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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this ebook. - -Title: Memorias de un hombre de acción: #14 Las figuras de cera - -Author: Pío Baroja - -Release Date: November 08, 2020 [EBook #63680] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Carlos Colón, The University of Toronto and the Online - Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This - file was produced from images generously made available by The - Internet Archive/Canadian Libraries) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN: -#14 LAS FIGURAS DE CERA *** - - - - - Nota del Transcriptor: - - Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas. - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) - han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. - - Ilustraciones han sido eliminadas. - - Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=. - - - - - PÍO BAROJA - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - LAS FIGURAS - DE CERA - - NOVELA - - (SEGUNDA EDICIÓN) - - [Ilustración] - - EDITORIAL CARO RAGGIO - MENDIZÁBAL, 34, MADRID - - - - - ES PROPIEDAD - - DERECHOS RESERVADOS - - PARA TODOS LOS PAÍSES - - - - - IMPRENTA CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID - - - - -PRÓLOGO - - ---¿Así que tú no conoces al que ha escrito esta relación?--preguntó -Aviraneta, después de haber escuchado la lectura de varios trozos del -manuscrito. - ---No--contestó Leguía--. Este cuaderno me lo dejó doña Paca Falcón, -hace unos años, en Bayona, y saqué una copia de él. Supongo que se -hizo con algunas notas que escribió Alvaro Sánchez de Mendoza. ¿Qué le -parece a usted? - ---¡Psé! Así, así. - ---¿Le parece a usted mal? - ---No; los hechos positivos en que está basado el libro son ciertos; que -el cónsul de España en Bayona, don Agustín Fernández de Gamboa, recibió -barricas llenas de plata y de oro de las iglesias de Navarra, durante -la primera guerra civil, para venderlas en Francia, es verdad. - ---¿Usted lo sabía? - ---Sí. Gamboa, como sus amigos Collado y Lasala, explotaron todo lo que -pasó por delante de ellos. Unicamente así se puede conseguir una gran -fortuna en poco tiempo. - ---Es indudable. Sólo la guerra y la usura hacen a la gente rica con -rapidez. - ---Los que no somos contratistas del ejército ni usureros no hemos -podido pasar de ser unos pobretones. - -Esta conversación la tenían Aviraneta y Leguía en San Sebastián poco -antes de la Revolución de septiembre, en una casa del barrio de San -Martín, donde vivía don Eugenio por entonces. Aviraneta, de cuando en -cuando, se miraba al espejo y se arreglaba una hermosa peluca rubia, -casi roja, que le había arreglado su amigo y barbero Justo Lazcanotegui. - ---¿Y usted no ha conocido a ese Chipiteguy trapero de la plaza del -Reducto, de Bayona, que figura aquí?--preguntó Leguía. - ---Sí, sí. ¡Ya lo creo! Era amigo mío; un viejo camastrón, epicúreo... -hombre simpático, efusivo. Solía comer yo con frecuencia en su casa. - ---Y a Frechón, ¿lo recuerda usted? - ---¿Qué hacía ese Frechón? - ---Era un empleado de Chipiteguy y, al parecer, un gran intrigante. - ---Sí, sí, tengo idea; mas creo que le llamaban de otra manera. - ---Debió de estar en casa de usted varias veces. - ---¡Tantos estuvieron! - ---Sí; pero debió de ir a hablar de política, de intrigas... - ---Era a lo que venía todo el mundo a mi casa. - ---Sí, su casa en Bayona debía ser un nido de intrigantes. - ---Entre los que te contabas tú. - ---Hombre, don Eugenio, yo no tanto. - ---¿Te acuerdas de las letras S, T, U, V, Y, Z? - ---Sí; ¿no me he de acordar? En ese final de abecedario, el que más y el -que menos era un bandido. - ---Sí, quizá... Pero era una época divertida. Se vivía con pasión. Hoy -está todo más bajo, más cansado. Hoy intentamos vivir como personas -sensatas, para lo cual parece que no tenemos muchas condiciones los -españoles. - ---Y de Roquet, ¿se acuerda usted? - ---Sí, hombre; perfectamente. - ---Bueno, don Eugenio; y en último término, ¿cree usted que este relato, -del cual le he leído varios trozos, debe entrar en la historia de su -vida, si alguna vez la publicamos? - ---Sí, sí; tiene detalles curiosos; pero no me gusta esa forma -novelesca. Creo que le debías quitar lo que tenga aire romántico; dejar -la realidad, la verdad escueta. - ---¡La verdad! ¿Es que es más verdad la historia que la novela? - ---Naturalmente. - ---Eso creía yo también antes; hoy no lo creo. El Quijote da más -impresión de la España de su tiempo que ninguna obra de los -historiadores nuestros. Y lo mismo pasa a la Celestina y al Gran Tacaño. - ---Bueno; pero esas son obras maestras realistas. - ---Usted siempre ha sido enemigo de la literatura de imaginación. - ---Siempre. - ---¿Usted no ha soñado nunca, don Eugenio? - ---De esa manera, no. La verdad, la verdad en todo: ese ha sido siempre -mi ideal. - -Al decir esto, Aviraneta se planchaba su peluca roja, que tenía -tendencia a abombarse y a separarse de su cabeza. - -Qué cantidad de verdad puede tener una peluca fué una pregunta que le -vino a Leguía a la imaginación. La cuestión de la verdad histórica la -habían discutido muchas veces. Aviraneta era dogmático, partidario -del realismo, y creía que tarde o temprano la verdad resplandecía, -como el sol entre las nieblas. Leguía pensaba que en ese camposanto -de la historia, lleno de huesos, de cenizas y de baratijas, cada -investigador escoge lo que le place y lo combina a su gusto. - ---¿Pero, a pesar de las fantasías novelescas, a esta relación le -daremos entrada en sus memorias?--preguntó Leguía. - ---Sí. - ---¿Con su visto bueno? - ---Sí, con mi visto bueno; pero podándola un poco. - -Con la autorización de Aviraneta decidí, pues, publicar este relato. - -No aparece aquí don Eugenio siempre; pero inspira los acontecimientos, -asomándose, unas veces, al primer plano, y otras, al último. - -Hecha esta aclaración con respecto a la parte histórica--sigue diciendo -Leguía--, tengo que advertir, con relación a lo novelesco, que la obra -no me llena. El autor describe demasiado, define demasiado, traza los -contornos de los personajes, pero los mueve poco y, sobre todo, no -los hace hablar. Tiene por la palabra una falta de cariño extraña. -Sus hombres y sus homúnculos hablan el mínimo. Indudablemente, en la -literatura, la palabra hablada es la que da a la obra una animación -algo parecida al color en la pintura. - -El autor no busca esta animación. Rechaza, además, la frase castiza, el -giro idiomático. Todo esto, sin duda, le parece hojarasca, lugar común -putrefacto, algo pestífero, de lo que hay que huír. - - - - -PRIMERA PARTE - -LOS TRAPEROS DE BAYONA - - - - -I - -LAS GALERAS - - -Una mañana de junio de 1838 varias galeras con toldo y cuatro ruedas, -unas tiradas por dos, otras por un caballo de patas gordas, marchaban -por el desfiladero de Roncesvalles, larga y empinada cuesta llena de -zig-zags, de curvas y de meandros, que sube desde San Juan Pie de -Puerto hasta Burguete. - -El día estaba claro en la parte de Francia y obscuro y nublado en la de -España. - -En el valle del Nive, los montes, cubiertos de árboles, aparecían -inundados de sol; hacia España las nubes iban agarrándose a los -picachos y entrando en las hondonadas. - -Este famoso desfiladero de Roncesvalles, que recuerda a Rolando con su -olifante, al arzobispo Turpín y a los doce pares de Francia, no tiene -el carácter áspero y terrible que le supone la leyenda. - -Es el paisaje allí suave y verde, hay muchas praderas, campos -cultivados, grupos de hayas y de robles. Las moles de piedra que los -fieros vascones lanzaban contra las tropas brillantes de Carlomagno -han desaparecido por escotillón; quizá no existieron nunca o fueron -del tamaño de las almendras, y la batalla de los carlovingios con los -sarracenos, según la versión francesa, o de los carlovingios con los -vascones y godos, según la versión española, no tuvo más importancia -que una pedrea de chicos. Verdad es que estas pedreas son más -fecundas para la literatura que las grandes batallas modernas con sus -enormes carnicerías y hasta sus salchicherías, inspiradas en métodos -científicos y exactos. - -El Monasterio de Roncesvalles, como muchas cosas antiguas, tiene más -nombre que realidad. - -Los carros que subían la cuesta hacia Burguete esta mañana fresca de -junio eran, en su mayoría, galeras con el techo embreado, con las -cuatro ruedas casi iguales. Por su aspecto parecían más bien ser -franceses que españoles. Entre carro y carro conservaban una distancia -de cien o doscientos metros. Podía suponerse que llevaban algún -cargamento de armas para los carlistas, pues en aquel año de la guerra -todos los puertos de la frontera vasco-navarra, excepción hecha de -Irún, estaban ocupados por los facciosos. Al lado de las galeras iban -los carreteros, que a veces tenían que calzar las ruedas con piedras -y empujar luego a hombros, porque en algunas partes los caballos no -podían con los pesados vehículos. - -La primera galera que iba a la cabeza de la comitiva era un poco más -larga que las otras y tiraban de ella dos caballos percherones. - -La conducía un carretero y la vigilaba otro hombre que marchaba a su -lado. - -Este último tenía unos treinta años y el aire de un señor, aunque no -muy amable ni simpático; el carretero, de unos cuarenta años, manejaba -el látigo, hacía chasquearlo, cuando no lo llevaba liado al cuello, -y gritaba y blasfemaba en los malos parajes en que los caballos se -detenían. - -El hombre de aire de señor, flaco, moreno, con patillas negras, parecía -sombrío y misterioso; el carretero era un tipo tosco y vulgar. - -Al acercarse la primera galera a Valcarlos, una patrulla carlista se -destacó en el camino. - ---Alto, ¿quién vive?--gritó el jefe. - ---Francia--contestó el hombre moreno de las patillas. - ---¿Qué gente? - ---Gente de paz. - ---¿Tienen ustedes pasaporte? - -Los dos hombres mostraron los documentos que llevaban. - -Los carlistas, unos al parecer del Resguardo, otros de una partida -que vigilaba la frontera, todos perfectamente desarrapados, quisieron -atisbar lo que llevaba la galera. - ---¿Qué va ahí dentro?--preguntó el que hacía de jefe de la partida. - ---Figuras de cera para la feria de Pamplona--contestó el hombre de las -patillas con marcado acento francés. - ---¡Hombre! ¡Figuras de cera!--exclamó uno de los carlistas--. ¿No las -podríamos ver? - ---No están armadas. - ---¿No dan ustedes algo para beber?--dijo uno de los facciosos -desarrapados. - ---Eso, el amo--contestó el de las patillas. - ---¿Dónde está el amo de ustedes? - ---No es nuestro amo. Es el amo de las figuras de cera. - ---¿Y dónde está ese señor? - ---Dentro de poco pasará en un coche. - ---¿Por este camino? - ---Sí. Ha dicho que entre Valcarlos y Burguete nos alcanzará. - ---Bueno, pueden ustedes seguir. - -Marchó la carreta de nuevo, avanzando al paso de los caballos -percherones; cruzó al mediodía por delante de la Colegiata de -Roncesvalles, recorrió la única calle de Burguete y, al salir de este -pueblo, camino de Espinal, el hombre de las patillas entabló en francés -una conversación con el carretero. - ---El amo nos encarga a nosotros la tarea más difícil: el marchar a -pie--dijo--; en cambio él, con el niño ese, que Dios confunda, viene en -coche. - ---No se queje usted, señor Frechón--replicó el carretero--; el amo le -ha dicho a usted varias veces que no venga si no le gusta este viaje. - -El señor Frechón calló un momento y luego exclamó de mal humor: - ---Tú eres un imbécil, Claquemain. - ---¿Por qué? Sepámoslo. - ---Porque te dejas explotar. - ---¡Bah! Me pagan lo que trabajo. - ---Es lo que crees tú, infeliz. - ---Pues, lo que es por ahora, tenga usted la seguridad de que no me han -explotado. - ---Ahora nos está explotando. El viejo trama algo que yo sospecho... - ---¿Qué va a tramar? Usted siempre está pensando que todo el mundo -vive imaginando intrigas y complots, y luego no hay nada. Todas son -fantasías de su cabeza de usted. - ---Es que tú tienes la vista corta, Claquemain. - ---Usted tendrá la vista muy larga, señor Frechón; pero por ahora no ve -usted más que visiones. - ---Y realidades. Tú lo verás. - ---¡Bah!--y Claquemain hizo restallar el látigo en el aire. - ---Aquí hay gato encerrado--siguió diciendo Frechón--, lo huelo. ¿A ti -no te choca que el viejo Chipiteguy, hombre rico, vaya a las ferias de -San Fermín, de Pamplona, en plena guerra, a poner una barraca con unas -cuantas figuras de cera, por cierto muy malas, para ganar unos cuartos? - ---A mí, no. ¿A qué otra cosa puede ir? - ---¡Oh! Ya lo veremos. Te diré, en confianza, que el viejo ha ido a -casa del cónsul de España en Bayona repetidas veces y ha tenido con él -largas conferencias. - ---¿Cómo lo sabe usted? - ---Porque le he seguido. - ---Cada uno su manía. - ---El viejo lleva una misión que seguramente será para él muy fructífera. - ---¿Qué misión puede llevar? ¿Misión política? - ---Quizá también. - ---Si es cosa política, no habrá dinero debajo. - ---Me choca tu terquedad. - ---A mí me choca la suya. - ---Si hay algo, ¿qué dirás? - ---¿Y si no hay nada? - ---Como habrá... Al llegar a Pamplona veremos. - ---En fin. Quizá, quizá... acierte usted alguna vez--murmuró el -carretero. - -El señor Frechón sabía perfectamente que en aquel viaje había su -misterio; pero no quería ser más explícito. Si el amo tenía un plan al -ir a Pamplona, él iba fraguando el suyo. - -Al avanzar en el camino, Frechón y Claquemain se pararon a comer al -borde de la carretera, en un barranco, con una fuente y un abrevadero. -Pasado algún tiempo se acercaron otras dos galeras. Se hallaban los -carreteros sentados en el suelo cuando oyeron los cascabeles y las -pisadas de un caballo, y poco después apareció un carricoche, ocupado -por un viejo de barbas blancas y un muchachito imberbe. - ---¿Qué, hay alguna novedad?--preguntó el viejo a Frechón. - ---Ninguna--contestó Frechón--. Estamos descansando. - ---Los caballos, ¿se han portado bien? - ---Muy bien. - ---¿No han puesto dificultades los aduaneros carlistas de la frontera? - ---Ninguna. Les hemos enseñado nuestros papeles y nos han dejado pasar. - ---Bueno; pues ahora, a Larrasoaña. Allí nos reuniremos con una partida -liberal e iremos hasta Pamplona--dijo el viejo--. En cuanto llegue -comenzaré yo a ocuparme de la barraca y les esperaré allí. Con que -adiós. - ---¡Adiós! - ---¡Adiós, señor Chipiteguy! - -Frechón y Claquemain, que concluían su comida, vaciaron cada uno su -botella de vino; se levantaron, engancharon de nuevo los caballos, que -estaban inmóviles junto al abrevadero, y prosiguieron su marcha con su -carro, seguidos de las otras galeras. - ---El niño ese tiene buena suerte--dijo Claquemain de pronto, -probablemente con la intención de molestar a su compañero. - ---Le voy a dar un puntapié el mejor día que le voy a echar a su -tierra--exclamó Frechón con cólera. - ---No es difícil aquí en España, porque está en la suya--contestó -Claquemain humorísticamente. - -El otro no replicó. - -La primera galera siguió su marcha despacio. La bruma cubría el campo, -gris, azulada, y la vista no alcanzaba más que a poca distancia. -Las rocas y los árboles aparecían de improviso a ambos lados de la -carretera. Se oía entre la niebla el cencerro del ganado y el silbido -de los pastores. - -Al anochecer, en una aldea del camino, Claquemain y Frechón se -detuvieron a descansar. Al día siguiente, al llegar a Larrasoaña, la -fila de galeras hizo alto y se detuvieron los conductores durante una -hora para comer. Poco después se encontraron con las tropas de una -compañía de voluntarios liberales y con ellas avanzaron hasta Pamplona. - - - - -II - -LA CASA DE LA PLAZA DEL REDUCTO - - -Es evidente que ya todos los pueblos y capitales de provincia han -perdido su carácter tradicional en Francia y en los demás países -europeos. - -Las grandes ciudades, como París, Londres y Berlín, van uniformando las -urbes provinciales, que a su vez modifican los pueblos y las aldeas. - -Lo característico regional, el rincón pintoresco, tan amado en la -primera mitad del siglo XIX por escritores y artistas, se ha perdido -en las ciudades y en las villas y comienza a perderse en los lugares -alejados de los grandes centros. No sólo se pierde lo pintoresco en lo -exterior, sino el gusto de lo pintoresco. En casi todas partes, en el -ámbito de una nación, se habla lo mismo, se viste lo mismo y se tienen -idénticas diversiones y deportes. - -Llegará un día en que ya no sean sólo las naciones las unificadas, sino -también los continentes. El planeta, según un misántropo amigo del -autor, será un queso de bola, uno e indivisible, con la misma clase de -gusanos, que disfrutarán de los mismos derechos y de los mismos deberes. - -Los pueblos y las comarcas van olvidando rápidamente su carácter -tradicional, y los Goyas, los Balzac y los Dickens del porvenir, si es -que los hay, no tendrán gran cosa que recoger y conservar en el acervo -de las viejas costumbres y hábitos y en la guardarropía legada por los -antepasados. Los dioses se van, las buenas formas se van, los sombreros -de copa se van, la moral se va; lo único que vuelve a presentarse son -las golondrinas y las letras que no se han pagado... - -Bayona ha sido una de las ciudades francesas que ha guardado su -carácter hasta hace poco. Hoy, ya no lo tiene. - -Sin murallas, sin puertas, como un caracol sin su concha, al perder su -dermato-esqueleto, empieza a aparecer un pueblo banal y de poco interés. - -Bayona, antes, con su cintura de piedra, sus calles estrechas, -sus arcos, sus tiendas con muestras y enseñas, sus casas grises y -negruzcas, dominadas por las dos torres góticas de la Catedral; sus -puertas fortificadas y sus dos ríos, que le daban un aire sombrío y -húmedo, era un pueblo de un carácter típico y bien marcado. - -Bayona, por su historia, su tradición, su influencia inglesa y -española, su población mezclada, era un producto mixto de burguesía, de -milicia, de comercio, de costumbres rancias y arcaicas, con detalles de -ciudad corrompida. Había muchos elementos diversos reunidos en Bayona. - -De sus tres barrios, la Gran Bayona, la Pequeña Bayona y Saint Esprit, -la Gran Bayona, el más importante, se consideraba como el centro, el -asiento del mundo oficial y del comercio rico. La gente de la Pequeña -Bayona tenía un carácter más campesino, más pobre y más vasco; la de -Saint Esprit era, en gran parte, judía. - -Además de la población gascona, vasca y judía, había la marinera y de -comercio fluvial de las orillas del Nive y del Adour, los pescadores, -casi todos vascos, y la parte militar, entonces importante, porque -Bayona era capital de una división. - -Durante la primera guerra civil española Bayona estaba más animada que -de ordinario; a sus varios elementos se unían los emigrados carlistas, -que llevaban allí sus luchas y sus intrigas. - -El marqués de Lalande y monsieur Xavier Auguet de Saint Sylvain, -librero de viejo en Madrid y barón de los Valles por obra y gracia de -don Carlos; el obispo de León y Aviraneta, el príncipe de Lichnowsky -y el protestante Miñano, el canónigo Echevarría y el judío inglés -Mitchell, habían encontrado allí campo para sus maquinaciones... - -Uno de los sitios pintorescos de Bayona en aquella época, hoy -convertido en explanada de aire vulgar, con una estatua de bronce de un -obispo en medio, era la plaza del Reducto. - -La plaza del Reducto estaba en la confluencia de los dos ríos -bayoneses, formando espolón. Tenía, a un lado, el puente Mayou, sobre -el Nive, y al otro, el de Saint Esprit, puente de barcas para cruzar el -Adour. - -Sobre este espolón, afilado por los dos ríos, se levantaba el antiguo -baluarte llamado el Reducto, como el castillo de proa de un barco. La -entrada del baluarte por el puente de Saint Esprit se llamaba la Puerta -de Francia. - -La Puerta de Francia era resto de la primitiva muralla galo-romana -bayonesa, varias veces reconstruída. - -Del viejo Reducto hoy no queda más que la explanada con su estatua y -un trozo de muralla con una garita en el extremo del espolón, entre -hiedras, que da al río. Andando el tiempo, la puerta de Francia se -derribó y el puente de Saint Esprit se hizo de piedra. - -El Reducto y sus balaurtes ocupaban la punta del espolón, entre los dos -ríos, con sus muros aspillerados y sus garitas que caían sobre el agua. - -El Reducto tenía salidas al río que solían estar llenas de ratas. Los -soldados y los chicos se entretenían en cazarlas a pedradas. - -Cerca del espolón del Reducto, en el Adour, había pilotes de madera -para amarrar barcas, postes carcomidos y verdes por los líquenes y los -musgos. - -La Puerta de Francia, aneja al reducto, era la entrada principal de la -ciudad. Por allí venían las diligencias de París y de Burdeos, pasando -de antemano por el barrio de Saint Esprit, que aún conservaba algo -de ghetto, sucio, cerrado y misterioso, con su población de judíos, -antiguamente expulsados de España. - -La plaza del Reducto era el espacio que había entre el baluarte y unas -cuantas casas alineadas enfrente. A esta plaza desembocaban dos o -tres calles del Pequeño Bayona, una de ellas la de Bourg-Neuf, de las -más húmedas y sombrías del pueblo. Al lado de la calle de Bourg-Neuf -se encontraban otras callejuelas: la del Puy, de los Capellanes de -Doaline, de Coutetz, de Corn, de Moqueron, de Perhide, unas que han -cambiado de nombre y otras que han desaparecido. - -La mayoría de las casas bayonesas de por entonces eran casas pequeñas, -de ladrillo, bastante mal construídas, aunque empezaban ya a levantarse -las casas altas de cuatro y cinco pisos del siglo XIX, que dan una -impresión perfecta de la vida monótona, burguesa, bien organizada y sin -incidentes románticos de nuestro tiempo. - -En la plaza del Reducto, esquina a la calle de Bourg-Neuf, vivía -Chipiteguy, el viejo de las barbas blancas, que iba un día de junio en -un cabriolé, camino de Pamplona, acompañado de un muchacho joven. - -La casa de Chipiteguy era una casa vieja, de ladrillo cuarteada, que -casi amenazaba ruina. - -Tenía, para sostenerse, a un lado y a otro, dos filas de vigas, lo que -le daba el aire de un barco que se estuviera construyendo, o de un -tullido, apoyado en muchas muletas. - -Otras varias casas había en la plaza del Reducto y en la calle de -Bourg-Neuf sostenidas por vigas. Así como en los castillos de naipes, -al caerse uno, arrastra a los demás, así allí, al tirar una casa, las -otras de la vecindad querían venirse al suelo, y, si no se caían del -todo, tenían la tendencia de cuartearse. - -Era época en que, a imitación de París, comenzaban en las ciudades de -provincia las demoliciones de los barrios viejos y malsanos. - -Las casas que amenazaban ruina quedaban durante mucho tiempo como -viejas paralíticas, aletargadas, sostenidas en sus muletas, mirándose -unas a otras, contemplando su mutua miseria; algunas se presentaban -negras y llenas de desconchaduras, con agujeros entre las maderas del -entramado; otras se les caía el alero, como la visera de una gorra, y -parecían quedar dormidas. - -Había todos los matices de la ruina, de la decadencia. Una de aquellas -casas avanzaba más en la línea y la arista de su esquina biselada tenía -un mirador pequeño, con unos cristales redondos, que le daban el aire -de los ojos de un pez; otra echaba una panza de hipocresía; una tercera -un abultamiento como el bocio; algunas parecían la proa de un barco -antiguo; a otras se les desarticulaban las ventanas, que quedaban como -alas rotas, gimiendo y llorando de noche sobre el roñoso gozne. - -La casa de Chipiteguy, vieja, de construcción pobre, con el tejado en -forma de piñón y chimeneas altas, terminadas en tubos en zig-zags; -tenía dos muros de piedra laterales fuertes, y entre éstos, vigas que -sostenían los pisos. Un entramado de madera cruzaba la fachada: en el -dintel de la puerta aparecía esculpido un escudo borroso con varias -medias lunas y cabezas de hombres barbudos y de expresión siniestra. - -Los pisos estaban superpuestos: los dos de arriba, más salientes hacia -la calle que el de abajo. La casa, indudablemente, se había movido, al -derribar otra contigua, y se abultaba como un abdómen de cincuentón de -una manera absurda y ridícula. En medio de la casa, en la planta baja, -se abría un ventanal, convertido en escaparate; en el primer piso, -varias ventanas con sus cortinas; en el segundo, otros huecos; después -la guardilla, con un balcón saliente y una viga y una polea encima, y -sobre el caballete del tejado, una veleta anquilosada, con una paloma -de hierro, gruesa y paralítica. - -La casa del Reducto, desde hacía dos o tres generaciones, pertenecía -a un Chipiteguy, dedicado al comercio de trapos y de hierro viejo. -Este comercio había tenido, en un principio, una enseña y el título -de "Las fraguas de Vulcano"; pero hacía tiempo que las letras se -habían borrado y que se había olvidado el nombre. Los Chipiteguy, -traperos y chatarreros, se sucedían como los Borbones; en dinastía, -menos conocida, aunque no menos capaz, siendo quizá mejores y más -honrados traperos que los otros monarcas, sin que se pueda decir que -se necesiten menos condiciones espirituales para ser buen trapero que -buen autócrata. - -Por dentro, la casa de Chipiteguy se resentía de su derrengamiento; los -suelos se hallaban torcidos y curvados; las aristas de las esquinas, -inclinadas. La casa de Chipiteguy no estaba muy flamante por fuera; el -comercio de trapos y hierro viejo no era muy pulcro; pero por dentro se -hallaba muy limpia y muy arreglada. Todo en ella parecía cómodo y bien -dispuesto. - -Si se entraba en la casa, se encontraba primero el portal obscuro; a la -derecha, la tienda, con su mostrador y sus armarios; a la izquierda, -la escalera, y en el centro, el patio, con dos cobertizos, en los que -se hallaban amontonados fardos de trapos, calderas roñosas, barricas -desfondadas, barandillas de hierro, toneles, bombas y unas grandes -balanzas. - -De la tienda se pasaba a los almacenes obscuros, repletos de géneros, -metidos en cajones y en sacos puestos en el suelo. - -Por la puerta de la izquierda se encontraba la escalera, estrecha, -empinada, con los escalones muy desgastados. Subiendo por la escalera -se llegaba al primer piso, donde estaban el comedor, la sala, la cocina -y un despacho, y después al segundo, que constaba de gabinete, cuarto -de costura y tres alcobas. - -La casa, por fuera, tenía aire triste y obscuro, principalmente, por la -humedad de los dos ríos, que ennegrecía cada año más la fachada. - -Si por fuera parecía todo muy abandonado, por dentro se hallaba muy -limpio: los suelos encerados, las puertas pintadas, los cortinones -espesos y las cortinillas planchadas, con lazos en los cristales. - -Los muebles eran casi todos antiguos, y únicamente el cuarto de la -nieta de Chipiteguy, moderno y coquetón, estaba a la moda. - -No era culpa de las mujeres de la casa el que no se hallaran todas las -habitaciones lo mismo. - -Chipiteguy, el trapero y comprador de hierro viejo, a pesar de ser -rico, no quería arreglar la casa; le parecía que no valía la pena de -gastar dinero en ella. Unicamente había dado con gusto lo necesario -para decorar el gabinete de su nieta, el salón y el comedor. Decía -muchas veces que la casa y él durarían lo mismo, y que su nieta, cuando -fuera mayor, dejaría aquel rincón mugriento para no volver jamás a él. - -Los amigos se burlaban de Chipiteguy por su indiferencia y abandono, y -le decían que era como Cadet Rousselle: - - Cadet Rousselle, a trois maisons, - qui n'ont ni poutres ni chevrons. - -Las mujeres de la casa habían conseguido, a fuerza de reclamaciones, -que Chipiteguy les diera algún dinero para arreglar el salón y el -comedor. - -Al salón, iluminado por un balcón corrido, le pusieron un papel verde, -con flores; sillería de estilo inglés, con tela del mismo color; un -piano, un reloj alto con esfera de cobre, y dos cuadros al óleo, uno -de caza y otro una "Matanza de los Inocentes", tabla alemana, en donde -unos guerreros, con trajes medievales, degollaban a unos chiquillos, -blancos y redondos como pelotas. - -Había también en la sala varios grabados, copias de unos cuadros de -Lebrún, inspirados en la vida de Alejandro el Magno; "La familia de -Darío", "El paso del Gránico", la "Entrada de Alejandro en Babilonia", -"La batalla de Arbelas" y "Alejandro y Poro". - -En todos estos grabados había leyendas en latín y en francés. En "El -paso del Gránico" decía: "_Virtus omni obice mayor._ La virtud domina -el mayor obstáculo". - -El comedor tenía papel amarillento, chimenea de mármol, mesa oval, -aparador con jarras vascas de cobre, sillas Imperio y algunas estampas, -entre ellas la vista de Bayona, con la Avenida de Boufflers y la Puerta -de Mousserolles. En el aparador, sobre pequeños manteles blancos, -brillaba una vajilla Luis XV, espléndida, y una cristalería reluciente. - -El comercio de hierro viejo y de trapos hacía que la parte baja de la -casa estuviera siempre poco cuidada; los cargamentos de chatarra y -papel, los carros que se detenían a la puerta, los traperos que iban y -venían, le daban, naturalmente, un aire poco elegante y distinguido. - -Desde las ventanas del piso alto y de la guardilla se veían, por encima -de las murallas y tejados del Reducto, las aguas del Adour, hacia las -Avenidas Marinas, y los mástiles de los barcos que reposaban en el río. - -Los días de niebla, muy frecuentes en el invierno bayonés, el Adour -parecía un lago de color de perla; no se veían sus orillas y los -barcos, a lo lejos, tomaban un aire espectral, sobre todo cuando -extendían sus grandes velas amarillentas. - - - - -III - -CHIPITEGUY Y SU FAMILIA - - -Alberto Dollfus, conocido en Bayona por el apodo de Chipiteguy, era -un viejo de cerca de setenta años, dedicado a la venta de trapos y de -chatarra. - -Dollfus, alsaciano de origen, llegó a Bayona, en tiempo de la -Revolución francesa, de soldado; se estableció en la ciudad y estuvo en -España de contratista del ejército durante la invasión napoleónica. - -Dollfus se casó, a principios de siglo, con María Chipiteguy, la hija -de su antecesor en el comercio de trapos y hierro viejo de la plaza del -Reducto. Alberto Dollfus y María Chipiteguy tuvieron dos hijos, Juan y -Graciosa. Juan, de instintos aventureros, fué a América; intentó hacer -fortuna en distintos puntos, no lo consiguió, y por último, desapareció -y no se supo nada de él. - -Graciosa Dollfus se casó con un contratista de obras llamado Ignacio -Ezponda. De este matrimonio nació una niña, María Ezponda, a quien -llamaban Manón. Ignacio y Graciosa murieron jóvenes; él, de un -accidente del trabajo; ella, del cólera, en la primera epidemia que -asoló a Europa. Manón quedó con su abuelo, quien tenía por su nieta un -gran cariño; el viejo sirvió de madre a la niña, la cuidó y la educó. - -Alberto Dollfus, conocido por Chipiteguy, era hombre de pelo blanco y -barba también blanca, larga, con tonos medio rojizos, nariz curva, ojos -profundos, de expresión viva, debajo de unas cejas cerdosas y salientes. - -Chipiteguy andaba con frecuencia con un balandrán de percal negro, -mugriento, y boina de lana. Para salir a la calle solía llevar sombrero -de copa alta, como un tubo, y zapatillas. Con esta indumentaria no se -diferenciaba gran cosa de los judíos comerciantes y traperos del barrio -de Saint Esprit, y algunos le tomaban por un hijo de Israel. - -El viejo Chipiteguy se paseaba de arriba a abajo por su tienda, -recorría los almacenes, los cobertizos del patio, inspeccionándolo -todo, dando sus órdenes, siempre con la pipa en la boca. - -El chatarrero de la plaza del Reducto era metódico y meticuloso, como -un burócrata alemán o un relojero suizo. Chipiteguy era rico; el -negocio del hierro viejo y de los trapos le había producido mucho. - -Tenía, además, un almacén de botellas en la calle de España, dos casas -en la calle de los Vascos y dinero en títulos de la Deuda y en la -cuenta corriente del Banco de Francia. Poseía, también, una casa de -campo en el camino de Biarritz, con una magnífica huerta con árboles -frutales. - -Chipiteguy era culto, a su modo; hablaba francés, alemán, español y -vasco. Tenía un ingenio vivo y una marcada tendencia a la sátira y al -humor. - -Siempre había sentido curiosidad por leer y por enterarse; compraba -libros y estaba subscrito a dos periódicos de París y a otros dos de -Bayona. En una rinconada de la trastienda había formado una pequeña -biblioteca con libros llegados a sus manos por casualidad. Tenía -algunos volúmenes muy antiguos, colecciones de periódicos ilustrados -incompletas, montones de grabados y de estampas litográficas, canciones -y hojas en vascuence y pastorales vascas manuscritas. - -Al principio, en su juventud, el trapero había recorrido las calles -de Bayona con un saco al hombro, en compañía de su suegro, gritando: -"¡Marchand d'habits, galons!" Después, cuando murió su padre político, -Chipiteguy inventó un pregón pintoresco, que utilizaba en Bayona y en -los pueblos vascos de la frontera, que decía así: - - Atera, atera - trapua saltzera - eta burni zarra - champonian. - -(Saca, saca, a vender trapos y hierro viejo en dos cuartos.) - -Luego, este mismo pregón lo convirtió en anuncio, escrito en el -escaparate de su tienda, y le añadió la siguiente coletilla: - - Emen eroztenda - modu onian - diru au degulaco, - alde gucietatic - ongui etorri da - izan oi da. - -(Aquí se compra de buena manera, porque tenemos dinero de todos lados. -Bien venidos sean.) - -Además de este anuncio, a Chipiteguy le gustaba poner otros burlones en -vascuence y en francés, ofreciendo su mercancía. - -El ¡atera, atera! de Chipiteguy se había hecho popular y él lo había -convertido en su canción de bravura. Si hacía un buen negocio o llegaba -una buena noticia, el trapero cantaba con entusiasmo su ¡atera, atera! - -Cuando se murió su suegro y siguió con los negocios de éste, a Dollfus -todo el mundo le llamó Chipiteguy, como si fuera indispensable que el -trapero de la plaza del Reducto se llamara así. - -El vendedor de trapos y de hierro era muy volteriano y un poco -petulante; el que le consideraran audaz le encantaba. Cuando oía decir: - ---El viejo Chipiteguy es capaz de todo--sonreía satisfecho. - -Chipiteguy abarcaba mucho en su comercio, tenía la manía de adquirir -lo que se le presentase; él aseguraba que lo difícil era comprar, no -vender. Chipiteguy compraba a veces restos de ediciones, montones de -folletos, de periódicos y de libros. Luego revisaba sus adquisiciones -con cuidado. - -En sus cobertizos del patio se podía encontrar de todo: ruedas, -volantes, calderas, ejes de máquinas... - -En los almacenes, además de los fardos de trapo viejo, de cartón y -de papel, había un local grande, lleno de objetos, procedentes de -la guerra civil española. Este local era un museo de cosas, en su -mayoría desagradables: uniformes con manchas de sangre coagulada, -escapularios que habían tomado un color pardo, medallones hechos con -pelo, pantalones, levitas, charreteras, cascos y tricornios agujereados -por balas; toda clase de armas blancas y de fuego, toda clase de -instrumentos de música de cobre, flautas, tambores y batutas; gran -cantidad de galones y varias miniaturas, rosarios y medallas. - -Los chatarreros ambulantes que entraban en España le traían estos -géneros militares, y cuando los sacaban de los carros para meterlos -en el almacén de Chipiteguy, enjambres de chicos de la vecindad se -amontonaban delante de la tienda para verlos. - -Chipiteguy mantenía relaciones con doña Paca Falcón, la de la tienda de -antigüedades, y le vendía muchas cosas; pero había otras que no quería -vendérselas y las guardaba para él. - -Chipiteguy conocía y trataba a los judíos del barrio de Saint Esprit, -los cuales, para ir y volver de Bayona a su barrio, habían de pasar por -delante de la tienda del viejo trapero. - -Con frecuencia se reunía en casa de Chipiteguy gran tertulia, y los -judíos y otros tenderos que tenían puesto algún capital en negocios de -España, escuchaban las noticias que daban los chatarreros que volvían -del campo de la guerra. - -En el comercio de Chipiteguy llevaba la contabilidad un tenedor de -libros llamado Matías Frechón, hombre reservado, hipócrita y poco -simpático, y había dos mozos para traer y llevar el género, uno llamado -Quintín, y el otro, Claquemain. Quintín era bajito, delgado, afeitado, -sonriente, y andaba moviéndose de un lado a otro con un balanceo -especial, que parecía que lo hacía en broma. - -Claquemain, grueso y fornido, de unos cuarenta años, con aire -malhumorado y brutal, de nariz encarnada y bigote negro, largo y caído, -era borracho y hombre de poco fiar. - -Quintín se ocupaba del almacén y dormía en la casa. Claquemain servía -de mozo y de carretero. Quintín, simpático, servicial, pulcro, tenía -buenas palabras para todos; Claquemain, brusco, desagradable y sucio, -pronunciaba el francés de manera confusa, como mascullando las -palabras, y por cualquier motivo insultaba en seguida. - -Quintín y Claquemain eran fieles a Chipiteguy; pero su fidelidad no -ofrecía los mismos caracteres. Quintín sentía cariño por el patrón y -le hubiera prestado cualquier servicio por gusto. Claquemain pensaba -que, fuera de casa de Chipiteguy, no le sería fácil encontrar trabajo, -porque no tenía oficio, y de aquí deducía que, mientras no le saliera -alguna cosa mejor, lo que no era probable, serviría en el almacén del -trapero. - -En el pueblo, sobre todo en su barrio, Chipiteguy no disfrutaba de muy -buena fama. - -Algunos viejos recordaban que Chipiteguy perteneció al Comité de -Salvación Pública de Bayona y que fué amigo de los convencionales -Pinet, Cavaignac, Monestier y Dartigoeyte. - -Se sabía también que había proporcionado datos al ciudadano Beaulac -para escribir sus Memorias sobre la guerra entre Francia y España, en -tiempo de la primera revolución, y se recordaba la fidelidad suya por -el viejo republicano bayonés Basterreche. - -Basterreche, a quien en una biografía publicada cuando era diputado, se -le definía así: la tez morena, el talle corto, los cabellos crespos, -los ojos de un sátiro y el andar de un vasco, era muy buen amigo de sus -amigos y había favorecido a Chipiteguy en momentos difíciles. Los dos -viejos solían tener largas conferencias. - -Se creía que el trapero seguía siendo jacobino. Se sabía que más -de una vez defendió a Danton y a Anacarsis Clootz con mucho calor. -Algunos rumores extraños corrían acerca de él; se murmuraba que -había hecho contrabando, y hasta moneda falsa; se añadía que había -repartido hojas y papeles carbonarios y que pertenecía a una sociedad -secreta republicana, titulada "Las Estaciones", en la que estaban -afiliados hombres tan peligrosos como Blanqui y Barbés. A pesar de su -republicanismo y de su volterianismo, Chipiteguy celebraba con grandes -fiestas en su casa los dos patronos de los chatarreros, San Roque y San -Sebastián; pero era porque cualquier pretexto le parecía bueno para un -festín. - -Mucha gente, sobre todo los legitimistas, se lo figuraban a Chipiteguy -como un monstruo; le veían blandiendo una pica, en cuya punta llevaba -una cabeza cortada, o escoltando con el sable en la mano y sin camisa -un carro de condenados a muerte. - -Vivía Chipiteguy en la casa de la plaza del Reducto con su nieta Manón, -con la sobrina de su mujer, María de nombre; andre Mari (señora María, -en vasco), que tendría unos cincuenta años, y dos criadas; una vieja, -la Tomascha, y otra joven, la cocinera, la Baschili. - -Manón, que a los catorce años era vivaracha y atrevida, prometía ser -muy bonita. Manón era el entusiasmo del viejo Chipiteguy y de toda -la casa. Chipiteguy necesitaba estar constantemente al lado de su -nieta, a quien llamaba su _perchanta_, palabra que en vascuence quiere -decir algo como avispada, lista, viva, y que el viejo empleaba con -predilección al referirse a su nieta. - -También la llamaba con frecuencia sorguiña (bruja). - ---Tú desciendes de brujos--la había dicho una vez Chipiteguy a su nieta. - ---¿Y tú no, abuelo? - ---Yo, no. El segundo apellido de tu padre, Arguibel, era de brujos. -Estos Arguibel eran parientes del célebre abate de Saint Cyran. - ---¿Este abate era brujo? - ---No; éste era jansenista, que es otra cosa más estúpida. En el tiempo -de un proceso de brujas que hubo en San Juan de Luz, un viejo abate, -Arguibel, fué quemado en Ascain, acusado de brujería. Era, sin duda, -de los que iban a las aquelarres de Zugarramurdi y a la ermita del -Espíritu Santo, del monte Larrun, a caballo, con la cerora a la grupa. - ---¿Así iban? - ---Sí. - ---¿Pero las ceroras no serían tan viejas como ahora, abuelo? - ---No; eran jóvenes, y me figuro que las habría guapas. Por entonces -también quemaron a un tal Bocal, vicario joven de Ciburu, y a Juan -de Miguelena, de Ascain, a los dos por brujos. A muchos de nuestros -vascos, acusados de hechiceros, los quemaron dos magistrados franceses, -los dos un tanto sospechosos de brujería; uno de ellos, de Lancre, y el -otro, de Espagnet, que tenía una casa llena de esculturas y de signos -mágicos en la calle de los Bauleros, en Burdeos. - -El buen Chipiteguy sentía un gran cariño por su nieta y hacía cuanto se -le antojaba a ella, a pesar de las protestas de la andre Mari y de la -vieja criada la Tomascha, que aseguraban que, dejando hacer todas sus -fantasías a Manón, le darían un carácter insoportable. - -Manón llevaba una vida independiente. Andaba por el almacén y por la -tienda de su abuelo arriba y abajo; hablaba con los compradores y -vendedores, a pesar de la oposición de la andre Mari y de la Tomascha. - -El viejo manifestaba el deseo de que su nieta no fuese una señorita -tonta y melindrosa y la dejaba entrar en la tienda e intervenir en las -ventas y en las compras; pero al mismo tiempo, cuando llegaban las -horas de lección, la enviaba a su cuarto a estudiar. La chica tenía -profesores que iban todos los días a darle lecciones. - -El cuarto de Manón era el más elegante de la casa. Estaba cubierto -de papel azul, tenía muebles de laca, sillas y sillones elegantes, -una cama Imperio con colgaduras, tocador muy bonito, varios grabados -ingleses y un piano nuevo. - -Manón no sentía grandes deseos de estudiar; le gustaba mucho leer y, a -veces, tocar el piano; pero tenía por esto una afición intermitente. - -En su cuarto solía haber siempre una jaula de pájaros y dos o tres -gatos sobre los almohadones, con los que jugaba la chica de la casa. - -A Manón, como única heredera, le esperaba gran porvenir. - ---Todo esto--decía el bueno de Chipiteguy, mostrando los montones de -chatarra y los sucios fardos de trapos y de papel--se convertirá el día -de mañana en trajes bonitos y en un coche magnífico para esta pícara. - -Manón adoraba a su abuelo, y éste, cuando tenía a la muchacha cerca de -sí, con sus mejillas sonrosadas y sus cabellos de oro, murmuraba con -orgullo: - ---No hay otra como la nieta del viejo Chipiteguy. Esta _perchanta_ vale -un mundo. - -Si la andre Mari o la Tomascha se hallaban delante al oír la frase, -gruñían con mal humor, porque así, según ellas, la muchacha se iba -haciendo tonta y vanidosa. - -Manón era un poco arrogante, de genio variable, en general alegre, pero -a veces taciturna. Cuando hablaba con gente desconocida, lo hacía de -una manera imperiosa y atropellada, sobre todo si la contradecían. -En cambio, si le daban la razón, sin saber por qué, se intimidaba y -confundía. - -Manón era prima carnal de una muchacha, Rosa Lissagaray, cuya familia -tenía un bazar en los arcos de la calle del Puerto Nuevo, que se -llamaba "El Paraíso Terrenal". - -Era un vivo contraste el que presentaban las dos muchachitas, que eran -de la misma edad: Rosa, morena, con la cara larga, correcta, de poca -expresión, la nariz bien dibujada, labios gruesos, color pálido y un -poco miope; Manón, de cara redonda, ojos azules brillantes, expresión -de viveza felina y de audacia un poco loca, el cabello rubio, en rizos -alborotados y cortos, que extremaban la animación de su rostro. - -Rosa, muy tímida, se ruborizaba con frecuencia, y una de sus actitudes -más frecuentes era el quedar con las manos cruzadas, en señal de -admiración. - -En la cara de Manón se traslucían impulsos atrevidos y absurdos, una -nerviosidad en los ojos y en la boca, un temblor en la comisura de -los labios, y, a veces, cierta risa silenciosa, que le daba aspecto -inquieto y lleno de malicia. Cuando estaba contenta solía tener un aire -decidido y triunfal. - -La _perchanta_, como la llamaba su abuelo a Manón, iba camino de ser -una belleza. Rosita, más modesta, a pesar de la corrección de sus -facciones, no llegaba a llamar la atención de nadie. - -Manón tenía una petulancia cómica de chico travieso; repetía frases -y epítetos que no comprendía bien, dándoles, por lo mismo, aire más -alocado y grotesco. - -Manón se burlaba de todo. Le agradaba embromar a su prima, diciéndole -que a ella le gustaría ser bailarina, cómica o aventurera. Casi siempre -tenía alrededor cuatro o cinco mozalbetes que le rondaban la calle y -le escribían cartas de amor, de las cuales se reía. - -En la tienda discutía con los compradores o con los chatarreros que -venían a vender algo, y por cualquier motivo se le oía echar juramentos -y decir palabrotas en francés, en castellano y en vascuence, imitándole -al abuelo: - ---Sacre nom! Je m'en fous! Qué p... de hombre! Váyase usted al c... -¡Arrayúa! - -Estas barbaridades divertían mucho al viejo Chipiteguy y hacían -llevarse las manos a la cabeza a la andre Mari y a la Tomascha, que -creían que con esta educación la chica acabaría mal. - -Manón escandaliza a su prima con sus ideas levantiscas. Cuando Rosita -le hacía objeciones a sus fantasías, con su buen sentido práctico, -Manón le replicaba cariñosamente: - ---Eres una niña tonta y buena. - -A veces, Manón, fingiéndose hastiada de todo, decía: - ---Ya no quiero oír hablar de novios ni de amores. Prefiero una buena -comida, una taza de café, una copa de coñac y después un buen cigarro. - -Manón tenía una manera de andar elástica, graciosa; poseía encanto -en todas sus actitudes y movimientos y gran seguridad, más o menos -fingida, en sus decisiones. - -El viejo judío Manasés León, amigo de Chipiteguy, llamaba a las dos -primas Marta y María, y también Demócrito y Heráclito. Manasés sentía -gran entusiasmo por Manón; pero prefería a Rosa, porque, según su -criterio judáico, las mujeres no debían tener personalidad, sino ser -obedientes y sumisas. - -Manasés sabía un refrán español, que lo repetía con frecuencia: "Boca -con rodilla y al rincón con el almohadilla." - -Chipiteguy, que era medio alemán, creía lo contrario, y le alegraba -el pensar que su _perchanta_ sería capaz de desenvolverse sola en -cualquier circunstancia en que se hallase. Un sobrino de Chipiteguy, -Marcelo, decía en broma que Rosa era como las natillas, y Manón como -esos platos llenos de especias de gusto fuerte. - -La tía María y las criadas, aunque admiraban a Manón, la sermoneaban -con frecuencia; pero ella no hacía caso de sus sermones. La _perchanta_ -de la casa del Reducto sabía muy bien que su abuelo salía siempre a su -defensa y la defendía con ardor. - -Había una alianza estrecha entre el abuelo y la nieta. - -A Manón le indignaba que calificaran a su abuelo de avaro, de cínico y -de impío. Para Chipiteguy, las dignidades no existían. Su filosofía de -trapero le hacían creer que un cáliz no se diferenciaba de una copa más -que en las perlas; que un estandarte tenía el valor de la tela y del -oro, y que una duquesa no se diferenciaba de una lavandera más que en -lo que hubiera en ella de bueno o de malo. Chipiteguy se burlaba del -novelista Balzac, de quien se comenzaba a hablar mucho en esta época, -por el amor que el escritor demostraba por la aristocracia. Uno de los -motivos de desprestigio de Chipiteguy era su volterianismo. Chipiteguy -creía que la religión era siempre el manto de los hipócritas y granujas -para cubrir sus miserias y sus canalladas. - -Un buen católico era para él algo sucio, como un tiñoso moral, hombre -de poco fiar; capaz de todo. - -El había dicho una vez, recomendando a un conocido de Estrasburgo, un -abate bayonés: "Puede usted fiarse de él, porque, aunque cura, es -buena persona." - ---El católico es uno de los productos más envilecidos de la especie -humana--aseguraba el trapero--. Decidle a un católico: el ciudadano -tal roba en su destino, él le justificará; es un padre de familia, -tiene hijos... El otro abandona a su padre, lo legitimará también; -el tercero vende a su hija, lo mismo; el católico lo legitima todo. -Pero va a haber una fiesta y un baile; entonces el católico fruncirá -el ceño. Eso es una inmoralidad, es un escándalo, es una excitación -a la lujuria--dirá--. La lujuria es cosa mala; debíamos suprimir la -prostitución--pensaréis vosotros--. No, eso no; es un mal necesario... ---afirmará con hipocresía--. ¡Mala raza, fea raza, raza baja, -envilecida y bastarda, esa de los católicos! - -Muchas de las opiniones violentas que profesaba Chipiteguy se las -atribuía a un amigo suyo, el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de -Aschaffenburg; pero algunos pensaban que este poeta Julius Petrus era -una invención suya y que no había existido jamás. - -El clericalismo siempre lleva al lado la tendencia volteriana; por -eso en los países latinos el impío es más impío que en los países -protestantes. - -Cuando la andre Mari con la Tomascha y la cocinera se ponían a rezar -el rosario en voz alta en la cocina, después de cenar, muchas veces -Chipiteguy exclamaba: - ---¡Viejas locas! No me vengáis aquí con esas monsergas. No quiero que -nos traigáis alguna desgracia con tantos rezos. Id a la catedral. -Allí tenéis bastante sitio para repetir, sin molestar a nadie, todo -el tiempo que queráis, vuestras tonterías. Aun así, no creáis que no -hacéis daño; lo hacéis, porque venís aquí y traéis una nube de pulgas. - -La sobrina y la criada le replicaban furiosamente y le amenazaban con -el infierno, lo que a él le hacía reír a carcajadas y decir mayores -irreverencias. - -Otra vez que hablaban de los sermones de los curas, que recomendaban a -las mujeres que no fueran escotadas, Chipiteguy les dijo a las de su -casa, echándoselas de ingenuo: - ---Lo que podíais hacer vosotras es ir adonde el obispo, desnudas, y -allí él, con ese jaboncillo que emplean los sastres, os marcaría con -exactitud en el cuerpo hasta dónde podíais enseñar. - -Estas frases escandalosas indignaban a las que las oían. - -La andre Mari, viuda sin hijos, mujer flaca, agria, con cara afilada -y pálida, tenía una figura que parecía que se la veía sólo de perfil. -Solía estar haciendo media constantemente con un gato en la falda. - -La criada, la Tomascha, se parecía a la andre Mari en el carácter, -aunque no en el tipo; tenía aspecto monjil, la cara redonda y -abotargada, un poco como de albuminúrica; el color muy blanco, la -mirada inexpresiva y el aire indigesto. Reñía a todas horas con la -muchacha joven. - -La Tomascha, indudablemente, sentía cariño por Chipiteguy y por la -casa; pero a veces parecía que se recreaba con las desgracias. - -La Tomascha era, principalmente, una mujer fatídica y daba las malas -noticias con fruición, cosa que a Chipiteguy indignaba. Varias veces el -chatarrero dijo a la andre Mari que se fuera la Tomascha a su pueblo y -que él le seguiría pasando el salario; pero la Tomascha, al saberlo, -derramó un mar de lágrimas. - -La Baschili, la cocinera, era muy enamoradiza, y siempre tenía algún -novio o amante, con quien paseaba los domingos. - -Se decía que había tenido un chico en el pueblo, y la Tomascha se lo -había contado a la andre Mari y la andre Mari a Chipiteguy. - ---Aunque hubiese tenido un regimiento no la despacharía--replicó el -trapero del Reducto--; yo no le exijo a ella voto de castidad, sino que -guise bien. - -La asistenta de la casa de Chipiteguy, que barría y fregaba los -almacenes y la tienda, era gascona, juanetuda, robusta y locuaz. Se la -conocía por su apellido la Mazou. - -La Mazou era turbulenta y estaba atormentada por el deseo de la acción; -cuando había que hacer un trabajo extraordinario gozaba. - -La Mazou, recia y cuadrada, tenía tanta fuerza como un hombre. - ---Esta ha nacido para tener una docena de hijos--decía Chipiteguy--; -pero como es inteligente como una mula y áspera como un cardo, se ha -quedado soltera. - ---¡Bah! ¡Si hubiera querido!--replicaba ella. - -La Mazou bebía a veces un trago, al emprender algún trabajo de fuerza, -en compañía de Quintín o de Claquemain. - -A pesar de que ella andaba cerca ya de los cincuenta años, Quintín la -había pretendido; pero la Mazou despreciaba al mozo porque era chiquito -y de poco cuerpo. - -Chipiteguy se burlaba de la gente de su casa, menos de Manón. También -se burlaba mucho de los judíos que iban a su tienda; había asistido -repetidas veces a los oficios en la Sinagoga y satirizaba los cantos y -los lamentos de los hijos de Israel. - -Les recordaba la época anterior a la Revolución, que él había llegado -a conocer, en la cual los judíos de Saint Esprit, a quienes también se -llamaban los portugueses y los nuevos cristianos, no podían habitar el -casco de Bayona. - -Les decía que se contaba entonces que los judíos del barrio de Saint -Esprit, cuando tomaban nodrizas cristianas, los días de comunión les -vaciaban el pecho, para que en su cuerpo no hubiese ni rastro del -cuerpo divino de Jesucristo. - -Les hablaba, como si fuera verdad, de que celebraban la Pascua con -sangre de cristianos y de los asesinatos rituales. - -El fingía creer, para sacar de sus casillas a los judíos, que éstos -hacían manjares con sangre de niño cristiano, y recordaba que en Metz -había sido quemado un judío, Rafael Levi, acusado de haber matado a un -niño de tres años con ese objeto culinario. - ---En mi país--solía decir--se les tiene mucho odio. - -Y solía contar esta anécdota: - -"Al entrar en Metz el mariscal de la Ferté, los judíos de la ciudad -fueron a saludarle. Cuando le dijeron que había en la antecámara una -comisión de israelitas, gritó: - ---No quiero ver a esos granujas que crucificaron a Nuestro Señor; que -no les dejen entrar. - -Se les dijo a los hebreos que el mariscal no podía recibirles. Ellos -respondieron que lo sentían mucho, porque iban a llevarle un regalo -de cuatro mil pistolas. Se advirtió al mariscal a lo que iban y el -mariscal dijo al momento: - ---Hacedles entrar en seguida. ¡Pobre gente! Se les acusa sin razón. -Ellos no le conocían a Cristo cuando le crucificaron." - -El trapero, al contar esto, se reía a carcajadas. - -Chipiteguy, según decía, había hecho lo posible para adornar con -cuernos la cabeza de algunos amigos israelitas; pero esto, como -se sabe y como repetía su amigo Julius Petrus Guzenhausen de -Aschaffenburg, no es más que un mal de imaginación y ningún casado -podía tener la seguridad de no padecerlo. - -En la juventud de Chipiteguy el barrio de Saint Esprit conservaba -algo de ghetto; las casas solían estar cerradas al anochecer, los -hombres andaban con balandranes, las mujeres pálidas, de ojos negros, -se asomaban a las ventanas, y se oía una jerga medio española, medio -hebrea. - -Chipiteguy contaba sus aventuras amorosas de joven con las muchachas -judías del barrio, lo que escandalizaba mucho. - -A las bromas del viejo trapero, los israelitas contestaban hablando -y accionando violentamente, y contaban con un estilo florido las -persecuciones sufridas por la raza. El tema que manejaba siempre -Chipiteguy era el de la avaricia. Los judíos le achacaban a él idéntico -defecto. - -Los más habituales en casa de Chipiteguy eran Manasés León, el -prendero; Haim Gómez, del gremio de mercería, e Isaac Castro, vendedor -de fruta. - -A fuerza de echarse en cara Chipiteguy y sus amigos su roñosidad y -su sordidez, habían llegado a considerar este vicio como condición -divertida y pintoresca. - -Al ir y venir de Saint Esprit a Bayona, por el puente de barcas, se -formaba gran sanhedrín de judíos en la tienda de Chipiteguy, y parecía -aquello una bandada de cuervos; y entre las voces gangosas y agudas -de los hebreos y sus accionados y gestos de polichinelas, resonaban -las carcajadas de Chipiteguy. Este hablaba siempre con desprecio de la -Biblia y los judíos defendían su libro santo con fervor; pero más que -las cuestiones religiosas les apasionaba la cuestión del dinero y el -reproche que se hacían unos a otros de avaricia. - -Todas las anécdotas viejas y conocidas de avaros y de usureros se -atribuían al contrincante. - -El avaro, que retenía la respiración cuando se le tomaba medida de un -traje, para parecer menos grueso y hacer que el sastre pusiera menos -paño; el que fué achicando la ración de paja y cebada al caballo, y -cuando éste murió de hambre, dijo: "¡Qué lástima! Ahora que se iba -acostumbrando..." - -Otra porción de rasgos, dignos de Harpagon, de Shylock o del licenciado -Cabra, se atribuían unos a otros. - -En realidad, todos aquellos judíos, Nathan, David o Salomón, -ropavejeros y prestamistas a la antigua escuela, con sus gabanes -raídos y sus sombreros sebosos, con sus procedimientos usurarios y sus -tiendencillas negras, tenían que considerarse derrotados por usureros -de nuevo estilo, más elegantes y atildados, que paseaban en coche o a -caballo, vestían como dandys y se iban haciendo millonarios. - -A Chipiteguy y a los judíos amigos no les interesaban tanto las grandes -hipotecas como las pequeñas raterías. - -Entre éstos era un gran mérito el engañar a un compañero, el hacerse -convidar o el conseguir algo de balde. - -Se vanagloriaban todos de las jugarretas que se hacían para engañarse. - -Un comerciante, algo letrado, había llamado a la casa de Chipiteguy la -Escuela de los Avaros. - -Cuando sus amigos judíos no estaban delante, Chipiteguy no era roñoso, -y todo lo que le pedía su nieta lo concedía al momento. - -En lo que no quería gastar era en su indumentaria. - ---Un trapero elegante sería ridículo--decía él. - -Cuando Chipiteguy se quitaba su hopalanda mugrienta se le veía vestido -con un chaquetón desteñido, que era difícil suponer cuál sería su color -primero; unos pantalones zurcidos y remendados y un chaleco viejo de -nankin. Chipiteguy no quería elegantizarse; le gustaba aparecer tal -como había sido siempre. - -A pesar de su roñosidad para sí mismo, era espléndido en otras cosas. - -En la mesa gastaba mucho. La cristalería era siempre fina y nueva. -Chipiteguy no podía soportar una mancha en el mantel; así que había -que renovarlo para cada comida. En casa de Chipiteguy se comía bien -y se bebía a pasto vino de Burdeos y de Borgoña. Le gustaban también -al viejo los licores, y tomar, después de comer, unas copas de coñac -antiguo. - -Con este trato, su nariz y sus mejillas habían adquirido, en algunos -puntos, tonos de carmesí, que se convertían en violáceos. Con aquel -régimen de vida, Chipiteguy tenía tendencia a la gota, y a veces -padecía cálculos. En estas épocas pasaba días tristes, alicaído y -pensativo; pero cuando se curaba, volvía a la jovialidad. Decía que -a él le tendrían que poner el mismo epitafio que hizo Desaugiers, un -autor de canciones, enfermo de mal de piedra, de sí mismo: - - Ci-git helas, sous cette pierre - un bon vivant mort de la pierre - passant, que tu sois Paul ou Pierre - ne va pas lui jeter la pierre. - -A pesar de sus burlas, Chipiteguy tenía un fondo de misticismo. Había -en él algo del sentido contemplativo del alemán, unido a la impiedad -ligera del francés; pero quizá la tendencia mística y vaga era -en él lo más profundo. Se pasaba muchas horas mirando el agua del -río, pensando vagamente en las fuerzas de la Naturaleza. También se -abstraía fumando en su pipa y viendo las volutas de humo en el aire o -contemplando las llamas de la lumbre. - ---¿Duermes, abuelo? le preguntaba su nieta. - ---No; estoy pensando. - ---¿Pensando en qué?--le preguntaba Manón. - -Indudablemente, el viejo pensaba con vaguedad en muchas cosas, también -vagas, porque en él había esta tendencia por la meditación. - -A veces no pensaba en nada y estaba inmóvil, con la mirada perdida, -como aletargado. - - - - -IV - -LA TABERNA DE OCHANDABARATZ - - -La calle de los Vascos, en Bayona, calle estrecha, húmeda y negra, -paralela a la corriente del Nive y a la calle de España, era y es -una de las más obscuras del pueblo. En ella olía siempre a humedad -y a pescado, lo que hacía que el ambiente no fuese muy agradable de -respirar. Había entonces en esta calle almacenes de salazón y se -instalaban pescaderías ambulantes en el arroyo. - -En tiempo de la primera guerra civil española, las tiendas de la calle -de los Vascos eran pocas: algunos almacenes de pescado, barricas, -botellas y trapos viejos, dos posadas, la fonda de Iturri y la -Guetaldia, donde se refugiaban los campesinos vascos de las aldeas -próximas y los carlistas de poco dinero; varias tabernas, traperías y -alguna cacharrería que lucía en el escaparate jarras, huchas de barro y -cometas de papel de colores. - -En la calle, la casa más cuidada y limpia era la posada de Iturri, que -en la planta baja tenía una tienda de mercería, en la que se mostraban -pañuelos de seda de vivos colores. La posada de Iturri gozaba de fama -de sitio respetable y en donde se comía bien. - -Entre las dos o tres tabernas de la calle de los Vascos, las más -frecuentadas, las que estaban casi siempre llenas, eran la taberna -del Español y la de Ochandabaratz. Esta última se llamaba también la -taberna del Gallo Rojo, porque su enseña representaba un gallo, pintado -de rojo, cantando sobre una bola. - -La taberna de Ochandabaratz, obscura y siniestra, se hallaba en un -sótano grande, y el invierno estaba siempre iluminada con quinqués, -porque si no, en su fondo, no se veía con la luz del sol. - -La taberna no tenía portada alguna, y únicamente las paredes de la -casa, en el piso bajo, aparecían embadurnadas de pintura de color -parduzco, que saltaba de las piedras, y que dejaba a éstas como -recubiertas por escamas. - -Se entraba por el zaguán, y a mano izquierda estaba la taberna, a la -que se bajaba por unos escalones; había en este sótano un ventanal de -cristales pequeños y emplomados a la calle y una ventana enfrente a un -patio; pero ni el ventanal ni la ventana daban luz bastante para que se -viera con claridad en el interior. - -Era la taberna grande y espaciosa, con un mostrador enorme, recubierto -de cinc, con frascos, botellas de licores y damajuanas negras. Las -paredes tenían un zócalo de madera y había varias mesas y bancos. - -La taberna se continuaba por un corredor, al que iluminaba la ventana -del patio. En este corredor había dos grandes filas de barricas. - -Ochandabaratz, el amo de la taberna, era hombre de unos cincuenta años, -grueso, un poco asmático, muy sentencioso, con aire reservado. Gastaba -siempre camisa blanca, de gran cuello; blusa negra y boina grande. -Su mujer era guapa y vistosa; sus dos hijas, muy bonitas; el criado -Shanchín, vivo como un mono, y la muchacha Leonie, guapetona, rubia y -apetitosa. - -En la taberna había siempre gente, de día como de noche; al parecer, -los géneros de Ochandabaratz tenían fama de exquisitos, y el vino y los -licores de la taberna podían competir con los de los mejores hoteles de -Bayona. - -Una tarde lluviosa y de invierno estaban en la taberna de Ochandabaratz -una porción de tipos, bastante extraños, formando animado grupo. -Eran éstos el cochero de una funeraria, llamado Tapín; Benedicto, -el campanero de la Catedral; un sepulturero jorobado, conocido por -Patrich; el piloto Ibarneche, Bidagorry, el carbonero de la calle del -Pont Traversant, que tenía una pierna de palo; el maestro de baile -Cuyala, de la calle del Oeste, y tres chatarreros; Michú el de la Vieja -Encina de la calle de Bourg Neuf; Larroque el de las Armas de Francia, -del muelle de la Galuperie, y Portefaix, el de la Linda Fragata de la -calle de Pontriques. - -Los más señalados de estos tipos eran Patrich, por su joroba, y -Bidagorry, por su pierna de palo; pero los otros tenían también -carácter. Ibarneche, el piloto era alto, colorado, la cara ancha, con -anteojos, la pipa en la boca; Cuyala, el maestro de baile, elegante, -flaco, melenudo, pálido, con un levitín azul, con botones dorados, -corbata roja y pantalón corto, lucía las pantorrillas; Michú gastaba -sombrero de copa y gabán hasta los pies, y tenía cara de loro, picada -de viruelas; Portefaix poseía unos ojos saltones, desvaídos, como dos -huevos, y una cara de rana, entre sonriente y triste, y Larroque, que -vestía con un abrigo harapiento y un casquete, tenía la cara llena de -cicatrices, un ojo nublado, el otro, malicioso, verde gris, rojizo, -lleno de inteligencia, de picardía y de desvergüenza. - -Estos tres chatarreros, Michú, Larroque y Portefaix, solían ir a España -con frecuencia a comprar hierro viejo, granadas y armas, y negociaban y -cambalacheaban con Chipiteguy. - -El sepulturero jorobado Patrich celebraba, según decía, a todo el que -se le acercaba, dos acontecimientos transcendentales de su vida: uno, -que le había tocado la lotería; el otro, que se le había muerto la -mujer en San Juan Pie de Puerto. - -Con tal motivo, Patrich se dedicaba a las más extrañas locuras y -cantaba y bailaba alegremente. Patrich mostraba una gran alegría por -la muerte de su mujer, y, sin embargo, había quien aseguraba que días -antes le había visto llorando por el mismo motivo. En un bufón como él -cualquier cosa era posible. - -Mientras el grupo celebraba el jolgorio, se asomaron a la taberna el -viejo Chipiteguy y el judío Moisés Panighettus, dueño de una trapería, -próxima a la Puerta de Francia. - -Patrich, el jorobado, se apresuró a saludar a Chipiteguy y a -Panighettus; les contó el motivo de su fiesta y les invitó a sentarse. - -Chipiteguy dijo que tenía que ir a una casa suya a cobrar las rentas. - ---Sentarse, sentarse; no hay prisa--gritó el jorobado. - ---¿Qué, viene usted a cobrar la casa?--preguntó Ochandabaratz a -Chipiteguy. - ---Sí. - ---¿Ya pagan esos españoles? - ---No hay más que uno o dos--contestó Chipiteguy. - ---Ya pagarán--exclamó Patrich, el jorobado--. Todo el mundo paga al -último; los unos con su moneda, los otros con su cuerpo. ¡Je! ¡Je! -¡Je! No hay que apurar a nadie. Vamos otra vez a cantar. - -Cantaron todos a coro, en vascuence, la canción recogida por el doctor -Larralde, de San Juan de Luz: "Errico festac biaramumiam" (El día -siguiente de la fiesta), la copla que empieza pintando la escena de -cuatro mujeres, tres solteronas y una viuda, que juegan al truque un -día de fiesta en la calle de una aldea vasca, a la sombra, las cuatro -un poco borrachas. - -La cantaron de manera desigual, porque cada uno se marchaba por su lado -y algunos no sabían vascuence. - -Después, el piloto Ibarneche entonó, a media voz, algunas canciones -románticas del mar: - - Ichasua laño dago - Bayonaco alderaño. - Nic zu zaitut maitiago - choriyac beren umiac baño. - -(El mar está cubierto de niebla hacia el lado de Bayona. Yo te quiero -más que el pájaro a su crías.) - - Santa Catalin aurrera - bischigutan azi dera. - Ondo irteten baguera - laster neria izango cera. - -(Antes de Santa Catalina hemos empezado la pesca del besugo. Si salimos -bien, pronto serás mía.) - - Gure oroliz aita dago - laño bian gaberaño. - Nic zu zaitut maitiago - arraichuac ura baño. - -(Nuestro recuerdo está erguido hasta debajo de la niebla. Yo te quiero -más que los pececillos al agua.) - - Ichasua urac aundi, - es tu ondoric agueri. - Pasaco nisaqueni andic - maitea icuzteagatic. - -(En el mar de grandes olas, no se ve bien. Yo pasaría siempre por el -mar para ver a mi amada.) - -La especialidad de Ibarneche, además de sus canciones románticas, era -el comer copiosamente. Había hecho el piloto muchas apuestas y las -había ganado. Se había comido una vez un cordero con la mayor parte -de los huesos. Para él, tragarse dos gallinas, dejando solo el pico, -era un juego. Con el pico no podía; ante el pico se declaraba vencido. -Había comido también una merluza y cuatro docenas de huevos en una -comida. - -En beber era más moderado; no llegó a pasar nunca de los cuarenta vasos -de sidra en una tarde ni de los veinte de vino. - -Mientras cantaba Ibarneche, Bidagorry, el carbonero, seguía el ritmo de -la canción y ponía los ojos en blanco y la cara lánguida y triste. Esta -acomodación rápida era la especialidad de Bidagorry. - -Patrich, el sepulturero, poco partidario de cosas melancólicas--la -melancolía no es para sepultureros, decía él--, se puso a cantar y a -bailar unas coplas donostiarras de soldados con aire de fandango. Lo -cómico, para los que las oían, era que Patrich no sabía vascuence y a -veces decía una cosa por otra. - -La canción era así: - - ¡Ay, Madalén, Madalén; - Madalén gajoa! - Bigarren batalloyan - daucazu majoa. - Chiquichua da baña, - mutico polita, - Cazadorietaco - cabo primeroa. - -(¡Ay, Magdalena, Magdalena; pobre Magdalena! En el segundo batallón -tienes tu majo. Es pequeño, pero guapo chico, y cabo primero de -Cazadores.) - -Bidagorry recalcó la intención de la copla, dando a su fisonomía un -aire desvergonzado y alegre. - -La canción, ya de por sí grotesca, cantada y bailada por Patrich, lo -era más. Patrich, viejo, cojo, pequeño y jorobado, de cara audaz, -barbas largas y blancas, los ojos redondos, negros y brillantes, ojos -de lechuza, la nariz chata, la frente ancha y prominente y la calva -hasta el cogote, tenía un aire socrático. - -Patrich vestía macfarland negro y raído, sombrero de copa sucio y -despeinado. Su atrevimiento y su impertinencia resultaban un tanto -importunas. Era, además, un bufón antipático, porque con mucha -facilidad, en medio de la broma, se molestaba o tomaba una actitud -sentimental, de borracho, desagradable. - -Después de los versos a Magdalena vinieron coplas dirigidas a algunos -galanes, que tendrían en su tiempo gran cartel entre las criadas y -costureras donostiarras: - - Bata, García; eta - beztea, Domingo; - onezquero gauz onic - ez ditec eguingo. - Euscaldunac desaire, - oyequin amigo. - Berac deitzen ciyoten: - "Venga usted conmigo". - -(El uno, García; el otro, Domingo; hasta ahora, seguramente, no habrán -hecho cosa buena. A los vascongados, desaires, y con esos otros, -amigas. Ellas mismas les decían: "Venga usted conmigo".) - -Hay que suponer que estas damas que decían a los cabos primeros y a -los sargentos: "Venga usted conmigo" no serían de la alta sociedad, ni -aparecerían en el Almanaque de Gotha, aunque algunos demagogos suponen, -quizá con poco respeto, y sobre todo con pocos datos personales, que -son principalmente las damas empingorotadas, las del Almanaque de -Gotha, las que tiene una inclinación a decir a los cabos primeros y a -los sargentos: "Venga usted conmigo". - -Esta cuestión es, sin duda alguna, difícil de resolver -experimentalmente y la abandonamos para que la estudien los -especialistas. - -Patrich se cansó de su baile y de su canto y se sentó a beber un gran -vaso de vino. - -En tanto, uno de los chatarreros, que solía entrar con frecuencia en -España, salmodió esta obra maestra híbrida vasco-castellana, también -donostiarra; - - Un militar le dice: - "Nere maite ederra, - solamente tu cara - ematen dit guerra". - Y ella contesta al punto: - "Ez bildurric izan - izan bear badezu - mi bravo capitán". - - Damacho ederra, mozo valiente, - ella jostuna, él subteniente, - y ella le ha dicho milla bider - que le hacen falta bi charreter. - -(Un militar le dice: "Amada hermosa, solamente tu cara me da a mí la -guerra". Y ella contesta al punto: "No tenga usted miedo si tiene usted -que ser mi bravo capitán". Bella damita, mozo valiente, ella costurera, -él subteniente, y ella le ha dicho muchísimas veces que le hacen falta -dos charreteras.) - -El autor comprende que es un poco abusivo el poner tantas canciones -insignificantes. A él le dicen algo, aunque a la mayoría de sus -lectores, claro es, no le dicen nada. El autor es un individualista y -las pone. - -Uno de los traperos, medio ciego, sacó un caramillo de hoja de lata y -se puso a tocar monótonamente la canción de Cadet Rouselle. - -Después de esto, Patrich echó los pies por alto, se balanceó como una -bailarina, lanzó ronquidos desvergonzados, puso la cabeza en el suelo, -dió una vuelta y quedó sentado. - -Poco después apareció Patrich, montando sobre unos zancos y andando en -la taberna, casi tocando el techo. El enano jorobado se sentía así alto -y poderoso. - -El viejo Chipiteguy, que había permanecido durante todo el tiempo -bebiendo y riendo, se citó para el día siguiente con Moisés Panighettus -y se levantó para salir de la taberna de Ochandabaratz. - ---¡Adiós, señores!--dijo. - ---¡Eh, tío!--le gritó Patrich--. No se vaya usted; hay que cantar su -canción. - -La gente de la taberna no hizo mucho caso, y Patrich se incomodó. - -Patrich era hombre violento e imperativo; obligaba a que se cantaran -ciertas canciones y ponía el veto a otras que no le gustaban. - -No parecía sino que tenía algún derecho especial para mandar en todo -cuanto fuera musical y filarmónico en casa de Ochandabaratz. - -Patrich se quitó los zancos e increpó a unos y a otros, imponiendo -silencio con siseos y manotadas. - -Cuando lo consiguió inició la canción de bravura de Chipiteguy y la -cantaron a coro, a voz en grito: - - Atera, atera, - trapua saltzera - eta burni zarra - chaponian. - -Chipiteguy, riendo, saludó a todo el mundo y salió a la calle. - ---¡Adiós, tío!--le volvió a decir Patrich. - -Patrich solía bromear muchas veces llamando tío a Chipiteguy. La razón -de este supuesto parentesco era la siguiente. Hacía ya muchos años, en -los primeros tiempos del Imperio, vivían dos hermanas, muy guapas, las -dos casadas, en la calle Pontriques. Ambas, con unanimidad extraña, -engañaban a sus maridos. De una de ellas se decía que estaba enredada -con Chipiteguy, y de la otra, que era la querida de un tal Lafón, -vendedor de hierro. - -El marido de la de Lafón, a quien llamaban Puteche, era un cínico, que -se dedicaba a vivir de lo que traía su mujer. - ---Buena boquilla--le decían los amigos. - ---De Lafón--contestaba él sonriente. - ---Hermosa cadena de reloj--le decía el otro. - ---De Lafón--replicaba él. - ---¡Qué bonito sombrero lleva usted! - ---De Lafón. - -Las dos hermanas, guapas y alegres, tuvieron por entonces dos chicos: -Máximo Castegnaux, que se atribuyó a Chipiteguy, y Patricio Larroque -(Patrich), que se atribuyó a Lafón. - -Dado el estribillo de Puteche, naturalmente, se hizo este chiste fácil. -Un amigo le había dicho, señalando al niño de la mujer de Puteche: - ---¡Qué chico más guapo! - -Y él había contestado: - ---De Lafón. - -La anécdota era falsa, porque ni el chico era guapo ni Puteche había -dicho estas palabras. - -No se sabe por qué, si es que Lafón daba poco dinero a su querida, -o si es que ésta pretendía hacer economías; el caso fué que Puteche -comenzó a notar que la comida en su casa se reducía hasta unos extremos -inverosímiles. A pesar de su tranquilidad filosófica, un día Puteche -ya saltó, y, cogiendo indignado un plato de acelgas y tirándolo por la -ventana, dijo a su mujer: - ---No tienes vergüenza. ¿Esta es una comida regular para un marido -complaciente? - -Como la irregularidad de la vida de las dos hermanas la conocían todas -las comadres del barrio, los chicos Máximo y Patricio no lo ignoraban; -y cuando los dos primeros reñían, el uno decía al otro: "¡Chipiteguy! -¡Chipiteguy!", y el otro le contestaba: "¡Lafón! ¡Lafón!" Los padres, -por lo menos padres legales, se quedaban tan tranquilos al oirlo; no -así las madres; a veces, a éstas les entraba una cólera furiosa al -oír "¡Chipiteguy! ¡Chipiteguy! ¡Lafón! ¡Lafón!", y andaban con los -muchachos a zapatazos. Cuando murió Lafón decía Puteche: - ---Veinte años ha sido mi mujer la querida de Lafón y ese cochino no le -ha dejado nada en su testamento. - -Todo el mundo le tenía a Puteche por un cínico y por un sinvergüenza. -Indudablemente, al hombre le producía risa la idea de ser un marido -engañado y que lo que para otros es un motivo de tristeza y de -vergüenza, para él fuera un motivo de chunga. Sin embargo, algún -resquemor debía quedar en él, porque se dijo que, cuando se murió, se -le acercó la mujer a la cabecera de la cama y él la dijo: - ---Fuera p... - -Max Castegnaux y Patricio Larroque, los dos primos que de chicos se -echaban en cara su atribuída paternidad, llegaron a ser amigos. - -Max Castegnaux fué gran calavera. Una de sus gracias consistía en -decirle a Chipiteguy, cuando pasaba a su lado: "¡Adiós, padre!" - -Max, después de varias locuras, sentó plaza y estuvo en Argelia, donde -llegó a ser sargento. - -Patrich, el jorobado, se hizo sepulturero y consideraba a Chipiteguy de -la familia y le llamaba siempre tío. - -Al marcharse de la taberna de Ochandabaratz, Patrich llamó a un -violinista callejero y le hizo tocar; pero aburrió pronto a los -reunidos. - ---A ver tú, Patrich--dijo Ibarneche--; dinos algunos epitafios del -cementerio. - ---No, ahora no--replico el sepulturero. - ---Sí, sí--gritaron todos. - ---Bueno, pues allá va uno. Auténtico: el del niño Pedro Verrue: "Aquí -yace el niño Pedro Verrue, de tres años y dos meses. Fué abnegado, -discreto y justo. Su vida fué una larga cadena de sufrimientos, que -soportó con entereza y resignación cristiana". - -Todo el mundo se echó a reír. - ---¡Otro, otro!--dijeron. - ---El epitafio de la viuda de Routier, a quien conocimos todos por su -genio agrio; también auténtico: "Aquí yace María Francisca Bachelin, -viuda de Routier, muerta a la edad temprana de 79 años. Era un ángel. -Sus hijos, hijos políticos y nietos depositan sobre su tumba esta -corona por su virginal pureza". - ---¡Otro, otro! - ---"Aquí yace Juan Bautista Colardeau, muerto a los siete años y medio, -de la escarlatina. Fué buen hijo, buen ciudadano y amante de su patria. -Rogad por él". - -Siguieron las risas en el público. - ---¡Más, más! - ---No, basta por hoy--dijo Patrich con su aire rotundo--. Uno para -terminar, también auténtico: "Yace aquí Luis Bernardo Chevrau, -fabricante de jabón y de vulneraria de los Alpes. Fué padre de familia -modelo, sargento de la Guardia nacional y buen ciudadano. La humanidad -doliente le debe la mejor vulneraria suiza, que la viuda sigue -fabricando en Bayona, en la calle del Oeste, núm. 4". - -Rieron de este último epitafio y Patrich no quiso continuar. - - - - -V - -LOS INQUILINOS DE CHIPITEGUY - - -La casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos, era alta, negra, con -ventanas que se abrían en la obscura pared. - -Vivían en ella muchos inquilinos, la mayoría gente pobre, empleados -de tiendas y de oficinas, retirados y obreros. En los bajos había un -almacén de botellas y otro de carbón. - -La escalera de la casa, lóbrega y sombría, daba a un patio pequeño y -negro; el portal, húmedo, con una caseta cubierta de cinc, se hallaba -siempre a obscuras. La casa tenía cinco pisos y en cada piso tres -puertas; al lado de cada una colgaba la cadena de la campanilla con -un anillo de metal, y estos anillos, lo mismo que el pasamanos de la -escalera, estaban como lubrificados por una grasa viscosa y fría. - -De trecho en trecho, en la escalera siniestra, se abrían ventanas que -daban al patio, por las que se veía la parte de atrás de otras casas, -sombrías y leprosas. - -Por aquella escalera subían y bajaban viejas con aire de suspicacia -que parecían montones de ropa sucia, tocadas con calotas, cofias y -sombreros marchitos; con trajes que olían a trapo raído y a paraguas -mojados; y viejos de sombrero de copa antiguos y redingotes de otra -época que les llegaban hasta las pantorrillas. - -Al entrar en su casa, Chipiteguy se dirigió primeramente al almacén de -botellas del piso bajo. Cuidaba este almacén una vieja arrugada que -interrumpía a ratos la tarea de hacer media para comer pan y queso. -La vieja, al ver a Chipiteguy, se levantó y sacó de un armario el -dinero del alquiler; luego se puso a contar, medio en francés, medio en -vascuence, una historia aburrida de su juventud, riéndose de cuando en -cuando para mostrar sus encías, desprovistas de dientes. - -Del almacén de botellas pasó Chipiteguy al del carbón; luego subió a -los cuartos. Aquí vivía con su mujer un retirado, que mataba el tiempo -paseando por las calles o por el corredor de su casa. El retirado pagó -su alquiler en seguida. - -Otro inquilino era un español, siempre embozado en su capa, con una -venda que le tapaba la nariz y la boca. Este español se hacía pasar -por inválido de la guerra, cosa falsa, pues sus llagas procedían de un -lupus que le iba carcomiendo la cara. - -A pesar de ello, el hombre parecía contento, comía y fumaba y no se -preocupaba de su mal, lo que a Chipiteguy le producía gran extrañeza. -Este hombre se ponía de guardia a la puerta de las casas de los -carlistas de buena posición y no pedía limosna; tomaba lo que le daban. -El pseudo-inválido pagó su alquiler. - -Otra inquilina era una vieja ex-mercera. Esta vieja rica parecía -un montón de harapos. Llevaba botas muy grandes y destrozadas, un -bastón en la mano y pañuelo rojo en la cabeza. Al encontrarse con -Chipiteguy se lamentó de su falta de recursos. Al parecer, se quejaba -constantemente de su miseria, aunque todo el mundo sabía que guardaba -mucho dinero. - -En el último piso de la casa, en habitaciones medio aguardilladas, -vivían un maestro de música, apellidado Chibitua; un zapatero -sansimoniano, Palasou; un tornero y un español, el señor Sánchez de -Mendoza. - -Chibitua componía romanzas sentimentales y al mismo tiempo tocaba un -oboe en una banda. Tenía muchos hijos. Al pobre hombre, no se sabe si -de tocar el oboe o de escribir romanzas lacrimosas, se le había puesto -una cara tan triste, que se hubiera dicho que estaba siempre llorando. - -Viéndole de lejos con su instrumento, se llegaba a pensar si estaría -unido a él, pues el pico del oboe más parecía que pertenecía por -naturaleza al hombre que al aparato musical. - -El sansimoniano Palasou era un desdichado que tenía una zapatería de -portal cerca de la Puerta de España. Su mujer le había arruinado, -gastándose todo el dinero de la casa en caprichos absurdos. Madama -Palasou era una mujer pródiga que robaba al marido y gastaba el dinero -en cosas que no servían para nada. Hubo días que el zapatero no pudo -comer porque su señora había comprado un sonajero a un niño de la -vecindad, o un portamonedas a una conocida, o un alfiler de corbata a -un jovencito hijo de una amiga. - -Entonces Palasou, en protesta, había tomado tres graves -determinaciones: primero, dejarse el pelo largo; luego, enredarse con -una criada de la vecindad, y por último, declararse ante el mundo -partidario de las doctrinas socialistas de Saint Simon. - -El tornero se pasaba la vida dentro de su guardilla, en el torno, -haciendo unos ruidos que daban dentera a todos los vecinos. Era un -hombre que tenía el mismo color que los objetos de boj que torneaba en -su aparato y muchos chiquillos que correteaban por la escalera. En la -última guardilla hacía tres meses vivía un español emigrado carlista, -don Francisco Sánchez de Mendoza. El señor Sánchez de Mendoza era -hombre grueso, de bigote negro y patillas cortas, con aire pesado, -ictérico y triste. - -Chipiteguy llamó en su casa tirando de la campanilla, esperó a que le -abrieran y pasó. - -Abrió la puerta la mujer del emigrado, una mujer triste, con una -toquilla atada por las puntas a la espalda, y preguntó a Chipiteguy en -castellano qué es lo que quería. - -Explicó Chipiteguy que era el amo de la casa, que venía a cobrar -el alquiler del mes, y la mujer, un tanto azorada, fué a avisar a -su marido. El señor Sánchez de Mendoza se presentó vestido con una -chaquetilla de lienzo blanco llena de manchas y con un aire inquieto y -tímido. - ---Este ciudadano no paga--se dijo Chipiteguy en su fuero interno. - -El señor Sánchez de Mendoza invitó a Chipiteguy a pasar al comedor. -Este comedor, con su papel amarillento y una alcoba en el fondo, -era de una pobreza un tanto cómica. Tenía un armario embutido en la -pared, con unos papeles recortados y calados en los estantes; una -ventana al patio, la mesa de pino, unas cuantas sillas rotas y cada -una de distinta forma, un canapé lleno de jorobas, unas litografías -iluminadas, clavadas con chinches, del periódico _La Moda_, y dos -grandes escudos nobiliarios, pintados a la acuarela. En las puertas de -la alcoba había unas cortinillas zurcidas. En la ventana, tiestos con -unos geranios raquíticos. Asomándose se veía el patio, como un antro -negro, cruzado con cuerdas con ropas puestas a secar. Todo en la casa -translucía miseria, abandono, con cierta nota de petulancia cómica. - ---El mobiliario entero no vale cincuenta francos--se dijo Chipiteguy, -que tenía buen ojo de tasador. - -El señor Sánchez de Mendoza se puso a hablar, turbado, como quien busca -una salida a una situación penosa. Dijo a Chipiteguy que había sido -durante algún tiempo empleado en la Real de don Carlos y que por las -intrigas de los enemigos se había visto forzado a marcharse. - -El emigrado parecía un pobre hombre lleno de pánico al encontrarse solo -y sin dinero en un país extraño y daba la impresión de que no tenía -ningún recurso, ni se le ocurría hacer nada para encontrarlo. - -Sánchez de Mendoza no sabía el francés y estaba azorado al encontrarse, -por capricho de la suerte, en Bayona, en casa de Chipiteguy, de la -calle de los Vascos. El señor Sánchez de Mendoza, por lo que dijo, -tenía mujer y dos hijos, un varón y una hembra. - -Mientras el emigrado hablaba atropellada y confusamente, Chipiteguy, -convencido de que no iba a cobrar, se sentó en una silla del cuarto. - -A medida que examinaba la casa, el aire de miseria le parecía mayor. -En la alcoba próxima, que se veía por una rendija de la puerta, se -advertían dos camas en el suelo y un baúl estropeado. La alcoba, -dividida por una colcha de colores, rota y agujereada, servía, sin -duda, para los dos hijos del carlista. - -El señor Sánchez de Mendoza, después de muchos circunloquios, manifestó -a Chipiteguy que por entonces no tenía dinero y le pidió que esperara -algunos días a que pudiera pagarle. - ---¿Cuántos días?--preguntó Chipiteguy. - -Sánchez de Mendoza no contestó directamente a la pregunta y se puso a -exponer sus lástimas, y al mismo tiempo que contaba sus desgracias, -habló de sus blasones. - -Era de la Mancha. Le habían embargado sus fincas; había empleado su -dinero en la causa. Su familia era antigua e ilustre. - ---¿Usted habrá oído hablar de los Sánchez de Mendoza?--preguntó -humildemente a Chipiteguy. - ---Sí, algo me suena ese nombre. - -Chipiteguy, con su tendencia a la contemplación, vió que el pequeño -aparador del comedor, con sus papelitos calados, estaba vacío, y notó -que los geranios que se veían en la ventana nacían en unos pucheros -rotos, rodeados con unas telas de color. - ---Bien; está bien--dijo Chipiteguy, saliendo de su estado absorto--; -pero, ¿usted que piensa hacer? - ---Yo, trabajar si encuentro algo que me convenga, y que trabajen mis -hijos también--contestó el emigrado. - ---Pero concretamente, ¿qué va usted a hacer? - -¡Concretamente! Esta palabra no figuraba en el repertorio del señor -Sánchez de Mendoza. - -El emigrado consultó con su mujer, que salió de la cocina mal vestida y -macilenta. - -Luego se presentaron un chico de diez y siete años, de cara inteligente -de muchacho avispado y hambriento, y una chica algo mayor que él con el -mismo aspecto. - ---¿Son sus hijos?--preguntó Chipiteguy. - ---Sí; éste está pintando a la acuarela unos escudos; mi chica sabe -bordar. Enséñale lo que bordas a este señor. - -Sánchez de Mendoza había notado ciertos síntomas de simpatía en el -casero y quería aprovecharlos. - ---Yo desearía que salieran ustedes pronto de esta situación--dijo -Chipiteguy--; por su familia, y también para que me pagara usted. - ---Muchas gracias, caballero. - ---Gracias, no. Yo insistiré en cobrar. - -El no era hombre sin corazón, pero quería cobrar. - -El chico y la chica, los dos con su aire avispado y enfermizo, -volvieron al comedor, él con unas cartulinas donde había pintado a la -acuarela unos escudos de nobleza; ella, con sus bordados en colores. -Chipiteguy vió lo que hacían los dos y reflexionó. El podía llevar al -chico para que trabajara en su casa y recomendaría a la chica en la -tienda de antigüedades de la Falcón. - ---Yo tengo un almacén de hierro y he sido trapero--dijo Chipiteguy--; -no aparezco, pues, en el Almanaque de Gotha. Si usted y el chico -quieren, que venga él conmigo, yo haré que trabaje y ya veré lo que le -puedo dar. - ---¿Pero quiere usted tenerlo como criado?--preguntó tristemente el -señor Sánchez de Mendoza. - ---Como empleado. Hará las mismas cosas que yo hago. Yo barro a veces -la tienda; él la barrerá también. Yo voy a las casas a comprar hierro -viejo. El hará lo mismo. - ---¿Y dónde comerá? - ---Conmigo. - ---No, en la cocina. - ---No. Yo me encargo de mantenerle y de vestirle; luego ya veré lo que -le puedo dar. - -El chico escuchaba la conversación de Chipiteguy y de su padre con gran -ansiedad. - - - - -VI - -LOS SÁNCHEZ DE MENDOZA - - -La familia de los Sánchez de Mendoza llevaba ya más de seis meses -rodando por distintos puntos de Francia. Había estado en Burdeos, en -París y, por último, en Bayona, perseguidos implacablemente por la -miseria. - -El señor Sánchez de Mendoza se hacía la ilusión de que la miseria le -había sorprendido, como puede sorprender un catarro; pero era lo cierto -que siempre había vivido pobremente y de mala manera. - -El señor don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, Montemayor y Porras, -era manchego, de una pequeña aldea, entre Minglanilla y Graja de -Iniesta. - -Sánchez de Mendoza hablaba de su casa como si fuera un palacio y -elogiaba a Minglanilla como si se tratara de un emporio. - -En cambio, su mujer, natural de Cañete, encontraba su pueblo el centro -del universo y todo lo comparaba con él. - -Alvarito, el hijo de don Francisco, había vivido los primeros años de -la niñez entre Graja de Iniesta y Cañete, y, aunque no recordaba bien -estos pueblos, creía, bajo la palabra de honor de sus ascendientes, que -eran verdaderamente admirables. - -El padre de Alvarito, don Francisco Xavier, había educado a su hijo en -el respeto por la Religión, el Rey la Nobleza, como hidalgo de limpia y -esclarecida prosapia. - -Algunos enemigos mordaces, ¿quién no los tiene?, aseguraban que el -señor Sánchez de Mendoza se llamaba, sencillamente, Francisco Sánchez, -que quizá su padre o su madre tuvieran algún apellido Mendoza, y que -con la facilidad de arreglar los asuntos familiares al gusto de uno en -una época obscura se hacía llamar Sánchez de Mendoza. - -Se decía que su padre había sido secretario del Ayuntamiento de un -pueblo de la Mancha y que no había tenido nunca una peseta. Don -Francisco, en cambio, aseguraba que su padre fué segundón de una casa -hidalga, ilustre y rica, y que tuvo un alto cargo en Cuba. - -Sánchez de Mendoza mostraba su escudo a todo el que quisiera verlo, un -escudo con más cuarteles que un pueblo prusiano. - -El ilustre hidalgo de la familia de los Sánchez de Mendoza no podía -emplearse en quehaceres vulgares y plebeyos. Como el perro de la fábula -de Samaniego, pensaba que esto se lo debía a haber nacido perro y no -pollino. - -En su casa de la calle de los Vascos, don Francisco Xavier se dedicaba -a ver cómo trabajaban los individuos de su familia, cómo guisaba su -mujer y cómo bordaba su hija. Alguna rara vez pintaba a la acuarela los -escudos que dibujaba su chico. - -Los Sánchez de Mendoza y los Montemayor le preocupaban demasiado para -que él pudiera consagrarse a trabajos de baja estofa. Había descubierto -don Francisco Xavier que uno de sus antepasados, un Pérez del Olmo, era -bastardo, y el terrible descubrimiento y la necesidad de poner en su -escudo una barra de bastardía le preocupaba tanto, que este pensamiento -no se separaba jamás de su espíritu. - -El señor Sánchez de Mendoza se consideraba literato; había escrito un -artículo, "Españoles y católicos antes que nada", y una hoja impresa -con este título: "Vindicación de don Francisco Xavier Sánchez de -Mendoza, Montemayor y Porras, de los calumniosos cargos hechos contra -él. Dedicada al Rey Nuestro Señor Su Majestad don Carlos V". - -Los que habían leído esta "Vindicación" decían que en ella no se podían -averiguar cuáles eran los calumniosos cargos que se habían hecho a don -Francisco Xavier; pero en la hoja se hablaba del condigno castigo, de -las venerandas tradiciones, de la hidra de la anarquía y de la defensa -del trono y del altar, y esto, naturalmente, ya era algo. - -Todos aquellos lugares comunes políticos, empleados principalmente por -sus correligionarios, sonaban muy agradablemente en los oídos de don -Francisco Xavier, y a veces le conmovían, hasta tal punto, que sentía -que le brotaban las lágrimas y se le apretaba la garganta. - -El artículo y la "Vindicación", las dos obras más importantes salidas -de su pluma, preocupaban mucho al buen hidalgo. Pensaba si sería el -momento de hacer una segunda edición de ellas; suponía que el mundo -entero las había tomado en cuenta. Con estas preocupaciones era -imposible que el hidalgo se acomodase a un trabajo vulgar. - -La mujer de Sánchez de Mendoza, a pesar de ser más joven que don -Francisco Xavier, parecía más vieja; era una pobre mujer pálida, flaca, -fatídica, que había vivido siempre miserable y que siempre estaba -prediciendo desgracias. Para ella todo tenía que terminar, más pronto -o más tarde, perfectamente mal. - -Además, esta mujer poseía el talento de interpretar sus sueños, talento -que había comunicado a su hijo Alvaro, que se preocupaba con espanto de -sus pesadillas y quería encontrar una explicación racional de ellas. - -La madre de Alvarito pretendía encontrar relaciones absurdas entre los -sueños y los acontecimientos. - -Soñar con toros era buena suerte; en cambio, soñar con habichuelas, -significaba desgracia. El arroz, en sueños, era siempre cosa buena, y -las patatas, mala. - -Ella no comprobaba nunca tan absurdas suposiciones; pero esto, en vez -de convencerle de la inanidad de sus hipótesis, las afirmaba, porque -las mezclaba con otras supercherías entre mágicas y cabalísticas. - -Alvarito era propenso, como su madre, a las fantasías y a las -supersticiones. De chico había sido sonámbulo y su familia le había -encontrado muchas veces sentado en camisa en la cocina o metido debajo -de la cama. Había tenido, durante mucho tiempo, grandes miedos de -noche, despertándose al poco tiempo de dormirse, estremecido, gritando, -y quedando durante largo tiempo asustado y con una gran angustia. - -Alvarito pensaba mucho en sus sueños; su madre le hacía fijarse en -ellos. Cuando estaba fuerte soñaba con recuerdos de épocas muy remotas; -en cambio, cuando estaba débil, intranquilo o inquieto, soñaba con -acontecimientos más próximos. - -Alvarito, en sus sueños, era siempre valiente, atrevido y cruel. ¿Seré -yo así?--se preguntaba a veces él, preocupado--. Con frecuencia soñaba -con el mar. Iba por un muelle que avanzaba entre olas tempestuosas, a -un lado y a otro, al que no se le veía fin. Otras veces marchaba por un -camino, entre sombras, y, al terminar, le aparecía un túnel de luz. - -Con la existencia mísera y triste que había llevado era débil y -nervioso. Su vida para él tenía una apariencia de algo trágico. - -Recordaba, vagamente, el viaje que había hecho con su madre y su -hermana, en condiciones malas, desde Cañete a Vergara, donde estaba -empleado su padre en las oficinas del Real. - -La salida de Vergara a Francia la recordaba como un episodio lastimoso. -El viaje a Burdeos le parecía algo enorme; los franceses eran monstruos -que se echaban sobre ellos, y su padre se le presentaba entonces como -un Orfeo, dominando las fieras. Luego, al pasar el tiempo, el pobre -Orfeo, don Francisco Xavier, se iba achicando en su retina. - -Comenzaba para él la época en que el hijo que ha mirado a su padre como -un modelo empieza a criticarle y a encontrarle defectos. ¿No sería su -padre demasiado charlatán?--se preguntó Alvarito--. ¿No sería demasiado -egoísta. - -Entonces, poco a poco, su cariño y su admiración iban marchando a su -madre y a su hermana, las dos sufridas y resignadas, que no salían a -pasear, ni iban a darse tono, ni a contar mentiras a las tertulias -carlistas. - -Alvarito estaba poco desarrollado para sus diez y siete años. Era -alto, pero estrecho de espaldas, de aire expresivo y de mal color. -Espiritualmente era un muchacho despistado, sin rumbo; había pasado -parte de la niñez en Cañete, en casa de unos tíos suyos, gente pobre, -pero orgullosa y fantástica, en donde no se comía apenas, pero se -presumía de firme. En aquella casa se vivía, principalmente por fuera, -con la preocupación exclusiva de aparentar. Se hablaba de que se comía -bien, de que se tenía dinero de sobra. Los tíos de Alvarito creían que -todo el pueblo les espiaba y les parecía necesario darse importancia a -fuerza de embustes. - -Alvarito, en los seis meses que llevaba en Francia, había aprendido el -francés. El muchacho conservaba las preocupaciones de su padre y de -su madre y no podía zafarse de ellas. Al principio no quería salir de -casa. Estaba asustado. La calle le parecía la enemiga natural de su -pobre hogar y cada francés un monstruo, devorador de familias españolas. - -Alvarito había pensado, siguiendo las indicaciones de su padre, entrar -en el ejército carlista; pero no tenía la edad necesaria y la situación -del partido iba siendo tan mala, que temía no llegar a encontrar el -momento oportuno. - -El joven Sánchez de Mendoza quería sentir con el mismo fervor el -entusiasmo monárquico de su padre; pero no le era tan fácil, y por más -esfuerzos que hacía por exaltarse, la cuestión de la legitimidad no le -llegaba a preocupar. - -Había oído en Bayona y en Burdeos discutir el pro y el contra de esta -cuestión. - -Alvarito quería pensar que la guerra era la santa cruzada de los buenos -contra los malos, de los religiosos contra los impíos. Alvarito quería -creer que los carlistas eran todos honrados y caballerosos, incapaces -de villanías; que don Carlos era un santo, y que el honor, la lealtad, -la Patria y el Rey tenían un altar en el pecho de cada carlista. No -sabía si en el tópico admitido el altar estaba en el pecho o en el -corazón. Seguramente no estaba en el bazo ni en el hígado. - -A pesar del altar pectoral o cardíaco, Alvaro estaba oyendo hablar -a cada paso de trastadas, de chanchullos y de traiciones en el campo -carlista. - -Al pensar en entrar en el ejército de don Carlos, lo que le preocupaba -principalmente a Alvarito era el temor de quedar mal. ¿Tendría -suficiente valor? La muerte no le arredraba; pero suponía que no debía -ser siempre fácil dominar los nervios. - -Su miedo era que le vieran en un momento de depresión. Temía no poder -estar a la altura de los demás, sobre todo a la altura del modelo -imaginado por él. - -Pensaba, a veces, que quizá su falta de energía dimanaba de sentirse -decaído por la mala alimentación. - -Alvarito sabía poco; había aprendido a leer, a escribir y a hacer -cuentas y a pintar a la acuarela escudos nobiliarios, que vendía su -padre a los españoles emigrados, aristócratas y ricos. - -Alvarito mantenía la ilusión de pensar que quizá poseyera algún talento -de pintor. Le gustaban las estampas que reproducían cuadros de la época -de David, Ingres y el barón de Gros, y se imaginaba, a veces, que le -gustaría más ser pintor que militar. - -Había visto también grabados que reproducían cuadros de Ribera, de -Zurbarán y de Velázquez, que le sorprendieron, y le parecieron muy -malos. ¿Cómo gustará eso?--se preguntaba él, y no lo comprendía. - -Alvarito era un muchacho muy nervioso, muy inquieto, que tenía de noche -grandes terrores. - -La preocupación por los sueños, que le había inculcado su madre, le -tenía amedrentado. Muchas noches se despertaba temblando y creía oír la -respiración de un hombre que le espiaba a pocos pasos de la cama. - -Los vecinos de la casa de la calle de los Vascos le aterrorizaban. -Había una vieja enlutada, a quien se había encontrado en la escalera -varias veces, al anochecer, y le había mirado con una sonrisa -insinuante, y pensar en ella le ponía la carne de gallina. - -Los cuartos obscuros, las alamedas solitarias al anochecer, las orillas -del río, todo esto le impresionaba. - -Las mismas estampas le daban, a veces, una sensación de misterio y de -pavor. Había una que había visto en un escaparate que le perturbaba. -Representaba una dama elegante con un talle esbelto, al lado de un -joven melenudo, con el pantalón de trabillas y el frac. La escena -ocurría en el salón de un palacio, delante de un piano. La dama tenía -un aire lánguido; en cambio, el hombre la miraba con unos ojos de loco. - -Alvarito no sabía lo que representaba; pero aquella escena le daba -impresión de vértigo. Como predispuesto a ver cosas raras, en ocasiones -las veía o las creía ver. Una de las veces que salió de noche en Bayona -a dar un recado a un personaje carlista, su padre estaba enfermo, iba -por una calle casi obscura, con tapias a un lado y a otro, que no tenía -más que algún farol de tarde en tarde, cuando vió venir un jorobado -pequeño, cuadrado, petulante, con bigote y perilla cana; al cabo de -poco tiempo, otro jorobado, y poco después, otro. Estos tres jorobados -le produjeron tal espanto, que echó a correr hacia su casa. Luego, su -madre y él discutieron largo tiempo si estos tres jorobados serían -reales o imaginarios, y si eran imaginarios, qué podían representar. - -Llegó una época en que Alvarito notó que la alarma, la inquietud, -nacían en él antes que el motivo y que después encontraba el motivo -para legitimar su alarma. Tardó mucho en comprender esto, y, cuando lo -comprendió, se sintió más miserable y más desvalido que nunca. - - - - -VII - -PRIMEROS CONTACTOS CON LA REALIDAD - - -Cuando Chipiteguy hizo su propuesta de llevarse a Alvarito, éste miró -la expresión de sus padres, y al ver que los dos aceptaban, fué a su -cuarto, se vistió con su mejor ropa, besó furtivamente a su madre y a -su hermana y salió de casa con el viejo trapero. Marcharon los dos por -el muelle de los Vascos, cruzaron el puente Panecau y entraron en la -plaza del Reducto. - -Alvarito se encontró poco contento en el almacén y en la tienda de -Chipiteguy; le pareció todo aquello desordenado y sucio; pero cuando le -avisaron para comer y le invitaron a lavarse las manos y vió la mesa -abundantemente servida y se sentó entre Manón y la andre Mari, se dijo -que, si no le echaban por torpe, se quedaría allí. Pensaba cumplir de -la mejor manera posible. Por la tarde hizo con buena voluntad todo -lo que le mandaron; cenó también opíparamente y, después de cenar, -la Tomascha llevó al pequeño español, como le llamaron a Alvarito en -la casa, a un cuarto aguardillado del piso tercero lleno de trastos -viejos, y le mostró su cama. - -En aquella guardilla había una estantería con algunos libros, un reloj -de cuco, parado, y sobre unas arcas antiguas gran cantidad de manzanas, -peras y membrillos, que echaban un olor excelente. - -En las vigas de aquel camarachón había muchas arañas y Alvarito podía -contemplar sus ejercicios gimnásticos en sus hilos. - -Por la ventana se veía el río y los tejados del muelle de los Vascos. -Desde los primeros momentos que estuvo Alvarito en casa de Chipiteguy -se pudo comprender que tenía actividad y deseo de trabajar; lo malo era -que a estas condiciones y a su buena intención se unía gran timidez. - -Alvarito no tenía costumbre de trabajar. Tampoco tenía soltura ni -confianza en sí mismo. Desconfiaba y pensaba que no sería simpático -ni oportuno. Esta idea y la de verse precisado a ganarse la vida de -cualquier manera le daba una actitud encogida y torpe. - -Chipiteguy se reía de él. - ---El pequeño aristócrata, el pequeño español con blasones parece que no -da pie con bola--decía a su nieta. - ---Déjale, abuelo; ya lo hará mejor. El pobre pone toda su buena -intención. - ---Sí, es verdad; por eso yo no le digo nada. Es un chico que está bien, -muy delicado, no se quedará con un céntimo. Tiene un amor propio un -poco cómico. - ---Eso no es un defecto. - ---No, no. ¡Pero qué torpes son estos aristócratas! Cuando le faltan sus -rentas y tienen que emigrar, ya no sirven para nada. - -A las dos o tres semanas de estar en el almacén, Chipiteguy dedicó a -Alvarito a llevar cuentas. - -El sitio donde tenía que trabajar el joven Sánchez de Mendoza, no -muy alegre, entristecía al muchacho. Era un cuarto casi obscuro, con -un ventanal que daba al patio, con los cristales rotos, compuestos -con papeles pegados, ya sucios y polvorientos. Había en este cuarto -una estantería negra con fajas de facturas, una caja de caudales, una -mesa y dos bancos. Desde el ventanal se veían los montones de chatarra -roñosa y los fardos de trapos. Había en toda la casa muchas ratas, -algunas tan atrevidas que le miraban descaradamente a Alvarito, lo que -a éste le hacía gracia. De noche se les oía roer la madera. - -Frechón, el dependiente de Chipiteguy, tipo atrabiliario y malhumorado, -declaró la guerra a Alvarito desde que le vió e hizo lo posible -para que le resultara todo al revés. Frechón le ponía siempre mala -cara, le daba bufidos por cualquier cosa, y cuando no, comenzaba a -silbar y a descoyuntarse las falanges de los dedos y a hacer un ruido -desagradable, como de huesos de esqueleto, que inquietaba a Alvaro. -Unas veces se tiraba de los dedos para producir el sonido, y otras se -apretaba los nudillos, que resonaban como una carraca. - -Frechón, que era republicano y patriota francés, mortificaba al -muchacho como español carlista. - ---Don Carlos es un imbécil--le solía decir con frecuencia, como quien -lanza un esputo--; los españoles son unos asnos. - -Frechón le dirigía extrañas preguntas a Alvarito. - ---¿Sabes tú lo que harán, al fin, los liberales con vuestro Rey, con -ese papanatas de don Carlos?