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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this ebook. - -Title: Memorias de un hombre de acción: #14 Las figuras de cera - -Author: Pío Baroja - -Release Date: November 08, 2020 [EBook #63680] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Carlos Colón, The University of Toronto and the Online - Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This - file was produced from images generously made available by The - Internet Archive/Canadian Libraries) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN: -#14 LAS FIGURAS DE CERA *** - - - - - Nota del Transcriptor: - - Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas. - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) - han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. - - Ilustraciones han sido eliminadas. - - Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=. - - - - - PÍO BAROJA - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - LAS FIGURAS - DE CERA - - NOVELA - - (SEGUNDA EDICIÓN) - - [Ilustración] - - EDITORIAL CARO RAGGIO - MENDIZÁBAL, 34, MADRID - - - - - ES PROPIEDAD - - DERECHOS RESERVADOS - - PARA TODOS LOS PAÍSES - - - - - IMPRENTA CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID - - - - -PRÓLOGO - - ---¿Así que tú no conoces al que ha escrito esta relación?--preguntó -Aviraneta, después de haber escuchado la lectura de varios trozos del -manuscrito. - ---No--contestó Leguía--. Este cuaderno me lo dejó doña Paca Falcón, -hace unos años, en Bayona, y saqué una copia de él. Supongo que se -hizo con algunas notas que escribió Alvaro Sánchez de Mendoza. ¿Qué le -parece a usted? - ---¡Psé! Así, así. - ---¿Le parece a usted mal? - ---No; los hechos positivos en que está basado el libro son ciertos; que -el cónsul de España en Bayona, don Agustín Fernández de Gamboa, recibió -barricas llenas de plata y de oro de las iglesias de Navarra, durante -la primera guerra civil, para venderlas en Francia, es verdad. - ---¿Usted lo sabía? - ---Sí. Gamboa, como sus amigos Collado y Lasala, explotaron todo lo que -pasó por delante de ellos. Unicamente así se puede conseguir una gran -fortuna en poco tiempo. - ---Es indudable. Sólo la guerra y la usura hacen a la gente rica con -rapidez. - ---Los que no somos contratistas del ejército ni usureros no hemos -podido pasar de ser unos pobretones. - -Esta conversación la tenían Aviraneta y Leguía en San Sebastián poco -antes de la Revolución de septiembre, en una casa del barrio de San -Martín, donde vivía don Eugenio por entonces. Aviraneta, de cuando en -cuando, se miraba al espejo y se arreglaba una hermosa peluca rubia, -casi roja, que le había arreglado su amigo y barbero Justo Lazcanotegui. - ---¿Y usted no ha conocido a ese Chipiteguy trapero de la plaza del -Reducto, de Bayona, que figura aquí?--preguntó Leguía. - ---Sí, sí. ¡Ya lo creo! Era amigo mío; un viejo camastrón, epicúreo... -hombre simpático, efusivo. Solía comer yo con frecuencia en su casa. - ---Y a Frechón, ¿lo recuerda usted? - ---¿Qué hacía ese Frechón? - ---Era un empleado de Chipiteguy y, al parecer, un gran intrigante. - ---Sí, sí, tengo idea; mas creo que le llamaban de otra manera. - ---Debió de estar en casa de usted varias veces. - ---¡Tantos estuvieron! - ---Sí; pero debió de ir a hablar de política, de intrigas... - ---Era a lo que venía todo el mundo a mi casa. - ---Sí, su casa en Bayona debía ser un nido de intrigantes. - ---Entre los que te contabas tú. - ---Hombre, don Eugenio, yo no tanto. - ---¿Te acuerdas de las letras S, T, U, V, Y, Z? - ---Sí; ¿no me he de acordar? En ese final de abecedario, el que más y el -que menos era un bandido. - ---Sí, quizá... Pero era una época divertida. Se vivía con pasión. Hoy -está todo más bajo, más cansado. Hoy intentamos vivir como personas -sensatas, para lo cual parece que no tenemos muchas condiciones los -españoles. - ---Y de Roquet, ¿se acuerda usted? - ---Sí, hombre; perfectamente. - ---Bueno, don Eugenio; y en último término, ¿cree usted que este relato, -del cual le he leído varios trozos, debe entrar en la historia de su -vida, si alguna vez la publicamos? - ---Sí, sí; tiene detalles curiosos; pero no me gusta esa forma -novelesca. Creo que le debías quitar lo que tenga aire romántico; dejar -la realidad, la verdad escueta. - ---¡La verdad! ¿Es que es más verdad la historia que la novela? - ---Naturalmente. - ---Eso creía yo también antes; hoy no lo creo. El Quijote da más -impresión de la España de su tiempo que ninguna obra de los -historiadores nuestros. Y lo mismo pasa a la Celestina y al Gran Tacaño. - ---Bueno; pero esas son obras maestras realistas. - ---Usted siempre ha sido enemigo de la literatura de imaginación. - ---Siempre. - ---¿Usted no ha soñado nunca, don Eugenio? - ---De esa manera, no. La verdad, la verdad en todo: ese ha sido siempre -mi ideal. - -Al decir esto, Aviraneta se planchaba su peluca roja, que tenía -tendencia a abombarse y a separarse de su cabeza. - -Qué cantidad de verdad puede tener una peluca fué una pregunta que le -vino a Leguía a la imaginación. La cuestión de la verdad histórica la -habían discutido muchas veces. Aviraneta era dogmático, partidario -del realismo, y creía que tarde o temprano la verdad resplandecía, -como el sol entre las nieblas. Leguía pensaba que en ese camposanto -de la historia, lleno de huesos, de cenizas y de baratijas, cada -investigador escoge lo que le place y lo combina a su gusto. - ---¿Pero, a pesar de las fantasías novelescas, a esta relación le -daremos entrada en sus memorias?--preguntó Leguía. - ---Sí. - ---¿Con su visto bueno? - ---Sí, con mi visto bueno; pero podándola un poco. - -Con la autorización de Aviraneta decidí, pues, publicar este relato. - -No aparece aquí don Eugenio siempre; pero inspira los acontecimientos, -asomándose, unas veces, al primer plano, y otras, al último. - -Hecha esta aclaración con respecto a la parte histórica--sigue diciendo -Leguía--, tengo que advertir, con relación a lo novelesco, que la obra -no me llena. El autor describe demasiado, define demasiado, traza los -contornos de los personajes, pero los mueve poco y, sobre todo, no -los hace hablar. Tiene por la palabra una falta de cariño extraña. -Sus hombres y sus homúnculos hablan el mínimo. Indudablemente, en la -literatura, la palabra hablada es la que da a la obra una animación -algo parecida al color en la pintura. - -El autor no busca esta animación. Rechaza, además, la frase castiza, el -giro idiomático. Todo esto, sin duda, le parece hojarasca, lugar común -putrefacto, algo pestífero, de lo que hay que huír. - - - - -PRIMERA PARTE - -LOS TRAPEROS DE BAYONA - - - - -I - -LAS GALERAS - - -Una mañana de junio de 1838 varias galeras con toldo y cuatro ruedas, -unas tiradas por dos, otras por un caballo de patas gordas, marchaban -por el desfiladero de Roncesvalles, larga y empinada cuesta llena de -zig-zags, de curvas y de meandros, que sube desde San Juan Pie de -Puerto hasta Burguete. - -El día estaba claro en la parte de Francia y obscuro y nublado en la de -España. - -En el valle del Nive, los montes, cubiertos de árboles, aparecían -inundados de sol; hacia España las nubes iban agarrándose a los -picachos y entrando en las hondonadas. - -Este famoso desfiladero de Roncesvalles, que recuerda a Rolando con su -olifante, al arzobispo Turpín y a los doce pares de Francia, no tiene -el carácter áspero y terrible que le supone la leyenda. - -Es el paisaje allí suave y verde, hay muchas praderas, campos -cultivados, grupos de hayas y de robles. Las moles de piedra que los -fieros vascones lanzaban contra las tropas brillantes de Carlomagno -han desaparecido por escotillón; quizá no existieron nunca o fueron -del tamaño de las almendras, y la batalla de los carlovingios con los -sarracenos, según la versión francesa, o de los carlovingios con los -vascones y godos, según la versión española, no tuvo más importancia -que una pedrea de chicos. Verdad es que estas pedreas son más -fecundas para la literatura que las grandes batallas modernas con sus -enormes carnicerías y hasta sus salchicherías, inspiradas en métodos -científicos y exactos. - -El Monasterio de Roncesvalles, como muchas cosas antiguas, tiene más -nombre que realidad. - -Los carros que subían la cuesta hacia Burguete esta mañana fresca de -junio eran, en su mayoría, galeras con el techo embreado, con las -cuatro ruedas casi iguales. Por su aspecto parecían más bien ser -franceses que españoles. Entre carro y carro conservaban una distancia -de cien o doscientos metros. Podía suponerse que llevaban algún -cargamento de armas para los carlistas, pues en aquel año de la guerra -todos los puertos de la frontera vasco-navarra, excepción hecha de -Irún, estaban ocupados por los facciosos. Al lado de las galeras iban -los carreteros, que a veces tenían que calzar las ruedas con piedras -y empujar luego a hombros, porque en algunas partes los caballos no -podían con los pesados vehículos. - -La primera galera que iba a la cabeza de la comitiva era un poco más -larga que las otras y tiraban de ella dos caballos percherones. - -La conducía un carretero y la vigilaba otro hombre que marchaba a su -lado. - -Este último tenía unos treinta años y el aire de un señor, aunque no -muy amable ni simpático; el carretero, de unos cuarenta años, manejaba -el látigo, hacía chasquearlo, cuando no lo llevaba liado al cuello, -y gritaba y blasfemaba en los malos parajes en que los caballos se -detenían. - -El hombre de aire de señor, flaco, moreno, con patillas negras, parecía -sombrío y misterioso; el carretero era un tipo tosco y vulgar. - -Al acercarse la primera galera a Valcarlos, una patrulla carlista se -destacó en el camino. - ---Alto, ¿quién vive?--gritó el jefe. - ---Francia--contestó el hombre moreno de las patillas. - ---¿Qué gente? - ---Gente de paz. - ---¿Tienen ustedes pasaporte? - -Los dos hombres mostraron los documentos que llevaban. - -Los carlistas, unos al parecer del Resguardo, otros de una partida -que vigilaba la frontera, todos perfectamente desarrapados, quisieron -atisbar lo que llevaba la galera. - ---¿Qué va ahí dentro?--preguntó el que hacía de jefe de la partida. - ---Figuras de cera para la feria de Pamplona--contestó el hombre de las -patillas con marcado acento francés. - ---¡Hombre! ¡Figuras de cera!--exclamó uno de los carlistas--. ¿No las -podríamos ver? - ---No están armadas. - ---¿No dan ustedes algo para beber?--dijo uno de los facciosos -desarrapados. - ---Eso, el amo--contestó el de las patillas. - ---¿Dónde está el amo de ustedes? - ---No es nuestro amo. Es el amo de las figuras de cera. - ---¿Y dónde está ese señor? - ---Dentro de poco pasará en un coche. - ---¿Por este camino? - ---Sí. Ha dicho que entre Valcarlos y Burguete nos alcanzará. - ---Bueno, pueden ustedes seguir. - -Marchó la carreta de nuevo, avanzando al paso de los caballos -percherones; cruzó al mediodía por delante de la Colegiata de -Roncesvalles, recorrió la única calle de Burguete y, al salir de este -pueblo, camino de Espinal, el hombre de las patillas entabló en francés -una conversación con el carretero. - ---El amo nos encarga a nosotros la tarea más difícil: el marchar a -pie--dijo--; en cambio él, con el niño ese, que Dios confunda, viene en -coche. - ---No se queje usted, señor Frechón--replicó el carretero--; el amo le -ha dicho a usted varias veces que no venga si no le gusta este viaje. - -El señor Frechón calló un momento y luego exclamó de mal humor: - ---Tú eres un imbécil, Claquemain. - ---¿Por qué? Sepámoslo. - ---Porque te dejas explotar. - ---¡Bah! Me pagan lo que trabajo. - ---Es lo que crees tú, infeliz. - ---Pues, lo que es por ahora, tenga usted la seguridad de que no me han -explotado. - ---Ahora nos está explotando. El viejo trama algo que yo sospecho... - ---¿Qué va a tramar? Usted siempre está pensando que todo el mundo -vive imaginando intrigas y complots, y luego no hay nada. Todas son -fantasías de su cabeza de usted. - ---Es que tú tienes la vista corta, Claquemain. - ---Usted tendrá la vista muy larga, señor Frechón; pero por ahora no ve -usted más que visiones. - ---Y realidades. Tú lo verás. - ---¡Bah!--y Claquemain hizo restallar el látigo en el aire. - ---Aquí hay gato encerrado--siguió diciendo Frechón--, lo huelo. ¿A ti -no te choca que el viejo Chipiteguy, hombre rico, vaya a las ferias de -San Fermín, de Pamplona, en plena guerra, a poner una barraca con unas -cuantas figuras de cera, por cierto muy malas, para ganar unos cuartos? - ---A mí, no. ¿A qué otra cosa puede ir? - ---¡Oh! Ya lo veremos. Te diré, en confianza, que el viejo ha ido a -casa del cónsul de España en Bayona repetidas veces y ha tenido con él -largas conferencias. - ---¿Cómo lo sabe usted? - ---Porque le he seguido. - ---Cada uno su manía. - ---El viejo lleva una misión que seguramente será para él muy fructífera. - ---¿Qué misión puede llevar? ¿Misión política? - ---Quizá también. - ---Si es cosa política, no habrá dinero debajo. - ---Me choca tu terquedad. - ---A mí me choca la suya. - ---Si hay algo, ¿qué dirás? - ---¿Y si no hay nada? - ---Como habrá... Al llegar a Pamplona veremos. - ---En fin. Quizá, quizá... acierte usted alguna vez--murmuró el -carretero. - -El señor Frechón sabía perfectamente que en aquel viaje había su -misterio; pero no quería ser más explícito. Si el amo tenía un plan al -ir a Pamplona, él iba fraguando el suyo. - -Al avanzar en el camino, Frechón y Claquemain se pararon a comer al -borde de la carretera, en un barranco, con una fuente y un abrevadero. -Pasado algún tiempo se acercaron otras dos galeras. Se hallaban los -carreteros sentados en el suelo cuando oyeron los cascabeles y las -pisadas de un caballo, y poco después apareció un carricoche, ocupado -por un viejo de barbas blancas y un muchachito imberbe. - ---¿Qué, hay alguna novedad?--preguntó el viejo a Frechón. - ---Ninguna--contestó Frechón--. Estamos descansando. - ---Los caballos, ¿se han portado bien? - ---Muy bien. - ---¿No han puesto dificultades los aduaneros carlistas de la frontera? - ---Ninguna. Les hemos enseñado nuestros papeles y nos han dejado pasar. - ---Bueno; pues ahora, a Larrasoaña. Allí nos reuniremos con una partida -liberal e iremos hasta Pamplona--dijo el viejo--. En cuanto llegue -comenzaré yo a ocuparme de la barraca y les esperaré allí. Con que -adiós. - ---¡Adiós! - ---¡Adiós, señor Chipiteguy! - -Frechón y Claquemain, que concluían su comida, vaciaron cada uno su -botella de vino; se levantaron, engancharon de nuevo los caballos, que -estaban inmóviles junto al abrevadero, y prosiguieron su marcha con su -carro, seguidos de las otras galeras. - ---El niño ese tiene buena suerte--dijo Claquemain de pronto, -probablemente con la intención de molestar a su compañero. - ---Le voy a dar un puntapié el mejor día que le voy a echar a su -tierra--exclamó Frechón con cólera. - ---No es difícil aquí en España, porque está en la suya--contestó -Claquemain humorísticamente. - -El otro no replicó. - -La primera galera siguió su marcha despacio. La bruma cubría el campo, -gris, azulada, y la vista no alcanzaba más que a poca distancia. -Las rocas y los árboles aparecían de improviso a ambos lados de la -carretera. Se oía entre la niebla el cencerro del ganado y el silbido -de los pastores. - -Al anochecer, en una aldea del camino, Claquemain y Frechón se -detuvieron a descansar. Al día siguiente, al llegar a Larrasoaña, la -fila de galeras hizo alto y se detuvieron los conductores durante una -hora para comer. Poco después se encontraron con las tropas de una -compañía de voluntarios liberales y con ellas avanzaron hasta Pamplona. - - - - -II - -LA CASA DE LA PLAZA DEL REDUCTO - - -Es evidente que ya todos los pueblos y capitales de provincia han -perdido su carácter tradicional en Francia y en los demás países -europeos. - -Las grandes ciudades, como París, Londres y Berlín, van uniformando las -urbes provinciales, que a su vez modifican los pueblos y las aldeas. - -Lo característico regional, el rincón pintoresco, tan amado en la -primera mitad del siglo XIX por escritores y artistas, se ha perdido -en las ciudades y en las villas y comienza a perderse en los lugares -alejados de los grandes centros. No sólo se pierde lo pintoresco en lo -exterior, sino el gusto de lo pintoresco. En casi todas partes, en el -ámbito de una nación, se habla lo mismo, se viste lo mismo y se tienen -idénticas diversiones y deportes. - -Llegará un día en que ya no sean sólo las naciones las unificadas, sino -también los continentes. El planeta, según un misántropo amigo del -autor, será un queso de bola, uno e indivisible, con la misma clase de -gusanos, que disfrutarán de los mismos derechos y de los mismos deberes. - -Los pueblos y las comarcas van olvidando rápidamente su carácter -tradicional, y los Goyas, los Balzac y los Dickens del porvenir, si es -que los hay, no tendrán gran cosa que recoger y conservar en el acervo -de las viejas costumbres y hábitos y en la guardarropía legada por los -antepasados. Los dioses se van, las buenas formas se van, los sombreros -de copa se van, la moral se va; lo único que vuelve a presentarse son -las golondrinas y las letras que no se han pagado... - -Bayona ha sido una de las ciudades francesas que ha guardado su -carácter hasta hace poco. Hoy, ya no lo tiene. - -Sin murallas, sin puertas, como un caracol sin su concha, al perder su -dermato-esqueleto, empieza a aparecer un pueblo banal y de poco interés. - -Bayona, antes, con su cintura de piedra, sus calles estrechas, -sus arcos, sus tiendas con muestras y enseñas, sus casas grises y -negruzcas, dominadas por las dos torres góticas de la Catedral; sus -puertas fortificadas y sus dos ríos, que le daban un aire sombrío y -húmedo, era un pueblo de un carácter típico y bien marcado. - -Bayona, por su historia, su tradición, su influencia inglesa y -española, su población mezclada, era un producto mixto de burguesía, de -milicia, de comercio, de costumbres rancias y arcaicas, con detalles de -ciudad corrompida. Había muchos elementos diversos reunidos en Bayona. - -De sus tres barrios, la Gran Bayona, la Pequeña Bayona y Saint Esprit, -la Gran Bayona, el más importante, se consideraba como el centro, el -asiento del mundo oficial y del comercio rico. La gente de la Pequeña -Bayona tenía un carácter más campesino, más pobre y más vasco; la de -Saint Esprit era, en gran parte, judía. - -Además de la población gascona, vasca y judía, había la marinera y de -comercio fluvial de las orillas del Nive y del Adour, los pescadores, -casi todos vascos, y la parte militar, entonces importante, porque -Bayona era capital de una división. - -Durante la primera guerra civil española Bayona estaba más animada que -de ordinario; a sus varios elementos se unían los emigrados carlistas, -que llevaban allí sus luchas y sus intrigas. - -El marqués de Lalande y monsieur Xavier Auguet de Saint Sylvain, -librero de viejo en Madrid y barón de los Valles por obra y gracia de -don Carlos; el obispo de León y Aviraneta, el príncipe de Lichnowsky -y el protestante Miñano, el canónigo Echevarría y el judío inglés -Mitchell, habían encontrado allí campo para sus maquinaciones... - -Uno de los sitios pintorescos de Bayona en aquella época, hoy -convertido en explanada de aire vulgar, con una estatua de bronce de un -obispo en medio, era la plaza del Reducto. - -La plaza del Reducto estaba en la confluencia de los dos ríos -bayoneses, formando espolón. Tenía, a un lado, el puente Mayou, sobre -el Nive, y al otro, el de Saint Esprit, puente de barcas para cruzar el -Adour. - -Sobre este espolón, afilado por los dos ríos, se levantaba el antiguo -baluarte llamado el Reducto, como el castillo de proa de un barco. La -entrada del baluarte por el puente de Saint Esprit se llamaba la Puerta -de Francia. - -La Puerta de Francia era resto de la primitiva muralla galo-romana -bayonesa, varias veces reconstruída. - -Del viejo Reducto hoy no queda más que la explanada con su estatua y -un trozo de muralla con una garita en el extremo del espolón, entre -hiedras, que da al río. Andando el tiempo, la puerta de Francia se -derribó y el puente de Saint Esprit se hizo de piedra. - -El Reducto y sus balaurtes ocupaban la punta del espolón, entre los dos -ríos, con sus muros aspillerados y sus garitas que caían sobre el agua. - -El Reducto tenía salidas al río que solían estar llenas de ratas. Los -soldados y los chicos se entretenían en cazarlas a pedradas. - -Cerca del espolón del Reducto, en el Adour, había pilotes de madera -para amarrar barcas, postes carcomidos y verdes por los líquenes y los -musgos. - -La Puerta de Francia, aneja al reducto, era la entrada principal de la -ciudad. Por allí venían las diligencias de París y de Burdeos, pasando -de antemano por el barrio de Saint Esprit, que aún conservaba algo -de ghetto, sucio, cerrado y misterioso, con su población de judíos, -antiguamente expulsados de España. - -La plaza del Reducto era el espacio que había entre el baluarte y unas -cuantas casas alineadas enfrente. A esta plaza desembocaban dos o -tres calles del Pequeño Bayona, una de ellas la de Bourg-Neuf, de las -más húmedas y sombrías del pueblo. Al lado de la calle de Bourg-Neuf -se encontraban otras callejuelas: la del Puy, de los Capellanes de -Doaline, de Coutetz, de Corn, de Moqueron, de Perhide, unas que han -cambiado de nombre y otras que han desaparecido. - -La mayoría de las casas bayonesas de por entonces eran casas pequeñas, -de ladrillo, bastante mal construídas, aunque empezaban ya a levantarse -las casas altas de cuatro y cinco pisos del siglo XIX, que dan una -impresión perfecta de la vida monótona, burguesa, bien organizada y sin -incidentes románticos de nuestro tiempo. - -En la plaza del Reducto, esquina a la calle de Bourg-Neuf, vivía -Chipiteguy, el viejo de las barbas blancas, que iba un día de junio en -un cabriolé, camino de Pamplona, acompañado de un muchacho joven. - -La casa de Chipiteguy era una casa vieja, de ladrillo cuarteada, que -casi amenazaba ruina. - -Tenía, para sostenerse, a un lado y a otro, dos filas de vigas, lo que -le daba el aire de un barco que se estuviera construyendo, o de un -tullido, apoyado en muchas muletas. - -Otras varias casas había en la plaza del Reducto y en la calle de -Bourg-Neuf sostenidas por vigas. Así como en los castillos de naipes, -al caerse uno, arrastra a los demás, así allí, al tirar una casa, las -otras de la vecindad querían venirse al suelo, y, si no se caían del -todo, tenían la tendencia de cuartearse. - -Era época en que, a imitación de París, comenzaban en las ciudades de -provincia las demoliciones de los barrios viejos y malsanos. - -Las casas que amenazaban ruina quedaban durante mucho tiempo como -viejas paralíticas, aletargadas, sostenidas en sus muletas, mirándose -unas a otras, contemplando su mutua miseria; algunas se presentaban -negras y llenas de desconchaduras, con agujeros entre las maderas del -entramado; otras se les caía el alero, como la visera de una gorra, y -parecían quedar dormidas. - -Había todos los matices de la ruina, de la decadencia. Una de aquellas -casas avanzaba más en la línea y la arista de su esquina biselada tenía -un mirador pequeño, con unos cristales redondos, que le daban el aire -de los ojos de un pez; otra echaba una panza de hipocresía; una tercera -un abultamiento como el bocio; algunas parecían la proa de un barco -antiguo; a otras se les desarticulaban las ventanas, que quedaban como -alas rotas, gimiendo y llorando de noche sobre el roñoso gozne. - -La casa de Chipiteguy, vieja, de construcción pobre, con el tejado en -forma de piñón y chimeneas altas, terminadas en tubos en zig-zags; -tenía dos muros de piedra laterales fuertes, y entre éstos, vigas que -sostenían los pisos. Un entramado de madera cruzaba la fachada: en el -dintel de la puerta aparecía esculpido un escudo borroso con varias -medias lunas y cabezas de hombres barbudos y de expresión siniestra. - -Los pisos estaban superpuestos: los dos de arriba, más salientes hacia -la calle que el de abajo. La casa, indudablemente, se había movido, al -derribar otra contigua, y se abultaba como un abdómen de cincuentón de -una manera absurda y ridícula. En medio de la casa, en la planta baja, -se abría un ventanal, convertido en escaparate; en el primer piso, -varias ventanas con sus cortinas; en el segundo, otros huecos; después -la guardilla, con un balcón saliente y una viga y una polea encima, y -sobre el caballete del tejado, una veleta anquilosada, con una paloma -de hierro, gruesa y paralítica. - -La casa del Reducto, desde hacía dos o tres generaciones, pertenecía -a un Chipiteguy, dedicado al comercio de trapos y de hierro viejo. -Este comercio había tenido, en un principio, una enseña y el título -de "Las fraguas de Vulcano"; pero hacía tiempo que las letras se -habían borrado y que se había olvidado el nombre. Los Chipiteguy, -traperos y chatarreros, se sucedían como los Borbones; en dinastía, -menos conocida, aunque no menos capaz, siendo quizá mejores y más -honrados traperos que los otros monarcas, sin que se pueda decir que -se necesiten menos condiciones espirituales para ser buen trapero que -buen autócrata. - -Por dentro, la casa de Chipiteguy se resentía de su derrengamiento; los -suelos se hallaban torcidos y curvados; las aristas de las esquinas, -inclinadas. La casa de Chipiteguy no estaba muy flamante por fuera; el -comercio de trapos y hierro viejo no era muy pulcro; pero por dentro se -hallaba muy limpia y muy arreglada. Todo en ella parecía cómodo y bien -dispuesto. - -Si se entraba en la casa, se encontraba primero el portal obscuro; a la -derecha, la tienda, con su mostrador y sus armarios; a la izquierda, -la escalera, y en el centro, el patio, con dos cobertizos, en los que -se hallaban amontonados fardos de trapos, calderas roñosas, barricas -desfondadas, barandillas de hierro, toneles, bombas y unas grandes -balanzas. - -De la tienda se pasaba a los almacenes obscuros, repletos de géneros, -metidos en cajones y en sacos puestos en el suelo. - -Por la puerta de la izquierda se encontraba la escalera, estrecha, -empinada, con los escalones muy desgastados. Subiendo por la escalera -se llegaba al primer piso, donde estaban el comedor, la sala, la cocina -y un despacho, y después al segundo, que constaba de gabinete, cuarto -de costura y tres alcobas. - -La casa, por fuera, tenía aire triste y obscuro, principalmente, por la -humedad de los dos ríos, que ennegrecía cada año más la fachada. - -Si por fuera parecía todo muy abandonado, por dentro se hallaba muy -limpio: los suelos encerados, las puertas pintadas, los cortinones -espesos y las cortinillas planchadas, con lazos en los cristales. - -Los muebles eran casi todos antiguos, y únicamente el cuarto de la -nieta de Chipiteguy, moderno y coquetón, estaba a la moda. - -No era culpa de las mujeres de la casa el que no se hallaran todas las -habitaciones lo mismo. - -Chipiteguy, el trapero y comprador de hierro viejo, a pesar de ser -rico, no quería arreglar la casa; le parecía que no valía la pena de -gastar dinero en ella. Unicamente había dado con gusto lo necesario -para decorar el gabinete de su nieta, el salón y el comedor. Decía -muchas veces que la casa y él durarían lo mismo, y que su nieta, cuando -fuera mayor, dejaría aquel rincón mugriento para no volver jamás a él. - -Los amigos se burlaban de Chipiteguy por su indiferencia y abandono, y -le decían que era como Cadet Rousselle: - - Cadet Rousselle, a trois maisons, - qui n'ont ni poutres ni chevrons. - -Las mujeres de la casa habían conseguido, a fuerza de reclamaciones, -que Chipiteguy les diera algún dinero para arreglar el salón y el -comedor. - -Al salón, iluminado por un balcón corrido, le pusieron un papel verde, -con flores; sillería de estilo inglés, con tela del mismo color; un -piano, un reloj alto con esfera de cobre, y dos cuadros al óleo, uno -de caza y otro una "Matanza de los Inocentes", tabla alemana, en donde -unos guerreros, con trajes medievales, degollaban a unos chiquillos, -blancos y redondos como pelotas. - -Había también en la sala varios grabados, copias de unos cuadros de -Lebrún, inspirados en la vida de Alejandro el Magno; "La familia de -Darío", "El paso del Gránico", la "Entrada de Alejandro en Babilonia", -"La batalla de Arbelas" y "Alejandro y Poro". - -En todos estos grabados había leyendas en latín y en francés. En "El -paso del Gránico" decía: "_Virtus omni obice mayor._ La virtud domina -el mayor obstáculo". - -El comedor tenía papel amarillento, chimenea de mármol, mesa oval, -aparador con jarras vascas de cobre, sillas Imperio y algunas estampas, -entre ellas la vista de Bayona, con la Avenida de Boufflers y la Puerta -de Mousserolles. En el aparador, sobre pequeños manteles blancos, -brillaba una vajilla Luis XV, espléndida, y una cristalería reluciente. - -El comercio de hierro viejo y de trapos hacía que la parte baja de la -casa estuviera siempre poco cuidada; los cargamentos de chatarra y -papel, los carros que se detenían a la puerta, los traperos que iban y -venían, le daban, naturalmente, un aire poco elegante y distinguido. - -Desde las ventanas del piso alto y de la guardilla se veían, por encima -de las murallas y tejados del Reducto, las aguas del Adour, hacia las -Avenidas Marinas, y los mástiles de los barcos que reposaban en el río. - -Los días de niebla, muy frecuentes en el invierno bayonés, el Adour -parecía un lago de color de perla; no se veían sus orillas y los -barcos, a lo lejos, tomaban un aire espectral, sobre todo cuando -extendían sus grandes velas amarillentas. - - - - -III - -CHIPITEGUY Y SU FAMILIA - - -Alberto Dollfus, conocido en Bayona por el apodo de Chipiteguy, era -un viejo de cerca de setenta años, dedicado a la venta de trapos y de -chatarra. - -Dollfus, alsaciano de origen, llegó a Bayona, en tiempo de la -Revolución francesa, de soldado; se estableció en la ciudad y estuvo en -España de contratista del ejército durante la invasión napoleónica. - -Dollfus se casó, a principios de siglo, con María Chipiteguy, la hija -de su antecesor en el comercio de trapos y hierro viejo de la plaza del -Reducto. Alberto Dollfus y María Chipiteguy tuvieron dos hijos, Juan y -Graciosa. Juan, de instintos aventureros, fué a América; intentó hacer -fortuna en distintos puntos, no lo consiguió, y por último, desapareció -y no se supo nada de él. - -Graciosa Dollfus se casó con un contratista de obras llamado Ignacio -Ezponda. De este matrimonio nació una niña, María Ezponda, a quien -llamaban Manón. Ignacio y Graciosa murieron jóvenes; él, de un -accidente del trabajo; ella, del cólera, en la primera epidemia que -asoló a Europa. Manón quedó con su abuelo, quien tenía por su nieta un -gran cariño; el viejo sirvió de madre a la niña, la cuidó y la educó. - -Alberto Dollfus, conocido por Chipiteguy, era hombre de pelo blanco y -barba también blanca, larga, con tonos medio rojizos, nariz curva, ojos -profundos, de expresión viva, debajo de unas cejas cerdosas y salientes. - -Chipiteguy andaba con frecuencia con un balandrán de percal negro, -mugriento, y boina de lana. Para salir a la calle solía llevar sombrero -de copa alta, como un tubo, y zapatillas. Con esta indumentaria no se -diferenciaba gran cosa de los judíos comerciantes y traperos del barrio -de Saint Esprit, y algunos le tomaban por un hijo de Israel. - -El viejo Chipiteguy se paseaba de arriba a abajo por su tienda, -recorría los almacenes, los cobertizos del patio, inspeccionándolo -todo, dando sus órdenes, siempre con la pipa en la boca. - -El chatarrero de la plaza del Reducto era metódico y meticuloso, como -un burócrata alemán o un relojero suizo. Chipiteguy era rico; el -negocio del hierro viejo y de los trapos le había producido mucho. - -Tenía, además, un almacén de botellas en la calle de España, dos casas -en la calle de los Vascos y dinero en títulos de la Deuda y en la -cuenta corriente del Banco de Francia. Poseía, también, una casa de -campo en el camino de Biarritz, con una magnífica huerta con árboles -frutales. - -Chipiteguy era culto, a su modo; hablaba francés, alemán, español y -vasco. Tenía un ingenio vivo y una marcada tendencia a la sátira y al -humor. - -Siempre había sentido curiosidad por leer y por enterarse; compraba -libros y estaba subscrito a dos periódicos de París y a otros dos de -Bayona. En una rinconada de la trastienda había formado una pequeña -biblioteca con libros llegados a sus manos por casualidad. Tenía -algunos volúmenes muy antiguos, colecciones de periódicos ilustrados -incompletas, montones de grabados y de estampas litográficas, canciones -y hojas en vascuence y pastorales vascas manuscritas. - -Al principio, en su juventud, el trapero había recorrido las calles -de Bayona con un saco al hombro, en compañía de su suegro, gritando: -"¡Marchand d'habits, galons!" Después, cuando murió su padre político, -Chipiteguy inventó un pregón pintoresco, que utilizaba en Bayona y en -los pueblos vascos de la frontera, que decía así: - - Atera, atera - trapua saltzera - eta burni zarra - champonian. - -(Saca, saca, a vender trapos y hierro viejo en dos cuartos.) - -Luego, este mismo pregón lo convirtió en anuncio, escrito en el -escaparate de su tienda, y le añadió la siguiente coletilla: - - Emen eroztenda - modu onian - diru au degulaco, - alde gucietatic - ongui etorri da - izan oi da. - -(Aquí se compra de buena manera, porque tenemos dinero de todos lados. -Bien venidos sean.) - -Además de este anuncio, a Chipiteguy le gustaba poner otros burlones en -vascuence y en francés, ofreciendo su mercancía. - -El ¡atera, atera! de Chipiteguy se había hecho popular y él lo había -convertido en su canción de bravura. Si hacía un buen negocio o llegaba -una buena noticia, el trapero cantaba con entusiasmo su ¡atera, atera! - -Cuando se murió su suegro y siguió con los negocios de éste, a Dollfus -todo el mundo le llamó Chipiteguy, como si fuera indispensable que el -trapero de la plaza del Reducto se llamara así. - -El vendedor de trapos y de hierro era muy volteriano y un poco -petulante; el que le consideraran audaz le encantaba. Cuando oía decir: - ---El viejo Chipiteguy es capaz de todo--sonreía satisfecho. - -Chipiteguy abarcaba mucho en su comercio, tenía la manía de adquirir -lo que se le presentase; él aseguraba que lo difícil era comprar, no -vender. Chipiteguy compraba a veces restos de ediciones, montones de -folletos, de periódicos y de libros. Luego revisaba sus adquisiciones -con cuidado. - -En sus cobertizos del patio se podía encontrar de todo: ruedas, -volantes, calderas, ejes de máquinas... - -En los almacenes, además de los fardos de trapo viejo, de cartón y -de papel, había un local grande, lleno de objetos, procedentes de -la guerra civil española. Este local era un museo de cosas, en su -mayoría desagradables: uniformes con manchas de sangre coagulada, -escapularios que habían tomado un color pardo, medallones hechos con -pelo, pantalones, levitas, charreteras, cascos y tricornios agujereados -por balas; toda clase de armas blancas y de fuego, toda clase de -instrumentos de música de cobre, flautas, tambores y batutas; gran -cantidad de galones y varias miniaturas, rosarios y medallas. - -Los chatarreros ambulantes que entraban en España le traían estos -géneros militares, y cuando los sacaban de los carros para meterlos -en el almacén de Chipiteguy, enjambres de chicos de la vecindad se -amontonaban delante de la tienda para verlos. - -Chipiteguy mantenía relaciones con doña Paca Falcón, la de la tienda de -antigüedades, y le vendía muchas cosas; pero había otras que no quería -vendérselas y las guardaba para él. - -Chipiteguy conocía y trataba a los judíos del barrio de Saint Esprit, -los cuales, para ir y volver de Bayona a su barrio, habían de pasar por -delante de la tienda del viejo trapero. - -Con frecuencia se reunía en casa de Chipiteguy gran tertulia, y los -judíos y otros tenderos que tenían puesto algún capital en negocios de -España, escuchaban las noticias que daban los chatarreros que volvían -del campo de la guerra. - -En el comercio de Chipiteguy llevaba la contabilidad un tenedor de -libros llamado Matías Frechón, hombre reservado, hipócrita y poco -simpático, y había dos mozos para traer y llevar el género, uno llamado -Quintín, y el otro, Claquemain. Quintín era bajito, delgado, afeitado, -sonriente, y andaba moviéndose de un lado a otro con un balanceo -especial, que parecía que lo hacía en broma. - -Claquemain, grueso y fornido, de unos cuarenta años, con aire -malhumorado y brutal, de nariz encarnada y bigote negro, largo y caído, -era borracho y hombre de poco fiar. - -Quintín se ocupaba del almacén y dormía en la casa. Claquemain servía -de mozo y de carretero. Quintín, simpático, servicial, pulcro, tenía -buenas palabras para todos; Claquemain, brusco, desagradable y sucio, -pronunciaba el francés de manera confusa, como mascullando las -palabras, y por cualquier motivo insultaba en seguida. - -Quintín y Claquemain eran fieles a Chipiteguy; pero su fidelidad no -ofrecía los mismos caracteres. Quintín sentía cariño por el patrón y -le hubiera prestado cualquier servicio por gusto. Claquemain pensaba -que, fuera de casa de Chipiteguy, no le sería fácil encontrar trabajo, -porque no tenía oficio, y de aquí deducía que, mientras no le saliera -alguna cosa mejor, lo que no era probable, serviría en el almacén del -trapero. - -En el pueblo, sobre todo en su barrio, Chipiteguy no disfrutaba de muy -buena fama. - -Algunos viejos recordaban que Chipiteguy perteneció al Comité de -Salvación Pública de Bayona y que fué amigo de los convencionales -Pinet, Cavaignac, Monestier y Dartigoeyte. - -Se sabía también que había proporcionado datos al ciudadano Beaulac -para escribir sus Memorias sobre la guerra entre Francia y España, en -tiempo de la primera revolución, y se recordaba la fidelidad suya por -el viejo republicano bayonés Basterreche. - -Basterreche, a quien en una biografía publicada cuando era diputado, se -le definía así: la tez morena, el talle corto, los cabellos crespos, -los ojos de un sátiro y el andar de un vasco, era muy buen amigo de sus -amigos y había favorecido a Chipiteguy en momentos difíciles. Los dos -viejos solían tener largas conferencias. - -Se creía que el trapero seguía siendo jacobino. Se sabía que más -de una vez defendió a Danton y a Anacarsis Clootz con mucho calor. -Algunos rumores extraños corrían acerca de él; se murmuraba que -había hecho contrabando, y hasta moneda falsa; se añadía que había -repartido hojas y papeles carbonarios y que pertenecía a una sociedad -secreta republicana, titulada "Las Estaciones", en la que estaban -afiliados hombres tan peligrosos como Blanqui y Barbés. A pesar de su -republicanismo y de su volterianismo, Chipiteguy celebraba con grandes -fiestas en su casa los dos patronos de los chatarreros, San Roque y San -Sebastián; pero era porque cualquier pretexto le parecía bueno para un -festín. - -Mucha gente, sobre todo los legitimistas, se lo figuraban a Chipiteguy -como un monstruo; le veían blandiendo una pica, en cuya punta llevaba -una cabeza cortada, o escoltando con el sable en la mano y sin camisa -un carro de condenados a muerte. - -Vivía Chipiteguy en la casa de la plaza del Reducto con su nieta Manón, -con la sobrina de su mujer, María de nombre; andre Mari (señora María, -en vasco), que tendría unos cincuenta años, y dos criadas; una vieja, -la Tomascha, y otra joven, la cocinera, la Baschili. - -Manón, que a los catorce años era vivaracha y atrevida, prometía ser -muy bonita. Manón era el entusiasmo del viejo Chipiteguy y de toda -la casa. Chipiteguy necesitaba estar constantemente al lado de su -nieta, a quien llamaba su _perchanta_, palabra que en vascuence quiere -decir algo como avispada, lista, viva, y que el viejo empleaba con -predilección al referirse a su nieta. - -También la llamaba con frecuencia sorguiña (bruja). - ---Tú desciendes de brujos--la había dicho una vez Chipiteguy a su nieta. - ---¿Y tú no, abuelo? - ---Yo, no. El segundo apellido de tu padre, Arguibel, era de brujos. -Estos Arguibel eran parientes del célebre abate de Saint Cyran. - ---¿Este abate era brujo? - ---No; éste era jansenista, que es otra cosa más estúpida. En el tiempo -de un proceso de brujas que hubo en San Juan de Luz, un viejo abate, -Arguibel, fué quemado en Ascain, acusado de brujería. Era, sin duda, -de los que iban a las aquelarres de Zugarramurdi y a la ermita del -Espíritu Santo, del monte Larrun, a caballo, con la cerora a la grupa. - ---¿Así iban? - ---Sí. - ---¿Pero las ceroras no serían tan viejas como ahora, abuelo? - ---No; eran jóvenes, y me figuro que las habría guapas. Por entonces -también quemaron a un tal Bocal, vicario joven de Ciburu, y a Juan -de Miguelena, de Ascain, a los dos por brujos. A muchos de nuestros -vascos, acusados de hechiceros, los quemaron dos magistrados franceses, -los dos un tanto sospechosos de brujería; uno de ellos, de Lancre, y el -otro, de Espagnet, que tenía una casa llena de esculturas y de signos -mágicos en la calle de los Bauleros, en Burdeos. - -El buen Chipiteguy sentía un gran cariño por su nieta y hacía cuanto se -le antojaba a ella, a pesar de las protestas de la andre Mari y de la -vieja criada la Tomascha, que aseguraban que, dejando hacer todas sus -fantasías a Manón, le darían un carácter insoportable. - -Manón llevaba una vida independiente. Andaba por el almacén y por la -tienda de su abuelo arriba y abajo; hablaba con los compradores y -vendedores, a pesar de la oposición de la andre Mari y de la Tomascha. - -El viejo manifestaba el deseo de que su nieta no fuese una señorita -tonta y melindrosa y la dejaba entrar en la tienda e intervenir en las -ventas y en las compras; pero al mismo tiempo, cuando llegaban las -horas de lección, la enviaba a su cuarto a estudiar. La chica tenía -profesores que iban todos los días a darle lecciones. - -El cuarto de Manón era el más elegante de la casa. Estaba cubierto -de papel azul, tenía muebles de laca, sillas y sillones elegantes, -una cama Imperio con colgaduras, tocador muy bonito, varios grabados -ingleses y un piano nuevo. - -Manón no sentía grandes deseos de estudiar; le gustaba mucho leer y, a -veces, tocar el piano; pero tenía por esto una afición intermitente. - -En su cuarto solía haber siempre una jaula de pájaros y dos o tres -gatos sobre los almohadones, con los que jugaba la chica de la casa. - -A Manón, como única heredera, le esperaba gran porvenir. - ---Todo esto--decía el bueno de Chipiteguy, mostrando los montones de -chatarra y los sucios fardos de trapos y de papel--se convertirá el día -de mañana en trajes bonitos y en un coche magnífico para esta pícara. - -Manón adoraba a su abuelo, y éste, cuando tenía a la muchacha cerca de -sí, con sus mejillas sonrosadas y sus cabellos de oro, murmuraba con -orgullo: - ---No hay otra como la nieta del viejo Chipiteguy. Esta _perchanta_ vale -un mundo. - -Si la andre Mari o la Tomascha se hallaban delante al oír la frase, -gruñían con mal humor, porque así, según ellas, la muchacha se iba -haciendo tonta y vanidosa. - -Manón era un poco arrogante, de genio variable, en general alegre, pero -a veces taciturna. Cuando hablaba con gente desconocida, lo hacía de -una manera imperiosa y atropellada, sobre todo si la contradecían. -En cambio, si le daban la razón, sin saber por qué, se intimidaba y -confundía. - -Manón era prima carnal de una muchacha, Rosa Lissagaray, cuya familia -tenía un bazar en los arcos de la calle del Puerto Nuevo, que se -llamaba "El Paraíso Terrenal". - -Era un vivo contraste el que presentaban las dos muchachitas, que eran -de la misma edad: Rosa, morena, con la cara larga, correcta, de poca -expresión, la nariz bien dibujada, labios gruesos, color pálido y un -poco miope; Manón, de cara redonda, ojos azules brillantes, expresión -de viveza felina y de audacia un poco loca, el cabello rubio, en rizos -alborotados y cortos, que extremaban la animación de su rostro. - -Rosa, muy tímida, se ruborizaba con frecuencia, y una de sus actitudes -más frecuentes era el quedar con las manos cruzadas, en señal de -admiración. - -En la cara de Manón se traslucían impulsos atrevidos y absurdos, una -nerviosidad en los ojos y en la boca, un temblor en la comisura de -los labios, y, a veces, cierta risa silenciosa, que le daba aspecto -inquieto y lleno de malicia. Cuando estaba contenta solía tener un aire -decidido y triunfal. - -La _perchanta_, como la llamaba su abuelo a Manón, iba camino de ser -una belleza. Rosita, más modesta, a pesar de la corrección de sus -facciones, no llegaba a llamar la atención de nadie. - -Manón tenía una petulancia cómica de chico travieso; repetía frases -y epítetos que no comprendía bien, dándoles, por lo mismo, aire más -alocado y grotesco. - -Manón se burlaba de todo. Le agradaba embromar a su prima, diciéndole -que a ella le gustaría ser bailarina, cómica o aventurera. Casi siempre -tenía alrededor cuatro o cinco mozalbetes que le rondaban la calle y -le escribían cartas de amor, de las cuales se reía. - -En la tienda discutía con los compradores o con los chatarreros que -venían a vender algo, y por cualquier motivo se le oía echar juramentos -y decir palabrotas en francés, en castellano y en vascuence, imitándole -al abuelo: - ---Sacre nom! Je m'en fous! Qué p... de hombre! Váyase usted al c... -¡Arrayúa! - -Estas barbaridades divertían mucho al viejo Chipiteguy y hacían -llevarse las manos a la cabeza a la andre Mari y a la Tomascha, que -creían que con esta educación la chica acabaría mal. - -Manón escandaliza a su prima con sus ideas levantiscas. Cuando Rosita -le hacía objeciones a sus fantasías, con su buen sentido práctico, -Manón le replicaba cariñosamente: - ---Eres una niña tonta y buena. - -A veces, Manón, fingiéndose hastiada de todo, decía: - ---Ya no quiero oír hablar de novios ni de amores. Prefiero una buena -comida, una taza de café, una copa de coñac y después un buen cigarro. - -Manón tenía una manera de andar elástica, graciosa; poseía encanto -en todas sus actitudes y movimientos y gran seguridad, más o menos -fingida, en sus decisiones. - -El viejo judío Manasés León, amigo de Chipiteguy, llamaba a las dos -primas Marta y María, y también Demócrito y Heráclito. Manasés sentía -gran entusiasmo por Manón; pero prefería a Rosa, porque, según su -criterio judáico, las mujeres no debían tener personalidad, sino ser -obedientes y sumisas. - -Manasés sabía un refrán español, que lo repetía con frecuencia: "Boca -con rodilla y al rincón con el almohadilla." - -Chipiteguy, que era medio alemán, creía lo contrario, y le alegraba -el pensar que su _perchanta_ sería capaz de desenvolverse sola en -cualquier circunstancia en que se hallase. Un sobrino de Chipiteguy, -Marcelo, decía en broma que Rosa era como las natillas, y Manón como -esos platos llenos de especias de gusto fuerte. - -La tía María y las criadas, aunque admiraban a Manón, la sermoneaban -con frecuencia; pero ella no hacía caso de sus sermones. La _perchanta_ -de la casa del Reducto sabía muy bien que su abuelo salía siempre a su -defensa y la defendía con ardor. - -Había una alianza estrecha entre el abuelo y la nieta. - -A Manón le indignaba que calificaran a su abuelo de avaro, de cínico y -de impío. Para Chipiteguy, las dignidades no existían. Su filosofía de -trapero le hacían creer que un cáliz no se diferenciaba de una copa más -que en las perlas; que un estandarte tenía el valor de la tela y del -oro, y que una duquesa no se diferenciaba de una lavandera más que en -lo que hubiera en ella de bueno o de malo. Chipiteguy se burlaba del -novelista Balzac, de quien se comenzaba a hablar mucho en esta época, -por el amor que el escritor demostraba por la aristocracia. Uno de los -motivos de desprestigio de Chipiteguy era su volterianismo. Chipiteguy -creía que la religión era siempre el manto de los hipócritas y granujas -para cubrir sus miserias y sus canalladas. - -Un buen católico era para él algo sucio, como un tiñoso moral, hombre -de poco fiar; capaz de todo. - -El había dicho una vez, recomendando a un conocido de Estrasburgo, un -abate bayonés: "Puede usted fiarse de él, porque, aunque cura, es -buena persona." - ---El católico es uno de los productos más envilecidos de la especie -humana--aseguraba el trapero--. Decidle a un católico: el ciudadano -tal roba en su destino, él le justificará; es un padre de familia, -tiene hijos... El otro abandona a su padre, lo legitimará también; -el tercero vende a su hija, lo mismo; el católico lo legitima todo. -Pero va a haber una fiesta y un baile; entonces el católico fruncirá -el ceño. Eso es una inmoralidad, es un escándalo, es una excitación -a la lujuria--dirá--. La lujuria es cosa mala; debíamos suprimir la -prostitución--pensaréis vosotros--. No, eso no; es un mal necesario... ---afirmará con hipocresía--. ¡Mala raza, fea raza, raza baja, -envilecida y bastarda, esa de los católicos! - -Muchas de las opiniones violentas que profesaba Chipiteguy se las -atribuía a un amigo suyo, el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de -Aschaffenburg; pero algunos pensaban que este poeta Julius Petrus era -una invención suya y que no había existido jamás. - -El clericalismo siempre lleva al lado la tendencia volteriana; por -eso en los países latinos el impío es más impío que en los países -protestantes. - -Cuando la andre Mari con la Tomascha y la cocinera se ponían a rezar -el rosario en voz alta en la cocina, después de cenar, muchas veces -Chipiteguy exclamaba: - ---¡Viejas locas! No me vengáis aquí con esas monsergas. No quiero que -nos traigáis alguna desgracia con tantos rezos. Id a la catedral. -Allí tenéis bastante sitio para repetir, sin molestar a nadie, todo -el tiempo que queráis, vuestras tonterías. Aun así, no creáis que no -hacéis daño; lo hacéis, porque venís aquí y traéis una nube de pulgas. - -La sobrina y la criada le replicaban furiosamente y le amenazaban con -el infierno, lo que a él le hacía reír a carcajadas y decir mayores -irreverencias. - -Otra vez que hablaban de los sermones de los curas, que recomendaban a -las mujeres que no fueran escotadas, Chipiteguy les dijo a las de su -casa, echándoselas de ingenuo: - ---Lo que podíais hacer vosotras es ir adonde el obispo, desnudas, y -allí él, con ese jaboncillo que emplean los sastres, os marcaría con -exactitud en el cuerpo hasta dónde podíais enseñar. - -Estas frases escandalosas indignaban a las que las oían. - -La andre Mari, viuda sin hijos, mujer flaca, agria, con cara afilada -y pálida, tenía una figura que parecía que se la veía sólo de perfil. -Solía estar haciendo media constantemente con un gato en la falda. - -La criada, la Tomascha, se parecía a la andre Mari en el carácter, -aunque no en el tipo; tenía aspecto monjil, la cara redonda y -abotargada, un poco como de albuminúrica; el color muy blanco, la -mirada inexpresiva y el aire indigesto. Reñía a todas horas con la -muchacha joven. - -La Tomascha, indudablemente, sentía cariño por Chipiteguy y por la -casa; pero a veces parecía que se recreaba con las desgracias. - -La Tomascha era, principalmente, una mujer fatídica y daba las malas -noticias con fruición, cosa que a Chipiteguy indignaba. Varias veces el -chatarrero dijo a la andre Mari que se fuera la Tomascha a su pueblo y -que él le seguiría pasando el salario; pero la Tomascha, al saberlo, -derramó un mar de lágrimas. - -La Baschili, la cocinera, era muy enamoradiza, y siempre tenía algún -novio o amante, con quien paseaba los domingos. - -Se decía que había tenido un chico en el pueblo, y la Tomascha se lo -había contado a la andre Mari y la andre Mari a Chipiteguy. - ---Aunque hubiese tenido un regimiento no la despacharía--replicó el -trapero del Reducto--; yo no le exijo a ella voto de castidad, sino que -guise bien. - -La asistenta de la casa de Chipiteguy, que barría y fregaba los -almacenes y la tienda, era gascona, juanetuda, robusta y locuaz. Se la -conocía por su apellido la Mazou. - -La Mazou era turbulenta y estaba atormentada por el deseo de la acción; -cuando había que hacer un trabajo extraordinario gozaba. - -La Mazou, recia y cuadrada, tenía tanta fuerza como un hombre. - ---Esta ha nacido para tener una docena de hijos--decía Chipiteguy--; -pero como es inteligente como una mula y áspera como un cardo, se ha -quedado soltera. - ---¡Bah! ¡Si hubiera querido!