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-The Project Gutenberg EBook of Memorias de un hombre de acción: #14 Las
-figuras de cera, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
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-using this ebook.
-
-Title: Memorias de un hombre de acción: #14 Las figuras de cera
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: November 08, 2020 [EBook #63680]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Carlos Colón, The University of Toronto and the Online
- Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This
- file was produced from images generously made available by The
- Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN:
-#14 LAS FIGURAS DE CERA ***
-
-
-
-
- Nota del Transcriptor:
-
- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
-
- Ilustraciones han sido eliminadas.
-
- Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.
-
-
-
-
- PÍO BAROJA
-
- MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
- LAS FIGURAS
- DE CERA
-
- NOVELA
-
- (SEGUNDA EDICIÓN)
-
- [Ilustración]
-
- EDITORIAL CARO RAGGIO
- MENDIZÁBAL, 34, MADRID
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
-
- DERECHOS RESERVADOS
-
- PARA TODOS LOS PAÍSES
-
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-
- IMPRENTA CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID
-
-
-
-
-PRÓLOGO
-
-
---¿Así que tú no conoces al que ha escrito esta relación?--preguntó
-Aviraneta, después de haber escuchado la lectura de varios trozos del
-manuscrito.
-
---No--contestó Leguía--. Este cuaderno me lo dejó doña Paca Falcón,
-hace unos años, en Bayona, y saqué una copia de él. Supongo que se
-hizo con algunas notas que escribió Alvaro Sánchez de Mendoza. ¿Qué le
-parece a usted?
-
---¡Psé! Así, así.
-
---¿Le parece a usted mal?
-
---No; los hechos positivos en que está basado el libro son ciertos; que
-el cónsul de España en Bayona, don Agustín Fernández de Gamboa, recibió
-barricas llenas de plata y de oro de las iglesias de Navarra, durante
-la primera guerra civil, para venderlas en Francia, es verdad.
-
---¿Usted lo sabía?
-
---Sí. Gamboa, como sus amigos Collado y Lasala, explotaron todo lo que
-pasó por delante de ellos. Unicamente así se puede conseguir una gran
-fortuna en poco tiempo.
-
---Es indudable. Sólo la guerra y la usura hacen a la gente rica con
-rapidez.
-
---Los que no somos contratistas del ejército ni usureros no hemos
-podido pasar de ser unos pobretones.
-
-Esta conversación la tenían Aviraneta y Leguía en San Sebastián poco
-antes de la Revolución de septiembre, en una casa del barrio de San
-Martín, donde vivía don Eugenio por entonces. Aviraneta, de cuando en
-cuando, se miraba al espejo y se arreglaba una hermosa peluca rubia,
-casi roja, que le había arreglado su amigo y barbero Justo Lazcanotegui.
-
---¿Y usted no ha conocido a ese Chipiteguy trapero de la plaza del
-Reducto, de Bayona, que figura aquí?--preguntó Leguía.
-
---Sí, sí. ¡Ya lo creo! Era amigo mío; un viejo camastrón, epicúreo...
-hombre simpático, efusivo. Solía comer yo con frecuencia en su casa.
-
---Y a Frechón, ¿lo recuerda usted?
-
---¿Qué hacía ese Frechón?
-
---Era un empleado de Chipiteguy y, al parecer, un gran intrigante.
-
---Sí, sí, tengo idea; mas creo que le llamaban de otra manera.
-
---Debió de estar en casa de usted varias veces.
-
---¡Tantos estuvieron!
-
---Sí; pero debió de ir a hablar de política, de intrigas...
-
---Era a lo que venía todo el mundo a mi casa.
-
---Sí, su casa en Bayona debía ser un nido de intrigantes.
-
---Entre los que te contabas tú.
-
---Hombre, don Eugenio, yo no tanto.
-
---¿Te acuerdas de las letras S, T, U, V, Y, Z?
-
---Sí; ¿no me he de acordar? En ese final de abecedario, el que más y el
-que menos era un bandido.
-
---Sí, quizá... Pero era una época divertida. Se vivía con pasión. Hoy
-está todo más bajo, más cansado. Hoy intentamos vivir como personas
-sensatas, para lo cual parece que no tenemos muchas condiciones los
-españoles.
-
---Y de Roquet, ¿se acuerda usted?
-
---Sí, hombre; perfectamente.
-
---Bueno, don Eugenio; y en último término, ¿cree usted que este relato,
-del cual le he leído varios trozos, debe entrar en la historia de su
-vida, si alguna vez la publicamos?
-
---Sí, sí; tiene detalles curiosos; pero no me gusta esa forma
-novelesca. Creo que le debías quitar lo que tenga aire romántico; dejar
-la realidad, la verdad escueta.
-
---¡La verdad! ¿Es que es más verdad la historia que la novela?
-
---Naturalmente.
-
---Eso creía yo también antes; hoy no lo creo. El Quijote da más
-impresión de la España de su tiempo que ninguna obra de los
-historiadores nuestros. Y lo mismo pasa a la Celestina y al Gran Tacaño.
-
---Bueno; pero esas son obras maestras realistas.
-
---Usted siempre ha sido enemigo de la literatura de imaginación.
-
---Siempre.
-
---¿Usted no ha soñado nunca, don Eugenio?
-
---De esa manera, no. La verdad, la verdad en todo: ese ha sido siempre
-mi ideal.
-
-Al decir esto, Aviraneta se planchaba su peluca roja, que tenía
-tendencia a abombarse y a separarse de su cabeza.
-
-Qué cantidad de verdad puede tener una peluca fué una pregunta que le
-vino a Leguía a la imaginación. La cuestión de la verdad histórica la
-habían discutido muchas veces. Aviraneta era dogmático, partidario
-del realismo, y creía que tarde o temprano la verdad resplandecía,
-como el sol entre las nieblas. Leguía pensaba que en ese camposanto
-de la historia, lleno de huesos, de cenizas y de baratijas, cada
-investigador escoge lo que le place y lo combina a su gusto.
-
---¿Pero, a pesar de las fantasías novelescas, a esta relación le
-daremos entrada en sus memorias?--preguntó Leguía.
-
---Sí.
-
---¿Con su visto bueno?
-
---Sí, con mi visto bueno; pero podándola un poco.
-
-Con la autorización de Aviraneta decidí, pues, publicar este relato.
-
-No aparece aquí don Eugenio siempre; pero inspira los acontecimientos,
-asomándose, unas veces, al primer plano, y otras, al último.
-
-Hecha esta aclaración con respecto a la parte histórica--sigue diciendo
-Leguía--, tengo que advertir, con relación a lo novelesco, que la obra
-no me llena. El autor describe demasiado, define demasiado, traza los
-contornos de los personajes, pero los mueve poco y, sobre todo, no
-los hace hablar. Tiene por la palabra una falta de cariño extraña.
-Sus hombres y sus homúnculos hablan el mínimo. Indudablemente, en la
-literatura, la palabra hablada es la que da a la obra una animación
-algo parecida al color en la pintura.
-
-El autor no busca esta animación. Rechaza, además, la frase castiza, el
-giro idiomático. Todo esto, sin duda, le parece hojarasca, lugar común
-putrefacto, algo pestífero, de lo que hay que huír.
-
-
-
-
-PRIMERA PARTE
-
-LOS TRAPEROS DE BAYONA
-
-
-
-
-I
-
-LAS GALERAS
-
-
-Una mañana de junio de 1838 varias galeras con toldo y cuatro ruedas,
-unas tiradas por dos, otras por un caballo de patas gordas, marchaban
-por el desfiladero de Roncesvalles, larga y empinada cuesta llena de
-zig-zags, de curvas y de meandros, que sube desde San Juan Pie de
-Puerto hasta Burguete.
-
-El día estaba claro en la parte de Francia y obscuro y nublado en la de
-España.
-
-En el valle del Nive, los montes, cubiertos de árboles, aparecían
-inundados de sol; hacia España las nubes iban agarrándose a los
-picachos y entrando en las hondonadas.
-
-Este famoso desfiladero de Roncesvalles, que recuerda a Rolando con su
-olifante, al arzobispo Turpín y a los doce pares de Francia, no tiene
-el carácter áspero y terrible que le supone la leyenda.
-
-Es el paisaje allí suave y verde, hay muchas praderas, campos
-cultivados, grupos de hayas y de robles. Las moles de piedra que los
-fieros vascones lanzaban contra las tropas brillantes de Carlomagno
-han desaparecido por escotillón; quizá no existieron nunca o fueron
-del tamaño de las almendras, y la batalla de los carlovingios con los
-sarracenos, según la versión francesa, o de los carlovingios con los
-vascones y godos, según la versión española, no tuvo más importancia
-que una pedrea de chicos. Verdad es que estas pedreas son más
-fecundas para la literatura que las grandes batallas modernas con sus
-enormes carnicerías y hasta sus salchicherías, inspiradas en métodos
-científicos y exactos.
-
-El Monasterio de Roncesvalles, como muchas cosas antiguas, tiene más
-nombre que realidad.
-
-Los carros que subían la cuesta hacia Burguete esta mañana fresca de
-junio eran, en su mayoría, galeras con el techo embreado, con las
-cuatro ruedas casi iguales. Por su aspecto parecían más bien ser
-franceses que españoles. Entre carro y carro conservaban una distancia
-de cien o doscientos metros. Podía suponerse que llevaban algún
-cargamento de armas para los carlistas, pues en aquel año de la guerra
-todos los puertos de la frontera vasco-navarra, excepción hecha de
-Irún, estaban ocupados por los facciosos. Al lado de las galeras iban
-los carreteros, que a veces tenían que calzar las ruedas con piedras
-y empujar luego a hombros, porque en algunas partes los caballos no
-podían con los pesados vehículos.
-
-La primera galera que iba a la cabeza de la comitiva era un poco más
-larga que las otras y tiraban de ella dos caballos percherones.
-
-La conducía un carretero y la vigilaba otro hombre que marchaba a su
-lado.
-
-Este último tenía unos treinta años y el aire de un señor, aunque no
-muy amable ni simpático; el carretero, de unos cuarenta años, manejaba
-el látigo, hacía chasquearlo, cuando no lo llevaba liado al cuello,
-y gritaba y blasfemaba en los malos parajes en que los caballos se
-detenían.
-
-El hombre de aire de señor, flaco, moreno, con patillas negras, parecía
-sombrío y misterioso; el carretero era un tipo tosco y vulgar.
-
-Al acercarse la primera galera a Valcarlos, una patrulla carlista se
-destacó en el camino.
-
---Alto, ¿quién vive?--gritó el jefe.
-
---Francia--contestó el hombre moreno de las patillas.
-
---¿Qué gente?
-
---Gente de paz.
-
---¿Tienen ustedes pasaporte?
-
-Los dos hombres mostraron los documentos que llevaban.
-
-Los carlistas, unos al parecer del Resguardo, otros de una partida
-que vigilaba la frontera, todos perfectamente desarrapados, quisieron
-atisbar lo que llevaba la galera.
-
---¿Qué va ahí dentro?--preguntó el que hacía de jefe de la partida.
-
---Figuras de cera para la feria de Pamplona--contestó el hombre de las
-patillas con marcado acento francés.
-
---¡Hombre! ¡Figuras de cera!--exclamó uno de los carlistas--. ¿No las
-podríamos ver?
-
---No están armadas.
-
---¿No dan ustedes algo para beber?--dijo uno de los facciosos
-desarrapados.
-
---Eso, el amo--contestó el de las patillas.
-
---¿Dónde está el amo de ustedes?
-
---No es nuestro amo. Es el amo de las figuras de cera.
-
---¿Y dónde está ese señor?
-
---Dentro de poco pasará en un coche.
-
---¿Por este camino?
-
---Sí. Ha dicho que entre Valcarlos y Burguete nos alcanzará.
-
---Bueno, pueden ustedes seguir.
-
-Marchó la carreta de nuevo, avanzando al paso de los caballos
-percherones; cruzó al mediodía por delante de la Colegiata de
-Roncesvalles, recorrió la única calle de Burguete y, al salir de este
-pueblo, camino de Espinal, el hombre de las patillas entabló en francés
-una conversación con el carretero.
-
---El amo nos encarga a nosotros la tarea más difícil: el marchar a
-pie--dijo--; en cambio él, con el niño ese, que Dios confunda, viene en
-coche.
-
---No se queje usted, señor Frechón--replicó el carretero--; el amo le
-ha dicho a usted varias veces que no venga si no le gusta este viaje.
-
-El señor Frechón calló un momento y luego exclamó de mal humor:
-
---Tú eres un imbécil, Claquemain.
-
---¿Por qué? Sepámoslo.
-
---Porque te dejas explotar.
-
---¡Bah! Me pagan lo que trabajo.
-
---Es lo que crees tú, infeliz.
-
---Pues, lo que es por ahora, tenga usted la seguridad de que no me han
-explotado.
-
---Ahora nos está explotando. El viejo trama algo que yo sospecho...
-
---¿Qué va a tramar? Usted siempre está pensando que todo el mundo
-vive imaginando intrigas y complots, y luego no hay nada. Todas son
-fantasías de su cabeza de usted.
-
---Es que tú tienes la vista corta, Claquemain.
-
---Usted tendrá la vista muy larga, señor Frechón; pero por ahora no ve
-usted más que visiones.
-
---Y realidades. Tú lo verás.
-
---¡Bah!--y Claquemain hizo restallar el látigo en el aire.
-
---Aquí hay gato encerrado--siguió diciendo Frechón--, lo huelo. ¿A ti
-no te choca que el viejo Chipiteguy, hombre rico, vaya a las ferias de
-San Fermín, de Pamplona, en plena guerra, a poner una barraca con unas
-cuantas figuras de cera, por cierto muy malas, para ganar unos cuartos?
-
---A mí, no. ¿A qué otra cosa puede ir?
-
---¡Oh! Ya lo veremos. Te diré, en confianza, que el viejo ha ido a
-casa del cónsul de España en Bayona repetidas veces y ha tenido con él
-largas conferencias.
-
---¿Cómo lo sabe usted?
-
---Porque le he seguido.
-
---Cada uno su manía.
-
---El viejo lleva una misión que seguramente será para él muy fructífera.
-
---¿Qué misión puede llevar? ¿Misión política?
-
---Quizá también.
-
---Si es cosa política, no habrá dinero debajo.
-
---Me choca tu terquedad.
-
---A mí me choca la suya.
-
---Si hay algo, ¿qué dirás?
-
---¿Y si no hay nada?
-
---Como habrá... Al llegar a Pamplona veremos.
-
---En fin. Quizá, quizá... acierte usted alguna vez--murmuró el
-carretero.
-
-El señor Frechón sabía perfectamente que en aquel viaje había su
-misterio; pero no quería ser más explícito. Si el amo tenía un plan al
-ir a Pamplona, él iba fraguando el suyo.
-
-Al avanzar en el camino, Frechón y Claquemain se pararon a comer al
-borde de la carretera, en un barranco, con una fuente y un abrevadero.
-Pasado algún tiempo se acercaron otras dos galeras. Se hallaban los
-carreteros sentados en el suelo cuando oyeron los cascabeles y las
-pisadas de un caballo, y poco después apareció un carricoche, ocupado
-por un viejo de barbas blancas y un muchachito imberbe.
-
---¿Qué, hay alguna novedad?--preguntó el viejo a Frechón.
-
---Ninguna--contestó Frechón--. Estamos descansando.
-
---Los caballos, ¿se han portado bien?
-
---Muy bien.
-
---¿No han puesto dificultades los aduaneros carlistas de la frontera?
-
---Ninguna. Les hemos enseñado nuestros papeles y nos han dejado pasar.
-
---Bueno; pues ahora, a Larrasoaña. Allí nos reuniremos con una partida
-liberal e iremos hasta Pamplona--dijo el viejo--. En cuanto llegue
-comenzaré yo a ocuparme de la barraca y les esperaré allí. Con que
-adiós.
-
---¡Adiós!
-
---¡Adiós, señor Chipiteguy!
-
-Frechón y Claquemain, que concluían su comida, vaciaron cada uno su
-botella de vino; se levantaron, engancharon de nuevo los caballos, que
-estaban inmóviles junto al abrevadero, y prosiguieron su marcha con su
-carro, seguidos de las otras galeras.
-
---El niño ese tiene buena suerte--dijo Claquemain de pronto,
-probablemente con la intención de molestar a su compañero.
-
---Le voy a dar un puntapié el mejor día que le voy a echar a su
-tierra--exclamó Frechón con cólera.
-
---No es difícil aquí en España, porque está en la suya--contestó
-Claquemain humorísticamente.
-
-El otro no replicó.
-
-La primera galera siguió su marcha despacio. La bruma cubría el campo,
-gris, azulada, y la vista no alcanzaba más que a poca distancia.
-Las rocas y los árboles aparecían de improviso a ambos lados de la
-carretera. Se oía entre la niebla el cencerro del ganado y el silbido
-de los pastores.
-
-Al anochecer, en una aldea del camino, Claquemain y Frechón se
-detuvieron a descansar. Al día siguiente, al llegar a Larrasoaña, la
-fila de galeras hizo alto y se detuvieron los conductores durante una
-hora para comer. Poco después se encontraron con las tropas de una
-compañía de voluntarios liberales y con ellas avanzaron hasta Pamplona.
-
-
-
-
-II
-
-LA CASA DE LA PLAZA DEL REDUCTO
-
-
-Es evidente que ya todos los pueblos y capitales de provincia han
-perdido su carácter tradicional en Francia y en los demás países
-europeos.
-
-Las grandes ciudades, como París, Londres y Berlín, van uniformando las
-urbes provinciales, que a su vez modifican los pueblos y las aldeas.
-
-Lo característico regional, el rincón pintoresco, tan amado en la
-primera mitad del siglo XIX por escritores y artistas, se ha perdido
-en las ciudades y en las villas y comienza a perderse en los lugares
-alejados de los grandes centros. No sólo se pierde lo pintoresco en lo
-exterior, sino el gusto de lo pintoresco. En casi todas partes, en el
-ámbito de una nación, se habla lo mismo, se viste lo mismo y se tienen
-idénticas diversiones y deportes.
-
-Llegará un día en que ya no sean sólo las naciones las unificadas, sino
-también los continentes. El planeta, según un misántropo amigo del
-autor, será un queso de bola, uno e indivisible, con la misma clase de
-gusanos, que disfrutarán de los mismos derechos y de los mismos deberes.
-
-Los pueblos y las comarcas van olvidando rápidamente su carácter
-tradicional, y los Goyas, los Balzac y los Dickens del porvenir, si es
-que los hay, no tendrán gran cosa que recoger y conservar en el acervo
-de las viejas costumbres y hábitos y en la guardarropía legada por los
-antepasados. Los dioses se van, las buenas formas se van, los sombreros
-de copa se van, la moral se va; lo único que vuelve a presentarse son
-las golondrinas y las letras que no se han pagado...
-
-Bayona ha sido una de las ciudades francesas que ha guardado su
-carácter hasta hace poco. Hoy, ya no lo tiene.
-
-Sin murallas, sin puertas, como un caracol sin su concha, al perder su
-dermato-esqueleto, empieza a aparecer un pueblo banal y de poco interés.
-
-Bayona, antes, con su cintura de piedra, sus calles estrechas,
-sus arcos, sus tiendas con muestras y enseñas, sus casas grises y
-negruzcas, dominadas por las dos torres góticas de la Catedral; sus
-puertas fortificadas y sus dos ríos, que le daban un aire sombrío y
-húmedo, era un pueblo de un carácter típico y bien marcado.
-
-Bayona, por su historia, su tradición, su influencia inglesa y
-española, su población mezclada, era un producto mixto de burguesía, de
-milicia, de comercio, de costumbres rancias y arcaicas, con detalles de
-ciudad corrompida. Había muchos elementos diversos reunidos en Bayona.
-
-De sus tres barrios, la Gran Bayona, la Pequeña Bayona y Saint Esprit,
-la Gran Bayona, el más importante, se consideraba como el centro, el
-asiento del mundo oficial y del comercio rico. La gente de la Pequeña
-Bayona tenía un carácter más campesino, más pobre y más vasco; la de
-Saint Esprit era, en gran parte, judía.
-
-Además de la población gascona, vasca y judía, había la marinera y de
-comercio fluvial de las orillas del Nive y del Adour, los pescadores,
-casi todos vascos, y la parte militar, entonces importante, porque
-Bayona era capital de una división.
-
-Durante la primera guerra civil española Bayona estaba más animada que
-de ordinario; a sus varios elementos se unían los emigrados carlistas,
-que llevaban allí sus luchas y sus intrigas.
-
-El marqués de Lalande y monsieur Xavier Auguet de Saint Sylvain,
-librero de viejo en Madrid y barón de los Valles por obra y gracia de
-don Carlos; el obispo de León y Aviraneta, el príncipe de Lichnowsky
-y el protestante Miñano, el canónigo Echevarría y el judío inglés
-Mitchell, habían encontrado allí campo para sus maquinaciones...
-
-Uno de los sitios pintorescos de Bayona en aquella época, hoy
-convertido en explanada de aire vulgar, con una estatua de bronce de un
-obispo en medio, era la plaza del Reducto.
-
-La plaza del Reducto estaba en la confluencia de los dos ríos
-bayoneses, formando espolón. Tenía, a un lado, el puente Mayou, sobre
-el Nive, y al otro, el de Saint Esprit, puente de barcas para cruzar el
-Adour.
-
-Sobre este espolón, afilado por los dos ríos, se levantaba el antiguo
-baluarte llamado el Reducto, como el castillo de proa de un barco. La
-entrada del baluarte por el puente de Saint Esprit se llamaba la Puerta
-de Francia.
-
-La Puerta de Francia era resto de la primitiva muralla galo-romana
-bayonesa, varias veces reconstruída.
-
-Del viejo Reducto hoy no queda más que la explanada con su estatua y
-un trozo de muralla con una garita en el extremo del espolón, entre
-hiedras, que da al río. Andando el tiempo, la puerta de Francia se
-derribó y el puente de Saint Esprit se hizo de piedra.
-
-El Reducto y sus balaurtes ocupaban la punta del espolón, entre los dos
-ríos, con sus muros aspillerados y sus garitas que caían sobre el agua.
-
-El Reducto tenía salidas al río que solían estar llenas de ratas. Los
-soldados y los chicos se entretenían en cazarlas a pedradas.
-
-Cerca del espolón del Reducto, en el Adour, había pilotes de madera
-para amarrar barcas, postes carcomidos y verdes por los líquenes y los
-musgos.
-
-La Puerta de Francia, aneja al reducto, era la entrada principal de la
-ciudad. Por allí venían las diligencias de París y de Burdeos, pasando
-de antemano por el barrio de Saint Esprit, que aún conservaba algo
-de ghetto, sucio, cerrado y misterioso, con su población de judíos,
-antiguamente expulsados de España.
-
-La plaza del Reducto era el espacio que había entre el baluarte y unas
-cuantas casas alineadas enfrente. A esta plaza desembocaban dos o
-tres calles del Pequeño Bayona, una de ellas la de Bourg-Neuf, de las
-más húmedas y sombrías del pueblo. Al lado de la calle de Bourg-Neuf
-se encontraban otras callejuelas: la del Puy, de los Capellanes de
-Doaline, de Coutetz, de Corn, de Moqueron, de Perhide, unas que han
-cambiado de nombre y otras que han desaparecido.
-
-La mayoría de las casas bayonesas de por entonces eran casas pequeñas,
-de ladrillo, bastante mal construídas, aunque empezaban ya a levantarse
-las casas altas de cuatro y cinco pisos del siglo XIX, que dan una
-impresión perfecta de la vida monótona, burguesa, bien organizada y sin
-incidentes románticos de nuestro tiempo.
-
-En la plaza del Reducto, esquina a la calle de Bourg-Neuf, vivía
-Chipiteguy, el viejo de las barbas blancas, que iba un día de junio en
-un cabriolé, camino de Pamplona, acompañado de un muchacho joven.
-
-La casa de Chipiteguy era una casa vieja, de ladrillo cuarteada, que
-casi amenazaba ruina.
-
-Tenía, para sostenerse, a un lado y a otro, dos filas de vigas, lo que
-le daba el aire de un barco que se estuviera construyendo, o de un
-tullido, apoyado en muchas muletas.
-
-Otras varias casas había en la plaza del Reducto y en la calle de
-Bourg-Neuf sostenidas por vigas. Así como en los castillos de naipes,
-al caerse uno, arrastra a los demás, así allí, al tirar una casa, las
-otras de la vecindad querían venirse al suelo, y, si no se caían del
-todo, tenían la tendencia de cuartearse.
-
-Era época en que, a imitación de París, comenzaban en las ciudades de
-provincia las demoliciones de los barrios viejos y malsanos.
-
-Las casas que amenazaban ruina quedaban durante mucho tiempo como
-viejas paralíticas, aletargadas, sostenidas en sus muletas, mirándose
-unas a otras, contemplando su mutua miseria; algunas se presentaban
-negras y llenas de desconchaduras, con agujeros entre las maderas del
-entramado; otras se les caía el alero, como la visera de una gorra, y
-parecían quedar dormidas.
-
-Había todos los matices de la ruina, de la decadencia. Una de aquellas
-casas avanzaba más en la línea y la arista de su esquina biselada tenía
-un mirador pequeño, con unos cristales redondos, que le daban el aire
-de los ojos de un pez; otra echaba una panza de hipocresía; una tercera
-un abultamiento como el bocio; algunas parecían la proa de un barco
-antiguo; a otras se les desarticulaban las ventanas, que quedaban como
-alas rotas, gimiendo y llorando de noche sobre el roñoso gozne.
-
-La casa de Chipiteguy, vieja, de construcción pobre, con el tejado en
-forma de piñón y chimeneas altas, terminadas en tubos en zig-zags;
-tenía dos muros de piedra laterales fuertes, y entre éstos, vigas que
-sostenían los pisos. Un entramado de madera cruzaba la fachada: en el
-dintel de la puerta aparecía esculpido un escudo borroso con varias
-medias lunas y cabezas de hombres barbudos y de expresión siniestra.
-
-Los pisos estaban superpuestos: los dos de arriba, más salientes hacia
-la calle que el de abajo. La casa, indudablemente, se había movido, al
-derribar otra contigua, y se abultaba como un abdómen de cincuentón de
-una manera absurda y ridícula. En medio de la casa, en la planta baja,
-se abría un ventanal, convertido en escaparate; en el primer piso,
-varias ventanas con sus cortinas; en el segundo, otros huecos; después
-la guardilla, con un balcón saliente y una viga y una polea encima, y
-sobre el caballete del tejado, una veleta anquilosada, con una paloma
-de hierro, gruesa y paralítica.
-
-La casa del Reducto, desde hacía dos o tres generaciones, pertenecía
-a un Chipiteguy, dedicado al comercio de trapos y de hierro viejo.
-Este comercio había tenido, en un principio, una enseña y el título
-de "Las fraguas de Vulcano"; pero hacía tiempo que las letras se
-habían borrado y que se había olvidado el nombre. Los Chipiteguy,
-traperos y chatarreros, se sucedían como los Borbones; en dinastía,
-menos conocida, aunque no menos capaz, siendo quizá mejores y más
-honrados traperos que los otros monarcas, sin que se pueda decir que
-se necesiten menos condiciones espirituales para ser buen trapero que
-buen autócrata.
-
-Por dentro, la casa de Chipiteguy se resentía de su derrengamiento; los
-suelos se hallaban torcidos y curvados; las aristas de las esquinas,
-inclinadas. La casa de Chipiteguy no estaba muy flamante por fuera; el
-comercio de trapos y hierro viejo no era muy pulcro; pero por dentro se
-hallaba muy limpia y muy arreglada. Todo en ella parecía cómodo y bien
-dispuesto.
-
-Si se entraba en la casa, se encontraba primero el portal obscuro; a la
-derecha, la tienda, con su mostrador y sus armarios; a la izquierda,
-la escalera, y en el centro, el patio, con dos cobertizos, en los que
-se hallaban amontonados fardos de trapos, calderas roñosas, barricas
-desfondadas, barandillas de hierro, toneles, bombas y unas grandes
-balanzas.
-
-De la tienda se pasaba a los almacenes obscuros, repletos de géneros,
-metidos en cajones y en sacos puestos en el suelo.
-
-Por la puerta de la izquierda se encontraba la escalera, estrecha,
-empinada, con los escalones muy desgastados. Subiendo por la escalera
-se llegaba al primer piso, donde estaban el comedor, la sala, la cocina
-y un despacho, y después al segundo, que constaba de gabinete, cuarto
-de costura y tres alcobas.
-
-La casa, por fuera, tenía aire triste y obscuro, principalmente, por la
-humedad de los dos ríos, que ennegrecía cada año más la fachada.
-
-Si por fuera parecía todo muy abandonado, por dentro se hallaba muy
-limpio: los suelos encerados, las puertas pintadas, los cortinones
-espesos y las cortinillas planchadas, con lazos en los cristales.
-
-Los muebles eran casi todos antiguos, y únicamente el cuarto de la
-nieta de Chipiteguy, moderno y coquetón, estaba a la moda.
-
-No era culpa de las mujeres de la casa el que no se hallaran todas las
-habitaciones lo mismo.
-
-Chipiteguy, el trapero y comprador de hierro viejo, a pesar de ser
-rico, no quería arreglar la casa; le parecía que no valía la pena de
-gastar dinero en ella. Unicamente había dado con gusto lo necesario
-para decorar el gabinete de su nieta, el salón y el comedor. Decía
-muchas veces que la casa y él durarían lo mismo, y que su nieta, cuando
-fuera mayor, dejaría aquel rincón mugriento para no volver jamás a él.
-
-Los amigos se burlaban de Chipiteguy por su indiferencia y abandono, y
-le decían que era como Cadet Rousselle:
-
- Cadet Rousselle, a trois maisons,
- qui n'ont ni poutres ni chevrons.
-
-Las mujeres de la casa habían conseguido, a fuerza de reclamaciones,
-que Chipiteguy les diera algún dinero para arreglar el salón y el
-comedor.
-
-Al salón, iluminado por un balcón corrido, le pusieron un papel verde,
-con flores; sillería de estilo inglés, con tela del mismo color; un
-piano, un reloj alto con esfera de cobre, y dos cuadros al óleo, uno
-de caza y otro una "Matanza de los Inocentes", tabla alemana, en donde
-unos guerreros, con trajes medievales, degollaban a unos chiquillos,
-blancos y redondos como pelotas.
-
-Había también en la sala varios grabados, copias de unos cuadros de
-Lebrún, inspirados en la vida de Alejandro el Magno; "La familia de
-Darío", "El paso del Gránico", la "Entrada de Alejandro en Babilonia",
-"La batalla de Arbelas" y "Alejandro y Poro".
-
-En todos estos grabados había leyendas en latín y en francés. En "El
-paso del Gránico" decía: "_Virtus omni obice mayor._ La virtud domina
-el mayor obstáculo".
-
-El comedor tenía papel amarillento, chimenea de mármol, mesa oval,
-aparador con jarras vascas de cobre, sillas Imperio y algunas estampas,
-entre ellas la vista de Bayona, con la Avenida de Boufflers y la Puerta
-de Mousserolles. En el aparador, sobre pequeños manteles blancos,
-brillaba una vajilla Luis XV, espléndida, y una cristalería reluciente.
-
-El comercio de hierro viejo y de trapos hacía que la parte baja de la
-casa estuviera siempre poco cuidada; los cargamentos de chatarra y
-papel, los carros que se detenían a la puerta, los traperos que iban y
-venían, le daban, naturalmente, un aire poco elegante y distinguido.
-
-Desde las ventanas del piso alto y de la guardilla se veían, por encima
-de las murallas y tejados del Reducto, las aguas del Adour, hacia las
-Avenidas Marinas, y los mástiles de los barcos que reposaban en el río.
-
-Los días de niebla, muy frecuentes en el invierno bayonés, el Adour
-parecía un lago de color de perla; no se veían sus orillas y los
-barcos, a lo lejos, tomaban un aire espectral, sobre todo cuando
-extendían sus grandes velas amarillentas.
-
-
-
-
-III
-
-CHIPITEGUY Y SU FAMILIA
-
-
-Alberto Dollfus, conocido en Bayona por el apodo de Chipiteguy, era
-un viejo de cerca de setenta años, dedicado a la venta de trapos y de
-chatarra.
-
-Dollfus, alsaciano de origen, llegó a Bayona, en tiempo de la
-Revolución francesa, de soldado; se estableció en la ciudad y estuvo en
-España de contratista del ejército durante la invasión napoleónica.
-
-Dollfus se casó, a principios de siglo, con María Chipiteguy, la hija
-de su antecesor en el comercio de trapos y hierro viejo de la plaza del
-Reducto. Alberto Dollfus y María Chipiteguy tuvieron dos hijos, Juan y
-Graciosa. Juan, de instintos aventureros, fué a América; intentó hacer
-fortuna en distintos puntos, no lo consiguió, y por último, desapareció
-y no se supo nada de él.
-
-Graciosa Dollfus se casó con un contratista de obras llamado Ignacio
-Ezponda. De este matrimonio nació una niña, María Ezponda, a quien
-llamaban Manón. Ignacio y Graciosa murieron jóvenes; él, de un
-accidente del trabajo; ella, del cólera, en la primera epidemia que
-asoló a Europa. Manón quedó con su abuelo, quien tenía por su nieta un
-gran cariño; el viejo sirvió de madre a la niña, la cuidó y la educó.
-
-Alberto Dollfus, conocido por Chipiteguy, era hombre de pelo blanco y
-barba también blanca, larga, con tonos medio rojizos, nariz curva, ojos
-profundos, de expresión viva, debajo de unas cejas cerdosas y salientes.
-
-Chipiteguy andaba con frecuencia con un balandrán de percal negro,
-mugriento, y boina de lana. Para salir a la calle solía llevar sombrero
-de copa alta, como un tubo, y zapatillas. Con esta indumentaria no se
-diferenciaba gran cosa de los judíos comerciantes y traperos del barrio
-de Saint Esprit, y algunos le tomaban por un hijo de Israel.
-
-El viejo Chipiteguy se paseaba de arriba a abajo por su tienda,
-recorría los almacenes, los cobertizos del patio, inspeccionándolo
-todo, dando sus órdenes, siempre con la pipa en la boca.
-
-El chatarrero de la plaza del Reducto era metódico y meticuloso, como
-un burócrata alemán o un relojero suizo. Chipiteguy era rico; el
-negocio del hierro viejo y de los trapos le había producido mucho.
-
-Tenía, además, un almacén de botellas en la calle de España, dos casas
-en la calle de los Vascos y dinero en títulos de la Deuda y en la
-cuenta corriente del Banco de Francia. Poseía, también, una casa de
-campo en el camino de Biarritz, con una magnífica huerta con árboles
-frutales.
-
-Chipiteguy era culto, a su modo; hablaba francés, alemán, español y
-vasco. Tenía un ingenio vivo y una marcada tendencia a la sátira y al
-humor.
-
-Siempre había sentido curiosidad por leer y por enterarse; compraba
-libros y estaba subscrito a dos periódicos de París y a otros dos de
-Bayona. En una rinconada de la trastienda había formado una pequeña
-biblioteca con libros llegados a sus manos por casualidad. Tenía
-algunos volúmenes muy antiguos, colecciones de periódicos ilustrados
-incompletas, montones de grabados y de estampas litográficas, canciones
-y hojas en vascuence y pastorales vascas manuscritas.
-
-Al principio, en su juventud, el trapero había recorrido las calles
-de Bayona con un saco al hombro, en compañía de su suegro, gritando:
-"¡Marchand d'habits, galons!" Después, cuando murió su padre político,
-Chipiteguy inventó un pregón pintoresco, que utilizaba en Bayona y en
-los pueblos vascos de la frontera, que decía así:
-
- Atera, atera
- trapua saltzera
- eta burni zarra
- champonian.
-
-(Saca, saca, a vender trapos y hierro viejo en dos cuartos.)
-
-Luego, este mismo pregón lo convirtió en anuncio, escrito en el
-escaparate de su tienda, y le añadió la siguiente coletilla:
-
- Emen eroztenda
- modu onian
- diru au degulaco,
- alde gucietatic
- ongui etorri da
- izan oi da.
-
-(Aquí se compra de buena manera, porque tenemos dinero de todos lados.
-Bien venidos sean.)
-
-Además de este anuncio, a Chipiteguy le gustaba poner otros burlones en
-vascuence y en francés, ofreciendo su mercancía.
-
-El ¡atera, atera! de Chipiteguy se había hecho popular y él lo había
-convertido en su canción de bravura. Si hacía un buen negocio o llegaba
-una buena noticia, el trapero cantaba con entusiasmo su ¡atera, atera!
-
-Cuando se murió su suegro y siguió con los negocios de éste, a Dollfus
-todo el mundo le llamó Chipiteguy, como si fuera indispensable que el
-trapero de la plaza del Reducto se llamara así.
-
-El vendedor de trapos y de hierro era muy volteriano y un poco
-petulante; el que le consideraran audaz le encantaba. Cuando oía decir:
-
---El viejo Chipiteguy es capaz de todo--sonreía satisfecho.
-
-Chipiteguy abarcaba mucho en su comercio, tenía la manía de adquirir
-lo que se le presentase; él aseguraba que lo difícil era comprar, no
-vender. Chipiteguy compraba a veces restos de ediciones, montones de
-folletos, de periódicos y de libros. Luego revisaba sus adquisiciones
-con cuidado.
-
-En sus cobertizos del patio se podía encontrar de todo: ruedas,
-volantes, calderas, ejes de máquinas...
-
-En los almacenes, además de los fardos de trapo viejo, de cartón y
-de papel, había un local grande, lleno de objetos, procedentes de
-la guerra civil española. Este local era un museo de cosas, en su
-mayoría desagradables: uniformes con manchas de sangre coagulada,
-escapularios que habían tomado un color pardo, medallones hechos con
-pelo, pantalones, levitas, charreteras, cascos y tricornios agujereados
-por balas; toda clase de armas blancas y de fuego, toda clase de
-instrumentos de música de cobre, flautas, tambores y batutas; gran
-cantidad de galones y varias miniaturas, rosarios y medallas.
-
-Los chatarreros ambulantes que entraban en España le traían estos
-géneros militares, y cuando los sacaban de los carros para meterlos
-en el almacén de Chipiteguy, enjambres de chicos de la vecindad se
-amontonaban delante de la tienda para verlos.
-
-Chipiteguy mantenía relaciones con doña Paca Falcón, la de la tienda de
-antigüedades, y le vendía muchas cosas; pero había otras que no quería
-vendérselas y las guardaba para él.
-
-Chipiteguy conocía y trataba a los judíos del barrio de Saint Esprit,
-los cuales, para ir y volver de Bayona a su barrio, habían de pasar por
-delante de la tienda del viejo trapero.
-
-Con frecuencia se reunía en casa de Chipiteguy gran tertulia, y los
-judíos y otros tenderos que tenían puesto algún capital en negocios de
-España, escuchaban las noticias que daban los chatarreros que volvían
-del campo de la guerra.
-
-En el comercio de Chipiteguy llevaba la contabilidad un tenedor de
-libros llamado Matías Frechón, hombre reservado, hipócrita y poco
-simpático, y había dos mozos para traer y llevar el género, uno llamado
-Quintín, y el otro, Claquemain. Quintín era bajito, delgado, afeitado,
-sonriente, y andaba moviéndose de un lado a otro con un balanceo
-especial, que parecía que lo hacía en broma.
-
-Claquemain, grueso y fornido, de unos cuarenta años, con aire
-malhumorado y brutal, de nariz encarnada y bigote negro, largo y caído,
-era borracho y hombre de poco fiar.
-
-Quintín se ocupaba del almacén y dormía en la casa. Claquemain servía
-de mozo y de carretero. Quintín, simpático, servicial, pulcro, tenía
-buenas palabras para todos; Claquemain, brusco, desagradable y sucio,
-pronunciaba el francés de manera confusa, como mascullando las
-palabras, y por cualquier motivo insultaba en seguida.
-
-Quintín y Claquemain eran fieles a Chipiteguy; pero su fidelidad no
-ofrecía los mismos caracteres. Quintín sentía cariño por el patrón y
-le hubiera prestado cualquier servicio por gusto. Claquemain pensaba
-que, fuera de casa de Chipiteguy, no le sería fácil encontrar trabajo,
-porque no tenía oficio, y de aquí deducía que, mientras no le saliera
-alguna cosa mejor, lo que no era probable, serviría en el almacén del
-trapero.
-
-En el pueblo, sobre todo en su barrio, Chipiteguy no disfrutaba de muy
-buena fama.
-
-Algunos viejos recordaban que Chipiteguy perteneció al Comité de
-Salvación Pública de Bayona y que fué amigo de los convencionales
-Pinet, Cavaignac, Monestier y Dartigoeyte.
-
-Se sabía también que había proporcionado datos al ciudadano Beaulac
-para escribir sus Memorias sobre la guerra entre Francia y España, en
-tiempo de la primera revolución, y se recordaba la fidelidad suya por
-el viejo republicano bayonés Basterreche.
-
-Basterreche, a quien en una biografía publicada cuando era diputado, se
-le definía así: la tez morena, el talle corto, los cabellos crespos,
-los ojos de un sátiro y el andar de un vasco, era muy buen amigo de sus
-amigos y había favorecido a Chipiteguy en momentos difíciles. Los dos
-viejos solían tener largas conferencias.
-
-Se creía que el trapero seguía siendo jacobino. Se sabía que más
-de una vez defendió a Danton y a Anacarsis Clootz con mucho calor.
-Algunos rumores extraños corrían acerca de él; se murmuraba que
-había hecho contrabando, y hasta moneda falsa; se añadía que había
-repartido hojas y papeles carbonarios y que pertenecía a una sociedad
-secreta republicana, titulada "Las Estaciones", en la que estaban
-afiliados hombres tan peligrosos como Blanqui y Barbés. A pesar de su
-republicanismo y de su volterianismo, Chipiteguy celebraba con grandes
-fiestas en su casa los dos patronos de los chatarreros, San Roque y San
-Sebastián; pero era porque cualquier pretexto le parecía bueno para un
-festín.
-
-Mucha gente, sobre todo los legitimistas, se lo figuraban a Chipiteguy
-como un monstruo; le veían blandiendo una pica, en cuya punta llevaba
-una cabeza cortada, o escoltando con el sable en la mano y sin camisa
-un carro de condenados a muerte.
-
-Vivía Chipiteguy en la casa de la plaza del Reducto con su nieta Manón,
-con la sobrina de su mujer, María de nombre; andre Mari (señora María,
-en vasco), que tendría unos cincuenta años, y dos criadas; una vieja,
-la Tomascha, y otra joven, la cocinera, la Baschili.
-
-Manón, que a los catorce años era vivaracha y atrevida, prometía ser
-muy bonita. Manón era el entusiasmo del viejo Chipiteguy y de toda
-la casa. Chipiteguy necesitaba estar constantemente al lado de su
-nieta, a quien llamaba su _perchanta_, palabra que en vascuence quiere
-decir algo como avispada, lista, viva, y que el viejo empleaba con
-predilección al referirse a su nieta.
-
-También la llamaba con frecuencia sorguiña (bruja).
-
---Tú desciendes de brujos--la había dicho una vez Chipiteguy a su nieta.
-
---¿Y tú no, abuelo?
-
---Yo, no. El segundo apellido de tu padre, Arguibel, era de brujos.
-Estos Arguibel eran parientes del célebre abate de Saint Cyran.
-
---¿Este abate era brujo?
-
---No; éste era jansenista, que es otra cosa más estúpida. En el tiempo
-de un proceso de brujas que hubo en San Juan de Luz, un viejo abate,
-Arguibel, fué quemado en Ascain, acusado de brujería. Era, sin duda,
-de los que iban a las aquelarres de Zugarramurdi y a la ermita del
-Espíritu Santo, del monte Larrun, a caballo, con la cerora a la grupa.
-
---¿Así iban?
-
---Sí.
-
---¿Pero las ceroras no serían tan viejas como ahora, abuelo?
-
---No; eran jóvenes, y me figuro que las habría guapas. Por entonces
-también quemaron a un tal Bocal, vicario joven de Ciburu, y a Juan
-de Miguelena, de Ascain, a los dos por brujos. A muchos de nuestros
-vascos, acusados de hechiceros, los quemaron dos magistrados franceses,
-los dos un tanto sospechosos de brujería; uno de ellos, de Lancre, y el
-otro, de Espagnet, que tenía una casa llena de esculturas y de signos
-mágicos en la calle de los Bauleros, en Burdeos.
-
-El buen Chipiteguy sentía un gran cariño por su nieta y hacía cuanto se
-le antojaba a ella, a pesar de las protestas de la andre Mari y de la
-vieja criada la Tomascha, que aseguraban que, dejando hacer todas sus
-fantasías a Manón, le darían un carácter insoportable.
-
-Manón llevaba una vida independiente. Andaba por el almacén y por la
-tienda de su abuelo arriba y abajo; hablaba con los compradores y
-vendedores, a pesar de la oposición de la andre Mari y de la Tomascha.
-
-El viejo manifestaba el deseo de que su nieta no fuese una señorita
-tonta y melindrosa y la dejaba entrar en la tienda e intervenir en las
-ventas y en las compras; pero al mismo tiempo, cuando llegaban las
-horas de lección, la enviaba a su cuarto a estudiar. La chica tenía
-profesores que iban todos los días a darle lecciones.
-
-El cuarto de Manón era el más elegante de la casa. Estaba cubierto
-de papel azul, tenía muebles de laca, sillas y sillones elegantes,
-una cama Imperio con colgaduras, tocador muy bonito, varios grabados
-ingleses y un piano nuevo.
-
-Manón no sentía grandes deseos de estudiar; le gustaba mucho leer y, a
-veces, tocar el piano; pero tenía por esto una afición intermitente.
-
-En su cuarto solía haber siempre una jaula de pájaros y dos o tres
-gatos sobre los almohadones, con los que jugaba la chica de la casa.
-
-A Manón, como única heredera, le esperaba gran porvenir.
-
---Todo esto--decía el bueno de Chipiteguy, mostrando los montones de
-chatarra y los sucios fardos de trapos y de papel--se convertirá el día
-de mañana en trajes bonitos y en un coche magnífico para esta pícara.
-
-Manón adoraba a su abuelo, y éste, cuando tenía a la muchacha cerca de
-sí, con sus mejillas sonrosadas y sus cabellos de oro, murmuraba con
-orgullo:
-
---No hay otra como la nieta del viejo Chipiteguy. Esta _perchanta_ vale
-un mundo.
-
-Si la andre Mari o la Tomascha se hallaban delante al oír la frase,
-gruñían con mal humor, porque así, según ellas, la muchacha se iba
-haciendo tonta y vanidosa.
-
-Manón era un poco arrogante, de genio variable, en general alegre, pero
-a veces taciturna. Cuando hablaba con gente desconocida, lo hacía de
-una manera imperiosa y atropellada, sobre todo si la contradecían.
-En cambio, si le daban la razón, sin saber por qué, se intimidaba y
-confundía.
-
-Manón era prima carnal de una muchacha, Rosa Lissagaray, cuya familia
-tenía un bazar en los arcos de la calle del Puerto Nuevo, que se
-llamaba "El Paraíso Terrenal".
-
-Era un vivo contraste el que presentaban las dos muchachitas, que eran
-de la misma edad: Rosa, morena, con la cara larga, correcta, de poca
-expresión, la nariz bien dibujada, labios gruesos, color pálido y un
-poco miope; Manón, de cara redonda, ojos azules brillantes, expresión
-de viveza felina y de audacia un poco loca, el cabello rubio, en rizos
-alborotados y cortos, que extremaban la animación de su rostro.
-
-Rosa, muy tímida, se ruborizaba con frecuencia, y una de sus actitudes
-más frecuentes era el quedar con las manos cruzadas, en señal de
-admiración.
-
-En la cara de Manón se traslucían impulsos atrevidos y absurdos, una
-nerviosidad en los ojos y en la boca, un temblor en la comisura de
-los labios, y, a veces, cierta risa silenciosa, que le daba aspecto
-inquieto y lleno de malicia. Cuando estaba contenta solía tener un aire
-decidido y triunfal.
-
-La _perchanta_, como la llamaba su abuelo a Manón, iba camino de ser
-una belleza. Rosita, más modesta, a pesar de la corrección de sus
-facciones, no llegaba a llamar la atención de nadie.
-
-Manón tenía una petulancia cómica de chico travieso; repetía frases
-y epítetos que no comprendía bien, dándoles, por lo mismo, aire más
-alocado y grotesco.
-
-Manón se burlaba de todo. Le agradaba embromar a su prima, diciéndole
-que a ella le gustaría ser bailarina, cómica o aventurera. Casi siempre
-tenía alrededor cuatro o cinco mozalbetes que le rondaban la calle y
-le escribían cartas de amor, de las cuales se reía.
-
-En la tienda discutía con los compradores o con los chatarreros que
-venían a vender algo, y por cualquier motivo se le oía echar juramentos
-y decir palabrotas en francés, en castellano y en vascuence, imitándole
-al abuelo:
-
---Sacre nom! Je m'en fous! Qué p... de hombre! Váyase usted al c...
-¡Arrayúa!
-
-Estas barbaridades divertían mucho al viejo Chipiteguy y hacían
-llevarse las manos a la cabeza a la andre Mari y a la Tomascha, que
-creían que con esta educación la chica acabaría mal.
-
-Manón escandaliza a su prima con sus ideas levantiscas. Cuando Rosita
-le hacía objeciones a sus fantasías, con su buen sentido práctico,
-Manón le replicaba cariñosamente:
-
---Eres una niña tonta y buena.
-
-A veces, Manón, fingiéndose hastiada de todo, decía:
-
---Ya no quiero oír hablar de novios ni de amores. Prefiero una buena
-comida, una taza de café, una copa de coñac y después un buen cigarro.
-
-Manón tenía una manera de andar elástica, graciosa; poseía encanto
-en todas sus actitudes y movimientos y gran seguridad, más o menos
-fingida, en sus decisiones.
-
-El viejo judío Manasés León, amigo de Chipiteguy, llamaba a las dos
-primas Marta y María, y también Demócrito y Heráclito. Manasés sentía
-gran entusiasmo por Manón; pero prefería a Rosa, porque, según su
-criterio judáico, las mujeres no debían tener personalidad, sino ser
-obedientes y sumisas.
-
-Manasés sabía un refrán español, que lo repetía con frecuencia: "Boca
-con rodilla y al rincón con el almohadilla."
-
-Chipiteguy, que era medio alemán, creía lo contrario, y le alegraba
-el pensar que su _perchanta_ sería capaz de desenvolverse sola en
-cualquier circunstancia en que se hallase. Un sobrino de Chipiteguy,
-Marcelo, decía en broma que Rosa era como las natillas, y Manón como
-esos platos llenos de especias de gusto fuerte.
-
-La tía María y las criadas, aunque admiraban a Manón, la sermoneaban
-con frecuencia; pero ella no hacía caso de sus sermones. La _perchanta_
-de la casa del Reducto sabía muy bien que su abuelo salía siempre a su
-defensa y la defendía con ardor.
-
-Había una alianza estrecha entre el abuelo y la nieta.
-
-A Manón le indignaba que calificaran a su abuelo de avaro, de cínico y
-de impío. Para Chipiteguy, las dignidades no existían. Su filosofía de
-trapero le hacían creer que un cáliz no se diferenciaba de una copa más
-que en las perlas; que un estandarte tenía el valor de la tela y del
-oro, y que una duquesa no se diferenciaba de una lavandera más que en
-lo que hubiera en ella de bueno o de malo. Chipiteguy se burlaba del
-novelista Balzac, de quien se comenzaba a hablar mucho en esta época,
-por el amor que el escritor demostraba por la aristocracia. Uno de los
-motivos de desprestigio de Chipiteguy era su volterianismo. Chipiteguy
-creía que la religión era siempre el manto de los hipócritas y granujas
-para cubrir sus miserias y sus canalladas.
-
-Un buen católico era para él algo sucio, como un tiñoso moral, hombre
-de poco fiar; capaz de todo.
-
-El había dicho una vez, recomendando a un conocido de Estrasburgo, un
-abate bayonés: "Puede usted fiarse de él, porque, aunque cura, es
-buena persona."
-
---El católico es uno de los productos más envilecidos de la especie
-humana--aseguraba el trapero--. Decidle a un católico: el ciudadano
-tal roba en su destino, él le justificará; es un padre de familia,
-tiene hijos... El otro abandona a su padre, lo legitimará también;
-el tercero vende a su hija, lo mismo; el católico lo legitima todo.
-Pero va a haber una fiesta y un baile; entonces el católico fruncirá
-el ceño. Eso es una inmoralidad, es un escándalo, es una excitación
-a la lujuria--dirá--. La lujuria es cosa mala; debíamos suprimir la
-prostitución--pensaréis vosotros--. No, eso no; es un mal necesario...
---afirmará con hipocresía--. ¡Mala raza, fea raza, raza baja,
-envilecida y bastarda, esa de los católicos!
-
-Muchas de las opiniones violentas que profesaba Chipiteguy se las
-atribuía a un amigo suyo, el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de
-Aschaffenburg; pero algunos pensaban que este poeta Julius Petrus era
-una invención suya y que no había existido jamás.
-
-El clericalismo siempre lleva al lado la tendencia volteriana; por
-eso en los países latinos el impío es más impío que en los países
-protestantes.
-
-Cuando la andre Mari con la Tomascha y la cocinera se ponían a rezar
-el rosario en voz alta en la cocina, después de cenar, muchas veces
-Chipiteguy exclamaba:
-
---¡Viejas locas! No me vengáis aquí con esas monsergas. No quiero que
-nos traigáis alguna desgracia con tantos rezos. Id a la catedral.
-Allí tenéis bastante sitio para repetir, sin molestar a nadie, todo
-el tiempo que queráis, vuestras tonterías. Aun así, no creáis que no
-hacéis daño; lo hacéis, porque venís aquí y traéis una nube de pulgas.
-
-La sobrina y la criada le replicaban furiosamente y le amenazaban con
-el infierno, lo que a él le hacía reír a carcajadas y decir mayores
-irreverencias.
-
-Otra vez que hablaban de los sermones de los curas, que recomendaban a
-las mujeres que no fueran escotadas, Chipiteguy les dijo a las de su
-casa, echándoselas de ingenuo:
-
---Lo que podíais hacer vosotras es ir adonde el obispo, desnudas, y
-allí él, con ese jaboncillo que emplean los sastres, os marcaría con
-exactitud en el cuerpo hasta dónde podíais enseñar.
-
-Estas frases escandalosas indignaban a las que las oían.
-
-La andre Mari, viuda sin hijos, mujer flaca, agria, con cara afilada
-y pálida, tenía una figura que parecía que se la veía sólo de perfil.
-Solía estar haciendo media constantemente con un gato en la falda.
-
-La criada, la Tomascha, se parecía a la andre Mari en el carácter,
-aunque no en el tipo; tenía aspecto monjil, la cara redonda y
-abotargada, un poco como de albuminúrica; el color muy blanco, la
-mirada inexpresiva y el aire indigesto. Reñía a todas horas con la
-muchacha joven.
-
-La Tomascha, indudablemente, sentía cariño por Chipiteguy y por la
-casa; pero a veces parecía que se recreaba con las desgracias.
