición exigida para
-una buena literatura, no debe vacilarse en asegurar que Montevideo es la
-ciudad mejor preparada para conceder a Sur América el regalo de geniales
-poetas y pensadores.
-
-
-La naturaleza
-
-Otro de los encantos con que se ve obsequiado el viajero en la ciudad
-oriental, es la naturaleza. Hay allí bosques, playas, mar, hasta
-colinas. También estas cosas de la naturaleza montevideana están sujetas
-a la ley de la relatividad: si comparamos ese mar agridulce y
-ligeramente teñido de azul, con la brava y franca grandiosidad del
-Atlántico, nos ha de resultar un mar algo modesto. Los bosques tampoco
-pueden resistir una confrontación con las selvas tropicales, y esas
-cuchillas que se incorporan sobre la llanura no son, precisamente,
-estribaciones de los Andes. Pero con un poco de esfuerzo imaginativo y
-otro poco de buena voluntad, el viajero encuentra en Montevideo cuadros
-de paisaje deliciosos. Marchando hacia la parte del paseo del Prado, uno
-se siente sumergido en amables y frescas frondosidades. Hay en aquel
-paseo una encantadora negligencia.
-
-¡Estamos tan hartos de jardines simétricos y versallescos! En los
-parques rígidos, bien vigilados y atendidos, el paseante se considera
-violento; cada una de las hierbas tiene carácter religioso; las
-ordenanzas municipales han puesto un sello timbrado en cada hoja, y las
-flores parecen cosas oficiales, protocolarias: en esos parques
-versallescos, tan lindos para ser mirados desde un balcón, uno no puede
-moverse, ni sentarse, ni oler, ni tocar, ni apenas mirar. Eso es una
-caricatura de la naturaleza. Mientras que los parques algo abandonados
-se ofrecen al paseante íntegramente. Es una condición estimable que un
-parque tenga consignada una pequeña suma en el presupuesto oficial; así
-hay la certidumbre de que habrá pocos vigilantes, pocos obreros y pocas
-mangas de regar. Escaseando estos elementos de urbanización jardinera,
-sabemos positivamente que el parque se inclinará más al monte que al
-jardín. Y lo que el hombre ciudadano estima es el monte, precisamente, o
-sea lo contrario de la ciudad; por esa ley de los contrastes que nos
-incita a desear lo que no poseemos. El paseo del Prado de Montevideo
-recuerda más al monte que al jardín. ¡Hermoso lugar! Ahora bien, si las
-personas urbanas estimamos los paisajes agrestes, al mismo tiempo nos
-molestan mucho las intemperancias de la naturaleza, libre y bravía. Una
-excesiva convivencia con las calles planas y las casas cómodas, nos ha
-dado una sensibilidad miedosa; sentimos miedo a las espinas, a los
-zarzales, a los pedruscos, a los aviesos animalillos que adornan y
-pueblan los montes naturales. Pero el paseo del Prado de Montevideo goza
-el encanto de ser un monte, sin los inconvenientes del monte natural. He
-ahí el acierto. Puesto que hay avenidas y senderos para transitar, y una
-hierba medianamente agreste, en la que puede sentarse, y hasta tumbarse,
-sin miedo, ni al funcionario municipal escrupuloso de la ley, ni al
-impertinente pinchazo de las matas bravas. Esta sería, probablemente, la
-fórmula ideal de la civilización: una vida que no huyese tanto como huye
-la nuestra de la naturaleza, ni que se acercase demasiado a ella: una
-vida de sabio equilibrio, que evitase caer en el decadente refinamiento
-artificial y en la barbarie del primitivismo.
-
-
-Las playas
-
-Un espíritu mordaz podría hacer juegos humorísticos con la profusión de
-playas en Montevideo. Un marsellés o un andaluz se sentirían molestos
-ante ese lujo de playas: Capurro, Ramírez, Pocitos y quién sabe cuántas
-más. Pero no deben permitirse ironías con las playas. ¿Se sabe bien lo
-que significa la palabra playa? En la vida trágica del mar, la playa
-significa serenidad, refugio, calma, salvación, belleza. Con ciertas
-palabras no caben bromas; son sagradas; así las palabras madre, virtud,
-playa. Una playa sugiere siempre ideas bondadosas y tiernas.
-
-Sobre sus arenas encallaron sus naves los remotos nautas, cuando no
-existían muelles y dársenas, aunque existiera el infinito anhelo de las
-nobles empresas civilizadoras; y ahora aún, los pescadores modestos
-buscan en las arenas de las playas un refugio para sus navecillas; y
-los náufragos, en su último esfuerzo titánico, ¡con qué delirante gozo
-hunden sus dedos en las arenas de las playas benéficas! Todas las playas
-de Montevideo son dignas de elogio, por la suavidad de sus líneas y la
-calma de sus aguas. Cada una tiene personalidad aparte, y hasta a ellas
-ha llegado la diferencia social. La playa de Pocitos, por ejemplo, es un
-tanto aristocrática y presuntuosa; sus hoteles y su rambla se mantienen
-dentro de un aislamiento, fuera del contacto de la multitud. En cambio
-la playa de Ramírez es democrática, abierta a todo el mundo. El parque
-Urbano se llena de pueblo, y este mismo pueblo inunda la playa, hasta
-rebosarla. Allí acuden los niños, los hombres, las mujeres, los ricos,
-los pobres, los comerciantes, los jovencillos tenorios y las muchachitas
-pizpiretas. En las tardes de domingo media ciudad se vierte sobre la
-playa. Adquiere aquello un aire animado de fiesta popular. Las barracas
-de titiriteros para los pazguatos, los columpios para los niños, los
-tíos vivos para las mucamas, los organillos, los vendedores ambulantes,
-los refrescos con soda y los grandes vasos de cerveza. El sol hiere con
-su luz y su fuego ese cuadro de _kermesse_, y la gente va y viene,
-mirándose, por esa necesidad invencible que siente el ser humano de
-tocarse, mirarse, formar montón.
-
-El hombre es un animal sociable: así se le ha definido. Realmente, el
-hombre no puede vivir solo; ni disfruta aún de suficiente mentalidad
-para vivir solo. ¿Qué haría el hombre si le condenasen a la soledad? Ya
-se sabe que Schopenhauer discernía la capacidad mental de las personas,
-por su aptitud para la soledad: según él, un negro, un niño y un
-estúpido se aburren, lloran o mueren si no encuentran gente con quien
-compartir su estolidez; mientras que la persona inteligente, la que
-posee en sí misma un tesoro, se encuentra más acompañada cuando más sola
-está. Pero no todos pueden ser filósofos ni profundas y ricas
-personalidades; la sociedad se compone de infinitas personas medias, más
-o menos vulgares, que necesitan vivir agrupadas. Sin el concurso de
-estas personas medias, y si se quiere vulgares, no existiría la
-civilización; porque la civilización viene a ser, en fin de cuentas, la
-obra de las medianías asociadas. Pongamos cuatro filósofos en una isla,
-y al momento disputarían, yéndose cada cual por su lado; pongamos en esa
-misma isla cuatro personalidades vigorosas--César Borgia, Pizarro,
-Bismarck, Chamberlain--y al instante se despedazarían entre sí, o cada
-uno por su lado marcharían a buscar aventuras. Pero los medianos se
-buscan, se unen, se encuentran bien juntos, instituyen leyes, crean
-autoridades, ponen hombres armados para la defensa del estado,
-construyen casas y ferrocarriles, escuelas y hospitales, periódicos y
-parlamentos.
-
-Sin la compenetración de las medianías, ¿qué suerte hubiera corrido la
-humanidad? Es bello creer con Carlyle que todo se ha hecho por la acción
-de los «héroes»; pero la realidad nos dice que la civilización es obra
-de las medianías. Si «esta» civilización fuese obra de los «héroes»,
-¿tendría el carácter que tiene? Nadie, sino las medianías, ha podido
-formar esta civilización...
-
-
-Las solteronas
-
-En la playa de Ramírez hay un balneario, al extremo de un malecón de
-madera. Este malecón o rambla forma una plazoleta, con bancos, sillas y
-un cafetín. La gente se sienta a refrescar o a comer emparedados de
-jamón y queso. Otra porción de gente pasea. Da vueltas por la plazoleta,
-en perfecto orden, como en las plazas de las ciudades de provincia
-suelen las familias pasear a la caída de la tarde. En ese balneario de
-Ramírez se congregan las personas de la clase media; pequeños
-comerciantes, empleados y dependientes de oficina o de almacén. Las
-señoras se sientan en los bancos y las señoritas giran pausadamente de
-dos en dos, o de tres en tres; los jovenzuelos, con algunos curiosos,
-forman el complemento. Pero es un fenómeno singular y digno de
-mencionarse: en ese paseo abundan las solteronas de una manera
-sorprendente. Arrugadas unas, muy pintadas otras, vistiendo trajes y
-sombreros algo defectuosos; todas ellas con el aire peculiar que las
-distingue, o sea una mezcla de tristeza y de fuerza ilusoria. ¡Nada tan
-grande y poderoso como la facultad de ilusión de una solterona! La
-solterona no renuncia jamás a la ilusión; tiene encendida en su alma,
-constantemente, una lámpara votiva a la esperanza. Cada aurora le trae
-una interrogación, una promesa: ¿será hoy, por fin?... Cuando se acaba
-el día la solterona reanuda vigorosamente su ilusión, pone nuevo aceite
-perfumado en su lámpara votiva y se acuesta, suspirando, sí, pero en
-silencio, para que ni ella misma se entere de la flaqueza. Y al
-siguiente día, otra vez a luchar; a luchar contra el desengaño, contra
-la realidad cruel, impura, odiosa. Yo no conozco nada tan triste y al
-mismo tiempo tan admirable como una solterona. Pensad en que una mujer
-ha nacido para el amor y que su misión única, así como su única
-finalidad, consiste en acoplar dos besos trascendentales: uno sobre los
-labios del amado, y otro sobre la frente del hijo. Hacia ese fin van las
-mujeres, fatalmente, como las aguas al mar.
-
-Las solteronas aguardan, y nunca llega su hora. En sus corazones van
-almacenando almíbar de amor; sus corazones son como las frutas pasadas,
-más dulces que las normales. Miran un niño, y sus entrañas de madres
-frustradas se conmueven dolorosamente; ven pasar un hombre, y todos sus
-viejos anhelos se precipitan sobre los ojos. ¡Oh sublimes seres
-sacrificados! Cada solterona es un drama profundo, un poema inenarrable.
-
-Las otras mujeres lo hallaron todo fácil; su existencia tiene la
-vulgaridad de un proceso corriente, de un hecho adocenado; pero las
-solteronas conocen todos los martirios, las torturas de la envidia, el
-dolor de la espera infinita, y sobre todo, la angustia de lo que está
-lleno y no puede vaciarse, suprema angustia de lo que desea darse y no
-puede. En algún siglo futuro, ¿será posible una ley que disponga el amor
-para todos? Hemos decretado la enseñanza obligatoria, el derecho al
-trabajo, el derecho a la vida, el derecho al pan: nos falta aún decretar
-el derecho al amor y a la maternidad.
-
-Marzo, 1912.
-
-
-
-
-VI
-
-LA TENTACIÓN AGRARIA
-
-
-Los trenes suelen delatar las características de las naciones con una
-veracidad insubstituible. Yo he aprendido mucha psicología americana en
-el fondo de un vagón...
-
-Sentémonos en el restaurant de un tren argentino. Cuatro o cinco
-naciones están allí representadas. Se oye el suave acento de los
-ingleses, el apasionado hablar de los italianos, el rudo seseo de los
-españoles. No se advierte en ningún semblante asomo de melancolía o
-decaimiento. Tratan de comprar novillos, de vender campos, de construir
-galpones, de adquirir semillas. Al través de los cristales, la sequía
-pasada deja ver su castigo. Pero nadie hace caso de esta evidente
-ruina. Todos hablan con el fervor del que tiene por delante la
-inmensidad del tiempo y del espacio. En efecto, el tiempo es largo y
-traerá nuevas lluvias, y en cuanto al espacio, ahí está la llanura
-interminable que aguarda a que la mano del hombre la acaricie con el
-arado.
-
-La psicología de esas gentes del campo es simple como la del marino,
-como la del jugador. Puede ser que carezcan de la profundidad que tienen
-los seres de los países viejos y definitivamente acotados. Son gentes
-que ignoran el ahorro, la previsión, y por tanto el miedo. Para ellos la
-tierra es un tapete verde donde se juega a juegos de azar. Lejos de su
-ánimo las virtudes de la cautela, de los actos bien meditados, de la
-sujeción a las formas seculares; ellos poseen otras virtudes, que a los
-sociólogos timoratos pueden parecer defectos: poseen la virtud, o el
-defecto si se quiere, de la temeridad. Se lanzan a sembrar sin tener
-semillas, ni herramientas, ni hombres; esto, en Europa, parecería una
-locura, pero en América resulta perfectamente real. Ponen a una carta
-todo cuanto tienen. Si ganan, su vida adquiere un tono de increíble
-arrogancia; si pierden, no han perdido nada, porque vuelven a empezar.
-Esto también parecería en Europa fantástico, donde el que se arruina una
-vez ya no se levanta más.
-
-Esta temeridad o inconsciencia, acompañada del valor, no es una cosa
-antipática, sino al contrario. La temeridad presta a la vida americana
-un tono ágil, vigoroso y alegre. Más que negociar, se juega. Del fondo
-de este juego continuo surge una aura de esperanza y optimismo. Porque
-todos se ven con derecho a jugar, y todos juegan. La especulación
-alcanza a los más ínfimos y a los más altos. El médico que ahorra cinco
-mil pesos, compra tierras y las vende luego; el artista construye una
-casa y la enajena por el doble de su costo; el humilde limpiabotas acude
-a un remate, compra, vende, juega al alza y baja. El hombre más
-espiritual, aquel que en Europa no soñaría nunca con adulterar su vida
-de ensueño y meditación, se entrega él también a la vorágine de la
-compra y venta. ¡Cuántos deliciosos poetas habrán fracasado en la
-Argentina por haber substituido el ritmo del oro por el ritmo del
-verso!
-
-Saliendo en tren de Buenos Aires, cualquiera que sea la línea, el
-viajero caminará todo el día sin haber salido del mismo paisaje. La
-unidad topográfica de la mayor parte de la república es uno de sus
-principales caracteres. Llanura, siempre llanura. El extranjero se
-siente al principio deprimido por esa falta de variedad panorámica, y si
-se le pregunta por la belleza del país, confesará que el país tiene bien
-poca hermosura. La extensión de la planicie fatiga, con la fatiga del
-océano. Todo se presenta dotado de abrumadora extensión. Cuando la
-llanura se interrumpe, surge un río también extenso, uniforme,
-fatigador. El ánimo siente angustia delante de tanta inmensidad, la
-angustia que nos invade ante el vacío.
-
-Pero más tarde el europeo encuentra una sensación nueva dentro de esa
-llanura argentina. La necesidad de lo íntimo se pierde, dando paso a un
-sentimiento extraño. Este sentimiento debe parecerse al que sentirá el
-marino, cuando su barco, en mitad del Atlántico, vuela al ímpetu del
-viento. Ese sentimiento se llama «libertad». En el centro de la llanura,
-el hombre, después que ha sabido matar la angustia de lo interminable,
-siente la impresión nueva, radiante, juvenil, de la alta mar. Se ve solo
-en la inmensidad. Sabe que su esfuerzo es la única ayuda que le sirve en
-la lucha con los elementos. Conoce entonces el placer que debió gozar
-Robinson, cuando se vió dueño de la naturaleza. La sensación del propio
-y absoluto mérito hincha todos los músculos físicos y morales del hombre
-abandonado a su propia iniciativa. Y la libertad, la deseable libertad,
-le llena el alma de indecible alegría. El cielo claro, la tierra
-infinita, todo le habla al espíritu de libertad. Entonces se olvida de
-los paisajes antiguos, de las bellezas que tanto amaba; concibe otra
-clase de belleza, dentro de la simplicidad de la llanura: conoce la
-belleza moral de esa llanura inextinguible...
-
-Ahora le pido licencia al lector para revelarle un secreto.
-
-Asomado a la ventanilla del tren, miraba yo una extensión muy grande de
-trigo. Estaba aquel trigo tan lozano, que los ojos no se cansaban de
-verlo. Recordé todos los trigales contemplados por mí en el curso de la
-vida: las pequeñas y modestísimas parcelas del país cantábrico, las
-mieses de Castilla, los perfectos y casi académicos sembrados del
-interior de Francia.
-
-Comparaba aquellos recuerdos con la realidad actual, y sacaba yo en
-consecuencia que estos extensos trigales superaban en magnitud a todos
-los vistos anteriormente. Los sembrados del país cantábrico eran, sin
-duda, más amables, porque su pequeñez surgía de entre setos frondosos,
-de entre rientes praderías, en forma que el oro del trigo parecía estar
-guardado primorosamente en el fondo de almohadillas felpudas y verdes.
-Los trigales de Castilla aparentaban tener, cuando mi imaginación los
-evocaba, un valor histórico, más bien legendario; no es posible asistir
-al espectáculo de la llanura castellana sin que se levanten las imágenes
-del Romancero, el paso de las mesnadas del Cid, el relumbrar de los
-hierros marciales y antiguos: el blanco y sabroso pan de Castilla parece
-que nutre al mismo tiempo nuestro estómago y nuestra fantasía. Los
-trigos de Francia tienen a su favor la intensidad y la sabiduría; son
-campos regulares de líneas precisas, de conjunto armónico e impecable;
-los bordes del sembrado tienen una corrección clásica; indudablemente,
-en esos trigales intensos e inteligentes se descubre el alma ordenada de
-Francia, todo medida, todo corrección y disciplinada inteligencia.
-
-Después de repasar mis recuerdos hundía la mirada en los trigos que
-corrían delante del tren, y me parecían los más grandes, los más
-«fastuosos». Podían ser otros más intensos y más científicos, pero estos
-de aquí poseían la virtud de lo inmenso. Quizá incorrectos, tal vez
-desordenados, pero inmensos y fastuosos. Entre los trigales argentinos y
-los europeos, había la diferencia de un parque urbano a una selva
-tropical.
-
-Si los bosques, los ríos, las cataratas, las cordilleras y las llanuras
-de América se distinguen por su grandeza, las formas que adoptase la
-agricultura debían ser también gigantescas. Pero he hallado la palabra
-conveniente: los trigales argentinos se me figuran gigantescos.
-
-Y entonces--aquí está el secreto que anunciaba--me asaltó una idea
-súbita. ¿Por qué no había yo de convertirme en agricultor?...
-
-Todos los que seamos un poco sentimentales, y especialmente aquellos que
-sufren la tiranía aniquilante de la ciudad, hemos suspirado alguna vez
-por el ideal de Horacio: tener un huerto, un jardín, una casa pacífica
-en la ladera de un collado. Pero este ideal guarda relación con la
-literatura; es un programa literario-filosófico, en que la labranza es
-lo de menos, en que lo importante sería el ocio aristocrático dentro de
-un marco sereno. No era esta tentación la que yo sentí. Era una
-tentación nueva, un impulso de hombre primitivo, un deseo puramente
-labrador. La tentación me sugería ideas nuevas que me sorprendían. No
-ambicionaba el huerto horaciano, para descansar de mis trabajos y
-lecturas; deseaba el campo abierto, para cansarme allí, pero con un
-cansancio corporal, cansancio de músculos, de sudor, de callos.
-Convertirme en _chacarero_.
-
-El concepto masculino de la agricultura se me introdujo en la mente, y
-comprendí de pronto la infinita hermosura de una vida agraria en esa
-gigantesca llanura platense. Todas estas especulaciones mentales con que
-distraemos nuestras horas, ¿no serán un poco femeninas? Lo viril, lo
-masculino, es el trabajo muscular sobre la tierra; lo noble es el
-esfuerzo que va de nuestra voluntad a la tierra, en un viaje de simpatía
-amorosa que tiene por fin la concepción.
-
-Olvidé el huerto horaciano, excesivamente intelectual; olvidé la afición
-bucólica del siglo XVIII, motivo, cuando más, para decorar tapices.
-Estas manos ¿por qué han de rehuir la herramienta áspera? A un lado la
-agricultura simple; ésa es la noble. Llenarse de honrados callos. Sentir
-la aspereza de la tierra sobre la piel. Hundir los pies en el barro.
-Ofrecer el rostro a los latigazos del viento. Soportar con firmeza las
-caricias brutales del sol. Empaparse en las aguas torrenciales del
-cielo. Contemplar sin pavor la brusca tormenta y el fulgor del rayo.
-Cabalgar. Dominar potros reacios, imponiéndoles el imperio de las
-piernas contraídas y del freno tenso. Levantarse cuando en el cielo se
-apagan las lámparas nocturnas. Tenderse en la cama dura con un espasmo
-de placer, todos los músculos cansados como piedras. Dormir sin sueños,
-al modo de los niños, inocentemente. No hacerle ascos a ninguna comida.
-Comer de pie, a grandes bocados, y sentir que los manjares se resuelven
-en sangre y en alegría. Olvidarse de las dispepsias sedentarias, de las
-jaquecas afeminadas, de los achaques poco varoniles. Y luego convencerse
-de la eficacia de las propias aptitudes para dirigir la siembra, para
-conocer el punto de madurez de las plantas, para recolectar a tiempo y
-con habilidad. Correr, gritar a las peonadas, disciplinar las fuerzas de
-los hombres y las bestias, revelarse dueño ante los subordinados, y
-después beber con ellos a su salud...
-
-La tentación agraria no se ofrece sólo en el campo; se ofrece lo mismo
-en las ciudades. Sobre la sociedad argentina se levanta invariablemente
-la eterna conversación: la cosecha. El campo está allí siempre de moda.
-Y como adondequiera que uno vaya, así sea el perfumado gabinete de una
-señorita, se encuentra con el tópico de la cosecha, termina uno por
-preocuparse seriamente de los trigos y del maíz. En otros países podrá
-ser la agricultura una ocupación ordinaria y plebeya; en la Argentina es
-la ocupación aristocrática por excelencia. Una fortuna no se considera
-respetable si no cuenta con ricos campos de cultivo; hablarle del maíz a
-una señorita no es en Buenos Aires ninguna impertinencia, como lo sería
-en París o Viena.
-
-Luego viene otro agente de tentación: el reclamo periodístico. Abriendo
-un gran diario nos encontramos con hojas enteras destinadas a anunciar
-las ventas de campos; ahí aparecen en fotografía las «chacras», o salen
-grabados los mapas, con sus ríos, pueblos y heredades. Y el reclamo de
-esas ventas y remates adopta un calor, un apasionamiento tan grande, que
-el hombre más frío se siente arrastrado por la pasión.
-
-¡Los campos de tal punto son inmejorables!--gritan los anuncios.
-¡Compren los campos de riego! ¡No descuiden sus negocios, y compren
-tierras! ¡Las tierras son fortuna! ¡El porvenir está en nuestras
-tierras!...
-
-Carteles por las calles, anunciando remates. Carteles en las estaciones
-de ferrocarril, y un ejército de agentes que ponderan de mil modos las
-ventajas agrícolas. Se advierte, en fin, tal entusiasmo por la
-agricultura, que uno termina por sugestionarse: entonces se trastornan
-los conceptos pasivos que una vida sedentaria o libresca ha logrado
-infundir a nuestra mente, y lo que nos parecía grosero y sin gracia,
-ahora nos parece hermoso y hasta elegante. Preparado así el ánimo para
-la conversión, un momento cualquiera, un incidente vulgar provoca la
-nueva profesión de fe. Yo estaba bien preparado para la conversión; la
-vista de los extensos trigales maduros fué el rayo divino, el camino de
-Damasco; y una voz me gritó por último: Hazte _chacarero_...
-
-Pero la vida me arrastró por otros caminos, haciendo fracasar el
-agricultor a la americana que indudablemente había en mí.
-
-
-
-
-VII
-
-EL CANTO DE LA SEMILLA
-
-
-Sobre la llanura plana e inmensa, el invierno ha tendido su hielo, su
-escarcha y su nieve. Desde el Plata hasta los Andes, desde los
-matorrales del Chaco hasta los acantilados de la Tierra de Fuego, la
-llanura, la descomunal e inaudita llanura, se ha arrebujado en ese manto
-invernal, y duerme. Está cansada de producir. La cosecha de flores de la
-primavera, la cosecha de mieses del verano, la han rendido. Quiere ahora
-reposar...
-
-Pero no hay reposo para ti, oh fecunda llanura. El destino te ha
-condenado a una eterna, creciente y acelerada germinación. El mundo
-tiene hambre, y el mundo piensa que tú tienes la misión de alimentarle.
-Estás condenada a germinar eternamente, cada vez más intensamente. No
-puedes dormir. No duermes, ni ahora, cuando el hielo, la escarcha y la
-nieve te cubren con su manto. La semilla está despierta, la semilla te
-aguija por dentro, y vive en tu interior, lacerándote las entrañas
-maternales.
-
-Ya se acabaron tus días de reposo. Desde que la luz se hizo sobre la
-Tierra, sobre tu rasa superficie no cruzó nunca la aguja de un arado.
-Jamás el hombre te atormentó con los golpes de la azada, y el indio
-ingenuo, vagabundo, errante, iba al azar por entre las cañas de los
-bañados, por entre las matas de los valles, sin rozarte más que con la
-huella de su planta desnuda. Los ligeros guanacos, los aéreos
-avestruces, el ondulante y liviano tigre, eran tus únicos dueños. En
-aquel tiempo feliz y alboreal, nadie exigía a tus entrañas que pariesen
-más, siempre más, en una febril sucesión de cosechas. Si creabas, tu
-creación era platónica y gratuita; dabas al viento tus flores y tus
-hierbas, como un poeta simple da a la ventura sus versos
-desinteresados.
-
-Pero cierto día vinieron unos hombres barbudos. Su mirada traía un
-reflejo satánico, y su gesto significaba claramente el más demoníaco de
-los vicios: la codicia. Detrás de ellos, en aquel continente lejano
-donde toda tragedia tuvo su escenario, aguardaban otros hombres,
-millones de gentes ávidas. Los exploradores volvieron, alabando la
-virgen prodigalidad de la nueva tierra de promisión. Y desde entonces no
-hay paz para ti. El nervioso caballo, el filosófico buey, la inocente
-oveja, se multiplicaron hasta el infinito, exigiendo de tus praderas más
-producción, siempre más. Y con el arado, más tarde, rayaron lo incólume
-de tu superficie, ¡oh, llanura inmensa, para sepultarnos a nosotras, las
-semillas!
-
-Somos la semilla, el trigo dorado, la benéfica harina. Somos extrañas
-para ti, llanura americana. Venimos de un continente viejo y trabajado,
-donde nada se produce ya espontáneamente. Somos, dentro de la
-agricultura, un producto de la industria. Somos las hijas del
-pensamiento humano. Somos humanas, humanas.
-
-Representamos el eje de la idea del hombre: el pan. Para que el hombre
-viva, para que sus esperanzas puedan efectuarse en el campo de la
-ciencia y del ideal, es preciso que nosotras existamos, las semillas, y
-que demos eternamente el alimento del pan. Hay en nosotras algo de la
-fiebre humana; la tragedia humana nos ha tomado de colaboradoras. Toda
-la historia humana está influida de nuestro nombre, y Dios, cuando
-maldijo al hombre, le habló del pan como del supremo tormento. ¡Ay!
-Somos tormento, inquietud y angustia. El miserable nos evoca en sus
-momentos de desolación, y esa tragedia social que ahora llega a su punto
-máximo, tiene como fondo siniestro la palabra precisa: pan.
-
-Germinad, compañeras, bajo la tierra dormida. No descansemos nunca. La
-tragedia humana nos necesita; el ideal del hombre nos necesita también.
-Para la tragedia, para el anhelo, para las alegrías y para el ideal,
-germinad, compañeras, hasta la consumación de los siglos.
-
-El invierno ha extendido su manto helado; no importa. Nosotras, las
-semillas, estamos vigilando despiertas en el seno de la llanura. Apenas
-se nos advierte. La mirada indocta piensa que todo ha terminado, y que
-la quietud más absoluta reina debajo del invierno. Tal vez aparece sólo
-un musgo verde, una hierba sutil y tímida, por entre las rayas que trazó
-el arado; pero los surcos revivirán, y una gloria opulenta se levantará
-con las primeras brisas primaverales. Y en llegando la hora solar,
-cuando las ráfagas del viento sean de suaves como una caricia de amor,
-entonces nosotras daremos a la tierra una insuperable fronda de verdor.
-Y toda la llanura resplandecerá de gloria. Semejará un mar sin orillas,
-un océano fastuoso; desde los matorrales del Chaco hasta los acantilados
-de la Tierra de Fuego, la llanura se cubrirá de opulencia. Y el viento
-que surja de las hondonadas de los Andes irá a morir en el estero del
-Plata después de jugar con ese mar de verdura. Y luego vendrán las
-espigas, y la obra nuestra se habrá consumado. Y entonces la llanura
-parecerá un mar de oro, una fantasía de los cuentos de hadas, una
-promesa hecha fruto y un sueño convertido en oro.
-
-Germinad, compañeras. Somos el símbolo supremo; representamos la idea
-que se mete en la entraña, y que en el silencio labora, para surgir al
-fin en flores y frutos de realidad. De una idea del infinito brotaron
-los mundos; semillas siderales son los astros, que han de germinar en el
-silencio del Cosmos, hasta dar su cosecha fenomenal. ¿Qué era, sino una
-semilla, esta tierra asombrosa que nos sustenta? Llevaba dentro de sí
-los gérmenes de toda grandeza y también de todo crimen; la semilla se
-manifestó, nació la vida y ahora la tierra es un fruto grande y
-magnífico--quizá un poco amargo, ¡pero siempre magnífico!
-
-El mundo tiene hambre. ¡No descanséis, compañeras! En Europa nos
-aguardan los hombres numerosos, los que bullen en las ciudades, los que
-arrancan en las fábricas los objetos amados de la civilización. Nos
-aguarda el miserable, tanto como el potentado. Ninguna mesa nos repudia.
-El facineroso arranca violentamente el pan codiciado, y marcha a
-devorarlo en su cubil; así como la delicada doncella rompe el lindo pan
-crujiente y lo acaricia con su dentadura de marfil. Nadie se libra de
-nuestra tentación. Con pan se nutre la soberbia del hombre.
-
-Representamos el germen, esa cosa llena de misterio, de tentación, de
-curiosidad y de infinitas posibilidades. El germen es lo más misterioso
-y lo más inefable. En el germen está escondida la solución de todos los
-actos que después servirán de admiración. En un germen humano puede
-preexistir un Napoleón, un Sócrates o un desalmado. De gérmenes
-incontables está hecha la vida, y toda la vida es un germen florecido.
-También nosotras, gérmenes del pan, floreceremos en rubias espigas, como
-una filosofía que se resuelve en sublimes realidades. La realidad del
-pan caliente y restaurador: ésa ha de ser nuestra realidad futura.
-
-Laboremos, compañeras, bajo la helada tierra de la llanura. Después
-vendrá el sol tibio de la primavera, y las espigas ondularán
-graciosamente. Y vendrá el sol cálido del estío, y las mieses tomarán el
-color sagrado del oro. Y los hombres transitarán contentos por los
-campos. Se levantarán montañas de trigo. Los trenes correrán
-enardecidos, conduciendo afanosos el rico grano. Y los trenes
-desembocarán en el puerto, donde las naves enormes estarán aguardando la
-preciosa carga. Para llevarla a los cuatro ángulos del mundo.
-
-Y de las sucesivas cosechas, el mundo devolverá el regalo del trigo con
-montañas de oro acuñado. Y así se realizará el sueño de una nación cada
-vez más rica y populosa. Nacerán ciudades nuevas, se cubrirá la llanura
-de gentes afanadas. Finalmente vendrá una cosecha de ideas, que tal vez
-hoy viven en germen...
-
-Laborad, compañeras.
-
-
-
-
-VIII
-
-EL CANTO DEL EMIGRANTE
-
-
-Decrépita Europa; avaro país del ahorro; patria de la prudencia y del
-temor, de la medida y de la minuciosidad, de lo reglamentado y de lo
-limitado: vieja Europa, ¡adiós!
-
-Vamos al país ancho y luminoso; al país que no tiene límites; a la
-patria de la inconsciencia; a la tierra que no cuenta, ni mide, ni
-ahorra, ni recela; al país que no tiene miedo del mañana, sino que ama
-al mañana, con la clara y confiada alegría del niño. Vamos a la tierra
-de promisión, donde existe todavía el azar, y lo fortuito, y lo
-imprevisto, y las locas sorpresas.
-
-La prudencia de Europa nos había agarrotado entre sus brazos de
-sabiduría. ¡Malhaya la sabiduría que proporciona el hambre! Estamos
-cansados de experiencia, de prudencia, de medida y de limitación.
-Deseamos vivir la vida grande, la vida amplia. Nos ahogábamos en aquella
-atmósfera de prudencia, donde todo está contado y previsto.
-
-Adiós, tierra anciana y perezosa. Nosotros buscamos otra tierra
-virginal, que da sin cálculo ni medida. La tierra de Europa carece de
-ingenuidad; tiene la sabiduría de lo anciano, y entre ella y el
-agricultor se establece un contrato severo de exacta justicia; paga sus
-frutos a cambio de tantos puñados de abono--ni uno menos--y a cambio de
-tantos golpes de azada. Si no se le da lo que exige, no rinde lo justo.
-Es como un experimentado comerciante. Aquella tierra sabe demasiado.
-Tiene el pulso de la ciencia, de la vejez, de las largas comprobaciones.
-Ha llegado al límite del cálculo, maneja la balanza con una prolijidad
-de tendero.
-
-Mirad, en cambio, esa tierra nueva que se nos ofrece. Tiene la
-encantadora inexperiencia de la juventud, que confía en sus recursos
-vigorosos. Esa tierra joven se abre al soborno, al engaño, a la
-violencia del hombre. Lo da todo; se da entera, toda entera, al primer
-advenedizo. ¿Para qué quiere ella reservarse? La juventud no es
-previsora, carece de miedo, porque se cree inmortal y porque piensa que
-su vigor no ha de extinguirse jamás. Se la engaña con cuatro someros
-golpes de arado, con unos puñados de semilla arrojados al viento; no
-pide abono, no conoce la virtud estimulante de la química. Quédese el
-abono, la estimulación química, para las tierras ancianas y perezosas;
-esa nueva tierra de América, como un joven vigoroso, se ríe de los
-estimulantes.
-
-Europa quedó lejos, al otro lado de las altas olas. Las últimas cruces
-de sus campanarios desaparecieron en el horizonte; los amigos y los
-parientes que gritaban en el puerto, desaparecieron también: ya no
-escucharemos sus voces queridas, ni sentiremos el calor amargo de sus
-lágrimas cariñosas. ¡Oh patria, oh patria!... A pesar de tu ingratitud,
-no podemos arrancarte de nuestro corazón. Tu recuerdo nos ha seguido en
-el curso de la mar, como una golondrina sigue la estela del barco
-corredor. ¿Por qué nos atormentas?... Si has querido ser cruel, hasta el
-punto de lanzarnos a la emigración, ¿por qué nos persigues todavía?
-Desde lejos nos están hablando tus palabras insinuantes y pérfidas; nos
-traes el eco de los tamboriles y gaitas natales, el rumor de los bosques
-infantiles, las risas de las muchachas, el alboroto de los bailes
-domingueros, las hogueras de San Juan, las cenas de Nochebuena, el canto
-de los grillos, las fiestas de la vendimia... ¡Oh patria, oh patria!
-Déjanos para siempre, no prolongues tu crueldad hasta más allá de la
-emigración. Nos esclavizabas con el hambre, ¿y quieres ahora
-esclavizarnos con la nostalgia?
-
-El viaje llega a su fin. Piadoso, el mar nos ha transportado sobre sus
-robustas espaldas, nos ha mecido blandamente, y para que el pavor no
-amilane nuestras almas, ha separado las greñas adustas de la tempestad.
-En las noches de luna sus olas nos han hablado aquel lenguaje monocorde
-y sereno, tan propicio a las evocaciones lejanas. Y el cielo del
-trópico nos ha regalado la fiesta de sus crepúsculos dorados, la
-brillantez de sus amaneceres, la pompa bíblica de sus noches
-estrelladas.
-
-Ya el viaje llega a su término. Aparecen las primeras gaviotas, como un
-saludo de las costas cercanas. Una mancha obscura ciñe el borde del
-horizonte. ¿Serán las nubes aún? ¡Es la tierra, la tierra de promisión,
-la tierra soñada! Y en seguida emergen de la bruma las torres de la gran
-ciudad, las chimeneas humeantes, las cúpulas.
-
-¡Salve, salve, tierra novísima! Acógenos con liberalidad. Que seas
-hospitalaria con nosotros los desterrados del viejo mundo. Que tu sol
-ilumine nuestros afanes; que tus vientos encumbren nuestras esperanzas.
-Que nos concedas la rica, la amada libertad.
-
-Ea, pues, compañeros, pongamos nuestra planta segura sobre esa tierra
-nueva. Tomemos posesión de las llanuras y de las montañas, de los
-bosques y de los ríos. Marchemos hacia las selvas, donde los árboles
-centenarios guardan el secreto de los siglos que pasaron. El golpe de
-nuestras hachas hará despertar a los policromos papagayos y el cielo se
-punteará de colores caprichosos. Al ruido de nuestros pasos, el tigre
-cruel levantará su cabeza feroz; pero no temamos. Somos la vida
-inteligente, la civilización y la paz. Todas las alimañas de la selva
-necesitarán huir, desaparecer, ante nuestra invasión arrolladora.
-
-Marchemos hacia las remotas montañas, escalemos los picos de las
-cordilleras. Que los cóndores solitarios abandonen también sus
-madrigueras. Más alto que las nubes, sobre las madrigueras de los
-cóndores soberbios, ¡nosotros levantaremos la frente ambiciosa! Nos trae
-la ambición. Contra la ambición no valen nada las barreras de los montes
-más encumbrados. Y no nos detendrá el hielo. Iremos a los valles
-desiertos del Mediodía, allí donde los pájaros marinos graznan su
-estúpido canto en la soledad de los acantilados. Llevaremos la vida a
-aquellas playas distantes, y el humo de los hogares civilizados
-levantará su columna gloriosa en el cielo hiperbóreo.
-
-Marchemos hacia la llanura. ¡Oh, qué maravilla divina, regalo de los
-dioses benéficos, ofrenda del cielo a los hombres de buena voluntad! Sus
-límites se confunden con el mar y con las ingentes cordilleras. Como un
-plato de abundancia se ofrece al hombre laborioso. Grande, inmensa,
-fabulosa, esa llanura no se acaba nunca. Parece un sueño fabuloso, o un
-cuento oriental. Su tierra es negra, blanda, profunda; no la entorpecen
-las rocas; toda ella es aprovechable, semejante al manjar que la
-providencia de una madre presenta al hijo. Y esa llanura infinita nos
-está aguardando. Nos espera, como la amada al amado, temblando de
-emoción, impaciente de recibir en sus entrañas nuestra caricia.
-
-¡Hurra, hurra! Los desheredados del viejo mundo, los hijos de la
-pobreza, los expulsados, marchemos a conquistar la tierra prometida. Con
-arados y azadones la conquistaremos. Será nuestra. Tendremos tesoros,
-riquezas increíbles, rebaños.
-
-Qué placer tan viril hundir el arado en la tierra virgen y ver cómo
-brotan mares de espigas. Anegarse en el oro del trigo cosechado. Sentir
-que la tierra produce sin esfuerzo, y que al tiempo de cosechar llega la
-fortuna repentinamente. Tender la mirada hasta el horizonte y ver que
-todo aquel océano de espigas maduras nos lo regala el destino. Sentirse
-fuerte y pletórico, como nadando en abundancias consecutivas y sin
-fin...
-
-El placer de los rebaños ascendentes, prolíficos; los rebaños que se
-hinchan, se agigantan, como en las leyendas bíblicas; los rebaños más
-numerosos que las arenas de la mar. La reproducción fastuosa, el
-crecimiento inaudito. Las ovejas que se multiplican en cifras de
-millares; el novillo que se convierte en multitudes de toros bramadores.
-Toda la llanura cubierta de vida y de abundancia. ¡Marchemos,
-compañeros, a conquistar esa tierra de promisión!
-
-Nosotros también, como las espigas y los ganados, nos multiplicaremos.
-Pequeños somos, es verdad, y pobres; pero nuestra semilla humana
-fructificará en cosechas de muchedumbres futuras. De nuestra raíz
-ambiciosa y viril nacerá el pueblo venidero. La llanura se cubrirá con
-los hijos de nuestra sangre, y ese pueblo futuro se hinchará, se
-agrandará gigantescamente, como las arenas del mar. Y así tendrá el
-mundo una reserva de nuevas y juveniles probabilidades. Cuando los
-continentes viejos no produzcan más que flores fatigadas, los hijos de
-nuestra sangre ofrecerán a la humanidad sus energías ingenuas, su
-entusiasmo y su optimismo.
-
-Sea bendito el fruto de nuestro trabajo. Y mil veces bendito sea el
-fruto de nuestra sangre, el hijo de nuestro ser. Que la Fortuna lo
-adopte y lo cuide celosamente, para que se convierta en una fuerte
-realidad; para que no se malogre en vanas tentativas; para que no le
-arrastre el demonio de la estúpida soberbia, o el otro demonio de la
-frivolidad, o aquel otro demonio que se llama sensualismo. ¡Que la
-Fortuna adopte al hijo de nuestra sangre, para que sea una realidad de
-fuerza, de pensamiento y de idealismo!
-
-
-
-
-IX
-
-ASPECTOS DE BUENOS AIRES
-
-
-Carencia de viejos
-
-Deseo hacer partícipe al lector de una de mis habituales preocupaciones:
-¿Dónde están los viejos porteños? ¿Hay ancianos en Buenos Aires? Y si
-existen viejecitos en esta turbulenta ciudad, ¿en qué rincones
-misteriosos se ocultan?
-
-El interés de algunas ciudades estriba nada más que en el número y la
-exhibición de sus ancianos. Los viejecitos de esas ciudades,
-generalmente tranquilas, suelen tener sus plazas y paseos exclusivos,
-adonde acuden los días de buen sol, si es invierno, o en las mañanas
-frescas del estío. Se les ve también en las puertas de las casas,
-mirando beatíficamente el transcurso de las cosas callejeras, o formando
-grupos en los bancos de los paseos, para comentar los sucesos de hace
-medio siglo.
-
-Estos viejos acartonados no existen en Buenos Aires. Naturalmente que
-sería demasiada exigencia pedir que en el vértigo de la City se pasearan
-con su pasito breve los sobrevivientes del tiempo de Rosas. Las ciudades
-agitadas suelen excluir de su centro vital a todas las personas débiles;
-pero en los remansos tranquilos, en los paseos centrales de París, por
-ejemplo, es frecuente encontrar a los pulcros ancianos de vestimenta
-anticuada y con la roseta, a veces, de una honorable condecoración.
-
-Yo he indagado en los paseos de Buenos Aires, y no he visto en ellos más
-que niños, transeúntes melancólicos y atorrantes. ¿Es que no hay viejos
-en Buenos Aires? Acaso no existan, en efecto, o cuando menos no forman
-multitud. Desde luego puede asegurarse que no existe esa clase de
-ancianos vegetativos, ambulantes, acartonados, de aquellos que parecen
-conservarse por virtud de un ambiente particular.
-
-A muchos podrá parecerles este dato desconsolador. Pero si miramos al
-fondo del problema, fácil nos será advertir que la vejez acartonada, la
-vejez estacionaria y vegetativa, no siempre señala un grado distinguido
-de vitalidad. Al contrario, los casos de vejez excesiva son patrimonio
-de los países estacionarios, en que la existencia carece de energía y de
-ardor. Los viejos centenarios, según dicen las estadísticas, están en
-mayor número en los pueblos pobres y poco fecundos. Allí se llega a la
-longevidad por ausencia de gasto: es un efecto de economía que entra de
-lleno en la sordidez. A fuerza de escatimar la acción, la vida se
-prolonga; pero esa clase de vida, si vida puede llamársele, no merece
-ser envidiada.
-
-Mientras que en los pueblos activos, el hombre vive plenamente, sin
-reservarse; se abandona al remolino del azar, y pone todo su tesoro
-vital en la contienda. No se resguarda sórdidamente. Sus nervios, sus
-músculos, sus órganos fundamentales, su cerebro, su imaginación, todo
-lo lanza a la vida. Cincuenta años de brega significan una larga
-historia de emociones. Vive, pero vive plenamente, con todo su ser,
-robustamente, intensamente. Negocia su existencia a un plazo corto;
-cuando el plazo ha vencido, sus órganos están destrozados. La muerte,
-inexorable cobrador, llega a hacer efectiva la letra. Y todo acaba. Y
-otro acude en seguida a ocupar el puesto...
-
-
-Faltan gatos
-
-Otra particularidad muy curiosa de Buenos Aires, es que mantiene muy
-pocos gatos. Si se pudiera hacer una estadística de tales mamíferos,
-quedaríamos sorprendidos ante la cortedad de las cifras.
-
-En muchos países se considera al gato como una entidad adherente,
-indispensable, necesaria a la familia. El gato viene a ser así algo como
-el fogón, como el lecho, como la cuna, como la olla. Una familia sin
-gato, en esos pueblos a que me refiero, equivale a una familia trunca e
-incompleta. Cuando la familia cambia de lugar, el gato sigue el éxodo
-fielmente. Si la familia es pobre y ha sido desahuciada, el gato, sobre
-el ajuar miserable, aguanta estoicamente el revés de la fortuna. Y el
-gato se encarga de soportar el irascible humor de la familia, cuando la
-familia sufre, o recibe los mimos suaves cuando la familia goza. Unas
-veces puntapiés, otras veces sobaduras tiernas en el lomo, el gato lo
-soporta y lo acepta todo, con aquella cauta filosofía que tanto le
-distingue. Y se le ve en lo alto de los muebles, limpio y sedoso,
-adornado el cuello con una cinta roja; o junto al fogón mugriento, al
-calor de las brasas familiares. Algunas madres frustradas adoptan al
-gato como a hijo, prodigándole las más dulces afecciones. Y por la
-noche, sobre todo en las noches de luna invernal, los tejados suelen
-convertirse en escenarios de amorosas tragedias; los mahidos de los
-gatos llenan con su música supersticiosa la calma nocturna.
-
-En Buenos Aires se ven muy pocos gatos. Hay numerosas familias que
-desconocen al gato, que no lo han tenido nunca en sus casas. Esto
-parecería absurdo a muchas personas de otros países. ¿Por qué se ven
-pocos gatos en Buenos Aires? Es que les falta ternura a las familias
-porteñas? O es que no existen ratones?