--le preguntó un día. - ---¿Qué? - ---Llevarlo a la guillotina y crac. - -Otro día le preguntaba: - ---¿Tú sabes quién era Marat? - ---Un monstruo. - ---Eso creéis vosotros los realistas. Era un hombre admirable, que pidió -la cabeza de trescientos mil aristócratas. - -Otro día le decía: - ---¿Tú no has oído hablar de la papisa Juana? - ---Yo, no. - ---Pues era una mujer que fué papa y que parió cuando iba en una -procesión. - -Alvarito iba tomando gran antipatía por Frechón y pensaba que algún día -tendría que desafiarle. - -Muchas veces Alvarito reflexionaba sobre su situación. Creía que -depender de un trapero y vivir en su casa era una heroicidad para un -aristócrata como él. Más que nada, la verdadera heroicidad pensaba que -consistía en vencer el ridículo. Encontrarse bien de dependiente en -una tienda de trapos y de hierro viejo tenía su mérito. Esto era ya -socialmente tan bajo, que por ello mismo impedía que fuese ridículo. -Prefería la trapería a una camisería, o a una bisutería, o a una tienda -de guantes, donde hubiese tenido que tratar a clientes distinguidos que -le hubieran mirado de arriba abajo. - -Además, Alvarito tenía el bello pretexto de encontrarse prendado de la -nieta del patrón y pensaba que con el amor ya no podía haber ridiculez -posible. - -Alvarito sentía gran temor por ponerse en ridículo. La idea sola -le hacía palidecer y su amor propio le pintaba ocasiones de quedar -humillado en todas partes. - -Muchas gentes de la vecindad, como si hubieran adivinado su flaco, -parecían empeñadas en burlarse de él. El chico de una tienda próxima -de la calle de Bourg Neuf, una tienda de objetos de pesca, que se -titulaba "Al Pescador", le llamaba siempre trapero. Sin duda había -notado que le molestaba, y por eso mismo repetía con más frecuencia la -palabra. - -Varias veces el chiquillo salía a la calle con un saco, se lo echaba al -hombro y gritaba: - ---¡Galonero! ¡Compro trapos viejos!--y miraba a los balcones. - -Alvarito, mortificado, hacía como que no se enteraba. - -También Claquemain, el mozo carretero, manifestaba antipatía por el -joven Sánchez de Mendoza. Con su bigote grande, la barba sin afeitar y -los ojos rojos, solía tomar un aire amenazador. A veces se ennegrecía -la cara con carbón y se ponía a hacer gestos y a sacar la lengua y a -ponerse bizco para asustar al muchacho. Alvarito se estremecía de miedo. - -Cerca de la casa de Chipiteguy vivía un loco que se paseaba arriba y -abajo con un sombrero metido hasta las orejas y un gabán raído. A veces -tenía ataques y entonces daba unos gritos espantosos. - -Los chicos se burlaban de él y le llamaban Abadejo y Tripa seca, y él -mascullaba una serie de frases violentas contra ellos. Este loco tenía -las orejas grandes, los ojos torcidos y la cara cómica. - -Cuando el loco veía a Alvarito se le acercaba y solía decirle a voz en -grito: - ---Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey! - -Y un loro de un balcón que se había aprendido la retahíla repetía -también: - ---Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey! - -Alvarito experimentaba, sobre todo al principio, una gran tristeza al -verse en la tienda del trapero. Allí, en casa de Chipiteguy, nadie le -conocía; comprendía que pensar en su pobre situación era mortificarse -por capricho, que nadie se fijaba en él; pero no podía evitar el -sentimiento de vergüenza de estar empleado en una trapería. - -Poco a poco se le fué pasando esta vergüenza y pensó que podría darse -por muy contento si la suerte le hiciera sustituír a Chipiteguy -casándose con Manón. - -En casa del trapero, Alvarito conoció a don Eugenio de Aviraneta y le -oyó hablar. Don Eugenio solía ir a comer con frecuencia en compañía de -Chipiteguy, y en estos días la comida era todavía más cuidada que de -costumbre. - -Aviraneta bromeaba mucho con Manón y la galanteaba; también solía -hablar con Alvarito y le hacía preguntas acerca de su vida y de su -familia y se reía al oír las contestaciones del muchacho. - -Un día éste oyó decir que las relaciones entre Chipiteguy y Aviraneta -procedían de ser los dos masones. Esta suposición aguzó la curiosidad -del joven Sánchez de Mendoza. ¿Serían aquellos dos hombres masones? -¿Pertenecerían a la tenebrosa secta? Aviraneta y Chipiteguy solían -hablar mucho a solas de sobremesa, con su copa de licor delante, el uno -fumando su pipa, y el otro, su cigarro habano. - -Hablaban de personas que habían conocido, y Aviraneta contaba un sin -fin de hechos y de anécdotas de gente que había encontrado en Francia, -en Egipto, en Grecia, en América y en España. - -Chipiteguy le oía encantado. A veces le preguntaba: - ---¿Qué fué de aquel Nantil? ¿Qué hizo aquel Cugnet de Montarlot? - -Alvarito, cuando oyó por primera vez hablar de jacobinos, franciscanos, -cordeleros, de gentes de Obispado, creyó que la Revolución francesa la -habían hecho los frailes. - -Alvarito era demasiado correcto para espiar a su amo y se decidió a -hacerle preguntas, y como vió que a Chipiteguy no le molestaban, sino -que, por el contrario, le agradaban, tuvo largas conversaciones con el -viejo, sobre todo después de cenar. - ---¿Pero eran buenos de verdad los hombres de la Revolución -francesa?--le preguntó una vez Alvaro. - ---Había de todo; algunos eran demasiado buenos y demasiado honrados. -Yo fuí una vez con Basterreche al Ministerio de Hacienda durante el -Terror, y vimos al ministro, el señor Des Tournelles, que se componía -las medias con una aguja en un salón y tenía millones en las cajas. -Claro que hubo muchos abusos. Aquí se contó que un convencional, unos -decían que Cavaignac y otros que Pinet, prometió salvar la vida del -padre de una señorita Labarrere, si ésta se entregaba al convencional, -y luego parece que se guillotinó al padre. Los hombres, vistos de -cerca, indudablemente valen poco--decía el viejo trapero--; no va a -haber a la vuelta de la esquina un César o un Alejandro. - -Chipiteguy recordaba muchas escenas del tiempo del Terror en París, en -Burdeos y en Bayona, y las recordaba en todos sus detalles. - -Había conocido también la ciudad de Estrasburgo bajo la tiranía del -fraile revolucionario Eulogio Schneider y de su sociedad La Propaganda. -Había hablado con Schneider, que era discípulo del iluminado -Weisshaupt. Este Schneider era el Marat de Estrasburgo, un Marat a la -alemana, predicador y místico. Chipiteguy le vió en París cuando le -guillotinaron. - -En la capital, durante algún tiempo, Chipiteguy conoció a Etchepare y a -algunos otros vascos, amigos de Basterreche, de Pereyra, etc. - -Durante algún tiempo se reunían en tertulia en casa de este Pereyra, -judío de Bayona, que tuvo en la época del Terror una tienda de tabaco -en París, en la calle de San Dionisio, en la que se veía como muestra -un gorro frigio colorado. Cuando Pereyra fué preso, naturalmente, se -deshizo la tertulia. - -Después Chipiteguy se alejó de París y estuvo de soldado republicano en -la Vendée y luego marchó a vivir a Bayona. - -Fué Chipiteguy amigo de Gastón Etchepare, el tío de Aviraneta, -de Bidart. Otro de sus conocidos, compañero a quien él debía -favores, Juan Gorostarzu, había sido guillotinado en Ezpeleta por -contrarrevolucionario. - -Poco después, al suprimir el Gobierno el convento de Visitandinas de -Hasparren, la cuñada de Gorostarzu, que estaba en este convento, fué a -su casa, Arozteguia de Ezpeleta, y puso una escuela, en donde enseñaba -a los chicos y chicas las primeras letras mientras ella hilaba. En esta -escuela había estudiado el padre de Manón y el poeta vasco, el capitán -Duvoisin, a quien Chipiteguy había conocido de niño. - -Chipiteguy legitimaba el Terror. Era necesario--decía él--para -implantar una sociedad nueva, con menos abusos, más justicia y más -libertad. Según él, en todo el país vasco y en las Landas la población -estaba en contra de los republicanos franceses y a favor de los -monárquicos españoles, dispuestos a entregarse a éstos; de aquí que los -convencionales Pinet y Cavainac tuvieran que extremar la violencia. - -Los esfuerzos del Comité revolucionario de Labour, formado por Hiriart, -Dithurbide y Daguerrezar, no habían tenido éxito, ni las proclamas -llamando a los emigrados, escritas en vascuence y en francés en _Juan -de Luz_ (estaban suprimidos los santos hasta en los nombres de los -pueblos) y firmadas por Izoard, Meillan, Chaudron-Rousseau y Paganel. - -Chipiteguy le contaba a Alvarito muchas historias de su tiempo, con -grandes detalles; el desarrollo de las intrigas políticas, el cómo -había conseguido su fortuna la mayoría de los ricos del pueblo y la -marcha de los acontecimientos de la Revolución, del Imperio y de la -Restauración. - -A Alvarito le chocaba que el viejo tuviera entusiasmo por la -Revolución. En cambio, de la guerra hablaba siempre mal. - ---¡_La guerre_!--decía--. _C'est une saleté abominable._ - ---¿De verdad? - ---Sí. Tú le has oído a don Eugenio hablar mal de la guerra, pues tiene -razón; además de ser una porquería, es una pobre estupidez. - -Solía añadir también otras veces: - ---Esa salsa de la guerra hay que probarla si se encuentra ocasión. Se -aprende a conocer a los hombres. - ---Sí, así debe ser--afirmaba Alvarito. - ---Lo que no impide para que sea una porquería abominable. - -A veces Chipiteguy decía convencido: - ---A aquel pobre Maximiliano le engañaron. - ---¿A qué Maximiliano? - ---A Robespierre. - -A Alvarito le parecía como una obligación de su empleo el escuchar las -opiniones del viejo sin protestar. - -Hablaba también Chipiteguy de los amigos que había tenido durante el -Imperio. - -Recordaba con frecuencia al escritor revolucionario Bonneville, -republicano entusiasta, que tenía en su vejez una librería de viejo en -París, en el Barrio Latino, en el Pasaje de los Jacobinos, y a quien -había visto, por última vez, hacía quince años. Este Bonneville había -escrito bastantes libros, entre ellos uno muy absurdo: _Los jesuítas -echados de la masonería y sus puñales rotos por los masones_, en el que -trataba de demostrar, con argumentos muy fantásticos, que los jesuítas -eran masones, de la secta de la Rosa Cruz. - -Había conocido también Chipiteguy a Albertina Marat, la hermana de -Marat, que vivía en 1838 en una guardilla de la calle de la Barillerie, -en el mayor aislamiento, y trabajaba haciendo agujas de reloj para la -casa Breguet y había visitado a la hermana de Robespierre, Carlota, -desconocida en París, que se hacía llamar la señorita Delaroche. - -A veces discutían Aviraneta y Chipiteguy. Aviraneta decía que los -franceses habían arreglado tan bien la historia de la Revolución -francesa, que a todo le habían dado un aire grandioso; así la toma de -la Bastilla, la batalla de Valmy y la de Jemmapes, que no eran en sí -grandes acontecimientos, parecían cosas épicas. - ---No, no--replicaba Chipiteguy--. Esos acontecimientos se consideraron -como símbolos. - -Cuando no había visitas en casa del trapero se leían los periódicos. Se -recibían _El Constitucional_ y _Le Journal des Debats_, de París, y los -dos diarios de Bayona, _El Faro_ y _El Centinela de los Pirineos_. - -La sobremesa de noche tenía otras compensaciones. A veces cantaba y -tocaba el piano Manón, y con frecuencia venían su prima Rosa y otras -amigas y se bailaba. Algunas noches jugaban a las damas y al ajedrez. -Alvarito casi siempre perdía. No tenía ningún talento para estos -juegos. Como Alvarito se hallaba pobremente vestido, Chipiteguy le -envió al muchacho al sastre para que le hiciera un traje a la moda, -con el cual estaba muy bien. - -Los domingos, por la mañana, Alvarito se levantaba más tarde que los -días de labor; se ponía elegante, con su traje nuevo, y mientras un -mendigo con su organillo pasaba por delante de la casa del Reducto y -tocaba casi siempre el vals de _El Carnaval de Venecia_, él bajaba -las escaleras y salía a la plaza. Veía la procesión de aguadores, de -muchachas y de judíos que venían por el puente de barcas de Saint -Esprit. Se dirigía a la Catedral, oía misa e iba luego a ver a su -familia. Llevaba todo el dinero que le daban a entregárselo a su madre, -y luego ella le volvía a dar uno o dos francos para el bolsillo, como -le decía. - -Alvarito se quedaba a comer con los suyos; pero, a pesar del amor a la -familia, encontraba la comida de la calle de los Vascos muy deficiente. - -Alvarito nunca había comido como en casa de Chipiteguy; probablemente -había supuesto, hasta antes de entrar en ella, que el estado natural -de la Humanidad era el del hambre; jamás había visto, hasta entonces, -aquellos platos de carne suculenta, los capones blancos y grasos, los -pavos rellenos, los pescados sonrosados, las verduras de todas clases, -las trufas, los espárragos, la mantequilla a discreción, los vinos de -buena marca que se bebían a pasto, el café cargado y aromático y la -variedad de licores. - -La casa de Chipiteguy le daba al joven Sánchez de Mendoza una extraña -impresión de cinismo. - -¿Cómo se podía vivir así para adentro sin pensar para nada en los -demás? Le parecía absurdo que se pudiera gastar lo que se gastaba allí -en comer y beber. - -El régimen de la familia de Chipiteguy no se parecía en nada al de -la casa de sus tíos, en la Mancha. Allá, todo pompa, decoro y vida -exterior, sin realidad alguna; aquí, por el contrario, todo positivo. -En la familia de Chipiteguy la ostentación no tenía importancia. - -Uno de los lugares que maravillaban a Alvarito en la casa era la -cocina, grande, clara, espaciosa, con todos los cacharros bruñidos, -en donde ardía el fuego desde la mañana hasta la noche. La cocina se -consideraba como lo más trascendental de toda la casa; allí no faltaba -nada. En el comedor pasaba lo mismo; los muebles no eran elegantes, -pero los manteles eran magníficos; los cubiertos, de plata maciza; la -cristalería, muy buena: había dos o tres vajillas de porcelana, y una, -soberbia, para los días de convite, con los bordes de oro. - -Alvarito, con el trato de la casa del Reducto, iba llenándose y -haciéndose macizo y fuerte. - -A los tres meses de vivir con la familia de Chipiteguy desapareció el -aire espiritado y débil que había tenido siempre el joven. - -Frechón y Claquemain le reprochaban el haber engordado y le decían a -cada paso que los españoles eran unos muertos de hambre, que no comían -más que garbanzos duros, y eso de tarde en tarde. - -Los domingos, después de pasar el día con su familia, Alvarito andaba -por el pueblo. - -Le parecían muy tristes y muy aburridos aquellos domingos de Bayona en -las calles; pero era peor quedarse en su casa. - -En el piso, pobre y sombrío, de la obscura calle de los Vascos no se -respiraba alegría. Su madre estaba siempre fregando o limpiando; su -hermana Dolores, bordaba, y el padre, don Francisco Xavier, charlaba -constantemente de política, del carlismo, y, sobre todo, de genealogía -y de blasón. - -El señor Sánchez de Mendoza andaba a vueltas con los escudos de su -familia y con aquella barra de bastardía que aparecía en unos Pérez del -Olmo, antecesores suyos. - -Al anochecer encendían en el comedor una palmatoria de aceite, que daba -luz de ánimas benditas. - -De noche no se hacía fuego en la cocina de la casa del hidalgo y se -comía frío. Alvarito veía cómo su madre ponía en la mesa unos platos -desconchados, unas tazas desportilladas, tres vasos diferentes y los -cubiertos de metal. - -Alvarito veía que, si cenaba allí, su padre no se lo agradecía, porque -mermaba la cantidad de la comida, ya escasa. - -El chico se despedía de su familia e iba hacia la plaza del Reducto. - -Le parecía muy triste el anochecer de Bayona, a orillas del Adour, en -las avenidas marinas y en las de Boufflers. - -El río se extendía ancho, como de plata; los embarcaderos de maderas -negras de algunos almacenes del barrio de Saint Esprit, alzaban sus -brazos giratorios, con sus poleas en la punta; la Ciudadela, en la -orilla derecha del Adour, se levantaba, con su muralla gris, sobre una -colina verde, con taludes de hierba. - -Aquel río, casi desierto, con pocos barcos, se extendía tranquilo, con -un color de perla. En el fondo, hacia su desembocadura, se veía una -línea de colinas bajas con árboles, algunas gentes en los bancos y -algunos pescadores, inmóviles, con la caña en la mano. - -A veces, en los anocheceres espléndidos, con el cielo de color de rosa -y lleno de nubes incendiadas, el río ancho tomaba reflejos de escarlata -y de nácar. En el otoño, en los días de bruma, todos los objetos -adquirían un aire espectral, principalmente los barcos amarrados al -muelle. - -Alvarito se veía muchas veces invadido por la tristeza de aquellos -crepúsculos; pero luchaba con ella como podía. En ocasiones, al llegar -delante de la casa algún día de lluvia, oía que Manón tocaba el piano. -En vez de subir, se detenía en la plaza del Reducto, mojándose y -soñando. - -¡Qué de cosas no hubiera hecho él para conquistarla! En un momento -inventaba mil intrigas de novelas de aventuras, tan imposibles las -unas como las otras. Luego pensaba con tristeza que no tenía medios de -atraer a Manón. - -De noche, después de cenar, se asomaba a la ventana de su guardilla, -fumaba y fantaseaba, veía enfrente el Reducto con sus tejados, sus -murallas y sus garitas, y el río de aguas obscuras, verdaderamente -siniestro. Era un espectáculo sombrío y amenazador el contemplar de -noche cómo las aguas negras del Nive iban entrando, de una manera -silenciosa y con un murmullo confuso, en el ancho cauce, igualmente -negro, del Adour. - -Los días de temporal, en la casa del Reducto, azotaba mucho el viento, -sobre todo del Noroeste. De noche se le oía zumbar y silbar, y a veces -lamentarse con sus quejidos tristes. En la guardilla donde dormía -Alvarito resonaban las gotas de lluvia en el tejado, haciendo un ruido -metálico, agradable para oirlo desde la cama. - -Al cabo de una temporada, Alvarito tenía partidarios en la casa del -Reducto; Chipiteguy le consideraba mucho; la andre Mari y la Tomascha -estaban de su parte, porque era obediente y no faltaba nunca a la -misa del domingo; Manón le trataba con cierto desdén amistoso, como -si creyera que no valía la pena de perder el tiempo hablando con -un jovencito insignificante. Ella se colocaba en la actitud de una -muchacha al lado de un niño. - -Manón le prestó a Alvarito varios libros. El tenía paciencia y ganas -de ilustrarse, y leyó _Los Mártires_, de Chateaubriand; el _Viaje del -joven Anacharsis_, el _Telémaco_ y otros libros enfáticos, capaces de -hacer dormir de pie al más predispuesto al insomnio. - -Después de esta lectura desabrida, el _Robinsón Crusoé_ le gustó -muchísimo. - -Frechón le dijo que debía leer unos tomos que tenía Chipiteguy en su -despacho, _Los crímenes de los Reyes de Francia, desde Clodoveo hasta -Luis XVI_, y _Los crímenes de los Papas, desde San Pedro hasta Pío VI_, -obras las dos de La Vicomterie de Saint-Samson, escritas con mucho -fuego, y que produjeron, al ser publicadas, gran escándalo. También -leyó, por consejo de Frechón, los folletos de Pablo Luis Courier, y más -tarde el _Quijote_, que le hizo mucho efecto y le infundió el deseo de -leer romances y libros de caballería. ¿Pero dónde se encontraban estas -novelas de caballeros andantes? No lo sabía. - -Muchas veces Alvaro recitaba, con voz dolorida, el romance del marqués -de Mantua, que aparece en el _Quijote_: - - ¿Dónde estás, señora mía, - que no te duele mi mal? - O no lo sabes, señora, - o eres falsa y desleal. - -Y al recitar este romance pensaba en Manón. - - - - -SEGUNDA PARTE - -EL SIMANCAS - - - - -I - -MANIOBRAS DE AVIRANETA - - -Aquí el autor tendría que comenzar esta parte pidiendo perdón a los -manes de Aristóteles, porque va a dejar a un lado, en su novela, -las tres célebres unidades: tiempo, lugar y acción, respetables -como tres abadesas o tres damas de palacio con sus almohadas y sus -colchas correspondientes. El autor va a seguir su relato y a marchar a -campo traviesa, haciendo una trenza, más o menos hábil, con un ramal -histórico y otros novelescos. ¡Qué diablo! Está uno metido en las -encrucijadas de una larga novela histórica y tiene uno que llevar del -ramal a su narración hasta el fin. - -Iremos, pues, así mal que bien, unas veces tropezando en los matorrales -de la fantasía, y otras, hundiéndonos en el pantano de la historia. - -Antes de los acontecimientos sangrientos de Estella, en donde perdieron -la vida cuatro generales carlistas, había Aviraneta comenzado a -organizar su acción contra el carlismo y a hacer propaganda en favor de -la paz, sobre todo en Guipúzcoa. - -Encargó la dirección de la empresa en esta provincia a su primo don -Lorenzo de Alzate, a Orbegozo y al jefe político Amilibia, los tres de -San Sebastián, que se pusieron a trabajar con actividad en la línea de -Hernani y de Andoain. - -La primera noticia que tuvo Aviraneta de la escisión que se iba -produciendo en el carlismo le vino de la Corte. Se enteró de que en -Madrid, frente a las Covachuelas, en una tienda de tiradores y galones, -vivía una viuda, que se había vuelto a casar con un coronel carlista, -llamado Calcena, hombre muy activo, de armas tomar, amigo de Cabrera, y -que mantenía correspondencia con el general Aldasoro, que habitaba en -Bayona. - -Este Calcena era un aventurero, un bandido que había estado mucho -tiempo en América de militar y de jugador de ventaja. - -Aviraneta indicó al ministro Pita Pizarro la utilidad de violar la -correspondencia de Calcena y por ésta se supo los preparativos que -hacían los amigos de Arias Teijeiro para deshacerse de Maroto. - -La escisión estuvo oculta, para los carlistas, durante bastante tiempo, -hasta que estalló y se hizo pública con los fusilamientos de Estella. - -Como estos fusilamientos dejaban triunfantes a Maroto y a sus amigos, -es decir, daban la victoria a los moderados del carlismo sobre los -absolutistas, Aviraneta indicó al Gobierno de Madrid la táctica que -debía seguir, resumida en estos consejos: primero, intentar promover -disensiones entre los marotistas que formaban el grupo moderado -militar, por entonces fuerte y compacto; segundo, apoyar por debajo -de cuerda a los absolutistas teocráticos e intransigentes para que -atacaran a los marotistas, y tercero, impedir que los carlistas, -partidarios de la transacción, se entendieran con los cristinos, de -tendencias parecidas, pensamiento que era el que llevaba interiormente -el padre Cirilo y la princesa de Beira. - -A pesar de todas sus alharacas, la facción absolutista y teocrática -sucumbió tan completamente a los golpes de Maroto, por la inercia de -sus jefes y la cobardía de don Carlos, que todos los esfuerzos para -reanimar el partido de los puros, así se llamaban ellos a sí mismos, y -hacer que volvieran a la pelea contra los marotistas fueron inútiles. -Los hombres más importantes de la facción apostólica aceptaron la -derrota y la humillación, convencidos de que su causa estaba perdida. - -Los absolutistas puros doblaron la cabeza. No se podía contar con ellos. - -Por esta época, don Eugenio redactó y mandó imprimir una proclama -falsa, dirigida a los navarros y firmada por el capuchino fray Ignacio -de Larraga, confesor de don Carlos y uno de los expulsados después de -los fusilamientos de Estella. Este padre Larraga, Pico de Oro, según -los baztaneses, era un fraile un tanto grotesco. De confesor del duque -de Granada, que era un viejo beato, lleno de escrúpulos religiosos, -que rezaba a todas horas, en todos los rincones, había pasado a ser -confesor de don Carlos, sustituyendo a don Pedro Ratón. Se decía -que Larraga, en el sitio de Zubiri, y el general Ros de Olano lo -confirmaba, había avanzado hacia los cristinos y les había echado una -plática pedantesca, en medio de la cual, de cuando en cuando, decía con -voz tonante: "Ego sum Pater Larraga secundum Apostolorum." - -En la falsa proclama de Aviraneta, atribuída a Larraga, se aseguraba -que Maroto y sus compañeros estaban vendidos a los liberales, que era -lo mismo que estar vendidos al demonio. - -La alocución apócrifa terminaba así: "¡Viva la Religión! ¡Viva Navarra -y sus voluntarios!" - -Por entonces también escribió Aviraneta un papel que, traducido al -vascuence, corrió mucho por las provincias. Era la carta fingida -que escribía un labrador vascongado a un hojalatero, en la cual se -intentaba sembrar la cizaña entre vascos y castellanos. - -En esta carta se hacía la historia de cómo había empezado la guerra, y -se echaba la culpa de la falta del éxito a los castellanos, flojos y -poltrones, que para andar unas leguas necesitaban macho o burro. - -Después de otras explicaciones, maliciosas para el vulgo, se aseguraba -que los vascongados ansiaban la paz, y terminaba la carta con este -refrán: - - Naguia bada astoa - emayoc astazayari eroa, - edo astoa illa danean, - garagarra buztanean. - -lo que quería decir que: "Al burro lerdo hay que darle arriero loco, y -al asno muerto, la cebada al rabo." - -De aquellas hojas, en vascuence, se introdujeron muchas en el campo -carlista. - -Recomendó también Aviraneta a sus comisionados de la línea de Hernani y -de Andoain que mandaran poner tabernas y merenderos en los alrededores -y que dejasen pasar sin dificultad hacia el campamento carlista a las -chicas que quisieran ver a sus novios o a sus parientes. - -De esta manera comenzaron a entablarse relaciones entre los de un campo -y los de otro, y corrió por las filas carlistas esa idea, casi siempre -precursora del abandono de una causa, la idea de que se estaban -haciendo componendas, a espaldas del ejército, y de que los jefes se -preparaban a abandonarles y hacerles traición. - -Desde entonces, como si se hubiera dado una consigna, todo el mundo -comenzó a hablar de las penalidades de la guerra, de la vida miserable -que se hacía, de la diferencia de trato entre los oficiales y la -gente de tropa. La paz comenzó a aparecer como un estado de felicidad -perfecta. - -Los agentes aviranetianos hicieron conocer al pueblo y al soldado que -el gran obstáculo para obtener la paz eran don Carlos y los hojalateros -de Castilla, el uno ambicioso, y los otros gentes ricas, que no sentían -la miseria de la guerra con sus rentas bien saneadas en fincas del -Mediodía y en Bancos extranjeros. - -Don Eugenio, por entonces, no descansaba; había entrado en -correspondencia con un antiguo maestro de la niñez, don Mariano -Arizmendi, hombre un tanto sombrío, de genio adusto, de gran influencia -entre los personajes carlistas. - -No se pusieron del todo de acuerdo Arizmendi y él; pero se habló entre -ellos, repetidamente, de que para terminar la guerra era indispensable -un convenio, palabra que corrió por el campo carlista y por el liberal. - -Sin duda, en aquel momento, la palabra convenio condensaba las -aspiraciones de los partidos. Los cristinos no se podían considerar -triunfantes en la guerra, ni los carlistas completamente vencidos; era, -pues, indispensable que unos y otros cedieran algo en sus respectivos -puntos de vista. - -Al mismo tiempo que se verificaba aquella transformación en las ideas, -don Eugenio iba preparando los documentos falsos que había de utilizar -en el legajo que pensaba introducir en la corte de don Carlos. A este -legajo llamaba el Simancas. - -A pesar de que la Junta Carlista de Bayona le espiaba constantemente y -le seguía los pasos, don Eugenio tenía relaciones con algunos de los -carlistas más perspicuos. - -Una de las personas que le dieron datos acerca de las divisiones y -rencillas del campo de don Carlos fué don Manuel Mazarambros, ex -relator del Consejo de Castilla. Mazarambros, persona inteligente, -estaba enfermo, hipocondriaco, y no quería tomar parte activa en la -política. Mazarambros se hallaba en correspondencia con el intendente -Arizaga, hombre corrompido, muy sagaz, de mucho cuidado, uno de los -amigos y consejeros de Maroto, y por él llegaba a saber Aviraneta lo -que se pensaba en el Cuartel General. También se aprovechó don Eugenio -de las indicaciones de su amigo Vinuesa. - -Cuando los expulsados por Maroto llegaron a Francia, Aviraneta tenía -confidentes en los dos campos carlistas y sabía día por día y hora por -hora lo que hacían los unos y los otros. - -La acción de los marotistas era más pública y había informes oficiales -de ella; la de los antimarotistas, más secreta. - -Don Eugenio estaba en relación con el coronel Aguirre, uno de los -antimarotistas exaltados, y éste le escribía a la semana dos o tres -veces. Lo mismo hacían Bertache y Orejón. - -Para las intrigas de los antimarotistas de Bayona contaba con María -de Taboada y con don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, a quien -Aviraneta había conocido por Alvarito, y al que convidaba a comer -algunas veces en la posada de Iturri, de la calle de los Vascos. - -Pero aún tenía don Eugenio otros informes. Los fanáticos -intransigentes, enemigos de Maroto, habían formado sociedades secretas, -verdaderos clubs, en los cuales se conspiraba de continuo contra el -general. - -Los dos clubs principales antimarotistas estaban: uno, en Azpeitia, y -el otro, en Tolosa. - -En el de Azpeitia, Aviraneta tenía como confidente a un tal Odriozola, -capitán del ejército carlista, hombre ya viejo, que había estado -en América, donde perdió la carrera por jugador, y que atribuía su -desgracia a Maroto; en el de Tolosa, un oficial llamado Rezusta, que -odiaba a Maroto por su poca religión, lo que no era obstáculo para que -él mismo fuera uno de los oficiales más descreídos del ejército de don -Carlos. - - - - -II - -LOS ENEMIGOS - - -Aviraneta tenía muchos enemigos en Bayona. Los carlistas desconfiaban -de él, y, aunque no sabían por quién ni por qué trabajaba, claramente -comprendían que no era para ellos. Al mismo tiempo, Valdés, el de los -gatos, Salvador y Martínez López, lo desacreditaban en todas partes. La -pretensión de Aviraneta de ser un patriota y un liberal entusiasta, de -convicciones, les ofendía profundamente. Ellos, granjeros sistemáticos, -iban con el que más pagara. Les parecía muy natural cambiar de partido, -si esto les convenía. Martínez López escribía libelos a favor o en -contra. El último lo hizo adulando descaradamente al conde de San Luis, -poco antes de la Revolución de 1854. - -En el Consulado de España todos eran enemigos de don Eugenio, -comenzando por el cónsul Gamboa. - -Este tenía, por entonces, un agente que era su brazo derecho, don -Prudencio Nenín, antiguo comerciante de Bilbao, establecido en Bayona, -hombre activo y enérgico. Nenín tenía negocios con el cónsul, había -intervenido en la primera empresa de Muñagorri y vivía en la fonda de -Francia. - -A esta fonda se había trasladado también por entonces Aviraneta, -comprendiendo que era más fácil entrar y salir en un hotel, sin ser -espiado, que en una casa particular. - -Nenín andaba siempre detrás de Aviraneta, siguiéndole los pasos, cosa -que desagradaba profundamente a don Eugenio; este espionaje de los -liberales, de los suyos, no lo podía resistir. - -Por entonces apareció en la fonda un matrimonio algo misterioso: el -conde y la condesa de Hervilly, a quienes Nenín comenzó a acompañar -constantemente. - -El conde parecía un hombre extraño, triste, de aire siniestro, muy -atildado, siempre con guantes. Tenía una cara pálida, fina, de hombre -inteligente; una voz opaca y sin timbre, y hablaba de una manera un -tanto fría y desdeñosa. - -Se decía que era hijo o sobrino de un general francés legitimista, del -mismo título, y, según se afirmó, pensaba entrar en España y alistarse -en el ejército carlista, cosa un poco rara, porque cojeaba bastante al -andar. - -El conde formaba en el grupo de aristócratas extranjeros legitimistas -que se consideraban con derecho a intervenir en España. A la cabeza de -este grupo se hallaba el príncipe de Lichnowsky. - -El príncipe de Lichnowsky era un alemán orgulloso, fantástico. Creía -que su título de príncipe le autorizaba a todo. Pasó en España una -larga temporada en las filas carlistas. Unos años después de la guerra, -estando en su país, cuando la revolución de 1848, le hicieron miembro -del Parlamento de Francfort. Allí pretendió tratar con desprecio y con -altivez a los republicanos, y en un motín popular le mataron en las -calles. - -El conde de Hervilly era un legitimista, un realista, para quien el -mundo tenía dos hemisferios: uno, el de los aristócratas, con todos los -derechos, y otro, el de los no aristócratas, con todos los deberes. - -La condesa de Hervilly, mujer muy guapa, cubana o mejicana, hablaba el -castellano y el francés a la perfección. - -Nenín presentó Aviraneta al conde y a la condesa. A don Eugenio le -dieron los dos una impresión de misterio, de desconfianza. Le chocó que -tuviera ella deseos de intimar con él. El conspirador no era vanidoso y -sabía muy bien que no estaba en el caso de hacer efecto en las mujeres. -La curiosidad que manifestó la condesa de Hervilly por su vida le -impulsó a enterarse de quién era aquella señora curiosa. - -Pidió a los mozos del hotel y a la dueña informes de la dama. La -pintaron como una persona extraña, de gustos exóticos, perezosa, -ardiente, muy caprichosa. Le gustaban mucho las flores, los perfumes, -el vivir perezoso e indolente. - -Se llamaba Sonia. Unos decían que era cubana, otros que haitiana, -otros que gitana y otros que judía o rusa. Al parecer, tenía al marido -dominado. - -¿Qué hacía este matrimonio en Bayona? ¿Por qué estaban allí? ¿Qué -esperaban? Los del hotel no lo sabían. - -La condesa de Hervilly aparecía en el comedor del hotel acompañada de -su esposo y de Nenín y visitaba con su marido el Consulado de España. - -El conde se manifestaba siempre muy amable y galante con su mujer. - -Aviraneta pensó que, si había alguien en Bayona que supiera algo de -aquellos condes misteriosos, tenía que ser Luci Belz, la empleada de la -fonda del Comercio, y fué a verla. - -Luci Belz le dijo que se decía que la condesa de Hervilly era una -aventurera, cómica o bailarina, que había tenido muchos líos. No era -fácil comprender si el señor conde estaba enterado de las aventuras de -su mujer; pero, al parecer, no lo estaba. - ---Yo me he de enterar mejor--concluyó diciendo Luci. - -Unos días después, la empleada del hotel del Comercio llamó a -Aviraneta. Se había enterado de varias cosas. El conde de Hervilly, -según se decía, era un hombre un tanto monstruoso: le faltaba casi -por completo una pierna y llevaba para andar una de goma. De sus dos -manos, la izquierda era como la de un pato, con una membrana entre dedo -y dedo; en cambio, la derecha era de una fuerza enorme. Si alguna vez -el conde se caía, rehusaba ayuda para que no notasen que le faltaba -la pierna. El explicaba su torpeza diciendo que estaba reumático. -Sobre aquel cuerpo estropeado, el conde tenía una cabeza distinguida; -pero, al parecer, esta cabeza no tenía pelo y lo sustituía una peluca -entre gris y negra. El conde se ocupaba de algunos trabajos históricos -y pasaba mucho tiempo encerrado en su cuarto. El conde trataba a -la condesa con gran galantería y ella tenía también para él muchas -atenciones. - -Poco después, doña Paca Falcón, que era amiga de Aviraneta y estaba -enterada de la vida de toda la gente de Bayona, le contó que se decía -que el conde de Hervilly había conocido a Sonia, su mujer, en París, -donde vivía con un tabaquero cubano, que pasaba por tío suyo; pero que, -al parecer, era su amante. El conde quedó enamorado de ella como un -loco, al verla, y a los dos días pidió su mano. - -Ella parece que le contestó: - ---Consúltelo usted con mi tío. - -El conde fué a ver al tabaquero y éste le dijo con marcado acento de -mal humor: - ---Esta muchacha no es mi sobrina, sino mi querida. - ---¿Así que usted no tiene ninguna autoridad ni derecho sobre ella? - ---Yo, ninguno. - ---Muy bien. - -Al día siguiente, Hervilly pidió a Sonia que se casara con él y se -casaron. Al poco tiempo el conde se desafió con el tabaquero y lo mató -de un tiro. - -La historia le pareció bastante extraña a Aviraneta. - -La condesa tenía un criado todo un tipo extraño. Era un americano -mestizo de indio, moreno, delgado, tostado por el sol, con una cara -impasible e inmóvil, los pies muy chicos y las manos muy pequeñas; -hombre que hablaba el español, el francés y el inglés con perfección, -pero muy lánguidamente. Se llamaba Fernandito. Aviraneta pensó que -debía ser mejicano e intentó interrogarle y hablarle de su país; pero -Fernandito el indio no contestó. Este autómata no parecía tener vida -más que ante sus señores. - -La Falcón le contó a Aviraneta que se decía que a Fernandito, Sonia le -había encontrado una noche en una calle de París, tendido en un banco, -abandonado y gravemente enfermo. - -Sonia parece que lo llevó a su casa, lo cuidó y lo salvó, y desde -entonces el indio se había convertido en un perro de presa de aquella -mujer, por la que tenía un entusiasmo sin límites. Todos estos detalles -no eran para tranquilizar ni inspirar confianza en aquella gente. - -Días después Aviraneta vió en el comedor de la fonda de Francia -a la condesa de Hervilly con la señora de Vargas. El se inclinó -ceremoniosamente y ellas le saludaron, sonriendo; pero don Eugenio no -quedó muy tranquilo. Ya sabía que Fermina se creía con motivo para -odiarle; pero la otra, la condesa, ¿qué motivo podía tener contra él? - - - - -III - -LOS EXPULSADOS - - -Unos días después de los fusilamientos de Estella fueron expulsados -como intrigantes, por Maroto, más de treinta personas de las -principales de la corte de don Carlos, que pertenecían al partido -apostólico. Estas personas marcharon a Francia, escoltadas por una -compañía alavesa, al mando del general Urbiztondo, que llevaba como -ayudantes al coronel Eguía y al teniente coronel Errazquin. - -Al llegar a Vera hubo entre los desterrados grandes discusiones y -protestas. Estaban allí el obispo Abarca con su secretario Pecondón, -el canónigo guerrillero don Juan Echevarría, don José Arias Teijeiro, -los generales Uranga, Mazarrasa y García; el brigadier Valmaseda, el -padre Larraga, el médico don Teodoro Gelos, cirujano de don Carlos; el -padre Domingo de San José, predicador del Real. Estaban también don -Diego Miguel García, el que había sido confidente del general González -Moreno, cuando se preparó la emboscada a Torrijos en Málaga, y doña -Jacinta Pérez de Soñanes, alias "la Obispa". - -Al pisar el suelo francés, cada uno de los desterrados expuso su -preocupación. Arias Teijeiro, el galleguito herborizador, ardía por -vengarse de Maroto y pensaba marchar cuanto antes a reunirse con -Cabrera en el Maestrazgo; el canónigo don Juan Echevarría esperaba -sublevar las tropas navarras contra Maroto y apoderarse del Poder; -don Diego Miguel García se preocupaba únicamente de sus maletas, -llenas de dinero; doña Jacinta pensaba en su querido obispo de León y -éste hablaba de los dolores del Crucificado, considerando, sin duda, -sus gruesas nalgas y su abdómen piriforme como semidivinos; Arias -Teijeiro habló a todos sus partidarios, dándoles instrucciones, y como -el coronel Aguirre quería volver al valle de Araquil, donde estaban -acantonadas las tropas que mandaba él, le instó a que abandonara el -proyecto y entrara en Francia, pues de lo contrario se exponía a que -Maroto le hiciera fusilar, abriendo de nuevo la causa por la muerte del -brigadier Cabañas, en la que Aguirre estaba complicado. - -Aguirre se decidió por ir a San Juan Pie de Puerto a esperar el -levantamiento anunciado de los apostólicos y los demás personajes se -dirigieron a San Juan de Luz, desde donde el Gobierno francés los envió -a distintos puntos próximos. - -Al parecer, el general Urbiztondo, al llegar a la raya de la frontera, -se despidió de los carlistas con gran indiferencia, lo que indignó a -los desterrados, que a voz en grito le acusaron de traidor. - -Don Antonio de Urbiztondo y Eguía, el donostiarra, era poco clerical, -y, a pesar de estar entre las filas carlistas, se le tenía por -contagiado con el liberalismo y por francmasón. - -Sus ascendientes, los Urbiztondos, de San Sebastián, habían sido -revolucionarios y afrancesados, hasta el punto de trabajar por la -separación de Guipúzcoa de España y su incorporación a la República -Francesa durante la primera revolución, por lo que fueron condenados a -penas graves por un Consejo de guerra español. - -Don Antonio de Urbiztondo tenía la levadura liberal. Se contaba que en -un pueblo de Cataluña, donde mandaba como general las tropas catalanas, -alojó en un convento algunos de sus soldados y pensó llevarse las -cañerías y los cacharros de plomo que encontró allí para fundir balas. - -El delegado castrense por don Carlos en el Principado, que era el -obispo de Mondoñedo, negó el permiso para ambas cosas, considerando -la tentativa una irreverencia y un sacrilegio, y Urbiztondo, con gran -desdén, contestó: "Que únicamente así se podía hacer la guerra; que si -hubiera objetos de plomo en las iglesias se apoderaría de ellos, aunque -se ofendiera el obispo, y que se llevaría, con permiso o sin él, hasta -las zapatillas del Papa, si eran de plomo". - -Estas palabras produjeron en el partido carlista un asombro y una -indignación, que fueron, en parte, causa de que Urbiztondo estuviera -mucho tiempo de cuartel, hasta que Maroto, nombrado general en jefe, le -llevó de nuevo al servicio activo. - -Urbiztondo, por equivocación, había sido carlista. Era un militar -inteligente, hombre de mucho nervio. Fué de los buenos generales del -carlismo. Pasado al ejército de la Reina, después del Convenio de -Vergara, fué capitán general de Filipinas, en cuyo mando estuvo muy -acertado; después, ministro de la Guerra con Narváez, en 1856, y al -año siguiente murió en un duelo en un salón del Palacio Real, por una -cuestión de etiqueta, batiéndose con un oficial que le había prohibido -la entrada. Al menos esta fué la voz popular. - ---Probablemente--dijo Urbiztondo a los desterrados, al llegar a la -frontera--, pronto tendré yo también que venirme a Francia. - ---Es muy posible--le contestó doña Jacinta de Soñanes, "la Obispa", -con retintín--; pero no será por la misma causa que nosotros ni por el -mismo camino. - ---Si es posible, que salga por Behovia--replicó el general, sin dar -ninguna importancia a la alusión. - -Esto ocurría a principios de marzo. - -Ya habían llegado a San Juan de Luz y a Bayona los expulsados por -Maroto, cuando un día el cónsul Gamboa llamó a don Eugenio de Aviraneta -y le dijo: - ---Deseaba mucho hablar con usted y hoy mismo pensaba llamarle. - ---¿Qué pasa? - ---El subprefecto y yo estamos todavía indecisos, sin saber qué partido -tomar con los personajes carlistas expulsados por Maroto. - ---Pues, ¿por qué? - ---El subprefecto es de opinión que se interne a esos carlistas a -cuarenta o cincuenta leguas de la frontera. Yo no sé qué hacer. He -preguntado al Gobierno, que no contesta. ¿A usted, qué le parece? - ---Hay que dejarles vivir en la frontera--contestó don Eugenio--. ¿Para -qué internarlos? El vigilar a un político, no teniéndole encerrado en -la cárcel, es imposible. Además, estos emigrados, con sus maniobras, -nos han de ser útiles a nosotros. - ---¿Cree usted...? - ---Claro que sí. A nosotros no nos pueden hacer daño alguno. - ---¿Supone usted que conspirarán? - ---Están conspirando ya. - ---¿Contra quién? - ---¡Contra quién ha de ser: contra Maroto! - ---¿Usted supone que eso nos conviene? - ---Claro que sí. Hoy, Maroto es la única fuerza respetable del carlismo. -Alejar de la frontera ese foco de discordia para los enemigos sería una -verdadera tontería. - ---Sí. Quizá tenga usted razón. ¿Usted cree que esa gente tiene algún -plan determinado? - ---Sí; sus propósitos son sublevar los batallones navarros contra Maroto. - ---¿Quién los dirige? - ---El principal caudillo es el cura Echevarría. - ---¿Y usted cree que alcanzarán su objeto? - ---Creo que se sublevarán más pronto o más tarde. - ---Su éxito no sería un bien para nosotros. Harían de nuevo la guerra -cruel. - ---¡Bah! No tendrán éxito. No harán más que dividirse. - -Gamboa comprendía que lo que le decía Aviraneta era muy lógico y -decidió indicar al subprefecto que no se molestara a los desterrados. - -Esta fué la razón por la cual las autoridades francesas dejaron en -Guethary al obispo de León; en Bayona y sus alrededores, al cura -Echevarría, a don Basilio y a otros jefes carlistas y al coronel -Aguirre, en San Juan Pie de Puerto; determinaciones todas que los -periódicos de Madrid comentaron con la petulancia y la tontería -habitual en ellos. - -Don Eugenio no dijo a Gamboa que alguno de aquellos carlistas -trabajaban secretamente para él, y que el coronel Aguirre, comandante -del quinto batallón de Navarra, fanático apostólico e intransigente, -en cuyo batallón servían de oficiales García Orejón, Luis Arreche -(Bertache), y otros muchos, estaba subvencionado por el Gobierno de la -Reina para sublevar las tropas contra Maroto. - - - - -IV - -LA TERTULIA DEL ABATE MIÑANO - - -Por entonces, uno de los centros de los expulsados por Maroto comenzó -a ser la casa de campo que tenía en los alrededores de Bayona don -Sebastián Miñano. - -Miñano el elegante, el antiguo abate afrancesado, el antiguo secretario -del mariscal Soult, era un escéptico, un volteriano, que no creía en -nada; pero como todos los escépticos, se inclinaba en su madurez al -despotismo, por considerar que era un sistema de vida más tranquilo, -más reposado y menos turbulento que el régimen liberal. - -Miñano vivía con mucha comodidad y cobraba de los dos bandos, del -carlista y del cristino; para los dos era casi un oráculo. - -El abate protegía a su hijo natural don Eugenio de Ochoa, que llevaba -una vida de joven rico en Francia. - -La casa de Miñano tenía gran interés para aquellos carlistas, la -mayoría bárbaros y cerriles, que venían del campo; allí hablaban con -legitimistas franceses elegantes, perfumados y con los bigotes llenos -de cosmético, con moderados españoles, con gacetilleros y hasta con -damas distinguidas. - -Muchas veces iban a saludar a Miñano, Valdés, el de los gatos, que -en política era también del género epiceno; Salvador, el traidor a -la Isabelina y enemigo acérrimo de Aviraneta; Martínez López, el -libelista, agricultor y gramático; don Vicente González Arnao y su -secretario Pagés; Muñagorri, el cónsul Gamboa y todos los españoles -influyentes que se encontraban en Bayona. - -Formaban con frecuencia juntas carlistas en casa de Miñano, el obispo -Abarca, el cura Echevarría, Lamas Pardo, don Basilio, los Labanderos, -doña Jacinta Soñanes, alias "la Obispa", y otros. - -Generalmente se avisaban con antelación, se discutía, y al último, el -abate era el que decidía casi siempre las cuestiones. No se acordaban -los expulsados de que Miñano era el autor de las cartas del Pobrecito -Holgazán, que tanto contribuyeron en España a desacreditar al clero, y -sobre todo a los frailes, ni de que había sido afrancesado y liberal. - -El obispo de León, don Joaquín Abarca, que tenía su residencia de -emigrado en Guethary, era un señor grueso, aragonés, pedante y -sabihondo, que se creía una lumbrera. Vestía hábito, con ribetes de -violeta; tenía por secretario a un intrigante que se llamaba Ramón -Pecondón, y como inspiradora o Ninfa Egeria a doña Jacinta de Soñanes, -alias "la Obispa", que se desvivía porque a Su Ilustrísima no le -faltase el chocolate o el caldo a su hora. - -El obispo de León estaba muy preocupado con la marcha de los -acontecimientos; pensaba que había disminuído su prestigio personal -en el campo carlista y esto lo achacaba a manejos de Maroto, a quien -odiaba evangélicamente. - -Abarca le tenía mucho miedo a su secretario Pecondón y algunas -cuestiones reservadas las trataba sólo cuando Pecondón no estaba -delante. - -El otro cantertulio, don Diego Miguel García, era hombre de ojos -hundidos, cejas espesas, mirada oblicua y sonrisa fina y sarcástica. - -García era hombre de sangre y de cieno que no había pensado nunca más -que en reunir oro, fuese como fuese. Había sido agente confidencial -de Fernando VII durante mucho tiempo en sus intrigas tenebrosas con -Regato, Salvador y otros tipos de reptiles de la misma índole. García -fué el que le engañó a Torrijos en Málaga, valiéndose de un coronel, -que pasaba por liberal. Este llevó a la playa a los liberales y les -entregó al general González Moreno. García era entonces de la sociedad -teocrática el Angel Exterminador. - -Labandero, el padre, era hombre débil y mediocre, que no tenía -agresividad ninguna, y que se lamentaba constantemente de sus -enfermedades y de sus desgracias. - -El cura Echevarría, el ex canónigo de los Arcos, era un bárbaro; -fuerte, rojo, robusto, muy corpulento, de formas atléticas. Se le veía -pasar con frecuencia por las calles de Bayona con un redingote negro y -un sombrero de copa como un tubo. El cura Echevarría parecía rebosar -salud; sus mejillas, infladas, tenían el color de las manzanas y sus -ojos eran negros y brillantes. - -El cura Echevarría era un tipo de estos de franqueza simulada, que se -da mucho entre aragoneses y navarros de la Ribera. Toda esta supuesta -franqueza consiste en hablar en un tono rudo; pero no pasa de ahí, -porque debajo del tono rudo las gentes saben emplear la maquinación -y la perfidia como los hombres de las demás regiones y de los demás -países. - -El cura Echevarría era terco y bruto con los inferiores y adulador de -los más rastreros y serviles de don Carlos; había vivido durante toda -la guerra civil como un príncipe, siempre en banquetes, fiestas, viajes -y ceremonias. Era el agente de los navarros y tuteaba a todos los -oficiales y trataba a la gente con un despotismo bárbaro. - -El cura Echevarría y Abarca, el obispo de León, visitaron varias veces -a don Sebastián Miñano y le pidieron consejo. A todo trance querían -los dos eclesiásticos sublevar los batallones navarros contra Maroto y -establecer en el Real un Gobierno teocrático; pero querían hacerlo con -las mayores garantías posibles. - -Para estos católicos absolutistas la cuestión principal en su partido -era la lealtad al Rey; se consideraban como criados del Monarca y -pensaban que ser leales a su persona era el mejor homenaje a la -causa. El ser inteligente o capaz, esto era accesorio para los dos -eclesiásticos. - -Ellos comenzaban a pensar que Maroto, victorioso, no se diferenciaría -gran cosa del Espartero, y que no valía la pena de hacer la guerra para -un resultado parecido. - -Miñano les aconsejaba la calma para encontrar una buena ocasión de -intervenir. El abate, con su diplomacia y su labia, se había convertido -en un oráculo para los carlistas intransigentes, como lo era también -para los cristinos moderados. - -Cosa extraña. El antiguo abate, ex prebendado de Sevilla, ex secretario -de Soult, ex constitucional, ex anticlerical, ex periodista de _El -Censor_, ex geógrafo, se había hecho protestante; era lector de Víctor -Hugo, Balzac y Sainte Beuve, y traducía por entonces la _Historia de -la Revolución Francesa_, de Thiers, para el impresor Baroja, de San -Sebastián. - -De acuerdo con el centro apostólico y antimarotista, una veces, y otras -en contra, funcionaba la tertulia del marqués de la Lalande. Era una -tertulia de aristócratas, de legitimistas y de extranjeros. A ella -pertenecían el conde de Hervilly, el barón de Batz, Montgaillard y el -intendente Arizaga. Había entre ellos personas inteligentes y su jefe -en el campo carlista era el príncipe de Licknowsky. Este grupo hizo un -proyecto de transacción con el asentimiento de Maroto. Se quiso que -lord John Hay diera su anuencia al plan; pero al último, y después de -vacilar mucho, el lord marino no la dió. - - - - -V - -PRIMEROS EFECTOS DE SIMANCAS - - -En aquellas circunstancias, Aviraneta vió con claridad que el núcleo -fuerte del carlismo se encontraba en Maroto y su gente. Si se quería -deshacer el carlismo había que atacar a Maroto por todos los medios -posibles. - -Era el momento de introducir el Simancas, el conjunto de documentos -falsos fabricados por Aviraneta en el Real de don Carlos. - -La cosa no era fácil; había que hacer que el Simancas pasara a manos -del Pretendiente, como si llegara del campo carlista; sin producir -desconfianza alguna acerca de su autenticidad, legitimando su -procedencia. ¿Quién podía llevar los documentos? Un partidario de la -Reina sería sospechoso para la gente del Real; un carlista, ganado por -dinero, muy expuesto. Sólo un legitimista francés que hubiese estado a -sueldo podía desempeñar con relativa facilidad esta misión peligrosa, -para la cual indudablemente se necesitaba valor y perspicacia. - -Aviraneta había conocido a Frechón, el dependiente de Chipiteguy, en la -casa del Reducto y había hablado con él en la posada de Iturri. Pensó -que quizá él le podría servir. - -Don Eugenio le llamó, le halagó un poco, le escuchó con atención, y le -dijo que volviera, quizá entre los dos podrían hacer un buen negocio. - ---¿Usted se atrevería a ir a España con una comisión?--le preguntó -Aviraneta. - ---No; ahora no puedo ir. - ---¿No tiene usted algún conocido de confianza para darle un encargo -difícil para España? - ---¿Un francés? - ---Sí - ---Tengo un amigo que quizá sirviera. - ---¿Ha estado en España? - ---Sí, muchas veces. Ahora que ha trabajado para los carlistas. - ---¡Ah! - ---Pero lo mismo le da trabajar por los liberales. - ---¿Y habla español? - ---Tan bien como usted. - ---¿Quiere usted avisarle? - ---Sí; pero, ¿qué gano yo con eso? - ---Hombre, dígame usted qué quiere que le dé por la noticia. - ---Nada; yo traeré a ese amigo mañana. - -Al día siguiente Frechón se presentó en el Hotel de Francia con su -amigo, Pablo Roquet. - -Roquet era un comerciante que había tenido una casa de comisión en -Behovia; tipo de hombre de vida misteriosa, que hablaba tan bien el -español como el francés. - -Roquet se presentó como un señor amable, de unos cuarenta años, moreno, -delgado, con el pelo que comenzaba a blanquear en las sienes, vestido -de negro. A pesar de su aspecto relativamente joven, tenía más de -cincuenta años. - -Le citó don Eugenio para el día siguiente; lo tanteó y vió que era -hombre muy hábil y muy insinuante. Tomó informes suyos y supo que había -quebrado varias veces, que era viudo y que vivía con una modista. Doña -Paca Falcón conocía a esta pareja. - -Roquet tenía algo de reptil, quizá sin mucho veneno; buscaba el -enriquecerse, a poder ser, sin perjudicar a nadie. Si se perjudicaba -alguien, ¿qué se iba a hacer? El torpe que se fastidiara. - -Propuso Aviraneta a Roquet que fuera él el encargado de introducir en -el Real de don Carlos el conjunto de documentos falsos, bautizado con -el nombre de Simancas. - -Roquet era, sin duda, persona muy apropiada para comisión semejante y -comprendió en seguida su importancia. - -Roquet exigió al principio mucho dinero y amenazó un poco -insidiosamente con descubrir el hecho a los carlistas. Aviraneta pensó -que había dado un paso en falso y se alarmó. Por una inspiración -momentánea, fué a visitar a un antiguo policía retirado, el señor -Masson, que vivía en una casa de campo de los alrededores de Bayona y -le pidió datos sobre Roquet. Masson se los dió y le mostró una ficha -que guardaba de él. - -Pablo Roquet, llamado Juan Filotier, alias "la Ardilla", alias "la -Dulzura", había vivido en Burdeos con el nombre de García y era -conocido en Bayona por Roquet. Era un hombre hábil, metido en negocios -difíciles. Había vivido bordeando el Código Penal hasta caer en su red. -Había estado procesado varias veces por estafa y pasado mucho tiempo -en la cárcel. Con estos antecedentes, Aviraneta esperó a Roquet a pie -firme y se entendieron. - -Roquet, cuando vió que Aviraneta conocía sus antecedentes, se amansó. -Aviraneta le dió lo que pudo y le prometió varias cosas, unas -factibles y otras imaginarias. Se pusieron de acuerdo Roquet y don -Eugenio en lo que se había de decir al llevar el Simancas al Real de -don Carlos. Aviraneta había inventado una historia. Era así: - -Un legitimista francés de escasos recursos, que habitaba en Bayona y -que alquilaba un gabinete con su alcoba, había tenido como huésped a un -español que llevaba como equipaje un baúl y una maleta. Este español, -después de pasar un mes en la casa, tuvo que salir precipitadamente -y sin equipaje de Bayona; sin duda, alguien le perseguía. El español -recomendó al francés legitimista que le alquilaba el cuarto que -tuviera cuidado con su baúl y su maleta. Unos días después, el hijo -del legitimista, un muchacho de diez a doce años, jugando, encontró -una llave en un rincón, ensayó si la llave venía bien para el baúl, lo -abrió y halló dentro unos documentos y una caja de cartón. El chico -los miró y se los enseñó a su padre, que se enteró de lo que eran. -El legitimista, por un lado, quería que lo que había descubierto por -casualidad sirviera a don Carlos; pero por otro, no quería aparecer -como un hombre capaz de un abuso de confianza... - ---Está bien--dijo Roquet al oír la explicación. - -Ya puestos de acuerdo los dos, don Eugenio escribió una nota para que -Roquet se la entregara a los jefes Lanz y Soroa, que ya de antemano -habían estado en relaciones con él y que eran de los afiliados al -partido apostólico. - -Les decía en la nota lo siguiente: - -"Existe una trama infernal contra don Carlos, de la cual es jefe -Maroto. Maroto proyecta inutilizar para siempre a Carlos V. Esta -conjuración se rige por una Sociedad secreta, establecida entre los -generales marotistas del Real, y esta Sociedad, de fines siniestros, -depende de otra instalada en Madrid, la Sociedad Española de -Jovellanos, que es en principio masónica. La Sociedad de Jovellanos -y la marotista del Real se comunican por un comisario que habita -en Bayona. Gran parte de los documentos que prueban la conjuración -están en poder de una familia francesa legitimista, que vive en los -alrededores de Bayona. El dador podría conseguir algunos de esos -papeles." - -Aviraneta pensó que para aquellos fanáticos intransigentes la -existencia de una Sociedad secreta así no era cosa muy difícil de -creer, porque ellos mismos tenían Sociedades secretas, verdaderos -Clubs, en que se conspiraba contra Maroto. - -Roquet, bien aleccionado, marchó a España, y días después, al volver, -se entrevistó con Aviraneta. Había hablado con Soroa, con Aldave, que -era jefe de la frontera, y con Lanz, y decían éstos que necesitaban -pruebas de la traición de Maroto. Aviraneta redactó otra explicación -y unió a ella tres cartas, que en el argot de la masonería se llaman -planchas, en las cuales aparecía Maroto nada menos que como Gran -Oriente, y una comunicación de la Sociedad Española de Jovellanos, S. -E. B. J., firmada por el Directorio General Jovellanos, en la que se -aludía a Maroto claramente y al proyecto de transacción entre moderados -cristinos y carlistas. El comunicado terminaba con estas palabras: -"Salud, Moderación y Esperanza". - -Roquet fué a Tolosa y se avistó de nuevo con Soroa y otros militares -del bando exaltado y les mostró las cartas en las cuales Maroto -figuraba como gran jefe de la masonería. - -El revuelo que produjo aquello fué enorme. Los militares carlistas -tuvieron una junta magna y nombraron una comisión para visitar a don -Carlos en Durango; pero al pedir audiencia al Rey, los marotistas, que -lo tenían continuamente cercado, consiguieron que se la negasen. - -Volvieron los de la comisión a Tolosa, celebraron otra asamblea y -en ésta algunos oficiales propusieron matar a Maroto; pero uno de -los comandantes jóvenes, un alavés, se opuso; dijo que no, que era -indispensable primeramente apoderarse de todos los documentos que había -en Francia acusadores de Maroto, y teniéndolos, prender al general, -llevarlo ante un Consejo de guerra, juzgarlo y condenarlo a muerte -legalmente. - -La junta se conformó con esta opinión, y como todos estaban ansiando -tener los documentos acusadores contra Maroto, le indicaron a Roquet -que volviera a Francia y que los llevara. - -Para facilitarle la empresa le dieron escolta y una contraseña para el -cura de Sara. El cura de Sara, agente carlista, al saber la comisión -de Roquet, le acogió con gran entusiasmo y le dió una carta para que -visitara en Guethary al obispo de León. - -Roquet se presentó con gran misterio el 9 de junio al obispo; le contó -a solas, sin que estuviera delante su secretario, lo que había pasado -en Tolosa con los militares y le mostró las tres cartas masónicas en -las que aparecía Maroto como gran jefe de la masonería. - -El obispo Abarca quedó petrificado y asustado; apenas se atrevió a -tocar aquellos papeles infernales; pero, por otra parte, se alegró de -que hubiera datos para probar la traición de Maroto y aplastarlo para -siempre. - ---El asunto es importantísimo--le dijo el obispo a Roquet--. Yo -quisiera tener una conferencia con ese francés que posee los -documentos, con esa alma pura y noble que la Divina Providencia ha -dispuesto sea el instrumento de salvación de la preciosa vida de Su -Majestad. - -Al decir esto, el obispo unió sus manos cruzadas a la altura de la boca -y puso los ojos en blanco. - -Al deseo expresado por el obispo contestó Roquet diciendo que el -francés legitimista que tenía los documentos no quería dar la cara -porque se hallaba en una situación económica angustiosa y pretendía un -destino del Gobierno de Luis Felipe, y no le convenía aparecer como -carlista y menos como hombre capaz de hacer un abuso de confianza. Que -lo que quería este francés era algún auxilio en dinero. - ---Lo tendrá. Lo tendrá--dijo el obispo. - -Inmediatamente don Joaquín Abarca mandó que les sirvieran el almuerzo a -Roquet y a él, y después decidió ir con el francés a Bayona a visitar a -Miñano. - -En el camino el obispo no hizo más que hablar de aquellos preciosos -documentos. Al llegar a Bayona fueron Roquet y él al Seminario a buscar -al cura Echevarría que estaba alojado en una celda. - -El día anterior, Aviraneta había enviado a don Francisco Xavier Sánchez -de Mendoza a casa de Labandero. - -Don Eugenio le indicó al hidalgo que dijera que se habían encontrado -datos sobre la traición de Maroto y le convenció de que fuese a casa -de Labandero, y si no a la de Lamas Pardo, y le contara a cualquiera -de ellos, sin nombrarle a él, por supuesto, que se habían encontrado -pruebas fehacientes de que Maroto pertenecía a la masonería, en la que -tenía un alto cargo, y de que estaba preparando una gran traición. - -Sánchez de Mendoza era conocido entre los carlistas como fiel a la -causa y hombre de buenas intenciones, aunque fantástico y muy crédulo. - -Labandero, al oír a Sánchez de Mendoza, no dió gran crédito a la -noticia; pero, por si acaso, avisó a Echevarría por si quería ir a su -casa. Estaban hablando los tres, cuando aparecieron Roquet y el obispo -de León, que venían del Seminario. - -Al ver las cartas masónicas del Simancas, Echevarría y Labandero se -quedaron maravillados. - -Al día siguiente, Sánchez de Mendoza llamó a don Eugenio y -confidencialmente le contó con detalles lo que había ocurrido. - -Al parecer, cuando llegaron el obispo Abarca y Roquet a casa de -Labandero y mostraron los papeles, decidieron todos tener una junta con -el abate Miñano. - -Echevarría avisó a don Basilio García y a don Florencio Sanz; -Labandero, a Lamas Pardo; Pecondón apareció con el conde de Hervilly, -y todos, en varios grupos, fueron a casa de Miñano. Sánchez de Mendoza -quedó muy admirado al saber que el abate trabajaba por los carlistas y -al ver su casa lujosa, su biblioteca llena de libros raros, los cuadros -y los muebles. - -En el despacho de Miñano, a puerta cerrada y con el mayor secreto, -Roquet mostró las tres planchas masónicas. Pasaron de mano en mano y -las examinaron con cuidado. A ninguno se le ocurrió la idea de una -mixtificación y que aquello podía ser una falsedad. - ---¿Qué hacemos?--preguntó el obispo. - ---Hay que comunicar eso a don Carlos--contestó Miñano. - ---Y cuanto antes--añadió Echevarría. - ---¿Usted no tiene un agente en el Real?--preguntó Miñano al obispo. - ---Sí: Enciso. - ---Pues escríbale usted para que facilite el paso del señor Roquet a -presencia de don Carlos. - -El obispo de León estaba asustado y no se atrevía a escribir la carta -por temor a comprometerse. - ---¿Cree usted que sea necesaria?--preguntó varias veces a Miñano. - ---Sí; me parece indispensable. - -Entonces el obispo redactó un corto billete, que decía así: - -"Señor don Miguel Enciso: Tenga la bondad de hacer que el dador pueda -hablar con nuestro principal en un asunto importante de comercio.--_A._" - -Al terminar la reunión, Sánchez de Mendoza dijo en tono solemne y -melodramático: - ---Ahora, guerra a muerte a Maroto. ¡Abajo el traidor! - ---¡Abajo!--contestaron todos con frialdad, pensando, sin duda, que era -inoportuno dar gritos en una reunión secreta. - -Después de muchas cábalas acerca de las consecuencias que podía tener -el descubrimiento de las planchas masónicas, los apostólicos, en -grupos, volvieron a Bayona. - -Las reuniones en casa de Miñano se convirtieron con el tiempo en -una junta carlista y apostólica, dirigida por el obispo de León, -Echevarría, fray Antonio de Casares y Labandero, y en la que hacía de -secretario Sanz, el hermano del general navarro fusilado en Estella. - -Maroto lo supo un mes más tarde, y en un escrito que publicó, decía: - -"Todos los avisos y partes que recibo por diferentes conductos indican -una próxima revolución en el ejército y las provincias, la que parece -es fomentada más particularmente por fray Antonio Casares, capuchino -pagado que servía de capellán en el 5.º batallón de Navarra; por el -reverendo obispo de León y por el oficial que fué de secretaría de la -Guerra don Florencio Sanz, secretario actualmente de una junta formada -en Bayona, compuesta de los expulsados, y con acuerdo del cónsul en -dicha plaza, por el Gobierno usurpador y revolucionario, en la cual -hace también su papel el inmoral abate Miñano y otros inficionados en -sus mismas doctrinas." - -Maroto se engañaba respecto a Miñano; porque el abate no estaba -inficionado en ninguna doctrina; más bien había conseguido -desinficionarse de todas. - -Al día siguiente, Roquet y don Eugenio tuvieron una larga conferencia -en casa de Iturri; se pusieron de acuerdo en los más pequeños detalles, -y poco después salía Roquet camino de España. El obispo de León le -indicó al agente que si le veía a don Carlos le dijera que él, Abarca, -garantizaba la verdad de la existencia de las cartas masónicas de -Maroto. - -Dos días más tarde estaba el francés en Tolosa; veía a don Miguel -Enciso, le entregaba la carta del obispo de León, y después juntos -Enciso y Roquet encargaban al coronel Soroa que se presentara al -pretendiente con las cartas masónicas y con el recado del obispo de -León. - -Soroa y Roquet marcharon a Oñate y Roquet fué presentado al intendente -general, don Juan José Marcó del Pont, que unos días más tarde dejó su -cargo de intendente para ser ministro de Hacienda. - -Marcó del Pont era enemigo rabioso de Maroto y enemigo desenmascarado. - -Hacía unos días que Espartero había enviado a Maroto un periódico de -Madrid, que contenía copia de las cartas interceptadas, enviadas por -Arias Teijeiro desde el campo de Cabrera a don Carlos, cartas dirigidas -bajo sobre a Marcó del Pont y en las que se insultaba y ponía como un -trapo a Maroto. - -Maroto estaba dispuesto a echarle el guante a Marcó del Pont y a -fusilarle. Marcó lo sabía y el odio se le acrecentó con el miedo. - -Marcó del Pont se enteró del asunto de las cartas masónicas y llevó a -Soroa y a Roquet a presencia de don Carlos. - -El Pretendiente examinó las tres cartas masónicas; las leyó, reflexionó -y dijo, disimulando la gran impresión que le producían (su único -talento era éste: disimular): - ---Esto, en el fondo, no tiene mucha importancia. Ya sabía yo que entre -mis generales había algunos masones. - ---Señor--replicó Soroa, poniéndose rojo de indignación, con una -violencia de vasco fanático--: Los generales que estén en el ejército -carlista y pertenezcan a la masonería, no pueden ser más que traidores. - ---Si yo también lo creo así--dijo don Carlos. - -Roquet calló. - ---¿Y los otros papeles?--preguntó el Pretendiente. - ---Los otros papeles los tiene ese señor legitimista de Bayona--contestó -Roquet. - ---¿Usted los ha visto? - ---Sí. - ---¿Qué son? - ---Hay un pliego grande de papel que tiene este título: Cuadro sinóptico -del triángulo del Norte de España; en él hay muchos óvalos a manera de -lentes, pintados de verde y rojo. - ---¿Hay nombres? - ---No; en el centro de cada óvalo hay un número. En el lado de los -verdes hay un letrero que dice: "Civiles". Y en el de los rojos se -lee: "Militares". Encima del pliego, a la cabeza, hay muchos números y -jeroglíficos que no hemos sabido descifrar. Hay, además, una cajita de -cartón con una esfera, con el nombre: "Esfera de luz" llena de signos -parecidos a los de estas cartas. - ---¿Y cómo ha llegado todo eso a Bayona?--preguntó don Carlos. - ---Este legitimista que quiere presentar estos papeles es un hombre que -se encuentra en mala situación y suele alquilar un gabinete con su -alcoba. A ese gabinete vino un español con su equipaje y estuvo unos -cuantos días; pero parece que alguien le perseguía, o que le mandaron -algún recado urgente, porque el caso fué que tuvo que escaparse y -recomendó al señor legitimista dueño de la casa que tuviera cuidado con -su baúl. En esto, el hijo del legitimista, un muchacho de doce a trece -años, abre por curiosidad el baúl, se encuentra con el pliego pintado y -con la esfera de luz, y creyendo que eran juguetes, se los enseña a su -padre. - ---Y ese señor francés, legitimista, ¿no querría venir él mismo aquí con -sus documentos?--preguntó el Pretendiente. - ---No quiere, porque no le conviene que se sepa su nombre--contestó -Roquet--. Está haciendo gestiones para conseguir un destino con el -Gobierno francés, y si se supiera que había violado un secreto, tendría -por ello muy mala nota. - ---Yo le daría una cruz o un título si me proporcionara esos -papeles--dijo el Pretendiente. - ---El no está en situación para desear distinciones. El no quiere más -sino hacer este servicio a la causa de Su Majestad para que vea quienes -son los que le rodean. El dejaría los papeles durante quince días para -que los examinaran detenidamente, bajo palabra de honor de que se los -habían de devolver, y pediría por esto tres mil francos. - ---Bueno, pues se le darán--dijo el Pretendiente. - -Por lo que contó Roquet, tanto don Carlos como Marcó del Pont estaban -inquietos y recelosos y al mismo tiempo muy satisfechos con la -perspectiva de dar la zancadilla a Maroto y acabar definitivamente con -él. Hablaron el Rey y el ministro largo rato, retirados a un lado de -la habitación. Don Carlos pensó en escribir una orden al gobernador de -Vera para que facilitase y diese escolta a la persona portadora de los -documentos cuando se presentara en la frontera; pero, al ir a escribir -la nota, Marcó del Pont dijo que él mismo acompañaría a Roquet hasta -Vera y diría al comandante de esta villa fronteriza, coronel Lanz, que -cuando Roquet volviese a Bayona le llevasen con escolta hasta el Real. - -El francés se comprometió a llevar los documentos, y Marcó del Pont le -aseguró que, después de comprobar su autenticidad y su importancia, le -entregaría tres mil francos para el legitimista y otros tres mil como -garantía de que se le devolverían todos los papeles. - - - - -VI - -EL DINERO - - -Mientras Aviraneta esperaba con ansiedad los resultados de la gestión -de Roquet corrieron por Bayona muchas noticias. Se dijo que los -antimarotistas de la Junta Apostólica iban a tener dinero para hacer -más intensa la guerra. - -El secretario de la Junta, don Florencio Sanz, se agitó y lanzó -circulares, afirmando la vuelta al poder de los _puros_. Se añadió que -el padre Larraga había ido a Turín y el general Uranga a Viena; que los -dos traerían disposiciones y dinero en abundancia, y que en seguida la -Junta Apostólica iría a ponerse de acuerdo con Cabrera y Arias Teijeiro. - -Pocos días después el _Faro de Bayona_ confirmó la noticia y añadió -que Tarragual había pedido el pase al subprefecto para ir a Toulouse y -luego a la frontera catalana. - -Todo esto Aviraneta sabía que no tenía importancia; en cambio, por -aquellos días supo por el Club antimarotista de Azpeitia una noticia -importante. - -Se trataba de hacer un empréstito de quinientos millones de reales -a don Carlos por las casas Tastet y Francessin. Tastet había pasado -al Real de don Carlos con una carta de los principales banqueros de -Inglaterra ofreciendo al Pretendiente auxilios si se avenía a firmar -el contrato en las condiciones que se le proponían. - -El negocio era una combinación de comerciantes ingleses y franceses, -dirigida a arruinar la poca industria española. - -Tastet fué al Cuartel Real, y primero se vió con el padre Cirilo de la -Alameda y éste quiso sacar tajada sin exponerse; pero Tastet era tan -cuco como podía serlo el padre Cirilo y estaba dispuesto a no dar un -cuarto sin garantías. - -Aviraneta temía que, a pesar de que las condiciones eran duras, don -Carlos, impulsado por la necesidad, firmase el empréstito para poder -tener armas, caballos, efectos de guerra y dinero para pagar a las -tropas. - -Sabida es la frase del mariscal Trivulzi, que se ha repetido muchas -veces: - -"Tres cosas son necesarias para llevar bien una guerra: la primera, -dinero; la segunda, dinero, y la tercera, dinero." - -A esto se puede añadir la frase de Vespasiano, que el dinero no tiene -olor; es decir, que lo mismo da que venga de arriba que de abajo; de -las flores o del cieno. - -Aviraneta, que veía un gran peligro en este empréstito, comenzó a -trabajar en contra de él. Dió informes a los antimarotistas de Fermín -Tastet, banquero bilbaíno, que había sido liberal y masón; hizo decir -a los Clubs de Tolosa, de Azpeitia y de Bayona que el empréstito era -una trama pérfida de Maroto para exterminar a los carlistas puros y -al Pretendiente, pues dueño el general de este modo de las tropas, -pagándolas espléndidamente haría lo que quisiera, transigiría con -Espartero, sacrificando la causa de la legitimidad y del catolicismo. -Esta era la explicación de que fueran liberales y masones los que -ofrecían el dinero. - -La idea lisonjeó a los fanáticos, se la apropiaron, y fué tal la -enemistad que se produjo contra este empréstito, que Tastet tuvo que -escaparse del Real y marchar corriendo a Francia. Los dos banqueros, -el español y el francés, se manifestaron asombrados de la enemiga que -había producido su proyecto. - -Hablaron en Bayona con el marqués de Lalande y uno de los banqueros -dijo: - ---Sin dinero la guerra se acabará pronto. - -El marqués de Lalande parece que añadió: - ---Ya no tenemos guerra más que para unos meses. - - - - -TERCERA PARTE - -LAS FIGURAS DE CERA - - - - -I - -PERSONAJES HISTÓRICOS - - -Alberto Dollfus, alias Chipiteguy, tenía la manía de adquirirlo todo. - ---La cuestión es almacenar, meter cosas en la tienda--decía él--. -Siempre hay gente que quiera comprar. - -El sistema no debía ser del todo malo, porque al parecer, y gracias a -él, el chatarrero se enriqueció. - -Un poco antes de que Alvarito Sánchez de Mendoza entrase en casa de -Chipiteguy, el trapero había comprado varias figuras de cera de desecho -que vendía un señor David, Curtius para el respetable público, dueño de -un gabinete de figuras ceroplásticas que pasó por Bayona. - -Estas figuras, el señor David, alias Curtius, las vendió, la mayoría, -desnudas, como si fueran odaliscas, para un harén, y otras en piezas -separadas, cabezas, piernas, brazos, como si se tratara de un género -de carnicería. La mayor parte de las figuras ceroplásticas no tenían -más que el tronco, algo del pecho, las manos y los pies. Chipiteguy -se decidió a dedicarse a la ceroplastia quirúrgica; pensó primero en -restaurar sus figuras y a algunas las fortificó, metiendo a unas un -palo por la pierna, para que hiciera de tibia, rellenando brazos y -muslos con paja de maíz. Después, con cera derretida fué tapando los -huecos de las caras y de las manos y, hecha esta restauración, pintó -las mejillas con albayalde y bermellón. - -Chipiteguy, que conservaba guardados en su almacén muchos trajes de -mujer y uniformes de todas clases, pensó que unos y otros podían servir -muy bien para vestir sus figuras, y sacó de sus almacenes chupas, -casacas, calzones, fraques azules, enaguas, pañoletas, peinetas y demás. - -La andre Mari y la Tomascha tuvieron que remendar muchas medias y -puntillas por aquellos días. El señor David se había desprendido de -sus muñecos, porque, además de estar un poco estropeados, eran muy -conocidos de su numerosa clientela, y el buen Curtius, celoso del -interés de su espectáculo, quería sustituír sus personajes antiguos -por otros nuevos de militares, de asesinos y de envenenadores de más -prestigio y fama. - -Algunas de las figuras de cera compradas por Chipiteguy estaban -identificadas; pero otras no. Probablemente el señor David, Curtius en -la vida pública, había hecho pasar uno de sus muñecos unas veces por -Enrique IV, otras por el gran Federico, por Mahoma o por el general -Poniatowski, y había dama en cera que había sido, alternativamente, -María Cristina de personajes de la Revolución francesa y de Inglaterra -y la querida de Fieschi, el de la máquina infernal; sin contar -otros antiguos avatares, desacreditadores de la ceroplastia y de la -iconografía. - -Chipiteguy encargó a Alvarito que en los ratos perdidos mirase los -periódicos ilustrados y las estampas de la trastienda para ver de -identificar los personajes ambiguos y borrosos. Alvarito estuvo varios -días pasando hojas y más hojas y llenándose de polvo, y no consiguió -gran cosa. Entre las láminas que guardaba Chipiteguy había estampas -raras, grabados antiguos alemanes de Alberto Durero y reproducciones -de los cuadros del Bosco, de Holbein y de Cranach. Estas láminas se -hallaban mezcladas con otras arrancadas de libros y con estampas -populares de las Danzas de la Muerte, de la Historia de los cuatro -hijos de Aymón, de Genoveva de Brabante, de los cuatro jorobados de -Valladolid y con retratos y escenas de personajes de la Revolución -francesa y el Imperio. - -Chipiteguy puso también a contribución los conocimientos de un sobrino -suyo, Marcelo Ezponda, ingeniero y profesor de una academia, aunque -éste se ocupaba principalmente de cuestiones de química y mecánica. - ---A ver si tú, Marcelo, me iluminas en este asunto--le dijo Chipiteguy. - ---¿Qué hay que hacer? - ---Quisiera identificar todas estas figuras de cera--indicó el viejo, -señalando la fila de siniestros personajes, que estaban unos casi -enteros, sostenidos en la pared, y otros a trozos en el suelo, como en -un Spoliarium. - ---Querido tío--dijo Marcelo--: esto es más difícil de lo que parece -a primera vista, porque hay tipos, claro está, a quienes se puede -identificar sólo por la cara; pero a otros muchos, a la mayoría, se les -conoce por los accesorios, por el peinado, por el uniforme o por la -indumentaria. - -Tan cierto es que los hombres, en general, tienen tan poco carácter -que, si a los más ilustres y mejor dibujados se les quitan los -accesorios históricos, los bigotes y las patillas, los galones y los -penachos, un par de frases y otro par de anécdotas, no les conocería ni -su padre. - -El tío, el sobrino y Alvarito estuvieron haciendo cábalas acerca de -quiénes podrían ser aquellos personajes, y llegaron a identificar a -María Antonieta, a la Brinvilliers, a Mirabeau, Robespierre, Marat, -Fouché, Fualdés, Paganini, Danton, Fieschi con su querida, madama -Roland y Robinsón Crusoé. Algunos no eran muy seguros; otros, por -ejemplo, como Marat, con el cuerpo desnudo, encogido, como para ser -metido en una bañera, con una herida en el pecho y un pañuelo atado a -la cabeza, eran indudables. - -Las demás figuras quedaron sin identificar. Algunas se comprendía que -eran de varones, otras de hembras; no faltaban quienes tenían aire -ambiguo. - -A las figuras no identificadas Chipiteguy y Marcelo les pusieron motes: -el Inglés, el Diplomático, la Española. A una le llamaron la Dama -Bonita. - ---Esta pícara tiene aire gracioso--dijo Chipiteguy--. Es alguna dama -del antiguo régimen. Con su cara sonrosada y sus ojos azules la estoy -viendo riéndose de su marido y de sus galanteadores. - -Alvarito la encontraba cierto lejano parecido con Manón. - -Chipiteguy no se arredró por la dificultad de identificar sus figuras -ambiguas y borrosas y en colaboración de Alvarito decidió quién había -de ser ésta y la otra, y después de su decisión, sintiéndose tan -Curtius como el señor David, puso a los personajes pelucas y patillas, -pegadas o sujetas con tachuelas. Les encasquetó tricornios y morriones -y los transformó en generales célebres de la guerra carlista. Los -ultrajes a la ceroplastia eran continuos. - -En Bayona, y en aquella época, este disfraz carlista de los personajes -era lo que podía tener más interés para el respetable público. - -Además de las figuras separadas había un grupo de tres hombres, que por -su actitud estaban asesinando a otro; pero el muerto faltaba. Estos -tres vinieron vestidos. Uno de los asesinos, hombre joven, con los ojos -torcidos, la boca de labios gruesos, la nariz chata, gorra en la cabeza -y pañuelo rojo al cuello, levantaba el brazo, armado con un puñal. El -otro, más viejo, rechoncho, fuerte, de mirada inteligente y viva, tenía -un cuchillo medio oculto en la mano. El tercero, un testigo, unido a -los dos asesinos por la fatalidad y por unos listones de madera, era un -hombre que gritaba, pidiendo socorro, y abría mucho la boca, enseñando -los dientes y las encías. Este tipo, que debía ser una persona honrada, -tenía el pelo gris, la cara con muchas arrugas, anteojos, gabán y -bastón en la mano. A pesar de su presunta honradez era casi más -antipático que los criminales unidos a él. - -Chipiteguy pensó que podría llamarse al joven el Asesino, al otro el -Patibulario y al viejo que gritaba el Voceador. - -Todas las figuras de cera tenían ese aspecto horrible y feo, un poco -de fantasma, de las obras ceroplásticas. Era un extraño carnaval de -figuras inmóviles y sin expresión, aunque algunas tenían como un lugar -común expresivo y amanerado. - -Había tipos con aire de pedantería y de discreción, que parecían decir: -"¡Ah!, no crean ustedes; nosotros también guardamos nuestro secreto." - -Cuando estuvieron vestidos, se les arrimó a los personajes a la pared -del almacén. - -Manón, al verlos, sintió la repugnancia de aquellas figuras de aire -hipócrita y pedantesco, y exclamó: - ---¡Qué asquerosos tipos! - -Luego pidió a su abuelo permiso para romperlos a pedradas. - ---¡Hombre, hombre! ¡Qué chica! Tú eres iconoclasta. Déjalos. Después de -todo, no te has de casar con ninguno de ellos--dijo Chipiteguy--, y ya -verás como cada uno nos trae sus cuartitos. - -La mayoría de los personajes fueron transformados en militares y en -guerrilleros de la guerra carlista, menos el grupo de los asesinos. - -Aquellos tipos tenían aire tan repugnante y tan vil, que no podía -transformárselos en guerrilleros. Tampoco se les pudo cambiar en -monederos falsos. Lo más que se les hubiera podido convertir era en -verdugos. - -¿Qué crimen habían cometido? Chipiteguy no lo sabía. Su sobrino Marcelo -dijo que quizá se podría averiguar el crimen leyendo las causas y -procesos célebres; pero Chipiteguy pensó que, después de todo, no valía -la pena. A aquellos tres siniestros personajes, unidos por el destino y -por los listones que tenían al pie, no era tampoco fácil separarlos. - -Chipiteguy pensó que debía guardar el grupo oculto hasta que se -agenciara un asesinado de cera que tuviese un poco de aspecto. Estos -tres personajes horribles fueron a parar a la cueva, envueltos en telas -de sacos. - -A Alvarito, el recordarlos le daba horror. ¿Por qué no le parecían -unos peleles armados con palos y llenos de hojas de maíz, como eran? -¿Por qué no los tenía por muñecos o maniquíes vestidos con ropas de -prenderías? No sabía por qué, pero le hacían efecto. Sin duda no era -la cosa completamente extraña, porque el loco de la vecindad, a quien -llamaban Abadejo, al ver los muñecos, se estremeció, le dió un ataque y -empezó a dar gritos de melusina. - -Se veía que aquellas figuras siniestras obraban en la gente de -imaginación débil, perturbándolos. La ceroplastia tenía una acción -indudable en el sistema nervioso. - -Un día Chipiteguy le dijo a Alvarito: - ---Al ciudadano Marat le tenemos que hacer una herida mayor. Toma este -cuchillo y caliéntalo en el fuego, en la cocina. - -Alvarito hizo lo que le mandaban. - ---Ahora--le dijo el viejo--, húndeselo en el pecho al ciudadano Marat. - ---¿Yo? - ---Sí. ¿Qué, te da miedo? - ---No, no. ¿Por qué me va a dar miedo? - ---Con cuidado. - -Alvarito cogió el cuchillo caliente y lo clavó en el pecho del gran -revolucionario. Chirrió la cera y quedó una como herida horrorosa, que -luego se pintó de bermellón. - -Chipiteguy no tenía idea buena. Buscaba lo impresionante, lo -sensacional. A una de las figuras de mujer se le ocurrió ponerle un -antifaz en la cara, con lo que la dejó más siniestra. - -Cuando concluyó el arreglo de sus figuras, Chipiteguy construyó una -barraca en la plaza de la puerta de España, donde solían tocar la -música los soldados. Su instalación tuvo éxito. Durante mucho tiempo -la gente fué por la tarde a ver las figuras de Chipiteguy. La barraca -no tenía luz de día, sino que estaba iluminada por unos quinqués de -petróleo. Esto le daba al lugar un aire de cueva misterioso y siniestro. - -A la entrada, para cobrar, solía estar una muchacha, vestida de -lentejuelas, y dentro había un francés ex carlista que explicaba la -vida y las aventuras de cada personaje con gran lujo de detalles. Por -entonces las siluetas y tipos de los generales españoles liberales -y carlistas no se conocían con exactitud, al menos en Francia, y -Paganini, Fieschi y Robespierre, pelos más, pelos menos, podían pasar -indiferentemente por Cabrera, Zurbano o Zumalacárregui... - -Una tarde, poco después de la inauguración de la barraca de Chipiteguy, -instalada cerca de la puerta de España, charlaban dos jóvenes elegantes -con don Eugenio de Aviraneta, mientras contemplaban las figuras de cera. - -Uno de los jóvenes era un pintor, que vestía como un dandy, frac -azul, pantalón con trabillas y grandes melenas; el otro era Ochoa, el -escritor. - ---Oiga usted, don Eugenio--le dijo Ochoa a Aviraneta--, ¿qué cantidad -de verdad hay en estos retratos? - -Aviraneta se sonrió; era amigo de Chipiteguy. - ---No están mal--dijo. - ---Es curioso--exclamó el pintor--; las figuras de cera son más -pintorescas y más típicas cuanto más estropeadas y viejas están. - ---¡Ah, claro! No es obra artística--indicó Aviraneta. - ---Indudablemente--dijo el pintor con petulancia--, las figuras de cera -son algo atrayente, sobre todo para los chicos y la gente del pueblo. -Es un espectáculo de gran curiosidad, emocionante... - ---Pero al mismo tiempo de extraña repulsión--indicó Aviraneta. - ---Es cierto--añadió Ochoa--. Esta curiosidad y este atractivo son -malsanos. Tiene todo esto la sugestión de la cosa prohibida y -pornográfica; algo de la inquietud que produce la máscara, y al mismo -tiempo, ese fondo malo, encanallado, histérico, que se revela en la -curiosidad por los muertos, por las salas de disección, los gabinetes -anatómicos y las operaciones. - -Alvarito se puso a escuchar la conversación de los tres señores, porque -le interesaba. - ---¿A ustedes les produce repugnancia?--preguntó el pintor--. A mí me -inspira más bien risa. - ---A mí, una barraca de figuras de cera, me parece un depósito de -cadáveres de broma--murmuró Aviraneta. - ---Sí, sí, tiene usted razón--dijo Ochoa--; a mí me parece lo mismo, y -creo que la causa principal de esto es que todo en esas figuras sabe a -muerto. - ---Pues a mí, principalmente, todo ello me produce risa--insistió el -pintor--; aquel general con su tricornio y su sable es de lo más -grotesco que se puede imaginar. - ---Los generales de verdad son más grotescos--afirmó Aviraneta. - ---Yo creo que en una exhibición así el recuerdo de la muerte es lo que -se impone--siguió diciendo Ochoa--. El color de la cera es color de -muerto, y, unido a la repugnancia que producen los ojos de cristal, los -pelos postizos y los trajes acusan más esta impresión. - ---Mire usted qué monja--señaló el artista--. Es siniestra. ¿Eh? - ---Parece un fantasma--dijo Aviraneta. - ---Sí, es horrible. ¿Cómo puede encontrar eso nadie bello?--preguntó el -pintor. - ---Hay gente para quien lo horrible es lo bello--replicó Ochoa. - ---¡Bah!--exclamó el pintor. - ---¿No lo era también para Shakespeare? - ---Yo no he leído a Shakespeare--replicó el artista--; como si esto -fuese una superioridad. - ---Un francés, ¿para qué va a leer nada extranjero?--exclamó -Aviraneta--. Ellos lo tienen todo en casa. - ---Es verdad--contestó el artista, sin notar la ironía de don Eugenio. - -Alvarito escuchó con atención. El, no sólo no había leído, sino que no -había oído hablar nunca de Shakespeare. - ---En todo se acentúa la idea de muerte y de sepulcro--insistió Ochoa--; -la cera tiene algo de carne, pero de carne muerta; los ojos vidriosos -de cristal son ojos de cadáver; el pelo, separado de la persona, es de -las cosas que más recuerdan al muerto. Las ropas, sobre todo usadas, -hablan de un difunto: son como testigos de todo el bien y el mal que ha -hecho un hombre de verdad en la vida, porque no es muy probable que el -sastre las hiciera para muñecos. Todo lo que se reúne en las figuras de -cera es funerario y sepulcral. - ---Como tú, querido Ochoa--saltó el pintor--, que también estás -funerario y sepulcral. - ---El tamaño quizá influye también--añadió Aviraneta--. Si las figuras -fueran mayores o menores que el natural, probablemente no darían tanto -la impresión de cosas muertas; pero esos gabanes usados, esas gorras, -esos sombreros, que los han llevado, seguramente, gentes vivas, nos -sugiere un poco la idea del difunto. - ---¡Qué macabros están ustedes!--exclamó el pintor. - ---No, macabros, no. Insistimos un poco para aclarar--replicó Ochoa--. -Indudablemente tiene usted razón, don Eugenio. El tamaño influye -mucho. Es el del natural; por lo tanto, el del muerto. Aumentándolo o -achicándolo bastaría probablemente para quitar esa impresión. Un muñeco -no da nunca esa sensación desagradable, porque no hay la posibilidad de -confundirle con una persona. ¿Por qué la posibilidad de la confusión es -tan desagradable? - ---Es la posibilidad del fantasma, del espectro--dijo Aviraneta--. -Un fantasma como una mosca o como un monte no podría ser fantasma -asustador. - ---Luego hay el otro punto--insistió Ochoa--. ¿Por qué una figura -tan realista como una figura de cera no produce efecto artístico? -Indudablemente, todas estas impresiones reunidas de curiosidad y de -repulsión de que hemos hablado estorban para producir una sensación -de suavidad y de dulzura. ¿Por qué el asesino con un puñal en la mano -y la víctima con una herida de la que brota sangre nos son odiosas en -figuras de cera y no en un cuadro? - ---Resolver esa cuestión sería encontrar el tope del arte--dijo -Aviraneta--, sería saber dónde están sus límites. - ---Es cierto--añadió Ochoa--. No sabemos cuál es el límite del arte. -¿Por qué el pelo rubio o negro pintado en la tela está bien y, -en cambio, la peluca rubia o morena sobre una figura de cera es -repugnante? ¿Por qué los tiñosos de Murillo, en su cuadro de "Santa -Isabel", son hasta bonitos y, en cambio, un tiñoso en figura de cera -sería aún más desagradable que en realidad? - ---Sin duda la realidad, y el hombre dentro de ella, es como un -monstruo lleno de tentáculos--observó Aviraneta--, y unos de éstos -viven de aire y de luz, y otros, de sangre y de cieno; el arte los -aprovecha, pero no puede aprovecharlos todos. - ---Y las figuras de cera toman de la realidad esos tentáculos cenagosos, -los más hundidos en el barro humano--añadió Ochoa. - ---Es indudable--dijo Aviraneta. - ---A mí lo que me asombra--añadió Ochoa--por qué este arte de las -figuras de cera, cuando llega a la suma perfección, no llega a la -belleza. Ustedes habrán visto en el castillo de Potsdam la figura del -gran Federico en cera. - ---Yo, no--dijo Aviraneta. - ---Yo, tampoco--repuso el pintor. - ---Todos afirman que es de un parecido absoluto. Las facciones del rey -de Prusia están vaciadas en la cara del muerto; el que pintó la cara -conocía al gran Federico, y sus mejillas apergaminadas y sus ojos -rodeados de un círculo morado son de una verdad completa. El traje y -los accesorios son los mismos que usaba el rey; la peluca de estopa, el -uniforme azul, desteñido y raído; las botas, el sombrero, la espada, la -flauta, son los que él empleaba. Es casi la realidad... sin el espíritu. - ---¿Y qué efecto hace?--preguntó Aviraneta. - ---Igual que estas figuras de cera. Da repugnancia y miedo--contestó -Ochoa. - -Quizá iban a seguir los comentarios, que Alvarito oía muy interesado, -cuando se presentó Chipiteguy, que saludó afectuosamente a Aviraneta. - ---¿Quién es este tipo?--preguntó el pintor a Ochoa. - ---¿El viejo? Es el dueño de las figuras de cera. - ---No; el otro. - -Ochoa le explicó quién era el conspirador, y el artista estuvo -contemplando a Aviraneta. - ---Es un tipo curioso--murmuró--; tiene una bonita cabeza. - ---Sí, es un poco águila o buitre. - -Alvarito escuchó con atención aquellas teorías acerca de la ceroplastia -que expusieron los tres señores y pensó sobre ellas. En muchas cosas -estaba conforme. - - - - -II - -LOS SUEÑOS DE ALVARITO - - -Mientras las figuras de cera estuvieron encerradas en el almacén -constituyeron una obsesión para Alvarito. Le daban miedo, horror y -repugnancia, y no quería acercarse a ellas. De noche, sobre todo, el -pensar en el sótano le hacía estremecer. Era un antro de la locura, -lleno de monstruos gesticulantes, de espectros horrorosos, que se -amenazaban en un terrible silencio. Alvarito tenía el temor de que -toda su vida la pasaría así, con la perspectiva de un sótano negro con -figuras de cera. - -Cuando comenzaron a llevarlas a la barraca pensó que ya se sentiría -tranquilo; pero quedaba en la cueva el grupo de los asesinos, que era -el que más le repugnaba y le inquietaba. - -Alvarito era muy nervioso. Había vivido siempre excitado con las -fantasías políticas de su padre y las ideas supersticiosas y fatídicas -de la madre. Al principio, en casa de Chipiteguy, con la buena -alimentación, había logrado robustecerse física y moralmente; pero -aquellas malditas figuras de cera le obsesionaban y le quitaban toda -tranquilidad. Constantemente se le aparecían en sus sueños. - -Soñó una vez que la casa de Chipiteguy estaba encantada por un -maleficio misterioso y extraño. En los subterráneos había monstruos -gesticulantes, sombras hórridas que se agitaban en el silencio; en el -piso alto había un hada y un viejo mago, y alrededor un ambiente de -locuras y de extravagancias. - -Cuando se entraba en la casa se desfallecía, hasta tal punto, que en -pocos minutos se quedaba uno anémico y exangüe y al último convertido -en figura de cera. - -De pronto una mujer que le hablaba, y a quien conocía, aunque en el -momento no sabía quién era, le revelaba susurrando el importante -secreto. Para no quedar encantado en aquella casa era necesario no -tocar el suelo. Era por el contacto con el suelo cómo se perdían las -fuerzas. Entonces a Alvarito se le ocurría la idea de llevar una grúa -de las que se levantaban en la orilla del río y colocarla cerca del -Reducto, y por la cuerda descolgarse y entrar en casa de Chipiteguy. - -Alvarito realizaba su proyecto con gran facilidad; bajaba por la cuerda -y, balanceándose en ella, recorría la casa, sin pisar el suelo, y a -todo lo que tocaba con una varita lo desencantaba al momento. De pronto -comprendía que había sitios a los que no podía llegar, y entonces -abandonaba la grúa y construía en un instante unos zapatos altos, de -suela hueca, y comenzaba a andar por toda la casa, deslizándose con una -gran facilidad; pero se encontraba una puerta cerrada y ésta era su -desesperación, porque no podía desencantar a una persona oculta, por -quien tenía gran interés, y, a pesar del gran interés, no sabía quién -era. Todas sus tentativas eran fallidas. Al empujar la puerta cerrada -e intentar abrirla perdía sus fuerzas. No sabía por qué, hasta que -miraba por un ventanillo y veía una muchedumbre de figuras de cera que -sujetaban la puerta por dentro. - -Aquel sueño se le complicaba con otro parecido. En el segundo sueño -entraba por un ancho portal, subía por una escalera y pasaba a un -campanario de una iglesia, lleno de gente, con unas grandes vigas en -el techo, de las que colgaban un gran número de arañas, que subían y -bajaban, haciendo gimnasia en sus plateados hilos. La gente era extraña -y absurda; había un hombre pequeño, moreno y de bigote negro, vestido -de mujer, que braceaba mucho al andar y miraba con gran petulancia; -un tipo rechoncho, con la cara tiznada de carbón, que se parecía a -Claquemain, y una mujer alta, seca, esquelética, con la mirada fría, el -pelo rubio y vestida de militar. - -Había chiquillos en el suelo, por entre las sillas, redondos y blancos -como pelotas de goma, parecidos a los del cuadro de la "Matanza de los -Inocentes", del salón de casa de Chipiteguy. Entre aquella gente rara, -una figura, cubierta con antifaz, le miraba a él con fijeza y le hacía -estremecer. - -De repente se entablaba una discusión entre dos curas delgados, -pequeños y picados de viruelas, que decían algo terrible al moreno de -bigote y vestido de mujer. Entonces, en lo más fuerte de la discusión, -aparecía un hombre con anteojos, peluca y gabán gris, abría la -boca y parecía gritar, pero Alvarito no le oía. Era el voceador el -personaje de las figuras de cera del grupo de los asesinos. Alvarito se -desesperaba al verle y en su desesperación se despertaba. - -Muchos otros sueños le produjeron al muchacho el recuerdo de aquellas -malditas figuras de cera. - -Alguna vez, al pasar por las orillas del Adour, vió surgir entre -el boscaje al Asesino, que se le presentaba con el brazo levantado -blandiendo su puñal. - -Alvarito se hallaba predispuesto a creer en espectros y en aparecidos. - -Sin embargo, se decía: - ---Una figura de cera no puede tener alma. Soy un visionario. - -Y este pensamiento, en parte, le tranquilizaba, aunque no siempre. -También pensaba que los maniquíes, los autómatas, los peleles y los -muñecos tienen como un reflejo de la personalidad del que los ha hecho, -y a veces hasta voz como los espantapájaros del Tonkín, que con una -botella rota y una cuerda suenan y chirrían y asustan a los gorriones. - -En un libro viejo, encuadernado en pergamino, que tenía Chipiteguy, un -antiguo tratado de supersticiones, Alvarito leyó que los sueños son de -cuatro clases: divinos, naturales, morales y diabólicos. Los sueños -naturales provienen del temperamento de las personas. - -Los biliosos sueñan colores amarillos, querellas, disputas, combates -e incendios; los sanguíneos sueñan con azafrán, jardines, festines, -danzas, amores y diversiones; los melancólicos, con humo, obscuridad, -tinieblas, paseos nocturnos, espectros, cosas tristes y muertes; los -pituitosos, con el mar, los ríos, las navegaciones, naufragios, objetos -pesados y obstáculos para la marcha. - -Alvarito, al leer esto, pensó que quizá él principalmente era -pituitoso, con un poco de bilioso, otro poco de melancólico y una miaja -de sanguíneo. Después comprendió que todo esto no era más que hablar y -no decir nada. - -Un día soñó que iba a caballo por un gran puente que avanzaba en el -mar. A un lado y a otro se agitaban las olas y hervían las espumas en -un verdadero caos. - -Estas olas tenían a veces vagas figuras humanas y se levantaban -severamente para decirle algo. - ---¿Qué pasa? ¿Qué me quieren?--se preguntaba. - -Las olas no llegaron a romper a hablar, y de este sueño lo único que -dedujo Alvarito al pensar en tanta agua fué que él debía ser muy -pituitoso. - -Otra vez soñó que estaba delante de una gradería de figuras de cera, y -que en medio había un dandy, con melenas y frac azul, que reproducía -los rasgos del pintor amigo de Ochoa que estuvo en la barraca el día de -la inauguración y que cantaba, tañendo la lira, una canción romántica. - -Alvarito no oyó lo que cantaba; pero el autor, con más costumbre de -comprender a las figuras de cera, sospecha que el melenudo entonaba -en su lira la célebre canción de la _Ceroplastia o Balada de las -figuras de cera_, compuesta por el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de -Aschaffenburg, que dice así: - - - - -III - -LA CANCION DE LA CEROPLASTIA - - -A veces, en la callada noche solitaria, cuando Júpiter brilla con -fulgor sobre las chimeneas de las casas, y la luna se destaca como una -nota de música en el pentágrama de los alambres del telégrafo, cuando -las luces de la feria se extinguen, se oye una voz misteriosa a la -puerta de las barracas de las figuras de cera, que canta sollozando: - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -Tus hijos, es cierto, tienen ojos y manos, y pies, como los hijos de -los hombres, y trajes y sombreros y zapatos, y nadie les impide llevar -calzoncillos y hasta polainas; pero tus hijos no alcanzan el aprecio de -los inteligentes ni el de los estetas. No se les instala en palacios -ni en museos, como a los muñecos del arte griego, a pesar de hallarse -éstos descalzonados y descamisados; no se les admira; se les relega a -las barracas, fuera de la ciudad, como a los atacados por una peste o -a los mendigos miserables. Tus engendros, madama Ceroplastia, no han -estado nunca en la pomposa rotonda, ni en la logia, ni en la columnata, -ni en el pórtico en que los petulantes hijos del mármol se lucen en -una postura amanerada y un poco incómoda; ni en la fuente, ni en el -square; no han visto las caravanas de turistas con el Baedeker en la -mano contemplándoles con una admiración contratada de antemano por -la Agencia Cook; ni el grupo de feas solteronas inglesas en éxtasis -mostrando sus amarillos dientes de caballo. Los hijos de la cera no -conocen más elogio que el de la fregona y el del soldado. Plebeyez, -todo plebeyez. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -No, no. Os faltan los adjetivos encomiásticos, hijos de la cera. ¿Dónde -está la frase de Goethe o del vizconde de Chateaubriand, o al menos -del vizconde de Arlincourt, en vuestro elogio? Nadie os ha cantado, ni -en verso ni en prosa. Unicamente se dice que un santón del comunismo, -Esteban Cabet, individuo al parecer poco estético, habló de probar su -Icaria, su ciudad utópica y perfecta, con figurones de cera de hombres -ilustres; pero se añade que el mundo se rió cínicamente de la Icaria y -de los figurones de cera. Utopía, todo utopía. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -Dicen tus impugnadores que eres como la charca donde se pudren las -aguas vivas que vienen del monte; que la cera, cuando sale de la -colmena es hermosa, se convierte en repulsiva en tus figuras y que lo -mismo pasa con el cristal y con las telas; añaden que rebajas todos tus -materiales, en vez de sublimarlos; que tus factores son buenos y tus -productos son malos. Industrialismo, todo industrialismo. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -Tus figuras de una discreción un poco repugnante, producen, a la -mayoría de las gentes, inquietud y molestia; les recuerdan, según -parece, las momias recubiertas de cera, las imágenes con pelo de las -iglesias, los dientes postizos, las piezas de anatomía, los escaparates -de los ortopédicos, las cabezas de muestra de los salones de peinar -señoras, los maniquíes de los sastres y de los peluqueros, los bustos -de los frenólogos... cosas todas del largo capítulo de las invenciones -desagradables de las farsas y de las mentiras. Mendacidad, todo -mendacidad. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -Vuestra composición, hijos de la cera, no os permite vivir en plena -naturaleza. La lluvia y el sol os estropearía el físico. - -Vuestras pelucas y uniformes, vuestros pompones y penachos, vuestras -chupas y casacas, vuestros calzones, sables y espadas; vuestros -trabucos y pistolas viejas, vuestros abanicos y tabaqueras, vuestros -pañuelos y puntillas, hablan a la gente, más que de Versalles o de -Sans Souci, de tenduchos de prenderos, de traperos y ropavejeros. -Guardarropía, todo guardarropía. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -Los estetas y los cultos te consideran como un arte macabro y -funerario. Recuerdas, según ellos, las pompas fúnebres, las damas -repipiadas que se ven en las tumbas modernas esculpidas por un cantero -en un mármol, que parece azúcar; los angelitos dorados y plateados -de los ataúdes, los cuadros de pelo de los antepasados muertos, las -reliquias amarillentas, un tanto desagradables, y los ex votos de las -capillas, en donde se mezclan los brazos y las piernas de cera con los -huevos de avestruz. Funerario, todo funerario. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - -Y, sin embargo, sin embargo... ¡cómo nos seducías cuando éramos chicos! -Si desde un punto de vista estético te pueden poner objeciones, no -podrán hacer lo mismo pensando en la moral. Tus ladrones no roban, tus -asesinos no matan, tus magistrados no dan sentencias injustas, tus -generales son modestos y silenciosos. ¿Se debe pedir algo más? Los -hijos de la cera pueden decir: ¿Por qué tal desprecio? ¿No copiamos el -dermato-esqueleto del hombre con su vestimenta apropiada? Si no podemos -representar el interior de las gentes, ¿qué es esta impotencia sino un -acierto? ¿Hay algo más tortuoso, más negro, más enrevesado, más lleno -de telarañas que esos cuartos interiores del espíritu humano, sin -ventilación y sin luz? - -Dejad que el asesino sea un brazo con un puñal que se levanta en el -aire; dejad que el magistrado o el profesor sea una bola en forma de -cabeza o de calabaza, con un birrete con pompón; dejad que el general -no pase de ser una estaca con un hermoso tricornio, con su plumero, -y saldréis ganando... ¿Para qué más? Los cultos no se convencen. -Viven en plena rutina estética, duermen en compañía del lugar común. -Piensan en la Venus de Milo y en el Apolo de Belvedere, en el Moisés -de Miguel Angel y en el condottiero de Donatello, y hasta el nombre -de Ceroplastia, ¡oh dolor!, les parece ridículo. Amaneramiento, todo -amaneramiento. Vanidad, todo vanidad. - ---¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal. - - * * * * * - -Esta es la voz misteriosa que en la callada noche solitaria se escucha -a la puerta de las barracas de las figuras de cera, cuando las luces -de la feria se extinguen, cuando Júpiter brilla con fulgor sobre las -chimeneas de las casas y la luna se destaca como una nota de música en -el pentágrama de los alambres del telégrafo. - - - - -IV - -UN PROYECTO - - -Manasés León, el judío del barrio de Saint Esprit, negociante en -pequeño, era un judío pintoresco; la nariz corva, el labio inferior -grueso, los ojos brillantes, detrás de unas antiparras que le daban -aire de búho; el pelo lleno de rizos, el vientre abultado y los pies -fenomenales y defectuosos. Vestía Manasés siempre un poco desastrado y -hablaba de una manera suave e insinuante. - -Manasés, muy amigo de Chipiteguy, había hecho con él varios negocios. - -Un día, Manasés León, que estaba en la tienda de Chipiteguy, en vez de -salir a la calle, entró hacia el almacén y dijo: - ---Amigo Dollfus, tengo que hablar con usted. - ---Usted dirá, Manasés. - ---Tengo una noticia que yo no sé si la podríamos aprovechar. - ---Vamos a ver la noticia. - ---Parece que unos de los capitanes generales de Navarra mandó recoger -hace meses muchas cruces y custodias de plata de las iglesias de la -provincia, abandonadas por los curas, y llevarlas a Pamplona. El -capitán general anterior a éste tomó la determinación de meter todos -los objetos de plata en barricas y de guardarlos en un sótano de la -ciudad. Se quería traerlos a Francia y venderlos. El capitán general -actual ignora, según dicen, que haya este depósito y los únicos que -saben dónde está son el cónsul de España, don Agustín Fernández de -Gamboa, y el posadero de la calle de los Vascos, Ignacio Iturri. - ---¿Y usted cómo sabe eso, Manasés? - ---Porque me lo ha dicho Gamboa. - ---¿Y para qué se lo ha dicho a usted? - ---Pues, sencillamente, por si yo encontraba alguien que se encargara -de traer esos objetos hasta aquí. A un cristiano quizá no se hubiera -atrevido a hacer la proposición; pero ya sabe que soy hebreo. - ---¿Así que él quiere traer esos objetos a Bayona? - ---Sí, eso pretende. La casa donde se guardan las barricas, llenas de -cosas de oro y de plata, es de un conocido de Gamboa, y por lo que me -he enterado, las barricas están a nombre de Iturri, que otra vez quiso -traerlas a Francia, pero que no se atrevió. - ---¿Y a usted qué se le ha ocurrido?