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-The Project Gutenberg EBook of Memorias de un hombre de acción: #14 Las
-figuras de cera, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this ebook.
-
-Title: Memorias de un hombre de acción: #14 Las figuras de cera
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: November 08, 2020 [EBook #63680]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Carlos Colón, The University of Toronto and the Online
- Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This
- file was produced from images generously made available by The
- Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN:
-#14 LAS FIGURAS DE CERA ***
-
-
-
-
- Nota del Transcriptor:
-
- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
-
- Ilustraciones han sido eliminadas.
-
- Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.
-
-
-
-
- PÍO BAROJA
-
- MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
- LAS FIGURAS
- DE CERA
-
- NOVELA
-
- (SEGUNDA EDICIÓN)
-
- [Ilustración]
-
- EDITORIAL CARO RAGGIO
- MENDIZÁBAL, 34, MADRID
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
-
- DERECHOS RESERVADOS
-
- PARA TODOS LOS PAÍSES
-
-
-
-
- IMPRENTA CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID
-
-
-
-
-PRÓLOGO
-
-
---¿Así que tú no conoces al que ha escrito esta relación?--preguntó
-Aviraneta, después de haber escuchado la lectura de varios trozos del
-manuscrito.
-
---No--contestó Leguía--. Este cuaderno me lo dejó doña Paca Falcón,
-hace unos años, en Bayona, y saqué una copia de él. Supongo que se
-hizo con algunas notas que escribió Alvaro Sánchez de Mendoza. ¿Qué le
-parece a usted?
-
---¡Psé! Así, así.
-
---¿Le parece a usted mal?
-
---No; los hechos positivos en que está basado el libro son ciertos; que
-el cónsul de España en Bayona, don Agustín Fernández de Gamboa, recibió
-barricas llenas de plata y de oro de las iglesias de Navarra, durante
-la primera guerra civil, para venderlas en Francia, es verdad.
-
---¿Usted lo sabía?
-
---Sí. Gamboa, como sus amigos Collado y Lasala, explotaron todo lo que
-pasó por delante de ellos. Unicamente así se puede conseguir una gran
-fortuna en poco tiempo.
-
---Es indudable. Sólo la guerra y la usura hacen a la gente rica con
-rapidez.
-
---Los que no somos contratistas del ejército ni usureros no hemos
-podido pasar de ser unos pobretones.
-
-Esta conversación la tenían Aviraneta y Leguía en San Sebastián poco
-antes de la Revolución de septiembre, en una casa del barrio de San
-Martín, donde vivía don Eugenio por entonces. Aviraneta, de cuando en
-cuando, se miraba al espejo y se arreglaba una hermosa peluca rubia,
-casi roja, que le había arreglado su amigo y barbero Justo Lazcanotegui.
-
---¿Y usted no ha conocido a ese Chipiteguy trapero de la plaza del
-Reducto, de Bayona, que figura aquí?--preguntó Leguía.
-
---Sí, sí. ¡Ya lo creo! Era amigo mío; un viejo camastrón, epicúreo...
-hombre simpático, efusivo. Solía comer yo con frecuencia en su casa.
-
---Y a Frechón, ¿lo recuerda usted?
-
---¿Qué hacía ese Frechón?
-
---Era un empleado de Chipiteguy y, al parecer, un gran intrigante.
-
---Sí, sí, tengo idea; mas creo que le llamaban de otra manera.
-
---Debió de estar en casa de usted varias veces.
-
---¡Tantos estuvieron!
-
---Sí; pero debió de ir a hablar de política, de intrigas...
-
---Era a lo que venía todo el mundo a mi casa.
-
---Sí, su casa en Bayona debía ser un nido de intrigantes.
-
---Entre los que te contabas tú.
-
---Hombre, don Eugenio, yo no tanto.
-
---¿Te acuerdas de las letras S, T, U, V, Y, Z?
-
---Sí; ¿no me he de acordar? En ese final de abecedario, el que más y el
-que menos era un bandido.
-
---Sí, quizá... Pero era una época divertida. Se vivía con pasión. Hoy
-está todo más bajo, más cansado. Hoy intentamos vivir como personas
-sensatas, para lo cual parece que no tenemos muchas condiciones los
-españoles.
-
---Y de Roquet, ¿se acuerda usted?
-
---Sí, hombre; perfectamente.
-
---Bueno, don Eugenio; y en último término, ¿cree usted que este relato,
-del cual le he leído varios trozos, debe entrar en la historia de su
-vida, si alguna vez la publicamos?
-
---Sí, sí; tiene detalles curiosos; pero no me gusta esa forma
-novelesca. Creo que le debías quitar lo que tenga aire romántico; dejar
-la realidad, la verdad escueta.
-
---¡La verdad! ¿Es que es más verdad la historia que la novela?
-
---Naturalmente.
-
---Eso creía yo también antes; hoy no lo creo. El Quijote da más
-impresión de la España de su tiempo que ninguna obra de los
-historiadores nuestros. Y lo mismo pasa a la Celestina y al Gran Tacaño.
-
---Bueno; pero esas son obras maestras realistas.
-
---Usted siempre ha sido enemigo de la literatura de imaginación.
-
---Siempre.
-
---¿Usted no ha soñado nunca, don Eugenio?
-
---De esa manera, no. La verdad, la verdad en todo: ese ha sido siempre
-mi ideal.
-
-Al decir esto, Aviraneta se planchaba su peluca roja, que tenía
-tendencia a abombarse y a separarse de su cabeza.
-
-Qué cantidad de verdad puede tener una peluca fué una pregunta que le
-vino a Leguía a la imaginación. La cuestión de la verdad histórica la
-habían discutido muchas veces. Aviraneta era dogmático, partidario
-del realismo, y creía que tarde o temprano la verdad resplandecía,
-como el sol entre las nieblas. Leguía pensaba que en ese camposanto
-de la historia, lleno de huesos, de cenizas y de baratijas, cada
-investigador escoge lo que le place y lo combina a su gusto.
-
---¿Pero, a pesar de las fantasías novelescas, a esta relación le
-daremos entrada en sus memorias?--preguntó Leguía.
-
---Sí.
-
---¿Con su visto bueno?
-
---Sí, con mi visto bueno; pero podándola un poco.
-
-Con la autorización de Aviraneta decidí, pues, publicar este relato.
-
-No aparece aquí don Eugenio siempre; pero inspira los acontecimientos,
-asomándose, unas veces, al primer plano, y otras, al último.
-
-Hecha esta aclaración con respecto a la parte histórica--sigue diciendo
-Leguía--, tengo que advertir, con relación a lo novelesco, que la obra
-no me llena. El autor describe demasiado, define demasiado, traza los
-contornos de los personajes, pero los mueve poco y, sobre todo, no
-los hace hablar. Tiene por la palabra una falta de cariño extraña.
-Sus hombres y sus homúnculos hablan el mínimo. Indudablemente, en la
-literatura, la palabra hablada es la que da a la obra una animación
-algo parecida al color en la pintura.
-
-El autor no busca esta animación. Rechaza, además, la frase castiza, el
-giro idiomático. Todo esto, sin duda, le parece hojarasca, lugar común
-putrefacto, algo pestífero, de lo que hay que huír.
-
-
-
-
-PRIMERA PARTE
-
-LOS TRAPEROS DE BAYONA
-
-
-
-
-I
-
-LAS GALERAS
-
-
-Una mañana de junio de 1838 varias galeras con toldo y cuatro ruedas,
-unas tiradas por dos, otras por un caballo de patas gordas, marchaban
-por el desfiladero de Roncesvalles, larga y empinada cuesta llena de
-zig-zags, de curvas y de meandros, que sube desde San Juan Pie de
-Puerto hasta Burguete.
-
-El día estaba claro en la parte de Francia y obscuro y nublado en la de
-España.
-
-En el valle del Nive, los montes, cubiertos de árboles, aparecían
-inundados de sol; hacia España las nubes iban agarrándose a los
-picachos y entrando en las hondonadas.
-
-Este famoso desfiladero de Roncesvalles, que recuerda a Rolando con su
-olifante, al arzobispo Turpín y a los doce pares de Francia, no tiene
-el carácter áspero y terrible que le supone la leyenda.
-
-Es el paisaje allí suave y verde, hay muchas praderas, campos
-cultivados, grupos de hayas y de robles. Las moles de piedra que los
-fieros vascones lanzaban contra las tropas brillantes de Carlomagno
-han desaparecido por escotillón; quizá no existieron nunca o fueron
-del tamaño de las almendras, y la batalla de los carlovingios con los
-sarracenos, según la versión francesa, o de los carlovingios con los
-vascones y godos, según la versión española, no tuvo más importancia
-que una pedrea de chicos. Verdad es que estas pedreas son más
-fecundas para la literatura que las grandes batallas modernas con sus
-enormes carnicerías y hasta sus salchicherías, inspiradas en métodos
-científicos y exactos.
-
-El Monasterio de Roncesvalles, como muchas cosas antiguas, tiene más
-nombre que realidad.
-
-Los carros que subían la cuesta hacia Burguete esta mañana fresca de
-junio eran, en su mayoría, galeras con el techo embreado, con las
-cuatro ruedas casi iguales. Por su aspecto parecían más bien ser
-franceses que españoles. Entre carro y carro conservaban una distancia
-de cien o doscientos metros. Podía suponerse que llevaban algún
-cargamento de armas para los carlistas, pues en aquel año de la guerra
-todos los puertos de la frontera vasco-navarra, excepción hecha de
-Irún, estaban ocupados por los facciosos. Al lado de las galeras iban
-los carreteros, que a veces tenían que calzar las ruedas con piedras
-y empujar luego a hombros, porque en algunas partes los caballos no
-podían con los pesados vehículos.
-
-La primera galera que iba a la cabeza de la comitiva era un poco más
-larga que las otras y tiraban de ella dos caballos percherones.
-
-La conducía un carretero y la vigilaba otro hombre que marchaba a su
-lado.
-
-Este último tenía unos treinta años y el aire de un señor, aunque no
-muy amable ni simpático; el carretero, de unos cuarenta años, manejaba
-el látigo, hacía chasquearlo, cuando no lo llevaba liado al cuello,
-y gritaba y blasfemaba en los malos parajes en que los caballos se
-detenían.
-
-El hombre de aire de señor, flaco, moreno, con patillas negras, parecía
-sombrío y misterioso; el carretero era un tipo tosco y vulgar.
-
-Al acercarse la primera galera a Valcarlos, una patrulla carlista se
-destacó en el camino.
-
---Alto, ¿quién vive?--gritó el jefe.
-
---Francia--contestó el hombre moreno de las patillas.
-
---¿Qué gente?
-
---Gente de paz.
-
---¿Tienen ustedes pasaporte?
-
-Los dos hombres mostraron los documentos que llevaban.
-
-Los carlistas, unos al parecer del Resguardo, otros de una partida
-que vigilaba la frontera, todos perfectamente desarrapados, quisieron
-atisbar lo que llevaba la galera.
-
---¿Qué va ahí dentro?--preguntó el que hacía de jefe de la partida.
-
---Figuras de cera para la feria de Pamplona--contestó el hombre de las
-patillas con marcado acento francés.
-
---¡Hombre! ¡Figuras de cera!--exclamó uno de los carlistas--. ¿No las
-podríamos ver?
-
---No están armadas.
-
---¿No dan ustedes algo para beber?--dijo uno de los facciosos
-desarrapados.
-
---Eso, el amo--contestó el de las patillas.
-
---¿Dónde está el amo de ustedes?
-
---No es nuestro amo. Es el amo de las figuras de cera.
-
---¿Y dónde está ese señor?
-
---Dentro de poco pasará en un coche.
-
---¿Por este camino?
-
---Sí. Ha dicho que entre Valcarlos y Burguete nos alcanzará.
-
---Bueno, pueden ustedes seguir.
-
-Marchó la carreta de nuevo, avanzando al paso de los caballos
-percherones; cruzó al mediodía por delante de la Colegiata de
-Roncesvalles, recorrió la única calle de Burguete y, al salir de este
-pueblo, camino de Espinal, el hombre de las patillas entabló en francés
-una conversación con el carretero.
-
---El amo nos encarga a nosotros la tarea más difícil: el marchar a
-pie--dijo--; en cambio él, con el niño ese, que Dios confunda, viene en
-coche.
-
---No se queje usted, señor Frechón--replicó el carretero--; el amo le
-ha dicho a usted varias veces que no venga si no le gusta este viaje.
-
-El señor Frechón calló un momento y luego exclamó de mal humor:
-
---Tú eres un imbécil, Claquemain.
-
---¿Por qué? Sepámoslo.
-
---Porque te dejas explotar.
-
---¡Bah! Me pagan lo que trabajo.
-
---Es lo que crees tú, infeliz.
-
---Pues, lo que es por ahora, tenga usted la seguridad de que no me han
-explotado.
-
---Ahora nos está explotando. El viejo trama algo que yo sospecho...
-
---¿Qué va a tramar? Usted siempre está pensando que todo el mundo
-vive imaginando intrigas y complots, y luego no hay nada. Todas son
-fantasías de su cabeza de usted.
-
---Es que tú tienes la vista corta, Claquemain.
-
---Usted tendrá la vista muy larga, señor Frechón; pero por ahora no ve
-usted más que visiones.
-
---Y realidades. Tú lo verás.
-
---¡Bah!--y Claquemain hizo restallar el látigo en el aire.
-
---Aquí hay gato encerrado--siguió diciendo Frechón--, lo huelo. ¿A ti
-no te choca que el viejo Chipiteguy, hombre rico, vaya a las ferias de
-San Fermín, de Pamplona, en plena guerra, a poner una barraca con unas
-cuantas figuras de cera, por cierto muy malas, para ganar unos cuartos?
-
---A mí, no. ¿A qué otra cosa puede ir?
-
---¡Oh! Ya lo veremos. Te diré, en confianza, que el viejo ha ido a
-casa del cónsul de España en Bayona repetidas veces y ha tenido con él
-largas conferencias.
-
---¿Cómo lo sabe usted?
-
---Porque le he seguido.
-
---Cada uno su manía.
-
---El viejo lleva una misión que seguramente será para él muy fructífera.
-
---¿Qué misión puede llevar? ¿Misión política?
-
---Quizá también.
-
---Si es cosa política, no habrá dinero debajo.
-
---Me choca tu terquedad.
-
---A mí me choca la suya.
-
---Si hay algo, ¿qué dirás?
-
---¿Y si no hay nada?
-
---Como habrá... Al llegar a Pamplona veremos.
-
---En fin. Quizá, quizá... acierte usted alguna vez--murmuró el
-carretero.
-
-El señor Frechón sabía perfectamente que en aquel viaje había su
-misterio; pero no quería ser más explícito. Si el amo tenía un plan al
-ir a Pamplona, él iba fraguando el suyo.
-
-Al avanzar en el camino, Frechón y Claquemain se pararon a comer al
-borde de la carretera, en un barranco, con una fuente y un abrevadero.
-Pasado algún tiempo se acercaron otras dos galeras. Se hallaban los
-carreteros sentados en el suelo cuando oyeron los cascabeles y las
-pisadas de un caballo, y poco después apareció un carricoche, ocupado
-por un viejo de barbas blancas y un muchachito imberbe.
-
---¿Qué, hay alguna novedad?--preguntó el viejo a Frechón.
-
---Ninguna--contestó Frechón--. Estamos descansando.
-
---Los caballos, ¿se han portado bien?
-
---Muy bien.
-
---¿No han puesto dificultades los aduaneros carlistas de la frontera?
-
---Ninguna. Les hemos enseñado nuestros papeles y nos han dejado pasar.
-
---Bueno; pues ahora, a Larrasoaña. Allí nos reuniremos con una partida
-liberal e iremos hasta Pamplona--dijo el viejo--. En cuanto llegue
-comenzaré yo a ocuparme de la barraca y les esperaré allí. Con que
-adiós.
-
---¡Adiós!
-
---¡Adiós, señor Chipiteguy!
-
-Frechón y Claquemain, que concluían su comida, vaciaron cada uno su
-botella de vino; se levantaron, engancharon de nuevo los caballos, que
-estaban inmóviles junto al abrevadero, y prosiguieron su marcha con su
-carro, seguidos de las otras galeras.
-
---El niño ese tiene buena suerte--dijo Claquemain de pronto,
-probablemente con la intención de molestar a su compañero.
-
---Le voy a dar un puntapié el mejor día que le voy a echar a su
-tierra--exclamó Frechón con cólera.
-
---No es difícil aquí en España, porque está en la suya--contestó
-Claquemain humorísticamente.
-
-El otro no replicó.
-
-La primera galera siguió su marcha despacio. La bruma cubría el campo,
-gris, azulada, y la vista no alcanzaba más que a poca distancia.
-Las rocas y los árboles aparecían de improviso a ambos lados de la
-carretera. Se oía entre la niebla el cencerro del ganado y el silbido
-de los pastores.
-
-Al anochecer, en una aldea del camino, Claquemain y Frechón se
-detuvieron a descansar. Al día siguiente, al llegar a Larrasoaña, la
-fila de galeras hizo alto y se detuvieron los conductores durante una
-hora para comer. Poco después se encontraron con las tropas de una
-compañía de voluntarios liberales y con ellas avanzaron hasta Pamplona.
-
-
-
-
-II
-
-LA CASA DE LA PLAZA DEL REDUCTO
-
-
-Es evidente que ya todos los pueblos y capitales de provincia han
-perdido su carácter tradicional en Francia y en los demás países
-europeos.
-
-Las grandes ciudades, como París, Londres y Berlín, van uniformando las
-urbes provinciales, que a su vez modifican los pueblos y las aldeas.
-
-Lo característico regional, el rincón pintoresco, tan amado en la
-primera mitad del siglo XIX por escritores y artistas, se ha perdido
-en las ciudades y en las villas y comienza a perderse en los lugares
-alejados de los grandes centros. No sólo se pierde lo pintoresco en lo
-exterior, sino el gusto de lo pintoresco. En casi todas partes, en el
-ámbito de una nación, se habla lo mismo, se viste lo mismo y se tienen
-idénticas diversiones y deportes.
-
-Llegará un día en que ya no sean sólo las naciones las unificadas, sino
-también los continentes. El planeta, según un misántropo amigo del
-autor, será un queso de bola, uno e indivisible, con la misma clase de
-gusanos, que disfrutarán de los mismos derechos y de los mismos deberes.
-
-Los pueblos y las comarcas van olvidando rápidamente su carácter
-tradicional, y los Goyas, los Balzac y los Dickens del porvenir, si es
-que los hay, no tendrán gran cosa que recoger y conservar en el acervo
-de las viejas costumbres y hábitos y en la guardarropía legada por los
-antepasados. Los dioses se van, las buenas formas se van, los sombreros
-de copa se van, la moral se va; lo único que vuelve a presentarse son
-las golondrinas y las letras que no se han pagado...
-
-Bayona ha sido una de las ciudades francesas que ha guardado su
-carácter hasta hace poco. Hoy, ya no lo tiene.
-
-Sin murallas, sin puertas, como un caracol sin su concha, al perder su
-dermato-esqueleto, empieza a aparecer un pueblo banal y de poco interés.
-
-Bayona, antes, con su cintura de piedra, sus calles estrechas,
-sus arcos, sus tiendas con muestras y enseñas, sus casas grises y
-negruzcas, dominadas por las dos torres góticas de la Catedral; sus
-puertas fortificadas y sus dos ríos, que le daban un aire sombrío y
-húmedo, era un pueblo de un carácter típico y bien marcado.
-
-Bayona, por su historia, su tradición, su influencia inglesa y
-española, su población mezclada, era un producto mixto de burguesía, de
-milicia, de comercio, de costumbres rancias y arcaicas, con detalles de
-ciudad corrompida. Había muchos elementos diversos reunidos en Bayona.
-
-De sus tres barrios, la Gran Bayona, la Pequeña Bayona y Saint Esprit,
-la Gran Bayona, el más importante, se consideraba como el centro, el
-asiento del mundo oficial y del comercio rico. La gente de la Pequeña
-Bayona tenía un carácter más campesino, más pobre y más vasco; la de
-Saint Esprit era, en gran parte, judía.
-
-Además de la población gascona, vasca y judía, había la marinera y de
-comercio fluvial de las orillas del Nive y del Adour, los pescadores,
-casi todos vascos, y la parte militar, entonces importante, porque
-Bayona era capital de una división.
-
-Durante la primera guerra civil española Bayona estaba más animada que
-de ordinario; a sus varios elementos se unían los emigrados carlistas,
-que llevaban allí sus luchas y sus intrigas.
-
-El marqués de Lalande y monsieur Xavier Auguet de Saint Sylvain,
-librero de viejo en Madrid y barón de los Valles por obra y gracia de
-don Carlos; el obispo de León y Aviraneta, el príncipe de Lichnowsky
-y el protestante Miñano, el canónigo Echevarría y el judío inglés
-Mitchell, habían encontrado allí campo para sus maquinaciones...
-
-Uno de los sitios pintorescos de Bayona en aquella época, hoy
-convertido en explanada de aire vulgar, con una estatua de bronce de un
-obispo en medio, era la plaza del Reducto.
-
-La plaza del Reducto estaba en la confluencia de los dos ríos
-bayoneses, formando espolón. Tenía, a un lado, el puente Mayou, sobre
-el Nive, y al otro, el de Saint Esprit, puente de barcas para cruzar el
-Adour.
-
-Sobre este espolón, afilado por los dos ríos, se levantaba el antiguo
-baluarte llamado el Reducto, como el castillo de proa de un barco. La
-entrada del baluarte por el puente de Saint Esprit se llamaba la Puerta
-de Francia.
-
-La Puerta de Francia era resto de la primitiva muralla galo-romana
-bayonesa, varias veces reconstruída.
-
-Del viejo Reducto hoy no queda más que la explanada con su estatua y
-un trozo de muralla con una garita en el extremo del espolón, entre
-hiedras, que da al río. Andando el tiempo, la puerta de Francia se
-derribó y el puente de Saint Esprit se hizo de piedra.
-
-El Reducto y sus balaurtes ocupaban la punta del espolón, entre los dos
-ríos, con sus muros aspillerados y sus garitas que caían sobre el agua.
-
-El Reducto tenía salidas al río que solían estar llenas de ratas. Los
-soldados y los chicos se entretenían en cazarlas a pedradas.
-
-Cerca del espolón del Reducto, en el Adour, había pilotes de madera
-para amarrar barcas, postes carcomidos y verdes por los líquenes y los
-musgos.
-
-La Puerta de Francia, aneja al reducto, era la entrada principal de la
-ciudad. Por allí venían las diligencias de París y de Burdeos, pasando
-de antemano por el barrio de Saint Esprit, que aún conservaba algo
-de ghetto, sucio, cerrado y misterioso, con su población de judíos,
-antiguamente expulsados de España.
-
-La plaza del Reducto era el espacio que había entre el baluarte y unas
-cuantas casas alineadas enfrente. A esta plaza desembocaban dos o
-tres calles del Pequeño Bayona, una de ellas la de Bourg-Neuf, de las
-más húmedas y sombrías del pueblo. Al lado de la calle de Bourg-Neuf
-se encontraban otras callejuelas: la del Puy, de los Capellanes de
-Doaline, de Coutetz, de Corn, de Moqueron, de Perhide, unas que han
-cambiado de nombre y otras que han desaparecido.
-
-La mayoría de las casas bayonesas de por entonces eran casas pequeñas,
-de ladrillo, bastante mal construídas, aunque empezaban ya a levantarse
-las casas altas de cuatro y cinco pisos del siglo XIX, que dan una
-impresión perfecta de la vida monótona, burguesa, bien organizada y sin
-incidentes románticos de nuestro tiempo.
-
-En la plaza del Reducto, esquina a la calle de Bourg-Neuf, vivía
-Chipiteguy, el viejo de las barbas blancas, que iba un día de junio en
-un cabriolé, camino de Pamplona, acompañado de un muchacho joven.
-
-La casa de Chipiteguy era una casa vieja, de ladrillo cuarteada, que
-casi amenazaba ruina.
-
-Tenía, para sostenerse, a un lado y a otro, dos filas de vigas, lo que
-le daba el aire de un barco que se estuviera construyendo, o de un
-tullido, apoyado en muchas muletas.
-
-Otras varias casas había en la plaza del Reducto y en la calle de
-Bourg-Neuf sostenidas por vigas. Así como en los castillos de naipes,
-al caerse uno, arrastra a los demás, así allí, al tirar una casa, las
-otras de la vecindad querían venirse al suelo, y, si no se caían del
-todo, tenían la tendencia de cuartearse.
-
-Era época en que, a imitación de París, comenzaban en las ciudades de
-provincia las demoliciones de los barrios viejos y malsanos.
-
-Las casas que amenazaban ruina quedaban durante mucho tiempo como
-viejas paralíticas, aletargadas, sostenidas en sus muletas, mirándose
-unas a otras, contemplando su mutua miseria; algunas se presentaban
-negras y llenas de desconchaduras, con agujeros entre las maderas del
-entramado; otras se les caía el alero, como la visera de una gorra, y
-parecían quedar dormidas.
-
-Había todos los matices de la ruina, de la decadencia. Una de aquellas
-casas avanzaba más en la línea y la arista de su esquina biselada tenía
-un mirador pequeño, con unos cristales redondos, que le daban el aire
-de los ojos de un pez; otra echaba una panza de hipocresía; una tercera
-un abultamiento como el bocio; algunas parecían la proa de un barco
-antiguo; a otras se les desarticulaban las ventanas, que quedaban como
-alas rotas, gimiendo y llorando de noche sobre el roñoso gozne.
-
-La casa de Chipiteguy, vieja, de construcción pobre, con el tejado en
-forma de piñón y chimeneas altas, terminadas en tubos en zig-zags;
-tenía dos muros de piedra laterales fuertes, y entre éstos, vigas que
-sostenían los pisos. Un entramado de madera cruzaba la fachada: en el
-dintel de la puerta aparecía esculpido un escudo borroso con varias
-medias lunas y cabezas de hombres barbudos y de expresión siniestra.
-
-Los pisos estaban superpuestos: los dos de arriba, más salientes hacia
-la calle que el de abajo. La casa, indudablemente, se había movido, al
-derribar otra contigua, y se abultaba como un abdómen de cincuentón de
-una manera absurda y ridícula. En medio de la casa, en la planta baja,
-se abría un ventanal, convertido en escaparate; en el primer piso,
-varias ventanas con sus cortinas; en el segundo, otros huecos; después
-la guardilla, con un balcón saliente y una viga y una polea encima, y
-sobre el caballete del tejado, una veleta anquilosada, con una paloma
-de hierro, gruesa y paralítica.
-
-La casa del Reducto, desde hacía dos o tres generaciones, pertenecía
-a un Chipiteguy, dedicado al comercio de trapos y de hierro viejo.
-Este comercio había tenido, en un principio, una enseña y el título
-de "Las fraguas de Vulcano"; pero hacía tiempo que las letras se
-habían borrado y que se había olvidado el nombre. Los Chipiteguy,
-traperos y chatarreros, se sucedían como los Borbones; en dinastía,
-menos conocida, aunque no menos capaz, siendo quizá mejores y más
-honrados traperos que los otros monarcas, sin que se pueda decir que
-se necesiten menos condiciones espirituales para ser buen trapero que
-buen autócrata.
-
-Por dentro, la casa de Chipiteguy se resentía de su derrengamiento; los
-suelos se hallaban torcidos y curvados; las aristas de las esquinas,
-inclinadas. La casa de Chipiteguy no estaba muy flamante por fuera; el
-comercio de trapos y hierro viejo no era muy pulcro; pero por dentro se
-hallaba muy limpia y muy arreglada. Todo en ella parecía cómodo y bien
-dispuesto.
-
-Si se entraba en la casa, se encontraba primero el portal obscuro; a la
-derecha, la tienda, con su mostrador y sus armarios; a la izquierda,
-la escalera, y en el centro, el patio, con dos cobertizos, en los que
-se hallaban amontonados fardos de trapos, calderas roñosas, barricas
-desfondadas, barandillas de hierro, toneles, bombas y unas grandes
-balanzas.
-
-De la tienda se pasaba a los almacenes obscuros, repletos de géneros,
-metidos en cajones y en sacos puestos en el suelo.
-
-Por la puerta de la izquierda se encontraba la escalera, estrecha,
-empinada, con los escalones muy desgastados. Subiendo por la escalera
-se llegaba al primer piso, donde estaban el comedor, la sala, la cocina
-y un despacho, y después al segundo, que constaba de gabinete, cuarto
-de costura y tres alcobas.
-
-La casa, por fuera, tenía aire triste y obscuro, principalmente, por la
-humedad de los dos ríos, que ennegrecía cada año más la fachada.
-
-Si por fuera parecía todo muy abandonado, por dentro se hallaba muy
-limpio: los suelos encerados, las puertas pintadas, los cortinones
-espesos y las cortinillas planchadas, con lazos en los cristales.
-
-Los muebles eran casi todos antiguos, y únicamente el cuarto de la
-nieta de Chipiteguy, moderno y coquetón, estaba a la moda.
-
-No era culpa de las mujeres de la casa el que no se hallaran todas las
-habitaciones lo mismo.
-
-Chipiteguy, el trapero y comprador de hierro viejo, a pesar de ser
-rico, no quería arreglar la casa; le parecía que no valía la pena de
-gastar dinero en ella. Unicamente había dado con gusto lo necesario
-para decorar el gabinete de su nieta, el salón y el comedor. Decía
-muchas veces que la casa y él durarían lo mismo, y que su nieta, cuando
-fuera mayor, dejaría aquel rincón mugriento para no volver jamás a él.
-
-Los amigos se burlaban de Chipiteguy por su indiferencia y abandono, y
-le decían que era como Cadet Rousselle:
-
- Cadet Rousselle, a trois maisons,
- qui n'ont ni poutres ni chevrons.
-
-Las mujeres de la casa habían conseguido, a fuerza de reclamaciones,
-que Chipiteguy les diera algún dinero para arreglar el salón y el
-comedor.
-
-Al salón, iluminado por un balcón corrido, le pusieron un papel verde,
-con flores; sillería de estilo inglés, con tela del mismo color; un
-piano, un reloj alto con esfera de cobre, y dos cuadros al óleo, uno
-de caza y otro una "Matanza de los Inocentes", tabla alemana, en donde
-unos guerreros, con trajes medievales, degollaban a unos chiquillos,
-blancos y redondos como pelotas.
-
-Había también en la sala varios grabados, copias de unos cuadros de
-Lebrún, inspirados en la vida de Alejandro el Magno; "La familia de
-Darío", "El paso del Gránico", la "Entrada de Alejandro en Babilonia",
-"La batalla de Arbelas" y "Alejandro y Poro".
-
-En todos estos grabados había leyendas en latín y en francés. En "El
-paso del Gránico" decía: "_Virtus omni obice mayor._ La virtud domina
-el mayor obstáculo".
-
-El comedor tenía papel amarillento, chimenea de mármol, mesa oval,
-aparador con jarras vascas de cobre, sillas Imperio y algunas estampas,
-entre ellas la vista de Bayona, con la Avenida de Boufflers y la Puerta
-de Mousserolles. En el aparador, sobre pequeños manteles blancos,
-brillaba una vajilla Luis XV, espléndida, y una cristalería reluciente.
-
-El comercio de hierro viejo y de trapos hacía que la parte baja de la
-casa estuviera siempre poco cuidada; los cargamentos de chatarra y
-papel, los carros que se detenían a la puerta, los traperos que iban y
-venían, le daban, naturalmente, un aire poco elegante y distinguido.
-
-Desde las ventanas del piso alto y de la guardilla se veían, por encima
-de las murallas y tejados del Reducto, las aguas del Adour, hacia las
-Avenidas Marinas, y los mástiles de los barcos que reposaban en el río.
-
-Los días de niebla, muy frecuentes en el invierno bayonés, el Adour
-parecía un lago de color de perla; no se veían sus orillas y los
-barcos, a lo lejos, tomaban un aire espectral, sobre todo cuando
-extendían sus grandes velas amarillentas.
-
-
-
-
-III
-
-CHIPITEGUY Y SU FAMILIA
-
-
-Alberto Dollfus, conocido en Bayona por el apodo de Chipiteguy, era
-un viejo de cerca de setenta años, dedicado a la venta de trapos y de
-chatarra.
-
-Dollfus, alsaciano de origen, llegó a Bayona, en tiempo de la
-Revolución francesa, de soldado; se estableció en la ciudad y estuvo en
-España de contratista del ejército durante la invasión napoleónica.
-
-Dollfus se casó, a principios de siglo, con María Chipiteguy, la hija
-de su antecesor en el comercio de trapos y hierro viejo de la plaza del
-Reducto. Alberto Dollfus y María Chipiteguy tuvieron dos hijos, Juan y
-Graciosa. Juan, de instintos aventureros, fué a América; intentó hacer
-fortuna en distintos puntos, no lo consiguió, y por último, desapareció
-y no se supo nada de él.
-
-Graciosa Dollfus se casó con un contratista de obras llamado Ignacio
-Ezponda. De este matrimonio nació una niña, María Ezponda, a quien
-llamaban Manón. Ignacio y Graciosa murieron jóvenes; él, de un
-accidente del trabajo; ella, del cólera, en la primera epidemia que
-asoló a Europa. Manón quedó con su abuelo, quien tenía por su nieta un
-gran cariño; el viejo sirvió de madre a la niña, la cuidó y la educó.
-
-Alberto Dollfus, conocido por Chipiteguy, era hombre de pelo blanco y
-barba también blanca, larga, con tonos medio rojizos, nariz curva, ojos
-profundos, de expresión viva, debajo de unas cejas cerdosas y salientes.
-
-Chipiteguy andaba con frecuencia con un balandrán de percal negro,
-mugriento, y boina de lana. Para salir a la calle solía llevar sombrero
-de copa alta, como un tubo, y zapatillas. Con esta indumentaria no se
-diferenciaba gran cosa de los judíos comerciantes y traperos del barrio
-de Saint Esprit, y algunos le tomaban por un hijo de Israel.
-
-El viejo Chipiteguy se paseaba de arriba a abajo por su tienda,
-recorría los almacenes, los cobertizos del patio, inspeccionándolo
-todo, dando sus órdenes, siempre con la pipa en la boca.
-
-El chatarrero de la plaza del Reducto era metódico y meticuloso, como
-un burócrata alemán o un relojero suizo. Chipiteguy era rico; el
-negocio del hierro viejo y de los trapos le había producido mucho.
-
-Tenía, además, un almacén de botellas en la calle de España, dos casas
-en la calle de los Vascos y dinero en títulos de la Deuda y en la
-cuenta corriente del Banco de Francia. Poseía, también, una casa de
-campo en el camino de Biarritz, con una magnífica huerta con árboles
-frutales.
-
-Chipiteguy era culto, a su modo; hablaba francés, alemán, español y
-vasco. Tenía un ingenio vivo y una marcada tendencia a la sátira y al
-humor.
-
-Siempre había sentido curiosidad por leer y por enterarse; compraba
-libros y estaba subscrito a dos periódicos de París y a otros dos de
-Bayona. En una rinconada de la trastienda había formado una pequeña
-biblioteca con libros llegados a sus manos por casualidad. Tenía
-algunos volúmenes muy antiguos, colecciones de periódicos ilustrados
-incompletas, montones de grabados y de estampas litográficas, canciones
-y hojas en vascuence y pastorales vascas manuscritas.
-
-Al principio, en su juventud, el trapero había recorrido las calles
-de Bayona con un saco al hombro, en compañía de su suegro, gritando:
-"¡Marchand d'habits, galons!" Después, cuando murió su padre político,
-Chipiteguy inventó un pregón pintoresco, que utilizaba en Bayona y en
-los pueblos vascos de la frontera, que decía así:
-
- Atera, atera
- trapua saltzera
- eta burni zarra
- champonian.
-
-(Saca, saca, a vender trapos y hierro viejo en dos cuartos.)
-
-Luego, este mismo pregón lo convirtió en anuncio, escrito en el
-escaparate de su tienda, y le añadió la siguiente coletilla:
-
- Emen eroztenda
- modu onian
- diru au degulaco,
- alde gucietatic
- ongui etorri da
- izan oi da.
-
-(Aquí se compra de buena manera, porque tenemos dinero de todos lados.
-Bien venidos sean.)
-
-Además de este anuncio, a Chipiteguy le gustaba poner otros burlones en
-vascuence y en francés, ofreciendo su mercancía.
-
-El ¡atera, atera! de Chipiteguy se había hecho popular y él lo había
-convertido en su canción de bravura. Si hacía un buen negocio o llegaba
-una buena noticia, el trapero cantaba con entusiasmo su ¡atera, atera!
-
-Cuando se murió su suegro y siguió con los negocios de éste, a Dollfus
-todo el mundo le llamó Chipiteguy, como si fuera indispensable que el
-trapero de la plaza del Reducto se llamara así.
-
-El vendedor de trapos y de hierro era muy volteriano y un poco
-petulante; el que le consideraran audaz le encantaba. Cuando oía decir:
-
---El viejo Chipiteguy es capaz de todo--sonreía satisfecho.
-
-Chipiteguy abarcaba mucho en su comercio, tenía la manía de adquirir
-lo que se le presentase; él aseguraba que lo difícil era comprar, no
-vender. Chipiteguy compraba a veces restos de ediciones, montones de
-folletos, de periódicos y de libros. Luego revisaba sus adquisiciones
-con cuidado.
-
-En sus cobertizos del patio se podía encontrar de todo: ruedas,
-volantes, calderas, ejes de máquinas...
-
-En los almacenes, además de los fardos de trapo viejo, de cartón y
-de papel, había un local grande, lleno de objetos, procedentes de
-la guerra civil española. Este local era un museo de cosas, en su
-mayoría desagradables: uniformes con manchas de sangre coagulada,
-escapularios que habían tomado un color pardo, medallones hechos con
-pelo, pantalones, levitas, charreteras, cascos y tricornios agujereados
-por balas; toda clase de armas blancas y de fuego, toda clase de
-instrumentos de música de cobre, flautas, tambores y batutas; gran
-cantidad de galones y varias miniaturas, rosarios y medallas.
-
-Los chatarreros ambulantes que entraban en España le traían estos
-géneros militares, y cuando los sacaban de los carros para meterlos
-en el almacén de Chipiteguy, enjambres de chicos de la vecindad se
-amontonaban delante de la tienda para verlos.
-
-Chipiteguy mantenía relaciones con doña Paca Falcón, la de la tienda de
-antigüedades, y le vendía muchas cosas; pero había otras que no quería
-vendérselas y las guardaba para él.
-
-Chipiteguy conocía y trataba a los judíos del barrio de Saint Esprit,
-los cuales, para ir y volver de Bayona a su barrio, habían de pasar por
-delante de la tienda del viejo trapero.
-
-Con frecuencia se reunía en casa de Chipiteguy gran tertulia, y los
-judíos y otros tenderos que tenían puesto algún capital en negocios de
-España, escuchaban las noticias que daban los chatarreros que volvían
-del campo de la guerra.
-
-En el comercio de Chipiteguy llevaba la contabilidad un tenedor de
-libros llamado Matías Frechón, hombre reservado, hipócrita y poco
-simpático, y había dos mozos para traer y llevar el género, uno llamado
-Quintín, y el otro, Claquemain. Quintín era bajito, delgado, afeitado,
-sonriente, y andaba moviéndose de un lado a otro con un balanceo
-especial, que parecía que lo hacía en broma.
-
-Claquemain, grueso y fornido, de unos cuarenta años, con aire
-malhumorado y brutal, de nariz encarnada y bigote negro, largo y caído,
-era borracho y hombre de poco fiar.
-
-Quintín se ocupaba del almacén y dormía en la casa. Claquemain servía
-de mozo y de carretero. Quintín, simpático, servicial, pulcro, tenía
-buenas palabras para todos; Claquemain, brusco, desagradable y sucio,
-pronunciaba el francés de manera confusa, como mascullando las
-palabras, y por cualquier motivo insultaba en seguida.
-
-Quintín y Claquemain eran fieles a Chipiteguy; pero su fidelidad no
-ofrecía los mismos caracteres. Quintín sentía cariño por el patrón y
-le hubiera prestado cualquier servicio por gusto. Claquemain pensaba
-que, fuera de casa de Chipiteguy, no le sería fácil encontrar trabajo,
-porque no tenía oficio, y de aquí deducía que, mientras no le saliera
-alguna cosa mejor, lo que no era probable, serviría en el almacén del
-trapero.
-
-En el pueblo, sobre todo en su barrio, Chipiteguy no disfrutaba de muy
-buena fama.
-
-Algunos viejos recordaban que Chipiteguy perteneció al Comité de
-Salvación Pública de Bayona y que fué amigo de los convencionales
-Pinet, Cavaignac, Monestier y Dartigoeyte.
-
-Se sabía también que había proporcionado datos al ciudadano Beaulac
-para escribir sus Memorias sobre la guerra entre Francia y España, en
-tiempo de la primera revolución, y se recordaba la fidelidad suya por
-el viejo republicano bayonés Basterreche.
-
-Basterreche, a quien en una biografía publicada cuando era diputado, se
-le definía así: la tez morena, el talle corto, los cabellos crespos,
-los ojos de un sátiro y el andar de un vasco, era muy buen amigo de sus
-amigos y había favorecido a Chipiteguy en momentos difíciles. Los dos
-viejos solían tener largas conferencias.
-
-Se creía que el trapero seguía siendo jacobino. Se sabía que más
-de una vez defendió a Danton y a Anacarsis Clootz con mucho calor.
-Algunos rumores extraños corrían acerca de él; se murmuraba que
-había hecho contrabando, y hasta moneda falsa; se añadía que había
-repartido hojas y papeles carbonarios y que pertenecía a una sociedad
-secreta republicana, titulada "Las Estaciones", en la que estaban
-afiliados hombres tan peligrosos como Blanqui y Barbés. A pesar de su
-republicanismo y de su volterianismo, Chipiteguy celebraba con grandes
-fiestas en su casa los dos patronos de los chatarreros, San Roque y San
-Sebastián; pero era porque cualquier pretexto le parecía bueno para un
-festín.
-
-Mucha gente, sobre todo los legitimistas, se lo figuraban a Chipiteguy
-como un monstruo; le veían blandiendo una pica, en cuya punta llevaba
-una cabeza cortada, o escoltando con el sable en la mano y sin camisa
-un carro de condenados a muerte.
-
-Vivía Chipiteguy en la casa de la plaza del Reducto con su nieta Manón,
-con la sobrina de su mujer, María de nombre; andre Mari (señora María,
-en vasco), que tendría unos cincuenta años, y dos criadas; una vieja,
-la Tomascha, y otra joven, la cocinera, la Baschili.
-
-Manón, que a los catorce años era vivaracha y atrevida, prometía ser
-muy bonita. Manón era el entusiasmo del viejo Chipiteguy y de toda
-la casa. Chipiteguy necesitaba estar constantemente al lado de su
-nieta, a quien llamaba su _perchanta_, palabra que en vascuence quiere
-decir algo como avispada, lista, viva, y que el viejo empleaba con
-predilección al referirse a su nieta.
-
-También la llamaba con frecuencia sorguiña (bruja).
-
---Tú desciendes de brujos--la había dicho una vez Chipiteguy a su nieta.
-
---¿Y tú no, abuelo?
-
---Yo, no. El segundo apellido de tu padre, Arguibel, era de brujos.
-Estos Arguibel eran parientes del célebre abate de Saint Cyran.
-
---¿Este abate era brujo?
-
---No; éste era jansenista, que es otra cosa más estúpida. En el tiempo
-de un proceso de brujas que hubo en San Juan de Luz, un viejo abate,
-Arguibel, fué quemado en Ascain, acusado de brujería. Era, sin duda,
-de los que iban a las aquelarres de Zugarramurdi y a la ermita del
-Espíritu Santo, del monte Larrun, a caballo, con la cerora a la grupa.
-
---¿Así iban?
-
---Sí.
-
---¿Pero las ceroras no serían tan viejas como ahora, abuelo?
-
---No; eran jóvenes, y me figuro que las habría guapas. Por entonces
-también quemaron a un tal Bocal, vicario joven de Ciburu, y a Juan
-de Miguelena, de Ascain, a los dos por brujos. A muchos de nuestros
-vascos, acusados de hechiceros, los quemaron dos magistrados franceses,
-los dos un tanto sospechosos de brujería; uno de ellos, de Lancre, y el
-otro, de Espagnet, que tenía una casa llena de esculturas y de signos
-mágicos en la calle de los Bauleros, en Burdeos.
-
-El buen Chipiteguy sentía un gran cariño por su nieta y hacía cuanto se
-le antojaba a ella, a pesar de las protestas de la andre Mari y de la
-vieja criada la Tomascha, que aseguraban que, dejando hacer todas sus
-fantasías a Manón, le darían un carácter insoportable.
-
-Manón llevaba una vida independiente. Andaba por el almacén y por la
-tienda de su abuelo arriba y abajo; hablaba con los compradores y
-vendedores, a pesar de la oposición de la andre Mari y de la Tomascha.
-
-El viejo manifestaba el deseo de que su nieta no fuese una señorita
-tonta y melindrosa y la dejaba entrar en la tienda e intervenir en las
-ventas y en las compras; pero al mismo tiempo, cuando llegaban las
-horas de lección, la enviaba a su cuarto a estudiar. La chica tenía
-profesores que iban todos los días a darle lecciones.
-
-El cuarto de Manón era el más elegante de la casa. Estaba cubierto
-de papel azul, tenía muebles de laca, sillas y sillones elegantes,
-una cama Imperio con colgaduras, tocador muy bonito, varios grabados
-ingleses y un piano nuevo.
-
-Manón no sentía grandes deseos de estudiar; le gustaba mucho leer y, a
-veces, tocar el piano; pero tenía por esto una afición intermitente.
-
-En su cuarto solía haber siempre una jaula de pájaros y dos o tres
-gatos sobre los almohadones, con los que jugaba la chica de la casa.
-
-A Manón, como única heredera, le esperaba gran porvenir.
-
---Todo esto--decía el bueno de Chipiteguy, mostrando los montones de
-chatarra y los sucios fardos de trapos y de papel--se convertirá el día
-de mañana en trajes bonitos y en un coche magnífico para esta pícara.
-
-Manón adoraba a su abuelo, y éste, cuando tenía a la muchacha cerca de
-sí, con sus mejillas sonrosadas y sus cabellos de oro, murmuraba con
-orgullo:
-
---No hay otra como la nieta del viejo Chipiteguy. Esta _perchanta_ vale
-un mundo.
-
-Si la andre Mari o la Tomascha se hallaban delante al oír la frase,
-gruñían con mal humor, porque así, según ellas, la muchacha se iba
-haciendo tonta y vanidosa.
-
-Manón era un poco arrogante, de genio variable, en general alegre, pero
-a veces taciturna. Cuando hablaba con gente desconocida, lo hacía de
-una manera imperiosa y atropellada, sobre todo si la contradecían.
-En cambio, si le daban la razón, sin saber por qué, se intimidaba y
-confundía.
-
-Manón era prima carnal de una muchacha, Rosa Lissagaray, cuya familia
-tenía un bazar en los arcos de la calle del Puerto Nuevo, que se
-llamaba "El Paraíso Terrenal".
-
-Era un vivo contraste el que presentaban las dos muchachitas, que eran
-de la misma edad: Rosa, morena, con la cara larga, correcta, de poca
-expresión, la nariz bien dibujada, labios gruesos, color pálido y un
-poco miope; Manón, de cara redonda, ojos azules brillantes, expresión
-de viveza felina y de audacia un poco loca, el cabello rubio, en rizos
-alborotados y cortos, que extremaban la animación de su rostro.
-
-Rosa, muy tímida, se ruborizaba con frecuencia, y una de sus actitudes
-más frecuentes era el quedar con las manos cruzadas, en señal de
-admiración.
-
-En la cara de Manón se traslucían impulsos atrevidos y absurdos, una
-nerviosidad en los ojos y en la boca, un temblor en la comisura de
-los labios, y, a veces, cierta risa silenciosa, que le daba aspecto
-inquieto y lleno de malicia. Cuando estaba contenta solía tener un aire
-decidido y triunfal.
-
-La _perchanta_, como la llamaba su abuelo a Manón, iba camino de ser
-una belleza. Rosita, más modesta, a pesar de la corrección de sus
-facciones, no llegaba a llamar la atención de nadie.
-
-Manón tenía una petulancia cómica de chico travieso; repetía frases
-y epítetos que no comprendía bien, dándoles, por lo mismo, aire más
-alocado y grotesco.
-
-Manón se burlaba de todo. Le agradaba embromar a su prima, diciéndole
-que a ella le gustaría ser bailarina, cómica o aventurera. Casi siempre
-tenía alrededor cuatro o cinco mozalbetes que le rondaban la calle y
-le escribían cartas de amor, de las cuales se reía.
-
-En la tienda discutía con los compradores o con los chatarreros que
-venían a vender algo, y por cualquier motivo se le oía echar juramentos
-y decir palabrotas en francés, en castellano y en vascuence, imitándole
-al abuelo:
-
---Sacre nom! Je m'en fous! Qué p... de hombre! Váyase usted al c...
-¡Arrayúa!
-
-Estas barbaridades divertían mucho al viejo Chipiteguy y hacían
-llevarse las manos a la cabeza a la andre Mari y a la Tomascha, que
-creían que con esta educación la chica acabaría mal.
-
-Manón escandaliza a su prima con sus ideas levantiscas. Cuando Rosita
-le hacía objeciones a sus fantasías, con su buen sentido práctico,
-Manón le replicaba cariñosamente:
-
---Eres una niña tonta y buena.
-
-A veces, Manón, fingiéndose hastiada de todo, decía:
-
---Ya no quiero oír hablar de novios ni de amores. Prefiero una buena
-comida, una taza de café, una copa de coñac y después un buen cigarro.
-
-Manón tenía una manera de andar elástica, graciosa; poseía encanto
-en todas sus actitudes y movimientos y gran seguridad, más o menos
-fingida, en sus decisiones.
-
-El viejo judío Manasés León, amigo de Chipiteguy, llamaba a las dos
-primas Marta y María, y también Demócrito y Heráclito. Manasés sentía
-gran entusiasmo por Manón; pero prefería a Rosa, porque, según su
-criterio judáico, las mujeres no debían tener personalidad, sino ser
-obedientes y sumisas.
-
-Manasés sabía un refrán español, que lo repetía con frecuencia: "Boca
-con rodilla y al rincón con el almohadilla."
-
-Chipiteguy, que era medio alemán, creía lo contrario, y le alegraba
-el pensar que su _perchanta_ sería capaz de desenvolverse sola en
-cualquier circunstancia en que se hallase. Un sobrino de Chipiteguy,
-Marcelo, decía en broma que Rosa era como las natillas, y Manón como
-esos platos llenos de especias de gusto fuerte.
-
-La tía María y las criadas, aunque admiraban a Manón, la sermoneaban
-con frecuencia; pero ella no hacía caso de sus sermones. La _perchanta_
-de la casa del Reducto sabía muy bien que su abuelo salía siempre a su
-defensa y la defendía con ardor.
-
-Había una alianza estrecha entre el abuelo y la nieta.
-
-A Manón le indignaba que calificaran a su abuelo de avaro, de cínico y
-de impío. Para Chipiteguy, las dignidades no existían. Su filosofía de
-trapero le hacían creer que un cáliz no se diferenciaba de una copa más
-que en las perlas; que un estandarte tenía el valor de la tela y del
-oro, y que una duquesa no se diferenciaba de una lavandera más que en
-lo que hubiera en ella de bueno o de malo. Chipiteguy se burlaba del
-novelista Balzac, de quien se comenzaba a hablar mucho en esta época,
-por el amor que el escritor demostraba por la aristocracia. Uno de los
-motivos de desprestigio de Chipiteguy era su volterianismo. Chipiteguy
-creía que la religión era siempre el manto de los hipócritas y granujas
-para cubrir sus miserias y sus canalladas.
-
-Un buen católico era para él algo sucio, como un tiñoso moral, hombre
-de poco fiar; capaz de todo.
-
-El había dicho una vez, recomendando a un conocido de Estrasburgo, un
-abate bayonés: "Puede usted fiarse de él, porque, aunque cura, es
-buena persona."
-
---El católico es uno de los productos más envilecidos de la especie
-humana--aseguraba el trapero--. Decidle a un católico: el ciudadano
-tal roba en su destino, él le justificará; es un padre de familia,
-tiene hijos... El otro abandona a su padre, lo legitimará también;
-el tercero vende a su hija, lo mismo; el católico lo legitima todo.
-Pero va a haber una fiesta y un baile; entonces el católico fruncirá
-el ceño. Eso es una inmoralidad, es un escándalo, es una excitación
-a la lujuria--dirá--. La lujuria es cosa mala; debíamos suprimir la
-prostitución--pensaréis vosotros--. No, eso no; es un mal necesario...
---afirmará con hipocresía--. ¡Mala raza, fea raza, raza baja,
-envilecida y bastarda, esa de los católicos!
-
-Muchas de las opiniones violentas que profesaba Chipiteguy se las
-atribuía a un amigo suyo, el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de
-Aschaffenburg; pero algunos pensaban que este poeta Julius Petrus era
-una invención suya y que no había existido jamás.
-
-El clericalismo siempre lleva al lado la tendencia volteriana; por
-eso en los países latinos el impío es más impío que en los países
-protestantes.
-
-Cuando la andre Mari con la Tomascha y la cocinera se ponían a rezar
-el rosario en voz alta en la cocina, después de cenar, muchas veces
-Chipiteguy exclamaba:
-
---¡Viejas locas! No me vengáis aquí con esas monsergas. No quiero que
-nos traigáis alguna desgracia con tantos rezos. Id a la catedral.
-Allí tenéis bastante sitio para repetir, sin molestar a nadie, todo
-el tiempo que queráis, vuestras tonterías. Aun así, no creáis que no
-hacéis daño; lo hacéis, porque venís aquí y traéis una nube de pulgas.
-
-La sobrina y la criada le replicaban furiosamente y le amenazaban con
-el infierno, lo que a él le hacía reír a carcajadas y decir mayores
-irreverencias.
-
-Otra vez que hablaban de los sermones de los curas, que recomendaban a
-las mujeres que no fueran escotadas, Chipiteguy les dijo a las de su
-casa, echándoselas de ingenuo:
-
---Lo que podíais hacer vosotras es ir adonde el obispo, desnudas, y
-allí él, con ese jaboncillo que emplean los sastres, os marcaría con
-exactitud en el cuerpo hasta dónde podíais enseñar.
-
-Estas frases escandalosas indignaban a las que las oían.
-
-La andre Mari, viuda sin hijos, mujer flaca, agria, con cara afilada
-y pálida, tenía una figura que parecía que se la veía sólo de perfil.
-Solía estar haciendo media constantemente con un gato en la falda.
-
-La criada, la Tomascha, se parecía a la andre Mari en el carácter,
-aunque no en el tipo; tenía aspecto monjil, la cara redonda y
-abotargada, un poco como de albuminúrica; el color muy blanco, la
-mirada inexpresiva y el aire indigesto. Reñía a todas horas con la
-muchacha joven.
-
-La Tomascha, indudablemente, sentía cariño por Chipiteguy y por la
-casa; pero a veces parecía que se recreaba con las desgracias.
-
-La Tomascha era, principalmente, una mujer fatídica y daba las malas
-noticias con fruición, cosa que a Chipiteguy indignaba. Varias veces el
-chatarrero dijo a la andre Mari que se fuera la Tomascha a su pueblo y
-que él le seguiría pasando el salario; pero la Tomascha, al saberlo,
-derramó un mar de lágrimas.
-
-La Baschili, la cocinera, era muy enamoradiza, y siempre tenía algún
-novio o amante, con quien paseaba los domingos.
-
-Se decía que había tenido un chico en el pueblo, y la Tomascha se lo
-había contado a la andre Mari y la andre Mari a Chipiteguy.
-
---Aunque hubiese tenido un regimiento no la despacharía--replicó el
-trapero del Reducto--; yo no le exijo a ella voto de castidad, sino que
-guise bien.
-
-La asistenta de la casa de Chipiteguy, que barría y fregaba los
-almacenes y la tienda, era gascona, juanetuda, robusta y locuaz. Se la
-conocía por su apellido la Mazou.
-
-La Mazou era turbulenta y estaba atormentada por el deseo de la acción;
-cuando había que hacer un trabajo extraordinario gozaba.
-
-La Mazou, recia y cuadrada, tenía tanta fuerza como un hombre.
-
---Esta ha nacido para tener una docena de hijos--decía Chipiteguy--;
-pero como es inteligente como una mula y áspera como un cardo, se ha
-quedado soltera.
-
---¡Bah! ¡Si hubiera querido!--replicaba ella.
-
-La Mazou bebía a veces un trago, al emprender algún trabajo de fuerza,
-en compañía de Quintín o de Claquemain.
-
-A pesar de que ella andaba cerca ya de los cincuenta años, Quintín la
-había pretendido; pero la Mazou despreciaba al mozo porque era chiquito
-y de poco cuerpo.
-
-Chipiteguy se burlaba de la gente de su casa, menos de Manón. También
-se burlaba mucho de los judíos que iban a su tienda; había asistido
-repetidas veces a los oficios en la Sinagoga y satirizaba los cantos y
-los lamentos de los hijos de Israel.
-
-Les recordaba la época anterior a la Revolución, que él había llegado
-a conocer, en la cual los judíos de Saint Esprit, a quienes también se
-llamaban los portugueses y los nuevos cristianos, no podían habitar el
-casco de Bayona.
-
-Les decía que se contaba entonces que los judíos del barrio de Saint
-Esprit, cuando tomaban nodrizas cristianas, los días de comunión les
-vaciaban el pecho, para que en su cuerpo no hubiese ni rastro del
-cuerpo divino de Jesucristo.
-
-Les hablaba, como si fuera verdad, de que celebraban la Pascua con
-sangre de cristianos y de los asesinatos rituales.
-
-El fingía creer, para sacar de sus casillas a los judíos, que éstos
-hacían manjares con sangre de niño cristiano, y recordaba que en Metz
-había sido quemado un judío, Rafael Levi, acusado de haber matado a un
-niño de tres años con ese objeto culinario.
-
---En mi país--solía decir--se les tiene mucho odio.
-
-Y solía contar esta anécdota:
-
-"Al entrar en Metz el mariscal de la Ferté, los judíos de la ciudad
-fueron a saludarle. Cuando le dijeron que había en la antecámara una
-comisión de israelitas, gritó:
-
---No quiero ver a esos granujas que crucificaron a Nuestro Señor; que
-no les dejen entrar.
-
-Se les dijo a los hebreos que el mariscal no podía recibirles. Ellos
-respondieron que lo sentían mucho, porque iban a llevarle un regalo
-de cuatro mil pistolas. Se advirtió al mariscal a lo que iban y el
-mariscal dijo al momento:
-
---Hacedles entrar en seguida. ¡Pobre gente! Se les acusa sin razón.
-Ellos no le conocían a Cristo cuando le crucificaron."
-
-El trapero, al contar esto, se reía a carcajadas.
-
-Chipiteguy, según decía, había hecho lo posible para adornar con
-cuernos la cabeza de algunos amigos israelitas; pero esto, como
-se sabe y como repetía su amigo Julius Petrus Guzenhausen de
-Aschaffenburg, no es más que un mal de imaginación y ningún casado
-podía tener la seguridad de no padecerlo.
-
-En la juventud de Chipiteguy el barrio de Saint Esprit conservaba
-algo de ghetto; las casas solían estar cerradas al anochecer, los
-hombres andaban con balandranes, las mujeres pálidas, de ojos negros,
-se asomaban a las ventanas, y se oía una jerga medio española, medio
-hebrea.
-
-Chipiteguy contaba sus aventuras amorosas de joven con las muchachas
-judías del barrio, lo que escandalizaba mucho.
-
-A las bromas del viejo trapero, los israelitas contestaban hablando
-y accionando violentamente, y contaban con un estilo florido las
-persecuciones sufridas por la raza. El tema que manejaba siempre
-Chipiteguy era el de la avaricia. Los judíos le achacaban a él idéntico
-defecto.
-
-Los más habituales en casa de Chipiteguy eran Manasés León, el
-prendero; Haim Gómez, del gremio de mercería, e Isaac Castro, vendedor
-de fruta.
-
-A fuerza de echarse en cara Chipiteguy y sus amigos su roñosidad y
-su sordidez, habían llegado a considerar este vicio como condición
-divertida y pintoresca.
-
-Al ir y venir de Saint Esprit a Bayona, por el puente de barcas, se
-formaba gran sanhedrín de judíos en la tienda de Chipiteguy, y parecía
-aquello una bandada de cuervos; y entre las voces gangosas y agudas
-de los hebreos y sus accionados y gestos de polichinelas, resonaban
-las carcajadas de Chipiteguy. Este hablaba siempre con desprecio de la
-Biblia y los judíos defendían su libro santo con fervor; pero más que
-las cuestiones religiosas les apasionaba la cuestión del dinero y el
-reproche que se hacían unos a otros de avaricia.
-
-Todas las anécdotas viejas y conocidas de avaros y de usureros se
-atribuían al contrincante.
-
-El avaro, que retenía la respiración cuando se le tomaba medida de un
-traje, para parecer menos grueso y hacer que el sastre pusiera menos
-paño; el que fué achicando la ración de paja y cebada al caballo, y
-cuando éste murió de hambre, dijo: "¡Qué lástima! Ahora que se iba
-acostumbrando..."
-
-Otra porción de rasgos, dignos de Harpagon, de Shylock o del licenciado
-Cabra, se atribuían unos a otros.
-
-En realidad, todos aquellos judíos, Nathan, David o Salomón,
-ropavejeros y prestamistas a la antigua escuela, con sus gabanes
-raídos y sus sombreros sebosos, con sus procedimientos usurarios y sus
-tiendencillas negras, tenían que considerarse derrotados por usureros
-de nuevo estilo, más elegantes y atildados, que paseaban en coche o a
-caballo, vestían como dandys y se iban haciendo millonarios.
-
-A Chipiteguy y a los judíos amigos no les interesaban tanto las grandes
-hipotecas como las pequeñas raterías.
-
-Entre éstos era un gran mérito el engañar a un compañero, el hacerse
-convidar o el conseguir algo de balde.
-
-Se vanagloriaban todos de las jugarretas que se hacían para engañarse.
-
-Un comerciante, algo letrado, había llamado a la casa de Chipiteguy la
-Escuela de los Avaros.
-
-Cuando sus amigos judíos no estaban delante, Chipiteguy no era roñoso,
-y todo lo que le pedía su nieta lo concedía al momento.
-
-En lo que no quería gastar era en su indumentaria.
-
---Un trapero elegante sería ridículo--decía él.
-
-Cuando Chipiteguy se quitaba su hopalanda mugrienta se le veía vestido
-con un chaquetón desteñido, que era difícil suponer cuál sería su color
-primero; unos pantalones zurcidos y remendados y un chaleco viejo de
-nankin. Chipiteguy no quería elegantizarse; le gustaba aparecer tal
-como había sido siempre.
-
-A pesar de su roñosidad para sí mismo, era espléndido en otras cosas.
-
-En la mesa gastaba mucho. La cristalería era siempre fina y nueva.
-Chipiteguy no podía soportar una mancha en el mantel; así que había
-que renovarlo para cada comida. En casa de Chipiteguy se comía bien
-y se bebía a pasto vino de Burdeos y de Borgoña. Le gustaban también
-al viejo los licores, y tomar, después de comer, unas copas de coñac
-antiguo.
-
-Con este trato, su nariz y sus mejillas habían adquirido, en algunos
-puntos, tonos de carmesí, que se convertían en violáceos. Con aquel
-régimen de vida, Chipiteguy tenía tendencia a la gota, y a veces
-padecía cálculos. En estas épocas pasaba días tristes, alicaído y
-pensativo; pero cuando se curaba, volvía a la jovialidad. Decía que
-a él le tendrían que poner el mismo epitafio que hizo Desaugiers, un
-autor de canciones, enfermo de mal de piedra, de sí mismo:
-
- Ci-git helas, sous cette pierre
- un bon vivant mort de la pierre
- passant, que tu sois Paul ou Pierre
- ne va pas lui jeter la pierre.
-
-A pesar de sus burlas, Chipiteguy tenía un fondo de misticismo. Había
-en él algo del sentido contemplativo del alemán, unido a la impiedad
-ligera del francés; pero quizá la tendencia mística y vaga era
-en él lo más profundo. Se pasaba muchas horas mirando el agua del
-río, pensando vagamente en las fuerzas de la Naturaleza. También se
-abstraía fumando en su pipa y viendo las volutas de humo en el aire o
-contemplando las llamas de la lumbre.
-
---¿Duermes, abuelo? le preguntaba su nieta.
-
---No; estoy pensando.
-
---¿Pensando en qué?--le preguntaba Manón.
-
-Indudablemente, el viejo pensaba con vaguedad en muchas cosas, también
-vagas, porque en él había esta tendencia por la meditación.
-
-A veces no pensaba en nada y estaba inmóvil, con la mirada perdida,
-como aletargado.
-
-
-
-
-IV
-
-LA TABERNA DE OCHANDABARATZ
-
-
-La calle de los Vascos, en Bayona, calle estrecha, húmeda y negra,
-paralela a la corriente del Nive y a la calle de España, era y es
-una de las más obscuras del pueblo. En ella olía siempre a humedad
-y a pescado, lo que hacía que el ambiente no fuese muy agradable de
-respirar. Había entonces en esta calle almacenes de salazón y se
-instalaban pescaderías ambulantes en el arroyo.
-
-En tiempo de la primera guerra civil española, las tiendas de la calle
-de los Vascos eran pocas: algunos almacenes de pescado, barricas,
-botellas y trapos viejos, dos posadas, la fonda de Iturri y la
-Guetaldia, donde se refugiaban los campesinos vascos de las aldeas
-próximas y los carlistas de poco dinero; varias tabernas, traperías y
-alguna cacharrería que lucía en el escaparate jarras, huchas de barro y
-cometas de papel de colores.
-
-En la calle, la casa más cuidada y limpia era la posada de Iturri, que
-en la planta baja tenía una tienda de mercería, en la que se mostraban
-pañuelos de seda de vivos colores. La posada de Iturri gozaba de fama
-de sitio respetable y en donde se comía bien.
-
-Entre las dos o tres tabernas de la calle de los Vascos, las más
-frecuentadas, las que estaban casi siempre llenas, eran la taberna
-del Español y la de Ochandabaratz. Esta última se llamaba también la
-taberna del Gallo Rojo, porque su enseña representaba un gallo, pintado
-de rojo, cantando sobre una bola.
-
-La taberna de Ochandabaratz, obscura y siniestra, se hallaba en un
-sótano grande, y el invierno estaba siempre iluminada con quinqués,
-porque si no, en su fondo, no se veía con la luz del sol.
-
-La taberna no tenía portada alguna, y únicamente las paredes de la
-casa, en el piso bajo, aparecían embadurnadas de pintura de color
-parduzco, que saltaba de las piedras, y que dejaba a éstas como
-recubiertas por escamas.
-
-Se entraba por el zaguán, y a mano izquierda estaba la taberna, a la
-que se bajaba por unos escalones; había en este sótano un ventanal de
-cristales pequeños y emplomados a la calle y una ventana enfrente a un
-patio; pero ni el ventanal ni la ventana daban luz bastante para que se
-viera con claridad en el interior.
-
-Era la taberna grande y espaciosa, con un mostrador enorme, recubierto
-de cinc, con frascos, botellas de licores y damajuanas negras. Las
-paredes tenían un zócalo de madera y había varias mesas y bancos.
-
-La taberna se continuaba por un corredor, al que iluminaba la ventana
-del patio. En este corredor había dos grandes filas de barricas.
-
-Ochandabaratz, el amo de la taberna, era hombre de unos cincuenta años,
-grueso, un poco asmático, muy sentencioso, con aire reservado. Gastaba
-siempre camisa blanca, de gran cuello; blusa negra y boina grande.
-Su mujer era guapa y vistosa; sus dos hijas, muy bonitas; el criado
-Shanchín, vivo como un mono, y la muchacha Leonie, guapetona, rubia y
-apetitosa.
-
-En la taberna había siempre gente, de día como de noche; al parecer,
-los géneros de Ochandabaratz tenían fama de exquisitos, y el vino y los
-licores de la taberna podían competir con los de los mejores hoteles de
-Bayona.
-
-Una tarde lluviosa y de invierno estaban en la taberna de Ochandabaratz
-una porción de tipos, bastante extraños, formando animado grupo.
-Eran éstos el cochero de una funeraria, llamado Tapín; Benedicto,
-el campanero de la Catedral; un sepulturero jorobado, conocido por
-Patrich; el piloto Ibarneche, Bidagorry, el carbonero de la calle del
-Pont Traversant, que tenía una pierna de palo; el maestro de baile
-Cuyala, de la calle del Oeste, y tres chatarreros; Michú el de la Vieja
-Encina de la calle de Bourg Neuf; Larroque el de las Armas de Francia,
-del muelle de la Galuperie, y Portefaix, el de la Linda Fragata de la
-calle de Pontriques.
-
-Los más señalados de estos tipos eran Patrich, por su joroba, y
-Bidagorry, por su pierna de palo; pero los otros tenían también
-carácter. Ibarneche, el piloto era alto, colorado, la cara ancha, con
-anteojos, la pipa en la boca; Cuyala, el maestro de baile, elegante,
-flaco, melenudo, pálido, con un levitín azul, con botones dorados,
-corbata roja y pantalón corto, lucía las pantorrillas; Michú gastaba
-sombrero de copa y gabán hasta los pies, y tenía cara de loro, picada
-de viruelas; Portefaix poseía unos ojos saltones, desvaídos, como dos
-huevos, y una cara de rana, entre sonriente y triste, y Larroque, que
-vestía con un abrigo harapiento y un casquete, tenía la cara llena de
-cicatrices, un ojo nublado, el otro, malicioso, verde gris, rojizo,
-lleno de inteligencia, de picardía y de desvergüenza.
-
-Estos tres chatarreros, Michú, Larroque y Portefaix, solían ir a España
-con frecuencia a comprar hierro viejo, granadas y armas, y negociaban y
-cambalacheaban con Chipiteguy.
-
-El sepulturero jorobado Patrich celebraba, según decía, a todo el que
-se le acercaba, dos acontecimientos transcendentales de su vida: uno,
-que le había tocado la lotería; el otro, que se le había muerto la
-mujer en San Juan Pie de Puerto.
-
-Con tal motivo, Patrich se dedicaba a las más extrañas locuras y
-cantaba y bailaba alegremente. Patrich mostraba una gran alegría por
-la muerte de su mujer, y, sin embargo, había quien aseguraba que días
-antes le había visto llorando por el mismo motivo. En un bufón como él
-cualquier cosa era posible.
-
-Mientras el grupo celebraba el jolgorio, se asomaron a la taberna el
-viejo Chipiteguy y el judío Moisés Panighettus, dueño de una trapería,
-próxima a la Puerta de Francia.
-
-Patrich, el jorobado, se apresuró a saludar a Chipiteguy y a
-Panighettus; les contó el motivo de su fiesta y les invitó a sentarse.
-
-Chipiteguy dijo que tenía que ir a una casa suya a cobrar las rentas.
-
---Sentarse, sentarse; no hay prisa--gritó el jorobado.
-
---¿Qué, viene usted a cobrar la casa?--preguntó Ochandabaratz a
-Chipiteguy.
-
---Sí.
-
---¿Ya pagan esos españoles?
-
---No hay más que uno o dos--contestó Chipiteguy.
-
---Ya pagarán--exclamó Patrich, el jorobado--. Todo el mundo paga al
-último; los unos con su moneda, los otros con su cuerpo. ¡Je! ¡Je!
-¡Je! No hay que apurar a nadie. Vamos otra vez a cantar.
-
-Cantaron todos a coro, en vascuence, la canción recogida por el doctor
-Larralde, de San Juan de Luz: "Errico festac biaramumiam" (El día
-siguiente de la fiesta), la copla que empieza pintando la escena de
-cuatro mujeres, tres solteronas y una viuda, que juegan al truque un
-día de fiesta en la calle de una aldea vasca, a la sombra, las cuatro
-un poco borrachas.
-
-La cantaron de manera desigual, porque cada uno se marchaba por su lado
-y algunos no sabían vascuence.
-
-Después, el piloto Ibarneche entonó, a media voz, algunas canciones
-románticas del mar:
-
- Ichasua laño dago
- Bayonaco alderaño.
- Nic zu zaitut maitiago
- choriyac beren umiac baño.
-
-(El mar está cubierto de niebla hacia el lado de Bayona. Yo te quiero
-más que el pájaro a su crías.)
-
- Santa Catalin aurrera
- bischigutan azi dera.
- Ondo irteten baguera
- laster neria izango cera.
-
-(Antes de Santa Catalina hemos empezado la pesca del besugo. Si salimos
-bien, pronto serás mía.)
-
- Gure oroliz aita dago
- laño bian gaberaño.
- Nic zu zaitut maitiago
- arraichuac ura baño.
-
-(Nuestro recuerdo está erguido hasta debajo de la niebla. Yo te quiero
-más que los pececillos al agua.)
-
- Ichasua urac aundi,
- es tu ondoric agueri.
- Pasaco nisaqueni andic
- maitea icuzteagatic.
-
-(En el mar de grandes olas, no se ve bien. Yo pasaría siempre por el
-mar para ver a mi amada.)
-
-La especialidad de Ibarneche, además de sus canciones románticas, era
-el comer copiosamente. Había hecho el piloto muchas apuestas y las
-había ganado. Se había comido una vez un cordero con la mayor parte
-de los huesos. Para él, tragarse dos gallinas, dejando solo el pico,
-era un juego. Con el pico no podía; ante el pico se declaraba vencido.
-Había comido también una merluza y cuatro docenas de huevos en una
-comida.
-
-En beber era más moderado; no llegó a pasar nunca de los cuarenta vasos
-de sidra en una tarde ni de los veinte de vino.
-
-Mientras cantaba Ibarneche, Bidagorry, el carbonero, seguía el ritmo de
-la canción y ponía los ojos en blanco y la cara lánguida y triste. Esta
-acomodación rápida era la especialidad de Bidagorry.
-
-Patrich, el sepulturero, poco partidario de cosas melancólicas--la
-melancolía no es para sepultureros, decía él--, se puso a cantar y a
-bailar unas coplas donostiarras de soldados con aire de fandango. Lo
-cómico, para los que las oían, era que Patrich no sabía vascuence y a
-veces decía una cosa por otra.
-
-La canción era así:
-
- ¡Ay, Madalén, Madalén;
- Madalén gajoa!
- Bigarren batalloyan
- daucazu majoa.
- Chiquichua da baña,
- mutico polita,
- Cazadorietaco
- cabo primeroa.
-
-(¡Ay, Magdalena, Magdalena; pobre Magdalena! En el segundo batallón
-tienes tu majo. Es pequeño, pero guapo chico, y cabo primero de
-Cazadores.)
-
-Bidagorry recalcó la intención de la copla, dando a su fisonomía un
-aire desvergonzado y alegre.
-
-La canción, ya de por sí grotesca, cantada y bailada por Patrich, lo
-era más. Patrich, viejo, cojo, pequeño y jorobado, de cara audaz,
-barbas largas y blancas, los ojos redondos, negros y brillantes, ojos
-de lechuza, la nariz chata, la frente ancha y prominente y la calva
-hasta el cogote, tenía un aire socrático.
-
-Patrich vestía macfarland negro y raído, sombrero de copa sucio y
-despeinado. Su atrevimiento y su impertinencia resultaban un tanto
-importunas. Era, además, un bufón antipático, porque con mucha
-facilidad, en medio de la broma, se molestaba o tomaba una actitud
-sentimental, de borracho, desagradable.
-
-Después de los versos a Magdalena vinieron coplas dirigidas a algunos
-galanes, que tendrían en su tiempo gran cartel entre las criadas y
-costureras donostiarras:
-
- Bata, García; eta
- beztea, Domingo;
- onezquero gauz onic
- ez ditec eguingo.
- Euscaldunac desaire,
- oyequin amigo.
- Berac deitzen ciyoten:
- "Venga usted conmigo".
-
-(El uno, García; el otro, Domingo; hasta ahora, seguramente, no habrán
-hecho cosa buena. A los vascongados, desaires, y con esos otros,
-amigas. Ellas mismas les decían: "Venga usted conmigo".)
-
-Hay que suponer que estas damas que decían a los cabos primeros y a
-los sargentos: "Venga usted conmigo" no serían de la alta sociedad, ni
-aparecerían en el Almanaque de Gotha, aunque algunos demagogos suponen,
-quizá con poco respeto, y sobre todo con pocos datos personales, que
-son principalmente las damas empingorotadas, las del Almanaque de
-Gotha, las que tiene una inclinación a decir a los cabos primeros y a
-los sargentos: "Venga usted conmigo".
-
-Esta cuestión es, sin duda alguna, difícil de resolver
-experimentalmente y la abandonamos para que la estudien los
-especialistas.
-
-Patrich se cansó de su baile y de su canto y se sentó a beber un gran
-vaso de vino.
-
-En tanto, uno de los chatarreros, que solía entrar con frecuencia en
-España, salmodió esta obra maestra híbrida vasco-castellana, también
-donostiarra;
-
- Un militar le dice:
- "Nere maite ederra,
- solamente tu cara
- ematen dit guerra".
- Y ella contesta al punto:
- "Ez bildurric izan
- izan bear badezu
- mi bravo capitán".
-
- Damacho ederra, mozo valiente,
- ella jostuna, él subteniente,
- y ella le ha dicho milla bider
- que le hacen falta bi charreter.
-
-(Un militar le dice: "Amada hermosa, solamente tu cara me da a mí la
-guerra". Y ella contesta al punto: "No tenga usted miedo si tiene usted
-que ser mi bravo capitán". Bella damita, mozo valiente, ella costurera,
-él subteniente, y ella le ha dicho muchísimas veces que le hacen falta
-dos charreteras.)
-
-El autor comprende que es un poco abusivo el poner tantas canciones
-insignificantes. A él le dicen algo, aunque a la mayoría de sus
-lectores, claro es, no le dicen nada. El autor es un individualista y
-las pone.
-
-Uno de los traperos, medio ciego, sacó un caramillo de hoja de lata y
-se puso a tocar monótonamente la canción de Cadet Rouselle.
-
-Después de esto, Patrich echó los pies por alto, se balanceó como una
-bailarina, lanzó ronquidos desvergonzados, puso la cabeza en el suelo,
-dió una vuelta y quedó sentado.
-
-Poco después apareció Patrich, montando sobre unos zancos y andando en
-la taberna, casi tocando el techo. El enano jorobado se sentía así alto
-y poderoso.
-
-El viejo Chipiteguy, que había permanecido durante todo el tiempo
-bebiendo y riendo, se citó para el día siguiente con Moisés Panighettus
-y se levantó para salir de la taberna de Ochandabaratz.
-
---¡Adiós, señores!--dijo.
-
---¡Eh, tío!--le gritó Patrich--. No se vaya usted; hay que cantar su
-canción.
-
-La gente de la taberna no hizo mucho caso, y Patrich se incomodó.
-
-Patrich era hombre violento e imperativo; obligaba a que se cantaran
-ciertas canciones y ponía el veto a otras que no le gustaban.
-
-No parecía sino que tenía algún derecho especial para mandar en todo
-cuanto fuera musical y filarmónico en casa de Ochandabaratz.
-
-Patrich se quitó los zancos e increpó a unos y a otros, imponiendo
-silencio con siseos y manotadas.
-
-Cuando lo consiguió inició la canción de bravura de Chipiteguy y la
-cantaron a coro, a voz en grito:
-
- Atera, atera,
- trapua saltzera
- eta burni zarra
- chaponian.
-
-Chipiteguy, riendo, saludó a todo el mundo y salió a la calle.
-
---¡Adiós, tío!--le volvió a decir Patrich.
-
-Patrich solía bromear muchas veces llamando tío a Chipiteguy. La razón
-de este supuesto parentesco era la siguiente. Hacía ya muchos años, en
-los primeros tiempos del Imperio, vivían dos hermanas, muy guapas, las
-dos casadas, en la calle Pontriques. Ambas, con unanimidad extraña,
-engañaban a sus maridos. De una de ellas se decía que estaba enredada
-con Chipiteguy, y de la otra, que era la querida de un tal Lafón,
-vendedor de hierro.
-
-El marido de la de Lafón, a quien llamaban Puteche, era un cínico, que
-se dedicaba a vivir de lo que traía su mujer.
-
---Buena boquilla--le decían los amigos.
-
---De Lafón--contestaba él sonriente.
-
---Hermosa cadena de reloj--le decía el otro.
-
---De Lafón--replicaba él.
-
---¡Qué bonito sombrero lleva usted!
-
---De Lafón.
-
-Las dos hermanas, guapas y alegres, tuvieron por entonces dos chicos:
-Máximo Castegnaux, que se atribuyó a Chipiteguy, y Patricio Larroque
-(Patrich), que se atribuyó a Lafón.
-
-Dado el estribillo de Puteche, naturalmente, se hizo este chiste fácil.
-Un amigo le había dicho, señalando al niño de la mujer de Puteche:
-
---¡Qué chico más guapo!
-
-Y él había contestado:
-
---De Lafón.
-
-La anécdota era falsa, porque ni el chico era guapo ni Puteche había
-dicho estas palabras.
-
-No se sabe por qué, si es que Lafón daba poco dinero a su querida,
-o si es que ésta pretendía hacer economías; el caso fué que Puteche
-comenzó a notar que la comida en su casa se reducía hasta unos extremos
-inverosímiles. A pesar de su tranquilidad filosófica, un día Puteche
-ya saltó, y, cogiendo indignado un plato de acelgas y tirándolo por la
-ventana, dijo a su mujer:
-
---No tienes vergüenza. ¿Esta es una comida regular para un marido
-complaciente?
-
-Como la irregularidad de la vida de las dos hermanas la conocían todas
-las comadres del barrio, los chicos Máximo y Patricio no lo ignoraban;
-y cuando los dos primeros reñían, el uno decía al otro: "¡Chipiteguy!
-¡Chipiteguy!", y el otro le contestaba: "¡Lafón! ¡Lafón!" Los padres,
-por lo menos padres legales, se quedaban tan tranquilos al oirlo; no
-así las madres; a veces, a éstas les entraba una cólera furiosa al
-oír "¡Chipiteguy! ¡Chipiteguy! ¡Lafón! ¡Lafón!", y andaban con los
-muchachos a zapatazos. Cuando murió Lafón decía Puteche:
-
---Veinte años ha sido mi mujer la querida de Lafón y ese cochino no le
-ha dejado nada en su testamento.
-
-Todo el mundo le tenía a Puteche por un cínico y por un sinvergüenza.
-Indudablemente, al hombre le producía risa la idea de ser un marido
-engañado y que lo que para otros es un motivo de tristeza y de
-vergüenza, para él fuera un motivo de chunga. Sin embargo, algún
-resquemor debía quedar en él, porque se dijo que, cuando se murió, se
-le acercó la mujer a la cabecera de la cama y él la dijo:
-
---Fuera p...
-
-Max Castegnaux y Patricio Larroque, los dos primos que de chicos se
-echaban en cara su atribuída paternidad, llegaron a ser amigos.
-
-Max Castegnaux fué gran calavera. Una de sus gracias consistía en
-decirle a Chipiteguy, cuando pasaba a su lado: "¡Adiós, padre!"
-
-Max, después de varias locuras, sentó plaza y estuvo en Argelia, donde
-llegó a ser sargento.
-
-Patrich, el jorobado, se hizo sepulturero y consideraba a Chipiteguy de
-la familia y le llamaba siempre tío.
-
-Al marcharse de la taberna de Ochandabaratz, Patrich llamó a un
-violinista callejero y le hizo tocar; pero aburrió pronto a los
-reunidos.
-
---A ver tú, Patrich--dijo Ibarneche--; dinos algunos epitafios del
-cementerio.
-
---No, ahora no--replico el sepulturero.
-
---Sí, sí--gritaron todos.
-
---Bueno, pues allá va uno. Auténtico: el del niño Pedro Verrue: "Aquí
-yace el niño Pedro Verrue, de tres años y dos meses. Fué abnegado,
-discreto y justo. Su vida fué una larga cadena de sufrimientos, que
-soportó con entereza y resignación cristiana".
-
-Todo el mundo se echó a reír.
-
---¡Otro, otro!--dijeron.
-
---El epitafio de la viuda de Routier, a quien conocimos todos por su
-genio agrio; también auténtico: "Aquí yace María Francisca Bachelin,
-viuda de Routier, muerta a la edad temprana de 79 años. Era un ángel.
-Sus hijos, hijos políticos y nietos depositan sobre su tumba esta
-corona por su virginal pureza".
-
---¡Otro, otro!
-
---"Aquí yace Juan Bautista Colardeau, muerto a los siete años y medio,
-de la escarlatina. Fué buen hijo, buen ciudadano y amante de su patria.
-Rogad por él".
-
-Siguieron las risas en el público.
-
---¡Más, más!
-
---No, basta por hoy--dijo Patrich con su aire rotundo--. Uno para
-terminar, también auténtico: "Yace aquí Luis Bernardo Chevrau,
-fabricante de jabón y de vulneraria de los Alpes. Fué padre de familia
-modelo, sargento de la Guardia nacional y buen ciudadano. La humanidad
-doliente le debe la mejor vulneraria suiza, que la viuda sigue
-fabricando en Bayona, en la calle del Oeste, núm. 4".
-
-Rieron de este último epitafio y Patrich no quiso continuar.
-
-
-
-
-V
-
-LOS INQUILINOS DE CHIPITEGUY
-
-
-La casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos, era alta, negra, con
-ventanas que se abrían en la obscura pared.
-
-Vivían en ella muchos inquilinos, la mayoría gente pobre, empleados
-de tiendas y de oficinas, retirados y obreros. En los bajos había un
-almacén de botellas y otro de carbón.
-
-La escalera de la casa, lóbrega y sombría, daba a un patio pequeño y
-negro; el portal, húmedo, con una caseta cubierta de cinc, se hallaba
-siempre a obscuras. La casa tenía cinco pisos y en cada piso tres
-puertas; al lado de cada una colgaba la cadena de la campanilla con
-un anillo de metal, y estos anillos, lo mismo que el pasamanos de la
-escalera, estaban como lubrificados por una grasa viscosa y fría.
-
-De trecho en trecho, en la escalera siniestra, se abrían ventanas que
-daban al patio, por las que se veía la parte de atrás de otras casas,
-sombrías y leprosas.
-
-Por aquella escalera subían y bajaban viejas con aire de suspicacia
-que parecían montones de ropa sucia, tocadas con calotas, cofias y
-sombreros marchitos; con trajes que olían a trapo raído y a paraguas
-mojados; y viejos de sombrero de copa antiguos y redingotes de otra
-época que les llegaban hasta las pantorrillas.
-
-Al entrar en su casa, Chipiteguy se dirigió primeramente al almacén de
-botellas del piso bajo. Cuidaba este almacén una vieja arrugada que
-interrumpía a ratos la tarea de hacer media para comer pan y queso.
-La vieja, al ver a Chipiteguy, se levantó y sacó de un armario el
-dinero del alquiler; luego se puso a contar, medio en francés, medio en
-vascuence, una historia aburrida de su juventud, riéndose de cuando en
-cuando para mostrar sus encías, desprovistas de dientes.
-
-Del almacén de botellas pasó Chipiteguy al del carbón; luego subió a
-los cuartos. Aquí vivía con su mujer un retirado, que mataba el tiempo
-paseando por las calles o por el corredor de su casa. El retirado pagó
-su alquiler en seguida.
-
-Otro inquilino era un español, siempre embozado en su capa, con una
-venda que le tapaba la nariz y la boca. Este español se hacía pasar
-por inválido de la guerra, cosa falsa, pues sus llagas procedían de un
-lupus que le iba carcomiendo la cara.
-
-A pesar de ello, el hombre parecía contento, comía y fumaba y no se
-preocupaba de su mal, lo que a Chipiteguy le producía gran extrañeza.
-Este hombre se ponía de guardia a la puerta de las casas de los
-carlistas de buena posición y no pedía limosna; tomaba lo que le daban.
-El pseudo-inválido pagó su alquiler.
-
-Otra inquilina era una vieja ex-mercera. Esta vieja rica parecía
-un montón de harapos. Llevaba botas muy grandes y destrozadas, un
-bastón en la mano y pañuelo rojo en la cabeza. Al encontrarse con
-Chipiteguy se lamentó de su falta de recursos. Al parecer, se quejaba
-constantemente de su miseria, aunque todo el mundo sabía que guardaba
-mucho dinero.
-
-En el último piso de la casa, en habitaciones medio aguardilladas,
-vivían un maestro de música, apellidado Chibitua; un zapatero
-sansimoniano, Palasou; un tornero y un español, el señor Sánchez de
-Mendoza.
-
-Chibitua componía romanzas sentimentales y al mismo tiempo tocaba un
-oboe en una banda. Tenía muchos hijos. Al pobre hombre, no se sabe si
-de tocar el oboe o de escribir romanzas lacrimosas, se le había puesto
-una cara tan triste, que se hubiera dicho que estaba siempre llorando.
-
-Viéndole de lejos con su instrumento, se llegaba a pensar si estaría
-unido a él, pues el pico del oboe más parecía que pertenecía por
-naturaleza al hombre que al aparato musical.
-
-El sansimoniano Palasou era un desdichado que tenía una zapatería de
-portal cerca de la Puerta de España. Su mujer le había arruinado,
-gastándose todo el dinero de la casa en caprichos absurdos. Madama
-Palasou era una mujer pródiga que robaba al marido y gastaba el dinero
-en cosas que no servían para nada. Hubo días que el zapatero no pudo
-comer porque su señora había comprado un sonajero a un niño de la
-vecindad, o un portamonedas a una conocida, o un alfiler de corbata a
-un jovencito hijo de una amiga.
-
-Entonces Palasou, en protesta, había tomado tres graves
-determinaciones: primero, dejarse el pelo largo; luego, enredarse con
-una criada de la vecindad, y por último, declararse ante el mundo
-partidario de las doctrinas socialistas de Saint Simon.
-
-El tornero se pasaba la vida dentro de su guardilla, en el torno,
-haciendo unos ruidos que daban dentera a todos los vecinos. Era un
-hombre que tenía el mismo color que los objetos de boj que torneaba en
-su aparato y muchos chiquillos que correteaban por la escalera. En la
-última guardilla hacía tres meses vivía un español emigrado carlista,
-don Francisco Sánchez de Mendoza. El señor Sánchez de Mendoza era
-hombre grueso, de bigote negro y patillas cortas, con aire pesado,
-ictérico y triste.
-
-Chipiteguy llamó en su casa tirando de la campanilla, esperó a que le
-abrieran y pasó.
-
-Abrió la puerta la mujer del emigrado, una mujer triste, con una
-toquilla atada por las puntas a la espalda, y preguntó a Chipiteguy en
-castellano qué es lo que quería.
-
-Explicó Chipiteguy que era el amo de la casa, que venía a cobrar
-el alquiler del mes, y la mujer, un tanto azorada, fué a avisar a
-su marido. El señor Sánchez de Mendoza se presentó vestido con una
-chaquetilla de lienzo blanco llena de manchas y con un aire inquieto y
-tímido.
-
---Este ciudadano no paga--se dijo Chipiteguy en su fuero interno.
-
-El señor Sánchez de Mendoza invitó a Chipiteguy a pasar al comedor.
-Este comedor, con su papel amarillento y una alcoba en el fondo,
-era de una pobreza un tanto cómica. Tenía un armario embutido en la
-pared, con unos papeles recortados y calados en los estantes; una
-ventana al patio, la mesa de pino, unas cuantas sillas rotas y cada
-una de distinta forma, un canapé lleno de jorobas, unas litografías
-iluminadas, clavadas con chinches, del periódico _La Moda_, y dos
-grandes escudos nobiliarios, pintados a la acuarela. En las puertas de
-la alcoba había unas cortinillas zurcidas. En la ventana, tiestos con
-unos geranios raquíticos. Asomándose se veía el patio, como un antro
-negro, cruzado con cuerdas con ropas puestas a secar. Todo en la casa
-translucía miseria, abandono, con cierta nota de petulancia cómica.
-
---El mobiliario entero no vale cincuenta francos--se dijo Chipiteguy,
-que tenía buen ojo de tasador.
-
-El señor Sánchez de Mendoza se puso a hablar, turbado, como quien busca
-una salida a una situación penosa. Dijo a Chipiteguy que había sido
-durante algún tiempo empleado en la Real de don Carlos y que por las
-intrigas de los enemigos se había visto forzado a marcharse.
-
-El emigrado parecía un pobre hombre lleno de pánico al encontrarse solo
-y sin dinero en un país extraño y daba la impresión de que no tenía
-ningún recurso, ni se le ocurría hacer nada para encontrarlo.
-
-Sánchez de Mendoza no sabía el francés y estaba azorado al encontrarse,
-por capricho de la suerte, en Bayona, en casa de Chipiteguy, de la
-calle de los Vascos. El señor Sánchez de Mendoza, por lo que dijo,
-tenía mujer y dos hijos, un varón y una hembra.
-
-Mientras el emigrado hablaba atropellada y confusamente, Chipiteguy,
-convencido de que no iba a cobrar, se sentó en una silla del cuarto.
-
-A medida que examinaba la casa, el aire de miseria le parecía mayor.
-En la alcoba próxima, que se veía por una rendija de la puerta, se
-advertían dos camas en el suelo y un baúl estropeado. La alcoba,
-dividida por una colcha de colores, rota y agujereada, servía, sin
-duda, para los dos hijos del carlista.
-
-El señor Sánchez de Mendoza, después de muchos circunloquios, manifestó
-a Chipiteguy que por entonces no tenía dinero y le pidió que esperara
-algunos días a que pudiera pagarle.
-
---¿Cuántos días?--preguntó Chipiteguy.
-
-Sánchez de Mendoza no contestó directamente a la pregunta y se puso a
-exponer sus lástimas, y al mismo tiempo que contaba sus desgracias,
-habló de sus blasones.
-
-Era de la Mancha. Le habían embargado sus fincas; había empleado su
-dinero en la causa. Su familia era antigua e ilustre.
-
---¿Usted habrá oído hablar de los Sánchez de Mendoza?--preguntó
-humildemente a Chipiteguy.
-
---Sí, algo me suena ese nombre.
-
-Chipiteguy, con su tendencia a la contemplación, vió que el pequeño
-aparador del comedor, con sus papelitos calados, estaba vacío, y notó
-que los geranios que se veían en la ventana nacían en unos pucheros
-rotos, rodeados con unas telas de color.
-
---Bien; está bien--dijo Chipiteguy, saliendo de su estado absorto--;
-pero, ¿usted que piensa hacer?
-
---Yo, trabajar si encuentro algo que me convenga, y que trabajen mis
-hijos también--contestó el emigrado.
-
---Pero concretamente, ¿qué va usted a hacer?
-
-¡Concretamente! Esta palabra no figuraba en el repertorio del señor
-Sánchez de Mendoza.
-
-El emigrado consultó con su mujer, que salió de la cocina mal vestida y
-macilenta.
-
-Luego se presentaron un chico de diez y siete años, de cara inteligente
-de muchacho avispado y hambriento, y una chica algo mayor que él con el
-mismo aspecto.
-
---¿Son sus hijos?--preguntó Chipiteguy.
-
---Sí; éste está pintando a la acuarela unos escudos; mi chica sabe
-bordar. Enséñale lo que bordas a este señor.
-
-Sánchez de Mendoza había notado ciertos síntomas de simpatía en el
-casero y quería aprovecharlos.
-
---Yo desearía que salieran ustedes pronto de esta situación--dijo
-Chipiteguy--; por su familia, y también para que me pagara usted.
-
---Muchas gracias, caballero.
-
---Gracias, no. Yo insistiré en cobrar.
-
-El no era hombre sin corazón, pero quería cobrar.
-
-El chico y la chica, los dos con su aire avispado y enfermizo,
-volvieron al comedor, él con unas cartulinas donde había pintado a la
-acuarela unos escudos de nobleza; ella, con sus bordados en colores.
-Chipiteguy vió lo que hacían los dos y reflexionó. El podía llevar al
-chico para que trabajara en su casa y recomendaría a la chica en la
-tienda de antigüedades de la Falcón.
-
---Yo tengo un almacén de hierro y he sido trapero--dijo Chipiteguy--;
-no aparezco, pues, en el Almanaque de Gotha. Si usted y el chico
-quieren, que venga él conmigo, yo haré que trabaje y ya veré lo que le
-puedo dar.
-
---¿Pero quiere usted tenerlo como criado?--preguntó tristemente el
-señor Sánchez de Mendoza.
-
---Como empleado. Hará las mismas cosas que yo hago. Yo barro a veces
-la tienda; él la barrerá también. Yo voy a las casas a comprar hierro
-viejo. El hará lo mismo.
-
---¿Y dónde comerá?
-
---Conmigo.
-
---No, en la cocina.
-
---No. Yo me encargo de mantenerle y de vestirle; luego ya veré lo que
-le puedo dar.
-
-El chico escuchaba la conversación de Chipiteguy y de su padre con gran
-ansiedad.
-
-
-
-
-VI
-
-LOS SÁNCHEZ DE MENDOZA
-
-
-La familia de los Sánchez de Mendoza llevaba ya más de seis meses
-rodando por distintos puntos de Francia. Había estado en Burdeos, en
-París y, por último, en Bayona, perseguidos implacablemente por la
-miseria.
-
-El señor Sánchez de Mendoza se hacía la ilusión de que la miseria le
-había sorprendido, como puede sorprender un catarro; pero era lo cierto
-que siempre había vivido pobremente y de mala manera.
-
-El señor don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, Montemayor y Porras,
-era manchego, de una pequeña aldea, entre Minglanilla y Graja de
-Iniesta.
-
-Sánchez de Mendoza hablaba de su casa como si fuera un palacio y
-elogiaba a Minglanilla como si se tratara de un emporio.
-
-En cambio, su mujer, natural de Cañete, encontraba su pueblo el centro
-del universo y todo lo comparaba con él.
-
-Alvarito, el hijo de don Francisco, había vivido los primeros años de
-la niñez entre Graja de Iniesta y Cañete, y, aunque no recordaba bien
-estos pueblos, creía, bajo la palabra de honor de sus ascendientes, que
-eran verdaderamente admirables.
-
-El padre de Alvarito, don Francisco Xavier, había educado a su hijo en
-el respeto por la Religión, el Rey la Nobleza, como hidalgo de limpia y
-esclarecida prosapia.
-
-Algunos enemigos mordaces, ¿quién no los tiene?, aseguraban que el
-señor Sánchez de Mendoza se llamaba, sencillamente, Francisco Sánchez,
-que quizá su padre o su madre tuvieran algún apellido Mendoza, y que
-con la facilidad de arreglar los asuntos familiares al gusto de uno en
-una época obscura se hacía llamar Sánchez de Mendoza.
-
-Se decía que su padre había sido secretario del Ayuntamiento de un
-pueblo de la Mancha y que no había tenido nunca una peseta. Don
-Francisco, en cambio, aseguraba que su padre fué segundón de una casa
-hidalga, ilustre y rica, y que tuvo un alto cargo en Cuba.
-
-Sánchez de Mendoza mostraba su escudo a todo el que quisiera verlo, un
-escudo con más cuarteles que un pueblo prusiano.
-
-El ilustre hidalgo de la familia de los Sánchez de Mendoza no podía
-emplearse en quehaceres vulgares y plebeyos. Como el perro de la fábula
-de Samaniego, pensaba que esto se lo debía a haber nacido perro y no
-pollino.
-
-En su casa de la calle de los Vascos, don Francisco Xavier se dedicaba
-a ver cómo trabajaban los individuos de su familia, cómo guisaba su
-mujer y cómo bordaba su hija. Alguna rara vez pintaba a la acuarela los
-escudos que dibujaba su chico.
-
-Los Sánchez de Mendoza y los Montemayor le preocupaban demasiado para
-que él pudiera consagrarse a trabajos de baja estofa. Había descubierto
-don Francisco Xavier que uno de sus antepasados, un Pérez del Olmo, era
-bastardo, y el terrible descubrimiento y la necesidad de poner en su
-escudo una barra de bastardía le preocupaba tanto, que este pensamiento
-no se separaba jamás de su espíritu.
-
-El señor Sánchez de Mendoza se consideraba literato; había escrito un
-artículo, "Españoles y católicos antes que nada", y una hoja impresa
-con este título: "Vindicación de don Francisco Xavier Sánchez de
-Mendoza, Montemayor y Porras, de los calumniosos cargos hechos contra
-él. Dedicada al Rey Nuestro Señor Su Majestad don Carlos V".
-
-Los que habían leído esta "Vindicación" decían que en ella no se podían
-averiguar cuáles eran los calumniosos cargos que se habían hecho a don
-Francisco Xavier; pero en la hoja se hablaba del condigno castigo, de
-las venerandas tradiciones, de la hidra de la anarquía y de la defensa
-del trono y del altar, y esto, naturalmente, ya era algo.
-
-Todos aquellos lugares comunes políticos, empleados principalmente por
-sus correligionarios, sonaban muy agradablemente en los oídos de don
-Francisco Xavier, y a veces le conmovían, hasta tal punto, que sentía
-que le brotaban las lágrimas y se le apretaba la garganta.
-
-El artículo y la "Vindicación", las dos obras más importantes salidas
-de su pluma, preocupaban mucho al buen hidalgo. Pensaba si sería el
-momento de hacer una segunda edición de ellas; suponía que el mundo
-entero las había tomado en cuenta. Con estas preocupaciones era
-imposible que el hidalgo se acomodase a un trabajo vulgar.
-
-La mujer de Sánchez de Mendoza, a pesar de ser más joven que don
-Francisco Xavier, parecía más vieja; era una pobre mujer pálida, flaca,
-fatídica, que había vivido siempre miserable y que siempre estaba
-prediciendo desgracias. Para ella todo tenía que terminar, más pronto
-o más tarde, perfectamente mal.
-
-Además, esta mujer poseía el talento de interpretar sus sueños, talento
-que había comunicado a su hijo Alvaro, que se preocupaba con espanto de
-sus pesadillas y quería encontrar una explicación racional de ellas.
-
-La madre de Alvarito pretendía encontrar relaciones absurdas entre los
-sueños y los acontecimientos.
-
-Soñar con toros era buena suerte; en cambio, soñar con habichuelas,
-significaba desgracia. El arroz, en sueños, era siempre cosa buena, y
-las patatas, mala.
-
-Ella no comprobaba nunca tan absurdas suposiciones; pero esto, en vez
-de convencerle de la inanidad de sus hipótesis, las afirmaba, porque
-las mezclaba con otras supercherías entre mágicas y cabalísticas.
-
-Alvarito era propenso, como su madre, a las fantasías y a las
-supersticiones. De chico había sido sonámbulo y su familia le había
-encontrado muchas veces sentado en camisa en la cocina o metido debajo
-de la cama. Había tenido, durante mucho tiempo, grandes miedos de
-noche, despertándose al poco tiempo de dormirse, estremecido, gritando,
-y quedando durante largo tiempo asustado y con una gran angustia.
-
-Alvarito pensaba mucho en sus sueños; su madre le hacía fijarse en
-ellos. Cuando estaba fuerte soñaba con recuerdos de épocas muy remotas;
-en cambio, cuando estaba débil, intranquilo o inquieto, soñaba con
-acontecimientos más próximos.
-
-Alvarito, en sus sueños, era siempre valiente, atrevido y cruel. ¿Seré
-yo así?--se preguntaba a veces él, preocupado--. Con frecuencia soñaba
-con el mar. Iba por un muelle que avanzaba entre olas tempestuosas, a
-un lado y a otro, al que no se le veía fin. Otras veces marchaba por un
-camino, entre sombras, y, al terminar, le aparecía un túnel de luz.
-
-Con la existencia mísera y triste que había llevado era débil y
-nervioso. Su vida para él tenía una apariencia de algo trágico.
-
-Recordaba, vagamente, el viaje que había hecho con su madre y su
-hermana, en condiciones malas, desde Cañete a Vergara, donde estaba
-empleado su padre en las oficinas del Real.
-
-La salida de Vergara a Francia la recordaba como un episodio lastimoso.
-El viaje a Burdeos le parecía algo enorme; los franceses eran monstruos
-que se echaban sobre ellos, y su padre se le presentaba entonces como
-un Orfeo, dominando las fieras. Luego, al pasar el tiempo, el pobre
-Orfeo, don Francisco Xavier, se iba achicando en su retina.
-
-Comenzaba para él la época en que el hijo que ha mirado a su padre como
-un modelo empieza a criticarle y a encontrarle defectos. ¿No sería su
-padre demasiado charlatán?--se preguntó Alvarito--. ¿No sería demasiado
-egoísta.
-
-Entonces, poco a poco, su cariño y su admiración iban marchando a su
-madre y a su hermana, las dos sufridas y resignadas, que no salían a
-pasear, ni iban a darse tono, ni a contar mentiras a las tertulias
-carlistas.
-
-Alvarito estaba poco desarrollado para sus diez y siete años. Era
-alto, pero estrecho de espaldas, de aire expresivo y de mal color.
-Espiritualmente era un muchacho despistado, sin rumbo; había pasado
-parte de la niñez en Cañete, en casa de unos tíos suyos, gente pobre,
-pero orgullosa y fantástica, en donde no se comía apenas, pero se
-presumía de firme. En aquella casa se vivía, principalmente por fuera,
-con la preocupación exclusiva de aparentar. Se hablaba de que se comía
-bien, de que se tenía dinero de sobra. Los tíos de Alvarito creían que
-todo el pueblo les espiaba y les parecía necesario darse importancia a
-fuerza de embustes.
-
-Alvarito, en los seis meses que llevaba en Francia, había aprendido el
-francés. El muchacho conservaba las preocupaciones de su padre y de
-su madre y no podía zafarse de ellas. Al principio no quería salir de
-casa. Estaba asustado. La calle le parecía la enemiga natural de su
-pobre hogar y cada francés un monstruo, devorador de familias españolas.
-
-Alvarito había pensado, siguiendo las indicaciones de su padre, entrar
-en el ejército carlista; pero no tenía la edad necesaria y la situación
-del partido iba siendo tan mala, que temía no llegar a encontrar el
-momento oportuno.
-
-El joven Sánchez de Mendoza quería sentir con el mismo fervor el
-entusiasmo monárquico de su padre; pero no le era tan fácil, y por más
-esfuerzos que hacía por exaltarse, la cuestión de la legitimidad no le
-llegaba a preocupar.
-
-Había oído en Bayona y en Burdeos discutir el pro y el contra de esta
-cuestión.
-
-Alvarito quería pensar que la guerra era la santa cruzada de los buenos
-contra los malos, de los religiosos contra los impíos. Alvarito quería
-creer que los carlistas eran todos honrados y caballerosos, incapaces
-de villanías; que don Carlos era un santo, y que el honor, la lealtad,
-la Patria y el Rey tenían un altar en el pecho de cada carlista. No
-sabía si en el tópico admitido el altar estaba en el pecho o en el
-corazón. Seguramente no estaba en el bazo ni en el hígado.
-
-A pesar del altar pectoral o cardíaco, Alvaro estaba oyendo hablar
-a cada paso de trastadas, de chanchullos y de traiciones en el campo
-carlista.
-
-Al pensar en entrar en el ejército de don Carlos, lo que le preocupaba
-principalmente a Alvarito era el temor de quedar mal. ¿Tendría
-suficiente valor? La muerte no le arredraba; pero suponía que no debía
-ser siempre fácil dominar los nervios.
-
-Su miedo era que le vieran en un momento de depresión. Temía no poder
-estar a la altura de los demás, sobre todo a la altura del modelo
-imaginado por él.
-
-Pensaba, a veces, que quizá su falta de energía dimanaba de sentirse
-decaído por la mala alimentación.
-
-Alvarito sabía poco; había aprendido a leer, a escribir y a hacer
-cuentas y a pintar a la acuarela escudos nobiliarios, que vendía su
-padre a los españoles emigrados, aristócratas y ricos.
-
-Alvarito mantenía la ilusión de pensar que quizá poseyera algún talento
-de pintor. Le gustaban las estampas que reproducían cuadros de la época
-de David, Ingres y el barón de Gros, y se imaginaba, a veces, que le
-gustaría más ser pintor que militar.
-
-Había visto también grabados que reproducían cuadros de Ribera, de
-Zurbarán y de Velázquez, que le sorprendieron, y le parecieron muy
-malos. ¿Cómo gustará eso?--se preguntaba él, y no lo comprendía.
-
-Alvarito era un muchacho muy nervioso, muy inquieto, que tenía de noche
-grandes terrores.
-
-La preocupación por los sueños, que le había inculcado su madre, le
-tenía amedrentado. Muchas noches se despertaba temblando y creía oír la
-respiración de un hombre que le espiaba a pocos pasos de la cama.
-
-Los vecinos de la casa de la calle de los Vascos le aterrorizaban.
-Había una vieja enlutada, a quien se había encontrado en la escalera
-varias veces, al anochecer, y le había mirado con una sonrisa
-insinuante, y pensar en ella le ponía la carne de gallina.
-
-Los cuartos obscuros, las alamedas solitarias al anochecer, las orillas
-del río, todo esto le impresionaba.
-
-Las mismas estampas le daban, a veces, una sensación de misterio y de
-pavor. Había una que había visto en un escaparate que le perturbaba.
-Representaba una dama elegante con un talle esbelto, al lado de un
-joven melenudo, con el pantalón de trabillas y el frac. La escena
-ocurría en el salón de un palacio, delante de un piano. La dama tenía
-un aire lánguido; en cambio, el hombre la miraba con unos ojos de loco.
-
-Alvarito no sabía lo que representaba; pero aquella escena le daba
-impresión de vértigo. Como predispuesto a ver cosas raras, en ocasiones
-las veía o las creía ver. Una de las veces que salió de noche en Bayona
-a dar un recado a un personaje carlista, su padre estaba enfermo, iba
-por una calle casi obscura, con tapias a un lado y a otro, que no tenía
-más que algún farol de tarde en tarde, cuando vió venir un jorobado
-pequeño, cuadrado, petulante, con bigote y perilla cana; al cabo de
-poco tiempo, otro jorobado, y poco después, otro. Estos tres jorobados
-le produjeron tal espanto, que echó a correr hacia su casa. Luego, su
-madre y él discutieron largo tiempo si estos tres jorobados serían
-reales o imaginarios, y si eran imaginarios, qué podían representar.
-
-Llegó una época en que Alvarito notó que la alarma, la inquietud,
-nacían en él antes que el motivo y que después encontraba el motivo
-para legitimar su alarma. Tardó mucho en comprender esto, y, cuando lo
-comprendió, se sintió más miserable y más desvalido que nunca.
-
-
-
-
-VII
-
-PRIMEROS CONTACTOS CON LA REALIDAD
-
-
-Cuando Chipiteguy hizo su propuesta de llevarse a Alvarito, éste miró
-la expresión de sus padres, y al ver que los dos aceptaban, fué a su
-cuarto, se vistió con su mejor ropa, besó furtivamente a su madre y a
-su hermana y salió de casa con el viejo trapero. Marcharon los dos por
-el muelle de los Vascos, cruzaron el puente Panecau y entraron en la
-plaza del Reducto.
-
-Alvarito se encontró poco contento en el almacén y en la tienda de
-Chipiteguy; le pareció todo aquello desordenado y sucio; pero cuando le
-avisaron para comer y le invitaron a lavarse las manos y vió la mesa
-abundantemente servida y se sentó entre Manón y la andre Mari, se dijo
-que, si no le echaban por torpe, se quedaría allí. Pensaba cumplir de
-la mejor manera posible. Por la tarde hizo con buena voluntad todo
-lo que le mandaron; cenó también opíparamente y, después de cenar,
-la Tomascha llevó al pequeño español, como le llamaron a Alvarito en
-la casa, a un cuarto aguardillado del piso tercero lleno de trastos
-viejos, y le mostró su cama.
-
-En aquella guardilla había una estantería con algunos libros, un reloj
-de cuco, parado, y sobre unas arcas antiguas gran cantidad de manzanas,
-peras y membrillos, que echaban un olor excelente.
-
-En las vigas de aquel camarachón había muchas arañas y Alvarito podía
-contemplar sus ejercicios gimnásticos en sus hilos.
-
-Por la ventana se veía el río y los tejados del muelle de los Vascos.
-Desde los primeros momentos que estuvo Alvarito en casa de Chipiteguy
-se pudo comprender que tenía actividad y deseo de trabajar; lo malo era
-que a estas condiciones y a su buena intención se unía gran timidez.
-
-Alvarito no tenía costumbre de trabajar. Tampoco tenía soltura ni
-confianza en sí mismo. Desconfiaba y pensaba que no sería simpático
-ni oportuno. Esta idea y la de verse precisado a ganarse la vida de
-cualquier manera le daba una actitud encogida y torpe.
-
-Chipiteguy se reía de él.
-
---El pequeño aristócrata, el pequeño español con blasones parece que no
-da pie con bola--decía a su nieta.
-
---Déjale, abuelo; ya lo hará mejor. El pobre pone toda su buena
-intención.
-
---Sí, es verdad; por eso yo no le digo nada. Es un chico que está bien,
-muy delicado, no se quedará con un céntimo. Tiene un amor propio un
-poco cómico.
-
---Eso no es un defecto.
-
---No, no. ¡Pero qué torpes son estos aristócratas! Cuando le faltan sus
-rentas y tienen que emigrar, ya no sirven para nada.
-
-A las dos o tres semanas de estar en el almacén, Chipiteguy dedicó a
-Alvarito a llevar cuentas.
-
-El sitio donde tenía que trabajar el joven Sánchez de Mendoza, no
-muy alegre, entristecía al muchacho. Era un cuarto casi obscuro, con
-un ventanal que daba al patio, con los cristales rotos, compuestos
-con papeles pegados, ya sucios y polvorientos. Había en este cuarto
-una estantería negra con fajas de facturas, una caja de caudales, una
-mesa y dos bancos. Desde el ventanal se veían los montones de chatarra
-roñosa y los fardos de trapos. Había en toda la casa muchas ratas,
-algunas tan atrevidas que le miraban descaradamente a Alvarito, lo que
-a éste le hacía gracia. De noche se les oía roer la madera.
-
-Frechón, el dependiente de Chipiteguy, tipo atrabiliario y malhumorado,
-declaró la guerra a Alvarito desde que le vió e hizo lo posible
-para que le resultara todo al revés. Frechón le ponía siempre mala
-cara, le daba bufidos por cualquier cosa, y cuando no, comenzaba a
-silbar y a descoyuntarse las falanges de los dedos y a hacer un ruido
-desagradable, como de huesos de esqueleto, que inquietaba a Alvaro.
-Unas veces se tiraba de los dedos para producir el sonido, y otras se
-apretaba los nudillos, que resonaban como una carraca.
-
-Frechón, que era republicano y patriota francés, mortificaba al
-muchacho como español carlista.
-
---Don Carlos es un imbécil--le solía decir con frecuencia, como quien
-lanza un esputo--; los españoles son unos asnos.
-
-Frechón le dirigía extrañas preguntas a Alvarito.
-
---¿Sabes tú lo que harán, al fin, los liberales con vuestro Rey, con
-ese papanatas de don Carlos?--le preguntó un día.
-
---¿Qué?
-
---Llevarlo a la guillotina y crac.
-
-Otro día le preguntaba:
-
---¿Tú sabes quién era Marat?
-
---Un monstruo.
-
---Eso creéis vosotros los realistas. Era un hombre admirable, que pidió
-la cabeza de trescientos mil aristócratas.
-
-Otro día le decía:
-
---¿Tú no has oído hablar de la papisa Juana?
-
---Yo, no.
-
---Pues era una mujer que fué papa y que parió cuando iba en una
-procesión.
-
-Alvarito iba tomando gran antipatía por Frechón y pensaba que algún día
-tendría que desafiarle.