-
-La explicación de este fenómeno debe de estar en una de las principales
-características bonaerenses, o sea en la accidentalidad y nomadismo de
-los hogares. Las familias se organizan demasiado bruscamente: en tal
-caso, muchas cosas del hogar necesitan padecer el defecto de la
-improvisación. Dos extranjeros, llegados de opuestas zonas, se
-encuentran, se aman, contraen matrimonio. Son dos «déracinés», como
-dicen los franceses. Al unirse, cada uno de los cónyuges hace omisión de
-sus hábitos tradicionales. Recuerdan que en su casa de la patria remota
-había un retrato del abuelo, unas cortinas que bordó la madre en su
-mocedad, un sofá donde murió el padre, un gato viejo y maniático... Pero
-todo esto ha quedado allá lejos, interrumpido, roto, sin continuidad,
-como un primer tomo de una novela. Al formar familia, instintivamente
-enuncian el propósito de «empezar de nuevo». Empiezan, efectivamente,
-una vida, una cuenta nueva. Todo en ellos es nuevo, sin tradición y sin
-compromisos anteriores. Compran los muebles, los utensilios juntos, de
-una vez. No heredan nada de nadie. El hogar es un conglomerado de cosas
-anónimas adquiridas en los bazares. ¿Cómo podrían acordarse del gato? El
-gato presupone historia y tradición familiares. No habiendo historia ni
-compromisos con los manes de los antepasados, el gato no tiene razón de
-ser ni de existir. Es verdad que caza ratones, y esa utilidad de sus
-garras podría sincerar su existencia; pero la química con sus polvos
-venenosos, la ferretería con sus cepos automáticos, superan a las uñas
-gatunas. La permanencia del gato no se debe a la utilidad. El gato, en
-la familia civilizada, tiene un sentido más íntimo, más filosófico, y de
-esencia más oculta.
-
-
-Los escaparates
-
-Pocas ciudades aventajan a Buenos Aires en el lujo de sus comercios. Es
-un lujo imaginario muchas veces, un derroche de luz y de maniquíes, una
-fantasía de exhibiciones. Los escaparates porteños resultan una
-verdadera fiesta de adornos, de prodigalidad, y con frecuencia también
-de buen gusto.
-
-Pero los escaparates, como todas las cosas, hasta las más vulgares,
-tienen su psicología particular. Repasando uno a uno los escaparates
-bonaerenses, es posible averiguar los vicios, las características
-morales, las pasiones de los habitantes. Observad, verbigracia, los
-comercios destinados a vender objetos comestibles, y descubriréis una
-nota original del carácter argentino: su escasa glotonería. Pero
-observad inmediatamente los escaparates de las tiendas de lujo, y
-conoceréis el prurito de ostentación que ocupa el mayor espacio del alma
-argentina.
-
-Los escaparates de los almacenes y reposterías no están en Buenos Aires
-a la altura de su prestigio. Hay muchos bares, restaurantes,
-confiterías; pero esa profusión de lugares donde se come y bebe no
-significa, a lo más, otra cosa que abundancia de dinero. Falta, en
-cambio, el esmero de las muestras, falta la tentación de las golosinas
-expuestas con ánimo de sobornar la gula del transeúnte. Esto indica que
-el argentino no es glotón. Mejor dicho, no es vicioso del comer. Sus
-antepasados, agarrándose al churrasco, al mate y a la galleta dura,
-soportaban las empresas heroicas de la llanura. El puchero, que aun se
-mantiene en vigor dentro de respetables familias, habla mejor que nada,
-con su simplismo culinario, de la sobriedad platense.
-
-Pero los escaparates de las tiendas de modas, adornos, bisutería, están
-hablando por su parte de la condición exhibitoria y fastuosa que llena
-el alma de los argentinos, así como de los seudoargentinos. Los
-comerciantes lo saben muy bien; las vitrinas de sus tiendas relumbran
-ante la mirada de las pobres mujeres fascinadas, y ante el ojo codicioso
-de los hombres. Gustan el charol, la seda, los encajes, las colas, las
-joyas, las plumas. Todo lo que concierne a la vanidad.
-
-
-El horror a lo antiguo
-
-Las casas viejas de Buenos Aires se van. Quedan muy pocas, y las pocas
-que quedan desaparecen con singular rapidez.
-
-La muerte de las cosas familiares origina en todas partes un sentimiento
-de melancolía; cuando esas cosas, además de familiares, tienen un valor
-artístico, todavía la melancolía es mucho más acentuada y universal.
-Pero en Buenos Aires, por no se sabe qué fenómeno de psicología, todo
-eso no levanta la menor emoción. Caen las casas, se derriba lo viejo,
-huye lo familiar y lo histórico, y el alma pública sigue tan fría, como
-si esos objetos no la afectasen en nada. Se diría que la ciudad está
-poblada toda ella por gentes nuevas y adventicias, para quienes lo de
-ayer carece de sentido. Sus almas se diría que no guardan contacto ni
-continuidad con las almas antepasadas. Se diría una ciudad sin
-historia, sobre todo sin abolengo, cuya tradición comienza desde ayer
-mismo, todavía más: desde hoy...
-
-Lo característico de Buenos Aires, y también de la vasta región que
-sigue sus inspiraciones, es una especie de horror hacia lo viejo.
-Repugnancia por la pátina,--he ahí lo que singulariza a la moderna
-sociedad argentina. Las casas todas son nuevas; cuando la pesadumbre de
-diez, veinte años, empieza a barnizarlas con el matiz inapreciable del
-tiempo, entonces se las derriba y se construye otras nuevecitas y
-flamantes. Los muebles tienen que ser nuevos también, para que los
-salones de una casa ofrezcan el aspecto de haber sido amueblados el día
-anterior por la tarde. Nada de antigüedad.
-
-Los países europeos sienten gusto de estimar las cosas, no por su
-novedad, sino por sus anos; aquellas gentes entienden que una familia
-será tanto más noble, cuanto más generaciones pueda contar, y que los
-muebles, las casas, las joyas y los trajes ganan en nobleza con el
-tiempo. Se piensa allí que lo noble no es lo de hoy, porque toda
-nobleza heráldica o intelectual, necesita ser contrastada y discernida
-por los años, por los siglos. Se piensa allí además que la pátina es el
-secreto de la estética, puesto que un hermoso palacio recién construído,
-con sus piedras blancas y virginales, está recordando con exceso al
-albañil y al maestro cantero; parece haber salido de un taller, limpio,
-brillante, con la firma del arquitecto bien visible y las huellas de las
-manos del herrero en las verjas del parque. Mientras que, al contrario,
-un simple torreón viejo devorado por la yedra, ofrece, gracias a su
-adusta vejez y a su anónima factura, un efecto extraño de belleza. Es
-como si el torreón ese hubiera surgido hecho de la misma tierra, o como
-si toda una época, toda una civilización, hubiesen tomado parte en su
-obra. Del mismo modo se entiende, en esos países europeos, que el
-mármol, el marfil y el bronce ganan con el tiempo, así como las buenas y
-legítimas joyas, y que careciendo de pátina, el cristo de marfil y la
-estatuita de bronce, recuerdan demasiado al bazar de «objetos
-artísticos» en donde fueron comprados.
-
-En los objetos del culto cristiano se advierte el mismo afán de
-pulcritud, la misma tendencia hacia lo bonito de los criollos. Los
-extranjeros que llegan de países seculares quedan sorprendidos ante el
-efecto, casi negativo, que ocasionan esos templos barnizados,
-desprovistos de penumbra y de ha grave austeridad que debe tener una
-casa de oración. Una catedral gótica, con sus sepulcros de mármol
-mohoso, sus altares un poco descoloridos y sus imágenes algo
-desportilladas, sería recibida en Buenos Aires con un mohín de
-repugnancia. Inmediatamente abrirían ventanas en los muros, para que las
-naves sombrías adquirieran luz, y los santos y los altares, las piedras
-consumidas por el roce de los siglos, todo eso que habla al espíritu
-religioso de una manera tan profunda, sería reformado, pulido,
-barnizado, puesto a tono con la general corrección mundana.
-
-Tampoco se muestra la gente muy apegada a desempolvar recuerdos
-históricos de larga fecha. Todo cuanto se refiere a un siglo pertenece a
-la «edad antigua». La historia propiamente dicha comienza en la
-revolución de 1810; lo anterior a esa fecha corresponde a la
-prehistoria. Se sospecha que antes de ese año culminante de la
-revolución hubo hombres, quizá comerciantes, acaso artesanos: pero todo
-aparece borroso y vago, como podría aparecer a los ojos de un francés la
-vida de los galos prelatinos. No se quiere ahondar demasiado en los
-prolegómenos de la nacionalidad. En rigor, aquellos siglos preliminares
-en que se formaban la raza y el carácter merecen poca simpatía; es como
-si se tratara de cosas y personas extrañas, sin contacto con las cosas y
-personas actuales. Y, sin embargo, los pueblos tienen mucha semejanza
-con los vinos. Los buenos cosecheros preparan en un principio sus cubas,
-maceran los caldos, hasta que el recipiente se empapa y satura de esa
-que, castizamente, se llama «solera». Aunque el vino primitivo vaya
-enajenándose, las nuevas aportaciones se saturan del sabor originario,
-gracias a la poderosa virtud de la solera, y las nuevas cosechas, en
-infinitos años, conservan siempre el sabor y el tono de la elaboración
-primera. Los pueblos, asimismo, por muchas importaciones y renovaciones
-que sufran, guardan siempre la modalidad, enérgica, definitiva, que
-adquirieron en su formación. Por eso, con todas las aportaciones
-exóticas y multiformes que caen diariamente en la Argentina, la
-modalidad auténtica, la que se formó en los primeros tiempos de la
-colonia, se mantiene viva siempre.
-
-Pero el tiempo pasará, y todo lo que ahora es heteróclito y renovado irá
-consolidándose. Las fortunas se harán cada vez más tradicionales. Las
-familias contarán entonces con un abolengo de varias generaciones. Y
-nacerá, si no ha nacido ya en pequeña escala y tímidamente, el amor y el
-culto por los antepasados.
-
-Cuando llegue ese momento, los argentinos lamentarán la irrespetuosa
-manía de destrucción de sus antepasados. Modestas, frágiles y sencillas
-como eran, sin embargo, aquellas mansiones viejas habían guardado el
-aliento de los abuelos, en su ámbito se desenvolvieron las vidas
-antepasadas, y de ellas surgió el molde de la nacionalidad.
-
-
-La marea humana
-
-Todos sabemos que una ciudad guarda mucho parecido con el cuerpo humano:
-tiene un órgano vital, de donde fluye y se esparce la energía dinámica.
-El corazón es la urna que contiene el tesoro bullente de la vida humana;
-las ciudades poseen también su corazón.
-
-El palpitante corazón de Buenos Aires se llama la City. Suprimid ese
-barrio vital, y la población no tendrá ninguna razón de ser; paralizad
-el movimiento febril de la City, y la ciudad habrá quedado inmóvil,
-yerta, como un hombre presa de un síncope.
-
-Una de las cualidades de Buenos Aires que merece mayor aprecio, es su
-franqueza. Buenos Aires no engaña a nadie. Al extranjero que desembarca
-en los muelles, le ofrece como primer espectáculo el de la City, con sus
-bancos y oficinas de negocio. Hace, como si dijéramos, sonar un saquito
-de monedas al oído del inmigrante, para convencerle desde luego que en
-esa tierra de promisión no encontrará más que tópicos monetarios.
-
-Otras poblaciones suelen ser hipócritas o convencionales. Presentan al
-viajero las severas fachadas de sus Universidades, liceos y pinacotecas,
-con la intención de aparentar una vida de divagaciones mentales. Pero
-Buenos Aires, mucho más sincero, pone en primer lugar sus Bancos y
-oficinas mercantiles. Así logra encadenar al hombre ambicioso,
-inyectándole desde el momento que desembarca el virus de la codicia. Una
-codicia franca y leal, libre de simulaciones.
-
-La City propiamente dicha es pequeña: comprende cuando más una
-superficie de un kilómetro cuadrado. En ese espacio de terreno tan corto
-se encuentra lo más vigoroso y potente de la ciudad: los Bancos, la
-Bolsa, las agencias de navegación, los grandes remates, las oficinas de
-tierras y de seguros. Lo más vivo, todo cuanto significa fuerza
-financiera, está comprendido en esas calles privilegiadas.
-
-Pero la City, a pesar de ser el corazón de la metrópoli, tiene aspectos
-tan distintos, que parece una ciudad extraña, un pueblo extranjero
-incrustado en la urbe criolla. El americanismo novelesco evoca en la
-imaginación formas ligeras e indolentes, colores claros y pintorescos.
-La City no es americana en ese sentido. Es de un americanismo yanqui;
-negra, fea y agria. La angostura de sus calles hace que los tranvías,
-los carruajes y las personas vayan disputando entre sí y eludiéndose a
-trompicones. Uno piensa con terror que camina por la calle de milagro, y
-se llega a creer firmemente en una providencia vigilante.
-
-Y el ruido. No se parece al ruido disciplinado de algunas avenidas
-europeas, donde el paso simétrico de cuatro filas de vehículos recuerda
-a un ejército en marcha, a un torrente majestuoso. En la angostura de la
-City bonaerense, el ruido es desordenado, agudo, irritante. Los
-tranvías, rozando las aceras, arrojan al oído del transeunte sus latidos
-metálicos que crispan; los carros se enredan; riñen los conductores, se
-apostrofan y amenazan con los puños cerrados. Los nervios vibran. Y
-pasan rápidos los caminantes, empujándose, pisándose, obsesos en su
-única y común preocupación.
-
-Sin embargo de su fealdad y su acritud, ¡qué emocionante es la City!
-Nada hay en Buenos Aires que me produzca una impresión tan enérgica,
-como un paseo por ese barrio cartaginés. Siento en sus calles como la
-brutal caricia de una ráfaga huracanada. Me acuerdo del Océano, de la
-tempestad, de los precipicios torrenciales, de todas las cosas
-primitivas y fuertes que acatan el imperio de la fatalidad. En esas
-calles tumultuosas recibo un aliento de sana y trascendental barbarie.
-Me olvido de las exquisiteces decadentistas, de las neurosis afeminadas,
-de los remudamientos intelectuales. La muchedumbre me rodea, me traga, y
-yo me veo arrastrado como por un torrente. Olvido y disculpo los
-encontronazos de los hombres, los atropellos de los carruajes; sobre mi
-naturaleza de hombre de gabinete, aquella marea oceánica ensaya sus
-golpes y ultrajes más imponentes.
-
-Bárbaro y violento, todo aquello tiene para mí un sabor nuevo, extraño,
-excitante. Las caras rojas de los negociantes, la falta de educación y
-compostura, los ademanes bruscos, eso apenas roza mi sensibilidad. Todo
-lo brutal que allí reside, yo lo disculpo. La ola total me agarra, me
-lleva, me infunde vigor, como un gran trago de _whisky_. Siento que me
-asalta entonces la borrachera de aquella multitud encandilada, y el
-entusiasmo del ambiente se me introduce en la tímida alma
-intelectual...
-
-
-
-
-X
-
-PSICOLOGÍA DE LOS ANUNCIOS
-
-
-Antes de visitar la República Argentina conocía yo varias de sus
-intimidades. La lección previa me la habían dado sus periódicos, grandes
-como océanos. Pero no aprendí a conocer esas interioridades en las
-columnas periodísticas, en sus artículos políticos ni en sus reseñas
-sociales o policíacas. Mi curiosidad bebía en unas fuentes humildes y
-despreciadas: en las planas de anuncios.
-
-Cada pueblo tiene su fisonomía; tienen también las planas de avisos de
-sus periódicos un tono diferenciado. ¿Para qué buscar los datos en las
-planas principales de las hojas cotidianas? La verdad y el rasgo
-característico suelen estar allí casi siempre velados o atenuados. La
-civilización, obligándonos al uso del guante, quiere también que
-enguantemos nuestras ideas y emociones. Se escribe discretamente,
-envolviendo en eufemismos los pensamientos, poniendo sordina a la
-indignación y evitando los grandes ademanes. En cambio, quién es capaz
-de contener las exclamaciones rudas y sinceras de los anuncios? Los
-artículos pasan por el tamiz del director o del propietario, mientras
-que los anuncios llegan directamente de la calle y pasan a la imprenta.
-Pagan religiosamente su inserción, y en tal sentido se sienten con el
-derecho de decir la verdad.
-
-La grosería de lo demasiado sincero es una de sus peculiaridades. Están
-ahí todos los días, revueltos y amontonados, gesticuladores. Nos hacen
-muecas raras y altisonantes, para que nos fijemos en ellos. Como los
-sacamuelas de las plazas, como los apóstoles de las sesenta religiones
-que actúan dominicalmente en los jardines de Boston o de Cincinati, esos
-avisos cotidianos se esfuerzan por atraernos. Si uno grita, otro grita
-más fuerte. Recurren a todos los arbitrios de notoriedad, y emplean en
-ello un ingenio sutil y estrambótico. Nos ofrecen todo, nos regalan
-todas las delicias, con tal de que les hagamos caso. Brindan la salud,
-la fortuna, la felicidad... Pero tan grotescos y charlatanes como son,
-en los anuncios está la raíz psicológica de un pueblo.
-
-Más adelante, cuando una sociedad venidera intente reconstruir la
-historia prolija de nuestra época atormentada, necesitará recurrir a
-planes de comprobación muy delicados, y apartar la hojarasca de los
-datos numerosos y confusos. Ningún dato mejor que los anuncios. Las
-sociedades futuras observarán, por ejemplo, que el mayor número de
-avisos está formado de dos temas: la oferta de específicos medicinales y
-la invitación de medios para adquirir fortuna. Con lo que deducirán que
-nuestra época padece dos enfermedades distintas y una dolencia
-verdadera: intemperancia.
-
-He dicho antes que yo conocía previamente los rasgos argentinos por los
-avisos de sus periódicos. Me gustaba, efectivamente, hundirme en la
-lectura de sus numerosos anuncios, desentrañar su sentido, gozarme en su
-pintoresca confusión. No he sentido después una sensación tan plena de
-la inconsciente juventud argentina. Yo me entretenía en el juego raro de
-«perderme» entre las columnas y planas anunciadoras de los periódicos de
-Buenos Aires, analizar su alma, discernir sus rasgos originales.
-
-«Se presta dinero sobre sueldos y alhajas», es el aviso que menudea en
-muchas capitales burocráticas de Europa. En Buenos Aires también abundan
-los avisos de préstamo. ¡Pero qué distintos! Leed uno: «Dinero
-disponible, _cualquier suma_, para hipotecas. Largos plazos y
-amortización a voluntad del tomador». Hay otro más expresivo todavía:
-«Cualquier suma disponible, desde 10,000 hasta 1.000,000 de pesos...».
-Aquí no se trata de mezquinas usuras sobre sueldos; no se transparenta
-aquí, detrás del aviso, una vida de estrechez y de mal disimulada
-tacañería. La usura, en este caso, toma un aspecto magnífico. En ese
-millón de pesos ofrecido hay una enorme ambición de dar, y otra enorme
-ambición de arriesgarse en estupendas aventuras. Pueblo que vive del
-crédito, gente que no sabe ahorrar ni contener sus prodigalidades y sus
-apetitos; pueblo que carece de dinero, posee, sin embargo, la audacia de
-entenderse por cifras de millones.
-
-La virgen tierra inacabable aparece detrás de los avisos como un mágico
-telón de fondo. La locura de la tierra, la locura de las especulaciones
-bruscas, rápidas, ilógicas, es una característica del país, la que le da
-el tono principal, la que le hace aparecer como un gran tapete verde en
-donde todo es motivo de juego y de azar; las cosechas de trigo, los
-rebaños, los barcos llenos de maíz. «Compro cualquier extensión de
-tierra, pagando al contado,» dice un aviso gallardamente.
-
-La grandeza territorial de un país no saben expresarla bien los mapas y
-las geografías. Tantos grados de latitud, tantos kilómetros cuadrados de
-superficie: todas esas cifras geográficas no aciertan a darnos una
-visión clara de la extensión. Los avisos saben medir mejor. «En Río
-Negro, vendo 5,000 hectáreas, y dos fracciones con 10,000 hectáreas más
-o menos.» Este _más_ o _menos_ es de una real e ingenua magnificencia.
-Acostumbrado a ver las parcelas de tierra perfectamente medidas hasta el
-centímetro, un europeo queda asombrado ante esas elásticas mediciones,
-ante ese _más_ o _menos_ que bien puede consistir en 100 ó 500
-hectáreas. «Vendo cuatro leguas en el Neuquen.» He ahí cómo los avisos
-de los periódicos son los más justos y expresivos historiadores de la
-Argentina.
-
-Hasta en la manera de pedir y ofrecer empleos resultan grandes
-psicólogos los avisos. No se solicita trabajo en forma humilde y
-pordiosera, como en los países muy trabajados por la concurrencia. Los
-avisos dicen simplemente: «Necesito obreros; tres pesos por día.»
-«Jardinero experimentado, se ofrece.» No hay aquí ninguna imposición por
-parte del amo ni ninguna mendicidad del lado del operario. Se
-transparenta la libertad de contratarse, el ir y venir de los hombres a
-lo largo de los oficios, hacia la meta hipotética de la fortuna.
-
-Luego viene el capítulo numeroso de los avisos de subastas. A través de
-esos avisos está viendo el lector la trama nacional, el ambiente de
-aventura, de engaños y de audacias. Se ve pasar una multitud de
-agiotistas, especuladores, locos, ilusos y temerarios. Hallazgos
-inauditos, sorpresas fabulosas, negocios pingües realizados en un día.
-Terrenos que se compran por la mañana a diez, y por la noche se venden a
-cien. Acaso pérdidas bruscas y jugadas más que dudosas.
-
-También nos enseñan los anuncios a conocer el espíritu nómada de estos
-países improvisados, repentistas, sin cimientos en la tradición. Basta
-fijarse en la sección de compras y ventas. Se venden las casas como
-pudieran venderse juguetes. Se venden las casas con sus muebles, con
-todos los objetos familiares. En las viejas sociedades está la familia
-como pegada a la tierra y a los objetos caros. Antes de desprenderse de
-un mueble, una familia europea echa mano de todos los recursos
-defensivos, porque el mueble conserva el roce y el baño de la tradición.
-En aquel sofá se sentaba el abuelo; aquel crucifijo oyó las oraciones de
-la madre; en aquel armario se guardaban los mantones bordados y los
-abanicos de nácar de la abuela. Tienen aquellos objetos aromas
-espirituales. Pero en Buenos Aires los muebles son cosas sin expresión:
-se compraron ayer todos juntos, y como hoy han pasado de moda, se venden
-todos en montón. Nada dicen a las sumidades del alma donde se esconden
-los recuerdos. Nacieron de la vanidad y la vanidad los enajena. Van,
-ruedan, como los hombres, como las familias, como todo el país...
-
-La gente vive muy aprisa y está enferma; pero no quiere morirse. Para
-enfermedades indefinibles se inventan medicinas fantásticas. ¡Pobre
-humanidad civilizada! Compras muy cara tu civilización. Los avisos de
-los periódicos lo dicen: necesitas excitantes alcohólicos para
-multiplicar la actividad del trabajo o del placer, y te hacen falta
-tónicos reconstituyentes para no caer en la consunción.
-
-La sociedad requiere el _whisky_, el vermut o el cognac para ofrecerle
-al organismo una amplificación enérgica. Es preciso comer mucho, creando
-una energía artificial que nos permita dilatarnos hasta todas las
-solicitaciones de la ambición y de la sensualidad. Para eso se inventan
-los aperitivos. Cuando éstos no bastan, se inventan las panaceas
-reconstituyentes, los tónicos salvadores. Pero las panaceas
-farmacéuticas no son más que livianos paliativos o donosas mentiras.
-Entonces sobreviene la neurastenia, el histerismo. Los avisos lo dicen:
-Las tres cuartas partes de los médicos que se anuncian en los periódicos
-son especialistas de enfermedades nerviosas.
-
-¡Enloquecer! Este es el destino de las sociedades ambiciosas, activas,
-incontinentes. El progreso exige que vibremos como cuerdas tensas y que
-no hallemos jamás el reposo o el término a nuestros apetitos apasionados
-¡Más, más! Este es el mandato imperativo. Un algo trágico surge del
-maremagnum de los avisos. Entre el júbilo de las ventas y de los
-millones ofrecidos, se levanta la hostil catadura del farmacéutico
-trayéndonos un frasco tonificante. Cansancio, agotamiento; he ahí el
-corolario de la vida moderna. Y una locura ascendente, devastadora, que
-alcanza a todos los seres humanos.
-
-Esa tragedia moderna está hablando ahí, en las planas de los periódicos.
-No hay novela, no hay historia tan íntimamente veraz y emocionante como
-los avisos de un periódico. La humanidad aparece en ellos desnuda, con
-el más desconcertante impudor.
-
-
-
-
-XI
-
-LAS MANSIONES Y LOS HOMBRES IMAGINARIOS
-
-
-¿Qué cosa es lo real? Por el supremo valor que le damos al dinero, nos
-inclinamos a respetar como la cosa más real y positiva, un Banco, por
-ejemplo. Sin embargo, en Buenos Aires he perdido yo el respeto que me
-merecían, como a todos los hombres pobres, los Bancos.
-
-Junto a los Bancos de la City se reúne una multitud de escritorios y
-pequeñas oficinas, de distintos tamaños, de nacionalidades diversas. Al
-principio sentía yo un gran respeto por esas oficinas, adornadas con
-todo el lujo de rótulos dorados, extensos cristales, tableros con
-cifras y cotizaciones, ingentes armarios de hierro. También me causaban
-respeto una especie de antros, a cuya puerta veía clavadas muchas,
-infinitas placas de cobre con un nombre o una firma comercial. Miraba al
-pasar el fondo de aquellas habitaciones, y descubría allí dentro un algo
-misterioso, una suerte de esfuerzos heroicos en que estaban empeñadas
-gentes audaces y patrióticas. Pero también les he perdido el respeto a
-esos antros... Ahora los miro como lugares cómicos, pintorescos, nidos
-de aventuras novelables.
-
-Son unos locales espaciosos, compuestos de un patio largo al que
-convergen numerosos cuartos y gabinetes; en los pisos altos se continúa
-la misma distribución de habitaciones autónomas. Cada gabinete ostenta
-un número, como las celdas de una cárcel o de un hospital; junto a la
-puerta, una placa de porcelana o de cobre indica el apellido del dueño.
-Estos dueños asumen las más variadas y antagónicas profesiones. Unos son
-abogados, otros ingenieros, contratistas, rematadores de tierras,
-registradores, notarios, agentes comerciales, representantes de
-compañías navieras, de compañías pobladoras, de compañías de seguros;
-otros negocios y profesiones suele haber que lindan con lo fantástico.
-Cualquier persona que tenga el propósito de especular, pone su placa a
-la puerta de un gabinete, planta una mesa y cuatro sillas, compra una
-máquina de escribir y se pone a operar. ¿Sobre qué opera? Sobre nada,
-sobre el vacío. Ya es una empresa de seguros, ya una sociedad de avisos,
-de colonización, de cualquier cosa. En muchos de estos gabinetes se
-sientan, es claro, verdaderos abogados, verdaderos comisionistas y
-evidentes sociedades de colonización y de seguros; pero quienes dan
-carácter a la cosa son los otros, los imaginarios, los increíbles e
-inauditos.
-
-¿Qué habrá ahí dentro?--me preguntaba yo antes.--Hay hombres serios que
-trabajan y operan sobre realidades; pero una muchedumbre opera sobre
-sombras y palabras. Allí dentro no hay nada, o hay cosas de apariencia y
-de ilusión. Este, por ejemplo, tiene en su mesa o tiradas por los
-divanes, muestras de un alambre nuevo para cercar campos; el otro
-presenta unas espigas de trigo cosechadas en un campo «que se dice que
-se vende y es una pichincha»; otros no presentan ni eso, como no sea una
-placa con un nombre, que es un enigma.
-
-Pero en ningún escritorio faltan planos y mapas de pueblos y territorios
-lejanos. Los terrenos aparecen cortados por líneas simétricas, en forma
-de parcelas cuadradas: son los terrenos, los eternos _terrenos_ que se
-ofrecen a la especulación, las fichas de este gran tapete verde de la
-república donde se juega a la compra y venta de fantasías.
-
-Allí se fraguan negocios extraños. Pulula por allí una gitanería
-internacional, un picarismo cosmopolita, digno de la pluma de un
-Dickens. Nadie tiene allí punta ni asomo de idiota; todos son
-perfectamente linces, educados en la escuela de lo maravilloso. Se ve a
-un italiano asociarse con un andaluz, a un vasco con un ruso, a un
-inglés con un dálmata. Unos se engañan a otros, se echan la zancadilla,
-en un torneo de astucia. Esperan a los incautos y a los ilusos. Viajan
-en viajes repentinos y anónimos, para volver con informes y hallazgos
-recogidos tierra adentro. Tienden la red, como las arañas, y aguardan a
-la presa.
-
-Allí se fabrican reputaciones sorprendentes. Los campos secos, con
-cuatro flacos novillos, pasan a convertirse en fértiles terrenos de
-pasturaje. Enseñan muestras de pasto, o plantas de lino y maíz de gran
-desarrollo. Con el dedo se recorren los mapas, hechos con la ciencia
-aduladora de los técnicos que están en el secreto del negocio; se miden
-en el mapa los terrenos y se ponderan sus perfecciones. Por aquí ha de
-pasar el ferrocarril; allá se ha de fundar una colonia agrícola; por
-aquel lado irá un canal de riego... Y las tierras se venden, se compran,
-sin que nadie las haya visto. En ellas no hay cultivo, ni rinden ninguna
-renta. No se compran por su valor esencial, sino por el valor que se
-supone han de alcanzar más tarde. Como todos tienen interés en sostener
-la farsa, la farsa sigue su curso. Ved un tapete inmenso, en cuya verde
-superficie se reflejan las ambiciones y fantasías de tanto soñador, de
-tanto aventurero.
-
-Un ambiente así, tan recargado de especulaciones monetarias, ha tenido
-que producir muchas locuras. Uno de los locos más típicos, es el que
-llamo yo «creador de proyectos». Su locura no cae dentro de los límites
-del manicomio; no es un demente de clínica: es simplemente un maniático,
-como el enamorado, como el artista. Tiene la monomanía de los proyectos,
-tiene el ideal de la fortuna, así como para el enamorado y para el
-artista sus ideales se convierten en obsesión fija y constante.
-
-El proyectista se levanta pensando en sus colosales negocios, y se
-duerme con sus sueños de fortuna; pero la fortuna no se le aparece en
-una forma material, sino fantástica e idealista. No quiere él la fortuna
-como los hombres prácticos, para conseguir cosas y satisfacciones
-reales: él desea la fortuna por la fortuna misma, ama el proyecto por el
-proyecto. Algo parecido a Don Quijote, el creador de proyectos se ha
-imaginado una Dulcinea, y por su bello amor vive, sueña, batalla, corre,
-habla.
-
-Le veréis en cualquier punto del centro de la ciudad. Está en los cafés,
-en los «bars», en los pasillos de los teatros. Como si su excitación
-cerebral no fuera suficiente, aun la aumenta con los aperitivos y
-estimulantes. Bebe vermut, copa tras copa; bebe sucesivas tazas de
-espeso café; ingiere a borbotones la cerveza. Borracho por su monomanía,
-apenas se da cuenta de la embriaguez alcohólica. Los alcoholes no añaden
-locura a su borrachera idiosincrásica, permanente.
-
-¡Oh soñador, soñador empedernido, soñador de fantasías metálicas! El oro
-de las libras esterlinas, la sedosidad de los billetes de banco, lo
-envuelven en continuas sinfonías ideales. Y marcha por la vida
-escuchando el sonoro retintín de las monedas, estimulado por su música
-interior, enloquecido por la sarcástica excitación de su demonio íntimo.
-
-Un loco hace cien locos. El proyectista comunica a sus semejantes su
-locura, y allí donde va deja un rastro de utopías. Escoge por lo regular
-las naturalezas blandas y propicias, tal como los recién desembarcados.
-Entonces ocurre que el que llega, en cuanto pisa tierra, choca con el
-creador de proyectos, y el hombre se pierde irremediablemente.
-Desembarcar en América, en el país del oro, y tropezar con un hombre
-que baraja negocios, que hila y amontona proyectos, esto es tan terrible
-como caer por la boca de un abismo. Así se explica que las calles del
-centro estén pobladas por una muchedumbre rara, hiperbólica,
-febricitante, que manotea epilépticamente al conjuro de una idéntica
-locura. Todos hablan de proyectos enormes, de ganancias monstruosas.
-Sobre las mesas de los cafés, de pie ante el mostrador de un «bar», en
-mitad de la calle, los proyectistas gesticulan entusiasmados, o hablan
-muy bajito, misteriosamente, para que nadie les sorprenda la idea y les
-malogre el descomunal negocio.
-
-Negocios descomunales, sí; negocios estupendos. Pensar en grandes
-destinos, o no pensar en nada. Unas veces se trata de crear una ciudad;
-otras veces el asunto consiste en regar un desierto y valorizar las
-tierras en proporciones de dos a mil; otras veces se habla de un invento
-prodigioso, o de una nueva forma de reclamo, o de sociedades anónimas
-con capitales inauditos. Las cifras más altas, los miles y millones de
-pesos, bailan una danza extraña dentro de esas imaginaciones
-espoleadas. Las demás cosas del mundo las encuentran insensibles; no
-salen nunca del riñón de la ciudad, y en esas calles apasionadas y
-ruidosas, ellos encuentran un placer morboso que los enajena. El
-estrépito de tranvías y carros, el vocear de los chicos, los tropezones,
-la continua alarma de la calle, todo eso los enardece.
-
-Absortos en su ideal, temblando siempre ante la inminencia del éxito, su
-cerebro se convierte en una colmena de ilusiones. Dentro de sus almas
-hay fuegos fatuos, sombras siniestras, iluminaciones repentinas y
-maravillosas. Riman cantidades, como el poeta rima bellos adjetivos.
-Poetas del negocio, idealistas estrambóticos en un medio cartaginés,
-ellos vienen a ser las mariposas o la flor romántica del centro de la
-ciudad. Flores morbosas y enfermizas, caldeadas por la locura.
-
-Hasta que caen lentamente en la indigencia, y se convierten en
-atorrantes. O una noche cualquiera, no pudiendo sus pobres cabezas
-resistir tan alta presión, revientan y se mueren.
-
-
-
-
-XII
-
-UNA FARMACIA EN LA CITY
-
-
-La torre del vigía
-
-¿Cuál es el punto más estratégico desde donde se puede vigilar mejor la
-miseria humana?
-
-Una sala de juego, un confesionario, un cálido salón de baile son
-culminantes sitios de investigación, en donde el ojo despierto penetrará
-como una saeta en la psicología humana. Pero existe otro lugar
-ventajosamente colocado sobre el panorama del mundo, o sobre el
-escenario social, punto obligado adonde afluyen los dolores del hombre y
-en donde la humanidad se muestra sinceramente en toda su pobre miseria.
-Este lugar de transcendente observación se halla al alcance de cualquier
-espíritu curioso. Se trata simplemente de las farmacias.
-
-El boticario es aquel para quien no existen secretos. El sabe qué
-pequeños, qué endebles y cuán cobardes somos. Situado en su mostrador,
-ningún esfuerzo necesita hacer para averiguar nuestras debilidades.
-Desde que el día amanece hasta que la noche se cierra, todos nosotros
-acudimos anhelantes donde él y le pedimos la salud, la providencial
-salud para nuestra gran cobardía y nuestro estupendo miedo de morir. Y
-todos nuestros vicios de lujuria, de glotonería, de sensualidad
-impenitente, el boticario los conoce. Con más sinceridad todavía que al
-confesor, le revelamos al boticario nuestras flaquezas. ¡Oh discreto y
-tácito farmacéutico, que sabe callar tan filosóficamente y que no guarda
-para nuestra miseria la menor sonrisa de desprecio!
-
-Alguna vez me ha arrastrado a la botica un malsano instinto de
-curiosidad, y allí me he complacido en asistir al desarrollo y tránsito
-de los gestos, las palabras, los elocuentes detalles del público, que
-acude con sus recetas y con su zozobra. Pero las farmacias guardan entre
-sí una vasta relación de categorías. No todas son igualmente
-entretenidas e ilustradoras. La botica de los barrios pobres, por
-ejemplo, sólo nos muestra un lado de la humanidad; la pobreza, la vil
-pobreza. Y cuando la pobreza se junta con la enfermedad, entonces surge
-un espectáculo que nada tiene de tentador. Son otras las farmacias
-sugestivas. Las situadas en los barrios ricos, ¡éstas sí que ofrecen
-largo tema de experimentación! Además tienen de favorable su ausencia de
-tragedia. El elemento trágico de las boticas pobres se convierte en
-tragi-cómico allá en las boticas que abastecen a los ricos. Porque el
-rico es un ser que teme a la muerte con un temor ridículo. Tiene miedo
-hasta de la sospecha de morir. Su regalona sensualidad se crispa a la
-más pequeña amenaza del dolor. Un simple dolor de cabeza le obliga a
-poner en movimiento al médico, al boticario, a todas las gentes
-cercanas. Y tienen razón después de todo. La muerte, para quien sufre en
-vida el hambre, el frío, la servidumbre y el vilipendio, hasta puede
-resultar una puerta amable de huída, de liberación; pero aquel que todo
-lo posee, justo es que se disguste ante la idea de abandonar unas cosas
-y unos placeres que no serán fácilmente substituíbles en otro mundo
-hipotético. Por otra parte, el miserable siente al morir que tiene
-derecho a una compensación; ante cualquier posible tribunal de justicia,
-el pobre está en el caso de reclamar el pago de deudas atrasadas. Pero
-quien lo ha tenido y gozado todo, ése, aunque no lo declare, mantiene la
-sospecha de que un justo tribunal posterior le habría de cargar en
-cuenta las satisfacciones anteriores. Pero esto lo dijeron ya otros
-labios más competentes. «Antes entrará un camello por el agujero de una
-aguja», etc.
-
-Todavía mejor que en las boticas de los barrios acaudalados, es situarse
-en aquellas otras del centro de la ciudad. Las boticas de la City son
-las más instructivas, las más profundas y complejas. Media hora de
-observación en una de ellas equivale a la lectura de un folletín. ¿No
-queréis entrar?...
-
-He ahí una farmacia de la City. Por lo común es extranjera y tiene
-escritos en los paneles de su fachada ininteligibles rótulos alemanes,
-franceses o ingleses, quizá porque al vulgo de los dolientes les presta
-más confianza la farmacopea de los pueblos lejanos: no hay que olvidar
-que en todo enfermo habita un supersticioso. Recorred con la vista los
-anaqueles y los mostradores: están llenos de frascos, botellines,
-paquetes y envoltorios, cuyas leyendas nos hablan de específicos
-providenciales, omnipotentes, todopoderosos. El milagro está allí, el
-soñado milagro de los enfermos. Ninguna de esas panaceas duda o vacila;
-todas afirman categóricamente su virtud curadora. Son hoy lo que eran
-antes los visionarios, los profetas y los elegidos de Dios; curan los
-males misteriosos, reportan vigor a los decaídos, infunden fuerzas a los
-desalentados. Es una repetición, en fin, de las antiguas magias. Y es
-que el hombre, por más que se empeñe en disimularlo, sigue siendo el
-niño grande, adorador de la fábula.
-
-Numerosos carteles cuelgan al azar de las estanterías, de las columnas y
-de las paredes. Asesorados por dibujos llamativos, esos cartelones
-anuncian las virtudes múltiples y terminantes de los específicos, de las
-aguas medicinales, de los ungüentos y de las hierbas. La ciencia aparece
-allí convertida en un sacamuelas de plaza pública. Y se ven firmas
-doctorales de médicos, que atestiguan formalmente la exactitud de cuanto
-prometen los específicos. Industria, comercio, reclamo, añagazas,
-grandes palabras, enormes afirmaciones, todo confundido con apotegmas
-universitarios y bañado con un lustre científico.
-
-Es un gran observatorio, de seguro. No dudéis en aprovecharlo. Desde
-allí se abarca el núcleo temblante, frágil, representativo de la pobre
-humanidad. Fuera, por los cristales, se ve pasar el torbellino de la
-gente, esa multitud sui géneris que va y corre por el barrio de la City
-con un temblor de marea turbulenta. Loca y febril, vibrante, la multitud
-pasa en pos de sus gruesos ideales; el dinero, lo mismo que una estrella
-celeste, le guía a través de sus fracasos y dolores; la codicia le
-espolea, y un trabajo brutal, nunca satisfecho, le presta esa inquietud
-trascendental y única.
-
-Emana de esa multitud un aura de fuerza; las mismas casas obscuras y
-pesadas sugieren ideas de un vigor incontrastable. Todo lo que vive y
-transita por allí habla de fuerza y poderío. Los bancos llenos de
-dinero--suprema significación de potencia--y los restaurantes
-suculentos, así como las oficinas en donde se consagran los grandes
-negocios, todo eso aporta a la imaginación sugericiones poderosas. Son,
-indudablemente, cosas densas y firmes, cosas y muchedumbres vigorosas,
-formidables. Sin embargo, en la botica está el secreto; allí se nos
-revela el doble fondo, el reverso, la clave.
-
-Esos mismos hombres de aspecto y ademanes fortalecidos entran en la
-botica y piden humildemente un tónico. ¡Una panacea, por Dios, que nos
-ayude a soportar la carga increíble de la vida! Ya está, pues, el
-secreto revelado, la mentira deshecha. Por debajo de la aparente fuerza,
-la humanidad transeúnte arrastra sus vísceras doloridas y rotas. Del
-torbellino pujante que pasa, van desprendiéndose los individuos, entran
-en las farmacias y piden el elíxir que ha de proporcionarles vigor para
-seguir andando, para continuar la lucha. La ciencia les da su calor como
-la mano maternal que enjuga la frente sudorosa del guerrero. Y luego,
-otra vez a las filas. Otra vez y siempre, ¡hasta la definitiva etapa
-final!
-
-El arsénico, el yodo, el mercurio, la quina. Todas las substancias
-revividoras se ponen a contribución. Olores acres y exóticos, gustos
-ásperos, matices de color indiscernibles. Los organismos, al recibir la
-inyección de esas substancias misteriosas, perciben como una sensación
-de júbilo material, a la manera que el cansado corcel brinca y se
-enardece cuando el acicate del impaciente amo le espolea. Brincan los
-organismos, se llenan de un imprevisto vigor, y la carrera adquiere una
-súbita celeridad. ¡Adelante, siempre adelante!
-
-Se le pide también al alcohol su virtud acicateante. Junto a las
-farmacias, los bares y los cafés, los puestos de comida y las
-cervecerías llaman la atención de los luchadores. ¡Entrad y
-reconfortaos! Y entran a montones, turbulentamente, en solicitud de una
-multi-nutrición. Comen glotonamente a dos carrillos, se hartan de jamón
-y huevos y manteca, la carne roja les chorrea grasa por los labios. Es
-preciso compensar con una sobrealimentación las pérdidas cuantiosas y
-diarias. Para poder alcanzar a tantos negocios, para tener asidos los
-vértices de tantas combinaciones codiciosas, hace falta exaltar la
-personalidad y hacer que un solo individuo posea la aptitud de diez o
-veinte.
-
-Devoran, tragan, beben copiosos vasos de licor cálido. El apetito
-lánguido y perezoso requiere también la espuela del aperitivo. La musa
-demoníaca del alcohol vuela sobre las frentes y ayuda a que enloquezcan
-más aún, mucho más todavía. Todos vibrantes, tensos, como pugilistas en
-el estadio. Comiendo, bebiendo, gesticulando. Rojas las caras,
-brillantes los ojos. Y andar, andar sin freno, de una a otra idea, de
-este a aquel proyecto. Sumar cifras, levantar montañas de ideales.
-Manipular los billetes de banco con mano nerviosa. Sentir la infernal y
-sublime embriaguez de gastar dinero. Ver cómo van y vienen las monedas,
-al compás de un ritmo de locura. Oír la voz de las brujas que gritan en
-el alma, como en el alma de Macbeth: «Tú serás rey: tú serás rico»...
-
-Mientras tanto el boticario combina sus drogas.
-
-En los momentos de tregua, cuando nuestro espíritu se abisma en su
-soledad, acude a nosotros la revelación intrínseca y luminosa de los
-pasmosos engaños en que vivimos. Durante esas paradas que hacemos al
-margen del camino, llega a nuestra imaginación la síntesis final de las
-cosas, y vemos que, verbigracia, todo esto que tanto nos enajena,
-termina estúpidamente en un hueco de cuatro palmos abierto en la tierra.
-El boticario y el enterrador son aquellos amigos adversos que no se
-fatigan de aguardarnos, porque saben que no podemos faltar a la cita.
-Entonces nos entra una gran desgana, y como los cenobitas quisiéramos
-renunciar a toda lucha, ya que todo acaba tan simplemente, tan
-brevemente.
-
-Pero quieren los hados que cerremos los oídos a la seducción ultra
-epicúrea del renunciamiento místico. Y otra vez, pasado aquel momento de
-alucinación intelectual, el hombre vuelve al torbellino. Nadie se libra
-de esos instantes lúcidos en que la vida se muestra en toda su
-integridad. Todos vuelven a incorporarse a la marea, aceptando como una
-solución la locura de este tráfago inverosímil, sin objeto, sin
-finalidad ni explicación. ¿Adonde se va? Nadie lo sabe. El mundo lo
-ignora. Se ha inventado una palabra vaga: progreso. Pero lo cierto es
-que el mundo, la sociedad, todos nosotros, obedecemos a esa ley de
-movimiento que se llama vida, de cuya ley ninguno podrá evadirse, tanto
-la planta como el hombre. Y la vida insaciable, al igual que los niños,
-pide siempre más.
-
-Vivir más, con la mayor extensión e intensidad posibles. Más...
-Boticario, ¿qué haces que no mezclas más aprisa tus mágicas drogas?
-
-
-
-
-XIII
-
-ESCENAS MARINERAS
-
-
-Los grandes puertos son sugestivos y amenos como una novela. En un barco
-anclado hay siempre un mundo de imaginaciones, de posibilidades y de
-heroicas inminencias. Pero el puerto de Buenos Aires es una novela mucho
-más complicada y entretenida que las otras. Le conceden interés
-dramático y pintoresco, no sólo los barcos y las mercaderías exóticas,
-sino además los hombres.
-
-Los hombres que desembarcan en muchedumbre, y que traen en sus rostros
-el gesto emocionado, estupefacto, de los descubridores. Como Colón en
-otro tiempo se abalanzó a la proa de su nave y quedó ensimismado ante
-la tierra soñada y al fin descubierta, los inmigrantes también corren a
-la punta del barco y miran, con un silencio trascendental, aparecer en
-el horizonte las cúpulas de Buenos Aires. Y más allá de las cúpulas ven
-lo ignoto, lo misterioso de un porvenir que tanto tiempo se complacieron
-en soñar.
-
-Ir errante por los muelles del puerto; he ahí un placer de nómada y de
-visionario. Muchas veces me he complacido yo en evadirme de las cárceles
-cotidianas, salir de la cuadrangular población y perderme a lo largo de
-las dársenas. Confundirme con la multitud de los estibadores y
-gabarreros, y sentirme pequeño, ignorado, insignificante, allí donde las
-grúas rechinan con tanta fuerza y las sirenas de los vapores lanzan sus
-alaridos tan gigantescos. Polvo, ruido, aglomeración.
-
-Todo tiene allí una energía descomunal. Las cosas son fuertes, enormes,
-fatales. Los mismos hombres sugieren una impresión de fuerza poco
-habitual. Lobos de mar, gavieros hirsutos, pilotos de andar zambo y ojos
-grises, encalmados como un mediodía oceánico, pero que al mandar en la
-maniobra se enardecen, chispean como un acero vibrante. Y la diversidad
-de lenguas, la multiplicación de los tipos, cobrizos unos, otros negros,
-rubios otros. Todos mezclados en el puerto, como en una resurrección del
-mito de Babel.