-
-La Tomascha era, principalmente, una mujer fatídica y daba las malas
-noticias con fruición, cosa que a Chipiteguy indignaba. Varias veces el
-chatarrero dijo a la andre Mari que se fuera la Tomascha a su pueblo y
-que él le seguiría pasando el salario; pero la Tomascha, al saberlo,
-derramó un mar de lágrimas.
-
-La Baschili, la cocinera, era muy enamoradiza, y siempre tenía algún
-novio o amante, con quien paseaba los domingos.
-
-Se decía que había tenido un chico en el pueblo, y la Tomascha se lo
-había contado a la andre Mari y la andre Mari a Chipiteguy.
-
---Aunque hubiese tenido un regimiento no la despacharía--replicó el
-trapero del Reducto--; yo no le exijo a ella voto de castidad, sino que
-guise bien.
-
-La asistenta de la casa de Chipiteguy, que barría y fregaba los
-almacenes y la tienda, era gascona, juanetuda, robusta y locuaz. Se la
-conocía por su apellido la Mazou.
-
-La Mazou era turbulenta y estaba atormentada por el deseo de la acción;
-cuando había que hacer un trabajo extraordinario gozaba.
-
-La Mazou, recia y cuadrada, tenía tanta fuerza como un hombre.
-
---Esta ha nacido para tener una docena de hijos--decía Chipiteguy--;
-pero como es inteligente como una mula y áspera como un cardo, se ha
-quedado soltera.
-
---¡Bah! ¡Si hubiera querido!--replicaba ella.
-
-La Mazou bebía a veces un trago, al emprender algún trabajo de fuerza,
-en compañía de Quintín o de Claquemain.
-
-A pesar de que ella andaba cerca ya de los cincuenta años, Quintín la
-había pretendido; pero la Mazou despreciaba al mozo porque era chiquito
-y de poco cuerpo.
-
-Chipiteguy se burlaba de la gente de su casa, menos de Manón. También
-se burlaba mucho de los judíos que iban a su tienda; había asistido
-repetidas veces a los oficios en la Sinagoga y satirizaba los cantos y
-los lamentos de los hijos de Israel.
-
-Les recordaba la época anterior a la Revolución, que él había llegado
-a conocer, en la cual los judíos de Saint Esprit, a quienes también se
-llamaban los portugueses y los nuevos cristianos, no podían habitar el
-casco de Bayona.
-
-Les decía que se contaba entonces que los judíos del barrio de Saint
-Esprit, cuando tomaban nodrizas cristianas, los días de comunión les
-vaciaban el pecho, para que en su cuerpo no hubiese ni rastro del
-cuerpo divino de Jesucristo.
-
-Les hablaba, como si fuera verdad, de que celebraban la Pascua con
-sangre de cristianos y de los asesinatos rituales.
-
-El fingía creer, para sacar de sus casillas a los judíos, que éstos
-hacían manjares con sangre de niño cristiano, y recordaba que en Metz
-había sido quemado un judío, Rafael Levi, acusado de haber matado a un
-niño de tres años con ese objeto culinario.
-
---En mi país--solía decir--se les tiene mucho odio.
-
-Y solía contar esta anécdota:
-
-"Al entrar en Metz el mariscal de la Ferté, los judíos de la ciudad
-fueron a saludarle. Cuando le dijeron que había en la antecámara una
-comisión de israelitas, gritó:
-
---No quiero ver a esos granujas que crucificaron a Nuestro Señor; que
-no les dejen entrar.
-
-Se les dijo a los hebreos que el mariscal no podía recibirles. Ellos
-respondieron que lo sentían mucho, porque iban a llevarle un regalo
-de cuatro mil pistolas. Se advirtió al mariscal a lo que iban y el
-mariscal dijo al momento:
-
---Hacedles entrar en seguida. ¡Pobre gente! Se les acusa sin razón.
-Ellos no le conocían a Cristo cuando le crucificaron."
-
-El trapero, al contar esto, se reía a carcajadas.
-
-Chipiteguy, según decía, había hecho lo posible para adornar con
-cuernos la cabeza de algunos amigos israelitas; pero esto, como
-se sabe y como repetía su amigo Julius Petrus Guzenhausen de
-Aschaffenburg, no es más que un mal de imaginación y ningún casado
-podía tener la seguridad de no padecerlo.
-
-En la juventud de Chipiteguy el barrio de Saint Esprit conservaba
-algo de ghetto; las casas solían estar cerradas al anochecer, los
-hombres andaban con balandranes, las mujeres pálidas, de ojos negros,
-se asomaban a las ventanas, y se oía una jerga medio española, medio
-hebrea.
-
-Chipiteguy contaba sus aventuras amorosas de joven con las muchachas
-judías del barrio, lo que escandalizaba mucho.
-
-A las bromas del viejo trapero, los israelitas contestaban hablando
-y accionando violentamente, y contaban con un estilo florido las
-persecuciones sufridas por la raza. El tema que manejaba siempre
-Chipiteguy era el de la avaricia. Los judíos le achacaban a él idéntico
-defecto.
-
-Los más habituales en casa de Chipiteguy eran Manasés León, el
-prendero; Haim Gómez, del gremio de mercería, e Isaac Castro, vendedor
-de fruta.
-
-A fuerza de echarse en cara Chipiteguy y sus amigos su roñosidad y
-su sordidez, habían llegado a considerar este vicio como condición
-divertida y pintoresca.
-
-Al ir y venir de Saint Esprit a Bayona, por el puente de barcas, se
-formaba gran sanhedrín de judíos en la tienda de Chipiteguy, y parecía
-aquello una bandada de cuervos; y entre las voces gangosas y agudas
-de los hebreos y sus accionados y gestos de polichinelas, resonaban
-las carcajadas de Chipiteguy. Este hablaba siempre con desprecio de la
-Biblia y los judíos defendían su libro santo con fervor; pero más que
-las cuestiones religiosas les apasionaba la cuestión del dinero y el
-reproche que se hacían unos a otros de avaricia.
-
-Todas las anécdotas viejas y conocidas de avaros y de usureros se
-atribuían al contrincante.
-
-El avaro, que retenía la respiración cuando se le tomaba medida de un
-traje, para parecer menos grueso y hacer que el sastre pusiera menos
-paño; el que fué achicando la ración de paja y cebada al caballo, y
-cuando éste murió de hambre, dijo: "¡Qué lástima! Ahora que se iba
-acostumbrando..."
-
-Otra porción de rasgos, dignos de Harpagon, de Shylock o del licenciado
-Cabra, se atribuían unos a otros.
-
-En realidad, todos aquellos judíos, Nathan, David o Salomón,
-ropavejeros y prestamistas a la antigua escuela, con sus gabanes
-raídos y sus sombreros sebosos, con sus procedimientos usurarios y sus
-tiendencillas negras, tenían que considerarse derrotados por usureros
-de nuevo estilo, más elegantes y atildados, que paseaban en coche o a
-caballo, vestían como dandys y se iban haciendo millonarios.
-
-A Chipiteguy y a los judíos amigos no les interesaban tanto las grandes
-hipotecas como las pequeñas raterías.
-
-Entre éstos era un gran mérito el engañar a un compañero, el hacerse
-convidar o el conseguir algo de balde.
-
-Se vanagloriaban todos de las jugarretas que se hacían para engañarse.
-
-Un comerciante, algo letrado, había llamado a la casa de Chipiteguy la
-Escuela de los Avaros.
-
-Cuando sus amigos judíos no estaban delante, Chipiteguy no era roñoso,
-y todo lo que le pedía su nieta lo concedía al momento.
-
-En lo que no quería gastar era en su indumentaria.
-
---Un trapero elegante sería ridículo--decía él.
-
-Cuando Chipiteguy se quitaba su hopalanda mugrienta se le veía vestido
-con un chaquetón desteñido, que era difícil suponer cuál sería su color
-primero; unos pantalones zurcidos y remendados y un chaleco viejo de
-nankin. Chipiteguy no quería elegantizarse; le gustaba aparecer tal
-como había sido siempre.
-
-A pesar de su roñosidad para sí mismo, era espléndido en otras cosas.
-
-En la mesa gastaba mucho. La cristalería era siempre fina y nueva.
-Chipiteguy no podía soportar una mancha en el mantel; así que había
-que renovarlo para cada comida. En casa de Chipiteguy se comía bien
-y se bebía a pasto vino de Burdeos y de Borgoña. Le gustaban también
-al viejo los licores, y tomar, después de comer, unas copas de coñac
-antiguo.
-
-Con este trato, su nariz y sus mejillas habían adquirido, en algunos
-puntos, tonos de carmesí, que se convertían en violáceos. Con aquel
-régimen de vida, Chipiteguy tenía tendencia a la gota, y a veces
-padecía cálculos. En estas épocas pasaba días tristes, alicaído y
-pensativo; pero cuando se curaba, volvía a la jovialidad. Decía que
-a él le tendrían que poner el mismo epitafio que hizo Desaugiers, un
-autor de canciones, enfermo de mal de piedra, de sí mismo:
-
- Ci-git helas, sous cette pierre
- un bon vivant mort de la pierre
- passant, que tu sois Paul ou Pierre
- ne va pas lui jeter la pierre.
-
-A pesar de sus burlas, Chipiteguy tenía un fondo de misticismo. Había
-en él algo del sentido contemplativo del alemán, unido a la impiedad
-ligera del francés; pero quizá la tendencia mística y vaga era
-en él lo más profundo. Se pasaba muchas horas mirando el agua del
-río, pensando vagamente en las fuerzas de la Naturaleza. También se
-abstraía fumando en su pipa y viendo las volutas de humo en el aire o
-contemplando las llamas de la lumbre.
-
---¿Duermes, abuelo? le preguntaba su nieta.
-
---No; estoy pensando.
-
---¿Pensando en qué?--le preguntaba Manón.
-
-Indudablemente, el viejo pensaba con vaguedad en muchas cosas, también
-vagas, porque en él había esta tendencia por la meditación.
-
-A veces no pensaba en nada y estaba inmóvil, con la mirada perdida,
-como aletargado.
-
-
-
-
-IV
-
-LA TABERNA DE OCHANDABARATZ
-
-
-La calle de los Vascos, en Bayona, calle estrecha, húmeda y negra,
-paralela a la corriente del Nive y a la calle de España, era y es
-una de las más obscuras del pueblo. En ella olía siempre a humedad
-y a pescado, lo que hacía que el ambiente no fuese muy agradable de
-respirar. Había entonces en esta calle almacenes de salazón y se
-instalaban pescaderías ambulantes en el arroyo.
-
-En tiempo de la primera guerra civil española, las tiendas de la calle
-de los Vascos eran pocas: algunos almacenes de pescado, barricas,
-botellas y trapos viejos, dos posadas, la fonda de Iturri y la
-Guetaldia, donde se refugiaban los campesinos vascos de las aldeas
-próximas y los carlistas de poco dinero; varias tabernas, traperías y
-alguna cacharrería que lucía en el escaparate jarras, huchas de barro y
-cometas de papel de colores.
-
-En la calle, la casa más cuidada y limpia era la posada de Iturri, que
-en la planta baja tenía una tienda de mercería, en la que se mostraban
-pañuelos de seda de vivos colores. La posada de Iturri gozaba de fama
-de sitio respetable y en donde se comía bien.
-
-Entre las dos o tres tabernas de la calle de los Vascos, las más
-frecuentadas, las que estaban casi siempre llenas, eran la taberna
-del Español y la de Ochandabaratz. Esta última se llamaba también la
-taberna del Gallo Rojo, porque su enseña representaba un gallo, pintado
-de rojo, cantando sobre una bola.
-
-La taberna de Ochandabaratz, obscura y siniestra, se hallaba en un
-sótano grande, y el invierno estaba siempre iluminada con quinqués,
-porque si no, en su fondo, no se veía con la luz del sol.
-
-La taberna no tenía portada alguna, y únicamente las paredes de la
-casa, en el piso bajo, aparecían embadurnadas de pintura de color
-parduzco, que saltaba de las piedras, y que dejaba a éstas como
-recubiertas por escamas.
-
-Se entraba por el zaguán, y a mano izquierda estaba la taberna, a la
-que se bajaba por unos escalones; había en este sótano un ventanal de
-cristales pequeños y emplomados a la calle y una ventana enfrente a un
-patio; pero ni el ventanal ni la ventana daban luz bastante para que se
-viera con claridad en el interior.
-
-Era la taberna grande y espaciosa, con un mostrador enorme, recubierto
-de cinc, con frascos, botellas de licores y damajuanas negras. Las
-paredes tenían un zócalo de madera y había varias mesas y bancos.
-
-La taberna se continuaba por un corredor, al que iluminaba la ventana
-del patio. En este corredor había dos grandes filas de barricas.
-
-Ochandabaratz, el amo de la taberna, era hombre de unos cincuenta años,
-grueso, un poco asmático, muy sentencioso, con aire reservado. Gastaba
-siempre camisa blanca, de gran cuello; blusa negra y boina grande.
-Su mujer era guapa y vistosa; sus dos hijas, muy bonitas; el criado
-Shanchín, vivo como un mono, y la muchacha Leonie, guapetona, rubia y
-apetitosa.
-
-En la taberna había siempre gente, de día como de noche; al parecer,
-los géneros de Ochandabaratz tenían fama de exquisitos, y el vino y los
-licores de la taberna podían competir con los de los mejores hoteles de
-Bayona.
-
-Una tarde lluviosa y de invierno estaban en la taberna de Ochandabaratz
-una porción de tipos, bastante extraños, formando animado grupo.
-Eran éstos el cochero de una funeraria, llamado Tapín; Benedicto,
-el campanero de la Catedral; un sepulturero jorobado, conocido por
-Patrich; el piloto Ibarneche, Bidagorry, el carbonero de la calle del
-Pont Traversant, que tenía una pierna de palo; el maestro de baile
-Cuyala, de la calle del Oeste, y tres chatarreros; Michú el de la Vieja
-Encina de la calle de Bourg Neuf; Larroque el de las Armas de Francia,
-del muelle de la Galuperie, y Portefaix, el de la Linda Fragata de la
-calle de Pontriques.
-
-Los más señalados de estos tipos eran Patrich, por su joroba, y
-Bidagorry, por su pierna de palo; pero los otros tenían también
-carácter. Ibarneche, el piloto era alto, colorado, la cara ancha, con
-anteojos, la pipa en la boca; Cuyala, el maestro de baile, elegante,
-flaco, melenudo, pálido, con un levitín azul, con botones dorados,
-corbata roja y pantalón corto, lucía las pantorrillas; Michú gastaba
-sombrero de copa y gabán hasta los pies, y tenía cara de loro, picada
-de viruelas; Portefaix poseía unos ojos saltones, desvaídos, como dos
-huevos, y una cara de rana, entre sonriente y triste, y Larroque, que
-vestía con un abrigo harapiento y un casquete, tenía la cara llena de
-cicatrices, un ojo nublado, el otro, malicioso, verde gris, rojizo,
-lleno de inteligencia, de picardía y de desvergüenza.
-
-Estos tres chatarreros, Michú, Larroque y Portefaix, solían ir a España
-con frecuencia a comprar hierro viejo, granadas y armas, y negociaban y
-cambalacheaban con Chipiteguy.
-
-El sepulturero jorobado Patrich celebraba, según decía, a todo el que
-se le acercaba, dos acontecimientos transcendentales de su vida: uno,
-que le había tocado la lotería; el otro, que se le había muerto la
-mujer en San Juan Pie de Puerto.
-
-Con tal motivo, Patrich se dedicaba a las más extrañas locuras y
-cantaba y bailaba alegremente. Patrich mostraba una gran alegría por
-la muerte de su mujer, y, sin embargo, había quien aseguraba que días
-antes le había visto llorando por el mismo motivo. En un bufón como él
-cualquier cosa era posible.
-
-Mientras el grupo celebraba el jolgorio, se asomaron a la taberna el
-viejo Chipiteguy y el judío Moisés Panighettus, dueño de una trapería,
-próxima a la Puerta de Francia.
-
-Patrich, el jorobado, se apresuró a saludar a Chipiteguy y a
-Panighettus; les contó el motivo de su fiesta y les invitó a sentarse.
-
-Chipiteguy dijo que tenía que ir a una casa suya a cobrar las rentas.
-
---Sentarse, sentarse; no hay prisa--gritó el jorobado.
-
---¿Qué, viene usted a cobrar la casa?--preguntó Ochandabaratz a
-Chipiteguy.
-
---Sí.
-
---¿Ya pagan esos españoles?
-
---No hay más que uno o dos--contestó Chipiteguy.
-
---Ya pagarán--exclamó Patrich, el jorobado--. Todo el mundo paga al
-último; los unos con su moneda, los otros con su cuerpo. ¡Je! ¡Je!
-¡Je! No hay que apurar a nadie. Vamos otra vez a cantar.
-
-Cantaron todos a coro, en vascuence, la canción recogida por el doctor
-Larralde, de San Juan de Luz: "Errico festac biaramumiam" (El día
-siguiente de la fiesta), la copla que empieza pintando la escena de
-cuatro mujeres, tres solteronas y una viuda, que juegan al truque un
-día de fiesta en la calle de una aldea vasca, a la sombra, las cuatro
-un poco borrachas.
-
-La cantaron de manera desigual, porque cada uno se marchaba por su lado
-y algunos no sabían vascuence.
-
-Después, el piloto Ibarneche entonó, a media voz, algunas canciones
-románticas del mar:
-
- Ichasua laño dago
- Bayonaco alderaño.
- Nic zu zaitut maitiago
- choriyac beren umiac baño.
-
-(El mar está cubierto de niebla hacia el lado de Bayona. Yo te quiero
-más que el pájaro a su crías.)
-
- Santa Catalin aurrera
- bischigutan azi dera.
- Ondo irteten baguera
- laster neria izango cera.
-
-(Antes de Santa Catalina hemos empezado la pesca del besugo. Si salimos
-bien, pronto serás mía.)
-
- Gure oroliz aita dago
- laño bian gaberaño.
- Nic zu zaitut maitiago
- arraichuac ura baño.
-
-(Nuestro recuerdo está erguido hasta debajo de la niebla. Yo te quiero
-más que los pececillos al agua.)
-
- Ichasua urac aundi,
- es tu ondoric agueri.
- Pasaco nisaqueni andic
- maitea icuzteagatic.
-
-(En el mar de grandes olas, no se ve bien. Yo pasaría siempre por el
-mar para ver a mi amada.)
-
-La especialidad de Ibarneche, además de sus canciones románticas, era
-el comer copiosamente. Había hecho el piloto muchas apuestas y las
-había ganado. Se había comido una vez un cordero con la mayor parte
-de los huesos. Para él, tragarse dos gallinas, dejando solo el pico,
-era un juego. Con el pico no podía; ante el pico se declaraba vencido.
-Había comido también una merluza y cuatro docenas de huevos en una
-comida.
-
-En beber era más moderado; no llegó a pasar nunca de los cuarenta vasos
-de sidra en una tarde ni de los veinte de vino.
-
-Mientras cantaba Ibarneche, Bidagorry, el carbonero, seguía el ritmo de
-la canción y ponía los ojos en blanco y la cara lánguida y triste. Esta
-acomodación rápida era la especialidad de Bidagorry.
-
-Patrich, el sepulturero, poco partidario de cosas melancólicas--la
-melancolía no es para sepultureros, decía él--, se puso a cantar y a
-bailar unas coplas donostiarras de soldados con aire de fandango. Lo
-cómico, para los que las oían, era que Patrich no sabía vascuence y a
-veces decía una cosa por otra.
-
-La canción era así:
-
- ¡Ay, Madalén, Madalén;
- Madalén gajoa!
- Bigarren batalloyan
- daucazu majoa.
- Chiquichua da baña,
- mutico polita,
- Cazadorietaco
- cabo primeroa.
-
-(¡Ay, Magdalena, Magdalena; pobre Magdalena! En el segundo batallón
-tienes tu majo. Es pequeño, pero guapo chico, y cabo primero de
-Cazadores.)
-
-Bidagorry recalcó la intención de la copla, dando a su fisonomía un
-aire desvergonzado y alegre.
-
-La canción, ya de por sí grotesca, cantada y bailada por Patrich, lo
-era más. Patrich, viejo, cojo, pequeño y jorobado, de cara audaz,
-barbas largas y blancas, los ojos redondos, negros y brillantes, ojos
-de lechuza, la nariz chata, la frente ancha y prominente y la calva
-hasta el cogote, tenía un aire socrático.
-
-Patrich vestía macfarland negro y raído, sombrero de copa sucio y
-despeinado. Su atrevimiento y su impertinencia resultaban un tanto
-importunas. Era, además, un bufón antipático, porque con mucha
-facilidad, en medio de la broma, se molestaba o tomaba una actitud
-sentimental, de borracho, desagradable.
-
-Después de los versos a Magdalena vinieron coplas dirigidas a algunos
-galanes, que tendrían en su tiempo gran cartel entre las criadas y
-costureras donostiarras:
-
- Bata, García; eta
- beztea, Domingo;
- onezquero gauz onic
- ez ditec eguingo.
- Euscaldunac desaire,
- oyequin amigo.
- Berac deitzen ciyoten:
- "Venga usted conmigo".
-
-(El uno, García; el otro, Domingo; hasta ahora, seguramente, no habrán
-hecho cosa buena. A los vascongados, desaires, y con esos otros,
-amigas. Ellas mismas les decían: "Venga usted conmigo".)
-
-Hay que suponer que estas damas que decían a los cabos primeros y a
-los sargentos: "Venga usted conmigo" no serían de la alta sociedad, ni
-aparecerían en el Almanaque de Gotha, aunque algunos demagogos suponen,
-quizá con poco respeto, y sobre todo con pocos datos personales, que
-son principalmente las damas empingorotadas, las del Almanaque de
-Gotha, las que tiene una inclinación a decir a los cabos primeros y a
-los sargentos: "Venga usted conmigo".
-
-Esta cuestión es, sin duda alguna, difícil de resolver
-experimentalmente y la abandonamos para que la estudien los
-especialistas.
-
-Patrich se cansó de su baile y de su canto y se sentó a beber un gran
-vaso de vino.
-
-En tanto, uno de los chatarreros, que solía entrar con frecuencia en
-España, salmodió esta obra maestra híbrida vasco-castellana, también
-donostiarra;
-
- Un militar le dice:
- "Nere maite ederra,
- solamente tu cara
- ematen dit guerra".
- Y ella contesta al punto:
- "Ez bildurric izan
- izan bear badezu
- mi bravo capitán".
-
- Damacho ederra, mozo valiente,
- ella jostuna, él subteniente,
- y ella le ha dicho milla bider
- que le hacen falta bi charreter.
-
-(Un militar le dice: "Amada hermosa, solamente tu cara me da a mí la
-guerra". Y ella contesta al punto: "No tenga usted miedo si tiene usted
-que ser mi bravo capitán". Bella damita, mozo valiente, ella costurera,
-él subteniente, y ella le ha dicho muchísimas veces que le hacen falta
-dos charreteras.)
-
-El autor comprende que es un poco abusivo el poner tantas canciones
-insignificantes. A él le dicen algo, aunque a la mayoría de sus
-lectores, claro es, no le dicen nada. El autor es un individualista y
-las pone.
-
-Uno de los traperos, medio ciego, sacó un caramillo de hoja de lata y
-se puso a tocar monótonamente la canción de Cadet Rouselle.
-
-Después de esto, Patrich echó los pies por alto, se balanceó como una
-bailarina, lanzó ronquidos desvergonzados, puso la cabeza en el suelo,
-dió una vuelta y quedó sentado.
-
-Poco después apareció Patrich, montando sobre unos zancos y andando en
-la taberna, casi tocando el techo. El enano jorobado se sentía así alto
-y poderoso.
-
-El viejo Chipiteguy, que había permanecido durante todo el tiempo
-bebiendo y riendo, se citó para el día siguiente con Moisés Panighettus
-y se levantó para salir de la taberna de Ochandabaratz.
-
---¡Adiós, señores!--dijo.
-
---¡Eh, tío!--le gritó Patrich--. No se vaya usted; hay que cantar su
-canción.
-
-La gente de la taberna no hizo mucho caso, y Patrich se incomodó.
-
-Patrich era hombre violento e imperativo; obligaba a que se cantaran
-ciertas canciones y ponía el veto a otras que no le gustaban.
-
-No parecía sino que tenía algún derecho especial para mandar en todo
-cuanto fuera musical y filarmónico en casa de Ochandabaratz.
-
-Patrich se quitó los zancos e increpó a unos y a otros, imponiendo
-silencio con siseos y manotadas.
-
-Cuando lo consiguió inició la canción de bravura de Chipiteguy y la
-cantaron a coro, a voz en grito:
-
- Atera, atera,
- trapua saltzera
- eta burni zarra
- chaponian.
-
-Chipiteguy, riendo, saludó a todo el mundo y salió a la calle.
-
---¡Adiós, tío!--le volvió a decir Patrich.
-
-Patrich solía bromear muchas veces llamando tío a Chipiteguy. La razón
-de este supuesto parentesco era la siguiente. Hacía ya muchos años, en
-los primeros tiempos del Imperio, vivían dos hermanas, muy guapas, las
-dos casadas, en la calle Pontriques. Ambas, con unanimidad extraña,
-engañaban a sus maridos. De una de ellas se decía que estaba enredada
-con Chipiteguy, y de la otra, que era la querida de un tal Lafón,
-vendedor de hierro.
-
-El marido de la de Lafón, a quien llamaban Puteche, era un cínico, que
-se dedicaba a vivir de lo que traía su mujer.
-
---Buena boquilla--le decían los amigos.
-
---De Lafón--contestaba él sonriente.
-
---Hermosa cadena de reloj--le decía el otro.
-
---De Lafón--replicaba él.
-
---¡Qué bonito sombrero lleva usted!
-
---De Lafón.
-
-Las dos hermanas, guapas y alegres, tuvieron por entonces dos chicos:
-Máximo Castegnaux, que se atribuyó a Chipiteguy, y Patricio Larroque
-(Patrich), que se atribuyó a Lafón.
-
-Dado el estribillo de Puteche, naturalmente, se hizo este chiste fácil.
-Un amigo le había dicho, señalando al niño de la mujer de Puteche:
-
---¡Qué chico más guapo!
-
-Y él había contestado:
-
---De Lafón.
-
-La anécdota era falsa, porque ni el chico era guapo ni Puteche había
-dicho estas palabras.
-
-No se sabe por qué, si es que Lafón daba poco dinero a su querida,
-o si es que ésta pretendía hacer economías; el caso fué que Puteche
-comenzó a notar que la comida en su casa se reducía hasta unos extremos
-inverosímiles. A pesar de su tranquilidad filosófica, un día Puteche
-ya saltó, y, cogiendo indignado un plato de acelgas y tirándolo por la
-ventana, dijo a su mujer:
-
---No tienes vergüenza. ¿Esta es una comida regular para un marido
-complaciente?
-
-Como la irregularidad de la vida de las dos hermanas la conocían todas
-las comadres del barrio, los chicos Máximo y Patricio no lo ignoraban;
-y cuando los dos primeros reñían, el uno decía al otro: "¡Chipiteguy!
-¡Chipiteguy!", y el otro le contestaba: "¡Lafón! ¡Lafón!" Los padres,
-por lo menos padres legales, se quedaban tan tranquilos al oirlo; no
-así las madres; a veces, a éstas les entraba una cólera furiosa al
-oír "¡Chipiteguy! ¡Chipiteguy! ¡Lafón! ¡Lafón!", y andaban con los
-muchachos a zapatazos. Cuando murió Lafón decía Puteche:
-
---Veinte años ha sido mi mujer la querida de Lafón y ese cochino no le
-ha dejado nada en su testamento.
-
-Todo el mundo le tenía a Puteche por un cínico y por un sinvergüenza.
-Indudablemente, al hombre le producía risa la idea de ser un marido
-engañado y que lo que para otros es un motivo de tristeza y de
-vergüenza, para él fuera un motivo de chunga. Sin embargo, algún
-resquemor debía quedar en él, porque se dijo que, cuando se murió, se
-le acercó la mujer a la cabecera de la cama y él la dijo:
-
---Fuera p...
-
-Max Castegnaux y Patricio Larroque, los dos primos que de chicos se
-echaban en cara su atribuída paternidad, llegaron a ser amigos.
-
-Max Castegnaux fué gran calavera. Una de sus gracias consistía en
-decirle a Chipiteguy, cuando pasaba a su lado: "¡Adiós, padre!"
-
-Max, después de varias locuras, sentó plaza y estuvo en Argelia, donde
-llegó a ser sargento.
-
-Patrich, el jorobado, se hizo sepulturero y consideraba a Chipiteguy de
-la familia y le llamaba siempre tío.
-
-Al marcharse de la taberna de Ochandabaratz, Patrich llamó a un
-violinista callejero y le hizo tocar; pero aburrió pronto a los
-reunidos.
-
---A ver tú, Patrich--dijo Ibarneche--; dinos algunos epitafios del
-cementerio.
-
---No, ahora no--replico el sepulturero.
-
---Sí, sí--gritaron todos.
-
---Bueno, pues allá va uno. Auténtico: el del niño Pedro Verrue: "Aquí
-yace el niño Pedro Verrue, de tres años y dos meses. Fué abnegado,
-discreto y justo. Su vida fué una larga cadena de sufrimientos, que
-soportó con entereza y resignación cristiana".
-
-Todo el mundo se echó a reír.
-
---¡Otro, otro!--dijeron.
-
---El epitafio de la viuda de Routier, a quien conocimos todos por su
-genio agrio; también auténtico: "Aquí yace María Francisca Bachelin,
-viuda de Routier, muerta a la edad temprana de 79 años. Era un ángel.
-Sus hijos, hijos políticos y nietos depositan sobre su tumba esta
-corona por su virginal pureza".
-
---¡Otro, otro!
-
---"Aquí yace Juan Bautista Colardeau, muerto a los siete años y medio,
-de la escarlatina. Fué buen hijo, buen ciudadano y amante de su patria.
-Rogad por él".
-
-Siguieron las risas en el público.
-
---¡Más, más!
-
---No, basta por hoy--dijo Patrich con su aire rotundo--. Uno para
-terminar, también auténtico: "Yace aquí Luis Bernardo Chevrau,
-fabricante de jabón y de vulneraria de los Alpes. Fué padre de familia
-modelo, sargento de la Guardia nacional y buen ciudadano. La humanidad
-doliente le debe la mejor vulneraria suiza, que la viuda sigue
-fabricando en Bayona, en la calle del Oeste, núm. 4".
-
-Rieron de este último epitafio y Patrich no quiso continuar.
-
-
-
-
-V
-
-LOS INQUILINOS DE CHIPITEGUY
-
-
-La casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos, era alta, negra, con
-ventanas que se abrían en la obscura pared.
-
-Vivían en ella muchos inquilinos, la mayoría gente pobre, empleados
-de tiendas y de oficinas, retirados y obreros. En los bajos había un
-almacén de botellas y otro de carbón.
-
-La escalera de la casa, lóbrega y sombría, daba a un patio pequeño y
-negro; el portal, húmedo, con una caseta cubierta de cinc, se hallaba
-siempre a obscuras. La casa tenía cinco pisos y en cada piso tres
-puertas; al lado de cada una colgaba la cadena de la campanilla con
-un anillo de metal, y estos anillos, lo mismo que el pasamanos de la
-escalera, estaban como lubrificados por una grasa viscosa y fría.
-
-De trecho en trecho, en la escalera siniestra, se abrían ventanas que
-daban al patio, por las que se veía la parte de atrás de otras casas,
-sombrías y leprosas.
-
-Por aquella escalera subían y bajaban viejas con aire de suspicacia
-que parecían montones de ropa sucia, tocadas con calotas, cofias y
-sombreros marchitos; con trajes que olían a trapo raído y a paraguas
-mojados; y viejos de sombrero de copa antiguos y redingotes de otra
-época que les llegaban hasta las pantorrillas.
-
-Al entrar en su casa, Chipiteguy se dirigió primeramente al almacén de
-botellas del piso bajo. Cuidaba este almacén una vieja arrugada que
-interrumpía a ratos la tarea de hacer media para comer pan y queso.
-La vieja, al ver a Chipiteguy, se levantó y sacó de un armario el
-dinero del alquiler; luego se puso a contar, medio en francés, medio en
-vascuence, una historia aburrida de su juventud, riéndose de cuando en
-cuando para mostrar sus encías, desprovistas de dientes.
-
-Del almacén de botellas pasó Chipiteguy al del carbón; luego subió a
-los cuartos. Aquí vivía con su mujer un retirado, que mataba el tiempo
-paseando por las calles o por el corredor de su casa. El retirado pagó
-su alquiler en seguida.
-
-Otro inquilino era un español, siempre embozado en su capa, con una
-venda que le tapaba la nariz y la boca. Este español se hacía pasar
-por inválido de la guerra, cosa falsa, pues sus llagas procedían de un
-lupus que le iba carcomiendo la cara.
-
-A pesar de ello, el hombre parecía contento, comía y fumaba y no se
-preocupaba de su mal, lo que a Chipiteguy le producía gran extrañeza.
-Este hombre se ponía de guardia a la puerta de las casas de los
-carlistas de buena posición y no pedía limosna; tomaba lo que le daban.
-El pseudo-inválido pagó su alquiler.
-
-Otra inquilina era una vieja ex-mercera. Esta vieja rica parecía
-un montón de harapos. Llevaba botas muy grandes y destrozadas, un
-bastón en la mano y pañuelo rojo en la cabeza. Al encontrarse con
-Chipiteguy se lamentó de su falta de recursos. Al parecer, se quejaba
-constantemente de su miseria, aunque todo el mundo sabía que guardaba
-mucho dinero.
-
-En el último piso de la casa, en habitaciones medio aguardilladas,
-vivían un maestro de música, apellidado Chibitua; un zapatero
-sansimoniano, Palasou; un tornero y un español, el señor Sánchez de
-Mendoza.
-
-Chibitua componía romanzas sentimentales y al mismo tiempo tocaba un
-oboe en una banda. Tenía muchos hijos. Al pobre hombre, no se sabe si
-de tocar el oboe o de escribir romanzas lacrimosas, se le había puesto
-una cara tan triste, que se hubiera dicho que estaba siempre llorando.
-
-Viéndole de lejos con su instrumento, se llegaba a pensar si estaría
-unido a él, pues el pico del oboe más parecía que pertenecía por
-naturaleza al hombre que al aparato musical.
-
-El sansimoniano Palasou era un desdichado que tenía una zapatería de
-portal cerca de la Puerta de España. Su mujer le había arruinado,
-gastándose todo el dinero de la casa en caprichos absurdos. Madama
-Palasou era una mujer pródiga que robaba al marido y gastaba el dinero
-en cosas que no servían para nada. Hubo días que el zapatero no pudo
-comer porque su señora había comprado un sonajero a un niño de la
-vecindad, o un portamonedas a una conocida, o un alfiler de corbata a
-un jovencito hijo de una amiga.
-
-Entonces Palasou, en protesta, había tomado tres graves
-determinaciones: primero, dejarse el pelo largo; luego, enredarse con
-una criada de la vecindad, y por último, declararse ante el mundo
-partidario de las doctrinas socialistas de Saint Simon.
-
-El tornero se pasaba la vida dentro de su guardilla, en el torno,
-haciendo unos ruidos que daban dentera a todos los vecinos. Era un
-hombre que tenía el mismo color que los objetos de boj que torneaba en
-su aparato y muchos chiquillos que correteaban por la escalera. En la
-última guardilla hacía tres meses vivía un español emigrado carlista,
-don Francisco Sánchez de Mendoza. El señor Sánchez de Mendoza era
-hombre grueso, de bigote negro y patillas cortas, con aire pesado,
-ictérico y triste.
-
-Chipiteguy llamó en su casa tirando de la campanilla, esperó a que le
-abrieran y pasó.
-
-Abrió la puerta la mujer del emigrado, una mujer triste, con una
-toquilla atada por las puntas a la espalda, y preguntó a Chipiteguy en
-castellano qué es lo que quería.
-
-Explicó Chipiteguy que era el amo de la casa, que venía a cobrar
-el alquiler del mes, y la mujer, un tanto azorada, fué a avisar a
-su marido. El señor Sánchez de Mendoza se presentó vestido con una
-chaquetilla de lienzo blanco llena de manchas y con un aire inquieto y
-tímido.
-
---Este ciudadano no paga--se dijo Chipiteguy en su fuero interno.
-
-El señor Sánchez de Mendoza invitó a Chipiteguy a pasar al comedor.
-Este comedor, con su papel amarillento y una alcoba en el fondo,
-era de una pobreza un tanto cómica. Tenía un armario embutido en la
-pared, con unos papeles recortados y calados en los estantes; una
-ventana al patio, la mesa de pino, unas cuantas sillas rotas y cada
-una de distinta forma, un canapé lleno de jorobas, unas litografías
-iluminadas, clavadas con chinches, del periódico _La Moda_, y dos
-grandes escudos nobiliarios, pintados a la acuarela. En las puertas de
-la alcoba había unas cortinillas zurcidas. En la ventana, tiestos con
-unos geranios raquíticos. Asomándose se veía el patio, como un antro
-negro, cruzado con cuerdas con ropas puestas a secar. Todo en la casa
-translucía miseria, abandono, con cierta nota de petulancia cómica.
-
---El mobiliario entero no vale cincuenta francos--se dijo Chipiteguy,
-que tenía buen ojo de tasador.
-
-El señor Sánchez de Mendoza se puso a hablar, turbado, como quien busca
-una salida a una situación penosa. Dijo a Chipiteguy que había sido
-durante algún tiempo empleado en la Real de don Carlos y que por las
-intrigas de los enemigos se había visto forzado a marcharse.
-
-El emigrado parecía un pobre hombre lleno de pánico al encontrarse solo
-y sin dinero en un país extraño y daba la impresión de que no tenía
-ningún recurso, ni se le ocurría hacer nada para encontrarlo.
-
-Sánchez de Mendoza no sabía el francés y estaba azorado al encontrarse,
-por capricho de la suerte, en Bayona, en casa de Chipiteguy, de la
-calle de los Vascos. El señor Sánchez de Mendoza, por lo que dijo,
-tenía mujer y dos hijos, un varón y una hembra.
-
-Mientras el emigrado hablaba atropellada y confusamente, Chipiteguy,
-convencido de que no iba a cobrar, se sentó en una silla del cuarto.
-
-A medida que examinaba la casa, el aire de miseria le parecía mayor.
-En la alcoba próxima, que se veía por una rendija de la puerta, se
-advertían dos camas en el suelo y un baúl estropeado. La alcoba,
-dividida por una colcha de colores, rota y agujereada, servía, sin
-duda, para los dos hijos del carlista.
-
-El señor Sánchez de Mendoza, después de muchos circunloquios, manifestó
-a Chipiteguy que por entonces no tenía dinero y le pidió que esperara
-algunos días a que pudiera pagarle.
-
---¿Cuántos días?--preguntó Chipiteguy.
-
-Sánchez de Mendoza no contestó directamente a la pregunta y se puso a
-exponer sus lástimas, y al mismo tiempo que contaba sus desgracias,
-habló de sus blasones.
-
-Era de la Mancha. Le habían embargado sus fincas; había empleado su
-dinero en la causa. Su familia era antigua e ilustre.
-
---¿Usted habrá oído hablar de los Sánchez de Mendoza?--preguntó
-humildemente a Chipiteguy.
-
---Sí, algo me suena ese nombre.
-
-Chipiteguy, con su tendencia a la contemplación, vió que el pequeño
-aparador del comedor, con sus papelitos calados, estaba vacío, y notó
-que los geranios que se veían en la ventana nacían en unos pucheros
-rotos, rodeados con unas telas de color.
-
---Bien; está bien--dijo Chipiteguy, saliendo de su estado absorto--;
-pero, ¿usted que piensa hacer?
-
---Yo, trabajar si encuentro algo que me convenga, y que trabajen mis
-hijos también--contestó el emigrado.
-
---Pero concretamente, ¿qué va usted a hacer?
-
-¡Concretamente! Esta palabra no figuraba en el repertorio del señor
-Sánchez de Mendoza.
-
-El emigrado consultó con su mujer, que salió de la cocina mal vestida y
-macilenta.
-
-Luego se presentaron un chico de diez y siete años, de cara inteligente
-de muchacho avispado y hambriento, y una chica algo mayor que él con el
-mismo aspecto.
-
---¿Son sus hijos?--preguntó Chipiteguy.
-
---Sí; éste está pintando a la acuarela unos escudos; mi chica sabe
-bordar. Enséñale lo que bordas a este señor.
-
-Sánchez de Mendoza había notado ciertos síntomas de simpatía en el
-casero y quería aprovecharlos.
-
---Yo desearía que salieran ustedes pronto de esta situación--dijo
-Chipiteguy--; por su familia, y también para que me pagara usted.
-
---Muchas gracias, caballero.
-
---Gracias, no. Yo insistiré en cobrar.
-
-El no era hombre sin corazón, pero quería cobrar.
-
-El chico y la chica, los dos con su aire avispado y enfermizo,
-volvieron al comedor, él con unas cartulinas donde había pintado a la
-acuarela unos escudos de nobleza; ella, con sus bordados en colores.
-Chipiteguy vió lo que hacían los dos y reflexionó. El podía llevar al
-chico para que trabajara en su casa y recomendaría a la chica en la
-tienda de antigüedades de la Falcón.
-
---Yo tengo un almacén de hierro y he sido trapero--dijo Chipiteguy--;
-no aparezco, pues, en el Almanaque de Gotha. Si usted y el chico
-quieren, que venga él conmigo, yo haré que trabaje y ya veré lo que le
-puedo dar.
-
---¿Pero quiere usted tenerlo como criado?--preguntó tristemente el
-señor Sánchez de Mendoza.
-
---Como empleado. Hará las mismas cosas que yo hago. Yo barro a veces
-la tienda; él la barrerá también. Yo voy a las casas a comprar hierro
-viejo. El hará lo mismo.
-
---¿Y dónde comerá?
-
---Conmigo.
-
---No, en la cocina.
-
---No. Yo me encargo de mantenerle y de vestirle; luego ya veré lo que
-le puedo dar.
-
-El chico escuchaba la conversación de Chipiteguy y de su padre con gran
-ansiedad.
-
-
-
-
-VI
-
-LOS SÁNCHEZ DE MENDOZA
-
-
-La familia de los Sánchez de Mendoza llevaba ya más de seis meses
-rodando por distintos puntos de Francia. Había estado en Burdeos, en
-París y, por último, en Bayona, perseguidos implacablemente por la
-miseria.
-
-El señor Sánchez de Mendoza se hacía la ilusión de que la miseria le
-había sorprendido, como puede sorprender un catarro; pero era lo cierto
-que siempre había vivido pobremente y de mala manera.
-
-El señor don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, Montemayor y Porras,
-era manchego, de una pequeña aldea, entre Minglanilla y Graja de
-Iniesta.
-
-Sánchez de Mendoza hablaba de su casa como si fuera un palacio y
-elogiaba a Minglanilla como si se tratara de un emporio.
-
-En cambio, su mujer, natural de Cañete, encontraba su pueblo el centro
-del universo y todo lo comparaba con él.
-
-Alvarito, el hijo de don Francisco, había vivido los primeros años de
-la niñez entre Graja de Iniesta y Cañete, y, aunque no recordaba bien
-estos pueblos, creía, bajo la palabra de honor de sus ascendientes, que
-eran verdaderamente admirables.
-
-El padre de Alvarito, don Francisco Xavier, había educado a su hijo en
-el respeto por la Religión, el Rey la Nobleza, como hidalgo de limpia y
-esclarecida prosapia.
-
-Algunos enemigos mordaces, ¿quién no los tiene?, aseguraban que el
-señor Sánchez de Mendoza se llamaba, sencillamente, Francisco Sánchez,
-que quizá su padre o su madre tuvieran algún apellido Mendoza, y que
-con la facilidad de arreglar los asuntos familiares al gusto de uno en
-una época obscura se hacía llamar Sánchez de Mendoza.
-
-Se decía que su padre había sido secretario del Ayuntamiento de un
-pueblo de la Mancha y que no había tenido nunca una peseta. Don
-Francisco, en cambio, aseguraba que su padre fué segundón de una casa
-hidalga, ilustre y rica, y que tuvo un alto cargo en Cuba.
-
-Sánchez de Mendoza mostraba su escudo a todo el que quisiera verlo, un
-escudo con más cuarteles que un pueblo prusiano.
-
-El ilustre hidalgo de la familia de los Sánchez de Mendoza no podía
-emplearse en quehaceres vulgares y plebeyos. Como el perro de la fábula
-de Samaniego, pensaba que esto se lo debía a haber nacido perro y no
-pollino.
-
-En su casa de la calle de los Vascos, don Francisco Xavier se dedicaba
-a ver cómo trabajaban los individuos de su familia, cómo guisaba su
-mujer y cómo bordaba su hija. Alguna rara vez pintaba a la acuarela los
-escudos que dibujaba su chico.
-
-Los Sánchez de Mendoza y los Montemayor le preocupaban demasiado para
-que él pudiera consagrarse a trabajos de baja estofa. Había descubierto
-don Francisco Xavier que uno de sus antepasados, un Pérez del Olmo, era
-bastardo, y el terrible descubrimiento y la necesidad de poner en su
-escudo una barra de bastardía le preocupaba tanto, que este pensamiento
-no se separaba jamás de su espíritu.
-
-El señor Sánchez de Mendoza se consideraba literato; había escrito un
-artículo, "Españoles y católicos antes que nada", y una hoja impresa
-con este título: "Vindicación de don Francisco Xavier Sánchez de
-Mendoza, Montemayor y Porras, de los calumniosos cargos hechos contra
-él. Dedicada al Rey Nuestro Señor Su Majestad don Carlos V".
-
-Los que habían leído esta "Vindicación" decían que en ella no se podían
-averiguar cuáles eran los calumniosos cargos que se habían hecho a don
-Francisco Xavier; pero en la hoja se hablaba del condigno castigo, de
-las venerandas tradiciones, de la hidra de la anarquía y de la defensa
-del trono y del altar, y esto, naturalmente, ya era algo.
-
-Todos aquellos lugares comunes políticos, empleados principalmente por
-sus correligionarios, sonaban muy agradablemente en los oídos de don
-Francisco Xavier, y a veces le conmovían, hasta tal punto, que sentía
-que le brotaban las lágrimas y se le apretaba la garganta.
-
-El artículo y la "Vindicación", las dos obras más importantes salidas
-de su pluma, preocupaban mucho al buen hidalgo. Pensaba si sería el
-momento de hacer una segunda edición de ellas; suponía que el mundo
-entero las había tomado en cuenta. Con estas preocupaciones era
-imposible que el hidalgo se acomodase a un trabajo vulgar.
-
-La mujer de Sánchez de Mendoza, a pesar de ser más joven que don
-Francisco Xavier, parecía más vieja; era una pobre mujer pálida, flaca,
-fatídica, que había vivido siempre miserable y que siempre estaba
-prediciendo desgracias. Para ella todo tenía que terminar, más pronto
-o más tarde, perfectamente mal.
-
-Además, esta mujer poseía el talento de interpretar sus sueños, talento
-que había comunicado a su hijo Alvaro, que se preocupaba con espanto de
-sus pesadillas y quería encontrar una explicación racional de ellas.
-
-La madre de Alvarito pretendía encontrar relaciones absurdas entre los
-sueños y los acontecimientos.
-
-Soñar con toros era buena suerte; en cambio, soñar con habichuelas,
-significaba desgracia. El arroz, en sueños, era siempre cosa buena, y
-las patatas, mala.
-
-Ella no comprobaba nunca tan absurdas suposiciones; pero esto, en vez
-de convencerle de la inanidad de sus hipótesis, las afirmaba, porque
-las mezclaba con otras supercherías entre mágicas y cabalísticas.
-
-Alvarito era propenso, como su madre, a las fantasías y a las
-supersticiones. De chico había sido sonámbulo y su familia le había
-encontrado muchas veces sentado en camisa en la cocina o metido debajo
-de la cama. Había tenido, durante mucho tiempo, grandes miedos de
-noche, despertándose al poco tiempo de dormirse, estremecido, gritando,
-y quedando durante largo tiempo asustado y con una gran angustia.
-
-Alvarito pensaba mucho en sus sueños; su madre le hacía fijarse en
-ellos. Cuando estaba fuerte soñaba con recuerdos de épocas muy remotas;
-en cambio, cuando estaba débil, intranquilo o inquieto, soñaba con
-acontecimientos más próximos.
-
-Alvarito, en sus sueños, era siempre valiente, atrevido y cruel. ¿Seré
-yo así?--se preguntaba a veces él, preocupado--. Con frecuencia soñaba
-con el mar. Iba por un muelle que avanzaba entre olas tempestuosas, a
-un lado y a otro, al que no se le veía fin. Otras veces marchaba por un
-camino, entre sombras, y, al terminar, le aparecía un túnel de luz.
-
-Con la existencia mísera y triste que había llevado era débil y
-nervioso. Su vida para él tenía una apariencia de algo trágico.
-
-Recordaba, vagamente, el viaje que había hecho con su madre y su
-hermana, en condiciones malas, desde Cañete a Vergara, donde estaba
-empleado su padre en las oficinas del Real.
-
-La salida de Vergara a Francia la recordaba como un episodio lastimoso.
-El viaje a Burdeos le parecía algo enorme; los franceses eran monstruos
-que se echaban sobre ellos, y su padre se le presentaba entonces como
-un Orfeo, dominando las fieras. Luego, al pasar el tiempo, el pobre
-Orfeo, don Francisco Xavier, se iba achicando en su retina.
-
-Comenzaba para él la época en que el hijo que ha mirado a su padre como
-un modelo empieza a criticarle y a encontrarle defectos. ¿No sería su
-padre demasiado charlatán?--se preguntó Alvarito--. ¿No sería demasiado
-egoísta.
-
-Entonces, poco a poco, su cariño y su admiración iban marchando a su
-madre y a su hermana, las dos sufridas y resignadas, que no salían a
-pasear, ni iban a darse tono, ni a contar mentiras a las tertulias
-carlistas.
-
-Alvarito estaba poco desarrollado para sus diez y siete años. Era
-alto, pero estrecho de espaldas, de aire expresivo y de mal color.
-Espiritualmente era un muchacho despistado, sin rumbo; había pasado
-parte de la niñez en Cañete, en casa de unos tíos suyos, gente pobre,
-pero orgullosa y fantástica, en donde no se comía apenas, pero se
-presumía de firme. En aquella casa se vivía, principalmente por fuera,
-con la preocupación exclusiva de aparentar. Se hablaba de que se comía
-bien, de que se tenía dinero de sobra. Los tíos de Alvarito creían que
-todo el pueblo les espiaba y les parecía necesario darse importancia a
-fuerza de embustes.
-
-Alvarito, en los seis meses que llevaba en Francia, había aprendido el
-francés. El muchacho conservaba las preocupaciones de su padre y de
-su madre y no podía zafarse de ellas. Al principio no quería salir de
-casa. Estaba asustado. La calle le parecía la enemiga natural de su
-pobre hogar y cada francés un monstruo, devorador de familias españolas.
-
-Alvarito había pensado, siguiendo las indicaciones de su padre, entrar
-en el ejército carlista; pero no tenía la edad necesaria y la situación
-del partido iba siendo tan mala, que temía no llegar a encontrar el
-momento oportuno.
-
-El joven Sánchez de Mendoza quería sentir con el mismo fervor el
-entusiasmo monárquico de su padre; pero no le era tan fácil, y por más
-esfuerzos que hacía por exaltarse, la cuestión de la legitimidad no le
-llegaba a preocupar.
-
-Había oído en Bayona y en Burdeos discutir el pro y el contra de esta
-cuestión.
-
-Alvarito quería pensar que la guerra era la santa cruzada de los buenos
-contra los malos, de los religiosos contra los impíos. Alvarito quería
-creer que los carlistas eran todos honrados y caballerosos, incapaces
-de villanías; que don Carlos era un santo, y que el honor, la lealtad,
-la Patria y el Rey tenían un altar en el pecho de cada carlista. No
-sabía si en el tópico admitido el altar estaba en el pecho o en el
-corazón. Seguramente no estaba en el bazo ni en el hígado.
-
-A pesar del altar pectoral o cardíaco, Alvaro estaba oyendo hablar
-a cada paso de trastadas, de chanchullos y de traiciones en el campo
-carlista.
-
-Al pensar en entrar en el ejército de don Carlos, lo que le preocupaba
-principalmente a Alvarito era el temor de quedar mal. ¿Tendría
-suficiente valor? La muerte no le arredraba; pero suponía que no debía
-ser siempre fácil dominar los nervios.
-
-Su miedo era que le vieran en un momento de depresión. Temía no poder
-estar a la altura de los demás, sobre todo a la altura del modelo
-imaginado por él.
-
-Pensaba, a veces, que quizá su falta de energía dimanaba de sentirse
-decaído por la mala alimentación.
-
-Alvarito sabía poco; había aprendido a leer, a escribir y a hacer
-cuentas y a pintar a la acuarela escudos nobiliarios, que vendía su
-padre a los españoles emigrados, aristócratas y ricos.
-
-Alvarito mantenía la ilusión de pensar que quizá poseyera algún talento
-de pintor. Le gustaban las estampas que reproducían cuadros de la época
-de David, Ingres y el barón de Gros, y se imaginaba, a veces, que le
-gustaría más ser pintor que militar.
-
-Había visto también grabados que reproducían cuadros de Ribera, de
-Zurbarán y de Velázquez, que le sorprendieron, y le parecieron muy
-malos. ¿Cómo gustará eso?--se preguntaba él, y no lo comprendía.
-
-Alvarito era un muchacho muy nervioso, muy inquieto, que tenía de noche
-grandes terrores.
-
-La preocupación por los sueños, que le había inculcado su madre, le
-tenía amedrentado. Muchas noches se despertaba temblando y creía oír la
-respiración de un hombre que le espiaba a pocos pasos de la cama.
-
-Los vecinos de la casa de la calle de los Vascos le aterrorizaban.
-Había una vieja enlutada, a quien se había encontrado en la escalera
-varias veces, al anochecer, y le había mirado con una sonrisa
-insinuante, y pensar en ella le ponía la carne de gallina.
-
-Los cuartos obscuros, las alamedas solitarias al anochecer, las orillas
-del río, todo esto le impresionaba.
-
-Las mismas estampas le daban, a veces, una sensación de misterio y de
-pavor. Había una que había visto en un escaparate que le perturbaba.
-Representaba una dama elegante con un talle esbelto, al lado de un
-joven melenudo, con el pantalón de trabillas y el frac. La escena
-ocurría en el salón de un palacio, delante de un piano. La dama tenía
-un aire lánguido; en cambio, el hombre la miraba con unos ojos de loco.
-
-Alvarito no sabía lo que representaba; pero aquella escena le daba
-impresión de vértigo. Como predispuesto a ver cosas raras, en ocasiones
-las veía o las creía ver. Una de las veces que salió de noche en Bayona
-a dar un recado a un personaje carlista, su padre estaba enfermo, iba
-por una calle casi obscura, con tapias a un lado y a otro, que no tenía
-más que algún farol de tarde en tarde, cuando vió venir un jorobado
-pequeño, cuadrado, petulante, con bigote y perilla cana; al cabo de
-poco tiempo, otro jorobado, y poco después, otro. Estos tres jorobados
-le produjeron tal espanto, que echó a correr hacia su casa. Luego, su
-madre y él discutieron largo tiempo si estos tres jorobados serían
-reales o imaginarios, y si eran imaginarios, qué podían representar.
