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-The Project Gutenberg EBook of Una Excursión a los Indios Ranqueles -
-Tomo 1, by Lucio Mansilla
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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-
-Title: Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1
-
-Author: Lucio Mansilla
-
-Release Date: November 2, 2020 [EBook #63600]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS ***
-
-
-
-
-Produced by Andrés V. Galia, Jude Eylander, Sanly Bowitts,
-Santiago and the Online Distributed Proofreading Team at
-https://www.pgdp.net (This file was produced from images
-generously made available by The Internet Archive)
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- NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
-
-Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la
-presente edición de esta obra fue publicada, en 1909, eran diferentes a
-las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió,
-fué, dió, lo mismo que la preposición "á", y las conjunciones "é", "ó",
-"ú", por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido
-respetado.
-
-El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
-de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese
-entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios
-Académicos de la Real Academia Española.
-
-Por otra parte, las reglas de la Real Academia Española establecen que
-el acento ortográfico en las mayúsculas debe colocarse si es que
-un vocablo lleva acento ortográfico. Sin embargo, por una cuestión
-pragmática, en las imprentas ese criterio normalmente no era respetado.
-En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las
-mayúsculas acentuadas a las reglas establecidas por la RAE.
-
-Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
-
-El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final,
-ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.
-
- * * * * *
-
-
- UNA EXCURSIÓN
- Á LOS
- INDIOS RANQUELES
-
- TOMO I
-
- BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»
-
-
- LUCIO V. MANSILLA
-
-
-
-
- UNA EXCURSIÓN
- Á LOS
- INDIOS RANQUELES
-
-
- OBRA PREMIADA EN EL CONGRESO INTERNACIONAL
- GEOGRÁFICO DE PARÍS (1875)
-
-
- TOMO I
-
- [Illustración]
-
- BUENOS AIRES
- 1909
-
-
- Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.--Buenos Aires.
-
-
- UNA EXCURSIÓN Á LOS INDIOS RANQUELES
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
-
- Cap. Pág.
-
- I. Dedicatoria.--Aspiraciones de un _tourist_.--Los
- gustos con el tiempo.--Por qué se pelea un padre
- con un hijo.--Quiénes son los Ranqueles.--Un
- tratado internacional con los indios.--Teoría
- de los extremos.--Dónde están las fronteras
- de Córdoba y campos entre los Ríos 4.º y 5.º.--De
- dónde parte el camino del Cuero 5
-
- II. Deseos de un viaje á los Ranqueles.--Una china
- y un bautismo.--Peligros de la diplomacia
- militar con los indios.--El indio Linconao.--Mañas
- de los indios.--Efectos del deber sobre
- el temperamento.--¿Qué es un parlamento?--Desconfianzas
- de los indios para beber y fumar.--Sus
- preocupaciones al comer y beber.--Un
- lenguaraz.--Cuánto dura un parlamento y qué se hace
- en él.--Linconao atacado de las viruelas.--Efectos
- de la viruela en los indios.--Gratitud
- de Linconao.--Reserva de un fraile 13
-
- III. Quién conocía mi secreto.--El Río 5.º.--El paso
- del Lechuzo.--Defecto de un fraile.--Compromiso
- recíproco.--Preparativos para la marcha.--Resistencia
- de los gauchos.--Cambio de
- opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas
- humanas.--Sorpresa de Achauentrú al saber
- que me iba á los indios.--Pensamiento que me
- preocupaba.--Ofrecimientos y pedidos de
- Achauentrú.--Fray Moisés Álvarez.--Temores
- de los indios.--Seguridades que les di.--Efectos
- de la digestión sobre el humor.--Las mujeres
- del fuerte Sarmiento.--Un simulacro 21
-
- IV. Idea á que nos resignamos.--La partida.--Lenguaje
- de los paisanos.--Qué es una rastrillada.--El
- público sabe muchas mentiras é ignora
- muchas verdades.--Qué es un guadal.--El caballo
- y la mula.--Una despedida militar.--La Laguna alegre 29
-
- V. El fogón.--Calixto Oyarzábal.--El cabo Gómez.--De
- qué fué á la guerra del Paraguay.--Por
- qué lo hicieron soldado de línea.--José Ignacio
- Garmendia y Maximio Alcorta.--Predisposiciones
- mías en favor de Gómez.--Su conducta en
- el batallón 12 de línea.--Primera entrevista con
- él.--Su figura en el asalto de Curupaití.--La lista
- después del combate.--El cabo Gómez muerto 37
-
-
- VI. Regreso de Curupaití.--Resurrección del cabo
- Gómez.--Cómo se salvó.--Sencillo relato.--Posibilidad
- de que un pensamiento se realice.--Dos
- escuelas filosóficas.--Un asesinato que nadie
- había visto.--Sospechas 47
-
- VII. Presentimientos de la multitud.--Un asesino
- sin saberlo.--Deseos de salvarle.--Averiguaciones.--Un
- fiscal confuso.--Juicios contradictorios.--Agustín
- Mariño, auditor del Ejército Argentino.--Consejo
- de Guerra.--Dudas.--Sentencia
- del cabo Gómez.--Se confirma la pena de
- muerte.--Preparativos.--La ejecución.--Una
- aparición 55
-
- VIII. El Palmar de Yataití.--Sepulcro de un soldado.--Su
- memoria.--Sus últimos deseos cumplidos.--El
- rancho del general Gelly y lo que
- allí pasó.--Resurrección.--Visión realizada.--Fanatismo 65
-
- IX. La Alegre.--En qué rumbos salimos.--¿Los viajes son un
- placer?--Por qué se viaja.--Monte de la Vieja.--El
- alpataco.--El zorro colgado.--Pollo-helo.--Us-helo.--Qué
- es aplastarse un caballo.--Coli-Mula.--La
- trasnochada.--Precauciones 73
-
- X. No es posible seguir la marcha.--Civilización y
- barbarie.--En qué consiste la primera.--Reflexiones sobre
- este tópico.--En marcha.--Manera de cambiar de perspectiva
- sin salir de un mismo lugar.--Asombroso adelanto de estas
- tierras.--Ralico.--Tremencó.--Médano
- del Cuero.--El Cuero.--Sus campos 83
-
- XI. Quién había andado por Ralico.--Los
- rastreadores.--Talento de uno del 12 de línea.--Se
- descubre quién había andado por Ralico.--Cuántos
- caminos salen del Cuero.--El General Emilio
- Mitre no pudo llegar allí.--Su error estratégico 93
-
- XII. Por dónde habían ido los chasques.--Entrada á
- los montes.--Derechos de piso y
- agua.--Recomendaciones.--Despacho de algunas
- tropillas para el Río 5.º.--Los montes.--Impresiones
- filosóficas.--Utatriquin.--El cuento
- del arriero 103
-
- XIII. Martes es mal día.--Trece es mal número.--Los
- _quatorzième_.--Marcha nocturna.--Pensamientos.--Sueño
- ecuestre.--Un latigazo.--Historia
- de un soldado y de Antonio.--Alto.--Una visión y una
- mulita 113
-
- XIV. Sueño fantástico.--En marcha.--Calixto
- Oyarzábal y sus cuentos.--Cómo se busca de
- noche un camino en la Pampa.--Campamento.--Los primeros
- toldos.--Se avistan chinas.--Algarrobo.--Indios 125
-
- XV. La Laguna Verde.--Sorpresa.--Inspiraciones
- del gaucho.--Encuentros.--Grupos de indios.--Sus
- caballos y trajes.--Bustos.--Amenazas.--Resolución 135
-
- XVI. El embajador del cacique Ramón y Bustos.--Desconfianzas
- del cacique.--Quién era Bustos.--Caniupán.--Otra
- vez el embajador de Ramón y Bustos.--Un bofetón á
- tiempo.--_Mari purrá wentru._--Recepción.--Retrato de
- Ramón.--Exigencia de Caniupán.--¡Lo mando al
- diablo!--Conformidad 147
-
- XVII. Un cuerpo sano en alma sana.--El mate.--Un
- convidado de piedra.--Pánico y desconfianzas
- de los indios.--Historias.--Un mensajero
- de Caniupán.--Visitas.--En marcha.--Calcumuleu.--Nuevo
- mensajero.--La noche.--Amonestaciones.--Primer
- regalo.--Unos bultos colorados 159
-
- XVIII. Historia de Crisóstomo.--Quiénes eran los bultos
- colorados.--El indio Villarreal y su familia.--De noche 171
-
- XIX. El amanecer.--Llegada de las cargas.--El
- marchado de la mula.--Achauentrú en el
- Río 4.º.--Un almuerzo en el fogón.--Lo que hicieron
- las chinas en cuanto se levantaron.--El cabo Mendoza
- y Wenchenao.--Enojo fingido.--Se presenta Caniupán 179
-
- XX. El camino de Calcumuleu á Leubucó.--Los