--replicaba ella. - -La Mazou bebía a veces un trago, al emprender algún trabajo de fuerza, -en compañía de Quintín o de Claquemain. - -A pesar de que ella andaba cerca ya de los cincuenta años, Quintín la -había pretendido; pero la Mazou despreciaba al mozo porque era chiquito -y de poco cuerpo. - -Chipiteguy se burlaba de la gente de su casa, menos de Manón. También -se burlaba mucho de los judíos que iban a su tienda; había asistido -repetidas veces a los oficios en la Sinagoga y satirizaba los cantos y -los lamentos de los hijos de Israel. - -Les recordaba la época anterior a la Revolución, que él había llegado -a conocer, en la cual los judíos de Saint Esprit, a quienes también se -llamaban los portugueses y los nuevos cristianos, no podían habitar el -casco de Bayona. - -Les decía que se contaba entonces que los judíos del barrio de Saint -Esprit, cuando tomaban nodrizas cristianas, los días de comunión les -vaciaban el pecho, para que en su cuerpo no hubiese ni rastro del -cuerpo divino de Jesucristo. - -Les hablaba, como si fuera verdad, de que celebraban la Pascua con -sangre de cristianos y de los asesinatos rituales. - -El fingía creer, para sacar de sus casillas a los judíos, que éstos -hacían manjares con sangre de niño cristiano, y recordaba que en Metz -había sido quemado un judío, Rafael Levi, acusado de haber matado a un -niño de tres años con ese objeto culinario. - ---En mi país--solía decir--se les tiene mucho odio. - -Y solía contar esta anécdota: - -"Al entrar en Metz el mariscal de la Ferté, los judíos de la ciudad -fueron a saludarle. Cuando le dijeron que había en la antecámara una -comisión de israelitas, gritó: - ---No quiero ver a esos granujas que crucificaron a Nuestro Señor; que -no les dejen entrar. - -Se les dijo a los hebreos que el mariscal no podía recibirles. Ellos -respondieron que lo sentían mucho, porque iban a llevarle un regalo -de cuatro mil pistolas. Se advirtió al mariscal a lo que iban y el -mariscal dijo al momento: - ---Hacedles entrar en seguida. ¡Pobre gente! Se les acusa sin razón. -Ellos no le conocían a Cristo cuando le crucificaron." - -El trapero, al contar esto, se reía a carcajadas. - -Chipiteguy, según decía, había hecho lo posible para adornar con -cuernos la cabeza de algunos amigos israelitas; pero esto, como -se sabe y como repetía su amigo Julius Petrus Guzenhausen de -Aschaffenburg, no es más que un mal de imaginación y ningún casado -podía tener la seguridad de no padecerlo. - -En la juventud de Chipiteguy el barrio de Saint Esprit conservaba -algo de ghetto; las casas solían estar cerradas al anochecer, los -hombres andaban con balandranes, las mujeres pálidas, de ojos negros, -se asomaban a las ventanas, y se oía una jerga medio española, medio -hebrea. - -Chipiteguy contaba sus aventuras amorosas de joven con las muchachas -judías del barrio, lo que escandalizaba mucho. - -A las bromas del viejo trapero, los israelitas contestaban hablando -y accionando violentamente, y contaban con un estilo florido las -persecuciones sufridas por la raza. El tema que manejaba siempre -Chipiteguy era el de la avaricia. Los judíos le achacaban a él idéntico -defecto. - -Los más habituales en casa de Chipiteguy eran Manasés León, el -prendero; Haim Gómez, del gremio de mercería, e Isaac Castro, vendedor -de fruta. - -A fuerza de echarse en cara Chipiteguy y sus amigos su roñosidad y -su sordidez, habían llegado a considerar este vicio como condición -divertida y pintoresca. - -Al ir y venir de Saint Esprit a Bayona, por el puente de barcas, se -formaba gran sanhedrín de judíos en la tienda de Chipiteguy, y parecía -aquello una bandada de cuervos; y entre las voces gangosas y agudas -de los hebreos y sus accionados y gestos de polichinelas, resonaban -las carcajadas de Chipiteguy. Este hablaba siempre con desprecio de la -Biblia y los judíos defendían su libro santo con fervor; pero más que -las cuestiones religiosas les apasionaba la cuestión del dinero y el -reproche que se hacían unos a otros de avaricia. - -Todas las anécdotas viejas y conocidas de avaros y de usureros se -atribuían al contrincante. - -El avaro, que retenía la respiración cuando se le tomaba medida de un -traje, para parecer menos grueso y hacer que el sastre pusiera menos -paño; el que fué achicando la ración de paja y cebada al caballo, y -cuando éste murió de hambre, dijo: "¡Qué lástima! Ahora que se iba -acostumbrando..." - -Otra porción de rasgos, dignos de Harpagon, de Shylock o del licenciado -Cabra, se atribuían unos a otros. - -En realidad, todos aquellos judíos, Nathan, David o Salomón, -ropavejeros y prestamistas a la antigua escuela, con sus gabanes -raídos y sus sombreros sebosos, con sus procedimientos usurarios y sus -tiendencillas negras, tenían que considerarse derrotados por usureros -de nuevo estilo, más elegantes y atildados, que paseaban en coche o a -caballo, vestían como dandys y se iban haciendo millonarios. - -A Chipiteguy y a los judíos amigos no les interesaban tanto las grandes -hipotecas como las pequeñas raterías. - -Entre éstos era un gran mérito el engañar a un compañero, el hacerse -convidar o el conseguir algo de balde. - -Se vanagloriaban todos de las jugarretas que se hacían para engañarse. - -Un comerciante, algo letrado, había llamado a la casa de Chipiteguy la -Escuela de los Avaros. - -Cuando sus amigos judíos no estaban delante, Chipiteguy no era roñoso, -y todo lo que le pedía su nieta lo concedía al momento. - -En lo que no quería gastar era en su indumentaria. - ---Un trapero elegante sería ridículo--decía él. - -Cuando Chipiteguy se quitaba su hopalanda mugrienta se le veía vestido -con un chaquetón desteñido, que era difícil suponer cuál sería su color -primero; unos pantalones zurcidos y remendados y un chaleco viejo de -nankin. Chipiteguy no quería elegantizarse; le gustaba aparecer tal -como había sido siempre. - -A pesar de su roñosidad para sí mismo, era espléndido en otras cosas. - -En la mesa gastaba mucho. La cristalería era siempre fina y nueva. -Chipiteguy no podía soportar una mancha en el mantel; así que había -que renovarlo para cada comida. En casa de Chipiteguy se comía bien -y se bebía a pasto vino de Burdeos y de Borgoña. Le gustaban también -al viejo los licores, y tomar, después de comer, unas copas de coñac -antiguo. - -Con este trato, su nariz y sus mejillas habían adquirido, en algunos -puntos, tonos de carmesí, que se convertían en violáceos. Con aquel -régimen de vida, Chipiteguy tenía tendencia a la gota, y a veces -padecía cálculos. En estas épocas pasaba días tristes, alicaído y -pensativo; pero cuando se curaba, volvía a la jovialidad. Decía que -a él le tendrían que poner el mismo epitafio que hizo Desaugiers, un -autor de canciones, enfermo de mal de piedra, de sí mismo: - - Ci-git helas, sous cette pierre - un bon vivant mort de la pierre - passant, que tu sois Paul ou Pierre - ne va pas lui jeter la pierre. - -A pesar de sus burlas, Chipiteguy tenía un fondo de misticismo. Había -en él algo del sentido contemplativo del alemán, unido a la impiedad -ligera del francés; pero quizá la tendencia mística y vaga era -en él lo más profundo. Se pasaba muchas horas mirando el agua del -río, pensando vagamente en las fuerzas de la Naturaleza. También se -abstraía fumando en su pipa y viendo las volutas de humo en el aire o -contemplando las llamas de la lumbre. - ---¿Duermes, abuelo? le preguntaba su nieta. - ---No; estoy pensando. - ---¿Pensando en qué?--le preguntaba Manón. - -Indudablemente, el viejo pensaba con vaguedad en muchas cosas, también -vagas, porque en él había esta tendencia por la meditación. - -A veces no pensaba en nada y estaba inmóvil, con la mirada perdida, -como aletargado. - - - - -IV - -LA TABERNA DE OCHANDABARATZ - - -La calle de los Vascos, en Bayona, calle estrecha, húmeda y negra, -paralela a la corriente del Nive y a la calle de España, era y es -una de las más obscuras del pueblo. En ella olía siempre a humedad -y a pescado, lo que hacía que el ambiente no fuese muy agradable de -respirar. Había entonces en esta calle almacenes de salazón y se -instalaban pescaderías ambulantes en el arroyo. - -En tiempo de la primera guerra civil española, las tiendas de la calle -de los Vascos eran pocas: algunos almacenes de pescado, barricas, -botellas y trapos viejos, dos posadas, la fonda de Iturri y la -Guetaldia, donde se refugiaban los campesinos vascos de las aldeas -próximas y los carlistas de poco dinero; varias tabernas, traperías y -alguna cacharrería que lucía en el escaparate jarras, huchas de barro y -cometas de papel de colores. - -En la calle, la casa más cuidada y limpia era la posada de Iturri, que -en la planta baja tenía una tienda de mercería, en la que se mostraban -pañuelos de seda de vivos colores. La posada de Iturri gozaba de fama -de sitio respetable y en donde se comía bien. - -Entre las dos o tres tabernas de la calle de los Vascos, las más -frecuentadas, las que estaban casi siempre llenas, eran la taberna -del Español y la de Ochandabaratz. Esta última se llamaba también la -taberna del Gallo Rojo, porque su enseña representaba un gallo, pintado -de rojo, cantando sobre una bola. - -La taberna de Ochandabaratz, obscura y siniestra, se hallaba en un -sótano grande, y el invierno estaba siempre iluminada con quinqués, -porque si no, en su fondo, no se veía con la luz del sol. - -La taberna no tenía portada alguna, y únicamente las paredes de la -casa, en el piso bajo, aparecían embadurnadas de pintura de color -parduzco, que saltaba de las piedras, y que dejaba a éstas como -recubiertas por escamas. - -Se entraba por el zaguán, y a mano izquierda estaba la taberna, a la -que se bajaba por unos escalones; había en este sótano un ventanal de -cristales pequeños y emplomados a la calle y una ventana enfrente a un -patio; pero ni el ventanal ni la ventana daban luz bastante para que se -viera con claridad en el interior. - -Era la taberna grande y espaciosa, con un mostrador enorme, recubierto -de cinc, con frascos, botellas de licores y damajuanas negras. Las -paredes tenían un zócalo de madera y había varias mesas y bancos. - -La taberna se continuaba por un corredor, al que iluminaba la ventana -del patio. En este corredor había dos grandes filas de barricas. - -Ochandabaratz, el amo de la taberna, era hombre de unos cincuenta años, -grueso, un poco asmático, muy sentencioso, con aire reservado. Gastaba -siempre camisa blanca, de gran cuello; blusa negra y boina grande. -Su mujer era guapa y vistosa; sus dos hijas, muy bonitas; el criado -Shanchín, vivo como un mono, y la muchacha Leonie, guapetona, rubia y -apetitosa. - -En la taberna había siempre gente, de día como de noche; al parecer, -los géneros de Ochandabaratz tenían fama de exquisitos, y el vino y los -licores de la taberna podían competir con los de los mejores hoteles de -Bayona. - -Una tarde lluviosa y de invierno estaban en la taberna de Ochandabaratz -una porción de tipos, bastante extraños, formando animado grupo. -Eran éstos el cochero de una funeraria, llamado Tapín; Benedicto, -el campanero de la Catedral; un sepulturero jorobado, conocido por -Patrich; el piloto Ibarneche, Bidagorry, el carbonero de la calle del -Pont Traversant, que tenía una pierna de palo; el maestro de baile -Cuyala, de la calle del Oeste, y tres chatarreros; Michú el de la Vieja -Encina de la calle de Bourg Neuf; Larroque el de las Armas de Francia, -del muelle de la Galuperie, y Portefaix, el de la Linda Fragata de la -calle de Pontriques. - -Los más señalados de estos tipos eran Patrich, por su joroba, y -Bidagorry, por su pierna de palo; pero los otros tenían también -carácter. Ibarneche, el piloto era alto, colorado, la cara ancha, con -anteojos, la pipa en la boca; Cuyala, el maestro de baile, elegante, -flaco, melenudo, pálido, con un levitín azul, con botones dorados, -corbata roja y pantalón corto, lucía las pantorrillas; Michú gastaba -sombrero de copa y gabán hasta los pies, y tenía cara de loro, picada -de viruelas; Portefaix poseía unos ojos saltones, desvaídos, como dos -huevos, y una cara de rana, entre sonriente y triste, y Larroque, que -vestía con un abrigo harapiento y un casquete, tenía la cara llena de -cicatrices, un ojo nublado, el otro, malicioso, verde gris, rojizo, -lleno de inteligencia, de picardía y de desvergüenza. - -Estos tres chatarreros, Michú, Larroque y Portefaix, solían ir a España -con frecuencia a comprar hierro viejo, granadas y armas, y negociaban y -cambalacheaban con Chipiteguy. - -El sepulturero jorobado Patrich celebraba, según decía, a todo el que -se le acercaba, dos acontecimientos transcendentales de su vida: uno, -que le había tocado la lotería; el otro, que se le había muerto la -mujer en San Juan Pie de Puerto. - -Con tal motivo, Patrich se dedicaba a las más extrañas locuras y -cantaba y bailaba alegremente. Patrich mostraba una gran alegría por -la muerte de su mujer, y, sin embargo, había quien aseguraba que días -antes le había visto llorando por el mismo motivo. En un bufón como él -cualquier cosa era posible. - -Mientras el grupo celebraba el jolgorio, se asomaron a la taberna el -viejo Chipiteguy y el judío Moisés Panighettus, dueño de una trapería, -próxima a la Puerta de Francia. - -Patrich, el jorobado, se apresuró a saludar a Chipiteguy y a -Panighettus; les contó el motivo de su fiesta y les invitó a sentarse. - -Chipiteguy dijo que tenía que ir a una casa suya a cobrar las rentas. - ---Sentarse, sentarse; no hay prisa--gritó el jorobado. - ---¿Qué, viene usted a cobrar la casa?--preguntó Ochandabaratz a -Chipiteguy. - ---Sí. - ---¿Ya pagan esos españoles? - ---No hay más que uno o dos--contestó Chipiteguy. - ---Ya pagarán--exclamó Patrich, el jorobado--. Todo el mundo paga al -último; los unos con su moneda, los otros con su cuerpo. ¡Je! ¡Je! -¡Je! No hay que apurar a nadie. Vamos otra vez a cantar. - -Cantaron todos a coro, en vascuence, la canción recogida por el doctor -Larralde, de San Juan de Luz: "Errico festac biaramumiam" (El día -siguiente de la fiesta), la copla que empieza pintando la escena de -cuatro mujeres, tres solteronas y una viuda, que juegan al truque un -día de fiesta en la calle de una aldea vasca, a la sombra, las cuatro -un poco borrachas. - -La cantaron de manera desigual, porque cada uno se marchaba por su lado -y algunos no sabían vascuence. - -Después, el piloto Ibarneche entonó, a media voz, algunas canciones -románticas del mar: - - Ichasua laño dago - Bayonaco alderaño. - Nic zu zaitut maitiago - choriyac beren umiac baño. - -(El mar está cubierto de niebla hacia el lado de Bayona. Yo te quiero -más que el pájaro a su crías.) - - Santa Catalin aurrera - bischigutan azi dera. - Ondo irteten baguera - laster neria izango cera. - -(Antes de Santa Catalina hemos empezado la pesca del besugo. Si salimos -bien, pronto serás mía.) - - Gure oroliz aita dago - laño bian gaberaño. - Nic zu zaitut maitiago - arraichuac ura baño. - -(Nuestro recuerdo está erguido hasta debajo de la niebla. Yo te quiero -más que los pececillos al agua.) - - Ichasua urac aundi, - es tu ondoric agueri. - Pasaco nisaqueni andic - maitea icuzteagatic. - -(En el mar de grandes olas, no se ve bien. Yo pasaría siempre por el -mar para ver a mi amada.) - -La especialidad de Ibarneche, además de sus canciones románticas, era -el comer copiosamente. Había hecho el piloto muchas apuestas y las -había ganado. Se había comido una vez un cordero con la mayor parte -de los huesos. Para él, tragarse dos gallinas, dejando solo el pico, -era un juego. Con el pico no podía; ante el pico se declaraba vencido. -Había comido también una merluza y cuatro docenas de huevos en una -comida. - -En beber era más moderado; no llegó a pasar nunca de los cuarenta vasos -de sidra en una tarde ni de los veinte de vino. - -Mientras cantaba Ibarneche, Bidagorry, el carbonero, seguía el ritmo de -la canción y ponía los ojos en blanco y la cara lánguida y triste. Esta -acomodación rápida era la especialidad de Bidagorry. - -Patrich, el sepulturero, poco partidario de cosas melancólicas--la -melancolía no es para sepultureros, decía él--, se puso a cantar y a -bailar unas coplas donostiarras de soldados con aire de fandango. Lo -cómico, para los que las oían, era que Patrich no sabía vascuence y a -veces decía una cosa por otra. - -La canción era así: - - ¡Ay, Madalén, Madalén; - Madalén gajoa! - Bigarren batalloyan - daucazu majoa. - Chiquichua da baña, - mutico polita, - Cazadorietaco - cabo primeroa. - -(¡Ay, Magdalena, Magdalena; pobre Magdalena! En el segundo batallón -tienes tu majo. Es pequeño, pero guapo chico, y cabo primero de -Cazadores.) - -Bidagorry recalcó la intención de la copla, dando a su fisonomía un -aire desvergonzado y alegre. - -La canción, ya de por sí grotesca, cantada y bailada por Patrich, lo -era más. Patrich, viejo, cojo, pequeño y jorobado, de cara audaz, -barbas largas y blancas, los ojos redondos, negros y brillantes, ojos -de lechuza, la nariz chata, la frente ancha y prominente y la calva -hasta el cogote, tenía un aire socrático. - -Patrich vestía macfarland negro y raído, sombrero de copa sucio y -despeinado. Su atrevimiento y su impertinencia resultaban un tanto -importunas. Era, además, un bufón antipático, porque con mucha -facilidad, en medio de la broma, se molestaba o tomaba una actitud -sentimental, de borracho, desagradable. - -Después de los versos a Magdalena vinieron coplas dirigidas a algunos -galanes, que tendrían en su tiempo gran cartel entre las criadas y -costureras donostiarras: - - Bata, García; eta - beztea, Domingo; - onezquero gauz onic - ez ditec eguingo. - Euscaldunac desaire, - oyequin amigo. - Berac deitzen ciyoten: - "Venga usted conmigo". - -(El uno, García; el otro, Domingo; hasta ahora, seguramente, no habrán -hecho cosa buena. A los vascongados, desaires, y con esos otros, -amigas. Ellas mismas les decían: "Venga usted conmigo".) - -Hay que suponer que estas damas que decían a los cabos primeros y a -los sargentos: "Venga usted conmigo" no serían de la alta sociedad, ni -aparecerían en el Almanaque de Gotha, aunque algunos demagogos suponen, -quizá con poco respeto, y sobre todo con pocos datos personales, que -son principalmente las damas empingorotadas, las del Almanaque de -Gotha, las que tiene una inclinación a decir a los cabos primeros y a -los sargentos: "Venga usted conmigo". - -Esta cuestión es, sin duda alguna, difícil de resolver -experimentalmente y la abandonamos para que la estudien los -especialistas. - -Patrich se cansó de su baile y de su canto y se sentó a beber un gran -vaso de vino. - -En tanto, uno de los chatarreros, que solía entrar con frecuencia en -España, salmodió esta obra maestra híbrida vasco-castellana, también -donostiarra; - - Un militar le dice: - "Nere maite ederra, - solamente tu cara - ematen dit guerra". - Y ella contesta al punto: - "Ez bildurric izan - izan bear badezu - mi bravo capitán". - - Damacho ederra, mozo valiente, - ella jostuna, él subteniente, - y ella le ha dicho milla bider - que le hacen falta bi charreter. - -(Un militar le dice: "Amada hermosa, solamente tu cara me da a mí la -guerra". Y ella contesta al punto: "No tenga usted miedo si tiene usted -que ser mi bravo capitán". Bella damita, mozo valiente, ella costurera, -él subteniente, y ella le ha dicho muchísimas veces que le hacen falta -dos charreteras.) - -El autor comprende que es un poco abusivo el poner tantas canciones -insignificantes. A él le dicen algo, aunque a la mayoría de sus -lectores, claro es, no le dicen nada. El autor es un individualista y -las pone. - -Uno de los traperos, medio ciego, sacó un caramillo de hoja de lata y -se puso a tocar monótonamente la canción de Cadet Rouselle. - -Después de esto, Patrich echó los pies por alto, se balanceó como una -bailarina, lanzó ronquidos desvergonzados, puso la cabeza en el suelo, -dió una vuelta y quedó sentado. - -Poco después apareció Patrich, montando sobre unos zancos y andando en -la taberna, casi tocando el techo. El enano jorobado se sentía así alto -y poderoso. - -El viejo Chipiteguy, que había permanecido durante todo el tiempo -bebiendo y riendo, se citó para el día siguiente con Moisés Panighettus -y se levantó para salir de la taberna de Ochandabaratz. - ---¡Adiós, señores!--dijo. - ---¡Eh, tío!--le gritó Patrich--. No se vaya usted; hay que cantar su -canción. - -La gente de la taberna no hizo mucho caso, y Patrich se incomodó. - -Patrich era hombre violento e imperativo; obligaba a que se cantaran -ciertas canciones y ponía el veto a otras que no le gustaban. - -No parecía sino que tenía algún derecho especial para mandar en todo -cuanto fuera musical y filarmónico en casa de Ochandabaratz. - -Patrich se quitó los zancos e increpó a unos y a otros, imponiendo -silencio con siseos y manotadas. - -Cuando lo consiguió inició la canción de bravura de Chipiteguy y la -cantaron a coro, a voz en grito: - - Atera, atera, - trapua saltzera - eta burni zarra - chaponian. - -Chipiteguy, riendo, saludó a todo el mundo y salió a la calle. - ---¡Adiós, tío!--le volvió a decir Patrich. - -Patrich solía bromear muchas veces llamando tío a Chipiteguy. La razón -de este supuesto parentesco era la siguiente. Hacía ya muchos años, en -los primeros tiempos del Imperio, vivían dos hermanas, muy guapas, las -dos casadas, en la calle Pontriques. Ambas, con unanimidad extraña, -engañaban a sus maridos. De una de ellas se decía que estaba enredada -con Chipiteguy, y de la otra, que era la querida de un tal Lafón, -vendedor de hierro. - -El marido de la de Lafón, a quien llamaban Puteche, era un cínico, que -se dedicaba a vivir de lo que traía su mujer. - ---Buena boquilla--le decían los amigos. - ---De Lafón--contestaba él sonriente. - ---Hermosa cadena de reloj--le decía el otro. - ---De Lafón--replicaba él. - ---¡Qué bonito sombrero lleva usted! - ---De Lafón. - -Las dos hermanas, guapas y alegres, tuvieron por entonces dos chicos: -Máximo Castegnaux, que se atribuyó a Chipiteguy, y Patricio Larroque -(Patrich), que se atribuyó a Lafón. - -Dado el estribillo de Puteche, naturalmente, se hizo este chiste fácil. -Un amigo le había dicho, señalando al niño de la mujer de Puteche: - ---¡Qué chico más guapo! - -Y él había contestado: - ---De Lafón. - -La anécdota era falsa, porque ni el chico era guapo ni Puteche había -dicho estas palabras. - -No se sabe por qué, si es que Lafón daba poco dinero a su querida, -o si es que ésta pretendía hacer economías; el caso fué que Puteche -comenzó a notar que la comida en su casa se reducía hasta unos extremos -inverosímiles. A pesar de su tranquilidad filosófica, un día Puteche -ya saltó, y, cogiendo indignado un plato de acelgas y tirándolo por la -ventana, dijo a su mujer: - ---No tienes vergüenza. ¿Esta es una comida regular para un marido -complaciente? - -Como la irregularidad de la vida de las dos hermanas la conocían todas -las comadres del barrio, los chicos Máximo y Patricio no lo ignoraban; -y cuando los dos primeros reñían, el uno decía al otro: "¡Chipiteguy! -¡Chipiteguy!", y el otro le contestaba: "¡Lafón! ¡Lafón!" Los padres, -por lo menos padres legales, se quedaban tan tranquilos al oirlo; no -así las madres; a veces, a éstas les entraba una cólera furiosa al -oír "¡Chipiteguy! ¡Chipiteguy! ¡Lafón! ¡Lafón!", y andaban con los -muchachos a zapatazos. Cuando murió Lafón decía Puteche: - ---Veinte años ha sido mi mujer la querida de Lafón y ese cochino no le -ha dejado nada en su testamento. - -Todo el mundo le tenía a Puteche por un cínico y por un sinvergüenza. -Indudablemente, al hombre le producía risa la idea de ser un marido -engañado y que lo que para otros es un motivo de tristeza y de -vergüenza, para él fuera un motivo de chunga. Sin embargo, algún -resquemor debía quedar en él, porque se dijo que, cuando se murió, se -le acercó la mujer a la cabecera de la cama y él la dijo: - ---Fuera p... - -Max Castegnaux y Patricio Larroque, los dos primos que de chicos se -echaban en cara su atribuída paternidad, llegaron a ser amigos. - -Max Castegnaux fué gran calavera. Una de sus gracias consistía en -decirle a Chipiteguy, cuando pasaba a su lado: "¡Adiós, padre!" - -Max, después de varias locuras, sentó plaza y estuvo en Argelia, donde -llegó a ser sargento. - -Patrich, el jorobado, se hizo sepulturero y consideraba a Chipiteguy de -la familia y le llamaba siempre tío. - -Al marcharse de la taberna de Ochandabaratz, Patrich llamó a un -violinista callejero y le hizo tocar; pero aburrió pronto a los -reunidos. - ---A ver tú, Patrich--dijo Ibarneche--; dinos algunos epitafios del -cementerio. - ---No, ahora no--replico el sepulturero. - ---Sí, sí--gritaron todos. - ---Bueno, pues allá va uno. Auténtico: el del niño Pedro Verrue: "Aquí -yace el niño Pedro Verrue, de tres años y dos meses. Fué abnegado, -discreto y justo. Su vida fué una larga cadena de sufrimientos, que -soportó con entereza y resignación cristiana". - -Todo el mundo se echó a reír. - ---¡Otro, otro!--dijeron. - ---El epitafio de la viuda de Routier, a quien conocimos todos por su -genio agrio; también auténtico: "Aquí yace María Francisca Bachelin, -viuda de Routier, muerta a la edad temprana de 79 años. Era un ángel. -Sus hijos, hijos políticos y nietos depositan sobre su tumba esta -corona por su virginal pureza". - ---¡Otro, otro! - ---"Aquí yace Juan Bautista Colardeau, muerto a los siete años y medio, -de la escarlatina. Fué buen hijo, buen ciudadano y amante de su patria. -Rogad por él". - -Siguieron las risas en el público. - ---¡Más, más! - ---No, basta por hoy--dijo Patrich con su aire rotundo--. Uno para -terminar, también auténtico: "Yace aquí Luis Bernardo Chevrau, -fabricante de jabón y de vulneraria de los Alpes. Fué padre de familia -modelo, sargento de la Guardia nacional y buen ciudadano. La humanidad -doliente le debe la mejor vulneraria suiza, que la viuda sigue -fabricando en Bayona, en la calle del Oeste, núm. 4". - -Rieron de este último epitafio y Patrich no quiso continuar. - - - - -V - -LOS INQUILINOS DE CHIPITEGUY - - -La casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos, era alta, negra, con -ventanas que se abrían en la obscura pared. - -Vivían en ella muchos inquilinos, la mayoría gente pobre, empleados -de tiendas y de oficinas, retirados y obreros. En los bajos había un -almacén de botellas y otro de carbón. - -La escalera de la casa, lóbrega y sombría, daba a un patio pequeño y -negro; el portal, húmedo, con una caseta cubierta de cinc, se hallaba -siempre a obscuras. La casa tenía cinco pisos y en cada piso tres -puertas; al lado de cada una colgaba la cadena de la campanilla con -un anillo de metal, y estos anillos, lo mismo que el pasamanos de la -escalera, estaban como lubrificados por una grasa viscosa y fría. - -De trecho en trecho, en la escalera siniestra, se abrían ventanas que -daban al patio, por las que se veía la parte de atrás de otras casas, -sombrías y leprosas. - -Por aquella escalera subían y bajaban viejas con aire de suspicacia -que parecían montones de ropa sucia, tocadas con calotas, cofias y -sombreros marchitos; con trajes que olían a trapo raído y a paraguas -mojados; y viejos de sombrero de copa antiguos y redingotes de otra -época que les llegaban hasta las pantorrillas. - -Al entrar en su casa, Chipiteguy se dirigió primeramente al almacén de -botellas del piso bajo. Cuidaba este almacén una vieja arrugada que -interrumpía a ratos la tarea de hacer media para comer pan y queso. -La vieja, al ver a Chipiteguy, se levantó y sacó de un armario el -dinero del alquiler; luego se puso a contar, medio en francés, medio en -vascuence, una historia aburrida de su juventud, riéndose de cuando en -cuando para mostrar sus encías, desprovistas de dientes. - -Del almacén de botellas pasó Chipiteguy al del carbón; luego subió a -los cuartos. Aquí vivía con su mujer un retirado, que mataba el tiempo -paseando por las calles o por el corredor de su casa. El retirado pagó -su alquiler en seguida. - -Otro inquilino era un español, siempre embozado en su capa, con una -venda que le tapaba la nariz y la boca. Este español se hacía pasar -por inválido de la guerra, cosa falsa, pues sus llagas procedían de un -lupus que le iba carcomiendo la cara. - -A pesar de ello, el hombre parecía contento, comía y fumaba y no se -preocupaba de su mal, lo que a Chipiteguy le producía gran extrañeza. -Este hombre se ponía de guardia a la puerta de las casas de los -carlistas de buena posición y no pedía limosna; tomaba lo que le daban. -El pseudo-inválido pagó su alquiler. - -Otra inquilina era una vieja ex-mercera. Esta vieja rica parecía -un montón de harapos. Llevaba botas muy grandes y destrozadas, un -bastón en la mano y pañuelo rojo en la cabeza. Al encontrarse con -Chipiteguy se lamentó de su falta de recursos. Al parecer, se quejaba -constantemente de su miseria, aunque todo el mundo sabía que guardaba -mucho dinero. - -En el último piso de la casa, en habitaciones medio aguardilladas, -vivían un maestro de música, apellidado Chibitua; un zapatero -sansimoniano, Palasou; un tornero y un español, el señor Sánchez de -Mendoza. - -Chibitua componía romanzas sentimentales y al mismo tiempo tocaba un -oboe en una banda. Tenía muchos hijos. Al pobre hombre, no se sabe si -de tocar el oboe o de escribir romanzas lacrimosas, se le había puesto -una cara tan triste, que se hubiera dicho que estaba siempre llorando. - -Viéndole de lejos con su instrumento, se llegaba a pensar si estaría -unido a él, pues el pico del oboe más parecía que pertenecía por -naturaleza al hombre que al aparato musical. - -El sansimoniano Palasou era un desdichado que tenía una zapatería de -portal cerca de la Puerta de España. Su mujer le había arruinado, -gastándose todo el dinero de la casa en caprichos absurdos. Madama -Palasou era una mujer pródiga que robaba al marido y gastaba el dinero -en cosas que no servían para nada. Hubo días que el zapatero no pudo -comer porque su señora había comprado un sonajero a un niño de la -vecindad, o un portamonedas a una conocida, o un alfiler de corbata a -un jovencito hijo de una amiga. - -Entonces Palasou, en protesta, había tomado tres graves -determinaciones: primero, dejarse el pelo largo; luego, enredarse con -una criada de la vecindad, y por último, declararse ante el mundo -partidario de las doctrinas socialistas de Saint Simon. - -El tornero se pasaba la vida dentro de su guardilla, en el torno, -haciendo unos ruidos que daban dentera a todos los vecinos. Era un -hombre que tenía el mismo color que los objetos de boj que torneaba en -su aparato y muchos chiquillos que correteaban por la escalera. En la -última guardilla hacía tres meses vivía un español emigrado carlista, -don Francisco Sánchez de Mendoza. El señor Sánchez de Mendoza era -hombre grueso, de bigote negro y patillas cortas, con aire pesado, -ictérico y triste. - -Chipiteguy llamó en su casa tirando de la campanilla, esperó a que le -abrieran y pasó. - -Abrió la puerta la mujer del emigrado, una mujer triste, con una -toquilla atada por las puntas a la espalda, y preguntó a Chipiteguy en -castellano qué es lo que quería. - -Explicó Chipiteguy que era el amo de la casa, que venía a cobrar -el alquiler del mes, y la mujer, un tanto azorada, fué a avisar a -su marido. El señor Sánchez de Mendoza se presentó vestido con una -chaquetilla de lienzo blanco llena de manchas y con un aire inquieto y -tímido. - ---Este ciudadano no paga--se dijo Chipiteguy en su fuero interno. - -El señor Sánchez de Mendoza invitó a Chipiteguy a pasar al comedor. -Este comedor, con su papel amarillento y una alcoba en el fondo, -era de una pobreza un tanto cómica. Tenía un armario embutido en la -pared, con unos papeles recortados y calados en los estantes; una -ventana al patio, la mesa de pino, unas cuantas sillas rotas y cada -una de distinta forma, un canapé lleno de jorobas, unas litografías -iluminadas, clavadas con chinches, del periódico _La Moda_, y dos -grandes escudos nobiliarios, pintados a la acuarela. En las puertas de -la alcoba había unas cortinillas zurcidas. En la ventana, tiestos con -unos geranios raquíticos. Asomándose se veía el patio, como un antro -negro, cruzado con cuerdas con ropas puestas a secar. Todo en la casa -translucía miseria, abandono, con cierta nota de petulancia cómica. - ---El mobiliario entero no vale cincuenta francos--se dijo Chipiteguy, -que tenía buen ojo de tasador. - -El señor Sánchez de Mendoza se puso a hablar, turbado, como quien busca -una salida a una situación penosa. Dijo a Chipiteguy que había sido -durante algún tiempo empleado en la Real de don Carlos y que por las -intrigas de los enemigos se había visto forzado a marcharse. - -El emigrado parecía un pobre hombre lleno de pánico al encontrarse solo -y sin dinero en un país extraño y daba la impresión de que no tenía -ningún recurso, ni se le ocurría hacer nada para encontrarlo. - -Sánchez de Mendoza no sabía el francés y estaba azorado al encontrarse, -por capricho de la suerte, en Bayona, en casa de Chipiteguy, de la -calle de los Vascos. El señor Sánchez de Mendoza, por lo que dijo, -tenía mujer y dos hijos, un varón y una hembra. - -Mientras el emigrado hablaba atropellada y confusamente, Chipiteguy, -convencido de que no iba a cobrar, se sentó en una silla del cuarto. - -A medida que examinaba la casa, el aire de miseria le parecía mayor. -En la alcoba próxima, que se veía por una rendija de la puerta, se -advertían dos camas en el suelo y un baúl estropeado. La alcoba, -dividida por una colcha de colores, rota y agujereada, servía, sin -duda, para los dos hijos del carlista. - -El señor Sánchez de Mendoza, después de muchos circunloquios, manifestó -a Chipiteguy que por entonces no tenía dinero y le pidió que esperara -algunos días a que pudiera pagarle. - ---¿Cuántos días?--preguntó Chipiteguy. - -Sánchez de Mendoza no contestó directamente a la pregunta y se puso a -exponer sus lástimas, y al mismo tiempo que contaba sus desgracias, -habló de sus blasones. - -Era de la Mancha. Le habían embargado sus fincas; había empleado su -dinero en la causa. Su familia era antigua e ilustre. - ---¿Usted habrá oído hablar de los Sánchez de Mendoza?--preguntó -humildemente a Chipiteguy. - ---Sí, algo me suena ese nombre. - -Chipiteguy, con su tendencia a la contemplación, vió que el pequeño -aparador del comedor, con sus papelitos calados, estaba vacío, y notó -que los geranios que se veían en la ventana nacían en unos pucheros -rotos, rodeados con unas telas de color. - ---Bien; está bien--dijo Chipiteguy, saliendo de su estado absorto--; -pero, ¿usted que piensa hacer? - ---Yo, trabajar si encuentro algo que me convenga, y que trabajen mis -hijos también--contestó el emigrado. - ---Pero concretamente, ¿qué va usted a hacer? - -¡Concretamente! Esta palabra no figuraba en el repertorio del señor -Sánchez de Mendoza. - -El emigrado consultó con su mujer, que salió de la cocina mal vestida y -macilenta. - -Luego se presentaron un chico de diez y siete años, de cara inteligente -de muchacho avispado y hambriento, y una chica algo mayor que él con el -mismo aspecto. - ---¿Son sus hijos?--preguntó Chipiteguy. - ---Sí; éste está pintando a la acuarela unos escudos; mi chica sabe -bordar. Enséñale lo que bordas a este señor. - -Sánchez de Mendoza había notado ciertos síntomas de simpatía en el -casero y quería aprovecharlos. - ---Yo desearía que salieran ustedes pronto de esta situación--dijo -Chipiteguy--; por su familia, y también para que me pagara usted. - ---Muchas gracias, caballero. - ---Gracias, no. Yo insistiré en cobrar. - -El no era hombre sin corazón, pero quería cobrar. - -El chico y la chica, los dos con su aire avispado y enfermizo, -volvieron al comedor, él con unas cartulinas donde había pintado a la -acuarela unos escudos de nobleza; ella, con sus bordados en colores. -Chipiteguy vió lo que hacían los dos y reflexionó. El podía llevar al -chico para que trabajara en su casa y recomendaría a la chica en la -tienda de antigüedades de la Falcón. - ---Yo tengo un almacén de hierro y he sido trapero--dijo Chipiteguy--; -no aparezco, pues, en el Almanaque de Gotha. Si usted y el chico -quieren, que venga él conmigo, yo haré que trabaje y ya veré lo que le -puedo dar. - ---¿Pero quiere usted tenerlo como criado?--preguntó tristemente el -señor Sánchez de Mendoza. - ---Como empleado. Hará las mismas cosas que yo hago. Yo barro a veces -la tienda; él la barrerá también. Yo voy a las casas a comprar hierro -viejo. El hará lo mismo. - ---¿Y dónde comerá? - ---Conmigo. - ---No, en la cocina. - ---No. Yo me encargo de mantenerle y de vestirle; luego ya veré lo que -le puedo dar. - -El chico escuchaba la conversación de Chipiteguy y de su padre con gran -ansiedad. - - - - -VI - -LOS SÁNCHEZ DE MENDOZA - - -La familia de los Sánchez de Mendoza llevaba ya más de seis meses -rodando por distintos puntos de Francia. Había estado en Burdeos, en -París y, por último, en Bayona, perseguidos implacablemente por la -miseria. - -El señor Sánchez de Mendoza se hacía la ilusión de que la miseria le -había sorprendido, como puede sorprender un catarro; pero era lo cierto -que siempre había vivido pobremente y de mala manera. - -El señor don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, Montemayor y Porras, -era manchego, de una pequeña aldea, entre Minglanilla y Graja de -Iniesta. - -Sánchez de Mendoza hablaba de su casa como si fuera un palacio y -elogiaba a Minglanilla como si se tratara de un emporio. - -En cambio, su mujer, natural de Cañete, encontraba su pueblo el centro -del universo y todo lo comparaba con él. - -Alvarito, el hijo de don Francisco, había vivido los primeros años de -la niñez entre Graja de Iniesta y Cañete, y, aunque no recordaba bien -estos pueblos, creía, bajo la palabra de honor de sus ascendientes, que -eran verdaderamente admirables. - -El padre de Alvarito, don Francisco Xavier, había educado a su hijo en -el respeto por la Religión, el Rey la Nobleza, como hidalgo de limpia y -esclarecida prosapia. - -Algunos enemigos mordaces, ¿quién no los tiene?, aseguraban que el -señor Sánchez de Mendoza se llamaba, sencillamente, Francisco Sánchez, -que quizá su padre o su madre tuvieran algún apellido Mendoza, y que -con la facilidad de arreglar los asuntos familiares al gusto de uno en -una época obscura se hacía llamar Sánchez de Mendoza. - -Se decía que su padre había sido secretario del Ayuntamiento de un -pueblo de la Mancha y que no había tenido nunca una peseta. Don -Francisco, en cambio, aseguraba que su padre fué segundón de una casa -hidalga, ilustre y rica, y que tuvo un alto cargo en Cuba. - -Sánchez de Mendoza mostraba su escudo a todo el que quisiera verlo, un -escudo con más cuarteles que un pueblo prusiano. - -El ilustre hidalgo de la familia de los Sánchez de Mendoza no podía -emplearse en quehaceres vulgares y plebeyos. Como el perro de la fábula -de Samaniego, pensaba que esto se lo debía a haber nacido perro y no -pollino. - -En su casa de la calle de los Vascos, don Francisco Xavier se dedicaba -a ver cómo trabajaban los individuos de su familia, cómo guisaba su -mujer y cómo bordaba su hija. Alguna rara vez pintaba a la acuarela los -escudos que dibujaba su chico. - -Los Sánchez de Mendoza y los Montemayor le preocupaban demasiado para -que él pudiera consagrarse a trabajos de baja estofa. Había descubierto -don Francisco Xavier que uno de sus antepasados, un Pérez del Olmo, era -bastardo, y el terrible descubrimiento y la necesidad de poner en su -escudo una barra de bastardía le preocupaba tanto, que este pensamiento -no se separaba jamás de su espíritu. - -El señor Sánchez de Mendoza se consideraba literato; había escrito un -artículo, "Españoles y católicos antes que nada", y una hoja impresa -con este título: "Vindicación de don Francisco Xavier Sánchez de -Mendoza, Montemayor y Porras, de los calumniosos cargos hechos contra -él. Dedicada al Rey Nuestro Señor Su Majestad don Carlos V". - -Los que habían leído esta "Vindicación" decían que en ella no se podían -averiguar cuáles eran los calumniosos cargos que se habían hecho a don -Francisco Xavier; pero en la hoja se hablaba del condigno castigo, de -las venerandas tradiciones, de la hidra de la anarquía y de la defensa -del trono y del altar, y esto, naturalmente, ya era algo. - -Todos aquellos lugares comunes políticos, empleados principalmente por -sus correligionarios, sonaban muy agradablemente en los oídos de don -Francisco Xavier, y a veces le conmovían, hasta tal punto, que sentía -que le brotaban las lágrimas y se le apretaba la garganta. - -El artículo y la "Vindicación", las dos obras más importantes salidas -de su pluma, preocupaban mucho al buen hidalgo. Pensaba si sería el -momento de hacer una segunda edición de ellas; suponía que el mundo -entero las había tomado en cuenta. Con estas preocupaciones era -imposible que el hidalgo se acomodase a un trabajo vulgar. - -La mujer de Sánchez de Mendoza, a pesar de ser más joven que don -Francisco Xavier, parecía más vieja; era una pobre mujer pálida, flaca, -fatídica, que había vivido siempre miserable y que siempre estaba -prediciendo desgracias. Para ella todo tenía que terminar, más pronto -o más tarde, perfectamente mal. - -Además, esta mujer poseía el talento de interpretar sus sueños, talento -que había comunicado a su hijo Alvaro, que se preocupaba con espanto de -sus pesadillas y quería encontrar una explicación racional de ellas. - -La madre de Alvarito pretendía encontrar relaciones absurdas entre los -sueños y los acontecimientos. - -Soñar con toros era buena suerte; en cambio, soñar con habichuelas, -significaba desgracia. El arroz, en sueños, era siempre cosa buena, y -las patatas, mala. - -Ella no comprobaba nunca tan absurdas suposiciones; pero esto, en vez -de convencerle de la inanidad de sus hipótesis, las afirmaba, porque -las mezclaba con otras supercherías entre mágicas y cabalísticas. - -Alvarito era propenso, como su madre, a las fantasías y a las -supersticiones. De chico había sido sonámbulo y su familia le había -encontrado muchas veces sentado en camisa en la cocina o metido debajo -de la cama. Había tenido, durante mucho tiempo, grandes miedos de -noche, despertándose al poco tiempo de dormirse, estremecido, gritando, -y quedando durante largo tiempo asustado y con una gran angustia. - -Alvarito pensaba mucho en sus sueños; su madre le hacía fijarse en -ellos. Cuando estaba fuerte soñaba con recuerdos de épocas muy remotas; -en cambio, cuando estaba débil, intranquilo o inquieto, soñaba con -acontecimientos más próximos. - -Alvarito, en sus sueños, era siempre valiente, atrevido y cruel. ¿Seré -yo así?--se preguntaba a veces él, preocupado--. Con frecuencia soñaba -con el mar. Iba por un muelle que avanzaba entre olas tempestuosas, a -un lado y a otro, al que no se le veía fin. Otras veces marchaba por un -camino, entre sombras, y, al terminar, le aparecía un túnel de luz. - -Con la existencia mísera y triste que había llevado era débil y -nervioso. Su vida para él tenía una apariencia de algo trágico. - -Recordaba, vagamente, el viaje que había hecho con su madre y su -hermana, en condiciones malas, desde Cañete a Vergara, donde estaba -empleado su padre en las oficinas del Real. - -La salida de Vergara a Francia la recordaba como un episodio lastimoso. -El viaje a Burdeos le parecía algo enorme; los franceses eran monstruos -que se echaban sobre ellos, y su padre se le presentaba entonces como -un Orfeo, dominando las fieras. Luego, al pasar el tiempo, el pobre -Orfeo, don Francisco Xavier, se iba achicando en su retina. - -Comenzaba para él la época en que el hijo que ha mirado a su padre como -un modelo empieza a criticarle y a encontrarle defectos. ¿No sería su -padre demasiado charlatán?--se preguntó Alvarito--. ¿No sería demasiado -egoísta. - -Entonces, poco a poco, su cariño y su admiración iban marchando a su -madre y a su hermana, las dos sufridas y resignadas, que no salían a -pasear, ni iban a darse tono, ni a contar mentiras a las tertulias -carlistas. - -Alvarito estaba poco desarrollado para sus diez y siete años. Era -alto, pero estrecho de espaldas, de aire expresivo y de mal color. -Espiritualmente era un muchacho despistado, sin rumbo; había pasado -parte de la niñez en Cañete, en casa de unos tíos suyos, gente pobre, -pero orgullosa y fantástica, en donde no se comía apenas, pero se -presumía de firme. En aquella casa se vivía, principalmente por fuera, -con la preocupación exclusiva de aparentar. Se hablaba de que se comía -bien, de que se tenía dinero de sobra. Los tíos de Alvarito creían que -todo el pueblo les espiaba y les parecía necesario darse importancia a -fuerza de embustes. - -Alvarito, en los seis meses que llevaba en Francia, había aprendido el -francés. El muchacho conservaba las preocupaciones de su padre y de -su madre y no podía zafarse de ellas. Al principio no quería salir de -casa. Estaba asustado. La calle le parecía la enemiga natural de su -pobre hogar y cada francés un monstruo, devorador de familias españolas. - -Alvarito había pensado, siguiendo las indicaciones de su padre, entrar -en el ejército carlista; pero no tenía la edad necesaria y la situación -del partido iba siendo tan mala, que temía no llegar a encontrar el -momento oportuno. - -El joven Sánchez de Mendoza quería sentir con el mismo fervor el -entusiasmo monárquico de su padre; pero no le era tan fácil, y por más -esfuerzos que hacía por exaltarse, la cuestión de la legitimidad no le -llegaba a preocupar. - -Había oído en Bayona y en Burdeos discutir el pro y el contra de esta -cuestión. - -Alvarito quería pensar que la guerra era la santa cruzada de los buenos -contra los malos, de los religiosos contra los impíos. Alvarito quería -creer que los carlistas eran todos honrados y caballerosos, incapaces -de villanías; que don Carlos era un santo, y que el honor, la lealtad, -la Patria y el Rey tenían un altar en el pecho de cada carlista. No -sabía si en el tópico admitido el altar estaba en el pecho o en el -corazón. Seguramente no estaba en el bazo ni en el hígado. - -A pesar del altar pectoral o cardíaco, Alvaro estaba oyendo hablar -a cada paso de trastadas, de chanchullos y de traiciones en el campo -carlista. - -Al pensar en entrar en el ejército de don Carlos, lo que le preocupaba -principalmente a Alvarito era el temor de quedar mal. ¿Tendría -suficiente valor? La muerte no le arredraba; pero suponía que no debía -ser siempre fácil dominar los nervios. - -Su miedo era que le vieran en un momento de depresión. Temía no poder -estar a la altura de los demás, sobre todo a la altura del modelo -imaginado por él. - -Pensaba, a veces, que quizá su falta de energía dimanaba de sentirse -decaído por la mala alimentación. - -Alvarito sabía poco; había aprendido a leer, a escribir y a hacer -cuentas y a pintar a la acuarela escudos nobiliarios, que vendía su -padre a los españoles emigrados, aristócratas y ricos. - -Alvarito mantenía la ilusión de pensar que quizá poseyera algún talento -de pintor. Le gustaban las estampas que reproducían cuadros de la época -de David, Ingres y el barón de Gros, y se imaginaba, a veces, que le -gustaría más ser pintor que militar. - -Había visto también grabados que reproducían cuadros de Ribera, de -Zurbarán y de Velázquez, que le sorprendieron, y le parecieron muy -malos. ¿Cómo gustará eso?