-
-Aquí reposan los grandes y lujosos transatlánticos, con su turba de
-camareros y marmitones, con sus oficiales galoneados. En otra dársena,
-los chatos y ciclópeos buques de carga arrojan a tierra su varia
-mercancía. Más allá están los vapores carboneros, con el pabellón
-británico sobre el tope. Luego vienen los buques fluviales, largos,
-llenos de ventanillas circulares, cómodos como un vagón de ferrocarril,
-los suaves buques que se deslizan por la plateada anchura de los ríos y
-que se sumen en la tórrida magnificencia del lejano Paraguay. Después
-las dársenas se acaban y comienza la sinuosa y pintoresca región del
-Riachuelo, atiborrado de bergantines, lleno de marineros tartajeantes,
-con denso olor a brea, con un aire como de folletín romántico. Y entre
-las dársenas y los pesados buques un enjambre de bateles, de gabarras,
-de remolcadores, una actividad de hormiguero, una confusión clamorosa,
-animada, tonificante.
-
-Y los ruidos. ¡Qué significación de colosal energía tienen los ruidos de
-un puerto! Las máquinas chirrían y crujen; los vagones ruedan
-sordamente; los cajones de mercancías caen con golpes agrios o rotundos.
-Se escuchan los gritos de los capitanes que dirigen la maniobra. Un
-buque se desprende del muelle, suelta las amarras, parte. ¡Quién sabe a
-qué bellos países partirá!...
-
-Un buque es un monstruo hecho para lanzarse corriendo sobre las libres
-olas. Dentro de las dársenas se mueve torpemente, marcha ciego,
-conducido y guiado por los rechonchos remolcadores. La menor negligencia
-puede hacerle chocar contra los malecones y abrirse en dos pedazos. Por
-eso el capitán grita con gritos de ira y alarma. Los marineros,
-injuriados por la voz del capitán, corren sobre cubierta, escalan
-veloces los mástiles, hacen vibrar las maquinillas auxiliares. Y el
-buque, lentamente, va salvando los obstáculos, pasa de una dársena a
-otra, gana por fin la boca del puerto, aprieta los resortes de la
-hélice, se lanza corriendo en busca de la alta mar hermosa. Entonces su
-sirena vomita un alarido de triunfo, de gloria, de libertad.
-
-Y entonces, ¡con qué envidia sigue al barco valiente nuestra alma
-viajera! Viajar, soltar las amarras, irse. Irse a cualquier parte; ir
-por el placer de ir. Desprenderse de los muelles, desamarrarse de lo
-cotidiano y convencional. Huir de lo habitual. Huir de la muerte, en
-suma, porque todo lo que se inmoviliza se muere. Porque la muerte no es
-más que un detenimiento. Y porque la vida es sólo un viaje. ¡Viajar,
-vivir!...
-
-Para un artista o un soñador, los buques modernos no tienen todavía
-suficiente encanto. En cambio los barcos de vela traen a la fantasía un
-torbellino de recuerdos, sugericiones de aquellos siglos en que había
-negreros, piratas y abordajes imprevistos. Por eso me gusta a mí
-alejarme de las dársenas donde atracan los grandes buques de vapor y
-zambullirme en los recodos pintorescos del Riachuelo, en los muelles
-destinados a las fragatas, a las bellas corbetas, a las lindas goletas,
-frágiles, graciosas y femeninas.
-
-Pero en los días de labor aquellos muelles están sacudidos por la fiebre
-del trabajo, y el encanto es menor. De los ventrudos barcos sacan
-montones de madera, adoquines, fardos y barriles químicos. En las tardes
-del domingo es cuando los muelles esos adquieren su mayor curiosidad.
-Entonces las grúas descansan, los carreros no alteran con sus voces
-maldicientes la paz del lugar, y los barcos veleros semejan viejos lobos
-de mar que reposan y sueñan una suerte de sueños colosales y exóticos.
-Las finas arboladuras se lanzan al espacio, como queriendo extraviarse
-en la pureza gris del cielo invernizo. Y las proas, tan parecidas al
-semblante de un hombre, miran con sus ojos pacíficos la turbia quietud
-de las aguas dormidas. Todo es pensativo y ensoñador en esos barcos
-arcaicos, en esas naves de leyenda que la civilización ha condenado a
-morir.
-
-Los marineros, como las naves, reposan también, sumidos en su nostalgia.
-De bruces sobre la borda miran la tierra, las casas, los escasos
-transeúntes; pero aunque miran no ven; sus almas andan lejos, en el
-confín del mundo, en los puertos natales. Cabezas rubias de noruego,
-ojos glaucos de inglés, melenas rizosas de italiano. Unos fuman su pipa
-beatíficamente, sin un guiño ni la menor muestra de emoción; otros
-pasean en silencio con las manos hundidas en los profundos bolsillos del
-pantalón. Alguno de ellos, tal vez de vuelta de la taberna, rezonga y
-balbucea como un animal aturdido, y marcha a ocultarse en su camarote.
-
-La atmósfera, que recuerda al cristal, tiene la rigidez tenue de las
-finas cosas quebradizas. Se teme que cualquier choque brusco, o
-cualquier agrio sonido, fueran a romper el cristal finísimo,
-imponderable, de la atmósfera. Sólo caben allí los sonidos tenues y a la
-sordina. Por eso es grato oír en esas horas inefables la voz gangosa y
-apagada de los acordeones marineros. A veces suena un acordeón dentro de
-un barco, y no se sabe dónde está el músico; parece que es el barco
-quien canta, con aquella voz gangosa que rememora al órgano, o mejor
-todavía a los armoniums místicos de las pequeñas capillas privadas. Pero
-no, es un marinero de grandes barbas rubias, o un grumete lampiño. El
-músico busca un lugar propicio en el seno del barco. Y son cantatas
-populares de los _fiord_ noruegos, o de los lagos suecos, o de las
-estepas moscovitas... Todo ello envuelto en olor de brea, ese olor que
-es el alma de los barcos y el acicate más vivo para una imaginación
-viajera.
-
-Cosmopolita, confuso, formidable y sugeridor, ¡oh gran puerto colmado de
-ilusiones!, tú eres un mundo mucho más grave y trascendental que el de
-las vanas y cuadrangulares calles ciudadanas. Energía, fuerza,
-civilización. Tabernas genovesas del barrio de la Boca; ciclópeos
-almacenes del paseo de Colón; fonduchos del paseo de Julio donde humean
-las fritangas más inverosímiles. Letreros en inglés, en francés, en
-italiano, en turco, en ruso. Olor a polenta y a macarrones, a _whisky_ y
-a caviar, a puchero y a sopas picantes. Grandes pizarras con sus
-inscripciones trazadas en blanco: «se desean braceros para un
-ferrocarril de Tucumán». Hombres lentos y ociosos que pasean con sus
-botas altas, sus ponchos al brazo, sus chambergos deformados, buscando
-donde contratar sus músculos para no se sabe qué raras o remotas
-labores. Locomotoras que gritan imperiosamente arrastrando trenes
-enormes. El transatlántico que parte, los pañuelos de despedida, el
-llanto de los que se quedan en el muelle, el humo solemne y triunfal de
-las chimeneas en marcha. ¡Adiós, adiós!...
-
-Todo esto, que es imprevisto, lejano, accidental, enérgico, forzudo y
-aéreo; todo esto que es viaje, azar, y que huele intensamente a
-aventura, es lo que hace a un puerto profundamente emocionante como la
-más loca novela.
-
-
-
-
-XIV
-
-BUENOS AIRES NOCTURNO
-
-
-Como la muerte sigue a la vida, el reposo es la playa donde viene a
-perecer la soberbia del trabajo. Todos tenemos que pagarle tributo al
-descanso. Los hombres, las aves del cielo, las hojas de los árboles.
-Hasta el viento y la mar mitigan su violencia llegando a la noche. La
-noche es la tregua, la pausa grave en esa batalla sin fin que empeñaron
-los elementos desde que hay vida en el Cosmos.
-
-¿Habéis puesto el oído alguna vez sobre el gran corazón de una ciudad
-dormida? Bajo la paz nocturna, una ciudad parece un monstruo descomunal
-que pone el ritmo de su pecho al compás del latido de la naturaleza.
-Ninguna sensación es comparable a la que se percibe de noche, muy dentro
-de la noche, en las calles dormidas de una ciudad. Hay entonces en el
-aire no se sabe qué presagios, qué inminencias o qué supersticiosas
-revelaciones. El monstruo está dormido, y toda la tragedia que se
-reconcentra en su interior, entonces, a la hora central de la noche se
-revela a nuestra alma absorta. Lo más intenso que ha creado el hombre es
-la ciudad; la ciudad es la suma de toda la ambición, de toda la fiebre y
-de toda la maldad que vive en el espíritu del hombre. Viendo una ciudad
-dormida, es como si asistiéramos al entreacto de una tragedia. Nuestra
-alma tiembla de emoción al recordar las peripecias dolorosas del día que
-pasó, y se estremece ante la seguridad de los episodios del día
-siguiente. Cada día es un acto trágico; la noche es una pausa, y el
-espacio es el telón siniestro moteado de brillantes.
-
-Pero no duermen del mismo modo todas las ciudades. Los pueblos frívolos
-desconocen el sueño rotundo y terminante; hasta muy cerca del alba hay
-en ellos un rastro de vida, alguna orquesta pertinaz, algunos viciosos
-rezagados. En cambio, los pueblos que trabajan intensamente duermen de
-una manera definitiva, casi brutal. Una aldea de labradores duerme al
-compás de la naturaleza; ni siquiera parpadea una luz en sus casas; la
-aldea se acuesta en el seno del campo, hasta confundirse con la misma
-tierra. Las ciudades comerciales y laboriosas duermen del mismo modo
-rotundo.
-
-Ningún hombre se escapa de tener una o varias manías. Las manías son las
-que nos diferencian a los unos de los otros, como los rasgos físicos,
-como los lunares o el dibujo de la nariz, como el color del pelo o de
-los ojos. Una de mis manías consiste en pasear a grandes pasos por las
-calles de una ciudad dormida. Encuentro un encanto extraño en sumergirme
-dentro del vacío de la noche. Se me figura que la ciudad está ausente,
-que los hombres se han ido, y que sólo queda allí, bajo las sombras, el
-esqueleto. Se me figura también que la ciudad es un documento histórico,
-un algo muerto que se puede interpretar fantásticamente, al arbitrio de
-la imaginación. El día tiene demasiados afanes; de día nos arrastra la
-zozobra de la lucha, y somos nosotros mismos, aunque a nuestro pesar,
-actores en el drama ciudadano. Pero de noche somos espectadores. Podemos
-ver el panorama de la ciudad muerta, levantarla en alas de nuestro
-ensueño, manosearla con nuestra imaginación. Entonces la ciudad es
-nuestra, mientras que durante el día somos nosotros de ella.
-
-Buenos Aires duerme. Llega un momento de la noche en que la gran ciudad,
-unánime, se queda inmóvil. Millón y medio de almas se han dormido; miles
-de máquinas, cientos de grúas, infinidad de hornos, se han paralizado; y
-han quedado en suspenso infinitos negocios, combinaciones arriesgadas,
-proyectos temerarios. Los libros del Debe y el Haber están cerrados; las
-plumas descansan al borde los tinteros; las sumas quedaron
-interrumpidas; los fajos de billetes, a medio contar, aguardan al día
-próximo. El hilo de la vida se ha cortado. Como el sueño llega al niño y
-le cierra los ojos imperativamente, así ha llegado para la ciudad: igual
-que un niño, la ciudad ha cerrado los ojos, y tan rápidamente vino el
-sueño, que los juguetes quedaron entre las manos apretadas... Pero la
-ciudad es un niño sin candor, y sus juguetes son demasiado dramáticos.
-Dinero: con un juguete que se llama «dinero», las bromas y los juegos
-acaban en sangre, en lágrimas, en dolor.
-
-Buenos Aires tiene el sueño terminante y definitivo, como todas las
-poblaciones laboriosas. Tal vez en algunas de sus calles se prolonguen
-la luz y la vida hasta muy cerca del alba; acaso un coche, una pareja de
-paseantes rezagados, rompan con su ruido el silencio de la ciudad. Pero
-son rumores parciales y leves, casi vergonzantes. Hasta parece que ese
-coche tardío, esos dos amigos que pasan hablando bajo, hacen resaltar el
-silencio total. A media noche, Buenos Aires es una población muerta,
-silenciosa, inmóvil. Tiene un sueño de labrador cansado, el sueño
-característico de los seres que se mueven mucho durante el día.
-
-Y en esa hora central de la noche, es un espectáculo incitante pasear
-por aquellos lugares que absorben la vida y el movimiento en las horas
-diurnas. Las calles laboriosas, las más pobladas y comerciales, son las
-que duermen con mayor intensidad. En el barrio de las oficinas y de los
-bancos hay tal silencio, tal soledad de noche, que el ánimo se encoge de
-cierto temor supersticioso. Caminando de noche por esas calles, se
-siente la impresión de cruzar un cementerio. La soledad se mete dentro
-del alma, el silencio se apodera de la mente; cae el silencio sobre uno
-como algo denso, como algo misterioso y cabalístico. Las pisadas propias
-resuenan huecamente. La sombra personal, persigue al cuerpo, le acompaña
-de lado, se antepone, según la posición de los mecheros de gas. Esa
-misma sombra de uno toma apariencia viva, supersticiosa e insinuante. Y
-cuanto más rotunda es la inmovilidad de las cosas, más sugestiones se
-desprenden de ellas. Las cosas, en fin, hablan entonces con palabras
-segundas. Esas cosas tienen de día un lenguaje material y grosero, el
-lenguaje de la realidad; pero de noche adoptan un lenguaje interior, un
-segundo lenguaje, hijo de esa segunda vida que tienen las cosas, lo
-mismo que los hombres. Porque las cosas sueñan también. Si es cierto que
-duermen, ¿cómo podían no soñar?
-
-¿Y cuáles serán los sueños de ese barrio comercial, corazón de Buenos
-Aires, pila cargada de electricidad? Alguna noche he querido yo
-descifrar esos sueños, y la vanidad de mi fantasía ha creído
-interpretarlos. Pero nuestra fantasía, seguramente, tiene sus límites, y
-ciertos sueños son inasequibles a la interpretación. El barrio duerme,
-el barrio de los negocios sueña. Está tendido a la margen del puerto,
-cerca de las vías del mar, por donde llegan los buques y las gentes y
-las mercaderías; la sábana negra de la noche lo cubre piadosamente. Ahí
-está el barrio codicioso, el barrio inquieto y vivaz, el barrio
-dramático, el más dramático de toda la ciudad. En sus casas no hay
-apenas mercancías; sólo hay tinteros, libros rayados, aparatos
-telefónicos, grandes cajas de acero. Los fardos y los cajones, las cosas
-reales y tangibles, las cosas de comer y de arder, están en otras
-calles. Sin embargo, ese barrio es el núcleo de la ciudad, el cerebro
-metálico que rige las operaciones de la inmensa urbe. Ahí están los
-bancos que conceden créditos, las oficinas que contratan, los remates
-que valorizan las propiedades, las agencias europeas, la Bolsa. Ahí
-están también los aventureros, los ambiciosos impacientes, los jugadores
-de fortunas, los manipuladores de empresas, tal vez los piratas urbanos
-que acechan víctimas desde el fondo de sus oficinas.
-
-Ahora, cuando llega la hora central de la noche, el barrio entero se
-acuesta a dormir. Tiene un sueño capital, pesado. Recupera las fuerzas,
-para emprender la campaña del siguiente día. Mientras tanto, sueña...
-¿Pero no sueña acaso también de día? Los negocios, el comprar y vender,
-el traspasarse las fortunas, el amontonar cifras, ¿es algo más que un
-sueño? Todos esos hombres que viven como a impulso de una corriente
-eléctrica, ¿qué son, sino soñadores? ¿Es verdad que viven despiertos?
-¿Puede titularse vida real a ese ir y venir, a esa fiebre de todas las
-horas, a ese comer de prisa, a ese beber apresurado, a ese contar y
-recontar cantidades, a esa inquietud de monigotes movidos por hilos
-invisibles? Todo eso es un sueño muy grande, y también muy humorístico.
-
-Allá cerca duerme el puerto. Los grandes buques duermen a lo largo de
-los malecones. Los transatlánticos que cruzaron el peligro del Océano;
-los vapores chatos que trajeron las mercancías desde las antípodas; los
-barcos de vela, venidos desde los hielos del remoto septentrión; todos
-duermen, fatigados. Las grúas de los muelles descansan. Los gabarrones,
-negros y forzudos, están durmiendo como estúpidas bestias de carga. La
-brisa del estuario orea los vientres y los lomos de esos monstruos
-marítimos. Y del horizonte, como una faz despavorida, la luna emerge
-despacio, amarilla y tácita.
-
-A la luz de la luna es grato contemplar la ciudad inmóvil. Tiene la luna
-una eterna facultad de engaño, de manera que las cosas más torpes se
-espiritualizan al beso de su luz. La luna se complace en poetizar una
-tapia ruinosa, y de cualquier torre vulgar hace un poema místico. Las
-calles prosaicas de Buenos Aires se afinan y ennoblecen con esa luz
-fraudulenta de la luna.
-
-El barrio de los ricos, por ejemplo, adquiere a la luz de la luna una
-suave espiritualidad.
-
-El mismo río, mirado desde la boca de una calle del norte, se muestra
-argentado, poético, lleno de romanticismo; recuerda los lagos y los
-mares que los pintores escenógrafos ponen como decoración de las óperas
-antiguas. Y los palacios de ese barrio del norte, bajo la sugestión
-arbitraria de la luna, toman un carácter de cosa vieja, realmente
-aristocrática. Adquieren pátina, apariencia de vejez y de nobleza. El
-ánimo se olvida de que los palacios han sido construídos antes de ayer,
-por arquitectos anónimos, sobre planos de construcciones exóticas. Los
-palacios se ilustran y avejentan a la luz de la luna; las torres de
-pizarra simulan ser, en efecto, torres de mansiones feudales. Se piensa
-en damas nobiliarias, en pajes rubios y en señores de horca y cuchillo.
-Y así logran las familias recientes, que tienen por abolengo un honrado
-comerciante o un pacífico ganadero, igualarse a las nobles estirpes de
-las aristocracias europeas.
-
-Entonces, cuando la luna navega por lo más alto del cielo y el silencio
-envuelve al barrio linajudo, uno quisiera poseer alguna virtud
-maravillosa de las leyendas; ser, verbigracia, como un «diablo cojuelo»,
-capaz de destapar las techumbres de los palacios y sorprender el sueño
-de los salones, de las joyas, de las personas. Cruzar los corredores
-entapizados, oír el tic-tac de los relojes, y percibir y entender los
-latidos de las almas. Descifrar el sueño del señor que ha lanzado sobre
-un tapete verde una fortuna; interpretar el sueño de las damas,
-entretejido de cintas de cotillón y flirteos trascendentales; leer la
-última página del libro, que ha quedado abierto sobre el sofá; leer
-asimismo la última frase de la carta íntima, o la última nota del piano
-confidente. Y oír las palabras sin sonidos que se dicen las sedas y las
-plumas, la conversación imperceptible de los brillantes y las perlas,
-los cuchicheos y las risas de los pendientes, los collares, las
-pulseras. Todo ese mundo reservado; todas esas joyas y sedas que viven
-en contacto con las carnes rosadas; que se recuestan sobre el seno, en
-la parte del corazón; que aprietan los pulsos de las muñecas; que rodean
-las gargantas y oprimen las sienes; todas esas cosas calladas y leales
-que conocen los secretos del pulso y del corazón, que saben todos los
-matices de la emoción, que asisten a los más disimulados temblores de
-sus bellas dueñas; ese mundo tácito de cosas sabias e íntimas está ahí,
-sobre las consolas y mesillas, y uno siente la ambición de oírle hablar
-a ese mundo hermético, que lo sabe todo, y que sabe callarlo todo
-también.
-
-Los teatros cierran sus puertas en el centro, en el corazón de la
-ciudad. Es aquella parte de la población que se destina a los gozadores
-impenitentes, llena de cafés y de bares, de farándula y de mujeres
-empolvadas. Cuando el resto de la ciudad se hunde en su sueño pesado, en
-esas pocas calles se mantiene aún la supremacía del vicio despierto, de
-la alegría repintada, de una alegría que tiene precio y que se cotiza
-brutalmente a la luz de los grandes focos eléctricos. Allí acuden las
-almas insaciables, queriendo prolongar la ilusión del día. Allí se
-congrega ese mundo difuso, heterogéneo, cosmopolita, como en los
-remansos de los grandes ríos se amontonan los restos de tantas
-correntadas. Ingleses de afilado perfil, alemanes de caras apopléticas,
-italianos gesticulantes, criollos irónicos, suizos borrosos y vulgares,
-algún yanqui ciclópeo, y después los tipos indefinidos, indescifrables,
-con rasgos tenebrosos y cataduras frías, siniestras.
-
-Toda esa multitud se aglomera, oscila, habla, ronda en un pequeño
-espacio, como si todos los que la componen fuesen amigos. Nada, sin
-embargo, hay de común entre ellos, como no sea la unánime sed de
-placeres. Han trabajado durante el día afanosamente, sumando cifras,
-combinando negocios, moviendo los resortes de la vida económica del
-país. Al llegar la noche se sienten vacíos. Quieren lanzarse a
-quiméricas dichas, por esa ilusión romántica de que ningún hombre se ve
-libre. Se sienten vacíos. Vacíos de ternura familiar, de ideales
-domésticos, de ambiciones puras o espirituales. Su ideal de trabajo y de
-fortuna, su lucha por la conquista del triunfo financiero no les llena
-el alma lo suficiente. Al cerrar sus libros de cuentas, al cerrar sus
-oficinas, les queda un enorme vacío en el alma. Entonces acuden al
-teatro, al restaurant, al _whisky_, a la cerveza, a la dama de mejillas
-repintadas. Pasan las horas, se suceden los espectáculos y su vacío
-continúa sin llenarse. Más allá de la media noche, todos andan rodando,
-codeándose, con un no sé qué de angustia en las miradas. Algunos están
-ebrios y esos son los más dichosos--tan dichosos como los que
-duermen.--Y entonces, en plena calle, comienza la impudorosa cotización
-del placer femenino. Pasan las féminas carnosas, grandes hembras rubias
-arrancadas de las aldeas austriacas, polacas o rumanas. Se van por
-parejas. Otros se alejan solos, cansados.
-
-Los violines, mientras tanto, dejan oír sus gemidos en el fondo de los
-cafés. Más de una vez he penetrado yo a beber cosas que no me apetecían,
-por escuchar las voces inactuales de esas orquestas asalariadas que se
-obstinan en prodigar sus sartas de ensueños ideales ante gentes
-distraídas y sordas. Cuando un café, pasada la media noche, está lleno
-de un público glotón o gesticulante, uno está seguro de que la música de
-esa orquesta se le reserva a él solo, como un regalo gratuito y
-sorprendente. Nadie hace caso de las lamentaciones del violoncelo; el
-violín primero ensaya en vano sus apasionadas frases; el tecleo elegante
-del piano no encuentra, de seguro, quien le atienda. Y, sin embargo,
-aquellos músicos obsesos, aquellos buenos padres de familia, que han
-dejado su hogar caliente y los hijitos durmiendo, todo lo olvidan ante
-la divina seducción de su arte amado, y tocan ardorosa, honradamente,
-como si, en efecto, les escuchase un auditorio atento. Pero nadie les
-hace caso.
-
-Entonces es agradable entrar y encender un cigarro. Envuelto en la
-atmósfera de humo, en medio de aquella claridad fascinante de las cien
-bombillas eléctricas, apartando, con un esfuerzo de la imaginación, la
-realidad modesta de aquellos hombres que beben y gesticulan, uno puede
-entonces figurarse muy bien que la orquesta ha sido traída para él, y
-que los acordes de Beethoven o de Wagner se le dedican a él
-exclusivamente. Y puede uno soñar con las cosas eternas, puras, lejanas;
-con el cielo crepuscular de otoño, con un paisaje de primavera en la
-montaña, con el mar y los bosques...
-
-Los violines, por último, interrumpen sus gemidos. Aquel trozo de la
-ciudad, de grandes focos eléctricos, de alcohol y de mejillas
-empolvadas, concluye por dormirse también. Canta un gallo
-imprevistamente. Una carreta madrugadora, cargada de verduras, pasa
-hacia el mercado...
-
-
-
-
-XV
-
-LA NOCHE DEL SÁBADO
-
-
-Ya no existen brujas; sobre el prado maldito ya no aguarda el macho
-velludo y libidinoso la ofrenda de sus devotas nocturnas. Pero la noche
-del sábado conserva aún no se sabe qué olor de aventura y de tragedia.
-Modernamente, en nuestra edad metálica, económica y social, esa noche
-representa el fin de la etapa jornalera. Es la noche en que el jornal
-danza su baile tentador dentro del bolsillo proletario. La noche en que
-los apetitos, sofocados durante seis días, despiertan imperiosamente.
-Noche de vino y de francachela, de vómitos y de puñetazos, de cantos
-obscenos y de puñaladas en la penumbra.
-
-El arrabal, en esa noche, se despereza torpemente. Pero hay otro síntoma
-de estremecimiento sabático en el centro de la ciudad, mucho más
-sugerente y representativo que el arrabalesco.
-
-Tiene Buenos Aires una encrucijada nocturna, donde se aglomera, como
-milagrosamente, todo el vicio, todo el ocio, toda la incertidumbre
-internacional. En el espacio de cuatro o seis manzanas se reúne un
-número increíble de bares y restaurantes, de cafés y de tabernas, de
-teatrillos, de cinematógrafos. Todo ese mundo vicioso, alegre,
-pintarrajeado, que huele a alcohol y perfumes afrodisíacos, toda esa
-turbia ola de placer nocturno halla en la noche del sábado su expresión
-suprema de brillo y de grandeza. ¡Cómo no ha de existir grandeza en esa
-suma de la vida moderna y en ese espumante delirio de la inmensa ciudad
-que quiere, después de trabajar, morder la torpe fruta de los placeres
-monetizados!
-
-Pero esa faz de la metrópoli tiene dos muecas distintas, como el rostro
-de un cómico hábil. Durante el día, las calles en cuestión toman un
-aspecto honorable, normal y sensato. Abren los comercios sus
-escaparates, donde se exponen cosas correctas y sin malicia alguna;
-transita la gente habitual; pasan las buenas madres y las honestas
-hijas; nadie se atrevería a suponer ningún ardid ni un doble fondo
-cualquiera en tan correcto sitio. Los cafés y bares, las tabernas y los
-tugurios parecen esfumarse a la luz meridiana. Están allí, sin embargo;
-pero cautamente se ocultan, se callan, procuran pasar inadvertidos.
-
-Llega la noche y la escena cambia de tono asombrosamente. Entonces la
-decoración, las bambalinas y los personajes diurnos se desvanecen, y
-entran en acción otros telones, otros actores. Los comercios honorables
-han cerrado sus puertas. Y, como ciertos animalejos que reviven y
-fosforean al amparo de la sombra, así también los bares y los chamizos,
-los cafés y los escaparates pantagruelescos alcanzan, con la noche, un
-brillo y una existencia sorprendentes. Parece aquello un efecto de
-birlibirloque, el juego de un escamoteador. Las gentes son otras, las
-palabras distintas, las pasiones completamente opuestas. Y entonces
-queda uno asombrado ante la prodigiosa floración de tanto lugar alegre.
-Los bares y los cafés se suceden en forma continua. Casi no queda
-espacio para los otros comercios normales. ¿Cómo ha podido suceder?...
-Pero Buenos Aires es fecundo en esta clase de sorpresas y mutaciones.
-
-La gente circula entretanto. Sale de un teatro para meterse en un café;
-sale de un café para reunirse en el fondo de otro. Beben, comen, vuelven
-a beber. Trasiegan los líquidos frescos o ardientes. Cerveza a grandes
-tragos, _whisky_ a pequeños sorbos. La soda burbujea en los vasos, hace
-cosquillas en la garganta. A veces estalla el estampido de un corcho de
-champaña. Otras veces, cuando el vértigo culmina, los licores de alta
-graduación ya no se ingieren a sorbitos, sino a grandes e imprudentes
-tragos. Y esa gente, como si padeciera del mal de San Vito, no se
-resigna a estacionarse en un lugar; sale, entra, torna a salir en un
-peregrinaje de copas recientes y ampliamente vaciadas. Y por entre la
-gente pasan los cocheros, ofreciendo el maternal refugio de las
-victorias para los derrotados en la porfía. Y pasan del mismo modo las
-mujeres imprecisas, con sus ojos arbitrariamente agrandados, con sus
-palideces o carmines de engaño o tentación.
-
-¿Quién podría discernir y catalogar esa muchedumbre? En ella existe de
-todo, como en un pedazo escogido de la humanidad. Están allí el burgués
-y el estudiante, el empleado y el cultivador de tierra adentro. Están
-asimismo los patoteros, los calaveras, los compadres, los buscavidas,
-los vagabundos, los pilletes, los rateros, los mendigos. Se oye hablar
-en infinitos idiomas. Allí se confunde el alemán de rostro encarnado con
-el inglés de perfil anguloso y pipa, oliendo a higos macerados. El
-capitán del barco que entró en el puerto por la mañana, y el estanciero
-de la pampa remota que vino a negociar, y que por la noche enlazó una
-buena comida de las ocho con una cuchipanda de las doce. Y pasan
-semblantes siniestros, rápidos, que dejan en nuestro corazón una
-sospecha supersticiosa, como si se nos anunciara la posibilidad de un
-asesinato. Bajo las chaquetas, ciertamente, reposan, bien ocultos y bien
-dispuestos, los negros revólveres.
-
-Toda esa gente busca en la noche el premio a los afanes del día. Gente,
-en su mayoría, de inmigración: horteras, empleados de las compañías
-ferroviarias, oficinistas o buscadores de negocios. Mezclados con ellos
-bullen los muchachotes alegres, los hijos de familia que saben tirar tan
-puerilmente aquellos sesudos pesos que el padre reunió con tanta
-asiduidad. Pero los laboriosos están en mayor número. Son esos que han
-pasado el día sumando cifras, distribuyendo lotes o negociando con minas
-lejanas y con especulaciones seductoras. Han ganado un sueldo y quieren
-una compensación de placer. No se resignan a depositar la cabeza sobre
-la almohada sin haber tenido antes un relampagueo de ilusión. En las
-mesas de los cafés, en la atmósfera grasienta de los restaurantes, echan
-a volar su fantasía entre vaguedades beodas, fumando, riendo, atisbando
-las carnes rosadas de las mujeres funambulescas.
-
-Ved ahí una síntesis de la civilización, el coronamiento del trabajo. La
-civilización pide voluntades enérgicas y consecuentes, soldados de
-férrea disciplina que trabajen sumisamente, sin preguntar las causas ni
-los fines, tal como el buen soldado no pregunta jamás las causas ni los
-fines de la guerra, sino que marcha al combate con estoica docilidad.
-Los fines de la civilización, ¿quién los conoce? Los mismos generales
-ignoran su interpretación. Un Rothschild o un Morgan, ellos mismos, son
-capitanes que accionan mecánicamente, a impulso de un fatalismo
-inexplicable, conducidos a la lucha monetaria por un deber
-indiscernible. ¿Quién conoce, entonces, los hilos y los motivos de la
-civilización?... Tanto valdría preguntar por el secreto de esa máxima
-energía cósmica que sabemos que acciona, pero que no sabemos por qué ni
-para qué.
-
-Y esos soldados de la civilización que esgrimen plumas o rimeros de
-cifras, piden, en las horas de asueto, un buen botín de sensualidades.
-Se atracan, en efecto, con grosera glotonería, y a la mañana vuelven a
-su puesto. Hasta que un día caen. Otro ocupa su lugar entretanto. Y
-continúa la marcha ascendente de la humanidad, cada vez más rica en
-máquinas, en millones, en fuerza, pero también más rica en misterios
-cada vez.
-
-La noche del sábado tiene en esas encrucijadas del centro de Buenos
-Aires una vehemencia sin igual. Es incomparable, porque se resuelve en
-un espacio tan corto, en tanta angostura y con elementos tan dispares.
-Están muy juntos todos, y sin embargo no hay entre ellos ningún lazo de
-solidaridad. Extraños unos con otros, de idioma desigual, casi hostiles,
-sólo los une el propósito inicial de sus vidas: la ambición siempre, y
-en la hora nocturna la sensualidad. Asoman la mirada por los cafés y ven
-el espectáculo humoso, confuso, de allá dentro. Mujeres y hombres se
-barajan sobre las copas de licor. Las orquestas ríen, los violines
-aguzan sus notas vibrantes, los violoncelos lanzan su queja estéril, los
-pianos teclean con presunción aristocrática. Y, frenéticos, dando
-grandes voces, los lustradores de botas gesticulan a la puerta de sus
-establecimientos. Y es un cómico cuadro el que ofrecen aquellos hombres
-presurosos, aquellos lustradores vertiginosos, charolando los botines de
-numerosos caballeros, como para una gran fiesta principesca que promete
-empezar en seguida. No empieza nada, sin embargo... Todo acaba después,
-entre bascas de vino y de tedio.
-
-Fango quizá, tal vez grosería, vicio. Pero la noche del sábado significa
-una piadosa válvula a los afanes de la semana, una pobre compensación a
-tanta disciplina y asiduidad. El aquelarre de otrora se ha convertido en
-esta fiesta legal, sancionada por los vigilantes que montan la guardia,
-impasibles en la esquina, y alumbrada por las bombas eléctricas. Ya no
-vienen las brujas a caballo sobre sus escobas; el diablo no espera ya en
-forma de macho cabrío. Este es un aquelarre civilizado, menos tenebroso
-y obscuro que el anterior, que tiene también su diablo... «¡Vade
-retro!». Pero hasta el diablo se ha empequeñecido y familiarizado en
-este siglo de las cooperativas y del sufragio universal.
-
-Y aquí termina mi impresión de la urbe tentacular, del caótico Buenos
-Aires, del núcleo dinámico más grande de Sur América. ¡Joven y ya
-inmensa ciudad, como una fuerza de la Naturaleza que obedece a impulsos
-fatales y cuyos fines y aspiraciones sería inútil querer explicar ni
-reducir a concepto!
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- _Páginas_
-
-
-I.--En el río Uruguay 7
-
-II.--La Docta Córdoba 25
-
-III.--Viaje a las Misiones Jesuíticas 37
-
-IV.--Los Andes 64
-
-V.--Aspectos de Montevideo 87
-
-VI.--La tentación agraria 103
-
-VII.--El canto de la semilla 115
-
-VIII.--El canto del emigrante 123
-
-IX.--Aspectos de Buenos Aires 133
-
-X.--Psicología de los anuncios 153
-
-XI.--Las mansiones y los hombres imaginarios 163
-
-XII.--Una farmacia en la City 173
-
-XIII.--Escenas marineras 185
-
-XIV.--Buenos Aires nocturno 195
-
-XV.--La noche del sábado 211
-
- * * * * *
-
-
- GUSTAVO GILI, Editor: Universidad, 45: Barcelona
-
-
- LA AFIRMACIÓN ESPAÑOLA
-
- Estudios sobre el pesimismo español y los nuevos tiempos
-
- por JOSÉ M.ª SALAVERRÍA
-
- Un volumen de 170 páginas, de 20 × 13 centímetros.
-
- EXTRACTO DEL ÍNDICE
-
-La afirmación como deber.--El tono negativo.--El tono
-despectivo.--España frente a Europa.--La generación del 98.--La España
-negra.--La superstición de Europa.--La negación sistemática.--Hacia
-otras ideas.--Los negadores: intelectuales separatistas y
-republicanos.--Justificación del optimismo.--De la relatividad.--El tono
-moral.--España y América.--La voluntad afirmativa.--Gimnasia contra los
-lugares comunes.--Fuenterrabía.--El oro, la dinámica y la hora más
-propicia.
-
-
- EL LIBRO DE LAS TIERRAS VÍRGENES
-
- por RUDYARD KIPLING
-
- Traducción directa del inglés por RAMÓN D. PERÉS
-
-Un lujoso volumen de 504 págs., de 20 × 13 cms., con ilustraciones de
-JOSÉ TRIADÓ.
-
- * * * * *
-
-«La grandiosa poesía del mundo natural, pocas veces ha sido interpretada
-por un hombre de modo tan elevado y profundo como por Kipling.»--RAFAEL
-ALTAMIRA.
-
-«Kipling es uno de los escritores más originales de estos tiempos y su
-obra considerabilísima y variada... El inmenso éxito de estos relatos
-débese, sin duda, a su originalidad...»--LA LECTURA.
-
- * * * * *
-
-
- GUSTAVO GILI, Editor: Universidad, 45: Barcelona
-
-
- COLECCIÓN SELECTA INTERNACIONAL
-
- _VOLÚMENES PUBLICADOS_
-
- PABLO BOURGET.--=El sentido de la muerte.= Novela.
-
- » » --=Lazarina.= Novela.
-
- RAMÓN D. PERÉS.--=La madre tierra.= Poema.
-
- JEROME K. JEROME.--=Las divagaciones de un haragán.= =Libro para los
- días de asueto y de pereza.=
-
- ENRIQUE BORDEAUX.--=El ídolo roto.= =La casa maldita.= =La muchacha de
- los pájaros.= =La visionaria.= =Novelas.=
-
- A. DE CHATEAUBRIANT.--=El señor de Lourdines.= =Novela.=
-
- A. RUIZ PABLO.--=Las metamorfosis de un erudito.= =Novela.=
-
- RENATO BAZIN.--=El ánade azul.= Novela.
-
- » » --=La alquería de Champdolent.=
- Novela.
-
- J. ORTEGA MUNILLA.--=La Señorita de la Cisniega.= Novela.
-
- H. G. WELLS.--=Bealby.= Novela.
-
-
- OTRAS PUBLICACIONES
-
- R. H. BENSON.--=El amo del mundo.= Novela.
-
- » » » --=Alba triunfante.= Novela.
-
- » » » --=La tragedia de la Reina.= Novela.
-
- ENRIQUE TOMASICH.--=Agua pasada.= Narraciones.
-
- RUDYARD KIPLING.--=El libro de las tierras vírgenes.=
-
- ENRIQUE BORDEAUX.--=Noviazgo de prueba.= Novela.
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK PAISAJES ARGENTINOS ***
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions will
-be renamed.
-
-Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
-law means that no one owns a United States copyright in these works,
-so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the
-United States without permission and without paying copyright
-royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
-of this license, apply to copying and distributing Project
-Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
-concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
-and may not be used if you charge for an eBook, except by following
-the terms of the trademark license, including paying royalties for use
-of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for
-copies of this eBook, complying with the trademark license is very
-easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation
-of derivative works, reports, performances and research. Project
-Gutenberg eBooks may be modified and printed and given away--you may
-do practically ANYTHING in the United States with eBooks not protected
-by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the trademark
-license, especially commercial redistribution.
-
-START: FULL LICENSE
-
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
-
-To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
-Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
-www.gutenberg.org/license.
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
-Gutenberg-tm electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or
-destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
-possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
-Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
-by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
-person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
-1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
-United States and you are located in the United States, we do not
-claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
-displaying or creating derivative works based on the work as long as
-all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
-that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
-free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
-works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
-Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
-comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
-same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
-you share it without charge with others.
-
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
-in a constant state of change. If you are outside the United States,
-check the laws of your country in addition to the terms of this
-agreement before downloading, copying, displaying, performing,
-distributing or creating derivative works based on this work or any
-other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
-representations concerning the copyright status of any work in any
-country other than the United States.
-
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
-immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
-prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
-on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
-phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
-performed, viewed, copied or distributed:
-
- This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
- most other parts of the world at no cost and with almost no
- restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
- under the terms of the Project Gutenberg License included with this
- eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
- United States, you will have to check the laws of the country where
- you are located before using this eBook.
-
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
-derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
-Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
-
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
-other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
-version posted on the official Project Gutenberg-tm website
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
-Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
-full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
-provided that:
-
-* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation."
-
-* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
- works.
-
-* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.
-
-* You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
-
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
-Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of
-the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the Foundation as set
-forth in Section 3 below.
-
-1.F.
-
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
-contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
-or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
-intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
-other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
-cannot be read by your equipment.
-
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.
-
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.
-
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause.
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation's website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without
-widespread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit www.gutenberg.org/donate
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works
-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-
-Most people start at our website which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
-
-This website includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
diff --git a/old/64418-0.zip b/old/64418-0.zip
deleted file mode 100644
index 9f08a1d..0000000
--- a/old/64418-0.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/64418-h.zip b/old/64418-h.zip
deleted file mode 100644
index 0c2cea1..0000000
--- a/old/64418-h.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/64418-h/64418-h.htm b/old/64418-h/64418-h.htm
deleted file mode 100644
index 9fc1643..0000000
--- a/old/64418-h/64418-h.htm
+++ /dev/null
@@ -1,4320 +0,0 @@
-<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN"
-"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd">
-
-<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es">
- <head> <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" />
-<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=UTF-8" />
-<title>
- The Project Gutenberg eBook of Paisajes Argentinos, por
-José Mª. Salaverría.