- indios en el campo.--Su modo de marchar.--Cómo
- descansan á caballo.--Qué es tomar caballos
- á mano. No había novedad.--Cruzando
- un monte.--Se divisa Leubucó.--Primer parlamento.--Cada
- razón son diez razones 187
-
- XXI. En qué consiste el arte de hacer de _una razón_ varias
- razones.--De cuántos modos conversan los indios.--Sus
- oradores.--Sus rodeos para pedir.--Precauciones de los
- Caciques antes de celebrar una junta.--Numeración y
- manera de contar de los Ranqueles 197
-
- XXII. Una nube de arena.--Cálculos.--El ojo del
- indio.--Segundo parlamento.--Se avista el toldo
- de Mariano Rosas.--Frente á él 207
-
- XXIII. Épocas buenas y malas.--En qué cosas cree el autor.--La
- cadena del mundo moral.--¿Será cierto que los
- padres saben más que los hijos?--El capitán Rivadavia,
- Hilarión, Nicolai.--Camargo.--Dilaciones 217
-
- XXIV. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio!--Cuál
- era el objeto de esta otra parada.--Pretensiones
- de la ignorancia.--Las brujas.--Saludos
- y regocijos.--Qué sucedía mientras tenía
- lugar el parlamento.--Agitación en el toldo de
- Mariano Rosas.--Las brujas vieron al fin lo
- mismo que el Cacique.--Cómo estaba formado
- éste.--Qué es Leubucó y qué caminos parten
- de allí.--Echo pie á tierra.--Vítores 227
-
- XXV. Gracias á Dios.--Empieza el ceremonial.--Apretones
- de mano y abrazos.--De cómo casi
- hube de reventar.--Por algo me había de hacer
- célebre yo.--¿Qué más podían hacer los bárbaros? 237
-
- XXVI. La enramada de Mariano Rosas.--Parlamento
- y comida.--Agasajo.--Pasión de los indios
- por la bebida.--Qué es un yapaí.--Epumer
- hermano mayor de Mariano Rosas.--Él y yo.--Me
- deshago de mi capa colorada.--Regalos.--Distribución
- de aguardiente.--Una orgía.--Miguelito 247
-
- XXVII. Pasión de Miguelito.--Los hombres son
- iguales en todas circunstancias de la vida.--Retrato
- de Miguelito.--Su historia 259
-
- XXVIII. Teoría sobre el ideal.--Miguelito continúa
- contando su historia.--Cuadro de costumbres 271
-
- XXIX. El gaucho es un producto peculiar de la tierra
- argentina.--Monomanía de la imitación.--Continuación de
- la historia de Miguelito.--Cuadro de costumbres.--¿Qué
- es filosofar? 281
-
- XXX. Mi vademécum y sus méritos.--En qué se
- parece Orión á Roqueplán.--Dónde se aprende
- el mundo.--Concluye la historia de Miguelito 289
-
- XXXI. Ojeada retrospectiva.--El valor á media
- noche es el valor por excelencia.--Miedo á los
- perros.--Cuento al caso.--Qué es loncotear.--Sigue
- la orgía.--Epumer se cree insultado por
- mí.--Una serenata 299
-
- XXXII. El negro del acordeón y la música.--Reflexiones
- sobre el criterio vulgar.--Sueño fantástico.--Lucius
- Victorius Imperator.--Un mensajero nocturno de Mariano
- Rosas.--Se reanuda el sueño fantástico.--Mi entrada
- triunfal en Salinas Grandes.--La realidad.--Un huésped
- á quien no le es permitido dormir 309
-
- XXXIII. Retrato de Mariano Rosas.--Su política.--Cómo le tomaron
- prisionero los cristianos.--Rosas le hace peón de su
- estancia del Pino.--Su fuga.--Agradecimiento por su
- antiguo patrón.--Paralelo.--De pillo á pillo.--Voto de
- un indio.--Muerte de Painé.--Derecho hereditario entre
- los indios.--Los refugiados políticos.--Mareo.--Mariano
- Rosas quiere _loncotear_ conmigo.--Apuros.--Una sombra 319
-
- XXXIV. Efectos del aguardiente.--Una mano femenil.--Mi
- comadre Carmen me cuenta lo sucedido.--Unas
- coplas.--La vida de un artista en
- acordeón, en dos palabras.--Preguntas y respuestas.--Las
- obras públicas de Leubucó.--Insistencia
- del organista.--Un baño.--Mariano
- Rosas en el corral.--Cómo matan los indios la res 333
-
- XXXV. El toldo de Mariano Rosas visto de la
- enramada.--Preparativos para recibirme.--Un bufón de
- Leubucó.--De visita.--Descripción de un toldo.--La
- mesa.--El indio y el gaucho.--Paralelo
- afligente.--Reflexiones.--La comida.--Un
- incidente gaucho 343
-
- XXXVI. Por qué se me presentaba Camilo Arias.--Caracteres
- de este hombre y de nuestros paisanos.--El
- indio Blanco.--Sus amenazas.--Le pido una entrevista
- á Mariano Rosas.--Me tranquiliza.--Costumbres de los
- indios.--No existe la prostitución de la mujer
- soltera.--Qué es _cancanear_.--El pudor entre las
- indias.--La mujer casada.--De cuántos modos se casan las
- indias.--Las viudas.--Escena con Rufino
- Pereira.--Igualdad.--Miguelito intercede por Rufino 353
-
- XXXVII. El fogón al amanecer.--Quién era Rufino
- Pereira.--Su vida y compromisos conmigo.--Cómo
- consiguen los indios que los caballos de
- los cristianos adquieran más vigor 365
-
-
-
-
- UNA EXCURSIÓN Á LOS INDIOS RANQUELES
-
-
-
-
- I
-
- Dedicatoria.--Aspiraciones de un _touriste_.--Los gustos con el
- tiempo.--Por qué se pelea un padre con un hijo.--Quiénes son los
- Ranqueles.--Un tratado internacional con los indios.--Teoría de los
- extremos.--Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los
- Ríos 4.º y 5.º.--De dónde parte el camino del Cuero.
-
-
-No sé dónde te hallas, ni dónde te encontrará esta carta y las que le
-seguirán, si Dios me da vida y salud.
-
-Hace bastante tiempo que ignoro tu paradero, que nada sé de ti; y
-sólo porque el corazón me dice que vives, creo que continúas tu
-peregrinación por este mundo, y no pierdo la esperanza de comer
-contigo, á la sombra de un viejo y carcomido algarrobo, ó entre
-las pajas al borde de una laguna, ó en la costa de un arroyo, un
-_churrasco_ de guanaco, ó de gama, ó de yegua, ó de gato montés, ó una
-picana de avestruz, boleado por mí, que siempre me ha parecido la más
-sabrosa.
-
-Á propósito de avestruz, después de haber recorrido la Europa y la
-América, de haber vivido como un marqués en París y como un guaraní
-en el Paraguay; de haber comido _mazamorra_ en el Río de la Plata,
-_charquicán_ en Chile, ostras en Nueva York, _macarroni_ en Nápoles,
-trufas en el Perigord, _chipá_ en la Asunción--recuerdo que una de
-las grandes aspiraciones de tu vida era comer una tortilla de huevos
-de aquella ave pampeana en _Nagüel Mapo_, que quiere decir «Lugar del
-Tigre».
-
-Los gustos se simplifican con el tiempo, y un curioso fenómeno social
-se viene cumpliendo desde que el mundo es mundo. El _macrocosmo_, ó sea
-el hombre colectivo, vive inventando placeres, manjares, necesidades, y
-el _microcosmo_, ó sea el hombre individual, pugnando por emanciparse
-de las tiranías de la moda y de la civilización.
-
-Á los veinticinco años, somos víctimas de un sinnúmero de
-superfluidades. No tener guantes blancos, frescos como una lechuga,
-es una gran contrariedad, y puede ser causa de que el mancebo más
-cumplido pierda casamiento. ¡Cuántos dejaron de comer muchas veces, y
-sacrificaron su estómago en aras del buen tono!
-
-Á los cuarenta años, cuando el cierzo y el hielo del invierno de la
-vida han comenzado á marchitar la tez y á blanquear los cabellos, las
-necesidades crecen, y por un bote de _cold cream_, ó por un paquete de
-cosmético, ¿qué no se hace?
-
-Más tarde, todo es lo mismo; con guantes ó sin guantes, con retoques ó
-sin ellos «la mona, aunque se vista de seda, mona se queda.»
-
-Lo más sencillo, lo más simple, lo más inocente es lo mejor; nada de
-picantes, nada de trufas. El _puchero_ es lo único que no hace daño,
-que no se indigesta, que no irrita.
-
-En otro orden de ideas, también se verifica el fenómeno. Hay razas y
-naciones creadoras, razas y naciones destructoras. Y, sin embargo, en
-el irresistible _corso e ricorso_ de los tiempos y de la humanidad, el
-mundo marcha; y una inquietud febril mece incesantemente á los mortales
-de perspectiva en perspectiva, sin que el ideal jamás muera.
-
-Pues, cortando aquí el exordio, te diré, Santiago amigo, que te he
-ganado de mano.
-
-Supongo que no reñirás por esto conmigo, dejándote dominar por un
-sentimiento de envidia.
-
-Ten presente que una vez me dijiste, censurando á tu padre, con quien
-estabas peleado:
-
---¿Sabes por qué razón el viejo está mal conmigo? Porque tiene envidia
-de que yo haya estado en el Paraguay, y él no.