-
-Muchas veces Alvarito reflexionaba sobre su situación. Creía que
-depender de un trapero y vivir en su casa era una heroicidad para un
-aristócrata como él. Más que nada, la verdadera heroicidad pensaba que
-consistía en vencer el ridículo. Encontrarse bien de dependiente en
-una tienda de trapos y de hierro viejo tenía su mérito. Esto era ya
-socialmente tan bajo, que por ello mismo impedía que fuese ridículo.
-Prefería la trapería a una camisería, o a una bisutería, o a una tienda
-de guantes, donde hubiese tenido que tratar a clientes distinguidos que
-le hubieran mirado de arriba abajo.
-
-Además, Alvarito tenía el bello pretexto de encontrarse prendado de la
-nieta del patrón y pensaba que con el amor ya no podía haber ridiculez
-posible.
-
-Alvarito sentía gran temor por ponerse en ridículo. La idea sola
-le hacía palidecer y su amor propio le pintaba ocasiones de quedar
-humillado en todas partes.
-
-Muchas gentes de la vecindad, como si hubieran adivinado su flaco,
-parecían empeñadas en burlarse de él. El chico de una tienda próxima
-de la calle de Bourg Neuf, una tienda de objetos de pesca, que se
-titulaba "Al Pescador", le llamaba siempre trapero. Sin duda había
-notado que le molestaba, y por eso mismo repetía con más frecuencia la
-palabra.
-
-Varias veces el chiquillo salía a la calle con un saco, se lo echaba al
-hombro y gritaba:
-
---¡Galonero! ¡Compro trapos viejos!--y miraba a los balcones.
-
-Alvarito, mortificado, hacía como que no se enteraba.
-
-También Claquemain, el mozo carretero, manifestaba antipatía por el
-joven Sánchez de Mendoza. Con su bigote grande, la barba sin afeitar y
-los ojos rojos, solía tomar un aire amenazador. A veces se ennegrecía
-la cara con carbón y se ponía a hacer gestos y a sacar la lengua y a
-ponerse bizco para asustar al muchacho. Alvarito se estremecía de miedo.
-
-Cerca de la casa de Chipiteguy vivía un loco que se paseaba arriba y
-abajo con un sombrero metido hasta las orejas y un gabán raído. A veces
-tenía ataques y entonces daba unos gritos espantosos.
-
-Los chicos se burlaban de él y le llamaban Abadejo y Tripa seca, y él
-mascullaba una serie de frases violentas contra ellos. Este loco tenía
-las orejas grandes, los ojos torcidos y la cara cómica.
-
-Cuando el loco veía a Alvarito se le acercaba y solía decirle a voz en
-grito:
-
---Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey!
-
-Y un loro de un balcón que se había aprendido la retahíla repetía
-también:
-
---Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey!
-
-Alvarito experimentaba, sobre todo al principio, una gran tristeza al
-verse en la tienda del trapero. Allí, en casa de Chipiteguy, nadie le
-conocía; comprendía que pensar en su pobre situación era mortificarse
-por capricho, que nadie se fijaba en él; pero no podía evitar el
-sentimiento de vergüenza de estar empleado en una trapería.
-
-Poco a poco se le fué pasando esta vergüenza y pensó que podría darse
-por muy contento si la suerte le hiciera sustituír a Chipiteguy
-casándose con Manón.
-
-En casa del trapero, Alvarito conoció a don Eugenio de Aviraneta y le
-oyó hablar. Don Eugenio solía ir a comer con frecuencia en compañía de
-Chipiteguy, y en estos días la comida era todavía más cuidada que de
-costumbre.
-
-Aviraneta bromeaba mucho con Manón y la galanteaba; también solía
-hablar con Alvarito y le hacía preguntas acerca de su vida y de su
-familia y se reía al oír las contestaciones del muchacho.
-
-Un día éste oyó decir que las relaciones entre Chipiteguy y Aviraneta
-procedían de ser los dos masones. Esta suposición aguzó la curiosidad
-del joven Sánchez de Mendoza. ¿Serían aquellos dos hombres masones?
-¿Pertenecerían a la tenebrosa secta? Aviraneta y Chipiteguy solían
-hablar mucho a solas de sobremesa, con su copa de licor delante, el uno
-fumando su pipa, y el otro, su cigarro habano.
-
-Hablaban de personas que habían conocido, y Aviraneta contaba un sin
-fin de hechos y de anécdotas de gente que había encontrado en Francia,
-en Egipto, en Grecia, en América y en España.
-
-Chipiteguy le oía encantado. A veces le preguntaba:
-
---¿Qué fué de aquel Nantil? ¿Qué hizo aquel Cugnet de Montarlot?
-
-Alvarito, cuando oyó por primera vez hablar de jacobinos, franciscanos,
-cordeleros, de gentes de Obispado, creyó que la Revolución francesa la
-habían hecho los frailes.
-
-Alvarito era demasiado correcto para espiar a su amo y se decidió a
-hacerle preguntas, y como vió que a Chipiteguy no le molestaban, sino
-que, por el contrario, le agradaban, tuvo largas conversaciones con el
-viejo, sobre todo después de cenar.
-
---¿Pero eran buenos de verdad los hombres de la Revolución
-francesa?--le preguntó una vez Alvaro.
-
---Había de todo; algunos eran demasiado buenos y demasiado honrados.
-Yo fuí una vez con Basterreche al Ministerio de Hacienda durante el
-Terror, y vimos al ministro, el señor Des Tournelles, que se componía
-las medias con una aguja en un salón y tenía millones en las cajas.
-Claro que hubo muchos abusos. Aquí se contó que un convencional, unos
-decían que Cavaignac y otros que Pinet, prometió salvar la vida del
-padre de una señorita Labarrere, si ésta se entregaba al convencional,
-y luego parece que se guillotinó al padre. Los hombres, vistos de
-cerca, indudablemente valen poco--decía el viejo trapero--; no va a
-haber a la vuelta de la esquina un César o un Alejandro.
-
-Chipiteguy recordaba muchas escenas del tiempo del Terror en París, en
-Burdeos y en Bayona, y las recordaba en todos sus detalles.
-
-Había conocido también la ciudad de Estrasburgo bajo la tiranía del
-fraile revolucionario Eulogio Schneider y de su sociedad La Propaganda.
-Había hablado con Schneider, que era discípulo del iluminado
-Weisshaupt. Este Schneider era el Marat de Estrasburgo, un Marat a la
-alemana, predicador y místico. Chipiteguy le vió en París cuando le
-guillotinaron.
-
-En la capital, durante algún tiempo, Chipiteguy conoció a Etchepare y a
-algunos otros vascos, amigos de Basterreche, de Pereyra, etc.
-
-Durante algún tiempo se reunían en tertulia en casa de este Pereyra,
-judío de Bayona, que tuvo en la época del Terror una tienda de tabaco
-en París, en la calle de San Dionisio, en la que se veía como muestra
-un gorro frigio colorado. Cuando Pereyra fué preso, naturalmente, se
-deshizo la tertulia.
-
-Después Chipiteguy se alejó de París y estuvo de soldado republicano en
-la Vendée y luego marchó a vivir a Bayona.
-
-Fué Chipiteguy amigo de Gastón Etchepare, el tío de Aviraneta,
-de Bidart. Otro de sus conocidos, compañero a quien él debía
-favores, Juan Gorostarzu, había sido guillotinado en Ezpeleta por
-contrarrevolucionario.
-
-Poco después, al suprimir el Gobierno el convento de Visitandinas de
-Hasparren, la cuñada de Gorostarzu, que estaba en este convento, fué a
-su casa, Arozteguia de Ezpeleta, y puso una escuela, en donde enseñaba
-a los chicos y chicas las primeras letras mientras ella hilaba. En esta
-escuela había estudiado el padre de Manón y el poeta vasco, el capitán
-Duvoisin, a quien Chipiteguy había conocido de niño.
-
-Chipiteguy legitimaba el Terror. Era necesario--decía él--para
-implantar una sociedad nueva, con menos abusos, más justicia y más
-libertad. Según él, en todo el país vasco y en las Landas la población
-estaba en contra de los republicanos franceses y a favor de los
-monárquicos españoles, dispuestos a entregarse a éstos; de aquí que los
-convencionales Pinet y Cavainac tuvieran que extremar la violencia.
-
-Los esfuerzos del Comité revolucionario de Labour, formado por Hiriart,
-Dithurbide y Daguerrezar, no habían tenido éxito, ni las proclamas
-llamando a los emigrados, escritas en vascuence y en francés en _Juan
-de Luz_ (estaban suprimidos los santos hasta en los nombres de los
-pueblos) y firmadas por Izoard, Meillan, Chaudron-Rousseau y Paganel.
-
-Chipiteguy le contaba a Alvarito muchas historias de su tiempo, con
-grandes detalles; el desarrollo de las intrigas políticas, el cómo
-había conseguido su fortuna la mayoría de los ricos del pueblo y la
-marcha de los acontecimientos de la Revolución, del Imperio y de la
-Restauración.
-
-A Alvarito le chocaba que el viejo tuviera entusiasmo por la
-Revolución. En cambio, de la guerra hablaba siempre mal.
-
---¡_La guerre_!--decía--. _C'est une saleté abominable._
-
---¿De verdad?
-
---Sí. Tú le has oído a don Eugenio hablar mal de la guerra, pues tiene
-razón; además de ser una porquería, es una pobre estupidez.
-
-Solía añadir también otras veces:
-
---Esa salsa de la guerra hay que probarla si se encuentra ocasión. Se
-aprende a conocer a los hombres.
-
---Sí, así debe ser--afirmaba Alvarito.
-
---Lo que no impide para que sea una porquería abominable.
-
-A veces Chipiteguy decía convencido:
-
---A aquel pobre Maximiliano le engañaron.
-
---¿A qué Maximiliano?
-
---A Robespierre.
-
-A Alvarito le parecía como una obligación de su empleo el escuchar las
-opiniones del viejo sin protestar.
-
-Hablaba también Chipiteguy de los amigos que había tenido durante el
-Imperio.
-
-Recordaba con frecuencia al escritor revolucionario Bonneville,
-republicano entusiasta, que tenía en su vejez una librería de viejo en
-París, en el Barrio Latino, en el Pasaje de los Jacobinos, y a quien
-había visto, por última vez, hacía quince años. Este Bonneville había
-escrito bastantes libros, entre ellos uno muy absurdo: _Los jesuítas
-echados de la masonería y sus puñales rotos por los masones_, en el que
-trataba de demostrar, con argumentos muy fantásticos, que los jesuítas
-eran masones, de la secta de la Rosa Cruz.
-
-Había conocido también Chipiteguy a Albertina Marat, la hermana de
-Marat, que vivía en 1838 en una guardilla de la calle de la Barillerie,
-en el mayor aislamiento, y trabajaba haciendo agujas de reloj para la
-casa Breguet y había visitado a la hermana de Robespierre, Carlota,
-desconocida en París, que se hacía llamar la señorita Delaroche.
-
-A veces discutían Aviraneta y Chipiteguy. Aviraneta decía que los
-franceses habían arreglado tan bien la historia de la Revolución
-francesa, que a todo le habían dado un aire grandioso; así la toma de
-la Bastilla, la batalla de Valmy y la de Jemmapes, que no eran en sí
-grandes acontecimientos, parecían cosas épicas.
-
---No, no--replicaba Chipiteguy--. Esos acontecimientos se consideraron
-como símbolos.
-
-Cuando no había visitas en casa del trapero se leían los periódicos. Se
-recibían _El Constitucional_ y _Le Journal des Debats_, de París, y los
-dos diarios de Bayona, _El Faro_ y _El Centinela de los Pirineos_.
-
-La sobremesa de noche tenía otras compensaciones. A veces cantaba y
-tocaba el piano Manón, y con frecuencia venían su prima Rosa y otras
-amigas y se bailaba. Algunas noches jugaban a las damas y al ajedrez.
-Alvarito casi siempre perdía. No tenía ningún talento para estos
-juegos. Como Alvarito se hallaba pobremente vestido, Chipiteguy le
-envió al muchacho al sastre para que le hiciera un traje a la moda,
-con el cual estaba muy bien.
-
-Los domingos, por la mañana, Alvarito se levantaba más tarde que los
-días de labor; se ponía elegante, con su traje nuevo, y mientras un
-mendigo con su organillo pasaba por delante de la casa del Reducto y
-tocaba casi siempre el vals de _El Carnaval de Venecia_, él bajaba
-las escaleras y salía a la plaza. Veía la procesión de aguadores, de
-muchachas y de judíos que venían por el puente de barcas de Saint
-Esprit. Se dirigía a la Catedral, oía misa e iba luego a ver a su
-familia. Llevaba todo el dinero que le daban a entregárselo a su madre,
-y luego ella le volvía a dar uno o dos francos para el bolsillo, como
-le decía.
-
-Alvarito se quedaba a comer con los suyos; pero, a pesar del amor a la
-familia, encontraba la comida de la calle de los Vascos muy deficiente.
-
-Alvarito nunca había comido como en casa de Chipiteguy; probablemente
-había supuesto, hasta antes de entrar en ella, que el estado natural
-de la Humanidad era el del hambre; jamás había visto, hasta entonces,
-aquellos platos de carne suculenta, los capones blancos y grasos, los
-pavos rellenos, los pescados sonrosados, las verduras de todas clases,
-las trufas, los espárragos, la mantequilla a discreción, los vinos de
-buena marca que se bebían a pasto, el café cargado y aromático y la
-variedad de licores.
-
-La casa de Chipiteguy le daba al joven Sánchez de Mendoza una extraña
-impresión de cinismo.
-
-¿Cómo se podía vivir así para adentro sin pensar para nada en los
-demás? Le parecía absurdo que se pudiera gastar lo que se gastaba allí
-en comer y beber.
-
-El régimen de la familia de Chipiteguy no se parecía en nada al de
-la casa de sus tíos, en la Mancha. Allá, todo pompa, decoro y vida
-exterior, sin realidad alguna; aquí, por el contrario, todo positivo.
-En la familia de Chipiteguy la ostentación no tenía importancia.
-
-Uno de los lugares que maravillaban a Alvarito en la casa era la
-cocina, grande, clara, espaciosa, con todos los cacharros bruñidos,
-en donde ardía el fuego desde la mañana hasta la noche. La cocina se
-consideraba como lo más trascendental de toda la casa; allí no faltaba
-nada. En el comedor pasaba lo mismo; los muebles no eran elegantes,
-pero los manteles eran magníficos; los cubiertos, de plata maciza; la
-cristalería, muy buena: había dos o tres vajillas de porcelana, y una,
-soberbia, para los días de convite, con los bordes de oro.
-
-Alvarito, con el trato de la casa del Reducto, iba llenándose y
-haciéndose macizo y fuerte.
-
-A los tres meses de vivir con la familia de Chipiteguy desapareció el
-aire espiritado y débil que había tenido siempre el joven.
-
-Frechón y Claquemain le reprochaban el haber engordado y le decían a
-cada paso que los españoles eran unos muertos de hambre, que no comían
-más que garbanzos duros, y eso de tarde en tarde.
-
-Los domingos, después de pasar el día con su familia, Alvarito andaba
-por el pueblo.
-
-Le parecían muy tristes y muy aburridos aquellos domingos de Bayona en
-las calles; pero era peor quedarse en su casa.
-
-En el piso, pobre y sombrío, de la obscura calle de los Vascos no se
-respiraba alegría. Su madre estaba siempre fregando o limpiando; su
-hermana Dolores, bordaba, y el padre, don Francisco Xavier, charlaba
-constantemente de política, del carlismo, y, sobre todo, de genealogía
-y de blasón.
-
-El señor Sánchez de Mendoza andaba a vueltas con los escudos de su
-familia y con aquella barra de bastardía que aparecía en unos Pérez del
-Olmo, antecesores suyos.
-
-Al anochecer encendían en el comedor una palmatoria de aceite, que daba
-luz de ánimas benditas.
-
-De noche no se hacía fuego en la cocina de la casa del hidalgo y se
-comía frío. Alvarito veía cómo su madre ponía en la mesa unos platos
-desconchados, unas tazas desportilladas, tres vasos diferentes y los
-cubiertos de metal.
-
-Alvarito veía que, si cenaba allí, su padre no se lo agradecía, porque
-mermaba la cantidad de la comida, ya escasa.
-
-El chico se despedía de su familia e iba hacia la plaza del Reducto.
-
-Le parecía muy triste el anochecer de Bayona, a orillas del Adour, en
-las avenidas marinas y en las de Boufflers.
-
-El río se extendía ancho, como de plata; los embarcaderos de maderas
-negras de algunos almacenes del barrio de Saint Esprit, alzaban sus
-brazos giratorios, con sus poleas en la punta; la Ciudadela, en la
-orilla derecha del Adour, se levantaba, con su muralla gris, sobre una
-colina verde, con taludes de hierba.
-
-Aquel río, casi desierto, con pocos barcos, se extendía tranquilo, con
-un color de perla. En el fondo, hacia su desembocadura, se veía una
-línea de colinas bajas con árboles, algunas gentes en los bancos y
-algunos pescadores, inmóviles, con la caña en la mano.
-
-A veces, en los anocheceres espléndidos, con el cielo de color de rosa
-y lleno de nubes incendiadas, el río ancho tomaba reflejos de escarlata
-y de nácar. En el otoño, en los días de bruma, todos los objetos
-adquirían un aire espectral, principalmente los barcos amarrados al
-muelle.
-
-Alvarito se veía muchas veces invadido por la tristeza de aquellos
-crepúsculos; pero luchaba con ella como podía. En ocasiones, al llegar
-delante de la casa algún día de lluvia, oía que Manón tocaba el piano.
-En vez de subir, se detenía en la plaza del Reducto, mojándose y
-soñando.
-
-¡Qué de cosas no hubiera hecho él para conquistarla! En un momento
-inventaba mil intrigas de novelas de aventuras, tan imposibles las
-unas como las otras. Luego pensaba con tristeza que no tenía medios de
-atraer a Manón.
-
-De noche, después de cenar, se asomaba a la ventana de su guardilla,
-fumaba y fantaseaba, veía enfrente el Reducto con sus tejados, sus
-murallas y sus garitas, y el río de aguas obscuras, verdaderamente
-siniestro. Era un espectáculo sombrío y amenazador el contemplar de
-noche cómo las aguas negras del Nive iban entrando, de una manera
-silenciosa y con un murmullo confuso, en el ancho cauce, igualmente
-negro, del Adour.
-
-Los días de temporal, en la casa del Reducto, azotaba mucho el viento,
-sobre todo del Noroeste. De noche se le oía zumbar y silbar, y a veces
-lamentarse con sus quejidos tristes. En la guardilla donde dormía
-Alvarito resonaban las gotas de lluvia en el tejado, haciendo un ruido
-metálico, agradable para oirlo desde la cama.
-
-Al cabo de una temporada, Alvarito tenía partidarios en la casa del
-Reducto; Chipiteguy le consideraba mucho; la andre Mari y la Tomascha
-estaban de su parte, porque era obediente y no faltaba nunca a la
-misa del domingo; Manón le trataba con cierto desdén amistoso, como
-si creyera que no valía la pena de perder el tiempo hablando con
-un jovencito insignificante. Ella se colocaba en la actitud de una
-muchacha al lado de un niño.
-
-Manón le prestó a Alvarito varios libros. El tenía paciencia y ganas
-de ilustrarse, y leyó _Los Mártires_, de Chateaubriand; el _Viaje del
-joven Anacharsis_, el _Telémaco_ y otros libros enfáticos, capaces de
-hacer dormir de pie al más predispuesto al insomnio.
-
-Después de esta lectura desabrida, el _Robinsón Crusoé_ le gustó
-muchísimo.
-
-Frechón le dijo que debía leer unos tomos que tenía Chipiteguy en su
-despacho, _Los crímenes de los Reyes de Francia, desde Clodoveo hasta
-Luis XVI_, y _Los crímenes de los Papas, desde San Pedro hasta Pío VI_,
-obras las dos de La Vicomterie de Saint-Samson, escritas con mucho
-fuego, y que produjeron, al ser publicadas, gran escándalo. También
-leyó, por consejo de Frechón, los folletos de Pablo Luis Courier, y más
-tarde el _Quijote_, que le hizo mucho efecto y le infundió el deseo de
-leer romances y libros de caballería. ¿Pero dónde se encontraban estas
-novelas de caballeros andantes? No lo sabía.
-
-Muchas veces Alvaro recitaba, con voz dolorida, el romance del marqués
-de Mantua, que aparece en el _Quijote_:
-
- ¿Dónde estás, señora mía,
- que no te duele mi mal?
- O no lo sabes, señora,
- o eres falsa y desleal.
-
-Y al recitar este romance pensaba en Manón.
-
-
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-EL SIMANCAS
-
-
-
-
-I
-
-MANIOBRAS DE AVIRANETA
-
-
-Aquí el autor tendría que comenzar esta parte pidiendo perdón a los
-manes de Aristóteles, porque va a dejar a un lado, en su novela,
-las tres célebres unidades: tiempo, lugar y acción, respetables
-como tres abadesas o tres damas de palacio con sus almohadas y sus
-colchas correspondientes. El autor va a seguir su relato y a marchar a
-campo traviesa, haciendo una trenza, más o menos hábil, con un ramal
-histórico y otros novelescos. ¡Qué diablo! Está uno metido en las
-encrucijadas de una larga novela histórica y tiene uno que llevar del
-ramal a su narración hasta el fin.
-
-Iremos, pues, así mal que bien, unas veces tropezando en los matorrales
-de la fantasía, y otras, hundiéndonos en el pantano de la historia.
-
-Antes de los acontecimientos sangrientos de Estella, en donde perdieron
-la vida cuatro generales carlistas, había Aviraneta comenzado a
-organizar su acción contra el carlismo y a hacer propaganda en favor de
-la paz, sobre todo en Guipúzcoa.
-
-Encargó la dirección de la empresa en esta provincia a su primo don
-Lorenzo de Alzate, a Orbegozo y al jefe político Amilibia, los tres de
-San Sebastián, que se pusieron a trabajar con actividad en la línea de
-Hernani y de Andoain.
-
-La primera noticia que tuvo Aviraneta de la escisión que se iba
-produciendo en el carlismo le vino de la Corte. Se enteró de que en
-Madrid, frente a las Covachuelas, en una tienda de tiradores y galones,
-vivía una viuda, que se había vuelto a casar con un coronel carlista,
-llamado Calcena, hombre muy activo, de armas tomar, amigo de Cabrera, y
-que mantenía correspondencia con el general Aldasoro, que habitaba en
-Bayona.
-
-Este Calcena era un aventurero, un bandido que había estado mucho
-tiempo en América de militar y de jugador de ventaja.
-
-Aviraneta indicó al ministro Pita Pizarro la utilidad de violar la
-correspondencia de Calcena y por ésta se supo los preparativos que
-hacían los amigos de Arias Teijeiro para deshacerse de Maroto.
-
-La escisión estuvo oculta, para los carlistas, durante bastante tiempo,
-hasta que estalló y se hizo pública con los fusilamientos de Estella.
-
-Como estos fusilamientos dejaban triunfantes a Maroto y a sus amigos,
-es decir, daban la victoria a los moderados del carlismo sobre los
-absolutistas, Aviraneta indicó al Gobierno de Madrid la táctica que
-debía seguir, resumida en estos consejos: primero, intentar promover
-disensiones entre los marotistas que formaban el grupo moderado
-militar, por entonces fuerte y compacto; segundo, apoyar por debajo
-de cuerda a los absolutistas teocráticos e intransigentes para que
-atacaran a los marotistas, y tercero, impedir que los carlistas,
-partidarios de la transacción, se entendieran con los cristinos, de
-tendencias parecidas, pensamiento que era el que llevaba interiormente
-el padre Cirilo y la princesa de Beira.
-
-A pesar de todas sus alharacas, la facción absolutista y teocrática
-sucumbió tan completamente a los golpes de Maroto, por la inercia de
-sus jefes y la cobardía de don Carlos, que todos los esfuerzos para
-reanimar el partido de los puros, así se llamaban ellos a sí mismos, y
-hacer que volvieran a la pelea contra los marotistas fueron inútiles.
-Los hombres más importantes de la facción apostólica aceptaron la
-derrota y la humillación, convencidos de que su causa estaba perdida.
-
-Los absolutistas puros doblaron la cabeza. No se podía contar con ellos.
-
-Por esta época, don Eugenio redactó y mandó imprimir una proclama
-falsa, dirigida a los navarros y firmada por el capuchino fray Ignacio
-de Larraga, confesor de don Carlos y uno de los expulsados después de
-los fusilamientos de Estella. Este padre Larraga, Pico de Oro, según
-los baztaneses, era un fraile un tanto grotesco. De confesor del duque
-de Granada, que era un viejo beato, lleno de escrúpulos religiosos,
-que rezaba a todas horas, en todos los rincones, había pasado a ser
-confesor de don Carlos, sustituyendo a don Pedro Ratón. Se decía
-que Larraga, en el sitio de Zubiri, y el general Ros de Olano lo
-confirmaba, había avanzado hacia los cristinos y les había echado una
-plática pedantesca, en medio de la cual, de cuando en cuando, decía con
-voz tonante: "Ego sum Pater Larraga secundum Apostolorum."
-
-En la falsa proclama de Aviraneta, atribuída a Larraga, se aseguraba
-que Maroto y sus compañeros estaban vendidos a los liberales, que era
-lo mismo que estar vendidos al demonio.
-
-La alocución apócrifa terminaba así: "¡Viva la Religión! ¡Viva Navarra
-y sus voluntarios!"
-
-Por entonces también escribió Aviraneta un papel que, traducido al
-vascuence, corrió mucho por las provincias. Era la carta fingida
-que escribía un labrador vascongado a un hojalatero, en la cual se
-intentaba sembrar la cizaña entre vascos y castellanos.
-
-En esta carta se hacía la historia de cómo había empezado la guerra, y
-se echaba la culpa de la falta del éxito a los castellanos, flojos y
-poltrones, que para andar unas leguas necesitaban macho o burro.
-
-Después de otras explicaciones, maliciosas para el vulgo, se aseguraba
-que los vascongados ansiaban la paz, y terminaba la carta con este
-refrán:
-
- Naguia bada astoa
- emayoc astazayari eroa,
- edo astoa illa danean,
- garagarra buztanean.
-
-lo que quería decir que: "Al burro lerdo hay que darle arriero loco, y
-al asno muerto, la cebada al rabo."
-
-De aquellas hojas, en vascuence, se introdujeron muchas en el campo
-carlista.
-
-Recomendó también Aviraneta a sus comisionados de la línea de Hernani y
-de Andoain que mandaran poner tabernas y merenderos en los alrededores
-y que dejasen pasar sin dificultad hacia el campamento carlista a las
-chicas que quisieran ver a sus novios o a sus parientes.
-
-De esta manera comenzaron a entablarse relaciones entre los de un campo
-y los de otro, y corrió por las filas carlistas esa idea, casi siempre
-precursora del abandono de una causa, la idea de que se estaban
-haciendo componendas, a espaldas del ejército, y de que los jefes se
-preparaban a abandonarles y hacerles traición.
-
-Desde entonces, como si se hubiera dado una consigna, todo el mundo
-comenzó a hablar de las penalidades de la guerra, de la vida miserable
-que se hacía, de la diferencia de trato entre los oficiales y la
-gente de tropa. La paz comenzó a aparecer como un estado de felicidad
-perfecta.
-
-Los agentes aviranetianos hicieron conocer al pueblo y al soldado que
-el gran obstáculo para obtener la paz eran don Carlos y los hojalateros
-de Castilla, el uno ambicioso, y los otros gentes ricas, que no sentían
-la miseria de la guerra con sus rentas bien saneadas en fincas del
-Mediodía y en Bancos extranjeros.
-
-Don Eugenio, por entonces, no descansaba; había entrado en
-correspondencia con un antiguo maestro de la niñez, don Mariano
-Arizmendi, hombre un tanto sombrío, de genio adusto, de gran influencia
-entre los personajes carlistas.
-
-No se pusieron del todo de acuerdo Arizmendi y él; pero se habló entre
-ellos, repetidamente, de que para terminar la guerra era indispensable
-un convenio, palabra que corrió por el campo carlista y por el liberal.
-
-Sin duda, en aquel momento, la palabra convenio condensaba las
-aspiraciones de los partidos. Los cristinos no se podían considerar
-triunfantes en la guerra, ni los carlistas completamente vencidos; era,
-pues, indispensable que unos y otros cedieran algo en sus respectivos
-puntos de vista.
-
-Al mismo tiempo que se verificaba aquella transformación en las ideas,
-don Eugenio iba preparando los documentos falsos que había de utilizar
-en el legajo que pensaba introducir en la corte de don Carlos. A este
-legajo llamaba el Simancas.
-
-A pesar de que la Junta Carlista de Bayona le espiaba constantemente y
-le seguía los pasos, don Eugenio tenía relaciones con algunos de los
-carlistas más perspicuos.
-
-Una de las personas que le dieron datos acerca de las divisiones y
-rencillas del campo de don Carlos fué don Manuel Mazarambros, ex
-relator del Consejo de Castilla. Mazarambros, persona inteligente,
-estaba enfermo, hipocondriaco, y no quería tomar parte activa en la
-política. Mazarambros se hallaba en correspondencia con el intendente
-Arizaga, hombre corrompido, muy sagaz, de mucho cuidado, uno de los
-amigos y consejeros de Maroto, y por él llegaba a saber Aviraneta lo
-que se pensaba en el Cuartel General. También se aprovechó don Eugenio
-de las indicaciones de su amigo Vinuesa.
-
-Cuando los expulsados por Maroto llegaron a Francia, Aviraneta tenía
-confidentes en los dos campos carlistas y sabía día por día y hora por
-hora lo que hacían los unos y los otros.
-
-La acción de los marotistas era más pública y había informes oficiales
-de ella; la de los antimarotistas, más secreta.
-
-Don Eugenio estaba en relación con el coronel Aguirre, uno de los
-antimarotistas exaltados, y éste le escribía a la semana dos o tres
-veces. Lo mismo hacían Bertache y Orejón.
-
-Para las intrigas de los antimarotistas de Bayona contaba con María
-de Taboada y con don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, a quien
-Aviraneta había conocido por Alvarito, y al que convidaba a comer
-algunas veces en la posada de Iturri, de la calle de los Vascos.
-
-Pero aún tenía don Eugenio otros informes. Los fanáticos
-intransigentes, enemigos de Maroto, habían formado sociedades secretas,
-verdaderos clubs, en los cuales se conspiraba de continuo contra el
-general.
-
-Los dos clubs principales antimarotistas estaban: uno, en Azpeitia, y
-el otro, en Tolosa.
-
-En el de Azpeitia, Aviraneta tenía como confidente a un tal Odriozola,
-capitán del ejército carlista, hombre ya viejo, que había estado
-en América, donde perdió la carrera por jugador, y que atribuía su
-desgracia a Maroto; en el de Tolosa, un oficial llamado Rezusta, que
-odiaba a Maroto por su poca religión, lo que no era obstáculo para que
-él mismo fuera uno de los oficiales más descreídos del ejército de don
-Carlos.
-
-
-
-
-II
-
-LOS ENEMIGOS
-
-
-Aviraneta tenía muchos enemigos en Bayona. Los carlistas desconfiaban
-de él, y, aunque no sabían por quién ni por qué trabajaba, claramente
-comprendían que no era para ellos. Al mismo tiempo, Valdés, el de los
-gatos, Salvador y Martínez López, lo desacreditaban en todas partes. La
-pretensión de Aviraneta de ser un patriota y un liberal entusiasta, de
-convicciones, les ofendía profundamente. Ellos, granjeros sistemáticos,
-iban con el que más pagara. Les parecía muy natural cambiar de partido,
-si esto les convenía. Martínez López escribía libelos a favor o en
-contra. El último lo hizo adulando descaradamente al conde de San Luis,
-poco antes de la Revolución de 1854.
-
-En el Consulado de España todos eran enemigos de don Eugenio,
-comenzando por el cónsul Gamboa.
-
-Este tenía, por entonces, un agente que era su brazo derecho, don
-Prudencio Nenín, antiguo comerciante de Bilbao, establecido en Bayona,
-hombre activo y enérgico. Nenín tenía negocios con el cónsul, había
-intervenido en la primera empresa de Muñagorri y vivía en la fonda de
-Francia.
-
-A esta fonda se había trasladado también por entonces Aviraneta,
-comprendiendo que era más fácil entrar y salir en un hotel, sin ser
-espiado, que en una casa particular.
-
-Nenín andaba siempre detrás de Aviraneta, siguiéndole los pasos, cosa
-que desagradaba profundamente a don Eugenio; este espionaje de los
-liberales, de los suyos, no lo podía resistir.
-
-Por entonces apareció en la fonda un matrimonio algo misterioso: el
-conde y la condesa de Hervilly, a quienes Nenín comenzó a acompañar
-constantemente.
-
-El conde parecía un hombre extraño, triste, de aire siniestro, muy
-atildado, siempre con guantes. Tenía una cara pálida, fina, de hombre
-inteligente; una voz opaca y sin timbre, y hablaba de una manera un
-tanto fría y desdeñosa.
-
-Se decía que era hijo o sobrino de un general francés legitimista, del
-mismo título, y, según se afirmó, pensaba entrar en España y alistarse
-en el ejército carlista, cosa un poco rara, porque cojeaba bastante al
-andar.
-
-El conde formaba en el grupo de aristócratas extranjeros legitimistas
-que se consideraban con derecho a intervenir en España. A la cabeza de
-este grupo se hallaba el príncipe de Lichnowsky.
-
-El príncipe de Lichnowsky era un alemán orgulloso, fantástico. Creía
-que su título de príncipe le autorizaba a todo. Pasó en España una
-larga temporada en las filas carlistas. Unos años después de la guerra,
-estando en su país, cuando la revolución de 1848, le hicieron miembro
-del Parlamento de Francfort. Allí pretendió tratar con desprecio y con
-altivez a los republicanos, y en un motín popular le mataron en las
-calles.
-
-El conde de Hervilly era un legitimista, un realista, para quien el
-mundo tenía dos hemisferios: uno, el de los aristócratas, con todos los
-derechos, y otro, el de los no aristócratas, con todos los deberes.
-
-La condesa de Hervilly, mujer muy guapa, cubana o mejicana, hablaba el
-castellano y el francés a la perfección.
-
-Nenín presentó Aviraneta al conde y a la condesa. A don Eugenio le
-dieron los dos una impresión de misterio, de desconfianza. Le chocó que
-tuviera ella deseos de intimar con él. El conspirador no era vanidoso y
-sabía muy bien que no estaba en el caso de hacer efecto en las mujeres.
-La curiosidad que manifestó la condesa de Hervilly por su vida le
-impulsó a enterarse de quién era aquella señora curiosa.
-
-Pidió a los mozos del hotel y a la dueña informes de la dama. La
-pintaron como una persona extraña, de gustos exóticos, perezosa,
-ardiente, muy caprichosa. Le gustaban mucho las flores, los perfumes,
-el vivir perezoso e indolente.
-
-Se llamaba Sonia. Unos decían que era cubana, otros que haitiana,
-otros que gitana y otros que judía o rusa. Al parecer, tenía al marido
-dominado.
-
-¿Qué hacía este matrimonio en Bayona? ¿Por qué estaban allí? ¿Qué
-esperaban? Los del hotel no lo sabían.
-
-La condesa de Hervilly aparecía en el comedor del hotel acompañada de
-su esposo y de Nenín y visitaba con su marido el Consulado de España.
-
-El conde se manifestaba siempre muy amable y galante con su mujer.
-
-Aviraneta pensó que, si había alguien en Bayona que supiera algo de
-aquellos condes misteriosos, tenía que ser Luci Belz, la empleada de la
-fonda del Comercio, y fué a verla.
-
-Luci Belz le dijo que se decía que la condesa de Hervilly era una
-aventurera, cómica o bailarina, que había tenido muchos líos. No era
-fácil comprender si el señor conde estaba enterado de las aventuras de
-su mujer; pero, al parecer, no lo estaba.
-
---Yo me he de enterar mejor--concluyó diciendo Luci.
-
-Unos días después, la empleada del hotel del Comercio llamó a
-Aviraneta. Se había enterado de varias cosas. El conde de Hervilly,
-según se decía, era un hombre un tanto monstruoso: le faltaba casi
-por completo una pierna y llevaba para andar una de goma. De sus dos
-manos, la izquierda era como la de un pato, con una membrana entre dedo
-y dedo; en cambio, la derecha era de una fuerza enorme. Si alguna vez
-el conde se caía, rehusaba ayuda para que no notasen que le faltaba
-la pierna. El explicaba su torpeza diciendo que estaba reumático.
-Sobre aquel cuerpo estropeado, el conde tenía una cabeza distinguida;
-pero, al parecer, esta cabeza no tenía pelo y lo sustituía una peluca
-entre gris y negra. El conde se ocupaba de algunos trabajos históricos
-y pasaba mucho tiempo encerrado en su cuarto. El conde trataba a
-la condesa con gran galantería y ella tenía también para él muchas
-atenciones.
-
-Poco después, doña Paca Falcón, que era amiga de Aviraneta y estaba
-enterada de la vida de toda la gente de Bayona, le contó que se decía
-que el conde de Hervilly había conocido a Sonia, su mujer, en París,
-donde vivía con un tabaquero cubano, que pasaba por tío suyo; pero que,
-al parecer, era su amante. El conde quedó enamorado de ella como un
-loco, al verla, y a los dos días pidió su mano.
-
-Ella parece que le contestó:
-
---Consúltelo usted con mi tío.
-
-El conde fué a ver al tabaquero y éste le dijo con marcado acento de
-mal humor:
-
---Esta muchacha no es mi sobrina, sino mi querida.
-
---¿Así que usted no tiene ninguna autoridad ni derecho sobre ella?
-
---Yo, ninguno.
-
---Muy bien.
-
-Al día siguiente, Hervilly pidió a Sonia que se casara con él y se
-casaron. Al poco tiempo el conde se desafió con el tabaquero y lo mató
-de un tiro.
-
-La historia le pareció bastante extraña a Aviraneta.
-
-La condesa tenía un criado todo un tipo extraño. Era un americano
-mestizo de indio, moreno, delgado, tostado por el sol, con una cara
-impasible e inmóvil, los pies muy chicos y las manos muy pequeñas;
-hombre que hablaba el español, el francés y el inglés con perfección,
-pero muy lánguidamente. Se llamaba Fernandito. Aviraneta pensó que
-debía ser mejicano e intentó interrogarle y hablarle de su país; pero
-Fernandito el indio no contestó. Este autómata no parecía tener vida
-más que ante sus señores.
-
-La Falcón le contó a Aviraneta que se decía que a Fernandito, Sonia le
-había encontrado una noche en una calle de París, tendido en un banco,
-abandonado y gravemente enfermo.
-
-Sonia parece que lo llevó a su casa, lo cuidó y lo salvó, y desde
-entonces el indio se había convertido en un perro de presa de aquella
-mujer, por la que tenía un entusiasmo sin límites. Todos estos detalles
-no eran para tranquilizar ni inspirar confianza en aquella gente.
-
-Días después Aviraneta vió en el comedor de la fonda de Francia
-a la condesa de Hervilly con la señora de Vargas. El se inclinó
-ceremoniosamente y ellas le saludaron, sonriendo; pero don Eugenio no
-quedó muy tranquilo. Ya sabía que Fermina se creía con motivo para
-odiarle; pero la otra, la condesa, ¿qué motivo podía tener contra él?
-
-
-
-
-III
-
-LOS EXPULSADOS
-
-
-Unos días después de los fusilamientos de Estella fueron expulsados
-como intrigantes, por Maroto, más de treinta personas de las
-principales de la corte de don Carlos, que pertenecían al partido
-apostólico. Estas personas marcharon a Francia, escoltadas por una
-compañía alavesa, al mando del general Urbiztondo, que llevaba como
-ayudantes al coronel Eguía y al teniente coronel Errazquin.
-
-Al llegar a Vera hubo entre los desterrados grandes discusiones y
-protestas. Estaban allí el obispo Abarca con su secretario Pecondón,
-el canónigo guerrillero don Juan Echevarría, don José Arias Teijeiro,
-los generales Uranga, Mazarrasa y García; el brigadier Valmaseda, el
-padre Larraga, el médico don Teodoro Gelos, cirujano de don Carlos; el
-padre Domingo de San José, predicador del Real. Estaban también don
-Diego Miguel García, el que había sido confidente del general González
-Moreno, cuando se preparó la emboscada a Torrijos en Málaga, y doña
-Jacinta Pérez de Soñanes, alias "la Obispa".
-
-Al pisar el suelo francés, cada uno de los desterrados expuso su
-preocupación. Arias Teijeiro, el galleguito herborizador, ardía por
-vengarse de Maroto y pensaba marchar cuanto antes a reunirse con
-Cabrera en el Maestrazgo; el canónigo don Juan Echevarría esperaba
-sublevar las tropas navarras contra Maroto y apoderarse del Poder;
-don Diego Miguel García se preocupaba únicamente de sus maletas,
-llenas de dinero; doña Jacinta pensaba en su querido obispo de León y
-éste hablaba de los dolores del Crucificado, considerando, sin duda,
-sus gruesas nalgas y su abdómen piriforme como semidivinos; Arias
-Teijeiro habló a todos sus partidarios, dándoles instrucciones, y como
-el coronel Aguirre quería volver al valle de Araquil, donde estaban
-acantonadas las tropas que mandaba él, le instó a que abandonara el
-proyecto y entrara en Francia, pues de lo contrario se exponía a que
-Maroto le hiciera fusilar, abriendo de nuevo la causa por la muerte del
-brigadier Cabañas, en la que Aguirre estaba complicado.
-
-Aguirre se decidió por ir a San Juan Pie de Puerto a esperar el
-levantamiento anunciado de los apostólicos y los demás personajes se
-dirigieron a San Juan de Luz, desde donde el Gobierno francés los envió
-a distintos puntos próximos.
-
-Al parecer, el general Urbiztondo, al llegar a la raya de la frontera,
-se despidió de los carlistas con gran indiferencia, lo que indignó a
-los desterrados, que a voz en grito le acusaron de traidor.
-
-Don Antonio de Urbiztondo y Eguía, el donostiarra, era poco clerical,
-y, a pesar de estar entre las filas carlistas, se le tenía por
-contagiado con el liberalismo y por francmasón.
-
-Sus ascendientes, los Urbiztondos, de San Sebastián, habían sido
-revolucionarios y afrancesados, hasta el punto de trabajar por la
-separación de Guipúzcoa de España y su incorporación a la República
-Francesa durante la primera revolución, por lo que fueron condenados a
-penas graves por un Consejo de guerra español.
-
-Don Antonio de Urbiztondo tenía la levadura liberal. Se contaba que en
-un pueblo de Cataluña, donde mandaba como general las tropas catalanas,
-alojó en un convento algunos de sus soldados y pensó llevarse las
-cañerías y los cacharros de plomo que encontró allí para fundir balas.
-
-El delegado castrense por don Carlos en el Principado, que era el
-obispo de Mondoñedo, negó el permiso para ambas cosas, considerando
-la tentativa una irreverencia y un sacrilegio, y Urbiztondo, con gran
-desdén, contestó: "Que únicamente así se podía hacer la guerra; que si
-hubiera objetos de plomo en las iglesias se apoderaría de ellos, aunque
-se ofendiera el obispo, y que se llevaría, con permiso o sin él, hasta
-las zapatillas del Papa, si eran de plomo".
-
-Estas palabras produjeron en el partido carlista un asombro y una
-indignación, que fueron, en parte, causa de que Urbiztondo estuviera
-mucho tiempo de cuartel, hasta que Maroto, nombrado general en jefe, le
-llevó de nuevo al servicio activo.
-
-Urbiztondo, por equivocación, había sido carlista. Era un militar
-inteligente, hombre de mucho nervio. Fué de los buenos generales del
-carlismo. Pasado al ejército de la Reina, después del Convenio de
-Vergara, fué capitán general de Filipinas, en cuyo mando estuvo muy
-acertado; después, ministro de la Guerra con Narváez, en 1856, y al
-año siguiente murió en un duelo en un salón del Palacio Real, por una
-cuestión de etiqueta, batiéndose con un oficial que le había prohibido
-la entrada. Al menos esta fué la voz popular.
-
---Probablemente--dijo Urbiztondo a los desterrados, al llegar a la
-frontera--, pronto tendré yo también que venirme a Francia.
-
---Es muy posible--le contestó doña Jacinta de Soñanes, "la Obispa",
-con retintín--; pero no será por la misma causa que nosotros ni por el
-mismo camino.
-
---Si es posible, que salga por Behovia--replicó el general, sin dar
-ninguna importancia a la alusión.
-
-Esto ocurría a principios de marzo.
-
-Ya habían llegado a San Juan de Luz y a Bayona los expulsados por
-Maroto, cuando un día el cónsul Gamboa llamó a don Eugenio de Aviraneta
-y le dijo:
-
---Deseaba mucho hablar con usted y hoy mismo pensaba llamarle.
-
---¿Qué pasa?
-
---El subprefecto y yo estamos todavía indecisos, sin saber qué partido
-tomar con los personajes carlistas expulsados por Maroto.
-
---Pues, ¿por qué?
-
---El subprefecto es de opinión que se interne a esos carlistas a
-cuarenta o cincuenta leguas de la frontera. Yo no sé qué hacer. He
-preguntado al Gobierno, que no contesta. ¿A usted, qué le parece?
-
---Hay que dejarles vivir en la frontera--contestó don Eugenio--. ¿Para
-qué internarlos? El vigilar a un político, no teniéndole encerrado en
-la cárcel, es imposible. Además, estos emigrados, con sus maniobras,
-nos han de ser útiles a nosotros.
-
---¿Cree usted...?
-
---Claro que sí. A nosotros no nos pueden hacer daño alguno.
-
---¿Supone usted que conspirarán?
-
---Están conspirando ya.
-
---¿Contra quién?
-
---¡Contra quién ha de ser: contra Maroto!
-
---¿Usted supone que eso nos conviene?
-
---Claro que sí. Hoy, Maroto es la única fuerza respetable del carlismo.
-Alejar de la frontera ese foco de discordia para los enemigos sería una
-verdadera tontería.
-
---Sí. Quizá tenga usted razón. ¿Usted cree que esa gente tiene algún
-plan determinado?
-
---Sí; sus propósitos son sublevar los batallones navarros contra Maroto.
-
---¿Quién los dirige?
-
---El principal caudillo es el cura Echevarría.
-
---¿Y usted cree que alcanzarán su objeto?
-
---Creo que se sublevarán más pronto o más tarde.
-
---Su éxito no sería un bien para nosotros. Harían de nuevo la guerra
-cruel.
-
---¡Bah! No tendrán éxito. No harán más que dividirse.
-
-Gamboa comprendía que lo que le decía Aviraneta era muy lógico y
-decidió indicar al subprefecto que no se molestara a los desterrados.
-
-Esta fué la razón por la cual las autoridades francesas dejaron en
-Guethary al obispo de León; en Bayona y sus alrededores, al cura
-Echevarría, a don Basilio y a otros jefes carlistas y al coronel
-Aguirre, en San Juan Pie de Puerto; determinaciones todas que los
-periódicos de Madrid comentaron con la petulancia y la tontería
-habitual en ellos.
-
-Don Eugenio no dijo a Gamboa que alguno de aquellos carlistas
-trabajaban secretamente para él, y que el coronel Aguirre, comandante
-del quinto batallón de Navarra, fanático apostólico e intransigente,
-en cuyo batallón servían de oficiales García Orejón, Luis Arreche
-(Bertache), y otros muchos, estaba subvencionado por el Gobierno de la
-Reina para sublevar las tropas contra Maroto.
-
-
-
-
-IV
-
-LA TERTULIA DEL ABATE MIÑANO
-
-
-Por entonces, uno de los centros de los expulsados por Maroto comenzó
-a ser la casa de campo que tenía en los alrededores de Bayona don
-Sebastián Miñano.
-
-Miñano el elegante, el antiguo abate afrancesado, el antiguo secretario
-del mariscal Soult, era un escéptico, un volteriano, que no creía en
-nada; pero como todos los escépticos, se inclinaba en su madurez al
-despotismo, por considerar que era un sistema de vida más tranquilo,
-más reposado y menos turbulento que el régimen liberal.
-
-Miñano vivía con mucha comodidad y cobraba de los dos bandos, del
-carlista y del cristino; para los dos era casi un oráculo.
-
-El abate protegía a su hijo natural don Eugenio de Ochoa, que llevaba
-una vida de joven rico en Francia.
-
-La casa de Miñano tenía gran interés para aquellos carlistas, la
-mayoría bárbaros y cerriles, que venían del campo; allí hablaban con
-legitimistas franceses elegantes, perfumados y con los bigotes llenos
-de cosmético, con moderados españoles, con gacetilleros y hasta con
-damas distinguidas.
-
-Muchas veces iban a saludar a Miñano, Valdés, el de los gatos, que
-en política era también del género epiceno; Salvador, el traidor a
-la Isabelina y enemigo acérrimo de Aviraneta; Martínez López, el
-libelista, agricultor y gramático; don Vicente González Arnao y su
-secretario Pagés; Muñagorri, el cónsul Gamboa y todos los españoles
-influyentes que se encontraban en Bayona.
-
-Formaban con frecuencia juntas carlistas en casa de Miñano, el obispo
-Abarca, el cura Echevarría, Lamas Pardo, don Basilio, los Labanderos,
-doña Jacinta Soñanes, alias "la Obispa", y otros.
-
-Generalmente se avisaban con antelación, se discutía, y al último, el
-abate era el que decidía casi siempre las cuestiones. No se acordaban
-los expulsados de que Miñano era el autor de las cartas del Pobrecito
-Holgazán, que tanto contribuyeron en España a desacreditar al clero, y
-sobre todo a los frailes, ni de que había sido afrancesado y liberal.
-
-El obispo de León, don Joaquín Abarca, que tenía su residencia de
-emigrado en Guethary, era un señor grueso, aragonés, pedante y
-sabihondo, que se creía una lumbrera. Vestía hábito, con ribetes de
-violeta; tenía por secretario a un intrigante que se llamaba Ramón
-Pecondón, y como inspiradora o Ninfa Egeria a doña Jacinta de Soñanes,
-alias "la Obispa", que se desvivía porque a Su Ilustrísima no le
-faltase el chocolate o el caldo a su hora.
-
-El obispo de León estaba muy preocupado con la marcha de los
-acontecimientos; pensaba que había disminuído su prestigio personal
-en el campo carlista y esto lo achacaba a manejos de Maroto, a quien
-odiaba evangélicamente.
-
-Abarca le tenía mucho miedo a su secretario Pecondón y algunas
-cuestiones reservadas las trataba sólo cuando Pecondón no estaba
-delante.
-
-El otro cantertulio, don Diego Miguel García, era hombre de ojos
-hundidos, cejas espesas, mirada oblicua y sonrisa fina y sarcástica.
-
-García era hombre de sangre y de cieno que no había pensado nunca más
-que en reunir oro, fuese como fuese. Había sido agente confidencial
-de Fernando VII durante mucho tiempo en sus intrigas tenebrosas con
-Regato, Salvador y otros tipos de reptiles de la misma índole. García
-fué el que le engañó a Torrijos en Málaga, valiéndose de un coronel,
-que pasaba por liberal. Este llevó a la playa a los liberales y les
-entregó al general González Moreno. García era entonces de la sociedad
-teocrática el Angel Exterminador.
-
-Labandero, el padre, era hombre débil y mediocre, que no tenía
-agresividad ninguna, y que se lamentaba constantemente de sus
-enfermedades y de sus desgracias.
-
-El cura Echevarría, el ex canónigo de los Arcos, era un bárbaro;
-fuerte, rojo, robusto, muy corpulento, de formas atléticas. Se le veía
-pasar con frecuencia por las calles de Bayona con un redingote negro y
-un sombrero de copa como un tubo. El cura Echevarría parecía rebosar
-salud; sus mejillas, infladas, tenían el color de las manzanas y sus
-ojos eran negros y brillantes.
-
-El cura Echevarría era un tipo de estos de franqueza simulada, que se
-da mucho entre aragoneses y navarros de la Ribera. Toda esta supuesta
-franqueza consiste en hablar en un tono rudo; pero no pasa de ahí,
-porque debajo del tono rudo las gentes saben emplear la maquinación
-y la perfidia como los hombres de las demás regiones y de los demás
-países.
-
-El cura Echevarría era terco y bruto con los inferiores y adulador de
-los más rastreros y serviles de don Carlos; había vivido durante toda
-la guerra civil como un príncipe, siempre en banquetes, fiestas, viajes
-y ceremonias. Era el agente de los navarros y tuteaba a todos los
-oficiales y trataba a la gente con un despotismo bárbaro.
-
-El cura Echevarría y Abarca, el obispo de León, visitaron varias veces
-a don Sebastián Miñano y le pidieron consejo. A todo trance querían
-los dos eclesiásticos sublevar los batallones navarros contra Maroto y
-establecer en el Real un Gobierno teocrático; pero querían hacerlo con
-las mayores garantías posibles.
-
-Para estos católicos absolutistas la cuestión principal en su partido
-era la lealtad al Rey; se consideraban como criados del Monarca y
-pensaban que ser leales a su persona era el mejor homenaje a la
-causa. El ser inteligente o capaz, esto era accesorio para los dos
-eclesiásticos.
-
-Ellos comenzaban a pensar que Maroto, victorioso, no se diferenciaría
-gran cosa del Espartero, y que no valía la pena de hacer la guerra para
-un resultado parecido.
-
-Miñano les aconsejaba la calma para encontrar una buena ocasión de
-intervenir. El abate, con su diplomacia y su labia, se había convertido
-en un oráculo para los carlistas intransigentes, como lo era también
-para los cristinos moderados.
-
-Cosa extraña. El antiguo abate, ex prebendado de Sevilla, ex secretario
-de Soult, ex constitucional, ex anticlerical, ex periodista de _El
-Censor_, ex geógrafo, se había hecho protestante; era lector de Víctor
-Hugo, Balzac y Sainte Beuve, y traducía por entonces la _Historia de
-la Revolución Francesa_, de Thiers, para el impresor Baroja, de San
-Sebastián.
-
-De acuerdo con el centro apostólico y antimarotista, una veces, y otras
-en contra, funcionaba la tertulia del marqués de la Lalande. Era una
-tertulia de aristócratas, de legitimistas y de extranjeros. A ella
-pertenecían el conde de Hervilly, el barón de Batz, Montgaillard y el
-intendente Arizaga. Había entre ellos personas inteligentes y su jefe
-en el campo carlista era el príncipe de Licknowsky. Este grupo hizo un
-proyecto de transacción con el asentimiento de Maroto. Se quiso que
-lord John Hay diera su anuencia al plan; pero al último, y después de
-vacilar mucho, el lord marino no la dió.
-
-
-
-
-V
-
-PRIMEROS EFECTOS DE SIMANCAS
-
-
-En aquellas circunstancias, Aviraneta vió con claridad que el núcleo
-fuerte del carlismo se encontraba en Maroto y su gente. Si se quería
-deshacer el carlismo había que atacar a Maroto por todos los medios
-posibles.
-
-Era el momento de introducir el Simancas, el conjunto de documentos
-falsos fabricados por Aviraneta en el Real de don Carlos.
-
-La cosa no era fácil; había que hacer que el Simancas pasara a manos
-del Pretendiente, como si llegara del campo carlista; sin producir
-desconfianza alguna acerca de su autenticidad, legitimando su
-procedencia. ¿Quién podía llevar los documentos? Un partidario de la
-Reina sería sospechoso para la gente del Real; un carlista, ganado por
-dinero, muy expuesto. Sólo un legitimista francés que hubiese estado a
-sueldo podía desempeñar con relativa facilidad esta misión peligrosa,
-para la cual indudablemente se necesitaba valor y perspicacia.
-
-Aviraneta había conocido a Frechón, el dependiente de Chipiteguy, en la
-casa del Reducto y había hablado con él en la posada de Iturri. Pensó
-que quizá él le podría servir.
-
-Don Eugenio le llamó, le halagó un poco, le escuchó con atención, y le
-dijo que volviera, quizá entre los dos podrían hacer un buen negocio.
-
---¿Usted se atrevería a ir a España con una comisión?--le preguntó
-Aviraneta.
-
---No; ahora no puedo ir.
-
---¿No tiene usted algún conocido de confianza para darle un encargo
-difícil para España?
-
---¿Un francés?
-
---Sí
-
---Tengo un amigo que quizá sirviera.
-
---¿Ha estado en España?
-
---Sí, muchas veces. Ahora que ha trabajado para los carlistas.
-
---¡Ah!
-
---Pero lo mismo le da trabajar por los liberales.
-
---¿Y habla español?
-
---Tan bien como usted.
-
---¿Quiere usted avisarle?
-
---Sí; pero, ¿qué gano yo con eso?
-
---Hombre, dígame usted qué quiere que le dé por la noticia.
-
---Nada; yo traeré a ese amigo mañana.
-
-Al día siguiente Frechón se presentó en el Hotel de Francia con su
-amigo, Pablo Roquet.
-
-Roquet era un comerciante que había tenido una casa de comisión en
-Behovia; tipo de hombre de vida misteriosa, que hablaba tan bien el
-español como el francés.
-
-Roquet se presentó como un señor amable, de unos cuarenta años, moreno,
-delgado, con el pelo que comenzaba a blanquear en las sienes, vestido
-de negro. A pesar de su aspecto relativamente joven, tenía más de
-cincuenta años.
-
-Le citó don Eugenio para el día siguiente; lo tanteó y vió que era
-hombre muy hábil y muy insinuante. Tomó informes suyos y supo que había
-quebrado varias veces, que era viudo y que vivía con una modista. Doña
-Paca Falcón conocía a esta pareja.
-
-Roquet tenía algo de reptil, quizá sin mucho veneno; buscaba el
-enriquecerse, a poder ser, sin perjudicar a nadie. Si se perjudicaba
-alguien, ¿qué se iba a hacer? El torpe que se fastidiara.
-
-Propuso Aviraneta a Roquet que fuera él el encargado de introducir en
-el Real de don Carlos el conjunto de documentos falsos, bautizado con
-el nombre de Simancas.
-
-Roquet era, sin duda, persona muy apropiada para comisión semejante y
-comprendió en seguida su importancia.
-
-Roquet exigió al principio mucho dinero y amenazó un poco
-insidiosamente con descubrir el hecho a los carlistas. Aviraneta pensó
-que había dado un paso en falso y se alarmó. Por una inspiración
-momentánea, fué a visitar a un antiguo policía retirado, el señor
-Masson, que vivía en una casa de campo de los alrededores de Bayona y
-le pidió datos sobre Roquet. Masson se los dió y le mostró una ficha
-que guardaba de él.
-
-Pablo Roquet, llamado Juan Filotier, alias "la Ardilla", alias "la
-Dulzura", había vivido en Burdeos con el nombre de García y era
-conocido en Bayona por Roquet. Era un hombre hábil, metido en negocios
-difíciles. Había vivido bordeando el Código Penal hasta caer en su red.
-Había estado procesado varias veces por estafa y pasado mucho tiempo
-en la cárcel. Con estos antecedentes, Aviraneta esperó a Roquet a pie
-firme y se entendieron.
-
-Roquet, cuando vió que Aviraneta conocía sus antecedentes, se amansó.
-Aviraneta le dió lo que pudo y le prometió varias cosas, unas
-factibles y otras imaginarias. Se pusieron de acuerdo Roquet y don
-Eugenio en lo que se había de decir al llevar el Simancas al Real de
-don Carlos. Aviraneta había inventado una historia. Era así:
-
-Un legitimista francés de escasos recursos, que habitaba en Bayona y
-que alquilaba un gabinete con su alcoba, había tenido como huésped a un
-español que llevaba como equipaje un baúl y una maleta. Este español,
-después de pasar un mes en la casa, tuvo que salir precipitadamente
-y sin equipaje de Bayona; sin duda, alguien le perseguía. El español
-recomendó al francés legitimista que le alquilaba el cuarto que
-tuviera cuidado con su baúl y su maleta. Unos días después, el hijo
-del legitimista, un muchacho de diez a doce años, jugando, encontró
-una llave en un rincón, ensayó si la llave venía bien para el baúl, lo
-abrió y halló dentro unos documentos y una caja de cartón. El chico
-los miró y se los enseñó a su padre, que se enteró de lo que eran.
-El legitimista, por un lado, quería que lo que había descubierto por
-casualidad sirviera a don Carlos; pero por otro, no quería aparecer
-como un hombre capaz de un abuso de confianza...
-
---Está bien--dijo Roquet al oír la explicación.
-
-Ya puestos de acuerdo los dos, don Eugenio escribió una nota para que
-Roquet se la entregara a los jefes Lanz y Soroa, que ya de antemano
-habían estado en relaciones con él y que eran de los afiliados al
-partido apostólico.
-
-Les decía en la nota lo siguiente:
-
-"Existe una trama infernal contra don Carlos, de la cual es jefe
-Maroto. Maroto proyecta inutilizar para siempre a Carlos V. Esta
-conjuración se rige por una Sociedad secreta, establecida entre los
-generales marotistas del Real, y esta Sociedad, de fines siniestros,
-depende de otra instalada en Madrid, la Sociedad Española de
-Jovellanos, que es en principio masónica. La Sociedad de Jovellanos
-y la marotista del Real se comunican por un comisario que habita
-en Bayona. Gran parte de los documentos que prueban la conjuración
-están en poder de una familia francesa legitimista, que vive en los
-alrededores de Bayona. El dador podría conseguir algunos de esos
-papeles."
-
-Aviraneta pensó que para aquellos fanáticos intransigentes la
-existencia de una Sociedad secreta así no era cosa muy difícil de
-creer, porque ellos mismos tenían Sociedades secretas, verdaderos
-Clubs, en que se conspiraba contra Maroto.
-
-Roquet, bien aleccionado, marchó a España, y días después, al volver,
-se entrevistó con Aviraneta. Había hablado con Soroa, con Aldave, que
-era jefe de la frontera, y con Lanz, y decían éstos que necesitaban
-pruebas de la traición de Maroto. Aviraneta redactó otra explicación
-y unió a ella tres cartas, que en el argot de la masonería se llaman
-planchas, en las cuales aparecía Maroto nada menos que como Gran
-Oriente, y una comunicación de la Sociedad Española de Jovellanos, S.
-E. B. J., firmada por el Directorio General Jovellanos, en la que se
-aludía a Maroto claramente y al proyecto de transacción entre moderados
-cristinos y carlistas. El comunicado terminaba con estas palabras:
-"Salud, Moderación y Esperanza".
-
-Roquet fué a Tolosa y se avistó de nuevo con Soroa y otros militares
-del bando exaltado y les mostró las cartas en las cuales Maroto
-figuraba como gran jefe de la masonería.
-
-El revuelo que produjo aquello fué enorme. Los militares carlistas
-tuvieron una junta magna y nombraron una comisión para visitar a don
-Carlos en Durango; pero al pedir audiencia al Rey, los marotistas, que
-lo tenían continuamente cercado, consiguieron que se la negasen.
-
-Volvieron los de la comisión a Tolosa, celebraron otra asamblea y
-en ésta algunos oficiales propusieron matar a Maroto; pero uno de
-los comandantes jóvenes, un alavés, se opuso; dijo que no, que era
-indispensable primeramente apoderarse de todos los documentos que había
-en Francia acusadores de Maroto, y teniéndolos, prender al general,
-llevarlo ante un Consejo de guerra, juzgarlo y condenarlo a muerte
-legalmente.
-
-La junta se conformó con esta opinión, y como todos estaban ansiando
-tener los documentos acusadores contra Maroto, le indicaron a Roquet
-que volviera a Francia y que los llevara.
-
-Para facilitarle la empresa le dieron escolta y una contraseña para el
-cura de Sara. El cura de Sara, agente carlista, al saber la comisión
-de Roquet, le acogió con gran entusiasmo y le dió una carta para que
-visitara en Guethary al obispo de León.
-
-Roquet se presentó con gran misterio el 9 de junio al obispo; le contó
-a solas, sin que estuviera delante su secretario, lo que había pasado
-en Tolosa con los militares y le mostró las tres cartas masónicas en
-las que aparecía Maroto como gran jefe de la masonería.
-
-El obispo Abarca quedó petrificado y asustado; apenas se atrevió a
-tocar aquellos papeles infernales; pero, por otra parte, se alegró de
-que hubiera datos para probar la traición de Maroto y aplastarlo para
-siempre.
-
---El asunto es importantísimo--le dijo el obispo a Roquet--. Yo
-quisiera tener una conferencia con ese francés que posee los
-documentos, con esa alma pura y noble que la Divina Providencia ha
-dispuesto sea el instrumento de salvación de la preciosa vida de Su
-Majestad.
-
-Al decir esto, el obispo unió sus manos cruzadas a la altura de la boca
-y puso los ojos en blanco.
-
-Al deseo expresado por el obispo contestó Roquet diciendo que el
-francés legitimista que tenía los documentos no quería dar la cara
-porque se hallaba en una situación económica angustiosa y pretendía un
-destino del Gobierno de Luis Felipe, y no le convenía aparecer como
-carlista y menos como hombre capaz de hacer un abuso de confianza. Que
-lo que quería este francés era algún auxilio en dinero.
-
---Lo tendrá. Lo tendrá--dijo el obispo.
-
-Inmediatamente don Joaquín Abarca mandó que les sirvieran el almuerzo a
-Roquet y a él, y después decidió ir con el francés a Bayona a visitar a
-Miñano.
-
-En el camino el obispo no hizo más que hablar de aquellos preciosos
-documentos. Al llegar a Bayona fueron Roquet y él al Seminario a buscar
-al cura Echevarría que estaba alojado en una celda.
-
-El día anterior, Aviraneta había enviado a don Francisco Xavier Sánchez
-de Mendoza a casa de Labandero.
-
-Don Eugenio le indicó al hidalgo que dijera que se habían encontrado
-datos sobre la traición de Maroto y le convenció de que fuese a casa
-de Labandero, y si no a la de Lamas Pardo, y le contara a cualquiera
-de ellos, sin nombrarle a él, por supuesto, que se habían encontrado
-pruebas fehacientes de que Maroto pertenecía a la masonería, en la que
-tenía un alto cargo, y de que estaba preparando una gran traición.
-
-Sánchez de Mendoza era conocido entre los carlistas como fiel a la
-causa y hombre de buenas intenciones, aunque fantástico y muy crédulo.
-
-Labandero, al oír a Sánchez de Mendoza, no dió gran crédito a la
-noticia; pero, por si acaso, avisó a Echevarría por si quería ir a su
-casa. Estaban hablando los tres, cuando aparecieron Roquet y el obispo
-de León, que venían del Seminario.
-
-Al ver las cartas masónicas del Simancas, Echevarría y Labandero se
-quedaron maravillados.
-
-Al día siguiente, Sánchez de Mendoza llamó a don Eugenio y
-confidencialmente le contó con detalles lo que había ocurrido.
-
-Al parecer, cuando llegaron el obispo Abarca y Roquet a casa de
-Labandero y mostraron los papeles, decidieron todos tener una junta con
-el abate Miñano.
-
-Echevarría avisó a don Basilio García y a don Florencio Sanz;
-Labandero, a Lamas Pardo; Pecondón apareció con el conde de Hervilly,
-y todos, en varios grupos, fueron a casa de Miñano. Sánchez de Mendoza
-quedó muy admirado al saber que el abate trabajaba por los carlistas y
-al ver su casa lujosa, su biblioteca llena de libros raros, los cuadros
-y los muebles.
-
-En el despacho de Miñano, a puerta cerrada y con el mayor secreto,
-Roquet mostró las tres planchas masónicas. Pasaron de mano en mano y
-las examinaron con cuidado. A ninguno se le ocurrió la idea de una
-mixtificación y que aquello podía ser una falsedad.
-
---¿Qué hacemos?--preguntó el obispo.
-
---Hay que comunicar eso a don Carlos--contestó Miñano.
-
---Y cuanto antes--añadió Echevarría.
-
---¿Usted no tiene un agente en el Real?--preguntó Miñano al obispo.
-
---Sí: Enciso.
-
---Pues escríbale usted para que facilite el paso del señor Roquet a
-presencia de don Carlos.
-
-El obispo de León estaba asustado y no se atrevía a escribir la carta
-por temor a comprometerse.
-
---¿Cree usted que sea necesaria?--preguntó varias veces a Miñano.
-
---Sí; me parece indispensable.
-
-Entonces el obispo redactó un corto billete, que decía así:
-
-"Señor don Miguel Enciso: Tenga la bondad de hacer que el dador pueda
-hablar con nuestro principal en un asunto importante de comercio.--_A._"
-
-Al terminar la reunión, Sánchez de Mendoza dijo en tono solemne y
-melodramático:
-
---Ahora, guerra a muerte a Maroto. ¡Abajo el traidor!
-
---¡Abajo!--contestaron todos con frialdad, pensando, sin duda, que era
-inoportuno dar gritos en una reunión secreta.
-
-Después de muchas cábalas acerca de las consecuencias que podía tener
-el descubrimiento de las planchas masónicas, los apostólicos, en
-grupos, volvieron a Bayona.
-
-Las reuniones en casa de Miñano se convirtieron con el tiempo en
-una junta carlista y apostólica, dirigida por el obispo de León,
-Echevarría, fray Antonio de Casares y Labandero, y en la que hacía de
-secretario Sanz, el hermano del general navarro fusilado en Estella.
-
-Maroto lo supo un mes más tarde, y en un escrito que publicó, decía:
-
-"Todos los avisos y partes que recibo por diferentes conductos indican
-una próxima revolución en el ejército y las provincias, la que parece
-es fomentada más particularmente por fray Antonio Casares, capuchino
-pagado que servía de capellán en el 5.º batallón de Navarra; por el
-reverendo obispo de León y por el oficial que fué de secretaría de la
-Guerra don Florencio Sanz, secretario actualmente de una junta formada
-en Bayona, compuesta de los expulsados, y con acuerdo del cónsul en
-dicha plaza, por el Gobierno usurpador y revolucionario, en la cual
-hace también su papel el inmoral abate Miñano y otros inficionados en
-sus mismas doctrinas."
-
-Maroto se engañaba respecto a Miñano; porque el abate no estaba
-inficionado en ninguna doctrina; más bien había conseguido
-desinficionarse de todas.
-
-Al día siguiente, Roquet y don Eugenio tuvieron una larga conferencia
-en casa de Iturri; se pusieron de acuerdo en los más pequeños detalles,
-y poco después salía Roquet camino de España. El obispo de León le
-indicó al agente que si le veía a don Carlos le dijera que él, Abarca,
-garantizaba la verdad de la existencia de las cartas masónicas de
-Maroto.
-
-Dos días más tarde estaba el francés en Tolosa; veía a don Miguel
-Enciso, le entregaba la carta del obispo de León, y después juntos
-Enciso y Roquet encargaban al coronel Soroa que se presentara al
-pretendiente con las cartas masónicas y con el recado del obispo de
-León.
-
-Soroa y Roquet marcharon a Oñate y Roquet fué presentado al intendente
-general, don Juan José Marcó del Pont, que unos días más tarde dejó su
-cargo de intendente para ser ministro de Hacienda.
-
-Marcó del Pont era enemigo rabioso de Maroto y enemigo desenmascarado.
-
-Hacía unos días que Espartero había enviado a Maroto un periódico de
-Madrid, que contenía copia de las cartas interceptadas, enviadas por
-Arias Teijeiro desde el campo de Cabrera a don Carlos, cartas dirigidas
-bajo sobre a Marcó del Pont y en las que se insultaba y ponía como un
-trapo a Maroto.
-
-Maroto estaba dispuesto a echarle el guante a Marcó del Pont y a
-fusilarle. Marcó lo sabía y el odio se le acrecentó con el miedo.
-
-Marcó del Pont se enteró del asunto de las cartas masónicas y llevó a
-Soroa y a Roquet a presencia de don Carlos.
-
-El Pretendiente examinó las tres cartas masónicas; las leyó, reflexionó
-y dijo, disimulando la gran impresión que le producían (su único
-talento era éste: disimular):
-
---Esto, en el fondo, no tiene mucha importancia. Ya sabía yo que entre
-mis generales había algunos masones.
-
---Señor--replicó Soroa, poniéndose rojo de indignación, con una
-violencia de vasco fanático--: Los generales que estén en el ejército
-carlista y pertenezcan a la masonería, no pueden ser más que traidores.
-
---Si yo también lo creo así--dijo don Carlos.
-
-Roquet calló.
-
---¿Y los otros papeles?--preguntó el Pretendiente.
-
---Los otros papeles los tiene ese señor legitimista de Bayona--contestó
-Roquet.
-
---¿Usted los ha visto?
-
---Sí.
-
---¿Qué son?
-
---Hay un pliego grande de papel que tiene este título: Cuadro sinóptico
-del triángulo del Norte de España; en él hay muchos óvalos a manera de
-lentes, pintados de verde y rojo.
-
---¿Hay nombres?
-
---No; en el centro de cada óvalo hay un número. En el lado de los
-verdes hay un letrero que dice: "Civiles". Y en el de los rojos se
-lee: "Militares". Encima del pliego, a la cabeza, hay muchos números y
-jeroglíficos que no hemos sabido descifrar. Hay, además, una cajita de
-cartón con una esfera, con el nombre: "Esfera de luz" llena de signos
-parecidos a los de estas cartas.
-
---¿Y cómo ha llegado todo eso a Bayona?--preguntó don Carlos.
-
---Este legitimista que quiere presentar estos papeles es un hombre que
-se encuentra en mala situación y suele alquilar un gabinete con su
-alcoba. A ese gabinete vino un español con su equipaje y estuvo unos
-cuantos días; pero parece que alguien le perseguía, o que le mandaron
-algún recado urgente, porque el caso fué que tuvo que escaparse y
-recomendó al señor legitimista dueño de la casa que tuviera cuidado con
-su baúl. En esto, el hijo del legitimista, un muchacho de doce a trece
-años, abre por curiosidad el baúl, se encuentra con el pliego pintado y
-con la esfera de luz, y creyendo que eran juguetes, se los enseña a su
-padre.
-
---Y ese señor francés, legitimista, ¿no querría venir él mismo aquí con
-sus documentos?--preguntó el Pretendiente.
-
---No quiere, porque no le conviene que se sepa su nombre--contestó
-Roquet--. Está haciendo gestiones para conseguir un destino con el
-Gobierno francés, y si se supiera que había violado un secreto, tendría
-por ello muy mala nota.
-
---Yo le daría una cruz o un título si me proporcionara esos
-papeles--dijo el Pretendiente.
-
---El no está en situación para desear distinciones. El no quiere más
-sino hacer este servicio a la causa de Su Majestad para que vea quienes
-son los que le rodean. El dejaría los papeles durante quince días para
-que los examinaran detenidamente, bajo palabra de honor de que se los
-habían de devolver, y pediría por esto tres mil francos.
-
---Bueno, pues se le darán--dijo el Pretendiente.
-
-Por lo que contó Roquet, tanto don Carlos como Marcó del Pont estaban
-inquietos y recelosos y al mismo tiempo muy satisfechos con la
-perspectiva de dar la zancadilla a Maroto y acabar definitivamente con
-él. Hablaron el Rey y el ministro largo rato, retirados a un lado de
-la habitación. Don Carlos pensó en escribir una orden al gobernador de
-Vera para que facilitase y diese escolta a la persona portadora de los
-documentos cuando se presentara en la frontera; pero, al ir a escribir
-la nota, Marcó del Pont dijo que él mismo acompañaría a Roquet hasta
-Vera y diría al comandante de esta villa fronteriza, coronel Lanz, que
-cuando Roquet volviese a Bayona le llevasen con escolta hasta el Real.
-
-El francés se comprometió a llevar los documentos, y Marcó del Pont le
-aseguró que, después de comprobar su autenticidad y su importancia, le
-entregaría tres mil francos para el legitimista y otros tres mil como
-garantía de que se le devolverían todos los papeles.
-
-
-
-
-VI
-
-EL DINERO
-
-
-Mientras Aviraneta esperaba con ansiedad los resultados de la gestión
-de Roquet corrieron por Bayona muchas noticias. Se dijo que los
-antimarotistas de la Junta Apostólica iban a tener dinero para hacer
-más intensa la guerra.
-
-El secretario de la Junta, don Florencio Sanz, se agitó y lanzó
-circulares, afirmando la vuelta al poder de los _puros_. Se añadió que
-el padre Larraga había ido a Turín y el general Uranga a Viena; que los
-dos traerían disposiciones y dinero en abundancia, y que en seguida la
-Junta Apostólica iría a ponerse de acuerdo con Cabrera y Arias Teijeiro.
-
-Pocos días después el _Faro de Bayona_ confirmó la noticia y añadió
-que Tarragual había pedido el pase al subprefecto para ir a Toulouse y
-luego a la frontera catalana.
-
-Todo esto Aviraneta sabía que no tenía importancia; en cambio, por
-aquellos días supo por el Club antimarotista de Azpeitia una noticia
-importante.
-
-Se trataba de hacer un empréstito de quinientos millones de reales
-a don Carlos por las casas Tastet y Francessin. Tastet había pasado
-al Real de don Carlos con una carta de los principales banqueros de
-Inglaterra ofreciendo al Pretendiente auxilios si se avenía a firmar
-el contrato en las condiciones que se le proponían.
-
-El negocio era una combinación de comerciantes ingleses y franceses,
-dirigida a arruinar la poca industria española.
-
-Tastet fué al Cuartel Real, y primero se vió con el padre Cirilo de la
-Alameda y éste quiso sacar tajada sin exponerse; pero Tastet era tan
-cuco como podía serlo el padre Cirilo y estaba dispuesto a no dar un
-cuarto sin garantías.
-
-Aviraneta temía que, a pesar de que las condiciones eran duras, don
-Carlos, impulsado por la necesidad, firmase el empréstito para poder
-tener armas, caballos, efectos de guerra y dinero para pagar a las
-tropas.
-
-Sabida es la frase del mariscal Trivulzi, que se ha repetido muchas
-veces:
-
-"Tres cosas son necesarias para llevar bien una guerra: la primera,
-dinero; la segunda, dinero, y la tercera, dinero."
-
-A esto se puede añadir la frase de Vespasiano, que el dinero no tiene
-olor; es decir, que lo mismo da que venga de arriba que de abajo; de
-las flores o del cieno.
-
-Aviraneta, que veía un gran peligro en este empréstito, comenzó a
-trabajar en contra de él. Dió informes a los antimarotistas de Fermín
-Tastet, banquero bilbaíno, que había sido liberal y masón; hizo decir
-a los Clubs de Tolosa, de Azpeitia y de Bayona que el empréstito era
-una trama pérfida de Maroto para exterminar a los carlistas puros y
-al Pretendiente, pues dueño el general de este modo de las tropas,
-pagándolas espléndidamente haría lo que quisiera, transigiría con
-Espartero, sacrificando la causa de la legitimidad y del catolicismo.
-Esta era la explicación de que fueran liberales y masones los que
-ofrecían el dinero.
-
-La idea lisonjeó a los fanáticos, se la apropiaron, y fué tal la
-enemistad que se produjo contra este empréstito, que Tastet tuvo que
-escaparse del Real y marchar corriendo a Francia. Los dos banqueros,
-el español y el francés, se manifestaron asombrados de la enemiga que
-había producido su proyecto.
-
-Hablaron en Bayona con el marqués de Lalande y uno de los banqueros
-dijo:
-
---Sin dinero la guerra se acabará pronto.
-
-El marqués de Lalande parece que añadió:
-
---Ya no tenemos guerra más que para unos meses.
-
-
-
-
-TERCERA PARTE
-
-LAS FIGURAS DE CERA
-
-
-
-
-I
-
-PERSONAJES HISTÓRICOS
-
-
-Alberto Dollfus, alias Chipiteguy, tenía la manía de adquirirlo todo.
-
---La cuestión es almacenar, meter cosas en la tienda--decía él--.
-Siempre hay gente que quiera comprar.
-
-El sistema no debía ser del todo malo, porque al parecer, y gracias a
-él, el chatarrero se enriqueció.
-
-Un poco antes de que Alvarito Sánchez de Mendoza entrase en casa de
-Chipiteguy, el trapero había comprado varias figuras de cera de desecho
-que vendía un señor David, Curtius para el respetable público, dueño de
-un gabinete de figuras ceroplásticas que pasó por Bayona.
-
-Estas figuras, el señor David, alias Curtius, las vendió, la mayoría,
-desnudas, como si fueran odaliscas, para un harén, y otras en piezas
-separadas, cabezas, piernas, brazos, como si se tratara de un género
-de carnicería. La mayor parte de las figuras ceroplásticas no tenían
-más que el tronco, algo del pecho, las manos y los pies. Chipiteguy
-se decidió a dedicarse a la ceroplastia quirúrgica; pensó primero en
-restaurar sus figuras y a algunas las fortificó, metiendo a unas un
-palo por la pierna, para que hiciera de tibia, rellenando brazos y
-muslos con paja de maíz. Después, con cera derretida fué tapando los
-huecos de las caras y de las manos y, hecha esta restauración, pintó
-las mejillas con albayalde y bermellón.
-
-Chipiteguy, que conservaba guardados en su almacén muchos trajes de
-mujer y uniformes de todas clases, pensó que unos y otros podían servir
-muy bien para vestir sus figuras, y sacó de sus almacenes chupas,
-casacas, calzones, fraques azules, enaguas, pañoletas, peinetas y demás.
-
-La andre Mari y la Tomascha tuvieron que remendar muchas medias y
-puntillas por aquellos días. El señor David se había desprendido de
-sus muñecos, porque, además de estar un poco estropeados, eran muy
-conocidos de su numerosa clientela, y el buen Curtius, celoso del
-interés de su espectáculo, quería sustituír sus personajes antiguos
-por otros nuevos de militares, de asesinos y de envenenadores de más
-prestigio y fama.
-
-Algunas de las figuras de cera compradas por Chipiteguy estaban
-identificadas; pero otras no. Probablemente el señor David, Curtius en
-la vida pública, había hecho pasar uno de sus muñecos unas veces por
-Enrique IV, otras por el gran Federico, por Mahoma o por el general
-Poniatowski, y había dama en cera que había sido, alternativamente,
-María Cristina de personajes de la Revolución francesa y de Inglaterra
-y la querida de Fieschi, el de la máquina infernal; sin contar
-otros antiguos avatares, desacreditadores de la ceroplastia y de la
-iconografía.
-
-Chipiteguy encargó a Alvarito que en los ratos perdidos mirase los
-periódicos ilustrados y las estampas de la trastienda para ver de
-identificar los personajes ambiguos y borrosos. Alvarito estuvo varios
-días pasando hojas y más hojas y llenándose de polvo, y no consiguió
-gran cosa. Entre las láminas que guardaba Chipiteguy había estampas
-raras, grabados antiguos alemanes de Alberto Durero y reproducciones
-de los cuadros del Bosco, de Holbein y de Cranach. Estas láminas se
-hallaban mezcladas con otras arrancadas de libros y con estampas
-populares de las Danzas de la Muerte, de la Historia de los cuatro
-hijos de Aymón, de Genoveva de Brabante, de los cuatro jorobados de
-Valladolid y con retratos y escenas de personajes de la Revolución
-francesa y el Imperio.
-
-Chipiteguy puso también a contribución los conocimientos de un sobrino
-suyo, Marcelo Ezponda, ingeniero y profesor de una academia, aunque
-éste se ocupaba principalmente de cuestiones de química y mecánica.
-
---A ver si tú, Marcelo, me iluminas en este asunto--le dijo Chipiteguy.
-
---¿Qué hay que hacer?
-
---Quisiera identificar todas estas figuras de cera--indicó el viejo,
-señalando la fila de siniestros personajes, que estaban unos casi
-enteros, sostenidos en la pared, y otros a trozos en el suelo, como en
-un Spoliarium.
-
---Querido tío--dijo Marcelo--: esto es más difícil de lo que parece
-a primera vista, porque hay tipos, claro está, a quienes se puede
-identificar sólo por la cara; pero a otros muchos, a la mayoría, se les
-conoce por los accesorios, por el peinado, por el uniforme o por la
-indumentaria.
-
-Tan cierto es que los hombres, en general, tienen tan poco carácter
-que, si a los más ilustres y mejor dibujados se les quitan los
-accesorios históricos, los bigotes y las patillas, los galones y los
-penachos, un par de frases y otro par de anécdotas, no les conocería ni
-su padre.
-
-El tío, el sobrino y Alvarito estuvieron haciendo cábalas acerca de
-quiénes podrían ser aquellos personajes, y llegaron a identificar a
-María Antonieta, a la Brinvilliers, a Mirabeau, Robespierre, Marat,
-Fouché, Fualdés, Paganini, Danton, Fieschi con su querida, madama
-Roland y Robinsón Crusoé. Algunos no eran muy seguros; otros, por
-ejemplo, como Marat, con el cuerpo desnudo, encogido, como para ser
-metido en una bañera, con una herida en el pecho y un pañuelo atado a
-la cabeza, eran indudables.
-
-Las demás figuras quedaron sin identificar. Algunas se comprendía que
-eran de varones, otras de hembras; no faltaban quienes tenían aire
-ambiguo.
-
-A las figuras no identificadas Chipiteguy y Marcelo les pusieron motes:
-el Inglés, el Diplomático, la Española. A una le llamaron la Dama
-Bonita.
-
---Esta pícara tiene aire gracioso--dijo Chipiteguy--. Es alguna dama
-del antiguo régimen. Con su cara sonrosada y sus ojos azules la estoy
-viendo riéndose de su marido y de sus galanteadores.
-
-Alvarito la encontraba cierto lejano parecido con Manón.
-
-Chipiteguy no se arredró por la dificultad de identificar sus figuras
-ambiguas y borrosas y en colaboración de Alvarito decidió quién había
-de ser ésta y la otra, y después de su decisión, sintiéndose tan
-Curtius como el señor David, puso a los personajes pelucas y patillas,
-pegadas o sujetas con tachuelas. Les encasquetó tricornios y morriones
-y los transformó en generales célebres de la guerra carlista. Los
-ultrajes a la ceroplastia eran continuos.
-
-En Bayona, y en aquella época, este disfraz carlista de los personajes
-era lo que podía tener más interés para el respetable público.
-
-Además de las figuras separadas había un grupo de tres hombres, que por
-su actitud estaban asesinando a otro; pero el muerto faltaba. Estos
-tres vinieron vestidos. Uno de los asesinos, hombre joven, con los ojos
-torcidos, la boca de labios gruesos, la nariz chata, gorra en la cabeza
-y pañuelo rojo al cuello, levantaba el brazo, armado con un puñal. El
-otro, más viejo, rechoncho, fuerte, de mirada inteligente y viva, tenía
-un cuchillo medio oculto en la mano. El tercero, un testigo, unido a
-los dos asesinos por la fatalidad y por unos listones de madera, era un
-hombre que gritaba, pidiendo socorro, y abría mucho la boca, enseñando
-los dientes y las encías. Este tipo, que debía ser una persona honrada,
-tenía el pelo gris, la cara con muchas arrugas, anteojos, gabán y
-bastón en la mano. A pesar de su presunta honradez era casi más
-antipático que los criminales unidos a él.
-
-Chipiteguy pensó que podría llamarse al joven el Asesino, al otro el
-Patibulario y al viejo que gritaba el Voceador.
-
-Todas las figuras de cera tenían ese aspecto horrible y feo, un poco
-de fantasma, de las obras ceroplásticas. Era un extraño carnaval de
-figuras inmóviles y sin expresión, aunque algunas tenían como un lugar
-común expresivo y amanerado.
-
-Había tipos con aire de pedantería y de discreción, que parecían decir:
-"¡Ah!, no crean ustedes; nosotros también guardamos nuestro secreto."
-
-Cuando estuvieron vestidos, se les arrimó a los personajes a la pared
-del almacén.
-
-Manón, al verlos, sintió la repugnancia de aquellas figuras de aire
-hipócrita y pedantesco, y exclamó:
-
---¡Qué asquerosos tipos!
-
-Luego pidió a su abuelo permiso para romperlos a pedradas.
-
---¡Hombre, hombre! ¡Qué chica! Tú eres iconoclasta. Déjalos. Después de
-todo, no te has de casar con ninguno de ellos--dijo Chipiteguy--, y ya
-verás como cada uno nos trae sus cuartitos.
-
-La mayoría de los personajes fueron transformados en militares y en
-guerrilleros de la guerra carlista, menos el grupo de los asesinos.
-
-Aquellos tipos tenían aire tan repugnante y tan vil, que no podía
-transformárselos en guerrilleros. Tampoco se les pudo cambiar en
-monederos falsos. Lo más que se les hubiera podido convertir era en
-verdugos.
-
-¿Qué crimen habían cometido? Chipiteguy no lo sabía. Su sobrino Marcelo
-dijo que quizá se podría averiguar el crimen leyendo las causas y
-procesos célebres; pero Chipiteguy pensó que, después de todo, no valía
-la pena. A aquellos tres siniestros personajes, unidos por el destino y
-por los listones que tenían al pie, no era tampoco fácil separarlos.
-
-Chipiteguy pensó que debía guardar el grupo oculto hasta que se
-agenciara un asesinado de cera que tuviese un poco de aspecto. Estos
-tres personajes horribles fueron a parar a la cueva, envueltos en telas
-de sacos.
-
-A Alvarito, el recordarlos le daba horror. ¿Por qué no le parecían
-unos peleles armados con palos y llenos de hojas de maíz, como eran?
-¿Por qué no los tenía por muñecos o maniquíes vestidos con ropas de
-prenderías? No sabía por qué, pero le hacían efecto. Sin duda no era
-la cosa completamente extraña, porque el loco de la vecindad, a quien
-llamaban Abadejo, al ver los muñecos, se estremeció, le dió un ataque y
-empezó a dar gritos de melusina.
-
-Se veía que aquellas figuras siniestras obraban en la gente de
-imaginación débil, perturbándolos. La ceroplastia tenía una acción
-indudable en el sistema nervioso.
-
-Un día Chipiteguy le dijo a Alvarito:
-
---Al ciudadano Marat le tenemos que hacer una herida mayor. Toma este
-cuchillo y caliéntalo en el fuego, en la cocina.
-
-Alvarito hizo lo que le mandaban.
-
---Ahora--le dijo el viejo--, húndeselo en el pecho al ciudadano Marat.
-
---¿Yo?
-
---Sí. ¿Qué, te da miedo?
-
---No, no. ¿Por qué me va a dar miedo?
-
---Con cuidado.
-
-Alvarito cogió el cuchillo caliente y lo clavó en el pecho del gran
-revolucionario. Chirrió la cera y quedó una como herida horrorosa, que
-luego se pintó de bermellón.
-
-Chipiteguy no tenía idea buena. Buscaba lo impresionante, lo
-sensacional. A una de las figuras de mujer se le ocurrió ponerle un
-antifaz en la cara, con lo que la dejó más siniestra.
-
-Cuando concluyó el arreglo de sus figuras, Chipiteguy construyó una
-barraca en la plaza de la puerta de España, donde solían tocar la
-música los soldados. Su instalación tuvo éxito. Durante mucho tiempo
-la gente fué por la tarde a ver las figuras de Chipiteguy. La barraca
-no tenía luz de día, sino que estaba iluminada por unos quinqués de
-petróleo. Esto le daba al lugar un aire de cueva misterioso y siniestro.
-
-A la entrada, para cobrar, solía estar una muchacha, vestida de
-lentejuelas, y dentro había un francés ex carlista que explicaba la
-vida y las aventuras de cada personaje con gran lujo de detalles. Por
-entonces las siluetas y tipos de los generales españoles liberales
-y carlistas no se conocían con exactitud, al menos en Francia, y
-Paganini, Fieschi y Robespierre, pelos más, pelos menos, podían pasar
-indiferentemente por Cabrera, Zurbano o Zumalacárregui...
-
-Una tarde, poco después de la inauguración de la barraca de Chipiteguy,
-instalada cerca de la puerta de España, charlaban dos jóvenes elegantes
-con don Eugenio de Aviraneta, mientras contemplaban las figuras de cera.
-
-Uno de los jóvenes era un pintor, que vestía como un dandy, frac
-azul, pantalón con trabillas y grandes melenas; el otro era Ochoa, el
-escritor.
-
---Oiga usted, don Eugenio--le dijo Ochoa a Aviraneta--, ¿qué cantidad
-de verdad hay en estos retratos?
-
-Aviraneta se sonrió; era amigo de Chipiteguy.
-
---No están mal--dijo.
-
---Es curioso--exclamó el pintor--; las figuras de cera son más
-pintorescas y más típicas cuanto más estropeadas y viejas están.
-
---¡Ah, claro! No es obra artística--indicó Aviraneta.
-
---Indudablemente--dijo el pintor con petulancia--, las figuras de cera
-son algo atrayente, sobre todo para los chicos y la gente del pueblo.
-Es un espectáculo de gran curiosidad, emocionante...
-
---Pero al mismo tiempo de extraña repulsión--indicó Aviraneta.
-
---Es cierto--añadió Ochoa--. Esta curiosidad y este atractivo son
-malsanos. Tiene todo esto la sugestión de la cosa prohibida y
-pornográfica; algo de la inquietud que produce la máscara, y al mismo
-tiempo, ese fondo malo, encanallado, histérico, que se revela en la
-curiosidad por los muertos, por las salas de disección, los gabinetes
-anatómicos y las operaciones.
-
-Alvarito se puso a escuchar la conversación de los tres señores, porque
-le interesaba.
-
---¿A ustedes les produce repugnancia?--preguntó el pintor--. A mí me
-inspira más bien risa.
-
---A mí, una barraca de figuras de cera, me parece un depósito de
-cadáveres de broma--murmuró Aviraneta.
-
---Sí, sí, tiene usted razón--dijo Ochoa--; a mí me parece lo mismo, y
-creo que la causa principal de esto es que todo en esas figuras sabe a
-muerto.
-
---Pues a mí, principalmente, todo ello me produce risa--insistió el
-pintor--; aquel general con su tricornio y su sable es de lo más
-grotesco que se puede imaginar.
-
---Los generales de verdad son más grotescos--afirmó Aviraneta.
-
---Yo creo que en una exhibición así el recuerdo de la muerte es lo que
-se impone--siguió diciendo Ochoa--. El color de la cera es color de
-muerto, y, unido a la repugnancia que producen los ojos de cristal, los
-pelos postizos y los trajes acusan más esta impresión.
-
---Mire usted qué monja--señaló el artista--. Es siniestra. ¿Eh?
-
---Parece un fantasma--dijo Aviraneta.
-
---Sí, es horrible. ¿Cómo puede encontrar eso nadie bello?--preguntó el
-pintor.
-
---Hay gente para quien lo horrible es lo bello--replicó Ochoa.
-
---¡Bah!--exclamó el pintor.
-
---¿No lo era también para Shakespeare?
-
---Yo no he leído a Shakespeare--replicó el artista--; como si esto
-fuese una superioridad.
-
---Un francés, ¿para qué va a leer nada extranjero?--exclamó
-Aviraneta--. Ellos lo tienen todo en casa.
-
---Es verdad--contestó el artista, sin notar la ironía de don Eugenio.
-
-Alvarito escuchó con atención. El, no sólo no había leído, sino que no
-había oído hablar nunca de Shakespeare.
-
---En todo se acentúa la idea de muerte y de sepulcro--insistió Ochoa--;
-la cera tiene algo de carne, pero de carne muerta; los ojos vidriosos
-de cristal son ojos de cadáver; el pelo, separado de la persona, es de
-las cosas que más recuerdan al muerto. Las ropas, sobre todo usadas,
-hablan de un difunto: son como testigos de todo el bien y el mal que ha
-hecho un hombre de verdad en la vida, porque no es muy probable que el
-sastre las hiciera para muñecos. Todo lo que se reúne en las figuras de
-cera es funerario y sepulcral.
-
---Como tú, querido Ochoa--saltó el pintor--, que también estás
-funerario y sepulcral.
-
---El tamaño quizá influye también--añadió Aviraneta--. Si las figuras
-fueran mayores o menores que el natural, probablemente no darían tanto
-la impresión de cosas muertas; pero esos gabanes usados, esas gorras,
-esos sombreros, que los han llevado, seguramente, gentes vivas, nos
-sugiere un poco la idea del difunto.
-
---¡Qué macabros están ustedes!--exclamó el pintor.
-
---No, macabros, no. Insistimos un poco para aclarar--replicó Ochoa--.
-Indudablemente tiene usted razón, don Eugenio. El tamaño influye
-mucho. Es el del natural; por lo tanto, el del muerto. Aumentándolo o
-achicándolo bastaría probablemente para quitar esa impresión. Un muñeco
-no da nunca esa sensación desagradable, porque no hay la posibilidad de
-confundirle con una persona. ¿Por qué la posibilidad de la confusión es
-tan desagradable?
-
---Es la posibilidad del fantasma, del espectro--dijo Aviraneta--.
-Un fantasma como una mosca o como un monte no podría ser fantasma
-asustador.
-
---Luego hay el otro punto--insistió Ochoa--. ¿Por qué una figura
-tan realista como una figura de cera no produce efecto artístico?
-Indudablemente, todas estas impresiones reunidas de curiosidad y de
-repulsión de que hemos hablado estorban para producir una sensación
-de suavidad y de dulzura. ¿Por qué el asesino con un puñal en la mano
-y la víctima con una herida de la que brota sangre nos son odiosas en
-figuras de cera y no en un cuadro?
-
---Resolver esa cuestión sería encontrar el tope del arte--dijo
-Aviraneta--, sería saber dónde están sus límites.
-
---Es cierto--añadió Ochoa--. No sabemos cuál es el límite del arte.
-¿Por qué el pelo rubio o negro pintado en la tela está bien y,
-en cambio, la peluca rubia o morena sobre una figura de cera es
-repugnante? ¿Por qué los tiñosos de Murillo, en su cuadro de "Santa
-Isabel", son hasta bonitos y, en cambio, un tiñoso en figura de cera
-sería aún más desagradable que en realidad?
-
---Sin duda la realidad, y el hombre dentro de ella, es como un
-monstruo lleno de tentáculos--observó Aviraneta--, y unos de éstos
-viven de aire y de luz, y otros, de sangre y de cieno; el arte los
-aprovecha, pero no puede aprovecharlos todos.
-
---Y las figuras de cera toman de la realidad esos tentáculos cenagosos,
-los más hundidos en el barro humano--añadió Ochoa.
-
---Es indudable--dijo Aviraneta.
-
---A mí lo que me asombra--añadió Ochoa--por qué este arte de las
-figuras de cera, cuando llega a la suma perfección, no llega a la
-belleza. Ustedes habrán visto en el castillo de Potsdam la figura del
-gran Federico en cera.
-
---Yo, no--dijo Aviraneta.
-
---Yo, tampoco--repuso el pintor.
-
---Todos afirman que es de un parecido absoluto. Las facciones del rey
-de Prusia están vaciadas en la cara del muerto; el que pintó la cara
-conocía al gran Federico, y sus mejillas apergaminadas y sus ojos
-rodeados de un círculo morado son de una verdad completa. El traje y
-los accesorios son los mismos que usaba el rey; la peluca de estopa, el
-uniforme azul, desteñido y raído; las botas, el sombrero, la espada, la
-flauta, son los que él empleaba. Es casi la realidad... sin el espíritu.
-
---¿Y qué efecto hace?--preguntó Aviraneta.
-
---Igual que estas figuras de cera. Da repugnancia y miedo--contestó
-Ochoa.
-
-Quizá iban a seguir los comentarios, que Alvarito oía muy interesado,
-cuando se presentó Chipiteguy, que saludó afectuosamente a Aviraneta.
-
---¿Quién es este tipo?--preguntó el pintor a Ochoa.
-
---¿El viejo? Es el dueño de las figuras de cera.
-
---No; el otro.
-
-Ochoa le explicó quién era el conspirador, y el artista estuvo
-contemplando a Aviraneta.
-
---Es un tipo curioso--murmuró--; tiene una bonita cabeza.
-
---Sí, es un poco águila o buitre.
-
-Alvarito escuchó con atención aquellas teorías acerca de la ceroplastia
-que expusieron los tres señores y pensó sobre ellas. En muchas cosas
-estaba conforme.
-
-
-
-
-II
-
-LOS SUEÑOS DE ALVARITO
-
-
-Mientras las figuras de cera estuvieron encerradas en el almacén
-constituyeron una obsesión para Alvarito. Le daban miedo, horror y
-repugnancia, y no quería acercarse a ellas. De noche, sobre todo, el
-pensar en el sótano le hacía estremecer. Era un antro de la locura,
-lleno de monstruos gesticulantes, de espectros horrorosos, que se
-amenazaban en un terrible silencio. Alvarito tenía el temor de que
-toda su vida la pasaría así, con la perspectiva de un sótano negro con
-figuras de cera.
-
-Cuando comenzaron a llevarlas a la barraca pensó que ya se sentiría
-tranquilo; pero quedaba en la cueva el grupo de los asesinos, que era
-el que más le repugnaba y le inquietaba.
-
-Alvarito era muy nervioso. Había vivido siempre excitado con las
-fantasías políticas de su padre y las ideas supersticiosas y fatídicas
-de la madre. Al principio, en casa de Chipiteguy, con la buena
-alimentación, había logrado robustecerse física y moralmente; pero
-aquellas malditas figuras de cera le obsesionaban y le quitaban toda
-tranquilidad. Constantemente se le aparecían en sus sueños.
-
-Soñó una vez que la casa de Chipiteguy estaba encantada por un
-maleficio misterioso y extraño. En los subterráneos había monstruos
-gesticulantes, sombras hórridas que se agitaban en el silencio; en el
-piso alto había un hada y un viejo mago, y alrededor un ambiente de
-locuras y de extravagancias.
-
-Cuando se entraba en la casa se desfallecía, hasta tal punto, que en
-pocos minutos se quedaba uno anémico y exangüe y al último convertido
-en figura de cera.
-
-De pronto una mujer que le hablaba, y a quien conocía, aunque en el
-momento no sabía quién era, le revelaba susurrando el importante
-secreto. Para no quedar encantado en aquella casa era necesario no
-tocar el suelo. Era por el contacto con el suelo cómo se perdían las
-fuerzas. Entonces a Alvarito se le ocurría la idea de llevar una grúa
-de las que se levantaban en la orilla del río y colocarla cerca del
-Reducto, y por la cuerda descolgarse y entrar en casa de Chipiteguy.
-
-Alvarito realizaba su proyecto con gran facilidad; bajaba por la cuerda
-y, balanceándose en ella, recorría la casa, sin pisar el suelo, y a
-todo lo que tocaba con una varita lo desencantaba al momento. De pronto
-comprendía que había sitios a los que no podía llegar, y entonces
-abandonaba la grúa y construía en un instante unos zapatos altos, de
-suela hueca, y comenzaba a andar por toda la casa, deslizándose con una
-gran facilidad; pero se encontraba una puerta cerrada y ésta era su
-desesperación, porque no podía desencantar a una persona oculta, por
-quien tenía gran interés, y, a pesar del gran interés, no sabía quién
-era. Todas sus tentativas eran fallidas. Al empujar la puerta cerrada
-e intentar abrirla perdía sus fuerzas. No sabía por qué, hasta que
-miraba por un ventanillo y veía una muchedumbre de figuras de cera que
-sujetaban la puerta por dentro.
-
-Aquel sueño se le complicaba con otro parecido. En el segundo sueño
-entraba por un ancho portal, subía por una escalera y pasaba a un
-campanario de una iglesia, lleno de gente, con unas grandes vigas en
-el techo, de las que colgaban un gran número de arañas, que subían y
-bajaban, haciendo gimnasia en sus plateados hilos. La gente era extraña
-y absurda; había un hombre pequeño, moreno y de bigote negro, vestido
-de mujer, que braceaba mucho al andar y miraba con gran petulancia;
-un tipo rechoncho, con la cara tiznada de carbón, que se parecía a
-Claquemain, y una mujer alta, seca, esquelética, con la mirada fría, el
-pelo rubio y vestida de militar.
-
-Había chiquillos en el suelo, por entre las sillas, redondos y blancos
-como pelotas de goma, parecidos a los del cuadro de la "Matanza de los
-Inocentes", del salón de casa de Chipiteguy. Entre aquella gente rara,
-una figura, cubierta con antifaz, le miraba a él con fijeza y le hacía
-estremecer.
-
-De repente se entablaba una discusión entre dos curas delgados,
-pequeños y picados de viruelas, que decían algo terrible al moreno de
-bigote y vestido de mujer. Entonces, en lo más fuerte de la discusión,
-aparecía un hombre con anteojos, peluca y gabán gris, abría la
-boca y parecía gritar, pero Alvarito no le oía. Era el voceador el
-personaje de las figuras de cera del grupo de los asesinos. Alvarito se
-desesperaba al verle y en su desesperación se despertaba.
-
-Muchos otros sueños le produjeron al muchacho el recuerdo de aquellas
-malditas figuras de cera.
-
-Alguna vez, al pasar por las orillas del Adour, vió surgir entre
-el boscaje al Asesino, que se le presentaba con el brazo levantado
-blandiendo su puñal.
-
-Alvarito se hallaba predispuesto a creer en espectros y en aparecidos.
-
-Sin embargo, se decía:
-
---Una figura de cera no puede tener alma. Soy un visionario.
-
-Y este pensamiento, en parte, le tranquilizaba, aunque no siempre.
-También pensaba que los maniquíes, los autómatas, los peleles y los
-muñecos tienen como un reflejo de la personalidad del que los ha hecho,
-y a veces hasta voz como los espantapájaros del Tonkín, que con una
-botella rota y una cuerda suenan y chirrían y asustan a los gorriones.
-
-En un libro viejo, encuadernado en pergamino, que tenía Chipiteguy, un
-antiguo tratado de supersticiones, Alvarito leyó que los sueños son de
-cuatro clases: divinos, naturales, morales y diabólicos. Los sueños
-naturales provienen del temperamento de las personas.
-
-Los biliosos sueñan colores amarillos, querellas, disputas, combates
-e incendios; los sanguíneos sueñan con azafrán, jardines, festines,
-danzas, amores y diversiones; los melancólicos, con humo, obscuridad,
-tinieblas, paseos nocturnos, espectros, cosas tristes y muertes; los
-pituitosos, con el mar, los ríos, las navegaciones, naufragios, objetos
-pesados y obstáculos para la marcha.
-
-Alvarito, al leer esto, pensó que quizá él principalmente era
-pituitoso, con un poco de bilioso, otro poco de melancólico y una miaja
-de sanguíneo. Después comprendió que todo esto no era más que hablar y
-no decir nada.
-
-Un día soñó que iba a caballo por un gran puente que avanzaba en el
-mar. A un lado y a otro se agitaban las olas y hervían las espumas en
-un verdadero caos.
-
-Estas olas tenían a veces vagas figuras humanas y se levantaban
-severamente para decirle algo.
-
---¿Qué pasa? ¿Qué me quieren?--se preguntaba.
-
-Las olas no llegaron a romper a hablar, y de este sueño lo único que
-dedujo Alvarito al pensar en tanta agua fué que él debía ser muy
-pituitoso.
-
-Otra vez soñó que estaba delante de una gradería de figuras de cera, y
-que en medio había un dandy, con melenas y frac azul, que reproducía
-los rasgos del pintor amigo de Ochoa que estuvo en la barraca el día de
-la inauguración y que cantaba, tañendo la lira, una canción romántica.
-
-Alvarito no oyó lo que cantaba; pero el autor, con más costumbre de
-comprender a las figuras de cera, sospecha que el melenudo entonaba
-en su lira la célebre canción de la _Ceroplastia o Balada de las
-figuras de cera_, compuesta por el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de
-Aschaffenburg, que dice así:
-
-
-
-
-III
-
-LA CANCION DE LA CEROPLASTIA
-
-
-A veces, en la callada noche solitaria, cuando Júpiter brilla con
-fulgor sobre las chimeneas de las casas, y la luna se destaca como una
-nota de música en el pentágrama de los alambres del telégrafo, cuando
-las luces de la feria se extinguen, se oye una voz misteriosa a la
-puerta de las barracas de las figuras de cera, que canta sollozando:
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-Tus hijos, es cierto, tienen ojos y manos, y pies, como los hijos de
-los hombres, y trajes y sombreros y zapatos, y nadie les impide llevar
-calzoncillos y hasta polainas; pero tus hijos no alcanzan el aprecio de
-los inteligentes ni el de los estetas. No se les instala en palacios
-ni en museos, como a los muñecos del arte griego, a pesar de hallarse
-éstos descalzonados y descamisados; no se les admira; se les relega a
-las barracas, fuera de la ciudad, como a los atacados por una peste o
-a los mendigos miserables. Tus engendros, madama Ceroplastia, no han
-estado nunca en la pomposa rotonda, ni en la logia, ni en la columnata,
-ni en el pórtico en que los petulantes hijos del mármol se lucen en
-una postura amanerada y un poco incómoda; ni en la fuente, ni en el
-square; no han visto las caravanas de turistas con el Baedeker en la
-mano contemplándoles con una admiración contratada de antemano por
-la Agencia Cook; ni el grupo de feas solteronas inglesas en éxtasis
-mostrando sus amarillos dientes de caballo. Los hijos de la cera no
-conocen más elogio que el de la fregona y el del soldado. Plebeyez,
-todo plebeyez.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-No, no. Os faltan los adjetivos encomiásticos, hijos de la cera. ¿Dónde
-está la frase de Goethe o del vizconde de Chateaubriand, o al menos
-del vizconde de Arlincourt, en vuestro elogio? Nadie os ha cantado, ni
-en verso ni en prosa. Unicamente se dice que un santón del comunismo,
-Esteban Cabet, individuo al parecer poco estético, habló de probar su
-Icaria, su ciudad utópica y perfecta, con figurones de cera de hombres
-ilustres; pero se añade que el mundo se rió cínicamente de la Icaria y
-de los figurones de cera. Utopía, todo utopía.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-Dicen tus impugnadores que eres como la charca donde se pudren las
-aguas vivas que vienen del monte; que la cera, cuando sale de la
-colmena es hermosa, se convierte en repulsiva en tus figuras y que lo
-mismo pasa con el cristal y con las telas; añaden que rebajas todos tus
-materiales, en vez de sublimarlos; que tus factores son buenos y tus
-productos son malos. Industrialismo, todo industrialismo.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-Tus figuras de una discreción un poco repugnante, producen, a la
-mayoría de las gentes, inquietud y molestia; les recuerdan, según
-parece, las momias recubiertas de cera, las imágenes con pelo de las
-iglesias, los dientes postizos, las piezas de anatomía, los escaparates
-de los ortopédicos, las cabezas de muestra de los salones de peinar
-señoras, los maniquíes de los sastres y de los peluqueros, los bustos
-de los frenólogos... cosas todas del largo capítulo de las invenciones
-desagradables de las farsas y de las mentiras. Mendacidad, todo
-mendacidad.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-Vuestra composición, hijos de la cera, no os permite vivir en plena
-naturaleza. La lluvia y el sol os estropearía el físico.
-
-Vuestras pelucas y uniformes, vuestros pompones y penachos, vuestras
-chupas y casacas, vuestros calzones, sables y espadas; vuestros
-trabucos y pistolas viejas, vuestros abanicos y tabaqueras, vuestros
-pañuelos y puntillas, hablan a la gente, más que de Versalles o de
-Sans Souci, de tenduchos de prenderos, de traperos y ropavejeros.
-Guardarropía, todo guardarropía.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-Los estetas y los cultos te consideran como un arte macabro y
-funerario. Recuerdas, según ellos, las pompas fúnebres, las damas
-repipiadas que se ven en las tumbas modernas esculpidas por un cantero
-en un mármol, que parece azúcar; los angelitos dorados y plateados
-de los ataúdes, los cuadros de pelo de los antepasados muertos, las
-reliquias amarillentas, un tanto desagradables, y los ex votos de las
-capillas, en donde se mezclan los brazos y las piernas de cera con los
-huevos de avestruz. Funerario, todo funerario.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
-Y, sin embargo, sin embargo... ¡cómo nos seducías cuando éramos chicos!
-Si desde un punto de vista estético te pueden poner objeciones, no
-podrán hacer lo mismo pensando en la moral. Tus ladrones no roban, tus
-asesinos no matan, tus magistrados no dan sentencias injustas, tus
-generales son modestos y silenciosos. ¿Se debe pedir algo más? Los
-hijos de la cera pueden decir: ¿Por qué tal desprecio? ¿No copiamos el
-dermato-esqueleto del hombre con su vestimenta apropiada? Si no podemos
-representar el interior de las gentes, ¿qué es esta impotencia sino un
-acierto? ¿Hay algo más tortuoso, más negro, más enrevesado, más lleno
-de telarañas que esos cuartos interiores del espíritu humano, sin
-ventilación y sin luz?
-
-Dejad que el asesino sea un brazo con un puñal que se levanta en el
-aire; dejad que el magistrado o el profesor sea una bola en forma de
-cabeza o de calabaza, con un birrete con pompón; dejad que el general
-no pase de ser una estaca con un hermoso tricornio, con su plumero,
-y saldréis ganando... ¿Para qué más? Los cultos no se convencen.
-Viven en plena rutina estética, duermen en compañía del lugar común.
-Piensan en la Venus de Milo y en el Apolo de Belvedere, en el Moisés
-de Miguel Angel y en el condottiero de Donatello, y hasta el nombre
-de Ceroplastia, ¡oh dolor!, les parece ridículo. Amaneramiento, todo
-amaneramiento. Vanidad, todo vanidad.
-
---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
-
- * * * * *
-
-Esta es la voz misteriosa que en la callada noche solitaria se escucha
-a la puerta de las barracas de las figuras de cera, cuando las luces
-de la feria se extinguen, cuando Júpiter brilla con fulgor sobre las
-chimeneas de las casas y la luna se destaca como una nota de música en
-el pentágrama de los alambres del telégrafo.
-
-
-
-
-IV
-
-UN PROYECTO
-
-
-Manasés León, el judío del barrio de Saint Esprit, negociante en
-pequeño, era un judío pintoresco; la nariz corva, el labio inferior
-grueso, los ojos brillantes, detrás de unas antiparras que le daban
-aire de búho; el pelo lleno de rizos, el vientre abultado y los pies
-fenomenales y defectuosos. Vestía Manasés siempre un poco desastrado y
-hablaba de una manera suave e insinuante.
-
-Manasés, muy amigo de Chipiteguy, había hecho con él varios negocios.
-
-Un día, Manasés León, que estaba en la tienda de Chipiteguy, en vez de
-salir a la calle, entró hacia el almacén y dijo:
-
---Amigo Dollfus, tengo que hablar con usted.
-
---Usted dirá, Manasés.
-
---Tengo una noticia que yo no sé si la podríamos aprovechar.
-
---Vamos a ver la noticia.
-
---Parece que unos de los capitanes generales de Navarra mandó recoger
-hace meses muchas cruces y custodias de plata de las iglesias de la
-provincia, abandonadas por los curas, y llevarlas a Pamplona. El
-capitán general anterior a éste tomó la determinación de meter todos
-los objetos de plata en barricas y de guardarlos en un sótano de la
-ciudad. Se quería traerlos a Francia y venderlos. El capitán general
-actual ignora, según dicen, que haya este depósito y los únicos que
-saben dónde está son el cónsul de España, don Agustín Fernández de
-Gamboa, y el posadero de la calle de los Vascos, Ignacio Iturri.
-
---¿Y usted cómo sabe eso, Manasés?
-
---Porque me lo ha dicho Gamboa.
-
---¿Y para qué se lo ha dicho a usted?
-
---Pues, sencillamente, por si yo encontraba alguien que se encargara
-de traer esos objetos hasta aquí. A un cristiano quizá no se hubiera
-atrevido a hacer la proposición; pero ya sabe que soy hebreo.
-
---¿Así que él quiere traer esos objetos a Bayona?
-
---Sí, eso pretende. La casa donde se guardan las barricas, llenas de
-cosas de oro y de plata, es de un conocido de Gamboa, y por lo que me
-he enterado, las barricas están a nombre de Iturri, que otra vez quiso
-traerlas a Francia, pero que no se atrevió.