-</title>
-<style type="text/css">
-
-a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;}
-
- link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;}
-
-a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;}
-
-a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;}
-
-big {font-size: 130%;}
-
-body{margin-left:4%;margin-right:6%;background:#ffffff;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;}
-
-.blockquott {margin-top:2%;margin-bottom:5%;}
-.blockquott p{text-indent:-2%;margin-left:8%;}
-.blockquottt {margin-top:2%;margin-bottom:5%;}
-.blockquottt p{text-indent:-2%;margin-left:25%;}
-
-
-.c {text-align:center;text-indent:0%;}
-
-.cb {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:bold;}
-
-.cnu {text-align:center;text-indent:0%;
-text-decoration:underline;}
-
-.dtt {font-size:80%;margin-top:1em;}
-
- h1 {margin-top:5%;text-align:center;clear:both;
-font-weight:normal;letter-spacing:.15em;}
-
- h2 {margin-top:4%;margin-bottom:2%;text-align:center;clear:both;
- font-size:100%;font-weight:normal;}
-
- hr {width:90%;margin:2em auto 2em auto;clear:both;color:black;}
-
- hr.full {width: 60%;margin:2% auto 2% auto;border-top:1px solid black;
-padding:.1em;border-bottom:1px solid black;border-left:none;border-right:none;}
-
- img {border:none;}
-
-.letra {font-size:250%;float:left;margin-top:-1%;}
- @media print, handheld
- { .letra
- {font-size:250%;padding:0%;}
- }
-
-.nind {text-indent:0%;}
-
- p {margin-top:.2em;text-align:justify;margin-bottom:.2em;text-indent:4%;}
-
-.pagenum {font-style:normal;position:absolute;
-left:95%;font-size:55%;text-align:right;color:gray;
-background-color:#ffffff;font-variant:normal;font-style:normal;font-weight:normal;text-decoration:none;text-indent:0em;}
-@media print, handheld
-{.pagenum
- {display: none;}
- }
-
-.rt {text-align:right;}
-
-small {font-size: 70%;}
-
-.smcap {font-variant:small-caps;font-size:100%;}
-
-.subhd {text-indent:0%;font-weight:bold;margin:1em auto 1em auto;}
-
-table {margin-top:2%;margin-bottom:2%;margin-left:auto;margin-right:auto;border:none;}
-</style>
- </head>
-<body>
-
-<div style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of Paisajes Argentinos, by José María Salaverría</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
-at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
-are not located in the United States, you will have to check the laws of the
-country where you are located before using this eBook.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: Paisajes Argentinos</div>
-
-<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: José María Salaverría</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Release Date: January 29, 2021 [eBook #64418]</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Language: Spanish</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Character set encoding: UTF-8</div>
-
-<div style='display:block; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Produced by: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was produced from images available at The Internet Archive)</div>
-
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK PAISAJES ARGENTINOS ***</div>
-<hr class="full" />
-
-<div class="c">
-<a href="images/cover.jpg">
-<img src="images/cover.jpg" height="550" alt="" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_1" id="page_1">{1}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_2" id="page_2">{2}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p class="c">PAISAJES ARGENTINOS</p>
-
-<p class="cnu">OBRAS DEL AUTOR</p>
-
-<div class="blockquottt"><p><b>El perro negro.</b> (Ensayos)</p>
-
-<p><b>Vieja España.</b> (Impresión de Castilla, con un prólogo de Pérez
-Galdós)</p>
-
-<p><b>Nicéforo el bueno.</b> (Novela)</p>
-
-<p><b>La Virgen de Aranzazu.</b> (Novela)</p>
-
-<p><b>Tierra Argentina.</b> (Viajes)</p>
-
-<p><b>La sombra de Loyola.</b> (Ensayos)</p>
-
-<p><b>A lo lejos.</b> (Ensayos)</p>
-
-<p><b>Cuadros europeos.</b> (Viajes)</p>
-
-<p><b>Espíritu ambulante.</b> (Ensayos)</p>
-
-<p><b>La afirmación española.</b> (Estudios sobre el pesimismo español y los
-nuevos tiempos)</p>
-
-<p><b>El muchacho español.</b></p>
-
-<p><b>El poema de la Pampa.</b> (Martín Fierro y el criollismo español)</p></div><p><span class="pagenum"><a name="page_3" id="page_3">{3}</a></span></p>
-
-<p class="cnu">JOSÉ Mª. SALAVERRÍA</p>
-
-<h1>PAISAJES<br />
-ARGENTINOS</h1>
-
-<p class="c">
-<img src="images/colofon.png"
-width="90"
-alt="" /><br /><br /><br />
-GUSTAVO GILI, EDITOR<br /><small>
-<span class="smcap">Universidad</span>, 45: BARCELONA<br />
-MCMXVIII<br /></small>
-<span class="pagenum"><a name="page_4" id="page_4">{4}</a></span><br />
-<br /><small>
-ES PROPIEDAD<br />
-<br />
-<span class="smcap">Tipografía la Académica</span><br /></small>
-<span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p class="cnu" style="margin:1em auto 2em auto;">
-<a href="#INDICE"><b>AL ÍNDICE</b></a><br />
-</p>
-
-<p class="nind"><i><span class="letra">E</span>ste libro, que la amistad del editor don Gustavo Gili me ha instigado
-a publicar, está formado de partes variadas en las que alternan
-recuerdos de viajes por los sitios más pintorescos y grandiosos de la
-Argentina, y sensaciones e ideas de aquel Buenos Aires donde he pasado
-tres años bien curiosos de mi vida.</i></p>
-
-<p><i>El Sr. Gili, como creador que ha sido de la Cámara del Libro Español,
-sustenta el principio ético-editorial de una verdadera comunión de
-intereses hispanoamericanos, y piensa que todo editor tiene el deber de
-ensayar la publicación de libros americanistas en España, y dar a
-conocer en la Península las cosas e ideas americanas.</i></p>
-
-<p><i>Algunas páginas de esta obra fueron escritas antes de que la guerra
-arrojase su crisis y sus agobios sobre tantos países del mundo.</i></p>
-
-<p><i>Tal vez la exaltación arrogante y un poco excesiva de los pueblos del
-Plata se haya contenido algo a causa de la crisis universal, lo que
-haría aparecer a ciertos pasajes del libro como no reflejando fielmente
-los caracteres de aquella vida. Pero cualquier crisis es pasajera en el
-Plata, y lo permanente y característico es el tono peculiar de vida que
-estas páginas intentan reflejar.</i></p>
-
-<p><i>A los amigos de allá, a la nación Argentina siempre recordada, va
-<span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span>dedicado el libro como una ofrenda.</i></p>
-
-<h2><a name="I" id="I"></a>I<br /><br />
-EN EL RÍO URUGUAY</h2>
-
-<p class="subhd">La belleza de navegar</p>
-
-<p>Uno de los más grandes tormentos que pueden asaltarle al hombre es la
-necesidad de permanecer inmóvil en un sitio. El hombre sedentario es
-como un árbol o como un pilar clavado en tierra. Por el contrario, ¡qué
-bello es viajar! El mundo es ancho, es hermoso, está lleno de
-curiosidades; el mundo, además, lo hicieron indudablemente para que el
-hombre lo recorriera. ¡Ya nos quedará tiempo después, cuando la hora
-amarga llegue, de permanecer inmóviles, bien inmóviles y resignados,
-debajo de una losa de piedra!<span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span></p>
-
-<p>Es bello viajar; pero todavía es más deseable el navegar. La navegación
-conserva aún el picor sugestivo de las antiguas emociones errantes, y
-aunque no vayamos ahora, como en los tiempos de Ulises, ni tan siquiera
-como en los de Colón, embarcados en alígeras carabelas por los remotos
-mares desconocidos, sin embargo, al pisar la cubierta de un barco de
-vapor, sentimos un cosquilleo particular en el alma. El mar se mantiene
-siempre en su puesto arrogante. ¡El mar sigue siendo una cosa seria! Por
-eso la navegación nos reserva aún un especial encanto: el encanto del
-peligro.</p>
-
-<p class="subhd">La grandeza del río</p>
-
-<p>He hablado del mar con alguna precipitación. Porque, en realidad, las
-aguas que surca este barco no son salobres, ni verdes, ni azules. Esto
-no es el mar, seguramente; no es más que el río de la Plata, con sus
-aguas dulces, turbias, lisas y superficiales. Pero con un poco de
-esfuerzo imaginativo, el río de la<span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span> Plata puede suplantar al Océano: un
-Océano canicular, ecuatorial, de calma chicha.</p>
-
-<p>Por otra parte, esas aguas que miradas de cerca se nos representan de un
-color tan sucio, contempladas desde lejos recuerdan bastante bien la
-lontananza atlántica. El Río de la Plata debe mirarse a conveniente
-distancia, como las pinturas escenográficas: entonces se da un efecto
-muy aceptable de alta mar azul.</p>
-
-<p>Tampoco hay que mirar muy prolijamente el vapor. Ya se sabe que es un
-buque limitado, de ruedas y de falsa quilla; pero cerrando los ojos a
-ciertos detalles, el viajero puede lograr una perfecta ilusión de buque
-transatlántico. Hasta nos apoya la aparición en medio de la inmensa
-agua, de una costa remota, una isla, una playa. Es como cuando se navega
-en la mar abierta y súbitamente surge el encanto de la costa deseada.</p>
-
-<p>Sólo que aquí, en nuestro caso, la costa se complica con exceso. No es
-una costa la que aparece, sino dos. Y estas dos costas van
-estrechándose, poco a poco, hasta formar dos riberas fluviales. Sí:
-estamos en un río. La<span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span> ilusión del mar se desvanece del todo y nos
-resignamos a la idea de que navegamos por un río.</p>
-
-<p>Este es el río Uruguay. El vapor de ruedas lo enfila con entusiasmo,
-corriente arriba, a toda marcha. ¡Ancho, soberbio, generoso río de aguas
-calmas! Es el gemelo del Paraná: los dos hermanos vienen a verter sus
-caudales inmensos en la majestad del Plata. Ayer mismo, en sus márgenes
-selváticas tendía el indio su arco, amenazando al cauteloso tigre; hoy,
-en su lugar, el caballero pastor acosa a las reses pacíficas; mañana se
-levantarán ciudades populosas e innumerables. Porque nada es tan
-propicio a la civilización como un río caudaloso. Las grandes
-civilizaciones han nacido al favor de las corrientes fluviales, como la
-babilónica, la egipcia, la brahmánica. Y un gran río suele ser siempre
-el compañero de una gran ciudad. Nadie se explicaría la magnificencia de
-Menfis o de Tebas sin el Nilo opulento, ni concebimos la existencia de
-Babilonia sin el riego bienhechor del Eufrates. Hasta tal punto, que
-casi hallamos cuerda la célebre frase gedeónica: «Bendigamos a<span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span> la
-providencia que hizo pasar un gran río junto a cada gran ciudad.»</p>
-
-<p class="subhd">Las islas</p>
-
-<p>En algunos momentos de esta navegación encantada yo desearía suplicarle
-al capitán del barco: Señor, vire un poco hacia tierra; déjeme
-desembarcar y siga después adelante.</p>
-
-<p>Me asalta este deseo cuando surge ante los ojos, en el centro del ancho
-río, una isla poblada de maleza. Disculpadme: siento un infantil
-sentimentalismo al ver las frondosas islas de los ríos americanos. Se
-opera en mí, en tal momento, una regresión inevitable, un salto atrás,
-una vuelta hacia los días crédulos de la infancia. Viendo las islas de
-los ríos argentinos me achico, me empequeñezco, me convierto en un
-muchachito quimérico. Y el estado de mi espíritu entonces es el mismo
-que cuando tenía diez años.</p>
-
-<p>Me veo sentado ante una mesa, con las piernas colgando y el ceño
-fruncido al imperio de una reconcentrada atención. Ten<span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span>go un libro en la
-mano. Es cualquiera de los mágicos libros que escribió aquel bondadoso
-hombre llamado Julio Verne, el escritor que más ha espoleado las
-imaginaciones infantiles. Sí; al descubrir las islas frondosas,
-surgiendo de las plateadas aguas del gran río, yo no soy el hombre
-actual, de bigote lacio y frente científica; soy, al revés, un muchacho
-crédulo que lee una novela de Julio Verne.</p>
-
-<p>Y una vez más, como en los años antiguos, se me despierta la ambición de
-echar pie a tierra, tomar posesión de una de estas islas y hacer vida
-robinsoniana. Antiguamente, cuando me dormía sobre las páginas del libro
-estimado, soñaba que era un navegante, un descubridor... ¿Existe entre
-los niños americanos la obsesión de los descubrimientos? Tal vez no;
-ésta debe de ser una manía europea, un atavismo de las razas anteriores,
-aquellas que se lanzaron en un momento dado a descubrir islas y
-continentes por todo el mundo, cuando los mares parecían abrirse en una
-fantástica cosecha de archipiélagos perfumados.</p>
-
-<p>Hoy también, igual que en los años mozos, delante de una isla me siento
-descubridor y<span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span> conquistador. Quisiera desembarcar, y vivir allí
-novelescamente. Construir una choza. Subir a la copa de los árboles para
-recoger los frutos exóticos. Cobijarme a la sombra de una palmera. Cazar
-aves de plumas repintadas. Buscar al tigre entre la maleza y matarlo de
-un certero tiro. Pescar peces policromos. Oír la voz musical de los
-pájaros. Asistir a la gloriosa asunción de la luna sobre los bosques. Y
-emocionarme con los peligros, sorpresas y épicos trabajos de la
-naturaleza virgen...</p>
-
-<p>Pero el vapor pasa de largo, y las islas, una a una, van quedándose
-atrás. En ellas podría un hombre vivir una vida libre, sencilla e
-intensa a la vez, lejos de las leyes y pragmáticas de la sociedad, solo
-ante la naturaleza, dueño de su destino, feliz y rico en su pobreza
-aparente, con abundancia de peces, pájaros, aire, sol, claros paisajes.
-Pero las islas pasan y yo no me atrevo a desembarcar. Me ha estropeado
-la civilización.<span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span></p>
-
-<p class="subhd">Las goletas</p>
-
-<p>De repente, en un recodo del río, se descubre una goleta sin velas,
-atracada a la costa. ¿Qué hace ahí esa goleta? La costa es desierta, y
-está poblada de bosque; el barquito se arrima a la arboleda, como si
-quisiera cubrirse y esconderse.</p>
-
-<p>¿Qué hace ahí ese barco? No hay muelle, ni puerto, ni pueblo, ni
-siquiera una mala casucha. El lugar no puede ser más desolado. Y otra
-vez entra en acción la fantasía novelesca. Ahora son las novelas de
-Mayne Reid las que reviven en la memoria. Y reanudo en seguida las
-lecturas de los diez años, tremendas lecturas en que un barco
-filibustero se arrimaba a las costas tropicales, o subía por la
-corriente del Missisipí, del Orinoco, y los piratas, al abrigo de la
-selva, sorprendían un poblado, se llevaban cautivas las mujeres, se
-reembarcaban y huían por los vericuetos inexplorados de los
-archipiélagos...<span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span></p>
-
-<p class="subhd">La calma tórrida del mediodía</p>
-
-<p>En la hora central del día, el río se convierte en una lámina de plata.
-No se mueve ni un pliegue de aire. La atmósfera duerme su siesta.</p>
-
-<p>Si no fuera por la máquina del buque, el silencio sería total. El buque,
-sin embargo, no cesa: las dos ruedas potentes arañan el agua, la
-sacuden, y el río se riza con olas oblicuas, largas, como las varillas
-simétricas de un abanico.</p>
-
-<p>Duermen los bosques de la orilla, duerme el aire, todo está inmóvil.
-Bajo la pereza del mediodía, el barco resbala sobre el río. Y allá
-lejos, en lo alto de las colinas, las palmeras aisladas, derechas,
-quietas, aparentan la suma expresión de la molicie, con sus palmas
-curvadas hacia el suelo, indolentemente. Entre dos palmeras, ¡qué bien
-se tendería una hamaca, y se dormiría allí, al arrullo de los
-moscardones sonsoneantes!</p>
-
-<p>Todo está hablando alrededor de cosas lejanas, de vidas diferentes, de
-primitivismo.<span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span> Unas pocas horas han bastado para alejarnos enormemente
-de la civilización y del europeísmo. Lo que nos rodea tiene sabor
-americano, pero de americanismo legendario. Parece que nos separan miles
-de leguas de las ciudades, y que Buenos Aires se ha retirado muy lejos,
-pero muy lejos.</p>
-
-<p>De tal modo, que el ánimo está preparado para todo fenómeno fantástico.
-Si nos dijeran que un tigre ha rugido entre los cañares de la orilla, lo
-consideraríamos muy natural; tampoco nos extrañaría ver avanzar una
-banda de indios armados con agudas lanzas. Encontraríamos perfectamente
-lógico que un barco pirata nos embistiese de proa, y que nos lanzara dos
-cañonazos detonantes.</p>
-
-<p>Hasta que el sol, inclinándose al horizonte, modera su fuerza, ilumina
-las cosas de costado y hace desaparecer la modorra y la tensión de la
-fantasía. Entonces la luz se vuelve dorada, las sombras se alargan y
-acentúan. El río adquiere matices variados. Llega la hora de la dulzura
-y la melancolía, el antecrepúsculo de oro. Si el barco se aproxima a las
-márgenes, pueden distinguirse los detalles de<span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span> las arboledas, los
-trenzados impenetrables de las lianas y la amorosa paz de algunas
-ensenadas.</p>
-
-<p class="subhd">Los arroyos</p>
-
-<p>Muchas veces tienen los fenómenos sencillos la virtud de despertar en
-nuestra mente complicados pensamientos. Que un arroyo desemboque en un
-río, es un acto perfectamente natural; nada tiene de extraordinario, en
-efecto. No obstante, la conjunción de un arroyo en un ancho río me
-sugiere siempre una grave curiosidad.</p>
-
-<p>Si vemos caer un arroyo en un río, desde la parte de tierra, la cosa no
-nos merece mayor atención; pero visto el fenómeno desde la parte del
-río, cobra un valor simbólico muy grande. Yo veo desembocar los arroyos
-en el río, y ¿podrá creérseme?: en aquel momento se me figura que estoy
-al otro lado de la vida, más allá de la barrera de la muerte. En fin:
-los arroyos confluentes se me representan como vidas que concluyen.<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span></p>
-
-<p>El final de una existencia, indudablemente, no es más que eso: un acto
-de caer, de rendirse, de sumirse en la extensión anuladora de las
-grandes aguas. El arroyo es una vida. Su historia está repetida desde el
-principio del mundo y se repetirá hasta la extinción del mundo. Como una
-vida, nada más. Nacer de una fuente matriz, saltar y jugar entre las
-peñas, borbotar entre los guijarrillos, correr por entre márgenes
-floridas, ensancharse en el valle, ir majestuosamente por el llano: y al
-final, caer humildemente en el gran río de aguas numerosas, anuladoras.
-Anularse, morir.</p>
-
-<p>Los arroyos, como las vidas, ofrecen rasgos característicos en su
-momento terminal. Hay arroyos trágicos, como hay vidas de tragedia. Los
-que caen al mar o al río caudaloso desde una altura, en forma de
-cascada, son arroyos dramáticos, inquietos y violentos, que corresponden
-a las vidas trágicas de un César, de un Borgia o de un Cromwell. Otros
-arroyos vierten sus aguas finales con una serena resignación; su muerte
-es filosófica y austera como la de un Sócrates, o también como la<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span> de
-una persona buena que ha cumplido honestamente su misión en el mundo y
-entra con grave sencillez en la muerte.</p>
-
-<p>De esta última clase son los arroyos que confluyen en el río Uruguay,
-arroyos tranquilos y mansos, que salen de la espesura, abren un hueco en
-la maleza y entran en el río sin protestas, sin resistirse ni
-espumajear: como verdaderos seres filosóficos.</p>
-
-<p>¡Oh arroyos simbólicos y representativos! Seáis vosotros el alto ejemplo
-que me inspire a mí la manera de pasar, noble y decorosamente, el umbral
-de aquella última hora definitiva.</p>
-
-<p class="subhd">Los hombres a caballo</p>
-
-<p>A medida que el vapor avanza, la costa se hace más abrupta. En algunos
-sitios se descubren imponentes acantilados, cortados con tajo brusco
-sobre el agua. El terreno es más alto, más ondulado. Se entra en la
-región de las pequeñas colinas, más bien de los collados, o empleando el
-vocablo territorial: cuchillas.<span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span></p>
-
-<p>En lo alto de estas cuchillas se eleva de tarde en tarde alguna casa,
-alguna choza misérrima: no es raro divisar también la blancura
-confortable de una estancia. Otras veces, la cumbre de estas cuchillas
-está tomada por algún rebaño de novillos, quienes comen mansamente su
-hierba providencial sin dignarse volver la mirada hacia el barco que
-pasa.</p>
-
-<p>Pero en ocasiones suele ser un hombre el que ocupa la eminencia de esas
-colinas. Un hombre montado en su caballo. Un hombre que se para en seco,
-enhiesto sobre su montura, vueltos los ojos hacia la embarcación que
-sube río arriba. Y ese hombre ahí parado, no sé por qué, se me figura
-que vierte una mirada de antipatía hacia el rugiente barco.</p>
-
-<p>Su destino es uno, y el del barco es otro. El hombre ése representa el
-pasado, mientras que el barco de vapor representa lo evolutivo, lo
-revolucionario y transformador. Ese hombre sintetiza la vida fácil,
-libre y romántica de la tradición pastoril. Cabalgar desde que apunta el
-día, recorrer las praderas pobladas de copiosos rebaños, comer la carne
-sobre la hoguera que sirvió de fogón y de<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span> abrigo, dormir bajo el manto
-constelado; no inquietarse por el porvenir, sino esperar que el mismo
-destino provea a nuestras necesidades; amar, cantar melancólicamente;
-reñir y guerrear si es preciso, y terminar de una recta puñalada al
-corazón, en una noche de contraria suerte.</p>
-
-<p>El vapor significa lo opuesto. El vapor sube por la corriente arriba,
-paralelo al ferrocarril, llevando arados, ladrillos, alambres
-cercadores. Representa el sedentarismo, la agricultura, la economía, la
-organización municipal, la fundación de bancos, la población numerosa,
-la tierra acotada, la supresión de aquella vida libre, deliciosamente
-anárquica, generosamente sobria, de los confusos tiempos pastoriles.</p>
-
-<p>El hombre ese que se detiene sobre la montura de su caballo, en lo alto
-de la cuchilla, siente que cada vapor que remonta el río es un nuevo
-asalto a la tradición. Y lo mira pasar seriamente, llena el alma de
-tristeza y de odio.</p>
-
-<p>El hombre y el vapor son enemigos por necesidad, opuestos entre sí,
-mutuamente in<span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span>comprensibles. El hombre a caballo no comprende la prisa,
-ni el entusiasmo codicioso que lleva el vapor, porque él aprecia mucho
-más el sangrante churrasco devorado en la rasa llanura, que los
-suculentos manjares comidos en cerradas habitaciones. No concibe que un
-hombre construya su casa con ladrillos sobrepuestos y bien ensamblados,
-cuando unas tablas o unos adobes recubiertos de hierba seca, bastan para
-cobijarle. Y entiende que todo lo demás sirve solamente de nudo y de
-cadena. Ciertamente: cada nueva comodidad, cada seguridad nueva que nos
-presta la civilización, es una nueva hipoteca que le hacemos a la
-libertad personal.</p>
-
-<p>Pero de los dos adversarios, el vapor es el más poderoso. El saldrá
-vencedor. Y las orillas del río se cubrirán de pueblos, de casas, de
-alquerías. La belleza salvaje y solitaria de ahora, se cambiará por otra
-hermosura distinta. Las aguas mansas del río reflejarán árboles
-civilizados, recortados, obedientes, en lugar de las malezas
-insubordinadas de ahora. Los ranchos misérrimos habrán de convertirse en
-casitas pintadas, coquetonas. A la<span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span> soledad majestuosa de las llanuras,
-seguirán los campos labrados, cercados por setos florecidos. Niños que
-van a la escuela en tropel; golpes de martillo; silbar de locomotoras;
-los carros henchidos de frutas sazonadas; cantos y alborozo de las
-vendimias.</p>
-
-<p>Si una poesía decrece, otra renacerá. La naturaleza no renuncia jamás a
-su dominio estético, y sabe siempre ser noble, lo mismo en la grandeza
-de las selvas vírgenes, que en los trabajos de los valles cultivados, de
-las ciudades atareadas...</p>
-
-<p>El sol se ha puesto. Tímidamente asoman, una a una, las estrellas. El
-río se vuelve negro: sobre la sombra de sus aguas, un lucero pone su
-blanco punto ideal. La noche es muda, como un silencio estupefacto. En
-medio de este silencio, el buque, un poco pedante, persiste en su ritmo
-bronco: bum, burrum, bum.</p>
-
-<p class="dtt">
-Octubre, 1912.<br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="II" id="II"></a>II<br /><br />
-LA DOCTA CÓRDOBA</h2>
-
-<p>Cuando el tren camina con más entusiasmo, a la dorada luz del sol
-matutino, el viajero queda perplejo al ver que la llanura inmensa, la
-abrumadora llanura argentina, se deprime bruscamente, como por efecto de
-un encantamiento. Allá en el fondo de la depresión, una multitud de
-casitas y ranchos sobresalen entre las arboledas. El paisaje ha tomado
-repentinamente un aire rudo y enérgico. La monotonía de la llanura, la
-suavidad de las líneas prolongadas hasta lo infinito, se traducen en
-unos desniveles y bancales poblados de matas, bosques y zarzas. Una
-población extraurbana, numerosa y típica, bulle<span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span> por aquel paisaje
-intempestivo. Las casitas de adobe, los ranchos de paja, asoman entre
-las tunas. Y las gentes, con su color moreno y su aire netamente
-criollo, evocan en la imaginación un mundo muy apartado del Buenos Aires
-europeo y descolorido. Un poco más adelante, en el fondo de la
-depresión, ocupando el lugar estratégico del valle, aparece Córdoba.</p>
-
-<p>Primero no se ven más que torres, sobresaliendo del semioculto caserío.
-Y esas torres distintas, extemporáneas dentro de la igualdad pampeana,
-son para el viajero una nota llena de simpatía, algo como un hallazgo
-providencial. Porque el viajero, si es de índole un poco artística, ama
-precisamente aquellas cosas que se apartan de lo común, y sobre todo las
-cosas que tienen fuerza evocativa. ¿Y puede haber algo tan evocador,
-como un ejército de torres levantándose sobre una ciudad histórica? En
-cada torre hay un mundo de recuerdos, de creencias, de controversias o
-de fanatismo: pocas cosas existen en el mundo, efectivamente, que
-sugieran tal suma de ideas y contrastes como unas torres levantán<span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span>dose
-sobre una ciudad. Y como la ciudad de Córdoba aparece a la vista del
-espectador tan erizada de torres ingentes, uno se imagina bien pronto la
-profundidad histórica que ha de existir en ese pueblo interior, colocado
-en el mismo centro del antiguo virreinato.</p>
-
-<p>Los pueblos se dividen, como las personas, en dos categorías: hay la
-categoría de las ciudades vulgares, y la de las ciudades típicas,
-entonadas, de sabor propio. En seguida que el viajero penetra por las
-calles de Córdoba, comprende que se encuentra en una ciudad personal y
-de pronunciado carácter.</p>
-
-<p>Mientras camino por las calles, nada me impide suponer que voy vagando
-por una de aquellas ciudades históricas del mediodía de España. La
-multitud de iglesias, las tapias discretas de los conventos, la paz de
-las calles silenciosas, el misterio de los muros viejos, por encima de
-los cuales asoma un árbol florido; y en el fondo de esas calles vacías,
-silenciosas, limpias, alguna ventana aislada, con su reja artística, y
-colgando de los hierros de la reja una flor... Todo esto es bien
-europeo, bien antiguo, y sobre todo bien español.<span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span> Hasta las personas
-eclesiásticas adoptan un aspecto raro. Los sacerdotes no visten como los
-atildados abates de Buenos Aires, no llevan el redingot ajustado, el
-sombrerillo de ala plana y breve, el bastón en la mano; este aire de
-mundanidad no lo desean los sacerdotes de Córdoba. Ellos no tratan de
-disimular su estado, como si se avergonzaran de vestir trajes demasiado
-sombríos y demasiado anacrónicos, entre las gentes despreocupadas del
-cosmopolitismo. Por el contrario, los sacerdotes de Córdoba se mantienen
-fieles a la sotana, y al manteo amplio, y al sombrero ampuloso, el
-clásico sombrero de «teja». Se ven también frailes de distintas órdenes,
-unos con hábito pardo, otros con hábito blanco, y algunos con los dos
-colores, pardo y blanco. Y pasan gravemente por las calles, sin timidez,
-sin miedo a la ironía del descreído cosmopolitismo; antes más bien con
-el gesto y la compostura del que se siente dentro de su legítimo feudo.
-Y se ven además muchas, numerosas mujeres que visten hábitos diversos,
-incomprensibles para el profano. Las hay vestidas de color marrón; otras
-visten<span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span> de blanco, con manto a la cabeza color azul; otras combinan el
-blanco con el negro; y otras, en fin, sobre el traje rosa ponen su manto
-azul celeste. El viajero queda asombrado, perplejo, ante la variedad
-colorista de los hábitos femeninos de Córdoba. He ahí una ciudad que
-posee en alto grado el instinto del color, tan negado a muchos pintores.</p>
-
-<p>¿Y las campanas? Desde que abandoné las costas de Europa no había yo
-escuchado el son de las campanas. En Europa suenan mucho los bronces
-místicos. Nuestro oído se halla como viciado por ese son un poco
-lúgubre, pero también recordatorio de muchas escenas infantiles. Yo
-notaba en mí cierto vacío. Pero en Córdoba he vuelto a saturarme de ese
-son familiar. Las campanas de Córdoba suenan numerosas, porfiadas, a
-todas horas. Vienen las campanadas de cerca, de lejos, de todos los
-lados. La campana de la catedral, principalmente, suena de un modo grave
-y religioso; es un son venerable, no exento de soberbia; suena con la
-autoridad de algo que se siente legítimo, necesario, inseparable de la
-tradición de la ciudad. Cuando<span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span> la campana suena, de los pliegues y
-dibujos churriguerescos que coronan la gran cúpula central surge una
-bandada de palomas; las pobres palomas eclesiásticas no han podido
-habituarse al tono solemne de la campana; el misticismo de las blancas
-palomas cree que existe mayor dulzura religiosa en el éter azul, que en
-la voz triste del bronce; y mientras la iglesia, para comunicarse con
-Dios, usa la voz de la campana, las palomas levantan el vuelo, ascienden
-por el aire nítido, y es como si quisieran abismarse en el azul
-firmamento, regazo inmenso de Dios.</p>
-
-<p>Pero a la vez que estas cosas hablan a la imaginación de las viejas
-ciudades españolas, otras cosas nos sugieren imágenes contrarias, de un
-fuerte aire americano. Entrando en Córdoba es cuando el viajero llega a
-entender lo que era una ciudad prócer en tiempos de absoluto criollismo.
-La banda de la Argentina que da sobre el mar y sobre el ancho río, va
-perdiendo, o ha perdido completamente su aspecto criollo: entre los
-inmigrantes, los almacenes, los remates, los arados ingleses y las
-copias de París, le han qui<span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span>tado a esa banda su barniz tradicional. Pero
-en Córdoba hay civilización, hay trabajo, hay negocios, y sin embargo
-conserva su tono tradicional. Se parece a esas personas próceres, de
-largo abolengo, de fortuna pingüe y heredada, que saben recibir las
-modas recientes, pero sin renunciar a sus maneras y costumbres
-señoriales.</p>
-
-<p>Algo hay, sin duda, en el ambiente de Córdoba, algo que no se puede
-tocar ni apenas definir, y que para ser expresado se requiere emplear la
-palabra difícil, la palabra muy pocas veces lícita: la palabra señorial.
-¿Qué es lo señorial? Ahí está un nombre de veras difícil. El vulgo, y
-también el que no es vulgo, quiere aplicar ese nombre a cosas y personas
-que maldito de Dios si lo merecen. Señorial no es lo que tiene riquezas,
-como el vulgo supone; muchas personas ricas andan por el mundo que no
-han tenido el menor contacto con lo señorial. Lo fastuoso tampoco es
-señorial. Se pueden tener muchos trajes, muchos palacios, muchos troncos
-de caballos ingleses, mucha vajilla de plata, mucha prodigalidad, y sin
-embargo se puede no ser<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span> señorial. Lo señorial quiere decir noble, y
-esto de noble es un compuesto de cultura, de inteligencia, de arte, de
-cortesía, de bondad, de discreción, de medida, de caballerosidad, de
-buen gusto, de calma, de saber limitarse, de huir de la exageración como
-del diablo, de no entregarse a la última moda puerilmente, de apartarse
-de lo «snob» y de conservar siempre los prestigios de su personalidad...
-Me atreveré a afirmar que todos esos atributos los posee la ciudad de
-Córdoba.</p>
-
-<p>Es claro que para muchos espíritus descuidados Córdoba parece un tanto
-rancia; tiene un sabor provinciano, y esto hace torcer el gesto a los
-cosmopolitas. Pero es menester inclinarse con respeto ante las ciudades
-que no quieren sumirse en el todo igualatorio; ante los pueblos que
-creen en la historia, en la personalidad nacional, en los prestigios
-heredados y transmisibles. Por mi parte, no niego que me infunden gran
-consideración el árbol que sobresale en el bosque, el arbusto lindo o
-feo, que rompe la monotonía de un sembrado, el hombre que se atreve a
-llevar<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span> un sombrero distinto a los demás, o simplemente el que tiene más
-estatura, es más pequeño o tiene la calva más exagerada que los otros.
-Ser distinto, en estos tiempos en que los sastres, las ordenanzas
-municipales y los hoteleros se empeñan en hacernos simétricos, denota
-valor y fe, y ambas virtudes son de las más altas de cuantas se ofrecen
-a nuestra consideración.</p>
-
-<p>Un ejemplo de esa discreción noble, señorial, lo tenemos en la
-universidad, tres veces gloriosa. La universidad de Córdoba cuenta su
-vida por siglos; en sus aulas han enseñado los primeros profesores del
-virreinato y de la república; en esas mismas aulas han estudiado los
-obispos, los generales, los magistrados, los presidentes, los escritores
-de más lustre de la nación. La vida intelectual de la Argentina, en lo
-que ésta tiene de abolenga y de histórica, puede decirse que ha nacido
-en los bancos de la universidad cordobesa. Otra ciudad menos discreta
-hubiese dado a su universidad un aspecto ampuloso, soberbiamente
-monumental; hubiera puesto una fachada rimbombante, con muchas
-co<span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span>lumnas, estatuas e inscripciones, y una suerte de molduras hechas de
-cemento habrían dejado pasmado al pobre transeúnte. En Córdoba no sucede
-así. La universidad de Córdoba, sin embargo de su prestigio, ofrece una
-apariencia modesta. Es preciso ir a buscarla, y buscarla bien en el
-recodo de una calle apartada, para dar con ella. Nada de fachadas
-rimbombantes. Un frente de estilo clásico, una puerta mediana, un
-vestíbulo pequeño, y eso es todo. En el centro el patio ofrece un
-aspecto conventual, con su claustro de columnas de medio punto. Un
-jardincillo llena el patio con sus verdores amables. Las aulas se abren
-sobre el corredor del claustro, y en aquellas aulas, sobre bancos de
-pino, se sientan los estudiantes. Se comprende que todo está igual,
-desde muy antiguo. La universidad no ha querido abandonarse a las
-locuras de la ostentación moderna. Piensa que la inteligencia no
-necesita de mucho lujo para desenvolverse, y que Sócrates conversaba con
-sus discípulos en mitad de la calle o a la sombra de los plátanos
-clásicos.</p>
-
-<p>La simpatía es un sentimiento inefable.<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span> Nos es una cosa simpática, y el
-por qué no sabemos decirlo muchas veces. De la ciudad de Córdoba
-guardaré siempre un recuerdo amable. Una visita rápida, que duró dos
-días, no sirve, es claro, para penetrar en el fondo de un pueblo; pero
-yo prefiero atenerme a mi impresión fugaz, ya que ella es propicia. La
-plaza central, tan bella y limpia; las calles bien cuidadas; las casas
-discretas y elegantes; la distinción de todo, lo mismo de las piedras
-que de las personas. Y el recato y silencio de las vías adyacentes,
-aquellas encantadoras calles por donde no se ve transitar muchedumbres
-afanosas; allí donde el reposo es tan completo que se oye distintamente
-la voz de un piano interior, las risas de unas muchachas invisibles,
-hasta el crujir de las hojas de los naranjos y de las adelfas que asoman
-por encima de las tapias.</p>
-
-<p>De noche la ciudad se envuelve en calma y en silencio. A la hora en que
-el último color del día se amortigua, cuando la luz de los luceros llena
-de poesía el espacio, el aire de Córdoba tiene una transparencia, una
-suave frescura, una sonoridad indecible. El ru<span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span>mor de las calles no
-viene a turbar esa calma con su estúpido ruido. Es hora en que las
-personas caminan sin prisa, con ademán negligente y desinteresado.
-Entonces la ciudad entera parece sumida en descanso y en amabilidad. El
-aire se hace sonoro. Las mujeres salen al balcón y sus voces animan la
-calle, como un sonido que viniera de atrás, de un tiempo en que no
-existían ni ferrocarriles ni periódicos. Y el aire de fin de verano se
-embalsama con olor de hierbas campestres. Hay, en fin, tiempo y espacio
-para mirar al cielo y para ocuparse en un trabajo tan divino como es el
-de contar las estrellas del cielo. El alma se abandona a las ideas
-semisueños. El alma descansa.</p>
-
-<p class="dtt">
-Febrero, 1911<br /></p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span></p>
-
-<h2><a name="III" id="III"></a>III<br /><br />
-VIAJE A LAS MISIONES JESUÍTICAS</h2>
-
-<p class="subhd">Paisaje civilizado</p>
-
-<p>Era una brillante mañana de primavera cuando emprendí aquella expedición
-hacia los países remotos e inhabitados del interior de América (como un
-conquistador que hubo de llegar demasiado tarde).</p>
-
-<p>Alma de explorador, fantasía de viajero, yo, que a los quince años
-soñaba con descubrir un nuevo Amazonas, ahora podía por último lanzarme
-a la aventura de la América florida, selvática y prodigiosa. No dudé en
-aceptar la generosa invitación de mi amigo el señor Errecaborde, que se
-dirigía al pueblo<span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span> de San Javier con propósito de subastar unas cuantas
-leguas de tierra. Y en compañía de dos distinguidos «rematadores»,
-provistos de maletas, armas y provisiones, todos juntos y en buena
-disposición de ánimo emprendimos la marcha hacia el territorio de las
-Misiones.</p>
-
-<p>Plana y verde, sembrada de quintas y de «chacras», la fértil llanura de
-Buenos Aires tendía al paso del tren su opulencia agricultora. Aquel
-país monótono y civilizado no era todavía el mundo salvaje y novelesco
-que mi imaginación deseaba. Pero más allá del pueblo de Zárate comenzó
-la decoración a complicarse. El tren se trasladó todo entero a un «ferry
-boat» que lenta y suavemente nos puso en la otra margen del río
-Paraná... Y mientras cruzaba las aguas parduscas y tranquilas del ancho
-río, mis ojos pudieron admirar los primeros signos del paisaje indiano;
-ceibas de encarnada flor, bosques de caña «tacuara», y unas palmeras a
-lo lejos, flotando sobre las malezas de los campos anegadizos.<span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span></p>
-
-<p class="subhd">Empieza el exotismo</p>
-
-<p>Salió el tren del «ferry boat» y recuperó el dominio de los carriles. Y
-se lanzó a la carrera por las soledades de la provincia de Entre Ríos,
-patria de hombres valientes, hábiles en el manejo de la lanza y del
-cuchillo cuando las «montoneras» y las guerras civiles conmovían
-continuamente el territorio del Plata. Cruzábamos un paisaje denso y
-austero, solitario y noble, que por estar moteado de pequeñas y
-onduladas lomas, por la vastedad religiosa y por los grupos de árboles
-parecidos a encinas, me recordaba mucho el grave paisaje castellano.</p>
-
-<p>Vino la noche, divinamente sembrada de estrellas, y el aire, al paso del
-tren, nos traía vagos presagios del Trópico. A veces, en la pausa de una
-estación, veíamos volar las mágicas luminarias de las luciérnagas.
-Perfumes dulces y pesados, de magnolias y jazmines, llegaban a nosotros
-desde el fondo de la llanura como ingenuas tentaciones voluptuosas. La
-gente caminaba sin prisa. Los pueblos aparecían inmensamente
-distanciados.<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span> De los chozos o «ranchos» del camino surgían mujeres de
-piel cobriza y muelles ademanes. Los hombres, a caballo, portaban sobre
-los riñones, cruzado en bandolera el largo y puntiagudo «facón» de los
-famosos «gauchos»... ¡Hallábame, pues, en la verdadera América de mis
-sueños!</p>
-
-<p>En el pueblo de Santo Tomé acabó la primera etapa de nuestro viaje.
-Hasta entonces pudimos beneficiarnos de las comodidades y delicias de la
-civilización: vagón corrido, restaurant, cama. Desde ahora empezaba la
-lucha con lo desconocido y con lo indisciplinado. Ibamos a usar todos
-los medios imaginables de locomoción, y tendríamos que someternos a la
-cocina fantástica de las posadas, donde quiméricos cocineros italianos
-nos servirían manjares incomestibles. Y dormiríamos, claro es, en la
-vecindad de toda suerte de insectos. Para estas contingencias del
-porvenir decidimos reposar y abastecernos en el pueblo de Santo Tomé.</p>
-
-<p>Es un pueblo amable, bastante crecido y de contornos deliciosos. Su
-nombre de santo antiguo indica desde luego que fué creado<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span> por los
-Jesuítas. En efecto, desde Santo Tomé, hacia las espesuras del Brasil y
-el Paraguay, entre los grandes ríos Uruguay y Paraná, extendíanse las
-célebres Misiones Jesuíticas, ese noble intento de una república
-cristiano-comunista que dió lugar a tantas leyendas y a tan
-contradictorios comentarios.</p>
-
-<p>En Santo Tomé viví dos días; no podré contar en mi vida muchos días que
-sean más serenos. Una suavidad del aire, un perfume de jazmines, el
-panorama del caudaloso río, y una paz de lentitud y de pereza en las
-gentes... En Santo Tomé parece que las cosas esperan a alguien. Esta
-espera es la misma que la del rebaño que perdiera su pastor. Los pueblos
-misioneros tenían en los jesuítas su pastor. Estos eran el cerebro, la
-conciencia y la voluntad, la providencia que evita el dolor y el cálculo
-que previene; los sencillos indios no necesitaban pensar ni agitarse, ni
-desear siquiera. Sobre sus vírgenes y sumisas naturalezas en que faltaba
-principalmente la voluntad, ¡con qué alegría y entusiasmo ensayaron los
-hijos de Loyola su programa cristiano-social!<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span></p>
-
-<p class="subhd">Armados de revólver...</p>
-
-<p>En fin, partimos de Santo Tomé en un tren explorador que marchaba con un
-cargamento de obreros hasta el límite de la línea. Nos acomodamos en un
-furgón sin techumbre, y en esta poco sibarítica forma hicimos un
-recorrido de tres horas. La línea del ferrocarril terminaba en seco en
-mitad de una llanura desierta y rasa. Descendimos a tierra, y con
-nosotros bajaron los obreros.</p>
-
-<p>Acababan de llegar de Europa. Eran inmigrantes novicios, reclutados en
-todos los rincones de España, de Italia, de Turquía y de Rusia. Venían
-deshechos, sucios, hambrientos. Al saltar a tierra formaron en grupos, y
-los capataces los escogían, los distribuían de aquí para allá. En
-seguida pusiéronse a encender fuego. Prepararon el «mate» y lo sorbían a
-grandes tragos, mojando en la caliente infusión la dura galleta.</p>
-
-<p>Nosotros teníamos apercibida una «galera», regularmente desvencijada.
-Nos insta<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span>lamos allí, y a un trallazo del mayoral las mulas arrancaron a
-correr por el infame camino polvoriento. Eran cuatro mulas en las varas;
-otras dos iban delanteras; y a la cabeza de la tropilla, jinete en un
-caballejo, marchaba un muchacho con su rebenque.</p>
-
-<p>El mayoral llevaba un cuchillo enorme cruzado a la cintura; el que hacía
-de jefe o intendente de la galera mostraba un buen revólver bajo el
-chaleco. Entrábamos, pues, en una comarca semidesierta, fronteriza al
-Brasil y al Uruguay, nido de contrabandistas y desterrados... Mis
-compañeros de viaje buscaron en sus maletas y sacaron sendos revólveres,
-que prendieron de sus cinturas. Yo no tenía armas. Esta ausencia de
-previsión marcial me avergonzó bastante y me dejó en situación de
-manifiesta inferioridad.</p>
-
-<p>Entonces, viendo mi actitud humillada e indefensa, alguien me alargó un
-revólver que sobraba. Como el revólver era de grueso calibre y yo
-carecía de cinto y de funda, me ví perplejo ante aquella arma, que no
-sabía en donde aposentar. Opté por guardarla en el bolsillo de la
-chaqueta.<span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Qué hace usted, señor! Con los tumbos que da el coche, ¿no imagina
-usted que se dispare y se hiera, o nos hiera a nosotros?</p>
-
-<p>En resolución, tuve que entregar el revólver a quien me lo quiso
-prestar. Y puesto que tan mala maña demostraba yo para el manejo de las
-armas, decidimos que mi persona era inútil en cuanto a las contingencias
-de asaltos, sorpresas y bandidajes, y que mis compañeros asumían la
-responsabilidad de defenderme.</p>
-
-<p>En seguida nos lanzamos por el camino polvoriento, que, a causa de ser
-muy roja la tierra de Misiones, semejaba una herida palpitante y
-sanguinolenta en mitad de las hinchadas colinas.</p>
-
-<p class="subhd">Un camposanto en el desierto</p>
-
-<p>Marchábamos en la galera desvencijada por aquel camino infernal, y sin
-embargo del fatigoso viaje iba yo bastante alegre; porque sin mucho
-esfuerzo imaginativo podía considerarme entonces como un explorador<span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span> de
-antaño o como un personaje de Julio Verne.</p>
-
-<p>Sentía la extraña y directa impresión de haber retrocedido muchos años
-en la cuenta del tiempo. Todo a mi alrededor hablaba de cosas remotas y
-antiguas, desde el arcaico tintineo de las muías hasta la soledad
-primitiva y salvaje del campo. A veces el mayoral cruzaba con el
-zagalillo algunas palabras en idioma «guaraní», o animaba a las bestias
-con gritos de raro y gutural acento: «¡Oh, oh! ¡Perico!...», y las
-mulillas trotaban valientemente haciendo crujir al coche a cada
-arrancada.</p>
-
-<p>En la ondulada llanura que cruzábamos no se distinguían ni pueblos, ni
-«estancias» ni campos de cultivo. De tarde en tarde descubríamos un seto
-artificial, un «alambrado», y aquel cerco, símbolo de propiedad, era el
-único vestigio de civilización. Algún «rancho», mísera cabaña perdida en
-la vastedad, nos advertía que por alguna parte existiera gente humana.
-Las enigmáticas lechuzas de circulares ojos fijos, posadas en las puntas
-de los postes solitarios, miraban el paso de<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span> la galera con una
-hierática o supersticiosa obstinación. Y las bandadas de cuervos volaban
-lentamente sobre los descampados.</p>
-
-<p>Caía el sol de plano sobre la tierra, donde un manto de hierba escuálida
-se requemaba bajo la brasa del cielo. Las nubes se abombaban en el
-horizonte y hacían magníficas combinaciones de grandes masas de rosa y
-blanco. El paisaje, ondulado y liso, semejaba un mar de olas pacíficas;
-sólo en las encañadas y cortaduras crecían bellos grupos de árboles,
-vírgenes y sin dueño, que daban fresca sombra a regocijantes y
-encantadores arroyos. Fuera de estos bosquecillos, la tierra ofrecía un
-ardiente color encarnado, como regada con sangre.</p>
-
-<p>Recuerdo ahora mismo la tristísima impresión que me produjo, a lo largo
-de la marcha, ver de pronto surgir en aquel desierto un rudimentario
-camposanto. Eran unos palos irregulares y mal reunidos, que a cierta
-distancia aparentaban formas de un culto idolátrico, y que,
-aproximándonos, vimos que eran efectivamente toscas cruces. Para
-resguardar a los muertos de las reses vagabundas, alguien<span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span> había cercado
-con alambre de púas el santo lugar. Una cruz, menos tosca y más grande
-que las demás, hacía allí el efecto de un pastor, o era como un espectro
-macabro y piadoso que vigilaba la inseguridad y el misterio del
-horizonte. Un cementerio nos entristece siempre y nos perturba. ¡Pero
-aquel pobre camposanto en el desierto, tan abandonado de los vivos y tan
-sin contacto con la vida! ¡Aquellos pobres muertos sin nombre,
-indefensos en la soledad, temerosos en la misma muerte, abrasados por el
-sol tórrido!...</p>
-
-<p class="subhd">Un pueblo de polacos</p>
-
-<p>Más adelante empezamos a descubrir frecuentes cabañas y pequeños
-cultivos de maíz. Por último avistamos algunos edificios de canto y cal
-y pabellones de madera. Estábamos en una colonia de polacos, llamada
-Apóstoles.</p>
-
-<p>De estas poblaciones exóticas e intrusas existen bastantes en la
-Argentina. Suelen formarse con rusos, judíos, polacos, galenses, y<span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span> en
-la inmensidad del territorio viven una vida poco próspera, estacionaria
-por lo general, puesto que se componen de gentes ignorantes y de
-mezquinos labriegos. La colonia que nosotros acabábamos de descubrir se
-componía de polacos de la Galitzia austriaca, polacos rusos y rutenos.
-Eran bastante numerosos. Cultivaban sus campos de maíz y de trigo y
-pastoreaban algunas reses vacunas. Los de religión ortodoxa tenían su
-«pope», y los católicos habían traído también su sacerdote de lengua
-polaca. Un intendente o administrador dirigía la colonia y velaba por el
-orden. Era de Varsovia; un hombre joven, rubio, de rostro fino y soñador
-y mirada inteligente.</p>
-
-<p>Los pobres polacos, nacidos en la servidumbre y la ignorancia, venían,
-pues, a substituir a los indios en la tierra de Misiones. Tenían éstos,
-como los antiguos indígenas, una especie de fatalismo perezoso y
-conformista y una inhabilidad para vivir sin la ayuda del jefe y del
-pastor. Traían también la honda religiosidad de los indios. En los
-cruces de los senderos, en las lindes de los sem<span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span>brados, constantemente
-veíamos grandes cruces votivas y protectoras. En ellas había a veces
-inscripciones. Pedimos que nos tradujeran una de aquellas leyendas, y
-decía: «¡Señor Dios, dadme este año una buena cosecha de maíz!...»</p>
-
-<p>Nos albergamos en una mísera posada, donde en desvencijados catres
-pudimos dormir a la noche. Y tan pronto el día alumbraba,
-encomendándonos a nuestros ángeles familiares, volvimos a ir dentro de
-la galera por el camino de la soledad.</p>
-
-<p>Y cuando la mañana se hizo más calurosa, tropezamos con un arroyo
-bastante ancho que carecía de puente y hubo necesidad de atravesar
-haciendo raras gimnasias. Allí contemplé por vez primera un vehículo muy
-americano, muy curioso y que, usual y único antes de la importación del
-ferrocarril, ha quedado hoy constreñido a las comarcas más desviadas del
-país.</p>
-
-<p>Se trataba de una «carreta». Antiguamente hacían esas «carretas» el
-camino de las Pampas y eran a modo de caravanas rodantes que en viajes
-lentos, peligrosos, largos de<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span> muchos meses, conducían mercaderías y
-personas desde los Andes hasta el litoral del Plata. La carreta que yo
-veía era grande, con un tosco armazón de madera y enormes ruedas
-pesadas. Un techo de paja cubría el armatoste, dándole aspecto de cabaña
-verdadera, rodante y vagabunda. Una familia brasileña viajaba en el
-carro. Tres parejas de bueyes lo arrastraban, obedeciendo al aguijón de
-un muchachuelo que trotaba y se revolvía constantemente, jinete en un
-potro.</p>
-
-<p>Como los nómadas de la prehistoria, como los personajes de una novela,
-marchando lentamente por un país suave, cruzando selvas y ríos,
-durmiendo bajo las estrelladas y cálidas noches... ¡confieso que sentí
-un poco de envidia por los viajeros de aquella cabaña rodadora!</p>
-
-<p>Tuve que resignarme a montar en la galera, que nuevamente nos llevó
-dando tumbos por un camino cada vez más impracticable. Y así dimos vista
-al pueblo de Concepción de la Sierra, precisamente la víspera de la
-festividad de la Concepción.<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span></p>
-
-<p class="subhd">Misticismo eslavo</p>
-
-<p>Tan trabajado me sentía por el penoso viaje, el polvo y el calor
-tórrido, que me tendí a dormir en la posada una siesta profunda, como de
-piedra. Apenas concluí de cenar, otra vez busqué la cama y me hundí en
-un sueño profundo. Pero al alba me despertaron unos cohetes y un
-campaneo estrepitoso. ¡Bien! El pueblo se disponía a celebrar la fiesta
-de su Patrona, la Virgen de la Concepción.</p>
-
-<p>Salí pronto a la plaza, y frente a la iglesia hube de tentarme el cuerpo
-para convencerme de que no dormía, de que, en efecto, yo estaba en un
-pueblo de la América meridional.</p>
-
-<p>Todos los polacos del contorno habían acudido al pueblo de Concepción de
-la Sierra. Llegaban en sus largos carros típicos, vistiendo a usanza de
-su país; ellos con trajes gruesos y obscuros y botas altas, los bigotes
-lacios y la melena hasta el hombro; las mujeres con una falda de color,
-chaleco liso y<span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span> camisa de mangas amplias. Los cuerpos toscos, las caras
-feas y juanetudas, y un olor a grasa y sudor rancio... Pero su
-impresionante misticismo les disculpaba de todas las imperfecciones
-físicas.</p>
-
-<p>Al entrar en el templo, las mujeres se arrojaban de bruces y besaban el
-polvo. Próximos al altar veíanse cuatro hombres, especie de acólitos
-encargados de corear las palabras litúrgicas del cura celebrante.