-
-Es el caso, que mi estrella militar me ha deparado el mando de las
-fronteras de Córdoba, que eran las más asoladas por los ranqueles.
-
-Ya sabes que los ranqueles son esas tribus de indios araucanos, que
-habiendo emigrado en distintas épocas de la falda occidental de la
-cordillera de los Andes á la oriental, y pasado los ríos Negro y
-Colorado, han venido á establecerse entre el Río 5.º y el Río Colorado,
-al naciente del Río Chalileo.
-
-Últimamente celebré un tratado de paz con ellos, que el Presidente
-aprobó, con cargo de someterlo al Congreso.
-
-Yo creía que siendo un acto administrativo no era necesario.
-
-¿Qué sabe un pobre coronel de trotes constitucionales?
-
-Aprobado el tratado en esa forma, surgieron ciertas dificultades
-relativas á su ejecución inmediata.
-
-Esta circunstancia por un lado, por otro cierta inclinación á las
-correrías azarosas y lejanas; el deseo de ver con mis propios ojos ese
-mundo, que llaman Tierra Adentro, para estudiar sus usos y costumbres,
-sus necesidades, sus ideas, su religión, su lengua, é inspeccionar yo
-mismo el terreno por donde alguna vez quizá tendrán que marchar las
-fuerzas que están bajo mis órdenes--he ahí lo que me decidió no ha
-mucho y contra el torrente de algunos hombres que se decían conocedores
-de los indios, á penetrar hasta sus tolderías, y á comer primero que tú
-en Nagüel Mapo una tortilla de huevo de avestruz.
-
-Nuestro inolvidable amigo Emilio Quevedo, solía decirme cuando vivíamos
-juntos en el Paraguay, vistiendo el ligero traje de los criollos é
-imitándolos en cuanto nos lo permitían nuestra sencillez y facultades
-imitativas:--¡Lucio, después de París, la Asunción! Yo digo:--Santiago,
-después de una tortilla de huevos de gallina frescos, en el Club
-del Progreso, una de avestruz en el toldo de mi compadre el cacique
-Baigorrita.
-
-Digan lo que quieran, si la felicidad existe, si la podemos concretar
-y definir, ella está en los extremos. Yo comprendo las satisfacciones
-del rico y las del pobre; las satisfacciones del amor y las del odio;
-las satisfacciones de la obscuridad y las de la gloria. Pero ¿quién
-comprende las satisfacciones de los términos medios; las satisfacciones
-de la indiferencia; las satisfacciones de ser _cualquier cosa_?
-
-Yo comprendo que haya quien diga:--Me gustaría ser Leonardo Pereira,
-potentado del dinero.
-
-Pero que haya quien diga, me gustaría ser el almacenero de enfrente,
-don Juan ó don Pedro, un nombre de pila cualquiera, sin apellido
-notorio,--eso no.
-
-Yo comprendo que haya quien diga:--Yo quisiera ser limpiabotas ó
-vendedor de billetes de lotería.
-
-Yo comprendo el amor de Julieta y Romeo, como comprendo el odio de
-Silva por Hernani, y comprendo también la grandeza del perdón.
-
-Pero no comprendo esos sentimientos que no responden á nada enérgico,
-ni fuerte, á nada terrible ó tierno.
-
-Yo comprendo que haya en esta tierra quien diga:--Yo quisiera ser
-Mitre, el hijo mimado de la fortuna y de la gloria, ó sacristán de San
-Juan.
-
-Pero que haya quien diga:--Yo quisiera ser el Coronel Mansilla,--eso no
-lo entiendo, porque al fin, ese mozo, _¿quién es?_
-
-Al General Arredondo, mi jefe inmediato entonces le debo, querido
-Santiago, el placer inmenso de haber comido una tortilla de huevos de
-avestruz en Nagüel Mapo, de haber tocado los extremos una vez más.
-Si él me niega la licencia, me quedo con las ganas, y no te gano la
-delantera...
-
-Siempre le agradeceré que haya tenido conmigo esa deferencia, y que me
-manifestara que creía muy arriesgada mi empresa, probándome así que
-mi suerte no le era indiferente. Sólo los que no son amigos pueden
-conformarse con que otro muera estérilmente... y en la obscuridad.
-
-La nueva línea de fronteras de la Provincia de Córdoba, no está ya
-donde tú la dejaste cuando pasaste para San Luis, en donde tuviste la
-fortuna de conocer aquel tipo que te decía un día en el Morro:--¡Yo no
-deseo, señor don Santiago, visitar la Europa por conocer el Cristal
-Palais, ni el Buckingham Palace, ni las Tullerías, ni el London Tunnel,
-sino por ver ese Septentrión! ¡¡ese Septentrión!!
-
-Está la nueva línea sobre el Río 5.º, es decir, que ha avanzado
-veinticinco leguas, y que al fin se puede cruzar del Río 4.º á Achiras
-sin hacer testamento y confesarse.
-
-Muchos miles de leguas cuadradas se han conquistado.
-
-¡Qué hermosos campos para la cría de ganados son los que se hallan
-encerrados entre el Río 4.º y Río 5.º!
-
-La cebadilla, el porotillo, el trébol, la gramilla, crecen frescos y
-frondosos entre el pasto fuerte; grandes cañadas como la del Gato,
-arroyos caudalosos y de largo curso como Santa Catalina y Sampacho,
-lagunas inagotables y profundas como Chemeco, Tarapendá y Santo Tomé
-constituyen una fuente de riqueza de inestimable valor.
-
-Tengo en borrador el _croquis topográfico_, levantado por mí de ese
-territorio inmenso, desierto, que convida á la labor, y no tardaré en
-publicarlo, ofreciéndoselo con una memoria á la industria rural.
-
-Más de seis mil leguas he galopado en año y medio para conocerlo y
-estudiarlo.
-
-No hay un arroyo, no hay un manantial, no hay una laguna, no hay
-un monte, no hay un médano donde no haya estado personalmente para
-determinar yo mismo su posición aproximada y hacerme baqueano,
-comprendiendo que el primer deber de un soldado, es conocer palmo á
-palmo el terreno donde algún día ha de tener necesidad de operar.
-
-¿Puede haber papel más triste que el de un jefe con responsabilidad,
-librado á un pobre paisano, que lo guiará bien, pero que no le sugerirá
-pensamiento estratégico alguno?
-
-La nueva frontera de Córdoba comienza en la raya de San Luis, casi en
-el meridiano que pasa por Achiras, situado en los últimos dobleces de
-la Sierra, y costeando el Río 5.º se prolonga hasta la Ramada Nueva,
-llamada así por mí, y por los ranqueles _Trapalcó_ que quiere decir
-agua de Totora. _Trapal_ es Totora y _có_ agua.
-
-La Ramada Nueva son los desagües del Río 5.º, vulgarmente denominados
-la Amarga.
-
-De la Ramada Nueva, y buscando la derecha de la frontera Sur de Santa
-Fe, sigue la línea por la Laguna N.º 7, llamada así por los cristianos,
-y por los ranqueles _Potálauquen_, es decir, laguna grande: _potá_ es
-grande y _lauquen_ laguna.
-
-Siguiendo el juicioso plan de los españoles, yo establecí esta frontera
-colocando los fuertes principales en la banda Sur del Río 5.º.
-
-En una frontera internacional esto habría sido un error militar, pues
-los obstáculos deben siempre dejarse á vanguardia para que el enemigo
-sea quien los supere primero.
-
-Pero en la guerra con los indios el problema cambia de aspecto; lo que
-hay que aumentarle á este enemigo no son los obstáculos para entrar
-sino los obstáculos para salir.
-
-El punto ó fuerte principal de la nueva línea de frontera sobre el Río
-5.º se llama Sarmiento. De allí arranca el camino que por la Laguna del
-Cuero, famosa para los cristianos, conduce á Leubucó, centro de las
-tolderías ranquelinas.
-
-De allí emprendí mi marcha.
-
-Mañana continuaré.
-
-Hoy he perdido tiempo en ciertos detalles creyendo que para ti no
-carecerían de interés.
-
-Si al público, á quien le estoy mostrando mi carta, le sucediese lo
-mismo, me podría acostar á dormir tranquilo y contento como un colegial
-que ha estudiado bien su lección y la sabe.
-
-¿Cómo saberlo?
-
-Tantas veces creemos hacer reir con un chiste y el auditorio no hace ni
-un gesto.
-
-Por eso toda la sabiduría humana está encerrada en la inscripción del
-templo de Delfos.
-
-
-
-
- II
-
- Deseos de un viaje á los Ranqueles.--Una china y un
- bautismo.--Peligros de la diplomacia militar con los indios.--El
- indio Linconao.--Mañas de los indios.--Efectos del deber sobre
- el temperamento.--¿Qué es un parlamento?--Desconfianzas de
- los indios para beber y fumar.--Sus preocupaciones al comer y
- beber.--Un lenguaraz.--Cuánto dura un parlamento y qué se hace en
- él.--Linconao atacado de las viruelas.--Efectos de la viruela en los
- indios.--Gratitud de Linconao.--Reserva de un fraile.