-
-Llegó una época en que Alvarito notó que la alarma, la inquietud,
-nacían en él antes que el motivo y que después encontraba el motivo
-para legitimar su alarma. Tardó mucho en comprender esto, y, cuando lo
-comprendió, se sintió más miserable y más desvalido que nunca.
-
-
-
-
-VII
-
-PRIMEROS CONTACTOS CON LA REALIDAD
-
-
-Cuando Chipiteguy hizo su propuesta de llevarse a Alvarito, éste miró
-la expresión de sus padres, y al ver que los dos aceptaban, fué a su
-cuarto, se vistió con su mejor ropa, besó furtivamente a su madre y a
-su hermana y salió de casa con el viejo trapero. Marcharon los dos por
-el muelle de los Vascos, cruzaron el puente Panecau y entraron en la
-plaza del Reducto.
-
-Alvarito se encontró poco contento en el almacén y en la tienda de
-Chipiteguy; le pareció todo aquello desordenado y sucio; pero cuando le
-avisaron para comer y le invitaron a lavarse las manos y vió la mesa
-abundantemente servida y se sentó entre Manón y la andre Mari, se dijo
-que, si no le echaban por torpe, se quedaría allí. Pensaba cumplir de
-la mejor manera posible. Por la tarde hizo con buena voluntad todo
-lo que le mandaron; cenó también opíparamente y, después de cenar,
-la Tomascha llevó al pequeño español, como le llamaron a Alvarito en
-la casa, a un cuarto aguardillado del piso tercero lleno de trastos
-viejos, y le mostró su cama.
-
-En aquella guardilla había una estantería con algunos libros, un reloj
-de cuco, parado, y sobre unas arcas antiguas gran cantidad de manzanas,
-peras y membrillos, que echaban un olor excelente.
-
-En las vigas de aquel camarachón había muchas arañas y Alvarito podía
-contemplar sus ejercicios gimnásticos en sus hilos.
-
-Por la ventana se veía el río y los tejados del muelle de los Vascos.
-Desde los primeros momentos que estuvo Alvarito en casa de Chipiteguy
-se pudo comprender que tenía actividad y deseo de trabajar; lo malo era
-que a estas condiciones y a su buena intención se unía gran timidez.
-
-Alvarito no tenía costumbre de trabajar. Tampoco tenía soltura ni
-confianza en sí mismo. Desconfiaba y pensaba que no sería simpático
-ni oportuno. Esta idea y la de verse precisado a ganarse la vida de
-cualquier manera le daba una actitud encogida y torpe.
-
-Chipiteguy se reía de él.
-
---El pequeño aristócrata, el pequeño español con blasones parece que no
-da pie con bola--decía a su nieta.
-
---Déjale, abuelo; ya lo hará mejor. El pobre pone toda su buena
-intención.
-
---Sí, es verdad; por eso yo no le digo nada. Es un chico que está bien,
-muy delicado, no se quedará con un céntimo. Tiene un amor propio un
-poco cómico.
-
---Eso no es un defecto.
-
---No, no. ¡Pero qué torpes son estos aristócratas! Cuando le faltan sus
-rentas y tienen que emigrar, ya no sirven para nada.
-
-A las dos o tres semanas de estar en el almacén, Chipiteguy dedicó a
-Alvarito a llevar cuentas.
-
-El sitio donde tenía que trabajar el joven Sánchez de Mendoza, no
-muy alegre, entristecía al muchacho. Era un cuarto casi obscuro, con
-un ventanal que daba al patio, con los cristales rotos, compuestos
-con papeles pegados, ya sucios y polvorientos. Había en este cuarto
-una estantería negra con fajas de facturas, una caja de caudales, una
-mesa y dos bancos. Desde el ventanal se veían los montones de chatarra
-roñosa y los fardos de trapos. Había en toda la casa muchas ratas,
-algunas tan atrevidas que le miraban descaradamente a Alvarito, lo que
-a éste le hacía gracia. De noche se les oía roer la madera.
-
-Frechón, el dependiente de Chipiteguy, tipo atrabiliario y malhumorado,
-declaró la guerra a Alvarito desde que le vió e hizo lo posible
-para que le resultara todo al revés. Frechón le ponía siempre mala
-cara, le daba bufidos por cualquier cosa, y cuando no, comenzaba a
-silbar y a descoyuntarse las falanges de los dedos y a hacer un ruido
-desagradable, como de huesos de esqueleto, que inquietaba a Alvaro.
-Unas veces se tiraba de los dedos para producir el sonido, y otras se
-apretaba los nudillos, que resonaban como una carraca.
-
-Frechón, que era republicano y patriota francés, mortificaba al
-muchacho como español carlista.
-
---Don Carlos es un imbécil--le solía decir con frecuencia, como quien
-lanza un esputo--; los españoles son unos asnos.
-
-Frechón le dirigía extrañas preguntas a Alvarito.
-
---¿Sabes tú lo que harán, al fin, los liberales con vuestro Rey, con
-ese papanatas de don Carlos?--le preguntó un día.
-
---¿Qué?
-
---Llevarlo a la guillotina y crac.
-
-Otro día le preguntaba:
-
---¿Tú sabes quién era Marat?
-
---Un monstruo.
-
---Eso creéis vosotros los realistas. Era un hombre admirable, que pidió
-la cabeza de trescientos mil aristócratas.
-
-Otro día le decía:
-
---¿Tú no has oído hablar de la papisa Juana?
-
---Yo, no.
-
---Pues era una mujer que fué papa y que parió cuando iba en una
-procesión.
-
-Alvarito iba tomando gran antipatía por Frechón y pensaba que algún día
-tendría que desafiarle.
-
-Muchas veces Alvarito reflexionaba sobre su situación. Creía que
-depender de un trapero y vivir en su casa era una heroicidad para un
-aristócrata como él. Más que nada, la verdadera heroicidad pensaba que
-consistía en vencer el ridículo. Encontrarse bien de dependiente en
-una tienda de trapos y de hierro viejo tenía su mérito. Esto era ya
-socialmente tan bajo, que por ello mismo impedía que fuese ridículo.
-Prefería la trapería a una camisería, o a una bisutería, o a una tienda
-de guantes, donde hubiese tenido que tratar a clientes distinguidos que
-le hubieran mirado de arriba abajo.
-
-Además, Alvarito tenía el bello pretexto de encontrarse prendado de la
-nieta del patrón y pensaba que con el amor ya no podía haber ridiculez
-posible.
-
-Alvarito sentía gran temor por ponerse en ridículo. La idea sola
-le hacía palidecer y su amor propio le pintaba ocasiones de quedar
-humillado en todas partes.
-
-Muchas gentes de la vecindad, como si hubieran adivinado su flaco,
-parecían empeñadas en burlarse de él. El chico de una tienda próxima
-de la calle de Bourg Neuf, una tienda de objetos de pesca, que se
-titulaba "Al Pescador", le llamaba siempre trapero. Sin duda había
-notado que le molestaba, y por eso mismo repetía con más frecuencia la
-palabra.
-
-Varias veces el chiquillo salía a la calle con un saco, se lo echaba al
-hombro y gritaba:
-
---¡Galonero! ¡Compro trapos viejos!--y miraba a los balcones.
-
-Alvarito, mortificado, hacía como que no se enteraba.
-
-También Claquemain, el mozo carretero, manifestaba antipatía por el
-joven Sánchez de Mendoza. Con su bigote grande, la barba sin afeitar y
-los ojos rojos, solía tomar un aire amenazador. A veces se ennegrecía
-la cara con carbón y se ponía a hacer gestos y a sacar la lengua y a
-ponerse bizco para asustar al muchacho. Alvarito se estremecía de miedo.
-
-Cerca de la casa de Chipiteguy vivía un loco que se paseaba arriba y
-abajo con un sombrero metido hasta las orejas y un gabán raído. A veces
-tenía ataques y entonces daba unos gritos espantosos.
-
-Los chicos se burlaban de él y le llamaban Abadejo y Tripa seca, y él
-mascullaba una serie de frases violentas contra ellos. Este loco tenía
-las orejas grandes, los ojos torcidos y la cara cómica.
-
-Cuando el loco veía a Alvarito se le acercaba y solía decirle a voz en
-grito:
-
---Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey!
-
-Y un loro de un balcón que se había aprendido la retahíla repetía
-también:
-
---Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey!
-
-Alvarito experimentaba, sobre todo al principio, una gran tristeza al
-verse en la tienda del trapero. Allí, en casa de Chipiteguy, nadie le
-conocía; comprendía que pensar en su pobre situación era mortificarse
-por capricho, que nadie se fijaba en él; pero no podía evitar el
-sentimiento de vergüenza de estar empleado en una trapería.
-
-Poco a poco se le fué pasando esta vergüenza y pensó que podría darse
-por muy contento si la suerte le hiciera sustituír a Chipiteguy
-casándose con Manón.
-
-En casa del trapero, Alvarito conoció a don Eugenio de Aviraneta y le
-oyó hablar. Don Eugenio solía ir a comer con frecuencia en compañía de
-Chipiteguy, y en estos días la comida era todavía más cuidada que de
-costumbre.
-
-Aviraneta bromeaba mucho con Manón y la galanteaba; también solía
-hablar con Alvarito y le hacía preguntas acerca de su vida y de su
-familia y se reía al oír las contestaciones del muchacho.
-
-Un día éste oyó decir que las relaciones entre Chipiteguy y Aviraneta
-procedían de ser los dos masones. Esta suposición aguzó la curiosidad
-del joven Sánchez de Mendoza. ¿Serían aquellos dos hombres masones?
-¿Pertenecerían a la tenebrosa secta? Aviraneta y Chipiteguy solían
-hablar mucho a solas de sobremesa, con su copa de licor delante, el uno
-fumando su pipa, y el otro, su cigarro habano.
-
-Hablaban de personas que habían conocido, y Aviraneta contaba un sin
-fin de hechos y de anécdotas de gente que había encontrado en Francia,
-en Egipto, en Grecia, en América y en España.
-
-Chipiteguy le oía encantado. A veces le preguntaba:
-
---¿Qué fué de aquel Nantil? ¿Qué hizo aquel Cugnet de Montarlot?
-
-Alvarito, cuando oyó por primera vez hablar de jacobinos, franciscanos,
-cordeleros, de gentes de Obispado, creyó que la Revolución francesa la
-habían hecho los frailes.
-
-Alvarito era demasiado correcto para espiar a su amo y se decidió a
-hacerle preguntas, y como vió que a Chipiteguy no le molestaban, sino
-que, por el contrario, le agradaban, tuvo largas conversaciones con el
-viejo, sobre todo después de cenar.
-
---¿Pero eran buenos de verdad los hombres de la Revolución
-francesa?--le preguntó una vez Alvaro.
-
---Había de todo; algunos eran demasiado buenos y demasiado honrados.
-Yo fuí una vez con Basterreche al Ministerio de Hacienda durante el
-Terror, y vimos al ministro, el señor Des Tournelles, que se componía
-las medias con una aguja en un salón y tenía millones en las cajas.
-Claro que hubo muchos abusos. Aquí se contó que un convencional, unos
-decían que Cavaignac y otros que Pinet, prometió salvar la vida del
-padre de una señorita Labarrere, si ésta se entregaba al convencional,
-y luego parece que se guillotinó al padre. Los hombres, vistos de
-cerca, indudablemente valen poco--decía el viejo trapero--; no va a
-haber a la vuelta de la esquina un César o un Alejandro.
-
-Chipiteguy recordaba muchas escenas del tiempo del Terror en París, en
-Burdeos y en Bayona, y las recordaba en todos sus detalles.
-
-Había conocido también la ciudad de Estrasburgo bajo la tiranía del
-fraile revolucionario Eulogio Schneider y de su sociedad La Propaganda.
-Había hablado con Schneider, que era discípulo del iluminado
-Weisshaupt. Este Schneider era el Marat de Estrasburgo, un Marat a la
-alemana, predicador y místico. Chipiteguy le vió en París cuando le
-guillotinaron.
-
-En la capital, durante algún tiempo, Chipiteguy conoció a Etchepare y a
-algunos otros vascos, amigos de Basterreche, de Pereyra, etc.
-
-Durante algún tiempo se reunían en tertulia en casa de este Pereyra,
-judío de Bayona, que tuvo en la época del Terror una tienda de tabaco
-en París, en la calle de San Dionisio, en la que se veía como muestra
-un gorro frigio colorado. Cuando Pereyra fué preso, naturalmente, se
-deshizo la tertulia.
-
-Después Chipiteguy se alejó de París y estuvo de soldado republicano en
-la Vendée y luego marchó a vivir a Bayona.
-
-Fué Chipiteguy amigo de Gastón Etchepare, el tío de Aviraneta,
-de Bidart. Otro de sus conocidos, compañero a quien él debía
-favores, Juan Gorostarzu, había sido guillotinado en Ezpeleta por
-contrarrevolucionario.
-
-Poco después, al suprimir el Gobierno el convento de Visitandinas de
-Hasparren, la cuñada de Gorostarzu, que estaba en este convento, fué a
-su casa, Arozteguia de Ezpeleta, y puso una escuela, en donde enseñaba
-a los chicos y chicas las primeras letras mientras ella hilaba. En esta
-escuela había estudiado el padre de Manón y el poeta vasco, el capitán
-Duvoisin, a quien Chipiteguy había conocido de niño.
-
-Chipiteguy legitimaba el Terror. Era necesario--decía él--para
-implantar una sociedad nueva, con menos abusos, más justicia y más
-libertad. Según él, en todo el país vasco y en las Landas la población
-estaba en contra de los republicanos franceses y a favor de los
-monárquicos españoles, dispuestos a entregarse a éstos; de aquí que los
-convencionales Pinet y Cavainac tuvieran que extremar la violencia.
-
-Los esfuerzos del Comité revolucionario de Labour, formado por Hiriart,
-Dithurbide y Daguerrezar, no habían tenido éxito, ni las proclamas
-llamando a los emigrados, escritas en vascuence y en francés en _Juan
-de Luz_ (estaban suprimidos los santos hasta en los nombres de los
-pueblos) y firmadas por Izoard, Meillan, Chaudron-Rousseau y Paganel.
-
-Chipiteguy le contaba a Alvarito muchas historias de su tiempo, con
-grandes detalles; el desarrollo de las intrigas políticas, el cómo
-había conseguido su fortuna la mayoría de los ricos del pueblo y la
-marcha de los acontecimientos de la Revolución, del Imperio y de la
-Restauración.
-
-A Alvarito le chocaba que el viejo tuviera entusiasmo por la
-Revolución. En cambio, de la guerra hablaba siempre mal.
-
---¡_La guerre_!--decía--. _C'est une saleté abominable._
-
---¿De verdad?
-
---Sí. Tú le has oído a don Eugenio hablar mal de la guerra, pues tiene
-razón; además de ser una porquería, es una pobre estupidez.
-
-Solía añadir también otras veces:
-
---Esa salsa de la guerra hay que probarla si se encuentra ocasión. Se
-aprende a conocer a los hombres.
-
---Sí, así debe ser--afirmaba Alvarito.
-
---Lo que no impide para que sea una porquería abominable.
-
-A veces Chipiteguy decía convencido:
-
---A aquel pobre Maximiliano le engañaron.
-
---¿A qué Maximiliano?
-
---A Robespierre.
-
-A Alvarito le parecía como una obligación de su empleo el escuchar las
-opiniones del viejo sin protestar.
-
-Hablaba también Chipiteguy de los amigos que había tenido durante el
-Imperio.
-
-Recordaba con frecuencia al escritor revolucionario Bonneville,
-republicano entusiasta, que tenía en su vejez una librería de viejo en
-París, en el Barrio Latino, en el Pasaje de los Jacobinos, y a quien
-había visto, por última vez, hacía quince años. Este Bonneville había
-escrito bastantes libros, entre ellos uno muy absurdo: _Los jesuítas
-echados de la masonería y sus puñales rotos por los masones_, en el que
-trataba de demostrar, con argumentos muy fantásticos, que los jesuítas
-eran masones, de la secta de la Rosa Cruz.
-
-Había conocido también Chipiteguy a Albertina Marat, la hermana de
-Marat, que vivía en 1838 en una guardilla de la calle de la Barillerie,
-en el mayor aislamiento, y trabajaba haciendo agujas de reloj para la
-casa Breguet y había visitado a la hermana de Robespierre, Carlota,
-desconocida en París, que se hacía llamar la señorita Delaroche.
-
-A veces discutían Aviraneta y Chipiteguy. Aviraneta decía que los
-franceses habían arreglado tan bien la historia de la Revolución
-francesa, que a todo le habían dado un aire grandioso; así la toma de
-la Bastilla, la batalla de Valmy y la de Jemmapes, que no eran en sí
-grandes acontecimientos, parecían cosas épicas.
-
---No, no--replicaba Chipiteguy--. Esos acontecimientos se consideraron
-como símbolos.
-
-Cuando no había visitas en casa del trapero se leían los periódicos. Se
-recibían _El Constitucional_ y _Le Journal des Debats_, de París, y los
-dos diarios de Bayona, _El Faro_ y _El Centinela de los Pirineos_.
-
-La sobremesa de noche tenía otras compensaciones. A veces cantaba y
-tocaba el piano Manón, y con frecuencia venían su prima Rosa y otras
-amigas y se bailaba. Algunas noches jugaban a las damas y al ajedrez.
-Alvarito casi siempre perdía. No tenía ningún talento para estos
-juegos. Como Alvarito se hallaba pobremente vestido, Chipiteguy le
-envió al muchacho al sastre para que le hiciera un traje a la moda,
-con el cual estaba muy bien.
-
-Los domingos, por la mañana, Alvarito se levantaba más tarde que los
-días de labor; se ponía elegante, con su traje nuevo, y mientras un
-mendigo con su organillo pasaba por delante de la casa del Reducto y
-tocaba casi siempre el vals de _El Carnaval de Venecia_, él bajaba
-las escaleras y salía a la plaza. Veía la procesión de aguadores, de
-muchachas y de judíos que venían por el puente de barcas de Saint
-Esprit. Se dirigía a la Catedral, oía misa e iba luego a ver a su
-familia. Llevaba todo el dinero que le daban a entregárselo a su madre,
-y luego ella le volvía a dar uno o dos francos para el bolsillo, como
-le decía.
-
-Alvarito se quedaba a comer con los suyos; pero, a pesar del amor a la
-familia, encontraba la comida de la calle de los Vascos muy deficiente.
-
-Alvarito nunca había comido como en casa de Chipiteguy; probablemente
-había supuesto, hasta antes de entrar en ella, que el estado natural
-de la Humanidad era el del hambre; jamás había visto, hasta entonces,
-aquellos platos de carne suculenta, los capones blancos y grasos, los
-pavos rellenos, los pescados sonrosados, las verduras de todas clases,
-las trufas, los espárragos, la mantequilla a discreción, los vinos de
-buena marca que se bebían a pasto, el café cargado y aromático y la
-variedad de licores.
-
-La casa de Chipiteguy le daba al joven Sánchez de Mendoza una extraña
-impresión de cinismo.
-
-¿Cómo se podía vivir así para adentro sin pensar para nada en los
-demás? Le parecía absurdo que se pudiera gastar lo que se gastaba allí
-en comer y beber.
-
-El régimen de la familia de Chipiteguy no se parecía en nada al de
-la casa de sus tíos, en la Mancha. Allá, todo pompa, decoro y vida
-exterior, sin realidad alguna; aquí, por el contrario, todo positivo.
-En la familia de Chipiteguy la ostentación no tenía importancia.
-
-Uno de los lugares que maravillaban a Alvarito en la casa era la
-cocina, grande, clara, espaciosa, con todos los cacharros bruñidos,
-en donde ardía el fuego desde la mañana hasta la noche. La cocina se
-consideraba como lo más trascendental de toda la casa; allí no faltaba
-nada. En el comedor pasaba lo mismo; los muebles no eran elegantes,
-pero los manteles eran magníficos; los cubiertos, de plata maciza; la
-cristalería, muy buena: había dos o tres vajillas de porcelana, y una,
-soberbia, para los días de convite, con los bordes de oro.
-
-Alvarito, con el trato de la casa del Reducto, iba llenándose y
-haciéndose macizo y fuerte.
-
-A los tres meses de vivir con la familia de Chipiteguy desapareció el
-aire espiritado y débil que había tenido siempre el joven.
-
-Frechón y Claquemain le reprochaban el haber engordado y le decían a
-cada paso que los españoles eran unos muertos de hambre, que no comían
-más que garbanzos duros, y eso de tarde en tarde.
-
-Los domingos, después de pasar el día con su familia, Alvarito andaba
-por el pueblo.
-
-Le parecían muy tristes y muy aburridos aquellos domingos de Bayona en
-las calles; pero era peor quedarse en su casa.
-
-En el piso, pobre y sombrío, de la obscura calle de los Vascos no se
-respiraba alegría. Su madre estaba siempre fregando o limpiando; su
-hermana Dolores, bordaba, y el padre, don Francisco Xavier, charlaba
-constantemente de política, del carlismo, y, sobre todo, de genealogía
-y de blasón.
-
-El señor Sánchez de Mendoza andaba a vueltas con los escudos de su
-familia y con aquella barra de bastardía que aparecía en unos Pérez del
-Olmo, antecesores suyos.
-
-Al anochecer encendían en el comedor una palmatoria de aceite, que daba
-luz de ánimas benditas.
-
-De noche no se hacía fuego en la cocina de la casa del hidalgo y se
-comía frío. Alvarito veía cómo su madre ponía en la mesa unos platos
-desconchados, unas tazas desportilladas, tres vasos diferentes y los
-cubiertos de metal.
-
-Alvarito veía que, si cenaba allí, su padre no se lo agradecía, porque
-mermaba la cantidad de la comida, ya escasa.
-
-El chico se despedía de su familia e iba hacia la plaza del Reducto.
-
-Le parecía muy triste el anochecer de Bayona, a orillas del Adour, en
-las avenidas marinas y en las de Boufflers.
-
-El río se extendía ancho, como de plata; los embarcaderos de maderas
-negras de algunos almacenes del barrio de Saint Esprit, alzaban sus
-brazos giratorios, con sus poleas en la punta; la Ciudadela, en la
-orilla derecha del Adour, se levantaba, con su muralla gris, sobre una
-colina verde, con taludes de hierba.
-
-Aquel río, casi desierto, con pocos barcos, se extendía tranquilo, con
-un color de perla. En el fondo, hacia su desembocadura, se veía una
-línea de colinas bajas con árboles, algunas gentes en los bancos y
-algunos pescadores, inmóviles, con la caña en la mano.
-
-A veces, en los anocheceres espléndidos, con el cielo de color de rosa
-y lleno de nubes incendiadas, el río ancho tomaba reflejos de escarlata
-y de nácar. En el otoño, en los días de bruma, todos los objetos
-adquirían un aire espectral, principalmente los barcos amarrados al
-muelle.
-
-Alvarito se veía muchas veces invadido por la tristeza de aquellos
-crepúsculos; pero luchaba con ella como podía. En ocasiones, al llegar
-delante de la casa algún día de lluvia, oía que Manón tocaba el piano.
-En vez de subir, se detenía en la plaza del Reducto, mojándose y
-soñando.
-
-¡Qué de cosas no hubiera hecho él para conquistarla! En un momento
-inventaba mil intrigas de novelas de aventuras, tan imposibles las
-unas como las otras. Luego pensaba con tristeza que no tenía medios de
-atraer a Manón.
-
-De noche, después de cenar, se asomaba a la ventana de su guardilla,
-fumaba y fantaseaba, veía enfrente el Reducto con sus tejados, sus
-murallas y sus garitas, y el río de aguas obscuras, verdaderamente
-siniestro. Era un espectáculo sombrío y amenazador el contemplar de
-noche cómo las aguas negras del Nive iban entrando, de una manera
-silenciosa y con un murmullo confuso, en el ancho cauce, igualmente
-negro, del Adour.
-
-Los días de temporal, en la casa del Reducto, azotaba mucho el viento,
-sobre todo del Noroeste. De noche se le oía zumbar y silbar, y a veces
-lamentarse con sus quejidos tristes. En la guardilla donde dormía
-Alvarito resonaban las gotas de lluvia en el tejado, haciendo un ruido
-metálico, agradable para oirlo desde la cama.
-
-Al cabo de una temporada, Alvarito tenía partidarios en la casa del
-Reducto; Chipiteguy le consideraba mucho; la andre Mari y la Tomascha
-estaban de su parte, porque era obediente y no faltaba nunca a la
-misa del domingo; Manón le trataba con cierto desdén amistoso, como
-si creyera que no valía la pena de perder el tiempo hablando con
-un jovencito insignificante. Ella se colocaba en la actitud de una
-muchacha al lado de un niño.
-
-Manón le prestó a Alvarito varios libros. El tenía paciencia y ganas
-de ilustrarse, y leyó _Los Mártires_, de Chateaubriand; el _Viaje del
-joven Anacharsis_, el _Telémaco_ y otros libros enfáticos, capaces de
-hacer dormir de pie al más predispuesto al insomnio.
-
-Después de esta lectura desabrida, el _Robinsón Crusoé_ le gustó
-muchísimo.
-
-Frechón le dijo que debía leer unos tomos que tenía Chipiteguy en su
-despacho, _Los crímenes de los Reyes de Francia, desde Clodoveo hasta
-Luis XVI_, y _Los crímenes de los Papas, desde San Pedro hasta Pío VI_,
-obras las dos de La Vicomterie de Saint-Samson, escritas con mucho
-fuego, y que produjeron, al ser publicadas, gran escándalo. También
-leyó, por consejo de Frechón, los folletos de Pablo Luis Courier, y más
-tarde el _Quijote_, que le hizo mucho efecto y le infundió el deseo de
-leer romances y libros de caballería. ¿Pero dónde se encontraban estas
-novelas de caballeros andantes? No lo sabía.
-
-Muchas veces Alvaro recitaba, con voz dolorida, el romance del marqués
-de Mantua, que aparece en el _Quijote_:
-
- ¿Dónde estás, señora mía,
- que no te duele mi mal?
- O no lo sabes, señora,
- o eres falsa y desleal.
-
-Y al recitar este romance pensaba en Manón.
-
-
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-EL SIMANCAS
-
-
-
-
-I
-
-MANIOBRAS DE AVIRANETA
-
-
-Aquí el autor tendría que comenzar esta parte pidiendo perdón a los
-manes de Aristóteles, porque va a dejar a un lado, en su novela,
-las tres célebres unidades: tiempo, lugar y acción, respetables
-como tres abadesas o tres damas de palacio con sus almohadas y sus
-colchas correspondientes. El autor va a seguir su relato y a marchar a
-campo traviesa, haciendo una trenza, más o menos hábil, con un ramal
-histórico y otros novelescos. ¡Qué diablo! Está uno metido en las
-encrucijadas de una larga novela histórica y tiene uno que llevar del
-ramal a su narración hasta el fin.
-
-Iremos, pues, así mal que bien, unas veces tropezando en los matorrales
-de la fantasía, y otras, hundiéndonos en el pantano de la historia.
-
-Antes de los acontecimientos sangrientos de Estella, en donde perdieron
-la vida cuatro generales carlistas, había Aviraneta comenzado a
-organizar su acción contra el carlismo y a hacer propaganda en favor de
-la paz, sobre todo en Guipúzcoa.
-
-Encargó la dirección de la empresa en esta provincia a su primo don
-Lorenzo de Alzate, a Orbegozo y al jefe político Amilibia, los tres de
-San Sebastián, que se pusieron a trabajar con actividad en la línea de
-Hernani y de Andoain.
-
-La primera noticia que tuvo Aviraneta de la escisión que se iba
-produciendo en el carlismo le vino de la Corte. Se enteró de que en
-Madrid, frente a las Covachuelas, en una tienda de tiradores y galones,
-vivía una viuda, que se había vuelto a casar con un coronel carlista,
-llamado Calcena, hombre muy activo, de armas tomar, amigo de Cabrera, y
-que mantenía correspondencia con el general Aldasoro, que habitaba en
-Bayona.
-
-Este Calcena era un aventurero, un bandido que había estado mucho
-tiempo en América de militar y de jugador de ventaja.
-
-Aviraneta indicó al ministro Pita Pizarro la utilidad de violar la
-correspondencia de Calcena y por ésta se supo los preparativos que
-hacían los amigos de Arias Teijeiro para deshacerse de Maroto.
-
-La escisión estuvo oculta, para los carlistas, durante bastante tiempo,
-hasta que estalló y se hizo pública con los fusilamientos de Estella.
-
-Como estos fusilamientos dejaban triunfantes a Maroto y a sus amigos,
-es decir, daban la victoria a los moderados del carlismo sobre los
-absolutistas, Aviraneta indicó al Gobierno de Madrid la táctica que
-debía seguir, resumida en estos consejos: primero, intentar promover
-disensiones entre los marotistas que formaban el grupo moderado
-militar, por entonces fuerte y compacto; segundo, apoyar por debajo
-de cuerda a los absolutistas teocráticos e intransigentes para que
-atacaran a los marotistas, y tercero, impedir que los carlistas,
-partidarios de la transacción, se entendieran con los cristinos, de
-tendencias parecidas, pensamiento que era el que llevaba interiormente
-el padre Cirilo y la princesa de Beira.
-
-A pesar de todas sus alharacas, la facción absolutista y teocrática
-sucumbió tan completamente a los golpes de Maroto, por la inercia de
-sus jefes y la cobardía de don Carlos, que todos los esfuerzos para
-reanimar el partido de los puros, así se llamaban ellos a sí mismos, y
-hacer que volvieran a la pelea contra los marotistas fueron inútiles.
-Los hombres más importantes de la facción apostólica aceptaron la
-derrota y la humillación, convencidos de que su causa estaba perdida.
-
-Los absolutistas puros doblaron la cabeza. No se podía contar con ellos.
-
-Por esta época, don Eugenio redactó y mandó imprimir una proclama
-falsa, dirigida a los navarros y firmada por el capuchino fray Ignacio
-de Larraga, confesor de don Carlos y uno de los expulsados después de
-los fusilamientos de Estella. Este padre Larraga, Pico de Oro, según
-los baztaneses, era un fraile un tanto grotesco. De confesor del duque
-de Granada, que era un viejo beato, lleno de escrúpulos religiosos,
-que rezaba a todas horas, en todos los rincones, había pasado a ser
-confesor de don Carlos, sustituyendo a don Pedro Ratón. Se decía
-que Larraga, en el sitio de Zubiri, y el general Ros de Olano lo
-confirmaba, había avanzado hacia los cristinos y les había echado una
-plática pedantesca, en medio de la cual, de cuando en cuando, decía con
-voz tonante: "Ego sum Pater Larraga secundum Apostolorum."
-
-En la falsa proclama de Aviraneta, atribuída a Larraga, se aseguraba
-que Maroto y sus compañeros estaban vendidos a los liberales, que era
-lo mismo que estar vendidos al demonio.
-
-La alocución apócrifa terminaba así: "¡Viva la Religión! ¡Viva Navarra
-y sus voluntarios!"
-
-Por entonces también escribió Aviraneta un papel que, traducido al
-vascuence, corrió mucho por las provincias. Era la carta fingida
-que escribía un labrador vascongado a un hojalatero, en la cual se
-intentaba sembrar la cizaña entre vascos y castellanos.
-
-En esta carta se hacía la historia de cómo había empezado la guerra, y
-se echaba la culpa de la falta del éxito a los castellanos, flojos y
-poltrones, que para andar unas leguas necesitaban macho o burro.
-
-Después de otras explicaciones, maliciosas para el vulgo, se aseguraba
-que los vascongados ansiaban la paz, y terminaba la carta con este
-refrán:
-
- Naguia bada astoa
- emayoc astazayari eroa,
- edo astoa illa danean,
- garagarra buztanean.
-
-lo que quería decir que: "Al burro lerdo hay que darle arriero loco, y
-al asno muerto, la cebada al rabo."
-
-De aquellas hojas, en vascuence, se introdujeron muchas en el campo
-carlista.
-
-Recomendó también Aviraneta a sus comisionados de la línea de Hernani y
-de Andoain que mandaran poner tabernas y merenderos en los alrededores
-y que dejasen pasar sin dificultad hacia el campamento carlista a las
-chicas que quisieran ver a sus novios o a sus parientes.
-
-De esta manera comenzaron a entablarse relaciones entre los de un campo
-y los de otro, y corrió por las filas carlistas esa idea, casi siempre
-precursora del abandono de una causa, la idea de que se estaban
-haciendo componendas, a espaldas del ejército, y de que los jefes se
-preparaban a abandonarles y hacerles traición.
-
-Desde entonces, como si se hubiera dado una consigna, todo el mundo
-comenzó a hablar de las penalidades de la guerra, de la vida miserable
-que se hacía, de la diferencia de trato entre los oficiales y la
-gente de tropa. La paz comenzó a aparecer como un estado de felicidad
-perfecta.
-
-Los agentes aviranetianos hicieron conocer al pueblo y al soldado que
-el gran obstáculo para obtener la paz eran don Carlos y los hojalateros
-de Castilla, el uno ambicioso, y los otros gentes ricas, que no sentían
-la miseria de la guerra con sus rentas bien saneadas en fincas del
-Mediodía y en Bancos extranjeros.
-
-Don Eugenio, por entonces, no descansaba; había entrado en
-correspondencia con un antiguo maestro de la niñez, don Mariano
-Arizmendi, hombre un tanto sombrío, de genio adusto, de gran influencia
-entre los personajes carlistas.
-
-No se pusieron del todo de acuerdo Arizmendi y él; pero se habló entre
-ellos, repetidamente, de que para terminar la guerra era indispensable
-un convenio, palabra que corrió por el campo carlista y por el liberal.
-
-Sin duda, en aquel momento, la palabra convenio condensaba las
-aspiraciones de los partidos. Los cristinos no se podían considerar
-triunfantes en la guerra, ni los carlistas completamente vencidos; era,
-pues, indispensable que unos y otros cedieran algo en sus respectivos
-puntos de vista.
-
-Al mismo tiempo que se verificaba aquella transformación en las ideas,
-don Eugenio iba preparando los documentos falsos que había de utilizar
-en el legajo que pensaba introducir en la corte de don Carlos. A este
-legajo llamaba el Simancas.
-
-A pesar de que la Junta Carlista de Bayona le espiaba constantemente y
-le seguía los pasos, don Eugenio tenía relaciones con algunos de los
-carlistas más perspicuos.
-
-Una de las personas que le dieron datos acerca de las divisiones y
-rencillas del campo de don Carlos fué don Manuel Mazarambros, ex
-relator del Consejo de Castilla. Mazarambros, persona inteligente,
-estaba enfermo, hipocondriaco, y no quería tomar parte activa en la
-política. Mazarambros se hallaba en correspondencia con el intendente
-Arizaga, hombre corrompido, muy sagaz, de mucho cuidado, uno de los
-amigos y consejeros de Maroto, y por él llegaba a saber Aviraneta lo
-que se pensaba en el Cuartel General. También se aprovechó don Eugenio
-de las indicaciones de su amigo Vinuesa.
-
-Cuando los expulsados por Maroto llegaron a Francia, Aviraneta tenía
-confidentes en los dos campos carlistas y sabía día por día y hora por
-hora lo que hacían los unos y los otros.
-
-La acción de los marotistas era más pública y había informes oficiales
-de ella; la de los antimarotistas, más secreta.
-
-Don Eugenio estaba en relación con el coronel Aguirre, uno de los
-antimarotistas exaltados, y éste le escribía a la semana dos o tres
-veces. Lo mismo hacían Bertache y Orejón.
-
-Para las intrigas de los antimarotistas de Bayona contaba con María
-de Taboada y con don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, a quien
-Aviraneta había conocido por Alvarito, y al que convidaba a comer
-algunas veces en la posada de Iturri, de la calle de los Vascos.
-
-Pero aún tenía don Eugenio otros informes. Los fanáticos
-intransigentes, enemigos de Maroto, habían formado sociedades secretas,
-verdaderos clubs, en los cuales se conspiraba de continuo contra el
-general.
-
-Los dos clubs principales antimarotistas estaban: uno, en Azpeitia, y
-el otro, en Tolosa.
-
-En el de Azpeitia, Aviraneta tenía como confidente a un tal Odriozola,
-capitán del ejército carlista, hombre ya viejo, que había estado
-en América, donde perdió la carrera por jugador, y que atribuía su
-desgracia a Maroto; en el de Tolosa, un oficial llamado Rezusta, que
-odiaba a Maroto por su poca religión, lo que no era obstáculo para que
-él mismo fuera uno de los oficiales más descreídos del ejército de don
-Carlos.
-
-
-
-
-II
-
-LOS ENEMIGOS
-
-
-Aviraneta tenía muchos enemigos en Bayona. Los carlistas desconfiaban
-de él, y, aunque no sabían por quién ni por qué trabajaba, claramente
-comprendían que no era para ellos. Al mismo tiempo, Valdés, el de los
-gatos, Salvador y Martínez López, lo desacreditaban en todas partes. La
-pretensión de Aviraneta de ser un patriota y un liberal entusiasta, de
-convicciones, les ofendía profundamente. Ellos, granjeros sistemáticos,
-iban con el que más pagara. Les parecía muy natural cambiar de partido,
-si esto les convenía. Martínez López escribía libelos a favor o en
-contra. El último lo hizo adulando descaradamente al conde de San Luis,
-poco antes de la Revolución de 1854.
-
-En el Consulado de España todos eran enemigos de don Eugenio,
-comenzando por el cónsul Gamboa.
-
-Este tenía, por entonces, un agente que era su brazo derecho, don
-Prudencio Nenín, antiguo comerciante de Bilbao, establecido en Bayona,
-hombre activo y enérgico. Nenín tenía negocios con el cónsul, había
-intervenido en la primera empresa de Muñagorri y vivía en la fonda de
-Francia.
-
-A esta fonda se había trasladado también por entonces Aviraneta,
-comprendiendo que era más fácil entrar y salir en un hotel, sin ser
-espiado, que en una casa particular.
-
-Nenín andaba siempre detrás de Aviraneta, siguiéndole los pasos, cosa
-que desagradaba profundamente a don Eugenio; este espionaje de los
-liberales, de los suyos, no lo podía resistir.
-
-Por entonces apareció en la fonda un matrimonio algo misterioso: el
-conde y la condesa de Hervilly, a quienes Nenín comenzó a acompañar
-constantemente.
-
-El conde parecía un hombre extraño, triste, de aire siniestro, muy
-atildado, siempre con guantes. Tenía una cara pálida, fina, de hombre
-inteligente; una voz opaca y sin timbre, y hablaba de una manera un
-tanto fría y desdeñosa.
-
-Se decía que era hijo o sobrino de un general francés legitimista, del
-mismo título, y, según se afirmó, pensaba entrar en España y alistarse
-en el ejército carlista, cosa un poco rara, porque cojeaba bastante al
-andar.
-
-El conde formaba en el grupo de aristócratas extranjeros legitimistas
-que se consideraban con derecho a intervenir en España. A la cabeza de
-este grupo se hallaba el príncipe de Lichnowsky.
-
-El príncipe de Lichnowsky era un alemán orgulloso, fantástico. Creía
-que su título de príncipe le autorizaba a todo. Pasó en España una
-larga temporada en las filas carlistas. Unos años después de la guerra,
-estando en su país, cuando la revolución de 1848, le hicieron miembro
-del Parlamento de Francfort. Allí pretendió tratar con desprecio y con
-altivez a los republicanos, y en un motín popular le mataron en las
-calles.
-
-El conde de Hervilly era un legitimista, un realista, para quien el
-mundo tenía dos hemisferios: uno, el de los aristócratas, con todos los
-derechos, y otro, el de los no aristócratas, con todos los deberes.
-
-La condesa de Hervilly, mujer muy guapa, cubana o mejicana, hablaba el
-castellano y el francés a la perfección.
-
-Nenín presentó Aviraneta al conde y a la condesa. A don Eugenio le
-dieron los dos una impresión de misterio, de desconfianza. Le chocó que
-tuviera ella deseos de intimar con él. El conspirador no era vanidoso y
-sabía muy bien que no estaba en el caso de hacer efecto en las mujeres.
-La curiosidad que manifestó la condesa de Hervilly por su vida le
-impulsó a enterarse de quién era aquella señora curiosa.
-
-Pidió a los mozos del hotel y a la dueña informes de la dama. La
-pintaron como una persona extraña, de gustos exóticos, perezosa,
-ardiente, muy caprichosa. Le gustaban mucho las flores, los perfumes,
-el vivir perezoso e indolente.
-
-Se llamaba Sonia. Unos decían que era cubana, otros que haitiana,
-otros que gitana y otros que judía o rusa. Al parecer, tenía al marido
-dominado.
-
-¿Qué hacía este matrimonio en Bayona? ¿Por qué estaban allí? ¿Qué
-esperaban? Los del hotel no lo sabían.
-
-La condesa de Hervilly aparecía en el comedor del hotel acompañada de
-su esposo y de Nenín y visitaba con su marido el Consulado de España.
-
-El conde se manifestaba siempre muy amable y galante con su mujer.
-
-Aviraneta pensó que, si había alguien en Bayona que supiera algo de
-aquellos condes misteriosos, tenía que ser Luci Belz, la empleada de la
-fonda del Comercio, y fué a verla.
-
-Luci Belz le dijo que se decía que la condesa de Hervilly era una
-aventurera, cómica o bailarina, que había tenido muchos líos. No era
-fácil comprender si el señor conde estaba enterado de las aventuras de
-su mujer; pero, al parecer, no lo estaba.
-
---Yo me he de enterar mejor--concluyó diciendo Luci.
-
-Unos días después, la empleada del hotel del Comercio llamó a
-Aviraneta. Se había enterado de varias cosas. El conde de Hervilly,
-según se decía, era un hombre un tanto monstruoso: le faltaba casi
-por completo una pierna y llevaba para andar una de goma. De sus dos
-manos, la izquierda era como la de un pato, con una membrana entre dedo
-y dedo; en cambio, la derecha era de una fuerza enorme. Si alguna vez
-el conde se caía, rehusaba ayuda para que no notasen que le faltaba
-la pierna. El explicaba su torpeza diciendo que estaba reumático.
-Sobre aquel cuerpo estropeado, el conde tenía una cabeza distinguida;
-pero, al parecer, esta cabeza no tenía pelo y lo sustituía una peluca
-entre gris y negra. El conde se ocupaba de algunos trabajos históricos
-y pasaba mucho tiempo encerrado en su cuarto. El conde trataba a
-la condesa con gran galantería y ella tenía también para él muchas
-atenciones.
-
-Poco después, doña Paca Falcón, que era amiga de Aviraneta y estaba
-enterada de la vida de toda la gente de Bayona, le contó que se decía
-que el conde de Hervilly había conocido a Sonia, su mujer, en París,
-donde vivía con un tabaquero cubano, que pasaba por tío suyo; pero que,
-al parecer, era su amante. El conde quedó enamorado de ella como un
-loco, al verla, y a los dos días pidió su mano.
-
-Ella parece que le contestó:
-
---Consúltelo usted con mi tío.
-
-El conde fué a ver al tabaquero y éste le dijo con marcado acento de
-mal humor:
-
---Esta muchacha no es mi sobrina, sino mi querida.
-
---¿Así que usted no tiene ninguna autoridad ni derecho sobre ella?
-
---Yo, ninguno.
-
---Muy bien.
-
-Al día siguiente, Hervilly pidió a Sonia que se casara con él y se
-casaron. Al poco tiempo el conde se desafió con el tabaquero y lo mató
-de un tiro.
-
-La historia le pareció bastante extraña a Aviraneta.
-
-La condesa tenía un criado todo un tipo extraño. Era un americano
-mestizo de indio, moreno, delgado, tostado por el sol, con una cara
-impasible e inmóvil, los pies muy chicos y las manos muy pequeñas;
-hombre que hablaba el español, el francés y el inglés con perfección,
-pero muy lánguidamente. Se llamaba Fernandito. Aviraneta pensó que
-debía ser mejicano e intentó interrogarle y hablarle de su país; pero
-Fernandito el indio no contestó. Este autómata no parecía tener vida
-más que ante sus señores.
-
-La Falcón le contó a Aviraneta que se decía que a Fernandito, Sonia le
-había encontrado una noche en una calle de París, tendido en un banco,
-abandonado y gravemente enfermo.
-
-Sonia parece que lo llevó a su casa, lo cuidó y lo salvó, y desde
-entonces el indio se había convertido en un perro de presa de aquella
-mujer, por la que tenía un entusiasmo sin límites. Todos estos detalles
-no eran para tranquilizar ni inspirar confianza en aquella gente.
-
-Días después Aviraneta vió en el comedor de la fonda de Francia
-a la condesa de Hervilly con la señora de Vargas. El se inclinó
-ceremoniosamente y ellas le saludaron, sonriendo; pero don Eugenio no
-quedó muy tranquilo. Ya sabía que Fermina se creía con motivo para
-odiarle; pero la otra, la condesa, ¿qué motivo podía tener contra él?
-
-
-
-
-III
-
-LOS EXPULSADOS
-
-
-Unos días después de los fusilamientos de Estella fueron expulsados
-como intrigantes, por Maroto, más de treinta personas de las
-principales de la corte de don Carlos, que pertenecían al partido
-apostólico. Estas personas marcharon a Francia, escoltadas por una
-compañía alavesa, al mando del general Urbiztondo, que llevaba como
-ayudantes al coronel Eguía y al teniente coronel Errazquin.
-
-Al llegar a Vera hubo entre los desterrados grandes discusiones y
-protestas. Estaban allí el obispo Abarca con su secretario Pecondón,
-el canónigo guerrillero don Juan Echevarría, don José Arias Teijeiro,
-los generales Uranga, Mazarrasa y García; el brigadier Valmaseda, el
-padre Larraga, el médico don Teodoro Gelos, cirujano de don Carlos; el
-padre Domingo de San José, predicador del Real. Estaban también don
-Diego Miguel García, el que había sido confidente del general González
-Moreno, cuando se preparó la emboscada a Torrijos en Málaga, y doña
-Jacinta Pérez de Soñanes, alias "la Obispa".
-
-Al pisar el suelo francés, cada uno de los desterrados expuso su
-preocupación. Arias Teijeiro, el galleguito herborizador, ardía por
-vengarse de Maroto y pensaba marchar cuanto antes a reunirse con
-Cabrera en el Maestrazgo; el canónigo don Juan Echevarría esperaba
-sublevar las tropas navarras contra Maroto y apoderarse del Poder;
-don Diego Miguel García se preocupaba únicamente de sus maletas,
-llenas de dinero; doña Jacinta pensaba en su querido obispo de León y
-éste hablaba de los dolores del Crucificado, considerando, sin duda,
-sus gruesas nalgas y su abdómen piriforme como semidivinos; Arias
-Teijeiro habló a todos sus partidarios, dándoles instrucciones, y como
-el coronel Aguirre quería volver al valle de Araquil, donde estaban
-acantonadas las tropas que mandaba él, le instó a que abandonara el
-proyecto y entrara en Francia, pues de lo contrario se exponía a que
-Maroto le hiciera fusilar, abriendo de nuevo la causa por la muerte del
-brigadier Cabañas, en la que Aguirre estaba complicado.
-
-Aguirre se decidió por ir a San Juan Pie de Puerto a esperar el
-levantamiento anunciado de los apostólicos y los demás personajes se
-dirigieron a San Juan de Luz, desde donde el Gobierno francés los envió
-a distintos puntos próximos.
-
-Al parecer, el general Urbiztondo, al llegar a la raya de la frontera,
-se despidió de los carlistas con gran indiferencia, lo que indignó a
-los desterrados, que a voz en grito le acusaron de traidor.
-
-Don Antonio de Urbiztondo y Eguía, el donostiarra, era poco clerical,
-y, a pesar de estar entre las filas carlistas, se le tenía por
-contagiado con el liberalismo y por francmasón.
-
-Sus ascendientes, los Urbiztondos, de San Sebastián, habían sido
-revolucionarios y afrancesados, hasta el punto de trabajar por la
-separación de Guipúzcoa de España y su incorporación a la República
-Francesa durante la primera revolución, por lo que fueron condenados a
-penas graves por un Consejo de guerra español.
-
-Don Antonio de Urbiztondo tenía la levadura liberal. Se contaba que en
-un pueblo de Cataluña, donde mandaba como general las tropas catalanas,
-alojó en un convento algunos de sus soldados y pensó llevarse las
-cañerías y los cacharros de plomo que encontró allí para fundir balas.
-
-El delegado castrense por don Carlos en el Principado, que era el
-obispo de Mondoñedo, negó el permiso para ambas cosas, considerando
-la tentativa una irreverencia y un sacrilegio, y Urbiztondo, con gran
-desdén, contestó: "Que únicamente así se podía hacer la guerra; que si
-hubiera objetos de plomo en las iglesias se apoderaría de ellos, aunque
-se ofendiera el obispo, y que se llevaría, con permiso o sin él, hasta
-las zapatillas del Papa, si eran de plomo".
-
-Estas palabras produjeron en el partido carlista un asombro y una
-indignación, que fueron, en parte, causa de que Urbiztondo estuviera
-mucho tiempo de cuartel, hasta que Maroto, nombrado general en jefe, le
-llevó de nuevo al servicio activo.
-
-Urbiztondo, por equivocación, había sido carlista. Era un militar
-inteligente, hombre de mucho nervio. Fué de los buenos generales del
-carlismo. Pasado al ejército de la Reina, después del Convenio de
-Vergara, fué capitán general de Filipinas, en cuyo mando estuvo muy
-acertado; después, ministro de la Guerra con Narváez, en 1856, y al
-año siguiente murió en un duelo en un salón del Palacio Real, por una
-cuestión de etiqueta, batiéndose con un oficial que le había prohibido
-la entrada. Al menos esta fué la voz popular.
-
---Probablemente--dijo Urbiztondo a los desterrados, al llegar a la
-frontera--, pronto tendré yo también que venirme a Francia.
-
---Es muy posible--le contestó doña Jacinta de Soñanes, "la Obispa",
-con retintín--; pero no será por la misma causa que nosotros ni por el
-mismo camino.
-
---Si es posible, que salga por Behovia--replicó el general, sin dar
-ninguna importancia a la alusión.
-
-Esto ocurría a principios de marzo.
-
-Ya habían llegado a San Juan de Luz y a Bayona los expulsados por
-Maroto, cuando un día el cónsul Gamboa llamó a don Eugenio de Aviraneta
-y le dijo:
-
---Deseaba mucho hablar con usted y hoy mismo pensaba llamarle.
-
---¿Qué pasa?
-
---El subprefecto y yo estamos todavía indecisos, sin saber qué partido
-tomar con los personajes carlistas expulsados por Maroto.
-
---Pues, ¿por qué?
-
---El subprefecto es de opinión que se interne a esos carlistas a
-cuarenta o cincuenta leguas de la frontera. Yo no sé qué hacer. He
-preguntado al Gobierno, que no contesta. ¿A usted, qué le parece?
-
---Hay que dejarles vivir en la frontera--contestó don Eugenio--. ¿Para
-qué internarlos? El vigilar a un político, no teniéndole encerrado en
-la cárcel, es imposible. Además, estos emigrados, con sus maniobras,
-nos han de ser útiles a nosotros.
-
---¿Cree usted...?
-
---Claro que sí. A nosotros no nos pueden hacer daño alguno.
-
---¿Supone usted que conspirarán?
-
---Están conspirando ya.
-
---¿Contra quién?
-
---¡Contra quién ha de ser: contra Maroto!
-
---¿Usted supone que eso nos conviene?
-
---Claro que sí. Hoy, Maroto es la única fuerza respetable del carlismo.
-Alejar de la frontera ese foco de discordia para los enemigos sería una
-verdadera tontería.
-
---Sí. Quizá tenga usted razón. ¿Usted cree que esa gente tiene algún
-plan determinado?
-
---Sí; sus propósitos son sublevar los batallones navarros contra Maroto.
-
---¿Quién los dirige?
-
---El principal caudillo es el cura Echevarría.
-
---¿Y usted cree que alcanzarán su objeto?
-
---Creo que se sublevarán más pronto o más tarde.
-
---Su éxito no sería un bien para nosotros. Harían de nuevo la guerra
-cruel.
-
---¡Bah! No tendrán éxito. No harán más que dividirse.
-
-Gamboa comprendía que lo que le decía Aviraneta era muy lógico y
-decidió indicar al subprefecto que no se molestara a los desterrados.
-
-Esta fué la razón por la cual las autoridades francesas dejaron en
-Guethary al obispo de León; en Bayona y sus alrededores, al cura
-Echevarría, a don Basilio y a otros jefes carlistas y al coronel
-Aguirre, en San Juan Pie de Puerto; determinaciones todas que los
-periódicos de Madrid comentaron con la petulancia y la tontería
-habitual en ellos.
-
-Don Eugenio no dijo a Gamboa que alguno de aquellos carlistas
-trabajaban secretamente para él, y que el coronel Aguirre, comandante
-del quinto batallón de Navarra, fanático apostólico e intransigente,
-en cuyo batallón servían de oficiales García Orejón, Luis Arreche
-(Bertache), y otros muchos, estaba subvencionado por el Gobierno de la
-Reina para sublevar las tropas contra Maroto.
-
-
-
-
-IV
-
-LA TERTULIA DEL ABATE MIÑANO
-
-
-Por entonces, uno de los centros de los expulsados por Maroto comenzó
-a ser la casa de campo que tenía en los alrededores de Bayona don
-Sebastián Miñano.
-
-Miñano el elegante, el antiguo abate afrancesado, el antiguo secretario
-del mariscal Soult, era un escéptico, un volteriano, que no creía en
-nada; pero como todos los escépticos, se inclinaba en su madurez al
-despotismo, por considerar que era un sistema de vida más tranquilo,
-más reposado y menos turbulento que el régimen liberal.
-
-Miñano vivía con mucha comodidad y cobraba de los dos bandos, del
-carlista y del cristino; para los dos era casi un oráculo.
-
-El abate protegía a su hijo natural don Eugenio de Ochoa, que llevaba
-una vida de joven rico en Francia.
-
-La casa de Miñano tenía gran interés para aquellos carlistas, la
-mayoría bárbaros y cerriles, que venían del campo; allí hablaban con
-legitimistas franceses elegantes, perfumados y con los bigotes llenos
-de cosmético, con moderados españoles, con gacetilleros y hasta con
-damas distinguidas.
-
-Muchas veces iban a saludar a Miñano, Valdés, el de los gatos, que
-en política era también del género epiceno; Salvador, el traidor a
-la Isabelina y enemigo acérrimo de Aviraneta; Martínez López, el
-libelista, agricultor y gramático; don Vicente González Arnao y su
-secretario Pagés; Muñagorri, el cónsul Gamboa y todos los españoles
-influyentes que se encontraban en Bayona.
-
-Formaban con frecuencia juntas carlistas en casa de Miñano, el obispo
-Abarca, el cura Echevarría, Lamas Pardo, don Basilio, los Labanderos,
-doña Jacinta Soñanes, alias "la Obispa", y otros.
-
-Generalmente se avisaban con antelación, se discutía, y al último, el
-abate era el que decidía casi siempre las cuestiones. No se acordaban
-los expulsados de que Miñano era el autor de las cartas del Pobrecito
-Holgazán, que tanto contribuyeron en España a desacreditar al clero, y
-sobre todo a los frailes, ni de que había sido afrancesado y liberal.