-Cantaban, pero con una voz tan triste, tan perfectamente triste, que
-producía angustia. La misma rudeza de las voces aumentaba la sugestión
-del canto y lo hacía más sincero y hondo. Parecía un eco que llegase de
-la estepa remota, helada, infinita, o un lamento trascendental y místico
-que interpretase el doloroso anhelo de la melancólica raza eslava...</p>
-
-<p>Salí de la iglesia con un hipo de dolor, y busqué en el aire encendido y
-brillante una compensación aliviadora. Los zorzales, en los patios
-sombrosos, modulaban sus ternezas amatorias; y los jazmines llenaban con
-su perfume voluptuoso el ambiente quieto y cálido.<span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span></p>
-
-<p>Pero un campaneo desenfrenado rompe a sonar; todo el pueblo acude a la
-plaza. Está saliendo la procesión por la puerta de la iglesia. Tiene
-esta procesión un sabor raro, original, maravilloso. El ambiente es
-luminoso y tropical, mientras que los personajes vienen ataviados a la
-usanza rusa; y de esta unión estrambótica surge el efecto más
-inverosímil.</p>
-
-<p>No traen más imagen que la de la Virgen; toda está rodeada de flores. El
-honor de escoltar a la Virgen se lo han adjudicado las mujeres del
-pueblo, y algunos paisanos del contorno, con sus bombachas nuevas y la
-gran espuela calada, se reservan el derecho de llevar las andas. Los
-polacos, privados de todo honor, se resignan a escoltar la imagen,
-humildemente. No pueden ellos cargar las andas ni tocar la imagen; pero
-como perros fieles, como rendidos siervos, rodean el objeto amado y lo
-miran con ávidos ojos. Descubiertos como van, el sol misionero les hiere
-en los cráneos y hace rebrillar sus cabelleras rubias, aceitosas. Y se
-achicharran dentro de sus capotes de paño grueso. Las mujeres ti<span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span>ran y
-arrastran a sus pequeñuelos. Los más ancianos siguen al cortejo montados
-en sus carros. Van cantando.</p>
-
-<p>Cantan una triste, una desgarradora melopea. El canto se extiende por la
-plaza y llena el pueblo entero. Parece una voz antigua y remota que
-viene a saludar a un amigo. Al conjuro de aquel canto religioso, yo no
-sé qué raras interpretaciones se entremezclan en mi espíritu. Me figuro
-que las voces cristianas de los polacos llaman a las almas de los indios
-que allí residieron un día y que dispersó la fatalidad. En aquella misma
-plaza de Concepción de la Sierra, dos siglos antes habían pasado los
-indios guaraníes, rodeando la imagen de la Virgen. Un jesuíta, revestido
-de su pompa eclesiástica, los dirigía, dándoles la pauta del canto. Los
-indios fueron aventados, y ahora, pasados los siglos, otros hombres
-indefensos forman en rebaño y piden a Dios, con místicos clamores, la
-firmeza y la felicidad que sus pobres almas inseguras no saben
-procurarse en los azares <span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span>y las luchas de la vida...</p>
-
-<p class="subhd">Ruinas en la selva</p>
-
-<p>Habíamos salido del pueblo de la Concepción en medio de un diluvio
-relampagueante. De estas tormentas aparatosas no es conveniente hacer
-mucho caso en los países próximos a la zona tropical. En efecto, muy
-pronto nos vimos otra vez bajo un sol abrasador y un cielo brillante,
-con el espectáculo de una naturaleza recién lavada y rica en primores de
-color.</p>
-
-<p>Para almorzar más a placer (galleta dura y cecina criolla) nos
-refugiamos en un bosque. Ya no se trataba de un simple grupo de árboles,
-como los que antes habíamos visto; aquello era la «selva», interminable
-y profunda, inexplorada y misteriosa; la selva virgen que avanzaba hacia
-el Paraguay y el Brasil, con sus tigres y sus sorpresas.</p>
-
-<p>El mayoral del coche nos dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Ahí en el bosque hay un pueblo jesuítico; pueden verlo, porque está
-cerca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Un pueblo de las antiguas misiones jesuíticas?...<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor. Por esa «picada» es el camino. Se llama Santa María Mártir.</p>
-
-<p>Me apresuré a internarme en la selva por una «picada», o sea un camino
-abierto en la espesura. A los pocos minutos me hallé frente a una
-maravilla arqueológica, mudo de sorpresa, de admiración.</p>
-
-<p>Oprimida y sofocada por la frondosidad del bosque, descubrí una plaza
-rectangular, grande como de cien metros de lado. Allí podía comprobarse
-la forma que adoptaban los misioneros para construir sus ciudades. En
-uno de los lienzos de la plaza levantaban la iglesia, el convento y el
-almacén; en los otros lados se hallaban las dependencias más
-importantes, las habitaciones de los jefes y de los caciques, y los
-talleres comunales, que surtían de cosas al «falansterio» místico y
-tributaban riquezas a la Compañía.</p>
-
-<p>La plaza tenía un pórtico corrido, apto para guarecer a las gentes del
-sol o de las tormentas. Esta disposición de las poblaciones misioneras
-estaba a mis ojos claramente expuesta; las ruinas sufrieron poco, los
-hombres no se habían llevado los sillares para<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span> construir tapias ni
-chozas; la misma bravura del bosque defendía la muerta ciudad de la
-barbarie o inconsciencia humana.</p>
-
-<p>Dos lienzos de la plaza conservábanse en pie, hasta la altura del primer
-piso; los pilares, cuadrados y de sencillos capiteles, permanecían
-erguidos aún. En el centro de la plaza asomaba la boca de un profundo
-pozo, que se comunicaba con un subterráneo cuya boca quedaba abierta en
-un muro lateral, de proporciones ciclópeas.</p>
-
-<p>Dentro del muro ciclópeo, capaz de resistir la furia de un cañón,
-contemplé una especie de nicho, resto de capilla o de celda. Sobre un
-altar improvisado, una imagen de la Virgen mantenía aún en sus brazos al
-Niño, que la injuria del tiempo había maltratado, cortándole los brazos
-y las narices.</p>
-
-<p>Después los macizos muros se desprendían de la plaza céntrica y
-alejábanse en varias direcciones, hasta perderse y desaparecer
-bruscamente, como indescifrables interrogaciones en el misterio de la
-selva. Nada tan extraño e imponente como aquellos muros decapitados,
-hechos de grandes sillares rojos,<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span> ocultos en la sombra de los inmensos
-árboles enlazados por las lianas. Una impresión del soñado Indostán se
-avivaba en mi mente, y me figuraba asistir al espectáculo de las raras
-arquitecturas místicas en los bosques del Ganges...</p>
-
-<p>Cuando me alejaba, una cotorra pasó chillando sobre mi cabeza. El fruto
-de los naranjos comenzaba a sazonar. Eran unos naranjos silvestres,
-nobiliarios y perseverantes, hijos de aquellos otros que los misioneros
-importaron y cultivaron. Uno tras otro, los árboles de fruto de oro iban
-sucediéndose en el secreto de la selva, como tácitos transmisores de la
-tradición. Bajo la sombra de los naranjos, los cándidos indios guaraníes
-sesteaban después de la labor reglamentaria. Trabajaban para el común;
-nadie tenía propiedad individual; vivían acuartelados con una
-distribución inteligente y suave de todas sus horas. Dirigidos por los
-misioneros, gobernados por los caciques de su propia raza, tenían
-limpios trajes de algodón, impresionantes y poéticas fiestas religiosas,
-procesiones, luminarias, bailes y ceremonias, tan caras a la imaginación
-del indio.<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span></p>
-
-<p class="subhd">El confín del mundo</p>
-
-<p>En fin, nuestro pintoresco y laborioso viaje hubo de llegar a su
-término, y una tarde, efectivamente, penetramos en un pueblo que se
-llama, si no falla mi memoria, Itacaruaré. En aquel pueblo radicaban las
-extensas tierras cuya subasta íbamos nosotros a realizar.</p>
-
-<p>Yo no he visto en toda mi vida un pueblo más extraño como el de
-Itacaruaré. Era pueblo, pero al mismo tiempo carecía de realidad.
-Existía de hecho, pero no de derecho... En suma, era un verdadero pueblo
-americano, ligeramente fantástico, algo cómico por su duplicidad de cosa
-efectiva y no existente, y sin embargo admirable como una concepción de
-Walt Whitman.</p>
-
-<p>En la extensión inhabitada de la selva, gentes del Brasil y de la
-Argentina habían hecho su nido. Hoy era un italiano que, subiendo desde
-las provincias pobladas del Sur, estimaba bueno establecerse en aquel
-ángulo desierto del mundo; después era un<span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span> sueco o un alemán, que
-abandonando los estados vecinos del Brasil tomaban posesión de un trozo
-de selva; o era un español, un sirio, un judío de la Besarabia, un ruso
-de Crimea, un croata, un francés, un irlandés los que llegaban a
-establecerse. Cuantos hombres de diverso origen vagan y pululan por
-aquellas naciones de inmigración, aportaban alguna representación al
-pueblo novato de Itacaruaré.</p>
-
-<p>Como el territorio estaba abandonado y la selva era grande, cada nuevo
-colono escogía un pedazo de país, quemaba los árboles, y sobre la tierra
-virgen y fértil plantaba tabaco, arroz, legumbres. Si la tierra se
-fatigaba, no había más que incendiar un nuevo trozo de selva y plantar
-en terreno virgen, fecundo. En seguida acudieron algunos comerciantes.
-Los colonos, poco a poco, se asociaban más estrechamente, contrataban un
-maestro y una maestra, establecían un Ayuntamiento rudimentario y daban
-a su ciudad la consistencia de un organismo civilizado...</p>
-
-<p>Yo me admiraba de ver aquel fenómeno de espontaneidad cívica, operado
-con gentes<span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span> tan contrarias y diversas, en quienes no había nada de
-común, ni la religión, ni la raza, ni las tradiciones. Sólo les unía el
-destino, la identidad de intereses, y una aspiración de crearse una
-«estirpe». Aventureros de Europa, piedras rodantes, traqueteados en las
-aventuras y los fracasos, con las vidas truncadas, ¡ahora querían
-«construirse» su vida, fundar una casa, una familia, una propiedad, una
-patria!...</p>
-
-<p>Pero entonces, cuando llegaban al triunfo de sus afanes, ¡he ahí que se
-entrometía la Ley! Ellos habían «creado» su propiedad, su casa, su
-campo, su huerto, su familia; pero en Buenos Aires, unos hombres severos
-oponían unos papeles sellados, en los que se decía que los campos de
-Itacaruaré no eran de sus pobladores, sino de otro señor...</p>
-
-<p>Afortunadamente, este señor, propietario de derecho, iba dispuesto a la
-concordia y a ser generoso con aquellos bravos «pioneers».</p>
-
-<p>Antes de llegar a la vista del pueblo, los colonos de Itacaruaré
-formaron una nutrida cabalgata y salieron a saludarnos al camino. Desde
-lejos comenzaron a disparar cohetes.<span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span></p>
-
-<p>Nos recibieron a caballo en dos filas, muy galantemente, rodeando
-nuestro coche en actitud de respetuosa escolta. Venían todos armados con
-cuchillos y grandes revólveres, sin duda porque no pudieron todavía
-contratar algunos gendarmes. Cada uno era el guardia y el juez de sí
-mismo...</p>
-
-<p>¡Ah! ¡Episodio romántico y novelesco, caído en mitad de mi vida como un
-premio a mis largas y fervorosas aspiraciones adolescentes! ¡Qué aroma
-de primitivismo, qué ráfaga de plena naturaleza llenó entonces mi alma,
-en aquel rincón del mundo donde confluía la selva virgen y la
-civilización naciente! ¡Qué ruda franqueza en las vidas de aquellos
-hombres, cuyo pasado estaría tal vez moteado de raras aventuras, de
-tragedias íntimas, quién sabe si de crímenes!...</p>
-
-<p class="dtt">
-Noviembre, 1909.<br /></p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span></p>
-
-<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV<br /><br />
-LOS ANDES</h2>
-
-<p class="subhd">El mundo muerto</p>
-
-<p>Cuando un viajero de mediana cultura atraviesa los Andes por primera
-vez, irremediablemente le asaltará una idea admirativa. Considerará
-asombrado la suma de valor y de persistencia ideal que fué necesaria
-para traspasar esas ingentes montañas con los recursos primitivos de los
-conquistadores.</p>
-
-<p>Pero aquello fué antes, en los tiempos del heroísmo; actualmente el
-ferrocarril conduce al hombre sin mayores peligros materiales por la
-sinuosidad de las barrancadas, de un lado al otro de la cordillera. El
-peligro ma<span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span>terial ha desaparecido. Pero queda el otro peligro de la
-imaginación. ¿Has preguntado por la razón de este nuevo peligro,
-lector?... Pero este es un peligro familiar a todas las cabezas algo
-desvaídas.</p>
-
-<p>Hay un peligro en los Andes, indudablemente. Sentir que de dentro del
-ser, pero de lo más íntimo del ser, fluyen arrebatadamente ideas y
-sentimientos extraños; sentir que el orden de los razonamientos
-cotidianos se invierte, como se invierte la aguja magnética de los
-marinos en determinados climas; sentirse, en una palabra, propenso a
-enloquecer, ¿no es este un grave y bien temible peligro? Puesto que
-otros hablan del mal del «puna» y de otros males serranos, yo me permito
-hablar del mal de la imaginación, peculiar a todas las ascensiones
-montañesas, pero mucho más agudo y temeroso en el seno de los Andes.</p>
-
-<p>¿Y por qué es más agudo el mal en los Andes? Quizá porque la impresión
-imaginativa es allí descendente, al contrario que en otras montañas,
-donde se presenta en forma ascendente. En las montañas que pudiéra<span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span>mos
-llamar naturales&mdash;Pirineo, Alpes, Cárpatos&mdash;la sensación es entusiasta,
-pletórica y optimista; mientras que en los Andes nos sentimos oprimidos
-por no sabemos qué rara angustia, y cuanto más nos elevamos sobre sus
-cumbres, sufrimos una depresión mayor y más negativa.</p>
-
-<p>Por eso tal vez son los Andes las montañas únicas en el mundo, las de
-una originalidad más intensa. Habréis visitado las gargantas peñascosas
-de las sierras de España, las sumidades húmedas de Suiza, las lomas
-cálidas y olorosas del Apenino, hasta las musgosas laderas del litoral
-noruego, o las montañas floridas de los archipiélagos tropicales:
-después de haber ascendido a tantas alturas, os faltará conocer lo
-principal. Porque las otras montañas, aparte los accidentes de luz, de
-clima y de vegetación, se parecen todas: son, al fin, protuberancias
-terrenas, perfectamente lógicas, con vegetación de árboles, de hierbas o
-de musgos, con animales que las pueblan, con ruidos leves o airados que
-las animan. Los Andes son otra cosa. No pertenecen a este mundo. Son
-hinchazones<span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span> hiperbólicas, sin vida, sin musgo, sin ruido, sin nada. Es
-un algo atormentado y trágico; pero trágico sin teatralidad; sincera,
-íntimamente trágico.</p>
-
-<p>Sin embargo, uno ha visto alguna vez ese paisaje. ¿En dónde?... Es un
-paisaje casi familiar. ¡Sí, el recuerdo llega, finalmente! Un paisaje
-como el de los Andes lo vió uno allá remoto, cuando leía los libros
-sugestionantes de Astronomía, en los grabados que transcribían la
-posible forma de las anfractuosidades selenitas. Paisaje lunar: esto son
-los Andes. En oposición a las otras montañas, que son paisajes
-terrenales.</p>
-
-<p>Desde lejos, situándose en la llanada de Mendoza, el viajero cree que ha
-de poder sumergirse impunemente dentro del mundo andino. Más allá de las
-primeras estribaciones, que forman un muro sombrío, las cumbres nevadas
-se deslizan, como si dijéramos, en el aire límpido, y ascienden a
-alturas milagrosas. Pero nada de esto presupone pavor ni emociones
-extranaturales: al contrario, vistas desde la llanura, aquellas
-olímpicas cumbres que ascienden en el espacio finísimo,<span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span> sugieren ideas
-dichosas. Después, cuando se ha penetrado en el laberinto de la
-cordillera, el ánimo queda encogido, nuestro ser se inmuta todo entero,
-y sobreviene la angustia capital, la angustia andina; una angustia
-moral, hecha de náuseas, como la angustia material de la «puna» se
-resuelve en náuseas y opresión de las sienes.</p>
-
-<p>Todo el orden del paisaje se ha invertido, y las ideas, las impresiones,
-se invierten también. A la falta de lógica en la naturaleza, corresponde
-en nuestra mente un trastorno mental. Comienza a desaforarse nuestra
-imaginación.</p>
-
-<p>Surgen ideas de milenario... Y a medida que pasan las horas, el recuerdo
-de los países que se han dejado atrás, desaparece: llega, entonces, el
-momento en que nos consideramos desprendidos del mundo real, y que
-habitamos un astro muerto. Y persistiendo en la creencia de que el astro
-está muerto, del todo y para siempre muerto, nos asalta un inaudito
-asombro: ¿cómo estamos, pues, vivos nosotros, si el astro que nos
-retiene se ha muerto?... ¿O acaso nos habremos muer<span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span>to, realmente, y
-esta apariencia de vida mental no será más que una pausa de sueño, un
-sueño quimérico soñado por un cadáver?...</p>
-
-<p>Este efecto se conseguirá nada más que apartándose de la línea férrea y
-de las mezquinas, aisladas señales de vida real que se escalonan a lo
-largo de los rieles. Doblando cualquier recodo y subiendo a una mediana
-altura, la sensación andina, total y magna, se precipita en nuestro ser.
-Ved ahí que todo ha terminado. Los ojos, con una angustiosa inquisición,
-escrutan las montañas y las hondonadas, por ver si descubren algún signo
-de vida; el oído se abre atento: pero la vida no aparece. Silencio,
-soledad, desolación terminante y definitiva. ¿Quedará, en tal caso, la
-compensación grave e indecible de las emociones místicas? Pero la
-religiosidad, considerada esta palabra en su sentido más amplio y
-eterno, no acude al alma. Uno se siente sumergido en panteísmo dentro de
-la naturaleza animada, múltiple y vigorosa de las alturas medias; aun
-allá, en la cima de las otras montañas, en aquel silencio bienhechor, el
-espíritu se mece en pensamientos de una<span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span> dulce eternidad; pero en el
-seno de los Andes, la eternidad se representa como un algo vacío y
-yerto. Hasta la eternidad, o la idea del infinito, adquiere en los Andes
-forma de cosa muerta.</p>
-
-<p>¡Y aquel color ocre de las montanas! ¡Oh, la monótona y extraña
-coloración de esas cumbres colosales! Color ocre, repetido hasta la
-fatiga. Pero dentro del ocre, ¡qué inmensidad de matices! Y los matices
-llegan de repente, sin gradación, sin lógica; sobre una ladera extensa y
-rasa, pintada de cobre mate, salta, por ejemplo, una gran verruga de
-color vivo, como oro. Pero el sol, por su parte, se entretiene en jugar
-con las montañas, colorándolas a su capricho; así es como pueden
-sorprenderse, de repente, sobre la larga cresta de una sierra, un filete
-encendido, al modo de una barra de oro ígneo. Otras veces el sol sume en
-la sombra una montaña pequeña, y la montaña se va poniendo obscura,
-obscura, como el bronce sucio de las estatuas en los climas húmedos.</p>
-
-<p>¡Humedad! ¡Sagrada palabra! De la humedad nos viene todo lo bueno, lo
-substan<span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span>cioso y lo poético; las plantas, los granos, la salud y el
-vigor, y también las nieblas, que son la madre de la poesía. Pero en los
-Andes no existe la humedad. Si hubiese allí nieblas, nuestra alma
-descansaría, porque las nieblas montañesas ejercen una acción sedante en
-el espíritu. Pero no hay nieblas, y el espíritu queda tenso, siempre
-tenso, a punto de quebrarse en locura. Y el aire es tan neto, tan fino y
-transparente, que las cosas simulan haber perdido su condición gradual;
-la más pequeña piedra se distingue a largas distancias, y es como si el
-paisaje, en su totalidad, se nos viniese encima de los ojos.</p>
-
-<p>¿Pero es un paisaje en realidad? Nuestra costumbre clasificadora
-entiende que un paisaje debe estar formado por árboles, por arbustos,
-por hierbas siquiera, sin contar los otros aditamentos de las aguas, las
-viviendas, los seres animados. En tal sentido, los Andes no son un
-paisaje. Falta allí todo rastro de vida animada, y en la vertiente de
-las montañas no arraiga el más mínimo liquen. Las nieves grandes se
-licuaron. Sólo en algunos sitios hay manchas blancas; pero esa misma<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span>
-nieve, contagiada por la universal desolación, adopta un aspecto seco:
-se diría que la nieve se ha fosilizado. ¡Ah, todo el paisaje es un
-inmenso fósil!...</p>
-
-<p>Pero aunque el viajero haya de huir alarmado de ese laberinto trágico,
-¡nunca agradecerá bastante a su fortuna el poder haberlo sentido, vivido
-y padecido! En todo el resto del mundo no hay una cosa tan gigantesca y
-sugeridora. Nada es tan imprevisto y original como esos Andes augustos,
-malditos del cielo, desheredados, atormentados; pero únicos.</p>
-
-<p>Los pájaros escapan, los animalillos rastreros y viles huyen también;
-quizá en ninguna primavera nacerá allí una humilde flor... Las montañas
-están limpias, como puede estar limpia una osamenta bajo la injuria de
-un sol tórrido. Y aquel cielo de las alturas, ¡cómo es de nítido! A la
-hora del crepúsculo, después que el sol desaparece, el firmamento toma
-un matiz opalino, de una finura imponderable. Después la atmósfera se
-enfría intensa y bruscamente. Cae sobre los espacios vacíos y hondos, un
-velo; cabría decir que el paisaje se inmuta, al amago de<span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span> un terror
-inefable. Es el terror de la noche que llega. Bajo la luz del sol, la
-muerte misma olvida su muerte; pero viene la noche y aquellas montañas
-cadáveres se reintegran a la evidencia de su muerte.</p>
-
-<p>El destino de esas montañas se ha consumado: ¡nunca más han de vivir! ¿Y
-todas las demás montañas del globo, todos los valles y llanuras rientes,
-que son hoy encanto del hombre, se doblarán a su vez bajo el mismo
-destino mortal?... Será muy tarde; será en un lapso inconmensurable de
-tiempo, pero alguna vez será. Como estos cadavéricos Andes ha de morir
-toda nuestra combatida y afanosa tierra. Y para entonces&mdash;¡oh
-pensamiento desolador!&mdash;no quedará ni un alma que pueda considerar la
-muerte del mundo. Los hombres todos habrán fenecido. Sobre el cadáver de
-la Tierra no habrá comentarios de hombres. ¡Los miserables hombres
-estarán conversos en polvo!</p>
-
-<p>Como los místicos suelen mostrar a la arrogancia humana, para abatirla,
-el ejemplo de un cadáver, los Andes se nos presentan también en actitud
-conminatoria. El duque de<span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span> Gandía contempló el cadáver de la mujer que
-tanto veneraba, y al verlo putrefacto, en un instante reaccionó su
-espíritu hacia el lado divino, y aborreció las galas terrenales. Así
-también los Andes se nos presentan como predicadores de renunciación.
-¡Renunciemos a la soberbia, en efecto! Más temprano o más tarde, el
-mundo que tanto admiramos, se convertirá, como esos cerros, en frío, en
-silencio, en inanidad.</p>
-
-<p>Por el espacio ruedan mundos que tuvieron fronda de árboles y lujo de
-flores encantadas; hoy giran yertos, en una imperturbable rueda de
-amaneceres y de anocheceres sin objeto. Como esos mundos sin vida rodará
-también nuestro mundo, nuestra anhelante tierra, esta bola fenomenal que
-nuestras pasiones llenan de crímenes, de amores y de glorias.</p>
-
-<p>Abajo, detrás de las barreras andinas, hacia los caminos de la llanura y
-de los grandes ríos, numerosos pueblos se afanan por levantarse,
-engrandecerse y convertirse en cosas gloriosas; más allá de la llanura y
-de los ríos, sobre los anchos continentes, otros pueblos<span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span> buscan
-asimismo el poder, la grandeza y la victoria. ¡Descomunal hormiguero de
-pasiones! Y un siglo tras otro, desde lontananzas inaccesibles a nuestra
-percepción, desde el principio de la vida moral, los hombres luchan,
-guerrean, padecen, lloran, nada más que por conseguir el derecho a la
-inmortalidad. Sedienta de inmortalidad ha estado siempre la especie
-humana. Un poeta con un verso, un guerrero con una hazaña, un sabio con
-una idea nueva, se encaraman sobre el montón de la multitud reclamando
-la inmortalidad. ¡Ea, pues, tomad vuestra inmortalidad! Aquí hay una
-estatua, un libro de historia, una palma indeleble; vuestros nombres son
-inmortales. ¿Y después?... Contemplad esas montañas supremas, esos
-cadáveres eminentes: ¡considerad que el globo entero será una cosa tan
-yerta como lo son ahora esas montañas!</p>
-
-<p>Y el mundo yerto, el mundo cadáver, girará sin tregua por los circulares
-senderos del infinito. El sol hará que amanezcan sobre él las radiantes
-auroras, y que la noche, dulce reposo, venga a envolverlo en sus negros<span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span>
-pliegues. Pero la aurora y la noche, los siglos todos, encontrarán
-insensible a nuestra muerta Tierra. La historia de sus grandezas,
-quedará enterrada en el mismo cadáver. La muerta Tierra guardará su
-secreto, y los esfuerzos descomunales que hizo el hombre por la
-conquista del pensamiento o de las fuerzas naturales, allá permanecerán
-fracasados, interrumpidos, estériles. Acaso entonces, desde un mundo
-lejano, otros seres inteligentes, mediante aparatos y recursos
-colosales, investigarán el secreto de la yerta Tierra, y por inducciones
-sacarán alguna verdad, y someterán nuestra antigua existencia a
-investigaciones y comentarios filosóficos. Pero, ¿y si hasta esta última
-esperanza nos fracasase? ¿Si ocurriera, por ejemplo, que en ningún otro
-astro pueda haber nunca seres de mediana talla intelectual, capaces de
-interpretar nuestra historia?... Entonces sería cuando la Tierra habría
-perecido del todo.</p>
-
-<p class="dtt">
-«Refugio» de Puente del Inca, 1909.<br /></p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span></p>
-
-<p class="subhd">El cóndor solitario</p>
-
-<p>Sobre la más alta cumbre, y en la porción más luminosa del cielo, una
-nota obscura aparece, apenas un punto en aquella inmensidad. Y se
-mantiene inmóvil largo tiempo, y luego desciende rápido a la región de
-la sombra, ocultándose en el secreto de los abismos. Más tarde surge
-otra vez a la luz, y en la luz vuela, con vuelo largo, lento, onduloso,
-magnífico.</p>
-
-<p>Es el cóndor, el señor de los Andes, el rey exclusivo de las alturas. Su
-majestad reina sobre cosas precarias, según la interpretación del hombre
-positivo: reina sobre cosas estériles, como son la nieve, el hielo, la
-roca, el rayo o el huracán. Pero dominando sobre esas cosas
-infructíferas, el ave colosal se siente bien. ¿Qué le importan a ella
-las interpretaciones de los hombres?</p>
-
-<p>¿Por qué sube tan alto esa ave solitaria? ¿Es por verse más cerca del
-cielo? ¿O es por huir más lejos de la tierra? ¿Cuáles son sus<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span>
-sentimientos? ¿Sed de luz divina, o aborrecimiento de la pequeñez
-terrena? ¿Ansia de subir hasta Dios, o anhelo de escapar al Hombre?...</p>
-
-<p>Aquí abajo, sobre la evidente corteza terrenal, el hombre rastrea las
-cosas útiles, necesarias, positivas: allá arriba asciende el ave caudal
-por la escala luminosa del infinito. Cosas útiles, ¡cuánto nos cuestan!
-Hay frutos, y minas, y carnes sabrosas sobre la tierra; hay gloria, y
-triunfos, y placeres: y los hombres vamos rastreando, en pos de las
-cosas deseadas, odiándonos y mordiéndonos, asesinándonos si es preciso.
-Mientras tanto, el cóndor augusto se sumerge en su remota soledad, lejos
-de la tierra, lejos de las cosas útiles que pueden dar placer y que
-concitan odios.</p>
-
-<p>¡Ave caudal, solitaria! ¡Quién pudiera entender el sentido de tu alma
-rebelde, y saber remontarse también a la región limpia y virginal en
-donde no existen las cosas útiles! ¡Quién pudiera acompañarte en tu
-soledad austera! Y sobre todo, ¡quién pudiera huir del hombre!<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span></p>
-
-<p>Tú tienes garras potentes y pico de hierro; pero el hombre, ¡qué
-peligrosas y triturantes garras posee! Y el pico del hombre es feroz
-cuando se lanza sobre la presa. La Humanidad es una muchedumbre de
-garras y de picos aprestados, prontos a la lucha, dispuestos a
-desgarrar, ávidos de la carne fresca de las víctimas, o de la carne
-hedionda de los cadáveres.</p>
-
-<p>¿Y para qué, finalmente? La muerte nos espera a todos, ahí cerca,
-escondida en la sombra. Si esta fenomenal comedia de la vida tuviese la
-virtud de la eternidad, aun entonces merecería el dolor de disputarla.
-Pero esto acaba ingenuamente, como una luz corta y estúpida...</p>
-
-<p>Sobre el cadáver de la cordillera pedregosa, el cóndor atisba el secreto
-del mundo: vive en contacto con las cimas peladas, con las rocas que
-nunca han reverdecido, con los horizontes de eterna desolación. Prejuzga
-ya la hora final que ha de tragarse a los cóndores, a los hombres y a la
-tierra accidental. Y esta visión exacta de la vida le empuja cada vez
-más lejos, hacia lo eterno infinito. En tanto<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span> que el hombre, alucinado
-por la rotación de las estaciones y por el florecer constante de las
-primaveras, se figura, obcecado, que él mismo ha de ser una primavera
-rediviva. Y no piensa en la miseria del tiempo, y en que un poco más
-tarde, la Tierra fría será como son ahora los Andes: una osamenta
-irredimible. Y dentro del cadáver de la tierra, blanqueará el cadáver
-del hombre, y blanquearán asimismo los cadáveres de sus glorias, de sus
-odios, de sus enormes anhelos...</p>
-
-<p>Sobre la más alta cumbre, el cóndor abre sus alas poderosas y se
-mantiene vibrando largo tiempo, inmóvil en el centro del espacio.</p>
-
-<p>Bebe el último rayo de luz solar.</p>
-
-<p>Cuando la luz se ha ido totalmente, el ave se abisma en la tiniebla, y
-en ella se envuelve, digno manto regio para su majestad solitaria.</p>
-
-<p class="dtt">
-Puente del Inca, 1909.<br />
-</p>
-
-<p class="subhd">Los Andes a la luz de la luna</p>
-
-<p>Sobre la nieve de las cumbres el último claror del crepúsculo se
-desvanece, se diluye en blancura, y desde entonces la noche se apo<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span>dera
-definitivamente de la cordillera. Sucede al día una vaguedad de ensueño,
-una media luz extraña que no tiene relación con ninguna otra
-luminosidad; una media luz que no es siquiera penumbra, y que no se
-acierta a discernir por completo. No se sabe si es reflejo de nieve,
-resto postrero del crepúsculo o alba de luna. Y en aquel instante
-supremo y trascendental, el silencio, que tan absoluto era de día, ahora
-se convierte en algo infinito y alucinador. En el sepulcro, los
-cadáveres deben de sentir un silencio como éste.</p>
-
-<p>La primera hora de la noche va asociada en nuestra imaginación con ideas
-y emociones familiares. Nada tan íntimo y amoroso como la preparación
-del sueño. Las bestias más brutales y feroces se amansan y endulzan
-cuando les invade el sueño, y en la copa de los árboles los pájaros
-errabundos declinan su independencia al morir el día, y allí gimen y
-cuchichean, se juntan y aprietan cariñosamente. Y nosotros, los hombres,
-tenemos impresa en el alma, para toda la vida, la huella de aquel
-momento en que reclinábamos nuestra cabeza indómita en el seno<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span>
-maternal, y caía el sueño sobre nuestro ser, empapado en el efluvio
-materno.</p>
-
-<p>Pero la noche de los Andes carece de familiaridad y de ternura. En los
-Andes no hay lugar para el idilio, sino para la tragedia. Como un mundo
-que cuenta ya muchos milenarios de muerte, hasta el recuerdo de la vida
-ha desaparecido. No hay árboles, ni hierbas, ni insectos, ni apenas
-musgos. La vida está ya olvidada. ¿Qué importa, pues, que brille el sol
-o que llegue la noche? La naturaleza cadavérica de los Andes no cuenta
-ya los días, ni los milenarios, ni menos el transcurso efímero de las
-horas de luz y sombra. Es un esqueleto que se ha entregado
-definitivamente a la eternidad. Ya no le importan los días. ¿Cómo han de
-importarle los días al infinito?</p>
-
-<p>En el precario hotel que se levanta sobre el barranco, los pasajeros
-buscan la manera de olvidar el sitio donde se hallan. Pesa demasiado
-sobre sus frágiles espíritus la enormidad de las montañas, y, sobre
-todo, la sugestión de esa naturaleza trágica. Buscan el calor de la
-estufa, el olvido en la revista ilus<span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span>trada, la conversación amistosa
-entre humo de cigarros, teniendo las ventanas bien cerradas. Así logran
-aislarse de la naturaleza que les abruma, como quien se hunde en un
-submarino. Lejos de la realidad actual, muy lejos del sitio donde están,
-pensando en la vida de los países llanos y sociables.</p>
-
-<p>La luna, mientras tanto, una luna incompleta y oblicua, ha salido
-imprevistamente de la montaña. La nieve ha adquirido una nitidez de
-fantasía. Todo el cielo se ha purificado, y la atmósfera está como
-cernida.</p>
-
-<p>Las rocas desnudas que se encaraman en aquella cima lejana han
-recuperado su matiz rojizo; el tono enérgico de su color extemporáneo
-destaca furiosamente de entre la universal blancura y de esta unánime
-transparencia sutil. Parece una llaga, un manchón de carne herida, un
-algo cualquiera que recuerde a la vida. Pero no. Aquellas mismas rocas
-han muerto. Ni aun con el sudario de la muerte desean vestirse o
-engalanarse. Su antigua muerte está exenta ya de las primeras vanidades
-suntuarias que acompañan al joven cadáver.<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span></p>
-
-<p>¡Naturaleza! ¿Qué se hicieron tus galas, tus furores, tus hecatombes,
-tus rugidos y tus primaveras? En este momento concibe el alma la
-fugacidad de todo, el secreto del destino que nos aguarda a todos. Los
-Andes han terminado ya su misión, como la luna quizá, como seguramente
-muchos astros que ruedan inútiles por el vacío. Es un miembro inerte de
-ese gran cuerpo terráqueo que tanto nos apasiona. Un aviso de lo que ha
-de suceder más tarde. Como este paisaje yerto, alguna vez será toda la
-Tierra.</p>
-
-<p>Del mismo modo que al llegar a una cumbre se complace la mirada en
-revisar las cosas que quedaron abajo, también aquí se apresura la mente
-a revisar la historia del mundo. Surge esa historia como una síntesis, a
-grandes rasgos, en procesos milenarios. Vista desde lejos, la historia
-se reduce a unos cuantos gestos o ademanes, a unos cuantos nombres
-representativos. Toda Babilonia se sintetiza en unos jardines aéreos, en
-una quimérica torre de ladrillo y en la figura tambaleante de
-Nabucodonosor. Sócrates, Platón, Anacreonte... Bajo un cielo azul vemos
-unas columnas<span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span> de mármol, y los filósofos, como sombras de sueño, que
-frasean vagamente: eso nada más es Grecia. Otros pueblos se nos
-representan en un ademán único. Los normandos los vemos remar, todos a
-un tiempo, con rumbo hacia las tierras de botín. La España del siglo <small>XVI</small>
-vémosla caminar con el arcabuz y la pica al hombro, toda unánime, hacia
-un sacrificio de estéril gloria. ¿Pero no vemos de la misma manera a las
-personas en nuestro recuerdo? Fulano es el hombre que ríe, y siempre le
-recordamos riendo; otro es el hombre que declama, y le vemos hablando,
-accionando, en nuestra imaginación. Porque el recuerdo es gráfico sobre
-todo. Nuestra mente está hecha para las imágenes visibles. La
-inteligencia, en su fondo, es gráfica, como la vida, en fin de cuentas.</p>
-
-<p>Y todo eso se irá simplificando, sintetizándose cada vez más. La
-historia, proceso de eliminación. Cuanto más avanzamos, lo de lejos se
-simplifica más. Ahora todavía percibimos un gesto, una figura, un
-nombre: mañana, nada. Hasta que finalmente el mundo todo será una
-síntesis absoluta. Una gran<span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span> bola sin vida que da vueltas sistemáticas.
-¡Suprema estupidez!</p>
-
-<p>Sin embargo, nuestra imaginación se rebela siempre, y ve formas de vida
-en donde no las hay. Aquí, cuando todo está inmóvil y muerto, todavía la
-imaginación insiste en representar formas aparentes de vida. De este
-modo, aquella cumbre recuerda la cabeza de un hombre pensativo, aquella
-roca parece el dorso de un monstruo, aquella nubecilla copia el vuelo de
-una grande y prodigiosa ave. Así logra el espíritu llenarse de
-consolador engaño e imaginarse que, hasta en esta siniestra concavidad
-de los Andes muertos, la vida no cesa de existir. Démosle, pues, gracias
-a la imaginación. Ella nos envuelve con cendales de ensueño, y ella se
-encarga de revestir a la razón con toda suerte de alentadoras mentiras.
-Por virtud de la imaginación se olvida el ser vivo de que existe la
-muerte. Merced a esa maga protectora hemos inventado los hombres la
-ficción de la inmortalidad. Donde la razón termina con una linde
-desoladora, allá acude vigorosa, rauda, juvenil, la imaginación nuestra,
-a sugerirnos<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span> lontananzas inacabables, mentiras del más allá. ¡Qué fuera
-de nosotros sin esas mentiras!</p>
-
-<p>Y ahora, que rompa el alba con su claror este delirio de la noche de
-luna. Que venga el tren a llevarnos, rumbo a las tierras normales,
-sociales, llenas de gratas mentiras. Volver a contemplar los árboles,
-las flores, los pájaros, los pueblos. Sumirnos en la enorme ilusión del
-mundo rodante y agitado. Olvidar estas montañas inertes, anticipo y
-promesa de la última muerte universal. Y entrar en la vorágine de las
-ilusiones, oír la voz materna de la imaginación que nos habla de
-inmortalidad.</p>
-
-<p class="dtt">
-Puente del Inca, 1909.<br /></p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span></p>
-
-<h2><a name="V" id="V"></a>V<br /><br />
-ASPECTOS DE MONTEVIDEO</h2>
-
-<p>Por la mañana muy temprano, cuando el viajero consigue libertarse de la
-presión carcelaria del camarote, su anhelo, como una imposición
-irrebatible, le empuja hacia la parte más eminente de la cubierta del
-buque. ¡Aire! Ha salido el viajero de la metrópoli del Plata, y
-probablemente sale en busca de los dos elementos capitales, los mayores
-enemigos de la neurastenia: aire y silencio. En efecto, sobre la
-cubierta del buque soplan amplias bocanadas de aire puro, y el silencio
-es tan grande, que el retemblar sordo de la máquina no es sino un
-contraste que sirve para acentuar la placidez silenciosa. El sol<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span>
-asciende sobre las aguas. Delante, y bajo el mismo centelleo del sol
-naciente, surge Montevideo.</p>
-
-<p class="subhd">El silencio</p>
-
-<p>Todo está sujeto a la ley de las relaciones, y una cosa no es grande por
-ella misma, sino porque hay otra cosa menor. El silencio de Montevideo
-no es absoluto; es mayor que otros y menor que otros muchos. Para la
-percepción de la persona que llega de Buenos Aires, el silencio de
-Montevideo es de una divina plenitud. El viajero se figura que ha
-penetrado en una ciudad mágica donde no existen tranvías, ni carros, ni
-coches, ni chicos vocingleros; sin embargo, en Montevideo hay tranvías y
-carros y demás sujetos de alboroto. ¿Pero no gritan, ni ruedan, ni
-chirrian, esos sujetos alborotantes en Montevideo? Seguramente que sí; y
-hasta es probable que los habitantes de la urbe oriental se sentirán
-bien incómodos con el ruido penoso de sus tranvías, carros, coches y
-chicos;<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span> pero al viajero que llega de Buenos Aires le parece que todas
-las cosas son de pluma y que al chocar entre sí no levantan el más leve
-ruido. ¡Suprema paradoja de lo relativo! Parece también,&mdash;ésa es al
-menos la impresión que recibe el viajero de Buenos Aires,&mdash;parece que la
-ciudad se encontrase en plena huelga; hay un no sé qué de laxo y de
-tranquilo en las personas que andan, en los vehículos que ruedan; los
-dependientes de los comercios se diría que, como hay huelga en la
-ciudad, se ocupan en ordenar con calma sus mercancías en los aparadores;
-las personas no titubean en pararse a charlar sobre la vía; y hay muchas
-calles, en fin, de una incomparable soledad, apenas turbada por el paso
-errabundo de un perro o de un vigilante. El aire sopla libremente, con
-fuerza, pero no con tanta energía que moleste: es una caricia sobre el
-rostro y sobre la hondura de los pulmones. ¡Qué plausible ciudad para
-las faenas del pensamiento! Aire, silencio, ausencia de prisa: son los
-más activos colaboradores del obrero intelectual.<span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span></p>
-
-<p class="subhd">Las plazas filosóficas</p>
-
-<p>En el mismo corazón de la ciudad tropieza el viajero con unos espacios
-floridos, frescos, sombrosos, verdaderas treguas de paz. Son plazas
-pequeñas, plazas sin pretensiones, plazas minúsculas si las consideramos
-con un criterio actual. Allá en tiempos de Artigas, esas plazas
-equivaldrían a soberbios parques frondosos: hoy no podemos considerarlas
-sino como placitas tutelares, en donde uno se halla tan bien, tan
-suavemente, como cuando recostamos la cabeza sobre un pecho cariñoso. No
-tienen la magnificencia insultadora de los grandes parques que hoy se
-usan en las principales metrópolis, pero tienen un encanto de intimidad
-que vale por todas las grandezas. ¿Dónde he visto yo unas plazas
-semejantes? Debe de ser en una ciudad europea, quizá española.
-Ciertamente: yo he visto en Cádiz unas plazas pequeñas, íntimas,
-calladas, hermosas, como las de Montevideo. Son plazas como para los
-ancianos, las co<span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span>madres, los niños y los literatos. En esas pequeñas
-plazas de Montevideo debe ser delicioso sentarse a leer un libro, cuando
-la primavera desgrana todas sus flores. Pero leer un libro sin codicia,
-platónicamente, no por el afán práctico y mercantil de sacarle a las
-páginas una utilidad de conocimiento, sino con ánimo ligero y generoso.