--se preguntaba él, y no lo comprendía. - -Alvarito era un muchacho muy nervioso, muy inquieto, que tenía de noche -grandes terrores. - -La preocupación por los sueños, que le había inculcado su madre, le -tenía amedrentado. Muchas noches se despertaba temblando y creía oír la -respiración de un hombre que le espiaba a pocos pasos de la cama. - -Los vecinos de la casa de la calle de los Vascos le aterrorizaban. -Había una vieja enlutada, a quien se había encontrado en la escalera -varias veces, al anochecer, y le había mirado con una sonrisa -insinuante, y pensar en ella le ponía la carne de gallina. - -Los cuartos obscuros, las alamedas solitarias al anochecer, las orillas -del río, todo esto le impresionaba. - -Las mismas estampas le daban, a veces, una sensación de misterio y de -pavor. Había una que había visto en un escaparate que le perturbaba. -Representaba una dama elegante con un talle esbelto, al lado de un -joven melenudo, con el pantalón de trabillas y el frac. La escena -ocurría en el salón de un palacio, delante de un piano. La dama tenía -un aire lánguido; en cambio, el hombre la miraba con unos ojos de loco. - -Alvarito no sabía lo que representaba; pero aquella escena le daba -impresión de vértigo. Como predispuesto a ver cosas raras, en ocasiones -las veía o las creía ver. Una de las veces que salió de noche en Bayona -a dar un recado a un personaje carlista, su padre estaba enfermo, iba -por una calle casi obscura, con tapias a un lado y a otro, que no tenía -más que algún farol de tarde en tarde, cuando vió venir un jorobado -pequeño, cuadrado, petulante, con bigote y perilla cana; al cabo de -poco tiempo, otro jorobado, y poco después, otro. Estos tres jorobados -le produjeron tal espanto, que echó a correr hacia su casa. Luego, su -madre y él discutieron largo tiempo si estos tres jorobados serían -reales o imaginarios, y si eran imaginarios, qué podían representar. - -Llegó una época en que Alvarito notó que la alarma, la inquietud, -nacían en él antes que el motivo y que después encontraba el motivo -para legitimar su alarma. Tardó mucho en comprender esto, y, cuando lo -comprendió, se sintió más miserable y más desvalido que nunca. - - - - -VII - -PRIMEROS CONTACTOS CON LA REALIDAD - - -Cuando Chipiteguy hizo su propuesta de llevarse a Alvarito, éste miró -la expresión de sus padres, y al ver que los dos aceptaban, fué a su -cuarto, se vistió con su mejor ropa, besó furtivamente a su madre y a -su hermana y salió de casa con el viejo trapero. Marcharon los dos por -el muelle de los Vascos, cruzaron el puente Panecau y entraron en la -plaza del Reducto. - -Alvarito se encontró poco contento en el almacén y en la tienda de -Chipiteguy; le pareció todo aquello desordenado y sucio; pero cuando le -avisaron para comer y le invitaron a lavarse las manos y vió la mesa -abundantemente servida y se sentó entre Manón y la andre Mari, se dijo -que, si no le echaban por torpe, se quedaría allí. Pensaba cumplir de -la mejor manera posible. Por la tarde hizo con buena voluntad todo -lo que le mandaron; cenó también opíparamente y, después de cenar, -la Tomascha llevó al pequeño español, como le llamaron a Alvarito en -la casa, a un cuarto aguardillado del piso tercero lleno de trastos -viejos, y le mostró su cama. - -En aquella guardilla había una estantería con algunos libros, un reloj -de cuco, parado, y sobre unas arcas antiguas gran cantidad de manzanas, -peras y membrillos, que echaban un olor excelente. - -En las vigas de aquel camarachón había muchas arañas y Alvarito podía -contemplar sus ejercicios gimnásticos en sus hilos. - -Por la ventana se veía el río y los tejados del muelle de los Vascos. -Desde los primeros momentos que estuvo Alvarito en casa de Chipiteguy -se pudo comprender que tenía actividad y deseo de trabajar; lo malo era -que a estas condiciones y a su buena intención se unía gran timidez. - -Alvarito no tenía costumbre de trabajar. Tampoco tenía soltura ni -confianza en sí mismo. Desconfiaba y pensaba que no sería simpático -ni oportuno. Esta idea y la de verse precisado a ganarse la vida de -cualquier manera le daba una actitud encogida y torpe. - -Chipiteguy se reía de él. - ---El pequeño aristócrata, el pequeño español con blasones parece que no -da pie con bola--decía a su nieta. - ---Déjale, abuelo; ya lo hará mejor. El pobre pone toda su buena -intención. - ---Sí, es verdad; por eso yo no le digo nada. Es un chico que está bien, -muy delicado, no se quedará con un céntimo. Tiene un amor propio un -poco cómico. - ---Eso no es un defecto. - ---No, no. ¡Pero qué torpes son estos aristócratas! Cuando le faltan sus -rentas y tienen que emigrar, ya no sirven para nada. - -A las dos o tres semanas de estar en el almacén, Chipiteguy dedicó a -Alvarito a llevar cuentas. - -El sitio donde tenía que trabajar el joven Sánchez de Mendoza, no -muy alegre, entristecía al muchacho. Era un cuarto casi obscuro, con -un ventanal que daba al patio, con los cristales rotos, compuestos -con papeles pegados, ya sucios y polvorientos. Había en este cuarto -una estantería negra con fajas de facturas, una caja de caudales, una -mesa y dos bancos. Desde el ventanal se veían los montones de chatarra -roñosa y los fardos de trapos. Había en toda la casa muchas ratas, -algunas tan atrevidas que le miraban descaradamente a Alvarito, lo que -a éste le hacía gracia. De noche se les oía roer la madera. - -Frechón, el dependiente de Chipiteguy, tipo atrabiliario y malhumorado, -declaró la guerra a Alvarito desde que le vió e hizo lo posible -para que le resultara todo al revés. Frechón le ponía siempre mala -cara, le daba bufidos por cualquier cosa, y cuando no, comenzaba a -silbar y a descoyuntarse las falanges de los dedos y a hacer un ruido -desagradable, como de huesos de esqueleto, que inquietaba a Alvaro. -Unas veces se tiraba de los dedos para producir el sonido, y otras se -apretaba los nudillos, que resonaban como una carraca. - -Frechón, que era republicano y patriota francés, mortificaba al -muchacho como español carlista. - ---Don Carlos es un imbécil--le solía decir con frecuencia, como quien -lanza un esputo--; los españoles son unos asnos. - -Frechón le dirigía extrañas preguntas a Alvarito. - ---¿Sabes tú lo que harán, al fin, los liberales con vuestro Rey, con -ese papanatas de don Carlos?--le preguntó un día. - ---¿Qué? - ---Llevarlo a la guillotina y crac. - -Otro día le preguntaba: - ---¿Tú sabes quién era Marat? - ---Un monstruo. - ---Eso creéis vosotros los realistas. Era un hombre admirable, que pidió -la cabeza de trescientos mil aristócratas. - -Otro día le decía: - ---¿Tú no has oído hablar de la papisa Juana? - ---Yo, no. - ---Pues era una mujer que fué papa y que parió cuando iba en una -procesión. - -Alvarito iba tomando gran antipatía por Frechón y pensaba que algún día -tendría que desafiarle. - -Muchas veces Alvarito reflexionaba sobre su situación. Creía que -depender de un trapero y vivir en su casa era una heroicidad para un -aristócrata como él. Más que nada, la verdadera heroicidad pensaba que -consistía en vencer el ridículo. Encontrarse bien de dependiente en -una tienda de trapos y de hierro viejo tenía su mérito. Esto era ya -socialmente tan bajo, que por ello mismo impedía que fuese ridículo. -Prefería la trapería a una camisería, o a una bisutería, o a una tienda -de guantes, donde hubiese tenido que tratar a clientes distinguidos que -le hubieran mirado de arriba abajo. - -Además, Alvarito tenía el bello pretexto de encontrarse prendado de la -nieta del patrón y pensaba que con el amor ya no podía haber ridiculez -posible. - -Alvarito sentía gran temor por ponerse en ridículo. La idea sola -le hacía palidecer y su amor propio le pintaba ocasiones de quedar -humillado en todas partes. - -Muchas gentes de la vecindad, como si hubieran adivinado su flaco, -parecían empeñadas en burlarse de él. El chico de una tienda próxima -de la calle de Bourg Neuf, una tienda de objetos de pesca, que se -titulaba "Al Pescador", le llamaba siempre trapero. Sin duda había -notado que le molestaba, y por eso mismo repetía con más frecuencia la -palabra. - -Varias veces el chiquillo salía a la calle con un saco, se lo echaba al -hombro y gritaba: - ---¡Galonero! ¡Compro trapos viejos!--y miraba a los balcones. - -Alvarito, mortificado, hacía como que no se enteraba. - -También Claquemain, el mozo carretero, manifestaba antipatía por el -joven Sánchez de Mendoza. Con su bigote grande, la barba sin afeitar y -los ojos rojos, solía tomar un aire amenazador. A veces se ennegrecía -la cara con carbón y se ponía a hacer gestos y a sacar la lengua y a -ponerse bizco para asustar al muchacho. Alvarito se estremecía de miedo. - -Cerca de la casa de Chipiteguy vivía un loco que se paseaba arriba y -abajo con un sombrero metido hasta las orejas y un gabán raído. A veces -tenía ataques y entonces daba unos gritos espantosos. - -Los chicos se burlaban de él y le llamaban Abadejo y Tripa seca, y él -mascullaba una serie de frases violentas contra ellos. Este loco tenía -las orejas grandes, los ojos torcidos y la cara cómica. - -Cuando el loco veía a Alvarito se le acercaba y solía decirle a voz en -grito: - ---Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey! - -Y un loro de un balcón que se había aprendido la retahíla repetía -también: - ---Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey! - -Alvarito experimentaba, sobre todo al principio, una gran tristeza al -verse en la tienda del trapero. Allí, en casa de Chipiteguy, nadie le -conocía; comprendía que pensar en su pobre situación era mortificarse -por capricho, que nadie se fijaba en él; pero no podía evitar el -sentimiento de vergüenza de estar empleado en una trapería. - -Poco a poco se le fué pasando esta vergüenza y pensó que podría darse -por muy contento si la suerte le hiciera sustituír a Chipiteguy -casándose con Manón. - -En casa del trapero, Alvarito conoció a don Eugenio de Aviraneta y le -oyó hablar. Don Eugenio solía ir a comer con frecuencia en compañía de -Chipiteguy, y en estos días la comida era todavía más cuidada que de -costumbre. - -Aviraneta bromeaba mucho con Manón y la galanteaba; también solía -hablar con Alvarito y le hacía preguntas acerca de su vida y de su -familia y se reía al oír las contestaciones del muchacho. - -Un día éste oyó decir que las relaciones entre Chipiteguy y Aviraneta -procedían de ser los dos masones. Esta suposición aguzó la curiosidad -del joven Sánchez de Mendoza. ¿Serían aquellos dos hombres masones? -¿Pertenecerían a la tenebrosa secta? Aviraneta y Chipiteguy solían -hablar mucho a solas de sobremesa, con su copa de licor delante, el uno -fumando su pipa, y el otro, su cigarro habano. - -Hablaban de personas que habían conocido, y Aviraneta contaba un sin -fin de hechos y de anécdotas de gente que había encontrado en Francia, -en Egipto, en Grecia, en América y en España. - -Chipiteguy le oía encantado. A veces le preguntaba: - ---¿Qué fué de aquel Nantil? ¿Qué hizo aquel Cugnet de Montarlot? - -Alvarito, cuando oyó por primera vez hablar de jacobinos, franciscanos, -cordeleros, de gentes de Obispado, creyó que la Revolución francesa la -habían hecho los frailes. - -Alvarito era demasiado correcto para espiar a su amo y se decidió a -hacerle preguntas, y como vió que a Chipiteguy no le molestaban, sino -que, por el contrario, le agradaban, tuvo largas conversaciones con el -viejo, sobre todo después de cenar. - ---¿Pero eran buenos de verdad los hombres de la Revolución -francesa?--le preguntó una vez Alvaro. - ---Había de todo; algunos eran demasiado buenos y demasiado honrados. -Yo fuí una vez con Basterreche al Ministerio de Hacienda durante el -Terror, y vimos al ministro, el señor Des Tournelles, que se componía -las medias con una aguja en un salón y tenía millones en las cajas. -Claro que hubo muchos abusos. Aquí se contó que un convencional, unos -decían que Cavaignac y otros que Pinet, prometió salvar la vida del -padre de una señorita Labarrere, si ésta se entregaba al convencional, -y luego parece que se guillotinó al padre. Los hombres, vistos de -cerca, indudablemente valen poco--decía el viejo trapero--; no va a -haber a la vuelta de la esquina un César o un Alejandro. - -Chipiteguy recordaba muchas escenas del tiempo del Terror en París, en -Burdeos y en Bayona, y las recordaba en todos sus detalles. - -Había conocido también la ciudad de Estrasburgo bajo la tiranía del -fraile revolucionario Eulogio Schneider y de su sociedad La Propaganda. -Había hablado con Schneider, que era discípulo del iluminado -Weisshaupt. Este Schneider era el Marat de Estrasburgo, un Marat a la -alemana, predicador y místico. Chipiteguy le vió en París cuando le -guillotinaron. - -En la capital, durante algún tiempo, Chipiteguy conoció a Etchepare y a -algunos otros vascos, amigos de Basterreche, de Pereyra, etc. - -Durante algún tiempo se reunían en tertulia en casa de este Pereyra, -judío de Bayona, que tuvo en la época del Terror una tienda de tabaco -en París, en la calle de San Dionisio, en la que se veía como muestra -un gorro frigio colorado. Cuando Pereyra fué preso, naturalmente, se -deshizo la tertulia. - -Después Chipiteguy se alejó de París y estuvo de soldado republicano en -la Vendée y luego marchó a vivir a Bayona. - -Fué Chipiteguy amigo de Gastón Etchepare, el tío de Aviraneta, -de Bidart. Otro de sus conocidos, compañero a quien él debía -favores, Juan Gorostarzu, había sido guillotinado en Ezpeleta por -contrarrevolucionario. - -Poco después, al suprimir el Gobierno el convento de Visitandinas de -Hasparren, la cuñada de Gorostarzu, que estaba en este convento, fué a -su casa, Arozteguia de Ezpeleta, y puso una escuela, en donde enseñaba -a los chicos y chicas las primeras letras mientras ella hilaba. En esta -escuela había estudiado el padre de Manón y el poeta vasco, el capitán -Duvoisin, a quien Chipiteguy había conocido de niño. - -Chipiteguy legitimaba el Terror. Era necesario--decía él--para -implantar una sociedad nueva, con menos abusos, más justicia y más -libertad. Según él, en todo el país vasco y en las Landas la población -estaba en contra de los republicanos franceses y a favor de los -monárquicos españoles, dispuestos a entregarse a éstos; de aquí que los -convencionales Pinet y Cavainac tuvieran que extremar la violencia. - -Los esfuerzos del Comité revolucionario de Labour, formado por Hiriart, -Dithurbide y Daguerrezar, no habían tenido éxito, ni las proclamas -llamando a los emigrados, escritas en vascuence y en francés en _Juan -de Luz_ (estaban suprimidos los santos hasta en los nombres de los -pueblos) y firmadas por Izoard, Meillan, Chaudron-Rousseau y Paganel. - -Chipiteguy le contaba a Alvarito muchas historias de su tiempo, con -grandes detalles; el desarrollo de las intrigas políticas, el cómo -había conseguido su fortuna la mayoría de los ricos del pueblo y la -marcha de los acontecimientos de la Revolución, del Imperio y de la -Restauración. - -A Alvarito le chocaba que el viejo tuviera entusiasmo por la -Revolución. En cambio, de la guerra hablaba siempre mal. - ---¡_La guerre_!--decía--. _C'est une saleté abominable._ - ---¿De verdad? - ---Sí. Tú le has oído a don Eugenio hablar mal de la guerra, pues tiene -razón; además de ser una porquería, es una pobre estupidez. - -Solía añadir también otras veces: - ---Esa salsa de la guerra hay que probarla si se encuentra ocasión. Se -aprende a conocer a los hombres. - ---Sí, así debe ser--afirmaba Alvarito. - ---Lo que no impide para que sea una porquería abominable. - -A veces Chipiteguy decía convencido: - ---A aquel pobre Maximiliano le engañaron. - ---¿A qué Maximiliano? - ---A Robespierre. - -A Alvarito le parecía como una obligación de su empleo el escuchar las -opiniones del viejo sin protestar. - -Hablaba también Chipiteguy de los amigos que había tenido durante el -Imperio. - -Recordaba con frecuencia al escritor revolucionario Bonneville, -republicano entusiasta, que tenía en su vejez una librería de viejo en -París, en el Barrio Latino, en el Pasaje de los Jacobinos, y a quien -había visto, por última vez, hacía quince años. Este Bonneville había -escrito bastantes libros, entre ellos uno muy absurdo: _Los jesuítas -echados de la masonería y sus puñales rotos por los masones_, en el que -trataba de demostrar, con argumentos muy fantásticos, que los jesuítas -eran masones, de la secta de la Rosa Cruz. - -Había conocido también Chipiteguy a Albertina Marat, la hermana de -Marat, que vivía en 1838 en una guardilla de la calle de la Barillerie, -en el mayor aislamiento, y trabajaba haciendo agujas de reloj para la -casa Breguet y había visitado a la hermana de Robespierre, Carlota, -desconocida en París, que se hacía llamar la señorita Delaroche. - -A veces discutían Aviraneta y Chipiteguy. Aviraneta decía que los -franceses habían arreglado tan bien la historia de la Revolución -francesa, que a todo le habían dado un aire grandioso; así la toma de -la Bastilla, la batalla de Valmy y la de Jemmapes, que no eran en sí -grandes acontecimientos, parecían cosas épicas. - ---No, no--replicaba Chipiteguy--. Esos acontecimientos se consideraron -como símbolos. - -Cuando no había visitas en casa del trapero se leían los periódicos. Se -recibían _El Constitucional_ y _Le Journal des Debats_, de París, y los -dos diarios de Bayona, _El Faro_ y _El Centinela de los Pirineos_. - -La sobremesa de noche tenía otras compensaciones. A veces cantaba y -tocaba el piano Manón, y con frecuencia venían su prima Rosa y otras -amigas y se bailaba. Algunas noches jugaban a las damas y al ajedrez. -Alvarito casi siempre perdía. No tenía ningún talento para estos -juegos. Como Alvarito se hallaba pobremente vestido, Chipiteguy le -envió al muchacho al sastre para que le hiciera un traje a la moda, -con el cual estaba muy bien. - -Los domingos, por la mañana, Alvarito se levantaba más tarde que los -días de labor; se ponía elegante, con su traje nuevo, y mientras un -mendigo con su organillo pasaba por delante de la casa del Reducto y -tocaba casi siempre el vals de _El Carnaval de Venecia_, él bajaba -las escaleras y salía a la plaza. Veía la procesión de aguadores, de -muchachas y de judíos que venían por el puente de barcas de Saint -Esprit. Se dirigía a la Catedral, oía misa e iba luego a ver a su -familia. Llevaba todo el dinero que le daban a entregárselo a su madre, -y luego ella le volvía a dar uno o dos francos para el bolsillo, como -le decía. - -Alvarito se quedaba a comer con los suyos; pero, a pesar del amor a la -familia, encontraba la comida de la calle de los Vascos muy deficiente. - -Alvarito nunca había comido como en casa de Chipiteguy; probablemente -había supuesto, hasta antes de entrar en ella, que el estado natural -de la Humanidad era el del hambre; jamás había visto, hasta entonces, -aquellos platos de carne suculenta, los capones blancos y grasos, los -pavos rellenos, los pescados sonrosados, las verduras de todas clases, -las trufas, los espárragos, la mantequilla a discreción, los vinos de -buena marca que se bebían a pasto, el café cargado y aromático y la -variedad de licores. - -La casa de Chipiteguy le daba al joven Sánchez de Mendoza una extraña -impresión de cinismo. - -¿Cómo se podía vivir así para adentro sin pensar para nada en los -demás? Le parecía absurdo que se pudiera gastar lo que se gastaba allí -en comer y beber. - -El régimen de la familia de Chipiteguy no se parecía en nada al de -la casa de sus tíos, en la Mancha. Allá, todo pompa, decoro y vida -exterior, sin realidad alguna; aquí, por el contrario, todo positivo. -En la familia de Chipiteguy la ostentación no tenía importancia. - -Uno de los lugares que maravillaban a Alvarito en la casa era la -cocina, grande, clara, espaciosa, con todos los cacharros bruñidos, -en donde ardía el fuego desde la mañana hasta la noche. La cocina se -consideraba como lo más trascendental de toda la casa; allí no faltaba -nada. En el comedor pasaba lo mismo; los muebles no eran elegantes, -pero los manteles eran magníficos; los cubiertos, de plata maciza; la -cristalería, muy buena: había dos o tres vajillas de porcelana, y una, -soberbia, para los días de convite, con los bordes de oro. - -Alvarito, con el trato de la casa del Reducto, iba llenándose y -haciéndose macizo y fuerte. - -A los tres meses de vivir con la familia de Chipiteguy desapareció el -aire espiritado y débil que había tenido siempre el joven. - -Frechón y Claquemain le reprochaban el haber engordado y le decían a -cada paso que los españoles eran unos muertos de hambre, que no comían -más que garbanzos duros, y eso de tarde en tarde. - -Los domingos, después de pasar el día con su familia, Alvarito andaba -por el pueblo. - -Le parecían muy tristes y muy aburridos aquellos domingos de Bayona en -las calles; pero era peor quedarse en su casa. - -En el piso, pobre y sombrío, de la obscura calle de los Vascos no se -respiraba alegría. Su madre estaba siempre fregando o limpiando; su -hermana Dolores, bordaba, y el padre, don Francisco Xavier, charlaba -constantemente de política, del carlismo, y, sobre todo, de genealogía -y de blasón. - -El señor Sánchez de Mendoza andaba a vueltas con los escudos de su -familia y con aquella barra de bastardía que aparecía en unos Pérez del -Olmo, antecesores suyos. - -Al anochecer encendían en el comedor una palmatoria de aceite, que daba -luz de ánimas benditas. - -De noche no se hacía fuego en la cocina de la casa del hidalgo y se -comía frío. Alvarito veía cómo su madre ponía en la mesa unos platos -desconchados, unas tazas desportilladas, tres vasos diferentes y los -cubiertos de metal. - -Alvarito veía que, si cenaba allí, su padre no se lo agradecía, porque -mermaba la cantidad de la comida, ya escasa. - -El chico se despedía de su familia e iba hacia la plaza del Reducto. - -Le parecía muy triste el anochecer de Bayona, a orillas del Adour, en -las avenidas marinas y en las de Boufflers. - -El río se extendía ancho, como de plata; los embarcaderos de maderas -negras de algunos almacenes del barrio de Saint Esprit, alzaban sus -brazos giratorios, con sus poleas en la punta; la Ciudadela, en la -orilla derecha del Adour, se levantaba, con su muralla gris, sobre una -colina verde, con taludes de hierba. - -Aquel río, casi desierto, con pocos barcos, se extendía tranquilo, con -un color de perla. En el fondo, hacia su desembocadura, se veía una -línea de colinas bajas con árboles, algunas gentes en los bancos y -algunos pescadores, inmóviles, con la caña en la mano. - -A veces, en los anocheceres espléndidos, con el cielo de color de rosa -y lleno de nubes incendiadas, el río ancho tomaba reflejos de escarlata -y de nácar. En el otoño, en los días de bruma, todos los objetos -adquirían un aire espectral, principalmente los barcos amarrados al -muelle. - -Alvarito se veía muchas veces invadido por la tristeza de aquellos -crepúsculos; pero luchaba con ella como podía. En ocasiones, al llegar -delante de la casa algún día de lluvia, oía que Manón tocaba el piano. -En vez de subir, se detenía en la plaza del Reducto, mojándose y -soñando. - -¡Qué de cosas no hubiera hecho él para conquistarla! En un momento -inventaba mil intrigas de novelas de aventuras, tan imposibles las -unas como las otras. Luego pensaba con tristeza que no tenía medios de -atraer a Manón. - -De noche, después de cenar, se asomaba a la ventana de su guardilla, -fumaba y fantaseaba, veía enfrente el Reducto con sus tejados, sus -murallas y sus garitas, y el río de aguas obscuras, verdaderamente -siniestro. Era un espectáculo sombrío y amenazador el contemplar de -noche cómo las aguas negras del Nive iban entrando, de una manera -silenciosa y con un murmullo confuso, en el ancho cauce, igualmente -negro, del Adour. - -Los días de temporal, en la casa del Reducto, azotaba mucho el viento, -sobre todo del Noroeste. De noche se le oía zumbar y silbar, y a veces -lamentarse con sus quejidos tristes. En la guardilla donde dormía -Alvarito resonaban las gotas de lluvia en el tejado, haciendo un ruido -metálico, agradable para oirlo desde la cama. - -Al cabo de una temporada, Alvarito tenía partidarios en la casa del -Reducto; Chipiteguy le consideraba mucho; la andre Mari y la Tomascha -estaban de su parte, porque era obediente y no faltaba nunca a la -misa del domingo; Manón le trataba con cierto desdén amistoso, como -si creyera que no valía la pena de perder el tiempo hablando con -un jovencito insignificante. Ella se colocaba en la actitud de una -muchacha al lado de un niño. - -Manón le prestó a Alvarito varios libros. El tenía paciencia y ganas -de ilustrarse, y leyó _Los Mártires_, de Chateaubriand; el _Viaje del -joven Anacharsis_, el _Telémaco_ y otros libros enfáticos, capaces de -hacer dormir de pie al más predispuesto al insomnio. - -Después de esta lectura desabrida, el _Robinsón Crusoé_ le gustó -muchísimo. - -Frechón le dijo que debía leer unos tomos que tenía Chipiteguy en su -despacho, _Los crímenes de los Reyes de Francia, desde Clodoveo hasta -Luis XVI_, y _Los crímenes de los Papas, desde San Pedro hasta Pío VI_, -obras las dos de La Vicomterie de Saint-Samson, escritas con mucho -fuego, y que produjeron, al ser publicadas, gran escándalo. También -leyó, por consejo de Frechón, los folletos de Pablo Luis Courier, y más -tarde el _Quijote_, que le hizo mucho efecto y le infundió el deseo de -leer romances y libros de caballería. ¿Pero dónde se encontraban estas -novelas de caballeros andantes? No lo sabía. - -Muchas veces Alvaro recitaba, con voz dolorida, el romance del marqués -de Mantua, que aparece en el _Quijote_: - - ¿Dónde estás, señora mía, - que no te duele mi mal? - O no lo sabes, señora, - o eres falsa y desleal. - -Y al recitar este romance pensaba en Manón. - - - - -SEGUNDA PARTE - -EL SIMANCAS - - - - -I - -MANIOBRAS DE AVIRANETA - - -Aquí el autor tendría que comenzar esta parte pidiendo perdón a los -manes de Aristóteles, porque va a dejar a un lado, en su novela, -las tres célebres unidades: tiempo, lugar y acción, respetables -como tres abadesas o tres damas de palacio con sus almohadas y sus -colchas correspondientes. El autor va a seguir su relato y a marchar a -campo traviesa, haciendo una trenza, más o menos hábil, con un ramal -histórico y otros novelescos. ¡Qué diablo! Está uno metido en las -encrucijadas de una larga novela histórica y tiene uno que llevar del -ramal a su narración hasta el fin. - -Iremos, pues, así mal que bien, unas veces tropezando en los matorrales -de la fantasía, y otras, hundiéndonos en el pantano de la historia. - -Antes de los acontecimientos sangrientos de Estella, en donde perdieron -la vida cuatro generales carlistas, había Aviraneta comenzado a -organizar su acción contra el carlismo y a hacer propaganda en favor de -la paz, sobre todo en Guipúzcoa. - -Encargó la dirección de la empresa en esta provincia a su primo don -Lorenzo de Alzate, a Orbegozo y al jefe político Amilibia, los tres de -San Sebastián, que se pusieron a trabajar con actividad en la línea de -Hernani y de Andoain. - -La primera noticia que tuvo Aviraneta de la escisión que se iba -produciendo en el carlismo le vino de la Corte. Se enteró de que en -Madrid, frente a las Covachuelas, en una tienda de tiradores y galones, -vivía una viuda, que se había vuelto a casar con un coronel carlista, -llamado Calcena, hombre muy activo, de armas tomar, amigo de Cabrera, y -que mantenía correspondencia con el general Aldasoro, que habitaba en -Bayona. - -Este Calcena era un aventurero, un bandido que había estado mucho -tiempo en América de militar y de jugador de ventaja. - -Aviraneta indicó al ministro Pita Pizarro la utilidad de violar la -correspondencia de Calcena y por ésta se supo los preparativos que -hacían los amigos de Arias Teijeiro para deshacerse de Maroto. - -La escisión estuvo oculta, para los carlistas, durante bastante tiempo, -hasta que estalló y se hizo pública con los fusilamientos de Estella. - -Como estos fusilamientos dejaban triunfantes a Maroto y a sus amigos, -es decir, daban la victoria a los moderados del carlismo sobre los -absolutistas, Aviraneta indicó al Gobierno de Madrid la táctica que -debía seguir, resumida en estos consejos: primero, intentar promover -disensiones entre los marotistas que formaban el grupo moderado -militar, por entonces fuerte y compacto; segundo, apoyar por debajo -de cuerda a los absolutistas teocráticos e intransigentes para que -atacaran a los marotistas, y tercero, impedir que los carlistas, -partidarios de la transacción, se entendieran con los cristinos, de -tendencias parecidas, pensamiento que era el que llevaba interiormente -el padre Cirilo y la princesa de Beira. - -A pesar de todas sus alharacas, la facción absolutista y teocrática -sucumbió tan completamente a los golpes de Maroto, por la inercia de -sus jefes y la cobardía de don Carlos, que todos los esfuerzos para -reanimar el partido de los puros, así se llamaban ellos a sí mismos, y -hacer que volvieran a la pelea contra los marotistas fueron inútiles. -Los hombres más importantes de la facción apostólica aceptaron la -derrota y la humillación, convencidos de que su causa estaba perdida. - -Los absolutistas puros doblaron la cabeza. No se podía contar con ellos. - -Por esta época, don Eugenio redactó y mandó imprimir una proclama -falsa, dirigida a los navarros y firmada por el capuchino fray Ignacio -de Larraga, confesor de don Carlos y uno de los expulsados después de -los fusilamientos de Estella. Este padre Larraga, Pico de Oro, según -los baztaneses, era un fraile un tanto grotesco. De confesor del duque -de Granada, que era un viejo beato, lleno de escrúpulos religiosos, -que rezaba a todas horas, en todos los rincones, había pasado a ser -confesor de don Carlos, sustituyendo a don Pedro Ratón. Se decía -que Larraga, en el sitio de Zubiri, y el general Ros de Olano lo -confirmaba, había avanzado hacia los cristinos y les había echado una -plática pedantesca, en medio de la cual, de cuando en cuando, decía con -voz tonante: "Ego sum Pater Larraga secundum Apostolorum." - -En la falsa proclama de Aviraneta, atribuída a Larraga, se aseguraba -que Maroto y sus compañeros estaban vendidos a los liberales, que era -lo mismo que estar vendidos al demonio. - -La alocución apócrifa terminaba así: "¡Viva la Religión! ¡Viva Navarra -y sus voluntarios!" - -Por entonces también escribió Aviraneta un papel que, traducido al -vascuence, corrió mucho por las provincias. Era la carta fingida -que escribía un labrador vascongado a un hojalatero, en la cual se -intentaba sembrar la cizaña entre vascos y castellanos. - -En esta carta se hacía la historia de cómo había empezado la guerra, y -se echaba la culpa de la falta del éxito a los castellanos, flojos y -poltrones, que para andar unas leguas necesitaban macho o burro. - -Después de otras explicaciones, maliciosas para el vulgo, se aseguraba -que los vascongados ansiaban la paz, y terminaba la carta con este -refrán: - - Naguia bada astoa - emayoc astazayari eroa, - edo astoa illa danean, - garagarra buztanean. - -lo que quería decir que: "Al burro lerdo hay que darle arriero loco, y -al asno muerto, la cebada al rabo." - -De aquellas hojas, en vascuence, se introdujeron muchas en el campo -carlista. - -Recomendó también Aviraneta a sus comisionados de la línea de Hernani y -de Andoain que mandaran poner tabernas y merenderos en los alrededores -y que dejasen pasar sin dificultad hacia el campamento carlista a las -chicas que quisieran ver a sus novios o a sus parientes. - -De esta manera comenzaron a entablarse relaciones entre los de un campo -y los de otro, y corrió por las filas carlistas esa idea, casi siempre -precursora del abandono de una causa, la idea de que se estaban -haciendo componendas, a espaldas del ejército, y de que los jefes se -preparaban a abandonarles y hacerles traición. - -Desde entonces, como si se hubiera dado una consigna, todo el mundo -comenzó a hablar de las penalidades de la guerra, de la vida miserable -que se hacía, de la diferencia de trato entre los oficiales y la -gente de tropa. La paz comenzó a aparecer como un estado de felicidad -perfecta. - -Los agentes aviranetianos hicieron conocer al pueblo y al soldado que -el gran obstáculo para obtener la paz eran don Carlos y los hojalateros -de Castilla, el uno ambicioso, y los otros gentes ricas, que no sentían -la miseria de la guerra con sus rentas bien saneadas en fincas del -Mediodía y en Bancos extranjeros. - -Don Eugenio, por entonces, no descansaba; había entrado en -correspondencia con un antiguo maestro de la niñez, don Mariano -Arizmendi, hombre un tanto sombrío, de genio adusto, de gran influencia -entre los personajes carlistas. - -No se pusieron del todo de acuerdo Arizmendi y él; pero se habló entre -ellos, repetidamente, de que para terminar la guerra era indispensable -un convenio, palabra que corrió por el campo carlista y por el liberal. - -Sin duda, en aquel momento, la palabra convenio condensaba las -aspiraciones de los partidos. Los cristinos no se podían considerar -triunfantes en la guerra, ni los carlistas completamente vencidos; era, -pues, indispensable que unos y otros cedieran algo en sus respectivos -puntos de vista. - -Al mismo tiempo que se verificaba aquella transformación en las ideas, -don Eugenio iba preparando los documentos falsos que había de utilizar -en el legajo que pensaba introducir en la corte de don Carlos. A este -legajo llamaba el Simancas. - -A pesar de que la Junta Carlista de Bayona le espiaba constantemente y -le seguía los pasos, don Eugenio tenía relaciones con algunos de los -carlistas más perspicuos. - -Una de las personas que le dieron datos acerca de las divisiones y -rencillas del campo de don Carlos fué don Manuel Mazarambros, ex -relator del Consejo de Castilla. Mazarambros, persona inteligente, -estaba enfermo, hipocondriaco, y no quería tomar parte activa en la -política. Mazarambros se hallaba en correspondencia con el intendente -Arizaga, hombre corrompido, muy sagaz, de mucho cuidado, uno de los -amigos y consejeros de Maroto, y por él llegaba a saber Aviraneta lo -que se pensaba en el Cuartel General. También se aprovechó don Eugenio -de las indicaciones de su amigo Vinuesa. - -Cuando los expulsados por Maroto llegaron a Francia, Aviraneta tenía -confidentes en los dos campos carlistas y sabía día por día y hora por -hora lo que hacían los unos y los otros. - -La acción de los marotistas era más pública y había informes oficiales -de ella; la de los antimarotistas, más secreta. - -Don Eugenio estaba en relación con el coronel Aguirre, uno de los -antimarotistas exaltados, y éste le escribía a la semana dos o tres -veces. Lo mismo hacían Bertache y Orejón. - -Para las intrigas de los antimarotistas de Bayona contaba con María -de Taboada y con don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, a quien -Aviraneta había conocido por Alvarito, y al que convidaba a comer -algunas veces en la posada de Iturri, de la calle de los Vascos. - -Pero aún tenía don Eugenio otros informes. Los fanáticos -intransigentes, enemigos de Maroto, habían formado sociedades secretas, -verdaderos clubs, en los cuales se conspiraba de continuo contra el -general. - -Los dos clubs principales antimarotistas estaban: uno, en Azpeitia, y -el otro, en Tolosa. - -En el de Azpeitia, Aviraneta tenía como confidente a un tal Odriozola, -capitán del ejército carlista, hombre ya viejo, que había estado -en América, donde perdió la carrera por jugador, y que atribuía su -desgracia a Maroto; en el de Tolosa, un oficial llamado Rezusta, que -odiaba a Maroto por su poca religión, lo que no era obstáculo para que -él mismo fuera uno de los oficiales más descreídos del ejército de don -Carlos. - - - - -II - -LOS ENEMIGOS - - -Aviraneta tenía muchos enemigos en Bayona. Los carlistas desconfiaban -de él, y, aunque no sabían por quién ni por qué trabajaba, claramente -comprendían que no era para ellos. Al mismo tiempo, Valdés, el de los -gatos, Salvador y Martínez López, lo desacreditaban en todas partes. La -pretensión de Aviraneta de ser un patriota y un liberal entusiasta, de -convicciones, les ofendía profundamente. Ellos, granjeros sistemáticos, -iban con el que más pagara. Les parecía muy natural cambiar de partido, -si esto les convenía. Martínez López escribía libelos a favor o en -contra. El último lo hizo adulando descaradamente al conde de San Luis, -poco antes de la Revolución de 1854. - -En el Consulado de España todos eran enemigos de don Eugenio, -comenzando por el cónsul Gamboa. - -Este tenía, por entonces, un agente que era su brazo derecho, don -Prudencio Nenín, antiguo comerciante de Bilbao, establecido en Bayona, -hombre activo y enérgico. Nenín tenía negocios con el cónsul, había -intervenido en la primera empresa de Muñagorri y vivía en la fonda de -Francia. - -A esta fonda se había trasladado también por entonces Aviraneta, -comprendiendo que era más fácil entrar y salir en un hotel, sin ser -espiado, que en una casa particular. - -Nenín andaba siempre detrás de Aviraneta, siguiéndole los pasos, cosa -que desagradaba profundamente a don Eugenio; este espionaje de los -liberales, de los suyos, no lo podía resistir. - -Por entonces apareció en la fonda un matrimonio algo misterioso: el -conde y la condesa de Hervilly, a quienes Nenín comenzó a acompañar -constantemente. - -El conde parecía un hombre extraño, triste, de aire siniestro, muy -atildado, siempre con guantes. Tenía una cara pálida, fina, de hombre -inteligente; una voz opaca y sin timbre, y hablaba de una manera un -tanto fría y desdeñosa. - -Se decía que era hijo o sobrino de un general francés legitimista, del -mismo título, y, según se afirmó, pensaba entrar en España y alistarse -en el ejército carlista, cosa un poco rara, porque cojeaba bastante al -andar. - -El conde formaba en el grupo de aristócratas extranjeros legitimistas -que se consideraban con derecho a intervenir en España. A la cabeza de -este grupo se hallaba el príncipe de Lichnowsky. - -El príncipe de Lichnowsky era un alemán orgulloso, fantástico. Creía -que su título de príncipe le autorizaba a todo. Pasó en España una -larga temporada en las filas carlistas. Unos años después de la guerra, -estando en su país, cuando la revolución de 1848, le hicieron miembro -del Parlamento de Francfort. Allí pretendió tratar con desprecio y con -altivez a los republicanos, y en un motín popular le mataron en las -calles. - -El conde de Hervilly era un legitimista, un realista, para quien el -mundo tenía dos hemisferios: uno, el de los aristócratas, con todos los -derechos, y otro, el de los no aristócratas, con todos los deberes. - -La condesa de Hervilly, mujer muy guapa, cubana o mejicana, hablaba el -castellano y el francés a la perfección. - -Nenín presentó Aviraneta al conde y a la condesa. A don Eugenio le -dieron los dos una impresión de misterio, de desconfianza. Le chocó que -tuviera ella deseos de intimar con él. El conspirador no era vanidoso y -sabía muy bien que no estaba en el caso de hacer efecto en las mujeres. -La curiosidad que manifestó la condesa de Hervilly por su vida le -impulsó a enterarse de quién era aquella señora curiosa. - -Pidió a los mozos del hotel y a la dueña informes de la dama. La -pintaron como una persona extraña, de gustos exóticos, perezosa, -ardiente, muy caprichosa. Le gustaban mucho las flores, los perfumes, -el vivir perezoso e indolente. - -Se llamaba Sonia. Unos decían que era cubana, otros que haitiana, -otros que gitana y otros que judía o rusa. Al parecer, tenía al marido -dominado. - -¿Qué hacía este matrimonio en Bayona? ¿Por qué estaban allí? ¿Qué -esperaban? Los del hotel no lo sabían. - -La condesa de Hervilly aparecía en el comedor del hotel acompañada de -su esposo y de Nenín y visitaba con su marido el Consulado de España. - -El conde se manifestaba siempre muy amable y galante con su mujer. - -Aviraneta pensó que, si había alguien en Bayona que supiera algo de -aquellos condes misteriosos, tenía que ser Luci Belz, la empleada de la -fonda del Comercio, y fué a verla. - -Luci Belz le dijo que se decía que la condesa de Hervilly era una -aventurera, cómica o bailarina, que había tenido muchos líos. No era -fácil comprender si el señor conde estaba enterado de las aventuras de -su mujer; pero, al parecer, no lo estaba. - ---Yo me he de enterar mejor--concluyó diciendo Luci. - -Unos días después, la empleada del hotel del Comercio llamó a -Aviraneta. Se había enterado de varias cosas. El conde de Hervilly, -según se decía, era un hombre un tanto monstruoso: le faltaba casi -por completo una pierna y llevaba para andar una de goma. De sus dos -manos, la izquierda era como la de un pato, con una membrana entre dedo -y dedo; en cambio, la derecha era de una fuerza enorme. Si alguna vez -el conde se caía, rehusaba ayuda para que no notasen que le faltaba -la pierna. El explicaba su torpeza diciendo que estaba reumático. -Sobre aquel cuerpo estropeado, el conde tenía una cabeza distinguida; -pero, al parecer, esta cabeza no tenía pelo y lo sustituía una peluca -entre gris y negra. El conde se ocupaba de algunos trabajos históricos -y pasaba mucho tiempo encerrado en su cuarto. El conde trataba a -la condesa con gran galantería y ella tenía también para él muchas -atenciones. - -Poco después, doña Paca Falcón, que era amiga de Aviraneta y estaba -enterada de la vida de toda la gente de Bayona, le contó que se decía -que el conde de Hervilly había conocido a Sonia, su mujer, en París, -donde vivía con un tabaquero cubano, que pasaba por tío suyo; pero que, -al parecer, era su amante. El conde quedó enamorado de ella como un -loco, al verla, y a los dos días pidió su mano. - -Ella parece que le contestó: - ---Consúltelo usted con mi tío. - -El conde fué a ver al tabaquero y éste le dijo con marcado acento de -mal humor: - ---Esta muchacha no es mi sobrina, sino mi querida. - ---¿Así que usted no tiene ninguna autoridad ni derecho sobre ella? - ---Yo, ninguno. - ---Muy bien. - -Al día siguiente, Hervilly pidió a Sonia que se casara con él y se -casaron. Al poco tiempo el conde se desafió con el tabaquero y lo mató -de un tiro. - -La historia le pareció bastante extraña a Aviraneta. - -La condesa tenía un criado todo un tipo extraño. Era un americano -mestizo de indio, moreno, delgado, tostado por el sol, con una cara -impasible e inmóvil, los pies muy chicos y las manos muy pequeñas; -hombre que hablaba el español, el francés y el inglés con perfección, -pero muy lánguidamente. Se llamaba Fernandito. Aviraneta pensó que -debía ser mejicano e intentó interrogarle y hablarle de su país; pero -Fernandito el indio no contestó. Este autómata no parecía tener vida -más que ante sus señores. - -La Falcón le contó a Aviraneta que se decía que a Fernandito, Sonia le -había encontrado una noche en una calle de París, tendido en un banco, -abandonado y gravemente enfermo. - -Sonia parece que lo llevó a su casa, lo cuidó y lo salvó, y desde -entonces el indio se había convertido en un perro de presa de aquella -mujer, por la que tenía un entusiasmo sin límites. Todos estos detalles -no eran para tranquilizar ni inspirar confianza en aquella gente. - -Días después Aviraneta vió en el comedor de la fonda de Francia -a la condesa de Hervilly con la señora de Vargas. El se inclinó -ceremoniosamente y ellas le saludaron, sonriendo; pero don Eugenio no -quedó muy tranquilo. Ya sabía que Fermina se creía con motivo para -odiarle; pero la otra, la condesa, ¿qué motivo podía tener contra él? - - - - -III - -LOS EXPULSADOS - - -Unos días después de los fusilamientos de Estella fueron expulsados -como intrigantes, por Maroto, más de treinta personas de las -principales de la corte de don Carlos, que pertenecían al partido -apostólico. Estas personas marcharon a Francia, escoltadas por una -compañía alavesa, al mando del general Urbiztondo, que llevaba como -ayudantes al coronel Eguía y al teniente coronel Errazquin. - -Al llegar a Vera hubo entre los desterrados grandes discusiones y -protestas. Estaban allí el obispo Abarca con su secretario Pecondón, -el canónigo guerrillero don Juan Echevarría, don José Arias Teijeiro, -los generales Uranga, Mazarrasa y García; el brigadier Valmaseda, el -padre Larraga, el médico don Teodoro Gelos, cirujano de don Carlos; el -padre Domingo de San José, predicador del Real. Estaban también don -Diego Miguel García, el que había sido confidente del general González -Moreno, cuando se preparó la emboscada a Torrijos en Málaga, y doña -Jacinta Pérez de Soñanes, alias "la Obispa". - -Al pisar el suelo francés, cada uno de los desterrados expuso su -preocupación. Arias Teijeiro, el galleguito herborizador, ardía por -vengarse de Maroto y pensaba marchar cuanto antes a reunirse con -Cabrera en el Maestrazgo; el canónigo don Juan Echevarría esperaba -sublevar las tropas navarras contra Maroto y apoderarse del Poder; -don Diego Miguel García se preocupaba únicamente de sus maletas, -llenas de dinero; doña Jacinta pensaba en su querido obispo de León y -éste hablaba de los dolores del Crucificado, considerando, sin duda, -sus gruesas nalgas y su abdómen piriforme como semidivinos; Arias -Teijeiro habló a todos sus partidarios, dándoles instrucciones, y como -el coronel Aguirre quería volver al valle de Araquil, donde estaban -acantonadas las tropas que mandaba él, le instó a que abandonara el -proyecto y entrara en Francia, pues de lo contrario se exponía a que -Maroto le hiciera fusilar, abriendo de nuevo la causa por la muerte del -brigadier Cabañas, en la que Aguirre estaba complicado. - -Aguirre se decidió por ir a San Juan Pie de Puerto a esperar el -levantamiento anunciado de los apostólicos y los demás personajes se -dirigieron a San Juan de Luz, desde donde el Gobierno francés los envió -a distintos puntos próximos. - -Al parecer, el general Urbiztondo, al llegar a la raya de la frontera, -se despidió de los carlistas con gran indiferencia, lo que indignó a -los desterrados, que a voz en grito le acusaron de traidor. - -Don Antonio de Urbiztondo y Eguía, el donostiarra, era poco clerical, -y, a pesar de estar entre las filas carlistas, se le tenía por -contagiado con el liberalismo y por francmasón. - -Sus ascendientes, los Urbiztondos, de San Sebastián, habían sido -revolucionarios y afrancesados, hasta el punto de trabajar por la -separación de Guipúzcoa de España y su incorporación a la República -Francesa durante la primera revolución, por lo que fueron condenados a -penas graves por un Consejo de guerra español. - -Don Antonio de Urbiztondo tenía la levadura liberal. Se contaba que en -un pueblo de Cataluña, donde mandaba como general las tropas catalanas, -alojó en un convento algunos de sus soldados y pensó llevarse las -cañerías y los cacharros de plomo que encontró allí para fundir balas. - -El delegado castrense por don Carlos en el Principado, que era el -obispo de Mondoñedo, negó el permiso para ambas cosas, considerando -la tentativa una irreverencia y un sacrilegio, y Urbiztondo, con gran -desdén, contestó: "Que únicamente así se podía hacer la guerra; que si -hubiera objetos de plomo en las iglesias se apoderaría de ellos, aunque -se ofendiera el obispo, y que se llevaría, con permiso o sin él, hasta -las zapatillas del Papa, si eran de plomo". - -Estas palabras produjeron en el partido carlista un asombro y una -indignación, que fueron, en parte, causa de que Urbiztondo estuviera -mucho tiempo de cuartel, hasta que Maroto, nombrado general en jefe, le -llevó de nuevo al servicio activo. - -Urbiztondo, por equivocación, había sido carlista. Era un militar -inteligente, hombre de mucho nervio. Fué de los buenos generales del -carlismo. Pasado al ejército de la Reina, después del Convenio de -Vergara, fué capitán general de Filipinas, en cuyo mando estuvo muy -acertado; después, ministro de la Guerra con Narváez, en 1856, y al -año siguiente murió en un duelo en un salón del Palacio Real, por una -cuestión de etiqueta, batiéndose con un oficial que le había prohibido -la entrada. Al menos esta fué la voz popular. - ---Probablemente--dijo Urbiztondo a los desterrados, al llegar a la -frontera--, pronto tendré yo también que venirme a Francia. - ---Es muy posible--le contestó doña Jacinta de Soñanes, "la Obispa", -con retintín--; pero no será por la misma causa que nosotros ni por el -mismo camino. - ---Si es posible, que salga por Behovia--replicó el general, sin dar -ninguna importancia a la alusión. - -Esto ocurría a principios de marzo. - -Ya habían llegado a San Juan de Luz y a Bayona los expulsados por -Maroto, cuando un día el cónsul Gamboa llamó a don Eugenio de Aviraneta -y le dijo: - ---Deseaba mucho hablar con usted y hoy mismo pensaba llamarle. - ---¿Qué pasa? - ---El subprefecto y yo estamos todavía indecisos, sin saber qué partido -tomar con los personajes carlistas expulsados por Maroto. - ---Pues, ¿por qué? - ---El subprefecto es de opinión que se interne a esos carlistas a -cuarenta o cincuenta leguas de la frontera. Yo no sé qué hacer. He -preguntado al Gobierno, que no contesta. ¿A usted, qué le parece? - ---Hay que dejarles vivir en la frontera--contestó don Eugenio--. ¿Para -qué internarlos? El vigilar a un político, no teniéndole encerrado en -la cárcel, es imposible. Además, estos emigrados, con sus maniobras, -nos han de ser útiles a nosotros. - ---¿Cree usted...? - ---Claro que sí. A nosotros no nos pueden hacer daño alguno. - ---¿Supone usted que conspirarán? - ---Están conspirando ya. - ---¿Contra quién? - ---¡Contra quién ha de ser: contra Maroto! - ---¿Usted supone que eso nos conviene? - ---Claro que sí. Hoy, Maroto es la única fuerza respetable del carlismo. -Alejar de la frontera ese foco de discordia para los enemigos sería una -verdadera tontería. - ---Sí. Quizá tenga usted razón. ¿Usted cree que esa gente tiene algún -plan determinado? - ---Sí; sus propósitos son sublevar los batallones navarros contra Maroto. - ---¿Quién los dirige? - ---El principal caudillo es el cura Echevarría. - ---¿Y usted cree que alcanzarán su objeto? - ---Creo que se sublevarán más pronto o más tarde. - ---Su éxito no sería un bien para nosotros. Harían de nuevo la guerra -cruel. - ---¡Bah! No tendrán éxito. No harán más que dividirse. - -Gamboa comprendía que lo que le decía Aviraneta era muy lógico y -decidió indicar al subprefecto que no se molestara a los desterrados. - -Esta fué la razón por la cual las autoridades francesas dejaron en -Guethary al obispo de León; en Bayona y sus alrededores, al cura -Echevarría, a don Basilio y a otros jefes carlistas y al coronel -Aguirre, en San Juan Pie de Puerto; determinaciones todas que los -periódicos de Madrid comentaron con la petulancia y la tontería -habitual en ellos. - -Don Eugenio no dijo a Gamboa que alguno de aquellos carlistas -trabajaban secretamente para él, y que el coronel Aguirre, comandante -del quinto batallón de Navarra, fanático apostólico e intransigente, -en cuyo batallón servían de oficiales García Orejón, Luis Arreche -(Bertache), y otros muchos, estaba subvencionado por el Gobierno de la -Reina para sublevar las tropas contra Maroto. - - - - -IV - -LA TERTULIA DEL ABATE MIÑANO - - -Por entonces, uno de los centros de los expulsados por Maroto comenzó -a ser la casa de campo que tenía en los alrededores de Bayona don -Sebastián Miñano. - -Miñano el elegante, el antiguo abate afrancesado, el antiguo secretario -del mariscal Soult, era un escéptico, un volteriano, que no creía en -nada; pero como todos los escépticos, se inclinaba en su madurez al -despotismo, por considerar que era un sistema de vida más tranquilo, -más reposado y menos turbulento que el régimen liberal. - -Miñano vivía con mucha comodidad y cobraba de los dos bandos, del -carlista y del cristino; para los dos era casi un oráculo. - -El abate protegía a su hijo natural don Eugenio de Ochoa, que llevaba -una vida de joven rico en Francia. - -La casa de Miñano tenía gran interés para aquellos carlistas, la -mayoría bárbaros y cerriles, que venían del campo; allí hablaban con -legitimistas franceses elegantes, perfumados y con los bigotes llenos -de cosmético, con moderados españoles, con gacetilleros y hasta con -damas distinguidas. - -Muchas veces iban a saludar a Miñano, Valdés, el de los gatos, que -en política era también del género epiceno; Salvador, el traidor a -la Isabelina y enemigo acérrimo de Aviraneta; Martínez López, el -libelista, agricultor y gramático; don Vicente González Arnao y su -secretario Pagés; Muñagorri, el cónsul Gamboa y todos los españoles -influyentes que se encontraban en Bayona. - -Formaban con frecuencia juntas carlistas en casa de Miñano, el obispo -Abarca, el cura Echevarría, Lamas Pardo, don Basilio, los Labanderos, -doña Jacinta Soñanes, alias "la Obispa", y otros. - -Generalmente se avisaban con antelación, se discutía, y al último, el -abate era el que decidía casi siempre las cuestiones. No se acordaban -los expulsados de que Miñano era el autor de las cartas del Pobrecito -Holgazán, que tanto contribuyeron en España a desacreditar al clero, y -sobre todo a los frailes, ni de que había sido afrancesado y liberal. - -El obispo de León, don Joaquín Abarca, que tenía su residencia de -emigrado en Guethary, era un señor grueso, aragonés, pedante y -sabihondo, que se creía una lumbrera. Vestía hábito, con ribetes de -violeta; tenía por secretario a un intrigante que se llamaba Ramón -Pecondón, y como inspiradora o Ninfa Egeria a doña Jacinta de Soñanes, -alias "la Obispa", que se desvivía porque a Su Ilustrísima no le -faltase el chocolate o el caldo a su hora. - -El obispo de León estaba muy preocupado con la marcha de los -acontecimientos; pensaba que había disminuído su prestigio personal -en el campo carlista y esto lo achacaba a manejos de Maroto, a quien -odiaba evangélicamente. - -Abarca le tenía mucho miedo a su secretario Pecondón y algunas -cuestiones reservadas las trataba sólo cuando Pecondón no estaba -delante. - -El otro cantertulio, don Diego Miguel García, era hombre de ojos -hundidos, cejas espesas, mirada oblicua y sonrisa fina y sarcástica. - -García era hombre de sangre y de cieno que no había pensado nunca más -que en reunir oro, fuese como fuese. Había sido agente confidencial -de Fernando VII durante mucho tiempo en sus intrigas tenebrosas con -Regato, Salvador y otros tipos de reptiles de la misma índole. García -fué el que le engañó a Torrijos en Málaga, valiéndose de un coronel, -que pasaba por liberal. Este llevó a la playa a los liberales y les -entregó al general González Moreno. García era entonces de la sociedad -teocrática el Angel Exterminador. - -Labandero, el padre, era hombre débil y mediocre, que no tenía -agresividad ninguna, y que se lamentaba constantemente de sus -enfermedades y de sus desgracias. - -El cura Echevarría, el ex canónigo de los Arcos, era un bárbaro; -fuerte, rojo, robusto, muy corpulento, de formas atléticas. Se le veía -pasar con frecuencia por las calles de Bayona con un redingote negro y -un sombrero de copa como un tubo. El cura Echevarría parecía rebosar -salud; sus mejillas, infladas, tenían el color de las manzanas y sus -ojos eran negros y brillantes. - -El cura Echevarría era un tipo de estos de franqueza simulada, que se -da mucho entre aragoneses y navarros de la Ribera. Toda esta supuesta -franqueza consiste en hablar en un tono rudo; pero no pasa de ahí, -porque debajo del tono rudo las gentes saben emplear la maquinación -y la perfidia como los hombres de las demás regiones y de los demás -países. - -El cura Echevarría era terco y bruto con los inferiores y adulador de -los más rastreros y serviles de don Carlos; había vivido durante toda -la guerra civil como un príncipe, siempre en banquetes, fiestas, viajes -y ceremonias. Era el agente de los navarros y tuteaba a todos los -oficiales y trataba a la gente con un despotismo bárbaro. - -El cura Echevarría y Abarca, el obispo de León, visitaron varias veces -a don Sebastián Miñano y le pidieron consejo. A todo trance querían -los dos eclesiásticos sublevar los batallones navarros contra Maroto y -establecer en el Real un Gobierno teocrático; pero querían hacerlo con -las mayores garantías posibles. - -Para estos católicos absolutistas la cuestión principal en su partido -era la lealtad al Rey; se consideraban como criados del Monarca y -pensaban que ser leales a su persona era el mejor homenaje a la -causa. El ser inteligente o capaz, esto era accesorio para los dos -eclesiásticos. - -Ellos comenzaban a pensar que Maroto, victorioso, no se diferenciaría -gran cosa del Espartero, y que no valía la pena de hacer la guerra para -un resultado parecido. - -Miñano les aconsejaba la calma para encontrar una buena ocasión de -intervenir. El abate, con su diplomacia y su labia, se había convertido -en un oráculo para los carlistas intransigentes, como lo era también -para los cristinos moderados. - -Cosa extraña. El antiguo abate, ex prebendado de Sevilla, ex secretario -de Soult, ex constitucional, ex anticlerical, ex periodista de _El -Censor_, ex geógrafo, se había hecho protestante; era lector de Víctor -Hugo, Balzac y Sainte Beuve, y traducía por entonces la _Historia de -la Revolución Francesa_, de Thiers, para el impresor Baroja, de San -Sebastián. - -De acuerdo con el centro apostólico y antimarotista, una veces, y otras -en contra, funcionaba la tertulia del marqués de la Lalande. Era una -tertulia de aristócratas, de legitimistas y de extranjeros. A ella -pertenecían el conde de Hervilly, el barón de Batz, Montgaillard y el -intendente Arizaga. Había entre ellos personas inteligentes y su jefe -en el campo carlista era el príncipe de Licknowsky. Este grupo hizo un -proyecto de transacción con el asentimiento de Maroto. Se quiso que -lord John Hay diera su anuencia al plan; pero al último, y después de -vacilar mucho, el lord marino no la dió. - - - - -V - -PRIMEROS EFECTOS DE SIMANCAS - - -En aquellas circunstancias, Aviraneta vió con claridad que el núcleo -fuerte del carlismo se encontraba en Maroto y su gente. Si se quería -deshacer el carlismo había que atacar a Maroto por todos los medios -posibles. - -Era el momento de introducir el Simancas, el conjunto de documentos -falsos fabricados por Aviraneta en el Real de don Carlos. - -La cosa no era fácil; había que hacer que el Simancas pasara a manos -del Pretendiente, como si llegara del campo carlista; sin producir -desconfianza alguna acerca de su autenticidad, legitimando su -procedencia. ¿Quién podía llevar los documentos? Un partidario de la -Reina sería sospechoso para la gente del Real; un carlista, ganado por -dinero, muy expuesto. Sólo un legitimista francés que hubiese estado a -sueldo podía desempeñar con relativa facilidad esta misión peligrosa, -para la cual indudablemente se necesitaba valor y perspicacia. - -Aviraneta había conocido a Frechón, el dependiente de Chipiteguy, en la -casa del Reducto y había hablado con él en la posada de Iturri. Pensó -que quizá él le podría servir. - -Don Eugenio le llamó, le halagó un poco, le escuchó con atención, y le -dijo que volviera, quizá entre los dos podrían hacer un buen negocio. - ---¿Usted se atrevería a ir a España con una comisión?