--preguntó Chipiteguy. - ---A mí se me ha ocurrido que podíamos enviar alguno de nuestros -chatarreros a Pamplona con un carro a ver si le entregaban las barricas -y las traía aquí. - ---¡Qué ilusión! - ---¿Le parece a usted? - ---Claro. Así, tan fácilmente, eso es imposible. ¿Usted piensa que en un -país en guerra van a dejar pasar un carro con barricas sin reconocer lo -que va dentro? - ---Sí, es verdad. - ---De intentar esta aventura habría que traer ese tesoro de otra -manera; tendría que ir a Pamplona uno mismo. - ---¡Ir a España!--exclamó Manasés--. No, no; de ninguna manera. A mí no -me pescan los carlistas de España. ¡Ca! Si desean entenderse conmigo, -que vengan a mi tienda de Saint Esprit y les venderé lo que quieran. - -Manasés pensaba que llegar a España y ser desollado vivo como un perro -judío sería cosa inmediata. - ---Pues, amigo Manasés--dijo Chipiteguy--, despídase usted del proyecto, -porque si cree usted que un carretero cualquiera le va a traer a usted -esas barricas hasta aquí desde Pamplona, sin que nadie las vea y las -registre, cree usted una tontería; y si piensa usted que si le dice -usted al carretero a lo que va, después de pasar grandes peligros él, -le va a traer las barricas a usted, para que usted se quede con ellas, -pues piensa usted una candidez. - ---Estoy convencido, Chipiteguy--murmuró Manasés--, hasta el punto de -que no quiero ocuparme más del asunto. ¡Ir a España! No, nunca. - ---Pues yo quizá intente ver qué hay en eso. ¿Cuántas barricas habrá? - ---No sé. Hablan como si hubiera cuatro o cinco. - ---Para traer eso había que ponerse de acuerdo con el cónsul -Gamboa--dijo Chipiteguy. - ---Y quizá también con el posadero Iturri. - ---¿Y valdrán mucho esas cosas de iglesia? - ---Parece que sí--contestó el judío--. Son varias arrobas de plata. -Gamboa supone que debe haber además oro y piedras preciosas. - ---Hala, Manasés, vamos los dos--dijo Chipiteguy--; nos repartiremos el -botín. Veremos lo que pueden hacer juntos dos viejos traperos, un judío -de origen español y un ateo alsaciano. - ---No, no. Yo no voy. Si usted es tan loco para ir allí, váyase. Yo no -voy. - -Chipiteguy dió muchas vueltas en la cabeza a la noticia de Manasés, y, -después de pensarlo despacio, habló con don Eugenio de Aviraneta. - -A Chipiteguy se le había ocurrido la idea de ir a Pamplona en un carro -con sus figuras de cera y volver, si la cosa era posible, trayendo -algunas o todas las barricas con la plata recogida de las iglesias -navarras. - ---No le aconsejo a usted que lo haga--le dijo Aviraneta. - ---¿Por qué? - ---Porque es peligroso. - ---¿Qué es lo que no es peligroso? - ---Está bien; pero usted no tiene necesidad de eso. - ---Usted no tiene tampoco necesidad de andar por aquí intrigando. - ---Amigo Chipiteguy: si usted, a su edad, se siente con deseos de -aventuras, no le digo nada. Adelante. - ---Pues adelante. Estoy dispuesto. Yo quisiera, amigo Aviraneta, que -usted le viera al posadero Iturri, le preguntara qué sabe de esas -barricas, cuántas hay, etc., etc. - ---Vamos ahora mismo--dijo Aviraneta. - -Fueron a la posada de Iturri; el posadero estaba en la trastienda de su -mercería y fonda. - -Aviraneta expuso a Iturri las pretensiones de Chipiteguy. - ---Sí--dijo el posadero--; hay cuatro o cinco barricas en un almacén de -trigo de la calle Nueva, de Pamplona. Yo no sé qué tienen dentro. Creo -que pusieron las barricas a mi nombre. - ---¿Y no sabe lo que hay dentro?--preguntó Chipiteguy. - ---A punto fijo, no. No creo que haya inventario ninguno. - -Como Chipiteguy insistió en ir a Pamplona, Iturri le dijo: - ---Tenga usted cuidado y no sea usted loco. La cosa es muy difícil, casi -imposible. - -Chipiteguy era terco y estaba decidido; le tentaba la aventura. Fué al -consulado de España a visitar a Gamboa; le dijo lo que le había contado -Manasés y lo que quería hacer. - ---¿Y usted mismo piensa ir?--le preguntó Gamboa. - ---Sí; si se gana lo suficiente, yo mismo intentaré traer las barricas -aquí. - ---Yo no sé lo que vale eso--replicó Gamboa--. Si la empresa sale bien y -trae aquí esa plata, le pagaremos los gastos que usted haya hecho y el -veinte por ciento de la venta. Si sale mal y no puede usted traer esas -barricas, le abonaremos sólo los gastos. ¿Le parece a usted bien? - ---Sí; no me parece mal. - ---¿De manera que se decide usted? - ---Sí, me decido. Iré y probaré fortuna. Entrar en España no es difícil; -lo difícil es salir, sobre todo trayendo las cruces y las custodias. - ---Si quiere usted le daré la orden para que le entreguen esas barricas. -Aquí está su descripción y su numeración. Se hallan puestas a nombre de -Iturri, un posadero de Bayona. - ---Sí; le conozco. - -Gamboa le entregó los papeles y una orden reservada y sin firma para el -amo de la casa de la calle Nueva de Pamplona, donde estaban guardadas -las barricas. - -Chipiteguy se puso a estudiar el asunto. Toda la frontera española, -desde Fuenterrabia hasta más allá de Roncesvalles, estaba ocupada -por los carlistas, excepto el puente de Behovia. Los chatarreros que -entraban en Navarra solían pasar por el campo carlista, en el que -tenían conocimientos. Había que encontrar algunas influencias entre los -partidarios de don Carlos para que no pusieran dificultades al paso de -un carro con las figuras de cera, cosa que no le había de ser difícil. - -Chipiteguy alquiló una carreta de cuatro ruedas y dos caballos -normandos y dispuso llevar sus mejores figuras de cera para las ferias -de San Fermín. - -Claquemain y Frechón irían en la galera y Alvarito y él en un -carricoche. - -Claquemain había hecho el viaje varias veces; Frechón, aunque se -enterara de lo que se trataba, no se escandalizaría, porque era -anticlerical furioso, y, si exigía algo, se le taparía la boca dándole -dinero. - -Los preparativos se hicieron a la chita callando. Chipiteguy dijo a -Alvarito cómo tenían que ir a Pamplona. - ---¿Pero hay ferias durante la guerra en Pamplona?--preguntó el muchacho. - ---No, ferias importantes no hay; pero van algunos pocos comerciantes, -sobre todo franceses, y ganan muy bien, porque no hay competencia. - ---¿Y se podrá pasar?--preguntó Alvarito. - ---En eso estamos ya unos cuantos, en tratos con carlistas y liberales. -Los carlistas dejarán pasar los carros si paga cada uno unas pesetas; -luego, cuando no acerquemos a un pueblo del camino, Zubiri o -Larrasoaña, nos uniremos a una compañía franca y con ella entraremos en -Pamplona. - -Se cargó la galera, se preparó un cochecito y un día Chipiteguy dijo en -su casa que a la mañana siguiente se marchaba a Pamplona a pasar unos -días. - -Manón, que se preparaba a ir a visitar a una familia amiga de la calle -de l'Orbe, preguntó extrañada: - ---¿Cómo, te vas a Pamplona, abuelo? - ---Sí. - ---No habías dicho nada. - ---Es un proyecto que se me ha ocurrido de pronto. - ---¿Y qué hay en Pamplona? - ---Hay una feria. - ---Pues llévame también a mí. - ---No puede ser. Tú tienes que estar aquí al frente de la casa. - ---¿Y Frechón? - ---Viene conmigo. - ---¿Y Alvarito? - ---También. - ---¡Qué habrás pensado, abuelo! Alguna cosa has pensado tú que no me -quieres decir a mí. - ---Nada, nada. - ---¿No vas a hacer algo peligroso? - ---No, no; no tengas cuidado. - ---Porque ¿qué haría yo si me quedara sin mi abuelito? - ---No, no haré nada peligroso; tranquilízate. - ---Nos vas a tener inquietos en casa. - -Chipiteguy besó a su nieta y le dijo que fuera a su reunión. - -Al día siguiente, antes que Manón se hubiera levantado, Chipiteguy y -Alvarito salieron en su carricoche por la orilla del Nive. - -La galera con Frechón y Claquemain había salido anteriormente, y unidas -a otras varias y a un coche de un vendedor de lápices, marchó hacia -San Juan de Pie de Puerto. - -Tres días después entraban los coches y las galeras en Pamplona por la -puerta de Francia y se instalaban en el paseo de la Taconera. - -Chipiteguy llevaba recomendaciones de Gamboa para el capitán general y -para el jefe político, don Domingo Luis de Jáuregui. - - - - -V - -EN PAMPLONA - - -El sol caía de plano sobre la llanura de Pamplona. Era un día de -julio, día de San Fermín. En los alrededores de la ciudad los campos -estaban segados y se preparaban para la trilla. Los montes de la cuenca -pamplonesa, el Perdón y el Ezcaba, el Servil y la Higa de Monreal, San -Cristóbal y la Silla de Pilatos aparecían azules en el cielo inflamado. -En la vuelta del castillo amarilleaban los hierbales; sólo en los fosos -de la muralla, en algunos rincones sombríos, se conservaban aún verdes -y frescos; el campo se hallaba dominado por el color dorado y la ciudad -aparecía caldeada dentro de sus murallas grises, en su gran llanada, -rodeada de montes pelados. - -Por los caminos, y a pesar de que los carlistas ocupaban los -alrededores, venían los campesinos, hombres y mujeres, en los -caballejos y en las mulas, a las fiestas, que se celebraban sin gran -esplendor, por la guerra. - -Había un campaneo vertiginoso en todas las torres de la ciudad en honor -del santo patrón. - -Las campanas de San Saturnino contestaban a las de la Catedral, las de -San Nicolás a las de San Saturnino, las de San Lorenzo a las de San -Nicolás. Las unas hacían ese tán tán triste, pesado y agobiador; las -otras, el tilín talán clásico de las dos campanas echadas al vuelo, -que tan bien indica el carácter de los pueblos españoles levíticos -con curas y con beatas; no faltaba el tín tín agudo del esquilón del -convento de monjas. - -¡Qué sugestivo! ¡Qué romántico este continuo y melancólico tañer! ¡Cómo -se recuerda la infancia, la tristeza de la vida! ¡El toque de oración, -el del Angelus, el de la Agonía, el de la misa, el de los funerales! -¡Cómo sale a flote ese fondo doloroso de la existencia! ¡Qué poético -ese son de las campanas! Pero qué bien el estar en sitio bastante -lejano para no poderlas oír. - -En aquella mañana ardorosa de julio el alboroto de las campanas parecía -disolverse en el campo, agostado y desierto, inundado por el sol, y en -la inmensidad del cielo azul. - -Chipiteguy y su gente habían llegado a Pamplona a fines de junio de -1838. En una semana construyeron la barraca, que quedó alineada con -otras ocho o diez del paseo de la Taconera. - -La mayoría de las figuras de Chipiteguy se habían convertido en -asesinos célebres. Los generales y guerrilleros españoles habían dejado -de ser Mina, Zurbano y Zumalacárregui, para tomar un nuevo avatar. - -En Pamplona había con seguridad gente que había conocido personalmente -a estos guerrilleros y era peligroso darlos mixtificados, porque podía -comprobarse la mixtificación. - -Se abrió la barraca y cada uno de los compañeros de Chipiteguy tuvo un -papel. Alvarito, vestido de pierrot, daba al bombo y a los platillos; -Frechón voceaba, delante de la barraca, con acento francés. - ---Aquí _vegán_ ustedes, _señoges_, los hombres más _sélebres_ de todo -el mundo: los asesinos más famosos y los _militages_ más notables. - -En el interior, Chipiteguy mostraba las figuras con un puntero y daba -explicaciones: Claquemain cuidaba de los caballos y hacía la comida -dentro de la galera. - -Alvarito, muchas veces, mientras tocaba el bombo y los platillos, -pensaba: - ---¿Qué dirían mis antepasados, los Sánchez de Mendoza, si me vieran en -este oficio? - -Las gentes que entraban en la barraca tenían la petulancia y la -impertinencia del provinciano que desprecia al histrión callejero -y trashumante y hacían observaciones que querían ser malévolas y -sangrientas. - -Algunos mozos, más atrevidos, se sentían inclinados a romper, a -pinchar, a hacer alguna mal intencionada fechoría. - -Frechón, que a pesar de su irritabilidad habitual no se molestaba -con el desdén de la multitud, hacía observaciones misantrópicas -apaciblemente: - ---Si a la mayoría de las poblaciones se les pudiese considerar como -ganado y tratarlas en tal concepto, la sociedad mejoraría mucho. - ---Hay que empezar siendo Napoleón para eso--replicaba Chipiteguy. - -Alvarito hacía como que no se enteraba de los comentarios de la gente -y hablaba en francés. En este contacto entre el público y los hombres -de la feria, él se ponía del lado de los últimos. A Alvarito le iba -naciendo un fondo de antipatía por el señorío, que le miraba a él con -desprecio. - -Los suyos empezaban a ser, no como para su padre los aristócratas, -los señores serios, el presidente de la Audiencia, el director del -Instituto, el coronel, los buenos cornudos respetables, militares -y civiles de cara grave y seria, como tallada en piedra berroqueña, -llenos de distinciones y de majestad, sino los histriones y titiriteros -de la feria. - -Para guardar la barraca de las figuras de cera solían dormir en ella, -alternando dos a dos, unas noches Chipiteguy y Alvarito, otras Frechón -y Claquemain. Los demás días iban a una casa de la calle del Carmen, -donde Chipiteguy tenía alojamiento. - -A Alvarito le producía una impresión muy penosa el echarse a dormir -delante de aquellas figuras de cera, que a la luz de una candileja -aparecían más horribles y amenazadoras que nunca. Estos monstruos de -cera, esta guardia negra de espectros vivían, para Alvarito, una vida -siniestra, si no en el período de vigilia, en el del sueño. Entonces, -entre las sombras del cerebro, se animaban y tomaban una expresión -repugnante y odiosa; las caras, con sus ojos de cristal, sus pelucas y -sus barbas postizas, se erguían agresivas y gesticulaban y tenían un -aire de rencor y de venganza. - -Los rostros verdaderos de los más bárbaros envenenadores y asesinos no -le hubieran parecido tan feroces y horribles como aquellos. Alvarito -pudo notar que este efecto de repulsión de las figuras de cera no era -el único que lo experimentaba, pues a veces, entre el público, se veía -algún chico que empezaba a berrear y a patear de miedo y la madre tenía -que sacarlo fuera. - ---Sin duda, yo soy también infantil--se decía el muchacho. - -Pronto los hombres de la barraca de Chipiteguy se hicieron amigos -de sus vecinos. Después de cenar y concluir el trabajo solían venir -a hacer tertulia detrás de la barraca de Chipiteguy, donde habían -colocado la galera, muchos de los industriales de la feria. Era la -aristocracia de las barracas. La mujer cañón, madama Lalande, con su -marido Raul Culot; el vendedor de la manteca de serpiente cascabel, -míster Cavendish, que era escocés, y llevaba polainas amarillas; el -de los frascos de vulneraria suiza para las heridas, Onofrius Müller, -que era del Tirol; el físico del pueblo francés, monsieur Bazin; el -vendedor de lápices que no se rompían, míster Clarck, inglés, y el -marino que anunciaba el aceite virgen de Macassar, para el pelo, que -era bretón, y se llamaba, según él, Gontran Montdidier, Penhoel de -Montbrisson. - -De estos personajes, la mayoría vestían como todo el mundo, excepto -monsieur Bazin, el físico del pueblo francés, que llevaba frac y -melenas; Onofrius Müller que gastaba una librea roja con galones y -tricornio, míster Clarck y monsieur Montdidier. - -Este vestía de marino, con grandes melenas, y tenía tres retratos -suyos, pintados al óleo, casi tan agradables como las figuras de -cera de Chipiteguy, y que constituían un verdadero e interesante -tríptico, que le servía de reclamo. El primero se intitulaba: "Antes -del tratamiento", y se veía al señor Gontran Montdidier Penhoel de -Montbrisson, calvo, como una bala rasa; el segundo se llamaba: "Durante -el tratamiento", y el marino lucía un pelo corriente, ya bastante -largo, aunque con algunas calvas; el tercer cuadro era: "Después -del tratamiento", y entonces el pelo del señor Montdidier era una -inundación capilar. - -Clarck, el inglés vendedor de lápices, iba en un coche. Se vestía con -una túnica azul, con estrellas de plata; cubría su cabeza con un casco -con plumas y hablaba desde el pescante. El señor Clarck hacía las -puntas a los lápices con una navaja de a dos palmos de larga y otras -veces con un sable de caballería. Al parecer, este recurso tenía éxito. - -Su criado, Tom Phips, hombre con cara de perro malhumorado, llevaba -también casco y solía tocar en lo alto del coche, para llamar al -público, una trompa de caza, y en los intermedios, una caja de música. - -Onofrius Müller era pequeño, grueso, melenudo, sonrosado, y peroraba en -un castellano bastante correcto: - -_Señoges_ y _señogas_--decía, subido en un banco--: Tengo el _honog_ -de _anunciag_ la _verdadega vulnegagia_ o té suizo. Vuestro humilde -_servidog_ es un químico que ha podido _estudiag_ los efectos de la -_vulnegagia_. La _vulnegagia, señoges_, tiene la virtud de _pugificad_ -la masa de la sangre, de _haceg transpirag_ por los _sudoges_ y por -las _oginas_, de _quitag_ las _ictegicias_, las hidropesías, la gota -y el _roimatismo_; de _expulsag_ la _solitagia_ y las _lombrices_, de -_dag_ fuerza al pulmón y al hígado y de _evitag_ las fiebres palúdicas -intermitentes y remitentes. Un frasco de _vulnegagia, señoges_, cuesta -en todas las farmacias dos pesetas; yo, en obsequio de esta ciudad -ilustre, los vendo por dos _geales_. - -El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, tenía una barraca con un -letrero que decía: "Palacio de las Maravillas, bajo la dirección de A. -Bazin, físico del pueblo francés." - -¿Por qué el pueblo francés necesitaba un físico especial? Lo ignoramos. - -El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, era genial. Los -pensamientos no le cabían en el cráneo y solía pasear con el sombrero -en una mano y en la otra un bastón de junco, que tenía una hermosa -bola blanca en el puño. Con este bastón hacía molinetes en el aire, -daba estocadas a los árboles, se sacudía los pantalones, pegaba a los -perros, acariciaba a los niños, porque el bastón constituía una parte -integrante de la interesante personalidad de monsieur Bazin, físico del -pueblo francés. - -Los españoles de la feria eran, en su mayoría, gente pobre; uno tenía -unas vistas o tuti-li-mundi en un carrito, otro un cosmorana, un -tercero un aparato como un castillo, con el que predecía el sino de -cada persona y los números que iban a tocar en la lotería. - -Este, que era un paleto castellano, vestido de pana, con una gorrita, -decía: - ---Por dos cuartos se dan los números fijos de la lotería y el sino de -cada persona. ¿Quién pide otro? - -Había, además, un hombre con un tíovivo y otro con la rueda de la -fortuna. - -El tíovivo era un tíovivo a la antigua, sin espejos, ni oriflamas, ni -ondinas, ni cerdos, ni elefantes; un tíovivo clásico con unos pobres y -miserables caballos de cartón. El hombre del tuti-li-mundi, el señor -Paco el asturiano, el del cosmorama, tocaba el tambor, y a pesar de que -era un tipo pesado y tranquilo, entretenía a la gente, contándole lo -que iba a ver y la historia de las personas que aparecían en las vistas -ópticas. - ---¡Adelante, señores, adelante!--decía--. ¡Aquí verán ustedes una vista -de la bella Venecia! Tan tarán tan tarán tan. ¡Y qué vistas, señores! -¡Cuánta iglesia! ¡Cuánta torre! ¡Cuánto _palaciu_! ¡Cuánta _góndula_! -Tan tarán tan tarán tan. ¡Mirad esa _góndula_ que va por el gran canal! -Van en ella dos _enamoradus_. Ella era una dama de las más principales -del _pueblu_. El es un joven _venecianu_, elegante y _peripuestu_. -¡Cómo se arrullan los _tortulitus_! Tan tarantán, tarantán. ¡Mirad esa -vieja que los mira desde la otra _góndula_! ¡Cómo se indigna porque a -ella no le hacen _casu_! Y es bigotuda. Podía retorcerse el bigote. -¡Adelante, señores, adelante! Tan tarantán tarantán. - -Con los industriales pobres de la feria se reunía el hombre orquesta -Remifasol, que era un saboyano, y que tocaba al mismo tiempo con -manos y pies ocho o diez instrumentos, entre ellos un acordeón, unos -platillos, un bombo y una flauta. - -Otro tenía la rueda de la fortuna o la reolina, como la llamaba él, -que era una rueda como la del barquillero, en la que se jugaba por dos -cuartos, y podía tocar un abanico, un caramelo, cacahueses, una peseta -y hasta un conejo vivo. - -Alvarito hizo varios conocimientos, más o menos distinguidos. Conoció -al gigante Goliath y al enano Jimmy, que se exhibían en una barraca. El -gigante Goliath era triste, apático y aprensivo; en cambio, el enano -Jimmy era alegre, impetuoso y francamente optimista. A Goliath le -asustaba la soledad y la noche; en cambio, a Jimmy, malicioso, burlón y -atrevido, no le asustaba nada. - -Otro amigo de Alvarito fué el dueño de un tiro al blanco y de un pim, -pam, pum. Este hombre era un francés rubio, de gran bigote, llamado -Cazenave, y tenía una hija de catorce a quince años, que era la -encargada de cargar las escopetas para tirar al blanco. Cazenave y la -señorita Atala se hicieron amigos de Alvarito. - -Cazenave había sido antes titiritero; pero había perdido facultades y -estaba un poco derrengado. La chica tenía la especialidad de bailar en -la cuerda floja y de deslizarse por un alambre, agarrándose con los -dientes a un cuero con una anilla. La señorita Atala era rubia, tirando -a rojo; tenía los ojos claros, la cara cuadrada, con los pómulos -salientes, y el ademán decidido. Era de San Juan de Luz y tenía aire -de _cascarota_. - -Durante el día la gente no acudía mucho a la feria; si iban era más -bien a los puestos de juguetes y baratijas, y algunos a la cuatropea, -o feria de ganados; pero cuando obscurecía y se cerraban las puertas -de la ciudad comenzaba la animación. Las luces de las barracas se -encendían, sonaban las campanillas, el tambor, el bombo y el cornetín -de pistón. ¿Quién decía que había miseria, guerra y calamidades? No -había más que alegría, ruido, luces, voces, organillos, tíosvivos que -iban dando vueltas y pim... pam... pum... - -En la Taconera había paseo y solía tocar la música militar. Se veían -muchachas elegantes, con su mantilla, muy coquetas, de ojos negros, -jugando con el abanico y con la mirada, al lado de currutacos que -las acompañaban y de militares que arrastraban el sable y lucían el -uniforme. - -Algunos, con bigotes a lo Diego León y con melenas, se hacían los -interesantes y tomaban actitudes melancólicas y románticas. - -Al parecer, los militares tenían buenas fortunas entre las damas de -Pamplona. El peligro hacía que las lides de amor tuvieran desenlace más -rápido. - -Las gentes se acercaban al mirador de la Taconera a contemplar la noche -profunda y llena de estrellas, y veían en los pueblos hogueras y luces -de los carlistas o de las compañías francas que recorrían aquellos -pueblos. Así la fiesta era más agradable, porque en medio de la sombra -peligrosa e incierta que circundaba la ciudad se tenía la impresión de -estar en tierra firme, segura y con luz. - -A los ocho días de llegar a Pamplona, Chipiteguy le dijo a Alvarito -que creía que el público se había cansado de las figuras de cera. - ---¿Cree usted?... - ---Sí. - ---Yo no lo creo. - ---Si yo conozco al público--contestó el viejo. - ---¿Y qué va usted a hacer? ¿Marcharse? - ---No; voy a llevar a la barraca el cosmorama y a ponerme de acuerdo con -el hombre que lo tiene. - -A Alvarito le pareció aquélla una combinación bastante mala; pero no -dijo nada. - -Dos días después Chipiteguy le indicó que, como las estampas del hombre -del cosmorama estaban bastante estropeadas, le iba a encargar a Alvaro -que las compusiera y arreglara. - ---Pero yo no sé dibujar ni pintar para eso--advirtió Alvaro, un tanto -alarmado. - ---No importa. No se necesita gran cosa. - ---Yo no sé si sabré hacerlo. - ---Primero compones las estampas con engrudo--repitió Chipiteguy--y -luego las retocas un poco con pintura. - -A Alvarito le pareció el cargo de mucha responsabilidad; pero prometió -hacer la obra lo más concienzudamente que pudiera. - -Como no era fácil que en la barraca ni en la galera se hiciese esto, -que exigía cuidado y atención meticulosa, Chipiteguy indicó a Alvarito -que se quedara en la calle del Carmen y dijo en la casa que cedieran al -muchacho un cuarto. - -La dueña, que era una cerera, le llevó a Alvarito a un gabinete pequeño -con una mesa, una cómoda con un Niño Jesús, con una bola de plata en -la mano; un antiguo sofá verde, unas sillas, también verdes, y las -paredes llenas de cuadros viejos horribles de santos. - -Alvarito llevó allí el montón de estampas que había que restaurar y se -puso al trabajo con toda su buena fe. No se le ocurrió que lo único que -se pretendía era alejarle de la barraca. - -Cuando Alvaro le enseñó al viejo sus primeras restauraciones, a -Chipiteguy le parecieron muy bien. Alvarito trabajaba durante todo el -día. Unas veces borraba, otras limpiaba con jabón y agua caliente con -mucho cuidado, restauraba lo que podía y dejaba las estampas a que se -secaran en el suelo, sobre el sofá y la cómoda; una raya mal hecha, una -tinta que se corriera, le preocupaba. - -Por la tarde, con el chico de la casa, iba a pasear a la Taconera. -El chico de la casa, hijo de la dueña, a quien llamaban Cholín, era -carlista, como toda su familia. El chico le enseñaba a Alvarito las -curiosidades de Pamplona y lo que a él, como carlista, le interesaba. - -Fueron los dos a ver la Ciudadela y el baluarte donde fusilaron, al -principio de la guerra, a don Santos Ladrón. Cholín contó lo que dijo -el general carlista cuando le obligaron a ponerse de espaldas para -matarle, y cómo le sacaron, después de muerto, a él y a su teniente -Irribarren por la puerta del Socorro a enterrarlos en el cementerio. - -Un cañonazo, disparado a media tarde, desde el mismo baluarte, anunció -al pueblo de Pamplona que la sentencia estaba cumplida. - -Cholín había conocido a don Santos Ladrón en Estella y le parecía un -gran hombre. - -También le enseñó Cholín la casa del paseo de Valencia, cerca de la -Taconera, donde hacía poco los sublevados de las compañías francas -habían matado al general Sarasfield, y en donde Espartero, como -represalia, mandó fusilar poco después al coronel Iriarte y a sus -compañeros, la mayoría masones y partidarios de la independencia del -reino de Navarra. - -A Cholín la idea de los masones le producía espanto. A Alvarito ya no -le hacía ningún efecto. - -La madre de Cholín, después de cenar, le contaba a Alvaro historias -viejas de la ciudad. Ella le había visto, desde su tienda, pasar al -coronel Zumalacárregui una mañana fría de un día de octubre y salir -por la puerta de Francia. Poco después se supo que estaba en Huarte -Araquil, al frente de todos los carlistas. - -Por qué Alvarito sentía cada vez menos entusiasmo por el carlismo, a -medida que vivía entre carlistas, él no sabía explicárselo; pero así le -pasaba. - -Alvarito no quería abandonar a sus amigos de la feria, y por la noche, -harto de las historias de Cholín y del carlismo, cuando se cerraban -las barracas y los dueños y sus criados iban a pasear o se quedaban de -tertulia cerca de sus instalaciones y de sus carros, Alvaro se reunía a -ellos. La mayoría charlaba o jugaba a las cartas. La señorita Atala, la -del tiro al blanco, fué varias veces con Alvarito a sentarse al mirador -de la Taconera, de noche. A ella no le parecía mal el muchacho; pero a -él no le gustaba la titiritera con sus aires de cascarota. - -Ella tenía sus ilusiones raras de bohemia y trotacaminos; pensaba que -el mundo feo y penoso en que vivía se iba a abrir en cualquier ocasión -e iba a aparecer el palacio admirable con sus esplendores orientales. -Cuál sería la palabra mágica, cuál el momento, no lo sabía. - -Alvarito estaba entusiasmado con Manón y no hablaba más que de ella y -de Bayona. A la señorita Atala, Bayona le parecía un pueblo horrible y -aburrido. - -A veces la titiritera y el muchacho se sentían de acuerdo. - -La decoración era inspiradora; aquellas noches templadas, con el cielo -lleno de estrellas, la obscuridad de alrededor, las luces misteriosas -en los pueblos lejanos, el alerta de los centinelas; todo ello hablaba -a la imaginación. - -En aquel exiguo grupo de titiriteros y saltimbanquis hubo durante la -feria de Pamplona algunas pequeñas complicaciones. - -El señor Montdidier Penhoel de Montbrisson tenía una mujer muy guapa -y estaba celoso de ella. Madama Montdidier era una bordelesa morena, -guapa, de ojos negros, un poco mujerona, un poco coqueta y oía sin -inconveniente a los que la galanteaban. - -El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, y el vendedor de lápices -que no se rompían, míster Clarck, hombres de corazón volcánico, se -enamoraron los dos de la bella madama. - -El señor Bazin, el físico del pueblo francés, reunía más recursos que -el señor Clarck; tenía primeramente un frac azul con botones dorados -y en su barraca, el Palacio de las Maravillas, una porción de cosas -misteriosas: botellas de Leyden, pilas de Volta, una máquina neumática, -etc., etc. Además, hacía en su laboratorio el trueno, el rayo y el -granizo. El señor Clarck no tenía más que su cota de malla, su casco y -el sable para hacer punta a los lápices. - -Madama Montdidier se sentía inclinada a escuchar al físico del pueblo -francés con curiosidad; pero míster Clarck, celoso del éxito de su -rival, se lo comunicó al marido. Montdidier se indignó al conocer -la simpatía de su esposa por aquel farsante, que pretendía hacer -los rayos y el granizo en la barraca, e increpó al físico del pueblo -francés agriamente. - -El físico contestó con arrogancia, y Montdidier llamó a Cazenave para -que arreglara el asunto. - -Cazenave decidió que lo mejor sería que el físico y el marido se dieran -unas buenas morradas en la Vuelta del Castillo; pero, para pegarse, -Montdidier tenía la desventaja de llevar los pelos largos y, por otro -lado, no se le podía indicar que se los cortara, porque era cortarle la -alimentación. - -En vista de estas consideraciones, se dió por terminado el asunto y el -físico no se volvió a acercar al matrimonio Montdidier. - -Mientras Alvarito vivía en la calle del Carmen iluminando estampas, -Chipiteguy intentaba realizar sus proyectos. - -Primeramente fué con la carta de Gamboa al almacén de trigo de la calle -Nueva y vió las barricas. Eran cinco, bastante grandes. El encargado -del almacén dijo que le hacían un favor si las quitaban de allí. Podían -llevarlas cuando quisieran. La cosa no era fácil. Chipiteguy hizo -una prueba con un barril para ver si podía llevarle a la feria sin -dificultad. - -Llenó el barril de agua y, al anochecer, lo puso en un carrito y salió -a la calle. Al poco tiempo se le acercó un guardia y le preguntó qué -llevaba. Le dijo Chipiteguy que era agua con un poco de lejía para -limpiar sus figuras de cera. - -El guardia le dijo que mostrara el agua del barril, o si no, que tenía -que ir a la Alhóndiga. - -Chipiteguy vió claramente que no era posible sacar las barricas enteras -sin que lo notara nadie, y se decidió a desfondarlas en el almacén y -sacar el contenido en sacos. Para esto tuvo que alquilar una parte del -almacén y ésta cerrarla herméticamente con unas tablas para que no -pudieran espiarle. - -Luego fueron Chipiteguy, Claquemain y Frechón con sacos al hombro, -generalmente al anochecer. Unas veces salían por la calle Nueva y otras -por la de San Antón, porque el almacén tenía entrada por estas dos -calles paralelas. - -Durante aquel tiempo Chipiteguy hizo su combinación. La barraca de las -figuras de cera se había cerrado. Todos los días, Frechón, Claquemain o -Chipiteguy iban con sacos del almacén de la Calle Nueva a la barraca. - -A Alvarito le dijeron que se dedicaban a la compra de hierro viejo, -cosa que le chocó bastante, porque este negocio tenía que ser poco -fructífero teniendo que llevar la chatarra a Francia. Indudablemente -las figuras de cera, por nada que dieran, tenían que dar más. Cuando -la mayoría de las estampas estuvieron preparadas por Alvaro, limpias -y retocadas, Chipiteguy salió con que ya no había público, porque la -feria se iba acabando, y que era mejor marcharse. - -Pasados unos días, Alvarito vió con cierto asombro que llenaban el -carro con las figuras de cera y que Chipiteguy alquilaba otro carro -para la chatarra de hierro comprada, que en parte estaba muy roñosa y -en parte pintada de negro. - -Chipiteguy dispuso que Claquemain y Alvarito fueran con los dos carros -y que Frechón les esperaría antes de la frontera, en Valcarlos. El iría -poco después. Chipiteguy convidó a almorzar a sus tres empleados en -una casa de comidas de la calle de las Mañuetas, y al día siguiente se -pusieron todos en marcha. - -Chipiteguy despidió a Frechón, y después de haberlo despachado, cambió -sin duda de parecer, y dijo a Claquemain y a Alvarito que debían -dirigirse a San Sebastián con los carros. El se les reuniría más tarde. - -El viaje de Claquemain y Alvarito fué largo. Lo hicieron por Irurzun. -El camino estaba malo, desfondado, deshecho por el paso de los cañones -y de los carros de tropa. - -A cada paso patrullas liberales y carlistas les detenían y les pedían -los documentos. - -Claquemain conocía gente en el camino; tenía mucho dinero, que le había -dado Chipiteguy, y la marcha no ofrecía dificultades. A veces sucedía -que Claquemain estaba borracho y había que esperar a que se le pasara -su borrachera. El hombre se manifestaba siempre malhumorado, y hacía -todo lo posible para amargar la vida a Alvarito. - - - - -VI - -LA VUELTA - - -A los cuatro días de salir de Pamplona llegaron Claquemain y Alvaro a -San Sebastián; fueron a parar a una posada de la Brecha, y poco después -apareció Chipiteguy en su cochecito. - -Chipiteguy hizo diferentes gestiones para llevar su chatarra a Francia -y decidió embarcarla en un pailebot con las figuras de cera y enviar a -Claquemain por Irún con la galera vacía. - -Chipiteguy y Alvarito fueron en el pailebot. Alvarito no se había -embarcado nunca y tenía gran curiosidad por el mar. - -Al salir de San Sebastián fué contemplando con gran atención las rocas -de detrás del Castillo de la Mota, festoneadas por la espuma; luego la -abertura de la Zurriola y los acantilados del monte Ulía, la entrada -estrecha de Pasajes y las capas de areniscas estratificadas como hojas -de un libro del Jaizquibel. - ---No mires demasiado. No vayas a marearte--le dijo Chipiteguy. - -Efectivamente, al último, Alvarito se mareó y tuvo que tumbarse. - -Las figuras de cera le inquietaron. Dos o tres generales se movieron -y se lanzaron hacia adelante como si fueran al asalto o a ganar un -entorchado, y una de las damas se dió un golpe y se hizo una rajadura -en la cabeza. - -Al pasar la barra del Adour y al cesar el balanceo del barco, a -Alvarito se le quitó el mareo. - -Al acercarse a la colina de Blancpignon, el muchacho vió a Chipiteguy -que con aire de triunfo cantaba a voz en grito su canción de bravura: - - Atera atera - trapua salzera - eta burni zarra - champonian. - -Sin duda, Chipiteguy estaba contento de la expedición. Atracaron en -Bayona, en el muelle de las Avenidas Marinas y fueron el viejo y el -muchacho a la casa del Reducto. - -Unos días después se volvió a abrir la barraca en la plaza de la Puerta -de España con las figuras de cera. La chatarra fué la que no apareció, -al menos públicamente. El tesoro de la calle Nueva se había evaporado. -Una sensación de sorpresa le quedó a Alvarito de este viaje; todo había -tenido en él un aire un poco absurdo... - -Una noche, en su cuarto de la plaza del Reducto, Alvaro soñó que iba -por la cornisa de un puente, sobre la acequia de un molino, sitio que -recordó haber pasado en la infancia. Apenas si existía espacio para -poner los pies en aquella cornisa. - -Pasaba varias veces por ella, sin miedo y con curiosidad; pero al salir -se encontraba con una vieja que le sonreía... y se echaba a temblar. -Siempre sentía lo mismo; la vieja vestía de negro, que le sonreía -insinuante, le hacía estremecerse de terror. - -¿Quién era esta mujer? ¿Qué significaba? Probablemente sería la Muerte. -No lo sabía, porque no le revelaba su secreto; pero, ¿quién podía ser -más que la Muerte? - -De pronto, el lugar adonde había salido recorriendo la cornisa se -transformaba en una barraca de muñecos del pim pam pum, y aparecía la -señorita Atala, con su pelo rubio. La Atala daba los billetes y él -tomaba doce bolas para lanzarlas a los muñecos. - -Cada una de ellas pesaba como si fuera de plomo. De pronto notaba -que los muñecos eran todos los tipos que había conocido en la feria -de Pamplona: el físico, Montdidier, Clarck, etc. Alvarito tiraba la -pesada bola sobre la primera figura, ésta se torcía al golpe y volvía a -aparecer de nuevo erguida. Entonces Alvaro hizo un nuevo esfuerzo y se -despertó. - - - - -VII - -EXPLICACIONES DE CHIPITEGUY - - -Frechón, con su costumbre de espiar a todo el mundo y de escuchar -detrás de las puertas, se había enterado del diálogo de Manasés con -Chipiteguy y de la visita de éste a Gamboa. - -Al llegar Frechón a Pamplona encontró medio de verse solo con -Chipiteguy y le planteó la cuestión. - ---Ya sé que en este viaje--le dijo mirando al suelo--se trata de algo -más que de exhibir figuras de cera. - ---Usted, ¿qué es lo que sabe?--le preguntó el viejo, escamado. - ---Sé lo que ha hablado usted con el judío Manasés y sé también que ha -ido usted a visitar al cónsul de España. - ---¿Es usted brujo, Frechón? - ---Por lo menos, sé escuchar y no soy tonto. En mí puede usted tener -un amigo o un enemigo. Si lo quiere usted todo para usted, seré -enemigo...; si no, ya nos entenderemos. - -Chipiteguy a regañadientes reconoció que efectivamente iba a Pamplona -a recoger las custodias y las cruces de oro y de plata metidas en -barricas y ver la manera de llevarlas a Bayona. Le dijo que si el -negocio salía bien le daría parte en las ganancias. - ---¿Cuánto piensa usted darme?--preguntó Frechón, mirándole de través. - ---Le daré el diez por ciento de lo que gane. A mí me dan el veinte. - ---Es una estupidez--murmuró Frechón. - ---¿Qué es una estupidez?--preguntó Chipiteguy. - ---Es una estupidez que se contente usted con el veinte por ciento, -porque si el negocio sale bien podemos quedarnos con todo. - -Chipiteguy contempló atentamente a Frechón y no dijo nada en contra. Lo -único que hizo fué elogiarle por su perspicacia. - -Pocos días después el viejo explicó a Frechón y a Claquemain lo que -proyectaba hacer. A Alvarito no le dijo nada, porque pensaba que el -joven aristócrata español, que iba a misa todos los domingos, se -escandalizaría si supieran que querían llevarse los cachivaches y las -alhajas de las iglesias para venderlos en Francia. - -A Frechón y a Claquemain no les hacía esta idea ninguna mella. - -Vaciaron las barricas en el almacén de la calle Nueva y fueron llevando -los objetos del culto en sacos a la barraca de las figuras de cera. -Eran cálices, lámparas, candelabros, incensarios, cruces, relicarios. - -Allí, en la barraca, a la luz de una candileja, se amontonó el tesoro -de la calle Nueva; se arrancaron las piedras preciosas de los cálices y -de las cruces procesionales y envueltas en papeles las fueron metiendo -en las cabezas de las figuras de cera. - -Desarmaron las cruces, machacaron el oro y las barras de plata, las -retorcieron y las pintaron de negro y de rojo. - ---Creo que no encontraremos ningún químico que analice esta -chatarra--dijo Chipiteguy, riendo. - ---Me parece que no--replicó Frechón--. Y ahora, ¿qué proyecto tiene -usted? - ---Ahora--contestó Chipiteguy--, yo me voy a Arneguy y a San Pie de -Puerto para que en la aduana no nos pongan dificultades; usted se va a -Valcarlos y espera allí, unta usted a los carlistas y mañana sale la -galera con Claquemain y con Alvarito. - ---Bueno--dijo Frechón--, déjeme usted dinero. - -Chipiteguy le dió cien duros. - ---Prepare usted de manera aquello que a nadie se le ocurra mirar lo que -va en los carros--encargó el viejo. - ---Lo haré. - ---¡Ah!, y guarde estas piedras en los bolsillos; yo también pienso -llevar algunas. Por si acaso nos quitan el carro, que no lo perdamos -todo. - -Chipiteguy dió unas cuantas piedras, esmeraldas y topacios, que Frechón -guardó ávidamente. - -Salieron Chipiteguy y Frechón de Pamplona. Al día siguiente apareció -Chipiteguy en la ciudad y dió nueva orden. La galera tenía que ir a San -Sebastián. - -Frechón esperó impaciente en Valcarlos; recorrió el camino de Pamplona -hasta que se convenció de que el viejo le había engañado. - -Chipiteguy, desde San Sebastián, vaciló en ir por tierra o por mar. - -En aquella época las fuerzas del general Jáuregui iban con frecuencia -de San Sebastián a Irún. - -Chipiteguy se presentó al general, pretendiendo llevar su cargamento y -pasar la frontera. - -Jáuregui le preguntó que llevaba a Francia que tanto le preocupaba; -pregunta que hizo desconfiar al viejo. Entonces decidió ir por mar. - -Aquella chatarra, que era magnífica plata y oro, en unión de las -figuras de cera, estuvo varios días en el muelle de San Sebastián, -hasta que fué entrando en la bodega de un pailebot. - -Al llegar a Bayona, Chipiteguy llevó sus figuras de cera de nuevo a la -barraca y la plata y el oro y las piedras preciosas de las cruces y -custodias debió de guardarlas en el sótano de su casa. - - - - -VIII - -CHIPITEGUY, GAMBOA Y FRECHÓN - - -Frechón había vuelto a Bayona, cansado de esperar en la frontera. -Durante una semana se asomó con impaciencia por el camino de Pamplona, -y, al fin, volvió profundamente indignado contra su patrón. En Bayona -llevó las esmeraldas a casa de un joyero. Eran falsas. - -Al llegar a la casa, y al ver a Chipiteguy, éste le contó que no -pudieron ir a Valcarlos porque se había corrido hacia aquella parte una -fuerza carlista y que por eso decidió ir hacia San Sebastián. Añadió -el viejo que en el camino de San Sebastián habían reconocido todas sus -figuras de cera y encontrado el oro y la plata y las piedras preciosas, -aunque éstas, la mayoría eran falsas. - ---Ha sido un mal negocio al final--dijo Chipiteguy hipócritamente--; ya -veremos qué nos queda a cada uno. - ---Me la ha jugado este cochino viejo--murmuró Frechón--. El se va a -quedar con todo. - -El caso era que el tesoro de la calle Nueva había desaparecido. -Chipiteguy lo había, sin duda, escamoteado. - -Frechón disimuló su rabia y siguió trabajando en casa del trapero. - -Unos días después escribió una carta al cónsul de España y le pidió -audiencia. - -Frechón se sentía defraudado por Chipiteguy y tanto como por el dinero -lo sentía por su amor propio de hombre listo, de quien se habían -burlado. - ---El viejo Chipiteguy no se marchará sin que yo le eche el alto. Ya -caerá. Frechón no es tonto. - -Frechón fué a visitar al fondista Iturri, y después a Aviraneta, -a quien contó con detalles el asunto de las cruces y custodias de -Pamplona. Aviraneta conocía parte de lo ocurrido y escuchó a Frechón -con gran interés. - -Frechón se exaltaba, se ponía frenético, pensando en el chasco que -le habían dado. En casa de Chipiteguy seguía a todo el mundo con una -mirada furiosa. - -Unos días después recibió contestación del cónsul, fijándole hora para -recibirle. - -El señor Gamboa acogió a Frechón muy fríamente; escuchó con -indiferencia su relato y dijo después: - ---Yo no he encargado nada a ese señor Chipiteguy. Si ha ido a Pamplona -habrá sido por su cuenta. - -Al oír lo que decía el cónsul, Frechón quedó desconcertado. - ---Chipiteguy me dijo a mí que iba a Pamplona, encargado por usted, para -recoger unas barricas, cargadas de oro y plata. - ---Pues el tal Chipiteguy le ha engañado a usted. - ---¿Y cómo le han dado esas barricas sin orden de nadie?--preguntó -Frechón. - ---Yo no sé nada, señor mío--replicó el cónsul--. ¿Y usted, cómo lo sabe? - ---¿Cómo lo sé? Porque he ido con él a Pamplona. - ---¿Y usted ha visto esas barricas? - ---Sí, señor. - ---¿Y había de verdad cruces y custodias? - ---Sí las había. ¡Ya lo creo! - ---¿Con piedras preciosas? - ---Con piedras preciosas de todas clases. - -Buenas y falsas, se debió decir Frechón en su fuero interno. - ---¿Y qué han hecho ustedes con ellas? - ---Llevamos todo lo que tenían dentro las barricas a donde estaban -las figuras de cera. Allí desarmamos las cruces y las custodias, les -quitamos las piedras; éstas, en su mayoría, las metimos en las cabezas -de las figuras de cera, machacamos el oro y a las cruces de plata las -pintamos de negro para hacerlas pasar como si fueran de hierro. Después -Chipiteguy me dijo que le esperara en Valcarlos para arreglar la salida -de España y la entrada en Francia, y, mientras yo le esperaba, él mandó -llevar el cargamento a San Sebastián y de aquí lo embarcó para Bayona. - ---¿Y aquí lo tiene? - ---Sí, señor. - ---¿En dónde lo guarda? - ---Probablemente en la cueva de su casa. - ---Es decir, que se la ha jugado a usted. - ---Y a usted también--replicó Frechón, a quien molestaba profundamente -estar ante alguien en situación de inferioridad. - ---A mí, no--contestó Gamboa--. Este es un asunto que no me interesa. - ---¡Bah!--replicó Frechón con impertinencia. - ---Créalo usted o no lo crea, me es igual; pero me choca que sea -usted tan cándido para pensar que yo he intervenido en ese asunto de -melodrama. - -Frechón salió furioso del Consulado y Gamboa no quedó muy contento. - -Unos días después el cónsul de España mandó llamar a Chipiteguy y le -interrogó acerca de las cruces y custodias traídas de Pamplona. - -Chipiteguy dijo que había visto al gobernador de Navarra y éste le -había dado orden de que guardara aquellas joyas en su casa, y que -mandaría un delegado del Gobierno español para incautarse de ellas y -luego venderlas. - -Gamboa se incomodó y dijo con furia: - ---Lo que usted quiere es quedarse con esa riqueza. - ---Es lo que me parece que ha pretendido usted siempre--replicó el -trapero del Reducto. - -Aviraneta supo por los escribientes del Consulado que los gritos de -Gamboa se habían oído en la Plaza de Armas. - -En la discusión apasionada que tuvieron el cónsul y el chatarrero llegó -a verse claramente que, tanto el uno como el otro, lo que ansiaban era -quedarse con el oro, la plata y las piedras preciosas de las cruces y -de las custodias. - -Quizá Gamboa pensó denunciar a Chipiteguy a la Policía; pero ¿cómo -legitimar su intervención? Pensando fríamente decidió no hacer nada y -olvidar aquel mal negocio. - - - - -IX - -DESPUÉS DE LA AVENTURA - - -Chipiteguy, como el Euclión de la Aulularia de Plauto, iba camino de -ser desgraciado, a causa del tesoro de la calle Nueva. - -¿Dónde lo tenía? ¿Dónde guardaba sus riquezas, traídas de Pamplona? -Indudablemente, la plata, el oro y las piedras preciosas los había -escondido en la cueva. - -A veces, como un ladrón, pero temblando al mismo tiempo de alegría, con -una mirada triunfante, bajaba a la cueva y se pasaba allí dos o tres -horas, probablemente, contemplando el tesoro. Cuando le veía a Frechón -sonreía con malicia; sonrisa que a su dependiente le hacía temblar de -furia y sólo a Manón y a Alvarito les acogía con gusto. - ---El viejo Chipiteguy todavía es capaz de muchas cosas--repetía con -jactancia--. Ya lo decía mi viejo amigo Julius Petrus Guzenhausen de -Aschaffenburg: Dollfus es un marrajo de mucho cuidado. - -El trapero del Reducto, tras de su famosa excursión a Pamplona, había -cambiado mucho, vivía con más preocupaciones. Desde el viaje tenía -gran desconfianza; miraba a la gente con suspicacia, no le gustaba -que los chatarreros pasaran al patio de su casa, ni que los albañiles -de las obras próximas se asomaran al tejado. Comprobaba él mismo, al -anochecer, si estaban bien cerradas las puertas y ventanas y recorría -la casa de arriba abajo. - -La andre Mari y la Tomascha pensaban que éstas eran manías del viejo. - -Chipiteguy afirmó varias veces que vivían en un abandono exagerado y -sin vigilancia alguna, sobre todo de noche, y trajo un mastín para -guardar la casa. - -A lo último se le ocurrió hacer todas las noches una ronda, medio -en serio, medio en broma. Manón tomaba un farol grande; Chipiteguy, -Quintín y Alvarito se armaban cada uno con una pistola y registraban la -casa, desde las guardillas hasta la cueva. - ---No le digáis lo que hacemos a Frechón--recomendaba el viejo a Quintín -y a Alvarito. - ---No, no tenga usted cuidado. - ---Cuando llegue el momento me acordaré de vosotros, porque sois fieles. -Estad seguros. - -Estos registros, el andar de noche en los cuartos, influía en Alvarito, -excitando su imaginación. - -Sobre todo, para él, era muy desagradable el entrar en la cueva y ver -el grupo de asesinos en pie, envueltos en sus telas de sacos, con un -aire de fantasmas astrosos. - -Chipiteguy estuvo dos veces en Burdeos y le llevó con él a Alvarito. - -No le dijo a qué iba, pero Alvaro le oyó hablar dos o tres veces de -joyeros y tasadores de piedras preciosas. - -Chipiteguy le presentó a algunos de sus amigos comerciantes y le mostró -la ciudad. - ---Cuando vayas a España--le decía el viejo--podrás comparar aquello con -esto. - -En el fondo de esta frase había malicia, porque aunque Chipiteguy no -tenía mala idea de España, como Frechón, tampoco la tenía muy buena. - -Fué también Alvarito, en compañía de un carlista, a visitar a la -familia de Maroto, que vivía en una casa de campo de las proximidades -de Burdeos. Las dos hijas del general, nacidas en el Perú, habían -sido educadas en un colegio de Granada. La pequeña, sobre todo, era -muy melancólica y muy bonita, y recordaba con nostalgia el huerto del -colegio granadino. Alvarito habló con ellas mucho y hasta les escribió -varias veces después desde Bayona. - -El día antes de salir de Burdeos, Chipiteguy le llevó a Alvarito a una -gran instalación de figuras de cera que había en Burdeos. - ---Esto es una cosa distinta a nuestra barraca--dijo Chipiteguy -riendo--; quizá no es tan completo como el gabinete de madama Tussaud, -de Londres, pero está muy bien. - -Se bajaba por una rampa obscura a un subterráneo, hasta que se llegaba -a un salón con varias figuras de cera vestidas a la moderna. De este -salón partían galerías, también obscuras, que desembocaban en salones -o cuevas, con juegos de luces extraños. Los personajes eran casi los -mismos que había visto Alvaro en la cueva de Chipiteguy, pero más -perfilados y bien vestidos. La gente del público iba y venía, hablando -bajo, un poco sobrecogida por el aire misterioso de los subterráneos. - -En un salón estaban como en tertulia, alrededor de un velador, Luis XVI -y María Antonieta, Madama Real, la princesa de Lamballe y el Delfín. -Todos impasibles, peripuestos y amanerados. - -A Alvarito le dió ganas de gritarles: - ---Apresuraos. No seáis idiotas, que vienen los descamisados a cortaros -la cabeza. - -En otro salón estaba Napoleón en la Malmaison, con Josefina, -Talleyrand, Fouché y los generales del Imperio. Todos tan apacibles, -tan peripuestos y tan amanerados como los anteriores. - -Uno de los generales le miraba a Alvarito con un aire muy discreto. - ---Estamos esperando a que suene el cañón de Waterlóo para marcharnos -de aquí, porque nos encontramos un poco aburridos--parecía decir aquel -señor. - -En la sala de una cárcel cenaban los girondinos. Uno de ellos echaba un -discurso pomposo con un aire místico e iluminado. Seguramente hablaba -de los derechos del hombre y del Ser Supremo, y de otras cosas que -entonces divertían a la gente sin saber por qué, y hoy, sin saber por -qué, nos aburren. - -Luego vieron a Latude en su cárcel, a los cenobitas del Paracleto, a -los mártires cristianos antes de ir al circo, a Marat, muerto, con -Carlota Corday al lado; a Danton y a Robespierre, vociferando... - ---Esto es mejor que lo nuestro, ¿eh?--exclamó Chipiteguy riendo. - ---Sí; pero aquí no hay asesinos--contestó Alvarito. - ---Es verdad. Sin embargo, debe haber. - -Buscaron mejor y dieron con un Lacenaire con su puñal, pero al lado de -los Asesinos de Chipiteguy era un personaje ridículo. - -A Alvarito le convino la visita a las figuras de cera, porque le quitó -para mucho tiempo el terror que tenía por ellas. - -Pensó que había estado durante su estancia en casa de Chipiteguy -asustado por un peligro quimérico y se decidió a mirar en el porvenir -las cosas cara a cara y frente a frente, fuesen figuras de cera o -personas de carne y hueso. - - - - -CUARTA PARTE - -PALOMAS Y GAVILANES - - - - -I - -MANÓN Y ROSA - - -Alvarito iba ascendiendo de categoría en casa de Chipiteguy. El viejo -le consideraba cada vez más y le iba tomando cariño. La andre Mari, que -siempre le había mirado con simpatía, le mimaba; la Tomascha le tenía -como uno de sus favoritos, y Manón, como un amigo. - -Habiendo subido de importancia en la casa, le habían bajado de la -guardilla a un cuarto del segundo piso. Alvarito estaba contento, todo -lo contento que puede estar un enamorado no correspondido. - -Alvarito, que tenía como confidente a su hermana, le confesó que su -entusiasmo por Manón crecía por momentos. Manón era una chica única, -con una gracia y un encanto extraordinarios. Además, no le daba miedo -nada; subía sola a la guardilla o iba al anochecer a la cueva sin -temor a aquellas malditas figuras de cera que a él tanto le habían -espantado. Manón era siempre viva, activa y trabajadora; pero cuando se -lo proponía, era más. - -A veces le entraban las aficiones culinarias y se metía en la cocina -y hacía, en colaboración de la Baschili, bizcochos y flanes, que -rellenaban de crema, de huevos hilados o de dulce. - -Chipiteguy y Alvarito, que eran golosos, comían estos postres, -saboreándolos y relamiéndose, y Manón, a quien no le gustaba apenas el -dulce, se reía. - -Manón tenía gran talento, gracia, picardía, verdadero sentido musical. -Lo único que a Alvarito no le gustaba era la versatilidad y la -coquetería de la muchacha. - ---Tienes que venir a conocerla--dijo Alvarito con entusiasmo a su -hermana. - ---Bueno; sí, ya iré--contestó ella sin gran efusión. - ---Ella tiene muchas ganas de conocerte a ti. - ---¿Por qué? ¿Le has hablado de mí? - ---Sí, mucho. - ---Eres un cándido. Crees que los demás van a tener los entusiasmos -tuyos. - ---¿Por qué no? Yo hablo bien de las personas que son buenas y nadie -dirá que tú no lo eres. - ---¡Qué inocente! - ---No, no soy inocente; no me vas ahora a convencer a mí de que todo el -mundo, empezando por ti, son unos terribles egoístas. - -La hermana de Alvaro era un poco cargada de espaldas, pálida, de ojos -negros muy expresivos, la boca grande y la cara poco correcta. Era muy -simpática y muy servicial. Estaba dispuesta a hacer todo lo que los -demás tenían por engorroso y molesto. - -Dolores Sánchez de Mendoza fué a casa de Chipiteguy y conoció a Manón y -a Rosa. Las dos primas estuvieron muy amables con ella y la obsequiaron -mucho. - ---¿Qué te ha parecido Manón?--preguntó Alvarito a su hermana al salir -de la casa del Reducto presurosamente. - ---Es muy guapa y muy simpática, pero... - ---¿Pero, qué? - ---Que creo que no te debes hacer ilusiones. Una chica tan guapa, tan -brillante, que será rica, no se casa con un pobre. - -Alvarito se entristeció al oír la observación de su hermana y se le -puso una cara larga y abatida. - ---¿Por qué no te diriges a Rosa?--le preguntó Dolores. - ---Porque no me gusta--contestó Alvarito de mal humor. - ---Pues es una chica bien buena, bien cariñosa; yo la encuentro guapa. - ---Sí, sí, no digo que no; pero no me gusta. No tiene gracia. - ---Es verdad; tú tampoco la tienes, ni yo. - ---Bien; ya lo sé; quizá por eso me gusta lo que no tengo. - ---Pues chico, hay que conformarse. - ---En eso cada cual hará lo que mejor le parezca. - ---Claro que sí; pero siempre es mejor no desesperarse, empeñándose en -conseguir un imposible. Yo ya veo que Manón es una chica muy atractiva, -muy graciosa y muy bonita; pero por lo mismo, y porque es rica, ha de -tener muchos pretendientes. - -Dolores se hizo amiga de Manón y de Rosa, sobre todo de Rosa. - -Desde entonces comenzó a tutearse con las dos primas, y después de -ella, Alvarito. Este notó desde el principio que con cierta tendencia -instintiva Dolores se ponía del lado de Rosa y en contra de Manón. - -Manón a veces era imprudente; había tenido una educación desordenada y -fantástica, propicia para dar alguna sorpresa desagradable al viejo -Chipiteguy; afortunadamente, la chica poseía un fondo de buen sentido, -a pesar de sus fantasías y de sus extravagancias. Manón empleaba en -ocasiones la burla y el sarcasmo, pero en el fondo era sentimental -y romántica, Para el que la pretendiese era una mujer difícil de -conquistar, que exigía demasiado de las personas. Rosa era siempre -modesta y tímida; el pasar la vida ante el público en un bazar no le -había quitado su timidez congénita. - -Rosa tenía el óvalo de la cara alargado, la boca demasiado grande, de -labios gruesos; cierta palidez atezada, mate, en el rostro, como de -criolla, y una hermosa cabellera negra de tonos azulados. - -Al principio de tratarla parecía sosa y sin gracia; pero a medida que -se la conocía iba siendo más atrayente y desarrollando su personalidad -de una manera lenta y segura. - -Dolores hablaba con mucha frecuencia a su hermano de los encantos de -Rosa, de su simpatía y de sus conocimientos caseros; pero Alvarito no -se entusiasmaba más que con Manón y no tenía ojos más que para ella. - -Sentía hambre y sed de la presencia de Manón. Este hambre y esta sed -constantes e inapagable de verla y de oírla era, sin duda, el amor. -Ante ella se encontraba como si hallase su centro de gravedad; en -cambio, cuando se alejaba de ella le parecía que le faltaba el sostén -de su vida. - -A veces el placer de estar a su lado le daba la impresión de tener el -corazón ligero. - -Cuando estaba lejos de ella pensaba en lo que estaría haciendo en aquel -momento. - -En la cama constantemente, medio en sueños, tenía conversaciones con -ella, hacía proyectos, debatía cuestiones sentimentales, se explicaba, -se legitimaba. - -Dolores, con malicia femenina, solía desviar la atención que tenía su -hermano por la nieta de Chipiteguy y trataba de dirigirla sobre Rosa. - -Manón ya notaba que Dolores y su prima Rosa habían formado una alianza -ofensiva y defensiva un poco contra ella; pero se sentía tan superior, -que no le importaba. - -Otra amiga, algo pariente, solía ir algunas tardes a casa de Manón: -una chica llamada Margarita D'Arthez, Morguy, hija de un almacenista -de vinos. Morguy no era simpática; Rosa la odiaba por su mordacidad; -sólo Manón la podía resistir. Dolores, cuando la conoció, la encontró -también antipática. - -Morguy era más fea que guapa, muy rubia, casi roja, con los ojos -pequeños y un poco encarnados, las cejas siempre fruncidas y los labios -abultados. - -Morguy era envidiosa, taciturna y malhumorada; reñía con mucha -facilidad con los padres, con las criadas y con todo el mundo. Sus -cóleras se convertían con facilidad en torrentes de lágrimas. - -Así era Morguy: tan pronto lloraba como reía; generalmente sus -carcajadas acababan en llanto, y sus lloros, en carcajadas. Tenía -rencores inmotivados y días que se pasaba rabiosa, sin hablar. - -Morguy reconocía su mal genio, y cuando le contaba a Manón sus -rabietas, por una parte furiosa y por otra burlándose de sí misma, -Manón se reía a carcajadas. - ---Esta chica hasta que no se case no va a tener buen humor--decía -Chipiteguy a Morguy. - ---Sí, buena marcha llevo--replicaba ella--; me voy a quedar solterona. - ---Pues no te conviene, porque no vas a tener con quien reñir y vas a -hacer muy mala sangre. - ---¿Tan venenosa cree usted que soy? - ---No, no. Mujer, como todas; pero, en fin, si yo tuviera la edad de -Alvarito me fiaría más de las alborotadas que de las mosquitas muertas. - -Chipiteguy se ponía siempre, más o menos disimuladamente, del lado de -Manón y creía que Rosa y Dolores eran gazmoñas e hipócritas. - -Varias veces Alvarito y Dolores fueron al "Paraíso Terrenal", el bazar -de juguetes de la madre de Rosa. Madama Lissagaray era una señora -de cuarenta y cinco a cincuenta años, muy flaca, de ojos claros, -con aire de dama de Versalles. Era muy sabia y un poco redicha. Lo -característico en ella era la cara, fría e indiferente, que contrastaba -con la voz y los ademanes efusivos. Al hablar parecía desmentir con los -ojos cuanto decía, y, sin embargo, la verdad era lo que hablaba, pues -no tenía nada de falsa ni de hipócrita. - -Madama Lissagaray se expresaba con gran discreción y simpatizó con -Alvarito y su hermana. - -Esta señora había tenido varios chicos, que se le habían muerto, y -cuidaba de Rosa, su única hija, con una afección mezclada de cariño y -de temor. - -Encima de su bazar había un entresuelo pequeño, bajo de techo, donde -habían vivido algunos años: pero estaba tan abarrotado de género, -que lo abandonaron y fueron a habitar a una casa de la Avenida de -Boufflers, de su propiedad, de más espacio y mejores vistas. - -Rosa y Manón solían mostrar a sus amigos, a los muchachos jóvenes, los -juguetes del "Paraíso Terrenal", y, sobre todo, algunos antiguos, ya un -poco arrinconados y fuera de moda, pero más graciosos que los modernos. - -Había una sala en el entresuelo, en un extremo del bazar, adonde habían -ido a parar varios relojes. Allí se veía un reloj de pared, inglés, -muy hermoso, con la esfera de cobre, y en ella un círculo pequeño del -minutero; un reloj de cuco, otro con sonería de campanas y campanillas -y varios relojes de mesa, dorados, metidos en fanales de cristal. - -Había también en el mismo rincón una caja de música con su cilindro de -cobre, lleno de púas, y un organillo pequeño, construído en Ginebra, -con muñecos en la tapa, que se movían, entre los cuales figuraban un -negro que bailaba, un señor de frac que llevaba la batuta, otro que -tocaba gravemente el violoncelo y varias damiselas con miriñaque, que -danzaban rápidamente. - -Había también unos chinos de porcelana, que saludaban con la cabeza -desde dentro de un fanal; un tíovivo de muñecos, que giraba y sonaba; -un teatro, arcas de Noé, conejos que tocaban el tambor, serpientes -articuladas que se movían y muñecas. - -Alvarito, que no había tenido nunca juguetes, a pesar de ser ya un mozo -y de no encontrarse en edad de jugar con ellos, los miraba con gran -entusiasmo. - -Aquellos soldados de plomo de Artillería y Caballería, con sus carros y -sus cañones, le parecían magníficos. Otro juguete que le admiraba era -la gran casa misteriosa, con sus persianas verdes y un balcón corrido, -adonde salía, como a tomar el fresco, una dama de mantilla. Esta dama -se parecía a la nieta de Chipiteguy y Alvaro la miraba con entusiasmo. - -Manón, cuando iba a aquel rincón del "Paraíso Terrenal", lleno de -juguetes, le gustaba dar cuerda a todos ellos y oír la algarabía que -formaban las campanadas graves y agudas de los relojes, el tintineo -de la caja de música, ver cómo movían la cabeza los chinos, cómo daba -vueltas el tíovivo, llevaba la batuta el señor de frac, tocaba el -otro el violoncelo, bailaban el negro y las damiselas y aparecía y -desaparecía la dama romántica en el balcón de la casa solitaria con las -persianas verdes. - -¡Qué poesía o qué cuento, a la manera de Hoffmann, hubiera escrito -el amigo de Chipiteguy, el poeta Julius Petras Guzenhausen de -Aschaffenburg, de tener la humorada de existir en el mundo y de visitar -el "Paraíso Terrenal"! ¡Qué bien hubiese descrito los movimientos de -aquellos autómatas, sus reverencias, sus saludos, sus bailes, llenos de -elegancia, amanerada y ceremoniosa! - -Una vez Alvarito soñó que estaba en un campo donde había dos bolas -grandes de nieve, hechas por los chicos; se aproximaba a una y huía -delante de él y a medida que la una huía, la otra se acercaba. Luego, -estas dos bolas de nieve se convertían en dos palomas, que hacían lo -mismo, y, por último, en dos nubes. - -Al final, entre ellas, aparecía Chipiteguy, en medio de sus figuras de -cera, con unas actitudes extrañas, haciendo unas muecas horrorosas. - -Alvarito pensó si estas bolas de nieve, estas palomas y estas nubes -serían transformación en sueños de Manón y de Rosa. - -Durante la primavera y el verano, Manón y Rosa y algunas amigas, con -Alvarito y otros muchachos, hicieron excursiones a Biarritz, a la playa -de la Chambre d'Amour y al lago de Mouriscot. - -Morguy coqueteaba mucho con Alvarito; pero a él no le gustaba esta -chica roja, de mal humor. - -Con Morguy conoció a su padre, el señor D'Arthez almacenista de vinos, -y a su hermano Pedro, que le fué muy simpático. - -El hermano de Morguy vivía una vida irreal, leyendo novelas, -aburriéndose de la gente. Sentía un desprecio profundo por lo que le -rodeaba. Cuando dejaba su trabajo se escondía y se iba a leer libros. -Su hermana casi le tenía odio, porque no le hacía caso. Sin duda le -parecía que no valía la pena. Pedro D'Arthez era un joven pálido y un -poco fofo, que se pasaba la vida leyendo. - -No le gustaba nada el comercio; trabajaba resignado en su despacho y, -cuando concluía, se encerraba en su cuarto y se ponía a leer. Tenía -gustos de viejo. Metido en su cuarto, con su bata, su gorro griego y -sus zapatillas, se pasaba el tiempo leyendo y fumando en la pipa. - -El joven D'Arthez hablaba siempre como hombre aburrido y disgustado. La -lectura, al ocuparle tan completamente el pensamiento, le hacía mirar -la realidad con desagrado. - -El cuarto de Pedro era un cuarto con dos ventanas sobre un tejado. -Muchos libros, un diván y algunas estampas constituían su mobiliario. - -El joven escribía todos los días sus memorias y sus impresiones de las -lecturas. Su padre, su madre, su hermana y los conocidos le reprochaban -el hacer una vida tan sedentaria y tan malsana. No había reflexión que -le hiciera cambiar de vida. A todo se encogía de hombros. - ---¡Son tan aburridas estas gentes!--le dijo a Alvarito. - ---¡Qué pueblo Bayona!--añadió otra vez--. Yo creo que será el pueblo -más aburrido del mundo. - ---¿Dónde quisiera usted vivir?--le preguntó Alvaro. - ---¡Qué sé yo! En cualquier lado, menos aquí. - -Pedro no dejaba libros a su hermana ni a sus amigas. - ---¿Para qué? Primero, no entienden lo que leen--decía--; luego dejarán -el libro en un banco, o le doblarán las hojas, o le llenarán de manchas -de cosmético. - -Unicamente el joven D'Arthez salía de su rincón para oír música, pero -sólo cierta música. - -Alvarito pensaba que el hermano de Morguy tomaba demasiado en serio la -literatura y la música y daba demasiada poca importancia a la vida real. - -Pedro era republicano y despreciaba a los monárquicos y a los carlistas. - -Pedro le dijo a Alvarito que le prestaría algunos libros, y, -efectivamente, le dejó novelas de Merimée y de Stendhal, que a Alvarito -no le entusiasmaron, probablemente, porque no llegó a comprender su -mérito. - -Cuando Alvarito dijo a Manón que conocía al hermano de Morguy, Manón -tuvo para Pedro grandes burlas y sarcasmos. Le parecía un pedante, un -fatuo, que se metía en un rincón para hacerse el interesante. - -Alvaro defendió a su nuevo amigo; pero ella siguió hablando de él de -una manera sarcástica. - ---Manón habla siempre mal de mí--dijo un día Pedro--. En el fondo, -porque no le hago caso. - ---¿Cree usted...? - ---Sí; si yo me ocupara de ella, me despreciaría más. Eso ya lo sé; pero -el no ocuparme de ella lo considera casi como un insulto. - -Pedro le dijo a Manón que, efectivamente, habían querido que Manón y -él fueran novios, pero que no se entendían; ella era voluntariosa y -coqueta; él, tranquilo y aficionado a leer. El no decía nada malo de -Manón, quizá valía más que él; pero tenía una turbulencia insaciable y -una versatilidad tal que era capaz de volver loco a cualquiera. - ---Es una mujer de lujo, de mucho encanto, estoy conforme; pero para -tenerla en casa, yo, modesto vinatero, no la querría. - -A veces, en el verano, cuando Manón, Rosa y Morguy pensaban hacer -excursiones, le invitaban a ir a Pedro; y éste, para no tomarse el -trabajo de discutir, decía que sí, pero luego no iba, con lo cual -indignaba a todo el mundo, principalmente a su hermana, que decía de él -pestes. - -En una de aquellas excursiones, Manón, Rosa y los amigos conocieron al -conde y a la condesa de Hervilly. - -Sonia, la dama misteriosa que intrigaba a Aviraneta, manifestó gran -simpatía por Manón, y fué a verla a su casa y entabló amistad con ella. -Se mostró muy amable con Alvarito y, como la condesa hablaba muy bien -el castellano, le dirigió varias preguntas acerca de su familia y de -España. - -A Chipiteguy no le hizo mucha gracia la amistad de su nieta con la -extrajera; no le parecía bien que la hija de un trapero tuviera -amistades con una condesa, pero nada podía decir. - -La condesa de Hervilly presentó en casa de Madama Lissagaray a dos -aristócratas, amigos de su marido y suyos: el vizconde de Saint-Paul y -el caballero de Montgaillard. - -El vizconde de Saint-Paul tendría veintiséis o veintisiete años; -era tipo de francés del Norte, alto, rubio, fuerte; el caballero de -Montgaillard, de veintitrés o veinticuatro años, parecía un italiano -del Sur. Era moreno, más bien bajo que alto, con los ojos negros, -delgado, con aire un poco cansado de trasnochador, el pelo rizado, la -cara audaz y la tez de mal color, pálida, biliosa y llena de granos. - -El vizconde de Saint-Paul se sabía que era de una familia rica de -París; respecto a Montgaillard había sus dudas. El decía que era hijo -del marqués de Montgaillard y sobrino de un conde de Montgaillard; pero -había quien aseguraba que tanto el condado como el marquesado no tenía -realidad alguna. - -El joven Xavier de Montgaillard era hijo del titulado marqués de -Montgaillard y de una señorita de Crussol. El marqués de Montgaillard -pasaba por realista y había hecho la campaña de la Vendée, con -Clarette, y estaba preso en el Temple. - -Xavier era sobrino del célebre intrigante y libelista conde de -Montgaillard, que al parecer no era conde. - -El llamado conde de Montgaillard fué un gran explotador de la política. - -Explotó a la Revolución, al emperador de Austria, a Napoleón y a los -Borbones, y murió muy tranquilo en su casa propia de Chaillot, comprada -con sus ahorros de intrigante, a los ochenta años. - -El conde de Montgaillard tuvo pensiones de todos los Gobiernos -franceses de la época, y lo más extraño fué que la tuviese, y grande -de Luis XVIII, de quien había publicado un retrato burlón e injurioso. -La razón de esta anomalía parece que fué el que el intrigante guardaba -unas cartas que Luis XVIII había escrito a Robespierre en tiempo de la -Revolución, queriendo congraciarse con él, dándole la razón en muchas -cosas y queriendo atraerle a su campo. - -Días después de la presentación de los dos aristócratas en casa de -madama Lissagaray, Alvaro vió que el joven Montgaillard paseó varias -veces por delante de la casa del Reducto, y Alvarito comprendió que le -debía haber escrito a Manón y que quizá ésta le había contestado. - -Un día, en pleno verano, la condesa de Hervilly les convidó a ir, el -domingo siguiente, a las amigas de Manón y a Alvarito a pasar la tarde -en el castillo de Urtubi, cerca de Urruña. La condesa conocía al dueño -que le había invitado. - -Fueron en un coche grande, descubierto, diez o doce personas, los -condes de Hervilly, Manón, Rosa, con su madre; Dolores, Morguy y los -aristócratas recién llegados a Bayona y amigos de Hervilly, el vizconde -de Saint-Paul y el caballero de Montgaillard. - -El vizconde y el caballero fueron durante la excursión la nota -saliente, sobre todo para las muchachas. Montgaillard vestía frac azul -entallado, como un dandy, y venía de París. El caballero llevó la -voz cantante en el viaje; habló de actrices y de bailarinas, conocía -escritores, periodistas y políticos. Dijo que como no tenía un cuarto -pensaba entrar en España e ingresar en el ejército carlista por si -encontraba aquí la solución para su vida. Contaba con la protección -del príncipe de Lichnowsky. El vizconde de Saint-Paul, más tranquilo, -sonreía de las frases de Montgaillard y hablaba poco. - -El joven caballero tuvo mucho éxito con las muchachas y se le encontró -gracioso y ocurrente, lo que hizo desesperar a Alvarito, sobre todo -viendo que Manón coqueteaba con él. - -Era evidente que se cambiaban sonrisas y ojeadas. - -¿Cómo había llegado a tener esta familiaridad con el forastero? ¿Es que -es una mujer sin decoro?--se preguntó Alvarito de mal humor. - -Alvarito notó con desagrado que la presencia de los dos forasteros -produjo en las muchachas una animación, un deseo de brillar, -una rivalidad disfrazada entre unas y otras, que a él le molestó -profundamente, porque comprendió que la causa de esta excitación eran -los recién venidos y que en ellos se quería hacer efecto. - -Quizá sólo Rosa le era en aquel momento un poco fiel a Alvaro; las -demás le habían olvidado. - -Los veinte kilómetros de camino pasaron pronto para todos, aunque no -para Alvarito; se contempló el mar, se vió la cadena de montes de -España; Jaizquibel, como una pirámide, y el monte Larrun; se pasó por -delante de Bidart, se cruzó San Juan de Luz y se llegó al castillo -de Urtubi. A todos les pareció, desde fuera, muy romántico con sus -torrecitas y sus paredes cubiertas de hiedra, un poco hundido entre -árboles. - -El dueño les esperaba a la entrada del parque, y les hizo pasar primero -a un gran salón y les llevó a las damas a un tocador por si tenían que -arreglarse. Luego preguntó a sus visitantes si preferían almorzar en el -parque o en el comedor. - -Madama Lissagaray era la única que hubiera preferido almorzar bajo -techado. - ---No tenga usted cuidado; hoy no hay humedad--le dijo el dueño. - -Salieron todos al parque, que estaba magnífico, y dieron un paseo por -él. Hacía un día de viento Sur, con el cielo rojo, que daba al paisaje -un aire de decoración de teatro. Los tilos y las magnolias, llenos de -flor, perfumaban el ambiente con su aroma, un aroma tan fuerte que casi -mareaba. En este ambiente irreal todo parecía inmóvil y silencioso. -Los pájaros dormían aletargados en las ramas. Un martín pescador pasó -por el aire, tan azul, que parecía un trozo de cielo volando entre los -árboles. - -Se acercó la hora de almorzar, y en una plazoleta de grandes olmos en -donde estaba puesta la mesa se sentaron. - -Se comió y se bebió alegremente, y Manón y el caballero de Montgaillard -fueron los que más hablaron y tuvieron más rasgos de ingenio. - -Montgaillard iba a la carrera haciendo la corte a Manón. - -El caballero manejaba uno de esos recursos del donjuanismo que está -al alcance de todo el mundo; pero que, sin embargo, tiene casi -siempre éxito cuando se es joven y no de mala figura. Se manifestaba -indiferente y al mismo tiempo atento con las mujeres, para, llegado el -caso, fingir una gran impresión. Es esto, indudablemente, como el a b c -del histrionismo amoroso, pero no deja de hacer su efecto. - -Pasada la excitación de la comida, Manón dijo que iba a escoger un -sitio a la sombra del parque y echarse a dormir la siesta. - ---De ningún modo--dijo su tía, madama Lissagaray--; no te lo permito. - ---¿Por qué no? - ---Porque no, y basta. - -Manón hizo un gesto de displicencia. Después de un largo rato de -sobremesa, el dueño de Urtubi les preguntó si no querían ver el -castillo, aunque era pequeño. - -Mientras recorrían el edificio, el dueño habló de la fundación -primitiva de la casa, en el siglo XI; de la muralla que quedaba aún -del siglo XIV; de la estancia de Luis XI en Urtubi cuando estuvo como -mediador entre los reyes de Castilla y de Aragón y de los recuerdos que -quedaban de Soult y de Wellington, que tuvieron allí su cuartel general -al principio del siglo. Les contó también la eterna rivalidad del -partido de los Sabelchuris y Sabelgorris, fajas blancas y fajas rojas, -que dividían en el país del Labour a los partidarios de Urtubi de los -de Saint-Pee. - -Vieron el salón, el comedor grande, con una chimenea de mármol, que -tenía esta inscripción en vascuence: "Billzen, berotzen, bozten" -(Reuniendo, calentando, gozando); pasaron por un vestíbulo lleno de -placas de hierro de los hogares, de las chimeneas antiguas, algunas muy -curiosas, y luego fueron a la biblioteca. - -El dueño sacó un ejemplar del libro de Pierre de Lancre, titulado: -_Cuadro de la inconstancia de los malos ángeles y demonios_; les mostró -una estampa de un sábado brujeril y les leyó un párrafo, en que se -decía que el propietario del castillo de Urtubi, a principios del siglo -XVII, después de una reunión de brujería tenida en su casa, se había -encontrado los días siguientes con que las brujas le iban chupando la -sangre y sorbiéndole el seso, lo que le decidió a denunciarlas. - -Todos se rieron, menos Alvarito, que pensó que el señor de Urtubi era -un visionario como él. - -De la biblioteca marcharon al pequeño archivo, que tenía algunos -antiguos documentos de los Urtubis, emparentados con los Alzates, -Gamboas, Belzunces, Ezpeletas y con la familia del escritor Montaigne. - -Salieron de nuevo al jardín. Una nube roja, grande, había aparecido en -el poniente y el parque tenía un aire fantástico en este aire, inmóvil -y caliente, perfumado por las flores. Cerca del castillo había una -acequia negra entre dos paredes de piedra, que tomaba al reflejar el -cielo, tonos de sangre. - -Salieron de nuevo al parque y llegaron a una fuente. - -Manón dijo que tenía que echar la suerte con dos alfileres, tirándolos -a la fuente y viendo cómo quedaban en el fondo; si quedaban separados, -era que no se casaba, y si quedaban cruzados, que sí. Manón echó sus -dos alfileres y quedaron separados; después los echaron Rosa y Morguy, -y pasó lo mismo. Por el sortilegio de la fuente ninguna de las tres se -casaba. - ---Sí, sí; nos quedaremos solteras--dijo Manón. - ---Tendrá que ser porque a los hombres de esta tierra les falten -ojos--dijo galantemente Hervilly. - -Manón había cogido una flor y se la había puesto en el pecho. - -El joven Montgaillard quiso que le diera aquella rosa que llevaba en el -pecho y ella se la dió. - -Iba cayendo la tarde y, según dijo madama Lissagaray, era hora de -volver a Bayona. - ---Antes merendarán ustedes--dijo el amo de la casa. - ---Se va a hacer tarde. - ---¡No, no; ca! - -Pasaron al comedor y se sentaron a la mesa, muy elegantemente puesta, -con mantel antiguo, bordado, y vajilla de Sevres. - -De pronto notaron que andaba revoloteando algo por los rincones. - ---¿Qué es? ¿Un murciélago?--preguntó Manón. - ---No, es una mariposa--contestó el dueño de la casa, y con un pañuelo -logró cogerla. - -La mariposa era grande y hacía un chirrido como si se quejara. Alvarito -se estremeció; el aleteo de la mariposa y sus quejidos le produjeron -una sensación desagradable. - ---Es el _Sphinx atropos_, la mariposa de la calavera--dijo el amo de la -casa. - ---¡Qué horror!--dijo Rosa--. Suéltela usted. Eso debe ser de mal agüero. - ---Sí, estas mariposas asustan a la gente, pero son inofensivas para las -personas; no así para el campo, donde hacen muchos destrozos. - -La Morguy quería matarla con un alfiler y llevársela. - ---No, no--dijo Manón--; hay que soltarla, que viva. - ---Poco vivirá--dijo el dueño abriendo la ventana y soltándola--. -Algunas no duran más que una noche; el tiempo necesario para poner sus -huevos. - -Madama Lissagaray insistió en que era hora de volver. - -Se despidieron y entraron todos en el coche. Rosa se sentó al lado de -Alvarito y estuvo hablando con él. - ---Ya ves tú--decía la muchacha--qué mala suerte tengo yo. - ---¿Mala suerte? ¿Por qué? - ---Manón y yo tenemos la misma edad, y hemos sido educadas de la misma -manera. Ella siempre tiene éxito y yo nunca. - ---Tú también lo tienes. - ---No, no. Y, además, es natural. Ella es más bonita que yo, más -inteligente, más brillante. Todas las ventajas para ella y para mí nada. - ---Eres muy modesta. - ---No. La suerte ha sido muy generosa con ella y muy mezquina conmigo. -Ella es música, es guapa, es graciosa. Y yo soy tonta, sosa y sin -talento. - ---Eres muy severa contigo misma. - ---No, me conozco. Yo no tengo ningún encanto. - ---¡Oh! No digas eso. - -Alvarito dirigió a la muchacha algunos cumplidos, pero eran fríos y sin -efusión. - -Un par de horas después llegaron a San Juan de Luz, pararon un momento -en un café y volvieron a tomar el coche, y vieron el mar cerca de -Guethary, azul, recamado de blanco en un cielo rojo, incendiado y -amenazador; vieron brillar el faro de San Sebastián y el del cabo -Higuer. Al acercarse a Bayona, la luna había salido, grande, amarilla -como una cara de mujer enferma. - -Alvarito llegó a casa; no cenó apenas, y fué a acostarse a su -cuarto. Al tenderse en la cama, el coche, el mar, la acequia con el -agua rojiza, la estampa del sábado brujeril del libro de Lancre le -comenzaron a bailar ante los ojos. Pronto pasó del recuerdo al sueño. - -Soñó que escalaba, con grandes esfuerzos, un cerro que tenía en la -punta un castillo, marchando por entre riscos afilados que parecían -de cristal. Después de subir por una escalera laberíntica, llegaba a -un desván, con vigas en el techo, y encontraba un montón de paja y se -tendía en él. - -De pronto notaba que estaba al lado de una ventana abierta, al borde -del abismo. Delante tenía un paisaje sombrío, con montes ceñudos y -valles estrechos, llenos de árboles, y al contemplarlos se le encogía -el corazón. Nubes pesadas avanzaban a rodear el castillo. Desesperado, -elevaba la vista y quedaba absorto. El cielo estaba lleno de brillantes -meteoros desconocidos; la luna, las estrellas y los cometas, con largas -colas, saltaban en locas carreras por el firmamento. Contemplaba -aquello a cada instante con mayor horror, hasta que, de pronto, comenzó -a salir el sol. Entonces una deliciosa calma dominaba la naturaleza. El -cielo se ponía azul, un murmullo lejano venía del mar, rizado con olas -blancas; de los bosques se exhalaba un perfume balsámico. ¡Oh! ¡Cómo se -respiraba el aire puro! ¡Cómo corrían los arroyos y las fuentes! - -Pero esto también duró poco, y vino el crepúsculo, un crepúsculo -al principio admirable. Brillaban las flores rojas y blancas, las -campanillas azules en los campos verdes; luego todo se tornaba -ceniciento; había entonces una queja en el espacio; nubes de mariposas -grandes cruzaban el aire. Alvarito sentía necesidad de llorar y se -despertó. Pasó muchas horas despierto, dando vueltas en la cama, -pensando en su sueño y en Manón y suspirando sin querer. Al último -consiguió dormirse y no se despertó hasta que le llamaron por la -mañana. - - - - -II - -FRECHÓN O EL CHATARRERO MISÁNTROPO - - -Matías Frechón, el tenedor de libros de Chipiteguy, era hombre de -treinta y cuatro a treinta y cinco años, alto, flaco, moreno, de frente -estrecha, labios finos, nariz roja, bigote delgado y patillas largas. - -El dejarse las patillas le daba cierta apariencia de banquero o de -hombre de negocios, que él consideraba muy importante y muy apropiado -para su persona. - -Frechón tenía aire poco tranquilizador. Indudablemente no es una -fantasía folletinesca el asegurar que hay hombres que sólo por su -aspecto producen desconfianza y hasta una marcada repulsión moral. -Parece que por instinto se puede comprender rápidamente que ciertos -rasgos fisionómicos representan y son consecuencia de una larga vida -de intrigas, de hipocresías o de bajezas, y las fisonomías con estos -rasgos nos producen alarma, no siempre bien definida. - -A veces no son las bajezas hechas las que adivinamos y nos dan -impresión de alarma y de desconfianza, sino las por hacer, las que -están aún latiendo en el espíritu del que es capaz de cometerlas. Así, -por intuición, comprendemos que cierta clase de rostros no pueden -pertenecer más que a almas dispuestas a toda clase de villanías. - -Frechón no solía reír; su sonrisa era triste, fría y antipática. - -Frechón tenía aire de hombre falso e hipócrita. No miraba nunca de -frente más que cuando se irritaba. Se parecía un tanto al Robespierre -de las figuras de cera. El hombre sentía gran confianza en sí mismo, en -su inteligencia y en su perspicacia; en su rostro se leía casi siempre -una expresión de superioridad. - -Para él todo el mundo era tonto. Si había alguno que no lo fuera, -consistía en que era un canalla. De tontos y canallas, según él, se -hallaba formado el mundo. - -Chipiteguy solía decir: "Las ideas de Frechón a veces son claras una a -una, pero en conjunto son un puro disparate". - -Tan es cierto, que muchas veces es la mala organización de los -conceptos la que hace al loco y al insensato. - -Frechón se creía un hombre genial a quien le faltaba un escenario digno -de sus méritos. El orgullo, la vanidad, la tristeza de no ser nada le -ahogaban. - ---Se oirá hablar de mí--solía decir con jactancia. - -Frechón hacía profesión de fe de su misantropía. Este chatarrero -filósofo, pequeño Timón de Bayona, había estudiado en su juventud para -cura y sabía latín, lo que le servía para citar con mucha frecuencia -frases de Horacio y de Virgilio. Era bastante letrado. Leía causas -célebres, folletos anticlericales y el _Citador_, Pigault-Lebru; decía -también que había leído a Fourier. - -Frechón hablaba siempre con gran prudencia, pensando cuanto decía. -Había adquirido la costumbre de repetir la pregunta que se le hiciera -para darse tiempo de pensar bien la respuesta. - -Frechón tenía ideas republicanas, lo cual no era obstáculo para que -hubiese estado durante algún tiempo al servicio de los carlistas -españoles por intermedio de Roquet, el agente de Aviraneta, y de -Cazalet, bohemio crapuloso que sabía muchos secretos de todo el mundo. - -Cuando le hablaban a Frechón del acto o de la opinión de alguna -persona, decía con frecuencia: - ---¡Bah! ¡Qué tontería! - -Frechón afirmaba que poseía muchos recursos para ganar dinero. - ---¡Si supieran los giros que tengo yo todos los meses!--decía con -orgullo. - -El misántropo era al mismo tiempo fantástico y petulante, escéptico y -de cándida credulidad. Es muy difícil en el escepticismo llegar a no -creer ni en lo bueno ni en lo malo. La mayoría de los escépticos se -contentan con no creer en lo bueno, y el escepticismo verdadero estaría -en no creer ni en lo bueno ni en lo malo. - -Frechón vivía pensando fantasías; había en él una tendencia marcada -por lo secreto, por lo misterioso, tendencia que se aumentaba con la -bebida; el misántropo tenía mucha afición al vino y a los licores. - -Su mundo era un mundo extraño, diferente al de los demás. El se -consideraba viejo, y una de sus manías era hablar de su vejez. - ---A un hombre viejo como yo no se le engaña--decía con frecuencia--. -Los viejos como yo saben lo que se hacen. - -Al parecer, la idea de ser viejo le encantaba a Frechón grandemente. -Sentía el misántropo gran desprecio por su juventud; le parecía que los -hombres jóvenes no servían para nada. - -Frechón gozaba mucho con el espionaje. Había nacido con una -inclinación nativa para espiar. El descubrir un misterio constituía -para él una delicia. En un pueblo como Bayona, en donde se urdían -muchas intrigas políticas y se hacían negocios de suministros militares -y de contrabando, Frechón vivía como el pez en el agua. Espiaba a los -franceses y a los españoles, a los carlistas y a los liberales, a los -aduaneros y a los contrabandistas. - ---¡Bah! Ya sé yo lo que hace ese. - ---¡Bah! Ya sé yo quién es el amante de esa mujer. - -Para todo tenía el misántropo un ¡bah! desdeñoso y de superioridad. El -viejo Frechón, como se llamaba a sí mismo, había pasado muchas noches -en la esquina de una calle aguantando el frío de la noche o tendido en -el campo recibiendo la lluvia para averiguar alguna cosa que, después -de todo, no le importaba nada. - -Hacer un agujero en la pared y espiar lo que pasaba en una habitación -inmediata, aunque no ocurriera en ella nada de particular, le parecía -una maravilla de interés. - -La guerra civil de España le daba muchos motivos de espionaje y de -intrigas. - -Otro placer para él delicioso, lleno sin duda de matices agradables, -era el escribir anónimos. Se procuraba así una de sus mayores -satisfacciones. Dominaba la técnica del anónimo, la tenía muy bien -estudiada; sabía por qué indicios se podría descubrir al autor, sabía -el sistema para no dejar rastros, y en su casa guardaba papeles traídos -de fuera y sacados de varias partes. - -Llegaba a disfrutar así de la más dulce impunidad; pensar que no había -manera de descubrirle y que podía, además, sugerir la idea de que era -otro el autor del anónimo. - -Frechón era envidioso; su mayor placer hubiera sido quitar el dinero -a ciertas gentes y, al dejarles en la miseria, hacerles una mueca de -burla. - -Frechón vivía con su hermana, solterona de muy mal carácter y muy -rencorosa. - -Al misántropo le gustaba Manón y la miraba siempre con ojos de ogro, -pero ella le despreciaba profundamente. - -La jugada de Chipiteguy con las custodias y las cruces de Pamplona -colmó la medida de rabia de Frechón. - -Frechón, desde que había vuelto a Bayona, estaba furioso contra -Chipiteguy. - -El misántropo disimuló, se mostró amable con el viejo, sonsacó lo que -pudo a Alvarito y a Claquemain y fué a visitar por segunda vez a Gamboa. - -El cónsul de España estaba indignado contra Chipiteguy, pero no quería -confesar lo ocurrido y repetía siempre que él no había hecho encargo -alguno al chatarrero. - -Frechón se pasaba horas y horas pensando en preparar una celada al -viejo, paseando por la tienda como un lobo en la jaula y haciendo -crujir sus falanges. Se le ocurrió también que Alvarito le estorbaba y -le escribió dos anónimos amenazándole. - -Otra vez hizo que Claquemain se disfrazara con el traje del _Asesino_ y -apareciera por la ventana de la reja que daba al patio donde trabajaba -Alvarito. Este tuvo un momento de serenidad; comprendió la farsa, fué -a la cueva y cerró la puerta con llave. Al poco tiempo Claquemain tuvo -que llamar. - -Dos días después Alvarito recibió una carta que decía: - -"Si no te vas inmediatamente de esta casa, morirás.--_El Asesino._" - -Alvarito tuvo la suficiente presencia de espíritu para no decir nada a -nadie. Ya comprendió de dónde venía la amenaza. Alvaro veía con asombro -que a él le producían más terror los peligros imaginarios que los -reales. Ante éstos conservaba la sangre fría y no se le iba la cabeza. - - - - -III - -LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY - - -La madre de Rosa, la señora de Lissagaray, simpatizó mucho con -Alvarito y le invitó a que fuera todos los domingos a pasar la tarde -a la tertulia que celebraba en su casa. Podía llevar, si quería, a su -hermana Dolores. - -La reunión de Lissagaray tenía fama en Bayona de ser casi una agencia -de matrimonios; iba a ella mucha gente joven. - -La señora de Lissagaray, viuda y dueña del bazar de los Arcos, el -Paraíso Terrenal, esperaba casar a su hija; necesitaba a un hombre al -frente de su negocio. Para que la muchacha conociese algunos jóvenes y -fuese conocida, recibía a sus amigos los domingos por la tarde. - -A esta tertulia acudía casi siempre Manón y comenzó también a ir -Alvarito y su hermana Dolores. En la reunión se jugaba a varios juegos, -sobre todo al _wisth_, y se conversaba. - -Se hablaba entre las personas serias de lo que ocurría en Bayona, de -la política del gobierno de Luis Felipe, de la guerra carlista y de -la protección que dispensaba a los liberales españoles el general -Harispe, cosa que a la mayoría no parecía bien. Madama Lissagaray tenía -que estar siempre atenta para no dejar languidecer la charla y para -impedir también que algún jovencito o alguna muchachita hicieran una -inconveniencia. Las señoras llevaban a la tertulia labores de ganchillo -o de aguja. Los jóvenes tocaban el piano, cantaban, bailaban y se -discutían los libros de Walter Scott, Chateubriand y del vizconde de -Arlincourt. Los que estaban más a la moda hablaban de Balzac, de Dumas -y de Jorge Sand. - -Algunos días señalados del año había baile. Se bailaba la contradanza -o "quadrille", los lanceros y el vals. Todavía no había comenzado el -furor de la polca. - -Varios tipos curiosos asistían a la tertulia, españoles y franceses. - -De los españoles, Aviraneta iba con frecuencia a enterarse de lo que se -decía en Bayona por los carlistas acerca de la guerra. Había corrido la -voz de que era masón y todo el mundo lo repetía, pero como era hombre -amable se le perdonaba. - -Otro español, tertuliano asiduo, era un tal don Ramón, emigrado -carlista, hombre de alguna fortuna, que mataba sus ocios poniendo letra -española a las canciones francesas y regalándolas a los amigos. Su -mujer las solía cantar, acompañándose de la guitarra. - -Con las adaptaciones suyas las canciones tomaban en castellano un aire -falso y romántico muy curioso. - -Entre las damas de la tertulia llamaba la atención la señorita María de -Taboada, española carlista, de aire decidido, de quien se decía estaba -para casarse con el general de don Carlos, don Bruno Villareal. - -María Luisa, en esta época, servía de institutriz en casa de una -familia francesa en una finca de los alrededores de Bayona. María -Luisa había venido varias veces a la tertulia de madama Lissagaray en -compañía de don Eugenio de Aviraneta y dos o tres veces con don Pedro -Leguía. - -Frecuentaba también la tertulia una señora española carlista, doña -Tecla, amiga de doña Jacinta Pérez de Soñanes (alias "la Obispa"). Doña -Tecla llevaba una enorme peluca negra y tenía una gran suficiencia y -una pedantería. Era una definidora de lo que se podía hacer y de lo que -no se podía hacer. Todo, según ella, estaba legislado, y la que tenía -la clave de las verdades era ella. Esta Tecla daba la nota verdadera, -el _lá_ del diapasón. Era el árbitro de las buenas costumbres y de las -buenas formas. - -Una señorita de la reunión muy distinguida era Paquerette Recur, -damisela de unos treinta años, delgada, sonriente, vestida siempre con -trajes vaporosos. - -La señorita Recur, muy amable, muy graciosa, tenía una cara un poco -vaga, que a veces parecía bonita y a veces no. Había estado dos a tres -veces a punto de casarse; pero, sin duda, le faltaba la decisión y -tenía miedo al matrimonio. - -A Alvaro le recordaba la figura de cera a la cual Chipiteguy y él -llamaban la Bella Inglesa. - -Paquerette era, al decir de la gente, muy sentimental y un tanto -novelera, y había huido siempre de los matrimonios de conveniencia, -porque tenía la ilusión de casarse enamorada. - -Dolores y Rosa se hicieron muy amigas de Paquerette y recibieron sus -confidencias. - -Por aquel entonces la señorita Recur tenía gran amistad sentimental con -Marcelo, el sobrino de Chipiteguy y tío de Manón. - -Marcelo era un hombre rubio, sonriente, de treinta y cinco a cuarenta -años, viudo y sin hijos. Había estado casado con una mujer de carácter -un tanto agrio, según se decía. - -Marcelo era ingeniero mecánico y tenía muchas ideas, algunas muy -luminosas, pero no ganaba dinero. Se le veía constantemente con el -traje arrugado y las manos manchadas, con las uñas quemadas por los -ácidos. - -Chipiteguy le acogía bien, porque notaba que Marcelo no aspiraba a su -herencia; Manón bromeaba mucho con él por motivo de la señorita Recur. - -Alvarito se hizo amigo de Marcelo y éste le explicaba sus ideas y sus -proyectos. - -El mecánico soñaba en industrializar el mundo, en aprovechar los saltos -de agua, la fuerza del mar y hasta la del sol. - -Suponía, equivocadamente, que el período de industrializar la tierra -llegaría en veinte o treinta años. - -Mientras soñaba, el dinero pasaba a su lado y él no podía darle el -alto. En su casa se le veía a Marcelo haciendo planos sobre una mesa de -cocina, fumando, con el tiralíneas o el compás en la mano o analizando -algo en un tubo de ensayo. - -La madre de Marcelo se incomodaba mucho con él; pero si alguien hablaba -mal de su hijo, le defendía con energía y decía que la gente no podía -entenderle por ser él demasiado inteligente para tratar con individuos -torpes y toscos. La gente de Bayona, según ella, no comprendía más que -el comercio con sus socaliñas, como los judíos, y Marcelo era un sabio, -un inventor. - -El idilio entre el mecánico y la señorita Recur hacía sonreír a los -tertulianos de Madama Lissagaray, pero había algunos y algunas que no -lo miraban con simpatía. - -Una de éstas era la señorita Verónica Bizot, que hacía con su tipo, -duro y agrio, un gran contraste con la gracia aniñada y vaporosa de -Paquerette. - -La señorita Bizot era una solterona, de cuarenta a cincuenta años, que -daba miedo por su gesto siniestro y su personalidad agresiva. - -La señorita Bizot, que había sido inquilina de la casa que pertenecía a -Madama Lissagaray, era alta, desgarbada, cetrina, con cara de hombre, -nariz fuertemente pronunciada y ojos claros, opacos y burlones. Cubría -su cabeza, ya calva, con una peluca rubia y tenía unos lunares con -cerdas en el labio. - -La Bizot era mujer de perversa intención, que decía frases incisivas -siempre que podía y ponía motes sangrientos. La recibían en las casas -por miedo a su lengua mordaz. La señora de Lissagaray era de las que -más le temían. - -La Bizot derivaba, quizá por sus malos instintos, al erotismo. Vivía en -una casucha de la calle de la Carnicería Vieja, desde donde se veían -los grandes olmos de la muralla. - -La Bizot contaba que por la parte de atrás de su casa había una ventana -que caía a otra calle, enfrente de una casa de prostitución que daba al -Rempart Lachepaillet, y se pasaba horas y horas desde su observatorio -para ver lo que ocurría en el burdel. - -Iba también a un caserío en donde había un toro padre, a ver cuando -llevaban a las vacas a cubrirlas. Probablemente sentía no ser vaca. La -Bizot había vivido, según se explicaba, de manera satírica, con una tía -suya que debía parecerse a ella en su mala intención, a la que odiaba -profundamente. - -Durante años y años, tía y sobrina se hicieron guerra a muerte. Vivían -juntas, porque no tenían medios para vivir separadas. - -Llegaron en su odio a echarse una a otra tierra en el chocolate y -acíbar en el vino. Si la una tenía plantas en el balcón, la otra las -regaba con agua caliente para que se murieran. Llegó la sobrina a -echar pulgas en la cama de su tía. - -La Bizot era una mujer sádica, y a las muchachas pequeñas que tenía de -criadas, y a las que no les daba casi salario, las pegaba y llenaba los -brazos de cardenales. - -Le roía a la solterona la rabia de su fealdad, de su inutilidad en la -vida, el no haber podido ilusionar a nadie. Unicamente parece que había -tenido algunos éxitos por carta exponiendo sentimientos románticos. Por -las demás mujeres sentía un odio felino. - -La Bizot no tenía más que una renta pequeñísima, de unos seiscientos -francos al año, y vivía haciendo combinaciones, comiendo fuera de casa -y a veces casi sin comer. - -La Bizot, que no sentía simpatía por nadie, tenía que fingir -amabilidad, interés por las gentes. Desde hacía algún tiempo estaba en -relaciones de gran intimidad con una muchacha vecina suya, de vida un -tanto alegre, con quien comía con frecuencia. Esta muchacha, a quien -llamaban Nené, explotaba a unos viejos amantes. El padre de Nené se -aprovechaba de la prostitución de su hija y pasaba la vida sonriente y -tranquilo. - -La Bizot era muy amiga de Nené, y la defendía y la aconsejaba. Había -visto, desde hacía ya tiempo, la marcha que llevaba la muchacha, y con -esa constancia de la solterona y de la gente del rincón provinciano, la -esperó como el cazador a su presa. La Nené era de un impudor tranquilo, -una cortesana; pero la Bizot aseguraba en todas partes que lo que se -contaba de ella era falso y calumnioso. - -La Nené no tenía nada de loca ni de casquivana. Era tranquila como una -vaca, sin pudor; engordaba, salía poco de casa, no derrochaba y era -trabajadora. Se vestía bien y solía ir a Biarritz y a San Juan de Luz, -donde tenía citas con burgueses ricos de la ciudad. - -El viejo, el padre, se entendía con una criada. La vida de Nené y de su -padre daban mucho que hablar. Un vecino relojero, que tenía la tienda -en la calle de los Vascos, decía que había días que se habían reunido -los señores que visitaban a Nené, y que uno de ellos había dicho, -parodiando la frase de Napoleón en Egipto: "Desde el fondo de estas -butacas cuarenta siglos os contemplan". - -La Nené, aconsejada por la Bizot, guardaba dinero. La Bizot hubiera -querido explotarla, pero ella y su padre defendían los cuartos -con energía. Cuando jugaban a cartas la solterona y la muchacha -entretenida, luchaban por arrancarse un céntimo horas y horas. - -Lo único que solía sacar la Bizot de la casa era la comida. - -La Nené sabía muy bien colocar su capital en rentas sólidas y parte en -la usura. Esta ciencia práctica parece que le venía de su madre, que -era hija de un judío. - -La casa de la Nené tenía un aire respetable y elegante. La hetaira -bayonesa se vestía con una elegancia que seducía a sus amantes, hablaba -y discutía de cuestiones de literatura y jugaba. Ella les ganaba a los -viejos contertulios en el _whist_, porque era lista para el juego y -hacía trampas. - -La Nené tenía formas y maneras de hablar que los viejos viciosos y -crapulosos del comercio que la visitaban encontraban muy distinguidas. - -La Nené, a pesar de ser desconfiada y maliciosa, creía en las -adivinadoras y echadoras de cartas y solía ir con frecuencia, en -compañía de la Bizot, a casa de una cartomántica. - -Esta cartomántica, madama Canis, había sido comadrona y vivía en la -calle de la Torre de Sáult, en una casa negra, cerca de un torreón de -la antigua muralla. - -Madama Canis era una mujer aventurera, casada dos o tres veces, -celestina, comadrona y, según las malas lenguas, proveedora de -angelitos para el cielo o, por lo menos, para el inseguro limbo. - -Se decía que mientras fué comadrona una de las preguntas de ritual que -hacía a la cliente o al que la acompañara era ésta: - ---¿Debe vivir o no la criatura? - -Alguna vez tuvo un descuido y fué a la cárcel y le impidieron continuar -el oficio. - -En casa de madama Lissagaray, la Bizot solía hacer casi siempre de -buzona. Satirizaba a la gente, la imitaba, la caricaturizaba, con una -intención y un fondo de mala sangre disimulado. - -Todos los contertulios de madama Lissagaray habían sido parodiados por -la solterona, naturalmente, cuando no estaban ellos delante. Imitaba -también con mucha exactitud a Patrich, el sepulturero, y a Moisés -Panighettus, que vivían en su misma calle; a Chipiteguy y a sus dos -criados, Quintín y Claquemain. - -A Alvarito le chocaba por debajo de la cortesía la malevolencia de las -gentes. Se extrañaba de que no hubiera afecto entre aquellas personas. -Casi todo el mundo se odiaba. ¿Sería esta frialdad general en la vida? - -A él le hubiera gustado tener amor, simpatía por los otros, y que su -amor y su simpatía le hubieran sido devueltos por los demás; pero, al -parecer, tal amor recíproco era imposible. La gente, la mayoría que le -rodeaba, era indiferente, hostil y socarrona. De ahí el gran afecto que -iba tomando a Chipiteguy, que se mostraba con él amable y efusivo... - -Hubo día que la tertulia de madama Lissagaray fué un plantel de -mujeres guapas. Estaban la condesa de Hervilly, una belleza rubia, con -la señora de Vargas, morena, de un tipo clásico; María de Taboada, con -su aire caprichoso y extraño; Paquerette Revur, como una figurita de -porcelana; Rosa con su tipo de mujer meridional, y Manón, rubia, alegre -y alocada. - -Entre ellas mariposeaban algunos jóvenes tenientes, algunos dandys, el -vizconde Saint-Paul y el caballero de Montgaillard, que era de los que -tenían más éxito. - -Alvarito había estado durante mucho tiempo pendiente de que el -caballero de Montgaillard hiciese la corte a Manón; todo lo hacía -pensar así; pero de pronto entre el joven y la muchacha se manifestó -una gran hostilidad, y el elegante apareció como satélite de la condesa -de Hervilly. - ---Es un imbécil--dijo Manón con una rotundidad muy suya--; cree que -todo el mundo, empezando por las mujeres, deben tener las condiciones -que a él le faltan de bondad, de generosidad y demás. ¡Que se vaya al -diablo! - -A su vez el caballero parece que dijo repetidas veces: - ---¡Qué malas son las mujeres! ¿Por qué serán tan malas? - -El caballero se puso a cortejar a la condesa de Hervilly. - -Montgaillard, en el poco tiempo que llevaba en Bayona, se había hecho -conocido de todos. Se le veía con frecuencia con el marqués de Lalande -y con el príncipe de Lichnowsky. Se aseguró que tenía una misión -secreta dentro del carlismo. - -Alvarito pensó que Manón había conocido a Montgaillard en seguida. Era -una mujer tan inteligente que no se le podía escapar nada. - -La superioridad de Manón se manifestaba en todos los órdenes de la -vida, según el joven Sánchez de Mendoza. El se reconocía muy inferior -a su lado; Manón aprendía con facilidad las lenguas; Alvarito era muy -torpe; Manón tenía mucho sentido musical; en cambio, Alvarito carecía -por completo de él y tardaba en coger una canción cualquiera y no sabía -tararear bien el _Himno de Riego_ o la _Marsellesa_. - -Manón cogía al vuelo todas las canciones que oía con rapidez -extraordinaria; las tocaba en seguida al piano y las tarareaba, -dándolas mucho aire, pero no quería estudiar. - ---Yo únicamente estudiaría--solía decir desdeñosamente--si me oyesen y -me aplaudiesen; pero, para que me oigan mi tía María y la Tomascha, no -vale la pena. - -Alvarito se entristecía pensando en esto. ¿Cómo conquistar aquella -muchacha caprichosa, independiente y llena de seducciones? ¿Cómo -convertir la mujer de lujo en una mujer de hogar? El convenía en su -fuero interno que no podía competir con ella en nada. - -Desde que había reñido con el caballero de Montgaillard, Manón -escuchaba a Alvarito con más atención y le manifestaba mayor amistad. - -Manón le prestó los libros de Walter Scott, que tenía en una colección -encuadernada y con láminas. Alvarito encontraba a Manón en las heroínas -de todas las novelas del autor escocés. Era Diana Vernon, de _Rob Roy_; -Mina y Brenda, del _Pirata_; Julia, de _Guy Mannering_; Edith, de _Los -Puritanos de Escocia_; Lady Rowena, de _Ivanhoe_, y Amy Robsart, de -_Kenilworth_. - -Algunas tardes de otoño Alvarito acompañaba a Manón y era muy feliz. -Tenía la andre Mari, una señora pariente que vivía en la calle de la -Torre de Sáult. A veces, las tardes de invierno, iba Manón a la casa -de visita. Como el sitio era extraviado, Chipiteguy le enviaba a Alvaro -a acompañarla. - -Cuando iban a media tarde, llegaban a la Puerta de España, donde se -amontonaban coches de alquiler de todas clases y salían al campo. -Otras veces marchaban por la muralla viendo los glacis verdes, con -sus cañones y sus morteros, y las viejas torres del antiguo muro galo -romano. - -De noche, a la vuelta, se metían por las calles negras y desiertas, -iluminadas por algún lejano farol colgado de una cuerda y luchaban -contra las ráfagas de aire encajonado que silbaba en las esquinas. - -Manón se agarraba del brazo de Alvarito, y así iban, riendo de la -fuerza del viento, hasta llegar a la plaza del Reducto. - -Hablaban los dos de su vida anterior, de su familia, de los recuerdos -de la infancia. - -Ella le preguntaba mil cosas; quería saber cómo había vivido antes. - -No le gustaba a Alvarito que Manón fuera a su casa, para que no viera -aquellos pobres muebles ridículos que ellos tenían; pero a Manón la -pobreza no le importaba. No le parecía una inferioridad, ni mucho -menos, sino un estado, que podía ser pasajero o no, pero que no tenía -nada que ver con la dignidad. - -Manón y Alvaro no estaban conformes en nada. Cuando Alvarito decía que -él era monárquico y católico, ella afirmaba con petulancia que era -jacobina y librepensadora. Cuando él decía que era español y patriota, -ella replicaba que no se sentía francesa, sino vasca, y que tenía -sangre de brujos. - -Aquel carácter voluntarioso, de una exuberancia y de una espontaneidad -grandes, no podía acordarse con un temperamento más calmado, más -inquieto, como el de Alvarito. - -Alvarito estaba cada vez más enamorado de ella. - -Manón era coqueta y le halagaba el hacer conquistas. Le hablaba mucho a -Alvarito, le consultaba, y algunas veces condescendía a tocar el piano -sólo para él. - -A veces él la tenía odio, como cuando Manón decía a su tía María con -dulzura: - ---No quiero estar en casa. Me aburro con vosotras. - -En general, él la encontraba en un plano más alto. Alvarito reconocía -que esto no dependía de sus medios de fortuna; que la superioridad de -la nieta de Chipiteguy no estaba en circunstancias exteriores, sino en -la personalidad. - -Manón tenía más energía, más vida; pero él, en cambio, era más -perseverante, más fiel. - -Manón tenía, indudablemente, una gran vitalidad. Era como una planta -lozana, llena de savia; en cambio, él no: era una organización más -pobre. - -Con Rosa, Alvarito se encontraba al mismo nivel; quizá a veces se -sentía superior. Rosa no tenía condiciones para las artes; ni la -música, ni la literatura le entusiasmaban. - -Decía que sí, que le gustaba mucho; pero lo decía porque no se atrevía -a ser sincera. Le faltaba principalmente intuición. Los juicios suyos -dependían de lo que oía alrededor. - -Rosa tenía una gran timidez. En la tertulia de su madre se le -veía muchas veces ruborizarse por cualquier cosa y balbucear algo -en confusión. Entonces era cuando estaba más guapa. La señora de -Lissagaray sabía que su hija no era, ni mucho menos, tan brillante como -Manón; pero esta inferioridad de su hija, para ella era una ventaja y -no un inconveniente. Era indudable que para ser una burguesita casada -con un comerciante no se necesitaba para nada ser original. Es más: -esto casi era un inconveniente. - -Manón y Rosa no estaban tampoco muy conformes en sus ideas y discutían -sus respectivas opiniones; Manón, con imperio, y Rosa, con su manera -tímida y apocada, aunque tenaz. Manón consideraba que el amor debía ser -una cosa alegre y divertida y siempre nueva. - ---No, no; nada de cosas serias, sino reír, cantar y coquetear. - -En cambio, para Rosa el amor tenía otro carácter. Era la abnegación, el -sacrificio, la fidelidad al ser amado. - ---Hablas como un libro--decía Manón--; pero todo eso debe ser muy -fastidioso. - -Alvarito tenía también ideas caballerescas: la hidalguía, el respeto a -la mujer, el no engañar, el sostener la palabra a toda costa eran sus -dogmas. - -Alvarito creía que aquellas ideas le venían a él por su abolengo -aristocrático, tan exaltado por su padre, por la sangre de los Sánchez -de Mendoza y de los Montemayor. - -Esta creencia en la sangre noble, dictando las prácticas elevadas de -la vida, era para él una religión, una especie de misticismo que le -alentaba y le sostenía y le hubiera impedido cometer una vileza e -impulsado a intentar una heroicidad. - -Una vez, Alvarito y Manón hablaron largamente, al volver, de noche, de -la casa de la pariente de la andre Mari, a donde iba Manón. - -Se ocuparon de la manera de ser de uno y de otro, de los amigos y de -las amigas. Manón no tenía entusiasmo por el matrimonio. - ---Anularse ante un hombre--decía ella--, no me parece un ideal. - ---Pero, ¿quién se anula? La mujer tiene sus ocupaciones--dijo Alvarito, -que era profundamente conservador. - ---¿A ti te gustaría tener una mujer y no vivir más que para ella?