-
-El obispo de León, don Joaquín Abarca, que tenía su residencia de
-emigrado en Guethary, era un señor grueso, aragonés, pedante y
-sabihondo, que se creía una lumbrera. Vestía hábito, con ribetes de
-violeta; tenía por secretario a un intrigante que se llamaba Ramón
-Pecondón, y como inspiradora o Ninfa Egeria a doña Jacinta de Soñanes,
-alias "la Obispa", que se desvivía porque a Su Ilustrísima no le
-faltase el chocolate o el caldo a su hora.
-
-El obispo de León estaba muy preocupado con la marcha de los
-acontecimientos; pensaba que había disminuído su prestigio personal
-en el campo carlista y esto lo achacaba a manejos de Maroto, a quien
-odiaba evangélicamente.
-
-Abarca le tenía mucho miedo a su secretario Pecondón y algunas
-cuestiones reservadas las trataba sólo cuando Pecondón no estaba
-delante.
-
-El otro cantertulio, don Diego Miguel García, era hombre de ojos
-hundidos, cejas espesas, mirada oblicua y sonrisa fina y sarcástica.
-
-García era hombre de sangre y de cieno que no había pensado nunca más
-que en reunir oro, fuese como fuese. Había sido agente confidencial
-de Fernando VII durante mucho tiempo en sus intrigas tenebrosas con
-Regato, Salvador y otros tipos de reptiles de la misma índole. García
-fué el que le engañó a Torrijos en Málaga, valiéndose de un coronel,
-que pasaba por liberal. Este llevó a la playa a los liberales y les
-entregó al general González Moreno. García era entonces de la sociedad
-teocrática el Angel Exterminador.
-
-Labandero, el padre, era hombre débil y mediocre, que no tenía
-agresividad ninguna, y que se lamentaba constantemente de sus
-enfermedades y de sus desgracias.
-
-El cura Echevarría, el ex canónigo de los Arcos, era un bárbaro;
-fuerte, rojo, robusto, muy corpulento, de formas atléticas. Se le veía
-pasar con frecuencia por las calles de Bayona con un redingote negro y
-un sombrero de copa como un tubo. El cura Echevarría parecía rebosar
-salud; sus mejillas, infladas, tenían el color de las manzanas y sus
-ojos eran negros y brillantes.
-
-El cura Echevarría era un tipo de estos de franqueza simulada, que se
-da mucho entre aragoneses y navarros de la Ribera. Toda esta supuesta
-franqueza consiste en hablar en un tono rudo; pero no pasa de ahí,
-porque debajo del tono rudo las gentes saben emplear la maquinación
-y la perfidia como los hombres de las demás regiones y de los demás
-países.
-
-El cura Echevarría era terco y bruto con los inferiores y adulador de
-los más rastreros y serviles de don Carlos; había vivido durante toda
-la guerra civil como un príncipe, siempre en banquetes, fiestas, viajes
-y ceremonias. Era el agente de los navarros y tuteaba a todos los
-oficiales y trataba a la gente con un despotismo bárbaro.
-
-El cura Echevarría y Abarca, el obispo de León, visitaron varias veces
-a don Sebastián Miñano y le pidieron consejo. A todo trance querían
-los dos eclesiásticos sublevar los batallones navarros contra Maroto y
-establecer en el Real un Gobierno teocrático; pero querían hacerlo con
-las mayores garantías posibles.
-
-Para estos católicos absolutistas la cuestión principal en su partido
-era la lealtad al Rey; se consideraban como criados del Monarca y
-pensaban que ser leales a su persona era el mejor homenaje a la
-causa. El ser inteligente o capaz, esto era accesorio para los dos
-eclesiásticos.
-
-Ellos comenzaban a pensar que Maroto, victorioso, no se diferenciaría
-gran cosa del Espartero, y que no valía la pena de hacer la guerra para
-un resultado parecido.
-
-Miñano les aconsejaba la calma para encontrar una buena ocasión de
-intervenir. El abate, con su diplomacia y su labia, se había convertido
-en un oráculo para los carlistas intransigentes, como lo era también
-para los cristinos moderados.
-
-Cosa extraña. El antiguo abate, ex prebendado de Sevilla, ex secretario
-de Soult, ex constitucional, ex anticlerical, ex periodista de _El
-Censor_, ex geógrafo, se había hecho protestante; era lector de Víctor
-Hugo, Balzac y Sainte Beuve, y traducía por entonces la _Historia de
-la Revolución Francesa_, de Thiers, para el impresor Baroja, de San
-Sebastián.
-
-De acuerdo con el centro apostólico y antimarotista, una veces, y otras
-en contra, funcionaba la tertulia del marqués de la Lalande. Era una
-tertulia de aristócratas, de legitimistas y de extranjeros. A ella
-pertenecían el conde de Hervilly, el barón de Batz, Montgaillard y el
-intendente Arizaga. Había entre ellos personas inteligentes y su jefe
-en el campo carlista era el príncipe de Licknowsky. Este grupo hizo un
-proyecto de transacción con el asentimiento de Maroto. Se quiso que
-lord John Hay diera su anuencia al plan; pero al último, y después de
-vacilar mucho, el lord marino no la dió.
-
-
-
-
-V
-
-PRIMEROS EFECTOS DE SIMANCAS
-
-
-En aquellas circunstancias, Aviraneta vió con claridad que el núcleo
-fuerte del carlismo se encontraba en Maroto y su gente. Si se quería
-deshacer el carlismo había que atacar a Maroto por todos los medios
-posibles.
-
-Era el momento de introducir el Simancas, el conjunto de documentos
-falsos fabricados por Aviraneta en el Real de don Carlos.
-
-La cosa no era fácil; había que hacer que el Simancas pasara a manos
-del Pretendiente, como si llegara del campo carlista; sin producir
-desconfianza alguna acerca de su autenticidad, legitimando su
-procedencia. ¿Quién podía llevar los documentos? Un partidario de la
-Reina sería sospechoso para la gente del Real; un carlista, ganado por
-dinero, muy expuesto. Sólo un legitimista francés que hubiese estado a
-sueldo podía desempeñar con relativa facilidad esta misión peligrosa,
-para la cual indudablemente se necesitaba valor y perspicacia.
-
-Aviraneta había conocido a Frechón, el dependiente de Chipiteguy, en la
-casa del Reducto y había hablado con él en la posada de Iturri. Pensó
-que quizá él le podría servir.
-
-Don Eugenio le llamó, le halagó un poco, le escuchó con atención, y le
-dijo que volviera, quizá entre los dos podrían hacer un buen negocio.
-
---¿Usted se atrevería a ir a España con una comisión?--le preguntó
-Aviraneta.
-
---No; ahora no puedo ir.
-
---¿No tiene usted algún conocido de confianza para darle un encargo
-difícil para España?
-
---¿Un francés?
-
---Sí
-
---Tengo un amigo que quizá sirviera.
-
---¿Ha estado en España?
-
---Sí, muchas veces. Ahora que ha trabajado para los carlistas.
-
---¡Ah!
-
---Pero lo mismo le da trabajar por los liberales.
-
---¿Y habla español?
-
---Tan bien como usted.
-
---¿Quiere usted avisarle?
-
---Sí; pero, ¿qué gano yo con eso?
-
---Hombre, dígame usted qué quiere que le dé por la noticia.
-
---Nada; yo traeré a ese amigo mañana.
-
-Al día siguiente Frechón se presentó en el Hotel de Francia con su
-amigo, Pablo Roquet.
-
-Roquet era un comerciante que había tenido una casa de comisión en
-Behovia; tipo de hombre de vida misteriosa, que hablaba tan bien el
-español como el francés.
-
-Roquet se presentó como un señor amable, de unos cuarenta años, moreno,
-delgado, con el pelo que comenzaba a blanquear en las sienes, vestido
-de negro. A pesar de su aspecto relativamente joven, tenía más de
-cincuenta años.
-
-Le citó don Eugenio para el día siguiente; lo tanteó y vió que era
-hombre muy hábil y muy insinuante. Tomó informes suyos y supo que había
-quebrado varias veces, que era viudo y que vivía con una modista. Doña
-Paca Falcón conocía a esta pareja.
-
-Roquet tenía algo de reptil, quizá sin mucho veneno; buscaba el
-enriquecerse, a poder ser, sin perjudicar a nadie. Si se perjudicaba
-alguien, ¿qué se iba a hacer? El torpe que se fastidiara.
-
-Propuso Aviraneta a Roquet que fuera él el encargado de introducir en
-el Real de don Carlos el conjunto de documentos falsos, bautizado con
-el nombre de Simancas.
-
-Roquet era, sin duda, persona muy apropiada para comisión semejante y
-comprendió en seguida su importancia.
-
-Roquet exigió al principio mucho dinero y amenazó un poco
-insidiosamente con descubrir el hecho a los carlistas. Aviraneta pensó
-que había dado un paso en falso y se alarmó. Por una inspiración
-momentánea, fué a visitar a un antiguo policía retirado, el señor
-Masson, que vivía en una casa de campo de los alrededores de Bayona y
-le pidió datos sobre Roquet. Masson se los dió y le mostró una ficha
-que guardaba de él.
-
-Pablo Roquet, llamado Juan Filotier, alias "la Ardilla", alias "la
-Dulzura", había vivido en Burdeos con el nombre de García y era
-conocido en Bayona por Roquet. Era un hombre hábil, metido en negocios
-difíciles. Había vivido bordeando el Código Penal hasta caer en su red.
-Había estado procesado varias veces por estafa y pasado mucho tiempo
-en la cárcel. Con estos antecedentes, Aviraneta esperó a Roquet a pie
-firme y se entendieron.
-
-Roquet, cuando vió que Aviraneta conocía sus antecedentes, se amansó.
-Aviraneta le dió lo que pudo y le prometió varias cosas, unas
-factibles y otras imaginarias. Se pusieron de acuerdo Roquet y don
-Eugenio en lo que se había de decir al llevar el Simancas al Real de
-don Carlos. Aviraneta había inventado una historia. Era así:
-
-Un legitimista francés de escasos recursos, que habitaba en Bayona y
-que alquilaba un gabinete con su alcoba, había tenido como huésped a un
-español que llevaba como equipaje un baúl y una maleta. Este español,
-después de pasar un mes en la casa, tuvo que salir precipitadamente
-y sin equipaje de Bayona; sin duda, alguien le perseguía. El español
-recomendó al francés legitimista que le alquilaba el cuarto que
-tuviera cuidado con su baúl y su maleta. Unos días después, el hijo
-del legitimista, un muchacho de diez a doce años, jugando, encontró
-una llave en un rincón, ensayó si la llave venía bien para el baúl, lo
-abrió y halló dentro unos documentos y una caja de cartón. El chico
-los miró y se los enseñó a su padre, que se enteró de lo que eran.
-El legitimista, por un lado, quería que lo que había descubierto por
-casualidad sirviera a don Carlos; pero por otro, no quería aparecer
-como un hombre capaz de un abuso de confianza...
-
---Está bien--dijo Roquet al oír la explicación.
-
-Ya puestos de acuerdo los dos, don Eugenio escribió una nota para que
-Roquet se la entregara a los jefes Lanz y Soroa, que ya de antemano
-habían estado en relaciones con él y que eran de los afiliados al
-partido apostólico.
-
-Les decía en la nota lo siguiente:
-
-"Existe una trama infernal contra don Carlos, de la cual es jefe
-Maroto. Maroto proyecta inutilizar para siempre a Carlos V. Esta
-conjuración se rige por una Sociedad secreta, establecida entre los
-generales marotistas del Real, y esta Sociedad, de fines siniestros,
-depende de otra instalada en Madrid, la Sociedad Española de
-Jovellanos, que es en principio masónica. La Sociedad de Jovellanos
-y la marotista del Real se comunican por un comisario que habita
-en Bayona. Gran parte de los documentos que prueban la conjuración
-están en poder de una familia francesa legitimista, que vive en los
-alrededores de Bayona. El dador podría conseguir algunos de esos
-papeles."
-
-Aviraneta pensó que para aquellos fanáticos intransigentes la
-existencia de una Sociedad secreta así no era cosa muy difícil de
-creer, porque ellos mismos tenían Sociedades secretas, verdaderos
-Clubs, en que se conspiraba contra Maroto.
-
-Roquet, bien aleccionado, marchó a España, y días después, al volver,
-se entrevistó con Aviraneta. Había hablado con Soroa, con Aldave, que
-era jefe de la frontera, y con Lanz, y decían éstos que necesitaban
-pruebas de la traición de Maroto. Aviraneta redactó otra explicación
-y unió a ella tres cartas, que en el argot de la masonería se llaman
-planchas, en las cuales aparecía Maroto nada menos que como Gran
-Oriente, y una comunicación de la Sociedad Española de Jovellanos, S.
-E. B. J., firmada por el Directorio General Jovellanos, en la que se
-aludía a Maroto claramente y al proyecto de transacción entre moderados
-cristinos y carlistas. El comunicado terminaba con estas palabras:
-"Salud, Moderación y Esperanza".
-
-Roquet fué a Tolosa y se avistó de nuevo con Soroa y otros militares
-del bando exaltado y les mostró las cartas en las cuales Maroto
-figuraba como gran jefe de la masonería.
-
-El revuelo que produjo aquello fué enorme. Los militares carlistas
-tuvieron una junta magna y nombraron una comisión para visitar a don
-Carlos en Durango; pero al pedir audiencia al Rey, los marotistas, que
-lo tenían continuamente cercado, consiguieron que se la negasen.
-
-Volvieron los de la comisión a Tolosa, celebraron otra asamblea y
-en ésta algunos oficiales propusieron matar a Maroto; pero uno de
-los comandantes jóvenes, un alavés, se opuso; dijo que no, que era
-indispensable primeramente apoderarse de todos los documentos que había
-en Francia acusadores de Maroto, y teniéndolos, prender al general,
-llevarlo ante un Consejo de guerra, juzgarlo y condenarlo a muerte
-legalmente.
-
-La junta se conformó con esta opinión, y como todos estaban ansiando
-tener los documentos acusadores contra Maroto, le indicaron a Roquet
-que volviera a Francia y que los llevara.
-
-Para facilitarle la empresa le dieron escolta y una contraseña para el
-cura de Sara. El cura de Sara, agente carlista, al saber la comisión
-de Roquet, le acogió con gran entusiasmo y le dió una carta para que
-visitara en Guethary al obispo de León.
-
-Roquet se presentó con gran misterio el 9 de junio al obispo; le contó
-a solas, sin que estuviera delante su secretario, lo que había pasado
-en Tolosa con los militares y le mostró las tres cartas masónicas en
-las que aparecía Maroto como gran jefe de la masonería.
-
-El obispo Abarca quedó petrificado y asustado; apenas se atrevió a
-tocar aquellos papeles infernales; pero, por otra parte, se alegró de
-que hubiera datos para probar la traición de Maroto y aplastarlo para
-siempre.
-
---El asunto es importantísimo--le dijo el obispo a Roquet--. Yo
-quisiera tener una conferencia con ese francés que posee los
-documentos, con esa alma pura y noble que la Divina Providencia ha
-dispuesto sea el instrumento de salvación de la preciosa vida de Su
-Majestad.
-
-Al decir esto, el obispo unió sus manos cruzadas a la altura de la boca
-y puso los ojos en blanco.
-
-Al deseo expresado por el obispo contestó Roquet diciendo que el
-francés legitimista que tenía los documentos no quería dar la cara
-porque se hallaba en una situación económica angustiosa y pretendía un
-destino del Gobierno de Luis Felipe, y no le convenía aparecer como
-carlista y menos como hombre capaz de hacer un abuso de confianza. Que
-lo que quería este francés era algún auxilio en dinero.
-
---Lo tendrá. Lo tendrá--dijo el obispo.
-
-Inmediatamente don Joaquín Abarca mandó que les sirvieran el almuerzo a
-Roquet y a él, y después decidió ir con el francés a Bayona a visitar a
-Miñano.
-
-En el camino el obispo no hizo más que hablar de aquellos preciosos
-documentos. Al llegar a Bayona fueron Roquet y él al Seminario a buscar
-al cura Echevarría que estaba alojado en una celda.
-
-El día anterior, Aviraneta había enviado a don Francisco Xavier Sánchez
-de Mendoza a casa de Labandero.
-
-Don Eugenio le indicó al hidalgo que dijera que se habían encontrado
-datos sobre la traición de Maroto y le convenció de que fuese a casa
-de Labandero, y si no a la de Lamas Pardo, y le contara a cualquiera
-de ellos, sin nombrarle a él, por supuesto, que se habían encontrado
-pruebas fehacientes de que Maroto pertenecía a la masonería, en la que
-tenía un alto cargo, y de que estaba preparando una gran traición.
-
-Sánchez de Mendoza era conocido entre los carlistas como fiel a la
-causa y hombre de buenas intenciones, aunque fantástico y muy crédulo.
-
-Labandero, al oír a Sánchez de Mendoza, no dió gran crédito a la
-noticia; pero, por si acaso, avisó a Echevarría por si quería ir a su
-casa. Estaban hablando los tres, cuando aparecieron Roquet y el obispo
-de León, que venían del Seminario.
-
-Al ver las cartas masónicas del Simancas, Echevarría y Labandero se
-quedaron maravillados.
-
-Al día siguiente, Sánchez de Mendoza llamó a don Eugenio y
-confidencialmente le contó con detalles lo que había ocurrido.
-
-Al parecer, cuando llegaron el obispo Abarca y Roquet a casa de
-Labandero y mostraron los papeles, decidieron todos tener una junta con
-el abate Miñano.
-
-Echevarría avisó a don Basilio García y a don Florencio Sanz;
-Labandero, a Lamas Pardo; Pecondón apareció con el conde de Hervilly,
-y todos, en varios grupos, fueron a casa de Miñano. Sánchez de Mendoza
-quedó muy admirado al saber que el abate trabajaba por los carlistas y
-al ver su casa lujosa, su biblioteca llena de libros raros, los cuadros
-y los muebles.
-
-En el despacho de Miñano, a puerta cerrada y con el mayor secreto,
-Roquet mostró las tres planchas masónicas. Pasaron de mano en mano y
-las examinaron con cuidado. A ninguno se le ocurrió la idea de una
-mixtificación y que aquello podía ser una falsedad.
-
---¿Qué hacemos?--preguntó el obispo.
-
---Hay que comunicar eso a don Carlos--contestó Miñano.
-
---Y cuanto antes--añadió Echevarría.
-
---¿Usted no tiene un agente en el Real?--preguntó Miñano al obispo.
-
---Sí: Enciso.
-
---Pues escríbale usted para que facilite el paso del señor Roquet a
-presencia de don Carlos.
-
-El obispo de León estaba asustado y no se atrevía a escribir la carta
-por temor a comprometerse.
-
---¿Cree usted que sea necesaria?--preguntó varias veces a Miñano.
-
---Sí; me parece indispensable.
-
-Entonces el obispo redactó un corto billete, que decía así:
-
-"Señor don Miguel Enciso: Tenga la bondad de hacer que el dador pueda
-hablar con nuestro principal en un asunto importante de comercio.--_A._"
-
-Al terminar la reunión, Sánchez de Mendoza dijo en tono solemne y
-melodramático:
-
---Ahora, guerra a muerte a Maroto. ¡Abajo el traidor!
-
---¡Abajo!--contestaron todos con frialdad, pensando, sin duda, que era
-inoportuno dar gritos en una reunión secreta.
-
-Después de muchas cábalas acerca de las consecuencias que podía tener
-el descubrimiento de las planchas masónicas, los apostólicos, en
-grupos, volvieron a Bayona.
-
-Las reuniones en casa de Miñano se convirtieron con el tiempo en
-una junta carlista y apostólica, dirigida por el obispo de León,
-Echevarría, fray Antonio de Casares y Labandero, y en la que hacía de
-secretario Sanz, el hermano del general navarro fusilado en Estella.
-
-Maroto lo supo un mes más tarde, y en un escrito que publicó, decía:
-
-"Todos los avisos y partes que recibo por diferentes conductos indican
-una próxima revolución en el ejército y las provincias, la que parece
-es fomentada más particularmente por fray Antonio Casares, capuchino
-pagado que servía de capellán en el 5.º batallón de Navarra; por el
-reverendo obispo de León y por el oficial que fué de secretaría de la
-Guerra don Florencio Sanz, secretario actualmente de una junta formada
-en Bayona, compuesta de los expulsados, y con acuerdo del cónsul en
-dicha plaza, por el Gobierno usurpador y revolucionario, en la cual
-hace también su papel el inmoral abate Miñano y otros inficionados en
-sus mismas doctrinas."
-
-Maroto se engañaba respecto a Miñano; porque el abate no estaba
-inficionado en ninguna doctrina; más bien había conseguido
-desinficionarse de todas.
-
-Al día siguiente, Roquet y don Eugenio tuvieron una larga conferencia
-en casa de Iturri; se pusieron de acuerdo en los más pequeños detalles,
-y poco después salía Roquet camino de España. El obispo de León le
-indicó al agente que si le veía a don Carlos le dijera que él, Abarca,
-garantizaba la verdad de la existencia de las cartas masónicas de
-Maroto.
-
-Dos días más tarde estaba el francés en Tolosa; veía a don Miguel
-Enciso, le entregaba la carta del obispo de León, y después juntos
-Enciso y Roquet encargaban al coronel Soroa que se presentara al
-pretendiente con las cartas masónicas y con el recado del obispo de
-León.
-
-Soroa y Roquet marcharon a Oñate y Roquet fué presentado al intendente
-general, don Juan José Marcó del Pont, que unos días más tarde dejó su
-cargo de intendente para ser ministro de Hacienda.
-
-Marcó del Pont era enemigo rabioso de Maroto y enemigo desenmascarado.
-
-Hacía unos días que Espartero había enviado a Maroto un periódico de
-Madrid, que contenía copia de las cartas interceptadas, enviadas por
-Arias Teijeiro desde el campo de Cabrera a don Carlos, cartas dirigidas
-bajo sobre a Marcó del Pont y en las que se insultaba y ponía como un
-trapo a Maroto.
-
-Maroto estaba dispuesto a echarle el guante a Marcó del Pont y a
-fusilarle. Marcó lo sabía y el odio se le acrecentó con el miedo.
-
-Marcó del Pont se enteró del asunto de las cartas masónicas y llevó a
-Soroa y a Roquet a presencia de don Carlos.
-
-El Pretendiente examinó las tres cartas masónicas; las leyó, reflexionó
-y dijo, disimulando la gran impresión que le producían (su único
-talento era éste: disimular):
-
---Esto, en el fondo, no tiene mucha importancia. Ya sabía yo que entre
-mis generales había algunos masones.
-
---Señor--replicó Soroa, poniéndose rojo de indignación, con una
-violencia de vasco fanático--: Los generales que estén en el ejército
-carlista y pertenezcan a la masonería, no pueden ser más que traidores.
-
---Si yo también lo creo así--dijo don Carlos.
-
-Roquet calló.
-
---¿Y los otros papeles?--preguntó el Pretendiente.
-
---Los otros papeles los tiene ese señor legitimista de Bayona--contestó
-Roquet.
-
---¿Usted los ha visto?
-
---Sí.
-
---¿Qué son?
-
---Hay un pliego grande de papel que tiene este título: Cuadro sinóptico
-del triángulo del Norte de España; en él hay muchos óvalos a manera de
-lentes, pintados de verde y rojo.
-
---¿Hay nombres?
-
---No; en el centro de cada óvalo hay un número. En el lado de los
-verdes hay un letrero que dice: "Civiles". Y en el de los rojos se
-lee: "Militares". Encima del pliego, a la cabeza, hay muchos números y
-jeroglíficos que no hemos sabido descifrar. Hay, además, una cajita de
-cartón con una esfera, con el nombre: "Esfera de luz" llena de signos
-parecidos a los de estas cartas.
-
---¿Y cómo ha llegado todo eso a Bayona?--preguntó don Carlos.
-
---Este legitimista que quiere presentar estos papeles es un hombre que
-se encuentra en mala situación y suele alquilar un gabinete con su
-alcoba. A ese gabinete vino un español con su equipaje y estuvo unos
-cuantos días; pero parece que alguien le perseguía, o que le mandaron
-algún recado urgente, porque el caso fué que tuvo que escaparse y
-recomendó al señor legitimista dueño de la casa que tuviera cuidado con
-su baúl. En esto, el hijo del legitimista, un muchacho de doce a trece
-años, abre por curiosidad el baúl, se encuentra con el pliego pintado y
-con la esfera de luz, y creyendo que eran juguetes, se los enseña a su
-padre.
-
---Y ese señor francés, legitimista, ¿no querría venir él mismo aquí con
-sus documentos?--preguntó el Pretendiente.
-
---No quiere, porque no le conviene que se sepa su nombre--contestó
-Roquet--. Está haciendo gestiones para conseguir un destino con el
-Gobierno francés, y si se supiera que había violado un secreto, tendría
-por ello muy mala nota.
-
---Yo le daría una cruz o un título si me proporcionara esos
-papeles--dijo el Pretendiente.
-
---El no está en situación para desear distinciones. El no quiere más
-sino hacer este servicio a la causa de Su Majestad para que vea quienes
-son los que le rodean. El dejaría los papeles durante quince días para
-que los examinaran detenidamente, bajo palabra de honor de que se los
-habían de devolver, y pediría por esto tres mil francos.
-
---Bueno, pues se le darán--dijo el Pretendiente.
-
-Por lo que contó Roquet, tanto don Carlos como Marcó del Pont estaban
-inquietos y recelosos y al mismo tiempo muy satisfechos con la
-perspectiva de dar la zancadilla a Maroto y acabar definitivamente con
-él. Hablaron el Rey y el ministro largo rato, retirados a un lado de
-la habitación. Don Carlos pensó en escribir una orden al gobernador de
-Vera para que facilitase y diese escolta a la persona portadora de los
-documentos cuando se presentara en la frontera; pero, al ir a escribir
-la nota, Marcó del Pont dijo que él mismo acompañaría a Roquet hasta
-Vera y diría al comandante de esta villa fronteriza, coronel Lanz, que
-cuando Roquet volviese a Bayona le llevasen con escolta hasta el Real.
-
-El francés se comprometió a llevar los documentos, y Marcó del Pont le
-aseguró que, después de comprobar su autenticidad y su importancia, le
-entregaría tres mil francos para el legitimista y otros tres mil como
-garantía de que se le devolverían todos los papeles.
-
-
-
-
-VI
-
-EL DINERO
-
-
-Mientras Aviraneta esperaba con ansiedad los resultados de la gestión
-de Roquet corrieron por Bayona muchas noticias. Se dijo que los
-antimarotistas de la Junta Apostólica iban a tener dinero para hacer
-más intensa la guerra.
-
-El secretario de la Junta, don Florencio Sanz, se agitó y lanzó
-circulares, afirmando la vuelta al poder de los _puros_. Se añadió que
-el padre Larraga había ido a Turín y el general Uranga a Viena; que los
-dos traerían disposiciones y dinero en abundancia, y que en seguida la
-Junta Apostólica iría a ponerse de acuerdo con Cabrera y Arias Teijeiro.
-
-Pocos días después el _Faro de Bayona_ confirmó la noticia y añadió
-que Tarragual había pedido el pase al subprefecto para ir a Toulouse y
-luego a la frontera catalana.
-
-Todo esto Aviraneta sabía que no tenía importancia; en cambio, por
-aquellos días supo por el Club antimarotista de Azpeitia una noticia
-importante.
-
-Se trataba de hacer un empréstito de quinientos millones de reales
-a don Carlos por las casas Tastet y Francessin. Tastet había pasado
-al Real de don Carlos con una carta de los principales banqueros de
-Inglaterra ofreciendo al Pretendiente auxilios si se avenía a firmar
-el contrato en las condiciones que se le proponían.
-
-El negocio era una combinación de comerciantes ingleses y franceses,
-dirigida a arruinar la poca industria española.
-
-Tastet fué al Cuartel Real, y primero se vió con el padre Cirilo de la
-Alameda y éste quiso sacar tajada sin exponerse; pero Tastet era tan
-cuco como podía serlo el padre Cirilo y estaba dispuesto a no dar un
-cuarto sin garantías.
-
-Aviraneta temía que, a pesar de que las condiciones eran duras, don
-Carlos, impulsado por la necesidad, firmase el empréstito para poder
-tener armas, caballos, efectos de guerra y dinero para pagar a las
-tropas.
-
-Sabida es la frase del mariscal Trivulzi, que se ha repetido muchas
-veces:
-
-"Tres cosas son necesarias para llevar bien una guerra: la primera,
-dinero; la segunda, dinero, y la tercera, dinero."
-
-A esto se puede añadir la frase de Vespasiano, que el dinero no tiene
-olor; es decir, que lo mismo da que venga de arriba que de abajo; de
-las flores o del cieno.
-
-Aviraneta, que veía un gran peligro en este empréstito, comenzó a
-trabajar en contra de él. Dió informes a los antimarotistas de Fermín
-Tastet, banquero bilbaíno, que había sido liberal y masón; hizo decir
-a los Clubs de Tolosa, de Azpeitia y de Bayona que el empréstito era
-una trama pérfida de Maroto para exterminar a los carlistas puros y
-al Pretendiente, pues dueño el general de este modo de las tropas,
-pagándolas espléndidamente haría lo que quisiera, transigiría con
-Espartero, sacrificando la causa de la legitimidad y del catolicismo.
-Esta era la explicación de que fueran liberales y masones los que
-ofrecían el dinero.
-
-La idea lisonjeó a los fanáticos, se la apropiaron, y fué tal la
-enemistad que se produjo contra este empréstito, que Tastet tuvo que
-escaparse del Real y marchar corriendo a Francia. Los dos banqueros,
-el español y el francés, se manifestaron asombrados de la enemiga que
-había producido su proyecto.
-
-Hablaron en Bayona con el marqués de Lalande y uno de los banqueros
-dijo:
-
---Sin dinero la guerra se acabará pronto.
-
-El marqués de Lalande parece que añadió:
-
---Ya no tenemos guerra más que para unos meses.
-
-
-
-
-TERCERA PARTE
-
-LAS FIGURAS DE CERA
-
-
-
-
-I
-
-PERSONAJES HISTÓRICOS
-
-
-Alberto Dollfus, alias Chipiteguy, tenía la manía de adquirirlo todo.
-
---La cuestión es almacenar, meter cosas en la tienda--decía él--.
-Siempre hay gente que quiera comprar.
-
-El sistema no debía ser del todo malo, porque al parecer, y gracias a
-él, el chatarrero se enriqueció.
-
-Un poco antes de que Alvarito Sánchez de Mendoza entrase en casa de
-Chipiteguy, el trapero había comprado varias figuras de cera de desecho
-que vendía un señor David, Curtius para el respetable público, dueño de
-un gabinete de figuras ceroplásticas que pasó por Bayona.
-
-Estas figuras, el señor David, alias Curtius, las vendió, la mayoría,
-desnudas, como si fueran odaliscas, para un harén, y otras en piezas
-separadas, cabezas, piernas, brazos, como si se tratara de un género
-de carnicería. La mayor parte de las figuras ceroplásticas no tenían
-más que el tronco, algo del pecho, las manos y los pies. Chipiteguy
-se decidió a dedicarse a la ceroplastia quirúrgica; pensó primero en
-restaurar sus figuras y a algunas las fortificó, metiendo a unas un
-palo por la pierna, para que hiciera de tibia, rellenando brazos y
-muslos con paja de maíz. Después, con cera derretida fué tapando los
-huecos de las caras y de las manos y, hecha esta restauración, pintó
-las mejillas con albayalde y bermellón.
-
-Chipiteguy, que conservaba guardados en su almacén muchos trajes de
-mujer y uniformes de todas clases, pensó que unos y otros podían servir
-muy bien para vestir sus figuras, y sacó de sus almacenes chupas,
-casacas, calzones, fraques azules, enaguas, pañoletas, peinetas y demás.
-
-La andre Mari y la Tomascha tuvieron que remendar muchas medias y
-puntillas por aquellos días. El señor David se había desprendido de
-sus muñecos, porque, además de estar un poco estropeados, eran muy
-conocidos de su numerosa clientela, y el buen Curtius, celoso del
-interés de su espectáculo, quería sustituír sus personajes antiguos
-por otros nuevos de militares, de asesinos y de envenenadores de más
-prestigio y fama.
-
-Algunas de las figuras de cera compradas por Chipiteguy estaban
-identificadas; pero otras no. Probablemente el señor David, Curtius en
-la vida pública, había hecho pasar uno de sus muñecos unas veces por
-Enrique IV, otras por el gran Federico, por Mahoma o por el general
-Poniatowski, y había dama en cera que había sido, alternativamente,
-María Cristina de personajes de la Revolución francesa y de Inglaterra
-y la querida de Fieschi, el de la máquina infernal; sin contar
-otros antiguos avatares, desacreditadores de la ceroplastia y de la
-iconografía.
-
-Chipiteguy encargó a Alvarito que en los ratos perdidos mirase los
-periódicos ilustrados y las estampas de la trastienda para ver de
-identificar los personajes ambiguos y borrosos. Alvarito estuvo varios
-días pasando hojas y más hojas y llenándose de polvo, y no consiguió
-gran cosa. Entre las láminas que guardaba Chipiteguy había estampas
-raras, grabados antiguos alemanes de Alberto Durero y reproducciones
-de los cuadros del Bosco, de Holbein y de Cranach. Estas láminas se
-hallaban mezcladas con otras arrancadas de libros y con estampas
-populares de las Danzas de la Muerte, de la Historia de los cuatro
-hijos de Aymón, de Genoveva de Brabante, de los cuatro jorobados de
-Valladolid y con retratos y escenas de personajes de la Revolución
-francesa y el Imperio.
-
-Chipiteguy puso también a contribución los conocimientos de un sobrino
-suyo, Marcelo Ezponda, ingeniero y profesor de una academia, aunque
-éste se ocupaba principalmente de cuestiones de química y mecánica.
-
---A ver si tú, Marcelo, me iluminas en este asunto--le dijo Chipiteguy.
-
---¿Qué hay que hacer?
-
---Quisiera identificar todas estas figuras de cera--indicó el viejo,
-señalando la fila de siniestros personajes, que estaban unos casi
-enteros, sostenidos en la pared, y otros a trozos en el suelo, como en
-un Spoliarium.
-
---Querido tío--dijo Marcelo--: esto es más difícil de lo que parece
-a primera vista, porque hay tipos, claro está, a quienes se puede
-identificar sólo por la cara; pero a otros muchos, a la mayoría, se les
-conoce por los accesorios, por el peinado, por el uniforme o por la
-indumentaria.
-
-Tan cierto es que los hombres, en general, tienen tan poco carácter
-que, si a los más ilustres y mejor dibujados se les quitan los
-accesorios históricos, los bigotes y las patillas, los galones y los
-penachos, un par de frases y otro par de anécdotas, no les conocería ni
-su padre.
-
-El tío, el sobrino y Alvarito estuvieron haciendo cábalas acerca de
-quiénes podrían ser aquellos personajes, y llegaron a identificar a
-María Antonieta, a la Brinvilliers, a Mirabeau, Robespierre, Marat,
-Fouché, Fualdés, Paganini, Danton, Fieschi con su querida, madama
-Roland y Robinsón Crusoé. Algunos no eran muy seguros; otros, por
-ejemplo, como Marat, con el cuerpo desnudo, encogido, como para ser
-metido en una bañera, con una herida en el pecho y un pañuelo atado a
-la cabeza, eran indudables.
-
-Las demás figuras quedaron sin identificar. Algunas se comprendía que
-eran de varones, otras de hembras; no faltaban quienes tenían aire
-ambiguo.
-
-A las figuras no identificadas Chipiteguy y Marcelo les pusieron motes:
-el Inglés, el Diplomático, la Española. A una le llamaron la Dama
-Bonita.
-
---Esta pícara tiene aire gracioso--dijo Chipiteguy--. Es alguna dama
-del antiguo régimen. Con su cara sonrosada y sus ojos azules la estoy
-viendo riéndose de su marido y de sus galanteadores.
-
-Alvarito la encontraba cierto lejano parecido con Manón.
-
-Chipiteguy no se arredró por la dificultad de identificar sus figuras
-ambiguas y borrosas y en colaboración de Alvarito decidió quién había
-de ser ésta y la otra, y después de su decisión, sintiéndose tan
-Curtius como el señor David, puso a los personajes pelucas y patillas,
-pegadas o sujetas con tachuelas. Les encasquetó tricornios y morriones
-y los transformó en generales célebres de la guerra carlista. Los
-ultrajes a la ceroplastia eran continuos.
-
-En Bayona, y en aquella época, este disfraz carlista de los personajes
-era lo que podía tener más interés para el respetable público.
-
-Además de las figuras separadas había un grupo de tres hombres, que por
-su actitud estaban asesinando a otro; pero el muerto faltaba. Estos
-tres vinieron vestidos. Uno de los asesinos, hombre joven, con los ojos
-torcidos, la boca de labios gruesos, la nariz chata, gorra en la cabeza
-y pañuelo rojo al cuello, levantaba el brazo, armado con un puñal. El
-otro, más viejo, rechoncho, fuerte, de mirada inteligente y viva, tenía
-un cuchillo medio oculto en la mano. El tercero, un testigo, unido a
-los dos asesinos por la fatalidad y por unos listones de madera, era un
-hombre que gritaba, pidiendo socorro, y abría mucho la boca, enseñando
-los dientes y las encías. Este tipo, que debía ser una persona honrada,
-tenía el pelo gris, la cara con muchas arrugas, anteojos, gabán y
-bastón en la mano. A pesar de su presunta honradez era casi más
-antipático que los criminales unidos a él.
-
-Chipiteguy pensó que podría llamarse al joven el Asesino, al otro el
-Patibulario y al viejo que gritaba el Voceador.
-
-Todas las figuras de cera tenían ese aspecto horrible y feo, un poco
-de fantasma, de las obras ceroplásticas. Era un extraño carnaval de
-figuras inmóviles y sin expresión, aunque algunas tenían como un lugar
-común expresivo y amanerado.
-
-Había tipos con aire de pedantería y de discreción, que parecían decir:
-"¡Ah!, no crean ustedes; nosotros también guardamos nuestro secreto."
-
-Cuando estuvieron vestidos, se les arrimó a los personajes a la pared
-del almacén.
-
-Manón, al verlos, sintió la repugnancia de aquellas figuras de aire
-hipócrita y pedantesco, y exclamó:
-
---¡Qué asquerosos tipos!
-
-Luego pidió a su abuelo permiso para romperlos a pedradas.
-
---¡Hombre, hombre! ¡Qué chica! Tú eres iconoclasta. Déjalos. Después de
-todo, no te has de casar con ninguno de ellos--dijo Chipiteguy--, y ya
-verás como cada uno nos trae sus cuartitos.
-
-La mayoría de los personajes fueron transformados en militares y en
-guerrilleros de la guerra carlista, menos el grupo de los asesinos.
-
-Aquellos tipos tenían aire tan repugnante y tan vil, que no podía
-transformárselos en guerrilleros. Tampoco se les pudo cambiar en
-monederos falsos. Lo más que se les hubiera podido convertir era en
-verdugos.
-
-¿Qué crimen habían cometido? Chipiteguy no lo sabía. Su sobrino Marcelo
-dijo que quizá se podría averiguar el crimen leyendo las causas y
-procesos célebres; pero Chipiteguy pensó que, después de todo, no valía
-la pena. A aquellos tres siniestros personajes, unidos por el destino y
-por los listones que tenían al pie, no era tampoco fácil separarlos.
-
-Chipiteguy pensó que debía guardar el grupo oculto hasta que se
-agenciara un asesinado de cera que tuviese un poco de aspecto. Estos
-tres personajes horribles fueron a parar a la cueva, envueltos en telas
-de sacos.
-
-A Alvarito, el recordarlos le daba horror. ¿Por qué no le parecían
-unos peleles armados con palos y llenos de hojas de maíz, como eran?
-¿Por qué no los tenía por muñecos o maniquíes vestidos con ropas de
-prenderías? No sabía por qué, pero le hacían efecto. Sin duda no era
-la cosa completamente extraña, porque el loco de la vecindad, a quien
-llamaban Abadejo, al ver los muñecos, se estremeció, le dió un ataque y
-empezó a dar gritos de melusina.
-
-Se veía que aquellas figuras siniestras obraban en la gente de
-imaginación débil, perturbándolos. La ceroplastia tenía una acción
-indudable en el sistema nervioso.
-
-Un día Chipiteguy le dijo a Alvarito:
-
---Al ciudadano Marat le tenemos que hacer una herida mayor. Toma este
-cuchillo y caliéntalo en el fuego, en la cocina.
-
-Alvarito hizo lo que le mandaban.
-
---Ahora--le dijo el viejo--, húndeselo en el pecho al ciudadano Marat.
-
---¿Yo?
-
---Sí. ¿Qué, te da miedo?
-
---No, no. ¿Por qué me va a dar miedo?
-
---Con cuidado.
-
-Alvarito cogió el cuchillo caliente y lo clavó en el pecho del gran
-revolucionario. Chirrió la cera y quedó una como herida horrorosa, que
-luego se pintó de bermellón.
-
-Chipiteguy no tenía idea buena. Buscaba lo impresionante, lo
-sensacional. A una de las figuras de mujer se le ocurrió ponerle un
-antifaz en la cara, con lo que la dejó más siniestra.
-
-Cuando concluyó el arreglo de sus figuras, Chipiteguy construyó una
-barraca en la plaza de la puerta de España, donde solían tocar la
-música los soldados. Su instalación tuvo éxito. Durante mucho tiempo
-la gente fué por la tarde a ver las figuras de Chipiteguy. La barraca
-no tenía luz de día, sino que estaba iluminada por unos quinqués de
-petróleo. Esto le daba al lugar un aire de cueva misterioso y siniestro.
-
-A la entrada, para cobrar, solía estar una muchacha, vestida de
-lentejuelas, y dentro había un francés ex carlista que explicaba la
-vida y las aventuras de cada personaje con gran lujo de detalles. Por
-entonces las siluetas y tipos de los generales españoles liberales
-y carlistas no se conocían con exactitud, al menos en Francia, y
-Paganini, Fieschi y Robespierre, pelos más, pelos menos, podían pasar
-indiferentemente por Cabrera, Zurbano o Zumalacárregui...
-
-Una tarde, poco después de la inauguración de la barraca de Chipiteguy,
-instalada cerca de la puerta de España, charlaban dos jóvenes elegantes
-con don Eugenio de Aviraneta, mientras contemplaban las figuras de cera.
-
-Uno de los jóvenes era un pintor, que vestía como un dandy, frac
-azul, pantalón con trabillas y grandes melenas; el otro era Ochoa, el
-escritor.
-
---Oiga usted, don Eugenio--le dijo Ochoa a Aviraneta--, ¿qué cantidad
-de verdad hay en estos retratos?
-
-Aviraneta se sonrió; era amigo de Chipiteguy.
-
---No están mal--dijo.
-
---Es curioso--exclamó el pintor--; las figuras de cera son más
-pintorescas y más típicas cuanto más estropeadas y viejas están.
-
---¡Ah, claro! No es obra artística--indicó Aviraneta.
-
---Indudablemente--dijo el pintor con petulancia--, las figuras de cera
-son algo atrayente, sobre todo para los chicos y la gente del pueblo.
-Es un espectáculo de gran curiosidad, emocionante...
-
---Pero al mismo tiempo de extraña repulsión--indicó Aviraneta.
-
---Es cierto--añadió Ochoa--. Esta curiosidad y este atractivo son
-malsanos. Tiene todo esto la sugestión de la cosa prohibida y
-pornográfica; algo de la inquietud que produce la máscara, y al mismo
-tiempo, ese fondo malo, encanallado, histérico, que se revela en la
-curiosidad por los muertos, por las salas de disección, los gabinetes
-anatómicos y las operaciones.
-
-Alvarito se puso a escuchar la conversación de los tres señores, porque
-le interesaba.
-
---¿A ustedes les produce repugnancia?--preguntó el pintor--. A mí me
-inspira más bien risa.
-
---A mí, una barraca de figuras de cera, me parece un depósito de
-cadáveres de broma--murmuró Aviraneta.
-
---Sí, sí, tiene usted razón--dijo Ochoa--; a mí me parece lo mismo, y
-creo que la causa principal de esto es que todo en esas figuras sabe a
-muerto.
-
---Pues a mí, principalmente, todo ello me produce risa--insistió el
-pintor--; aquel general con su tricornio y su sable es de lo más
-grotesco que se puede imaginar.
-
---Los generales de verdad son más grotescos--afirmó Aviraneta.
-
---Yo creo que en una exhibición así el recuerdo de la muerte es lo que
-se impone--siguió diciendo Ochoa--. El color de la cera es color de
-muerto, y, unido a la repugnancia que producen los ojos de cristal, los
-pelos postizos y los trajes acusan más esta impresión.
-
---Mire usted qué monja--señaló el artista--. Es siniestra. ¿Eh?
-
---Parece un fantasma--dijo Aviraneta.
-
---Sí, es horrible. ¿Cómo puede encontrar eso nadie bello?--preguntó el
-pintor.
-
---Hay gente para quien lo horrible es lo bello--replicó Ochoa.
-
---¡Bah!--exclamó el pintor.
-
---¿No lo era también para Shakespeare?
-
---Yo no he leído a Shakespeare--replicó el artista--; como si esto
-fuese una superioridad.
-
---Un francés, ¿para qué va a leer nada extranjero?--exclamó
-Aviraneta--. Ellos lo tienen todo en casa.
-
---Es verdad--contestó el artista, sin notar la ironía de don Eugenio.
-
-Alvarito escuchó con atención. El, no sólo no había leído, sino que no
-había oído hablar nunca de Shakespeare.
-
---En todo se acentúa la idea de muerte y de sepulcro--insistió Ochoa--;
-la cera tiene algo de carne, pero de carne muerta; los ojos vidriosos
-de cristal son ojos de cadáver; el pelo, separado de la persona, es de
-las cosas que más recuerdan al muerto. Las ropas, sobre todo usadas,
-hablan de un difunto: son como testigos de todo el bien y el mal que ha
-hecho un hombre de verdad en la vida, porque no es muy probable que el
-sastre las hiciera para muñecos. Todo lo que se reúne en las figuras de
-cera es funerario y sepulcral.
-
---Como tú, querido Ochoa--saltó el pintor--, que también estás
-funerario y sepulcral.
-
---El tamaño quizá influye también--añadió Aviraneta--. Si las figuras
-fueran mayores o menores que el natural, probablemente no darían tanto
-la impresión de cosas muertas; pero esos gabanes usados, esas gorras,
-esos sombreros, que los han llevado, seguramente, gentes vivas, nos
-sugiere un poco la idea del difunto.
-
---¡Qué macabros están ustedes!--exclamó el pintor.
-
---No, macabros, no. Insistimos un poco para aclarar--replicó Ochoa--.
-Indudablemente tiene usted razón, don Eugenio. El tamaño influye
-mucho. Es el del natural; por lo tanto, el del muerto. Aumentándolo o
-achicándolo bastaría probablemente para quitar esa impresión. Un muñeco
-no da nunca esa sensación desagradable, porque no hay la posibilidad de
-confundirle con una persona. ¿Por qué la posibilidad de la confusión es
-tan desagradable?
-
---Es la posibilidad del fantasma, del espectro--dijo Aviraneta--.
-Un fantasma como una mosca o como un monte no podría ser fantasma
-asustador.
-
---Luego hay el otro punto--insistió Ochoa--. ¿Por qué una figura
-tan realista como una figura de cera no produce efecto artístico?
-Indudablemente, todas estas impresiones reunidas de curiosidad y de
-repulsión de que hemos hablado estorban para producir una sensación
-de suavidad y de dulzura. ¿Por qué el asesino con un puñal en la mano
-y la víctima con una herida de la que brota sangre nos son odiosas en
-figuras de cera y no en un cuadro?
-
---Resolver esa cuestión sería encontrar el tope del arte--dijo
-Aviraneta--, sería saber dónde están sus límites.
-
---Es cierto--añadió Ochoa--. No sabemos cuál es el límite del arte.
-¿Por qué el pelo rubio o negro pintado en la tela está bien y,
-en cambio, la peluca rubia o morena sobre una figura de cera es
-repugnante? ¿Por qué los tiñosos de Murillo, en su cuadro de "Santa
-Isabel", son hasta bonitos y, en cambio, un tiñoso en figura de cera
-sería aún más desagradable que en realidad?
-
---Sin duda la realidad, y el hombre dentro de ella, es como un
-monstruo lleno de tentáculos--observó Aviraneta--, y unos de éstos
-viven de aire y de luz, y otros, de sangre y de cieno; el arte los
-aprovecha, pero no puede aprovecharlos todos.
-
---Y las figuras de cera toman de la realidad esos tentáculos cenagosos,
-los más hundidos en el barro humano--añadió Ochoa.
-
---Es indudable--dijo Aviraneta.
-
---A mí lo que me asombra--añadió Ochoa--por qué este arte de las
-figuras de cera, cuando llega a la suma perfección, no llega a la
-belleza. Ustedes habrán visto en el castillo de Potsdam la figura del
-gran Federico en cera.
-
---Yo, no--dijo Aviraneta.
-
---Yo, tampoco--repuso el pintor.
-
---Todos afirman que es de un parecido absoluto. Las facciones del rey
-de Prusia están vaciadas en la cara del muerto; el que pintó la cara
-conocía al gran Federico, y sus mejillas apergaminadas y sus ojos
-rodeados de un círculo morado son de una verdad completa. El traje y
-los accesorios son los mismos que usaba el rey; la peluca de estopa, el
-uniforme azul, desteñido y raído; las botas, el sombrero, la espada, la
-flauta, son los que él empleaba. Es casi la realidad... sin el espíritu.
-
---¿Y qué efecto hace?--preguntó Aviraneta.
-
---Igual que estas figuras de cera. Da repugnancia y miedo--contestó
-Ochoa.
-
-Quizá iban a seguir los comentarios, que Alvarito oía muy interesado,
-cuando se presentó Chipiteguy, que saludó afectuosamente a Aviraneta.
-
---¿Quién es este tipo?--preguntó el pintor a Ochoa.
-
---¿El viejo? Es el dueño de las figuras de cera.
-
---No; el otro.
-
-Ochoa le explicó quién era el conspirador, y el artista estuvo
-contemplando a Aviraneta.
-
---Es un tipo curioso--murmuró--; tiene una bonita cabeza.
-
---Sí, es un poco águila o buitre.
-
-Alvarito escuchó con atención aquellas teorías acerca de la ceroplastia
-que expusieron los tres señores y pensó sobre ellas. En muchas cosas
-estaba conforme.
-
-
-
-
-II
-
-LOS SUEÑOS DE ALVARITO
-
-
-Mientras las figuras de cera estuvieron encerradas en el almacén
-constituyeron una obsesión para Alvarito. Le daban miedo, horror y
-repugnancia, y no quería acercarse a ellas. De noche, sobre todo, el
-pensar en el sótano le hacía estremecer. Era un antro de la locura,
-lleno de monstruos gesticulantes, de espectros horrorosos, que se
-amenazaban en un terrible silencio. Alvarito tenía el temor de que
-toda su vida la pasaría así, con la perspectiva de un sótano negro con
-figuras de cera.
-
-Cuando comenzaron a llevarlas a la barraca pensó que ya se sentiría
-tranquilo; pero quedaba en la cueva el grupo de los asesinos, que era
-el que más le repugnaba y le inquietaba.
-
-Alvarito era muy nervioso. Había vivido siempre excitado con las
-fantasías políticas de su padre y las ideas supersticiosas y fatídicas
-de la madre. Al principio, en casa de Chipiteguy, con la buena
-alimentación, había logrado robustecerse física y moralmente; pero
-aquellas malditas figuras de cera le obsesionaban y le quitaban toda
-tranquilidad. Constantemente se le aparecían en sus sueños.
-
-Soñó una vez que la casa de Chipiteguy estaba encantada por un
-maleficio misterioso y extraño. En los subterráneos había monstruos
-gesticulantes, sombras hórridas que se agitaban en el silencio; en el
-piso alto había un hada y un viejo mago, y alrededor un ambiente de
-locuras y de extravagancias.
-
-Cuando se entraba en la casa se desfallecía, hasta tal punto, que en
-pocos minutos se quedaba uno anémico y exangüe y al último convertido
-en figura de cera.
-
-De pronto una mujer que le hablaba, y a quien conocía, aunque en el
-momento no sabía quién era, le revelaba susurrando el importante
-secreto. Para no quedar encantado en aquella casa era necesario no
-tocar el suelo. Era por el contacto con el suelo cómo se perdían las
-fuerzas. Entonces a Alvarito se le ocurría la idea de llevar una grúa
-de las que se levantaban en la orilla del río y colocarla cerca del
-Reducto, y por la cuerda descolgarse y entrar en casa de Chipiteguy.
-
-Alvarito realizaba su proyecto con gran facilidad; bajaba por la cuerda
-y, balanceándose en ella, recorría la casa, sin pisar el suelo, y a
-todo lo que tocaba con una varita lo desencantaba al momento. De pronto
-comprendía que había sitios a los que no podía llegar, y entonces
-abandonaba la grúa y construía en un instante unos zapatos altos, de
-suela hueca, y comenzaba a andar por toda la casa, deslizándose con una
-gran facilidad; pero se encontraba una puerta cerrada y ésta era su
-desesperación, porque no podía desencantar a una persona oculta, por
-quien tenía gran interés, y, a pesar del gran interés, no sabía quién
-era. Todas sus tentativas eran fallidas. Al empujar la puerta cerrada
-e intentar abrirla perdía sus fuerzas. No sabía por qué, hasta que
-miraba por un ventanillo y veía una muchedumbre de figuras de cera que
-sujetaban la puerta por dentro.
-
-Aquel sueño se le complicaba con otro parecido. En el segundo sueño
-entraba por un ancho portal, subía por una escalera y pasaba a un
-campanario de una iglesia, lleno de gente, con unas grandes vigas en
-el techo, de las que colgaban un gran número de arañas, que subían y
-bajaban, haciendo gimnasia en sus plateados hilos. La gente era extraña
-y absurda; había un hombre pequeño, moreno y de bigote negro, vestido
-de mujer, que braceaba mucho al andar y miraba con gran petulancia;
-un tipo rechoncho, con la cara tiznada de carbón, que se parecía a
-Claquemain, y una mujer alta, seca, esquelética, con la mirada fría, el
-pelo rubio y vestida de militar.
-
-Había chiquillos en el suelo, por entre las sillas, redondos y blancos
-como pelotas de goma, parecidos a los del cuadro de la "Matanza de los
-Inocentes", del salón de casa de Chipiteguy. Entre aquella gente rara,
-una figura, cubierta con antifaz, le miraba a él con fijeza y le hacía
-estremecer.
-
-De repente se entablaba una discusión entre dos curas delgados,
-pequeños y picados de viruelas, que decían algo terrible al moreno de
-bigote y vestido de mujer. Entonces, en lo más fuerte de la discusión,
-aparecía un hombre con anteojos, peluca y gabán gris, abría la
-boca y parecía gritar, pero Alvarito no le oía. Era el voceador el
-personaje de las figuras de cera del grupo de los asesinos. Alvarito se
-desesperaba al verle y en su desesperación se despertaba.
-
-Muchos otros sueños le produjeron al muchacho el recuerdo de aquellas
-malditas figuras de cera.