-
---¿Y a usted qué se le ha ocurrido?--preguntó Chipiteguy.
-
---A mí se me ha ocurrido que podíamos enviar alguno de nuestros
-chatarreros a Pamplona con un carro a ver si le entregaban las barricas
-y las traía aquí.
-
---¡Qué ilusión!
-
---¿Le parece a usted?
-
---Claro. Así, tan fácilmente, eso es imposible. ¿Usted piensa que en un
-país en guerra van a dejar pasar un carro con barricas sin reconocer lo
-que va dentro?
-
---Sí, es verdad.
-
---De intentar esta aventura habría que traer ese tesoro de otra
-manera; tendría que ir a Pamplona uno mismo.
-
---¡Ir a España!--exclamó Manasés--. No, no; de ninguna manera. A mí no
-me pescan los carlistas de España. ¡Ca! Si desean entenderse conmigo,
-que vengan a mi tienda de Saint Esprit y les venderé lo que quieran.
-
-Manasés pensaba que llegar a España y ser desollado vivo como un perro
-judío sería cosa inmediata.
-
---Pues, amigo Manasés--dijo Chipiteguy--, despídase usted del proyecto,
-porque si cree usted que un carretero cualquiera le va a traer a usted
-esas barricas hasta aquí desde Pamplona, sin que nadie las vea y las
-registre, cree usted una tontería; y si piensa usted que si le dice
-usted al carretero a lo que va, después de pasar grandes peligros él,
-le va a traer las barricas a usted, para que usted se quede con ellas,
-pues piensa usted una candidez.
-
---Estoy convencido, Chipiteguy--murmuró Manasés--, hasta el punto de
-que no quiero ocuparme más del asunto. ¡Ir a España! No, nunca.
-
---Pues yo quizá intente ver qué hay en eso. ¿Cuántas barricas habrá?
-
---No sé. Hablan como si hubiera cuatro o cinco.
-
---Para traer eso había que ponerse de acuerdo con el cónsul
-Gamboa--dijo Chipiteguy.
-
---Y quizá también con el posadero Iturri.
-
---¿Y valdrán mucho esas cosas de iglesia?
-
---Parece que sí--contestó el judío--. Son varias arrobas de plata.
-Gamboa supone que debe haber además oro y piedras preciosas.
-
---Hala, Manasés, vamos los dos--dijo Chipiteguy--; nos repartiremos el
-botín. Veremos lo que pueden hacer juntos dos viejos traperos, un judío
-de origen español y un ateo alsaciano.
-
---No, no. Yo no voy. Si usted es tan loco para ir allí, váyase. Yo no
-voy.
-
-Chipiteguy dió muchas vueltas en la cabeza a la noticia de Manasés, y,
-después de pensarlo despacio, habló con don Eugenio de Aviraneta.
-
-A Chipiteguy se le había ocurrido la idea de ir a Pamplona en un carro
-con sus figuras de cera y volver, si la cosa era posible, trayendo
-algunas o todas las barricas con la plata recogida de las iglesias
-navarras.
-
---No le aconsejo a usted que lo haga--le dijo Aviraneta.
-
---¿Por qué?
-
---Porque es peligroso.
-
---¿Qué es lo que no es peligroso?
-
---Está bien; pero usted no tiene necesidad de eso.
-
---Usted no tiene tampoco necesidad de andar por aquí intrigando.
-
---Amigo Chipiteguy: si usted, a su edad, se siente con deseos de
-aventuras, no le digo nada. Adelante.
-
---Pues adelante. Estoy dispuesto. Yo quisiera, amigo Aviraneta, que
-usted le viera al posadero Iturri, le preguntara qué sabe de esas
-barricas, cuántas hay, etc., etc.
-
---Vamos ahora mismo--dijo Aviraneta.
-
-Fueron a la posada de Iturri; el posadero estaba en la trastienda de su
-mercería y fonda.
-
-Aviraneta expuso a Iturri las pretensiones de Chipiteguy.
-
---Sí--dijo el posadero--; hay cuatro o cinco barricas en un almacén de
-trigo de la calle Nueva, de Pamplona. Yo no sé qué tienen dentro. Creo
-que pusieron las barricas a mi nombre.
-
---¿Y no sabe lo que hay dentro?--preguntó Chipiteguy.
-
---A punto fijo, no. No creo que haya inventario ninguno.
-
-Como Chipiteguy insistió en ir a Pamplona, Iturri le dijo:
-
---Tenga usted cuidado y no sea usted loco. La cosa es muy difícil, casi
-imposible.
-
-Chipiteguy era terco y estaba decidido; le tentaba la aventura. Fué al
-consulado de España a visitar a Gamboa; le dijo lo que le había contado
-Manasés y lo que quería hacer.
-
---¿Y usted mismo piensa ir?--le preguntó Gamboa.
-
---Sí; si se gana lo suficiente, yo mismo intentaré traer las barricas
-aquí.
-
---Yo no sé lo que vale eso--replicó Gamboa--. Si la empresa sale bien y
-trae aquí esa plata, le pagaremos los gastos que usted haya hecho y el
-veinte por ciento de la venta. Si sale mal y no puede usted traer esas
-barricas, le abonaremos sólo los gastos. ¿Le parece a usted bien?
-
---Sí; no me parece mal.
-
---¿De manera que se decide usted?
-
---Sí, me decido. Iré y probaré fortuna. Entrar en España no es difícil;
-lo difícil es salir, sobre todo trayendo las cruces y las custodias.
-
---Si quiere usted le daré la orden para que le entreguen esas barricas.
-Aquí está su descripción y su numeración. Se hallan puestas a nombre de
-Iturri, un posadero de Bayona.
-
---Sí; le conozco.
-
-Gamboa le entregó los papeles y una orden reservada y sin firma para el
-amo de la casa de la calle Nueva de Pamplona, donde estaban guardadas
-las barricas.
-
-Chipiteguy se puso a estudiar el asunto. Toda la frontera española,
-desde Fuenterrabia hasta más allá de Roncesvalles, estaba ocupada
-por los carlistas, excepto el puente de Behovia. Los chatarreros que
-entraban en Navarra solían pasar por el campo carlista, en el que
-tenían conocimientos. Había que encontrar algunas influencias entre los
-partidarios de don Carlos para que no pusieran dificultades al paso de
-un carro con las figuras de cera, cosa que no le había de ser difícil.
-
-Chipiteguy alquiló una carreta de cuatro ruedas y dos caballos
-normandos y dispuso llevar sus mejores figuras de cera para las ferias
-de San Fermín.
-
-Claquemain y Frechón irían en la galera y Alvarito y él en un
-carricoche.
-
-Claquemain había hecho el viaje varias veces; Frechón, aunque se
-enterara de lo que se trataba, no se escandalizaría, porque era
-anticlerical furioso, y, si exigía algo, se le taparía la boca dándole
-dinero.
-
-Los preparativos se hicieron a la chita callando. Chipiteguy dijo a
-Alvarito cómo tenían que ir a Pamplona.
-
---¿Pero hay ferias durante la guerra en Pamplona?--preguntó el muchacho.
-
---No, ferias importantes no hay; pero van algunos pocos comerciantes,
-sobre todo franceses, y ganan muy bien, porque no hay competencia.
-
---¿Y se podrá pasar?--preguntó Alvarito.
-
---En eso estamos ya unos cuantos, en tratos con carlistas y liberales.
-Los carlistas dejarán pasar los carros si paga cada uno unas pesetas;
-luego, cuando no acerquemos a un pueblo del camino, Zubiri o
-Larrasoaña, nos uniremos a una compañía franca y con ella entraremos en
-Pamplona.
-
-Se cargó la galera, se preparó un cochecito y un día Chipiteguy dijo en
-su casa que a la mañana siguiente se marchaba a Pamplona a pasar unos
-días.
-
-Manón, que se preparaba a ir a visitar a una familia amiga de la calle
-de l'Orbe, preguntó extrañada:
-
---¿Cómo, te vas a Pamplona, abuelo?
-
---Sí.
-
---No habías dicho nada.
-
---Es un proyecto que se me ha ocurrido de pronto.
-
---¿Y qué hay en Pamplona?
-
---Hay una feria.
-
---Pues llévame también a mí.
-
---No puede ser. Tú tienes que estar aquí al frente de la casa.
-
---¿Y Frechón?
-
---Viene conmigo.
-
---¿Y Alvarito?
-
---También.
-
---¡Qué habrás pensado, abuelo! Alguna cosa has pensado tú que no me
-quieres decir a mí.
-
---Nada, nada.
-
---¿No vas a hacer algo peligroso?
-
---No, no; no tengas cuidado.
-
---Porque ¿qué haría yo si me quedara sin mi abuelito?
-
---No, no haré nada peligroso; tranquilízate.
-
---Nos vas a tener inquietos en casa.
-
-Chipiteguy besó a su nieta y le dijo que fuera a su reunión.
-
-Al día siguiente, antes que Manón se hubiera levantado, Chipiteguy y
-Alvarito salieron en su carricoche por la orilla del Nive.
-
-La galera con Frechón y Claquemain había salido anteriormente, y unidas
-a otras varias y a un coche de un vendedor de lápices, marchó hacia
-San Juan de Pie de Puerto.
-
-Tres días después entraban los coches y las galeras en Pamplona por la
-puerta de Francia y se instalaban en el paseo de la Taconera.
-
-Chipiteguy llevaba recomendaciones de Gamboa para el capitán general y
-para el jefe político, don Domingo Luis de Jáuregui.
-
-
-
-
-V
-
-EN PAMPLONA
-
-
-El sol caía de plano sobre la llanura de Pamplona. Era un día de
-julio, día de San Fermín. En los alrededores de la ciudad los campos
-estaban segados y se preparaban para la trilla. Los montes de la cuenca
-pamplonesa, el Perdón y el Ezcaba, el Servil y la Higa de Monreal, San
-Cristóbal y la Silla de Pilatos aparecían azules en el cielo inflamado.
-En la vuelta del castillo amarilleaban los hierbales; sólo en los fosos
-de la muralla, en algunos rincones sombríos, se conservaban aún verdes
-y frescos; el campo se hallaba dominado por el color dorado y la ciudad
-aparecía caldeada dentro de sus murallas grises, en su gran llanada,
-rodeada de montes pelados.
-
-Por los caminos, y a pesar de que los carlistas ocupaban los
-alrededores, venían los campesinos, hombres y mujeres, en los
-caballejos y en las mulas, a las fiestas, que se celebraban sin gran
-esplendor, por la guerra.
-
-Había un campaneo vertiginoso en todas las torres de la ciudad en honor
-del santo patrón.
-
-Las campanas de San Saturnino contestaban a las de la Catedral, las de
-San Nicolás a las de San Saturnino, las de San Lorenzo a las de San
-Nicolás. Las unas hacían ese tán tán triste, pesado y agobiador; las
-otras, el tilín talán clásico de las dos campanas echadas al vuelo,
-que tan bien indica el carácter de los pueblos españoles levíticos
-con curas y con beatas; no faltaba el tín tín agudo del esquilón del
-convento de monjas.
-
-¡Qué sugestivo! ¡Qué romántico este continuo y melancólico tañer! ¡Cómo
-se recuerda la infancia, la tristeza de la vida! ¡El toque de oración,
-el del Angelus, el de la Agonía, el de la misa, el de los funerales!
-¡Cómo sale a flote ese fondo doloroso de la existencia! ¡Qué poético
-ese son de las campanas! Pero qué bien el estar en sitio bastante
-lejano para no poderlas oír.
-
-En aquella mañana ardorosa de julio el alboroto de las campanas parecía
-disolverse en el campo, agostado y desierto, inundado por el sol, y en
-la inmensidad del cielo azul.
-
-Chipiteguy y su gente habían llegado a Pamplona a fines de junio de
-1838. En una semana construyeron la barraca, que quedó alineada con
-otras ocho o diez del paseo de la Taconera.
-
-La mayoría de las figuras de Chipiteguy se habían convertido en
-asesinos célebres. Los generales y guerrilleros españoles habían dejado
-de ser Mina, Zurbano y Zumalacárregui, para tomar un nuevo avatar.
-
-En Pamplona había con seguridad gente que había conocido personalmente
-a estos guerrilleros y era peligroso darlos mixtificados, porque podía
-comprobarse la mixtificación.
-
-Se abrió la barraca y cada uno de los compañeros de Chipiteguy tuvo un
-papel. Alvarito, vestido de pierrot, daba al bombo y a los platillos;
-Frechón voceaba, delante de la barraca, con acento francés.
-
---Aquí _vegán_ ustedes, _señoges_, los hombres más _sélebres_ de todo
-el mundo: los asesinos más famosos y los _militages_ más notables.
-
-En el interior, Chipiteguy mostraba las figuras con un puntero y daba
-explicaciones: Claquemain cuidaba de los caballos y hacía la comida
-dentro de la galera.
-
-Alvarito, muchas veces, mientras tocaba el bombo y los platillos,
-pensaba:
-
---¿Qué dirían mis antepasados, los Sánchez de Mendoza, si me vieran en
-este oficio?
-
-Las gentes que entraban en la barraca tenían la petulancia y la
-impertinencia del provinciano que desprecia al histrión callejero
-y trashumante y hacían observaciones que querían ser malévolas y
-sangrientas.
-
-Algunos mozos, más atrevidos, se sentían inclinados a romper, a
-pinchar, a hacer alguna mal intencionada fechoría.
-
-Frechón, que a pesar de su irritabilidad habitual no se molestaba
-con el desdén de la multitud, hacía observaciones misantrópicas
-apaciblemente:
-
---Si a la mayoría de las poblaciones se les pudiese considerar como
-ganado y tratarlas en tal concepto, la sociedad mejoraría mucho.
-
---Hay que empezar siendo Napoleón para eso--replicaba Chipiteguy.
-
-Alvarito hacía como que no se enteraba de los comentarios de la gente
-y hablaba en francés. En este contacto entre el público y los hombres
-de la feria, él se ponía del lado de los últimos. A Alvarito le iba
-naciendo un fondo de antipatía por el señorío, que le miraba a él con
-desprecio.
-
-Los suyos empezaban a ser, no como para su padre los aristócratas,
-los señores serios, el presidente de la Audiencia, el director del
-Instituto, el coronel, los buenos cornudos respetables, militares
-y civiles de cara grave y seria, como tallada en piedra berroqueña,
-llenos de distinciones y de majestad, sino los histriones y titiriteros
-de la feria.
-
-Para guardar la barraca de las figuras de cera solían dormir en ella,
-alternando dos a dos, unas noches Chipiteguy y Alvarito, otras Frechón
-y Claquemain. Los demás días iban a una casa de la calle del Carmen,
-donde Chipiteguy tenía alojamiento.
-
-A Alvarito le producía una impresión muy penosa el echarse a dormir
-delante de aquellas figuras de cera, que a la luz de una candileja
-aparecían más horribles y amenazadoras que nunca. Estos monstruos de
-cera, esta guardia negra de espectros vivían, para Alvarito, una vida
-siniestra, si no en el período de vigilia, en el del sueño. Entonces,
-entre las sombras del cerebro, se animaban y tomaban una expresión
-repugnante y odiosa; las caras, con sus ojos de cristal, sus pelucas y
-sus barbas postizas, se erguían agresivas y gesticulaban y tenían un
-aire de rencor y de venganza.
-
-Los rostros verdaderos de los más bárbaros envenenadores y asesinos no
-le hubieran parecido tan feroces y horribles como aquellos. Alvarito
-pudo notar que este efecto de repulsión de las figuras de cera no era
-el único que lo experimentaba, pues a veces, entre el público, se veía
-algún chico que empezaba a berrear y a patear de miedo y la madre tenía
-que sacarlo fuera.
-
---Sin duda, yo soy también infantil--se decía el muchacho.
-
-Pronto los hombres de la barraca de Chipiteguy se hicieron amigos
-de sus vecinos. Después de cenar y concluir el trabajo solían venir
-a hacer tertulia detrás de la barraca de Chipiteguy, donde habían
-colocado la galera, muchos de los industriales de la feria. Era la
-aristocracia de las barracas. La mujer cañón, madama Lalande, con su
-marido Raul Culot; el vendedor de la manteca de serpiente cascabel,
-míster Cavendish, que era escocés, y llevaba polainas amarillas; el
-de los frascos de vulneraria suiza para las heridas, Onofrius Müller,
-que era del Tirol; el físico del pueblo francés, monsieur Bazin; el
-vendedor de lápices que no se rompían, míster Clarck, inglés, y el
-marino que anunciaba el aceite virgen de Macassar, para el pelo, que
-era bretón, y se llamaba, según él, Gontran Montdidier, Penhoel de
-Montbrisson.
-
-De estos personajes, la mayoría vestían como todo el mundo, excepto
-monsieur Bazin, el físico del pueblo francés, que llevaba frac y
-melenas; Onofrius Müller que gastaba una librea roja con galones y
-tricornio, míster Clarck y monsieur Montdidier.
-
-Este vestía de marino, con grandes melenas, y tenía tres retratos
-suyos, pintados al óleo, casi tan agradables como las figuras de
-cera de Chipiteguy, y que constituían un verdadero e interesante
-tríptico, que le servía de reclamo. El primero se intitulaba: "Antes
-del tratamiento", y se veía al señor Gontran Montdidier Penhoel de
-Montbrisson, calvo, como una bala rasa; el segundo se llamaba: "Durante
-el tratamiento", y el marino lucía un pelo corriente, ya bastante
-largo, aunque con algunas calvas; el tercer cuadro era: "Después
-del tratamiento", y entonces el pelo del señor Montdidier era una
-inundación capilar.
-
-Clarck, el inglés vendedor de lápices, iba en un coche. Se vestía con
-una túnica azul, con estrellas de plata; cubría su cabeza con un casco
-con plumas y hablaba desde el pescante. El señor Clarck hacía las
-puntas a los lápices con una navaja de a dos palmos de larga y otras
-veces con un sable de caballería. Al parecer, este recurso tenía éxito.
-
-Su criado, Tom Phips, hombre con cara de perro malhumorado, llevaba
-también casco y solía tocar en lo alto del coche, para llamar al
-público, una trompa de caza, y en los intermedios, una caja de música.
-
-Onofrius Müller era pequeño, grueso, melenudo, sonrosado, y peroraba en
-un castellano bastante correcto:
-
-_Señoges_ y _señogas_--decía, subido en un banco--: Tengo el _honog_
-de _anunciag_ la _verdadega vulnegagia_ o té suizo. Vuestro humilde
-_servidog_ es un químico que ha podido _estudiag_ los efectos de la
-_vulnegagia_. La _vulnegagia, señoges_, tiene la virtud de _pugificad_
-la masa de la sangre, de _haceg transpirag_ por los _sudoges_ y por
-las _oginas_, de _quitag_ las _ictegicias_, las hidropesías, la gota
-y el _roimatismo_; de _expulsag_ la _solitagia_ y las _lombrices_, de
-_dag_ fuerza al pulmón y al hígado y de _evitag_ las fiebres palúdicas
-intermitentes y remitentes. Un frasco de _vulnegagia, señoges_, cuesta
-en todas las farmacias dos pesetas; yo, en obsequio de esta ciudad
-ilustre, los vendo por dos _geales_.
-
-El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, tenía una barraca con un
-letrero que decía: "Palacio de las Maravillas, bajo la dirección de A.
-Bazin, físico del pueblo francés."
-
-¿Por qué el pueblo francés necesitaba un físico especial? Lo ignoramos.
-
-El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, era genial. Los
-pensamientos no le cabían en el cráneo y solía pasear con el sombrero
-en una mano y en la otra un bastón de junco, que tenía una hermosa
-bola blanca en el puño. Con este bastón hacía molinetes en el aire,
-daba estocadas a los árboles, se sacudía los pantalones, pegaba a los
-perros, acariciaba a los niños, porque el bastón constituía una parte
-integrante de la interesante personalidad de monsieur Bazin, físico del
-pueblo francés.
-
-Los españoles de la feria eran, en su mayoría, gente pobre; uno tenía
-unas vistas o tuti-li-mundi en un carrito, otro un cosmorana, un
-tercero un aparato como un castillo, con el que predecía el sino de
-cada persona y los números que iban a tocar en la lotería.
-
-Este, que era un paleto castellano, vestido de pana, con una gorrita,
-decía:
-
---Por dos cuartos se dan los números fijos de la lotería y el sino de
-cada persona. ¿Quién pide otro?
-
-Había, además, un hombre con un tíovivo y otro con la rueda de la
-fortuna.
-
-El tíovivo era un tíovivo a la antigua, sin espejos, ni oriflamas, ni
-ondinas, ni cerdos, ni elefantes; un tíovivo clásico con unos pobres y
-miserables caballos de cartón. El hombre del tuti-li-mundi, el señor
-Paco el asturiano, el del cosmorama, tocaba el tambor, y a pesar de que
-era un tipo pesado y tranquilo, entretenía a la gente, contándole lo
-que iba a ver y la historia de las personas que aparecían en las vistas
-ópticas.
-
---¡Adelante, señores, adelante!--decía--. ¡Aquí verán ustedes una vista
-de la bella Venecia! Tan tarán tan tarán tan. ¡Y qué vistas, señores!
-¡Cuánta iglesia! ¡Cuánta torre! ¡Cuánto _palaciu_! ¡Cuánta _góndula_!
-Tan tarán tan tarán tan. ¡Mirad esa _góndula_ que va por el gran canal!
-Van en ella dos _enamoradus_. Ella era una dama de las más principales
-del _pueblu_. El es un joven _venecianu_, elegante y _peripuestu_.
-¡Cómo se arrullan los _tortulitus_! Tan tarantán, tarantán. ¡Mirad esa
-vieja que los mira desde la otra _góndula_! ¡Cómo se indigna porque a
-ella no le hacen _casu_! Y es bigotuda. Podía retorcerse el bigote.
-¡Adelante, señores, adelante! Tan tarantán tarantán.
-
-Con los industriales pobres de la feria se reunía el hombre orquesta
-Remifasol, que era un saboyano, y que tocaba al mismo tiempo con
-manos y pies ocho o diez instrumentos, entre ellos un acordeón, unos
-platillos, un bombo y una flauta.
-
-Otro tenía la rueda de la fortuna o la reolina, como la llamaba él,
-que era una rueda como la del barquillero, en la que se jugaba por dos
-cuartos, y podía tocar un abanico, un caramelo, cacahueses, una peseta
-y hasta un conejo vivo.
-
-Alvarito hizo varios conocimientos, más o menos distinguidos. Conoció
-al gigante Goliath y al enano Jimmy, que se exhibían en una barraca. El
-gigante Goliath era triste, apático y aprensivo; en cambio, el enano
-Jimmy era alegre, impetuoso y francamente optimista. A Goliath le
-asustaba la soledad y la noche; en cambio, a Jimmy, malicioso, burlón y
-atrevido, no le asustaba nada.
-
-Otro amigo de Alvarito fué el dueño de un tiro al blanco y de un pim,
-pam, pum. Este hombre era un francés rubio, de gran bigote, llamado
-Cazenave, y tenía una hija de catorce a quince años, que era la
-encargada de cargar las escopetas para tirar al blanco. Cazenave y la
-señorita Atala se hicieron amigos de Alvarito.
-
-Cazenave había sido antes titiritero; pero había perdido facultades y
-estaba un poco derrengado. La chica tenía la especialidad de bailar en
-la cuerda floja y de deslizarse por un alambre, agarrándose con los
-dientes a un cuero con una anilla. La señorita Atala era rubia, tirando
-a rojo; tenía los ojos claros, la cara cuadrada, con los pómulos
-salientes, y el ademán decidido. Era de San Juan de Luz y tenía aire
-de _cascarota_.
-
-Durante el día la gente no acudía mucho a la feria; si iban era más
-bien a los puestos de juguetes y baratijas, y algunos a la cuatropea,
-o feria de ganados; pero cuando obscurecía y se cerraban las puertas
-de la ciudad comenzaba la animación. Las luces de las barracas se
-encendían, sonaban las campanillas, el tambor, el bombo y el cornetín
-de pistón. ¿Quién decía que había miseria, guerra y calamidades? No
-había más que alegría, ruido, luces, voces, organillos, tíosvivos que
-iban dando vueltas y pim... pam... pum...
-
-En la Taconera había paseo y solía tocar la música militar. Se veían
-muchachas elegantes, con su mantilla, muy coquetas, de ojos negros,
-jugando con el abanico y con la mirada, al lado de currutacos que
-las acompañaban y de militares que arrastraban el sable y lucían el
-uniforme.
-
-Algunos, con bigotes a lo Diego León y con melenas, se hacían los
-interesantes y tomaban actitudes melancólicas y románticas.
-
-Al parecer, los militares tenían buenas fortunas entre las damas de
-Pamplona. El peligro hacía que las lides de amor tuvieran desenlace más
-rápido.
-
-Las gentes se acercaban al mirador de la Taconera a contemplar la noche
-profunda y llena de estrellas, y veían en los pueblos hogueras y luces
-de los carlistas o de las compañías francas que recorrían aquellos
-pueblos. Así la fiesta era más agradable, porque en medio de la sombra
-peligrosa e incierta que circundaba la ciudad se tenía la impresión de
-estar en tierra firme, segura y con luz.
-
-A los ocho días de llegar a Pamplona, Chipiteguy le dijo a Alvarito
-que creía que el público se había cansado de las figuras de cera.
-
---¿Cree usted?...
-
---Sí.
-
---Yo no lo creo.
-
---Si yo conozco al público--contestó el viejo.
-
---¿Y qué va usted a hacer? ¿Marcharse?
-
---No; voy a llevar a la barraca el cosmorama y a ponerme de acuerdo con
-el hombre que lo tiene.
-
-A Alvarito le pareció aquélla una combinación bastante mala; pero no
-dijo nada.
-
-Dos días después Chipiteguy le indicó que, como las estampas del hombre
-del cosmorama estaban bastante estropeadas, le iba a encargar a Alvaro
-que las compusiera y arreglara.
-
---Pero yo no sé dibujar ni pintar para eso--advirtió Alvaro, un tanto
-alarmado.
-
---No importa. No se necesita gran cosa.
-
---Yo no sé si sabré hacerlo.
-
---Primero compones las estampas con engrudo--repitió Chipiteguy--y
-luego las retocas un poco con pintura.
-
-A Alvarito le pareció el cargo de mucha responsabilidad; pero prometió
-hacer la obra lo más concienzudamente que pudiera.
-
-Como no era fácil que en la barraca ni en la galera se hiciese esto,
-que exigía cuidado y atención meticulosa, Chipiteguy indicó a Alvarito
-que se quedara en la calle del Carmen y dijo en la casa que cedieran al
-muchacho un cuarto.
-
-La dueña, que era una cerera, le llevó a Alvarito a un gabinete pequeño
-con una mesa, una cómoda con un Niño Jesús, con una bola de plata en
-la mano; un antiguo sofá verde, unas sillas, también verdes, y las
-paredes llenas de cuadros viejos horribles de santos.
-
-Alvarito llevó allí el montón de estampas que había que restaurar y se
-puso al trabajo con toda su buena fe. No se le ocurrió que lo único que
-se pretendía era alejarle de la barraca.
-
-Cuando Alvaro le enseñó al viejo sus primeras restauraciones, a
-Chipiteguy le parecieron muy bien. Alvarito trabajaba durante todo el
-día. Unas veces borraba, otras limpiaba con jabón y agua caliente con
-mucho cuidado, restauraba lo que podía y dejaba las estampas a que se
-secaran en el suelo, sobre el sofá y la cómoda; una raya mal hecha, una
-tinta que se corriera, le preocupaba.
-
-Por la tarde, con el chico de la casa, iba a pasear a la Taconera.
-El chico de la casa, hijo de la dueña, a quien llamaban Cholín, era
-carlista, como toda su familia. El chico le enseñaba a Alvarito las
-curiosidades de Pamplona y lo que a él, como carlista, le interesaba.
-
-Fueron los dos a ver la Ciudadela y el baluarte donde fusilaron, al
-principio de la guerra, a don Santos Ladrón. Cholín contó lo que dijo
-el general carlista cuando le obligaron a ponerse de espaldas para
-matarle, y cómo le sacaron, después de muerto, a él y a su teniente
-Irribarren por la puerta del Socorro a enterrarlos en el cementerio.
-
-Un cañonazo, disparado a media tarde, desde el mismo baluarte, anunció
-al pueblo de Pamplona que la sentencia estaba cumplida.
-
-Cholín había conocido a don Santos Ladrón en Estella y le parecía un
-gran hombre.
-
-También le enseñó Cholín la casa del paseo de Valencia, cerca de la
-Taconera, donde hacía poco los sublevados de las compañías francas
-habían matado al general Sarasfield, y en donde Espartero, como
-represalia, mandó fusilar poco después al coronel Iriarte y a sus
-compañeros, la mayoría masones y partidarios de la independencia del
-reino de Navarra.
-
-A Cholín la idea de los masones le producía espanto. A Alvarito ya no
-le hacía ningún efecto.
-
-La madre de Cholín, después de cenar, le contaba a Alvaro historias
-viejas de la ciudad. Ella le había visto, desde su tienda, pasar al
-coronel Zumalacárregui una mañana fría de un día de octubre y salir
-por la puerta de Francia. Poco después se supo que estaba en Huarte
-Araquil, al frente de todos los carlistas.
-
-Por qué Alvarito sentía cada vez menos entusiasmo por el carlismo, a
-medida que vivía entre carlistas, él no sabía explicárselo; pero así le
-pasaba.
-
-Alvarito no quería abandonar a sus amigos de la feria, y por la noche,
-harto de las historias de Cholín y del carlismo, cuando se cerraban
-las barracas y los dueños y sus criados iban a pasear o se quedaban de
-tertulia cerca de sus instalaciones y de sus carros, Alvaro se reunía a
-ellos. La mayoría charlaba o jugaba a las cartas. La señorita Atala, la
-del tiro al blanco, fué varias veces con Alvarito a sentarse al mirador
-de la Taconera, de noche. A ella no le parecía mal el muchacho; pero a
-él no le gustaba la titiritera con sus aires de cascarota.
-
-Ella tenía sus ilusiones raras de bohemia y trotacaminos; pensaba que
-el mundo feo y penoso en que vivía se iba a abrir en cualquier ocasión
-e iba a aparecer el palacio admirable con sus esplendores orientales.
-Cuál sería la palabra mágica, cuál el momento, no lo sabía.
-
-Alvarito estaba entusiasmado con Manón y no hablaba más que de ella y
-de Bayona. A la señorita Atala, Bayona le parecía un pueblo horrible y
-aburrido.
-
-A veces la titiritera y el muchacho se sentían de acuerdo.
-
-La decoración era inspiradora; aquellas noches templadas, con el cielo
-lleno de estrellas, la obscuridad de alrededor, las luces misteriosas
-en los pueblos lejanos, el alerta de los centinelas; todo ello hablaba
-a la imaginación.
-
-En aquel exiguo grupo de titiriteros y saltimbanquis hubo durante la
-feria de Pamplona algunas pequeñas complicaciones.
-
-El señor Montdidier Penhoel de Montbrisson tenía una mujer muy guapa
-y estaba celoso de ella. Madama Montdidier era una bordelesa morena,
-guapa, de ojos negros, un poco mujerona, un poco coqueta y oía sin
-inconveniente a los que la galanteaban.
-
-El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, y el vendedor de lápices
-que no se rompían, míster Clarck, hombres de corazón volcánico, se
-enamoraron los dos de la bella madama.
-
-El señor Bazin, el físico del pueblo francés, reunía más recursos que
-el señor Clarck; tenía primeramente un frac azul con botones dorados
-y en su barraca, el Palacio de las Maravillas, una porción de cosas
-misteriosas: botellas de Leyden, pilas de Volta, una máquina neumática,
-etc., etc. Además, hacía en su laboratorio el trueno, el rayo y el
-granizo. El señor Clarck no tenía más que su cota de malla, su casco y
-el sable para hacer punta a los lápices.
-
-Madama Montdidier se sentía inclinada a escuchar al físico del pueblo
-francés con curiosidad; pero míster Clarck, celoso del éxito de su
-rival, se lo comunicó al marido. Montdidier se indignó al conocer
-la simpatía de su esposa por aquel farsante, que pretendía hacer
-los rayos y el granizo en la barraca, e increpó al físico del pueblo
-francés agriamente.
-
-El físico contestó con arrogancia, y Montdidier llamó a Cazenave para
-que arreglara el asunto.
-
-Cazenave decidió que lo mejor sería que el físico y el marido se dieran
-unas buenas morradas en la Vuelta del Castillo; pero, para pegarse,
-Montdidier tenía la desventaja de llevar los pelos largos y, por otro
-lado, no se le podía indicar que se los cortara, porque era cortarle la
-alimentación.
-
-En vista de estas consideraciones, se dió por terminado el asunto y el
-físico no se volvió a acercar al matrimonio Montdidier.
-
-Mientras Alvarito vivía en la calle del Carmen iluminando estampas,
-Chipiteguy intentaba realizar sus proyectos.
-
-Primeramente fué con la carta de Gamboa al almacén de trigo de la calle
-Nueva y vió las barricas. Eran cinco, bastante grandes. El encargado
-del almacén dijo que le hacían un favor si las quitaban de allí. Podían
-llevarlas cuando quisieran. La cosa no era fácil. Chipiteguy hizo
-una prueba con un barril para ver si podía llevarle a la feria sin
-dificultad.
-
-Llenó el barril de agua y, al anochecer, lo puso en un carrito y salió
-a la calle. Al poco tiempo se le acercó un guardia y le preguntó qué
-llevaba. Le dijo Chipiteguy que era agua con un poco de lejía para
-limpiar sus figuras de cera.
-
-El guardia le dijo que mostrara el agua del barril, o si no, que tenía
-que ir a la Alhóndiga.
-
-Chipiteguy vió claramente que no era posible sacar las barricas enteras
-sin que lo notara nadie, y se decidió a desfondarlas en el almacén y
-sacar el contenido en sacos. Para esto tuvo que alquilar una parte del
-almacén y ésta cerrarla herméticamente con unas tablas para que no
-pudieran espiarle.
-
-Luego fueron Chipiteguy, Claquemain y Frechón con sacos al hombro,
-generalmente al anochecer. Unas veces salían por la calle Nueva y otras
-por la de San Antón, porque el almacén tenía entrada por estas dos
-calles paralelas.
-
-Durante aquel tiempo Chipiteguy hizo su combinación. La barraca de las
-figuras de cera se había cerrado. Todos los días, Frechón, Claquemain o
-Chipiteguy iban con sacos del almacén de la Calle Nueva a la barraca.
-
-A Alvarito le dijeron que se dedicaban a la compra de hierro viejo,
-cosa que le chocó bastante, porque este negocio tenía que ser poco
-fructífero teniendo que llevar la chatarra a Francia. Indudablemente
-las figuras de cera, por nada que dieran, tenían que dar más. Cuando
-la mayoría de las estampas estuvieron preparadas por Alvaro, limpias
-y retocadas, Chipiteguy salió con que ya no había público, porque la
-feria se iba acabando, y que era mejor marcharse.
-
-Pasados unos días, Alvarito vió con cierto asombro que llenaban el
-carro con las figuras de cera y que Chipiteguy alquilaba otro carro
-para la chatarra de hierro comprada, que en parte estaba muy roñosa y
-en parte pintada de negro.
-
-Chipiteguy dispuso que Claquemain y Alvarito fueran con los dos carros
-y que Frechón les esperaría antes de la frontera, en Valcarlos. El iría
-poco después. Chipiteguy convidó a almorzar a sus tres empleados en
-una casa de comidas de la calle de las Mañuetas, y al día siguiente se
-pusieron todos en marcha.
-
-Chipiteguy despidió a Frechón, y después de haberlo despachado, cambió
-sin duda de parecer, y dijo a Claquemain y a Alvarito que debían
-dirigirse a San Sebastián con los carros. El se les reuniría más tarde.
-
-El viaje de Claquemain y Alvarito fué largo. Lo hicieron por Irurzun.
-El camino estaba malo, desfondado, deshecho por el paso de los cañones
-y de los carros de tropa.
-
-A cada paso patrullas liberales y carlistas les detenían y les pedían
-los documentos.
-
-Claquemain conocía gente en el camino; tenía mucho dinero, que le había
-dado Chipiteguy, y la marcha no ofrecía dificultades. A veces sucedía
-que Claquemain estaba borracho y había que esperar a que se le pasara
-su borrachera. El hombre se manifestaba siempre malhumorado, y hacía
-todo lo posible para amargar la vida a Alvarito.
-
-
-
-
-VI
-
-LA VUELTA
-
-
-A los cuatro días de salir de Pamplona llegaron Claquemain y Alvaro a
-San Sebastián; fueron a parar a una posada de la Brecha, y poco después
-apareció Chipiteguy en su cochecito.
-
-Chipiteguy hizo diferentes gestiones para llevar su chatarra a Francia
-y decidió embarcarla en un pailebot con las figuras de cera y enviar a
-Claquemain por Irún con la galera vacía.
-
-Chipiteguy y Alvarito fueron en el pailebot. Alvarito no se había
-embarcado nunca y tenía gran curiosidad por el mar.
-
-Al salir de San Sebastián fué contemplando con gran atención las rocas
-de detrás del Castillo de la Mota, festoneadas por la espuma; luego la
-abertura de la Zurriola y los acantilados del monte Ulía, la entrada
-estrecha de Pasajes y las capas de areniscas estratificadas como hojas
-de un libro del Jaizquibel.
-
---No mires demasiado. No vayas a marearte--le dijo Chipiteguy.
-
-Efectivamente, al último, Alvarito se mareó y tuvo que tumbarse.
-
-Las figuras de cera le inquietaron. Dos o tres generales se movieron
-y se lanzaron hacia adelante como si fueran al asalto o a ganar un
-entorchado, y una de las damas se dió un golpe y se hizo una rajadura
-en la cabeza.
-
-Al pasar la barra del Adour y al cesar el balanceo del barco, a
-Alvarito se le quitó el mareo.
-
-Al acercarse a la colina de Blancpignon, el muchacho vió a Chipiteguy
-que con aire de triunfo cantaba a voz en grito su canción de bravura:
-
- Atera atera
- trapua salzera
- eta burni zarra
- champonian.
-
-Sin duda, Chipiteguy estaba contento de la expedición. Atracaron en
-Bayona, en el muelle de las Avenidas Marinas y fueron el viejo y el
-muchacho a la casa del Reducto.
-
-Unos días después se volvió a abrir la barraca en la plaza de la Puerta
-de España con las figuras de cera. La chatarra fué la que no apareció,
-al menos públicamente. El tesoro de la calle Nueva se había evaporado.
-Una sensación de sorpresa le quedó a Alvarito de este viaje; todo había
-tenido en él un aire un poco absurdo...
-
-Una noche, en su cuarto de la plaza del Reducto, Alvaro soñó que iba
-por la cornisa de un puente, sobre la acequia de un molino, sitio que
-recordó haber pasado en la infancia. Apenas si existía espacio para
-poner los pies en aquella cornisa.
-
-Pasaba varias veces por ella, sin miedo y con curiosidad; pero al salir
-se encontraba con una vieja que le sonreía... y se echaba a temblar.
-Siempre sentía lo mismo; la vieja vestía de negro, que le sonreía
-insinuante, le hacía estremecerse de terror.
-
-¿Quién era esta mujer? ¿Qué significaba? Probablemente sería la Muerte.
-No lo sabía, porque no le revelaba su secreto; pero, ¿quién podía ser
-más que la Muerte?
-
-De pronto, el lugar adonde había salido recorriendo la cornisa se
-transformaba en una barraca de muñecos del pim pam pum, y aparecía la
-señorita Atala, con su pelo rubio. La Atala daba los billetes y él
-tomaba doce bolas para lanzarlas a los muñecos.
-
-Cada una de ellas pesaba como si fuera de plomo. De pronto notaba
-que los muñecos eran todos los tipos que había conocido en la feria
-de Pamplona: el físico, Montdidier, Clarck, etc. Alvarito tiraba la
-pesada bola sobre la primera figura, ésta se torcía al golpe y volvía a
-aparecer de nuevo erguida. Entonces Alvaro hizo un nuevo esfuerzo y se
-despertó.
-
-
-
-
-VII
-
-EXPLICACIONES DE CHIPITEGUY
-
-
-Frechón, con su costumbre de espiar a todo el mundo y de escuchar
-detrás de las puertas, se había enterado del diálogo de Manasés con
-Chipiteguy y de la visita de éste a Gamboa.
-
-Al llegar Frechón a Pamplona encontró medio de verse solo con
-Chipiteguy y le planteó la cuestión.
-
---Ya sé que en este viaje--le dijo mirando al suelo--se trata de algo
-más que de exhibir figuras de cera.
-
---Usted, ¿qué es lo que sabe?--le preguntó el viejo, escamado.
-
---Sé lo que ha hablado usted con el judío Manasés y sé también que ha
-ido usted a visitar al cónsul de España.
-
---¿Es usted brujo, Frechón?
-
---Por lo menos, sé escuchar y no soy tonto. En mí puede usted tener
-un amigo o un enemigo. Si lo quiere usted todo para usted, seré
-enemigo...; si no, ya nos entenderemos.
-
-Chipiteguy a regañadientes reconoció que efectivamente iba a Pamplona
-a recoger las custodias y las cruces de oro y de plata metidas en
-barricas y ver la manera de llevarlas a Bayona. Le dijo que si el
-negocio salía bien le daría parte en las ganancias.
-
---¿Cuánto piensa usted darme?--preguntó Frechón, mirándole de través.
-
---Le daré el diez por ciento de lo que gane. A mí me dan el veinte.
-
---Es una estupidez--murmuró Frechón.
-
---¿Qué es una estupidez?--preguntó Chipiteguy.
-
---Es una estupidez que se contente usted con el veinte por ciento,
-porque si el negocio sale bien podemos quedarnos con todo.
-
-Chipiteguy contempló atentamente a Frechón y no dijo nada en contra. Lo
-único que hizo fué elogiarle por su perspicacia.
-
-Pocos días después el viejo explicó a Frechón y a Claquemain lo que
-proyectaba hacer. A Alvarito no le dijo nada, porque pensaba que el
-joven aristócrata español, que iba a misa todos los domingos, se
-escandalizaría si supieran que querían llevarse los cachivaches y las
-alhajas de las iglesias para venderlos en Francia.
-
-A Frechón y a Claquemain no les hacía esta idea ninguna mella.
-
-Vaciaron las barricas en el almacén de la calle Nueva y fueron llevando
-los objetos del culto en sacos a la barraca de las figuras de cera.
-Eran cálices, lámparas, candelabros, incensarios, cruces, relicarios.
-
-Allí, en la barraca, a la luz de una candileja, se amontonó el tesoro
-de la calle Nueva; se arrancaron las piedras preciosas de los cálices y
-de las cruces procesionales y envueltas en papeles las fueron metiendo
-en las cabezas de las figuras de cera.
-
-Desarmaron las cruces, machacaron el oro y las barras de plata, las
-retorcieron y las pintaron de negro y de rojo.
-
---Creo que no encontraremos ningún químico que analice esta
-chatarra--dijo Chipiteguy, riendo.
-
---Me parece que no--replicó Frechón--. Y ahora, ¿qué proyecto tiene
-usted?
-
---Ahora--contestó Chipiteguy--, yo me voy a Arneguy y a San Pie de
-Puerto para que en la aduana no nos pongan dificultades; usted se va a
-Valcarlos y espera allí, unta usted a los carlistas y mañana sale la
-galera con Claquemain y con Alvarito.
-
---Bueno--dijo Frechón--, déjeme usted dinero.
-
-Chipiteguy le dió cien duros.
-
---Prepare usted de manera aquello que a nadie se le ocurra mirar lo que
-va en los carros--encargó el viejo.
-
---Lo haré.
-
---¡Ah!, y guarde estas piedras en los bolsillos; yo también pienso
-llevar algunas. Por si acaso nos quitan el carro, que no lo perdamos
-todo.
-
-Chipiteguy dió unas cuantas piedras, esmeraldas y topacios, que Frechón
-guardó ávidamente.
-
-Salieron Chipiteguy y Frechón de Pamplona. Al día siguiente apareció
-Chipiteguy en la ciudad y dió nueva orden. La galera tenía que ir a San
-Sebastián.
-
-Frechón esperó impaciente en Valcarlos; recorrió el camino de Pamplona
-hasta que se convenció de que el viejo le había engañado.
-
-Chipiteguy, desde San Sebastián, vaciló en ir por tierra o por mar.
-
-En aquella época las fuerzas del general Jáuregui iban con frecuencia
-de San Sebastián a Irún.
-
-Chipiteguy se presentó al general, pretendiendo llevar su cargamento y
-pasar la frontera.
-
-Jáuregui le preguntó que llevaba a Francia que tanto le preocupaba;
-pregunta que hizo desconfiar al viejo. Entonces decidió ir por mar.
-
-Aquella chatarra, que era magnífica plata y oro, en unión de las
-figuras de cera, estuvo varios días en el muelle de San Sebastián,
-hasta que fué entrando en la bodega de un pailebot.
-
-Al llegar a Bayona, Chipiteguy llevó sus figuras de cera de nuevo a la
-barraca y la plata y el oro y las piedras preciosas de las cruces y
-custodias debió de guardarlas en el sótano de su casa.
-
-
-
-
-VIII
-
-CHIPITEGUY, GAMBOA Y FRECHÓN
-
-
-Frechón había vuelto a Bayona, cansado de esperar en la frontera.
-Durante una semana se asomó con impaciencia por el camino de Pamplona,
-y, al fin, volvió profundamente indignado contra su patrón. En Bayona
-llevó las esmeraldas a casa de un joyero. Eran falsas.
-
-Al llegar a la casa, y al ver a Chipiteguy, éste le contó que no
-pudieron ir a Valcarlos porque se había corrido hacia aquella parte una
-fuerza carlista y que por eso decidió ir hacia San Sebastián. Añadió
-el viejo que en el camino de San Sebastián habían reconocido todas sus
-figuras de cera y encontrado el oro y la plata y las piedras preciosas,
-aunque éstas, la mayoría eran falsas.
-
---Ha sido un mal negocio al final--dijo Chipiteguy hipócritamente--; ya
-veremos qué nos queda a cada uno.
-
---Me la ha jugado este cochino viejo--murmuró Frechón--. El se va a
-quedar con todo.
-
-El caso era que el tesoro de la calle Nueva había desaparecido.
-Chipiteguy lo había, sin duda, escamoteado.
-
-Frechón disimuló su rabia y siguió trabajando en casa del trapero.
-
-Unos días después escribió una carta al cónsul de España y le pidió
-audiencia.
-
-Frechón se sentía defraudado por Chipiteguy y tanto como por el dinero
-lo sentía por su amor propio de hombre listo, de quien se habían
-burlado.
-
---El viejo Chipiteguy no se marchará sin que yo le eche el alto. Ya
-caerá. Frechón no es tonto.
-
-Frechón fué a visitar al fondista Iturri, y después a Aviraneta,
-a quien contó con detalles el asunto de las cruces y custodias de
-Pamplona. Aviraneta conocía parte de lo ocurrido y escuchó a Frechón
-con gran interés.
-
-Frechón se exaltaba, se ponía frenético, pensando en el chasco que
-le habían dado. En casa de Chipiteguy seguía a todo el mundo con una
-mirada furiosa.
-
-Unos días después recibió contestación del cónsul, fijándole hora para
-recibirle.
-
-El señor Gamboa acogió a Frechón muy fríamente; escuchó con
-indiferencia su relato y dijo después:
-
---Yo no he encargado nada a ese señor Chipiteguy. Si ha ido a Pamplona
-habrá sido por su cuenta.
-
-Al oír lo que decía el cónsul, Frechón quedó desconcertado.
-
---Chipiteguy me dijo a mí que iba a Pamplona, encargado por usted, para
-recoger unas barricas, cargadas de oro y plata.
-
---Pues el tal Chipiteguy le ha engañado a usted.
-
---¿Y cómo le han dado esas barricas sin orden de nadie?--preguntó
-Frechón.
-
---Yo no sé nada, señor mío--replicó el cónsul--. ¿Y usted, cómo lo sabe?
-
---¿Cómo lo sé? Porque he ido con él a Pamplona.
-
---¿Y usted ha visto esas barricas?
-
---Sí, señor.
-
---¿Y había de verdad cruces y custodias?
-
---Sí las había. ¡Ya lo creo!
-
---¿Con piedras preciosas?
-
---Con piedras preciosas de todas clases.
-
-Buenas y falsas, se debió decir Frechón en su fuero interno.
-
---¿Y qué han hecho ustedes con ellas?
-
---Llevamos todo lo que tenían dentro las barricas a donde estaban
-las figuras de cera. Allí desarmamos las cruces y las custodias, les
-quitamos las piedras; éstas, en su mayoría, las metimos en las cabezas
-de las figuras de cera, machacamos el oro y a las cruces de plata las
-pintamos de negro para hacerlas pasar como si fueran de hierro. Después
-Chipiteguy me dijo que le esperara en Valcarlos para arreglar la salida
-de España y la entrada en Francia, y, mientras yo le esperaba, él mandó
-llevar el cargamento a San Sebastián y de aquí lo embarcó para Bayona.
-
---¿Y aquí lo tiene?
-
---Sí, señor.
-
---¿En dónde lo guarda?
-
---Probablemente en la cueva de su casa.
-
---Es decir, que se la ha jugado a usted.
-
---Y a usted también--replicó Frechón, a quien molestaba profundamente
-estar ante alguien en situación de inferioridad.
-
---A mí, no--contestó Gamboa--. Este es un asunto que no me interesa.
-
---¡Bah!--replicó Frechón con impertinencia.
-
---Créalo usted o no lo crea, me es igual; pero me choca que sea
-usted tan cándido para pensar que yo he intervenido en ese asunto de
-melodrama.
-
-Frechón salió furioso del Consulado y Gamboa no quedó muy contento.
-
-Unos días después el cónsul de España mandó llamar a Chipiteguy y le
-interrogó acerca de las cruces y custodias traídas de Pamplona.
-
-Chipiteguy dijo que había visto al gobernador de Navarra y éste le
-había dado orden de que guardara aquellas joyas en su casa, y que
-mandaría un delegado del Gobierno español para incautarse de ellas y
-luego venderlas.
-
-Gamboa se incomodó y dijo con furia:
-
---Lo que usted quiere es quedarse con esa riqueza.
-
---Es lo que me parece que ha pretendido usted siempre--replicó el
-trapero del Reducto.
-
-Aviraneta supo por los escribientes del Consulado que los gritos de
-Gamboa se habían oído en la Plaza de Armas.
-
-En la discusión apasionada que tuvieron el cónsul y el chatarrero llegó
-a verse claramente que, tanto el uno como el otro, lo que ansiaban era
-quedarse con el oro, la plata y las piedras preciosas de las cruces y
-de las custodias.
-
-Quizá Gamboa pensó denunciar a Chipiteguy a la Policía; pero ¿cómo
-legitimar su intervención? Pensando fríamente decidió no hacer nada y
-olvidar aquel mal negocio.
-
-
-
-
-IX
-
-DESPUÉS DE LA AVENTURA
-
-
-Chipiteguy, como el Euclión de la Aulularia de Plauto, iba camino de
-ser desgraciado, a causa del tesoro de la calle Nueva.
-
-¿Dónde lo tenía? ¿Dónde guardaba sus riquezas, traídas de Pamplona?
-Indudablemente, la plata, el oro y las piedras preciosas los había
-escondido en la cueva.
-
-A veces, como un ladrón, pero temblando al mismo tiempo de alegría, con
-una mirada triunfante, bajaba a la cueva y se pasaba allí dos o tres
-horas, probablemente, contemplando el tesoro. Cuando le veía a Frechón
-sonreía con malicia; sonrisa que a su dependiente le hacía temblar de
-furia y sólo a Manón y a Alvarito les acogía con gusto.
-
---El viejo Chipiteguy todavía es capaz de muchas cosas--repetía con
-jactancia--. Ya lo decía mi viejo amigo Julius Petrus Guzenhausen de
-Aschaffenburg: Dollfus es un marrajo de mucho cuidado.
-
-El trapero del Reducto, tras de su famosa excursión a Pamplona, había
-cambiado mucho, vivía con más preocupaciones. Desde el viaje tenía
-gran desconfianza; miraba a la gente con suspicacia, no le gustaba
-que los chatarreros pasaran al patio de su casa, ni que los albañiles
-de las obras próximas se asomaran al tejado. Comprobaba él mismo, al
-anochecer, si estaban bien cerradas las puertas y ventanas y recorría
-la casa de arriba abajo.
-
-La andre Mari y la Tomascha pensaban que éstas eran manías del viejo.
-
-Chipiteguy afirmó varias veces que vivían en un abandono exagerado y
-sin vigilancia alguna, sobre todo de noche, y trajo un mastín para
-guardar la casa.
-
-A lo último se le ocurrió hacer todas las noches una ronda, medio
-en serio, medio en broma. Manón tomaba un farol grande; Chipiteguy,
-Quintín y Alvarito se armaban cada uno con una pistola y registraban la
-casa, desde las guardillas hasta la cueva.
-
---No le digáis lo que hacemos a Frechón--recomendaba el viejo a Quintín
-y a Alvarito.
-
---No, no tenga usted cuidado.
-
---Cuando llegue el momento me acordaré de vosotros, porque sois fieles.
-Estad seguros.
-
-Estos registros, el andar de noche en los cuartos, influía en Alvarito,
-excitando su imaginación.
-
-Sobre todo, para él, era muy desagradable el entrar en la cueva y ver
-el grupo de asesinos en pie, envueltos en sus telas de sacos, con un
-aire de fantasmas astrosos.
-
-Chipiteguy estuvo dos veces en Burdeos y le llevó con él a Alvarito.
-
-No le dijo a qué iba, pero Alvaro le oyó hablar dos o tres veces de
-joyeros y tasadores de piedras preciosas.
-
-Chipiteguy le presentó a algunos de sus amigos comerciantes y le mostró
-la ciudad.
-
---Cuando vayas a España--le decía el viejo--podrás comparar aquello con
-esto.
-
-En el fondo de esta frase había malicia, porque aunque Chipiteguy no
-tenía mala idea de España, como Frechón, tampoco la tenía muy buena.
-
-Fué también Alvarito, en compañía de un carlista, a visitar a la
-familia de Maroto, que vivía en una casa de campo de las proximidades
-de Burdeos. Las dos hijas del general, nacidas en el Perú, habían
-sido educadas en un colegio de Granada. La pequeña, sobre todo, era
-muy melancólica y muy bonita, y recordaba con nostalgia el huerto del
-colegio granadino. Alvarito habló con ellas mucho y hasta les escribió
-varias veces después desde Bayona.
-
-El día antes de salir de Burdeos, Chipiteguy le llevó a Alvarito a una
-gran instalación de figuras de cera que había en Burdeos.
-
---Esto es una cosa distinta a nuestra barraca--dijo Chipiteguy
-riendo--; quizá no es tan completo como el gabinete de madama Tussaud,
-de Londres, pero está muy bien.
-
-Se bajaba por una rampa obscura a un subterráneo, hasta que se llegaba
-a un salón con varias figuras de cera vestidas a la moderna. De este
-salón partían galerías, también obscuras, que desembocaban en salones
-o cuevas, con juegos de luces extraños. Los personajes eran casi los
-mismos que había visto Alvaro en la cueva de Chipiteguy, pero más
-perfilados y bien vestidos. La gente del público iba y venía, hablando
-bajo, un poco sobrecogida por el aire misterioso de los subterráneos.
-
-En un salón estaban como en tertulia, alrededor de un velador, Luis XVI
-y María Antonieta, Madama Real, la princesa de Lamballe y el Delfín.
-Todos impasibles, peripuestos y amanerados.
-
-A Alvarito le dió ganas de gritarles:
-
---Apresuraos. No seáis idiotas, que vienen los descamisados a cortaros
-la cabeza.
-
-En otro salón estaba Napoleón en la Malmaison, con Josefina,
-Talleyrand, Fouché y los generales del Imperio. Todos tan apacibles,
-tan peripuestos y tan amanerados como los anteriores.
-
-Uno de los generales le miraba a Alvarito con un aire muy discreto.
-
---Estamos esperando a que suene el cañón de Waterlóo para marcharnos
-de aquí, porque nos encontramos un poco aburridos--parecía decir aquel
-señor.
-
-En la sala de una cárcel cenaban los girondinos. Uno de ellos echaba un
-discurso pomposo con un aire místico e iluminado. Seguramente hablaba
-de los derechos del hombre y del Ser Supremo, y de otras cosas que
-entonces divertían a la gente sin saber por qué, y hoy, sin saber por
-qué, nos aburren.
-
-Luego vieron a Latude en su cárcel, a los cenobitas del Paracleto, a
-los mártires cristianos antes de ir al circo, a Marat, muerto, con
-Carlota Corday al lado; a Danton y a Robespierre, vociferando...
-
---Esto es mejor que lo nuestro, ¿eh?--exclamó Chipiteguy riendo.
-
---Sí; pero aquí no hay asesinos--contestó Alvarito.
-
---Es verdad. Sin embargo, debe haber.
-
-Buscaron mejor y dieron con un Lacenaire con su puñal, pero al lado de
-los Asesinos de Chipiteguy era un personaje ridículo.
-
-A Alvarito le convino la visita a las figuras de cera, porque le quitó
-para mucho tiempo el terror que tenía por ellas.
-
-Pensó que había estado durante su estancia en casa de Chipiteguy
-asustado por un peligro quimérico y se decidió a mirar en el porvenir
-las cosas cara a cara y frente a frente, fuesen figuras de cera o
-personas de carne y hueso.
-
-
-
-
-CUARTA PARTE
-
-PALOMAS Y GAVILANES
-
-
-
-
-I
-
-MANÓN Y ROSA
-
-
-Alvarito iba ascendiendo de categoría en casa de Chipiteguy. El viejo
-le consideraba cada vez más y le iba tomando cariño. La andre Mari, que
-siempre le había mirado con simpatía, le mimaba; la Tomascha le tenía
-como uno de sus favoritos, y Manón, como un amigo.
-
-Habiendo subido de importancia en la casa, le habían bajado de la
-guardilla a un cuarto del segundo piso. Alvarito estaba contento, todo
-lo contento que puede estar un enamorado no correspondido.
-
-Alvarito, que tenía como confidente a su hermana, le confesó que su
-entusiasmo por Manón crecía por momentos. Manón era una chica única,
-con una gracia y un encanto extraordinarios. Además, no le daba miedo
-nada; subía sola a la guardilla o iba al anochecer a la cueva sin
-temor a aquellas malditas figuras de cera que a él tanto le habían
-espantado. Manón era siempre viva, activa y trabajadora; pero cuando se
-lo proponía, era más.
-
-A veces le entraban las aficiones culinarias y se metía en la cocina
-y hacía, en colaboración de la Baschili, bizcochos y flanes, que
-rellenaban de crema, de huevos hilados o de dulce.
-
-Chipiteguy y Alvarito, que eran golosos, comían estos postres,
-saboreándolos y relamiéndose, y Manón, a quien no le gustaba apenas el
-dulce, se reía.
-
-Manón tenía gran talento, gracia, picardía, verdadero sentido musical.
-Lo único que a Alvarito no le gustaba era la versatilidad y la
-coquetería de la muchacha.
-
---Tienes que venir a conocerla--dijo Alvarito con entusiasmo a su
-hermana.
-
---Bueno; sí, ya iré--contestó ella sin gran efusión.
-
---Ella tiene muchas ganas de conocerte a ti.
-
---¿Por qué? ¿Le has hablado de mí?
-
---Sí, mucho.
-
---Eres un cándido. Crees que los demás van a tener los entusiasmos
-tuyos.
-
---¿Por qué no? Yo hablo bien de las personas que son buenas y nadie
-dirá que tú no lo eres.
-
---¡Qué inocente!
-
---No, no soy inocente; no me vas ahora a convencer a mí de que todo el
-mundo, empezando por ti, son unos terribles egoístas.
-
-La hermana de Alvaro era un poco cargada de espaldas, pálida, de ojos
-negros muy expresivos, la boca grande y la cara poco correcta. Era muy
-simpática y muy servicial. Estaba dispuesta a hacer todo lo que los
-demás tenían por engorroso y molesto.
-
-Dolores Sánchez de Mendoza fué a casa de Chipiteguy y conoció a Manón y
-a Rosa. Las dos primas estuvieron muy amables con ella y la obsequiaron
-mucho.
-
---¿Qué te ha parecido Manón?--preguntó Alvarito a su hermana al salir
-de la casa del Reducto presurosamente.
-
---Es muy guapa y muy simpática, pero...
-
---¿Pero, qué?
-
---Que creo que no te debes hacer ilusiones. Una chica tan guapa, tan
-brillante, que será rica, no se casa con un pobre.
-
-Alvarito se entristeció al oír la observación de su hermana y se le
-puso una cara larga y abatida.
-
---¿Por qué no te diriges a Rosa?--le preguntó Dolores.
-
---Porque no me gusta--contestó Alvarito de mal humor.
-
---Pues es una chica bien buena, bien cariñosa; yo la encuentro guapa.
-
---Sí, sí, no digo que no; pero no me gusta. No tiene gracia.
-
---Es verdad; tú tampoco la tienes, ni yo.
-
---Bien; ya lo sé; quizá por eso me gusta lo que no tengo.
-
---Pues chico, hay que conformarse.
-
---En eso cada cual hará lo que mejor le parezca.
-
---Claro que sí; pero siempre es mejor no desesperarse, empeñándose en
-conseguir un imposible. Yo ya veo que Manón es una chica muy atractiva,
-muy graciosa y muy bonita; pero por lo mismo, y porque es rica, ha de
-tener muchos pretendientes.
-
-Dolores se hizo amiga de Manón y de Rosa, sobre todo de Rosa.
-
-Desde entonces comenzó a tutearse con las dos primas, y después de
-ella, Alvarito. Este notó desde el principio que con cierta tendencia
-instintiva Dolores se ponía del lado de Rosa y en contra de Manón.
-
-Manón a veces era imprudente; había tenido una educación desordenada y
-fantástica, propicia para dar alguna sorpresa desagradable al viejo
-Chipiteguy; afortunadamente, la chica poseía un fondo de buen sentido,
-a pesar de sus fantasías y de sus extravagancias. Manón empleaba en
-ocasiones la burla y el sarcasmo, pero en el fondo era sentimental
-y romántica, Para el que la pretendiese era una mujer difícil de
-conquistar, que exigía demasiado de las personas. Rosa era siempre
-modesta y tímida; el pasar la vida ante el público en un bazar no le
-había quitado su timidez congénita.
-
-Rosa tenía el óvalo de la cara alargado, la boca demasiado grande, de
-labios gruesos; cierta palidez atezada, mate, en el rostro, como de
-criolla, y una hermosa cabellera negra de tonos azulados.
-
-Al principio de tratarla parecía sosa y sin gracia; pero a medida que
-se la conocía iba siendo más atrayente y desarrollando su personalidad
-de una manera lenta y segura.
-
-Dolores hablaba con mucha frecuencia a su hermano de los encantos de
-Rosa, de su simpatía y de sus conocimientos caseros; pero Alvarito no
-se entusiasmaba más que con Manón y no tenía ojos más que para ella.
-
-Sentía hambre y sed de la presencia de Manón. Este hambre y esta sed
-constantes e inapagable de verla y de oírla era, sin duda, el amor.
-Ante ella se encontraba como si hallase su centro de gravedad; en
-cambio, cuando se alejaba de ella le parecía que le faltaba el sostén
-de su vida.
-
-A veces el placer de estar a su lado le daba la impresión de tener el
-corazón ligero.
-
-Cuando estaba lejos de ella pensaba en lo que estaría haciendo en aquel
-momento.
-
-En la cama constantemente, medio en sueños, tenía conversaciones con
-ella, hacía proyectos, debatía cuestiones sentimentales, se explicaba,
-se legitimaba.
-
-Dolores, con malicia femenina, solía desviar la atención que tenía su
-hermano por la nieta de Chipiteguy y trataba de dirigirla sobre Rosa.
-
-Manón ya notaba que Dolores y su prima Rosa habían formado una alianza
-ofensiva y defensiva un poco contra ella; pero se sentía tan superior,
-que no le importaba.
-
-Otra amiga, algo pariente, solía ir algunas tardes a casa de Manón:
-una chica llamada Margarita D'Arthez, Morguy, hija de un almacenista
-de vinos. Morguy no era simpática; Rosa la odiaba por su mordacidad;
-sólo Manón la podía resistir. Dolores, cuando la conoció, la encontró
-también antipática.
-
-Morguy era más fea que guapa, muy rubia, casi roja, con los ojos
-pequeños y un poco encarnados, las cejas siempre fruncidas y los labios
-abultados.
-
-Morguy era envidiosa, taciturna y malhumorada; reñía con mucha
-facilidad con los padres, con las criadas y con todo el mundo. Sus
-cóleras se convertían con facilidad en torrentes de lágrimas.
-
-Así era Morguy: tan pronto lloraba como reía; generalmente sus
-carcajadas acababan en llanto, y sus lloros, en carcajadas. Tenía
-rencores inmotivados y días que se pasaba rabiosa, sin hablar.
-
-Morguy reconocía su mal genio, y cuando le contaba a Manón sus
-rabietas, por una parte furiosa y por otra burlándose de sí misma,
-Manón se reía a carcajadas.
-
---Esta chica hasta que no se case no va a tener buen humor--decía
-Chipiteguy a Morguy.
-
---Sí, buena marcha llevo--replicaba ella--; me voy a quedar solterona.
-
---Pues no te conviene, porque no vas a tener con quien reñir y vas a
-hacer muy mala sangre.
-
---¿Tan venenosa cree usted que soy?
-
---No, no. Mujer, como todas; pero, en fin, si yo tuviera la edad de
-Alvarito me fiaría más de las alborotadas que de las mosquitas muertas.
-
-Chipiteguy se ponía siempre, más o menos disimuladamente, del lado de
-Manón y creía que Rosa y Dolores eran gazmoñas e hipócritas.
-
-Varias veces Alvarito y Dolores fueron al "Paraíso Terrenal", el bazar
-de juguetes de la madre de Rosa. Madama Lissagaray era una señora
-de cuarenta y cinco a cincuenta años, muy flaca, de ojos claros,
-con aire de dama de Versalles. Era muy sabia y un poco redicha. Lo
-característico en ella era la cara, fría e indiferente, que contrastaba
-con la voz y los ademanes efusivos. Al hablar parecía desmentir con los
-ojos cuanto decía, y, sin embargo, la verdad era lo que hablaba, pues
-no tenía nada de falsa ni de hipócrita.
-
-Madama Lissagaray se expresaba con gran discreción y simpatizó con
-Alvarito y su hermana.
-
-Esta señora había tenido varios chicos, que se le habían muerto, y
-cuidaba de Rosa, su única hija, con una afección mezclada de cariño y
-de temor.
-
-Encima de su bazar había un entresuelo pequeño, bajo de techo, donde
-habían vivido algunos años: pero estaba tan abarrotado de género,
-que lo abandonaron y fueron a habitar a una casa de la Avenida de
-Boufflers, de su propiedad, de más espacio y mejores vistas.
-
-Rosa y Manón solían mostrar a sus amigos, a los muchachos jóvenes, los
-juguetes del "Paraíso Terrenal", y, sobre todo, algunos antiguos, ya un
-poco arrinconados y fuera de moda, pero más graciosos que los modernos.
-
-Había una sala en el entresuelo, en un extremo del bazar, adonde habían
-ido a parar varios relojes. Allí se veía un reloj de pared, inglés,
-muy hermoso, con la esfera de cobre, y en ella un círculo pequeño del
-minutero; un reloj de cuco, otro con sonería de campanas y campanillas
-y varios relojes de mesa, dorados, metidos en fanales de cristal.
-
-Había también en el mismo rincón una caja de música con su cilindro de
-cobre, lleno de púas, y un organillo pequeño, construído en Ginebra,
-con muñecos en la tapa, que se movían, entre los cuales figuraban un
-negro que bailaba, un señor de frac que llevaba la batuta, otro que
-tocaba gravemente el violoncelo y varias damiselas con miriñaque, que
-danzaban rápidamente.
-
-Había también unos chinos de porcelana, que saludaban con la cabeza
-desde dentro de un fanal; un tíovivo de muñecos, que giraba y sonaba;
-un teatro, arcas de Noé, conejos que tocaban el tambor, serpientes
-articuladas que se movían y muñecas.
-
-Alvarito, que no había tenido nunca juguetes, a pesar de ser ya un mozo
-y de no encontrarse en edad de jugar con ellos, los miraba con gran
-entusiasmo.
-
-Aquellos soldados de plomo de Artillería y Caballería, con sus carros y
-sus cañones, le parecían magníficos. Otro juguete que le admiraba era
-la gran casa misteriosa, con sus persianas verdes y un balcón corrido,
-adonde salía, como a tomar el fresco, una dama de mantilla. Esta dama
-se parecía a la nieta de Chipiteguy y Alvaro la miraba con entusiasmo.
-
-Manón, cuando iba a aquel rincón del "Paraíso Terrenal", lleno de
-juguetes, le gustaba dar cuerda a todos ellos y oír la algarabía que
-formaban las campanadas graves y agudas de los relojes, el tintineo
-de la caja de música, ver cómo movían la cabeza los chinos, cómo daba
-vueltas el tíovivo, llevaba la batuta el señor de frac, tocaba el
-otro el violoncelo, bailaban el negro y las damiselas y aparecía y
-desaparecía la dama romántica en el balcón de la casa solitaria con las
-persianas verdes.
-
-¡Qué poesía o qué cuento, a la manera de Hoffmann, hubiera escrito
-el amigo de Chipiteguy, el poeta Julius Petras Guzenhausen de
-Aschaffenburg, de tener la humorada de existir en el mundo y de visitar
-el "Paraíso Terrenal"! ¡Qué bien hubiese descrito los movimientos de
-aquellos autómatas, sus reverencias, sus saludos, sus bailes, llenos de
-elegancia, amanerada y ceremoniosa!
-
-Una vez Alvarito soñó que estaba en un campo donde había dos bolas
-grandes de nieve, hechas por los chicos; se aproximaba a una y huía
-delante de él y a medida que la una huía, la otra se acercaba. Luego,
-estas dos bolas de nieve se convertían en dos palomas, que hacían lo
-mismo, y, por último, en dos nubes.
-
-Al final, entre ellas, aparecía Chipiteguy, en medio de sus figuras de
-cera, con unas actitudes extrañas, haciendo unas muecas horrorosas.
-
-Alvarito pensó si estas bolas de nieve, estas palomas y estas nubes
-serían transformación en sueños de Manón y de Rosa.
-
-Durante la primavera y el verano, Manón y Rosa y algunas amigas, con
-Alvarito y otros muchachos, hicieron excursiones a Biarritz, a la playa
-de la Chambre d'Amour y al lago de Mouriscot.
-
-Morguy coqueteaba mucho con Alvarito; pero a él no le gustaba esta
-chica roja, de mal humor.
-
-Con Morguy conoció a su padre, el señor D'Arthez almacenista de vinos,
-y a su hermano Pedro, que le fué muy simpático.
-
-El hermano de Morguy vivía una vida irreal, leyendo novelas,
-aburriéndose de la gente. Sentía un desprecio profundo por lo que le
-rodeaba. Cuando dejaba su trabajo se escondía y se iba a leer libros.
-Su hermana casi le tenía odio, porque no le hacía caso. Sin duda le
-parecía que no valía la pena. Pedro D'Arthez era un joven pálido y un
-poco fofo, que se pasaba la vida leyendo.
-
-No le gustaba nada el comercio; trabajaba resignado en su despacho y,
-cuando concluía, se encerraba en su cuarto y se ponía a leer. Tenía
-gustos de viejo. Metido en su cuarto, con su bata, su gorro griego y
-sus zapatillas, se pasaba el tiempo leyendo y fumando en la pipa.
-
-El joven D'Arthez hablaba siempre como hombre aburrido y disgustado. La
-lectura, al ocuparle tan completamente el pensamiento, le hacía mirar
-la realidad con desagrado.
-
-El cuarto de Pedro era un cuarto con dos ventanas sobre un tejado.
-Muchos libros, un diván y algunas estampas constituían su mobiliario.
-
-El joven escribía todos los días sus memorias y sus impresiones de las
-lecturas. Su padre, su madre, su hermana y los conocidos le reprochaban
-el hacer una vida tan sedentaria y tan malsana. No había reflexión que
-le hiciera cambiar de vida. A todo se encogía de hombros.
-
---¡Son tan aburridas estas gentes!--le dijo a Alvarito.
-
---¡Qué pueblo Bayona!--añadió otra vez--. Yo creo que será el pueblo
-más aburrido del mundo.
-
---¿Dónde quisiera usted vivir?--le preguntó Alvaro.
-
---¡Qué sé yo! En cualquier lado, menos aquí.
-
-Pedro no dejaba libros a su hermana ni a sus amigas.
-
---¿Para qué? Primero, no entienden lo que leen--decía--; luego dejarán
-el libro en un banco, o le doblarán las hojas, o le llenarán de manchas
-de cosmético.
-
-Unicamente el joven D'Arthez salía de su rincón para oír música, pero
-sólo cierta música.
-
-Alvarito pensaba que el hermano de Morguy tomaba demasiado en serio la
-literatura y la música y daba demasiada poca importancia a la vida real.
-
-Pedro era republicano y despreciaba a los monárquicos y a los carlistas.
-
-Pedro le dijo a Alvarito que le prestaría algunos libros, y,
-efectivamente, le dejó novelas de Merimée y de Stendhal, que a Alvarito
-no le entusiasmaron, probablemente, porque no llegó a comprender su
-mérito.
-
-Cuando Alvarito dijo a Manón que conocía al hermano de Morguy, Manón
-tuvo para Pedro grandes burlas y sarcasmos. Le parecía un pedante, un
-fatuo, que se metía en un rincón para hacerse el interesante.
-
-Alvaro defendió a su nuevo amigo; pero ella siguió hablando de él de
-una manera sarcástica.
-
---Manón habla siempre mal de mí--dijo un día Pedro--. En el fondo,
-porque no le hago caso.
-
---¿Cree usted...?
-
---Sí; si yo me ocupara de ella, me despreciaría más. Eso ya lo sé; pero
-el no ocuparme de ella lo considera casi como un insulto.
-
-Pedro le dijo a Manón que, efectivamente, habían querido que Manón y
-él fueran novios, pero que no se entendían; ella era voluntariosa y
-coqueta; él, tranquilo y aficionado a leer. El no decía nada malo de
-Manón, quizá valía más que él; pero tenía una turbulencia insaciable y
-una versatilidad tal que era capaz de volver loco a cualquiera.
-
---Es una mujer de lujo, de mucho encanto, estoy conforme; pero para
-tenerla en casa, yo, modesto vinatero, no la querría.
-
-A veces, en el verano, cuando Manón, Rosa y Morguy pensaban hacer
-excursiones, le invitaban a ir a Pedro; y éste, para no tomarse el
-trabajo de discutir, decía que sí, pero luego no iba, con lo cual
-indignaba a todo el mundo, principalmente a su hermana, que decía de él
-pestes.
-
-En una de aquellas excursiones, Manón, Rosa y los amigos conocieron al
-conde y a la condesa de Hervilly.
-
-Sonia, la dama misteriosa que intrigaba a Aviraneta, manifestó gran
-simpatía por Manón, y fué a verla a su casa y entabló amistad con ella.
-Se mostró muy amable con Alvarito y, como la condesa hablaba muy bien
-el castellano, le dirigió varias preguntas acerca de su familia y de
-España.
-
-A Chipiteguy no le hizo mucha gracia la amistad de su nieta con la
-extrajera; no le parecía bien que la hija de un trapero tuviera
-amistades con una condesa, pero nada podía decir.
-
-La condesa de Hervilly presentó en casa de Madama Lissagaray a dos
-aristócratas, amigos de su marido y suyos: el vizconde de Saint-Paul y
-el caballero de Montgaillard.
-
-El vizconde de Saint-Paul tendría veintiséis o veintisiete años;
-era tipo de francés del Norte, alto, rubio, fuerte; el caballero de
-Montgaillard, de veintitrés o veinticuatro años, parecía un italiano
-del Sur. Era moreno, más bien bajo que alto, con los ojos negros,
-delgado, con aire un poco cansado de trasnochador, el pelo rizado, la
-cara audaz y la tez de mal color, pálida, biliosa y llena de granos.
-
-El vizconde de Saint-Paul se sabía que era de una familia rica de
-París; respecto a Montgaillard había sus dudas. El decía que era hijo
-del marqués de Montgaillard y sobrino de un conde de Montgaillard; pero
-había quien aseguraba que tanto el condado como el marquesado no tenía
-realidad alguna.
-
-El joven Xavier de Montgaillard era hijo del titulado marqués de
-Montgaillard y de una señorita de Crussol. El marqués de Montgaillard
-pasaba por realista y había hecho la campaña de la Vendée, con
-Clarette, y estaba preso en el Temple.
-
-Xavier era sobrino del célebre intrigante y libelista conde de
-Montgaillard, que al parecer no era conde.
-
-El llamado conde de Montgaillard fué un gran explotador de la política.
-
-Explotó a la Revolución, al emperador de Austria, a Napoleón y a los
-Borbones, y murió muy tranquilo en su casa propia de Chaillot, comprada
-con sus ahorros de intrigante, a los ochenta años.
-
-El conde de Montgaillard tuvo pensiones de todos los Gobiernos
-franceses de la época, y lo más extraño fué que la tuviese, y grande
-de Luis XVIII, de quien había publicado un retrato burlón e injurioso.
-La razón de esta anomalía parece que fué el que el intrigante guardaba
-unas cartas que Luis XVIII había escrito a Robespierre en tiempo de la
-Revolución, queriendo congraciarse con él, dándole la razón en muchas
-cosas y queriendo atraerle a su campo.
-
-Días después de la presentación de los dos aristócratas en casa de
-madama Lissagaray, Alvaro vió que el joven Montgaillard paseó varias
-veces por delante de la casa del Reducto, y Alvarito comprendió que le
-debía haber escrito a Manón y que quizá ésta le había contestado.
-
-Un día, en pleno verano, la condesa de Hervilly les convidó a ir, el
-domingo siguiente, a las amigas de Manón y a Alvarito a pasar la tarde
-en el castillo de Urtubi, cerca de Urruña. La condesa conocía al dueño
-que le había invitado.
-
-Fueron en un coche grande, descubierto, diez o doce personas, los
-condes de Hervilly, Manón, Rosa, con su madre; Dolores, Morguy y los
-aristócratas recién llegados a Bayona y amigos de Hervilly, el vizconde
-de Saint-Paul y el caballero de Montgaillard.
-
-El vizconde y el caballero fueron durante la excursión la nota
-saliente, sobre todo para las muchachas. Montgaillard vestía frac azul
-entallado, como un dandy, y venía de París. El caballero llevó la
-voz cantante en el viaje; habló de actrices y de bailarinas, conocía
-escritores, periodistas y políticos. Dijo que como no tenía un cuarto
-pensaba entrar en España e ingresar en el ejército carlista por si
-encontraba aquí la solución para su vida. Contaba con la protección
-del príncipe de Lichnowsky. El vizconde de Saint-Paul, más tranquilo,
-sonreía de las frases de Montgaillard y hablaba poco.
-
-El joven caballero tuvo mucho éxito con las muchachas y se le encontró
-gracioso y ocurrente, lo que hizo desesperar a Alvarito, sobre todo
-viendo que Manón coqueteaba con él.
-
-Era evidente que se cambiaban sonrisas y ojeadas.
-
-¿Cómo había llegado a tener esta familiaridad con el forastero? ¿Es que
-es una mujer sin decoro?--se preguntó Alvarito de mal humor.
-
-Alvarito notó con desagrado que la presencia de los dos forasteros
-produjo en las muchachas una animación, un deseo de brillar,
-una rivalidad disfrazada entre unas y otras, que a él le molestó
-profundamente, porque comprendió que la causa de esta excitación eran
-los recién venidos y que en ellos se quería hacer efecto.
-
-Quizá sólo Rosa le era en aquel momento un poco fiel a Alvaro; las
-demás le habían olvidado.
-
-Los veinte kilómetros de camino pasaron pronto para todos, aunque no
-para Alvarito; se contempló el mar, se vió la cadena de montes de
-España; Jaizquibel, como una pirámide, y el monte Larrun; se pasó por
-delante de Bidart, se cruzó San Juan de Luz y se llegó al castillo
-de Urtubi. A todos les pareció, desde fuera, muy romántico con sus
-torrecitas y sus paredes cubiertas de hiedra, un poco hundido entre
-árboles.
-
-El dueño les esperaba a la entrada del parque, y les hizo pasar primero
-a un gran salón y les llevó a las damas a un tocador por si tenían que
-arreglarse. Luego preguntó a sus visitantes si preferían almorzar en el
-parque o en el comedor.
-
-Madama Lissagaray era la única que hubiera preferido almorzar bajo
-techado.
-
---No tenga usted cuidado; hoy no hay humedad--le dijo el dueño.
-
-Salieron todos al parque, que estaba magnífico, y dieron un paseo por
-él. Hacía un día de viento Sur, con el cielo rojo, que daba al paisaje
-un aire de decoración de teatro. Los tilos y las magnolias, llenos de
-flor, perfumaban el ambiente con su aroma, un aroma tan fuerte que casi
-mareaba. En este ambiente irreal todo parecía inmóvil y silencioso.
-Los pájaros dormían aletargados en las ramas. Un martín pescador pasó
-por el aire, tan azul, que parecía un trozo de cielo volando entre los
-árboles.
-
-Se acercó la hora de almorzar, y en una plazoleta de grandes olmos en
-donde estaba puesta la mesa se sentaron.
-
-Se comió y se bebió alegremente, y Manón y el caballero de Montgaillard
-fueron los que más hablaron y tuvieron más rasgos de ingenio.
-
-Montgaillard iba a la carrera haciendo la corte a Manón.
-
-El caballero manejaba uno de esos recursos del donjuanismo que está
-al alcance de todo el mundo; pero que, sin embargo, tiene casi
-siempre éxito cuando se es joven y no de mala figura. Se manifestaba
-indiferente y al mismo tiempo atento con las mujeres, para, llegado el
-caso, fingir una gran impresión. Es esto, indudablemente, como el a b c
-del histrionismo amoroso, pero no deja de hacer su efecto.
-
-Pasada la excitación de la comida, Manón dijo que iba a escoger un
-sitio a la sombra del parque y echarse a dormir la siesta.
-
---De ningún modo--dijo su tía, madama Lissagaray--; no te lo permito.
-
---¿Por qué no?
-
---Porque no, y basta.
-
-Manón hizo un gesto de displicencia. Después de un largo rato de
-sobremesa, el dueño de Urtubi les preguntó si no querían ver el
-castillo, aunque era pequeño.
-
-Mientras recorrían el edificio, el dueño habló de la fundación
-primitiva de la casa, en el siglo XI; de la muralla que quedaba aún
-del siglo XIV; de la estancia de Luis XI en Urtubi cuando estuvo como
-mediador entre los reyes de Castilla y de Aragón y de los recuerdos que
-quedaban de Soult y de Wellington, que tuvieron allí su cuartel general
-al principio del siglo. Les contó también la eterna rivalidad del
-partido de los Sabelchuris y Sabelgorris, fajas blancas y fajas rojas,
-que dividían en el país del Labour a los partidarios de Urtubi de los
-de Saint-Pee.
-
-Vieron el salón, el comedor grande, con una chimenea de mármol, que
-tenía esta inscripción en vascuence: "Billzen, berotzen, bozten"
-(Reuniendo, calentando, gozando); pasaron por un vestíbulo lleno de
-placas de hierro de los hogares, de las chimeneas antiguas, algunas muy
-curiosas, y luego fueron a la biblioteca.
-
-El dueño sacó un ejemplar del libro de Pierre de Lancre, titulado:
-_Cuadro de la inconstancia de los malos ángeles y demonios_; les mostró
-una estampa de un sábado brujeril y les leyó un párrafo, en que se
-decía que el propietario del castillo de Urtubi, a principios del siglo
-XVII, después de una reunión de brujería tenida en su casa, se había
-encontrado los días siguientes con que las brujas le iban chupando la
-sangre y sorbiéndole el seso, lo que le decidió a denunciarlas.
-
-Todos se rieron, menos Alvarito, que pensó que el señor de Urtubi era
-un visionario como él.
-
-De la biblioteca marcharon al pequeño archivo, que tenía algunos
-antiguos documentos de los Urtubis, emparentados con los Alzates,
-Gamboas, Belzunces, Ezpeletas y con la familia del escritor Montaigne.
-
-Salieron de nuevo al jardín. Una nube roja, grande, había aparecido en
-el poniente y el parque tenía un aire fantástico en este aire, inmóvil
-y caliente, perfumado por las flores. Cerca del castillo había una
-acequia negra entre dos paredes de piedra, que tomaba al reflejar el
-cielo, tonos de sangre.
-
-Salieron de nuevo al parque y llegaron a una fuente.
-
-Manón dijo que tenía que echar la suerte con dos alfileres, tirándolos
-a la fuente y viendo cómo quedaban en el fondo; si quedaban separados,
-era que no se casaba, y si quedaban cruzados, que sí. Manón echó sus
-dos alfileres y quedaron separados; después los echaron Rosa y Morguy,
-y pasó lo mismo. Por el sortilegio de la fuente ninguna de las tres se
-casaba.
-
---Sí, sí; nos quedaremos solteras--dijo Manón.
-
---Tendrá que ser porque a los hombres de esta tierra les falten
-ojos--dijo galantemente Hervilly.
-
-Manón había cogido una flor y se la había puesto en el pecho.
-
-El joven Montgaillard quiso que le diera aquella rosa que llevaba en el
-pecho y ella se la dió.
-
-Iba cayendo la tarde y, según dijo madama Lissagaray, era hora de
-volver a Bayona.
-
---Antes merendarán ustedes--dijo el amo de la casa.
-
---Se va a hacer tarde.
-
---¡No, no; ca!
-
-Pasaron al comedor y se sentaron a la mesa, muy elegantemente puesta,
-con mantel antiguo, bordado, y vajilla de Sevres.
-
-De pronto notaron que andaba revoloteando algo por los rincones.
-
---¿Qué es? ¿Un murciélago?--preguntó Manón.
-
---No, es una mariposa--contestó el dueño de la casa, y con un pañuelo
-logró cogerla.
-
-La mariposa era grande y hacía un chirrido como si se quejara. Alvarito
-se estremeció; el aleteo de la mariposa y sus quejidos le produjeron
-una sensación desagradable.
-
---Es el _Sphinx atropos_, la mariposa de la calavera--dijo el amo de la
-casa.
-
---¡Qué horror!--dijo Rosa--. Suéltela usted. Eso debe ser de mal agüero.
-
---Sí, estas mariposas asustan a la gente, pero son inofensivas para las
-personas; no así para el campo, donde hacen muchos destrozos.
-
-La Morguy quería matarla con un alfiler y llevársela.
-
---No, no--dijo Manón--; hay que soltarla, que viva.
-
---Poco vivirá--dijo el dueño abriendo la ventana y soltándola--.
-Algunas no duran más que una noche; el tiempo necesario para poner sus
-huevos.
-
-Madama Lissagaray insistió en que era hora de volver.
-
-Se despidieron y entraron todos en el coche. Rosa se sentó al lado de
-Alvarito y estuvo hablando con él.
-
---Ya ves tú--decía la muchacha--qué mala suerte tengo yo.
-
---¿Mala suerte? ¿Por qué?
-
---Manón y yo tenemos la misma edad, y hemos sido educadas de la misma
-manera. Ella siempre tiene éxito y yo nunca.
-
---Tú también lo tienes.
-
---No, no. Y, además, es natural. Ella es más bonita que yo, más
-inteligente, más brillante. Todas las ventajas para ella y para mí nada.
-
---Eres muy modesta.
-
---No. La suerte ha sido muy generosa con ella y muy mezquina conmigo.
-Ella es música, es guapa, es graciosa. Y yo soy tonta, sosa y sin
-talento.
-
---Eres muy severa contigo misma.
-
---No, me conozco. Yo no tengo ningún encanto.
-
---¡Oh! No digas eso.
-
-Alvarito dirigió a la muchacha algunos cumplidos, pero eran fríos y sin
-efusión.
-
-Un par de horas después llegaron a San Juan de Luz, pararon un momento
-en un café y volvieron a tomar el coche, y vieron el mar cerca de
-Guethary, azul, recamado de blanco en un cielo rojo, incendiado y
-amenazador; vieron brillar el faro de San Sebastián y el del cabo
-Higuer. Al acercarse a Bayona, la luna había salido, grande, amarilla
-como una cara de mujer enferma.
-
-Alvarito llegó a casa; no cenó apenas, y fué a acostarse a su
-cuarto. Al tenderse en la cama, el coche, el mar, la acequia con el
-agua rojiza, la estampa del sábado brujeril del libro de Lancre le
-comenzaron a bailar ante los ojos. Pronto pasó del recuerdo al sueño.
-
-Soñó que escalaba, con grandes esfuerzos, un cerro que tenía en la
-punta un castillo, marchando por entre riscos afilados que parecían
-de cristal. Después de subir por una escalera laberíntica, llegaba a
-un desván, con vigas en el techo, y encontraba un montón de paja y se
-tendía en él.
-
-De pronto notaba que estaba al lado de una ventana abierta, al borde
-del abismo. Delante tenía un paisaje sombrío, con montes ceñudos y
-valles estrechos, llenos de árboles, y al contemplarlos se le encogía
-el corazón. Nubes pesadas avanzaban a rodear el castillo. Desesperado,
-elevaba la vista y quedaba absorto. El cielo estaba lleno de brillantes
-meteoros desconocidos; la luna, las estrellas y los cometas, con largas
-colas, saltaban en locas carreras por el firmamento. Contemplaba
-aquello a cada instante con mayor horror, hasta que, de pronto, comenzó
-a salir el sol. Entonces una deliciosa calma dominaba la naturaleza. El
-cielo se ponía azul, un murmullo lejano venía del mar, rizado con olas
-blancas; de los bosques se exhalaba un perfume balsámico. ¡Oh! ¡Cómo se
-respiraba el aire puro! ¡Cómo corrían los arroyos y las fuentes!
-
-Pero esto también duró poco, y vino el crepúsculo, un crepúsculo
-al principio admirable. Brillaban las flores rojas y blancas, las
-campanillas azules en los campos verdes; luego todo se tornaba
-ceniciento; había entonces una queja en el espacio; nubes de mariposas
-grandes cruzaban el aire. Alvarito sentía necesidad de llorar y se
-despertó. Pasó muchas horas despierto, dando vueltas en la cama,
-pensando en su sueño y en Manón y suspirando sin querer. Al último
-consiguió dormirse y no se despertó hasta que le llamaron por la
-mañana.
-
-
-
-
-II
-
-FRECHÓN O EL CHATARRERO MISÁNTROPO
-
-
-Matías Frechón, el tenedor de libros de Chipiteguy, era hombre de
-treinta y cuatro a treinta y cinco años, alto, flaco, moreno, de frente
-estrecha, labios finos, nariz roja, bigote delgado y patillas largas.
-
-El dejarse las patillas le daba cierta apariencia de banquero o de
-hombre de negocios, que él consideraba muy importante y muy apropiado
-para su persona.
-
-Frechón tenía aire poco tranquilizador. Indudablemente no es una
-fantasía folletinesca el asegurar que hay hombres que sólo por su
-aspecto producen desconfianza y hasta una marcada repulsión moral.
-Parece que por instinto se puede comprender rápidamente que ciertos
-rasgos fisionómicos representan y son consecuencia de una larga vida
-de intrigas, de hipocresías o de bajezas, y las fisonomías con estos
-rasgos nos producen alarma, no siempre bien definida.
-
-A veces no son las bajezas hechas las que adivinamos y nos dan
-impresión de alarma y de desconfianza, sino las por hacer, las que
-están aún latiendo en el espíritu del que es capaz de cometerlas. Así,
-por intuición, comprendemos que cierta clase de rostros no pueden
-pertenecer más que a almas dispuestas a toda clase de villanías.
-
-Frechón no solía reír; su sonrisa era triste, fría y antipática.
-
-Frechón tenía aire de hombre falso e hipócrita. No miraba nunca de
-frente más que cuando se irritaba. Se parecía un tanto al Robespierre
-de las figuras de cera. El hombre sentía gran confianza en sí mismo, en
-su inteligencia y en su perspicacia; en su rostro se leía casi siempre
-una expresión de superioridad.
-
-Para él todo el mundo era tonto. Si había alguno que no lo fuera,
-consistía en que era un canalla. De tontos y canallas, según él, se
-hallaba formado el mundo.
-
-Chipiteguy solía decir: "Las ideas de Frechón a veces son claras una a
-una, pero en conjunto son un puro disparate".
-
-Tan es cierto, que muchas veces es la mala organización de los
-conceptos la que hace al loco y al insensato.
-
-Frechón se creía un hombre genial a quien le faltaba un escenario digno
-de sus méritos. El orgullo, la vanidad, la tristeza de no ser nada le
-ahogaban.
-
---Se oirá hablar de mí--solía decir con jactancia.
-
-Frechón hacía profesión de fe de su misantropía. Este chatarrero
-filósofo, pequeño Timón de Bayona, había estudiado en su juventud para
-cura y sabía latín, lo que le servía para citar con mucha frecuencia
-frases de Horacio y de Virgilio. Era bastante letrado. Leía causas
-célebres, folletos anticlericales y el _Citador_, Pigault-Lebru; decía
-también que había leído a Fourier.
-
-Frechón hablaba siempre con gran prudencia, pensando cuanto decía.
-Había adquirido la costumbre de repetir la pregunta que se le hiciera
-para darse tiempo de pensar bien la respuesta.
-
-Frechón tenía ideas republicanas, lo cual no era obstáculo para que
-hubiese estado durante algún tiempo al servicio de los carlistas
-españoles por intermedio de Roquet, el agente de Aviraneta, y de
-Cazalet, bohemio crapuloso que sabía muchos secretos de todo el mundo.
-
-Cuando le hablaban a Frechón del acto o de la opinión de alguna
-persona, decía con frecuencia:
-
---¡Bah! ¡Qué tontería!
-
-Frechón afirmaba que poseía muchos recursos para ganar dinero.
-
---¡Si supieran los giros que tengo yo todos los meses!--decía con
-orgullo.
-
-El misántropo era al mismo tiempo fantástico y petulante, escéptico y
-de cándida credulidad. Es muy difícil en el escepticismo llegar a no
-creer ni en lo bueno ni en lo malo. La mayoría de los escépticos se
-contentan con no creer en lo bueno, y el escepticismo verdadero estaría
-en no creer ni en lo bueno ni en lo malo.
-
-Frechón vivía pensando fantasías; había en él una tendencia marcada
-por lo secreto, por lo misterioso, tendencia que se aumentaba con la
-bebida; el misántropo tenía mucha afición al vino y a los licores.
-
-Su mundo era un mundo extraño, diferente al de los demás. El se
-consideraba viejo, y una de sus manías era hablar de su vejez.
-
---A un hombre viejo como yo no se le engaña--decía con frecuencia--.
-Los viejos como yo saben lo que se hacen.
-
-Al parecer, la idea de ser viejo le encantaba a Frechón grandemente.
-Sentía el misántropo gran desprecio por su juventud; le parecía que los
-hombres jóvenes no servían para nada.
-
-Frechón gozaba mucho con el espionaje. Había nacido con una
-inclinación nativa para espiar. El descubrir un misterio constituía
-para él una delicia. En un pueblo como Bayona, en donde se urdían
-muchas intrigas políticas y se hacían negocios de suministros militares
-y de contrabando, Frechón vivía como el pez en el agua. Espiaba a los
-franceses y a los españoles, a los carlistas y a los liberales, a los
-aduaneros y a los contrabandistas.
-
---¡Bah! Ya sé yo lo que hace ese.
-
---¡Bah! Ya sé yo quién es el amante de esa mujer.
-
-Para todo tenía el misántropo un ¡bah! desdeñoso y de superioridad. El
-viejo Frechón, como se llamaba a sí mismo, había pasado muchas noches
-en la esquina de una calle aguantando el frío de la noche o tendido en
-el campo recibiendo la lluvia para averiguar alguna cosa que, después
-de todo, no le importaba nada.
-
-Hacer un agujero en la pared y espiar lo que pasaba en una habitación
-inmediata, aunque no ocurriera en ella nada de particular, le parecía
-una maravilla de interés.
-
-La guerra civil de España le daba muchos motivos de espionaje y de
-intrigas.
-
-Otro placer para él delicioso, lleno sin duda de matices agradables,
-era el escribir anónimos. Se procuraba así una de sus mayores
-satisfacciones. Dominaba la técnica del anónimo, la tenía muy bien
-estudiada; sabía por qué indicios se podría descubrir al autor, sabía
-el sistema para no dejar rastros, y en su casa guardaba papeles traídos
-de fuera y sacados de varias partes.
-
-Llegaba a disfrutar así de la más dulce impunidad; pensar que no había
-manera de descubrirle y que podía, además, sugerir la idea de que era
-otro el autor del anónimo.
-
-Frechón era envidioso; su mayor placer hubiera sido quitar el dinero
-a ciertas gentes y, al dejarles en la miseria, hacerles una mueca de
-burla.
-
-Frechón vivía con su hermana, solterona de muy mal carácter y muy
-rencorosa.
-
-Al misántropo le gustaba Manón y la miraba siempre con ojos de ogro,
-pero ella le despreciaba profundamente.
-
-La jugada de Chipiteguy con las custodias y las cruces de Pamplona
-colmó la medida de rabia de Frechón.
-
-Frechón, desde que había vuelto a Bayona, estaba furioso contra
-Chipiteguy.
-
-El misántropo disimuló, se mostró amable con el viejo, sonsacó lo que
-pudo a Alvarito y a Claquemain y fué a visitar por segunda vez a Gamboa.
-
-El cónsul de España estaba indignado contra Chipiteguy, pero no quería
-confesar lo ocurrido y repetía siempre que él no había hecho encargo
-alguno al chatarrero.
-
-Frechón se pasaba horas y horas pensando en preparar una celada al
-viejo, paseando por la tienda como un lobo en la jaula y haciendo
-crujir sus falanges. Se le ocurrió también que Alvarito le estorbaba y
-le escribió dos anónimos amenazándole.
-
-Otra vez hizo que Claquemain se disfrazara con el traje del _Asesino_ y
-apareciera por la ventana de la reja que daba al patio donde trabajaba
-Alvarito. Este tuvo un momento de serenidad; comprendió la farsa, fué
-a la cueva y cerró la puerta con llave. Al poco tiempo Claquemain tuvo
-que llamar.
-
-Dos días después Alvarito recibió una carta que decía:
-
-"Si no te vas inmediatamente de esta casa, morirás.--_El Asesino._"
-
-Alvarito tuvo la suficiente presencia de espíritu para no decir nada a
-nadie. Ya comprendió de dónde venía la amenaza. Alvaro veía con asombro
-que a él le producían más terror los peligros imaginarios que los
-reales. Ante éstos conservaba la sangre fría y no se le iba la cabeza.
-
-
-
-
-III
-
-LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY
-
-
-La madre de Rosa, la señora de Lissagaray, simpatizó mucho con
-Alvarito y le invitó a que fuera todos los domingos a pasar la tarde
-a la tertulia que celebraba en su casa. Podía llevar, si quería, a su
-hermana Dolores.
-
-La reunión de Lissagaray tenía fama en Bayona de ser casi una agencia
-de matrimonios; iba a ella mucha gente joven.
-
-La señora de Lissagaray, viuda y dueña del bazar de los Arcos, el
-Paraíso Terrenal, esperaba casar a su hija; necesitaba a un hombre al
-frente de su negocio. Para que la muchacha conociese algunos jóvenes y
-fuese conocida, recibía a sus amigos los domingos por la tarde.
-
-A esta tertulia acudía casi siempre Manón y comenzó también a ir
-Alvarito y su hermana Dolores. En la reunión se jugaba a varios juegos,
-sobre todo al _wisth_, y se conversaba.
-
-Se hablaba entre las personas serias de lo que ocurría en Bayona, de
-la política del gobierno de Luis Felipe, de la guerra carlista y de
-la protección que dispensaba a los liberales españoles el general
-Harispe, cosa que a la mayoría no parecía bien. Madama Lissagaray tenía
-que estar siempre atenta para no dejar languidecer la charla y para
-impedir también que algún jovencito o alguna muchachita hicieran una
-inconveniencia. Las señoras llevaban a la tertulia labores de ganchillo
-o de aguja. Los jóvenes tocaban el piano, cantaban, bailaban y se
-discutían los libros de Walter Scott, Chateubriand y del vizconde de
-Arlincourt. Los que estaban más a la moda hablaban de Balzac, de Dumas
-y de Jorge Sand.
-
-Algunos días señalados del año había baile. Se bailaba la contradanza
-o "quadrille", los lanceros y el vals. Todavía no había comenzado el
-furor de la polca.
-
-Varios tipos curiosos asistían a la tertulia, españoles y franceses.
-
-De los españoles, Aviraneta iba con frecuencia a enterarse de lo que se
-decía en Bayona por los carlistas acerca de la guerra. Había corrido la
-voz de que era masón y todo el mundo lo repetía, pero como era hombre
-amable se le perdonaba.
-
-Otro español, tertuliano asiduo, era un tal don Ramón, emigrado
-carlista, hombre de alguna fortuna, que mataba sus ocios poniendo letra
-española a las canciones francesas y regalándolas a los amigos. Su
-mujer las solía cantar, acompañándose de la guitarra.
-
-Con las adaptaciones suyas las canciones tomaban en castellano un aire
-falso y romántico muy curioso.
-
-Entre las damas de la tertulia llamaba la atención la señorita María de
-Taboada, española carlista, de aire decidido, de quien se decía estaba
-para casarse con el general de don Carlos, don Bruno Villareal.
-
-María Luisa, en esta época, servía de institutriz en casa de una
-familia francesa en una finca de los alrededores de Bayona. María
-Luisa había venido varias veces a la tertulia de madama Lissagaray en
-compañía de don Eugenio de Aviraneta y dos o tres veces con don Pedro
-Leguía.
-
-Frecuentaba también la tertulia una señora española carlista, doña
-Tecla, amiga de doña Jacinta Pérez de Soñanes (alias "la Obispa"). Doña
-Tecla llevaba una enorme peluca negra y tenía una gran suficiencia y
-una pedantería. Era una definidora de lo que se podía hacer y de lo que
-no se podía hacer. Todo, según ella, estaba legislado, y la que tenía
-la clave de las verdades era ella. Esta Tecla daba la nota verdadera,
-el _lá_ del diapasón. Era el árbitro de las buenas costumbres y de las
-buenas formas.
-
-Una señorita de la reunión muy distinguida era Paquerette Recur,
-damisela de unos treinta años, delgada, sonriente, vestida siempre con
-trajes vaporosos.
-
-La señorita Recur, muy amable, muy graciosa, tenía una cara un poco
-vaga, que a veces parecía bonita y a veces no. Había estado dos a tres
-veces a punto de casarse; pero, sin duda, le faltaba la decisión y
-tenía miedo al matrimonio.
-
-A Alvaro le recordaba la figura de cera a la cual Chipiteguy y él
-llamaban la Bella Inglesa.
-
-Paquerette era, al decir de la gente, muy sentimental y un tanto
-novelera, y había huido siempre de los matrimonios de conveniencia,
-porque tenía la ilusión de casarse enamorada.
-
-Dolores y Rosa se hicieron muy amigas de Paquerette y recibieron sus
-confidencias.
-
-Por aquel entonces la señorita Recur tenía gran amistad sentimental con
-Marcelo, el sobrino de Chipiteguy y tío de Manón.
-
-Marcelo era un hombre rubio, sonriente, de treinta y cinco a cuarenta
-años, viudo y sin hijos. Había estado casado con una mujer de carácter
-un tanto agrio, según se decía.
-
-Marcelo era ingeniero mecánico y tenía muchas ideas, algunas muy
-luminosas, pero no ganaba dinero. Se le veía constantemente con el
-traje arrugado y las manos manchadas, con las uñas quemadas por los
-ácidos.
-
-Chipiteguy le acogía bien, porque notaba que Marcelo no aspiraba a su
-herencia; Manón bromeaba mucho con él por motivo de la señorita Recur.
-
-Alvarito se hizo amigo de Marcelo y éste le explicaba sus ideas y sus
-proyectos.
-
-El mecánico soñaba en industrializar el mundo, en aprovechar los saltos
-de agua, la fuerza del mar y hasta la del sol.
-
-Suponía, equivocadamente, que el período de industrializar la tierra
-llegaría en veinte o treinta años.
-
-Mientras soñaba, el dinero pasaba a su lado y él no podía darle el
-alto. En su casa se le veía a Marcelo haciendo planos sobre una mesa de
-cocina, fumando, con el tiralíneas o el compás en la mano o analizando
-algo en un tubo de ensayo.
-
-La madre de Marcelo se incomodaba mucho con él; pero si alguien hablaba
-mal de su hijo, le defendía con energía y decía que la gente no podía
-entenderle por ser él demasiado inteligente para tratar con individuos
-torpes y toscos. La gente de Bayona, según ella, no comprendía más que
-el comercio con sus socaliñas, como los judíos, y Marcelo era un sabio,
-un inventor.
-
-El idilio entre el mecánico y la señorita Recur hacía sonreír a los
-tertulianos de Madama Lissagaray, pero había algunos y algunas que no
-lo miraban con simpatía.
-
-Una de éstas era la señorita Verónica Bizot, que hacía con su tipo,
-duro y agrio, un gran contraste con la gracia aniñada y vaporosa de
-Paquerette.
-
-La señorita Bizot era una solterona, de cuarenta a cincuenta años, que
-daba miedo por su gesto siniestro y su personalidad agresiva.
-
-La señorita Bizot, que había sido inquilina de la casa que pertenecía a
-Madama Lissagaray, era alta, desgarbada, cetrina, con cara de hombre,
-nariz fuertemente pronunciada y ojos claros, opacos y burlones. Cubría
-su cabeza, ya calva, con una peluca rubia y tenía unos lunares con
-cerdas en el labio.
-
-La Bizot era mujer de perversa intención, que decía frases incisivas
-siempre que podía y ponía motes sangrientos. La recibían en las casas
-por miedo a su lengua mordaz. La señora de Lissagaray era de las que
-más le temían.
-
-La Bizot derivaba, quizá por sus malos instintos, al erotismo. Vivía en
-una casucha de la calle de la Carnicería Vieja, desde donde se veían
-los grandes olmos de la muralla.
-
-La Bizot contaba que por la parte de atrás de su casa había una ventana
-que caía a otra calle, enfrente de una casa de prostitución que daba al
-Rempart Lachepaillet, y se pasaba horas y horas desde su observatorio
-para ver lo que ocurría en el burdel.
-
-Iba también a un caserío en donde había un toro padre, a ver cuando
-llevaban a las vacas a cubrirlas. Probablemente sentía no ser vaca. La
-Bizot había vivido, según se explicaba, de manera satírica, con una tía
-suya que debía parecerse a ella en su mala intención, a la que odiaba
-profundamente.
-
-Durante años y años, tía y sobrina se hicieron guerra a muerte. Vivían
-juntas, porque no tenían medios para vivir separadas.
-
-Llegaron en su odio a echarse una a otra tierra en el chocolate y
-acíbar en el vino. Si la una tenía plantas en el balcón, la otra las
-regaba con agua caliente para que se murieran. Llegó la sobrina a
-echar pulgas en la cama de su tía.
-
-La Bizot era una mujer sádica, y a las muchachas pequeñas que tenía de
-criadas, y a las que no les daba casi salario, las pegaba y llenaba los
-brazos de cardenales.
-
-Le roía a la solterona la rabia de su fealdad, de su inutilidad en la
-vida, el no haber podido ilusionar a nadie. Unicamente parece que había
-tenido algunos éxitos por carta exponiendo sentimientos románticos. Por
-las demás mujeres sentía un odio felino.
-
-La Bizot no tenía más que una renta pequeñísima, de unos seiscientos
-francos al año, y vivía haciendo combinaciones, comiendo fuera de casa
-y a veces casi sin comer.
-
-La Bizot, que no sentía simpatía por nadie, tenía que fingir
-amabilidad, interés por las gentes. Desde hacía algún tiempo estaba en
-relaciones de gran intimidad con una muchacha vecina suya, de vida un
-tanto alegre, con quien comía con frecuencia. Esta muchacha, a quien
-llamaban Nené, explotaba a unos viejos amantes. El padre de Nené se
-aprovechaba de la prostitución de su hija y pasaba la vida sonriente y
-tranquilo.
-
-La Bizot era muy amiga de Nené, y la defendía y la aconsejaba. Había
-visto, desde hacía ya tiempo, la marcha que llevaba la muchacha, y con
-esa constancia de la solterona y de la gente del rincón provinciano, la
-esperó como el cazador a su presa. La Nené era de un impudor tranquilo,
-una cortesana; pero la Bizot aseguraba en todas partes que lo que se
-contaba de ella era falso y calumnioso.
-
-La Nené no tenía nada de loca ni de casquivana. Era tranquila como una
-vaca, sin pudor; engordaba, salía poco de casa, no derrochaba y era
-trabajadora. Se vestía bien y solía ir a Biarritz y a San Juan de Luz,
-donde tenía citas con burgueses ricos de la ciudad.
-
-El viejo, el padre, se entendía con una criada. La vida de Nené y de su
-padre daban mucho que hablar. Un vecino relojero, que tenía la tienda
-en la calle de los Vascos, decía que había días que se habían reunido
-los señores que visitaban a Nené, y que uno de ellos había dicho,
-parodiando la frase de Napoleón en Egipto: "Desde el fondo de estas
-butacas cuarenta siglos os contemplan".
-
-La Nené, aconsejada por la Bizot, guardaba dinero. La Bizot hubiera
-querido explotarla, pero ella y su padre defendían los cuartos
-con energía. Cuando jugaban a cartas la solterona y la muchacha
-entretenida, luchaban por arrancarse un céntimo horas y horas.
-
-Lo único que solía sacar la Bizot de la casa era la comida.
-
-La Nené sabía muy bien colocar su capital en rentas sólidas y parte en
-la usura. Esta ciencia práctica parece que le venía de su madre, que
-era hija de un judío.
-
-La casa de la Nené tenía un aire respetable y elegante. La hetaira
-bayonesa se vestía con una elegancia que seducía a sus amantes, hablaba
-y discutía de cuestiones de literatura y jugaba. Ella les ganaba a los
-viejos contertulios en el _whist_, porque era lista para el juego y
-hacía trampas.
-
-La Nené tenía formas y maneras de hablar que los viejos viciosos y
-crapulosos del comercio que la visitaban encontraban muy distinguidas.
-
-La Nené, a pesar de ser desconfiada y maliciosa, creía en las
-adivinadoras y echadoras de cartas y solía ir con frecuencia, en
-compañía de la Bizot, a casa de una cartomántica.
-
-Esta cartomántica, madama Canis, había sido comadrona y vivía en la
-calle de la Torre de Sáult, en una casa negra, cerca de un torreón de
-la antigua muralla.
-
-Madama Canis era una mujer aventurera, casada dos o tres veces,
-celestina, comadrona y, según las malas lenguas, proveedora de
-angelitos para el cielo o, por lo menos, para el inseguro limbo.
-
-Se decía que mientras fué comadrona una de las preguntas de ritual que
-hacía a la cliente o al que la acompañara era ésta:
-
---¿Debe vivir o no la criatura?
-
-Alguna vez tuvo un descuido y fué a la cárcel y le impidieron continuar
-el oficio.
-
-En casa de madama Lissagaray, la Bizot solía hacer casi siempre de
-buzona. Satirizaba a la gente, la imitaba, la caricaturizaba, con una
-intención y un fondo de mala sangre disimulado.
-
-Todos los contertulios de madama Lissagaray habían sido parodiados por
-la solterona, naturalmente, cuando no estaban ellos delante. Imitaba
-también con mucha exactitud a Patrich, el sepulturero, y a Moisés
-Panighettus, que vivían en su misma calle; a Chipiteguy y a sus dos
-criados, Quintín y Claquemain.
-
-A Alvarito le chocaba por debajo de la cortesía la malevolencia de las
-gentes. Se extrañaba de que no hubiera afecto entre aquellas personas.
-Casi todo el mundo se odiaba. ¿Sería esta frialdad general en la vida?
-
-A él le hubiera gustado tener amor, simpatía por los otros, y que su
-amor y su simpatía le hubieran sido devueltos por los demás; pero, al
-parecer, tal amor recíproco era imposible. La gente, la mayoría que le
-rodeaba, era indiferente, hostil y socarrona. De ahí el gran afecto que
-iba tomando a Chipiteguy, que se mostraba con él amable y efusivo...
-
-Hubo día que la tertulia de madama Lissagaray fué un plantel de
-mujeres guapas. Estaban la condesa de Hervilly, una belleza rubia, con
-la señora de Vargas, morena, de un tipo clásico; María de Taboada, con
-su aire caprichoso y extraño; Paquerette Revur, como una figurita de
-porcelana; Rosa con su tipo de mujer meridional, y Manón, rubia, alegre
-y alocada.
-
-Entre ellas mariposeaban algunos jóvenes tenientes, algunos dandys, el
-vizconde Saint-Paul y el caballero de Montgaillard, que era de los que
-tenían más éxito.
-
-Alvarito había estado durante mucho tiempo pendiente de que el
-caballero de Montgaillard hiciese la corte a Manón; todo lo hacía
-pensar así; pero de pronto entre el joven y la muchacha se manifestó
-una gran hostilidad, y el elegante apareció como satélite de la condesa
-de Hervilly.
-
---Es un imbécil--dijo Manón con una rotundidad muy suya--; cree que
-todo el mundo, empezando por las mujeres, deben tener las condiciones
-que a él le faltan de bondad, de generosidad y demás. ¡Que se vaya al
-diablo!
-
-A su vez el caballero parece que dijo repetidas veces:
-
---¡Qué malas son las mujeres! ¿Por qué serán tan malas?
-
-El caballero se puso a cortejar a la condesa de Hervilly.
-
-Montgaillard, en el poco tiempo que llevaba en Bayona, se había hecho
-conocido de todos. Se le veía con frecuencia con el marqués de Lalande
-y con el príncipe de Lichnowsky. Se aseguró que tenía una misión
-secreta dentro del carlismo.
-
-Alvarito pensó que Manón había conocido a Montgaillard en seguida. Era
-una mujer tan inteligente que no se le podía escapar nada.
-
-La superioridad de Manón se manifestaba en todos los órdenes de la
-vida, según el joven Sánchez de Mendoza. El se reconocía muy inferior
-a su lado; Manón aprendía con facilidad las lenguas; Alvarito era muy
-torpe; Manón tenía mucho sentido musical; en cambio, Alvarito carecía
-por completo de él y tardaba en coger una canción cualquiera y no sabía
-tararear bien el _Himno de Riego_ o la _Marsellesa_.
-
-Manón cogía al vuelo todas las canciones que oía con rapidez
-extraordinaria; las tocaba en seguida al piano y las tarareaba,
-dándolas mucho aire, pero no quería estudiar.
-
---Yo únicamente estudiaría--solía decir desdeñosamente--si me oyesen y
-me aplaudiesen; pero, para que me oigan mi tía María y la Tomascha, no
-vale la pena.
-
-Alvarito se entristecía pensando en esto. ¿Cómo conquistar aquella
-muchacha caprichosa, independiente y llena de seducciones? ¿Cómo
-convertir la mujer de lujo en una mujer de hogar? El convenía en su
-fuero interno que no podía competir con ella en nada.
-
-Desde que había reñido con el caballero de Montgaillard, Manón
-escuchaba a Alvarito con más atención y le manifestaba mayor amistad.