--le -preguntó Manón. - ---A mí, sí. - ---¿Todas las horas, todos los días? - ---Sí. - ---¿Todos los minutos? - ---Sí. - ---¿No tener más pensamientos que para ella? - ---Sí. - ---¿No tener nada oculto? - ---Nada. - ---Pues, chico, a mí, no. Yo siempre quisiera tener libertad. - ---¿Libertad? ¿De qué? ¿De ir y venir? - ---No sólo de eso, sino libertad también de querer. - ---¿De querer y de no querer? - ---No; libertad de querer una vez más, otra vez menos; libertad de -olvidar por momentos... - ---Pero eso lo da la misma vida, creo yo; la edad, las ocupaciones... - -Manón se echó a reír. - ---¿Por qué te ríes?--preguntó Alvaro. - ---Porque pareces un viejo; discurres demasiado bien. - ---No tengo tu exuberancia; tú tienes más vida que yo y más talento. - ---¡Bah! - ---Sí. Todos lo notan. Pedro, el hermano de Morguy, dice que tú tienes -una turbulencia insaciable y una versatilidad tal, que eres capaz de -volver loco a cualquiera. - ---¡Qué majadero! - ---No; es verdad. Todos los demás somos más tranquilos que tú. - ---Sí, mosquitas muertas, como dice mi abuelo. No hay que fiarse del -agua mansa. - ---¿No te fiarías de mí? - ---Sí, sí. ¿Por qué no? - ---Pedro supone que tú eres una mujer de lujo, pero no una mujer -confortable. - ---Y él, ¿qué es? Un imbécil. - -Manón, sin duda, no le perdonaba al hermano de Morguy el no haber -caído, como los demás, rendido a sus pies. - - - - -IV - -LAS PREOCUPACIONES DEL HIDALGO SÁNCHEZ DE MENDOZA - - -Mientras Alvarito y su hermana Dolores sostenían la casa y trabajaban, -el uno llevando cuentas en el despacho mugriento y triste de -Chipiteguy, la otra encorvada sobre el bastidor bordando para la -Falcón, el padre de ambos, don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza y -Montemayor se dedicaba a las labores propias de su condición de noble -hidalgo, que consistían, principalmente, en no hacer nada y en divagar -por los amenos campos de la política, de la genealogía y del blasón de -los Sánchez de Mendoza. - -La política le preocupaba a don Francisco Xavier. ¿Qué iba hacer él? -Era un hombre importante. ¿Quién tiene la culpa? Es el Destino el que -coloca a unos en las cimas y a otros en el fondo de los valles. - -El hidalgo estaba convencido de que le perseguían los agentes del -cónsul de España, los marotistas y los masones. Había una guerra a -muerte entre la masonería y él. - -El veía tipos sospechosos que se le acercaban en la calle; comprendía -que se hacían signos masónicos en los cafés y que había señales en los -balcones de las casas, con pañuelos de color, y de noche con luces. -Todo esto lo sabía muy bien él, pero callaba. - -Otra cosa que le preocupaba hondamente era el cargo de Alvarito en casa -de Chipiteguy. - -¿Después de haber sido su hijo empleado en una trapería, se podía -cruzar caballero? ¿Podría pertenecer a las órdenes militares? Temía que -no. Era algo terrible este empleo del chico en casa de Chipiteguy, en -la tienda de un trapero y chatarrero, jacobino y masón por más señas; -algo casi tan terrible como la barra de bastardía que aparecía ¡estaba -probado! en la rama de los Pérez del Olmo, esta rama de los Olmos tan -perturbadora. ¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Qué diría su amigo el -duque! ¡Qué diría el general! ¿Llegaría la noticia hasta don Carlos? - -El señor Sánchez de Mendoza podía haber pensado que quizá si él hubiese -trabajado, su hijo no hubiera tenido necesidad de entrar en la tienda -de hierro viejo; pero, no, él nunca se dedicaría a un trabajo innoble, -y los trabajos nobles no se presentaban. ¿Quién tenía la culpa? - -La mujer de Sánchez de Mendoza, madre de Alvarito, pobre mujer flaca, -triste, de color de limón, sin alegría alguna, con el convencimiento -íntimo de que su vida no podía ser más que una serie de desdichas, -larga tragedia obscura y dolorosa, escuchaba a su marido como a un -oráculo. - -Don Francisco Xavier la había convencido de que él era hombre -importante y de que, además, la amparaba, tendiendo sobre sus hombros -un manto protector. Al pensar algunas veces en esto, don Francisco -Xavier extendía los brazos como si estuviera poniendo un manto y se -figuraba, conmovido, que efectivamente amparaba a su mujer. - -Como ésta solía tener mucha faena en la casa, el hidalgo se lavaba él -mismo los pañuelos y los cuellos en la palangana, hacía que su hija -los planchara, se ponía su sombrero chambergo y su capa y se marchaba -a distraerse y a presumir con cierto aire de mosquetero; paseaba por -delante de los escaparates de las calles céntricas, donde se estudiaba -para ver su prestancia; miraba trabajar al relojero o al guarnicionero; -saludaba a algunos dueños de tiendas de ultramarinos, zapaterías y -lencerías de la calle de España, que eran carlistas, y compraba dos -cuartos de tabaco en un cucurucho de papel de periódico, que ponía en -seguida en una petaca de cuero con las armas de los Sánchez de Mendoza. - -Compraba el tabaco en el Pequeño Suizo, que era café y estanco. Cuando -tenía dinero se sentaba en una mesa a tomar café. El Pequeño Suizo -tenía en el escaparate, entre pipas y eslabones, una figura de cera, un -hombre con un gorro peludo, grande, de casaca azul con galones dorados, -pantalones blancos, botas de montar, negras, y una pipa de barro muy -larga en la mano derecha. - -Era uno de los grandes placeres de Sánchez de Mendoza pasarse el tiempo -en el Pequeño Suizo tomando café y hablando. - -Los parroquianos del café eran criados, cocheros, mozos de cuadra, -horteras y algunas muchachas que trabajaban en los almacenes, público -que gustaba a Sánchez de Mendoza, que era aristócrata, quizá más en -teoría que en la práctica. - -Otro de los centros de reunión del hidalgo era la guitarrería del -Sevillano. - -El sevillano Juan Manuel Redondo era un hombre bajito, con aire de -torero, que había dejado Córdoba, donde vivía últimamente por la -malquerencia de los liberales, que habían creído que Juan Manuel había -tenido relaciones con las tropas de Gómez. - -Juan Manuel, después de su trabajo, solía sentarse con su blusa blanca -y tocar y cantar con mucho arte. - -Iban con frecuencia a oírle varios españoles y hubieran ido más si -la mujer del Sevillano, una soriana dura, no los hubiera espantado, -diciendo que su marido necesitaba trabajar. Al anochecer, la -guitarrería tomaba un aire clásico andaluz. Un quinqué iluminaba la -tienda, con el techo colgado de guitarras, bandurrias y laudes; en -unas estanterías se veían las cuerdas y en un rincón el torno. En la -guitarrería se solía hablar principalmente de España y alguna que otra -vez de política. - -A veces, don Francisco Xavier necesitaba cuidar más de su indumentaria -para ir a visitar al obispo de León, llegado de Guethary; a su amigo el -señor de Corpas, al marqués de Hautpoul o a monsieur Auguet de Saint -Sylvain, y entonces la mujer dejaba un momento la cocina, o el harapo -que estaba lavando o remendando; la hija abandonaba el bordado y entre -las dos acicalaban al hidalgo. - -El señor Sánchez de Mendoza iba también a la tertulia del periodista -inglés Mitchell, que escribió, después del Convenio de Vergara, el -folleto titulado _El campo y la corte de don Carlos_, donde se atacaba -violentamente a Maroto. - -Este Mitchell estaba casado con una española y se decía que era judío. - -Cuando llegaba a Bayona el obispo de León, don Francisco Xavier era de -los que se presentaban con más apresuramiento a besarle el anillo. - -Sánchez de Mendoza se manifestaba antimarotista. El general Maroto le -parecía un audaz revolucionario, enemigo del trono y del altar, de este -trono y de este altar que debían ser intangibles, inmaculados para -todo buen monárquico y católico. Esto de intangible e inmaculado lo -decía el hidalgo con una voz un poco lacrimosa. - -Don Francisco Xavier no tenía muchas ocupaciones; sus dos talentos -principales consistían en escribir con una letra estilo Iturzaeta y -en calcar escudos y después pintarlos a la acuarela. No los hacía -muy bien; pero como cobraba poco, a peseta y a dos pesetas cada uno, -poniendo él la cartulina, sacaba algún dinero, dinero que naturalmente -no entregaba en su casa, sino que se lo gastaba en el Pequeño Suizo. - -Alvarito y Dolores sostenían la familia. Dolores trabajaba para la -tienda de antigüedades de la Falcón; había aprendido a componer -bordados antiguos, a imitarlos y a hacer escudos. Combinaba, con mucho -arte, el punto de Venecia, el de Alenzón y el de aguja, y ganaba seis y -siete francos al día. Trabajaba también algo para fuera y la señorita -de Taboada le había recomendado a familias legitimistas francesas, que -pagaban su trabajo con esplendidez. - -A pesar de este bienestar, que iba llegando paulatinamente a su casa, -el señor don Francisco Xavier no estaba contento con la posición de -sus hijos. ¡Dolores, bordando para fuera! ¡Alvarito, en una tienda de -hierro viejo! - -¡Qué dirían los antiguos Sánchez de Mendoza si vieran a sus -descendientes ocupados en tan viles menesteres! ¡Qué dirían los -Montemayor y los Porras! ¡Cómo temblarían sus huesos de vergüenza y de -indignación en los viejos sarcófagos, ornamentados por los artistas de -la Edad Media en los silenciosos claustros de las catedrales! - -Aquella preocupación y el hallazgo de la barra de bastardía de los -Pérez del Olmo, esta rama de olmo poco segura, amargaban los instantes -del monárquico aristócrata. - -Alvarito, aunque no con la misma intensidad de su padre, pensaba -también en sus antepasados. Creía que éstos, desde sus tumbas frías, le -exhortaban a ser leal, valiente y caballero. - -Para Alvarito, aquellos Sánchez de Mendoza, que él se los figuraba -pálidos y con armaduras de acero, eran tan reales como si de veras -existiesen. Muchas veces, mientras paseaba por las orillas del Adour, -pedía consejo a los viejos manes de su familia. - -Pero si Alvarito seguía teniendo respeto por los antepasados, comenzaba -a sentir cierto desdén por su padre, que iba en aumento. No lo podía -remediar. Le era imposible. Por más que intentaba convencerse de -que los hijos tenían que respetar a sus padres, este respeto se le -desvanecía a la carrera. - -El que el hidalgo viviese tranquilamente del trabajo de sus hijos, -sobre todo de Dolores, como si fuera de una renta, le empezaba a -molestar. No le importaba, no le preocupaba al hidalgo que la muchacha, -débil, como era, se pasara las horas trabajando, inclinada en el -bastidor; no era capaz de ahorrarle un poco de trabajo; al revés, le -daba prisa, le hacía consideraciones sobre la premura de la obra. - -El buen hidalgo tenía como el negociado de las frases, cosa que ya a -Alvarito le producía un comienzo de indignación. - -El señor Sánchez de Mendoza, que iba notando que su hijo le miraba -con un aire interrogador, como preguntándole: "¿Y usted qué hace?", -inventaba toda clase de mentiras. De un día a otro iba a comenzar a -trabajar. Ese tiempo vago de un día a otro no llegaba nunca. - -Hacia final de 1838 la campaña de los antimarotistas de Bayona se -agudizó. El señor Sánchez de Mendoza, como antimarotista perspicuo, -adquirió alguna importancia. Se dijo, por entonces, que la mujer de -don Carlos, la princesa de Beira, se había convencido ya de que Maroto -era un revolucionario, vendido a los masones y a los enemigos del -sacrosanto trono, y del no menos sacrosanto altar, y que había reñido -con él. El padre Cirilo de la Alameda, a quien los liberales impíos -llamaban el padre Ciruelo, se decidió también a declarar la guerra a -Maroto. - -Los carlistas, y entre ellos nuestro hidalgo, que veían la política de -su partido como una cuestión de servidumbre para el Señor, creyeron que -la ruptura con Maroto iba a influír mucho en la marcha de la guerra; -pero no fué así. Todos los ultrarrealistas, los puros, como se llamaban -ellos, hablaban cada día con más odio de Maroto y con más entusiasmo de -Cabrera, que era el héroe, el paladín por excelencia. - -Nuestro Sánchez de Mendoza ponía los ojos en blanco al hablar del -caudillo de Tortosa. - -Aquellas palabras sonoras el paladín, el trono, el altar, los puros, le -llenaban la cabeza de viento. - -A pesar de todo, los manejos de los apostólicos no progresaban. El -capuchino Casares, enviado por el obispo de León con cartas, en las -que se intentaba desacreditar a Maroto, Villarreal y los suyos, fué -detenido por los mismos carlistas y metido en la cárcel. El padre -Larraga y el general Uranga volvieron del extranjero sin un cuarto. - - - - -V - -EL SECRETO DE SONIA VOLKONSKY - - -Las tertulias de madama Lissagaray siguieran animadas, aunque con -algunas intermitencias. A mediados de otoño, el día de San Martín, hubo -en su casa un baile de trajes. Casi todos los años por esta fecha solía -celebrarse una gran reunión. - -Las muchachas tenían muchas esperanzas en la fiesta. Morguy vendría -vestida de pastorcita, a lo Watteau; Rosa, con un traje del Directorio, -muy bonito; Manón decidió vestirse de húsar y ponerse bigotes postizos. -Como tenía la seguridad de su belleza no le importaba afearse. Los días -anteriores al baile, las amigas de casa de Rosa se pasaron el tiempo -disfrazándose. A Manón le gustaba vestirse de chico y bailar con otras -muchachas, haciendo de hombre. - -Alvarito la contemplaba, maravillado de su animación y de su graciosa -petulancia. A Alvaro le cosieron en casa un traje de pierrot. - -El día de la fiesta acababa de vestirse Manón de húsar, con cuyo traje -estaba guapísima, y Alvarito, de pierrot, cuando vinieron Morguy y -Rosita, las dos de malísimo humor. Morguy tenía trazas de haber llorado. - ---¿Qué os pasa?--les dijo Manón. - ---Chica, que estamos hechas unos adefesios y no sabemos -arreglarnos--contestó Morguy. - ---¿Pues? - ---¿No te parece que tengo la falda demasiado larga? - ---Sí, sí; es indudable. - ---Pues en casa todo el mundo empeñado en que no. Este traje mío es un -mamarracho. Nuestras madres dicen que estamos bien y que ya no hay -tiempo de cambiar. - -Manón contempló a las dos amigas, una después de otra. - ---Es verdad--dijo a Morguy--; tu falda está demasiado larga y el talle -demasiado alto, y el peinado de Rosita y su capota están mal. - ---¿Pero ya tendremos tiempo de cambiar?--preguntó Rosa. - ---Sí. A ver, Alvarito--gritó Manón--. Dile a la Baschili que me traigan -alfileres y una aguja. - -Alvarito fué corriendo a traer los alfileres y la aguja. Manón se -arrodilló delante de Morguy y descosió unas puntadas. Luego sujetó aquí -y allá, bajó el talle del vestido y en una media hora arregló la falda -admirablemente. - ---Ahora date un poco de rojo en las mejillas y déjate unos rizos en la -frente. - -Morguy hizo lo que le decían y reconoció que había ganado muchísimo. - ---Ahora tú--le dijo a Rosita--. Suéltate el pelo en seguida. - ---Pero si me han dicho en casa que era así el peinado de la época. - ---Pero eso es una tontería; tú no debes pretender ser un maniquí que -tenga mucha exactitud histórica, sino buscar el estar más guapa. - ---¡Naturalmente!--exclamó Morguy--. Es que esta chica es tonta. Es -tonta. No comprende nada. Se lo he dicho mil veces. - -Manón le quitó la capota a su prima y aligeró el sombrero arrancándole -unos adornos. - -Rosa cambió el peinado e hizo lo que le dijeron y se puso un poco de -colorete en las mejillas. - ---¿Cómo estoy?--preguntó Rosa a Alvarito. - ---Muy bien, muy bien. Mucho mejor que antes. - ---Bueno; pues vamos--exclamó Manón arreglándose rápidamente. - -Se pusieron unos gabanes y capas encima y fueron a la calle. - ---¡Chica, qué lástima que no seas húsar de veras!--dijo Morguy a Manón, -agarrándole del brazo--. Estarías irresistible. - -Alvarito se rió. - -Entraron en casa de Lissagaray. El salón estaba ya lleno. Las tres -amigas hicieron mucho efecto. Solamente podía competir con ellas Sonia -Volkonsky, vestida de zíngara, con un traje de seda de colores, la -falda corta, un pañuelo rojo a la cabeza, collares en la garganta, -pulseras en los brazos y una pandereta en la mano. - -Entre los hombres había algunos disfraces curiosos: Pedro D'Arthez -iba con un muscadín del Directorio, con un traje elegantísimo; -Montgaillard, de bandido napolitano; el vizconde de Saint Paul, de -Arlequín; había también un chino y un negro, y el que daba la nota -cómica era un herbolario de la vecindad de madama Lissagaray, Pascual -Joliveau, que iba de Robinsón Crusoé. Robinsón Crusoé vestía un traje -hecho de hojas de árbol, un sombrero y una sombrilla de lo mismo y un -loro de verdad en el hombro. - -Se hicieron muchos chistes a costa del herbolario; pero éste estaba -satisfecho al ver que llamaba la atención. - -Se bailó, se habló y se rió, y todo el mundo, en general, estuvo muy -contento. - -A los amigos les chocó que mientras Montgaillard se alejaba de Manón, -el vizconde de Saint Paul se acercase a la muchacha y se pusiera a -cortejarla. - -El vizconde tenía el genio fuerte y hablaba poco. Había tomado el -hábito de mostrarse frío e indiferente y ligeramente burlón. - -El vizconde era hombre serio, guapo, un poco taciturno para su edad y -nada amigo de charlar a tontas y a locas, como Montgaillard. Saint Paul -tenía aplomo; probablemente se creía una gran cosa, y no se mortificaba -ni se ofendía su amor propio con verse al lado de una mujer sin decir -palabra. Quizá en un caso así creía que la culpa era de la que se -hallaba a su lado y no la suya. - ---El vizconde está muy bien--dijo Morguy a Manón--; pero será un amo -para su mujer. - ---¡Bah! No me preocupa. No me tengo que casar con él. - ---¿Quién sabe? - -Saint Paul y Montgaillard, amigos de la víspera, se miraron como -rivales, con gran desprecio, y se manifestaron cada vez más hostiles. -Manón bailó con varios jóvenes y, al pasar junto a un grupo, -Montgaillard dijo una de las veces en voz alta: - ---Estas mujeres que son capaces de estar tres o cuatro horas bailando -no se diferencian mucho de las cocineras. - -Ella le oyó y contestó: - ---Los hombres que insultan a las mujeres no se diferencian mucho de los -lacayos. - -El joven Montgaillard enrojeció. Aviraneta había oído la frase de Manón -y se levantó. - ---¿Te han insultado?--dijo--. No lo permitiré yo. - ---Gracias, don Eugenio--contestó ella, riendo--. Es una frase que hemos -leído hoy en una novela y la repito. - -Montgaillard miró con impertinencia a Aviraneta y éste se engalló, como -en sus buenos tiempos, y contempló desdeñosamente al joven. - -En uno de los descansos del baile, Montgaillard quiso obtener una -explicación de Manón y la detuvo en el pasillo; pero ella le empujó -violentamente con desprecio. - -Aviraneta se sentó entre los señores viejos, un poco sorprendido de la -impertinencia del muchacho. Vió que Manón era cortejada por Saint Paul -y que Sonia, la condesa de Hervilly, hablaba mucho con el caballero de -Montgaillard. - -Se bailó una contradanza muy brillante y, al terminarla, madama -Lissagaray avisó a sus invitados para que pasaran al comedor a tomar -algo. En este momento la condesa de Hervilly se acercó a don Eugenio. - ---Desconfíe usted de sus amigos, señor de Aviraneta--le dijo. - ---¿Me va usted a decir la buenaventura, hermosa zíngara? - ---Sí, el mejor día le van a dar a usted un disgusto. Quizá lo mejor que -puede usted hacer es marcharse de aquí. - ---¿Es eso serio?--preguntó él, asombrado--. ¿Qué quiere usted decir con -eso, señora? - ---Todos sus proyectos están conocidos. - ---¿Es que usted se dedica a la política? - ---No; es verdad que soy carlista, pero tengo otros motivos para tener -odio contra usted. - ---¡Odio! ¡Contra mí! Yo no la conozco a usted. - ---Pues yo sí le conozco a usted. - ---¿A mí? - ---Sí. - ---¿Es una broma? - ---No. - ---Entonces, eso merece una explicación. - ---No aquí. - ---En el hotel, si quiere usted. Cuando le parezca. - ---Dentro de una hora estaré allí. - ---Muy bien. - ---Vaya usted a mi cuarto. Le esperaré. - --¿Qué podía ser esto?--pensó Aviraneta--. ¿Qué podía haber de común -entre aquella mujer y él? - -Aviraneta pasó al comedor, fué del comedor al salón, contempló como -se bailaba y, cuando vió que la condesa de Hervilly se despedía, se -levantó él al poco rato y se fué rápidamente a la fonda. - -Entró en su cuarto, vaciló, se metió una pistola cargada en el -bolsillo; luego se arrepintió y la dejó en el cajón de la mesa; bajó -al primer piso, llamó en el cuarto de la condesa y, al oír que decían -adelante, pasó adentro. - -Estaba la condesa sentada en un sofá, todavía con su traje de zíngara. -Llevaba unas joyas magníficas, unos brillantes en los dedos que -lanzaban destellos de colores, unos brazaletes de oro con esmeraldas y -un collar de perlas. Parecía algo como una sacerdotisa. - ---Siéntese usted, don Eugenio--dijo ella. - -Aviraneta se sentó. - -Ante aquella belleza espléndida, el conspirador, viejo, flaco, -pequeño, vestido de negro, parecía un cuervo. - ---Estoy segura de que se encuentra usted intrigado con esta -cita--exclamó ella. - ---Es cierto. - ---Y quizá asustado. - ---No me conoce usted, condesa--replicó sonriendo, Aviraneta. - ---¿No ha traído usted armas? - ---¿Para qué? No creo que quiera usted batirse conmigo. - ---Podía prepararle una emboscada. - ---¡Bah, en un hotel! Ahora, si quiere usted decirme por qué me llama... - ---Necesito oír una explicación de usted. - ---Yo también necesito explicaciones. - ---Usted conoció a mi padre en Méjico. - ---¡Yo, a su padre! - ---Sí. - ---¿Cómo se llamaba? - ---Ladislao Volkonsky. - ---¿Es posible? ¿Usted es hija de Volkonsky? - ---Sí; yo soy hija de Volkonsky y de Coral Miranda. De Coral Miranda, a -quien usted calumnió. - ---Es falso--gritó Aviraneta. - ---Usted estorbó la boda. - ---Es falso también. - -En este momento entraron en el cuarto el conde de Hervilly y el -caballero de Montgaillard. - -Aviraneta se puso a la defensiva, desdeñoso y altivo. - ---¿Qué gritos son esos?--preguntó el conde. - ---No pasa nada, señores--dijo la condesa--. El señor Aviraneta se está -explicando conmigo. - -Los dos hombres contemplaron a don Eugenio y éste les miró de arriba a -abajo con desdén. - ---Váyanse ustedes--repitió la condesa. - -Salieron los dos hombres, y Aviraneta, al verlos marchar siguió -hablando. - ---Sí--dijo--, Volkonsky fué amigo mío y yo le quería. Volkonsky no -sabía que usted existiera. Además, Volkonsky quiso casarse con su -madre. Ella fué la que no quiso, porque él era pobre. - ---Miente usted--exclamó ella. - ---No miento. ¿Qué interés puedo yo tener en mentir? - ---Legitimar su conducta. - ---¡Mi conducta! Está legitimada. Como digo, fué ella la que no se quiso -casar con él. Ella era rica, de una familia orgullosa e influyente; él, -aunque de una estirpe principesca de Polonia, no pasaba de ser un pobre -aventurero en Méjico; ella fué la que no quiso unir su vida a la del -polaco, y cuando su padre de usted se casó con una muchacha sencilla y -modesta, su madre de usted le preparó una celada e hizo que le mataran -y mandó cortarle la mano. - ---Invenciones. - ---No, verdades. Yo he visto la mano cortada. Yo he visto el cadáver de -su padre en la finca de los Mirandas. - ---Mi madre era una mujer angelical. - ---Era una mujer diabólica y perversa. - ---El diabólico y perverso es usted, Aviraneta. Se toda la verdad. Mi -madre me contó toda la verdad. - ---Cuente usted esa verdad para que yo pueda rebatirla. - ---Mi madre me contó que había conocido a Volkonsky de niña y que la -había seducido. Estando embarazada de mí, mi padre, Volkonsky, se hizo -socio de varios españoles para explotar unas minas, y entonces un -español, que le pretendía a mi madre, y a quien ella despreciaba, le -habló a Volkonsky, le engañó, le dijo que ella había tenido amantes y, -no contento con esto, lo asesinó y lo robó los planos de las minas. Ese -español, ¿sabe usted quién era? Era usted, señor Aviraneta. - ---Todo eso es un tejido de embustes, digno de la que los inventó--gritó -Aviraneta--. Nada de eso es verdad. Mentira, todo mentira y mil veces -mentira. Aún quedan en Méjico parientes y compañeros que recordarán -aún la historia de Volkonsky. Les preguntaremos a ellos. Pero no hay -necesidad. En Burdeos hay un comerciante español que vivió en Méjico en -aquel tiempo, un tal Zangroniz. Le iremos a ver, le interrogaremos. El -sabe la historia de Volkonsky y la mía... Pero ni aun eso es preciso, -porque yo conservo cartas de Coral Miranda, que son de después de la -muerte de Volkonsky. - ---¿Usted conserva cartas de mi madre? - ---Sí, y de su padre también--contestó Aviraneta excitado--. Ahora -dígame usted cuándo, en dónde, ante qué testigos quiere que le enseñe -esas cartas. ¿Usted es amiga del cónsul de España? ¿No es cierto? - ---Sí. - --Muy bien. Dentro de tres días, ante el cónsul, le mostraré esas -cartas; que vaya su esposo, el conde; yo llevaré otro testigo: ¿Usted -tiene alguna carta de su madre?--preguntó don Eugenio. - ---Sí. - ---Llévela usted para cotejar la letra. Hasta entonces, tregua. - -La condesa de Hervilly, muy pálida, murmuró: - ---Muy bien. Hasta dentro de tres días. - -Aviraneta, que estaba lívido, saludó maquinalmente y salió del cuarto. - -Al día siguiente, Aviraneta estuvo en Bidart y cogió de su archivo un -paquete de cartas. - -Tres días después de la entrevista citó a la condesa en el Consulado. - -La reunión fué fría y ceremoniosa; como testigos estuvieron el conde -de Hervilly y el señor Mazarambros. La condesa se presentó a la hora -señalada. Vestía un traje gris y llevaba su collar de perlas. - -Aviraneta, ante el cónsul y los dos testigos, explicó de qué le acusaba -la condesa a él, lenta y reposadamente. - ---¿Es esto de lo que me acusa usted?--preguntó a la condesa, después de -hacer la relación con toda clase de detalles. - ---Sí. - ---¿Ha traído usted alguna carta de su madre? - ---Sí. - ---¿Ustedes quieren cotejar si esta letra de las cartas que yo tengo es -igual a la de las cartas que guarda la señora condesa? - -Mazarambros, Hervilly y Gamboa cotejaron la letra. Era la misma. - ---Ahora, léanlas ustedes en voz alta. - -Al comenzar la lectura la emoción dejó una palidez profunda en Sonia, -que le hacía más hermosa; los ojos, azules obscuros, brillaron con -más resplandor, y sus manos temblaron. Luego, cuando pudo dominar la -emoción, el rostro suyo se serenó, las mejillas tomaron su color y -volvió a su aspecto normal. - -Las cartas eran aplastantes. En dos de ellas, Coral Miranda aseguraba a -su querido Eugenio que nunca había tenido amores, ni siquiera amistad, -con Volkonsky; que el polaco era un miserable que había querido -abusar de ella cuando era niña; que ella no sabía lo que había sido de -Volkonsky y que le esperaba a Eugenio llena de ansiedad y de amor. - -La condesa oyó, llorando, estas cartas. - ---Es falso, falso--exclamó con rabia varias veces. - ---No, no--le dijo su marido--; es verdad, no hay duda alguna. - ---Ahora, si todavía queda duda--exclamó Aviraneta--, aquí guardo cartas -de él, de Volkonsky. ¿Quieren ustedes verlas? - -La condesa no contestó. El conde tomó una de las cartas y la leyó -despacio y se la devolvió a don Eugenio. - ---Mi querida--dijo a la condesa fríamente--, este asunto está resuelto. -El señor Aviraneta ha sido calumniado. El señor Aviraneta es una -persona honorable y hay que reconocerlo y darle una satisfacción. - ---Todos estamos de acuerdo con las palabras que ha dicho el señor -conde--repuso Gamboa. - -Aviraneta se inclinó y al salir dijo a la condesa: - ---Yo no pretendo, señora, que me conceda usted su amistad; fuí amigo de -su padre, que era un corazón noble y generoso. Como digo, no pretendo -su amistad; pero creo que no tiene usted derecho a tenerme odio. - ---Fué usted enemigo de mi madre--murmuró la condesa, pálida y -demudada--; para mí, eso basta. - -Aviraneta había ganado la partida y salió de la sala del Consulado, -pálido, sonriendo con una sonrisa irónica. - -Durante algún tiempo la condesa de Hervilly no vió a Aviraneta. Ella y -su marido cambiaron de hotel, lo que a don Eugenio alegró. - -Al cabo de un par de meses la condesa volvió a aparecer en casa de -madama Lissagaray. Aviraneta no la hablaba; pero ella se acercó a él. - ---No crea usted que me he olvidado de lo que ha pasado entre nosotros -dos. - ---Lo comprendo--dijo don Eugenio. - ---El que haya conocido usted a mi padre y a mi madre me atrae hacia -usted. A mi padre no le he conocido; a mi madre la vi solamente tres -veces en toda mi vida. ¿Era hermosa? - ---Muy hermosa. - ---¿Y usted no la quería? Porque si la hubiera usted querido hubiera -usted perdonado todo. - ---Qué quiere usted, condesa. Cuando yo estuve en Méjico era joven aún, -pero no un muchacho enamoradizo. Había hecho seis años de guerra de la -Independencia, había rodado por el mundo y estado varias veces a punto -de ser fusilado. No era un doncel. - ---Pero mi padre había hecho la guerra con Napoleón. ¿No? - ---Cierto; pero él era hombre más ingenuo, más poeta, más niño. - ---Más bueno que usted. - ---Sí, seguramente más bueno que yo; no lo niego. - ---Usted es implacable. - ---Implacable, no. - ---Sí, implacable. - ---¿Y ella, no lo era? Me persiguió a mí, le persiguió a su padre con -saña. Tenía ese fondo vengativo y rencoroso de los criollos. Odiaba a -los españoles, como todos los Mirandas. - ---Yo también los odio. - ---¿Con motivo? - ---Sí. - ---¿Qué motivos puede usted tener? - ---Las crueldades de los españoles con los indios. - ---¡Bah! ¿Y quién las ha hecho? ¿Los españoles que se quedaron en -España, o los españoles que fueron a América y se convirtieron en -americanos? Estos últimos son los hijos de los conquistadores, de los -que hicieron todo lo bueno y todo lo malo que los españoles han hecho -en América. Es ridículo que ellos ahora se disfracen con la piel del -indio... Perfectamente ridículo. Se avergüenzan de tener sangre de -indios y quieren pasar como sus herederos. - ---Ustedes han sido muy crueles. - ---¿Y los yanquis no han hecho en plena época moderna y fríamente con -los indios tantas barbaridades como los españoles? ¿Y los ingleses, -que han exterminado razas enteras? ¿Y los franceses, que después de la -revolución y de las monsergas de la libertad, igualdad y fraternidad -han sido los mayores proveedores de carne negra en América? ¡Bah, yo me -río de eso! - ---Yo soy americana, y veo a los españoles como los enemigos de mi país. - ---Es una preocupación. Toda esa epopeya americana de la Independencia -es falsa. - ---Es lo que les conviene decir a ustedes. - ---No. Es la realidad. La independencia de América fué una guerra civil -entre los españoles de las colonias y los españoles enviados por la -Monarquía. Los indios, los verdaderamente americanos, eran los que -no tomaban parte en la lucha. Es más: había un número casi siempre -mayor de indios en los ejércitos realistas que en los republicanos. -En la batalla de Ayacucho, por ejemplo, el número de indios era mayor -entre los españoles que entre los americanos. A los indios, ¿qué les -importaba la independencia? En el fondo no cambiaban más que de amo. - ---No hablemos de política. - ---Tiene usted razón. No hablemos de eso. Creo que habrá usted quedado -convencida de que mi conducta con su madre no fué traidora ni infame. -Si yo hubiera sido un aventurero, me hubiera casado con Coral Miranda. -Ella era rica; yo, pobre. - ---¡Es que no la quería usted! ¡Pobre madre! No sé si le perdonaré a -usted, Aviraneta. No sé. - ---Me olvidará usted, condesa. Usted tiene un gran porvenir por delante. -Yo ya soy viejo y no creo ni pienso estorbarle a usted. - ---Ya veremos. - -El joven Montgaillard, al ver a la condesa hablando con don Eugenio, -miraba a los dos con desconfianza. ¿Qué extraño capricho podía tener -ella de conversar con aquel hombre sombrío y tétrico? - ---Hay quien se siente celoso de que hable usted conmigo--dijo Aviraneta -sonriendo. - -La condesa contempló a su interlocutor atentamente y se levantó. - -Al poco rato Alvarito se acercó a don Eugenio. - ---Señor Aviraneta--le dijo. - ---¿Qué ocurre? - ---¿Quiere usted venir conmigo a casa de mi patrón? - ---¿Qué pasa? - ---Que Chipiteguy ha desaparecido. - -Don Eugenio tomó su gabán y fué con Alvarito a la casa del Reducto. - -Hacía ya un día entero que el viejo no aparecía por parte alguna. - -Manón y Alvarito habían ido de acá para allá preguntando por el viejo. -La andre Mari y la Tomascha se dedicaban a lamentarse y a decir que -ellas ya habían previsto aquella desgracia. - -Se preguntó en las cuadras de alquilar caballos, por si el trapero -había tomado alguno para hacer compras por los alrededores; se fué -a ver a Automendy, un alquilador de coches de la Puerta de España, -conocido de Chipiteguy; se habló a todos los amigos del viejo. Nada dió -resultado. - -Al día siguiente se avisó a la policía. - -La desaparición de Chipiteguy de la casa del Reducto produjo gran -efecto entre sus conocidos. - -Se habló de la masonería, de una sociedad secreta republicana que se -llamaba las Estaciones, que quizá le había dado una comisión; hubo -quien sacó a relucir a los jesuítas. - -Pasaron días y más días y no hubo noticia alguna. Chipiteguy -definitivamente había desaparecido. - - - - -QUINTA PARTE - -EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY - - - - -I - -EN LA REGATA DE INZOLA - - -Una mañana de invierno, tres hombres agazapados detrás de una gran -peña, al comienzo de un robledal próximo a Vera, en un lugar llamado la -regata de Inzola, estaban espiando el paso de alguien. - -Era el sitio en que los hombres se hallaban emboscados solitario y -sombrío, un gran barranco, por en medio del cual corre el antiguo -camino de Vera a San Juan de Luz, camino estrecho, que algunos dicen -que es calzada romana, a pesar de que la gente le llama de Napoleón, -porque supone que la mandó hacer el emperador de los franceses para -pasar sus cañones al entrar en España. - -Este barranco, con grandes robles y con rincones húmedos y obscuros de -monte bajo, se va inclinando hacia Francia. Desde algunos de sus puntos -se distingue el mar, verde, entre las rocas de la costa. Por el fondo -corre un arroyo que recoge aguas de la vertiente del monte Larrun y -va a unirse al pequeño río llamado la Nivelle, que sale al mar en San -Juan de Luz. El camino que une a España y Francia por esta parte va -trazando curvas, escalando las alturas; a trechos, con las antiguas -losas de la calzada bien conservadas; en parte, roto y destrozado e -invadido por las zarzas. - -Aquella mañana en que los tres hombres, apostados detrás de una roca, -preparaban una emboscada, el cielo aparecía obscuro, con nubes de color -de tinta; caían grandes gotas de lluvia sobre los montones de hojas -secas; silbaba y gemía el viento, y el camino, estrecho, estaba lleno -de barro, más abandonado y desierto que de ordinario. En algunos puntos -el arroyo inundaba la calzada en una extensión de cincuenta o sesenta -metros. - -No había nadie por los alrededores. A veces llegaban por aquellos -vericuetos partidas carlistas a vigilar la frontera y también solían -verse las boinas rojas de los chapelgorris. - -Los tres hombres que espiaban a la entrada del robledal de Inzola eran -un hermano de Bertache, apodado Martín Trampa; el criado de éste, a -quien llamaban Malhombre, y un compañero de aventuras de ambos, Perico -Beltza o Perico el Negro. - -Martín Arreche tenía dos apodos: uno, el nombre de su casa, Bertache, -apodo común a su hermano Luis y a él; el otro, Martín Trampa, ya de por -sí bastante significativo. - -Martín, grueso, fuerte, membrudo, era hombre de aire audaz, cara -redonda, pómulos salientes, ojos negros y sombríos, labios delgados y -expresión ladina. Su manera de mirar, observadora, solapada e irónica, -le denunciaba cuando quería aparecer como cándido e inocente. - -Martín era hombre audaz, decidido y cruel; de él se contaban rasgos de -valor y de energía. - -El oficio de Martín, al menos el que practicaba en público, era -tratante de ganado. Vivía en la casa de sus padres, llamada Bertache, -en Almandoz, con su mujer, sus hijos, su hermana y su madre. - -Martín paraba poco en casa; solía vérsele con frecuencia por los -caminos, montaba a caballo, con su blusa negra y su bastón, la -_maquilla_ vasca, con la correa en el puño. - -Su criado, secretario u hombre de confianza, Juan Echenique, alias -Malhombre, era digno de su amo por todos conceptos. Vivía también en -Almandoz, donde tenía una casucha pequeña y una familia numerosa, y -confesaba sin rebozo que desde niño había tenido una afición decidida -al robo. - ---Muy pobre debe ser esta casa--decía una vez, refiriéndose a un -caserío en donde había estado. - ---¿Por qué? - ---Porque ni por casualidad he encontrado en ella nada que robar. - -Malhombre era tipo de cara afilada como un cuchillo, expresión suspicaz -y maquiavélica. Tenía muy aviesa intención. - -Se decía de él en el pueblo que había sido durante su juventud un -muchacho apacible y humilde. Poco antes de la guerra estuvo de criado -de un arriero, e iba con una recua de la frontera francesa a Pamplona y -al contrario. - -En la guerra se reveló. Cuando supo que había partidas en el país, -robó una escopeta en casa de un labrador rico de Almandoz y se echó -al monte, a unirse con las fuerzas de Sagastibelza. Un campesino, al -verle desde el caserío, se asomó a la media puerta de la entrada y le -preguntó con alguna sorna: - ---¡Hola, Malhombre! ¿Qué tal? ¿De viaje? - -Malhombre no contestó; se echó a la cara el fusil, pegó un tiro al -campesino, lo dejó muerto y siguió andando. - -Malhombre era un tipo de estos de revolución o de guerra, aspirantes -obscuros a energúmenos y a asesinos, que viven durante muchos años una -vida resignada y tranquila y un día se sienten fieras y matan o roban o -degüellan, asombrando a los que les conocen, que no pueden pensar que -lo normal en ellos es ser fieras, no hombres tranquilos y apacibles. - -Desde la guerra, Malhombre acusó su personalidad siniestra. Un año o -dos después de echarse al campo estuvo en Francia preso, no se sabía a -punto fijo por qué, y allí en la cárcel debió conocer a gente criminal -que le enseñó sus mañas. - -Malhombre vivía sobre el pueblo, como hubiese podido vivir un antiguo -capitán de bandoleros. Alimentaba su vaca en los prados de los vecinos, -cogía las habichuelas, las patatas o los tomates en las huertas -próximas, robaba alguna vez una gallina o un cordero. Malhombre -merodeaba de noche y producía terror en la aldea. El chico o la chica -que lo encontrara al obscurecer en el camino cortando hierba en algún -campo que no era suyo, huía de él al verle, y Malhombre le amenazaba -con la guadaña, porque le gustaba aterrorizar a la gente. - -Se decía que Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza, con otro -cómplice suyo que vivía en la venta de Odolaga, cerca de Pamplona, -solían apostarse en el alto de Velate, enmascarados o con las caras -tiznadas para que no los conocieran, y esperaban allí a robar a los -viajeros. - -Tenían dos mulos, a los que cargaban con los objetos robados, y en una -noche Malhombre andaba a campo traviesa diez o doce leguas y dejaba los -productos del robo en sitio seguro e insospechable, muy lejos del lugar -de la fechoría. - -Para esto, naturalmente, los tres hombres necesitaban cómplices, y los -tenían, según aseguraban, entre personas de posición, que guardaban el -producto de los robos. - -Nadie sospechaba quiénes podían ser estos cómplices. Algunos aseguraban -que los tres hombres no se contentaban con robar, sino que en ocasiones -también mataban. - -Martín Trampa y Malhombre tenían la especialidad de desvalijar los -coches. Se decía que para esta labor se hacían pasar por carlistas, y -que a ellos y a Perico Beltza se unía una chica, hija de Malhombre, que -solía vestirse de oficial, con su uniforme, su sable y su boina blanca. -Esta chica, la Puri, era una muchacha muy esbelta, rubia y bonita. La -Puri hacía su papel e inmediatamente volvía a su casa. La chica trataba -a su padre con respeto; para ella Juan Echenique no era Malhombre, sino -un buen hombre. - -Aunque Martín y los suyos fueron varias veces ante los tribunales, -nunca les llegaron a probar nada. Los tres socios escogían las noches -más negras para sus hazañas. Malhombre era nictálope: veía tan bien de -noche como de día, y esta casualidad le servía para orientarse y poder -escapar en medio del campo en la mayor obscuridad. Se sospechaba que -era algo brujo y que sabía de remedios misteriosos y de sortilegios. - -Malhombre tenía un perro muy inteligente y también ladrón, Erbi. - -Se decía que Erbi, con mejor corazón que su amo, una noche que entre -Martín Trampa, su criado y Perico Beltza mataron a un viajero, estuvo -aullando de una manera lastimera largo tiempo cerca del cadáver. - -Malhombre solía llevar siempre un rompecabezas, hecho por él, que -consistía en un vergajo de un palmo con una bola de plomo sujeta a la -punta. Era ésta una de sus armas predilectas, que él manejaba con gran -habilidad. - -Respecto a Perico Beltza, era hombre fuerte, pesado, muy poco -inteligente, contrabandista desde la infancia. Le llamaban Perico -Beltza, Perico el Negro, por su color moreno. - -De los tres hombres emboscados, Martín era como un tigre, hombre de una -gran fuerza, de una gran energía y de una gran crueldad; para él los -obstáculos no existían, y si había que pasar por charcos de sangre, -pasaba decidido y sin miedo. - -Malhombre era como el lobo, cauteloso y sombrío, amigo de la -obscuridad, de las aventuras nocturnas, a quien estorbaba la luz del -sol; Malhombre amaba lo enigmático, lo secreto, las bromas terroríficas -y siniestras, el mostrar la careta o el rostro tiznado mejor que la -cara, el deslizarse entre las sombras. - -Perico Beltza era pesado, malhumorado y torpe como un perro de ganado... - -Llevaban los tres siniestros personajes más de una hora agazapados tras -de una roca que había al comienzo del barranco de Inzola, cuando se vió -a lo lejos a un hombre, montado en una mula, precedido por otro que iba -delante con el ramal en la mano, y seguido por un tercero. - -El hombre montado en la mula iba con una capa y el delantero, que -llevaba la bestia del ronzal, marchaba esquivando los charcos; el -zaguero, que sin duda vigilaba al preso, traía un paraguas abierto. - -El que marchaba montado en la caballería era Chipiteguy; el que llevaba -la mula del ronzal, Claquemain, y el que iba detrás con el paraguas -abierto, Frechón. - -Al divisar el grupo, Martín Arreche, alias Martín Trampa, sacó la -cabeza fuera del escondrijo e hizo un gesto de inteligencia a Frechón. - ---Mirad por aquí cerca si hay alguien--dijo Martín a Malhombre y a -Perico Beltza. - -Los dos hombres se escabulleron y fueron a un lado y a otro para -vigilar. Martín se acercó a Frechón. - ---¡Hola, amigo! - ---¡Hola! - ---¿Este es el viejo?--preguntó. - ---Este es. - ---¿Qué piensa usted hacer con él? - ---¿No habrá aquí cerca algún sitio adonde llevarle por ahora? - ---Hombre, yo he hablado al dueño de un caserío llamado Churinborda. -Allí se le podía llevar, siempre que el viejo no proteste, porque si -no, el hombre se alarmará. - ---Oiga usted, Chipiteguy--dijo Frechón. - ---¿Qué hay?--murmuró el viejo. - ---Le vamos a llevar a un caserío próximo para arreglar nuestros -asuntos. No creo que se nos vendrá usted con gritos. - ---Yo no tengo la costumbre de gritar--contestó Chipiteguy con serenidad. - ---No le conviene a usted tampoco--replicó Frechón--. Si estos fanáticos -saben que usted se llevó un tesoro de cruces y de custodias de las -iglesias de Navarra, no le digo a usted lo que le va a pasar. - -Chipiteguy murmuró: - ---Usted me acompañó en la faena; pero eso no importa; vamos cuanto -antes al caserío. - -El viejo montado en la mula siguió camino adelante, dirigido por -Claquemain. Los otros hombres fueron detrás. - ---¿Así que este viejo fué a Pamplona y sacó barricas llenas de oro y -de plata?--preguntó Martín. - ---Sí. - ---¡Qué templado! - ---Y a mí me prometió una parte y no me la dió. - ---Yo hubiera hecho lo mismo--dijo Martín. - -Frechón contempló a Martín con cierta suspicacia. - ---Ahora me pagará la trastada--murmuró el francés--. A mí no me importa -nada que se haya quedado con las cruces. Yo me río de los sacrilegios. -Lo que no le perdono es que me haya engañado. - ---¿Qué piensa usted hacer?--preguntó Martín. - ---Le llevaremos a ese caserío próximo, donde escribirá una carta a su -familia de Bayona para que nos entregue una buena cantidad de dinero. - ---¿Quién irá con la carta?--dijo Martín. - ---Ya veremos. - -Siguieron marchando, precedidos por Chipiteguy, montado en la mula, -hasta el caserío Churinborda. Al llegar a la puerta, Frechón ayudó a -apearse a Chipiteguy. - ---No le aconsejo a usted que proteste--le dijo el francés--, porque -entonces le entregarían a usted a los carlistas como ladrón de cruces -de iglesias y le fusilarían sobre la marcha. - ---¿Y qué adelantaría usted con eso?--preguntó Chipiteguy con calma. - ---Nada; por eso no lo hago; pero se lo advierto a usted; lo que yo -deseo es cobrar un buen rescate como indemnización y nada más. - ---Estoy dispuesto. ¿Cuánto? - ---Ahora lo veremos y se lo diré a usted. Tengo que saber qué quieren -sacar estos ayudantes. - ---Está bien. - ---Señor Chipiteguy, ha perdido usted la partida. - ---Sí, ya lo veo. - ---Que le sirva a usted de escarmiento, y otra vez no pretenda usted -engañar a Frechón. El viejo Frechón tiene siempre la última palabra. - -Entró Chipiteguy en la cocina del caserío, se puso al lado de la lumbre -a secarse, vigilado por Claquemain, mientras Frechón, Martín Trampa, -Malhombre y Perico Beltza discutían lo que tenían que hacer. - -El rescate, después de largas discusiones, lo fijaron en treinta mil -francos: quince mil para Frechón y Claquemain y quince mil para Martín -Trampa y los suyos. A Frechón le pareció una cosa excesiva lo que -pedían éstos, pero no era ocasión oportuna de oponerse. - -Se le obligaría a Chipiteguy a escribir la carta. ¿Quién la llevaría? -¿Cómo se depositaría el dinero y quién lo recogería? - -Nadie tenía confianza en los demás. Martín, que vió en la cocina del -caserío que Chipiteguy hablaba mucho con Claquemain, dijo a Frechón -que no le parecía prudente dejar al viejo en una casa tan próxima a -la frontera, porque podía encontrar cualquier ocasión para escapar y -meterse fácilmente en Francia. - ---¿Qué cree usted que se debía hacer?--preguntó Frechón. - ---Internarle. Este Malhombre tiene en Almandoz un amigo sacristán, que -es pariente y compinche suyo. El sacristán vive en una casa con una -torre. Allí se podía meter al viejo. - ---¿Cuánto habrá de aquí a Almandoz? - ---Unas cinco leguas. - ---Bueno; pues vamos a llevarle allí. - -Malhombre se encargó de conducirle en la mula, de noche, por los -vericuetos que él sabía. - -Frechón creyó que llevaba su asunto perfectamente. Chipiteguy estaba -dispuesto a no protestar. - -Martín Trampa y sus hombres no sabían francés, y Frechón pensaba -engañarlos hábilmente y quedarse con todo el rescate a poco que la cosa -se presentase bien. - -Sin embargo, cuando Frechón llegó a Almandoz y vió que Martín Trampa -era allí un reyezuelo, y que todo el mundo le obedecía por el terror, -pensó que su asunto no marchaba tan bien y que quizá había hecho una -imprudencia. - -Al viejo Chipiteguy le habían metido en el último piso de un caserón y -allí lo tenían vigilado. - - - - -II - -MANIOBRAS DE FRECHÓN - - -Cuando Matías Frechón comprobó que el viejo Chipiteguy se la había -jugado en el asunto de Pamplona, pensó, tarde o temprano, en tomar -venganza. La ocasión se había de presentar a la larga o a la corta, y, -efectivamente, se presentó. Frechón urdió pronto un proyecto que le -pareció soberbio. - -Para realizarlo necesitaba cómplices, decididos y valientes; Roquet, -por entonces, estaba ya a las órdenes de Aviraneta, dedicado a -maniobras políticas; Cazalet, el bohemio, no era hombre más que para -intrigas de ciudad; perezoso y borracho, no podía actuar más que en el -rincón del café o de la taberna. - -Frechón, que espiaba a todos los españoles que venían a Bayona, supo -que Gabriela la Roncalesa visitaba la posada de Iturri y conferenciaba -con Aviraneta. - -Frechón se presentó a la muchacha y la dijo que tenía algunos asuntos -comerciales con los carlistas, y que, para resolverlos, necesitaba una -persona de inteligencia que tuviera conocimientos entre los partidarios -de don Carlos. - -Gabriela habló de su novio, Luis Arreche; dijo que éste era -subteniente del 5.º batallón de Navarra y que conocía algunos -personajes importantes del partido. Frechón preguntó a Gabriela si -él no podría hablar en algún lado con el subteniente Arreche, y ella -contestó que una semana después su novio estaría en Vera y que allí -podría entenderse con él. - -Frechón entró en España y habló con Luis Arreche, a quien llamaban -Bertache por el nombre de su casa. - -Frechón contó a Luis la jugada que le había hecho Chipiteguy en -Pamplona y le confesó que él pensaba preparar una emboscada para -sacarle parte o todo el dinero que el viejo se había agenciado con el -negocio de las cruces. - -Luis Arreche le advirtió que él no podía estar mucho tiempo en la -frontera, y que, para preparar la emboscada contra Chipiteguy, lo mejor -que podía hacer era dirigirse a su hermano Martín. Frechón mandó un -aviso a Martín Arreche, alias Bertache, alias Martín Trampa; hablaron -los dos, se entendieron y se pusieron de acuerdo en la manera de -apoderarse del viejo trapero, de secuestrarle y de sacarle los cuartos. - -Frechón volvió a Bayona y sondeó a Claquemain. Claquemain era un -borracho que no tenía afecto a nadie. Con la promesa de dinero se -decidió a hacer traición a su amo. - -Entre los dos hombres engañaron a Chipiteguy, hablándole de una compra -de armas en la venta de Inzola. - -Fueron Claquemain y el viejo a San Juan de Luz, en coche; alquiló allá -Chipiteguy una mula para subir a la venta de Inzola, y en la venta de -Inzola aparecieron Frechón y Claquemain, que le obligaron a seguir -adelante y le llevaron al final del robledal, donde esperaban Martín -Trampa, Malhombre y Perico Beltza. - -A los dos días de la desaparición de Chipiteguy se presentó Frechón -en la casa del Reducto, de Bayona. Dijo a Manón y a la andre Mari que -había estado en Dax y se manifestó muy asombrado de la desaparición de -Chipiteguy. - -Luego en la tienda, delante de Alvarito y de algunos clientes, afirmó -que a Chipiteguy lo habían engañado y llevado a España los curas -carlistas al enterarse de que había sacado cruces y custodias de -Pamplona. - ---¿Qué custodias?--preguntó Alvarito. - ---Tú eres un imbécil que no te enteras de nada--le dijo Frechón--. -Cuando el viejo estuvo con nosotros en Pamplona trajo plata y piedras -preciosas, que debe tener guardadas aquí. - -Alvarito se quedó asombrado y habló con Manón del tesoro de Pamplona y -decidieron un día registrar la cueva. - -Alvarito estaba haciendo gestiones para averiguar el paradero de -Chipiteguy, y fué a ver a María Luisa de Taboada por si ésta le podía -dar alguna indicación. María le preguntó si no conocía a don Eugenio de -Aviraneta. - -Alvaro le dijo que sí. - ---Pues vaya usted a verle. - -Aviraneta vivía entonces en la fonda de Francia. - -Alvaro explicó a don Eugenio lo ocurrido: la desaparición de Chipiteguy -y de Claquemain. - -Aviraneta hizo que Alvaro contase todo lo que sabía. Alvarito relató -las incidencias del viaje a Pamplona: cómo habían entrado en la -ciudad; cómo el patrón había dicho a su dependiente que le esperase en -Valcarlos, y cómo después, en vez de ir por San Juan de Pie de Puerto a -Bayona, había ido a San Sebastián y embarcado aquí con sus figuras de -cera. - ---¿Usted no sospecha de nadie?--le preguntó Aviraneta. - ---No. - ---¿Ni siquiera de Frechón? - ---A ese hombre le considero capaz de cualquier cosa, pero parece que -estos días de la desaparición de Chipiteguy estaba en Dax. - ---¡Quién sabe! Quizá esto no sea más que una coartada. - -Aviraneta prometió al joven Sánchez de Mendoza que pondría todos los -medios para averiguar el paradero de Chipiteguy, suponiendo que el -viejo se hallara en España. - -Los amigos de Chipiteguy, muy extrañados de su desaparición, hacían mil -cábalas; para unos era una fantasía del viejo, que se había marchado de -casa por capricho, otros creían que estaba secuestrado, y otros, que -muerto. - -Unos quince días después de la desaparición de Chipiteguy, Alvarito -recibió una carta, que fué a leerla a Manón y a la andre Mari. La carta -decía así: - -"Mi querido amigo: Me han traído a España y me tienen preso. Para -dejarme libre exigen que dé dos mil onzas. Vete a ver a Manasés -León, con esta carta, y él te proporcionará la cantidad indicada. La -tendrás dispuesta para entregársela inmediatamente al emisario que se -presente ahí dentro de poco con una carta mía desde la frontera, que -irá dirigida a don Alvaro Sánchez de Mendoza y estará firmada por Juan -Dollfus. - -No hay que avisar a la policía española, porque ella aquí, por ahora, -no puede hacer nada, y la denuncia podría costarme la vida. Di a Manón -que estoy bien y que pienso siempre en ella. Tu amigo, _Chipiteguy_." - -Alvarito hizo lo que se le indicaba en la carta y esperó con el dinero -en la caja a que apareciera el emisario, pero éste no apareció. - -Una semana después, Manón recibió otra carta, en la que se le decía que -su abuelo se encontraba preso, y que si quería verle libre, enviara una -letra de quince mil francos, a cobrar en Elizondo, a nombre de Juan -Echenique, de Almandoz; que no avisara a la justicia, porque no podría -hacer nada contra los secuestradores del viejo y porque si sabían que -eran denunciados podían matarle. - -Manón y Alvarito consultaron con Manasés, y éste dijo que era una -imprudencia enviar el dinero sin garantía, porque el Echenique podía -quedarse con él y no librar a Chipiteguy. - -Decidieron entre los tres escribir a Echenique, indicándole que le -enviaban una carta de pago de quince mil francos a cobrar en casa de -Rodríguez y Salcedo, de Bayona, y añadiendo que le pagarían desde el -momento en que Chipiteguy estuviese libre en cualquier punto de la -frontera de Francia. - -Como ésta carta tampoco dió resultado, Alvaro fué de nuevo a visitar a -Aviraneta, quien le dió una carta para Luis Arreche, alias Bertache. - -Don Eugenio le decía en ella que se enterara de quiénes tenían -secuestrado a Chipiteguy y en dónde; que les dijera a los -secuestradores que no pidieran más de lo que habían pedido, porque el -viejo no era tan rico como decían, y que, aunque lo fuera, quizá en la -misma familia del viejo hubiera gente que le conviniese que Chipiteguy -desapareciera. - ---No, no hay nada de eso--dijo Alvarito. - ---Seguramente que no--replicó Aviraneta--; pero es un argumento para -gente un tanto canalla, que desconfía de todo menos de las malas -intenciones. - -Alvarito se dispuso a ir a España a ver a Bertache. Antes de salir, -Aviraneta le llamó. Había sabido por Gabriela la Roncalesa que Martín -Trampa, el hermano de Luis Arreche, era uno de los complicados en el -secuestro de Chipiteguy. Martín vivía en Almandoz y Aviraneta pensaba -que se le podía escribir a él directamente. Le escribieron. Alvarito y -Manón decidieron esperar una semana, por si Martín Trampa contestaba; -pero no contestó... - - - - -III - -EL TESORO - - -Una noche le despertaron a Alvarito la Tomascha y la andre Mari. Habían -oído claramente que andaba gente en la cueva. - ---¡Levántate!--le dijeron las dos mujeres. - -Alvarito se levantó, temblando de miedo, y se vistió lo más rápidamente -posible. - ---Vamos a ver quién es--dijo, fingiendo serenidad en la voz. - ---No, no--replicó la andre Mari--; lo que tenemos que hacer es -encerrarnos en este piso con llave. Manón está dormida. - ---Mejor sería llamar a la guardia del Reducto--murmuró la Tomascha--. -Desde la ventana podemos gritar. - ---No, no--dijo la andre Mari--; no vaya a resultar que sea algún gato y -se burlen de nosotras y nos tengan por unas viejas locas. - -Con el rumor de las voces Manón se despertó y apareció en la escalera, -preguntando de qué se trataba. - ---Hay gente en la casa--le dijo su tía. - ---Pues vamos a ver quién es. - -La muchacha se puso una bata, cogió el farol con el que solía hacer -la ronda nocturna con su abuelo y comenzó a bajar decididamente la -escalera. - -Alvarito la siguió con un garrote en la mano; las mujeres, al ver a los -dos muchachos tan decididos, fueron también bajando las escaleras tras -ellos. - -Manón y Alvarito recorrieron la tienda, los almacenes y el patio y no -encontraron a nadie. - ---Quizá en la cueva se haya encerrado el ladrón. - -Entraron en la cueva. A la luz del farol vieron las figuras de cera -apoyadas en la pared con un aire extraño. La arpillera que cubría el -grupo de los Asesinos había caído y el Asesino joven sacaba el brazo, -armado con su puñal. La presencia de aquellas repugnantes figuras -de cera renovó la obsesión de Alvarito; le produjeron espanto, y en -medio de la noche, y en la cueva, y a la luz vacilante del farol, casi -le dieron más terror que si fueran verdaderos ladrones que hubieran -entrado en la casa. - -Al volver a su cama, Alvarito reconoció en su fuero interno que, aunque -aparentemente había quedado bien, en el fondo había tenido mucho miedo. -Se avergonzaba, al mismo tiempo, de su cobardía y se asombraba de sus -momentos de valor. - -Al día siguiente, cuando Alvarito fué a su despacho, pudo notar señales -de pasos en el patio. La noche antes había llovido y quedaban huellas -de unas botas y el barro ya seco. No era, pues, ilusión el que hubiese -habido gente dentro de casa por la noche, sino un hecho cierto. - -Ahora, por dónde había entrado y por dónde habían salido, era lo que -no comprendía, porque en el portal no había huellas y el cerrojo de la -puerta estaba por la mañana echado. - -Alvaro supuso si los ladrones, o lo que fuesen, se habrían descolgado -por la pared del patio, o quizá por el tejado. Todo esto le dió a -Alvarito gran miedo. La andre Mari y la Tomascha se alarmaron mucho al -saber que era cierta la entrada de los hombres en la casa y decidieron -que fueran a dormir al almacén Quintín y un primo suyo zuavo. - -Este primo de Quintín era Max Castegnaux, supuesto hijo de Chipiteguy, -que había llegado a sargento en el ejército de Argelia, y que estaba -retirado y tenía un destino en el Ayuntamiento. - -Max Castegnaux, alto, ancho, fuerte, corpulento y grande, tenía aire -marcial y una frente abombada un poco de carnero. Max gastaba bigote y -patillas. Llevaba sombrero de copa de alas muy anchas, levita de mangas -largas y estrechas y un junco, colgando en el botón del chaleco. - -Quintín y Castegnaux dormirían en la trastienda en unos catres, cada -uno con la pistola cargada, al alcance de la mano. Max y Quintín -pensaron en poner dos o tres figuras de cera en los rincones, en sitios -extraños, para asustar al que pretendiera entrar en la casa. - -La guardia de los hombres no era muy eficaz. - -Al parecer, Quintín y Castegnaux llevaban cada uno su botella de vino a -la trastienda, y después de jugar una partida y de beberse el vino, se -echaban a dormir y roncaban como benditos. Ni un cañonazo los hubiera -despertado. - -Unos días después de los ruidos y de la alarma y de inaugurar -la guardia en la trastienda con Castegnaux y Quintín, Frechón, -considerándose ofendido al ver que en la casa se daba más importancia a -Alvarito que a él, se despidió. - -Manón le dijo a Alvaro que, ya que no podían temer el espionaje de -Frechón, tenían que ver lo que había guardado el abuelo en la cueva. - -Fueron los dos con un farol y notaron que había un sitio con la tierra -removida. Cavaron allí y comenzaron a aparecer barras de plata, -pintadas de negro, y trozos de oro, envueltos en trapos. - -En el agujero había también un cantarillo. - ---¿Qué habrá aquí?--se dijo Alvaro. - ---A ver, vacíalo. - -Alvaro vació el cantarillo en el suelo y salió de su interior un montón -de esmeraldas, de zafiros y de topacios. - -A la luz del farol brillaban las piedras con mil fulgores. - ---Es un tesoro--murmuró Alvaro. - ---Sí, pero no podemos tocarlo--dijo Manón. - ---¡Ah, no! Claro que no. Volveremos a guardarlo como estaba. - -Alvarito llenó la cantarilla con las piedras preciosas y la enterró de -nuevo. De pronto creyó que había alguien que le estaba mirando; pero -era una de las figuras de cera. - -Cuando dejaron el sótano, Manón y él pensaron que salían de la cueva de -Alí Babá y de sus cuarenta ladrones. - -La existencia del tesoro influyó en la imaginación de Alvarito. Supuso -que, así como en los cuentos antiguos había un dragón que guardaba un -tesoro y una princesa, allí eran las figuras de cera las vigilantes. - -El, Alvarito, acabaría siendo el dominador de las feas figuras, el -Orfeo de las bestias inmóviles, el domador de los espectros asquerosos -y repugnantes, y después de vencerlos, huiría con la princesa y con el -tesoro. - -Unos días después soñó que se encontraba delante de una puerta -disparando tiros contra alguien que quería asaltar la casa. - - - - -IV - -LOS VIEJOS DE LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY - - -Grandes comentarios se hicieron entre los amigos acerca de la -desaparición de Chipiteguy. En la tertulia de madama Lissagaray se -habló mucho del caso, y, sobre todo, los viejos y las personas sesudas -discutieron y expusieron sus opiniones. - -Había variedad de hipótesis. La mayoría consideraba que el secuestro -tenía un carácter político, y, según sus ideas, lo achacaban unos a los -carlistas y otros a los masones. - -Algunos no creían que se tratara de maniobras políticas, sino de -motivos personales. - -Uno de los que acusaba a Frechón como autor o, por lo menos, cómplice -del secuestro, era Pascual Joliveau, el Robinsón Crusoé del baile del -día de San Martín. - -Joliveau tenía su tienda de herbolario en el piso bajo, en casa de -madama Lissagaray. Joliveau era soltero, de unos treinta y tantos años, -grueso, rubio, pálido, pesado e imberbe, con las orejas grandes y las -manos enormes. - -Era, además, tartamudo. - -Joliveau ganaba dinero con su tienda. Era muy trabajador y un poco -entrometido en cuestiones de medicina. Creía que sabía mucho, y también -lo creía la gente de la vecindad. - -Los enemigos suyos decían que como en la misma calle vivía un médico -que le había denunciado una vez por intruso a Joliveau, y a quien éste -tenía odio, había puesto un anuncio en la tienda, que decía así: - -"Herbolario: No confundirle con el charlatán de enfrente." - -La anécdota era perfectamente falsa. - -Joliveau experimentaba gran antipatía por los médicos y por los -boticarios de la época, porque comenzaban a emplear principalmente -remedios químicos y olvidaban los simples. El herbolario se jactaba de -curar todas las enfermedades con la angélica, con la valeriana, con la -pulsátila, con la genciana. - -A veces recomendaba a algunas muchachas la sabina, la ruda o el -cornezuelo de centeno; pero había estado a punto de ser procesado por -una de estas recomendaciones y tenía desde entonces gran prudencia. - -Joliveau hacía emplastos de todas clases, vendía cepillos de dientes y -lavativas. - -Joliveau, a pesar de ser muy roñoso y suspicaz, había acogido en su -casa a un hombre llamado Doyambere, antiguo relojero tronado, viejo -mixtificador, que afirmaba poseer magníficas minas en España y tesoros -en el Banco, probablemente tan reales como las minas. - -Alvarito encontraba Joliveau un aire de figura de cera. Le recordaba -al Fualdés de la colección de Chipiteguy. Joliveau era un hombre muy -suspicaz y muy avaro; en su casa no se encendía lumbre más que en la -cocina, y poca. Para legitimarse durante el invierno, encontraba que -en todas partes donde se encendía fuego había demasiado calor. - -Joliveau guardaba todo lo que encontraba en su casa o en la calle, las -llaves viejas que no abren ninguna puerta, las pelotas, los trozos de -vela, las horquillas, etc. - -Joliveau no creía más que en las malas intenciones de la gente, y aun -así le engañaban siempre. - -Por entonces le engañaba Doyambere, el hombre misterioso; el relojero -tronado, que había hecho creer a todo el mundo que poseía minas y -tesoros, y que, probablemente, no tenía un cuarto. - -Doyambere había sido el bohemio de la relojería; durante muchos años -había recorrido Francia, España e Italia a pie, arreglando relojes. -Contaba cosas extraordinarias de sus viajes: brujerías, crímenes, -misterios y horrores. - -Doyambere era un viejo amable, muy fino, muy discreto, muy sensato, que -tenía buenas palabras para todos, pero que no inspiraba confianza. - -Joliveau alimentaba a Doyambere y le tenía en casa con la esperanza de -heredarle. - -A veces le indignaba el despilfarro del viejo relojero mixtificador, -y una vez que Doyambere, al postre, sacaba la corteza al queso, sin -duda muy gruesa, Joliveau dijo, tartamudeando más que de costumbre, sin -poderse contener: - ---Eso... tam... bién... me... cuesta... a... mí... el dinero. Es una... -falta... de... consideración desperdiciar así... el queso. - -Joliveau tenía una criada vieja; pero él mismo guisaba. - -Una de las manifestaciones de la roña de Joliveau era odiar a los -gatos, sin duda por lo que robaban. - ---Es un animal... antipático--decía--, que no respeta la propiedad -ajena. - -Joliveau ponía cepos a los gatos y, cuando los cogía, los ahorcaba. - -Había uno en su vecindad de una vieja solterona, negro y atrevido, que -entraba en casa del herbolario por el patio. Al fin, Joliveau lo cogió, -lo ahorcó y lo tuvo como trofeo un día colgado, delante de la ventana, -para que lo viera la vecina. - -Joliveau cortejaba a la señorita Recur, sin comprender que aquella -señorita estaba enamorada de Marcelo, el sobrino de Chipiteguy. Ella -sentía un verdadero horror por el herbolario. - -Joliveau, hombre de cabeza extraña y confusa, no decía las cosas como -todo el mundo; era un incoherente, a quien a veces no se le entendía. -Hacía alusiones a cosas lejanas, y muchos decían que, al oírle, se -preguntaban, vacilando: ¿Si será un hombre de gran talento? ¿Si será un -imbécil? La mayoría se decidía por creerle imbécil. - -Se podía encontrar en él una mezcla rara de cualidades: suficiencia, -fanfarronería e impertinencia, unida a cierta fidelidad por algunas -personas. Quizá ninguno de sus sentimientos llegaba a la nota aguda; -pero también se podía asegurar que había poco estimable en el -abigarramiento de su alma. - -Joliveau, desde el principio de la desaparición de Chipiteguy, había -acusado a Frechón. Joliveau tenía resquemores con éste. Había querido -hacer un negocio un tanto usurario con él y Frechón le había engañado. - ---A ese... cochino... de Frechón--decía--le voy a enviar yo... a -gozar... de la hospitalidad... económica... gubernamental... Allí -le alimentarán con... berzas, con agua y con... otros ingredientes -parecidos. - -La hospitalidad económica gubernamental era para Joliveau la cárcel. - -Una vez le dijo alguien: - ---Ese Frechón vendería su alma al diablo. - ---Saldría... ganando--contestó Joliveau con presteza--; vendería una -porquería... por unas buenas... monedas. - -Le gustaba también al herbolario tartamudo desfigurar los nombres de -las personas que le eran antipáticas o que le habían engañado. - -Así le llamaba a Frechón Frechoneau, Frechonato o Frechonazo. - -A la campaña que hacía contra él contestaba Frechón con mayor acritud. - -Según Frechón, todas las hierbas que vendía Joliveau eran venenosas y -mortales de necesidad. - -No se sabía lo que hacía el herbolario con ellas, si es que se -orinaba, o escupía, o algo peor; pero su efecto era terrible. Tomar el -malvavisco, la manzanilla o las flores cordiales de casa de Joliveau y -empezar a sentir náuseas, vómitos y ponerse a la muerte, era inmediato. -Frechón hacía juegos de palabras con el apellido de Joliveau (Bello -Becerro) y preguntaba a los conocidos: - ---¿Qué hace el Bello Becerro? ¿Lo llevan al matadero o está hidrópico -por las malas hierbas que come en su casa? ¿Le ha visto ya el -veterinario? - -Frechón aseguraba que Joliveau estaba loco, que una meningitis padecida -en la infancia le había trastornado. Decía también que de niño un cerdo -le había castrado. Por eso, según Frechón, Joliveau era imberbe y tenía -tipo de cantor de la Capilla Sixtina. Por eso tenía también aficiones a -guisar y a fregar los platos. - -Estas murmuraciones malévolas llegaban a Joliveau, que tan pronto se -indignaba como se quedaba tan tranquilo. - ---Aquí, en Bayona... ya se sabe...--decía, frotándose sus grandes -manos--. El periódico... de cinco céntimos... sin papel... circula -mucho por la ciudad. - -Esta frase quería decir, en el lenguaje confuso del herbolario, que -había mucha chismografía en el pueblo. - -Con esta manera de hablar, hiperbólica y figurada, siempre haciendo -alusiones a cosas desconocidas, no se le entendía. Con frecuencia -Pascual Joliveau proyectaba casarse; pero no tenía éxito. - ---No sé... si casarme... o comprar una... partida de hierbas. - -Al último, siempre tenía que comprar las hierbas. Frechón decía en -todas partes que Joliveau quería casarse porque tenía gran afición a -ser cornudo. - -Joliveau se acercaba a veces al grupo de las muchachas en la tertulia -de Lissagaray, pero no le hacían caso; Manón le trataba con un profundo -desprecio, Rosa le oía distraída, Morguy se reía descaradamente de él. - -El Bello Becerro no encontraba su ternera ideal--hubiera dicho -Frechón--; únicamente Alvarito escuchaba al herbolario; éste solía -decirle: - ---Créame usted... Si quiere encontrar... al viejo, dele usted... la -zancadilla... a Frechonazo. - -Otro de los consultados varias veces fué el padre Aranalde, un cura -amigo de Madama Lissagaray. Aranalde era un viejo de cara sonrosada, -pelo blanco, mirada a veces viva, pero siempre velada por el párpado -caído; los labios burlones y la nariz larga, con frecuencia llena de -rapé. - -Aranalde tomaba posturas académicas, y lo hacía tan afectadamente y tan -bien que, más que cura, parecía un cómico que hiciera de una manera -maravillosa el papel de eclesiástico. - -Aranalde no afirmaba ni negaba nada; todo podía ser, y las varias -versiones que se daban de la desaparición de Chipiteguy le parecían muy -posibles. - -Otro de los oráculos de la tertulia de madama Lissagaray era el señor -Silhouette, comerciante retirado de las pompas fúnebres y vecino de -Chipiteguy. - -Silhouette, viejo con peluca y cara rasurada, tenía una expresión de -frialdad, de indiferencia, de esfinge. Sin duda se la había dado su -oficio. - -Durante toda su vida no había hecho más que ir a las casas donde -ocurría una muerte, de día o de noche, y mostrar atenta y fríamente sus -catálogos y etiquetas, sus precios de entierro de primera o de segunda, -siempre con una severidad y una indiferencia helada. - -Decían que el Sr. Silhouette había sido engañado por la mujer. El -señor Silhouette llevó a su mujer a una casita de campo del camino de -Bayona y la encerró allí hasta que murió, y tuvo el gusto de ver en sus -catálogos qué clase de ataúd y de pompas fúnebres necesitaba su cara -esposa para hacer el gran viaje a las profundidades de la madre tierra. - -El señor Silhouette andaba siempre enlevitado, la boca apretada, con -los labios pálidos y delgados, mejillas hundidas, ojos fijos y duros, -la corbata que le agarrotaba el cuello, la frente ancha y la mirada -fría. Silhouette era, indudablemente, funerario, feretral, panteónico. - -En todo se manifestaba metódico y meticuloso, muy partidario de la -etiqueta, y no transigía con ningún olvido de ella. - -Se decía que el señor Silhouette era el padre de Joliveau; pero no se -parecía nada a él y debía ser una broma de la gente mal intencionada. - -El señor Silhouette era legitimista, pero no quería confesarlo. -Alvarito le encontraba muy parecido al Fouché de las figuras de cera; -un Fouché más viejo y menos emperifollado. - -El señor Silhouette no dió su opinión acerca de la desaparición de -Chipiteguy; se contentó con oír todos los detalles y nada más. - -Había otros viejos señores en la tertulia; el señor Castera, que había -sido procurador, que andaba del brazo de su mujer, arrastrando los -pies, y que jugaba su partida de cartas. El señor Castera tenía las -piernas torcidas, la cara arrugada y pálida, la cabeza sin pelo en las -sienes y la frente deprimida. Había en él algo de reptil. Vestía a la -antigua. El señor Castera tomaba rapé, gastaba una hermosa peluca y -tenía una voz de falsete desagradable. - -Pero no se podía considerar como lo más desagradable de su personalidad -su voz. - -El viejo Castera era un hombre muy cortés, lo que no le impedía decir -a cada persona lo más desagradable, lo más que le podía molestar o -herir, con exquisita finura. Al mismo tiempo que decía algo venenoso, -ofrecía a la víctima su tabaquera con la tapa esmaltada, sonriendo con -amabilidad. El hablar mal de la gente, el tomar rapé y comer dulces -eran sus principales vicios. - -Alvarito oyó que el señor Castera, en su juventud, había sido un hombre -guapo. En cambio, en su vejez, era casi repugnante. - -Es curiosa esa fealdad que se produce en la burguesía, sobre todo en -los comerciantes, industriales, notarios, hombres de ley y en todos los -que viven casi exclusivamente por el dinero. - -No es la fealdad de la gente del pueblo, ni la fealdad de la miseria, -de la embriaguez, de la brutalidad, de las pasiones bajas, sino una -fealdad sórdida, fría, la expresión de la avidez y de la especialidad -comercial. - -Esta fealdad contrasta con la belleza que tiene, a veces, el hombre del -campo, el marino, y, sobre todo, el hombre de pensamiento. - -El señor Castera conocía a Chipiteguy y a Aviraneta y los tenía a los -dos por personas honorables; pero inmediatamente después de hablar de -ellos y de dedicarles toda clase de elogios, contó, riéndose, esta -anécdota: - -"Cuando era viejo Talleyrand y vivía en el palacio de Valencay tenía un -amigo tan viejo como él, el conde de Montrond. - -Un día Talleyrand le decía a la duquesa de Laval: - ---Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur de Montrond. Porque -tiene pocos prejuicios. - -A esto, Montrond replicó inmediatamente: - ---¿Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur Talleyrand? Porque no -tiene ninguno." - -Sin duda, el viejo ex procurador, quiso decir que tanto Chipiteguy como -Aviraneta eran capaces de cualquier cosa. - -Compañero del viejo mordaz era el señor Bedarride, tendero de la -vecindad, viejo, de cara inyectada y roja, con la nariz abultada, el -bigote largo y caído, que llevaba casi siempre redingote y chaleco de -grana. - -Bedarride, con su aire embrutecido, era hombre listo y había sabido -hacerse su fortuna en el comercio de paños. Era también de una -fealdad comercial y transcendía a paño a la legua. Probablemente, las -emanaciones del paño que había respirado toda su vida habían matizado -su alma, dándole un espíritu de pañero indeleble. - -A Alvarito le recordó el hombre que voceaba el crimen en el grupo de -las figuras de cera, que llamaban, en la casa del Reducto, los Asesinos. - -El señor Bedarride, riquísimo, tenía un motivo de pena que le amargaba -la vida. Su hija única, Lucía, estaba enferma de la medula. Lucía -Bedarride tenía una cara asimétrica desagradable, llena de granos, y -una expresión mixta de estupidez, de inquietud y de maldad. - -El médico había dicho al padre que quizá, si la muchacha se casara, -podría desarrollarse y cambiar, y el señor Bedarride buscaba marido -para su hija, pensando en conquistarle, ofreciéndole una fortuna. - -Lucía Bedarride, mala, perversa, tenía ataques de nervios; pegaba a -las criadas y, al ver que los jóvenes no se le acercaban, le daban -arrechuchos de cólera. - -La señorita Bizot trató de demostrar a Alvarito insidiosamente que para -él sería un magnífico negocio el casarse con Lucía Bedarride; pero -Alvarito rechazó la proposición con energía. - -La Bizot reconoció que la muchacha no tenía ningún atractivo; pero -había dinero en cantidad y con dinero se podían encontrar maneras de -indemnizarse. Una mujer como la Bedarride y una querida como su vecina -la Nené era una combinación perfecta. - -Alvarito se quedó asombrado al oír una proposición de esta naturaleza. - - - - -V - -ÚLTIMAS HIPÓTESIS - - -Otro de los contertulios de madama Lissagaray era el señor de Viguerie, -dueño del hotel de los Tres Reyes, en la calle de Maubec, de Saint -Esprit. Viguerie transcendía también a fondista. Viguerie odiaba -cordialmente a todos los extranjeros porque no iban a su hotel; no -podía soportar a los judíos del barrio por su carácter económico, y -como era del centro de Francia, tenía antipatía por los vascos, que -además no iban tampoco a su fonda. - -El señor Viguerie se hallaba enterado de las maniobras de los -carlistas; era muy amigo del intrigante Manuel Salvador y muy enemigo -de Aviraneta. - -Viguerie, por informes de Salvador, afirmó que Chipiteguy era víctima -de los masones y que por este camino debía enderezar las pesquisas la -familia. - -Según él, lo mejor que se podía hacer era dirigirse al subprefecto para -que éste reclamara la libertad de Chipiteguy al jefe de la logia, o -Gran Oriente, de Bayona. - -Una señora que asistía a la reunión, y que hizo algunas gestiones para -averiguar el paradero de Chipiteguy, fué madama Du Vergier. Esta madama -se decía pariente de Du Vergier d'Hauranne, el célebre abate de Saint -Cyran, uno de los jefes más influyentes en su época del jansenismo. - -Madama Du Vergier, vieja, alta, hombruna, andaba por la calle casi -siempre en zapatillas y apoyada en un bastón. Había sido, en tiempo del -Imperio, mujer de costumbres alegres; pero ya nadie se acordaba de sus -aventuras. - -Madama Du Vergier tenía el vicio de la lotería y jugaba en la francesa -y en la española con tanto entusiasmo que a veces no tenía para comer. - -Esta vieja le recordó a Alvarito la Brinvilliers de las figuras de cera. - -Madama Du Vergier, con la Bizot, había ido a ver a la adivinadora -madama Canis, y ésta les había dicho con seguridad, rotundamente, que -Chipiteguy estaba en España, guardado en una torre, por un crimen de -Estado. - - Biarritz, octubre de 1924. - - - FIN DE LAS FIGURAS DE CERA - - - - -ÍNDICE - - - Páginas - - PRÓLOGO 7 - - - PRIMERA PARTE - - LOS TRAPEROS DE BAYONA - - I.--Las galeras 11 - - II.--La casa de la plaza del Reducto 18 - - III.--Chipiteguy y su familia 27 - - IV.--La taberna de Ochandabaratz 47 - - V.--Los inquilinos de Chipiteguy 60 - - VI.--Los Sánchez de Mendoza 67 - - VII.--Primeros contactos con la realidad 75 - - - SEGUNDA PARTE - - EL SIMANCAS - - I.--Maniobras de Aviraneta 91 - - II.--Los enemigos 98 - - III.--Los expulsados 104 - - IV.--La tertulia del abate Miñano 109 - - V.--Primeros efectos del Simancas 114 - - VI.--El dinero 127 - - - TERCERA PARTE - - LAS FIGURAS DE CERA - - I.--Personajes históricos 131 - - II.--Los sueños de Alvarito 144 - - III.--La canción de la ceroplastia 149 - - IV.--Un proyecto 154 - - V.--En Pamplona 162 - - VI.--La vuelta 178 - - VII.--Explicaciones de Chipiteguy 181 - - VIII.--Chipiteguy, Gamboa y Frechón 185 - - IX.--Después de la aventura 189 - - - CUARTA PARTE - - PALOMAS Y GAVILANES - - I.--Manón y Rosa 193 - - II.--Frechón o el chatarrero misántropo 213 - - III.--La tertulia de madama Lissagaray 219 - - IV.--Las preocupaciones del hidalgo Sánchez de Mendoza 234 - - V.--El secreto de Sonia Volkonsky 241 - - - QUINTA PARTE - - EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY - - I.--En la regata de Inzola 257 - - II.--Maniobras de Frechón 267 - - III.--El tesoro 273 - - IV.--Los viejos de la tertulia de madama Lissagaray 277 - - V.--Ultimas hipótesis 287 - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN: #14 -LAS FIGURAS DE CERA *** - -***** This file should be named 63680-0.txt or 63680-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/3/6/8/63680/ - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this ebook. - -Title: Memorias de un hombre de acción: #14 Las figuras de cera - -Author: Pío Baroja - -Release Date: November 08, 2020 [EBook #63680] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Carlos Colón, The University of Toronto and the Online - Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This - file was produced from images generously made available by The - Internet Archive/Canadian Libraries) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN: -#14 LAS FIGURAS DE CERA *** -</pre> - -<div class="chapter"> - -<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/> - -Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br /> - Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br /> - - Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/> -La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p> -<hr class="chap" /></div> -<div class="chapter"> - - - - -<p class="p6 center large">PÍO BAROJA</p> - -<p class="p4 center large">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p> - -<h1>LAS FIGURAS DE CERA</h1> - -<p class="center">NOVELA</p> - -<p class="center">(SEGUNDA EDICIÓN)</p> - -<div class="figcenter4em"><img src="images/page1.png" width="100" -height="124" alt="" title="" /> -</div> - -<p class="center">EDITORIAL CARO RAGGIO<br /> -MENDIZÁBAL, 34, MADRID</p></div> - - - -<div class="chapter"> -<p class="p6 center">ES PROPIEDAD</p> - -<p class="center">DERECHOS RESERVADOS</p> - -<p class="center">PARA TODOS LOS PAÍSES</p> - - -<p class="center p4">IMPRENTA CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID</p> </div> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_7" id="Page_7">[7]</a></span></p> - - - - -<h2 id="PROLOGO">PRÓLOGO</h2></div> - - -<p>—¿Así que tú no conoces al que ha escrito esta -relación?—preguntó Aviraneta, después de haber -escuchado la lectura de varios trozos del manuscrito.</p> - -<p>—No—contestó Leguía—. Este cuaderno me lo -dejó doña Paca Falcón, hace unos años, en Bayona, -y saqué una copia de él. Supongo que se hizo con -algunas notas que escribió Alvaro Sánchez de Mendoza. -¿Qué le parece a usted?</p> - -<p>—¡Psé! Así, así.</p> - -<p>—¿Le parece a usted mal?</p> - -<p>—No; los hechos positivos en que está basado el -libro son ciertos; que el cónsul de España en Bayona, -don Agustín Fernández de Gamboa, recibió barricas -llenas de plata y de oro de las iglesias de Navarra, -durante la primera guerra civil, para venderlas en -Francia, es verdad.</p> - -<p>—¿Usted lo sabía?</p> - -<p>—Sí. Gamboa, como sus amigos Collado y Lasala, -explotaron todo lo que pasó por delante de ellos. Unicamente -así se puede conseguir una gran fortuna en -poco tiempo.</p> - -<p>—Es indudable. Sólo la guerra y la usura hacen -a la gente rica con rapidez.</p> - -<p>—Los que no somos contratistas del ejército ni -usureros no hemos podido pasar de ser unos pobretones.</p> - -<p>Esta conversación la tenían Aviraneta y Leguía<span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span> -en San Sebastián poco antes de la Revolución de septiembre, -en una casa del barrio de San Martín, donde -vivía don Eugenio por entonces. Aviraneta, de -cuando en cuando, se miraba al espejo y se arreglaba -una hermosa peluca rubia, casi roja, que le había -arreglado su amigo y barbero Justo Lazcanotegui.</p> - -<p>—¿Y usted no ha conocido a ese Chipiteguy trapero -de la plaza del Reducto, de Bayona, que figura aquí?—preguntó -Leguía.</p> - -<p>—Sí, sí. ¡Ya lo creo! Era amigo mío; un viejo -camastrón, epicúreo... hombre simpático, efusivo. -Solía comer yo con frecuencia en su casa.</p> - -<p>—Y a Frechón, ¿lo recuerda usted?</p> - -<p>—¿Qué hacía ese Frechón?</p> - -<p>—Era un empleado de Chipiteguy y, al parecer, -un gran intrigante.</p> - -<p>—Sí, sí, tengo idea; mas creo que le llamaban de -otra manera.</p> - -<p>—Debió de estar en casa de usted varias veces.</p> - -<p>—¡Tantos estuvieron!</p> - -<p>—Sí; pero debió de ir a hablar de política, de intrigas...</p> - -<p>—Era a lo que venía todo el mundo a mi casa.</p> - -<p>—Sí, su casa en Bayona debía ser un nido de intrigantes.</p> - -<p>—Entre los que te contabas tú.</p> - -<p>—Hombre, don Eugenio, yo no tanto.</p> - -<p>—¿Te acuerdas de las letras S, T, U, V, Y, Z?</p> - -<p>—Sí; ¿no me he de acordar? En ese final de abecedario, -el que más y el que menos era un bandido.</p> - -<p>—Sí, quizá... Pero era una época divertida. Se -vivía con pasión. Hoy está todo más bajo, más cansado. -Hoy intentamos vivir como personas sensatas, -para lo cual parece que no tenemos muchas condiciones -los españoles.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span></p> - -<p>—Y de Roquet, ¿se acuerda usted?</p> - -<p>—Sí, hombre; perfectamente.</p> - -<p>—Bueno, don Eugenio; y en último término, ¿cree -usted que este relato, del cual le he leído varios trozos, -debe entrar en la historia de su vida, si alguna -vez la publicamos?</p> - -<p>—Sí, sí; tiene detalles curiosos; pero no me gusta -esa forma novelesca. Creo que le debías quitar lo que -tenga aire romántico; dejar la realidad, la verdad -escueta.</p> - -<p>—¡La verdad! ¿Es que es más verdad la historia -que la novela?</p> - -<p>—Naturalmente.</p> - -<p>—Eso creía yo también antes; hoy no lo creo. El -Quijote da más impresión de la España de su tiempo -que ninguna obra de los historiadores nuestros. Y lo -mismo pasa a la Celestina y al Gran Tacaño.</p> - -<p>—Bueno; pero esas son obras maestras realistas.</p> - -<p>—Usted siempre ha sido enemigo de la literatura -de imaginación.</p> - -<p>—Siempre.</p> - -<p>—¿Usted no ha soñado nunca, don Eugenio?</p> - -<p>—De esa manera, no. La verdad, la verdad en todo: -ese ha sido siempre mi ideal.</p> - -<p>Al decir esto, Aviraneta se planchaba su peluca -roja, que tenía tendencia a abombarse y a separarse -de su cabeza.</p> - -<p>Qué cantidad de verdad puede tener una peluca -fué una pregunta que le vino a Leguía a la imaginación. -La cuestión de la verdad histórica la habían -discutido muchas veces. Aviraneta era dogmático, -partidario del realismo, y creía que tarde o temprano -la verdad resplandecía, como el sol entre las nieblas. -Leguía pensaba que en ese camposanto de la historia, -lleno de huesos, de cenizas y de baratijas, cada inves<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span>tigador -escoge lo que le place y lo combina a su gusto.</p> - -<p>—¿Pero, a pesar de las fantasías novelescas, a esta -relación le daremos entrada en sus memorias?—preguntó -Leguía.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Con su visto bueno?</p> - -<p>—Sí, con mi visto bueno; pero podándola un poco.</p> - -<p>Con la autorización de Aviraneta decidí, pues, publicar -este relato.</p> - -<p>No aparece aquí don Eugenio siempre; pero inspira -los acontecimientos, asomándose, unas veces, al -primer plano, y otras, al último.</p> - -<p>Hecha esta aclaración con respecto a la parte histórica—sigue -diciendo Leguía—, tengo que advertir, -con relación a lo novelesco, que la obra no me llena. -El autor describe demasiado, define demasiado, traza -los contornos de los personajes, pero los mueve poco -y, sobre todo, no los hace hablar. Tiene por la palabra -una falta de cariño extraña. Sus hombres y sus homúnculos -hablan el mínimo. Indudablemente, en la -literatura, la palabra hablada es la que da a la obra -una animación algo parecida al color en la pintura.</p> - -<p>El autor no busca esta animación. Rechaza, además, -la frase castiza, el giro idiomático. Todo esto, sin -duda, le parece hojarasca, lugar común putrefacto, -algo pestífero, de lo que hay que huír.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span></p> - - - - -<h2>PRIMERA PARTE<br /> -LOS TRAPEROS DE BAYONA</h2> - - - - -<h3 id="I">I<br /> -LAS GALERAS</h3></div> - - -<p>Una mañana de junio de 1838 varias galeras con -toldo y cuatro ruedas, unas tiradas por dos, otras por -un caballo de patas gordas, marchaban por el desfiladero -de Roncesvalles, larga y empinada cuesta llena -de zig-zags, de curvas y de meandros, que sube desde -San Juan Pie de Puerto hasta Burguete.</p> - -<p>El día estaba claro en la parte de Francia y obscuro -y nublado en la de España.</p> - -<p>En el valle del Nive, los montes, cubiertos de árboles, -aparecían inundados de sol; hacia España las -nubes iban agarrándose a los picachos y entrando en -las hondonadas.</p> - -<p>Este famoso desfiladero de Roncesvalles, que recuerda -a Rolando con su olifante, al arzobispo Turpín -y a los doce pares de Francia, no tiene el carácter -áspero y terrible que le supone la leyenda.</p> - -<p>Es el paisaje allí suave y verde, hay muchas praderas, -campos cultivados, grupos de hayas y de robles. -Las moles de piedra que los fieros vascones lanzaban -contra las tropas brillantes de Carlomagno han<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span> -desaparecido por escotillón; quizá no existieron nunca -o fueron del tamaño de las almendras, y la batalla -de los carlovingios con los sarracenos, según la versión -francesa, o de los carlovingios con los vascones -y godos, según la versión española, no tuvo más importancia -que una pedrea de chicos. Verdad es que -estas pedreas son más fecundas para la literatura -que las grandes batallas modernas con sus enormes -carnicerías y hasta sus salchicherías, inspiradas en -métodos científicos y exactos.</p> - -<p>El Monasterio de Roncesvalles, como muchas cosas -antiguas, tiene más nombre que realidad.</p> - -<p>Los carros que subían la cuesta hacia Burguete -esta mañana fresca de junio eran, en su mayoría, -galeras con el techo embreado, con las cuatro ruedas -casi iguales. Por su aspecto parecían más bien ser -franceses que españoles. Entre carro y carro conservaban -una distancia de cien o doscientos metros. Podía -suponerse que llevaban algún cargamento de armas -para los carlistas, pues en aquel año de la guerra -todos los puertos de la frontera vasco-navarra, -excepción hecha de Irún, estaban ocupados por los -facciosos. Al lado de las galeras iban los carreteros, -que a veces tenían que calzar las ruedas con piedras -y empujar luego a hombros, porque en algunas partes -los caballos no podían con los pesados vehículos.</p> - -<p>La primera galera que iba a la cabeza de la comitiva -era un poco más larga que las otras y tiraban -de ella dos caballos percherones.</p> - -<p>La conducía un carretero y la vigilaba otro hombre -que marchaba a su lado.</p> - -<p>Este último tenía unos treinta años y el aire de -un señor, aunque no muy amable ni simpático; el -carretero, de unos cuarenta años, manejaba el látigo, -hacía chasquearlo, cuando no lo llevaba liado al cue<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span>llo, -y gritaba y blasfemaba en los malos parajes en -que los caballos se detenían.</p> - -<p>El hombre de aire de señor, flaco, moreno, con -patillas negras, parecía sombrío y misterioso; el carretero -era un tipo tosco y vulgar.</p> - -<p>Al acercarse la primera galera a Valcarlos, una -patrulla carlista se destacó en el camino.</p> - -<p>—Alto, ¿quién vive?—gritó el jefe.</p> - -<p>—Francia—contestó el hombre moreno de las patillas.</p> - -<p>—¿Qué gente?</p> - -<p>—Gente de paz.</p> - -<p>—¿Tienen ustedes pasaporte?</p> - -<p>Los dos hombres mostraron los documentos que -llevaban.</p> - -<p>Los carlistas, unos al parecer del Resguardo, otros -de una partida que vigilaba la frontera, todos perfectamente -desarrapados, quisieron atisbar lo que -llevaba la galera.</p> - -<p>—¿Qué va ahí dentro?—preguntó el que hacía -de jefe de la partida.</p> - -<p>—Figuras de cera para la feria de Pamplona—contestó -el hombre de las patillas con marcado -acento francés.</p> - -<p>—¡Hombre! ¡Figuras de cera!—exclamó uno de -los carlistas—. ¿No las podríamos ver?</p> - -<p>—No están armadas.</p> - -<p>—¿No dan ustedes algo para beber?—dijo uno de -los facciosos desarrapados.</p> - -<p>—Eso, el amo—contestó el de las patillas.</p> - -<p>—¿Dónde está el amo de ustedes?</p> - -<p>—No es nuestro amo. Es el amo de las figuras de -cera.</p> - -<p>—¿Y dónde está ese señor?</p> - -<p>—Dentro de poco pasará en un coche.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span></p> - -<p>—¿Por este camino?</p> - -<p>—Sí. Ha dicho que entre Valcarlos y Burguete -nos alcanzará.</p> - -<p>—Bueno, pueden ustedes seguir.</p> - -<p>Marchó la carreta de nuevo, avanzando al paso -de los caballos percherones; cruzó al mediodía por -delante de la Colegiata de Roncesvalles, recorrió la -única calle de Burguete y, al salir de este pueblo, camino -de Espinal, el hombre de las patillas entabló en -francés una conversación con el carretero.</p> - -<p>—El amo nos encarga a nosotros la tarea más difícil: -el marchar a pie—dijo—; en cambio él, con -el niño ese, que Dios confunda, viene en coche.</p> - -<p>—No se queje usted, señor Frechón—replicó el -carretero—; el amo le ha dicho a usted varias veces -que no venga si no le gusta este viaje.</p> - -<p>El señor Frechón calló un momento y luego exclamó -de mal humor:</p> - -<p>—Tú eres un imbécil, Claquemain.</p> - -<p>—¿Por qué? Sepámoslo.</p> - -<p>—Porque te dejas explotar.</p> - -<p>—¡Bah! Me pagan lo que trabajo.</p> - -<p>—Es lo que crees tú, infeliz.</p> - -<p>—Pues, lo que es por ahora, tenga usted la seguridad -de que no me han explotado.</p> - -<p>—Ahora nos está explotando. El viejo trama algo -que yo sospecho...</p> - -<p>—¿Qué va a tramar? Usted siempre está pensando -que todo el mundo vive imaginando intrigas y complots, -y luego no hay nada. Todas son fantasías de -su cabeza de usted.</p> - -<p>—Es que tú tienes la vista corta, Claquemain.</p> - -<p>—Usted tendrá la vista muy larga, señor Frechón; -pero por ahora no ve usted más que visiones.</p> - -<p>—Y realidades. Tú lo verás.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span></p> - -<p>—¡Bah!—y Claquemain hizo restallar el látigo -en el aire.</p> - -<p>—Aquí hay gato encerrado—siguió diciendo Frechón—, -lo huelo. ¿A ti no te choca que el viejo Chipiteguy, -hombre rico, vaya a las ferias de San Fermín, -de Pamplona, en plena guerra, a poner una barraca -con unas cuantas figuras de cera, por cierto -muy malas, para ganar unos cuartos?</p> - -<p>—A mí, no. ¿A qué otra cosa puede ir?</p> - -<p>—¡Oh! Ya lo veremos. Te diré, en confianza, que -el viejo ha ido a casa del cónsul de España en Bayona -repetidas veces y ha tenido con él largas conferencias.</p> - -<p>—¿Cómo lo sabe usted?</p> - -<p>—Porque le he seguido.</p> - -<p>—Cada uno su manía.</p> - -<p>—El viejo lleva una misión que seguramente será -para él muy fructífera.</p> - -<p>—¿Qué misión puede llevar? ¿Misión política?</p> - -<p>—Quizá también.</p> - -<p>—Si es cosa política, no habrá dinero debajo.</p> - -<p>—Me choca tu terquedad.</p> - -<p>—A mí me choca la suya.</p> - -<p>—Si hay algo, ¿qué dirás?</p> - -<p>—¿Y si no hay nada?</p> - -<p>—Como habrá... Al llegar a Pamplona veremos.</p> - -<p>—En fin. Quizá, quizá... acierte usted alguna -vez—murmuró el carretero.</p> - -<p>El señor Frechón sabía perfectamente que en aquel -viaje había su misterio; pero no quería ser más explícito. -Si el amo tenía un plan al ir a Pamplona, él -iba fraguando el suyo.</p> - -<p>Al avanzar en el camino, Frechón y Claquemain se -pararon a comer al borde de la carretera, en un barranco, -con una fuente y un abrevadero. Pasado algún<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span> -tiempo se acercaron otras dos galeras. Se hallaban -los carreteros sentados en el suelo cuando oyeron los -cascabeles y las pisadas de un caballo, y poco después -apareció un carricoche, ocupado por un viejo de -barbas blancas y un muchachito imberbe.</p> - -<p>—¿Qué, hay alguna novedad?—preguntó el viejo -a Frechón.</p> - -<p>—Ninguna—contestó Frechón—. Estamos descansando.</p> - -<p>—Los caballos, ¿se han portado bien?</p> - -<p>—Muy bien.</p> - -<p>—¿No han puesto dificultades los aduaneros carlistas -de la frontera?</p> - -<p>—Ninguna. Les hemos enseñado nuestros papeles -y nos han dejado pasar.</p> - -<p>—Bueno; pues ahora, a Larrasoaña. Allí nos reuniremos -con una partida liberal e iremos hasta Pamplona—dijo -el viejo—. En cuanto llegue comenzaré -yo a ocuparme de la barraca y les esperaré allí. Con -que adiós.</p> - -<p>—¡Adiós!</p> - -<p>—¡Adiós, señor Chipiteguy!</p> - -<p>Frechón y Claquemain, que concluían su comida, -vaciaron cada uno su botella de vino; se levantaron, -engancharon de nuevo los caballos, que estaban inmóviles -junto al abrevadero, y prosiguieron su marcha -con su carro, seguidos de las otras galeras.</p> - -<p>—El niño ese tiene buena suerte—dijo Claquemain -de pronto, probablemente con la intención de -molestar a su compañero.</p> - -<p>—Le voy a dar un puntapié el mejor día que le -voy a echar a su tierra—exclamó Frechón con cólera.</p> - -<p>—No es difícil aquí en España, porque está en la -suya—contestó Claquemain humorísticamente.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span></p> - -<p>El otro no replicó.</p> - -<p>La primera galera siguió su marcha despacio. La -bruma cubría el campo, gris, azulada, y la vista no -alcanzaba más que a poca distancia. Las rocas y los -árboles aparecían de improviso a ambos lados de la -carretera. Se oía entre la niebla el cencerro del ganado -y el silbido de los pastores.</p> - -<p>Al anochecer, en una aldea del camino, Claquemain -y Frechón se detuvieron a descansar. Al día -siguiente, al llegar a Larrasoaña, la fila de galeras -hizo alto y se detuvieron los conductores durante una -hora para comer. Poco después se encontraron con -las tropas de una compañía de voluntarios liberales -y con ellas avanzaron hasta Pamplona.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span></p> - - - - -<h3 id="II">II<br /> -LA CASA DE LA PLAZA DEL REDUCTO</h3></div> - - -<p>Es evidente que ya todos los pueblos y capitales -de provincia han perdido su carácter tradicional en -Francia y en los demás países europeos.</p> - -<p>Las grandes ciudades, como París, Londres y Berlín, -van uniformando las urbes provinciales, que a -su vez modifican los pueblos y las aldeas.</p> - -<p>Lo característico regional, el rincón pintoresco, tan -amado en la primera mitad del siglo XIX por escritores -y artistas, se ha perdido en las ciudades y en -las villas y comienza a perderse en los lugares alejados -de los grandes centros. No sólo se pierde lo pintoresco -en lo exterior, sino el gusto de lo pintoresco. -En casi todas partes, en el ámbito de una nación, se -habla lo mismo, se viste lo mismo y se tienen idénticas -diversiones y deportes.</p> - -<p>Llegará un día en que ya no sean sólo las naciones -las unificadas, sino también los continentes. El -planeta, según un misántropo amigo del autor, será -un queso de bola, uno e indivisible, con la misma -clase de gusanos, que disfrutarán de los mismos derechos -y de los mismos deberes.</p> - -<p>Los pueblos y las comarcas van olvidando rápidamente -su carácter tradicional, y los Goyas, los Bal<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>zac -y los Dickens del porvenir, si es que los hay, no -tendrán gran cosa que recoger y conservar en el -acervo de las viejas costumbres y hábitos y en la -guardarropía legada por los antepasados. Los dioses -se van, las buenas formas se van, los sombreros de -copa se van, la moral se va; lo único que vuelve a presentarse -son las golondrinas y las letras que no se han -pagado...</p> - -<p>Bayona ha sido una de las ciudades francesas que -ha guardado su carácter hasta hace poco. Hoy, ya -no lo tiene.</p> - -<p>Sin murallas, sin puertas, como un caracol sin su -concha, al perder su dermato-esqueleto, empieza a -aparecer un pueblo banal y de poco interés.</p> - -<p>Bayona, antes, con su cintura de piedra, sus calles -estrechas, sus arcos, sus tiendas con muestras y enseñas, -sus casas grises y negruzcas, dominadas por -las dos torres góticas de la Catedral; sus puertas fortificadas -y sus dos ríos, que le daban un aire sombrío -y húmedo, era un pueblo de un carácter típico y bien -marcado.</p> - -<p>Bayona, por su historia, su tradición, su influencia -inglesa y española, su población mezclada, era un producto -mixto de burguesía, de milicia, de comercio, -de costumbres rancias y arcaicas, con detalles de ciudad -corrompida. Había muchos elementos diversos reunidos -en Bayona.</p> - -<p>De sus tres barrios, la Gran Bayona, la Pequeña -Bayona y Saint Esprit, la Gran Bayona, el más importante, -se consideraba como el centro, el asiento -del mundo oficial y del comercio rico. La gente de la -Pequeña Bayona tenía un carácter más campesino, -más pobre y más vasco; la de Saint Esprit era, en -gran parte, judía.</p> - -<p>Además de la población gascona, vasca y judía,<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span> -había la marinera y de comercio fluvial de las orillas -del Nive y del Adour, los pescadores, casi todos vascos, -y la parte militar, entonces importante, porque -Bayona era capital de una división.</p> - -<p>Durante la primera guerra civil española Bayona -estaba más animada que de ordinario; a sus varios -elementos se unían los emigrados carlistas, que llevaban -allí sus luchas y sus intrigas.