-Leer un fragmento y mirar a un árbol; leer otro fragmento y suspender la
-lectura para seguir el vuelo turbio de una mariposa. De esta manera debe
-ser grato sentarse en esas plazas pacíficas de Montevideo. En Montevideo
-vale la pena de ser ocioso: ¡no puede decirse lo mismo de todas las
-poblaciones! Y como el ocio contemplativo es la condición exigida para
-una buena literatura, no debe vacilarse en asegurar que Montevideo es la
-ciudad mejor preparada para conceder a Sur América el regalo de geniales
-poetas y pensadores.<span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span></p>
-
-<p class="subhd">La naturaleza</p>
-
-<p>Otro de los encantos con que se ve obsequiado el viajero en la ciudad
-oriental, es la naturaleza. Hay allí bosques, playas, mar, hasta
-colinas. También estas cosas de la naturaleza montevideana están sujetas
-a la ley de la relatividad: si comparamos ese mar agridulce y
-ligeramente teñido de azul, con la brava y franca grandiosidad del
-Atlántico, nos ha de resultar un mar algo modesto. Los bosques tampoco
-pueden resistir una confrontación con las selvas tropicales, y esas
-cuchillas que se incorporan sobre la llanura no son, precisamente,
-estribaciones de los Andes. Pero con un poco de esfuerzo imaginativo y
-otro poco de buena voluntad, el viajero encuentra en Montevideo cuadros
-de paisaje deliciosos. Marchando hacia la parte del paseo del Prado, uno
-se siente sumergido en amables y frescas frondosidades. Hay en aquel
-paseo una encantadora negligencia.<span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span></p>
-
-<p>¡Estamos tan hartos de jardines simétricos y versallescos! En los
-parques rígidos, bien vigilados y atendidos, el paseante se considera
-violento; cada una de las hierbas tiene carácter religioso; las
-ordenanzas municipales han puesto un sello timbrado en cada hoja, y las
-flores parecen cosas oficiales, protocolarias: en esos parques
-versallescos, tan lindos para ser mirados desde un balcón, uno no puede
-moverse, ni sentarse, ni oler, ni tocar, ni apenas mirar. Eso es una
-caricatura de la naturaleza. Mientras que los parques algo abandonados
-se ofrecen al paseante íntegramente. Es una condición estimable que un
-parque tenga consignada una pequeña suma en el presupuesto oficial; así
-hay la certidumbre de que habrá pocos vigilantes, pocos obreros y pocas
-mangas de regar. Escaseando estos elementos de urbanización jardinera,
-sabemos positivamente que el parque se inclinará más al monte que al
-jardín. Y lo que el hombre ciudadano estima es el monte, precisamente, o
-sea lo contrario de la ciudad; por esa ley de los contrastes que nos
-incita a desear lo que no po<span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span>seemos. El paseo del Prado de Montevideo
-recuerda más al monte que al jardín. ¡Hermoso lugar! Ahora bien, si las
-personas urbanas estimamos los paisajes agrestes, al mismo tiempo nos
-molestan mucho las intemperancias de la naturaleza, libre y bravía. Una
-excesiva convivencia con las calles planas y las casas cómodas, nos ha
-dado una sensibilidad miedosa; sentimos miedo a las espinas, a los
-zarzales, a los pedruscos, a los aviesos animalillos que adornan y
-pueblan los montes naturales. Pero el paseo del Prado de Montevideo goza
-el encanto de ser un monte, sin los inconvenientes del monte natural. He
-ahí el acierto. Puesto que hay avenidas y senderos para transitar, y una
-hierba medianamente agreste, en la que puede sentarse, y hasta tumbarse,
-sin miedo, ni al funcionario municipal escrupuloso de la ley, ni al
-impertinente pinchazo de las matas bravas. Esta sería, probablemente, la
-fórmula ideal de la civilización: una vida que no huyese tanto como huye
-la nuestra de la naturaleza, ni que se acercase demasiado a ella: una
-vida de sabio equilibrio, que evitase caer en<span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span> el decadente refinamiento
-artificial y en la barbarie del primitivismo.</p>
-
-<p class="subhd">Las playas</p>
-
-<p>Un espíritu mordaz podría hacer juegos humorísticos con la profusión de
-playas en Montevideo. Un marsellés o un andaluz se sentirían molestos
-ante ese lujo de playas: Capurro, Ramírez, Pocitos y quién sabe cuántas
-más. Pero no deben permitirse ironías con las playas. ¿Se sabe bien lo
-que significa la palabra playa? En la vida trágica del mar, la playa
-significa serenidad, refugio, calma, salvación, belleza. Con ciertas
-palabras no caben bromas; son sagradas; así las palabras madre, virtud,
-playa. Una playa sugiere siempre ideas bondadosas y tiernas.</p>
-
-<p>Sobre sus arenas encallaron sus naves los remotos nautas, cuando no
-existían muelles y dársenas, aunque existiera el infinito anhelo de las
-nobles empresas civilizadoras; y ahora aún, los pescadores modestos
-buscan en las arenas de las playas un refugio para sus na<span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span>vecillas; y
-los náufragos, en su último esfuerzo titánico, ¡con qué delirante gozo
-hunden sus dedos en las arenas de las playas benéficas! Todas las playas
-de Montevideo son dignas de elogio, por la suavidad de sus líneas y la
-calma de sus aguas. Cada una tiene personalidad aparte, y hasta a ellas
-ha llegado la diferencia social. La playa de Pocitos, por ejemplo, es un
-tanto aristocrática y presuntuosa; sus hoteles y su rambla se mantienen
-dentro de un aislamiento, fuera del contacto de la multitud. En cambio
-la playa de Ramírez es democrática, abierta a todo el mundo. El parque
-Urbano se llena de pueblo, y este mismo pueblo inunda la playa, hasta
-rebosarla. Allí acuden los niños, los hombres, las mujeres, los ricos,
-los pobres, los comerciantes, los jovencillos tenorios y las muchachitas
-pizpiretas. En las tardes de domingo media ciudad se vierte sobre la
-playa. Adquiere aquello un aire animado de fiesta popular. Las barracas
-de titiriteros para los pazguatos, los columpios para los niños, los
-tíos vivos para las mucamas, los organillos, los vendedores ambulantes,
-los refrescos con soda y<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span> los grandes vasos de cerveza. El sol hiere con
-su luz y su fuego ese cuadro de <i>kermesse</i>, y la gente va y viene,
-mirándose, por esa necesidad invencible que siente el ser humano de
-tocarse, mirarse, formar montón.</p>
-
-<p>El hombre es un animal sociable: así se le ha definido. Realmente, el
-hombre no puede vivir solo; ni disfruta aún de suficiente mentalidad
-para vivir solo. ¿Qué haría el hombre si le condenasen a la soledad? Ya
-se sabe que Schopenhauer discernía la capacidad mental de las personas,
-por su aptitud para la soledad: según él, un negro, un niño y un
-estúpido se aburren, lloran o mueren si no encuentran gente con quien
-compartir su estolidez; mientras que la persona inteligente, la que
-posee en sí misma un tesoro, se encuentra más acompañada cuando más sola
-está. Pero no todos pueden ser filósofos ni profundas y ricas
-personalidades; la sociedad se compone de infinitas personas medias, más
-o menos vulgares, que necesitan vivir agrupadas. Sin el concurso de
-estas personas medias, y si se quiere vulgares, no existiría la
-civilización; porque la<span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span> civilización viene a ser, en fin de cuentas, la
-obra de las medianías asociadas. Pongamos cuatro filósofos en una isla,
-y al momento disputarían, yéndose cada cual por su lado; pongamos en esa
-misma isla cuatro personalidades vigorosas&mdash;César Borgia, Pizarro,
-Bismarck, Chamberlain&mdash;y al instante se despedazarían entre sí, o cada
-uno por su lado marcharían a buscar aventuras. Pero los medianos se
-buscan, se unen, se encuentran bien juntos, instituyen leyes, crean
-autoridades, ponen hombres armados para la defensa del estado,
-construyen casas y ferrocarriles, escuelas y hospitales, periódicos y
-parlamentos.</p>
-
-<p>Sin la compenetración de las medianías, ¿qué suerte hubiera corrido la
-humanidad? Es bello creer con Carlyle que todo se ha hecho por la acción
-de los «héroes»; pero la realidad nos dice que la civilización es obra
-de las medianías. Si «esta» civilización fuese obra de los «héroes»,
-¿tendría el carácter que tiene? Nadie, sino las medianías, ha podido
-formar esta civilización...<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span></p>
-
-<p class="subhd">Las solteronas</p>
-
-<p>En la playa de Ramírez hay un balneario, al extremo de un malecón de
-madera. Este malecón o rambla forma una plazoleta, con bancos, sillas y
-un cafetín. La gente se sienta a refrescar o a comer emparedados de
-jamón y queso. Otra porción de gente pasea. Da vueltas por la plazoleta,
-en perfecto orden, como en las plazas de las ciudades de provincia
-suelen las familias pasear a la caída de la tarde. En ese balneario de
-Ramírez se congregan las personas de la clase media; pequeños
-comerciantes, empleados y dependientes de oficina o de almacén. Las
-señoras se sientan en los bancos y las señoritas giran pausadamente de
-dos en dos, o de tres en tres; los jovenzuelos, con algunos curiosos,
-forman el complemento. Pero es un fenómeno singular y digno de
-mencionarse: en ese paseo abundan las solteronas de una manera
-sorprendente. Arrugadas unas, muy pintadas otras, vistiendo trajes y
-sombreros algo<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span> defectuosos; todas ellas con el aire peculiar que las
-distingue, o sea una mezcla de tristeza y de fuerza ilusoria. ¡Nada tan
-grande y poderoso como la facultad de ilusión de una solterona! La
-solterona no renuncia jamás a la ilusión; tiene encendida en su alma,
-constantemente, una lámpara votiva a la esperanza. Cada aurora le trae
-una interrogación, una promesa: ¿será hoy, por fin?... Cuando se acaba
-el día la solterona reanuda vigorosamente su ilusión, pone nuevo aceite
-perfumado en su lámpara votiva y se acuesta, suspirando, sí, pero en
-silencio, para que ni ella misma se entere de la flaqueza. Y al
-siguiente día, otra vez a luchar; a luchar contra el desengaño, contra
-la realidad cruel, impura, odiosa. Yo no conozco nada tan triste y al
-mismo tiempo tan admirable como una solterona. Pensad en que una mujer
-ha nacido para el amor y que su misión única, así como su única
-finalidad, consiste en acoplar dos besos trascendentales: uno sobre los
-labios del amado, y otro sobre la frente del hijo. Hacia ese fin van las
-mujeres, fatalmente, como las aguas al mar.<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span></p>
-
-<p>Las solteronas aguardan, y nunca llega su hora. En sus corazones van
-almacenando almíbar de amor; sus corazones son como las frutas pasadas,
-más dulces que las normales. Miran un niño, y sus entrañas de madres
-frustradas se conmueven dolorosamente; ven pasar un hombre, y todos sus
-viejos anhelos se precipitan sobre los ojos. ¡Oh sublimes seres
-sacrificados! Cada solterona es un drama profundo, un poema inenarrable.</p>
-
-<p>Las otras mujeres lo hallaron todo fácil; su existencia tiene la
-vulgaridad de un proceso corriente, de un hecho adocenado; pero las
-solteronas conocen todos los martirios, las torturas de la envidia, el
-dolor de la espera infinita, y sobre todo, la angustia de lo que está
-lleno y no puede vaciarse, suprema angustia de lo que desea darse y no
-puede. En algún siglo futuro, ¿será posible una ley que disponga el amor
-para todos? Hemos decretado la enseñanza obligatoria, el derecho al
-trabajo, el derecho a la vida, el derecho al pan: nos falta aún decretar
-el derecho al amor y a la maternidad.</p>
-
-<p class="dtt">
-Marzo, 1912.<br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI<br /><br />
-LA TENTACIÓN AGRARIA</h2>
-
-<p>Los trenes suelen delatar las características de las naciones con una
-veracidad insubstituible. Yo he aprendido mucha psicología americana en
-el fondo de un vagón...</p>
-
-<p>Sentémonos en el restaurant de un tren argentino. Cuatro o cinco
-naciones están allí representadas. Se oye el suave acento de los
-ingleses, el apasionado hablar de los italianos, el rudo seseo de los
-españoles. No se advierte en ningún semblante asomo de melancolía o
-decaimiento. Tratan de comprar novillos, de vender campos, de construir
-galpones, de adquirir semillas. Al través de los cristales, la sequía
-pasada deja ver su castigo. Pero nadie<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span> hace caso de esta evidente
-ruina. Todos hablan con el fervor del que tiene por delante la
-inmensidad del tiempo y del espacio. En efecto, el tiempo es largo y
-traerá nuevas lluvias, y en cuanto al espacio, ahí está la llanura
-interminable que aguarda a que la mano del hombre la acaricie con el
-arado.</p>
-
-<p>La psicología de esas gentes del campo es simple como la del marino,
-como la del jugador. Puede ser que carezcan de la profundidad que tienen
-los seres de los países viejos y definitivamente acotados. Son gentes
-que ignoran el ahorro, la previsión, y por tanto el miedo. Para ellos la
-tierra es un tapete verde donde se juega a juegos de azar. Lejos de su
-ánimo las virtudes de la cautela, de los actos bien meditados, de la
-sujeción a las formas seculares; ellos poseen otras virtudes, que a los
-sociólogos timoratos pueden parecer defectos: poseen la virtud, o el
-defecto si se quiere, de la temeridad. Se lanzan a sembrar sin tener
-semillas, ni herramientas, ni hombres; esto, en Europa, parecería una
-locura, pero en América resulta perfectamente real. Ponen a una carta
-todo cuanto tienen. Si ga<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span>nan, su vida adquiere un tono de increíble
-arrogancia; si pierden, no han perdido nada, porque vuelven a empezar.
-Esto también parecería en Europa fantástico, donde el que se arruina una
-vez ya no se levanta más.</p>
-
-<p>Esta temeridad o inconsciencia, acompañada del valor, no es una cosa
-antipática, sino al contrario. La temeridad presta a la vida americana
-un tono ágil, vigoroso y alegre. Más que negociar, se juega. Del fondo
-de este juego continuo surge una aura de esperanza y optimismo. Porque
-todos se ven con derecho a jugar, y todos juegan. La especulación
-alcanza a los más ínfimos y a los más altos. El médico que ahorra cinco
-mil pesos, compra tierras y las vende luego; el artista construye una
-casa y la enajena por el doble de su costo; el humilde limpiabotas acude
-a un remate, compra, vende, juega al alza y baja. El hombre más
-espiritual, aquel que en Europa no soñaría nunca con adulterar su vida
-de ensueño y meditación, se entrega él también a la vorágine de la
-compra y venta. ¡Cuántos deliciosos poetas habrán fracasado en la
-Argentina por haber<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span> substituido el ritmo del oro por el ritmo del
-verso!</p>
-
-<p>Saliendo en tren de Buenos Aires, cualquiera que sea la línea, el
-viajero caminará todo el día sin haber salido del mismo paisaje. La
-unidad topográfica de la mayor parte de la república es uno de sus
-principales caracteres. Llanura, siempre llanura. El extranjero se
-siente al principio deprimido por esa falta de variedad panorámica, y si
-se le pregunta por la belleza del país, confesará que el país tiene bien
-poca hermosura. La extensión de la planicie fatiga, con la fatiga del
-océano. Todo se presenta dotado de abrumadora extensión. Cuando la
-llanura se interrumpe, surge un río también extenso, uniforme,
-fatigador. El ánimo siente angustia delante de tanta inmensidad, la
-angustia que nos invade ante el vacío.</p>
-
-<p>Pero más tarde el europeo encuentra una sensación nueva dentro de esa
-llanura argentina. La necesidad de lo íntimo se pierde, dando paso a un
-sentimiento extraño. Este sentimiento debe parecerse al que sentirá el
-marino, cuando su barco, en mitad del Atlán<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span>tico, vuela al ímpetu del
-viento. Ese sentimiento se llama «libertad». En el centro de la llanura,
-el hombre, después que ha sabido matar la angustia de lo interminable,
-siente la impresión nueva, radiante, juvenil, de la alta mar. Se ve solo
-en la inmensidad. Sabe que su esfuerzo es la única ayuda que le sirve en
-la lucha con los elementos. Conoce entonces el placer que debió gozar
-Robinson, cuando se vió dueño de la naturaleza. La sensación del propio
-y absoluto mérito hincha todos los músculos físicos y morales del hombre
-abandonado a su propia iniciativa. Y la libertad, la deseable libertad,
-le llena el alma de indecible alegría. El cielo claro, la tierra
-infinita, todo le habla al espíritu de libertad. Entonces se olvida de
-los paisajes antiguos, de las bellezas que tanto amaba; concibe otra
-clase de belleza, dentro de la simplicidad de la llanura: conoce la
-belleza moral de esa llanura inextinguible...</p>
-
-<p>Ahora le pido licencia al lector para revelarle un secreto.</p>
-
-<p>Asomado a la ventanilla del tren, miraba yo una extensión muy grande de
-trigo. Es<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span>taba aquel trigo tan lozano, que los ojos no se cansaban de
-verlo. Recordé todos los trigales contemplados por mí en el curso de la
-vida: las pequeñas y modestísimas parcelas del país cantábrico, las
-mieses de Castilla, los perfectos y casi académicos sembrados del
-interior de Francia.</p>
-
-<p>Comparaba aquellos recuerdos con la realidad actual, y sacaba yo en
-consecuencia que estos extensos trigales superaban en magnitud a todos
-los vistos anteriormente. Los sembrados del país cantábrico eran, sin
-duda, más amables, porque su pequeñez surgía de entre setos frondosos,
-de entre rientes praderías, en forma que el oro del trigo parecía estar
-guardado primorosamente en el fondo de almohadillas felpudas y verdes.
-Los trigales de Castilla aparentaban tener, cuando mi imaginación los
-evocaba, un valor histórico, más bien legendario; no es posible asistir
-al espectáculo de la llanura castellana sin que se levanten las imágenes
-del Romancero, el paso de las mesnadas del Cid, el relumbrar de los
-hierros marciales y antiguos: el blanco y sabroso pan de Castilla parece
-que nutre al<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span> mismo tiempo nuestro estómago y nuestra fantasía. Los
-trigos de Francia tienen a su favor la intensidad y la sabiduría; son
-campos regulares de líneas precisas, de conjunto armónico e impecable;
-los bordes del sembrado tienen una corrección clásica; indudablemente,
-en esos trigales intensos e inteligentes se descubre el alma ordenada de
-Francia, todo medida, todo corrección y disciplinada inteligencia.</p>
-
-<p>Después de repasar mis recuerdos hundía la mirada en los trigos que
-corrían delante del tren, y me parecían los más grandes, los más
-«fastuosos». Podían ser otros más intensos y más científicos, pero estos
-de aquí poseían la virtud de lo inmenso. Quizá incorrectos, tal vez
-desordenados, pero inmensos y fastuosos. Entre los trigales argentinos y
-los europeos, había la diferencia de un parque urbano a una selva
-tropical.</p>
-
-<p>Si los bosques, los ríos, las cataratas, las cordilleras y las llanuras
-de América se distinguen por su grandeza, las formas que adoptase la
-agricultura debían ser también gigantescas. Pero he hallado la palabra
-con<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span>veniente: los trigales argentinos se me figuran gigantescos.</p>
-
-<p>Y entonces&mdash;aquí está el secreto que anunciaba&mdash;me asaltó una idea
-súbita. ¿Por qué no había yo de convertirme en agricultor?...</p>
-
-<p>Todos los que seamos un poco sentimentales, y especialmente aquellos que
-sufren la tiranía aniquilante de la ciudad, hemos suspirado alguna vez
-por el ideal de Horacio: tener un huerto, un jardín, una casa pacífica
-en la ladera de un collado. Pero este ideal guarda relación con la
-literatura; es un programa literario-filosófico, en que la labranza es
-lo de menos, en que lo importante sería el ocio aristocrático dentro de
-un marco sereno. No era esta tentación la que yo sentí. Era una
-tentación nueva, un impulso de hombre primitivo, un deseo puramente
-labrador. La tentación me sugería ideas nuevas que me sorprendían. No
-ambicionaba el huerto horaciano, para descansar de mis trabajos y
-lecturas; deseaba el campo abierto, para cansarme allí, pero con un
-cansancio corporal, cansancio de músculos, de sudor, de callos.
-Convertirme en <i>chacarero</i>.<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span></p>
-
-<p>El concepto masculino de la agricultura se me introdujo en la mente, y
-comprendí de pronto la infinita hermosura de una vida agraria en esa
-gigantesca llanura platense. Todas estas especulaciones mentales con que
-distraemos nuestras horas, ¿no serán un poco femeninas? Lo viril, lo
-masculino, es el trabajo muscular sobre la tierra; lo noble es el
-esfuerzo que va de nuestra voluntad a la tierra, en un viaje de simpatía
-amorosa que tiene por fin la concepción.</p>
-
-<p>Olvidé el huerto horaciano, excesivamente intelectual; olvidé la afición
-bucólica del siglo <small>XVIII</small>, motivo, cuando más, para decorar tapices.
-Estas manos ¿por qué han de rehuir la herramienta áspera? A un lado la
-agricultura simple; ésa es la noble. Llenarse de honrados callos. Sentir
-la aspereza de la tierra sobre la piel. Hundir los pies en el barro.
-Ofrecer el rostro a los latigazos del viento. Soportar con firmeza las
-caricias brutales del sol. Empaparse en las aguas torrenciales del
-cielo. Contemplar sin pavor la brusca tormenta y el fulgor del rayo.
-Cabalgar. Dominar potros reacios, imponiéndoles el imperio<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span> de las
-piernas contraídas y del freno tenso. Levantarse cuando en el cielo se
-apagan las lámparas nocturnas. Tenderse en la cama dura con un espasmo
-de placer, todos los músculos cansados como piedras. Dormir sin sueños,
-al modo de los niños, inocentemente. No hacerle ascos a ninguna comida.
-Comer de pie, a grandes bocados, y sentir que los manjares se resuelven
-en sangre y en alegría. Olvidarse de las dispepsias sedentarias, de las
-jaquecas afeminadas, de los achaques poco varoniles. Y luego convencerse
-de la eficacia de las propias aptitudes para dirigir la siembra, para
-conocer el punto de madurez de las plantas, para recolectar a tiempo y
-con habilidad. Correr, gritar a las peonadas, disciplinar las fuerzas de
-los hombres y las bestias, revelarse dueño ante los subordinados, y
-después beber con ellos a su salud...</p>
-
-<p>La tentación agraria no se ofrece sólo en el campo; se ofrece lo mismo
-en las ciudades. Sobre la sociedad argentina se levanta invariablemente
-la eterna conversación: la cosecha. El campo está allí siempre de moda.
-Y como adondequiera que uno vaya, así sea el<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span> perfumado gabinete de una
-señorita, se encuentra con el tópico de la cosecha, termina uno por
-preocuparse seriamente de los trigos y del maíz. En otros países podrá
-ser la agricultura una ocupación ordinaria y plebeya; en la Argentina es
-la ocupación aristocrática por excelencia. Una fortuna no se considera
-respetable si no cuenta con ricos campos de cultivo; hablarle del maíz a
-una señorita no es en Buenos Aires ninguna impertinencia, como lo sería
-en París o Viena.</p>
-
-<p>Luego viene otro agente de tentación: el reclamo periodístico. Abriendo
-un gran diario nos encontramos con hojas enteras destinadas a anunciar
-las ventas de campos; ahí aparecen en fotografía las «chacras», o salen
-grabados los mapas, con sus ríos, pueblos y heredades. Y el reclamo de
-esas ventas y remates adopta un calor, un apasionamiento tan grande, que
-el hombre más frío se siente arrastrado por la pasión.</p>
-
-<p>¡Los campos de tal punto son inmejorables!&mdash;gritan los anuncios.
-¡Compren los campos de riego! ¡No descuiden sus negocios,<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span> y compren
-tierras! ¡Las tierras son fortuna! ¡El porvenir está en nuestras
-tierras!...</p>
-
-<p>Carteles por las calles, anunciando remates. Carteles en las estaciones
-de ferrocarril, y un ejército de agentes que ponderan de mil modos las
-ventajas agrícolas. Se advierte, en fin, tal entusiasmo por la
-agricultura, que uno termina por sugestionarse: entonces se trastornan
-los conceptos pasivos que una vida sedentaria o libresca ha logrado
-infundir a nuestra mente, y lo que nos parecía grosero y sin gracia,
-ahora nos parece hermoso y hasta elegante. Preparado así el ánimo para
-la conversión, un momento cualquiera, un incidente vulgar provoca la
-nueva profesión de fe. Yo estaba bien preparado para la conversión; la
-vista de los extensos trigales maduros fué el rayo divino, el camino de
-Damasco; y una voz me gritó por último: Hazte <i>chacarero</i>...</p>
-
-<p>Pero la vida me arrastró por otros caminos, haciendo fracasar el
-agricultor a la americana que indudablemente había en mí.<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII<br /><br />
-EL CANTO DE LA SEMILLA</h2>
-
-<p>Sobre la llanura plana e inmensa, el invierno ha tendido su hielo, su
-escarcha y su nieve. Desde el Plata hasta los Andes, desde los
-matorrales del Chaco hasta los acantilados de la Tierra de Fuego, la
-llanura, la descomunal e inaudita llanura, se ha arrebujado en ese manto
-invernal, y duerme. Está cansada de producir. La cosecha de flores de la
-primavera, la cosecha de mieses del verano, la han rendido. Quiere ahora
-reposar...</p>
-
-<p>Pero no hay reposo para ti, oh fecunda llanura. El destino te ha
-condenado a una eterna, creciente y acelerada germinación. El mundo
-tiene hambre, y el mundo piensa<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span> que tú tienes la misión de alimentarle.
-Estás condenada a germinar eternamente, cada vez más intensamente. No
-puedes dormir. No duermes, ni ahora, cuando el hielo, la escarcha y la
-nieve te cubren con su manto. La semilla está despierta, la semilla te
-aguija por dentro, y vive en tu interior, lacerándote las entrañas
-maternales.</p>
-
-<p>Ya se acabaron tus días de reposo. Desde que la luz se hizo sobre la
-Tierra, sobre tu rasa superficie no cruzó nunca la aguja de un arado.
-Jamás el hombre te atormentó con los golpes de la azada, y el indio
-ingenuo, vagabundo, errante, iba al azar por entre las cañas de los
-bañados, por entre las matas de los valles, sin rozarte más que con la
-huella de su planta desnuda. Los ligeros guanacos, los aéreos
-avestruces, el ondulante y liviano tigre, eran tus únicos dueños. En
-aquel tiempo feliz y alboreal, nadie exigía a tus entrañas que pariesen
-más, siempre más, en una febril sucesión de cosechas. Si creabas, tu
-creación era platónica y gratuita; dabas al viento tus flores y tus
-hierbas, como un poeta simple da a la ventura sus versos
-desinteresados.<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span></p>
-
-<p>Pero cierto día vinieron unos hombres barbudos. Su mirada traía un
-reflejo satánico, y su gesto significaba claramente el más demoníaco de
-los vicios: la codicia. Detrás de ellos, en aquel continente lejano
-donde toda tragedia tuvo su escenario, aguardaban otros hombres,
-millones de gentes ávidas. Los exploradores volvieron, alabando la
-virgen prodigalidad de la nueva tierra de promisión. Y desde entonces no
-hay paz para ti. El nervioso caballo, el filosófico buey, la inocente
-oveja, se multiplicaron hasta el infinito, exigiendo de tus praderas más
-producción, siempre más. Y con el arado, más tarde, rayaron lo incólume
-de tu superficie, ¡oh, llanura inmensa, para sepultarnos a nosotras, las
-semillas!</p>
-
-<p>Somos la semilla, el trigo dorado, la benéfica harina. Somos extrañas
-para ti, llanura americana. Venimos de un continente viejo y trabajado,
-donde nada se produce ya espontáneamente. Somos, dentro de la
-agricultura, un producto de la industria. Somos las hijas del
-pensamiento humano. Somos humanas, humanas.<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span></p>
-
-<p>Representamos el eje de la idea del hombre: el pan. Para que el hombre
-viva, para que sus esperanzas puedan efectuarse en el campo de la
-ciencia y del ideal, es preciso que nosotras existamos, las semillas, y
-que demos eternamente el alimento del pan. Hay en nosotras algo de la
-fiebre humana; la tragedia humana nos ha tomado de colaboradoras. Toda
-la historia humana está influida de nuestro nombre, y Dios, cuando
-maldijo al hombre, le habló del pan como del supremo tormento. ¡Ay!
-Somos tormento, inquietud y angustia. El miserable nos evoca en sus
-momentos de desolación, y esa tragedia social que ahora llega a su punto
-máximo, tiene como fondo siniestro la palabra precisa: pan.</p>
-
-<p>Germinad, compañeras, bajo la tierra dormida. No descansemos nunca. La
-tragedia humana nos necesita; el ideal del hombre nos necesita también.
-Para la tragedia, para el anhelo, para las alegrías y para el ideal,
-germinad, compañeras, hasta la consumación de los siglos.</p>
-
-<p>El invierno ha extendido su manto helado;<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span> no importa. Nosotras, las
-semillas, estamos vigilando despiertas en el seno de la llanura. Apenas
-se nos advierte. La mirada indocta piensa que todo ha terminado, y que
-la quietud más absoluta reina debajo del invierno. Tal vez aparece sólo
-un musgo verde, una hierba sutil y tímida, por entre las rayas que trazó
-el arado; pero los surcos revivirán, y una gloria opulenta se levantará
-con las primeras brisas primaverales. Y en llegando la hora solar,
-cuando las ráfagas del viento sean de suaves como una caricia de amor,
-entonces nosotras daremos a la tierra una insuperable fronda de verdor.
-Y toda la llanura resplandecerá de gloria. Semejará un mar sin orillas,
-un océano fastuoso; desde los matorrales del Chaco hasta los acantilados
-de la Tierra de Fuego, la llanura se cubrirá de opulencia. Y el viento
-que surja de las hondonadas de los Andes irá a morir en el estero del
-Plata después de jugar con ese mar de verdura. Y luego vendrán las
-espigas, y la obra nuestra se habrá consumado. Y entonces la llanura
-parecerá un mar de oro, una fantasía de los cuentos de hadas, una<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span>
-promesa hecha fruto y un sueño convertido en oro.</p>
-
-<p>Germinad, compañeras. Somos el símbolo supremo; representamos la idea
-que se mete en la entraña, y que en el silencio labora, para surgir al
-fin en flores y frutos de realidad. De una idea del infinito brotaron
-los mundos; semillas siderales son los astros, que han de germinar en el
-silencio del Cosmos, hasta dar su cosecha fenomenal. ¿Qué era, sino una
-semilla, esta tierra asombrosa que nos sustenta? Llevaba dentro de sí
-los gérmenes de toda grandeza y también de todo crimen; la semilla se
-manifestó, nació la vida y ahora la tierra es un fruto grande y
-magnífico&mdash;quizá un poco amargo, ¡pero siempre magnífico!</p>
-
-<p>El mundo tiene hambre. ¡No descanséis, compañeras! En Europa nos
-aguardan los hombres numerosos, los que bullen en las ciudades, los que
-arrancan en las fábricas los objetos amados de la civilización. Nos
-aguarda el miserable, tanto como el potentado. Ninguna mesa nos repudia.
-El facineroso arranca violentamente el pan codiciado,<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span> y marcha a
-devorarlo en su cubil; así como la delicada doncella rompe el lindo pan
-crujiente y lo acaricia con su dentadura de marfil. Nadie se libra de
-nuestra tentación. Con pan se nutre la soberbia del hombre.</p>
-
-<p>Representamos el germen, esa cosa llena de misterio, de tentación, de
-curiosidad y de infinitas posibilidades. El germen es lo más misterioso
-y lo más inefable. En el germen está escondida la solución de todos los
-actos que después servirán de admiración. En un germen humano puede
-preexistir un Napoleón, un Sócrates o un desalmado. De gérmenes
-incontables está hecha la vida, y toda la vida es un germen florecido.
-También nosotras, gérmenes del pan, floreceremos en rubias espigas, como
-una filosofía que se resuelve en sublimes realidades. La realidad del
-pan caliente y restaurador: ésa ha de ser nuestra realidad futura.</p>
-
-<p>Laboremos, compañeras, bajo la helada tierra de la llanura. Después
-vendrá el sol tibio de la primavera, y las espigas ondularán
-graciosamente. Y vendrá el sol cálido del estío, y las mieses tomarán el
-color sagrado<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span> del oro. Y los hombres transitarán contentos por los
-campos. Se levantarán montañas de trigo. Los trenes correrán
-enardecidos, conduciendo afanosos el rico grano. Y los trenes
-desembocarán en el puerto, donde las naves enormes estarán aguardando la
-preciosa carga. Para llevarla a los cuatro ángulos del mundo.</p>
-
-<p>Y de las sucesivas cosechas, el mundo devolverá el regalo del trigo con
-montañas de oro acuñado. Y así se realizará el sueño de una nación cada
-vez más rica y populosa. Nacerán ciudades nuevas, se cubrirá la llanura
-de gentes afanadas. Finalmente vendrá una cosecha de ideas, que tal vez
-hoy viven en germen...</p>
-
-<p>Laborad, compañeras.<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII<br /><br />
-EL CANTO DEL EMIGRANTE</h2>
-
-<p>Decrépita Europa; avaro país del ahorro; patria de la prudencia y del
-temor, de la medida y de la minuciosidad, de lo reglamentado y de lo
-limitado: vieja Europa, ¡adiós!</p>
-
-<p>Vamos al país ancho y luminoso; al país que no tiene límites; a la
-patria de la inconsciencia; a la tierra que no cuenta, ni mide, ni
-ahorra, ni recela; al país que no tiene miedo del mañana, sino que ama
-al mañana, con la clara y confiada alegría del niño. Vamos a la tierra
-de promisión, donde existe todavía el azar, y lo fortuito, y lo
-imprevisto, y las locas sorpresas.<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span></p>
-
-<p>La prudencia de Europa nos había agarrotado entre sus brazos de
-sabiduría. ¡Malhaya la sabiduría que proporciona el hambre! Estamos
-cansados de experiencia, de prudencia, de medida y de limitación.
-Deseamos vivir la vida grande, la vida amplia. Nos ahogábamos en aquella
-atmósfera de prudencia, donde todo está contado y previsto.</p>
-
-<p>Adiós, tierra anciana y perezosa. Nosotros buscamos otra tierra
-virginal, que da sin cálculo ni medida. La tierra de Europa carece de
-ingenuidad; tiene la sabiduría de lo anciano, y entre ella y el
-agricultor se establece un contrato severo de exacta justicia; paga sus
-frutos a cambio de tantos puñados de abono&mdash;ni uno menos&mdash;y a cambio de
-tantos golpes de azada. Si no se le da lo que exige, no rinde lo justo.
-Es como un experimentado comerciante. Aquella tierra sabe demasiado.
-Tiene el pulso de la ciencia, de la vejez, de las largas comprobaciones.
-Ha llegado al límite del cálculo, maneja la balanza con una prolijidad
-de tendero.</p>
-
-<p>Mirad, en cambio, esa tierra nueva que se nos ofrece. Tiene la
-encantadora inexperien<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span>cia de la juventud, que confía en sus recursos
-vigorosos. Esa tierra joven se abre al soborno, al engaño, a la
-violencia del hombre. Lo da todo; se da entera, toda entera, al primer
-advenedizo. ¿Para qué quiere ella reservarse? La juventud no es
-previsora, carece de miedo, porque se cree inmortal y porque piensa que
-su vigor no ha de extinguirse jamás. Se la engaña con cuatro someros
-golpes de arado, con unos puñados de semilla arrojados al viento; no
-pide abono, no conoce la virtud estimulante de la química. Quédese el
-abono, la estimulación química, para las tierras ancianas y perezosas;
-esa nueva tierra de América, como un joven vigoroso, se ríe de los
-estimulantes.</p>
-
-<p>Europa quedó lejos, al otro lado de las altas olas. Las últimas cruces
-de sus campanarios desaparecieron en el horizonte; los amigos y los
-parientes que gritaban en el puerto, desaparecieron también: ya no
-escucharemos sus voces queridas, ni sentiremos el calor amargo de sus
-lágrimas cariñosas. ¡Oh patria, oh patria!... A pesar de tu ingratitud,
-no podemos arrancarte de nuestro co<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span>razón. Tu recuerdo nos ha seguido en
-el curso de la mar, como una golondrina sigue la estela del barco
-corredor. ¿Por qué nos atormentas?... Si has querido ser cruel, hasta el
-punto de lanzarnos a la emigración, ¿por qué nos persigues todavía?
-Desde lejos nos están hablando tus palabras insinuantes y pérfidas; nos
-traes el eco de los tamboriles y gaitas natales, el rumor de los bosques
-infantiles, las risas de las muchachas, el alboroto de los bailes
-domingueros, las hogueras de San Juan, las cenas de Nochebuena, el canto
-de los grillos, las fiestas de la vendimia... ¡Oh patria, oh patria!
-Déjanos para siempre, no prolongues tu crueldad hasta más allá de la
-emigración. Nos esclavizabas con el hambre, ¿y quieres ahora
-esclavizarnos con la nostalgia?</p>
-
-<p>El viaje llega a su fin. Piadoso, el mar nos ha transportado sobre sus
-robustas espaldas, nos ha mecido blandamente, y para que el pavor no
-amilane nuestras almas, ha separado las greñas adustas de la tempestad.
-En las noches de luna sus olas nos han hablado aquel lenguaje monocorde
-y sereno, tan pro<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span>picio a las evocaciones lejanas. Y el cielo del
-trópico nos ha regalado la fiesta de sus crepúsculos dorados, la
-brillantez de sus amaneceres, la pompa bíblica de sus noches
-estrelladas.</p>
-
-<p>Ya el viaje llega a su término. Aparecen las primeras gaviotas, como un
-saludo de las costas cercanas. Una mancha obscura ciñe el borde del
-horizonte. ¿Serán las nubes aún? ¡Es la tierra, la tierra de promisión,
-la tierra soñada! Y en seguida emergen de la bruma las torres de la gran
-ciudad, las chimeneas humeantes, las cúpulas.</p>
-
-<p>¡Salve, salve, tierra novísima! Acógenos con liberalidad. Que seas
-hospitalaria con nosotros los desterrados del viejo mundo. Que tu sol
-ilumine nuestros afanes; que tus vientos encumbren nuestras esperanzas.
-Que nos concedas la rica, la amada libertad.</p>
-
-<p>Ea, pues, compañeros, pongamos nuestra planta segura sobre esa tierra
-nueva. Tomemos posesión de las llanuras y de las montañas, de los
-bosques y de los ríos. Marchemos hacia las selvas, donde los árboles
-centenarios guardan el secreto de los siglos que pasaron.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span> El golpe de
-nuestras hachas hará despertar a los policromos papagayos y el cielo se
-punteará de colores caprichosos. Al ruido de nuestros pasos, el tigre
-cruel levantará su cabeza feroz; pero no temamos. Somos la vida
-inteligente, la civilización y la paz. Todas las alimañas de la selva
-necesitarán huir, desaparecer, ante nuestra invasión arrolladora.</p>
-
-<p>Marchemos hacia las remotas montañas, escalemos los picos de las
-cordilleras. Que los cóndores solitarios abandonen también sus
-madrigueras. Más alto que las nubes, sobre las madrigueras de los
-cóndores soberbios, ¡nosotros levantaremos la frente ambiciosa! Nos trae
-la ambición. Contra la ambición no valen nada las barreras de los montes
-más encumbrados. Y no nos detendrá el hielo. Iremos a los valles
-desiertos del Mediodía, allí donde los pájaros marinos graznan su
-estúpido canto en la soledad de los acantilados. Llevaremos la vida a
-aquellas playas distantes, y el humo de los hogares civilizados
-levantará su columna gloriosa en el cielo hiperbóreo.<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span></p>
-
-<p>Marchemos hacia la llanura. ¡Oh, qué maravilla divina, regalo de los
-dioses benéficos, ofrenda del cielo a los hombres de buena voluntad! Sus
-límites se confunden con el mar y con las ingentes cordilleras. Como un
-plato de abundancia se ofrece al hombre laborioso. Grande, inmensa,
-fabulosa, esa llanura no se acaba nunca. Parece un sueño fabuloso, o un
-cuento oriental. Su tierra es negra, blanda, profunda; no la entorpecen
-las rocas; toda ella es aprovechable, semejante al manjar que la
-providencia de una madre presenta al hijo. Y esa llanura infinita nos
-está aguardando. Nos espera, como la amada al amado, temblando de
-emoción, impaciente de recibir en sus entrañas nuestra caricia.</p>
-
-<p>¡Hurra, hurra! Los desheredados del viejo mundo, los hijos de la
-pobreza, los expulsados, marchemos a conquistar la tierra prometida. Con
-arados y azadones la conquistaremos. Será nuestra. Tendremos tesoros,
-riquezas increíbles, rebaños.</p>
-
-<p>Qué placer tan viril hundir el arado en la tierra virgen y ver cómo
-brotan mares de espigas. Anegarse en el oro del trigo cosechado.<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span> Sentir
-que la tierra produce sin esfuerzo, y que al tiempo de cosechar llega la
-fortuna repentinamente. Tender la mirada hasta el horizonte y ver que
-todo aquel océano de espigas maduras nos lo regala el destino. Sentirse
-fuerte y pletórico, como nadando en abundancias consecutivas y sin
-fin...</p>
-
-<p>El placer de los rebaños ascendentes, prolíficos; los rebaños que se
-hinchan, se agigantan, como en las leyendas bíblicas; los rebaños más
-numerosos que las arenas de la mar. La reproducción fastuosa, el
-crecimiento inaudito. Las ovejas que se multiplican en cifras de
-millares; el novillo que se convierte en multitudes de toros bramadores.
-Toda la llanura cubierta de vida y de abundancia. ¡Marchemos,
-compañeros, a conquistar esa tierra de promisión!</p>
-
-<p>Nosotros también, como las espigas y los ganados, nos multiplicaremos.
-Pequeños somos, es verdad, y pobres; pero nuestra semilla humana
-fructificará en cosechas de muchedumbres futuras. De nuestra raíz
-ambiciosa y viril nacerá el pueblo venidero. La llanura se cubrirá con
-los hijos de nuestra<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span> sangre, y ese pueblo futuro se hinchará, se
-agrandará gigantescamente, como las arenas del mar. Y así tendrá el
-mundo una reserva de nuevas y juveniles probabilidades. Cuando los
-continentes viejos no produzcan más que flores fatigadas, los hijos de
-nuestra sangre ofrecerán a la humanidad sus energías ingenuas, su
-entusiasmo y su optimismo.</p>
-
-<p>Sea bendito el fruto de nuestro trabajo. Y mil veces bendito sea el
-fruto de nuestra sangre, el hijo de nuestro ser. Que la Fortuna lo
-adopte y lo cuide celosamente, para que se convierta en una fuerte
-realidad; para que no se malogre en vanas tentativas; para que no le
-arrastre el demonio de la estúpida soberbia, o el otro demonio de la
-frivolidad, o aquel otro demonio que se llama sensualismo. ¡Que la
-Fortuna adopte al hijo de nuestra sangre, para que sea una realidad de
-fuerza, de pensamiento y de idealismo!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX<br /><br />
-ASPECTOS DE BUENOS AIRES</h2>
-
-<p class="subhd">Carencia de viejos</p>
-
-<p>Deseo hacer partícipe al lector de una de mis habituales preocupaciones:
-¿Dónde están los viejos porteños? ¿Hay ancianos en Buenos Aires? Y si
-existen viejecitos en esta turbulenta ciudad, ¿en qué rincones
-misteriosos se ocultan?</p>
-
-<p>El interés de algunas ciudades estriba nada más que en el número y la
-exhibición de sus ancianos. Los viejecitos de esas ciudades,
-generalmente tranquilas, suelen tener sus plazas y paseos exclusivos,
-adonde acuden los días de buen sol, si es invierno, o en las mañanas
-frescas del estío. Se les ve también en las<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span> puertas de las casas,
-mirando beatíficamente el transcurso de las cosas callejeras, o formando
-grupos en los bancos de los paseos, para comentar los sucesos de hace
-medio siglo.</p>
-
-<p>Estos viejos acartonados no existen en Buenos Aires. Naturalmente que
-sería demasiada exigencia pedir que en el vértigo de la City se pasearan
-con su pasito breve los sobrevivientes del tiempo de Rosas. Las ciudades
-agitadas suelen excluir de su centro vital a todas las personas débiles;
-pero en los remansos tranquilos, en los paseos centrales de París, por
-ejemplo, es frecuente encontrar a los pulcros ancianos de vestimenta
-anticuada y con la roseta, a veces, de una honorable condecoración.</p>
-
-<p>Yo he indagado en los paseos de Buenos Aires, y no he visto en ellos más
-que niños, transeúntes melancólicos y atorrantes. ¿Es que no hay viejos
-en Buenos Aires? Acaso no existan, en efecto, o cuando menos no forman
-multitud. Desde luego puede asegurarse que no existe esa clase de
-ancianos vegetativos, ambulantes, acartonados, de aquellos que pa<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span>recen
-conservarse por virtud de un ambiente particular.</p>
-
-<p>A muchos podrá parecerles este dato desconsolador. Pero si miramos al
-fondo del problema, fácil nos será advertir que la vejez acartonada, la
-vejez estacionaria y vegetativa, no siempre señala un grado distinguido
-de vitalidad. Al contrario, los casos de vejez excesiva son patrimonio
-de los países estacionarios, en que la existencia carece de energía y de
-ardor. Los viejos centenarios, según dicen las estadísticas, están en
-mayor número en los pueblos pobres y poco fecundos. Allí se llega a la
-longevidad por ausencia de gasto: es un efecto de economía que entra de
-lleno en la sordidez. A fuerza de escatimar la acción, la vida se
-prolonga; pero esa clase de vida, si vida puede llamársele, no merece
-ser envidiada.</p>
-
-<p>Mientras que en los pueblos activos, el hombre vive plenamente, sin
-reservarse; se abandona al remolino del azar, y pone todo su tesoro
-vital en la contienda. No se resguarda sórdidamente. Sus nervios, sus
-músculos, sus órganos fundamentales, su ce<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span>rebro, su imaginación, todo
-lo lanza a la vida. Cincuenta años de brega significan una larga
-historia de emociones. Vive, pero vive plenamente, con todo su ser,
-robustamente, intensamente. Negocia su existencia a un plazo corto;
-cuando el plazo ha vencido, sus órganos están destrozados. La muerte,
-inexorable cobrador, llega a hacer efectiva la letra. Y todo acaba. Y
-otro acude en seguida a ocupar el puesto...</p>
-
-<p class="subhd">Faltan gatos</p>
-
-<p>Otra particularidad muy curiosa de Buenos Aires, es que mantiene muy
-pocos gatos. Si se pudiera hacer una estadística de tales mamíferos,
-quedaríamos sorprendidos ante la cortedad de las cifras.</p>
-
-<p>En muchos países se considera al gato como una entidad adherente,
-indispensable, necesaria a la familia. El gato viene a ser así algo como
-el fogón, como el lecho, como la cuna, como la olla. Una familia sin
-gato, en esos pueblos a que me refiero, equivale a una fa<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span>milia trunca e
-incompleta. Cuando la familia cambia de lugar, el gato sigue el éxodo
-fielmente. Si la familia es pobre y ha sido desahuciada, el gato, sobre
-el ajuar miserable, aguanta estoicamente el revés de la fortuna. Y el
-gato se encarga de soportar el irascible humor de la familia, cuando la
-familia sufre, o recibe los mimos suaves cuando la familia goza. Unas
-veces puntapiés, otras veces sobaduras tiernas en el lomo, el gato lo
-soporta y lo acepta todo, con aquella cauta filosofía que tanto le
-distingue. Y se le ve en lo alto de los muebles, limpio y sedoso,
-adornado el cuello con una cinta roja; o junto al fogón mugriento, al
-calor de las brasas familiares. Algunas madres frustradas adoptan al
-gato como a hijo, prodigándole las más dulces afecciones. Y por la
-noche, sobre todo en las noches de luna invernal, los tejados suelen
-convertirse en escenarios de amorosas tragedias; los mahidos de los
-gatos llenan con su música supersticiosa la calma nocturna.</p>
-
-<p>En Buenos Aires se ven muy pocos gatos. Hay numerosas familias que
-desconocen al gato, que no lo han tenido nunca en sus casas.<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span> Esto
-parecería absurdo a muchas personas de otros países. ¿Por qué se ven
-pocos gatos en Buenos Aires? Es que les falta ternura a las familias
-porteñas? O es que no existen ratones?</p>
-
-<p>La explicación de este fenómeno debe de estar en una de las principales
-características bonaerenses, o sea en la accidentalidad y nomadismo de
-los hogares. Las familias se organizan demasiado bruscamente: en tal
-caso, muchas cosas del hogar necesitan padecer el defecto de la
-improvisación. Dos extranjeros, llegados de opuestas zonas, se
-encuentran, se aman, contraen matrimonio. Son dos «déracinés», como
-dicen los franceses. Al unirse, cada uno de los cónyuges hace omisión de
-sus hábitos tradicionales. Recuerdan que en su casa de la patria remota
-había un retrato del abuelo, unas cortinas que bordó la madre en su
-mocedad, un sofá donde murió el padre, un gato viejo y maniático... Pero
-todo esto ha quedado allá lejos, interrumpido, roto, sin continuidad,
-como un primer tomo de una novela. Al formar familia, instintivamente
-enuncian el propósito de<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span> «empezar de nuevo». Empiezan, efectivamente,
-una vida, una cuenta nueva. Todo en ellos es nuevo, sin tradición y sin
-compromisos anteriores. Compran los muebles, los utensilios juntos, de
-una vez. No heredan nada de nadie. El hogar es un conglomerado de cosas
-anónimas adquiridas en los bazares. ¿Cómo podrían acordarse del gato? El
-gato presupone historia y tradición familiares. No habiendo historia ni
-compromisos con los manes de los antepasados, el gato no tiene razón de
-ser ni de existir. Es verdad que caza ratones, y esa utilidad de sus
-garras podría sincerar su existencia; pero la química con sus polvos
-venenosos, la ferretería con sus cepos automáticos, superan a las uñas
-gatunas. La permanencia del gato no se debe a la utilidad. El gato, en
-la familia civilizada, tiene un sentido más íntimo, más filosófico, y de
-esencia más oculta.<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span></p>
-
-<p class="subhd">Los escaparates</p>
-
-<p>Pocas ciudades aventajan a Buenos Aires en el lujo de sus comercios. Es
-un lujo imaginario muchas veces, un derroche de luz y de maniquíes, una
-fantasía de exhibiciones. Los escaparates porteños resultan una
-verdadera fiesta de adornos, de prodigalidad, y con frecuencia también
-de buen gusto.</p>
-
-<p>Pero los escaparates, como todas las cosas, hasta las más vulgares,
-tienen su psicología particular. Repasando uno a uno los escaparates
-bonaerenses, es posible averiguar los vicios, las características
-morales, las pasiones de los habitantes. Observad, verbigracia, los
-comercios destinados a vender objetos comestibles, y descubriréis una
-nota original del carácter argentino: su escasa glotonería. Pero
-observad inmediatamente los escaparates de las tiendas de lujo, y
-conoceréis el prurito de ostentación que ocupa el mayor espacio del alma
-argentina.</p>
-
-<p>Los escaparates de los almacenes y reposterías no están en Buenos Aires
-a la altura de<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span> su prestigio. Hay muchos bares, restaurantes,
-confiterías; pero esa profusión de lugares donde se come y bebe no
-significa, a lo más, otra cosa que abundancia de dinero. Falta, en
-cambio, el esmero de las muestras, falta la tentación de las golosinas
-expuestas con ánimo de sobornar la gula del transeúnte. Esto indica que
-el argentino no es glotón. Mejor dicho, no es vicioso del comer. Sus
-antepasados, agarrándose al churrasco, al mate y a la galleta dura,
-soportaban las empresas heroicas de la llanura. El puchero, que aun se
-mantiene en vigor dentro de respetables familias, habla mejor que nada,
-con su simplismo culinario, de la sobriedad platense.</p>
-
-<p>Pero los escaparates de las tiendas de modas, adornos, bisutería, están
-hablando por su parte de la condición exhibitoria y fastuosa que llena
-el alma de los argentinos, así como de los seudoargentinos. Los
-comerciantes lo saben muy bien; las vitrinas de sus tiendas relumbran
-ante la mirada de las pobres mujeres fascinadas, y ante el ojo codicioso
-de los hombres. Gustan el charol,<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span> la seda, los encajes, las colas, las
-joyas, las plumas. Todo lo que concierne a la vanidad.</p>
-
-<p class="subhd">El horror a lo antiguo</p>
-
-<p>Las casas viejas de Buenos Aires se van. Quedan muy pocas, y las pocas
-que quedan desaparecen con singular rapidez.</p>
-
-<p>La muerte de las cosas familiares origina en todas partes un sentimiento
-de melancolía; cuando esas cosas, además de familiares, tienen un valor
-artístico, todavía la melancolía es mucho más acentuada y universal.