--le preguntó -Aviraneta. - ---No; ahora no puedo ir. - ---¿No tiene usted algún conocido de confianza para darle un encargo -difícil para España? - ---¿Un francés? - ---Sí - ---Tengo un amigo que quizá sirviera. - ---¿Ha estado en España? - ---Sí, muchas veces. Ahora que ha trabajado para los carlistas. - ---¡Ah! - ---Pero lo mismo le da trabajar por los liberales. - ---¿Y habla español? - ---Tan bien como usted. - ---¿Quiere usted avisarle? - ---Sí; pero, ¿qué gano yo con eso? - ---Hombre, dígame usted qué quiere que le dé por la noticia. - ---Nada; yo traeré a ese amigo mañana. - -Al día siguiente Frechón se presentó en el Hotel de Francia con su -amigo, Pablo Roquet. - -Roquet era un comerciante que había tenido una casa de comisión en -Behovia; tipo de hombre de vida misteriosa, que hablaba tan bien el -español como el francés. - -Roquet se presentó como un señor amable, de unos cuarenta años, moreno, -delgado, con el pelo que comenzaba a blanquear en las sienes, vestido -de negro. A pesar de su aspecto relativamente joven, tenía más de -cincuenta años. - -Le citó don Eugenio para el día siguiente; lo tanteó y vió que era -hombre muy hábil y muy insinuante. Tomó informes suyos y supo que había -quebrado varias veces, que era viudo y que vivía con una modista. Doña -Paca Falcón conocía a esta pareja. - -Roquet tenía algo de reptil, quizá sin mucho veneno; buscaba el -enriquecerse, a poder ser, sin perjudicar a nadie. Si se perjudicaba -alguien, ¿qué se iba a hacer? El torpe que se fastidiara. - -Propuso Aviraneta a Roquet que fuera él el encargado de introducir en -el Real de don Carlos el conjunto de documentos falsos, bautizado con -el nombre de Simancas. - -Roquet era, sin duda, persona muy apropiada para comisión semejante y -comprendió en seguida su importancia. - -Roquet exigió al principio mucho dinero y amenazó un poco -insidiosamente con descubrir el hecho a los carlistas. Aviraneta pensó -que había dado un paso en falso y se alarmó. Por una inspiración -momentánea, fué a visitar a un antiguo policía retirado, el señor -Masson, que vivía en una casa de campo de los alrededores de Bayona y -le pidió datos sobre Roquet. Masson se los dió y le mostró una ficha -que guardaba de él. - -Pablo Roquet, llamado Juan Filotier, alias "la Ardilla", alias "la -Dulzura", había vivido en Burdeos con el nombre de García y era -conocido en Bayona por Roquet. Era un hombre hábil, metido en negocios -difíciles. Había vivido bordeando el Código Penal hasta caer en su red. -Había estado procesado varias veces por estafa y pasado mucho tiempo -en la cárcel. Con estos antecedentes, Aviraneta esperó a Roquet a pie -firme y se entendieron. - -Roquet, cuando vió que Aviraneta conocía sus antecedentes, se amansó. -Aviraneta le dió lo que pudo y le prometió varias cosas, unas -factibles y otras imaginarias. Se pusieron de acuerdo Roquet y don -Eugenio en lo que se había de decir al llevar el Simancas al Real de -don Carlos. Aviraneta había inventado una historia. Era así: - -Un legitimista francés de escasos recursos, que habitaba en Bayona y -que alquilaba un gabinete con su alcoba, había tenido como huésped a un -español que llevaba como equipaje un baúl y una maleta. Este español, -después de pasar un mes en la casa, tuvo que salir precipitadamente -y sin equipaje de Bayona; sin duda, alguien le perseguía. El español -recomendó al francés legitimista que le alquilaba el cuarto que -tuviera cuidado con su baúl y su maleta. Unos días después, el hijo -del legitimista, un muchacho de diez a doce años, jugando, encontró -una llave en un rincón, ensayó si la llave venía bien para el baúl, lo -abrió y halló dentro unos documentos y una caja de cartón. El chico -los miró y se los enseñó a su padre, que se enteró de lo que eran. -El legitimista, por un lado, quería que lo que había descubierto por -casualidad sirviera a don Carlos; pero por otro, no quería aparecer -como un hombre capaz de un abuso de confianza... - ---Está bien--dijo Roquet al oír la explicación. - -Ya puestos de acuerdo los dos, don Eugenio escribió una nota para que -Roquet se la entregara a los jefes Lanz y Soroa, que ya de antemano -habían estado en relaciones con él y que eran de los afiliados al -partido apostólico. - -Les decía en la nota lo siguiente: - -"Existe una trama infernal contra don Carlos, de la cual es jefe -Maroto. Maroto proyecta inutilizar para siempre a Carlos V. Esta -conjuración se rige por una Sociedad secreta, establecida entre los -generales marotistas del Real, y esta Sociedad, de fines siniestros, -depende de otra instalada en Madrid, la Sociedad Española de -Jovellanos, que es en principio masónica. La Sociedad de Jovellanos -y la marotista del Real se comunican por un comisario que habita -en Bayona. Gran parte de los documentos que prueban la conjuración -están en poder de una familia francesa legitimista, que vive en los -alrededores de Bayona. El dador podría conseguir algunos de esos -papeles." - -Aviraneta pensó que para aquellos fanáticos intransigentes la -existencia de una Sociedad secreta así no era cosa muy difícil de -creer, porque ellos mismos tenían Sociedades secretas, verdaderos -Clubs, en que se conspiraba contra Maroto. - -Roquet, bien aleccionado, marchó a España, y días después, al volver, -se entrevistó con Aviraneta. Había hablado con Soroa, con Aldave, que -era jefe de la frontera, y con Lanz, y decían éstos que necesitaban -pruebas de la traición de Maroto. Aviraneta redactó otra explicación -y unió a ella tres cartas, que en el argot de la masonería se llaman -planchas, en las cuales aparecía Maroto nada menos que como Gran -Oriente, y una comunicación de la Sociedad Española de Jovellanos, S. -E. B. J., firmada por el Directorio General Jovellanos, en la que se -aludía a Maroto claramente y al proyecto de transacción entre moderados -cristinos y carlistas. El comunicado terminaba con estas palabras: -"Salud, Moderación y Esperanza". - -Roquet fué a Tolosa y se avistó de nuevo con Soroa y otros militares -del bando exaltado y les mostró las cartas en las cuales Maroto -figuraba como gran jefe de la masonería. - -El revuelo que produjo aquello fué enorme. Los militares carlistas -tuvieron una junta magna y nombraron una comisión para visitar a don -Carlos en Durango; pero al pedir audiencia al Rey, los marotistas, que -lo tenían continuamente cercado, consiguieron que se la negasen. - -Volvieron los de la comisión a Tolosa, celebraron otra asamblea y -en ésta algunos oficiales propusieron matar a Maroto; pero uno de -los comandantes jóvenes, un alavés, se opuso; dijo que no, que era -indispensable primeramente apoderarse de todos los documentos que había -en Francia acusadores de Maroto, y teniéndolos, prender al general, -llevarlo ante un Consejo de guerra, juzgarlo y condenarlo a muerte -legalmente. - -La junta se conformó con esta opinión, y como todos estaban ansiando -tener los documentos acusadores contra Maroto, le indicaron a Roquet -que volviera a Francia y que los llevara. - -Para facilitarle la empresa le dieron escolta y una contraseña para el -cura de Sara. El cura de Sara, agente carlista, al saber la comisión -de Roquet, le acogió con gran entusiasmo y le dió una carta para que -visitara en Guethary al obispo de León. - -Roquet se presentó con gran misterio el 9 de junio al obispo; le contó -a solas, sin que estuviera delante su secretario, lo que había pasado -en Tolosa con los militares y le mostró las tres cartas masónicas en -las que aparecía Maroto como gran jefe de la masonería. - -El obispo Abarca quedó petrificado y asustado; apenas se atrevió a -tocar aquellos papeles infernales; pero, por otra parte, se alegró de -que hubiera datos para probar la traición de Maroto y aplastarlo para -siempre. - ---El asunto es importantísimo--le dijo el obispo a Roquet--. Yo -quisiera tener una conferencia con ese francés que posee los -documentos, con esa alma pura y noble que la Divina Providencia ha -dispuesto sea el instrumento de salvación de la preciosa vida de Su -Majestad. - -Al decir esto, el obispo unió sus manos cruzadas a la altura de la boca -y puso los ojos en blanco. - -Al deseo expresado por el obispo contestó Roquet diciendo que el -francés legitimista que tenía los documentos no quería dar la cara -porque se hallaba en una situación económica angustiosa y pretendía un -destino del Gobierno de Luis Felipe, y no le convenía aparecer como -carlista y menos como hombre capaz de hacer un abuso de confianza. Que -lo que quería este francés era algún auxilio en dinero. - ---Lo tendrá. Lo tendrá--dijo el obispo. - -Inmediatamente don Joaquín Abarca mandó que les sirvieran el almuerzo a -Roquet y a él, y después decidió ir con el francés a Bayona a visitar a -Miñano. - -En el camino el obispo no hizo más que hablar de aquellos preciosos -documentos. Al llegar a Bayona fueron Roquet y él al Seminario a buscar -al cura Echevarría que estaba alojado en una celda. - -El día anterior, Aviraneta había enviado a don Francisco Xavier Sánchez -de Mendoza a casa de Labandero. - -Don Eugenio le indicó al hidalgo que dijera que se habían encontrado -datos sobre la traición de Maroto y le convenció de que fuese a casa -de Labandero, y si no a la de Lamas Pardo, y le contara a cualquiera -de ellos, sin nombrarle a él, por supuesto, que se habían encontrado -pruebas fehacientes de que Maroto pertenecía a la masonería, en la que -tenía un alto cargo, y de que estaba preparando una gran traición. - -Sánchez de Mendoza era conocido entre los carlistas como fiel a la -causa y hombre de buenas intenciones, aunque fantástico y muy crédulo. - -Labandero, al oír a Sánchez de Mendoza, no dió gran crédito a la -noticia; pero, por si acaso, avisó a Echevarría por si quería ir a su -casa. Estaban hablando los tres, cuando aparecieron Roquet y el obispo -de León, que venían del Seminario. - -Al ver las cartas masónicas del Simancas, Echevarría y Labandero se -quedaron maravillados. - -Al día siguiente, Sánchez de Mendoza llamó a don Eugenio y -confidencialmente le contó con detalles lo que había ocurrido. - -Al parecer, cuando llegaron el obispo Abarca y Roquet a casa de -Labandero y mostraron los papeles, decidieron todos tener una junta con -el abate Miñano. - -Echevarría avisó a don Basilio García y a don Florencio Sanz; -Labandero, a Lamas Pardo; Pecondón apareció con el conde de Hervilly, -y todos, en varios grupos, fueron a casa de Miñano. Sánchez de Mendoza -quedó muy admirado al saber que el abate trabajaba por los carlistas y -al ver su casa lujosa, su biblioteca llena de libros raros, los cuadros -y los muebles. - -En el despacho de Miñano, a puerta cerrada y con el mayor secreto, -Roquet mostró las tres planchas masónicas. Pasaron de mano en mano y -las examinaron con cuidado. A ninguno se le ocurrió la idea de una -mixtificación y que aquello podía ser una falsedad. - ---¿Qué hacemos?--preguntó el obispo. - ---Hay que comunicar eso a don Carlos--contestó Miñano. - ---Y cuanto antes--añadió Echevarría. - ---¿Usted no tiene un agente en el Real?--preguntó Miñano al obispo. - ---Sí: Enciso. - ---Pues escríbale usted para que facilite el paso del señor Roquet a -presencia de don Carlos. - -El obispo de León estaba asustado y no se atrevía a escribir la carta -por temor a comprometerse. - ---¿Cree usted que sea necesaria?--preguntó varias veces a Miñano. - ---Sí; me parece indispensable. - -Entonces el obispo redactó un corto billete, que decía así: - -"Señor don Miguel Enciso: Tenga la bondad de hacer que el dador pueda -hablar con nuestro principal en un asunto importante de comercio.--_A._" - -Al terminar la reunión, Sánchez de Mendoza dijo en tono solemne y -melodramático: - ---Ahora, guerra a muerte a Maroto. ¡Abajo el traidor! - ---¡Abajo!--contestaron todos con frialdad, pensando, sin duda, que era -inoportuno dar gritos en una reunión secreta. - -Después de muchas cábalas acerca de las consecuencias que podía tener -el descubrimiento de las planchas masónicas, los apostólicos, en -grupos, volvieron a Bayona. - -Las reuniones en casa de Miñano se convirtieron con el tiempo en -una junta carlista y apostólica, dirigida por el obispo de León, -Echevarría, fray Antonio de Casares y Labandero, y en la que hacía de -secretario Sanz, el hermano del general navarro fusilado en Estella. - -Maroto lo supo un mes más tarde, y en un escrito que publicó, decía: - -"Todos los avisos y partes que recibo por diferentes conductos indican -una próxima revolución en el ejército y las provincias, la que parece -es fomentada más particularmente por fray Antonio Casares, capuchino -pagado que servía de capellán en el 5.º batallón de Navarra; por el -reverendo obispo de León y por el oficial que fué de secretaría de la -Guerra don Florencio Sanz, secretario actualmente de una junta formada -en Bayona, compuesta de los expulsados, y con acuerdo del cónsul en -dicha plaza, por el Gobierno usurpador y revolucionario, en la cual -hace también su papel el inmoral abate Miñano y otros inficionados en -sus mismas doctrinas." - -Maroto se engañaba respecto a Miñano; porque el abate no estaba -inficionado en ninguna doctrina; más bien había conseguido -desinficionarse de todas. - -Al día siguiente, Roquet y don Eugenio tuvieron una larga conferencia -en casa de Iturri; se pusieron de acuerdo en los más pequeños detalles, -y poco después salía Roquet camino de España. El obispo de León le -indicó al agente que si le veía a don Carlos le dijera que él, Abarca, -garantizaba la verdad de la existencia de las cartas masónicas de -Maroto. - -Dos días más tarde estaba el francés en Tolosa; veía a don Miguel -Enciso, le entregaba la carta del obispo de León, y después juntos -Enciso y Roquet encargaban al coronel Soroa que se presentara al -pretendiente con las cartas masónicas y con el recado del obispo de -León. - -Soroa y Roquet marcharon a Oñate y Roquet fué presentado al intendente -general, don Juan José Marcó del Pont, que unos días más tarde dejó su -cargo de intendente para ser ministro de Hacienda. - -Marcó del Pont era enemigo rabioso de Maroto y enemigo desenmascarado. - -Hacía unos días que Espartero había enviado a Maroto un periódico de -Madrid, que contenía copia de las cartas interceptadas, enviadas por -Arias Teijeiro desde el campo de Cabrera a don Carlos, cartas dirigidas -bajo sobre a Marcó del Pont y en las que se insultaba y ponía como un -trapo a Maroto. - -Maroto estaba dispuesto a echarle el guante a Marcó del Pont y a -fusilarle. Marcó lo sabía y el odio se le acrecentó con el miedo. - -Marcó del Pont se enteró del asunto de las cartas masónicas y llevó a -Soroa y a Roquet a presencia de don Carlos. - -El Pretendiente examinó las tres cartas masónicas; las leyó, reflexionó -y dijo, disimulando la gran impresión que le producían (su único -talento era éste: disimular): - ---Esto, en el fondo, no tiene mucha importancia. Ya sabía yo que entre -mis generales había algunos masones. - ---Señor--replicó Soroa, poniéndose rojo de indignación, con una -violencia de vasco fanático--: Los generales que estén en el ejército -carlista y pertenezcan a la masonería, no pueden ser más que traidores. - ---Si yo también lo creo así--dijo don Carlos. - -Roquet calló. - ---¿Y los otros papeles?--preguntó el Pretendiente. - ---Los otros papeles los tiene ese señor legitimista de Bayona--contestó -Roquet. - ---¿Usted los ha visto? - ---Sí. - ---¿Qué son? - ---Hay un pliego grande de papel que tiene este título: Cuadro sinóptico -del triángulo del Norte de España; en él hay muchos óvalos a manera de -lentes, pintados de verde y rojo. - ---¿Hay nombres? - ---No; en el centro de cada óvalo hay un número. En el lado de los -verdes hay un letrero que dice: "Civiles". Y en el de los rojos se -lee: "Militares". Encima del pliego, a la cabeza, hay muchos números y -jeroglíficos que no hemos sabido descifrar. Hay, además, una cajita de -cartón con una esfera, con el nombre: "Esfera de luz" llena de signos -parecidos a los de estas cartas. - ---¿Y cómo ha llegado todo eso a Bayona?--preguntó don Carlos. - ---Este legitimista que quiere presentar estos papeles es un hombre que -se encuentra en mala situación y suele alquilar un gabinete con su -alcoba. A ese gabinete vino un español con su equipaje y estuvo unos -cuantos días; pero parece que alguien le perseguía, o que le mandaron -algún recado urgente, porque el caso fué que tuvo que escaparse y -recomendó al señor legitimista dueño de la casa que tuviera cuidado con -su baúl. En esto, el hijo del legitimista, un muchacho de doce a trece -años, abre por curiosidad el baúl, se encuentra con el pliego pintado y -con la esfera de luz, y creyendo que eran juguetes, se los enseña a su -padre. - ---Y ese señor francés, legitimista, ¿no querría venir él mismo aquí con -sus documentos?--preguntó el Pretendiente. - ---No quiere, porque no le conviene que se sepa su nombre--contestó -Roquet--. Está haciendo gestiones para conseguir un destino con el -Gobierno francés, y si se supiera que había violado un secreto, tendría -por ello muy mala nota. - ---Yo le daría una cruz o un título si me proporcionara esos -papeles--dijo el Pretendiente. - ---El no está en situación para desear distinciones. El no quiere más -sino hacer este servicio a la causa de Su Majestad para que vea quienes -son los que le rodean. El dejaría los papeles durante quince días para -que los examinaran detenidamente, bajo palabra de honor de que se los -habían de devolver, y pediría por esto tres mil francos. - ---Bueno, pues se le darán--dijo el Pretendiente. - -Por lo que contó Roquet, tanto don Carlos como Marcó del Pont estaban -inquietos y recelosos y al mismo tiempo muy satisfechos con la -perspectiva de dar la zancadilla a Maroto y acabar definitivamente con -él. Hablaron el Rey y el ministro largo rato, retirados a un lado de -la habitación. Don Carlos pensó en escribir una orden al gobernador de -Vera para que facilitase y diese escolta a la persona portadora de los -documentos cuando se presentara en la frontera; pero, al ir a escribir -la nota, Marcó del Pont dijo que él mismo acompañaría a Roquet hasta -Vera y diría al comandante de esta villa fronteriza, coronel Lanz, que -cuando Roquet volviese a Bayona le llevasen con escolta hasta el Real. - -El francés se comprometió a llevar los documentos, y Marcó del Pont le -aseguró que, después de comprobar su autenticidad y su importancia, le -entregaría tres mil francos para el legitimista y otros tres mil como -garantía de que se le devolverían todos los papeles. - - - - -VI - -EL DINERO - - -Mientras Aviraneta esperaba con ansiedad los resultados de la gestión -de Roquet corrieron por Bayona muchas noticias. Se dijo que los -antimarotistas de la Junta Apostólica iban a tener dinero para hacer -más intensa la guerra. - -El secretario de la Junta, don Florencio Sanz, se agitó y lanzó -circulares, afirmando la vuelta al poder de los _puros_. Se añadió que -el padre Larraga había ido a Turín y el general Uranga a Viena; que los -dos traerían disposiciones y dinero en abundancia, y que en seguida la -Junta Apostólica iría a ponerse de acuerdo con Cabrera y Arias Teijeiro. - -Pocos días después el _Faro de Bayona_ confirmó la noticia y añadió -que Tarragual había pedido el pase al subprefecto para ir a Toulouse y -luego a la frontera catalana. - -Todo esto Aviraneta sabía que no tenía importancia; en cambio, por -aquellos días supo por el Club antimarotista de Azpeitia una noticia -importante. - -Se trataba de hacer un empréstito de quinientos millones de reales -a don Carlos por las casas Tastet y Francessin. Tastet había pasado -al Real de don Carlos con una carta de los principales banqueros de -Inglaterra ofreciendo al Pretendiente auxilios si se avenía a firmar -el contrato en las condiciones que se le proponían. - -El negocio era una combinación de comerciantes ingleses y franceses, -dirigida a arruinar la poca industria española. - -Tastet fué al Cuartel Real, y primero se vió con el padre Cirilo de la -Alameda y éste quiso sacar tajada sin exponerse; pero Tastet era tan -cuco como podía serlo el padre Cirilo y estaba dispuesto a no dar un -cuarto sin garantías. - -Aviraneta temía que, a pesar de que las condiciones eran duras, don -Carlos, impulsado por la necesidad, firmase el empréstito para poder -tener armas, caballos, efectos de guerra y dinero para pagar a las -tropas. - -Sabida es la frase del mariscal Trivulzi, que se ha repetido muchas -veces: - -"Tres cosas son necesarias para llevar bien una guerra: la primera, -dinero; la segunda, dinero, y la tercera, dinero." - -A esto se puede añadir la frase de Vespasiano, que el dinero no tiene -olor; es decir, que lo mismo da que venga de arriba que de abajo; de -las flores o del cieno. - -Aviraneta, que veía un gran peligro en este empréstito, comenzó a -trabajar en contra de él. Dió informes a los antimarotistas de Fermín -Tastet, banquero bilbaíno, que había sido liberal y masón; hizo decir -a los Clubs de Tolosa, de Azpeitia y de Bayona que el empréstito era -una trama pérfida de Maroto para exterminar a los carlistas puros y -al Pretendiente, pues dueño el general de este modo de las tropas, -pagándolas espléndidamente haría lo que quisiera, transigiría con -Espartero, sacrificando la causa de la legitimidad y del catolicismo. -Esta era la explicación de que fueran liberales y masones los que -ofrecían el dinero. - -La idea lisonjeó a los fanáticos, se la apropiaron, y fué tal la -enemistad que se produjo contra este empréstito, que Tastet tuvo que -escaparse del Real y marchar corriendo a Francia. Los dos banqueros, -el español y el francés, se manifestaron asombrados de la enemiga que -había producido su proyecto. - -Hablaron en Bayona con el marqués de Lalande y uno de los banqueros -dijo: - ---Sin dinero la guerra se acabará pronto. - -El marqués de Lalande parece que añadió: - ---Ya no tenemos guerra más que para unos meses. - - - - -TERCERA PARTE - -LAS FIGURAS DE CERA - - - - -I - -PERSONAJES HISTÓRICOS - - -Alberto Dollfus, alias Chipiteguy, tenía la manía de adquirirlo todo. - ---La cuestión es almacenar, meter cosas en la tienda--decía él--. -Siempre hay gente que quiera comprar. - -El sistema no debía ser del todo malo, porque al parecer, y gracias a -él, el chatarrero se enriqueció. - -Un poco antes de que Alvarito Sánchez de Mendoza entrase en casa de -Chipiteguy, el trapero había comprado varias figuras de cera de desecho -que vendía un señor David, Curtius para el respetable público, dueño de -un gabinete de figuras ceroplásticas que pasó por Bayona. - -Estas figuras, el señor David, alias Curtius, las vendió, la mayoría, -desnudas, como si fueran odaliscas, para un harén, y otras en piezas -separadas, cabezas, piernas, brazos, como si se tratara de un género -de carnicería. La mayor parte de las figuras ceroplásticas no tenían -más que el tronco, algo del pecho, las manos y los pies. Chipiteguy -se decidió a dedicarse a la ceroplastia quirúrgica; pensó primero en -restaurar sus figuras y a algunas las fortificó, metiendo a unas un -palo por la pierna, para que hiciera de tibia, rellenando brazos y -muslos con paja de maíz. Después, con cera derretida fué tapando los -huecos de las caras y de las manos y, hecha esta restauración, pintó -las mejillas con albayalde y bermellón. - -Chipiteguy, que conservaba guardados en su almacén muchos trajes de -mujer y uniformes de todas clases, pensó que unos y otros podían servir -muy bien para vestir sus figuras, y sacó de sus almacenes chupas, -casacas, calzones, fraques azules, enaguas, pañoletas, peinetas y demás. - -La andre Mari y la Tomascha tuvieron que remendar muchas medias y -puntillas por aquellos días. El señor David se había desprendido de -sus muñecos, porque, además de estar un poco estropeados, eran muy -conocidos de su numerosa clientela, y el buen Curtius, celoso del -interés de su espectáculo, quería sustituír sus personajes antiguos -por otros nuevos de militares, de asesinos y de envenenadores de más -prestigio y fama. - -Algunas de las figuras de cera compradas por Chipiteguy estaban -identificadas; pero otras no. Probablemente el señor David, Curtius en -la vida pública, había hecho pasar uno de sus muñecos unas veces por -Enrique IV, otras por el gran Federico, por Mahoma o por el general -Poniatowski, y había dama en cera que había sido, alternativamente, -María Cristina de personajes de la Revolución francesa y de Inglaterra -y la querida de Fieschi, el de la máquina infernal; sin contar -otros antiguos avatares, desacreditadores de la ceroplastia y de la -iconografía. - -Chipiteguy encargó a Alvarito que en los ratos perdidos mirase los -periódicos ilustrados y las estampas de la trastienda para ver de -identificar los personajes ambiguos y borrosos. Alvarito estuvo varios -días pasando hojas y más hojas y llenándose de polvo, y no consiguió -gran cosa. Entre las láminas que guardaba Chipiteguy había estampas -raras, grabados antiguos alemanes de Alberto Durero y reproducciones -de los cuadros del Bosco, de Holbein y de Cranach. Estas láminas se -hallaban mezcladas con otras arrancadas de libros y con estampas -populares de las Danzas de la Muerte, de la Historia de los cuatro -hijos de Aymón, de Genoveva de Brabante, de los cuatro jorobados de -Valladolid y con retratos y escenas de personajes de la Revolución -francesa y el Imperio. - -Chipiteguy puso también a contribución los conocimientos de un sobrino -suyo, Marcelo Ezponda, ingeniero y profesor de una academia, aunque -éste se ocupaba principalmente de cuestiones de química y mecánica. - ---A ver si tú, Marcelo, me iluminas en este asunto--le dijo Chipiteguy. - ---¿Qué hay que hacer? - ---Quisiera identificar todas estas figuras de cera--indicó el viejo, -señalando la fila de siniestros personajes, que estaban unos casi -enteros, sostenidos en la pared, y otros a trozos en el suelo, como en -un Spoliarium. - ---Querido tío--dijo Marcelo--: esto es más difícil de lo que parece -a primera vista, porque hay tipos, claro está, a quienes se puede -identificar sólo por la cara; pero a otros muchos, a la mayoría, se les -conoce por los accesorios, por el peinado, por el uniforme o por la -indumentaria. - -Tan cierto es que los hombres, en general, tienen tan poco carácter -que, si a los más ilustres y mejor dibujados se les quitan los -accesorios históricos, los bigotes y las patillas, los galones y los -penachos, un par de frases y otro par de anécdotas, no les conocería ni -su padre. - -El tío, el sobrino y Alvarito estuvieron haciendo cábalas acerca de -quiénes podrían ser aquellos personajes, y llegaron a identificar a -María Antonieta, a la Brinvilliers, a Mirabeau, Robespierre, Marat, -Fouché, Fualdés, Paganini, Danton, Fieschi con su querida, madama -Roland y Robinsón Crusoé. Algunos no eran muy seguros; otros, por -ejemplo, como Marat, con el cuerpo desnudo, encogido, como para ser -metido en una bañera, con una herida en el pecho y un pañuelo atado a -la cabeza, eran indudables. - -Las demás figuras quedaron sin identificar. Algunas se comprendía que -eran de varones, otras de hembras; no faltaban quienes tenían aire -ambiguo. - -A las figuras no identificadas Chipiteguy y Marcelo les pusieron motes: -el Inglés, el Diplomático, la Española. A una le llamaron la Dama -Bonita. - ---Esta pícara tiene aire gracioso--dijo Chipiteguy--. Es alguna dama -del antiguo régimen. Con su cara sonrosada y sus ojos azules la estoy -viendo riéndose de su marido y de sus galanteadores. - -Alvarito la encontraba cierto lejano parecido con Manón. - -Chipiteguy no se arredró por la dificultad de identificar sus figuras -ambiguas y borrosas y en colaboración de Alvarito decidió quién había -de ser ésta y la otra, y después de su decisión, sintiéndose tan -Curtius como el señor David, puso a los personajes pelucas y patillas, -pegadas o sujetas con tachuelas. Les encasquetó tricornios y morriones -y los transformó en generales célebres de la guerra carlista. Los -ultrajes a la ceroplastia eran continuos. - -En Bayona, y en aquella época, este disfraz carlista de los personajes -era lo que podía tener más interés para el respetable público. - -Además de las figuras separadas había un grupo de tres hombres, que por -su actitud estaban asesinando a otro; pero el muerto faltaba. Estos -tres vinieron vestidos. Uno de los asesinos, hombre joven, con los ojos -torcidos, la boca de labios gruesos, la nariz chata, gorra en la cabeza -y pañuelo rojo al cuello, levantaba el brazo, armado con un puñal. El -otro, más viejo, rechoncho, fuerte, de mirada inteligente y viva, tenía -un cuchillo medio oculto en la mano. El tercero, un testigo, unido a -los dos asesinos por la fatalidad y por unos listones de madera, era un -hombre que gritaba, pidiendo socorro, y abría mucho la boca, enseñando -los dientes y las encías. Este tipo, que debía ser una persona honrada, -tenía el pelo gris, la cara con muchas arrugas, anteojos, gabán y -bastón en la mano. A pesar de su presunta honradez era casi más -antipático que los criminales unidos a él. - -Chipiteguy pensó que podría llamarse al joven el Asesino, al otro el -Patibulario y al viejo que gritaba el Voceador. - -Todas las figuras de cera tenían ese aspecto horrible y feo, un poco -de fantasma, de las obras ceroplásticas. Era un extraño carnaval de -figuras inmóviles y sin expresión, aunque algunas tenían como un lugar -común expresivo y amanerado. - -Había tipos con aire de pedantería y de discreción, que parecían decir: -"¡Ah!, no crean ustedes; nosotros también guardamos nuestro secreto." - -Cuando estuvieron vestidos, se les arrimó a los personajes a la pared -del almacén. - -Manón, al verlos, sintió la repugnancia de aquellas figuras de aire -hipócrita y pedantesco, y exclamó: - ---¡Qué asquerosos tipos! - -Luego pidió a su abuelo permiso para romperlos a pedradas. - ---¡Hombre, hombre! ¡Qué chica! Tú eres iconoclasta. Déjalos. Después de -todo, no te has de casar con ninguno de ellos--dijo Chipiteguy--, y ya -verás como cada uno nos trae sus cuartitos. - -La mayoría de los personajes fueron transformados en militares y en -guerrilleros de la guerra carlista, menos el grupo de los asesinos. - -Aquellos tipos tenían aire tan repugnante y tan vil, que no podía -transformárselos en guerrilleros. Tampoco se les pudo cambiar en -monederos falsos. Lo más que se les hubiera podido convertir era en -verdugos. - -¿Qué crimen habían cometido? Chipiteguy no lo sabía. Su sobrino Marcelo -dijo que quizá se podría averiguar el crimen leyendo las causas y -procesos célebres; pero Chipiteguy pensó que, después de todo, no valía -la pena. A aquellos tres siniestros personajes, unidos por el destino y -por los listones que tenían al pie, no era tampoco fácil separarlos. - -Chipiteguy pensó que debía guardar el grupo oculto hasta que se -agenciara un asesinado de cera que tuviese un poco de aspecto. Estos -tres personajes horribles fueron a parar a la cueva, envueltos en telas -de sacos. - -A Alvarito, el recordarlos le daba horror. ¿Por qué no le parecían -unos peleles armados con palos y llenos de hojas de maíz, como eran? -¿Por qué no los tenía por muñecos o maniquíes vestidos con ropas de -prenderías? No sabía por qué, pero le hacían efecto. Sin duda no era -la cosa completamente extraña, porque el loco de la vecindad, a quien -llamaban Abadejo, al ver los muñecos, se estremeció, le dió un ataque y -empezó a dar gritos de melusina. - -Se veía que aquellas figuras siniestras obraban en la gente de -imaginación débil, perturbándolos. La ceroplastia tenía una acción -indudable en el sistema nervioso. - -Un día Chipiteguy le dijo a Alvarito: - ---Al ciudadano Marat le tenemos que hacer una herida mayor. Toma este -cuchillo y caliéntalo en el fuego, en la cocina. - -Alvarito hizo lo que le mandaban. - ---Ahora--le dijo el viejo--, húndeselo en el pecho al ciudadano Marat. - ---¿Yo? - ---Sí. ¿Qué, te da miedo? - ---No, no. ¿Por qué me va a dar miedo? - ---Con cuidado. - -Alvarito cogió el cuchillo caliente y lo clavó en el pecho del gran -revolucionario. Chirrió la cera y quedó una como herida horrorosa, que -luego se pintó de bermellón. - -Chipiteguy no tenía idea buena. Buscaba lo impresionante, lo -sensacional. A una de las figuras de mujer se le ocurrió ponerle un -antifaz en la cara, con lo que la dejó más siniestra. - -Cuando concluyó el arreglo de sus figuras, Chipiteguy construyó una -barraca en la plaza de la puerta de España, donde solían tocar la -música los soldados. Su instalación tuvo éxito. Durante mucho tiempo -la gente fué por la tarde a ver las figuras de Chipiteguy. La barraca -no tenía luz de día, sino que estaba iluminada por unos quinqués de -petróleo. Esto le daba al lugar un aire de cueva misterioso y siniestro. - -A la entrada, para cobrar, solía estar una muchacha, vestida de -lentejuelas, y dentro había un francés ex carlista que explicaba la -vida y las aventuras de cada personaje con gran lujo de detalles. Por -entonces las siluetas y tipos de los generales españoles liberales -y carlistas no se conocían con exactitud, al menos en Francia, y -Paganini, Fieschi y Robespierre, pelos más, pelos menos, podían pasar -indiferentemente por Cabrera, Zurbano o Zumalacárregui... - -Una tarde, poco después de la inauguración de la barraca de Chipiteguy, -instalada cerca de la puerta de España, charlaban dos jóvenes elegantes -con don Eugenio de Aviraneta, mientras contemplaban las figuras de cera. - -Uno de los jóvenes era un pintor, que vestía como un dandy, frac -azul, pantalón con trabillas y grandes melenas; el otro era Ochoa, el -escritor. - ---Oiga usted, don Eugenio--le dijo Ochoa a Aviraneta--, ¿qué cantidad -de verdad hay en estos retratos? - -Aviraneta se sonrió; era amigo de Chipiteguy. - ---No están mal--dijo. - ---Es curioso--exclamó el pintor--; las figuras de cera son más -pintorescas y más típicas cuanto más estropeadas y viejas están. - ---¡Ah, claro! No es obra artística--indicó Aviraneta. - ---Indudablemente--dijo el pintor con petulancia--, las figuras de cera -son algo atrayente, sobre todo para los chicos y la gente del pueblo. -Es un espectáculo de gran curiosidad, emocionante... - ---Pero al mismo tiempo de extraña repulsión--indicó Aviraneta. - ---Es cierto--añadió Ochoa--. Esta curiosidad y este atractivo son -malsanos. Tiene todo esto la sugestión de la cosa prohibida y -pornográfica; algo de la inquietud que produce la máscara, y al mismo -tiempo, ese fondo malo, encanallado, histérico, que se revela en la -curiosidad por los muertos, por las salas de disección, los gabinetes -anatómicos y las operaciones. - -Alvarito se puso a escuchar la conversación de los tres señores, porque -le interesaba. - ---¿A ustedes les produce repugnancia?--preguntó el pintor--. A mí me -inspira más bien risa. - ---A mí, una barraca de figuras de cera, me parece un depósito de -cadáveres de broma--murmuró Aviraneta. - ---Sí, sí, tiene usted razón--dijo Ochoa--; a mí me parece lo mismo, y -creo que la causa principal de esto es que todo en esas figuras sabe a -muerto. - ---Pues a mí, principalmente, todo ello me produce risa--insistió el -pintor--; aquel general con su tricornio y su sable es de lo más -grotesco que se puede imaginar. - ---Los generales de verdad son más grotescos--afirmó Aviraneta. - ---Yo creo que en una exhibición así el recuerdo de la muerte es lo que -se impone--siguió diciendo Ochoa--. El color de la cera es color de -muerto, y, unido a la repugnancia que producen los ojos de cristal, los -pelos postizos y los trajes acusan más esta impresión. - ---Mire usted qué monja--señaló el artista--. Es siniestra. ¿Eh? - ---Parece un fantasma--dijo Aviraneta. - ---Sí, es horrible. ¿Cómo puede encontrar eso nadie bello?--preguntó el -pintor. - ---Hay gente para quien lo horrible es lo bello--replicó Ochoa. - ---¡Bah!--exclamó el pintor. - ---¿No lo era también para Shakespeare? - ---Yo no he leído a Shakespeare--replicó el artista--; como si esto -fuese una superioridad. - ---Un francés, ¿para qué va a leer nada extranjero?--exclamó -Aviraneta--. Ellos lo tienen todo en casa. - ---Es verdad--contestó el artista, sin notar la ironía de don Eugenio. - -Alvarito escuchó con atención. El, no sólo no había leído, sino que no -había oído hablar nunca de Shakespeare. - ---En todo se acentúa la idea de muerte y de sepulcro--insistió Ochoa--; -la cera tiene algo de carne, pero de carne muerta; los ojos vidriosos -de cristal son ojos de cadáver; el pelo, separado de la persona, es de -las cosas que más recuerdan al muerto. Las ropas, sobre todo usadas, -hablan de un difunto: son como testigos de todo el bien y el mal que ha -hecho un hombre de verdad en la vida, porque no es muy probable que el -sastre las hiciera para muñecos. Todo lo que se reúne en las figuras de -cera es funerario y sepulcral. - ---Como tú, querido Ochoa--saltó el pintor--, que también estás -funerario y sepulcral. - ---El tamaño quizá influye también--añadió Aviraneta--. Si las figuras -fueran mayores o menores que el natural, probablemente no darían tanto -la impresión de cosas muertas; pero esos gabanes usados, esas gorras, -esos sombreros, que los han llevado, seguramente, gentes vivas, nos -sugiere un poco la idea del difunto. - ---¡Qué macabros están ustedes!--exclamó el pintor. - ---No, macabros, no. Insistimos un poco para aclarar--replicó Ochoa--. -Indudablemente tiene usted razón, don Eugenio. El tamaño influye -mucho. Es el del natural; por lo tanto, el del muerto. Aumentándolo o -achicándolo bastaría probablemente para quitar esa impresión. Un muñeco -no da nunca esa sensación desagradable, porque no hay la posibilidad de -confundirle con una persona. ¿Por qué la posibilidad de la confusión es -tan desagradable? - ---Es la posibilidad del fantasma, del espectro--dijo Aviraneta--. -Un fantasma como una mosca o como un monte no podría ser fantasma -asustador. - ---Luego hay el otro punto--insistió Ochoa--. ¿Por qué una figura -tan realista como una figura de cera no produce efecto artístico? -Indudablemente, todas estas impresiones reunidas de curiosidad y de -repulsión de que hemos hablado estorban para producir una sensación -de suavidad y de dulzura. ¿Por qué el asesino con un puñal en la mano -y la víctima con una herida de la que brota sangre nos son odiosas en -figuras de cera y no en un cuadro? - ---Resolver esa cuestión sería encontrar el tope del arte--dijo -Aviraneta--, sería saber dónde están sus límites. - ---Es cierto--añadió Ochoa--. No sabemos cuál es el límite del arte. -¿Por qué el pelo rubio o negro pintado en la tela está bien y, -en cambio, la peluca rubia o morena sobre una figura de cera es -repugnante? ¿Por qué los tiñosos de Murillo, en su cuadro de "Santa -Isabel", son hasta bonitos y, en cambio, un tiñoso en figura de cera -sería aún más desagradable que en realidad? - ---Sin duda la realidad, y el hombre dentro de ella, es como un -monstruo lleno de tentáculos--observó Aviraneta--, y unos de éstos -viven de aire y de luz, y otros, de sangre y de cieno; el arte los -aprovecha, pero no puede aprovecharlos todos. - ---Y las figuras de cera toman de la realidad esos tentáculos cenagosos, -los más hundidos en el barro humano--añadió Ochoa. - ---Es indudable--dijo Aviraneta. - ---A mí lo que me asombra--añadió Ochoa--por qué este arte de las -figuras de cera, cuando llega a la suma perfección, no llega a la -belleza. Ustedes habrán visto en el castillo de Potsdam la figura del -gran Federico en cera. - ---Yo, no--dijo Aviraneta. - ---Yo, tampoco--repuso el pintor. - ---Todos afirman que es de un parecido absoluto. Las facciones del rey -de Prusia están vaciadas en la cara del muerto; el que pintó la cara -conocía al gran Federico, y sus mejillas apergaminadas y sus ojos -rodeados de un círculo morado son de una verdad completa. El traje y -los accesorios son los mismos que usaba el rey; la peluca de estopa, el -uniforme azul, desteñido y raído; las botas, el sombrero, la espada, la -flauta, son los que él empleaba. Es casi la realidad... sin el espíritu. - ---¿Y qué efecto hace?--preguntó Aviraneta. - ---Igual que estas figuras de cera. Da repugnancia y miedo--contestó -Ochoa. - -Quizá iban a seguir los comentarios, que Alvarito oía muy interesado, -cuando se presentó Chipiteguy, que saludó afectuosamente a Aviraneta. - ---¿Quién es este tipo?--preguntó el pintor a Ochoa. - ---¿El viejo? Es el dueño de las figuras de cera. - ---No; el otro. - -Ochoa le explicó quién era el conspirador, y el artista estuvo -contemplando a Aviraneta. - ---Es un tipo curioso--murmuró--; tiene una bonita cabeza. - ---Sí, es un poco águila o buitre. - -Alvarito escuchó con atención aquellas teorías acerca de la ceroplastia -que expusieron los tres señores y pensó sobre ellas. En muchas cosas -estaba conforme. - - - - -II - -LOS SUEÑOS DE ALVARITO - - -Mientras las figuras de cera estuvieron encerradas en el almacén -constituyeron una obsesión para Alvarito. Le daban miedo, horror y -repugnancia, y no quería acercarse a ellas. De noche, sobre todo, el -pensar en el sótano le hacía estremecer. Era un antro de la locura, -lleno de monstruos gesticulantes, de espectros horrorosos, que se -amenazaban en un terrible silencio. Alvarito tenía el temor de que -toda su vida la pasaría así, con la perspectiva de un sótano negro con -figuras de cera. - -Cuando comenzaron a llevarlas a la barraca pensó que ya se sentiría -tranquilo; pero quedaba en la cueva el grupo de los asesinos, que era -el que más le repugnaba y le inquietaba. - -Alvarito era muy nervioso. Había vivido siempre excitado con las -fantasías políticas de su padre y las ideas supersticiosas y fatídicas -de la madre. Al principio, en casa de Chipiteguy, con la buena -alimentación, había logrado robustecerse física y moralmente; pero -aquellas malditas figuras de cera le obsesionaban y le quitaban toda -tranquilidad. Constantemente se le aparecían en sus sueños. - -Soñó una vez que la casa de Chipiteguy estaba encantada por un -maleficio misterioso y extraño. En los subterráneos había monstruos -gesticulantes, sombras hórridas que se agitaban en el silencio; en el -piso alto había un hada y un viejo mago, y alrededor un ambiente de -locuras y de extravagancias. - -Cuando se entraba en la casa se desfallecía, hasta tal punto, que en -pocos minutos se quedaba uno anémico y exangüe y al último convertido -en figura de cera. - -De pronto una mujer que le hablaba, y a quien conocía, aunque en el -momento no sabía quién era, le revelaba susurrando el importante -secreto. Para no quedar encantado en aquella casa era necesario no -tocar el suelo. Era por el contacto con el suelo cómo se perdían las -fuerzas. Entonces a Alvarito se le ocurría la idea de llevar una grúa -de las que se levantaban en la orilla del río y colocarla cerca del -Reducto, y por la cuerda descolgarse y entrar en casa de Chipiteguy. - -Alvarito realizaba su proyecto con gran facilidad; bajaba por la cuerda -y, balanceándose en ella, recorría la casa, sin pisar el suelo, y a -todo lo que tocaba con una varita lo desencantaba al momento. De pronto -comprendía que había sitios a los que no podía llegar, y entonces -abandonaba la grúa y construía en un instante unos zapatos altos, de -suela hueca, y comenzaba a andar por toda la casa, deslizándose con una -gran facilidad; pero se encontraba una puerta cerrada y ésta era su -desesperación, porque no podía desencantar a una persona oculta, por -quien tenía gran interés, y, a pesar del gran interés, no sabía quién -era. Todas sus tentativas eran fallidas. Al empujar la puerta cerrada -e intentar abrirla perdía sus fuerzas. No sabía por qué, hasta que -miraba por un ventanillo y veía una muchedumbre de figuras de cera que -sujetaban la puerta por dentro. - -Aquel sueño se le complicaba con otro parecido. En el segundo sueño -entraba por un ancho portal, subía por una escalera y pasaba a un -campanario de una iglesia, lleno de gente, con unas grandes vigas en -el techo, de las que colgaban un gran número de arañas, que subían y -bajaban, haciendo gimnasia en sus plateados hilos. La gente era extraña -y absurda; había un hombre pequeño, moreno y de bigote negro, vestido -de mujer, que braceaba mucho al andar y miraba con gran petulancia; -un tipo rechoncho, con la cara tiznada de carbón, que se parecía a -Claquemain, y una mujer alta, seca, esquelética, con la mirada fría, el -pelo rubio y vestida de militar. - -Había chiquillos en el suelo, por entre las sillas, redondos y blancos -como pelotas de goma, parecidos a los del cuadro de la "Matanza de los -Inocentes", del salón de casa de Chipiteguy. Entre aquella gente rara, -una figura, cubierta con antifaz, le miraba a él con fijeza y le hacía -estremecer. - -De repente se entablaba una discusión entre dos curas delgados, -pequeños y picados de viruelas, que decían algo terrible al moreno de -bigote y vestido de mujer. Entonces, en lo más fuerte de la discusión, -aparecía un hombre con anteojos, peluca y gabán gris, abría la -boca y parecía gritar, pero Alvarito no le oía. Era el voceador el -personaje de las figuras de cera del grupo de los asesinos. Alvarito se -desesperaba al verle y en su desesperación se despertaba. - -Muchos otros sueños le produjeron al muchacho el recuerdo de aquellas -malditas figuras de cera. - -Alguna vez, al pasar por las orillas del Adour, vió surgir entre -el boscaje al Asesino, que se le presentaba con el brazo levantado -blandiendo su puñal. - -Alvarito se hallaba predispuesto a creer en espectros y en aparecidos. - -Sin embargo, se decía: - ---Una figura de cera no puede tener alma. Soy un visionario. - -Y este pensamiento, en parte, le tranquilizaba, aunque no siempre. -También pensaba que los maniquíes, los autómatas, los peleles y los -muñecos tienen como un reflejo de la personalidad del que los ha hecho, -y a veces hasta voz como los espantapájaros del Tonkín, que con una -botella rota y una cuerda suenan y chirrían y asustan a los gorriones. - -En un libro viejo, encuadernado en pergamino, que tenía Chipiteguy, un -antiguo tratado de supersticiones, Alvarito leyó que los sueños son de -cuatro clases: divinos, naturales, morales y diabólicos. Los sueños -naturales provienen del temperamento de las personas. - -Los biliosos sueñan colores amarillos, querellas, disputas, combates -e incendios; los sanguíneos sueñan con azafrán, jardines, festines, -danzas, amores y diversiones; los melancólicos, con humo, obscuridad, -tinieblas, paseos nocturnos, espectros, cosas tristes y muertes; los -pituitosos, con el mar, los ríos, las navegaciones, naufragios, objetos -pesados y obstáculos para la marcha. - -Alvarito, al leer esto, pensó que quizá él principalmente era -pituitoso, con un poco de bilioso, otro poco de melancólico y una miaja -de sanguíneo. Después comprendió que todo esto no era más que hablar y -no decir nada. - -Un día soñó que iba a caballo por un gran puente que avanzaba en el -mar. A un lado y a otro se agitaban las olas y hervían las espumas en -un verdadero caos. - -Estas olas tenían a veces vagas figuras humanas y se levantaban -severamente para decirle algo. - ---¿Qué pasa? ¿Qué me quieren?