</p> - -<p>El marqués de Lalande y monsieur Xavier Auguet -de Saint Sylvain, librero de viejo en Madrid y barón -de los Valles por obra y gracia de don Carlos; el -obispo de León y Aviraneta, el príncipe de Lichnowsky -y el protestante Miñano, el canónigo Echevarría -y el judío inglés Mitchell, habían encontrado -allí campo para sus maquinaciones...</p> - -<p>Uno de los sitios pintorescos de Bayona en aquella -época, hoy convertido en explanada de aire vulgar, -con una estatua de bronce de un obispo en medio, -era la plaza del Reducto.</p> - -<p>La plaza del Reducto estaba en la confluencia de -los dos ríos bayoneses, formando espolón. Tenía, a -un lado, el puente Mayou, sobre el Nive, y al otro, el -de Saint Esprit, puente de barcas para cruzar el -Adour.</p> - -<p>Sobre este espolón, afilado por los dos ríos, se levantaba -el antiguo baluarte llamado el Reducto, como -el castillo de proa de un barco. La entrada del baluarte -por el puente de Saint Esprit se llamaba la -Puerta de Francia.</p> - -<p>La Puerta de Francia era resto de la primitiva muralla -galo-romana bayonesa, varias veces reconstruída.</p> - -<p>Del viejo Reducto hoy no queda más que la explanada -con su estatua y un trozo de muralla con una -garita en el extremo del espolón, entre hiedras, que -da al río. Andando el tiempo, la puerta de Francia se<span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span> -derribó y el puente de Saint Esprit se hizo de piedra.</p> - -<p>El Reducto y sus balaurtes ocupaban la punta del -espolón, entre los dos ríos, con sus muros aspillerados -y sus garitas que caían sobre el agua.</p> - -<p>El Reducto tenía salidas al río que solían estar llenas -de ratas. Los soldados y los chicos se entretenían -en cazarlas a pedradas.</p> - -<p>Cerca del espolón del Reducto, en el Adour, había -pilotes de madera para amarrar barcas, postes carcomidos -y verdes por los líquenes y los musgos.</p> - -<p>La Puerta de Francia, aneja al reducto, era la entrada -principal de la ciudad. Por allí venían las diligencias -de París y de Burdeos, pasando de antemano -por el barrio de Saint Esprit, que aún conservaba -algo de ghetto, sucio, cerrado y misterioso, con su -población de judíos, antiguamente expulsados de España.</p> - -<p>La plaza del Reducto era el espacio que había entre -el baluarte y unas cuantas casas alineadas enfrente. -A esta plaza desembocaban dos o tres calles del Pequeño -Bayona, una de ellas la de Bourg-Neuf, de las -más húmedas y sombrías del pueblo. Al lado de la -calle de Bourg-Neuf se encontraban otras callejuelas: -la del Puy, de los Capellanes de Doaline, de Coutetz, -de Corn, de Moqueron, de Perhide, unas que han cambiado -de nombre y otras que han desaparecido.</p> - -<p>La mayoría de las casas bayonesas de por entonces -eran casas pequeñas, de ladrillo, bastante mal construídas, -aunque empezaban ya a levantarse las casas -altas de cuatro y cinco pisos del siglo XIX, que dan -una impresión perfecta de la vida monótona, burguesa, -bien organizada y sin incidentes románticos de nuestro -tiempo.</p> - -<p>En la plaza del Reducto, esquina a la calle de -Bourg-Neuf, vivía Chipiteguy, el viejo de las barbas<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span> -blancas, que iba un día de junio en un cabriolé, camino -de Pamplona, acompañado de un muchacho -joven.</p> - -<p>La casa de Chipiteguy era una casa vieja, de ladrillo -cuarteada, que casi amenazaba ruina.</p> - -<p>Tenía, para sostenerse, a un lado y a otro, dos filas -de vigas, lo que le daba el aire de un barco que se -estuviera construyendo, o de un tullido, apoyado en -muchas muletas.</p> - -<p>Otras varias casas había en la plaza del Reducto -y en la calle de Bourg-Neuf sostenidas por vigas. -Así como en los castillos de naipes, al caerse uno, -arrastra a los demás, así allí, al tirar una casa, las otras -de la vecindad querían venirse al suelo, y, si no se -caían del todo, tenían la tendencia de cuartearse.</p> - -<p>Era época en que, a imitación de París, comenzaban -en las ciudades de provincia las demoliciones de -los barrios viejos y malsanos.</p> - -<p>Las casas que amenazaban ruina quedaban durante -mucho tiempo como viejas paralíticas, aletargadas, -sostenidas en sus muletas, mirándose unas a otras, -contemplando su mutua miseria; algunas se presentaban -negras y llenas de desconchaduras, con agujeros -entre las maderas del entramado; otras se les -caía el alero, como la visera de una gorra, y parecían -quedar dormidas.</p> - -<p>Había todos los matices de la ruina, de la decadencia. -Una de aquellas casas avanzaba más en la -línea y la arista de su esquina biselada tenía un mirador -pequeño, con unos cristales redondos, que le -daban el aire de los ojos de un pez; otra echaba una -panza de hipocresía; una tercera un abultamiento como -el bocio; algunas parecían la proa de un barco -antiguo; a otras se les desarticulaban las ventanas,<span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span> -que quedaban como alas rotas, gimiendo y llorando de -noche sobre el roñoso gozne.</p> - -<p>La casa de Chipiteguy, vieja, de construcción pobre, -con el tejado en forma de piñón y chimeneas altas, -terminadas en tubos en zig-zags; tenía dos muros de -piedra laterales fuertes, y entre éstos, vigas que sostenían -los pisos. Un entramado de madera cruzaba -la fachada: en el dintel de la puerta aparecía esculpido -un escudo borroso con varias medias lunas y -cabezas de hombres barbudos y de expresión siniestra.</p> - -<p>Los pisos estaban superpuestos: los dos de arriba, -más salientes hacia la calle que el de abajo. La casa, -indudablemente, se había movido, al derribar otra -contigua, y se abultaba como un abdómen de cincuentón -de una manera absurda y ridícula. En medio -de la casa, en la planta baja, se abría un ventanal, -convertido en escaparate; en el primer piso, varias -ventanas con sus cortinas; en el segundo, otros huecos; -después la guardilla, con un balcón saliente y una -viga y una polea encima, y sobre el caballete del tejado, -una veleta anquilosada, con una paloma de hierro, -gruesa y paralítica.</p> - -<p>La casa del Reducto, desde hacía dos o tres generaciones, -pertenecía a un Chipiteguy, dedicado al comercio -de trapos y de hierro viejo. Este comercio -había tenido, en un principio, una enseña y el título -de "Las fraguas de Vulcano"; pero hacía tiempo -que las letras se habían borrado y que se había olvidado -el nombre. Los Chipiteguy, traperos y chatarreros, -se sucedían como los Borbones; en dinastía, menos -conocida, aunque no menos capaz, siendo quizá -mejores y más honrados traperos que los otros monarcas, -sin que se pueda decir que se necesiten me<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span>nos -condiciones espirituales para ser buen trapero -que buen autócrata.</p> - -<p>Por dentro, la casa de Chipiteguy se resentía de -su derrengamiento; los suelos se hallaban torcidos y -curvados; las aristas de las esquinas, inclinadas. La -casa de Chipiteguy no estaba muy flamante por fuera; -el comercio de trapos y hierro viejo no era muy -pulcro; pero por dentro se hallaba muy limpia y muy -arreglada. Todo en ella parecía cómodo y bien dispuesto.</p> - -<p>Si se entraba en la casa, se encontraba primero el -portal obscuro; a la derecha, la tienda, con su mostrador -y sus armarios; a la izquierda, la escalera, y -en el centro, el patio, con dos cobertizos, en los que -se hallaban amontonados fardos de trapos, calderas -roñosas, barricas desfondadas, barandillas de hierro, -toneles, bombas y unas grandes balanzas.</p> - -<p>De la tienda se pasaba a los almacenes obscuros, -repletos de géneros, metidos en cajones y en sacos -puestos en el suelo.</p> - -<p>Por la puerta de la izquierda se encontraba la escalera, -estrecha, empinada, con los escalones muy desgastados. -Subiendo por la escalera se llegaba al primer -piso, donde estaban el comedor, la sala, la cocina -y un despacho, y después al segundo, que constaba -de gabinete, cuarto de costura y tres alcobas.</p> - -<p>La casa, por fuera, tenía aire triste y obscuro, principalmente, -por la humedad de los dos ríos, que ennegrecía -cada año más la fachada.</p> - -<p>Si por fuera parecía todo muy abandonado, por -dentro se hallaba muy limpio: los suelos encerados, -las puertas pintadas, los cortinones espesos y las cortinillas -planchadas, con lazos en los cristales.</p> - -<p>Los muebles eran casi todos antiguos, y única<span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span>mente -el cuarto de la nieta de Chipiteguy, moderno -y coquetón, estaba a la moda.</p> - -<p>No era culpa de las mujeres de la casa el que no -se hallaran todas las habitaciones lo mismo.</p> - -<p>Chipiteguy, el trapero y comprador de hierro viejo, -a pesar de ser rico, no quería arreglar la casa; le -parecía que no valía la pena de gastar dinero en ella. -Unicamente había dado con gusto lo necesario para -decorar el gabinete de su nieta, el salón y el comedor. -Decía muchas veces que la casa y él durarían -lo mismo, y que su nieta, cuando fuera mayor, dejaría -aquel rincón mugriento para no volver jamás -a él.</p> - -<p>Los amigos se burlaban de Chipiteguy por su indiferencia -y abandono, y le decían que era como Cadet -Rousselle:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">Cadet Rousselle, a trois maisons,</div> -<div class="line">qui n'ont ni poutres ni chevrons.</div> -</div></div></div> - -<p>Las mujeres de la casa habían conseguido, a fuerza -de reclamaciones, que Chipiteguy les diera algún -dinero para arreglar el salón y el comedor.</p> - -<p>Al salón, iluminado por un balcón corrido, le pusieron -un papel verde, con flores; sillería de estilo -inglés, con tela del mismo color; un piano, un reloj -alto con esfera de cobre, y dos cuadros al óleo, uno -de caza y otro una "Matanza de los Inocentes", tabla -alemana, en donde unos guerreros, con trajes medievales, -degollaban a unos chiquillos, blancos y redondos -como pelotas.</p> - -<p>Había también en la sala varios grabados, copias -de unos cuadros de Lebrún, inspirados en la vida de -Alejandro el Magno; "La familia de Darío", "El -paso del Gránico", la "Entrada de Alejandro en Ba<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span>bilonia", -"La batalla de Arbelas" y "Alejandro y -Poro".</p> - -<p>En todos estos grabados había leyendas en latín -y en francés. En "El paso del Gránico" decía: "<i>Virtus -omni obice mayor.</i> La virtud domina el mayor -obstáculo".</p> - -<p>El comedor tenía papel amarillento, chimenea de -mármol, mesa oval, aparador con jarras vascas de -cobre, sillas Imperio y algunas estampas, entre ellas -la vista de Bayona, con la Avenida de Boufflers y -la Puerta de Mousserolles. En el aparador, sobre pequeños -manteles blancos, brillaba una vajilla Luis XV, -espléndida, y una cristalería reluciente.</p> - -<p>El comercio de hierro viejo y de trapos hacía que -la parte baja de la casa estuviera siempre poco cuidada; -los cargamentos de chatarra y papel, los carros -que se detenían a la puerta, los traperos que iban y -venían, le daban, naturalmente, un aire poco elegante -y distinguido.</p> - -<p>Desde las ventanas del piso alto y de la guardilla -se veían, por encima de las murallas y tejados del -Reducto, las aguas del Adour, hacia las Avenidas -Marinas, y los mástiles de los barcos que reposaban -en el río.</p> - -<p>Los días de niebla, muy frecuentes en el invierno -bayonés, el Adour parecía un lago de color de perla; -no se veían sus orillas y los barcos, a lo lejos, tomaban -un aire espectral, sobre todo cuando extendían sus -grandes velas amarillentas.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span></p> - -<h3 id="III">III<br /> -CHIPITEGUY Y SU FAMILIA</h3></div> - - -<p>Alberto Dollfus, conocido en Bayona por el apodo -de Chipiteguy, era un viejo de cerca de setenta años, -dedicado a la venta de trapos y de chatarra.</p> - -<p>Dollfus, alsaciano de origen, llegó a Bayona, en -tiempo de la Revolución francesa, de soldado; se estableció -en la ciudad y estuvo en España de contratista -del ejército durante la invasión napoleónica.</p> - -<p>Dollfus se casó, a principios de siglo, con María -Chipiteguy, la hija de su antecesor en el comercio de -trapos y hierro viejo de la plaza del Reducto. Alberto -Dollfus y María Chipiteguy tuvieron dos hijos, -Juan y Graciosa. Juan, de instintos aventureros, fué -a América; intentó hacer fortuna en distintos puntos, -no lo consiguió, y por último, desapareció y no -se supo nada de él.</p> - -<p>Graciosa Dollfus se casó con un contratista de -obras llamado Ignacio Ezponda. De este matrimonio -nació una niña, María Ezponda, a quien llamaban Manón. -Ignacio y Graciosa murieron jóvenes; él, de un -accidente del trabajo; ella, del cólera, en la primera -epidemia que asoló a Europa. Manón quedó con su -abuelo, quien tenía por su nieta un gran cariño; el -viejo sirvió de madre a la niña, la cuidó y la educó.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span> -Alberto Dollfus, conocido por Chipiteguy, era hombre -de pelo blanco y barba también blanca, larga, con -tonos medio rojizos, nariz curva, ojos profundos, de -expresión viva, debajo de unas cejas cerdosas y salientes.</p> - -<p>Chipiteguy andaba con frecuencia con un balandrán -de percal negro, mugriento, y boina de lana. -Para salir a la calle solía llevar sombrero de copa -alta, como un tubo, y zapatillas. Con esta indumentaria -no se diferenciaba gran cosa de los judíos comerciantes -y traperos del barrio de Saint Esprit, y -algunos le tomaban por un hijo de Israel.</p> - -<p>El viejo Chipiteguy se paseaba de arriba a abajo -por su tienda, recorría los almacenes, los cobertizos -del patio, inspeccionándolo todo, dando sus órdenes, -siempre con la pipa en la boca.</p> - -<p>El chatarrero de la plaza del Reducto era metódico -y meticuloso, como un burócrata alemán o un relojero -suizo. Chipiteguy era rico; el negocio del hierro -viejo y de los trapos le había producido mucho.</p> - -<p>Tenía, además, un almacén de botellas en la calle -de España, dos casas en la calle de los Vascos y dinero -en títulos de la Deuda y en la cuenta corriente -del Banco de Francia. Poseía, también, una casa de -campo en el camino de Biarritz, con una magnífica -huerta con árboles frutales.</p> - -<p>Chipiteguy era culto, a su modo; hablaba francés, -alemán, español y vasco. Tenía un ingenio vivo y una -marcada tendencia a la sátira y al humor.</p> - -<p>Siempre había sentido curiosidad por leer y por -enterarse; compraba libros y estaba subscrito a dos -periódicos de París y a otros dos de Bayona. En una -rinconada de la trastienda había formado una pequeña -biblioteca con libros llegados a sus manos por casualidad. -Tenía algunos volúmenes muy antiguos, colec<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span>ciones -de periódicos ilustrados incompletas, montones -de grabados y de estampas litográficas, canciones -y hojas en vascuence y pastorales vascas manuscritas.</p> - -<p>Al principio, en su juventud, el trapero había recorrido -las calles de Bayona con un saco al hombro, -en compañía de su suegro, gritando: "¡Marchand -d'habits, galons!" Después, cuando murió su padre -político, Chipiteguy inventó un pregón pintoresco, -que utilizaba en Bayona y en los pueblos vascos de -la frontera, que decía así:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">Atera, atera</div> -<div class="line">trapua saltzera</div> -<div class="line">eta burni zarra</div> -<div class="line">champonian.</div> -</div></div></div> - -<p class="center">(Saca, saca, a vender trapos y hierro viejo en dos -cuartos.)</p> - -<p class="p2">Luego, este mismo pregón lo convirtió en anuncio, -escrito en el escaparate de su tienda, y le añadió la -siguiente coletilla:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">Emen eroztenda</div> -<div class="line">modu onian</div> -<div class="line">diru au degulaco,</div> -<div class="line">alde gucietatic</div> -<div class="line">ongui etorri da</div> -<div class="line">izan oi da.</div> -</div></div></div> - -<p class="center">(Aquí se compra de buena manera, porque tenemos -dinero de todos lados. Bien venidos sean.)</p> - -<p class="p2">Además de este anuncio, a Chipiteguy le gustaba -poner otros burlones en vascuence y en francés, ofreciendo -su mercancía.</p> - -<p>El ¡atera, atera! de Chipiteguy se había hecho po<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span>pular -y él lo había convertido en su canción de bravura. -Si hacía un buen negocio o llegaba una buena -noticia, el trapero cantaba con entusiasmo su ¡atera, -atera!</p> - -<p>Cuando se murió su suegro y siguió con los negocios -de éste, a Dollfus todo el mundo le llamó Chipiteguy, -como si fuera indispensable que el trapero de -la plaza del Reducto se llamara así.</p> - -<p>El vendedor de trapos y de hierro era muy volteriano -y un poco petulante; el que le consideraran -audaz le encantaba. Cuando oía decir:</p> - -<p>—El viejo Chipiteguy es capaz de todo—sonreía -satisfecho.</p> - -<p>Chipiteguy abarcaba mucho en su comercio, tenía -la manía de adquirir lo que se le presentase; él aseguraba -que lo difícil era comprar, no vender. Chipiteguy -compraba a veces restos de ediciones, montones -de folletos, de periódicos y de libros. Luego revisaba -sus adquisiciones con cuidado.</p> - -<p>En sus cobertizos del patio se podía encontrar de -todo: ruedas, volantes, calderas, ejes de máquinas...</p> - -<p>En los almacenes, además de los fardos de trapo -viejo, de cartón y de papel, había un local grande, -lleno de objetos, procedentes de la guerra civil española. -Este local era un museo de cosas, en su mayoría -desagradables: uniformes con manchas de sangre -coagulada, escapularios que habían tomado un -color pardo, medallones hechos con pelo, pantalones, -levitas, charreteras, cascos y tricornios agujereados -por balas; toda clase de armas blancas y de fuego, -toda clase de instrumentos de música de cobre, flautas, -tambores y batutas; gran cantidad de galones y -varias miniaturas, rosarios y medallas.</p> - -<p>Los chatarreros ambulantes que entraban en España -le traían estos géneros militares, y cuando los<span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span> -sacaban de los carros para meterlos en el almacén de -Chipiteguy, enjambres de chicos de la vecindad se -amontonaban delante de la tienda para verlos.</p> - -<p>Chipiteguy mantenía relaciones con doña Paca Falcón, -la de la tienda de antigüedades, y le vendía muchas -cosas; pero había otras que no quería vendérselas -y las guardaba para él.</p> - -<p>Chipiteguy conocía y trataba a los judíos del barrio -de Saint Esprit, los cuales, para ir y volver de Bayona -a su barrio, habían de pasar por delante de la -tienda del viejo trapero.</p> - -<p>Con frecuencia se reunía en casa de Chipiteguy -gran tertulia, y los judíos y otros tenderos que tenían -puesto algún capital en negocios de España, escuchaban -las noticias que daban los chatarreros que -volvían del campo de la guerra.</p> - -<p>En el comercio de Chipiteguy llevaba la contabilidad -un tenedor de libros llamado Matías Frechón, -hombre reservado, hipócrita y poco simpático, y había -dos mozos para traer y llevar el género, uno llamado -Quintín, y el otro, Claquemain. Quintín era -bajito, delgado, afeitado, sonriente, y andaba moviéndose -de un lado a otro con un balanceo especial, -que parecía que lo hacía en broma.</p> - -<p>Claquemain, grueso y fornido, de unos cuarenta -años, con aire malhumorado y brutal, de nariz encarnada -y bigote negro, largo y caído, era borracho y -hombre de poco fiar.</p> - -<p>Quintín se ocupaba del almacén y dormía en la -casa. Claquemain servía de mozo y de carretero. -Quintín, simpático, servicial, pulcro, tenía buenas palabras -para todos; Claquemain, brusco, desagradable -y sucio, pronunciaba el francés de manera confusa, -como mascullando las palabras, y por cualquier motivo -insultaba en seguida.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span></p> - -<p>Quintín y Claquemain eran fieles a Chipiteguy; -pero su fidelidad no ofrecía los mismos caracteres. -Quintín sentía cariño por el patrón y le hubiera prestado -cualquier servicio por gusto. Claquemain pensaba -que, fuera de casa de Chipiteguy, no le sería -fácil encontrar trabajo, porque no tenía oficio, y de -aquí deducía que, mientras no le saliera alguna cosa -mejor, lo que no era probable, serviría en el almacén -del trapero.</p> - -<p>En el pueblo, sobre todo en su barrio, Chipiteguy -no disfrutaba de muy buena fama.</p> - -<p>Algunos viejos recordaban que Chipiteguy perteneció -al Comité de Salvación Pública de Bayona y -que fué amigo de los convencionales Pinet, Cavaignac, -Monestier y Dartigoeyte.</p> - -<p>Se sabía también que había proporcionado datos al -ciudadano Beaulac para escribir sus Memorias sobre -la guerra entre Francia y España, en tiempo de la -primera revolución, y se recordaba la fidelidad suya -por el viejo republicano bayonés Basterreche.</p> - -<p>Basterreche, a quien en una biografía publicada -cuando era diputado, se le definía así: la tez morena, -el talle corto, los cabellos crespos, los ojos de un sátiro -y el andar de un vasco, era muy buen amigo de -sus amigos y había favorecido a Chipiteguy en momentos -difíciles. Los dos viejos solían tener largas -conferencias.</p> - -<p>Se creía que el trapero seguía siendo jacobino. Se -sabía que más de una vez defendió a Danton y a Anacarsis -Clootz con mucho calor. Algunos rumores extraños -corrían acerca de él; se murmuraba que había -hecho contrabando, y hasta moneda falsa; se añadía -que había repartido hojas y papeles carbonarios y que -pertenecía a una sociedad secreta republicana, titulada -"Las Estaciones", en la que estaban afiliados hombres<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span> -tan peligrosos como Blanqui y Barbés. A pesar de su -republicanismo y de su volterianismo, Chipiteguy -celebraba con grandes fiestas en su casa los dos patronos -de los chatarreros, San Roque y San Sebastián; -pero era porque cualquier pretexto le parecía -bueno para un festín.</p> - -<p>Mucha gente, sobre todo los legitimistas, se lo figuraban -a Chipiteguy como un monstruo; le veían blandiendo -una pica, en cuya punta llevaba una cabeza -cortada, o escoltando con el sable en la mano y sin -camisa un carro de condenados a muerte.</p> - -<p>Vivía Chipiteguy en la casa de la plaza del Reducto -con su nieta Manón, con la sobrina de su mujer, María -de nombre; andre Mari (señora María, en vasco), -que tendría unos cincuenta años, y dos criadas; una -vieja, la Tomascha, y otra joven, la cocinera, la Baschili.</p> - -<p>Manón, que a los catorce años era vivaracha y -atrevida, prometía ser muy bonita. Manón era el -entusiasmo del viejo Chipiteguy y de toda la casa. -Chipiteguy necesitaba estar constantemente al lado -de su nieta, a quien llamaba su <i>perchanta</i>, palabra -que en vascuence quiere decir algo como avispada, -lista, viva, y que el viejo empleaba con predilección -al referirse a su nieta.</p> - -<p>También la llamaba con frecuencia sorguiña -(bruja).</p> - -<p>—Tú desciendes de brujos—la había dicho una -vez Chipiteguy a su nieta.</p> - -<p>—¿Y tú no, abuelo?</p> - -<p>—Yo, no. El segundo apellido de tu padre, Arguibel, -era de brujos. Estos Arguibel eran parientes -del célebre abate de Saint Cyran.</p> - -<p>—¿Este abate era brujo?</p> - -<p>—No; éste era jansenista, que es otra cosa más<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span> -estúpida. En el tiempo de un proceso de brujas que -hubo en San Juan de Luz, un viejo abate, Arguibel, -fué quemado en Ascain, acusado de brujería. Era, -sin duda, de los que iban a las aquelarres de Zugarramurdi -y a la ermita del Espíritu Santo, del monte -Larrun, a caballo, con la cerora a la grupa.</p> - -<p>—¿Así iban?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Pero las ceroras no serían tan viejas como -ahora, abuelo?</p> - -<p>—No; eran jóvenes, y me figuro que las habría -guapas. Por entonces también quemaron a un tal Bocal, -vicario joven de Ciburu, y a Juan de Miguelena, -de Ascain, a los dos por brujos. A muchos de nuestros -vascos, acusados de hechiceros, los quemaron -dos magistrados franceses, los dos un tanto sospechosos -de brujería; uno de ellos, de Lancre, y el otro, -de Espagnet, que tenía una casa llena de esculturas -y de signos mágicos en la calle de los Bauleros, en -Burdeos.</p> - -<p>El buen Chipiteguy sentía un gran cariño por su -nieta y hacía cuanto se le antojaba a ella, a pesar de -las protestas de la andre Mari y de la vieja criada -la Tomascha, que aseguraban que, dejando hacer todas -sus fantasías a Manón, le darían un carácter insoportable.</p> - -<p>Manón llevaba una vida independiente. Andaba -por el almacén y por la tienda de su abuelo arriba y -abajo; hablaba con los compradores y vendedores, -a pesar de la oposición de la andre Mari y de la Tomascha.</p> - -<p>El viejo manifestaba el deseo de que su nieta no -fuese una señorita tonta y melindrosa y la dejaba -entrar en la tienda e intervenir en las ventas y en las -compras; pero al mismo tiempo, cuando llegaban las<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span> -horas de lección, la enviaba a su cuarto a estudiar. -La chica tenía profesores que iban todos los días a -darle lecciones.</p> - -<p>El cuarto de Manón era el más elegante de la casa. -Estaba cubierto de papel azul, tenía muebles de laca, -sillas y sillones elegantes, una cama Imperio con colgaduras, -tocador muy bonito, varios grabados ingleses -y un piano nuevo.</p> - -<p>Manón no sentía grandes deseos de estudiar; le -gustaba mucho leer y, a veces, tocar el piano; pero -tenía por esto una afición intermitente.</p> - -<p>En su cuarto solía haber siempre una jaula de pájaros -y dos o tres gatos sobre los almohadones, con -los que jugaba la chica de la casa.</p> - -<p>A Manón, como única heredera, le esperaba gran -porvenir.</p> - -<p>—Todo esto—decía el bueno de Chipiteguy, mostrando -los montones de chatarra y los sucios fardos -de trapos y de papel—se convertirá el día de mañana -en trajes bonitos y en un coche magnífico para esta -pícara.</p> - -<p>Manón adoraba a su abuelo, y éste, cuando tenía -a la muchacha cerca de sí, con sus mejillas sonrosadas -y sus cabellos de oro, murmuraba con orgullo:</p> - -<p>—No hay otra como la nieta del viejo Chipiteguy. -Esta <i>perchanta</i> vale un mundo.</p> - -<p>Si la andre Mari o la Tomascha se hallaban delante -al oír la frase, gruñían con mal humor, porque -así, según ellas, la muchacha se iba haciendo tonta y -vanidosa.</p> - -<p>Manón era un poco arrogante, de genio variable, -en general alegre, pero a veces taciturna. Cuando hablaba -con gente desconocida, lo hacía de una manera -imperiosa y atropellada, sobre todo si la contrade<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span>cían. -En cambio, si le daban la razón, sin saber por -qué, se intimidaba y confundía.</p> - -<p>Manón era prima carnal de una muchacha, Rosa -Lissagaray, cuya familia tenía un bazar en los arcos -de la calle del Puerto Nuevo, que se llamaba "El Paraíso -Terrenal".</p> - -<p>Era un vivo contraste el que presentaban las dos -muchachitas, que eran de la misma edad: Rosa, -morena, con la cara larga, correcta, de poca expresión, -la nariz bien dibujada, labios gruesos, color pálido -y un poco miope; Manón, de cara redonda, ojos -azules brillantes, expresión de viveza felina y de audacia -un poco loca, el cabello rubio, en rizos alborotados -y cortos, que extremaban la animación de su rostro.</p> - -<p>Rosa, muy tímida, se ruborizaba con frecuencia, y -una de sus actitudes más frecuentes era el quedar -con las manos cruzadas, en señal de admiración.</p> - -<p>En la cara de Manón se traslucían impulsos atrevidos -y absurdos, una nerviosidad en los ojos y en -la boca, un temblor en la comisura de los labios, y, -a veces, cierta risa silenciosa, que le daba aspecto -inquieto y lleno de malicia. Cuando estaba contenta -solía tener un aire decidido y triunfal.</p> - -<p>La <i>perchanta</i>, como la llamaba su abuelo a Manón, -iba camino de ser una belleza. Rosita, más modesta, -a pesar de la corrección de sus facciones, no llegaba -a llamar la atención de nadie.</p> - -<p>Manón tenía una petulancia cómica de chico travieso; -repetía frases y epítetos que no comprendía -bien, dándoles, por lo mismo, aire más alocado y grotesco.</p> - -<p>Manón se burlaba de todo. Le agradaba embromar -a su prima, diciéndole que a ella le gustaría ser bailarina, -cómica o aventurera. Casi siempre tenía alrededor -cuatro o cinco mozalbetes que le rondaban la<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span> -calle y le escribían cartas de amor, de las cuales se -reía.</p> - -<p>En la tienda discutía con los compradores o con -los chatarreros que venían a vender algo, y por cualquier -motivo se le oía echar juramentos y decir palabrotas -en francés, en castellano y en vascuence, -imitándole al abuelo:</p> - -<p>—Sacre nom! Je m'en fous! Qué p... de hombre! -Váyase usted al c... ¡Arrayúa!</p> - -<p>Estas barbaridades divertían mucho al viejo Chipiteguy -y hacían llevarse las manos a la cabeza a la -andre Mari y a la Tomascha, que creían que con -esta educación la chica acabaría mal.</p> - -<p>Manón escandaliza a su prima con sus ideas levantiscas. -Cuando Rosita le hacía objeciones a sus -fantasías, con su buen sentido práctico, Manón le -replicaba cariñosamente:</p> - -<p>—Eres una niña tonta y buena.</p> - -<p>A veces, Manón, fingiéndose hastiada de todo, -decía:</p> - -<p>—Ya no quiero oír hablar de novios ni de amores. -Prefiero una buena comida, una taza de café, una -copa de coñac y después un buen cigarro.</p> - -<p>Manón tenía una manera de andar elástica, graciosa; -poseía encanto en todas sus actitudes y movimientos -y gran seguridad, más o menos fingida, -en sus decisiones.</p> - -<p>El viejo judío Manasés León, amigo de Chipiteguy, -llamaba a las dos primas Marta y María, y también -Demócrito y Heráclito. Manasés sentía gran -entusiasmo por Manón; pero prefería a Rosa, porque, -según su criterio judáico, las mujeres no debían -tener personalidad, sino ser obedientes y sumisas.</p> - -<p>Manasés sabía un refrán español, que lo repetía<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span> -con frecuencia: "Boca con rodilla y al rincón con el -almohadilla."</p> - -<p>Chipiteguy, que era medio alemán, creía lo contrario, -y le alegraba el pensar que su <i>perchanta</i> sería -capaz de desenvolverse sola en cualquier circunstancia -en que se hallase. Un sobrino de Chipiteguy, Marcelo, -decía en broma que Rosa era como las natillas, -y Manón como esos platos llenos de especias de gusto -fuerte.</p> - -<p>La tía María y las criadas, aunque admiraban a -Manón, la sermoneaban con frecuencia; pero ella no -hacía caso de sus sermones. La <i>perchanta</i> de la casa -del Reducto sabía muy bien que su abuelo salía siempre -a su defensa y la defendía con ardor.</p> - -<p>Había una alianza estrecha entre el abuelo y la -nieta.</p> - -<p>A Manón le indignaba que calificaran a su abuelo -de avaro, de cínico y de impío. Para Chipiteguy, las -dignidades no existían. Su filosofía de trapero le hacían -creer que un cáliz no se diferenciaba de una copa -más que en las perlas; que un estandarte tenía el -valor de la tela y del oro, y que una duquesa no se -diferenciaba de una lavandera más que en lo que hubiera -en ella de bueno o de malo. Chipiteguy se burlaba -del novelista Balzac, de quien se comenzaba a -hablar mucho en esta época, por el amor que el escritor -demostraba por la aristocracia. Uno de los motivos -de desprestigio de Chipiteguy era su volterianismo. -Chipiteguy creía que la religión era siempre -el manto de los hipócritas y granujas para cubrir sus -miserias y sus canalladas.</p> - -<p>Un buen católico era para él algo sucio, como un -tiñoso moral, hombre de poco fiar; capaz de todo.</p> - -<p>El había dicho una vez, recomendando a un conocido -de Estrasburgo, un abate bayonés: "Puede us<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span>ted -fiarse de él, porque, aunque cura, es buena persona."</p> - -<p>—El católico es uno de los productos más envilecidos -de la especie humana—aseguraba el trapero—. -Decidle a un católico: el ciudadano tal roba en su destino, -él le justificará; es un padre de familia, tiene -hijos... El otro abandona a su padre, lo legitimará -también; el tercero vende a su hija, lo mismo; el católico -lo legitima todo. Pero va a haber una fiesta y -un baile; entonces el católico fruncirá el ceño. Eso -es una inmoralidad, es un escándalo, es una excitación -a la lujuria—dirá—. La lujuria es cosa mala; -debíamos suprimir la prostitución—pensaréis vosotros—. -No, eso no; es un mal necesario... —afirmará -con hipocresía—. ¡Mala raza, fea raza, raza -baja, envilecida y bastarda, esa de los católicos!</p> - -<p>Muchas de las opiniones violentas que profesaba -Chipiteguy se las atribuía a un amigo suyo, el poeta -Julius Petrus Guzenhausen, de Aschaffenburg; pero -algunos pensaban que este poeta Julius Petrus era -una invención suya y que no había existido jamás.</p> - -<p>El clericalismo siempre lleva al lado la tendencia -volteriana; por eso en los países latinos el impío es -más impío que en los países protestantes.</p> - -<p>Cuando la andre Mari con la Tomascha y la cocinera -se ponían a rezar el rosario en voz alta en la -cocina, después de cenar, muchas veces Chipiteguy -exclamaba:</p> - -<p>—¡Viejas locas! No me vengáis aquí con esas monsergas. -No quiero que nos traigáis alguna desgracia -con tantos rezos. Id a la catedral. Allí tenéis bastante -sitio para repetir, sin molestar a nadie, todo el tiempo -que queráis, vuestras tonterías. Aun así, no creáis que -no hacéis daño; lo hacéis, porque venís aquí y traéis -una nube de pulgas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span></p> - -<p>La sobrina y la criada le replicaban furiosamente -y le amenazaban con el infierno, lo que a él le hacía -reír a carcajadas y decir mayores irreverencias.</p> - -<p>Otra vez que hablaban de los sermones de los curas, -que recomendaban a las mujeres que no fueran escotadas, -Chipiteguy les dijo a las de su casa, echándoselas -de ingenuo:</p> - -<p>—Lo que podíais hacer vosotras es ir adonde el -obispo, desnudas, y allí él, con ese jaboncillo que emplean -los sastres, os marcaría con exactitud en el cuerpo -hasta dónde podíais enseñar.</p> - -<p>Estas frases escandalosas indignaban a las que las -oían.</p> - -<p>La andre Mari, viuda sin hijos, mujer flaca, agria, -con cara afilada y pálida, tenía una figura que parecía -que se la veía sólo de perfil. Solía estar haciendo media -constantemente con un gato en la falda.</p> - -<p>La criada, la Tomascha, se parecía a la andre Mari -en el carácter, aunque no en el tipo; tenía aspecto -monjil, la cara redonda y abotargada, un poco como -de albuminúrica; el color muy blanco, la mirada inexpresiva -y el aire indigesto. Reñía a todas horas con -la muchacha joven.</p> - -<p>La Tomascha, indudablemente, sentía cariño por -Chipiteguy y por la casa; pero a veces parecía que se -recreaba con las desgracias.</p> - -<p>La Tomascha era, principalmente, una mujer fatídica -y daba las malas noticias con fruición, cosa que -a Chipiteguy indignaba. Varias veces el chatarrero dijo -a la andre Mari que se fuera la Tomascha a su pueblo -y que él le seguiría pasando el salario; pero la Tomascha, -al saberlo, derramó un mar de lágrimas.</p> - -<p>La Baschili, la cocinera, era muy enamoradiza, y -siempre tenía algún novio o amante, con quien paseaba -los domingos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span></p> - -<p>Se decía que había tenido un chico en el pueblo, y -la Tomascha se lo había contado a la andre Mari y la -andre Mari a Chipiteguy.</p> - -<p>—Aunque hubiese tenido un regimiento no la despacharía—replicó -el trapero del Reducto—; yo no -le exijo a ella voto de castidad, sino que guise bien.</p> - -<p>La asistenta de la casa de Chipiteguy, que barría -y fregaba los almacenes y la tienda, era gascona, juanetuda, -robusta y locuaz. Se la conocía por su apellido -la Mazou.</p> - -<p>La Mazou era turbulenta y estaba atormentada por -el deseo de la acción; cuando había que hacer un trabajo -extraordinario gozaba.</p> - -<p>La Mazou, recia y cuadrada, tenía tanta fuerza como -un hombre.</p> - -<p>—Esta ha nacido para tener una docena de hijos—decía -Chipiteguy—; pero como es inteligente como -una mula y áspera como un cardo, se ha quedado soltera.</p> - -<p>—¡Bah! ¡Si hubiera querido!—replicaba ella.</p> - -<p>La Mazou bebía a veces un trago, al emprender -algún trabajo de fuerza, en compañía de Quintín o -de Claquemain.</p> - -<p>A pesar de que ella andaba cerca ya de los cincuenta -años, Quintín la había pretendido; pero la Mazou despreciaba -al mozo porque era chiquito y de poco cuerpo.</p> - -<p>Chipiteguy se burlaba de la gente de su casa, menos -de Manón. También se burlaba mucho de los judíos -que iban a su tienda; había asistido repetidas -veces a los oficios en la Sinagoga y satirizaba los cantos -y los lamentos de los hijos de Israel.</p> - -<p>Les recordaba la época anterior a la Revolución, -que él había llegado a conocer, en la cual los judíos -de Saint Esprit, a quienes también se llamaban los<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span> -portugueses y los nuevos cristianos, no podían habitar -el casco de Bayona.</p> - -<p>Les decía que se contaba entonces que los judíos -del barrio de Saint Esprit, cuando tomaban nodrizas -cristianas, los días de comunión les vaciaban el pecho, -para que en su cuerpo no hubiese ni rastro del cuerpo -divino de Jesucristo.</p> - -<p>Les hablaba, como si fuera verdad, de que celebraban -la Pascua con sangre de cristianos y de los -asesinatos rituales.</p> - -<p>El fingía creer, para sacar de sus casillas a los judíos, -que éstos hacían manjares con sangre de niño -cristiano, y recordaba que en Metz había sido quemado -un judío, Rafael Levi, acusado de haber matado -a un niño de tres años con ese objeto culinario.</p> - -<p>—En mi país—solía decir—se les tiene mucho -odio.</p> - -<p>Y solía contar esta anécdota:</p> - -<p>"Al entrar en Metz el mariscal de la Ferté, los judíos -de la ciudad fueron a saludarle. Cuando le dijeron -que había en la antecámara una comisión de israelitas, -gritó:</p> - -<p>—No quiero ver a esos granujas que crucificaron -a Nuestro Señor; que no les dejen entrar.</p> - -<p>Se les dijo a los hebreos que el mariscal no podía -recibirles. Ellos respondieron que lo sentían mucho, -porque iban a llevarle un regalo de cuatro mil pistolas. -Se advirtió al mariscal a lo que iban y el mariscal -dijo al momento:</p> - -<p>—Hacedles entrar en seguida. ¡Pobre gente! Se -les acusa sin razón. Ellos no le conocían a Cristo -cuando le crucificaron."</p> - -<p>El trapero, al contar esto, se reía a carcajadas.</p> - -<p>Chipiteguy, según decía, había hecho lo posible -para adornar con cuernos la cabeza de algunos ami<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span>gos -israelitas; pero esto, como se sabe y como repetía -su amigo Julius Petrus Guzenhausen de Aschaffenburg, -no es más que un mal de imaginación y ningún -casado podía tener la seguridad de no padecerlo.</p> - -<p>En la juventud de Chipiteguy el barrio de Saint -Esprit conservaba algo de ghetto; las casas solían -estar cerradas al anochecer, los hombres andaban con -balandranes, las mujeres pálidas, de ojos negros, se -asomaban a las ventanas, y se oía una jerga medio -española, medio hebrea.</p> - -<p>Chipiteguy contaba sus aventuras amorosas de joven -con las muchachas judías del barrio, lo que escandalizaba -mucho.</p> - -<p>A las bromas del viejo trapero, los israelitas contestaban -hablando y accionando violentamente, y contaban -con un estilo florido las persecuciones sufridas -por la raza. El tema que manejaba siempre Chipiteguy -era el de la avaricia. Los judíos le achacaban -a él idéntico defecto.</p> - -<p>Los más habituales en casa de Chipiteguy eran Manasés -León, el prendero; Haim Gómez, del gremio -de mercería, e Isaac Castro, vendedor de fruta.</p> - -<p>A fuerza de echarse en cara Chipiteguy y sus amigos -su roñosidad y su sordidez, habían llegado a considerar -este vicio como condición divertida y pintoresca.</p> - -<p>Al ir y venir de Saint Esprit a Bayona, por el -puente de barcas, se formaba gran sanhedrín de judíos -en la tienda de Chipiteguy, y parecía aquello una bandada -de cuervos; y entre las voces gangosas y agudas -de los hebreos y sus accionados y gestos de polichinelas, -resonaban las carcajadas de Chipiteguy. Este -hablaba siempre con desprecio de la Biblia y los judíos -defendían su libro santo con fervor; pero más -que las cuestiones religiosas les apasionaba la cues<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span>tión -del dinero y el reproche que se hacían unos a -otros de avaricia.</p> - -<p>Todas las anécdotas viejas y conocidas de avaros -y de usureros se atribuían al contrincante.</p> - -<p>El avaro, que retenía la respiración cuando se le -tomaba medida de un traje, para parecer menos grueso -y hacer que el sastre pusiera menos paño; el que fué -achicando la ración de paja y cebada al caballo, y -cuando éste murió de hambre, dijo: "¡Qué lástima! -Ahora que se iba acostumbrando..."</p> - -<p>Otra porción de rasgos, dignos de Harpagon, de -Shylock o del licenciado Cabra, se atribuían unos a -otros.</p> - -<p>En realidad, todos aquellos judíos, Nathan, David -o Salomón, ropavejeros y prestamistas a la antigua -escuela, con sus gabanes raídos y sus sombreros sebosos, -con sus procedimientos usurarios y sus tiendencillas -negras, tenían que considerarse derrotados -por usureros de nuevo estilo, más elegantes y atildados, -que paseaban en coche o a caballo, vestían como -dandys y se iban haciendo millonarios.</p> - -<p>A Chipiteguy y a los judíos amigos no les interesaban -tanto las grandes hipotecas como las pequeñas -raterías.</p> - -<p>Entre éstos era un gran mérito el engañar a un -compañero, el hacerse convidar o el conseguir algo -de balde.</p> - -<p>Se vanagloriaban todos de las jugarretas que se -hacían para engañarse.</p> - -<p>Un comerciante, algo letrado, había llamado a la -casa de Chipiteguy la Escuela de los Avaros.</p> - -<p>Cuando sus amigos judíos no estaban delante, Chipiteguy -no era roñoso, y todo lo que le pedía su nieta -lo concedía al momento.</p> - -<p>En lo que no quería gastar era en su indumentaria.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span></p> - -<p>—Un trapero elegante sería ridículo—decía él.</p> - -<p>Cuando Chipiteguy se quitaba su hopalanda mugrienta -se le veía vestido con un chaquetón desteñido, -que era difícil suponer cuál sería su color primero; -unos pantalones zurcidos y remendados y un chaleco -viejo de nankin. Chipiteguy no quería elegantizarse; -le gustaba aparecer tal como había sido siempre.</p> - -<p>A pesar de su roñosidad para sí mismo, era espléndido -en otras cosas.</p> - -<p>En la mesa gastaba mucho. La cristalería era siempre -fina y nueva. Chipiteguy no podía soportar una -mancha en el mantel; así que había que renovarlo -para cada comida. En casa de Chipiteguy se comía -bien y se bebía a pasto vino de Burdeos y de Borgoña. -Le gustaban también al viejo los licores, y tomar, después -de comer, unas copas de coñac antiguo.</p> - -<p>Con este trato, su nariz y sus mejillas habían adquirido, -en algunos puntos, tonos de carmesí, que se -convertían en violáceos. Con aquel régimen de vida, -Chipiteguy tenía tendencia a la gota, y a veces padecía -cálculos. En estas épocas pasaba días tristes, alicaído -y pensativo; pero cuando se curaba, volvía a la -jovialidad. Decía que a él le tendrían que poner el -mismo epitafio que hizo Desaugiers, un autor de canciones, -enfermo de mal de piedra, de sí mismo:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">Ci-git helas, sous cette pierre</div> -<div class="line">un bon vivant mort de la pierre</div> -<div class="line">passant, que tu sois Paul ou Pierre</div> -<div class="line">ne va pas lui jeter la pierre.</div> -</div></div></div> - -<p>A pesar de sus burlas, Chipiteguy tenía un fondo -de misticismo. Había en él algo del sentido contemplativo -del alemán, unido a la impiedad ligera del -francés; pero quizá la tendencia mística y vaga era<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span> -en él lo más profundo. Se pasaba muchas horas mirando -el agua del río, pensando vagamente en las -fuerzas de la Naturaleza. También se abstraía fumando -en su pipa y viendo las volutas de humo en el -aire o contemplando las llamas de la lumbre.</p> - -<p>—¿Duermes, abuelo? le preguntaba su nieta.</p> - -<p>—No; estoy pensando.</p> - -<p>—¿Pensando en qué?—le preguntaba Manón.</p> - -<p>Indudablemente, el viejo pensaba con vaguedad en -muchas cosas, también vagas, porque en él había esta -tendencia por la meditación.</p> - -<p>A veces no pensaba en nada y estaba inmóvil, con -la mirada perdida, como aletargado.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span></p> - -<h3 id="IV">IV<br /> -LA TABERNA DE OCHANDABARATZ</h3></div> - - -<p>La calle de los Vascos, en Bayona, calle estrecha, -húmeda y negra, paralela a la corriente del Nive y a -la calle de España, era y es una de las más obscuras -del pueblo. En ella olía siempre a humedad y a pescado, -lo que hacía que el ambiente no fuese muy -agradable de respirar. Había entonces en esta calle -almacenes de salazón y se instalaban pescaderías ambulantes -en el arroyo.</p> - -<p>En tiempo de la primera guerra civil española, las -tiendas de la calle de los Vascos eran pocas: algunos -almacenes de pescado, barricas, botellas y trapos viejos, -dos posadas, la fonda de Iturri y la Guetaldia, -donde se refugiaban los campesinos vascos de las aldeas -próximas y los carlistas de poco dinero; varias -tabernas, traperías y alguna cacharrería que lucía en -el escaparate jarras, huchas de barro y cometas de -papel de colores.</p> - -<p>En la calle, la casa más cuidada y limpia era la -posada de Iturri, que en la planta baja tenía una -tienda de mercería, en la que se mostraban pañuelos -de seda de vivos colores. La posada de Iturri gozaba -de fama de sitio respetable y en donde se comía bien.</p> - -<p>Entre las dos o tres tabernas de la calle de los Vas<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span>cos, -las más frecuentadas, las que estaban casi siempre -llenas, eran la taberna del Español y la de Ochandabaratz. -Esta última se llamaba también la taberna -del Gallo Rojo, porque su enseña representaba un -gallo, pintado de rojo, cantando sobre una bola.</p> - -<p>La taberna de Ochandabaratz, obscura y siniestra, -se hallaba en un sótano grande, y el invierno estaba -siempre iluminada con quinqués, porque si no, en su -fondo, no se veía con la luz del sol.</p> - -<p>La taberna no tenía portada alguna, y únicamente -las paredes de la casa, en el piso bajo, aparecían embadurnadas -de pintura de color parduzco, que saltaba -de las piedras, y que dejaba a éstas como recubiertas -por escamas.</p> - -<p>Se entraba por el zaguán, y a mano izquierda estaba -la taberna, a la que se bajaba por unos escalones; -había en este sótano un ventanal de cristales -pequeños y emplomados a la calle y una ventana enfrente -a un patio; pero ni el ventanal ni la ventana -daban luz bastante para que se viera con claridad en -el interior.</p> - -<p>Era la taberna grande y espaciosa, con un mostrador -enorme, recubierto de cinc, con frascos, botellas -de licores y damajuanas negras. Las paredes tenían -un zócalo de madera y había varias mesas y -bancos.</p> - -<p>La taberna se continuaba por un corredor, al que -iluminaba la ventana del patio. En este corredor había -dos grandes filas de barricas.</p> - -<p>Ochandabaratz, el amo de la taberna, era hombre -de unos cincuenta años, grueso, un poco asmático, -muy sentencioso, con aire reservado. Gastaba siempre -camisa blanca, de gran cuello; blusa negra y -boina grande. Su mujer era guapa y vistosa; sus dos -hijas, muy bonitas; el criado Shanchín, vivo como<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span> -un mono, y la muchacha Leonie, guapetona, rubia y -apetitosa.</p> - -<p>En la taberna había siempre gente, de día como -de noche; al parecer, los géneros de Ochandabaratz -tenían fama de exquisitos, y el vino y los licores de -la taberna podían competir con los de los mejores -hoteles de Bayona.</p> - -<p>Una tarde lluviosa y de invierno estaban en la taberna -de Ochandabaratz una porción de tipos, bastante -extraños, formando animado grupo. Eran éstos -el cochero de una funeraria, llamado Tapín; Benedicto, -el campanero de la Catedral; un sepulturero -jorobado, conocido por Patrich; el piloto Ibarneche, -Bidagorry, el carbonero de la calle del Pont Traversant, -que tenía una pierna de palo; el maestro de baile -Cuyala, de la calle del Oeste, y tres chatarreros; Michú -el de la Vieja Encina de la calle de Bourg Neuf; -Larroque el de las Armas de Francia, del muelle de -la Galuperie, y Portefaix, el de la Linda Fragata de la -calle de Pontriques.</p> - -<p>Los más señalados de estos tipos eran Patrich, por -su joroba, y Bidagorry, por su pierna de palo; pero -los otros tenían también carácter. Ibarneche, el piloto -era alto, colorado, la cara ancha, con anteojos, la pipa -en la boca; Cuyala, el maestro de baile, elegante, flaco, -melenudo, pálido, con un levitín azul, con botones dorados, -corbata roja y pantalón corto, lucía las pantorrillas; -Michú gastaba sombrero de copa y gabán hasta -los pies, y tenía cara de loro, picada de viruelas; Portefaix -poseía unos ojos saltones, desvaídos, como -dos huevos, y una cara de rana, entre sonriente y -triste, y Larroque, que vestía con un abrigo harapiento -y un casquete, tenía la cara llena de cicatrices, -un ojo nublado, el otro, malicioso, verde gris, rojizo, -lleno de inteligencia, de picardía y de desvergüenza.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span> -Estos tres chatarreros, Michú, Larroque y Portefaix, -solían ir a España con frecuencia a comprar -hierro viejo, granadas y armas, y negociaban y cambalacheaban -con Chipiteguy.</p> - -<p>El sepulturero jorobado Patrich celebraba, según -decía, a todo el que se le acercaba, dos acontecimientos -transcendentales de su vida: uno, que le había -tocado la lotería; el otro, que se le había muerto la -mujer en San Juan Pie de Puerto.</p> - -<p>Con tal motivo, Patrich se dedicaba a las más extrañas -locuras y cantaba y bailaba alegremente. Patrich -mostraba una gran alegría por la muerte de su -mujer, y, sin embargo, había quien aseguraba que días -antes le había visto llorando por el mismo motivo. En -un bufón como él cualquier cosa era posible.</p> - -<p>Mientras el grupo celebraba el jolgorio, se asomaron -a la taberna el viejo Chipiteguy y el judío Moisés -Panighettus, dueño de una trapería, próxima a -la Puerta de Francia.</p> - -<p>Patrich, el jorobado, se apresuró a saludar a Chipiteguy -y a Panighettus; les contó el motivo de su -fiesta y les invitó a sentarse.</p> - -<p>Chipiteguy dijo que tenía que ir a una casa suya -a cobrar las rentas.</p> - -<p>—Sentarse, sentarse; no hay prisa—gritó el jorobado.</p> - -<p>—¿Qué, viene usted a cobrar la casa?—preguntó -Ochandabaratz a Chipiteguy.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Ya pagan esos españoles?</p> - -<p>—No hay más que uno o dos—contestó Chipiteguy.</p> - -<p>—Ya pagarán—exclamó Patrich, el jorobado—. -Todo el mundo paga al último; los unos con su mo<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>neda, -los otros con su cuerpo. ¡Je! ¡Je! ¡Je! No hay -que apurar a nadie. Vamos otra vez a cantar.</p> - -<p>Cantaron todos a coro, en vascuence, la canción -recogida por el doctor Larralde, de San Juan de Luz: -"Errico festac biaramumiam" (El día siguiente de la -fiesta), la copla que empieza pintando la escena de -cuatro mujeres, tres solteronas y una viuda, que juegan -al truque un día de fiesta en la calle de una aldea -vasca, a la sombra, las cuatro un poco borrachas.</p> - -<p>La cantaron de manera desigual, porque cada uno -se marchaba por su lado y algunos no sabían vascuence.</p> - -<p>Después, el piloto Ibarneche entonó, a media voz, -algunas canciones románticas del mar:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">Ichasua laño dago</div> -<div class="line">Bayonaco alderaño.</div> -<div class="line">Nic zu zaitut maitiago</div> -<div class="line">choriyac beren umiac baño.</div> -</div></div></div> - -<p class="center">(El mar está cubierto de niebla hacia el lado de -Bayona. Yo te quiero más que el pájaro a su crías.)</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">Santa Catalin aurrera</div> -<div class="line">bischigutan azi dera.</div> -<div class="line">Ondo irteten baguera</div> -<div class="line">laster neria izango cera.</div> -</div></div></div> - -<p class="center">(Antes de Santa Catalina hemos empezado la pesca -del besugo. Si salimos bien, pronto serás mía.)</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">Gure oroliz aita dago</div> -<div class="line">laño bian gaberaño.</div> -<div class="line">Nic zu zaitut maitiago</div> -<div class="line">arraichuac ura baño.</div> -</div></div></div> - -<p class="center"><span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span> -(Nuestro recuerdo está erguido hasta debajo de la -niebla. Yo te quiero más que los pececillos al agua.)</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">Ichasua urac aundi,</div> -<div class="line">es tu ondoric agueri.</div> -<div class="line">Pasaco nisaqueni andic</div> -<div class="line">maitea icuzteagatic.</div> -</div></div></div> - -<p class="center">(En el mar de grandes olas, no se ve bien. Yo pasaría -siempre por el mar para ver a mi amada.)</p> - -<p class="p2">La especialidad de Ibarneche, además de sus canciones -románticas, era el comer copiosamente. Había -hecho el piloto muchas apuestas y las había ganado. -Se había comido una vez un cordero con la mayor -parte de los huesos. Para él, tragarse dos gallinas, -dejando solo el pico, era un juego. Con el pico no -podía; ante el pico se declaraba vencido. Había comido -también una merluza y cuatro docenas de huevos -en una comida.</p> - -<p>En beber era más moderado; no llegó a pasar nunca -de los cuarenta vasos de sidra en una tarde ni de los -veinte de vino.</p> - -<p>Mientras cantaba Ibarneche, Bidagorry, el carbonero, -seguía el ritmo de la canción y ponía los ojos -en blanco y la cara lánguida y triste. Esta acomodación -rápida era la especialidad de Bidagorry.</p> - -<p>Patrich, el sepulturero, poco partidario de cosas -melancólicas—la melancolía no es para sepultureros, -decía él—, se puso a cantar y a bailar unas coplas -donostiarras de soldados con aire de fandango. -Lo cómico, para los que las oían, era que Patrich no -sabía vascuence y a veces decía una cosa por otra.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span> -La canción era así:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">¡Ay, Madalén, Madalén;</div> -<div class="line">Madalén gajoa!</div> -<div class="line">Bigarren batalloyan</div> -<div class="line">daucazu majoa.</div> -<div class="line">Chiquichua da baña,</div> -<div class="line">mutico polita,</div> -<div class="line">Cazadorietaco</div> -<div class="line">cabo primeroa.</div> -</div></div></div> - -<p class="center">(¡Ay, Magdalena, Magdalena; pobre Magdalena! -En el segundo batallón tienes tu majo. Es pequeño, -pero guapo chico, y cabo primero de Cazadores.)</p> - -<p class="p2">Bidagorry recalcó la intención de la copla, dando -a su fisonomía un aire desvergonzado y alegre.</p> - -<p>La canción, ya de por sí grotesca, cantada y bailada -por Patrich, lo era más. Patrich, viejo, cojo, pequeño -y jorobado, de cara audaz, barbas largas y -blancas, los ojos redondos, negros y brillantes, ojos -de lechuza, la nariz chata, la frente ancha y prominente -y la calva hasta el cogote, tenía un aire socrático.</p> - -<p>Patrich vestía macfarland negro y raído, sombrero -de copa sucio y despeinado. Su atrevimiento y -su impertinencia resultaban un tanto importunas. -Era, además, un bufón antipático, porque con mucha -facilidad, en medio de la broma, se molestaba o tomaba -una actitud sentimental, de borracho, desagradable.</p> - -<p>Después de los versos a Magdalena vinieron coplas -dirigidas a algunos galanes, que tendrían en su -tiempo gran cartel entre las criadas y costureras donostiarras:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span></p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">Bata, García; eta</div> -<div class="line">beztea, Domingo;</div> -<div class="line">onezquero gauz onic</div> -<div class="line">ez ditec eguingo.</div> -<div class="line">Euscaldunac desaire,</div> -<div class="line">oyequin amigo.</div> -<div class="line">Berac deitzen ciyoten:</div> -<div class="line">"Venga usted conmigo".</div> -</div></div></div> - -<p class="center">(El uno, García; el otro, Domingo; hasta ahora, -seguramente, no habrán hecho cosa buena. A los vascongados, -desaires, y con esos otros, amigas. Ellas -mismas les decían: "Venga usted conmigo".)</p> - -<p class="p2">Hay que suponer que estas damas que decían a los -cabos primeros y a los sargentos: "Venga usted conmigo" -no serían de la alta sociedad, ni aparecerían en -el Almanaque de Gotha, aunque algunos demagogos -suponen, quizá con poco respeto, y sobre todo con -pocos datos personales, que son principalmente las -damas empingorotadas, las del Almanaque de Gotha, -las que tiene una inclinación a decir a los cabos primeros -y a los sargentos: "Venga usted conmigo".</p> - -<p>Esta cuestión es, sin duda alguna, difícil de resolver -experimentalmente y la abandonamos para que -la estudien los especialistas.</p> - -<p>Patrich se cansó de su baile y de su canto y se sentó -a beber un gran vaso de vino.</p> - -<p>En tanto, uno de los chatarreros, que solía entrar -con frecuencia en España, salmodió esta obra maestra -híbrida vasco-castellana, también donostiarra;</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i3">Un militar le dice:</div> -<div class="line i2">"Nere maite ederra,</div> -<div class="line i2">solamente tu cara</div> -<div class="line i2">ematen dit guerra".</div> -<div class="line i2">Y ella contesta al punto:<span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span></div> -<div class="line i2">"Ez bildurric izan</div> -<div class="line i2">izan bear badezu</div> -<div class="line i2">mi bravo capitán".</div> -</div><div class="stanzac"> -<div class="line i1">Damacho ederra, mozo valiente,</div> -<div class="line">ella jostuna, él subteniente,</div> -<div class="line">y ella le ha dicho milla bider</div> -<div class="line">que le hacen falta bi charreter.</div> -</div></div></div> - -<p class="center">(Un militar le dice: "Amada hermosa, solamente -tu cara me da a mí la guerra". Y ella contesta al -punto: "No tenga usted miedo si tiene usted que ser -mi bravo capitán". Bella damita, mozo valiente, ella -costurera, él subteniente, y ella le ha dicho muchísimas -veces que le hacen falta dos charreteras.)</p> - -<p class="p2">El autor comprende que es un poco abusivo el poner -tantas canciones insignificantes. A él le dicen -algo, aunque a la mayoría de sus lectores, claro es, -no le dicen nada. El autor es un individualista y las -pone.</p> - -<p>Uno de los traperos, medio ciego, sacó un caramillo -de hoja de lata y se puso a tocar monótonamente la -canción de Cadet Rouselle.</p> - -<p>Después de esto, Patrich echó los pies por alto, se -balanceó como una bailarina, lanzó ronquidos desvergonzados, -puso la cabeza en el suelo, dió una vuelta -y quedó sentado.</p> - -<p>Poco después apareció Patrich, montando sobre unos -zancos y andando en la taberna, casi tocando el techo. -El enano jorobado se sentía así alto y poderoso.</p> - -<p>El viejo Chipiteguy, que había permanecido durante -todo el tiempo bebiendo y riendo, se citó para -el día siguiente con Moisés Panighettus y se levantó -para salir de la taberna de Ochandabaratz.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span> -—¡Adiós, señores!—dijo.</p> - -<p>—¡Eh, tío!—le gritó Patrich—. No se vaya usted; -hay que cantar su canción.</p> - -<p>La gente de la taberna no hizo mucho caso, y Patrich -se incomodó.</p> - -<p>Patrich era hombre violento e imperativo; obligaba -a que se cantaran ciertas canciones y ponía el veto a -otras que no le gustaban.</p> - -<p>No parecía sino que tenía algún derecho especial -para mandar en todo cuanto fuera musical y filarmónico -en casa de Ochandabaratz.</p> - -<p>Patrich se quitó los zancos e increpó a unos y a -otros, imponiendo silencio con siseos y manotadas.</p> - -<p>Cuando lo consiguió inició la canción de bravura -de Chipiteguy y la cantaron a coro, a voz en grito:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">Atera, atera,</div> -<div class="line">trapua saltzera</div> -<div class="line">eta burni zarra</div> -<div class="line">chaponian.</div> -</div></div></div> - -<p>Chipiteguy, riendo, saludó a todo el mundo y salió -a la calle.</p> - -<p>—¡Adiós, tío!—le volvió a decir Patrich.</p> - -<p>Patrich solía bromear muchas veces llamando tío -a Chipiteguy. La razón de este supuesto parentesco -era la siguiente. Hacía ya muchos años, en los primeros -tiempos del Imperio, vivían dos hermanas, muy -guapas, las dos casadas, en la calle Pontriques. Ambas, -con unanimidad extraña, engañaban a sus maridos. -De una de ellas se decía que estaba enredada -con Chipiteguy, y de la otra, que era la querida de -un tal Lafón, vendedor de hierro.</p> - -<p>El marido de la de Lafón, a quien llamaban Pu<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span>teche, -era un cínico, que se dedicaba a vivir de lo que -traía su mujer.</p> - -<p>—Buena boquilla—le decían los amigos.</p> - -<p>—De Lafón—contestaba él sonriente.</p> - -<p>—Hermosa cadena de reloj—le decía el otro.</p> - -<p>—De Lafón—replicaba él.</p> - -<p>—¡Qué bonito sombrero lleva usted!</p> - -<p>—De Lafón.</p> - -<p>Las dos hermanas, guapas y alegres, tuvieron por -entonces dos chicos: Máximo Castegnaux, que se -atribuyó a Chipiteguy, y Patricio Larroque (Patrich), -que se atribuyó a Lafón.</p> - -<p>Dado el estribillo de Puteche, naturalmente, se -hizo este chiste fácil. Un amigo le había dicho, señalando -al niño de la mujer de Puteche:</p> - -<p>—¡Qué chico más guapo!</p> - -<p>Y él había contestado:</p> - -<p>—De Lafón.</p> - -<p>La anécdota era falsa, porque ni el chico era guapo -ni Puteche había dicho estas palabras.</p> - -<p>No se sabe por qué, si es que Lafón daba poco dinero -a su querida, o si es que ésta pretendía hacer -economías; el caso fué que Puteche comenzó a notar -que la comida en su casa se reducía hasta unos extremos -inverosímiles. A pesar de su tranquilidad -filosófica, un día Puteche ya saltó, y, cogiendo indignado -un plato de acelgas y tirándolo por la ventana, -dijo a su mujer:</p> - -<p>—No tienes vergüenza. ¿Esta es una comida regular -para un marido complaciente?</p> - -<p>Como la irregularidad de la vida de las dos hermanas -la conocían todas las comadres del barrio, los -chicos Máximo y Patricio no lo ignoraban; y cuando -los dos primeros reñían, el uno decía al otro: "¡Chipiteguy! -¡Chipiteguy!", y el otro le contestaba:<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span> -"¡Lafón! ¡Lafón!" Los padres, por lo menos padres -legales, se quedaban tan tranquilos al oirlo; no -así las madres; a veces, a éstas les entraba una cólera -furiosa al oír "¡Chipiteguy! ¡Chipiteguy! ¡Lafón! -¡Lafón!", y andaban con los muchachos a zapatazos. -Cuando murió Lafón decía Puteche:</p> - -<p>—Veinte años ha sido mi mujer la querida de Lafón -y ese cochino no le ha dejado nada en su testamento.</p> - -<p>Todo el mundo le tenía a Puteche por un cínico y -por un sinvergüenza. Indudablemente, al hombre le -producía risa la idea de ser un marido engañado y -que lo que para otros es un motivo de tristeza y de -vergüenza, para él fuera un motivo de chunga. Sin -embargo, algún resquemor debía quedar en él, porque -se dijo que, cuando se murió, se le acercó la mujer -a la cabecera de la cama y él la dijo:</p> - -<p>—Fuera p...</p> - -<p>Max Castegnaux y Patricio Larroque, los dos primos -que de chicos se echaban en cara su atribuída -paternidad, llegaron a ser amigos.</p> - -<p>Max Castegnaux fué gran calavera. Una de sus -gracias consistía en decirle a Chipiteguy, cuando pasaba -a su lado: "¡Adiós, padre!"</p> - -<p>Max, después de varias locuras, sentó plaza y estuvo -en Argelia, donde llegó a ser sargento.</p> - -<p>Patrich, el jorobado, se hizo sepulturero y consideraba -a Chipiteguy de la familia y le llamaba siempre -tío.</p> - -<p>Al marcharse de la taberna de Ochandabaratz, Patrich -llamó a un violinista callejero y le hizo tocar; -pero aburrió pronto a los reunidos.</p> - -<p>—A ver tú, Patrich—dijo Ibarneche—; dinos algunos -epitafios del cementerio.</p> - -<p>—No, ahora no—replico el sepulturero.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span> -—Sí, sí—gritaron todos.</p> - -<p>—Bueno, pues allá va uno. Auténtico: el del niño -Pedro Verrue: "Aquí yace el niño Pedro Verrue, de -tres años y dos meses. Fué abnegado, discreto y justo. -Su vida fué una larga cadena de sufrimientos, -que soportó con entereza y resignación cristiana".</p> - -<p>Todo el mundo se echó a reír.</p> - -<p>—¡Otro, otro!—dijeron.</p> - -<p>—El epitafio de la viuda de Routier, a quien conocimos -todos por su genio agrio; también auténtico: -"Aquí yace María Francisca Bachelin, viuda de Routier, -muerta a la edad temprana de 79 años. Era un -ángel. Sus hijos, hijos políticos y nietos depositan -sobre su tumba esta corona por su virginal pureza".</p> - -<p>—¡Otro, otro!</p> - -<p>—"Aquí yace Juan Bautista Colardeau, muerto a -los siete años y medio, de la escarlatina. Fué buen -hijo, buen ciudadano y amante de su patria. Rogad -por él".</p> - -<p>Siguieron las risas en el público.</p> - -<p>—¡Más, más!</p> - -<p>—No, basta por hoy—dijo Patrich con su aire rotundo—. -Uno para terminar, también auténtico: "Yace -aquí Luis Bernardo Chevrau, fabricante de jabón -y de vulneraria de los Alpes. Fué padre de familia modelo, -sargento de la Guardia nacional y buen ciudadano. -La humanidad doliente le debe la mejor vulneraria -suiza, que la viuda sigue fabricando en Bayona, -en la calle del Oeste, núm. 4".</p> - -<p>Rieron de este último epitafio y Patrich no quiso -continuar.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span></p> - - -<h3 id="V">V<br /> -LOS INQUILINOS DE CHIPITEGUY</h3></div> - - -<p>La casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos, era -alta, negra, con ventanas que se abrían en la obscura -pared.</p> - -<p>Vivían en ella muchos inquilinos, la mayoría gente -pobre, empleados de tiendas y de oficinas, retirados y -obreros. En los bajos había un almacén de botellas y -otro de carbón.</p> - -<p>La escalera de la casa, lóbrega y sombría, daba a un -patio pequeño y negro; el portal, húmedo, con una caseta -cubierta de cinc, se hallaba siempre a obscuras. -La casa tenía cinco pisos y en cada piso tres puertas; -al lado de cada una colgaba la cadena de la campanilla -con un anillo de metal, y estos anillos, lo mismo que el -pasamanos de la escalera, estaban como lubrificados -por una grasa viscosa y fría.</p> - -<p>De trecho en trecho, en la escalera siniestra, se -abrían ventanas que daban al patio, por las que se -veía la parte de atrás de otras casas, sombrías y leprosas.</p> - -<p>Por aquella escalera subían y bajaban viejas con -aire de suspicacia que parecían montones de ropa sucia, -tocadas con calotas, cofias y sombreros marchitos; -con trajes que olían a trapo raído y a paraguas moja<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span>dos; -y viejos de sombrero de copa antiguos y redingotes -de otra época que les llegaban hasta las pantorrillas.</p> - -<p>Al entrar en su casa, Chipiteguy se dirigió primeramente -al almacén de botellas del piso bajo. Cuidaba -este almacén una vieja arrugada que interrumpía a -ratos la tarea de hacer media para comer pan y queso. -La vieja, al ver a Chipiteguy, se levantó y sacó de un -armario el dinero del alquiler; luego se puso a contar, -medio en francés, medio en vascuence, una historia -aburrida de su juventud, riéndose de cuando en cuando -para mostrar sus encías, desprovistas de dientes.</p> - -<p>Del almacén de botellas pasó Chipiteguy al del carbón; -luego subió a los cuartos. Aquí vivía con su mujer -un retirado, que mataba el tiempo paseando por las -calles o por el corredor de su casa. El retirado pagó -su alquiler en seguida.</p> - -<p>Otro inquilino era un español, siempre embozado en -su capa, con una venda que le tapaba la nariz y la boca. -Este español se hacía pasar por inválido de la guerra, -cosa falsa, pues sus llagas procedían de un lupus que le -iba carcomiendo la cara.</p> - -<p>A pesar de ello, el hombre parecía contento, comía -y fumaba y no se preocupaba de su mal, lo que a Chipiteguy -le producía gran extrañeza. Este hombre se -ponía de guardia a la puerta de las casas de los carlistas -de buena posición y no pedía limosna; tomaba lo -que le daban. El pseudo-inválido pagó su alquiler.</p> - -<p>Otra inquilina era una vieja ex-mercera. Esta vieja -rica parecía un montón de harapos. Llevaba botas muy -grandes y destrozadas, un bastón en la mano y pañuelo -rojo en la cabeza. Al encontrarse con Chipiteguy -se lamentó de su falta de recursos. Al parecer, se quejaba -constantemente de su miseria, aunque todo el -mundo sabía que guardaba mucho dinero.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span></p> - -<p>En el último piso de la casa, en habitaciones medio -aguardilladas, vivían un maestro de música, apellidado -Chibitua; un zapatero sansimoniano, Palasou; un tornero -y un español, el señor Sánchez de Mendoza.</p> - -<p>Chibitua componía romanzas sentimentales y al mismo -tiempo tocaba un oboe en una banda. Tenía muchos -hijos. Al pobre hombre, no se sabe si de tocar el oboe -o de escribir romanzas lacrimosas, se le había puesto -una cara tan triste, que se hubiera dicho que estaba -siempre llorando.</p> - -<p>Viéndole de lejos con su instrumento, se llegaba a -pensar si estaría unido a él, pues el pico del oboe más -parecía que pertenecía por naturaleza al hombre que al -aparato musical.</p> - -<p>El sansimoniano Palasou era un desdichado que tenía -una zapatería de portal cerca de la Puerta de España. -Su mujer le había arruinado, gastándose todo el -dinero de la casa en caprichos absurdos. Madama Palasou -era una mujer pródiga que robaba al marido y -gastaba el dinero en cosas que no servían para nada. -Hubo días que el zapatero no pudo comer porque su -señora había comprado un sonajero a un niño de la -vecindad, o un portamonedas a una conocida, o un alfiler -de corbata a un jovencito hijo de una amiga.</p> - -<p>Entonces Palasou, en protesta, había tomado tres -graves determinaciones: primero, dejarse el pelo largo; -luego, enredarse con una criada de la vecindad, y -por último, declararse ante el mundo partidario de las -doctrinas socialistas de Saint Simon.</p> - -<p>El tornero se pasaba la vida dentro de su guardilla, -en el torno, haciendo unos ruidos que daban dentera a -todos los vecinos. Era un hombre que tenía el mismo -color que los objetos de boj que torneaba en su aparato -y muchos chiquillos que correteaban por la escalera. -En la última guardilla hacía tres meses vivía un es<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span>pañol -emigrado carlista, don Francisco Sánchez de -Mendoza. El señor Sánchez de Mendoza era hombre -grueso, de bigote negro y patillas cortas, con aire pesado, -ictérico y triste.</p> - -<p>Chipiteguy llamó en su casa tirando de la campanilla, -esperó a que le abrieran y pasó.</p> - -<p>Abrió la puerta la mujer del emigrado, una mujer -triste, con una toquilla atada por las puntas a la espalda, -y preguntó a Chipiteguy en castellano qué es lo -que quería.</p> - -<p>Explicó Chipiteguy que era el amo de la casa, que -venía a cobrar el alquiler del mes, y la mujer, un tanto -azorada, fué a avisar a su marido. El señor Sánchez -de Mendoza se presentó vestido con una chaquetilla -de lienzo blanco llena de manchas y con un aire -inquieto y tímido.</p> - -<p>—Este ciudadano no paga—se dijo Chipiteguy en -su fuero interno.</p> - -<p>El señor Sánchez de Mendoza invitó a Chipiteguy -a pasar al comedor. Este comedor, con su papel amarillento -y una alcoba en el fondo, era de una pobreza -un tanto cómica. Tenía un armario embutido en la pared, -con unos papeles recortados y calados en los estantes; -una ventana al patio, la mesa de pino, unas cuantas -sillas rotas y cada una de distinta forma, un canapé -lleno de jorobas, unas litografías iluminadas, clavadas -con chinches, del periódico <i>La Moda</i>, y dos grandes -escudos nobiliarios, pintados a la acuarela. En las -puertas de la alcoba había unas cortinillas zurcidas. -En la ventana, tiestos con unos geranios raquíticos. -Asomándose se veía el patio, como un antro negro, -cruzado con cuerdas con ropas puestas a secar. Todo -en la casa translucía miseria, abandono, con cierta nota -de petulancia cómica.</p> - -<p>—El mobiliario entero no vale cincuenta francos<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span>—se -dijo Chipiteguy, que tenía buen ojo de tasador.</p> - -<p>El señor Sánchez de Mendoza se puso a hablar, -turbado, como quien busca una salida a una situación -penosa. Dijo a Chipiteguy que había sido durante algún -tiempo empleado en la Real de don Carlos y que -por las intrigas de los enemigos se había visto forzado -a marcharse.</p> - -<p>El emigrado parecía un pobre hombre lleno de pánico -al encontrarse solo y sin dinero en un país extraño -y daba la impresión de que no tenía ningún recurso, -ni se le ocurría hacer nada para encontrarlo.</p> - -<p>Sánchez de Mendoza no sabía el francés y estaba -azorado al encontrarse, por capricho de la suerte, en -Bayona, en casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos. -El señor Sánchez de Mendoza, por lo que dijo, -tenía mujer y dos hijos, un varón y una hembra.</p> - -<p>Mientras el emigrado hablaba atropellada y confusamente, -Chipiteguy, convencido de que no iba a cobrar, -se sentó en una silla del cuarto.</p> - -<p>A medida que examinaba la casa, el aire de miseria -le parecía mayor. En la alcoba próxima, que se veía -por una rendija de la puerta, se advertían dos camas -en el suelo y un baúl estropeado. La alcoba, dividida -por una colcha de colores, rota y agujereada, servía, -sin duda, para los dos hijos del carlista.</p> - -<p>El señor Sánchez de Mendoza, después de muchos -circunloquios, manifestó a Chipiteguy que por entonces -no tenía dinero y le pidió que esperara algunos -días a que pudiera pagarle.</p> - -<p>—¿Cuántos días?—preguntó Chipiteguy.</p> - -<p>Sánchez de Mendoza no contestó directamente a la -pregunta y se puso a exponer sus lástimas, y al mismo -tiempo que contaba sus desgracias, habló de sus blasones.</p> - -<p>Era de la Mancha. Le habían embargado sus fin<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span>cas; -había empleado su dinero en la causa. Su familia -era antigua e ilustre.</p> - -<p>—¿Usted habrá oído hablar de los Sánchez de Mendoza?—preguntó -humildemente a Chipiteguy.</p> - -<p>—Sí, algo me suena ese nombre.</p> - -<p>Chipiteguy, con su tendencia a la contemplación, vió -que el pequeño aparador del comedor, con sus papelitos -calados, estaba vacío, y notó que los geranios que -se veían en la ventana nacían en unos pucheros rotos, -rodeados con unas telas de color.</p> - -<p>—Bien; está bien—dijo Chipiteguy, saliendo de su -estado absorto—; pero, ¿usted que piensa hacer?</p> - -<p>—Yo, trabajar si encuentro algo que me convenga, -y que trabajen mis hijos también—contestó el emigrado.</p> - -<p>—Pero concretamente, ¿qué va usted a hacer?</p> - -<p>¡Concretamente! Esta palabra no figuraba en el repertorio -del señor Sánchez de Mendoza.</p> - -<p>El emigrado consultó con su mujer, que salió de la -cocina mal vestida y macilenta.</p> - -<p>Luego se presentaron un chico de diez y siete años, -de cara inteligente de muchacho avispado y hambriento, -y una chica algo mayor que él con el mismo aspecto.</p> - -<p>—¿Son sus hijos?—preguntó Chipiteguy.</p> - -<p>—Sí; éste está pintando a la acuarela unos escudos; -mi chica sabe bordar. Enséñale lo que bordas a este -señor.</p> - -<p>Sánchez de Mendoza había notado ciertos síntomas -de simpatía en el casero y quería aprovecharlos.</p> - -<p>—Yo desearía que salieran ustedes pronto de esta -situación—dijo Chipiteguy—; por su familia, y también -para que me pagara usted.</p> - -<p>—Muchas gracias, caballero.</p> - -<p>—Gracias, no. Yo insistiré en cobrar.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span></p> - -<p>El no era hombre sin corazón, pero quería cobrar.</p> - -<p>El chico y la chica, los dos con su aire avispado y -enfermizo, volvieron al comedor, él con unas cartulinas -donde había pintado a la acuarela unos escudos de nobleza; -ella, con sus bordados en colores. Chipiteguy -vió lo que hacían los dos y reflexionó. El podía llevar -al chico para que trabajara en su casa y recomendaría -a la chica en la tienda de antigüedades de la Falcón.</p> - -<p>—Yo tengo un almacén de hierro y he sido trapero—dijo -Chipiteguy—; no aparezco, pues, en el Almanaque -de Gotha. Si usted y el chico quieren, que -venga él conmigo, yo haré que trabaje y ya veré lo que -le puedo dar.</p> - -<p>—¿Pero quiere usted tenerlo como criado?—preguntó -tristemente el señor Sánchez de Mendoza.</p> - -<p>—Como empleado. Hará las mismas cosas que yo -hago. Yo barro a veces la tienda; él la barrerá también. -Yo voy a las casas a comprar hierro viejo. El hará lo -mismo.</p> - -<p>—¿Y dónde comerá?</p> - -<p>—Conmigo.</p> - -<p>—No, en la cocina.</p> - -<p>—No. Yo me encargo de mantenerle y de vestirle; -luego ya veré lo que le puedo dar.</p> - -<p>El chico escuchaba la conversación de Chipiteguy -y de su padre con gran ansiedad.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span></p> - - -<h3 id="VI">VI<br /> -LOS SÁNCHEZ DE MENDOZA</h3></div> - - -<p>La familia de los Sánchez de Mendoza llevaba ya -más de seis meses rodando por distintos puntos de -Francia. Había estado en Burdeos, en París y, por -último, en Bayona, perseguidos implacablemente por -la miseria.</p> - -<p>El señor Sánchez de Mendoza se hacía la ilusión -de que la miseria le había sorprendido, como puede -sorprender un catarro; pero era lo cierto que siempre -había vivido pobremente y de mala manera.</p> - -<p>El señor don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, -Montemayor y Porras, era manchego, de una -pequeña aldea, entre Minglanilla y Graja de Iniesta.</p> - -<p>Sánchez de Mendoza hablaba de su casa como si -fuera un palacio y elogiaba a Minglanilla como si se -tratara de un emporio.</p> - -<p>En cambio, su mujer, natural de Cañete, encontraba -su pueblo el centro del universo y todo lo comparaba -con él.</p> - -<p>Alvarito, el hijo de don Francisco, había vivido -los primeros años de la niñez entre Graja de Iniesta -y Cañete, y, aunque no recordaba bien estos pueblos, -creía, bajo la palabra de honor de sus ascendientes, -que eran verdaderamente admirables.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span></p> - -<p>El padre de Alvarito, don Francisco Xavier, había -educado a su hijo en el respeto por la Religión, el -Rey la Nobleza, como hidalgo de limpia y esclarecida -prosapia.</p> - -<p>Algunos enemigos mordaces, ¿quién no los tiene?, -aseguraban que el señor Sánchez de Mendoza se llamaba, -sencillamente, Francisco Sánchez, que quizá -su padre o su madre tuvieran algún apellido Mendoza, -y que con la facilidad de arreglar los asuntos -familiares al gusto de uno en una época obscura se -hacía llamar Sánchez de Mendoza.</p> - -<p>Se decía que su padre había sido secretario del -Ayuntamiento de un pueblo de la Mancha y que no -había tenido nunca una peseta. Don Francisco, en -cambio, aseguraba que su padre fué segundón de -una casa hidalga, ilustre y rica, y que tuvo un alto -cargo en Cuba.</p> - -<p>Sánchez de Mendoza mostraba su escudo a todo el -que quisiera verlo, un escudo con más cuarteles que -un pueblo prusiano.</p> - -<p>El ilustre hidalgo de la familia de los Sánchez de -Mendoza no podía emplearse en quehaceres vulgares -y plebeyos. Como el perro de la fábula de Samaniego, -pensaba que esto se lo debía a haber nacido perro y -no pollino.</p> - -<p>En su casa de la calle de los Vascos, don Francisco -Xavier se dedicaba a ver cómo trabajaban los -individuos de su familia, cómo guisaba su mujer y -cómo bordaba su hija. Alguna rara vez pintaba a la -acuarela los escudos que dibujaba su chico.</p> - -<p>Los Sánchez de Mendoza y los Montemayor le -preocupaban demasiado para que él pudiera consagrarse -a trabajos de baja estofa. Había descubierto -don Francisco Xavier que uno de sus antepasados, -un Pérez del Olmo, era bastardo, y el terrible des<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span>cubrimiento -y la necesidad de poner en su escudo una -barra de bastardía le preocupaba tanto, que este pensamiento -no se separaba jamás de su espíritu.</p> - -<p>El señor Sánchez de Mendoza se consideraba literato; -había escrito un artículo, "Españoles y católicos -antes que nada", y una hoja impresa con este título: -"Vindicación de don Francisco Xavier Sánchez de -Mendoza, Montemayor y Porras, de los calumniosos -cargos hechos contra él. Dedicada al Rey Nuestro -Señor Su Majestad don Carlos V".</p> - -<p>Los que habían leído esta "Vindicación" decían -que en ella no se podían averiguar cuáles eran los calumniosos -cargos que se habían hecho a don Francisco -Xavier; pero en la hoja se hablaba del condigno -castigo, de las venerandas tradiciones, de la hidra de -la anarquía y de la defensa del trono y del altar, y -esto, naturalmente, ya era algo.</p> - -<p>Todos aquellos lugares comunes políticos, empleados -principalmente por sus correligionarios, sonaban -muy agradablemente en los oídos de don Francisco -Xavier, y a veces le conmovían, hasta tal punto, que -sentía que le brotaban las lágrimas y se le apretaba -la garganta.</p> - -<p>El artículo y la "Vindicación", las dos obras más -importantes salidas de su pluma, preocupaban mucho -al buen hidalgo. Pensaba si sería el momento de hacer -una segunda edición de ellas; suponía que el mundo -entero las había tomado en cuenta. Con estas preocupaciones -era imposible que el hidalgo se acomodase -a un trabajo vulgar.</p> - -<p>La mujer de Sánchez de Mendoza, a pesar de ser -más joven que don Francisco Xavier, parecía más -vieja; era una pobre mujer pálida, flaca, fatídica, que -había vivido siempre miserable y que siempre estaba -prediciendo desgracias. Para ella todo tenía que ter<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span>minar, -más pronto o más tarde, perfectamente mal.</p> - -<p>Además, esta mujer poseía el talento de interpretar -sus sueños, talento que había comunicado a su hijo -Alvaro, que se preocupaba con espanto de sus pesadillas -y quería encontrar una explicación racional de -ellas.</p> - -<p>La madre de Alvarito pretendía encontrar relaciones -absurdas entre los sueños y los acontecimientos.</p> - -<p>Soñar con toros era buena suerte; en cambio, soñar -con habichuelas, significaba desgracia. El arroz, -en sueños, era siempre cosa buena, y las patatas, -mala.</p> - -<p>Ella no comprobaba nunca tan absurdas suposiciones; -pero esto, en vez de convencerle de la inanidad -de sus hipótesis, las afirmaba, porque las mezclaba -con otras supercherías entre mágicas y cabalísticas.</p> - -<p>Alvarito era propenso, como su madre, a las fantasías -y a las supersticiones. De chico había sido sonámbulo -y su familia le había encontrado muchas -veces sentado en camisa en la cocina o metido debajo -de la cama. Había tenido, durante mucho tiempo, -grandes miedos de noche, despertándose al poco tiempo -de dormirse, estremecido, gritando, y quedando -durante largo tiempo asustado y con una gran angustia.</p> - -<p>Alvarito pensaba mucho en sus sueños; su madre -le hacía fijarse en ellos. Cuando estaba fuerte soñaba -con recuerdos de épocas muy remotas; en cambio, -cuando estaba débil, intranquilo o inquieto, soñaba -con acontecimientos más próximos.</p> - -<p>Alvarito, en sus sueños, era siempre valiente, atrevido -y cruel. ¿Seré yo así?—se preguntaba a veces -él, preocupado—. Con frecuencia soñaba con el mar. -Iba por un muelle que avanzaba entre olas tempes<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span>tuosas, -a un lado y a otro, al que no se le veía fin. -Otras veces marchaba por un camino, entre sombras, -y, al terminar, le aparecía un túnel de luz.</p> - -<p>Con la existencia mísera y triste que había llevado -era débil y nervioso. Su vida para él tenía una apariencia -de algo trágico.</p> - -<p>Recordaba, vagamente, el viaje que había hecho -con su madre y su hermana, en condiciones malas, -desde Cañete a Vergara, donde estaba empleado su -padre en las oficinas del Real.</p> - -<p>La salida de Vergara a Francia la recordaba como -un episodio lastimoso. El viaje a Burdeos le parecía -algo enorme; los franceses eran monstruos que se -echaban sobre ellos, y su padre se le presentaba entonces -como un Orfeo, dominando las fieras. Luego, -al pasar el tiempo, el pobre Orfeo, don Francisco Xavier, -se iba achicando en su retina.</p> - -<p>Comenzaba para él la época en que el hijo que ha -mirado a su padre como un modelo empieza a criticarle -y a encontrarle defectos. ¿No sería su padre -demasiado charlatán?—se preguntó Alvarito—. ¿No -sería demasiado egoísta.</p> - -<p>Entonces, poco a poco, su cariño y su admiración -iban marchando a su madre y a su hermana, las dos -sufridas y resignadas, que no salían a pasear, ni iban -a darse tono, ni a contar mentiras a las tertulias carlistas.</p> - -<p>Alvarito estaba poco desarrollado para sus diez y -siete años. Era alto, pero estrecho de espaldas, de -aire expresivo y de mal color. Espiritualmente era un -muchacho despistado, sin rumbo; había pasado parte -de la niñez en Cañete, en casa de unos tíos suyos, -gente pobre, pero orgullosa y fantástica, en donde no -se comía apenas, pero se presumía de firme. En aquella -casa se vivía, principalmente por fuera, con la<span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span> -preocupación exclusiva de aparentar. Se hablaba de -que se comía bien, de que se tenía dinero de sobra. -Los tíos de Alvarito creían que todo el pueblo les -espiaba y les parecía necesario darse importancia a -fuerza de embustes.</p> - -<p>Alvarito, en los seis meses que llevaba en Francia, -había aprendido el francés. El muchacho conservaba -las preocupaciones de su padre y de su madre y no -podía zafarse de ellas. Al principio no quería salir de -casa. Estaba asustado. La calle le parecía la enemiga -natural de su pobre hogar y cada francés un monstruo, -devorador de familias españolas.</p> - -<p>Alvarito había pensado, siguiendo las indicaciones -de su padre, entrar en el ejército carlista; pero no -tenía la edad necesaria y la situación del partido iba -siendo tan mala, que temía no llegar a encontrar el -momento oportuno.</p> - -<p>El joven Sánchez de Mendoza quería sentir con -el mismo fervor el entusiasmo monárquico de su padre; -pero no le era tan fácil, y por más esfuerzos que -hacía por exaltarse, la cuestión de la legitimidad no -le llegaba a preocupar.</p> - -<p>Había oído en Bayona y en Burdeos discutir el -pro y el contra de esta cuestión.</p> - -<p>Alvarito quería pensar que la guerra era la santa -cruzada de los buenos contra los malos, de los religiosos -contra los impíos. Alvarito quería creer que -los carlistas eran todos honrados y caballerosos, incapaces -de villanías; que don Carlos era un santo, y -que el honor, la lealtad, la Patria y el Rey tenían un -altar en el pecho de cada carlista. No sabía si en el -tópico admitido el altar estaba en el pecho o en el -corazón. Seguramente no estaba en el bazo ni en -el hígado.</p> - -<p>A pesar del altar pectoral o cardíaco, Alvaro es<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span>taba -oyendo hablar a cada paso de trastadas, de chanchullos -y de traiciones en el campo carlista.</p> - -<p>Al pensar en entrar en el ejército de don Carlos, -lo que le preocupaba principalmente a Alvarito era -el temor de quedar mal. ¿Tendría suficiente valor? -La muerte no le arredraba; pero suponía que no debía -ser siempre fácil dominar los nervios.</p> - -<p>Su miedo era que le vieran en un momento de depresión. -Temía no poder estar a la altura de los demás, -sobre todo a la altura del modelo imaginado -por él.</p> - -<p>Pensaba, a veces, que quizá su falta de energía dimanaba -de sentirse decaído por la mala alimentación.</p> - -<p>Alvarito sabía poco; había aprendido a leer, a escribir -y a hacer cuentas y a pintar a la acuarela escudos -nobiliarios, que vendía su padre a los españoles -emigrados, aristócratas y ricos.</p> - -<p>Alvarito mantenía la ilusión de pensar que quizá -poseyera algún talento de pintor. Le gustaban las estampas -que reproducían cuadros de la época de David, -Ingres y el barón de Gros, y se imaginaba, a -veces, que le gustaría más ser pintor que militar.</p> - -<p>Había visto también grabados que reproducían cuadros -de Ribera, de Zurbarán y de Velázquez, que le -sorprendieron, y le parecieron muy malos. ¿Cómo -gustará eso?—se preguntaba él, y no lo comprendía.</p> - -<p>Alvarito era un muchacho muy nervioso, muy inquieto, -que tenía de noche grandes terrores.</p> - -<p>La preocupación por los sueños, que le había inculcado -su madre, le tenía amedrentado. Muchas noches -se despertaba temblando y creía oír la respiración -de un hombre que le espiaba a pocos pasos de la -cama.</p> - -<p>Los vecinos de la casa de la calle de los Vascos le -aterrorizaban. Había una vieja enlutada, a quien se<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span> -había encontrado en la escalera varias veces, al anochecer, -y le había mirado con una sonrisa insinuante, -y pensar en ella le ponía la carne de gallina.</p> - -<p>Los cuartos obscuros, las alamedas solitarias al -anochecer, las orillas del río, todo esto le impresionaba.</p> - -<p>Las mismas estampas le daban, a veces, una sensación -de misterio y de pavor. Había una que había -visto en un escaparate que le perturbaba. Representaba -una dama elegante con un talle esbelto, al lado -de un joven melenudo, con el pantalón de trabillas y el -frac. La escena ocurría en el salón de un palacio, delante -de un piano. La dama tenía un aire lánguido; en -cambio, el hombre la miraba con unos ojos de loco.</p> - -<p>Alvarito no sabía lo que representaba; pero aquella -escena le daba impresión de vértigo. Como predispuesto -a ver cosas raras, en ocasiones las veía o -las creía ver. Una de las veces que salió de noche en -Bayona a dar un recado a un personaje carlista, su -padre estaba enfermo, iba por una calle casi obscura, -con tapias a un lado y a otro, que no tenía más que -algún farol de tarde en tarde, cuando vió venir un -jorobado pequeño, cuadrado, petulante, con bigote y -perilla cana; al cabo de poco tiempo, otro jorobado, y -poco después, otro. Estos tres jorobados le produjeron -tal espanto, que echó a correr hacia su casa. Luego, su -madre y él discutieron largo tiempo si estos tres jorobados -serían reales o imaginarios, y si eran imaginarios, -qué podían representar.</p> - -<p>Llegó una época en que Alvarito notó que la alarma, -la inquietud, nacían en él antes que el motivo y -que después encontraba el motivo para legitimar su -alarma. Tardó mucho en comprender esto, y, cuando -lo comprendió, se sintió más miserable y más desvalido -que nunca.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span></p> - -<h3 id="VII">VII<br /> -PRIMEROS CONTACTOS CON LA REALIDAD</h3></div> - - -<p>Cuando Chipiteguy hizo su propuesta de llevarse -a Alvarito, éste miró la expresión de sus padres, y -al ver que los dos aceptaban, fué a su cuarto, se vistió -con su mejor ropa, besó furtivamente a su madre y -a su hermana y salió de casa con el viejo trapero. -Marcharon los dos por el muelle de los Vascos, cruzaron -el puente Panecau y entraron en la plaza del -Reducto.</p> - -<p>Alvarito se encontró poco contento en el almacén -y en la tienda de Chipiteguy; le pareció todo aquello -desordenado y sucio; pero cuando le avisaron para -comer y le invitaron a lavarse las manos y vió la -mesa abundantemente servida y se sentó entre Manón -y la andre Mari, se dijo que, si no le echaban -por torpe, se quedaría allí. Pensaba cumplir de la -mejor manera posible. Por la tarde hizo con buena -voluntad todo lo que le mandaron; cenó también opíparamente -y, después de cenar, la Tomascha llevó al -pequeño español, como le llamaron a Alvarito en la -casa, a un cuarto aguardillado del piso tercero lleno -de trastos viejos, y le mostró su cama.</p> - -<p>En aquella guardilla había una estantería con al<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span>gunos -libros, un reloj de cuco, parado, y sobre unas -arcas antiguas gran cantidad de manzanas, peras y -membrillos, que echaban un olor excelente.</p> - -<p>En las vigas de aquel camarachón había muchas -arañas y Alvarito podía contemplar sus ejercicios -gimnásticos en sus hilos.</p> - -<p>Por la ventana se veía el río y los tejados del -muelle de los Vascos. Desde los primeros momentos -que estuvo Alvarito en casa de Chipiteguy se pudo -comprender que tenía actividad y deseo de trabajar; -lo malo era que a estas condiciones y a su buena -intención se unía gran timidez.</p> - -<p>Alvarito no tenía costumbre de trabajar. Tampoco -tenía soltura ni confianza en sí mismo. Desconfiaba -y pensaba que no sería simpático ni oportuno. Esta -idea y la de verse precisado a ganarse la vida de -cualquier manera le daba una actitud encogida y -torpe.</p> - -<p>Chipiteguy se reía de él.</p> - -<p>—El pequeño aristócrata, el pequeño español con -blasones parece que no da pie con bola—decía a su -nieta.</p> - -<p>—Déjale, abuelo; ya lo hará mejor. El pobre pone -toda su buena intención.</p> - -<p>—Sí, es verdad; por eso yo no le digo nada. Es -un chico que está bien, muy delicado, no se quedará -con un céntimo. Tiene un amor propio un poco -cómico.</p> - -<p>—Eso no es un defecto.</p> - -<p>—No, no. ¡Pero qué torpes son estos aristócratas! -Cuando le faltan sus rentas y tienen que emigrar, -ya no sirven para nada.</p> - -<p>A las dos o tres semanas de estar en el almacén, -Chipiteguy dedicó a Alvarito a llevar cuentas.</p> - -<p>El sitio donde tenía que trabajar el joven Sánchez<span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span> -de Mendoza, no muy alegre, entristecía al muchacho. -Era un cuarto casi obscuro, con un ventanal que -daba al patio, con los cristales rotos, compuestos con -papeles pegados, ya sucios y polvorientos. Había en -este cuarto una estantería negra con fajas de facturas, -una caja de caudales, una mesa y dos bancos. -Desde el ventanal se veían los montones de chatarra -roñosa y los fardos de trapos. Había en toda la casa -muchas ratas, algunas tan atrevidas que le miraban -descaradamente a Alvarito, lo que a éste le hacía -gracia. De noche se les oía roer la madera.</p> - -<p>Frechón, el dependiente de Chipiteguy, tipo atrabiliario -y malhumorado, declaró la guerra a Alvarito -desde que le vió e hizo lo posible para que le resultara -todo al revés. Frechón le ponía siempre mala cara, -le daba bufidos por cualquier cosa, y cuando no, comenzaba -a silbar y a descoyuntarse las falanges de -los dedos y a hacer un ruido desagradable, como de -huesos de esqueleto, que inquietaba a Alvaro. Unas -veces se tiraba de los dedos para producir el sonido, y -otras se apretaba los nudillos, que resonaban como una -carraca.</p> - -<p>Frechón, que era republicano y patriota francés, -mortificaba al muchacho como español carlista.</p> - -<p>—Don Carlos es un imbécil—le solía decir con -frecuencia, como quien lanza un esputo—; los españoles -son unos asnos.</p> - -<p>Frechón le dirigía extrañas preguntas a Alvarito.</p> - -<p>—¿Sabes tú lo que harán, al fin, los liberales con -vuestro Rey, con ese papanatas de don Carlos?—le -preguntó un día.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Llevarlo a la guillotina y crac.</p> - -<p>Otro día le preguntaba:</p> - -<p>—¿Tú sabes quién era Marat?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span></p> - -<p>—Un monstruo.</p> - -<p>—Eso creéis vosotros los realistas. Era un hombre -admirable, que pidió la cabeza de trescientos mil aristócratas.</p> - -<p>Otro día le decía:</p> - -<p>—¿Tú no has oído hablar de la papisa Juana?</p> - -<p>—Yo, no.</p> - -<p>—Pues era una mujer que fué papa y que parió -cuando iba en una procesión.</p> - -<p>Alvarito iba tomando gran antipatía por Frechón -y pensaba que algún día tendría que desafiarle.</p> - -<p>Muchas veces Alvarito reflexionaba sobre su situación. -Creía que depender de un trapero y vivir -en su casa era una heroicidad para un aristócrata -como él. Más que nada, la verdadera heroicidad pensaba -que consistía en vencer el ridículo. Encontrarse -bien de dependiente en una tienda de trapos y de -hierro viejo tenía su mérito. Esto era ya socialmente -tan bajo, que por ello mismo impedía que fuese ridículo. -Prefería la trapería a una camisería, o a una -bisutería, o a una tienda de guantes, donde hubiese -tenido que tratar a clientes distinguidos que le hubieran -mirado de arriba abajo.</p> - -<p>Además, Alvarito tenía el bello pretexto de encontrarse -prendado de la nieta del patrón y pensaba -que con el amor ya no podía haber ridiculez posible.</p> - -<p>Alvarito sentía gran temor por ponerse en ridículo. -La idea sola le hacía palidecer y su amor propio le -pintaba ocasiones de quedar humillado en todas -partes.</p> - -<p>Muchas gentes de la vecindad, como si hubieran -adivinado su flaco, parecían empeñadas en burlarse -de él. El chico de una tienda próxima de la calle de -Bourg Neuf, una tienda de objetos de pesca, que se<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span> -titulaba "Al Pescador", le llamaba siempre trapero. -Sin duda había notado que le molestaba, y por eso -mismo repetía con más frecuencia la palabra.</p> - -<p>Varias veces el chiquillo salía a la calle con un -saco, se lo echaba al hombro y gritaba:</p> - -<p>—¡Galonero! ¡Compro trapos viejos!—y miraba a -los balcones.</p> - -<p>Alvarito, mortificado, hacía como que no se enteraba.</p> - -<p>También Claquemain, el mozo carretero, manifestaba -antipatía por el joven Sánchez de Mendoza. Con -su bigote grande, la barba sin afeitar y los ojos rojos, -solía tomar un aire amenazador. A veces se ennegrecía -la cara con carbón y se ponía a hacer gestos y -a sacar la lengua y a ponerse bizco para asustar al muchacho. -Alvarito se estremecía de miedo.</p> - -<p>Cerca de la casa de Chipiteguy vivía un loco que se -paseaba arriba y abajo con un sombrero metido hasta -las orejas y un gabán raído. A veces tenía ataques y -entonces daba unos gritos espantosos.</p> - -<p>Los chicos se burlaban de él y le llamaban Abadejo -y Tripa seca, y él mascullaba una serie de frases violentas -contra ellos. Este loco tenía las orejas grandes, -los ojos torcidos y la cara cómica.</p> - -<p>Cuando el loco veía a Alvarito se le acercaba y solía -decirle a voz en grito:</p> - -<p>—Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... -¡Viva el Rey!</p> - -<p>Y un loro de un balcón que se había aprendido la -retahíla repetía también:</p> - -<p>—Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... -¡Viva el Rey!</p> - -<p>Alvarito experimentaba, sobre todo al principio, una -gran tristeza al verse en la tienda del trapero. Allí, en -casa de Chipiteguy, nadie le conocía; comprendía que<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span> -pensar en su pobre situación era mortificarse por capricho, -que nadie se fijaba en él; pero no podía evitar -el sentimiento de vergüenza de estar empleado en una -trapería.</p> - -<p>Poco a poco se le fué pasando esta vergüenza y pensó -que podría darse por muy contento si la suerte le -hiciera sustituír a Chipiteguy casándose con Manón.</p> - -<p>En casa del trapero, Alvarito conoció a don Eugenio -de Aviraneta y le oyó hablar. Don Eugenio solía -ir a comer con frecuencia en compañía de Chipiteguy, -y en estos días la comida era todavía más cuidada que -de costumbre.</p> - -<p>Aviraneta bromeaba mucho con Manón y la galanteaba; -también solía hablar con Alvarito y le hacía -preguntas acerca de su vida y de su familia y se reía -al oír las contestaciones del muchacho.</p> - -<p>Un día éste oyó decir que las relaciones entre Chipiteguy -y Aviraneta procedían de ser los dos masones. -Esta suposición aguzó la curiosidad del joven Sánchez -de Mendoza. ¿Serían aquellos dos hombres masones? -¿Pertenecerían a la tenebrosa secta? Aviraneta y Chipiteguy -solían hablar mucho a solas de sobremesa, con -su copa de licor delante, el uno fumando su pipa, y el -otro, su cigarro habano.</p> - -<p>Hablaban de personas que habían conocido, y Aviraneta -contaba un sin fin de hechos y de anécdotas de -gente que había encontrado en Francia, en Egipto, en -Grecia, en América y en España.</p> - -<p>Chipiteguy le oía encantado. A veces le preguntaba:</p> - -<p>—¿Qué fué de aquel Nantil? ¿Qué hizo aquel Cugnet -de Montarlot?</p> - -<p>Alvarito, cuando oyó por primera vez hablar de jacobinos, -franciscanos, cordeleros, de gentes de Obispado, -creyó que la Revolución francesa la habían hecho -los frailes.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span></p> - -<p>Alvarito era demasiado correcto para espiar a su -amo y se decidió a hacerle preguntas, y como vió -que a Chipiteguy no le molestaban, sino que, por el -contrario, le agradaban, tuvo largas conversaciones -con el viejo, sobre todo después de cenar.</p> - -<p>—¿Pero eran buenos de verdad los hombres de la -Revolución francesa?—le preguntó una vez Alvaro.</p> - -<p>—Había de todo; algunos eran demasiado buenos -y demasiado honrados. Yo fuí una vez con Basterreche -al Ministerio de Hacienda durante el Terror, y -vimos al ministro, el señor Des Tournelles, que se -componía las medias con una aguja en un salón y tenía -millones en las cajas. Claro que hubo muchos abusos. -Aquí se contó que un convencional, unos decían que -Cavaignac y otros que Pinet, prometió salvar la vida -del padre de una señorita Labarrere, si ésta se entregaba -al convencional, y luego parece que se guillotinó -al padre. Los hombres, vistos de cerca, indudablemente -valen poco—decía el viejo trapero—; no va a haber -a la vuelta de la esquina un César o un Alejandro.</p> - -<p>Chipiteguy recordaba muchas escenas del tiempo del -Terror en París, en Burdeos y en Bayona, y las recordaba -en todos sus detalles.</p> - -<p>Había conocido también la ciudad de Estrasburgo -bajo la tiranía del fraile revolucionario Eulogio -Schneider y de su sociedad La Propaganda. Había -hablado con Schneider, que era discípulo del iluminado -Weisshaupt. Este Schneider era el Marat de Estrasburgo, -un Marat a la alemana, predicador y místico. -Chipiteguy le vió en París cuando le guillotinaron.</p> - -<p>En la capital, durante algún tiempo, Chipiteguy conoció -a Etchepare y a algunos otros vascos, amigos de -Basterreche, de Pereyra, etc.</p> - -<p>Durante algún tiempo se reunían en tertulia en casa -de este Pereyra, judío de Bayona, que tuvo en la época<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span> -del Terror una tienda de tabaco en París, en la calle de -San Dionisio, en la que se veía como muestra un gorro -frigio colorado. Cuando Pereyra fué preso, naturalmente, -se deshizo la tertulia.</p> - -<p>Después Chipiteguy se alejó de París y estuvo de -soldado republicano en la Vendée y luego marchó a -vivir a Bayona.</p> - -<p>Fué Chipiteguy amigo de Gastón Etchepare, el tío -de Aviraneta, de Bidart. Otro de sus conocidos, compañero -a quien él debía favores, Juan Gorostarzu, había -sido guillotinado en Ezpeleta por contrarrevolucionario.</p> - -<p>Poco después, al suprimir el Gobierno el convento -de Visitandinas de Hasparren, la cuñada de Gorostarzu, -que estaba en este convento, fué a su casa, -Arozteguia de Ezpeleta, y puso una escuela, en donde -enseñaba a los chicos y chicas las primeras letras -mientras ella hilaba. En esta escuela había estudiado -el padre de Manón y el poeta vasco, el capitán Duvoisin, -a quien Chipiteguy había conocido de niño.</p> - -<p>Chipiteguy legitimaba el Terror. Era necesario—decía -él—para implantar una sociedad nueva, con -menos abusos, más justicia y más libertad. Según él, -en todo el país vasco y en las Landas la población estaba -en contra de los republicanos franceses y a favor -de los monárquicos españoles, dispuestos a entregarse -a éstos; de aquí que los convencionales Pinet y Cavainac -tuvieran que extremar la violencia.</p> - -<p>Los esfuerzos del Comité revolucionario de Labour, -formado por Hiriart, Dithurbide y Daguerrezar, -no habían tenido éxito, ni las proclamas llamando -a los emigrados, escritas en vascuence y en francés -en <i>Juan de Luz</i> (estaban suprimidos los santos hasta -en los nombres de los pueblos) y firmadas por Izoard, -Meillan, Chaudron-Rousseau y Paganel.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span></p> - -<p>Chipiteguy le contaba a Alvarito muchas historias -de su tiempo, con grandes detalles; el desarrollo de las -intrigas políticas, el cómo había conseguido su fortuna -la mayoría de los ricos del pueblo y la marcha de -los acontecimientos de la Revolución, del Imperio y -de la Restauración.</p> - -<p>A Alvarito le chocaba que el viejo tuviera entusiasmo -por la Revolución. En cambio, de la guerra -hablaba siempre mal.</p> - -<p>—¡<i>La guerre</i>!—decía—. <i>C'est une saleté abominable.</i></p> - -<p>—¿De verdad?</p> - -<p>—Sí. Tú le has oído a don Eugenio hablar mal de -la guerra, pues tiene razón; además de ser una porquería, -es una pobre estupidez.</p> - -<p>Solía añadir también otras veces:</p> - -<p>—Esa salsa de la guerra hay que probarla si se encuentra -ocasión. Se aprende a conocer a los hombres.</p> - -<p>—Sí, así debe ser—afirmaba Alvarito.</p> - -<p>—Lo que no impide para que sea una porquería abominable.</p> - -<p>A veces Chipiteguy decía convencido:</p> - -<p>—A aquel pobre Maximiliano le engañaron.</p> - -<p>—¿A qué Maximiliano?</p> - -<p>—A Robespierre.</p> - -<p>A Alvarito le parecía como una obligación de su -empleo el escuchar las opiniones del viejo sin protestar.</p> - -<p>Hablaba también Chipiteguy de los amigos que -había tenido durante el Imperio.