-Pero en Buenos Aires, por no se sabe qué fenómeno de psicología, todo
-eso no levanta la menor emoción. Caen las casas, se derriba lo viejo,
-huye lo familiar y lo histórico, y el alma pública sigue tan fría, como
-si esos objetos no la afectasen en nada. Se diría que la ciudad está
-poblada toda ella por gentes nuevas y adventicias, para quienes lo de
-ayer carece de sentido. Sus almas se diría que no guardan contacto ni
-continuidad con las almas antepasadas. Se diría una ciudad sin<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span>
-historia, sobre todo sin abolengo, cuya tradición comienza desde ayer
-mismo, todavía más: desde hoy...</p>
-
-<p>Lo característico de Buenos Aires, y también de la vasta región que
-sigue sus inspiraciones, es una especie de horror hacia lo viejo.
-Repugnancia por la pátina,&mdash;he ahí lo que singulariza a la moderna
-sociedad argentina. Las casas todas son nuevas; cuando la pesadumbre de
-diez, veinte años, empieza a barnizarlas con el matiz inapreciable del
-tiempo, entonces se las derriba y se construye otras nuevecitas y
-flamantes. Los muebles tienen que ser nuevos también, para que los
-salones de una casa ofrezcan el aspecto de haber sido amueblados el día
-anterior por la tarde. Nada de antigüedad.</p>
-
-<p>Los países europeos sienten gusto de estimar las cosas, no por su
-novedad, sino por sus anos; aquellas gentes entienden que una familia
-será tanto más noble, cuanto más generaciones pueda contar, y que los
-muebles, las casas, las joyas y los trajes ganan en nobleza con el
-tiempo. Se piensa allí que lo noble no es lo de hoy, porque toda
-nobleza<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span> heráldica o intelectual, necesita ser contrastada y discernida
-por los años, por los siglos. Se piensa allí además que la pátina es el
-secreto de la estética, puesto que un hermoso palacio recién construído,
-con sus piedras blancas y virginales, está recordando con exceso al
-albañil y al maestro cantero; parece haber salido de un taller, limpio,
-brillante, con la firma del arquitecto bien visible y las huellas de las
-manos del herrero en las verjas del parque. Mientras que, al contrario,
-un simple torreón viejo devorado por la yedra, ofrece, gracias a su
-adusta vejez y a su anónima factura, un efecto extraño de belleza. Es
-como si el torreón ese hubiera surgido hecho de la misma tierra, o como
-si toda una época, toda una civilización, hubiesen tomado parte en su
-obra. Del mismo modo se entiende, en esos países europeos, que el
-mármol, el marfil y el bronce ganan con el tiempo, así como las buenas y
-legítimas joyas, y que careciendo de pátina, el cristo de marfil y la
-estatuita de bronce, recuerdan demasiado al bazar de «objetos
-artísticos» en donde fueron comprados.<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span></p>
-
-<p>En los objetos del culto cristiano se advierte el mismo afán de
-pulcritud, la misma tendencia hacia lo bonito de los criollos. Los
-extranjeros que llegan de países seculares quedan sorprendidos ante el
-efecto, casi negativo, que ocasionan esos templos barnizados,
-desprovistos de penumbra y de ha grave austeridad que debe tener una
-casa de oración. Una catedral gótica, con sus sepulcros de mármol
-mohoso, sus altares un poco descoloridos y sus imágenes algo
-desportilladas, sería recibida en Buenos Aires con un mohín de
-repugnancia. Inmediatamente abrirían ventanas en los muros, para que las
-naves sombrías adquirieran luz, y los santos y los altares, las piedras
-consumidas por el roce de los siglos, todo eso que habla al espíritu
-religioso de una manera tan profunda, sería reformado, pulido,
-barnizado, puesto a tono con la general corrección mundana.</p>
-
-<p>Tampoco se muestra la gente muy apegada a desempolvar recuerdos
-históricos de larga fecha. Todo cuanto se refiere a un siglo pertenece a
-la «edad antigua». La historia propiamente dicha comienza en la
-re<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span>volución de 1810; lo anterior a esa fecha corresponde a la
-prehistoria. Se sospecha que antes de ese año culminante de la
-revolución hubo hombres, quizá comerciantes, acaso artesanos: pero todo
-aparece borroso y vago, como podría aparecer a los ojos de un francés la
-vida de los galos prelatinos. No se quiere ahondar demasiado en los
-prolegómenos de la nacionalidad. En rigor, aquellos siglos preliminares
-en que se formaban la raza y el carácter merecen poca simpatía; es como
-si se tratara de cosas y personas extrañas, sin contacto con las cosas y
-personas actuales. Y, sin embargo, los pueblos tienen mucha semejanza
-con los vinos. Los buenos cosecheros preparan en un principio sus cubas,
-maceran los caldos, hasta que el recipiente se empapa y satura de esa
-que, castizamente, se llama «solera». Aunque el vino primitivo vaya
-enajenándose, las nuevas aportaciones se saturan del sabor originario,
-gracias a la poderosa virtud de la solera, y las nuevas cosechas, en
-infinitos años, conservan siempre el sabor y el tono de la elaboración
-primera. Los pueblos, asimismo, por muchas<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span> importaciones y renovaciones
-que sufran, guardan siempre la modalidad, enérgica, definitiva, que
-adquirieron en su formación. Por eso, con todas las aportaciones
-exóticas y multiformes que caen diariamente en la Argentina, la
-modalidad auténtica, la que se formó en los primeros tiempos de la
-colonia, se mantiene viva siempre.</p>
-
-<p>Pero el tiempo pasará, y todo lo que ahora es heteróclito y renovado irá
-consolidándose. Las fortunas se harán cada vez más tradicionales. Las
-familias contarán entonces con un abolengo de varias generaciones. Y
-nacerá, si no ha nacido ya en pequeña escala y tímidamente, el amor y el
-culto por los antepasados.</p>
-
-<p>Cuando llegue ese momento, los argentinos lamentarán la irrespetuosa
-manía de destrucción de sus antepasados. Modestas, frágiles y sencillas
-como eran, sin embargo, aquellas mansiones viejas habían guardado el
-aliento de los abuelos, en su ámbito se desenvolvieron las vidas
-antepasadas, y de ellas surgió el molde de la nacionalidad.<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span></p>
-
-<p class="subhd">La marea humana</p>
-
-<p>Todos sabemos que una ciudad guarda mucho parecido con el cuerpo humano:
-tiene un órgano vital, de donde fluye y se esparce la energía dinámica.
-El corazón es la urna que contiene el tesoro bullente de la vida humana;
-las ciudades poseen también su corazón.</p>
-
-<p>El palpitante corazón de Buenos Aires se llama la City. Suprimid ese
-barrio vital, y la población no tendrá ninguna razón de ser; paralizad
-el movimiento febril de la City, y la ciudad habrá quedado inmóvil,
-yerta, como un hombre presa de un síncope.</p>
-
-<p>Una de las cualidades de Buenos Aires que merece mayor aprecio, es su
-franqueza. Buenos Aires no engaña a nadie. Al extranjero que desembarca
-en los muelles, le ofrece como primer espectáculo el de la City, con sus
-bancos y oficinas de negocio. Hace, como si dijéramos, sonar un saquito
-de monedas al oído del inmigrante, para convencerle desde<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span> luego que en
-esa tierra de promisión no encontrará más que tópicos monetarios.</p>
-
-<p>Otras poblaciones suelen ser hipócritas o convencionales. Presentan al
-viajero las severas fachadas de sus Universidades, liceos y pinacotecas,
-con la intención de aparentar una vida de divagaciones mentales. Pero
-Buenos Aires, mucho más sincero, pone en primer lugar sus Bancos y
-oficinas mercantiles. Así logra encadenar al hombre ambicioso,
-inyectándole desde el momento que desembarca el virus de la codicia. Una
-codicia franca y leal, libre de simulaciones.</p>
-
-<p>La City propiamente dicha es pequeña: comprende cuando más una
-superficie de un kilómetro cuadrado. En ese espacio de terreno tan corto
-se encuentra lo más vigoroso y potente de la ciudad: los Bancos, la
-Bolsa, las agencias de navegación, los grandes remates, las oficinas de
-tierras y de seguros. Lo más vivo, todo cuanto significa fuerza
-financiera, está comprendido en esas calles privilegiadas.</p>
-
-<p>Pero la City, a pesar de ser el corazón de la metrópoli, tiene aspectos
-tan distintos, que<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span> parece una ciudad extraña, un pueblo extranjero
-incrustado en la urbe criolla. El americanismo novelesco evoca en la
-imaginación formas ligeras e indolentes, colores claros y pintorescos.
-La City no es americana en ese sentido. Es de un americanismo yanqui;
-negra, fea y agria. La angostura de sus calles hace que los tranvías,
-los carruajes y las personas vayan disputando entre sí y eludiéndose a
-trompicones. Uno piensa con terror que camina por la calle de milagro, y
-se llega a creer firmemente en una providencia vigilante.</p>
-
-<p>Y el ruido. No se parece al ruido disciplinado de algunas avenidas
-europeas, donde el paso simétrico de cuatro filas de vehículos recuerda
-a un ejército en marcha, a un torrente majestuoso. En la angostura de la
-City bonaerense, el ruido es desordenado, agudo, irritante. Los
-tranvías, rozando las aceras, arrojan al oído del transeunte sus latidos
-metálicos que crispan; los carros se enredan; riñen los conductores, se
-apostrofan y amenazan con los puños cerrados. Los nervios vibran. Y
-pasan rápidos los caminantes, em<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span>pujándose, pisándose, obsesos en su
-única y común preocupación.</p>
-
-<p>Sin embargo de su fealdad y su acritud, ¡qué emocionante es la City!
-Nada hay en Buenos Aires que me produzca una impresión tan enérgica,
-como un paseo por ese barrio cartaginés. Siento en sus calles como la
-brutal caricia de una ráfaga huracanada. Me acuerdo del Océano, de la
-tempestad, de los precipicios torrenciales, de todas las cosas
-primitivas y fuertes que acatan el imperio de la fatalidad. En esas
-calles tumultuosas recibo un aliento de sana y trascendental barbarie.
-Me olvido de las exquisiteces decadentistas, de las neurosis afeminadas,
-de los remudamientos intelectuales. La muchedumbre me rodea, me traga, y
-yo me veo arrastrado como por un torrente. Olvido y disculpo los
-encontronazos de los hombres, los atropellos de los carruajes; sobre mi
-naturaleza de hombre de gabinete, aquella marea oceánica ensaya sus
-golpes y ultrajes más imponentes.</p>
-
-<p>Bárbaro y violento, todo aquello tiene para mí un sabor nuevo, extraño,
-excitante. Las<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span> caras rojas de los negociantes, la falta de educación y
-compostura, los ademanes bruscos, eso apenas roza mi sensibilidad. Todo
-lo brutal que allí reside, yo lo disculpo. La ola total me agarra, me
-lleva, me infunde vigor, como un gran trago de <i>whisky</i>. Siento que me
-asalta entonces la borrachera de aquella multitud encandilada, y el
-entusiasmo del ambiente se me introduce en la tímida alma
-intelectual...<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span></p>
-
-<h2><a name="X" id="X"></a>X<br /><br />
-PSICOLOGÍA DE LOS ANUNCIOS</h2>
-
-<p>Antes de visitar la República Argentina conocía yo varias de sus
-intimidades. La lección previa me la habían dado sus periódicos, grandes
-como océanos. Pero no aprendí a conocer esas interioridades en las
-columnas periodísticas, en sus artículos políticos ni en sus reseñas
-sociales o policíacas. Mi curiosidad bebía en unas fuentes humildes y
-despreciadas: en las planas de anuncios.</p>
-
-<p>Cada pueblo tiene su fisonomía; tienen también las planas de avisos de
-sus periódicos un tono diferenciado. ¿Para qué buscar los datos en las
-planas principales de las hojas cotidianas? La verdad y el rasgo
-caracterís<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span>tico suelen estar allí casi siempre velados o atenuados. La
-civilización, obligándonos al uso del guante, quiere también que
-enguantemos nuestras ideas y emociones. Se escribe discretamente,
-envolviendo en eufemismos los pensamientos, poniendo sordina a la
-indignación y evitando los grandes ademanes. En cambio, quién es capaz
-de contener las exclamaciones rudas y sinceras de los anuncios? Los
-artículos pasan por el tamiz del director o del propietario, mientras
-que los anuncios llegan directamente de la calle y pasan a la imprenta.
-Pagan religiosamente su inserción, y en tal sentido se sienten con el
-derecho de decir la verdad.</p>
-
-<p>La grosería de lo demasiado sincero es una de sus peculiaridades. Están
-ahí todos los días, revueltos y amontonados, gesticuladores. Nos hacen
-muecas raras y altisonantes, para que nos fijemos en ellos. Como los
-sacamuelas de las plazas, como los apóstoles de las sesenta religiones
-que actúan dominicalmente en los jardines de Boston o de Cincinati, esos
-avisos cotidianos se esfuerzan por atraernos. Si uno grita, otro grita<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span>
-más fuerte. Recurren a todos los arbitrios de notoriedad, y emplean en
-ello un ingenio sutil y estrambótico. Nos ofrecen todo, nos regalan
-todas las delicias, con tal de que les hagamos caso. Brindan la salud,
-la fortuna, la felicidad... Pero tan grotescos y charlatanes como son,
-en los anuncios está la raíz psicológica de un pueblo.</p>
-
-<p>Más adelante, cuando una sociedad venidera intente reconstruir la
-historia prolija de nuestra época atormentada, necesitará recurrir a
-planes de comprobación muy delicados, y apartar la hojarasca de los
-datos numerosos y confusos. Ningún dato mejor que los anuncios. Las
-sociedades futuras observarán, por ejemplo, que el mayor número de
-avisos está formado de dos temas: la oferta de específicos medicinales y
-la invitación de medios para adquirir fortuna. Con lo que deducirán que
-nuestra época padece dos enfermedades distintas y una dolencia
-verdadera: intemperancia.</p>
-
-<p>He dicho antes que yo conocía previamente los rasgos argentinos por los
-avisos de sus periódicos. Me gustaba, efectivamente, hun<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span>dirme en la
-lectura de sus numerosos anuncios, desentrañar su sentido, gozarme en su
-pintoresca confusión. No he sentido después una sensación tan plena de
-la inconsciente juventud argentina. Yo me entretenía en el juego raro de
-«perderme» entre las columnas y planas anunciadoras de los periódicos de
-Buenos Aires, analizar su alma, discernir sus rasgos originales.</p>
-
-<p>«Se presta dinero sobre sueldos y alhajas», es el aviso que menudea en
-muchas capitales burocráticas de Europa. En Buenos Aires también abundan
-los avisos de préstamo. ¡Pero qué distintos! Leed uno: «Dinero
-disponible, <i>cualquier suma</i>, para hipotecas. Largos plazos y
-amortización a voluntad del tomador». Hay otro más expresivo todavía:
-«Cualquier suma disponible, desde 10,000 hasta 1.000,000 de pesos...».
-Aquí no se trata de mezquinas usuras sobre sueldos; no se transparenta
-aquí, detrás del aviso, una vida de estrechez y de mal disimulada
-tacañería. La usura, en este caso, toma un aspecto magnífico. En ese
-millón de pesos ofrecido hay una enorme ambición de dar, y otra enorme<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span>
-ambición de arriesgarse en estupendas aventuras. Pueblo que vive del
-crédito, gente que no sabe ahorrar ni contener sus prodigalidades y sus
-apetitos; pueblo que carece de dinero, posee, sin embargo, la audacia de
-entenderse por cifras de millones.</p>
-
-<p>La virgen tierra inacabable aparece detrás de los avisos como un mágico
-telón de fondo. La locura de la tierra, la locura de las especulaciones
-bruscas, rápidas, ilógicas, es una característica del país, la que le da
-el tono principal, la que le hace aparecer como un gran tapete verde en
-donde todo es motivo de juego y de azar; las cosechas de trigo, los
-rebaños, los barcos llenos de maíz. «Compro cualquier extensión de
-tierra, pagando al contado,» dice un aviso gallardamente.</p>
-
-<p>La grandeza territorial de un país no saben expresarla bien los mapas y
-las geografías. Tantos grados de latitud, tantos kilómetros cuadrados de
-superficie: todas esas cifras geográficas no aciertan a darnos una
-visión clara de la extensión. Los avisos saben medir mejor. «En Río
-Negro, vendo 5,000 hectáreas, y dos fracciones con 10,000 hectá<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span>reas más
-o menos.» Este <i>más</i> o <i>menos</i> es de una real e ingenua magnificencia.
-Acostumbrado a ver las parcelas de tierra perfectamente medidas hasta el
-centímetro, un europeo queda asombrado ante esas elásticas mediciones,
-ante ese <i>más</i> o <i>menos</i> que bien puede consistir en 100 ó 500
-hectáreas. «Vendo cuatro leguas en el Neuquen.» He ahí cómo los avisos
-de los periódicos son los más justos y expresivos historiadores de la
-Argentina.</p>
-
-<p>Hasta en la manera de pedir y ofrecer empleos resultan grandes
-psicólogos los avisos. No se solicita trabajo en forma humilde y
-pordiosera, como en los países muy trabajados por la concurrencia. Los
-avisos dicen simplemente: «Necesito obreros; tres pesos por día.»
-«Jardinero experimentado, se ofrece.» No hay aquí ninguna imposición por
-parte del amo ni ninguna mendicidad del lado del operario. Se
-transparenta la libertad de contratarse, el ir y venir de los hombres a
-lo largo de los oficios, hacia la meta hipotética de la fortuna.</p>
-
-<p>Luego viene el capítulo numeroso de los avisos de subastas. A través de
-esos avisos<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span> está viendo el lector la trama nacional, el ambiente de
-aventura, de engaños y de audacias. Se ve pasar una multitud de
-agiotistas, especuladores, locos, ilusos y temerarios. Hallazgos
-inauditos, sorpresas fabulosas, negocios pingües realizados en un día.
-Terrenos que se compran por la mañana a diez, y por la noche se venden a
-cien. Acaso pérdidas bruscas y jugadas más que dudosas.</p>
-
-<p>También nos enseñan los anuncios a conocer el espíritu nómada de estos
-países improvisados, repentistas, sin cimientos en la tradición. Basta
-fijarse en la sección de compras y ventas. Se venden las casas como
-pudieran venderse juguetes. Se venden las casas con sus muebles, con
-todos los objetos familiares. En las viejas sociedades está la familia
-como pegada a la tierra y a los objetos caros. Antes de desprenderse de
-un mueble, una familia europea echa mano de todos los recursos
-defensivos, porque el mueble conserva el roce y el baño de la tradición.
-En aquel sofá se sentaba el abuelo; aquel crucifijo oyó las oraciones de
-la madre; en aquel armario se guardaban los mantones bordados y los
-aba<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span>nicos de nácar de la abuela. Tienen aquellos objetos aromas
-espirituales. Pero en Buenos Aires los muebles son cosas sin expresión:
-se compraron ayer todos juntos, y como hoy han pasado de moda, se venden
-todos en montón. Nada dicen a las sumidades del alma donde se esconden
-los recuerdos. Nacieron de la vanidad y la vanidad los enajena. Van,
-ruedan, como los hombres, como las familias, como todo el país...</p>
-
-<p>La gente vive muy aprisa y está enferma; pero no quiere morirse. Para
-enfermedades indefinibles se inventan medicinas fantásticas. ¡Pobre
-humanidad civilizada! Compras muy cara tu civilización. Los avisos de
-los periódicos lo dicen: necesitas excitantes alcohólicos para
-multiplicar la actividad del trabajo o del placer, y te hacen falta
-tónicos reconstituyentes para no caer en la consunción.</p>
-
-<p>La sociedad requiere el <i>whisky</i>, el vermut o el cognac para ofrecerle
-al organismo una amplificación enérgica. Es preciso comer mucho, creando
-una energía artificial que nos permita dilatarnos hasta todas las
-solicita<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span>ciones de la ambición y de la sensualidad. Para eso se inventan
-los aperitivos. Cuando éstos no bastan, se inventan las panaceas
-reconstituyentes, los tónicos salvadores. Pero las panaceas
-farmacéuticas no son más que livianos paliativos o donosas mentiras.
-Entonces sobreviene la neurastenia, el histerismo. Los avisos lo dicen:
-Las tres cuartas partes de los médicos que se anuncian en los periódicos
-son especialistas de enfermedades nerviosas.</p>
-
-<p>¡Enloquecer! Este es el destino de las sociedades ambiciosas, activas,
-incontinentes. El progreso exige que vibremos como cuerdas tensas y que
-no hallemos jamás el reposo o el término a nuestros apetitos apasionados
-¡Más, más! Este es el mandato imperativo. Un algo trágico surge del
-maremagnum de los avisos. Entre el júbilo de las ventas y de los
-millones ofrecidos, se levanta la hostil catadura del farmacéutico
-trayéndonos un frasco tonificante. Cansancio, agotamiento; he ahí el
-corolario de la vida moderna. Y una locura ascendente, devastadora, que
-alcanza a todos los seres humanos.<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span></p>
-
-<p>Esa tragedia moderna está hablando ahí, en las planas de los periódicos.
-No hay novela, no hay historia tan íntimamente veraz y emocionante como
-los avisos de un periódico. La humanidad aparece en ellos desnuda, con
-el más desconcertante impudor.<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI<br /><br />
-LAS MANSIONES Y LOS HOMBRES IMAGINARIOS</h2>
-
-<p>¿Qué cosa es lo real? Por el supremo valor que le damos al dinero, nos
-inclinamos a respetar como la cosa más real y positiva, un Banco, por
-ejemplo. Sin embargo, en Buenos Aires he perdido yo el respeto que me
-merecían, como a todos los hombres pobres, los Bancos.</p>
-
-<p>Junto a los Bancos de la City se reúne una multitud de escritorios y
-pequeñas oficinas, de distintos tamaños, de nacionalidades diversas. Al
-principio sentía yo un gran respeto por esas oficinas, adornadas con
-todo el lujo de rótulos dorados, extensos cristales, table<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span>ros con
-cifras y cotizaciones, ingentes armarios de hierro. También me causaban
-respeto una especie de antros, a cuya puerta veía clavadas muchas,
-infinitas placas de cobre con un nombre o una firma comercial. Miraba al
-pasar el fondo de aquellas habitaciones, y descubría allí dentro un algo
-misterioso, una suerte de esfuerzos heroicos en que estaban empeñadas
-gentes audaces y patrióticas. Pero también les he perdido el respeto a
-esos antros... Ahora los miro como lugares cómicos, pintorescos, nidos
-de aventuras novelables.</p>
-
-<p>Son unos locales espaciosos, compuestos de un patio largo al que
-convergen numerosos cuartos y gabinetes; en los pisos altos se continúa
-la misma distribución de habitaciones autónomas. Cada gabinete ostenta
-un número, como las celdas de una cárcel o de un hospital; junto a la
-puerta, una placa de porcelana o de cobre indica el apellido del dueño.
-Estos dueños asumen las más variadas y antagónicas profesiones. Unos son
-abogados, otros ingenieros, contratistas, rematadores de tierras,
-registradores, notarios, agentes comerciales, representantes de
-compañías navieras,<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span> de compañías pobladoras, de compañías de seguros;
-otros negocios y profesiones suele haber que lindan con lo fantástico.
-Cualquier persona que tenga el propósito de especular, pone su placa a
-la puerta de un gabinete, planta una mesa y cuatro sillas, compra una
-máquina de escribir y se pone a operar. ¿Sobre qué opera? Sobre nada,
-sobre el vacío. Ya es una empresa de seguros, ya una sociedad de avisos,
-de colonización, de cualquier cosa. En muchos de estos gabinetes se
-sientan, es claro, verdaderos abogados, verdaderos comisionistas y
-evidentes sociedades de colonización y de seguros; pero quienes dan
-carácter a la cosa son los otros, los imaginarios, los increíbles e
-inauditos.</p>
-
-<p>¿Qué habrá ahí dentro?&mdash;me preguntaba yo antes.&mdash;Hay hombres serios que
-trabajan y operan sobre realidades; pero una muchedumbre opera sobre
-sombras y palabras. Allí dentro no hay nada, o hay cosas de apariencia y
-de ilusión. Este, por ejemplo, tiene en su mesa o tiradas por los
-divanes, muestras de un alambre nuevo para cercar campos; el otro
-presenta unas espigas de trigo cose<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span>chadas en un campo «que se dice que
-se vende y es una pichincha»; otros no presentan ni eso, como no sea una
-placa con un nombre, que es un enigma.</p>
-
-<p>Pero en ningún escritorio faltan planos y mapas de pueblos y territorios
-lejanos. Los terrenos aparecen cortados por líneas simétricas, en forma
-de parcelas cuadradas: son los terrenos, los eternos <i>terrenos</i> que se
-ofrecen a la especulación, las fichas de este gran tapete verde de la
-república donde se juega a la compra y venta de fantasías.</p>
-
-<p>Allí se fraguan negocios extraños. Pulula por allí una gitanería
-internacional, un picarismo cosmopolita, digno de la pluma de un
-Dickens. Nadie tiene allí punta ni asomo de idiota; todos son
-perfectamente linces, educados en la escuela de lo maravilloso. Se ve a
-un italiano asociarse con un andaluz, a un vasco con un ruso, a un
-inglés con un dálmata. Unos se engañan a otros, se echan la zancadilla,
-en un torneo de astucia. Esperan a los incautos y a los ilusos. Viajan
-en viajes repentinos y anónimos, para volver con informes y hallazgos
-recogidos tierra adentro.<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span> Tienden la red, como las arañas, y aguardan a
-la presa.</p>
-
-<p>Allí se fabrican reputaciones sorprendentes. Los campos secos, con
-cuatro flacos novillos, pasan a convertirse en fértiles terrenos de
-pasturaje. Enseñan muestras de pasto, o plantas de lino y maíz de gran
-desarrollo. Con el dedo se recorren los mapas, hechos con la ciencia
-aduladora de los técnicos que están en el secreto del negocio; se miden
-en el mapa los terrenos y se ponderan sus perfecciones. Por aquí ha de
-pasar el ferrocarril; allá se ha de fundar una colonia agrícola; por
-aquel lado irá un canal de riego... Y las tierras se venden, se compran,
-sin que nadie las haya visto. En ellas no hay cultivo, ni rinden ninguna
-renta. No se compran por su valor esencial, sino por el valor que se
-supone han de alcanzar más tarde. Como todos tienen interés en sostener
-la farsa, la farsa sigue su curso. Ved un tapete inmenso, en cuya verde
-superficie se reflejan las ambiciones y fantasías de tanto soñador, de
-tanto aventurero.</p>
-
-<p>Un ambiente así, tan recargado de especulaciones monetarias, ha tenido
-que producir<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span> muchas locuras. Uno de los locos más típicos, es el que
-llamo yo «creador de proyectos». Su locura no cae dentro de los límites
-del manicomio; no es un demente de clínica: es simplemente un maniático,
-como el enamorado, como el artista. Tiene la monomanía de los proyectos,
-tiene el ideal de la fortuna, así como para el enamorado y para el
-artista sus ideales se convierten en obsesión fija y constante.</p>
-
-<p>El proyectista se levanta pensando en sus colosales negocios, y se
-duerme con sus sueños de fortuna; pero la fortuna no se le aparece en
-una forma material, sino fantástica e idealista. No quiere él la fortuna
-como los hombres prácticos, para conseguir cosas y satisfacciones
-reales: él desea la fortuna por la fortuna misma, ama el proyecto por el
-proyecto. Algo parecido a Don Quijote, el creador de proyectos se ha
-imaginado una Dulcinea, y por su bello amor vive, sueña, batalla, corre,
-habla.</p>
-
-<p>Le veréis en cualquier punto del centro de la ciudad. Está en los cafés,
-en los «bars», en los pasillos de los teatros. Como si su ex<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span>citación
-cerebral no fuera suficiente, aun la aumenta con los aperitivos y
-estimulantes. Bebe vermut, copa tras copa; bebe sucesivas tazas de
-espeso café; ingiere a borbotones la cerveza. Borracho por su monomanía,
-apenas se da cuenta de la embriaguez alcohólica. Los alcoholes no añaden
-locura a su borrachera idiosincrásica, permanente.</p>
-
-<p>¡Oh soñador, soñador empedernido, soñador de fantasías metálicas! El oro
-de las libras esterlinas, la sedosidad de los billetes de banco, lo
-envuelven en continuas sinfonías ideales. Y marcha por la vida
-escuchando el sonoro retintín de las monedas, estimulado por su música
-interior, enloquecido por la sarcástica excitación de su demonio íntimo.</p>
-
-<p>Un loco hace cien locos. El proyectista comunica a sus semejantes su
-locura, y allí donde va deja un rastro de utopías. Escoge por lo regular
-las naturalezas blandas y propicias, tal como los recién desembarcados.
-Entonces ocurre que el que llega, en cuanto pisa tierra, choca con el
-creador de proyectos, y el hombre se pierde irremediablemente.
-Desembarcar en América, en el país del oro,<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span> y tropezar con un hombre
-que baraja negocios, que hila y amontona proyectos, esto es tan terrible
-como caer por la boca de un abismo. Así se explica que las calles del
-centro estén pobladas por una muchedumbre rara, hiperbólica,
-febricitante, que manotea epilépticamente al conjuro de una idéntica
-locura. Todos hablan de proyectos enormes, de ganancias monstruosas.
-Sobre las mesas de los cafés, de pie ante el mostrador de un «bar», en
-mitad de la calle, los proyectistas gesticulan entusiasmados, o hablan
-muy bajito, misteriosamente, para que nadie les sorprenda la idea y les
-malogre el descomunal negocio.</p>
-
-<p>Negocios descomunales, sí; negocios estupendos. Pensar en grandes
-destinos, o no pensar en nada. Unas veces se trata de crear una ciudad;
-otras veces el asunto consiste en regar un desierto y valorizar las
-tierras en proporciones de dos a mil; otras veces se habla de un invento
-prodigioso, o de una nueva forma de reclamo, o de sociedades anónimas
-con capitales inauditos. Las cifras más altas, los miles y millones de
-pesos, bailan una danza extraña dentro de esas imagina<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span>ciones
-espoleadas. Las demás cosas del mundo las encuentran insensibles; no
-salen nunca del riñón de la ciudad, y en esas calles apasionadas y
-ruidosas, ellos encuentran un placer morboso que los enajena. El
-estrépito de tranvías y carros, el vocear de los chicos, los tropezones,
-la continua alarma de la calle, todo eso los enardece.</p>
-
-<p>Absortos en su ideal, temblando siempre ante la inminencia del éxito, su
-cerebro se convierte en una colmena de ilusiones. Dentro de sus almas
-hay fuegos fatuos, sombras siniestras, iluminaciones repentinas y
-maravillosas. Riman cantidades, como el poeta rima bellos adjetivos.
-Poetas del negocio, idealistas estrambóticos en un medio cartaginés,
-ellos vienen a ser las mariposas o la flor romántica del centro de la
-ciudad. Flores morbosas y enfermizas, caldeadas por la locura.</p>
-
-<p>Hasta que caen lentamente en la indigencia, y se convierten en
-atorrantes. O una noche cualquiera, no pudiendo sus pobres cabezas
-resistir tan alta presión, revientan y se mueren.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII<br /><br />
-UNA FARMACIA EN LA CITY</h2>
-
-<p class="subhd">La torre del vigía</p>
-
-<p>¿Cuál es el punto más estratégico desde donde se puede vigilar mejor la
-miseria humana?</p>
-
-<p>Una sala de juego, un confesionario, un cálido salón de baile son
-culminantes sitios de investigación, en donde el ojo despierto penetrará
-como una saeta en la psicología humana. Pero existe otro lugar
-ventajosamente colocado sobre el panorama del mundo, o sobre el
-escenario social, punto obligado adonde afluyen los dolores del hombre y
-en donde la humanidad se muestra sinceramente<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span> en toda su pobre miseria.
-Este lugar de transcendente observación se halla al alcance de cualquier
-espíritu curioso. Se trata simplemente de las farmacias.</p>
-
-<p>El boticario es aquel para quien no existen secretos. El sabe qué
-pequeños, qué endebles y cuán cobardes somos. Situado en su mostrador,
-ningún esfuerzo necesita hacer para averiguar nuestras debilidades.
-Desde que el día amanece hasta que la noche se cierra, todos nosotros
-acudimos anhelantes donde él y le pedimos la salud, la providencial
-salud para nuestra gran cobardía y nuestro estupendo miedo de morir. Y
-todos nuestros vicios de lujuria, de glotonería, de sensualidad
-impenitente, el boticario los conoce. Con más sinceridad todavía que al
-confesor, le revelamos al boticario nuestras flaquezas. ¡Oh discreto y
-tácito farmacéutico, que sabe callar tan filosóficamente y que no guarda
-para nuestra miseria la menor sonrisa de desprecio!</p>
-
-<p>Alguna vez me ha arrastrado a la botica un malsano instinto de
-curiosidad, y allí me he complacido en asistir al desarrollo y trán<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span>sito
-de los gestos, las palabras, los elocuentes detalles del público, que
-acude con sus recetas y con su zozobra. Pero las farmacias guardan entre
-sí una vasta relación de categorías. No todas son igualmente
-entretenidas e ilustradoras. La botica de los barrios pobres, por
-ejemplo, sólo nos muestra un lado de la humanidad; la pobreza, la vil
-pobreza. Y cuando la pobreza se junta con la enfermedad, entonces surge
-un espectáculo que nada tiene de tentador. Son otras las farmacias
-sugestivas. Las situadas en los barrios ricos, ¡éstas sí que ofrecen
-largo tema de experimentación! Además tienen de favorable su ausencia de
-tragedia. El elemento trágico de las boticas pobres se convierte en
-tragi-cómico allá en las boticas que abastecen a los ricos. Porque el
-rico es un ser que teme a la muerte con un temor ridículo. Tiene miedo
-hasta de la sospecha de morir. Su regalona sensualidad se crispa a la
-más pequeña amenaza del dolor. Un simple dolor de cabeza le obliga a
-poner en movimiento al médico, al boticario, a todas las gentes
-cercanas. Y tienen razón después de todo. La muerte, para quien sufre en
-vida<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span> el hambre, el frío, la servidumbre y el vilipendio, hasta puede
-resultar una puerta amable de huída, de liberación; pero aquel que todo
-lo posee, justo es que se disguste ante la idea de abandonar unas cosas
-y unos placeres que no serán fácilmente substituíbles en otro mundo
-hipotético. Por otra parte, el miserable siente al morir que tiene
-derecho a una compensación; ante cualquier posible tribunal de justicia,
-el pobre está en el caso de reclamar el pago de deudas atrasadas. Pero
-quien lo ha tenido y gozado todo, ése, aunque no lo declare, mantiene la
-sospecha de que un justo tribunal posterior le habría de cargar en
-cuenta las satisfacciones anteriores. Pero esto lo dijeron ya otros
-labios más competentes. «Antes entrará un camello por el agujero de una
-aguja», etc.</p>
-
-<p>Todavía mejor que en las boticas de los barrios acaudalados, es situarse
-en aquellas otras del centro de la ciudad. Las boticas de la City son
-las más instructivas, las más profundas y complejas. Media hora de
-observación en una de ellas equivale a la lectura de un folletín. ¿No
-queréis entrar?...<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177">{177}</a></span></p>
-
-<p>He ahí una farmacia de la City. Por lo común es extranjera y tiene
-escritos en los paneles de su fachada ininteligibles rótulos alemanes,
-franceses o ingleses, quizá porque al vulgo de los dolientes les presta
-más confianza la farmacopea de los pueblos lejanos: no hay que olvidar
-que en todo enfermo habita un supersticioso. Recorred con la vista los
-anaqueles y los mostradores: están llenos de frascos, botellines,
-paquetes y envoltorios, cuyas leyendas nos hablan de específicos
-providenciales, omnipotentes, todopoderosos. El milagro está allí, el
-soñado milagro de los enfermos. Ninguna de esas panaceas duda o vacila;
-todas afirman categóricamente su virtud curadora. Son hoy lo que eran
-antes los visionarios, los profetas y los elegidos de Dios; curan los
-males misteriosos, reportan vigor a los decaídos, infunden fuerzas a los
-desalentados. Es una repetición, en fin, de las antiguas magias. Y es
-que el hombre, por más que se empeñe en disimularlo, sigue siendo el
-niño grande, adorador de la fábula.</p>
-
-<p>Numerosos carteles cuelgan al azar de las estanterías, de las columnas y
-de las paredes.<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178">{178}</a></span> Asesorados por dibujos llamativos, esos cartelones
-anuncian las virtudes múltiples y terminantes de los específicos, de las
-aguas medicinales, de los ungüentos y de las hierbas. La ciencia aparece
-allí convertida en un sacamuelas de plaza pública. Y se ven firmas
-doctorales de médicos, que atestiguan formalmente la exactitud de cuanto
-prometen los específicos. Industria, comercio, reclamo, añagazas,
-grandes palabras, enormes afirmaciones, todo confundido con apotegmas
-universitarios y bañado con un lustre científico.</p>
-
-<p>Es un gran observatorio, de seguro. No dudéis en aprovecharlo. Desde
-allí se abarca el núcleo temblante, frágil, representativo de la pobre
-humanidad. Fuera, por los cristales, se ve pasar el torbellino de la
-gente, esa multitud sui géneris que va y corre por el barrio de la City
-con un temblor de marea turbulenta. Loca y febril, vibrante, la multitud
-pasa en pos de sus gruesos ideales; el dinero, lo mismo que una estrella
-celeste, le guía a través de sus fracasos y dolores; la codicia le
-espolea, y un trabajo brutal, nunca satisfecho, le presta esa inquietud
-trascendental y única.<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179">{179}</a></span></p>
-
-<p>Emana de esa multitud un aura de fuerza; las mismas casas obscuras y
-pesadas sugieren ideas de un vigor incontrastable. Todo lo que vive y
-transita por allí habla de fuerza y poderío. Los bancos llenos de
-dinero&mdash;suprema significación de potencia&mdash;y los restaurantes
-suculentos, así como las oficinas en donde se consagran los grandes
-negocios, todo eso aporta a la imaginación sugericiones poderosas. Son,
-indudablemente, cosas densas y firmes, cosas y muchedumbres vigorosas,
-formidables. Sin embargo, en la botica está el secreto; allí se nos
-revela el doble fondo, el reverso, la clave.</p>
-
-<p>Esos mismos hombres de aspecto y ademanes fortalecidos entran en la
-botica y piden humildemente un tónico. ¡Una panacea, por Dios, que nos
-ayude a soportar la carga increíble de la vida! Ya está, pues, el
-secreto revelado, la mentira deshecha. Por debajo de la aparente fuerza,
-la humanidad transeúnte arrastra sus vísceras doloridas y rotas. Del
-torbellino pujante que pasa, van desprendiéndose los individuos, entran
-en las farmacias y piden el elíxir que ha de proporcio<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180">{180}</a></span>narles vigor para
-seguir andando, para continuar la lucha. La ciencia les da su calor como
-la mano maternal que enjuga la frente sudorosa del guerrero. Y luego,
-otra vez a las filas. Otra vez y siempre, ¡hasta la definitiva etapa
-final!</p>
-
-<p>El arsénico, el yodo, el mercurio, la quina. Todas las substancias
-revividoras se ponen a contribución. Olores acres y exóticos, gustos
-ásperos, matices de color indiscernibles. Los organismos, al recibir la
-inyección de esas substancias misteriosas, perciben como una sensación
-de júbilo material, a la manera que el cansado corcel brinca y se
-enardece cuando el acicate del impaciente amo le espolea. Brincan los
-organismos, se llenan de un imprevisto vigor, y la carrera adquiere una
-súbita celeridad. ¡Adelante, siempre adelante!</p>
-
-<p>Se le pide también al alcohol su virtud acicateante. Junto a las
-farmacias, los bares y los cafés, los puestos de comida y las
-cervecerías llaman la atención de los luchadores. ¡Entrad y
-reconfortaos! Y entran a montones, turbulentamente, en solicitud de una
-multi-nutrición. Comen glotonamente a dos carri<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181">{181}</a></span>llos, se hartan de jamón
-y huevos y manteca, la carne roja les chorrea grasa por los labios. Es
-preciso compensar con una sobrealimentación las pérdidas cuantiosas y
-diarias. Para poder alcanzar a tantos negocios, para tener asidos los
-vértices de tantas combinaciones codiciosas, hace falta exaltar la
-personalidad y hacer que un solo individuo posea la aptitud de diez o
-veinte.</p>
-
-<p>Devoran, tragan, beben copiosos vasos de licor cálido. El apetito
-lánguido y perezoso requiere también la espuela del aperitivo. La musa
-demoníaca del alcohol vuela sobre las frentes y ayuda a que enloquezcan
-más aún, mucho más todavía. Todos vibrantes, tensos, como pugilistas en
-el estadio. Comiendo, bebiendo, gesticulando. Rojas las caras,
-brillantes los ojos. Y andar, andar sin freno, de una a otra idea, de
-este a aquel proyecto. Sumar cifras, levantar montañas de ideales.
-Manipular los billetes de banco con mano nerviosa. Sentir la infernal y
-sublime embriaguez de gastar dinero. Ver cómo van y vienen las monedas,
-al compás de un ritmo de locura. Oír la voz de las brujas que gritan en
-el alma,<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182">{182}</a></span> como en el alma de Macbeth: «Tú serás rey: tú serás rico»...</p>
-
-<p>Mientras tanto el boticario combina sus drogas.</p>
-
-<p>En los momentos de tregua, cuando nuestro espíritu se abisma en su
-soledad, acude a nosotros la revelación intrínseca y luminosa de los
-pasmosos engaños en que vivimos. Durante esas paradas que hacemos al
-margen del camino, llega a nuestra imaginación la síntesis final de las
-cosas, y vemos que, verbigracia, todo esto que tanto nos enajena,
-termina estúpidamente en un hueco de cuatro palmos abierto en la tierra.
-El boticario y el enterrador son aquellos amigos adversos que no se
-fatigan de aguardarnos, porque saben que no podemos faltar a la cita.
-Entonces nos entra una gran desgana, y como los cenobitas quisiéramos
-renunciar a toda lucha, ya que todo acaba tan simplemente, tan
-brevemente.</p>
-
-<p>Pero quieren los hados que cerremos los oídos a la seducción ultra
-epicúrea del renunciamiento místico. Y otra vez, pasado aquel momento de
-alucinación intelectual, el hombre vuelve al torbellino. Nadie se libra
-de<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183">{183}</a></span> esos instantes lúcidos en que la vida se muestra en toda su
-integridad. Todos vuelven a incorporarse a la marea, aceptando como una
-solución la locura de este tráfago inverosímil, sin objeto, sin
-finalidad ni explicación. ¿Adonde se va? Nadie lo sabe. El mundo lo
-ignora. Se ha inventado una palabra vaga: progreso. Pero lo cierto es
-que el mundo, la sociedad, todos nosotros, obedecemos a esa ley de
-movimiento que se llama vida, de cuya ley ninguno podrá evadirse, tanto
-la planta como el hombre. Y la vida insaciable, al igual que los niños,
-pide siempre más.</p>
-
-<p>Vivir más, con la mayor extensión e intensidad posibles. Más...
-Boticario, ¿qué haces que no mezclas más aprisa tus mágicas drogas?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184">{184}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185">{185}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII<br /><br />
-ESCENAS MARINERAS</h2>
-
-<p>Los grandes puertos son sugestivos y amenos como una novela. En un barco
-anclado hay siempre un mundo de imaginaciones, de posibilidades y de
-heroicas inminencias. Pero el puerto de Buenos Aires es una novela mucho
-más complicada y entretenida que las otras. Le conceden interés
-dramático y pintoresco, no sólo los barcos y las mercaderías exóticas,
-sino además los hombres.</p>
-
-<p>Los hombres que desembarcan en muchedumbre, y que traen en sus rostros
-el gesto emocionado, estupefacto, de los descubridores. Como Colón en
-otro tiempo se abalanzó a la proa de su nave y quedó ensimismado<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186">{186}</a></span> ante
-la tierra soñada y al fin descubierta, los inmigrantes también corren a
-la punta del barco y miran, con un silencio trascendental, aparecer en
-el horizonte las cúpulas de Buenos Aires. Y más allá de las cúpulas ven
-lo ignoto, lo misterioso de un porvenir que tanto tiempo se complacieron
-en soñar.</p>
-
-<p>Ir errante por los muelles del puerto; he ahí un placer de nómada y de
-visionario. Muchas veces me he complacido yo en evadirme de las cárceles
-cotidianas, salir de la cuadrangular población y perderme a lo largo de
-las dársenas. Confundirme con la multitud de los estibadores y
-gabarreros, y sentirme pequeño, ignorado, insignificante, allí donde las
-grúas rechinan con tanta fuerza y las sirenas de los vapores lanzan sus
-alaridos tan gigantescos. Polvo, ruido, aglomeración.</p>
-
-<p>Todo tiene allí una energía descomunal. Las cosas son fuertes, enormes,
-fatales. Los mismos hombres sugieren una impresión de fuerza poco
-habitual. Lobos de mar, gavieros hirsutos, pilotos de andar zambo y ojos
-grises, encalmados como un mediodía oceánico, pero que al mandar en la
-maniobra se enar<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187">{187}</a></span>decen, chispean como un acero vibrante. Y la diversidad
-de lenguas, la multiplicación de los tipos, cobrizos unos, otros negros,
-rubios otros. Todos mezclados en el puerto, como en una resurrección del
-mito de Babel.</p>
-
-<p>Aquí reposan los grandes y lujosos transatlánticos, con su turba de
-camareros y marmitones, con sus oficiales galoneados. En otra dársena,
-los chatos y ciclópeos buques de carga arrojan a tierra su varia
-mercancía. Más allá están los vapores carboneros, con el pabellón
-británico sobre el tope. Luego vienen los buques fluviales, largos,
-llenos de ventanillas circulares, cómodos como un vagón de ferrocarril,
-los suaves buques que se deslizan por la plateada anchura de los ríos y
-que se sumen en la tórrida magnificencia del lejano Paraguay. Después
-las dársenas se acaban y comienza la sinuosa y pintoresca región del
-Riachuelo, atiborrado de bergantines, lleno de marineros tartajeantes,
-con denso olor a brea, con un aire como de folletín romántico. Y entre
-las dársenas y los pesados buques un enjambre de bateles, de gabarras,
-de remolcadores, una actividad de hormiguero,<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188">{188}</a></span> una confusión clamorosa,
-animada, tonificante.</p>
-
-<p>Y los ruidos. ¡Qué significación de colosal energía tienen los ruidos de
-un puerto! Las máquinas chirrían y crujen; los vagones ruedan
-sordamente; los cajones de mercancías caen con golpes agrios o rotundos.