-
-
-Hacía mucho tiempo que yo rumiaba el pensamiento de ir á Tierra Adentro.
-
-
-El trato con los indios que iban y venían al Río 4.º, con motivo de las
-negociaciones de paz entabladas, había despertado en mí una indecible
-curiosidad.
-
-Es menester haber pasado por ciertas cosas, haberse hallado en ciertas
-posiciones, para comprender con qué vigor se apoderan ciertas ideas de
-ciertos hombres; para comprender que una misión á los Ranqueles puede
-llegar á ser para un hombre como yo, medianamente civilizado, un deseo
-tan vehemente, como puede ser para cualquier ministril una secretaría
-en la embajada de París.
-
-El tiempo, ese gran instrumento de las empresas buenas y malas, cuyo
-curso quisiéramos precipitar, anticipándonos á los sucesos para que
-éstos nos devoren ó nos hundan, me había hecho contraer ya varias
-relaciones, que puedo llamar íntimas.
-
-La china Carmen, mujer de veinticinco años, hermosa y astuta adscripta
-á una Comisión de las últimas que anduvieron en negociados conmigo, se
-había hecho mi confidente y amiga, estrechándose estos vínculos con el
-bautismo de una hijita mal habida que la acompañaba y cuya ceremonia se
-hizo en el Río 4.º con toda pompa, asistiendo un gentío considerable y
-dejando entre los muchachos un recuerdo indeleble de mi magnificencia,
-á causa de unos veinte pesos bolivianos que cambiados en medios y
-reales, arrojé á la _manchancha_ esa noche inolvidable, al son de los
-infatigables gritos: ¡padrino pelado!
-
-Sólo quien haya tenido ya el gusto de ser padrino, comprenderá que
-noches de ese género pueden ser realmente inolvidables para un triste
-mortal, sin antecedentes históricos, sin títulos para que su nombre
-pase á la posteridad, grabándose con caracteres de fuego en el libro de
-oro de la historia.
-
-¡Ah! tú has sido padrino pelado alguna vez, y me comprenderás.
-
-Carmen no fué agregada sin objeto á la comisión ó embajada ranquelina
-en calidad de _lenguaraz_, que vale tanto como secretario de un
-ministro plenipotenciario.
-
-Mariano Rosas ha estudiado bastante el corazón humano, como que no
-es un muchacho; conoce á fondo las inclinaciones y gustos de los
-cristianos, y por un instinto que es de los pueblos civilizados y de
-los salvajes, tiene mucha confianza en la acción de la mujer sobre el
-hombre, siquiera esté ésta reducida á una triste condición.
-
-Carmen fué despachada, pues, con su pliego de instrucciones oficiales y
-confidenciales por el Talleyrand del desierto, y durante algún tiempo
-se ingenió con bastante habilidad y maña. Pero no con tanta que yo no
-me apercibiese, á pesar de mi natural candor, de lo complicado de su
-misión, que á haber dado con otro Hernán Cortés habría podido llegar á
-ser peligrosa y fatal para mí, desacreditando gravemente mi _gobierno
-fronterizo_.
-
-Pasaré por alto una infinidad de detalles, que te probarían hasta la
-evidencia todas las seducciones á que está expuesta la diplomacia de
-un jefe de fronteras, teniendo que habérselas con secretarios como mi
-comadre; y te diré solamente que esta vez se le quemaron los libros de
-su experiencia á Mariano, siendo Carmen misma la que me inició en los
-secretos de su misión.
-
-El hecho es que nos hicimos muy amigos, y que á sus buenos informes del
-compadre debo yo en parte el crédito de que llegué precedido cuando
-hice mi entrada triunfal en Leubucó.
-
-Otra conexión íntima contraje también durante las últimas negociaciones.
-
-El cacique Ramón, jefe de las indiadas del Rincón, me había enviado su
-hermano mayor, como muestra de su deseo de ser mi amigo.
-
-Linconao, que así se llama, es un indiecito de unos veintidós años,
-alto, vigoroso, de rostro simpático, de continente airoso, de carácter
-dulce, y que se distingue de los demás indios en que no es _pedigüeño_.
-
-Los indios viven entre los cristianos fingiendo pobrezas y necesidades,
-pidiendo todos los días; y con los mismos preámbulos y ceremonias piden
-una ración de sal, que un poncho fino ó un par de espuelas de plata.
-
-Tener que habérselas con una comisión de estos sujetos, para un jefe de
-fronteras, presupone tener que perder todos los días unas cuatro horas
-en escucharles.
-
-Yo, que por mi temperamento sanguíneo-bilioso no soy muy pacienzudo que
-digamos, he descubierto con este motivo que el deber puede modificar
-fundamentalmente la naturaleza humana.
-
-En algunos _parlamentos_ de los celebrados en el Río 4.º, más de una
-vez derroté á mis interlocutores, cuyo exordio sacramental era:--Para
-tratar con los indios se necesita mucha paciencia, hermano.
-
-No sé si tienes la idea de lo que es un parlamento en tierra de
-cristianos; y digo en tierra de cristianos, porque en tierra de indios
-el ritual es diferente.
-
-Un parlamento, es una conferencia diplomática.
-
-La comisión se manda anunciar anticipadamente con el lenguaraz.
-
-Si la componen veinte individuos, los veinte se presentan.
-
-Comienzan por dar la mano por turno de jerarquía, y en esa forma se
-sientan, con bastante aplomo, en las sillas ó sofaes que se les ofrecen.
-
-El _lenguaraz_, es decir, el intérprete secretario, ocupa la derecha
-del que hace cabeza.
-
-Habla éste y el lenguaraz traduce, siendo de advertir que aunque el
-plenipotenciario entienda el castellano y lo hable con facilidad, no se
-altera la regla.
-
-Mientras se parlamenta hay que obsequiar á la comisión con licores y
-cigarros.
-
-Los indios no rehusan jamás beber, y cigarros, aunque no los fumen
-sobre las tablas, reciben mientras les den.
-
-Pero no beben, ni fuman cuando no tienen confianza plena en la buena
-fe del que les obsequia, hasta que éste no lo haya hecho primero.
-
-Una vez que la confianza se ha establecido cesan las precauciones,
-y echan al estómago el vaso de licor que se les brinda, sin más
-preámbulos que el de sus preocupaciones.
-
-Una de ellas estriba en no comer ni beber cosa alguna, sin antes
-ofrecerle las primicias al genio misterioso en que creen y al que
-adoran sin tributarle culto exterior.
-
-Consiste esta costumbre en tomar con el índice y el pulgar un poco de
-la cosa que deben tragar ó beber y en arrojarla á un lado, elevando la
-vista al cielo y exclamando: _¡para Dios!_
-
-Es una especie de conjuro. Ellos creen que el diablo, _Gualicho_, está
-en todas partes, y que dándole lo primero á Dios, que puede más que
-aquél, se hace el exorcismo.
-
-El parlamento se inicia con una serie inacabable de salutaciones y
-preguntas, como verbigracia:--¿Cómo está usted? ¿cómo están sus jefes,
-oficiales y soldados? ¿cómo le ha ido á usted desde la última vez que
-nos vimos? ¿No ha habido alguna novedad en la frontera? ¿No se le han
-perdido algunos caballos?
-
-Después siguen los mensajes, como por ejemplo:--Mi hermano, ó mi padre,
-ó mi primo, me ha encargado le diga á usted que se alegrará que esté
-usted bueno en compañía de todos sus jefes, oficiales y soldados; que
-desea mucho conocerle; que tiene muy buenas noticias de usted; que ha
-sabido que desea usted la paz y que eso prueba que cree en Dios y que
-tiene un excelente corazón.
-
-Á veces cada interlocutor tiene su lenguaraz, otras es común.
-
-El trabajo del lenguaraz es ímprobo en el parlamento más
-insignificante. Necesita tener una gran memoria, una garganta de
-privilegio y muchísima calma y paciencia.
-
-¡Pues es nada antes de llegar al grano tener que repetir diez ó veinte
-veces lo mismo!
-
-Después que pasan los saludos, cumplimientos y mensajes, se entra á
-ventilar los negocios de importancia, y una vez terminados éstos, entra
-el capítulo quejas y pedidos, que es el más fecundo.
-
-Cualquier parlamento dura un par de horas, y suele suceder al rato de
-estar en él, que varios de los interlocutores están roncando. Como
-el único que tiene responsabilidad en lo que se ventila es el que
-hace cabeza, después que cada uno de los que le acompaña ha sacado
-su piltrafa, ya la cosa ni le interesa ni le importa y no pudiendo
-retirarse, comienza á bostezar y acaba por dormirse, hasta que el
-plenipotenciario, dándose cuenta del ridículo, pide permiso para
-terminar y retirarse, prometiendo volver muy pronto, pues tiene muchas
-cosas que decir aún.
-
-Linconao fué atacado fuertemente de las viruelas al mismo tiempo que
-otros indios.
-
-Trajéronme el aviso, y siendo un indio de importancia, que me estaba
-muy recomendado y que por sus prendas y carácter me había caído en
-gracia, fuime en el acto á verle.