</p> - -<p>Recordaba con frecuencia al escritor revolucionario -Bonneville, republicano entusiasta, que tenía en -su vejez una librería de viejo en París, en el Barrio -Latino, en el Pasaje de los Jacobinos, y a quien había -visto, por última vez, hacía quince años. Este<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span> -Bonneville había escrito bastantes libros, entre ellos -uno muy absurdo: <i>Los jesuítas echados de la masonería -y sus puñales rotos por los masones</i>, en el que -trataba de demostrar, con argumentos muy fantásticos, -que los jesuítas eran masones, de la secta de -la Rosa Cruz.</p> - -<p>Había conocido también Chipiteguy a Albertina -Marat, la hermana de Marat, que vivía en 1838 en -una guardilla de la calle de la Barillerie, en el mayor -aislamiento, y trabajaba haciendo agujas de reloj para -la casa Breguet y había visitado a la hermana de Robespierre, -Carlota, desconocida en París, que se hacía -llamar la señorita Delaroche.</p> - -<p>A veces discutían Aviraneta y Chipiteguy. Aviraneta -decía que los franceses habían arreglado tan -bien la historia de la Revolución francesa, que a -todo le habían dado un aire grandioso; así la toma -de la Bastilla, la batalla de Valmy y la de Jemmapes, -que no eran en sí grandes acontecimientos, parecían -cosas épicas.</p> - -<p>—No, no—replicaba Chipiteguy—. Esos acontecimientos -se consideraron como símbolos.</p> - -<p>Cuando no había visitas en casa del trapero se -leían los periódicos. Se recibían <i>El Constitucional</i> -y <i>Le Journal des Debats</i>, de París, y los dos diarios -de Bayona, <i>El Faro</i> y <i>El Centinela de los Pirineos</i>.</p> - -<p>La sobremesa de noche tenía otras compensaciones. -A veces cantaba y tocaba el piano Manón, y con -frecuencia venían su prima Rosa y otras amigas y se -bailaba. Algunas noches jugaban a las damas y al -ajedrez. Alvarito casi siempre perdía. No tenía ningún -talento para estos juegos. Como Alvarito se hallaba -pobremente vestido, Chipiteguy le envió al mucha<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span>cho -al sastre para que le hiciera un traje a la moda, -con el cual estaba muy bien.</p> - -<p>Los domingos, por la mañana, Alvarito se levantaba -más tarde que los días de labor; se ponía elegante, -con su traje nuevo, y mientras un mendigo -con su organillo pasaba por delante de la casa del -Reducto y tocaba casi siempre el vals de <i>El Carnaval -de Venecia</i>, él bajaba las escaleras y salía a la plaza. -Veía la procesión de aguadores, de muchachas y de -judíos que venían por el puente de barcas de Saint -Esprit. Se dirigía a la Catedral, oía misa e iba luego -a ver a su familia. Llevaba todo el dinero que le daban -a entregárselo a su madre, y luego ella le volvía a dar -uno o dos francos para el bolsillo, como le decía.</p> - -<p>Alvarito se quedaba a comer con los suyos; pero, a -pesar del amor a la familia, encontraba la comida de -la calle de los Vascos muy deficiente.</p> - -<p>Alvarito nunca había comido como en casa de -Chipiteguy; probablemente había supuesto, hasta antes -de entrar en ella, que el estado natural de la -Humanidad era el del hambre; jamás había visto, -hasta entonces, aquellos platos de carne suculenta, -los capones blancos y grasos, los pavos rellenos, los -pescados sonrosados, las verduras de todas clases, -las trufas, los espárragos, la mantequilla a discreción, -los vinos de buena marca que se bebían a pasto, el -café cargado y aromático y la variedad de licores.</p> - -<p>La casa de Chipiteguy le daba al joven Sánchez -de Mendoza una extraña impresión de cinismo.</p> - -<p>¿Cómo se podía vivir así para adentro sin pensar -para nada en los demás? Le parecía absurdo que se -pudiera gastar lo que se gastaba allí en comer y -beber.</p> - -<p>El régimen de la familia de Chipiteguy no se parecía -en nada al de la casa de sus tíos, en la Mancha. Allá,<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span> -todo pompa, decoro y vida exterior, sin realidad alguna; -aquí, por el contrario, todo positivo. En la familia -de Chipiteguy la ostentación no tenía importancia.</p> - -<p>Uno de los lugares que maravillaban a Alvarito en -la casa era la cocina, grande, clara, espaciosa, con -todos los cacharros bruñidos, en donde ardía el fuego -desde la mañana hasta la noche. La cocina se consideraba -como lo más trascendental de toda la casa; allí -no faltaba nada. En el comedor pasaba lo mismo; los -muebles no eran elegantes, pero los manteles eran -magníficos; los cubiertos, de plata maciza; la cristalería, -muy buena: había dos o tres vajillas de porcelana, -y una, soberbia, para los días de convite, con los -bordes de oro.</p> - -<p>Alvarito, con el trato de la casa del Reducto, iba -llenándose y haciéndose macizo y fuerte.</p> - -<p>A los tres meses de vivir con la familia de Chipiteguy -desapareció el aire espiritado y débil que había -tenido siempre el joven.</p> - -<p>Frechón y Claquemain le reprochaban el haber engordado -y le decían a cada paso que los españoles -eran unos muertos de hambre, que no comían más -que garbanzos duros, y eso de tarde en tarde.</p> - -<p>Los domingos, después de pasar el día con su familia, -Alvarito andaba por el pueblo.</p> - -<p>Le parecían muy tristes y muy aburridos aquellos -domingos de Bayona en las calles; pero era peor -quedarse en su casa.</p> - -<p>En el piso, pobre y sombrío, de la obscura calle de -los Vascos no se respiraba alegría. Su madre estaba -siempre fregando o limpiando; su hermana Dolores, -bordaba, y el padre, don Francisco Xavier, charlaba -constantemente de política, del carlismo, y, sobre todo, -de genealogía y de blasón.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span></p> - -<p>El señor Sánchez de Mendoza andaba a vueltas -con los escudos de su familia y con aquella barra de -bastardía que aparecía en unos Pérez del Olmo, antecesores -suyos.</p> - -<p>Al anochecer encendían en el comedor una palmatoria -de aceite, que daba luz de ánimas benditas.</p> - -<p>De noche no se hacía fuego en la cocina de la casa -del hidalgo y se comía frío. Alvarito veía cómo su -madre ponía en la mesa unos platos desconchados, -unas tazas desportilladas, tres vasos diferentes y los -cubiertos de metal.</p> - -<p>Alvarito veía que, si cenaba allí, su padre no se -lo agradecía, porque mermaba la cantidad de la comida, -ya escasa.</p> - -<p>El chico se despedía de su familia e iba hacia la -plaza del Reducto.</p> - -<p>Le parecía muy triste el anochecer de Bayona, a -orillas del Adour, en las avenidas marinas y en las -de Boufflers.</p> - -<p>El río se extendía ancho, como de plata; los embarcaderos -de maderas negras de algunos almacenes -del barrio de Saint Esprit, alzaban sus brazos giratorios, -con sus poleas en la punta; la Ciudadela, en -la orilla derecha del Adour, se levantaba, con su muralla -gris, sobre una colina verde, con taludes de -hierba.</p> - -<p>Aquel río, casi desierto, con pocos barcos, se extendía -tranquilo, con un color de perla. En el fondo, hacia -su desembocadura, se veía una línea de colinas bajas -con árboles, algunas gentes en los bancos y algunos -pescadores, inmóviles, con la caña en la mano.</p> - -<p>A veces, en los anocheceres espléndidos, con el -cielo de color de rosa y lleno de nubes incendiadas, -el río ancho tomaba reflejos de escarlata y de nácar. -En el otoño, en los días de bruma, todos los objetos<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span> -adquirían un aire espectral, principalmente los barcos -amarrados al muelle.</p> - -<p>Alvarito se veía muchas veces invadido por la tristeza -de aquellos crepúsculos; pero luchaba con ella -como podía. En ocasiones, al llegar delante de la casa -algún día de lluvia, oía que Manón tocaba el piano. -En vez de subir, se detenía en la plaza del Reducto, -mojándose y soñando.</p> - -<p>¡Qué de cosas no hubiera hecho él para conquistarla! -En un momento inventaba mil intrigas de novelas -de aventuras, tan imposibles las unas como las -otras. Luego pensaba con tristeza que no tenía medios -de atraer a Manón.</p> - -<p>De noche, después de cenar, se asomaba a la ventana -de su guardilla, fumaba y fantaseaba, veía enfrente -el Reducto con sus tejados, sus murallas y sus -garitas, y el río de aguas obscuras, verdaderamente -siniestro. Era un espectáculo sombrío y amenazador -el contemplar de noche cómo las aguas negras del Nive -iban entrando, de una manera silenciosa y con un murmullo -confuso, en el ancho cauce, igualmente negro, -del Adour.</p> - -<p>Los días de temporal, en la casa del Reducto, azotaba -mucho el viento, sobre todo del Noroeste. De -noche se le oía zumbar y silbar, y a veces lamentarse -con sus quejidos tristes. En la guardilla donde dormía -Alvarito resonaban las gotas de lluvia en el tejado, -haciendo un ruido metálico, agradable para -oirlo desde la cama.</p> - -<p>Al cabo de una temporada, Alvarito tenía partidarios -en la casa del Reducto; Chipiteguy le consideraba -mucho; la andre Mari y la Tomascha estaban -de su parte, porque era obediente y no faltaba nunca -a la misa del domingo; Manón le trataba con cierto -desdén amistoso, como si creyera que no valía la pena<span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span> -de perder el tiempo hablando con un jovencito insignificante. -Ella se colocaba en la actitud de una -muchacha al lado de un niño.</p> - -<p>Manón le prestó a Alvarito varios libros. El tenía -paciencia y ganas de ilustrarse, y leyó <i>Los Mártires</i>, -de Chateaubriand; el <i>Viaje del joven Anacharsis</i>, -el <i>Telémaco</i> y otros libros enfáticos, capaces de hacer -dormir de pie al más predispuesto al insomnio.</p> - -<p>Después de esta lectura desabrida, el <i>Robinsón -Crusoé</i> le gustó muchísimo.</p> - -<p>Frechón le dijo que debía leer unos tomos que tenía -Chipiteguy en su despacho, <i>Los crímenes de los -Reyes de Francia, desde Clodoveo hasta Luis XVI</i>, -y <i>Los crímenes de los Papas, desde San Pedro hasta -Pío VI</i>, obras las dos de La Vicomterie de Saint-Samson, -escritas con mucho fuego, y que produjeron, -al ser publicadas, gran escándalo. También leyó, por -consejo de Frechón, los folletos de Pablo Luis Courier, -y más tarde el <i>Quijote</i>, que le hizo mucho efecto -y le infundió el deseo de leer romances y libros de -caballería. ¿Pero dónde se encontraban estas novelas -de caballeros andantes? No lo sabía.</p> - -<p>Muchas veces Alvaro recitaba, con voz dolorida, -el romance del marqués de Mantua, que aparece en -el <i>Quijote</i>:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">¿Dónde estás, señora mía,</div> -<div class="line">que no te duele mi mal?</div> -<div class="line">O no lo sabes, señora,</div> -<div class="line">o eres falsa y desleal.</div> -</div></div></div> - -<p>Y al recitar este romance pensaba en Manón.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span></p> - - - - -<h2>SEGUNDA PARTE<br /> -EL SIMANCAS</h2> - - -<h3 id="II_I">I<br /> -MANIOBRAS DE AVIRANETA</h3></div> - - -<p>Aquí el autor tendría que comenzar esta parte pidiendo -perdón a los manes de Aristóteles, porque va -a dejar a un lado, en su novela, las tres célebres unidades: -tiempo, lugar y acción, respetables como tres -abadesas o tres damas de palacio con sus almohadas -y sus colchas correspondientes. El autor va a seguir -su relato y a marchar a campo traviesa, haciendo una -trenza, más o menos hábil, con un ramal histórico y -otros novelescos. ¡Qué diablo! Está uno metido en -las encrucijadas de una larga novela histórica y tiene -uno que llevar del ramal a su narración hasta el fin.</p> - -<p>Iremos, pues, así mal que bien, unas veces tropezando -en los matorrales de la fantasía, y otras, hundiéndonos -en el pantano de la historia.</p> - -<p>Antes de los acontecimientos sangrientos de Estella, -en donde perdieron la vida cuatro generales carlistas, -había Aviraneta comenzado a organizar su -acción contra el carlismo y a hacer propaganda en -favor de la paz, sobre todo en Guipúzcoa.</p> - -<p>Encargó la dirección de la empresa en esta pro<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span>vincia -a su primo don Lorenzo de Alzate, a Orbegozo -y al jefe político Amilibia, los tres de San Sebastián, -que se pusieron a trabajar con actividad en -la línea de Hernani y de Andoain.</p> - -<p>La primera noticia que tuvo Aviraneta de la escisión -que se iba produciendo en el carlismo le vino de -la Corte. Se enteró de que en Madrid, frente a las -Covachuelas, en una tienda de tiradores y galones, -vivía una viuda, que se había vuelto a casar con un -coronel carlista, llamado Calcena, hombre muy activo, -de armas tomar, amigo de Cabrera, y que mantenía -correspondencia con el general Aldasoro, que habitaba -en Bayona.</p> - -<p>Este Calcena era un aventurero, un bandido que -había estado mucho tiempo en América de militar y -de jugador de ventaja.</p> - -<p>Aviraneta indicó al ministro Pita Pizarro la utilidad -de violar la correspondencia de Calcena y por -ésta se supo los preparativos que hacían los amigos -de Arias Teijeiro para deshacerse de Maroto.</p> - -<p>La escisión estuvo oculta, para los carlistas, durante -bastante tiempo, hasta que estalló y se hizo -pública con los fusilamientos de Estella.</p> - -<p>Como estos fusilamientos dejaban triunfantes a -Maroto y a sus amigos, es decir, daban la victoria -a los moderados del carlismo sobre los absolutistas, -Aviraneta indicó al Gobierno de Madrid la táctica -que debía seguir, resumida en estos consejos: primero, -intentar promover disensiones entre los marotistas -que formaban el grupo moderado militar, por -entonces fuerte y compacto; segundo, apoyar por debajo -de cuerda a los absolutistas teocráticos e intransigentes -para que atacaran a los marotistas, y tercero, -impedir que los carlistas, partidarios de la transacción, -se entendieran con los cristinos, de tenden<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span>cias -parecidas, pensamiento que era el que llevaba -interiormente el padre Cirilo y la princesa de Beira.</p> - -<p>A pesar de todas sus alharacas, la facción absolutista -y teocrática sucumbió tan completamente a los -golpes de Maroto, por la inercia de sus jefes y la -cobardía de don Carlos, que todos los esfuerzos para -reanimar el partido de los puros, así se llamaban ellos -a sí mismos, y hacer que volvieran a la pelea contra -los marotistas fueron inútiles. Los hombres más importantes -de la facción apostólica aceptaron la derrota -y la humillación, convencidos de que su causa -estaba perdida.</p> - -<p>Los absolutistas puros doblaron la cabeza. No se -podía contar con ellos.</p> - -<p>Por esta época, don Eugenio redactó y mandó imprimir -una proclama falsa, dirigida a los navarros y -firmada por el capuchino fray Ignacio de Larraga, -confesor de don Carlos y uno de los expulsados después -de los fusilamientos de Estella. Este padre Larraga, -Pico de Oro, según los baztaneses, era un fraile -un tanto grotesco. De confesor del duque de Granada, -que era un viejo beato, lleno de escrúpulos religiosos, -que rezaba a todas horas, en todos los rincones, -había pasado a ser confesor de don Carlos, sustituyendo -a don Pedro Ratón. Se decía que Larraga, -en el sitio de Zubiri, y el general Ros de Olano lo -confirmaba, había avanzado hacia los cristinos y les -había echado una plática pedantesca, en medio de la -cual, de cuando en cuando, decía con voz tonante: -"Ego sum Pater Larraga secundum Apostolorum."</p> - -<p>En la falsa proclama de Aviraneta, atribuída a Larraga, -se aseguraba que Maroto y sus compañeros -estaban vendidos a los liberales, que era lo mismo -que estar vendidos al demonio.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span> -La alocución apócrifa terminaba así: "¡Viva la -Religión! ¡Viva Navarra y sus voluntarios!"</p> - -<p>Por entonces también escribió Aviraneta un papel -que, traducido al vascuence, corrió mucho por las -provincias. Era la carta fingida que escribía un labrador -vascongado a un hojalatero, en la cual se intentaba -sembrar la cizaña entre vascos y castellanos.</p> - -<p>En esta carta se hacía la historia de cómo había -empezado la guerra, y se echaba la culpa de la falta -del éxito a los castellanos, flojos y poltrones, que para -andar unas leguas necesitaban macho o burro.</p> - -<p>Después de otras explicaciones, maliciosas para el -vulgo, se aseguraba que los vascongados ansiaban la -paz, y terminaba la carta con este refrán:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">Naguia bada astoa</div> -<div class="line">emayoc astazayari eroa,</div> -<div class="line">edo astoa illa danean,</div> -<div class="line">garagarra buztanean.</div> -</div></div></div> - -<p class="center">lo que quería decir que: "Al burro lerdo hay que -darle arriero loco, y al asno muerto, la cebada al -rabo."</p> - -<p class="p2">De aquellas hojas, en vascuence, se introdujeron -muchas en el campo carlista.</p> - -<p>Recomendó también Aviraneta a sus comisionados -de la línea de Hernani y de Andoain que mandaran -poner tabernas y merenderos en los alrededores y que -dejasen pasar sin dificultad hacia el campamento carlista -a las chicas que quisieran ver a sus novios o a -sus parientes.</p> - -<p>De esta manera comenzaron a entablarse relaciones -entre los de un campo y los de otro, y corrió por las -filas carlistas esa idea, casi siempre precursora del -abandono de una causa, la idea de que se estaban<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span> -haciendo componendas, a espaldas del ejército, y de -que los jefes se preparaban a abandonarles y hacerles -traición.</p> - -<p>Desde entonces, como si se hubiera dado una consigna, -todo el mundo comenzó a hablar de las penalidades -de la guerra, de la vida miserable que se hacía, -de la diferencia de trato entre los oficiales y la -gente de tropa. La paz comenzó a aparecer como un -estado de felicidad perfecta.</p> - -<p>Los agentes aviranetianos hicieron conocer al pueblo -y al soldado que el gran obstáculo para obtener -la paz eran don Carlos y los hojalateros de Castilla, -el uno ambicioso, y los otros gentes ricas, que no -sentían la miseria de la guerra con sus rentas bien saneadas -en fincas del Mediodía y en Bancos extranjeros.</p> - -<p>Don Eugenio, por entonces, no descansaba; había -entrado en correspondencia con un antiguo maestro -de la niñez, don Mariano Arizmendi, hombre un tanto -sombrío, de genio adusto, de gran influencia entre -los personajes carlistas.</p> - -<p>No se pusieron del todo de acuerdo Arizmendi y -él; pero se habló entre ellos, repetidamente, de que -para terminar la guerra era indispensable un convenio, -palabra que corrió por el campo carlista y por -el liberal.</p> - -<p>Sin duda, en aquel momento, la palabra convenio -condensaba las aspiraciones de los partidos. Los cristinos -no se podían considerar triunfantes en la guerra, -ni los carlistas completamente vencidos; era, -pues, indispensable que unos y otros cedieran algo -en sus respectivos puntos de vista.</p> - -<p>Al mismo tiempo que se verificaba aquella transformación -en las ideas, don Eugenio iba preparando -los documentos falsos que había de utilizar en el le<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span>gajo -que pensaba introducir en la corte de don Carlos. -A este legajo llamaba el Simancas.</p> - -<p>A pesar de que la Junta Carlista de Bayona le espiaba -constantemente y le seguía los pasos, don Eugenio -tenía relaciones con algunos de los carlistas -más perspicuos.</p> - -<p>Una de las personas que le dieron datos acerca de -las divisiones y rencillas del campo de don Carlos -fué don Manuel Mazarambros, ex relator del Consejo -de Castilla. Mazarambros, persona inteligente, -estaba enfermo, hipocondriaco, y no quería tomar -parte activa en la política. Mazarambros se hallaba -en correspondencia con el intendente Arizaga, hombre -corrompido, muy sagaz, de mucho cuidado, uno -de los amigos y consejeros de Maroto, y por él llegaba -a saber Aviraneta lo que se pensaba en el Cuartel -General. También se aprovechó don Eugenio de -las indicaciones de su amigo Vinuesa.</p> - -<p>Cuando los expulsados por Maroto llegaron a Francia, -Aviraneta tenía confidentes en los dos campos -carlistas y sabía día por día y hora por hora lo que -hacían los unos y los otros.</p> - -<p>La acción de los marotistas era más pública y había -informes oficiales de ella; la de los antimarotistas, -más secreta.</p> - -<p>Don Eugenio estaba en relación con el coronel -Aguirre, uno de los antimarotistas exaltados, y éste -le escribía a la semana dos o tres veces. Lo mismo -hacían Bertache y Orejón.</p> - -<p>Para las intrigas de los antimarotistas de Bayona -contaba con María de Taboada y con don Francisco -Xavier Sánchez de Mendoza, a quien Aviraneta había -conocido por Alvarito, y al que convidaba a comer -algunas veces en la posada de Iturri, de la calle -de los Vascos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span> -Pero aún tenía don Eugenio otros informes. Los -fanáticos intransigentes, enemigos de Maroto, habían -formado sociedades secretas, verdaderos clubs, en los -cuales se conspiraba de continuo contra el general.</p> - -<p>Los dos clubs principales antimarotistas estaban: -uno, en Azpeitia, y el otro, en Tolosa.</p> - -<p>En el de Azpeitia, Aviraneta tenía como confidente -a un tal Odriozola, capitán del ejército carlista, hombre -ya viejo, que había estado en América, donde -perdió la carrera por jugador, y que atribuía su desgracia -a Maroto; en el de Tolosa, un oficial llamado -Rezusta, que odiaba a Maroto por su poca religión, -lo que no era obstáculo para que él mismo fuera uno -de los oficiales más descreídos del ejército de don -Carlos.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span></p> - - -<h3 id="II_II">II<br /> -LOS ENEMIGOS</h3></div> - - -<p>Aviraneta tenía muchos enemigos en Bayona. Los -carlistas desconfiaban de él, y, aunque no sabían por -quién ni por qué trabajaba, claramente comprendían -que no era para ellos. Al mismo tiempo, Valdés, el -de los gatos, Salvador y Martínez López, lo desacreditaban -en todas partes. La pretensión de Aviraneta -de ser un patriota y un liberal entusiasta, de convicciones, -les ofendía profundamente. Ellos, granjeros -sistemáticos, iban con el que más pagara. Les parecía -muy natural cambiar de partido, si esto les convenía. -Martínez López escribía libelos a favor o en -contra. El último lo hizo adulando descaradamente -al conde de San Luis, poco antes de la Revolución -de 1854.</p> - -<p>En el Consulado de España todos eran enemigos -de don Eugenio, comenzando por el cónsul Gamboa.</p> - -<p>Este tenía, por entonces, un agente que era su brazo -derecho, don Prudencio Nenín, antiguo comerciante -de Bilbao, establecido en Bayona, hombre activo y -enérgico. Nenín tenía negocios con el cónsul, había -intervenido en la primera empresa de Muñagorri y -vivía en la fonda de Francia.</p> - -<p>A esta fonda se había trasladado también por en<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span>tonces -Aviraneta, comprendiendo que era más fácil -entrar y salir en un hotel, sin ser espiado, que en una -casa particular.</p> - -<p>Nenín andaba siempre detrás de Aviraneta, siguiéndole -los pasos, cosa que desagradaba profundamente -a don Eugenio; este espionaje de los liberales, -de los suyos, no lo podía resistir.</p> - -<p>Por entonces apareció en la fonda un matrimonio -algo misterioso: el conde y la condesa de Hervilly, -a quienes Nenín comenzó a acompañar constantemente.</p> - -<p>El conde parecía un hombre extraño, triste, de aire -siniestro, muy atildado, siempre con guantes. Tenía -una cara pálida, fina, de hombre inteligente; una voz -opaca y sin timbre, y hablaba de una manera un tanto -fría y desdeñosa.</p> - -<p>Se decía que era hijo o sobrino de un general francés -legitimista, del mismo título, y, según se afirmó, -pensaba entrar en España y alistarse en el ejército -carlista, cosa un poco rara, porque cojeaba bastante -al andar.</p> - -<p>El conde formaba en el grupo de aristócratas extranjeros -legitimistas que se consideraban con derecho -a intervenir en España. A la cabeza de este grupo se -hallaba el príncipe de Lichnowsky.</p> - -<p>El príncipe de Lichnowsky era un alemán orgulloso, -fantástico. Creía que su título de príncipe le -autorizaba a todo. Pasó en España una larga temporada -en las filas carlistas. Unos años después de la -guerra, estando en su país, cuando la revolución -de 1848, le hicieron miembro del Parlamento de Francfort. -Allí pretendió tratar con desprecio y con altivez -a los republicanos, y en un motín popular le mataron -en las calles.</p> - -<p>El conde de Hervilly era un legitimista, un rea<span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span>lista, -para quien el mundo tenía dos hemisferios: -uno, el de los aristócratas, con todos los derechos, y -otro, el de los no aristócratas, con todos los deberes.</p> - -<p>La condesa de Hervilly, mujer muy guapa, cubana -o mejicana, hablaba el castellano y el francés a la -perfección.</p> - -<p>Nenín presentó Aviraneta al conde y a la condesa. -A don Eugenio le dieron los dos una impresión de -misterio, de desconfianza. Le chocó que tuviera ella -deseos de intimar con él. El conspirador no era vanidoso -y sabía muy bien que no estaba en el caso de -hacer efecto en las mujeres. La curiosidad que manifestó -la condesa de Hervilly por su vida le impulsó -a enterarse de quién era aquella señora curiosa.</p> - -<p>Pidió a los mozos del hotel y a la dueña informes -de la dama. La pintaron como una persona extraña, -de gustos exóticos, perezosa, ardiente, muy caprichosa. -Le gustaban mucho las flores, los perfumes, el -vivir perezoso e indolente.</p> - -<p>Se llamaba Sonia. Unos decían que era cubana, -otros que haitiana, otros que gitana y otros que judía -o rusa. Al parecer, tenía al marido dominado.</p> - -<p>¿Qué hacía este matrimonio en Bayona? ¿Por qué -estaban allí? ¿Qué esperaban? Los del hotel no lo -sabían.</p> - -<p>La condesa de Hervilly aparecía en el comedor del -hotel acompañada de su esposo y de Nenín y visitaba -con su marido el Consulado de España.</p> - -<p>El conde se manifestaba siempre muy amable y -galante con su mujer.</p> - -<p>Aviraneta pensó que, si había alguien en Bayona -que supiera algo de aquellos condes misteriosos, tenía -que ser Luci Belz, la empleada de la fonda del -Comercio, y fué a verla.</p> - -<p>Luci Belz le dijo que se decía que la condesa de<span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span> -Hervilly era una aventurera, cómica o bailarina, que -había tenido muchos líos. No era fácil comprender -si el señor conde estaba enterado de las aventuras de -su mujer; pero, al parecer, no lo estaba.</p> - -<p>—Yo me he de enterar mejor—concluyó diciendo -Luci.</p> - -<p>Unos días después, la empleada del hotel del Comercio -llamó a Aviraneta. Se había enterado de varias -cosas. El conde de Hervilly, según se decía, era -un hombre un tanto monstruoso: le faltaba casi por -completo una pierna y llevaba para andar una de -goma. De sus dos manos, la izquierda era como la -de un pato, con una membrana entre dedo y dedo; -en cambio, la derecha era de una fuerza enorme. Si -alguna vez el conde se caía, rehusaba ayuda para que -no notasen que le faltaba la pierna. El explicaba su -torpeza diciendo que estaba reumático. Sobre aquel -cuerpo estropeado, el conde tenía una cabeza distinguida; -pero, al parecer, esta cabeza no tenía pelo y -lo sustituía una peluca entre gris y negra. El conde -se ocupaba de algunos trabajos históricos y pasaba -mucho tiempo encerrado en su cuarto. El conde trataba -a la condesa con gran galantería y ella tenía -también para él muchas atenciones.</p> - -<p>Poco después, doña Paca Falcón, que era amiga -de Aviraneta y estaba enterada de la vida de toda la -gente de Bayona, le contó que se decía que el conde -de Hervilly había conocido a Sonia, su mujer, en -París, donde vivía con un tabaquero cubano, que -pasaba por tío suyo; pero que, al parecer, era su -amante. El conde quedó enamorado de ella como un -loco, al verla, y a los dos días pidió su mano.</p> - -<p>Ella parece que le contestó:</p> - -<p>—Consúltelo usted con mi tío.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span> -El conde fué a ver al tabaquero y éste le dijo con -marcado acento de mal humor:</p> - -<p>—Esta muchacha no es mi sobrina, sino mi querida.</p> - -<p>—¿Así que usted no tiene ninguna autoridad ni -derecho sobre ella?</p> - -<p>—Yo, ninguno.</p> - -<p>—Muy bien.</p> - -<p>Al día siguiente, Hervilly pidió a Sonia que se casara -con él y se casaron. Al poco tiempo el conde se -desafió con el tabaquero y lo mató de un tiro.</p> - -<p>La historia le pareció bastante extraña a Aviraneta.</p> - -<p>La condesa tenía un criado todo un tipo extraño. -Era un americano mestizo de indio, moreno, delgado, -tostado por el sol, con una cara impasible e -inmóvil, los pies muy chicos y las manos muy pequeñas; -hombre que hablaba el español, el francés -y el inglés con perfección, pero muy lánguidamente. -Se llamaba Fernandito. Aviraneta pensó que debía -ser mejicano e intentó interrogarle y hablarle de su -país; pero Fernandito el indio no contestó. Este -autómata no parecía tener vida más que ante sus señores.</p> - -<p>La Falcón le contó a Aviraneta que se decía que -a Fernandito, Sonia le había encontrado una noche -en una calle de París, tendido en un banco, abandonado -y gravemente enfermo.</p> - -<p>Sonia parece que lo llevó a su casa, lo cuidó y lo -salvó, y desde entonces el indio se había convertido -en un perro de presa de aquella mujer, por la que -tenía un entusiasmo sin límites. Todos estos detalles -no eran para tranquilizar ni inspirar confianza en -aquella gente.</p> - -<p>Días después Aviraneta vió en el comedor de la<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span> -fonda de Francia a la condesa de Hervilly con la señora -de Vargas. El se inclinó ceremoniosamente y -ellas le saludaron, sonriendo; pero don Eugenio no -quedó muy tranquilo. Ya sabía que Fermina se creía -con motivo para odiarle; pero la otra, la condesa, -¿qué motivo podía tener contra él?</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p> - -<h3 id="II_III">III<br /> -LOS EXPULSADOS</h3></div> - - -<p>Unos días después de los fusilamientos de Estella -fueron expulsados como intrigantes, por Maroto, más -de treinta personas de las principales de la corte de -don Carlos, que pertenecían al partido apostólico. -Estas personas marcharon a Francia, escoltadas por -una compañía alavesa, al mando del general Urbiztondo, -que llevaba como ayudantes al coronel Eguía -y al teniente coronel Errazquin.</p> - -<p>Al llegar a Vera hubo entre los desterrados grandes -discusiones y protestas. Estaban allí el obispo Abarca -con su secretario Pecondón, el canónigo guerrillero -don Juan Echevarría, don José Arias Teijeiro, los -generales Uranga, Mazarrasa y García; el brigadier -Valmaseda, el padre Larraga, el médico don Teodoro -Gelos, cirujano de don Carlos; el padre Domingo de -San José, predicador del Real. Estaban también don -Diego Miguel García, el que había sido confidente del -general González Moreno, cuando se preparó la emboscada -a Torrijos en Málaga, y doña Jacinta Pérez -de Soñanes, alias "la Obispa".</p> - -<p>Al pisar el suelo francés, cada uno de los desterrados -expuso su preocupación. Arias Teijeiro, el galleguito -herborizador, ardía por vengarse de Maroto y<span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span> -pensaba marchar cuanto antes a reunirse con Cabrera -en el Maestrazgo; el canónigo don Juan Echevarría -esperaba sublevar las tropas navarras contra Maroto -y apoderarse del Poder; don Diego Miguel García -se preocupaba únicamente de sus maletas, llenas de -dinero; doña Jacinta pensaba en su querido obispo -de León y éste hablaba de los dolores del Crucificado, -considerando, sin duda, sus gruesas nalgas y su abdómen -piriforme como semidivinos; Arias Teijeiro -habló a todos sus partidarios, dándoles instrucciones, -y como el coronel Aguirre quería volver al valle de -Araquil, donde estaban acantonadas las tropas que -mandaba él, le instó a que abandonara el proyecto -y entrara en Francia, pues de lo contrario se exponía -a que Maroto le hiciera fusilar, abriendo de nuevo la -causa por la muerte del brigadier Cabañas, en la que -Aguirre estaba complicado.</p> - -<p>Aguirre se decidió por ir a San Juan Pie de -Puerto a esperar el levantamiento anunciado de los -apostólicos y los demás personajes se dirigieron a San -Juan de Luz, desde donde el Gobierno francés los envió -a distintos puntos próximos.</p> - -<p>Al parecer, el general Urbiztondo, al llegar a la raya -de la frontera, se despidió de los carlistas con gran -indiferencia, lo que indignó a los desterrados, que a -voz en grito le acusaron de traidor.</p> - -<p>Don Antonio de Urbiztondo y Eguía, el donostiarra, -era poco clerical, y, a pesar de estar entre las filas -carlistas, se le tenía por contagiado con el liberalismo -y por francmasón.</p> - -<p>Sus ascendientes, los Urbiztondos, de San Sebastián, -habían sido revolucionarios y afrancesados, hasta -el punto de trabajar por la separación de Guipúzcoa -de España y su incorporación a la República Francesa -durante la primera revolución, por lo que fueron<span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span> -condenados a penas graves por un Consejo de guerra -español.</p> - -<p>Don Antonio de Urbiztondo tenía la levadura liberal. -Se contaba que en un pueblo de Cataluña, donde -mandaba como general las tropas catalanas, alojó en -un convento algunos de sus soldados y pensó llevarse -las cañerías y los cacharros de plomo que encontró -allí para fundir balas.</p> - -<p>El delegado castrense por don Carlos en el Principado, -que era el obispo de Mondoñedo, negó el -permiso para ambas cosas, considerando la tentativa -una irreverencia y un sacrilegio, y Urbiztondo, con -gran desdén, contestó: "Que únicamente así se podía -hacer la guerra; que si hubiera objetos de plomo -en las iglesias se apoderaría de ellos, aunque se ofendiera -el obispo, y que se llevaría, con permiso o sin él, -hasta las zapatillas del Papa, si eran de plomo".</p> - -<p>Estas palabras produjeron en el partido carlista un -asombro y una indignación, que fueron, en parte, causa -de que Urbiztondo estuviera mucho tiempo de cuartel, -hasta que Maroto, nombrado general en jefe, le -llevó de nuevo al servicio activo.</p> - -<p>Urbiztondo, por equivocación, había sido carlista. -Era un militar inteligente, hombre de mucho nervio. -Fué de los buenos generales del carlismo. Pasado al -ejército de la Reina, después del Convenio de Vergara, -fué capitán general de Filipinas, en cuyo mando -estuvo muy acertado; después, ministro de la Guerra -con Narváez, en 1856, y al año siguiente murió en un -duelo en un salón del Palacio Real, por una cuestión de -etiqueta, batiéndose con un oficial que le había prohibido -la entrada. Al menos esta fué la voz popular.</p> - -<p>—Probablemente—dijo Urbiztondo a los desterrados, -al llegar a la frontera—, pronto tendré yo -también que venirme a Francia.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span> -—Es muy posible—le contestó doña Jacinta de -Soñanes, "la Obispa", con retintín—; pero no será -por la misma causa que nosotros ni por el mismo camino.</p> - -<p>—Si es posible, que salga por Behovia—replicó -el general, sin dar ninguna importancia a la alusión.</p> - -<p>Esto ocurría a principios de marzo.</p> - -<p>Ya habían llegado a San Juan de Luz y a Bayona -los expulsados por Maroto, cuando un día el cónsul -Gamboa llamó a don Eugenio de Aviraneta y le -dijo:</p> - -<p>—Deseaba mucho hablar con usted y hoy mismo -pensaba llamarle.</p> - -<p>—¿Qué pasa?</p> - -<p>—El subprefecto y yo estamos todavía indecisos, -sin saber qué partido tomar con los personajes carlistas -expulsados por Maroto.</p> - -<p>—Pues, ¿por qué?</p> - -<p>—El subprefecto es de opinión que se interne a -esos carlistas a cuarenta o cincuenta leguas de la frontera. -Yo no sé qué hacer. He preguntado al Gobierno, -que no contesta. ¿A usted, qué le parece?</p> - -<p>—Hay que dejarles vivir en la frontera—contestó -don Eugenio—. ¿Para qué internarlos? El vigilar a -un político, no teniéndole encerrado en la cárcel, es -imposible. Además, estos emigrados, con sus maniobras, -nos han de ser útiles a nosotros.</p> - -<p>—¿Cree usted...?</p> - -<p>—Claro que sí. A nosotros no nos pueden hacer -daño alguno.</p> - -<p>—¿Supone usted que conspirarán?</p> - -<p>—Están conspirando ya.</p> - -<p>—¿Contra quién?</p> - -<p>—¡Contra quién ha de ser: contra Maroto!</p> - -<p>—¿Usted supone que eso nos conviene?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span> -—Claro que sí. Hoy, Maroto es la única fuerza -respetable del carlismo. Alejar de la frontera ese foco -de discordia para los enemigos sería una verdadera -tontería.</p> - -<p>—Sí. Quizá tenga usted razón. ¿Usted cree que esa -gente tiene algún plan determinado?</p> - -<p>—Sí; sus propósitos son sublevar los batallones navarros -contra Maroto.</p> - -<p>—¿Quién los dirige?</p> - -<p>—El principal caudillo es el cura Echevarría.</p> - -<p>—¿Y usted cree que alcanzarán su objeto?</p> - -<p>—Creo que se sublevarán más pronto o más tarde.</p> - -<p>—Su éxito no sería un bien para nosotros. Harían -de nuevo la guerra cruel.</p> - -<p>—¡Bah! No tendrán éxito. No harán más que dividirse.</p> - -<p>Gamboa comprendía que lo que le decía Aviraneta -era muy lógico y decidió indicar al subprefecto que -no se molestara a los desterrados.</p> - -<p>Esta fué la razón por la cual las autoridades francesas -dejaron en Guethary al obispo de León; en Bayona -y sus alrededores, al cura Echevarría, a don -Basilio y a otros jefes carlistas y al coronel Aguirre, -en San Juan Pie de Puerto; determinaciones todas -que los periódicos de Madrid comentaron con la -petulancia y la tontería habitual en ellos.</p> - -<p>Don Eugenio no dijo a Gamboa que alguno de -aquellos carlistas trabajaban secretamente para él, y -que el coronel Aguirre, comandante del quinto batallón -de Navarra, fanático apostólico e intransigente, -en cuyo batallón servían de oficiales García Orejón, -Luis Arreche (Bertache), y otros muchos, estaba -subvencionado por el Gobierno de la Reina para -sublevar las tropas contra Maroto.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span></p> - -<h3 id="II_IV">IV<br /> -LA TERTULIA DEL ABATE MIÑANO</h3></div> - - -<p>Por entonces, uno de los centros de los expulsados -por Maroto comenzó a ser la casa de campo que tenía -en los alrededores de Bayona don Sebastián Miñano.</p> - -<p>Miñano el elegante, el antiguo abate afrancesado, -el antiguo secretario del mariscal Soult, era un escéptico, -un volteriano, que no creía en nada; pero -como todos los escépticos, se inclinaba en su madurez -al despotismo, por considerar que era un sistema -de vida más tranquilo, más reposado y menos turbulento -que el régimen liberal.</p> - -<p>Miñano vivía con mucha comodidad y cobraba de -los dos bandos, del carlista y del cristino; para los -dos era casi un oráculo.</p> - -<p>El abate protegía a su hijo natural don Eugenio -de Ochoa, que llevaba una vida de joven rico en -Francia.</p> - -<p>La casa de Miñano tenía gran interés para aquellos -carlistas, la mayoría bárbaros y cerriles, que venían -del campo; allí hablaban con legitimistas franceses -elegantes, perfumados y con los bigotes llenos -de cosmético, con moderados españoles, con gacetilleros -y hasta con damas distinguidas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span> -Muchas veces iban a saludar a Miñano, Valdés, el -de los gatos, que en política era también del género -epiceno; Salvador, el traidor a la Isabelina y enemigo -acérrimo de Aviraneta; Martínez López, el libelista, -agricultor y gramático; don Vicente González Arnao -y su secretario Pagés; Muñagorri, el cónsul Gamboa -y todos los españoles influyentes que se encontraban -en Bayona.</p> - -<p>Formaban con frecuencia juntas carlistas en casa -de Miñano, el obispo Abarca, el cura Echevarría, -Lamas Pardo, don Basilio, los Labanderos, doña Jacinta -Soñanes, alias "la Obispa", y otros.</p> - -<p>Generalmente se avisaban con antelación, se discutía, -y al último, el abate era el que decidía casi siempre -las cuestiones. No se acordaban los expulsados -de que Miñano era el autor de las cartas del Pobrecito -Holgazán, que tanto contribuyeron en España -a desacreditar al clero, y sobre todo a los frailes, ni -de que había sido afrancesado y liberal.</p> - -<p>El obispo de León, don Joaquín Abarca, que tenía -su residencia de emigrado en Guethary, era un señor -grueso, aragonés, pedante y sabihondo, que se creía -una lumbrera. Vestía hábito, con ribetes de violeta; -tenía por secretario a un intrigante que se llamaba -Ramón Pecondón, y como inspiradora o Ninfa Egeria -a doña Jacinta de Soñanes, alias "la Obispa", -que se desvivía porque a Su Ilustrísima no le faltase -el chocolate o el caldo a su hora.</p> - -<p>El obispo de León estaba muy preocupado con la -marcha de los acontecimientos; pensaba que había -disminuído su prestigio personal en el campo carlista -y esto lo achacaba a manejos de Maroto, a quien -odiaba evangélicamente.</p> - -<p>Abarca le tenía mucho miedo a su secretario Pe<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span>condón -y algunas cuestiones reservadas las trataba -sólo cuando Pecondón no estaba delante.</p> - -<p>El otro cantertulio, don Diego Miguel García, era -hombre de ojos hundidos, cejas espesas, mirada oblicua -y sonrisa fina y sarcástica.</p> - -<p>García era hombre de sangre y de cieno que no -había pensado nunca más que en reunir oro, fuese -como fuese. Había sido agente confidencial de Fernando -VII durante mucho tiempo en sus intrigas -tenebrosas con Regato, Salvador y otros tipos de -reptiles de la misma índole. García fué el que le engañó -a Torrijos en Málaga, valiéndose de un coronel, -que pasaba por liberal. Este llevó a la playa a los -liberales y les entregó al general González Moreno. -García era entonces de la sociedad teocrática el Angel -Exterminador.</p> - -<p>Labandero, el padre, era hombre débil y mediocre, -que no tenía agresividad ninguna, y que se lamentaba -constantemente de sus enfermedades y de sus desgracias.</p> - -<p>El cura Echevarría, el ex canónigo de los Arcos, -era un bárbaro; fuerte, rojo, robusto, muy corpulento, -de formas atléticas. Se le veía pasar con frecuencia -por las calles de Bayona con un redingote -negro y un sombrero de copa como un tubo. El cura -Echevarría parecía rebosar salud; sus mejillas, infladas, -tenían el color de las manzanas y sus ojos eran -negros y brillantes.</p> - -<p>El cura Echevarría era un tipo de estos de franqueza -simulada, que se da mucho entre aragoneses -y navarros de la Ribera. Toda esta supuesta franqueza -consiste en hablar en un tono rudo; pero no -pasa de ahí, porque debajo del tono rudo las gentes -saben emplear la maquinación y la perfidia como los -hombres de las demás regiones y de los demás países.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span> -El cura Echevarría era terco y bruto con los inferiores -y adulador de los más rastreros y serviles de -don Carlos; había vivido durante toda la guerra civil -como un príncipe, siempre en banquetes, fiestas, viajes -y ceremonias. Era el agente de los navarros y -tuteaba a todos los oficiales y trataba a la gente con -un despotismo bárbaro.</p> - -<p>El cura Echevarría y Abarca, el obispo de León, -visitaron varias veces a don Sebastián Miñano y le -pidieron consejo. A todo trance querían los dos eclesiásticos -sublevar los batallones navarros contra Maroto -y establecer en el Real un Gobierno teocrático; -pero querían hacerlo con las mayores garantías posibles.</p> - -<p>Para estos católicos absolutistas la cuestión principal -en su partido era la lealtad al Rey; se consideraban -como criados del Monarca y pensaban que ser leales -a su persona era el mejor homenaje a la causa. El ser -inteligente o capaz, esto era accesorio para los dos -eclesiásticos.</p> - -<p>Ellos comenzaban a pensar que Maroto, victorioso, -no se diferenciaría gran cosa del Espartero, y que no -valía la pena de hacer la guerra para un resultado parecido.</p> - -<p>Miñano les aconsejaba la calma para encontrar una -buena ocasión de intervenir. El abate, con su diplomacia -y su labia, se había convertido en un oráculo para -los carlistas intransigentes, como lo era también para -los cristinos moderados.</p> - -<p>Cosa extraña. El antiguo abate, ex prebendado de -Sevilla, ex secretario de Soult, ex constitucional, ex -anticlerical, ex periodista de <i>El Censor</i>, ex geógrafo, -se había hecho protestante; era lector de Víctor Hugo, -Balzac y Sainte Beuve, y traducía por entonces la<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span> -<i>Historia de la Revolución Francesa</i>, de Thiers, para -el impresor Baroja, de San Sebastián.</p> - -<p>De acuerdo con el centro apostólico y antimarotista, -una veces, y otras en contra, funcionaba la tertulia -del marqués de la Lalande. Era una tertulia de aristócratas, -de legitimistas y de extranjeros. A ella pertenecían -el conde de Hervilly, el barón de Batz, Montgaillard -y el intendente Arizaga. Había entre ellos -personas inteligentes y su jefe en el campo carlista -era el príncipe de Licknowsky. Este grupo hizo un -proyecto de transacción con el asentimiento de Maroto. -Se quiso que lord John Hay diera su anuencia -al plan; pero al último, y después de vacilar mucho, -el lord marino no la dió.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span></p> - -<h3 id="II_V">V<br /> -PRIMEROS EFECTOS DE SIMANCAS</h3></div> - - -<p>En aquellas circunstancias, Aviraneta vió con claridad -que el núcleo fuerte del carlismo se encontraba -en Maroto y su gente. Si se quería deshacer el carlismo -había que atacar a Maroto por todos los medios -posibles.</p> - -<p>Era el momento de introducir el Simancas, el conjunto -de documentos falsos fabricados por Aviraneta -en el Real de don Carlos.</p> - -<p>La cosa no era fácil; había que hacer que el Simancas -pasara a manos del Pretendiente, como si llegara -del campo carlista; sin producir desconfianza alguna -acerca de su autenticidad, legitimando su procedencia. -¿Quién podía llevar los documentos? Un -partidario de la Reina sería sospechoso para la gente -del Real; un carlista, ganado por dinero, muy expuesto. -Sólo un legitimista francés que hubiese estado -a sueldo podía desempeñar con relativa facilidad esta -misión peligrosa, para la cual indudablemente se necesitaba -valor y perspicacia.</p> - -<p>Aviraneta había conocido a Frechón, el dependiente -de Chipiteguy, en la casa del Reducto y había hablado -con él en la posada de Iturri. Pensó que quizá él le -podría servir.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span> -Don Eugenio le llamó, le halagó un poco, le escuchó -con atención, y le dijo que volviera, quizá entre los -dos podrían hacer un buen negocio.</p> - -<p>—¿Usted se atrevería a ir a España con una comisión?—le -preguntó Aviraneta.</p> - -<p>—No; ahora no puedo ir.</p> - -<p>—¿No tiene usted algún conocido de confianza para -darle un encargo difícil para España?</p> - -<p>—¿Un francés?</p> - -<p>—Sí</p> - -<p>—Tengo un amigo que quizá sirviera.</p> - -<p>—¿Ha estado en España?</p> - -<p>—Sí, muchas veces. Ahora que ha trabajado para -los carlistas.</p> - -<p>—¡Ah!</p> - -<p>—Pero lo mismo le da trabajar por los liberales.</p> - -<p>—¿Y habla español?</p> - -<p>—Tan bien como usted.</p> - -<p>—¿Quiere usted avisarle?</p> - -<p>—Sí; pero, ¿qué gano yo con eso?</p> - -<p>—Hombre, dígame usted qué quiere que le dé por -la noticia.</p> - -<p>—Nada; yo traeré a ese amigo mañana.</p> - -<p>Al día siguiente Frechón se presentó en el Hotel de -Francia con su amigo, Pablo Roquet.</p> - -<p>Roquet era un comerciante que había tenido una -casa de comisión en Behovia; tipo de hombre de vida -misteriosa, que hablaba tan bien el español como el -francés.</p> - -<p>Roquet se presentó como un señor amable, de unos -cuarenta años, moreno, delgado, con el pelo que comenzaba -a blanquear en las sienes, vestido de negro. -A pesar de su aspecto relativamente joven, tenía más -de cincuenta años.</p> - -<p>Le citó don Eugenio para el día siguiente; lo tanteó<span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span> -y vió que era hombre muy hábil y muy insinuante. -Tomó informes suyos y supo que había quebrado varias -veces, que era viudo y que vivía con una modista. -Doña Paca Falcón conocía a esta pareja.</p> - -<p>Roquet tenía algo de reptil, quizá sin mucho veneno; -buscaba el enriquecerse, a poder ser, sin perjudicar a -nadie. Si se perjudicaba alguien, ¿qué se iba a hacer? -El torpe que se fastidiara.</p> - -<p>Propuso Aviraneta a Roquet que fuera él el encargado -de introducir en el Real de don Carlos el conjunto -de documentos falsos, bautizado con el nombre de -Simancas.</p> - -<p>Roquet era, sin duda, persona muy apropiada para -comisión semejante y comprendió en seguida su importancia.</p> - -<p>Roquet exigió al principio mucho dinero y amenazó -un poco insidiosamente con descubrir el hecho a los -carlistas. Aviraneta pensó que había dado un paso en -falso y se alarmó. Por una inspiración momentánea, -fué a visitar a un antiguo policía retirado, el señor -Masson, que vivía en una casa de campo de los alrededores -de Bayona y le pidió datos sobre Roquet. -Masson se los dió y le mostró una ficha que guardaba -de él.</p> - -<p>Pablo Roquet, llamado Juan Filotier, alias "la Ardilla", -alias "la Dulzura", había vivido en Burdeos con -el nombre de García y era conocido en Bayona por Roquet. -Era un hombre hábil, metido en negocios difíciles. -Había vivido bordeando el Código Penal hasta -caer en su red. Había estado procesado varias veces -por estafa y pasado mucho tiempo en la cárcel. Con -estos antecedentes, Aviraneta esperó a Roquet a pie -firme y se entendieron.</p> - -<p>Roquet, cuando vió que Aviraneta conocía sus antecedentes, -se amansó. Aviraneta le dió lo que pudo y<span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span> -le prometió varias cosas, unas factibles y otras imaginarias. -Se pusieron de acuerdo Roquet y don Eugenio -en lo que se había de decir al llevar el Simancas -al Real de don Carlos. Aviraneta había inventado una -historia. Era así:</p> - -<p>Un legitimista francés de escasos recursos, que habitaba -en Bayona y que alquilaba un gabinete con su -alcoba, había tenido como huésped a un español que -llevaba como equipaje un baúl y una maleta. Este -español, después de pasar un mes en la casa, tuvo que -salir precipitadamente y sin equipaje de Bayona; sin -duda, alguien le perseguía. El español recomendó al -francés legitimista que le alquilaba el cuarto que tuviera -cuidado con su baúl y su maleta. Unos días después, -el hijo del legitimista, un muchacho de diez a -doce años, jugando, encontró una llave en un rincón, -ensayó si la llave venía bien para el baúl, lo abrió y -halló dentro unos documentos y una caja de cartón. -El chico los miró y se los enseñó a su padre, que se -enteró de lo que eran. El legitimista, por un lado, quería -que lo que había descubierto por casualidad sirviera -a don Carlos; pero por otro, no quería aparecer -como un hombre capaz de un abuso de confianza...</p> - -<p>—Está bien—dijo Roquet al oír la explicación.</p> - -<p>Ya puestos de acuerdo los dos, don Eugenio escribió -una nota para que Roquet se la entregara a los -jefes Lanz y Soroa, que ya de antemano habían estado -en relaciones con él y que eran de los afiliados al partido -apostólico.</p> - -<p>Les decía en la nota lo siguiente:</p> - -<p>"Existe una trama infernal contra don Carlos, de -la cual es jefe Maroto. Maroto proyecta inutilizar para -siempre a Carlos V. Esta conjuración se rige por una -Sociedad secreta, establecida entre los generales marotistas -del Real, y esta Sociedad, de fines siniestros, de<span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span>pende -de otra instalada en Madrid, la Sociedad Española -de Jovellanos, que es en principio masónica. -La Sociedad de Jovellanos y la marotista del Real se -comunican por un comisario que habita en Bayona. -Gran parte de los documentos que prueban la conjuración -están en poder de una familia francesa legitimista, -que vive en los alrededores de Bayona. El dador -podría conseguir algunos de esos papeles."</p> - -<p>Aviraneta pensó que para aquellos fanáticos intransigentes -la existencia de una Sociedad secreta así no -era cosa muy difícil de creer, porque ellos mismos -tenían Sociedades secretas, verdaderos Clubs, en que -se conspiraba contra Maroto.</p> - -<p>Roquet, bien aleccionado, marchó a España, y días -después, al volver, se entrevistó con Aviraneta. Había -hablado con Soroa, con Aldave, que era jefe de la -frontera, y con Lanz, y decían éstos que necesitaban -pruebas de la traición de Maroto. Aviraneta redactó -otra explicación y unió a ella tres cartas, que en el -argot de la masonería se llaman planchas, en las cuales -aparecía Maroto nada menos que como Gran Oriente, -y una comunicación de la Sociedad Española de Jovellanos, -S. E. B. J., firmada por el Directorio General -Jovellanos, en la que se aludía a Maroto claramente -y al proyecto de transacción entre moderados cristinos -y carlistas. El comunicado terminaba con estas -palabras: "Salud, Moderación y Esperanza".</p> - -<p>Roquet fué a Tolosa y se avistó de nuevo con Soroa -y otros militares del bando exaltado y les mostró las -cartas en las cuales Maroto figuraba como gran jefe -de la masonería.</p> - -<p>El revuelo que produjo aquello fué enorme. Los -militares carlistas tuvieron una junta magna y nombraron -una comisión para visitar a don Carlos en Durango; -pero al pedir audiencia al Rey, los marotistas, que<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span> -lo tenían continuamente cercado, consiguieron que se -la negasen.</p> - -<p>Volvieron los de la comisión a Tolosa, celebraron -otra asamblea y en ésta algunos oficiales propusieron -matar a Maroto; pero uno de los comandantes jóvenes, -un alavés, se opuso; dijo que no, que era indispensable -primeramente apoderarse de todos los documentos -que había en Francia acusadores de Maroto, -y teniéndolos, prender al general, llevarlo ante un Consejo -de guerra, juzgarlo y condenarlo a muerte legalmente.</p> - -<p>La junta se conformó con esta opinión, y como todos -estaban ansiando tener los documentos acusadores -contra Maroto, le indicaron a Roquet que volviera a -Francia y que los llevara.</p> - -<p>Para facilitarle la empresa le dieron escolta y una -contraseña para el cura de Sara. El cura de Sara, -agente carlista, al saber la comisión de Roquet, le acogió -con gran entusiasmo y le dió una carta para que -visitara en Guethary al obispo de León.</p> - -<p>Roquet se presentó con gran misterio el 9 de junio -al obispo; le contó a solas, sin que estuviera delante -su secretario, lo que había pasado en Tolosa con los -militares y le mostró las tres cartas masónicas en las -que aparecía Maroto como gran jefe de la masonería.</p> - -<p>El obispo Abarca quedó petrificado y asustado; apenas -se atrevió a tocar aquellos papeles infernales; -pero, por otra parte, se alegró de que hubiera datos -para probar la traición de Maroto y aplastarlo para -siempre.</p> - -<p>—El asunto es importantísimo—le dijo el obispo -a Roquet—. Yo quisiera tener una conferencia con ese -francés que posee los documentos, con esa alma pura -y noble que la Divina Providencia ha dispuesto sea<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span> -el instrumento de salvación de la preciosa vida de Su -Majestad.</p> - -<p>Al decir esto, el obispo unió sus manos cruzadas a la -altura de la boca y puso los ojos en blanco.</p> - -<p>Al deseo expresado por el obispo contestó Roquet -diciendo que el francés legitimista que tenía los documentos -no quería dar la cara porque se hallaba en una -situación económica angustiosa y pretendía un destino -del Gobierno de Luis Felipe, y no le convenía aparecer -como carlista y menos como hombre capaz de -hacer un abuso de confianza. Que lo que quería este -francés era algún auxilio en dinero.</p> - -<p>—Lo tendrá. Lo tendrá—dijo el obispo.</p> - -<p>Inmediatamente don Joaquín Abarca mandó que les -sirvieran el almuerzo a Roquet y a él, y después decidió -ir con el francés a Bayona a visitar a Miñano.</p> - -<p>En el camino el obispo no hizo más que hablar de -aquellos preciosos documentos. Al llegar a Bayona -fueron Roquet y él al Seminario a buscar al cura Echevarría -que estaba alojado en una celda.</p> - -<p>El día anterior, Aviraneta había enviado a don Francisco -Xavier Sánchez de Mendoza a casa de Labandero.</p> - -<p>Don Eugenio le indicó al hidalgo que dijera que se -habían encontrado datos sobre la traición de Maroto -y le convenció de que fuese a casa de Labandero, y si -no a la de Lamas Pardo, y le contara a cualquiera de -ellos, sin nombrarle a él, por supuesto, que se habían -encontrado pruebas fehacientes de que Maroto pertenecía -a la masonería, en la que tenía un alto cargo, y -de que estaba preparando una gran traición.</p> - -<p>Sánchez de Mendoza era conocido entre los carlistas -como fiel a la causa y hombre de buenas intenciones, -aunque fantástico y muy crédulo.</p> - -<p>Labandero, al oír a Sánchez de Mendoza, no dió<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span> -gran crédito a la noticia; pero, por si acaso, avisó a -Echevarría por si quería ir a su casa. Estaban hablando -los tres, cuando aparecieron Roquet y el obispo de -León, que venían del Seminario.</p> - -<p>Al ver las cartas masónicas del Simancas, Echevarría -y Labandero se quedaron maravillados.</p> - -<p>Al día siguiente, Sánchez de Mendoza llamó a don -Eugenio y confidencialmente le contó con detalles lo -que había ocurrido.</p> - -<p>Al parecer, cuando llegaron el obispo Abarca y Roquet -a casa de Labandero y mostraron los papeles, -decidieron todos tener una junta con el abate Miñano.</p> - -<p>Echevarría avisó a don Basilio García y a don Florencio -Sanz; Labandero, a Lamas Pardo; Pecondón -apareció con el conde de Hervilly, y todos, en varios -grupos, fueron a casa de Miñano. Sánchez de Mendoza -quedó muy admirado al saber que el abate trabajaba -por los carlistas y al ver su casa lujosa, su biblioteca -llena de libros raros, los cuadros y los muebles.</p> - -<p>En el despacho de Miñano, a puerta cerrada y con -el mayor secreto, Roquet mostró las tres planchas -masónicas. Pasaron de mano en mano y las examinaron -con cuidado. A ninguno se le ocurrió la idea de -una mixtificación y que aquello podía ser una falsedad.</p> - -<p>—¿Qué hacemos?—preguntó el obispo.</p> - -<p>—Hay que comunicar eso a don Carlos—contestó -Miñano.</p> - -<p>—Y cuanto antes—añadió Echevarría.</p> - -<p>—¿Usted no tiene un agente en el Real?—preguntó -Miñano al obispo.</p> - -<p>—Sí: Enciso.</p> - -<p>—Pues escríbale usted para que facilite el paso del -señor Roquet a presencia de don Carlos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span> -El obispo de León estaba asustado y no se atrevía -a escribir la carta por temor a comprometerse.</p> - -<p>—¿Cree usted que sea necesaria?—preguntó varias -veces a Miñano.</p> - -<p>—Sí; me parece indispensable.</p> - -<p>Entonces el obispo redactó un corto billete, que decía -así:</p> - -<p>"Señor don Miguel Enciso: Tenga la bondad de -hacer que el dador pueda hablar con nuestro principal -en un asunto importante de comercio.—<i>A.</i>"</p> - -<p>Al terminar la reunión, Sánchez de Mendoza dijo -en tono solemne y melodramático:</p> - -<p>—Ahora, guerra a muerte a Maroto. ¡Abajo el -traidor!</p> - -<p>—¡Abajo!—contestaron todos con frialdad, pensando, -sin duda, que era inoportuno dar gritos en una -reunión secreta.</p> - -<p>Después de muchas cábalas acerca de las consecuencias -que podía tener el descubrimiento de las planchas -masónicas, los apostólicos, en grupos, volvieron -a Bayona.</p> - -<p>Las reuniones en casa de Miñano se convirtieron -con el tiempo en una junta carlista y apostólica, dirigida -por el obispo de León, Echevarría, fray Antonio -de Casares y Labandero, y en la que hacía de secretario -Sanz, el hermano del general navarro fusilado en -Estella.</p> - -<p>Maroto lo supo un mes más tarde, y en un escrito -que publicó, decía:</p> - -<p>"Todos los avisos y partes que recibo por diferentes -conductos indican una próxima revolución en el -ejército y las provincias, la que parece es fomentada -más particularmente por fray Antonio Casares, capuchino -pagado que servía de capellán en el 5.º batallón -de Navarra; por el reverendo obispo de León y por<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span> -el oficial que fué de secretaría de la Guerra don Florencio -Sanz, secretario actualmente de una junta formada -en Bayona, compuesta de los expulsados, y con -acuerdo del cónsul en dicha plaza, por el Gobierno -usurpador y revolucionario, en la cual hace también -su papel el inmoral abate Miñano y otros inficionados -en sus mismas doctrinas."</p> - -<p>Maroto se engañaba respecto a Miñano; porque el -abate no estaba inficionado en ninguna doctrina; más -bien había conseguido desinficionarse de todas.</p> - -<p>Al día siguiente, Roquet y don Eugenio tuvieron -una larga conferencia en casa de Iturri; se pusieron -de acuerdo en los más pequeños detalles, y poco después -salía Roquet camino de España. El obispo de -León le indicó al agente que si le veía a don Carlos le -dijera que él, Abarca, garantizaba la verdad de la -existencia de las cartas masónicas de Maroto.</p> - -<p>Dos días más tarde estaba el francés en Tolosa; -veía a don Miguel Enciso, le entregaba la carta del -obispo de León, y después juntos Enciso y Roquet -encargaban al coronel Soroa que se presentara al pretendiente -con las cartas masónicas y con el recado del -obispo de León.</p> - -<p>Soroa y Roquet marcharon a Oñate y Roquet fué -presentado al intendente general, don Juan José Marcó -del Pont, que unos días más tarde dejó su cargo de -intendente para ser ministro de Hacienda.</p> - -<p>Marcó del Pont era enemigo rabioso de Maroto y -enemigo desenmascarado.</p> - -<p>Hacía unos días que Espartero había enviado a Maroto -un periódico de Madrid, que contenía copia de las -cartas interceptadas, enviadas por Arias Teijeiro desde -el campo de Cabrera a don Carlos, cartas dirigidas -bajo sobre a Marcó del Pont y en las que se insultaba -y ponía como un trapo a Maroto.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span> -Maroto estaba dispuesto a echarle el guante a Marcó -del Pont y a fusilarle. Marcó lo sabía y el odio se le -acrecentó con el miedo.</p> - -<p>Marcó del Pont se enteró del asunto de las cartas -masónicas y llevó a Soroa y a Roquet a presencia de -don Carlos.</p> - -<p>El Pretendiente examinó las tres cartas masónicas; -las leyó, reflexionó y dijo, disimulando la gran impresión -que le producían (su único talento era éste: disimular):</p> - -<p>—Esto, en el fondo, no tiene mucha importancia. Ya -sabía yo que entre mis generales había algunos masones.</p> - -<p>—Señor—replicó Soroa, poniéndose rojo de indignación, -con una violencia de vasco fanático—: Los generales -que estén en el ejército carlista y pertenezcan -a la masonería, no pueden ser más que traidores.</p> - -<p>—Si yo también lo creo así—dijo don Carlos.</p> - -<p>Roquet calló.</p> - -<p>—¿Y los otros papeles?—preguntó el Pretendiente.</p> - -<p>—Los otros papeles los tiene ese señor legitimista -de Bayona—contestó Roquet.</p> - -<p>—¿Usted los ha visto?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Qué son?</p> - -<p>—Hay un pliego grande de papel que tiene este -título: Cuadro sinóptico del triángulo del Norte de -España; en él hay muchos óvalos a manera de lentes, -pintados de verde y rojo.</p> - -<p>—¿Hay nombres?</p> - -<p>—No; en el centro de cada óvalo hay un número. -En el lado de los verdes hay un letrero que dice: "Civiles". -Y en el de los rojos se lee: "Militares". Encima -del pliego, a la cabeza, hay muchos números y jeroglíficos -que no hemos sabido descifrar. Hay, además,<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span> -una cajita de cartón con una esfera, con el nombre: -"Esfera de luz" llena de signos parecidos a los de estas -cartas.</p> - -<p>—¿Y cómo ha llegado todo eso a Bayona?—preguntó -don Carlos.</p> - -<p>—Este legitimista que quiere presentar estos papeles -es un hombre que se encuentra en mala situación y -suele alquilar un gabinete con su alcoba. A ese gabinete -vino un español con su equipaje y estuvo unos cuantos -días; pero parece que alguien le perseguía, o que le -mandaron algún recado urgente, porque el caso fué -que tuvo que escaparse y recomendó al señor legitimista -dueño de la casa que tuviera cuidado con su baúl. En -esto, el hijo del legitimista, un muchacho de doce a trece -años, abre por curiosidad el baúl, se encuentra con -el pliego pintado y con la esfera de luz, y creyendo que -eran juguetes, se los enseña a su padre.</p> - -<p>—Y ese señor francés, legitimista, ¿no querría venir -él mismo aquí con sus documentos?—preguntó el -Pretendiente.</p> - -<p>—No quiere, porque no le conviene que se sepa su -nombre—contestó Roquet—. Está haciendo gestiones -para conseguir un destino con el Gobierno francés, y -si se supiera que había violado un secreto, tendría por -ello muy mala nota.</p> - -<p>—Yo le daría una cruz o un título si me proporcionara -esos papeles—dijo el Pretendiente.</p> - -<p>—El no está en situación para desear distinciones. -El no quiere más sino hacer este servicio a la causa de -Su Majestad para que vea quienes son los que le rodean. -El dejaría los papeles durante quince días para -que los examinaran detenidamente, bajo palabra de -honor de que se los habían de devolver, y pediría por -esto tres mil francos.</p> - -<p>—Bueno, pues se le darán—dijo el Pretendiente.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span> -Por lo que contó Roquet, tanto don Carlos como -Marcó del Pont estaban inquietos y recelosos y al -mismo tiempo muy satisfechos con la perspectiva de -dar la zancadilla a Maroto y acabar definitivamente -con él. Hablaron el Rey y el ministro largo rato, retirados -a un lado de la habitación. Don Carlos pensó en -escribir una orden al gobernador de Vera para que facilitase -y diese escolta a la persona portadora de los -documentos cuando se presentara en la frontera; pero, -al ir a escribir la nota, Marcó del Pont dijo que él mismo -acompañaría a Roquet hasta Vera y diría al comandante -de esta villa fronteriza, coronel Lanz, que -cuando Roquet volviese a Bayona le llevasen con escolta -hasta el Real.</p> - -<p>El francés se comprometió a llevar los documentos, -y Marcó del Pont le aseguró que, después de comprobar -su autenticidad y su importancia, le entregaría -tres mil francos para el legitimista y otros tres mil -como garantía de que se le devolverían todos los papeles.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span></p> - - -<h3 id="II_VI">VI<br /> -EL DINERO</h3></div> - - -<p>Mientras Aviraneta esperaba con ansiedad los resultados -de la gestión de Roquet corrieron por Bayona -muchas noticias. Se dijo que los antimarotistas de la -Junta Apostólica iban a tener dinero para hacer más -intensa la guerra.</p> - -<p>El secretario de la Junta, don Florencio Sanz, se -agitó y lanzó circulares, afirmando la vuelta al poder -de los <i>puros</i>. Se añadió que el padre Larraga había -ido a Turín y el general Uranga a Viena; que los -dos traerían disposiciones y dinero en abundancia, y -que en seguida la Junta Apostólica iría a ponerse de -acuerdo con Cabrera y Arias Teijeiro.</p> - -<p>Pocos días después el <i>Faro de Bayona</i> confirmó la -noticia y añadió que Tarragual había pedido el pase -al subprefecto para ir a Toulouse y luego a la frontera -catalana.</p> - -<p>Todo esto Aviraneta sabía que no tenía importancia; -en cambio, por aquellos días supo por el Club -antimarotista de Azpeitia una noticia importante.</p> - -<p>Se trataba de hacer un empréstito de quinientos millones -de reales a don Carlos por las casas Tastet y -Francessin. Tastet había pasado al Real de don Carlos -con una carta de los principales banqueros de In<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span>glaterra -ofreciendo al Pretendiente auxilios si se avenía -a firmar el contrato en las condiciones que se le -proponían.</p> - -<p>El negocio era una combinación de comerciantes -ingleses y franceses, dirigida a arruinar la poca industria -española.</p> - -<p>Tastet fué al Cuartel Real, y primero se vió con el -padre Cirilo de la Alameda y éste quiso sacar tajada -sin exponerse; pero Tastet era tan cuco como podía -serlo el padre Cirilo y estaba dispuesto a no dar un -cuarto sin garantías.</p> - -<p>Aviraneta temía que, a pesar de que las condiciones -eran duras, don Carlos, impulsado por la necesidad, -firmase el empréstito para poder tener armas, caballos, -efectos de guerra y dinero para pagar a las tropas.</p> - -<p>Sabida es la frase del mariscal Trivulzi, que se -ha repetido muchas veces:</p> - -<p>"Tres cosas son necesarias para llevar bien una -guerra: la primera, dinero; la segunda, dinero, y la -tercera, dinero."</p> - -<p>A esto se puede añadir la frase de Vespasiano, -que el dinero no tiene olor; es decir, que lo mismo -da que venga de arriba que de abajo; de las flores -o del cieno.</p> - -<p>Aviraneta, que veía un gran peligro en este empréstito, -comenzó a trabajar en contra de él. Dió informes -a los antimarotistas de Fermín Tastet, banquero -bilbaíno, que había sido liberal y masón; hizo -decir a los Clubs de Tolosa, de Azpeitia y de Bayona -que el empréstito era una trama pérfida de Maroto -para exterminar a los carlistas puros y al Pretendiente, -pues dueño el general de este modo de las -tropas, pagándolas espléndidamente haría lo que quisiera, -transigiría con Espartero, sacrificando la causa -de la legitimidad y del catolicismo. Esta era la expli<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span>cación -de que fueran liberales y masones los que -ofrecían el dinero.</p> - -<p>La idea lisonjeó a los fanáticos, se la apropiaron, -y fué tal la enemistad que se produjo contra este -empréstito, que Tastet tuvo que escaparse del Real -y marchar corriendo a Francia. Los dos banqueros, -el español y el francés, se manifestaron asombrados -de la enemiga que había producido su proyecto.</p> - -<p>Hablaron en Bayona con el marqués de Lalande y -uno de los banqueros dijo:</p> - -<p>—Sin dinero la guerra se acabará pronto.</p> - -<p>El marqués de Lalande parece que añadió:</p> - -<p>—Ya no tenemos guerra más que para unos meses.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span></p> - - -<h2>TERCERA PARTE<br /> -LAS FIGURAS DE CERA</h2> - -<h3 id="III_I">I<br /> -PERSONAJES HISTÓRICOS</h3></div> - - -<p>Alberto Dollfus, alias Chipiteguy, tenía la manía -de adquirirlo todo.</p> - -<p>—La cuestión es almacenar, meter cosas en la -tienda—decía él—. Siempre hay gente que quiera -comprar.</p> - -<p>El sistema no debía ser del todo malo, porque al -parecer, y gracias a él, el chatarrero se enriqueció.</p> - -<p>Un poco antes de que Alvarito Sánchez de Mendoza -entrase en casa de Chipiteguy, el trapero había -comprado varias figuras de cera de desecho que vendía -un señor David, Curtius para el respetable público, -dueño de un gabinete de figuras ceroplásticas -que pasó por Bayona.</p> - -<p>Estas figuras, el señor David, alias Curtius, las -vendió, la mayoría, desnudas, como si fueran odaliscas, -para un harén, y otras en piezas separadas, cabezas, -piernas, brazos, como si se tratara de un género -de carnicería. La mayor parte de las figuras -ceroplásticas no tenían más que el tronco, algo del -pecho, las manos y los pies. Chipiteguy se decidió a<span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span> -dedicarse a la ceroplastia quirúrgica; pensó primero -en restaurar sus figuras y a algunas las fortificó, metiendo -a unas un palo por la pierna, para que hiciera -de tibia, rellenando brazos y muslos con paja de -maíz. Después, con cera derretida fué tapando los -huecos de las caras y de las manos y, hecha esta restauración, -pintó las mejillas con albayalde y bermellón.</p> - -<p>Chipiteguy, que conservaba guardados en su almacén -muchos trajes de mujer y uniformes de todas -clases, pensó que unos y otros podían servir muy -bien para vestir sus figuras, y sacó de sus almacenes -chupas, casacas, calzones, fraques azules, enaguas, -pañoletas, peinetas y demás.</p> - -<p>La andre Mari y la Tomascha tuvieron que remendar -muchas medias y puntillas por aquellos días. -El señor David se había desprendido de sus muñecos, -porque, además de estar un poco estropeados, -eran muy conocidos de su numerosa clientela, y el -buen Curtius, celoso del interés de su espectáculo, -quería sustituír sus personajes antiguos por otros -nuevos de militares, de asesinos y de envenenadores -de más prestigio y fama.</p> - -<p>Algunas de las figuras de cera compradas por Chipiteguy -estaban identificadas; pero otras no. Probablemente -el señor David, Curtius en la vida pública, -había hecho pasar uno de sus muñecos unas veces -por Enrique IV, otras por el gran Federico, por Mahoma -o por el general Poniatowski, y había dama en -cera que había sido, alternativamente, María Cristina de -personajes de la Revolución francesa y de Inglaterra -y la querida de Fieschi, el de la máquina -infernal; sin contar otros antiguos avatares, desacreditadores -de la ceroplastia y de la iconografía.</p> - -<p>Chipiteguy encargó a Alvarito que en los ratos<span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span> -perdidos mirase los periódicos ilustrados y las estampas -de la trastienda para ver de identificar los personajes -ambiguos y borrosos. Alvarito estuvo varios -días pasando hojas y más hojas y llenándose de polvo, -y no consiguió gran cosa. Entre las láminas que -guardaba Chipiteguy había estampas raras, grabados -antiguos alemanes de Alberto Durero y reproducciones -de los cuadros del Bosco, de Holbein y de -Cranach. Estas láminas se hallaban mezcladas con -otras arrancadas de libros y con estampas populares de -las Danzas de la Muerte, de la Historia de los cuatro -hijos de Aymón, de Genoveva de Brabante, de los -cuatro jorobados de Valladolid y con retratos y escenas -de personajes de la Revolución francesa y el Imperio.</p> - -<p>Chipiteguy puso también a contribución los conocimientos -de un sobrino suyo, Marcelo Ezponda, ingeniero -y profesor de una academia, aunque éste se -ocupaba principalmente de cuestiones de química y -mecánica.</p> - -<p>—A ver si tú, Marcelo, me iluminas en este asunto—le -dijo Chipiteguy.</p> - -<p>—¿Qué hay que hacer?</p> - -<p>—Quisiera identificar todas estas figuras de cera—indicó -el viejo, señalando la fila de siniestros personajes, -que estaban unos casi enteros, sostenidos en -la pared, y otros a trozos en el suelo, como en un -Spoliarium.</p> - -<p>—Querido tío—dijo Marcelo—: esto es más difícil -de lo que parece a primera vista, porque hay -tipos, claro está, a quienes se puede identificar sólo -por la cara; pero a otros muchos, a la mayoría, se -les conoce por los accesorios, por el peinado, por el -uniforme o por la indumentaria.</p> - -<p>Tan cierto es que los hombres, en general, tienen<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span> -tan poco carácter que, si a los más ilustres y mejor -dibujados se les quitan los accesorios históricos, los -bigotes y las patillas, los galones y los penachos, un -par de frases y otro par de anécdotas, no les conocería -ni su padre.</p> - -<p>El tío, el sobrino y Alvarito estuvieron haciendo -cábalas acerca de quiénes podrían ser aquellos personajes, -y llegaron a identificar a María Antonieta, -a la Brinvilliers, a Mirabeau, Robespierre, Marat, -Fouché, Fualdés, Paganini, Danton, Fieschi con su -querida, madama Roland y Robinsón Crusoé. Algunos -no eran muy seguros; otros, por ejemplo, como -Marat, con el cuerpo desnudo, encogido, como para -ser metido en una bañera, con una herida en el pecho -y un pañuelo atado a la cabeza, eran indudables.</p> - -<p>Las demás figuras quedaron sin identificar. Algunas -se comprendía que eran de varones, otras de -hembras; no faltaban quienes tenían aire ambiguo.</p> - -<p>A las figuras no identificadas Chipiteguy y Marcelo -les pusieron motes: el Inglés, el Diplomático, la -Española. A una le llamaron la Dama Bonita.</p> - -<p>—Esta pícara tiene aire gracioso—dijo Chipiteguy—. -Es alguna dama del antiguo régimen. Con su -cara sonrosada y sus ojos azules la estoy viendo riéndose -de su marido y de sus galanteadores.</p> - -<p>Alvarito la encontraba cierto lejano parecido con -Manón.</p> - -<p>Chipiteguy no se arredró por la dificultad de identificar -sus figuras ambiguas y borrosas y en colaboración -de Alvarito decidió quién había de ser ésta y -la otra, y después de su decisión, sintiéndose tan Curtius -como el señor David, puso a los personajes pelucas -y patillas, pegadas o sujetas con tachuelas. Les -encasquetó tricornios y morriones y los transformó<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span> -en generales célebres de la guerra carlista. Los ultrajes -a la ceroplastia eran continuos.</p> - -<p>En Bayona, y en aquella época, este disfraz carlista -de los personajes era lo que podía tener más -interés para el respetable público.</p> - -<p>Además de las figuras separadas había un grupo -de tres hombres, que por su actitud estaban asesinando -a otro; pero el muerto faltaba. Estos tres vinieron -vestidos. Uno de los asesinos, hombre joven, -con los ojos torcidos, la boca de labios gruesos, -la nariz chata, gorra en la cabeza y pañuelo rojo al -cuello, levantaba el brazo, armado con un puñal. El -otro, más viejo, rechoncho, fuerte, de mirada inteligente -y viva, tenía un cuchillo medio oculto en la -mano. El tercero, un testigo, unido a los dos asesinos -por la fatalidad y por unos listones de madera, era -un hombre que gritaba, pidiendo socorro, y abría -mucho la boca, enseñando los dientes y las encías. -Este tipo, que debía ser una persona honrada, tenía -el pelo gris, la cara con muchas arrugas, anteojos, -gabán y bastón en la mano. A pesar de su presunta -honradez era casi más antipático que los criminales -unidos a él.</p> - -<p>Chipiteguy pensó que podría llamarse al joven el -Asesino, al otro el Patibulario y al viejo que gritaba -el Voceador.</p> - -<p>Todas las figuras de cera tenían ese aspecto horrible -y feo, un poco de fantasma, de las obras ceroplásticas. -Era un extraño carnaval de figuras inmóviles -y sin expresión, aunque algunas tenían como un lugar -común expresivo y amanerado.</p> - -<p>Había tipos con aire de pedantería y de discreción, -que parecían decir: "¡Ah!, no crean ustedes; nosotros -también guardamos nuestro secreto."</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span> -Cuando estuvieron vestidos, se les arrimó a los personajes -a la pared del almacén.</p> - -<p>Manón, al verlos, sintió la repugnancia de aquellas -figuras de aire hipócrita y pedantesco, y exclamó:</p> - -<p>—¡Qué asquerosos tipos!</p> - -<p>Luego pidió a su abuelo permiso para romperlos -a pedradas.</p> - -<p>—¡Hombre, hombre! ¡Qué chica! Tú eres iconoclasta. -Déjalos. Después de todo, no te has de casar -con ninguno de ellos—dijo Chipiteguy—, y ya verás -como cada uno nos trae sus cuartitos.</p> - -<p>La mayoría de los personajes fueron transformados -en militares y en guerrilleros de la guerra carlista, -menos el grupo de los asesinos.</p> - -<p>Aquellos tipos tenían aire tan repugnante y tan vil, -que no podía transformárselos en guerrilleros. Tampoco -se les pudo cambiar en monederos falsos. Lo -más que se les hubiera podido convertir era en verdugos.</p> - -<p>¿Qué crimen habían cometido? Chipiteguy no lo -sabía. Su sobrino Marcelo dijo que quizá se podría -averiguar el crimen leyendo las causas y procesos célebres; -pero Chipiteguy pensó que, después de todo, -no valía la pena. A aquellos tres siniestros personajes, -unidos por el destino y por los listones que tenían -al pie, no era tampoco fácil separarlos.</p> - -<p>Chipiteguy pensó que debía guardar el grupo oculto -hasta que se agenciara un asesinado de cera que -tuviese un poco de aspecto. Estos tres personajes horribles -fueron a parar a la cueva, envueltos en telas -de sacos.</p> - -<p>A Alvarito, el recordarlos le daba horror. ¿Por -qué no le parecían unos peleles armados con palos y -llenos de hojas de maíz, como eran? ¿Por qué no<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span> -los tenía por muñecos o maniquíes vestidos con ropas -de prenderías? No sabía por qué, pero le hacían efecto. -Sin duda no era la cosa completamente extraña, -porque el loco de la vecindad, a quien llamaban Abadejo, -al ver los muñecos, se estremeció, le dió un ataque -y empezó a dar gritos de melusina.</p> - -<p>Se veía que aquellas figuras siniestras obraban en -la gente de imaginación débil, perturbándolos. La -ceroplastia tenía una acción indudable en el sistema -nervioso.</p> - -<p>Un día Chipiteguy le dijo a Alvarito:</p> - -<p>—Al ciudadano Marat le tenemos que hacer una -herida mayor. Toma este cuchillo y caliéntalo en el -fuego, en la cocina.</p> - -<p>Alvarito hizo lo que le mandaban.</p> - -<p>—Ahora—le dijo el viejo—, húndeselo en el pecho -al ciudadano Marat.</p> - -<p>—¿Yo?</p> - -<p>—Sí. ¿Qué, te da miedo?</p> - -<p>—No, no. ¿Por qué me va a dar miedo?</p> - -<p>—Con cuidado.</p> - -<p>Alvarito cogió el cuchillo caliente y lo clavó en el -pecho del gran revolucionario. Chirrió la cera y quedó -una como herida horrorosa, que luego se pintó -de bermellón.</p> - -<p>Chipiteguy no tenía idea buena. Buscaba lo impresionante, -lo sensacional. A una de las figuras de mujer -se le ocurrió ponerle un antifaz en la cara, con -lo que la dejó más siniestra.</p> - -<p>Cuando concluyó el arreglo de sus figuras, Chipiteguy -construyó una barraca en la plaza de la puerta -de España, donde solían tocar la música los soldados. -Su instalación tuvo éxito. Durante mucho tiempo la -gente fué por la tarde a ver las figuras de Chipiteguy. -La barraca no tenía luz de día, sino que estaba ilu<span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span>minada -por unos quinqués de petróleo. Esto le daba -al lugar un aire de cueva misterioso y siniestro.</p> - -<p>A la entrada, para cobrar, solía estar una muchacha, -vestida de lentejuelas, y dentro había un francés -ex carlista que explicaba la vida y las aventuras de -cada personaje con gran lujo de detalles. Por entonces -las siluetas y tipos de los generales españoles liberales -y carlistas no se conocían con exactitud, al -menos en Francia, y Paganini, Fieschi y Robespierre, -pelos más, pelos menos, podían pasar indiferentemente -por Cabrera, Zurbano o Zumalacárregui...</p> - -<p>Una tarde, poco después de la inauguración de la -barraca de Chipiteguy, instalada cerca de la puerta -de España, charlaban dos jóvenes elegantes con don -Eugenio de Aviraneta, mientras contemplaban las -figuras de cera.</p> - -<p>Uno de los jóvenes era un pintor, que vestía como -un dandy, frac azul, pantalón con trabillas y grandes -melenas; el otro era Ochoa, el escritor.</p> - -<p>—Oiga usted, don Eugenio—le dijo Ochoa a Aviraneta—, -¿qué cantidad de verdad hay en estos retratos?</p> - -<p>Aviraneta se sonrió; era amigo de Chipiteguy.</p> - -<p>—No están mal—dijo.</p> - -<p>—Es curioso—exclamó el pintor—; las figuras -de cera son más pintorescas y más típicas cuanto -más estropeadas y viejas están.</p> - -<p>—¡Ah, claro! No es obra artística—indicó Aviraneta.</p> - -<p>—Indudablemente—dijo el pintor con petulancia—, -las figuras de cera son algo atrayente, sobre -todo para los chicos y la gente del pueblo. Es un espectáculo -de gran curiosidad, emocionante...</p> - -<p>—Pero al mismo tiempo de extraña repulsión—indicó -Aviraneta.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span> -—Es cierto—añadió Ochoa—. Esta curiosidad y -este atractivo son malsanos. Tiene todo esto la sugestión -de la cosa prohibida y pornográfica; algo de -la inquietud que produce la máscara, y al mismo -tiempo, ese fondo malo, encanallado, histérico, que -se revela en la curiosidad por los muertos, por las -salas de disección, los gabinetes anatómicos y las operaciones.</p> - -<p>Alvarito se puso a escuchar la conversación de los -tres señores, porque le interesaba.</p> - -<p>—¿A ustedes les produce repugnancia?—preguntó -el pintor—. A mí me inspira más bien risa.</p> - -<p>—A mí, una barraca de figuras de cera, me parece -un depósito de cadáveres de broma—murmuró Aviraneta.</p> - -<p>—Sí, sí, tiene usted razón—dijo Ochoa—; a mí -me parece lo mismo, y creo que la causa principal -de esto es que todo en esas figuras sabe a muerto.</p> - -<p>—Pues a mí, principalmente, todo ello me produce -risa—insistió el pintor—; aquel general con su -tricornio y su sable es de lo más grotesco que se -puede imaginar.</p> - -<p>—Los generales de verdad son más grotescos—afirmó -Aviraneta.</p> - -<p>—Yo creo que en una exhibición así el recuerdo -de la muerte es lo que se impone—siguió diciendo -Ochoa—. El color de la cera es color de muerto, y, -unido a la repugnancia que producen los ojos de cristal, -los pelos postizos y los trajes acusan más esta -impresión.</p> - -<p>—Mire usted qué monja—señaló el artista—. Es -siniestra. ¿Eh?</p> - -<p>—Parece un fantasma—dijo Aviraneta.</p> - -<p>—Sí, es horrible. ¿Cómo puede encontrar eso nadie -bello?—preguntó el pintor.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span> -—Hay gente para quien lo horrible es lo bello—replicó -Ochoa.</p> - -<p>—¡Bah!—exclamó el pintor.</p> - -<p>—¿No lo era también para Shakespeare?</p> - -<p>—Yo no he leído a Shakespeare—replicó el artista—; -como si esto fuese una superioridad.</p> - -<p>—Un francés, ¿para qué va a leer nada extranjero?—exclamó -Aviraneta—. Ellos lo tienen todo -en casa.</p> - -<p>—Es verdad—contestó el artista, sin notar la -ironía de don Eugenio.</p> - -<p>Alvarito escuchó con atención. El, no sólo no había -leído, sino que no había oído hablar nunca de -Shakespeare.</p> - -<p>—En todo se acentúa la idea de muerte y de sepulcro—insistió -Ochoa—; la cera tiene algo de carne, -pero de carne muerta; los ojos vidriosos de cristal -son ojos de cadáver; el pelo, separado de la persona, -es de las cosas que más recuerdan al muerto. -Las ropas, sobre todo usadas, hablan de un difunto: -son como testigos de todo el bien y el mal que ha -hecho un hombre de verdad en la vida, porque no es -muy probable que el sastre las hiciera para muñecos. -Todo lo que se reúne en las figuras de cera es funerario -y sepulcral.</p> - -<p>—Como tú, querido Ochoa—saltó el pintor—, -que también estás funerario y sepulcral.</p> - -<p>—El tamaño quizá influye también—añadió Aviraneta—. -Si las figuras fueran mayores o menores -que el natural, probablemente no darían tanto la impresión -de cosas muertas; pero esos gabanes usados, -esas gorras, esos sombreros, que los han llevado, seguramente, -gentes vivas, nos sugiere un poco la idea -del difunto.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span> -—¡Qué macabros están ustedes!—exclamó el -pintor.</p> - -<p>—No, macabros, no. Insistimos un poco para aclarar—replicó Ochoa—. -Indudablemente tiene usted razón, -don Eugenio. El tamaño influye mucho. Es el del -natural; por lo tanto, el del muerto. Aumentándolo -o achicándolo bastaría probablemente para quitar esa -impresión. Un muñeco no da nunca esa sensación -desagradable, porque no hay la posibilidad de confundirle -con una persona. ¿Por qué la posibilidad de -la confusión es tan desagradable?</p> - -<p>—Es la posibilidad del fantasma, del espectro—dijo Aviraneta—. -Un fantasma como una mosca -o como un monte no podría ser fantasma asustador.</p> - -<p>—Luego hay el otro punto—insistió Ochoa—. -¿Por qué una figura tan realista como una figura de -cera no produce efecto artístico? Indudablemente, -todas estas impresiones reunidas de curiosidad y de -repulsión de que hemos hablado estorban para producir -una sensación de suavidad y de dulzura. ¿Por -qué el asesino con un puñal en la mano y la víctima -con una herida de la que brota sangre nos son odiosas -en figuras de cera y no en un cuadro?</p> - -<p>—Resolver esa cuestión sería encontrar el tope del -arte—dijo Aviraneta—, sería saber dónde están sus -límites.</p> - -<p>—Es cierto—añadió Ochoa—. No sabemos cuál es -el límite del arte. ¿Por qué el pelo rubio o negro pintado -en la tela está bien y, en cambio, la peluca rubia o -morena sobre una figura de cera es repugnante? ¿Por -qué los tiñosos de Murillo, en su cuadro de "Santa -Isabel", son hasta bonitos y, en cambio, un tiñoso en -figura de cera sería aún más desagradable que en realidad?</p> - -<p>—Sin duda la realidad, y el hombre dentro de ella,<span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span> -es como un monstruo lleno de tentáculos—observó -Aviraneta—, y unos de éstos viven de aire y de luz, -y otros, de sangre y de cieno; el arte los aprovecha, -pero no puede aprovecharlos todos.</p> - -<p>—Y las figuras de cera toman de la realidad esos -tentáculos cenagosos, los más hundidos en el barro -humano—añadió Ochoa.</p> - -<p>—Es indudable—dijo Aviraneta.</p> - -<p>—A mí lo que me asombra—añadió Ochoa—por -qué este arte de las figuras de cera, cuando llega a la -suma perfección, no llega a la belleza. Ustedes habrán -visto en el castillo de Potsdam la figura del gran Federico -en cera.</p> - -<p>—Yo, no—dijo Aviraneta.</p> - -<p>—Yo, tampoco—repuso el pintor.</p> - -<p>—Todos afirman que es de un parecido absoluto. -Las facciones del rey de Prusia están vaciadas en la -cara del muerto; el que pintó la cara conocía al gran -Federico, y sus mejillas apergaminadas y sus ojos rodeados -de un círculo morado son de una verdad completa. -El traje y los accesorios son los mismos que -usaba el rey; la peluca de estopa, el uniforme azul, desteñido -y raído; las botas, el sombrero, la espada, la -flauta, son los que él empleaba. Es casi la realidad... -sin el espíritu.</p> - -<p>—¿Y qué efecto hace?—preguntó Aviraneta.</p> - -<p>—Igual que estas figuras de cera. Da repugnancia y -miedo—contestó Ochoa.</p> - -<p>Quizá iban a seguir los comentarios, que Alvarito -oía muy interesado, cuando se presentó Chipiteguy, -que saludó afectuosamente a Aviraneta.</p> - -<p>—¿Quién es este tipo?—preguntó el pintor a -Ochoa.</p> - -<p>—¿El viejo? Es el dueño de las figuras de cera.</p> - -<p>—No; el otro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span> -Ochoa le explicó quién era el conspirador, y el artista -estuvo contemplando a Aviraneta.</p> - -<p>—Es un tipo curioso—murmuró—; tiene una bonita -cabeza.</p> - -<p>—Sí, es un poco águila o buitre.</p> - -<p>Alvarito escuchó con atención aquellas teorías acerca -de la ceroplastia que expusieron los tres señores -y pensó sobre ellas. En muchas cosas estaba conforme.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span></p> - -<h3 id="III_II">II<br /> -LOS SUEÑOS DE ALVARITO</h3></div> - - -<p>Mientras las figuras de cera estuvieron encerradas -en el almacén constituyeron una obsesión para Alvarito. -Le daban miedo, horror y repugnancia, y no quería -acercarse a ellas. De noche, sobre todo, el pensar -en el sótano le hacía estremecer. Era un antro de la -locura, lleno de monstruos gesticulantes, de espectros -horrorosos, que se amenazaban en un terrible silencio. -Alvarito tenía el temor de que toda su vida la pasaría -así, con la perspectiva de un sótano negro con figuras -de cera.</p> - -<p>Cuando comenzaron a llevarlas a la barraca pensó -que ya se sentiría tranquilo; pero quedaba en la cueva -el grupo de los asesinos, que era el que más le repugnaba -y le inquietaba.</p> - -<p>Alvarito era muy nervioso. Había vivido siempre -excitado con las fantasías políticas de su padre y las -ideas supersticiosas y fatídicas de la madre. Al principio, -en casa de Chipiteguy, con la buena alimentación, -había logrado robustecerse física y moralmente; -pero aquellas malditas figuras de cera le obsesionaban -y le quitaban toda tranquilidad. Constantemente se le -aparecían en sus sueños.</p> - -<p>Soñó una vez que la casa de Chipiteguy estaba en<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span>cantada -por un maleficio misterioso y extraño. En los -subterráneos había monstruos gesticulantes, sombras -hórridas que se agitaban en el silencio; en el piso alto -había un hada y un viejo mago, y alrededor un ambiente -de locuras y de extravagancias.</p> - -<p>Cuando se entraba en la casa se desfallecía, hasta tal -punto, que en pocos minutos se quedaba uno anémico -y exangüe y al último convertido en figura de cera.</p> - -<p>De pronto una mujer que le hablaba, y a quien conocía, -aunque en el momento no sabía quién era, le -revelaba susurrando el importante secreto. Para no -quedar encantado en aquella casa era necesario no -tocar el suelo. Era por el contacto con el suelo cómo -se perdían las fuerzas. Entonces a Alvarito se le ocurría -la idea de llevar una grúa de las que se levantaban -en la orilla del río y colocarla cerca del Reducto, -y por la cuerda descolgarse y entrar en casa de Chipiteguy.</p> - -<p>Alvarito realizaba su proyecto con gran facilidad; -bajaba por la cuerda y, balanceándose en ella, recorría -la casa, sin pisar el suelo, y a todo lo que tocaba con -una varita lo desencantaba al momento. De pronto -comprendía que había sitios a los que no podía llegar, -y entonces abandonaba la grúa y construía en un instante -unos zapatos altos, de suela hueca, y comenzaba -a andar por toda la casa, deslizándose con una gran -facilidad; pero se encontraba una puerta cerrada y -ésta era su desesperación, porque no podía desencantar -a una persona oculta, por quien tenía gran interés, -y, a pesar del gran interés, no sabía quién era. -Todas sus tentativas eran fallidas. Al empujar la -puerta cerrada e intentar abrirla perdía sus fuerzas. -No sabía por qué, hasta que miraba por un ventanillo -y veía una muchedumbre de figuras de cera que sujetaban -la puerta por dentro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span> -Aquel sueño se le complicaba con otro parecido. En -el segundo sueño entraba por un ancho portal, subía -por una escalera y pasaba a un campanario de una -iglesia, lleno de gente, con unas grandes vigas en el -techo, de las que colgaban un gran número de arañas, -que subían y bajaban, haciendo gimnasia en sus plateados -hilos. La gente era extraña y absurda; había un -hombre pequeño, moreno y de bigote negro, vestido de -mujer, que braceaba mucho al andar y miraba con -gran petulancia; un tipo rechoncho, con la cara tiznada -de carbón, que se parecía a Claquemain, y una -mujer alta, seca, esquelética, con la mirada fría, el pelo -rubio y vestida de militar.</p> - -<p>Había chiquillos en el suelo, por entre las sillas, redondos -y blancos como pelotas de goma, parecidos a -los del cuadro de la "Matanza de los Inocentes", del -salón de casa de Chipiteguy. Entre aquella gente rara, -una figura, cubierta con antifaz, le miraba a él con -fijeza y le hacía estremecer.</p> - -<p>De repente se entablaba una discusión entre dos -curas delgados, pequeños y picados de viruelas, que -decían algo terrible al moreno de bigote y vestido -de mujer. Entonces, en lo más fuerte de la discusión, -aparecía un hombre con anteojos, peluca y -gabán gris, abría la boca y parecía gritar, pero Alvarito -no le oía. Era el voceador el personaje de las figuras -de cera del grupo de los asesinos. Alvarito se desesperaba -al verle y en su desesperación se despertaba.</p> - -<p>Muchos otros sueños le produjeron al muchacho el -recuerdo de aquellas malditas figuras de cera.</p> - -<p>Alguna vez, al pasar por las orillas del Adour, vió -surgir entre el boscaje al Asesino, que se le presentaba -con el brazo levantado blandiendo su puñal.</p> - -<p>Alvarito se hallaba predispuesto a creer en espectros -y en aparecidos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span> -Sin embargo, se decía:</p> - -<p>—Una figura de cera no puede tener alma. Soy un -visionario.</p> - -<p>Y este pensamiento, en parte, le tranquilizaba, aunque -no siempre. También pensaba que los maniquíes, -los autómatas, los peleles y los muñecos tienen como -un reflejo de la personalidad del que los ha hecho, y -a veces hasta voz como los espantapájaros del Tonkín, -que con una botella rota y una cuerda suenan y chirrían -y asustan a los gorriones.</p> - -<p>En un libro viejo, encuadernado en pergamino, que -tenía Chipiteguy, un antiguo tratado de supersticiones, -Alvarito leyó que los sueños son de cuatro -clases: divinos, naturales, morales y diabólicos. Los -sueños naturales provienen del temperamento de las -personas.</p> - -<p>Los biliosos sueñan colores amarillos, querellas, -disputas, combates e incendios; los sanguíneos sueñan -con azafrán, jardines, festines, danzas, amores y diversiones; -los melancólicos, con humo, obscuridad, tinieblas, -paseos nocturnos, espectros, cosas tristes y -muertes; los pituitosos, con el mar, los ríos, las navegaciones, -naufragios, objetos pesados y obstáculos -para la marcha.</p> - -<p>Alvarito, al leer esto, pensó que quizá él principalmente -era pituitoso, con un poco de bilioso, otro poco -de melancólico y una miaja de sanguíneo. Después -comprendió que todo esto no era más que hablar y no -decir nada.</p> - -<p>Un día soñó que iba a caballo por un gran puente -que avanzaba en el mar. A un lado y a otro se agitaban -las olas y hervían las espumas en un verdadero -caos.</p> - -<p>Estas olas tenían a veces vagas figuras humanas y -se levantaban severamente para decirle algo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span> -—¿Qué pasa? ¿Qué me quieren?—se preguntaba.</p> - -<p>Las olas no llegaron a romper a hablar, y de este -sueño lo único que dedujo Alvarito al pensar en tanta -agua fué que él debía ser muy pituitoso.</p> - -<p>Otra vez soñó que estaba delante de una gradería -de figuras de cera, y que en medio había un dandy, con -melenas y frac azul, que reproducía los rasgos del pintor -amigo de Ochoa que estuvo en la barraca el día -de la inauguración y que cantaba, tañendo la lira, una -canción romántica.</p> - -<p>Alvarito no oyó lo que cantaba; pero el autor, con -más costumbre de comprender a las figuras de cera, -sospecha que el melenudo entonaba en su lira la célebre -canción de la <i>Ceroplastia o Balada de las figuras -de cera</i>, compuesta por el poeta Julius Petrus Guzenhausen, -de Aschaffenburg, que dice así:</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span></p> - -<h3 id="III_III">III<br /> -LA CANCIÓN DE LA CEROPLASTIA</h3></div> - - -<p>A veces, en la callada noche solitaria, cuando Júpiter -brilla con fulgor sobre las chimeneas de las casas, -y la luna se destaca como una nota de música en el -pentágrama de los alambres del telégrafo, cuando las -luces de la feria se extinguen, se oye una voz misteriosa -a la puerta de las barracas de las figuras de cera, -que canta sollozando:</p> - -<p>—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte -triunfal.</p> - -<p>Tus hijos, es cierto, tienen ojos y manos, y pies, -como los hijos de los hombres, y trajes y sombreros -y zapatos, y nadie les impide llevar calzoncillos y hasta -polainas; pero tus hijos no alcanzan el aprecio de los -inteligentes ni el de los estetas. No se les instala en -palacios ni en museos, como a los muñecos del arte -griego, a pesar de hallarse éstos descalzonados y descamisados; -no se les admira; se les relega a las barracas, -fuera de la ciudad, como a los atacados por una -peste o a los mendigos miserables. Tus engendros, madama -Ceroplastia, no han estado nunca en la pomposa -rotonda, ni en la logia, ni en la columnata, ni -en el pórtico en que los petulantes hijos del mármol -se lucen en una postura amanerada y un poco incómoda; -ni en la fuente, ni en el square; no han visto<span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span> -las caravanas de turistas con el Baedeker en la mano -contemplándoles con una admiración contratada de -antemano por la Agencia Cook; ni el grupo de feas -solteronas inglesas en éxtasis mostrando sus amarillos -dientes de caballo. Los hijos de la cera no conocen más -elogio que el de la fregona y el del soldado. Plebeyez, -todo plebeyez.</p> - -<p>—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte -triunfal.</p> - -<p>No, no. Os faltan los adjetivos encomiásticos, hijos -de la cera. ¿Dónde está la frase de Goethe o del vizconde -de Chateaubriand, o al menos del vizconde de -Arlincourt, en vuestro elogio? Nadie os ha cantado, -ni en verso ni en prosa. Unicamente se dice que un -santón del comunismo, Esteban Cabet, individuo al -parecer poco estético, habló de probar su Icaria, su -ciudad utópica y perfecta, con figurones de cera de -hombres ilustres; pero se añade que el mundo se rió -cínicamente de la Icaria y de los figurones de cera. -Utopía, todo utopía.</p> - -<p>—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte -triunfal.</p> - -<p>Dicen tus impugnadores que eres como la charca -donde se pudren las aguas vivas que vienen del monte; -que la cera, cuando sale de la colmena es hermosa, -se convierte en repulsiva en tus figuras y que lo mismo -pasa con el cristal y con las telas; añaden que rebajas -todos tus materiales, en vez de sublimarlos; que tus -factores son buenos y tus productos son malos. Industrialismo, -todo industrialismo.</p> - -<p>—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte -triunfal.</p> - -<p>Tus figuras de una discreción un poco repugnante, -producen, a la mayoría de las gentes, inquietud y -molestia; les recuerdan, según parece, las momias<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span> -recubiertas de cera, las imágenes con pelo de las iglesias, -los dientes postizos, las piezas de anatomía, los -escaparates de los ortopédicos, las cabezas de muestra -de los salones de peinar señoras, los maniquíes -de los sastres y de los peluqueros, los bustos de los -frenólogos... cosas todas del largo capítulo de las -invenciones desagradables de las farsas y de las mentiras. -Mendacidad, todo mendacidad.</p> - -<p>—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte -triunfal.</p> - -<p>Vuestra composición, hijos de la cera, no os permite -vivir en plena naturaleza. La lluvia y el sol os -estropearía el físico.</p> - -<p>Vuestras pelucas y uniformes, vuestros pompones -y penachos, vuestras chupas y casacas, vuestros calzones, -sables y espadas; vuestros trabucos y pistolas -viejas, vuestros abanicos y tabaqueras, vuestros pañuelos -y puntillas, hablan a la gente, más que de Versalles -o de Sans Souci, de tenduchos de prenderos, de -traperos y ropavejeros. Guardarropía, todo guardarropía.</p> - -<p>—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte -triunfal.</p> - -<p>Los estetas y los cultos te consideran como un arte -macabro y funerario. Recuerdas, según ellos, las -pompas fúnebres, las damas repipiadas que se ven -en las tumbas modernas esculpidas por un cantero -en un mármol, que parece azúcar; los angelitos dorados -y plateados de los ataúdes, los cuadros de pelo -de los antepasados muertos, las reliquias amarillentas, -un tanto desagradables, y los ex votos de las capillas, -en donde se mezclan los brazos y las piernas -de cera con los huevos de avestruz. Funerario, todo -funerario.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span> -—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte -triunfal.</p> - -<p>Y, sin embargo, sin embargo... ¡cómo nos seducías -cuando éramos chicos! Si desde un punto de vista -estético te pueden poner objeciones, no podrán hacer -lo mismo pensando en la moral. Tus ladrones no roban, -tus asesinos no matan, tus magistrados no dan -sentencias injustas, tus generales son modestos y silenciosos. -¿Se debe pedir algo más? Los hijos de la -cera pueden decir: ¿Por qué tal desprecio? ¿No copiamos -el dermato-esqueleto del hombre con su vestimenta -apropiada? Si no podemos representar el interior -de las gentes, ¿qué es esta impotencia sino un -acierto? ¿Hay algo más tortuoso, más negro, más -enrevesado, más lleno de telarañas que esos cuartos -interiores del espíritu humano, sin ventilación y sin -luz?</p> - -<p>Dejad que el asesino sea un brazo con un puñal -que se levanta en el aire; dejad que el magistrado -o el profesor sea una bola en forma de cabeza o de -calabaza, con un birrete con pompón; dejad que el -general no pase de ser una estaca con un hermoso -tricornio, con su plumero, y saldréis ganando... ¿Para -qué más? Los cultos no se convencen. Viven en -plena rutina estética, duermen en compañía del lugar -común. Piensan en la Venus de Milo y en el Apolo -de Belvedere, en el Moisés de Miguel Angel y en el -condottiero de Donatello, y hasta el nombre de Ceroplastia, -¡oh dolor!, les parece ridículo. Amaneramiento, -todo amaneramiento. Vanidad, todo vanidad.</p> - -<p>—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte -triunfal.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Esta es la voz misteriosa que en la callada noche<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span> -solitaria se escucha a la puerta de las barracas de las -figuras de cera, cuando las luces de la feria se extinguen, -cuando Júpiter brilla con fulgor sobre las -chimeneas de las casas y la luna se destaca como una -nota de música en el pentágrama de los alambres del -telégrafo.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span></p> - -<h3 id="III_IV">IV<br /> -UN PROYECTO</h3></div> - - -<p>Manasés León, el judío del barrio de Saint Esprit, -negociante en pequeño, era un judío pintoresco; -la nariz corva, el labio inferior grueso, los ojos brillantes, -detrás de unas antiparras que le daban aire -de búho; el pelo lleno de rizos, el vientre abultado -y los pies fenomenales y defectuosos. Vestía Manasés -siempre un poco desastrado y hablaba de una -manera suave e insinuante.</p> - -<p>Manasés, muy amigo de Chipiteguy, había hecho -con él varios negocios.</p> - -<p>Un día, Manasés León, que estaba en la tienda de -Chipiteguy, en vez de salir a la calle, entró hacia el -almacén y dijo:</p> - -<p>—Amigo Dollfus, tengo que hablar con usted.</p> - -<p>—Usted dirá, Manasés.</p> - -<p>—Tengo una noticia que yo no sé si la podríamos -aprovechar.</p> - -<p>—Vamos a ver la noticia.</p> - -<p>—Parece que unos de los capitanes generales de -Navarra mandó recoger hace meses muchas cruces -y custodias de plata de las iglesias de la provincia, -abandonadas por los curas, y llevarlas a Pamplona. -El capitán general anterior a éste tomó la determi<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span>nación -de meter todos los objetos de plata en barricas -y de guardarlos en un sótano de la ciudad. Se -quería traerlos a Francia y venderlos. El capitán general -actual ignora, según dicen, que haya este depósito -y los únicos que saben dónde está son el cónsul -de España, don Agustín Fernández de Gamboa, -y el posadero de la calle de los Vascos, Ignacio Iturri.