--se preguntaba. - -Las olas no llegaron a romper a hablar, y de este sueño lo único que -dedujo Alvarito al pensar en tanta agua fué que él debía ser muy -pituitoso. - -Otra vez soñó que estaba delante de una gradería de figuras de cera, y -que en medio había un dandy, con melenas y frac azul, que reproducía -los rasgos del pintor amigo de Ochoa que estuvo en la barraca el día de -la inauguración y que cantaba, tañendo la lira, una canción romántica. - -Alvarito no oyó lo que cantaba; pero el autor, con más costumbre de -comprender a las figuras de cera, sospecha que el melenudo entonaba -en su lira la célebre canción de la _Ceroplastia o Balada de las -figuras de cera_, compuesta por el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de -Aschaffenburg, que dice así: - - - - -III - -LA CANCION DE LA CEROPLASTIA - - -A veces, en la callada noche solitaria, cuando Júpiter brilla con -fulgor sobre las chimeneas de las casas, y la luna se destaca como una -nota de música en el pentágrama de los alambres del telégrafo, cuando -las luces de la feria se extinguen, se oye una voz misteriosa a la -puerta de las barracas de las figuras de cera, que canta sollozando: - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -Tus hijos, es cierto, tienen ojos y manos, y pies, como los hijos de -los hombres, y trajes y sombreros y zapatos, y nadie les impide llevar -calzoncillos y hasta polainas; pero tus hijos no alcanzan el aprecio de -los inteligentes ni el de los estetas. No se les instala en palacios -ni en museos, como a los muñecos del arte griego, a pesar de hallarse -éstos descalzonados y descamisados; no se les admira; se les relega a -las barracas, fuera de la ciudad, como a los atacados por una peste o -a los mendigos miserables. Tus engendros, madama Ceroplastia, no han -estado nunca en la pomposa rotonda, ni en la logia, ni en la columnata, -ni en el pórtico en que los petulantes hijos del mármol se lucen en -una postura amanerada y un poco incómoda; ni en la fuente, ni en el -square; no han visto las caravanas de turistas con el Baedeker en la -mano contemplándoles con una admiración contratada de antemano por -la Agencia Cook; ni el grupo de feas solteronas inglesas en éxtasis -mostrando sus amarillos dientes de caballo. Los hijos de la cera no -conocen más elogio que el de la fregona y el del soldado. Plebeyez, -todo plebeyez. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -No, no. Os faltan los adjetivos encomiásticos, hijos de la cera. ¿Dónde -está la frase de Goethe o del vizconde de Chateaubriand, o al menos -del vizconde de Arlincourt, en vuestro elogio? Nadie os ha cantado, ni -en verso ni en prosa. Unicamente se dice que un santón del comunismo, -Esteban Cabet, individuo al parecer poco estético, habló de probar su -Icaria, su ciudad utópica y perfecta, con figurones de cera de hombres -ilustres; pero se añade que el mundo se rió cínicamente de la Icaria y -de los figurones de cera. Utopía, todo utopía. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -Dicen tus impugnadores que eres como la charca donde se pudren las -aguas vivas que vienen del monte; que la cera, cuando sale de la -colmena es hermosa, se convierte en repulsiva en tus figuras y que lo -mismo pasa con el cristal y con las telas; añaden que rebajas todos tus -materiales, en vez de sublimarlos; que tus factores son buenos y tus -productos son malos. Industrialismo, todo industrialismo. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -Tus figuras de una discreción un poco repugnante, producen, a la -mayoría de las gentes, inquietud y molestia; les recuerdan, según -parece, las momias recubiertas de cera, las imágenes con pelo de las -iglesias, los dientes postizos, las piezas de anatomía, los escaparates -de los ortopédicos, las cabezas de muestra de los salones de peinar -señoras, los maniquíes de los sastres y de los peluqueros, los bustos -de los frenólogos... cosas todas del largo capítulo de las invenciones -desagradables de las farsas y de las mentiras. Mendacidad, todo -mendacidad. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -Vuestra composición, hijos de la cera, no os permite vivir en plena -naturaleza. La lluvia y el sol os estropearía el físico. - -Vuestras pelucas y uniformes, vuestros pompones y penachos, vuestras -chupas y casacas, vuestros calzones, sables y espadas; vuestros -trabucos y pistolas viejas, vuestros abanicos y tabaqueras, vuestros -pañuelos y puntillas, hablan a la gente, más que de Versalles o de -Sans Souci, de tenduchos de prenderos, de traperos y ropavejeros. -Guardarropía, todo guardarropía. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -Los estetas y los cultos te consideran como un arte macabro y -funerario. Recuerdas, según ellos, las pompas fúnebres, las damas -repipiadas que se ven en las tumbas modernas esculpidas por un cantero -en un mármol, que parece azúcar; los angelitos dorados y plateados -de los ataúdes, los cuadros de pelo de los antepasados muertos, las -reliquias amarillentas, un tanto desagradables, y los ex votos de las -capillas, en donde se mezclan los brazos y las piernas de cera con los -huevos de avestruz. Funerario, todo funerario. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -Y, sin embargo, sin embargo... ¡cómo nos seducías cuando éramos chicos! -Si desde un punto de vista estético te pueden poner objeciones, no -podrán hacer lo mismo pensando en la moral. Tus ladrones no roban, tus -asesinos no matan, tus magistrados no dan sentencias injustas, tus -generales son modestos y silenciosos. ¿Se debe pedir algo más? Los -hijos de la cera pueden decir: ¿Por qué tal desprecio? ¿No copiamos el -dermato-esqueleto del hombre con su vestimenta apropiada? Si no podemos -representar el interior de las gentes, ¿qué es esta impotencia sino un -acierto? ¿Hay algo más tortuoso, más negro, más enrevesado, más lleno -de telarañas que esos cuartos interiores del espíritu humano, sin -ventilación y sin luz? - -Dejad que el asesino sea un brazo con un puñal que se levanta en el -aire; dejad que el magistrado o el profesor sea una bola en forma de -cabeza o de calabaza, con un birrete con pompón; dejad que el general -no pase de ser una estaca con un hermoso tricornio, con su plumero, -y saldréis ganando... ¿Para qué más? Los cultos no se convencen. -Viven en plena rutina estética, duermen en compañía del lugar común. -Piensan en la Venus de Milo y en el Apolo de Belvedere, en el Moisés -de Miguel Angel y en el condottiero de Donatello, y hasta el nombre -de Ceroplastia, ¡oh dolor!, les parece ridículo. Amaneramiento, todo -amaneramiento. Vanidad, todo vanidad. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - - * * * * * - -Esta es la voz misteriosa que en la callada noche solitaria se escucha -a la puerta de las barracas de las figuras de cera, cuando las luces -de la feria se extinguen, cuando Júpiter brilla con fulgor sobre las -chimeneas de las casas y la luna se destaca como una nota de música en -el pentágrama de los alambres del telégrafo. - - - - -IV - -UN PROYECTO - - -Manasés León, el judío del barrio de Saint Esprit, negociante en -pequeño, era un judío pintoresco; la nariz corva, el labio inferior -grueso, los ojos brillantes, detrás de unas antiparras que le daban -aire de búho; el pelo lleno de rizos, el vientre abultado y los pies -fenomenales y defectuosos. Vestía Manasés siempre un poco desastrado y -hablaba de una manera suave e insinuante. - -Manasés, muy amigo de Chipiteguy, había hecho con él varios negocios. - -Un día, Manasés León, que estaba en la tienda de Chipiteguy, en vez de -salir a la calle, entró hacia el almacén y dijo: - ---Amigo Dollfus, tengo que hablar con usted. - ---Usted dirá, Manasés. - ---Tengo una noticia que yo no sé si la podríamos aprovechar. - ---Vamos a ver la noticia. - ---Parece que unos de los capitanes generales de Navarra mandó recoger -hace meses muchas cruces y custodias de plata de las iglesias de la -provincia, abandonadas por los curas, y llevarlas a Pamplona. El -capitán general anterior a éste tomó la determinación de meter todos -los objetos de plata en barricas y de guardarlos en un sótano de la -ciudad. Se quería traerlos a Francia y venderlos. El capitán general -actual ignora, según dicen, que haya este depósito y los únicos que -saben dónde está son el cónsul de España, don Agustín Fernández de -Gamboa, y el posadero de la calle de los Vascos, Ignacio Iturri. - ---¿Y usted cómo sabe eso, Manasés? - ---Porque me lo ha dicho Gamboa. - ---¿Y para qué se lo ha dicho a usted? - ---Pues, sencillamente, por si yo encontraba alguien que se encargara -de traer esos objetos hasta aquí. A un cristiano quizá no se hubiera -atrevido a hacer la proposición; pero ya sabe que soy hebreo. - ---¿Así que él quiere traer esos objetos a Bayona? - ---Sí, eso pretende. La casa donde se guardan las barricas, llenas de -cosas de oro y de plata, es de un conocido de Gamboa, y por lo que me -he enterado, las barricas están a nombre de Iturri, que otra vez quiso -traerlas a Francia, pero que no se atrevió. - ---¿Y a usted qué se le ha ocurrido?--preguntó Chipiteguy. - ---A mí se me ha ocurrido que podíamos enviar alguno de nuestros -chatarreros a Pamplona con un carro a ver si le entregaban las barricas -y las traía aquí. - ---¡Qué ilusión! - ---¿Le parece a usted? - ---Claro. Así, tan fácilmente, eso es imposible. ¿Usted piensa que en un -país en guerra van a dejar pasar un carro con barricas sin reconocer lo -que va dentro? - ---Sí, es verdad. - ---De intentar esta aventura habría que traer ese tesoro de otra -manera; tendría que ir a Pamplona uno mismo. - ---¡Ir a España!--exclamó Manasés--. No, no; de ninguna manera. A mí no -me pescan los carlistas de España. ¡Ca! Si desean entenderse conmigo, -que vengan a mi tienda de Saint Esprit y les venderé lo que quieran. - -Manasés pensaba que llegar a España y ser desollado vivo como un perro -judío sería cosa inmediata. - ---Pues, amigo Manasés--dijo Chipiteguy--, despídase usted del proyecto, -porque si cree usted que un carretero cualquiera le va a traer a usted -esas barricas hasta aquí desde Pamplona, sin que nadie las vea y las -registre, cree usted una tontería; y si piensa usted que si le dice -usted al carretero a lo que va, después de pasar grandes peligros él, -le va a traer las barricas a usted, para que usted se quede con ellas, -pues piensa usted una candidez. - ---Estoy convencido, Chipiteguy--murmuró Manasés--, hasta el punto de -que no quiero ocuparme más del asunto. ¡Ir a España! No, nunca. - ---Pues yo quizá intente ver qué hay en eso. ¿Cuántas barricas habrá? - ---No sé. Hablan como si hubiera cuatro o cinco. - ---Para traer eso había que ponerse de acuerdo con el cónsul -Gamboa--dijo Chipiteguy. - ---Y quizá también con el posadero Iturri. - ---¿Y valdrán mucho esas cosas de iglesia? - ---Parece que sí--contestó el judío--. Son varias arrobas de plata. -Gamboa supone que debe haber además oro y piedras preciosas. - ---Hala, Manasés, vamos los dos--dijo Chipiteguy--; nos repartiremos el -botín. Veremos lo que pueden hacer juntos dos viejos traperos, un judío -de origen español y un ateo alsaciano. - ---No, no. Yo no voy. Si usted es tan loco para ir allí, váyase. Yo no -voy. - -Chipiteguy dió muchas vueltas en la cabeza a la noticia de Manasés, y, -después de pensarlo despacio, habló con don Eugenio de Aviraneta. - -A Chipiteguy se le había ocurrido la idea de ir a Pamplona en un carro -con sus figuras de cera y volver, si la cosa era posible, trayendo -algunas o todas las barricas con la plata recogida de las iglesias -navarras. - ---No le aconsejo a usted que lo haga--le dijo Aviraneta. - ---¿Por qué? - ---Porque es peligroso. - ---¿Qué es lo que no es peligroso? - ---Está bien; pero usted no tiene necesidad de eso. - ---Usted no tiene tampoco necesidad de andar por aquí intrigando. - ---Amigo Chipiteguy: si usted, a su edad, se siente con deseos de -aventuras, no le digo nada. Adelante. - ---Pues adelante. Estoy dispuesto. Yo quisiera, amigo Aviraneta, que -usted le viera al posadero Iturri, le preguntara qué sabe de esas -barricas, cuántas hay, etc., etc. - ---Vamos ahora mismo--dijo Aviraneta. - -Fueron a la posada de Iturri; el posadero estaba en la trastienda de su -mercería y fonda. - -Aviraneta expuso a Iturri las pretensiones de Chipiteguy. - ---Sí--dijo el posadero--; hay cuatro o cinco barricas en un almacén de -trigo de la calle Nueva, de Pamplona. Yo no sé qué tienen dentro. Creo -que pusieron las barricas a mi nombre. - ---¿Y no sabe lo que hay dentro?--preguntó Chipiteguy. - ---A punto fijo, no. No creo que haya inventario ninguno. - -Como Chipiteguy insistió en ir a Pamplona, Iturri le dijo: - ---Tenga usted cuidado y no sea usted loco. La cosa es muy difícil, casi -imposible. - -Chipiteguy era terco y estaba decidido; le tentaba la aventura. Fué al -consulado de España a visitar a Gamboa; le dijo lo que le había contado -Manasés y lo que quería hacer. - ---¿Y usted mismo piensa ir?--le preguntó Gamboa. - ---Sí; si se gana lo suficiente, yo mismo intentaré traer las barricas -aquí. - ---Yo no sé lo que vale eso--replicó Gamboa--. Si la empresa sale bien y -trae aquí esa plata, le pagaremos los gastos que usted haya hecho y el -veinte por ciento de la venta. Si sale mal y no puede usted traer esas -barricas, le abonaremos sólo los gastos. ¿Le parece a usted bien? - ---Sí; no me parece mal. - ---¿De manera que se decide usted? - ---Sí, me decido. Iré y probaré fortuna. Entrar en España no es difícil; -lo difícil es salir, sobre todo trayendo las cruces y las custodias. - ---Si quiere usted le daré la orden para que le entreguen esas barricas. -Aquí está su descripción y su numeración. Se hallan puestas a nombre de -Iturri, un posadero de Bayona. - ---Sí; le conozco. - -Gamboa le entregó los papeles y una orden reservada y sin firma para el -amo de la casa de la calle Nueva de Pamplona, donde estaban guardadas -las barricas. - -Chipiteguy se puso a estudiar el asunto. Toda la frontera española, -desde Fuenterrabia hasta más allá de Roncesvalles, estaba ocupada -por los carlistas, excepto el puente de Behovia. Los chatarreros que -entraban en Navarra solían pasar por el campo carlista, en el que -tenían conocimientos. Había que encontrar algunas influencias entre los -partidarios de don Carlos para que no pusieran dificultades al paso de -un carro con las figuras de cera, cosa que no le había de ser difícil. - -Chipiteguy alquiló una carreta de cuatro ruedas y dos caballos -normandos y dispuso llevar sus mejores figuras de cera para las ferias -de San Fermín. - -Claquemain y Frechón irían en la galera y Alvarito y él en un -carricoche. - -Claquemain había hecho el viaje varias veces; Frechón, aunque se -enterara de lo que se trataba, no se escandalizaría, porque era -anticlerical furioso, y, si exigía algo, se le taparía la boca dándole -dinero. - -Los preparativos se hicieron a la chita callando. Chipiteguy dijo a -Alvarito cómo tenían que ir a Pamplona. - ---¿Pero hay ferias durante la guerra en Pamplona?--preguntó el muchacho. - ---No, ferias importantes no hay; pero van algunos pocos comerciantes, -sobre todo franceses, y ganan muy bien, porque no hay competencia. - ---¿Y se podrá pasar?--preguntó Alvarito. - ---En eso estamos ya unos cuantos, en tratos con carlistas y liberales. -Los carlistas dejarán pasar los carros si paga cada uno unas pesetas; -luego, cuando no acerquemos a un pueblo del camino, Zubiri o -Larrasoaña, nos uniremos a una compañía franca y con ella entraremos en -Pamplona. - -Se cargó la galera, se preparó un cochecito y un día Chipiteguy dijo en -su casa que a la mañana siguiente se marchaba a Pamplona a pasar unos -días. - -Manón, que se preparaba a ir a visitar a una familia amiga de la calle -de l'Orbe, preguntó extrañada: - ---¿Cómo, te vas a Pamplona, abuelo? - ---Sí. - ---No habías dicho nada. - ---Es un proyecto que se me ha ocurrido de pronto. - ---¿Y qué hay en Pamplona? - ---Hay una feria. - ---Pues llévame también a mí. - ---No puede ser. Tú tienes que estar aquí al frente de la casa. - ---¿Y Frechón? - ---Viene conmigo. - ---¿Y Alvarito? - ---También. - ---¡Qué habrás pensado, abuelo! Alguna cosa has pensado tú que no me -quieres decir a mí. - ---Nada, nada. - ---¿No vas a hacer algo peligroso? - ---No, no; no tengas cuidado. - ---Porque ¿qué haría yo si me quedara sin mi abuelito? - ---No, no haré nada peligroso; tranquilízate. - ---Nos vas a tener inquietos en casa. - -Chipiteguy besó a su nieta y le dijo que fuera a su reunión. - -Al día siguiente, antes que Manón se hubiera levantado, Chipiteguy y -Alvarito salieron en su carricoche por la orilla del Nive. - -La galera con Frechón y Claquemain había salido anteriormente, y unidas -a otras varias y a un coche de un vendedor de lápices, marchó hacia -San Juan de Pie de Puerto. - -Tres días después entraban los coches y las galeras en Pamplona por la -puerta de Francia y se instalaban en el paseo de la Taconera. - -Chipiteguy llevaba recomendaciones de Gamboa para el capitán general y -para el jefe político, don Domingo Luis de Jáuregui. - - - - -V - -EN PAMPLONA - - -El sol caía de plano sobre la llanura de Pamplona. Era un día de -julio, día de San Fermín. En los alrededores de la ciudad los campos -estaban segados y se preparaban para la trilla. Los montes de la cuenca -pamplonesa, el Perdón y el Ezcaba, el Servil y la Higa de Monreal, San -Cristóbal y la Silla de Pilatos aparecían azules en el cielo inflamado. -En la vuelta del castillo amarilleaban los hierbales; sólo en los fosos -de la muralla, en algunos rincones sombríos, se conservaban aún verdes -y frescos; el campo se hallaba dominado por el color dorado y la ciudad -aparecía caldeada dentro de sus murallas grises, en su gran llanada, -rodeada de montes pelados. - -Por los caminos, y a pesar de que los carlistas ocupaban los -alrededores, venían los campesinos, hombres y mujeres, en los -caballejos y en las mulas, a las fiestas, que se celebraban sin gran -esplendor, por la guerra. - -Había un campaneo vertiginoso en todas las torres de la ciudad en honor -del santo patrón. - -Las campanas de San Saturnino contestaban a las de la Catedral, las de -San Nicolás a las de San Saturnino, las de San Lorenzo a las de San -Nicolás. Las unas hacían ese tán tán triste, pesado y agobiador; las -otras, el tilín talán clásico de las dos campanas echadas al vuelo, -que tan bien indica el carácter de los pueblos españoles levíticos -con curas y con beatas; no faltaba el tín tín agudo del esquilón del -convento de monjas. - -¡Qué sugestivo! ¡Qué romántico este continuo y melancólico tañer! ¡Cómo -se recuerda la infancia, la tristeza de la vida! ¡El toque de oración, -el del Angelus, el de la Agonía, el de la misa, el de los funerales! -¡Cómo sale a flote ese fondo doloroso de la existencia! ¡Qué poético -ese son de las campanas! Pero qué bien el estar en sitio bastante -lejano para no poderlas oír. - -En aquella mañana ardorosa de julio el alboroto de las campanas parecía -disolverse en el campo, agostado y desierto, inundado por el sol, y en -la inmensidad del cielo azul. - -Chipiteguy y su gente habían llegado a Pamplona a fines de junio de -1838. En una semana construyeron la barraca, que quedó alineada con -otras ocho o diez del paseo de la Taconera. - -La mayoría de las figuras de Chipiteguy se habían convertido en -asesinos célebres. Los generales y guerrilleros españoles habían dejado -de ser Mina, Zurbano y Zumalacárregui, para tomar un nuevo avatar. - -En Pamplona había con seguridad gente que había conocido personalmente -a estos guerrilleros y era peligroso darlos mixtificados, porque podía -comprobarse la mixtificación. - -Se abrió la barraca y cada uno de los compañeros de Chipiteguy tuvo un -papel. Alvarito, vestido de pierrot, daba al bombo y a los platillos; -Frechón voceaba, delante de la barraca, con acento francés. - ---Aquí _vegán_ ustedes, _señoges_, los hombres más _sélebres_ de todo -el mundo: los asesinos más famosos y los _militages_ más notables. - -En el interior, Chipiteguy mostraba las figuras con un puntero y daba -explicaciones: Claquemain cuidaba de los caballos y hacía la comida -dentro de la galera. - -Alvarito, muchas veces, mientras tocaba el bombo y los platillos, -pensaba: - ---¿Qué dirían mis antepasados, los Sánchez de Mendoza, si me vieran en -este oficio? - -Las gentes que entraban en la barraca tenían la petulancia y la -impertinencia del provinciano que desprecia al histrión callejero -y trashumante y hacían observaciones que querían ser malévolas y -sangrientas. - -Algunos mozos, más atrevidos, se sentían inclinados a romper, a -pinchar, a hacer alguna mal intencionada fechoría. - -Frechón, que a pesar de su irritabilidad habitual no se molestaba -con el desdén de la multitud, hacía observaciones misantrópicas -apaciblemente: - ---Si a la mayoría de las poblaciones se les pudiese considerar como -ganado y tratarlas en tal concepto, la sociedad mejoraría mucho. - ---Hay que empezar siendo Napoleón para eso--replicaba Chipiteguy. - -Alvarito hacía como que no se enteraba de los comentarios de la gente -y hablaba en francés. En este contacto entre el público y los hombres -de la feria, él se ponía del lado de los últimos. A Alvarito le iba -naciendo un fondo de antipatía por el señorío, que le miraba a él con -desprecio. - -Los suyos empezaban a ser, no como para su padre los aristócratas, -los señores serios, el presidente de la Audiencia, el director del -Instituto, el coronel, los buenos cornudos respetables, militares -y civiles de cara grave y seria, como tallada en piedra berroqueña, -llenos de distinciones y de majestad, sino los histriones y titiriteros -de la feria. - -Para guardar la barraca de las figuras de cera solían dormir en ella, -alternando dos a dos, unas noches Chipiteguy y Alvarito, otras Frechón -y Claquemain. Los demás días iban a una casa de la calle del Carmen, -donde Chipiteguy tenía alojamiento. - -A Alvarito le producía una impresión muy penosa el echarse a dormir -delante de aquellas figuras de cera, que a la luz de una candileja -aparecían más horribles y amenazadoras que nunca. Estos monstruos de -cera, esta guardia negra de espectros vivían, para Alvarito, una vida -siniestra, si no en el período de vigilia, en el del sueño. Entonces, -entre las sombras del cerebro, se animaban y tomaban una expresión -repugnante y odiosa; las caras, con sus ojos de cristal, sus pelucas y -sus barbas postizas, se erguían agresivas y gesticulaban y tenían un -aire de rencor y de venganza. - -Los rostros verdaderos de los más bárbaros envenenadores y asesinos no -le hubieran parecido tan feroces y horribles como aquellos. Alvarito -pudo notar que este efecto de repulsión de las figuras de cera no era -el único que lo experimentaba, pues a veces, entre el público, se veía -algún chico que empezaba a berrear y a patear de miedo y la madre tenía -que sacarlo fuera. - ---Sin duda, yo soy también infantil--se decía el muchacho. - -Pronto los hombres de la barraca de Chipiteguy se hicieron amigos -de sus vecinos. Después de cenar y concluir el trabajo solían venir -a hacer tertulia detrás de la barraca de Chipiteguy, donde habían -colocado la galera, muchos de los industriales de la feria. Era la -aristocracia de las barracas. La mujer cañón, madama Lalande, con su -marido Raul Culot; el vendedor de la manteca de serpiente cascabel, -míster Cavendish, que era escocés, y llevaba polainas amarillas; el -de los frascos de vulneraria suiza para las heridas, Onofrius Müller, -que era del Tirol; el físico del pueblo francés, monsieur Bazin; el -vendedor de lápices que no se rompían, míster Clarck, inglés, y el -marino que anunciaba el aceite virgen de Macassar, para el pelo, que -era bretón, y se llamaba, según él, Gontran Montdidier, Penhoel de -Montbrisson. - -De estos personajes, la mayoría vestían como todo el mundo, excepto -monsieur Bazin, el físico del pueblo francés, que llevaba frac y -melenas; Onofrius Müller que gastaba una librea roja con galones y -tricornio, míster Clarck y monsieur Montdidier. - -Este vestía de marino, con grandes melenas, y tenía tres retratos -suyos, pintados al óleo, casi tan agradables como las figuras de -cera de Chipiteguy, y que constituían un verdadero e interesante -tríptico, que le servía de reclamo. El primero se intitulaba: "Antes -del tratamiento", y se veía al señor Gontran Montdidier Penhoel de -Montbrisson, calvo, como una bala rasa; el segundo se llamaba: "Durante -el tratamiento", y el marino lucía un pelo corriente, ya bastante -largo, aunque con algunas calvas; el tercer cuadro era: "Después -del tratamiento", y entonces el pelo del señor Montdidier era una -inundación capilar. - -Clarck, el inglés vendedor de lápices, iba en un coche. Se vestía con -una túnica azul, con estrellas de plata; cubría su cabeza con un casco -con plumas y hablaba desde el pescante. El señor Clarck hacía las -puntas a los lápices con una navaja de a dos palmos de larga y otras -veces con un sable de caballería. Al parecer, este recurso tenía éxito. - -Su criado, Tom Phips, hombre con cara de perro malhumorado, llevaba -también casco y solía tocar en lo alto del coche, para llamar al -público, una trompa de caza, y en los intermedios, una caja de música. - -Onofrius Müller era pequeño, grueso, melenudo, sonrosado, y peroraba en -un castellano bastante correcto: - -_Señoges_ y _señogas_--decía, subido en un banco--: Tengo el _honog_ -de _anunciag_ la _verdadega vulnegagia_ o té suizo. Vuestro humilde -_servidog_ es un químico que ha podido _estudiag_ los efectos de la -_vulnegagia_. La _vulnegagia, señoges_, tiene la virtud de _pugificad_ -la masa de la sangre, de _haceg transpirag_ por los _sudoges_ y por -las _oginas_, de _quitag_ las _ictegicias_, las hidropesías, la gota -y el _roimatismo_; de _expulsag_ la _solitagia_ y las _lombrices_, de -_dag_ fuerza al pulmón y al hígado y de _evitag_ las fiebres palúdicas -intermitentes y remitentes. Un frasco de _vulnegagia, señoges_, cuesta -en todas las farmacias dos pesetas; yo, en obsequio de esta ciudad -ilustre, los vendo por dos _geales_. - -El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, tenía una barraca con un -letrero que decía: "Palacio de las Maravillas, bajo la dirección de A. -Bazin, físico del pueblo francés." - -¿Por qué el pueblo francés necesitaba un físico especial? Lo ignoramos. - -El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, era genial. Los -pensamientos no le cabían en el cráneo y solía pasear con el sombrero -en una mano y en la otra un bastón de junco, que tenía una hermosa -bola blanca en el puño. Con este bastón hacía molinetes en el aire, -daba estocadas a los árboles, se sacudía los pantalones, pegaba a los -perros, acariciaba a los niños, porque el bastón constituía una parte -integrante de la interesante personalidad de monsieur Bazin, físico del -pueblo francés. - -Los españoles de la feria eran, en su mayoría, gente pobre; uno tenía -unas vistas o tuti-li-mundi en un carrito, otro un cosmorana, un -tercero un aparato como un castillo, con el que predecía el sino de -cada persona y los números que iban a tocar en la lotería. - -Este, que era un paleto castellano, vestido de pana, con una gorrita, -decía: - ---Por dos cuartos se dan los números fijos de la lotería y el sino de -cada persona. ¿Quién pide otro? - -Había, además, un hombre con un tíovivo y otro con la rueda de la -fortuna. - -El tíovivo era un tíovivo a la antigua, sin espejos, ni oriflamas, ni -ondinas, ni cerdos, ni elefantes; un tíovivo clásico con unos pobres y -miserables caballos de cartón. El hombre del tuti-li-mundi, el señor -Paco el asturiano, el del cosmorama, tocaba el tambor, y a pesar de que -era un tipo pesado y tranquilo, entretenía a la gente, contándole lo -que iba a ver y la historia de las personas que aparecían en las vistas -ópticas. - ---¡Adelante, señores, adelante!--decía--. ¡Aquí verán ustedes una vista -de la bella Venecia! Tan tarán tan tarán tan. ¡Y qué vistas, señores! -¡Cuánta iglesia! ¡Cuánta torre! ¡Cuánto _palaciu_! ¡Cuánta _góndula_! -Tan tarán tan tarán tan. ¡Mirad esa _góndula_ que va por el gran canal! -Van en ella dos _enamoradus_. Ella era una dama de las más principales -del _pueblu_. El es un joven _venecianu_, elegante y _peripuestu_. -¡Cómo se arrullan los _tortulitus_! Tan tarantán, tarantán. ¡Mirad esa -vieja que los mira desde la otra _góndula_! ¡Cómo se indigna porque a -ella no le hacen _casu_! Y es bigotuda. Podía retorcerse el bigote. -¡Adelante, señores, adelante! Tan tarantán tarantán. - -Con los industriales pobres de la feria se reunía el hombre orquesta -Remifasol, que era un saboyano, y que tocaba al mismo tiempo con -manos y pies ocho o diez instrumentos, entre ellos un acordeón, unos -platillos, un bombo y una flauta. - -Otro tenía la rueda de la fortuna o la reolina, como la llamaba él, -que era una rueda como la del barquillero, en la que se jugaba por dos -cuartos, y podía tocar un abanico, un caramelo, cacahueses, una peseta -y hasta un conejo vivo. - -Alvarito hizo varios conocimientos, más o menos distinguidos. Conoció -al gigante Goliath y al enano Jimmy, que se exhibían en una barraca. El -gigante Goliath era triste, apático y aprensivo; en cambio, el enano -Jimmy era alegre, impetuoso y francamente optimista. A Goliath le -asustaba la soledad y la noche; en cambio, a Jimmy, malicioso, burlón y -atrevido, no le asustaba nada. - -Otro amigo de Alvarito fué el dueño de un tiro al blanco y de un pim, -pam, pum. Este hombre era un francés rubio, de gran bigote, llamado -Cazenave, y tenía una hija de catorce a quince años, que era la -encargada de cargar las escopetas para tirar al blanco. Cazenave y la -señorita Atala se hicieron amigos de Alvarito. - -Cazenave había sido antes titiritero; pero había perdido facultades y -estaba un poco derrengado. La chica tenía la especialidad de bailar en -la cuerda floja y de deslizarse por un alambre, agarrándose con los -dientes a un cuero con una anilla. La señorita Atala era rubia, tirando -a rojo; tenía los ojos claros, la cara cuadrada, con los pómulos -salientes, y el ademán decidido. Era de San Juan de Luz y tenía aire -de _cascarota_. - -Durante el día la gente no acudía mucho a la feria; si iban era más -bien a los puestos de juguetes y baratijas, y algunos a la cuatropea, -o feria de ganados; pero cuando obscurecía y se cerraban las puertas -de la ciudad comenzaba la animación. Las luces de las barracas se -encendían, sonaban las campanillas, el tambor, el bombo y el cornetín -de pistón. ¿Quién decía que había miseria, guerra y calamidades? No -había más que alegría, ruido, luces, voces, organillos, tíosvivos que -iban dando vueltas y pim... pam... pum... - -En la Taconera había paseo y solía tocar la música militar. Se veían -muchachas elegantes, con su mantilla, muy coquetas, de ojos negros, -jugando con el abanico y con la mirada, al lado de currutacos que -las acompañaban y de militares que arrastraban el sable y lucían el -uniforme. - -Algunos, con bigotes a lo Diego León y con melenas, se hacían los -interesantes y tomaban actitudes melancólicas y románticas. - -Al parecer, los militares tenían buenas fortunas entre las damas de -Pamplona. El peligro hacía que las lides de amor tuvieran desenlace más -rápido. - -Las gentes se acercaban al mirador de la Taconera a contemplar la noche -profunda y llena de estrellas, y veían en los pueblos hogueras y luces -de los carlistas o de las compañías francas que recorrían aquellos -pueblos. Así la fiesta era más agradable, porque en medio de la sombra -peligrosa e incierta que circundaba la ciudad se tenía la impresión de -estar en tierra firme, segura y con luz. - -A los ocho días de llegar a Pamplona, Chipiteguy le dijo a Alvarito -que creía que el público se había cansado de las figuras de cera. - ---¿Cree usted?... - ---Sí. - ---Yo no lo creo. - ---Si yo conozco al público--contestó el viejo. - ---¿Y qué va usted a hacer? ¿Marcharse? - ---No; voy a llevar a la barraca el cosmorama y a ponerme de acuerdo con -el hombre que lo tiene. - -A Alvarito le pareció aquélla una combinación bastante mala; pero no -dijo nada. - -Dos días después Chipiteguy le indicó que, como las estampas del hombre -del cosmorama estaban bastante estropeadas, le iba a encargar a Alvaro -que las compusiera y arreglara. - ---Pero yo no sé dibujar ni pintar para eso--advirtió Alvaro, un tanto -alarmado. - ---No importa. No se necesita gran cosa. - ---Yo no sé si sabré hacerlo. - ---Primero compones las estampas con engrudo--repitió Chipiteguy--y -luego las retocas un poco con pintura. - -A Alvarito le pareció el cargo de mucha responsabilidad; pero prometió -hacer la obra lo más concienzudamente que pudiera. - -Como no era fácil que en la barraca ni en la galera se hiciese esto, -que exigía cuidado y atención meticulosa, Chipiteguy indicó a Alvarito -que se quedara en la calle del Carmen y dijo en la casa que cedieran al -muchacho un cuarto. - -La dueña, que era una cerera, le llevó a Alvarito a un gabinete pequeño -con una mesa, una cómoda con un Niño Jesús, con una bola de plata en -la mano; un antiguo sofá verde, unas sillas, también verdes, y las -paredes llenas de cuadros viejos horribles de santos. - -Alvarito llevó allí el montón de estampas que había que restaurar y se -puso al trabajo con toda su buena fe. No se le ocurrió que lo único que -se pretendía era alejarle de la barraca. - -Cuando Alvaro le enseñó al viejo sus primeras restauraciones, a -Chipiteguy le parecieron muy bien. Alvarito trabajaba durante todo el -día. Unas veces borraba, otras limpiaba con jabón y agua caliente con -mucho cuidado, restauraba lo que podía y dejaba las estampas a que se -secaran en el suelo, sobre el sofá y la cómoda; una raya mal hecha, una -tinta que se corriera, le preocupaba. - -Por la tarde, con el chico de la casa, iba a pasear a la Taconera. -El chico de la casa, hijo de la dueña, a quien llamaban Cholín, era -carlista, como toda su familia. El chico le enseñaba a Alvarito las -curiosidades de Pamplona y lo que a él, como carlista, le interesaba. - -Fueron los dos a ver la Ciudadela y el baluarte donde fusilaron, al -principio de la guerra, a don Santos Ladrón. Cholín contó lo que dijo -el general carlista cuando le obligaron a ponerse de espaldas para -matarle, y cómo le sacaron, después de muerto, a él y a su teniente -Irribarren por la puerta del Socorro a enterrarlos en el cementerio. - -Un cañonazo, disparado a media tarde, desde el mismo baluarte, anunció -al pueblo de Pamplona que la sentencia estaba cumplida. - -Cholín había conocido a don Santos Ladrón en Estella y le parecía un -gran hombre. - -También le enseñó Cholín la casa del paseo de Valencia, cerca de la -Taconera, donde hacía poco los sublevados de las compañías francas -habían matado al general Sarasfield, y en donde Espartero, como -represalia, mandó fusilar poco después al coronel Iriarte y a sus -compañeros, la mayoría masones y partidarios de la independencia del -reino de Navarra. - -A Cholín la idea de los masones le producía espanto. A Alvarito ya no -le hacía ningún efecto. - -La madre de Cholín, después de cenar, le contaba a Alvaro historias -viejas de la ciudad. Ella le había visto, desde su tienda, pasar al -coronel Zumalacárregui una mañana fría de un día de octubre y salir -por la puerta de Francia. Poco después se supo que estaba en Huarte -Araquil, al frente de todos los carlistas. - -Por qué Alvarito sentía cada vez menos entusiasmo por el carlismo, a -medida que vivía entre carlistas, él no sabía explicárselo; pero así le -pasaba. - -Alvarito no quería abandonar a sus amigos de la feria, y por la noche, -harto de las historias de Cholín y del carlismo, cuando se cerraban -las barracas y los dueños y sus criados iban a pasear o se quedaban de -tertulia cerca de sus instalaciones y de sus carros, Alvaro se reunía a -ellos. La mayoría charlaba o jugaba a las cartas. La señorita Atala, la -del tiro al blanco, fué varias veces con Alvarito a sentarse al mirador -de la Taconera, de noche. A ella no le parecía mal el muchacho; pero a -él no le gustaba la titiritera con sus aires de cascarota. - -Ella tenía sus ilusiones raras de bohemia y trotacaminos; pensaba que -el mundo feo y penoso en que vivía se iba a abrir en cualquier ocasión -e iba a aparecer el palacio admirable con sus esplendores orientales. -Cuál sería la palabra mágica, cuál el momento, no lo sabía. - -Alvarito estaba entusiasmado con Manón y no hablaba más que de ella y -de Bayona. A la señorita Atala, Bayona le parecía un pueblo horrible y -aburrido. - -A veces la titiritera y el muchacho se sentían de acuerdo. - -La decoración era inspiradora; aquellas noches templadas, con el cielo -lleno de estrellas, la obscuridad de alrededor, las luces misteriosas -en los pueblos lejanos, el alerta de los centinelas; todo ello hablaba -a la imaginación. - -En aquel exiguo grupo de titiriteros y saltimbanquis hubo durante la -feria de Pamplona algunas pequeñas complicaciones. - -El señor Montdidier Penhoel de Montbrisson tenía una mujer muy guapa -y estaba celoso de ella. Madama Montdidier era una bordelesa morena, -guapa, de ojos negros, un poco mujerona, un poco coqueta y oía sin -inconveniente a los que la galanteaban. - -El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, y el vendedor de lápices -que no se rompían, míster Clarck, hombres de corazón volcánico, se -enamoraron los dos de la bella madama. - -El señor Bazin, el físico del pueblo francés, reunía más recursos que -el señor Clarck; tenía primeramente un frac azul con botones dorados -y en su barraca, el Palacio de las Maravillas, una porción de cosas -misteriosas: botellas de Leyden, pilas de Volta, una máquina neumática, -etc., etc. Además, hacía en su laboratorio el trueno, el rayo y el -granizo. El señor Clarck no tenía más que su cota de malla, su casco y -el sable para hacer punta a los lápices. - -Madama Montdidier se sentía inclinada a escuchar al físico del pueblo -francés con curiosidad; pero míster Clarck, celoso del éxito de su -rival, se lo comunicó al marido. Montdidier se indignó al conocer -la simpatía de su esposa por aquel farsante, que pretendía hacer -los rayos y el granizo en la barraca, e increpó al físico del pueblo -francés agriamente. - -El físico contestó con arrogancia, y Montdidier llamó a Cazenave para -que arreglara el asunto. - -Cazenave decidió que lo mejor sería que el físico y el marido se dieran -unas buenas morradas en la Vuelta del Castillo; pero, para pegarse, -Montdidier tenía la desventaja de llevar los pelos largos y, por otro -lado, no se le podía indicar que se los cortara, porque era cortarle la -alimentación. - -En vista de estas consideraciones, se dió por terminado el asunto y el -físico no se volvió a acercar al matrimonio Montdidier. - -Mientras Alvarito vivía en la calle del Carmen iluminando estampas, -Chipiteguy intentaba realizar sus proyectos. - -Primeramente fué con la carta de Gamboa al almacén de trigo de la calle -Nueva y vió las barricas. Eran cinco, bastante grandes. El encargado -del almacén dijo que le hacían un favor si las quitaban de allí. Podían -llevarlas cuando quisieran. La cosa no era fácil. Chipiteguy hizo -una prueba con un barril para ver si podía llevarle a la feria sin -dificultad. - -Llenó el barril de agua y, al anochecer, lo puso en un carrito y salió -a la calle. Al poco tiempo se le acercó un guardia y le preguntó qué -llevaba. Le dijo Chipiteguy que era agua con un poco de lejía para -limpiar sus figuras de cera. - -El guardia le dijo que mostrara el agua del barril, o si no, que tenía -que ir a la Alhóndiga. - -Chipiteguy vió claramente que no era posible sacar las barricas enteras -sin que lo notara nadie, y se decidió a desfondarlas en el almacén y -sacar el contenido en sacos. Para esto tuvo que alquilar una parte del -almacén y ésta cerrarla herméticamente con unas tablas para que no -pudieran espiarle. - -Luego fueron Chipiteguy, Claquemain y Frechón con sacos al hombro, -generalmente al anochecer. Unas veces salían por la calle Nueva y otras -por la de San Antón, porque el almacén tenía entrada por estas dos -calles paralelas. - -Durante aquel tiempo Chipiteguy hizo su combinación. La barraca de las -figuras de cera se había cerrado. Todos los días, Frechón, Claquemain o -Chipiteguy iban con sacos del almacén de la Calle Nueva a la barraca. - -A Alvarito le dijeron que se dedicaban a la compra de hierro viejo, -cosa que le chocó bastante, porque este negocio tenía que ser poco -fructífero teniendo que llevar la chatarra a Francia. Indudablemente -las figuras de cera, por nada que dieran, tenían que dar más. Cuando -la mayoría de las estampas estuvieron preparadas por Alvaro, limpias -y retocadas, Chipiteguy salió con que ya no había público, porque la -feria se iba acabando, y que era mejor marcharse. - -Pasados unos días, Alvarito vió con cierto asombro que llenaban el -carro con las figuras de cera y que Chipiteguy alquilaba otro carro -para la chatarra de hierro comprada, que en parte estaba muy roñosa y -en parte pintada de negro. - -Chipiteguy dispuso que Claquemain y Alvarito fueran con los dos carros -y que Frechón les esperaría antes de la frontera, en Valcarlos. El iría -poco después. Chipiteguy convidó a almorzar a sus tres empleados en -una casa de comidas de la calle de las Mañuetas, y al día siguiente se -pusieron todos en marcha. - -Chipiteguy despidió a Frechón, y después de haberlo despachado, cambió -sin duda de parecer, y dijo a Claquemain y a Alvarito que debían -dirigirse a San Sebastián con los carros. El se les reuniría más tarde. - -El viaje de Claquemain y Alvarito fué largo. Lo hicieron por Irurzun. -El camino estaba malo, desfondado, deshecho por el paso de los cañones -y de los carros de tropa. - -A cada paso patrullas liberales y carlistas les detenían y les pedían -los documentos. - -Claquemain conocía gente en el camino; tenía mucho dinero, que le había -dado Chipiteguy, y la marcha no ofrecía dificultades. A veces sucedía -que Claquemain estaba borracho y había que esperar a que se le pasara -su borrachera. El hombre se manifestaba siempre malhumorado, y hacía -todo lo posible para amargar la vida a Alvarito. - - - - -VI - -LA VUELTA - - -A los cuatro días de salir de Pamplona llegaron Claquemain y Alvaro a -San Sebastián; fueron a parar a una posada de la Brecha, y poco después -apareció Chipiteguy en su cochecito. - -Chipiteguy hizo diferentes gestiones para llevar su chatarra a Francia -y decidió embarcarla en un pailebot con las figuras de cera y enviar a -Claquemain por Irún con la galera vacía. - -Chipiteguy y Alvarito fueron en el pailebot. Alvarito no se había -embarcado nunca y tenía gran curiosidad por el mar. - -Al salir de San Sebastián fué contemplando con gran atención las rocas -de detrás del Castillo de la Mota, festoneadas por la espuma; luego la -abertura de la Zurriola y los acantilados del monte Ulía, la entrada -estrecha de Pasajes y las capas de areniscas estratificadas como hojas -de un libro del Jaizquibel. - ---No mires demasiado. No vayas a marearte--le dijo Chipiteguy. - -Efectivamente, al último, Alvarito se mareó y tuvo que tumbarse. - -Las figuras de cera le inquietaron. Dos o tres generales se movieron -y se lanzaron hacia adelante como si fueran al asalto o a ganar un -entorchado, y una de las damas se dió un golpe y se hizo una rajadura -en la cabeza. - -Al pasar la barra del Adour y al cesar el balanceo del barco, a -Alvarito se le quitó el mareo. - -Al acercarse a la colina de Blancpignon, el muchacho vió a Chipiteguy -que con aire de triunfo cantaba a voz en grito su canción de bravura: - - Atera atera - trapua salzera - eta burni zarra - champonian. - -Sin duda, Chipiteguy estaba contento de la expedición. Atracaron en -Bayona, en el muelle de las Avenidas Marinas y fueron el viejo y el -muchacho a la casa del Reducto. - -Unos días después se volvió a abrir la barraca en la plaza de la Puerta -de España con las figuras de cera. La chatarra fué la que no apareció, -al menos públicamente. El tesoro de la calle Nueva se había evaporado. -Una sensación de sorpresa le quedó a Alvarito de este viaje; todo había -tenido en él un aire un poco absurdo... - -Una noche, en su cuarto de la plaza del Reducto, Alvaro soñó que iba -por la cornisa de un puente, sobre la acequia de un molino, sitio que -recordó haber pasado en la infancia. Apenas si existía espacio para -poner los pies en aquella cornisa. - -Pasaba varias veces por ella, sin miedo y con curiosidad; pero al salir -se encontraba con una vieja que le sonreía... y se echaba a temblar. -Siempre sentía lo mismo; la vieja vestía de negro, que le sonreía -insinuante, le hacía estremecerse de terror. - -¿Quién era esta mujer? ¿Qué significaba? Probablemente sería la Muerte. -No lo sabía, porque no le revelaba su secreto; pero, ¿quién podía ser -más que la Muerte? - -De pronto, el lugar adonde había salido recorriendo la cornisa se -transformaba en una barraca de muñecos del pim pam pum, y aparecía la -señorita Atala, con su pelo rubio. La Atala daba los billetes y él -tomaba doce bolas para lanzarlas a los muñecos. - -Cada una de ellas pesaba como si fuera de plomo. De pronto notaba -que los muñecos eran todos los tipos que había conocido en la feria -de Pamplona: el físico, Montdidier, Clarck, etc. Alvarito tiraba la -pesada bola sobre la primera figura, ésta se torcía al golpe y volvía a -aparecer de nuevo erguida. Entonces Alvaro hizo un nuevo esfuerzo y se -despertó. - - - - -VII - -EXPLICACIONES DE CHIPITEGUY - - -Frechón, con su costumbre de espiar a todo el mundo y de escuchar -detrás de las puertas, se había enterado del diálogo de Manasés con -Chipiteguy y de la visita de éste a Gamboa. - -Al llegar Frechón a Pamplona encontró medio de verse solo con -Chipiteguy y le planteó la cuestión. - ---Ya sé que en este viaje--le dijo mirando al suelo--se trata de algo -más que de exhibir figuras de cera. - ---Usted, ¿qué es lo que sabe?--le preguntó el viejo, escamado. - ---Sé lo que ha hablado usted con el judío Manasés y sé también que ha -ido usted a visitar al cónsul de España. - ---¿Es usted brujo, Frechón? - ---Por lo menos, sé escuchar y no soy tonto. En mí puede usted tener -un amigo o un enemigo. Si lo quiere usted todo para usted, seré -enemigo...; si no, ya nos entenderemos. - -Chipiteguy a regañadientes reconoció que efectivamente iba a Pamplona -a recoger las custodias y las cruces de oro y de plata metidas en -barricas y ver la manera de llevarlas a Bayona. Le dijo que si el -negocio salía bien le daría parte en las ganancias. - ---¿Cuánto piensa usted darme?--preguntó Frechón, mirándole de través. - ---Le daré el diez por ciento de lo que gane. A mí me dan el veinte. - ---Es una estupidez--murmuró Frechón. - ---¿Qué es una estupidez?