-
-Alguna vez, al pasar por las orillas del Adour, vió surgir entre
-el boscaje al Asesino, que se le presentaba con el brazo levantado
-blandiendo su puñal.
-
-Alvarito se hallaba predispuesto a creer en espectros y en aparecidos.
-
-Sin embargo, se decía:
-
---Una figura de cera no puede tener alma. Soy un visionario.
-
-Y este pensamiento, en parte, le tranquilizaba, aunque no siempre.
-También pensaba que los maniquíes, los autómatas, los peleles y los
-muñecos tienen como un reflejo de la personalidad del que los ha hecho,
-y a veces hasta voz como los espantapájaros del Tonkín, que con una
-botella rota y una cuerda suenan y chirrían y asustan a los gorriones.
-
-En un libro viejo, encuadernado en pergamino, que tenía Chipiteguy, un
-antiguo tratado de supersticiones, Alvarito leyó que los sueños son de
-cuatro clases: divinos, naturales, morales y diabólicos. Los sueños
-naturales provienen del temperamento de las personas.
-
-Los biliosos sueñan colores amarillos, querellas, disputas, combates
-e incendios; los sanguíneos sueñan con azafrán, jardines, festines,
-danzas, amores y diversiones; los melancólicos, con humo, obscuridad,
-tinieblas, paseos nocturnos, espectros, cosas tristes y muertes; los
-pituitosos, con el mar, los ríos, las navegaciones, naufragios, objetos
-pesados y obstáculos para la marcha.
-
-Alvarito, al leer esto, pensó que quizá él principalmente era
-pituitoso, con un poco de bilioso, otro poco de melancólico y una miaja
-de sanguíneo. Después comprendió que todo esto no era más que hablar y
-no decir nada.
-
-Un día soñó que iba a caballo por un gran puente que avanzaba en el
-mar. A un lado y a otro se agitaban las olas y hervían las espumas en
-un verdadero caos.
-
-Estas olas tenían a veces vagas figuras humanas y se levantaban
-severamente para decirle algo.
-
---¿Qué pasa? ¿Qué me quieren?--se preguntaba.
-
-Las olas no llegaron a romper a hablar, y de este sueño lo único que
-dedujo Alvarito al pensar en tanta agua fué que él debía ser muy
-pituitoso.
-
-Otra vez soñó que estaba delante de una gradería de figuras de cera, y
-que en medio había un dandy, con melenas y frac azul, que reproducía
-los rasgos del pintor amigo de Ochoa que estuvo en la barraca el día de
-la inauguración y que cantaba, tañendo la lira, una canción romántica.
-
-Alvarito no oyó lo que cantaba; pero el autor, con más costumbre de
-comprender a las figuras de cera, sospecha que el melenudo entonaba
-en su lira la célebre canción de la _Ceroplastia o Balada de las
-figuras de cera_, compuesta por el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de
-Aschaffenburg, que dice así:
-
-
-
-
-III
-
-LA CANCION DE LA CEROPLASTIA
-
-
-A veces, en la callada noche solitaria, cuando Júpiter brilla con
-fulgor sobre las chimeneas de las casas, y la luna se destaca como una
-nota de música en el pentágrama de los alambres del telégrafo, cuando
-las luces de la feria se extinguen, se oye una voz misteriosa a la
-puerta de las barracas de las figuras de cera, que canta sollozando:
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-Tus hijos, es cierto, tienen ojos y manos, y pies, como los hijos de
-los hombres, y trajes y sombreros y zapatos, y nadie les impide llevar
-calzoncillos y hasta polainas; pero tus hijos no alcanzan el aprecio de
-los inteligentes ni el de los estetas. No se les instala en palacios
-ni en museos, como a los muñecos del arte griego, a pesar de hallarse
-éstos descalzonados y descamisados; no se les admira; se les relega a
-las barracas, fuera de la ciudad, como a los atacados por una peste o
-a los mendigos miserables. Tus engendros, madama Ceroplastia, no han
-estado nunca en la pomposa rotonda, ni en la logia, ni en la columnata,
-ni en el pórtico en que los petulantes hijos del mármol se lucen en
-una postura amanerada y un poco incómoda; ni en la fuente, ni en el
-square; no han visto las caravanas de turistas con el Baedeker en la
-mano contemplándoles con una admiración contratada de antemano por
-la Agencia Cook; ni el grupo de feas solteronas inglesas en éxtasis
-mostrando sus amarillos dientes de caballo. Los hijos de la cera no
-conocen más elogio que el de la fregona y el del soldado. Plebeyez,
-todo plebeyez.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-No, no. Os faltan los adjetivos encomiásticos, hijos de la cera. ¿Dónde
-está la frase de Goethe o del vizconde de Chateaubriand, o al menos
-del vizconde de Arlincourt, en vuestro elogio? Nadie os ha cantado, ni
-en verso ni en prosa. Unicamente se dice que un santón del comunismo,
-Esteban Cabet, individuo al parecer poco estético, habló de probar su
-Icaria, su ciudad utópica y perfecta, con figurones de cera de hombres
-ilustres; pero se añade que el mundo se rió cínicamente de la Icaria y
-de los figurones de cera. Utopía, todo utopía.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-Dicen tus impugnadores que eres como la charca donde se pudren las
-aguas vivas que vienen del monte; que la cera, cuando sale de la
-colmena es hermosa, se convierte en repulsiva en tus figuras y que lo
-mismo pasa con el cristal y con las telas; añaden que rebajas todos tus
-materiales, en vez de sublimarlos; que tus factores son buenos y tus
-productos son malos. Industrialismo, todo industrialismo.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-Tus figuras de una discreción un poco repugnante, producen, a la
-mayoría de las gentes, inquietud y molestia; les recuerdan, según
-parece, las momias recubiertas de cera, las imágenes con pelo de las
-iglesias, los dientes postizos, las piezas de anatomía, los escaparates
-de los ortopédicos, las cabezas de muestra de los salones de peinar
-señoras, los maniquíes de los sastres y de los peluqueros, los bustos
-de los frenólogos... cosas todas del largo capítulo de las invenciones
-desagradables de las farsas y de las mentiras. Mendacidad, todo
-mendacidad.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-Vuestra composición, hijos de la cera, no os permite vivir en plena
-naturaleza. La lluvia y el sol os estropearía el físico.
-
-Vuestras pelucas y uniformes, vuestros pompones y penachos, vuestras
-chupas y casacas, vuestros calzones, sables y espadas; vuestros
-trabucos y pistolas viejas, vuestros abanicos y tabaqueras, vuestros
-pañuelos y puntillas, hablan a la gente, más que de Versalles o de
-Sans Souci, de tenduchos de prenderos, de traperos y ropavejeros.
-Guardarropía, todo guardarropía.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-Los estetas y los cultos te consideran como un arte macabro y
-funerario. Recuerdas, según ellos, las pompas fúnebres, las damas
-repipiadas que se ven en las tumbas modernas esculpidas por un cantero
-en un mármol, que parece azúcar; los angelitos dorados y plateados
-de los ataúdes, los cuadros de pelo de los antepasados muertos, las
-reliquias amarillentas, un tanto desagradables, y los ex votos de las
-capillas, en donde se mezclan los brazos y las piernas de cera con los
-huevos de avestruz. Funerario, todo funerario.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-Y, sin embargo, sin embargo... ¡cómo nos seducías cuando éramos chicos!
-Si desde un punto de vista estético te pueden poner objeciones, no
-podrán hacer lo mismo pensando en la moral. Tus ladrones no roban, tus
-asesinos no matan, tus magistrados no dan sentencias injustas, tus
-generales son modestos y silenciosos. ¿Se debe pedir algo más? Los
-hijos de la cera pueden decir: ¿Por qué tal desprecio? ¿No copiamos el
-dermato-esqueleto del hombre con su vestimenta apropiada? Si no podemos
-representar el interior de las gentes, ¿qué es esta impotencia sino un
-acierto? ¿Hay algo más tortuoso, más negro, más enrevesado, más lleno
-de telarañas que esos cuartos interiores del espíritu humano, sin
-ventilación y sin luz?
-
-Dejad que el asesino sea un brazo con un puñal que se levanta en el
-aire; dejad que el magistrado o el profesor sea una bola en forma de
-cabeza o de calabaza, con un birrete con pompón; dejad que el general
-no pase de ser una estaca con un hermoso tricornio, con su plumero,
-y saldréis ganando... ¿Para qué más? Los cultos no se convencen.
-Viven en plena rutina estética, duermen en compañía del lugar común.
-Piensan en la Venus de Milo y en el Apolo de Belvedere, en el Moisés
-de Miguel Angel y en el condottiero de Donatello, y hasta el nombre
-de Ceroplastia, ¡oh dolor!, les parece ridículo. Amaneramiento, todo
-amaneramiento. Vanidad, todo vanidad.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
- * * * * *
-
-Esta es la voz misteriosa que en la callada noche solitaria se escucha
-a la puerta de las barracas de las figuras de cera, cuando las luces
-de la feria se extinguen, cuando Júpiter brilla con fulgor sobre las
-chimeneas de las casas y la luna se destaca como una nota de música en
-el pentágrama de los alambres del telégrafo.
-
-
-
-
-IV
-
-UN PROYECTO
-
-
-Manasés León, el judío del barrio de Saint Esprit, negociante en
-pequeño, era un judío pintoresco; la nariz corva, el labio inferior
-grueso, los ojos brillantes, detrás de unas antiparras que le daban
-aire de búho; el pelo lleno de rizos, el vientre abultado y los pies
-fenomenales y defectuosos. Vestía Manasés siempre un poco desastrado y
-hablaba de una manera suave e insinuante.
-
-Manasés, muy amigo de Chipiteguy, había hecho con él varios negocios.
-
-Un día, Manasés León, que estaba en la tienda de Chipiteguy, en vez de
-salir a la calle, entró hacia el almacén y dijo:
-
---Amigo Dollfus, tengo que hablar con usted.
-
---Usted dirá, Manasés.
-
---Tengo una noticia que yo no sé si la podríamos aprovechar.
-
---Vamos a ver la noticia.
-
---Parece que unos de los capitanes generales de Navarra mandó recoger
-hace meses muchas cruces y custodias de plata de las iglesias de la
-provincia, abandonadas por los curas, y llevarlas a Pamplona. El
-capitán general anterior a éste tomó la determinación de meter todos
-los objetos de plata en barricas y de guardarlos en un sótano de la
-ciudad. Se quería traerlos a Francia y venderlos. El capitán general
-actual ignora, según dicen, que haya este depósito y los únicos que
-saben dónde está son el cónsul de España, don Agustín Fernández de
-Gamboa, y el posadero de la calle de los Vascos, Ignacio Iturri.
-
---¿Y usted cómo sabe eso, Manasés?
-
---Porque me lo ha dicho Gamboa.
-
---¿Y para qué se lo ha dicho a usted?
-
---Pues, sencillamente, por si yo encontraba alguien que se encargara
-de traer esos objetos hasta aquí. A un cristiano quizá no se hubiera
-atrevido a hacer la proposición; pero ya sabe que soy hebreo.
-
---¿Así que él quiere traer esos objetos a Bayona?
-
---Sí, eso pretende. La casa donde se guardan las barricas, llenas de
-cosas de oro y de plata, es de un conocido de Gamboa, y por lo que me
-he enterado, las barricas están a nombre de Iturri, que otra vez quiso
-traerlas a Francia, pero que no se atrevió.
-
---¿Y a usted qué se le ha ocurrido?--preguntó Chipiteguy.
-
---A mí se me ha ocurrido que podíamos enviar alguno de nuestros
-chatarreros a Pamplona con un carro a ver si le entregaban las barricas
-y las traía aquí.
-
---¡Qué ilusión!
-
---¿Le parece a usted?
-
---Claro. Así, tan fácilmente, eso es imposible. ¿Usted piensa que en un
-país en guerra van a dejar pasar un carro con barricas sin reconocer lo
-que va dentro?
-
---Sí, es verdad.
-
---De intentar esta aventura habría que traer ese tesoro de otra
-manera; tendría que ir a Pamplona uno mismo.
-
---¡Ir a España!--exclamó Manasés--. No, no; de ninguna manera. A mí no
-me pescan los carlistas de España. ¡Ca! Si desean entenderse conmigo,
-que vengan a mi tienda de Saint Esprit y les venderé lo que quieran.
-
-Manasés pensaba que llegar a España y ser desollado vivo como un perro
-judío sería cosa inmediata.
-
---Pues, amigo Manasés--dijo Chipiteguy--, despídase usted del proyecto,
-porque si cree usted que un carretero cualquiera le va a traer a usted
-esas barricas hasta aquí desde Pamplona, sin que nadie las vea y las
-registre, cree usted una tontería; y si piensa usted que si le dice
-usted al carretero a lo que va, después de pasar grandes peligros él,
-le va a traer las barricas a usted, para que usted se quede con ellas,
-pues piensa usted una candidez.
-
---Estoy convencido, Chipiteguy--murmuró Manasés--, hasta el punto de
-que no quiero ocuparme más del asunto. ¡Ir a España! No, nunca.
-
---Pues yo quizá intente ver qué hay en eso. ¿Cuántas barricas habrá?
-
---No sé. Hablan como si hubiera cuatro o cinco.
-
---Para traer eso había que ponerse de acuerdo con el cónsul
-Gamboa--dijo Chipiteguy.
-
---Y quizá también con el posadero Iturri.
-
---¿Y valdrán mucho esas cosas de iglesia?
-
---Parece que sí--contestó el judío--. Son varias arrobas de plata.
-Gamboa supone que debe haber además oro y piedras preciosas.
-
---Hala, Manasés, vamos los dos--dijo Chipiteguy--; nos repartiremos el
-botín. Veremos lo que pueden hacer juntos dos viejos traperos, un judío
-de origen español y un ateo alsaciano.
-
---No, no. Yo no voy. Si usted es tan loco para ir allí, váyase. Yo no
-voy.
-
-Chipiteguy dió muchas vueltas en la cabeza a la noticia de Manasés, y,
-después de pensarlo despacio, habló con don Eugenio de Aviraneta.
-
-A Chipiteguy se le había ocurrido la idea de ir a Pamplona en un carro
-con sus figuras de cera y volver, si la cosa era posible, trayendo
-algunas o todas las barricas con la plata recogida de las iglesias
-navarras.
-
---No le aconsejo a usted que lo haga--le dijo Aviraneta.
-
---¿Por qué?
-
---Porque es peligroso.
-
---¿Qué es lo que no es peligroso?
-
---Está bien; pero usted no tiene necesidad de eso.
-
---Usted no tiene tampoco necesidad de andar por aquí intrigando.
-
---Amigo Chipiteguy: si usted, a su edad, se siente con deseos de
-aventuras, no le digo nada. Adelante.
-
---Pues adelante. Estoy dispuesto. Yo quisiera, amigo Aviraneta, que
-usted le viera al posadero Iturri, le preguntara qué sabe de esas
-barricas, cuántas hay, etc., etc.
-
---Vamos ahora mismo--dijo Aviraneta.
-
-Fueron a la posada de Iturri; el posadero estaba en la trastienda de su
-mercería y fonda.
-
-Aviraneta expuso a Iturri las pretensiones de Chipiteguy.
-
---Sí--dijo el posadero--; hay cuatro o cinco barricas en un almacén de
-trigo de la calle Nueva, de Pamplona. Yo no sé qué tienen dentro. Creo
-que pusieron las barricas a mi nombre.
-
---¿Y no sabe lo que hay dentro?--preguntó Chipiteguy.
-
---A punto fijo, no. No creo que haya inventario ninguno.
-
-Como Chipiteguy insistió en ir a Pamplona, Iturri le dijo:
-
---Tenga usted cuidado y no sea usted loco. La cosa es muy difícil, casi
-imposible.
-
-Chipiteguy era terco y estaba decidido; le tentaba la aventura. Fué al
-consulado de España a visitar a Gamboa; le dijo lo que le había contado
-Manasés y lo que quería hacer.
-
---¿Y usted mismo piensa ir?--le preguntó Gamboa.
-
---Sí; si se gana lo suficiente, yo mismo intentaré traer las barricas
-aquí.
-
---Yo no sé lo que vale eso--replicó Gamboa--. Si la empresa sale bien y
-trae aquí esa plata, le pagaremos los gastos que usted haya hecho y el
-veinte por ciento de la venta. Si sale mal y no puede usted traer esas
-barricas, le abonaremos sólo los gastos. ¿Le parece a usted bien?
-
---Sí; no me parece mal.
-
---¿De manera que se decide usted?
-
---Sí, me decido. Iré y probaré fortuna. Entrar en España no es difícil;
-lo difícil es salir, sobre todo trayendo las cruces y las custodias.
-
---Si quiere usted le daré la orden para que le entreguen esas barricas.
-Aquí está su descripción y su numeración. Se hallan puestas a nombre de
-Iturri, un posadero de Bayona.
-
---Sí; le conozco.
-
-Gamboa le entregó los papeles y una orden reservada y sin firma para el
-amo de la casa de la calle Nueva de Pamplona, donde estaban guardadas
-las barricas.
-
-Chipiteguy se puso a estudiar el asunto. Toda la frontera española,
-desde Fuenterrabia hasta más allá de Roncesvalles, estaba ocupada
-por los carlistas, excepto el puente de Behovia. Los chatarreros que
-entraban en Navarra solían pasar por el campo carlista, en el que
-tenían conocimientos. Había que encontrar algunas influencias entre los
-partidarios de don Carlos para que no pusieran dificultades al paso de
-un carro con las figuras de cera, cosa que no le había de ser difícil.
-
-Chipiteguy alquiló una carreta de cuatro ruedas y dos caballos
-normandos y dispuso llevar sus mejores figuras de cera para las ferias
-de San Fermín.
-
-Claquemain y Frechón irían en la galera y Alvarito y él en un
-carricoche.
-
-Claquemain había hecho el viaje varias veces; Frechón, aunque se
-enterara de lo que se trataba, no se escandalizaría, porque era
-anticlerical furioso, y, si exigía algo, se le taparía la boca dándole
-dinero.
-
-Los preparativos se hicieron a la chita callando. Chipiteguy dijo a
-Alvarito cómo tenían que ir a Pamplona.
-
---¿Pero hay ferias durante la guerra en Pamplona?--preguntó el muchacho.
-
---No, ferias importantes no hay; pero van algunos pocos comerciantes,
-sobre todo franceses, y ganan muy bien, porque no hay competencia.
-
---¿Y se podrá pasar?--preguntó Alvarito.
-
---En eso estamos ya unos cuantos, en tratos con carlistas y liberales.
-Los carlistas dejarán pasar los carros si paga cada uno unas pesetas;
-luego, cuando no acerquemos a un pueblo del camino, Zubiri o
-Larrasoaña, nos uniremos a una compañía franca y con ella entraremos en
-Pamplona.
-
-Se cargó la galera, se preparó un cochecito y un día Chipiteguy dijo en
-su casa que a la mañana siguiente se marchaba a Pamplona a pasar unos
-días.
-
-Manón, que se preparaba a ir a visitar a una familia amiga de la calle
-de l'Orbe, preguntó extrañada:
-
---¿Cómo, te vas a Pamplona, abuelo?
-
---Sí.
-
---No habías dicho nada.
-
---Es un proyecto que se me ha ocurrido de pronto.
-
---¿Y qué hay en Pamplona?
-
---Hay una feria.
-
---Pues llévame también a mí.
-
---No puede ser. Tú tienes que estar aquí al frente de la casa.
-
---¿Y Frechón?
-
---Viene conmigo.
-
---¿Y Alvarito?
-
---También.
-
---¡Qué habrás pensado, abuelo! Alguna cosa has pensado tú que no me
-quieres decir a mí.
-
---Nada, nada.
-
---¿No vas a hacer algo peligroso?
-
---No, no; no tengas cuidado.
-
---Porque ¿qué haría yo si me quedara sin mi abuelito?
-
---No, no haré nada peligroso; tranquilízate.
-
---Nos vas a tener inquietos en casa.
-
-Chipiteguy besó a su nieta y le dijo que fuera a su reunión.
-
-Al día siguiente, antes que Manón se hubiera levantado, Chipiteguy y
-Alvarito salieron en su carricoche por la orilla del Nive.
-
-La galera con Frechón y Claquemain había salido anteriormente, y unidas
-a otras varias y a un coche de un vendedor de lápices, marchó hacia
-San Juan de Pie de Puerto.
-
-Tres días después entraban los coches y las galeras en Pamplona por la
-puerta de Francia y se instalaban en el paseo de la Taconera.
-
-Chipiteguy llevaba recomendaciones de Gamboa para el capitán general y
-para el jefe político, don Domingo Luis de Jáuregui.
-
-
-
-
-V
-
-EN PAMPLONA
-
-
-El sol caía de plano sobre la llanura de Pamplona. Era un día de
-julio, día de San Fermín. En los alrededores de la ciudad los campos
-estaban segados y se preparaban para la trilla. Los montes de la cuenca
-pamplonesa, el Perdón y el Ezcaba, el Servil y la Higa de Monreal, San
-Cristóbal y la Silla de Pilatos aparecían azules en el cielo inflamado.
-En la vuelta del castillo amarilleaban los hierbales; sólo en los fosos
-de la muralla, en algunos rincones sombríos, se conservaban aún verdes
-y frescos; el campo se hallaba dominado por el color dorado y la ciudad
-aparecía caldeada dentro de sus murallas grises, en su gran llanada,
-rodeada de montes pelados.
-
-Por los caminos, y a pesar de que los carlistas ocupaban los
-alrededores, venían los campesinos, hombres y mujeres, en los
-caballejos y en las mulas, a las fiestas, que se celebraban sin gran
-esplendor, por la guerra.
-
-Había un campaneo vertiginoso en todas las torres de la ciudad en honor
-del santo patrón.
-
-Las campanas de San Saturnino contestaban a las de la Catedral, las de
-San Nicolás a las de San Saturnino, las de San Lorenzo a las de San
-Nicolás. Las unas hacían ese tán tán triste, pesado y agobiador; las
-otras, el tilín talán clásico de las dos campanas echadas al vuelo,
-que tan bien indica el carácter de los pueblos españoles levíticos
-con curas y con beatas; no faltaba el tín tín agudo del esquilón del
-convento de monjas.
-
-¡Qué sugestivo! ¡Qué romántico este continuo y melancólico tañer! ¡Cómo
-se recuerda la infancia, la tristeza de la vida! ¡El toque de oración,
-el del Angelus, el de la Agonía, el de la misa, el de los funerales!
-¡Cómo sale a flote ese fondo doloroso de la existencia! ¡Qué poético
-ese son de las campanas! Pero qué bien el estar en sitio bastante
-lejano para no poderlas oír.
-
-En aquella mañana ardorosa de julio el alboroto de las campanas parecía
-disolverse en el campo, agostado y desierto, inundado por el sol, y en
-la inmensidad del cielo azul.
-
-Chipiteguy y su gente habían llegado a Pamplona a fines de junio de
-1838. En una semana construyeron la barraca, que quedó alineada con
-otras ocho o diez del paseo de la Taconera.
-
-La mayoría de las figuras de Chipiteguy se habían convertido en
-asesinos célebres. Los generales y guerrilleros españoles habían dejado
-de ser Mina, Zurbano y Zumalacárregui, para tomar un nuevo avatar.
-
-En Pamplona había con seguridad gente que había conocido personalmente
-a estos guerrilleros y era peligroso darlos mixtificados, porque podía
-comprobarse la mixtificación.
-
-Se abrió la barraca y cada uno de los compañeros de Chipiteguy tuvo un
-papel. Alvarito, vestido de pierrot, daba al bombo y a los platillos;
-Frechón voceaba, delante de la barraca, con acento francés.
-
---Aquí _vegán_ ustedes, _señoges_, los hombres más _sélebres_ de todo
-el mundo: los asesinos más famosos y los _militages_ más notables.
-
-En el interior, Chipiteguy mostraba las figuras con un puntero y daba
-explicaciones: Claquemain cuidaba de los caballos y hacía la comida
-dentro de la galera.
-
-Alvarito, muchas veces, mientras tocaba el bombo y los platillos,
-pensaba:
-
---¿Qué dirían mis antepasados, los Sánchez de Mendoza, si me vieran en
-este oficio?
-
-Las gentes que entraban en la barraca tenían la petulancia y la
-impertinencia del provinciano que desprecia al histrión callejero
-y trashumante y hacían observaciones que querían ser malévolas y
-sangrientas.
-
-Algunos mozos, más atrevidos, se sentían inclinados a romper, a
-pinchar, a hacer alguna mal intencionada fechoría.
-
-Frechón, que a pesar de su irritabilidad habitual no se molestaba
-con el desdén de la multitud, hacía observaciones misantrópicas
-apaciblemente:
-
---Si a la mayoría de las poblaciones se les pudiese considerar como
-ganado y tratarlas en tal concepto, la sociedad mejoraría mucho.
-
---Hay que empezar siendo Napoleón para eso--replicaba Chipiteguy.
-
-Alvarito hacía como que no se enteraba de los comentarios de la gente
-y hablaba en francés. En este contacto entre el público y los hombres
-de la feria, él se ponía del lado de los últimos. A Alvarito le iba
-naciendo un fondo de antipatía por el señorío, que le miraba a él con
-desprecio.
-
-Los suyos empezaban a ser, no como para su padre los aristócratas,
-los señores serios, el presidente de la Audiencia, el director del
-Instituto, el coronel, los buenos cornudos respetables, militares
-y civiles de cara grave y seria, como tallada en piedra berroqueña,
-llenos de distinciones y de majestad, sino los histriones y titiriteros
-de la feria.
-
-Para guardar la barraca de las figuras de cera solían dormir en ella,
-alternando dos a dos, unas noches Chipiteguy y Alvarito, otras Frechón
-y Claquemain. Los demás días iban a una casa de la calle del Carmen,
-donde Chipiteguy tenía alojamiento.
-
-A Alvarito le producía una impresión muy penosa el echarse a dormir
-delante de aquellas figuras de cera, que a la luz de una candileja
-aparecían más horribles y amenazadoras que nunca. Estos monstruos de
-cera, esta guardia negra de espectros vivían, para Alvarito, una vida
-siniestra, si no en el período de vigilia, en el del sueño. Entonces,
-entre las sombras del cerebro, se animaban y tomaban una expresión
-repugnante y odiosa; las caras, con sus ojos de cristal, sus pelucas y
-sus barbas postizas, se erguían agresivas y gesticulaban y tenían un
-aire de rencor y de venganza.
-
-Los rostros verdaderos de los más bárbaros envenenadores y asesinos no
-le hubieran parecido tan feroces y horribles como aquellos. Alvarito
-pudo notar que este efecto de repulsión de las figuras de cera no era
-el único que lo experimentaba, pues a veces, entre el público, se veía
-algún chico que empezaba a berrear y a patear de miedo y la madre tenía
-que sacarlo fuera.
-
---Sin duda, yo soy también infantil--se decía el muchacho.
-
-Pronto los hombres de la barraca de Chipiteguy se hicieron amigos
-de sus vecinos. Después de cenar y concluir el trabajo solían venir
-a hacer tertulia detrás de la barraca de Chipiteguy, donde habían
-colocado la galera, muchos de los industriales de la feria. Era la
-aristocracia de las barracas. La mujer cañón, madama Lalande, con su
-marido Raul Culot; el vendedor de la manteca de serpiente cascabel,
-míster Cavendish, que era escocés, y llevaba polainas amarillas; el
-de los frascos de vulneraria suiza para las heridas, Onofrius Müller,
-que era del Tirol; el físico del pueblo francés, monsieur Bazin; el
-vendedor de lápices que no se rompían, míster Clarck, inglés, y el
-marino que anunciaba el aceite virgen de Macassar, para el pelo, que
-era bretón, y se llamaba, según él, Gontran Montdidier, Penhoel de
-Montbrisson.
-
-De estos personajes, la mayoría vestían como todo el mundo, excepto
-monsieur Bazin, el físico del pueblo francés, que llevaba frac y
-melenas; Onofrius Müller que gastaba una librea roja con galones y
-tricornio, míster Clarck y monsieur Montdidier.
-
-Este vestía de marino, con grandes melenas, y tenía tres retratos
-suyos, pintados al óleo, casi tan agradables como las figuras de
-cera de Chipiteguy, y que constituían un verdadero e interesante
-tríptico, que le servía de reclamo. El primero se intitulaba: "Antes
-del tratamiento", y se veía al señor Gontran Montdidier Penhoel de
-Montbrisson, calvo, como una bala rasa; el segundo se llamaba: "Durante
-el tratamiento", y el marino lucía un pelo corriente, ya bastante
-largo, aunque con algunas calvas; el tercer cuadro era: "Después
-del tratamiento", y entonces el pelo del señor Montdidier era una
-inundación capilar.
-
-Clarck, el inglés vendedor de lápices, iba en un coche. Se vestía con
-una túnica azul, con estrellas de plata; cubría su cabeza con un casco
-con plumas y hablaba desde el pescante. El señor Clarck hacía las
-puntas a los lápices con una navaja de a dos palmos de larga y otras
-veces con un sable de caballería. Al parecer, este recurso tenía éxito.
-
-Su criado, Tom Phips, hombre con cara de perro malhumorado, llevaba
-también casco y solía tocar en lo alto del coche, para llamar al
-público, una trompa de caza, y en los intermedios, una caja de música.
-
-Onofrius Müller era pequeño, grueso, melenudo, sonrosado, y peroraba en
-un castellano bastante correcto:
-
-_Señoges_ y _señogas_--decía, subido en un banco--: Tengo el _honog_
-de _anunciag_ la _verdadega vulnegagia_ o té suizo. Vuestro humilde
-_servidog_ es un químico que ha podido _estudiag_ los efectos de la
-_vulnegagia_. La _vulnegagia, señoges_, tiene la virtud de _pugificad_
-la masa de la sangre, de _haceg transpirag_ por los _sudoges_ y por
-las _oginas_, de _quitag_ las _ictegicias_, las hidropesías, la gota
-y el _roimatismo_; de _expulsag_ la _solitagia_ y las _lombrices_, de
-_dag_ fuerza al pulmón y al hígado y de _evitag_ las fiebres palúdicas
-intermitentes y remitentes. Un frasco de _vulnegagia, señoges_, cuesta
-en todas las farmacias dos pesetas; yo, en obsequio de esta ciudad
-ilustre, los vendo por dos _geales_.
-
-El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, tenía una barraca con un
-letrero que decía: "Palacio de las Maravillas, bajo la dirección de A.
-Bazin, físico del pueblo francés."
-
-¿Por qué el pueblo francés necesitaba un físico especial? Lo ignoramos.
-
-El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, era genial. Los
-pensamientos no le cabían en el cráneo y solía pasear con el sombrero
-en una mano y en la otra un bastón de junco, que tenía una hermosa
-bola blanca en el puño. Con este bastón hacía molinetes en el aire,
-daba estocadas a los árboles, se sacudía los pantalones, pegaba a los
-perros, acariciaba a los niños, porque el bastón constituía una parte
-integrante de la interesante personalidad de monsieur Bazin, físico del
-pueblo francés.
-
-Los españoles de la feria eran, en su mayoría, gente pobre; uno tenía
-unas vistas o tuti-li-mundi en un carrito, otro un cosmorana, un
-tercero un aparato como un castillo, con el que predecía el sino de
-cada persona y los números que iban a tocar en la lotería.
-
-Este, que era un paleto castellano, vestido de pana, con una gorrita,
-decía:
-
---Por dos cuartos se dan los números fijos de la lotería y el sino de
-cada persona. ¿Quién pide otro?
-
-Había, además, un hombre con un tíovivo y otro con la rueda de la
-fortuna.
-
-El tíovivo era un tíovivo a la antigua, sin espejos, ni oriflamas, ni
-ondinas, ni cerdos, ni elefantes; un tíovivo clásico con unos pobres y
-miserables caballos de cartón. El hombre del tuti-li-mundi, el señor
-Paco el asturiano, el del cosmorama, tocaba el tambor, y a pesar de que
-era un tipo pesado y tranquilo, entretenía a la gente, contándole lo
-que iba a ver y la historia de las personas que aparecían en las vistas
-ópticas.
-
---¡Adelante, señores, adelante!--decía--. ¡Aquí verán ustedes una vista
-de la bella Venecia! Tan tarán tan tarán tan. ¡Y qué vistas, señores!
-¡Cuánta iglesia! ¡Cuánta torre! ¡Cuánto _palaciu_! ¡Cuánta _góndula_!
-Tan tarán tan tarán tan. ¡Mirad esa _góndula_ que va por el gran canal!
-Van en ella dos _enamoradus_. Ella era una dama de las más principales
-del _pueblu_. El es un joven _venecianu_, elegante y _peripuestu_.
-¡Cómo se arrullan los _tortulitus_! Tan tarantán, tarantán. ¡Mirad esa
-vieja que los mira desde la otra _góndula_! ¡Cómo se indigna porque a
-ella no le hacen _casu_! Y es bigotuda. Podía retorcerse el bigote.
-¡Adelante, señores, adelante! Tan tarantán tarantán.
-
-Con los industriales pobres de la feria se reunía el hombre orquesta
-Remifasol, que era un saboyano, y que tocaba al mismo tiempo con
-manos y pies ocho o diez instrumentos, entre ellos un acordeón, unos
-platillos, un bombo y una flauta.
-
-Otro tenía la rueda de la fortuna o la reolina, como la llamaba él,
-que era una rueda como la del barquillero, en la que se jugaba por dos
-cuartos, y podía tocar un abanico, un caramelo, cacahueses, una peseta
-y hasta un conejo vivo.
-
-Alvarito hizo varios conocimientos, más o menos distinguidos. Conoció
-al gigante Goliath y al enano Jimmy, que se exhibían en una barraca. El
-gigante Goliath era triste, apático y aprensivo; en cambio, el enano
-Jimmy era alegre, impetuoso y francamente optimista. A Goliath le
-asustaba la soledad y la noche; en cambio, a Jimmy, malicioso, burlón y
-atrevido, no le asustaba nada.
-
-Otro amigo de Alvarito fué el dueño de un tiro al blanco y de un pim,
-pam, pum. Este hombre era un francés rubio, de gran bigote, llamado
-Cazenave, y tenía una hija de catorce a quince años, que era la
-encargada de cargar las escopetas para tirar al blanco. Cazenave y la
-señorita Atala se hicieron amigos de Alvarito.
-
-Cazenave había sido antes titiritero; pero había perdido facultades y
-estaba un poco derrengado. La chica tenía la especialidad de bailar en
-la cuerda floja y de deslizarse por un alambre, agarrándose con los
-dientes a un cuero con una anilla. La señorita Atala era rubia, tirando
-a rojo; tenía los ojos claros, la cara cuadrada, con los pómulos
-salientes, y el ademán decidido. Era de San Juan de Luz y tenía aire
-de _cascarota_.
-
-Durante el día la gente no acudía mucho a la feria; si iban era más
-bien a los puestos de juguetes y baratijas, y algunos a la cuatropea,
-o feria de ganados; pero cuando obscurecía y se cerraban las puertas
-de la ciudad comenzaba la animación. Las luces de las barracas se
-encendían, sonaban las campanillas, el tambor, el bombo y el cornetín
-de pistón. ¿Quién decía que había miseria, guerra y calamidades? No
-había más que alegría, ruido, luces, voces, organillos, tíosvivos que
-iban dando vueltas y pim... pam... pum...
-
-En la Taconera había paseo y solía tocar la música militar. Se veían
-muchachas elegantes, con su mantilla, muy coquetas, de ojos negros,
-jugando con el abanico y con la mirada, al lado de currutacos que
-las acompañaban y de militares que arrastraban el sable y lucían el
-uniforme.
-
-Algunos, con bigotes a lo Diego León y con melenas, se hacían los
-interesantes y tomaban actitudes melancólicas y románticas.
-
-Al parecer, los militares tenían buenas fortunas entre las damas de
-Pamplona. El peligro hacía que las lides de amor tuvieran desenlace más
-rápido.
-
-Las gentes se acercaban al mirador de la Taconera a contemplar la noche
-profunda y llena de estrellas, y veían en los pueblos hogueras y luces
-de los carlistas o de las compañías francas que recorrían aquellos
-pueblos. Así la fiesta era más agradable, porque en medio de la sombra
-peligrosa e incierta que circundaba la ciudad se tenía la impresión de
-estar en tierra firme, segura y con luz.
-
-A los ocho días de llegar a Pamplona, Chipiteguy le dijo a Alvarito
-que creía que el público se había cansado de las figuras de cera.
-
---¿Cree usted?...
-
---Sí.
-
---Yo no lo creo.
-
---Si yo conozco al público--contestó el viejo.
-
---¿Y qué va usted a hacer? ¿Marcharse?
-
---No; voy a llevar a la barraca el cosmorama y a ponerme de acuerdo con
-el hombre que lo tiene.
-
-A Alvarito le pareció aquélla una combinación bastante mala; pero no
-dijo nada.
-
-Dos días después Chipiteguy le indicó que, como las estampas del hombre
-del cosmorama estaban bastante estropeadas, le iba a encargar a Alvaro
-que las compusiera y arreglara.
-
---Pero yo no sé dibujar ni pintar para eso--advirtió Alvaro, un tanto
-alarmado.
-
---No importa. No se necesita gran cosa.
-
---Yo no sé si sabré hacerlo.
-
---Primero compones las estampas con engrudo--repitió Chipiteguy--y
-luego las retocas un poco con pintura.
-
-A Alvarito le pareció el cargo de mucha responsabilidad; pero prometió
-hacer la obra lo más concienzudamente que pudiera.
-
-Como no era fácil que en la barraca ni en la galera se hiciese esto,
-que exigía cuidado y atención meticulosa, Chipiteguy indicó a Alvarito
-que se quedara en la calle del Carmen y dijo en la casa que cedieran al
-muchacho un cuarto.
-
-La dueña, que era una cerera, le llevó a Alvarito a un gabinete pequeño
-con una mesa, una cómoda con un Niño Jesús, con una bola de plata en
-la mano; un antiguo sofá verde, unas sillas, también verdes, y las
-paredes llenas de cuadros viejos horribles de santos.
-
-Alvarito llevó allí el montón de estampas que había que restaurar y se
-puso al trabajo con toda su buena fe. No se le ocurrió que lo único que
-se pretendía era alejarle de la barraca.
-
-Cuando Alvaro le enseñó al viejo sus primeras restauraciones, a
-Chipiteguy le parecieron muy bien. Alvarito trabajaba durante todo el
-día. Unas veces borraba, otras limpiaba con jabón y agua caliente con
-mucho cuidado, restauraba lo que podía y dejaba las estampas a que se
-secaran en el suelo, sobre el sofá y la cómoda; una raya mal hecha, una
-tinta que se corriera, le preocupaba.
-
-Por la tarde, con el chico de la casa, iba a pasear a la Taconera.
-El chico de la casa, hijo de la dueña, a quien llamaban Cholín, era
-carlista, como toda su familia. El chico le enseñaba a Alvarito las
-curiosidades de Pamplona y lo que a él, como carlista, le interesaba.
-
-Fueron los dos a ver la Ciudadela y el baluarte donde fusilaron, al
-principio de la guerra, a don Santos Ladrón. Cholín contó lo que dijo
-el general carlista cuando le obligaron a ponerse de espaldas para
-matarle, y cómo le sacaron, después de muerto, a él y a su teniente
-Irribarren por la puerta del Socorro a enterrarlos en el cementerio.
-
-Un cañonazo, disparado a media tarde, desde el mismo baluarte, anunció
-al pueblo de Pamplona que la sentencia estaba cumplida.
-
-Cholín había conocido a don Santos Ladrón en Estella y le parecía un
-gran hombre.
-
-También le enseñó Cholín la casa del paseo de Valencia, cerca de la
-Taconera, donde hacía poco los sublevados de las compañías francas
-habían matado al general Sarasfield, y en donde Espartero, como
-represalia, mandó fusilar poco después al coronel Iriarte y a sus
-compañeros, la mayoría masones y partidarios de la independencia del
-reino de Navarra.
-
-A Cholín la idea de los masones le producía espanto. A Alvarito ya no
-le hacía ningún efecto.
-
-La madre de Cholín, después de cenar, le contaba a Alvaro historias
-viejas de la ciudad. Ella le había visto, desde su tienda, pasar al
-coronel Zumalacárregui una mañana fría de un día de octubre y salir
-por la puerta de Francia. Poco después se supo que estaba en Huarte
-Araquil, al frente de todos los carlistas.
-
-Por qué Alvarito sentía cada vez menos entusiasmo por el carlismo, a
-medida que vivía entre carlistas, él no sabía explicárselo; pero así le
-pasaba.
-
-Alvarito no quería abandonar a sus amigos de la feria, y por la noche,
-harto de las historias de Cholín y del carlismo, cuando se cerraban
-las barracas y los dueños y sus criados iban a pasear o se quedaban de
-tertulia cerca de sus instalaciones y de sus carros, Alvaro se reunía a
-ellos. La mayoría charlaba o jugaba a las cartas. La señorita Atala, la
-del tiro al blanco, fué varias veces con Alvarito a sentarse al mirador
-de la Taconera, de noche. A ella no le parecía mal el muchacho; pero a
-él no le gustaba la titiritera con sus aires de cascarota.
-
-Ella tenía sus ilusiones raras de bohemia y trotacaminos; pensaba que
-el mundo feo y penoso en que vivía se iba a abrir en cualquier ocasión
-e iba a aparecer el palacio admirable con sus esplendores orientales.
-Cuál sería la palabra mágica, cuál el momento, no lo sabía.
-
-Alvarito estaba entusiasmado con Manón y no hablaba más que de ella y
-de Bayona. A la señorita Atala, Bayona le parecía un pueblo horrible y
-aburrido.
-
-A veces la titiritera y el muchacho se sentían de acuerdo.
-
-La decoración era inspiradora; aquellas noches templadas, con el cielo
-lleno de estrellas, la obscuridad de alrededor, las luces misteriosas
-en los pueblos lejanos, el alerta de los centinelas; todo ello hablaba
-a la imaginación.
-
-En aquel exiguo grupo de titiriteros y saltimbanquis hubo durante la
-feria de Pamplona algunas pequeñas complicaciones.
-
-El señor Montdidier Penhoel de Montbrisson tenía una mujer muy guapa
-y estaba celoso de ella. Madama Montdidier era una bordelesa morena,
-guapa, de ojos negros, un poco mujerona, un poco coqueta y oía sin
-inconveniente a los que la galanteaban.
-
-El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, y el vendedor de lápices
-que no se rompían, míster Clarck, hombres de corazón volcánico, se
-enamoraron los dos de la bella madama.
-
-El señor Bazin, el físico del pueblo francés, reunía más recursos que
-el señor Clarck; tenía primeramente un frac azul con botones dorados
-y en su barraca, el Palacio de las Maravillas, una porción de cosas
-misteriosas: botellas de Leyden, pilas de Volta, una máquina neumática,
-etc., etc. Además, hacía en su laboratorio el trueno, el rayo y el
-granizo. El señor Clarck no tenía más que su cota de malla, su casco y
-el sable para hacer punta a los lápices.
-
-Madama Montdidier se sentía inclinada a escuchar al físico del pueblo
-francés con curiosidad; pero míster Clarck, celoso del éxito de su
-rival, se lo comunicó al marido. Montdidier se indignó al conocer
-la simpatía de su esposa por aquel farsante, que pretendía hacer
-los rayos y el granizo en la barraca, e increpó al físico del pueblo
-francés agriamente.
-
-El físico contestó con arrogancia, y Montdidier llamó a Cazenave para
-que arreglara el asunto.
-
-Cazenave decidió que lo mejor sería que el físico y el marido se dieran
-unas buenas morradas en la Vuelta del Castillo; pero, para pegarse,
-Montdidier tenía la desventaja de llevar los pelos largos y, por otro
-lado, no se le podía indicar que se los cortara, porque era cortarle la
-alimentación.
-
-En vista de estas consideraciones, se dió por terminado el asunto y el
-físico no se volvió a acercar al matrimonio Montdidier.
-
-Mientras Alvarito vivía en la calle del Carmen iluminando estampas,
-Chipiteguy intentaba realizar sus proyectos.
-
-Primeramente fué con la carta de Gamboa al almacén de trigo de la calle
-Nueva y vió las barricas. Eran cinco, bastante grandes. El encargado
-del almacén dijo que le hacían un favor si las quitaban de allí. Podían
-llevarlas cuando quisieran. La cosa no era fácil. Chipiteguy hizo
-una prueba con un barril para ver si podía llevarle a la feria sin
-dificultad.
-
-Llenó el barril de agua y, al anochecer, lo puso en un carrito y salió
-a la calle. Al poco tiempo se le acercó un guardia y le preguntó qué
-llevaba. Le dijo Chipiteguy que era agua con un poco de lejía para
-limpiar sus figuras de cera.
-
-El guardia le dijo que mostrara el agua del barril, o si no, que tenía
-que ir a la Alhóndiga.
-
-Chipiteguy vió claramente que no era posible sacar las barricas enteras
-sin que lo notara nadie, y se decidió a desfondarlas en el almacén y
-sacar el contenido en sacos. Para esto tuvo que alquilar una parte del
-almacén y ésta cerrarla herméticamente con unas tablas para que no
-pudieran espiarle.
-
-Luego fueron Chipiteguy, Claquemain y Frechón con sacos al hombro,
-generalmente al anochecer. Unas veces salían por la calle Nueva y otras
-por la de San Antón, porque el almacén tenía entrada por estas dos
-calles paralelas.
-
-Durante aquel tiempo Chipiteguy hizo su combinación. La barraca de las
-figuras de cera se había cerrado. Todos los días, Frechón, Claquemain o
-Chipiteguy iban con sacos del almacén de la Calle Nueva a la barraca.
-
-A Alvarito le dijeron que se dedicaban a la compra de hierro viejo,
-cosa que le chocó bastante, porque este negocio tenía que ser poco
-fructífero teniendo que llevar la chatarra a Francia. Indudablemente
-las figuras de cera, por nada que dieran, tenían que dar más. Cuando
-la mayoría de las estampas estuvieron preparadas por Alvaro, limpias
-y retocadas, Chipiteguy salió con que ya no había público, porque la
-feria se iba acabando, y que era mejor marcharse.
-
-Pasados unos días, Alvarito vió con cierto asombro que llenaban el
-carro con las figuras de cera y que Chipiteguy alquilaba otro carro
-para la chatarra de hierro comprada, que en parte estaba muy roñosa y
-en parte pintada de negro.
-
-Chipiteguy dispuso que Claquemain y Alvarito fueran con los dos carros
-y que Frechón les esperaría antes de la frontera, en Valcarlos. El iría
-poco después. Chipiteguy convidó a almorzar a sus tres empleados en
-una casa de comidas de la calle de las Mañuetas, y al día siguiente se
-pusieron todos en marcha.
-
-Chipiteguy despidió a Frechón, y después de haberlo despachado, cambió
-sin duda de parecer, y dijo a Claquemain y a Alvarito que debían
-dirigirse a San Sebastián con los carros. El se les reuniría más tarde.
-
-El viaje de Claquemain y Alvarito fué largo. Lo hicieron por Irurzun.
-El camino estaba malo, desfondado, deshecho por el paso de los cañones
-y de los carros de tropa.
-
-A cada paso patrullas liberales y carlistas les detenían y les pedían
-los documentos.
-
-Claquemain conocía gente en el camino; tenía mucho dinero, que le había
-dado Chipiteguy, y la marcha no ofrecía dificultades. A veces sucedía
-que Claquemain estaba borracho y había que esperar a que se le pasara
-su borrachera. El hombre se manifestaba siempre malhumorado, y hacía
-todo lo posible para amargar la vida a Alvarito.
-
-
-
-
-VI
-
-LA VUELTA
-
-
-A los cuatro días de salir de Pamplona llegaron Claquemain y Alvaro a
-San Sebastián; fueron a parar a una posada de la Brecha, y poco después
-apareció Chipiteguy en su cochecito.
-
-Chipiteguy hizo diferentes gestiones para llevar su chatarra a Francia
-y decidió embarcarla en un pailebot con las figuras de cera y enviar a
-Claquemain por Irún con la galera vacía.
-
-Chipiteguy y Alvarito fueron en el pailebot. Alvarito no se había
-embarcado nunca y tenía gran curiosidad por el mar.
-
-Al salir de San Sebastián fué contemplando con gran atención las rocas
-de detrás del Castillo de la Mota, festoneadas por la espuma; luego la
-abertura de la Zurriola y los acantilados del monte Ulía, la entrada
-estrecha de Pasajes y las capas de areniscas estratificadas como hojas
-de un libro del Jaizquibel.
-
---No mires demasiado. No vayas a marearte--le dijo Chipiteguy.
-
-Efectivamente, al último, Alvarito se mareó y tuvo que tumbarse.
-
-Las figuras de cera le inquietaron. Dos o tres generales se movieron
-y se lanzaron hacia adelante como si fueran al asalto o a ganar un
-entorchado, y una de las damas se dió un golpe y se hizo una rajadura
-en la cabeza.
-
-Al pasar la barra del Adour y al cesar el balanceo del barco, a
-Alvarito se le quitó el mareo.
-
-Al acercarse a la colina de Blancpignon, el muchacho vió a Chipiteguy
-que con aire de triunfo cantaba a voz en grito su canción de bravura:
-
- Atera atera
- trapua salzera
- eta burni zarra
- champonian.
-
-Sin duda, Chipiteguy estaba contento de la expedición. Atracaron en
-Bayona, en el muelle de las Avenidas Marinas y fueron el viejo y el
-muchacho a la casa del Reducto.
-
-Unos días después se volvió a abrir la barraca en la plaza de la Puerta
-de España con las figuras de cera. La chatarra fué la que no apareció,
-al menos públicamente. El tesoro de la calle Nueva se había evaporado.
-Una sensación de sorpresa le quedó a Alvarito de este viaje; todo había
-tenido en él un aire un poco absurdo...
-
-Una noche, en su cuarto de la plaza del Reducto, Alvaro soñó que iba
-por la cornisa de un puente, sobre la acequia de un molino, sitio que
-recordó haber pasado en la infancia. Apenas si existía espacio para
-poner los pies en aquella cornisa.
-
-Pasaba varias veces por ella, sin miedo y con curiosidad; pero al salir
-se encontraba con una vieja que le sonreía... y se echaba a temblar.
-Siempre sentía lo mismo; la vieja vestía de negro, que le sonreía
-insinuante, le hacía estremecerse de terror.
-
-¿Quién era esta mujer? ¿Qué significaba? Probablemente sería la Muerte.
-No lo sabía, porque no le revelaba su secreto; pero, ¿quién podía ser
-más que la Muerte?
-
-De pronto, el lugar adonde había salido recorriendo la cornisa se
-transformaba en una barraca de muñecos del pim pam pum, y aparecía la
-señorita Atala, con su pelo rubio. La Atala daba los billetes y él
-tomaba doce bolas para lanzarlas a los muñecos.
-
-Cada una de ellas pesaba como si fuera de plomo. De pronto notaba
-que los muñecos eran todos los tipos que había conocido en la feria
-de Pamplona: el físico, Montdidier, Clarck, etc. Alvarito tiraba la
-pesada bola sobre la primera figura, ésta se torcía al golpe y volvía a
-aparecer de nuevo erguida. Entonces Alvaro hizo un nuevo esfuerzo y se
-despertó.
-
-
-
-
-VII
-
-EXPLICACIONES DE CHIPITEGUY
-
-
-Frechón, con su costumbre de espiar a todo el mundo y de escuchar
-detrás de las puertas, se había enterado del diálogo de Manasés con
-Chipiteguy y de la visita de éste a Gamboa.
-
-Al llegar Frechón a Pamplona encontró medio de verse solo con
-Chipiteguy y le planteó la cuestión.
-
---Ya sé que en este viaje--le dijo mirando al suelo--se trata de algo
-más que de exhibir figuras de cera.
-
---Usted, ¿qué es lo que sabe?--le preguntó el viejo, escamado.
-
---Sé lo que ha hablado usted con el judío Manasés y sé también que ha
-ido usted a visitar al cónsul de España.
-
---¿Es usted brujo, Frechón?
-
---Por lo menos, sé escuchar y no soy tonto. En mí puede usted tener
-un amigo o un enemigo. Si lo quiere usted todo para usted, seré
-enemigo...; si no, ya nos entenderemos.
-
-Chipiteguy a regañadientes reconoció que efectivamente iba a Pamplona
-a recoger las custodias y las cruces de oro y de plata metidas en
-barricas y ver la manera de llevarlas a Bayona. Le dijo que si el
-negocio salía bien le daría parte en las ganancias.
-
---¿Cuánto piensa usted darme?--preguntó Frechón, mirándole de través.
-
---Le daré el diez por ciento de lo que gane. A mí me dan el veinte.
-
---Es una estupidez--murmuró Frechón.
-
---¿Qué es una estupidez?--preguntó Chipiteguy.
-
---Es una estupidez que se contente usted con el veinte por ciento,
-porque si el negocio sale bien podemos quedarnos con todo.
-
-Chipiteguy contempló atentamente a Frechón y no dijo nada en contra. Lo
-único que hizo fué elogiarle por su perspicacia.
-
-Pocos días después el viejo explicó a Frechón y a Claquemain lo que
-proyectaba hacer. A Alvarito no le dijo nada, porque pensaba que el
-joven aristócrata español, que iba a misa todos los domingos, se
-escandalizaría si supieran que querían llevarse los cachivaches y las
-alhajas de las iglesias para venderlos en Francia.
-
-A Frechón y a Claquemain no les hacía esta idea ninguna mella.
-
-Vaciaron las barricas en el almacén de la calle Nueva y fueron llevando
-los objetos del culto en sacos a la barraca de las figuras de cera.
-Eran cálices, lámparas, candelabros, incensarios, cruces, relicarios.
-
-Allí, en la barraca, a la luz de una candileja, se amontonó el tesoro
-de la calle Nueva; se arrancaron las piedras preciosas de los cálices y
-de las cruces procesionales y envueltas en papeles las fueron metiendo
-en las cabezas de las figuras de cera.
-
-Desarmaron las cruces, machacaron el oro y las barras de plata, las
-retorcieron y las pintaron de negro y de rojo.
-
---Creo que no encontraremos ningún químico que analice esta
-chatarra--dijo Chipiteguy, riendo.
-
---Me parece que no--replicó Frechón--. Y ahora, ¿qué proyecto tiene
-usted?
-
---Ahora--contestó Chipiteguy--, yo me voy a Arneguy y a San Pie de
-Puerto para que en la aduana no nos pongan dificultades; usted se va a
-Valcarlos y espera allí, unta usted a los carlistas y mañana sale la
-galera con Claquemain y con Alvarito.
-
---Bueno--dijo Frechón--, déjeme usted dinero.
-
-Chipiteguy le dió cien duros.
-
---Prepare usted de manera aquello que a nadie se le ocurra mirar lo que
-va en los carros--encargó el viejo.
-
---Lo haré.
-
---¡Ah!, y guarde estas piedras en los bolsillos; yo también pienso
-llevar algunas. Por si acaso nos quitan el carro, que no lo perdamos
-todo.
-
-Chipiteguy dió unas cuantas piedras, esmeraldas y topacios, que Frechón
-guardó ávidamente.
-
-Salieron Chipiteguy y Frechón de Pamplona. Al día siguiente apareció
-Chipiteguy en la ciudad y dió nueva orden. La galera tenía que ir a San
-Sebastián.