</p> - -<p>—¿Y usted cómo sabe eso, Manasés?</p> - -<p>—Porque me lo ha dicho Gamboa.</p> - -<p>—¿Y para qué se lo ha dicho a usted?</p> - -<p>—Pues, sencillamente, por si yo encontraba alguien -que se encargara de traer esos objetos hasta -aquí. A un cristiano quizá no se hubiera atrevido a -hacer la proposición; pero ya sabe que soy hebreo.</p> - -<p>—¿Así que él quiere traer esos objetos a Bayona?</p> - -<p>—Sí, eso pretende. La casa donde se guardan las -barricas, llenas de cosas de oro y de plata, es de un -conocido de Gamboa, y por lo que me he enterado, -las barricas están a nombre de Iturri, que otra vez -quiso traerlas a Francia, pero que no se atrevió.</p> - -<p>—¿Y a usted qué se le ha ocurrido?—preguntó -Chipiteguy.</p> - -<p>—A mí se me ha ocurrido que podíamos enviar -alguno de nuestros chatarreros a Pamplona con un -carro a ver si le entregaban las barricas y las traía -aquí.</p> - -<p>—¡Qué ilusión!</p> - -<p>—¿Le parece a usted?</p> - -<p>—Claro. Así, tan fácilmente, eso es imposible. ¿Usted -piensa que en un país en guerra van a dejar pasar -un carro con barricas sin reconocer lo que va -dentro?</p> - -<p>—Sí, es verdad.</p> - -<p>—De intentar esta aventura habría que traer ese<span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span> -tesoro de otra manera; tendría que ir a Pamplona -uno mismo.</p> - -<p>—¡Ir a España!—exclamó Manasés—. No, no; -de ninguna manera. A mí no me pescan los carlistas -de España. ¡Ca! Si desean entenderse conmigo, que -vengan a mi tienda de Saint Esprit y les venderé lo -que quieran.</p> - -<p>Manasés pensaba que llegar a España y ser desollado -vivo como un perro judío sería cosa inmediata.</p> - -<p>—Pues, amigo Manasés—dijo Chipiteguy—, despídase -usted del proyecto, porque si cree usted que -un carretero cualquiera le va a traer a usted esas -barricas hasta aquí desde Pamplona, sin que nadie -las vea y las registre, cree usted una tontería; y si -piensa usted que si le dice usted al carretero a lo que -va, después de pasar grandes peligros él, le va a -traer las barricas a usted, para que usted se quede -con ellas, pues piensa usted una candidez.</p> - -<p>—Estoy convencido, Chipiteguy—murmuró Manasés—, -hasta el punto de que no quiero ocuparme -más del asunto. ¡Ir a España! No, nunca.</p> - -<p>—Pues yo quizá intente ver qué hay en eso. -¿Cuántas barricas habrá?</p> - -<p>—No sé. Hablan como si hubiera cuatro o cinco.</p> - -<p>—Para traer eso había que ponerse de acuerdo -con el cónsul Gamboa—dijo Chipiteguy.</p> - -<p>—Y quizá también con el posadero Iturri.</p> - -<p>—¿Y valdrán mucho esas cosas de iglesia?</p> - -<p>—Parece que sí—contestó el judío—. Son varias -arrobas de plata. Gamboa supone que debe haber -además oro y piedras preciosas.</p> - -<p>—Hala, Manasés, vamos los dos—dijo Chipiteguy—; -nos repartiremos el botín. Veremos lo que -pueden hacer juntos dos viejos traperos, un judío -de origen español y un ateo alsaciano.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span> -—No, no. Yo no voy. Si usted es tan loco para -ir allí, váyase. Yo no voy.</p> - -<p>Chipiteguy dió muchas vueltas en la cabeza a la -noticia de Manasés, y, después de pensarlo despacio, -habló con don Eugenio de Aviraneta.</p> - -<p>A Chipiteguy se le había ocurrido la idea de ir a -Pamplona en un carro con sus figuras de cera y volver, -si la cosa era posible, trayendo algunas o todas -las barricas con la plata recogida de las iglesias navarras.</p> - -<p>—No le aconsejo a usted que lo haga—le dijo -Aviraneta.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque es peligroso.</p> - -<p>—¿Qué es lo que no es peligroso?</p> - -<p>—Está bien; pero usted no tiene necesidad de eso.</p> - -<p>—Usted no tiene tampoco necesidad de andar por -aquí intrigando.</p> - -<p>—Amigo Chipiteguy: si usted, a su edad, se siente -con deseos de aventuras, no le digo nada. Adelante.</p> - -<p>—Pues adelante. Estoy dispuesto. Yo quisiera, -amigo Aviraneta, que usted le viera al posadero Iturri, -le preguntara qué sabe de esas barricas, cuántas -hay, etc., etc.</p> - -<p>—Vamos ahora mismo—dijo Aviraneta.</p> - -<p>Fueron a la posada de Iturri; el posadero estaba -en la trastienda de su mercería y fonda.</p> - -<p>Aviraneta expuso a Iturri las pretensiones de Chipiteguy.</p> - -<p>—Sí—dijo el posadero—; hay cuatro o cinco barricas -en un almacén de trigo de la calle Nueva, de -Pamplona. Yo no sé qué tienen dentro. Creo que pusieron -las barricas a mi nombre.</p> - -<p>—¿Y no sabe lo que hay dentro?—preguntó Chipiteguy.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span> -—A punto fijo, no. No creo que haya inventario -ninguno.</p> - -<p>Como Chipiteguy insistió en ir a Pamplona, Iturri -le dijo:</p> - -<p>—Tenga usted cuidado y no sea usted loco. La -cosa es muy difícil, casi imposible.</p> - -<p>Chipiteguy era terco y estaba decidido; le tentaba -la aventura. Fué al consulado de España a visitar a -Gamboa; le dijo lo que le había contado Manasés y -lo que quería hacer.</p> - -<p>—¿Y usted mismo piensa ir?—le preguntó Gamboa.</p> - -<p>—Sí; si se gana lo suficiente, yo mismo intentaré -traer las barricas aquí.</p> - -<p>—Yo no sé lo que vale eso—replicó Gamboa—. -Si la empresa sale bien y trae aquí esa plata, le pagaremos -los gastos que usted haya hecho y el veinte -por ciento de la venta. Si sale mal y no puede usted -traer esas barricas, le abonaremos sólo los gastos. -¿Le parece a usted bien?</p> - -<p>—Sí; no me parece mal.</p> - -<p>—¿De manera que se decide usted?</p> - -<p>—Sí, me decido. Iré y probaré fortuna. Entrar en -España no es difícil; lo difícil es salir, sobre todo -trayendo las cruces y las custodias.</p> - -<p>—Si quiere usted le daré la orden para que le entreguen -esas barricas. Aquí está su descripción y su -numeración. Se hallan puestas a nombre de Iturri, un -posadero de Bayona.</p> - -<p>—Sí; le conozco.</p> - -<p>Gamboa le entregó los papeles y una orden reservada -y sin firma para el amo de la casa de la calle -Nueva de Pamplona, donde estaban guardadas las -barricas.</p> - -<p>Chipiteguy se puso a estudiar el asunto. Toda la<span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span> -frontera española, desde Fuenterrabia hasta más allá -de Roncesvalles, estaba ocupada por los carlistas, excepto -el puente de Behovia. Los chatarreros que entraban -en Navarra solían pasar por el campo carlista, -en el que tenían conocimientos. Había que encontrar -algunas influencias entre los partidarios de don Carlos -para que no pusieran dificultades al paso de un -carro con las figuras de cera, cosa que no le había -de ser difícil.</p> - -<p>Chipiteguy alquiló una carreta de cuatro ruedas y -dos caballos normandos y dispuso llevar sus mejores -figuras de cera para las ferias de San Fermín.</p> - -<p>Claquemain y Frechón irían en la galera y Alvarito -y él en un carricoche.</p> - -<p>Claquemain había hecho el viaje varias veces; Frechón, -aunque se enterara de lo que se trataba, no se -escandalizaría, porque era anticlerical furioso, y, si -exigía algo, se le taparía la boca dándole dinero.</p> - -<p>Los preparativos se hicieron a la chita callando. -Chipiteguy dijo a Alvarito cómo tenían que ir a Pamplona.</p> - -<p>—¿Pero hay ferias durante la guerra en Pamplona?—preguntó -el muchacho.</p> - -<p>—No, ferias importantes no hay; pero van algunos -pocos comerciantes, sobre todo franceses, y ganan -muy bien, porque no hay competencia.</p> - -<p>—¿Y se podrá pasar?—preguntó Alvarito.</p> - -<p>—En eso estamos ya unos cuantos, en tratos con -carlistas y liberales. Los carlistas dejarán pasar los -carros si paga cada uno unas pesetas; luego, cuando -no acerquemos a un pueblo del camino, Zubiri o -Larrasoaña, nos uniremos a una compañía franca -y con ella entraremos en Pamplona.</p> - -<p>Se cargó la galera, se preparó un cochecito y un -día Chipiteguy dijo en su casa que a la mañana si<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span>guiente -se marchaba a Pamplona a pasar unos días.</p> - -<p>Manón, que se preparaba a ir a visitar a una familia -amiga de la calle de l'Orbe, preguntó extrañada:</p> - -<p>—¿Cómo, te vas a Pamplona, abuelo?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—No habías dicho nada.</p> - -<p>—Es un proyecto que se me ha ocurrido de -pronto.</p> - -<p>—¿Y qué hay en Pamplona?</p> - -<p>—Hay una feria.</p> - -<p>—Pues llévame también a mí.</p> - -<p>—No puede ser. Tú tienes que estar aquí al frente -de la casa.</p> - -<p>—¿Y Frechón?</p> - -<p>—Viene conmigo.</p> - -<p>—¿Y Alvarito?</p> - -<p>—También.</p> - -<p>—¡Qué habrás pensado, abuelo! Alguna cosa has -pensado tú que no me quieres decir a mí.</p> - -<p>—Nada, nada.</p> - -<p>—¿No vas a hacer algo peligroso?</p> - -<p>—No, no; no tengas cuidado.</p> - -<p>—Porque ¿qué haría yo si me quedara sin mi -abuelito?</p> - -<p>—No, no haré nada peligroso; tranquilízate.</p> - -<p>—Nos vas a tener inquietos en casa.</p> - -<p>Chipiteguy besó a su nieta y le dijo que fuera a -su reunión.</p> - -<p>Al día siguiente, antes que Manón se hubiera levantado, -Chipiteguy y Alvarito salieron en su carricoche -por la orilla del Nive.</p> - -<p>La galera con Frechón y Claquemain había salido -anteriormente, y unidas a otras varias y a un coche<span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span> -de un vendedor de lápices, marchó hacia San Juan -de Pie de Puerto.</p> - -<p>Tres días después entraban los coches y las galeras -en Pamplona por la puerta de Francia y se instalaban -en el paseo de la Taconera.</p> - -<p>Chipiteguy llevaba recomendaciones de Gamboa -para el capitán general y para el jefe político, don -Domingo Luis de Jáuregui.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span></p> - - -<h3 id="III_V">V<br /> -EN PAMPLONA</h3></div> - -<p>El sol caía de plano sobre la llanura de Pamplona. -Era un día de julio, día de San Fermín. En los alrededores -de la ciudad los campos estaban segados -y se preparaban para la trilla. Los montes de la cuenca -pamplonesa, el Perdón y el Ezcaba, el Servil y la -Higa de Monreal, San Cristóbal y la Silla de Pilatos -aparecían azules en el cielo inflamado. En la vuelta -del castillo amarilleaban los hierbales; sólo en los -fosos de la muralla, en algunos rincones sombríos, -se conservaban aún verdes y frescos; el campo se hallaba -dominado por el color dorado y la ciudad aparecía -caldeada dentro de sus murallas grises, en su -gran llanada, rodeada de montes pelados.</p> - -<p>Por los caminos, y a pesar de que los carlistas -ocupaban los alrededores, venían los campesinos, -hombres y mujeres, en los caballejos y en las mulas, -a las fiestas, que se celebraban sin gran esplendor, -por la guerra.</p> - -<p>Había un campaneo vertiginoso en todas las torres -de la ciudad en honor del santo patrón.</p> - -<p>Las campanas de San Saturnino contestaban a las -de la Catedral, las de San Nicolás a las de San Saturnino, -las de San Lorenzo a las de San Nicolás.<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span> -Las unas hacían ese tán tán triste, pesado y agobiador; -las otras, el tilín talán clásico de las dos -campanas echadas al vuelo, que tan bien indica el carácter -de los pueblos españoles levíticos con curas -y con beatas; no faltaba el tín tín agudo del esquilón -del convento de monjas.</p> - -<p>¡Qué sugestivo! ¡Qué romántico este continuo y -melancólico tañer! ¡Cómo se recuerda la infancia, -la tristeza de la vida! ¡El toque de oración, el del -Angelus, el de la Agonía, el de la misa, el de los -funerales! ¡Cómo sale a flote ese fondo doloroso de -la existencia! ¡Qué poético ese son de las campanas! -Pero qué bien el estar en sitio bastante lejano para -no poderlas oír.</p> - -<p>En aquella mañana ardorosa de julio el alboroto -de las campanas parecía disolverse en el campo, agostado -y desierto, inundado por el sol, y en la inmensidad -del cielo azul.</p> - -<p>Chipiteguy y su gente habían llegado a Pamplona -a fines de junio de 1838. En una semana construyeron -la barraca, que quedó alineada con otras ocho o diez -del paseo de la Taconera.</p> - -<p>La mayoría de las figuras de Chipiteguy se habían -convertido en asesinos célebres. Los generales y guerrilleros -españoles habían dejado de ser Mina, Zurbano -y Zumalacárregui, para tomar un nuevo avatar.</p> - -<p>En Pamplona había con seguridad gente que había -conocido personalmente a estos guerrilleros y -era peligroso darlos mixtificados, porque podía comprobarse -la mixtificación.</p> - -<p>Se abrió la barraca y cada uno de los compañeros -de Chipiteguy tuvo un papel. Alvarito, vestido de -pierrot, daba al bombo y a los platillos; Frechón voceaba, -delante de la barraca, con acento francés.</p> - -<p>—Aquí <i>vegán</i> ustedes, <i>señoges</i>, los hombres más<span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span> -<i>sélebres</i> de todo el mundo: los asesinos más famosos -y los <i>militages</i> más notables.</p> - -<p>En el interior, Chipiteguy mostraba las figuras -con un puntero y daba explicaciones: Claquemain -cuidaba de los caballos y hacía la comida dentro de -la galera.</p> - -<p>Alvarito, muchas veces, mientras tocaba el bombo -y los platillos, pensaba:</p> - -<p>—¿Qué dirían mis antepasados, los Sánchez de -Mendoza, si me vieran en este oficio?</p> - -<p>Las gentes que entraban en la barraca tenían la -petulancia y la impertinencia del provinciano que desprecia -al histrión callejero y trashumante y hacían -observaciones que querían ser malévolas y sangrientas.</p> - -<p>Algunos mozos, más atrevidos, se sentían inclinados -a romper, a pinchar, a hacer alguna mal intencionada -fechoría.</p> - -<p>Frechón, que a pesar de su irritabilidad habitual -no se molestaba con el desdén de la multitud, hacía -observaciones misantrópicas apaciblemente:</p> - -<p>—Si a la mayoría de las poblaciones se les pudiese -considerar como ganado y tratarlas en tal concepto, -la sociedad mejoraría mucho.</p> - -<p>—Hay que empezar siendo Napoleón para eso—replicaba -Chipiteguy.</p> - -<p>Alvarito hacía como que no se enteraba de los comentarios -de la gente y hablaba en francés. En este -contacto entre el público y los hombres de la feria, -él se ponía del lado de los últimos. A Alvarito le iba -naciendo un fondo de antipatía por el señorío, que -le miraba a él con desprecio.</p> - -<p>Los suyos empezaban a ser, no como para su padre -los aristócratas, los señores serios, el presidente -de la Audiencia, el director del Instituto, el coronel,<span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span> -los buenos cornudos respetables, militares y civiles -de cara grave y seria, como tallada en piedra berroqueña, -llenos de distinciones y de majestad, sino los -histriones y titiriteros de la feria.</p> - -<p>Para guardar la barraca de las figuras de cera solían -dormir en ella, alternando dos a dos, unas noches -Chipiteguy y Alvarito, otras Frechón y Claquemain. -Los demás días iban a una casa de la calle del Carmen, -donde Chipiteguy tenía alojamiento.</p> - -<p>A Alvarito le producía una impresión muy penosa -el echarse a dormir delante de aquellas figuras de -cera, que a la luz de una candileja aparecían más -horribles y amenazadoras que nunca. Estos monstruos -de cera, esta guardia negra de espectros vivían, -para Alvarito, una vida siniestra, si no en el período -de vigilia, en el del sueño. Entonces, entre las sombras -del cerebro, se animaban y tomaban una expresión -repugnante y odiosa; las caras, con sus ojos de -cristal, sus pelucas y sus barbas postizas, se erguían -agresivas y gesticulaban y tenían un aire de rencor y -de venganza.</p> - -<p>Los rostros verdaderos de los más bárbaros envenenadores -y asesinos no le hubieran parecido tan feroces -y horribles como aquellos. Alvarito pudo notar -que este efecto de repulsión de las figuras de cera -no era el único que lo experimentaba, pues a veces, -entre el público, se veía algún chico que empezaba -a berrear y a patear de miedo y la madre tenía que -sacarlo fuera.</p> - -<p>—Sin duda, yo soy también infantil—se decía el -muchacho.</p> - -<p>Pronto los hombres de la barraca de Chipiteguy -se hicieron amigos de sus vecinos. Después de cenar -y concluir el trabajo solían venir a hacer tertulia detrás -de la barraca de Chipiteguy, donde habían colo<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span>cado -la galera, muchos de los industriales de la feria. -Era la aristocracia de las barracas. La mujer cañón, -madama Lalande, con su marido Raul Culot; el vendedor -de la manteca de serpiente cascabel, míster -Cavendish, que era escocés, y llevaba polainas amarillas; -el de los frascos de vulneraria suiza para las -heridas, Onofrius Müller, que era del Tirol; el físico -del pueblo francés, monsieur Bazin; el vendedor de -lápices que no se rompían, míster Clarck, inglés, y -el marino que anunciaba el aceite virgen de Macassar, -para el pelo, que era bretón, y se llamaba, según -él, Gontran Montdidier, Penhoel de Montbrisson.</p> - -<p>De estos personajes, la mayoría vestían como todo -el mundo, excepto monsieur Bazin, el físico del pueblo -francés, que llevaba frac y melenas; Onofrius -Müller que gastaba una librea roja con galones y -tricornio, míster Clarck y monsieur Montdidier.</p> - -<p>Este vestía de marino, con grandes melenas, y tenía -tres retratos suyos, pintados al óleo, casi tan agradables -como las figuras de cera de Chipiteguy, y que -constituían un verdadero e interesante tríptico, que -le servía de reclamo. El primero se intitulaba: "Antes -del tratamiento", y se veía al señor Gontran Montdidier -Penhoel de Montbrisson, calvo, como una bala -rasa; el segundo se llamaba: "Durante el tratamiento", -y el marino lucía un pelo corriente, ya bastante -largo, aunque con algunas calvas; el tercer cuadro -era: "Después del tratamiento", y entonces el pelo -del señor Montdidier era una inundación capilar.</p> - -<p>Clarck, el inglés vendedor de lápices, iba en un -coche. Se vestía con una túnica azul, con estrellas de -plata; cubría su cabeza con un casco con plumas y -hablaba desde el pescante. El señor Clarck hacía las -puntas a los lápices con una navaja de a dos pal<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span>mos -de larga y otras veces con un sable de caballería. -Al parecer, este recurso tenía éxito.</p> - -<p>Su criado, Tom Phips, hombre con cara de perro -malhumorado, llevaba también casco y solía tocar en -lo alto del coche, para llamar al público, una trompa -de caza, y en los intermedios, una caja de música.</p> - -<p>Onofrius Müller era pequeño, grueso, melenudo, -sonrosado, y peroraba en un castellano bastante correcto:</p> - -<p><i>Señoges</i> y <i>señogas</i>—decía, subido en un banco—: -Tengo el <i>honog</i> de <i>anunciag</i> la <i>verdadega vulnegagia</i> -o té suizo. Vuestro humilde <i>servidog</i> es un químico -que ha podido <i>estudiag</i> los efectos de la <i>vulnegagia</i>. -La <i>vulnegagia, señoges</i>, tiene la virtud de <i>pugificad</i> -la masa de la sangre, de <i>haceg transpirag</i> por los -<i>sudoges</i> y por las <i>oginas</i>, de <i>quitag</i> las <i>ictegicias</i>, las -hidropesías, la gota y el <i>roimatismo</i>; de <i>expulsag</i> la -<i>solitagia</i> y las <i>lombrices</i>, de <i>dag</i> fuerza al pulmón y -al hígado y de <i>evitag</i> las fiebres palúdicas intermitentes -y remitentes. Un frasco de <i>vulnegagia, señoges</i>, -cuesta en todas las farmacias dos pesetas; yo, en -obsequio de esta ciudad ilustre, los vendo por dos -<i>geales</i>.</p> - -<p>El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, tenía -una barraca con un letrero que decía: "Palacio de -las Maravillas, bajo la dirección de A. Bazin, físico -del pueblo francés."</p> - -<p>¿Por qué el pueblo francés necesitaba un físico -especial? Lo ignoramos.</p> - -<p>El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, era -genial. Los pensamientos no le cabían en el cráneo -y solía pasear con el sombrero en una mano y en la -otra un bastón de junco, que tenía una hermosa bola -blanca en el puño. Con este bastón hacía molinetes -en el aire, daba estocadas a los árboles, se sacudía<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span> -los pantalones, pegaba a los perros, acariciaba a los -niños, porque el bastón constituía una parte integrante -de la interesante personalidad de monsieur -Bazin, físico del pueblo francés.</p> - -<p>Los españoles de la feria eran, en su mayoría, gente -pobre; uno tenía unas vistas o tuti-li-mundi en un -carrito, otro un cosmorana, un tercero un aparato -como un castillo, con el que predecía el sino de cada -persona y los números que iban a tocar en la lotería.</p> - -<p>Este, que era un paleto castellano, vestido de pana, -con una gorrita, decía:</p> - -<p>—Por dos cuartos se dan los números fijos de la -lotería y el sino de cada persona. ¿Quién pide otro?</p> - -<p>Había, además, un hombre con un tíovivo y otro -con la rueda de la fortuna.</p> - -<p>El tíovivo era un tíovivo a la antigua, sin espejos, -ni oriflamas, ni ondinas, ni cerdos, ni elefantes; -un tíovivo clásico con unos pobres y miserables caballos -de cartón. El hombre del tuti-li-mundi, el señor -Paco el asturiano, el del cosmorama, tocaba el -tambor, y a pesar de que era un tipo pesado y tranquilo, -entretenía a la gente, contándole lo que iba a -ver y la historia de las personas que aparecían en -las vistas ópticas.</p> - -<p>—¡Adelante, señores, adelante!—decía—. ¡Aquí -verán ustedes una vista de la bella Venecia! Tan -tarán tan tarán tan. ¡Y qué vistas, señores! ¡Cuánta -iglesia! ¡Cuánta torre! ¡Cuánto <i>palaciu</i>! ¡Cuánta -<i>góndula</i>! Tan tarán tan tarán tan. ¡Mirad esa <i>góndula</i> -que va por el gran canal! Van en ella dos <i>enamoradus</i>. -Ella era una dama de las más principales del -<i>pueblu</i>. El es un joven <i>venecianu</i>, elegante y <i>peripuestu</i>. -¡Cómo se arrullan los <i>tortulitus</i>! Tan tarantán, -tarantán. ¡Mirad esa vieja que los mira desde -la otra <i>góndula</i>! ¡Cómo se indigna porque a ella no<span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span> -le hacen <i>casu</i>! Y es bigotuda. Podía retorcerse el -bigote. ¡Adelante, señores, adelante! Tan tarantán -tarantán.</p> - -<p>Con los industriales pobres de la feria se reunía -el hombre orquesta Remifasol, que era un saboyano, y -que tocaba al mismo tiempo con manos y pies ocho -o diez instrumentos, entre ellos un acordeón, unos -platillos, un bombo y una flauta.</p> - -<p>Otro tenía la rueda de la fortuna o la reolina, como -la llamaba él, que era una rueda como la del barquillero, -en la que se jugaba por dos cuartos, y podía -tocar un abanico, un caramelo, cacahueses, una peseta -y hasta un conejo vivo.</p> - -<p>Alvarito hizo varios conocimientos, más o menos -distinguidos. Conoció al gigante Goliath y al enano -Jimmy, que se exhibían en una barraca. El gigante -Goliath era triste, apático y aprensivo; en cambio, -el enano Jimmy era alegre, impetuoso y francamente -optimista. A Goliath le asustaba la soledad y la noche; -en cambio, a Jimmy, malicioso, burlón y atrevido, -no le asustaba nada.</p> - -<p>Otro amigo de Alvarito fué el dueño de un tiro -al blanco y de un pim, pam, pum. Este hombre era -un francés rubio, de gran bigote, llamado Cazenave, -y tenía una hija de catorce a quince años, que era -la encargada de cargar las escopetas para tirar al -blanco. Cazenave y la señorita Atala se hicieron amigos -de Alvarito.</p> - -<p>Cazenave había sido antes titiritero; pero había -perdido facultades y estaba un poco derrengado. La -chica tenía la especialidad de bailar en la cuerda floja -y de deslizarse por un alambre, agarrándose con los -dientes a un cuero con una anilla. La señorita Atala -era rubia, tirando a rojo; tenía los ojos claros, la -cara cuadrada, con los pómulos salientes, y el ade<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span>mán -decidido. Era de San Juan de Luz y tenía aire -de <i>cascarota</i>.</p> - -<p>Durante el día la gente no acudía mucho a la feria; -si iban era más bien a los puestos de juguetes -y baratijas, y algunos a la cuatropea, o feria de ganados; -pero cuando obscurecía y se cerraban las -puertas de la ciudad comenzaba la animación. Las -luces de las barracas se encendían, sonaban las campanillas, -el tambor, el bombo y el cornetín de pistón. -¿Quién decía que había miseria, guerra y calamidades? -No había más que alegría, ruido, luces, voces, -organillos, tíosvivos que iban dando vueltas y pim... -pam... pum...</p> - -<p>En la Taconera había paseo y solía tocar la música -militar. Se veían muchachas elegantes, con su -mantilla, muy coquetas, de ojos negros, jugando con -el abanico y con la mirada, al lado de currutacos que -las acompañaban y de militares que arrastraban el sable -y lucían el uniforme.</p> - -<p>Algunos, con bigotes a lo Diego León y con melenas, -se hacían los interesantes y tomaban actitudes -melancólicas y románticas.</p> - -<p>Al parecer, los militares tenían buenas fortunas -entre las damas de Pamplona. El peligro hacía que -las lides de amor tuvieran desenlace más rápido.</p> - -<p>Las gentes se acercaban al mirador de la Taconera -a contemplar la noche profunda y llena de estrellas, -y veían en los pueblos hogueras y luces de los carlistas -o de las compañías francas que recorrían aquellos -pueblos. Así la fiesta era más agradable, porque -en medio de la sombra peligrosa e incierta que circundaba -la ciudad se tenía la impresión de estar en -tierra firme, segura y con luz.</p> - -<p>A los ocho días de llegar a Pamplona, Chipiteguy<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span> -le dijo a Alvarito que creía que el público se había -cansado de las figuras de cera.</p> - -<p>—¿Cree usted?...</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Yo no lo creo.</p> - -<p>—Si yo conozco al público—contestó el viejo.</p> - -<p>—¿Y qué va usted a hacer? ¿Marcharse?</p> - -<p>—No; voy a llevar a la barraca el cosmorama y a -ponerme de acuerdo con el hombre que lo tiene.</p> - -<p>A Alvarito le pareció aquélla una combinación -bastante mala; pero no dijo nada.</p> - -<p>Dos días después Chipiteguy le indicó que, como -las estampas del hombre del cosmorama estaban bastante -estropeadas, le iba a encargar a Alvaro que las -compusiera y arreglara.</p> - -<p>—Pero yo no sé dibujar ni pintar para eso—advirtió -Alvaro, un tanto alarmado.</p> - -<p>—No importa. No se necesita gran cosa.</p> - -<p>—Yo no sé si sabré hacerlo.</p> - -<p>—Primero compones las estampas con engrudo—repitió -Chipiteguy—y luego las retocas un poco -con pintura.</p> - -<p>A Alvarito le pareció el cargo de mucha responsabilidad; -pero prometió hacer la obra lo más concienzudamente -que pudiera.</p> - -<p>Como no era fácil que en la barraca ni en la galera -se hiciese esto, que exigía cuidado y atención -meticulosa, Chipiteguy indicó a Alvarito que se quedara -en la calle del Carmen y dijo en la casa que cedieran -al muchacho un cuarto.</p> - -<p>La dueña, que era una cerera, le llevó a Alvarito -a un gabinete pequeño con una mesa, una cómoda -con un Niño Jesús, con una bola de plata en la mano; -un antiguo sofá verde, unas sillas, también verdes,<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span> -y las paredes llenas de cuadros viejos horribles de -santos.</p> - -<p>Alvarito llevó allí el montón de estampas que había -que restaurar y se puso al trabajo con toda su buena -fe. No se le ocurrió que lo único que se pretendía era -alejarle de la barraca.</p> - -<p>Cuando Alvaro le enseñó al viejo sus primeras -restauraciones, a Chipiteguy le parecieron muy bien. -Alvarito trabajaba durante todo el día. Unas veces -borraba, otras limpiaba con jabón y agua caliente con -mucho cuidado, restauraba lo que podía y dejaba las -estampas a que se secaran en el suelo, sobre el sofá -y la cómoda; una raya mal hecha, una tinta que se -corriera, le preocupaba.</p> - -<p>Por la tarde, con el chico de la casa, iba a pasear -a la Taconera. El chico de la casa, hijo de la dueña, -a quien llamaban Cholín, era carlista, como toda su -familia. El chico le enseñaba a Alvarito las curiosidades -de Pamplona y lo que a él, como carlista, le -interesaba.</p> - -<p>Fueron los dos a ver la Ciudadela y el baluarte -donde fusilaron, al principio de la guerra, a don Santos -Ladrón. Cholín contó lo que dijo el general carlista -cuando le obligaron a ponerse de espaldas para -matarle, y cómo le sacaron, después de muerto, a él -y a su teniente Irribarren por la puerta del Socorro -a enterrarlos en el cementerio.</p> - -<p>Un cañonazo, disparado a media tarde, desde el -mismo baluarte, anunció al pueblo de Pamplona que -la sentencia estaba cumplida.</p> - -<p>Cholín había conocido a don Santos Ladrón en -Estella y le parecía un gran hombre.</p> - -<p>También le enseñó Cholín la casa del paseo de Valencia, -cerca de la Taconera, donde hacía poco los -sublevados de las compañías francas habían matado<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span> -al general Sarasfield, y en donde Espartero, como represalia, -mandó fusilar poco después al coronel Iriarte -y a sus compañeros, la mayoría masones y partidarios -de la independencia del reino de Navarra.</p> - -<p>A Cholín la idea de los masones le producía espanto. -A Alvarito ya no le hacía ningún efecto.</p> - -<p>La madre de Cholín, después de cenar, le contaba -a Alvaro historias viejas de la ciudad. Ella le había -visto, desde su tienda, pasar al coronel Zumalacárregui -una mañana fría de un día de octubre y salir -por la puerta de Francia. Poco después se supo que -estaba en Huarte Araquil, al frente de todos los carlistas.</p> - -<p>Por qué Alvarito sentía cada vez menos entusiasmo -por el carlismo, a medida que vivía entre carlistas, -él no sabía explicárselo; pero así le pasaba.</p> - -<p>Alvarito no quería abandonar a sus amigos de la -feria, y por la noche, harto de las historias de Cholín -y del carlismo, cuando se cerraban las barracas y los -dueños y sus criados iban a pasear o se quedaban de -tertulia cerca de sus instalaciones y de sus carros, Alvaro -se reunía a ellos. La mayoría charlaba o jugaba a -las cartas. La señorita Atala, la del tiro al blanco, fué -varias veces con Alvarito a sentarse al mirador de la -Taconera, de noche. A ella no le parecía mal el muchacho; -pero a él no le gustaba la titiritera con sus -aires de cascarota.</p> - -<p>Ella tenía sus ilusiones raras de bohemia y trotacaminos; -pensaba que el mundo feo y penoso en que -vivía se iba a abrir en cualquier ocasión e iba a aparecer -el palacio admirable con sus esplendores orientales. -Cuál sería la palabra mágica, cuál el momento, -no lo sabía.</p> - -<p>Alvarito estaba entusiasmado con Manón y no ha<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span>blaba -más que de ella y de Bayona. A la señorita Atala, -Bayona le parecía un pueblo horrible y aburrido.</p> - -<p>A veces la titiritera y el muchacho se sentían de -acuerdo.</p> - -<p>La decoración era inspiradora; aquellas noches -templadas, con el cielo lleno de estrellas, la obscuridad -de alrededor, las luces misteriosas en los pueblos lejanos, -el alerta de los centinelas; todo ello hablaba a la -imaginación.</p> - -<p>En aquel exiguo grupo de titiriteros y saltimbanquis -hubo durante la feria de Pamplona algunas pequeñas -complicaciones.</p> - -<p>El señor Montdidier Penhoel de Montbrisson tenía -una mujer muy guapa y estaba celoso de ella. Madama -Montdidier era una bordelesa morena, guapa, de ojos -negros, un poco mujerona, un poco coqueta y oía sin -inconveniente a los que la galanteaban.</p> - -<p>El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, y el -vendedor de lápices que no se rompían, míster Clarck, -hombres de corazón volcánico, se enamoraron los dos -de la bella madama.</p> - -<p>El señor Bazin, el físico del pueblo francés, reunía -más recursos que el señor Clarck; tenía primeramente -un frac azul con botones dorados y en su barraca, -el Palacio de las Maravillas, una porción de cosas -misteriosas: botellas de Leyden, pilas de Volta, una -máquina neumática, etc., etc. Además, hacía en su laboratorio -el trueno, el rayo y el granizo. El señor -Clarck no tenía más que su cota de malla, su casco y -el sable para hacer punta a los lápices.</p> - -<p>Madama Montdidier se sentía inclinada a escuchar -al físico del pueblo francés con curiosidad; pero míster -Clarck, celoso del éxito de su rival, se lo comunicó -al marido. Montdidier se indignó al conocer la simpatía -de su esposa por aquel farsante, que pretendía<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span> -hacer los rayos y el granizo en la barraca, e increpó al -físico del pueblo francés agriamente.</p> - -<p>El físico contestó con arrogancia, y Montdidier llamó -a Cazenave para que arreglara el asunto.</p> - -<p>Cazenave decidió que lo mejor sería que el físico -y el marido se dieran unas buenas morradas en la -Vuelta del Castillo; pero, para pegarse, Montdidier -tenía la desventaja de llevar los pelos largos y, por -otro lado, no se le podía indicar que se los cortara, -porque era cortarle la alimentación.</p> - -<p>En vista de estas consideraciones, se dió por terminado -el asunto y el físico no se volvió a acercar al matrimonio -Montdidier.</p> - -<p>Mientras Alvarito vivía en la calle del Carmen iluminando -estampas, Chipiteguy intentaba realizar sus -proyectos.</p> - -<p>Primeramente fué con la carta de Gamboa al almacén -de trigo de la calle Nueva y vió las barricas. -Eran cinco, bastante grandes. El encargado del almacén -dijo que le hacían un favor si las quitaban de allí. -Podían llevarlas cuando quisieran. La cosa no era -fácil. Chipiteguy hizo una prueba con un barril para -ver si podía llevarle a la feria sin dificultad.</p> - -<p>Llenó el barril de agua y, al anochecer, lo puso en -un carrito y salió a la calle. Al poco tiempo se le acercó -un guardia y le preguntó qué llevaba. Le dijo Chipiteguy -que era agua con un poco de lejía para limpiar -sus figuras de cera.</p> - -<p>El guardia le dijo que mostrara el agua del barril, -o si no, que tenía que ir a la Alhóndiga.</p> - -<p>Chipiteguy vió claramente que no era posible sacar -las barricas enteras sin que lo notara nadie, y se decidió -a desfondarlas en el almacén y sacar el contenido -en sacos. Para esto tuvo que alquilar una parte del<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span> -almacén y ésta cerrarla herméticamente con unas tablas -para que no pudieran espiarle.</p> - -<p>Luego fueron Chipiteguy, Claquemain y Frechón -con sacos al hombro, generalmente al anochecer. Unas -veces salían por la calle Nueva y otras por la de San -Antón, porque el almacén tenía entrada por estas dos -calles paralelas.</p> - -<p>Durante aquel tiempo Chipiteguy hizo su combinación. -La barraca de las figuras de cera se había cerrado. -Todos los días, Frechón, Claquemain o Chipiteguy -iban con sacos del almacén de la Calle Nueva a la -barraca.</p> - -<p>A Alvarito le dijeron que se dedicaban a la compra -de hierro viejo, cosa que le chocó bastante, porque -este negocio tenía que ser poco fructífero teniendo -que llevar la chatarra a Francia. Indudablemente las -figuras de cera, por nada que dieran, tenían que dar -más. Cuando la mayoría de las estampas estuvieron -preparadas por Alvaro, limpias y retocadas, Chipiteguy -salió con que ya no había público, porque la feria -se iba acabando, y que era mejor marcharse.</p> - -<p>Pasados unos días, Alvarito vió con cierto asombro -que llenaban el carro con las figuras de cera y que -Chipiteguy alquilaba otro carro para la chatarra de -hierro comprada, que en parte estaba muy roñosa y -en parte pintada de negro.</p> - -<p>Chipiteguy dispuso que Claquemain y Alvarito fueran -con los dos carros y que Frechón les esperaría antes -de la frontera, en Valcarlos. El iría poco después. -Chipiteguy convidó a almorzar a sus tres empleados -en una casa de comidas de la calle de las Mañuetas, y -al día siguiente se pusieron todos en marcha.</p> - -<p>Chipiteguy despidió a Frechón, y después de haberlo -despachado, cambió sin duda de parecer, y dijo a -Claquemain y a Alvarito que debían dirigirse a San<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span> -Sebastián con los carros. El se les reuniría más tarde.</p> - -<p>El viaje de Claquemain y Alvarito fué largo. Lo hicieron -por Irurzun. El camino estaba malo, desfondado, -deshecho por el paso de los cañones y de los -carros de tropa.</p> - -<p>A cada paso patrullas liberales y carlistas les detenían -y les pedían los documentos.</p> - -<p>Claquemain conocía gente en el camino; tenía mucho -dinero, que le había dado Chipiteguy, y la marcha no -ofrecía dificultades. A veces sucedía que Claquemain -estaba borracho y había que esperar a que se le pasara -su borrachera. El hombre se manifestaba siempre malhumorado, -y hacía todo lo posible para amargar la vida -a Alvarito.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span></p> - - -<h3 id="III_VI">VI<br /> -LA VUELTA</h3></div> - - -<p>A los cuatro días de salir de Pamplona llegaron -Claquemain y Alvaro a San Sebastián; fueron a parar -a una posada de la Brecha, y poco después apareció -Chipiteguy en su cochecito.</p> - -<p>Chipiteguy hizo diferentes gestiones para llevar su -chatarra a Francia y decidió embarcarla en un pailebot -con las figuras de cera y enviar a Claquemain por -Irún con la galera vacía.</p> - -<p>Chipiteguy y Alvarito fueron en el pailebot. Alvarito -no se había embarcado nunca y tenía gran curiosidad -por el mar.</p> - -<p>Al salir de San Sebastián fué contemplando con -gran atención las rocas de detrás del Castillo de la -Mota, festoneadas por la espuma; luego la abertura -de la Zurriola y los acantilados del monte Ulía, la entrada -estrecha de Pasajes y las capas de areniscas estratificadas -como hojas de un libro del Jaizquibel.</p> - -<p>—No mires demasiado. No vayas a marearte—le -dijo Chipiteguy.</p> - -<p>Efectivamente, al último, Alvarito se mareó y tuvo -que tumbarse.</p> - -<p>Las figuras de cera le inquietaron. Dos o tres generales -se movieron y se lanzaron hacia adelante como<span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span> -si fueran al asalto o a ganar un entorchado, y una de -las damas se dió un golpe y se hizo una rajadura en la -cabeza.</p> - -<p>Al pasar la barra del Adour y al cesar el balanceo -del barco, a Alvarito se le quitó el mareo.</p> - -<p>Al acercarse a la colina de Blancpignon, el muchacho -vió a Chipiteguy que con aire de triunfo cantaba -a voz en grito su canción de bravura:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanzac"> -<div class="line i1">Atera atera</div> -<div class="line">trapua salzera</div> -<div class="line">eta burni zarra</div> -<div class="line">champonian.</div> -</div></div></div> - -<p>Sin duda, Chipiteguy estaba contento de la expedición. -Atracaron en Bayona, en el muelle de las Avenidas -Marinas y fueron el viejo y el muchacho a la casa -del Reducto.</p> - -<p>Unos días después se volvió a abrir la barraca en la -plaza de la Puerta de España con las figuras de cera. -La chatarra fué la que no apareció, al menos públicamente. -El tesoro de la calle Nueva se había evaporado. -Una sensación de sorpresa le quedó a Alvarito de este -viaje; todo había tenido en él un aire un poco absurdo...</p> - -<p>Una noche, en su cuarto de la plaza del Reducto, -Alvaro soñó que iba por la cornisa de un puente, sobre -la acequia de un molino, sitio que recordó haber pasado -en la infancia. Apenas si existía espacio para poner -los pies en aquella cornisa.</p> - -<p>Pasaba varias veces por ella, sin miedo y con curiosidad; -pero al salir se encontraba con una vieja que le -sonreía... y se echaba a temblar. Siempre sentía lo mismo; -la vieja vestía de negro, que le sonreía insinuante, -le hacía estremecerse de terror.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span> -¿Quién era esta mujer? ¿Qué significaba? Probablemente -sería la Muerte. No lo sabía, porque no le -revelaba su secreto; pero, ¿quién podía ser más que la -Muerte?</p> - -<p>De pronto, el lugar adonde había salido recorriendo -la cornisa se transformaba en una barraca de muñecos -del pim pam pum, y aparecía la señorita Atala, con -su pelo rubio. La Atala daba los billetes y él tomaba -doce bolas para lanzarlas a los muñecos.</p> - -<p>Cada una de ellas pesaba como si fuera de plomo. -De pronto notaba que los muñecos eran todos los tipos -que había conocido en la feria de Pamplona: el físico, -Montdidier, Clarck, etc. Alvarito tiraba la pesada bola -sobre la primera figura, ésta se torcía al golpe y volvía -a aparecer de nuevo erguida. Entonces Alvaro hizo un -nuevo esfuerzo y se despertó.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span></p> - -<h3 id="III_VII">VII<br /> -EXPLICACIONES DE CHIPITEGUY</h3></div> - - -<p>Frechón, con su costumbre de espiar a todo el mundo -y de escuchar detrás de las puertas, se había enterado -del diálogo de Manasés con Chipiteguy y de la -visita de éste a Gamboa.</p> - -<p>Al llegar Frechón a Pamplona encontró medio de -verse solo con Chipiteguy y le planteó la cuestión.</p> - -<p>—Ya sé que en este viaje—le dijo mirando al suelo—se -trata de algo más que de exhibir figuras de -cera.</p> - -<p>—Usted, ¿qué es lo que sabe?—le preguntó el viejo, -escamado.</p> - -<p>—Sé lo que ha hablado usted con el judío Manasés -y sé también que ha ido usted a visitar al cónsul de España.</p> - -<p>—¿Es usted brujo, Frechón?</p> - -<p>—Por lo menos, sé escuchar y no soy tonto. En mí -puede usted tener un amigo o un enemigo. Si lo quiere -usted todo para usted, seré enemigo...; si no, ya nos -entenderemos.</p> - -<p>Chipiteguy a regañadientes reconoció que efectivamente -iba a Pamplona a recoger las custodias y las -cruces de oro y de plata metidas en barricas y ver la -manera de llevarlas a Bayona. Le dijo que si el negocio -salía bien le daría parte en las ganancias.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span> -—¿Cuánto piensa usted darme?—preguntó Frechón, -mirándole de través.</p> - -<p>—Le daré el diez por ciento de lo que gane. A mí -me dan el veinte.</p> - -<p>—Es una estupidez—murmuró Frechón.</p> - -<p>—¿Qué es una estupidez?—preguntó Chipiteguy.</p> - -<p>—Es una estupidez que se contente usted con el -veinte por ciento, porque si el negocio sale bien podemos -quedarnos con todo.</p> - -<p>Chipiteguy contempló atentamente a Frechón y no -dijo nada en contra. Lo único que hizo fué elogiarle -por su perspicacia.</p> - -<p>Pocos días después el viejo explicó a Frechón y a -Claquemain lo que proyectaba hacer. A Alvarito no -le dijo nada, porque pensaba que el joven aristócrata -español, que iba a misa todos los domingos, se escandalizaría -si supieran que querían llevarse los cachivaches -y las alhajas de las iglesias para venderlos -en Francia.</p> - -<p>A Frechón y a Claquemain no les hacía esta idea -ninguna mella.</p> - -<p>Vaciaron las barricas en el almacén de la calle Nueva -y fueron llevando los objetos del culto en sacos -a la barraca de las figuras de cera. Eran cálices, lámparas, -candelabros, incensarios, cruces, relicarios.</p> - -<p>Allí, en la barraca, a la luz de una candileja, se -amontonó el tesoro de la calle Nueva; se arrancaron -las piedras preciosas de los cálices y de las cruces -procesionales y envueltas en papeles las fueron metiendo -en las cabezas de las figuras de cera.</p> - -<p>Desarmaron las cruces, machacaron el oro y las -barras de plata, las retorcieron y las pintaron de negro -y de rojo.</p> - -<p>—Creo que no encontraremos ningún químico que -analice esta chatarra—dijo Chipiteguy, riendo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span> -—Me parece que no—replicó Frechón—. Y ahora, -¿qué proyecto tiene usted?</p> - -<p>—Ahora—contestó Chipiteguy—, yo me voy a -Arneguy y a San Pie de Puerto para que en la aduana -no nos pongan dificultades; usted se va a Valcarlos -y espera allí, unta usted a los carlistas y mañana -sale la galera con Claquemain y con Alvarito.</p> - -<p>—Bueno—dijo Frechón—, déjeme usted dinero.</p> - -<p>Chipiteguy le dió cien duros.</p> - -<p>—Prepare usted de manera aquello que a nadie se -le ocurra mirar lo que va en los carros—encargó -el viejo.</p> - -<p>—Lo haré.</p> - -<p>—¡Ah!, y guarde estas piedras en los bolsillos; -yo también pienso llevar algunas. Por si acaso nos -quitan el carro, que no lo perdamos todo.</p> - -<p>Chipiteguy dió unas cuantas piedras, esmeraldas -y topacios, que Frechón guardó ávidamente.</p> - -<p>Salieron Chipiteguy y Frechón de Pamplona. Al -día siguiente apareció Chipiteguy en la ciudad y dió -nueva orden. La galera tenía que ir a San Sebastián.</p> - -<p>Frechón esperó impaciente en Valcarlos; recorrió -el camino de Pamplona hasta que se convenció de -que el viejo le había engañado.</p> - -<p>Chipiteguy, desde San Sebastián, vaciló en ir por -tierra o por mar.</p> - -<p>En aquella época las fuerzas del general Jáuregui -iban con frecuencia de San Sebastián a Irún.</p> - -<p>Chipiteguy se presentó al general, pretendiendo -llevar su cargamento y pasar la frontera.</p> - -<p>Jáuregui le preguntó que llevaba a Francia que -tanto le preocupaba; pregunta que hizo desconfiar -al viejo. Entonces decidió ir por mar.</p> - -<p>Aquella chatarra, que era magnífica plata y oro,<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span> -en unión de las figuras de cera, estuvo varios días en -el muelle de San Sebastián, hasta que fué entrando -en la bodega de un pailebot.</p> - -<p>Al llegar a Bayona, Chipiteguy llevó sus figuras -de cera de nuevo a la barraca y la plata y el oro y -las piedras preciosas de las cruces y custodias debió -de guardarlas en el sótano de su casa.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span></p> - - -<h3 id="III_VIII">VIII<br /> -CHIPITEGUY, GAMBOA Y FRECHÓN</h3></div> - - -<p>Frechón había vuelto a Bayona, cansado de esperar -en la frontera. Durante una semana se asomó -con impaciencia por el camino de Pamplona, y, al fin, -volvió profundamente indignado contra su patrón. -En Bayona llevó las esmeraldas a casa de un joyero. -Eran falsas.</p> - -<p>Al llegar a la casa, y al ver a Chipiteguy, éste le -contó que no pudieron ir a Valcarlos porque se había -corrido hacia aquella parte una fuerza carlista y que -por eso decidió ir hacia San Sebastián. Añadió el -viejo que en el camino de San Sebastián habían reconocido -todas sus figuras de cera y encontrado el oro -y la plata y las piedras preciosas, aunque éstas, la -mayoría eran falsas.</p> - -<p>—Ha sido un mal negocio al final—dijo Chipiteguy -hipócritamente—; ya veremos qué nos queda a -cada uno.</p> - -<p>—Me la ha jugado este cochino viejo—murmuró -Frechón—. El se va a quedar con todo.</p> - -<p>El caso era que el tesoro de la calle Nueva había -desaparecido. Chipiteguy lo había, sin duda, escamoteado.</p> - -<p>Frechón disimuló su rabia y siguió trabajando en -casa del trapero.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span> -Unos días después escribió una carta al cónsul de -España y le pidió audiencia.</p> - -<p>Frechón se sentía defraudado por Chipiteguy y -tanto como por el dinero lo sentía por su amor propio -de hombre listo, de quien se habían burlado.</p> - -<p>—El viejo Chipiteguy no se marchará sin que yo -le eche el alto. Ya caerá. Frechón no es tonto.</p> - -<p>Frechón fué a visitar al fondista Iturri, y después -a Aviraneta, a quien contó con detalles el asunto de -las cruces y custodias de Pamplona. Aviraneta conocía -parte de lo ocurrido y escuchó a Frechón con -gran interés.</p> - -<p>Frechón se exaltaba, se ponía frenético, pensando -en el chasco que le habían dado. En casa de Chipiteguy -seguía a todo el mundo con una mirada furiosa.</p> - -<p>Unos días después recibió contestación del cónsul, -fijándole hora para recibirle.</p> - -<p>El señor Gamboa acogió a Frechón muy fríamente; -escuchó con indiferencia su relato y dijo después:</p> - -<p>—Yo no he encargado nada a ese señor Chipiteguy. -Si ha ido a Pamplona habrá sido por su cuenta.</p> - -<p>Al oír lo que decía el cónsul, Frechón quedó -desconcertado.</p> - -<p>—Chipiteguy me dijo a mí que iba a Pamplona, -encargado por usted, para recoger unas barricas, cargadas -de oro y plata.</p> - -<p>—Pues el tal Chipiteguy le ha engañado a usted.</p> - -<p>—¿Y cómo le han dado esas barricas sin orden -de nadie?—preguntó Frechón.</p> - -<p>—Yo no sé nada, señor mío—replicó el cónsul—. -¿Y usted, cómo lo sabe?</p> - -<p>—¿Cómo lo sé? Porque he ido con él a Pamplona.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span> -—¿Y usted ha visto esas barricas?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Y había de verdad cruces y custodias?</p> - -<p>—Sí las había. ¡Ya lo creo!</p> - -<p>—¿Con piedras preciosas?</p> - -<p>—Con piedras preciosas de todas clases.</p> - -<p>Buenas y falsas, se debió decir Frechón en su -fuero interno.</p> - -<p>—¿Y qué han hecho ustedes con ellas?</p> - -<p>—Llevamos todo lo que tenían dentro las barricas -a donde estaban las figuras de cera. Allí desarmamos -las cruces y las custodias, les quitamos las piedras; -éstas, en su mayoría, las metimos en las cabezas de -las figuras de cera, machacamos el oro y a las cruces -de plata las pintamos de negro para hacerlas pasar -como si fueran de hierro. Después Chipiteguy me -dijo que le esperara en Valcarlos para arreglar la -salida de España y la entrada en Francia, y, mientras -yo le esperaba, él mandó llevar el cargamento a -San Sebastián y de aquí lo embarcó para Bayona.</p> - -<p>—¿Y aquí lo tiene?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿En dónde lo guarda?</p> - -<p>—Probablemente en la cueva de su casa.</p> - -<p>—Es decir, que se la ha jugado a usted.</p> - -<p>—Y a usted también—replicó Frechón, a quien -molestaba profundamente estar ante alguien en situación -de inferioridad.</p> - -<p>—A mí, no—contestó Gamboa—. Este es un -asunto que no me interesa.</p> - -<p>—¡Bah!—replicó Frechón con impertinencia.</p> - -<p>—Créalo usted o no lo crea, me es igual; pero me -choca que sea usted tan cándido para pensar que yo -he intervenido en ese asunto de melodrama.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span> -Frechón salió furioso del Consulado y Gamboa no -quedó muy contento.</p> - -<p>Unos días después el cónsul de España mandó -llamar a Chipiteguy y le interrogó acerca de las cruces -y custodias traídas de Pamplona.</p> - -<p>Chipiteguy dijo que había visto al gobernador de -Navarra y éste le había dado orden de que guardara -aquellas joyas en su casa, y que mandaría un delegado -del Gobierno español para incautarse de ellas -y luego venderlas.</p> - -<p>Gamboa se incomodó y dijo con furia:</p> - -<p>—Lo que usted quiere es quedarse con esa riqueza.</p> - -<p>—Es lo que me parece que ha pretendido usted -siempre—replicó el trapero del Reducto.</p> - -<p>Aviraneta supo por los escribientes del Consulado -que los gritos de Gamboa se habían oído en la Plaza -de Armas.</p> - -<p>En la discusión apasionada que tuvieron el cónsul -y el chatarrero llegó a verse claramente que, tanto -el uno como el otro, lo que ansiaban era quedarse -con el oro, la plata y las piedras preciosas de las cruces -y de las custodias.</p> - -<p>Quizá Gamboa pensó denunciar a Chipiteguy a la -Policía; pero ¿cómo legitimar su intervención? Pensando -fríamente decidió no hacer nada y olvidar -aquel mal negocio.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span></p> - - -<h3 id="III_IX">IX<br /> -DESPUÉS DE LA AVENTURA</h3></div> - - -<p>Chipiteguy, como el Euclión de la Aulularia de -Plauto, iba camino de ser desgraciado, a causa del -tesoro de la calle Nueva.</p> - -<p>¿Dónde lo tenía? ¿Dónde guardaba sus riquezas, -traídas de Pamplona? Indudablemente, la plata, el -oro y las piedras preciosas los había escondido en la -cueva.</p> - -<p>A veces, como un ladrón, pero temblando al mismo -tiempo de alegría, con una mirada triunfante, -bajaba a la cueva y se pasaba allí dos o tres horas, -probablemente, contemplando el tesoro. Cuando le -veía a Frechón sonreía con malicia; sonrisa que a su -dependiente le hacía temblar de furia y sólo a Manón -y a Alvarito les acogía con gusto.</p> - -<p>—El viejo Chipiteguy todavía es capaz de muchas -cosas—repetía con jactancia—. Ya lo decía mi viejo -amigo Julius Petrus Guzenhausen de Aschaffenburg: -Dollfus es un marrajo de mucho cuidado.</p> - -<p>El trapero del Reducto, tras de su famosa excursión -a Pamplona, había cambiado mucho, vivía con -más preocupaciones. Desde el viaje tenía gran desconfianza; -miraba a la gente con suspicacia, no le gustaba -que los chatarreros pasaran al patio de su casa, ni -que los albañiles de las obras próximas se asomaran<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span> -al tejado. Comprobaba él mismo, al anochecer, si estaban -bien cerradas las puertas y ventanas y recorría -la casa de arriba abajo.</p> - -<p>La andre Mari y la Tomascha pensaban que éstas -eran manías del viejo.</p> - -<p>Chipiteguy afirmó varias veces que vivían en un -abandono exagerado y sin vigilancia alguna, sobre -todo de noche, y trajo un mastín para guardar la -casa.</p> - -<p>A lo último se le ocurrió hacer todas las noches -una ronda, medio en serio, medio en broma. Manón -tomaba un farol grande; Chipiteguy, Quintín y Alvarito -se armaban cada uno con una pistola y registraban -la casa, desde las guardillas hasta la cueva.</p> - -<p>—No le digáis lo que hacemos a Frechón—recomendaba -el viejo a Quintín y a Alvarito.</p> - -<p>—No, no tenga usted cuidado.</p> - -<p>—Cuando llegue el momento me acordaré de vosotros, -porque sois fieles. Estad seguros.</p> - -<p>Estos registros, el andar de noche en los cuartos, -influía en Alvarito, excitando su imaginación.</p> - -<p>Sobre todo, para él, era muy desagradable el entrar -en la cueva y ver el grupo de asesinos en pie, -envueltos en sus telas de sacos, con un aire de fantasmas -astrosos.</p> - -<p>Chipiteguy estuvo dos veces en Burdeos y le llevó -con él a Alvarito.</p> - -<p>No le dijo a qué iba, pero Alvaro le oyó hablar -dos o tres veces de joyeros y tasadores de piedras -preciosas.</p> - -<p>Chipiteguy le presentó a algunos de sus amigos -comerciantes y le mostró la ciudad.</p> - -<p>—Cuando vayas a España—le decía el viejo—podrás -comparar aquello con esto.</p> - -<p>En el fondo de esta frase había malicia, porque<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span> -aunque Chipiteguy no tenía mala idea de España, -como Frechón, tampoco la tenía muy buena.</p> - -<p>Fué también Alvarito, en compañía de un carlista, -a visitar a la familia de Maroto, que vivía en una -casa de campo de las proximidades de Burdeos. Las -dos hijas del general, nacidas en el Perú, habían sido -educadas en un colegio de Granada. La pequeña, sobre -todo, era muy melancólica y muy bonita, y recordaba -con nostalgia el huerto del colegio granadino. -Alvarito habló con ellas mucho y hasta les escribió -varias veces después desde Bayona.</p> - -<p>El día antes de salir de Burdeos, Chipiteguy le -llevó a Alvarito a una gran instalación de figuras de -cera que había en Burdeos.</p> - -<p>—Esto es una cosa distinta a nuestra barraca—dijo -Chipiteguy riendo—; quizá no es tan completo -como el gabinete de madama Tussaud, de Londres, -pero está muy bien.</p> - -<p>Se bajaba por una rampa obscura a un subterráneo, -hasta que se llegaba a un salón con varias figuras de -cera vestidas a la moderna. De este salón partían galerías, -también obscuras, que desembocaban en salones -o cuevas, con juegos de luces extraños. Los -personajes eran casi los mismos que había visto Alvaro -en la cueva de Chipiteguy, pero más perfilados -y bien vestidos. La gente del público iba y venía, hablando -bajo, un poco sobrecogida por el aire misterioso -de los subterráneos.</p> - -<p>En un salón estaban como en tertulia, alrededor -de un velador, Luis XVI y María Antonieta, Madama -Real, la princesa de Lamballe y el Delfín. Todos -impasibles, peripuestos y amanerados.</p> - -<p>A Alvarito le dió ganas de gritarles:</p> - -<p>—Apresuraos. No seáis idiotas, que vienen los descamisados -a cortaros la cabeza.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span> -En otro salón estaba Napoleón en la Malmaison, -con Josefina, Talleyrand, Fouché y los generales del -Imperio. Todos tan apacibles, tan peripuestos y tan -amanerados como los anteriores.</p> - -<p>Uno de los generales le miraba a Alvarito con un -aire muy discreto.</p> - -<p>—Estamos esperando a que suene el cañón de Waterlóo -para marcharnos de aquí, porque nos encontramos -un poco aburridos—parecía decir aquel señor.</p> - -<p>En la sala de una cárcel cenaban los girondinos. -Uno de ellos echaba un discurso pomposo con un aire -místico e iluminado. Seguramente hablaba de los derechos -del hombre y del Ser Supremo, y de otras cosas -que entonces divertían a la gente sin saber por -qué, y hoy, sin saber por qué, nos aburren.</p> - -<p>Luego vieron a Latude en su cárcel, a los cenobitas -del Paracleto, a los mártires cristianos antes de ir al -circo, a Marat, muerto, con Carlota Corday al lado; -a Danton y a Robespierre, vociferando...</p> - -<p>—Esto es mejor que lo nuestro, ¿eh?—exclamó -Chipiteguy riendo.</p> - -<p>—Sí; pero aquí no hay asesinos—contestó Alvarito.</p> - -<p>—Es verdad. Sin embargo, debe haber.</p> - -<p>Buscaron mejor y dieron con un Lacenaire con su -puñal, pero al lado de los Asesinos de Chipiteguy -era un personaje ridículo.</p> - -<p>A Alvarito le convino la visita a las figuras de cera, -porque le quitó para mucho tiempo el terror que tenía -por ellas.</p> - -<p>Pensó que había estado durante su estancia en casa -de Chipiteguy asustado por un peligro quimérico y se -decidió a mirar en el porvenir las cosas cara a cara -y frente a frente, fuesen figuras de cera o personas -de carne y hueso.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span></p> - -<h2>CUARTA PARTE<br /> -PALOMAS Y GAVILANES</h2> - -<h3 id="IV_I">I<br /> -MANÓN Y ROSA</h3></div> - - -<p>Alvarito iba ascendiendo de categoría en casa de -Chipiteguy. El viejo le consideraba cada vez más y -le iba tomando cariño. La andre Mari, que siempre -le había mirado con simpatía, le mimaba; la Tomascha -le tenía como uno de sus favoritos, y Manón, -como un amigo.</p> - -<p>Habiendo subido de importancia en la casa, le habían -bajado de la guardilla a un cuarto del segundo -piso. Alvarito estaba contento, todo lo contento que -puede estar un enamorado no correspondido.</p> - -<p>Alvarito, que tenía como confidente a su hermana, -le confesó que su entusiasmo por Manón crecía por -momentos. Manón era una chica única, con una gracia -y un encanto extraordinarios. Además, no le daba -miedo nada; subía sola a la guardilla o iba al anochecer -a la cueva sin temor a aquellas malditas figuras -de cera que a él tanto le habían espantado. Manón era -siempre viva, activa y trabajadora; pero cuando se -lo proponía, era más.</p> - -<p>A veces le entraban las aficiones culinarias y se<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span> -metía en la cocina y hacía, en colaboración de la Baschili, -bizcochos y flanes, que rellenaban de crema, de -huevos hilados o de dulce.</p> - -<p>Chipiteguy y Alvarito, que eran golosos, comían -estos postres, saboreándolos y relamiéndose, y Manón, -a quien no le gustaba apenas el dulce, se reía.</p> - -<p>Manón tenía gran talento, gracia, picardía, verdadero -sentido musical. Lo único que a Alvarito no le -gustaba era la versatilidad y la coquetería de la muchacha.</p> - -<p>—Tienes que venir a conocerla—dijo Alvarito con -entusiasmo a su hermana.</p> - -<p>—Bueno; sí, ya iré—contestó ella sin gran efusión.</p> - -<p>—Ella tiene muchas ganas de conocerte a ti.</p> - -<p>—¿Por qué? ¿Le has hablado de mí?</p> - -<p>—Sí, mucho.</p> - -<p>—Eres un cándido. Crees que los demás van a tener -los entusiasmos tuyos.</p> - -<p>—¿Por qué no? Yo hablo bien de las personas que -son buenas y nadie dirá que tú no lo eres.</p> - -<p>—¡Qué inocente!</p> - -<p>—No, no soy inocente; no me vas ahora a convencer -a mí de que todo el mundo, empezando por ti, son -unos terribles egoístas.</p> - -<p>La hermana de Alvaro era un poco cargada de espaldas, -pálida, de ojos negros muy expresivos, la boca -grande y la cara poco correcta. Era muy simpática y -muy servicial. Estaba dispuesta a hacer todo lo que -los demás tenían por engorroso y molesto.</p> - -<p>Dolores Sánchez de Mendoza fué a casa de Chipiteguy -y conoció a Manón y a Rosa. Las dos primas -estuvieron muy amables con ella y la obsequiaron -mucho.</p> - -<p>—¿Qué te ha parecido Manón?—preguntó Alva<span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span>rito -a su hermana al salir de la casa del Reducto presurosamente.</p> - -<p>—Es muy guapa y muy simpática, pero...</p> - -<p>—¿Pero, qué?</p> - -<p>—Que creo que no te debes hacer ilusiones. Una -chica tan guapa, tan brillante, que será rica, no se -casa con un pobre.</p> - -<p>Alvarito se entristeció al oír la observación de su -hermana y se le puso una cara larga y abatida.</p> - -<p>—¿Por qué no te diriges a Rosa?—le preguntó -Dolores.</p> - -<p>—Porque no me gusta—contestó Alvarito de mal -humor.</p> - -<p>—Pues es una chica bien buena, bien cariñosa; yo -la encuentro guapa.</p> - -<p>—Sí, sí, no digo que no; pero no me gusta. No tiene -gracia.</p> - -<p>—Es verdad; tú tampoco la tienes, ni yo.</p> - -<p>—Bien; ya lo sé; quizá por eso me gusta lo que no -tengo.</p> - -<p>—Pues chico, hay que conformarse.</p> - -<p>—En eso cada cual hará lo que mejor le parezca.</p> - -<p>—Claro que sí; pero siempre es mejor no desesperarse, -empeñándose en conseguir un imposible. Yo -ya veo que Manón es una chica muy atractiva, muy -graciosa y muy bonita; pero por lo mismo, y porque -es rica, ha de tener muchos pretendientes.</p> - -<p>Dolores se hizo amiga de Manón y de Rosa, sobre -todo de Rosa.</p> - -<p>Desde entonces comenzó a tutearse con las dos -primas, y después de ella, Alvarito. Este notó desde -el principio que con cierta tendencia instintiva Dolores -se ponía del lado de Rosa y en contra de Manón.</p> - -<p>Manón a veces era imprudente; había tenido una -educación desordenada y fantástica, propicia para dar<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span> -alguna sorpresa desagradable al viejo Chipiteguy; -afortunadamente, la chica poseía un fondo de buen -sentido, a pesar de sus fantasías y de sus extravagancias. -Manón empleaba en ocasiones la burla y el -sarcasmo, pero en el fondo era sentimental y romántica, -Para el que la pretendiese era una mujer difícil -de conquistar, que exigía demasiado de las personas. -Rosa era siempre modesta y tímida; el pasar la vida -ante el público en un bazar no le había quitado su timidez -congénita.</p> - -<p>Rosa tenía el óvalo de la cara alargado, la boca demasiado -grande, de labios gruesos; cierta palidez atezada, -mate, en el rostro, como de criolla, y una hermosa -cabellera negra de tonos azulados.</p> - -<p>Al principio de tratarla parecía sosa y sin gracia; -pero a medida que se la conocía iba siendo más atrayente -y desarrollando su personalidad de una manera -lenta y segura.</p> - -<p>Dolores hablaba con mucha frecuencia a su hermano -de los encantos de Rosa, de su simpatía y de sus -conocimientos caseros; pero Alvarito no se entusiasmaba -más que con Manón y no tenía ojos más que -para ella.</p> - -<p>Sentía hambre y sed de la presencia de Manón. -Este hambre y esta sed constantes e inapagable de verla -y de oírla era, sin duda, el amor. Ante ella se encontraba -como si hallase su centro de gravedad; en -cambio, cuando se alejaba de ella le parecía que le -faltaba el sostén de su vida.</p> - -<p>A veces el placer de estar a su lado le daba la impresión -de tener el corazón ligero.</p> - -<p>Cuando estaba lejos de ella pensaba en lo que estaría -haciendo en aquel momento.</p> - -<p>En la cama constantemente, medio en sueños, tenía<span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span> -conversaciones con ella, hacía proyectos, debatía cuestiones -sentimentales, se explicaba, se legitimaba.</p> - -<p>Dolores, con malicia femenina, solía desviar la -atención que tenía su hermano por la nieta de Chipiteguy -y trataba de dirigirla sobre Rosa.</p> - -<p>Manón ya notaba que Dolores y su prima Rosa -habían formado una alianza ofensiva y defensiva un -poco contra ella; pero se sentía tan superior, que no -le importaba.</p> - -<p>Otra amiga, algo pariente, solía ir algunas tardes -a casa de Manón: una chica llamada Margarita D'Arthez, -Morguy, hija de un almacenista de vinos. Morguy -no era simpática; Rosa la odiaba por su mordacidad; -sólo Manón la podía resistir. Dolores, cuando -la conoció, la encontró también antipática.</p> - -<p>Morguy era más fea que guapa, muy rubia, casi -roja, con los ojos pequeños y un poco encarnados, las -cejas siempre fruncidas y los labios abultados.</p> - -<p>Morguy era envidiosa, taciturna y malhumorada; -reñía con mucha facilidad con los padres, con las -criadas y con todo el mundo. Sus cóleras se convertían -con facilidad en torrentes de lágrimas.</p> - -<p>Así era Morguy: tan pronto lloraba como reía; generalmente -sus carcajadas acababan en llanto, y sus -lloros, en carcajadas. Tenía rencores inmotivados y -días que se pasaba rabiosa, sin hablar.</p> - -<p>Morguy reconocía su mal genio, y cuando le contaba -a Manón sus rabietas, por una parte furiosa y -por otra burlándose de sí misma, Manón se reía a -carcajadas.</p> - -<p>—Esta chica hasta que no se case no va a tener -buen humor—decía Chipiteguy a Morguy.</p> - -<p>—Sí, buena marcha llevo—replicaba ella—; me -voy a quedar solterona.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span> -—Pues no te conviene, porque no vas a tener con -quien reñir y vas a hacer muy mala sangre.</p> - -<p>—¿Tan venenosa cree usted que soy?</p> - -<p>—No, no. Mujer, como todas; pero, en fin, si yo -tuviera la edad de Alvarito me fiaría más de las alborotadas -que de las mosquitas muertas.</p> - -<p>Chipiteguy se ponía siempre, más o menos disimuladamente, -del lado de Manón y creía que Rosa -y Dolores eran gazmoñas e hipócritas.</p> - -<p>Varias veces Alvarito y Dolores fueron al "Paraíso -Terrenal", el bazar de juguetes de la madre -de Rosa. Madama Lissagaray era una señora de cuarenta -y cinco a cincuenta años, muy flaca, de ojos -claros, con aire de dama de Versalles. Era muy sabia -y un poco redicha. Lo característico en ella era la -cara, fría e indiferente, que contrastaba con la voz -y los ademanes efusivos. Al hablar parecía desmentir -con los ojos cuanto decía, y, sin embargo, la verdad -era lo que hablaba, pues no tenía nada de falsa ni de -hipócrita.</p> - -<p>Madama Lissagaray se expresaba con gran discreción -y simpatizó con Alvarito y su hermana.</p> - -<p>Esta señora había tenido varios chicos, que se le -habían muerto, y cuidaba de Rosa, su única hija, con -una afección mezclada de cariño y de temor.</p> - -<p>Encima de su bazar había un entresuelo pequeño, -bajo de techo, donde habían vivido algunos años: -pero estaba tan abarrotado de género, que lo abandonaron -y fueron a habitar a una casa de la Avenida -de Boufflers, de su propiedad, de más espacio y mejores -vistas.</p> - -<p>Rosa y Manón solían mostrar a sus amigos, a los -muchachos jóvenes, los juguetes del "Paraíso Terrenal", -y, sobre todo, algunos antiguos, ya un poco<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span> -arrinconados y fuera de moda, pero más graciosos -que los modernos.</p> - -<p>Había una sala en el entresuelo, en un extremo -del bazar, adonde habían ido a parar varios relojes. -Allí se veía un reloj de pared, inglés, muy hermoso, -con la esfera de cobre, y en ella un círculo pequeño -del minutero; un reloj de cuco, otro con sonería de -campanas y campanillas y varios relojes de mesa, -dorados, metidos en fanales de cristal.</p> - -<p>Había también en el mismo rincón una caja de -música con su cilindro de cobre, lleno de púas, y un -organillo pequeño, construído en Ginebra, con muñecos -en la tapa, que se movían, entre los cuales figuraban -un negro que bailaba, un señor de frac que -llevaba la batuta, otro que tocaba gravemente el violoncelo -y varias damiselas con miriñaque, que danzaban -rápidamente.</p> - -<p>Había también unos chinos de porcelana, que saludaban -con la cabeza desde dentro de un fanal; un -tíovivo de muñecos, que giraba y sonaba; un teatro, -arcas de Noé, conejos que tocaban el tambor, serpientes -articuladas que se movían y muñecas.</p> - -<p>Alvarito, que no había tenido nunca juguetes, a -pesar de ser ya un mozo y de no encontrarse en edad -de jugar con ellos, los miraba con gran entusiasmo.</p> - -<p>Aquellos soldados de plomo de Artillería y Caballería, -con sus carros y sus cañones, le parecían magníficos. -Otro juguete que le admiraba era la gran -casa misteriosa, con sus persianas verdes y un balcón -corrido, adonde salía, como a tomar el fresco, una -dama de mantilla. Esta dama se parecía a la nieta -de Chipiteguy y Alvaro la miraba con entusiasmo.</p> - -<p>Manón, cuando iba a aquel rincón del "Paraíso -Terrenal", lleno de juguetes, le gustaba dar cuerda -a todos ellos y oír la algarabía que formaban las cam<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span>panadas -graves y agudas de los relojes, el tintineo -de la caja de música, ver cómo movían la cabeza los -chinos, cómo daba vueltas el tíovivo, llevaba la batuta -el señor de frac, tocaba el otro el violoncelo, -bailaban el negro y las damiselas y aparecía y desaparecía -la dama romántica en el balcón de la casa solitaria -con las persianas verdes.</p> - -<p>¡Qué poesía o qué cuento, a la manera de Hoffmann, -hubiera escrito el amigo de Chipiteguy, el -poeta Julius Petras Guzenhausen de Aschaffenburg, -de tener la humorada de existir en el mundo y de -visitar el "Paraíso Terrenal"! ¡Qué bien hubiese -descrito los movimientos de aquellos autómatas, sus -reverencias, sus saludos, sus bailes, llenos de elegancia, -amanerada y ceremoniosa!</p> - -<p>Una vez Alvarito soñó que estaba en un campo -donde había dos bolas grandes de nieve, hechas por -los chicos; se aproximaba a una y huía delante de él -y a medida que la una huía, la otra se acercaba. -Luego, estas dos bolas de nieve se convertían en dos -palomas, que hacían lo mismo, y, por último, en dos -nubes.</p> - -<p>Al final, entre ellas, aparecía Chipiteguy, en medio -de sus figuras de cera, con unas actitudes extrañas, -haciendo unas muecas horrorosas.</p> - -<p>Alvarito pensó si estas bolas de nieve, estas palomas -y estas nubes serían transformación en sueños -de Manón y de Rosa.</p> - -<p>Durante la primavera y el verano, Manón y Rosa -y algunas amigas, con Alvarito y otros muchachos, -hicieron excursiones a Biarritz, a la playa de la Chambre -d'Amour y al lago de Mouriscot.</p> - -<p>Morguy coqueteaba mucho con Alvarito; pero a -él no le gustaba esta chica roja, de mal humor.</p> - -<p>Con Morguy conoció a su padre, el señor D'Ar<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span>thez -almacenista de vinos, y a su hermano Pedro, -que le fué muy simpático.</p> - -<p>El hermano de Morguy vivía una vida irreal, leyendo -novelas, aburriéndose de la gente. Sentía un -desprecio profundo por lo que le rodeaba. Cuando -dejaba su trabajo se escondía y se iba a leer libros. -Su hermana casi le tenía odio, porque no le hacía -caso. Sin duda le parecía que no valía la pena. Pedro -D'Arthez era un joven pálido y un poco fofo, que -se pasaba la vida leyendo.</p> - -<p>No le gustaba nada el comercio; trabajaba resignado -en su despacho y, cuando concluía, se encerraba -en su cuarto y se ponía a leer. Tenía gustos de viejo. -Metido en su cuarto, con su bata, su gorro griego y -sus zapatillas, se pasaba el tiempo leyendo y fumando -en la pipa.</p> - -<p>El joven D'Arthez hablaba siempre como hombre -aburrido y disgustado. La lectura, al ocuparle tan completamente -el pensamiento, le hacía mirar la realidad -con desagrado.</p> - -<p>El cuarto de Pedro era un cuarto con dos ventanas -sobre un tejado. Muchos libros, un diván y algunas -estampas constituían su mobiliario.</p> - -<p>El joven escribía todos los días sus memorias y -sus impresiones de las lecturas. Su padre, su madre, -su hermana y los conocidos le reprochaban el hacer -una vida tan sedentaria y tan malsana. No había reflexión -que le hiciera cambiar de vida. A todo se -encogía de hombros.</p> - -<p>—¡Son tan aburridas estas gentes!—le dijo a -Alvarito.</p> - -<p>—¡Qué pueblo Bayona!—añadió otra vez—. Yo -creo que será el pueblo más aburrido del mundo.</p> - -<p>—¿Dónde quisiera usted vivir?—le preguntó Alvaro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span> -—¡Qué sé yo! En cualquier lado, menos aquí.</p> - -<p>Pedro no dejaba libros a su hermana ni a sus -amigas.</p> - -<p>—¿Para qué? Primero, no entienden lo que leen—decía—; -luego dejarán el libro en un banco, o le -doblarán las hojas, o le llenarán de manchas de cosmético.</p> - -<p>Unicamente el joven D'Arthez salía de su rincón -para oír música, pero sólo cierta música.</p> - -<p>Alvarito pensaba que el hermano de Morguy tomaba -demasiado en serio la literatura y la música y -daba demasiada poca importancia a la vida real.</p> - -<p>Pedro era republicano y despreciaba a los monárquicos -y a los carlistas.</p> - -<p>Pedro le dijo a Alvarito que le prestaría algunos -libros, y, efectivamente, le dejó novelas de -Merimée y de Stendhal, que a Alvarito no le entusiasmaron, -probablemente, porque no llegó a comprender -su mérito.</p> - -<p>Cuando Alvarito dijo a Manón que conocía al hermano -de Morguy, Manón tuvo para Pedro grandes -burlas y sarcasmos. Le parecía un pedante, un fatuo, -que se metía en un rincón para hacerse el interesante.</p> - -<p>Alvaro defendió a su nuevo amigo; pero ella siguió -hablando de él de una manera sarcástica.</p> - -<p>—Manón habla siempre mal de mí—dijo un día -Pedro—. En el fondo, porque no le hago caso.</p> - -<p>—¿Cree usted...?</p> - -<p>—Sí; si yo me ocupara de ella, me despreciaría -más. Eso ya lo sé; pero el no ocuparme de ella lo considera -casi como un insulto.</p> - -<p>Pedro le dijo a Manón que, efectivamente, habían -querido que Manón y él fueran novios, pero que no -se entendían; ella era voluntariosa y coqueta; él,<span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span> -tranquilo y aficionado a leer. El no decía nada malo -de Manón, quizá valía más que él; pero tenía una -turbulencia insaciable y una versatilidad tal que era -capaz de volver loco a cualquiera.</p> - -<p>—Es una mujer de lujo, de mucho encanto, estoy -conforme; pero para tenerla en casa, yo, modesto -vinatero, no la querría.</p> - -<p>A veces, en el verano, cuando Manón, Rosa y -Morguy pensaban hacer excursiones, le invitaban a -ir a Pedro; y éste, para no tomarse el trabajo de -discutir, decía que sí, pero luego no iba, con lo cual -indignaba a todo el mundo, principalmente a su hermana, -que decía de él pestes.</p> - -<p>En una de aquellas excursiones, Manón, Rosa y -los amigos conocieron al conde y a la condesa de -Hervilly.</p> - -<p>Sonia, la dama misteriosa que intrigaba a Aviraneta, -manifestó gran simpatía por Manón, y fué a -verla a su casa y entabló amistad con ella. Se mostró -muy amable con Alvarito y, como la condesa hablaba -muy bien el castellano, le dirigió varias preguntas -acerca de su familia y de España.</p> - -<p>A Chipiteguy no le hizo mucha gracia la amistad -de su nieta con la extrajera; no le parecía bien que -la hija de un trapero tuviera amistades con una condesa, -pero nada podía decir.</p> - -<p>La condesa de Hervilly presentó en casa de Madama -Lissagaray a dos aristócratas, amigos de su -marido y suyos: el vizconde de Saint-Paul y el caballero -de Montgaillard.</p> - -<p>El vizconde de Saint-Paul tendría veintiséis o veintisiete -años; era tipo de francés del Norte, alto, rubio, -fuerte; el caballero de Montgaillard, de veintitrés -o veinticuatro años, parecía un italiano del Sur. Era -moreno, más bien bajo que alto, con los ojos negros,<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span> -delgado, con aire un poco cansado de trasnochador, -el pelo rizado, la cara audaz y la tez de mal color, -pálida, biliosa y llena de granos.</p> - -<p>El vizconde de Saint-Paul se sabía que era de una -familia rica de París; respecto a Montgaillard había -sus dudas. El decía que era hijo del marqués de -Montgaillard y sobrino de un conde de Montgaillard; -pero había quien aseguraba que tanto el condado como -el marquesado no tenía realidad alguna.</p> - -<p>El joven Xavier de Montgaillard era hijo del titulado -marqués de Montgaillard y de una señorita de -Crussol. El marqués de Montgaillard pasaba por -realista y había hecho la campaña de la Vendée, con -Clarette, y estaba preso en el Temple.</p> - -<p>Xavier era sobrino del célebre intrigante y libelista -conde de Montgaillard, que al parecer no era -conde.</p> - -<p>El llamado conde de Montgaillard fué un gran explotador -de la política.</p> - -<p>Explotó a la Revolución, al emperador de Austria, -a Napoleón y a los Borbones, y murió muy tranquilo -en su casa propia de Chaillot, comprada con sus -ahorros de intrigante, a los ochenta años.</p> - -<p>El conde de Montgaillard tuvo pensiones de todos -los Gobiernos franceses de la época, y lo más extraño -fué que la tuviese, y grande de Luis XVIII, de quien -había publicado un retrato burlón e injurioso. La razón -de esta anomalía parece que fué el que el intrigante -guardaba unas cartas que Luis XVIII había -escrito a Robespierre en tiempo de la Revolución, -queriendo congraciarse con él, dándole la razón en -muchas cosas y queriendo atraerle a su campo.</p> - -<p>Días después de la presentación de los dos aristócratas -en casa de madama Lissagaray, Alvaro vió -que el joven Montgaillard paseó varias veces por de<span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span>lante -de la casa del Reducto, y Alvarito comprendió -que le debía haber escrito a Manón y que quizá ésta -le había contestado.</p> - -<p>Un día, en pleno verano, la condesa de Hervilly les -convidó a ir, el domingo siguiente, a las amigas de -Manón y a Alvarito a pasar la tarde en el castillo de -Urtubi, cerca de Urruña. La condesa conocía al dueño -que le había invitado.</p> - -<p>Fueron en un coche grande, descubierto, diez o -doce personas, los condes de Hervilly, Manón, Rosa, -con su madre; Dolores, Morguy y los aristócratas recién -llegados a Bayona y amigos de Hervilly, el vizconde -de Saint-Paul y el caballero de Montgaillard.</p> - -<p>El vizconde y el caballero fueron durante la excursión -la nota saliente, sobre todo para las muchachas. -Montgaillard vestía frac azul entallado, como un dandy, -y venía de París. El caballero llevó la voz cantante -en el viaje; habló de actrices y de bailarinas, conocía -escritores, periodistas y políticos. Dijo que como -no tenía un cuarto pensaba entrar en España e ingresar -en el ejército carlista por si encontraba aquí la -solución para su vida. Contaba con la protección del -príncipe de Lichnowsky. El vizconde de Saint-Paul, -más tranquilo, sonreía de las frases de Montgaillard -y hablaba poco.</p> - -<p>El joven caballero tuvo mucho éxito con las muchachas -y se le encontró gracioso y ocurrente, lo que -hizo desesperar a Alvarito, sobre todo viendo que Manón -coqueteaba con él.</p> - -<p>Era evidente que se cambiaban sonrisas y ojeadas.</p> - -<p>¿Cómo había llegado a tener esta familiaridad con -el forastero? ¿Es que es una mujer sin decoro?—se -preguntó Alvarito de mal humor.</p> - -<p>Alvarito notó con desagrado que la presencia de los -dos forasteros produjo en las muchachas una anima<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span>ción, -un deseo de brillar, una rivalidad disfrazada entre -unas y otras, que a él le molestó profundamente, -porque comprendió que la causa de esta excitación -eran los recién venidos y que en ellos se quería hacer -efecto.</p> - -<p>Quizá sólo Rosa le era en aquel momento un poco -fiel a Alvaro; las demás le habían olvidado.</p> - -<p>Los veinte kilómetros de camino pasaron pronto -para todos, aunque no para Alvarito; se contempló -el mar, se vió la cadena de montes de España; Jaizquibel, -como una pirámide, y el monte Larrun; se -pasó por delante de Bidart, se cruzó San Juan de Luz -y se llegó al castillo de Urtubi. A todos les pareció, -desde fuera, muy romántico con sus torrecitas y sus -paredes cubiertas de hiedra, un poco hundido entre -árboles.</p> - -<p>El dueño les esperaba a la entrada del parque, y les -hizo pasar primero a un gran salón y les llevó a las -damas a un tocador por si tenían que arreglarse. Luego -preguntó a sus visitantes si preferían almorzar en -el parque o en el comedor.</p> - -<p>Madama Lissagaray era la única que hubiera preferido -almorzar bajo techado.</p> - -<p>—No tenga usted cuidado; hoy no hay humedad—le -dijo el dueño.</p> - -<p>Salieron todos al parque, que estaba magnífico, y -dieron un paseo por él. Hacía un día de viento Sur, -con el cielo rojo, que daba al paisaje un aire de decoración -de teatro. Los tilos y las magnolias, llenos de -flor, perfumaban el ambiente con su aroma, un aroma -tan fuerte que casi mareaba. En este ambiente irreal -todo parecía inmóvil y silencioso. Los pájaros dormían -aletargados en las ramas. Un martín pescador -pasó por el aire, tan azul, que parecía un trozo de -cielo volando entre los árboles.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span> -Se acercó la hora de almorzar, y en una plazoleta -de grandes olmos en donde estaba puesta la mesa se -sentaron.</p> - -<p>Se comió y se bebió alegremente, y Manón y el caballero -de Montgaillard fueron los que más hablaron -y tuvieron más rasgos de ingenio.</p> - -<p>Montgaillard iba a la carrera haciendo la corte a -Manón.</p> - -<p>El caballero manejaba uno de esos recursos del donjuanismo -que está al alcance de todo el mundo; pero -que, sin embargo, tiene casi siempre éxito cuando se es -joven y no de mala figura. Se manifestaba indiferente -y al mismo tiempo atento con las mujeres, para, llegado -el caso, fingir una gran impresión. Es esto, indudablemente, -como el a b c del histrionismo amoroso, pero -no deja de hacer su efecto.</p> - -<p>Pasada la excitación de la comida, Manón dijo que -iba a escoger un sitio a la sombra del parque y echarse -a dormir la siesta.</p> - -<p>—De ningún modo—dijo su tía, madama Lissagaray—; -no te lo permito.</p> - -<p>—¿Por qué no?</p> - -<p>—Porque no, y basta.</p> - -<p>Manón hizo un gesto de displicencia. Después de -un largo rato de sobremesa, el dueño de Urtubi les -preguntó si no querían ver el castillo, aunque era pequeño.</p> - -<p>Mientras recorrían el edificio, el dueño habló de -la fundación primitiva de la casa, en el siglo XI; -de la muralla que quedaba aún del siglo XIV; de -la estancia de Luis XI en Urtubi cuando estuvo -como mediador entre los reyes de Castilla y de Aragón -y de los recuerdos que quedaban de Soult y de -Wellington, que tuvieron allí su cuartel general al -principio del siglo. Les contó también la eterna riva<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span>lidad -del partido de los Sabelchuris y Sabelgorris, fajas -blancas y fajas rojas, que dividían en el país del Labour -a los partidarios de Urtubi de los de Saint-Pee.</p> - -<p>Vieron el salón, el comedor grande, con una chimenea -de mármol, que tenía esta inscripción en vascuence: -"Billzen, berotzen, bozten" (Reuniendo, calentando, -gozando); pasaron por un vestíbulo lleno de -placas de hierro de los hogares, de las chimeneas antiguas, -algunas muy curiosas, y luego fueron a la biblioteca.</p> - -<p>El dueño sacó un ejemplar del libro de Pierre de -Lancre, titulado: <i>Cuadro de la inconstancia de los -malos ángeles y demonios</i>; les mostró una estampa de -un sábado brujeril y les leyó un párrafo, en que se -decía que el propietario del castillo de Urtubi, a principios -del siglo XVII, después de una reunión de -brujería tenida en su casa, se había encontrado los -días siguientes con que las brujas le iban chupando la -sangre y sorbiéndole el seso, lo que le decidió a denunciarlas.</p> - -<p>Todos se rieron, menos Alvarito, que pensó que el -señor de Urtubi era un visionario como él.</p> - -<p>De la biblioteca marcharon al pequeño archivo, que -tenía algunos antiguos documentos de los Urtubis, -emparentados con los Alzates, Gamboas, Belzunces, -Ezpeletas y con la familia del escritor Montaigne.</p> - -<p>Salieron de nuevo al jardín. Una nube roja, grande, -había aparecido en el poniente y el parque tenía -un aire fantástico en este aire, inmóvil y caliente, perfumado -por las flores. Cerca del castillo había una -acequia negra entre dos paredes de piedra, que tomaba -al reflejar el cielo, tonos de sangre.</p> - -<p>Salieron de nuevo al parque y llegaron a una -fuente.</p> - -<p>Manón dijo que tenía que echar la suerte con dos<span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span> -alfileres, tirándolos a la fuente y viendo cómo quedaban -en el fondo; si quedaban separados, era que no -se casaba, y si quedaban cruzados, que sí. Manón -echó sus dos alfileres y quedaron separados; después -los echaron Rosa y Morguy, y pasó lo mismo. Por -el sortilegio de la fuente ninguna de las tres se casaba.</p> - -<p>—Sí, sí; nos quedaremos solteras—dijo Manón.</p> - -<p>—Tendrá que ser porque a los hombres de esta -tierra les falten ojos—dijo galantemente Hervilly.</p> - -<p>Manón había cogido una flor y se la había puesto -en el pecho.</p> - -<p>El joven Montgaillard quiso que le diera aquella -rosa que llevaba en el pecho y ella se la dió.</p> - -<p>Iba cayendo la tarde y, según dijo madama Lissagaray, -era hora de volver a Bayona.</p> - -<p>—Antes merendarán ustedes—dijo el amo de la -casa.</p> - -<p>—Se va a hacer tarde.</p> - -<p>—¡No, no; ca!</p> - -<p>Pasaron al comedor y se sentaron a la mesa, muy -elegantemente puesta, con mantel antiguo, bordado, -y vajilla de Sevres.</p> - -<p>De pronto notaron que andaba revoloteando algo -por los rincones.</p> - -<p>—¿Qué es? ¿Un murciélago?—preguntó Manón.</p> - -<p>—No, es una mariposa—contestó el dueño de la -casa, y con un pañuelo logró cogerla.</p> - -<p>La mariposa era grande y hacía un chirrido como -si se quejara. Alvarito se estremeció; el aleteo de la -mariposa y sus quejidos le produjeron una sensación -desagradable.</p> - -<p>—Es el <i>Sphinx atropos</i>, la mariposa de la calavera—dijo -el amo de la casa.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span> -—¡Qué horror!—dijo Rosa—. Suéltela usted. Eso -debe ser de mal agüero.</p> - -<p>—Sí, estas mariposas asustan a la gente, pero son -inofensivas para las personas; no así para el campo, -donde hacen muchos destrozos.</p> - -<p>La Morguy quería matarla con un alfiler y llevársela.</p> - -<p>—No, no—dijo Manón—; hay que soltarla, que -viva.</p> - -<p>—Poco vivirá—dijo el dueño abriendo la ventana -y soltándola—. Algunas no duran más que una noche; -el tiempo necesario para poner sus huevos.</p> - -<p>Madama Lissagaray insistió en que era hora de -volver.</p> - -<p>Se despidieron y entraron todos en el coche. Rosa -se sentó al lado de Alvarito y estuvo hablando con él.</p> - -<p>—Ya ves tú—decía la muchacha—qué mala suerte -tengo yo.</p> - -<p>—¿Mala suerte? ¿Por qué?</p> - -<p>—Manón y yo tenemos la misma edad, y hemos -sido educadas de la misma manera. Ella siempre tiene -éxito y yo nunca.</p> - -<p>—Tú también lo tienes.</p> - -<p>—No, no. Y, además, es natural. Ella es más bonita -que yo, más inteligente, más brillante. Todas las -ventajas para ella y para mí nada.</p> - -<p>—Eres muy modesta.</p> - -<p>—No. La suerte ha sido muy generosa con ella y -muy mezquina conmigo. Ella es música, es guapa, es -graciosa. Y yo soy tonta, sosa y sin talento.</p> - -<p>—Eres muy severa contigo misma.</p> - -<p>—No, me conozco. Yo no tengo ningún encanto.</p> - -<p>—¡Oh! No digas eso.</p> - -<p>Alvarito dirigió a la muchacha algunos cumplidos, -pero eran fríos y sin efusión.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span> -Un par de horas después llegaron a San Juan de -Luz, pararon un momento en un café y volvieron a -tomar el coche, y vieron el mar cerca de Guethary, -azul, recamado de blanco en un cielo rojo, incendiado -y amenazador; vieron brillar el faro de San Sebastián -y el del cabo Higuer. Al acercarse a Bayona, la luna -había salido, grande, amarilla como una cara de mujer -enferma.</p> - -<p>Alvarito llegó a casa; no cenó apenas, y fué a acostarse -a su cuarto. Al tenderse en la cama, el coche, -el mar, la acequia con el agua rojiza, la estampa del -sábado brujeril del libro de Lancre le comenzaron a -bailar ante los ojos. Pronto pasó del recuerdo al -sueño.</p> - -<p>Soñó que escalaba, con grandes esfuerzos, un cerro -que tenía en la punta un castillo, marchando por entre -riscos afilados que parecían de cristal. Después de subir -por una escalera laberíntica, llegaba a un desván, -con vigas en el techo, y encontraba un montón de paja -y se tendía en él.</p> - -<p>De pronto notaba que estaba al lado de una ventana -abierta, al borde del abismo. Delante tenía un paisaje -sombrío, con montes ceñudos y valles estrechos, llenos -de árboles, y al contemplarlos se le encogía el corazón. -Nubes pesadas avanzaban a rodear el castillo. -Desesperado, elevaba la vista y quedaba absorto. El -cielo estaba lleno de brillantes meteoros desconocidos; -la luna, las estrellas y los cometas, con largas colas, -saltaban en locas carreras por el firmamento. Contemplaba -aquello a cada instante con mayor horror, -hasta que, de pronto, comenzó a salir el sol. Entonces -una deliciosa calma dominaba la naturaleza. El -cielo se ponía azul, un murmullo lejano venía del mar, -rizado con olas blancas; de los bosques se exhalaba -un perfume balsámico. ¡Oh! ¡Cómo se respiraba el<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span> -aire puro! ¡Cómo corrían los arroyos y las fuentes!</p> - -<p>Pero esto también duró poco, y vino el crepúsculo, -un crepúsculo al principio admirable. Brillaban las -flores rojas y blancas, las campanillas azules en los -campos verdes; luego todo se tornaba ceniciento; había -entonces una queja en el espacio; nubes de mariposas -grandes cruzaban el aire. Alvarito sentía necesidad -de llorar y se despertó. Pasó muchas horas despierto, -dando vueltas en la cama, pensando en su sueño -y en Manón y suspirando sin querer. Al último -consiguió dormirse y no se despertó hasta que le llamaron -por la mañana.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span></p> - -<h3 id="IV_II">II<br /> -FRECHÓN O EL CHATARRERO -MISÁNTROPO</h3></div> - -<p>Matías Frechón, el tenedor de libros de Chipiteguy, -era hombre de treinta y cuatro a treinta y cinco años, -alto, flaco, moreno, de frente estrecha, labios finos, -nariz roja, bigote delgado y patillas largas.</p> - -<p>El dejarse las patillas le daba cierta apariencia de -banquero o de hombre de negocios, que él consideraba -muy importante y muy apropiado para su persona.</p> - -<p>Frechón tenía aire poco tranquilizador. Indudablemente -no es una fantasía folletinesca el asegurar que -hay hombres que sólo por su aspecto producen desconfianza -y hasta una marcada repulsión moral. Parece -que por instinto se puede comprender rápidamente -que ciertos rasgos fisionómicos representan -y son consecuencia de una larga vida de intrigas, de -hipocresías o de bajezas, y las fisonomías con estos -rasgos nos producen alarma, no siempre bien definida.</p> - -<p>A veces no son las bajezas hechas las que adivinamos -y nos dan impresión de alarma y de desconfianza, -sino las por hacer, las que están aún latiendo en el -espíritu del que es capaz de cometerlas. Así, por intuición, -comprendemos que cierta clase de rostros no<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span> -pueden pertenecer más que a almas dispuestas a toda -clase de villanías.</p> - -<p>Frechón no solía reír; su sonrisa era triste, fría -y antipática.</p> - -<p>Frechón tenía aire de hombre falso e hipócrita. No -miraba nunca de frente más que cuando se irritaba. -Se parecía un tanto al Robespierre de las figuras de -cera. El hombre sentía gran confianza en sí mismo, -en su inteligencia y en su perspicacia; en su rostro -se leía casi siempre una expresión de superioridad.</p> - -<p>Para él todo el mundo era tonto. Si había alguno que -no lo fuera, consistía en que era un canalla. De tontos -y canallas, según él, se hallaba formado el mundo.</p> - -<p>Chipiteguy solía decir: "Las ideas de Frechón a -veces son claras una a una, pero en conjunto son un -puro disparate".</p> - -<p>Tan es cierto, que muchas veces es la mala organización -de los conceptos la que hace al loco y al insensato.</p> - -<p>Frechón se creía un hombre genial a quien le faltaba -un escenario digno de sus méritos. El orgullo, la -vanidad, la tristeza de no ser nada le ahogaban.</p> - -<p>—Se oirá hablar de mí—solía decir con jactancia.</p> - -<p>Frechón hacía profesión de fe de su misantropía. -Este chatarrero filósofo, pequeño Timón de Bayona, -había estudiado en su juventud para cura y sabía latín, -lo que le servía para citar con mucha frecuencia -frases de Horacio y de Virgilio. Era bastante letrado. -Leía causas célebres, folletos anticlericales y el <i>Citador</i>, -Pigault-Lebru; decía también que había leído -a Fourier.</p> - -<p>Frechón hablaba siempre con gran prudencia, pensando -cuanto decía. Había adquirido la costumbre de -repetir la pregunta que se le hiciera para darse tiempo -de pensar bien la respuesta.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span> -Frechón tenía ideas republicanas, lo cual no era -obstáculo para que hubiese estado durante algún tiempo -al servicio de los carlistas españoles por intermedio -de Roquet, el agente de Aviraneta, y de Cazalet, bohemio -crapuloso que sabía muchos secretos de todo el -mundo.</p> - -<p>Cuando le hablaban a Frechón del acto o de la opinión -de alguna persona, decía con frecuencia:</p> - -<p>—¡Bah! ¡Qué tontería!</p> - -<p>Frechón afirmaba que poseía muchos recursos para -ganar dinero.</p> - -<p>—¡Si supieran los giros que tengo yo todos los meses!—decía -con orgullo.</p> - -<p>El misántropo era al mismo tiempo fantástico y -petulante, escéptico y de cándida credulidad. Es muy -difícil en el escepticismo llegar a no creer ni en lo bueno -ni en lo malo. La mayoría de los escépticos se contentan -con no creer en lo bueno, y el escepticismo verdadero -estaría en no creer ni en lo bueno ni en lo -malo.</p> - -<p>Frechón vivía pensando fantasías; había en él una -tendencia marcada por lo secreto, por lo misterioso, -tendencia que se aumentaba con la bebida; el misántropo -tenía mucha afición al vino y a los licores.</p> - -<p>Su mundo era un mundo extraño, diferente al de -los demás. El se consideraba viejo, y una de sus manías -era hablar de su vejez.</p> - -<p>—A un hombre viejo como yo no se le engaña—decía -con frecuencia—. Los viejos como yo saben lo que -se hacen.</p> - -<p>Al parecer, la idea de ser viejo le encantaba a Frechón -grandemente. Sentía el misántropo gran desprecio -por su juventud; le parecía que los hombres jóvenes -no servían para nada.</p> - -<p>Frechón gozaba mucho con el espionaje. Había na<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span>cido -con una inclinación nativa para espiar. El descubrir -un misterio constituía para él una delicia. En un -pueblo como Bayona, en donde se urdían muchas intrigas -políticas y se hacían negocios de suministros -militares y de contrabando, Frechón vivía como el pez -en el agua. Espiaba a los franceses y a los españoles, -a los carlistas y a los liberales, a los aduaneros y a los -contrabandistas.</p> - -<p>—¡Bah! Ya sé yo lo que hace ese.</p> - -<p>—¡Bah! Ya sé yo quién es el amante de esa mujer.</p> - -<p>Para todo tenía el misántropo un ¡bah! desdeñoso -y de superioridad. El viejo Frechón, como se llamaba -a sí mismo, había pasado muchas noches en la esquina -de una calle aguantando el frío de la noche o tendido -en el campo recibiendo la lluvia para averiguar alguna -cosa que, después de todo, no le importaba nada.</p> - -<p>Hacer un agujero en la pared y espiar lo que pasaba -en una habitación inmediata, aunque no ocurriera en -ella nada de particular, le parecía una maravilla de -interés.</p> - -<p>La guerra civil de España le daba muchos motivos -de espionaje y de intrigas.</p> - -<p>Otro placer para él delicioso, lleno sin duda de matices -agradables, era el escribir anónimos. Se procuraba -así una de sus mayores satisfacciones. Dominaba -la técnica del anónimo, la tenía muy bien estudiada; -sabía por qué indicios se podría descubrir al autor, sabía -el sistema para no dejar rastros, y en su casa guardaba -papeles traídos de fuera y sacados de varias -partes.</p> - -<p>Llegaba a disfrutar así de la más dulce impunidad; -pensar que no había manera de descubrirle y que podía, -además, sugerir la idea de que era otro el autor -del anónimo.</p> - -<p>Frechón era envidioso; su mayor placer hubiera<span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span> -sido quitar el dinero a ciertas gentes y, al dejarles en -la miseria, hacerles una mueca de burla.</p> - -<p>Frechón vivía con su hermana, solterona de muy -mal carácter y muy rencorosa.</p> - -<p>Al misántropo le gustaba Manón y la miraba siempre -con ojos de ogro, pero ella le despreciaba profundamente.</p> - -<p>La jugada de Chipiteguy con las custodias y las -cruces de Pamplona colmó la medida de rabia de Frechón.</p> - -<p>Frechón, desde que había vuelto a Bayona, estaba -furioso contra Chipiteguy.</p> - -<p>El misántropo disimuló, se mostró amable con el -viejo, sonsacó lo que pudo a Alvarito y a Claquemain -y fué a visitar por segunda vez a Gamboa.</p> - -<p>El cónsul de España estaba indignado contra Chipiteguy, -pero no quería confesar lo ocurrido y repetía -siempre que él no había hecho encargo alguno al chatarrero.</p> - -<p>Frechón se pasaba horas y horas pensando en preparar -una celada al viejo, paseando por la tienda como -un lobo en la jaula y haciendo crujir sus falanges. -Se le ocurrió también que Alvarito le estorbaba y le -escribió dos anónimos amenazándole.</p> - -<p>Otra vez hizo que Claquemain se disfrazara con el -traje del <i>Asesino</i> y apareciera por la ventana de la -reja que daba al patio donde trabajaba Alvarito. Este -tuvo un momento de serenidad; comprendió la farsa, -fué a la cueva y cerró la puerta con llave. Al poco -tiempo Claquemain tuvo que llamar.</p> - -<p>Dos días después Alvarito recibió una carta que -decía:</p> - -<p>"Si no te vas inmediatamente de esta casa, morirás.—<i>El -Asesino.</i>"</p> - -<p>Alvarito tuvo la suficiente presencia de espíritu para<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span> -no decir nada a nadie. Ya comprendió de dónde venía -la amenaza. Alvaro veía con asombro que a él le producían -más terror los peligros imaginarios que los reales. -Ante éstos conservaba la sangre fría y no se le iba -la cabeza.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span></p> - - -<h3 id="IV_III">III<br /> -LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY</h3></div> - -<p>La madre de Rosa, la señora de Lissagaray, simpatizó -mucho con Alvarito y le invitó a que fuera todos -los domingos a pasar la tarde a la tertulia que celebraba -en su casa. Podía llevar, si quería, a su hermana -Dolores.</p> - -<p>La reunión de Lissagaray tenía fama en Bayona -de ser casi una agencia de matrimonios; iba a ella mucha -gente joven.</p> - -<p>La señora de Lissagaray, viuda y dueña del bazar -de los Arcos, el Paraíso Terrenal, esperaba casar a su -hija; necesitaba a un hombre al frente de su negocio. -Para que la muchacha conociese algunos jóvenes y -fuese conocida, recibía a sus amigos los domingos por -la tarde.</p> - -<p>A esta tertulia acudía casi siempre Manón y comenzó -también a ir Alvarito y su hermana Dolores. -En la reunión se jugaba a varios juegos, sobre todo al -<i>wisth</i>, y se conversaba.</p> - -<p>Se hablaba entre las personas serias de lo que ocurría -en Bayona, de la política del gobierno de Luis -Felipe, de la guerra carlista y de la protección que dispensaba -a los liberales españoles el general Harispe, -cosa que a la mayoría no parecía bien. Madama Lissagaray -tenía que estar siempre atenta para no dejar<span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span> -languidecer la charla y para impedir también que algún -jovencito o alguna muchachita hicieran una inconveniencia. -Las señoras llevaban a la tertulia labores -de ganchillo o de aguja. Los jóvenes tocaban el -piano, cantaban, bailaban y se discutían los libros de -Walter Scott, Chateubriand y del vizconde de Arlincourt. -Los que estaban más a la moda hablaban de Balzac, -de Dumas y de Jorge Sand.</p> - -<p>Algunos días señalados del año había baile. Se bailaba -la contradanza o "quadrille", los lanceros y el -vals. Todavía no había comenzado el furor de la polca.</p> - -<p>Varios tipos curiosos asistían a la tertulia, españoles -y franceses.</p> - -<p>De los españoles, Aviraneta iba con frecuencia a -enterarse de lo que se decía en Bayona por los carlistas -acerca de la guerra. Había corrido la voz de que -era masón y todo el mundo lo repetía, pero como era -hombre amable se le perdonaba.</p> - -<p>Otro español, tertuliano asiduo, era un tal don Ramón, -emigrado carlista, hombre de alguna fortuna, -que mataba sus ocios poniendo letra española a las -canciones francesas y regalándolas a los amigos. Su -mujer las solía cantar, acompañándose de la guitarra.</p> - -<p>Con las adaptaciones suyas las canciones tomaban -en castellano un aire falso y romántico muy curioso.</p> - -<p>Entre las damas de la tertulia llamaba la atención -la señorita María de Taboada, española carlista, de -aire decidido, de quien se decía estaba para casarse -con el general de don Carlos, don Bruno Villareal.</p> - -<p>María Luisa, en esta época, servía de institutriz en -casa de una familia francesa en una finca de los alrededores -de Bayona. María Luisa había venido varias -veces a la tertulia de madama Lissagaray en compañía -de don Eugenio de Aviraneta y dos o tres veces con -don Pedro Leguía.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span> -Frecuentaba también la tertulia una señora española -carlista, doña Tecla, amiga de doña Jacinta Pérez -de Soñanes (alias "la Obispa"). Doña Tecla llevaba -una enorme peluca negra y tenía una gran suficiencia -y una pedantería. Era una definidora de -lo que se podía hacer y de lo que no se podía hacer. -Todo, según ella, estaba legislado, y la que tenía la -clave de las verdades era ella. Esta Tecla daba la nota -verdadera, el <i>lá</i> del diapasón. Era el árbitro de las -buenas costumbres y de las buenas formas.</p> - -<p>Una señorita de la reunión muy distinguida era -Paquerette Recur, damisela de unos treinta años, delgada, -sonriente, vestida siempre con trajes vaporosos.</p> - -<p>La señorita Recur, muy amable, muy graciosa, tenía -una cara un poco vaga, que a veces parecía bonita y -a veces no. Había estado dos a tres veces a punto de -casarse; pero, sin duda, le faltaba la decisión y tenía -miedo al matrimonio.</p> - -<p>A Alvaro le recordaba la figura de cera a la cual -Chipiteguy y él llamaban la Bella Inglesa.</p> - -<p>Paquerette era, al decir de la gente, muy sentimental -y un tanto novelera, y había huido siempre de los -matrimonios de conveniencia, porque tenía la ilusión -de casarse enamorada.</p> - -<p>Dolores y Rosa se hicieron muy amigas de Paquerette -y recibieron sus confidencias.</p> - -<p>Por aquel entonces la señorita Recur tenía gran -amistad sentimental con Marcelo, el sobrino de Chipiteguy -y tío de Manón.</p> - -<p>Marcelo era un hombre rubio, sonriente, de treinta -y cinco a cuarenta años, viudo y sin hijos. Había estado -casado con una mujer de carácter un tanto agrio, -según se decía.</p> - -<p>Marcelo era ingeniero mecánico y tenía muchas<span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span> -ideas, algunas muy luminosas, pero no ganaba dinero. -Se le veía constantemente con el traje arrugado y las -manos manchadas, con las uñas quemadas por los -ácidos.</p> - -<p>Chipiteguy le acogía bien, porque notaba que Marcelo -no aspiraba a su herencia; Manón bromeaba mucho -con él por motivo de la señorita Recur.</p> - -<p>Alvarito se hizo amigo de Marcelo y éste le explicaba -sus ideas y sus proyectos.</p> - -<p>El mecánico soñaba en industrializar el mundo, en -aprovechar los saltos de agua, la fuerza del mar y hasta -la del sol.</p> - -<p>Suponía, equivocadamente, que el período de industrializar -la tierra llegaría en veinte o treinta años.</p> - -<p>Mientras soñaba, el dinero pasaba a su lado y él -no podía darle el alto. En su casa se le veía a Marcelo -haciendo planos sobre una mesa de cocina, fumando, -con el tiralíneas o el compás en la mano o analizando -algo en un tubo de ensayo.</p> - -<p>La madre de Marcelo se incomodaba mucho con él; -pero si alguien hablaba mal de su hijo, le defendía con -energía y decía que la gente no podía entenderle por -ser él demasiado inteligente para tratar con individuos -torpes y toscos. La gente de Bayona, según ella, no -comprendía más que el comercio con sus socaliñas, -como los judíos, y Marcelo era un sabio, un inventor.</p> - -<p>El idilio entre el mecánico y la señorita Recur hacía -sonreír a los tertulianos de Madama Lissagaray, pero -había algunos y algunas que no lo miraban con simpatía.</p> - -<p>Una de éstas era la señorita Verónica Bizot, que hacía -con su tipo, duro y agrio, un gran contraste con la -gracia aniñada y vaporosa de Paquerette.</p> - -<p>La señorita Bizot era una solterona, de cuarenta a<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span> -cincuenta años, que daba miedo por su gesto siniestro -y su personalidad agresiva.</p> - -<p>La señorita Bizot, que había sido inquilina de la casa -que pertenecía a Madama Lissagaray, era alta, desgarbada, -cetrina, con cara de hombre, nariz fuertemente -pronunciada y ojos claros, opacos y burlones. -Cubría su cabeza, ya calva, con una peluca rubia y tenía -unos lunares con cerdas en el labio.</p> - -<p>La Bizot era mujer de perversa intención, que decía -frases incisivas siempre que podía y ponía motes sangrientos. -La recibían en las casas por miedo a su lengua -mordaz. La señora de Lissagaray era de las que -más le temían.</p> - -<p>La Bizot derivaba, quizá por sus malos instintos, al -erotismo. Vivía en una casucha de la calle de la Carnicería -Vieja, desde donde se veían los grandes olmos de -la muralla.</p> - -<p>La Bizot contaba que por la parte de atrás de su -casa había una ventana que caía a otra calle, enfrente -de una casa de prostitución que daba al Rempart Lachepaillet, -y se pasaba horas y horas desde su observatorio -para ver lo que ocurría en el burdel.</p> - -<p>Iba también a un caserío en donde había un toro -padre, a ver cuando llevaban a las vacas a cubrirlas. -Probablemente sentía no ser vaca. La Bizot había vivido, -según se explicaba, de manera satírica, con una -tía suya que debía parecerse a ella en su mala intención, -a la que odiaba profundamente.