-Se escuchan los gritos de los capitanes que dirigen la maniobra. Un
-buque se desprende del muelle, suelta las amarras, parte. ¡Quién sabe a
-qué bellos países partirá!...</p>
-
-<p>Un buque es un monstruo hecho para lanzarse corriendo sobre las libres
-olas. Dentro de las dársenas se mueve torpemente, marcha ciego,
-conducido y guiado por los rechonchos remolcadores. La menor negligencia
-puede hacerle chocar contra los malecones y abrirse en dos pedazos. Por
-eso el capitán grita con gritos de ira y alarma. Los marineros,
-injuriados por la voz del capitán, corren sobre cubierta, escalan
-veloces los mástiles, hacen vibrar las maquinillas auxiliares. Y el
-buque, lentamente, va salvando los obstáculos, pasa de una dársena a
-otra, gana por fin la boca del puerto, aprieta los resortes de la
-hélice,<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189">{189}</a></span> se lanza corriendo en busca de la alta mar hermosa. Entonces su
-sirena vomita un alarido de triunfo, de gloria, de libertad.</p>
-
-<p>Y entonces, ¡con qué envidia sigue al barco valiente nuestra alma
-viajera! Viajar, soltar las amarras, irse. Irse a cualquier parte; ir
-por el placer de ir. Desprenderse de los muelles, desamarrarse de lo
-cotidiano y convencional. Huir de lo habitual. Huir de la muerte, en
-suma, porque todo lo que se inmoviliza se muere. Porque la muerte no es
-más que un detenimiento. Y porque la vida es sólo un viaje. ¡Viajar,
-vivir!...</p>
-
-<p>Para un artista o un soñador, los buques modernos no tienen todavía
-suficiente encanto. En cambio los barcos de vela traen a la fantasía un
-torbellino de recuerdos, sugericiones de aquellos siglos en que había
-negreros, piratas y abordajes imprevistos. Por eso me gusta a mí
-alejarme de las dársenas donde atracan los grandes buques de vapor y
-zambullirme en los recodos pintorescos del Riachuelo, en los muelles
-destinados a las fragatas, a las bellas corbetas, a las lindas goletas,
-frágiles, graciosas y femeninas.<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190">{190}</a></span></p>
-
-<p>Pero en los días de labor aquellos muelles están sacudidos por la fiebre
-del trabajo, y el encanto es menor. De los ventrudos barcos sacan
-montones de madera, adoquines, fardos y barriles químicos. En las tardes
-del domingo es cuando los muelles esos adquieren su mayor curiosidad.
-Entonces las grúas descansan, los carreros no alteran con sus voces
-maldicientes la paz del lugar, y los barcos veleros semejan viejos lobos
-de mar que reposan y sueñan una suerte de sueños colosales y exóticos.
-Las finas arboladuras se lanzan al espacio, como queriendo extraviarse
-en la pureza gris del cielo invernizo. Y las proas, tan parecidas al
-semblante de un hombre, miran con sus ojos pacíficos la turbia quietud
-de las aguas dormidas. Todo es pensativo y ensoñador en esos barcos
-arcaicos, en esas naves de leyenda que la civilización ha condenado a
-morir.</p>
-
-<p>Los marineros, como las naves, reposan también, sumidos en su nostalgia.
-De bruces sobre la borda miran la tierra, las casas, los escasos
-transeúntes; pero aunque miran no ven; sus almas andan lejos, en el
-confín del mundo, en los puertos natales. Cabezas ru<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191">{191}</a></span>bias de noruego,
-ojos glaucos de inglés, melenas rizosas de italiano. Unos fuman su pipa
-beatíficamente, sin un guiño ni la menor muestra de emoción; otros
-pasean en silencio con las manos hundidas en los profundos bolsillos del
-pantalón. Alguno de ellos, tal vez de vuelta de la taberna, rezonga y
-balbucea como un animal aturdido, y marcha a ocultarse en su camarote.</p>
-
-<p>La atmósfera, que recuerda al cristal, tiene la rigidez tenue de las
-finas cosas quebradizas. Se teme que cualquier choque brusco, o
-cualquier agrio sonido, fueran a romper el cristal finísimo,
-imponderable, de la atmósfera. Sólo caben allí los sonidos tenues y a la
-sordina. Por eso es grato oír en esas horas inefables la voz gangosa y
-apagada de los acordeones marineros. A veces suena un acordeón dentro de
-un barco, y no se sabe dónde está el músico; parece que es el barco
-quien canta, con aquella voz gangosa que rememora al órgano, o mejor
-todavía a los armoniums místicos de las pequeñas capillas privadas. Pero
-no, es un marinero de grandes barbas rubias, o un grumete lampiño. El
-músico<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192">{192}</a></span> busca un lugar propicio en el seno del barco. Y son cantatas
-populares de los <i>fiord</i> noruegos, o de los lagos suecos, o de las
-estepas moscovitas... Todo ello envuelto en olor de brea, ese olor que
-es el alma de los barcos y el acicate más vivo para una imaginación
-viajera.</p>
-
-<p>Cosmopolita, confuso, formidable y sugeridor, ¡oh gran puerto colmado de
-ilusiones!, tú eres un mundo mucho más grave y trascendental que el de
-las vanas y cuadrangulares calles ciudadanas. Energía, fuerza,
-civilización. Tabernas genovesas del barrio de la Boca; ciclópeos
-almacenes del paseo de Colón; fonduchos del paseo de Julio donde humean
-las fritangas más inverosímiles. Letreros en inglés, en francés, en
-italiano, en turco, en ruso. Olor a polenta y a macarrones, a <i>whisky</i> y
-a caviar, a puchero y a sopas picantes. Grandes pizarras con sus
-inscripciones trazadas en blanco: «se desean braceros para un
-ferrocarril de Tucumán». Hombres lentos y ociosos que pasean con sus
-botas altas, sus ponchos al brazo, sus chambergos deformados, buscando
-donde contratar sus músculos<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193">{193}</a></span> para no se sabe qué raras o remotas
-labores. Locomotoras que gritan imperiosamente arrastrando trenes
-enormes. El transatlántico que parte, los pañuelos de despedida, el
-llanto de los que se quedan en el muelle, el humo solemne y triunfal de
-las chimeneas en marcha. ¡Adiós, adiós!...</p>
-
-<p>Todo esto, que es imprevisto, lejano, accidental, enérgico, forzudo y
-aéreo; todo esto que es viaje, azar, y que huele intensamente a
-aventura, es lo que hace a un puerto profundamente emocionante como la
-más loca novela.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194">{194}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195">{195}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV<br /><br />
-BUENOS AIRES NOCTURNO</h2>
-
-<p>Como la muerte sigue a la vida, el reposo es la playa donde viene a
-perecer la soberbia del trabajo. Todos tenemos que pagarle tributo al
-descanso. Los hombres, las aves del cielo, las hojas de los árboles.
-Hasta el viento y la mar mitigan su violencia llegando a la noche. La
-noche es la tregua, la pausa grave en esa batalla sin fin que empeñaron
-los elementos desde que hay vida en el Cosmos.</p>
-
-<p>¿Habéis puesto el oído alguna vez sobre el gran corazón de una ciudad
-dormida? Bajo la paz nocturna, una ciudad parece un monstruo descomunal
-que pone el ritmo de su pecho al compás del latido de la natu<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196">{196}</a></span>raleza.
-Ninguna sensación es comparable a la que se percibe de noche, muy dentro
-de la noche, en las calles dormidas de una ciudad. Hay entonces en el
-aire no se sabe qué presagios, qué inminencias o qué supersticiosas
-revelaciones. El monstruo está dormido, y toda la tragedia que se
-reconcentra en su interior, entonces, a la hora central de la noche se
-revela a nuestra alma absorta. Lo más intenso que ha creado el hombre es
-la ciudad; la ciudad es la suma de toda la ambición, de toda la fiebre y
-de toda la maldad que vive en el espíritu del hombre. Viendo una ciudad
-dormida, es como si asistiéramos al entreacto de una tragedia. Nuestra
-alma tiembla de emoción al recordar las peripecias dolorosas del día que
-pasó, y se estremece ante la seguridad de los episodios del día
-siguiente. Cada día es un acto trágico; la noche es una pausa, y el
-espacio es el telón siniestro moteado de brillantes.</p>
-
-<p>Pero no duermen del mismo modo todas las ciudades. Los pueblos frívolos
-desconocen el sueño rotundo y terminante; hasta muy cerca del alba hay
-en ellos un rastro de vida,<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197">{197}</a></span> alguna orquesta pertinaz, algunos viciosos
-rezagados. En cambio, los pueblos que trabajan intensamente duermen de
-una manera definitiva, casi brutal. Una aldea de labradores duerme al
-compás de la naturaleza; ni siquiera parpadea una luz en sus casas; la
-aldea se acuesta en el seno del campo, hasta confundirse con la misma
-tierra. Las ciudades comerciales y laboriosas duermen del mismo modo
-rotundo.</p>
-
-<p>Ningún hombre se escapa de tener una o varias manías. Las manías son las
-que nos diferencian a los unos de los otros, como los rasgos físicos,
-como los lunares o el dibujo de la nariz, como el color del pelo o de
-los ojos. Una de mis manías consiste en pasear a grandes pasos por las
-calles de una ciudad dormida. Encuentro un encanto extraño en sumergirme
-dentro del vacío de la noche. Se me figura que la ciudad está ausente,
-que los hombres se han ido, y que sólo queda allí, bajo las sombras, el
-esqueleto. Se me figura también que la ciudad es un documento histórico,
-un algo muerto que se puede interpretar fantásticamente, al arbitrio de
-la ima<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198">{198}</a></span>ginación. El día tiene demasiados afanes; de día nos arrastra la
-zozobra de la lucha, y somos nosotros mismos, aunque a nuestro pesar,
-actores en el drama ciudadano. Pero de noche somos espectadores. Podemos
-ver el panorama de la ciudad muerta, levantarla en alas de nuestro
-ensueño, manosearla con nuestra imaginación. Entonces la ciudad es
-nuestra, mientras que durante el día somos nosotros de ella.</p>
-
-<p>Buenos Aires duerme. Llega un momento de la noche en que la gran ciudad,
-unánime, se queda inmóvil. Millón y medio de almas se han dormido; miles
-de máquinas, cientos de grúas, infinidad de hornos, se han paralizado; y
-han quedado en suspenso infinitos negocios, combinaciones arriesgadas,
-proyectos temerarios. Los libros del Debe y el Haber están cerrados; las
-plumas descansan al borde los tinteros; las sumas quedaron
-interrumpidas; los fajos de billetes, a medio contar, aguardan al día
-próximo. El hilo de la vida se ha cortado. Como el sueño llega al niño y
-le cierra los ojos imperativamente, así ha llegado para la ciudad: igual
-que un<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199">{199}</a></span> niño, la ciudad ha cerrado los ojos, y tan rápidamente vino el
-sueño, que los juguetes quedaron entre las manos apretadas... Pero la
-ciudad es un niño sin candor, y sus juguetes son demasiado dramáticos.
-Dinero: con un juguete que se llama «dinero», las bromas y los juegos
-acaban en sangre, en lágrimas, en dolor.</p>
-
-<p>Buenos Aires tiene el sueño terminante y definitivo, como todas las
-poblaciones laboriosas. Tal vez en algunas de sus calles se prolonguen
-la luz y la vida hasta muy cerca del alba; acaso un coche, una pareja de
-paseantes rezagados, rompan con su ruido el silencio de la ciudad. Pero
-son rumores parciales y leves, casi vergonzantes. Hasta parece que ese
-coche tardío, esos dos amigos que pasan hablando bajo, hacen resaltar el
-silencio total. A media noche, Buenos Aires es una población muerta,
-silenciosa, inmóvil. Tiene un sueño de labrador cansado, el sueño
-característico de los seres que se mueven mucho durante el día.</p>
-
-<p>Y en esa hora central de la noche, es un espectáculo incitante pasear
-por aquellos lu<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200">{200}</a></span>gares que absorben la vida y el movimiento en las horas
-diurnas. Las calles laboriosas, las más pobladas y comerciales, son las
-que duermen con mayor intensidad. En el barrio de las oficinas y de los
-bancos hay tal silencio, tal soledad de noche, que el ánimo se encoge de
-cierto temor supersticioso. Caminando de noche por esas calles, se
-siente la impresión de cruzar un cementerio. La soledad se mete dentro
-del alma, el silencio se apodera de la mente; cae el silencio sobre uno
-como algo denso, como algo misterioso y cabalístico. Las pisadas propias
-resuenan huecamente. La sombra personal, persigue al cuerpo, le acompaña
-de lado, se antepone, según la posición de los mecheros de gas. Esa
-misma sombra de uno toma apariencia viva, supersticiosa e insinuante. Y
-cuanto más rotunda es la inmovilidad de las cosas, más sugestiones se
-desprenden de ellas. Las cosas, en fin, hablan entonces con palabras
-segundas. Esas cosas tienen de día un lenguaje material y grosero, el
-lenguaje de la realidad; pero de noche adoptan un lenguaje interior, un
-segundo lenguaje, hijo de esa segunda vida que<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201">{201}</a></span> tienen las cosas, lo
-mismo que los hombres. Porque las cosas sueñan también. Si es cierto que
-duermen, ¿cómo podían no soñar?</p>
-
-<p>¿Y cuáles serán los sueños de ese barrio comercial, corazón de Buenos
-Aires, pila cargada de electricidad? Alguna noche he querido yo
-descifrar esos sueños, y la vanidad de mi fantasía ha creído
-interpretarlos. Pero nuestra fantasía, seguramente, tiene sus límites, y
-ciertos sueños son inasequibles a la interpretación. El barrio duerme,
-el barrio de los negocios sueña. Está tendido a la margen del puerto,
-cerca de las vías del mar, por donde llegan los buques y las gentes y
-las mercaderías; la sábana negra de la noche lo cubre piadosamente. Ahí
-está el barrio codicioso, el barrio inquieto y vivaz, el barrio
-dramático, el más dramático de toda la ciudad. En sus casas no hay
-apenas mercancías; sólo hay tinteros, libros rayados, aparatos
-telefónicos, grandes cajas de acero. Los fardos y los cajones, las cosas
-reales y tangibles, las cosas de comer y de arder, están en otras
-calles. Sin embargo, ese barrio es el núcleo de la ciudad, el cerebro
-metálico que rige las ope<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202">{202}</a></span>raciones de la inmensa urbe. Ahí están los
-bancos que conceden créditos, las oficinas que contratan, los remates
-que valorizan las propiedades, las agencias europeas, la Bolsa. Ahí
-están también los aventureros, los ambiciosos impacientes, los jugadores
-de fortunas, los manipuladores de empresas, tal vez los piratas urbanos
-que acechan víctimas desde el fondo de sus oficinas.</p>
-
-<p>Ahora, cuando llega la hora central de la noche, el barrio entero se
-acuesta a dormir. Tiene un sueño capital, pesado. Recupera las fuerzas,
-para emprender la campaña del siguiente día. Mientras tanto, sueña...
-¿Pero no sueña acaso también de día? Los negocios, el comprar y vender,
-el traspasarse las fortunas, el amontonar cifras, ¿es algo más que un
-sueño? Todos esos hombres que viven como a impulso de una corriente
-eléctrica, ¿qué son, sino soñadores? ¿Es verdad que viven despiertos?
-¿Puede titularse vida real a ese ir y venir, a esa fiebre de todas las
-horas, a ese comer de prisa, a ese beber apresurado, a ese contar y
-recontar cantidades, a esa inquietud de monigotes movidos por hilos
-in<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203">{203}</a></span>visibles? Todo eso es un sueño muy grande, y también muy humorístico.</p>
-
-<p>Allá cerca duerme el puerto. Los grandes buques duermen a lo largo de
-los malecones. Los transatlánticos que cruzaron el peligro del Océano;
-los vapores chatos que trajeron las mercancías desde las antípodas; los
-barcos de vela, venidos desde los hielos del remoto septentrión; todos
-duermen, fatigados. Las grúas de los muelles descansan. Los gabarrones,
-negros y forzudos, están durmiendo como estúpidas bestias de carga. La
-brisa del estuario orea los vientres y los lomos de esos monstruos
-marítimos. Y del horizonte, como una faz despavorida, la luna emerge
-despacio, amarilla y tácita.</p>
-
-<p>A la luz de la luna es grato contemplar la ciudad inmóvil. Tiene la luna
-una eterna facultad de engaño, de manera que las cosas más torpes se
-espiritualizan al beso de su luz. La luna se complace en poetizar una
-tapia ruinosa, y de cualquier torre vulgar hace un poema místico. Las
-calles prosaicas de Buenos Aires se afinan y ennoblecen con esa luz
-fraudulenta de la luna.<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204">{204}</a></span></p>
-
-<p>El barrio de los ricos, por ejemplo, adquiere a la luz de la luna una
-suave espiritualidad.</p>
-
-<p>El mismo río, mirado desde la boca de una calle del norte, se muestra
-argentado, poético, lleno de romanticismo; recuerda los lagos y los
-mares que los pintores escenógrafos ponen como decoración de las óperas
-antiguas. Y los palacios de ese barrio del norte, bajo la sugestión
-arbitraria de la luna, toman un carácter de cosa vieja, realmente
-aristocrática. Adquieren pátina, apariencia de vejez y de nobleza. El
-ánimo se olvida de que los palacios han sido construídos antes de ayer,
-por arquitectos anónimos, sobre planos de construcciones exóticas. Los
-palacios se ilustran y avejentan a la luz de la luna; las torres de
-pizarra simulan ser, en efecto, torres de mansiones feudales. Se piensa
-en damas nobiliarias, en pajes rubios y en señores de horca y cuchillo.
-Y así logran las familias recientes, que tienen por abolengo un honrado
-comerciante o un pacífico ganadero, igualarse a las nobles estirpes de
-las aristocracias europeas.</p>
-
-<p>Entonces, cuando la luna navega por lo más alto del cielo y el silencio
-envuelve al<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205">{205}</a></span> barrio linajudo, uno quisiera poseer alguna virtud
-maravillosa de las leyendas; ser, verbigracia, como un «diablo cojuelo»,
-capaz de destapar las techumbres de los palacios y sorprender el sueño
-de los salones, de las joyas, de las personas. Cruzar los corredores
-entapizados, oír el tic-tac de los relojes, y percibir y entender los
-latidos de las almas. Descifrar el sueño del señor que ha lanzado sobre
-un tapete verde una fortuna; interpretar el sueño de las damas,
-entretejido de cintas de cotillón y flirteos trascendentales; leer la
-última página del libro, que ha quedado abierto sobre el sofá; leer
-asimismo la última frase de la carta íntima, o la última nota del piano
-confidente. Y oír las palabras sin sonidos que se dicen las sedas y las
-plumas, la conversación imperceptible de los brillantes y las perlas,
-los cuchicheos y las risas de los pendientes, los collares, las
-pulseras. Todo ese mundo reservado; todas esas joyas y sedas que viven
-en contacto con las carnes rosadas; que se recuestan sobre el seno, en
-la parte del corazón; que aprietan los pulsos de las muñecas; que rodean
-las gargantas y oprimen las sienes;<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206">{206}</a></span> todas esas cosas calladas y leales
-que conocen los secretos del pulso y del corazón, que saben todos los
-matices de la emoción, que asisten a los más disimulados temblores de
-sus bellas dueñas; ese mundo tácito de cosas sabias e íntimas está ahí,
-sobre las consolas y mesillas, y uno siente la ambición de oírle hablar
-a ese mundo hermético, que lo sabe todo, y que sabe callarlo todo
-también.</p>
-
-<p>Los teatros cierran sus puertas en el centro, en el corazón de la
-ciudad. Es aquella parte de la población que se destina a los gozadores
-impenitentes, llena de cafés y de bares, de farándula y de mujeres
-empolvadas. Cuando el resto de la ciudad se hunde en su sueño pesado, en
-esas pocas calles se mantiene aún la supremacía del vicio despierto, de
-la alegría repintada, de una alegría que tiene precio y que se cotiza
-brutalmente a la luz de los grandes focos eléctricos. Allí acuden las
-almas insaciables, queriendo prolongar la ilusión del día. Allí se
-congrega ese mundo difuso, heterogéneo, cosmopolita, como en los
-remansos de los grandes ríos se amontonan los restos de tantas
-correntadas. Ingleses de<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207">{207}</a></span> afilado perfil, alemanes de caras apopléticas,
-italianos gesticulantes, criollos irónicos, suizos borrosos y vulgares,
-algún yanqui ciclópeo, y después los tipos indefinidos, indescifrables,
-con rasgos tenebrosos y cataduras frías, siniestras.</p>
-
-<p>Toda esa multitud se aglomera, oscila, habla, ronda en un pequeño
-espacio, como si todos los que la componen fuesen amigos. Nada, sin
-embargo, hay de común entre ellos, como no sea la unánime sed de
-placeres. Han trabajado durante el día afanosamente, sumando cifras,
-combinando negocios, moviendo los resortes de la vida económica del
-país. Al llegar la noche se sienten vacíos. Quieren lanzarse a
-quiméricas dichas, por esa ilusión romántica de que ningún hombre se ve
-libre. Se sienten vacíos. Vacíos de ternura familiar, de ideales
-domésticos, de ambiciones puras o espirituales. Su ideal de trabajo y de
-fortuna, su lucha por la conquista del triunfo financiero no les llena
-el alma lo suficiente. Al cerrar sus libros de cuentas, al cerrar sus
-oficinas, les queda un enorme vacío en el alma. Entonces acuden al
-teatro, al restaurant, al<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208">{208}</a></span> <i>whisky</i>, a la cerveza, a la dama de mejillas
-repintadas. Pasan las horas, se suceden los espectáculos y su vacío
-continúa sin llenarse. Más allá de la media noche, todos andan rodando,
-codeándose, con un no sé qué de angustia en las miradas. Algunos están
-ebrios y esos son los más dichosos&mdash;tan dichosos como los que
-duermen.&mdash;Y entonces, en plena calle, comienza la impudorosa cotización
-del placer femenino. Pasan las féminas carnosas, grandes hembras rubias
-arrancadas de las aldeas austriacas, polacas o rumanas. Se van por
-parejas. Otros se alejan solos, cansados.</p>
-
-<p>Los violines, mientras tanto, dejan oír sus gemidos en el fondo de los
-cafés. Más de una vez he penetrado yo a beber cosas que no me apetecían,
-por escuchar las voces inactuales de esas orquestas asalariadas que se
-obstinan en prodigar sus sartas de ensueños ideales ante gentes
-distraídas y sordas. Cuando un café, pasada la media noche, está lleno
-de un público glotón o gesticulante, uno está seguro de que la música de
-esa orquesta se le reserva a él solo, como un regalo gratuito y
-sorprendente. Nadie hace caso de las lamen<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209">{209}</a></span>taciones del violoncelo; el
-violín primero ensaya en vano sus apasionadas frases; el tecleo elegante
-del piano no encuentra, de seguro, quien le atienda. Y, sin embargo,
-aquellos músicos obsesos, aquellos buenos padres de familia, que han
-dejado su hogar caliente y los hijitos durmiendo, todo lo olvidan ante
-la divina seducción de su arte amado, y tocan ardorosa, honradamente,
-como si, en efecto, les escuchase un auditorio atento. Pero nadie les
-hace caso.</p>
-
-<p>Entonces es agradable entrar y encender un cigarro. Envuelto en la
-atmósfera de humo, en medio de aquella claridad fascinante de las cien
-bombillas eléctricas, apartando, con un esfuerzo de la imaginación, la
-realidad modesta de aquellos hombres que beben y gesticulan, uno puede
-entonces figurarse muy bien que la orquesta ha sido traída para él, y
-que los acordes de Beethoven o de Wagner se le dedican a él
-exclusivamente. Y puede uno soñar con las cosas eternas, puras, lejanas;
-con el cielo crepuscular de otoño, con un paisaje de primavera en la
-montaña, con el mar y los bosques...<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210">{210}</a></span></p>
-
-<p>Los violines, por último, interrumpen sus gemidos. Aquel trozo de la
-ciudad, de grandes focos eléctricos, de alcohol y de mejillas
-empolvadas, concluye por dormirse también. Canta un gallo
-imprevistamente. Una carreta madrugadora, cargada de verduras, pasa
-hacia el mercado...<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211">{211}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XV" id="XV"></a>XV<br /><br />
-LA NOCHE DEL SÁBADO</h2>
-
-<p>Ya no existen brujas; sobre el prado maldito ya no aguarda el macho
-velludo y libidinoso la ofrenda de sus devotas nocturnas. Pero la noche
-del sábado conserva aún no se sabe qué olor de aventura y de tragedia.
-Modernamente, en nuestra edad metálica, económica y social, esa noche
-representa el fin de la etapa jornalera. Es la noche en que el jornal
-danza su baile tentador dentro del bolsillo proletario. La noche en que
-los apetitos, sofocados durante seis días, despiertan imperiosamente.
-Noche de vino y de francachela, de vómitos y de puñetazos, de cantos
-obscenos y de puñaladas en la penumbra.</p>
-
-<p>El arrabal, en esa noche, se despereza torpemente. Pero hay otro síntoma
-de estreme<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212">{212}</a></span>cimiento sabático en el centro de la ciudad, mucho más
-sugerente y representativo que el arrabalesco.</p>
-
-<p>Tiene Buenos Aires una encrucijada nocturna, donde se aglomera, como
-milagrosamente, todo el vicio, todo el ocio, toda la incertidumbre
-internacional. En el espacio de cuatro o seis manzanas se reúne un
-número increíble de bares y restaurantes, de cafés y de tabernas, de
-teatrillos, de cinematógrafos. Todo ese mundo vicioso, alegre,
-pintarrajeado, que huele a alcohol y perfumes afrodisíacos, toda esa
-turbia ola de placer nocturno halla en la noche del sábado su expresión
-suprema de brillo y de grandeza. ¡Cómo no ha de existir grandeza en esa
-suma de la vida moderna y en ese espumante delirio de la inmensa ciudad
-que quiere, después de trabajar, morder la torpe fruta de los placeres
-monetizados!</p>
-
-<p>Pero esa faz de la metrópoli tiene dos muecas distintas, como el rostro
-de un cómico hábil. Durante el día, las calles en cuestión toman un
-aspecto honorable, normal y sensato. Abren los comercios sus
-escaparates,<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213">{213}</a></span> donde se exponen cosas correctas y sin malicia alguna;
-transita la gente habitual; pasan las buenas madres y las honestas
-hijas; nadie se atrevería a suponer ningún ardid ni un doble fondo
-cualquiera en tan correcto sitio. Los cafés y bares, las tabernas y los
-tugurios parecen esfumarse a la luz meridiana. Están allí, sin embargo;
-pero cautamente se ocultan, se callan, procuran pasar inadvertidos.</p>
-
-<p>Llega la noche y la escena cambia de tono asombrosamente. Entonces la
-decoración, las bambalinas y los personajes diurnos se desvanecen, y
-entran en acción otros telones, otros actores. Los comercios honorables
-han cerrado sus puertas. Y, como ciertos animalejos que reviven y
-fosforean al amparo de la sombra, así también los bares y los chamizos,
-los cafés y los escaparates pantagruelescos alcanzan, con la noche, un
-brillo y una existencia sorprendentes. Parece aquello un efecto de
-birlibirloque, el juego de un escamoteador. Las gentes son otras, las
-palabras distintas, las pasiones completamente opuestas. Y entonces
-queda uno asombrado ante la prodigiosa floración de tanto lugar alegre.
-Los<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214">{214}</a></span> bares y los cafés se suceden en forma continua. Casi no queda
-espacio para los otros comercios normales. ¿Cómo ha podido suceder?...
-Pero Buenos Aires es fecundo en esta clase de sorpresas y mutaciones.</p>
-
-<p>La gente circula entretanto. Sale de un teatro para meterse en un café;
-sale de un café para reunirse en el fondo de otro. Beben, comen, vuelven
-a beber. Trasiegan los líquidos frescos o ardientes. Cerveza a grandes
-tragos, <i>whisky</i> a pequeños sorbos. La soda burbujea en los vasos, hace
-cosquillas en la garganta. A veces estalla el estampido de un corcho de
-champaña. Otras veces, cuando el vértigo culmina, los licores de alta
-graduación ya no se ingieren a sorbitos, sino a grandes e imprudentes
-tragos. Y esa gente, como si padeciera del mal de San Vito, no se
-resigna a estacionarse en un lugar; sale, entra, torna a salir en un
-peregrinaje de copas recientes y ampliamente vaciadas. Y por entre la
-gente pasan los cocheros, ofreciendo el maternal refugio de las
-victorias para los derrotados en la porfía. Y pasan del mismo modo las
-mujeres imprecisas, con sus ojos arbitraria<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215">{215}</a></span>mente agrandados, con sus
-palideces o carmines de engaño o tentación.</p>
-
-<p>¿Quién podría discernir y catalogar esa muchedumbre? En ella existe de
-todo, como en un pedazo escogido de la humanidad. Están allí el burgués
-y el estudiante, el empleado y el cultivador de tierra adentro. Están
-asimismo los patoteros, los calaveras, los compadres, los buscavidas,
-los vagabundos, los pilletes, los rateros, los mendigos. Se oye hablar
-en infinitos idiomas. Allí se confunde el alemán de rostro encarnado con
-el inglés de perfil anguloso y pipa, oliendo a higos macerados. El
-capitán del barco que entró en el puerto por la mañana, y el estanciero
-de la pampa remota que vino a negociar, y que por la noche enlazó una
-buena comida de las ocho con una cuchipanda de las doce. Y pasan
-semblantes siniestros, rápidos, que dejan en nuestro corazón una
-sospecha supersticiosa, como si se nos anunciara la posibilidad de un
-asesinato. Bajo las chaquetas, ciertamente, reposan, bien ocultos y bien
-dispuestos, los negros revólveres.</p>
-
-<p>Toda esa gente busca en la noche el pre<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216">{216}</a></span>mio a los afanes del día. Gente,
-en su mayoría, de inmigración: horteras, empleados de las compañías
-ferroviarias, oficinistas o buscadores de negocios. Mezclados con ellos
-bullen los muchachotes alegres, los hijos de familia que saben tirar tan
-puerilmente aquellos sesudos pesos que el padre reunió con tanta
-asiduidad. Pero los laboriosos están en mayor número. Son esos que han
-pasado el día sumando cifras, distribuyendo lotes o negociando con minas
-lejanas y con especulaciones seductoras. Han ganado un sueldo y quieren
-una compensación de placer. No se resignan a depositar la cabeza sobre
-la almohada sin haber tenido antes un relampagueo de ilusión. En las
-mesas de los cafés, en la atmósfera grasienta de los restaurantes, echan
-a volar su fantasía entre vaguedades beodas, fumando, riendo, atisbando
-las carnes rosadas de las mujeres funambulescas.</p>
-
-<p>Ved ahí una síntesis de la civilización, el coronamiento del trabajo. La
-civilización pide voluntades enérgicas y consecuentes, soldados de
-férrea disciplina que trabajen sumisamente, sin preguntar las causas ni
-los fines,<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217">{217}</a></span> tal como el buen soldado no pregunta jamás las causas ni los
-fines de la guerra, sino que marcha al combate con estoica docilidad.
-Los fines de la civilización, ¿quién los conoce? Los mismos generales
-ignoran su interpretación. Un Rothschild o un Morgan, ellos mismos, son
-capitanes que accionan mecánicamente, a impulso de un fatalismo
-inexplicable, conducidos a la lucha monetaria por un deber
-indiscernible. ¿Quién conoce, entonces, los hilos y los motivos de la
-civilización?... Tanto valdría preguntar por el secreto de esa máxima
-energía cósmica que sabemos que acciona, pero que no sabemos por qué ni
-para qué.</p>
-
-<p>Y esos soldados de la civilización que esgrimen plumas o rimeros de
-cifras, piden, en las horas de asueto, un buen botín de sensualidades.
-Se atracan, en efecto, con grosera glotonería, y a la mañana vuelven a
-su puesto. Hasta que un día caen. Otro ocupa su lugar entretanto. Y
-continúa la marcha ascendente de la humanidad, cada vez más rica en
-máquinas, en millones, en fuerza, pero también más rica en misterios
-cada vez.<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218">{218}</a></span></p>
-
-<p>La noche del sábado tiene en esas encrucijadas del centro de Buenos
-Aires una vehemencia sin igual. Es incomparable, porque se resuelve en
-un espacio tan corto, en tanta angostura y con elementos tan dispares.
-Están muy juntos todos, y sin embargo no hay entre ellos ningún lazo de
-solidaridad. Extraños unos con otros, de idioma desigual, casi hostiles,
-sólo los une el propósito inicial de sus vidas: la ambición siempre, y
-en la hora nocturna la sensualidad. Asoman la mirada por los cafés y ven
-el espectáculo humoso, confuso, de allá dentro. Mujeres y hombres se
-barajan sobre las copas de licor. Las orquestas ríen, los violines
-aguzan sus notas vibrantes, los violoncelos lanzan su queja estéril, los
-pianos teclean con presunción aristocrática. Y, frenéticos, dando
-grandes voces, los lustradores de botas gesticulan a la puerta de sus
-establecimientos. Y es un cómico cuadro el que ofrecen aquellos hombres
-presurosos, aquellos lustradores vertiginosos, charolando los botines de
-numerosos caballeros, como para una gran fiesta principesca que promete
-empezar en seguida. No em<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219">{219}</a></span>pieza nada, sin embargo... Todo acaba después,
-entre bascas de vino y de tedio.</p>
-
-<p>Fango quizá, tal vez grosería, vicio. Pero la noche del sábado significa
-una piadosa válvula a los afanes de la semana, una pobre compensación a
-tanta disciplina y asiduidad. El aquelarre de otrora se ha convertido en
-esta fiesta legal, sancionada por los vigilantes que montan la guardia,
-impasibles en la esquina, y alumbrada por las bombas eléctricas. Ya no
-vienen las brujas a caballo sobre sus escobas; el diablo no espera ya en
-forma de macho cabrío. Este es un aquelarre civilizado, menos tenebroso
-y obscuro que el anterior, que tiene también su diablo... «¡Vade
-retro!». Pero hasta el diablo se ha empequeñecido y familiarizado en
-este siglo de las cooperativas y del sufragio universal.</p>
-
-<p>Y aquí termina mi impresión de la urbe tentacular, del caótico Buenos
-Aires, del núcleo dinámico más grande de Sur América. ¡Joven y ya
-inmensa ciudad, como una fuerza de la Naturaleza que obedece a impulsos
-fatales y cuyos fines y aspiraciones sería inútil querer explicar ni
-reducir a concepto!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220">{220}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221">{221}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="INDICE" id="INDICE"></a>ÍNDICE</h2>
-
-<table border="0" cellpadding="1" cellspacing="0" summary="">
-<tr><td colspan="3">&nbsp;</td><td class="rt"><small>Páginas</small></td></tr>
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#I">I</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#I">En el río Uruguay</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_7">7</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#II">II</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#II">La Docta Córdoba</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_25">25</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#III">III</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#III">Viaje a las Misiones Jesuíticas</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_37">37</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#IV">IV</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#IV">Los Andes</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_64">64</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#V">V</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#V">Aspectos de Montevideo</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_87">87</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#VI">VI</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#VI">La tentación agraria</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_103">103</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#VII">VII</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#VII">El canto de la semilla</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_115">115</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#VIII">VIII</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#VIII">El canto del emigrante</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_123">123</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#IX">IX</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#IX">Aspectos de Buenos Aires</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_133">133</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#X">X</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#X">Psicología de los anuncios</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_153">153</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XI">XI</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XI">Las mansiones y los hombres imaginarios</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_163">163</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XII">XII</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XII">Una farmacia en la City</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_173">173</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XIII">XIII</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XIII">Escenas marineras</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_185">185</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XIV">XIV</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XIV">Buenos Aires nocturno</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_195">195</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XV">XV</a></td><td valign="top" class="c">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XV">La noche del sábado</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_211">211</a></td></tr>
-</table>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222">{222}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223">{223}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<hr />
-
-<p class="cnu"><b>GUSTAVO GILI, Editor: Universidad, 45: Barcelona</b></p>
-
-<p class="c"><big><big>LA AFIRMACIÓN ESPAÑOLA</big></big></p>
-
-<p class="c">Estudios sobre el pesimismo español y los nuevos tiempos</p>
-
-<p class="c">por JOSÉ M.ª SALAVERRÍA</p>
-
-<p class="c">Un volumen de 170 páginas, de 20 × 13 centímetros.</p>
-
-<p class="c">EXTRACTO DEL ÍNDICE</p>
-
-<p>La afirmación como deber.&mdash;El tono negativo.&mdash;El tono
-despectivo.&mdash;España frente a Europa.&mdash;La generación del 98.&mdash;La España
-negra.&mdash;La superstición de Europa.&mdash;La negación sistemática.&mdash;Hacia
-otras ideas.&mdash;Los negadores: intelectuales separatistas y
-republicanos.&mdash;Justificación del optimismo.&mdash;De la relatividad.&mdash;El tono
-moral.&mdash;España y América.&mdash;La voluntad afirmativa.&mdash;Gimnasia contra los
-lugares comunes.&mdash;Fuenterrabía.&mdash;El oro, la dinámica y la hora más
-propicia.</p>
-
-<hr />
-
-<p class="c"><big><big><b>EL LIBRO DE LAS TIERRAS VÍRGENES</b></big></big></p>
-
-<p class="cb"><b>por RUDYARD KIPLING</b></p>
-
-<p class="c">Traducción directa del inglés por RAMÓN D. PERÉS</p>
-
-<p>Un lujoso volumen de 504 págs., de 20 × 13 cms., con ilustraciones de
-<span class="smcap">José Triadó</span>.</p>
-
-<hr style="width: 5%;" />
-
-<p>«La grandiosa poesía del mundo natural, pocas veces ha sido interpretada
-por un hombre de modo tan elevado y profundo como por Kipling.»&mdash;<span class="smcap">Rafael
-Altamira.</span></p>
-
-<p>«Kipling es uno de los escritores más originales de estos tiempos y su
-obra considerabilísima y variada... El inmenso éxito de estos relatos
-débese, sin duda, a su originalidad...»&mdash;<span class="smcap">La Lectura.<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224">{224}</a></span></span></p>
-
-<hr />
-
-<p class="cnu"><b>GUSTAVO GILI, Editor: Universidad, 45: Barcelona</b></p>
-
-<p class="c">COLECCIÓN SELECTA INTERNACIONAL</p>
-
-<p class="cnu"><i>VOLÚMENES PUBLICADOS</i></p>
-
-<div class="blockquott"><p><span class="smcap">Pablo Bourget.</span>&mdash;<b>El sentido de la muerte.</b> Novela.</p>
-
-<p>
-<span style="margin-left: 1em;">»</span> <span style="margin-left: 2em;">» </span> &mdash;<b>Lazarina.</b> Novela.<br />
-</p>
-
-<p><span class="smcap">Ramón D. Perés.</span>&mdash;<b>La madre tierra.</b> Poema.</p>
-
-<p><span class="smcap">Jerome K. Jerome.</span>&mdash;<b>Las divagaciones de un haragán.</b> <b>Libro para los
-días de asueto y de pereza.</b></p>
-
-<p><span class="smcap">Enrique Bordeaux.</span>&mdash;<b>El ídolo roto.</b> <b>La casa maldita.</b> <b>La muchacha de
-los pájaros.</b> <b>La visionaria.</b> <b>Novelas.</b></p>
-
-<p><span class="smcap">A. de Chateaubriant.</span>&mdash;<b>El señor de Lourdines.</b> <b>Novela.</b></p>
-
-<p><span class="smcap">A. Ruiz Pablo.</span>&mdash;<b>Las metamorfosis de un erudito.</b> <b>Novela.</b></p>
-
-<p><span class="smcap">Renato Bazin.</span>&mdash;<b>El ánade azul.</b> Novela.</p>
-
-<p>
-<span style="margin-left: 1em;">»</span> <span style="margin-left: 2em;">»</span> &mdash;<b>La alquería de Champdolent.</b><br />
-Novela.<br />
-</p>
-
-<p><span class="smcap">J. Ortega Munilla.</span>&mdash;<b>La Señorita de la Cisniega.</b> Novela.</p>
-
-<p><span class="smcap">H. G. Wells.</span>&mdash;<b>Bealby.</b> Novela.</p>
-
-<p class="c">OTRAS PUBLICACIONES</p>
-
-<p>
-<span style="margin-left: .5em;"><span class="smcap">R. H. Benson.</span></span>&mdash;<b>El amo del mundo.</b> Novela.<br />
-<span style="margin-left: .1em;">»</span> <span style="margin-left: 1em;">»</span> <span style="margin-left: 1em;">»</span> &mdash;<b>Alba triunfante.</b> Novela.<br />
-<span style="margin-left: .1em;">»</span> <span style="margin-left: 1em;">»</span> <span style="margin-left: 1em;">»</span> &mdash;<b>La tragedia de la Reina.</b> Novela.<br />
-<span class="smcap">Enrique Tomasich.</span>&mdash;<b>Agua pasada.</b> Narraciones.<br />
-<span class="smcap">Rudyard Kipling.</span>&mdash;<b>El libro de las tierras vírgenes.</b><br />
-<span class="smcap">Enrique Bordeaux.</span>&mdash;<b>Noviazgo de prueba.</b> Novela.<br />
-</p></div>
-
-<hr class="full" />
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK PAISAJES ARGENTINOS ***</div>
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Updated editions will replace the previous one&#8212;the old editions will
-be renamed.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
-law means that no one owns a United States copyright in these works,
-so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
-States without permission and without paying copyright
-royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
-of this license, apply to copying and distributing Project
-Gutenberg&#8482; electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG&#8482;
-concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
-and may not be used if you charge for an eBook, except by following
-the terms of the trademark license, including paying royalties for use
-of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for
-copies of this eBook, complying with the trademark license is very
-easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation
-of derivative works, reports, performances and research. Project
-Gutenberg eBooks may be modified and printed and given away--you may
-do practically ANYTHING in the United States with eBooks not protected
-by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the trademark
-license, especially commercial redistribution.
-</div>
-
-<div style='margin:0.83em 0; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE<br />
-<span style='font-size:smaller'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br />
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</span>
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-To protect the Project Gutenberg&#8482; mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase &#8220;Project
-Gutenberg&#8221;), you agree to comply with all the terms of the Full
-Project Gutenberg&#8482; License available with this file or online at
-www.gutenberg.org/license.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg&#8482;
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or
-destroy all copies of Project Gutenberg&#8482; electronic works in your
-possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
-Project Gutenberg&#8482; electronic work and you do not agree to be bound
-by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the person
-or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.B. &#8220;Project Gutenberg&#8221; is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg&#8482; electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg&#8482; electronic works if you follow the terms of this
-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg&#8482;
-electronic works. See paragraph 1.E below.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation (&#8220;the
-Foundation&#8221; or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg&#8482; electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
-United States and you are located in the United States, we do not
-claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
-displaying or creating derivative works based on the work as long as
-all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
-that you will support the Project Gutenberg&#8482; mission of promoting
-free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg&#8482;
-works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
-Project Gutenberg&#8482; name associated with the work. You can easily
-comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
-same format with its attached full Project Gutenberg&#8482; License when
-you share it without charge with others.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
-in a constant state of change. If you are outside the United States,
-check the laws of your country in addition to the terms of this
-agreement before downloading, copying, displaying, performing,
-distributing or creating derivative works based on this work or any
-other Project Gutenberg&#8482; work. The Foundation makes no
-representations concerning the copyright status of any work in any
-country other than the United States.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
-immediate access to, the full Project Gutenberg&#8482; License must appear
-prominently whenever any copy of a Project Gutenberg&#8482; work (any work
-on which the phrase &#8220;Project Gutenberg&#8221; appears, or with which the
-phrase &#8220;Project Gutenberg&#8221; is associated) is accessed, displayed,
-performed, viewed, copied or distributed:
-</div>
-
-<blockquote>
- <div style='display:block; margin:1em 0'>
- This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
- other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
- whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
- of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
- at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
- are not located in the United States, you will have to check the laws
- of the country where you are located before using this eBook.
- </div>
-</blockquote>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg&#8482; electronic work is
-derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase &#8220;Project
-Gutenberg&#8221; associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg&#8482;
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg&#8482; electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg&#8482; License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg&#8482;
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg&#8482;.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg&#8482; License.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg&#8482; work in a format
-other than &#8220;Plain Vanilla ASCII&#8221; or other format used in the official
-version posted on the official Project Gutenberg&#8482; website
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original &#8220;Plain
-Vanilla ASCII&#8221; or other form. Any alternate format must include the
-full Project Gutenberg&#8482; License as specified in paragraph 1.E.1.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg&#8482; works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg&#8482; electronic works
-provided that:
-</div>
-
-<div style='margin-left:0.7em;'>
- <div style='text-indent:-0.7em'>
- &bull; You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg&#8482; works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg&#8482; trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, &#8220;Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation.&#8221;
- </div>
-
- <div style='text-indent:-0.7em'>
- &bull; You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg&#8482;
- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg&#8482;
- works.
- </div>
-
- <div style='text-indent:-0.7em'>
- &bull; You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.
- </div>
-
- <div style='text-indent:-0.7em'>
- &bull; You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg&#8482; works.
- </div>
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
-Gutenberg&#8482; electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of
-the Project Gutenberg&#8482; trademark. Contact the Foundation as set
-forth in Section 3 below.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg&#8482; collection. Despite these efforts, Project Gutenberg&#8482;
-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
-contain &#8220;Defects,&#8221; such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
-or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
-intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
-other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
-cannot be read by your equipment.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the &#8220;Right
-of Replacement or Refund&#8221; described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg&#8482; trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg&#8482; electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you &#8216;AS-IS&#8217;, WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg&#8482; electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg&#8482;
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg&#8482; work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg&#8482; work, and (c) any
-Defect you cause.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg&#8482;&#8217;s
-goals and ensuring that the Project Gutenberg&#8482; collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg&#8482; and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation&#8217;s EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state&#8217;s laws.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; depends upon and cannot survive without widespread
-public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
-visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg&#8482; concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg&#8482; eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Most people start at our website which has the main PG search
-facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This website includes information about Project Gutenberg&#8482;,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
-</div>
-
-</body>
-</html>
diff --git a/old/64418-h/images/colofon.png b/old/64418-h/images/colofon.png
deleted file mode 100644
index c1fd966..0000000
--- a/old/64418-h/images/colofon.png
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/64418-h/images/cover.jpg b/old/64418-h/images/cover.jpg
deleted file mode 100644
index 85c0c8b..0000000
--- a/old/64418-h/images/cover.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