-
-Frechón esperó impaciente en Valcarlos; recorrió el camino de Pamplona
-hasta que se convenció de que el viejo le había engañado.
-
-Chipiteguy, desde San Sebastián, vaciló en ir por tierra o por mar.
-
-En aquella época las fuerzas del general Jáuregui iban con frecuencia
-de San Sebastián a Irún.
-
-Chipiteguy se presentó al general, pretendiendo llevar su cargamento y
-pasar la frontera.
-
-Jáuregui le preguntó que llevaba a Francia que tanto le preocupaba;
-pregunta que hizo desconfiar al viejo. Entonces decidió ir por mar.
-
-Aquella chatarra, que era magnífica plata y oro, en unión de las
-figuras de cera, estuvo varios días en el muelle de San Sebastián,
-hasta que fué entrando en la bodega de un pailebot.
-
-Al llegar a Bayona, Chipiteguy llevó sus figuras de cera de nuevo a la
-barraca y la plata y el oro y las piedras preciosas de las cruces y
-custodias debió de guardarlas en el sótano de su casa.
-
-
-
-
-VIII
-
-CHIPITEGUY, GAMBOA Y FRECHÓN
-
-
-Frechón había vuelto a Bayona, cansado de esperar en la frontera.
-Durante una semana se asomó con impaciencia por el camino de Pamplona,
-y, al fin, volvió profundamente indignado contra su patrón. En Bayona
-llevó las esmeraldas a casa de un joyero. Eran falsas.
-
-Al llegar a la casa, y al ver a Chipiteguy, éste le contó que no
-pudieron ir a Valcarlos porque se había corrido hacia aquella parte una
-fuerza carlista y que por eso decidió ir hacia San Sebastián. Añadió
-el viejo que en el camino de San Sebastián habían reconocido todas sus
-figuras de cera y encontrado el oro y la plata y las piedras preciosas,
-aunque éstas, la mayoría eran falsas.
-
---Ha sido un mal negocio al final--dijo Chipiteguy hipócritamente--; ya
-veremos qué nos queda a cada uno.
-
---Me la ha jugado este cochino viejo--murmuró Frechón--. El se va a
-quedar con todo.
-
-El caso era que el tesoro de la calle Nueva había desaparecido.
-Chipiteguy lo había, sin duda, escamoteado.
-
-Frechón disimuló su rabia y siguió trabajando en casa del trapero.
-
-Unos días después escribió una carta al cónsul de España y le pidió
-audiencia.
-
-Frechón se sentía defraudado por Chipiteguy y tanto como por el dinero
-lo sentía por su amor propio de hombre listo, de quien se habían
-burlado.
-
---El viejo Chipiteguy no se marchará sin que yo le eche el alto. Ya
-caerá. Frechón no es tonto.
-
-Frechón fué a visitar al fondista Iturri, y después a Aviraneta,
-a quien contó con detalles el asunto de las cruces y custodias de
-Pamplona. Aviraneta conocía parte de lo ocurrido y escuchó a Frechón
-con gran interés.
-
-Frechón se exaltaba, se ponía frenético, pensando en el chasco que
-le habían dado. En casa de Chipiteguy seguía a todo el mundo con una
-mirada furiosa.
-
-Unos días después recibió contestación del cónsul, fijándole hora para
-recibirle.
-
-El señor Gamboa acogió a Frechón muy fríamente; escuchó con
-indiferencia su relato y dijo después:
-
---Yo no he encargado nada a ese señor Chipiteguy. Si ha ido a Pamplona
-habrá sido por su cuenta.
-
-Al oír lo que decía el cónsul, Frechón quedó desconcertado.
-
---Chipiteguy me dijo a mí que iba a Pamplona, encargado por usted, para
-recoger unas barricas, cargadas de oro y plata.
-
---Pues el tal Chipiteguy le ha engañado a usted.
-
---¿Y cómo le han dado esas barricas sin orden de nadie?--preguntó
-Frechón.
-
---Yo no sé nada, señor mío--replicó el cónsul--. ¿Y usted, cómo lo sabe?
-
---¿Cómo lo sé? Porque he ido con él a Pamplona.
-
---¿Y usted ha visto esas barricas?
-
---Sí, señor.
-
---¿Y había de verdad cruces y custodias?
-
---Sí las había. ¡Ya lo creo!
-
---¿Con piedras preciosas?
-
---Con piedras preciosas de todas clases.
-
-Buenas y falsas, se debió decir Frechón en su fuero interno.
-
---¿Y qué han hecho ustedes con ellas?
-
---Llevamos todo lo que tenían dentro las barricas a donde estaban
-las figuras de cera. Allí desarmamos las cruces y las custodias, les
-quitamos las piedras; éstas, en su mayoría, las metimos en las cabezas
-de las figuras de cera, machacamos el oro y a las cruces de plata las
-pintamos de negro para hacerlas pasar como si fueran de hierro. Después
-Chipiteguy me dijo que le esperara en Valcarlos para arreglar la salida
-de España y la entrada en Francia, y, mientras yo le esperaba, él mandó
-llevar el cargamento a San Sebastián y de aquí lo embarcó para Bayona.
-
---¿Y aquí lo tiene?
-
---Sí, señor.
-
---¿En dónde lo guarda?
-
---Probablemente en la cueva de su casa.
-
---Es decir, que se la ha jugado a usted.
-
---Y a usted también--replicó Frechón, a quien molestaba profundamente
-estar ante alguien en situación de inferioridad.
-
---A mí, no--contestó Gamboa--. Este es un asunto que no me interesa.
-
---¡Bah!--replicó Frechón con impertinencia.
-
---Créalo usted o no lo crea, me es igual; pero me choca que sea
-usted tan cándido para pensar que yo he intervenido en ese asunto de
-melodrama.
-
-Frechón salió furioso del Consulado y Gamboa no quedó muy contento.
-
-Unos días después el cónsul de España mandó llamar a Chipiteguy y le
-interrogó acerca de las cruces y custodias traídas de Pamplona.
-
-Chipiteguy dijo que había visto al gobernador de Navarra y éste le
-había dado orden de que guardara aquellas joyas en su casa, y que
-mandaría un delegado del Gobierno español para incautarse de ellas y
-luego venderlas.
-
-Gamboa se incomodó y dijo con furia:
-
---Lo que usted quiere es quedarse con esa riqueza.
-
---Es lo que me parece que ha pretendido usted siempre--replicó el
-trapero del Reducto.
-
-Aviraneta supo por los escribientes del Consulado que los gritos de
-Gamboa se habían oído en la Plaza de Armas.
-
-En la discusión apasionada que tuvieron el cónsul y el chatarrero llegó
-a verse claramente que, tanto el uno como el otro, lo que ansiaban era
-quedarse con el oro, la plata y las piedras preciosas de las cruces y
-de las custodias.
-
-Quizá Gamboa pensó denunciar a Chipiteguy a la Policía; pero ¿cómo
-legitimar su intervención? Pensando fríamente decidió no hacer nada y
-olvidar aquel mal negocio.
-
-
-
-
-IX
-
-DESPUÉS DE LA AVENTURA
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-Chipiteguy, como el Euclión de la Aulularia de Plauto, iba camino de
-ser desgraciado, a causa del tesoro de la calle Nueva.
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-¿Dónde lo tenía? ¿Dónde guardaba sus riquezas, traídas de Pamplona?
-Indudablemente, la plata, el oro y las piedras preciosas los había
-escondido en la cueva.
-
-A veces, como un ladrón, pero temblando al mismo tiempo de alegría, con
-una mirada triunfante, bajaba a la cueva y se pasaba allí dos o tres
-horas, probablemente, contemplando el tesoro. Cuando le veía a Frechón
-sonreía con malicia; sonrisa que a su dependiente le hacía temblar de
-furia y sólo a Manón y a Alvarito les acogía con gusto.
-
---El viejo Chipiteguy todavía es capaz de muchas cosas--repetía con
-jactancia--. Ya lo decía mi viejo amigo Julius Petrus Guzenhausen de
-Aschaffenburg: Dollfus es un marrajo de mucho cuidado.
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-El trapero del Reducto, tras de su famosa excursión a Pamplona, había
-cambiado mucho, vivía con más preocupaciones. Desde el viaje tenía
-gran desconfianza; miraba a la gente con suspicacia, no le gustaba
-que los chatarreros pasaran al patio de su casa, ni que los albañiles
-de las obras próximas se asomaran al tejado. Comprobaba él mismo, al
-anochecer, si estaban bien cerradas las puertas y ventanas y recorría
-la casa de arriba abajo.
-
-La andre Mari y la Tomascha pensaban que éstas eran manías del viejo.
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-Chipiteguy afirmó varias veces que vivían en un abandono exagerado y
-sin vigilancia alguna, sobre todo de noche, y trajo un mastín para
-guardar la casa.
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-A lo último se le ocurrió hacer todas las noches una ronda, medio
-en serio, medio en broma. Manón tomaba un farol grande; Chipiteguy,
-Quintín y Alvarito se armaban cada uno con una pistola y registraban la
-casa, desde las guardillas hasta la cueva.
-
---No le digáis lo que hacemos a Frechón--recomendaba el viejo a Quintín
-y a Alvarito.
-
---No, no tenga usted cuidado.
-
---Cuando llegue el momento me acordaré de vosotros, porque sois fieles.
-Estad seguros.
-
-Estos registros, el andar de noche en los cuartos, influía en Alvarito,
-excitando su imaginación.
-
-Sobre todo, para él, era muy desagradable el entrar en la cueva y ver
-el grupo de asesinos en pie, envueltos en sus telas de sacos, con un
-aire de fantasmas astrosos.
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-Chipiteguy estuvo dos veces en Burdeos y le llevó con él a Alvarito.
-
-No le dijo a qué iba, pero Alvaro le oyó hablar dos o tres veces de
-joyeros y tasadores de piedras preciosas.
-
-Chipiteguy le presentó a algunos de sus amigos comerciantes y le mostró
-la ciudad.
-
---Cuando vayas a España--le decía el viejo--podrás comparar aquello con
-esto.
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-En el fondo de esta frase había malicia, porque aunque Chipiteguy no
-tenía mala idea de España, como Frechón, tampoco la tenía muy buena.
-
-Fué también Alvarito, en compañía de un carlista, a visitar a la
-familia de Maroto, que vivía en una casa de campo de las proximidades
-de Burdeos. Las dos hijas del general, nacidas en el Perú, habían
-sido educadas en un colegio de Granada. La pequeña, sobre todo, era
-muy melancólica y muy bonita, y recordaba con nostalgia el huerto del
-colegio granadino. Alvarito habló con ellas mucho y hasta les escribió
-varias veces después desde Bayona.
-
-El día antes de salir de Burdeos, Chipiteguy le llevó a Alvarito a una
-gran instalación de figuras de cera que había en Burdeos.
-
---Esto es una cosa distinta a nuestra barraca--dijo Chipiteguy
-riendo--; quizá no es tan completo como el gabinete de madama Tussaud,
-de Londres, pero está muy bien.
-
-Se bajaba por una rampa obscura a un subterráneo, hasta que se llegaba
-a un salón con varias figuras de cera vestidas a la moderna. De este
-salón partían galerías, también obscuras, que desembocaban en salones
-o cuevas, con juegos de luces extraños. Los personajes eran casi los
-mismos que había visto Alvaro en la cueva de Chipiteguy, pero más
-perfilados y bien vestidos. La gente del público iba y venía, hablando
-bajo, un poco sobrecogida por el aire misterioso de los subterráneos.
-
-En un salón estaban como en tertulia, alrededor de un velador, Luis XVI
-y María Antonieta, Madama Real, la princesa de Lamballe y el Delfín.
-Todos impasibles, peripuestos y amanerados.
-
-A Alvarito le dió ganas de gritarles:
-
---Apresuraos. No seáis idiotas, que vienen los descamisados a cortaros
-la cabeza.
-
-En otro salón estaba Napoleón en la Malmaison, con Josefina,
-Talleyrand, Fouché y los generales del Imperio. Todos tan apacibles,
-tan peripuestos y tan amanerados como los anteriores.
-
-Uno de los generales le miraba a Alvarito con un aire muy discreto.
-
---Estamos esperando a que suene el cañón de Waterlóo para marcharnos
-de aquí, porque nos encontramos un poco aburridos--parecía decir aquel
-señor.
-
-En la sala de una cárcel cenaban los girondinos. Uno de ellos echaba un
-discurso pomposo con un aire místico e iluminado. Seguramente hablaba
-de los derechos del hombre y del Ser Supremo, y de otras cosas que
-entonces divertían a la gente sin saber por qué, y hoy, sin saber por
-qué, nos aburren.
-
-Luego vieron a Latude en su cárcel, a los cenobitas del Paracleto, a
-los mártires cristianos antes de ir al circo, a Marat, muerto, con
-Carlota Corday al lado; a Danton y a Robespierre, vociferando...
-
---Esto es mejor que lo nuestro, ¿eh?--exclamó Chipiteguy riendo.
-
---Sí; pero aquí no hay asesinos--contestó Alvarito.
-
---Es verdad. Sin embargo, debe haber.
-
-Buscaron mejor y dieron con un Lacenaire con su puñal, pero al lado de
-los Asesinos de Chipiteguy era un personaje ridículo.
-
-A Alvarito le convino la visita a las figuras de cera, porque le quitó
-para mucho tiempo el terror que tenía por ellas.
-
-Pensó que había estado durante su estancia en casa de Chipiteguy
-asustado por un peligro quimérico y se decidió a mirar en el porvenir
-las cosas cara a cara y frente a frente, fuesen figuras de cera o
-personas de carne y hueso.
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-
-CUARTA PARTE
-
-PALOMAS Y GAVILANES
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-
-I
-
-MANÓN Y ROSA
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-Alvarito iba ascendiendo de categoría en casa de Chipiteguy. El viejo
-le consideraba cada vez más y le iba tomando cariño. La andre Mari, que
-siempre le había mirado con simpatía, le mimaba; la Tomascha le tenía
-como uno de sus favoritos, y Manón, como un amigo.
-
-Habiendo subido de importancia en la casa, le habían bajado de la
-guardilla a un cuarto del segundo piso. Alvarito estaba contento, todo
-lo contento que puede estar un enamorado no correspondido.
-
-Alvarito, que tenía como confidente a su hermana, le confesó que su
-entusiasmo por Manón crecía por momentos. Manón era una chica única,
-con una gracia y un encanto extraordinarios. Además, no le daba miedo
-nada; subía sola a la guardilla o iba al anochecer a la cueva sin
-temor a aquellas malditas figuras de cera que a él tanto le habían
-espantado. Manón era siempre viva, activa y trabajadora; pero cuando se
-lo proponía, era más.
-
-A veces le entraban las aficiones culinarias y se metía en la cocina
-y hacía, en colaboración de la Baschili, bizcochos y flanes, que
-rellenaban de crema, de huevos hilados o de dulce.
-
-Chipiteguy y Alvarito, que eran golosos, comían estos postres,
-saboreándolos y relamiéndose, y Manón, a quien no le gustaba apenas el
-dulce, se reía.
-
-Manón tenía gran talento, gracia, picardía, verdadero sentido musical.
-Lo único que a Alvarito no le gustaba era la versatilidad y la
-coquetería de la muchacha.
-
---Tienes que venir a conocerla--dijo Alvarito con entusiasmo a su
-hermana.
-
---Bueno; sí, ya iré--contestó ella sin gran efusión.
-
---Ella tiene muchas ganas de conocerte a ti.
-
---¿Por qué? ¿Le has hablado de mí?
-
---Sí, mucho.
-
---Eres un cándido. Crees que los demás van a tener los entusiasmos
-tuyos.
-
---¿Por qué no? Yo hablo bien de las personas que son buenas y nadie
-dirá que tú no lo eres.
-
---¡Qué inocente!
-
---No, no soy inocente; no me vas ahora a convencer a mí de que todo el
-mundo, empezando por ti, son unos terribles egoístas.
-
-La hermana de Alvaro era un poco cargada de espaldas, pálida, de ojos
-negros muy expresivos, la boca grande y la cara poco correcta. Era muy
-simpática y muy servicial. Estaba dispuesta a hacer todo lo que los
-demás tenían por engorroso y molesto.
-
-Dolores Sánchez de Mendoza fué a casa de Chipiteguy y conoció a Manón y
-a Rosa. Las dos primas estuvieron muy amables con ella y la obsequiaron
-mucho.
-
---¿Qué te ha parecido Manón?--preguntó Alvarito a su hermana al salir
-de la casa del Reducto presurosamente.
-
---Es muy guapa y muy simpática, pero...
-
---¿Pero, qué?
-
---Que creo que no te debes hacer ilusiones. Una chica tan guapa, tan
-brillante, que será rica, no se casa con un pobre.
-
-Alvarito se entristeció al oír la observación de su hermana y se le
-puso una cara larga y abatida.
-
---¿Por qué no te diriges a Rosa?--le preguntó Dolores.
-
---Porque no me gusta--contestó Alvarito de mal humor.
-
---Pues es una chica bien buena, bien cariñosa; yo la encuentro guapa.
-
---Sí, sí, no digo que no; pero no me gusta. No tiene gracia.
-
---Es verdad; tú tampoco la tienes, ni yo.
-
---Bien; ya lo sé; quizá por eso me gusta lo que no tengo.
-
---Pues chico, hay que conformarse.
-
---En eso cada cual hará lo que mejor le parezca.
-
---Claro que sí; pero siempre es mejor no desesperarse, empeñándose en
-conseguir un imposible. Yo ya veo que Manón es una chica muy atractiva,
-muy graciosa y muy bonita; pero por lo mismo, y porque es rica, ha de
-tener muchos pretendientes.
-
-Dolores se hizo amiga de Manón y de Rosa, sobre todo de Rosa.
-
-Desde entonces comenzó a tutearse con las dos primas, y después de
-ella, Alvarito. Este notó desde el principio que con cierta tendencia
-instintiva Dolores se ponía del lado de Rosa y en contra de Manón.
-
-Manón a veces era imprudente; había tenido una educación desordenada y
-fantástica, propicia para dar alguna sorpresa desagradable al viejo
-Chipiteguy; afortunadamente, la chica poseía un fondo de buen sentido,
-a pesar de sus fantasías y de sus extravagancias. Manón empleaba en
-ocasiones la burla y el sarcasmo, pero en el fondo era sentimental
-y romántica, Para el que la pretendiese era una mujer difícil de
-conquistar, que exigía demasiado de las personas. Rosa era siempre
-modesta y tímida; el pasar la vida ante el público en un bazar no le
-había quitado su timidez congénita.
-
-Rosa tenía el óvalo de la cara alargado, la boca demasiado grande, de
-labios gruesos; cierta palidez atezada, mate, en el rostro, como de
-criolla, y una hermosa cabellera negra de tonos azulados.
-
-Al principio de tratarla parecía sosa y sin gracia; pero a medida que
-se la conocía iba siendo más atrayente y desarrollando su personalidad
-de una manera lenta y segura.
-
-Dolores hablaba con mucha frecuencia a su hermano de los encantos de
-Rosa, de su simpatía y de sus conocimientos caseros; pero Alvarito no
-se entusiasmaba más que con Manón y no tenía ojos más que para ella.
-
-Sentía hambre y sed de la presencia de Manón. Este hambre y esta sed
-constantes e inapagable de verla y de oírla era, sin duda, el amor.
-Ante ella se encontraba como si hallase su centro de gravedad; en
-cambio, cuando se alejaba de ella le parecía que le faltaba el sostén
-de su vida.
-
-A veces el placer de estar a su lado le daba la impresión de tener el
-corazón ligero.
-
-Cuando estaba lejos de ella pensaba en lo que estaría haciendo en aquel
-momento.
-
-En la cama constantemente, medio en sueños, tenía conversaciones con
-ella, hacía proyectos, debatía cuestiones sentimentales, se explicaba,
-se legitimaba.
-
-Dolores, con malicia femenina, solía desviar la atención que tenía su
-hermano por la nieta de Chipiteguy y trataba de dirigirla sobre Rosa.
-
-Manón ya notaba que Dolores y su prima Rosa habían formado una alianza
-ofensiva y defensiva un poco contra ella; pero se sentía tan superior,
-que no le importaba.
-
-Otra amiga, algo pariente, solía ir algunas tardes a casa de Manón:
-una chica llamada Margarita D'Arthez, Morguy, hija de un almacenista
-de vinos. Morguy no era simpática; Rosa la odiaba por su mordacidad;
-sólo Manón la podía resistir. Dolores, cuando la conoció, la encontró
-también antipática.
-
-Morguy era más fea que guapa, muy rubia, casi roja, con los ojos
-pequeños y un poco encarnados, las cejas siempre fruncidas y los labios
-abultados.
-
-Morguy era envidiosa, taciturna y malhumorada; reñía con mucha
-facilidad con los padres, con las criadas y con todo el mundo. Sus
-cóleras se convertían con facilidad en torrentes de lágrimas.
-
-Así era Morguy: tan pronto lloraba como reía; generalmente sus
-carcajadas acababan en llanto, y sus lloros, en carcajadas. Tenía
-rencores inmotivados y días que se pasaba rabiosa, sin hablar.
-
-Morguy reconocía su mal genio, y cuando le contaba a Manón sus
-rabietas, por una parte furiosa y por otra burlándose de sí misma,
-Manón se reía a carcajadas.
-
---Esta chica hasta que no se case no va a tener buen humor--decía
-Chipiteguy a Morguy.
-
---Sí, buena marcha llevo--replicaba ella--; me voy a quedar solterona.
-
---Pues no te conviene, porque no vas a tener con quien reñir y vas a
-hacer muy mala sangre.
-
---¿Tan venenosa cree usted que soy?
-
---No, no. Mujer, como todas; pero, en fin, si yo tuviera la edad de
-Alvarito me fiaría más de las alborotadas que de las mosquitas muertas.
-
-Chipiteguy se ponía siempre, más o menos disimuladamente, del lado de
-Manón y creía que Rosa y Dolores eran gazmoñas e hipócritas.
-
-Varias veces Alvarito y Dolores fueron al "Paraíso Terrenal", el bazar
-de juguetes de la madre de Rosa. Madama Lissagaray era una señora
-de cuarenta y cinco a cincuenta años, muy flaca, de ojos claros,
-con aire de dama de Versalles. Era muy sabia y un poco redicha. Lo
-característico en ella era la cara, fría e indiferente, que contrastaba
-con la voz y los ademanes efusivos. Al hablar parecía desmentir con los
-ojos cuanto decía, y, sin embargo, la verdad era lo que hablaba, pues
-no tenía nada de falsa ni de hipócrita.
-
-Madama Lissagaray se expresaba con gran discreción y simpatizó con
-Alvarito y su hermana.
-
-Esta señora había tenido varios chicos, que se le habían muerto, y
-cuidaba de Rosa, su única hija, con una afección mezclada de cariño y
-de temor.
-
-Encima de su bazar había un entresuelo pequeño, bajo de techo, donde
-habían vivido algunos años: pero estaba tan abarrotado de género,
-que lo abandonaron y fueron a habitar a una casa de la Avenida de
-Boufflers, de su propiedad, de más espacio y mejores vistas.
-
-Rosa y Manón solían mostrar a sus amigos, a los muchachos jóvenes, los
-juguetes del "Paraíso Terrenal", y, sobre todo, algunos antiguos, ya un
-poco arrinconados y fuera de moda, pero más graciosos que los modernos.
-
-Había una sala en el entresuelo, en un extremo del bazar, adonde habían
-ido a parar varios relojes. Allí se veía un reloj de pared, inglés,
-muy hermoso, con la esfera de cobre, y en ella un círculo pequeño del
-minutero; un reloj de cuco, otro con sonería de campanas y campanillas
-y varios relojes de mesa, dorados, metidos en fanales de cristal.
-
-Había también en el mismo rincón una caja de música con su cilindro de
-cobre, lleno de púas, y un organillo pequeño, construído en Ginebra,
-con muñecos en la tapa, que se movían, entre los cuales figuraban un
-negro que bailaba, un señor de frac que llevaba la batuta, otro que
-tocaba gravemente el violoncelo y varias damiselas con miriñaque, que
-danzaban rápidamente.
-
-Había también unos chinos de porcelana, que saludaban con la cabeza
-desde dentro de un fanal; un tíovivo de muñecos, que giraba y sonaba;
-un teatro, arcas de Noé, conejos que tocaban el tambor, serpientes
-articuladas que se movían y muñecas.
-
-Alvarito, que no había tenido nunca juguetes, a pesar de ser ya un mozo
-y de no encontrarse en edad de jugar con ellos, los miraba con gran
-entusiasmo.
-
-Aquellos soldados de plomo de Artillería y Caballería, con sus carros y
-sus cañones, le parecían magníficos. Otro juguete que le admiraba era
-la gran casa misteriosa, con sus persianas verdes y un balcón corrido,
-adonde salía, como a tomar el fresco, una dama de mantilla. Esta dama
-se parecía a la nieta de Chipiteguy y Alvaro la miraba con entusiasmo.
-
-Manón, cuando iba a aquel rincón del "Paraíso Terrenal", lleno de
-juguetes, le gustaba dar cuerda a todos ellos y oír la algarabía que
-formaban las campanadas graves y agudas de los relojes, el tintineo
-de la caja de música, ver cómo movían la cabeza los chinos, cómo daba
-vueltas el tíovivo, llevaba la batuta el señor de frac, tocaba el
-otro el violoncelo, bailaban el negro y las damiselas y aparecía y
-desaparecía la dama romántica en el balcón de la casa solitaria con las
-persianas verdes.
-
-¡Qué poesía o qué cuento, a la manera de Hoffmann, hubiera escrito
-el amigo de Chipiteguy, el poeta Julius Petras Guzenhausen de
-Aschaffenburg, de tener la humorada de existir en el mundo y de visitar
-el "Paraíso Terrenal"! ¡Qué bien hubiese descrito los movimientos de
-aquellos autómatas, sus reverencias, sus saludos, sus bailes, llenos de
-elegancia, amanerada y ceremoniosa!
-
-Una vez Alvarito soñó que estaba en un campo donde había dos bolas
-grandes de nieve, hechas por los chicos; se aproximaba a una y huía
-delante de él y a medida que la una huía, la otra se acercaba. Luego,
-estas dos bolas de nieve se convertían en dos palomas, que hacían lo
-mismo, y, por último, en dos nubes.
-
-Al final, entre ellas, aparecía Chipiteguy, en medio de sus figuras de
-cera, con unas actitudes extrañas, haciendo unas muecas horrorosas.
-
-Alvarito pensó si estas bolas de nieve, estas palomas y estas nubes
-serían transformación en sueños de Manón y de Rosa.
-
-Durante la primavera y el verano, Manón y Rosa y algunas amigas, con
-Alvarito y otros muchachos, hicieron excursiones a Biarritz, a la playa
-de la Chambre d'Amour y al lago de Mouriscot.
-
-Morguy coqueteaba mucho con Alvarito; pero a él no le gustaba esta
-chica roja, de mal humor.
-
-Con Morguy conoció a su padre, el señor D'Arthez almacenista de vinos,
-y a su hermano Pedro, que le fué muy simpático.
-
-El hermano de Morguy vivía una vida irreal, leyendo novelas,
-aburriéndose de la gente. Sentía un desprecio profundo por lo que le
-rodeaba. Cuando dejaba su trabajo se escondía y se iba a leer libros.
-Su hermana casi le tenía odio, porque no le hacía caso. Sin duda le
-parecía que no valía la pena. Pedro D'Arthez era un joven pálido y un
-poco fofo, que se pasaba la vida leyendo.
-
-No le gustaba nada el comercio; trabajaba resignado en su despacho y,
-cuando concluía, se encerraba en su cuarto y se ponía a leer. Tenía
-gustos de viejo. Metido en su cuarto, con su bata, su gorro griego y
-sus zapatillas, se pasaba el tiempo leyendo y fumando en la pipa.
-
-El joven D'Arthez hablaba siempre como hombre aburrido y disgustado. La
-lectura, al ocuparle tan completamente el pensamiento, le hacía mirar
-la realidad con desagrado.
-
-El cuarto de Pedro era un cuarto con dos ventanas sobre un tejado.
-Muchos libros, un diván y algunas estampas constituían su mobiliario.
-
-El joven escribía todos los días sus memorias y sus impresiones de las
-lecturas. Su padre, su madre, su hermana y los conocidos le reprochaban
-el hacer una vida tan sedentaria y tan malsana. No había reflexión que
-le hiciera cambiar de vida. A todo se encogía de hombros.
-
---¡Son tan aburridas estas gentes!--le dijo a Alvarito.
-
---¡Qué pueblo Bayona!--añadió otra vez--. Yo creo que será el pueblo
-más aburrido del mundo.
-
---¿Dónde quisiera usted vivir?--le preguntó Alvaro.
-
---¡Qué sé yo! En cualquier lado, menos aquí.
-
-Pedro no dejaba libros a su hermana ni a sus amigas.
-
---¿Para qué? Primero, no entienden lo que leen--decía--; luego dejarán
-el libro en un banco, o le doblarán las hojas, o le llenarán de manchas
-de cosmético.
-
-Unicamente el joven D'Arthez salía de su rincón para oír música, pero
-sólo cierta música.
-
-Alvarito pensaba que el hermano de Morguy tomaba demasiado en serio la
-literatura y la música y daba demasiada poca importancia a la vida real.
-
-Pedro era republicano y despreciaba a los monárquicos y a los carlistas.
-
-Pedro le dijo a Alvarito que le prestaría algunos libros, y,
-efectivamente, le dejó novelas de Merimée y de Stendhal, que a Alvarito
-no le entusiasmaron, probablemente, porque no llegó a comprender su
-mérito.
-
-Cuando Alvarito dijo a Manón que conocía al hermano de Morguy, Manón
-tuvo para Pedro grandes burlas y sarcasmos. Le parecía un pedante, un
-fatuo, que se metía en un rincón para hacerse el interesante.
-
-Alvaro defendió a su nuevo amigo; pero ella siguió hablando de él de
-una manera sarcástica.
-
---Manón habla siempre mal de mí--dijo un día Pedro--. En el fondo,
-porque no le hago caso.
-
---¿Cree usted...?
-
---Sí; si yo me ocupara de ella, me despreciaría más. Eso ya lo sé; pero
-el no ocuparme de ella lo considera casi como un insulto.
-
-Pedro le dijo a Manón que, efectivamente, habían querido que Manón y
-él fueran novios, pero que no se entendían; ella era voluntariosa y
-coqueta; él, tranquilo y aficionado a leer. El no decía nada malo de
-Manón, quizá valía más que él; pero tenía una turbulencia insaciable y
-una versatilidad tal que era capaz de volver loco a cualquiera.
-
---Es una mujer de lujo, de mucho encanto, estoy conforme; pero para
-tenerla en casa, yo, modesto vinatero, no la querría.
-
-A veces, en el verano, cuando Manón, Rosa y Morguy pensaban hacer
-excursiones, le invitaban a ir a Pedro; y éste, para no tomarse el
-trabajo de discutir, decía que sí, pero luego no iba, con lo cual
-indignaba a todo el mundo, principalmente a su hermana, que decía de él
-pestes.
-
-En una de aquellas excursiones, Manón, Rosa y los amigos conocieron al
-conde y a la condesa de Hervilly.
-
-Sonia, la dama misteriosa que intrigaba a Aviraneta, manifestó gran
-simpatía por Manón, y fué a verla a su casa y entabló amistad con ella.
-Se mostró muy amable con Alvarito y, como la condesa hablaba muy bien
-el castellano, le dirigió varias preguntas acerca de su familia y de
-España.
-
-A Chipiteguy no le hizo mucha gracia la amistad de su nieta con la
-extrajera; no le parecía bien que la hija de un trapero tuviera
-amistades con una condesa, pero nada podía decir.
-
-La condesa de Hervilly presentó en casa de Madama Lissagaray a dos
-aristócratas, amigos de su marido y suyos: el vizconde de Saint-Paul y
-el caballero de Montgaillard.
-
-El vizconde de Saint-Paul tendría veintiséis o veintisiete años;
-era tipo de francés del Norte, alto, rubio, fuerte; el caballero de
-Montgaillard, de veintitrés o veinticuatro años, parecía un italiano
-del Sur. Era moreno, más bien bajo que alto, con los ojos negros,
-delgado, con aire un poco cansado de trasnochador, el pelo rizado, la
-cara audaz y la tez de mal color, pálida, biliosa y llena de granos.
-
-El vizconde de Saint-Paul se sabía que era de una familia rica de
-París; respecto a Montgaillard había sus dudas. El decía que era hijo
-del marqués de Montgaillard y sobrino de un conde de Montgaillard; pero
-había quien aseguraba que tanto el condado como el marquesado no tenía
-realidad alguna.
-
-El joven Xavier de Montgaillard era hijo del titulado marqués de
-Montgaillard y de una señorita de Crussol. El marqués de Montgaillard
-pasaba por realista y había hecho la campaña de la Vendée, con
-Clarette, y estaba preso en el Temple.
-
-Xavier era sobrino del célebre intrigante y libelista conde de
-Montgaillard, que al parecer no era conde.
-
-El llamado conde de Montgaillard fué un gran explotador de la política.
-
-Explotó a la Revolución, al emperador de Austria, a Napoleón y a los
-Borbones, y murió muy tranquilo en su casa propia de Chaillot, comprada
-con sus ahorros de intrigante, a los ochenta años.
-
-El conde de Montgaillard tuvo pensiones de todos los Gobiernos
-franceses de la época, y lo más extraño fué que la tuviese, y grande
-de Luis XVIII, de quien había publicado un retrato burlón e injurioso.
-La razón de esta anomalía parece que fué el que el intrigante guardaba
-unas cartas que Luis XVIII había escrito a Robespierre en tiempo de la
-Revolución, queriendo congraciarse con él, dándole la razón en muchas
-cosas y queriendo atraerle a su campo.
-
-Días después de la presentación de los dos aristócratas en casa de
-madama Lissagaray, Alvaro vió que el joven Montgaillard paseó varias
-veces por delante de la casa del Reducto, y Alvarito comprendió que le
-debía haber escrito a Manón y que quizá ésta le había contestado.
-
-Un día, en pleno verano, la condesa de Hervilly les convidó a ir, el
-domingo siguiente, a las amigas de Manón y a Alvarito a pasar la tarde
-en el castillo de Urtubi, cerca de Urruña. La condesa conocía al dueño
-que le había invitado.
-
-Fueron en un coche grande, descubierto, diez o doce personas, los
-condes de Hervilly, Manón, Rosa, con su madre; Dolores, Morguy y los
-aristócratas recién llegados a Bayona y amigos de Hervilly, el vizconde
-de Saint-Paul y el caballero de Montgaillard.
-
-El vizconde y el caballero fueron durante la excursión la nota
-saliente, sobre todo para las muchachas. Montgaillard vestía frac azul
-entallado, como un dandy, y venía de París. El caballero llevó la
-voz cantante en el viaje; habló de actrices y de bailarinas, conocía
-escritores, periodistas y políticos. Dijo que como no tenía un cuarto
-pensaba entrar en España e ingresar en el ejército carlista por si
-encontraba aquí la solución para su vida. Contaba con la protección
-del príncipe de Lichnowsky. El vizconde de Saint-Paul, más tranquilo,
-sonreía de las frases de Montgaillard y hablaba poco.
-
-El joven caballero tuvo mucho éxito con las muchachas y se le encontró
-gracioso y ocurrente, lo que hizo desesperar a Alvarito, sobre todo
-viendo que Manón coqueteaba con él.
-
-Era evidente que se cambiaban sonrisas y ojeadas.
-
-¿Cómo había llegado a tener esta familiaridad con el forastero? ¿Es que
-es una mujer sin decoro?--se preguntó Alvarito de mal humor.
-
-Alvarito notó con desagrado que la presencia de los dos forasteros
-produjo en las muchachas una animación, un deseo de brillar,
-una rivalidad disfrazada entre unas y otras, que a él le molestó
-profundamente, porque comprendió que la causa de esta excitación eran
-los recién venidos y que en ellos se quería hacer efecto.
-
-Quizá sólo Rosa le era en aquel momento un poco fiel a Alvaro; las
-demás le habían olvidado.
-
-Los veinte kilómetros de camino pasaron pronto para todos, aunque no
-para Alvarito; se contempló el mar, se vió la cadena de montes de
-España; Jaizquibel, como una pirámide, y el monte Larrun; se pasó por
-delante de Bidart, se cruzó San Juan de Luz y se llegó al castillo
-de Urtubi. A todos les pareció, desde fuera, muy romántico con sus
-torrecitas y sus paredes cubiertas de hiedra, un poco hundido entre
-árboles.
-
-El dueño les esperaba a la entrada del parque, y les hizo pasar primero
-a un gran salón y les llevó a las damas a un tocador por si tenían que
-arreglarse. Luego preguntó a sus visitantes si preferían almorzar en el
-parque o en el comedor.
-
-Madama Lissagaray era la única que hubiera preferido almorzar bajo
-techado.
-
---No tenga usted cuidado; hoy no hay humedad--le dijo el dueño.
-
-Salieron todos al parque, que estaba magnífico, y dieron un paseo por
-él. Hacía un día de viento Sur, con el cielo rojo, que daba al paisaje
-un aire de decoración de teatro. Los tilos y las magnolias, llenos de
-flor, perfumaban el ambiente con su aroma, un aroma tan fuerte que casi
-mareaba. En este ambiente irreal todo parecía inmóvil y silencioso.
-Los pájaros dormían aletargados en las ramas. Un martín pescador pasó
-por el aire, tan azul, que parecía un trozo de cielo volando entre los
-árboles.
-
-Se acercó la hora de almorzar, y en una plazoleta de grandes olmos en
-donde estaba puesta la mesa se sentaron.
-
-Se comió y se bebió alegremente, y Manón y el caballero de Montgaillard
-fueron los que más hablaron y tuvieron más rasgos de ingenio.
-
-Montgaillard iba a la carrera haciendo la corte a Manón.
-
-El caballero manejaba uno de esos recursos del donjuanismo que está
-al alcance de todo el mundo; pero que, sin embargo, tiene casi
-siempre éxito cuando se es joven y no de mala figura. Se manifestaba
-indiferente y al mismo tiempo atento con las mujeres, para, llegado el
-caso, fingir una gran impresión. Es esto, indudablemente, como el a b c
-del histrionismo amoroso, pero no deja de hacer su efecto.
-
-Pasada la excitación de la comida, Manón dijo que iba a escoger un
-sitio a la sombra del parque y echarse a dormir la siesta.
-
---De ningún modo--dijo su tía, madama Lissagaray--; no te lo permito.
-
---¿Por qué no?
-
---Porque no, y basta.
-
-Manón hizo un gesto de displicencia. Después de un largo rato de
-sobremesa, el dueño de Urtubi les preguntó si no querían ver el
-castillo, aunque era pequeño.
-
-Mientras recorrían el edificio, el dueño habló de la fundación
-primitiva de la casa, en el siglo XI; de la muralla que quedaba aún
-del siglo XIV; de la estancia de Luis XI en Urtubi cuando estuvo como
-mediador entre los reyes de Castilla y de Aragón y de los recuerdos que
-quedaban de Soult y de Wellington, que tuvieron allí su cuartel general
-al principio del siglo. Les contó también la eterna rivalidad del
-partido de los Sabelchuris y Sabelgorris, fajas blancas y fajas rojas,
-que dividían en el país del Labour a los partidarios de Urtubi de los
-de Saint-Pee.
-
-Vieron el salón, el comedor grande, con una chimenea de mármol, que
-tenía esta inscripción en vascuence: "Billzen, berotzen, bozten"
-(Reuniendo, calentando, gozando); pasaron por un vestíbulo lleno de
-placas de hierro de los hogares, de las chimeneas antiguas, algunas muy
-curiosas, y luego fueron a la biblioteca.
-
-El dueño sacó un ejemplar del libro de Pierre de Lancre, titulado:
-_Cuadro de la inconstancia de los malos ángeles y demonios_; les mostró
-una estampa de un sábado brujeril y les leyó un párrafo, en que se
-decía que el propietario del castillo de Urtubi, a principios del siglo
-XVII, después de una reunión de brujería tenida en su casa, se había
-encontrado los días siguientes con que las brujas le iban chupando la
-sangre y sorbiéndole el seso, lo que le decidió a denunciarlas.
-
-Todos se rieron, menos Alvarito, que pensó que el señor de Urtubi era
-un visionario como él.
-
-De la biblioteca marcharon al pequeño archivo, que tenía algunos
-antiguos documentos de los Urtubis, emparentados con los Alzates,
-Gamboas, Belzunces, Ezpeletas y con la familia del escritor Montaigne.
-
-Salieron de nuevo al jardín. Una nube roja, grande, había aparecido en
-el poniente y el parque tenía un aire fantástico en este aire, inmóvil
-y caliente, perfumado por las flores. Cerca del castillo había una
-acequia negra entre dos paredes de piedra, que tomaba al reflejar el
-cielo, tonos de sangre.
-
-Salieron de nuevo al parque y llegaron a una fuente.
-
-Manón dijo que tenía que echar la suerte con dos alfileres, tirándolos
-a la fuente y viendo cómo quedaban en el fondo; si quedaban separados,
-era que no se casaba, y si quedaban cruzados, que sí. Manón echó sus
-dos alfileres y quedaron separados; después los echaron Rosa y Morguy,
-y pasó lo mismo. Por el sortilegio de la fuente ninguna de las tres se
-casaba.
-
---Sí, sí; nos quedaremos solteras--dijo Manón.
-
---Tendrá que ser porque a los hombres de esta tierra les falten
-ojos--dijo galantemente Hervilly.
-
-Manón había cogido una flor y se la había puesto en el pecho.
-
-El joven Montgaillard quiso que le diera aquella rosa que llevaba en el
-pecho y ella se la dió.
-
-Iba cayendo la tarde y, según dijo madama Lissagaray, era hora de
-volver a Bayona.
-
---Antes merendarán ustedes--dijo el amo de la casa.
-
---Se va a hacer tarde.
-
---¡No, no; ca!
-
-Pasaron al comedor y se sentaron a la mesa, muy elegantemente puesta,
-con mantel antiguo, bordado, y vajilla de Sevres.
-
-De pronto notaron que andaba revoloteando algo por los rincones.
-
---¿Qué es? ¿Un murciélago?--preguntó Manón.
-
---No, es una mariposa--contestó el dueño de la casa, y con un pañuelo
-logró cogerla.
-
-La mariposa era grande y hacía un chirrido como si se quejara. Alvarito
-se estremeció; el aleteo de la mariposa y sus quejidos le produjeron
-una sensación desagradable.
-
---Es el _Sphinx atropos_, la mariposa de la calavera--dijo el amo de la
-casa.
-
---¡Qué horror!--dijo Rosa--. Suéltela usted. Eso debe ser de mal agüero.
-
---Sí, estas mariposas asustan a la gente, pero son inofensivas para las
-personas; no así para el campo, donde hacen muchos destrozos.
-
-La Morguy quería matarla con un alfiler y llevársela.
-
---No, no--dijo Manón--; hay que soltarla, que viva.
-
---Poco vivirá--dijo el dueño abriendo la ventana y soltándola--.
-Algunas no duran más que una noche; el tiempo necesario para poner sus
-huevos.
-
-Madama Lissagaray insistió en que era hora de volver.
-
-Se despidieron y entraron todos en el coche. Rosa se sentó al lado de
-Alvarito y estuvo hablando con él.
-
---Ya ves tú--decía la muchacha--qué mala suerte tengo yo.
-
---¿Mala suerte? ¿Por qué?
-
---Manón y yo tenemos la misma edad, y hemos sido educadas de la misma
-manera. Ella siempre tiene éxito y yo nunca.
-
---Tú también lo tienes.
-
---No, no. Y, además, es natural. Ella es más bonita que yo, más
-inteligente, más brillante. Todas las ventajas para ella y para mí nada.
-
---Eres muy modesta.
-
---No. La suerte ha sido muy generosa con ella y muy mezquina conmigo.
-Ella es música, es guapa, es graciosa. Y yo soy tonta, sosa y sin
-talento.
-
---Eres muy severa contigo misma.
-
---No, me conozco. Yo no tengo ningún encanto.
-
---¡Oh! No digas eso.
-
-Alvarito dirigió a la muchacha algunos cumplidos, pero eran fríos y sin
-efusión.
-
-Un par de horas después llegaron a San Juan de Luz, pararon un momento
-en un café y volvieron a tomar el coche, y vieron el mar cerca de
-Guethary, azul, recamado de blanco en un cielo rojo, incendiado y
-amenazador; vieron brillar el faro de San Sebastián y el del cabo
-Higuer. Al acercarse a Bayona, la luna había salido, grande, amarilla
-como una cara de mujer enferma.
-
-Alvarito llegó a casa; no cenó apenas, y fué a acostarse a su
-cuarto. Al tenderse en la cama, el coche, el mar, la acequia con el
-agua rojiza, la estampa del sábado brujeril del libro de Lancre le
-comenzaron a bailar ante los ojos. Pronto pasó del recuerdo al sueño.
-
-Soñó que escalaba, con grandes esfuerzos, un cerro que tenía en la
-punta un castillo, marchando por entre riscos afilados que parecían
-de cristal. Después de subir por una escalera laberíntica, llegaba a
-un desván, con vigas en el techo, y encontraba un montón de paja y se
-tendía en él.
-
-De pronto notaba que estaba al lado de una ventana abierta, al borde
-del abismo. Delante tenía un paisaje sombrío, con montes ceñudos y
-valles estrechos, llenos de árboles, y al contemplarlos se le encogía
-el corazón. Nubes pesadas avanzaban a rodear el castillo. Desesperado,
-elevaba la vista y quedaba absorto. El cielo estaba lleno de brillantes
-meteoros desconocidos; la luna, las estrellas y los cometas, con largas
-colas, saltaban en locas carreras por el firmamento. Contemplaba
-aquello a cada instante con mayor horror, hasta que, de pronto, comenzó
-a salir el sol. Entonces una deliciosa calma dominaba la naturaleza. El
-cielo se ponía azul, un murmullo lejano venía del mar, rizado con olas
-blancas; de los bosques se exhalaba un perfume balsámico. ¡Oh! ¡Cómo se
-respiraba el aire puro! ¡Cómo corrían los arroyos y las fuentes!
-
-Pero esto también duró poco, y vino el crepúsculo, un crepúsculo
-al principio admirable. Brillaban las flores rojas y blancas, las
-campanillas azules en los campos verdes; luego todo se tornaba
-ceniciento; había entonces una queja en el espacio; nubes de mariposas
-grandes cruzaban el aire. Alvarito sentía necesidad de llorar y se
-despertó. Pasó muchas horas despierto, dando vueltas en la cama,
-pensando en su sueño y en Manón y suspirando sin querer. Al último
-consiguió dormirse y no se despertó hasta que le llamaron por la
-mañana.
-
-
-
-
-II
-
-FRECHÓN O EL CHATARRERO MISÁNTROPO
-
-
-Matías Frechón, el tenedor de libros de Chipiteguy, era hombre de
-treinta y cuatro a treinta y cinco años, alto, flaco, moreno, de frente
-estrecha, labios finos, nariz roja, bigote delgado y patillas largas.
-
-El dejarse las patillas le daba cierta apariencia de banquero o de
-hombre de negocios, que él consideraba muy importante y muy apropiado
-para su persona.
-
-Frechón tenía aire poco tranquilizador. Indudablemente no es una
-fantasía folletinesca el asegurar que hay hombres que sólo por su
-aspecto producen desconfianza y hasta una marcada repulsión moral.
-Parece que por instinto se puede comprender rápidamente que ciertos
-rasgos fisionómicos representan y son consecuencia de una larga vida
-de intrigas, de hipocresías o de bajezas, y las fisonomías con estos
-rasgos nos producen alarma, no siempre bien definida.
-
-A veces no son las bajezas hechas las que adivinamos y nos dan
-impresión de alarma y de desconfianza, sino las por hacer, las que
-están aún latiendo en el espíritu del que es capaz de cometerlas. Así,
-por intuición, comprendemos que cierta clase de rostros no pueden
-pertenecer más que a almas dispuestas a toda clase de villanías.
-
-Frechón no solía reír; su sonrisa era triste, fría y antipática.
-
-Frechón tenía aire de hombre falso e hipócrita. No miraba nunca de
-frente más que cuando se irritaba. Se parecía un tanto al Robespierre
-de las figuras de cera. El hombre sentía gran confianza en sí mismo, en
-su inteligencia y en su perspicacia; en su rostro se leía casi siempre
-una expresión de superioridad.
-
-Para él todo el mundo era tonto. Si había alguno que no lo fuera,
-consistía en que era un canalla. De tontos y canallas, según él, se
-hallaba formado el mundo.
-
-Chipiteguy solía decir: "Las ideas de Frechón a veces son claras una a
-una, pero en conjunto son un puro disparate".
-
-Tan es cierto, que muchas veces es la mala organización de los
-conceptos la que hace al loco y al insensato.
-
-Frechón se creía un hombre genial a quien le faltaba un escenario digno
-de sus méritos. El orgullo, la vanidad, la tristeza de no ser nada le
-ahogaban.
-
---Se oirá hablar de mí--solía decir con jactancia.
-
-Frechón hacía profesión de fe de su misantropía. Este chatarrero
-filósofo, pequeño Timón de Bayona, había estudiado en su juventud para
-cura y sabía latín, lo que le servía para citar con mucha frecuencia
-frases de Horacio y de Virgilio. Era bastante letrado. Leía causas
-célebres, folletos anticlericales y el _Citador_, Pigault-Lebru; decía
-también que había leído a Fourier.
-
-Frechón hablaba siempre con gran prudencia, pensando cuanto decía.
-Había adquirido la costumbre de repetir la pregunta que se le hiciera
-para darse tiempo de pensar bien la respuesta.
-
-Frechón tenía ideas republicanas, lo cual no era obstáculo para que
-hubiese estado durante algún tiempo al servicio de los carlistas
-españoles por intermedio de Roquet, el agente de Aviraneta, y de
-Cazalet, bohemio crapuloso que sabía muchos secretos de todo el mundo.
-
-Cuando le hablaban a Frechón del acto o de la opinión de alguna
-persona, decía con frecuencia:
-
---¡Bah! ¡Qué tontería!
-
-Frechón afirmaba que poseía muchos recursos para ganar dinero.
-
---¡Si supieran los giros que tengo yo todos los meses!--decía con
-orgullo.
-
-El misántropo era al mismo tiempo fantástico y petulante, escéptico y
-de cándida credulidad. Es muy difícil en el escepticismo llegar a no
-creer ni en lo bueno ni en lo malo. La mayoría de los escépticos se
-contentan con no creer en lo bueno, y el escepticismo verdadero estaría
-en no creer ni en lo bueno ni en lo malo.
-
-Frechón vivía pensando fantasías; había en él una tendencia marcada
-por lo secreto, por lo misterioso, tendencia que se aumentaba con la
-bebida; el misántropo tenía mucha afición al vino y a los licores.
-
-Su mundo era un mundo extraño, diferente al de los demás. El se
-consideraba viejo, y una de sus manías era hablar de su vejez.
-
---A un hombre viejo como yo no se le engaña--decía con frecuencia--.
-Los viejos como yo saben lo que se hacen.
-
-Al parecer, la idea de ser viejo le encantaba a Frechón grandemente.
-Sentía el misántropo gran desprecio por su juventud; le parecía que los
-hombres jóvenes no servían para nada.
-
-Frechón gozaba mucho con el espionaje. Había nacido con una
-inclinación nativa para espiar. El descubrir un misterio constituía
-para él una delicia. En un pueblo como Bayona, en donde se urdían
-muchas intrigas políticas y se hacían negocios de suministros militares
-y de contrabando, Frechón vivía como el pez en el agua. Espiaba a los
-franceses y a los españoles, a los carlistas y a los liberales, a los
-aduaneros y a los contrabandistas.
-
---¡Bah! Ya sé yo lo que hace ese.
-
---¡Bah! Ya sé yo quién es el amante de esa mujer.
-
-Para todo tenía el misántropo un ¡bah! desdeñoso y de superioridad. El
-viejo Frechón, como se llamaba a sí mismo, había pasado muchas noches
-en la esquina de una calle aguantando el frío de la noche o tendido en
-el campo recibiendo la lluvia para averiguar alguna cosa que, después
-de todo, no le importaba nada.
-
-Hacer un agujero en la pared y espiar lo que pasaba en una habitación
-inmediata, aunque no ocurriera en ella nada de particular, le parecía
-una maravilla de interés.
-
-La guerra civil de España le daba muchos motivos de espionaje y de
-intrigas.
-
-Otro placer para él delicioso, lleno sin duda de matices agradables,
-era el escribir anónimos. Se procuraba así una de sus mayores
-satisfacciones. Dominaba la técnica del anónimo, la tenía muy bien
-estudiada; sabía por qué indicios se podría descubrir al autor, sabía
-el sistema para no dejar rastros, y en su casa guardaba papeles traídos
-de fuera y sacados de varias partes.
-
-Llegaba a disfrutar así de la más dulce impunidad; pensar que no había
-manera de descubrirle y que podía, además, sugerir la idea de que era
-otro el autor del anónimo.
-
-Frechón era envidioso; su mayor placer hubiera sido quitar el dinero
-a ciertas gentes y, al dejarles en la miseria, hacerles una mueca de
-burla.
-
-Frechón vivía con su hermana, solterona de muy mal carácter y muy
-rencorosa.
-
-Al misántropo le gustaba Manón y la miraba siempre con ojos de ogro,
-pero ella le despreciaba profundamente.
-
-La jugada de Chipiteguy con las custodias y las cruces de Pamplona
-colmó la medida de rabia de Frechón.
-
-Frechón, desde que había vuelto a Bayona, estaba furioso contra
-Chipiteguy.
-
-El misántropo disimuló, se mostró amable con el viejo, sonsacó lo que
-pudo a Alvarito y a Claquemain y fué a visitar por segunda vez a Gamboa.
-
-El cónsul de España estaba indignado contra Chipiteguy, pero no quería
-confesar lo ocurrido y repetía siempre que él no había hecho encargo
-alguno al chatarrero.
-
-Frechón se pasaba horas y horas pensando en preparar una celada al
-viejo, paseando por la tienda como un lobo en la jaula y haciendo
-crujir sus falanges. Se le ocurrió también que Alvarito le estorbaba y
-le escribió dos anónimos amenazándole.
-
-Otra vez hizo que Claquemain se disfrazara con el traje del _Asesino_ y
-apareciera por la ventana de la reja que daba al patio donde trabajaba
-Alvarito. Este tuvo un momento de serenidad; comprendió la farsa, fué
-a la cueva y cerró la puerta con llave. Al poco tiempo Claquemain tuvo
-que llamar.
-
-Dos días después Alvarito recibió una carta que decía:
-
-"Si no te vas inmediatamente de esta casa, morirás.--_El Asesino._"
-
-Alvarito tuvo la suficiente presencia de espíritu para no decir nada a
-nadie. Ya comprendió de dónde venía la amenaza. Alvaro veía con asombro
-que a él le producían más terror los peligros imaginarios que los
-reales. Ante éstos conservaba la sangre fría y no se le iba la cabeza.
-
-
-
-
-III
-
-LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY
-
-
-La madre de Rosa, la señora de Lissagaray, simpatizó mucho con
-Alvarito y le invitó a que fuera todos los domingos a pasar la tarde
-a la tertulia que celebraba en su casa. Podía llevar, si quería, a su
-hermana Dolores.