--preguntó Chipiteguy. - ---Es una estupidez que se contente usted con el veinte por ciento, -porque si el negocio sale bien podemos quedarnos con todo. - -Chipiteguy contempló atentamente a Frechón y no dijo nada en contra. Lo -único que hizo fué elogiarle por su perspicacia. - -Pocos días después el viejo explicó a Frechón y a Claquemain lo que -proyectaba hacer. A Alvarito no le dijo nada, porque pensaba que el -joven aristócrata español, que iba a misa todos los domingos, se -escandalizaría si supieran que querían llevarse los cachivaches y las -alhajas de las iglesias para venderlos en Francia. - -A Frechón y a Claquemain no les hacía esta idea ninguna mella. - -Vaciaron las barricas en el almacén de la calle Nueva y fueron llevando -los objetos del culto en sacos a la barraca de las figuras de cera. -Eran cálices, lámparas, candelabros, incensarios, cruces, relicarios. - -Allí, en la barraca, a la luz de una candileja, se amontonó el tesoro -de la calle Nueva; se arrancaron las piedras preciosas de los cálices y -de las cruces procesionales y envueltas en papeles las fueron metiendo -en las cabezas de las figuras de cera. - -Desarmaron las cruces, machacaron el oro y las barras de plata, las -retorcieron y las pintaron de negro y de rojo. - ---Creo que no encontraremos ningún químico que analice esta -chatarra--dijo Chipiteguy, riendo. - ---Me parece que no--replicó Frechón--. Y ahora, ¿qué proyecto tiene -usted? - ---Ahora--contestó Chipiteguy--, yo me voy a Arneguy y a San Pie de -Puerto para que en la aduana no nos pongan dificultades; usted se va a -Valcarlos y espera allí, unta usted a los carlistas y mañana sale la -galera con Claquemain y con Alvarito. - ---Bueno--dijo Frechón--, déjeme usted dinero. - -Chipiteguy le dió cien duros. - ---Prepare usted de manera aquello que a nadie se le ocurra mirar lo que -va en los carros--encargó el viejo. - ---Lo haré. - ---¡Ah!, y guarde estas piedras en los bolsillos; yo también pienso -llevar algunas. Por si acaso nos quitan el carro, que no lo perdamos -todo. - -Chipiteguy dió unas cuantas piedras, esmeraldas y topacios, que Frechón -guardó ávidamente. - -Salieron Chipiteguy y Frechón de Pamplona. Al día siguiente apareció -Chipiteguy en la ciudad y dió nueva orden. La galera tenía que ir a San -Sebastián. - -Frechón esperó impaciente en Valcarlos; recorrió el camino de Pamplona -hasta que se convenció de que el viejo le había engañado. - -Chipiteguy, desde San Sebastián, vaciló en ir por tierra o por mar. - -En aquella época las fuerzas del general Jáuregui iban con frecuencia -de San Sebastián a Irún. - -Chipiteguy se presentó al general, pretendiendo llevar su cargamento y -pasar la frontera. - -Jáuregui le preguntó que llevaba a Francia que tanto le preocupaba; -pregunta que hizo desconfiar al viejo. Entonces decidió ir por mar. - -Aquella chatarra, que era magnífica plata y oro, en unión de las -figuras de cera, estuvo varios días en el muelle de San Sebastián, -hasta que fué entrando en la bodega de un pailebot. - -Al llegar a Bayona, Chipiteguy llevó sus figuras de cera de nuevo a la -barraca y la plata y el oro y las piedras preciosas de las cruces y -custodias debió de guardarlas en el sótano de su casa. - - - - -VIII - -CHIPITEGUY, GAMBOA Y FRECHÓN - - -Frechón había vuelto a Bayona, cansado de esperar en la frontera. -Durante una semana se asomó con impaciencia por el camino de Pamplona, -y, al fin, volvió profundamente indignado contra su patrón. En Bayona -llevó las esmeraldas a casa de un joyero. Eran falsas. - -Al llegar a la casa, y al ver a Chipiteguy, éste le contó que no -pudieron ir a Valcarlos porque se había corrido hacia aquella parte una -fuerza carlista y que por eso decidió ir hacia San Sebastián. Añadió -el viejo que en el camino de San Sebastián habían reconocido todas sus -figuras de cera y encontrado el oro y la plata y las piedras preciosas, -aunque éstas, la mayoría eran falsas. - ---Ha sido un mal negocio al final--dijo Chipiteguy hipócritamente--; ya -veremos qué nos queda a cada uno. - ---Me la ha jugado este cochino viejo--murmuró Frechón--. El se va a -quedar con todo. - -El caso era que el tesoro de la calle Nueva había desaparecido. -Chipiteguy lo había, sin duda, escamoteado. - -Frechón disimuló su rabia y siguió trabajando en casa del trapero. - -Unos días después escribió una carta al cónsul de España y le pidió -audiencia. - -Frechón se sentía defraudado por Chipiteguy y tanto como por el dinero -lo sentía por su amor propio de hombre listo, de quien se habían -burlado. - ---El viejo Chipiteguy no se marchará sin que yo le eche el alto. Ya -caerá. Frechón no es tonto. - -Frechón fué a visitar al fondista Iturri, y después a Aviraneta, -a quien contó con detalles el asunto de las cruces y custodias de -Pamplona. Aviraneta conocía parte de lo ocurrido y escuchó a Frechón -con gran interés. - -Frechón se exaltaba, se ponía frenético, pensando en el chasco que -le habían dado. En casa de Chipiteguy seguía a todo el mundo con una -mirada furiosa. - -Unos días después recibió contestación del cónsul, fijándole hora para -recibirle. - -El señor Gamboa acogió a Frechón muy fríamente; escuchó con -indiferencia su relato y dijo después: - ---Yo no he encargado nada a ese señor Chipiteguy. Si ha ido a Pamplona -habrá sido por su cuenta. - -Al oír lo que decía el cónsul, Frechón quedó desconcertado. - ---Chipiteguy me dijo a mí que iba a Pamplona, encargado por usted, para -recoger unas barricas, cargadas de oro y plata. - ---Pues el tal Chipiteguy le ha engañado a usted. - ---¿Y cómo le han dado esas barricas sin orden de nadie?--preguntó -Frechón. - ---Yo no sé nada, señor mío--replicó el cónsul--. ¿Y usted, cómo lo sabe? - ---¿Cómo lo sé? Porque he ido con él a Pamplona. - ---¿Y usted ha visto esas barricas? - ---Sí, señor. - ---¿Y había de verdad cruces y custodias? - ---Sí las había. ¡Ya lo creo! - ---¿Con piedras preciosas? - ---Con piedras preciosas de todas clases. - -Buenas y falsas, se debió decir Frechón en su fuero interno. - ---¿Y qué han hecho ustedes con ellas? - ---Llevamos todo lo que tenían dentro las barricas a donde estaban -las figuras de cera. Allí desarmamos las cruces y las custodias, les -quitamos las piedras; éstas, en su mayoría, las metimos en las cabezas -de las figuras de cera, machacamos el oro y a las cruces de plata las -pintamos de negro para hacerlas pasar como si fueran de hierro. Después -Chipiteguy me dijo que le esperara en Valcarlos para arreglar la salida -de España y la entrada en Francia, y, mientras yo le esperaba, él mandó -llevar el cargamento a San Sebastián y de aquí lo embarcó para Bayona. - ---¿Y aquí lo tiene? - ---Sí, señor. - ---¿En dónde lo guarda? - ---Probablemente en la cueva de su casa. - ---Es decir, que se la ha jugado a usted. - ---Y a usted también--replicó Frechón, a quien molestaba profundamente -estar ante alguien en situación de inferioridad. - ---A mí, no--contestó Gamboa--. Este es un asunto que no me interesa. - ---¡Bah!--replicó Frechón con impertinencia. - ---Créalo usted o no lo crea, me es igual; pero me choca que sea -usted tan cándido para pensar que yo he intervenido en ese asunto de -melodrama. - -Frechón salió furioso del Consulado y Gamboa no quedó muy contento. - -Unos días después el cónsul de España mandó llamar a Chipiteguy y le -interrogó acerca de las cruces y custodias traídas de Pamplona. - -Chipiteguy dijo que había visto al gobernador de Navarra y éste le -había dado orden de que guardara aquellas joyas en su casa, y que -mandaría un delegado del Gobierno español para incautarse de ellas y -luego venderlas. - -Gamboa se incomodó y dijo con furia: - ---Lo que usted quiere es quedarse con esa riqueza. - ---Es lo que me parece que ha pretendido usted siempre--replicó el -trapero del Reducto. - -Aviraneta supo por los escribientes del Consulado que los gritos de -Gamboa se habían oído en la Plaza de Armas. - -En la discusión apasionada que tuvieron el cónsul y el chatarrero llegó -a verse claramente que, tanto el uno como el otro, lo que ansiaban era -quedarse con el oro, la plata y las piedras preciosas de las cruces y -de las custodias. - -Quizá Gamboa pensó denunciar a Chipiteguy a la Policía; pero ¿cómo -legitimar su intervención? Pensando fríamente decidió no hacer nada y -olvidar aquel mal negocio. - - - - -IX - -DESPUÉS DE LA AVENTURA - - -Chipiteguy, como el Euclión de la Aulularia de Plauto, iba camino de -ser desgraciado, a causa del tesoro de la calle Nueva. - -¿Dónde lo tenía? ¿Dónde guardaba sus riquezas, traídas de Pamplona? -Indudablemente, la plata, el oro y las piedras preciosas los había -escondido en la cueva. - -A veces, como un ladrón, pero temblando al mismo tiempo de alegría, con -una mirada triunfante, bajaba a la cueva y se pasaba allí dos o tres -horas, probablemente, contemplando el tesoro. Cuando le veía a Frechón -sonreía con malicia; sonrisa que a su dependiente le hacía temblar de -furia y sólo a Manón y a Alvarito les acogía con gusto. - ---El viejo Chipiteguy todavía es capaz de muchas cosas--repetía con -jactancia--. Ya lo decía mi viejo amigo Julius Petrus Guzenhausen de -Aschaffenburg: Dollfus es un marrajo de mucho cuidado. - -El trapero del Reducto, tras de su famosa excursión a Pamplona, había -cambiado mucho, vivía con más preocupaciones. Desde el viaje tenía -gran desconfianza; miraba a la gente con suspicacia, no le gustaba -que los chatarreros pasaran al patio de su casa, ni que los albañiles -de las obras próximas se asomaran al tejado. Comprobaba él mismo, al -anochecer, si estaban bien cerradas las puertas y ventanas y recorría -la casa de arriba abajo. - -La andre Mari y la Tomascha pensaban que éstas eran manías del viejo. - -Chipiteguy afirmó varias veces que vivían en un abandono exagerado y -sin vigilancia alguna, sobre todo de noche, y trajo un mastín para -guardar la casa. - -A lo último se le ocurrió hacer todas las noches una ronda, medio -en serio, medio en broma. Manón tomaba un farol grande; Chipiteguy, -Quintín y Alvarito se armaban cada uno con una pistola y registraban la -casa, desde las guardillas hasta la cueva. - ---No le digáis lo que hacemos a Frechón--recomendaba el viejo a Quintín -y a Alvarito. - ---No, no tenga usted cuidado. - ---Cuando llegue el momento me acordaré de vosotros, porque sois fieles. -Estad seguros. - -Estos registros, el andar de noche en los cuartos, influía en Alvarito, -excitando su imaginación. - -Sobre todo, para él, era muy desagradable el entrar en la cueva y ver -el grupo de asesinos en pie, envueltos en sus telas de sacos, con un -aire de fantasmas astrosos. - -Chipiteguy estuvo dos veces en Burdeos y le llevó con él a Alvarito. - -No le dijo a qué iba, pero Alvaro le oyó hablar dos o tres veces de -joyeros y tasadores de piedras preciosas. - -Chipiteguy le presentó a algunos de sus amigos comerciantes y le mostró -la ciudad. - ---Cuando vayas a España--le decía el viejo--podrás comparar aquello con -esto. - -En el fondo de esta frase había malicia, porque aunque Chipiteguy no -tenía mala idea de España, como Frechón, tampoco la tenía muy buena. - -Fué también Alvarito, en compañía de un carlista, a visitar a la -familia de Maroto, que vivía en una casa de campo de las proximidades -de Burdeos. Las dos hijas del general, nacidas en el Perú, habían -sido educadas en un colegio de Granada. La pequeña, sobre todo, era -muy melancólica y muy bonita, y recordaba con nostalgia el huerto del -colegio granadino. Alvarito habló con ellas mucho y hasta les escribió -varias veces después desde Bayona. - -El día antes de salir de Burdeos, Chipiteguy le llevó a Alvarito a una -gran instalación de figuras de cera que había en Burdeos. - ---Esto es una cosa distinta a nuestra barraca--dijo Chipiteguy -riendo--; quizá no es tan completo como el gabinete de madama Tussaud, -de Londres, pero está muy bien. - -Se bajaba por una rampa obscura a un subterráneo, hasta que se llegaba -a un salón con varias figuras de cera vestidas a la moderna. De este -salón partían galerías, también obscuras, que desembocaban en salones -o cuevas, con juegos de luces extraños. Los personajes eran casi los -mismos que había visto Alvaro en la cueva de Chipiteguy, pero más -perfilados y bien vestidos. La gente del público iba y venía, hablando -bajo, un poco sobrecogida por el aire misterioso de los subterráneos. - -En un salón estaban como en tertulia, alrededor de un velador, Luis XVI -y María Antonieta, Madama Real, la princesa de Lamballe y el Delfín. -Todos impasibles, peripuestos y amanerados. - -A Alvarito le dió ganas de gritarles: - ---Apresuraos. No seáis idiotas, que vienen los descamisados a cortaros -la cabeza. - -En otro salón estaba Napoleón en la Malmaison, con Josefina, -Talleyrand, Fouché y los generales del Imperio. Todos tan apacibles, -tan peripuestos y tan amanerados como los anteriores. - -Uno de los generales le miraba a Alvarito con un aire muy discreto. - ---Estamos esperando a que suene el cañón de Waterlóo para marcharnos -de aquí, porque nos encontramos un poco aburridos--parecía decir aquel -señor. - -En la sala de una cárcel cenaban los girondinos. Uno de ellos echaba un -discurso pomposo con un aire místico e iluminado. Seguramente hablaba -de los derechos del hombre y del Ser Supremo, y de otras cosas que -entonces divertían a la gente sin saber por qué, y hoy, sin saber por -qué, nos aburren. - -Luego vieron a Latude en su cárcel, a los cenobitas del Paracleto, a -los mártires cristianos antes de ir al circo, a Marat, muerto, con -Carlota Corday al lado; a Danton y a Robespierre, vociferando... - ---Esto es mejor que lo nuestro, ¿eh?--exclamó Chipiteguy riendo. - ---Sí; pero aquí no hay asesinos--contestó Alvarito. - ---Es verdad. Sin embargo, debe haber. - -Buscaron mejor y dieron con un Lacenaire con su puñal, pero al lado de -los Asesinos de Chipiteguy era un personaje ridículo. - -A Alvarito le convino la visita a las figuras de cera, porque le quitó -para mucho tiempo el terror que tenía por ellas. - -Pensó que había estado durante su estancia en casa de Chipiteguy -asustado por un peligro quimérico y se decidió a mirar en el porvenir -las cosas cara a cara y frente a frente, fuesen figuras de cera o -personas de carne y hueso. - - - - -CUARTA PARTE - -PALOMAS Y GAVILANES - - - - -I - -MANÓN Y ROSA - - -Alvarito iba ascendiendo de categoría en casa de Chipiteguy. El viejo -le consideraba cada vez más y le iba tomando cariño. La andre Mari, que -siempre le había mirado con simpatía, le mimaba; la Tomascha le tenía -como uno de sus favoritos, y Manón, como un amigo. - -Habiendo subido de importancia en la casa, le habían bajado de la -guardilla a un cuarto del segundo piso. Alvarito estaba contento, todo -lo contento que puede estar un enamorado no correspondido. - -Alvarito, que tenía como confidente a su hermana, le confesó que su -entusiasmo por Manón crecía por momentos. Manón era una chica única, -con una gracia y un encanto extraordinarios. Además, no le daba miedo -nada; subía sola a la guardilla o iba al anochecer a la cueva sin -temor a aquellas malditas figuras de cera que a él tanto le habían -espantado. Manón era siempre viva, activa y trabajadora; pero cuando se -lo proponía, era más. - -A veces le entraban las aficiones culinarias y se metía en la cocina -y hacía, en colaboración de la Baschili, bizcochos y flanes, que -rellenaban de crema, de huevos hilados o de dulce. - -Chipiteguy y Alvarito, que eran golosos, comían estos postres, -saboreándolos y relamiéndose, y Manón, a quien no le gustaba apenas el -dulce, se reía. - -Manón tenía gran talento, gracia, picardía, verdadero sentido musical. -Lo único que a Alvarito no le gustaba era la versatilidad y la -coquetería de la muchacha. - ---Tienes que venir a conocerla--dijo Alvarito con entusiasmo a su -hermana. - ---Bueno; sí, ya iré--contestó ella sin gran efusión. - ---Ella tiene muchas ganas de conocerte a ti. - ---¿Por qué? ¿Le has hablado de mí? - ---Sí, mucho. - ---Eres un cándido. Crees que los demás van a tener los entusiasmos -tuyos. - ---¿Por qué no? Yo hablo bien de las personas que son buenas y nadie -dirá que tú no lo eres. - ---¡Qué inocente! - ---No, no soy inocente; no me vas ahora a convencer a mí de que todo el -mundo, empezando por ti, son unos terribles egoístas. - -La hermana de Alvaro era un poco cargada de espaldas, pálida, de ojos -negros muy expresivos, la boca grande y la cara poco correcta. Era muy -simpática y muy servicial. Estaba dispuesta a hacer todo lo que los -demás tenían por engorroso y molesto. - -Dolores Sánchez de Mendoza fué a casa de Chipiteguy y conoció a Manón y -a Rosa. Las dos primas estuvieron muy amables con ella y la obsequiaron -mucho. - ---¿Qué te ha parecido Manón?--preguntó Alvarito a su hermana al salir -de la casa del Reducto presurosamente. - ---Es muy guapa y muy simpática, pero... - ---¿Pero, qué? - ---Que creo que no te debes hacer ilusiones. Una chica tan guapa, tan -brillante, que será rica, no se casa con un pobre. - -Alvarito se entristeció al oír la observación de su hermana y se le -puso una cara larga y abatida. - ---¿Por qué no te diriges a Rosa?--le preguntó Dolores. - ---Porque no me gusta--contestó Alvarito de mal humor. - ---Pues es una chica bien buena, bien cariñosa; yo la encuentro guapa. - ---Sí, sí, no digo que no; pero no me gusta. No tiene gracia. - ---Es verdad; tú tampoco la tienes, ni yo. - ---Bien; ya lo sé; quizá por eso me gusta lo que no tengo. - ---Pues chico, hay que conformarse. - ---En eso cada cual hará lo que mejor le parezca. - ---Claro que sí; pero siempre es mejor no desesperarse, empeñándose en -conseguir un imposible. Yo ya veo que Manón es una chica muy atractiva, -muy graciosa y muy bonita; pero por lo mismo, y porque es rica, ha de -tener muchos pretendientes. - -Dolores se hizo amiga de Manón y de Rosa, sobre todo de Rosa. - -Desde entonces comenzó a tutearse con las dos primas, y después de -ella, Alvarito. Este notó desde el principio que con cierta tendencia -instintiva Dolores se ponía del lado de Rosa y en contra de Manón. - -Manón a veces era imprudente; había tenido una educación desordenada y -fantástica, propicia para dar alguna sorpresa desagradable al viejo -Chipiteguy; afortunadamente, la chica poseía un fondo de buen sentido, -a pesar de sus fantasías y de sus extravagancias. Manón empleaba en -ocasiones la burla y el sarcasmo, pero en el fondo era sentimental -y romántica, Para el que la pretendiese era una mujer difícil de -conquistar, que exigía demasiado de las personas. Rosa era siempre -modesta y tímida; el pasar la vida ante el público en un bazar no le -había quitado su timidez congénita. - -Rosa tenía el óvalo de la cara alargado, la boca demasiado grande, de -labios gruesos; cierta palidez atezada, mate, en el rostro, como de -criolla, y una hermosa cabellera negra de tonos azulados. - -Al principio de tratarla parecía sosa y sin gracia; pero a medida que -se la conocía iba siendo más atrayente y desarrollando su personalidad -de una manera lenta y segura. - -Dolores hablaba con mucha frecuencia a su hermano de los encantos de -Rosa, de su simpatía y de sus conocimientos caseros; pero Alvarito no -se entusiasmaba más que con Manón y no tenía ojos más que para ella. - -Sentía hambre y sed de la presencia de Manón. Este hambre y esta sed -constantes e inapagable de verla y de oírla era, sin duda, el amor. -Ante ella se encontraba como si hallase su centro de gravedad; en -cambio, cuando se alejaba de ella le parecía que le faltaba el sostén -de su vida. - -A veces el placer de estar a su lado le daba la impresión de tener el -corazón ligero. - -Cuando estaba lejos de ella pensaba en lo que estaría haciendo en aquel -momento. - -En la cama constantemente, medio en sueños, tenía conversaciones con -ella, hacía proyectos, debatía cuestiones sentimentales, se explicaba, -se legitimaba. - -Dolores, con malicia femenina, solía desviar la atención que tenía su -hermano por la nieta de Chipiteguy y trataba de dirigirla sobre Rosa. - -Manón ya notaba que Dolores y su prima Rosa habían formado una alianza -ofensiva y defensiva un poco contra ella; pero se sentía tan superior, -que no le importaba. - -Otra amiga, algo pariente, solía ir algunas tardes a casa de Manón: -una chica llamada Margarita D'Arthez, Morguy, hija de un almacenista -de vinos. Morguy no era simpática; Rosa la odiaba por su mordacidad; -sólo Manón la podía resistir. Dolores, cuando la conoció, la encontró -también antipática. - -Morguy era más fea que guapa, muy rubia, casi roja, con los ojos -pequeños y un poco encarnados, las cejas siempre fruncidas y los labios -abultados. - -Morguy era envidiosa, taciturna y malhumorada; reñía con mucha -facilidad con los padres, con las criadas y con todo el mundo. Sus -cóleras se convertían con facilidad en torrentes de lágrimas. - -Así era Morguy: tan pronto lloraba como reía; generalmente sus -carcajadas acababan en llanto, y sus lloros, en carcajadas. Tenía -rencores inmotivados y días que se pasaba rabiosa, sin hablar. - -Morguy reconocía su mal genio, y cuando le contaba a Manón sus -rabietas, por una parte furiosa y por otra burlándose de sí misma, -Manón se reía a carcajadas. - ---Esta chica hasta que no se case no va a tener buen humor--decía -Chipiteguy a Morguy. - ---Sí, buena marcha llevo--replicaba ella--; me voy a quedar solterona. - ---Pues no te conviene, porque no vas a tener con quien reñir y vas a -hacer muy mala sangre. - ---¿Tan venenosa cree usted que soy? - ---No, no. Mujer, como todas; pero, en fin, si yo tuviera la edad de -Alvarito me fiaría más de las alborotadas que de las mosquitas muertas. - -Chipiteguy se ponía siempre, más o menos disimuladamente, del lado de -Manón y creía que Rosa y Dolores eran gazmoñas e hipócritas. - -Varias veces Alvarito y Dolores fueron al "Paraíso Terrenal", el bazar -de juguetes de la madre de Rosa. Madama Lissagaray era una señora -de cuarenta y cinco a cincuenta años, muy flaca, de ojos claros, -con aire de dama de Versalles. Era muy sabia y un poco redicha. Lo -característico en ella era la cara, fría e indiferente, que contrastaba -con la voz y los ademanes efusivos. Al hablar parecía desmentir con los -ojos cuanto decía, y, sin embargo, la verdad era lo que hablaba, pues -no tenía nada de falsa ni de hipócrita. - -Madama Lissagaray se expresaba con gran discreción y simpatizó con -Alvarito y su hermana. - -Esta señora había tenido varios chicos, que se le habían muerto, y -cuidaba de Rosa, su única hija, con una afección mezclada de cariño y -de temor. - -Encima de su bazar había un entresuelo pequeño, bajo de techo, donde -habían vivido algunos años: pero estaba tan abarrotado de género, -que lo abandonaron y fueron a habitar a una casa de la Avenida de -Boufflers, de su propiedad, de más espacio y mejores vistas. - -Rosa y Manón solían mostrar a sus amigos, a los muchachos jóvenes, los -juguetes del "Paraíso Terrenal", y, sobre todo, algunos antiguos, ya un -poco arrinconados y fuera de moda, pero más graciosos que los modernos. - -Había una sala en el entresuelo, en un extremo del bazar, adonde habían -ido a parar varios relojes. Allí se veía un reloj de pared, inglés, -muy hermoso, con la esfera de cobre, y en ella un círculo pequeño del -minutero; un reloj de cuco, otro con sonería de campanas y campanillas -y varios relojes de mesa, dorados, metidos en fanales de cristal. - -Había también en el mismo rincón una caja de música con su cilindro de -cobre, lleno de púas, y un organillo pequeño, construído en Ginebra, -con muñecos en la tapa, que se movían, entre los cuales figuraban un -negro que bailaba, un señor de frac que llevaba la batuta, otro que -tocaba gravemente el violoncelo y varias damiselas con miriñaque, que -danzaban rápidamente. - -Había también unos chinos de porcelana, que saludaban con la cabeza -desde dentro de un fanal; un tíovivo de muñecos, que giraba y sonaba; -un teatro, arcas de Noé, conejos que tocaban el tambor, serpientes -articuladas que se movían y muñecas. - -Alvarito, que no había tenido nunca juguetes, a pesar de ser ya un mozo -y de no encontrarse en edad de jugar con ellos, los miraba con gran -entusiasmo. - -Aquellos soldados de plomo de Artillería y Caballería, con sus carros y -sus cañones, le parecían magníficos. Otro juguete que le admiraba era -la gran casa misteriosa, con sus persianas verdes y un balcón corrido, -adonde salía, como a tomar el fresco, una dama de mantilla. Esta dama -se parecía a la nieta de Chipiteguy y Alvaro la miraba con entusiasmo. - -Manón, cuando iba a aquel rincón del "Paraíso Terrenal", lleno de -juguetes, le gustaba dar cuerda a todos ellos y oír la algarabía que -formaban las campanadas graves y agudas de los relojes, el tintineo -de la caja de música, ver cómo movían la cabeza los chinos, cómo daba -vueltas el tíovivo, llevaba la batuta el señor de frac, tocaba el -otro el violoncelo, bailaban el negro y las damiselas y aparecía y -desaparecía la dama romántica en el balcón de la casa solitaria con las -persianas verdes. - -¡Qué poesía o qué cuento, a la manera de Hoffmann, hubiera escrito -el amigo de Chipiteguy, el poeta Julius Petras Guzenhausen de -Aschaffenburg, de tener la humorada de existir en el mundo y de visitar -el "Paraíso Terrenal"! ¡Qué bien hubiese descrito los movimientos de -aquellos autómatas, sus reverencias, sus saludos, sus bailes, llenos de -elegancia, amanerada y ceremoniosa! - -Una vez Alvarito soñó que estaba en un campo donde había dos bolas -grandes de nieve, hechas por los chicos; se aproximaba a una y huía -delante de él y a medida que la una huía, la otra se acercaba. Luego, -estas dos bolas de nieve se convertían en dos palomas, que hacían lo -mismo, y, por último, en dos nubes. - -Al final, entre ellas, aparecía Chipiteguy, en medio de sus figuras de -cera, con unas actitudes extrañas, haciendo unas muecas horrorosas. - -Alvarito pensó si estas bolas de nieve, estas palomas y estas nubes -serían transformación en sueños de Manón y de Rosa. - -Durante la primavera y el verano, Manón y Rosa y algunas amigas, con -Alvarito y otros muchachos, hicieron excursiones a Biarritz, a la playa -de la Chambre d'Amour y al lago de Mouriscot. - -Morguy coqueteaba mucho con Alvarito; pero a él no le gustaba esta -chica roja, de mal humor. - -Con Morguy conoció a su padre, el señor D'Arthez almacenista de vinos, -y a su hermano Pedro, que le fué muy simpático. - -El hermano de Morguy vivía una vida irreal, leyendo novelas, -aburriéndose de la gente. Sentía un desprecio profundo por lo que le -rodeaba. Cuando dejaba su trabajo se escondía y se iba a leer libros. -Su hermana casi le tenía odio, porque no le hacía caso. Sin duda le -parecía que no valía la pena. Pedro D'Arthez era un joven pálido y un -poco fofo, que se pasaba la vida leyendo. - -No le gustaba nada el comercio; trabajaba resignado en su despacho y, -cuando concluía, se encerraba en su cuarto y se ponía a leer. Tenía -gustos de viejo. Metido en su cuarto, con su bata, su gorro griego y -sus zapatillas, se pasaba el tiempo leyendo y fumando en la pipa. - -El joven D'Arthez hablaba siempre como hombre aburrido y disgustado. La -lectura, al ocuparle tan completamente el pensamiento, le hacía mirar -la realidad con desagrado. - -El cuarto de Pedro era un cuarto con dos ventanas sobre un tejado. -Muchos libros, un diván y algunas estampas constituían su mobiliario. - -El joven escribía todos los días sus memorias y sus impresiones de las -lecturas. Su padre, su madre, su hermana y los conocidos le reprochaban -el hacer una vida tan sedentaria y tan malsana. No había reflexión que -le hiciera cambiar de vida. A todo se encogía de hombros. - ---¡Son tan aburridas estas gentes!--le dijo a Alvarito. - ---¡Qué pueblo Bayona!--añadió otra vez--. Yo creo que será el pueblo -más aburrido del mundo. - ---¿Dónde quisiera usted vivir?--le preguntó Alvaro. - ---¡Qué sé yo! En cualquier lado, menos aquí. - -Pedro no dejaba libros a su hermana ni a sus amigas. - ---¿Para qué? Primero, no entienden lo que leen--decía--; luego dejarán -el libro en un banco, o le doblarán las hojas, o le llenarán de manchas -de cosmético. - -Unicamente el joven D'Arthez salía de su rincón para oír música, pero -sólo cierta música. - -Alvarito pensaba que el hermano de Morguy tomaba demasiado en serio la -literatura y la música y daba demasiada poca importancia a la vida real. - -Pedro era republicano y despreciaba a los monárquicos y a los carlistas. - -Pedro le dijo a Alvarito que le prestaría algunos libros, y, -efectivamente, le dejó novelas de Merimée y de Stendhal, que a Alvarito -no le entusiasmaron, probablemente, porque no llegó a comprender su -mérito. - -Cuando Alvarito dijo a Manón que conocía al hermano de Morguy, Manón -tuvo para Pedro grandes burlas y sarcasmos. Le parecía un pedante, un -fatuo, que se metía en un rincón para hacerse el interesante. - -Alvaro defendió a su nuevo amigo; pero ella siguió hablando de él de -una manera sarcástica. - ---Manón habla siempre mal de mí--dijo un día Pedro--. En el fondo, -porque no le hago caso. - ---¿Cree usted...? - ---Sí; si yo me ocupara de ella, me despreciaría más. Eso ya lo sé; pero -el no ocuparme de ella lo considera casi como un insulto. - -Pedro le dijo a Manón que, efectivamente, habían querido que Manón y -él fueran novios, pero que no se entendían; ella era voluntariosa y -coqueta; él, tranquilo y aficionado a leer. El no decía nada malo de -Manón, quizá valía más que él; pero tenía una turbulencia insaciable y -una versatilidad tal que era capaz de volver loco a cualquiera. - ---Es una mujer de lujo, de mucho encanto, estoy conforme; pero para -tenerla en casa, yo, modesto vinatero, no la querría. - -A veces, en el verano, cuando Manón, Rosa y Morguy pensaban hacer -excursiones, le invitaban a ir a Pedro; y éste, para no tomarse el -trabajo de discutir, decía que sí, pero luego no iba, con lo cual -indignaba a todo el mundo, principalmente a su hermana, que decía de él -pestes. - -En una de aquellas excursiones, Manón, Rosa y los amigos conocieron al -conde y a la condesa de Hervilly. - -Sonia, la dama misteriosa que intrigaba a Aviraneta, manifestó gran -simpatía por Manón, y fué a verla a su casa y entabló amistad con ella. -Se mostró muy amable con Alvarito y, como la condesa hablaba muy bien -el castellano, le dirigió varias preguntas acerca de su familia y de -España. - -A Chipiteguy no le hizo mucha gracia la amistad de su nieta con la -extrajera; no le parecía bien que la hija de un trapero tuviera -amistades con una condesa, pero nada podía decir. - -La condesa de Hervilly presentó en casa de Madama Lissagaray a dos -aristócratas, amigos de su marido y suyos: el vizconde de Saint-Paul y -el caballero de Montgaillard. - -El vizconde de Saint-Paul tendría veintiséis o veintisiete años; -era tipo de francés del Norte, alto, rubio, fuerte; el caballero de -Montgaillard, de veintitrés o veinticuatro años, parecía un italiano -del Sur. Era moreno, más bien bajo que alto, con los ojos negros, -delgado, con aire un poco cansado de trasnochador, el pelo rizado, la -cara audaz y la tez de mal color, pálida, biliosa y llena de granos. - -El vizconde de Saint-Paul se sabía que era de una familia rica de -París; respecto a Montgaillard había sus dudas. El decía que era hijo -del marqués de Montgaillard y sobrino de un conde de Montgaillard; pero -había quien aseguraba que tanto el condado como el marquesado no tenía -realidad alguna. - -El joven Xavier de Montgaillard era hijo del titulado marqués de -Montgaillard y de una señorita de Crussol. El marqués de Montgaillard -pasaba por realista y había hecho la campaña de la Vendée, con -Clarette, y estaba preso en el Temple. - -Xavier era sobrino del célebre intrigante y libelista conde de -Montgaillard, que al parecer no era conde. - -El llamado conde de Montgaillard fué un gran explotador de la política. - -Explotó a la Revolución, al emperador de Austria, a Napoleón y a los -Borbones, y murió muy tranquilo en su casa propia de Chaillot, comprada -con sus ahorros de intrigante, a los ochenta años. - -El conde de Montgaillard tuvo pensiones de todos los Gobiernos -franceses de la época, y lo más extraño fué que la tuviese, y grande -de Luis XVIII, de quien había publicado un retrato burlón e injurioso. -La razón de esta anomalía parece que fué el que el intrigante guardaba -unas cartas que Luis XVIII había escrito a Robespierre en tiempo de la -Revolución, queriendo congraciarse con él, dándole la razón en muchas -cosas y queriendo atraerle a su campo. - -Días después de la presentación de los dos aristócratas en casa de -madama Lissagaray, Alvaro vió que el joven Montgaillard paseó varias -veces por delante de la casa del Reducto, y Alvarito comprendió que le -debía haber escrito a Manón y que quizá ésta le había contestado. - -Un día, en pleno verano, la condesa de Hervilly les convidó a ir, el -domingo siguiente, a las amigas de Manón y a Alvarito a pasar la tarde -en el castillo de Urtubi, cerca de Urruña. La condesa conocía al dueño -que le había invitado. - -Fueron en un coche grande, descubierto, diez o doce personas, los -condes de Hervilly, Manón, Rosa, con su madre; Dolores, Morguy y los -aristócratas recién llegados a Bayona y amigos de Hervilly, el vizconde -de Saint-Paul y el caballero de Montgaillard. - -El vizconde y el caballero fueron durante la excursión la nota -saliente, sobre todo para las muchachas. Montgaillard vestía frac azul -entallado, como un dandy, y venía de París. El caballero llevó la -voz cantante en el viaje; habló de actrices y de bailarinas, conocía -escritores, periodistas y políticos. Dijo que como no tenía un cuarto -pensaba entrar en España e ingresar en el ejército carlista por si -encontraba aquí la solución para su vida. Contaba con la protección -del príncipe de Lichnowsky. El vizconde de Saint-Paul, más tranquilo, -sonreía de las frases de Montgaillard y hablaba poco. - -El joven caballero tuvo mucho éxito con las muchachas y se le encontró -gracioso y ocurrente, lo que hizo desesperar a Alvarito, sobre todo -viendo que Manón coqueteaba con él. - -Era evidente que se cambiaban sonrisas y ojeadas. - -¿Cómo había llegado a tener esta familiaridad con el forastero? ¿Es que -es una mujer sin decoro?--se preguntó Alvarito de mal humor. - -Alvarito notó con desagrado que la presencia de los dos forasteros -produjo en las muchachas una animación, un deseo de brillar, -una rivalidad disfrazada entre unas y otras, que a él le molestó -profundamente, porque comprendió que la causa de esta excitación eran -los recién venidos y que en ellos se quería hacer efecto. - -Quizá sólo Rosa le era en aquel momento un poco fiel a Alvaro; las -demás le habían olvidado. - -Los veinte kilómetros de camino pasaron pronto para todos, aunque no -para Alvarito; se contempló el mar, se vió la cadena de montes de -España; Jaizquibel, como una pirámide, y el monte Larrun; se pasó por -delante de Bidart, se cruzó San Juan de Luz y se llegó al castillo -de Urtubi. A todos les pareció, desde fuera, muy romántico con sus -torrecitas y sus paredes cubiertas de hiedra, un poco hundido entre -árboles. - -El dueño les esperaba a la entrada del parque, y les hizo pasar primero -a un gran salón y les llevó a las damas a un tocador por si tenían que -arreglarse. Luego preguntó a sus visitantes si preferían almorzar en el -parque o en el comedor. - -Madama Lissagaray era la única que hubiera preferido almorzar bajo -techado. - ---No tenga usted cuidado; hoy no hay humedad--le dijo el dueño. - -Salieron todos al parque, que estaba magnífico, y dieron un paseo por -él. Hacía un día de viento Sur, con el cielo rojo, que daba al paisaje -un aire de decoración de teatro. Los tilos y las magnolias, llenos de -flor, perfumaban el ambiente con su aroma, un aroma tan fuerte que casi -mareaba. En este ambiente irreal todo parecía inmóvil y silencioso. -Los pájaros dormían aletargados en las ramas. Un martín pescador pasó -por el aire, tan azul, que parecía un trozo de cielo volando entre los -árboles. - -Se acercó la hora de almorzar, y en una plazoleta de grandes olmos en -donde estaba puesta la mesa se sentaron. - -Se comió y se bebió alegremente, y Manón y el caballero de Montgaillard -fueron los que más hablaron y tuvieron más rasgos de ingenio. - -Montgaillard iba a la carrera haciendo la corte a Manón. - -El caballero manejaba uno de esos recursos del donjuanismo que está -al alcance de todo el mundo; pero que, sin embargo, tiene casi -siempre éxito cuando se es joven y no de mala figura. Se manifestaba -indiferente y al mismo tiempo atento con las mujeres, para, llegado el -caso, fingir una gran impresión. Es esto, indudablemente, como el a b c -del histrionismo amoroso, pero no deja de hacer su efecto. - -Pasada la excitación de la comida, Manón dijo que iba a escoger un -sitio a la sombra del parque y echarse a dormir la siesta. - ---De ningún modo--dijo su tía, madama Lissagaray--; no te lo permito. - ---¿Por qué no? - ---Porque no, y basta. - -Manón hizo un gesto de displicencia. Después de un largo rato de -sobremesa, el dueño de Urtubi les preguntó si no querían ver el -castillo, aunque era pequeño. - -Mientras recorrían el edificio, el dueño habló de la fundación -primitiva de la casa, en el siglo XI; de la muralla que quedaba aún -del siglo XIV; de la estancia de Luis XI en Urtubi cuando estuvo como -mediador entre los reyes de Castilla y de Aragón y de los recuerdos que -quedaban de Soult y de Wellington, que tuvieron allí su cuartel general -al principio del siglo. Les contó también la eterna rivalidad del -partido de los Sabelchuris y Sabelgorris, fajas blancas y fajas rojas, -que dividían en el país del Labour a los partidarios de Urtubi de los -de Saint-Pee. - -Vieron el salón, el comedor grande, con una chimenea de mármol, que -tenía esta inscripción en vascuence: "Billzen, berotzen, bozten" -(Reuniendo, calentando, gozando); pasaron por un vestíbulo lleno de -placas de hierro de los hogares, de las chimeneas antiguas, algunas muy -curiosas, y luego fueron a la biblioteca. - -El dueño sacó un ejemplar del libro de Pierre de Lancre, titulado: -_Cuadro de la inconstancia de los malos ángeles y demonios_; les mostró -una estampa de un sábado brujeril y les leyó un párrafo, en que se -decía que el propietario del castillo de Urtubi, a principios del siglo -XVII, después de una reunión de brujería tenida en su casa, se había -encontrado los días siguientes con que las brujas le iban chupando la -sangre y sorbiéndole el seso, lo que le decidió a denunciarlas. - -Todos se rieron, menos Alvarito, que pensó que el señor de Urtubi era -un visionario como él. - -De la biblioteca marcharon al pequeño archivo, que tenía algunos -antiguos documentos de los Urtubis, emparentados con los Alzates, -Gamboas, Belzunces, Ezpeletas y con la familia del escritor Montaigne. - -Salieron de nuevo al jardín. Una nube roja, grande, había aparecido en -el poniente y el parque tenía un aire fantástico en este aire, inmóvil -y caliente, perfumado por las flores. Cerca del castillo había una -acequia negra entre dos paredes de piedra, que tomaba al reflejar el -cielo, tonos de sangre. - -Salieron de nuevo al parque y llegaron a una fuente. - -Manón dijo que tenía que echar la suerte con dos alfileres, tirándolos -a la fuente y viendo cómo quedaban en el fondo; si quedaban separados, -era que no se casaba, y si quedaban cruzados, que sí. Manón echó sus -dos alfileres y quedaron separados; después los echaron Rosa y Morguy, -y pasó lo mismo. Por el sortilegio de la fuente ninguna de las tres se -casaba. - ---Sí, sí; nos quedaremos solteras--dijo Manón. - ---Tendrá que ser porque a los hombres de esta tierra les falten -ojos--dijo galantemente Hervilly. - -Manón había cogido una flor y se la había puesto en el pecho. - -El joven Montgaillard quiso que le diera aquella rosa que llevaba en el -pecho y ella se la dió. - -Iba cayendo la tarde y, según dijo madama Lissagaray, era hora de -volver a Bayona. - ---Antes merendarán ustedes--dijo el amo de la casa. - ---Se va a hacer tarde. - ---¡No, no; ca! - -Pasaron al comedor y se sentaron a la mesa, muy elegantemente puesta, -con mantel antiguo, bordado, y vajilla de Sevres. - -De pronto notaron que andaba revoloteando algo por los rincones. - ---¿Qué es? ¿Un murciélago?--preguntó Manón. - ---No, es una mariposa--contestó el dueño de la casa, y con un pañuelo -logró cogerla. - -La mariposa era grande y hacía un chirrido como si se quejara. Alvarito -se estremeció; el aleteo de la mariposa y sus quejidos le produjeron -una sensación desagradable. - ---Es el _Sphinx atropos_, la mariposa de la calavera--dijo el amo de la -casa. - ---¡Qué horror!--dijo Rosa--. Suéltela usted. Eso debe ser de mal agüero. - ---Sí, estas mariposas asustan a la gente, pero son inofensivas para las -personas; no así para el campo, donde hacen muchos destrozos. - -La Morguy quería matarla con un alfiler y llevársela. - ---No, no--dijo Manón--; hay que soltarla, que viva. - ---Poco vivirá--dijo el dueño abriendo la ventana y soltándola--. -Algunas no duran más que una noche; el tiempo necesario para poner sus -huevos. - -Madama Lissagaray insistió en que era hora de volver. - -Se despidieron y entraron todos en el coche. Rosa se sentó al lado de -Alvarito y estuvo hablando con él. - ---Ya ves tú--decía la muchacha--qué mala suerte tengo yo. - ---¿Mala suerte? ¿Por qué? - ---Manón y yo tenemos la misma edad, y hemos sido educadas de la misma -manera. Ella siempre tiene éxito y yo nunca. - ---Tú también lo tienes. - ---No, no. Y, además, es natural. Ella es más bonita que yo, más -inteligente, más brillante. Todas las ventajas para ella y para mí nada. - ---Eres muy modesta. - ---No. La suerte ha sido muy generosa con ella y muy mezquina conmigo. -Ella es música, es guapa, es graciosa. Y yo soy tonta, sosa y sin -talento. - ---Eres muy severa contigo misma. - ---No, me conozco. Yo no tengo ningún encanto. - ---¡Oh! No digas eso. - -Alvarito dirigió a la muchacha algunos cumplidos, pero eran fríos y sin -efusión. - -Un par de horas después llegaron a San Juan de Luz, pararon un momento -en un café y volvieron a tomar el coche, y vieron el mar cerca de -Guethary, azul, recamado de blanco en un cielo rojo, incendiado y -amenazador; vieron brillar el faro de San Sebastián y el del cabo -Higuer. Al acercarse a Bayona, la luna había salido, grande, amarilla -como una cara de mujer enferma. - -Alvarito llegó a casa; no cenó apenas, y fué a acostarse a su -cuarto. Al tenderse en la cama, el coche, el mar, la acequia con el -agua rojiza, la estampa del sábado brujeril del libro de Lancre le -comenzaron a bailar ante los ojos. Pronto pasó del recuerdo al sueño. - -Soñó que escalaba, con grandes esfuerzos, un cerro que tenía en la -punta un castillo, marchando por entre riscos afilados que parecían -de cristal. Después de subir por una escalera laberíntica, llegaba a -un desván, con vigas en el techo, y encontraba un montón de paja y se -tendía en él. - -De pronto notaba que estaba al lado de una ventana abierta, al borde -del abismo. Delante tenía un paisaje sombrío, con montes ceñudos y -valles estrechos, llenos de árboles, y al contemplarlos se le encogía -el corazón. Nubes pesadas avanzaban a rodear el castillo. Desesperado, -elevaba la vista y quedaba absorto. El cielo estaba lleno de brillantes -meteoros desconocidos; la luna, las estrellas y los cometas, con largas -colas, saltaban en locas carreras por el firmamento. Contemplaba -aquello a cada instante con mayor horror, hasta que, de pronto, comenzó -a salir el sol. Entonces una deliciosa calma dominaba la naturaleza. El -cielo se ponía azul, un murmullo lejano venía del mar, rizado con olas -blancas; de los bosques se exhalaba un perfume balsámico. ¡Oh! ¡Cómo se -respiraba el aire puro! ¡Cómo corrían los arroyos y las fuentes! - -Pero esto también duró poco, y vino el crepúsculo, un crepúsculo -al principio admirable. Brillaban las flores rojas y blancas, las -campanillas azules en los campos verdes; luego todo se tornaba -ceniciento; había entonces una queja en el espacio; nubes de mariposas -grandes cruzaban el aire. Alvarito sentía necesidad de llorar y se -despertó. Pasó muchas horas despierto, dando vueltas en la cama, -pensando en su sueño y en Manón y suspirando sin querer. Al último -consiguió dormirse y no se despertó hasta que le llamaron por la -mañana. - - - - -II - -FRECHÓN O EL CHATARRERO MISÁNTROPO - - -Matías Frechón, el tenedor de libros de Chipiteguy, era hombre de -treinta y cuatro a treinta y cinco años, alto, flaco, moreno, de frente -estrecha, labios finos, nariz roja, bigote delgado y patillas largas. - -El dejarse las patillas le daba cierta apariencia de banquero o de -hombre de negocios, que él consideraba muy importante y muy apropiado -para su persona. - -Frechón tenía aire poco tranquilizador. Indudablemente no es una -fantasía folletinesca el asegurar que hay hombres que sólo por su -aspecto producen desconfianza y hasta una marcada repulsión moral. -Parece que por instinto se puede comprender rápidamente que ciertos -rasgos fisionómicos representan y son consecuencia de una larga vida -de intrigas, de hipocresías o de bajezas, y las fisonomías con estos -rasgos nos producen alarma, no siempre bien definida. - -A veces no son las bajezas hechas las que adivinamos y nos dan -impresión de alarma y de desconfianza, sino las por hacer, las que -están aún latiendo en el espíritu del que es capaz de cometerlas. Así, -por intuición, comprendemos que cierta clase de rostros no pueden -pertenecer más que a almas dispuestas a toda clase de villanías. - -Frechón no solía reír; su sonrisa era triste, fría y antipática. - -Frechón tenía aire de hombre falso e hipócrita. No miraba nunca de -frente más que cuando se irritaba. Se parecía un tanto al Robespierre -de las figuras de cera. El hombre sentía gran confianza en sí mismo, en -su inteligencia y en su perspicacia; en su rostro se leía casi siempre -una expresión de superioridad. - -Para él todo el mundo era tonto. Si había alguno que no lo fuera, -consistía en que era un canalla. De tontos y canallas, según él, se -hallaba formado el mundo. - -Chipiteguy solía decir: "Las ideas de Frechón a veces son claras una a -una, pero en conjunto son un puro disparate". - -Tan es cierto, que muchas veces es la mala organización de los -conceptos la que hace al loco y al insensato. - -Frechón se creía un hombre genial a quien le faltaba un escenario digno -de sus méritos. El orgullo, la vanidad, la tristeza de no ser nada le -ahogaban. - ---Se oirá hablar de mí--solía decir con jactancia. - -Frechón hacía profesión de fe de su misantropía. Este chatarrero -filósofo, pequeño Timón de Bayona, había estudiado en su juventud para -cura y sabía latín, lo que le servía para citar con mucha frecuencia -frases de Horacio y de Virgilio. Era bastante letrado. Leía causas -célebres, folletos anticlericales y el _Citador_, Pigault-Lebru; decía -también que había leído a Fourier. - -Frechón hablaba siempre con gran prudencia, pensando cuanto decía. -Había adquirido la costumbre de repetir la pregunta que se le hiciera -para darse tiempo de pensar bien la respuesta. - -Frechón tenía ideas republicanas, lo cual no era obstáculo para que -hubiese estado durante algún tiempo al servicio de los carlistas -españoles por intermedio de Roquet, el agente de Aviraneta, y de -Cazalet, bohemio crapuloso que sabía muchos secretos de todo el mundo. - -Cuando le hablaban a Frechón del acto o de la opinión de alguna -persona, decía con frecuencia: - ---¡Bah! ¡Qué tontería! - -Frechón afirmaba que poseía muchos recursos para ganar dinero. - ---¡Si supieran los giros que tengo yo todos los meses!--decía con -orgullo. - -El misántropo era al mismo tiempo fantástico y petulante, escéptico y -de cándida credulidad. Es muy difícil en el escepticismo llegar a no -creer ni en lo bueno ni en lo malo. La mayoría de los escépticos se -contentan con no creer en lo bueno, y el escepticismo verdadero estaría -en no creer ni en lo bueno ni en lo malo. - -Frechón vivía pensando fantasías; había en él una tendencia marcada -por lo secreto, por lo misterioso, tendencia que se aumentaba con la -bebida; el misántropo tenía mucha afición al vino y a los licores. - -Su mundo era un mundo extraño, diferente al de los demás. El se -consideraba viejo, y una de sus manías era hablar de su vejez. - ---A un hombre viejo como yo no se le engaña--decía con frecuencia--. -Los viejos como yo saben lo que se hacen. - -Al parecer, la idea de ser viejo le encantaba a Frechón grandemente. -Sentía el misántropo gran desprecio por su juventud; le parecía que los -hombres jóvenes no servían para nada. - -Frechón gozaba mucho con el espionaje. Había nacido con una -inclinación nativa para espiar. El descubrir un misterio constituía -para él una delicia. En un pueblo como Bayona, en donde se urdían -muchas intrigas políticas y se hacían negocios de suministros militares -y de contrabando, Frechón vivía como el pez en el agua. Espiaba a los -franceses y a los españoles, a los carlistas y a los liberales, a los -aduaneros y a los contrabandistas. - ---¡Bah! Ya sé yo lo que hace ese. - ---¡Bah! Ya sé yo quién es el amante de esa mujer. - -Para todo tenía el misántropo un ¡bah! desdeñoso y de superioridad. El -viejo Frechón, como se llamaba a sí mismo, había pasado muchas noches -en la esquina de una calle aguantando el frío de la noche o tendido en -el campo recibiendo la lluvia para averiguar alguna cosa que, después -de todo, no le importaba nada. - -Hacer un agujero en la pared y espiar lo que pasaba en una habitación -inmediata, aunque no ocurriera en ella nada de particular, le parecía -una maravilla de interés. - -La guerra civil de España le daba muchos motivos de espionaje y de -intrigas. - -Otro placer para él delicioso, lleno sin duda de matices agradables, -era el escribir anónimos. Se procuraba así una de sus mayores -satisfacciones. Dominaba la técnica del anónimo, la tenía muy bien -estudiada; sabía por qué indicios se podría descubrir al autor, sabía -el sistema para no dejar rastros, y en su casa guardaba papeles traídos -de fuera y sacados de varias partes. - -Llegaba a disfrutar así de la más dulce impunidad; pensar que no había -manera de descubrirle y que podía, además, sugerir la idea de que era -otro el autor del anónimo. - -Frechón era envidioso; su mayor placer hubiera sido quitar el dinero -a ciertas gentes y, al dejarles en la miseria, hacerles una mueca de -burla. - -Frechón vivía con su hermana, solterona de muy mal carácter y muy -rencorosa. - -Al misántropo le gustaba Manón y la miraba siempre con ojos de ogro, -pero ella le despreciaba profundamente. - -La jugada de Chipiteguy con las custodias y las cruces de Pamplona -colmó la medida de rabia de Frechón. - -Frechón, desde que había vuelto a Bayona, estaba furioso contra -Chipiteguy. - -El misántropo disimuló, se mostró amable con el viejo, sonsacó lo que -pudo a Alvarito y a Claquemain y fué a visitar por segunda vez a Gamboa. - -El cónsul de España estaba indignado contra Chipiteguy, pero no quería -confesar lo ocurrido y repetía siempre que él no había hecho encargo -alguno al chatarrero. - -Frechón se pasaba horas y horas pensando en preparar una celada al -viejo, paseando por la tienda como un lobo en la jaula y haciendo -crujir sus falanges. Se le ocurrió también que Alvarito le estorbaba y -le escribió dos anónimos amenazándole. - -Otra vez hizo que Claquemain se disfrazara con el traje del _Asesino_ y -apareciera por la ventana de la reja que daba al patio donde trabajaba -Alvarito. Este tuvo un momento de serenidad; comprendió la farsa, fué -a la cueva y cerró la puerta con llave. Al poco tiempo Claquemain tuvo -que llamar. - -Dos días después Alvarito recibió una carta que decía: - -"Si no te vas inmediatamente de esta casa, morirás.