-
-Manón le prestó los libros de Walter Scott, que tenía en una colección
-encuadernada y con láminas. Alvarito encontraba a Manón en las heroínas
-de todas las novelas del autor escocés. Era Diana Vernon, de _Rob Roy_;
-Mina y Brenda, del _Pirata_; Julia, de _Guy Mannering_; Edith, de _Los
-Puritanos de Escocia_; Lady Rowena, de _Ivanhoe_, y Amy Robsart, de
-_Kenilworth_.
-
-Algunas tardes de otoño Alvarito acompañaba a Manón y era muy feliz.
-Tenía la andre Mari, una señora pariente que vivía en la calle de la
-Torre de Sáult. A veces, las tardes de invierno, iba Manón a la casa
-de visita. Como el sitio era extraviado, Chipiteguy le enviaba a Alvaro
-a acompañarla.
-
-Cuando iban a media tarde, llegaban a la Puerta de España, donde se
-amontonaban coches de alquiler de todas clases y salían al campo.
-Otras veces marchaban por la muralla viendo los glacis verdes, con
-sus cañones y sus morteros, y las viejas torres del antiguo muro galo
-romano.
-
-De noche, a la vuelta, se metían por las calles negras y desiertas,
-iluminadas por algún lejano farol colgado de una cuerda y luchaban
-contra las ráfagas de aire encajonado que silbaba en las esquinas.
-
-Manón se agarraba del brazo de Alvarito, y así iban, riendo de la
-fuerza del viento, hasta llegar a la plaza del Reducto.
-
-Hablaban los dos de su vida anterior, de su familia, de los recuerdos
-de la infancia.
-
-Ella le preguntaba mil cosas; quería saber cómo había vivido antes.
-
-No le gustaba a Alvarito que Manón fuera a su casa, para que no viera
-aquellos pobres muebles ridículos que ellos tenían; pero a Manón la
-pobreza no le importaba. No le parecía una inferioridad, ni mucho
-menos, sino un estado, que podía ser pasajero o no, pero que no tenía
-nada que ver con la dignidad.
-
-Manón y Alvaro no estaban conformes en nada. Cuando Alvarito decía que
-él era monárquico y católico, ella afirmaba con petulancia que era
-jacobina y librepensadora. Cuando él decía que era español y patriota,
-ella replicaba que no se sentía francesa, sino vasca, y que tenía
-sangre de brujos.
-
-Aquel carácter voluntarioso, de una exuberancia y de una espontaneidad
-grandes, no podía acordarse con un temperamento más calmado, más
-inquieto, como el de Alvarito.
-
-Alvarito estaba cada vez más enamorado de ella.
-
-Manón era coqueta y le halagaba el hacer conquistas. Le hablaba mucho a
-Alvarito, le consultaba, y algunas veces condescendía a tocar el piano
-sólo para él.
-
-A veces él la tenía odio, como cuando Manón decía a su tía María con
-dulzura:
-
---No quiero estar en casa. Me aburro con vosotras.
-
-En general, él la encontraba en un plano más alto. Alvarito reconocía
-que esto no dependía de sus medios de fortuna; que la superioridad de
-la nieta de Chipiteguy no estaba en circunstancias exteriores, sino en
-la personalidad.
-
-Manón tenía más energía, más vida; pero él, en cambio, era más
-perseverante, más fiel.
-
-Manón tenía, indudablemente, una gran vitalidad. Era como una planta
-lozana, llena de savia; en cambio, él no: era una organización más
-pobre.
-
-Con Rosa, Alvarito se encontraba al mismo nivel; quizá a veces se
-sentía superior. Rosa no tenía condiciones para las artes; ni la
-música, ni la literatura le entusiasmaban.
-
-Decía que sí, que le gustaba mucho; pero lo decía porque no se atrevía
-a ser sincera. Le faltaba principalmente intuición. Los juicios suyos
-dependían de lo que oía alrededor.
-
-Rosa tenía una gran timidez. En la tertulia de su madre se le
-veía muchas veces ruborizarse por cualquier cosa y balbucear algo
-en confusión. Entonces era cuando estaba más guapa. La señora de
-Lissagaray sabía que su hija no era, ni mucho menos, tan brillante como
-Manón; pero esta inferioridad de su hija, para ella era una ventaja y
-no un inconveniente. Era indudable que para ser una burguesita casada
-con un comerciante no se necesitaba para nada ser original. Es más:
-esto casi era un inconveniente.
-
-Manón y Rosa no estaban tampoco muy conformes en sus ideas y discutían
-sus respectivas opiniones; Manón, con imperio, y Rosa, con su manera
-tímida y apocada, aunque tenaz. Manón consideraba que el amor debía ser
-una cosa alegre y divertida y siempre nueva.
-
---No, no; nada de cosas serias, sino reír, cantar y coquetear.
-
-En cambio, para Rosa el amor tenía otro carácter. Era la abnegación, el
-sacrificio, la fidelidad al ser amado.
-
---Hablas como un libro--decía Manón--; pero todo eso debe ser muy
-fastidioso.
-
-Alvarito tenía también ideas caballerescas: la hidalguía, el respeto a
-la mujer, el no engañar, el sostener la palabra a toda costa eran sus
-dogmas.
-
-Alvarito creía que aquellas ideas le venían a él por su abolengo
-aristocrático, tan exaltado por su padre, por la sangre de los Sánchez
-de Mendoza y de los Montemayor.
-
-Esta creencia en la sangre noble, dictando las prácticas elevadas de
-la vida, era para él una religión, una especie de misticismo que le
-alentaba y le sostenía y le hubiera impedido cometer una vileza e
-impulsado a intentar una heroicidad.
-
-Una vez, Alvarito y Manón hablaron largamente, al volver, de noche, de
-la casa de la pariente de la andre Mari, a donde iba Manón.
-
-Se ocuparon de la manera de ser de uno y de otro, de los amigos y de
-las amigas. Manón no tenía entusiasmo por el matrimonio.
-
---Anularse ante un hombre--decía ella--, no me parece un ideal.
-
---Pero, ¿quién se anula? La mujer tiene sus ocupaciones--dijo Alvarito,
-que era profundamente conservador.
-
---¿A ti te gustaría tener una mujer y no vivir más que para ella?--le
-preguntó Manón.
-
---A mí, sí.
-
---¿Todas las horas, todos los días?
-
---Sí.
-
---¿Todos los minutos?
-
---Sí.
-
---¿No tener más pensamientos que para ella?
-
---Sí.
-
---¿No tener nada oculto?
-
---Nada.
-
---Pues, chico, a mí, no. Yo siempre quisiera tener libertad.
-
---¿Libertad? ¿De qué? ¿De ir y venir?
-
---No sólo de eso, sino libertad también de querer.
-
---¿De querer y de no querer?
-
---No; libertad de querer una vez más, otra vez menos; libertad de
-olvidar por momentos...
-
---Pero eso lo da la misma vida, creo yo; la edad, las ocupaciones...
-
-Manón se echó a reír.
-
---¿Por qué te ríes?--preguntó Alvaro.
-
---Porque pareces un viejo; discurres demasiado bien.
-
---No tengo tu exuberancia; tú tienes más vida que yo y más talento.
-
---¡Bah!
-
---Sí. Todos lo notan. Pedro, el hermano de Morguy, dice que tú tienes
-una turbulencia insaciable y una versatilidad tal, que eres capaz de
-volver loco a cualquiera.
-
---¡Qué majadero!
-
---No; es verdad. Todos los demás somos más tranquilos que tú.
-
---Sí, mosquitas muertas, como dice mi abuelo. No hay que fiarse del
-agua mansa.
-
---¿No te fiarías de mí?
-
---Sí, sí. ¿Por qué no?
-
---Pedro supone que tú eres una mujer de lujo, pero no una mujer
-confortable.
-
---Y él, ¿qué es? Un imbécil.
-
-Manón, sin duda, no le perdonaba al hermano de Morguy el no haber
-caído, como los demás, rendido a sus pies.
-
-
-
-
-IV
-
-LAS PREOCUPACIONES DEL HIDALGO SÁNCHEZ DE MENDOZA
-
-
-Mientras Alvarito y su hermana Dolores sostenían la casa y trabajaban,
-el uno llevando cuentas en el despacho mugriento y triste de
-Chipiteguy, la otra encorvada sobre el bastidor bordando para la
-Falcón, el padre de ambos, don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza y
-Montemayor se dedicaba a las labores propias de su condición de noble
-hidalgo, que consistían, principalmente, en no hacer nada y en divagar
-por los amenos campos de la política, de la genealogía y del blasón de
-los Sánchez de Mendoza.
-
-La política le preocupaba a don Francisco Xavier. ¿Qué iba hacer él?
-Era un hombre importante. ¿Quién tiene la culpa? Es el Destino el que
-coloca a unos en las cimas y a otros en el fondo de los valles.
-
-El hidalgo estaba convencido de que le perseguían los agentes del
-cónsul de España, los marotistas y los masones. Había una guerra a
-muerte entre la masonería y él.
-
-El veía tipos sospechosos que se le acercaban en la calle; comprendía
-que se hacían signos masónicos en los cafés y que había señales en los
-balcones de las casas, con pañuelos de color, y de noche con luces.
-Todo esto lo sabía muy bien él, pero callaba.
-
-Otra cosa que le preocupaba hondamente era el cargo de Alvarito en casa
-de Chipiteguy.
-
-¿Después de haber sido su hijo empleado en una trapería, se podía
-cruzar caballero? ¿Podría pertenecer a las órdenes militares? Temía que
-no. Era algo terrible este empleo del chico en casa de Chipiteguy, en
-la tienda de un trapero y chatarrero, jacobino y masón por más señas;
-algo casi tan terrible como la barra de bastardía que aparecía ¡estaba
-probado! en la rama de los Pérez del Olmo, esta rama de los Olmos tan
-perturbadora. ¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Qué diría su amigo el
-duque! ¡Qué diría el general! ¿Llegaría la noticia hasta don Carlos?
-
-El señor Sánchez de Mendoza podía haber pensado que quizá si él hubiese
-trabajado, su hijo no hubiera tenido necesidad de entrar en la tienda
-de hierro viejo; pero, no, él nunca se dedicaría a un trabajo innoble,
-y los trabajos nobles no se presentaban. ¿Quién tenía la culpa?
-
-La mujer de Sánchez de Mendoza, madre de Alvarito, pobre mujer flaca,
-triste, de color de limón, sin alegría alguna, con el convencimiento
-íntimo de que su vida no podía ser más que una serie de desdichas,
-larga tragedia obscura y dolorosa, escuchaba a su marido como a un
-oráculo.
-
-Don Francisco Xavier la había convencido de que él era hombre
-importante y de que, además, la amparaba, tendiendo sobre sus hombros
-un manto protector. Al pensar algunas veces en esto, don Francisco
-Xavier extendía los brazos como si estuviera poniendo un manto y se
-figuraba, conmovido, que efectivamente amparaba a su mujer.
-
-Como ésta solía tener mucha faena en la casa, el hidalgo se lavaba él
-mismo los pañuelos y los cuellos en la palangana, hacía que su hija
-los planchara, se ponía su sombrero chambergo y su capa y se marchaba
-a distraerse y a presumir con cierto aire de mosquetero; paseaba por
-delante de los escaparates de las calles céntricas, donde se estudiaba
-para ver su prestancia; miraba trabajar al relojero o al guarnicionero;
-saludaba a algunos dueños de tiendas de ultramarinos, zapaterías y
-lencerías de la calle de España, que eran carlistas, y compraba dos
-cuartos de tabaco en un cucurucho de papel de periódico, que ponía en
-seguida en una petaca de cuero con las armas de los Sánchez de Mendoza.
-
-Compraba el tabaco en el Pequeño Suizo, que era café y estanco. Cuando
-tenía dinero se sentaba en una mesa a tomar café. El Pequeño Suizo
-tenía en el escaparate, entre pipas y eslabones, una figura de cera, un
-hombre con un gorro peludo, grande, de casaca azul con galones dorados,
-pantalones blancos, botas de montar, negras, y una pipa de barro muy
-larga en la mano derecha.
-
-Era uno de los grandes placeres de Sánchez de Mendoza pasarse el tiempo
-en el Pequeño Suizo tomando café y hablando.
-
-Los parroquianos del café eran criados, cocheros, mozos de cuadra,
-horteras y algunas muchachas que trabajaban en los almacenes, público
-que gustaba a Sánchez de Mendoza, que era aristócrata, quizá más en
-teoría que en la práctica.
-
-Otro de los centros de reunión del hidalgo era la guitarrería del
-Sevillano.
-
-El sevillano Juan Manuel Redondo era un hombre bajito, con aire de
-torero, que había dejado Córdoba, donde vivía últimamente por la
-malquerencia de los liberales, que habían creído que Juan Manuel había
-tenido relaciones con las tropas de Gómez.
-
-Juan Manuel, después de su trabajo, solía sentarse con su blusa blanca
-y tocar y cantar con mucho arte.
-
-Iban con frecuencia a oírle varios españoles y hubieran ido más si
-la mujer del Sevillano, una soriana dura, no los hubiera espantado,
-diciendo que su marido necesitaba trabajar. Al anochecer, la
-guitarrería tomaba un aire clásico andaluz. Un quinqué iluminaba la
-tienda, con el techo colgado de guitarras, bandurrias y laudes; en
-unas estanterías se veían las cuerdas y en un rincón el torno. En la
-guitarrería se solía hablar principalmente de España y alguna que otra
-vez de política.
-
-A veces, don Francisco Xavier necesitaba cuidar más de su indumentaria
-para ir a visitar al obispo de León, llegado de Guethary; a su amigo el
-señor de Corpas, al marqués de Hautpoul o a monsieur Auguet de Saint
-Sylvain, y entonces la mujer dejaba un momento la cocina, o el harapo
-que estaba lavando o remendando; la hija abandonaba el bordado y entre
-las dos acicalaban al hidalgo.
-
-El señor Sánchez de Mendoza iba también a la tertulia del periodista
-inglés Mitchell, que escribió, después del Convenio de Vergara, el
-folleto titulado _El campo y la corte de don Carlos_, donde se atacaba
-violentamente a Maroto.
-
-Este Mitchell estaba casado con una española y se decía que era judío.
-
-Cuando llegaba a Bayona el obispo de León, don Francisco Xavier era de
-los que se presentaban con más apresuramiento a besarle el anillo.
-
-Sánchez de Mendoza se manifestaba antimarotista. El general Maroto le
-parecía un audaz revolucionario, enemigo del trono y del altar, de este
-trono y de este altar que debían ser intangibles, inmaculados para
-todo buen monárquico y católico. Esto de intangible e inmaculado lo
-decía el hidalgo con una voz un poco lacrimosa.
-
-Don Francisco Xavier no tenía muchas ocupaciones; sus dos talentos
-principales consistían en escribir con una letra estilo Iturzaeta y
-en calcar escudos y después pintarlos a la acuarela. No los hacía
-muy bien; pero como cobraba poco, a peseta y a dos pesetas cada uno,
-poniendo él la cartulina, sacaba algún dinero, dinero que naturalmente
-no entregaba en su casa, sino que se lo gastaba en el Pequeño Suizo.
-
-Alvarito y Dolores sostenían la familia. Dolores trabajaba para la
-tienda de antigüedades de la Falcón; había aprendido a componer
-bordados antiguos, a imitarlos y a hacer escudos. Combinaba, con mucho
-arte, el punto de Venecia, el de Alenzón y el de aguja, y ganaba seis y
-siete francos al día. Trabajaba también algo para fuera y la señorita
-de Taboada le había recomendado a familias legitimistas francesas, que
-pagaban su trabajo con esplendidez.
-
-A pesar de este bienestar, que iba llegando paulatinamente a su casa,
-el señor don Francisco Xavier no estaba contento con la posición de
-sus hijos. ¡Dolores, bordando para fuera! ¡Alvarito, en una tienda de
-hierro viejo!
-
-¡Qué dirían los antiguos Sánchez de Mendoza si vieran a sus
-descendientes ocupados en tan viles menesteres! ¡Qué dirían los
-Montemayor y los Porras! ¡Cómo temblarían sus huesos de vergüenza y de
-indignación en los viejos sarcófagos, ornamentados por los artistas de
-la Edad Media en los silenciosos claustros de las catedrales!
-
-Aquella preocupación y el hallazgo de la barra de bastardía de los
-Pérez del Olmo, esta rama de olmo poco segura, amargaban los instantes
-del monárquico aristócrata.
-
-Alvarito, aunque no con la misma intensidad de su padre, pensaba
-también en sus antepasados. Creía que éstos, desde sus tumbas frías, le
-exhortaban a ser leal, valiente y caballero.
-
-Para Alvarito, aquellos Sánchez de Mendoza, que él se los figuraba
-pálidos y con armaduras de acero, eran tan reales como si de veras
-existiesen. Muchas veces, mientras paseaba por las orillas del Adour,
-pedía consejo a los viejos manes de su familia.
-
-Pero si Alvarito seguía teniendo respeto por los antepasados, comenzaba
-a sentir cierto desdén por su padre, que iba en aumento. No lo podía
-remediar. Le era imposible. Por más que intentaba convencerse de
-que los hijos tenían que respetar a sus padres, este respeto se le
-desvanecía a la carrera.
-
-El que el hidalgo viviese tranquilamente del trabajo de sus hijos,
-sobre todo de Dolores, como si fuera de una renta, le empezaba a
-molestar. No le importaba, no le preocupaba al hidalgo que la muchacha,
-débil, como era, se pasara las horas trabajando, inclinada en el
-bastidor; no era capaz de ahorrarle un poco de trabajo; al revés, le
-daba prisa, le hacía consideraciones sobre la premura de la obra.
-
-El buen hidalgo tenía como el negociado de las frases, cosa que ya a
-Alvarito le producía un comienzo de indignación.
-
-El señor Sánchez de Mendoza, que iba notando que su hijo le miraba
-con un aire interrogador, como preguntándole: "¿Y usted qué hace?",
-inventaba toda clase de mentiras. De un día a otro iba a comenzar a
-trabajar. Ese tiempo vago de un día a otro no llegaba nunca.
-
-Hacia final de 1838 la campaña de los antimarotistas de Bayona se
-agudizó. El señor Sánchez de Mendoza, como antimarotista perspicuo,
-adquirió alguna importancia. Se dijo, por entonces, que la mujer de
-don Carlos, la princesa de Beira, se había convencido ya de que Maroto
-era un revolucionario, vendido a los masones y a los enemigos del
-sacrosanto trono, y del no menos sacrosanto altar, y que había reñido
-con él. El padre Cirilo de la Alameda, a quien los liberales impíos
-llamaban el padre Ciruelo, se decidió también a declarar la guerra a
-Maroto.
-
-Los carlistas, y entre ellos nuestro hidalgo, que veían la política de
-su partido como una cuestión de servidumbre para el Señor, creyeron que
-la ruptura con Maroto iba a influír mucho en la marcha de la guerra;
-pero no fué así. Todos los ultrarrealistas, los puros, como se llamaban
-ellos, hablaban cada día con más odio de Maroto y con más entusiasmo de
-Cabrera, que era el héroe, el paladín por excelencia.
-
-Nuestro Sánchez de Mendoza ponía los ojos en blanco al hablar del
-caudillo de Tortosa.
-
-Aquellas palabras sonoras el paladín, el trono, el altar, los puros, le
-llenaban la cabeza de viento.
-
-A pesar de todo, los manejos de los apostólicos no progresaban. El
-capuchino Casares, enviado por el obispo de León con cartas, en las
-que se intentaba desacreditar a Maroto, Villarreal y los suyos, fué
-detenido por los mismos carlistas y metido en la cárcel. El padre
-Larraga y el general Uranga volvieron del extranjero sin un cuarto.
-
-
-
-
-V
-
-EL SECRETO DE SONIA VOLKONSKY
-
-
-Las tertulias de madama Lissagaray siguieran animadas, aunque con
-algunas intermitencias. A mediados de otoño, el día de San Martín, hubo
-en su casa un baile de trajes. Casi todos los años por esta fecha solía
-celebrarse una gran reunión.
-
-Las muchachas tenían muchas esperanzas en la fiesta. Morguy vendría
-vestida de pastorcita, a lo Watteau; Rosa, con un traje del Directorio,
-muy bonito; Manón decidió vestirse de húsar y ponerse bigotes postizos.
-Como tenía la seguridad de su belleza no le importaba afearse. Los días
-anteriores al baile, las amigas de casa de Rosa se pasaron el tiempo
-disfrazándose. A Manón le gustaba vestirse de chico y bailar con otras
-muchachas, haciendo de hombre.
-
-Alvarito la contemplaba, maravillado de su animación y de su graciosa
-petulancia. A Alvaro le cosieron en casa un traje de pierrot.
-
-El día de la fiesta acababa de vestirse Manón de húsar, con cuyo traje
-estaba guapísima, y Alvarito, de pierrot, cuando vinieron Morguy y
-Rosita, las dos de malísimo humor. Morguy tenía trazas de haber llorado.
-
---¿Qué os pasa?--les dijo Manón.
-
---Chica, que estamos hechas unos adefesios y no sabemos
-arreglarnos--contestó Morguy.
-
---¿Pues?
-
---¿No te parece que tengo la falda demasiado larga?
-
---Sí, sí; es indudable.
-
---Pues en casa todo el mundo empeñado en que no. Este traje mío es un
-mamarracho. Nuestras madres dicen que estamos bien y que ya no hay
-tiempo de cambiar.
-
-Manón contempló a las dos amigas, una después de otra.
-
---Es verdad--dijo a Morguy--; tu falda está demasiado larga y el talle
-demasiado alto, y el peinado de Rosita y su capota están mal.
-
---¿Pero ya tendremos tiempo de cambiar?--preguntó Rosa.
-
---Sí. A ver, Alvarito--gritó Manón--. Dile a la Baschili que me traigan
-alfileres y una aguja.
-
-Alvarito fué corriendo a traer los alfileres y la aguja. Manón se
-arrodilló delante de Morguy y descosió unas puntadas. Luego sujetó aquí
-y allá, bajó el talle del vestido y en una media hora arregló la falda
-admirablemente.
-
---Ahora date un poco de rojo en las mejillas y déjate unos rizos en la
-frente.
-
-Morguy hizo lo que le decían y reconoció que había ganado muchísimo.
-
---Ahora tú--le dijo a Rosita--. Suéltate el pelo en seguida.
-
---Pero si me han dicho en casa que era así el peinado de la época.
-
---Pero eso es una tontería; tú no debes pretender ser un maniquí que
-tenga mucha exactitud histórica, sino buscar el estar más guapa.
-
---¡Naturalmente!--exclamó Morguy--. Es que esta chica es tonta. Es
-tonta. No comprende nada. Se lo he dicho mil veces.
-
-Manón le quitó la capota a su prima y aligeró el sombrero arrancándole
-unos adornos.
-
-Rosa cambió el peinado e hizo lo que le dijeron y se puso un poco de
-colorete en las mejillas.
-
---¿Cómo estoy?--preguntó Rosa a Alvarito.
-
---Muy bien, muy bien. Mucho mejor que antes.
-
---Bueno; pues vamos--exclamó Manón arreglándose rápidamente.
-
-Se pusieron unos gabanes y capas encima y fueron a la calle.
-
---¡Chica, qué lástima que no seas húsar de veras!--dijo Morguy a Manón,
-agarrándole del brazo--. Estarías irresistible.
-
-Alvarito se rió.
-
-Entraron en casa de Lissagaray. El salón estaba ya lleno. Las tres
-amigas hicieron mucho efecto. Solamente podía competir con ellas Sonia
-Volkonsky, vestida de zíngara, con un traje de seda de colores, la
-falda corta, un pañuelo rojo a la cabeza, collares en la garganta,
-pulseras en los brazos y una pandereta en la mano.
-
-Entre los hombres había algunos disfraces curiosos: Pedro D'Arthez
-iba con un muscadín del Directorio, con un traje elegantísimo;
-Montgaillard, de bandido napolitano; el vizconde de Saint Paul, de
-Arlequín; había también un chino y un negro, y el que daba la nota
-cómica era un herbolario de la vecindad de madama Lissagaray, Pascual
-Joliveau, que iba de Robinsón Crusoé. Robinsón Crusoé vestía un traje
-hecho de hojas de árbol, un sombrero y una sombrilla de lo mismo y un
-loro de verdad en el hombro.
-
-Se hicieron muchos chistes a costa del herbolario; pero éste estaba
-satisfecho al ver que llamaba la atención.
-
-Se bailó, se habló y se rió, y todo el mundo, en general, estuvo muy
-contento.
-
-A los amigos les chocó que mientras Montgaillard se alejaba de Manón,
-el vizconde de Saint Paul se acercase a la muchacha y se pusiera a
-cortejarla.
-
-El vizconde tenía el genio fuerte y hablaba poco. Había tomado el
-hábito de mostrarse frío e indiferente y ligeramente burlón.
-
-El vizconde era hombre serio, guapo, un poco taciturno para su edad y
-nada amigo de charlar a tontas y a locas, como Montgaillard. Saint Paul
-tenía aplomo; probablemente se creía una gran cosa, y no se mortificaba
-ni se ofendía su amor propio con verse al lado de una mujer sin decir
-palabra. Quizá en un caso así creía que la culpa era de la que se
-hallaba a su lado y no la suya.
-
---El vizconde está muy bien--dijo Morguy a Manón--; pero será un amo
-para su mujer.
-
---¡Bah! No me preocupa. No me tengo que casar con él.
-
---¿Quién sabe?
-
-Saint Paul y Montgaillard, amigos de la víspera, se miraron como
-rivales, con gran desprecio, y se manifestaron cada vez más hostiles.
-Manón bailó con varios jóvenes y, al pasar junto a un grupo,
-Montgaillard dijo una de las veces en voz alta:
-
---Estas mujeres que son capaces de estar tres o cuatro horas bailando
-no se diferencian mucho de las cocineras.
-
-Ella le oyó y contestó:
-
---Los hombres que insultan a las mujeres no se diferencian mucho de los
-lacayos.
-
-El joven Montgaillard enrojeció. Aviraneta había oído la frase de Manón
-y se levantó.
-
---¿Te han insultado?--dijo--. No lo permitiré yo.
-
---Gracias, don Eugenio--contestó ella, riendo--. Es una frase que hemos
-leído hoy en una novela y la repito.
-
-Montgaillard miró con impertinencia a Aviraneta y éste se engalló, como
-en sus buenos tiempos, y contempló desdeñosamente al joven.
-
-En uno de los descansos del baile, Montgaillard quiso obtener una
-explicación de Manón y la detuvo en el pasillo; pero ella le empujó
-violentamente con desprecio.
-
-Aviraneta se sentó entre los señores viejos, un poco sorprendido de la
-impertinencia del muchacho. Vió que Manón era cortejada por Saint Paul
-y que Sonia, la condesa de Hervilly, hablaba mucho con el caballero de
-Montgaillard.
-
-Se bailó una contradanza muy brillante y, al terminarla, madama
-Lissagaray avisó a sus invitados para que pasaran al comedor a tomar
-algo. En este momento la condesa de Hervilly se acercó a don Eugenio.
-
---Desconfíe usted de sus amigos, señor de Aviraneta--le dijo.
-
---¿Me va usted a decir la buenaventura, hermosa zíngara?
-
---Sí, el mejor día le van a dar a usted un disgusto. Quizá lo mejor que
-puede usted hacer es marcharse de aquí.
-
---¿Es eso serio?--preguntó él, asombrado--. ¿Qué quiere usted decir con
-eso, señora?
-
---Todos sus proyectos están conocidos.
-
---¿Es que usted se dedica a la política?
-
---No; es verdad que soy carlista, pero tengo otros motivos para tener
-odio contra usted.
-
---¡Odio! ¡Contra mí! Yo no la conozco a usted.
-
---Pues yo sí le conozco a usted.
-
---¿A mí?
-
---Sí.
-
---¿Es una broma?
-
---No.
-
---Entonces, eso merece una explicación.
-
---No aquí.
-
---En el hotel, si quiere usted. Cuando le parezca.
-
---Dentro de una hora estaré allí.
-
---Muy bien.
-
---Vaya usted a mi cuarto. Le esperaré.
-
--¿Qué podía ser esto?--pensó Aviraneta--. ¿Qué podía haber de común
-entre aquella mujer y él?
-
-Aviraneta pasó al comedor, fué del comedor al salón, contempló como
-se bailaba y, cuando vió que la condesa de Hervilly se despedía, se
-levantó él al poco rato y se fué rápidamente a la fonda.
-
-Entró en su cuarto, vaciló, se metió una pistola cargada en el
-bolsillo; luego se arrepintió y la dejó en el cajón de la mesa; bajó
-al primer piso, llamó en el cuarto de la condesa y, al oír que decían
-adelante, pasó adentro.
-
-Estaba la condesa sentada en un sofá, todavía con su traje de zíngara.
-Llevaba unas joyas magníficas, unos brillantes en los dedos que
-lanzaban destellos de colores, unos brazaletes de oro con esmeraldas y
-un collar de perlas. Parecía algo como una sacerdotisa.
-
---Siéntese usted, don Eugenio--dijo ella.
-
-Aviraneta se sentó.
-
-Ante aquella belleza espléndida, el conspirador, viejo, flaco,
-pequeño, vestido de negro, parecía un cuervo.
-
---Estoy segura de que se encuentra usted intrigado con esta
-cita--exclamó ella.
-
---Es cierto.
-
---Y quizá asustado.
-
---No me conoce usted, condesa--replicó sonriendo, Aviraneta.
-
---¿No ha traído usted armas?
-
---¿Para qué? No creo que quiera usted batirse conmigo.
-
---Podía prepararle una emboscada.
-
---¡Bah, en un hotel! Ahora, si quiere usted decirme por qué me llama...
-
---Necesito oír una explicación de usted.
-
---Yo también necesito explicaciones.
-
---Usted conoció a mi padre en Méjico.
-
---¡Yo, a su padre!
-
---Sí.
-
---¿Cómo se llamaba?
-
---Ladislao Volkonsky.
-
---¿Es posible? ¿Usted es hija de Volkonsky?
-
---Sí; yo soy hija de Volkonsky y de Coral Miranda. De Coral Miranda, a
-quien usted calumnió.
-
---Es falso--gritó Aviraneta.
-
---Usted estorbó la boda.
-
---Es falso también.
-
-En este momento entraron en el cuarto el conde de Hervilly y el
-caballero de Montgaillard.
-
-Aviraneta se puso a la defensiva, desdeñoso y altivo.
-
---¿Qué gritos son esos?--preguntó el conde.
-
---No pasa nada, señores--dijo la condesa--. El señor Aviraneta se está
-explicando conmigo.
-
-Los dos hombres contemplaron a don Eugenio y éste les miró de arriba a
-abajo con desdén.
-
---Váyanse ustedes--repitió la condesa.
-
-Salieron los dos hombres, y Aviraneta, al verlos marchar siguió
-hablando.
-
---Sí--dijo--, Volkonsky fué amigo mío y yo le quería. Volkonsky no
-sabía que usted existiera. Además, Volkonsky quiso casarse con su
-madre. Ella fué la que no quiso, porque él era pobre.
-
---Miente usted--exclamó ella.
-
---No miento. ¿Qué interés puedo yo tener en mentir?
-
---Legitimar su conducta.
-
---¡Mi conducta! Está legitimada. Como digo, fué ella la que no se quiso
-casar con él. Ella era rica, de una familia orgullosa e influyente; él,
-aunque de una estirpe principesca de Polonia, no pasaba de ser un pobre
-aventurero en Méjico; ella fué la que no quiso unir su vida a la del
-polaco, y cuando su padre de usted se casó con una muchacha sencilla y
-modesta, su madre de usted le preparó una celada e hizo que le mataran
-y mandó cortarle la mano.
-
---Invenciones.
-
---No, verdades. Yo he visto la mano cortada. Yo he visto el cadáver de
-su padre en la finca de los Mirandas.
-
---Mi madre era una mujer angelical.
-
---Era una mujer diabólica y perversa.
-
---El diabólico y perverso es usted, Aviraneta. Se toda la verdad. Mi
-madre me contó toda la verdad.
-
---Cuente usted esa verdad para que yo pueda rebatirla.
-
---Mi madre me contó que había conocido a Volkonsky de niña y que la
-había seducido. Estando embarazada de mí, mi padre, Volkonsky, se hizo
-socio de varios españoles para explotar unas minas, y entonces un
-español, que le pretendía a mi madre, y a quien ella despreciaba, le
-habló a Volkonsky, le engañó, le dijo que ella había tenido amantes y,
-no contento con esto, lo asesinó y lo robó los planos de las minas. Ese
-español, ¿sabe usted quién era? Era usted, señor Aviraneta.
-
---Todo eso es un tejido de embustes, digno de la que los inventó--gritó
-Aviraneta--. Nada de eso es verdad. Mentira, todo mentira y mil veces
-mentira. Aún quedan en Méjico parientes y compañeros que recordarán
-aún la historia de Volkonsky. Les preguntaremos a ellos. Pero no hay
-necesidad. En Burdeos hay un comerciante español que vivió en Méjico en
-aquel tiempo, un tal Zangroniz. Le iremos a ver, le interrogaremos. El
-sabe la historia de Volkonsky y la mía... Pero ni aun eso es preciso,
-porque yo conservo cartas de Coral Miranda, que son de después de la
-muerte de Volkonsky.
-
---¿Usted conserva cartas de mi madre?
-
---Sí, y de su padre también--contestó Aviraneta excitado--. Ahora
-dígame usted cuándo, en dónde, ante qué testigos quiere que le enseñe
-esas cartas. ¿Usted es amiga del cónsul de España? ¿No es cierto?
-
---Sí.
-
--Muy bien. Dentro de tres días, ante el cónsul, le mostraré esas
-cartas; que vaya su esposo, el conde; yo llevaré otro testigo: ¿Usted
-tiene alguna carta de su madre?--preguntó don Eugenio.
-
---Sí.
-
---Llévela usted para cotejar la letra. Hasta entonces, tregua.
-
-La condesa de Hervilly, muy pálida, murmuró:
-
---Muy bien. Hasta dentro de tres días.
-
-Aviraneta, que estaba lívido, saludó maquinalmente y salió del cuarto.
-
-Al día siguiente, Aviraneta estuvo en Bidart y cogió de su archivo un
-paquete de cartas.
-
-Tres días después de la entrevista citó a la condesa en el Consulado.
-
-La reunión fué fría y ceremoniosa; como testigos estuvieron el conde
-de Hervilly y el señor Mazarambros. La condesa se presentó a la hora
-señalada. Vestía un traje gris y llevaba su collar de perlas.
-
-Aviraneta, ante el cónsul y los dos testigos, explicó de qué le acusaba
-la condesa a él, lenta y reposadamente.
-
---¿Es esto de lo que me acusa usted?--preguntó a la condesa, después de
-hacer la relación con toda clase de detalles.
-
---Sí.
-
---¿Ha traído usted alguna carta de su madre?
-
---Sí.
-
---¿Ustedes quieren cotejar si esta letra de las cartas que yo tengo es
-igual a la de las cartas que guarda la señora condesa?
-
-Mazarambros, Hervilly y Gamboa cotejaron la letra. Era la misma.
-
---Ahora, léanlas ustedes en voz alta.
-
-Al comenzar la lectura la emoción dejó una palidez profunda en Sonia,
-que le hacía más hermosa; los ojos, azules obscuros, brillaron con
-más resplandor, y sus manos temblaron. Luego, cuando pudo dominar la
-emoción, el rostro suyo se serenó, las mejillas tomaron su color y
-volvió a su aspecto normal.
-
-Las cartas eran aplastantes. En dos de ellas, Coral Miranda aseguraba a
-su querido Eugenio que nunca había tenido amores, ni siquiera amistad,
-con Volkonsky; que el polaco era un miserable que había querido
-abusar de ella cuando era niña; que ella no sabía lo que había sido de
-Volkonsky y que le esperaba a Eugenio llena de ansiedad y de amor.
-
-La condesa oyó, llorando, estas cartas.
-
---Es falso, falso--exclamó con rabia varias veces.
-
---No, no--le dijo su marido--; es verdad, no hay duda alguna.
-
---Ahora, si todavía queda duda--exclamó Aviraneta--, aquí guardo cartas
-de él, de Volkonsky. ¿Quieren ustedes verlas?
-
-La condesa no contestó. El conde tomó una de las cartas y la leyó
-despacio y se la devolvió a don Eugenio.
-
---Mi querida--dijo a la condesa fríamente--, este asunto está resuelto.
-El señor Aviraneta ha sido calumniado. El señor Aviraneta es una
-persona honorable y hay que reconocerlo y darle una satisfacción.
-
---Todos estamos de acuerdo con las palabras que ha dicho el señor
-conde--repuso Gamboa.
-
-Aviraneta se inclinó y al salir dijo a la condesa:
-
---Yo no pretendo, señora, que me conceda usted su amistad; fuí amigo de
-su padre, que era un corazón noble y generoso. Como digo, no pretendo
-su amistad; pero creo que no tiene usted derecho a tenerme odio.
-
---Fué usted enemigo de mi madre--murmuró la condesa, pálida y
-demudada--; para mí, eso basta.
-
-Aviraneta había ganado la partida y salió de la sala del Consulado,
-pálido, sonriendo con una sonrisa irónica.
-
-Durante algún tiempo la condesa de Hervilly no vió a Aviraneta. Ella y
-su marido cambiaron de hotel, lo que a don Eugenio alegró.
-
-Al cabo de un par de meses la condesa volvió a aparecer en casa de
-madama Lissagaray. Aviraneta no la hablaba; pero ella se acercó a él.
-
---No crea usted que me he olvidado de lo que ha pasado entre nosotros
-dos.
-
---Lo comprendo--dijo don Eugenio.
-
---El que haya conocido usted a mi padre y a mi madre me atrae hacia
-usted. A mi padre no le he conocido; a mi madre la vi solamente tres
-veces en toda mi vida. ¿Era hermosa?
-
---Muy hermosa.
-
---¿Y usted no la quería? Porque si la hubiera usted querido hubiera
-usted perdonado todo.
-
---Qué quiere usted, condesa. Cuando yo estuve en Méjico era joven aún,
-pero no un muchacho enamoradizo. Había hecho seis años de guerra de la
-Independencia, había rodado por el mundo y estado varias veces a punto
-de ser fusilado. No era un doncel.
-
---Pero mi padre había hecho la guerra con Napoleón. ¿No?
-
---Cierto; pero él era hombre más ingenuo, más poeta, más niño.
-
---Más bueno que usted.
-
---Sí, seguramente más bueno que yo; no lo niego.
-
---Usted es implacable.
-
---Implacable, no.
-
---Sí, implacable.
-
---¿Y ella, no lo era? Me persiguió a mí, le persiguió a su padre con
-saña. Tenía ese fondo vengativo y rencoroso de los criollos. Odiaba a
-los españoles, como todos los Mirandas.
-
---Yo también los odio.
-
---¿Con motivo?
-
---Sí.
-
---¿Qué motivos puede usted tener?
-
---Las crueldades de los españoles con los indios.
-
---¡Bah! ¿Y quién las ha hecho? ¿Los españoles que se quedaron en
-España, o los españoles que fueron a América y se convirtieron en
-americanos? Estos últimos son los hijos de los conquistadores, de los
-que hicieron todo lo bueno y todo lo malo que los españoles han hecho
-en América. Es ridículo que ellos ahora se disfracen con la piel del
-indio... Perfectamente ridículo. Se avergüenzan de tener sangre de
-indios y quieren pasar como sus herederos.
-
---Ustedes han sido muy crueles.
-
---¿Y los yanquis no han hecho en plena época moderna y fríamente con
-los indios tantas barbaridades como los españoles? ¿Y los ingleses,
-que han exterminado razas enteras? ¿Y los franceses, que después de la
-revolución y de las monsergas de la libertad, igualdad y fraternidad
-han sido los mayores proveedores de carne negra en América? ¡Bah, yo me
-río de eso!
-
---Yo soy americana, y veo a los españoles como los enemigos de mi país.
-
---Es una preocupación. Toda esa epopeya americana de la Independencia
-es falsa.
-
---Es lo que les conviene decir a ustedes.
-
---No. Es la realidad. La independencia de América fué una guerra civil
-entre los españoles de las colonias y los españoles enviados por la
-Monarquía. Los indios, los verdaderamente americanos, eran los que
-no tomaban parte en la lucha. Es más: había un número casi siempre
-mayor de indios en los ejércitos realistas que en los republicanos.
-En la batalla de Ayacucho, por ejemplo, el número de indios era mayor
-entre los españoles que entre los americanos. A los indios, ¿qué les
-importaba la independencia? En el fondo no cambiaban más que de amo.
-
---No hablemos de política.
-
---Tiene usted razón. No hablemos de eso. Creo que habrá usted quedado
-convencida de que mi conducta con su madre no fué traidora ni infame.
-Si yo hubiera sido un aventurero, me hubiera casado con Coral Miranda.
-Ella era rica; yo, pobre.
-
---¡Es que no la quería usted! ¡Pobre madre! No sé si le perdonaré a
-usted, Aviraneta. No sé.
-
---Me olvidará usted, condesa. Usted tiene un gran porvenir por delante.
-Yo ya soy viejo y no creo ni pienso estorbarle a usted.
-
---Ya veremos.
-
-El joven Montgaillard, al ver a la condesa hablando con don Eugenio,
-miraba a los dos con desconfianza. ¿Qué extraño capricho podía tener
-ella de conversar con aquel hombre sombrío y tétrico?
-
---Hay quien se siente celoso de que hable usted conmigo--dijo Aviraneta
-sonriendo.
-
-La condesa contempló a su interlocutor atentamente y se levantó.
-
-Al poco rato Alvarito se acercó a don Eugenio.
-
---Señor Aviraneta--le dijo.
-
---¿Qué ocurre?
-
---¿Quiere usted venir conmigo a casa de mi patrón?
-
---¿Qué pasa?
-
---Que Chipiteguy ha desaparecido.
-
-Don Eugenio tomó su gabán y fué con Alvarito a la casa del Reducto.
-
-Hacía ya un día entero que el viejo no aparecía por parte alguna.
-
-Manón y Alvarito habían ido de acá para allá preguntando por el viejo.
-La andre Mari y la Tomascha se dedicaban a lamentarse y a decir que
-ellas ya habían previsto aquella desgracia.
-
-Se preguntó en las cuadras de alquilar caballos, por si el trapero
-había tomado alguno para hacer compras por los alrededores; se fué
-a ver a Automendy, un alquilador de coches de la Puerta de España,
-conocido de Chipiteguy; se habló a todos los amigos del viejo. Nada dió
-resultado.
-
-Al día siguiente se avisó a la policía.
-
-La desaparición de Chipiteguy de la casa del Reducto produjo gran
-efecto entre sus conocidos.
-
-Se habló de la masonería, de una sociedad secreta republicana que se
-llamaba las Estaciones, que quizá le había dado una comisión; hubo
-quien sacó a relucir a los jesuítas.
-
-Pasaron días y más días y no hubo noticia alguna. Chipiteguy
-definitivamente había desaparecido.
-
-
-
-
-QUINTA PARTE
-
-EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY
-
-
-
-
-I
-
-EN LA REGATA DE INZOLA
-
-
-Una mañana de invierno, tres hombres agazapados detrás de una gran
-peña, al comienzo de un robledal próximo a Vera, en un lugar llamado la
-regata de Inzola, estaban espiando el paso de alguien.
-
-Era el sitio en que los hombres se hallaban emboscados solitario y
-sombrío, un gran barranco, por en medio del cual corre el antiguo
-camino de Vera a San Juan de Luz, camino estrecho, que algunos dicen
-que es calzada romana, a pesar de que la gente le llama de Napoleón,
-porque supone que la mandó hacer el emperador de los franceses para
-pasar sus cañones al entrar en España.
-
-Este barranco, con grandes robles y con rincones húmedos y obscuros de
-monte bajo, se va inclinando hacia Francia. Desde algunos de sus puntos
-se distingue el mar, verde, entre las rocas de la costa. Por el fondo
-corre un arroyo que recoge aguas de la vertiente del monte Larrun y
-va a unirse al pequeño río llamado la Nivelle, que sale al mar en San
-Juan de Luz. El camino que une a España y Francia por esta parte va
-trazando curvas, escalando las alturas; a trechos, con las antiguas
-losas de la calzada bien conservadas; en parte, roto y destrozado e
-invadido por las zarzas.
-
-Aquella mañana en que los tres hombres, apostados detrás de una roca,
-preparaban una emboscada, el cielo aparecía obscuro, con nubes de color
-de tinta; caían grandes gotas de lluvia sobre los montones de hojas
-secas; silbaba y gemía el viento, y el camino, estrecho, estaba lleno
-de barro, más abandonado y desierto que de ordinario. En algunos puntos
-el arroyo inundaba la calzada en una extensión de cincuenta o sesenta
-metros.
-
-No había nadie por los alrededores. A veces llegaban por aquellos
-vericuetos partidas carlistas a vigilar la frontera y también solían
-verse las boinas rojas de los chapelgorris.
-
-Los tres hombres que espiaban a la entrada del robledal de Inzola eran
-un hermano de Bertache, apodado Martín Trampa; el criado de éste, a
-quien llamaban Malhombre, y un compañero de aventuras de ambos, Perico
-Beltza o Perico el Negro.
-
-Martín Arreche tenía dos apodos: uno, el nombre de su casa, Bertache,
-apodo común a su hermano Luis y a él; el otro, Martín Trampa, ya de por
-sí bastante significativo.
-
-Martín, grueso, fuerte, membrudo, era hombre de aire audaz, cara
-redonda, pómulos salientes, ojos negros y sombríos, labios delgados y
-expresión ladina. Su manera de mirar, observadora, solapada e irónica,
-le denunciaba cuando quería aparecer como cándido e inocente.
-
-Martín era hombre audaz, decidido y cruel; de él se contaban rasgos de
-valor y de energía.
-
-El oficio de Martín, al menos el que practicaba en público, era
-tratante de ganado. Vivía en la casa de sus padres, llamada Bertache,
-en Almandoz, con su mujer, sus hijos, su hermana y su madre.
-
-Martín paraba poco en casa; solía vérsele con frecuencia por los
-caminos, montaba a caballo, con su blusa negra y su bastón, la
-_maquilla_ vasca, con la correa en el puño.
-
-Su criado, secretario u hombre de confianza, Juan Echenique, alias
-Malhombre, era digno de su amo por todos conceptos. Vivía también en
-Almandoz, donde tenía una casucha pequeña y una familia numerosa, y
-confesaba sin rebozo que desde niño había tenido una afición decidida
-al robo.
-
---Muy pobre debe ser esta casa--decía una vez, refiriéndose a un
-caserío en donde había estado.
-
---¿Por qué?
-
---Porque ni por casualidad he encontrado en ella nada que robar.
-
-Malhombre era tipo de cara afilada como un cuchillo, expresión suspicaz
-y maquiavélica. Tenía muy aviesa intención.
-
-Se decía de él en el pueblo que había sido durante su juventud un
-muchacho apacible y humilde. Poco antes de la guerra estuvo de criado
-de un arriero, e iba con una recua de la frontera francesa a Pamplona y
-al contrario.
-
-En la guerra se reveló. Cuando supo que había partidas en el país,
-robó una escopeta en casa de un labrador rico de Almandoz y se echó
-al monte, a unirse con las fuerzas de Sagastibelza. Un campesino, al
-verle desde el caserío, se asomó a la media puerta de la entrada y le
-preguntó con alguna sorna:
-
---¡Hola, Malhombre! ¿Qué tal? ¿De viaje?
-
-Malhombre no contestó; se echó a la cara el fusil, pegó un tiro al
-campesino, lo dejó muerto y siguió andando.
-
-Malhombre era un tipo de estos de revolución o de guerra, aspirantes
-obscuros a energúmenos y a asesinos, que viven durante muchos años una
-vida resignada y tranquila y un día se sienten fieras y matan o roban o
-degüellan, asombrando a los que les conocen, que no pueden pensar que
-lo normal en ellos es ser fieras, no hombres tranquilos y apacibles.
-
-Desde la guerra, Malhombre acusó su personalidad siniestra. Un año o
-dos después de echarse al campo estuvo en Francia preso, no se sabía a
-punto fijo por qué, y allí en la cárcel debió conocer a gente criminal
-que le enseñó sus mañas.
-
-Malhombre vivía sobre el pueblo, como hubiese podido vivir un antiguo
-capitán de bandoleros. Alimentaba su vaca en los prados de los vecinos,
-cogía las habichuelas, las patatas o los tomates en las huertas
-próximas, robaba alguna vez una gallina o un cordero. Malhombre
-merodeaba de noche y producía terror en la aldea. El chico o la chica
-que lo encontrara al obscurecer en el camino cortando hierba en algún
-campo que no era suyo, huía de él al verle, y Malhombre le amenazaba
-con la guadaña, porque le gustaba aterrorizar a la gente.
-
-Se decía que Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza, con otro
-cómplice suyo que vivía en la venta de Odolaga, cerca de Pamplona,
-solían apostarse en el alto de Velate, enmascarados o con las caras
-tiznadas para que no los conocieran, y esperaban allí a robar a los
-viajeros.
-
-Tenían dos mulos, a los que cargaban con los objetos robados, y en una
-noche Malhombre andaba a campo traviesa diez o doce leguas y dejaba los
-productos del robo en sitio seguro e insospechable, muy lejos del lugar
-de la fechoría.
-
-Para esto, naturalmente, los tres hombres necesitaban cómplices, y los
-tenían, según aseguraban, entre personas de posición, que guardaban el
-producto de los robos.
-
-Nadie sospechaba quiénes podían ser estos cómplices. Algunos aseguraban
-que los tres hombres no se contentaban con robar, sino que en ocasiones
-también mataban.
-
-Martín Trampa y Malhombre tenían la especialidad de desvalijar los
-coches. Se decía que para esta labor se hacían pasar por carlistas, y
-que a ellos y a Perico Beltza se unía una chica, hija de Malhombre, que
-solía vestirse de oficial, con su uniforme, su sable y su boina blanca.
-Esta chica, la Puri, era una muchacha muy esbelta, rubia y bonita. La
-Puri hacía su papel e inmediatamente volvía a su casa. La chica trataba
-a su padre con respeto; para ella Juan Echenique no era Malhombre, sino
-un buen hombre.
-
-Aunque Martín y los suyos fueron varias veces ante los tribunales,
-nunca les llegaron a probar nada. Los tres socios escogían las noches
-más negras para sus hazañas. Malhombre era nictálope: veía tan bien de
-noche como de día, y esta casualidad le servía para orientarse y poder
-escapar en medio del campo en la mayor obscuridad. Se sospechaba que
-era algo brujo y que sabía de remedios misteriosos y de sortilegios.
-
-Malhombre tenía un perro muy inteligente y también ladrón, Erbi.
-
-Se decía que Erbi, con mejor corazón que su amo, una noche que entre
-Martín Trampa, su criado y Perico Beltza mataron a un viajero, estuvo
-aullando de una manera lastimera largo tiempo cerca del cadáver.
-
-Malhombre solía llevar siempre un rompecabezas, hecho por él, que
-consistía en un vergajo de un palmo con una bola de plomo sujeta a la
-punta. Era ésta una de sus armas predilectas, que él manejaba con gran
-habilidad.
-
-Respecto a Perico Beltza, era hombre fuerte, pesado, muy poco
-inteligente, contrabandista desde la infancia. Le llamaban Perico
-Beltza, Perico el Negro, por su color moreno.
-
-De los tres hombres emboscados, Martín era como un tigre, hombre de una
-gran fuerza, de una gran energía y de una gran crueldad; para él los
-obstáculos no existían, y si había que pasar por charcos de sangre,
-pasaba decidido y sin miedo.
-
-Malhombre era como el lobo, cauteloso y sombrío, amigo de la
-obscuridad, de las aventuras nocturnas, a quien estorbaba la luz del
-sol; Malhombre amaba lo enigmático, lo secreto, las bromas terroríficas
-y siniestras, el mostrar la careta o el rostro tiznado mejor que la
-cara, el deslizarse entre las sombras.
-
-Perico Beltza era pesado, malhumorado y torpe como un perro de ganado...
-
-Llevaban los tres siniestros personajes más de una hora agazapados tras
-de una roca que había al comienzo del barranco de Inzola, cuando se vió
-a lo lejos a un hombre, montado en una mula, precedido por otro que iba
-delante con el ramal en la mano, y seguido por un tercero.
-
-El hombre montado en la mula iba con una capa y el delantero, que
-llevaba la bestia del ronzal, marchaba esquivando los charcos; el
-zaguero, que sin duda vigilaba al preso, traía un paraguas abierto.
-
-El que marchaba montado en la caballería era Chipiteguy; el que llevaba
-la mula del ronzal, Claquemain, y el que iba detrás con el paraguas
-abierto, Frechón.
-
-Al divisar el grupo, Martín Arreche, alias Martín Trampa, sacó la
-cabeza fuera del escondrijo e hizo un gesto de inteligencia a Frechón.
-
---Mirad por aquí cerca si hay alguien--dijo Martín a Malhombre y a
-Perico Beltza.
-
-Los dos hombres se escabulleron y fueron a un lado y a otro para
-vigilar. Martín se acercó a Frechón.
-
---¡Hola, amigo!
-
---¡Hola!
-
---¿Este es el viejo?--preguntó.
-
---Este es.
-
---¿Qué piensa usted hacer con él?
-
---¿No habrá aquí cerca algún sitio adonde llevarle por ahora?
-
---Hombre, yo he hablado al dueño de un caserío llamado Churinborda.
-Allí se le podía llevar, siempre que el viejo no proteste, porque si
-no, el hombre se alarmará.
-
---Oiga usted, Chipiteguy--dijo Frechón.
-
---¿Qué hay?--murmuró el viejo.
-
---Le vamos a llevar a un caserío próximo para arreglar nuestros
-asuntos. No creo que se nos vendrá usted con gritos.
-
---Yo no tengo la costumbre de gritar--contestó Chipiteguy con serenidad.
-
---No le conviene a usted tampoco--replicó Frechón--. Si estos fanáticos
-saben que usted se llevó un tesoro de cruces y de custodias de las
-iglesias de Navarra, no le digo a usted lo que le va a pasar.
-
-Chipiteguy murmuró:
-
---Usted me acompañó en la faena; pero eso no importa; vamos cuanto
-antes al caserío.
-
-El viejo montado en la mula siguió camino adelante, dirigido por
-Claquemain. Los otros hombres fueron detrás.
-
---¿Así que este viejo fué a Pamplona y sacó barricas llenas de oro y
-de plata?--preguntó Martín.
-
---Sí.
-
---¡Qué templado!
-
---Y a mí me prometió una parte y no me la dió.
-
---Yo hubiera hecho lo mismo--dijo Martín.
-
-Frechón contempló a Martín con cierta suspicacia.
-
---Ahora me pagará la trastada--murmuró el francés--. A mí no me importa
-nada que se haya quedado con las cruces. Yo me río de los sacrilegios.
-Lo que no le perdono es que me haya engañado.
-
---¿Qué piensa usted hacer?--preguntó Martín.
-
---Le llevaremos a ese caserío próximo, donde escribirá una carta a su
-familia de Bayona para que nos entregue una buena cantidad de dinero.
-
---¿Quién irá con la carta?--dijo Martín.
-
---Ya veremos.
-
-Siguieron marchando, precedidos por Chipiteguy, montado en la mula,
-hasta el caserío Churinborda. Al llegar a la puerta, Frechón ayudó a
-apearse a Chipiteguy.
-
---No le aconsejo a usted que proteste--le dijo el francés--, porque
-entonces le entregarían a usted a los carlistas como ladrón de cruces
-de iglesias y le fusilarían sobre la marcha.
-
---¿Y qué adelantaría usted con eso?--preguntó Chipiteguy con calma.
-
---Nada; por eso no lo hago; pero se lo advierto a usted; lo que yo
-deseo es cobrar un buen rescate como indemnización y nada más.
-
---Estoy dispuesto. ¿Cuánto?
-
---Ahora lo veremos y se lo diré a usted. Tengo que saber qué quieren
-sacar estos ayudantes.
-
---Está bien.
-
---Señor Chipiteguy, ha perdido usted la partida.
-
---Sí, ya lo veo.
-
---Que le sirva a usted de escarmiento, y otra vez no pretenda usted
-engañar a Frechón. El viejo Frechón tiene siempre la última palabra.
-
-Entró Chipiteguy en la cocina del caserío, se puso al lado de la lumbre
-a secarse, vigilado por Claquemain, mientras Frechón, Martín Trampa,
-Malhombre y Perico Beltza discutían lo que tenían que hacer.
-
-El rescate, después de largas discusiones, lo fijaron en treinta mil
-francos: quince mil para Frechón y Claquemain y quince mil para Martín
-Trampa y los suyos. A Frechón le pareció una cosa excesiva lo que
-pedían éstos, pero no era ocasión oportuna de oponerse.
-
-Se le obligaría a Chipiteguy a escribir la carta. ¿Quién la llevaría?
-¿Cómo se depositaría el dinero y quién lo recogería?
-
-Nadie tenía confianza en los demás. Martín, que vió en la cocina del
-caserío que Chipiteguy hablaba mucho con Claquemain, dijo a Frechón
-que no le parecía prudente dejar al viejo en una casa tan próxima a
-la frontera, porque podía encontrar cualquier ocasión para escapar y
-meterse fácilmente en Francia.
-
---¿Qué cree usted que se debía hacer?--preguntó Frechón.
-
---Internarle. Este Malhombre tiene en Almandoz un amigo sacristán, que
-es pariente y compinche suyo. El sacristán vive en una casa con una
-torre. Allí se podía meter al viejo.
-
---¿Cuánto habrá de aquí a Almandoz?
-
---Unas cinco leguas.
-
---Bueno; pues vamos a llevarle allí.
-
-Malhombre se encargó de conducirle en la mula, de noche, por los
-vericuetos que él sabía.
-
-Frechón creyó que llevaba su asunto perfectamente. Chipiteguy estaba
-dispuesto a no protestar.
-
-Martín Trampa y sus hombres no sabían francés, y Frechón pensaba
-engañarlos hábilmente y quedarse con todo el rescate a poco que la cosa
-se presentase bien.
-
-Sin embargo, cuando Frechón llegó a Almandoz y vió que Martín Trampa
-era allí un reyezuelo, y que todo el mundo le obedecía por el terror,
-pensó que su asunto no marchaba tan bien y que quizá había hecho una
-imprudencia.
-
-Al viejo Chipiteguy le habían metido en el último piso de un caserón y
-allí lo tenían vigilado.
-
-
-
-
-II
-
-MANIOBRAS DE FRECHÓN
-
-
-Cuando Matías Frechón comprobó que el viejo Chipiteguy se la había
-jugado en el asunto de Pamplona, pensó, tarde o temprano, en tomar
-venganza. La ocasión se había de presentar a la larga o a la corta, y,
-efectivamente, se presentó. Frechón urdió pronto un proyecto que le
-pareció soberbio.
-
-Para realizarlo necesitaba cómplices, decididos y valientes; Roquet,
-por entonces, estaba ya a las órdenes de Aviraneta, dedicado a
-maniobras políticas; Cazalet, el bohemio, no era hombre más que para
-intrigas de ciudad; perezoso y borracho, no podía actuar más que en el
-rincón del café o de la taberna.
-
-Frechón, que espiaba a todos los españoles que venían a Bayona, supo
-que Gabriela la Roncalesa visitaba la posada de Iturri y conferenciaba
-con Aviraneta.
-
-Frechón se presentó a la muchacha y la dijo que tenía algunos asuntos
-comerciales con los carlistas, y que, para resolverlos, necesitaba una
-persona de inteligencia que tuviera conocimientos entre los partidarios
-de don Carlos.
-
-Gabriela habló de su novio, Luis Arreche; dijo que éste era
-subteniente del 5.º batallón de Navarra y que conocía algunos
-personajes importantes del partido. Frechón preguntó a Gabriela si
-él no podría hablar en algún lado con el subteniente Arreche, y ella
-contestó que una semana después su novio estaría en Vera y que allí
-podría entenderse con él.
-
-Frechón entró en España y habló con Luis Arreche, a quien llamaban
-Bertache por el nombre de su casa.
-
-Frechón contó a Luis la jugada que le había hecho Chipiteguy en
-Pamplona y le confesó que él pensaba preparar una emboscada para
-sacarle parte o todo el dinero que el viejo se había agenciado con el
-negocio de las cruces.
-
-Luis Arreche le advirtió que él no podía estar mucho tiempo en la
-frontera, y que, para preparar la emboscada contra Chipiteguy, lo mejor
-que podía hacer era dirigirse a su hermano Martín. Frechón mandó un
-aviso a Martín Arreche, alias Bertache, alias Martín Trampa; hablaron
-los dos, se entendieron y se pusieron de acuerdo en la manera de
-apoderarse del viejo trapero, de secuestrarle y de sacarle los cuartos.
-
-Frechón volvió a Bayona y sondeó a Claquemain. Claquemain era un
-borracho que no tenía afecto a nadie. Con la promesa de dinero se
-decidió a hacer traición a su amo.
-
-Entre los dos hombres engañaron a Chipiteguy, hablándole de una compra
-de armas en la venta de Inzola.
-
-Fueron Claquemain y el viejo a San Juan de Luz, en coche; alquiló allá
-Chipiteguy una mula para subir a la venta de Inzola, y en la venta de
-Inzola aparecieron Frechón y Claquemain, que le obligaron a seguir
-adelante y le llevaron al final del robledal, donde esperaban Martín
-Trampa, Malhombre y Perico Beltza.
-
-A los dos días de la desaparición de Chipiteguy se presentó Frechón
-en la casa del Reducto, de Bayona. Dijo a Manón y a la andre Mari que
-había estado en Dax y se manifestó muy asombrado de la desaparición de
-Chipiteguy.
-
-Luego en la tienda, delante de Alvarito y de algunos clientes, afirmó
-que a Chipiteguy lo habían engañado y llevado a España los curas
-carlistas al enterarse de que había sacado cruces y custodias de
-Pamplona.
-
---¿Qué custodias?--preguntó Alvarito.
-
---Tú eres un imbécil que no te enteras de nada--le dijo Frechón--.
-Cuando el viejo estuvo con nosotros en Pamplona trajo plata y piedras
-preciosas, que debe tener guardadas aquí.
-
-Alvarito se quedó asombrado y habló con Manón del tesoro de Pamplona y
-decidieron un día registrar la cueva.
-
-Alvarito estaba haciendo gestiones para averiguar el paradero de
-Chipiteguy, y fué a ver a María Luisa de Taboada por si ésta le podía
-dar alguna indicación. María le preguntó si no conocía a don Eugenio de
-Aviraneta.
-
-Alvaro le dijo que sí.
-
---Pues vaya usted a verle.
-
-Aviraneta vivía entonces en la fonda de Francia.
-
-Alvaro explicó a don Eugenio lo ocurrido: la desaparición de Chipiteguy
-y de Claquemain.
-
-Aviraneta hizo que Alvaro contase todo lo que sabía. Alvarito relató
-las incidencias del viaje a Pamplona: cómo habían entrado en la
-ciudad; cómo el patrón había dicho a su dependiente que le esperase en
-Valcarlos, y cómo después, en vez de ir por San Juan de Pie de Puerto a
-Bayona, había ido a San Sebastián y embarcado aquí con sus figuras de
-cera.
-
---¿Usted no sospecha de nadie?--le preguntó Aviraneta.
-
---No.
-
---¿Ni siquiera de Frechón?
-
---A ese hombre le considero capaz de cualquier cosa, pero parece que
-estos días de la desaparición de Chipiteguy estaba en Dax.
-
---¡Quién sabe! Quizá esto no sea más que una coartada.
-
-Aviraneta prometió al joven Sánchez de Mendoza que pondría todos los
-medios para averiguar el paradero de Chipiteguy, suponiendo que el
-viejo se hallara en España.
-
-Los amigos de Chipiteguy, muy extrañados de su desaparición, hacían mil
-cábalas; para unos era una fantasía del viejo, que se había marchado de
-casa por capricho, otros creían que estaba secuestrado, y otros, que
-muerto.
-
-Unos quince días después de la desaparición de Chipiteguy, Alvarito
-recibió una carta, que fué a leerla a Manón y a la andre Mari. La carta
-decía así:
-
-"Mi querido amigo: Me han traído a España y me tienen preso. Para
-dejarme libre exigen que dé dos mil onzas. Vete a ver a Manasés
-León, con esta carta, y él te proporcionará la cantidad indicada. La
-tendrás dispuesta para entregársela inmediatamente al emisario que se
-presente ahí dentro de poco con una carta mía desde la frontera, que
-irá dirigida a don Alvaro Sánchez de Mendoza y estará firmada por Juan
-Dollfus.
-
-No hay que avisar a la policía española, porque ella aquí, por ahora,
-no puede hacer nada, y la denuncia podría costarme la vida. Di a Manón
-que estoy bien y que pienso siempre en ella. Tu amigo, _Chipiteguy_."
-
-Alvarito hizo lo que se le indicaba en la carta y esperó con el dinero
-en la caja a que apareciera el emisario, pero éste no apareció.
-
-Una semana después, Manón recibió otra carta, en la que se le decía que
-su abuelo se encontraba preso, y que si quería verle libre, enviara una
-letra de quince mil francos, a cobrar en Elizondo, a nombre de Juan
-Echenique, de Almandoz; que no avisara a la justicia, porque no podría
-hacer nada contra los secuestradores del viejo y porque si sabían que
-eran denunciados podían matarle.
-
-Manón y Alvarito consultaron con Manasés, y éste dijo que era una
-imprudencia enviar el dinero sin garantía, porque el Echenique podía
-quedarse con él y no librar a Chipiteguy.
-
-Decidieron entre los tres escribir a Echenique, indicándole que le
-enviaban una carta de pago de quince mil francos a cobrar en casa de
-Rodríguez y Salcedo, de Bayona, y añadiendo que le pagarían desde el
-momento en que Chipiteguy estuviese libre en cualquier punto de la
-frontera de Francia.
-
-Como ésta carta tampoco dió resultado, Alvaro fué de nuevo a visitar a
-Aviraneta, quien le dió una carta para Luis Arreche, alias Bertache.
-
-Don Eugenio le decía en ella que se enterara de quiénes tenían
-secuestrado a Chipiteguy y en dónde; que les dijera a los
-secuestradores que no pidieran más de lo que habían pedido, porque el
-viejo no era tan rico como decían, y que, aunque lo fuera, quizá en la
-misma familia del viejo hubiera gente que le conviniese que Chipiteguy
-desapareciera.
-
---No, no hay nada de eso--dijo Alvarito.
-
---Seguramente que no--replicó Aviraneta--; pero es un argumento para
-gente un tanto canalla, que desconfía de todo menos de las malas
-intenciones.
-
-Alvarito se dispuso a ir a España a ver a Bertache. Antes de salir,
-Aviraneta le llamó. Había sabido por Gabriela la Roncalesa que Martín
-Trampa, el hermano de Luis Arreche, era uno de los complicados en el
-secuestro de Chipiteguy. Martín vivía en Almandoz y Aviraneta pensaba
-que se le podía escribir a él directamente. Le escribieron. Alvarito y
-Manón decidieron esperar una semana, por si Martín Trampa contestaba;
-pero no contestó...
-
-
-
-
-III
-
-EL TESORO
-
-
-Una noche le despertaron a Alvarito la Tomascha y la andre Mari. Habían
-oído claramente que andaba gente en la cueva.
-
---¡Levántate!--le dijeron las dos mujeres.
-
-Alvarito se levantó, temblando de miedo, y se vistió lo más rápidamente
-posible.
-
---Vamos a ver quién es--dijo, fingiendo serenidad en la voz.
-
---No, no--replicó la andre Mari--; lo que tenemos que hacer es
-encerrarnos en este piso con llave. Manón está dormida.
-
---Mejor sería llamar a la guardia del Reducto--murmuró la Tomascha--.
-Desde la ventana podemos gritar.
-
---No, no--dijo la andre Mari--; no vaya a resultar que sea algún gato y
-se burlen de nosotras y nos tengan por unas viejas locas.
-
-Con el rumor de las voces Manón se despertó y apareció en la escalera,
-preguntando de qué se trataba.
-
---Hay gente en la casa--le dijo su tía.
-
---Pues vamos a ver quién es.
-
-La muchacha se puso una bata, cogió el farol con el que solía hacer
-la ronda nocturna con su abuelo y comenzó a bajar decididamente la
-escalera.
-
-Alvarito la siguió con un garrote en la mano; las mujeres, al ver a los
-dos muchachos tan decididos, fueron también bajando las escaleras tras
-ellos.
-
-Manón y Alvarito recorrieron la tienda, los almacenes y el patio y no
-encontraron a nadie.
-
---Quizá en la cueva se haya encerrado el ladrón.
-
-Entraron en la cueva. A la luz del farol vieron las figuras de cera
-apoyadas en la pared con un aire extraño. La arpillera que cubría el
-grupo de los Asesinos había caído y el Asesino joven sacaba el brazo,
-armado con su puñal. La presencia de aquellas repugnantes figuras
-de cera renovó la obsesión de Alvarito; le produjeron espanto, y en
-medio de la noche, y en la cueva, y a la luz vacilante del farol, casi
-le dieron más terror que si fueran verdaderos ladrones que hubieran
-entrado en la casa.
-
-Al volver a su cama, Alvarito reconoció en su fuero interno que, aunque
-aparentemente había quedado bien, en el fondo había tenido mucho miedo.
-Se avergonzaba, al mismo tiempo, de su cobardía y se asombraba de sus
-momentos de valor.
-
-Al día siguiente, cuando Alvarito fué a su despacho, pudo notar señales
-de pasos en el patio. La noche antes había llovido y quedaban huellas
-de unas botas y el barro ya seco. No era, pues, ilusión el que hubiese
-habido gente dentro de casa por la noche, sino un hecho cierto.
-
-Ahora, por dónde había entrado y por dónde habían salido, era lo que
-no comprendía, porque en el portal no había huellas y el cerrojo de la
-puerta estaba por la mañana echado.
-
-Alvaro supuso si los ladrones, o lo que fuesen, se habrían descolgado
-por la pared del patio, o quizá por el tejado. Todo esto le dió a
-Alvarito gran miedo. La andre Mari y la Tomascha se alarmaron mucho al
-saber que era cierta la entrada de los hombres en la casa y decidieron
-que fueran a dormir al almacén Quintín y un primo suyo zuavo.
-
-Este primo de Quintín era Max Castegnaux, supuesto hijo de Chipiteguy,
-que había llegado a sargento en el ejército de Argelia, y que estaba
-retirado y tenía un destino en el Ayuntamiento.
-
-Max Castegnaux, alto, ancho, fuerte, corpulento y grande, tenía aire
-marcial y una frente abombada un poco de carnero. Max gastaba bigote y
-patillas. Llevaba sombrero de copa de alas muy anchas, levita de mangas
-largas y estrechas y un junco, colgando en el botón del chaleco.
-
-Quintín y Castegnaux dormirían en la trastienda en unos catres, cada
-uno con la pistola cargada, al alcance de la mano. Max y Quintín
-pensaron en poner dos o tres figuras de cera en los rincones, en sitios
-extraños, para asustar al que pretendiera entrar en la casa.
-
-La guardia de los hombres no era muy eficaz.
-
-Al parecer, Quintín y Castegnaux llevaban cada uno su botella de vino a
-la trastienda, y después de jugar una partida y de beberse el vino, se
-echaban a dormir y roncaban como benditos. Ni un cañonazo los hubiera
-despertado.
-
-Unos días después de los ruidos y de la alarma y de inaugurar
-la guardia en la trastienda con Castegnaux y Quintín, Frechón,
-considerándose ofendido al ver que en la casa se daba más importancia a
-Alvarito que a él, se despidió.
-
-Manón le dijo a Alvaro que, ya que no podían temer el espionaje de
-Frechón, tenían que ver lo que había guardado el abuelo en la cueva.
-
-Fueron los dos con un farol y notaron que había un sitio con la tierra
-removida. Cavaron allí y comenzaron a aparecer barras de plata,
-pintadas de negro, y trozos de oro, envueltos en trapos.
-
-En el agujero había también un cantarillo.
-
---¿Qué habrá aquí?--se dijo Alvaro.
-
---A ver, vacíalo.
-
-Alvaro vació el cantarillo en el suelo y salió de su interior un montón
-de esmeraldas, de zafiros y de topacios.
-
-A la luz del farol brillaban las piedras con mil fulgores.
-
---Es un tesoro--murmuró Alvaro.
-
---Sí, pero no podemos tocarlo--dijo Manón.
-
---¡Ah, no! Claro que no. Volveremos a guardarlo como estaba.
-
-Alvarito llenó la cantarilla con las piedras preciosas y la enterró de
-nuevo. De pronto creyó que había alguien que le estaba mirando; pero
-era una de las figuras de cera.
-
-Cuando dejaron el sótano, Manón y él pensaron que salían de la cueva de
-Alí Babá y de sus cuarenta ladrones.
-
-La existencia del tesoro influyó en la imaginación de Alvarito. Supuso
-que, así como en los cuentos antiguos había un dragón que guardaba un
-tesoro y una princesa, allí eran las figuras de cera las vigilantes.
-
-El, Alvarito, acabaría siendo el dominador de las feas figuras, el
-Orfeo de las bestias inmóviles, el domador de los espectros asquerosos
-y repugnantes, y después de vencerlos, huiría con la princesa y con el
-tesoro.
-
-Unos días después soñó que se encontraba delante de una puerta
-disparando tiros contra alguien que quería asaltar la casa.
-
-
-
-
-IV
-
-LOS VIEJOS DE LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY
-
-
-Grandes comentarios se hicieron entre los amigos acerca de la
-desaparición de Chipiteguy. En la tertulia de madama Lissagaray se
-habló mucho del caso, y, sobre todo, los viejos y las personas sesudas
-discutieron y expusieron sus opiniones.
-
-Había variedad de hipótesis. La mayoría consideraba que el secuestro
-tenía un carácter político, y, según sus ideas, lo achacaban unos a los
-carlistas y otros a los masones.
-
-Algunos no creían que se tratara de maniobras políticas, sino de
-motivos personales.
-
-Uno de los que acusaba a Frechón como autor o, por lo menos, cómplice
-del secuestro, era Pascual Joliveau, el Robinsón Crusoé del baile del
-día de San Martín.
-
-Joliveau tenía su tienda de herbolario en el piso bajo, en casa de
-madama Lissagaray. Joliveau era soltero, de unos treinta y tantos años,
-grueso, rubio, pálido, pesado e imberbe, con las orejas grandes y las
-manos enormes.
-
-Era, además, tartamudo.
-
-Joliveau ganaba dinero con su tienda. Era muy trabajador y un poco
-entrometido en cuestiones de medicina. Creía que sabía mucho, y también
-lo creía la gente de la vecindad.
-
-Los enemigos suyos decían que como en la misma calle vivía un médico
-que le había denunciado una vez por intruso a Joliveau, y a quien éste
-tenía odio, había puesto un anuncio en la tienda, que decía así:
-
-"Herbolario: No confundirle con el charlatán de enfrente."
-
-La anécdota era perfectamente falsa.
-
-Joliveau experimentaba gran antipatía por los médicos y por los
-boticarios de la época, porque comenzaban a emplear principalmente
-remedios químicos y olvidaban los simples. El herbolario se jactaba de
-curar todas las enfermedades con la angélica, con la valeriana, con la
-pulsátila, con la genciana.
-
-A veces recomendaba a algunas muchachas la sabina, la ruda o el
-cornezuelo de centeno; pero había estado a punto de ser procesado por
-una de estas recomendaciones y tenía desde entonces gran prudencia.
-
-Joliveau hacía emplastos de todas clases, vendía cepillos de dientes y
-lavativas.
-
-Joliveau, a pesar de ser muy roñoso y suspicaz, había acogido en su
-casa a un hombre llamado Doyambere, antiguo relojero tronado, viejo
-mixtificador, que afirmaba poseer magníficas minas en España y tesoros
-en el Banco, probablemente tan reales como las minas.
-
-Alvarito encontraba Joliveau un aire de figura de cera. Le recordaba
-al Fualdés de la colección de Chipiteguy. Joliveau era un hombre muy
-suspicaz y muy avaro; en su casa no se encendía lumbre más que en la
-cocina, y poca. Para legitimarse durante el invierno, encontraba que
-en todas partes donde se encendía fuego había demasiado calor.
-
-Joliveau guardaba todo lo que encontraba en su casa o en la calle, las
-llaves viejas que no abren ninguna puerta, las pelotas, los trozos de
-vela, las horquillas, etc.
-
-Joliveau no creía más que en las malas intenciones de la gente, y aun
-así le engañaban siempre.
-
-Por entonces le engañaba Doyambere, el hombre misterioso; el relojero
-tronado, que había hecho creer a todo el mundo que poseía minas y
-tesoros, y que, probablemente, no tenía un cuarto.
-
-Doyambere había sido el bohemio de la relojería; durante muchos años
-había recorrido Francia, España e Italia a pie, arreglando relojes.
-Contaba cosas extraordinarias de sus viajes: brujerías, crímenes,
-misterios y horrores.
-
-Doyambere era un viejo amable, muy fino, muy discreto, muy sensato, que
-tenía buenas palabras para todos, pero que no inspiraba confianza.
-
-Joliveau alimentaba a Doyambere y le tenía en casa con la esperanza de
-heredarle.
-
-A veces le indignaba el despilfarro del viejo relojero mixtificador,
-y una vez que Doyambere, al postre, sacaba la corteza al queso, sin
-duda muy gruesa, Joliveau dijo, tartamudeando más que de costumbre, sin
-poderse contener:
-
---Eso... tam... bién... me... cuesta... a... mí... el dinero. Es una...
-falta... de... consideración desperdiciar así... el queso.
-
-Joliveau tenía una criada vieja; pero él mismo guisaba.
-
-Una de las manifestaciones de la roña de Joliveau era odiar a los
-gatos, sin duda por lo que robaban.
-
---Es un animal... antipático--decía--, que no respeta la propiedad
-ajena.
-
-Joliveau ponía cepos a los gatos y, cuando los cogía, los ahorcaba.
-
-Había uno en su vecindad de una vieja solterona, negro y atrevido, que
-entraba en casa del herbolario por el patio. Al fin, Joliveau lo cogió,
-lo ahorcó y lo tuvo como trofeo un día colgado, delante de la ventana,
-para que lo viera la vecina.
-
-Joliveau cortejaba a la señorita Recur, sin comprender que aquella
-señorita estaba enamorada de Marcelo, el sobrino de Chipiteguy. Ella
-sentía un verdadero horror por el herbolario.
-
-Joliveau, hombre de cabeza extraña y confusa, no decía las cosas como
-todo el mundo; era un incoherente, a quien a veces no se le entendía.
-Hacía alusiones a cosas lejanas, y muchos decían que, al oírle, se
-preguntaban, vacilando: ¿Si será un hombre de gran talento? ¿Si será un
-imbécil? La mayoría se decidía por creerle imbécil.
-
-Se podía encontrar en él una mezcla rara de cualidades: suficiencia,
-fanfarronería e impertinencia, unida a cierta fidelidad por algunas
-personas. Quizá ninguno de sus sentimientos llegaba a la nota aguda;
-pero también se podía asegurar que había poco estimable en el
-abigarramiento de su alma.
-
-Joliveau, desde el principio de la desaparición de Chipiteguy, había
-acusado a Frechón. Joliveau tenía resquemores con éste. Había querido
-hacer un negocio un tanto usurario con él y Frechón le había engañado.
-
---A ese... cochino... de Frechón--decía--le voy a enviar yo... a
-gozar... de la hospitalidad... económica... gubernamental... Allí
-le alimentarán con... berzas, con agua y con... otros ingredientes
-parecidos.
-
-La hospitalidad económica gubernamental era para Joliveau la cárcel.
-
-Una vez le dijo alguien:
-
---Ese Frechón vendería su alma al diablo.
-
---Saldría... ganando--contestó Joliveau con presteza--; vendería una
-porquería... por unas buenas... monedas.
-
-Le gustaba también al herbolario tartamudo desfigurar los nombres de
-las personas que le eran antipáticas o que le habían engañado.
-
-Así le llamaba a Frechón Frechoneau, Frechonato o Frechonazo.
-
-A la campaña que hacía contra él contestaba Frechón con mayor acritud.
-
-Según Frechón, todas las hierbas que vendía Joliveau eran venenosas y
-mortales de necesidad.
-
-No se sabía lo que hacía el herbolario con ellas, si es que se
-orinaba, o escupía, o algo peor; pero su efecto era terrible. Tomar el
-malvavisco, la manzanilla o las flores cordiales de casa de Joliveau y
-empezar a sentir náuseas, vómitos y ponerse a la muerte, era inmediato.
-Frechón hacía juegos de palabras con el apellido de Joliveau (Bello
-Becerro) y preguntaba a los conocidos:
-
---¿Qué hace el Bello Becerro? ¿Lo llevan al matadero o está hidrópico
-por las malas hierbas que come en su casa? ¿Le ha visto ya el
-veterinario?
-
-Frechón aseguraba que Joliveau estaba loco, que una meningitis padecida
-en la infancia le había trastornado. Decía también que de niño un cerdo
-le había castrado. Por eso, según Frechón, Joliveau era imberbe y tenía
-tipo de cantor de la Capilla Sixtina. Por eso tenía también aficiones a
-guisar y a fregar los platos.
-
-Estas murmuraciones malévolas llegaban a Joliveau, que tan pronto se
-indignaba como se quedaba tan tranquilo.
-
---Aquí, en Bayona... ya se sabe...--decía, frotándose sus grandes
-manos--. El periódico... de cinco céntimos... sin papel... circula
-mucho por la ciudad.
-
-Esta frase quería decir, en el lenguaje confuso del herbolario, que
-había mucha chismografía en el pueblo.
-
-Con esta manera de hablar, hiperbólica y figurada, siempre haciendo
-alusiones a cosas desconocidas, no se le entendía. Con frecuencia
-Pascual Joliveau proyectaba casarse; pero no tenía éxito.
-
---No sé... si casarme... o comprar una... partida de hierbas.
-
-Al último, siempre tenía que comprar las hierbas. Frechón decía en
-todas partes que Joliveau quería casarse porque tenía gran afición a
-ser cornudo.
-
-Joliveau se acercaba a veces al grupo de las muchachas en la tertulia
-de Lissagaray, pero no le hacían caso; Manón le trataba con un profundo
-desprecio, Rosa le oía distraída, Morguy se reía descaradamente de él.
-
-El Bello Becerro no encontraba su ternera ideal--hubiera dicho
-Frechón--; únicamente Alvarito escuchaba al herbolario; éste solía
-decirle:
-
---Créame usted... Si quiere encontrar... al viejo, dele usted... la
-zancadilla... a Frechonazo.
-
-Otro de los consultados varias veces fué el padre Aranalde, un cura
-amigo de Madama Lissagaray. Aranalde era un viejo de cara sonrosada,
-pelo blanco, mirada a veces viva, pero siempre velada por el párpado
-caído; los labios burlones y la nariz larga, con frecuencia llena de
-rapé.
-
-Aranalde tomaba posturas académicas, y lo hacía tan afectadamente y tan
-bien que, más que cura, parecía un cómico que hiciera de una manera
-maravillosa el papel de eclesiástico.
-
-Aranalde no afirmaba ni negaba nada; todo podía ser, y las varias
-versiones que se daban de la desaparición de Chipiteguy le parecían muy
-posibles.
-
-Otro de los oráculos de la tertulia de madama Lissagaray era el señor
-Silhouette, comerciante retirado de las pompas fúnebres y vecino de
-Chipiteguy.
-
-Silhouette, viejo con peluca y cara rasurada, tenía una expresión de
-frialdad, de indiferencia, de esfinge. Sin duda se la había dado su
-oficio.
-
-Durante toda su vida no había hecho más que ir a las casas donde
-ocurría una muerte, de día o de noche, y mostrar atenta y fríamente sus
-catálogos y etiquetas, sus precios de entierro de primera o de segunda,
-siempre con una severidad y una indiferencia helada.
-
-Decían que el Sr. Silhouette había sido engañado por la mujer. El
-señor Silhouette llevó a su mujer a una casita de campo del camino de
-Bayona y la encerró allí hasta que murió, y tuvo el gusto de ver en sus
-catálogos qué clase de ataúd y de pompas fúnebres necesitaba su cara
-esposa para hacer el gran viaje a las profundidades de la madre tierra.
-
-El señor Silhouette andaba siempre enlevitado, la boca apretada, con
-los labios pálidos y delgados, mejillas hundidas, ojos fijos y duros,
-la corbata que le agarrotaba el cuello, la frente ancha y la mirada
-fría. Silhouette era, indudablemente, funerario, feretral, panteónico.
-
-En todo se manifestaba metódico y meticuloso, muy partidario de la
-etiqueta, y no transigía con ningún olvido de ella.
-
-Se decía que el señor Silhouette era el padre de Joliveau; pero no se
-parecía nada a él y debía ser una broma de la gente mal intencionada.
-
-El señor Silhouette era legitimista, pero no quería confesarlo.
-Alvarito le encontraba muy parecido al Fouché de las figuras de cera;
-un Fouché más viejo y menos emperifollado.
-
-El señor Silhouette no dió su opinión acerca de la desaparición de
-Chipiteguy; se contentó con oír todos los detalles y nada más.
-
-Había otros viejos señores en la tertulia; el señor Castera, que había
-sido procurador, que andaba del brazo de su mujer, arrastrando los
-pies, y que jugaba su partida de cartas. El señor Castera tenía las
-piernas torcidas, la cara arrugada y pálida, la cabeza sin pelo en las
-sienes y la frente deprimida. Había en él algo de reptil. Vestía a la
-antigua. El señor Castera tomaba rapé, gastaba una hermosa peluca y
-tenía una voz de falsete desagradable.
-
-Pero no se podía considerar como lo más desagradable de su personalidad
-su voz.
-
-El viejo Castera era un hombre muy cortés, lo que no le impedía decir
-a cada persona lo más desagradable, lo más que le podía molestar o
-herir, con exquisita finura. Al mismo tiempo que decía algo venenoso,
-ofrecía a la víctima su tabaquera con la tapa esmaltada, sonriendo con
-amabilidad. El hablar mal de la gente, el tomar rapé y comer dulces
-eran sus principales vicios.
-
-Alvarito oyó que el señor Castera, en su juventud, había sido un hombre
-guapo. En cambio, en su vejez, era casi repugnante.
-
-Es curiosa esa fealdad que se produce en la burguesía, sobre todo en
-los comerciantes, industriales, notarios, hombres de ley y en todos los
-que viven casi exclusivamente por el dinero.
-
-No es la fealdad de la gente del pueblo, ni la fealdad de la miseria,
-de la embriaguez, de la brutalidad, de las pasiones bajas, sino una
-fealdad sórdida, fría, la expresión de la avidez y de la especialidad
-comercial.
-
-Esta fealdad contrasta con la belleza que tiene, a veces, el hombre del
-campo, el marino, y, sobre todo, el hombre de pensamiento.
-
-El señor Castera conocía a Chipiteguy y a Aviraneta y los tenía a los
-dos por personas honorables; pero inmediatamente después de hablar de
-ellos y de dedicarles toda clase de elogios, contó, riéndose, esta
-anécdota:
-
-"Cuando era viejo Talleyrand y vivía en el palacio de Valencay tenía un
-amigo tan viejo como él, el conde de Montrond.
-
-Un día Talleyrand le decía a la duquesa de Laval:
-
---Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur de Montrond. Porque
-tiene pocos prejuicios.
-
-A esto, Montrond replicó inmediatamente:
-
---¿Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur Talleyrand? Porque no
-tiene ninguno."
-
-Sin duda, el viejo ex procurador, quiso decir que tanto Chipiteguy como
-Aviraneta eran capaces de cualquier cosa.
-
-Compañero del viejo mordaz era el señor Bedarride, tendero de la
-vecindad, viejo, de cara inyectada y roja, con la nariz abultada, el
-bigote largo y caído, que llevaba casi siempre redingote y chaleco de
-grana.
-
-Bedarride, con su aire embrutecido, era hombre listo y había sabido
-hacerse su fortuna en el comercio de paños. Era también de una
-fealdad comercial y transcendía a paño a la legua. Probablemente, las
-emanaciones del paño que había respirado toda su vida habían matizado
-su alma, dándole un espíritu de pañero indeleble.
-
-A Alvarito le recordó el hombre que voceaba el crimen en el grupo de
-las figuras de cera, que llamaban, en la casa del Reducto, los Asesinos.
-
-El señor Bedarride, riquísimo, tenía un motivo de pena que le amargaba
-la vida. Su hija única, Lucía, estaba enferma de la medula. Lucía
-Bedarride tenía una cara asimétrica desagradable, llena de granos, y
-una expresión mixta de estupidez, de inquietud y de maldad.
-
-El médico había dicho al padre que quizá, si la muchacha se casara,
-podría desarrollarse y cambiar, y el señor Bedarride buscaba marido
-para su hija, pensando en conquistarle, ofreciéndole una fortuna.
-
-Lucía Bedarride, mala, perversa, tenía ataques de nervios; pegaba a
-las criadas y, al ver que los jóvenes no se le acercaban, le daban
-arrechuchos de cólera.
-
-La señorita Bizot trató de demostrar a Alvarito insidiosamente que para
-él sería un magnífico negocio el casarse con Lucía Bedarride; pero
-Alvarito rechazó la proposición con energía.
-
-La Bizot reconoció que la muchacha no tenía ningún atractivo; pero
-había dinero en cantidad y con dinero se podían encontrar maneras de
-indemnizarse. Una mujer como la Bedarride y una querida como su vecina
-la Nené era una combinación perfecta.
-
-Alvarito se quedó asombrado al oír una proposición de esta naturaleza.
-
-
-
-
-V
-
-ÚLTIMAS HIPÓTESIS
-
-
-Otro de los contertulios de madama Lissagaray era el señor de Viguerie,
-dueño del hotel de los Tres Reyes, en la calle de Maubec, de Saint
-Esprit. Viguerie transcendía también a fondista. Viguerie odiaba
-cordialmente a todos los extranjeros porque no iban a su hotel; no
-podía soportar a los judíos del barrio por su carácter económico, y
-como era del centro de Francia, tenía antipatía por los vascos, que
-además no iban tampoco a su fonda.
-
-El señor Viguerie se hallaba enterado de las maniobras de los
-carlistas; era muy amigo del intrigante Manuel Salvador y muy enemigo
-de Aviraneta.
-
-Viguerie, por informes de Salvador, afirmó que Chipiteguy era víctima
-de los masones y que por este camino debía enderezar las pesquisas la
-familia.
-
-Según él, lo mejor que se podía hacer era dirigirse al subprefecto para
-que éste reclamara la libertad de Chipiteguy al jefe de la logia, o
-Gran Oriente, de Bayona.
-
-Una señora que asistía a la reunión, y que hizo algunas gestiones para
-averiguar el paradero de Chipiteguy, fué madama Du Vergier. Esta madama
-se decía pariente de Du Vergier d'Hauranne, el célebre abate de Saint
-Cyran, uno de los jefes más influyentes en su época del jansenismo.
-
-Madama Du Vergier, vieja, alta, hombruna, andaba por la calle casi
-siempre en zapatillas y apoyada en un bastón. Había sido, en tiempo del
-Imperio, mujer de costumbres alegres; pero ya nadie se acordaba de sus
-aventuras.
-
-Madama Du Vergier tenía el vicio de la lotería y jugaba en la francesa
-y en la española con tanto entusiasmo que a veces no tenía para comer.
-
-Esta vieja le recordó a Alvarito la Brinvilliers de las figuras de cera.
-
-Madama Du Vergier, con la Bizot, había ido a ver a la adivinadora
-madama Canis, y ésta les había dicho con seguridad, rotundamente, que
-Chipiteguy estaba en España, guardado en una torre, por un crimen de
-Estado.
-
- Biarritz, octubre de 1924.
-
-
- FIN DE LAS FIGURAS DE CERA
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- Páginas
-
- PRÓLOGO 7
-
-
- PRIMERA PARTE
-
- LOS TRAPEROS DE BAYONA
-
- I.--Las galeras 11
-
- II.--La casa de la plaza del Reducto 18
-
- III.--Chipiteguy y su familia 27
-
- IV.--La taberna de Ochandabaratz 47
-
- V.--Los inquilinos de Chipiteguy 60
-
- VI.--Los Sánchez de Mendoza 67
-
- VII.--Primeros contactos con la realidad 75
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
- EL SIMANCAS
-
- I.--Maniobras de Aviraneta 91
-
- II.--Los enemigos 98
-
- III.--Los expulsados 104
-
- IV.--La tertulia del abate Miñano 109
-
- V.--Primeros efectos del Simancas 114
-
- VI.--El dinero 127
-
-
- TERCERA PARTE
-
- LAS FIGURAS DE CERA
-
- I.--Personajes históricos 131
-
- II.--Los sueños de Alvarito 144
-
- III.--La canción de la ceroplastia 149
-
- IV.--Un proyecto 154
-
- V.--En Pamplona 162
-
- VI.--La vuelta 178
-
- VII.--Explicaciones de Chipiteguy 181
-
- VIII.--Chipiteguy, Gamboa y Frechón 185
-
- IX.--Después de la aventura 189
-
-
- CUARTA PARTE
-
- PALOMAS Y GAVILANES
-
- I.--Manón y Rosa 193
-
- II.--Frechón o el chatarrero misántropo 213
-
- III.--La tertulia de madama Lissagaray 219
-
- IV.--Las preocupaciones del hidalgo Sánchez de Mendoza 234
-
- V.--El secreto de Sonia Volkonsky 241
-
-
- QUINTA PARTE
-
- EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY
-
- I.--En la regata de Inzola 257
-
- II.--Maniobras de Frechón 267
-
- III.--El tesoro 273
-
- IV.--Los viejos de la tertulia de madama Lissagaray 277
-
- V.--Ultimas hipótesis 287
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN: #14
-LAS FIGURAS DE CERA ***
-
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-even without complying with the full terms of this agreement. See
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-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
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-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
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-posted with the permission of the copyright holder found at the
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-
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-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
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- The Project Gutenberg eBook of Las figuras de cera, by Pío Baroja.
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-
-<body>
-<pre style='margin-bottom:6em;'>The Project Gutenberg EBook of Memorias de un hombre de acción: #14 Las
-figuras de cera, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this ebook.
-
-Title: Memorias de un hombre de acción: #14 Las figuras de cera
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: November 08, 2020 [EBook #63680]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Carlos Colón, The University of Toronto and the Online
- Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This
- file was produced from images generously made available by The
- Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN:
-#14 LAS FIGURAS DE CERA ***
-</pre>
-
-<div class="chapter">
-
-<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/>
-
-Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br />
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br />
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/>
-La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p>
-<hr class="chap" /></div>
-<div class="chapter">
-
-
-
-
-<p class="p6 center large">PÍO BAROJA</p>
-
-<p class="p4 center large">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p>
-
-<h1>LAS FIGURAS DE CERA</h1>
-
-<p class="center">NOVELA</p>
-
-<p class="center">(SEGUNDA EDICIÓN)</p>
-
-<div class="figcenter4em"><img src="images/page1.png" width="100"
-height="124" alt="" title="" />
-</div>
-
-<p class="center">EDITORIAL CARO RAGGIO<br />
-MENDIZÁBAL, 34, MADRID</p></div>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6 center">ES PROPIEDAD</p>
-
-<p class="center">DERECHOS RESERVADOS</p>
-
-<p class="center">PARA TODOS LOS PAÍSES</p>
-
-
-<p class="center p4">IMPRENTA CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID</p> </div>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_7" id="Page_7">[7]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2 id="PROLOGO">PRÓLOGO</h2></div>
-
-
-<p>&mdash;¿Así que tú no conoces al que ha escrito esta
-relación?&mdash;preguntó Aviraneta, después de haber
-escuchado la lectura de varios trozos del manuscrito.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;contestó Leguía&mdash;. Este cuaderno me lo
-dejó doña Paca Falcón, hace unos años, en Bayona,
-y saqué una copia de él. Supongo que se hizo con
-algunas notas que escribió Alvaro Sánchez de Mendoza.
-¿Qué le parece a usted?</p>
-
-<p>&mdash;¡Psé! Así, así.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le parece a usted mal?</p>
-
-<p>&mdash;No; los hechos positivos en que está basado el
-libro son ciertos; que el cónsul de España en Bayona,
-don Agustín Fernández de Gamboa, recibió barricas
-llenas de plata y de oro de las iglesias de Navarra,
-durante la primera guerra civil, para venderlas en
-Francia, es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted lo sabía?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Gamboa, como sus amigos Collado y Lasala,
-explotaron todo lo que pasó por delante de ellos. Unicamente
-así se puede conseguir una gran fortuna en
-poco tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Es indudable. Sólo la guerra y la usura hacen
-a la gente rica con rapidez.</p>
-
-<p>&mdash;Los que no somos contratistas del ejército ni
-usureros no hemos podido pasar de ser unos pobretones.</p>
-
-<p>Esta conversación la tenían Aviraneta y Leguía<span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span>
-en San Sebastián poco antes de la Revolución de septiembre,
-en una casa del barrio de San Martín, donde
-vivía don Eugenio por entonces. Aviraneta, de
-cuando en cuando, se miraba al espejo y se arreglaba
-una hermosa peluca rubia, casi roja, que le había
-arreglado su amigo y barbero Justo Lazcanotegui.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted no ha conocido a ese Chipiteguy trapero
-de la plaza del Reducto, de Bayona, que figura aquí?&mdash;preguntó
-Leguía.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí. ¡Ya lo creo! Era amigo mío; un viejo
-camastrón, epicúreo... hombre simpático, efusivo.
-Solía comer yo con frecuencia en su casa.</p>
-
-<p>&mdash;Y a Frechón, ¿lo recuerda usted?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacía ese Frechón?</p>
-
-<p>&mdash;Era un empleado de Chipiteguy y, al parecer,
-un gran intrigante.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, tengo idea; mas creo que le llamaban de
-otra manera.</p>
-
-<p>&mdash;Debió de estar en casa de usted varias veces.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tantos estuvieron!</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero debió de ir a hablar de política, de intrigas...</p>
-
-<p>&mdash;Era a lo que venía todo el mundo a mi casa.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, su casa en Bayona debía ser un nido de intrigantes.</p>
-
-<p>&mdash;Entre los que te contabas tú.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, don Eugenio, yo no tanto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te acuerdas de las letras S, T, U, V, Y, Z?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ¿no me he de acordar? En ese final de abecedario,
-el que más y el que menos era un bandido.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, quizá... Pero era una época divertida. Se
-vivía con pasión. Hoy está todo más bajo, más cansado.
-Hoy intentamos vivir como personas sensatas,
-para lo cual parece que no tenemos muchas condiciones
-los españoles.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Y de Roquet, ¿se acuerda usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre; perfectamente.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, don Eugenio; y en último término, ¿cree
-usted que este relato, del cual le he leído varios trozos,
-debe entrar en la historia de su vida, si alguna
-vez la publicamos?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; tiene detalles curiosos; pero no me gusta
-esa forma novelesca. Creo que le debías quitar lo que
-tenga aire romántico; dejar la realidad, la verdad
-escueta.</p>
-
-<p>&mdash;¡La verdad! ¿Es que es más verdad la historia
-que la novela?</p>
-
-<p>&mdash;Naturalmente.</p>
-
-<p>&mdash;Eso creía yo también antes; hoy no lo creo. El
-Quijote da más impresión de la España de su tiempo
-que ninguna obra de los historiadores nuestros. Y lo
-mismo pasa a la Celestina y al Gran Tacaño.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pero esas son obras maestras realistas.</p>
-
-<p>&mdash;Usted siempre ha sido enemigo de la literatura
-de imaginación.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted no ha soñado nunca, don Eugenio?</p>
-
-<p>&mdash;De esa manera, no. La verdad, la verdad en todo:
-ese ha sido siempre mi ideal.</p>
-
-<p>Al decir esto, Aviraneta se planchaba su peluca
-roja, que tenía tendencia a abombarse y a separarse
-de su cabeza.</p>
-
-<p>Qué cantidad de verdad puede tener una peluca
-fué una pregunta que le vino a Leguía a la imaginación.
-La cuestión de la verdad histórica la habían
-discutido muchas veces. Aviraneta era dogmático,
-partidario del realismo, y creía que tarde o temprano
-la verdad resplandecía, como el sol entre las nieblas.
-Leguía pensaba que en ese camposanto de la historia,
-lleno de huesos, de cenizas y de baratijas, cada inves<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span>tigador
-escoge lo que le place y lo combina a su gusto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero, a pesar de las fantasías novelescas, a esta
-relación le daremos entrada en sus memorias?&mdash;preguntó
-Leguía.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Con su visto bueno?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, con mi visto bueno; pero podándola un poco.</p>
-
-<p>Con la autorización de Aviraneta decidí, pues, publicar
-este relato.</p>
-
-<p>No aparece aquí don Eugenio siempre; pero inspira
-los acontecimientos, asomándose, unas veces, al
-primer plano, y otras, al último.</p>
-
-<p>Hecha esta aclaración con respecto a la parte histórica&mdash;sigue
-diciendo Leguía&mdash;, tengo que advertir,
-con relación a lo novelesco, que la obra no me llena.
-El autor describe demasiado, define demasiado, traza
-los contornos de los personajes, pero los mueve poco
-y, sobre todo, no los hace hablar. Tiene por la palabra
-una falta de cariño extraña. Sus hombres y sus homúnculos
-hablan el mínimo. Indudablemente, en la
-literatura, la palabra hablada es la que da a la obra
-una animación algo parecida al color en la pintura.</p>
-
-<p>El autor no busca esta animación. Rechaza, además,
-la frase castiza, el giro idiomático. Todo esto, sin
-duda, le parece hojarasca, lugar común putrefacto,
-algo pestífero, de lo que hay que huír.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>PRIMERA PARTE<br />
-LOS TRAPEROS DE BAYONA</h2>
-
-
-
-
-<h3 id="I">I<br />
-LAS GALERAS</h3></div>
-
-
-<p>Una mañana de junio de 1838 varias galeras con
-toldo y cuatro ruedas, unas tiradas por dos, otras por
-un caballo de patas gordas, marchaban por el desfiladero
-de Roncesvalles, larga y empinada cuesta llena
-de zig-zags, de curvas y de meandros, que sube desde
-San Juan Pie de Puerto hasta Burguete.</p>
-
-<p>El día estaba claro en la parte de Francia y obscuro
-y nublado en la de España.</p>
-
-<p>En el valle del Nive, los montes, cubiertos de árboles,
-aparecían inundados de sol; hacia España las
-nubes iban agarrándose a los picachos y entrando en
-las hondonadas.</p>
-
-<p>Este famoso desfiladero de Roncesvalles, que recuerda
-a Rolando con su olifante, al arzobispo Turpín
-y a los doce pares de Francia, no tiene el carácter
-áspero y terrible que le supone la leyenda.</p>
-
-<p>Es el paisaje allí suave y verde, hay muchas praderas,
-campos cultivados, grupos de hayas y de robles.
-Las moles de piedra que los fieros vascones lanzaban
-contra las tropas brillantes de Carlomagno han<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span>
-desaparecido por escotillón; quizá no existieron nunca
-o fueron del tamaño de las almendras, y la batalla
-de los carlovingios con los sarracenos, según la versión
-francesa, o de los carlovingios con los vascones
-y godos, según la versión española, no tuvo más importancia
-que una pedrea de chicos. Verdad es que
-estas pedreas son más fecundas para la literatura
-que las grandes batallas modernas con sus enormes
-carnicerías y hasta sus salchicherías, inspiradas en
-métodos científicos y exactos.</p>
-
-<p>El Monasterio de Roncesvalles, como muchas cosas
-antiguas, tiene más nombre que realidad.</p>
-
-<p>Los carros que subían la cuesta hacia Burguete
-esta mañana fresca de junio eran, en su mayoría,
-galeras con el techo embreado, con las cuatro ruedas
-casi iguales. Por su aspecto parecían más bien ser
-franceses que españoles. Entre carro y carro conservaban
-una distancia de cien o doscientos metros. Podía
-suponerse que llevaban algún cargamento de armas
-para los carlistas, pues en aquel año de la guerra
-todos los puertos de la frontera vasco-navarra,
-excepción hecha de Irún, estaban ocupados por los
-facciosos. Al lado de las galeras iban los carreteros,
-que a veces tenían que calzar las ruedas con piedras
-y empujar luego a hombros, porque en algunas partes
-los caballos no podían con los pesados vehículos.</p>
-
-<p>La primera galera que iba a la cabeza de la comitiva
-era un poco más larga que las otras y tiraban
-de ella dos caballos percherones.</p>
-
-<p>La conducía un carretero y la vigilaba otro hombre
-que marchaba a su lado.</p>
-
-<p>Este último tenía unos treinta años y el aire de
-un señor, aunque no muy amable ni simpático; el
-carretero, de unos cuarenta años, manejaba el látigo,
-hacía chasquearlo, cuando no lo llevaba liado al cue<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span>llo,
-y gritaba y blasfemaba en los malos parajes en
-que los caballos se detenían.</p>
-
-<p>El hombre de aire de señor, flaco, moreno, con
-patillas negras, parecía sombrío y misterioso; el carretero
-era un tipo tosco y vulgar.</p>
-
-<p>Al acercarse la primera galera a Valcarlos, una
-patrulla carlista se destacó en el camino.</p>
-
-<p>&mdash;Alto, ¿quién vive?&mdash;gritó el jefe.</p>
-
-<p>&mdash;Francia&mdash;contestó el hombre moreno de las patillas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué gente?</p>
-
-<p>&mdash;Gente de paz.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienen ustedes pasaporte?</p>
-
-<p>Los dos hombres mostraron los documentos que
-llevaban.</p>
-
-<p>Los carlistas, unos al parecer del Resguardo, otros
-de una partida que vigilaba la frontera, todos perfectamente
-desarrapados, quisieron atisbar lo que
-llevaba la galera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué va ahí dentro?&mdash;preguntó el que hacía
-de jefe de la partida.</p>
-
-<p>&mdash;Figuras de cera para la feria de Pamplona&mdash;contestó
-el hombre de las patillas con marcado
-acento francés.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre! ¡Figuras de cera!&mdash;exclamó uno de
-los carlistas&mdash;. ¿No las podríamos ver?</p>
-
-<p>&mdash;No están armadas.</p>
-
-<p>&mdash;¿No dan ustedes algo para beber?&mdash;dijo uno de
-los facciosos desarrapados.</p>
-
-<p>&mdash;Eso, el amo&mdash;contestó el de las patillas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está el amo de ustedes?</p>
-
-<p>&mdash;No es nuestro amo. Es el amo de las figuras de
-cera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y dónde está ese señor?</p>
-
-<p>&mdash;Dentro de poco pasará en un coche.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Por este camino?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Ha dicho que entre Valcarlos y Burguete
-nos alcanzará.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, pueden ustedes seguir.</p>
-
-<p>Marchó la carreta de nuevo, avanzando al paso
-de los caballos percherones; cruzó al mediodía por
-delante de la Colegiata de Roncesvalles, recorrió la
-única calle de Burguete y, al salir de este pueblo, camino
-de Espinal, el hombre de las patillas entabló en
-francés una conversación con el carretero.</p>
-
-<p>&mdash;El amo nos encarga a nosotros la tarea más difícil:
-el marchar a pie&mdash;dijo&mdash;; en cambio él, con
-el niño ese, que Dios confunda, viene en coche.</p>
-
-<p>&mdash;No se queje usted, señor Frechón&mdash;replicó el
-carretero&mdash;; el amo le ha dicho a usted varias veces
-que no venga si no le gusta este viaje.</p>
-
-<p>El señor Frechón calló un momento y luego exclamó
-de mal humor:</p>
-
-<p>&mdash;Tú eres un imbécil, Claquemain.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué? Sepámoslo.</p>
-
-<p>&mdash;Porque te dejas explotar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Me pagan lo que trabajo.</p>
-
-<p>&mdash;Es lo que crees tú, infeliz.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, lo que es por ahora, tenga usted la seguridad
-de que no me han explotado.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora nos está explotando. El viejo trama algo
-que yo sospecho...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué va a tramar? Usted siempre está pensando
-que todo el mundo vive imaginando intrigas y complots,
-y luego no hay nada. Todas son fantasías de
-su cabeza de usted.</p>
-
-<p>&mdash;Es que tú tienes la vista corta, Claquemain.</p>
-
-<p>&mdash;Usted tendrá la vista muy larga, señor Frechón;
-pero por ahora no ve usted más que visiones.</p>
-
-<p>&mdash;Y realidades. Tú lo verás.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!&mdash;y Claquemain hizo restallar el látigo
-en el aire.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí hay gato encerrado&mdash;siguió diciendo Frechón&mdash;,
-lo huelo. ¿A ti no te choca que el viejo Chipiteguy,
-hombre rico, vaya a las ferias de San Fermín,
-de Pamplona, en plena guerra, a poner una barraca
-con unas cuantas figuras de cera, por cierto
-muy malas, para ganar unos cuartos?</p>
-
-<p>&mdash;A mí, no. ¿A qué otra cosa puede ir?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! Ya lo veremos. Te diré, en confianza, que
-el viejo ha ido a casa del cónsul de España en Bayona
-repetidas veces y ha tenido con él largas conferencias.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo lo sabe usted?</p>
-
-<p>&mdash;Porque le he seguido.</p>
-
-<p>&mdash;Cada uno su manía.</p>
-
-<p>&mdash;El viejo lleva una misión que seguramente será
-para él muy fructífera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué misión puede llevar? ¿Misión política?</p>
-
-<p>&mdash;Quizá también.</p>
-
-<p>&mdash;Si es cosa política, no habrá dinero debajo.</p>
-
-<p>&mdash;Me choca tu terquedad.</p>
-
-<p>&mdash;A mí me choca la suya.</p>
-
-<p>&mdash;Si hay algo, ¿qué dirás?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si no hay nada?</p>
-
-<p>&mdash;Como habrá... Al llegar a Pamplona veremos.</p>
-
-<p>&mdash;En fin. Quizá, quizá... acierte usted alguna
-vez&mdash;murmuró el carretero.</p>
-
-<p>El señor Frechón sabía perfectamente que en aquel
-viaje había su misterio; pero no quería ser más explícito.
-Si el amo tenía un plan al ir a Pamplona, él
-iba fraguando el suyo.</p>
-
-<p>Al avanzar en el camino, Frechón y Claquemain se
-pararon a comer al borde de la carretera, en un barranco,
-con una fuente y un abrevadero. Pasado algún<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span>
-tiempo se acercaron otras dos galeras. Se hallaban
-los carreteros sentados en el suelo cuando oyeron los
-cascabeles y las pisadas de un caballo, y poco después
-apareció un carricoche, ocupado por un viejo de
-barbas blancas y un muchachito imberbe.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, hay alguna novedad?&mdash;preguntó el viejo
-a Frechón.</p>
-
-<p>&mdash;Ninguna&mdash;contestó Frechón&mdash;. Estamos descansando.</p>
-
-<p>&mdash;Los caballos, ¿se han portado bien?</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien.</p>
-
-<p>&mdash;¿No han puesto dificultades los aduaneros carlistas
-de la frontera?</p>
-
-<p>&mdash;Ninguna. Les hemos enseñado nuestros papeles
-y nos han dejado pasar.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues ahora, a Larrasoaña. Allí nos reuniremos
-con una partida liberal e iremos hasta Pamplona&mdash;dijo
-el viejo&mdash;. En cuanto llegue comenzaré
-yo a ocuparme de la barraca y les esperaré allí. Con
-que adiós.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós!</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós, señor Chipiteguy!</p>
-
-<p>Frechón y Claquemain, que concluían su comida,
-vaciaron cada uno su botella de vino; se levantaron,
-engancharon de nuevo los caballos, que estaban inmóviles
-junto al abrevadero, y prosiguieron su marcha
-con su carro, seguidos de las otras galeras.</p>
-
-<p>&mdash;El niño ese tiene buena suerte&mdash;dijo Claquemain
-de pronto, probablemente con la intención de
-molestar a su compañero.</p>
-
-<p>&mdash;Le voy a dar un puntapié el mejor día que le
-voy a echar a su tierra&mdash;exclamó Frechón con cólera.</p>
-
-<p>&mdash;No es difícil aquí en España, porque está en la
-suya&mdash;contestó Claquemain humorísticamente.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span></p>
-
-<p>El otro no replicó.</p>
-
-<p>La primera galera siguió su marcha despacio. La
-bruma cubría el campo, gris, azulada, y la vista no
-alcanzaba más que a poca distancia. Las rocas y los
-árboles aparecían de improviso a ambos lados de la
-carretera. Se oía entre la niebla el cencerro del ganado
-y el silbido de los pastores.</p>
-
-<p>Al anochecer, en una aldea del camino, Claquemain
-y Frechón se detuvieron a descansar. Al día
-siguiente, al llegar a Larrasoaña, la fila de galeras
-hizo alto y se detuvieron los conductores durante una
-hora para comer. Poco después se encontraron con
-las tropas de una compañía de voluntarios liberales
-y con ellas avanzaron hasta Pamplona.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II">II<br />
-LA CASA DE LA PLAZA DEL REDUCTO</h3></div>
-
-
-<p>Es evidente que ya todos los pueblos y capitales
-de provincia han perdido su carácter tradicional en
-Francia y en los demás países europeos.</p>
-
-<p>Las grandes ciudades, como París, Londres y Berlín,
-van uniformando las urbes provinciales, que a
-su vez modifican los pueblos y las aldeas.</p>
-
-<p>Lo característico regional, el rincón pintoresco, tan
-amado en la primera mitad del siglo XIX por escritores
-y artistas, se ha perdido en las ciudades y en
-las villas y comienza a perderse en los lugares alejados
-de los grandes centros. No sólo se pierde lo pintoresco
-en lo exterior, sino el gusto de lo pintoresco.