-
-Los indios habían acampado en tiendas de campaña que yo les había dado,
-sobre la costa de un lindo arroyo tributario del Río 4.º.
-
-En un albardón verde y fresco, pintado de flores silvestres, estaban
-colocadas las tiendas en dos filas, blanqueando risueñamente sobre el
-campestre tapete.
-
-Todos ellos me esperaban mustios, silenciosos y aterrados, contrastando
-el cuadro humano con el de la riente naturaleza y la galanura del
-paisaje.
-
-Linconao y otros indios yacían en sus tiendas revolcándose en el suelo
-con la desesperación de la fiebre,--sus compañeros permanecían á la
-distancia, en un grupo sin ser osados á acercarse á los virolentos y
-mucho menos á tocarles.
-
-Detrás de mí iba una carretilla exprofeso.
-
-Acerquéme primero á Linconao y después á los otros enfermos; habléles á
-todos animándolos, llamé algunos de sus compañeros para que me ayudaran
-á subirlos al carro; pero ninguno de ellos obedeció, y tuve que hacerlo
-yo mismo con el soldado que lo tiraba.
-
-Linconao estaba desnudo y su cuerpo invadido de la peste con una
-virulencia horrible.
-
-Confieso que al tocarle sentí un estremecimiento semejante al que
-conmueve la frágil y cobarde naturaleza, cuando acometemos un peligro
-cualquiera.
-
-Aquella piel granulenta al ponerse en contacto con mis manos, me hizo
-el efecto de una lima envenenada.
-
-Pero el primer paso estaba dado y no era noble, ni digno, ni humano, ni
-cristiano, retroceder, y Linconao fué alzado á la carretilla por mí,
-rozando su cuerpo mi cara.
-
-Aquél fué un verdadero triunfo de la civilización sobre la barbarie;
-del cristianismo sobre la idolatría.
-
-Los indios quedaron profundamente impresionados; se hicieron lenguas
-alabando mi audacia y llamáronme su padre.
-
-Ellos tienen un verdadero terror pánico á la viruela, que sea por
-circunstancias cutáneas ó por la clase de su sangre, los ataca con
-furia mortífera.
-
-Cuando en Tierra Adentro aparece la viruela, los toldos se mudan de un
-lado á otro, huyendo las familias despavoridas á largas distancias de
-los lugares infestados.
-
-El padre, el hijo, la madre, las personas más queridas son abandonadas
-á su triste suerte, sin hacer más en favor de ellas que ponerles
-alrededor del lecho agua y alimentos para muchos días.
-
-Los pobres salvajes ven en la viruela un azote del cielo, que Dios les
-manda por sus pecados.
-
-He visto numerosos casos y son rarísimos los que se han salvado, á
-pesar de los esfuerzos de un excelente facultativo, el Dr. Michaut,
-cirujano de mi División.
-
-Linconao fué asistido en mi casa, cuidándolo una enfermera muy paciente
-y cariñosa, interesándose todos en su salvación, que felizmente
-conseguimos.
-
-El Cacique Ramón me ha manifestado el más ardiente agradecimiento por
-los cuidados tributados á su hermano, y éste dice que después de Dios,
-su padre soy yo, porque á mí me debe la vida.
-
-Todas estas circunstancias, pues, agregadas á las consideraciones
-mentadas en mi carta anterior, me empujaban al desierto.
-
-Cuando resolví mi expedición, guardé el mayor sigilo sobre ella.
-
-Todos vieron los preparativos, todos hacían conjeturas, nadie acertó.
-
-Sólo un fraile amigo conocía mi secreto.
-
-Y esta vez no sucedió lo que debiera haber sucedido á ser cierto el
-dicho del moralista: Lo que uno no quiere que se sepa no debe decirse.
-
-Es que la humanidad, por más que digan, tiene muchas buenas cualidades,
-entre ellas, la reserva y la lealtad.
-
-Supongo que serás de mi opinión, y con esto me despido hasta mañana.
-
-
-
-
- III
-
- Quién conocía mi secreto.--El Río 5.º.--El paso del Lechuzo.--Defecto
- de un fraile.--Compromiso recíproco.--Preparativos para la
- marcha.--Resistencia de los gauchos.--Cambio de opiniones sobre
- la fatalidad histórica de las razas humanas.--Sorpresa de
- Achauentrú al saber que me iba á los indios.--Pensamiento que me
- preocupaba.--Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú.--Fray Moisés
- Álvarez.--Temores de los indios.--Seguridades que les di.--Efectos de
- la digestión sobre el humor.--Las mujeres del fuerte Sarmiento.--Un
- simulacro.
-
-
-Sólo el franciscano Fray Marcos Donatti, mi amigo íntimo, conocía mi
-secreto.
-
-Se lo había comunicado yendo con él del fuerte Sarmiento al «Tres de
-Febrero», otro fuerte de la extrema derecha de la línea de frontera
-sobre el Río 5.º.
-
-Este sacerdote, que á sus virtudes evangélicas reune un carácter
-dulcísimo, recorría las dos fronteras de mi mando, diciendo misa en
-improvisados altares, bautizando y haciendo escuchar con agrado su
-palabra, á las pobres mujeres de los pobres soldados. La que le oía se
-confesaba.
-
-Era una noche hermosa, de esas en que el mundo estelar brilla con
-todo el esplendor de su magnificencia. La luna no se ocultaba tras
-ningún celaje y de vez en cuando al acercarnos á las barrancas del Río
-5.º que corre tortuoso, costeándolo el camino, la veíamos retratarse
-radiante en el espejo móvil de ese río, que nace en las cumbres de
-la sierra de la Carolina, y que corriendo en una curva de poniente á
-naciente, fecunda con sus aguas, ricas como las del 2.º de Córdoba,
-los grandes potreros de la villa de Mercedes, hasta perderse en las
-impasables cabañas de la Amarga.
-
-Llegábamos al paseo del Lechuzo, famoso por ser uno de los más
-frecuentados por los indios en la época tristemente memorable de sus
-depredaciones.
-
-Hay allí un montoncito de árboles, corpulentos y tupidos, que tendrá
-como una media milla de ancho, y que de noche el fantástico caminante
-se apresura á cruzar por un instinto racional que nos inclina á acortar
-el peligro.
-
-El paso del Lechuzo, con su nombre de mal agüero, es una excelente
-emboscada y cuentan sobre él las más extrañas historias de fechorías
-hechas allí por los indios.
-
-Lo cruzamos al trote, azotando las ramas, caballos y jinetes: al salir
-de la espesura, piqué yo el mío con las espuelas, y diciéndole á Fray
-Marcos:--Oiga, padre--me puse al galope seguido por el buen franciscano
-que no tenía entonces, como no tiene ahora, para mí más defecto que
-haberme maltratado un excelente caballo moro que le presté.
-
-El ayudante y los tres soldados que me acompañaban quedáronse un poco
-atrás y nada pudieron oir de nuestra conversación.
-
-El padre tenía su imaginación llena de las ideas de los gauchos que han
-solido ir á los indios por su gusto ó vivir cautivos entre ellos.
-
-Consideraba mi empresa la más arriesgada, no tanto por el peligro de
-la vida, sino por la fe pública de los indígenas. Me hizo sobre el
-particular las más benevólas reflexiones, y por último, dándome una
-muestra de cariño, me dijo: «Bien, Coronel; pero cuando usted se vaya,
-no me deje á mí, usted sabe que soy misionero.»
-
-Yo he cumplido mi promesa y él su palabra.
-
-Los preparativos para la marcha se hicieron en el fuerte Sarmiento,
-donde á la sazón se hallaba una comisión de indios presidida por
-Achauentrú, diplomático de monta entre los Ranqueles, y cuyos servicios
-me han sido relatados por él mismo.
-
-Ya calcularás que los preparativos debían reducirse á muy poca cosa.
-En las correrías por la Pampa lo esencial son los caballos. Yendo uno
-bien montado, se tiene todo; porque jamás faltan bichos que bolear,
-avestruces, gamas, guanacos, liebres, gatos monteses, ó peludos, ó
-mulitas, ó piches, ó matacos que cazar.
-
-Eso es tener _todo_, andando por los campos, tener que comer.
-
-Á pesar de esto yo hice preparativos más formales. Tuve que arreglar
-dos cargas de regalos y otra de charqui riquísimo, azúcar, sal, hierba
-y café. Si alguien llevó otras golosinas debió comérselas en la primera
-jornada, porque no se vieron.
-
-Los demás aprestos consistieron en arreglar debidamente las monturas y
-arreos de todos los que debían acompañarme para que á nadie le faltara
-maneador, bozal con cabestro, manea y demás útiles indispensables, y en
-preparar los caballos, componiéndoles los vasos con la mayor prolijidad.
-
-Cuando yo me dispongo á una correría sólo una cosa me preocupa
-grandemente: los caballos.
-
-De lo demás, se ocupa el que quiere de los acompañantes.