</p> - -<p>Durante años y años, tía y sobrina se hicieron guerra -a muerte. Vivían juntas, porque no tenían medios -para vivir separadas.</p> - -<p>Llegaron en su odio a echarse una a otra tierra en -el chocolate y acíbar en el vino. Si la una tenía plantas -en el balcón, la otra las regaba con agua caliente para<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span> -que se murieran. Llegó la sobrina a echar pulgas en -la cama de su tía.</p> - -<p>La Bizot era una mujer sádica, y a las muchachas -pequeñas que tenía de criadas, y a las que no les daba -casi salario, las pegaba y llenaba los brazos de cardenales.</p> - -<p>Le roía a la solterona la rabia de su fealdad, de su -inutilidad en la vida, el no haber podido ilusionar a -nadie. Unicamente parece que había tenido algunos -éxitos por carta exponiendo sentimientos románticos. -Por las demás mujeres sentía un odio felino.</p> - -<p>La Bizot no tenía más que una renta pequeñísima, -de unos seiscientos francos al año, y vivía haciendo -combinaciones, comiendo fuera de casa y a veces casi -sin comer.</p> - -<p>La Bizot, que no sentía simpatía por nadie, tenía -que fingir amabilidad, interés por las gentes. Desde -hacía algún tiempo estaba en relaciones de gran intimidad -con una muchacha vecina suya, de vida un tanto -alegre, con quien comía con frecuencia. Esta muchacha, -a quien llamaban Nené, explotaba a unos viejos -amantes. El padre de Nené se aprovechaba de la -prostitución de su hija y pasaba la vida sonriente y -tranquilo.</p> - -<p>La Bizot era muy amiga de Nené, y la defendía y la -aconsejaba. Había visto, desde hacía ya tiempo, la -marcha que llevaba la muchacha, y con esa constancia -de la solterona y de la gente del rincón provinciano, -la esperó como el cazador a su presa. La Nené era de -un impudor tranquilo, una cortesana; pero la Bizot -aseguraba en todas partes que lo que se contaba de -ella era falso y calumnioso.</p> - -<p>La Nené no tenía nada de loca ni de casquivana. Era -tranquila como una vaca, sin pudor; engordaba, salía -poco de casa, no derrochaba y era trabajadora. Se ves<span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span>tía -bien y solía ir a Biarritz y a San Juan de Luz, -donde tenía citas con burgueses ricos de la ciudad.</p> - -<p>El viejo, el padre, se entendía con una criada. La -vida de Nené y de su padre daban mucho que hablar. -Un vecino relojero, que tenía la tienda en la calle de los -Vascos, decía que había días que se habían reunido los -señores que visitaban a Nené, y que uno de ellos había -dicho, parodiando la frase de Napoleón en Egipto: -"Desde el fondo de estas butacas cuarenta siglos os -contemplan".</p> - -<p>La Nené, aconsejada por la Bizot, guardaba dinero. -La Bizot hubiera querido explotarla, pero ella y su -padre defendían los cuartos con energía. Cuando jugaban -a cartas la solterona y la muchacha entretenida, -luchaban por arrancarse un céntimo horas y horas.</p> - -<p>Lo único que solía sacar la Bizot de la casa era la -comida.</p> - -<p>La Nené sabía muy bien colocar su capital en rentas -sólidas y parte en la usura. Esta ciencia práctica parece -que le venía de su madre, que era hija de un judío.</p> - -<p>La casa de la Nené tenía un aire respetable y elegante. -La hetaira bayonesa se vestía con una elegancia -que seducía a sus amantes, hablaba y discutía de -cuestiones de literatura y jugaba. Ella les ganaba a los -viejos contertulios en el <i>whist</i>, porque era lista para el -juego y hacía trampas.</p> - -<p>La Nené tenía formas y maneras de hablar que los -viejos viciosos y crapulosos del comercio que la visitaban -encontraban muy distinguidas.</p> - -<p>La Nené, a pesar de ser desconfiada y maliciosa, -creía en las adivinadoras y echadoras de cartas y solía -ir con frecuencia, en compañía de la Bizot, a casa de -una cartomántica.</p> - -<p>Esta cartomántica, madama Canis, había sido comadrona -y vivía en la calle de la Torre de Sáult, en<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span> -una casa negra, cerca de un torreón de la antigua muralla.</p> - -<p>Madama Canis era una mujer aventurera, casada -dos o tres veces, celestina, comadrona y, según las malas -lenguas, proveedora de angelitos para el cielo o, por -lo menos, para el inseguro limbo.</p> - -<p>Se decía que mientras fué comadrona una de las -preguntas de ritual que hacía a la cliente o al que la -acompañara era ésta:</p> - -<p>—¿Debe vivir o no la criatura?</p> - -<p>Alguna vez tuvo un descuido y fué a la cárcel y le -impidieron continuar el oficio.</p> - -<p>En casa de madama Lissagaray, la Bizot solía hacer -casi siempre de buzona. Satirizaba a la gente, la imitaba, -la caricaturizaba, con una intención y un fondo -de mala sangre disimulado.</p> - -<p>Todos los contertulios de madama Lissagaray habían -sido parodiados por la solterona, naturalmente, cuando -no estaban ellos delante. Imitaba también con mucha -exactitud a Patrich, el sepulturero, y a Moisés Panighettus, -que vivían en su misma calle; a Chipiteguy -y a sus dos criados, Quintín y Claquemain.</p> - -<p>A Alvarito le chocaba por debajo de la cortesía la -malevolencia de las gentes. Se extrañaba de que no -hubiera afecto entre aquellas personas. Casi todo el -mundo se odiaba. ¿Sería esta frialdad general en la -vida?</p> - -<p>A él le hubiera gustado tener amor, simpatía por -los otros, y que su amor y su simpatía le hubieran sido -devueltos por los demás; pero, al parecer, tal amor recíproco -era imposible. La gente, la mayoría que le rodeaba, -era indiferente, hostil y socarrona. De ahí el -gran afecto que iba tomando a Chipiteguy, que se -mostraba con él amable y efusivo...</p> - -<p>Hubo día que la tertulia de madama Lissagaray fué<span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span> -un plantel de mujeres guapas. Estaban la condesa de -Hervilly, una belleza rubia, con la señora de Vargas, -morena, de un tipo clásico; María de Taboada, con su -aire caprichoso y extraño; Paquerette Revur, como -una figurita de porcelana; Rosa con su tipo de mujer -meridional, y Manón, rubia, alegre y alocada.</p> - -<p>Entre ellas mariposeaban algunos jóvenes tenientes, -algunos dandys, el vizconde Saint-Paul y el caballero -de Montgaillard, que era de los que tenían más éxito.</p> - -<p>Alvarito había estado durante mucho tiempo pendiente -de que el caballero de Montgaillard hiciese la -corte a Manón; todo lo hacía pensar así; pero de pronto -entre el joven y la muchacha se manifestó una gran -hostilidad, y el elegante apareció como satélite de la -condesa de Hervilly.</p> - -<p>—Es un imbécil—dijo Manón con una rotundidad -muy suya—; cree que todo el mundo, empezando por -las mujeres, deben tener las condiciones que a él le faltan -de bondad, de generosidad y demás. ¡Que se vaya -al diablo!</p> - -<p>A su vez el caballero parece que dijo repetidas -veces:</p> - -<p>—¡Qué malas son las mujeres! ¿Por qué serán tan -malas?</p> - -<p>El caballero se puso a cortejar a la condesa de Hervilly.</p> - -<p>Montgaillard, en el poco tiempo que llevaba en -Bayona, se había hecho conocido de todos. Se le veía -con frecuencia con el marqués de Lalande y con el -príncipe de Lichnowsky. Se aseguró que tenía una -misión secreta dentro del carlismo.</p> - -<p>Alvarito pensó que Manón había conocido a Montgaillard -en seguida. Era una mujer tan inteligente que -no se le podía escapar nada.</p> - -<p>La superioridad de Manón se manifestaba en todos<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span> -los órdenes de la vida, según el joven Sánchez de Mendoza. -El se reconocía muy inferior a su lado; Manón -aprendía con facilidad las lenguas; Alvarito era muy -torpe; Manón tenía mucho sentido musical; en cambio, -Alvarito carecía por completo de él y tardaba en coger -una canción cualquiera y no sabía tararear bien el -<i>Himno de Riego</i> o la <i>Marsellesa</i>.</p> - -<p>Manón cogía al vuelo todas las canciones que oía -con rapidez extraordinaria; las tocaba en seguida al -piano y las tarareaba, dándolas mucho aire, pero no -quería estudiar.</p> - -<p>—Yo únicamente estudiaría—solía decir desdeñosamente—si -me oyesen y me aplaudiesen; pero, para -que me oigan mi tía María y la Tomascha, no vale la -pena.</p> - -<p>Alvarito se entristecía pensando en esto. ¿Cómo -conquistar aquella muchacha caprichosa, independiente -y llena de seducciones? ¿Cómo convertir la mujer -de lujo en una mujer de hogar? El convenía en su -fuero interno que no podía competir con ella en nada.</p> - -<p>Desde que había reñido con el caballero de Montgaillard, -Manón escuchaba a Alvarito con más atención -y le manifestaba mayor amistad.</p> - -<p>Manón le prestó los libros de Walter Scott, que tenía -en una colección encuadernada y con láminas. Alvarito -encontraba a Manón en las heroínas de todas las -novelas del autor escocés. Era Diana Vernon, de <i>Rob -Roy</i>; Mina y Brenda, del <i>Pirata</i>; Julia, de <i>Guy Mannering</i>; -Edith, de <i>Los Puritanos de Escocia</i>; Lady -Rowena, de <i>Ivanhoe</i>, y Amy Robsart, de <i>Kenilworth</i>.</p> - -<p>Algunas tardes de otoño Alvarito acompañaba a -Manón y era muy feliz. Tenía la andre Mari, una señora -pariente que vivía en la calle de la Torre de -Sáult. A veces, las tardes de invierno, iba Manón a la<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span> -casa de visita. Como el sitio era extraviado, Chipiteguy -le enviaba a Alvaro a acompañarla.</p> - -<p>Cuando iban a media tarde, llegaban a la Puerta de -España, donde se amontonaban coches de alquiler de -todas clases y salían al campo. Otras veces marchaban -por la muralla viendo los glacis verdes, con sus cañones -y sus morteros, y las viejas torres del antiguo -muro galo romano.</p> - -<p>De noche, a la vuelta, se metían por las calles negras -y desiertas, iluminadas por algún lejano farol colgado -de una cuerda y luchaban contra las ráfagas de aire -encajonado que silbaba en las esquinas.</p> - -<p>Manón se agarraba del brazo de Alvarito, y así -iban, riendo de la fuerza del viento, hasta llegar a la -plaza del Reducto.</p> - -<p>Hablaban los dos de su vida anterior, de su familia, -de los recuerdos de la infancia.</p> - -<p>Ella le preguntaba mil cosas; quería saber cómo -había vivido antes.</p> - -<p>No le gustaba a Alvarito que Manón fuera a su -casa, para que no viera aquellos pobres muebles ridículos -que ellos tenían; pero a Manón la pobreza no le -importaba. No le parecía una inferioridad, ni mucho -menos, sino un estado, que podía ser pasajero o no, -pero que no tenía nada que ver con la dignidad.</p> - -<p>Manón y Alvaro no estaban conformes en nada. -Cuando Alvarito decía que él era monárquico y católico, -ella afirmaba con petulancia que era jacobina y -librepensadora. Cuando él decía que era español y patriota, -ella replicaba que no se sentía francesa, sino -vasca, y que tenía sangre de brujos.</p> - -<p>Aquel carácter voluntarioso, de una exuberancia y -de una espontaneidad grandes, no podía acordarse con -un temperamento más calmado, más inquieto, como el -de Alvarito.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span> -Alvarito estaba cada vez más enamorado de ella.</p> - -<p>Manón era coqueta y le halagaba el hacer conquistas. -Le hablaba mucho a Alvarito, le consultaba, y algunas -veces condescendía a tocar el piano sólo para él.</p> - -<p>A veces él la tenía odio, como cuando Manón decía -a su tía María con dulzura:</p> - -<p>—No quiero estar en casa. Me aburro con vosotras.</p> - -<p>En general, él la encontraba en un plano más alto. -Alvarito reconocía que esto no dependía de sus medios -de fortuna; que la superioridad de la nieta de -Chipiteguy no estaba en circunstancias exteriores, sino -en la personalidad.</p> - -<p>Manón tenía más energía, más vida; pero él, en cambio, -era más perseverante, más fiel.</p> - -<p>Manón tenía, indudablemente, una gran vitalidad. -Era como una planta lozana, llena de savia; en cambio, -él no: era una organización más pobre.</p> - -<p>Con Rosa, Alvarito se encontraba al mismo nivel; -quizá a veces se sentía superior. Rosa no tenía condiciones -para las artes; ni la música, ni la literatura le -entusiasmaban.</p> - -<p>Decía que sí, que le gustaba mucho; pero lo decía -porque no se atrevía a ser sincera. Le faltaba principalmente -intuición. Los juicios suyos dependían de lo -que oía alrededor.</p> - -<p>Rosa tenía una gran timidez. En la tertulia de su -madre se le veía muchas veces ruborizarse por cualquier -cosa y balbucear algo en confusión. Entonces -era cuando estaba más guapa. La señora de Lissagaray -sabía que su hija no era, ni mucho menos, tan brillante -como Manón; pero esta inferioridad de su hija, -para ella era una ventaja y no un inconveniente. Era -indudable que para ser una burguesita casada con un -comerciante no se necesitaba para nada ser original. -Es más: esto casi era un inconveniente.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span> -Manón y Rosa no estaban tampoco muy conformes -en sus ideas y discutían sus respectivas opiniones; Manón, -con imperio, y Rosa, con su manera tímida y apocada, -aunque tenaz. Manón consideraba que el amor -debía ser una cosa alegre y divertida y siempre nueva.</p> - -<p>—No, no; nada de cosas serias, sino reír, cantar y -coquetear.</p> - -<p>En cambio, para Rosa el amor tenía otro carácter. -Era la abnegación, el sacrificio, la fidelidad al ser -amado.</p> - -<p>—Hablas como un libro—decía Manón—; pero -todo eso debe ser muy fastidioso.</p> - -<p>Alvarito tenía también ideas caballerescas: la hidalguía, -el respeto a la mujer, el no engañar, el sostener -la palabra a toda costa eran sus dogmas.</p> - -<p>Alvarito creía que aquellas ideas le venían a él por -su abolengo aristocrático, tan exaltado por su padre, -por la sangre de los Sánchez de Mendoza y de los -Montemayor.</p> - -<p>Esta creencia en la sangre noble, dictando las prácticas -elevadas de la vida, era para él una religión, una -especie de misticismo que le alentaba y le sostenía y le -hubiera impedido cometer una vileza e impulsado a -intentar una heroicidad.</p> - -<p>Una vez, Alvarito y Manón hablaron largamente, -al volver, de noche, de la casa de la pariente de la -andre Mari, a donde iba Manón.</p> - -<p>Se ocuparon de la manera de ser de uno y de otro, -de los amigos y de las amigas. Manón no tenía entusiasmo -por el matrimonio.</p> - -<p>—Anularse ante un hombre—decía ella—, no me -parece un ideal.</p> - -<p>—Pero, ¿quién se anula? La mujer tiene sus ocupaciones—dijo -Alvarito, que era profundamente conservador.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span> -—¿A ti te gustaría tener una mujer y no vivir más -que para ella?—le preguntó Manón.</p> - -<p>—A mí, sí.</p> - -<p>—¿Todas las horas, todos los días?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Todos los minutos?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿No tener más pensamientos que para ella?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿No tener nada oculto?</p> - -<p>—Nada.</p> - -<p>—Pues, chico, a mí, no. Yo siempre quisiera tener -libertad.</p> - -<p>—¿Libertad? ¿De qué? ¿De ir y venir?</p> - -<p>—No sólo de eso, sino libertad también de querer.</p> - -<p>—¿De querer y de no querer?</p> - -<p>—No; libertad de querer una vez más, otra vez menos; -libertad de olvidar por momentos...</p> - -<p>—Pero eso lo da la misma vida, creo yo; la edad, -las ocupaciones...</p> - -<p>Manón se echó a reír.</p> - -<p>—¿Por qué te ríes?—preguntó Alvaro.</p> - -<p>—Porque pareces un viejo; discurres demasiado -bien.</p> - -<p>—No tengo tu exuberancia; tú tienes más vida que -yo y más talento.</p> - -<p>—¡Bah!</p> - -<p>—Sí. Todos lo notan. Pedro, el hermano de Morguy, -dice que tú tienes una turbulencia insaciable y una -versatilidad tal, que eres capaz de volver loco a cualquiera.</p> - -<p>—¡Qué majadero!</p> - -<p>—No; es verdad. Todos los demás somos más tranquilos -que tú.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span> -—Sí, mosquitas muertas, como dice mi abuelo. No -hay que fiarse del agua mansa.</p> - -<p>—¿No te fiarías de mí?</p> - -<p>—Sí, sí. ¿Por qué no?</p> - -<p>—Pedro supone que tú eres una mujer de lujo, pero -no una mujer confortable.</p> - -<p>—Y él, ¿qué es? Un imbécil.</p> - -<p>Manón, sin duda, no le perdonaba al hermano de -Morguy el no haber caído, como los demás, rendido a -sus pies.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span></p> - - -<h3 id="IV_IV">IV<br /> -LAS PREOCUPACIONES DEL HIDALGO -SÁNCHEZ DE MENDOZA</h3></div> - -<p>Mientras Alvarito y su hermana Dolores sostenían -la casa y trabajaban, el uno llevando cuentas en el despacho -mugriento y triste de Chipiteguy, la otra encorvada -sobre el bastidor bordando para la Falcón, el -padre de ambos, don Francisco Xavier Sánchez de -Mendoza y Montemayor se dedicaba a las labores propias -de su condición de noble hidalgo, que consistían, -principalmente, en no hacer nada y en divagar por los -amenos campos de la política, de la genealogía y del -blasón de los Sánchez de Mendoza.</p> - -<p>La política le preocupaba a don Francisco Xavier. -¿Qué iba hacer él? Era un hombre importante. -¿Quién tiene la culpa? Es el Destino el que coloca a -unos en las cimas y a otros en el fondo de los valles.</p> - -<p>El hidalgo estaba convencido de que le perseguían -los agentes del cónsul de España, los marotistas y los -masones. Había una guerra a muerte entre la masonería -y él.</p> - -<p>El veía tipos sospechosos que se le acercaban en la -calle; comprendía que se hacían signos masónicos en -los cafés y que había señales en los balcones de las<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span> -casas, con pañuelos de color, y de noche con luces. -Todo esto lo sabía muy bien él, pero callaba.</p> - -<p>Otra cosa que le preocupaba hondamente era el -cargo de Alvarito en casa de Chipiteguy.</p> - -<p>¿Después de haber sido su hijo empleado en una -trapería, se podía cruzar caballero? ¿Podría pertenecer -a las órdenes militares? Temía que no. Era algo -terrible este empleo del chico en casa de Chipiteguy, -en la tienda de un trapero y chatarrero, jacobino y masón -por más señas; algo casi tan terrible como la barra -de bastardía que aparecía ¡estaba probado! en la rama -de los Pérez del Olmo, esta rama de los Olmos tan -perturbadora. ¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Qué -diría su amigo el duque! ¡Qué diría el general! ¿Llegaría -la noticia hasta don Carlos?</p> - -<p>El señor Sánchez de Mendoza podía haber pensado -que quizá si él hubiese trabajado, su hijo no hubiera -tenido necesidad de entrar en la tienda de hierro viejo; -pero, no, él nunca se dedicaría a un trabajo innoble, -y los trabajos nobles no se presentaban. ¿Quién tenía -la culpa?</p> - -<p>La mujer de Sánchez de Mendoza, madre de Alvarito, -pobre mujer flaca, triste, de color de limón, sin -alegría alguna, con el convencimiento íntimo de que -su vida no podía ser más que una serie de desdichas, -larga tragedia obscura y dolorosa, escuchaba a su marido -como a un oráculo.</p> - -<p>Don Francisco Xavier la había convencido de que -él era hombre importante y de que, además, la amparaba, -tendiendo sobre sus hombros un manto protector. -Al pensar algunas veces en esto, don Francisco -Xavier extendía los brazos como si estuviera poniendo -un manto y se figuraba, conmovido, que efectivamente -amparaba a su mujer.</p> - -<p>Como ésta solía tener mucha faena en la casa, el hi<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span>dalgo -se lavaba él mismo los pañuelos y los cuellos en -la palangana, hacía que su hija los planchara, se ponía -su sombrero chambergo y su capa y se marchaba a -distraerse y a presumir con cierto aire de mosquetero; -paseaba por delante de los escaparates de las calles -céntricas, donde se estudiaba para ver su prestancia; -miraba trabajar al relojero o al guarnicionero; saludaba -a algunos dueños de tiendas de ultramarinos, zapaterías -y lencerías de la calle de España, que eran carlistas, -y compraba dos cuartos de tabaco en un cucurucho -de papel de periódico, que ponía en seguida en -una petaca de cuero con las armas de los Sánchez de -Mendoza.</p> - -<p>Compraba el tabaco en el Pequeño Suizo, que era -café y estanco. Cuando tenía dinero se sentaba en una -mesa a tomar café. El Pequeño Suizo tenía en el escaparate, -entre pipas y eslabones, una figura de cera, un -hombre con un gorro peludo, grande, de casaca azul -con galones dorados, pantalones blancos, botas de montar, -negras, y una pipa de barro muy larga en la mano -derecha.</p> - -<p>Era uno de los grandes placeres de Sánchez de -Mendoza pasarse el tiempo en el Pequeño Suizo tomando -café y hablando.</p> - -<p>Los parroquianos del café eran criados, cocheros, -mozos de cuadra, horteras y algunas muchachas que -trabajaban en los almacenes, público que gustaba a -Sánchez de Mendoza, que era aristócrata, quizá más -en teoría que en la práctica.</p> - -<p>Otro de los centros de reunión del hidalgo era la -guitarrería del Sevillano.</p> - -<p>El sevillano Juan Manuel Redondo era un hombre -bajito, con aire de torero, que había dejado Córdoba, -donde vivía últimamente por la malquerencia de los<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span> -liberales, que habían creído que Juan Manuel había -tenido relaciones con las tropas de Gómez.</p> - -<p>Juan Manuel, después de su trabajo, solía sentarse -con su blusa blanca y tocar y cantar con mucho arte.</p> - -<p>Iban con frecuencia a oírle varios españoles y hubieran -ido más si la mujer del Sevillano, una soriana -dura, no los hubiera espantado, diciendo que su marido -necesitaba trabajar. Al anochecer, la guitarrería -tomaba un aire clásico andaluz. Un quinqué iluminaba -la tienda, con el techo colgado de guitarras, bandurrias -y laudes; en unas estanterías se veían las -cuerdas y en un rincón el torno. En la guitarrería -se solía hablar principalmente de España y alguna -que otra vez de política.</p> - -<p>A veces, don Francisco Xavier necesitaba cuidar -más de su indumentaria para ir a visitar al obispo -de León, llegado de Guethary; a su amigo el señor -de Corpas, al marqués de Hautpoul o a monsieur -Auguet de Saint Sylvain, y entonces la mujer dejaba -un momento la cocina, o el harapo que estaba -lavando o remendando; la hija abandonaba el bordado -y entre las dos acicalaban al hidalgo.</p> - -<p>El señor Sánchez de Mendoza iba también a la -tertulia del periodista inglés Mitchell, que escribió, -después del Convenio de Vergara, el folleto titulado -<i>El campo y la corte de don Carlos</i>, donde se atacaba -violentamente a Maroto.</p> - -<p>Este Mitchell estaba casado con una española y -se decía que era judío.</p> - -<p>Cuando llegaba a Bayona el obispo de León, don -Francisco Xavier era de los que se presentaban con -más apresuramiento a besarle el anillo.</p> - -<p>Sánchez de Mendoza se manifestaba antimarotista. -El general Maroto le parecía un audaz revolucionario, -enemigo del trono y del altar, de este trono y de este<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span> -altar que debían ser intangibles, inmaculados para -todo buen monárquico y católico. Esto de intangible -e inmaculado lo decía el hidalgo con una voz un poco -lacrimosa.</p> - -<p>Don Francisco Xavier no tenía muchas ocupaciones; -sus dos talentos principales consistían en escribir -con una letra estilo Iturzaeta y en calcar escudos -y después pintarlos a la acuarela. No los hacía muy -bien; pero como cobraba poco, a peseta y a dos pesetas -cada uno, poniendo él la cartulina, sacaba algún dinero, -dinero que naturalmente no entregaba en su -casa, sino que se lo gastaba en el Pequeño Suizo.</p> - -<p>Alvarito y Dolores sostenían la familia. Dolores -trabajaba para la tienda de antigüedades de la Falcón; -había aprendido a componer bordados antiguos, -a imitarlos y a hacer escudos. Combinaba, con mucho -arte, el punto de Venecia, el de Alenzón y el de -aguja, y ganaba seis y siete francos al día. Trabajaba -también algo para fuera y la señorita de Taboada -le había recomendado a familias legitimistas francesas, -que pagaban su trabajo con esplendidez.</p> - -<p>A pesar de este bienestar, que iba llegando paulatinamente -a su casa, el señor don Francisco Xavier -no estaba contento con la posición de sus hijos. ¡Dolores, -bordando para fuera! ¡Alvarito, en una tienda -de hierro viejo!</p> - -<p>¡Qué dirían los antiguos Sánchez de Mendoza si -vieran a sus descendientes ocupados en tan viles menesteres! -¡Qué dirían los Montemayor y los Porras! -¡Cómo temblarían sus huesos de vergüenza y de indignación -en los viejos sarcófagos, ornamentados por -los artistas de la Edad Media en los silenciosos claustros -de las catedrales!</p> - -<p>Aquella preocupación y el hallazgo de la barra de -bastardía de los Pérez del Olmo, esta rama de olmo<span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span> -poco segura, amargaban los instantes del monárquico -aristócrata.</p> - -<p>Alvarito, aunque no con la misma intensidad de -su padre, pensaba también en sus antepasados. Creía -que éstos, desde sus tumbas frías, le exhortaban a ser -leal, valiente y caballero.</p> - -<p>Para Alvarito, aquellos Sánchez de Mendoza, que -él se los figuraba pálidos y con armaduras de acero, -eran tan reales como si de veras existiesen. Muchas -veces, mientras paseaba por las orillas del Adour, -pedía consejo a los viejos manes de su familia.</p> - -<p>Pero si Alvarito seguía teniendo respeto por los -antepasados, comenzaba a sentir cierto desdén por -su padre, que iba en aumento. No lo podía remediar. -Le era imposible. Por más que intentaba convencerse -de que los hijos tenían que respetar a sus padres, -este respeto se le desvanecía a la carrera.</p> - -<p>El que el hidalgo viviese tranquilamente del trabajo -de sus hijos, sobre todo de Dolores, como si -fuera de una renta, le empezaba a molestar. No le -importaba, no le preocupaba al hidalgo que la muchacha, -débil, como era, se pasara las horas trabajando, -inclinada en el bastidor; no era capaz de ahorrarle -un poco de trabajo; al revés, le daba prisa, le -hacía consideraciones sobre la premura de la obra.</p> - -<p>El buen hidalgo tenía como el negociado de las frases, -cosa que ya a Alvarito le producía un comienzo -de indignación.</p> - -<p>El señor Sánchez de Mendoza, que iba notando -que su hijo le miraba con un aire interrogador, como -preguntándole: "¿Y usted qué hace?", inventaba toda -clase de mentiras. De un día a otro iba a comenzar -a trabajar. Ese tiempo vago de un día a otro no llegaba -nunca.</p> - -<p>Hacia final de 1838 la campaña de los antimaro<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span>tistas -de Bayona se agudizó. El señor Sánchez de -Mendoza, como antimarotista perspicuo, adquirió alguna -importancia. Se dijo, por entonces, que la mujer -de don Carlos, la princesa de Beira, se había convencido -ya de que Maroto era un revolucionario, -vendido a los masones y a los enemigos del sacrosanto -trono, y del no menos sacrosanto altar, y que -había reñido con él. El padre Cirilo de la Alameda, -a quien los liberales impíos llamaban el padre Ciruelo, -se decidió también a declarar la guerra a Maroto.</p> - -<p>Los carlistas, y entre ellos nuestro hidalgo, que -veían la política de su partido como una cuestión de -servidumbre para el Señor, creyeron que la ruptura -con Maroto iba a influír mucho en la marcha de la -guerra; pero no fué así. Todos los ultrarrealistas, los -puros, como se llamaban ellos, hablaban cada día con -más odio de Maroto y con más entusiasmo de Cabrera, -que era el héroe, el paladín por excelencia.</p> - -<p>Nuestro Sánchez de Mendoza ponía los ojos en -blanco al hablar del caudillo de Tortosa.</p> - -<p>Aquellas palabras sonoras el paladín, el trono, el -altar, los puros, le llenaban la cabeza de viento.</p> - -<p>A pesar de todo, los manejos de los apostólicos no -progresaban. El capuchino Casares, enviado por el -obispo de León con cartas, en las que se intentaba -desacreditar a Maroto, Villarreal y los suyos, fué -detenido por los mismos carlistas y metido en la cárcel. -El padre Larraga y el general Uranga volvieron -del extranjero sin un cuarto.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span></p> - -<h3 id="IV_V">V<br /> -EL SECRETO DE SONIA VOLKONSKY</h3></div> - -<p>Las tertulias de madama Lissagaray siguieran animadas, -aunque con algunas intermitencias. A mediados -de otoño, el día de San Martín, hubo en su casa -un baile de trajes. Casi todos los años por esta fecha -solía celebrarse una gran reunión.</p> - -<p>Las muchachas tenían muchas esperanzas en la -fiesta. Morguy vendría vestida de pastorcita, a lo -Watteau; Rosa, con un traje del Directorio, muy bonito; -Manón decidió vestirse de húsar y ponerse -bigotes postizos. Como tenía la seguridad de su belleza -no le importaba afearse. Los días anteriores al -baile, las amigas de casa de Rosa se pasaron el tiempo -disfrazándose. A Manón le gustaba vestirse de chico -y bailar con otras muchachas, haciendo de hombre.</p> - -<p>Alvarito la contemplaba, maravillado de su animación -y de su graciosa petulancia. A Alvaro le cosieron -en casa un traje de pierrot.</p> - -<p>El día de la fiesta acababa de vestirse Manón de -húsar, con cuyo traje estaba guapísima, y Alvarito, -de pierrot, cuando vinieron Morguy y Rosita, las -dos de malísimo humor. Morguy tenía trazas de haber -llorado.</p> - -<p>—¿Qué os pasa?—les dijo Manón.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span> -—Chica, que estamos hechas unos adefesios y no -sabemos arreglarnos—contestó Morguy.</p> - -<p>—¿Pues?</p> - -<p>—¿No te parece que tengo la falda demasiado -larga?</p> - -<p>—Sí, sí; es indudable.</p> - -<p>—Pues en casa todo el mundo empeñado en que -no. Este traje mío es un mamarracho. Nuestras madres -dicen que estamos bien y que ya no hay tiempo -de cambiar.</p> - -<p>Manón contempló a las dos amigas, una después -de otra.</p> - -<p>—Es verdad—dijo a Morguy—; tu falda está demasiado -larga y el talle demasiado alto, y el peinado -de Rosita y su capota están mal.</p> - -<p>—¿Pero ya tendremos tiempo de cambiar?—preguntó -Rosa.</p> - -<p>—Sí. A ver, Alvarito—gritó Manón—. Dile a la -Baschili que me traigan alfileres y una aguja.</p> - -<p>Alvarito fué corriendo a traer los alfileres y la -aguja. Manón se arrodilló delante de Morguy y descosió -unas puntadas. Luego sujetó aquí y allá, bajó -el talle del vestido y en una media hora arregló la -falda admirablemente.</p> - -<p>—Ahora date un poco de rojo en las mejillas y -déjate unos rizos en la frente.</p> - -<p>Morguy hizo lo que le decían y reconoció que había -ganado muchísimo.</p> - -<p>—Ahora tú—le dijo a Rosita—. Suéltate el pelo -en seguida.</p> - -<p>—Pero si me han dicho en casa que era así el peinado -de la época.</p> - -<p>—Pero eso es una tontería; tú no debes pretender -ser un maniquí que tenga mucha exactitud histórica, -sino buscar el estar más guapa.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span> -—¡Naturalmente!—exclamó Morguy—. Es que -esta chica es tonta. Es tonta. No comprende nada. -Se lo he dicho mil veces.</p> - -<p>Manón le quitó la capota a su prima y aligeró el -sombrero arrancándole unos adornos.</p> - -<p>Rosa cambió el peinado e hizo lo que le dijeron -y se puso un poco de colorete en las mejillas.</p> - -<p>—¿Cómo estoy?—preguntó Rosa a Alvarito.</p> - -<p>—Muy bien, muy bien. Mucho mejor que antes.</p> - -<p>—Bueno; pues vamos—exclamó Manón arreglándose -rápidamente.</p> - -<p>Se pusieron unos gabanes y capas encima y fueron -a la calle.</p> - -<p>—¡Chica, qué lástima que no seas húsar de veras!—dijo -Morguy a Manón, agarrándole del brazo—. -Estarías irresistible.</p> - -<p>Alvarito se rió.</p> - -<p>Entraron en casa de Lissagaray. El salón estaba -ya lleno. Las tres amigas hicieron mucho efecto. Solamente -podía competir con ellas Sonia Volkonsky, -vestida de zíngara, con un traje de seda de colores, -la falda corta, un pañuelo rojo a la cabeza, collares -en la garganta, pulseras en los brazos y una pandereta -en la mano.</p> - -<p>Entre los hombres había algunos disfraces curiosos: -Pedro D'Arthez iba con un muscadín del Directorio, -con un traje elegantísimo; Montgaillard, de -bandido napolitano; el vizconde de Saint Paul, de -Arlequín; había también un chino y un negro, y el -que daba la nota cómica era un herbolario de la vecindad -de madama Lissagaray, Pascual Joliveau, que -iba de Robinsón Crusoé. Robinsón Crusoé vestía un -traje hecho de hojas de árbol, un sombrero y una -sombrilla de lo mismo y un loro de verdad en el -hombro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span> -Se hicieron muchos chistes a costa del herbolario; -pero éste estaba satisfecho al ver que llamaba la -atención.</p> - -<p>Se bailó, se habló y se rió, y todo el mundo, en general, -estuvo muy contento.</p> - -<p>A los amigos les chocó que mientras Montgaillard -se alejaba de Manón, el vizconde de Saint Paul se -acercase a la muchacha y se pusiera a cortejarla.</p> - -<p>El vizconde tenía el genio fuerte y hablaba poco. -Había tomado el hábito de mostrarse frío e indiferente -y ligeramente burlón.</p> - -<p>El vizconde era hombre serio, guapo, un poco -taciturno para su edad y nada amigo de charlar a tontas -y a locas, como Montgaillard. Saint Paul tenía -aplomo; probablemente se creía una gran cosa, y no -se mortificaba ni se ofendía su amor propio con verse -al lado de una mujer sin decir palabra. Quizá en un -caso así creía que la culpa era de la que se hallaba a su -lado y no la suya.</p> - -<p>—El vizconde está muy bien—dijo Morguy a Manón—; -pero será un amo para su mujer.</p> - -<p>—¡Bah! No me preocupa. No me tengo que casar -con él.</p> - -<p>—¿Quién sabe?</p> - -<p>Saint Paul y Montgaillard, amigos de la víspera, -se miraron como rivales, con gran desprecio, y se manifestaron -cada vez más hostiles. Manón bailó con -varios jóvenes y, al pasar junto a un grupo, Montgaillard -dijo una de las veces en voz alta:</p> - -<p>—Estas mujeres que son capaces de estar tres o -cuatro horas bailando no se diferencian mucho de las -cocineras.</p> - -<p>Ella le oyó y contestó:</p> - -<p>—Los hombres que insultan a las mujeres no se -diferencian mucho de los lacayos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span> -El joven Montgaillard enrojeció. Aviraneta había -oído la frase de Manón y se levantó.</p> - -<p>—¿Te han insultado?—dijo—. No lo permitiré -yo.</p> - -<p>—Gracias, don Eugenio—contestó ella, riendo—. -Es una frase que hemos leído hoy en una novela y -la repito.</p> - -<p>Montgaillard miró con impertinencia a Aviraneta -y éste se engalló, como en sus buenos tiempos, y contempló -desdeñosamente al joven.</p> - -<p>En uno de los descansos del baile, Montgaillard -quiso obtener una explicación de Manón y la detuvo -en el pasillo; pero ella le empujó violentamente con -desprecio.</p> - -<p>Aviraneta se sentó entre los señores viejos, un -poco sorprendido de la impertinencia del muchacho. -Vió que Manón era cortejada por Saint Paul y que -Sonia, la condesa de Hervilly, hablaba mucho con el -caballero de Montgaillard.</p> - -<p>Se bailó una contradanza muy brillante y, al terminarla, -madama Lissagaray avisó a sus invitados -para que pasaran al comedor a tomar algo. En este -momento la condesa de Hervilly se acercó a don Eugenio.</p> - -<p>—Desconfíe usted de sus amigos, señor de Aviraneta—le -dijo.</p> - -<p>—¿Me va usted a decir la buenaventura, hermosa -zíngara?</p> - -<p>—Sí, el mejor día le van a dar a usted un disgusto. -Quizá lo mejor que puede usted hacer es marcharse -de aquí.</p> - -<p>—¿Es eso serio?—preguntó él, asombrado—. ¿Qué -quiere usted decir con eso, señora?</p> - -<p>—Todos sus proyectos están conocidos.</p> - -<p>—¿Es que usted se dedica a la política?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span> -—No; es verdad que soy carlista, pero tengo otros -motivos para tener odio contra usted.</p> - -<p>—¡Odio! ¡Contra mí! Yo no la conozco a usted.</p> - -<p>—Pues yo sí le conozco a usted.</p> - -<p>—¿A mí?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Es una broma?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Entonces, eso merece una explicación.</p> - -<p>—No aquí.</p> - -<p>—En el hotel, si quiere usted. Cuando le parezca.</p> - -<p>—Dentro de una hora estaré allí.</p> - -<p>—Muy bien.</p> - -<p>—Vaya usted a mi cuarto. Le esperaré.</p> - -<p>-¿Qué podía ser esto?—pensó Aviraneta—. ¿Qué -podía haber de común entre aquella mujer y él?</p> - -<p>Aviraneta pasó al comedor, fué del comedor al salón, -contempló como se bailaba y, cuando vió que la -condesa de Hervilly se despedía, se levantó él al poco -rato y se fué rápidamente a la fonda.</p> - -<p>Entró en su cuarto, vaciló, se metió una pistola -cargada en el bolsillo; luego se arrepintió y la dejó -en el cajón de la mesa; bajó al primer piso, llamó -en el cuarto de la condesa y, al oír que decían adelante, -pasó adentro.</p> - -<p>Estaba la condesa sentada en un sofá, todavía con -su traje de zíngara. Llevaba unas joyas magníficas, -unos brillantes en los dedos que lanzaban destellos -de colores, unos brazaletes de oro con esmeraldas y -un collar de perlas. Parecía algo como una sacerdotisa.</p> - -<p>—Siéntese usted, don Eugenio—dijo ella.</p> - -<p>Aviraneta se sentó.</p> - -<p>Ante aquella belleza espléndida, el conspirador,<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span> -viejo, flaco, pequeño, vestido de negro, parecía un -cuervo.</p> - -<p>—Estoy segura de que se encuentra usted intrigado -con esta cita—exclamó ella.</p> - -<p>—Es cierto.</p> - -<p>—Y quizá asustado.</p> - -<p>—No me conoce usted, condesa—replicó sonriendo, -Aviraneta.</p> - -<p>—¿No ha traído usted armas?</p> - -<p>—¿Para qué? No creo que quiera usted batirse -conmigo.</p> - -<p>—Podía prepararle una emboscada.</p> - -<p>—¡Bah, en un hotel! Ahora, si quiere usted decirme -por qué me llama...</p> - -<p>—Necesito oír una explicación de usted.</p> - -<p>—Yo también necesito explicaciones.</p> - -<p>—Usted conoció a mi padre en Méjico.</p> - -<p>—¡Yo, a su padre!</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Cómo se llamaba?</p> - -<p>—Ladislao Volkonsky.</p> - -<p>—¿Es posible? ¿Usted es hija de Volkonsky?</p> - -<p>—Sí; yo soy hija de Volkonsky y de Coral Miranda. -De Coral Miranda, a quien usted calumnió.</p> - -<p>—Es falso—gritó Aviraneta.</p> - -<p>—Usted estorbó la boda.</p> - -<p>—Es falso también.</p> - -<p>En este momento entraron en el cuarto el conde -de Hervilly y el caballero de Montgaillard.</p> - -<p>Aviraneta se puso a la defensiva, desdeñoso y altivo.</p> - -<p>—¿Qué gritos son esos?—preguntó el conde.</p> - -<p>—No pasa nada, señores—dijo la condesa—. El -señor Aviraneta se está explicando conmigo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span> -Los dos hombres contemplaron a don Eugenio y -éste les miró de arriba a abajo con desdén.</p> - -<p>—Váyanse ustedes—repitió la condesa.</p> - -<p>Salieron los dos hombres, y Aviraneta, al verlos -marchar siguió hablando.</p> - -<p>—Sí—dijo—, Volkonsky fué amigo mío y yo le -quería. Volkonsky no sabía que usted existiera. Además, -Volkonsky quiso casarse con su madre. Ella -fué la que no quiso, porque él era pobre.</p> - -<p>—Miente usted—exclamó ella.</p> - -<p>—No miento. ¿Qué interés puedo yo tener en -mentir?</p> - -<p>—Legitimar su conducta.</p> - -<p>—¡Mi conducta! Está legitimada. Como digo, fué -ella la que no se quiso casar con él. Ella era rica, de -una familia orgullosa e influyente; él, aunque de una -estirpe principesca de Polonia, no pasaba de ser un -pobre aventurero en Méjico; ella fué la que no quiso -unir su vida a la del polaco, y cuando su padre de usted -se casó con una muchacha sencilla y modesta, su madre -de usted le preparó una celada e hizo que le mataran -y mandó cortarle la mano.</p> - -<p>—Invenciones.</p> - -<p>—No, verdades. Yo he visto la mano cortada. Yo -he visto el cadáver de su padre en la finca de los -Mirandas.</p> - -<p>—Mi madre era una mujer angelical.</p> - -<p>—Era una mujer diabólica y perversa.</p> - -<p>—El diabólico y perverso es usted, Aviraneta. Se -toda la verdad. Mi madre me contó toda la verdad.</p> - -<p>—Cuente usted esa verdad para que yo pueda rebatirla.</p> - -<p>—Mi madre me contó que había conocido a Volkonsky -de niña y que la había seducido. Estando -embarazada de mí, mi padre, Volkonsky, se hizo<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span> -socio de varios españoles para explotar unas minas, -y entonces un español, que le pretendía a mi madre, -y a quien ella despreciaba, le habló a Volkonsky, le -engañó, le dijo que ella había tenido amantes y, no -contento con esto, lo asesinó y lo robó los planos de -las minas. Ese español, ¿sabe usted quién era? Era -usted, señor Aviraneta.</p> - -<p>—Todo eso es un tejido de embustes, digno de la -que los inventó—gritó Aviraneta—. Nada de eso es -verdad. Mentira, todo mentira y mil veces mentira. -Aún quedan en Méjico parientes y compañeros que -recordarán aún la historia de Volkonsky. Les preguntaremos -a ellos. Pero no hay necesidad. En Burdeos -hay un comerciante español que vivió en Méjico -en aquel tiempo, un tal Zangroniz. Le iremos a -ver, le interrogaremos. El sabe la historia de Volkonsky -y la mía... Pero ni aun eso es preciso, porque -yo conservo cartas de Coral Miranda, que son de después -de la muerte de Volkonsky.</p> - -<p>—¿Usted conserva cartas de mi madre?</p> - -<p>—Sí, y de su padre también—contestó Aviraneta -excitado—. Ahora dígame usted cuándo, en dónde, -ante qué testigos quiere que le enseñe esas cartas. -¿Usted es amiga del cónsul de España? ¿No es -cierto?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>-Muy bien. Dentro de tres días, ante el cónsul, -le mostraré esas cartas; que vaya su esposo, el conde; -yo llevaré otro testigo: ¿Usted tiene alguna carta de -su madre?—preguntó don Eugenio.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Llévela usted para cotejar la letra. Hasta entonces, -tregua.</p> - -<p>La condesa de Hervilly, muy pálida, murmuró:</p> - -<p>—Muy bien. Hasta dentro de tres días.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span> -Aviraneta, que estaba lívido, saludó maquinalmente -y salió del cuarto.</p> - -<p>Al día siguiente, Aviraneta estuvo en Bidart y cogió -de su archivo un paquete de cartas.</p> - -<p>Tres días después de la entrevista citó a la condesa -en el Consulado.</p> - -<p>La reunión fué fría y ceremoniosa; como testigos -estuvieron el conde de Hervilly y el señor Mazarambros. -La condesa se presentó a la hora señalada. Vestía -un traje gris y llevaba su collar de perlas.</p> - -<p>Aviraneta, ante el cónsul y los dos testigos, explicó -de qué le acusaba la condesa a él, lenta y reposadamente.</p> - -<p>—¿Es esto de lo que me acusa usted?—preguntó -a la condesa, después de hacer la relación con toda -clase de detalles.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Ha traído usted alguna carta de su madre?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Ustedes quieren cotejar si esta letra de las cartas -que yo tengo es igual a la de las cartas que guarda -la señora condesa?</p> - -<p>Mazarambros, Hervilly y Gamboa cotejaron la -letra. Era la misma.</p> - -<p>—Ahora, léanlas ustedes en voz alta.</p> - -<p>Al comenzar la lectura la emoción dejó una palidez -profunda en Sonia, que le hacía más hermosa; -los ojos, azules obscuros, brillaron con más resplandor, -y sus manos temblaron. Luego, cuando pudo dominar -la emoción, el rostro suyo se serenó, las mejillas -tomaron su color y volvió a su aspecto normal.</p> - -<p>Las cartas eran aplastantes. En dos de ellas, Coral -Miranda aseguraba a su querido Eugenio que nunca -había tenido amores, ni siquiera amistad, con Volkonsky; -que el polaco era un miserable que había<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span> -querido abusar de ella cuando era niña; que ella no -sabía lo que había sido de Volkonsky y que le esperaba -a Eugenio llena de ansiedad y de amor.</p> - -<p>La condesa oyó, llorando, estas cartas.</p> - -<p>—Es falso, falso—exclamó con rabia varias veces.</p> - -<p>—No, no—le dijo su marido—; es verdad, no -hay duda alguna.</p> - -<p>—Ahora, si todavía queda duda—exclamó Aviraneta—, -aquí guardo cartas de él, de Volkonsky. -¿Quieren ustedes verlas?</p> - -<p>La condesa no contestó. El conde tomó una de las -cartas y la leyó despacio y se la devolvió a don Eugenio.</p> - -<p>—Mi querida—dijo a la condesa fríamente—, -este asunto está resuelto. El señor Aviraneta ha sido -calumniado. El señor Aviraneta es una persona honorable -y hay que reconocerlo y darle una satisfacción.</p> - -<p>—Todos estamos de acuerdo con las palabras que -ha dicho el señor conde—repuso Gamboa.</p> - -<p>Aviraneta se inclinó y al salir dijo a la condesa:</p> - -<p>—Yo no pretendo, señora, que me conceda usted -su amistad; fuí amigo de su padre, que era un corazón -noble y generoso. Como digo, no pretendo su -amistad; pero creo que no tiene usted derecho a tenerme -odio.</p> - -<p>—Fué usted enemigo de mi madre—murmuró la -condesa, pálida y demudada—; para mí, eso basta.</p> - -<p>Aviraneta había ganado la partida y salió de la -sala del Consulado, pálido, sonriendo con una sonrisa -irónica.</p> - -<p>Durante algún tiempo la condesa de Hervilly no -vió a Aviraneta. Ella y su marido cambiaron de hotel, -lo que a don Eugenio alegró.</p> - -<p>Al cabo de un par de meses la condesa volvió a<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span> -aparecer en casa de madama Lissagaray. Aviraneta -no la hablaba; pero ella se acercó a él.</p> - -<p>—No crea usted que me he olvidado de lo que ha -pasado entre nosotros dos.</p> - -<p>—Lo comprendo—dijo don Eugenio.</p> - -<p>—El que haya conocido usted a mi padre y a mi -madre me atrae hacia usted. A mi padre no le he -conocido; a mi madre la vi solamente tres veces en -toda mi vida. ¿Era hermosa?</p> - -<p>—Muy hermosa.</p> - -<p>—¿Y usted no la quería? Porque si la hubiera -usted querido hubiera usted perdonado todo.</p> - -<p>—Qué quiere usted, condesa. Cuando yo estuve en -Méjico era joven aún, pero no un muchacho enamoradizo. -Había hecho seis años de guerra de la Independencia, -había rodado por el mundo y estado varias -veces a punto de ser fusilado. No era un doncel.</p> - -<p>—Pero mi padre había hecho la guerra con Napoleón. -¿No?</p> - -<p>—Cierto; pero él era hombre más ingenuo, más -poeta, más niño.</p> - -<p>—Más bueno que usted.</p> - -<p>—Sí, seguramente más bueno que yo; no lo niego.</p> - -<p>—Usted es implacable.</p> - -<p>—Implacable, no.</p> - -<p>—Sí, implacable.</p> - -<p>—¿Y ella, no lo era? Me persiguió a mí, le persiguió -a su padre con saña. Tenía ese fondo vengativo -y rencoroso de los criollos. Odiaba a los españoles, -como todos los Mirandas.</p> - -<p>—Yo también los odio.</p> - -<p>—¿Con motivo?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Qué motivos puede usted tener?</p> - -<p>—Las crueldades de los españoles con los indios.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span> -—¡Bah! ¿Y quién las ha hecho? ¿Los españoles que -se quedaron en España, o los españoles que fueron -a América y se convirtieron en americanos? Estos últimos -son los hijos de los conquistadores, de los que -hicieron todo lo bueno y todo lo malo que los españoles -han hecho en América. Es ridículo que ellos -ahora se disfracen con la piel del indio... Perfectamente -ridículo. Se avergüenzan de tener sangre de -indios y quieren pasar como sus herederos.</p> - -<p>—Ustedes han sido muy crueles.</p> - -<p>—¿Y los yanquis no han hecho en plena época moderna -y fríamente con los indios tantas barbaridades -como los españoles? ¿Y los ingleses, que han exterminado -razas enteras? ¿Y los franceses, que después -de la revolución y de las monsergas de la libertad, -igualdad y fraternidad han sido los mayores proveedores -de carne negra en América? ¡Bah, yo me río -de eso!</p> - -<p>—Yo soy americana, y veo a los españoles como -los enemigos de mi país.</p> - -<p>—Es una preocupación. Toda esa epopeya americana -de la Independencia es falsa.</p> - -<p>—Es lo que les conviene decir a ustedes.</p> - -<p>—No. Es la realidad. La independencia de América -fué una guerra civil entre los españoles de las colonias -y los españoles enviados por la Monarquía. Los -indios, los verdaderamente americanos, eran los que -no tomaban parte en la lucha. Es más: había un número -casi siempre mayor de indios en los ejércitos -realistas que en los republicanos. En la batalla de -Ayacucho, por ejemplo, el número de indios era mayor -entre los españoles que entre los americanos. -A los indios, ¿qué les importaba la independencia? -En el fondo no cambiaban más que de amo.</p> - -<p>—No hablemos de política.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span> -—Tiene usted razón. No hablemos de eso. Creo -que habrá usted quedado convencida de que mi conducta -con su madre no fué traidora ni infame. Si yo -hubiera sido un aventurero, me hubiera casado con -Coral Miranda. Ella era rica; yo, pobre.</p> - -<p>—¡Es que no la quería usted! ¡Pobre madre! No -sé si le perdonaré a usted, Aviraneta. No sé.</p> - -<p>—Me olvidará usted, condesa. Usted tiene un -gran porvenir por delante. Yo ya soy viejo y no creo -ni pienso estorbarle a usted.</p> - -<p>—Ya veremos.</p> - -<p>El joven Montgaillard, al ver a la condesa hablando -con don Eugenio, miraba a los dos con desconfianza. -¿Qué extraño capricho podía tener ella de conversar -con aquel hombre sombrío y tétrico?</p> - -<p>—Hay quien se siente celoso de que hable usted -conmigo—dijo Aviraneta sonriendo.</p> - -<p>La condesa contempló a su interlocutor atentamente -y se levantó.</p> - -<p>Al poco rato Alvarito se acercó a don Eugenio.</p> - -<p>—Señor Aviraneta—le dijo.</p> - -<p>—¿Qué ocurre?</p> - -<p>—¿Quiere usted venir conmigo a casa de mi patrón?</p> - -<p>—¿Qué pasa?</p> - -<p>—Que Chipiteguy ha desaparecido.</p> - -<p>Don Eugenio tomó su gabán y fué con Alvarito a -la casa del Reducto.</p> - -<p>Hacía ya un día entero que el viejo no aparecía por -parte alguna.</p> - -<p>Manón y Alvarito habían ido de acá para allá preguntando -por el viejo. La andre Mari y la Tomascha -se dedicaban a lamentarse y a decir que ellas ya habían -previsto aquella desgracia.</p> - -<p>Se preguntó en las cuadras de alquilar caballos,<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span> -por si el trapero había tomado alguno para hacer compras -por los alrededores; se fué a ver a Automendy, -un alquilador de coches de la Puerta de España, conocido -de Chipiteguy; se habló a todos los amigos del -viejo. Nada dió resultado.</p> - -<p>Al día siguiente se avisó a la policía.</p> - -<p>La desaparición de Chipiteguy de la casa del Reducto -produjo gran efecto entre sus conocidos.</p> - -<p>Se habló de la masonería, de una sociedad secreta -republicana que se llamaba las Estaciones, que quizá -le había dado una comisión; hubo quien sacó a relucir -a los jesuítas.</p> - -<p>Pasaron días y más días y no hubo noticia alguna. -Chipiteguy definitivamente había desaparecido.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span></p> - - -<h2>QUINTA PARTE<br /> -EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY</h2> - -<h3 id="V_I">I<br /> -EN LA REGATA DE INZOLA</h3></div> - -<p>Una mañana de invierno, tres hombres agazapados -detrás de una gran peña, al comienzo de un robledal -próximo a Vera, en un lugar llamado la regata de Inzola, -estaban espiando el paso de alguien.</p> - -<p>Era el sitio en que los hombres se hallaban emboscados -solitario y sombrío, un gran barranco, por en -medio del cual corre el antiguo camino de Vera a -San Juan de Luz, camino estrecho, que algunos dicen -que es calzada romana, a pesar de que la gente le -llama de Napoleón, porque supone que la mandó -hacer el emperador de los franceses para pasar sus -cañones al entrar en España.</p> - -<p>Este barranco, con grandes robles y con rincones -húmedos y obscuros de monte bajo, se va inclinando -hacia Francia. Desde algunos de sus puntos se distingue -el mar, verde, entre las rocas de la costa. Por el -fondo corre un arroyo que recoge aguas de la vertiente -del monte Larrun y va a unirse al pequeño río llamado -la Nivelle, que sale al mar en San Juan de Luz. -El camino que une a España y Francia por esta parte<span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span> -va trazando curvas, escalando las alturas; a trechos, -con las antiguas losas de la calzada bien conservadas; -en parte, roto y destrozado e invadido por las zarzas.</p> - -<p>Aquella mañana en que los tres hombres, apostados -detrás de una roca, preparaban una emboscada, el cielo -aparecía obscuro, con nubes de color de tinta; caían -grandes gotas de lluvia sobre los montones de hojas -secas; silbaba y gemía el viento, y el camino, estrecho, -estaba lleno de barro, más abandonado y desierto -que de ordinario. En algunos puntos el arroyo inundaba -la calzada en una extensión de cincuenta o sesenta -metros.</p> - -<p>No había nadie por los alrededores. A veces llegaban -por aquellos vericuetos partidas carlistas a vigilar -la frontera y también solían verse las boinas rojas -de los chapelgorris.</p> - -<p>Los tres hombres que espiaban a la entrada del robledal -de Inzola eran un hermano de Bertache, apodado -Martín Trampa; el criado de éste, a quien llamaban -Malhombre, y un compañero de aventuras de -ambos, Perico Beltza o Perico el Negro.</p> - -<p>Martín Arreche tenía dos apodos: uno, el nombre -de su casa, Bertache, apodo común a su hermano -Luis y a él; el otro, Martín Trampa, ya de por sí -bastante significativo.</p> - -<p>Martín, grueso, fuerte, membrudo, era hombre de -aire audaz, cara redonda, pómulos salientes, ojos negros -y sombríos, labios delgados y expresión ladina. -Su manera de mirar, observadora, solapada e irónica, -le denunciaba cuando quería aparecer como cándido -e inocente.</p> - -<p>Martín era hombre audaz, decidido y cruel; de él -se contaban rasgos de valor y de energía.</p> - -<p>El oficio de Martín, al menos el que practicaba en -público, era tratante de ganado. Vivía en la casa de<span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span> -sus padres, llamada Bertache, en Almandoz, con su -mujer, sus hijos, su hermana y su madre.</p> - -<p>Martín paraba poco en casa; solía vérsele con frecuencia -por los caminos, montaba a caballo, con su -blusa negra y su bastón, la <i>maquilla</i> vasca, con la correa -en el puño.</p> - -<p>Su criado, secretario u hombre de confianza, Juan -Echenique, alias Malhombre, era digno de su amo -por todos conceptos. Vivía también en Almandoz, donde -tenía una casucha pequeña y una familia numerosa, -y confesaba sin rebozo que desde niño había tenido -una afición decidida al robo.</p> - -<p>—Muy pobre debe ser esta casa—decía una vez, -refiriéndose a un caserío en donde había estado.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque ni por casualidad he encontrado en ella -nada que robar.</p> - -<p>Malhombre era tipo de cara afilada como un cuchillo, -expresión suspicaz y maquiavélica. Tenía muy -aviesa intención.</p> - -<p>Se decía de él en el pueblo que había sido durante -su juventud un muchacho apacible y humilde. Poco -antes de la guerra estuvo de criado de un arriero, -e iba con una recua de la frontera francesa a Pamplona -y al contrario.</p> - -<p>En la guerra se reveló. Cuando supo que había partidas -en el país, robó una escopeta en casa de un labrador -rico de Almandoz y se echó al monte, a unirse -con las fuerzas de Sagastibelza. Un campesino, al -verle desde el caserío, se asomó a la media puerta de -la entrada y le preguntó con alguna sorna:</p> - -<p>—¡Hola, Malhombre! ¿Qué tal? ¿De viaje?</p> - -<p>Malhombre no contestó; se echó a la cara el fusil, -pegó un tiro al campesino, lo dejó muerto y siguió -andando.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span> -Malhombre era un tipo de estos de revolución o -de guerra, aspirantes obscuros a energúmenos y a -asesinos, que viven durante muchos años una vida resignada -y tranquila y un día se sienten fieras y matan -o roban o degüellan, asombrando a los que les conocen, -que no pueden pensar que lo normal en ellos es -ser fieras, no hombres tranquilos y apacibles.</p> - -<p>Desde la guerra, Malhombre acusó su personalidad -siniestra. Un año o dos después de echarse al -campo estuvo en Francia preso, no se sabía a punto -fijo por qué, y allí en la cárcel debió conocer a gente -criminal que le enseñó sus mañas.</p> - -<p>Malhombre vivía sobre el pueblo, como hubiese -podido vivir un antiguo capitán de bandoleros. Alimentaba -su vaca en los prados de los vecinos, cogía las -habichuelas, las patatas o los tomates en las huertas -próximas, robaba alguna vez una gallina o un cordero. -Malhombre merodeaba de noche y producía terror -en la aldea. El chico o la chica que lo encontrara -al obscurecer en el camino cortando hierba en algún -campo que no era suyo, huía de él al verle, y Malhombre -le amenazaba con la guadaña, porque le gustaba -aterrorizar a la gente.</p> - -<p>Se decía que Martín Trampa, Malhombre y Perico -Beltza, con otro cómplice suyo que vivía en -la venta de Odolaga, cerca de Pamplona, solían apostarse -en el alto de Velate, enmascarados o con las -caras tiznadas para que no los conocieran, y esperaban -allí a robar a los viajeros.</p> - -<p>Tenían dos mulos, a los que cargaban con los objetos -robados, y en una noche Malhombre andaba -a campo traviesa diez o doce leguas y dejaba los productos -del robo en sitio seguro e insospechable, muy -lejos del lugar de la fechoría.</p> - -<p>Para esto, naturalmente, los tres hombres necesita<span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span>ban -cómplices, y los tenían, según aseguraban, entre -personas de posición, que guardaban el producto de -los robos.</p> - -<p>Nadie sospechaba quiénes podían ser estos cómplices. -Algunos aseguraban que los tres hombres no se -contentaban con robar, sino que en ocasiones también -mataban.</p> - -<p>Martín Trampa y Malhombre tenían la especialidad -de desvalijar los coches. Se decía que para esta -labor se hacían pasar por carlistas, y que a ellos y a -Perico Beltza se unía una chica, hija de Malhombre, -que solía vestirse de oficial, con su uniforme, su sable -y su boina blanca. Esta chica, la Puri, era una muchacha -muy esbelta, rubia y bonita. La Puri hacía su -papel e inmediatamente volvía a su casa. La chica -trataba a su padre con respeto; para ella Juan Echenique -no era Malhombre, sino un buen hombre.</p> - -<p>Aunque Martín y los suyos fueron varias veces ante -los tribunales, nunca les llegaron a probar nada. Los -tres socios escogían las noches más negras para sus -hazañas. Malhombre era nictálope: veía tan bien de -noche como de día, y esta casualidad le servía para -orientarse y poder escapar en medio del campo en la -mayor obscuridad. Se sospechaba que era algo brujo -y que sabía de remedios misteriosos y de sortilegios.</p> - -<p>Malhombre tenía un perro muy inteligente y también -ladrón, Erbi.</p> - -<p>Se decía que Erbi, con mejor corazón que su -amo, una noche que entre Martín Trampa, su criado -y Perico Beltza mataron a un viajero, estuvo aullando -de una manera lastimera largo tiempo cerca del -cadáver.</p> - -<p>Malhombre solía llevar siempre un rompecabezas, -hecho por él, que consistía en un vergajo de un -palmo con una bola de plomo sujeta a la punta. Era<span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span> -ésta una de sus armas predilectas, que él manejaba -con gran habilidad.</p> - -<p>Respecto a Perico Beltza, era hombre fuerte, -pesado, muy poco inteligente, contrabandista desde -la infancia. Le llamaban Perico Beltza, Perico el Negro, -por su color moreno.</p> - -<p>De los tres hombres emboscados, Martín era como -un tigre, hombre de una gran fuerza, de una gran -energía y de una gran crueldad; para él los obstáculos -no existían, y si había que pasar por charcos de sangre, -pasaba decidido y sin miedo.</p> - -<p>Malhombre era como el lobo, cauteloso y sombrío, -amigo de la obscuridad, de las aventuras nocturnas, -a quien estorbaba la luz del sol; Malhombre -amaba lo enigmático, lo secreto, las bromas terroríficas -y siniestras, el mostrar la careta o el rostro tiznado -mejor que la cara, el deslizarse entre las sombras.</p> - -<p>Perico Beltza era pesado, malhumorado y torpe -como un perro de ganado...</p> - -<p>Llevaban los tres siniestros personajes más de una -hora agazapados tras de una roca que había al comienzo -del barranco de Inzola, cuando se vió a lo -lejos a un hombre, montado en una mula, precedido -por otro que iba delante con el ramal en la mano, y -seguido por un tercero.</p> - -<p>El hombre montado en la mula iba con una capa -y el delantero, que llevaba la bestia del ronzal, marchaba -esquivando los charcos; el zaguero, que sin -duda vigilaba al preso, traía un paraguas abierto.</p> - -<p>El que marchaba montado en la caballería era Chipiteguy; -el que llevaba la mula del ronzal, Claquemain, -y el que iba detrás con el paraguas abierto, -Frechón.</p> - -<p>Al divisar el grupo, Martín Arreche, alias Martín<span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span> -Trampa, sacó la cabeza fuera del escondrijo e hizo un -gesto de inteligencia a Frechón.</p> - -<p>—Mirad por aquí cerca si hay alguien—dijo Martín -a Malhombre y a Perico Beltza.</p> - -<p>Los dos hombres se escabulleron y fueron a un lado -y a otro para vigilar. Martín se acercó a Frechón.</p> - -<p>—¡Hola, amigo!</p> - -<p>—¡Hola!</p> - -<p>—¿Este es el viejo?—preguntó.</p> - -<p>—Este es.</p> - -<p>—¿Qué piensa usted hacer con él?</p> - -<p>—¿No habrá aquí cerca algún sitio adonde llevarle -por ahora?</p> - -<p>—Hombre, yo he hablado al dueño de un caserío -llamado Churinborda. Allí se le podía llevar, siempre -que el viejo no proteste, porque si no, el hombre -se alarmará.</p> - -<p>—Oiga usted, Chipiteguy—dijo Frechón.</p> - -<p>—¿Qué hay?—murmuró el viejo.</p> - -<p>—Le vamos a llevar a un caserío próximo para -arreglar nuestros asuntos. No creo que se nos vendrá -usted con gritos.</p> - -<p>—Yo no tengo la costumbre de gritar—contestó -Chipiteguy con serenidad.</p> - -<p>—No le conviene a usted tampoco—replicó Frechón—. -Si estos fanáticos saben que usted se llevó un -tesoro de cruces y de custodias de las iglesias de Navarra, -no le digo a usted lo que le va a pasar.</p> - -<p>Chipiteguy murmuró:</p> - -<p>—Usted me acompañó en la faena; pero eso no -importa; vamos cuanto antes al caserío.</p> - -<p>El viejo montado en la mula siguió camino adelante, -dirigido por Claquemain. Los otros hombres -fueron detrás.</p> - -<p>—¿Así que este viejo fué a Pamplona y sacó ba<span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span>rricas -llenas de oro y de plata?—preguntó Martín.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¡Qué templado!</p> - -<p>—Y a mí me prometió una parte y no me la dió.</p> - -<p>—Yo hubiera hecho lo mismo—dijo Martín.</p> - -<p>Frechón contempló a Martín con cierta suspicacia.</p> - -<p>—Ahora me pagará la trastada—murmuró el francés—. -A mí no me importa nada que se haya quedado -con las cruces. Yo me río de los sacrilegios. Lo que -no le perdono es que me haya engañado.</p> - -<p>—¿Qué piensa usted hacer?—preguntó Martín.</p> - -<p>—Le llevaremos a ese caserío próximo, donde escribirá -una carta a su familia de Bayona para que -nos entregue una buena cantidad de dinero.</p> - -<p>—¿Quién irá con la carta?—dijo Martín.</p> - -<p>—Ya veremos.</p> - -<p>Siguieron marchando, precedidos por Chipiteguy, -montado en la mula, hasta el caserío Churinborda. Al -llegar a la puerta, Frechón ayudó a apearse a Chipiteguy.</p> - -<p>—No le aconsejo a usted que proteste—le dijo el -francés—, porque entonces le entregarían a usted a -los carlistas como ladrón de cruces de iglesias y le -fusilarían sobre la marcha.</p> - -<p>—¿Y qué adelantaría usted con eso?—preguntó -Chipiteguy con calma.</p> - -<p>—Nada; por eso no lo hago; pero se lo advierto a -usted; lo que yo deseo es cobrar un buen rescate -como indemnización y nada más.</p> - -<p>—Estoy dispuesto. ¿Cuánto?</p> - -<p>—Ahora lo veremos y se lo diré a usted. Tengo -que saber qué quieren sacar estos ayudantes.</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<p>—Señor Chipiteguy, ha perdido usted la partida.</p> - -<p>—Sí, ya lo veo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span> -—Que le sirva a usted de escarmiento, y otra vez -no pretenda usted engañar a Frechón. El viejo Frechón -tiene siempre la última palabra.</p> - -<p>Entró Chipiteguy en la cocina del caserío, se puso -al lado de la lumbre a secarse, vigilado por Claquemain, -mientras Frechón, Martín Trampa, Malhombre -y Perico Beltza discutían lo que tenían que hacer.</p> - -<p>El rescate, después de largas discusiones, lo fijaron -en treinta mil francos: quince mil para Frechón y -Claquemain y quince mil para Martín Trampa y los -suyos. A Frechón le pareció una cosa excesiva lo que -pedían éstos, pero no era ocasión oportuna de oponerse.</p> - -<p>Se le obligaría a Chipiteguy a escribir la carta. -¿Quién la llevaría? ¿Cómo se depositaría el dinero y -quién lo recogería?</p> - -<p>Nadie tenía confianza en los demás. Martín, que -vió en la cocina del caserío que Chipiteguy hablaba -mucho con Claquemain, dijo a Frechón que no le parecía -prudente dejar al viejo en una casa tan próxima -a la frontera, porque podía encontrar cualquier -ocasión para escapar y meterse fácilmente en Francia.</p> - -<p>—¿Qué cree usted que se debía hacer?—preguntó -Frechón.</p> - -<p>—Internarle. Este Malhombre tiene en Almandoz -un amigo sacristán, que es pariente y compinche -suyo. El sacristán vive en una casa con una torre. -Allí se podía meter al viejo.</p> - -<p>—¿Cuánto habrá de aquí a Almandoz?</p> - -<p>—Unas cinco leguas.</p> - -<p>—Bueno; pues vamos a llevarle allí.</p> - -<p>Malhombre se encargó de conducirle en la mula, -de noche, por los vericuetos que él sabía.</p> - -<p>Frechón creyó que llevaba su asunto perfectamente. -Chipiteguy estaba dispuesto a no protestar.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span> -Martín Trampa y sus hombres no sabían francés, -y Frechón pensaba engañarlos hábilmente y quedarse -con todo el rescate a poco que la cosa se presentase -bien.</p> - -<p>Sin embargo, cuando Frechón llegó a Almandoz y -vió que Martín Trampa era allí un reyezuelo, y que -todo el mundo le obedecía por el terror, pensó que -su asunto no marchaba tan bien y que quizá había -hecho una imprudencia.</p> - -<p>Al viejo Chipiteguy le habían metido en el último -piso de un caserón y allí lo tenían vigilado.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span></p> - -<h3 id="V_II">II<br /> -MANIOBRAS DE FRECHÓN</h3></div> - -<p>Cuando Matías Frechón comprobó que el viejo -Chipiteguy se la había jugado en el asunto de Pamplona, -pensó, tarde o temprano, en tomar venganza. -La ocasión se había de presentar a la larga o a la corta, -y, efectivamente, se presentó. Frechón urdió pronto -un proyecto que le pareció soberbio.</p> - -<p>Para realizarlo necesitaba cómplices, decididos y -valientes; Roquet, por entonces, estaba ya a las órdenes -de Aviraneta, dedicado a maniobras políticas; -Cazalet, el bohemio, no era hombre más que para intrigas -de ciudad; perezoso y borracho, no podía actuar -más que en el rincón del café o de la taberna.</p> - -<p>Frechón, que espiaba a todos los españoles que venían -a Bayona, supo que Gabriela la Roncalesa visitaba -la posada de Iturri y conferenciaba con Aviraneta.</p> - -<p>Frechón se presentó a la muchacha y la dijo que -tenía algunos asuntos comerciales con los carlistas, -y que, para resolverlos, necesitaba una persona de -inteligencia que tuviera conocimientos entre los partidarios -de don Carlos.</p> - -<p>Gabriela habló de su novio, Luis Arreche; dijo que<span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span> -éste era subteniente del 5.º batallón de Navarra y que -conocía algunos personajes importantes del partido. -Frechón preguntó a Gabriela si él no podría hablar -en algún lado con el subteniente Arreche, y ella contestó -que una semana después su novio estaría en -Vera y que allí podría entenderse con él.</p> - -<p>Frechón entró en España y habló con Luis Arreche, -a quien llamaban Bertache por el nombre de su casa.</p> - -<p>Frechón contó a Luis la jugada que le había hecho -Chipiteguy en Pamplona y le confesó que él pensaba -preparar una emboscada para sacarle parte o todo el -dinero que el viejo se había agenciado con el negocio -de las cruces.</p> - -<p>Luis Arreche le advirtió que él no podía estar mucho -tiempo en la frontera, y que, para preparar la -emboscada contra Chipiteguy, lo mejor que podía -hacer era dirigirse a su hermano Martín. Frechón -mandó un aviso a Martín Arreche, alias Bertache, -alias Martín Trampa; hablaron los dos, se entendieron -y se pusieron de acuerdo en la manera de apoderarse -del viejo trapero, de secuestrarle y de sacarle -los cuartos.</p> - -<p>Frechón volvió a Bayona y sondeó a Claquemain. -Claquemain era un borracho que no tenía afecto a nadie. -Con la promesa de dinero se decidió a hacer traición -a su amo.</p> - -<p>Entre los dos hombres engañaron a Chipiteguy, -hablándole de una compra de armas en la venta de Inzola.</p> - -<p>Fueron Claquemain y el viejo a San Juan de Luz, -en coche; alquiló allá Chipiteguy una mula para subir -a la venta de Inzola, y en la venta de Inzola aparecieron -Frechón y Claquemain, que le obligaron a seguir -adelante y le llevaron al final del robledal, donde esperaban -Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span> -A los dos días de la desaparición de Chipiteguy -se presentó Frechón en la casa del Reducto, de Bayona. -Dijo a Manón y a la andre Mari que había -estado en Dax y se manifestó muy asombrado de la -desaparición de Chipiteguy.</p> - -<p>Luego en la tienda, delante de Alvarito y de algunos -clientes, afirmó que a Chipiteguy lo habían engañado -y llevado a España los curas carlistas al enterarse -de que había sacado cruces y custodias de Pamplona.</p> - -<p>—¿Qué custodias?—preguntó Alvarito.</p> - -<p>—Tú eres un imbécil que no te enteras de nada—le -dijo Frechón—. Cuando el viejo estuvo con nosotros -en Pamplona trajo plata y piedras preciosas, que debe -tener guardadas aquí.</p> - -<p>Alvarito se quedó asombrado y habló con Manón -del tesoro de Pamplona y decidieron un día registrar -la cueva.</p> - -<p>Alvarito estaba haciendo gestiones para averiguar -el paradero de Chipiteguy, y fué a ver a María -Luisa de Taboada por si ésta le podía dar alguna indicación. -María le preguntó si no conocía a don Eugenio -de Aviraneta.</p> - -<p>Alvaro le dijo que sí.</p> - -<p>—Pues vaya usted a verle.</p> - -<p>Aviraneta vivía entonces en la fonda de Francia.</p> - -<p>Alvaro explicó a don Eugenio lo ocurrido: la desaparición -de Chipiteguy y de Claquemain.</p> - -<p>Aviraneta hizo que Alvaro contase todo lo que sabía. -Alvarito relató las incidencias del viaje a Pamplona: -cómo habían entrado en la ciudad; cómo el patrón -había dicho a su dependiente que le esperase en -Valcarlos, y cómo después, en vez de ir por San Juan -de Pie de Puerto a Bayona, había ido a San Sebastián -y embarcado aquí con sus figuras de cera.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span> -—¿Usted no sospecha de nadie?—le preguntó Aviraneta.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Ni siquiera de Frechón?</p> - -<p>—A ese hombre le considero capaz de cualquier -cosa, pero parece que estos días de la desaparición de -Chipiteguy estaba en Dax.</p> - -<p>—¡Quién sabe! Quizá esto no sea más que una -coartada.</p> - -<p>Aviraneta prometió al joven Sánchez de Mendoza -que pondría todos los medios para averiguar el paradero -de Chipiteguy, suponiendo que el viejo se hallara -en España.</p> - -<p>Los amigos de Chipiteguy, muy extrañados de su -desaparición, hacían mil cábalas; para unos era una -fantasía del viejo, que se había marchado de casa -por capricho, otros creían que estaba secuestrado, y -otros, que muerto.</p> - -<p>Unos quince días después de la desaparición de -Chipiteguy, Alvarito recibió una carta, que fué a leerla -a Manón y a la andre Mari. La carta decía así:</p> - -<p>"Mi querido amigo: Me han traído a España y me -tienen preso. Para dejarme libre exigen que dé dos -mil onzas. Vete a ver a Manasés León, con esta carta, -y él te proporcionará la cantidad indicada. La tendrás -dispuesta para entregársela inmediatamente al emisario -que se presente ahí dentro de poco con una carta -mía desde la frontera, que irá dirigida a don Alvaro -Sánchez de Mendoza y estará firmada por Juan -Dollfus.</p> - -<p>No hay que avisar a la policía española, porque ella -aquí, por ahora, no puede hacer nada, y la denuncia -podría costarme la vida. Di a Manón que estoy bien -y que pienso siempre en ella. Tu amigo, <i>Chipiteguy</i>."</p> - -<p>Alvarito hizo lo que se le indicaba en la carta y es<span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span>peró -con el dinero en la caja a que apareciera el emisario, -pero éste no apareció.</p> - -<p>Una semana después, Manón recibió otra carta, en -la que se le decía que su abuelo se encontraba preso, -y que si quería verle libre, enviara una letra de quince -mil francos, a cobrar en Elizondo, a nombre de Juan -Echenique, de Almandoz; que no avisara a la justicia, -porque no podría hacer nada contra los secuestradores -del viejo y porque si sabían que eran denunciados -podían matarle.</p> - -<p>Manón y Alvarito consultaron con Manasés, y éste -dijo que era una imprudencia enviar el dinero sin -garantía, porque el Echenique podía quedarse con él -y no librar a Chipiteguy.</p> - -<p>Decidieron entre los tres escribir a Echenique, indicándole -que le enviaban una carta de pago de quince -mil francos a cobrar en casa de Rodríguez y Salcedo, -de Bayona, y añadiendo que le pagarían desde el momento -en que Chipiteguy estuviese libre en cualquier -punto de la frontera de Francia.</p> - -<p>Como ésta carta tampoco dió resultado, Alvaro fué -de nuevo a visitar a Aviraneta, quien le dió una carta -para Luis Arreche, alias Bertache.</p> - -<p>Don Eugenio le decía en ella que se enterara de -quiénes tenían secuestrado a Chipiteguy y en dónde; -que les dijera a los secuestradores que no pidieran -más de lo que habían pedido, porque el viejo no era -tan rico como decían, y que, aunque lo fuera, quizá -en la misma familia del viejo hubiera gente que le -conviniese que Chipiteguy desapareciera.</p> - -<p>—No, no hay nada de eso—dijo Alvarito.</p> - -<p>—Seguramente que no—replicó Aviraneta—; pero -es un argumento para gente un tanto canalla, que -desconfía de todo menos de las malas intenciones.</p> - -<p>Alvarito se dispuso a ir a España a ver a Berta<span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span>che. -Antes de salir, Aviraneta le llamó. Había sabido -por Gabriela la Roncalesa que Martín Trampa, el -hermano de Luis Arreche, era uno de los complicados -en el secuestro de Chipiteguy. Martín vivía en -Almandoz y Aviraneta pensaba que se le podía escribir -a él directamente. Le escribieron. Alvarito y -Manón decidieron esperar una semana, por si Martín -Trampa contestaba; pero no contestó...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span></p> - -<h3 id="V_III">III<br /> -EL TESORO</h3></div> - -<p>Una noche le despertaron a Alvarito la Tomascha -y la andre Mari. Habían oído claramente que andaba -gente en la cueva.</p> - -<p>—¡Levántate!—le dijeron las dos mujeres.</p> - -<p>Alvarito se levantó, temblando de miedo, y se vistió -lo más rápidamente posible.</p> - -<p>—Vamos a ver quién es—dijo, fingiendo serenidad -en la voz.</p> - -<p>—No, no—replicó la andre Mari—; lo que tenemos -que hacer es encerrarnos en este piso con llave. -Manón está dormida.</p> - -<p>—Mejor sería llamar a la guardia del Reducto—murmuró -la Tomascha—. Desde la ventana podemos -gritar.</p> - -<p>—No, no—dijo la andre Mari—; no vaya a resultar -que sea algún gato y se burlen de nosotras y -nos tengan por unas viejas locas.</p> - -<p>Con el rumor de las voces Manón se despertó y -apareció en la escalera, preguntando de qué se trataba.</p> - -<p>—Hay gente en la casa—le dijo su tía.</p> - -<p>—Pues vamos a ver quién es.</p> - -<p>La muchacha se puso una bata, cogió el farol con<span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span> -el que solía hacer la ronda nocturna con su abuelo -y comenzó a bajar decididamente la escalera.</p> - -<p>Alvarito la siguió con un garrote en la mano; las -mujeres, al ver a los dos muchachos tan decididos, -fueron también bajando las escaleras tras ellos.</p> - -<p>Manón y Alvarito recorrieron la tienda, los almacenes -y el patio y no encontraron a nadie.</p> - -<p>—Quizá en la cueva se haya encerrado el ladrón.</p> - -<p>Entraron en la cueva. A la luz del farol vieron -las figuras de cera apoyadas en la pared con un aire -extraño. La arpillera que cubría el grupo de los Asesinos -había caído y el Asesino joven sacaba el brazo, -armado con su puñal. La presencia de aquellas repugnantes -figuras de cera renovó la obsesión de Alvarito; -le produjeron espanto, y en medio de la noche, -y en la cueva, y a la luz vacilante del farol, casi -le dieron más terror que si fueran verdaderos ladrones -que hubieran entrado en la casa.</p> - -<p>Al volver a su cama, Alvarito reconoció en su -fuero interno que, aunque aparentemente había quedado -bien, en el fondo había tenido mucho miedo. -Se avergonzaba, al mismo tiempo, de su cobardía y -se asombraba de sus momentos de valor.</p> - -<p>Al día siguiente, cuando Alvarito fué a su despacho, -pudo notar señales de pasos en el patio. La noche -antes había llovido y quedaban huellas de unas -botas y el barro ya seco. No era, pues, ilusión el que -hubiese habido gente dentro de casa por la noche, -sino un hecho cierto.</p> - -<p>Ahora, por dónde había entrado y por dónde habían -salido, era lo que no comprendía, porque en el -portal no había huellas y el cerrojo de la puerta estaba -por la mañana echado.</p> - -<p>Alvaro supuso si los ladrones, o lo que fuesen, se -habrían descolgado por la pared del patio, o quizá<span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span> -por el tejado. Todo esto le dió a Alvarito gran miedo. -La andre Mari y la Tomascha se alarmaron mucho -al saber que era cierta la entrada de los hombres en -la casa y decidieron que fueran a dormir al almacén -Quintín y un primo suyo zuavo.</p> - -<p>Este primo de Quintín era Max Castegnaux, supuesto -hijo de Chipiteguy, que había llegado a sargento -en el ejército de Argelia, y que estaba retirado y -tenía un destino en el Ayuntamiento.</p> - -<p>Max Castegnaux, alto, ancho, fuerte, corpulento y -grande, tenía aire marcial y una frente abombada un -poco de carnero. Max gastaba bigote y patillas. Llevaba -sombrero de copa de alas muy anchas, levita -de mangas largas y estrechas y un junco, colgando en -el botón del chaleco.</p> - -<p>Quintín y Castegnaux dormirían en la trastienda -en unos catres, cada uno con la pistola cargada, al -alcance de la mano. Max y Quintín pensaron en poner -dos o tres figuras de cera en los rincones, en sitios -extraños, para asustar al que pretendiera entrar -en la casa.</p> - -<p>La guardia de los hombres no era muy eficaz.</p> - -<p>Al parecer, Quintín y Castegnaux llevaban cada -uno su botella de vino a la trastienda, y después de -jugar una partida y de beberse el vino, se echaban a -dormir y roncaban como benditos. Ni un cañonazo -los hubiera despertado.</p> - -<p>Unos días después de los ruidos y de la alarma y -de inaugurar la guardia en la trastienda con Castegnaux -y Quintín, Frechón, considerándose ofendido -al ver que en la casa se daba más importancia a Alvarito -que a él, se despidió.</p> - -<p>Manón le dijo a Alvaro que, ya que no podían temer -el espionaje de Frechón, tenían que ver lo que -había guardado el abuelo en la cueva.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span> -Fueron los dos con un farol y notaron que había -un sitio con la tierra removida. Cavaron allí y comenzaron -a aparecer barras de plata, pintadas de negro, -y trozos de oro, envueltos en trapos.</p> - -<p>En el agujero había también un cantarillo.</p> - -<p>—¿Qué habrá aquí?—se dijo Alvaro.</p> - -<p>—A ver, vacíalo.</p> - -<p>Alvaro vació el cantarillo en el suelo y salió de su -interior un montón de esmeraldas, de zafiros y de -topacios.</p> - -<p>A la luz del farol brillaban las piedras con mil fulgores.</p> - -<p>—Es un tesoro—murmuró Alvaro.</p> - -<p>—Sí, pero no podemos tocarlo—dijo Manón.</p> - -<p>—¡Ah, no! Claro que no. Volveremos a guardarlo -como estaba.</p> - -<p>Alvarito llenó la cantarilla con las piedras preciosas -y la enterró de nuevo. De pronto creyó que había -alguien que le estaba mirando; pero era una de las -figuras de cera.</p> - -<p>Cuando dejaron el sótano, Manón y él pensaron -que salían de la cueva de Alí Babá y de sus cuarenta -ladrones.</p> - -<p>La existencia del tesoro influyó en la imaginación -de Alvarito. Supuso que, así como en los cuentos antiguos -había un dragón que guardaba un tesoro y una -princesa, allí eran las figuras de cera las vigilantes.</p> - -<p>El, Alvarito, acabaría siendo el dominador de las -feas figuras, el Orfeo de las bestias inmóviles, el domador -de los espectros asquerosos y repugnantes, y -después de vencerlos, huiría con la princesa y con el -tesoro.</p> - -<p>Unos días después soñó que se encontraba delante -de una puerta disparando tiros contra alguien que -quería asaltar la casa.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span></p> - -<h3 id="V_IV">IV<br /> -LOS VIEJOS DE LA TERTULIA DE MADAMA -LISSAGARAY</h3></div> - -<p>Grandes comentarios se hicieron entre los amigos -acerca de la desaparición de Chipiteguy. En la tertulia -de madama Lissagaray se habló mucho del caso, -y, sobre todo, los viejos y las personas sesudas discutieron -y expusieron sus opiniones.</p> - -<p>Había variedad de hipótesis. La mayoría consideraba -que el secuestro tenía un carácter político, y, según -sus ideas, lo achacaban unos a los carlistas y otros -a los masones.</p> - -<p>Algunos no creían que se tratara de maniobras políticas, -sino de motivos personales.</p> - -<p>Uno de los que acusaba a Frechón como autor o, -por lo menos, cómplice del secuestro, era Pascual -Joliveau, el Robinsón Crusoé del baile del día de San -Martín.</p> - -<p>Joliveau tenía su tienda de herbolario en el piso -bajo, en casa de madama Lissagaray. Joliveau era -soltero, de unos treinta y tantos años, grueso, rubio, -pálido, pesado e imberbe, con las orejas grandes y -las manos enormes.</p> - -<p>Era, además, tartamudo.</p> - -<p>Joliveau ganaba dinero con su tienda. Era muy tra<span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span>bajador -y un poco entrometido en cuestiones de medicina. -Creía que sabía mucho, y también lo creía la -gente de la vecindad.</p> - -<p>Los enemigos suyos decían que como en la misma -calle vivía un médico que le había denunciado una -vez por intruso a Joliveau, y a quien éste tenía odio, -había puesto un anuncio en la tienda, que decía así:</p> - -<p>"Herbolario: No confundirle con el charlatán de -enfrente."</p> - -<p>La anécdota era perfectamente falsa.</p> - -<p>Joliveau experimentaba gran antipatía por los médicos -y por los boticarios de la época, porque comenzaban -a emplear principalmente remedios químicos y -olvidaban los simples. El herbolario se jactaba de curar -todas las enfermedades con la angélica, con la -valeriana, con la pulsátila, con la genciana.</p> - -<p>A veces recomendaba a algunas muchachas la sabina, -la ruda o el cornezuelo de centeno; pero había -estado a punto de ser procesado por una de estas -recomendaciones y tenía desde entonces gran prudencia.</p> - -<p>Joliveau hacía emplastos de todas clases, vendía -cepillos de dientes y lavativas.</p> - -<p>Joliveau, a pesar de ser muy roñoso y suspicaz, -había acogido en su casa a un hombre llamado Doyambere, -antiguo relojero tronado, viejo mixtificador, -que afirmaba poseer magníficas minas en España -y tesoros en el Banco, probablemente tan reales como -las minas.</p> - -<p>Alvarito encontraba Joliveau un aire de figura -de cera. Le recordaba al Fualdés de la colección de -Chipiteguy. Joliveau era un hombre muy suspicaz y -muy avaro; en su casa no se encendía lumbre más -que en la cocina, y poca. Para legitimarse durante el<span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span> -invierno, encontraba que en todas partes donde se -encendía fuego había demasiado calor.</p> - -<p>Joliveau guardaba todo lo que encontraba en su -casa o en la calle, las llaves viejas que no abren ninguna -puerta, las pelotas, los trozos de vela, las horquillas, -etc.</p> - -<p>Joliveau no creía más que en las malas intenciones -de la gente, y aun así le engañaban siempre.</p> - -<p>Por entonces le engañaba Doyambere, el hombre -misterioso; el relojero tronado, que había hecho creer -a todo el mundo que poseía minas y tesoros, y que, -probablemente, no tenía un cuarto.</p> - -<p>Doyambere había sido el bohemio de la relojería; -durante muchos años había recorrido Francia, España -e Italia a pie, arreglando relojes. Contaba cosas -extraordinarias de sus viajes: brujerías, crímenes, -misterios y horrores.</p> - -<p>Doyambere era un viejo amable, muy fino, muy -discreto, muy sensato, que tenía buenas palabras para -todos, pero que no inspiraba confianza.</p> - -<p>Joliveau alimentaba a Doyambere y le tenía en casa -con la esperanza de heredarle.</p> - -<p>A veces le indignaba el despilfarro del viejo relojero -mixtificador, y una vez que Doyambere, al postre, -sacaba la corteza al queso, sin duda muy gruesa, -Joliveau dijo, tartamudeando más que de costumbre, -sin poderse contener:</p> - -<p>—Eso... tam... bién... me... cuesta... a... mí... el -dinero. Es una... falta... de... consideración desperdiciar -así... el queso.</p> - -<p>Joliveau tenía una criada vieja; pero él mismo guisaba.</p> - -<p>Una de las manifestaciones de la roña de Joliveau -era odiar a los gatos, sin duda por lo que robaban.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span> -—Es un animal... antipático—decía—, que no respeta -la propiedad ajena.</p> - -<p>Joliveau ponía cepos a los gatos y, cuando los cogía, -los ahorcaba.</p> - -<p>Había uno en su vecindad de una vieja solterona, -negro y atrevido, que entraba en casa del herbolario -por el patio. Al fin, Joliveau lo cogió, lo ahorcó -y lo tuvo como trofeo un día colgado, delante de la -ventana, para que lo viera la vecina.</p> - -<p>Joliveau cortejaba a la señorita Recur, sin comprender -que aquella señorita estaba enamorada de -Marcelo, el sobrino de Chipiteguy. Ella sentía un verdadero -horror por el herbolario.</p> - -<p>Joliveau, hombre de cabeza extraña y confusa, no -decía las cosas como todo el mundo; era un incoherente, -a quien a veces no se le entendía. Hacía alusiones -a cosas lejanas, y muchos decían que, al oírle, -se preguntaban, vacilando: ¿Si será un hombre de -gran talento? ¿Si será un imbécil? La mayoría se decidía -por creerle imbécil.</p> - -<p>Se podía encontrar en él una mezcla rara de cualidades: -suficiencia, fanfarronería e impertinencia, -unida a cierta fidelidad por algunas personas. Quizá -ninguno de sus sentimientos llegaba a la nota aguda; -pero también se podía asegurar que había poco estimable -en el abigarramiento de su alma.</p> - -<p>Joliveau, desde el principio de la desaparición de -Chipiteguy, había acusado a Frechón. Joliveau tenía -resquemores con éste. Había querido hacer un negocio -un tanto usurario con él y Frechón le había -engañado.</p> - -<p>—A ese... cochino... de Frechón—decía—le voy -a enviar yo... a gozar... de la hospitalidad... económica... gubernamental... Allí -le alimentarán con... berzas, -con agua y con... otros ingredientes parecidos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281">[281]</a></span> -La hospitalidad económica gubernamental era para -Joliveau la cárcel.</p> - -<p>Una vez le dijo alguien:</p> - -<p>—Ese Frechón vendería su alma al diablo.</p> - -<p>—Saldría... ganando—contestó Joliveau con presteza—; -vendería una porquería... por unas buenas... -monedas.</p> - -<p>Le gustaba también al herbolario tartamudo desfigurar -los nombres de las personas que le eran antipáticas -o que le habían engañado.</p> - -<p>Así le llamaba a Frechón Frechoneau, Frechonato -o Frechonazo.</p> - -<p>A la campaña que hacía contra él contestaba Frechón -con mayor acritud.</p> - -<p>Según Frechón, todas las hierbas que vendía Joliveau -eran venenosas y mortales de necesidad.</p> - -<p>No se sabía lo que hacía el herbolario con ellas, -si es que se orinaba, o escupía, o algo peor; pero su -efecto era terrible. Tomar el malvavisco, la manzanilla -o las flores cordiales de casa de Joliveau y empezar -a sentir náuseas, vómitos y ponerse a la muerte, -era inmediato. Frechón hacía juegos de palabras con -el apellido de Joliveau (Bello Becerro) y preguntaba -a los conocidos:</p> - -<p>—¿Qué hace el Bello Becerro? ¿Lo llevan al matadero -o está hidrópico por las malas hierbas que come -en su casa? ¿Le ha visto ya el veterinario?</p> - -<p>Frechón aseguraba que Joliveau estaba loco, que -una meningitis padecida en la infancia le había trastornado. -Decía también que de niño un cerdo le había -castrado. Por eso, según Frechón, Joliveau era imberbe -y tenía tipo de cantor de la Capilla Sixtina. Por -eso tenía también aficiones a guisar y a fregar los -platos.</p> - -<p>Estas murmuraciones malévolas llegaban a Joli<span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span>veau, -que tan pronto se indignaba como se quedaba -tan tranquilo.</p> - -<p>—Aquí, en Bayona... ya se sabe...—decía, frotándose -sus grandes manos—. El periódico... de cinco -céntimos... sin papel... circula mucho por la ciudad.</p> - -<p>Esta frase quería decir, en el lenguaje confuso del -herbolario, que había mucha chismografía en el -pueblo.</p> - -<p>Con esta manera de hablar, hiperbólica y figurada, -siempre haciendo alusiones a cosas desconocidas, no -se le entendía. Con frecuencia Pascual Joliveau proyectaba -casarse; pero no tenía éxito.</p> - -<p>—No sé... si casarme... o comprar una... partida -de hierbas.</p> - -<p>Al último, siempre tenía que comprar las hierbas. -Frechón decía en todas partes que Joliveau quería -casarse porque tenía gran afición a ser cornudo.</p> - -<p>Joliveau se acercaba a veces al grupo de las muchachas -en la tertulia de Lissagaray, pero no le hacían -caso; Manón le trataba con un profundo desprecio, -Rosa le oía distraída, Morguy se reía descaradamente -de él.</p> - -<p>El Bello Becerro no encontraba su ternera ideal—hubiera -dicho Frechón—; únicamente Alvarito escuchaba -al herbolario; éste solía decirle:</p> - -<p>—Créame usted... Si quiere encontrar... al viejo, -dele usted... la zancadilla... a Frechonazo.</p> - -<p>Otro de los consultados varias veces fué el padre -Aranalde, un cura amigo de Madama Lissagaray. Aranalde -era un viejo de cara sonrosada, pelo blanco, -mirada a veces viva, pero siempre velada por el párpado -caído; los labios burlones y la nariz larga, con -frecuencia llena de rapé.</p> - -<p>Aranalde tomaba posturas académicas, y lo hacía -tan afectadamente y tan bien que, más que cura, pa<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span>recía -un cómico que hiciera de una manera maravillosa -el papel de eclesiástico.</p> - -<p>Aranalde no afirmaba ni negaba nada; todo podía -ser, y las varias versiones que se daban de la desaparición -de Chipiteguy le parecían muy posibles.</p> - -<p>Otro de los oráculos de la tertulia de madama Lissagaray -era el señor Silhouette, comerciante retirado -de las pompas fúnebres y vecino de Chipiteguy.</p> - -<p>Silhouette, viejo con peluca y cara rasurada, tenía -una expresión de frialdad, de indiferencia, de esfinge. -Sin duda se la había dado su oficio.</p> - -<p>Durante toda su vida no había hecho más que ir a -las casas donde ocurría una muerte, de día o de noche, -y mostrar atenta y fríamente sus catálogos y -etiquetas, sus precios de entierro de primera o de segunda, -siempre con una severidad y una indiferencia -helada.</p> - -<p>Decían que el Sr. Silhouette había sido engañado -por la mujer. El señor Silhouette llevó a su mujer -a una casita de campo del camino de Bayona y la -encerró allí hasta que murió, y tuvo el gusto de ver -en sus catálogos qué clase de ataúd y de pompas fúnebres -necesitaba su cara esposa para hacer el gran -viaje a las profundidades de la madre tierra.</p> - -<p>El señor Silhouette andaba siempre enlevitado, la -boca apretada, con los labios pálidos y delgados, mejillas -hundidas, ojos fijos y duros, la corbata que le -agarrotaba el cuello, la frente ancha y la mirada fría. -Silhouette era, indudablemente, funerario, feretral, -panteónico.</p> - -<p>En todo se manifestaba metódico y meticuloso, -muy partidario de la etiqueta, y no transigía con ningún -olvido de ella.</p> - -<p>Se decía que el señor Silhouette era el padre de<span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span> -Joliveau; pero no se parecía nada a él y debía ser -una broma de la gente mal intencionada.</p> - -<p>El señor Silhouette era legitimista, pero no quería -confesarlo. Alvarito le encontraba muy parecido al -Fouché de las figuras de cera; un Fouché más viejo -y menos emperifollado.</p> - -<p>El señor Silhouette no dió su opinión acerca de la -desaparición de Chipiteguy; se contentó con oír todos -los detalles y nada más.</p> - -<p>Había otros viejos señores en la tertulia; el señor -Castera, que había sido procurador, que andaba del -brazo de su mujer, arrastrando los pies, y que jugaba -su partida de cartas. El señor Castera tenía las piernas -torcidas, la cara arrugada y pálida, la cabeza sin -pelo en las sienes y la frente deprimida. Había en él -algo de reptil. Vestía a la antigua. El señor Castera -tomaba rapé, gastaba una hermosa peluca y tenía una -voz de falsete desagradable.</p> - -<p>Pero no se podía considerar como lo más desagradable -de su personalidad su voz.</p> - -<p>El viejo Castera era un hombre muy cortés, lo que -no le impedía decir a cada persona lo más desagradable, -lo más que le podía molestar o herir, con exquisita -finura. Al mismo tiempo que decía algo venenoso, -ofrecía a la víctima su tabaquera con la tapa -esmaltada, sonriendo con amabilidad. El hablar mal -de la gente, el tomar rapé y comer dulces eran sus -principales vicios.</p> - -<p>Alvarito oyó que el señor Castera, en su juventud, -había sido un hombre guapo. En cambio, en su vejez, -era casi repugnante.</p> - -<p>Es curiosa esa fealdad que se produce en la burguesía, -sobre todo en los comerciantes, industriales, -notarios, hombres de ley y en todos los que viven -casi exclusivamente por el dinero.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span> -No es la fealdad de la gente del pueblo, ni la fealdad -de la miseria, de la embriaguez, de la brutalidad, -de las pasiones bajas, sino una fealdad sórdida, fría, -la expresión de la avidez y de la especialidad comercial.</p> - -<p>Esta fealdad contrasta con la belleza que tiene, a -veces, el hombre del campo, el marino, y, sobre todo, -el hombre de pensamiento.</p> - -<p>El señor Castera conocía a Chipiteguy y a Aviraneta -y los tenía a los dos por personas honorables; -pero inmediatamente después de hablar de ellos y de -dedicarles toda clase de elogios, contó, riéndose, esta -anécdota:</p> - -<p>"Cuando era viejo Talleyrand y vivía en el palacio -de Valencay tenía un amigo tan viejo como él, el -conde de Montrond.</p> - -<p>Un día Talleyrand le decía a la duquesa de Laval:</p> - -<p>—Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur -de Montrond. Porque tiene pocos prejuicios.</p> - -<p>A esto, Montrond replicó inmediatamente:</p> - -<p>—¿Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur -Talleyrand? Porque no tiene ninguno."</p> - -<p>Sin duda, el viejo ex procurador, quiso decir que -tanto Chipiteguy como Aviraneta eran capaces de -cualquier cosa.</p> - -<p>Compañero del viejo mordaz era el señor Bedarride, -tendero de la vecindad, viejo, de cara inyectada -y roja, con la nariz abultada, el bigote largo y -caído, que llevaba casi siempre redingote y chaleco de -grana.</p> - -<p>Bedarride, con su aire embrutecido, era hombre -listo y había sabido hacerse su fortuna en el comercio -de paños. Era también de una fealdad comercial y -transcendía a paño a la legua. Probablemente, las -emanaciones del paño que había respirado toda su<span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span> -vida habían matizado su alma, dándole un espíritu -de pañero indeleble.</p> - -<p>A Alvarito le recordó el hombre que voceaba el -crimen en el grupo de las figuras de cera, que llamaban, -en la casa del Reducto, los Asesinos.</p> - -<p>El señor Bedarride, riquísimo, tenía un motivo de -pena que le amargaba la vida. Su hija única, Lucía, -estaba enferma de la medula. Lucía Bedarride tenía -una cara asimétrica desagradable, llena de granos, -y una expresión mixta de estupidez, de inquietud y de -maldad.</p> - -<p>El médico había dicho al padre que quizá, si la -muchacha se casara, podría desarrollarse y cambiar, -y el señor Bedarride buscaba marido para su hija, -pensando en conquistarle, ofreciéndole una fortuna.</p> - -<p>Lucía Bedarride, mala, perversa, tenía ataques de -nervios; pegaba a las criadas y, al ver que los jóvenes -no se le acercaban, le daban arrechuchos de cólera.</p> - -<p>La señorita Bizot trató de demostrar a Alvarito -insidiosamente que para él sería un magnífico negocio -el casarse con Lucía Bedarride; pero Alvarito rechazó -la proposición con energía.</p> - -<p>La Bizot reconoció que la muchacha no tenía ningún -atractivo; pero había dinero en cantidad y con -dinero se podían encontrar maneras de indemnizarse. -Una mujer como la Bedarride y una querida como su -vecina la Nené era una combinación perfecta.</p> - -<p>Alvarito se quedó asombrado al oír una proposición -de esta naturaleza.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287">[287]</a></span></p> - -<h3 id="V_V">V<br /> -ÚLTIMAS HIPÓTESIS</h3></div> - -<p>Otro de los contertulios de madama Lissagaray era -el señor de Viguerie, dueño del hotel de los Tres Reyes, -en la calle de Maubec, de Saint Esprit. Viguerie transcendía -también a fondista. Viguerie odiaba cordialmente -a todos los extranjeros porque no iban a su -hotel; no podía soportar a los judíos del barrio por su -carácter económico, y como era del centro de Francia, -tenía antipatía por los vascos, que además no iban -tampoco a su fonda.</p> - -<p>El señor Viguerie se hallaba enterado de las maniobras -de los carlistas; era muy amigo del intrigante -Manuel Salvador y muy enemigo de Aviraneta.</p> - -<p>Viguerie, por informes de Salvador, afirmó que -Chipiteguy era víctima de los masones y que por este -camino debía enderezar las pesquisas la familia.</p> - -<p>Según él, lo mejor que se podía hacer era dirigirse -al subprefecto para que éste reclamara la libertad -de Chipiteguy al jefe de la logia, o Gran Oriente, de -Bayona.</p> - -<p>Una señora que asistía a la reunión, y que hizo -algunas gestiones para averiguar el paradero de Chipiteguy, -fué madama Du Vergier. Esta madama se -decía pariente de Du Vergier d'Hauranne, el célebre<span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span> -abate de Saint Cyran, uno de los jefes más influyentes -en su época del jansenismo.</p> - -<p>Madama Du Vergier, vieja, alta, hombruna, andaba -por la calle casi siempre en zapatillas y apoyada -en un bastón. Había sido, en tiempo del Imperio, -mujer de costumbres alegres; pero ya nadie se acordaba -de sus aventuras.</p> - -<p>Madama Du Vergier tenía el vicio de la lotería -y jugaba en la francesa y en la española con tanto -entusiasmo que a veces no tenía para comer.</p> - -<p>Esta vieja le recordó a Alvarito la Brinvilliers de -las figuras de cera.</p> - -<p>Madama Du Vergier, con la Bizot, había ido a ver -a la adivinadora madama Canis, y ésta les había dicho -con seguridad, rotundamente, que Chipiteguy estaba -en España, guardado en una torre, por un crimen de -Estado.</p> - -<p class="p2 i2">Biarritz, octubre de 1924.</p> - - -<p class="p4 center">FIN DE LAS FIGURAS DE CERA</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span></p> - - -<h2>ÍNDICE</h2></div> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice"> - -<tr> -<td class="tdrb" colspan="3">Páginas.</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl smcap" colspan="2">Prólogo</td> -<td class="tdrb">7</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc" colspan="3">PRIMERA PARTE<br />LOS TRAPEROS DE BAYONA</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">I.—</td> -<td class="tdl"><a href="#I">Las galeras</a></td> -<td class="tdrb">11</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">II.—</td> -<td class="tdl"><a href="#II">La casa de la plaza del Reducto</a></td> -<td class="tdrb">18</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">III.—</td> -<td class="tdl"><a href="#III">Chipiteguy y su familia</a></td> -<td class="tdrb">27</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IV.—</td> -<td class="tdl"><a href="#IV">La taberna de Ochandabaratz</a></td> -<td class="tdrb">47</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">V.—</td> -<td class="tdl"><a href="#V">Los inquilinos de Chipiteguy</a></td> -<td class="tdrb">60</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VI.—</td> -<td class="tdl"><a href="#VI">Los Sánchez de Mendoza</a></td> -<td class="tdrb">67</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VII.—</td> -<td class="tdl"><a href="#VII">Primeros contactos con la realidad</a></td> -<td class="tdrb">75</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc" colspan="3">SEGUNDA PARTE<br />EL SIMANCAS</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">I.—</td> -<td class="tdl"><a href="#II_I">Maniobras de Aviraneta</a></td> -<td class="tdrb">91</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">II.—</td> -<td class="tdl"><a href="#II_II">Los enemigos</a></td> -<td class="tdrb">98</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">III.—</td> -<td class="tdl"><a href="#II_III">Los expulsados</a></td> -<td class="tdrb">104</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IV.—</td> -<td class="tdl"><a href="#II_IV">La tertulia del abate Miñano</a></td> -<td class="tdrb">109</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">V.—</td> -<td class="tdl"><a href="#II_V">Primeros efectos del Simancas</a></td> -<td class="tdrb">114</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VI.—</td> -<td class="tdl"><a href="#II_VI">El dinero</a></td> -<td class="tdrb">127</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc" colspan="3">TERCERA PARTE<br />LAS FIGURAS DE CERA</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">I.—</td> -<td class="tdl"><a href="#III_I">Personajes históricos</a></td> -<td class="tdrb">131</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">II.—</td> -<td class="tdl"><a href="#III_II">Los sueños de Alvarito</a></td> -<td class="tdrb">144</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">III.—</td> -<td class="tdl"><a href="#III_III">La canción de la ceroplastia</a></td> -<td class="tdrb">149<span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span></td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IV.—</td> -<td class="tdl"><a href="#III_IV">Un proyecto</a></td> -<td class="tdrb">154</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">V.—</td> -<td class="tdl"><a href="#III_V">En Pamplona</a></td> -<td class="tdrb">162</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VI.—</td> -<td class="tdl"><a href="#III_VI">La vuelta</a></td> -<td class="tdrb">178</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VII.—</td> -<td class="tdl"><a href="#III_VII">Explicaciones de Chipiteguy</a></td> -<td class="tdrb">181</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VIII.—</td> -<td class="tdl"><a href="#III_VIII">Chipiteguy, Gamboa y Frechón</a></td> -<td class="tdrb">185</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IX.—</td> -<td class="tdl"><a href="#III_IX">Después de la aventura</a></td> -<td class="tdrb">189</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc" colspan="3">CUARTA PARTE<br />PALOMAS Y GAVILANES</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">I.—</td> -<td class="tdl"><a href="#IV_I">Manón y Rosa</a></td> -<td class="tdrb">193</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">II.—</td> -<td class="tdl"><a href="#IV_II">Frechón o el chatarrero misántropo</a></td> -<td class="tdrb">213</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">III.—</td> -<td class="tdl"><a href="#IV_III">La tertulia de madama Lissagaray</a></td> -<td class="tdrb">219</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IV.—</td> -<td class="tdl"><a href="#IV_IV">Las preocupaciones del hidalgo Sánchez de Mendoza</a></td> -<td class="tdrb">234</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">V.—</td> -<td class="tdl"><a href="#IV_V">El secreto de Sonia Volkonsky</a></td> -<td class="tdrb">241</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc" colspan="3">QUINTA PARTE<br />EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">I.—</td> -<td class="tdl"><a href="#V_I">En la regata de Inzola</a></td> -<td class="tdrb">257</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">II.—</td> -<td class="tdl"><a href="#V_II">Maniobras de Frechón</a></td> -<td class="tdrb">267</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">III.—</td> -<td class="tdl"><a href="#V_III">El tesoro</a></td> -<td class="tdrb">273</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IV.—</td> -<td class="tdl"><a href="#V_IV">Los viejos de la tertulia de madama Lissagaray</a></td> -<td class="tdrb">277</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">V.—</td> -<td class="tdl"><a href="#V_V">Ultimas hipótesis</a></td> -<td class="tdrb">287</td> -</tr> - -</table> - -<pre style='margin-top:6em'> -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN: #14 -LAS FIGURAS DE CERA *** - -This file should be named 63680-h.htm or 63680-h.zip - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/6/3/6/8/63680/ - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - -</pre> -</body> -</html> diff --git a/old/63680-h/images/cover.jpg b/old/63680-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index dd34811..0000000 --- a/old/63680-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/63680-h/images/page1.png b/old/63680-h/images/page1.png Binary files differdeleted file mode 100644 index ca6a54b..0000000 --- a/old/63680-h/images/page1.png +++ /dev/null |