--_El Asesino._" - -Alvarito tuvo la suficiente presencia de espíritu para no decir nada a -nadie. Ya comprendió de dónde venía la amenaza. Alvaro veía con asombro -que a él le producían más terror los peligros imaginarios que los -reales. Ante éstos conservaba la sangre fría y no se le iba la cabeza. - - - - -III - -LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY - - -La madre de Rosa, la señora de Lissagaray, simpatizó mucho con -Alvarito y le invitó a que fuera todos los domingos a pasar la tarde -a la tertulia que celebraba en su casa. Podía llevar, si quería, a su -hermana Dolores. - -La reunión de Lissagaray tenía fama en Bayona de ser casi una agencia -de matrimonios; iba a ella mucha gente joven. - -La señora de Lissagaray, viuda y dueña del bazar de los Arcos, el -Paraíso Terrenal, esperaba casar a su hija; necesitaba a un hombre al -frente de su negocio. Para que la muchacha conociese algunos jóvenes y -fuese conocida, recibía a sus amigos los domingos por la tarde. - -A esta tertulia acudía casi siempre Manón y comenzó también a ir -Alvarito y su hermana Dolores. En la reunión se jugaba a varios juegos, -sobre todo al _wisth_, y se conversaba. - -Se hablaba entre las personas serias de lo que ocurría en Bayona, de -la política del gobierno de Luis Felipe, de la guerra carlista y de -la protección que dispensaba a los liberales españoles el general -Harispe, cosa que a la mayoría no parecía bien. Madama Lissagaray tenía -que estar siempre atenta para no dejar languidecer la charla y para -impedir también que algún jovencito o alguna muchachita hicieran una -inconveniencia. Las señoras llevaban a la tertulia labores de ganchillo -o de aguja. Los jóvenes tocaban el piano, cantaban, bailaban y se -discutían los libros de Walter Scott, Chateubriand y del vizconde de -Arlincourt. Los que estaban más a la moda hablaban de Balzac, de Dumas -y de Jorge Sand. - -Algunos días señalados del año había baile. Se bailaba la contradanza -o "quadrille", los lanceros y el vals. Todavía no había comenzado el -furor de la polca. - -Varios tipos curiosos asistían a la tertulia, españoles y franceses. - -De los españoles, Aviraneta iba con frecuencia a enterarse de lo que se -decía en Bayona por los carlistas acerca de la guerra. Había corrido la -voz de que era masón y todo el mundo lo repetía, pero como era hombre -amable se le perdonaba. - -Otro español, tertuliano asiduo, era un tal don Ramón, emigrado -carlista, hombre de alguna fortuna, que mataba sus ocios poniendo letra -española a las canciones francesas y regalándolas a los amigos. Su -mujer las solía cantar, acompañándose de la guitarra. - -Con las adaptaciones suyas las canciones tomaban en castellano un aire -falso y romántico muy curioso. - -Entre las damas de la tertulia llamaba la atención la señorita María de -Taboada, española carlista, de aire decidido, de quien se decía estaba -para casarse con el general de don Carlos, don Bruno Villareal. - -María Luisa, en esta época, servía de institutriz en casa de una -familia francesa en una finca de los alrededores de Bayona. María -Luisa había venido varias veces a la tertulia de madama Lissagaray en -compañía de don Eugenio de Aviraneta y dos o tres veces con don Pedro -Leguía. - -Frecuentaba también la tertulia una señora española carlista, doña -Tecla, amiga de doña Jacinta Pérez de Soñanes (alias "la Obispa"). Doña -Tecla llevaba una enorme peluca negra y tenía una gran suficiencia y -una pedantería. Era una definidora de lo que se podía hacer y de lo que -no se podía hacer. Todo, según ella, estaba legislado, y la que tenía -la clave de las verdades era ella. Esta Tecla daba la nota verdadera, -el _lá_ del diapasón. Era el árbitro de las buenas costumbres y de las -buenas formas. - -Una señorita de la reunión muy distinguida era Paquerette Recur, -damisela de unos treinta años, delgada, sonriente, vestida siempre con -trajes vaporosos. - -La señorita Recur, muy amable, muy graciosa, tenía una cara un poco -vaga, que a veces parecía bonita y a veces no. Había estado dos a tres -veces a punto de casarse; pero, sin duda, le faltaba la decisión y -tenía miedo al matrimonio. - -A Alvaro le recordaba la figura de cera a la cual Chipiteguy y él -llamaban la Bella Inglesa. - -Paquerette era, al decir de la gente, muy sentimental y un tanto -novelera, y había huido siempre de los matrimonios de conveniencia, -porque tenía la ilusión de casarse enamorada. - -Dolores y Rosa se hicieron muy amigas de Paquerette y recibieron sus -confidencias. - -Por aquel entonces la señorita Recur tenía gran amistad sentimental con -Marcelo, el sobrino de Chipiteguy y tío de Manón. - -Marcelo era un hombre rubio, sonriente, de treinta y cinco a cuarenta -años, viudo y sin hijos. Había estado casado con una mujer de carácter -un tanto agrio, según se decía. - -Marcelo era ingeniero mecánico y tenía muchas ideas, algunas muy -luminosas, pero no ganaba dinero. Se le veía constantemente con el -traje arrugado y las manos manchadas, con las uñas quemadas por los -ácidos. - -Chipiteguy le acogía bien, porque notaba que Marcelo no aspiraba a su -herencia; Manón bromeaba mucho con él por motivo de la señorita Recur. - -Alvarito se hizo amigo de Marcelo y éste le explicaba sus ideas y sus -proyectos. - -El mecánico soñaba en industrializar el mundo, en aprovechar los saltos -de agua, la fuerza del mar y hasta la del sol. - -Suponía, equivocadamente, que el período de industrializar la tierra -llegaría en veinte o treinta años. - -Mientras soñaba, el dinero pasaba a su lado y él no podía darle el -alto. En su casa se le veía a Marcelo haciendo planos sobre una mesa de -cocina, fumando, con el tiralíneas o el compás en la mano o analizando -algo en un tubo de ensayo. - -La madre de Marcelo se incomodaba mucho con él; pero si alguien hablaba -mal de su hijo, le defendía con energía y decía que la gente no podía -entenderle por ser él demasiado inteligente para tratar con individuos -torpes y toscos. La gente de Bayona, según ella, no comprendía más que -el comercio con sus socaliñas, como los judíos, y Marcelo era un sabio, -un inventor. - -El idilio entre el mecánico y la señorita Recur hacía sonreír a los -tertulianos de Madama Lissagaray, pero había algunos y algunas que no -lo miraban con simpatía. - -Una de éstas era la señorita Verónica Bizot, que hacía con su tipo, -duro y agrio, un gran contraste con la gracia aniñada y vaporosa de -Paquerette. - -La señorita Bizot era una solterona, de cuarenta a cincuenta años, que -daba miedo por su gesto siniestro y su personalidad agresiva. - -La señorita Bizot, que había sido inquilina de la casa que pertenecía a -Madama Lissagaray, era alta, desgarbada, cetrina, con cara de hombre, -nariz fuertemente pronunciada y ojos claros, opacos y burlones. Cubría -su cabeza, ya calva, con una peluca rubia y tenía unos lunares con -cerdas en el labio. - -La Bizot era mujer de perversa intención, que decía frases incisivas -siempre que podía y ponía motes sangrientos. La recibían en las casas -por miedo a su lengua mordaz. La señora de Lissagaray era de las que -más le temían. - -La Bizot derivaba, quizá por sus malos instintos, al erotismo. Vivía en -una casucha de la calle de la Carnicería Vieja, desde donde se veían -los grandes olmos de la muralla. - -La Bizot contaba que por la parte de atrás de su casa había una ventana -que caía a otra calle, enfrente de una casa de prostitución que daba al -Rempart Lachepaillet, y se pasaba horas y horas desde su observatorio -para ver lo que ocurría en el burdel. - -Iba también a un caserío en donde había un toro padre, a ver cuando -llevaban a las vacas a cubrirlas. Probablemente sentía no ser vaca. La -Bizot había vivido, según se explicaba, de manera satírica, con una tía -suya que debía parecerse a ella en su mala intención, a la que odiaba -profundamente. - -Durante años y años, tía y sobrina se hicieron guerra a muerte. Vivían -juntas, porque no tenían medios para vivir separadas. - -Llegaron en su odio a echarse una a otra tierra en el chocolate y -acíbar en el vino. Si la una tenía plantas en el balcón, la otra las -regaba con agua caliente para que se murieran. Llegó la sobrina a -echar pulgas en la cama de su tía. - -La Bizot era una mujer sádica, y a las muchachas pequeñas que tenía de -criadas, y a las que no les daba casi salario, las pegaba y llenaba los -brazos de cardenales. - -Le roía a la solterona la rabia de su fealdad, de su inutilidad en la -vida, el no haber podido ilusionar a nadie. Unicamente parece que había -tenido algunos éxitos por carta exponiendo sentimientos románticos. Por -las demás mujeres sentía un odio felino. - -La Bizot no tenía más que una renta pequeñísima, de unos seiscientos -francos al año, y vivía haciendo combinaciones, comiendo fuera de casa -y a veces casi sin comer. - -La Bizot, que no sentía simpatía por nadie, tenía que fingir -amabilidad, interés por las gentes. Desde hacía algún tiempo estaba en -relaciones de gran intimidad con una muchacha vecina suya, de vida un -tanto alegre, con quien comía con frecuencia. Esta muchacha, a quien -llamaban Nené, explotaba a unos viejos amantes. El padre de Nené se -aprovechaba de la prostitución de su hija y pasaba la vida sonriente y -tranquilo. - -La Bizot era muy amiga de Nené, y la defendía y la aconsejaba. Había -visto, desde hacía ya tiempo, la marcha que llevaba la muchacha, y con -esa constancia de la solterona y de la gente del rincón provinciano, la -esperó como el cazador a su presa. La Nené era de un impudor tranquilo, -una cortesana; pero la Bizot aseguraba en todas partes que lo que se -contaba de ella era falso y calumnioso. - -La Nené no tenía nada de loca ni de casquivana. Era tranquila como una -vaca, sin pudor; engordaba, salía poco de casa, no derrochaba y era -trabajadora. Se vestía bien y solía ir a Biarritz y a San Juan de Luz, -donde tenía citas con burgueses ricos de la ciudad. - -El viejo, el padre, se entendía con una criada. La vida de Nené y de su -padre daban mucho que hablar. Un vecino relojero, que tenía la tienda -en la calle de los Vascos, decía que había días que se habían reunido -los señores que visitaban a Nené, y que uno de ellos había dicho, -parodiando la frase de Napoleón en Egipto: "Desde el fondo de estas -butacas cuarenta siglos os contemplan". - -La Nené, aconsejada por la Bizot, guardaba dinero. La Bizot hubiera -querido explotarla, pero ella y su padre defendían los cuartos -con energía. Cuando jugaban a cartas la solterona y la muchacha -entretenida, luchaban por arrancarse un céntimo horas y horas. - -Lo único que solía sacar la Bizot de la casa era la comida. - -La Nené sabía muy bien colocar su capital en rentas sólidas y parte en -la usura. Esta ciencia práctica parece que le venía de su madre, que -era hija de un judío. - -La casa de la Nené tenía un aire respetable y elegante. La hetaira -bayonesa se vestía con una elegancia que seducía a sus amantes, hablaba -y discutía de cuestiones de literatura y jugaba. Ella les ganaba a los -viejos contertulios en el _whist_, porque era lista para el juego y -hacía trampas. - -La Nené tenía formas y maneras de hablar que los viejos viciosos y -crapulosos del comercio que la visitaban encontraban muy distinguidas. - -La Nené, a pesar de ser desconfiada y maliciosa, creía en las -adivinadoras y echadoras de cartas y solía ir con frecuencia, en -compañía de la Bizot, a casa de una cartomántica. - -Esta cartomántica, madama Canis, había sido comadrona y vivía en la -calle de la Torre de Sáult, en una casa negra, cerca de un torreón de -la antigua muralla. - -Madama Canis era una mujer aventurera, casada dos o tres veces, -celestina, comadrona y, según las malas lenguas, proveedora de -angelitos para el cielo o, por lo menos, para el inseguro limbo. - -Se decía que mientras fué comadrona una de las preguntas de ritual que -hacía a la cliente o al que la acompañara era ésta: - ---¿Debe vivir o no la criatura? - -Alguna vez tuvo un descuido y fué a la cárcel y le impidieron continuar -el oficio. - -En casa de madama Lissagaray, la Bizot solía hacer casi siempre de -buzona. Satirizaba a la gente, la imitaba, la caricaturizaba, con una -intención y un fondo de mala sangre disimulado. - -Todos los contertulios de madama Lissagaray habían sido parodiados por -la solterona, naturalmente, cuando no estaban ellos delante. Imitaba -también con mucha exactitud a Patrich, el sepulturero, y a Moisés -Panighettus, que vivían en su misma calle; a Chipiteguy y a sus dos -criados, Quintín y Claquemain. - -A Alvarito le chocaba por debajo de la cortesía la malevolencia de las -gentes. Se extrañaba de que no hubiera afecto entre aquellas personas. -Casi todo el mundo se odiaba. ¿Sería esta frialdad general en la vida? - -A él le hubiera gustado tener amor, simpatía por los otros, y que su -amor y su simpatía le hubieran sido devueltos por los demás; pero, al -parecer, tal amor recíproco era imposible. La gente, la mayoría que le -rodeaba, era indiferente, hostil y socarrona. De ahí el gran afecto que -iba tomando a Chipiteguy, que se mostraba con él amable y efusivo... - -Hubo día que la tertulia de madama Lissagaray fué un plantel de -mujeres guapas. Estaban la condesa de Hervilly, una belleza rubia, con -la señora de Vargas, morena, de un tipo clásico; María de Taboada, con -su aire caprichoso y extraño; Paquerette Revur, como una figurita de -porcelana; Rosa con su tipo de mujer meridional, y Manón, rubia, alegre -y alocada. - -Entre ellas mariposeaban algunos jóvenes tenientes, algunos dandys, el -vizconde Saint-Paul y el caballero de Montgaillard, que era de los que -tenían más éxito. - -Alvarito había estado durante mucho tiempo pendiente de que el -caballero de Montgaillard hiciese la corte a Manón; todo lo hacía -pensar así; pero de pronto entre el joven y la muchacha se manifestó -una gran hostilidad, y el elegante apareció como satélite de la condesa -de Hervilly. - ---Es un imbécil--dijo Manón con una rotundidad muy suya--; cree que -todo el mundo, empezando por las mujeres, deben tener las condiciones -que a él le faltan de bondad, de generosidad y demás. ¡Que se vaya al -diablo! - -A su vez el caballero parece que dijo repetidas veces: - ---¡Qué malas son las mujeres! ¿Por qué serán tan malas? - -El caballero se puso a cortejar a la condesa de Hervilly. - -Montgaillard, en el poco tiempo que llevaba en Bayona, se había hecho -conocido de todos. Se le veía con frecuencia con el marqués de Lalande -y con el príncipe de Lichnowsky. Se aseguró que tenía una misión -secreta dentro del carlismo. - -Alvarito pensó que Manón había conocido a Montgaillard en seguida. Era -una mujer tan inteligente que no se le podía escapar nada. - -La superioridad de Manón se manifestaba en todos los órdenes de la -vida, según el joven Sánchez de Mendoza. El se reconocía muy inferior -a su lado; Manón aprendía con facilidad las lenguas; Alvarito era muy -torpe; Manón tenía mucho sentido musical; en cambio, Alvarito carecía -por completo de él y tardaba en coger una canción cualquiera y no sabía -tararear bien el _Himno de Riego_ o la _Marsellesa_. - -Manón cogía al vuelo todas las canciones que oía con rapidez -extraordinaria; las tocaba en seguida al piano y las tarareaba, -dándolas mucho aire, pero no quería estudiar. - ---Yo únicamente estudiaría--solía decir desdeñosamente--si me oyesen y -me aplaudiesen; pero, para que me oigan mi tía María y la Tomascha, no -vale la pena. - -Alvarito se entristecía pensando en esto. ¿Cómo conquistar aquella -muchacha caprichosa, independiente y llena de seducciones? ¿Cómo -convertir la mujer de lujo en una mujer de hogar? El convenía en su -fuero interno que no podía competir con ella en nada. - -Desde que había reñido con el caballero de Montgaillard, Manón -escuchaba a Alvarito con más atención y le manifestaba mayor amistad. - -Manón le prestó los libros de Walter Scott, que tenía en una colección -encuadernada y con láminas. Alvarito encontraba a Manón en las heroínas -de todas las novelas del autor escocés. Era Diana Vernon, de _Rob Roy_; -Mina y Brenda, del _Pirata_; Julia, de _Guy Mannering_; Edith, de _Los -Puritanos de Escocia_; Lady Rowena, de _Ivanhoe_, y Amy Robsart, de -_Kenilworth_. - -Algunas tardes de otoño Alvarito acompañaba a Manón y era muy feliz. -Tenía la andre Mari, una señora pariente que vivía en la calle de la -Torre de Sáult. A veces, las tardes de invierno, iba Manón a la casa -de visita. Como el sitio era extraviado, Chipiteguy le enviaba a Alvaro -a acompañarla. - -Cuando iban a media tarde, llegaban a la Puerta de España, donde se -amontonaban coches de alquiler de todas clases y salían al campo. -Otras veces marchaban por la muralla viendo los glacis verdes, con -sus cañones y sus morteros, y las viejas torres del antiguo muro galo -romano. - -De noche, a la vuelta, se metían por las calles negras y desiertas, -iluminadas por algún lejano farol colgado de una cuerda y luchaban -contra las ráfagas de aire encajonado que silbaba en las esquinas. - -Manón se agarraba del brazo de Alvarito, y así iban, riendo de la -fuerza del viento, hasta llegar a la plaza del Reducto. - -Hablaban los dos de su vida anterior, de su familia, de los recuerdos -de la infancia. - -Ella le preguntaba mil cosas; quería saber cómo había vivido antes. - -No le gustaba a Alvarito que Manón fuera a su casa, para que no viera -aquellos pobres muebles ridículos que ellos tenían; pero a Manón la -pobreza no le importaba. No le parecía una inferioridad, ni mucho -menos, sino un estado, que podía ser pasajero o no, pero que no tenía -nada que ver con la dignidad. - -Manón y Alvaro no estaban conformes en nada. Cuando Alvarito decía que -él era monárquico y católico, ella afirmaba con petulancia que era -jacobina y librepensadora. Cuando él decía que era español y patriota, -ella replicaba que no se sentía francesa, sino vasca, y que tenía -sangre de brujos. - -Aquel carácter voluntarioso, de una exuberancia y de una espontaneidad -grandes, no podía acordarse con un temperamento más calmado, más -inquieto, como el de Alvarito. - -Alvarito estaba cada vez más enamorado de ella. - -Manón era coqueta y le halagaba el hacer conquistas. Le hablaba mucho a -Alvarito, le consultaba, y algunas veces condescendía a tocar el piano -sólo para él. - -A veces él la tenía odio, como cuando Manón decía a su tía María con -dulzura: - ---No quiero estar en casa. Me aburro con vosotras. - -En general, él la encontraba en un plano más alto. Alvarito reconocía -que esto no dependía de sus medios de fortuna; que la superioridad de -la nieta de Chipiteguy no estaba en circunstancias exteriores, sino en -la personalidad. - -Manón tenía más energía, más vida; pero él, en cambio, era más -perseverante, más fiel. - -Manón tenía, indudablemente, una gran vitalidad. Era como una planta -lozana, llena de savia; en cambio, él no: era una organización más -pobre. - -Con Rosa, Alvarito se encontraba al mismo nivel; quizá a veces se -sentía superior. Rosa no tenía condiciones para las artes; ni la -música, ni la literatura le entusiasmaban. - -Decía que sí, que le gustaba mucho; pero lo decía porque no se atrevía -a ser sincera. Le faltaba principalmente intuición. Los juicios suyos -dependían de lo que oía alrededor. - -Rosa tenía una gran timidez. En la tertulia de su madre se le -veía muchas veces ruborizarse por cualquier cosa y balbucear algo -en confusión. Entonces era cuando estaba más guapa. La señora de -Lissagaray sabía que su hija no era, ni mucho menos, tan brillante como -Manón; pero esta inferioridad de su hija, para ella era una ventaja y -no un inconveniente. Era indudable que para ser una burguesita casada -con un comerciante no se necesitaba para nada ser original. Es más: -esto casi era un inconveniente. - -Manón y Rosa no estaban tampoco muy conformes en sus ideas y discutían -sus respectivas opiniones; Manón, con imperio, y Rosa, con su manera -tímida y apocada, aunque tenaz. Manón consideraba que el amor debía ser -una cosa alegre y divertida y siempre nueva. - ---No, no; nada de cosas serias, sino reír, cantar y coquetear. - -En cambio, para Rosa el amor tenía otro carácter. Era la abnegación, el -sacrificio, la fidelidad al ser amado. - ---Hablas como un libro--decía Manón--; pero todo eso debe ser muy -fastidioso. - -Alvarito tenía también ideas caballerescas: la hidalguía, el respeto a -la mujer, el no engañar, el sostener la palabra a toda costa eran sus -dogmas. - -Alvarito creía que aquellas ideas le venían a él por su abolengo -aristocrático, tan exaltado por su padre, por la sangre de los Sánchez -de Mendoza y de los Montemayor. - -Esta creencia en la sangre noble, dictando las prácticas elevadas de -la vida, era para él una religión, una especie de misticismo que le -alentaba y le sostenía y le hubiera impedido cometer una vileza e -impulsado a intentar una heroicidad. - -Una vez, Alvarito y Manón hablaron largamente, al volver, de noche, de -la casa de la pariente de la andre Mari, a donde iba Manón. - -Se ocuparon de la manera de ser de uno y de otro, de los amigos y de -las amigas. Manón no tenía entusiasmo por el matrimonio. - ---Anularse ante un hombre--decía ella--, no me parece un ideal. - ---Pero, ¿quién se anula? La mujer tiene sus ocupaciones--dijo Alvarito, -que era profundamente conservador. - ---¿A ti te gustaría tener una mujer y no vivir más que para ella?--le -preguntó Manón. - ---A mí, sí. - ---¿Todas las horas, todos los días? - ---Sí. - ---¿Todos los minutos? - ---Sí. - ---¿No tener más pensamientos que para ella? - ---Sí. - ---¿No tener nada oculto? - ---Nada. - ---Pues, chico, a mí, no. Yo siempre quisiera tener libertad. - ---¿Libertad? ¿De qué? ¿De ir y venir? - ---No sólo de eso, sino libertad también de querer. - ---¿De querer y de no querer? - ---No; libertad de querer una vez más, otra vez menos; libertad de -olvidar por momentos... - ---Pero eso lo da la misma vida, creo yo; la edad, las ocupaciones... - -Manón se echó a reír. - ---¿Por qué te ríes?--preguntó Alvaro. - ---Porque pareces un viejo; discurres demasiado bien. - ---No tengo tu exuberancia; tú tienes más vida que yo y más talento. - ---¡Bah! - ---Sí. Todos lo notan. Pedro, el hermano de Morguy, dice que tú tienes -una turbulencia insaciable y una versatilidad tal, que eres capaz de -volver loco a cualquiera. - ---¡Qué majadero! - ---No; es verdad. Todos los demás somos más tranquilos que tú. - ---Sí, mosquitas muertas, como dice mi abuelo. No hay que fiarse del -agua mansa. - ---¿No te fiarías de mí? - ---Sí, sí. ¿Por qué no? - ---Pedro supone que tú eres una mujer de lujo, pero no una mujer -confortable. - ---Y él, ¿qué es? Un imbécil. - -Manón, sin duda, no le perdonaba al hermano de Morguy el no haber -caído, como los demás, rendido a sus pies. - - - - -IV - -LAS PREOCUPACIONES DEL HIDALGO SÁNCHEZ DE MENDOZA - - -Mientras Alvarito y su hermana Dolores sostenían la casa y trabajaban, -el uno llevando cuentas en el despacho mugriento y triste de -Chipiteguy, la otra encorvada sobre el bastidor bordando para la -Falcón, el padre de ambos, don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza y -Montemayor se dedicaba a las labores propias de su condición de noble -hidalgo, que consistían, principalmente, en no hacer nada y en divagar -por los amenos campos de la política, de la genealogía y del blasón de -los Sánchez de Mendoza. - -La política le preocupaba a don Francisco Xavier. ¿Qué iba hacer él? -Era un hombre importante. ¿Quién tiene la culpa? Es el Destino el que -coloca a unos en las cimas y a otros en el fondo de los valles. - -El hidalgo estaba convencido de que le perseguían los agentes del -cónsul de España, los marotistas y los masones. Había una guerra a -muerte entre la masonería y él. - -El veía tipos sospechosos que se le acercaban en la calle; comprendía -que se hacían signos masónicos en los cafés y que había señales en los -balcones de las casas, con pañuelos de color, y de noche con luces. -Todo esto lo sabía muy bien él, pero callaba. - -Otra cosa que le preocupaba hondamente era el cargo de Alvarito en casa -de Chipiteguy. - -¿Después de haber sido su hijo empleado en una trapería, se podía -cruzar caballero? ¿Podría pertenecer a las órdenes militares? Temía que -no. Era algo terrible este empleo del chico en casa de Chipiteguy, en -la tienda de un trapero y chatarrero, jacobino y masón por más señas; -algo casi tan terrible como la barra de bastardía que aparecía ¡estaba -probado! en la rama de los Pérez del Olmo, esta rama de los Olmos tan -perturbadora. ¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Qué diría su amigo el -duque! ¡Qué diría el general! ¿Llegaría la noticia hasta don Carlos? - -El señor Sánchez de Mendoza podía haber pensado que quizá si él hubiese -trabajado, su hijo no hubiera tenido necesidad de entrar en la tienda -de hierro viejo; pero, no, él nunca se dedicaría a un trabajo innoble, -y los trabajos nobles no se presentaban. ¿Quién tenía la culpa? - -La mujer de Sánchez de Mendoza, madre de Alvarito, pobre mujer flaca, -triste, de color de limón, sin alegría alguna, con el convencimiento -íntimo de que su vida no podía ser más que una serie de desdichas, -larga tragedia obscura y dolorosa, escuchaba a su marido como a un -oráculo. - -Don Francisco Xavier la había convencido de que él era hombre -importante y de que, además, la amparaba, tendiendo sobre sus hombros -un manto protector. Al pensar algunas veces en esto, don Francisco -Xavier extendía los brazos como si estuviera poniendo un manto y se -figuraba, conmovido, que efectivamente amparaba a su mujer. - -Como ésta solía tener mucha faena en la casa, el hidalgo se lavaba él -mismo los pañuelos y los cuellos en la palangana, hacía que su hija -los planchara, se ponía su sombrero chambergo y su capa y se marchaba -a distraerse y a presumir con cierto aire de mosquetero; paseaba por -delante de los escaparates de las calles céntricas, donde se estudiaba -para ver su prestancia; miraba trabajar al relojero o al guarnicionero; -saludaba a algunos dueños de tiendas de ultramarinos, zapaterías y -lencerías de la calle de España, que eran carlistas, y compraba dos -cuartos de tabaco en un cucurucho de papel de periódico, que ponía en -seguida en una petaca de cuero con las armas de los Sánchez de Mendoza. - -Compraba el tabaco en el Pequeño Suizo, que era café y estanco. Cuando -tenía dinero se sentaba en una mesa a tomar café. El Pequeño Suizo -tenía en el escaparate, entre pipas y eslabones, una figura de cera, un -hombre con un gorro peludo, grande, de casaca azul con galones dorados, -pantalones blancos, botas de montar, negras, y una pipa de barro muy -larga en la mano derecha. - -Era uno de los grandes placeres de Sánchez de Mendoza pasarse el tiempo -en el Pequeño Suizo tomando café y hablando. - -Los parroquianos del café eran criados, cocheros, mozos de cuadra, -horteras y algunas muchachas que trabajaban en los almacenes, público -que gustaba a Sánchez de Mendoza, que era aristócrata, quizá más en -teoría que en la práctica. - -Otro de los centros de reunión del hidalgo era la guitarrería del -Sevillano. - -El sevillano Juan Manuel Redondo era un hombre bajito, con aire de -torero, que había dejado Córdoba, donde vivía últimamente por la -malquerencia de los liberales, que habían creído que Juan Manuel había -tenido relaciones con las tropas de Gómez. - -Juan Manuel, después de su trabajo, solía sentarse con su blusa blanca -y tocar y cantar con mucho arte. - -Iban con frecuencia a oírle varios españoles y hubieran ido más si -la mujer del Sevillano, una soriana dura, no los hubiera espantado, -diciendo que su marido necesitaba trabajar. Al anochecer, la -guitarrería tomaba un aire clásico andaluz. Un quinqué iluminaba la -tienda, con el techo colgado de guitarras, bandurrias y laudes; en -unas estanterías se veían las cuerdas y en un rincón el torno. En la -guitarrería se solía hablar principalmente de España y alguna que otra -vez de política. - -A veces, don Francisco Xavier necesitaba cuidar más de su indumentaria -para ir a visitar al obispo de León, llegado de Guethary; a su amigo el -señor de Corpas, al marqués de Hautpoul o a monsieur Auguet de Saint -Sylvain, y entonces la mujer dejaba un momento la cocina, o el harapo -que estaba lavando o remendando; la hija abandonaba el bordado y entre -las dos acicalaban al hidalgo. - -El señor Sánchez de Mendoza iba también a la tertulia del periodista -inglés Mitchell, que escribió, después del Convenio de Vergara, el -folleto titulado _El campo y la corte de don Carlos_, donde se atacaba -violentamente a Maroto. - -Este Mitchell estaba casado con una española y se decía que era judío. - -Cuando llegaba a Bayona el obispo de León, don Francisco Xavier era de -los que se presentaban con más apresuramiento a besarle el anillo. - -Sánchez de Mendoza se manifestaba antimarotista. El general Maroto le -parecía un audaz revolucionario, enemigo del trono y del altar, de este -trono y de este altar que debían ser intangibles, inmaculados para -todo buen monárquico y católico. Esto de intangible e inmaculado lo -decía el hidalgo con una voz un poco lacrimosa. - -Don Francisco Xavier no tenía muchas ocupaciones; sus dos talentos -principales consistían en escribir con una letra estilo Iturzaeta y -en calcar escudos y después pintarlos a la acuarela. No los hacía -muy bien; pero como cobraba poco, a peseta y a dos pesetas cada uno, -poniendo él la cartulina, sacaba algún dinero, dinero que naturalmente -no entregaba en su casa, sino que se lo gastaba en el Pequeño Suizo. - -Alvarito y Dolores sostenían la familia. Dolores trabajaba para la -tienda de antigüedades de la Falcón; había aprendido a componer -bordados antiguos, a imitarlos y a hacer escudos. Combinaba, con mucho -arte, el punto de Venecia, el de Alenzón y el de aguja, y ganaba seis y -siete francos al día. Trabajaba también algo para fuera y la señorita -de Taboada le había recomendado a familias legitimistas francesas, que -pagaban su trabajo con esplendidez. - -A pesar de este bienestar, que iba llegando paulatinamente a su casa, -el señor don Francisco Xavier no estaba contento con la posición de -sus hijos. ¡Dolores, bordando para fuera! ¡Alvarito, en una tienda de -hierro viejo! - -¡Qué dirían los antiguos Sánchez de Mendoza si vieran a sus -descendientes ocupados en tan viles menesteres! ¡Qué dirían los -Montemayor y los Porras! ¡Cómo temblarían sus huesos de vergüenza y de -indignación en los viejos sarcófagos, ornamentados por los artistas de -la Edad Media en los silenciosos claustros de las catedrales! - -Aquella preocupación y el hallazgo de la barra de bastardía de los -Pérez del Olmo, esta rama de olmo poco segura, amargaban los instantes -del monárquico aristócrata. - -Alvarito, aunque no con la misma intensidad de su padre, pensaba -también en sus antepasados. Creía que éstos, desde sus tumbas frías, le -exhortaban a ser leal, valiente y caballero. - -Para Alvarito, aquellos Sánchez de Mendoza, que él se los figuraba -pálidos y con armaduras de acero, eran tan reales como si de veras -existiesen. Muchas veces, mientras paseaba por las orillas del Adour, -pedía consejo a los viejos manes de su familia. - -Pero si Alvarito seguía teniendo respeto por los antepasados, comenzaba -a sentir cierto desdén por su padre, que iba en aumento. No lo podía -remediar. Le era imposible. Por más que intentaba convencerse de -que los hijos tenían que respetar a sus padres, este respeto se le -desvanecía a la carrera. - -El que el hidalgo viviese tranquilamente del trabajo de sus hijos, -sobre todo de Dolores, como si fuera de una renta, le empezaba a -molestar. No le importaba, no le preocupaba al hidalgo que la muchacha, -débil, como era, se pasara las horas trabajando, inclinada en el -bastidor; no era capaz de ahorrarle un poco de trabajo; al revés, le -daba prisa, le hacía consideraciones sobre la premura de la obra. - -El buen hidalgo tenía como el negociado de las frases, cosa que ya a -Alvarito le producía un comienzo de indignación. - -El señor Sánchez de Mendoza, que iba notando que su hijo le miraba -con un aire interrogador, como preguntándole: "¿Y usted qué hace?", -inventaba toda clase de mentiras. De un día a otro iba a comenzar a -trabajar. Ese tiempo vago de un día a otro no llegaba nunca. - -Hacia final de 1838 la campaña de los antimarotistas de Bayona se -agudizó. El señor Sánchez de Mendoza, como antimarotista perspicuo, -adquirió alguna importancia. Se dijo, por entonces, que la mujer de -don Carlos, la princesa de Beira, se había convencido ya de que Maroto -era un revolucionario, vendido a los masones y a los enemigos del -sacrosanto trono, y del no menos sacrosanto altar, y que había reñido -con él. El padre Cirilo de la Alameda, a quien los liberales impíos -llamaban el padre Ciruelo, se decidió también a declarar la guerra a -Maroto. - -Los carlistas, y entre ellos nuestro hidalgo, que veían la política de -su partido como una cuestión de servidumbre para el Señor, creyeron que -la ruptura con Maroto iba a influír mucho en la marcha de la guerra; -pero no fué así. Todos los ultrarrealistas, los puros, como se llamaban -ellos, hablaban cada día con más odio de Maroto y con más entusiasmo de -Cabrera, que era el héroe, el paladín por excelencia. - -Nuestro Sánchez de Mendoza ponía los ojos en blanco al hablar del -caudillo de Tortosa. - -Aquellas palabras sonoras el paladín, el trono, el altar, los puros, le -llenaban la cabeza de viento. - -A pesar de todo, los manejos de los apostólicos no progresaban. El -capuchino Casares, enviado por el obispo de León con cartas, en las -que se intentaba desacreditar a Maroto, Villarreal y los suyos, fué -detenido por los mismos carlistas y metido en la cárcel. El padre -Larraga y el general Uranga volvieron del extranjero sin un cuarto. - - - - -V - -EL SECRETO DE SONIA VOLKONSKY - - -Las tertulias de madama Lissagaray siguieran animadas, aunque con -algunas intermitencias. A mediados de otoño, el día de San Martín, hubo -en su casa un baile de trajes. Casi todos los años por esta fecha solía -celebrarse una gran reunión. - -Las muchachas tenían muchas esperanzas en la fiesta. Morguy vendría -vestida de pastorcita, a lo Watteau; Rosa, con un traje del Directorio, -muy bonito; Manón decidió vestirse de húsar y ponerse bigotes postizos. -Como tenía la seguridad de su belleza no le importaba afearse. Los días -anteriores al baile, las amigas de casa de Rosa se pasaron el tiempo -disfrazándose. A Manón le gustaba vestirse de chico y bailar con otras -muchachas, haciendo de hombre. - -Alvarito la contemplaba, maravillado de su animación y de su graciosa -petulancia. A Alvaro le cosieron en casa un traje de pierrot. - -El día de la fiesta acababa de vestirse Manón de húsar, con cuyo traje -estaba guapísima, y Alvarito, de pierrot, cuando vinieron Morguy y -Rosita, las dos de malísimo humor. Morguy tenía trazas de haber llorado. - ---¿Qué os pasa?--les dijo Manón. - ---Chica, que estamos hechas unos adefesios y no sabemos -arreglarnos--contestó Morguy. - ---¿Pues? - ---¿No te parece que tengo la falda demasiado larga? - ---Sí, sí; es indudable. - ---Pues en casa todo el mundo empeñado en que no. Este traje mío es un -mamarracho. Nuestras madres dicen que estamos bien y que ya no hay -tiempo de cambiar. - -Manón contempló a las dos amigas, una después de otra. - ---Es verdad--dijo a Morguy--; tu falda está demasiado larga y el talle -demasiado alto, y el peinado de Rosita y su capota están mal. - ---¿Pero ya tendremos tiempo de cambiar?--preguntó Rosa. - ---Sí. A ver, Alvarito--gritó Manón--. Dile a la Baschili que me traigan -alfileres y una aguja. - -Alvarito fué corriendo a traer los alfileres y la aguja. Manón se -arrodilló delante de Morguy y descosió unas puntadas. Luego sujetó aquí -y allá, bajó el talle del vestido y en una media hora arregló la falda -admirablemente. - ---Ahora date un poco de rojo en las mejillas y déjate unos rizos en la -frente. - -Morguy hizo lo que le decían y reconoció que había ganado muchísimo. - ---Ahora tú--le dijo a Rosita--. Suéltate el pelo en seguida. - ---Pero si me han dicho en casa que era así el peinado de la época. - ---Pero eso es una tontería; tú no debes pretender ser un maniquí que -tenga mucha exactitud histórica, sino buscar el estar más guapa. - ---¡Naturalmente!--exclamó Morguy--. Es que esta chica es tonta. Es -tonta. No comprende nada. Se lo he dicho mil veces. - -Manón le quitó la capota a su prima y aligeró el sombrero arrancándole -unos adornos. - -Rosa cambió el peinado e hizo lo que le dijeron y se puso un poco de -colorete en las mejillas. - ---¿Cómo estoy?--preguntó Rosa a Alvarito. - ---Muy bien, muy bien. Mucho mejor que antes. - ---Bueno; pues vamos--exclamó Manón arreglándose rápidamente. - -Se pusieron unos gabanes y capas encima y fueron a la calle. - ---¡Chica, qué lástima que no seas húsar de veras!--dijo Morguy a Manón, -agarrándole del brazo--. Estarías irresistible. - -Alvarito se rió. - -Entraron en casa de Lissagaray. El salón estaba ya lleno. Las tres -amigas hicieron mucho efecto. Solamente podía competir con ellas Sonia -Volkonsky, vestida de zíngara, con un traje de seda de colores, la -falda corta, un pañuelo rojo a la cabeza, collares en la garganta, -pulseras en los brazos y una pandereta en la mano. - -Entre los hombres había algunos disfraces curiosos: Pedro D'Arthez -iba con un muscadín del Directorio, con un traje elegantísimo; -Montgaillard, de bandido napolitano; el vizconde de Saint Paul, de -Arlequín; había también un chino y un negro, y el que daba la nota -cómica era un herbolario de la vecindad de madama Lissagaray, Pascual -Joliveau, que iba de Robinsón Crusoé. Robinsón Crusoé vestía un traje -hecho de hojas de árbol, un sombrero y una sombrilla de lo mismo y un -loro de verdad en el hombro. - -Se hicieron muchos chistes a costa del herbolario; pero éste estaba -satisfecho al ver que llamaba la atención. - -Se bailó, se habló y se rió, y todo el mundo, en general, estuvo muy -contento. - -A los amigos les chocó que mientras Montgaillard se alejaba de Manón, -el vizconde de Saint Paul se acercase a la muchacha y se pusiera a -cortejarla. - -El vizconde tenía el genio fuerte y hablaba poco. Había tomado el -hábito de mostrarse frío e indiferente y ligeramente burlón. - -El vizconde era hombre serio, guapo, un poco taciturno para su edad y -nada amigo de charlar a tontas y a locas, como Montgaillard. Saint Paul -tenía aplomo; probablemente se creía una gran cosa, y no se mortificaba -ni se ofendía su amor propio con verse al lado de una mujer sin decir -palabra. Quizá en un caso así creía que la culpa era de la que se -hallaba a su lado y no la suya. - ---El vizconde está muy bien--dijo Morguy a Manón--; pero será un amo -para su mujer. - ---¡Bah! No me preocupa. No me tengo que casar con él. - ---¿Quién sabe? - -Saint Paul y Montgaillard, amigos de la víspera, se miraron como -rivales, con gran desprecio, y se manifestaron cada vez más hostiles. -Manón bailó con varios jóvenes y, al pasar junto a un grupo, -Montgaillard dijo una de las veces en voz alta: - ---Estas mujeres que son capaces de estar tres o cuatro horas bailando -no se diferencian mucho de las cocineras. - -Ella le oyó y contestó: - ---Los hombres que insultan a las mujeres no se diferencian mucho de los -lacayos. - -El joven Montgaillard enrojeció. Aviraneta había oído la frase de Manón -y se levantó. - ---¿Te han insultado?--dijo--. No lo permitiré yo. - ---Gracias, don Eugenio--contestó ella, riendo--. Es una frase que hemos -leído hoy en una novela y la repito. - -Montgaillard miró con impertinencia a Aviraneta y éste se engalló, como -en sus buenos tiempos, y contempló desdeñosamente al joven. - -En uno de los descansos del baile, Montgaillard quiso obtener una -explicación de Manón y la detuvo en el pasillo; pero ella le empujó -violentamente con desprecio. - -Aviraneta se sentó entre los señores viejos, un poco sorprendido de la -impertinencia del muchacho. Vió que Manón era cortejada por Saint Paul -y que Sonia, la condesa de Hervilly, hablaba mucho con el caballero de -Montgaillard. - -Se bailó una contradanza muy brillante y, al terminarla, madama -Lissagaray avisó a sus invitados para que pasaran al comedor a tomar -algo. En este momento la condesa de Hervilly se acercó a don Eugenio. - ---Desconfíe usted de sus amigos, señor de Aviraneta--le dijo. - ---¿Me va usted a decir la buenaventura, hermosa zíngara? - ---Sí, el mejor día le van a dar a usted un disgusto. Quizá lo mejor que -puede usted hacer es marcharse de aquí. - ---¿Es eso serio?--preguntó él, asombrado--. ¿Qué quiere usted decir con -eso, señora? - ---Todos sus proyectos están conocidos. - ---¿Es que usted se dedica a la política? - ---No; es verdad que soy carlista, pero tengo otros motivos para tener -odio contra usted. - ---¡Odio! ¡Contra mí! Yo no la conozco a usted. - ---Pues yo sí le conozco a usted. - ---¿A mí? - ---Sí. - ---¿Es una broma? - ---No. - ---Entonces, eso merece una explicación. - ---No aquí. - ---En el hotel, si quiere usted. Cuando le parezca. - ---Dentro de una hora estaré allí. - ---Muy bien. - ---Vaya usted a mi cuarto. Le esperaré. - --¿Qué podía ser esto?--pensó Aviraneta--. ¿Qué podía haber de común -entre aquella mujer y él? - -Aviraneta pasó al comedor, fué del comedor al salón, contempló como -se bailaba y, cuando vió que la condesa de Hervilly se despedía, se -levantó él al poco rato y se fué rápidamente a la fonda. - -Entró en su cuarto, vaciló, se metió una pistola cargada en el -bolsillo; luego se arrepintió y la dejó en el cajón de la mesa; bajó -al primer piso, llamó en el cuarto de la condesa y, al oír que decían -adelante, pasó adentro. - -Estaba la condesa sentada en un sofá, todavía con su traje de zíngara. -Llevaba unas joyas magníficas, unos brillantes en los dedos que -lanzaban destellos de colores, unos brazaletes de oro con esmeraldas y -un collar de perlas. Parecía algo como una sacerdotisa. - ---Siéntese usted, don Eugenio--dijo ella. - -Aviraneta se sentó. - -Ante aquella belleza espléndida, el conspirador, viejo, flaco, -pequeño, vestido de negro, parecía un cuervo. - ---Estoy segura de que se encuentra usted intrigado con esta -cita--exclamó ella. - ---Es cierto. - ---Y quizá asustado. - ---No me conoce usted, condesa--replicó sonriendo, Aviraneta. - ---¿No ha traído usted armas? - ---¿Para qué? No creo que quiera usted batirse conmigo. - ---Podía prepararle una emboscada. - ---¡Bah, en un hotel! Ahora, si quiere usted decirme por qué me llama... - ---Necesito oír una explicación de usted. - ---Yo también necesito explicaciones. - ---Usted conoció a mi padre en Méjico. - ---¡Yo, a su padre! - ---Sí. - ---¿Cómo se llamaba? - ---Ladislao Volkonsky. - ---¿Es posible? ¿Usted es hija de Volkonsky? - ---Sí; yo soy hija de Volkonsky y de Coral Miranda. De Coral Miranda, a -quien usted calumnió. - ---Es falso--gritó Aviraneta. - ---Usted estorbó la boda. - ---Es falso también. - -En este momento entraron en el cuarto el conde de Hervilly y el -caballero de Montgaillard. - -Aviraneta se puso a la defensiva, desdeñoso y altivo. - ---¿Qué gritos son esos?--preguntó el conde. - ---No pasa nada, señores--dijo la condesa--. El señor Aviraneta se está -explicando conmigo. - -Los dos hombres contemplaron a don Eugenio y éste les miró de arriba a -abajo con desdén. - ---Váyanse ustedes--repitió la condesa. - -Salieron los dos hombres, y Aviraneta, al verlos marchar siguió -hablando. - ---Sí--dijo--, Volkonsky fué amigo mío y yo le quería. Volkonsky no -sabía que usted existiera. Además, Volkonsky quiso casarse con su -madre. Ella fué la que no quiso, porque él era pobre. - ---Miente usted--exclamó ella. - ---No miento. ¿Qué interés puedo yo tener en mentir? - ---Legitimar su conducta. - ---¡Mi conducta! Está legitimada. Como digo, fué ella la que no se quiso -casar con él. Ella era rica, de una familia orgullosa e influyente; él, -aunque de una estirpe principesca de Polonia, no pasaba de ser un pobre -aventurero en Méjico; ella fué la que no quiso unir su vida a la del -polaco, y cuando su padre de usted se casó con una muchacha sencilla y -modesta, su madre de usted le preparó una celada e hizo que le mataran -y mandó cortarle la mano. - ---Invenciones. - ---No, verdades. Yo he visto la mano cortada. Yo he visto el cadáver de -su padre en la finca de los Mirandas. - ---Mi madre era una mujer angelical. - ---Era una mujer diabólica y perversa. - ---El diabólico y perverso es usted, Aviraneta. Se toda la verdad. Mi -madre me contó toda la verdad. - ---Cuente usted esa verdad para que yo pueda rebatirla. - ---Mi madre me contó que había conocido a Volkonsky de niña y que la -había seducido. Estando embarazada de mí, mi padre, Volkonsky, se hizo -socio de varios españoles para explotar unas minas, y entonces un -español, que le pretendía a mi madre, y a quien ella despreciaba, le -habló a Volkonsky, le engañó, le dijo que ella había tenido amantes y, -no contento con esto, lo asesinó y lo robó los planos de las minas. Ese -español, ¿sabe usted quién era? Era usted, señor Aviraneta. - ---Todo eso es un tejido de embustes, digno de la que los inventó--gritó -Aviraneta--. Nada de eso es verdad. Mentira, todo mentira y mil veces -mentira. Aún quedan en Méjico parientes y compañeros que recordarán -aún la historia de Volkonsky. Les preguntaremos a ellos. Pero no hay -necesidad. En Burdeos hay un comerciante español que vivió en Méjico en -aquel tiempo, un tal Zangroniz. Le iremos a ver, le interrogaremos. El -sabe la historia de Volkonsky y la mía... Pero ni aun eso es preciso, -porque yo conservo cartas de Coral Miranda, que son de después de la -muerte de Volkonsky. - ---¿Usted conserva cartas de mi madre? - ---Sí, y de su padre también--contestó Aviraneta excitado--. Ahora -dígame usted cuándo, en dónde, ante qué testigos quiere que le enseñe -esas cartas. ¿Usted es amiga del cónsul de España? ¿No es cierto? - ---Sí. - --Muy bien. Dentro de tres días, ante el cónsul, le mostraré esas -cartas; que vaya su esposo, el conde; yo llevaré otro testigo: ¿Usted -tiene alguna carta de su madre?--preguntó don Eugenio. - ---Sí. - ---Llévela usted para cotejar la letra. Hasta entonces, tregua. - -La condesa de Hervilly, muy pálida, murmuró: - ---Muy bien. Hasta dentro de tres días. - -Aviraneta, que estaba lívido, saludó maquinalmente y salió del cuarto. - -Al día siguiente, Aviraneta estuvo en Bidart y cogió de su archivo un -paquete de cartas. - -Tres días después de la entrevista citó a la condesa en el Consulado. - -La reunión fué fría y ceremoniosa; como testigos estuvieron el conde -de Hervilly y el señor Mazarambros. La condesa se presentó a la hora -señalada. Vestía un traje gris y llevaba su collar de perlas. - -Aviraneta, ante el cónsul y los dos testigos, explicó de qué le acusaba -la condesa a él, lenta y reposadamente. - ---¿Es esto de lo que me acusa usted?