-
-Por supuesto, que un par de buenos chifles no ha de faltarle á ninguno
-que quiera tener paz conmigo. Y con razón, el agua suele ser escasa
-en la Pampa y nada desalienta y desmoraliza más que la sed. Yo he
-resistido setenta y dos horas sin comer, pero sin beber no he podido
-estar sino treinta y dos. Nuestros paisanos, los acostumbrados á cierto
-género de vida, tienen al respecto una resistencia pasmosa. Verdad que,
-¡qué fatiga no resisten ellos!
-
-Sufren todas las intemperies, lo mismo el sol que la lluvia, el calor
-que el frío, sin que jamás se les oiga una murmuración, una queja.
-Cuando más tristes parecen, entonan un airecito cualquiera.
-
-Somos una raza privilegiada, sana y sólida, susceptible de todas las
-enseñanzas útiles y de todos los progresos adaptables á nuestro genio y
-á nuestra índole.
-
-Sobre este tópico, Santiago amigo, mis opiniones han cambiado mucho
-desde la época en que con tanto _furor_ discutíamos á tres mil leguas,
-la unidad de la especie humana y la fatalidad histórica de las razas.
-
-Yo creía entonces que los pueblos greco-latinos no habían venido al
-mundo para practicar la libertad y enseñarla con sus instituciones, su
-literatura y sus progresos en las ciencias y en las artes, sino para
-batallar perpetuamente por ella. Y, si mal no recuerdo, te citaba á la
-noble España luchando desde el tiempo de los romanos por ser libre de
-la dominación extranjera unas veces, por darse instituciones libres
-otras.
-
-Hoy pienso de distinta manera. Creo en la unidad de la especie humana
-y en la influencia de los malos gobiernos. La política cría y modifica
-insensiblemente las costumbres, es un resorte poderoso de las acciones
-de los hombres, prepara y consuma las grandes revoluciones que levantan
-el edificio con cimientos perdurables ó lo minan por su base. Las
-fuerzas morales dominan constantemente las físicas y dan la explicación
-y la clave de los fenómenos sociales.
-
-Terminados los aprestos, anuncié á los que formaban mi comitiva que al
-día siguiente partiríamos para el Sur por el camino del Cuero, y que no
-era difícil fuéramos á sujetar el pingo en Leubucó.
-
-Más tarde hice llamar al indio Achauentrú y le comuniqué mi idea.
-
-Manifestóse muy sorprendido de mi resolución, preguntóme si la había
-transmitido de antemano á Mariano Rosas y pretendió disuadirme,
-diciéndome que podía sucederme algo, que los indios eran muy buenos,
-que me querían mucho, pero que cuando se embriagaban no respetaban á
-nadie.
-
-Le hice mis observaciones, le pinté la necesidad de hablar yo mismo
-sobre la paz con los caciques y el bien inmenso que podía resultar de
-darles una muestra de confianza tan clásica como la que les iba á dar.
-
-Sobre todos los pensamientos el que más me dominaba era éste: probarles
-á los indios con un acto de arrojo, que los cristianos somos más
-audaces que ellos y más confiados cuando hemos empeñado nuestro honor.
-
-Los indios nos acusan de ser gentes de muy mala fe, y es inacabable
-el capítulo de cuentos con que pretenden demostrar que vivimos
-desconfiados de ellos y engañándolos.
-
-Achauentrú es entendido, y comprendió no sólo que mi resolución era
-irrevocable, que decididamente me iba al día siguiente, sino algunos de
-los motivos que le expuse.
-
-Entonces me ofreció muchas cartas de recomendación, y como favor
-especial me pidió, que del Cuero adelantara un chasque avisando mi
-ida; primero para que no se alarmasen los indios y segundo para que me
-recibieran como era debido.
-
-Le pedí para el efecto un indio, y me dió uno llamado Angelito, sin
-tener nada de tal. Positivamente los nombres no son el hombre.
-
-Después de hablar Achauentrú conmigo, fuese á conversar con el padre
-Marcos y su compañero Fray Moisés Álvarez, joven franciscano, natural
-de Córdoba, lleno de bellas prendas, que respeto por su carácter y
-quiero por su buen corazón.
-
-Al rato vinieron todos muy alarmados, diciéndome que los indios todos,
-lo mismo que los lenguaraces, conceptuaban mi expedición muy atrevida,
-erizada de inconvenientes y de peligros, y que lo que más atormentaba
-su imaginación, era lo que sería de ellos si por alguna casualidad me
-trataban mal en Tierra Adentro ó no me dejaban salir.
-
-Híceles decir--porque quedaban en rehenes,--que no tuvieran cuidado,
-que si los indios me trataban mal, ellos no serían maltratados; que si
-me mataban, ellos no serían sacrificados; que sólo en el caso de que no
-me dejasen volver, ellos no regresarían tampoco á su tierra, quedando
-en cambio mío, de mis oficiales y soldados. Ellos eran unos ocho, me
-parece, y los que íbamos á internarnos diecinueve.
-
-Y les pedí encarecidamente á los padres, les hicieran comprender que
-aquellas ideas eran justas y morales.
-
-Tranquilizáronse; después de muchos meses de estar en negocios conmigo,
-no habiéndoles engañado jamás ni tratado con disimulo, sino así tal
-cual Dios me ha hecho; bien unas veces, mal otras, porque mi humor
-depende de mi estómago y de mis digestiones, habían adquirido una
-confianza plena en mi palabra.
-
-Cuántas veces no llegaron á mis oídos en el Río 4.º estas palabras,
-proferidas por los indios en sus conversaciones de pulpería: «Ese
-coronel Mansilla, bueno, no mintiendo, engañando nunca pobre indio.»
-
-Llegó por fin el día y el momento de partir. El fuerte Sarmiento
-estaba en revolución. Soldados y mujeres rodeaban mi casa, para darme
-un adiós, _¡sans adieu!_ y desearme feliz viaje. Ellas creían quizá
-interiormente que no volvería. El cariño, la simpatía, el respeto
-exageran el peligro que corren ó deben correr las personas que no nos
-son indiferentes. Hay más miedo en la imaginación que en las cosas que
-deben suceder.
-
-Cuando todos esperaban ver arrimar mis tropillas y las mulas para tomar
-caballos, aparejar las cargas y que me pusiera en marcha, oyóse un
-toque de corneta inusitado á esta hora: llamada redoblada.
-
-En el acto cundió la voz--¡los indios!
-
-Y una agitación momentánea era visible en todos los semblantes.
-
-Los soldados corrían con sus armas á las cuadras.
-
-Poco tardó en oirse el toque de tropa, y poco también en estar todas
-las fuerzas de la guarnición formadas, el batallón 12 de línea montado
-en sus hermosas mulas, y el 7 de caballería de línea en buenos
-caballos, con el de tiro correspondiente.
-
-Al mismo tiempo que la tropa había estado aprestándose para formar, los
-vivanderos recibieron orden de armarse, las mujeres de reconcentrarse
-al club «El Progreso en la Pampa», que estaban edificando los jefes
-y oficiales de la guarnición, que tiene su hermoso billar y otras
-comodidades. Á los indios se les ordenó no se movieran del rancho en
-que estaban alojados y á los vivanderos, que sirvieran de custodia de
-unos y otras.
-
-Mientras esto pasaba en el recinto del fuerte, en sus alrededores
-reinaba también grande animación: las caballadas, el ganado, todo, todo
-cuanto tenía cuatro patas era sacado de sus comedores habituales y
-reconcentrado.
-
-Decididamente los indios han invadido por alguna parte, eran las
-conjeturas. Achauentrú estaba estupefacto, vacilando entre si era una
-invasión que venía ó una que iba.
-
-Cuando todo estaba listo, mi segundo jefe recibió orden de salir con
-las fuerzas, de marchar una legua rumbo al Sur y se pasó allí una
-_revista general_.
-
-Yo quise antes de marcharme ver en cuánto tiempo se aprestaba la
-guarnición, fingiendo una alarma y reirme un poco de los indios que
-tuvieron un rato de verdadera amargura, no sabiendo ni lo que pasaba,
-ni qué creer.
-
-Y tuve la satisfacción militar de que todo se hiciera con calma
-y prontitud, sea dicho en elogio de cuantos guarnecían el fuerte
-Sarmiento en aquel entonces.
-
-¡Que Dios ayude mientras estoy lejos á mis compañeros de armas, esos
-hermanos de peligro, del sacrificio y de la gloria; lo mismo que deseo
-te ayude á ti, Santiago amigo, conservándote siempre con un humor
-placentero, y un estómago como los desea Brillat-Savarin!
-
-
-
-
- IV
-
- Idea á que nos resignamos.--La partida.--Lenguaje de los
- paisanos.--Qué es una rastrillada.--El público sabe muchas mentiras é
- ignora muchas verdades.--Qué es un guadal.--El caballo y la mula.--Una
- despedida militar.--La Laguna Alegre.
-
-
-Á las cinco de la tarde todo estaba listo, y mi gente recibió orden de
-entregar sus armas, excepto el sable, que sin vaina debía ser colocado
-entre las caronas. Mis ayudantes y yo llevábamos _revolvers_ y una
-escopeta. Por más grande que fuese mi deseo de presentarme ante los
-indígenas sin aparato, ni ostentación, no pude resolverme á hacerlo
-completamente desarmado. Podía llegar el caso de tener que perder la
-vida, y era menester ir preparado á venderla cara. Hay una idea á
-la que el hombre no se resigna sino cuando es santo,--y es á morir
-sacrificado con la mansedumbre de un cordero.