-
-La reunión de Lissagaray tenía fama en Bayona de ser casi una agencia
-de matrimonios; iba a ella mucha gente joven.
-
-La señora de Lissagaray, viuda y dueña del bazar de los Arcos, el
-Paraíso Terrenal, esperaba casar a su hija; necesitaba a un hombre al
-frente de su negocio. Para que la muchacha conociese algunos jóvenes y
-fuese conocida, recibía a sus amigos los domingos por la tarde.
-
-A esta tertulia acudía casi siempre Manón y comenzó también a ir
-Alvarito y su hermana Dolores. En la reunión se jugaba a varios juegos,
-sobre todo al _wisth_, y se conversaba.
-
-Se hablaba entre las personas serias de lo que ocurría en Bayona, de
-la política del gobierno de Luis Felipe, de la guerra carlista y de
-la protección que dispensaba a los liberales españoles el general
-Harispe, cosa que a la mayoría no parecía bien. Madama Lissagaray tenía
-que estar siempre atenta para no dejar languidecer la charla y para
-impedir también que algún jovencito o alguna muchachita hicieran una
-inconveniencia. Las señoras llevaban a la tertulia labores de ganchillo
-o de aguja. Los jóvenes tocaban el piano, cantaban, bailaban y se
-discutían los libros de Walter Scott, Chateubriand y del vizconde de
-Arlincourt. Los que estaban más a la moda hablaban de Balzac, de Dumas
-y de Jorge Sand.
-
-Algunos días señalados del año había baile. Se bailaba la contradanza
-o "quadrille", los lanceros y el vals. Todavía no había comenzado el
-furor de la polca.
-
-Varios tipos curiosos asistían a la tertulia, españoles y franceses.
-
-De los españoles, Aviraneta iba con frecuencia a enterarse de lo que se
-decía en Bayona por los carlistas acerca de la guerra. Había corrido la
-voz de que era masón y todo el mundo lo repetía, pero como era hombre
-amable se le perdonaba.
-
-Otro español, tertuliano asiduo, era un tal don Ramón, emigrado
-carlista, hombre de alguna fortuna, que mataba sus ocios poniendo letra
-española a las canciones francesas y regalándolas a los amigos. Su
-mujer las solía cantar, acompañándose de la guitarra.
-
-Con las adaptaciones suyas las canciones tomaban en castellano un aire
-falso y romántico muy curioso.
-
-Entre las damas de la tertulia llamaba la atención la señorita María de
-Taboada, española carlista, de aire decidido, de quien se decía estaba
-para casarse con el general de don Carlos, don Bruno Villareal.
-
-María Luisa, en esta época, servía de institutriz en casa de una
-familia francesa en una finca de los alrededores de Bayona. María
-Luisa había venido varias veces a la tertulia de madama Lissagaray en
-compañía de don Eugenio de Aviraneta y dos o tres veces con don Pedro
-Leguía.
-
-Frecuentaba también la tertulia una señora española carlista, doña
-Tecla, amiga de doña Jacinta Pérez de Soñanes (alias "la Obispa"). Doña
-Tecla llevaba una enorme peluca negra y tenía una gran suficiencia y
-una pedantería. Era una definidora de lo que se podía hacer y de lo que
-no se podía hacer. Todo, según ella, estaba legislado, y la que tenía
-la clave de las verdades era ella. Esta Tecla daba la nota verdadera,
-el _lá_ del diapasón. Era el árbitro de las buenas costumbres y de las
-buenas formas.
-
-Una señorita de la reunión muy distinguida era Paquerette Recur,
-damisela de unos treinta años, delgada, sonriente, vestida siempre con
-trajes vaporosos.
-
-La señorita Recur, muy amable, muy graciosa, tenía una cara un poco
-vaga, que a veces parecía bonita y a veces no. Había estado dos a tres
-veces a punto de casarse; pero, sin duda, le faltaba la decisión y
-tenía miedo al matrimonio.
-
-A Alvaro le recordaba la figura de cera a la cual Chipiteguy y él
-llamaban la Bella Inglesa.
-
-Paquerette era, al decir de la gente, muy sentimental y un tanto
-novelera, y había huido siempre de los matrimonios de conveniencia,
-porque tenía la ilusión de casarse enamorada.
-
-Dolores y Rosa se hicieron muy amigas de Paquerette y recibieron sus
-confidencias.
-
-Por aquel entonces la señorita Recur tenía gran amistad sentimental con
-Marcelo, el sobrino de Chipiteguy y tío de Manón.
-
-Marcelo era un hombre rubio, sonriente, de treinta y cinco a cuarenta
-años, viudo y sin hijos. Había estado casado con una mujer de carácter
-un tanto agrio, según se decía.
-
-Marcelo era ingeniero mecánico y tenía muchas ideas, algunas muy
-luminosas, pero no ganaba dinero. Se le veía constantemente con el
-traje arrugado y las manos manchadas, con las uñas quemadas por los
-ácidos.
-
-Chipiteguy le acogía bien, porque notaba que Marcelo no aspiraba a su
-herencia; Manón bromeaba mucho con él por motivo de la señorita Recur.
-
-Alvarito se hizo amigo de Marcelo y éste le explicaba sus ideas y sus
-proyectos.
-
-El mecánico soñaba en industrializar el mundo, en aprovechar los saltos
-de agua, la fuerza del mar y hasta la del sol.
-
-Suponía, equivocadamente, que el período de industrializar la tierra
-llegaría en veinte o treinta años.
-
-Mientras soñaba, el dinero pasaba a su lado y él no podía darle el
-alto. En su casa se le veía a Marcelo haciendo planos sobre una mesa de
-cocina, fumando, con el tiralíneas o el compás en la mano o analizando
-algo en un tubo de ensayo.
-
-La madre de Marcelo se incomodaba mucho con él; pero si alguien hablaba
-mal de su hijo, le defendía con energía y decía que la gente no podía
-entenderle por ser él demasiado inteligente para tratar con individuos
-torpes y toscos. La gente de Bayona, según ella, no comprendía más que
-el comercio con sus socaliñas, como los judíos, y Marcelo era un sabio,
-un inventor.
-
-El idilio entre el mecánico y la señorita Recur hacía sonreír a los
-tertulianos de Madama Lissagaray, pero había algunos y algunas que no
-lo miraban con simpatía.
-
-Una de éstas era la señorita Verónica Bizot, que hacía con su tipo,
-duro y agrio, un gran contraste con la gracia aniñada y vaporosa de
-Paquerette.
-
-La señorita Bizot era una solterona, de cuarenta a cincuenta años, que
-daba miedo por su gesto siniestro y su personalidad agresiva.
-
-La señorita Bizot, que había sido inquilina de la casa que pertenecía a
-Madama Lissagaray, era alta, desgarbada, cetrina, con cara de hombre,
-nariz fuertemente pronunciada y ojos claros, opacos y burlones. Cubría
-su cabeza, ya calva, con una peluca rubia y tenía unos lunares con
-cerdas en el labio.
-
-La Bizot era mujer de perversa intención, que decía frases incisivas
-siempre que podía y ponía motes sangrientos. La recibían en las casas
-por miedo a su lengua mordaz. La señora de Lissagaray era de las que
-más le temían.
-
-La Bizot derivaba, quizá por sus malos instintos, al erotismo. Vivía en
-una casucha de la calle de la Carnicería Vieja, desde donde se veían
-los grandes olmos de la muralla.
-
-La Bizot contaba que por la parte de atrás de su casa había una ventana
-que caía a otra calle, enfrente de una casa de prostitución que daba al
-Rempart Lachepaillet, y se pasaba horas y horas desde su observatorio
-para ver lo que ocurría en el burdel.
-
-Iba también a un caserío en donde había un toro padre, a ver cuando
-llevaban a las vacas a cubrirlas. Probablemente sentía no ser vaca. La
-Bizot había vivido, según se explicaba, de manera satírica, con una tía
-suya que debía parecerse a ella en su mala intención, a la que odiaba
-profundamente.
-
-Durante años y años, tía y sobrina se hicieron guerra a muerte. Vivían
-juntas, porque no tenían medios para vivir separadas.
-
-Llegaron en su odio a echarse una a otra tierra en el chocolate y
-acíbar en el vino. Si la una tenía plantas en el balcón, la otra las
-regaba con agua caliente para que se murieran. Llegó la sobrina a
-echar pulgas en la cama de su tía.
-
-La Bizot era una mujer sádica, y a las muchachas pequeñas que tenía de
-criadas, y a las que no les daba casi salario, las pegaba y llenaba los
-brazos de cardenales.
-
-Le roía a la solterona la rabia de su fealdad, de su inutilidad en la
-vida, el no haber podido ilusionar a nadie. Unicamente parece que había
-tenido algunos éxitos por carta exponiendo sentimientos románticos. Por
-las demás mujeres sentía un odio felino.
-
-La Bizot no tenía más que una renta pequeñísima, de unos seiscientos
-francos al año, y vivía haciendo combinaciones, comiendo fuera de casa
-y a veces casi sin comer.
-
-La Bizot, que no sentía simpatía por nadie, tenía que fingir
-amabilidad, interés por las gentes. Desde hacía algún tiempo estaba en
-relaciones de gran intimidad con una muchacha vecina suya, de vida un
-tanto alegre, con quien comía con frecuencia. Esta muchacha, a quien
-llamaban Nené, explotaba a unos viejos amantes. El padre de Nené se
-aprovechaba de la prostitución de su hija y pasaba la vida sonriente y
-tranquilo.
-
-La Bizot era muy amiga de Nené, y la defendía y la aconsejaba. Había
-visto, desde hacía ya tiempo, la marcha que llevaba la muchacha, y con
-esa constancia de la solterona y de la gente del rincón provinciano, la
-esperó como el cazador a su presa. La Nené era de un impudor tranquilo,
-una cortesana; pero la Bizot aseguraba en todas partes que lo que se
-contaba de ella era falso y calumnioso.
-
-La Nené no tenía nada de loca ni de casquivana. Era tranquila como una
-vaca, sin pudor; engordaba, salía poco de casa, no derrochaba y era
-trabajadora. Se vestía bien y solía ir a Biarritz y a San Juan de Luz,
-donde tenía citas con burgueses ricos de la ciudad.
-
-El viejo, el padre, se entendía con una criada. La vida de Nené y de su
-padre daban mucho que hablar. Un vecino relojero, que tenía la tienda
-en la calle de los Vascos, decía que había días que se habían reunido
-los señores que visitaban a Nené, y que uno de ellos había dicho,
-parodiando la frase de Napoleón en Egipto: "Desde el fondo de estas
-butacas cuarenta siglos os contemplan".
-
-La Nené, aconsejada por la Bizot, guardaba dinero. La Bizot hubiera
-querido explotarla, pero ella y su padre defendían los cuartos
-con energía. Cuando jugaban a cartas la solterona y la muchacha
-entretenida, luchaban por arrancarse un céntimo horas y horas.
-
-Lo único que solía sacar la Bizot de la casa era la comida.
-
-La Nené sabía muy bien colocar su capital en rentas sólidas y parte en
-la usura. Esta ciencia práctica parece que le venía de su madre, que
-era hija de un judío.
-
-La casa de la Nené tenía un aire respetable y elegante. La hetaira
-bayonesa se vestía con una elegancia que seducía a sus amantes, hablaba
-y discutía de cuestiones de literatura y jugaba. Ella les ganaba a los
-viejos contertulios en el _whist_, porque era lista para el juego y
-hacía trampas.
-
-La Nené tenía formas y maneras de hablar que los viejos viciosos y
-crapulosos del comercio que la visitaban encontraban muy distinguidas.
-
-La Nené, a pesar de ser desconfiada y maliciosa, creía en las
-adivinadoras y echadoras de cartas y solía ir con frecuencia, en
-compañía de la Bizot, a casa de una cartomántica.
-
-Esta cartomántica, madama Canis, había sido comadrona y vivía en la
-calle de la Torre de Sáult, en una casa negra, cerca de un torreón de
-la antigua muralla.
-
-Madama Canis era una mujer aventurera, casada dos o tres veces,
-celestina, comadrona y, según las malas lenguas, proveedora de
-angelitos para el cielo o, por lo menos, para el inseguro limbo.
-
-Se decía que mientras fué comadrona una de las preguntas de ritual que
-hacía a la cliente o al que la acompañara era ésta:
-
---¿Debe vivir o no la criatura?
-
-Alguna vez tuvo un descuido y fué a la cárcel y le impidieron continuar
-el oficio.
-
-En casa de madama Lissagaray, la Bizot solía hacer casi siempre de
-buzona. Satirizaba a la gente, la imitaba, la caricaturizaba, con una
-intención y un fondo de mala sangre disimulado.
-
-Todos los contertulios de madama Lissagaray habían sido parodiados por
-la solterona, naturalmente, cuando no estaban ellos delante. Imitaba
-también con mucha exactitud a Patrich, el sepulturero, y a Moisés
-Panighettus, que vivían en su misma calle; a Chipiteguy y a sus dos
-criados, Quintín y Claquemain.
-
-A Alvarito le chocaba por debajo de la cortesía la malevolencia de las
-gentes. Se extrañaba de que no hubiera afecto entre aquellas personas.
-Casi todo el mundo se odiaba. ¿Sería esta frialdad general en la vida?
-
-A él le hubiera gustado tener amor, simpatía por los otros, y que su
-amor y su simpatía le hubieran sido devueltos por los demás; pero, al
-parecer, tal amor recíproco era imposible. La gente, la mayoría que le
-rodeaba, era indiferente, hostil y socarrona. De ahí el gran afecto que
-iba tomando a Chipiteguy, que se mostraba con él amable y efusivo...
-
-Hubo día que la tertulia de madama Lissagaray fué un plantel de
-mujeres guapas. Estaban la condesa de Hervilly, una belleza rubia, con
-la señora de Vargas, morena, de un tipo clásico; María de Taboada, con
-su aire caprichoso y extraño; Paquerette Revur, como una figurita de
-porcelana; Rosa con su tipo de mujer meridional, y Manón, rubia, alegre
-y alocada.
-
-Entre ellas mariposeaban algunos jóvenes tenientes, algunos dandys, el
-vizconde Saint-Paul y el caballero de Montgaillard, que era de los que
-tenían más éxito.
-
-Alvarito había estado durante mucho tiempo pendiente de que el
-caballero de Montgaillard hiciese la corte a Manón; todo lo hacía
-pensar así; pero de pronto entre el joven y la muchacha se manifestó
-una gran hostilidad, y el elegante apareció como satélite de la condesa
-de Hervilly.
-
---Es un imbécil--dijo Manón con una rotundidad muy suya--; cree que
-todo el mundo, empezando por las mujeres, deben tener las condiciones
-que a él le faltan de bondad, de generosidad y demás. ¡Que se vaya al
-diablo!
-
-A su vez el caballero parece que dijo repetidas veces:
-
---¡Qué malas son las mujeres! ¿Por qué serán tan malas?
-
-El caballero se puso a cortejar a la condesa de Hervilly.
-
-Montgaillard, en el poco tiempo que llevaba en Bayona, se había hecho
-conocido de todos. Se le veía con frecuencia con el marqués de Lalande
-y con el príncipe de Lichnowsky. Se aseguró que tenía una misión
-secreta dentro del carlismo.
-
-Alvarito pensó que Manón había conocido a Montgaillard en seguida. Era
-una mujer tan inteligente que no se le podía escapar nada.
-
-La superioridad de Manón se manifestaba en todos los órdenes de la
-vida, según el joven Sánchez de Mendoza. El se reconocía muy inferior
-a su lado; Manón aprendía con facilidad las lenguas; Alvarito era muy
-torpe; Manón tenía mucho sentido musical; en cambio, Alvarito carecía
-por completo de él y tardaba en coger una canción cualquiera y no sabía
-tararear bien el _Himno de Riego_ o la _Marsellesa_.
-
-Manón cogía al vuelo todas las canciones que oía con rapidez
-extraordinaria; las tocaba en seguida al piano y las tarareaba,
-dándolas mucho aire, pero no quería estudiar.
-
---Yo únicamente estudiaría--solía decir desdeñosamente--si me oyesen y
-me aplaudiesen; pero, para que me oigan mi tía María y la Tomascha, no
-vale la pena.
-
-Alvarito se entristecía pensando en esto. ¿Cómo conquistar aquella
-muchacha caprichosa, independiente y llena de seducciones? ¿Cómo
-convertir la mujer de lujo en una mujer de hogar? El convenía en su
-fuero interno que no podía competir con ella en nada.
-
-Desde que había reñido con el caballero de Montgaillard, Manón
-escuchaba a Alvarito con más atención y le manifestaba mayor amistad.
-
-Manón le prestó los libros de Walter Scott, que tenía en una colección
-encuadernada y con láminas. Alvarito encontraba a Manón en las heroínas
-de todas las novelas del autor escocés. Era Diana Vernon, de _Rob Roy_;
-Mina y Brenda, del _Pirata_; Julia, de _Guy Mannering_; Edith, de _Los
-Puritanos de Escocia_; Lady Rowena, de _Ivanhoe_, y Amy Robsart, de
-_Kenilworth_.
-
-Algunas tardes de otoño Alvarito acompañaba a Manón y era muy feliz.
-Tenía la andre Mari, una señora pariente que vivía en la calle de la
-Torre de Sáult. A veces, las tardes de invierno, iba Manón a la casa
-de visita. Como el sitio era extraviado, Chipiteguy le enviaba a Alvaro
-a acompañarla.
-
-Cuando iban a media tarde, llegaban a la Puerta de España, donde se
-amontonaban coches de alquiler de todas clases y salían al campo.
-Otras veces marchaban por la muralla viendo los glacis verdes, con
-sus cañones y sus morteros, y las viejas torres del antiguo muro galo
-romano.
-
-De noche, a la vuelta, se metían por las calles negras y desiertas,
-iluminadas por algún lejano farol colgado de una cuerda y luchaban
-contra las ráfagas de aire encajonado que silbaba en las esquinas.
-
-Manón se agarraba del brazo de Alvarito, y así iban, riendo de la
-fuerza del viento, hasta llegar a la plaza del Reducto.
-
-Hablaban los dos de su vida anterior, de su familia, de los recuerdos
-de la infancia.
-
-Ella le preguntaba mil cosas; quería saber cómo había vivido antes.
-
-No le gustaba a Alvarito que Manón fuera a su casa, para que no viera
-aquellos pobres muebles ridículos que ellos tenían; pero a Manón la
-pobreza no le importaba. No le parecía una inferioridad, ni mucho
-menos, sino un estado, que podía ser pasajero o no, pero que no tenía
-nada que ver con la dignidad.
-
-Manón y Alvaro no estaban conformes en nada. Cuando Alvarito decía que
-él era monárquico y católico, ella afirmaba con petulancia que era
-jacobina y librepensadora. Cuando él decía que era español y patriota,
-ella replicaba que no se sentía francesa, sino vasca, y que tenía
-sangre de brujos.
-
-Aquel carácter voluntarioso, de una exuberancia y de una espontaneidad
-grandes, no podía acordarse con un temperamento más calmado, más
-inquieto, como el de Alvarito.
-
-Alvarito estaba cada vez más enamorado de ella.
-
-Manón era coqueta y le halagaba el hacer conquistas. Le hablaba mucho a
-Alvarito, le consultaba, y algunas veces condescendía a tocar el piano
-sólo para él.
-
-A veces él la tenía odio, como cuando Manón decía a su tía María con
-dulzura:
-
---No quiero estar en casa. Me aburro con vosotras.
-
-En general, él la encontraba en un plano más alto. Alvarito reconocía
-que esto no dependía de sus medios de fortuna; que la superioridad de
-la nieta de Chipiteguy no estaba en circunstancias exteriores, sino en
-la personalidad.
-
-Manón tenía más energía, más vida; pero él, en cambio, era más
-perseverante, más fiel.
-
-Manón tenía, indudablemente, una gran vitalidad. Era como una planta
-lozana, llena de savia; en cambio, él no: era una organización más
-pobre.
-
-Con Rosa, Alvarito se encontraba al mismo nivel; quizá a veces se
-sentía superior. Rosa no tenía condiciones para las artes; ni la
-música, ni la literatura le entusiasmaban.
-
-Decía que sí, que le gustaba mucho; pero lo decía porque no se atrevía
-a ser sincera. Le faltaba principalmente intuición. Los juicios suyos
-dependían de lo que oía alrededor.
-
-Rosa tenía una gran timidez. En la tertulia de su madre se le
-veía muchas veces ruborizarse por cualquier cosa y balbucear algo
-en confusión. Entonces era cuando estaba más guapa. La señora de
-Lissagaray sabía que su hija no era, ni mucho menos, tan brillante como
-Manón; pero esta inferioridad de su hija, para ella era una ventaja y
-no un inconveniente. Era indudable que para ser una burguesita casada
-con un comerciante no se necesitaba para nada ser original. Es más:
-esto casi era un inconveniente.
-
-Manón y Rosa no estaban tampoco muy conformes en sus ideas y discutían
-sus respectivas opiniones; Manón, con imperio, y Rosa, con su manera
-tímida y apocada, aunque tenaz. Manón consideraba que el amor debía ser
-una cosa alegre y divertida y siempre nueva.
-
---No, no; nada de cosas serias, sino reír, cantar y coquetear.
-
-En cambio, para Rosa el amor tenía otro carácter. Era la abnegación, el
-sacrificio, la fidelidad al ser amado.
-
---Hablas como un libro--decía Manón--; pero todo eso debe ser muy
-fastidioso.
-
-Alvarito tenía también ideas caballerescas: la hidalguía, el respeto a
-la mujer, el no engañar, el sostener la palabra a toda costa eran sus
-dogmas.
-
-Alvarito creía que aquellas ideas le venían a él por su abolengo
-aristocrático, tan exaltado por su padre, por la sangre de los Sánchez
-de Mendoza y de los Montemayor.
-
-Esta creencia en la sangre noble, dictando las prácticas elevadas de
-la vida, era para él una religión, una especie de misticismo que le
-alentaba y le sostenía y le hubiera impedido cometer una vileza e
-impulsado a intentar una heroicidad.
-
-Una vez, Alvarito y Manón hablaron largamente, al volver, de noche, de
-la casa de la pariente de la andre Mari, a donde iba Manón.
-
-Se ocuparon de la manera de ser de uno y de otro, de los amigos y de
-las amigas. Manón no tenía entusiasmo por el matrimonio.
-
---Anularse ante un hombre--decía ella--, no me parece un ideal.
-
---Pero, ¿quién se anula? La mujer tiene sus ocupaciones--dijo Alvarito,
-que era profundamente conservador.
-
---¿A ti te gustaría tener una mujer y no vivir más que para ella?--le
-preguntó Manón.
-
---A mí, sí.
-
---¿Todas las horas, todos los días?
-
---Sí.
-
---¿Todos los minutos?
-
---Sí.
-
---¿No tener más pensamientos que para ella?
-
---Sí.
-
---¿No tener nada oculto?
-
---Nada.
-
---Pues, chico, a mí, no. Yo siempre quisiera tener libertad.
-
---¿Libertad? ¿De qué? ¿De ir y venir?
-
---No sólo de eso, sino libertad también de querer.
-
---¿De querer y de no querer?
-
---No; libertad de querer una vez más, otra vez menos; libertad de
-olvidar por momentos...
-
---Pero eso lo da la misma vida, creo yo; la edad, las ocupaciones...
-
-Manón se echó a reír.
-
---¿Por qué te ríes?--preguntó Alvaro.
-
---Porque pareces un viejo; discurres demasiado bien.
-
---No tengo tu exuberancia; tú tienes más vida que yo y más talento.
-
---¡Bah!
-
---Sí. Todos lo notan. Pedro, el hermano de Morguy, dice que tú tienes
-una turbulencia insaciable y una versatilidad tal, que eres capaz de
-volver loco a cualquiera.
-
---¡Qué majadero!
-
---No; es verdad. Todos los demás somos más tranquilos que tú.
-
---Sí, mosquitas muertas, como dice mi abuelo. No hay que fiarse del
-agua mansa.
-
---¿No te fiarías de mí?
-
---Sí, sí. ¿Por qué no?
-
---Pedro supone que tú eres una mujer de lujo, pero no una mujer
-confortable.
-
---Y él, ¿qué es? Un imbécil.
-
-Manón, sin duda, no le perdonaba al hermano de Morguy el no haber
-caído, como los demás, rendido a sus pies.
-
-
-
-
-IV
-
-LAS PREOCUPACIONES DEL HIDALGO SÁNCHEZ DE MENDOZA
-
-
-Mientras Alvarito y su hermana Dolores sostenían la casa y trabajaban,
-el uno llevando cuentas en el despacho mugriento y triste de
-Chipiteguy, la otra encorvada sobre el bastidor bordando para la
-Falcón, el padre de ambos, don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza y
-Montemayor se dedicaba a las labores propias de su condición de noble
-hidalgo, que consistían, principalmente, en no hacer nada y en divagar
-por los amenos campos de la política, de la genealogía y del blasón de
-los Sánchez de Mendoza.
-
-La política le preocupaba a don Francisco Xavier. ¿Qué iba hacer él?
-Era un hombre importante. ¿Quién tiene la culpa? Es el Destino el que
-coloca a unos en las cimas y a otros en el fondo de los valles.
-
-El hidalgo estaba convencido de que le perseguían los agentes del
-cónsul de España, los marotistas y los masones. Había una guerra a
-muerte entre la masonería y él.
-
-El veía tipos sospechosos que se le acercaban en la calle; comprendía
-que se hacían signos masónicos en los cafés y que había señales en los
-balcones de las casas, con pañuelos de color, y de noche con luces.
-Todo esto lo sabía muy bien él, pero callaba.
-
-Otra cosa que le preocupaba hondamente era el cargo de Alvarito en casa
-de Chipiteguy.
-
-¿Después de haber sido su hijo empleado en una trapería, se podía
-cruzar caballero? ¿Podría pertenecer a las órdenes militares? Temía que
-no. Era algo terrible este empleo del chico en casa de Chipiteguy, en
-la tienda de un trapero y chatarrero, jacobino y masón por más señas;
-algo casi tan terrible como la barra de bastardía que aparecía ¡estaba
-probado! en la rama de los Pérez del Olmo, esta rama de los Olmos tan
-perturbadora. ¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Qué diría su amigo el
-duque! ¡Qué diría el general! ¿Llegaría la noticia hasta don Carlos?
-
-El señor Sánchez de Mendoza podía haber pensado que quizá si él hubiese
-trabajado, su hijo no hubiera tenido necesidad de entrar en la tienda
-de hierro viejo; pero, no, él nunca se dedicaría a un trabajo innoble,
-y los trabajos nobles no se presentaban. ¿Quién tenía la culpa?
-
-La mujer de Sánchez de Mendoza, madre de Alvarito, pobre mujer flaca,
-triste, de color de limón, sin alegría alguna, con el convencimiento
-íntimo de que su vida no podía ser más que una serie de desdichas,
-larga tragedia obscura y dolorosa, escuchaba a su marido como a un
-oráculo.
-
-Don Francisco Xavier la había convencido de que él era hombre
-importante y de que, además, la amparaba, tendiendo sobre sus hombros
-un manto protector. Al pensar algunas veces en esto, don Francisco
-Xavier extendía los brazos como si estuviera poniendo un manto y se
-figuraba, conmovido, que efectivamente amparaba a su mujer.
-
-Como ésta solía tener mucha faena en la casa, el hidalgo se lavaba él
-mismo los pañuelos y los cuellos en la palangana, hacía que su hija
-los planchara, se ponía su sombrero chambergo y su capa y se marchaba
-a distraerse y a presumir con cierto aire de mosquetero; paseaba por
-delante de los escaparates de las calles céntricas, donde se estudiaba
-para ver su prestancia; miraba trabajar al relojero o al guarnicionero;
-saludaba a algunos dueños de tiendas de ultramarinos, zapaterías y
-lencerías de la calle de España, que eran carlistas, y compraba dos
-cuartos de tabaco en un cucurucho de papel de periódico, que ponía en
-seguida en una petaca de cuero con las armas de los Sánchez de Mendoza.
-
-Compraba el tabaco en el Pequeño Suizo, que era café y estanco. Cuando
-tenía dinero se sentaba en una mesa a tomar café. El Pequeño Suizo
-tenía en el escaparate, entre pipas y eslabones, una figura de cera, un
-hombre con un gorro peludo, grande, de casaca azul con galones dorados,
-pantalones blancos, botas de montar, negras, y una pipa de barro muy
-larga en la mano derecha.
-
-Era uno de los grandes placeres de Sánchez de Mendoza pasarse el tiempo
-en el Pequeño Suizo tomando café y hablando.
-
-Los parroquianos del café eran criados, cocheros, mozos de cuadra,
-horteras y algunas muchachas que trabajaban en los almacenes, público
-que gustaba a Sánchez de Mendoza, que era aristócrata, quizá más en
-teoría que en la práctica.
-
-Otro de los centros de reunión del hidalgo era la guitarrería del
-Sevillano.
-
-El sevillano Juan Manuel Redondo era un hombre bajito, con aire de
-torero, que había dejado Córdoba, donde vivía últimamente por la
-malquerencia de los liberales, que habían creído que Juan Manuel había
-tenido relaciones con las tropas de Gómez.
-
-Juan Manuel, después de su trabajo, solía sentarse con su blusa blanca
-y tocar y cantar con mucho arte.
-
-Iban con frecuencia a oírle varios españoles y hubieran ido más si
-la mujer del Sevillano, una soriana dura, no los hubiera espantado,
-diciendo que su marido necesitaba trabajar. Al anochecer, la
-guitarrería tomaba un aire clásico andaluz. Un quinqué iluminaba la
-tienda, con el techo colgado de guitarras, bandurrias y laudes; en
-unas estanterías se veían las cuerdas y en un rincón el torno. En la
-guitarrería se solía hablar principalmente de España y alguna que otra
-vez de política.
-
-A veces, don Francisco Xavier necesitaba cuidar más de su indumentaria
-para ir a visitar al obispo de León, llegado de Guethary; a su amigo el
-señor de Corpas, al marqués de Hautpoul o a monsieur Auguet de Saint
-Sylvain, y entonces la mujer dejaba un momento la cocina, o el harapo
-que estaba lavando o remendando; la hija abandonaba el bordado y entre
-las dos acicalaban al hidalgo.
-
-El señor Sánchez de Mendoza iba también a la tertulia del periodista
-inglés Mitchell, que escribió, después del Convenio de Vergara, el
-folleto titulado _El campo y la corte de don Carlos_, donde se atacaba
-violentamente a Maroto.
-
-Este Mitchell estaba casado con una española y se decía que era judío.
-
-Cuando llegaba a Bayona el obispo de León, don Francisco Xavier era de
-los que se presentaban con más apresuramiento a besarle el anillo.
-
-Sánchez de Mendoza se manifestaba antimarotista. El general Maroto le
-parecía un audaz revolucionario, enemigo del trono y del altar, de este
-trono y de este altar que debían ser intangibles, inmaculados para
-todo buen monárquico y católico. Esto de intangible e inmaculado lo
-decía el hidalgo con una voz un poco lacrimosa.
-
-Don Francisco Xavier no tenía muchas ocupaciones; sus dos talentos
-principales consistían en escribir con una letra estilo Iturzaeta y
-en calcar escudos y después pintarlos a la acuarela. No los hacía
-muy bien; pero como cobraba poco, a peseta y a dos pesetas cada uno,
-poniendo él la cartulina, sacaba algún dinero, dinero que naturalmente
-no entregaba en su casa, sino que se lo gastaba en el Pequeño Suizo.
-
-Alvarito y Dolores sostenían la familia. Dolores trabajaba para la
-tienda de antigüedades de la Falcón; había aprendido a componer
-bordados antiguos, a imitarlos y a hacer escudos. Combinaba, con mucho
-arte, el punto de Venecia, el de Alenzón y el de aguja, y ganaba seis y
-siete francos al día. Trabajaba también algo para fuera y la señorita
-de Taboada le había recomendado a familias legitimistas francesas, que
-pagaban su trabajo con esplendidez.
-
-A pesar de este bienestar, que iba llegando paulatinamente a su casa,
-el señor don Francisco Xavier no estaba contento con la posición de
-sus hijos. ¡Dolores, bordando para fuera! ¡Alvarito, en una tienda de
-hierro viejo!
-
-¡Qué dirían los antiguos Sánchez de Mendoza si vieran a sus
-descendientes ocupados en tan viles menesteres! ¡Qué dirían los
-Montemayor y los Porras! ¡Cómo temblarían sus huesos de vergüenza y de
-indignación en los viejos sarcófagos, ornamentados por los artistas de
-la Edad Media en los silenciosos claustros de las catedrales!
-
-Aquella preocupación y el hallazgo de la barra de bastardía de los
-Pérez del Olmo, esta rama de olmo poco segura, amargaban los instantes
-del monárquico aristócrata.
-
-Alvarito, aunque no con la misma intensidad de su padre, pensaba
-también en sus antepasados. Creía que éstos, desde sus tumbas frías, le
-exhortaban a ser leal, valiente y caballero.
-
-Para Alvarito, aquellos Sánchez de Mendoza, que él se los figuraba
-pálidos y con armaduras de acero, eran tan reales como si de veras
-existiesen. Muchas veces, mientras paseaba por las orillas del Adour,
-pedía consejo a los viejos manes de su familia.
-
-Pero si Alvarito seguía teniendo respeto por los antepasados, comenzaba
-a sentir cierto desdén por su padre, que iba en aumento. No lo podía
-remediar. Le era imposible. Por más que intentaba convencerse de
-que los hijos tenían que respetar a sus padres, este respeto se le
-desvanecía a la carrera.
-
-El que el hidalgo viviese tranquilamente del trabajo de sus hijos,
-sobre todo de Dolores, como si fuera de una renta, le empezaba a
-molestar. No le importaba, no le preocupaba al hidalgo que la muchacha,
-débil, como era, se pasara las horas trabajando, inclinada en el
-bastidor; no era capaz de ahorrarle un poco de trabajo; al revés, le
-daba prisa, le hacía consideraciones sobre la premura de la obra.
-
-El buen hidalgo tenía como el negociado de las frases, cosa que ya a
-Alvarito le producía un comienzo de indignación.
-
-El señor Sánchez de Mendoza, que iba notando que su hijo le miraba
-con un aire interrogador, como preguntándole: "¿Y usted qué hace?",
-inventaba toda clase de mentiras. De un día a otro iba a comenzar a
-trabajar. Ese tiempo vago de un día a otro no llegaba nunca.
-
-Hacia final de 1838 la campaña de los antimarotistas de Bayona se
-agudizó. El señor Sánchez de Mendoza, como antimarotista perspicuo,
-adquirió alguna importancia. Se dijo, por entonces, que la mujer de
-don Carlos, la princesa de Beira, se había convencido ya de que Maroto
-era un revolucionario, vendido a los masones y a los enemigos del
-sacrosanto trono, y del no menos sacrosanto altar, y que había reñido
-con él. El padre Cirilo de la Alameda, a quien los liberales impíos
-llamaban el padre Ciruelo, se decidió también a declarar la guerra a
-Maroto.
-
-Los carlistas, y entre ellos nuestro hidalgo, que veían la política de
-su partido como una cuestión de servidumbre para el Señor, creyeron que
-la ruptura con Maroto iba a influír mucho en la marcha de la guerra;
-pero no fué así. Todos los ultrarrealistas, los puros, como se llamaban
-ellos, hablaban cada día con más odio de Maroto y con más entusiasmo de
-Cabrera, que era el héroe, el paladín por excelencia.
-
-Nuestro Sánchez de Mendoza ponía los ojos en blanco al hablar del
-caudillo de Tortosa.
-
-Aquellas palabras sonoras el paladín, el trono, el altar, los puros, le
-llenaban la cabeza de viento.
-
-A pesar de todo, los manejos de los apostólicos no progresaban. El
-capuchino Casares, enviado por el obispo de León con cartas, en las
-que se intentaba desacreditar a Maroto, Villarreal y los suyos, fué
-detenido por los mismos carlistas y metido en la cárcel. El padre
-Larraga y el general Uranga volvieron del extranjero sin un cuarto.
-
-
-
-
-V
-
-EL SECRETO DE SONIA VOLKONSKY
-
-
-Las tertulias de madama Lissagaray siguieran animadas, aunque con
-algunas intermitencias. A mediados de otoño, el día de San Martín, hubo
-en su casa un baile de trajes. Casi todos los años por esta fecha solía
-celebrarse una gran reunión.
-
-Las muchachas tenían muchas esperanzas en la fiesta. Morguy vendría
-vestida de pastorcita, a lo Watteau; Rosa, con un traje del Directorio,
-muy bonito; Manón decidió vestirse de húsar y ponerse bigotes postizos.
-Como tenía la seguridad de su belleza no le importaba afearse. Los días
-anteriores al baile, las amigas de casa de Rosa se pasaron el tiempo
-disfrazándose. A Manón le gustaba vestirse de chico y bailar con otras
-muchachas, haciendo de hombre.
-
-Alvarito la contemplaba, maravillado de su animación y de su graciosa
-petulancia. A Alvaro le cosieron en casa un traje de pierrot.
-
-El día de la fiesta acababa de vestirse Manón de húsar, con cuyo traje
-estaba guapísima, y Alvarito, de pierrot, cuando vinieron Morguy y
-Rosita, las dos de malísimo humor. Morguy tenía trazas de haber llorado.
-
---¿Qué os pasa?--les dijo Manón.
-
---Chica, que estamos hechas unos adefesios y no sabemos
-arreglarnos--contestó Morguy.
-
---¿Pues?
-
---¿No te parece que tengo la falda demasiado larga?
-
---Sí, sí; es indudable.
-
---Pues en casa todo el mundo empeñado en que no. Este traje mío es un
-mamarracho. Nuestras madres dicen que estamos bien y que ya no hay
-tiempo de cambiar.
-
-Manón contempló a las dos amigas, una después de otra.
-
---Es verdad--dijo a Morguy--; tu falda está demasiado larga y el talle
-demasiado alto, y el peinado de Rosita y su capota están mal.
-
---¿Pero ya tendremos tiempo de cambiar?--preguntó Rosa.
-
---Sí. A ver, Alvarito--gritó Manón--. Dile a la Baschili que me traigan
-alfileres y una aguja.
-
-Alvarito fué corriendo a traer los alfileres y la aguja. Manón se
-arrodilló delante de Morguy y descosió unas puntadas. Luego sujetó aquí
-y allá, bajó el talle del vestido y en una media hora arregló la falda
-admirablemente.
-
---Ahora date un poco de rojo en las mejillas y déjate unos rizos en la
-frente.
-
-Morguy hizo lo que le decían y reconoció que había ganado muchísimo.
-
---Ahora tú--le dijo a Rosita--. Suéltate el pelo en seguida.
-
---Pero si me han dicho en casa que era así el peinado de la época.
-
---Pero eso es una tontería; tú no debes pretender ser un maniquí que
-tenga mucha exactitud histórica, sino buscar el estar más guapa.
-
---¡Naturalmente!--exclamó Morguy--. Es que esta chica es tonta. Es
-tonta. No comprende nada. Se lo he dicho mil veces.
-
-Manón le quitó la capota a su prima y aligeró el sombrero arrancándole
-unos adornos.
-
-Rosa cambió el peinado e hizo lo que le dijeron y se puso un poco de
-colorete en las mejillas.
-
---¿Cómo estoy?--preguntó Rosa a Alvarito.
-
---Muy bien, muy bien. Mucho mejor que antes.
-
---Bueno; pues vamos--exclamó Manón arreglándose rápidamente.
-
-Se pusieron unos gabanes y capas encima y fueron a la calle.
-
---¡Chica, qué lástima que no seas húsar de veras!--dijo Morguy a Manón,
-agarrándole del brazo--. Estarías irresistible.
-
-Alvarito se rió.
-
-Entraron en casa de Lissagaray. El salón estaba ya lleno. Las tres
-amigas hicieron mucho efecto. Solamente podía competir con ellas Sonia
-Volkonsky, vestida de zíngara, con un traje de seda de colores, la
-falda corta, un pañuelo rojo a la cabeza, collares en la garganta,
-pulseras en los brazos y una pandereta en la mano.
-
-Entre los hombres había algunos disfraces curiosos: Pedro D'Arthez
-iba con un muscadín del Directorio, con un traje elegantísimo;
-Montgaillard, de bandido napolitano; el vizconde de Saint Paul, de
-Arlequín; había también un chino y un negro, y el que daba la nota
-cómica era un herbolario de la vecindad de madama Lissagaray, Pascual
-Joliveau, que iba de Robinsón Crusoé. Robinsón Crusoé vestía un traje
-hecho de hojas de árbol, un sombrero y una sombrilla de lo mismo y un
-loro de verdad en el hombro.
-
-Se hicieron muchos chistes a costa del herbolario; pero éste estaba
-satisfecho al ver que llamaba la atención.
-
-Se bailó, se habló y se rió, y todo el mundo, en general, estuvo muy
-contento.
-
-A los amigos les chocó que mientras Montgaillard se alejaba de Manón,
-el vizconde de Saint Paul se acercase a la muchacha y se pusiera a
-cortejarla.
-
-El vizconde tenía el genio fuerte y hablaba poco. Había tomado el
-hábito de mostrarse frío e indiferente y ligeramente burlón.
-
-El vizconde era hombre serio, guapo, un poco taciturno para su edad y
-nada amigo de charlar a tontas y a locas, como Montgaillard. Saint Paul
-tenía aplomo; probablemente se creía una gran cosa, y no se mortificaba
-ni se ofendía su amor propio con verse al lado de una mujer sin decir
-palabra. Quizá en un caso así creía que la culpa era de la que se
-hallaba a su lado y no la suya.
-
---El vizconde está muy bien--dijo Morguy a Manón--; pero será un amo
-para su mujer.
-
---¡Bah! No me preocupa. No me tengo que casar con él.
-
---¿Quién sabe?
-
-Saint Paul y Montgaillard, amigos de la víspera, se miraron como
-rivales, con gran desprecio, y se manifestaron cada vez más hostiles.
-Manón bailó con varios jóvenes y, al pasar junto a un grupo,
-Montgaillard dijo una de las veces en voz alta:
-
---Estas mujeres que son capaces de estar tres o cuatro horas bailando
-no se diferencian mucho de las cocineras.
-
-Ella le oyó y contestó:
-
---Los hombres que insultan a las mujeres no se diferencian mucho de los
-lacayos.
-
-El joven Montgaillard enrojeció. Aviraneta había oído la frase de Manón
-y se levantó.
-
---¿Te han insultado?--dijo--. No lo permitiré yo.
-
---Gracias, don Eugenio--contestó ella, riendo--. Es una frase que hemos
-leído hoy en una novela y la repito.
-
-Montgaillard miró con impertinencia a Aviraneta y éste se engalló, como
-en sus buenos tiempos, y contempló desdeñosamente al joven.
-
-En uno de los descansos del baile, Montgaillard quiso obtener una
-explicación de Manón y la detuvo en el pasillo; pero ella le empujó
-violentamente con desprecio.
-
-Aviraneta se sentó entre los señores viejos, un poco sorprendido de la
-impertinencia del muchacho. Vió que Manón era cortejada por Saint Paul
-y que Sonia, la condesa de Hervilly, hablaba mucho con el caballero de
-Montgaillard.
-
-Se bailó una contradanza muy brillante y, al terminarla, madama
-Lissagaray avisó a sus invitados para que pasaran al comedor a tomar
-algo. En este momento la condesa de Hervilly se acercó a don Eugenio.
-
---Desconfíe usted de sus amigos, señor de Aviraneta--le dijo.
-
---¿Me va usted a decir la buenaventura, hermosa zíngara?
-
---Sí, el mejor día le van a dar a usted un disgusto. Quizá lo mejor que
-puede usted hacer es marcharse de aquí.
-
---¿Es eso serio?--preguntó él, asombrado--. ¿Qué quiere usted decir con
-eso, señora?
-
---Todos sus proyectos están conocidos.
-
---¿Es que usted se dedica a la política?
-
---No; es verdad que soy carlista, pero tengo otros motivos para tener
-odio contra usted.
-
---¡Odio! ¡Contra mí! Yo no la conozco a usted.
-
---Pues yo sí le conozco a usted.
-
---¿A mí?
-
---Sí.
-
---¿Es una broma?
-
---No.
-
---Entonces, eso merece una explicación.
-
---No aquí.
-
---En el hotel, si quiere usted. Cuando le parezca.
-
---Dentro de una hora estaré allí.
-
---Muy bien.
-
---Vaya usted a mi cuarto. Le esperaré.
-
--¿Qué podía ser esto?--pensó Aviraneta--. ¿Qué podía haber de común
-entre aquella mujer y él?
-
-Aviraneta pasó al comedor, fué del comedor al salón, contempló como
-se bailaba y, cuando vió que la condesa de Hervilly se despedía, se
-levantó él al poco rato y se fué rápidamente a la fonda.
-
-Entró en su cuarto, vaciló, se metió una pistola cargada en el
-bolsillo; luego se arrepintió y la dejó en el cajón de la mesa; bajó
-al primer piso, llamó en el cuarto de la condesa y, al oír que decían
-adelante, pasó adentro.
-
-Estaba la condesa sentada en un sofá, todavía con su traje de zíngara.
-Llevaba unas joyas magníficas, unos brillantes en los dedos que
-lanzaban destellos de colores, unos brazaletes de oro con esmeraldas y
-un collar de perlas. Parecía algo como una sacerdotisa.
-
---Siéntese usted, don Eugenio--dijo ella.
-
-Aviraneta se sentó.
-
-Ante aquella belleza espléndida, el conspirador, viejo, flaco,
-pequeño, vestido de negro, parecía un cuervo.
-
---Estoy segura de que se encuentra usted intrigado con esta
-cita--exclamó ella.
-
---Es cierto.
-
---Y quizá asustado.
-
---No me conoce usted, condesa--replicó sonriendo, Aviraneta.
-
---¿No ha traído usted armas?
-
---¿Para qué? No creo que quiera usted batirse conmigo.
-
---Podía prepararle una emboscada.
-
---¡Bah, en un hotel! Ahora, si quiere usted decirme por qué me llama...
-
---Necesito oír una explicación de usted.
-
---Yo también necesito explicaciones.
-
---Usted conoció a mi padre en Méjico.
-
---¡Yo, a su padre!
-
---Sí.
-
---¿Cómo se llamaba?
-
---Ladislao Volkonsky.
-
---¿Es posible? ¿Usted es hija de Volkonsky?
-
---Sí; yo soy hija de Volkonsky y de Coral Miranda. De Coral Miranda, a
-quien usted calumnió.
-
---Es falso--gritó Aviraneta.
-
---Usted estorbó la boda.
-
---Es falso también.
-
-En este momento entraron en el cuarto el conde de Hervilly y el
-caballero de Montgaillard.
-
-Aviraneta se puso a la defensiva, desdeñoso y altivo.
-
---¿Qué gritos son esos?--preguntó el conde.
-
---No pasa nada, señores--dijo la condesa--. El señor Aviraneta se está
-explicando conmigo.
-
-Los dos hombres contemplaron a don Eugenio y éste les miró de arriba a
-abajo con desdén.
-
---Váyanse ustedes--repitió la condesa.
-
-Salieron los dos hombres, y Aviraneta, al verlos marchar siguió
-hablando.
-
---Sí--dijo--, Volkonsky fué amigo mío y yo le quería. Volkonsky no
-sabía que usted existiera. Además, Volkonsky quiso casarse con su
-madre. Ella fué la que no quiso, porque él era pobre.
-
---Miente usted--exclamó ella.
-
---No miento. ¿Qué interés puedo yo tener en mentir?
-
---Legitimar su conducta.
-
---¡Mi conducta! Está legitimada. Como digo, fué ella la que no se quiso
-casar con él. Ella era rica, de una familia orgullosa e influyente; él,
-aunque de una estirpe principesca de Polonia, no pasaba de ser un pobre
-aventurero en Méjico; ella fué la que no quiso unir su vida a la del
-polaco, y cuando su padre de usted se casó con una muchacha sencilla y
-modesta, su madre de usted le preparó una celada e hizo que le mataran
-y mandó cortarle la mano.
-
---Invenciones.
-
---No, verdades. Yo he visto la mano cortada. Yo he visto el cadáver de
-su padre en la finca de los Mirandas.
-
---Mi madre era una mujer angelical.
-
---Era una mujer diabólica y perversa.
-
---El diabólico y perverso es usted, Aviraneta. Se toda la verdad. Mi
-madre me contó toda la verdad.
-
---Cuente usted esa verdad para que yo pueda rebatirla.
-
---Mi madre me contó que había conocido a Volkonsky de niña y que la
-había seducido. Estando embarazada de mí, mi padre, Volkonsky, se hizo
-socio de varios españoles para explotar unas minas, y entonces un
-español, que le pretendía a mi madre, y a quien ella despreciaba, le
-habló a Volkonsky, le engañó, le dijo que ella había tenido amantes y,
-no contento con esto, lo asesinó y lo robó los planos de las minas. Ese
-español, ¿sabe usted quién era? Era usted, señor Aviraneta.
-
---Todo eso es un tejido de embustes, digno de la que los inventó--gritó
-Aviraneta--. Nada de eso es verdad. Mentira, todo mentira y mil veces
-mentira. Aún quedan en Méjico parientes y compañeros que recordarán
-aún la historia de Volkonsky. Les preguntaremos a ellos. Pero no hay
-necesidad. En Burdeos hay un comerciante español que vivió en Méjico en
-aquel tiempo, un tal Zangroniz. Le iremos a ver, le interrogaremos. El
-sabe la historia de Volkonsky y la mía... Pero ni aun eso es preciso,
-porque yo conservo cartas de Coral Miranda, que son de después de la
-muerte de Volkonsky.
-
---¿Usted conserva cartas de mi madre?
-
---Sí, y de su padre también--contestó Aviraneta excitado--. Ahora
-dígame usted cuándo, en dónde, ante qué testigos quiere que le enseñe
-esas cartas. ¿Usted es amiga del cónsul de España? ¿No es cierto?
-
---Sí.
-
--Muy bien. Dentro de tres días, ante el cónsul, le mostraré esas
-cartas; que vaya su esposo, el conde; yo llevaré otro testigo: ¿Usted
-tiene alguna carta de su madre?--preguntó don Eugenio.
-
---Sí.
-
---Llévela usted para cotejar la letra. Hasta entonces, tregua.
-
-La condesa de Hervilly, muy pálida, murmuró:
-
---Muy bien. Hasta dentro de tres días.
-
-Aviraneta, que estaba lívido, saludó maquinalmente y salió del cuarto.
-
-Al día siguiente, Aviraneta estuvo en Bidart y cogió de su archivo un
-paquete de cartas.
-
-Tres días después de la entrevista citó a la condesa en el Consulado.
-
-La reunión fué fría y ceremoniosa; como testigos estuvieron el conde
-de Hervilly y el señor Mazarambros. La condesa se presentó a la hora
-señalada. Vestía un traje gris y llevaba su collar de perlas.
-
-Aviraneta, ante el cónsul y los dos testigos, explicó de qué le acusaba
-la condesa a él, lenta y reposadamente.
-
---¿Es esto de lo que me acusa usted?--preguntó a la condesa, después de
-hacer la relación con toda clase de detalles.
-
---Sí.
-
---¿Ha traído usted alguna carta de su madre?
-
---Sí.
-
---¿Ustedes quieren cotejar si esta letra de las cartas que yo tengo es
-igual a la de las cartas que guarda la señora condesa?
-
-Mazarambros, Hervilly y Gamboa cotejaron la letra. Era la misma.
-
---Ahora, léanlas ustedes en voz alta.
-
-Al comenzar la lectura la emoción dejó una palidez profunda en Sonia,
-que le hacía más hermosa; los ojos, azules obscuros, brillaron con
-más resplandor, y sus manos temblaron. Luego, cuando pudo dominar la
-emoción, el rostro suyo se serenó, las mejillas tomaron su color y
-volvió a su aspecto normal.
-
-Las cartas eran aplastantes. En dos de ellas, Coral Miranda aseguraba a
-su querido Eugenio que nunca había tenido amores, ni siquiera amistad,
-con Volkonsky; que el polaco era un miserable que había querido
-abusar de ella cuando era niña; que ella no sabía lo que había sido de
-Volkonsky y que le esperaba a Eugenio llena de ansiedad y de amor.
-
-La condesa oyó, llorando, estas cartas.
-
---Es falso, falso--exclamó con rabia varias veces.
-
---No, no--le dijo su marido--; es verdad, no hay duda alguna.
-
---Ahora, si todavía queda duda--exclamó Aviraneta--, aquí guardo cartas
-de él, de Volkonsky. ¿Quieren ustedes verlas?
-
-La condesa no contestó. El conde tomó una de las cartas y la leyó
-despacio y se la devolvió a don Eugenio.
-
---Mi querida--dijo a la condesa fríamente--, este asunto está resuelto.
-El señor Aviraneta ha sido calumniado. El señor Aviraneta es una
-persona honorable y hay que reconocerlo y darle una satisfacción.
-
---Todos estamos de acuerdo con las palabras que ha dicho el señor
-conde--repuso Gamboa.
-
-Aviraneta se inclinó y al salir dijo a la condesa:
-
---Yo no pretendo, señora, que me conceda usted su amistad; fuí amigo de
-su padre, que era un corazón noble y generoso. Como digo, no pretendo
-su amistad; pero creo que no tiene usted derecho a tenerme odio.
-
---Fué usted enemigo de mi madre--murmuró la condesa, pálida y
-demudada--; para mí, eso basta.
-
-Aviraneta había ganado la partida y salió de la sala del Consulado,
-pálido, sonriendo con una sonrisa irónica.
-
-Durante algún tiempo la condesa de Hervilly no vió a Aviraneta. Ella y
-su marido cambiaron de hotel, lo que a don Eugenio alegró.
-
-Al cabo de un par de meses la condesa volvió a aparecer en casa de
-madama Lissagaray. Aviraneta no la hablaba; pero ella se acercó a él.
-
---No crea usted que me he olvidado de lo que ha pasado entre nosotros
-dos.
-
---Lo comprendo--dijo don Eugenio.
-
---El que haya conocido usted a mi padre y a mi madre me atrae hacia
-usted. A mi padre no le he conocido; a mi madre la vi solamente tres
-veces en toda mi vida. ¿Era hermosa?
-
---Muy hermosa.
-
---¿Y usted no la quería? Porque si la hubiera usted querido hubiera
-usted perdonado todo.
-
---Qué quiere usted, condesa. Cuando yo estuve en Méjico era joven aún,
-pero no un muchacho enamoradizo. Había hecho seis años de guerra de la
-Independencia, había rodado por el mundo y estado varias veces a punto
-de ser fusilado. No era un doncel.
-
---Pero mi padre había hecho la guerra con Napoleón. ¿No?
-
---Cierto; pero él era hombre más ingenuo, más poeta, más niño.
-
---Más bueno que usted.
-
---Sí, seguramente más bueno que yo; no lo niego.
-
---Usted es implacable.
-
---Implacable, no.
-
---Sí, implacable.
-
---¿Y ella, no lo era? Me persiguió a mí, le persiguió a su padre con
-saña. Tenía ese fondo vengativo y rencoroso de los criollos. Odiaba a
-los españoles, como todos los Mirandas.
-
---Yo también los odio.
-
---¿Con motivo?