--preguntó a la condesa, después de -hacer la relación con toda clase de detalles. - ---Sí. - ---¿Ha traído usted alguna carta de su madre? - ---Sí. - ---¿Ustedes quieren cotejar si esta letra de las cartas que yo tengo es -igual a la de las cartas que guarda la señora condesa? - -Mazarambros, Hervilly y Gamboa cotejaron la letra. Era la misma. - ---Ahora, léanlas ustedes en voz alta. - -Al comenzar la lectura la emoción dejó una palidez profunda en Sonia, -que le hacía más hermosa; los ojos, azules obscuros, brillaron con -más resplandor, y sus manos temblaron. Luego, cuando pudo dominar la -emoción, el rostro suyo se serenó, las mejillas tomaron su color y -volvió a su aspecto normal. - -Las cartas eran aplastantes. En dos de ellas, Coral Miranda aseguraba a -su querido Eugenio que nunca había tenido amores, ni siquiera amistad, -con Volkonsky; que el polaco era un miserable que había querido -abusar de ella cuando era niña; que ella no sabía lo que había sido de -Volkonsky y que le esperaba a Eugenio llena de ansiedad y de amor. - -La condesa oyó, llorando, estas cartas. - ---Es falso, falso--exclamó con rabia varias veces. - ---No, no--le dijo su marido--; es verdad, no hay duda alguna. - ---Ahora, si todavía queda duda--exclamó Aviraneta--, aquí guardo cartas -de él, de Volkonsky. ¿Quieren ustedes verlas? - -La condesa no contestó. El conde tomó una de las cartas y la leyó -despacio y se la devolvió a don Eugenio. - ---Mi querida--dijo a la condesa fríamente--, este asunto está resuelto. -El señor Aviraneta ha sido calumniado. El señor Aviraneta es una -persona honorable y hay que reconocerlo y darle una satisfacción. - ---Todos estamos de acuerdo con las palabras que ha dicho el señor -conde--repuso Gamboa. - -Aviraneta se inclinó y al salir dijo a la condesa: - ---Yo no pretendo, señora, que me conceda usted su amistad; fuí amigo de -su padre, que era un corazón noble y generoso. Como digo, no pretendo -su amistad; pero creo que no tiene usted derecho a tenerme odio. - ---Fué usted enemigo de mi madre--murmuró la condesa, pálida y -demudada--; para mí, eso basta. - -Aviraneta había ganado la partida y salió de la sala del Consulado, -pálido, sonriendo con una sonrisa irónica. - -Durante algún tiempo la condesa de Hervilly no vió a Aviraneta. Ella y -su marido cambiaron de hotel, lo que a don Eugenio alegró. - -Al cabo de un par de meses la condesa volvió a aparecer en casa de -madama Lissagaray. Aviraneta no la hablaba; pero ella se acercó a él. - ---No crea usted que me he olvidado de lo que ha pasado entre nosotros -dos. - ---Lo comprendo--dijo don Eugenio. - ---El que haya conocido usted a mi padre y a mi madre me atrae hacia -usted. A mi padre no le he conocido; a mi madre la vi solamente tres -veces en toda mi vida. ¿Era hermosa? - ---Muy hermosa. - ---¿Y usted no la quería? Porque si la hubiera usted querido hubiera -usted perdonado todo. - ---Qué quiere usted, condesa. Cuando yo estuve en Méjico era joven aún, -pero no un muchacho enamoradizo. Había hecho seis años de guerra de la -Independencia, había rodado por el mundo y estado varias veces a punto -de ser fusilado. No era un doncel. - ---Pero mi padre había hecho la guerra con Napoleón. ¿No? - ---Cierto; pero él era hombre más ingenuo, más poeta, más niño. - ---Más bueno que usted. - ---Sí, seguramente más bueno que yo; no lo niego. - ---Usted es implacable. - ---Implacable, no. - ---Sí, implacable. - ---¿Y ella, no lo era? Me persiguió a mí, le persiguió a su padre con -saña. Tenía ese fondo vengativo y rencoroso de los criollos. Odiaba a -los españoles, como todos los Mirandas. - ---Yo también los odio. - ---¿Con motivo? - ---Sí. - ---¿Qué motivos puede usted tener? - ---Las crueldades de los españoles con los indios. - ---¡Bah! ¿Y quién las ha hecho? ¿Los españoles que se quedaron en -España, o los españoles que fueron a América y se convirtieron en -americanos? Estos últimos son los hijos de los conquistadores, de los -que hicieron todo lo bueno y todo lo malo que los españoles han hecho -en América. Es ridículo que ellos ahora se disfracen con la piel del -indio... Perfectamente ridículo. Se avergüenzan de tener sangre de -indios y quieren pasar como sus herederos. - ---Ustedes han sido muy crueles. - ---¿Y los yanquis no han hecho en plena época moderna y fríamente con -los indios tantas barbaridades como los españoles? ¿Y los ingleses, -que han exterminado razas enteras? ¿Y los franceses, que después de la -revolución y de las monsergas de la libertad, igualdad y fraternidad -han sido los mayores proveedores de carne negra en América? ¡Bah, yo me -río de eso! - ---Yo soy americana, y veo a los españoles como los enemigos de mi país. - ---Es una preocupación. Toda esa epopeya americana de la Independencia -es falsa. - ---Es lo que les conviene decir a ustedes. - ---No. Es la realidad. La independencia de América fué una guerra civil -entre los españoles de las colonias y los españoles enviados por la -Monarquía. Los indios, los verdaderamente americanos, eran los que -no tomaban parte en la lucha. Es más: había un número casi siempre -mayor de indios en los ejércitos realistas que en los republicanos. -En la batalla de Ayacucho, por ejemplo, el número de indios era mayor -entre los españoles que entre los americanos. A los indios, ¿qué les -importaba la independencia? En el fondo no cambiaban más que de amo. - ---No hablemos de política. - ---Tiene usted razón. No hablemos de eso. Creo que habrá usted quedado -convencida de que mi conducta con su madre no fué traidora ni infame. -Si yo hubiera sido un aventurero, me hubiera casado con Coral Miranda. -Ella era rica; yo, pobre. - ---¡Es que no la quería usted! ¡Pobre madre! No sé si le perdonaré a -usted, Aviraneta. No sé. - ---Me olvidará usted, condesa. Usted tiene un gran porvenir por delante. -Yo ya soy viejo y no creo ni pienso estorbarle a usted. - ---Ya veremos. - -El joven Montgaillard, al ver a la condesa hablando con don Eugenio, -miraba a los dos con desconfianza. ¿Qué extraño capricho podía tener -ella de conversar con aquel hombre sombrío y tétrico? - ---Hay quien se siente celoso de que hable usted conmigo--dijo Aviraneta -sonriendo. - -La condesa contempló a su interlocutor atentamente y se levantó. - -Al poco rato Alvarito se acercó a don Eugenio. - ---Señor Aviraneta--le dijo. - ---¿Qué ocurre? - ---¿Quiere usted venir conmigo a casa de mi patrón? - ---¿Qué pasa? - ---Que Chipiteguy ha desaparecido. - -Don Eugenio tomó su gabán y fué con Alvarito a la casa del Reducto. - -Hacía ya un día entero que el viejo no aparecía por parte alguna. - -Manón y Alvarito habían ido de acá para allá preguntando por el viejo. -La andre Mari y la Tomascha se dedicaban a lamentarse y a decir que -ellas ya habían previsto aquella desgracia. - -Se preguntó en las cuadras de alquilar caballos, por si el trapero -había tomado alguno para hacer compras por los alrededores; se fué -a ver a Automendy, un alquilador de coches de la Puerta de España, -conocido de Chipiteguy; se habló a todos los amigos del viejo. Nada dió -resultado. - -Al día siguiente se avisó a la policía. - -La desaparición de Chipiteguy de la casa del Reducto produjo gran -efecto entre sus conocidos. - -Se habló de la masonería, de una sociedad secreta republicana que se -llamaba las Estaciones, que quizá le había dado una comisión; hubo -quien sacó a relucir a los jesuítas. - -Pasaron días y más días y no hubo noticia alguna. Chipiteguy -definitivamente había desaparecido. - - - - -QUINTA PARTE - -EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY - - - - -I - -EN LA REGATA DE INZOLA - - -Una mañana de invierno, tres hombres agazapados detrás de una gran -peña, al comienzo de un robledal próximo a Vera, en un lugar llamado la -regata de Inzola, estaban espiando el paso de alguien. - -Era el sitio en que los hombres se hallaban emboscados solitario y -sombrío, un gran barranco, por en medio del cual corre el antiguo -camino de Vera a San Juan de Luz, camino estrecho, que algunos dicen -que es calzada romana, a pesar de que la gente le llama de Napoleón, -porque supone que la mandó hacer el emperador de los franceses para -pasar sus cañones al entrar en España. - -Este barranco, con grandes robles y con rincones húmedos y obscuros de -monte bajo, se va inclinando hacia Francia. Desde algunos de sus puntos -se distingue el mar, verde, entre las rocas de la costa. Por el fondo -corre un arroyo que recoge aguas de la vertiente del monte Larrun y -va a unirse al pequeño río llamado la Nivelle, que sale al mar en San -Juan de Luz. El camino que une a España y Francia por esta parte va -trazando curvas, escalando las alturas; a trechos, con las antiguas -losas de la calzada bien conservadas; en parte, roto y destrozado e -invadido por las zarzas. - -Aquella mañana en que los tres hombres, apostados detrás de una roca, -preparaban una emboscada, el cielo aparecía obscuro, con nubes de color -de tinta; caían grandes gotas de lluvia sobre los montones de hojas -secas; silbaba y gemía el viento, y el camino, estrecho, estaba lleno -de barro, más abandonado y desierto que de ordinario. En algunos puntos -el arroyo inundaba la calzada en una extensión de cincuenta o sesenta -metros. - -No había nadie por los alrededores. A veces llegaban por aquellos -vericuetos partidas carlistas a vigilar la frontera y también solían -verse las boinas rojas de los chapelgorris. - -Los tres hombres que espiaban a la entrada del robledal de Inzola eran -un hermano de Bertache, apodado Martín Trampa; el criado de éste, a -quien llamaban Malhombre, y un compañero de aventuras de ambos, Perico -Beltza o Perico el Negro. - -Martín Arreche tenía dos apodos: uno, el nombre de su casa, Bertache, -apodo común a su hermano Luis y a él; el otro, Martín Trampa, ya de por -sí bastante significativo. - -Martín, grueso, fuerte, membrudo, era hombre de aire audaz, cara -redonda, pómulos salientes, ojos negros y sombríos, labios delgados y -expresión ladina. Su manera de mirar, observadora, solapada e irónica, -le denunciaba cuando quería aparecer como cándido e inocente. - -Martín era hombre audaz, decidido y cruel; de él se contaban rasgos de -valor y de energía. - -El oficio de Martín, al menos el que practicaba en público, era -tratante de ganado. Vivía en la casa de sus padres, llamada Bertache, -en Almandoz, con su mujer, sus hijos, su hermana y su madre. - -Martín paraba poco en casa; solía vérsele con frecuencia por los -caminos, montaba a caballo, con su blusa negra y su bastón, la -_maquilla_ vasca, con la correa en el puño. - -Su criado, secretario u hombre de confianza, Juan Echenique, alias -Malhombre, era digno de su amo por todos conceptos. Vivía también en -Almandoz, donde tenía una casucha pequeña y una familia numerosa, y -confesaba sin rebozo que desde niño había tenido una afición decidida -al robo. - ---Muy pobre debe ser esta casa--decía una vez, refiriéndose a un -caserío en donde había estado. - ---¿Por qué? - ---Porque ni por casualidad he encontrado en ella nada que robar. - -Malhombre era tipo de cara afilada como un cuchillo, expresión suspicaz -y maquiavélica. Tenía muy aviesa intención. - -Se decía de él en el pueblo que había sido durante su juventud un -muchacho apacible y humilde. Poco antes de la guerra estuvo de criado -de un arriero, e iba con una recua de la frontera francesa a Pamplona y -al contrario. - -En la guerra se reveló. Cuando supo que había partidas en el país, -robó una escopeta en casa de un labrador rico de Almandoz y se echó -al monte, a unirse con las fuerzas de Sagastibelza. Un campesino, al -verle desde el caserío, se asomó a la media puerta de la entrada y le -preguntó con alguna sorna: - ---¡Hola, Malhombre! ¿Qué tal? ¿De viaje? - -Malhombre no contestó; se echó a la cara el fusil, pegó un tiro al -campesino, lo dejó muerto y siguió andando. - -Malhombre era un tipo de estos de revolución o de guerra, aspirantes -obscuros a energúmenos y a asesinos, que viven durante muchos años una -vida resignada y tranquila y un día se sienten fieras y matan o roban o -degüellan, asombrando a los que les conocen, que no pueden pensar que -lo normal en ellos es ser fieras, no hombres tranquilos y apacibles. - -Desde la guerra, Malhombre acusó su personalidad siniestra. Un año o -dos después de echarse al campo estuvo en Francia preso, no se sabía a -punto fijo por qué, y allí en la cárcel debió conocer a gente criminal -que le enseñó sus mañas. - -Malhombre vivía sobre el pueblo, como hubiese podido vivir un antiguo -capitán de bandoleros. Alimentaba su vaca en los prados de los vecinos, -cogía las habichuelas, las patatas o los tomates en las huertas -próximas, robaba alguna vez una gallina o un cordero. Malhombre -merodeaba de noche y producía terror en la aldea. El chico o la chica -que lo encontrara al obscurecer en el camino cortando hierba en algún -campo que no era suyo, huía de él al verle, y Malhombre le amenazaba -con la guadaña, porque le gustaba aterrorizar a la gente. - -Se decía que Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza, con otro -cómplice suyo que vivía en la venta de Odolaga, cerca de Pamplona, -solían apostarse en el alto de Velate, enmascarados o con las caras -tiznadas para que no los conocieran, y esperaban allí a robar a los -viajeros. - -Tenían dos mulos, a los que cargaban con los objetos robados, y en una -noche Malhombre andaba a campo traviesa diez o doce leguas y dejaba los -productos del robo en sitio seguro e insospechable, muy lejos del lugar -de la fechoría. - -Para esto, naturalmente, los tres hombres necesitaban cómplices, y los -tenían, según aseguraban, entre personas de posición, que guardaban el -producto de los robos. - -Nadie sospechaba quiénes podían ser estos cómplices. Algunos aseguraban -que los tres hombres no se contentaban con robar, sino que en ocasiones -también mataban. - -Martín Trampa y Malhombre tenían la especialidad de desvalijar los -coches. Se decía que para esta labor se hacían pasar por carlistas, y -que a ellos y a Perico Beltza se unía una chica, hija de Malhombre, que -solía vestirse de oficial, con su uniforme, su sable y su boina blanca. -Esta chica, la Puri, era una muchacha muy esbelta, rubia y bonita. La -Puri hacía su papel e inmediatamente volvía a su casa. La chica trataba -a su padre con respeto; para ella Juan Echenique no era Malhombre, sino -un buen hombre. - -Aunque Martín y los suyos fueron varias veces ante los tribunales, -nunca les llegaron a probar nada. Los tres socios escogían las noches -más negras para sus hazañas. Malhombre era nictálope: veía tan bien de -noche como de día, y esta casualidad le servía para orientarse y poder -escapar en medio del campo en la mayor obscuridad. Se sospechaba que -era algo brujo y que sabía de remedios misteriosos y de sortilegios. - -Malhombre tenía un perro muy inteligente y también ladrón, Erbi. - -Se decía que Erbi, con mejor corazón que su amo, una noche que entre -Martín Trampa, su criado y Perico Beltza mataron a un viajero, estuvo -aullando de una manera lastimera largo tiempo cerca del cadáver. - -Malhombre solía llevar siempre un rompecabezas, hecho por él, que -consistía en un vergajo de un palmo con una bola de plomo sujeta a la -punta. Era ésta una de sus armas predilectas, que él manejaba con gran -habilidad. - -Respecto a Perico Beltza, era hombre fuerte, pesado, muy poco -inteligente, contrabandista desde la infancia. Le llamaban Perico -Beltza, Perico el Negro, por su color moreno. - -De los tres hombres emboscados, Martín era como un tigre, hombre de una -gran fuerza, de una gran energía y de una gran crueldad; para él los -obstáculos no existían, y si había que pasar por charcos de sangre, -pasaba decidido y sin miedo. - -Malhombre era como el lobo, cauteloso y sombrío, amigo de la -obscuridad, de las aventuras nocturnas, a quien estorbaba la luz del -sol; Malhombre amaba lo enigmático, lo secreto, las bromas terroríficas -y siniestras, el mostrar la careta o el rostro tiznado mejor que la -cara, el deslizarse entre las sombras. - -Perico Beltza era pesado, malhumorado y torpe como un perro de ganado... - -Llevaban los tres siniestros personajes más de una hora agazapados tras -de una roca que había al comienzo del barranco de Inzola, cuando se vió -a lo lejos a un hombre, montado en una mula, precedido por otro que iba -delante con el ramal en la mano, y seguido por un tercero. - -El hombre montado en la mula iba con una capa y el delantero, que -llevaba la bestia del ronzal, marchaba esquivando los charcos; el -zaguero, que sin duda vigilaba al preso, traía un paraguas abierto. - -El que marchaba montado en la caballería era Chipiteguy; el que llevaba -la mula del ronzal, Claquemain, y el que iba detrás con el paraguas -abierto, Frechón. - -Al divisar el grupo, Martín Arreche, alias Martín Trampa, sacó la -cabeza fuera del escondrijo e hizo un gesto de inteligencia a Frechón. - ---Mirad por aquí cerca si hay alguien--dijo Martín a Malhombre y a -Perico Beltza. - -Los dos hombres se escabulleron y fueron a un lado y a otro para -vigilar. Martín se acercó a Frechón. - ---¡Hola, amigo! - ---¡Hola! - ---¿Este es el viejo?--preguntó. - ---Este es. - ---¿Qué piensa usted hacer con él? - ---¿No habrá aquí cerca algún sitio adonde llevarle por ahora? - ---Hombre, yo he hablado al dueño de un caserío llamado Churinborda. -Allí se le podía llevar, siempre que el viejo no proteste, porque si -no, el hombre se alarmará. - ---Oiga usted, Chipiteguy--dijo Frechón. - ---¿Qué hay?--murmuró el viejo. - ---Le vamos a llevar a un caserío próximo para arreglar nuestros -asuntos. No creo que se nos vendrá usted con gritos. - ---Yo no tengo la costumbre de gritar--contestó Chipiteguy con serenidad. - ---No le conviene a usted tampoco--replicó Frechón--. Si estos fanáticos -saben que usted se llevó un tesoro de cruces y de custodias de las -iglesias de Navarra, no le digo a usted lo que le va a pasar. - -Chipiteguy murmuró: - ---Usted me acompañó en la faena; pero eso no importa; vamos cuanto -antes al caserío. - -El viejo montado en la mula siguió camino adelante, dirigido por -Claquemain. Los otros hombres fueron detrás. - ---¿Así que este viejo fué a Pamplona y sacó barricas llenas de oro y -de plata?--preguntó Martín. - ---Sí. - ---¡Qué templado! - ---Y a mí me prometió una parte y no me la dió. - ---Yo hubiera hecho lo mismo--dijo Martín. - -Frechón contempló a Martín con cierta suspicacia. - ---Ahora me pagará la trastada--murmuró el francés--. A mí no me importa -nada que se haya quedado con las cruces. Yo me río de los sacrilegios. -Lo que no le perdono es que me haya engañado. - ---¿Qué piensa usted hacer?--preguntó Martín. - ---Le llevaremos a ese caserío próximo, donde escribirá una carta a su -familia de Bayona para que nos entregue una buena cantidad de dinero. - ---¿Quién irá con la carta?--dijo Martín. - ---Ya veremos. - -Siguieron marchando, precedidos por Chipiteguy, montado en la mula, -hasta el caserío Churinborda. Al llegar a la puerta, Frechón ayudó a -apearse a Chipiteguy. - ---No le aconsejo a usted que proteste--le dijo el francés--, porque -entonces le entregarían a usted a los carlistas como ladrón de cruces -de iglesias y le fusilarían sobre la marcha. - ---¿Y qué adelantaría usted con eso?--preguntó Chipiteguy con calma. - ---Nada; por eso no lo hago; pero se lo advierto a usted; lo que yo -deseo es cobrar un buen rescate como indemnización y nada más. - ---Estoy dispuesto. ¿Cuánto? - ---Ahora lo veremos y se lo diré a usted. Tengo que saber qué quieren -sacar estos ayudantes. - ---Está bien. - ---Señor Chipiteguy, ha perdido usted la partida. - ---Sí, ya lo veo. - ---Que le sirva a usted de escarmiento, y otra vez no pretenda usted -engañar a Frechón. El viejo Frechón tiene siempre la última palabra. - -Entró Chipiteguy en la cocina del caserío, se puso al lado de la lumbre -a secarse, vigilado por Claquemain, mientras Frechón, Martín Trampa, -Malhombre y Perico Beltza discutían lo que tenían que hacer. - -El rescate, después de largas discusiones, lo fijaron en treinta mil -francos: quince mil para Frechón y Claquemain y quince mil para Martín -Trampa y los suyos. A Frechón le pareció una cosa excesiva lo que -pedían éstos, pero no era ocasión oportuna de oponerse. - -Se le obligaría a Chipiteguy a escribir la carta. ¿Quién la llevaría? -¿Cómo se depositaría el dinero y quién lo recogería? - -Nadie tenía confianza en los demás. Martín, que vió en la cocina del -caserío que Chipiteguy hablaba mucho con Claquemain, dijo a Frechón -que no le parecía prudente dejar al viejo en una casa tan próxima a -la frontera, porque podía encontrar cualquier ocasión para escapar y -meterse fácilmente en Francia. - ---¿Qué cree usted que se debía hacer?--preguntó Frechón. - ---Internarle. Este Malhombre tiene en Almandoz un amigo sacristán, que -es pariente y compinche suyo. El sacristán vive en una casa con una -torre. Allí se podía meter al viejo. - ---¿Cuánto habrá de aquí a Almandoz? - ---Unas cinco leguas. - ---Bueno; pues vamos a llevarle allí. - -Malhombre se encargó de conducirle en la mula, de noche, por los -vericuetos que él sabía. - -Frechón creyó que llevaba su asunto perfectamente. Chipiteguy estaba -dispuesto a no protestar. - -Martín Trampa y sus hombres no sabían francés, y Frechón pensaba -engañarlos hábilmente y quedarse con todo el rescate a poco que la cosa -se presentase bien. - -Sin embargo, cuando Frechón llegó a Almandoz y vió que Martín Trampa -era allí un reyezuelo, y que todo el mundo le obedecía por el terror, -pensó que su asunto no marchaba tan bien y que quizá había hecho una -imprudencia. - -Al viejo Chipiteguy le habían metido en el último piso de un caserón y -allí lo tenían vigilado. - - - - -II - -MANIOBRAS DE FRECHÓN - - -Cuando Matías Frechón comprobó que el viejo Chipiteguy se la había -jugado en el asunto de Pamplona, pensó, tarde o temprano, en tomar -venganza. La ocasión se había de presentar a la larga o a la corta, y, -efectivamente, se presentó. Frechón urdió pronto un proyecto que le -pareció soberbio. - -Para realizarlo necesitaba cómplices, decididos y valientes; Roquet, -por entonces, estaba ya a las órdenes de Aviraneta, dedicado a -maniobras políticas; Cazalet, el bohemio, no era hombre más que para -intrigas de ciudad; perezoso y borracho, no podía actuar más que en el -rincón del café o de la taberna. - -Frechón, que espiaba a todos los españoles que venían a Bayona, supo -que Gabriela la Roncalesa visitaba la posada de Iturri y conferenciaba -con Aviraneta. - -Frechón se presentó a la muchacha y la dijo que tenía algunos asuntos -comerciales con los carlistas, y que, para resolverlos, necesitaba una -persona de inteligencia que tuviera conocimientos entre los partidarios -de don Carlos. - -Gabriela habló de su novio, Luis Arreche; dijo que éste era -subteniente del 5.º batallón de Navarra y que conocía algunos -personajes importantes del partido. Frechón preguntó a Gabriela si -él no podría hablar en algún lado con el subteniente Arreche, y ella -contestó que una semana después su novio estaría en Vera y que allí -podría entenderse con él. - -Frechón entró en España y habló con Luis Arreche, a quien llamaban -Bertache por el nombre de su casa. - -Frechón contó a Luis la jugada que le había hecho Chipiteguy en -Pamplona y le confesó que él pensaba preparar una emboscada para -sacarle parte o todo el dinero que el viejo se había agenciado con el -negocio de las cruces. - -Luis Arreche le advirtió que él no podía estar mucho tiempo en la -frontera, y que, para preparar la emboscada contra Chipiteguy, lo mejor -que podía hacer era dirigirse a su hermano Martín. Frechón mandó un -aviso a Martín Arreche, alias Bertache, alias Martín Trampa; hablaron -los dos, se entendieron y se pusieron de acuerdo en la manera de -apoderarse del viejo trapero, de secuestrarle y de sacarle los cuartos. - -Frechón volvió a Bayona y sondeó a Claquemain. Claquemain era un -borracho que no tenía afecto a nadie. Con la promesa de dinero se -decidió a hacer traición a su amo. - -Entre los dos hombres engañaron a Chipiteguy, hablándole de una compra -de armas en la venta de Inzola. - -Fueron Claquemain y el viejo a San Juan de Luz, en coche; alquiló allá -Chipiteguy una mula para subir a la venta de Inzola, y en la venta de -Inzola aparecieron Frechón y Claquemain, que le obligaron a seguir -adelante y le llevaron al final del robledal, donde esperaban Martín -Trampa, Malhombre y Perico Beltza. - -A los dos días de la desaparición de Chipiteguy se presentó Frechón -en la casa del Reducto, de Bayona. Dijo a Manón y a la andre Mari que -había estado en Dax y se manifestó muy asombrado de la desaparición de -Chipiteguy. - -Luego en la tienda, delante de Alvarito y de algunos clientes, afirmó -que a Chipiteguy lo habían engañado y llevado a España los curas -carlistas al enterarse de que había sacado cruces y custodias de -Pamplona. - ---¿Qué custodias?--preguntó Alvarito. - ---Tú eres un imbécil que no te enteras de nada--le dijo Frechón--. -Cuando el viejo estuvo con nosotros en Pamplona trajo plata y piedras -preciosas, que debe tener guardadas aquí. - -Alvarito se quedó asombrado y habló con Manón del tesoro de Pamplona y -decidieron un día registrar la cueva. - -Alvarito estaba haciendo gestiones para averiguar el paradero de -Chipiteguy, y fué a ver a María Luisa de Taboada por si ésta le podía -dar alguna indicación. María le preguntó si no conocía a don Eugenio de -Aviraneta. - -Alvaro le dijo que sí. - ---Pues vaya usted a verle. - -Aviraneta vivía entonces en la fonda de Francia. - -Alvaro explicó a don Eugenio lo ocurrido: la desaparición de Chipiteguy -y de Claquemain. - -Aviraneta hizo que Alvaro contase todo lo que sabía. Alvarito relató -las incidencias del viaje a Pamplona: cómo habían entrado en la -ciudad; cómo el patrón había dicho a su dependiente que le esperase en -Valcarlos, y cómo después, en vez de ir por San Juan de Pie de Puerto a -Bayona, había ido a San Sebastián y embarcado aquí con sus figuras de -cera. - ---¿Usted no sospecha de nadie?--le preguntó Aviraneta. - ---No. - ---¿Ni siquiera de Frechón? - ---A ese hombre le considero capaz de cualquier cosa, pero parece que -estos días de la desaparición de Chipiteguy estaba en Dax. - ---¡Quién sabe! Quizá esto no sea más que una coartada. - -Aviraneta prometió al joven Sánchez de Mendoza que pondría todos los -medios para averiguar el paradero de Chipiteguy, suponiendo que el -viejo se hallara en España. - -Los amigos de Chipiteguy, muy extrañados de su desaparición, hacían mil -cábalas; para unos era una fantasía del viejo, que se había marchado de -casa por capricho, otros creían que estaba secuestrado, y otros, que -muerto. - -Unos quince días después de la desaparición de Chipiteguy, Alvarito -recibió una carta, que fué a leerla a Manón y a la andre Mari. La carta -decía así: - -"Mi querido amigo: Me han traído a España y me tienen preso. Para -dejarme libre exigen que dé dos mil onzas. Vete a ver a Manasés -León, con esta carta, y él te proporcionará la cantidad indicada. La -tendrás dispuesta para entregársela inmediatamente al emisario que se -presente ahí dentro de poco con una carta mía desde la frontera, que -irá dirigida a don Alvaro Sánchez de Mendoza y estará firmada por Juan -Dollfus. - -No hay que avisar a la policía española, porque ella aquí, por ahora, -no puede hacer nada, y la denuncia podría costarme la vida. Di a Manón -que estoy bien y que pienso siempre en ella. Tu amigo, _Chipiteguy_." - -Alvarito hizo lo que se le indicaba en la carta y esperó con el dinero -en la caja a que apareciera el emisario, pero éste no apareció. - -Una semana después, Manón recibió otra carta, en la que se le decía que -su abuelo se encontraba preso, y que si quería verle libre, enviara una -letra de quince mil francos, a cobrar en Elizondo, a nombre de Juan -Echenique, de Almandoz; que no avisara a la justicia, porque no podría -hacer nada contra los secuestradores del viejo y porque si sabían que -eran denunciados podían matarle. - -Manón y Alvarito consultaron con Manasés, y éste dijo que era una -imprudencia enviar el dinero sin garantía, porque el Echenique podía -quedarse con él y no librar a Chipiteguy. - -Decidieron entre los tres escribir a Echenique, indicándole que le -enviaban una carta de pago de quince mil francos a cobrar en casa de -Rodríguez y Salcedo, de Bayona, y añadiendo que le pagarían desde el -momento en que Chipiteguy estuviese libre en cualquier punto de la -frontera de Francia. - -Como ésta carta tampoco dió resultado, Alvaro fué de nuevo a visitar a -Aviraneta, quien le dió una carta para Luis Arreche, alias Bertache. - -Don Eugenio le decía en ella que se enterara de quiénes tenían -secuestrado a Chipiteguy y en dónde; que les dijera a los -secuestradores que no pidieran más de lo que habían pedido, porque el -viejo no era tan rico como decían, y que, aunque lo fuera, quizá en la -misma familia del viejo hubiera gente que le conviniese que Chipiteguy -desapareciera. - ---No, no hay nada de eso--dijo Alvarito. - ---Seguramente que no--replicó Aviraneta--; pero es un argumento para -gente un tanto canalla, que desconfía de todo menos de las malas -intenciones. - -Alvarito se dispuso a ir a España a ver a Bertache. Antes de salir, -Aviraneta le llamó. Había sabido por Gabriela la Roncalesa que Martín -Trampa, el hermano de Luis Arreche, era uno de los complicados en el -secuestro de Chipiteguy. Martín vivía en Almandoz y Aviraneta pensaba -que se le podía escribir a él directamente. Le escribieron. Alvarito y -Manón decidieron esperar una semana, por si Martín Trampa contestaba; -pero no contestó... - - - - -III - -EL TESORO - - -Una noche le despertaron a Alvarito la Tomascha y la andre Mari. Habían -oído claramente que andaba gente en la cueva. - ---¡Levántate!--le dijeron las dos mujeres. - -Alvarito se levantó, temblando de miedo, y se vistió lo más rápidamente -posible. - ---Vamos a ver quién es--dijo, fingiendo serenidad en la voz. - ---No, no--replicó la andre Mari--; lo que tenemos que hacer es -encerrarnos en este piso con llave. Manón está dormida. - ---Mejor sería llamar a la guardia del Reducto--murmuró la Tomascha--. -Desde la ventana podemos gritar. - ---No, no--dijo la andre Mari--; no vaya a resultar que sea algún gato y -se burlen de nosotras y nos tengan por unas viejas locas. - -Con el rumor de las voces Manón se despertó y apareció en la escalera, -preguntando de qué se trataba. - ---Hay gente en la casa--le dijo su tía. - ---Pues vamos a ver quién es. - -La muchacha se puso una bata, cogió el farol con el que solía hacer -la ronda nocturna con su abuelo y comenzó a bajar decididamente la -escalera. - -Alvarito la siguió con un garrote en la mano; las mujeres, al ver a los -dos muchachos tan decididos, fueron también bajando las escaleras tras -ellos. - -Manón y Alvarito recorrieron la tienda, los almacenes y el patio y no -encontraron a nadie. - ---Quizá en la cueva se haya encerrado el ladrón. - -Entraron en la cueva. A la luz del farol vieron las figuras de cera -apoyadas en la pared con un aire extraño. La arpillera que cubría el -grupo de los Asesinos había caído y el Asesino joven sacaba el brazo, -armado con su puñal. La presencia de aquellas repugnantes figuras -de cera renovó la obsesión de Alvarito; le produjeron espanto, y en -medio de la noche, y en la cueva, y a la luz vacilante del farol, casi -le dieron más terror que si fueran verdaderos ladrones que hubieran -entrado en la casa. - -Al volver a su cama, Alvarito reconoció en su fuero interno que, aunque -aparentemente había quedado bien, en el fondo había tenido mucho miedo. -Se avergonzaba, al mismo tiempo, de su cobardía y se asombraba de sus -momentos de valor. - -Al día siguiente, cuando Alvarito fué a su despacho, pudo notar señales -de pasos en el patio. La noche antes había llovido y quedaban huellas -de unas botas y el barro ya seco. No era, pues, ilusión el que hubiese -habido gente dentro de casa por la noche, sino un hecho cierto. - -Ahora, por dónde había entrado y por dónde habían salido, era lo que -no comprendía, porque en el portal no había huellas y el cerrojo de la -puerta estaba por la mañana echado. - -Alvaro supuso si los ladrones, o lo que fuesen, se habrían descolgado -por la pared del patio, o quizá por el tejado. Todo esto le dió a -Alvarito gran miedo. La andre Mari y la Tomascha se alarmaron mucho al -saber que era cierta la entrada de los hombres en la casa y decidieron -que fueran a dormir al almacén Quintín y un primo suyo zuavo. - -Este primo de Quintín era Max Castegnaux, supuesto hijo de Chipiteguy, -que había llegado a sargento en el ejército de Argelia, y que estaba -retirado y tenía un destino en el Ayuntamiento. - -Max Castegnaux, alto, ancho, fuerte, corpulento y grande, tenía aire -marcial y una frente abombada un poco de carnero. Max gastaba bigote y -patillas. Llevaba sombrero de copa de alas muy anchas, levita de mangas -largas y estrechas y un junco, colgando en el botón del chaleco. - -Quintín y Castegnaux dormirían en la trastienda en unos catres, cada -uno con la pistola cargada, al alcance de la mano. Max y Quintín -pensaron en poner dos o tres figuras de cera en los rincones, en sitios -extraños, para asustar al que pretendiera entrar en la casa. - -La guardia de los hombres no era muy eficaz. - -Al parecer, Quintín y Castegnaux llevaban cada uno su botella de vino a -la trastienda, y después de jugar una partida y de beberse el vino, se -echaban a dormir y roncaban como benditos. Ni un cañonazo los hubiera -despertado. - -Unos días después de los ruidos y de la alarma y de inaugurar -la guardia en la trastienda con Castegnaux y Quintín, Frechón, -considerándose ofendido al ver que en la casa se daba más importancia a -Alvarito que a él, se despidió. - -Manón le dijo a Alvaro que, ya que no podían temer el espionaje de -Frechón, tenían que ver lo que había guardado el abuelo en la cueva. - -Fueron los dos con un farol y notaron que había un sitio con la tierra -removida. Cavaron allí y comenzaron a aparecer barras de plata, -pintadas de negro, y trozos de oro, envueltos en trapos. - -En el agujero había también un cantarillo. - ---¿Qué habrá aquí?--se dijo Alvaro. - ---A ver, vacíalo. - -Alvaro vació el cantarillo en el suelo y salió de su interior un montón -de esmeraldas, de zafiros y de topacios. - -A la luz del farol brillaban las piedras con mil fulgores. - ---Es un tesoro--murmuró Alvaro. - ---Sí, pero no podemos tocarlo--dijo Manón. - ---¡Ah, no! Claro que no. Volveremos a guardarlo como estaba. - -Alvarito llenó la cantarilla con las piedras preciosas y la enterró de -nuevo. De pronto creyó que había alguien que le estaba mirando; pero -era una de las figuras de cera. - -Cuando dejaron el sótano, Manón y él pensaron que salían de la cueva de -Alí Babá y de sus cuarenta ladrones. - -La existencia del tesoro influyó en la imaginación de Alvarito. Supuso -que, así como en los cuentos antiguos había un dragón que guardaba un -tesoro y una princesa, allí eran las figuras de cera las vigilantes. - -El, Alvarito, acabaría siendo el dominador de las feas figuras, el -Orfeo de las bestias inmóviles, el domador de los espectros asquerosos -y repugnantes, y después de vencerlos, huiría con la princesa y con el -tesoro. - -Unos días después soñó que se encontraba delante de una puerta -disparando tiros contra alguien que quería asaltar la casa. - - - - -IV - -LOS VIEJOS DE LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY - - -Grandes comentarios se hicieron entre los amigos acerca de la -desaparición de Chipiteguy. En la tertulia de madama Lissagaray se -habló mucho del caso, y, sobre todo, los viejos y las personas sesudas -discutieron y expusieron sus opiniones. - -Había variedad de hipótesis. La mayoría consideraba que el secuestro -tenía un carácter político, y, según sus ideas, lo achacaban unos a los -carlistas y otros a los masones. - -Algunos no creían que se tratara de maniobras políticas, sino de -motivos personales. - -Uno de los que acusaba a Frechón como autor o, por lo menos, cómplice -del secuestro, era Pascual Joliveau, el Robinsón Crusoé del baile del -día de San Martín. - -Joliveau tenía su tienda de herbolario en el piso bajo, en casa de -madama Lissagaray. Joliveau era soltero, de unos treinta y tantos años, -grueso, rubio, pálido, pesado e imberbe, con las orejas grandes y las -manos enormes. - -Era, además, tartamudo. - -Joliveau ganaba dinero con su tienda. Era muy trabajador y un poco -entrometido en cuestiones de medicina. Creía que sabía mucho, y también -lo creía la gente de la vecindad. - -Los enemigos suyos decían que como en la misma calle vivía un médico -que le había denunciado una vez por intruso a Joliveau, y a quien éste -tenía odio, había puesto un anuncio en la tienda, que decía así: - -"Herbolario: No confundirle con el charlatán de enfrente." - -La anécdota era perfectamente falsa. - -Joliveau experimentaba gran antipatía por los médicos y por los -boticarios de la época, porque comenzaban a emplear principalmente -remedios químicos y olvidaban los simples. El herbolario se jactaba de -curar todas las enfermedades con la angélica, con la valeriana, con la -pulsátila, con la genciana. - -A veces recomendaba a algunas muchachas la sabina, la ruda o el -cornezuelo de centeno; pero había estado a punto de ser procesado por -una de estas recomendaciones y tenía desde entonces gran prudencia. - -Joliveau hacía emplastos de todas clases, vendía cepillos de dientes y -lavativas. - -Joliveau, a pesar de ser muy roñoso y suspicaz, había acogido en su -casa a un hombre llamado Doyambere, antiguo relojero tronado, viejo -mixtificador, que afirmaba poseer magníficas minas en España y tesoros -en el Banco, probablemente tan reales como las minas. - -Alvarito encontraba Joliveau un aire de figura de cera. Le recordaba -al Fualdés de la colección de Chipiteguy. Joliveau era un hombre muy -suspicaz y muy avaro; en su casa no se encendía lumbre más que en la -cocina, y poca. Para legitimarse durante el invierno, encontraba que -en todas partes donde se encendía fuego había demasiado calor. - -Joliveau guardaba todo lo que encontraba en su casa o en la calle, las -llaves viejas que no abren ninguna puerta, las pelotas, los trozos de -vela, las horquillas, etc. - -Joliveau no creía más que en las malas intenciones de la gente, y aun -así le engañaban siempre. - -Por entonces le engañaba Doyambere, el hombre misterioso; el relojero -tronado, que había hecho creer a todo el mundo que poseía minas y -tesoros, y que, probablemente, no tenía un cuarto. - -Doyambere había sido el bohemio de la relojería; durante muchos años -había recorrido Francia, España e Italia a pie, arreglando relojes. -Contaba cosas extraordinarias de sus viajes: brujerías, crímenes, -misterios y horrores. - -Doyambere era un viejo amable, muy fino, muy discreto, muy sensato, que -tenía buenas palabras para todos, pero que no inspiraba confianza. - -Joliveau alimentaba a Doyambere y le tenía en casa con la esperanza de -heredarle. - -A veces le indignaba el despilfarro del viejo relojero mixtificador, -y una vez que Doyambere, al postre, sacaba la corteza al queso, sin -duda muy gruesa, Joliveau dijo, tartamudeando más que de costumbre, sin -poderse contener: - ---Eso... tam... bién... me... cuesta... a... mí... el dinero. Es una... -falta... de... consideración desperdiciar así... el queso. - -Joliveau tenía una criada vieja; pero él mismo guisaba. - -Una de las manifestaciones de la roña de Joliveau era odiar a los -gatos, sin duda por lo que robaban. - ---Es un animal... antipático--decía--, que no respeta la propiedad -ajena. - -Joliveau ponía cepos a los gatos y, cuando los cogía, los ahorcaba. - -Había uno en su vecindad de una vieja solterona, negro y atrevido, que -entraba en casa del herbolario por el patio. Al fin, Joliveau lo cogió, -lo ahorcó y lo tuvo como trofeo un día colgado, delante de la ventana, -para que lo viera la vecina. - -Joliveau cortejaba a la señorita Recur, sin comprender que aquella -señorita estaba enamorada de Marcelo, el sobrino de Chipiteguy. Ella -sentía un verdadero horror por el herbolario. - -Joliveau, hombre de cabeza extraña y confusa, no decía las cosas como -todo el mundo; era un incoherente, a quien a veces no se le entendía. -Hacía alusiones a cosas lejanas, y muchos decían que, al oírle, se -preguntaban, vacilando: ¿Si será un hombre de gran talento? ¿Si será un -imbécil? La mayoría se decidía por creerle imbécil. - -Se podía encontrar en él una mezcla rara de cualidades: suficiencia, -fanfarronería e impertinencia, unida a cierta fidelidad por algunas -personas. Quizá ninguno de sus sentimientos llegaba a la nota aguda; -pero también se podía asegurar que había poco estimable en el -abigarramiento de su alma. - -Joliveau, desde el principio de la desaparición de Chipiteguy, había -acusado a Frechón. Joliveau tenía resquemores con éste. Había querido -hacer un negocio un tanto usurario con él y Frechón le había engañado. - ---A ese... cochino... de Frechón--decía--le voy a enviar yo... a -gozar... de la hospitalidad... económica... gubernamental... Allí -le alimentarán con... berzas, con agua y con... otros ingredientes -parecidos. - -La hospitalidad económica gubernamental era para Joliveau la cárcel. - -Una vez le dijo alguien: - ---Ese Frechón vendería su alma al diablo. - ---Saldría... ganando--contestó Joliveau con presteza--; vendería una -porquería... por unas buenas... monedas. - -Le gustaba también al herbolario tartamudo desfigurar los nombres de -las personas que le eran antipáticas o que le habían engañado. - -Así le llamaba a Frechón Frechoneau, Frechonato o Frechonazo. - -A la campaña que hacía contra él contestaba Frechón con mayor acritud. - -Según Frechón, todas las hierbas que vendía Joliveau eran venenosas y -mortales de necesidad. - -No se sabía lo que hacía el herbolario con ellas, si es que se -orinaba, o escupía, o algo peor; pero su efecto era terrible. Tomar el -malvavisco, la manzanilla o las flores cordiales de casa de Joliveau y -empezar a sentir náuseas, vómitos y ponerse a la muerte, era inmediato. -Frechón hacía juegos de palabras con el apellido de Joliveau (Bello -Becerro) y preguntaba a los conocidos: - ---¿Qué hace el Bello Becerro? ¿Lo llevan al matadero o está hidrópico -por las malas hierbas que come en su casa? ¿Le ha visto ya el -veterinario? - -Frechón aseguraba que Joliveau estaba loco, que una meningitis padecida -en la infancia le había trastornado. Decía también que de niño un cerdo -le había castrado. Por eso, según Frechón, Joliveau era imberbe y tenía -tipo de cantor de la Capilla Sixtina. Por eso tenía también aficiones a -guisar y a fregar los platos. - -Estas murmuraciones malévolas llegaban a Joliveau, que tan pronto se -indignaba como se quedaba tan tranquilo. - ---Aquí, en Bayona... ya se sabe...--decía, frotándose sus grandes -manos--. El periódico... de cinco céntimos... sin papel... circula -mucho por la ciudad. - -Esta frase quería decir, en el lenguaje confuso del herbolario, que -había mucha chismografía en el pueblo. - -Con esta manera de hablar, hiperbólica y figurada, siempre haciendo -alusiones a cosas desconocidas, no se le entendía. Con frecuencia -Pascual Joliveau proyectaba casarse; pero no tenía éxito. - ---No sé... si casarme... o comprar una... partida de hierbas. - -Al último, siempre tenía que comprar las hierbas. Frechón decía en -todas partes que Joliveau quería casarse porque tenía gran afición a -ser cornudo. - -Joliveau se acercaba a veces al grupo de las muchachas en la tertulia -de Lissagaray, pero no le hacían caso; Manón le trataba con un profundo -desprecio, Rosa le oía distraída, Morguy se reía descaradamente de él. - -El Bello Becerro no encontraba su ternera ideal--hubiera dicho -Frechón--; únicamente Alvarito escuchaba al herbolario; éste solía -decirle: - ---Créame usted... Si quiere encontrar... al viejo, dele usted... la -zancadilla... a Frechonazo. - -Otro de los consultados varias veces fué el padre Aranalde, un cura -amigo de Madama Lissagaray. Aranalde era un viejo de cara sonrosada, -pelo blanco, mirada a veces viva, pero siempre velada por el párpado -caído; los labios burlones y la nariz larga, con frecuencia llena de -rapé. - -Aranalde tomaba posturas académicas, y lo hacía tan afectadamente y tan -bien que, más que cura, parecía un cómico que hiciera de una manera -maravillosa el papel de eclesiástico. - -Aranalde no afirmaba ni negaba nada; todo podía ser, y las varias -versiones que se daban de la desaparición de Chipiteguy le parecían muy -posibles. - -Otro de los oráculos de la tertulia de madama Lissagaray era el señor -Silhouette, comerciante retirado de las pompas fúnebres y vecino de -Chipiteguy. - -Silhouette, viejo con peluca y cara rasurada, tenía una expresión de -frialdad, de indiferencia, de esfinge. Sin duda se la había dado su -oficio. - -Durante toda su vida no había hecho más que ir a las casas donde -ocurría una muerte, de día o de noche, y mostrar atenta y fríamente sus -catálogos y etiquetas, sus precios de entierro de primera o de segunda, -siempre con una severidad y una indiferencia helada. - -Decían que el Sr. Silhouette había sido engañado por la mujer. El -señor Silhouette llevó a su mujer a una casita de campo del camino de -Bayona y la encerró allí hasta que murió, y tuvo el gusto de ver en sus -catálogos qué clase de ataúd y de pompas fúnebres necesitaba su cara -esposa para hacer el gran viaje a las profundidades de la madre tierra. - -El señor Silhouette andaba siempre enlevitado, la boca apretada, con -los labios pálidos y delgados, mejillas hundidas, ojos fijos y duros, -la corbata que le agarrotaba el cuello, la frente ancha y la mirada -fría. Silhouette era, indudablemente, funerario, feretral, panteónico. - -En todo se manifestaba metódico y meticuloso, muy partidario de la -etiqueta, y no transigía con ningún olvido de ella. - -Se decía que el señor Silhouette era el padre de Joliveau; pero no se -parecía nada a él y debía ser una broma de la gente mal intencionada. - -El señor Silhouette era legitimista, pero no quería confesarlo. -Alvarito le encontraba muy parecido al Fouché de las figuras de cera; -un Fouché más viejo y menos emperifollado. - -El señor Silhouette no dió su opinión acerca de la desaparición de -Chipiteguy; se contentó con oír todos los detalles y nada más. - -Había otros viejos señores en la tertulia; el señor Castera, que había -sido procurador, que andaba del brazo de su mujer, arrastrando los -pies, y que jugaba su partida de cartas. El señor Castera tenía las -piernas torcidas, la cara arrugada y pálida, la cabeza sin pelo en las -sienes y la frente deprimida. Había en él algo de reptil. Vestía a la -antigua. El señor Castera tomaba rapé, gastaba una hermosa peluca y -tenía una voz de falsete desagradable. - -Pero no se podía considerar como lo más desagradable de su personalidad -su voz. - -El viejo Castera era un hombre muy cortés, lo que no le impedía decir -a cada persona lo más desagradable, lo más que le podía molestar o -herir, con exquisita finura. Al mismo tiempo que decía algo venenoso, -ofrecía a la víctima su tabaquera con la tapa esmaltada, sonriendo con -amabilidad. El hablar mal de la gente, el tomar rapé y comer dulces -eran sus principales vicios. - -Alvarito oyó que el señor Castera, en su juventud, había sido un hombre -guapo. En cambio, en su vejez, era casi repugnante. - -Es curiosa esa fealdad que se produce en la burguesía, sobre todo en -los comerciantes, industriales, notarios, hombres de ley y en todos los -que viven casi exclusivamente por el dinero. - -No es la fealdad de la gente del pueblo, ni la fealdad de la miseria, -de la embriaguez, de la brutalidad, de las pasiones bajas, sino una -fealdad sórdida, fría, la expresión de la avidez y de la especialidad -comercial. - -Esta fealdad contrasta con la belleza que tiene, a veces, el hombre del -campo, el marino, y, sobre todo, el hombre de pensamiento. - -El señor Castera conocía a Chipiteguy y a Aviraneta y los tenía a los -dos por personas honorables; pero inmediatamente después de hablar de -ellos y de dedicarles toda clase de elogios, contó, riéndose, esta -anécdota: - -"Cuando era viejo Talleyrand y vivía en el palacio de Valencay tenía un -amigo tan viejo como él, el conde de Montrond. - -Un día Talleyrand le decía a la duquesa de Laval: - ---Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur de Montrond. Porque -tiene pocos prejuicios. - -A esto, Montrond replicó inmediatamente: - ---¿Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur Talleyrand? Porque no -tiene ninguno." - -Sin duda, el viejo ex procurador, quiso decir que tanto Chipiteguy como -Aviraneta eran capaces de cualquier cosa. - -Compañero del viejo mordaz era el señor Bedarride, tendero de la -vecindad, viejo, de cara inyectada y roja, con la nariz abultada, el -bigote largo y caído, que llevaba casi siempre redingote y chaleco de -grana. - -Bedarride, con su aire embrutecido, era hombre listo y había sabido -hacerse su fortuna en el comercio de paños. Era también de una -fealdad comercial y transcendía a paño a la legua. Probablemente, las -emanaciones del paño que había respirado toda su vida habían matizado -su alma, dándole un espíritu de pañero indeleble. - -A Alvarito le recordó el hombre que voceaba el crimen en el grupo de -las figuras de cera, que llamaban, en la casa del Reducto, los Asesinos. - -El señor Bedarride, riquísimo, tenía un motivo de pena que le amargaba -la vida. Su hija única, Lucía, estaba enferma de la medula. Lucía -Bedarride tenía una cara asimétrica desagradable, llena de granos, y -una expresión mixta de estupidez, de inquietud y de maldad. - -El médico había dicho al padre que quizá, si la muchacha se casara, -podría desarrollarse y cambiar, y el señor Bedarride buscaba marido -para su hija, pensando en conquistarle, ofreciéndole una fortuna. - -Lucía Bedarride, mala, perversa, tenía ataques de nervios; pegaba a -las criadas y, al ver que los jóvenes no se le acercaban, le daban -arrechuchos de cólera. - -La señorita Bizot trató de demostrar a Alvarito insidiosamente que para -él sería un magnífico negocio el casarse con Lucía Bedarride; pero -Alvarito rechazó la proposición con energía. - -La Bizot reconoció que la muchacha no tenía ningún atractivo; pero -había dinero en cantidad y con dinero se podían encontrar maneras de -indemnizarse. Una mujer como la Bedarride y una querida como su vecina -la Nené era una combinación perfecta. - -Alvarito se quedó asombrado al oír una proposición de esta naturaleza. - - - - -V - -ÚLTIMAS HIPÓTESIS - - -Otro de los contertulios de madama Lissagaray era el señor de Viguerie, -dueño del hotel de los Tres Reyes, en la calle de Maubec, de Saint -Esprit. Viguerie transcendía también a fondista. Viguerie odiaba -cordialmente a todos los extranjeros porque no iban a su hotel; no -podía soportar a los judíos del barrio por su carácter económico, y -como era del centro de Francia, tenía antipatía por los vascos, que -además no iban tampoco a su fonda. - -El señor Viguerie se hallaba enterado de las maniobras de los -carlistas; era muy amigo del intrigante Manuel Salvador y muy enemigo -de Aviraneta. - -Viguerie, por informes de Salvador, afirmó que Chipiteguy era víctima -de los masones y que por este camino debía enderezar las pesquisas la -familia. - -Según él, lo mejor que se podía hacer era dirigirse al subprefecto para -que éste reclamara la libertad de Chipiteguy al jefe de la logia, o -Gran Oriente, de Bayona. - -Una señora que asistía a la reunión, y que hizo algunas gestiones para -averiguar el paradero de Chipiteguy, fué madama Du Vergier. Esta madama -se decía pariente de Du Vergier d'Hauranne, el célebre abate de Saint -Cyran, uno de los jefes más influyentes en su época del jansenismo. - -Madama Du Vergier, vieja, alta, hombruna, andaba por la calle casi -siempre en zapatillas y apoyada en un bastón. Había sido, en tiempo del -Imperio, mujer de costumbres alegres; pero ya nadie se acordaba de sus -aventuras. - -Madama Du Vergier tenía el vicio de la lotería y jugaba en la francesa -y en la española con tanto entusiasmo que a veces no tenía para comer. - -Esta vieja le recordó a Alvarito la Brinvilliers de las figuras de cera. - -Madama Du Vergier, con la Bizot, había ido a ver a la adivinadora -madama Canis, y ésta les había dicho con seguridad, rotundamente, que -Chipiteguy estaba en España, guardado en una torre, por un crimen de -Estado. - - Biarritz, octubre de 1924. - - - FIN DE LAS FIGURAS DE CERA - - - - -ÍNDICE - - - Páginas - - PRÓLOGO 7 - - - PRIMERA PARTE - - LOS TRAPEROS DE BAYONA - - I.--Las galeras 11 - - II.--La casa de la plaza del Reducto 18 - - III.--Chipiteguy y su familia 27 - - IV.--La taberna de Ochandabaratz 47 - - V.--Los inquilinos de Chipiteguy 60 - - VI.--Los Sánchez de Mendoza 67 - - VII.--Primeros contactos con la realidad 75 - - - SEGUNDA PARTE - - EL SIMANCAS - - I.--Maniobras de Aviraneta 91 - - II.--Los enemigos 98 - - III.--Los expulsados 104 - - IV.--La tertulia del abate Miñano 109 - - V.--Primeros efectos del Simancas 114 - - VI.--El dinero 127 - - - TERCERA PARTE - - LAS FIGURAS DE CERA - - I.--Personajes históricos 131 - - II.--Los sueños de Alvarito 144 - - III.--La canción de la ceroplastia 149 - - IV.--Un proyecto 154 - - V.--En Pamplona 162 - - VI.--La vuelta 178 - - VII.--Explicaciones de Chipiteguy 181 - - VIII.--Chipiteguy, Gamboa y Frechón 185 - - IX.--Después de la aventura 189 - - - CUARTA PARTE - - PALOMAS Y GAVILANES - - I.--Manón y Rosa 193 - - II.--Frechón o el chatarrero misántropo 213 - - III.--La tertulia de madama Lissagaray 219 - - IV.--Las preocupaciones del hidalgo Sánchez de Mendoza 234 - - V.--El secreto de Sonia Volkonsky 241 - - - QUINTA PARTE - - EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY - - I.--En la regata de Inzola 257 - - II.--Maniobras de Frechón 267 - - III.--El tesoro 273 - - IV.--Los viejos de la tertulia de madama Lissagaray 277 - - V.--Ultimas hipótesis 287 - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN: #14 -LAS FIGURAS DE CERA *** - -***** This file should be named 63680-0.txt or 63680-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/3/6/8/63680/ - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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