-
-Entregadas las armas hice arrimar las tropillas y las mulas; formé
-cuatro pelotones de la gente, dile á cada uno una tropilla, dejando
-otra de reserva; mandé ensillar y aparejar, y á la media hora, cuando
-el sol del último día de marzo se perdía radiante en el lejano
-horizonte, puse pie en el estribo.
-
-Varios jefes y oficiales habían ensillado para acompañarme hasta cierta
-distancia.
-
-Salí del fuerte entre las salutaciones cariñosas, y las sonrisas
-amables expresivas de los soldados, dejando á todos inquietos,
-particularmente á Achauentrú que, al subir á caballo, vino á darme un
-abrazo, ó hacerme su retahila de recomendaciones, y á repetirme por la
-milésima vez, que no dejara de adelantar un chasque anunciando mi ida.
-
-El Camino del Cuero pasa por el mismo fuerte Sarmiento que le ha robado
-su nombre al antiguo y conocido Paso de las Arganas.
-
-Este camino consiste en una gran rastrillada, y su rumbo es Sudeste,
-ó lo que en lenguaje comprensivo de los paisanos de Córdoba llamamos
-Sudabajo.
-
-Ellos tienen un modo peculiar de dominar ciertas cosas y sólo en la
-práctica se comprende la ventaja de la substitución.
-
-Al Oeste le llaman _arriba_. Al Este, _abajo_. Estos dos vocablos
-substituidos á los vientos cardinales, permiten expresarse con más
-facilidad y más claridad, en razón de la similitud de las palabras Este
-y Oeste y de su composición vocal.
-
-Un ejemplo lo demostrará.
-
-Si queriendo ir del punto A al punto B, ó para ser más claro, de la
-Villa del Río 4.º al fuerte Sarmiento, cortando el campo, se ocurriese
-á un baqueano por las señas, las daría así:
-
-Miraría al Sur, y haciendo una indicación con la mano derecha diría: se
-sale en estas dereceras,--Sur, y se camina rumbeando medio abajo; pero
-muy poco abajo.
-
-Con estas señas, el que tiene la costumbre de andar por los campos, va
-derecho como un huso á su destino.
-
-Si queriendo ir de la Villa del Río 4.º á las Achiras, en el mes de
-noviembre, verbigracia, en que el sol se pone inclinándose al Sur, se
-preguntasen las señas, la contestación sería:
-
---Salga derecho arriba, medio rumbeando al lado en que se pone el sol y
-ahí, en aquella punta de sierra, ahí está Achiras.
-
-Con esas señas cualquiera va derecho.
-
-De esta costumbre cordobesa de llamarle abajo al naciente y arriba al
-poniente, viene la denominación de Provincias de arriba y de abajo; la
-de arribeños y abajeños.
-
-Á las facilidades que este modo de expresarse ofrece, reune una
-circunstancia que responde á un hecho geográfico.
-
-Ir de Córdoba para el poniente ó para el naciente es, en efecto, ir
-para arriba ó para abajo, porque el nivel de la tierra es más elevado
-que el del mar á medida que se camina del Litoral de nuestra patria
-para la Cordillera; la tierra se dobla visiblemente, de manera que el
-que va sube y el que viene baja.
-
-He dicho que el Camino del Cuero consiste en una gran _rastrillada_, y
-voy á explicar lo que significa esta palabra, que en buen castellano
-tiene una significación distinta de la que le damos en la jerga de la
-tierra.
-
-Si en lugar de estar conversando contigo públicamente lo hiciera en
-reserva, no me detendría en estos detalles y explicaciones. Todos los
-que hemos sido público alguna vez sabemos que este monstruo de múltiple
-cabeza, sabe muchas cosas que debiera ignorar é ignora muchas otras que
-debiera saber. ¿Quién sabe, por ejemplo, más mentiras que el público?
-
-Pero preguntadle algo sobre las cosas de la tierra, sobre el estado
-moral y político de nuestros moradores fronterizos de La Rioja ó de
-Santiago del Estero, y ya veréis lo que sabe.
-
-Preguntadle dónde queda el río Chalileo ó el Cerro Nevado, y ya veréis
-qué sabe el respetable público sobre las cosas que pueden interesarle
-mañana, distraído como vive por las cosas de actualidad.
-
-Hasta cierto punto yo le hallo razón. ¿No paga su dinero para que
-cotidianamente le den noticias de las cinco partes del mundo, le
-enteren de la política internacional de las naciones, le tengan al cabo
-de los descubrimientos científicos, de los progresos del vapor, de la
-electricidad y de la pesca de la ballena?
-
-Pues entonces ¿por qué se ha de afanar tanto?
-
-Una _rastrillada_, son los surcos paralelos y tortuosos que con sus
-constantes idas y venidas han dejado los indios en los campos.
-
-Estos surcos, parecidos á la huella que hace una carreta la primera vez
-que cruza por un terreno virgen, suelen ser profundos y constituyen un
-verdadero camino ancho y sólido.
-
-En plena Pampa, no hay más caminos. Apartarse de ellos un palmo,
-salirse de la senda, es muchas veces un peligro real, porque no es
-difícil que ahí mismo, al lado de la rastrillada haya un _guadal_ en el
-que se entierren caballo y jinete enteros.
-
-Guadal se llama un terreno blando y movedizo que no habiendo sido
-pisado con frecuencia, no ha podido solidificarse.
-
-Es una palabra que no está en el diccionario de la lengua castellana,
-aunque la hemos tomado de nuestros antepasados, y que viene del árabe y
-significa _agua_ ó _río_.
-
-La Pampa está llena de estos obstáculos.
-
-¡Cuántas veces en una operación militar, yendo en persecución de los
-indios, una columna entera no ha desaparecido en medio del ímpetu de
-la carrera!
-
-¡Cuántas veces un trecho de pocas varas ha sido causa de que jefes muy
-intrépidos se viesen burlados por el enemigo, en esas Pampas sin fin!
-
-¡Cuántas veces los mismos indios no han perecido bajo el filo del sable
-de nuestros valientes soldados fronterizos por haber caído en un guadal!
-
-Las Pampas son tan vastas, que los hombres más conocedores de los
-campos se pierden á veces en ellas.
-
-El caballo de los indios es una especialidad en las Pampas.
-
-Corre por campos guadalosos, cayendo y levantando, y resiste á esa
-fatiga hercúlea asombrosamente, como que está educado al efecto y
-acostumbrado á ello.
-
-El guadal suele ser húmedo y suele ser seco, pantanoso y pegajoso, ó
-simplemente arenoso.
-
-Es necesario que el ojo esté sumamente acostumbrado para conocer el
-terreno guadaloso. Unas veces el pasto, otras veces el color de la
-tierra son indicios seguros. Las más el guadal es una emboscada para
-indios y cristianos.
-
-Los caballos que entran en él, cuando no están acostumbrados, pugnan
-un instante por salir, y el esfuerzo que hacen es tan grande, que en
-los días más fríos no tardan en cubrirse de sudor y en caer postrados,
-sin que haya espuela ni rebenque que los haga levantar. Y llegan á
-acobardarse tanto, que á veces no hay poder que los haga dar un paso
-adelante cuando pisan el borde movedizo de la tierra. Y eso que es
-de todos los cuadrúpedos destinados al servicio del hombre el más
-valiente. Picado con las espuelas parte como el rayo y salva el mayor
-precipicio.
-
-¡Cuán diferente de la mula!
-
-Jamás pierde ella su sangre fría.
-
-Ora vaya por los caminos pampeanos ó por las laderas vertiginosas
-de la Cordillera, el híbrido animal es siempre cauteloso. El caballo
-se lanza como el rayo; la mula tantea antes de ir adelante. Saca una
-mano, después otra, y es tan precavida, que en donde puso éstas, pone
-las patas. Cuando hay peligro no hay que advertirla; á nada obedece,
-ni á la rienda, ni al rebenque, ni á la espuela. Sólo su instinto de
-conservación la mueve. Es excusado querer dirigirla. Ella va por donde
-quiere. Morirá despeñada; pero no ciegamente como el caballo, sino por
-haberse equivocado.
-
-Estando los campos cubiertos de agua, es más necesario que nunca seguir
-rectamente la dirección de la _rastrillada_; porque reblandecida la
-tierra por la humedad, el peligro del guadal es inminente á cada paso.
-
-Cuando salimos de Sarmiento había llovido mucho. Á una media legua de
-allí el terreno tiene un doblez y se cae á una cañada muy guadalosa;
-así fué que allí hice alto, me despedí y separé de los camaradas que me
-acompañaban, y después de algunas prevenciones generales á los que me
-seguían tomé la dirección llevando al baqueano á mi izquierda, yendo él
-por una huella, por otra yo.
-
-¡Con qué pena se despidieron de mí mis leales compañeros! Yo lo leí en
-sus caras, por más que con afables sonrisas y afectuosos apretones de
-manos, quisieran disimularlo.