-En casi todas partes, en el ámbito de una nación, se
-habla lo mismo, se viste lo mismo y se tienen idénticas
-diversiones y deportes.</p>
-
-<p>Llegará un día en que ya no sean sólo las naciones
-las unificadas, sino también los continentes. El
-planeta, según un misántropo amigo del autor, será
-un queso de bola, uno e indivisible, con la misma
-clase de gusanos, que disfrutarán de los mismos derechos
-y de los mismos deberes.</p>
-
-<p>Los pueblos y las comarcas van olvidando rápidamente
-su carácter tradicional, y los Goyas, los Bal<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>zac
-y los Dickens del porvenir, si es que los hay, no
-tendrán gran cosa que recoger y conservar en el
-acervo de las viejas costumbres y hábitos y en la
-guardarropía legada por los antepasados. Los dioses
-se van, las buenas formas se van, los sombreros de
-copa se van, la moral se va; lo único que vuelve a presentarse
-son las golondrinas y las letras que no se han
-pagado...</p>
-
-<p>Bayona ha sido una de las ciudades francesas que
-ha guardado su carácter hasta hace poco. Hoy, ya
-no lo tiene.</p>
-
-<p>Sin murallas, sin puertas, como un caracol sin su
-concha, al perder su dermato-esqueleto, empieza a
-aparecer un pueblo banal y de poco interés.</p>
-
-<p>Bayona, antes, con su cintura de piedra, sus calles
-estrechas, sus arcos, sus tiendas con muestras y enseñas,
-sus casas grises y negruzcas, dominadas por
-las dos torres góticas de la Catedral; sus puertas fortificadas
-y sus dos ríos, que le daban un aire sombrío
-y húmedo, era un pueblo de un carácter típico y bien
-marcado.</p>
-
-<p>Bayona, por su historia, su tradición, su influencia
-inglesa y española, su población mezclada, era un producto
-mixto de burguesía, de milicia, de comercio,
-de costumbres rancias y arcaicas, con detalles de ciudad
-corrompida. Había muchos elementos diversos reunidos
-en Bayona.</p>
-
-<p>De sus tres barrios, la Gran Bayona, la Pequeña
-Bayona y Saint Esprit, la Gran Bayona, el más importante,
-se consideraba como el centro, el asiento
-del mundo oficial y del comercio rico. La gente de la
-Pequeña Bayona tenía un carácter más campesino,
-más pobre y más vasco; la de Saint Esprit era, en
-gran parte, judía.</p>
-
-<p>Además de la población gascona, vasca y judía,<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span>
-había la marinera y de comercio fluvial de las orillas
-del Nive y del Adour, los pescadores, casi todos vascos,
-y la parte militar, entonces importante, porque
-Bayona era capital de una división.</p>
-
-<p>Durante la primera guerra civil española Bayona
-estaba más animada que de ordinario; a sus varios
-elementos se unían los emigrados carlistas, que llevaban
-allí sus luchas y sus intrigas.</p>
-
-<p>El marqués de Lalande y monsieur Xavier Auguet
-de Saint Sylvain, librero de viejo en Madrid y barón
-de los Valles por obra y gracia de don Carlos; el
-obispo de León y Aviraneta, el príncipe de Lichnowsky
-y el protestante Miñano, el canónigo Echevarría
-y el judío inglés Mitchell, habían encontrado
-allí campo para sus maquinaciones...</p>
-
-<p>Uno de los sitios pintorescos de Bayona en aquella
-época, hoy convertido en explanada de aire vulgar,
-con una estatua de bronce de un obispo en medio,
-era la plaza del Reducto.</p>
-
-<p>La plaza del Reducto estaba en la confluencia de
-los dos ríos bayoneses, formando espolón. Tenía, a
-un lado, el puente Mayou, sobre el Nive, y al otro, el
-de Saint Esprit, puente de barcas para cruzar el
-Adour.</p>
-
-<p>Sobre este espolón, afilado por los dos ríos, se levantaba
-el antiguo baluarte llamado el Reducto, como
-el castillo de proa de un barco. La entrada del baluarte
-por el puente de Saint Esprit se llamaba la
-Puerta de Francia.</p>
-
-<p>La Puerta de Francia era resto de la primitiva muralla
-galo-romana bayonesa, varias veces reconstruída.</p>
-
-<p>Del viejo Reducto hoy no queda más que la explanada
-con su estatua y un trozo de muralla con una
-garita en el extremo del espolón, entre hiedras, que
-da al río. Andando el tiempo, la puerta de Francia se<span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span>
-derribó y el puente de Saint Esprit se hizo de piedra.</p>
-
-<p>El Reducto y sus balaurtes ocupaban la punta del
-espolón, entre los dos ríos, con sus muros aspillerados
-y sus garitas que caían sobre el agua.</p>
-
-<p>El Reducto tenía salidas al río que solían estar llenas
-de ratas. Los soldados y los chicos se entretenían
-en cazarlas a pedradas.</p>
-
-<p>Cerca del espolón del Reducto, en el Adour, había
-pilotes de madera para amarrar barcas, postes carcomidos
-y verdes por los líquenes y los musgos.</p>
-
-<p>La Puerta de Francia, aneja al reducto, era la entrada
-principal de la ciudad. Por allí venían las diligencias
-de París y de Burdeos, pasando de antemano
-por el barrio de Saint Esprit, que aún conservaba
-algo de ghetto, sucio, cerrado y misterioso, con su
-población de judíos, antiguamente expulsados de España.</p>
-
-<p>La plaza del Reducto era el espacio que había entre
-el baluarte y unas cuantas casas alineadas enfrente.
-A esta plaza desembocaban dos o tres calles del Pequeño
-Bayona, una de ellas la de Bourg-Neuf, de las
-más húmedas y sombrías del pueblo. Al lado de la
-calle de Bourg-Neuf se encontraban otras callejuelas:
-la del Puy, de los Capellanes de Doaline, de Coutetz,
-de Corn, de Moqueron, de Perhide, unas que han cambiado
-de nombre y otras que han desaparecido.</p>
-
-<p>La mayoría de las casas bayonesas de por entonces
-eran casas pequeñas, de ladrillo, bastante mal construídas,
-aunque empezaban ya a levantarse las casas
-altas de cuatro y cinco pisos del siglo XIX, que dan
-una impresión perfecta de la vida monótona, burguesa,
-bien organizada y sin incidentes románticos de nuestro
-tiempo.</p>
-
-<p>En la plaza del Reducto, esquina a la calle de
-Bourg-Neuf, vivía Chipiteguy, el viejo de las barbas<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span>
-blancas, que iba un día de junio en un cabriolé, camino
-de Pamplona, acompañado de un muchacho
-joven.</p>
-
-<p>La casa de Chipiteguy era una casa vieja, de ladrillo
-cuarteada, que casi amenazaba ruina.</p>
-
-<p>Tenía, para sostenerse, a un lado y a otro, dos filas
-de vigas, lo que le daba el aire de un barco que se
-estuviera construyendo, o de un tullido, apoyado en
-muchas muletas.</p>
-
-<p>Otras varias casas había en la plaza del Reducto
-y en la calle de Bourg-Neuf sostenidas por vigas.
-Así como en los castillos de naipes, al caerse uno,
-arrastra a los demás, así allí, al tirar una casa, las otras
-de la vecindad querían venirse al suelo, y, si no se
-caían del todo, tenían la tendencia de cuartearse.</p>
-
-<p>Era época en que, a imitación de París, comenzaban
-en las ciudades de provincia las demoliciones de
-los barrios viejos y malsanos.</p>
-
-<p>Las casas que amenazaban ruina quedaban durante
-mucho tiempo como viejas paralíticas, aletargadas,
-sostenidas en sus muletas, mirándose unas a otras,
-contemplando su mutua miseria; algunas se presentaban
-negras y llenas de desconchaduras, con agujeros
-entre las maderas del entramado; otras se les
-caía el alero, como la visera de una gorra, y parecían
-quedar dormidas.</p>
-
-<p>Había todos los matices de la ruina, de la decadencia.
-Una de aquellas casas avanzaba más en la
-línea y la arista de su esquina biselada tenía un mirador
-pequeño, con unos cristales redondos, que le
-daban el aire de los ojos de un pez; otra echaba una
-panza de hipocresía; una tercera un abultamiento como
-el bocio; algunas parecían la proa de un barco
-antiguo; a otras se les desarticulaban las ventanas,<span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span>
-que quedaban como alas rotas, gimiendo y llorando de
-noche sobre el roñoso gozne.</p>
-
-<p>La casa de Chipiteguy, vieja, de construcción pobre,
-con el tejado en forma de piñón y chimeneas altas,
-terminadas en tubos en zig-zags; tenía dos muros de
-piedra laterales fuertes, y entre éstos, vigas que sostenían
-los pisos. Un entramado de madera cruzaba
-la fachada: en el dintel de la puerta aparecía esculpido
-un escudo borroso con varias medias lunas y
-cabezas de hombres barbudos y de expresión siniestra.</p>
-
-<p>Los pisos estaban superpuestos: los dos de arriba,
-más salientes hacia la calle que el de abajo. La casa,
-indudablemente, se había movido, al derribar otra
-contigua, y se abultaba como un abdómen de cincuentón
-de una manera absurda y ridícula. En medio
-de la casa, en la planta baja, se abría un ventanal,
-convertido en escaparate; en el primer piso, varias
-ventanas con sus cortinas; en el segundo, otros huecos;
-después la guardilla, con un balcón saliente y una
-viga y una polea encima, y sobre el caballete del tejado,
-una veleta anquilosada, con una paloma de hierro,
-gruesa y paralítica.</p>
-
-<p>La casa del Reducto, desde hacía dos o tres generaciones,
-pertenecía a un Chipiteguy, dedicado al comercio
-de trapos y de hierro viejo. Este comercio
-había tenido, en un principio, una enseña y el título
-de "Las fraguas de Vulcano"; pero hacía tiempo
-que las letras se habían borrado y que se había olvidado
-el nombre. Los Chipiteguy, traperos y chatarreros,
-se sucedían como los Borbones; en dinastía, menos
-conocida, aunque no menos capaz, siendo quizá
-mejores y más honrados traperos que los otros monarcas,
-sin que se pueda decir que se necesiten me<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span>nos
-condiciones espirituales para ser buen trapero
-que buen autócrata.</p>
-
-<p>Por dentro, la casa de Chipiteguy se resentía de
-su derrengamiento; los suelos se hallaban torcidos y
-curvados; las aristas de las esquinas, inclinadas. La
-casa de Chipiteguy no estaba muy flamante por fuera;
-el comercio de trapos y hierro viejo no era muy
-pulcro; pero por dentro se hallaba muy limpia y muy
-arreglada. Todo en ella parecía cómodo y bien dispuesto.</p>
-
-<p>Si se entraba en la casa, se encontraba primero el
-portal obscuro; a la derecha, la tienda, con su mostrador
-y sus armarios; a la izquierda, la escalera, y
-en el centro, el patio, con dos cobertizos, en los que
-se hallaban amontonados fardos de trapos, calderas
-roñosas, barricas desfondadas, barandillas de hierro,
-toneles, bombas y unas grandes balanzas.</p>
-
-<p>De la tienda se pasaba a los almacenes obscuros,
-repletos de géneros, metidos en cajones y en sacos
-puestos en el suelo.</p>
-
-<p>Por la puerta de la izquierda se encontraba la escalera,
-estrecha, empinada, con los escalones muy desgastados.
-Subiendo por la escalera se llegaba al primer
-piso, donde estaban el comedor, la sala, la cocina
-y un despacho, y después al segundo, que constaba
-de gabinete, cuarto de costura y tres alcobas.</p>
-
-<p>La casa, por fuera, tenía aire triste y obscuro, principalmente,
-por la humedad de los dos ríos, que ennegrecía
-cada año más la fachada.</p>
-
-<p>Si por fuera parecía todo muy abandonado, por
-dentro se hallaba muy limpio: los suelos encerados,
-las puertas pintadas, los cortinones espesos y las cortinillas
-planchadas, con lazos en los cristales.</p>
-
-<p>Los muebles eran casi todos antiguos, y única<span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span>mente
-el cuarto de la nieta de Chipiteguy, moderno
-y coquetón, estaba a la moda.</p>
-
-<p>No era culpa de las mujeres de la casa el que no
-se hallaran todas las habitaciones lo mismo.</p>
-
-<p>Chipiteguy, el trapero y comprador de hierro viejo,
-a pesar de ser rico, no quería arreglar la casa; le
-parecía que no valía la pena de gastar dinero en ella.
-Unicamente había dado con gusto lo necesario para
-decorar el gabinete de su nieta, el salón y el comedor.
-Decía muchas veces que la casa y él durarían
-lo mismo, y que su nieta, cuando fuera mayor, dejaría
-aquel rincón mugriento para no volver jamás
-a él.</p>
-
-<p>Los amigos se burlaban de Chipiteguy por su indiferencia
-y abandono, y le decían que era como Cadet
-Rousselle:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">Cadet Rousselle, a trois maisons,</div>
-<div class="line">qui n'ont ni poutres ni chevrons.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Las mujeres de la casa habían conseguido, a fuerza
-de reclamaciones, que Chipiteguy les diera algún
-dinero para arreglar el salón y el comedor.</p>
-
-<p>Al salón, iluminado por un balcón corrido, le pusieron
-un papel verde, con flores; sillería de estilo
-inglés, con tela del mismo color; un piano, un reloj
-alto con esfera de cobre, y dos cuadros al óleo, uno
-de caza y otro una "Matanza de los Inocentes", tabla
-alemana, en donde unos guerreros, con trajes medievales,
-degollaban a unos chiquillos, blancos y redondos
-como pelotas.</p>
-
-<p>Había también en la sala varios grabados, copias
-de unos cuadros de Lebrún, inspirados en la vida de
-Alejandro el Magno; "La familia de Darío", "El
-paso del Gránico", la "Entrada de Alejandro en Ba<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span>bilonia",
-"La batalla de Arbelas" y "Alejandro y
-Poro".</p>
-
-<p>En todos estos grabados había leyendas en latín
-y en francés. En "El paso del Gránico" decía: "<i>Virtus
-omni obice mayor.</i> La virtud domina el mayor
-obstáculo".</p>
-
-<p>El comedor tenía papel amarillento, chimenea de
-mármol, mesa oval, aparador con jarras vascas de
-cobre, sillas Imperio y algunas estampas, entre ellas
-la vista de Bayona, con la Avenida de Boufflers y
-la Puerta de Mousserolles. En el aparador, sobre pequeños
-manteles blancos, brillaba una vajilla Luis XV,
-espléndida, y una cristalería reluciente.</p>
-
-<p>El comercio de hierro viejo y de trapos hacía que
-la parte baja de la casa estuviera siempre poco cuidada;
-los cargamentos de chatarra y papel, los carros
-que se detenían a la puerta, los traperos que iban y
-venían, le daban, naturalmente, un aire poco elegante
-y distinguido.</p>
-
-<p>Desde las ventanas del piso alto y de la guardilla
-se veían, por encima de las murallas y tejados del
-Reducto, las aguas del Adour, hacia las Avenidas
-Marinas, y los mástiles de los barcos que reposaban
-en el río.</p>
-
-<p>Los días de niebla, muy frecuentes en el invierno
-bayonés, el Adour parecía un lago de color de perla;
-no se veían sus orillas y los barcos, a lo lejos, tomaban
-un aire espectral, sobre todo cuando extendían sus
-grandes velas amarillentas.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span></p>
-
-<h3 id="III">III<br />
-CHIPITEGUY Y SU FAMILIA</h3></div>
-
-
-<p>Alberto Dollfus, conocido en Bayona por el apodo
-de Chipiteguy, era un viejo de cerca de setenta años,
-dedicado a la venta de trapos y de chatarra.</p>
-
-<p>Dollfus, alsaciano de origen, llegó a Bayona, en
-tiempo de la Revolución francesa, de soldado; se estableció
-en la ciudad y estuvo en España de contratista
-del ejército durante la invasión napoleónica.</p>
-
-<p>Dollfus se casó, a principios de siglo, con María
-Chipiteguy, la hija de su antecesor en el comercio de
-trapos y hierro viejo de la plaza del Reducto. Alberto
-Dollfus y María Chipiteguy tuvieron dos hijos,
-Juan y Graciosa. Juan, de instintos aventureros, fué
-a América; intentó hacer fortuna en distintos puntos,
-no lo consiguió, y por último, desapareció y no
-se supo nada de él.</p>
-
-<p>Graciosa Dollfus se casó con un contratista de
-obras llamado Ignacio Ezponda. De este matrimonio
-nació una niña, María Ezponda, a quien llamaban Manón.
-Ignacio y Graciosa murieron jóvenes; él, de un
-accidente del trabajo; ella, del cólera, en la primera
-epidemia que asoló a Europa. Manón quedó con su
-abuelo, quien tenía por su nieta un gran cariño; el
-viejo sirvió de madre a la niña, la cuidó y la educó.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>
-Alberto Dollfus, conocido por Chipiteguy, era hombre
-de pelo blanco y barba también blanca, larga, con
-tonos medio rojizos, nariz curva, ojos profundos, de
-expresión viva, debajo de unas cejas cerdosas y salientes.</p>
-
-<p>Chipiteguy andaba con frecuencia con un balandrán
-de percal negro, mugriento, y boina de lana.
-Para salir a la calle solía llevar sombrero de copa
-alta, como un tubo, y zapatillas. Con esta indumentaria
-no se diferenciaba gran cosa de los judíos comerciantes
-y traperos del barrio de Saint Esprit, y
-algunos le tomaban por un hijo de Israel.</p>
-
-<p>El viejo Chipiteguy se paseaba de arriba a abajo
-por su tienda, recorría los almacenes, los cobertizos
-del patio, inspeccionándolo todo, dando sus órdenes,
-siempre con la pipa en la boca.</p>
-
-<p>El chatarrero de la plaza del Reducto era metódico
-y meticuloso, como un burócrata alemán o un relojero
-suizo. Chipiteguy era rico; el negocio del hierro
-viejo y de los trapos le había producido mucho.</p>
-
-<p>Tenía, además, un almacén de botellas en la calle
-de España, dos casas en la calle de los Vascos y dinero
-en títulos de la Deuda y en la cuenta corriente
-del Banco de Francia. Poseía, también, una casa de
-campo en el camino de Biarritz, con una magnífica
-huerta con árboles frutales.</p>
-
-<p>Chipiteguy era culto, a su modo; hablaba francés,
-alemán, español y vasco. Tenía un ingenio vivo y una
-marcada tendencia a la sátira y al humor.</p>
-
-<p>Siempre había sentido curiosidad por leer y por
-enterarse; compraba libros y estaba subscrito a dos
-periódicos de París y a otros dos de Bayona. En una
-rinconada de la trastienda había formado una pequeña
-biblioteca con libros llegados a sus manos por casualidad.
-Tenía algunos volúmenes muy antiguos, colec<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span>ciones
-de periódicos ilustrados incompletas, montones
-de grabados y de estampas litográficas, canciones
-y hojas en vascuence y pastorales vascas manuscritas.</p>
-
-<p>Al principio, en su juventud, el trapero había recorrido
-las calles de Bayona con un saco al hombro,
-en compañía de su suegro, gritando: "¡Marchand
-d'habits, galons!" Después, cuando murió su padre
-político, Chipiteguy inventó un pregón pintoresco,
-que utilizaba en Bayona y en los pueblos vascos de
-la frontera, que decía así:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">Atera, atera</div>
-<div class="line">trapua saltzera</div>
-<div class="line">eta burni zarra</div>
-<div class="line">champonian.</div>
-</div></div></div>
-
-<p class="center">(Saca, saca, a vender trapos y hierro viejo en dos
-cuartos.)</p>
-
-<p class="p2">Luego, este mismo pregón lo convirtió en anuncio,
-escrito en el escaparate de su tienda, y le añadió la
-siguiente coletilla:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">Emen eroztenda</div>
-<div class="line">modu onian</div>
-<div class="line">diru au degulaco,</div>
-<div class="line">alde gucietatic</div>
-<div class="line">ongui etorri da</div>
-<div class="line">izan oi da.</div>
-</div></div></div>
-
-<p class="center">(Aquí se compra de buena manera, porque tenemos
-dinero de todos lados. Bien venidos sean.)</p>
-
-<p class="p2">Además de este anuncio, a Chipiteguy le gustaba
-poner otros burlones en vascuence y en francés, ofreciendo
-su mercancía.</p>
-
-<p>El ¡atera, atera! de Chipiteguy se había hecho po<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span>pular
-y él lo había convertido en su canción de bravura.
-Si hacía un buen negocio o llegaba una buena
-noticia, el trapero cantaba con entusiasmo su ¡atera,
-atera!</p>
-
-<p>Cuando se murió su suegro y siguió con los negocios
-de éste, a Dollfus todo el mundo le llamó Chipiteguy,
-como si fuera indispensable que el trapero de
-la plaza del Reducto se llamara así.</p>
-
-<p>El vendedor de trapos y de hierro era muy volteriano
-y un poco petulante; el que le consideraran
-audaz le encantaba. Cuando oía decir:</p>
-
-<p>&mdash;El viejo Chipiteguy es capaz de todo&mdash;sonreía
-satisfecho.</p>
-
-<p>Chipiteguy abarcaba mucho en su comercio, tenía
-la manía de adquirir lo que se le presentase; él aseguraba
-que lo difícil era comprar, no vender. Chipiteguy
-compraba a veces restos de ediciones, montones
-de folletos, de periódicos y de libros. Luego revisaba
-sus adquisiciones con cuidado.</p>
-
-<p>En sus cobertizos del patio se podía encontrar de
-todo: ruedas, volantes, calderas, ejes de máquinas...</p>
-
-<p>En los almacenes, además de los fardos de trapo
-viejo, de cartón y de papel, había un local grande,
-lleno de objetos, procedentes de la guerra civil española.
-Este local era un museo de cosas, en su mayoría
-desagradables: uniformes con manchas de sangre
-coagulada, escapularios que habían tomado un
-color pardo, medallones hechos con pelo, pantalones,
-levitas, charreteras, cascos y tricornios agujereados
-por balas; toda clase de armas blancas y de fuego,
-toda clase de instrumentos de música de cobre, flautas,
-tambores y batutas; gran cantidad de galones y
-varias miniaturas, rosarios y medallas.</p>
-
-<p>Los chatarreros ambulantes que entraban en España
-le traían estos géneros militares, y cuando los<span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span>
-sacaban de los carros para meterlos en el almacén de
-Chipiteguy, enjambres de chicos de la vecindad se
-amontonaban delante de la tienda para verlos.</p>
-
-<p>Chipiteguy mantenía relaciones con doña Paca Falcón,
-la de la tienda de antigüedades, y le vendía muchas
-cosas; pero había otras que no quería vendérselas
-y las guardaba para él.</p>
-
-<p>Chipiteguy conocía y trataba a los judíos del barrio
-de Saint Esprit, los cuales, para ir y volver de Bayona
-a su barrio, habían de pasar por delante de la
-tienda del viejo trapero.</p>
-
-<p>Con frecuencia se reunía en casa de Chipiteguy
-gran tertulia, y los judíos y otros tenderos que tenían
-puesto algún capital en negocios de España, escuchaban
-las noticias que daban los chatarreros que
-volvían del campo de la guerra.</p>
-
-<p>En el comercio de Chipiteguy llevaba la contabilidad
-un tenedor de libros llamado Matías Frechón,
-hombre reservado, hipócrita y poco simpático, y había
-dos mozos para traer y llevar el género, uno llamado
-Quintín, y el otro, Claquemain. Quintín era
-bajito, delgado, afeitado, sonriente, y andaba moviéndose
-de un lado a otro con un balanceo especial,
-que parecía que lo hacía en broma.</p>
-
-<p>Claquemain, grueso y fornido, de unos cuarenta
-años, con aire malhumorado y brutal, de nariz encarnada
-y bigote negro, largo y caído, era borracho y
-hombre de poco fiar.</p>
-
-<p>Quintín se ocupaba del almacén y dormía en la
-casa. Claquemain servía de mozo y de carretero.
-Quintín, simpático, servicial, pulcro, tenía buenas palabras
-para todos; Claquemain, brusco, desagradable
-y sucio, pronunciaba el francés de manera confusa,
-como mascullando las palabras, y por cualquier motivo
-insultaba en seguida.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span></p>
-
-<p>Quintín y Claquemain eran fieles a Chipiteguy;
-pero su fidelidad no ofrecía los mismos caracteres.
-Quintín sentía cariño por el patrón y le hubiera prestado
-cualquier servicio por gusto. Claquemain pensaba
-que, fuera de casa de Chipiteguy, no le sería
-fácil encontrar trabajo, porque no tenía oficio, y de
-aquí deducía que, mientras no le saliera alguna cosa
-mejor, lo que no era probable, serviría en el almacén
-del trapero.</p>
-
-<p>En el pueblo, sobre todo en su barrio, Chipiteguy
-no disfrutaba de muy buena fama.</p>
-
-<p>Algunos viejos recordaban que Chipiteguy perteneció
-al Comité de Salvación Pública de Bayona y
-que fué amigo de los convencionales Pinet, Cavaignac,
-Monestier y Dartigoeyte.</p>
-
-<p>Se sabía también que había proporcionado datos al
-ciudadano Beaulac para escribir sus Memorias sobre
-la guerra entre Francia y España, en tiempo de la
-primera revolución, y se recordaba la fidelidad suya
-por el viejo republicano bayonés Basterreche.</p>
-
-<p>Basterreche, a quien en una biografía publicada
-cuando era diputado, se le definía así: la tez morena,
-el talle corto, los cabellos crespos, los ojos de un sátiro
-y el andar de un vasco, era muy buen amigo de
-sus amigos y había favorecido a Chipiteguy en momentos
-difíciles. Los dos viejos solían tener largas
-conferencias.</p>
-
-<p>Se creía que el trapero seguía siendo jacobino. Se
-sabía que más de una vez defendió a Danton y a Anacarsis
-Clootz con mucho calor. Algunos rumores extraños
-corrían acerca de él; se murmuraba que había
-hecho contrabando, y hasta moneda falsa; se añadía
-que había repartido hojas y papeles carbonarios y que
-pertenecía a una sociedad secreta republicana, titulada
-"Las Estaciones", en la que estaban afiliados hombres<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>
-tan peligrosos como Blanqui y Barbés. A pesar de su
-republicanismo y de su volterianismo, Chipiteguy
-celebraba con grandes fiestas en su casa los dos patronos
-de los chatarreros, San Roque y San Sebastián;
-pero era porque cualquier pretexto le parecía
-bueno para un festín.</p>
-
-<p>Mucha gente, sobre todo los legitimistas, se lo figuraban
-a Chipiteguy como un monstruo; le veían blandiendo
-una pica, en cuya punta llevaba una cabeza
-cortada, o escoltando con el sable en la mano y sin
-camisa un carro de condenados a muerte.</p>
-
-<p>Vivía Chipiteguy en la casa de la plaza del Reducto
-con su nieta Manón, con la sobrina de su mujer, María
-de nombre; andre Mari (señora María, en vasco),
-que tendría unos cincuenta años, y dos criadas; una
-vieja, la Tomascha, y otra joven, la cocinera, la Baschili.</p>
-
-<p>Manón, que a los catorce años era vivaracha y
-atrevida, prometía ser muy bonita. Manón era el
-entusiasmo del viejo Chipiteguy y de toda la casa.
-Chipiteguy necesitaba estar constantemente al lado
-de su nieta, a quien llamaba su <i>perchanta</i>, palabra
-que en vascuence quiere decir algo como avispada,
-lista, viva, y que el viejo empleaba con predilección
-al referirse a su nieta.</p>
-
-<p>También la llamaba con frecuencia sorguiña
-(bruja).</p>
-
-<p>&mdash;Tú desciendes de brujos&mdash;la había dicho una
-vez Chipiteguy a su nieta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú no, abuelo?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no. El segundo apellido de tu padre, Arguibel,
-era de brujos. Estos Arguibel eran parientes
-del célebre abate de Saint Cyran.</p>
-
-<p>&mdash;¿Este abate era brujo?</p>
-
-<p>&mdash;No; éste era jansenista, que es otra cosa más<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span>
-estúpida. En el tiempo de un proceso de brujas que
-hubo en San Juan de Luz, un viejo abate, Arguibel,
-fué quemado en Ascain, acusado de brujería. Era,
-sin duda, de los que iban a las aquelarres de Zugarramurdi
-y a la ermita del Espíritu Santo, del monte
-Larrun, a caballo, con la cerora a la grupa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Así iban?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero las ceroras no serían tan viejas como
-ahora, abuelo?</p>
-
-<p>&mdash;No; eran jóvenes, y me figuro que las habría
-guapas. Por entonces también quemaron a un tal Bocal,
-vicario joven de Ciburu, y a Juan de Miguelena,
-de Ascain, a los dos por brujos. A muchos de nuestros
-vascos, acusados de hechiceros, los quemaron
-dos magistrados franceses, los dos un tanto sospechosos
-de brujería; uno de ellos, de Lancre, y el otro,
-de Espagnet, que tenía una casa llena de esculturas
-y de signos mágicos en la calle de los Bauleros, en
-Burdeos.</p>
-
-<p>El buen Chipiteguy sentía un gran cariño por su
-nieta y hacía cuanto se le antojaba a ella, a pesar de
-las protestas de la andre Mari y de la vieja criada
-la Tomascha, que aseguraban que, dejando hacer todas
-sus fantasías a Manón, le darían un carácter insoportable.</p>
-
-<p>Manón llevaba una vida independiente. Andaba
-por el almacén y por la tienda de su abuelo arriba y
-abajo; hablaba con los compradores y vendedores,
-a pesar de la oposición de la andre Mari y de la Tomascha.</p>
-
-<p>El viejo manifestaba el deseo de que su nieta no
-fuese una señorita tonta y melindrosa y la dejaba
-entrar en la tienda e intervenir en las ventas y en las
-compras; pero al mismo tiempo, cuando llegaban las<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span>
-horas de lección, la enviaba a su cuarto a estudiar.
-La chica tenía profesores que iban todos los días a
-darle lecciones.</p>
-
-<p>El cuarto de Manón era el más elegante de la casa.
-Estaba cubierto de papel azul, tenía muebles de laca,
-sillas y sillones elegantes, una cama Imperio con colgaduras,
-tocador muy bonito, varios grabados ingleses
-y un piano nuevo.</p>
-
-<p>Manón no sentía grandes deseos de estudiar; le
-gustaba mucho leer y, a veces, tocar el piano; pero
-tenía por esto una afición intermitente.</p>
-
-<p>En su cuarto solía haber siempre una jaula de pájaros
-y dos o tres gatos sobre los almohadones, con
-los que jugaba la chica de la casa.</p>
-
-<p>A Manón, como única heredera, le esperaba gran
-porvenir.</p>
-
-<p>&mdash;Todo esto&mdash;decía el bueno de Chipiteguy, mostrando
-los montones de chatarra y los sucios fardos
-de trapos y de papel&mdash;se convertirá el día de mañana
-en trajes bonitos y en un coche magnífico para esta
-pícara.</p>
-
-<p>Manón adoraba a su abuelo, y éste, cuando tenía
-a la muchacha cerca de sí, con sus mejillas sonrosadas
-y sus cabellos de oro, murmuraba con orgullo:</p>
-
-<p>&mdash;No hay otra como la nieta del viejo Chipiteguy.
-Esta <i>perchanta</i> vale un mundo.</p>
-
-<p>Si la andre Mari o la Tomascha se hallaban delante
-al oír la frase, gruñían con mal humor, porque
-así, según ellas, la muchacha se iba haciendo tonta y
-vanidosa.</p>
-
-<p>Manón era un poco arrogante, de genio variable,
-en general alegre, pero a veces taciturna. Cuando hablaba
-con gente desconocida, lo hacía de una manera
-imperiosa y atropellada, sobre todo si la contrade<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span>cían.
-En cambio, si le daban la razón, sin saber por
-qué, se intimidaba y confundía.</p>
-
-<p>Manón era prima carnal de una muchacha, Rosa
-Lissagaray, cuya familia tenía un bazar en los arcos
-de la calle del Puerto Nuevo, que se llamaba "El Paraíso
-Terrenal".</p>
-
-<p>Era un vivo contraste el que presentaban las dos
-muchachitas, que eran de la misma edad: Rosa,
-morena, con la cara larga, correcta, de poca expresión,
-la nariz bien dibujada, labios gruesos, color pálido
-y un poco miope; Manón, de cara redonda, ojos
-azules brillantes, expresión de viveza felina y de audacia
-un poco loca, el cabello rubio, en rizos alborotados
-y cortos, que extremaban la animación de su rostro.</p>
-
-<p>Rosa, muy tímida, se ruborizaba con frecuencia, y
-una de sus actitudes más frecuentes era el quedar
-con las manos cruzadas, en señal de admiración.</p>
-
-<p>En la cara de Manón se traslucían impulsos atrevidos
-y absurdos, una nerviosidad en los ojos y en
-la boca, un temblor en la comisura de los labios, y,
-a veces, cierta risa silenciosa, que le daba aspecto
-inquieto y lleno de malicia. Cuando estaba contenta
-solía tener un aire decidido y triunfal.</p>
-
-<p>La <i>perchanta</i>, como la llamaba su abuelo a Manón,
-iba camino de ser una belleza. Rosita, más modesta,
-a pesar de la corrección de sus facciones, no llegaba
-a llamar la atención de nadie.</p>
-
-<p>Manón tenía una petulancia cómica de chico travieso;
-repetía frases y epítetos que no comprendía
-bien, dándoles, por lo mismo, aire más alocado y grotesco.</p>
-
-<p>Manón se burlaba de todo. Le agradaba embromar
-a su prima, diciéndole que a ella le gustaría ser bailarina,
-cómica o aventurera. Casi siempre tenía alrededor
-cuatro o cinco mozalbetes que le rondaban la<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span>
-calle y le escribían cartas de amor, de las cuales se
-reía.</p>
-
-<p>En la tienda discutía con los compradores o con
-los chatarreros que venían a vender algo, y por cualquier
-motivo se le oía echar juramentos y decir palabrotas
-en francés, en castellano y en vascuence,
-imitándole al abuelo:</p>
-
-<p>&mdash;Sacre nom! Je m'en fous! Qué p... de hombre!
-Váyase usted al c... ¡Arrayúa!</p>
-
-<p>Estas barbaridades divertían mucho al viejo Chipiteguy
-y hacían llevarse las manos a la cabeza a la
-andre Mari y a la Tomascha, que creían que con
-esta educación la chica acabaría mal.</p>
-
-<p>Manón escandaliza a su prima con sus ideas levantiscas.
-Cuando Rosita le hacía objeciones a sus
-fantasías, con su buen sentido práctico, Manón le
-replicaba cariñosamente:</p>
-
-<p>&mdash;Eres una niña tonta y buena.</p>
-
-<p>A veces, Manón, fingiéndose hastiada de todo,
-decía:</p>
-
-<p>&mdash;Ya no quiero oír hablar de novios ni de amores.
-Prefiero una buena comida, una taza de café, una
-copa de coñac y después un buen cigarro.</p>
-
-<p>Manón tenía una manera de andar elástica, graciosa;
-poseía encanto en todas sus actitudes y movimientos
-y gran seguridad, más o menos fingida,
-en sus decisiones.</p>
-
-<p>El viejo judío Manasés León, amigo de Chipiteguy,
-llamaba a las dos primas Marta y María, y también
-Demócrito y Heráclito. Manasés sentía gran
-entusiasmo por Manón; pero prefería a Rosa, porque,
-según su criterio judáico, las mujeres no debían
-tener personalidad, sino ser obedientes y sumisas.</p>
-
-<p>Manasés sabía un refrán español, que lo repetía<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span>
-con frecuencia: "Boca con rodilla y al rincón con el
-almohadilla."</p>
-
-<p>Chipiteguy, que era medio alemán, creía lo contrario,
-y le alegraba el pensar que su <i>perchanta</i> sería
-capaz de desenvolverse sola en cualquier circunstancia
-en que se hallase. Un sobrino de Chipiteguy, Marcelo,
-decía en broma que Rosa era como las natillas,
-y Manón como esos platos llenos de especias de gusto
-fuerte.</p>
-
-<p>La tía María y las criadas, aunque admiraban a
-Manón, la sermoneaban con frecuencia; pero ella no
-hacía caso de sus sermones. La <i>perchanta</i> de la casa
-del Reducto sabía muy bien que su abuelo salía siempre
-a su defensa y la defendía con ardor.</p>
-
-<p>Había una alianza estrecha entre el abuelo y la
-nieta.</p>
-
-<p>A Manón le indignaba que calificaran a su abuelo
-de avaro, de cínico y de impío. Para Chipiteguy, las
-dignidades no existían. Su filosofía de trapero le hacían
-creer que un cáliz no se diferenciaba de una copa
-más que en las perlas; que un estandarte tenía el
-valor de la tela y del oro, y que una duquesa no se
-diferenciaba de una lavandera más que en lo que hubiera
-en ella de bueno o de malo. Chipiteguy se burlaba
-del novelista Balzac, de quien se comenzaba a
-hablar mucho en esta época, por el amor que el escritor
-demostraba por la aristocracia. Uno de los motivos
-de desprestigio de Chipiteguy era su volterianismo.
-Chipiteguy creía que la religión era siempre
-el manto de los hipócritas y granujas para cubrir sus
-miserias y sus canalladas.</p>
-
-<p>Un buen católico era para él algo sucio, como un
-tiñoso moral, hombre de poco fiar; capaz de todo.</p>
-
-<p>El había dicho una vez, recomendando a un conocido
-de Estrasburgo, un abate bayonés: "Puede us<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span>ted
-fiarse de él, porque, aunque cura, es buena persona."</p>
-
-<p>&mdash;El católico es uno de los productos más envilecidos
-de la especie humana&mdash;aseguraba el trapero&mdash;.
-Decidle a un católico: el ciudadano tal roba en su destino,
-él le justificará; es un padre de familia, tiene
-hijos... El otro abandona a su padre, lo legitimará
-también; el tercero vende a su hija, lo mismo; el católico
-lo legitima todo. Pero va a haber una fiesta y
-un baile; entonces el católico fruncirá el ceño. Eso
-es una inmoralidad, es un escándalo, es una excitación
-a la lujuria&mdash;dirá&mdash;. La lujuria es cosa mala;
-debíamos suprimir la prostitución&mdash;pensaréis vosotros&mdash;.
-No, eso no; es un mal necesario... &mdash;afirmará
-con hipocresía&mdash;. ¡Mala raza, fea raza, raza
-baja, envilecida y bastarda, esa de los católicos!</p>
-
-<p>Muchas de las opiniones violentas que profesaba
-Chipiteguy se las atribuía a un amigo suyo, el poeta
-Julius Petrus Guzenhausen, de Aschaffenburg; pero
-algunos pensaban que este poeta Julius Petrus era
-una invención suya y que no había existido jamás.</p>
-
-<p>El clericalismo siempre lleva al lado la tendencia
-volteriana; por eso en los países latinos el impío es
-más impío que en los países protestantes.</p>
-
-<p>Cuando la andre Mari con la Tomascha y la cocinera
-se ponían a rezar el rosario en voz alta en la
-cocina, después de cenar, muchas veces Chipiteguy
-exclamaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡Viejas locas! No me vengáis aquí con esas monsergas.
-No quiero que nos traigáis alguna desgracia
-con tantos rezos. Id a la catedral. Allí tenéis bastante
-sitio para repetir, sin molestar a nadie, todo el tiempo
-que queráis, vuestras tonterías. Aun así, no creáis que
-no hacéis daño; lo hacéis, porque venís aquí y traéis
-una nube de pulgas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span></p>
-
-<p>La sobrina y la criada le replicaban furiosamente
-y le amenazaban con el infierno, lo que a él le hacía
-reír a carcajadas y decir mayores irreverencias.</p>
-
-<p>Otra vez que hablaban de los sermones de los curas,
-que recomendaban a las mujeres que no fueran escotadas,
-Chipiteguy les dijo a las de su casa, echándoselas
-de ingenuo:</p>
-
-<p>&mdash;Lo que podíais hacer vosotras es ir adonde el
-obispo, desnudas, y allí él, con ese jaboncillo que emplean
-los sastres, os marcaría con exactitud en el cuerpo
-hasta dónde podíais enseñar.</p>
-
-<p>Estas frases escandalosas indignaban a las que las
-oían.</p>
-
-<p>La andre Mari, viuda sin hijos, mujer flaca, agria,
-con cara afilada y pálida, tenía una figura que parecía
-que se la veía sólo de perfil. Solía estar haciendo media
-constantemente con un gato en la falda.</p>
-
-<p>La criada, la Tomascha, se parecía a la andre Mari
-en el carácter, aunque no en el tipo; tenía aspecto
-monjil, la cara redonda y abotargada, un poco como
-de albuminúrica; el color muy blanco, la mirada inexpresiva
-y el aire indigesto. Reñía a todas horas con
-la muchacha joven.</p>
-
-<p>La Tomascha, indudablemente, sentía cariño por
-Chipiteguy y por la casa; pero a veces parecía que se
-recreaba con las desgracias.</p>
-
-<p>La Tomascha era, principalmente, una mujer fatídica
-y daba las malas noticias con fruición, cosa que
-a Chipiteguy indignaba. Varias veces el chatarrero dijo
-a la andre Mari que se fuera la Tomascha a su pueblo
-y que él le seguiría pasando el salario; pero la Tomascha,
-al saberlo, derramó un mar de lágrimas.</p>
-
-<p>La Baschili, la cocinera, era muy enamoradiza, y
-siempre tenía algún novio o amante, con quien paseaba
-los domingos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span></p>
-
-<p>Se decía que había tenido un chico en el pueblo, y
-la Tomascha se lo había contado a la andre Mari y la
-andre Mari a Chipiteguy.</p>
-
-<p>&mdash;Aunque hubiese tenido un regimiento no la despacharía&mdash;replicó
-el trapero del Reducto&mdash;; yo no
-le exijo a ella voto de castidad, sino que guise bien.</p>
-
-<p>La asistenta de la casa de Chipiteguy, que barría
-y fregaba los almacenes y la tienda, era gascona, juanetuda,
-robusta y locuaz. Se la conocía por su apellido
-la Mazou.</p>
-
-<p>La Mazou era turbulenta y estaba atormentada por
-el deseo de la acción; cuando había que hacer un trabajo
-extraordinario gozaba.</p>
-
-<p>La Mazou, recia y cuadrada, tenía tanta fuerza como
-un hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Esta ha nacido para tener una docena de hijos&mdash;decía
-Chipiteguy&mdash;; pero como es inteligente como
-una mula y áspera como un cardo, se ha quedado soltera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ¡Si hubiera querido!&mdash;replicaba ella.</p>
-
-<p>La Mazou bebía a veces un trago, al emprender
-algún trabajo de fuerza, en compañía de Quintín o
-de Claquemain.</p>
-
-<p>A pesar de que ella andaba cerca ya de los cincuenta
-años, Quintín la había pretendido; pero la Mazou despreciaba
-al mozo porque era chiquito y de poco cuerpo.</p>
-
-<p>Chipiteguy se burlaba de la gente de su casa, menos
-de Manón. También se burlaba mucho de los judíos
-que iban a su tienda; había asistido repetidas
-veces a los oficios en la Sinagoga y satirizaba los cantos
-y los lamentos de los hijos de Israel.</p>
-
-<p>Les recordaba la época anterior a la Revolución,
-que él había llegado a conocer, en la cual los judíos
-de Saint Esprit, a quienes también se llamaban los<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span>
-portugueses y los nuevos cristianos, no podían habitar
-el casco de Bayona.</p>
-
-<p>Les decía que se contaba entonces que los judíos
-del barrio de Saint Esprit, cuando tomaban nodrizas
-cristianas, los días de comunión les vaciaban el pecho,
-para que en su cuerpo no hubiese ni rastro del cuerpo
-divino de Jesucristo.</p>
-
-<p>Les hablaba, como si fuera verdad, de que celebraban
-la Pascua con sangre de cristianos y de los
-asesinatos rituales.</p>
-
-<p>El fingía creer, para sacar de sus casillas a los judíos,
-que éstos hacían manjares con sangre de niño
-cristiano, y recordaba que en Metz había sido quemado
-un judío, Rafael Levi, acusado de haber matado
-a un niño de tres años con ese objeto culinario.</p>
-
-<p>&mdash;En mi país&mdash;solía decir&mdash;se les tiene mucho
-odio.</p>
-
-<p>Y solía contar esta anécdota:</p>
-
-<p>"Al entrar en Metz el mariscal de la Ferté, los judíos
-de la ciudad fueron a saludarle. Cuando le dijeron
-que había en la antecámara una comisión de israelitas,
-gritó:</p>
-
-<p>&mdash;No quiero ver a esos granujas que crucificaron
-a Nuestro Señor; que no les dejen entrar.</p>
-
-<p>Se les dijo a los hebreos que el mariscal no podía
-recibirles. Ellos respondieron que lo sentían mucho,
-porque iban a llevarle un regalo de cuatro mil pistolas.
-Se advirtió al mariscal a lo que iban y el mariscal
-dijo al momento:</p>
-
-<p>&mdash;Hacedles entrar en seguida. ¡Pobre gente! Se
-les acusa sin razón. Ellos no le conocían a Cristo
-cuando le crucificaron."</p>
-
-<p>El trapero, al contar esto, se reía a carcajadas.</p>
-
-<p>Chipiteguy, según decía, había hecho lo posible
-para adornar con cuernos la cabeza de algunos ami<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span>gos
-israelitas; pero esto, como se sabe y como repetía
-su amigo Julius Petrus Guzenhausen de Aschaffenburg,
-no es más que un mal de imaginación y ningún
-casado podía tener la seguridad de no padecerlo.</p>
-
-<p>En la juventud de Chipiteguy el barrio de Saint
-Esprit conservaba algo de ghetto; las casas solían
-estar cerradas al anochecer, los hombres andaban con
-balandranes, las mujeres pálidas, de ojos negros, se
-asomaban a las ventanas, y se oía una jerga medio
-española, medio hebrea.</p>
-
-<p>Chipiteguy contaba sus aventuras amorosas de joven
-con las muchachas judías del barrio, lo que escandalizaba
-mucho.</p>
-
-<p>A las bromas del viejo trapero, los israelitas contestaban
-hablando y accionando violentamente, y contaban
-con un estilo florido las persecuciones sufridas
-por la raza. El tema que manejaba siempre Chipiteguy
-era el de la avaricia. Los judíos le achacaban
-a él idéntico defecto.</p>
-
-<p>Los más habituales en casa de Chipiteguy eran Manasés
-León, el prendero; Haim Gómez, del gremio
-de mercería, e Isaac Castro, vendedor de fruta.</p>
-
-<p>A fuerza de echarse en cara Chipiteguy y sus amigos
-su roñosidad y su sordidez, habían llegado a considerar
-este vicio como condición divertida y pintoresca.</p>
-
-<p>Al ir y venir de Saint Esprit a Bayona, por el
-puente de barcas, se formaba gran sanhedrín de judíos
-en la tienda de Chipiteguy, y parecía aquello una bandada
-de cuervos; y entre las voces gangosas y agudas
-de los hebreos y sus accionados y gestos de polichinelas,
-resonaban las carcajadas de Chipiteguy. Este
-hablaba siempre con desprecio de la Biblia y los judíos
-defendían su libro santo con fervor; pero más
-que las cuestiones religiosas les apasionaba la cues<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span>tión
-del dinero y el reproche que se hacían unos a
-otros de avaricia.</p>
-
-<p>Todas las anécdotas viejas y conocidas de avaros
-y de usureros se atribuían al contrincante.</p>
-
-<p>El avaro, que retenía la respiración cuando se le
-tomaba medida de un traje, para parecer menos grueso
-y hacer que el sastre pusiera menos paño; el que fué
-achicando la ración de paja y cebada al caballo, y
-cuando éste murió de hambre, dijo: "¡Qué lástima!
-Ahora que se iba acostumbrando..."</p>
-
-<p>Otra porción de rasgos, dignos de Harpagon, de
-Shylock o del licenciado Cabra, se atribuían unos a
-otros.</p>
-
-<p>En realidad, todos aquellos judíos, Nathan, David
-o Salomón, ropavejeros y prestamistas a la antigua
-escuela, con sus gabanes raídos y sus sombreros sebosos,
-con sus procedimientos usurarios y sus tiendencillas
-negras, tenían que considerarse derrotados
-por usureros de nuevo estilo, más elegantes y atildados,
-que paseaban en coche o a caballo, vestían como
-dandys y se iban haciendo millonarios.</p>
-
-<p>A Chipiteguy y a los judíos amigos no les interesaban
-tanto las grandes hipotecas como las pequeñas
-raterías.</p>
-
-<p>Entre éstos era un gran mérito el engañar a un
-compañero, el hacerse convidar o el conseguir algo
-de balde.</p>
-
-<p>Se vanagloriaban todos de las jugarretas que se
-hacían para engañarse.</p>
-
-<p>Un comerciante, algo letrado, había llamado a la
-casa de Chipiteguy la Escuela de los Avaros.</p>
-
-<p>Cuando sus amigos judíos no estaban delante, Chipiteguy
-no era roñoso, y todo lo que le pedía su nieta
-lo concedía al momento.</p>
-
-<p>En lo que no quería gastar era en su indumentaria.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Un trapero elegante sería ridículo&mdash;decía él.</p>
-
-<p>Cuando Chipiteguy se quitaba su hopalanda mugrienta
-se le veía vestido con un chaquetón desteñido,
-que era difícil suponer cuál sería su color primero;
-unos pantalones zurcidos y remendados y un chaleco
-viejo de nankin. Chipiteguy no quería elegantizarse;
-le gustaba aparecer tal como había sido siempre.</p>
-
-<p>A pesar de su roñosidad para sí mismo, era espléndido
-en otras cosas.</p>
-
-<p>En la mesa gastaba mucho. La cristalería era siempre
-fina y nueva. Chipiteguy no podía soportar una
-mancha en el mantel; así que había que renovarlo
-para cada comida. En casa de Chipiteguy se comía
-bien y se bebía a pasto vino de Burdeos y de Borgoña.
-Le gustaban también al viejo los licores, y tomar, después
-de comer, unas copas de coñac antiguo.</p>
-
-<p>Con este trato, su nariz y sus mejillas habían adquirido,
-en algunos puntos, tonos de carmesí, que se
-convertían en violáceos. Con aquel régimen de vida,
-Chipiteguy tenía tendencia a la gota, y a veces padecía
-cálculos. En estas épocas pasaba días tristes, alicaído
-y pensativo; pero cuando se curaba, volvía a la
-jovialidad. Decía que a él le tendrían que poner el
-mismo epitafio que hizo Desaugiers, un autor de canciones,
-enfermo de mal de piedra, de sí mismo:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">Ci-git helas, sous cette pierre</div>
-<div class="line">un bon vivant mort de la pierre</div>
-<div class="line">passant, que tu sois Paul ou Pierre</div>
-<div class="line">ne va pas lui jeter la pierre.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>A pesar de sus burlas, Chipiteguy tenía un fondo
-de misticismo. Había en él algo del sentido contemplativo
-del alemán, unido a la impiedad ligera del
-francés; pero quizá la tendencia mística y vaga era<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span>
-en él lo más profundo. Se pasaba muchas horas mirando
-el agua del río, pensando vagamente en las
-fuerzas de la Naturaleza. También se abstraía fumando
-en su pipa y viendo las volutas de humo en el
-aire o contemplando las llamas de la lumbre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Duermes, abuelo? le preguntaba su nieta.</p>
-
-<p>&mdash;No; estoy pensando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pensando en qué?&mdash;le preguntaba Manón.</p>
-
-<p>Indudablemente, el viejo pensaba con vaguedad en
-muchas cosas, también vagas, porque en él había esta
-tendencia por la meditación.</p>
-
-<p>A veces no pensaba en nada y estaba inmóvil, con
-la mirada perdida, como aletargado.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span></p>
-
-<h3 id="IV">IV<br />
-LA TABERNA DE OCHANDABARATZ</h3></div>
-
-
-<p>La calle de los Vascos, en Bayona, calle estrecha,
-húmeda y negra, paralela a la corriente del Nive y a
-la calle de España, era y es una de las más obscuras
-del pueblo. En ella olía siempre a humedad y a pescado,
-lo que hacía que el ambiente no fuese muy
-agradable de respirar. Había entonces en esta calle
-almacenes de salazón y se instalaban pescaderías ambulantes
-en el arroyo.</p>
-
-<p>En tiempo de la primera guerra civil española, las
-tiendas de la calle de los Vascos eran pocas: algunos
-almacenes de pescado, barricas, botellas y trapos viejos,
-dos posadas, la fonda de Iturri y la Guetaldia,
-donde se refugiaban los campesinos vascos de las aldeas
-próximas y los carlistas de poco dinero; varias
-tabernas, traperías y alguna cacharrería que lucía en
-el escaparate jarras, huchas de barro y cometas de
-papel de colores.</p>
-
-<p>En la calle, la casa más cuidada y limpia era la
-posada de Iturri, que en la planta baja tenía una
-tienda de mercería, en la que se mostraban pañuelos
-de seda de vivos colores. La posada de Iturri gozaba
-de fama de sitio respetable y en donde se comía bien.</p>
-
-<p>Entre las dos o tres tabernas de la calle de los Vas<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span>cos,
-las más frecuentadas, las que estaban casi siempre
-llenas, eran la taberna del Español y la de Ochandabaratz.
-Esta última se llamaba también la taberna
-del Gallo Rojo, porque su enseña representaba un
-gallo, pintado de rojo, cantando sobre una bola.</p>
-
-<p>La taberna de Ochandabaratz, obscura y siniestra,
-se hallaba en un sótano grande, y el invierno estaba
-siempre iluminada con quinqués, porque si no, en su
-fondo, no se veía con la luz del sol.</p>
-
-<p>La taberna no tenía portada alguna, y únicamente
-las paredes de la casa, en el piso bajo, aparecían embadurnadas
-de pintura de color parduzco, que saltaba
-de las piedras, y que dejaba a éstas como recubiertas
-por escamas.</p>
-
-<p>Se entraba por el zaguán, y a mano izquierda estaba
-la taberna, a la que se bajaba por unos escalones;
-había en este sótano un ventanal de cristales
-pequeños y emplomados a la calle y una ventana enfrente
-a un patio; pero ni el ventanal ni la ventana
-daban luz bastante para que se viera con claridad en
-el interior.</p>
-
-<p>Era la taberna grande y espaciosa, con un mostrador
-enorme, recubierto de cinc, con frascos, botellas
-de licores y damajuanas negras. Las paredes tenían
-un zócalo de madera y había varias mesas y
-bancos.</p>
-
-<p>La taberna se continuaba por un corredor, al que
-iluminaba la ventana del patio. En este corredor había
-dos grandes filas de barricas.</p>
-
-<p>Ochandabaratz, el amo de la taberna, era hombre
-de unos cincuenta años, grueso, un poco asmático,
-muy sentencioso, con aire reservado. Gastaba siempre
-camisa blanca, de gran cuello; blusa negra y
-boina grande. Su mujer era guapa y vistosa; sus dos
-hijas, muy bonitas; el criado Shanchín, vivo como<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span>
-un mono, y la muchacha Leonie, guapetona, rubia y
-apetitosa.</p>
-
-<p>En la taberna había siempre gente, de día como
-de noche; al parecer, los géneros de Ochandabaratz
-tenían fama de exquisitos, y el vino y los licores de
-la taberna podían competir con los de los mejores
-hoteles de Bayona.</p>
-
-<p>Una tarde lluviosa y de invierno estaban en la taberna
-de Ochandabaratz una porción de tipos, bastante
-extraños, formando animado grupo. Eran éstos
-el cochero de una funeraria, llamado Tapín; Benedicto,
-el campanero de la Catedral; un sepulturero
-jorobado, conocido por Patrich; el piloto Ibarneche,
-Bidagorry, el carbonero de la calle del Pont Traversant,
-que tenía una pierna de palo; el maestro de baile
-Cuyala, de la calle del Oeste, y tres chatarreros; Michú
-el de la Vieja Encina de la calle de Bourg Neuf;
-Larroque el de las Armas de Francia, del muelle de
-la Galuperie, y Portefaix, el de la Linda Fragata de la
-calle de Pontriques.</p>
-
-<p>Los más señalados de estos tipos eran Patrich, por
-su joroba, y Bidagorry, por su pierna de palo; pero
-los otros tenían también carácter. Ibarneche, el piloto
-era alto, colorado, la cara ancha, con anteojos, la pipa
-en la boca; Cuyala, el maestro de baile, elegante, flaco,
-melenudo, pálido, con un levitín azul, con botones dorados,
-corbata roja y pantalón corto, lucía las pantorrillas;
-Michú gastaba sombrero de copa y gabán hasta
-los pies, y tenía cara de loro, picada de viruelas; Portefaix
-poseía unos ojos saltones, desvaídos, como
-dos huevos, y una cara de rana, entre sonriente y
-triste, y Larroque, que vestía con un abrigo harapiento
-y un casquete, tenía la cara llena de cicatrices,
-un ojo nublado, el otro, malicioso, verde gris, rojizo,
-lleno de inteligencia, de picardía y de desvergüenza.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span>
-Estos tres chatarreros, Michú, Larroque y Portefaix,
-solían ir a España con frecuencia a comprar
-hierro viejo, granadas y armas, y negociaban y cambalacheaban
-con Chipiteguy.</p>
-
-<p>El sepulturero jorobado Patrich celebraba, según
-decía, a todo el que se le acercaba, dos acontecimientos
-transcendentales de su vida: uno, que le había
-tocado la lotería; el otro, que se le había muerto la
-mujer en San Juan Pie de Puerto.</p>
-
-<p>Con tal motivo, Patrich se dedicaba a las más extrañas
-locuras y cantaba y bailaba alegremente. Patrich
-mostraba una gran alegría por la muerte de su
-mujer, y, sin embargo, había quien aseguraba que días
-antes le había visto llorando por el mismo motivo. En
-un bufón como él cualquier cosa era posible.</p>
-
-<p>Mientras el grupo celebraba el jolgorio, se asomaron
-a la taberna el viejo Chipiteguy y el judío Moisés
-Panighettus, dueño de una trapería, próxima a
-la Puerta de Francia.</p>
-
-<p>Patrich, el jorobado, se apresuró a saludar a Chipiteguy
-y a Panighettus; les contó el motivo de su
-fiesta y les invitó a sentarse.</p>
-
-<p>Chipiteguy dijo que tenía que ir a una casa suya
-a cobrar las rentas.</p>
-
-<p>&mdash;Sentarse, sentarse; no hay prisa&mdash;gritó el jorobado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, viene usted a cobrar la casa?&mdash;preguntó
-Ochandabaratz a Chipiteguy.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ya pagan esos españoles?</p>
-
-<p>&mdash;No hay más que uno o dos&mdash;contestó Chipiteguy.</p>
-
-<p>&mdash;Ya pagarán&mdash;exclamó Patrich, el jorobado&mdash;.
-Todo el mundo paga al último; los unos con su mo<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>neda,
-los otros con su cuerpo. ¡Je! ¡Je! ¡Je! No hay
-que apurar a nadie. Vamos otra vez a cantar.</p>
-
-<p>Cantaron todos a coro, en vascuence, la canción
-recogida por el doctor Larralde, de San Juan de Luz:
-"Errico festac biaramumiam" (El día siguiente de la
-fiesta), la copla que empieza pintando la escena de
-cuatro mujeres, tres solteronas y una viuda, que juegan
-al truque un día de fiesta en la calle de una aldea
-vasca, a la sombra, las cuatro un poco borrachas.</p>
-
-<p>La cantaron de manera desigual, porque cada uno
-se marchaba por su lado y algunos no sabían vascuence.</p>
-
-<p>Después, el piloto Ibarneche entonó, a media voz,
-algunas canciones románticas del mar:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">Ichasua laño dago</div>
-<div class="line">Bayonaco alderaño.</div>
-<div class="line">Nic zu zaitut maitiago</div>
-<div class="line">choriyac beren umiac baño.</div>
-</div></div></div>
-
-<p class="center">(El mar está cubierto de niebla hacia el lado de
-Bayona. Yo te quiero más que el pájaro a su crías.)</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">Santa Catalin aurrera</div>
-<div class="line">bischigutan azi dera.</div>
-<div class="line">Ondo irteten baguera</div>
-<div class="line">laster neria izango cera.</div>
-</div></div></div>
-
-<p class="center">(Antes de Santa Catalina hemos empezado la pesca
-del besugo. Si salimos bien, pronto serás mía.)</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">Gure oroliz aita dago</div>
-<div class="line">laño bian gaberaño.</div>
-<div class="line">Nic zu zaitut maitiago</div>
-<div class="line">arraichuac ura baño.</div>
-</div></div></div>
-
-<p class="center"><span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span>
-(Nuestro recuerdo está erguido hasta debajo de la
-niebla. Yo te quiero más que los pececillos al agua.)</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">Ichasua urac aundi,</div>
-<div class="line">es tu ondoric agueri.</div>
-<div class="line">Pasaco nisaqueni andic</div>
-<div class="line">maitea icuzteagatic.</div>
-</div></div></div>
-
-<p class="center">(En el mar de grandes olas, no se ve bien. Yo pasaría
-siempre por el mar para ver a mi amada.)</p>
-
-<p class="p2">La especialidad de Ibarneche, además de sus canciones
-románticas, era el comer copiosamente. Había
-hecho el piloto muchas apuestas y las había ganado.
-Se había comido una vez un cordero con la mayor
-parte de los huesos. Para él, tragarse dos gallinas,
-dejando solo el pico, era un juego. Con el pico no
-podía; ante el pico se declaraba vencido. Había comido
-también una merluza y cuatro docenas de huevos
-en una comida.</p>
-
-<p>En beber era más moderado; no llegó a pasar nunca
-de los cuarenta vasos de sidra en una tarde ni de los
-veinte de vino.</p>
-
-<p>Mientras cantaba Ibarneche, Bidagorry, el carbonero,
-seguía el ritmo de la canción y ponía los ojos
-en blanco y la cara lánguida y triste. Esta acomodación
-rápida era la especialidad de Bidagorry.</p>
-
-<p>Patrich, el sepulturero, poco partidario de cosas
-melancólicas&mdash;la melancolía no es para sepultureros,
-decía él&mdash;, se puso a cantar y a bailar unas coplas
-donostiarras de soldados con aire de fandango.
-Lo cómico, para los que las oían, era que Patrich no
-sabía vascuence y a veces decía una cosa por otra.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span>
-La canción era así:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">¡Ay, Madalén, Madalén;</div>
-<div class="line">Madalén gajoa!</div>
-<div class="line">Bigarren batalloyan</div>
-<div class="line">daucazu majoa.</div>
-<div class="line">Chiquichua da baña,</div>
-<div class="line">mutico polita,</div>
-<div class="line">Cazadorietaco</div>
-<div class="line">cabo primeroa.</div>
-</div></div></div>
-
-<p class="center">(¡Ay, Magdalena, Magdalena; pobre Magdalena!
-En el segundo batallón tienes tu majo. Es pequeño,
-pero guapo chico, y cabo primero de Cazadores.)</p>
-
-<p class="p2">Bidagorry recalcó la intención de la copla, dando
-a su fisonomía un aire desvergonzado y alegre.</p>
-
-<p>La canción, ya de por sí grotesca, cantada y bailada
-por Patrich, lo era más. Patrich, viejo, cojo, pequeño
-y jorobado, de cara audaz, barbas largas y
-blancas, los ojos redondos, negros y brillantes, ojos
-de lechuza, la nariz chata, la frente ancha y prominente
-y la calva hasta el cogote, tenía un aire socrático.</p>
-
-<p>Patrich vestía macfarland negro y raído, sombrero
-de copa sucio y despeinado. Su atrevimiento y
-su impertinencia resultaban un tanto importunas.
-Era, además, un bufón antipático, porque con mucha
-facilidad, en medio de la broma, se molestaba o tomaba
-una actitud sentimental, de borracho, desagradable.</p>
-
-<p>Después de los versos a Magdalena vinieron coplas
-dirigidas a algunos galanes, que tendrían en su
-tiempo gran cartel entre las criadas y costureras donostiarras:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span></p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">Bata, García; eta</div>
-<div class="line">beztea, Domingo;</div>
-<div class="line">onezquero gauz onic</div>
-<div class="line">ez ditec eguingo.</div>
-<div class="line">Euscaldunac desaire,</div>
-<div class="line">oyequin amigo.</div>
-<div class="line">Berac deitzen ciyoten:</div>
-<div class="line">"Venga usted conmigo".</div>
-</div></div></div>
-
-<p class="center">(El uno, García; el otro, Domingo; hasta ahora,
-seguramente, no habrán hecho cosa buena. A los vascongados,
-desaires, y con esos otros, amigas. Ellas
-mismas les decían: "Venga usted conmigo".)</p>
-
-<p class="p2">Hay que suponer que estas damas que decían a los
-cabos primeros y a los sargentos: "Venga usted conmigo"
-no serían de la alta sociedad, ni aparecerían en
-el Almanaque de Gotha, aunque algunos demagogos
-suponen, quizá con poco respeto, y sobre todo con
-pocos datos personales, que son principalmente las
-damas empingorotadas, las del Almanaque de Gotha,
-las que tiene una inclinación a decir a los cabos primeros
-y a los sargentos: "Venga usted conmigo".</p>
-
-<p>Esta cuestión es, sin duda alguna, difícil de resolver
-experimentalmente y la abandonamos para que
-la estudien los especialistas.</p>
-
-<p>Patrich se cansó de su baile y de su canto y se sentó
-a beber un gran vaso de vino.</p>
-
-<p>En tanto, uno de los chatarreros, que solía entrar
-con frecuencia en España, salmodió esta obra maestra
-híbrida vasco-castellana, también donostiarra;</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i3">Un militar le dice:</div>
-<div class="line i2">"Nere maite ederra,</div>
-<div class="line i2">solamente tu cara</div>
-<div class="line i2">ematen dit guerra".</div>
-<div class="line i2">Y ella contesta al punto:<span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span></div>
-<div class="line i2">"Ez bildurric izan</div>
-<div class="line i2">izan bear badezu</div>
-<div class="line i2">mi bravo capitán".</div>
-</div><div class="stanzac">
-<div class="line i1">Damacho ederra, mozo valiente,</div>
-<div class="line">ella jostuna, él subteniente,</div>
-<div class="line">y ella le ha dicho milla bider</div>
-<div class="line">que le hacen falta bi charreter.</div>
-</div></div></div>
-
-<p class="center">(Un militar le dice: "Amada hermosa, solamente
-tu cara me da a mí la guerra". Y ella contesta al
-punto: "No tenga usted miedo si tiene usted que ser
-mi bravo capitán". Bella damita, mozo valiente, ella
-costurera, él subteniente, y ella le ha dicho muchísimas
-veces que le hacen falta dos charreteras.)</p>
-
-<p class="p2">El autor comprende que es un poco abusivo el poner
-tantas canciones insignificantes. A él le dicen
-algo, aunque a la mayoría de sus lectores, claro es,
-no le dicen nada. El autor es un individualista y las
-pone.</p>
-
-<p>Uno de los traperos, medio ciego, sacó un caramillo
-de hoja de lata y se puso a tocar monótonamente la
-canción de Cadet Rouselle.</p>
-
-<p>Después de esto, Patrich echó los pies por alto, se
-balanceó como una bailarina, lanzó ronquidos desvergonzados,
-puso la cabeza en el suelo, dió una vuelta
-y quedó sentado.</p>
-
-<p>Poco después apareció Patrich, montando sobre unos
-zancos y andando en la taberna, casi tocando el techo.
-El enano jorobado se sentía así alto y poderoso.</p>
-
-<p>El viejo Chipiteguy, que había permanecido durante
-todo el tiempo bebiendo y riendo, se citó para
-el día siguiente con Moisés Panighettus y se levantó
-para salir de la taberna de Ochandabaratz.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span>
-&mdash;¡Adiós, señores!&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, tío!&mdash;le gritó Patrich&mdash;. No se vaya usted;
-hay que cantar su canción.</p>
-
-<p>La gente de la taberna no hizo mucho caso, y Patrich
-se incomodó.</p>
-
-<p>Patrich era hombre violento e imperativo; obligaba
-a que se cantaran ciertas canciones y ponía el veto a
-otras que no le gustaban.</p>
-
-<p>No parecía sino que tenía algún derecho especial
-para mandar en todo cuanto fuera musical y filarmónico
-en casa de Ochandabaratz.</p>
-
-<p>Patrich se quitó los zancos e increpó a unos y a
-otros, imponiendo silencio con siseos y manotadas.</p>
-
-<p>Cuando lo consiguió inició la canción de bravura
-de Chipiteguy y la cantaron a coro, a voz en grito:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">Atera, atera,</div>
-<div class="line">trapua saltzera</div>
-<div class="line">eta burni zarra</div>
-<div class="line">chaponian.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Chipiteguy, riendo, saludó a todo el mundo y salió
-a la calle.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós, tío!&mdash;le volvió a decir Patrich.</p>
-
-<p>Patrich solía bromear muchas veces llamando tío
-a Chipiteguy. La razón de este supuesto parentesco
-era la siguiente. Hacía ya muchos años, en los primeros
-tiempos del Imperio, vivían dos hermanas, muy
-guapas, las dos casadas, en la calle Pontriques. Ambas,
-con unanimidad extraña, engañaban a sus maridos.
-De una de ellas se decía que estaba enredada
-con Chipiteguy, y de la otra, que era la querida de
-un tal Lafón, vendedor de hierro.</p>
-
-<p>El marido de la de Lafón, a quien llamaban Pu<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span>teche,
-era un cínico, que se dedicaba a vivir de lo que
-traía su mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Buena boquilla&mdash;le decían los amigos.</p>
-
-<p>&mdash;De Lafón&mdash;contestaba él sonriente.</p>
-
-<p>&mdash;Hermosa cadena de reloj&mdash;le decía el otro.</p>
-
-<p>&mdash;De Lafón&mdash;replicaba él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué bonito sombrero lleva usted!</p>
-
-<p>&mdash;De Lafón.</p>
-
-<p>Las dos hermanas, guapas y alegres, tuvieron por
-entonces dos chicos: Máximo Castegnaux, que se
-atribuyó a Chipiteguy, y Patricio Larroque (Patrich),
-que se atribuyó a Lafón.</p>
-
-<p>Dado el estribillo de Puteche, naturalmente, se
-hizo este chiste fácil. Un amigo le había dicho, señalando
-al niño de la mujer de Puteche:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué chico más guapo!</p>
-
-<p>Y él había contestado:</p>
-
-<p>&mdash;De Lafón.</p>
-
-<p>La anécdota era falsa, porque ni el chico era guapo
-ni Puteche había dicho estas palabras.</p>
-
-<p>No se sabe por qué, si es que Lafón daba poco dinero
-a su querida, o si es que ésta pretendía hacer
-economías; el caso fué que Puteche comenzó a notar
-que la comida en su casa se reducía hasta unos extremos
-inverosímiles. A pesar de su tranquilidad
-filosófica, un día Puteche ya saltó, y, cogiendo indignado
-un plato de acelgas y tirándolo por la ventana,
-dijo a su mujer:</p>
-
-<p>&mdash;No tienes vergüenza. ¿Esta es una comida regular
-para un marido complaciente?</p>
-
-<p>Como la irregularidad de la vida de las dos hermanas
-la conocían todas las comadres del barrio, los
-chicos Máximo y Patricio no lo ignoraban; y cuando
-los dos primeros reñían, el uno decía al otro: "¡Chipiteguy!
-¡Chipiteguy!", y el otro le contestaba:<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span>
-"¡Lafón! ¡Lafón!" Los padres, por lo menos padres
-legales, se quedaban tan tranquilos al oirlo; no
-así las madres; a veces, a éstas les entraba una cólera
-furiosa al oír "¡Chipiteguy! ¡Chipiteguy! ¡Lafón!
-¡Lafón!", y andaban con los muchachos a zapatazos.
-Cuando murió Lafón decía Puteche:</p>
-
-<p>&mdash;Veinte años ha sido mi mujer la querida de Lafón
-y ese cochino no le ha dejado nada en su testamento.</p>
-
-<p>Todo el mundo le tenía a Puteche por un cínico y
-por un sinvergüenza. Indudablemente, al hombre le
-producía risa la idea de ser un marido engañado y
-que lo que para otros es un motivo de tristeza y de
-vergüenza, para él fuera un motivo de chunga. Sin
-embargo, algún resquemor debía quedar en él, porque
-se dijo que, cuando se murió, se le acercó la mujer
-a la cabecera de la cama y él la dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Fuera p...</p>
-
-<p>Max Castegnaux y Patricio Larroque, los dos primos
-que de chicos se echaban en cara su atribuída
-paternidad, llegaron a ser amigos.</p>
-
-<p>Max Castegnaux fué gran calavera. Una de sus
-gracias consistía en decirle a Chipiteguy, cuando pasaba
-a su lado: "¡Adiós, padre!"</p>
-
-<p>Max, después de varias locuras, sentó plaza y estuvo
-en Argelia, donde llegó a ser sargento.</p>
-
-<p>Patrich, el jorobado, se hizo sepulturero y consideraba
-a Chipiteguy de la familia y le llamaba siempre
-tío.</p>
-
-<p>Al marcharse de la taberna de Ochandabaratz, Patrich
-llamó a un violinista callejero y le hizo tocar;
-pero aburrió pronto a los reunidos.</p>
-
-<p>&mdash;A ver tú, Patrich&mdash;dijo Ibarneche&mdash;; dinos algunos
-epitafios del cementerio.</p>
-
-<p>&mdash;No, ahora no&mdash;replico el sepulturero.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>
-&mdash;Sí, sí&mdash;gritaron todos.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, pues allá va uno. Auténtico: el del niño
-Pedro Verrue: "Aquí yace el niño Pedro Verrue, de
-tres años y dos meses. Fué abnegado, discreto y justo.
-Su vida fué una larga cadena de sufrimientos,
-que soportó con entereza y resignación cristiana".</p>
-
-<p>Todo el mundo se echó a reír.</p>
-
-<p>&mdash;¡Otro, otro!&mdash;dijeron.</p>
-
-<p>&mdash;El epitafio de la viuda de Routier, a quien conocimos
-todos por su genio agrio; también auténtico:
-"Aquí yace María Francisca Bachelin, viuda de Routier,
-muerta a la edad temprana de 79 años. Era un
-ángel. Sus hijos, hijos políticos y nietos depositan
-sobre su tumba esta corona por su virginal pureza".</p>
-
-<p>&mdash;¡Otro, otro!</p>
-
-<p>&mdash;"Aquí yace Juan Bautista Colardeau, muerto a
-los siete años y medio, de la escarlatina. Fué buen
-hijo, buen ciudadano y amante de su patria. Rogad
-por él".</p>
-
-<p>Siguieron las risas en el público.</p>
-
-<p>&mdash;¡Más, más!</p>
-
-<p>&mdash;No, basta por hoy&mdash;dijo Patrich con su aire rotundo&mdash;.
-Uno para terminar, también auténtico: "Yace
-aquí Luis Bernardo Chevrau, fabricante de jabón
-y de vulneraria de los Alpes. Fué padre de familia modelo,
-sargento de la Guardia nacional y buen ciudadano.
-La humanidad doliente le debe la mejor vulneraria
-suiza, que la viuda sigue fabricando en Bayona,
-en la calle del Oeste, núm. 4".</p>
-
-<p>Rieron de este último epitafio y Patrich no quiso
-continuar.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="V">V<br />
-LOS INQUILINOS DE CHIPITEGUY</h3></div>
-
-
-<p>La casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos, era
-alta, negra, con ventanas que se abrían en la obscura
-pared.</p>
-
-<p>Vivían en ella muchos inquilinos, la mayoría gente
-pobre, empleados de tiendas y de oficinas, retirados y
-obreros. En los bajos había un almacén de botellas y
-otro de carbón.</p>
-
-<p>La escalera de la casa, lóbrega y sombría, daba a un
-patio pequeño y negro; el portal, húmedo, con una caseta
-cubierta de cinc, se hallaba siempre a obscuras.
-La casa tenía cinco pisos y en cada piso tres puertas;
-al lado de cada una colgaba la cadena de la campanilla
-con un anillo de metal, y estos anillos, lo mismo que el
-pasamanos de la escalera, estaban como lubrificados
-por una grasa viscosa y fría.</p>
-
-<p>De trecho en trecho, en la escalera siniestra, se
-abrían ventanas que daban al patio, por las que se
-veía la parte de atrás de otras casas, sombrías y leprosas.</p>
-
-<p>Por aquella escalera subían y bajaban viejas con
-aire de suspicacia que parecían montones de ropa sucia,
-tocadas con calotas, cofias y sombreros marchitos;
-con trajes que olían a trapo raído y a paraguas moja<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span>dos;
-y viejos de sombrero de copa antiguos y redingotes
-de otra época que les llegaban hasta las pantorrillas.</p>
-
-<p>Al entrar en su casa, Chipiteguy se dirigió primeramente
-al almacén de botellas del piso bajo. Cuidaba
-este almacén una vieja arrugada que interrumpía a
-ratos la tarea de hacer media para comer pan y queso.
-La vieja, al ver a Chipiteguy, se levantó y sacó de un
-armario el dinero del alquiler; luego se puso a contar,
-medio en francés, medio en vascuence, una historia
-aburrida de su juventud, riéndose de cuando en cuando
-para mostrar sus encías, desprovistas de dientes.</p>
-
-<p>Del almacén de botellas pasó Chipiteguy al del carbón;
-luego subió a los cuartos. Aquí vivía con su mujer
-un retirado, que mataba el tiempo paseando por las
-calles o por el corredor de su casa. El retirado pagó
-su alquiler en seguida.</p>
-
-<p>Otro inquilino era un español, siempre embozado en
-su capa, con una venda que le tapaba la nariz y la boca.
-Este español se hacía pasar por inválido de la guerra,
-cosa falsa, pues sus llagas procedían de un lupus que le
-iba carcomiendo la cara.</p>
-
-<p>A pesar de ello, el hombre parecía contento, comía
-y fumaba y no se preocupaba de su mal, lo que a Chipiteguy
-le producía gran extrañeza. Este hombre se
-ponía de guardia a la puerta de las casas de los carlistas
-de buena posición y no pedía limosna; tomaba lo
-que le daban. El pseudo-inválido pagó su alquiler.</p>
-
-<p>Otra inquilina era una vieja ex-mercera. Esta vieja
-rica parecía un montón de harapos. Llevaba botas muy
-grandes y destrozadas, un bastón en la mano y pañuelo
-rojo en la cabeza. Al encontrarse con Chipiteguy
-se lamentó de su falta de recursos. Al parecer, se quejaba
-constantemente de su miseria, aunque todo el
-mundo sabía que guardaba mucho dinero.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span></p>
-
-<p>En el último piso de la casa, en habitaciones medio
-aguardilladas, vivían un maestro de música, apellidado
-Chibitua; un zapatero sansimoniano, Palasou; un tornero
-y un español, el señor Sánchez de Mendoza.</p>
-
-<p>Chibitua componía romanzas sentimentales y al mismo
-tiempo tocaba un oboe en una banda. Tenía muchos
-hijos. Al pobre hombre, no se sabe si de tocar el oboe
-o de escribir romanzas lacrimosas, se le había puesto
-una cara tan triste, que se hubiera dicho que estaba
-siempre llorando.</p>
-
-<p>Viéndole de lejos con su instrumento, se llegaba a
-pensar si estaría unido a él, pues el pico del oboe más
-parecía que pertenecía por naturaleza al hombre que al
-aparato musical.</p>
-
-<p>El sansimoniano Palasou era un desdichado que tenía
-una zapatería de portal cerca de la Puerta de España.
-Su mujer le había arruinado, gastándose todo el
-dinero de la casa en caprichos absurdos. Madama Palasou
-era una mujer pródiga que robaba al marido y
-gastaba el dinero en cosas que no servían para nada.
-Hubo días que el zapatero no pudo comer porque su
-señora había comprado un sonajero a un niño de la
-vecindad, o un portamonedas a una conocida, o un alfiler
-de corbata a un jovencito hijo de una amiga.</p>
-
-<p>Entonces Palasou, en protesta, había tomado tres
-graves determinaciones: primero, dejarse el pelo largo;
-luego, enredarse con una criada de la vecindad, y
-por último, declararse ante el mundo partidario de las
-doctrinas socialistas de Saint Simon.</p>
-
-<p>El tornero se pasaba la vida dentro de su guardilla,
-en el torno, haciendo unos ruidos que daban dentera a
-todos los vecinos. Era un hombre que tenía el mismo
-color que los objetos de boj que torneaba en su aparato
-y muchos chiquillos que correteaban por la escalera.
-En la última guardilla hacía tres meses vivía un es<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span>pañol
-emigrado carlista, don Francisco Sánchez de
-Mendoza. El señor Sánchez de Mendoza era hombre
-grueso, de bigote negro y patillas cortas, con aire pesado,
-ictérico y triste.</p>
-
-<p>Chipiteguy llamó en su casa tirando de la campanilla,
-esperó a que le abrieran y pasó.</p>
-
-<p>Abrió la puerta la mujer del emigrado, una mujer
-triste, con una toquilla atada por las puntas a la espalda,
-y preguntó a Chipiteguy en castellano qué es lo
-que quería.</p>
-
-<p>Explicó Chipiteguy que era el amo de la casa, que
-venía a cobrar el alquiler del mes, y la mujer, un tanto
-azorada, fué a avisar a su marido. El señor Sánchez
-de Mendoza se presentó vestido con una chaquetilla
-de lienzo blanco llena de manchas y con un aire
-inquieto y tímido.</p>
-
-<p>&mdash;Este ciudadano no paga&mdash;se dijo Chipiteguy en
-su fuero interno.</p>
-
-<p>El señor Sánchez de Mendoza invitó a Chipiteguy
-a pasar al comedor. Este comedor, con su papel amarillento
-y una alcoba en el fondo, era de una pobreza
-un tanto cómica. Tenía un armario embutido en la pared,
-con unos papeles recortados y calados en los estantes;
-una ventana al patio, la mesa de pino, unas cuantas
-sillas rotas y cada una de distinta forma, un canapé
-lleno de jorobas, unas litografías iluminadas, clavadas
-con chinches, del periódico <i>La Moda</i>, y dos grandes
-escudos nobiliarios, pintados a la acuarela. En las
-puertas de la alcoba había unas cortinillas zurcidas.
-En la ventana, tiestos con unos geranios raquíticos.
-Asomándose se veía el patio, como un antro negro,
-cruzado con cuerdas con ropas puestas a secar. Todo
-en la casa translucía miseria, abandono, con cierta nota
-de petulancia cómica.</p>
-
-<p>&mdash;El mobiliario entero no vale cincuenta francos<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span>&mdash;se
-dijo Chipiteguy, que tenía buen ojo de tasador.</p>
-
-<p>El señor Sánchez de Mendoza se puso a hablar,
-turbado, como quien busca una salida a una situación
-penosa. Dijo a Chipiteguy que había sido durante algún
-tiempo empleado en la Real de don Carlos y que
-por las intrigas de los enemigos se había visto forzado
-a marcharse.</p>
-
-<p>El emigrado parecía un pobre hombre lleno de pánico
-al encontrarse solo y sin dinero en un país extraño
-y daba la impresión de que no tenía ningún recurso,
-ni se le ocurría hacer nada para encontrarlo.</p>
-
-<p>Sánchez de Mendoza no sabía el francés y estaba
-azorado al encontrarse, por capricho de la suerte, en
-Bayona, en casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos.
-El señor Sánchez de Mendoza, por lo que dijo,
-tenía mujer y dos hijos, un varón y una hembra.</p>
-
-<p>Mientras el emigrado hablaba atropellada y confusamente,
-Chipiteguy, convencido de que no iba a cobrar,
-se sentó en una silla del cuarto.</p>
-
-<p>A medida que examinaba la casa, el aire de miseria
-le parecía mayor. En la alcoba próxima, que se veía
-por una rendija de la puerta, se advertían dos camas
-en el suelo y un baúl estropeado. La alcoba, dividida
-por una colcha de colores, rota y agujereada, servía,
-sin duda, para los dos hijos del carlista.</p>
-
-<p>El señor Sánchez de Mendoza, después de muchos
-circunloquios, manifestó a Chipiteguy que por entonces
-no tenía dinero y le pidió que esperara algunos
-días a que pudiera pagarle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuántos días?&mdash;preguntó Chipiteguy.</p>
-
-<p>Sánchez de Mendoza no contestó directamente a la
-pregunta y se puso a exponer sus lástimas, y al mismo
-tiempo que contaba sus desgracias, habló de sus blasones.</p>
-
-<p>Era de la Mancha. Le habían embargado sus fin<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span>cas;
-había empleado su dinero en la causa. Su familia
-era antigua e ilustre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted habrá oído hablar de los Sánchez de Mendoza?&mdash;preguntó
-humildemente a Chipiteguy.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, algo me suena ese nombre.</p>
-
-<p>Chipiteguy, con su tendencia a la contemplación, vió
-que el pequeño aparador del comedor, con sus papelitos
-calados, estaba vacío, y notó que los geranios que
-se veían en la ventana nacían en unos pucheros rotos,
-rodeados con unas telas de color.</p>
-
-<p>&mdash;Bien; está bien&mdash;dijo Chipiteguy, saliendo de su
-estado absorto&mdash;; pero, ¿usted que piensa hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, trabajar si encuentro algo que me convenga,
-y que trabajen mis hijos también&mdash;contestó el emigrado.</p>
-
-<p>&mdash;Pero concretamente, ¿qué va usted a hacer?</p>
-
-<p>¡Concretamente! Esta palabra no figuraba en el repertorio
-del señor Sánchez de Mendoza.</p>
-
-<p>El emigrado consultó con su mujer, que salió de la
-cocina mal vestida y macilenta.</p>
-
-<p>Luego se presentaron un chico de diez y siete años,
-de cara inteligente de muchacho avispado y hambriento,
-y una chica algo mayor que él con el mismo aspecto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Son sus hijos?&mdash;preguntó Chipiteguy.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; éste está pintando a la acuarela unos escudos;
-mi chica sabe bordar. Enséñale lo que bordas a este
-señor.</p>
-
-<p>Sánchez de Mendoza había notado ciertos síntomas
-de simpatía en el casero y quería aprovecharlos.</p>
-
-<p>&mdash;Yo desearía que salieran ustedes pronto de esta
-situación&mdash;dijo Chipiteguy&mdash;; por su familia, y también
-para que me pagara usted.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias, caballero.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, no. Yo insistiré en cobrar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span></p>
-
-<p>El no era hombre sin corazón, pero quería cobrar.</p>
-
-<p>El chico y la chica, los dos con su aire avispado y
-enfermizo, volvieron al comedor, él con unas cartulinas
-donde había pintado a la acuarela unos escudos de nobleza;
-ella, con sus bordados en colores. Chipiteguy
-vió lo que hacían los dos y reflexionó. El podía llevar
-al chico para que trabajara en su casa y recomendaría
-a la chica en la tienda de antigüedades de la Falcón.</p>
-
-<p>&mdash;Yo tengo un almacén de hierro y he sido trapero&mdash;dijo
-Chipiteguy&mdash;; no aparezco, pues, en el Almanaque
-de Gotha. Si usted y el chico quieren, que
-venga él conmigo, yo haré que trabaje y ya veré lo que
-le puedo dar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero quiere usted tenerlo como criado?&mdash;preguntó
-tristemente el señor Sánchez de Mendoza.</p>
-
-<p>&mdash;Como empleado. Hará las mismas cosas que yo
-hago. Yo barro a veces la tienda; él la barrerá también.
-Yo voy a las casas a comprar hierro viejo. El hará lo
-mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y dónde comerá?</p>
-
-<p>&mdash;Conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;No, en la cocina.</p>
-
-<p>&mdash;No. Yo me encargo de mantenerle y de vestirle;
-luego ya veré lo que le puedo dar.</p>
-
-<p>El chico escuchaba la conversación de Chipiteguy
-y de su padre con gran ansiedad.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="VI">VI<br />
-LOS SÁNCHEZ DE MENDOZA</h3></div>
-
-
-<p>La familia de los Sánchez de Mendoza llevaba ya
-más de seis meses rodando por distintos puntos de
-Francia. Había estado en Burdeos, en París y, por
-último, en Bayona, perseguidos implacablemente por
-la miseria.</p>
-
-<p>El señor Sánchez de Mendoza se hacía la ilusión
-de que la miseria le había sorprendido, como puede
-sorprender un catarro; pero era lo cierto que siempre
-había vivido pobremente y de mala manera.</p>
-
-<p>El señor don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza,
-Montemayor y Porras, era manchego, de una
-pequeña aldea, entre Minglanilla y Graja de Iniesta.</p>
-
-<p>Sánchez de Mendoza hablaba de su casa como si
-fuera un palacio y elogiaba a Minglanilla como si se
-tratara de un emporio.</p>
-
-<p>En cambio, su mujer, natural de Cañete, encontraba
-su pueblo el centro del universo y todo lo comparaba
-con él.</p>
-
-<p>Alvarito, el hijo de don Francisco, había vivido
-los primeros años de la niñez entre Graja de Iniesta
-y Cañete, y, aunque no recordaba bien estos pueblos,
-creía, bajo la palabra de honor de sus ascendientes,
-que eran verdaderamente admirables.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span></p>
-
-<p>El padre de Alvarito, don Francisco Xavier, había
-educado a su hijo en el respeto por la Religión, el
-Rey la Nobleza, como hidalgo de limpia y esclarecida
-prosapia.</p>
-
-<p>Algunos enemigos mordaces, ¿quién no los tiene?,
-aseguraban que el señor Sánchez de Mendoza se llamaba,
-sencillamente, Francisco Sánchez, que quizá
-su padre o su madre tuvieran algún apellido Mendoza,
-y que con la facilidad de arreglar los asuntos
-familiares al gusto de uno en una época obscura se
-hacía llamar Sánchez de Mendoza.</p>
-
-<p>Se decía que su padre había sido secretario del
-Ayuntamiento de un pueblo de la Mancha y que no
-había tenido nunca una peseta. Don Francisco, en
-cambio, aseguraba que su padre fué segundón de
-una casa hidalga, ilustre y rica, y que tuvo un alto
-cargo en Cuba.</p>
-
-<p>Sánchez de Mendoza mostraba su escudo a todo el
-que quisiera verlo, un escudo con más cuarteles que
-un pueblo prusiano.</p>
-
-<p>El ilustre hidalgo de la familia de los Sánchez de
-Mendoza no podía emplearse en quehaceres vulgares
-y plebeyos. Como el perro de la fábula de Samaniego,
-pensaba que esto se lo debía a haber nacido perro y
-no pollino.</p>
-
-<p>En su casa de la calle de los Vascos, don Francisco
-Xavier se dedicaba a ver cómo trabajaban los
-individuos de su familia, cómo guisaba su mujer y
-cómo bordaba su hija. Alguna rara vez pintaba a la
-acuarela los escudos que dibujaba su chico.</p>
-
-<p>Los Sánchez de Mendoza y los Montemayor le
-preocupaban demasiado para que él pudiera consagrarse
-a trabajos de baja estofa. Había descubierto
-don Francisco Xavier que uno de sus antepasados,
-un Pérez del Olmo, era bastardo, y el terrible des<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span>cubrimiento
-y la necesidad de poner en su escudo una
-barra de bastardía le preocupaba tanto, que este pensamiento
-no se separaba jamás de su espíritu.</p>
-
-<p>El señor Sánchez de Mendoza se consideraba literato;
-había escrito un artículo, "Españoles y católicos
-antes que nada", y una hoja impresa con este título:
-"Vindicación de don Francisco Xavier Sánchez de
-Mendoza, Montemayor y Porras, de los calumniosos
-cargos hechos contra él. Dedicada al Rey Nuestro
-Señor Su Majestad don Carlos V".</p>
-
-<p>Los que habían leído esta "Vindicación" decían
-que en ella no se podían averiguar cuáles eran los calumniosos
-cargos que se habían hecho a don Francisco
-Xavier; pero en la hoja se hablaba del condigno
-castigo, de las venerandas tradiciones, de la hidra de
-la anarquía y de la defensa del trono y del altar, y
-esto, naturalmente, ya era algo.</p>
-
-<p>Todos aquellos lugares comunes políticos, empleados
-principalmente por sus correligionarios, sonaban
-muy agradablemente en los oídos de don Francisco
-Xavier, y a veces le conmovían, hasta tal punto, que
-sentía que le brotaban las lágrimas y se le apretaba
-la garganta.</p>
-
-<p>El artículo y la "Vindicación", las dos obras más
-importantes salidas de su pluma, preocupaban mucho
-al buen hidalgo. Pensaba si sería el momento de hacer
-una segunda edición de ellas; suponía que el mundo
-entero las había tomado en cuenta. Con estas preocupaciones
-era imposible que el hidalgo se acomodase
-a un trabajo vulgar.</p>
-
-<p>La mujer de Sánchez de Mendoza, a pesar de ser
-más joven que don Francisco Xavier, parecía más
-vieja; era una pobre mujer pálida, flaca, fatídica, que
-había vivido siempre miserable y que siempre estaba
-prediciendo desgracias. Para ella todo tenía que ter<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span>minar,
-más pronto o más tarde, perfectamente mal.</p>
-
-<p>Además, esta mujer poseía el talento de interpretar
-sus sueños, talento que había comunicado a su hijo
-Alvaro, que se preocupaba con espanto de sus pesadillas
-y quería encontrar una explicación racional de
-ellas.</p>
-
-<p>La madre de Alvarito pretendía encontrar relaciones
-absurdas entre los sueños y los acontecimientos.</p>
-
-<p>Soñar con toros era buena suerte; en cambio, soñar
-con habichuelas, significaba desgracia. El arroz,
-en sueños, era siempre cosa buena, y las patatas,
-mala.</p>
-
-<p>Ella no comprobaba nunca tan absurdas suposiciones;
-pero esto, en vez de convencerle de la inanidad
-de sus hipótesis, las afirmaba, porque las mezclaba
-con otras supercherías entre mágicas y cabalísticas.</p>
-
-<p>Alvarito era propenso, como su madre, a las fantasías
-y a las supersticiones. De chico había sido sonámbulo
-y su familia le había encontrado muchas
-veces sentado en camisa en la cocina o metido debajo
-de la cama. Había tenido, durante mucho tiempo,
-grandes miedos de noche, despertándose al poco tiempo
-de dormirse, estremecido, gritando, y quedando
-durante largo tiempo asustado y con una gran angustia.</p>
-
-<p>Alvarito pensaba mucho en sus sueños; su madre
-le hacía fijarse en ellos. Cuando estaba fuerte soñaba
-con recuerdos de épocas muy remotas; en cambio,
-cuando estaba débil, intranquilo o inquieto, soñaba
-con acontecimientos más próximos.</p>
-
-<p>Alvarito, en sus sueños, era siempre valiente, atrevido
-y cruel. ¿Seré yo así?&mdash;se preguntaba a veces
-él, preocupado&mdash;. Con frecuencia soñaba con el mar.
-Iba por un muelle que avanzaba entre olas tempes<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span>tuosas,
-a un lado y a otro, al que no se le veía fin.
-Otras veces marchaba por un camino, entre sombras,
-y, al terminar, le aparecía un túnel de luz.</p>
-
-<p>Con la existencia mísera y triste que había llevado
-era débil y nervioso. Su vida para él tenía una apariencia
-de algo trágico.</p>
-
-<p>Recordaba, vagamente, el viaje que había hecho
-con su madre y su hermana, en condiciones malas,
-desde Cañete a Vergara, donde estaba empleado su
-padre en las oficinas del Real.</p>
-
-<p>La salida de Vergara a Francia la recordaba como
-un episodio lastimoso. El viaje a Burdeos le parecía
-algo enorme; los franceses eran monstruos que se
-echaban sobre ellos, y su padre se le presentaba entonces
-como un Orfeo, dominando las fieras. Luego,
-al pasar el tiempo, el pobre Orfeo, don Francisco Xavier,
-se iba achicando en su retina.</p>
-
-<p>Comenzaba para él la época en que el hijo que ha
-mirado a su padre como un modelo empieza a criticarle
-y a encontrarle defectos. ¿No sería su padre
-demasiado charlatán?&mdash;se preguntó Alvarito&mdash;. ¿No
-sería demasiado egoísta.</p>
-
-<p>Entonces, poco a poco, su cariño y su admiración
-iban marchando a su madre y a su hermana, las dos
-sufridas y resignadas, que no salían a pasear, ni iban
-a darse tono, ni a contar mentiras a las tertulias carlistas.</p>
-
-<p>Alvarito estaba poco desarrollado para sus diez y
-siete años. Era alto, pero estrecho de espaldas, de
-aire expresivo y de mal color. Espiritualmente era un
-muchacho despistado, sin rumbo; había pasado parte
-de la niñez en Cañete, en casa de unos tíos suyos,
-gente pobre, pero orgullosa y fantástica, en donde no
-se comía apenas, pero se presumía de firme. En aquella
-casa se vivía, principalmente por fuera, con la<span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span>
-preocupación exclusiva de aparentar. Se hablaba de
-que se comía bien, de que se tenía dinero de sobra.
-Los tíos de Alvarito creían que todo el pueblo les
-espiaba y les parecía necesario darse importancia a
-fuerza de embustes.</p>
-
-<p>Alvarito, en los seis meses que llevaba en Francia,
-había aprendido el francés. El muchacho conservaba
-las preocupaciones de su padre y de su madre y no
-podía zafarse de ellas. Al principio no quería salir de
-casa. Estaba asustado. La calle le parecía la enemiga
-natural de su pobre hogar y cada francés un monstruo,
-devorador de familias españolas.</p>
-
-<p>Alvarito había pensado, siguiendo las indicaciones
-de su padre, entrar en el ejército carlista; pero no
-tenía la edad necesaria y la situación del partido iba
-siendo tan mala, que temía no llegar a encontrar el
-momento oportuno.</p>
-
-<p>El joven Sánchez de Mendoza quería sentir con
-el mismo fervor el entusiasmo monárquico de su padre;
-pero no le era tan fácil, y por más esfuerzos que
-hacía por exaltarse, la cuestión de la legitimidad no
-le llegaba a preocupar.</p>
-
-<p>Había oído en Bayona y en Burdeos discutir el
-pro y el contra de esta cuestión.</p>
-
-<p>Alvarito quería pensar que la guerra era la santa
-cruzada de los buenos contra los malos, de los religiosos
-contra los impíos. Alvarito quería creer que
-los carlistas eran todos honrados y caballerosos, incapaces
-de villanías; que don Carlos era un santo, y
-que el honor, la lealtad, la Patria y el Rey tenían un
-altar en el pecho de cada carlista. No sabía si en el
-tópico admitido el altar estaba en el pecho o en el
-corazón. Seguramente no estaba en el bazo ni en
-el hígado.</p>
-
-<p>A pesar del altar pectoral o cardíaco, Alvaro es<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span>taba
-oyendo hablar a cada paso de trastadas, de chanchullos
-y de traiciones en el campo carlista.</p>
-
-<p>Al pensar en entrar en el ejército de don Carlos,
-lo que le preocupaba principalmente a Alvarito era
-el temor de quedar mal. ¿Tendría suficiente valor?
-La muerte no le arredraba; pero suponía que no debía
-ser siempre fácil dominar los nervios.</p>
-
-<p>Su miedo era que le vieran en un momento de depresión.
-Temía no poder estar a la altura de los demás,
-sobre todo a la altura del modelo imaginado
-por él.</p>
-
-<p>Pensaba, a veces, que quizá su falta de energía dimanaba
-de sentirse decaído por la mala alimentación.</p>
-
-<p>Alvarito sabía poco; había aprendido a leer, a escribir
-y a hacer cuentas y a pintar a la acuarela escudos
-nobiliarios, que vendía su padre a los españoles
-emigrados, aristócratas y ricos.</p>
-
-<p>Alvarito mantenía la ilusión de pensar que quizá
-poseyera algún talento de pintor. Le gustaban las estampas
-que reproducían cuadros de la época de David,
-Ingres y el barón de Gros, y se imaginaba, a
-veces, que le gustaría más ser pintor que militar.</p>
-
-<p>Había visto también grabados que reproducían cuadros
-de Ribera, de Zurbarán y de Velázquez, que le
-sorprendieron, y le parecieron muy malos. ¿Cómo
-gustará eso?&mdash;se preguntaba él, y no lo comprendía.</p>
-
-<p>Alvarito era un muchacho muy nervioso, muy inquieto,
-que tenía de noche grandes terrores.</p>
-
-<p>La preocupación por los sueños, que le había inculcado
-su madre, le tenía amedrentado. Muchas noches
-se despertaba temblando y creía oír la respiración
-de un hombre que le espiaba a pocos pasos de la
-cama.</p>
-
-<p>Los vecinos de la casa de la calle de los Vascos le
-aterrorizaban. Había una vieja enlutada, a quien se<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>
-había encontrado en la escalera varias veces, al anochecer,
-y le había mirado con una sonrisa insinuante,
-y pensar en ella le ponía la carne de gallina.</p>
-
-<p>Los cuartos obscuros, las alamedas solitarias al
-anochecer, las orillas del río, todo esto le impresionaba.</p>
-
-<p>Las mismas estampas le daban, a veces, una sensación
-de misterio y de pavor. Había una que había
-visto en un escaparate que le perturbaba. Representaba
-una dama elegante con un talle esbelto, al lado
-de un joven melenudo, con el pantalón de trabillas y el
-frac. La escena ocurría en el salón de un palacio, delante
-de un piano. La dama tenía un aire lánguido; en
-cambio, el hombre la miraba con unos ojos de loco.</p>
-
-<p>Alvarito no sabía lo que representaba; pero aquella
-escena le daba impresión de vértigo. Como predispuesto
-a ver cosas raras, en ocasiones las veía o
-las creía ver. Una de las veces que salió de noche en
-Bayona a dar un recado a un personaje carlista, su
-padre estaba enfermo, iba por una calle casi obscura,
-con tapias a un lado y a otro, que no tenía más que
-algún farol de tarde en tarde, cuando vió venir un
-jorobado pequeño, cuadrado, petulante, con bigote y
-perilla cana; al cabo de poco tiempo, otro jorobado, y
-poco después, otro. Estos tres jorobados le produjeron
-tal espanto, que echó a correr hacia su casa. Luego, su
-madre y él discutieron largo tiempo si estos tres jorobados
-serían reales o imaginarios, y si eran imaginarios,
-qué podían representar.</p>
-
-<p>Llegó una época en que Alvarito notó que la alarma,
-la inquietud, nacían en él antes que el motivo y
-que después encontraba el motivo para legitimar su
-alarma. Tardó mucho en comprender esto, y, cuando
-lo comprendió, se sintió más miserable y más desvalido
-que nunca.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span></p>
-
-<h3 id="VII">VII<br />
-PRIMEROS CONTACTOS CON LA REALIDAD</h3></div>
-
-
-<p>Cuando Chipiteguy hizo su propuesta de llevarse
-a Alvarito, éste miró la expresión de sus padres, y
-al ver que los dos aceptaban, fué a su cuarto, se vistió
-con su mejor ropa, besó furtivamente a su madre y
-a su hermana y salió de casa con el viejo trapero.
-Marcharon los dos por el muelle de los Vascos, cruzaron
-el puente Panecau y entraron en la plaza del
-Reducto.</p>
-
-<p>Alvarito se encontró poco contento en el almacén
-y en la tienda de Chipiteguy; le pareció todo aquello
-desordenado y sucio; pero cuando le avisaron para
-comer y le invitaron a lavarse las manos y vió la
-mesa abundantemente servida y se sentó entre Manón
-y la andre Mari, se dijo que, si no le echaban
-por torpe, se quedaría allí. Pensaba cumplir de la
-mejor manera posible. Por la tarde hizo con buena
-voluntad todo lo que le mandaron; cenó también opíparamente
-y, después de cenar, la Tomascha llevó al
-pequeño español, como le llamaron a Alvarito en la
-casa, a un cuarto aguardillado del piso tercero lleno
-de trastos viejos, y le mostró su cama.</p>
-
-<p>En aquella guardilla había una estantería con al<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span>gunos
-libros, un reloj de cuco, parado, y sobre unas
-arcas antiguas gran cantidad de manzanas, peras y
-membrillos, que echaban un olor excelente.</p>
-
-<p>En las vigas de aquel camarachón había muchas
-arañas y Alvarito podía contemplar sus ejercicios
-gimnásticos en sus hilos.</p>
-
-<p>Por la ventana se veía el río y los tejados del
-muelle de los Vascos. Desde los primeros momentos
-que estuvo Alvarito en casa de Chipiteguy se pudo
-comprender que tenía actividad y deseo de trabajar;
-lo malo era que a estas condiciones y a su buena
-intención se unía gran timidez.</p>
-
-<p>Alvarito no tenía costumbre de trabajar. Tampoco
-tenía soltura ni confianza en sí mismo. Desconfiaba
-y pensaba que no sería simpático ni oportuno. Esta
-idea y la de verse precisado a ganarse la vida de
-cualquier manera le daba una actitud encogida y
-torpe.</p>
-
-<p>Chipiteguy se reía de él.</p>
-
-<p>&mdash;El pequeño aristócrata, el pequeño español con
-blasones parece que no da pie con bola&mdash;decía a su
-nieta.</p>
-
-<p>&mdash;Déjale, abuelo; ya lo hará mejor. El pobre pone
-toda su buena intención.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es verdad; por eso yo no le digo nada. Es
-un chico que está bien, muy delicado, no se quedará
-con un céntimo. Tiene un amor propio un poco
-cómico.</p>
-
-<p>&mdash;Eso no es un defecto.</p>
-
-<p>&mdash;No, no. ¡Pero qué torpes son estos aristócratas!
-Cuando le faltan sus rentas y tienen que emigrar,
-ya no sirven para nada.</p>
-
-<p>A las dos o tres semanas de estar en el almacén,
-Chipiteguy dedicó a Alvarito a llevar cuentas.</p>
-
-<p>El sitio donde tenía que trabajar el joven Sánchez<span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span>
-de Mendoza, no muy alegre, entristecía al muchacho.
-Era un cuarto casi obscuro, con un ventanal que
-daba al patio, con los cristales rotos, compuestos con
-papeles pegados, ya sucios y polvorientos. Había en
-este cuarto una estantería negra con fajas de facturas,
-una caja de caudales, una mesa y dos bancos.
-Desde el ventanal se veían los montones de chatarra
-roñosa y los fardos de trapos. Había en toda la casa
-muchas ratas, algunas tan atrevidas que le miraban
-descaradamente a Alvarito, lo que a éste le hacía
-gracia. De noche se les oía roer la madera.</p>
-
-<p>Frechón, el dependiente de Chipiteguy, tipo atrabiliario
-y malhumorado, declaró la guerra a Alvarito
-desde que le vió e hizo lo posible para que le resultara
-todo al revés. Frechón le ponía siempre mala cara,
-le daba bufidos por cualquier cosa, y cuando no, comenzaba
-a silbar y a descoyuntarse las falanges de
-los dedos y a hacer un ruido desagradable, como de
-huesos de esqueleto, que inquietaba a Alvaro. Unas
-veces se tiraba de los dedos para producir el sonido, y
-otras se apretaba los nudillos, que resonaban como una
-carraca.</p>
-
-<p>Frechón, que era republicano y patriota francés,
-mortificaba al muchacho como español carlista.</p>
-
-<p>&mdash;Don Carlos es un imbécil&mdash;le solía decir con
-frecuencia, como quien lanza un esputo&mdash;; los españoles
-son unos asnos.</p>
-
-<p>Frechón le dirigía extrañas preguntas a Alvarito.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes tú lo que harán, al fin, los liberales con
-vuestro Rey, con ese papanatas de don Carlos?&mdash;le
-preguntó un día.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Llevarlo a la guillotina y crac.</p>
-
-<p>Otro día le preguntaba:</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú sabes quién era Marat?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Un monstruo.</p>
-
-<p>&mdash;Eso creéis vosotros los realistas. Era un hombre
-admirable, que pidió la cabeza de trescientos mil aristócratas.</p>
-
-<p>Otro día le decía:</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú no has oído hablar de la papisa Juana?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no.</p>
-
-<p>&mdash;Pues era una mujer que fué papa y que parió
-cuando iba en una procesión.</p>
-
-<p>Alvarito iba tomando gran antipatía por Frechón
-y pensaba que algún día tendría que desafiarle.</p>
-
-<p>Muchas veces Alvarito reflexionaba sobre su situación.
-Creía que depender de un trapero y vivir
-en su casa era una heroicidad para un aristócrata
-como él. Más que nada, la verdadera heroicidad pensaba
-que consistía en vencer el ridículo. Encontrarse
-bien de dependiente en una tienda de trapos y de
-hierro viejo tenía su mérito. Esto era ya socialmente
-tan bajo, que por ello mismo impedía que fuese ridículo.
-Prefería la trapería a una camisería, o a una
-bisutería, o a una tienda de guantes, donde hubiese
-tenido que tratar a clientes distinguidos que le hubieran
-mirado de arriba abajo.</p>
-
-<p>Además, Alvarito tenía el bello pretexto de encontrarse
-prendado de la nieta del patrón y pensaba
-que con el amor ya no podía haber ridiculez posible.</p>
-
-<p>Alvarito sentía gran temor por ponerse en ridículo.
-La idea sola le hacía palidecer y su amor propio le
-pintaba ocasiones de quedar humillado en todas
-partes.</p>
-
-<p>Muchas gentes de la vecindad, como si hubieran
-adivinado su flaco, parecían empeñadas en burlarse
-de él. El chico de una tienda próxima de la calle de
-Bourg Neuf, una tienda de objetos de pesca, que se<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span>
-titulaba "Al Pescador", le llamaba siempre trapero.
-Sin duda había notado que le molestaba, y por eso
-mismo repetía con más frecuencia la palabra.</p>
-
-<p>Varias veces el chiquillo salía a la calle con un
-saco, se lo echaba al hombro y gritaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡Galonero! ¡Compro trapos viejos!&mdash;y miraba a
-los balcones.</p>
-
-<p>Alvarito, mortificado, hacía como que no se enteraba.</p>
-
-<p>También Claquemain, el mozo carretero, manifestaba
-antipatía por el joven Sánchez de Mendoza. Con
-su bigote grande, la barba sin afeitar y los ojos rojos,
-solía tomar un aire amenazador. A veces se ennegrecía
-la cara con carbón y se ponía a hacer gestos y
-a sacar la lengua y a ponerse bizco para asustar al muchacho.
-Alvarito se estremecía de miedo.</p>
-
-<p>Cerca de la casa de Chipiteguy vivía un loco que se
-paseaba arriba y abajo con un sombrero metido hasta
-las orejas y un gabán raído. A veces tenía ataques y
-entonces daba unos gritos espantosos.</p>
-
-<p>Los chicos se burlaban de él y le llamaban Abadejo
-y Tripa seca, y él mascullaba una serie de frases violentas
-contra ellos. Este loco tenía las orejas grandes,
-los ojos torcidos y la cara cómica.</p>
-
-<p>Cuando el loco veía a Alvarito se le acercaba y solía
-decirle a voz en grito:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, vamos... a España... a matar... a matar...
-¡Viva el Rey!</p>
-
-<p>Y un loro de un balcón que se había aprendido la
-retahíla repetía también:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, vamos... a España... a matar... a matar...
-¡Viva el Rey!</p>
-
-<p>Alvarito experimentaba, sobre todo al principio, una
-gran tristeza al verse en la tienda del trapero. Allí, en
-casa de Chipiteguy, nadie le conocía; comprendía que<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span>
-pensar en su pobre situación era mortificarse por capricho,
-que nadie se fijaba en él; pero no podía evitar
-el sentimiento de vergüenza de estar empleado en una
-trapería.</p>
-
-<p>Poco a poco se le fué pasando esta vergüenza y pensó
-que podría darse por muy contento si la suerte le
-hiciera sustituír a Chipiteguy casándose con Manón.</p>
-
-<p>En casa del trapero, Alvarito conoció a don Eugenio
-de Aviraneta y le oyó hablar. Don Eugenio solía
-ir a comer con frecuencia en compañía de Chipiteguy,
-y en estos días la comida era todavía más cuidada que
-de costumbre.</p>
-
-<p>Aviraneta bromeaba mucho con Manón y la galanteaba;
-también solía hablar con Alvarito y le hacía
-preguntas acerca de su vida y de su familia y se reía
-al oír las contestaciones del muchacho.</p>
-
-<p>Un día éste oyó decir que las relaciones entre Chipiteguy
-y Aviraneta procedían de ser los dos masones.
-Esta suposición aguzó la curiosidad del joven Sánchez
-de Mendoza. ¿Serían aquellos dos hombres masones?
-¿Pertenecerían a la tenebrosa secta? Aviraneta y Chipiteguy
-solían hablar mucho a solas de sobremesa, con
-su copa de licor delante, el uno fumando su pipa, y el
-otro, su cigarro habano.</p>
-
-<p>Hablaban de personas que habían conocido, y Aviraneta
-contaba un sin fin de hechos y de anécdotas de
-gente que había encontrado en Francia, en Egipto, en
-Grecia, en América y en España.</p>
-
-<p>Chipiteguy le oía encantado. A veces le preguntaba:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué fué de aquel Nantil? ¿Qué hizo aquel Cugnet
-de Montarlot?</p>
-
-<p>Alvarito, cuando oyó por primera vez hablar de jacobinos,
-franciscanos, cordeleros, de gentes de Obispado,
-creyó que la Revolución francesa la habían hecho
-los frailes.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span></p>
-
-<p>Alvarito era demasiado correcto para espiar a su
-amo y se decidió a hacerle preguntas, y como vió
-que a Chipiteguy no le molestaban, sino que, por el
-contrario, le agradaban, tuvo largas conversaciones
-con el viejo, sobre todo después de cenar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero eran buenos de verdad los hombres de la
-Revolución francesa?&mdash;le preguntó una vez Alvaro.</p>
-
-<p>&mdash;Había de todo; algunos eran demasiado buenos
-y demasiado honrados. Yo fuí una vez con Basterreche
-al Ministerio de Hacienda durante el Terror, y
-vimos al ministro, el señor Des Tournelles, que se
-componía las medias con una aguja en un salón y tenía
-millones en las cajas. Claro que hubo muchos abusos.
-Aquí se contó que un convencional, unos decían que
-Cavaignac y otros que Pinet, prometió salvar la vida
-del padre de una señorita Labarrere, si ésta se entregaba
-al convencional, y luego parece que se guillotinó
-al padre. Los hombres, vistos de cerca, indudablemente
-valen poco&mdash;decía el viejo trapero&mdash;; no va a haber
-a la vuelta de la esquina un César o un Alejandro.</p>
-
-<p>Chipiteguy recordaba muchas escenas del tiempo del
-Terror en París, en Burdeos y en Bayona, y las recordaba
-en todos sus detalles.</p>
-
-<p>Había conocido también la ciudad de Estrasburgo
-bajo la tiranía del fraile revolucionario Eulogio
-Schneider y de su sociedad La Propaganda. Había
-hablado con Schneider, que era discípulo del iluminado
-Weisshaupt. Este Schneider era el Marat de Estrasburgo,
-un Marat a la alemana, predicador y místico.
-Chipiteguy le vió en París cuando le guillotinaron.</p>
-
-<p>En la capital, durante algún tiempo, Chipiteguy conoció
-a Etchepare y a algunos otros vascos, amigos de
-Basterreche, de Pereyra, etc.</p>
-
-<p>Durante algún tiempo se reunían en tertulia en casa
-de este Pereyra, judío de Bayona, que tuvo en la época<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span>
-del Terror una tienda de tabaco en París, en la calle de
-San Dionisio, en la que se veía como muestra un gorro
-frigio colorado. Cuando Pereyra fué preso, naturalmente,
-se deshizo la tertulia.</p>
-
-<p>Después Chipiteguy se alejó de París y estuvo de
-soldado republicano en la Vendée y luego marchó a
-vivir a Bayona.</p>
-
-<p>Fué Chipiteguy amigo de Gastón Etchepare, el tío
-de Aviraneta, de Bidart. Otro de sus conocidos, compañero
-a quien él debía favores, Juan Gorostarzu, había
-sido guillotinado en Ezpeleta por contrarrevolucionario.</p>
-
-<p>Poco después, al suprimir el Gobierno el convento
-de Visitandinas de Hasparren, la cuñada de Gorostarzu,
-que estaba en este convento, fué a su casa,
-Arozteguia de Ezpeleta, y puso una escuela, en donde
-enseñaba a los chicos y chicas las primeras letras
-mientras ella hilaba. En esta escuela había estudiado
-el padre de Manón y el poeta vasco, el capitán Duvoisin,
-a quien Chipiteguy había conocido de niño.</p>
-
-<p>Chipiteguy legitimaba el Terror. Era necesario&mdash;decía
-él&mdash;para implantar una sociedad nueva, con
-menos abusos, más justicia y más libertad. Según él,
-en todo el país vasco y en las Landas la población estaba
-en contra de los republicanos franceses y a favor
-de los monárquicos españoles, dispuestos a entregarse
-a éstos; de aquí que los convencionales Pinet y Cavainac
-tuvieran que extremar la violencia.</p>
-
-<p>Los esfuerzos del Comité revolucionario de Labour,
-formado por Hiriart, Dithurbide y Daguerrezar,
-no habían tenido éxito, ni las proclamas llamando
-a los emigrados, escritas en vascuence y en francés
-en <i>Juan de Luz</i> (estaban suprimidos los santos hasta
-en los nombres de los pueblos) y firmadas por Izoard,
-Meillan, Chaudron-Rousseau y Paganel.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span></p>
-
-<p>Chipiteguy le contaba a Alvarito muchas historias
-de su tiempo, con grandes detalles; el desarrollo de las
-intrigas políticas, el cómo había conseguido su fortuna
-la mayoría de los ricos del pueblo y la marcha de
-los acontecimientos de la Revolución, del Imperio y
-de la Restauración.</p>
-
-<p>A Alvarito le chocaba que el viejo tuviera entusiasmo
-por la Revolución. En cambio, de la guerra
-hablaba siempre mal.</p>
-
-<p>&mdash;¡<i>La guerre</i>!&mdash;decía&mdash;. <i>C'est une saleté abominable.</i></p>
-
-<p>&mdash;¿De verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Tú le has oído a don Eugenio hablar mal de
-la guerra, pues tiene razón; además de ser una porquería,
-es una pobre estupidez.</p>
-
-<p>Solía añadir también otras veces:</p>
-
-<p>&mdash;Esa salsa de la guerra hay que probarla si se encuentra
-ocasión. Se aprende a conocer a los hombres.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, así debe ser&mdash;afirmaba Alvarito.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que no impide para que sea una porquería abominable.</p>
-
-<p>A veces Chipiteguy decía convencido:</p>
-
-<p>&mdash;A aquel pobre Maximiliano le engañaron.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué Maximiliano?</p>
-
-<p>&mdash;A Robespierre.</p>
-
-<p>A Alvarito le parecía como una obligación de su
-empleo el escuchar las opiniones del viejo sin protestar.</p>
-
-<p>Hablaba también Chipiteguy de los amigos que
-había tenido durante el Imperio.</p>
-
-<p>Recordaba con frecuencia al escritor revolucionario
-Bonneville, republicano entusiasta, que tenía en
-su vejez una librería de viejo en París, en el Barrio
-Latino, en el Pasaje de los Jacobinos, y a quien había
-visto, por última vez, hacía quince años. Este<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span>
-Bonneville había escrito bastantes libros, entre ellos
-uno muy absurdo: <i>Los jesuítas echados de la masonería
-y sus puñales rotos por los masones</i>, en el que
-trataba de demostrar, con argumentos muy fantásticos,
-que los jesuítas eran masones, de la secta de
-la Rosa Cruz.</p>
-
-<p>Había conocido también Chipiteguy a Albertina
-Marat, la hermana de Marat, que vivía en 1838 en
-una guardilla de la calle de la Barillerie, en el mayor
-aislamiento, y trabajaba haciendo agujas de reloj para
-la casa Breguet y había visitado a la hermana de Robespierre,
-Carlota, desconocida en París, que se hacía
-llamar la señorita Delaroche.</p>
-
-<p>A veces discutían Aviraneta y Chipiteguy. Aviraneta
-decía que los franceses habían arreglado tan
-bien la historia de la Revolución francesa, que a
-todo le habían dado un aire grandioso; así la toma
-de la Bastilla, la batalla de Valmy y la de Jemmapes,
-que no eran en sí grandes acontecimientos, parecían
-cosas épicas.</p>
-
-<p>&mdash;No, no&mdash;replicaba Chipiteguy&mdash;. Esos acontecimientos
-se consideraron como símbolos.</p>
-
-<p>Cuando no había visitas en casa del trapero se
-leían los periódicos. Se recibían <i>El Constitucional</i>
-y <i>Le Journal des Debats</i>, de París, y los dos diarios
-de Bayona, <i>El Faro</i> y <i>El Centinela de los Pirineos</i>.</p>
-
-<p>La sobremesa de noche tenía otras compensaciones.