-
---Sí.
-
---¿Qué motivos puede usted tener?
-
---Las crueldades de los españoles con los indios.
-
---¡Bah! ¿Y quién las ha hecho? ¿Los españoles que se quedaron en
-España, o los españoles que fueron a América y se convirtieron en
-americanos? Estos últimos son los hijos de los conquistadores, de los
-que hicieron todo lo bueno y todo lo malo que los españoles han hecho
-en América. Es ridículo que ellos ahora se disfracen con la piel del
-indio... Perfectamente ridículo. Se avergüenzan de tener sangre de
-indios y quieren pasar como sus herederos.
-
---Ustedes han sido muy crueles.
-
---¿Y los yanquis no han hecho en plena época moderna y fríamente con
-los indios tantas barbaridades como los españoles? ¿Y los ingleses,
-que han exterminado razas enteras? ¿Y los franceses, que después de la
-revolución y de las monsergas de la libertad, igualdad y fraternidad
-han sido los mayores proveedores de carne negra en América? ¡Bah, yo me
-río de eso!
-
---Yo soy americana, y veo a los españoles como los enemigos de mi país.
-
---Es una preocupación. Toda esa epopeya americana de la Independencia
-es falsa.
-
---Es lo que les conviene decir a ustedes.
-
---No. Es la realidad. La independencia de América fué una guerra civil
-entre los españoles de las colonias y los españoles enviados por la
-Monarquía. Los indios, los verdaderamente americanos, eran los que
-no tomaban parte en la lucha. Es más: había un número casi siempre
-mayor de indios en los ejércitos realistas que en los republicanos.
-En la batalla de Ayacucho, por ejemplo, el número de indios era mayor
-entre los españoles que entre los americanos. A los indios, ¿qué les
-importaba la independencia? En el fondo no cambiaban más que de amo.
-
---No hablemos de política.
-
---Tiene usted razón. No hablemos de eso. Creo que habrá usted quedado
-convencida de que mi conducta con su madre no fué traidora ni infame.
-Si yo hubiera sido un aventurero, me hubiera casado con Coral Miranda.
-Ella era rica; yo, pobre.
-
---¡Es que no la quería usted! ¡Pobre madre! No sé si le perdonaré a
-usted, Aviraneta. No sé.
-
---Me olvidará usted, condesa. Usted tiene un gran porvenir por delante.
-Yo ya soy viejo y no creo ni pienso estorbarle a usted.
-
---Ya veremos.
-
-El joven Montgaillard, al ver a la condesa hablando con don Eugenio,
-miraba a los dos con desconfianza. ¿Qué extraño capricho podía tener
-ella de conversar con aquel hombre sombrío y tétrico?
-
---Hay quien se siente celoso de que hable usted conmigo--dijo Aviraneta
-sonriendo.
-
-La condesa contempló a su interlocutor atentamente y se levantó.
-
-Al poco rato Alvarito se acercó a don Eugenio.
-
---Señor Aviraneta--le dijo.
-
---¿Qué ocurre?
-
---¿Quiere usted venir conmigo a casa de mi patrón?
-
---¿Qué pasa?
-
---Que Chipiteguy ha desaparecido.
-
-Don Eugenio tomó su gabán y fué con Alvarito a la casa del Reducto.
-
-Hacía ya un día entero que el viejo no aparecía por parte alguna.
-
-Manón y Alvarito habían ido de acá para allá preguntando por el viejo.
-La andre Mari y la Tomascha se dedicaban a lamentarse y a decir que
-ellas ya habían previsto aquella desgracia.
-
-Se preguntó en las cuadras de alquilar caballos, por si el trapero
-había tomado alguno para hacer compras por los alrededores; se fué
-a ver a Automendy, un alquilador de coches de la Puerta de España,
-conocido de Chipiteguy; se habló a todos los amigos del viejo. Nada dió
-resultado.
-
-Al día siguiente se avisó a la policía.
-
-La desaparición de Chipiteguy de la casa del Reducto produjo gran
-efecto entre sus conocidos.
-
-Se habló de la masonería, de una sociedad secreta republicana que se
-llamaba las Estaciones, que quizá le había dado una comisión; hubo
-quien sacó a relucir a los jesuítas.
-
-Pasaron días y más días y no hubo noticia alguna. Chipiteguy
-definitivamente había desaparecido.
-
-
-
-
-QUINTA PARTE
-
-EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY
-
-
-
-
-I
-
-EN LA REGATA DE INZOLA
-
-
-Una mañana de invierno, tres hombres agazapados detrás de una gran
-peña, al comienzo de un robledal próximo a Vera, en un lugar llamado la
-regata de Inzola, estaban espiando el paso de alguien.
-
-Era el sitio en que los hombres se hallaban emboscados solitario y
-sombrío, un gran barranco, por en medio del cual corre el antiguo
-camino de Vera a San Juan de Luz, camino estrecho, que algunos dicen
-que es calzada romana, a pesar de que la gente le llama de Napoleón,
-porque supone que la mandó hacer el emperador de los franceses para
-pasar sus cañones al entrar en España.
-
-Este barranco, con grandes robles y con rincones húmedos y obscuros de
-monte bajo, se va inclinando hacia Francia. Desde algunos de sus puntos
-se distingue el mar, verde, entre las rocas de la costa. Por el fondo
-corre un arroyo que recoge aguas de la vertiente del monte Larrun y
-va a unirse al pequeño río llamado la Nivelle, que sale al mar en San
-Juan de Luz. El camino que une a España y Francia por esta parte va
-trazando curvas, escalando las alturas; a trechos, con las antiguas
-losas de la calzada bien conservadas; en parte, roto y destrozado e
-invadido por las zarzas.
-
-Aquella mañana en que los tres hombres, apostados detrás de una roca,
-preparaban una emboscada, el cielo aparecía obscuro, con nubes de color
-de tinta; caían grandes gotas de lluvia sobre los montones de hojas
-secas; silbaba y gemía el viento, y el camino, estrecho, estaba lleno
-de barro, más abandonado y desierto que de ordinario. En algunos puntos
-el arroyo inundaba la calzada en una extensión de cincuenta o sesenta
-metros.
-
-No había nadie por los alrededores. A veces llegaban por aquellos
-vericuetos partidas carlistas a vigilar la frontera y también solían
-verse las boinas rojas de los chapelgorris.
-
-Los tres hombres que espiaban a la entrada del robledal de Inzola eran
-un hermano de Bertache, apodado Martín Trampa; el criado de éste, a
-quien llamaban Malhombre, y un compañero de aventuras de ambos, Perico
-Beltza o Perico el Negro.
-
-Martín Arreche tenía dos apodos: uno, el nombre de su casa, Bertache,
-apodo común a su hermano Luis y a él; el otro, Martín Trampa, ya de por
-sí bastante significativo.
-
-Martín, grueso, fuerte, membrudo, era hombre de aire audaz, cara
-redonda, pómulos salientes, ojos negros y sombríos, labios delgados y
-expresión ladina. Su manera de mirar, observadora, solapada e irónica,
-le denunciaba cuando quería aparecer como cándido e inocente.
-
-Martín era hombre audaz, decidido y cruel; de él se contaban rasgos de
-valor y de energía.
-
-El oficio de Martín, al menos el que practicaba en público, era
-tratante de ganado. Vivía en la casa de sus padres, llamada Bertache,
-en Almandoz, con su mujer, sus hijos, su hermana y su madre.
-
-Martín paraba poco en casa; solía vérsele con frecuencia por los
-caminos, montaba a caballo, con su blusa negra y su bastón, la
-_maquilla_ vasca, con la correa en el puño.
-
-Su criado, secretario u hombre de confianza, Juan Echenique, alias
-Malhombre, era digno de su amo por todos conceptos. Vivía también en
-Almandoz, donde tenía una casucha pequeña y una familia numerosa, y
-confesaba sin rebozo que desde niño había tenido una afición decidida
-al robo.
-
---Muy pobre debe ser esta casa--decía una vez, refiriéndose a un
-caserío en donde había estado.
-
---¿Por qué?
-
---Porque ni por casualidad he encontrado en ella nada que robar.
-
-Malhombre era tipo de cara afilada como un cuchillo, expresión suspicaz
-y maquiavélica. Tenía muy aviesa intención.
-
-Se decía de él en el pueblo que había sido durante su juventud un
-muchacho apacible y humilde. Poco antes de la guerra estuvo de criado
-de un arriero, e iba con una recua de la frontera francesa a Pamplona y
-al contrario.
-
-En la guerra se reveló. Cuando supo que había partidas en el país,
-robó una escopeta en casa de un labrador rico de Almandoz y se echó
-al monte, a unirse con las fuerzas de Sagastibelza. Un campesino, al
-verle desde el caserío, se asomó a la media puerta de la entrada y le
-preguntó con alguna sorna:
-
---¡Hola, Malhombre! ¿Qué tal? ¿De viaje?
-
-Malhombre no contestó; se echó a la cara el fusil, pegó un tiro al
-campesino, lo dejó muerto y siguió andando.
-
-Malhombre era un tipo de estos de revolución o de guerra, aspirantes
-obscuros a energúmenos y a asesinos, que viven durante muchos años una
-vida resignada y tranquila y un día se sienten fieras y matan o roban o
-degüellan, asombrando a los que les conocen, que no pueden pensar que
-lo normal en ellos es ser fieras, no hombres tranquilos y apacibles.
-
-Desde la guerra, Malhombre acusó su personalidad siniestra. Un año o
-dos después de echarse al campo estuvo en Francia preso, no se sabía a
-punto fijo por qué, y allí en la cárcel debió conocer a gente criminal
-que le enseñó sus mañas.
-
-Malhombre vivía sobre el pueblo, como hubiese podido vivir un antiguo
-capitán de bandoleros. Alimentaba su vaca en los prados de los vecinos,
-cogía las habichuelas, las patatas o los tomates en las huertas
-próximas, robaba alguna vez una gallina o un cordero. Malhombre
-merodeaba de noche y producía terror en la aldea. El chico o la chica
-que lo encontrara al obscurecer en el camino cortando hierba en algún
-campo que no era suyo, huía de él al verle, y Malhombre le amenazaba
-con la guadaña, porque le gustaba aterrorizar a la gente.
-
-Se decía que Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza, con otro
-cómplice suyo que vivía en la venta de Odolaga, cerca de Pamplona,
-solían apostarse en el alto de Velate, enmascarados o con las caras
-tiznadas para que no los conocieran, y esperaban allí a robar a los
-viajeros.
-
-Tenían dos mulos, a los que cargaban con los objetos robados, y en una
-noche Malhombre andaba a campo traviesa diez o doce leguas y dejaba los
-productos del robo en sitio seguro e insospechable, muy lejos del lugar
-de la fechoría.
-
-Para esto, naturalmente, los tres hombres necesitaban cómplices, y los
-tenían, según aseguraban, entre personas de posición, que guardaban el
-producto de los robos.
-
-Nadie sospechaba quiénes podían ser estos cómplices. Algunos aseguraban
-que los tres hombres no se contentaban con robar, sino que en ocasiones
-también mataban.
-
-Martín Trampa y Malhombre tenían la especialidad de desvalijar los
-coches. Se decía que para esta labor se hacían pasar por carlistas, y
-que a ellos y a Perico Beltza se unía una chica, hija de Malhombre, que
-solía vestirse de oficial, con su uniforme, su sable y su boina blanca.
-Esta chica, la Puri, era una muchacha muy esbelta, rubia y bonita. La
-Puri hacía su papel e inmediatamente volvía a su casa. La chica trataba
-a su padre con respeto; para ella Juan Echenique no era Malhombre, sino
-un buen hombre.
-
-Aunque Martín y los suyos fueron varias veces ante los tribunales,
-nunca les llegaron a probar nada. Los tres socios escogían las noches
-más negras para sus hazañas. Malhombre era nictálope: veía tan bien de
-noche como de día, y esta casualidad le servía para orientarse y poder
-escapar en medio del campo en la mayor obscuridad. Se sospechaba que
-era algo brujo y que sabía de remedios misteriosos y de sortilegios.
-
-Malhombre tenía un perro muy inteligente y también ladrón, Erbi.
-
-Se decía que Erbi, con mejor corazón que su amo, una noche que entre
-Martín Trampa, su criado y Perico Beltza mataron a un viajero, estuvo
-aullando de una manera lastimera largo tiempo cerca del cadáver.
-
-Malhombre solía llevar siempre un rompecabezas, hecho por él, que
-consistía en un vergajo de un palmo con una bola de plomo sujeta a la
-punta. Era ésta una de sus armas predilectas, que él manejaba con gran
-habilidad.
-
-Respecto a Perico Beltza, era hombre fuerte, pesado, muy poco
-inteligente, contrabandista desde la infancia. Le llamaban Perico
-Beltza, Perico el Negro, por su color moreno.
-
-De los tres hombres emboscados, Martín era como un tigre, hombre de una
-gran fuerza, de una gran energía y de una gran crueldad; para él los
-obstáculos no existían, y si había que pasar por charcos de sangre,
-pasaba decidido y sin miedo.
-
-Malhombre era como el lobo, cauteloso y sombrío, amigo de la
-obscuridad, de las aventuras nocturnas, a quien estorbaba la luz del
-sol; Malhombre amaba lo enigmático, lo secreto, las bromas terroríficas
-y siniestras, el mostrar la careta o el rostro tiznado mejor que la
-cara, el deslizarse entre las sombras.
-
-Perico Beltza era pesado, malhumorado y torpe como un perro de ganado...
-
-Llevaban los tres siniestros personajes más de una hora agazapados tras
-de una roca que había al comienzo del barranco de Inzola, cuando se vió
-a lo lejos a un hombre, montado en una mula, precedido por otro que iba
-delante con el ramal en la mano, y seguido por un tercero.
-
-El hombre montado en la mula iba con una capa y el delantero, que
-llevaba la bestia del ronzal, marchaba esquivando los charcos; el
-zaguero, que sin duda vigilaba al preso, traía un paraguas abierto.
-
-El que marchaba montado en la caballería era Chipiteguy; el que llevaba
-la mula del ronzal, Claquemain, y el que iba detrás con el paraguas
-abierto, Frechón.
-
-Al divisar el grupo, Martín Arreche, alias Martín Trampa, sacó la
-cabeza fuera del escondrijo e hizo un gesto de inteligencia a Frechón.
-
---Mirad por aquí cerca si hay alguien--dijo Martín a Malhombre y a
-Perico Beltza.
-
-Los dos hombres se escabulleron y fueron a un lado y a otro para
-vigilar. Martín se acercó a Frechón.
-
---¡Hola, amigo!
-
---¡Hola!
-
---¿Este es el viejo?--preguntó.
-
---Este es.
-
---¿Qué piensa usted hacer con él?
-
---¿No habrá aquí cerca algún sitio adonde llevarle por ahora?
-
---Hombre, yo he hablado al dueño de un caserío llamado Churinborda.
-Allí se le podía llevar, siempre que el viejo no proteste, porque si
-no, el hombre se alarmará.
-
---Oiga usted, Chipiteguy--dijo Frechón.
-
---¿Qué hay?--murmuró el viejo.
-
---Le vamos a llevar a un caserío próximo para arreglar nuestros
-asuntos. No creo que se nos vendrá usted con gritos.
-
---Yo no tengo la costumbre de gritar--contestó Chipiteguy con serenidad.
-
---No le conviene a usted tampoco--replicó Frechón--. Si estos fanáticos
-saben que usted se llevó un tesoro de cruces y de custodias de las
-iglesias de Navarra, no le digo a usted lo que le va a pasar.
-
-Chipiteguy murmuró:
-
---Usted me acompañó en la faena; pero eso no importa; vamos cuanto
-antes al caserío.
-
-El viejo montado en la mula siguió camino adelante, dirigido por
-Claquemain. Los otros hombres fueron detrás.
-
---¿Así que este viejo fué a Pamplona y sacó barricas llenas de oro y
-de plata?--preguntó Martín.
-
---Sí.
-
---¡Qué templado!
-
---Y a mí me prometió una parte y no me la dió.
-
---Yo hubiera hecho lo mismo--dijo Martín.
-
-Frechón contempló a Martín con cierta suspicacia.
-
---Ahora me pagará la trastada--murmuró el francés--. A mí no me importa
-nada que se haya quedado con las cruces. Yo me río de los sacrilegios.
-Lo que no le perdono es que me haya engañado.
-
---¿Qué piensa usted hacer?--preguntó Martín.
-
---Le llevaremos a ese caserío próximo, donde escribirá una carta a su
-familia de Bayona para que nos entregue una buena cantidad de dinero.
-
---¿Quién irá con la carta?--dijo Martín.
-
---Ya veremos.
-
-Siguieron marchando, precedidos por Chipiteguy, montado en la mula,
-hasta el caserío Churinborda. Al llegar a la puerta, Frechón ayudó a
-apearse a Chipiteguy.
-
---No le aconsejo a usted que proteste--le dijo el francés--, porque
-entonces le entregarían a usted a los carlistas como ladrón de cruces
-de iglesias y le fusilarían sobre la marcha.
-
---¿Y qué adelantaría usted con eso?--preguntó Chipiteguy con calma.
-
---Nada; por eso no lo hago; pero se lo advierto a usted; lo que yo
-deseo es cobrar un buen rescate como indemnización y nada más.
-
---Estoy dispuesto. ¿Cuánto?
-
---Ahora lo veremos y se lo diré a usted. Tengo que saber qué quieren
-sacar estos ayudantes.
-
---Está bien.
-
---Señor Chipiteguy, ha perdido usted la partida.
-
---Sí, ya lo veo.
-
---Que le sirva a usted de escarmiento, y otra vez no pretenda usted
-engañar a Frechón. El viejo Frechón tiene siempre la última palabra.
-
-Entró Chipiteguy en la cocina del caserío, se puso al lado de la lumbre
-a secarse, vigilado por Claquemain, mientras Frechón, Martín Trampa,
-Malhombre y Perico Beltza discutían lo que tenían que hacer.
-
-El rescate, después de largas discusiones, lo fijaron en treinta mil
-francos: quince mil para Frechón y Claquemain y quince mil para Martín
-Trampa y los suyos. A Frechón le pareció una cosa excesiva lo que
-pedían éstos, pero no era ocasión oportuna de oponerse.
-
-Se le obligaría a Chipiteguy a escribir la carta. ¿Quién la llevaría?
-¿Cómo se depositaría el dinero y quién lo recogería?
-
-Nadie tenía confianza en los demás. Martín, que vió en la cocina del
-caserío que Chipiteguy hablaba mucho con Claquemain, dijo a Frechón
-que no le parecía prudente dejar al viejo en una casa tan próxima a
-la frontera, porque podía encontrar cualquier ocasión para escapar y
-meterse fácilmente en Francia.
-
---¿Qué cree usted que se debía hacer?--preguntó Frechón.
-
---Internarle. Este Malhombre tiene en Almandoz un amigo sacristán, que
-es pariente y compinche suyo. El sacristán vive en una casa con una
-torre. Allí se podía meter al viejo.
-
---¿Cuánto habrá de aquí a Almandoz?
-
---Unas cinco leguas.
-
---Bueno; pues vamos a llevarle allí.
-
-Malhombre se encargó de conducirle en la mula, de noche, por los
-vericuetos que él sabía.
-
-Frechón creyó que llevaba su asunto perfectamente. Chipiteguy estaba
-dispuesto a no protestar.
-
-Martín Trampa y sus hombres no sabían francés, y Frechón pensaba
-engañarlos hábilmente y quedarse con todo el rescate a poco que la cosa
-se presentase bien.
-
-Sin embargo, cuando Frechón llegó a Almandoz y vió que Martín Trampa
-era allí un reyezuelo, y que todo el mundo le obedecía por el terror,
-pensó que su asunto no marchaba tan bien y que quizá había hecho una
-imprudencia.
-
-Al viejo Chipiteguy le habían metido en el último piso de un caserón y
-allí lo tenían vigilado.
-
-
-
-
-II
-
-MANIOBRAS DE FRECHÓN
-
-
-Cuando Matías Frechón comprobó que el viejo Chipiteguy se la había
-jugado en el asunto de Pamplona, pensó, tarde o temprano, en tomar
-venganza. La ocasión se había de presentar a la larga o a la corta, y,
-efectivamente, se presentó. Frechón urdió pronto un proyecto que le
-pareció soberbio.
-
-Para realizarlo necesitaba cómplices, decididos y valientes; Roquet,
-por entonces, estaba ya a las órdenes de Aviraneta, dedicado a
-maniobras políticas; Cazalet, el bohemio, no era hombre más que para
-intrigas de ciudad; perezoso y borracho, no podía actuar más que en el
-rincón del café o de la taberna.
-
-Frechón, que espiaba a todos los españoles que venían a Bayona, supo
-que Gabriela la Roncalesa visitaba la posada de Iturri y conferenciaba
-con Aviraneta.
-
-Frechón se presentó a la muchacha y la dijo que tenía algunos asuntos
-comerciales con los carlistas, y que, para resolverlos, necesitaba una
-persona de inteligencia que tuviera conocimientos entre los partidarios
-de don Carlos.
-
-Gabriela habló de su novio, Luis Arreche; dijo que éste era
-subteniente del 5.º batallón de Navarra y que conocía algunos
-personajes importantes del partido. Frechón preguntó a Gabriela si
-él no podría hablar en algún lado con el subteniente Arreche, y ella
-contestó que una semana después su novio estaría en Vera y que allí
-podría entenderse con él.
-
-Frechón entró en España y habló con Luis Arreche, a quien llamaban
-Bertache por el nombre de su casa.
-
-Frechón contó a Luis la jugada que le había hecho Chipiteguy en
-Pamplona y le confesó que él pensaba preparar una emboscada para
-sacarle parte o todo el dinero que el viejo se había agenciado con el
-negocio de las cruces.
-
-Luis Arreche le advirtió que él no podía estar mucho tiempo en la
-frontera, y que, para preparar la emboscada contra Chipiteguy, lo mejor
-que podía hacer era dirigirse a su hermano Martín. Frechón mandó un
-aviso a Martín Arreche, alias Bertache, alias Martín Trampa; hablaron
-los dos, se entendieron y se pusieron de acuerdo en la manera de
-apoderarse del viejo trapero, de secuestrarle y de sacarle los cuartos.
-
-Frechón volvió a Bayona y sondeó a Claquemain. Claquemain era un
-borracho que no tenía afecto a nadie. Con la promesa de dinero se
-decidió a hacer traición a su amo.
-
-Entre los dos hombres engañaron a Chipiteguy, hablándole de una compra
-de armas en la venta de Inzola.
-
-Fueron Claquemain y el viejo a San Juan de Luz, en coche; alquiló allá
-Chipiteguy una mula para subir a la venta de Inzola, y en la venta de
-Inzola aparecieron Frechón y Claquemain, que le obligaron a seguir
-adelante y le llevaron al final del robledal, donde esperaban Martín
-Trampa, Malhombre y Perico Beltza.
-
-A los dos días de la desaparición de Chipiteguy se presentó Frechón
-en la casa del Reducto, de Bayona. Dijo a Manón y a la andre Mari que
-había estado en Dax y se manifestó muy asombrado de la desaparición de
-Chipiteguy.
-
-Luego en la tienda, delante de Alvarito y de algunos clientes, afirmó
-que a Chipiteguy lo habían engañado y llevado a España los curas
-carlistas al enterarse de que había sacado cruces y custodias de
-Pamplona.
-
---¿Qué custodias?--preguntó Alvarito.
-
---Tú eres un imbécil que no te enteras de nada--le dijo Frechón--.
-Cuando el viejo estuvo con nosotros en Pamplona trajo plata y piedras
-preciosas, que debe tener guardadas aquí.
-
-Alvarito se quedó asombrado y habló con Manón del tesoro de Pamplona y
-decidieron un día registrar la cueva.
-
-Alvarito estaba haciendo gestiones para averiguar el paradero de
-Chipiteguy, y fué a ver a María Luisa de Taboada por si ésta le podía
-dar alguna indicación. María le preguntó si no conocía a don Eugenio de
-Aviraneta.
-
-Alvaro le dijo que sí.
-
---Pues vaya usted a verle.
-
-Aviraneta vivía entonces en la fonda de Francia.
-
-Alvaro explicó a don Eugenio lo ocurrido: la desaparición de Chipiteguy
-y de Claquemain.
-
-Aviraneta hizo que Alvaro contase todo lo que sabía. Alvarito relató
-las incidencias del viaje a Pamplona: cómo habían entrado en la
-ciudad; cómo el patrón había dicho a su dependiente que le esperase en
-Valcarlos, y cómo después, en vez de ir por San Juan de Pie de Puerto a
-Bayona, había ido a San Sebastián y embarcado aquí con sus figuras de
-cera.
-
---¿Usted no sospecha de nadie?--le preguntó Aviraneta.
-
---No.
-
---¿Ni siquiera de Frechón?
-
---A ese hombre le considero capaz de cualquier cosa, pero parece que
-estos días de la desaparición de Chipiteguy estaba en Dax.
-
---¡Quién sabe! Quizá esto no sea más que una coartada.
-
-Aviraneta prometió al joven Sánchez de Mendoza que pondría todos los
-medios para averiguar el paradero de Chipiteguy, suponiendo que el
-viejo se hallara en España.
-
-Los amigos de Chipiteguy, muy extrañados de su desaparición, hacían mil
-cábalas; para unos era una fantasía del viejo, que se había marchado de
-casa por capricho, otros creían que estaba secuestrado, y otros, que
-muerto.
-
-Unos quince días después de la desaparición de Chipiteguy, Alvarito
-recibió una carta, que fué a leerla a Manón y a la andre Mari. La carta
-decía así:
-
-"Mi querido amigo: Me han traído a España y me tienen preso. Para
-dejarme libre exigen que dé dos mil onzas. Vete a ver a Manasés
-León, con esta carta, y él te proporcionará la cantidad indicada. La
-tendrás dispuesta para entregársela inmediatamente al emisario que se
-presente ahí dentro de poco con una carta mía desde la frontera, que
-irá dirigida a don Alvaro Sánchez de Mendoza y estará firmada por Juan
-Dollfus.
-
-No hay que avisar a la policía española, porque ella aquí, por ahora,
-no puede hacer nada, y la denuncia podría costarme la vida. Di a Manón
-que estoy bien y que pienso siempre en ella. Tu amigo, _Chipiteguy_."
-
-Alvarito hizo lo que se le indicaba en la carta y esperó con el dinero
-en la caja a que apareciera el emisario, pero éste no apareció.
-
-Una semana después, Manón recibió otra carta, en la que se le decía que
-su abuelo se encontraba preso, y que si quería verle libre, enviara una
-letra de quince mil francos, a cobrar en Elizondo, a nombre de Juan
-Echenique, de Almandoz; que no avisara a la justicia, porque no podría
-hacer nada contra los secuestradores del viejo y porque si sabían que
-eran denunciados podían matarle.
-
-Manón y Alvarito consultaron con Manasés, y éste dijo que era una
-imprudencia enviar el dinero sin garantía, porque el Echenique podía
-quedarse con él y no librar a Chipiteguy.
-
-Decidieron entre los tres escribir a Echenique, indicándole que le
-enviaban una carta de pago de quince mil francos a cobrar en casa de
-Rodríguez y Salcedo, de Bayona, y añadiendo que le pagarían desde el
-momento en que Chipiteguy estuviese libre en cualquier punto de la
-frontera de Francia.
-
-Como ésta carta tampoco dió resultado, Alvaro fué de nuevo a visitar a
-Aviraneta, quien le dió una carta para Luis Arreche, alias Bertache.
-
-Don Eugenio le decía en ella que se enterara de quiénes tenían
-secuestrado a Chipiteguy y en dónde; que les dijera a los
-secuestradores que no pidieran más de lo que habían pedido, porque el
-viejo no era tan rico como decían, y que, aunque lo fuera, quizá en la
-misma familia del viejo hubiera gente que le conviniese que Chipiteguy
-desapareciera.
-
---No, no hay nada de eso--dijo Alvarito.
-
---Seguramente que no--replicó Aviraneta--; pero es un argumento para
-gente un tanto canalla, que desconfía de todo menos de las malas
-intenciones.
-
-Alvarito se dispuso a ir a España a ver a Bertache. Antes de salir,
-Aviraneta le llamó. Había sabido por Gabriela la Roncalesa que Martín
-Trampa, el hermano de Luis Arreche, era uno de los complicados en el
-secuestro de Chipiteguy. Martín vivía en Almandoz y Aviraneta pensaba
-que se le podía escribir a él directamente. Le escribieron. Alvarito y
-Manón decidieron esperar una semana, por si Martín Trampa contestaba;
-pero no contestó...
-
-
-
-
-III
-
-EL TESORO
-
-
-Una noche le despertaron a Alvarito la Tomascha y la andre Mari. Habían
-oído claramente que andaba gente en la cueva.
-
---¡Levántate!--le dijeron las dos mujeres.
-
-Alvarito se levantó, temblando de miedo, y se vistió lo más rápidamente
-posible.
-
---Vamos a ver quién es--dijo, fingiendo serenidad en la voz.
-
---No, no--replicó la andre Mari--; lo que tenemos que hacer es
-encerrarnos en este piso con llave. Manón está dormida.
-
---Mejor sería llamar a la guardia del Reducto--murmuró la Tomascha--.
-Desde la ventana podemos gritar.
-
---No, no--dijo la andre Mari--; no vaya a resultar que sea algún gato y
-se burlen de nosotras y nos tengan por unas viejas locas.
-
-Con el rumor de las voces Manón se despertó y apareció en la escalera,
-preguntando de qué se trataba.
-
---Hay gente en la casa--le dijo su tía.
-
---Pues vamos a ver quién es.
-
-La muchacha se puso una bata, cogió el farol con el que solía hacer
-la ronda nocturna con su abuelo y comenzó a bajar decididamente la
-escalera.
-
-Alvarito la siguió con un garrote en la mano; las mujeres, al ver a los
-dos muchachos tan decididos, fueron también bajando las escaleras tras
-ellos.
-
-Manón y Alvarito recorrieron la tienda, los almacenes y el patio y no
-encontraron a nadie.
-
---Quizá en la cueva se haya encerrado el ladrón.
-
-Entraron en la cueva. A la luz del farol vieron las figuras de cera
-apoyadas en la pared con un aire extraño. La arpillera que cubría el
-grupo de los Asesinos había caído y el Asesino joven sacaba el brazo,
-armado con su puñal. La presencia de aquellas repugnantes figuras
-de cera renovó la obsesión de Alvarito; le produjeron espanto, y en
-medio de la noche, y en la cueva, y a la luz vacilante del farol, casi
-le dieron más terror que si fueran verdaderos ladrones que hubieran
-entrado en la casa.
-
-Al volver a su cama, Alvarito reconoció en su fuero interno que, aunque
-aparentemente había quedado bien, en el fondo había tenido mucho miedo.
-Se avergonzaba, al mismo tiempo, de su cobardía y se asombraba de sus
-momentos de valor.
-
-Al día siguiente, cuando Alvarito fué a su despacho, pudo notar señales
-de pasos en el patio. La noche antes había llovido y quedaban huellas
-de unas botas y el barro ya seco. No era, pues, ilusión el que hubiese
-habido gente dentro de casa por la noche, sino un hecho cierto.
-
-Ahora, por dónde había entrado y por dónde habían salido, era lo que
-no comprendía, porque en el portal no había huellas y el cerrojo de la
-puerta estaba por la mañana echado.
-
-Alvaro supuso si los ladrones, o lo que fuesen, se habrían descolgado
-por la pared del patio, o quizá por el tejado. Todo esto le dió a
-Alvarito gran miedo. La andre Mari y la Tomascha se alarmaron mucho al
-saber que era cierta la entrada de los hombres en la casa y decidieron
-que fueran a dormir al almacén Quintín y un primo suyo zuavo.
-
-Este primo de Quintín era Max Castegnaux, supuesto hijo de Chipiteguy,
-que había llegado a sargento en el ejército de Argelia, y que estaba
-retirado y tenía un destino en el Ayuntamiento.
-
-Max Castegnaux, alto, ancho, fuerte, corpulento y grande, tenía aire
-marcial y una frente abombada un poco de carnero. Max gastaba bigote y
-patillas. Llevaba sombrero de copa de alas muy anchas, levita de mangas
-largas y estrechas y un junco, colgando en el botón del chaleco.
-
-Quintín y Castegnaux dormirían en la trastienda en unos catres, cada
-uno con la pistola cargada, al alcance de la mano. Max y Quintín
-pensaron en poner dos o tres figuras de cera en los rincones, en sitios
-extraños, para asustar al que pretendiera entrar en la casa.
-
-La guardia de los hombres no era muy eficaz.
-
-Al parecer, Quintín y Castegnaux llevaban cada uno su botella de vino a
-la trastienda, y después de jugar una partida y de beberse el vino, se
-echaban a dormir y roncaban como benditos. Ni un cañonazo los hubiera
-despertado.
-
-Unos días después de los ruidos y de la alarma y de inaugurar
-la guardia en la trastienda con Castegnaux y Quintín, Frechón,
-considerándose ofendido al ver que en la casa se daba más importancia a
-Alvarito que a él, se despidió.
-
-Manón le dijo a Alvaro que, ya que no podían temer el espionaje de
-Frechón, tenían que ver lo que había guardado el abuelo en la cueva.
-
-Fueron los dos con un farol y notaron que había un sitio con la tierra
-removida. Cavaron allí y comenzaron a aparecer barras de plata,
-pintadas de negro, y trozos de oro, envueltos en trapos.
-
-En el agujero había también un cantarillo.
-
---¿Qué habrá aquí?--se dijo Alvaro.
-
---A ver, vacíalo.
-
-Alvaro vació el cantarillo en el suelo y salió de su interior un montón
-de esmeraldas, de zafiros y de topacios.
-
-A la luz del farol brillaban las piedras con mil fulgores.
-
---Es un tesoro--murmuró Alvaro.
-
---Sí, pero no podemos tocarlo--dijo Manón.
-
---¡Ah, no! Claro que no. Volveremos a guardarlo como estaba.
-
-Alvarito llenó la cantarilla con las piedras preciosas y la enterró de
-nuevo. De pronto creyó que había alguien que le estaba mirando; pero
-era una de las figuras de cera.
-
-Cuando dejaron el sótano, Manón y él pensaron que salían de la cueva de
-Alí Babá y de sus cuarenta ladrones.
-
-La existencia del tesoro influyó en la imaginación de Alvarito. Supuso
-que, así como en los cuentos antiguos había un dragón que guardaba un
-tesoro y una princesa, allí eran las figuras de cera las vigilantes.
-
-El, Alvarito, acabaría siendo el dominador de las feas figuras, el
-Orfeo de las bestias inmóviles, el domador de los espectros asquerosos
-y repugnantes, y después de vencerlos, huiría con la princesa y con el
-tesoro.
-
-Unos días después soñó que se encontraba delante de una puerta
-disparando tiros contra alguien que quería asaltar la casa.
-
-
-
-
-IV
-
-LOS VIEJOS DE LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY
-
-
-Grandes comentarios se hicieron entre los amigos acerca de la
-desaparición de Chipiteguy. En la tertulia de madama Lissagaray se
-habló mucho del caso, y, sobre todo, los viejos y las personas sesudas
-discutieron y expusieron sus opiniones.
-
-Había variedad de hipótesis. La mayoría consideraba que el secuestro
-tenía un carácter político, y, según sus ideas, lo achacaban unos a los
-carlistas y otros a los masones.
-
-Algunos no creían que se tratara de maniobras políticas, sino de
-motivos personales.
-
-Uno de los que acusaba a Frechón como autor o, por lo menos, cómplice
-del secuestro, era Pascual Joliveau, el Robinsón Crusoé del baile del
-día de San Martín.
-
-Joliveau tenía su tienda de herbolario en el piso bajo, en casa de
-madama Lissagaray. Joliveau era soltero, de unos treinta y tantos años,
-grueso, rubio, pálido, pesado e imberbe, con las orejas grandes y las
-manos enormes.
-
-Era, además, tartamudo.
-
-Joliveau ganaba dinero con su tienda. Era muy trabajador y un poco
-entrometido en cuestiones de medicina. Creía que sabía mucho, y también
-lo creía la gente de la vecindad.
-
-Los enemigos suyos decían que como en la misma calle vivía un médico
-que le había denunciado una vez por intruso a Joliveau, y a quien éste
-tenía odio, había puesto un anuncio en la tienda, que decía así:
-
-"Herbolario: No confundirle con el charlatán de enfrente."
-
-La anécdota era perfectamente falsa.
-
-Joliveau experimentaba gran antipatía por los médicos y por los
-boticarios de la época, porque comenzaban a emplear principalmente
-remedios químicos y olvidaban los simples. El herbolario se jactaba de
-curar todas las enfermedades con la angélica, con la valeriana, con la
-pulsátila, con la genciana.
-
-A veces recomendaba a algunas muchachas la sabina, la ruda o el
-cornezuelo de centeno; pero había estado a punto de ser procesado por
-una de estas recomendaciones y tenía desde entonces gran prudencia.
-
-Joliveau hacía emplastos de todas clases, vendía cepillos de dientes y
-lavativas.
-
-Joliveau, a pesar de ser muy roñoso y suspicaz, había acogido en su
-casa a un hombre llamado Doyambere, antiguo relojero tronado, viejo
-mixtificador, que afirmaba poseer magníficas minas en España y tesoros
-en el Banco, probablemente tan reales como las minas.
-
-Alvarito encontraba Joliveau un aire de figura de cera. Le recordaba
-al Fualdés de la colección de Chipiteguy. Joliveau era un hombre muy
-suspicaz y muy avaro; en su casa no se encendía lumbre más que en la
-cocina, y poca. Para legitimarse durante el invierno, encontraba que
-en todas partes donde se encendía fuego había demasiado calor.
-
-Joliveau guardaba todo lo que encontraba en su casa o en la calle, las
-llaves viejas que no abren ninguna puerta, las pelotas, los trozos de
-vela, las horquillas, etc.
-
-Joliveau no creía más que en las malas intenciones de la gente, y aun
-así le engañaban siempre.
-
-Por entonces le engañaba Doyambere, el hombre misterioso; el relojero
-tronado, que había hecho creer a todo el mundo que poseía minas y
-tesoros, y que, probablemente, no tenía un cuarto.
-
-Doyambere había sido el bohemio de la relojería; durante muchos años
-había recorrido Francia, España e Italia a pie, arreglando relojes.
-Contaba cosas extraordinarias de sus viajes: brujerías, crímenes,
-misterios y horrores.
-
-Doyambere era un viejo amable, muy fino, muy discreto, muy sensato, que
-tenía buenas palabras para todos, pero que no inspiraba confianza.
-
-Joliveau alimentaba a Doyambere y le tenía en casa con la esperanza de
-heredarle.
-
-A veces le indignaba el despilfarro del viejo relojero mixtificador,
-y una vez que Doyambere, al postre, sacaba la corteza al queso, sin
-duda muy gruesa, Joliveau dijo, tartamudeando más que de costumbre, sin
-poderse contener:
-
---Eso... tam... bién... me... cuesta... a... mí... el dinero. Es una...
-falta... de... consideración desperdiciar así... el queso.
-
-Joliveau tenía una criada vieja; pero él mismo guisaba.
-
-Una de las manifestaciones de la roña de Joliveau era odiar a los
-gatos, sin duda por lo que robaban.
-
---Es un animal... antipático--decía--, que no respeta la propiedad
-ajena.
-
-Joliveau ponía cepos a los gatos y, cuando los cogía, los ahorcaba.
-
-Había uno en su vecindad de una vieja solterona, negro y atrevido, que
-entraba en casa del herbolario por el patio. Al fin, Joliveau lo cogió,
-lo ahorcó y lo tuvo como trofeo un día colgado, delante de la ventana,
-para que lo viera la vecina.
-
-Joliveau cortejaba a la señorita Recur, sin comprender que aquella
-señorita estaba enamorada de Marcelo, el sobrino de Chipiteguy. Ella
-sentía un verdadero horror por el herbolario.
-
-Joliveau, hombre de cabeza extraña y confusa, no decía las cosas como
-todo el mundo; era un incoherente, a quien a veces no se le entendía.
-Hacía alusiones a cosas lejanas, y muchos decían que, al oírle, se
-preguntaban, vacilando: ¿Si será un hombre de gran talento? ¿Si será un
-imbécil? La mayoría se decidía por creerle imbécil.
-
-Se podía encontrar en él una mezcla rara de cualidades: suficiencia,
-fanfarronería e impertinencia, unida a cierta fidelidad por algunas
-personas. Quizá ninguno de sus sentimientos llegaba a la nota aguda;
-pero también se podía asegurar que había poco estimable en el
-abigarramiento de su alma.
-
-Joliveau, desde el principio de la desaparición de Chipiteguy, había
-acusado a Frechón. Joliveau tenía resquemores con éste. Había querido
-hacer un negocio un tanto usurario con él y Frechón le había engañado.
-
---A ese... cochino... de Frechón--decía--le voy a enviar yo... a
-gozar... de la hospitalidad... económica... gubernamental... Allí
-le alimentarán con... berzas, con agua y con... otros ingredientes
-parecidos.
-
-La hospitalidad económica gubernamental era para Joliveau la cárcel.
-
-Una vez le dijo alguien:
-
---Ese Frechón vendería su alma al diablo.
-
---Saldría... ganando--contestó Joliveau con presteza--; vendería una
-porquería... por unas buenas... monedas.
-
-Le gustaba también al herbolario tartamudo desfigurar los nombres de
-las personas que le eran antipáticas o que le habían engañado.
-
-Así le llamaba a Frechón Frechoneau, Frechonato o Frechonazo.
-
-A la campaña que hacía contra él contestaba Frechón con mayor acritud.
-
-Según Frechón, todas las hierbas que vendía Joliveau eran venenosas y
-mortales de necesidad.
-
-No se sabía lo que hacía el herbolario con ellas, si es que se
-orinaba, o escupía, o algo peor; pero su efecto era terrible. Tomar el
-malvavisco, la manzanilla o las flores cordiales de casa de Joliveau y
-empezar a sentir náuseas, vómitos y ponerse a la muerte, era inmediato.
-Frechón hacía juegos de palabras con el apellido de Joliveau (Bello
-Becerro) y preguntaba a los conocidos:
-
---¿Qué hace el Bello Becerro? ¿Lo llevan al matadero o está hidrópico
-por las malas hierbas que come en su casa? ¿Le ha visto ya el
-veterinario?
-
-Frechón aseguraba que Joliveau estaba loco, que una meningitis padecida
-en la infancia le había trastornado. Decía también que de niño un cerdo
-le había castrado. Por eso, según Frechón, Joliveau era imberbe y tenía
-tipo de cantor de la Capilla Sixtina. Por eso tenía también aficiones a
-guisar y a fregar los platos.
-
-Estas murmuraciones malévolas llegaban a Joliveau, que tan pronto se
-indignaba como se quedaba tan tranquilo.
-
---Aquí, en Bayona... ya se sabe...--decía, frotándose sus grandes
-manos--. El periódico... de cinco céntimos... sin papel... circula
-mucho por la ciudad.
-
-Esta frase quería decir, en el lenguaje confuso del herbolario, que
-había mucha chismografía en el pueblo.
-
-Con esta manera de hablar, hiperbólica y figurada, siempre haciendo
-alusiones a cosas desconocidas, no se le entendía. Con frecuencia
-Pascual Joliveau proyectaba casarse; pero no tenía éxito.
-
---No sé... si casarme... o comprar una... partida de hierbas.
-
-Al último, siempre tenía que comprar las hierbas. Frechón decía en
-todas partes que Joliveau quería casarse porque tenía gran afición a
-ser cornudo.
-
-Joliveau se acercaba a veces al grupo de las muchachas en la tertulia
-de Lissagaray, pero no le hacían caso; Manón le trataba con un profundo
-desprecio, Rosa le oía distraída, Morguy se reía descaradamente de él.
-
-El Bello Becerro no encontraba su ternera ideal--hubiera dicho
-Frechón--; únicamente Alvarito escuchaba al herbolario; éste solía
-decirle:
-
---Créame usted... Si quiere encontrar... al viejo, dele usted... la
-zancadilla... a Frechonazo.
-
-Otro de los consultados varias veces fué el padre Aranalde, un cura
-amigo de Madama Lissagaray. Aranalde era un viejo de cara sonrosada,
-pelo blanco, mirada a veces viva, pero siempre velada por el párpado
-caído; los labios burlones y la nariz larga, con frecuencia llena de
-rapé.
-
-Aranalde tomaba posturas académicas, y lo hacía tan afectadamente y tan
-bien que, más que cura, parecía un cómico que hiciera de una manera
-maravillosa el papel de eclesiástico.
-
-Aranalde no afirmaba ni negaba nada; todo podía ser, y las varias
-versiones que se daban de la desaparición de Chipiteguy le parecían muy
-posibles.
-
-Otro de los oráculos de la tertulia de madama Lissagaray era el señor
-Silhouette, comerciante retirado de las pompas fúnebres y vecino de
-Chipiteguy.
-
-Silhouette, viejo con peluca y cara rasurada, tenía una expresión de
-frialdad, de indiferencia, de esfinge. Sin duda se la había dado su
-oficio.
-
-Durante toda su vida no había hecho más que ir a las casas donde
-ocurría una muerte, de día o de noche, y mostrar atenta y fríamente sus
-catálogos y etiquetas, sus precios de entierro de primera o de segunda,
-siempre con una severidad y una indiferencia helada.
-
-Decían que el Sr. Silhouette había sido engañado por la mujer. El
-señor Silhouette llevó a su mujer a una casita de campo del camino de
-Bayona y la encerró allí hasta que murió, y tuvo el gusto de ver en sus
-catálogos qué clase de ataúd y de pompas fúnebres necesitaba su cara
-esposa para hacer el gran viaje a las profundidades de la madre tierra.
-
-El señor Silhouette andaba siempre enlevitado, la boca apretada, con
-los labios pálidos y delgados, mejillas hundidas, ojos fijos y duros,
-la corbata que le agarrotaba el cuello, la frente ancha y la mirada
-fría. Silhouette era, indudablemente, funerario, feretral, panteónico.
-
-En todo se manifestaba metódico y meticuloso, muy partidario de la
-etiqueta, y no transigía con ningún olvido de ella.
-
-Se decía que el señor Silhouette era el padre de Joliveau; pero no se
-parecía nada a él y debía ser una broma de la gente mal intencionada.
-
-El señor Silhouette era legitimista, pero no quería confesarlo.
-Alvarito le encontraba muy parecido al Fouché de las figuras de cera;
-un Fouché más viejo y menos emperifollado.
-
-El señor Silhouette no dió su opinión acerca de la desaparición de
-Chipiteguy; se contentó con oír todos los detalles y nada más.
-
-Había otros viejos señores en la tertulia; el señor Castera, que había
-sido procurador, que andaba del brazo de su mujer, arrastrando los
-pies, y que jugaba su partida de cartas. El señor Castera tenía las
-piernas torcidas, la cara arrugada y pálida, la cabeza sin pelo en las
-sienes y la frente deprimida. Había en él algo de reptil. Vestía a la
-antigua. El señor Castera tomaba rapé, gastaba una hermosa peluca y
-tenía una voz de falsete desagradable.
-
-Pero no se podía considerar como lo más desagradable de su personalidad
-su voz.
-
-El viejo Castera era un hombre muy cortés, lo que no le impedía decir
-a cada persona lo más desagradable, lo más que le podía molestar o
-herir, con exquisita finura. Al mismo tiempo que decía algo venenoso,
-ofrecía a la víctima su tabaquera con la tapa esmaltada, sonriendo con
-amabilidad. El hablar mal de la gente, el tomar rapé y comer dulces
-eran sus principales vicios.
-
-Alvarito oyó que el señor Castera, en su juventud, había sido un hombre
-guapo. En cambio, en su vejez, era casi repugnante.
-
-Es curiosa esa fealdad que se produce en la burguesía, sobre todo en
-los comerciantes, industriales, notarios, hombres de ley y en todos los
-que viven casi exclusivamente por el dinero.
-
-No es la fealdad de la gente del pueblo, ni la fealdad de la miseria,
-de la embriaguez, de la brutalidad, de las pasiones bajas, sino una
-fealdad sórdida, fría, la expresión de la avidez y de la especialidad
-comercial.
-
-Esta fealdad contrasta con la belleza que tiene, a veces, el hombre del
-campo, el marino, y, sobre todo, el hombre de pensamiento.
-
-El señor Castera conocía a Chipiteguy y a Aviraneta y los tenía a los
-dos por personas honorables; pero inmediatamente después de hablar de
-ellos y de dedicarles toda clase de elogios, contó, riéndose, esta
-anécdota:
-
-"Cuando era viejo Talleyrand y vivía en el palacio de Valencay tenía un
-amigo tan viejo como él, el conde de Montrond.
-
-Un día Talleyrand le decía a la duquesa de Laval:
-
---Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur de Montrond. Porque
-tiene pocos prejuicios.
-
-A esto, Montrond replicó inmediatamente:
-
---¿Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur Talleyrand? Porque no
-tiene ninguno."
-
-Sin duda, el viejo ex procurador, quiso decir que tanto Chipiteguy como
-Aviraneta eran capaces de cualquier cosa.
-
-Compañero del viejo mordaz era el señor Bedarride, tendero de la
-vecindad, viejo, de cara inyectada y roja, con la nariz abultada, el
-bigote largo y caído, que llevaba casi siempre redingote y chaleco de
-grana.
-
-Bedarride, con su aire embrutecido, era hombre listo y había sabido
-hacerse su fortuna en el comercio de paños. Era también de una
-fealdad comercial y transcendía a paño a la legua. Probablemente, las
-emanaciones del paño que había respirado toda su vida habían matizado
-su alma, dándole un espíritu de pañero indeleble.
-
-A Alvarito le recordó el hombre que voceaba el crimen en el grupo de
-las figuras de cera, que llamaban, en la casa del Reducto, los Asesinos.
-
-El señor Bedarride, riquísimo, tenía un motivo de pena que le amargaba
-la vida. Su hija única, Lucía, estaba enferma de la medula. Lucía
-Bedarride tenía una cara asimétrica desagradable, llena de granos, y
-una expresión mixta de estupidez, de inquietud y de maldad.
-
-El médico había dicho al padre que quizá, si la muchacha se casara,
-podría desarrollarse y cambiar, y el señor Bedarride buscaba marido
-para su hija, pensando en conquistarle, ofreciéndole una fortuna.
-
-Lucía Bedarride, mala, perversa, tenía ataques de nervios; pegaba a
-las criadas y, al ver que los jóvenes no se le acercaban, le daban
-arrechuchos de cólera.
-
-La señorita Bizot trató de demostrar a Alvarito insidiosamente que para
-él sería un magnífico negocio el casarse con Lucía Bedarride; pero
-Alvarito rechazó la proposición con energía.
-
-La Bizot reconoció que la muchacha no tenía ningún atractivo; pero
-había dinero en cantidad y con dinero se podían encontrar maneras de
-indemnizarse. Una mujer como la Bedarride y una querida como su vecina
-la Nené era una combinación perfecta.
-
-Alvarito se quedó asombrado al oír una proposición de esta naturaleza.
-
-
-
-
-V
-
-ÚLTIMAS HIPÓTESIS
-
-
-Otro de los contertulios de madama Lissagaray era el señor de Viguerie,
-dueño del hotel de los Tres Reyes, en la calle de Maubec, de Saint
-Esprit. Viguerie transcendía también a fondista. Viguerie odiaba
-cordialmente a todos los extranjeros porque no iban a su hotel; no
-podía soportar a los judíos del barrio por su carácter económico, y
-como era del centro de Francia, tenía antipatía por los vascos, que
-además no iban tampoco a su fonda.
-
-El señor Viguerie se hallaba enterado de las maniobras de los
-carlistas; era muy amigo del intrigante Manuel Salvador y muy enemigo
-de Aviraneta.
-
-Viguerie, por informes de Salvador, afirmó que Chipiteguy era víctima
-de los masones y que por este camino debía enderezar las pesquisas la
-familia.
-
-Según él, lo mejor que se podía hacer era dirigirse al subprefecto para
-que éste reclamara la libertad de Chipiteguy al jefe de la logia, o
-Gran Oriente, de Bayona.
-
-Una señora que asistía a la reunión, y que hizo algunas gestiones para
-averiguar el paradero de Chipiteguy, fué madama Du Vergier. Esta madama
-se decía pariente de Du Vergier d'Hauranne, el célebre abate de Saint
-Cyran, uno de los jefes más influyentes en su época del jansenismo.
-
-Madama Du Vergier, vieja, alta, hombruna, andaba por la calle casi
-siempre en zapatillas y apoyada en un bastón. Había sido, en tiempo del
-Imperio, mujer de costumbres alegres; pero ya nadie se acordaba de sus
-aventuras.
-
-Madama Du Vergier tenía el vicio de la lotería y jugaba en la francesa
-y en la española con tanto entusiasmo que a veces no tenía para comer.
-
-Esta vieja le recordó a Alvarito la Brinvilliers de las figuras de cera.
-
-Madama Du Vergier, con la Bizot, había ido a ver a la adivinadora
-madama Canis, y ésta les había dicho con seguridad, rotundamente, que
-Chipiteguy estaba en España, guardado en una torre, por un crimen de
-Estado.
-
- Biarritz, octubre de 1924.
-
-
- FIN DE LAS FIGURAS DE CERA
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- Páginas
-
- PRÓLOGO 7
-
-
- PRIMERA PARTE
-
- LOS TRAPEROS DE BAYONA
-
- I.--Las galeras 11
-
- II.--La casa de la plaza del Reducto 18
-
- III.--Chipiteguy y su familia 27
-
- IV.--La taberna de Ochandabaratz 47
-
- V.--Los inquilinos de Chipiteguy 60
-
- VI.--Los Sánchez de Mendoza 67
-
- VII.--Primeros contactos con la realidad 75
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
- EL SIMANCAS
-
- I.--Maniobras de Aviraneta 91
-
- II.--Los enemigos 98
-
- III.--Los expulsados 104
-
- IV.--La tertulia del abate Miñano 109
-
- V.--Primeros efectos del Simancas 114
-
- VI.--El dinero 127
-
-
- TERCERA PARTE
-
- LAS FIGURAS DE CERA
-
- I.--Personajes históricos 131
-
- II.--Los sueños de Alvarito 144
-
- III.--La canción de la ceroplastia 149
-
- IV.--Un proyecto 154
-
- V.--En Pamplona 162
-
- VI.--La vuelta 178
-
- VII.--Explicaciones de Chipiteguy 181
-
- VIII.--Chipiteguy, Gamboa y Frechón 185
-
- IX.--Después de la aventura 189
-
-
- CUARTA PARTE
-
- PALOMAS Y GAVILANES
-
- I.--Manón y Rosa 193
-
- II.--Frechón o el chatarrero misántropo 213
-
- III.--La tertulia de madama Lissagaray 219
-
- IV.--Las preocupaciones del hidalgo Sánchez de Mendoza 234
-
- V.--El secreto de Sonia Volkonsky 241
-
-
- QUINTA PARTE
-
- EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY
-
- I.--En la regata de Inzola 257
-
- II.--Maniobras de Frechón 267
-
- III.--El tesoro 273
-
- IV.--Los viejos de la tertulia de madama Lissagaray 277
-
- V.--Ultimas hipótesis 287
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN: #14
-LAS FIGURAS DE CERA ***
-
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-
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-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
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