-A veces cantaba y tocaba el piano Manón, y con
-frecuencia venían su prima Rosa y otras amigas y se
-bailaba. Algunas noches jugaban a las damas y al
-ajedrez. Alvarito casi siempre perdía. No tenía ningún
-talento para estos juegos. Como Alvarito se hallaba
-pobremente vestido, Chipiteguy le envió al mucha<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span>cho
-al sastre para que le hiciera un traje a la moda,
-con el cual estaba muy bien.</p>
-
-<p>Los domingos, por la mañana, Alvarito se levantaba
-más tarde que los días de labor; se ponía elegante,
-con su traje nuevo, y mientras un mendigo
-con su organillo pasaba por delante de la casa del
-Reducto y tocaba casi siempre el vals de <i>El Carnaval
-de Venecia</i>, él bajaba las escaleras y salía a la plaza.
-Veía la procesión de aguadores, de muchachas y de
-judíos que venían por el puente de barcas de Saint
-Esprit. Se dirigía a la Catedral, oía misa e iba luego
-a ver a su familia. Llevaba todo el dinero que le daban
-a entregárselo a su madre, y luego ella le volvía a dar
-uno o dos francos para el bolsillo, como le decía.</p>
-
-<p>Alvarito se quedaba a comer con los suyos; pero, a
-pesar del amor a la familia, encontraba la comida de
-la calle de los Vascos muy deficiente.</p>
-
-<p>Alvarito nunca había comido como en casa de
-Chipiteguy; probablemente había supuesto, hasta antes
-de entrar en ella, que el estado natural de la
-Humanidad era el del hambre; jamás había visto,
-hasta entonces, aquellos platos de carne suculenta,
-los capones blancos y grasos, los pavos rellenos, los
-pescados sonrosados, las verduras de todas clases,
-las trufas, los espárragos, la mantequilla a discreción,
-los vinos de buena marca que se bebían a pasto, el
-café cargado y aromático y la variedad de licores.</p>
-
-<p>La casa de Chipiteguy le daba al joven Sánchez
-de Mendoza una extraña impresión de cinismo.</p>
-
-<p>¿Cómo se podía vivir así para adentro sin pensar
-para nada en los demás? Le parecía absurdo que se
-pudiera gastar lo que se gastaba allí en comer y
-beber.</p>
-
-<p>El régimen de la familia de Chipiteguy no se parecía
-en nada al de la casa de sus tíos, en la Mancha. Allá,<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span>
-todo pompa, decoro y vida exterior, sin realidad alguna;
-aquí, por el contrario, todo positivo. En la familia
-de Chipiteguy la ostentación no tenía importancia.</p>
-
-<p>Uno de los lugares que maravillaban a Alvarito en
-la casa era la cocina, grande, clara, espaciosa, con
-todos los cacharros bruñidos, en donde ardía el fuego
-desde la mañana hasta la noche. La cocina se consideraba
-como lo más trascendental de toda la casa; allí
-no faltaba nada. En el comedor pasaba lo mismo; los
-muebles no eran elegantes, pero los manteles eran
-magníficos; los cubiertos, de plata maciza; la cristalería,
-muy buena: había dos o tres vajillas de porcelana,
-y una, soberbia, para los días de convite, con los
-bordes de oro.</p>
-
-<p>Alvarito, con el trato de la casa del Reducto, iba
-llenándose y haciéndose macizo y fuerte.</p>
-
-<p>A los tres meses de vivir con la familia de Chipiteguy
-desapareció el aire espiritado y débil que había
-tenido siempre el joven.</p>
-
-<p>Frechón y Claquemain le reprochaban el haber engordado
-y le decían a cada paso que los españoles
-eran unos muertos de hambre, que no comían más
-que garbanzos duros, y eso de tarde en tarde.</p>
-
-<p>Los domingos, después de pasar el día con su familia,
-Alvarito andaba por el pueblo.</p>
-
-<p>Le parecían muy tristes y muy aburridos aquellos
-domingos de Bayona en las calles; pero era peor
-quedarse en su casa.</p>
-
-<p>En el piso, pobre y sombrío, de la obscura calle de
-los Vascos no se respiraba alegría. Su madre estaba
-siempre fregando o limpiando; su hermana Dolores,
-bordaba, y el padre, don Francisco Xavier, charlaba
-constantemente de política, del carlismo, y, sobre todo,
-de genealogía y de blasón.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span></p>
-
-<p>El señor Sánchez de Mendoza andaba a vueltas
-con los escudos de su familia y con aquella barra de
-bastardía que aparecía en unos Pérez del Olmo, antecesores
-suyos.</p>
-
-<p>Al anochecer encendían en el comedor una palmatoria
-de aceite, que daba luz de ánimas benditas.</p>
-
-<p>De noche no se hacía fuego en la cocina de la casa
-del hidalgo y se comía frío. Alvarito veía cómo su
-madre ponía en la mesa unos platos desconchados,
-unas tazas desportilladas, tres vasos diferentes y los
-cubiertos de metal.</p>
-
-<p>Alvarito veía que, si cenaba allí, su padre no se
-lo agradecía, porque mermaba la cantidad de la comida,
-ya escasa.</p>
-
-<p>El chico se despedía de su familia e iba hacia la
-plaza del Reducto.</p>
-
-<p>Le parecía muy triste el anochecer de Bayona, a
-orillas del Adour, en las avenidas marinas y en las
-de Boufflers.</p>
-
-<p>El río se extendía ancho, como de plata; los embarcaderos
-de maderas negras de algunos almacenes
-del barrio de Saint Esprit, alzaban sus brazos giratorios,
-con sus poleas en la punta; la Ciudadela, en
-la orilla derecha del Adour, se levantaba, con su muralla
-gris, sobre una colina verde, con taludes de
-hierba.</p>
-
-<p>Aquel río, casi desierto, con pocos barcos, se extendía
-tranquilo, con un color de perla. En el fondo, hacia
-su desembocadura, se veía una línea de colinas bajas
-con árboles, algunas gentes en los bancos y algunos
-pescadores, inmóviles, con la caña en la mano.</p>
-
-<p>A veces, en los anocheceres espléndidos, con el
-cielo de color de rosa y lleno de nubes incendiadas,
-el río ancho tomaba reflejos de escarlata y de nácar.
-En el otoño, en los días de bruma, todos los objetos<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span>
-adquirían un aire espectral, principalmente los barcos
-amarrados al muelle.</p>
-
-<p>Alvarito se veía muchas veces invadido por la tristeza
-de aquellos crepúsculos; pero luchaba con ella
-como podía. En ocasiones, al llegar delante de la casa
-algún día de lluvia, oía que Manón tocaba el piano.
-En vez de subir, se detenía en la plaza del Reducto,
-mojándose y soñando.</p>
-
-<p>¡Qué de cosas no hubiera hecho él para conquistarla!
-En un momento inventaba mil intrigas de novelas
-de aventuras, tan imposibles las unas como las
-otras. Luego pensaba con tristeza que no tenía medios
-de atraer a Manón.</p>
-
-<p>De noche, después de cenar, se asomaba a la ventana
-de su guardilla, fumaba y fantaseaba, veía enfrente
-el Reducto con sus tejados, sus murallas y sus
-garitas, y el río de aguas obscuras, verdaderamente
-siniestro. Era un espectáculo sombrío y amenazador
-el contemplar de noche cómo las aguas negras del Nive
-iban entrando, de una manera silenciosa y con un murmullo
-confuso, en el ancho cauce, igualmente negro,
-del Adour.</p>
-
-<p>Los días de temporal, en la casa del Reducto, azotaba
-mucho el viento, sobre todo del Noroeste. De
-noche se le oía zumbar y silbar, y a veces lamentarse
-con sus quejidos tristes. En la guardilla donde dormía
-Alvarito resonaban las gotas de lluvia en el tejado,
-haciendo un ruido metálico, agradable para
-oirlo desde la cama.</p>
-
-<p>Al cabo de una temporada, Alvarito tenía partidarios
-en la casa del Reducto; Chipiteguy le consideraba
-mucho; la andre Mari y la Tomascha estaban
-de su parte, porque era obediente y no faltaba nunca
-a la misa del domingo; Manón le trataba con cierto
-desdén amistoso, como si creyera que no valía la pena<span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span>
-de perder el tiempo hablando con un jovencito insignificante.
-Ella se colocaba en la actitud de una
-muchacha al lado de un niño.</p>
-
-<p>Manón le prestó a Alvarito varios libros. El tenía
-paciencia y ganas de ilustrarse, y leyó <i>Los Mártires</i>,
-de Chateaubriand; el <i>Viaje del joven Anacharsis</i>,
-el <i>Telémaco</i> y otros libros enfáticos, capaces de hacer
-dormir de pie al más predispuesto al insomnio.</p>
-
-<p>Después de esta lectura desabrida, el <i>Robinsón
-Crusoé</i> le gustó muchísimo.</p>
-
-<p>Frechón le dijo que debía leer unos tomos que tenía
-Chipiteguy en su despacho, <i>Los crímenes de los
-Reyes de Francia, desde Clodoveo hasta Luis XVI</i>,
-y <i>Los crímenes de los Papas, desde San Pedro hasta
-Pío VI</i>, obras las dos de La Vicomterie de Saint-Samson,
-escritas con mucho fuego, y que produjeron,
-al ser publicadas, gran escándalo. También leyó, por
-consejo de Frechón, los folletos de Pablo Luis Courier,
-y más tarde el <i>Quijote</i>, que le hizo mucho efecto
-y le infundió el deseo de leer romances y libros de
-caballería. ¿Pero dónde se encontraban estas novelas
-de caballeros andantes? No lo sabía.</p>
-
-<p>Muchas veces Alvaro recitaba, con voz dolorida,
-el romance del marqués de Mantua, que aparece en
-el <i>Quijote</i>:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">¿Dónde estás, señora mía,</div>
-<div class="line">que no te duele mi mal?</div>
-<div class="line">O no lo sabes, señora,</div>
-<div class="line">o eres falsa y desleal.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Y al recitar este romance pensaba en Manón.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>SEGUNDA PARTE<br />
-EL SIMANCAS</h2>
-
-
-<h3 id="II_I">I<br />
-MANIOBRAS DE AVIRANETA</h3></div>
-
-
-<p>Aquí el autor tendría que comenzar esta parte pidiendo
-perdón a los manes de Aristóteles, porque va
-a dejar a un lado, en su novela, las tres célebres unidades:
-tiempo, lugar y acción, respetables como tres
-abadesas o tres damas de palacio con sus almohadas
-y sus colchas correspondientes. El autor va a seguir
-su relato y a marchar a campo traviesa, haciendo una
-trenza, más o menos hábil, con un ramal histórico y
-otros novelescos. ¡Qué diablo! Está uno metido en
-las encrucijadas de una larga novela histórica y tiene
-uno que llevar del ramal a su narración hasta el fin.</p>
-
-<p>Iremos, pues, así mal que bien, unas veces tropezando
-en los matorrales de la fantasía, y otras, hundiéndonos
-en el pantano de la historia.</p>
-
-<p>Antes de los acontecimientos sangrientos de Estella,
-en donde perdieron la vida cuatro generales carlistas,
-había Aviraneta comenzado a organizar su
-acción contra el carlismo y a hacer propaganda en
-favor de la paz, sobre todo en Guipúzcoa.</p>
-
-<p>Encargó la dirección de la empresa en esta pro<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span>vincia
-a su primo don Lorenzo de Alzate, a Orbegozo
-y al jefe político Amilibia, los tres de San Sebastián,
-que se pusieron a trabajar con actividad en
-la línea de Hernani y de Andoain.</p>
-
-<p>La primera noticia que tuvo Aviraneta de la escisión
-que se iba produciendo en el carlismo le vino de
-la Corte. Se enteró de que en Madrid, frente a las
-Covachuelas, en una tienda de tiradores y galones,
-vivía una viuda, que se había vuelto a casar con un
-coronel carlista, llamado Calcena, hombre muy activo,
-de armas tomar, amigo de Cabrera, y que mantenía
-correspondencia con el general Aldasoro, que habitaba
-en Bayona.</p>
-
-<p>Este Calcena era un aventurero, un bandido que
-había estado mucho tiempo en América de militar y
-de jugador de ventaja.</p>
-
-<p>Aviraneta indicó al ministro Pita Pizarro la utilidad
-de violar la correspondencia de Calcena y por
-ésta se supo los preparativos que hacían los amigos
-de Arias Teijeiro para deshacerse de Maroto.</p>
-
-<p>La escisión estuvo oculta, para los carlistas, durante
-bastante tiempo, hasta que estalló y se hizo
-pública con los fusilamientos de Estella.</p>
-
-<p>Como estos fusilamientos dejaban triunfantes a
-Maroto y a sus amigos, es decir, daban la victoria
-a los moderados del carlismo sobre los absolutistas,
-Aviraneta indicó al Gobierno de Madrid la táctica
-que debía seguir, resumida en estos consejos: primero,
-intentar promover disensiones entre los marotistas
-que formaban el grupo moderado militar, por
-entonces fuerte y compacto; segundo, apoyar por debajo
-de cuerda a los absolutistas teocráticos e intransigentes
-para que atacaran a los marotistas, y tercero,
-impedir que los carlistas, partidarios de la transacción,
-se entendieran con los cristinos, de tenden<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span>cias
-parecidas, pensamiento que era el que llevaba
-interiormente el padre Cirilo y la princesa de Beira.</p>
-
-<p>A pesar de todas sus alharacas, la facción absolutista
-y teocrática sucumbió tan completamente a los
-golpes de Maroto, por la inercia de sus jefes y la
-cobardía de don Carlos, que todos los esfuerzos para
-reanimar el partido de los puros, así se llamaban ellos
-a sí mismos, y hacer que volvieran a la pelea contra
-los marotistas fueron inútiles. Los hombres más importantes
-de la facción apostólica aceptaron la derrota
-y la humillación, convencidos de que su causa
-estaba perdida.</p>
-
-<p>Los absolutistas puros doblaron la cabeza. No se
-podía contar con ellos.</p>
-
-<p>Por esta época, don Eugenio redactó y mandó imprimir
-una proclama falsa, dirigida a los navarros y
-firmada por el capuchino fray Ignacio de Larraga,
-confesor de don Carlos y uno de los expulsados después
-de los fusilamientos de Estella. Este padre Larraga,
-Pico de Oro, según los baztaneses, era un fraile
-un tanto grotesco. De confesor del duque de Granada,
-que era un viejo beato, lleno de escrúpulos religiosos,
-que rezaba a todas horas, en todos los rincones,
-había pasado a ser confesor de don Carlos, sustituyendo
-a don Pedro Ratón. Se decía que Larraga,
-en el sitio de Zubiri, y el general Ros de Olano lo
-confirmaba, había avanzado hacia los cristinos y les
-había echado una plática pedantesca, en medio de la
-cual, de cuando en cuando, decía con voz tonante:
-"Ego sum Pater Larraga secundum Apostolorum."</p>
-
-<p>En la falsa proclama de Aviraneta, atribuída a Larraga,
-se aseguraba que Maroto y sus compañeros
-estaban vendidos a los liberales, que era lo mismo
-que estar vendidos al demonio.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span>
-La alocución apócrifa terminaba así: "¡Viva la
-Religión! ¡Viva Navarra y sus voluntarios!"</p>
-
-<p>Por entonces también escribió Aviraneta un papel
-que, traducido al vascuence, corrió mucho por las
-provincias. Era la carta fingida que escribía un labrador
-vascongado a un hojalatero, en la cual se intentaba
-sembrar la cizaña entre vascos y castellanos.</p>
-
-<p>En esta carta se hacía la historia de cómo había
-empezado la guerra, y se echaba la culpa de la falta
-del éxito a los castellanos, flojos y poltrones, que para
-andar unas leguas necesitaban macho o burro.</p>
-
-<p>Después de otras explicaciones, maliciosas para el
-vulgo, se aseguraba que los vascongados ansiaban la
-paz, y terminaba la carta con este refrán:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">Naguia bada astoa</div>
-<div class="line">emayoc astazayari eroa,</div>
-<div class="line">edo astoa illa danean,</div>
-<div class="line">garagarra buztanean.</div>
-</div></div></div>
-
-<p class="center">lo que quería decir que: "Al burro lerdo hay que
-darle arriero loco, y al asno muerto, la cebada al
-rabo."</p>
-
-<p class="p2">De aquellas hojas, en vascuence, se introdujeron
-muchas en el campo carlista.</p>
-
-<p>Recomendó también Aviraneta a sus comisionados
-de la línea de Hernani y de Andoain que mandaran
-poner tabernas y merenderos en los alrededores y que
-dejasen pasar sin dificultad hacia el campamento carlista
-a las chicas que quisieran ver a sus novios o a
-sus parientes.</p>
-
-<p>De esta manera comenzaron a entablarse relaciones
-entre los de un campo y los de otro, y corrió por las
-filas carlistas esa idea, casi siempre precursora del
-abandono de una causa, la idea de que se estaban<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span>
-haciendo componendas, a espaldas del ejército, y de
-que los jefes se preparaban a abandonarles y hacerles
-traición.</p>
-
-<p>Desde entonces, como si se hubiera dado una consigna,
-todo el mundo comenzó a hablar de las penalidades
-de la guerra, de la vida miserable que se hacía,
-de la diferencia de trato entre los oficiales y la
-gente de tropa. La paz comenzó a aparecer como un
-estado de felicidad perfecta.</p>
-
-<p>Los agentes aviranetianos hicieron conocer al pueblo
-y al soldado que el gran obstáculo para obtener
-la paz eran don Carlos y los hojalateros de Castilla,
-el uno ambicioso, y los otros gentes ricas, que no
-sentían la miseria de la guerra con sus rentas bien saneadas
-en fincas del Mediodía y en Bancos extranjeros.</p>
-
-<p>Don Eugenio, por entonces, no descansaba; había
-entrado en correspondencia con un antiguo maestro
-de la niñez, don Mariano Arizmendi, hombre un tanto
-sombrío, de genio adusto, de gran influencia entre
-los personajes carlistas.</p>
-
-<p>No se pusieron del todo de acuerdo Arizmendi y
-él; pero se habló entre ellos, repetidamente, de que
-para terminar la guerra era indispensable un convenio,
-palabra que corrió por el campo carlista y por
-el liberal.</p>
-
-<p>Sin duda, en aquel momento, la palabra convenio
-condensaba las aspiraciones de los partidos. Los cristinos
-no se podían considerar triunfantes en la guerra,
-ni los carlistas completamente vencidos; era,
-pues, indispensable que unos y otros cedieran algo
-en sus respectivos puntos de vista.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo que se verificaba aquella transformación
-en las ideas, don Eugenio iba preparando
-los documentos falsos que había de utilizar en el le<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span>gajo
-que pensaba introducir en la corte de don Carlos.
-A este legajo llamaba el Simancas.</p>
-
-<p>A pesar de que la Junta Carlista de Bayona le espiaba
-constantemente y le seguía los pasos, don Eugenio
-tenía relaciones con algunos de los carlistas
-más perspicuos.</p>
-
-<p>Una de las personas que le dieron datos acerca de
-las divisiones y rencillas del campo de don Carlos
-fué don Manuel Mazarambros, ex relator del Consejo
-de Castilla. Mazarambros, persona inteligente,
-estaba enfermo, hipocondriaco, y no quería tomar
-parte activa en la política. Mazarambros se hallaba
-en correspondencia con el intendente Arizaga, hombre
-corrompido, muy sagaz, de mucho cuidado, uno
-de los amigos y consejeros de Maroto, y por él llegaba
-a saber Aviraneta lo que se pensaba en el Cuartel
-General. También se aprovechó don Eugenio de
-las indicaciones de su amigo Vinuesa.</p>
-
-<p>Cuando los expulsados por Maroto llegaron a Francia,
-Aviraneta tenía confidentes en los dos campos
-carlistas y sabía día por día y hora por hora lo que
-hacían los unos y los otros.</p>
-
-<p>La acción de los marotistas era más pública y había
-informes oficiales de ella; la de los antimarotistas,
-más secreta.</p>
-
-<p>Don Eugenio estaba en relación con el coronel
-Aguirre, uno de los antimarotistas exaltados, y éste
-le escribía a la semana dos o tres veces. Lo mismo
-hacían Bertache y Orejón.</p>
-
-<p>Para las intrigas de los antimarotistas de Bayona
-contaba con María de Taboada y con don Francisco
-Xavier Sánchez de Mendoza, a quien Aviraneta había
-conocido por Alvarito, y al que convidaba a comer
-algunas veces en la posada de Iturri, de la calle
-de los Vascos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>
-Pero aún tenía don Eugenio otros informes. Los
-fanáticos intransigentes, enemigos de Maroto, habían
-formado sociedades secretas, verdaderos clubs, en los
-cuales se conspiraba de continuo contra el general.</p>
-
-<p>Los dos clubs principales antimarotistas estaban:
-uno, en Azpeitia, y el otro, en Tolosa.</p>
-
-<p>En el de Azpeitia, Aviraneta tenía como confidente
-a un tal Odriozola, capitán del ejército carlista, hombre
-ya viejo, que había estado en América, donde
-perdió la carrera por jugador, y que atribuía su desgracia
-a Maroto; en el de Tolosa, un oficial llamado
-Rezusta, que odiaba a Maroto por su poca religión,
-lo que no era obstáculo para que él mismo fuera uno
-de los oficiales más descreídos del ejército de don
-Carlos.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="II_II">II<br />
-LOS ENEMIGOS</h3></div>
-
-
-<p>Aviraneta tenía muchos enemigos en Bayona. Los
-carlistas desconfiaban de él, y, aunque no sabían por
-quién ni por qué trabajaba, claramente comprendían
-que no era para ellos. Al mismo tiempo, Valdés, el
-de los gatos, Salvador y Martínez López, lo desacreditaban
-en todas partes. La pretensión de Aviraneta
-de ser un patriota y un liberal entusiasta, de convicciones,
-les ofendía profundamente. Ellos, granjeros
-sistemáticos, iban con el que más pagara. Les parecía
-muy natural cambiar de partido, si esto les convenía.
-Martínez López escribía libelos a favor o en
-contra. El último lo hizo adulando descaradamente
-al conde de San Luis, poco antes de la Revolución
-de 1854.</p>
-
-<p>En el Consulado de España todos eran enemigos
-de don Eugenio, comenzando por el cónsul Gamboa.</p>
-
-<p>Este tenía, por entonces, un agente que era su brazo
-derecho, don Prudencio Nenín, antiguo comerciante
-de Bilbao, establecido en Bayona, hombre activo y
-enérgico. Nenín tenía negocios con el cónsul, había
-intervenido en la primera empresa de Muñagorri y
-vivía en la fonda de Francia.</p>
-
-<p>A esta fonda se había trasladado también por en<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span>tonces
-Aviraneta, comprendiendo que era más fácil
-entrar y salir en un hotel, sin ser espiado, que en una
-casa particular.</p>
-
-<p>Nenín andaba siempre detrás de Aviraneta, siguiéndole
-los pasos, cosa que desagradaba profundamente
-a don Eugenio; este espionaje de los liberales,
-de los suyos, no lo podía resistir.</p>
-
-<p>Por entonces apareció en la fonda un matrimonio
-algo misterioso: el conde y la condesa de Hervilly,
-a quienes Nenín comenzó a acompañar constantemente.</p>
-
-<p>El conde parecía un hombre extraño, triste, de aire
-siniestro, muy atildado, siempre con guantes. Tenía
-una cara pálida, fina, de hombre inteligente; una voz
-opaca y sin timbre, y hablaba de una manera un tanto
-fría y desdeñosa.</p>
-
-<p>Se decía que era hijo o sobrino de un general francés
-legitimista, del mismo título, y, según se afirmó,
-pensaba entrar en España y alistarse en el ejército
-carlista, cosa un poco rara, porque cojeaba bastante
-al andar.</p>
-
-<p>El conde formaba en el grupo de aristócratas extranjeros
-legitimistas que se consideraban con derecho
-a intervenir en España. A la cabeza de este grupo se
-hallaba el príncipe de Lichnowsky.</p>
-
-<p>El príncipe de Lichnowsky era un alemán orgulloso,
-fantástico. Creía que su título de príncipe le
-autorizaba a todo. Pasó en España una larga temporada
-en las filas carlistas. Unos años después de la
-guerra, estando en su país, cuando la revolución
-de 1848, le hicieron miembro del Parlamento de Francfort.
-Allí pretendió tratar con desprecio y con altivez
-a los republicanos, y en un motín popular le mataron
-en las calles.</p>
-
-<p>El conde de Hervilly era un legitimista, un rea<span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span>lista,
-para quien el mundo tenía dos hemisferios:
-uno, el de los aristócratas, con todos los derechos, y
-otro, el de los no aristócratas, con todos los deberes.</p>
-
-<p>La condesa de Hervilly, mujer muy guapa, cubana
-o mejicana, hablaba el castellano y el francés a la
-perfección.</p>
-
-<p>Nenín presentó Aviraneta al conde y a la condesa.
-A don Eugenio le dieron los dos una impresión de
-misterio, de desconfianza. Le chocó que tuviera ella
-deseos de intimar con él. El conspirador no era vanidoso
-y sabía muy bien que no estaba en el caso de
-hacer efecto en las mujeres. La curiosidad que manifestó
-la condesa de Hervilly por su vida le impulsó
-a enterarse de quién era aquella señora curiosa.</p>
-
-<p>Pidió a los mozos del hotel y a la dueña informes
-de la dama. La pintaron como una persona extraña,
-de gustos exóticos, perezosa, ardiente, muy caprichosa.
-Le gustaban mucho las flores, los perfumes, el
-vivir perezoso e indolente.</p>
-
-<p>Se llamaba Sonia. Unos decían que era cubana,
-otros que haitiana, otros que gitana y otros que judía
-o rusa. Al parecer, tenía al marido dominado.</p>
-
-<p>¿Qué hacía este matrimonio en Bayona? ¿Por qué
-estaban allí? ¿Qué esperaban? Los del hotel no lo
-sabían.</p>
-
-<p>La condesa de Hervilly aparecía en el comedor del
-hotel acompañada de su esposo y de Nenín y visitaba
-con su marido el Consulado de España.</p>
-
-<p>El conde se manifestaba siempre muy amable y
-galante con su mujer.</p>
-
-<p>Aviraneta pensó que, si había alguien en Bayona
-que supiera algo de aquellos condes misteriosos, tenía
-que ser Luci Belz, la empleada de la fonda del
-Comercio, y fué a verla.</p>
-
-<p>Luci Belz le dijo que se decía que la condesa de<span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span>
-Hervilly era una aventurera, cómica o bailarina, que
-había tenido muchos líos. No era fácil comprender
-si el señor conde estaba enterado de las aventuras de
-su mujer; pero, al parecer, no lo estaba.</p>
-
-<p>&mdash;Yo me he de enterar mejor&mdash;concluyó diciendo
-Luci.</p>
-
-<p>Unos días después, la empleada del hotel del Comercio
-llamó a Aviraneta. Se había enterado de varias
-cosas. El conde de Hervilly, según se decía, era
-un hombre un tanto monstruoso: le faltaba casi por
-completo una pierna y llevaba para andar una de
-goma. De sus dos manos, la izquierda era como la
-de un pato, con una membrana entre dedo y dedo;
-en cambio, la derecha era de una fuerza enorme. Si
-alguna vez el conde se caía, rehusaba ayuda para que
-no notasen que le faltaba la pierna. El explicaba su
-torpeza diciendo que estaba reumático. Sobre aquel
-cuerpo estropeado, el conde tenía una cabeza distinguida;
-pero, al parecer, esta cabeza no tenía pelo y
-lo sustituía una peluca entre gris y negra. El conde
-se ocupaba de algunos trabajos históricos y pasaba
-mucho tiempo encerrado en su cuarto. El conde trataba
-a la condesa con gran galantería y ella tenía
-también para él muchas atenciones.</p>
-
-<p>Poco después, doña Paca Falcón, que era amiga
-de Aviraneta y estaba enterada de la vida de toda la
-gente de Bayona, le contó que se decía que el conde
-de Hervilly había conocido a Sonia, su mujer, en
-París, donde vivía con un tabaquero cubano, que
-pasaba por tío suyo; pero que, al parecer, era su
-amante. El conde quedó enamorado de ella como un
-loco, al verla, y a los dos días pidió su mano.</p>
-
-<p>Ella parece que le contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Consúltelo usted con mi tío.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span>
-El conde fué a ver al tabaquero y éste le dijo con
-marcado acento de mal humor:</p>
-
-<p>&mdash;Esta muchacha no es mi sobrina, sino mi querida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Así que usted no tiene ninguna autoridad ni
-derecho sobre ella?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, ninguno.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien.</p>
-
-<p>Al día siguiente, Hervilly pidió a Sonia que se casara
-con él y se casaron. Al poco tiempo el conde se
-desafió con el tabaquero y lo mató de un tiro.</p>
-
-<p>La historia le pareció bastante extraña a Aviraneta.</p>
-
-<p>La condesa tenía un criado todo un tipo extraño.
-Era un americano mestizo de indio, moreno, delgado,
-tostado por el sol, con una cara impasible e
-inmóvil, los pies muy chicos y las manos muy pequeñas;
-hombre que hablaba el español, el francés
-y el inglés con perfección, pero muy lánguidamente.
-Se llamaba Fernandito. Aviraneta pensó que debía
-ser mejicano e intentó interrogarle y hablarle de su
-país; pero Fernandito el indio no contestó. Este
-autómata no parecía tener vida más que ante sus señores.</p>
-
-<p>La Falcón le contó a Aviraneta que se decía que
-a Fernandito, Sonia le había encontrado una noche
-en una calle de París, tendido en un banco, abandonado
-y gravemente enfermo.</p>
-
-<p>Sonia parece que lo llevó a su casa, lo cuidó y lo
-salvó, y desde entonces el indio se había convertido
-en un perro de presa de aquella mujer, por la que
-tenía un entusiasmo sin límites. Todos estos detalles
-no eran para tranquilizar ni inspirar confianza en
-aquella gente.</p>
-
-<p>Días después Aviraneta vió en el comedor de la<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span>
-fonda de Francia a la condesa de Hervilly con la señora
-de Vargas. El se inclinó ceremoniosamente y
-ellas le saludaron, sonriendo; pero don Eugenio no
-quedó muy tranquilo. Ya sabía que Fermina se creía
-con motivo para odiarle; pero la otra, la condesa,
-¿qué motivo podía tener contra él?</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p>
-
-<h3 id="II_III">III<br />
-LOS EXPULSADOS</h3></div>
-
-
-<p>Unos días después de los fusilamientos de Estella
-fueron expulsados como intrigantes, por Maroto, más
-de treinta personas de las principales de la corte de
-don Carlos, que pertenecían al partido apostólico.
-Estas personas marcharon a Francia, escoltadas por
-una compañía alavesa, al mando del general Urbiztondo,
-que llevaba como ayudantes al coronel Eguía
-y al teniente coronel Errazquin.</p>
-
-<p>Al llegar a Vera hubo entre los desterrados grandes
-discusiones y protestas. Estaban allí el obispo Abarca
-con su secretario Pecondón, el canónigo guerrillero
-don Juan Echevarría, don José Arias Teijeiro, los
-generales Uranga, Mazarrasa y García; el brigadier
-Valmaseda, el padre Larraga, el médico don Teodoro
-Gelos, cirujano de don Carlos; el padre Domingo de
-San José, predicador del Real. Estaban también don
-Diego Miguel García, el que había sido confidente del
-general González Moreno, cuando se preparó la emboscada
-a Torrijos en Málaga, y doña Jacinta Pérez
-de Soñanes, alias "la Obispa".</p>
-
-<p>Al pisar el suelo francés, cada uno de los desterrados
-expuso su preocupación. Arias Teijeiro, el galleguito
-herborizador, ardía por vengarse de Maroto y<span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span>
-pensaba marchar cuanto antes a reunirse con Cabrera
-en el Maestrazgo; el canónigo don Juan Echevarría
-esperaba sublevar las tropas navarras contra Maroto
-y apoderarse del Poder; don Diego Miguel García
-se preocupaba únicamente de sus maletas, llenas de
-dinero; doña Jacinta pensaba en su querido obispo
-de León y éste hablaba de los dolores del Crucificado,
-considerando, sin duda, sus gruesas nalgas y su abdómen
-piriforme como semidivinos; Arias Teijeiro
-habló a todos sus partidarios, dándoles instrucciones,
-y como el coronel Aguirre quería volver al valle de
-Araquil, donde estaban acantonadas las tropas que
-mandaba él, le instó a que abandonara el proyecto
-y entrara en Francia, pues de lo contrario se exponía
-a que Maroto le hiciera fusilar, abriendo de nuevo la
-causa por la muerte del brigadier Cabañas, en la que
-Aguirre estaba complicado.</p>
-
-<p>Aguirre se decidió por ir a San Juan Pie de
-Puerto a esperar el levantamiento anunciado de los
-apostólicos y los demás personajes se dirigieron a San
-Juan de Luz, desde donde el Gobierno francés los envió
-a distintos puntos próximos.</p>
-
-<p>Al parecer, el general Urbiztondo, al llegar a la raya
-de la frontera, se despidió de los carlistas con gran
-indiferencia, lo que indignó a los desterrados, que a
-voz en grito le acusaron de traidor.</p>
-
-<p>Don Antonio de Urbiztondo y Eguía, el donostiarra,
-era poco clerical, y, a pesar de estar entre las filas
-carlistas, se le tenía por contagiado con el liberalismo
-y por francmasón.</p>
-
-<p>Sus ascendientes, los Urbiztondos, de San Sebastián,
-habían sido revolucionarios y afrancesados, hasta
-el punto de trabajar por la separación de Guipúzcoa
-de España y su incorporación a la República Francesa
-durante la primera revolución, por lo que fueron<span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span>
-condenados a penas graves por un Consejo de guerra
-español.</p>
-
-<p>Don Antonio de Urbiztondo tenía la levadura liberal.
-Se contaba que en un pueblo de Cataluña, donde
-mandaba como general las tropas catalanas, alojó en
-un convento algunos de sus soldados y pensó llevarse
-las cañerías y los cacharros de plomo que encontró
-allí para fundir balas.</p>
-
-<p>El delegado castrense por don Carlos en el Principado,
-que era el obispo de Mondoñedo, negó el
-permiso para ambas cosas, considerando la tentativa
-una irreverencia y un sacrilegio, y Urbiztondo, con
-gran desdén, contestó: "Que únicamente así se podía
-hacer la guerra; que si hubiera objetos de plomo
-en las iglesias se apoderaría de ellos, aunque se ofendiera
-el obispo, y que se llevaría, con permiso o sin él,
-hasta las zapatillas del Papa, si eran de plomo".</p>
-
-<p>Estas palabras produjeron en el partido carlista un
-asombro y una indignación, que fueron, en parte, causa
-de que Urbiztondo estuviera mucho tiempo de cuartel,
-hasta que Maroto, nombrado general en jefe, le
-llevó de nuevo al servicio activo.</p>
-
-<p>Urbiztondo, por equivocación, había sido carlista.
-Era un militar inteligente, hombre de mucho nervio.
-Fué de los buenos generales del carlismo. Pasado al
-ejército de la Reina, después del Convenio de Vergara,
-fué capitán general de Filipinas, en cuyo mando
-estuvo muy acertado; después, ministro de la Guerra
-con Narváez, en 1856, y al año siguiente murió en un
-duelo en un salón del Palacio Real, por una cuestión de
-etiqueta, batiéndose con un oficial que le había prohibido
-la entrada. Al menos esta fué la voz popular.</p>
-
-<p>&mdash;Probablemente&mdash;dijo Urbiztondo a los desterrados,
-al llegar a la frontera&mdash;, pronto tendré yo
-también que venirme a Francia.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span>
-&mdash;Es muy posible&mdash;le contestó doña Jacinta de
-Soñanes, "la Obispa", con retintín&mdash;; pero no será
-por la misma causa que nosotros ni por el mismo camino.</p>
-
-<p>&mdash;Si es posible, que salga por Behovia&mdash;replicó
-el general, sin dar ninguna importancia a la alusión.</p>
-
-<p>Esto ocurría a principios de marzo.</p>
-
-<p>Ya habían llegado a San Juan de Luz y a Bayona
-los expulsados por Maroto, cuando un día el cónsul
-Gamboa llamó a don Eugenio de Aviraneta y le
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Deseaba mucho hablar con usted y hoy mismo
-pensaba llamarle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa?</p>
-
-<p>&mdash;El subprefecto y yo estamos todavía indecisos,
-sin saber qué partido tomar con los personajes carlistas
-expulsados por Maroto.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, ¿por qué?</p>
-
-<p>&mdash;El subprefecto es de opinión que se interne a
-esos carlistas a cuarenta o cincuenta leguas de la frontera.
-Yo no sé qué hacer. He preguntado al Gobierno,
-que no contesta. ¿A usted, qué le parece?</p>
-
-<p>&mdash;Hay que dejarles vivir en la frontera&mdash;contestó
-don Eugenio&mdash;. ¿Para qué internarlos? El vigilar a
-un político, no teniéndole encerrado en la cárcel, es
-imposible. Además, estos emigrados, con sus maniobras,
-nos han de ser útiles a nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted...?</p>
-
-<p>&mdash;Claro que sí. A nosotros no nos pueden hacer
-daño alguno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Supone usted que conspirarán?</p>
-
-<p>&mdash;Están conspirando ya.</p>
-
-<p>&mdash;¿Contra quién?</p>
-
-<p>&mdash;¡Contra quién ha de ser: contra Maroto!</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted supone que eso nos conviene?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span>
-&mdash;Claro que sí. Hoy, Maroto es la única fuerza
-respetable del carlismo. Alejar de la frontera ese foco
-de discordia para los enemigos sería una verdadera
-tontería.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Quizá tenga usted razón. ¿Usted cree que esa
-gente tiene algún plan determinado?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; sus propósitos son sublevar los batallones navarros
-contra Maroto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién los dirige?</p>
-
-<p>&mdash;El principal caudillo es el cura Echevarría.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted cree que alcanzarán su objeto?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que se sublevarán más pronto o más tarde.</p>
-
-<p>&mdash;Su éxito no sería un bien para nosotros. Harían
-de nuevo la guerra cruel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! No tendrán éxito. No harán más que dividirse.</p>
-
-<p>Gamboa comprendía que lo que le decía Aviraneta
-era muy lógico y decidió indicar al subprefecto que
-no se molestara a los desterrados.</p>
-
-<p>Esta fué la razón por la cual las autoridades francesas
-dejaron en Guethary al obispo de León; en Bayona
-y sus alrededores, al cura Echevarría, a don
-Basilio y a otros jefes carlistas y al coronel Aguirre,
-en San Juan Pie de Puerto; determinaciones todas
-que los periódicos de Madrid comentaron con la
-petulancia y la tontería habitual en ellos.</p>
-
-<p>Don Eugenio no dijo a Gamboa que alguno de
-aquellos carlistas trabajaban secretamente para él, y
-que el coronel Aguirre, comandante del quinto batallón
-de Navarra, fanático apostólico e intransigente,
-en cuyo batallón servían de oficiales García Orejón,
-Luis Arreche (Bertache), y otros muchos, estaba
-subvencionado por el Gobierno de la Reina para
-sublevar las tropas contra Maroto.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span></p>
-
-<h3 id="II_IV">IV<br />
-LA TERTULIA DEL ABATE MIÑANO</h3></div>
-
-
-<p>Por entonces, uno de los centros de los expulsados
-por Maroto comenzó a ser la casa de campo que tenía
-en los alrededores de Bayona don Sebastián Miñano.</p>
-
-<p>Miñano el elegante, el antiguo abate afrancesado,
-el antiguo secretario del mariscal Soult, era un escéptico,
-un volteriano, que no creía en nada; pero
-como todos los escépticos, se inclinaba en su madurez
-al despotismo, por considerar que era un sistema
-de vida más tranquilo, más reposado y menos turbulento
-que el régimen liberal.</p>
-
-<p>Miñano vivía con mucha comodidad y cobraba de
-los dos bandos, del carlista y del cristino; para los
-dos era casi un oráculo.</p>
-
-<p>El abate protegía a su hijo natural don Eugenio
-de Ochoa, que llevaba una vida de joven rico en
-Francia.</p>
-
-<p>La casa de Miñano tenía gran interés para aquellos
-carlistas, la mayoría bárbaros y cerriles, que venían
-del campo; allí hablaban con legitimistas franceses
-elegantes, perfumados y con los bigotes llenos
-de cosmético, con moderados españoles, con gacetilleros
-y hasta con damas distinguidas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span>
-Muchas veces iban a saludar a Miñano, Valdés, el
-de los gatos, que en política era también del género
-epiceno; Salvador, el traidor a la Isabelina y enemigo
-acérrimo de Aviraneta; Martínez López, el libelista,
-agricultor y gramático; don Vicente González Arnao
-y su secretario Pagés; Muñagorri, el cónsul Gamboa
-y todos los españoles influyentes que se encontraban
-en Bayona.</p>
-
-<p>Formaban con frecuencia juntas carlistas en casa
-de Miñano, el obispo Abarca, el cura Echevarría,
-Lamas Pardo, don Basilio, los Labanderos, doña Jacinta
-Soñanes, alias "la Obispa", y otros.</p>
-
-<p>Generalmente se avisaban con antelación, se discutía,
-y al último, el abate era el que decidía casi siempre
-las cuestiones. No se acordaban los expulsados
-de que Miñano era el autor de las cartas del Pobrecito
-Holgazán, que tanto contribuyeron en España
-a desacreditar al clero, y sobre todo a los frailes, ni
-de que había sido afrancesado y liberal.</p>
-
-<p>El obispo de León, don Joaquín Abarca, que tenía
-su residencia de emigrado en Guethary, era un señor
-grueso, aragonés, pedante y sabihondo, que se creía
-una lumbrera. Vestía hábito, con ribetes de violeta;
-tenía por secretario a un intrigante que se llamaba
-Ramón Pecondón, y como inspiradora o Ninfa Egeria
-a doña Jacinta de Soñanes, alias "la Obispa",
-que se desvivía porque a Su Ilustrísima no le faltase
-el chocolate o el caldo a su hora.</p>
-
-<p>El obispo de León estaba muy preocupado con la
-marcha de los acontecimientos; pensaba que había
-disminuído su prestigio personal en el campo carlista
-y esto lo achacaba a manejos de Maroto, a quien
-odiaba evangélicamente.</p>
-
-<p>Abarca le tenía mucho miedo a su secretario Pe<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span>condón
-y algunas cuestiones reservadas las trataba
-sólo cuando Pecondón no estaba delante.</p>
-
-<p>El otro cantertulio, don Diego Miguel García, era
-hombre de ojos hundidos, cejas espesas, mirada oblicua
-y sonrisa fina y sarcástica.</p>
-
-<p>García era hombre de sangre y de cieno que no
-había pensado nunca más que en reunir oro, fuese
-como fuese. Había sido agente confidencial de Fernando
-VII durante mucho tiempo en sus intrigas
-tenebrosas con Regato, Salvador y otros tipos de
-reptiles de la misma índole. García fué el que le engañó
-a Torrijos en Málaga, valiéndose de un coronel,
-que pasaba por liberal. Este llevó a la playa a los
-liberales y les entregó al general González Moreno.
-García era entonces de la sociedad teocrática el Angel
-Exterminador.</p>
-
-<p>Labandero, el padre, era hombre débil y mediocre,
-que no tenía agresividad ninguna, y que se lamentaba
-constantemente de sus enfermedades y de sus desgracias.</p>
-
-<p>El cura Echevarría, el ex canónigo de los Arcos,
-era un bárbaro; fuerte, rojo, robusto, muy corpulento,
-de formas atléticas. Se le veía pasar con frecuencia
-por las calles de Bayona con un redingote
-negro y un sombrero de copa como un tubo. El cura
-Echevarría parecía rebosar salud; sus mejillas, infladas,
-tenían el color de las manzanas y sus ojos eran
-negros y brillantes.</p>
-
-<p>El cura Echevarría era un tipo de estos de franqueza
-simulada, que se da mucho entre aragoneses
-y navarros de la Ribera. Toda esta supuesta franqueza
-consiste en hablar en un tono rudo; pero no
-pasa de ahí, porque debajo del tono rudo las gentes
-saben emplear la maquinación y la perfidia como los
-hombres de las demás regiones y de los demás países.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span>
-El cura Echevarría era terco y bruto con los inferiores
-y adulador de los más rastreros y serviles de
-don Carlos; había vivido durante toda la guerra civil
-como un príncipe, siempre en banquetes, fiestas, viajes
-y ceremonias. Era el agente de los navarros y
-tuteaba a todos los oficiales y trataba a la gente con
-un despotismo bárbaro.</p>
-
-<p>El cura Echevarría y Abarca, el obispo de León,
-visitaron varias veces a don Sebastián Miñano y le
-pidieron consejo. A todo trance querían los dos eclesiásticos
-sublevar los batallones navarros contra Maroto
-y establecer en el Real un Gobierno teocrático;
-pero querían hacerlo con las mayores garantías posibles.</p>
-
-<p>Para estos católicos absolutistas la cuestión principal
-en su partido era la lealtad al Rey; se consideraban
-como criados del Monarca y pensaban que ser leales
-a su persona era el mejor homenaje a la causa. El ser
-inteligente o capaz, esto era accesorio para los dos
-eclesiásticos.</p>
-
-<p>Ellos comenzaban a pensar que Maroto, victorioso,
-no se diferenciaría gran cosa del Espartero, y que no
-valía la pena de hacer la guerra para un resultado parecido.</p>
-
-<p>Miñano les aconsejaba la calma para encontrar una
-buena ocasión de intervenir. El abate, con su diplomacia
-y su labia, se había convertido en un oráculo para
-los carlistas intransigentes, como lo era también para
-los cristinos moderados.</p>
-
-<p>Cosa extraña. El antiguo abate, ex prebendado de
-Sevilla, ex secretario de Soult, ex constitucional, ex
-anticlerical, ex periodista de <i>El Censor</i>, ex geógrafo,
-se había hecho protestante; era lector de Víctor Hugo,
-Balzac y Sainte Beuve, y traducía por entonces la<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span>
-<i>Historia de la Revolución Francesa</i>, de Thiers, para
-el impresor Baroja, de San Sebastián.</p>
-
-<p>De acuerdo con el centro apostólico y antimarotista,
-una veces, y otras en contra, funcionaba la tertulia
-del marqués de la Lalande. Era una tertulia de aristócratas,
-de legitimistas y de extranjeros. A ella pertenecían
-el conde de Hervilly, el barón de Batz, Montgaillard
-y el intendente Arizaga. Había entre ellos
-personas inteligentes y su jefe en el campo carlista
-era el príncipe de Licknowsky. Este grupo hizo un
-proyecto de transacción con el asentimiento de Maroto.
-Se quiso que lord John Hay diera su anuencia
-al plan; pero al último, y después de vacilar mucho,
-el lord marino no la dió.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span></p>
-
-<h3 id="II_V">V<br />
-PRIMEROS EFECTOS DE SIMANCAS</h3></div>
-
-
-<p>En aquellas circunstancias, Aviraneta vió con claridad
-que el núcleo fuerte del carlismo se encontraba
-en Maroto y su gente. Si se quería deshacer el carlismo
-había que atacar a Maroto por todos los medios
-posibles.</p>
-
-<p>Era el momento de introducir el Simancas, el conjunto
-de documentos falsos fabricados por Aviraneta
-en el Real de don Carlos.</p>
-
-<p>La cosa no era fácil; había que hacer que el Simancas
-pasara a manos del Pretendiente, como si llegara
-del campo carlista; sin producir desconfianza alguna
-acerca de su autenticidad, legitimando su procedencia.
-¿Quién podía llevar los documentos? Un
-partidario de la Reina sería sospechoso para la gente
-del Real; un carlista, ganado por dinero, muy expuesto.
-Sólo un legitimista francés que hubiese estado
-a sueldo podía desempeñar con relativa facilidad esta
-misión peligrosa, para la cual indudablemente se necesitaba
-valor y perspicacia.</p>
-
-<p>Aviraneta había conocido a Frechón, el dependiente
-de Chipiteguy, en la casa del Reducto y había hablado
-con él en la posada de Iturri. Pensó que quizá él le
-podría servir.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span>
-Don Eugenio le llamó, le halagó un poco, le escuchó
-con atención, y le dijo que volviera, quizá entre los
-dos podrían hacer un buen negocio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted se atrevería a ir a España con una comisión?&mdash;le
-preguntó Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;No; ahora no puedo ir.</p>
-
-<p>&mdash;¿No tiene usted algún conocido de confianza para
-darle un encargo difícil para España?</p>
-
-<p>&mdash;¿Un francés?</p>
-
-<p>&mdash;Sí</p>
-
-<p>&mdash;Tengo un amigo que quizá sirviera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha estado en España?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, muchas veces. Ahora que ha trabajado para
-los carlistas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!</p>
-
-<p>&mdash;Pero lo mismo le da trabajar por los liberales.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y habla español?</p>
-
-<p>&mdash;Tan bien como usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted avisarle?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero, ¿qué gano yo con eso?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, dígame usted qué quiere que le dé por
-la noticia.</p>
-
-<p>&mdash;Nada; yo traeré a ese amigo mañana.</p>
-
-<p>Al día siguiente Frechón se presentó en el Hotel de
-Francia con su amigo, Pablo Roquet.</p>
-
-<p>Roquet era un comerciante que había tenido una
-casa de comisión en Behovia; tipo de hombre de vida
-misteriosa, que hablaba tan bien el español como el
-francés.</p>
-
-<p>Roquet se presentó como un señor amable, de unos
-cuarenta años, moreno, delgado, con el pelo que comenzaba
-a blanquear en las sienes, vestido de negro.
-A pesar de su aspecto relativamente joven, tenía más
-de cincuenta años.</p>
-
-<p>Le citó don Eugenio para el día siguiente; lo tanteó<span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span>
-y vió que era hombre muy hábil y muy insinuante.
-Tomó informes suyos y supo que había quebrado varias
-veces, que era viudo y que vivía con una modista.
-Doña Paca Falcón conocía a esta pareja.</p>
-
-<p>Roquet tenía algo de reptil, quizá sin mucho veneno;
-buscaba el enriquecerse, a poder ser, sin perjudicar a
-nadie. Si se perjudicaba alguien, ¿qué se iba a hacer?
-El torpe que se fastidiara.</p>
-
-<p>Propuso Aviraneta a Roquet que fuera él el encargado
-de introducir en el Real de don Carlos el conjunto
-de documentos falsos, bautizado con el nombre de
-Simancas.</p>
-
-<p>Roquet era, sin duda, persona muy apropiada para
-comisión semejante y comprendió en seguida su importancia.</p>
-
-<p>Roquet exigió al principio mucho dinero y amenazó
-un poco insidiosamente con descubrir el hecho a los
-carlistas. Aviraneta pensó que había dado un paso en
-falso y se alarmó. Por una inspiración momentánea,
-fué a visitar a un antiguo policía retirado, el señor
-Masson, que vivía en una casa de campo de los alrededores
-de Bayona y le pidió datos sobre Roquet.
-Masson se los dió y le mostró una ficha que guardaba
-de él.</p>
-
-<p>Pablo Roquet, llamado Juan Filotier, alias "la Ardilla",
-alias "la Dulzura", había vivido en Burdeos con
-el nombre de García y era conocido en Bayona por Roquet.
-Era un hombre hábil, metido en negocios difíciles.
-Había vivido bordeando el Código Penal hasta
-caer en su red. Había estado procesado varias veces
-por estafa y pasado mucho tiempo en la cárcel. Con
-estos antecedentes, Aviraneta esperó a Roquet a pie
-firme y se entendieron.</p>
-
-<p>Roquet, cuando vió que Aviraneta conocía sus antecedentes,
-se amansó. Aviraneta le dió lo que pudo y<span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span>
-le prometió varias cosas, unas factibles y otras imaginarias.
-Se pusieron de acuerdo Roquet y don Eugenio
-en lo que se había de decir al llevar el Simancas
-al Real de don Carlos. Aviraneta había inventado una
-historia. Era así:</p>
-
-<p>Un legitimista francés de escasos recursos, que habitaba
-en Bayona y que alquilaba un gabinete con su
-alcoba, había tenido como huésped a un español que
-llevaba como equipaje un baúl y una maleta. Este
-español, después de pasar un mes en la casa, tuvo que
-salir precipitadamente y sin equipaje de Bayona; sin
-duda, alguien le perseguía. El español recomendó al
-francés legitimista que le alquilaba el cuarto que tuviera
-cuidado con su baúl y su maleta. Unos días después,
-el hijo del legitimista, un muchacho de diez a
-doce años, jugando, encontró una llave en un rincón,
-ensayó si la llave venía bien para el baúl, lo abrió y
-halló dentro unos documentos y una caja de cartón.
-El chico los miró y se los enseñó a su padre, que se
-enteró de lo que eran. El legitimista, por un lado, quería
-que lo que había descubierto por casualidad sirviera
-a don Carlos; pero por otro, no quería aparecer
-como un hombre capaz de un abuso de confianza...</p>
-
-<p>&mdash;Está bien&mdash;dijo Roquet al oír la explicación.</p>
-
-<p>Ya puestos de acuerdo los dos, don Eugenio escribió
-una nota para que Roquet se la entregara a los
-jefes Lanz y Soroa, que ya de antemano habían estado
-en relaciones con él y que eran de los afiliados al partido
-apostólico.</p>
-
-<p>Les decía en la nota lo siguiente:</p>
-
-<p>"Existe una trama infernal contra don Carlos, de
-la cual es jefe Maroto. Maroto proyecta inutilizar para
-siempre a Carlos V. Esta conjuración se rige por una
-Sociedad secreta, establecida entre los generales marotistas
-del Real, y esta Sociedad, de fines siniestros, de<span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span>pende
-de otra instalada en Madrid, la Sociedad Española
-de Jovellanos, que es en principio masónica.
-La Sociedad de Jovellanos y la marotista del Real se
-comunican por un comisario que habita en Bayona.
-Gran parte de los documentos que prueban la conjuración
-están en poder de una familia francesa legitimista,
-que vive en los alrededores de Bayona. El dador
-podría conseguir algunos de esos papeles."</p>
-
-<p>Aviraneta pensó que para aquellos fanáticos intransigentes
-la existencia de una Sociedad secreta así no
-era cosa muy difícil de creer, porque ellos mismos
-tenían Sociedades secretas, verdaderos Clubs, en que
-se conspiraba contra Maroto.</p>
-
-<p>Roquet, bien aleccionado, marchó a España, y días
-después, al volver, se entrevistó con Aviraneta. Había
-hablado con Soroa, con Aldave, que era jefe de la
-frontera, y con Lanz, y decían éstos que necesitaban
-pruebas de la traición de Maroto. Aviraneta redactó
-otra explicación y unió a ella tres cartas, que en el
-argot de la masonería se llaman planchas, en las cuales
-aparecía Maroto nada menos que como Gran Oriente,
-y una comunicación de la Sociedad Española de Jovellanos,
-S. E. B. J., firmada por el Directorio General
-Jovellanos, en la que se aludía a Maroto claramente
-y al proyecto de transacción entre moderados cristinos
-y carlistas. El comunicado terminaba con estas
-palabras: "Salud, Moderación y Esperanza".</p>
-
-<p>Roquet fué a Tolosa y se avistó de nuevo con Soroa
-y otros militares del bando exaltado y les mostró las
-cartas en las cuales Maroto figuraba como gran jefe
-de la masonería.</p>
-
-<p>El revuelo que produjo aquello fué enorme. Los
-militares carlistas tuvieron una junta magna y nombraron
-una comisión para visitar a don Carlos en Durango;
-pero al pedir audiencia al Rey, los marotistas, que<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span>
-lo tenían continuamente cercado, consiguieron que se
-la negasen.</p>
-
-<p>Volvieron los de la comisión a Tolosa, celebraron
-otra asamblea y en ésta algunos oficiales propusieron
-matar a Maroto; pero uno de los comandantes jóvenes,
-un alavés, se opuso; dijo que no, que era indispensable
-primeramente apoderarse de todos los documentos
-que había en Francia acusadores de Maroto,
-y teniéndolos, prender al general, llevarlo ante un Consejo
-de guerra, juzgarlo y condenarlo a muerte legalmente.</p>
-
-<p>La junta se conformó con esta opinión, y como todos
-estaban ansiando tener los documentos acusadores
-contra Maroto, le indicaron a Roquet que volviera a
-Francia y que los llevara.</p>
-
-<p>Para facilitarle la empresa le dieron escolta y una
-contraseña para el cura de Sara. El cura de Sara,
-agente carlista, al saber la comisión de Roquet, le acogió
-con gran entusiasmo y le dió una carta para que
-visitara en Guethary al obispo de León.</p>
-
-<p>Roquet se presentó con gran misterio el 9 de junio
-al obispo; le contó a solas, sin que estuviera delante
-su secretario, lo que había pasado en Tolosa con los
-militares y le mostró las tres cartas masónicas en las
-que aparecía Maroto como gran jefe de la masonería.</p>
-
-<p>El obispo Abarca quedó petrificado y asustado; apenas
-se atrevió a tocar aquellos papeles infernales;
-pero, por otra parte, se alegró de que hubiera datos
-para probar la traición de Maroto y aplastarlo para
-siempre.</p>
-
-<p>&mdash;El asunto es importantísimo&mdash;le dijo el obispo
-a Roquet&mdash;. Yo quisiera tener una conferencia con ese
-francés que posee los documentos, con esa alma pura
-y noble que la Divina Providencia ha dispuesto sea<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span>
-el instrumento de salvación de la preciosa vida de Su
-Majestad.</p>
-
-<p>Al decir esto, el obispo unió sus manos cruzadas a la
-altura de la boca y puso los ojos en blanco.</p>
-
-<p>Al deseo expresado por el obispo contestó Roquet
-diciendo que el francés legitimista que tenía los documentos
-no quería dar la cara porque se hallaba en una
-situación económica angustiosa y pretendía un destino
-del Gobierno de Luis Felipe, y no le convenía aparecer
-como carlista y menos como hombre capaz de
-hacer un abuso de confianza. Que lo que quería este
-francés era algún auxilio en dinero.</p>
-
-<p>&mdash;Lo tendrá. Lo tendrá&mdash;dijo el obispo.</p>
-
-<p>Inmediatamente don Joaquín Abarca mandó que les
-sirvieran el almuerzo a Roquet y a él, y después decidió
-ir con el francés a Bayona a visitar a Miñano.</p>
-
-<p>En el camino el obispo no hizo más que hablar de
-aquellos preciosos documentos. Al llegar a Bayona
-fueron Roquet y él al Seminario a buscar al cura Echevarría
-que estaba alojado en una celda.</p>
-
-<p>El día anterior, Aviraneta había enviado a don Francisco
-Xavier Sánchez de Mendoza a casa de Labandero.</p>
-
-<p>Don Eugenio le indicó al hidalgo que dijera que se
-habían encontrado datos sobre la traición de Maroto
-y le convenció de que fuese a casa de Labandero, y si
-no a la de Lamas Pardo, y le contara a cualquiera de
-ellos, sin nombrarle a él, por supuesto, que se habían
-encontrado pruebas fehacientes de que Maroto pertenecía
-a la masonería, en la que tenía un alto cargo, y
-de que estaba preparando una gran traición.</p>
-
-<p>Sánchez de Mendoza era conocido entre los carlistas
-como fiel a la causa y hombre de buenas intenciones,
-aunque fantástico y muy crédulo.</p>
-
-<p>Labandero, al oír a Sánchez de Mendoza, no dió<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span>
-gran crédito a la noticia; pero, por si acaso, avisó a
-Echevarría por si quería ir a su casa. Estaban hablando
-los tres, cuando aparecieron Roquet y el obispo de
-León, que venían del Seminario.</p>
-
-<p>Al ver las cartas masónicas del Simancas, Echevarría
-y Labandero se quedaron maravillados.</p>
-
-<p>Al día siguiente, Sánchez de Mendoza llamó a don
-Eugenio y confidencialmente le contó con detalles lo
-que había ocurrido.</p>
-
-<p>Al parecer, cuando llegaron el obispo Abarca y Roquet
-a casa de Labandero y mostraron los papeles,
-decidieron todos tener una junta con el abate Miñano.</p>
-
-<p>Echevarría avisó a don Basilio García y a don Florencio
-Sanz; Labandero, a Lamas Pardo; Pecondón
-apareció con el conde de Hervilly, y todos, en varios
-grupos, fueron a casa de Miñano. Sánchez de Mendoza
-quedó muy admirado al saber que el abate trabajaba
-por los carlistas y al ver su casa lujosa, su biblioteca
-llena de libros raros, los cuadros y los muebles.</p>
-
-<p>En el despacho de Miñano, a puerta cerrada y con
-el mayor secreto, Roquet mostró las tres planchas
-masónicas. Pasaron de mano en mano y las examinaron
-con cuidado. A ninguno se le ocurrió la idea de
-una mixtificación y que aquello podía ser una falsedad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacemos?&mdash;preguntó el obispo.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que comunicar eso a don Carlos&mdash;contestó
-Miñano.</p>
-
-<p>&mdash;Y cuanto antes&mdash;añadió Echevarría.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted no tiene un agente en el Real?&mdash;preguntó
-Miñano al obispo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí: Enciso.</p>
-
-<p>&mdash;Pues escríbale usted para que facilite el paso del
-señor Roquet a presencia de don Carlos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span>
-El obispo de León estaba asustado y no se atrevía
-a escribir la carta por temor a comprometerse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted que sea necesaria?&mdash;preguntó varias
-veces a Miñano.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; me parece indispensable.</p>
-
-<p>Entonces el obispo redactó un corto billete, que decía
-así:</p>
-
-<p>"Señor don Miguel Enciso: Tenga la bondad de
-hacer que el dador pueda hablar con nuestro principal
-en un asunto importante de comercio.&mdash;<i>A.</i>"</p>
-
-<p>Al terminar la reunión, Sánchez de Mendoza dijo
-en tono solemne y melodramático:</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, guerra a muerte a Maroto. ¡Abajo el
-traidor!</p>
-
-<p>&mdash;¡Abajo!&mdash;contestaron todos con frialdad, pensando,
-sin duda, que era inoportuno dar gritos en una
-reunión secreta.</p>
-
-<p>Después de muchas cábalas acerca de las consecuencias
-que podía tener el descubrimiento de las planchas
-masónicas, los apostólicos, en grupos, volvieron
-a Bayona.</p>
-
-<p>Las reuniones en casa de Miñano se convirtieron
-con el tiempo en una junta carlista y apostólica, dirigida
-por el obispo de León, Echevarría, fray Antonio
-de Casares y Labandero, y en la que hacía de secretario
-Sanz, el hermano del general navarro fusilado en
-Estella.</p>
-
-<p>Maroto lo supo un mes más tarde, y en un escrito
-que publicó, decía:</p>
-
-<p>"Todos los avisos y partes que recibo por diferentes
-conductos indican una próxima revolución en el
-ejército y las provincias, la que parece es fomentada
-más particularmente por fray Antonio Casares, capuchino
-pagado que servía de capellán en el 5.º batallón
-de Navarra; por el reverendo obispo de León y por<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span>
-el oficial que fué de secretaría de la Guerra don Florencio
-Sanz, secretario actualmente de una junta formada
-en Bayona, compuesta de los expulsados, y con
-acuerdo del cónsul en dicha plaza, por el Gobierno
-usurpador y revolucionario, en la cual hace también
-su papel el inmoral abate Miñano y otros inficionados
-en sus mismas doctrinas."</p>
-
-<p>Maroto se engañaba respecto a Miñano; porque el
-abate no estaba inficionado en ninguna doctrina; más
-bien había conseguido desinficionarse de todas.</p>
-
-<p>Al día siguiente, Roquet y don Eugenio tuvieron
-una larga conferencia en casa de Iturri; se pusieron
-de acuerdo en los más pequeños detalles, y poco después
-salía Roquet camino de España. El obispo de
-León le indicó al agente que si le veía a don Carlos le
-dijera que él, Abarca, garantizaba la verdad de la
-existencia de las cartas masónicas de Maroto.</p>
-
-<p>Dos días más tarde estaba el francés en Tolosa;
-veía a don Miguel Enciso, le entregaba la carta del
-obispo de León, y después juntos Enciso y Roquet
-encargaban al coronel Soroa que se presentara al pretendiente
-con las cartas masónicas y con el recado del
-obispo de León.</p>
-
-<p>Soroa y Roquet marcharon a Oñate y Roquet fué
-presentado al intendente general, don Juan José Marcó
-del Pont, que unos días más tarde dejó su cargo de
-intendente para ser ministro de Hacienda.</p>
-
-<p>Marcó del Pont era enemigo rabioso de Maroto y
-enemigo desenmascarado.</p>
-
-<p>Hacía unos días que Espartero había enviado a Maroto
-un periódico de Madrid, que contenía copia de las
-cartas interceptadas, enviadas por Arias Teijeiro desde
-el campo de Cabrera a don Carlos, cartas dirigidas
-bajo sobre a Marcó del Pont y en las que se insultaba
-y ponía como un trapo a Maroto.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span>
-Maroto estaba dispuesto a echarle el guante a Marcó
-del Pont y a fusilarle. Marcó lo sabía y el odio se le
-acrecentó con el miedo.</p>
-
-<p>Marcó del Pont se enteró del asunto de las cartas
-masónicas y llevó a Soroa y a Roquet a presencia de
-don Carlos.</p>
-
-<p>El Pretendiente examinó las tres cartas masónicas;
-las leyó, reflexionó y dijo, disimulando la gran impresión
-que le producían (su único talento era éste: disimular):</p>
-
-<p>&mdash;Esto, en el fondo, no tiene mucha importancia. Ya
-sabía yo que entre mis generales había algunos masones.</p>
-
-<p>&mdash;Señor&mdash;replicó Soroa, poniéndose rojo de indignación,
-con una violencia de vasco fanático&mdash;: Los generales
-que estén en el ejército carlista y pertenezcan
-a la masonería, no pueden ser más que traidores.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo también lo creo así&mdash;dijo don Carlos.</p>
-
-<p>Roquet calló.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los otros papeles?&mdash;preguntó el Pretendiente.</p>
-
-<p>&mdash;Los otros papeles los tiene ese señor legitimista
-de Bayona&mdash;contestó Roquet.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted los ha visto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué son?</p>
-
-<p>&mdash;Hay un pliego grande de papel que tiene este
-título: Cuadro sinóptico del triángulo del Norte de
-España; en él hay muchos óvalos a manera de lentes,
-pintados de verde y rojo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay nombres?</p>
-
-<p>&mdash;No; en el centro de cada óvalo hay un número.
-En el lado de los verdes hay un letrero que dice: "Civiles".
-Y en el de los rojos se lee: "Militares". Encima
-del pliego, a la cabeza, hay muchos números y jeroglíficos
-que no hemos sabido descifrar. Hay, además,<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span>
-una cajita de cartón con una esfera, con el nombre:
-"Esfera de luz" llena de signos parecidos a los de estas
-cartas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo ha llegado todo eso a Bayona?&mdash;preguntó
-don Carlos.</p>
-
-<p>&mdash;Este legitimista que quiere presentar estos papeles
-es un hombre que se encuentra en mala situación y
-suele alquilar un gabinete con su alcoba. A ese gabinete
-vino un español con su equipaje y estuvo unos cuantos
-días; pero parece que alguien le perseguía, o que le
-mandaron algún recado urgente, porque el caso fué
-que tuvo que escaparse y recomendó al señor legitimista
-dueño de la casa que tuviera cuidado con su baúl. En
-esto, el hijo del legitimista, un muchacho de doce a trece
-años, abre por curiosidad el baúl, se encuentra con
-el pliego pintado y con la esfera de luz, y creyendo que
-eran juguetes, se los enseña a su padre.</p>
-
-<p>&mdash;Y ese señor francés, legitimista, ¿no querría venir
-él mismo aquí con sus documentos?&mdash;preguntó el
-Pretendiente.</p>
-
-<p>&mdash;No quiere, porque no le conviene que se sepa su
-nombre&mdash;contestó Roquet&mdash;. Está haciendo gestiones
-para conseguir un destino con el Gobierno francés, y
-si se supiera que había violado un secreto, tendría por
-ello muy mala nota.</p>
-
-<p>&mdash;Yo le daría una cruz o un título si me proporcionara
-esos papeles&mdash;dijo el Pretendiente.</p>
-
-<p>&mdash;El no está en situación para desear distinciones.
-El no quiere más sino hacer este servicio a la causa de
-Su Majestad para que vea quienes son los que le rodean.
-El dejaría los papeles durante quince días para
-que los examinaran detenidamente, bajo palabra de
-honor de que se los habían de devolver, y pediría por
-esto tres mil francos.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, pues se le darán&mdash;dijo el Pretendiente.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span>
-Por lo que contó Roquet, tanto don Carlos como
-Marcó del Pont estaban inquietos y recelosos y al
-mismo tiempo muy satisfechos con la perspectiva de
-dar la zancadilla a Maroto y acabar definitivamente
-con él. Hablaron el Rey y el ministro largo rato, retirados
-a un lado de la habitación. Don Carlos pensó en
-escribir una orden al gobernador de Vera para que facilitase
-y diese escolta a la persona portadora de los
-documentos cuando se presentara en la frontera; pero,
-al ir a escribir la nota, Marcó del Pont dijo que él mismo
-acompañaría a Roquet hasta Vera y diría al comandante
-de esta villa fronteriza, coronel Lanz, que
-cuando Roquet volviese a Bayona le llevasen con escolta
-hasta el Real.</p>
-
-<p>El francés se comprometió a llevar los documentos,
-y Marcó del Pont le aseguró que, después de comprobar
-su autenticidad y su importancia, le entregaría
-tres mil francos para el legitimista y otros tres mil
-como garantía de que se le devolverían todos los papeles.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="II_VI">VI<br />
-EL DINERO</h3></div>
-
-
-<p>Mientras Aviraneta esperaba con ansiedad los resultados
-de la gestión de Roquet corrieron por Bayona
-muchas noticias. Se dijo que los antimarotistas de la
-Junta Apostólica iban a tener dinero para hacer más
-intensa la guerra.</p>
-
-<p>El secretario de la Junta, don Florencio Sanz, se
-agitó y lanzó circulares, afirmando la vuelta al poder
-de los <i>puros</i>. Se añadió que el padre Larraga había
-ido a Turín y el general Uranga a Viena; que los
-dos traerían disposiciones y dinero en abundancia, y
-que en seguida la Junta Apostólica iría a ponerse de
-acuerdo con Cabrera y Arias Teijeiro.</p>
-
-<p>Pocos días después el <i>Faro de Bayona</i> confirmó la
-noticia y añadió que Tarragual había pedido el pase
-al subprefecto para ir a Toulouse y luego a la frontera
-catalana.</p>
-
-<p>Todo esto Aviraneta sabía que no tenía importancia;
-en cambio, por aquellos días supo por el Club
-antimarotista de Azpeitia una noticia importante.</p>
-
-<p>Se trataba de hacer un empréstito de quinientos millones
-de reales a don Carlos por las casas Tastet y
-Francessin. Tastet había pasado al Real de don Carlos
-con una carta de los principales banqueros de In<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span>glaterra
-ofreciendo al Pretendiente auxilios si se avenía
-a firmar el contrato en las condiciones que se le
-proponían.</p>
-
-<p>El negocio era una combinación de comerciantes
-ingleses y franceses, dirigida a arruinar la poca industria
-española.</p>
-
-<p>Tastet fué al Cuartel Real, y primero se vió con el
-padre Cirilo de la Alameda y éste quiso sacar tajada
-sin exponerse; pero Tastet era tan cuco como podía
-serlo el padre Cirilo y estaba dispuesto a no dar un
-cuarto sin garantías.</p>
-
-<p>Aviraneta temía que, a pesar de que las condiciones
-eran duras, don Carlos, impulsado por la necesidad,
-firmase el empréstito para poder tener armas, caballos,
-efectos de guerra y dinero para pagar a las tropas.</p>
-
-<p>Sabida es la frase del mariscal Trivulzi, que se
-ha repetido muchas veces:</p>
-
-<p>"Tres cosas son necesarias para llevar bien una
-guerra: la primera, dinero; la segunda, dinero, y la
-tercera, dinero."</p>
-
-<p>A esto se puede añadir la frase de Vespasiano,
-que el dinero no tiene olor; es decir, que lo mismo
-da que venga de arriba que de abajo; de las flores
-o del cieno.</p>
-
-<p>Aviraneta, que veía un gran peligro en este empréstito,
-comenzó a trabajar en contra de él. Dió informes
-a los antimarotistas de Fermín Tastet, banquero
-bilbaíno, que había sido liberal y masón; hizo
-decir a los Clubs de Tolosa, de Azpeitia y de Bayona
-que el empréstito era una trama pérfida de Maroto
-para exterminar a los carlistas puros y al Pretendiente,
-pues dueño el general de este modo de las
-tropas, pagándolas espléndidamente haría lo que quisiera,
-transigiría con Espartero, sacrificando la causa
-de la legitimidad y del catolicismo. Esta era la expli<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span>cación
-de que fueran liberales y masones los que
-ofrecían el dinero.</p>
-
-<p>La idea lisonjeó a los fanáticos, se la apropiaron,
-y fué tal la enemistad que se produjo contra este
-empréstito, que Tastet tuvo que escaparse del Real
-y marchar corriendo a Francia. Los dos banqueros,
-el español y el francés, se manifestaron asombrados
-de la enemiga que había producido su proyecto.</p>
-
-<p>Hablaron en Bayona con el marqués de Lalande y
-uno de los banqueros dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Sin dinero la guerra se acabará pronto.</p>
-
-<p>El marqués de Lalande parece que añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Ya no tenemos guerra más que para unos meses.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span></p>
-
-
-<h2>TERCERA PARTE<br />
-LAS FIGURAS DE CERA</h2>
-
-<h3 id="III_I">I<br />
-PERSONAJES HISTÓRICOS</h3></div>
-
-
-<p>Alberto Dollfus, alias Chipiteguy, tenía la manía
-de adquirirlo todo.</p>
-
-<p>&mdash;La cuestión es almacenar, meter cosas en la
-tienda&mdash;decía él&mdash;. Siempre hay gente que quiera
-comprar.</p>
-
-<p>El sistema no debía ser del todo malo, porque al
-parecer, y gracias a él, el chatarrero se enriqueció.</p>
-
-<p>Un poco antes de que Alvarito Sánchez de Mendoza
-entrase en casa de Chipiteguy, el trapero había
-comprado varias figuras de cera de desecho que vendía
-un señor David, Curtius para el respetable público,
-dueño de un gabinete de figuras ceroplásticas
-que pasó por Bayona.</p>
-
-<p>Estas figuras, el señor David, alias Curtius, las
-vendió, la mayoría, desnudas, como si fueran odaliscas,
-para un harén, y otras en piezas separadas, cabezas,
-piernas, brazos, como si se tratara de un género
-de carnicería. La mayor parte de las figuras
-ceroplásticas no tenían más que el tronco, algo del
-pecho, las manos y los pies. Chipiteguy se decidió a<span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span>
-dedicarse a la ceroplastia quirúrgica; pensó primero
-en restaurar sus figuras y a algunas las fortificó, metiendo
-a unas un palo por la pierna, para que hiciera
-de tibia, rellenando brazos y muslos con paja de
-maíz. Después, con cera derretida fué tapando los
-huecos de las caras y de las manos y, hecha esta restauración,
-pintó las mejillas con albayalde y bermellón.</p>
-
-<p>Chipiteguy, que conservaba guardados en su almacén
-muchos trajes de mujer y uniformes de todas
-clases, pensó que unos y otros podían servir muy
-bien para vestir sus figuras, y sacó de sus almacenes
-chupas, casacas, calzones, fraques azules, enaguas,
-pañoletas, peinetas y demás.</p>
-
-<p>La andre Mari y la Tomascha tuvieron que remendar
-muchas medias y puntillas por aquellos días.
-El señor David se había desprendido de sus muñecos,
-porque, además de estar un poco estropeados,
-eran muy conocidos de su numerosa clientela, y el
-buen Curtius, celoso del interés de su espectáculo,
-quería sustituír sus personajes antiguos por otros
-nuevos de militares, de asesinos y de envenenadores
-de más prestigio y fama.</p>
-
-<p>Algunas de las figuras de cera compradas por Chipiteguy
-estaban identificadas; pero otras no. Probablemente
-el señor David, Curtius en la vida pública,
-había hecho pasar uno de sus muñecos unas veces
-por Enrique IV, otras por el gran Federico, por Mahoma
-o por el general Poniatowski, y había dama en
-cera que había sido, alternativamente, María Cristina de
-personajes de la Revolución francesa y de Inglaterra
-y la querida de Fieschi, el de la máquina
-infernal; sin contar otros antiguos avatares, desacreditadores
-de la ceroplastia y de la iconografía.</p>
-
-<p>Chipiteguy encargó a Alvarito que en los ratos<span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span>
-perdidos mirase los periódicos ilustrados y las estampas
-de la trastienda para ver de identificar los personajes
-ambiguos y borrosos. Alvarito estuvo varios
-días pasando hojas y más hojas y llenándose de polvo,
-y no consiguió gran cosa. Entre las láminas que
-guardaba Chipiteguy había estampas raras, grabados
-antiguos alemanes de Alberto Durero y reproducciones
-de los cuadros del Bosco, de Holbein y de
-Cranach. Estas láminas se hallaban mezcladas con
-otras arrancadas de libros y con estampas populares de
-las Danzas de la Muerte, de la Historia de los cuatro
-hijos de Aymón, de Genoveva de Brabante, de los
-cuatro jorobados de Valladolid y con retratos y escenas
-de personajes de la Revolución francesa y el Imperio.</p>
-
-<p>Chipiteguy puso también a contribución los conocimientos
-de un sobrino suyo, Marcelo Ezponda, ingeniero
-y profesor de una academia, aunque éste se
-ocupaba principalmente de cuestiones de química y
-mecánica.</p>
-
-<p>&mdash;A ver si tú, Marcelo, me iluminas en este asunto&mdash;le
-dijo Chipiteguy.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay que hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Quisiera identificar todas estas figuras de cera&mdash;indicó
-el viejo, señalando la fila de siniestros personajes,
-que estaban unos casi enteros, sostenidos en
-la pared, y otros a trozos en el suelo, como en un
-Spoliarium.</p>
-
-<p>&mdash;Querido tío&mdash;dijo Marcelo&mdash;: esto es más difícil
-de lo que parece a primera vista, porque hay
-tipos, claro está, a quienes se puede identificar sólo
-por la cara; pero a otros muchos, a la mayoría, se
-les conoce por los accesorios, por el peinado, por el
-uniforme o por la indumentaria.</p>
-
-<p>Tan cierto es que los hombres, en general, tienen<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span>
-tan poco carácter que, si a los más ilustres y mejor
-dibujados se les quitan los accesorios históricos, los
-bigotes y las patillas, los galones y los penachos, un
-par de frases y otro par de anécdotas, no les conocería
-ni su padre.</p>
-
-<p>El tío, el sobrino y Alvarito estuvieron haciendo
-cábalas acerca de quiénes podrían ser aquellos personajes,
-y llegaron a identificar a María Antonieta,
-a la Brinvilliers, a Mirabeau, Robespierre, Marat,
-Fouché, Fualdés, Paganini, Danton, Fieschi con su
-querida, madama Roland y Robinsón Crusoé. Algunos
-no eran muy seguros; otros, por ejemplo, como
-Marat, con el cuerpo desnudo, encogido, como para
-ser metido en una bañera, con una herida en el pecho
-y un pañuelo atado a la cabeza, eran indudables.</p>
-
-<p>Las demás figuras quedaron sin identificar. Algunas
-se comprendía que eran de varones, otras de
-hembras; no faltaban quienes tenían aire ambiguo.</p>
-
-<p>A las figuras no identificadas Chipiteguy y Marcelo
-les pusieron motes: el Inglés, el Diplomático, la
-Española. A una le llamaron la Dama Bonita.</p>
-
-<p>&mdash;Esta pícara tiene aire gracioso&mdash;dijo Chipiteguy&mdash;.
-Es alguna dama del antiguo régimen. Con su
-cara sonrosada y sus ojos azules la estoy viendo riéndose
-de su marido y de sus galanteadores.</p>
-
-<p>Alvarito la encontraba cierto lejano parecido con
-Manón.</p>
-
-<p>Chipiteguy no se arredró por la dificultad de identificar
-sus figuras ambiguas y borrosas y en colaboración
-de Alvarito decidió quién había de ser ésta y
-la otra, y después de su decisión, sintiéndose tan Curtius
-como el señor David, puso a los personajes pelucas
-y patillas, pegadas o sujetas con tachuelas. Les
-encasquetó tricornios y morriones y los transformó<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span>
-en generales célebres de la guerra carlista. Los ultrajes
-a la ceroplastia eran continuos.</p>
-
-<p>En Bayona, y en aquella época, este disfraz carlista
-de los personajes era lo que podía tener más
-interés para el respetable público.</p>
-
-<p>Además de las figuras separadas había un grupo
-de tres hombres, que por su actitud estaban asesinando
-a otro; pero el muerto faltaba. Estos tres vinieron
-vestidos. Uno de los asesinos, hombre joven,
-con los ojos torcidos, la boca de labios gruesos,
-la nariz chata, gorra en la cabeza y pañuelo rojo al
-cuello, levantaba el brazo, armado con un puñal. El
-otro, más viejo, rechoncho, fuerte, de mirada inteligente
-y viva, tenía un cuchillo medio oculto en la
-mano. El tercero, un testigo, unido a los dos asesinos
-por la fatalidad y por unos listones de madera, era
-un hombre que gritaba, pidiendo socorro, y abría
-mucho la boca, enseñando los dientes y las encías.
-Este tipo, que debía ser una persona honrada, tenía
-el pelo gris, la cara con muchas arrugas, anteojos,
-gabán y bastón en la mano. A pesar de su presunta
-honradez era casi más antipático que los criminales
-unidos a él.</p>
-
-<p>Chipiteguy pensó que podría llamarse al joven el
-Asesino, al otro el Patibulario y al viejo que gritaba
-el Voceador.</p>
-
-<p>Todas las figuras de cera tenían ese aspecto horrible
-y feo, un poco de fantasma, de las obras ceroplásticas.
-Era un extraño carnaval de figuras inmóviles
-y sin expresión, aunque algunas tenían como un lugar
-común expresivo y amanerado.</p>
-
-<p>Había tipos con aire de pedantería y de discreción,
-que parecían decir: "¡Ah!, no crean ustedes; nosotros
-también guardamos nuestro secreto."</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span>
-Cuando estuvieron vestidos, se les arrimó a los personajes
-a la pared del almacén.</p>
-
-<p>Manón, al verlos, sintió la repugnancia de aquellas
-figuras de aire hipócrita y pedantesco, y exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué asquerosos tipos!</p>
-
-<p>Luego pidió a su abuelo permiso para romperlos
-a pedradas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre, hombre! ¡Qué chica! Tú eres iconoclasta.
-Déjalos. Después de todo, no te has de casar
-con ninguno de ellos&mdash;dijo Chipiteguy&mdash;, y ya verás
-como cada uno nos trae sus cuartitos.</p>
-
-<p>La mayoría de los personajes fueron transformados
-en militares y en guerrilleros de la guerra carlista,
-menos el grupo de los asesinos.</p>
-
-<p>Aquellos tipos tenían aire tan repugnante y tan vil,
-que no podía transformárselos en guerrilleros. Tampoco
-se les pudo cambiar en monederos falsos. Lo
-más que se les hubiera podido convertir era en verdugos.</p>
-
-<p>¿Qué crimen habían cometido? Chipiteguy no lo
-sabía. Su sobrino Marcelo dijo que quizá se podría
-averiguar el crimen leyendo las causas y procesos célebres;
-pero Chipiteguy pensó que, después de todo,
-no valía la pena. A aquellos tres siniestros personajes,
-unidos por el destino y por los listones que tenían
-al pie, no era tampoco fácil separarlos.</p>
-
-<p>Chipiteguy pensó que debía guardar el grupo oculto
-hasta que se agenciara un asesinado de cera que
-tuviese un poco de aspecto. Estos tres personajes horribles
-fueron a parar a la cueva, envueltos en telas
-de sacos.</p>
-
-<p>A Alvarito, el recordarlos le daba horror. ¿Por
-qué no le parecían unos peleles armados con palos y
-llenos de hojas de maíz, como eran? ¿Por qué no<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span>
-los tenía por muñecos o maniquíes vestidos con ropas
-de prenderías? No sabía por qué, pero le hacían efecto.
-Sin duda no era la cosa completamente extraña,
-porque el loco de la vecindad, a quien llamaban Abadejo,
-al ver los muñecos, se estremeció, le dió un ataque
-y empezó a dar gritos de melusina.</p>
-
-<p>Se veía que aquellas figuras siniestras obraban en
-la gente de imaginación débil, perturbándolos. La
-ceroplastia tenía una acción indudable en el sistema
-nervioso.</p>
-
-<p>Un día Chipiteguy le dijo a Alvarito:</p>
-
-<p>&mdash;Al ciudadano Marat le tenemos que hacer una
-herida mayor. Toma este cuchillo y caliéntalo en el
-fuego, en la cocina.</p>
-
-<p>Alvarito hizo lo que le mandaban.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora&mdash;le dijo el viejo&mdash;, húndeselo en el pecho
-al ciudadano Marat.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¿Qué, te da miedo?</p>
-
-<p>&mdash;No, no. ¿Por qué me va a dar miedo?</p>
-
-<p>&mdash;Con cuidado.</p>
-
-<p>Alvarito cogió el cuchillo caliente y lo clavó en el
-pecho del gran revolucionario. Chirrió la cera y quedó
-una como herida horrorosa, que luego se pintó
-de bermellón.</p>
-
-<p>Chipiteguy no tenía idea buena. Buscaba lo impresionante,
-lo sensacional. A una de las figuras de mujer
-se le ocurrió ponerle un antifaz en la cara, con
-lo que la dejó más siniestra.</p>
-
-<p>Cuando concluyó el arreglo de sus figuras, Chipiteguy
-construyó una barraca en la plaza de la puerta
-de España, donde solían tocar la música los soldados.
-Su instalación tuvo éxito. Durante mucho tiempo la
-gente fué por la tarde a ver las figuras de Chipiteguy.
-La barraca no tenía luz de día, sino que estaba ilu<span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span>minada
-por unos quinqués de petróleo. Esto le daba
-al lugar un aire de cueva misterioso y siniestro.</p>
-
-<p>A la entrada, para cobrar, solía estar una muchacha,
-vestida de lentejuelas, y dentro había un francés
-ex carlista que explicaba la vida y las aventuras de
-cada personaje con gran lujo de detalles. Por entonces
-las siluetas y tipos de los generales españoles liberales
-y carlistas no se conocían con exactitud, al
-menos en Francia, y Paganini, Fieschi y Robespierre,
-pelos más, pelos menos, podían pasar indiferentemente
-por Cabrera, Zurbano o Zumalacárregui...</p>
-
-<p>Una tarde, poco después de la inauguración de la
-barraca de Chipiteguy, instalada cerca de la puerta
-de España, charlaban dos jóvenes elegantes con don
-Eugenio de Aviraneta, mientras contemplaban las
-figuras de cera.</p>
-
-<p>Uno de los jóvenes era un pintor, que vestía como
-un dandy, frac azul, pantalón con trabillas y grandes
-melenas; el otro era Ochoa, el escritor.</p>
-
-<p>&mdash;Oiga usted, don Eugenio&mdash;le dijo Ochoa a Aviraneta&mdash;,
-¿qué cantidad de verdad hay en estos retratos?</p>
-
-<p>Aviraneta se sonrió; era amigo de Chipiteguy.</p>
-
-<p>&mdash;No están mal&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Es curioso&mdash;exclamó el pintor&mdash;; las figuras
-de cera son más pintorescas y más típicas cuanto
-más estropeadas y viejas están.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, claro! No es obra artística&mdash;indicó Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Indudablemente&mdash;dijo el pintor con petulancia&mdash;,
-las figuras de cera son algo atrayente, sobre
-todo para los chicos y la gente del pueblo. Es un espectáculo
-de gran curiosidad, emocionante...</p>
-
-<p>&mdash;Pero al mismo tiempo de extraña repulsión&mdash;indicó
-Aviraneta.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span>
-&mdash;Es cierto&mdash;añadió Ochoa&mdash;. Esta curiosidad y
-este atractivo son malsanos. Tiene todo esto la sugestión
-de la cosa prohibida y pornográfica; algo de
-la inquietud que produce la máscara, y al mismo
-tiempo, ese fondo malo, encanallado, histérico, que
-se revela en la curiosidad por los muertos, por las
-salas de disección, los gabinetes anatómicos y las operaciones.</p>
-
-<p>Alvarito se puso a escuchar la conversación de los
-tres señores, porque le interesaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿A ustedes les produce repugnancia?&mdash;preguntó
-el pintor&mdash;. A mí me inspira más bien risa.</p>
-
-<p>&mdash;A mí, una barraca de figuras de cera, me parece
-un depósito de cadáveres de broma&mdash;murmuró Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, tiene usted razón&mdash;dijo Ochoa&mdash;; a mí
-me parece lo mismo, y creo que la causa principal
-de esto es que todo en esas figuras sabe a muerto.</p>
-
-<p>&mdash;Pues a mí, principalmente, todo ello me produce
-risa&mdash;insistió el pintor&mdash;; aquel general con su
-tricornio y su sable es de lo más grotesco que se
-puede imaginar.</p>
-
-<p>&mdash;Los generales de verdad son más grotescos&mdash;afirmó
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que en una exhibición así el recuerdo
-de la muerte es lo que se impone&mdash;siguió diciendo
-Ochoa&mdash;. El color de la cera es color de muerto, y,
-unido a la repugnancia que producen los ojos de cristal,
-los pelos postizos y los trajes acusan más esta
-impresión.</p>
-
-<p>&mdash;Mire usted qué monja&mdash;señaló el artista&mdash;. Es
-siniestra. ¿Eh?</p>
-
-<p>&mdash;Parece un fantasma&mdash;dijo Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es horrible. ¿Cómo puede encontrar eso nadie
-bello?&mdash;preguntó el pintor.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span>
-&mdash;Hay gente para quien lo horrible es lo bello&mdash;replicó
-Ochoa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!&mdash;exclamó el pintor.</p>
-
-<p>&mdash;¿No lo era también para Shakespeare?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no he leído a Shakespeare&mdash;replicó el artista&mdash;;
-como si esto fuese una superioridad.</p>
-
-<p>&mdash;Un francés, ¿para qué va a leer nada extranjero?&mdash;exclamó
-Aviraneta&mdash;. Ellos lo tienen todo
-en casa.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;contestó el artista, sin notar la
-ironía de don Eugenio.</p>
-
-<p>Alvarito escuchó con atención. El, no sólo no había
-leído, sino que no había oído hablar nunca de
-Shakespeare.</p>
-
-<p>&mdash;En todo se acentúa la idea de muerte y de sepulcro&mdash;insistió
-Ochoa&mdash;; la cera tiene algo de carne,
-pero de carne muerta; los ojos vidriosos de cristal
-son ojos de cadáver; el pelo, separado de la persona,
-es de las cosas que más recuerdan al muerto.
-Las ropas, sobre todo usadas, hablan de un difunto:
-son como testigos de todo el bien y el mal que ha
-hecho un hombre de verdad en la vida, porque no es
-muy probable que el sastre las hiciera para muñecos.
-Todo lo que se reúne en las figuras de cera es funerario
-y sepulcral.</p>
-
-<p>&mdash;Como tú, querido Ochoa&mdash;saltó el pintor&mdash;,
-que también estás funerario y sepulcral.</p>
-
-<p>&mdash;El tamaño quizá influye también&mdash;añadió Aviraneta&mdash;.
-Si las figuras fueran mayores o menores
-que el natural, probablemente no darían tanto la impresión
-de cosas muertas; pero esos gabanes usados,
-esas gorras, esos sombreros, que los han llevado, seguramente,
-gentes vivas, nos sugiere un poco la idea
-del difunto.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span>
-&mdash;¡Qué macabros están ustedes!&mdash;exclamó el
-pintor.</p>
-
-<p>&mdash;No, macabros, no. Insistimos un poco para aclarar&mdash;replicó Ochoa&mdash;.
-Indudablemente tiene usted razón,
-don Eugenio. El tamaño influye mucho. Es el del
-natural; por lo tanto, el del muerto. Aumentándolo
-o achicándolo bastaría probablemente para quitar esa
-impresión. Un muñeco no da nunca esa sensación
-desagradable, porque no hay la posibilidad de confundirle
-con una persona. ¿Por qué la posibilidad de
-la confusión es tan desagradable?</p>
-
-<p>&mdash;Es la posibilidad del fantasma, del espectro&mdash;dijo Aviraneta&mdash;.
-Un fantasma como una mosca
-o como un monte no podría ser fantasma asustador.</p>
-
-<p>&mdash;Luego hay el otro punto&mdash;insistió Ochoa&mdash;.
-¿Por qué una figura tan realista como una figura de
-cera no produce efecto artístico? Indudablemente,
-todas estas impresiones reunidas de curiosidad y de
-repulsión de que hemos hablado estorban para producir
-una sensación de suavidad y de dulzura. ¿Por
-qué el asesino con un puñal en la mano y la víctima
-con una herida de la que brota sangre nos son odiosas
-en figuras de cera y no en un cuadro?</p>
-
-<p>&mdash;Resolver esa cuestión sería encontrar el tope del
-arte&mdash;dijo Aviraneta&mdash;, sería saber dónde están sus
-límites.</p>
-
-<p>&mdash;Es cierto&mdash;añadió Ochoa&mdash;. No sabemos cuál es
-el límite del arte. ¿Por qué el pelo rubio o negro pintado
-en la tela está bien y, en cambio, la peluca rubia o
-morena sobre una figura de cera es repugnante? ¿Por
-qué los tiñosos de Murillo, en su cuadro de "Santa
-Isabel", son hasta bonitos y, en cambio, un tiñoso en
-figura de cera sería aún más desagradable que en realidad?</p>
-
-<p>&mdash;Sin duda la realidad, y el hombre dentro de ella,<span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span>
-es como un monstruo lleno de tentáculos&mdash;observó
-Aviraneta&mdash;, y unos de éstos viven de aire y de luz,
-y otros, de sangre y de cieno; el arte los aprovecha,
-pero no puede aprovecharlos todos.</p>
-
-<p>&mdash;Y las figuras de cera toman de la realidad esos
-tentáculos cenagosos, los más hundidos en el barro
-humano&mdash;añadió Ochoa.</p>
-
-<p>&mdash;Es indudable&mdash;dijo Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;A mí lo que me asombra&mdash;añadió Ochoa&mdash;por
-qué este arte de las figuras de cera, cuando llega a la
-suma perfección, no llega a la belleza. Ustedes habrán
-visto en el castillo de Potsdam la figura del gran Federico
-en cera.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no&mdash;dijo Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, tampoco&mdash;repuso el pintor.</p>
-
-<p>&mdash;Todos afirman que es de un parecido absoluto.
-Las facciones del rey de Prusia están vaciadas en la
-cara del muerto; el que pintó la cara conocía al gran
-Federico, y sus mejillas apergaminadas y sus ojos rodeados
-de un círculo morado son de una verdad completa.
-El traje y los accesorios son los mismos que
-usaba el rey; la peluca de estopa, el uniforme azul, desteñido
-y raído; las botas, el sombrero, la espada, la
-flauta, son los que él empleaba. Es casi la realidad...
-sin el espíritu.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué efecto hace?&mdash;preguntó Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Igual que estas figuras de cera. Da repugnancia y
-miedo&mdash;contestó Ochoa.</p>
-
-<p>Quizá iban a seguir los comentarios, que Alvarito
-oía muy interesado, cuando se presentó Chipiteguy,
-que saludó afectuosamente a Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es este tipo?&mdash;preguntó el pintor a
-Ochoa.</p>
-
-<p>&mdash;¿El viejo? Es el dueño de las figuras de cera.</p>
-
-<p>&mdash;No; el otro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span>
-Ochoa le explicó quién era el conspirador, y el artista
-estuvo contemplando a Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Es un tipo curioso&mdash;murmuró&mdash;; tiene una bonita
-cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es un poco águila o buitre.</p>
-
-<p>Alvarito escuchó con atención aquellas teorías acerca
-de la ceroplastia que expusieron los tres señores
-y pensó sobre ellas. En muchas cosas estaba conforme.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span></p>
-
-<h3 id="III_II">II<br />
-LOS SUEÑOS DE ALVARITO</h3></div>
-
-
-<p>Mientras las figuras de cera estuvieron encerradas
-en el almacén constituyeron una obsesión para Alvarito.
-Le daban miedo, horror y repugnancia, y no quería
-acercarse a ellas. De noche, sobre todo, el pensar
-en el sótano le hacía estremecer. Era un antro de la
-locura, lleno de monstruos gesticulantes, de espectros
-horrorosos, que se amenazaban en un terrible silencio.
-Alvarito tenía el temor de que toda su vida la pasaría
-así, con la perspectiva de un sótano negro con figuras
-de cera.</p>
-
-<p>Cuando comenzaron a llevarlas a la barraca pensó
-que ya se sentiría tranquilo; pero quedaba en la cueva
-el grupo de los asesinos, que era el que más le repugnaba
-y le inquietaba.</p>
-
-<p>Alvarito era muy nervioso. Había vivido siempre
-excitado con las fantasías políticas de su padre y las
-ideas supersticiosas y fatídicas de la madre. Al principio,
-en casa de Chipiteguy, con la buena alimentación,
-había logrado robustecerse física y moralmente;
-pero aquellas malditas figuras de cera le obsesionaban
-y le quitaban toda tranquilidad. Constantemente se le
-aparecían en sus sueños.</p>
-
-<p>Soñó una vez que la casa de Chipiteguy estaba en<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span>cantada
-por un maleficio misterioso y extraño. En los
-subterráneos había monstruos gesticulantes, sombras
-hórridas que se agitaban en el silencio; en el piso alto
-había un hada y un viejo mago, y alrededor un ambiente
-de locuras y de extravagancias.</p>
-
-<p>Cuando se entraba en la casa se desfallecía, hasta tal
-punto, que en pocos minutos se quedaba uno anémico
-y exangüe y al último convertido en figura de cera.</p>
-
-<p>De pronto una mujer que le hablaba, y a quien conocía,
-aunque en el momento no sabía quién era, le
-revelaba susurrando el importante secreto. Para no
-quedar encantado en aquella casa era necesario no
-tocar el suelo. Era por el contacto con el suelo cómo
-se perdían las fuerzas. Entonces a Alvarito se le ocurría
-la idea de llevar una grúa de las que se levantaban
-en la orilla del río y colocarla cerca del Reducto,
-y por la cuerda descolgarse y entrar en casa de Chipiteguy.</p>
-
-<p>Alvarito realizaba su proyecto con gran facilidad;
-bajaba por la cuerda y, balanceándose en ella, recorría
-la casa, sin pisar el suelo, y a todo lo que tocaba con
-una varita lo desencantaba al momento. De pronto
-comprendía que había sitios a los que no podía llegar,
-y entonces abandonaba la grúa y construía en un instante
-unos zapatos altos, de suela hueca, y comenzaba
-a andar por toda la casa, deslizándose con una gran
-facilidad; pero se encontraba una puerta cerrada y
-ésta era su desesperación, porque no podía desencantar
-a una persona oculta, por quien tenía gran interés,
-y, a pesar del gran interés, no sabía quién era.
-Todas sus tentativas eran fallidas. Al empujar la
-puerta cerrada e intentar abrirla perdía sus fuerzas.
-No sabía por qué, hasta que miraba por un ventanillo
-y veía una muchedumbre de figuras de cera que sujetaban
-la puerta por dentro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span>
-Aquel sueño se le complicaba con otro parecido. En
-el segundo sueño entraba por un ancho portal, subía
-por una escalera y pasaba a un campanario de una
-iglesia, lleno de gente, con unas grandes vigas en el
-techo, de las que colgaban un gran número de arañas,
-que subían y bajaban, haciendo gimnasia en sus plateados
-hilos. La gente era extraña y absurda; había un
-hombre pequeño, moreno y de bigote negro, vestido de
-mujer, que braceaba mucho al andar y miraba con
-gran petulancia; un tipo rechoncho, con la cara tiznada
-de carbón, que se parecía a Claquemain, y una
-mujer alta, seca, esquelética, con la mirada fría, el pelo
-rubio y vestida de militar.</p>
-
-<p>Había chiquillos en el suelo, por entre las sillas, redondos
-y blancos como pelotas de goma, parecidos a
-los del cuadro de la "Matanza de los Inocentes", del
-salón de casa de Chipiteguy. Entre aquella gente rara,
-una figura, cubierta con antifaz, le miraba a él con
-fijeza y le hacía estremecer.</p>
-
-<p>De repente se entablaba una discusión entre dos
-curas delgados, pequeños y picados de viruelas, que
-decían algo terrible al moreno de bigote y vestido
-de mujer. Entonces, en lo más fuerte de la discusión,
-aparecía un hombre con anteojos, peluca y
-gabán gris, abría la boca y parecía gritar, pero Alvarito
-no le oía. Era el voceador el personaje de las figuras
-de cera del grupo de los asesinos. Alvarito se desesperaba
-al verle y en su desesperación se despertaba.</p>
-
-<p>Muchos otros sueños le produjeron al muchacho el
-recuerdo de aquellas malditas figuras de cera.</p>
-
-<p>Alguna vez, al pasar por las orillas del Adour, vió
-surgir entre el boscaje al Asesino, que se le presentaba
-con el brazo levantado blandiendo su puñal.</p>
-
-<p>Alvarito se hallaba predispuesto a creer en espectros
-y en aparecidos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span>
-Sin embargo, se decía:</p>
-
-<p>&mdash;Una figura de cera no puede tener alma. Soy un
-visionario.</p>
-
-<p>Y este pensamiento, en parte, le tranquilizaba, aunque
-no siempre. También pensaba que los maniquíes,
-los autómatas, los peleles y los muñecos tienen como
-un reflejo de la personalidad del que los ha hecho, y
-a veces hasta voz como los espantapájaros del Tonkín,
-que con una botella rota y una cuerda suenan y chirrían
-y asustan a los gorriones.</p>
-
-<p>En un libro viejo, encuadernado en pergamino, que
-tenía Chipiteguy, un antiguo tratado de supersticiones,
-Alvarito leyó que los sueños son de cuatro
-clases: divinos, naturales, morales y diabólicos. Los
-sueños naturales provienen del temperamento de las
-personas.</p>
-
-<p>Los biliosos sueñan colores amarillos, querellas,
-disputas, combates e incendios; los sanguíneos sueñan
-con azafrán, jardines, festines, danzas, amores y diversiones;
-los melancólicos, con humo, obscuridad, tinieblas,
-paseos nocturnos, espectros, cosas tristes y
-muertes; los pituitosos, con el mar, los ríos, las navegaciones,
-naufragios, objetos pesados y obstáculos
-para la marcha.</p>
-
-<p>Alvarito, al leer esto, pensó que quizá él principalmente
-era pituitoso, con un poco de bilioso, otro poco
-de melancólico y una miaja de sanguíneo. Después
-comprendió que todo esto no era más que hablar y no
-decir nada.</p>
-
-<p>Un día soñó que iba a caballo por un gran puente
-que avanzaba en el mar. A un lado y a otro se agitaban
-las olas y hervían las espumas en un verdadero
-caos.</p>
-
-<p>Estas olas tenían a veces vagas figuras humanas y
-se levantaban severamente para decirle algo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span>
-&mdash;¿Qué pasa? ¿Qué me quieren?&mdash;se preguntaba.</p>
-
-<p>Las olas no llegaron a romper a hablar, y de este
-sueño lo único que dedujo Alvarito al pensar en tanta
-agua fué que él debía ser muy pituitoso.</p>
-
-<p>Otra vez soñó que estaba delante de una gradería
-de figuras de cera, y que en medio había un dandy, con
-melenas y frac azul, que reproducía los rasgos del pintor
-amigo de Ochoa que estuvo en la barraca el día
-de la inauguración y que cantaba, tañendo la lira, una
-canción romántica.</p>
-
-<p>Alvarito no oyó lo que cantaba; pero el autor, con
-más costumbre de comprender a las figuras de cera,
-sospecha que el melenudo entonaba en su lira la célebre
-canción de la <i>Ceroplastia o Balada de las figuras
-de cera</i>, compuesta por el poeta Julius Petrus Guzenhausen,
-de Aschaffenburg, que dice así:</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span></p>
-
-<h3 id="III_III">III<br />
-LA CANCIÓN DE LA CEROPLASTIA</h3></div>
-
-
-<p>A veces, en la callada noche solitaria, cuando Júpiter
-brilla con fulgor sobre las chimeneas de las casas,
-y la luna se destaca como una nota de música en el
-pentágrama de los alambres del telégrafo, cuando las
-luces de la feria se extinguen, se oye una voz misteriosa
-a la puerta de las barracas de las figuras de cera,
-que canta sollozando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte
-triunfal.</p>
-
-<p>Tus hijos, es cierto, tienen ojos y manos, y pies,
-como los hijos de los hombres, y trajes y sombreros
-y zapatos, y nadie les impide llevar calzoncillos y hasta
-polainas; pero tus hijos no alcanzan el aprecio de los
-inteligentes ni el de los estetas. No se les instala en
-palacios ni en museos, como a los muñecos del arte
-griego, a pesar de hallarse éstos descalzonados y descamisados;
-no se les admira; se les relega a las barracas,
-fuera de la ciudad, como a los atacados por una
-peste o a los mendigos miserables. Tus engendros, madama
-Ceroplastia, no han estado nunca en la pomposa
-rotonda, ni en la logia, ni en la columnata, ni
-en el pórtico en que los petulantes hijos del mármol
-se lucen en una postura amanerada y un poco incómoda;
-ni en la fuente, ni en el square; no han visto<span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span>
-las caravanas de turistas con el Baedeker en la mano
-contemplándoles con una admiración contratada de
-antemano por la Agencia Cook; ni el grupo de feas
-solteronas inglesas en éxtasis mostrando sus amarillos
-dientes de caballo. Los hijos de la cera no conocen más
-elogio que el de la fregona y el del soldado. Plebeyez,
-todo plebeyez.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte
-triunfal.</p>
-
-<p>No, no. Os faltan los adjetivos encomiásticos, hijos
-de la cera. ¿Dónde está la frase de Goethe o del vizconde
-de Chateaubriand, o al menos del vizconde de
-Arlincourt, en vuestro elogio? Nadie os ha cantado,
-ni en verso ni en prosa. Unicamente se dice que un
-santón del comunismo, Esteban Cabet, individuo al
-parecer poco estético, habló de probar su Icaria, su
-ciudad utópica y perfecta, con figurones de cera de
-hombres ilustres; pero se añade que el mundo se rió
-cínicamente de la Icaria y de los figurones de cera.
-Utopía, todo utopía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte
-triunfal.</p>
-
-<p>Dicen tus impugnadores que eres como la charca
-donde se pudren las aguas vivas que vienen del monte;
-que la cera, cuando sale de la colmena es hermosa,
-se convierte en repulsiva en tus figuras y que lo mismo
-pasa con el cristal y con las telas; añaden que rebajas
-todos tus materiales, en vez de sublimarlos; que tus
-factores son buenos y tus productos son malos. Industrialismo,
-todo industrialismo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte
-triunfal.</p>
-
-<p>Tus figuras de una discreción un poco repugnante,
-producen, a la mayoría de las gentes, inquietud y
-molestia; les recuerdan, según parece, las momias<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span>
-recubiertas de cera, las imágenes con pelo de las iglesias,
-los dientes postizos, las piezas de anatomía, los
-escaparates de los ortopédicos, las cabezas de muestra
-de los salones de peinar señoras, los maniquíes
-de los sastres y de los peluqueros, los bustos de los
-frenólogos... cosas todas del largo capítulo de las
-invenciones desagradables de las farsas y de las mentiras.
-Mendacidad, todo mendacidad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte
-triunfal.</p>
-
-<p>Vuestra composición, hijos de la cera, no os permite
-vivir en plena naturaleza. La lluvia y el sol os
-estropearía el físico.</p>
-
-<p>Vuestras pelucas y uniformes, vuestros pompones
-y penachos, vuestras chupas y casacas, vuestros calzones,
-sables y espadas; vuestros trabucos y pistolas
-viejas, vuestros abanicos y tabaqueras, vuestros pañuelos
-y puntillas, hablan a la gente, más que de Versalles
-o de Sans Souci, de tenduchos de prenderos, de
-traperos y ropavejeros. Guardarropía, todo guardarropía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte
-triunfal.</p>
-
-<p>Los estetas y los cultos te consideran como un arte
-macabro y funerario. Recuerdas, según ellos, las
-pompas fúnebres, las damas repipiadas que se ven
-en las tumbas modernas esculpidas por un cantero
-en un mármol, que parece azúcar; los angelitos dorados
-y plateados de los ataúdes, los cuadros de pelo
-de los antepasados muertos, las reliquias amarillentas,
-un tanto desagradables, y los ex votos de las capillas,
-en donde se mezclan los brazos y las piernas
-de cera con los huevos de avestruz. Funerario, todo
-funerario.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span>
-&mdash;¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte
-triunfal.</p>
-
-<p>Y, sin embargo, sin embargo... ¡cómo nos seducías
-cuando éramos chicos! Si desde un punto de vista
-estético te pueden poner objeciones, no podrán hacer
-lo mismo pensando en la moral. Tus ladrones no roban,
-tus asesinos no matan, tus magistrados no dan
-sentencias injustas, tus generales son modestos y silenciosos.
-¿Se debe pedir algo más? Los hijos de la
-cera pueden decir: ¿Por qué tal desprecio? ¿No copiamos
-el dermato-esqueleto del hombre con su vestimenta
-apropiada? Si no podemos representar el interior
-de las gentes, ¿qué es esta impotencia sino un
-acierto? ¿Hay algo más tortuoso, más negro, más
-enrevesado, más lleno de telarañas que esos cuartos
-interiores del espíritu humano, sin ventilación y sin
-luz?</p>
-
-<p>Dejad que el asesino sea un brazo con un puñal
-que se levanta en el aire; dejad que el magistrado
-o el profesor sea una bola en forma de cabeza o de
-calabaza, con un birrete con pompón; dejad que el
-general no pase de ser una estaca con un hermoso
-tricornio, con su plumero, y saldréis ganando... ¿Para
-qué más? Los cultos no se convencen. Viven en
-plena rutina estética, duermen en compañía del lugar
-común. Piensan en la Venus de Milo y en el Apolo
-de Belvedere, en el Moisés de Miguel Angel y en el
-condottiero de Donatello, y hasta el nombre de Ceroplastia,
-¡oh dolor!, les parece ridículo. Amaneramiento,
-todo amaneramiento. Vanidad, todo vanidad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte
-triunfal.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Esta es la voz misteriosa que en la callada noche<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span>
-solitaria se escucha a la puerta de las barracas de las
-figuras de cera, cuando las luces de la feria se extinguen,
-cuando Júpiter brilla con fulgor sobre las
-chimeneas de las casas y la luna se destaca como una
-nota de música en el pentágrama de los alambres del
-telégrafo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span></p>
-
-<h3 id="III_IV">IV<br />
-UN PROYECTO</h3></div>
-
-
-<p>Manasés León, el judío del barrio de Saint Esprit,
-negociante en pequeño, era un judío pintoresco;
-la nariz corva, el labio inferior grueso, los ojos brillantes,
-detrás de unas antiparras que le daban aire
-de búho; el pelo lleno de rizos, el vientre abultado
-y los pies fenomenales y defectuosos. Vestía Manasés
-siempre un poco desastrado y hablaba de una
-manera suave e insinuante.</p>
-
-<p>Manasés, muy amigo de Chipiteguy, había hecho
-con él varios negocios.</p>
-
-<p>Un día, Manasés León, que estaba en la tienda de
-Chipiteguy, en vez de salir a la calle, entró hacia el
-almacén y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Amigo Dollfus, tengo que hablar con usted.</p>
-
-<p>&mdash;Usted dirá, Manasés.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo una noticia que yo no sé si la podríamos
-aprovechar.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a ver la noticia.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que unos de los capitanes generales de
-Navarra mandó recoger hace meses muchas cruces
-y custodias de plata de las iglesias de la provincia,
-abandonadas por los curas, y llevarlas a Pamplona.
-El capitán general anterior a éste tomó la determi<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span>nación
-de meter todos los objetos de plata en barricas
-y de guardarlos en un sótano de la ciudad. Se
-quería traerlos a Francia y venderlos. El capitán general
-actual ignora, según dicen, que haya este depósito
-y los únicos que saben dónde está son el cónsul
-de España, don Agustín Fernández de Gamboa,
-y el posadero de la calle de los Vascos, Ignacio Iturri.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted cómo sabe eso, Manasés?</p>
-
-<p>&mdash;Porque me lo ha dicho Gamboa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y para qué se lo ha dicho a usted?</p>
-
-<p>&mdash;Pues, sencillamente, por si yo encontraba alguien
-que se encargara de traer esos objetos hasta
-aquí. A un cristiano quizá no se hubiera atrevido a
-hacer la proposición; pero ya sabe que soy hebreo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Así que él quiere traer esos objetos a Bayona?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, eso pretende. La casa donde se guardan las
-barricas, llenas de cosas de oro y de plata, es de un
-conocido de Gamboa, y por lo que me he enterado,
-las barricas están a nombre de Iturri, que otra vez
-quiso traerlas a Francia, pero que no se atrevió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y a usted qué se le ha ocurrido?&mdash;preguntó
-Chipiteguy.</p>
-
-<p>&mdash;A mí se me ha ocurrido que podíamos enviar
-alguno de nuestros chatarreros a Pamplona con un
-carro a ver si le entregaban las barricas y las traía
-aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué ilusión!</p>
-
-<p>&mdash;¿Le parece a usted?</p>
-
-<p>&mdash;Claro. Así, tan fácilmente, eso es imposible. ¿Usted
-piensa que en un país en guerra van a dejar pasar
-un carro con barricas sin reconocer lo que va
-dentro?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;De intentar esta aventura habría que traer ese<span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span>
-tesoro de otra manera; tendría que ir a Pamplona
-uno mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ir a España!&mdash;exclamó Manasés&mdash;. No, no;
-de ninguna manera. A mí no me pescan los carlistas
-de España. ¡Ca! Si desean entenderse conmigo, que
-vengan a mi tienda de Saint Esprit y les venderé lo
-que quieran.</p>
-
-<p>Manasés pensaba que llegar a España y ser desollado
-vivo como un perro judío sería cosa inmediata.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, amigo Manasés&mdash;dijo Chipiteguy&mdash;, despídase
-usted del proyecto, porque si cree usted que
-un carretero cualquiera le va a traer a usted esas
-barricas hasta aquí desde Pamplona, sin que nadie
-las vea y las registre, cree usted una tontería; y si
-piensa usted que si le dice usted al carretero a lo que
-va, después de pasar grandes peligros él, le va a
-traer las barricas a usted, para que usted se quede
-con ellas, pues piensa usted una candidez.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy convencido, Chipiteguy&mdash;murmuró Manasés&mdash;,
-hasta el punto de que no quiero ocuparme
-más del asunto. ¡Ir a España! No, nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo quizá intente ver qué hay en eso.
-¿Cuántas barricas habrá?</p>
-
-<p>&mdash;No sé. Hablan como si hubiera cuatro o cinco.</p>
-
-<p>&mdash;Para traer eso había que ponerse de acuerdo
-con el cónsul Gamboa&mdash;dijo Chipiteguy.</p>
-
-<p>&mdash;Y quizá también con el posadero Iturri.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y valdrán mucho esas cosas de iglesia?</p>
-
-<p>&mdash;Parece que sí&mdash;contestó el judío&mdash;. Son varias
-arrobas de plata. Gamboa supone que debe haber
-además oro y piedras preciosas.</p>
-
-<p>&mdash;Hala, Manasés, vamos los dos&mdash;dijo Chipiteguy&mdash;;
-nos repartiremos el botín. Veremos lo que
-pueden hacer juntos dos viejos traperos, un judío
-de origen español y un ateo alsaciano.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span>
-&mdash;No, no. Yo no voy. Si usted es tan loco para
-ir allí, váyase. Yo no voy.</p>
-
-<p>Chipiteguy dió muchas vueltas en la cabeza a la
-noticia de Manasés, y, después de pensarlo despacio,
-habló con don Eugenio de Aviraneta.</p>
-
-<p>A Chipiteguy se le había ocurrido la idea de ir a
-Pamplona en un carro con sus figuras de cera y volver,
-si la cosa era posible, trayendo algunas o todas
-las barricas con la plata recogida de las iglesias navarras.</p>
-
-<p>&mdash;No le aconsejo a usted que lo haga&mdash;le dijo
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque es peligroso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que no es peligroso?</p>
-
-<p>&mdash;Está bien; pero usted no tiene necesidad de eso.</p>
-
-<p>&mdash;Usted no tiene tampoco necesidad de andar por
-aquí intrigando.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo Chipiteguy: si usted, a su edad, se siente
-con deseos de aventuras, no le digo nada. Adelante.</p>
-
-<p>&mdash;Pues adelante. Estoy dispuesto. Yo quisiera,
-amigo Aviraneta, que usted le viera al posadero Iturri,
-le preguntara qué sabe de esas barricas, cuántas
-hay, etc., etc.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos ahora mismo&mdash;dijo Aviraneta.</p>
-
-<p>Fueron a la posada de Iturri; el posadero estaba
-en la trastienda de su mercería y fonda.</p>
-
-<p>Aviraneta expuso a Iturri las pretensiones de Chipiteguy.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;dijo el posadero&mdash;; hay cuatro o cinco barricas
-en un almacén de trigo de la calle Nueva, de
-Pamplona. Yo no sé qué tienen dentro. Creo que pusieron
-las barricas a mi nombre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no sabe lo que hay dentro?&mdash;preguntó Chipiteguy.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span>
-&mdash;A punto fijo, no. No creo que haya inventario
-ninguno.</p>
-
-<p>Como Chipiteguy insistió en ir a Pamplona, Iturri
-le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Tenga usted cuidado y no sea usted loco. La
-cosa es muy difícil, casi imposible.</p>
-
-<p>Chipiteguy era terco y estaba decidido; le tentaba
-la aventura. Fué al consulado de España a visitar a
-Gamboa; le dijo lo que le había contado Manasés y
-lo que quería hacer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted mismo piensa ir?&mdash;le preguntó Gamboa.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; si se gana lo suficiente, yo mismo intentaré
-traer las barricas aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no sé lo que vale eso&mdash;replicó Gamboa&mdash;.
-Si la empresa sale bien y trae aquí esa plata, le pagaremos
-los gastos que usted haya hecho y el veinte
-por ciento de la venta. Si sale mal y no puede usted
-traer esas barricas, le abonaremos sólo los gastos.
-¿Le parece a usted bien?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; no me parece mal.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que se decide usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, me decido. Iré y probaré fortuna. Entrar en
-España no es difícil; lo difícil es salir, sobre todo
-trayendo las cruces y las custodias.</p>
-
-<p>&mdash;Si quiere usted le daré la orden para que le entreguen
-esas barricas. Aquí está su descripción y su
-numeración. Se hallan puestas a nombre de Iturri, un
-posadero de Bayona.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; le conozco.</p>
-
-<p>Gamboa le entregó los papeles y una orden reservada
-y sin firma para el amo de la casa de la calle
-Nueva de Pamplona, donde estaban guardadas las
-barricas.</p>
-
-<p>Chipiteguy se puso a estudiar el asunto. Toda la<span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span>
-frontera española, desde Fuenterrabia hasta más allá
-de Roncesvalles, estaba ocupada por los carlistas, excepto
-el puente de Behovia. Los chatarreros que entraban
-en Navarra solían pasar por el campo carlista,
-en el que tenían conocimientos. Había que encontrar
-algunas influencias entre los partidarios de don Carlos
-para que no pusieran dificultades al paso de un
-carro con las figuras de cera, cosa que no le había
-de ser difícil.</p>
-
-<p>Chipiteguy alquiló una carreta de cuatro ruedas y
-dos caballos normandos y dispuso llevar sus mejores
-figuras de cera para las ferias de San Fermín.</p>
-
-<p>Claquemain y Frechón irían en la galera y Alvarito
-y él en un carricoche.</p>
-
-<p>Claquemain había hecho el viaje varias veces; Frechón,
-aunque se enterara de lo que se trataba, no se
-escandalizaría, porque era anticlerical furioso, y, si
-exigía algo, se le taparía la boca dándole dinero.</p>
-
-<p>Los preparativos se hicieron a la chita callando.
-Chipiteguy dijo a Alvarito cómo tenían que ir a Pamplona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero hay ferias durante la guerra en Pamplona?&mdash;preguntó
-el muchacho.</p>
-
-<p>&mdash;No, ferias importantes no hay; pero van algunos
-pocos comerciantes, sobre todo franceses, y ganan
-muy bien, porque no hay competencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y se podrá pasar?&mdash;preguntó Alvarito.</p>
-
-<p>&mdash;En eso estamos ya unos cuantos, en tratos con
-carlistas y liberales. Los carlistas dejarán pasar los
-carros si paga cada uno unas pesetas; luego, cuando
-no acerquemos a un pueblo del camino, Zubiri o
-Larrasoaña, nos uniremos a una compañía franca
-y con ella entraremos en Pamplona.</p>
-
-<p>Se cargó la galera, se preparó un cochecito y un
-día Chipiteguy dijo en su casa que a la mañana si<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span>guiente
-se marchaba a Pamplona a pasar unos días.</p>
-
-<p>Manón, que se preparaba a ir a visitar a una familia
-amiga de la calle de l'Orbe, preguntó extrañada:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo, te vas a Pamplona, abuelo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;No habías dicho nada.</p>
-
-<p>&mdash;Es un proyecto que se me ha ocurrido de
-pronto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué hay en Pamplona?</p>
-
-<p>&mdash;Hay una feria.</p>
-
-<p>&mdash;Pues llévame también a mí.</p>
-
-<p>&mdash;No puede ser. Tú tienes que estar aquí al frente
-de la casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Frechón?</p>
-
-<p>&mdash;Viene conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Alvarito?</p>
-
-<p>&mdash;También.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué habrás pensado, abuelo! Alguna cosa has
-pensado tú que no me quieres decir a mí.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿No vas a hacer algo peligroso?</p>
-
-<p>&mdash;No, no; no tengas cuidado.</p>
-
-<p>&mdash;Porque ¿qué haría yo si me quedara sin mi
-abuelito?</p>
-
-<p>&mdash;No, no haré nada peligroso; tranquilízate.</p>
-
-<p>&mdash;Nos vas a tener inquietos en casa.</p>
-
-<p>Chipiteguy besó a su nieta y le dijo que fuera a
-su reunión.</p>
-
-<p>Al día siguiente, antes que Manón se hubiera levantado,
-Chipiteguy y Alvarito salieron en su carricoche
-por la orilla del Nive.</p>
-
-<p>La galera con Frechón y Claquemain había salido
-anteriormente, y unidas a otras varias y a un coche<span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span>
-de un vendedor de lápices, marchó hacia San Juan
-de Pie de Puerto.</p>
-
-<p>Tres días después entraban los coches y las galeras
-en Pamplona por la puerta de Francia y se instalaban
-en el paseo de la Taconera.</p>
-
-<p>Chipiteguy llevaba recomendaciones de Gamboa
-para el capitán general y para el jefe político, don
-Domingo Luis de Jáuregui.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="III_V">V<br />
-EN PAMPLONA</h3></div>
-
-<p>El sol caía de plano sobre la llanura de Pamplona.
-Era un día de julio, día de San Fermín. En los alrededores
-de la ciudad los campos estaban segados
-y se preparaban para la trilla. Los montes de la cuenca
-pamplonesa, el Perdón y el Ezcaba, el Servil y la
-Higa de Monreal, San Cristóbal y la Silla de Pilatos
-aparecían azules en el cielo inflamado. En la vuelta
-del castillo amarilleaban los hierbales; sólo en los
-fosos de la muralla, en algunos rincones sombríos,
-se conservaban aún verdes y frescos; el campo se hallaba
-dominado por el color dorado y la ciudad aparecía
-caldeada dentro de sus murallas grises, en su
-gran llanada, rodeada de montes pelados.</p>
-
-<p>Por los caminos, y a pesar de que los carlistas
-ocupaban los alrededores, venían los campesinos,
-hombres y mujeres, en los caballejos y en las mulas,
-a las fiestas, que se celebraban sin gran esplendor,
-por la guerra.</p>
-
-<p>Había un campaneo vertiginoso en todas las torres
-de la ciudad en honor del santo patrón.</p>
-
-<p>Las campanas de San Saturnino contestaban a las
-de la Catedral, las de San Nicolás a las de San Saturnino,
-las de San Lorenzo a las de San Nicolás.<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span>
-Las unas hacían ese tán tán triste, pesado y agobiador;
-las otras, el tilín talán clásico de las dos
-campanas echadas al vuelo, que tan bien indica el carácter
-de los pueblos españoles levíticos con curas
-y con beatas; no faltaba el tín tín agudo del esquilón
-del convento de monjas.</p>
-
-<p>¡Qué sugestivo! ¡Qué romántico este continuo y
-melancólico tañer! ¡Cómo se recuerda la infancia,
-la tristeza de la vida! ¡El toque de oración, el del
-Angelus, el de la Agonía, el de la misa, el de los
-funerales! ¡Cómo sale a flote ese fondo doloroso de
-la existencia! ¡Qué poético ese son de las campanas!
-Pero qué bien el estar en sitio bastante lejano para
-no poderlas oír.</p>
-
-<p>En aquella mañana ardorosa de julio el alboroto
-de las campanas parecía disolverse en el campo, agostado
-y desierto, inundado por el sol, y en la inmensidad
-del cielo azul.</p>
-
-<p>Chipiteguy y su gente habían llegado a Pamplona
-a fines de junio de 1838. En una semana construyeron
-la barraca, que quedó alineada con otras ocho o diez
-del paseo de la Taconera.</p>
-
-<p>La mayoría de las figuras de Chipiteguy se habían
-convertido en asesinos célebres. Los generales y guerrilleros
-españoles habían dejado de ser Mina, Zurbano
-y Zumalacárregui, para tomar un nuevo avatar.</p>
-
-<p>En Pamplona había con seguridad gente que había
-conocido personalmente a estos guerrilleros y
-era peligroso darlos mixtificados, porque podía comprobarse
-la mixtificación.</p>
-
-<p>Se abrió la barraca y cada uno de los compañeros
-de Chipiteguy tuvo un papel. Alvarito, vestido de
-pierrot, daba al bombo y a los platillos; Frechón voceaba,
-delante de la barraca, con acento francés.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí <i>vegán</i> ustedes, <i>señoges</i>, los hombres más<span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span>
-<i>sélebres</i> de todo el mundo: los asesinos más famosos
-y los <i>militages</i> más notables.</p>
-
-<p>En el interior, Chipiteguy mostraba las figuras
-con un puntero y daba explicaciones: Claquemain
-cuidaba de los caballos y hacía la comida dentro de
-la galera.</p>
-
-<p>Alvarito, muchas veces, mientras tocaba el bombo
-y los platillos, pensaba:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dirían mis antepasados, los Sánchez de
-Mendoza, si me vieran en este oficio?</p>
-
-<p>Las gentes que entraban en la barraca tenían la
-petulancia y la impertinencia del provinciano que desprecia
-al histrión callejero y trashumante y hacían
-observaciones que querían ser malévolas y sangrientas.</p>
-
-<p>Algunos mozos, más atrevidos, se sentían inclinados
-a romper, a pinchar, a hacer alguna mal intencionada
-fechoría.</p>
-
-<p>Frechón, que a pesar de su irritabilidad habitual
-no se molestaba con el desdén de la multitud, hacía
-observaciones misantrópicas apaciblemente:</p>
-
-<p>&mdash;Si a la mayoría de las poblaciones se les pudiese
-considerar como ganado y tratarlas en tal concepto,
-la sociedad mejoraría mucho.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que empezar siendo Napoleón para eso&mdash;replicaba
-Chipiteguy.</p>
-
-<p>Alvarito hacía como que no se enteraba de los comentarios
-de la gente y hablaba en francés. En este
-contacto entre el público y los hombres de la feria,
-él se ponía del lado de los últimos. A Alvarito le iba
-naciendo un fondo de antipatía por el señorío, que
-le miraba a él con desprecio.</p>
-
-<p>Los suyos empezaban a ser, no como para su padre
-los aristócratas, los señores serios, el presidente
-de la Audiencia, el director del Instituto, el coronel,<span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span>
-los buenos cornudos respetables, militares y civiles
-de cara grave y seria, como tallada en piedra berroqueña,
-llenos de distinciones y de majestad, sino los
-histriones y titiriteros de la feria.</p>
-
-<p>Para guardar la barraca de las figuras de cera solían
-dormir en ella, alternando dos a dos, unas noches
-Chipiteguy y Alvarito, otras Frechón y Claquemain.
-Los demás días iban a una casa de la calle del Carmen,
-donde Chipiteguy tenía alojamiento.</p>
-
-<p>A Alvarito le producía una impresión muy penosa
-el echarse a dormir delante de aquellas figuras de
-cera, que a la luz de una candileja aparecían más
-horribles y amenazadoras que nunca. Estos monstruos
-de cera, esta guardia negra de espectros vivían,
-para Alvarito, una vida siniestra, si no en el período
-de vigilia, en el del sueño. Entonces, entre las sombras
-del cerebro, se animaban y tomaban una expresión
-repugnante y odiosa; las caras, con sus ojos de
-cristal, sus pelucas y sus barbas postizas, se erguían
-agresivas y gesticulaban y tenían un aire de rencor y
-de venganza.</p>
-
-<p>Los rostros verdaderos de los más bárbaros envenenadores
-y asesinos no le hubieran parecido tan feroces
-y horribles como aquellos. Alvarito pudo notar
-que este efecto de repulsión de las figuras de cera
-no era el único que lo experimentaba, pues a veces,
-entre el público, se veía algún chico que empezaba
-a berrear y a patear de miedo y la madre tenía que
-sacarlo fuera.</p>
-
-<p>&mdash;Sin duda, yo soy también infantil&mdash;se decía el
-muchacho.</p>
-
-<p>Pronto los hombres de la barraca de Chipiteguy
-se hicieron amigos de sus vecinos. Después de cenar
-y concluir el trabajo solían venir a hacer tertulia detrás
-de la barraca de Chipiteguy, donde habían colo<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span>cado
-la galera, muchos de los industriales de la feria.
-Era la aristocracia de las barracas. La mujer cañón,
-madama Lalande, con su marido Raul Culot; el vendedor
-de la manteca de serpiente cascabel, míster
-Cavendish, que era escocés, y llevaba polainas amarillas;
-el de los frascos de vulneraria suiza para las
-heridas, Onofrius Müller, que era del Tirol; el físico
-del pueblo francés, monsieur Bazin; el vendedor de
-lápices que no se rompían, míster Clarck, inglés, y
-el marino que anunciaba el aceite virgen de Macassar,
-para el pelo, que era bretón, y se llamaba, según
-él, Gontran Montdidier, Penhoel de Montbrisson.</p>
-
-<p>De estos personajes, la mayoría vestían como todo
-el mundo, excepto monsieur Bazin, el físico del pueblo
-francés, que llevaba frac y melenas; Onofrius
-Müller que gastaba una librea roja con galones y
-tricornio, míster Clarck y monsieur Montdidier.</p>
-
-<p>Este vestía de marino, con grandes melenas, y tenía
-tres retratos suyos, pintados al óleo, casi tan agradables
-como las figuras de cera de Chipiteguy, y que
-constituían un verdadero e interesante tríptico, que
-le servía de reclamo. El primero se intitulaba: "Antes
-del tratamiento", y se veía al señor Gontran Montdidier
-Penhoel de Montbrisson, calvo, como una bala
-rasa; el segundo se llamaba: "Durante el tratamiento",
-y el marino lucía un pelo corriente, ya bastante
-largo, aunque con algunas calvas; el tercer cuadro
-era: "Después del tratamiento", y entonces el pelo
-del señor Montdidier era una inundación capilar.</p>
-
-<p>Clarck, el inglés vendedor de lápices, iba en un
-coche. Se vestía con una túnica azul, con estrellas de
-plata; cubría su cabeza con un casco con plumas y
-hablaba desde el pescante. El señor Clarck hacía las
-puntas a los lápices con una navaja de a dos pal<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span>mos
-de larga y otras veces con un sable de caballería.
-Al parecer, este recurso tenía éxito.</p>
-
-<p>Su criado, Tom Phips, hombre con cara de perro
-malhumorado, llevaba también casco y solía tocar en
-lo alto del coche, para llamar al público, una trompa
-de caza, y en los intermedios, una caja de música.</p>
-
-<p>Onofrius Müller era pequeño, grueso, melenudo,
-sonrosado, y peroraba en un castellano bastante correcto:</p>
-
-<p><i>Señoges</i> y <i>señogas</i>&mdash;decía, subido en un banco&mdash;:
-Tengo el <i>honog</i> de <i>anunciag</i> la <i>verdadega vulnegagia</i>
-o té suizo. Vuestro humilde <i>servidog</i> es un químico
-que ha podido <i>estudiag</i> los efectos de la <i>vulnegagia</i>.
-La <i>vulnegagia, señoges</i>, tiene la virtud de <i>pugificad</i>
-la masa de la sangre, de <i>haceg transpirag</i> por los
-<i>sudoges</i> y por las <i>oginas</i>, de <i>quitag</i> las <i>ictegicias</i>, las
-hidropesías, la gota y el <i>roimatismo</i>; de <i>expulsag</i> la
-<i>solitagia</i> y las <i>lombrices</i>, de <i>dag</i> fuerza al pulmón y
-al hígado y de <i>evitag</i> las fiebres palúdicas intermitentes
-y remitentes. Un frasco de <i>vulnegagia, señoges</i>,
-cuesta en todas las farmacias dos pesetas; yo, en
-obsequio de esta ciudad ilustre, los vendo por dos
-<i>geales</i>.</p>
-
-<p>El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, tenía
-una barraca con un letrero que decía: "Palacio de
-las Maravillas, bajo la dirección de A. Bazin, físico
-del pueblo francés."</p>
-
-<p>¿Por qué el pueblo francés necesitaba un físico
-especial? Lo ignoramos.</p>
-
-<p>El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, era
-genial. Los pensamientos no le cabían en el cráneo
-y solía pasear con el sombrero en una mano y en la
-otra un bastón de junco, que tenía una hermosa bola
-blanca en el puño. Con este bastón hacía molinetes
-en el aire, daba estocadas a los árboles, se sacudía<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span>
-los pantalones, pegaba a los perros, acariciaba a los
-niños, porque el bastón constituía una parte integrante
-de la interesante personalidad de monsieur
-Bazin, físico del pueblo francés.</p>
-
-<p>Los españoles de la feria eran, en su mayoría, gente
-pobre; uno tenía unas vistas o tuti-li-mundi en un
-carrito, otro un cosmorana, un tercero un aparato
-como un castillo, con el que predecía el sino de cada
-persona y los números que iban a tocar en la lotería.</p>
-
-<p>Este, que era un paleto castellano, vestido de pana,
-con una gorrita, decía:</p>
-
-<p>&mdash;Por dos cuartos se dan los números fijos de la
-lotería y el sino de cada persona. ¿Quién pide otro?</p>
-
-<p>Había, además, un hombre con un tíovivo y otro
-con la rueda de la fortuna.</p>
-
-<p>El tíovivo era un tíovivo a la antigua, sin espejos,
-ni oriflamas, ni ondinas, ni cerdos, ni elefantes;
-un tíovivo clásico con unos pobres y miserables caballos
-de cartón. El hombre del tuti-li-mundi, el señor
-Paco el asturiano, el del cosmorama, tocaba el
-tambor, y a pesar de que era un tipo pesado y tranquilo,
-entretenía a la gente, contándole lo que iba a
-ver y la historia de las personas que aparecían en
-las vistas ópticas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adelante, señores, adelante!&mdash;decía&mdash;. ¡Aquí
-verán ustedes una vista de la bella Venecia! Tan
-tarán tan tarán tan. ¡Y qué vistas, señores! ¡Cuánta
-iglesia! ¡Cuánta torre! ¡Cuánto <i>palaciu</i>! ¡Cuánta
-<i>góndula</i>! Tan tarán tan tarán tan. ¡Mirad esa <i>góndula</i>
-que va por el gran canal! Van en ella dos <i>enamoradus</i>.
-Ella era una dama de las más principales del
-<i>pueblu</i>. El es un joven <i>venecianu</i>, elegante y <i>peripuestu</i>.
-¡Cómo se arrullan los <i>tortulitus</i>! Tan tarantán,
-tarantán. ¡Mirad esa vieja que los mira desde
-la otra <i>góndula</i>! ¡Cómo se indigna porque a ella no<span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span>
-le hacen <i>casu</i>! Y es bigotuda. Podía retorcerse el
-bigote. ¡Adelante, señores, adelante! Tan tarantán
-tarantán.</p>
-
-<p>Con los industriales pobres de la feria se reunía
-el hombre orquesta Remifasol, que era un saboyano, y
-que tocaba al mismo tiempo con manos y pies ocho
-o diez instrumentos, entre ellos un acordeón, unos
-platillos, un bombo y una flauta.</p>
-
-<p>Otro tenía la rueda de la fortuna o la reolina, como
-la llamaba él, que era una rueda como la del barquillero,
-en la que se jugaba por dos cuartos, y podía
-tocar un abanico, un caramelo, cacahueses, una peseta
-y hasta un conejo vivo.</p>
-
-<p>Alvarito hizo varios conocimientos, más o menos
-distinguidos. Conoció al gigante Goliath y al enano
-Jimmy, que se exhibían en una barraca. El gigante
-Goliath era triste, apático y aprensivo; en cambio,
-el enano Jimmy era alegre, impetuoso y francamente
-optimista. A Goliath le asustaba la soledad y la noche;
-en cambio, a Jimmy, malicioso, burlón y atrevido,
-no le asustaba nada.</p>
-
-<p>Otro amigo de Alvarito fué el dueño de un tiro
-al blanco y de un pim, pam, pum. Este hombre era
-un francés rubio, de gran bigote, llamado Cazenave,
-y tenía una hija de catorce a quince años, que era
-la encargada de cargar las escopetas para tirar al
-blanco. Cazenave y la señorita Atala se hicieron amigos
-de Alvarito.</p>
-
-<p>Cazenave había sido antes titiritero; pero había
-perdido facultades y estaba un poco derrengado. La
-chica tenía la especialidad de bailar en la cuerda floja
-y de deslizarse por un alambre, agarrándose con los
-dientes a un cuero con una anilla. La señorita Atala
-era rubia, tirando a rojo; tenía los ojos claros, la
-cara cuadrada, con los pómulos salientes, y el ade<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span>mán
-decidido. Era de San Juan de Luz y tenía aire
-de <i>cascarota</i>.</p>
-
-<p>Durante el día la gente no acudía mucho a la feria;
-si iban era más bien a los puestos de juguetes
-y baratijas, y algunos a la cuatropea, o feria de ganados;
-pero cuando obscurecía y se cerraban las
-puertas de la ciudad comenzaba la animación. Las
-luces de las barracas se encendían, sonaban las campanillas,
-el tambor, el bombo y el cornetín de pistón.
-¿Quién decía que había miseria, guerra y calamidades?
-No había más que alegría, ruido, luces, voces,
-organillos, tíosvivos que iban dando vueltas y pim...
-pam... pum...</p>
-
-<p>En la Taconera había paseo y solía tocar la música
-militar. Se veían muchachas elegantes, con su
-mantilla, muy coquetas, de ojos negros, jugando con
-el abanico y con la mirada, al lado de currutacos que
-las acompañaban y de militares que arrastraban el sable
-y lucían el uniforme.</p>
-
-<p>Algunos, con bigotes a lo Diego León y con melenas,
-se hacían los interesantes y tomaban actitudes
-melancólicas y románticas.</p>
-
-<p>Al parecer, los militares tenían buenas fortunas
-entre las damas de Pamplona. El peligro hacía que
-las lides de amor tuvieran desenlace más rápido.</p>
-
-<p>Las gentes se acercaban al mirador de la Taconera
-a contemplar la noche profunda y llena de estrellas,
-y veían en los pueblos hogueras y luces de los carlistas
-o de las compañías francas que recorrían aquellos
-pueblos. Así la fiesta era más agradable, porque
-en medio de la sombra peligrosa e incierta que circundaba
-la ciudad se tenía la impresión de estar en
-tierra firme, segura y con luz.</p>
-
-<p>A los ocho días de llegar a Pamplona, Chipiteguy<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span>
-le dijo a Alvarito que creía que el público se había
-cansado de las figuras de cera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted?...</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no lo creo.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo conozco al público&mdash;contestó el viejo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué va usted a hacer? ¿Marcharse?</p>
-
-<p>&mdash;No; voy a llevar a la barraca el cosmorama y a
-ponerme de acuerdo con el hombre que lo tiene.</p>
-
-<p>A Alvarito le pareció aquélla una combinación
-bastante mala; pero no dijo nada.</p>
-
-<p>Dos días después Chipiteguy le indicó que, como
-las estampas del hombre del cosmorama estaban bastante
-estropeadas, le iba a encargar a Alvaro que las
-compusiera y arreglara.</p>
-
-<p>&mdash;Pero yo no sé dibujar ni pintar para eso&mdash;advirtió
-Alvaro, un tanto alarmado.</p>
-
-<p>&mdash;No importa. No se necesita gran cosa.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no sé si sabré hacerlo.</p>
-
-<p>&mdash;Primero compones las estampas con engrudo&mdash;repitió
-Chipiteguy&mdash;y luego las retocas un poco
-con pintura.</p>
-
-<p>A Alvarito le pareció el cargo de mucha responsabilidad;
-pero prometió hacer la obra lo más concienzudamente
-que pudiera.</p>
-
-<p>Como no era fácil que en la barraca ni en la galera
-se hiciese esto, que exigía cuidado y atención
-meticulosa, Chipiteguy indicó a Alvarito que se quedara
-en la calle del Carmen y dijo en la casa que cedieran
-al muchacho un cuarto.</p>
-
-<p>La dueña, que era una cerera, le llevó a Alvarito
-a un gabinete pequeño con una mesa, una cómoda
-con un Niño Jesús, con una bola de plata en la mano;
-un antiguo sofá verde, unas sillas, también verdes,<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span>
-y las paredes llenas de cuadros viejos horribles de
-santos.</p>
-
-<p>Alvarito llevó allí el montón de estampas que había
-que restaurar y se puso al trabajo con toda su buena
-fe. No se le ocurrió que lo único que se pretendía era
-alejarle de la barraca.</p>
-
-<p>Cuando Alvaro le enseñó al viejo sus primeras
-restauraciones, a Chipiteguy le parecieron muy bien.
-Alvarito trabajaba durante todo el día. Unas veces
-borraba, otras limpiaba con jabón y agua caliente con
-mucho cuidado, restauraba lo que podía y dejaba las
-estampas a que se secaran en el suelo, sobre el sofá
-y la cómoda; una raya mal hecha, una tinta que se
-corriera, le preocupaba.</p>
-
-<p>Por la tarde, con el chico de la casa, iba a pasear
-a la Taconera. El chico de la casa, hijo de la dueña,
-a quien llamaban Cholín, era carlista, como toda su
-familia. El chico le enseñaba a Alvarito las curiosidades
-de Pamplona y lo que a él, como carlista, le
-interesaba.</p>
-
-<p>Fueron los dos a ver la Ciudadela y el baluarte
-donde fusilaron, al principio de la guerra, a don Santos
-Ladrón. Cholín contó lo que dijo el general carlista
-cuando le obligaron a ponerse de espaldas para
-matarle, y cómo le sacaron, después de muerto, a él
-y a su teniente Irribarren por la puerta del Socorro
-a enterrarlos en el cementerio.</p>
-
-<p>Un cañonazo, disparado a media tarde, desde el
-mismo baluarte, anunció al pueblo de Pamplona que
-la sentencia estaba cumplida.</p>
-
-<p>Cholín había conocido a don Santos Ladrón en
-Estella y le parecía un gran hombre.</p>
-
-<p>También le enseñó Cholín la casa del paseo de Valencia,
-cerca de la Taconera, donde hacía poco los
-sublevados de las compañías francas habían matado<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>
-al general Sarasfield, y en donde Espartero, como represalia,
-mandó fusilar poco después al coronel Iriarte
-y a sus compañeros, la mayoría masones y partidarios
-de la independencia del reino de Navarra.</p>
-
-<p>A Cholín la idea de los masones le producía espanto.
-A Alvarito ya no le hacía ningún efecto.</p>
-
-<p>La madre de Cholín, después de cenar, le contaba
-a Alvaro historias viejas de la ciudad. Ella le había
-visto, desde su tienda, pasar al coronel Zumalacárregui
-una mañana fría de un día de octubre y salir
-por la puerta de Francia. Poco después se supo que
-estaba en Huarte Araquil, al frente de todos los carlistas.</p>
-
-<p>Por qué Alvarito sentía cada vez menos entusiasmo
-por el carlismo, a medida que vivía entre carlistas,
-él no sabía explicárselo; pero así le pasaba.</p>
-
-<p>Alvarito no quería abandonar a sus amigos de la
-feria, y por la noche, harto de las historias de Cholín
-y del carlismo, cuando se cerraban las barracas y los
-dueños y sus criados iban a pasear o se quedaban de
-tertulia cerca de sus instalaciones y de sus carros, Alvaro
-se reunía a ellos. La mayoría charlaba o jugaba a
-las cartas. La señorita Atala, la del tiro al blanco, fué
-varias veces con Alvarito a sentarse al mirador de la
-Taconera, de noche. A ella no le parecía mal el muchacho;
-pero a él no le gustaba la titiritera con sus
-aires de cascarota.</p>
-
-<p>Ella tenía sus ilusiones raras de bohemia y trotacaminos;
-pensaba que el mundo feo y penoso en que
-vivía se iba a abrir en cualquier ocasión e iba a aparecer
-el palacio admirable con sus esplendores orientales.
-Cuál sería la palabra mágica, cuál el momento,
-no lo sabía.</p>
-
-<p>Alvarito estaba entusiasmado con Manón y no ha<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span>blaba
-más que de ella y de Bayona. A la señorita Atala,
-Bayona le parecía un pueblo horrible y aburrido.</p>
-
-<p>A veces la titiritera y el muchacho se sentían de
-acuerdo.</p>
-
-<p>La decoración era inspiradora; aquellas noches
-templadas, con el cielo lleno de estrellas, la obscuridad
-de alrededor, las luces misteriosas en los pueblos lejanos,
-el alerta de los centinelas; todo ello hablaba a la
-imaginación.</p>
-
-<p>En aquel exiguo grupo de titiriteros y saltimbanquis
-hubo durante la feria de Pamplona algunas pequeñas
-complicaciones.</p>
-
-<p>El señor Montdidier Penhoel de Montbrisson tenía
-una mujer muy guapa y estaba celoso de ella. Madama
-Montdidier era una bordelesa morena, guapa, de ojos
-negros, un poco mujerona, un poco coqueta y oía sin
-inconveniente a los que la galanteaban.</p>
-
-<p>El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, y el
-vendedor de lápices que no se rompían, míster Clarck,
-hombres de corazón volcánico, se enamoraron los dos
-de la bella madama.</p>
-
-<p>El señor Bazin, el físico del pueblo francés, reunía
-más recursos que el señor Clarck; tenía primeramente
-un frac azul con botones dorados y en su barraca,
-el Palacio de las Maravillas, una porción de cosas
-misteriosas: botellas de Leyden, pilas de Volta, una
-máquina neumática, etc., etc. Además, hacía en su laboratorio
-el trueno, el rayo y el granizo. El señor
-Clarck no tenía más que su cota de malla, su casco y
-el sable para hacer punta a los lápices.</p>
-
-<p>Madama Montdidier se sentía inclinada a escuchar
-al físico del pueblo francés con curiosidad; pero míster
-Clarck, celoso del éxito de su rival, se lo comunicó
-al marido. Montdidier se indignó al conocer la simpatía
-de su esposa por aquel farsante, que pretendía<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span>
-hacer los rayos y el granizo en la barraca, e increpó al
-físico del pueblo francés agriamente.</p>
-
-<p>El físico contestó con arrogancia, y Montdidier llamó
-a Cazenave para que arreglara el asunto.</p>
-
-<p>Cazenave decidió que lo mejor sería que el físico
-y el marido se dieran unas buenas morradas en la
-Vuelta del Castillo; pero, para pegarse, Montdidier
-tenía la desventaja de llevar los pelos largos y, por
-otro lado, no se le podía indicar que se los cortara,
-porque era cortarle la alimentación.</p>
-
-<p>En vista de estas consideraciones, se dió por terminado
-el asunto y el físico no se volvió a acercar al matrimonio
-Montdidier.</p>
-
-<p>Mientras Alvarito vivía en la calle del Carmen iluminando
-estampas, Chipiteguy intentaba realizar sus
-proyectos.</p>
-
-<p>Primeramente fué con la carta de Gamboa al almacén
-de trigo de la calle Nueva y vió las barricas.
-Eran cinco, bastante grandes. El encargado del almacén
-dijo que le hacían un favor si las quitaban de allí.
-Podían llevarlas cuando quisieran. La cosa no era
-fácil. Chipiteguy hizo una prueba con un barril para
-ver si podía llevarle a la feria sin dificultad.</p>
-
-<p>Llenó el barril de agua y, al anochecer, lo puso en
-un carrito y salió a la calle. Al poco tiempo se le acercó
-un guardia y le preguntó qué llevaba. Le dijo Chipiteguy
-que era agua con un poco de lejía para limpiar
-sus figuras de cera.</p>
-
-<p>El guardia le dijo que mostrara el agua del barril,
-o si no, que tenía que ir a la Alhóndiga.</p>
-
-<p>Chipiteguy vió claramente que no era posible sacar
-las barricas enteras sin que lo notara nadie, y se decidió
-a desfondarlas en el almacén y sacar el contenido
-en sacos. Para esto tuvo que alquilar una parte del<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span>
-almacén y ésta cerrarla herméticamente con unas tablas
-para que no pudieran espiarle.</p>
-
-<p>Luego fueron Chipiteguy, Claquemain y Frechón
-con sacos al hombro, generalmente al anochecer. Unas
-veces salían por la calle Nueva y otras por la de San
-Antón, porque el almacén tenía entrada por estas dos
-calles paralelas.</p>
-
-<p>Durante aquel tiempo Chipiteguy hizo su combinación.
-La barraca de las figuras de cera se había cerrado.
-Todos los días, Frechón, Claquemain o Chipiteguy
-iban con sacos del almacén de la Calle Nueva a la
-barraca.</p>
-
-<p>A Alvarito le dijeron que se dedicaban a la compra
-de hierro viejo, cosa que le chocó bastante, porque
-este negocio tenía que ser poco fructífero teniendo
-que llevar la chatarra a Francia. Indudablemente las
-figuras de cera, por nada que dieran, tenían que dar
-más. Cuando la mayoría de las estampas estuvieron
-preparadas por Alvaro, limpias y retocadas, Chipiteguy
-salió con que ya no había público, porque la feria
-se iba acabando, y que era mejor marcharse.</p>
-
-<p>Pasados unos días, Alvarito vió con cierto asombro
-que llenaban el carro con las figuras de cera y que
-Chipiteguy alquilaba otro carro para la chatarra de
-hierro comprada, que en parte estaba muy roñosa y
-en parte pintada de negro.</p>
-
-<p>Chipiteguy dispuso que Claquemain y Alvarito fueran
-con los dos carros y que Frechón les esperaría antes
-de la frontera, en Valcarlos. El iría poco después.
-Chipiteguy convidó a almorzar a sus tres empleados
-en una casa de comidas de la calle de las Mañuetas, y
-al día siguiente se pusieron todos en marcha.</p>
-
-<p>Chipiteguy despidió a Frechón, y después de haberlo
-despachado, cambió sin duda de parecer, y dijo a
-Claquemain y a Alvarito que debían dirigirse a San<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span>
-Sebastián con los carros. El se les reuniría más tarde.</p>
-
-<p>El viaje de Claquemain y Alvarito fué largo. Lo hicieron
-por Irurzun. El camino estaba malo, desfondado,
-deshecho por el paso de los cañones y de los
-carros de tropa.</p>
-
-<p>A cada paso patrullas liberales y carlistas les detenían
-y les pedían los documentos.</p>
-
-<p>Claquemain conocía gente en el camino; tenía mucho
-dinero, que le había dado Chipiteguy, y la marcha no
-ofrecía dificultades. A veces sucedía que Claquemain
-estaba borracho y había que esperar a que se le pasara
-su borrachera. El hombre se manifestaba siempre malhumorado,
-y hacía todo lo posible para amargar la vida
-a Alvarito.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="III_VI">VI<br />
-LA VUELTA</h3></div>
-
-
-<p>A los cuatro días de salir de Pamplona llegaron
-Claquemain y Alvaro a San Sebastián; fueron a parar
-a una posada de la Brecha, y poco después apareció
-Chipiteguy en su cochecito.</p>
-
-<p>Chipiteguy hizo diferentes gestiones para llevar su
-chatarra a Francia y decidió embarcarla en un pailebot
-con las figuras de cera y enviar a Claquemain por
-Irún con la galera vacía.</p>
-
-<p>Chipiteguy y Alvarito fueron en el pailebot. Alvarito
-no se había embarcado nunca y tenía gran curiosidad
-por el mar.</p>
-
-<p>Al salir de San Sebastián fué contemplando con
-gran atención las rocas de detrás del Castillo de la
-Mota, festoneadas por la espuma; luego la abertura
-de la Zurriola y los acantilados del monte Ulía, la entrada
-estrecha de Pasajes y las capas de areniscas estratificadas
-como hojas de un libro del Jaizquibel.</p>
-
-<p>&mdash;No mires demasiado. No vayas a marearte&mdash;le
-dijo Chipiteguy.</p>
-
-<p>Efectivamente, al último, Alvarito se mareó y tuvo
-que tumbarse.</p>
-
-<p>Las figuras de cera le inquietaron. Dos o tres generales
-se movieron y se lanzaron hacia adelante como<span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span>
-si fueran al asalto o a ganar un entorchado, y una de
-las damas se dió un golpe y se hizo una rajadura en la
-cabeza.</p>
-
-<p>Al pasar la barra del Adour y al cesar el balanceo
-del barco, a Alvarito se le quitó el mareo.</p>
-
-<p>Al acercarse a la colina de Blancpignon, el muchacho
-vió a Chipiteguy que con aire de triunfo cantaba
-a voz en grito su canción de bravura:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanzac">
-<div class="line i1">Atera atera</div>
-<div class="line">trapua salzera</div>
-<div class="line">eta burni zarra</div>
-<div class="line">champonian.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Sin duda, Chipiteguy estaba contento de la expedición.
-Atracaron en Bayona, en el muelle de las Avenidas
-Marinas y fueron el viejo y el muchacho a la casa
-del Reducto.</p>
-
-<p>Unos días después se volvió a abrir la barraca en la
-plaza de la Puerta de España con las figuras de cera.
-La chatarra fué la que no apareció, al menos públicamente.
-El tesoro de la calle Nueva se había evaporado.
-Una sensación de sorpresa le quedó a Alvarito de este
-viaje; todo había tenido en él un aire un poco absurdo...</p>
-
-<p>Una noche, en su cuarto de la plaza del Reducto,
-Alvaro soñó que iba por la cornisa de un puente, sobre
-la acequia de un molino, sitio que recordó haber pasado
-en la infancia. Apenas si existía espacio para poner
-los pies en aquella cornisa.</p>
-
-<p>Pasaba varias veces por ella, sin miedo y con curiosidad;
-pero al salir se encontraba con una vieja que le
-sonreía... y se echaba a temblar. Siempre sentía lo mismo;
-la vieja vestía de negro, que le sonreía insinuante,
-le hacía estremecerse de terror.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span>
-¿Quién era esta mujer? ¿Qué significaba? Probablemente
-sería la Muerte. No lo sabía, porque no le
-revelaba su secreto; pero, ¿quién podía ser más que la
-Muerte?</p>
-
-<p>De pronto, el lugar adonde había salido recorriendo
-la cornisa se transformaba en una barraca de muñecos
-del pim pam pum, y aparecía la señorita Atala, con
-su pelo rubio. La Atala daba los billetes y él tomaba
-doce bolas para lanzarlas a los muñecos.</p>
-
-<p>Cada una de ellas pesaba como si fuera de plomo.
-De pronto notaba que los muñecos eran todos los tipos
-que había conocido en la feria de Pamplona: el físico,
-Montdidier, Clarck, etc. Alvarito tiraba la pesada bola
-sobre la primera figura, ésta se torcía al golpe y volvía
-a aparecer de nuevo erguida. Entonces Alvaro hizo un
-nuevo esfuerzo y se despertó.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span></p>
-
-<h3 id="III_VII">VII<br />
-EXPLICACIONES DE CHIPITEGUY</h3></div>
-
-
-<p>Frechón, con su costumbre de espiar a todo el mundo
-y de escuchar detrás de las puertas, se había enterado
-del diálogo de Manasés con Chipiteguy y de la
-visita de éste a Gamboa.</p>
-
-<p>Al llegar Frechón a Pamplona encontró medio de
-verse solo con Chipiteguy y le planteó la cuestión.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé que en este viaje&mdash;le dijo mirando al suelo&mdash;se
-trata de algo más que de exhibir figuras de
-cera.</p>
-
-<p>&mdash;Usted, ¿qué es lo que sabe?&mdash;le preguntó el viejo,
-escamado.</p>
-
-<p>&mdash;Sé lo que ha hablado usted con el judío Manasés
-y sé también que ha ido usted a visitar al cónsul de España.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted brujo, Frechón?</p>
-
-<p>&mdash;Por lo menos, sé escuchar y no soy tonto. En mí
-puede usted tener un amigo o un enemigo. Si lo quiere
-usted todo para usted, seré enemigo...; si no, ya nos
-entenderemos.</p>
-
-<p>Chipiteguy a regañadientes reconoció que efectivamente
-iba a Pamplona a recoger las custodias y las
-cruces de oro y de plata metidas en barricas y ver la
-manera de llevarlas a Bayona. Le dijo que si el negocio
-salía bien le daría parte en las ganancias.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span>
-&mdash;¿Cuánto piensa usted darme?&mdash;preguntó Frechón,
-mirándole de través.</p>
-
-<p>&mdash;Le daré el diez por ciento de lo que gane. A mí
-me dan el veinte.</p>
-
-<p>&mdash;Es una estupidez&mdash;murmuró Frechón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es una estupidez?&mdash;preguntó Chipiteguy.</p>
-
-<p>&mdash;Es una estupidez que se contente usted con el
-veinte por ciento, porque si el negocio sale bien podemos
-quedarnos con todo.</p>
-
-<p>Chipiteguy contempló atentamente a Frechón y no
-dijo nada en contra. Lo único que hizo fué elogiarle
-por su perspicacia.</p>
-
-<p>Pocos días después el viejo explicó a Frechón y a
-Claquemain lo que proyectaba hacer. A Alvarito no
-le dijo nada, porque pensaba que el joven aristócrata
-español, que iba a misa todos los domingos, se escandalizaría
-si supieran que querían llevarse los cachivaches
-y las alhajas de las iglesias para venderlos
-en Francia.</p>
-
-<p>A Frechón y a Claquemain no les hacía esta idea
-ninguna mella.</p>
-
-<p>Vaciaron las barricas en el almacén de la calle Nueva
-y fueron llevando los objetos del culto en sacos
-a la barraca de las figuras de cera. Eran cálices, lámparas,
-candelabros, incensarios, cruces, relicarios.</p>
-
-<p>Allí, en la barraca, a la luz de una candileja, se
-amontonó el tesoro de la calle Nueva; se arrancaron
-las piedras preciosas de los cálices y de las cruces
-procesionales y envueltas en papeles las fueron metiendo
-en las cabezas de las figuras de cera.</p>
-
-<p>Desarmaron las cruces, machacaron el oro y las
-barras de plata, las retorcieron y las pintaron de negro
-y de rojo.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que no encontraremos ningún químico que
-analice esta chatarra&mdash;dijo Chipiteguy, riendo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span>
-&mdash;Me parece que no&mdash;replicó Frechón&mdash;. Y ahora,
-¿qué proyecto tiene usted?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora&mdash;contestó Chipiteguy&mdash;, yo me voy a
-Arneguy y a San Pie de Puerto para que en la aduana
-no nos pongan dificultades; usted se va a Valcarlos
-y espera allí, unta usted a los carlistas y mañana
-sale la galera con Claquemain y con Alvarito.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;dijo Frechón&mdash;, déjeme usted dinero.</p>
-
-<p>Chipiteguy le dió cien duros.</p>
-
-<p>&mdash;Prepare usted de manera aquello que a nadie se
-le ocurra mirar lo que va en los carros&mdash;encargó
-el viejo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo haré.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!, y guarde estas piedras en los bolsillos;
-yo también pienso llevar algunas. Por si acaso nos
-quitan el carro, que no lo perdamos todo.</p>
-
-<p>Chipiteguy dió unas cuantas piedras, esmeraldas
-y topacios, que Frechón guardó ávidamente.</p>
-
-<p>Salieron Chipiteguy y Frechón de Pamplona. Al
-día siguiente apareció Chipiteguy en la ciudad y dió
-nueva orden. La galera tenía que ir a San Sebastián.</p>
-
-<p>Frechón esperó impaciente en Valcarlos; recorrió
-el camino de Pamplona hasta que se convenció de
-que el viejo le había engañado.</p>
-
-<p>Chipiteguy, desde San Sebastián, vaciló en ir por
-tierra o por mar.</p>
-
-<p>En aquella época las fuerzas del general Jáuregui
-iban con frecuencia de San Sebastián a Irún.</p>
-
-<p>Chipiteguy se presentó al general, pretendiendo
-llevar su cargamento y pasar la frontera.</p>
-
-<p>Jáuregui le preguntó que llevaba a Francia que
-tanto le preocupaba; pregunta que hizo desconfiar
-al viejo. Entonces decidió ir por mar.</p>
-
-<p>Aquella chatarra, que era magnífica plata y oro,<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span>
-en unión de las figuras de cera, estuvo varios días en
-el muelle de San Sebastián, hasta que fué entrando
-en la bodega de un pailebot.</p>
-
-<p>Al llegar a Bayona, Chipiteguy llevó sus figuras
-de cera de nuevo a la barraca y la plata y el oro y
-las piedras preciosas de las cruces y custodias debió
-de guardarlas en el sótano de su casa.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="III_VIII">VIII<br />
-CHIPITEGUY, GAMBOA Y FRECHÓN</h3></div>
-
-
-<p>Frechón había vuelto a Bayona, cansado de esperar
-en la frontera. Durante una semana se asomó
-con impaciencia por el camino de Pamplona, y, al fin,
-volvió profundamente indignado contra su patrón.
-En Bayona llevó las esmeraldas a casa de un joyero.
-Eran falsas.</p>
-
-<p>Al llegar a la casa, y al ver a Chipiteguy, éste le
-contó que no pudieron ir a Valcarlos porque se había
-corrido hacia aquella parte una fuerza carlista y que
-por eso decidió ir hacia San Sebastián. Añadió el
-viejo que en el camino de San Sebastián habían reconocido
-todas sus figuras de cera y encontrado el oro
-y la plata y las piedras preciosas, aunque éstas, la
-mayoría eran falsas.</p>
-
-<p>&mdash;Ha sido un mal negocio al final&mdash;dijo Chipiteguy
-hipócritamente&mdash;; ya veremos qué nos queda a
-cada uno.</p>
-
-<p>&mdash;Me la ha jugado este cochino viejo&mdash;murmuró
-Frechón&mdash;. El se va a quedar con todo.</p>
-
-<p>El caso era que el tesoro de la calle Nueva había
-desaparecido. Chipiteguy lo había, sin duda, escamoteado.</p>
-
-<p>Frechón disimuló su rabia y siguió trabajando en
-casa del trapero.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span>
-Unos días después escribió una carta al cónsul de
-España y le pidió audiencia.</p>
-
-<p>Frechón se sentía defraudado por Chipiteguy y
-tanto como por el dinero lo sentía por su amor propio
-de hombre listo, de quien se habían burlado.</p>
-
-<p>&mdash;El viejo Chipiteguy no se marchará sin que yo
-le eche el alto. Ya caerá. Frechón no es tonto.</p>
-
-<p>Frechón fué a visitar al fondista Iturri, y después
-a Aviraneta, a quien contó con detalles el asunto de
-las cruces y custodias de Pamplona. Aviraneta conocía
-parte de lo ocurrido y escuchó a Frechón con
-gran interés.</p>
-
-<p>Frechón se exaltaba, se ponía frenético, pensando
-en el chasco que le habían dado. En casa de Chipiteguy
-seguía a todo el mundo con una mirada furiosa.</p>
-
-<p>Unos días después recibió contestación del cónsul,
-fijándole hora para recibirle.</p>
-
-<p>El señor Gamboa acogió a Frechón muy fríamente;
-escuchó con indiferencia su relato y dijo después:</p>
-
-<p>&mdash;Yo no he encargado nada a ese señor Chipiteguy.
-Si ha ido a Pamplona habrá sido por su cuenta.</p>
-
-<p>Al oír lo que decía el cónsul, Frechón quedó
-desconcertado.</p>
-
-<p>&mdash;Chipiteguy me dijo a mí que iba a Pamplona,
-encargado por usted, para recoger unas barricas, cargadas
-de oro y plata.</p>
-
-<p>&mdash;Pues el tal Chipiteguy le ha engañado a usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo le han dado esas barricas sin orden
-de nadie?&mdash;preguntó Frechón.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no sé nada, señor mío&mdash;replicó el cónsul&mdash;.
-¿Y usted, cómo lo sabe?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo lo sé? Porque he ido con él a Pamplona.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span>
-&mdash;¿Y usted ha visto esas barricas?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y había de verdad cruces y custodias?</p>
-
-<p>&mdash;Sí las había. ¡Ya lo creo!</p>
-
-<p>&mdash;¿Con piedras preciosas?</p>
-
-<p>&mdash;Con piedras preciosas de todas clases.</p>
-
-<p>Buenas y falsas, se debió decir Frechón en su
-fuero interno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué han hecho ustedes con ellas?</p>
-
-<p>&mdash;Llevamos todo lo que tenían dentro las barricas
-a donde estaban las figuras de cera. Allí desarmamos
-las cruces y las custodias, les quitamos las piedras;
-éstas, en su mayoría, las metimos en las cabezas de
-las figuras de cera, machacamos el oro y a las cruces
-de plata las pintamos de negro para hacerlas pasar
-como si fueran de hierro. Después Chipiteguy me
-dijo que le esperara en Valcarlos para arreglar la
-salida de España y la entrada en Francia, y, mientras
-yo le esperaba, él mandó llevar el cargamento a
-San Sebastián y de aquí lo embarcó para Bayona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y aquí lo tiene?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿En dónde lo guarda?</p>
-
-<p>&mdash;Probablemente en la cueva de su casa.</p>
-
-<p>&mdash;Es decir, que se la ha jugado a usted.</p>
-
-<p>&mdash;Y a usted también&mdash;replicó Frechón, a quien
-molestaba profundamente estar ante alguien en situación
-de inferioridad.</p>
-
-<p>&mdash;A mí, no&mdash;contestó Gamboa&mdash;. Este es un
-asunto que no me interesa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!&mdash;replicó Frechón con impertinencia.</p>
-
-<p>&mdash;Créalo usted o no lo crea, me es igual; pero me
-choca que sea usted tan cándido para pensar que yo
-he intervenido en ese asunto de melodrama.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span>
-Frechón salió furioso del Consulado y Gamboa no
-quedó muy contento.</p>
-
-<p>Unos días después el cónsul de España mandó
-llamar a Chipiteguy y le interrogó acerca de las cruces
-y custodias traídas de Pamplona.</p>
-
-<p>Chipiteguy dijo que había visto al gobernador de
-Navarra y éste le había dado orden de que guardara
-aquellas joyas en su casa, y que mandaría un delegado
-del Gobierno español para incautarse de ellas
-y luego venderlas.</p>
-
-<p>Gamboa se incomodó y dijo con furia:</p>
-
-<p>&mdash;Lo que usted quiere es quedarse con esa riqueza.</p>
-
-<p>&mdash;Es lo que me parece que ha pretendido usted
-siempre&mdash;replicó el trapero del Reducto.</p>
-
-<p>Aviraneta supo por los escribientes del Consulado
-que los gritos de Gamboa se habían oído en la Plaza
-de Armas.</p>
-
-<p>En la discusión apasionada que tuvieron el cónsul
-y el chatarrero llegó a verse claramente que, tanto
-el uno como el otro, lo que ansiaban era quedarse
-con el oro, la plata y las piedras preciosas de las cruces
-y de las custodias.</p>
-
-<p>Quizá Gamboa pensó denunciar a Chipiteguy a la
-Policía; pero ¿cómo legitimar su intervención? Pensando
-fríamente decidió no hacer nada y olvidar
-aquel mal negocio.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="III_IX">IX<br />
-DESPUÉS DE LA AVENTURA</h3></div>
-
-
-<p>Chipiteguy, como el Euclión de la Aulularia de
-Plauto, iba camino de ser desgraciado, a causa del
-tesoro de la calle Nueva.</p>
-
-<p>¿Dónde lo tenía? ¿Dónde guardaba sus riquezas,
-traídas de Pamplona? Indudablemente, la plata, el
-oro y las piedras preciosas los había escondido en la
-cueva.</p>
-
-<p>A veces, como un ladrón, pero temblando al mismo
-tiempo de alegría, con una mirada triunfante,
-bajaba a la cueva y se pasaba allí dos o tres horas,
-probablemente, contemplando el tesoro. Cuando le
-veía a Frechón sonreía con malicia; sonrisa que a su
-dependiente le hacía temblar de furia y sólo a Manón
-y a Alvarito les acogía con gusto.</p>
-
-<p>&mdash;El viejo Chipiteguy todavía es capaz de muchas
-cosas&mdash;repetía con jactancia&mdash;. Ya lo decía mi viejo
-amigo Julius Petrus Guzenhausen de Aschaffenburg:
-Dollfus es un marrajo de mucho cuidado.</p>
-
-<p>El trapero del Reducto, tras de su famosa excursión
-a Pamplona, había cambiado mucho, vivía con
-más preocupaciones. Desde el viaje tenía gran desconfianza;
-miraba a la gente con suspicacia, no le gustaba
-que los chatarreros pasaran al patio de su casa, ni
-que los albañiles de las obras próximas se asomaran<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span>
-al tejado. Comprobaba él mismo, al anochecer, si estaban
-bien cerradas las puertas y ventanas y recorría
-la casa de arriba abajo.</p>
-
-<p>La andre Mari y la Tomascha pensaban que éstas
-eran manías del viejo.</p>
-
-<p>Chipiteguy afirmó varias veces que vivían en un
-abandono exagerado y sin vigilancia alguna, sobre
-todo de noche, y trajo un mastín para guardar la
-casa.</p>
-
-<p>A lo último se le ocurrió hacer todas las noches
-una ronda, medio en serio, medio en broma. Manón
-tomaba un farol grande; Chipiteguy, Quintín y Alvarito
-se armaban cada uno con una pistola y registraban
-la casa, desde las guardillas hasta la cueva.</p>
-
-<p>&mdash;No le digáis lo que hacemos a Frechón&mdash;recomendaba
-el viejo a Quintín y a Alvarito.</p>
-
-<p>&mdash;No, no tenga usted cuidado.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando llegue el momento me acordaré de vosotros,
-porque sois fieles. Estad seguros.</p>
-
-<p>Estos registros, el andar de noche en los cuartos,
-influía en Alvarito, excitando su imaginación.</p>
-
-<p>Sobre todo, para él, era muy desagradable el entrar
-en la cueva y ver el grupo de asesinos en pie,
-envueltos en sus telas de sacos, con un aire de fantasmas
-astrosos.</p>
-
-<p>Chipiteguy estuvo dos veces en Burdeos y le llevó
-con él a Alvarito.</p>
-
-<p>No le dijo a qué iba, pero Alvaro le oyó hablar
-dos o tres veces de joyeros y tasadores de piedras
-preciosas.</p>
-
-<p>Chipiteguy le presentó a algunos de sus amigos
-comerciantes y le mostró la ciudad.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando vayas a España&mdash;le decía el viejo&mdash;podrás
-comparar aquello con esto.</p>
-
-<p>En el fondo de esta frase había malicia, porque<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span>
-aunque Chipiteguy no tenía mala idea de España,
-como Frechón, tampoco la tenía muy buena.</p>
-
-<p>Fué también Alvarito, en compañía de un carlista,
-a visitar a la familia de Maroto, que vivía en una
-casa de campo de las proximidades de Burdeos. Las
-dos hijas del general, nacidas en el Perú, habían sido
-educadas en un colegio de Granada. La pequeña, sobre
-todo, era muy melancólica y muy bonita, y recordaba
-con nostalgia el huerto del colegio granadino.
-Alvarito habló con ellas mucho y hasta les escribió
-varias veces después desde Bayona.</p>
-
-<p>El día antes de salir de Burdeos, Chipiteguy le
-llevó a Alvarito a una gran instalación de figuras de
-cera que había en Burdeos.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es una cosa distinta a nuestra barraca&mdash;dijo
-Chipiteguy riendo&mdash;; quizá no es tan completo
-como el gabinete de madama Tussaud, de Londres,
-pero está muy bien.</p>
-
-<p>Se bajaba por una rampa obscura a un subterráneo,
-hasta que se llegaba a un salón con varias figuras de
-cera vestidas a la moderna. De este salón partían galerías,
-también obscuras, que desembocaban en salones
-o cuevas, con juegos de luces extraños. Los
-personajes eran casi los mismos que había visto Alvaro
-en la cueva de Chipiteguy, pero más perfilados
-y bien vestidos. La gente del público iba y venía, hablando
-bajo, un poco sobrecogida por el aire misterioso
-de los subterráneos.</p>
-
-<p>En un salón estaban como en tertulia, alrededor
-de un velador, Luis XVI y María Antonieta, Madama
-Real, la princesa de Lamballe y el Delfín. Todos
-impasibles, peripuestos y amanerados.</p>
-
-<p>A Alvarito le dió ganas de gritarles:</p>
-
-<p>&mdash;Apresuraos. No seáis idiotas, que vienen los descamisados
-a cortaros la cabeza.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span>
-En otro salón estaba Napoleón en la Malmaison,
-con Josefina, Talleyrand, Fouché y los generales del
-Imperio. Todos tan apacibles, tan peripuestos y tan
-amanerados como los anteriores.</p>
-
-<p>Uno de los generales le miraba a Alvarito con un
-aire muy discreto.</p>
-
-<p>&mdash;Estamos esperando a que suene el cañón de Waterlóo
-para marcharnos de aquí, porque nos encontramos
-un poco aburridos&mdash;parecía decir aquel señor.</p>
-
-<p>En la sala de una cárcel cenaban los girondinos.
-Uno de ellos echaba un discurso pomposo con un aire
-místico e iluminado. Seguramente hablaba de los derechos
-del hombre y del Ser Supremo, y de otras cosas
-que entonces divertían a la gente sin saber por
-qué, y hoy, sin saber por qué, nos aburren.</p>
-
-<p>Luego vieron a Latude en su cárcel, a los cenobitas
-del Paracleto, a los mártires cristianos antes de ir al
-circo, a Marat, muerto, con Carlota Corday al lado;
-a Danton y a Robespierre, vociferando...</p>
-
-<p>&mdash;Esto es mejor que lo nuestro, ¿eh?&mdash;exclamó
-Chipiteguy riendo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero aquí no hay asesinos&mdash;contestó Alvarito.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad. Sin embargo, debe haber.</p>
-
-<p>Buscaron mejor y dieron con un Lacenaire con su
-puñal, pero al lado de los Asesinos de Chipiteguy
-era un personaje ridículo.</p>
-
-<p>A Alvarito le convino la visita a las figuras de cera,
-porque le quitó para mucho tiempo el terror que tenía
-por ellas.</p>
-
-<p>Pensó que había estado durante su estancia en casa
-de Chipiteguy asustado por un peligro quimérico y se
-decidió a mirar en el porvenir las cosas cara a cara
-y frente a frente, fuesen figuras de cera o personas
-de carne y hueso.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span></p>
-
-<h2>CUARTA PARTE<br />
-PALOMAS Y GAVILANES</h2>
-
-<h3 id="IV_I">I<br />
-MANÓN Y ROSA</h3></div>
-
-
-<p>Alvarito iba ascendiendo de categoría en casa de
-Chipiteguy. El viejo le consideraba cada vez más y
-le iba tomando cariño. La andre Mari, que siempre
-le había mirado con simpatía, le mimaba; la Tomascha
-le tenía como uno de sus favoritos, y Manón,
-como un amigo.</p>
-
-<p>Habiendo subido de importancia en la casa, le habían
-bajado de la guardilla a un cuarto del segundo
-piso. Alvarito estaba contento, todo lo contento que
-puede estar un enamorado no correspondido.</p>
-
-<p>Alvarito, que tenía como confidente a su hermana,
-le confesó que su entusiasmo por Manón crecía por
-momentos. Manón era una chica única, con una gracia
-y un encanto extraordinarios. Además, no le daba
-miedo nada; subía sola a la guardilla o iba al anochecer
-a la cueva sin temor a aquellas malditas figuras
-de cera que a él tanto le habían espantado. Manón era
-siempre viva, activa y trabajadora; pero cuando se
-lo proponía, era más.</p>
-
-<p>A veces le entraban las aficiones culinarias y se<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span>
-metía en la cocina y hacía, en colaboración de la Baschili,
-bizcochos y flanes, que rellenaban de crema, de
-huevos hilados o de dulce.</p>
-
-<p>Chipiteguy y Alvarito, que eran golosos, comían
-estos postres, saboreándolos y relamiéndose, y Manón,
-a quien no le gustaba apenas el dulce, se reía.</p>
-
-<p>Manón tenía gran talento, gracia, picardía, verdadero
-sentido musical. Lo único que a Alvarito no le
-gustaba era la versatilidad y la coquetería de la muchacha.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes que venir a conocerla&mdash;dijo Alvarito con
-entusiasmo a su hermana.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; sí, ya iré&mdash;contestó ella sin gran efusión.</p>
-
-<p>&mdash;Ella tiene muchas ganas de conocerte a ti.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué? ¿Le has hablado de mí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, mucho.</p>
-
-<p>&mdash;Eres un cándido. Crees que los demás van a tener
-los entusiasmos tuyos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no? Yo hablo bien de las personas que
-son buenas y nadie dirá que tú no lo eres.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué inocente!</p>
-
-<p>&mdash;No, no soy inocente; no me vas ahora a convencer
-a mí de que todo el mundo, empezando por ti, son
-unos terribles egoístas.</p>
-
-<p>La hermana de Alvaro era un poco cargada de espaldas,
-pálida, de ojos negros muy expresivos, la boca
-grande y la cara poco correcta. Era muy simpática y
-muy servicial. Estaba dispuesta a hacer todo lo que
-los demás tenían por engorroso y molesto.</p>
-
-<p>Dolores Sánchez de Mendoza fué a casa de Chipiteguy
-y conoció a Manón y a Rosa. Las dos primas
-estuvieron muy amables con ella y la obsequiaron
-mucho.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te ha parecido Manón?&mdash;preguntó Alva<span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span>rito
-a su hermana al salir de la casa del Reducto presurosamente.</p>
-
-<p>&mdash;Es muy guapa y muy simpática, pero...</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero, qué?</p>
-
-<p>&mdash;Que creo que no te debes hacer ilusiones. Una
-chica tan guapa, tan brillante, que será rica, no se
-casa con un pobre.</p>
-
-<p>Alvarito se entristeció al oír la observación de su
-hermana y se le puso una cara larga y abatida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no te diriges a Rosa?&mdash;le preguntó
-Dolores.</p>
-
-<p>&mdash;Porque no me gusta&mdash;contestó Alvarito de mal
-humor.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es una chica bien buena, bien cariñosa; yo
-la encuentro guapa.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, no digo que no; pero no me gusta. No tiene
-gracia.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad; tú tampoco la tienes, ni yo.</p>
-
-<p>&mdash;Bien; ya lo sé; quizá por eso me gusta lo que no
-tengo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues chico, hay que conformarse.</p>
-
-<p>&mdash;En eso cada cual hará lo que mejor le parezca.</p>
-
-<p>&mdash;Claro que sí; pero siempre es mejor no desesperarse,
-empeñándose en conseguir un imposible. Yo
-ya veo que Manón es una chica muy atractiva, muy
-graciosa y muy bonita; pero por lo mismo, y porque
-es rica, ha de tener muchos pretendientes.</p>
-
-<p>Dolores se hizo amiga de Manón y de Rosa, sobre
-todo de Rosa.</p>
-
-<p>Desde entonces comenzó a tutearse con las dos
-primas, y después de ella, Alvarito. Este notó desde
-el principio que con cierta tendencia instintiva Dolores
-se ponía del lado de Rosa y en contra de Manón.</p>
-
-<p>Manón a veces era imprudente; había tenido una
-educación desordenada y fantástica, propicia para dar<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span>
-alguna sorpresa desagradable al viejo Chipiteguy;
-afortunadamente, la chica poseía un fondo de buen
-sentido, a pesar de sus fantasías y de sus extravagancias.
-Manón empleaba en ocasiones la burla y el
-sarcasmo, pero en el fondo era sentimental y romántica,
-Para el que la pretendiese era una mujer difícil
-de conquistar, que exigía demasiado de las personas.
-Rosa era siempre modesta y tímida; el pasar la vida
-ante el público en un bazar no le había quitado su timidez
-congénita.</p>
-
-<p>Rosa tenía el óvalo de la cara alargado, la boca demasiado
-grande, de labios gruesos; cierta palidez atezada,
-mate, en el rostro, como de criolla, y una hermosa
-cabellera negra de tonos azulados.</p>
-
-<p>Al principio de tratarla parecía sosa y sin gracia;
-pero a medida que se la conocía iba siendo más atrayente
-y desarrollando su personalidad de una manera
-lenta y segura.</p>
-
-<p>Dolores hablaba con mucha frecuencia a su hermano
-de los encantos de Rosa, de su simpatía y de sus
-conocimientos caseros; pero Alvarito no se entusiasmaba
-más que con Manón y no tenía ojos más que
-para ella.</p>
-
-<p>Sentía hambre y sed de la presencia de Manón.
-Este hambre y esta sed constantes e inapagable de verla
-y de oírla era, sin duda, el amor. Ante ella se encontraba
-como si hallase su centro de gravedad; en
-cambio, cuando se alejaba de ella le parecía que le
-faltaba el sostén de su vida.</p>
-
-<p>A veces el placer de estar a su lado le daba la impresión
-de tener el corazón ligero.</p>
-
-<p>Cuando estaba lejos de ella pensaba en lo que estaría
-haciendo en aquel momento.</p>
-
-<p>En la cama constantemente, medio en sueños, tenía<span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span>
-conversaciones con ella, hacía proyectos, debatía cuestiones
-sentimentales, se explicaba, se legitimaba.</p>
-
-<p>Dolores, con malicia femenina, solía desviar la
-atención que tenía su hermano por la nieta de Chipiteguy
-y trataba de dirigirla sobre Rosa.</p>
-
-<p>Manón ya notaba que Dolores y su prima Rosa
-habían formado una alianza ofensiva y defensiva un
-poco contra ella; pero se sentía tan superior, que no
-le importaba.</p>
-
-<p>Otra amiga, algo pariente, solía ir algunas tardes
-a casa de Manón: una chica llamada Margarita D'Arthez,
-Morguy, hija de un almacenista de vinos. Morguy
-no era simpática; Rosa la odiaba por su mordacidad;
-sólo Manón la podía resistir. Dolores, cuando
-la conoció, la encontró también antipática.</p>
-
-<p>Morguy era más fea que guapa, muy rubia, casi
-roja, con los ojos pequeños y un poco encarnados, las
-cejas siempre fruncidas y los labios abultados.</p>
-
-<p>Morguy era envidiosa, taciturna y malhumorada;
-reñía con mucha facilidad con los padres, con las
-criadas y con todo el mundo. Sus cóleras se convertían
-con facilidad en torrentes de lágrimas.</p>
-
-<p>Así era Morguy: tan pronto lloraba como reía; generalmente
-sus carcajadas acababan en llanto, y sus
-lloros, en carcajadas. Tenía rencores inmotivados y
-días que se pasaba rabiosa, sin hablar.</p>
-
-<p>Morguy reconocía su mal genio, y cuando le contaba
-a Manón sus rabietas, por una parte furiosa y
-por otra burlándose de sí misma, Manón se reía a
-carcajadas.</p>
-
-<p>&mdash;Esta chica hasta que no se case no va a tener
-buen humor&mdash;decía Chipiteguy a Morguy.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, buena marcha llevo&mdash;replicaba ella&mdash;; me
-voy a quedar solterona.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span>
-&mdash;Pues no te conviene, porque no vas a tener con
-quien reñir y vas a hacer muy mala sangre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tan venenosa cree usted que soy?</p>
-
-<p>&mdash;No, no. Mujer, como todas; pero, en fin, si yo
-tuviera la edad de Alvarito me fiaría más de las alborotadas
-que de las mosquitas muertas.</p>
-
-<p>Chipiteguy se ponía siempre, más o menos disimuladamente,
-del lado de Manón y creía que Rosa
-y Dolores eran gazmoñas e hipócritas.</p>
-
-<p>Varias veces Alvarito y Dolores fueron al "Paraíso
-Terrenal", el bazar de juguetes de la madre
-de Rosa. Madama Lissagaray era una señora de cuarenta
-y cinco a cincuenta años, muy flaca, de ojos
-claros, con aire de dama de Versalles. Era muy sabia
-y un poco redicha. Lo característico en ella era la
-cara, fría e indiferente, que contrastaba con la voz
-y los ademanes efusivos. Al hablar parecía desmentir
-con los ojos cuanto decía, y, sin embargo, la verdad
-era lo que hablaba, pues no tenía nada de falsa ni de
-hipócrita.</p>
-
-<p>Madama Lissagaray se expresaba con gran discreción
-y simpatizó con Alvarito y su hermana.</p>
-
-<p>Esta señora había tenido varios chicos, que se le
-habían muerto, y cuidaba de Rosa, su única hija, con
-una afección mezclada de cariño y de temor.</p>
-
-<p>Encima de su bazar había un entresuelo pequeño,
-bajo de techo, donde habían vivido algunos años:
-pero estaba tan abarrotado de género, que lo abandonaron
-y fueron a habitar a una casa de la Avenida
-de Boufflers, de su propiedad, de más espacio y mejores
-vistas.</p>
-
-<p>Rosa y Manón solían mostrar a sus amigos, a los
-muchachos jóvenes, los juguetes del "Paraíso Terrenal",
-y, sobre todo, algunos antiguos, ya un poco<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span>
-arrinconados y fuera de moda, pero más graciosos
-que los modernos.</p>
-
-<p>Había una sala en el entresuelo, en un extremo
-del bazar, adonde habían ido a parar varios relojes.
-Allí se veía un reloj de pared, inglés, muy hermoso,
-con la esfera de cobre, y en ella un círculo pequeño
-del minutero; un reloj de cuco, otro con sonería de
-campanas y campanillas y varios relojes de mesa,
-dorados, metidos en fanales de cristal.</p>
-
-<p>Había también en el mismo rincón una caja de
-música con su cilindro de cobre, lleno de púas, y un
-organillo pequeño, construído en Ginebra, con muñecos
-en la tapa, que se movían, entre los cuales figuraban
-un negro que bailaba, un señor de frac que
-llevaba la batuta, otro que tocaba gravemente el violoncelo
-y varias damiselas con miriñaque, que danzaban
-rápidamente.</p>
-
-<p>Había también unos chinos de porcelana, que saludaban
-con la cabeza desde dentro de un fanal; un
-tíovivo de muñecos, que giraba y sonaba; un teatro,
-arcas de Noé, conejos que tocaban el tambor, serpientes
-articuladas que se movían y muñecas.</p>
-
-<p>Alvarito, que no había tenido nunca juguetes, a
-pesar de ser ya un mozo y de no encontrarse en edad
-de jugar con ellos, los miraba con gran entusiasmo.</p>
-
-<p>Aquellos soldados de plomo de Artillería y Caballería,
-con sus carros y sus cañones, le parecían magníficos.
-Otro juguete que le admiraba era la gran
-casa misteriosa, con sus persianas verdes y un balcón
-corrido, adonde salía, como a tomar el fresco, una
-dama de mantilla. Esta dama se parecía a la nieta
-de Chipiteguy y Alvaro la miraba con entusiasmo.</p>
-
-<p>Manón, cuando iba a aquel rincón del "Paraíso
-Terrenal", lleno de juguetes, le gustaba dar cuerda
-a todos ellos y oír la algarabía que formaban las cam<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span>panadas
-graves y agudas de los relojes, el tintineo
-de la caja de música, ver cómo movían la cabeza los
-chinos, cómo daba vueltas el tíovivo, llevaba la batuta
-el señor de frac, tocaba el otro el violoncelo,
-bailaban el negro y las damiselas y aparecía y desaparecía
-la dama romántica en el balcón de la casa solitaria
-con las persianas verdes.</p>
-
-<p>¡Qué poesía o qué cuento, a la manera de Hoffmann,
-hubiera escrito el amigo de Chipiteguy, el
-poeta Julius Petras Guzenhausen de Aschaffenburg,
-de tener la humorada de existir en el mundo y de
-visitar el "Paraíso Terrenal"! ¡Qué bien hubiese
-descrito los movimientos de aquellos autómatas, sus
-reverencias, sus saludos, sus bailes, llenos de elegancia,
-amanerada y ceremoniosa!</p>
-
-<p>Una vez Alvarito soñó que estaba en un campo
-donde había dos bolas grandes de nieve, hechas por
-los chicos; se aproximaba a una y huía delante de él
-y a medida que la una huía, la otra se acercaba.
-Luego, estas dos bolas de nieve se convertían en dos
-palomas, que hacían lo mismo, y, por último, en dos
-nubes.</p>
-
-<p>Al final, entre ellas, aparecía Chipiteguy, en medio
-de sus figuras de cera, con unas actitudes extrañas,
-haciendo unas muecas horrorosas.</p>
-
-<p>Alvarito pensó si estas bolas de nieve, estas palomas
-y estas nubes serían transformación en sueños
-de Manón y de Rosa.</p>
-
-<p>Durante la primavera y el verano, Manón y Rosa
-y algunas amigas, con Alvarito y otros muchachos,
-hicieron excursiones a Biarritz, a la playa de la Chambre
-d'Amour y al lago de Mouriscot.</p>
-
-<p>Morguy coqueteaba mucho con Alvarito; pero a
-él no le gustaba esta chica roja, de mal humor.</p>
-
-<p>Con Morguy conoció a su padre, el señor D'Ar<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span>thez
-almacenista de vinos, y a su hermano Pedro,
-que le fué muy simpático.</p>
-
-<p>El hermano de Morguy vivía una vida irreal, leyendo
-novelas, aburriéndose de la gente. Sentía un
-desprecio profundo por lo que le rodeaba. Cuando
-dejaba su trabajo se escondía y se iba a leer libros.
-Su hermana casi le tenía odio, porque no le hacía
-caso. Sin duda le parecía que no valía la pena. Pedro
-D'Arthez era un joven pálido y un poco fofo, que
-se pasaba la vida leyendo.</p>
-
-<p>No le gustaba nada el comercio; trabajaba resignado
-en su despacho y, cuando concluía, se encerraba
-en su cuarto y se ponía a leer. Tenía gustos de viejo.
-Metido en su cuarto, con su bata, su gorro griego y
-sus zapatillas, se pasaba el tiempo leyendo y fumando
-en la pipa.</p>
-
-<p>El joven D'Arthez hablaba siempre como hombre
-aburrido y disgustado. La lectura, al ocuparle tan completamente
-el pensamiento, le hacía mirar la realidad
-con desagrado.</p>
-
-<p>El cuarto de Pedro era un cuarto con dos ventanas
-sobre un tejado. Muchos libros, un diván y algunas
-estampas constituían su mobiliario.</p>
-
-<p>El joven escribía todos los días sus memorias y
-sus impresiones de las lecturas. Su padre, su madre,
-su hermana y los conocidos le reprochaban el hacer
-una vida tan sedentaria y tan malsana. No había reflexión
-que le hiciera cambiar de vida. A todo se
-encogía de hombros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Son tan aburridas estas gentes!&mdash;le dijo a
-Alvarito.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué pueblo Bayona!&mdash;añadió otra vez&mdash;. Yo
-creo que será el pueblo más aburrido del mundo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde quisiera usted vivir?&mdash;le preguntó Alvaro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span>
-&mdash;¡Qué sé yo! En cualquier lado, menos aquí.</p>
-
-<p>Pedro no dejaba libros a su hermana ni a sus
-amigas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué? Primero, no entienden lo que leen&mdash;decía&mdash;;
-luego dejarán el libro en un banco, o le
-doblarán las hojas, o le llenarán de manchas de cosmético.</p>
-
-<p>Unicamente el joven D'Arthez salía de su rincón
-para oír música, pero sólo cierta música.</p>
-
-<p>Alvarito pensaba que el hermano de Morguy tomaba
-demasiado en serio la literatura y la música y
-daba demasiada poca importancia a la vida real.</p>
-
-<p>Pedro era republicano y despreciaba a los monárquicos
-y a los carlistas.</p>
-
-<p>Pedro le dijo a Alvarito que le prestaría algunos
-libros, y, efectivamente, le dejó novelas de
-Merimée y de Stendhal, que a Alvarito no le entusiasmaron,
-probablemente, porque no llegó a comprender
-su mérito.</p>
-
-<p>Cuando Alvarito dijo a Manón que conocía al hermano
-de Morguy, Manón tuvo para Pedro grandes
-burlas y sarcasmos. Le parecía un pedante, un fatuo,
-que se metía en un rincón para hacerse el interesante.</p>
-
-<p>Alvaro defendió a su nuevo amigo; pero ella siguió
-hablando de él de una manera sarcástica.</p>
-
-<p>&mdash;Manón habla siempre mal de mí&mdash;dijo un día
-Pedro&mdash;. En el fondo, porque no le hago caso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted...?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; si yo me ocupara de ella, me despreciaría
-más. Eso ya lo sé; pero el no ocuparme de ella lo considera
-casi como un insulto.</p>
-
-<p>Pedro le dijo a Manón que, efectivamente, habían
-querido que Manón y él fueran novios, pero que no
-se entendían; ella era voluntariosa y coqueta; él,<span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span>
-tranquilo y aficionado a leer. El no decía nada malo
-de Manón, quizá valía más que él; pero tenía una
-turbulencia insaciable y una versatilidad tal que era
-capaz de volver loco a cualquiera.</p>
-
-<p>&mdash;Es una mujer de lujo, de mucho encanto, estoy
-conforme; pero para tenerla en casa, yo, modesto
-vinatero, no la querría.</p>
-
-<p>A veces, en el verano, cuando Manón, Rosa y
-Morguy pensaban hacer excursiones, le invitaban a
-ir a Pedro; y éste, para no tomarse el trabajo de
-discutir, decía que sí, pero luego no iba, con lo cual
-indignaba a todo el mundo, principalmente a su hermana,
-que decía de él pestes.</p>
-
-<p>En una de aquellas excursiones, Manón, Rosa y
-los amigos conocieron al conde y a la condesa de
-Hervilly.</p>
-
-<p>Sonia, la dama misteriosa que intrigaba a Aviraneta,
-manifestó gran simpatía por Manón, y fué a
-verla a su casa y entabló amistad con ella. Se mostró
-muy amable con Alvarito y, como la condesa hablaba
-muy bien el castellano, le dirigió varias preguntas
-acerca de su familia y de España.</p>
-
-<p>A Chipiteguy no le hizo mucha gracia la amistad
-de su nieta con la extrajera; no le parecía bien que
-la hija de un trapero tuviera amistades con una condesa,
-pero nada podía decir.</p>
-
-<p>La condesa de Hervilly presentó en casa de Madama
-Lissagaray a dos aristócratas, amigos de su
-marido y suyos: el vizconde de Saint-Paul y el caballero
-de Montgaillard.</p>
-
-<p>El vizconde de Saint-Paul tendría veintiséis o veintisiete
-años; era tipo de francés del Norte, alto, rubio,
-fuerte; el caballero de Montgaillard, de veintitrés
-o veinticuatro años, parecía un italiano del Sur. Era
-moreno, más bien bajo que alto, con los ojos negros,<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span>
-delgado, con aire un poco cansado de trasnochador,
-el pelo rizado, la cara audaz y la tez de mal color,
-pálida, biliosa y llena de granos.</p>
-
-<p>El vizconde de Saint-Paul se sabía que era de una
-familia rica de París; respecto a Montgaillard había
-sus dudas. El decía que era hijo del marqués de
-Montgaillard y sobrino de un conde de Montgaillard;
-pero había quien aseguraba que tanto el condado como
-el marquesado no tenía realidad alguna.</p>
-
-<p>El joven Xavier de Montgaillard era hijo del titulado
-marqués de Montgaillard y de una señorita de
-Crussol. El marqués de Montgaillard pasaba por
-realista y había hecho la campaña de la Vendée, con
-Clarette, y estaba preso en el Temple.</p>
-
-<p>Xavier era sobrino del célebre intrigante y libelista
-conde de Montgaillard, que al parecer no era
-conde.</p>
-
-<p>El llamado conde de Montgaillard fué un gran explotador
-de la política.</p>
-
-<p>Explotó a la Revolución, al emperador de Austria,
-a Napoleón y a los Borbones, y murió muy tranquilo
-en su casa propia de Chaillot, comprada con sus
-ahorros de intrigante, a los ochenta años.</p>
-
-<p>El conde de Montgaillard tuvo pensiones de todos
-los Gobiernos franceses de la época, y lo más extraño
-fué que la tuviese, y grande de Luis XVIII, de quien
-había publicado un retrato burlón e injurioso. La razón
-de esta anomalía parece que fué el que el intrigante
-guardaba unas cartas que Luis XVIII había
-escrito a Robespierre en tiempo de la Revolución,
-queriendo congraciarse con él, dándole la razón en
-muchas cosas y queriendo atraerle a su campo.</p>
-
-<p>Días después de la presentación de los dos aristócratas
-en casa de madama Lissagaray, Alvaro vió
-que el joven Montgaillard paseó varias veces por de<span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span>lante
-de la casa del Reducto, y Alvarito comprendió
-que le debía haber escrito a Manón y que quizá ésta
-le había contestado.</p>
-
-<p>Un día, en pleno verano, la condesa de Hervilly les
-convidó a ir, el domingo siguiente, a las amigas de
-Manón y a Alvarito a pasar la tarde en el castillo de
-Urtubi, cerca de Urruña. La condesa conocía al dueño
-que le había invitado.</p>
-
-<p>Fueron en un coche grande, descubierto, diez o
-doce personas, los condes de Hervilly, Manón, Rosa,
-con su madre; Dolores, Morguy y los aristócratas recién
-llegados a Bayona y amigos de Hervilly, el vizconde
-de Saint-Paul y el caballero de Montgaillard.</p>
-
-<p>El vizconde y el caballero fueron durante la excursión
-la nota saliente, sobre todo para las muchachas.
-Montgaillard vestía frac azul entallado, como un dandy,
-y venía de París. El caballero llevó la voz cantante
-en el viaje; habló de actrices y de bailarinas, conocía
-escritores, periodistas y políticos. Dijo que como
-no tenía un cuarto pensaba entrar en España e ingresar
-en el ejército carlista por si encontraba aquí la
-solución para su vida. Contaba con la protección del
-príncipe de Lichnowsky. El vizconde de Saint-Paul,
-más tranquilo, sonreía de las frases de Montgaillard
-y hablaba poco.</p>
-
-<p>El joven caballero tuvo mucho éxito con las muchachas
-y se le encontró gracioso y ocurrente, lo que
-hizo desesperar a Alvarito, sobre todo viendo que Manón
-coqueteaba con él.</p>
-
-<p>Era evidente que se cambiaban sonrisas y ojeadas.</p>
-
-<p>¿Cómo había llegado a tener esta familiaridad con
-el forastero? ¿Es que es una mujer sin decoro?&mdash;se
-preguntó Alvarito de mal humor.</p>
-
-<p>Alvarito notó con desagrado que la presencia de los
-dos forasteros produjo en las muchachas una anima<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span>ción,
-un deseo de brillar, una rivalidad disfrazada entre
-unas y otras, que a él le molestó profundamente,
-porque comprendió que la causa de esta excitación
-eran los recién venidos y que en ellos se quería hacer
-efecto.</p>
-
-<p>Quizá sólo Rosa le era en aquel momento un poco
-fiel a Alvaro; las demás le habían olvidado.</p>
-
-<p>Los veinte kilómetros de camino pasaron pronto
-para todos, aunque no para Alvarito; se contempló
-el mar, se vió la cadena de montes de España; Jaizquibel,
-como una pirámide, y el monte Larrun; se
-pasó por delante de Bidart, se cruzó San Juan de Luz
-y se llegó al castillo de Urtubi. A todos les pareció,
-desde fuera, muy romántico con sus torrecitas y sus
-paredes cubiertas de hiedra, un poco hundido entre
-árboles.</p>
-
-<p>El dueño les esperaba a la entrada del parque, y les
-hizo pasar primero a un gran salón y les llevó a las
-damas a un tocador por si tenían que arreglarse. Luego
-preguntó a sus visitantes si preferían almorzar en
-el parque o en el comedor.</p>
-
-<p>Madama Lissagaray era la única que hubiera preferido
-almorzar bajo techado.</p>
-
-<p>&mdash;No tenga usted cuidado; hoy no hay humedad&mdash;le
-dijo el dueño.</p>
-
-<p>Salieron todos al parque, que estaba magnífico, y
-dieron un paseo por él. Hacía un día de viento Sur,
-con el cielo rojo, que daba al paisaje un aire de decoración
-de teatro. Los tilos y las magnolias, llenos de
-flor, perfumaban el ambiente con su aroma, un aroma
-tan fuerte que casi mareaba. En este ambiente irreal
-todo parecía inmóvil y silencioso. Los pájaros dormían
-aletargados en las ramas. Un martín pescador
-pasó por el aire, tan azul, que parecía un trozo de
-cielo volando entre los árboles.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span>
-Se acercó la hora de almorzar, y en una plazoleta
-de grandes olmos en donde estaba puesta la mesa se
-sentaron.</p>
-
-<p>Se comió y se bebió alegremente, y Manón y el caballero
-de Montgaillard fueron los que más hablaron
-y tuvieron más rasgos de ingenio.</p>
-
-<p>Montgaillard iba a la carrera haciendo la corte a
-Manón.</p>
-
-<p>El caballero manejaba uno de esos recursos del donjuanismo
-que está al alcance de todo el mundo; pero
-que, sin embargo, tiene casi siempre éxito cuando se es
-joven y no de mala figura. Se manifestaba indiferente
-y al mismo tiempo atento con las mujeres, para, llegado
-el caso, fingir una gran impresión. Es esto, indudablemente,
-como el a b c del histrionismo amoroso, pero
-no deja de hacer su efecto.</p>
-
-<p>Pasada la excitación de la comida, Manón dijo que
-iba a escoger un sitio a la sombra del parque y echarse
-a dormir la siesta.</p>
-
-<p>&mdash;De ningún modo&mdash;dijo su tía, madama Lissagaray&mdash;;
-no te lo permito.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;Porque no, y basta.</p>
-
-<p>Manón hizo un gesto de displicencia. Después de
-un largo rato de sobremesa, el dueño de Urtubi les
-preguntó si no querían ver el castillo, aunque era pequeño.</p>
-
-<p>Mientras recorrían el edificio, el dueño habló de
-la fundación primitiva de la casa, en el siglo XI;
-de la muralla que quedaba aún del siglo XIV; de
-la estancia de Luis XI en Urtubi cuando estuvo
-como mediador entre los reyes de Castilla y de Aragón
-y de los recuerdos que quedaban de Soult y de
-Wellington, que tuvieron allí su cuartel general al
-principio del siglo. Les contó también la eterna riva<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span>lidad
-del partido de los Sabelchuris y Sabelgorris, fajas
-blancas y fajas rojas, que dividían en el país del Labour
-a los partidarios de Urtubi de los de Saint-Pee.</p>
-
-<p>Vieron el salón, el comedor grande, con una chimenea
-de mármol, que tenía esta inscripción en vascuence:
-"Billzen, berotzen, bozten" (Reuniendo, calentando,
-gozando); pasaron por un vestíbulo lleno de
-placas de hierro de los hogares, de las chimeneas antiguas,
-algunas muy curiosas, y luego fueron a la biblioteca.</p>
-
-<p>El dueño sacó un ejemplar del libro de Pierre de
-Lancre, titulado: <i>Cuadro de la inconstancia de los
-malos ángeles y demonios</i>; les mostró una estampa de
-un sábado brujeril y les leyó un párrafo, en que se
-decía que el propietario del castillo de Urtubi, a principios
-del siglo XVII, después de una reunión de
-brujería tenida en su casa, se había encontrado los
-días siguientes con que las brujas le iban chupando la
-sangre y sorbiéndole el seso, lo que le decidió a denunciarlas.</p>
-
-<p>Todos se rieron, menos Alvarito, que pensó que el
-señor de Urtubi era un visionario como él.</p>
-
-<p>De la biblioteca marcharon al pequeño archivo, que
-tenía algunos antiguos documentos de los Urtubis,
-emparentados con los Alzates, Gamboas, Belzunces,
-Ezpeletas y con la familia del escritor Montaigne.</p>
-
-<p>Salieron de nuevo al jardín. Una nube roja, grande,
-había aparecido en el poniente y el parque tenía
-un aire fantástico en este aire, inmóvil y caliente, perfumado
-por las flores. Cerca del castillo había una
-acequia negra entre dos paredes de piedra, que tomaba
-al reflejar el cielo, tonos de sangre.</p>
-
-<p>Salieron de nuevo al parque y llegaron a una
-fuente.</p>
-
-<p>Manón dijo que tenía que echar la suerte con dos<span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span>
-alfileres, tirándolos a la fuente y viendo cómo quedaban
-en el fondo; si quedaban separados, era que no
-se casaba, y si quedaban cruzados, que sí. Manón
-echó sus dos alfileres y quedaron separados; después
-los echaron Rosa y Morguy, y pasó lo mismo. Por
-el sortilegio de la fuente ninguna de las tres se casaba.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; nos quedaremos solteras&mdash;dijo Manón.</p>
-
-<p>&mdash;Tendrá que ser porque a los hombres de esta
-tierra les falten ojos&mdash;dijo galantemente Hervilly.</p>
-
-<p>Manón había cogido una flor y se la había puesto
-en el pecho.</p>
-
-<p>El joven Montgaillard quiso que le diera aquella
-rosa que llevaba en el pecho y ella se la dió.</p>
-
-<p>Iba cayendo la tarde y, según dijo madama Lissagaray,
-era hora de volver a Bayona.</p>
-
-<p>&mdash;Antes merendarán ustedes&mdash;dijo el amo de la
-casa.</p>
-
-<p>&mdash;Se va a hacer tarde.</p>
-
-<p>&mdash;¡No, no; ca!</p>
-
-<p>Pasaron al comedor y se sentaron a la mesa, muy
-elegantemente puesta, con mantel antiguo, bordado,
-y vajilla de Sevres.</p>
-
-<p>De pronto notaron que andaba revoloteando algo
-por los rincones.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es? ¿Un murciélago?&mdash;preguntó Manón.</p>
-
-<p>&mdash;No, es una mariposa&mdash;contestó el dueño de la
-casa, y con un pañuelo logró cogerla.</p>
-
-<p>La mariposa era grande y hacía un chirrido como
-si se quejara. Alvarito se estremeció; el aleteo de la
-mariposa y sus quejidos le produjeron una sensación
-desagradable.</p>
-
-<p>&mdash;Es el <i>Sphinx atropos</i>, la mariposa de la calavera&mdash;dijo
-el amo de la casa.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span>
-&mdash;¡Qué horror!&mdash;dijo Rosa&mdash;. Suéltela usted. Eso
-debe ser de mal agüero.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, estas mariposas asustan a la gente, pero son
-inofensivas para las personas; no así para el campo,
-donde hacen muchos destrozos.</p>
-
-<p>La Morguy quería matarla con un alfiler y llevársela.</p>
-
-<p>&mdash;No, no&mdash;dijo Manón&mdash;; hay que soltarla, que
-viva.</p>
-
-<p>&mdash;Poco vivirá&mdash;dijo el dueño abriendo la ventana
-y soltándola&mdash;. Algunas no duran más que una noche;
-el tiempo necesario para poner sus huevos.</p>
-
-<p>Madama Lissagaray insistió en que era hora de
-volver.</p>
-
-<p>Se despidieron y entraron todos en el coche. Rosa
-se sentó al lado de Alvarito y estuvo hablando con él.</p>
-
-<p>&mdash;Ya ves tú&mdash;decía la muchacha&mdash;qué mala suerte
-tengo yo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Mala suerte? ¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Manón y yo tenemos la misma edad, y hemos
-sido educadas de la misma manera. Ella siempre tiene
-éxito y yo nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Tú también lo tienes.</p>
-
-<p>&mdash;No, no. Y, además, es natural. Ella es más bonita
-que yo, más inteligente, más brillante. Todas las
-ventajas para ella y para mí nada.</p>
-
-<p>&mdash;Eres muy modesta.</p>
-
-<p>&mdash;No. La suerte ha sido muy generosa con ella y
-muy mezquina conmigo. Ella es música, es guapa, es
-graciosa. Y yo soy tonta, sosa y sin talento.</p>
-
-<p>&mdash;Eres muy severa contigo misma.</p>
-
-<p>&mdash;No, me conozco. Yo no tengo ningún encanto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! No digas eso.</p>
-
-<p>Alvarito dirigió a la muchacha algunos cumplidos,
-pero eran fríos y sin efusión.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span>
-Un par de horas después llegaron a San Juan de
-Luz, pararon un momento en un café y volvieron a
-tomar el coche, y vieron el mar cerca de Guethary,
-azul, recamado de blanco en un cielo rojo, incendiado
-y amenazador; vieron brillar el faro de San Sebastián
-y el del cabo Higuer. Al acercarse a Bayona, la luna
-había salido, grande, amarilla como una cara de mujer
-enferma.</p>
-
-<p>Alvarito llegó a casa; no cenó apenas, y fué a acostarse
-a su cuarto. Al tenderse en la cama, el coche,
-el mar, la acequia con el agua rojiza, la estampa del
-sábado brujeril del libro de Lancre le comenzaron a
-bailar ante los ojos. Pronto pasó del recuerdo al
-sueño.</p>
-
-<p>Soñó que escalaba, con grandes esfuerzos, un cerro
-que tenía en la punta un castillo, marchando por entre
-riscos afilados que parecían de cristal. Después de subir
-por una escalera laberíntica, llegaba a un desván,
-con vigas en el techo, y encontraba un montón de paja
-y se tendía en él.</p>
-
-<p>De pronto notaba que estaba al lado de una ventana
-abierta, al borde del abismo. Delante tenía un paisaje
-sombrío, con montes ceñudos y valles estrechos, llenos
-de árboles, y al contemplarlos se le encogía el corazón.
-Nubes pesadas avanzaban a rodear el castillo.
-Desesperado, elevaba la vista y quedaba absorto. El
-cielo estaba lleno de brillantes meteoros desconocidos;
-la luna, las estrellas y los cometas, con largas colas,
-saltaban en locas carreras por el firmamento. Contemplaba
-aquello a cada instante con mayor horror,
-hasta que, de pronto, comenzó a salir el sol. Entonces
-una deliciosa calma dominaba la naturaleza. El
-cielo se ponía azul, un murmullo lejano venía del mar,
-rizado con olas blancas; de los bosques se exhalaba
-un perfume balsámico. ¡Oh! ¡Cómo se respiraba el<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span>
-aire puro! ¡Cómo corrían los arroyos y las fuentes!</p>
-
-<p>Pero esto también duró poco, y vino el crepúsculo,
-un crepúsculo al principio admirable. Brillaban las
-flores rojas y blancas, las campanillas azules en los
-campos verdes; luego todo se tornaba ceniciento; había
-entonces una queja en el espacio; nubes de mariposas
-grandes cruzaban el aire. Alvarito sentía necesidad
-de llorar y se despertó. Pasó muchas horas despierto,
-dando vueltas en la cama, pensando en su sueño
-y en Manón y suspirando sin querer. Al último
-consiguió dormirse y no se despertó hasta que le llamaron
-por la mañana.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span></p>
-
-<h3 id="IV_II">II<br />
-FRECHÓN O EL CHATARRERO
-MISÁNTROPO</h3></div>
-
-<p>Matías Frechón, el tenedor de libros de Chipiteguy,
-era hombre de treinta y cuatro a treinta y cinco años,
-alto, flaco, moreno, de frente estrecha, labios finos,
-nariz roja, bigote delgado y patillas largas.</p>
-
-<p>El dejarse las patillas le daba cierta apariencia de
-banquero o de hombre de negocios, que él consideraba
-muy importante y muy apropiado para su persona.</p>
-
-<p>Frechón tenía aire poco tranquilizador. Indudablemente
-no es una fantasía folletinesca el asegurar que
-hay hombres que sólo por su aspecto producen desconfianza
-y hasta una marcada repulsión moral. Parece
-que por instinto se puede comprender rápidamente
-que ciertos rasgos fisionómicos representan
-y son consecuencia de una larga vida de intrigas, de
-hipocresías o de bajezas, y las fisonomías con estos
-rasgos nos producen alarma, no siempre bien definida.</p>
-
-<p>A veces no son las bajezas hechas las que adivinamos
-y nos dan impresión de alarma y de desconfianza,
-sino las por hacer, las que están aún latiendo en el
-espíritu del que es capaz de cometerlas. Así, por intuición,
-comprendemos que cierta clase de rostros no<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span>
-pueden pertenecer más que a almas dispuestas a toda
-clase de villanías.</p>
-
-<p>Frechón no solía reír; su sonrisa era triste, fría
-y antipática.</p>
-
-<p>Frechón tenía aire de hombre falso e hipócrita. No
-miraba nunca de frente más que cuando se irritaba.
-Se parecía un tanto al Robespierre de las figuras de
-cera. El hombre sentía gran confianza en sí mismo,
-en su inteligencia y en su perspicacia; en su rostro
-se leía casi siempre una expresión de superioridad.</p>
-
-<p>Para él todo el mundo era tonto. Si había alguno que
-no lo fuera, consistía en que era un canalla. De tontos
-y canallas, según él, se hallaba formado el mundo.</p>
-
-<p>Chipiteguy solía decir: "Las ideas de Frechón a
-veces son claras una a una, pero en conjunto son un
-puro disparate".</p>
-
-<p>Tan es cierto, que muchas veces es la mala organización
-de los conceptos la que hace al loco y al insensato.</p>
-
-<p>Frechón se creía un hombre genial a quien le faltaba
-un escenario digno de sus méritos. El orgullo, la
-vanidad, la tristeza de no ser nada le ahogaban.</p>
-
-<p>&mdash;Se oirá hablar de mí&mdash;solía decir con jactancia.</p>
-
-<p>Frechón hacía profesión de fe de su misantropía.
-Este chatarrero filósofo, pequeño Timón de Bayona,
-había estudiado en su juventud para cura y sabía latín,
-lo que le servía para citar con mucha frecuencia
-frases de Horacio y de Virgilio. Era bastante letrado.
-Leía causas célebres, folletos anticlericales y el <i>Citador</i>,
-Pigault-Lebru; decía también que había leído
-a Fourier.</p>
-
-<p>Frechón hablaba siempre con gran prudencia, pensando
-cuanto decía. Había adquirido la costumbre de
-repetir la pregunta que se le hiciera para darse tiempo
-de pensar bien la respuesta.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span>
-Frechón tenía ideas republicanas, lo cual no era
-obstáculo para que hubiese estado durante algún tiempo
-al servicio de los carlistas españoles por intermedio
-de Roquet, el agente de Aviraneta, y de Cazalet, bohemio
-crapuloso que sabía muchos secretos de todo el
-mundo.</p>
-
-<p>Cuando le hablaban a Frechón del acto o de la opinión
-de alguna persona, decía con frecuencia:</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ¡Qué tontería!</p>
-
-<p>Frechón afirmaba que poseía muchos recursos para
-ganar dinero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si supieran los giros que tengo yo todos los meses!&mdash;decía
-con orgullo.</p>
-
-<p>El misántropo era al mismo tiempo fantástico y
-petulante, escéptico y de cándida credulidad. Es muy
-difícil en el escepticismo llegar a no creer ni en lo bueno
-ni en lo malo. La mayoría de los escépticos se contentan
-con no creer en lo bueno, y el escepticismo verdadero
-estaría en no creer ni en lo bueno ni en lo
-malo.</p>
-
-<p>Frechón vivía pensando fantasías; había en él una
-tendencia marcada por lo secreto, por lo misterioso,
-tendencia que se aumentaba con la bebida; el misántropo
-tenía mucha afición al vino y a los licores.</p>
-
-<p>Su mundo era un mundo extraño, diferente al de
-los demás. El se consideraba viejo, y una de sus manías
-era hablar de su vejez.</p>
-
-<p>&mdash;A un hombre viejo como yo no se le engaña&mdash;decía
-con frecuencia&mdash;. Los viejos como yo saben lo que
-se hacen.</p>
-
-<p>Al parecer, la idea de ser viejo le encantaba a Frechón
-grandemente. Sentía el misántropo gran desprecio
-por su juventud; le parecía que los hombres jóvenes
-no servían para nada.</p>
-
-<p>Frechón gozaba mucho con el espionaje. Había na<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span>cido
-con una inclinación nativa para espiar. El descubrir
-un misterio constituía para él una delicia. En un
-pueblo como Bayona, en donde se urdían muchas intrigas
-políticas y se hacían negocios de suministros
-militares y de contrabando, Frechón vivía como el pez
-en el agua. Espiaba a los franceses y a los españoles,
-a los carlistas y a los liberales, a los aduaneros y a los
-contrabandistas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Ya sé yo lo que hace ese.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Ya sé yo quién es el amante de esa mujer.</p>
-
-<p>Para todo tenía el misántropo un ¡bah! desdeñoso
-y de superioridad. El viejo Frechón, como se llamaba
-a sí mismo, había pasado muchas noches en la esquina
-de una calle aguantando el frío de la noche o tendido
-en el campo recibiendo la lluvia para averiguar alguna
-cosa que, después de todo, no le importaba nada.</p>
-
-<p>Hacer un agujero en la pared y espiar lo que pasaba
-en una habitación inmediata, aunque no ocurriera en
-ella nada de particular, le parecía una maravilla de
-interés.</p>
-
-<p>La guerra civil de España le daba muchos motivos
-de espionaje y de intrigas.</p>
-
-<p>Otro placer para él delicioso, lleno sin duda de matices
-agradables, era el escribir anónimos. Se procuraba
-así una de sus mayores satisfacciones. Dominaba
-la técnica del anónimo, la tenía muy bien estudiada;
-sabía por qué indicios se podría descubrir al autor, sabía
-el sistema para no dejar rastros, y en su casa guardaba
-papeles traídos de fuera y sacados de varias
-partes.</p>
-
-<p>Llegaba a disfrutar así de la más dulce impunidad;
-pensar que no había manera de descubrirle y que podía,
-además, sugerir la idea de que era otro el autor
-del anónimo.</p>
-
-<p>Frechón era envidioso; su mayor placer hubiera<span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span>
-sido quitar el dinero a ciertas gentes y, al dejarles en
-la miseria, hacerles una mueca de burla.</p>
-
-<p>Frechón vivía con su hermana, solterona de muy
-mal carácter y muy rencorosa.</p>
-
-<p>Al misántropo le gustaba Manón y la miraba siempre
-con ojos de ogro, pero ella le despreciaba profundamente.</p>
-
-<p>La jugada de Chipiteguy con las custodias y las
-cruces de Pamplona colmó la medida de rabia de Frechón.</p>
-
-<p>Frechón, desde que había vuelto a Bayona, estaba
-furioso contra Chipiteguy.</p>
-
-<p>El misántropo disimuló, se mostró amable con el
-viejo, sonsacó lo que pudo a Alvarito y a Claquemain
-y fué a visitar por segunda vez a Gamboa.</p>
-
-<p>El cónsul de España estaba indignado contra Chipiteguy,
-pero no quería confesar lo ocurrido y repetía
-siempre que él no había hecho encargo alguno al chatarrero.</p>
-
-<p>Frechón se pasaba horas y horas pensando en preparar
-una celada al viejo, paseando por la tienda como
-un lobo en la jaula y haciendo crujir sus falanges.
-Se le ocurrió también que Alvarito le estorbaba y le
-escribió dos anónimos amenazándole.</p>
-
-<p>Otra vez hizo que Claquemain se disfrazara con el
-traje del <i>Asesino</i> y apareciera por la ventana de la
-reja que daba al patio donde trabajaba Alvarito. Este
-tuvo un momento de serenidad; comprendió la farsa,
-fué a la cueva y cerró la puerta con llave. Al poco
-tiempo Claquemain tuvo que llamar.</p>
-
-<p>Dos días después Alvarito recibió una carta que
-decía:</p>
-
-<p>"Si no te vas inmediatamente de esta casa, morirás.&mdash;<i>El
-Asesino.</i>"</p>
-
-<p>Alvarito tuvo la suficiente presencia de espíritu para<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span>
-no decir nada a nadie. Ya comprendió de dónde venía
-la amenaza. Alvaro veía con asombro que a él le producían
-más terror los peligros imaginarios que los reales.
-Ante éstos conservaba la sangre fría y no se le iba
-la cabeza.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="IV_III">III<br />
-LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY</h3></div>
-
-<p>La madre de Rosa, la señora de Lissagaray, simpatizó
-mucho con Alvarito y le invitó a que fuera todos
-los domingos a pasar la tarde a la tertulia que celebraba
-en su casa. Podía llevar, si quería, a su hermana
-Dolores.</p>
-
-<p>La reunión de Lissagaray tenía fama en Bayona
-de ser casi una agencia de matrimonios; iba a ella mucha
-gente joven.</p>
-
-<p>La señora de Lissagaray, viuda y dueña del bazar
-de los Arcos, el Paraíso Terrenal, esperaba casar a su
-hija; necesitaba a un hombre al frente de su negocio.
-Para que la muchacha conociese algunos jóvenes y
-fuese conocida, recibía a sus amigos los domingos por
-la tarde.</p>
-
-<p>A esta tertulia acudía casi siempre Manón y comenzó
-también a ir Alvarito y su hermana Dolores.
-En la reunión se jugaba a varios juegos, sobre todo al
-<i>wisth</i>, y se conversaba.</p>
-
-<p>Se hablaba entre las personas serias de lo que ocurría
-en Bayona, de la política del gobierno de Luis
-Felipe, de la guerra carlista y de la protección que dispensaba
-a los liberales españoles el general Harispe,
-cosa que a la mayoría no parecía bien. Madama Lissagaray
-tenía que estar siempre atenta para no dejar<span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span>
-languidecer la charla y para impedir también que algún
-jovencito o alguna muchachita hicieran una inconveniencia.
-Las señoras llevaban a la tertulia labores
-de ganchillo o de aguja. Los jóvenes tocaban el
-piano, cantaban, bailaban y se discutían los libros de
-Walter Scott, Chateubriand y del vizconde de Arlincourt.
-Los que estaban más a la moda hablaban de Balzac,
-de Dumas y de Jorge Sand.</p>
-
-<p>Algunos días señalados del año había baile. Se bailaba
-la contradanza o "quadrille", los lanceros y el
-vals. Todavía no había comenzado el furor de la polca.</p>
-
-<p>Varios tipos curiosos asistían a la tertulia, españoles
-y franceses.</p>
-
-<p>De los españoles, Aviraneta iba con frecuencia a
-enterarse de lo que se decía en Bayona por los carlistas
-acerca de la guerra. Había corrido la voz de que
-era masón y todo el mundo lo repetía, pero como era
-hombre amable se le perdonaba.</p>
-
-<p>Otro español, tertuliano asiduo, era un tal don Ramón,
-emigrado carlista, hombre de alguna fortuna,
-que mataba sus ocios poniendo letra española a las
-canciones francesas y regalándolas a los amigos. Su
-mujer las solía cantar, acompañándose de la guitarra.</p>
-
-<p>Con las adaptaciones suyas las canciones tomaban
-en castellano un aire falso y romántico muy curioso.</p>
-
-<p>Entre las damas de la tertulia llamaba la atención
-la señorita María de Taboada, española carlista, de
-aire decidido, de quien se decía estaba para casarse
-con el general de don Carlos, don Bruno Villareal.</p>
-
-<p>María Luisa, en esta época, servía de institutriz en
-casa de una familia francesa en una finca de los alrededores
-de Bayona. María Luisa había venido varias
-veces a la tertulia de madama Lissagaray en compañía
-de don Eugenio de Aviraneta y dos o tres veces con
-don Pedro Leguía.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span>
-Frecuentaba también la tertulia una señora española
-carlista, doña Tecla, amiga de doña Jacinta Pérez
-de Soñanes (alias "la Obispa"). Doña Tecla llevaba
-una enorme peluca negra y tenía una gran suficiencia
-y una pedantería. Era una definidora de
-lo que se podía hacer y de lo que no se podía hacer.
-Todo, según ella, estaba legislado, y la que tenía la
-clave de las verdades era ella. Esta Tecla daba la nota
-verdadera, el <i>lá</i> del diapasón. Era el árbitro de las
-buenas costumbres y de las buenas formas.</p>
-
-<p>Una señorita de la reunión muy distinguida era
-Paquerette Recur, damisela de unos treinta años, delgada,
-sonriente, vestida siempre con trajes vaporosos.</p>
-
-<p>La señorita Recur, muy amable, muy graciosa, tenía
-una cara un poco vaga, que a veces parecía bonita y
-a veces no. Había estado dos a tres veces a punto de
-casarse; pero, sin duda, le faltaba la decisión y tenía
-miedo al matrimonio.</p>
-
-<p>A Alvaro le recordaba la figura de cera a la cual
-Chipiteguy y él llamaban la Bella Inglesa.</p>
-
-<p>Paquerette era, al decir de la gente, muy sentimental
-y un tanto novelera, y había huido siempre de los
-matrimonios de conveniencia, porque tenía la ilusión
-de casarse enamorada.</p>
-
-<p>Dolores y Rosa se hicieron muy amigas de Paquerette
-y recibieron sus confidencias.</p>
-
-<p>Por aquel entonces la señorita Recur tenía gran
-amistad sentimental con Marcelo, el sobrino de Chipiteguy
-y tío de Manón.</p>
-
-<p>Marcelo era un hombre rubio, sonriente, de treinta
-y cinco a cuarenta años, viudo y sin hijos. Había estado
-casado con una mujer de carácter un tanto agrio,
-según se decía.</p>
-
-<p>Marcelo era ingeniero mecánico y tenía muchas<span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span>
-ideas, algunas muy luminosas, pero no ganaba dinero.
-Se le veía constantemente con el traje arrugado y las
-manos manchadas, con las uñas quemadas por los
-ácidos.</p>
-
-<p>Chipiteguy le acogía bien, porque notaba que Marcelo
-no aspiraba a su herencia; Manón bromeaba mucho
-con él por motivo de la señorita Recur.</p>
-
-<p>Alvarito se hizo amigo de Marcelo y éste le explicaba
-sus ideas y sus proyectos.</p>
-
-<p>El mecánico soñaba en industrializar el mundo, en
-aprovechar los saltos de agua, la fuerza del mar y hasta
-la del sol.</p>
-
-<p>Suponía, equivocadamente, que el período de industrializar
-la tierra llegaría en veinte o treinta años.</p>
-
-<p>Mientras soñaba, el dinero pasaba a su lado y él
-no podía darle el alto. En su casa se le veía a Marcelo
-haciendo planos sobre una mesa de cocina, fumando,
-con el tiralíneas o el compás en la mano o analizando
-algo en un tubo de ensayo.</p>
-
-<p>La madre de Marcelo se incomodaba mucho con él;
-pero si alguien hablaba mal de su hijo, le defendía con
-energía y decía que la gente no podía entenderle por
-ser él demasiado inteligente para tratar con individuos
-torpes y toscos. La gente de Bayona, según ella, no
-comprendía más que el comercio con sus socaliñas,
-como los judíos, y Marcelo era un sabio, un inventor.</p>
-
-<p>El idilio entre el mecánico y la señorita Recur hacía
-sonreír a los tertulianos de Madama Lissagaray, pero
-había algunos y algunas que no lo miraban con simpatía.</p>
-
-<p>Una de éstas era la señorita Verónica Bizot, que hacía
-con su tipo, duro y agrio, un gran contraste con la
-gracia aniñada y vaporosa de Paquerette.</p>
-
-<p>La señorita Bizot era una solterona, de cuarenta a<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span>
-cincuenta años, que daba miedo por su gesto siniestro
-y su personalidad agresiva.</p>
-
-<p>La señorita Bizot, que había sido inquilina de la casa
-que pertenecía a Madama Lissagaray, era alta, desgarbada,
-cetrina, con cara de hombre, nariz fuertemente
-pronunciada y ojos claros, opacos y burlones.
-Cubría su cabeza, ya calva, con una peluca rubia y tenía
-unos lunares con cerdas en el labio.</p>
-
-<p>La Bizot era mujer de perversa intención, que decía
-frases incisivas siempre que podía y ponía motes sangrientos.
-La recibían en las casas por miedo a su lengua
-mordaz. La señora de Lissagaray era de las que
-más le temían.</p>
-
-<p>La Bizot derivaba, quizá por sus malos instintos, al
-erotismo. Vivía en una casucha de la calle de la Carnicería
-Vieja, desde donde se veían los grandes olmos de
-la muralla.</p>
-
-<p>La Bizot contaba que por la parte de atrás de su
-casa había una ventana que caía a otra calle, enfrente
-de una casa de prostitución que daba al Rempart Lachepaillet,
-y se pasaba horas y horas desde su observatorio
-para ver lo que ocurría en el burdel.</p>
-
-<p>Iba también a un caserío en donde había un toro
-padre, a ver cuando llevaban a las vacas a cubrirlas.
-Probablemente sentía no ser vaca. La Bizot había vivido,
-según se explicaba, de manera satírica, con una
-tía suya que debía parecerse a ella en su mala intención,
-a la que odiaba profundamente.</p>
-
-<p>Durante años y años, tía y sobrina se hicieron guerra
-a muerte. Vivían juntas, porque no tenían medios
-para vivir separadas.</p>
-
-<p>Llegaron en su odio a echarse una a otra tierra en
-el chocolate y acíbar en el vino. Si la una tenía plantas
-en el balcón, la otra las regaba con agua caliente para<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span>
-que se murieran. Llegó la sobrina a echar pulgas en
-la cama de su tía.</p>
-
-<p>La Bizot era una mujer sádica, y a las muchachas
-pequeñas que tenía de criadas, y a las que no les daba
-casi salario, las pegaba y llenaba los brazos de cardenales.</p>
-
-<p>Le roía a la solterona la rabia de su fealdad, de su
-inutilidad en la vida, el no haber podido ilusionar a
-nadie. Unicamente parece que había tenido algunos
-éxitos por carta exponiendo sentimientos románticos.
-Por las demás mujeres sentía un odio felino.</p>
-
-<p>La Bizot no tenía más que una renta pequeñísima,
-de unos seiscientos francos al año, y vivía haciendo
-combinaciones, comiendo fuera de casa y a veces casi
-sin comer.</p>
-
-<p>La Bizot, que no sentía simpatía por nadie, tenía
-que fingir amabilidad, interés por las gentes. Desde
-hacía algún tiempo estaba en relaciones de gran intimidad
-con una muchacha vecina suya, de vida un tanto
-alegre, con quien comía con frecuencia. Esta muchacha,
-a quien llamaban Nené, explotaba a unos viejos
-amantes. El padre de Nené se aprovechaba de la
-prostitución de su hija y pasaba la vida sonriente y
-tranquilo.</p>
-
-<p>La Bizot era muy amiga de Nené, y la defendía y la
-aconsejaba. Había visto, desde hacía ya tiempo, la
-marcha que llevaba la muchacha, y con esa constancia
-de la solterona y de la gente del rincón provinciano,
-la esperó como el cazador a su presa. La Nené era de
-un impudor tranquilo, una cortesana; pero la Bizot
-aseguraba en todas partes que lo que se contaba de
-ella era falso y calumnioso.</p>
-
-<p>La Nené no tenía nada de loca ni de casquivana. Era
-tranquila como una vaca, sin pudor; engordaba, salía
-poco de casa, no derrochaba y era trabajadora. Se ves<span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span>tía
-bien y solía ir a Biarritz y a San Juan de Luz,
-donde tenía citas con burgueses ricos de la ciudad.</p>
-
-<p>El viejo, el padre, se entendía con una criada. La
-vida de Nené y de su padre daban mucho que hablar.
-Un vecino relojero, que tenía la tienda en la calle de los
-Vascos, decía que había días que se habían reunido los
-señores que visitaban a Nené, y que uno de ellos había
-dicho, parodiando la frase de Napoleón en Egipto:
-"Desde el fondo de estas butacas cuarenta siglos os
-contemplan".</p>
-
-<p>La Nené, aconsejada por la Bizot, guardaba dinero.
-La Bizot hubiera querido explotarla, pero ella y su
-padre defendían los cuartos con energía. Cuando jugaban
-a cartas la solterona y la muchacha entretenida,
-luchaban por arrancarse un céntimo horas y horas.</p>
-
-<p>Lo único que solía sacar la Bizot de la casa era la
-comida.</p>
-
-<p>La Nené sabía muy bien colocar su capital en rentas
-sólidas y parte en la usura. Esta ciencia práctica parece
-que le venía de su madre, que era hija de un judío.</p>
-
-<p>La casa de la Nené tenía un aire respetable y elegante.
-La hetaira bayonesa se vestía con una elegancia
-que seducía a sus amantes, hablaba y discutía de
-cuestiones de literatura y jugaba. Ella les ganaba a los
-viejos contertulios en el <i>whist</i>, porque era lista para el
-juego y hacía trampas.</p>
-
-<p>La Nené tenía formas y maneras de hablar que los
-viejos viciosos y crapulosos del comercio que la visitaban
-encontraban muy distinguidas.</p>
-
-<p>La Nené, a pesar de ser desconfiada y maliciosa,
-creía en las adivinadoras y echadoras de cartas y solía
-ir con frecuencia, en compañía de la Bizot, a casa de
-una cartomántica.</p>
-
-<p>Esta cartomántica, madama Canis, había sido comadrona
-y vivía en la calle de la Torre de Sáult, en<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span>
-una casa negra, cerca de un torreón de la antigua muralla.</p>
-
-<p>Madama Canis era una mujer aventurera, casada
-dos o tres veces, celestina, comadrona y, según las malas
-lenguas, proveedora de angelitos para el cielo o, por
-lo menos, para el inseguro limbo.</p>
-
-<p>Se decía que mientras fué comadrona una de las
-preguntas de ritual que hacía a la cliente o al que la
-acompañara era ésta:</p>
-
-<p>&mdash;¿Debe vivir o no la criatura?</p>
-
-<p>Alguna vez tuvo un descuido y fué a la cárcel y le
-impidieron continuar el oficio.</p>
-
-<p>En casa de madama Lissagaray, la Bizot solía hacer
-casi siempre de buzona. Satirizaba a la gente, la imitaba,
-la caricaturizaba, con una intención y un fondo
-de mala sangre disimulado.</p>
-
-<p>Todos los contertulios de madama Lissagaray habían
-sido parodiados por la solterona, naturalmente, cuando
-no estaban ellos delante. Imitaba también con mucha
-exactitud a Patrich, el sepulturero, y a Moisés Panighettus,
-que vivían en su misma calle; a Chipiteguy
-y a sus dos criados, Quintín y Claquemain.</p>
-
-<p>A Alvarito le chocaba por debajo de la cortesía la
-malevolencia de las gentes. Se extrañaba de que no
-hubiera afecto entre aquellas personas. Casi todo el
-mundo se odiaba. ¿Sería esta frialdad general en la
-vida?</p>
-
-<p>A él le hubiera gustado tener amor, simpatía por
-los otros, y que su amor y su simpatía le hubieran sido
-devueltos por los demás; pero, al parecer, tal amor recíproco
-era imposible. La gente, la mayoría que le rodeaba,
-era indiferente, hostil y socarrona. De ahí el
-gran afecto que iba tomando a Chipiteguy, que se
-mostraba con él amable y efusivo...</p>
-
-<p>Hubo día que la tertulia de madama Lissagaray fué<span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span>
-un plantel de mujeres guapas. Estaban la condesa de
-Hervilly, una belleza rubia, con la señora de Vargas,
-morena, de un tipo clásico; María de Taboada, con su
-aire caprichoso y extraño; Paquerette Revur, como
-una figurita de porcelana; Rosa con su tipo de mujer
-meridional, y Manón, rubia, alegre y alocada.</p>
-
-<p>Entre ellas mariposeaban algunos jóvenes tenientes,
-algunos dandys, el vizconde Saint-Paul y el caballero
-de Montgaillard, que era de los que tenían más éxito.</p>
-
-<p>Alvarito había estado durante mucho tiempo pendiente
-de que el caballero de Montgaillard hiciese la
-corte a Manón; todo lo hacía pensar así; pero de pronto
-entre el joven y la muchacha se manifestó una gran
-hostilidad, y el elegante apareció como satélite de la
-condesa de Hervilly.</p>
-
-<p>&mdash;Es un imbécil&mdash;dijo Manón con una rotundidad
-muy suya&mdash;; cree que todo el mundo, empezando por
-las mujeres, deben tener las condiciones que a él le faltan
-de bondad, de generosidad y demás. ¡Que se vaya
-al diablo!</p>
-
-<p>A su vez el caballero parece que dijo repetidas
-veces:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué malas son las mujeres! ¿Por qué serán tan
-malas?</p>
-
-<p>El caballero se puso a cortejar a la condesa de Hervilly.</p>
-
-<p>Montgaillard, en el poco tiempo que llevaba en
-Bayona, se había hecho conocido de todos. Se le veía
-con frecuencia con el marqués de Lalande y con el
-príncipe de Lichnowsky. Se aseguró que tenía una
-misión secreta dentro del carlismo.</p>
-
-<p>Alvarito pensó que Manón había conocido a Montgaillard
-en seguida. Era una mujer tan inteligente que
-no se le podía escapar nada.</p>
-
-<p>La superioridad de Manón se manifestaba en todos<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span>
-los órdenes de la vida, según el joven Sánchez de Mendoza.
-El se reconocía muy inferior a su lado; Manón
-aprendía con facilidad las lenguas; Alvarito era muy
-torpe; Manón tenía mucho sentido musical; en cambio,
-Alvarito carecía por completo de él y tardaba en coger
-una canción cualquiera y no sabía tararear bien el
-<i>Himno de Riego</i> o la <i>Marsellesa</i>.</p>
-
-<p>Manón cogía al vuelo todas las canciones que oía
-con rapidez extraordinaria; las tocaba en seguida al
-piano y las tarareaba, dándolas mucho aire, pero no
-quería estudiar.</p>
-
-<p>&mdash;Yo únicamente estudiaría&mdash;solía decir desdeñosamente&mdash;si
-me oyesen y me aplaudiesen; pero, para
-que me oigan mi tía María y la Tomascha, no vale la
-pena.</p>
-
-<p>Alvarito se entristecía pensando en esto. ¿Cómo
-conquistar aquella muchacha caprichosa, independiente
-y llena de seducciones? ¿Cómo convertir la mujer
-de lujo en una mujer de hogar? El convenía en su
-fuero interno que no podía competir con ella en nada.</p>
-
-<p>Desde que había reñido con el caballero de Montgaillard,
-Manón escuchaba a Alvarito con más atención
-y le manifestaba mayor amistad.</p>
-
-<p>Manón le prestó los libros de Walter Scott, que tenía
-en una colección encuadernada y con láminas. Alvarito
-encontraba a Manón en las heroínas de todas las
-novelas del autor escocés. Era Diana Vernon, de <i>Rob
-Roy</i>; Mina y Brenda, del <i>Pirata</i>; Julia, de <i>Guy Mannering</i>;
-Edith, de <i>Los Puritanos de Escocia</i>; Lady
-Rowena, de <i>Ivanhoe</i>, y Amy Robsart, de <i>Kenilworth</i>.</p>
-
-<p>Algunas tardes de otoño Alvarito acompañaba a
-Manón y era muy feliz. Tenía la andre Mari, una señora
-pariente que vivía en la calle de la Torre de
-Sáult. A veces, las tardes de invierno, iba Manón a la<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span>
-casa de visita. Como el sitio era extraviado, Chipiteguy
-le enviaba a Alvaro a acompañarla.</p>
-
-<p>Cuando iban a media tarde, llegaban a la Puerta de
-España, donde se amontonaban coches de alquiler de
-todas clases y salían al campo. Otras veces marchaban
-por la muralla viendo los glacis verdes, con sus cañones
-y sus morteros, y las viejas torres del antiguo
-muro galo romano.</p>
-
-<p>De noche, a la vuelta, se metían por las calles negras
-y desiertas, iluminadas por algún lejano farol colgado
-de una cuerda y luchaban contra las ráfagas de aire
-encajonado que silbaba en las esquinas.</p>
-
-<p>Manón se agarraba del brazo de Alvarito, y así
-iban, riendo de la fuerza del viento, hasta llegar a la
-plaza del Reducto.</p>
-
-<p>Hablaban los dos de su vida anterior, de su familia,
-de los recuerdos de la infancia.</p>
-
-<p>Ella le preguntaba mil cosas; quería saber cómo
-había vivido antes.</p>
-
-<p>No le gustaba a Alvarito que Manón fuera a su
-casa, para que no viera aquellos pobres muebles ridículos
-que ellos tenían; pero a Manón la pobreza no le
-importaba. No le parecía una inferioridad, ni mucho
-menos, sino un estado, que podía ser pasajero o no,
-pero que no tenía nada que ver con la dignidad.</p>
-
-<p>Manón y Alvaro no estaban conformes en nada.
-Cuando Alvarito decía que él era monárquico y católico,
-ella afirmaba con petulancia que era jacobina y
-librepensadora. Cuando él decía que era español y patriota,
-ella replicaba que no se sentía francesa, sino
-vasca, y que tenía sangre de brujos.</p>
-
-<p>Aquel carácter voluntarioso, de una exuberancia y
-de una espontaneidad grandes, no podía acordarse con
-un temperamento más calmado, más inquieto, como el
-de Alvarito.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span>
-Alvarito estaba cada vez más enamorado de ella.</p>
-
-<p>Manón era coqueta y le halagaba el hacer conquistas.
-Le hablaba mucho a Alvarito, le consultaba, y algunas
-veces condescendía a tocar el piano sólo para él.</p>
-
-<p>A veces él la tenía odio, como cuando Manón decía
-a su tía María con dulzura:</p>
-
-<p>&mdash;No quiero estar en casa. Me aburro con vosotras.</p>
-
-<p>En general, él la encontraba en un plano más alto.
-Alvarito reconocía que esto no dependía de sus medios
-de fortuna; que la superioridad de la nieta de
-Chipiteguy no estaba en circunstancias exteriores, sino
-en la personalidad.</p>
-
-<p>Manón tenía más energía, más vida; pero él, en cambio,
-era más perseverante, más fiel.</p>
-
-<p>Manón tenía, indudablemente, una gran vitalidad.
-Era como una planta lozana, llena de savia; en cambio,
-él no: era una organización más pobre.</p>
-
-<p>Con Rosa, Alvarito se encontraba al mismo nivel;
-quizá a veces se sentía superior. Rosa no tenía condiciones
-para las artes; ni la música, ni la literatura le
-entusiasmaban.</p>
-
-<p>Decía que sí, que le gustaba mucho; pero lo decía
-porque no se atrevía a ser sincera. Le faltaba principalmente
-intuición. Los juicios suyos dependían de lo
-que oía alrededor.</p>
-
-<p>Rosa tenía una gran timidez. En la tertulia de su
-madre se le veía muchas veces ruborizarse por cualquier
-cosa y balbucear algo en confusión. Entonces
-era cuando estaba más guapa. La señora de Lissagaray
-sabía que su hija no era, ni mucho menos, tan brillante
-como Manón; pero esta inferioridad de su hija,
-para ella era una ventaja y no un inconveniente. Era
-indudable que para ser una burguesita casada con un
-comerciante no se necesitaba para nada ser original.
-Es más: esto casi era un inconveniente.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span>
-Manón y Rosa no estaban tampoco muy conformes
-en sus ideas y discutían sus respectivas opiniones; Manón,
-con imperio, y Rosa, con su manera tímida y apocada,
-aunque tenaz. Manón consideraba que el amor
-debía ser una cosa alegre y divertida y siempre nueva.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; nada de cosas serias, sino reír, cantar y
-coquetear.</p>
-
-<p>En cambio, para Rosa el amor tenía otro carácter.
-Era la abnegación, el sacrificio, la fidelidad al ser
-amado.</p>
-
-<p>&mdash;Hablas como un libro&mdash;decía Manón&mdash;; pero
-todo eso debe ser muy fastidioso.</p>
-
-<p>Alvarito tenía también ideas caballerescas: la hidalguía,
-el respeto a la mujer, el no engañar, el sostener
-la palabra a toda costa eran sus dogmas.</p>
-
-<p>Alvarito creía que aquellas ideas le venían a él por
-su abolengo aristocrático, tan exaltado por su padre,
-por la sangre de los Sánchez de Mendoza y de los
-Montemayor.</p>
-
-<p>Esta creencia en la sangre noble, dictando las prácticas
-elevadas de la vida, era para él una religión, una
-especie de misticismo que le alentaba y le sostenía y le
-hubiera impedido cometer una vileza e impulsado a
-intentar una heroicidad.</p>
-
-<p>Una vez, Alvarito y Manón hablaron largamente,
-al volver, de noche, de la casa de la pariente de la
-andre Mari, a donde iba Manón.</p>
-
-<p>Se ocuparon de la manera de ser de uno y de otro,
-de los amigos y de las amigas. Manón no tenía entusiasmo
-por el matrimonio.</p>
-
-<p>&mdash;Anularse ante un hombre&mdash;decía ella&mdash;, no me
-parece un ideal.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿quién se anula? La mujer tiene sus ocupaciones&mdash;dijo
-Alvarito, que era profundamente conservador.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span>
-&mdash;¿A ti te gustaría tener una mujer y no vivir más
-que para ella?&mdash;le preguntó Manón.</p>
-
-<p>&mdash;A mí, sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Todas las horas, todos los días?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Todos los minutos?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿No tener más pensamientos que para ella?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿No tener nada oculto?</p>
-
-<p>&mdash;Nada.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, chico, a mí, no. Yo siempre quisiera tener
-libertad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Libertad? ¿De qué? ¿De ir y venir?</p>
-
-<p>&mdash;No sólo de eso, sino libertad también de querer.</p>
-
-<p>&mdash;¿De querer y de no querer?</p>
-
-<p>&mdash;No; libertad de querer una vez más, otra vez menos;
-libertad de olvidar por momentos...</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso lo da la misma vida, creo yo; la edad,
-las ocupaciones...</p>
-
-<p>Manón se echó a reír.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué te ríes?&mdash;preguntó Alvaro.</p>
-
-<p>&mdash;Porque pareces un viejo; discurres demasiado
-bien.</p>
-
-<p>&mdash;No tengo tu exuberancia; tú tienes más vida que
-yo y más talento.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Todos lo notan. Pedro, el hermano de Morguy,
-dice que tú tienes una turbulencia insaciable y una
-versatilidad tal, que eres capaz de volver loco a cualquiera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué majadero!</p>
-
-<p>&mdash;No; es verdad. Todos los demás somos más tranquilos
-que tú.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span>
-&mdash;Sí, mosquitas muertas, como dice mi abuelo. No
-hay que fiarse del agua mansa.</p>
-
-<p>&mdash;¿No te fiarías de mí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí. ¿Por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;Pedro supone que tú eres una mujer de lujo, pero
-no una mujer confortable.</p>
-
-<p>&mdash;Y él, ¿qué es? Un imbécil.</p>
-
-<p>Manón, sin duda, no le perdonaba al hermano de
-Morguy el no haber caído, como los demás, rendido a
-sus pies.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="IV_IV">IV<br />
-LAS PREOCUPACIONES DEL HIDALGO
-SÁNCHEZ DE MENDOZA</h3></div>
-
-<p>Mientras Alvarito y su hermana Dolores sostenían
-la casa y trabajaban, el uno llevando cuentas en el despacho
-mugriento y triste de Chipiteguy, la otra encorvada
-sobre el bastidor bordando para la Falcón, el
-padre de ambos, don Francisco Xavier Sánchez de
-Mendoza y Montemayor se dedicaba a las labores propias
-de su condición de noble hidalgo, que consistían,
-principalmente, en no hacer nada y en divagar por los
-amenos campos de la política, de la genealogía y del
-blasón de los Sánchez de Mendoza.</p>
-
-<p>La política le preocupaba a don Francisco Xavier.
-¿Qué iba hacer él? Era un hombre importante.
-¿Quién tiene la culpa? Es el Destino el que coloca a
-unos en las cimas y a otros en el fondo de los valles.</p>
-
-<p>El hidalgo estaba convencido de que le perseguían
-los agentes del cónsul de España, los marotistas y los
-masones. Había una guerra a muerte entre la masonería
-y él.</p>
-
-<p>El veía tipos sospechosos que se le acercaban en la
-calle; comprendía que se hacían signos masónicos en
-los cafés y que había señales en los balcones de las<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span>
-casas, con pañuelos de color, y de noche con luces.
-Todo esto lo sabía muy bien él, pero callaba.</p>
-
-<p>Otra cosa que le preocupaba hondamente era el
-cargo de Alvarito en casa de Chipiteguy.</p>
-
-<p>¿Después de haber sido su hijo empleado en una
-trapería, se podía cruzar caballero? ¿Podría pertenecer
-a las órdenes militares? Temía que no. Era algo
-terrible este empleo del chico en casa de Chipiteguy,
-en la tienda de un trapero y chatarrero, jacobino y masón
-por más señas; algo casi tan terrible como la barra
-de bastardía que aparecía ¡estaba probado! en la rama
-de los Pérez del Olmo, esta rama de los Olmos tan
-perturbadora. ¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Qué
-diría su amigo el duque! ¡Qué diría el general! ¿Llegaría
-la noticia hasta don Carlos?</p>
-
-<p>El señor Sánchez de Mendoza podía haber pensado
-que quizá si él hubiese trabajado, su hijo no hubiera
-tenido necesidad de entrar en la tienda de hierro viejo;
-pero, no, él nunca se dedicaría a un trabajo innoble,
-y los trabajos nobles no se presentaban. ¿Quién tenía
-la culpa?</p>
-
-<p>La mujer de Sánchez de Mendoza, madre de Alvarito,
-pobre mujer flaca, triste, de color de limón, sin
-alegría alguna, con el convencimiento íntimo de que
-su vida no podía ser más que una serie de desdichas,
-larga tragedia obscura y dolorosa, escuchaba a su marido
-como a un oráculo.</p>
-
-<p>Don Francisco Xavier la había convencido de que
-él era hombre importante y de que, además, la amparaba,
-tendiendo sobre sus hombros un manto protector.
-Al pensar algunas veces en esto, don Francisco
-Xavier extendía los brazos como si estuviera poniendo
-un manto y se figuraba, conmovido, que efectivamente
-amparaba a su mujer.</p>
-
-<p>Como ésta solía tener mucha faena en la casa, el hi<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span>dalgo
-se lavaba él mismo los pañuelos y los cuellos en
-la palangana, hacía que su hija los planchara, se ponía
-su sombrero chambergo y su capa y se marchaba a
-distraerse y a presumir con cierto aire de mosquetero;
-paseaba por delante de los escaparates de las calles
-céntricas, donde se estudiaba para ver su prestancia;
-miraba trabajar al relojero o al guarnicionero; saludaba
-a algunos dueños de tiendas de ultramarinos, zapaterías
-y lencerías de la calle de España, que eran carlistas,
-y compraba dos cuartos de tabaco en un cucurucho
-de papel de periódico, que ponía en seguida en
-una petaca de cuero con las armas de los Sánchez de
-Mendoza.</p>
-
-<p>Compraba el tabaco en el Pequeño Suizo, que era
-café y estanco. Cuando tenía dinero se sentaba en una
-mesa a tomar café. El Pequeño Suizo tenía en el escaparate,
-entre pipas y eslabones, una figura de cera, un
-hombre con un gorro peludo, grande, de casaca azul
-con galones dorados, pantalones blancos, botas de montar,
-negras, y una pipa de barro muy larga en la mano
-derecha.</p>
-
-<p>Era uno de los grandes placeres de Sánchez de
-Mendoza pasarse el tiempo en el Pequeño Suizo tomando
-café y hablando.</p>
-
-<p>Los parroquianos del café eran criados, cocheros,
-mozos de cuadra, horteras y algunas muchachas que
-trabajaban en los almacenes, público que gustaba a
-Sánchez de Mendoza, que era aristócrata, quizá más
-en teoría que en la práctica.</p>
-
-<p>Otro de los centros de reunión del hidalgo era la
-guitarrería del Sevillano.</p>
-
-<p>El sevillano Juan Manuel Redondo era un hombre
-bajito, con aire de torero, que había dejado Córdoba,
-donde vivía últimamente por la malquerencia de los<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span>
-liberales, que habían creído que Juan Manuel había
-tenido relaciones con las tropas de Gómez.</p>
-
-<p>Juan Manuel, después de su trabajo, solía sentarse
-con su blusa blanca y tocar y cantar con mucho arte.</p>
-
-<p>Iban con frecuencia a oírle varios españoles y hubieran
-ido más si la mujer del Sevillano, una soriana
-dura, no los hubiera espantado, diciendo que su marido
-necesitaba trabajar. Al anochecer, la guitarrería
-tomaba un aire clásico andaluz. Un quinqué iluminaba
-la tienda, con el techo colgado de guitarras, bandurrias
-y laudes; en unas estanterías se veían las
-cuerdas y en un rincón el torno. En la guitarrería
-se solía hablar principalmente de España y alguna
-que otra vez de política.</p>
-
-<p>A veces, don Francisco Xavier necesitaba cuidar
-más de su indumentaria para ir a visitar al obispo
-de León, llegado de Guethary; a su amigo el señor
-de Corpas, al marqués de Hautpoul o a monsieur
-Auguet de Saint Sylvain, y entonces la mujer dejaba
-un momento la cocina, o el harapo que estaba
-lavando o remendando; la hija abandonaba el bordado
-y entre las dos acicalaban al hidalgo.</p>
-
-<p>El señor Sánchez de Mendoza iba también a la
-tertulia del periodista inglés Mitchell, que escribió,
-después del Convenio de Vergara, el folleto titulado
-<i>El campo y la corte de don Carlos</i>, donde se atacaba
-violentamente a Maroto.</p>
-
-<p>Este Mitchell estaba casado con una española y
-se decía que era judío.</p>
-
-<p>Cuando llegaba a Bayona el obispo de León, don
-Francisco Xavier era de los que se presentaban con
-más apresuramiento a besarle el anillo.</p>
-
-<p>Sánchez de Mendoza se manifestaba antimarotista.
-El general Maroto le parecía un audaz revolucionario,
-enemigo del trono y del altar, de este trono y de este<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span>
-altar que debían ser intangibles, inmaculados para
-todo buen monárquico y católico. Esto de intangible
-e inmaculado lo decía el hidalgo con una voz un poco
-lacrimosa.</p>
-
-<p>Don Francisco Xavier no tenía muchas ocupaciones;
-sus dos talentos principales consistían en escribir
-con una letra estilo Iturzaeta y en calcar escudos
-y después pintarlos a la acuarela. No los hacía muy
-bien; pero como cobraba poco, a peseta y a dos pesetas
-cada uno, poniendo él la cartulina, sacaba algún dinero,
-dinero que naturalmente no entregaba en su
-casa, sino que se lo gastaba en el Pequeño Suizo.</p>
-
-<p>Alvarito y Dolores sostenían la familia. Dolores
-trabajaba para la tienda de antigüedades de la Falcón;
-había aprendido a componer bordados antiguos,
-a imitarlos y a hacer escudos. Combinaba, con mucho
-arte, el punto de Venecia, el de Alenzón y el de
-aguja, y ganaba seis y siete francos al día. Trabajaba
-también algo para fuera y la señorita de Taboada
-le había recomendado a familias legitimistas francesas,
-que pagaban su trabajo con esplendidez.</p>
-
-<p>A pesar de este bienestar, que iba llegando paulatinamente
-a su casa, el señor don Francisco Xavier
-no estaba contento con la posición de sus hijos. ¡Dolores,
-bordando para fuera! ¡Alvarito, en una tienda
-de hierro viejo!</p>
-
-<p>¡Qué dirían los antiguos Sánchez de Mendoza si
-vieran a sus descendientes ocupados en tan viles menesteres!
-¡Qué dirían los Montemayor y los Porras!
-¡Cómo temblarían sus huesos de vergüenza y de indignación
-en los viejos sarcófagos, ornamentados por
-los artistas de la Edad Media en los silenciosos claustros
-de las catedrales!</p>
-
-<p>Aquella preocupación y el hallazgo de la barra de
-bastardía de los Pérez del Olmo, esta rama de olmo<span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span>
-poco segura, amargaban los instantes del monárquico
-aristócrata.</p>
-
-<p>Alvarito, aunque no con la misma intensidad de
-su padre, pensaba también en sus antepasados. Creía
-que éstos, desde sus tumbas frías, le exhortaban a ser
-leal, valiente y caballero.</p>
-
-<p>Para Alvarito, aquellos Sánchez de Mendoza, que
-él se los figuraba pálidos y con armaduras de acero,
-eran tan reales como si de veras existiesen. Muchas
-veces, mientras paseaba por las orillas del Adour,
-pedía consejo a los viejos manes de su familia.</p>
-
-<p>Pero si Alvarito seguía teniendo respeto por los
-antepasados, comenzaba a sentir cierto desdén por
-su padre, que iba en aumento. No lo podía remediar.
-Le era imposible. Por más que intentaba convencerse
-de que los hijos tenían que respetar a sus padres,
-este respeto se le desvanecía a la carrera.</p>
-
-<p>El que el hidalgo viviese tranquilamente del trabajo
-de sus hijos, sobre todo de Dolores, como si
-fuera de una renta, le empezaba a molestar. No le
-importaba, no le preocupaba al hidalgo que la muchacha,
-débil, como era, se pasara las horas trabajando,
-inclinada en el bastidor; no era capaz de ahorrarle
-un poco de trabajo; al revés, le daba prisa, le
-hacía consideraciones sobre la premura de la obra.</p>
-
-<p>El buen hidalgo tenía como el negociado de las frases,
-cosa que ya a Alvarito le producía un comienzo
-de indignación.</p>
-
-<p>El señor Sánchez de Mendoza, que iba notando
-que su hijo le miraba con un aire interrogador, como
-preguntándole: "¿Y usted qué hace?", inventaba toda
-clase de mentiras. De un día a otro iba a comenzar
-a trabajar. Ese tiempo vago de un día a otro no llegaba
-nunca.</p>
-
-<p>Hacia final de 1838 la campaña de los antimaro<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span>tistas
-de Bayona se agudizó. El señor Sánchez de
-Mendoza, como antimarotista perspicuo, adquirió alguna
-importancia. Se dijo, por entonces, que la mujer
-de don Carlos, la princesa de Beira, se había convencido
-ya de que Maroto era un revolucionario,
-vendido a los masones y a los enemigos del sacrosanto
-trono, y del no menos sacrosanto altar, y que
-había reñido con él. El padre Cirilo de la Alameda,
-a quien los liberales impíos llamaban el padre Ciruelo,
-se decidió también a declarar la guerra a Maroto.</p>
-
-<p>Los carlistas, y entre ellos nuestro hidalgo, que
-veían la política de su partido como una cuestión de
-servidumbre para el Señor, creyeron que la ruptura
-con Maroto iba a influír mucho en la marcha de la
-guerra; pero no fué así. Todos los ultrarrealistas, los
-puros, como se llamaban ellos, hablaban cada día con
-más odio de Maroto y con más entusiasmo de Cabrera,
-que era el héroe, el paladín por excelencia.</p>
-
-<p>Nuestro Sánchez de Mendoza ponía los ojos en
-blanco al hablar del caudillo de Tortosa.</p>
-
-<p>Aquellas palabras sonoras el paladín, el trono, el
-altar, los puros, le llenaban la cabeza de viento.</p>
-
-<p>A pesar de todo, los manejos de los apostólicos no
-progresaban. El capuchino Casares, enviado por el
-obispo de León con cartas, en las que se intentaba
-desacreditar a Maroto, Villarreal y los suyos, fué
-detenido por los mismos carlistas y metido en la cárcel.
-El padre Larraga y el general Uranga volvieron
-del extranjero sin un cuarto.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span></p>
-
-<h3 id="IV_V">V<br />
-EL SECRETO DE SONIA VOLKONSKY</h3></div>
-
-<p>Las tertulias de madama Lissagaray siguieran animadas,
-aunque con algunas intermitencias. A mediados
-de otoño, el día de San Martín, hubo en su casa
-un baile de trajes. Casi todos los años por esta fecha
-solía celebrarse una gran reunión.</p>
-
-<p>Las muchachas tenían muchas esperanzas en la
-fiesta. Morguy vendría vestida de pastorcita, a lo
-Watteau; Rosa, con un traje del Directorio, muy bonito;
-Manón decidió vestirse de húsar y ponerse
-bigotes postizos. Como tenía la seguridad de su belleza
-no le importaba afearse. Los días anteriores al
-baile, las amigas de casa de Rosa se pasaron el tiempo
-disfrazándose. A Manón le gustaba vestirse de chico
-y bailar con otras muchachas, haciendo de hombre.</p>
-
-<p>Alvarito la contemplaba, maravillado de su animación
-y de su graciosa petulancia. A Alvaro le cosieron
-en casa un traje de pierrot.</p>
-
-<p>El día de la fiesta acababa de vestirse Manón de
-húsar, con cuyo traje estaba guapísima, y Alvarito,
-de pierrot, cuando vinieron Morguy y Rosita, las
-dos de malísimo humor. Morguy tenía trazas de haber
-llorado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué os pasa?&mdash;les dijo Manón.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span>
-&mdash;Chica, que estamos hechas unos adefesios y no
-sabemos arreglarnos&mdash;contestó Morguy.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues?</p>
-
-<p>&mdash;¿No te parece que tengo la falda demasiado
-larga?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; es indudable.</p>
-
-<p>&mdash;Pues en casa todo el mundo empeñado en que
-no. Este traje mío es un mamarracho. Nuestras madres
-dicen que estamos bien y que ya no hay tiempo
-de cambiar.</p>
-
-<p>Manón contempló a las dos amigas, una después
-de otra.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;dijo a Morguy&mdash;; tu falda está demasiado
-larga y el talle demasiado alto, y el peinado
-de Rosita y su capota están mal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero ya tendremos tiempo de cambiar?&mdash;preguntó
-Rosa.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. A ver, Alvarito&mdash;gritó Manón&mdash;. Dile a la
-Baschili que me traigan alfileres y una aguja.</p>
-
-<p>Alvarito fué corriendo a traer los alfileres y la
-aguja. Manón se arrodilló delante de Morguy y descosió
-unas puntadas. Luego sujetó aquí y allá, bajó
-el talle del vestido y en una media hora arregló la
-falda admirablemente.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora date un poco de rojo en las mejillas y
-déjate unos rizos en la frente.</p>
-
-<p>Morguy hizo lo que le decían y reconoció que había
-ganado muchísimo.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora tú&mdash;le dijo a Rosita&mdash;. Suéltate el pelo
-en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si me han dicho en casa que era así el peinado
-de la época.</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso es una tontería; tú no debes pretender
-ser un maniquí que tenga mucha exactitud histórica,
-sino buscar el estar más guapa.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span>
-&mdash;¡Naturalmente!&mdash;exclamó Morguy&mdash;. Es que
-esta chica es tonta. Es tonta. No comprende nada.
-Se lo he dicho mil veces.</p>
-
-<p>Manón le quitó la capota a su prima y aligeró el
-sombrero arrancándole unos adornos.</p>
-
-<p>Rosa cambió el peinado e hizo lo que le dijeron
-y se puso un poco de colorete en las mejillas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo estoy?&mdash;preguntó Rosa a Alvarito.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, muy bien. Mucho mejor que antes.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues vamos&mdash;exclamó Manón arreglándose
-rápidamente.</p>
-
-<p>Se pusieron unos gabanes y capas encima y fueron
-a la calle.</p>
-
-<p>&mdash;¡Chica, qué lástima que no seas húsar de veras!&mdash;dijo
-Morguy a Manón, agarrándole del brazo&mdash;.
-Estarías irresistible.</p>
-
-<p>Alvarito se rió.</p>
-
-<p>Entraron en casa de Lissagaray. El salón estaba
-ya lleno. Las tres amigas hicieron mucho efecto. Solamente
-podía competir con ellas Sonia Volkonsky,
-vestida de zíngara, con un traje de seda de colores,
-la falda corta, un pañuelo rojo a la cabeza, collares
-en la garganta, pulseras en los brazos y una pandereta
-en la mano.</p>
-
-<p>Entre los hombres había algunos disfraces curiosos:
-Pedro D'Arthez iba con un muscadín del Directorio,
-con un traje elegantísimo; Montgaillard, de
-bandido napolitano; el vizconde de Saint Paul, de
-Arlequín; había también un chino y un negro, y el
-que daba la nota cómica era un herbolario de la vecindad
-de madama Lissagaray, Pascual Joliveau, que
-iba de Robinsón Crusoé. Robinsón Crusoé vestía un
-traje hecho de hojas de árbol, un sombrero y una
-sombrilla de lo mismo y un loro de verdad en el
-hombro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span>
-Se hicieron muchos chistes a costa del herbolario;
-pero éste estaba satisfecho al ver que llamaba la
-atención.</p>
-
-<p>Se bailó, se habló y se rió, y todo el mundo, en general,
-estuvo muy contento.</p>
-
-<p>A los amigos les chocó que mientras Montgaillard
-se alejaba de Manón, el vizconde de Saint Paul se
-acercase a la muchacha y se pusiera a cortejarla.</p>
-
-<p>El vizconde tenía el genio fuerte y hablaba poco.
-Había tomado el hábito de mostrarse frío e indiferente
-y ligeramente burlón.</p>
-
-<p>El vizconde era hombre serio, guapo, un poco
-taciturno para su edad y nada amigo de charlar a tontas
-y a locas, como Montgaillard. Saint Paul tenía
-aplomo; probablemente se creía una gran cosa, y no
-se mortificaba ni se ofendía su amor propio con verse
-al lado de una mujer sin decir palabra. Quizá en un
-caso así creía que la culpa era de la que se hallaba a su
-lado y no la suya.</p>
-
-<p>&mdash;El vizconde está muy bien&mdash;dijo Morguy a Manón&mdash;;
-pero será un amo para su mujer.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! No me preocupa. No me tengo que casar
-con él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién sabe?</p>
-
-<p>Saint Paul y Montgaillard, amigos de la víspera,
-se miraron como rivales, con gran desprecio, y se manifestaron
-cada vez más hostiles. Manón bailó con
-varios jóvenes y, al pasar junto a un grupo, Montgaillard
-dijo una de las veces en voz alta:</p>
-
-<p>&mdash;Estas mujeres que son capaces de estar tres o
-cuatro horas bailando no se diferencian mucho de las
-cocineras.</p>
-
-<p>Ella le oyó y contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Los hombres que insultan a las mujeres no se
-diferencian mucho de los lacayos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span>
-El joven Montgaillard enrojeció. Aviraneta había
-oído la frase de Manón y se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te han insultado?&mdash;dijo&mdash;. No lo permitiré
-yo.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, don Eugenio&mdash;contestó ella, riendo&mdash;.
-Es una frase que hemos leído hoy en una novela y
-la repito.</p>
-
-<p>Montgaillard miró con impertinencia a Aviraneta
-y éste se engalló, como en sus buenos tiempos, y contempló
-desdeñosamente al joven.</p>
-
-<p>En uno de los descansos del baile, Montgaillard
-quiso obtener una explicación de Manón y la detuvo
-en el pasillo; pero ella le empujó violentamente con
-desprecio.</p>
-
-<p>Aviraneta se sentó entre los señores viejos, un
-poco sorprendido de la impertinencia del muchacho.
-Vió que Manón era cortejada por Saint Paul y que
-Sonia, la condesa de Hervilly, hablaba mucho con el
-caballero de Montgaillard.</p>
-
-<p>Se bailó una contradanza muy brillante y, al terminarla,
-madama Lissagaray avisó a sus invitados
-para que pasaran al comedor a tomar algo. En este
-momento la condesa de Hervilly se acercó a don Eugenio.</p>
-
-<p>&mdash;Desconfíe usted de sus amigos, señor de Aviraneta&mdash;le
-dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me va usted a decir la buenaventura, hermosa
-zíngara?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, el mejor día le van a dar a usted un disgusto.
-Quizá lo mejor que puede usted hacer es marcharse
-de aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es eso serio?&mdash;preguntó él, asombrado&mdash;. ¿Qué
-quiere usted decir con eso, señora?</p>
-
-<p>&mdash;Todos sus proyectos están conocidos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que usted se dedica a la política?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span>
-&mdash;No; es verdad que soy carlista, pero tengo otros
-motivos para tener odio contra usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡Odio! ¡Contra mí! Yo no la conozco a usted.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo sí le conozco a usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿A mí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es una broma?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, eso merece una explicación.</p>
-
-<p>&mdash;No aquí.</p>
-
-<p>&mdash;En el hotel, si quiere usted. Cuando le parezca.</p>
-
-<p>&mdash;Dentro de una hora estaré allí.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien.</p>
-
-<p>&mdash;Vaya usted a mi cuarto. Le esperaré.</p>
-
-<p>-¿Qué podía ser esto?&mdash;pensó Aviraneta&mdash;. ¿Qué
-podía haber de común entre aquella mujer y él?</p>
-
-<p>Aviraneta pasó al comedor, fué del comedor al salón,
-contempló como se bailaba y, cuando vió que la
-condesa de Hervilly se despedía, se levantó él al poco
-rato y se fué rápidamente a la fonda.</p>
-
-<p>Entró en su cuarto, vaciló, se metió una pistola
-cargada en el bolsillo; luego se arrepintió y la dejó
-en el cajón de la mesa; bajó al primer piso, llamó
-en el cuarto de la condesa y, al oír que decían adelante,
-pasó adentro.</p>
-
-<p>Estaba la condesa sentada en un sofá, todavía con
-su traje de zíngara. Llevaba unas joyas magníficas,
-unos brillantes en los dedos que lanzaban destellos
-de colores, unos brazaletes de oro con esmeraldas y
-un collar de perlas. Parecía algo como una sacerdotisa.</p>
-
-<p>&mdash;Siéntese usted, don Eugenio&mdash;dijo ella.</p>
-
-<p>Aviraneta se sentó.</p>
-
-<p>Ante aquella belleza espléndida, el conspirador,<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span>
-viejo, flaco, pequeño, vestido de negro, parecía un
-cuervo.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy segura de que se encuentra usted intrigado
-con esta cita&mdash;exclamó ella.</p>
-
-<p>&mdash;Es cierto.</p>
-
-<p>&mdash;Y quizá asustado.</p>
-
-<p>&mdash;No me conoce usted, condesa&mdash;replicó sonriendo,
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;¿No ha traído usted armas?</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué? No creo que quiera usted batirse
-conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;Podía prepararle una emboscada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah, en un hotel! Ahora, si quiere usted decirme
-por qué me llama...</p>
-
-<p>&mdash;Necesito oír una explicación de usted.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también necesito explicaciones.</p>
-
-<p>&mdash;Usted conoció a mi padre en Méjico.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo, a su padre!</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se llamaba?</p>
-
-<p>&mdash;Ladislao Volkonsky.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es posible? ¿Usted es hija de Volkonsky?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; yo soy hija de Volkonsky y de Coral Miranda.
-De Coral Miranda, a quien usted calumnió.</p>
-
-<p>&mdash;Es falso&mdash;gritó Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Usted estorbó la boda.</p>
-
-<p>&mdash;Es falso también.</p>
-
-<p>En este momento entraron en el cuarto el conde
-de Hervilly y el caballero de Montgaillard.</p>
-
-<p>Aviraneta se puso a la defensiva, desdeñoso y altivo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué gritos son esos?&mdash;preguntó el conde.</p>
-
-<p>&mdash;No pasa nada, señores&mdash;dijo la condesa&mdash;. El
-señor Aviraneta se está explicando conmigo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span>
-Los dos hombres contemplaron a don Eugenio y
-éste les miró de arriba a abajo con desdén.</p>
-
-<p>&mdash;Váyanse ustedes&mdash;repitió la condesa.</p>
-
-<p>Salieron los dos hombres, y Aviraneta, al verlos
-marchar siguió hablando.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;dijo&mdash;, Volkonsky fué amigo mío y yo le
-quería. Volkonsky no sabía que usted existiera. Además,
-Volkonsky quiso casarse con su madre. Ella
-fué la que no quiso, porque él era pobre.</p>
-
-<p>&mdash;Miente usted&mdash;exclamó ella.</p>
-
-<p>&mdash;No miento. ¿Qué interés puedo yo tener en
-mentir?</p>
-
-<p>&mdash;Legitimar su conducta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mi conducta! Está legitimada. Como digo, fué
-ella la que no se quiso casar con él. Ella era rica, de
-una familia orgullosa e influyente; él, aunque de una
-estirpe principesca de Polonia, no pasaba de ser un
-pobre aventurero en Méjico; ella fué la que no quiso
-unir su vida a la del polaco, y cuando su padre de usted
-se casó con una muchacha sencilla y modesta, su madre
-de usted le preparó una celada e hizo que le mataran
-y mandó cortarle la mano.</p>
-
-<p>&mdash;Invenciones.</p>
-
-<p>&mdash;No, verdades. Yo he visto la mano cortada. Yo
-he visto el cadáver de su padre en la finca de los
-Mirandas.</p>
-
-<p>&mdash;Mi madre era una mujer angelical.</p>
-
-<p>&mdash;Era una mujer diabólica y perversa.</p>
-
-<p>&mdash;El diabólico y perverso es usted, Aviraneta. Se
-toda la verdad. Mi madre me contó toda la verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Cuente usted esa verdad para que yo pueda rebatirla.</p>
-
-<p>&mdash;Mi madre me contó que había conocido a Volkonsky
-de niña y que la había seducido. Estando
-embarazada de mí, mi padre, Volkonsky, se hizo<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span>
-socio de varios españoles para explotar unas minas,
-y entonces un español, que le pretendía a mi madre,
-y a quien ella despreciaba, le habló a Volkonsky, le
-engañó, le dijo que ella había tenido amantes y, no
-contento con esto, lo asesinó y lo robó los planos de
-las minas. Ese español, ¿sabe usted quién era? Era
-usted, señor Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Todo eso es un tejido de embustes, digno de la
-que los inventó&mdash;gritó Aviraneta&mdash;. Nada de eso es
-verdad. Mentira, todo mentira y mil veces mentira.
-Aún quedan en Méjico parientes y compañeros que
-recordarán aún la historia de Volkonsky. Les preguntaremos
-a ellos. Pero no hay necesidad. En Burdeos
-hay un comerciante español que vivió en Méjico
-en aquel tiempo, un tal Zangroniz. Le iremos a
-ver, le interrogaremos. El sabe la historia de Volkonsky
-y la mía... Pero ni aun eso es preciso, porque
-yo conservo cartas de Coral Miranda, que son de después
-de la muerte de Volkonsky.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted conserva cartas de mi madre?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, y de su padre también&mdash;contestó Aviraneta
-excitado&mdash;. Ahora dígame usted cuándo, en dónde,
-ante qué testigos quiere que le enseñe esas cartas.
-¿Usted es amiga del cónsul de España? ¿No es
-cierto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>-Muy bien. Dentro de tres días, ante el cónsul,
-le mostraré esas cartas; que vaya su esposo, el conde;
-yo llevaré otro testigo: ¿Usted tiene alguna carta de
-su madre?&mdash;preguntó don Eugenio.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Llévela usted para cotejar la letra. Hasta entonces,
-tregua.</p>
-
-<p>La condesa de Hervilly, muy pálida, murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien. Hasta dentro de tres días.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span>
-Aviraneta, que estaba lívido, saludó maquinalmente
-y salió del cuarto.</p>
-
-<p>Al día siguiente, Aviraneta estuvo en Bidart y cogió
-de su archivo un paquete de cartas.</p>
-
-<p>Tres días después de la entrevista citó a la condesa
-en el Consulado.</p>
-
-<p>La reunión fué fría y ceremoniosa; como testigos
-estuvieron el conde de Hervilly y el señor Mazarambros.
-La condesa se presentó a la hora señalada. Vestía
-un traje gris y llevaba su collar de perlas.</p>
-
-<p>Aviraneta, ante el cónsul y los dos testigos, explicó
-de qué le acusaba la condesa a él, lenta y reposadamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es esto de lo que me acusa usted?&mdash;preguntó
-a la condesa, después de hacer la relación con toda
-clase de detalles.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha traído usted alguna carta de su madre?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ustedes quieren cotejar si esta letra de las cartas
-que yo tengo es igual a la de las cartas que guarda
-la señora condesa?</p>
-
-<p>Mazarambros, Hervilly y Gamboa cotejaron la
-letra. Era la misma.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, léanlas ustedes en voz alta.</p>
-
-<p>Al comenzar la lectura la emoción dejó una palidez
-profunda en Sonia, que le hacía más hermosa;
-los ojos, azules obscuros, brillaron con más resplandor,
-y sus manos temblaron. Luego, cuando pudo dominar
-la emoción, el rostro suyo se serenó, las mejillas
-tomaron su color y volvió a su aspecto normal.</p>
-
-<p>Las cartas eran aplastantes. En dos de ellas, Coral
-Miranda aseguraba a su querido Eugenio que nunca
-había tenido amores, ni siquiera amistad, con Volkonsky;
-que el polaco era un miserable que había<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span>
-querido abusar de ella cuando era niña; que ella no
-sabía lo que había sido de Volkonsky y que le esperaba
-a Eugenio llena de ansiedad y de amor.</p>
-
-<p>La condesa oyó, llorando, estas cartas.</p>
-
-<p>&mdash;Es falso, falso&mdash;exclamó con rabia varias veces.</p>
-
-<p>&mdash;No, no&mdash;le dijo su marido&mdash;; es verdad, no
-hay duda alguna.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, si todavía queda duda&mdash;exclamó Aviraneta&mdash;,
-aquí guardo cartas de él, de Volkonsky.
-¿Quieren ustedes verlas?</p>
-
-<p>La condesa no contestó. El conde tomó una de las
-cartas y la leyó despacio y se la devolvió a don Eugenio.</p>
-
-<p>&mdash;Mi querida&mdash;dijo a la condesa fríamente&mdash;,
-este asunto está resuelto. El señor Aviraneta ha sido
-calumniado. El señor Aviraneta es una persona honorable
-y hay que reconocerlo y darle una satisfacción.</p>
-
-<p>&mdash;Todos estamos de acuerdo con las palabras que
-ha dicho el señor conde&mdash;repuso Gamboa.</p>
-
-<p>Aviraneta se inclinó y al salir dijo a la condesa:</p>
-
-<p>&mdash;Yo no pretendo, señora, que me conceda usted
-su amistad; fuí amigo de su padre, que era un corazón
-noble y generoso. Como digo, no pretendo su
-amistad; pero creo que no tiene usted derecho a tenerme
-odio.</p>
-
-<p>&mdash;Fué usted enemigo de mi madre&mdash;murmuró la
-condesa, pálida y demudada&mdash;; para mí, eso basta.</p>
-
-<p>Aviraneta había ganado la partida y salió de la
-sala del Consulado, pálido, sonriendo con una sonrisa
-irónica.</p>
-
-<p>Durante algún tiempo la condesa de Hervilly no
-vió a Aviraneta. Ella y su marido cambiaron de hotel,
-lo que a don Eugenio alegró.</p>
-
-<p>Al cabo de un par de meses la condesa volvió a<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span>
-aparecer en casa de madama Lissagaray. Aviraneta
-no la hablaba; pero ella se acercó a él.</p>
-
-<p>&mdash;No crea usted que me he olvidado de lo que ha
-pasado entre nosotros dos.</p>
-
-<p>&mdash;Lo comprendo&mdash;dijo don Eugenio.</p>
-
-<p>&mdash;El que haya conocido usted a mi padre y a mi
-madre me atrae hacia usted. A mi padre no le he
-conocido; a mi madre la vi solamente tres veces en
-toda mi vida. ¿Era hermosa?</p>
-
-<p>&mdash;Muy hermosa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted no la quería? Porque si la hubiera
-usted querido hubiera usted perdonado todo.</p>
-
-<p>&mdash;Qué quiere usted, condesa. Cuando yo estuve en
-Méjico era joven aún, pero no un muchacho enamoradizo.
-Había hecho seis años de guerra de la Independencia,
-había rodado por el mundo y estado varias
-veces a punto de ser fusilado. No era un doncel.</p>
-
-<p>&mdash;Pero mi padre había hecho la guerra con Napoleón.
-¿No?</p>
-
-<p>&mdash;Cierto; pero él era hombre más ingenuo, más
-poeta, más niño.</p>
-
-<p>&mdash;Más bueno que usted.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, seguramente más bueno que yo; no lo niego.</p>
-
-<p>&mdash;Usted es implacable.</p>
-
-<p>&mdash;Implacable, no.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, implacable.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ella, no lo era? Me persiguió a mí, le persiguió
-a su padre con saña. Tenía ese fondo vengativo
-y rencoroso de los criollos. Odiaba a los españoles,
-como todos los Mirandas.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también los odio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Con motivo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué motivos puede usted tener?</p>
-
-<p>&mdash;Las crueldades de los españoles con los indios.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span>
-&mdash;¡Bah! ¿Y quién las ha hecho? ¿Los españoles que
-se quedaron en España, o los españoles que fueron
-a América y se convirtieron en americanos? Estos últimos
-son los hijos de los conquistadores, de los que
-hicieron todo lo bueno y todo lo malo que los españoles
-han hecho en América. Es ridículo que ellos
-ahora se disfracen con la piel del indio... Perfectamente
-ridículo. Se avergüenzan de tener sangre de
-indios y quieren pasar como sus herederos.</p>
-
-<p>&mdash;Ustedes han sido muy crueles.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los yanquis no han hecho en plena época moderna
-y fríamente con los indios tantas barbaridades
-como los españoles? ¿Y los ingleses, que han exterminado
-razas enteras? ¿Y los franceses, que después
-de la revolución y de las monsergas de la libertad,
-igualdad y fraternidad han sido los mayores proveedores
-de carne negra en América? ¡Bah, yo me río
-de eso!</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy americana, y veo a los españoles como
-los enemigos de mi país.</p>
-
-<p>&mdash;Es una preocupación. Toda esa epopeya americana
-de la Independencia es falsa.</p>
-
-<p>&mdash;Es lo que les conviene decir a ustedes.</p>
-
-<p>&mdash;No. Es la realidad. La independencia de América
-fué una guerra civil entre los españoles de las colonias
-y los españoles enviados por la Monarquía. Los
-indios, los verdaderamente americanos, eran los que
-no tomaban parte en la lucha. Es más: había un número
-casi siempre mayor de indios en los ejércitos
-realistas que en los republicanos. En la batalla de
-Ayacucho, por ejemplo, el número de indios era mayor
-entre los españoles que entre los americanos.
-A los indios, ¿qué les importaba la independencia?
-En el fondo no cambiaban más que de amo.</p>
-
-<p>&mdash;No hablemos de política.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span>
-&mdash;Tiene usted razón. No hablemos de eso. Creo
-que habrá usted quedado convencida de que mi conducta
-con su madre no fué traidora ni infame. Si yo
-hubiera sido un aventurero, me hubiera casado con
-Coral Miranda. Ella era rica; yo, pobre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es que no la quería usted! ¡Pobre madre! No
-sé si le perdonaré a usted, Aviraneta. No sé.</p>
-
-<p>&mdash;Me olvidará usted, condesa. Usted tiene un
-gran porvenir por delante. Yo ya soy viejo y no creo
-ni pienso estorbarle a usted.</p>
-
-<p>&mdash;Ya veremos.</p>
-
-<p>El joven Montgaillard, al ver a la condesa hablando
-con don Eugenio, miraba a los dos con desconfianza.
-¿Qué extraño capricho podía tener ella de conversar
-con aquel hombre sombrío y tétrico?</p>
-
-<p>&mdash;Hay quien se siente celoso de que hable usted
-conmigo&mdash;dijo Aviraneta sonriendo.</p>
-
-<p>La condesa contempló a su interlocutor atentamente
-y se levantó.</p>
-
-<p>Al poco rato Alvarito se acercó a don Eugenio.</p>
-
-<p>&mdash;Señor Aviraneta&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ocurre?</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted venir conmigo a casa de mi patrón?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa?</p>
-
-<p>&mdash;Que Chipiteguy ha desaparecido.</p>
-
-<p>Don Eugenio tomó su gabán y fué con Alvarito a
-la casa del Reducto.</p>
-
-<p>Hacía ya un día entero que el viejo no aparecía por
-parte alguna.</p>
-
-<p>Manón y Alvarito habían ido de acá para allá preguntando
-por el viejo. La andre Mari y la Tomascha
-se dedicaban a lamentarse y a decir que ellas ya habían
-previsto aquella desgracia.</p>
-
-<p>Se preguntó en las cuadras de alquilar caballos,<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span>
-por si el trapero había tomado alguno para hacer compras
-por los alrededores; se fué a ver a Automendy,
-un alquilador de coches de la Puerta de España, conocido
-de Chipiteguy; se habló a todos los amigos del
-viejo. Nada dió resultado.</p>
-
-<p>Al día siguiente se avisó a la policía.</p>
-
-<p>La desaparición de Chipiteguy de la casa del Reducto
-produjo gran efecto entre sus conocidos.</p>
-
-<p>Se habló de la masonería, de una sociedad secreta
-republicana que se llamaba las Estaciones, que quizá
-le había dado una comisión; hubo quien sacó a relucir
-a los jesuítas.</p>
-
-<p>Pasaron días y más días y no hubo noticia alguna.
-Chipiteguy definitivamente había desaparecido.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span></p>
-
-
-<h2>QUINTA PARTE<br />
-EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY</h2>
-
-<h3 id="V_I">I<br />
-EN LA REGATA DE INZOLA</h3></div>
-
-<p>Una mañana de invierno, tres hombres agazapados
-detrás de una gran peña, al comienzo de un robledal
-próximo a Vera, en un lugar llamado la regata de Inzola,
-estaban espiando el paso de alguien.</p>
-
-<p>Era el sitio en que los hombres se hallaban emboscados
-solitario y sombrío, un gran barranco, por en
-medio del cual corre el antiguo camino de Vera a
-San Juan de Luz, camino estrecho, que algunos dicen
-que es calzada romana, a pesar de que la gente le
-llama de Napoleón, porque supone que la mandó
-hacer el emperador de los franceses para pasar sus
-cañones al entrar en España.</p>
-
-<p>Este barranco, con grandes robles y con rincones
-húmedos y obscuros de monte bajo, se va inclinando
-hacia Francia. Desde algunos de sus puntos se distingue
-el mar, verde, entre las rocas de la costa. Por el
-fondo corre un arroyo que recoge aguas de la vertiente
-del monte Larrun y va a unirse al pequeño río llamado
-la Nivelle, que sale al mar en San Juan de Luz.
-El camino que une a España y Francia por esta parte<span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span>
-va trazando curvas, escalando las alturas; a trechos,
-con las antiguas losas de la calzada bien conservadas;
-en parte, roto y destrozado e invadido por las zarzas.</p>
-
-<p>Aquella mañana en que los tres hombres, apostados
-detrás de una roca, preparaban una emboscada, el cielo
-aparecía obscuro, con nubes de color de tinta; caían
-grandes gotas de lluvia sobre los montones de hojas
-secas; silbaba y gemía el viento, y el camino, estrecho,
-estaba lleno de barro, más abandonado y desierto
-que de ordinario. En algunos puntos el arroyo inundaba
-la calzada en una extensión de cincuenta o sesenta
-metros.</p>
-
-<p>No había nadie por los alrededores. A veces llegaban
-por aquellos vericuetos partidas carlistas a vigilar
-la frontera y también solían verse las boinas rojas
-de los chapelgorris.</p>
-
-<p>Los tres hombres que espiaban a la entrada del robledal
-de Inzola eran un hermano de Bertache, apodado
-Martín Trampa; el criado de éste, a quien llamaban
-Malhombre, y un compañero de aventuras de
-ambos, Perico Beltza o Perico el Negro.</p>
-
-<p>Martín Arreche tenía dos apodos: uno, el nombre
-de su casa, Bertache, apodo común a su hermano
-Luis y a él; el otro, Martín Trampa, ya de por sí
-bastante significativo.</p>
-
-<p>Martín, grueso, fuerte, membrudo, era hombre de
-aire audaz, cara redonda, pómulos salientes, ojos negros
-y sombríos, labios delgados y expresión ladina.
-Su manera de mirar, observadora, solapada e irónica,
-le denunciaba cuando quería aparecer como cándido
-e inocente.</p>
-
-<p>Martín era hombre audaz, decidido y cruel; de él
-se contaban rasgos de valor y de energía.</p>
-
-<p>El oficio de Martín, al menos el que practicaba en
-público, era tratante de ganado. Vivía en la casa de<span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span>
-sus padres, llamada Bertache, en Almandoz, con su
-mujer, sus hijos, su hermana y su madre.</p>
-
-<p>Martín paraba poco en casa; solía vérsele con frecuencia
-por los caminos, montaba a caballo, con su
-blusa negra y su bastón, la <i>maquilla</i> vasca, con la correa
-en el puño.</p>
-
-<p>Su criado, secretario u hombre de confianza, Juan
-Echenique, alias Malhombre, era digno de su amo
-por todos conceptos. Vivía también en Almandoz, donde
-tenía una casucha pequeña y una familia numerosa,
-y confesaba sin rebozo que desde niño había tenido
-una afición decidida al robo.</p>
-
-<p>&mdash;Muy pobre debe ser esta casa&mdash;decía una vez,
-refiriéndose a un caserío en donde había estado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque ni por casualidad he encontrado en ella
-nada que robar.</p>
-
-<p>Malhombre era tipo de cara afilada como un cuchillo,
-expresión suspicaz y maquiavélica. Tenía muy
-aviesa intención.</p>
-
-<p>Se decía de él en el pueblo que había sido durante
-su juventud un muchacho apacible y humilde. Poco
-antes de la guerra estuvo de criado de un arriero,
-e iba con una recua de la frontera francesa a Pamplona
-y al contrario.</p>
-
-<p>En la guerra se reveló. Cuando supo que había partidas
-en el país, robó una escopeta en casa de un labrador
-rico de Almandoz y se echó al monte, a unirse
-con las fuerzas de Sagastibelza. Un campesino, al
-verle desde el caserío, se asomó a la media puerta de
-la entrada y le preguntó con alguna sorna:</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, Malhombre! ¿Qué tal? ¿De viaje?</p>
-
-<p>Malhombre no contestó; se echó a la cara el fusil,
-pegó un tiro al campesino, lo dejó muerto y siguió
-andando.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span>
-Malhombre era un tipo de estos de revolución o
-de guerra, aspirantes obscuros a energúmenos y a
-asesinos, que viven durante muchos años una vida resignada
-y tranquila y un día se sienten fieras y matan
-o roban o degüellan, asombrando a los que les conocen,
-que no pueden pensar que lo normal en ellos es
-ser fieras, no hombres tranquilos y apacibles.</p>
-
-<p>Desde la guerra, Malhombre acusó su personalidad
-siniestra. Un año o dos después de echarse al
-campo estuvo en Francia preso, no se sabía a punto
-fijo por qué, y allí en la cárcel debió conocer a gente
-criminal que le enseñó sus mañas.</p>
-
-<p>Malhombre vivía sobre el pueblo, como hubiese
-podido vivir un antiguo capitán de bandoleros. Alimentaba
-su vaca en los prados de los vecinos, cogía las
-habichuelas, las patatas o los tomates en las huertas
-próximas, robaba alguna vez una gallina o un cordero.
-Malhombre merodeaba de noche y producía terror
-en la aldea. El chico o la chica que lo encontrara
-al obscurecer en el camino cortando hierba en algún
-campo que no era suyo, huía de él al verle, y Malhombre
-le amenazaba con la guadaña, porque le gustaba
-aterrorizar a la gente.</p>
-
-<p>Se decía que Martín Trampa, Malhombre y Perico
-Beltza, con otro cómplice suyo que vivía en
-la venta de Odolaga, cerca de Pamplona, solían apostarse
-en el alto de Velate, enmascarados o con las
-caras tiznadas para que no los conocieran, y esperaban
-allí a robar a los viajeros.</p>
-
-<p>Tenían dos mulos, a los que cargaban con los objetos
-robados, y en una noche Malhombre andaba
-a campo traviesa diez o doce leguas y dejaba los productos
-del robo en sitio seguro e insospechable, muy
-lejos del lugar de la fechoría.</p>
-
-<p>Para esto, naturalmente, los tres hombres necesita<span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span>ban
-cómplices, y los tenían, según aseguraban, entre
-personas de posición, que guardaban el producto de
-los robos.</p>
-
-<p>Nadie sospechaba quiénes podían ser estos cómplices.
-Algunos aseguraban que los tres hombres no se
-contentaban con robar, sino que en ocasiones también
-mataban.</p>
-
-<p>Martín Trampa y Malhombre tenían la especialidad
-de desvalijar los coches. Se decía que para esta
-labor se hacían pasar por carlistas, y que a ellos y a
-Perico Beltza se unía una chica, hija de Malhombre,
-que solía vestirse de oficial, con su uniforme, su sable
-y su boina blanca. Esta chica, la Puri, era una muchacha
-muy esbelta, rubia y bonita. La Puri hacía su
-papel e inmediatamente volvía a su casa. La chica
-trataba a su padre con respeto; para ella Juan Echenique
-no era Malhombre, sino un buen hombre.</p>
-
-<p>Aunque Martín y los suyos fueron varias veces ante
-los tribunales, nunca les llegaron a probar nada. Los
-tres socios escogían las noches más negras para sus
-hazañas. Malhombre era nictálope: veía tan bien de
-noche como de día, y esta casualidad le servía para
-orientarse y poder escapar en medio del campo en la
-mayor obscuridad. Se sospechaba que era algo brujo
-y que sabía de remedios misteriosos y de sortilegios.</p>
-
-<p>Malhombre tenía un perro muy inteligente y también
-ladrón, Erbi.</p>
-
-<p>Se decía que Erbi, con mejor corazón que su
-amo, una noche que entre Martín Trampa, su criado
-y Perico Beltza mataron a un viajero, estuvo aullando
-de una manera lastimera largo tiempo cerca del
-cadáver.</p>
-
-<p>Malhombre solía llevar siempre un rompecabezas,
-hecho por él, que consistía en un vergajo de un
-palmo con una bola de plomo sujeta a la punta. Era<span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span>
-ésta una de sus armas predilectas, que él manejaba
-con gran habilidad.</p>
-
-<p>Respecto a Perico Beltza, era hombre fuerte,
-pesado, muy poco inteligente, contrabandista desde
-la infancia. Le llamaban Perico Beltza, Perico el Negro,
-por su color moreno.</p>
-
-<p>De los tres hombres emboscados, Martín era como
-un tigre, hombre de una gran fuerza, de una gran
-energía y de una gran crueldad; para él los obstáculos
-no existían, y si había que pasar por charcos de sangre,
-pasaba decidido y sin miedo.</p>
-
-<p>Malhombre era como el lobo, cauteloso y sombrío,
-amigo de la obscuridad, de las aventuras nocturnas,
-a quien estorbaba la luz del sol; Malhombre
-amaba lo enigmático, lo secreto, las bromas terroríficas
-y siniestras, el mostrar la careta o el rostro tiznado
-mejor que la cara, el deslizarse entre las sombras.</p>
-
-<p>Perico Beltza era pesado, malhumorado y torpe
-como un perro de ganado...</p>
-
-<p>Llevaban los tres siniestros personajes más de una
-hora agazapados tras de una roca que había al comienzo
-del barranco de Inzola, cuando se vió a lo
-lejos a un hombre, montado en una mula, precedido
-por otro que iba delante con el ramal en la mano, y
-seguido por un tercero.</p>
-
-<p>El hombre montado en la mula iba con una capa
-y el delantero, que llevaba la bestia del ronzal, marchaba
-esquivando los charcos; el zaguero, que sin
-duda vigilaba al preso, traía un paraguas abierto.</p>
-
-<p>El que marchaba montado en la caballería era Chipiteguy;
-el que llevaba la mula del ronzal, Claquemain,
-y el que iba detrás con el paraguas abierto,
-Frechón.</p>
-
-<p>Al divisar el grupo, Martín Arreche, alias Martín<span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span>
-Trampa, sacó la cabeza fuera del escondrijo e hizo un
-gesto de inteligencia a Frechón.</p>
-
-<p>&mdash;Mirad por aquí cerca si hay alguien&mdash;dijo Martín
-a Malhombre y a Perico Beltza.</p>
-
-<p>Los dos hombres se escabulleron y fueron a un lado
-y a otro para vigilar. Martín se acercó a Frechón.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, amigo!</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola!</p>
-
-<p>&mdash;¿Este es el viejo?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Este es.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué piensa usted hacer con él?</p>
-
-<p>&mdash;¿No habrá aquí cerca algún sitio adonde llevarle
-por ahora?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, yo he hablado al dueño de un caserío
-llamado Churinborda. Allí se le podía llevar, siempre
-que el viejo no proteste, porque si no, el hombre
-se alarmará.</p>
-
-<p>&mdash;Oiga usted, Chipiteguy&mdash;dijo Frechón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?&mdash;murmuró el viejo.</p>
-
-<p>&mdash;Le vamos a llevar a un caserío próximo para
-arreglar nuestros asuntos. No creo que se nos vendrá
-usted con gritos.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no tengo la costumbre de gritar&mdash;contestó
-Chipiteguy con serenidad.</p>
-
-<p>&mdash;No le conviene a usted tampoco&mdash;replicó Frechón&mdash;.
-Si estos fanáticos saben que usted se llevó un
-tesoro de cruces y de custodias de las iglesias de Navarra,
-no le digo a usted lo que le va a pasar.</p>
-
-<p>Chipiteguy murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Usted me acompañó en la faena; pero eso no
-importa; vamos cuanto antes al caserío.</p>
-
-<p>El viejo montado en la mula siguió camino adelante,
-dirigido por Claquemain. Los otros hombres
-fueron detrás.</p>
-
-<p>&mdash;¿Así que este viejo fué a Pamplona y sacó ba<span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span>rricas
-llenas de oro y de plata?&mdash;preguntó Martín.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué templado!</p>
-
-<p>&mdash;Y a mí me prometió una parte y no me la dió.</p>
-
-<p>&mdash;Yo hubiera hecho lo mismo&mdash;dijo Martín.</p>
-
-<p>Frechón contempló a Martín con cierta suspicacia.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora me pagará la trastada&mdash;murmuró el francés&mdash;.
-A mí no me importa nada que se haya quedado
-con las cruces. Yo me río de los sacrilegios. Lo que
-no le perdono es que me haya engañado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué piensa usted hacer?&mdash;preguntó Martín.</p>
-
-<p>&mdash;Le llevaremos a ese caserío próximo, donde escribirá
-una carta a su familia de Bayona para que
-nos entregue una buena cantidad de dinero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién irá con la carta?&mdash;dijo Martín.</p>
-
-<p>&mdash;Ya veremos.</p>
-
-<p>Siguieron marchando, precedidos por Chipiteguy,
-montado en la mula, hasta el caserío Churinborda. Al
-llegar a la puerta, Frechón ayudó a apearse a Chipiteguy.</p>
-
-<p>&mdash;No le aconsejo a usted que proteste&mdash;le dijo el
-francés&mdash;, porque entonces le entregarían a usted a
-los carlistas como ladrón de cruces de iglesias y le
-fusilarían sobre la marcha.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué adelantaría usted con eso?&mdash;preguntó
-Chipiteguy con calma.</p>
-
-<p>&mdash;Nada; por eso no lo hago; pero se lo advierto a
-usted; lo que yo deseo es cobrar un buen rescate
-como indemnización y nada más.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy dispuesto. ¿Cuánto?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora lo veremos y se lo diré a usted. Tengo
-que saber qué quieren sacar estos ayudantes.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<p>&mdash;Señor Chipiteguy, ha perdido usted la partida.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ya lo veo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span>
-&mdash;Que le sirva a usted de escarmiento, y otra vez
-no pretenda usted engañar a Frechón. El viejo Frechón
-tiene siempre la última palabra.</p>
-
-<p>Entró Chipiteguy en la cocina del caserío, se puso
-al lado de la lumbre a secarse, vigilado por Claquemain,
-mientras Frechón, Martín Trampa, Malhombre
-y Perico Beltza discutían lo que tenían que hacer.</p>
-
-<p>El rescate, después de largas discusiones, lo fijaron
-en treinta mil francos: quince mil para Frechón y
-Claquemain y quince mil para Martín Trampa y los
-suyos. A Frechón le pareció una cosa excesiva lo que
-pedían éstos, pero no era ocasión oportuna de oponerse.</p>
-
-<p>Se le obligaría a Chipiteguy a escribir la carta.
-¿Quién la llevaría? ¿Cómo se depositaría el dinero y
-quién lo recogería?</p>
-
-<p>Nadie tenía confianza en los demás. Martín, que
-vió en la cocina del caserío que Chipiteguy hablaba
-mucho con Claquemain, dijo a Frechón que no le parecía
-prudente dejar al viejo en una casa tan próxima
-a la frontera, porque podía encontrar cualquier
-ocasión para escapar y meterse fácilmente en Francia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué cree usted que se debía hacer?&mdash;preguntó
-Frechón.</p>
-
-<p>&mdash;Internarle. Este Malhombre tiene en Almandoz
-un amigo sacristán, que es pariente y compinche
-suyo. El sacristán vive en una casa con una torre.
-Allí se podía meter al viejo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto habrá de aquí a Almandoz?</p>
-
-<p>&mdash;Unas cinco leguas.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues vamos a llevarle allí.</p>
-
-<p>Malhombre se encargó de conducirle en la mula,
-de noche, por los vericuetos que él sabía.</p>
-
-<p>Frechón creyó que llevaba su asunto perfectamente.
-Chipiteguy estaba dispuesto a no protestar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span>
-Martín Trampa y sus hombres no sabían francés,
-y Frechón pensaba engañarlos hábilmente y quedarse
-con todo el rescate a poco que la cosa se presentase
-bien.</p>
-
-<p>Sin embargo, cuando Frechón llegó a Almandoz y
-vió que Martín Trampa era allí un reyezuelo, y que
-todo el mundo le obedecía por el terror, pensó que
-su asunto no marchaba tan bien y que quizá había
-hecho una imprudencia.</p>
-
-<p>Al viejo Chipiteguy le habían metido en el último
-piso de un caserón y allí lo tenían vigilado.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span></p>
-
-<h3 id="V_II">II<br />
-MANIOBRAS DE FRECHÓN</h3></div>
-
-<p>Cuando Matías Frechón comprobó que el viejo
-Chipiteguy se la había jugado en el asunto de Pamplona,
-pensó, tarde o temprano, en tomar venganza.
-La ocasión se había de presentar a la larga o a la corta,
-y, efectivamente, se presentó. Frechón urdió pronto
-un proyecto que le pareció soberbio.</p>
-
-<p>Para realizarlo necesitaba cómplices, decididos y
-valientes; Roquet, por entonces, estaba ya a las órdenes
-de Aviraneta, dedicado a maniobras políticas;
-Cazalet, el bohemio, no era hombre más que para intrigas
-de ciudad; perezoso y borracho, no podía actuar
-más que en el rincón del café o de la taberna.</p>
-
-<p>Frechón, que espiaba a todos los españoles que venían
-a Bayona, supo que Gabriela la Roncalesa visitaba
-la posada de Iturri y conferenciaba con Aviraneta.</p>
-
-<p>Frechón se presentó a la muchacha y la dijo que
-tenía algunos asuntos comerciales con los carlistas,
-y que, para resolverlos, necesitaba una persona de
-inteligencia que tuviera conocimientos entre los partidarios
-de don Carlos.</p>
-
-<p>Gabriela habló de su novio, Luis Arreche; dijo que<span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span>
-éste era subteniente del 5.º batallón de Navarra y que
-conocía algunos personajes importantes del partido.
-Frechón preguntó a Gabriela si él no podría hablar
-en algún lado con el subteniente Arreche, y ella contestó
-que una semana después su novio estaría en
-Vera y que allí podría entenderse con él.</p>
-
-<p>Frechón entró en España y habló con Luis Arreche,
-a quien llamaban Bertache por el nombre de su casa.</p>
-
-<p>Frechón contó a Luis la jugada que le había hecho
-Chipiteguy en Pamplona y le confesó que él pensaba
-preparar una emboscada para sacarle parte o todo el
-dinero que el viejo se había agenciado con el negocio
-de las cruces.</p>
-
-<p>Luis Arreche le advirtió que él no podía estar mucho
-tiempo en la frontera, y que, para preparar la
-emboscada contra Chipiteguy, lo mejor que podía
-hacer era dirigirse a su hermano Martín. Frechón
-mandó un aviso a Martín Arreche, alias Bertache,
-alias Martín Trampa; hablaron los dos, se entendieron
-y se pusieron de acuerdo en la manera de apoderarse
-del viejo trapero, de secuestrarle y de sacarle
-los cuartos.</p>
-
-<p>Frechón volvió a Bayona y sondeó a Claquemain.
-Claquemain era un borracho que no tenía afecto a nadie.
-Con la promesa de dinero se decidió a hacer traición
-a su amo.</p>
-
-<p>Entre los dos hombres engañaron a Chipiteguy,
-hablándole de una compra de armas en la venta de Inzola.</p>
-
-<p>Fueron Claquemain y el viejo a San Juan de Luz,
-en coche; alquiló allá Chipiteguy una mula para subir
-a la venta de Inzola, y en la venta de Inzola aparecieron
-Frechón y Claquemain, que le obligaron a seguir
-adelante y le llevaron al final del robledal, donde esperaban
-Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span>
-A los dos días de la desaparición de Chipiteguy
-se presentó Frechón en la casa del Reducto, de Bayona.
-Dijo a Manón y a la andre Mari que había
-estado en Dax y se manifestó muy asombrado de la
-desaparición de Chipiteguy.</p>
-
-<p>Luego en la tienda, delante de Alvarito y de algunos
-clientes, afirmó que a Chipiteguy lo habían engañado
-y llevado a España los curas carlistas al enterarse
-de que había sacado cruces y custodias de Pamplona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué custodias?&mdash;preguntó Alvarito.</p>
-
-<p>&mdash;Tú eres un imbécil que no te enteras de nada&mdash;le
-dijo Frechón&mdash;. Cuando el viejo estuvo con nosotros
-en Pamplona trajo plata y piedras preciosas, que debe
-tener guardadas aquí.</p>
-
-<p>Alvarito se quedó asombrado y habló con Manón
-del tesoro de Pamplona y decidieron un día registrar
-la cueva.</p>
-
-<p>Alvarito estaba haciendo gestiones para averiguar
-el paradero de Chipiteguy, y fué a ver a María
-Luisa de Taboada por si ésta le podía dar alguna indicación.
-María le preguntó si no conocía a don Eugenio
-de Aviraneta.</p>
-
-<p>Alvaro le dijo que sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues vaya usted a verle.</p>
-
-<p>Aviraneta vivía entonces en la fonda de Francia.</p>
-
-<p>Alvaro explicó a don Eugenio lo ocurrido: la desaparición
-de Chipiteguy y de Claquemain.</p>
-
-<p>Aviraneta hizo que Alvaro contase todo lo que sabía.
-Alvarito relató las incidencias del viaje a Pamplona:
-cómo habían entrado en la ciudad; cómo el patrón
-había dicho a su dependiente que le esperase en
-Valcarlos, y cómo después, en vez de ir por San Juan
-de Pie de Puerto a Bayona, había ido a San Sebastián
-y embarcado aquí con sus figuras de cera.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span>
-&mdash;¿Usted no sospecha de nadie?&mdash;le preguntó Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ni siquiera de Frechón?</p>
-
-<p>&mdash;A ese hombre le considero capaz de cualquier
-cosa, pero parece que estos días de la desaparición de
-Chipiteguy estaba en Dax.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quién sabe! Quizá esto no sea más que una
-coartada.</p>
-
-<p>Aviraneta prometió al joven Sánchez de Mendoza
-que pondría todos los medios para averiguar el paradero
-de Chipiteguy, suponiendo que el viejo se hallara
-en España.</p>
-
-<p>Los amigos de Chipiteguy, muy extrañados de su
-desaparición, hacían mil cábalas; para unos era una
-fantasía del viejo, que se había marchado de casa
-por capricho, otros creían que estaba secuestrado, y
-otros, que muerto.</p>
-
-<p>Unos quince días después de la desaparición de
-Chipiteguy, Alvarito recibió una carta, que fué a leerla
-a Manón y a la andre Mari. La carta decía así:</p>
-
-<p>"Mi querido amigo: Me han traído a España y me
-tienen preso. Para dejarme libre exigen que dé dos
-mil onzas. Vete a ver a Manasés León, con esta carta,
-y él te proporcionará la cantidad indicada. La tendrás
-dispuesta para entregársela inmediatamente al emisario
-que se presente ahí dentro de poco con una carta
-mía desde la frontera, que irá dirigida a don Alvaro
-Sánchez de Mendoza y estará firmada por Juan
-Dollfus.</p>
-
-<p>No hay que avisar a la policía española, porque ella
-aquí, por ahora, no puede hacer nada, y la denuncia
-podría costarme la vida. Di a Manón que estoy bien
-y que pienso siempre en ella. Tu amigo, <i>Chipiteguy</i>."</p>
-
-<p>Alvarito hizo lo que se le indicaba en la carta y es<span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span>peró
-con el dinero en la caja a que apareciera el emisario,
-pero éste no apareció.</p>
-
-<p>Una semana después, Manón recibió otra carta, en
-la que se le decía que su abuelo se encontraba preso,
-y que si quería verle libre, enviara una letra de quince
-mil francos, a cobrar en Elizondo, a nombre de Juan
-Echenique, de Almandoz; que no avisara a la justicia,
-porque no podría hacer nada contra los secuestradores
-del viejo y porque si sabían que eran denunciados
-podían matarle.</p>
-
-<p>Manón y Alvarito consultaron con Manasés, y éste
-dijo que era una imprudencia enviar el dinero sin
-garantía, porque el Echenique podía quedarse con él
-y no librar a Chipiteguy.</p>
-
-<p>Decidieron entre los tres escribir a Echenique, indicándole
-que le enviaban una carta de pago de quince
-mil francos a cobrar en casa de Rodríguez y Salcedo,
-de Bayona, y añadiendo que le pagarían desde el momento
-en que Chipiteguy estuviese libre en cualquier
-punto de la frontera de Francia.</p>
-
-<p>Como ésta carta tampoco dió resultado, Alvaro fué
-de nuevo a visitar a Aviraneta, quien le dió una carta
-para Luis Arreche, alias Bertache.</p>
-
-<p>Don Eugenio le decía en ella que se enterara de
-quiénes tenían secuestrado a Chipiteguy y en dónde;
-que les dijera a los secuestradores que no pidieran
-más de lo que habían pedido, porque el viejo no era
-tan rico como decían, y que, aunque lo fuera, quizá
-en la misma familia del viejo hubiera gente que le
-conviniese que Chipiteguy desapareciera.</p>
-
-<p>&mdash;No, no hay nada de eso&mdash;dijo Alvarito.</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente que no&mdash;replicó Aviraneta&mdash;; pero
-es un argumento para gente un tanto canalla, que
-desconfía de todo menos de las malas intenciones.</p>
-
-<p>Alvarito se dispuso a ir a España a ver a Berta<span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span>che.
-Antes de salir, Aviraneta le llamó. Había sabido
-por Gabriela la Roncalesa que Martín Trampa, el
-hermano de Luis Arreche, era uno de los complicados
-en el secuestro de Chipiteguy. Martín vivía en
-Almandoz y Aviraneta pensaba que se le podía escribir
-a él directamente. Le escribieron. Alvarito y
-Manón decidieron esperar una semana, por si Martín
-Trampa contestaba; pero no contestó...</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span></p>
-
-<h3 id="V_III">III<br />
-EL TESORO</h3></div>
-
-<p>Una noche le despertaron a Alvarito la Tomascha
-y la andre Mari. Habían oído claramente que andaba
-gente en la cueva.</p>
-
-<p>&mdash;¡Levántate!&mdash;le dijeron las dos mujeres.</p>
-
-<p>Alvarito se levantó, temblando de miedo, y se vistió
-lo más rápidamente posible.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a ver quién es&mdash;dijo, fingiendo serenidad
-en la voz.</p>
-
-<p>&mdash;No, no&mdash;replicó la andre Mari&mdash;; lo que tenemos
-que hacer es encerrarnos en este piso con llave.
-Manón está dormida.</p>
-
-<p>&mdash;Mejor sería llamar a la guardia del Reducto&mdash;murmuró
-la Tomascha&mdash;. Desde la ventana podemos
-gritar.</p>
-
-<p>&mdash;No, no&mdash;dijo la andre Mari&mdash;; no vaya a resultar
-que sea algún gato y se burlen de nosotras y
-nos tengan por unas viejas locas.</p>
-
-<p>Con el rumor de las voces Manón se despertó y
-apareció en la escalera, preguntando de qué se trataba.</p>
-
-<p>&mdash;Hay gente en la casa&mdash;le dijo su tía.</p>
-
-<p>&mdash;Pues vamos a ver quién es.</p>
-
-<p>La muchacha se puso una bata, cogió el farol con<span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span>
-el que solía hacer la ronda nocturna con su abuelo
-y comenzó a bajar decididamente la escalera.</p>
-
-<p>Alvarito la siguió con un garrote en la mano; las
-mujeres, al ver a los dos muchachos tan decididos,
-fueron también bajando las escaleras tras ellos.</p>
-
-<p>Manón y Alvarito recorrieron la tienda, los almacenes
-y el patio y no encontraron a nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Quizá en la cueva se haya encerrado el ladrón.</p>
-
-<p>Entraron en la cueva. A la luz del farol vieron
-las figuras de cera apoyadas en la pared con un aire
-extraño. La arpillera que cubría el grupo de los Asesinos
-había caído y el Asesino joven sacaba el brazo,
-armado con su puñal. La presencia de aquellas repugnantes
-figuras de cera renovó la obsesión de Alvarito;
-le produjeron espanto, y en medio de la noche,
-y en la cueva, y a la luz vacilante del farol, casi
-le dieron más terror que si fueran verdaderos ladrones
-que hubieran entrado en la casa.</p>
-
-<p>Al volver a su cama, Alvarito reconoció en su
-fuero interno que, aunque aparentemente había quedado
-bien, en el fondo había tenido mucho miedo.
-Se avergonzaba, al mismo tiempo, de su cobardía y
-se asombraba de sus momentos de valor.</p>
-
-<p>Al día siguiente, cuando Alvarito fué a su despacho,
-pudo notar señales de pasos en el patio. La noche
-antes había llovido y quedaban huellas de unas
-botas y el barro ya seco. No era, pues, ilusión el que
-hubiese habido gente dentro de casa por la noche,
-sino un hecho cierto.</p>
-
-<p>Ahora, por dónde había entrado y por dónde habían
-salido, era lo que no comprendía, porque en el
-portal no había huellas y el cerrojo de la puerta estaba
-por la mañana echado.</p>
-
-<p>Alvaro supuso si los ladrones, o lo que fuesen, se
-habrían descolgado por la pared del patio, o quizá<span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span>
-por el tejado. Todo esto le dió a Alvarito gran miedo.
-La andre Mari y la Tomascha se alarmaron mucho
-al saber que era cierta la entrada de los hombres en
-la casa y decidieron que fueran a dormir al almacén
-Quintín y un primo suyo zuavo.</p>
-
-<p>Este primo de Quintín era Max Castegnaux, supuesto
-hijo de Chipiteguy, que había llegado a sargento
-en el ejército de Argelia, y que estaba retirado y
-tenía un destino en el Ayuntamiento.</p>
-
-<p>Max Castegnaux, alto, ancho, fuerte, corpulento y
-grande, tenía aire marcial y una frente abombada un
-poco de carnero. Max gastaba bigote y patillas. Llevaba
-sombrero de copa de alas muy anchas, levita
-de mangas largas y estrechas y un junco, colgando en
-el botón del chaleco.</p>
-
-<p>Quintín y Castegnaux dormirían en la trastienda
-en unos catres, cada uno con la pistola cargada, al
-alcance de la mano. Max y Quintín pensaron en poner
-dos o tres figuras de cera en los rincones, en sitios
-extraños, para asustar al que pretendiera entrar
-en la casa.</p>
-
-<p>La guardia de los hombres no era muy eficaz.</p>
-
-<p>Al parecer, Quintín y Castegnaux llevaban cada
-uno su botella de vino a la trastienda, y después de
-jugar una partida y de beberse el vino, se echaban a
-dormir y roncaban como benditos. Ni un cañonazo
-los hubiera despertado.</p>
-
-<p>Unos días después de los ruidos y de la alarma y
-de inaugurar la guardia en la trastienda con Castegnaux
-y Quintín, Frechón, considerándose ofendido
-al ver que en la casa se daba más importancia a Alvarito
-que a él, se despidió.</p>
-
-<p>Manón le dijo a Alvaro que, ya que no podían temer
-el espionaje de Frechón, tenían que ver lo que
-había guardado el abuelo en la cueva.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span>
-Fueron los dos con un farol y notaron que había
-un sitio con la tierra removida. Cavaron allí y comenzaron
-a aparecer barras de plata, pintadas de negro,
-y trozos de oro, envueltos en trapos.</p>
-
-<p>En el agujero había también un cantarillo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué habrá aquí?&mdash;se dijo Alvaro.</p>
-
-<p>&mdash;A ver, vacíalo.</p>
-
-<p>Alvaro vació el cantarillo en el suelo y salió de su
-interior un montón de esmeraldas, de zafiros y de
-topacios.</p>
-
-<p>A la luz del farol brillaban las piedras con mil fulgores.</p>
-
-<p>&mdash;Es un tesoro&mdash;murmuró Alvaro.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero no podemos tocarlo&mdash;dijo Manón.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, no! Claro que no. Volveremos a guardarlo
-como estaba.</p>
-
-<p>Alvarito llenó la cantarilla con las piedras preciosas
-y la enterró de nuevo. De pronto creyó que había
-alguien que le estaba mirando; pero era una de las
-figuras de cera.</p>
-
-<p>Cuando dejaron el sótano, Manón y él pensaron
-que salían de la cueva de Alí Babá y de sus cuarenta
-ladrones.</p>
-
-<p>La existencia del tesoro influyó en la imaginación
-de Alvarito. Supuso que, así como en los cuentos antiguos
-había un dragón que guardaba un tesoro y una
-princesa, allí eran las figuras de cera las vigilantes.</p>
-
-<p>El, Alvarito, acabaría siendo el dominador de las
-feas figuras, el Orfeo de las bestias inmóviles, el domador
-de los espectros asquerosos y repugnantes, y
-después de vencerlos, huiría con la princesa y con el
-tesoro.</p>
-
-<p>Unos días después soñó que se encontraba delante
-de una puerta disparando tiros contra alguien que
-quería asaltar la casa.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span></p>
-
-<h3 id="V_IV">IV<br />
-LOS VIEJOS DE LA TERTULIA DE MADAMA
-LISSAGARAY</h3></div>
-
-<p>Grandes comentarios se hicieron entre los amigos
-acerca de la desaparición de Chipiteguy. En la tertulia
-de madama Lissagaray se habló mucho del caso,
-y, sobre todo, los viejos y las personas sesudas discutieron
-y expusieron sus opiniones.</p>
-
-<p>Había variedad de hipótesis. La mayoría consideraba
-que el secuestro tenía un carácter político, y, según
-sus ideas, lo achacaban unos a los carlistas y otros
-a los masones.</p>
-
-<p>Algunos no creían que se tratara de maniobras políticas,
-sino de motivos personales.</p>
-
-<p>Uno de los que acusaba a Frechón como autor o,
-por lo menos, cómplice del secuestro, era Pascual
-Joliveau, el Robinsón Crusoé del baile del día de San
-Martín.</p>
-
-<p>Joliveau tenía su tienda de herbolario en el piso
-bajo, en casa de madama Lissagaray. Joliveau era
-soltero, de unos treinta y tantos años, grueso, rubio,
-pálido, pesado e imberbe, con las orejas grandes y
-las manos enormes.</p>
-
-<p>Era, además, tartamudo.</p>
-
-<p>Joliveau ganaba dinero con su tienda. Era muy tra<span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span>bajador
-y un poco entrometido en cuestiones de medicina.
-Creía que sabía mucho, y también lo creía la
-gente de la vecindad.</p>
-
-<p>Los enemigos suyos decían que como en la misma
-calle vivía un médico que le había denunciado una
-vez por intruso a Joliveau, y a quien éste tenía odio,
-había puesto un anuncio en la tienda, que decía así:</p>
-
-<p>"Herbolario: No confundirle con el charlatán de
-enfrente."</p>
-
-<p>La anécdota era perfectamente falsa.</p>
-
-<p>Joliveau experimentaba gran antipatía por los médicos
-y por los boticarios de la época, porque comenzaban
-a emplear principalmente remedios químicos y
-olvidaban los simples. El herbolario se jactaba de curar
-todas las enfermedades con la angélica, con la
-valeriana, con la pulsátila, con la genciana.</p>
-
-<p>A veces recomendaba a algunas muchachas la sabina,
-la ruda o el cornezuelo de centeno; pero había
-estado a punto de ser procesado por una de estas
-recomendaciones y tenía desde entonces gran prudencia.</p>
-
-<p>Joliveau hacía emplastos de todas clases, vendía
-cepillos de dientes y lavativas.</p>
-
-<p>Joliveau, a pesar de ser muy roñoso y suspicaz,
-había acogido en su casa a un hombre llamado Doyambere,
-antiguo relojero tronado, viejo mixtificador,
-que afirmaba poseer magníficas minas en España
-y tesoros en el Banco, probablemente tan reales como
-las minas.</p>
-
-<p>Alvarito encontraba Joliveau un aire de figura
-de cera. Le recordaba al Fualdés de la colección de
-Chipiteguy. Joliveau era un hombre muy suspicaz y
-muy avaro; en su casa no se encendía lumbre más
-que en la cocina, y poca. Para legitimarse durante el<span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span>
-invierno, encontraba que en todas partes donde se
-encendía fuego había demasiado calor.</p>
-
-<p>Joliveau guardaba todo lo que encontraba en su
-casa o en la calle, las llaves viejas que no abren ninguna
-puerta, las pelotas, los trozos de vela, las horquillas,
-etc.</p>
-
-<p>Joliveau no creía más que en las malas intenciones
-de la gente, y aun así le engañaban siempre.</p>
-
-<p>Por entonces le engañaba Doyambere, el hombre
-misterioso; el relojero tronado, que había hecho creer
-a todo el mundo que poseía minas y tesoros, y que,
-probablemente, no tenía un cuarto.</p>
-
-<p>Doyambere había sido el bohemio de la relojería;
-durante muchos años había recorrido Francia, España
-e Italia a pie, arreglando relojes. Contaba cosas
-extraordinarias de sus viajes: brujerías, crímenes,
-misterios y horrores.</p>
-
-<p>Doyambere era un viejo amable, muy fino, muy
-discreto, muy sensato, que tenía buenas palabras para
-todos, pero que no inspiraba confianza.</p>
-
-<p>Joliveau alimentaba a Doyambere y le tenía en casa
-con la esperanza de heredarle.</p>
-
-<p>A veces le indignaba el despilfarro del viejo relojero
-mixtificador, y una vez que Doyambere, al postre,
-sacaba la corteza al queso, sin duda muy gruesa,
-Joliveau dijo, tartamudeando más que de costumbre,
-sin poderse contener:</p>
-
-<p>&mdash;Eso... tam... bién... me... cuesta... a... mí... el
-dinero. Es una... falta... de... consideración desperdiciar
-así... el queso.</p>
-
-<p>Joliveau tenía una criada vieja; pero él mismo guisaba.</p>
-
-<p>Una de las manifestaciones de la roña de Joliveau
-era odiar a los gatos, sin duda por lo que robaban.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span>
-&mdash;Es un animal... antipático&mdash;decía&mdash;, que no respeta
-la propiedad ajena.</p>
-
-<p>Joliveau ponía cepos a los gatos y, cuando los cogía,
-los ahorcaba.</p>
-
-<p>Había uno en su vecindad de una vieja solterona,
-negro y atrevido, que entraba en casa del herbolario
-por el patio. Al fin, Joliveau lo cogió, lo ahorcó
-y lo tuvo como trofeo un día colgado, delante de la
-ventana, para que lo viera la vecina.</p>
-
-<p>Joliveau cortejaba a la señorita Recur, sin comprender
-que aquella señorita estaba enamorada de
-Marcelo, el sobrino de Chipiteguy. Ella sentía un verdadero
-horror por el herbolario.</p>
-
-<p>Joliveau, hombre de cabeza extraña y confusa, no
-decía las cosas como todo el mundo; era un incoherente,
-a quien a veces no se le entendía. Hacía alusiones
-a cosas lejanas, y muchos decían que, al oírle,
-se preguntaban, vacilando: ¿Si será un hombre de
-gran talento? ¿Si será un imbécil? La mayoría se decidía
-por creerle imbécil.</p>
-
-<p>Se podía encontrar en él una mezcla rara de cualidades:
-suficiencia, fanfarronería e impertinencia,
-unida a cierta fidelidad por algunas personas. Quizá
-ninguno de sus sentimientos llegaba a la nota aguda;
-pero también se podía asegurar que había poco estimable
-en el abigarramiento de su alma.</p>
-
-<p>Joliveau, desde el principio de la desaparición de
-Chipiteguy, había acusado a Frechón. Joliveau tenía
-resquemores con éste. Había querido hacer un negocio
-un tanto usurario con él y Frechón le había
-engañado.</p>
-
-<p>&mdash;A ese... cochino... de Frechón&mdash;decía&mdash;le voy
-a enviar yo... a gozar... de la hospitalidad... económica... gubernamental... Allí
-le alimentarán con... berzas,
-con agua y con... otros ingredientes parecidos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281">[281]</a></span>
-La hospitalidad económica gubernamental era para
-Joliveau la cárcel.</p>
-
-<p>Una vez le dijo alguien:</p>
-
-<p>&mdash;Ese Frechón vendería su alma al diablo.</p>
-
-<p>&mdash;Saldría... ganando&mdash;contestó Joliveau con presteza&mdash;;
-vendería una porquería... por unas buenas...
-monedas.</p>
-
-<p>Le gustaba también al herbolario tartamudo desfigurar
-los nombres de las personas que le eran antipáticas
-o que le habían engañado.</p>
-
-<p>Así le llamaba a Frechón Frechoneau, Frechonato
-o Frechonazo.</p>
-
-<p>A la campaña que hacía contra él contestaba Frechón
-con mayor acritud.</p>
-
-<p>Según Frechón, todas las hierbas que vendía Joliveau
-eran venenosas y mortales de necesidad.</p>
-
-<p>No se sabía lo que hacía el herbolario con ellas,
-si es que se orinaba, o escupía, o algo peor; pero su
-efecto era terrible. Tomar el malvavisco, la manzanilla
-o las flores cordiales de casa de Joliveau y empezar
-a sentir náuseas, vómitos y ponerse a la muerte,
-era inmediato. Frechón hacía juegos de palabras con
-el apellido de Joliveau (Bello Becerro) y preguntaba
-a los conocidos:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hace el Bello Becerro? ¿Lo llevan al matadero
-o está hidrópico por las malas hierbas que come
-en su casa? ¿Le ha visto ya el veterinario?</p>
-
-<p>Frechón aseguraba que Joliveau estaba loco, que
-una meningitis padecida en la infancia le había trastornado.
-Decía también que de niño un cerdo le había
-castrado. Por eso, según Frechón, Joliveau era imberbe
-y tenía tipo de cantor de la Capilla Sixtina. Por
-eso tenía también aficiones a guisar y a fregar los
-platos.</p>
-
-<p>Estas murmuraciones malévolas llegaban a Joli<span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span>veau,
-que tan pronto se indignaba como se quedaba
-tan tranquilo.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí, en Bayona... ya se sabe...&mdash;decía, frotándose
-sus grandes manos&mdash;. El periódico... de cinco
-céntimos... sin papel... circula mucho por la ciudad.</p>
-
-<p>Esta frase quería decir, en el lenguaje confuso del
-herbolario, que había mucha chismografía en el
-pueblo.</p>
-
-<p>Con esta manera de hablar, hiperbólica y figurada,
-siempre haciendo alusiones a cosas desconocidas, no
-se le entendía. Con frecuencia Pascual Joliveau proyectaba
-casarse; pero no tenía éxito.</p>
-
-<p>&mdash;No sé... si casarme... o comprar una... partida
-de hierbas.</p>
-
-<p>Al último, siempre tenía que comprar las hierbas.
-Frechón decía en todas partes que Joliveau quería
-casarse porque tenía gran afición a ser cornudo.</p>
-
-<p>Joliveau se acercaba a veces al grupo de las muchachas
-en la tertulia de Lissagaray, pero no le hacían
-caso; Manón le trataba con un profundo desprecio,
-Rosa le oía distraída, Morguy se reía descaradamente
-de él.</p>
-
-<p>El Bello Becerro no encontraba su ternera ideal&mdash;hubiera
-dicho Frechón&mdash;; únicamente Alvarito escuchaba
-al herbolario; éste solía decirle:</p>
-
-<p>&mdash;Créame usted... Si quiere encontrar... al viejo,
-dele usted... la zancadilla... a Frechonazo.</p>
-
-<p>Otro de los consultados varias veces fué el padre
-Aranalde, un cura amigo de Madama Lissagaray. Aranalde
-era un viejo de cara sonrosada, pelo blanco,
-mirada a veces viva, pero siempre velada por el párpado
-caído; los labios burlones y la nariz larga, con
-frecuencia llena de rapé.</p>
-
-<p>Aranalde tomaba posturas académicas, y lo hacía
-tan afectadamente y tan bien que, más que cura, pa<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span>recía
-un cómico que hiciera de una manera maravillosa
-el papel de eclesiástico.</p>
-
-<p>Aranalde no afirmaba ni negaba nada; todo podía
-ser, y las varias versiones que se daban de la desaparición
-de Chipiteguy le parecían muy posibles.</p>
-
-<p>Otro de los oráculos de la tertulia de madama Lissagaray
-era el señor Silhouette, comerciante retirado
-de las pompas fúnebres y vecino de Chipiteguy.</p>
-
-<p>Silhouette, viejo con peluca y cara rasurada, tenía
-una expresión de frialdad, de indiferencia, de esfinge.
-Sin duda se la había dado su oficio.</p>
-
-<p>Durante toda su vida no había hecho más que ir a
-las casas donde ocurría una muerte, de día o de noche,
-y mostrar atenta y fríamente sus catálogos y
-etiquetas, sus precios de entierro de primera o de segunda,
-siempre con una severidad y una indiferencia
-helada.</p>
-
-<p>Decían que el Sr. Silhouette había sido engañado
-por la mujer. El señor Silhouette llevó a su mujer
-a una casita de campo del camino de Bayona y la
-encerró allí hasta que murió, y tuvo el gusto de ver
-en sus catálogos qué clase de ataúd y de pompas fúnebres
-necesitaba su cara esposa para hacer el gran
-viaje a las profundidades de la madre tierra.</p>
-
-<p>El señor Silhouette andaba siempre enlevitado, la
-boca apretada, con los labios pálidos y delgados, mejillas
-hundidas, ojos fijos y duros, la corbata que le
-agarrotaba el cuello, la frente ancha y la mirada fría.
-Silhouette era, indudablemente, funerario, feretral,
-panteónico.</p>
-
-<p>En todo se manifestaba metódico y meticuloso,
-muy partidario de la etiqueta, y no transigía con ningún
-olvido de ella.</p>
-
-<p>Se decía que el señor Silhouette era el padre de<span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span>
-Joliveau; pero no se parecía nada a él y debía ser
-una broma de la gente mal intencionada.</p>
-
-<p>El señor Silhouette era legitimista, pero no quería
-confesarlo. Alvarito le encontraba muy parecido al
-Fouché de las figuras de cera; un Fouché más viejo
-y menos emperifollado.</p>
-
-<p>El señor Silhouette no dió su opinión acerca de la
-desaparición de Chipiteguy; se contentó con oír todos
-los detalles y nada más.</p>
-
-<p>Había otros viejos señores en la tertulia; el señor
-Castera, que había sido procurador, que andaba del
-brazo de su mujer, arrastrando los pies, y que jugaba
-su partida de cartas. El señor Castera tenía las piernas
-torcidas, la cara arrugada y pálida, la cabeza sin
-pelo en las sienes y la frente deprimida. Había en él
-algo de reptil. Vestía a la antigua. El señor Castera
-tomaba rapé, gastaba una hermosa peluca y tenía una
-voz de falsete desagradable.</p>
-
-<p>Pero no se podía considerar como lo más desagradable
-de su personalidad su voz.</p>
-
-<p>El viejo Castera era un hombre muy cortés, lo que
-no le impedía decir a cada persona lo más desagradable,
-lo más que le podía molestar o herir, con exquisita
-finura. Al mismo tiempo que decía algo venenoso,
-ofrecía a la víctima su tabaquera con la tapa
-esmaltada, sonriendo con amabilidad. El hablar mal
-de la gente, el tomar rapé y comer dulces eran sus
-principales vicios.</p>
-
-<p>Alvarito oyó que el señor Castera, en su juventud,
-había sido un hombre guapo. En cambio, en su vejez,
-era casi repugnante.</p>
-
-<p>Es curiosa esa fealdad que se produce en la burguesía,
-sobre todo en los comerciantes, industriales,
-notarios, hombres de ley y en todos los que viven
-casi exclusivamente por el dinero.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span>
-No es la fealdad de la gente del pueblo, ni la fealdad
-de la miseria, de la embriaguez, de la brutalidad,
-de las pasiones bajas, sino una fealdad sórdida, fría,
-la expresión de la avidez y de la especialidad comercial.</p>
-
-<p>Esta fealdad contrasta con la belleza que tiene, a
-veces, el hombre del campo, el marino, y, sobre todo,
-el hombre de pensamiento.</p>
-
-<p>El señor Castera conocía a Chipiteguy y a Aviraneta
-y los tenía a los dos por personas honorables;
-pero inmediatamente después de hablar de ellos y de
-dedicarles toda clase de elogios, contó, riéndose, esta
-anécdota:</p>
-
-<p>"Cuando era viejo Talleyrand y vivía en el palacio
-de Valencay tenía un amigo tan viejo como él, el
-conde de Montrond.</p>
-
-<p>Un día Talleyrand le decía a la duquesa de Laval:</p>
-
-<p>&mdash;Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur
-de Montrond. Porque tiene pocos prejuicios.</p>
-
-<p>A esto, Montrond replicó inmediatamente:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur
-Talleyrand? Porque no tiene ninguno."</p>
-
-<p>Sin duda, el viejo ex procurador, quiso decir que
-tanto Chipiteguy como Aviraneta eran capaces de
-cualquier cosa.</p>
-
-<p>Compañero del viejo mordaz era el señor Bedarride,
-tendero de la vecindad, viejo, de cara inyectada
-y roja, con la nariz abultada, el bigote largo y
-caído, que llevaba casi siempre redingote y chaleco de
-grana.</p>
-
-<p>Bedarride, con su aire embrutecido, era hombre
-listo y había sabido hacerse su fortuna en el comercio
-de paños. Era también de una fealdad comercial y
-transcendía a paño a la legua. Probablemente, las
-emanaciones del paño que había respirado toda su<span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span>
-vida habían matizado su alma, dándole un espíritu
-de pañero indeleble.</p>
-
-<p>A Alvarito le recordó el hombre que voceaba el
-crimen en el grupo de las figuras de cera, que llamaban,
-en la casa del Reducto, los Asesinos.</p>
-
-<p>El señor Bedarride, riquísimo, tenía un motivo de
-pena que le amargaba la vida. Su hija única, Lucía,
-estaba enferma de la medula. Lucía Bedarride tenía
-una cara asimétrica desagradable, llena de granos,
-y una expresión mixta de estupidez, de inquietud y de
-maldad.</p>
-
-<p>El médico había dicho al padre que quizá, si la
-muchacha se casara, podría desarrollarse y cambiar,
-y el señor Bedarride buscaba marido para su hija,
-pensando en conquistarle, ofreciéndole una fortuna.</p>
-
-<p>Lucía Bedarride, mala, perversa, tenía ataques de
-nervios; pegaba a las criadas y, al ver que los jóvenes
-no se le acercaban, le daban arrechuchos de cólera.</p>
-
-<p>La señorita Bizot trató de demostrar a Alvarito
-insidiosamente que para él sería un magnífico negocio
-el casarse con Lucía Bedarride; pero Alvarito rechazó
-la proposición con energía.</p>
-
-<p>La Bizot reconoció que la muchacha no tenía ningún
-atractivo; pero había dinero en cantidad y con
-dinero se podían encontrar maneras de indemnizarse.
-Una mujer como la Bedarride y una querida como su
-vecina la Nené era una combinación perfecta.</p>
-
-<p>Alvarito se quedó asombrado al oír una proposición
-de esta naturaleza.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287">[287]</a></span></p>
-
-<h3 id="V_V">V<br />
-ÚLTIMAS HIPÓTESIS</h3></div>
-
-<p>Otro de los contertulios de madama Lissagaray era
-el señor de Viguerie, dueño del hotel de los Tres Reyes,
-en la calle de Maubec, de Saint Esprit. Viguerie transcendía
-también a fondista. Viguerie odiaba cordialmente
-a todos los extranjeros porque no iban a su
-hotel; no podía soportar a los judíos del barrio por su
-carácter económico, y como era del centro de Francia,
-tenía antipatía por los vascos, que además no iban
-tampoco a su fonda.</p>
-
-<p>El señor Viguerie se hallaba enterado de las maniobras
-de los carlistas; era muy amigo del intrigante
-Manuel Salvador y muy enemigo de Aviraneta.</p>
-
-<p>Viguerie, por informes de Salvador, afirmó que
-Chipiteguy era víctima de los masones y que por este
-camino debía enderezar las pesquisas la familia.</p>
-
-<p>Según él, lo mejor que se podía hacer era dirigirse
-al subprefecto para que éste reclamara la libertad
-de Chipiteguy al jefe de la logia, o Gran Oriente, de
-Bayona.</p>
-
-<p>Una señora que asistía a la reunión, y que hizo
-algunas gestiones para averiguar el paradero de Chipiteguy,
-fué madama Du Vergier. Esta madama se
-decía pariente de Du Vergier d'Hauranne, el célebre<span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span>
-abate de Saint Cyran, uno de los jefes más influyentes
-en su época del jansenismo.</p>
-
-<p>Madama Du Vergier, vieja, alta, hombruna, andaba
-por la calle casi siempre en zapatillas y apoyada
-en un bastón. Había sido, en tiempo del Imperio,
-mujer de costumbres alegres; pero ya nadie se acordaba
-de sus aventuras.</p>
-
-<p>Madama Du Vergier tenía el vicio de la lotería
-y jugaba en la francesa y en la española con tanto
-entusiasmo que a veces no tenía para comer.</p>
-
-<p>Esta vieja le recordó a Alvarito la Brinvilliers de
-las figuras de cera.</p>
-
-<p>Madama Du Vergier, con la Bizot, había ido a ver
-a la adivinadora madama Canis, y ésta les había dicho
-con seguridad, rotundamente, que Chipiteguy estaba
-en España, guardado en una torre, por un crimen de
-Estado.</p>
-
-<p class="p2 i2">Biarritz, octubre de 1924.</p>
-
-
-<p class="p4 center">FIN DE LAS FIGURAS DE CERA</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span></p>
-
-
-<h2>ÍNDICE</h2></div>
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice">
-
-<tr>
-<td class="tdrb" colspan="3">Páginas.</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl smcap" colspan="2">Prólogo</td>
-<td class="tdrb">7</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc" colspan="3">PRIMERA PARTE<br />LOS TRAPEROS DE BAYONA</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">I.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#I">Las galeras</a></td>
-<td class="tdrb">11</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">II.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#II">La casa de la plaza del Reducto</a></td>
-<td class="tdrb">18</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">III.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#III">Chipiteguy y su familia</a></td>
-<td class="tdrb">27</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IV.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#IV">La taberna de Ochandabaratz</a></td>
-<td class="tdrb">47</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">V.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#V">Los inquilinos de Chipiteguy</a></td>
-<td class="tdrb">60</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VI.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#VI">Los Sánchez de Mendoza</a></td>
-<td class="tdrb">67</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VII.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#VII">Primeros contactos con la realidad</a></td>
-<td class="tdrb">75</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc" colspan="3">SEGUNDA PARTE<br />EL SIMANCAS</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">I.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_I">Maniobras de Aviraneta</a></td>
-<td class="tdrb">91</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">II.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_II">Los enemigos</a></td>
-<td class="tdrb">98</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">III.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_III">Los expulsados</a></td>
-<td class="tdrb">104</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IV.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_IV">La tertulia del abate Miñano</a></td>
-<td class="tdrb">109</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">V.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_V">Primeros efectos del Simancas</a></td>
-<td class="tdrb">114</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VI.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_VI">El dinero</a></td>
-<td class="tdrb">127</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc" colspan="3">TERCERA PARTE<br />LAS FIGURAS DE CERA</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">I.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_I">Personajes históricos</a></td>
-<td class="tdrb">131</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">II.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_II">Los sueños de Alvarito</a></td>
-<td class="tdrb">144</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">III.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_III">La canción de la ceroplastia</a></td>
-<td class="tdrb">149<span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IV.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_IV">Un proyecto</a></td>
-<td class="tdrb">154</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">V.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_V">En Pamplona</a></td>
-<td class="tdrb">162</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VI.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_VI">La vuelta</a></td>
-<td class="tdrb">178</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VII.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_VII">Explicaciones de Chipiteguy</a></td>
-<td class="tdrb">181</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VIII.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_VIII">Chipiteguy, Gamboa y Frechón</a></td>
-<td class="tdrb">185</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IX.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_IX">Después de la aventura</a></td>
-<td class="tdrb">189</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc" colspan="3">CUARTA PARTE<br />PALOMAS Y GAVILANES</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">I.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#IV_I">Manón y Rosa</a></td>
-<td class="tdrb">193</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">II.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#IV_II">Frechón o el chatarrero misántropo</a></td>
-<td class="tdrb">213</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">III.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#IV_III">La tertulia de madama Lissagaray</a></td>
-<td class="tdrb">219</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IV.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#IV_IV">Las preocupaciones del hidalgo Sánchez de Mendoza</a></td>
-<td class="tdrb">234</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">V.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#IV_V">El secreto de Sonia Volkonsky</a></td>
-<td class="tdrb">241</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc" colspan="3">QUINTA PARTE<br />EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">I.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#V_I">En la regata de Inzola</a></td>
-<td class="tdrb">257</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">II.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#V_II">Maniobras de Frechón</a></td>
-<td class="tdrb">267</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">III.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#V_III">El tesoro</a></td>
-<td class="tdrb">273</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IV.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#V_IV">Los viejos de la tertulia de madama Lissagaray</a></td>
-<td class="tdrb">277</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">V.&mdash;</td>
-<td class="tdl"><a href="#V_V">Ultimas hipótesis</a></td>
-<td class="tdrb">287</td>
-</tr>
-
-</table>
-
-<pre style='margin-top:6em'>
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN: #14
-LAS FIGURAS DE CERA ***
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