-
-¡Ah! sólo los que somos soldados, sabemos lo que es ver partir á los
-amigos al peligro en que se cae ó se muere, y quedarnos... ¡Y sólo los
-que somos soldados, sabemos lo que es ver volver del combate, sanos é
-ilesos á los hermanos cuya suerte no hemos compartido ese día!
-
-Hay tales misterios en el corazón humano; abismos tan profundos, de
-amor, de abnegación, de generosidad, que la palabra no conseguirá jamás
-explicarlos.
-
-Hay que sentir y callar. Por eso una mirada, un abrazo, un ademán con
-la mano, dicen más que todo cuanto la pluma más hábilmente manejada
-pueda describir.
-
-La noche nos sorprendió sin haber alcanzado á cruzar la cañada.
-
-La luna salía tarde, el cielo estaba cubierto de nubes, no se veían
-las estrellas. Durante un largo rato caminamos, pues, en medio de
-una completa obscuridad, cayendo y levantando, porque en cuanto nos
-desviábamos de la rastrillada pisábamos el borde del guadal.
-
-Las mulas que llevaban las cargas de charqui y regalos para los
-caciques daban muchísimo trabajo. Por huir del peligro caían á cada
-paso en él. Una de ellas llevaba los ornamentos sagrados de mis
-amigos los franciscanos, y ellos y yo íbamos con el Jesús en la
-boca, esperando el momento en que gritaran:--Cayó la mula de los
-_padrecitos_, que así llaman los paisanos cordobeses á los frailes.
-
-Fué menester ponerles á todas bozal y llevarlas tirando del cabestro.
-
-Perdióse tiempo en esta operación, así fué que era tarde cuando
-llegamos á la Laguna Alegre.
-
-Estaban las cabalgaduras tan fatigadas de cuatro leguas más ó menos de
-marcha nocturna por la obscuridad y entre el agua, que resolví hacer
-una parada esperando que se despejase el cielo ó saliera la luna.
-
-Acampamos... Y el fogón no tardó en brillar, haciéndose una rueda en
-torno de él, de todos los que me acompañaban.
-
-Entre mate y mate cada cual contó una historia más ó menos soporífera.
-
-En todo pensábamos menos en los indios.
-
-Yo conté la mía, y un cabo Gómez, muerto en la gloriosa guerra del
-Paraguay, fué el asunto de mi cuento.
-
-Tiene algo de fantástico y maravilloso.
-
-Si estoy de humor mañana y no te vas fastidiando de las digresiones y
-no te urge llegar á Leubucó, te lo contaré.
-
-
-
-
- V
-
- El fogón.--Calixto Oyarzábal.--El cabo Gómez.--De qué fué á la guerra
- del Paraguay.--Por qué lo hicieron soldado de línea.--José Ignacio
- Garmendia y Maximio Alcorta.--Predisposiciones mías en favor de
- Gómez.--Su conducta en el batallón 12 de línea.--Primera entrevista
- con él.--Su figura en el asalto de Curupaití.--La lista después del
- combate.--El cabo Gómez.
-
-
-El fogón es la delicia del pobre soldado, después la fatiga. Alrededor
-de sus resplandores desaparecen las jerarquías militares. Jefes
-superiores y oficiales subalternos, conversan fraternalmente y ríen á
-sus anchas. Y hasta los asistentes que cocinan el puchero y el asado,
-y los que ceban el mate, meten, de vez en cuando, su cucharada en la
-charla general, apoyando ó contradiciendo á sus jefes y oficiales,
-diciendo alguna agudeza ó alguna patochada.
-
-Cuando Calixto Oyarzábal, mi asistente, dejó la palabra, con
-sentimiento de los que le escuchaban, pues es un pillo de siete
-suelas, capaz de hacer reir á carcajadas á un inglés, pidiéronme mis
-circunstantes mi cuentito.
-
-Yo estaba de buen humor, así fué que después de dirigirle algunas
-bromas á Calixto, que con su aire de zonzo estudiado, ha hecho ya una
-revolución en las Provincias, para que veas lo que es el país, tomo á
-mi turno la palabra.
-
-Y este cuento me permitirás que se lo dedique á un mi amigo, que ha
-hecho la guerra en el Paraguay como oficial de un batallón de Guardia
-nacional.
-
-Se llama Eduardo Dimet, y como le quiero, me permitirás no te haga la
-pintura de su carácter y cualidades; porque los colores de la paleta
-del cariño son siempre lisonjeros y sospechosos.
-
-Voy á mi cuento.
-
-El cabo Gómez, era un correntino que se quedó en Buenos Aires cuando la
-primera invasión de Urquiza que dió en tierra con la dictadura de Rosas.
-
-Tendría Gómez así como unos treinta y cinco años; era alto, fornido,
-y columpiábase con cierta gracia al caminar: su tez era entre blanca
-y amarilla, tenía ese tinte peculiar á las razas tropicales; hablaba
-con la tonada guaranítica, mezclando como es costumbre entre los
-correntinos y entre los paraguayos vulgares, la segunda y la tercera
-persona; en una palabra, era un tipo varonil simpático.
-
-Marchó Gómez á la guerra del Paraguay, en el 1.^{er} batallón del
-1.^{er} Regimiento de G. N. que salió de Buenos Aires bajo las órdenes
-del comandante Cobo si mal no recuerdo, y perteneció á la compañía de
-granaderos.
-
-El capitán de ésta era otro amigo mío, José Ignacio Garmendia, que
-después de haber hecho con distinción toda la campaña del Paraguay,
-anda ahora por Entre Ríos al mando de un batallón.
-
-Un día leíase en la Orden General del 2.º Cuerpo de Ejército del
-Paraguay, á que yo pertenecía: «Destínase por insubordinación, por el
-término de cuatro años, á un cuerpo de línea al soldado de G. N. Manuel
-Gómez.»
-
-Más tarde presentóse un oficial en el reducto que yo mandaba--que lo
-guarnecía el batallón 12 de línea, creado y disciplinado por mí, con
-esta orden: «Vengo á entregar á usted una alta personal.»
-
-Llamé un ayudante y la alta personal fué recibida y conducida á la
-Guardia de Prevención.
-
-Luego que me desocupé de ciertos quehaceres, hice traer á mi presencia
-al nuevo destinado para conocerle é interrogarle sobre su falta,
-amonestarle, cartabonearle y ver á qué compañía había de ir.
-
-Era Gómez, y por su talla esbelta fué á la compañía de granaderos.
-
-José Ignacio Garmendia comía frecuentemente conmigo en el Paraguay, así
-era que después de la lista de tarde casi siempre se le hallaba en mi
-reducto, junto con otro amigo muy querido de él y mío, Maximio Alcorta,
-aunque este excelente camarada, que lo mismo se apasiona del sexo
-hermoso que feo, tiene el raro y desgraciado talento de recomendar de
-vez en cuando á las personas que más estima: unos tipos que no tardan
-en mostrar sus malas mañas.
-
-¡Cosas de Maximio Alcorta!
-
-La misma tarde que destinaron á Gómez, Garmendia comió conmigo.
-
-Durante la charla de la mesa--ya que en campaña á un tronco de yatay se
-llama así,--me dijo que Gómez había sido cabo de su compañía; que era
-un buen hombre, de carácter humilde, subordinado, y que su falta era
-efecto de una borrachera.
-
-Me añadió que cuando Gómez se embriagaba perdía la cabeza, hasta el
-extremo de ponerse frenético si le contradecían, y que en ese estado lo
-mejor era tratarlo con dulzura, que así lo había hecho él, siempre con
-el mejor éxito.
-
-En una palabra, Garmendia me lo recomendó con esa vehemencia propia
-de los corazones calientes, que así es el suyo, y por eso cuantos le
-tratan con intimidad le quieren.
-
-La varonil figura de Gómez y las recomendaciones de Garmendia
-predispusieron desde luego mi ánimo en favor del nuevo destinado.
-
-Á mi turno, pues, se lo recomendé al capitán de la compañía de
-granaderos, diciéndole todo lo que me había prevenido Garmendia.
-
-El tiempo corrió...
-
-Gómez cumplía estrictamente sus obligaciones; circunspecto y callado,
-con nadie se metía, á nadie incomodaba. Los oficiales le estimaban y
-los soldados le respetaban por su porte. De vez en cuando le buscaban
-para tirarle la lengua y arrancarle tal cual agudeza correntina.
-
-En ese tiempo yo era mayor y jefe interino del batallón 12 de línea.
-Todos los sábados pasaba personalmente una revista general.
-
-Me parece que lo estoy viendo á Gómez en las filas cuadrado á plomo,
-inmóvil como una estatua, serio, melancólico, con su fusil reluciente,
-con su correaje lustroso, con su equipo tan aseado que daba gusto.
-
-Gómez no tardó en volver á ser cabo.
-
-Habrían pasado cinco meses.
-
-Un día, paseábame yo á lo largo de la sombra que proyectaba mi
-alojamiento, que era una hermosa carreta.
-
-Esto era en el célebre campamento de Tuyutí allá por el mes de agosto.
-
-En qué pensaba, cómo saberlo ahora. Pensaría en lo que amaba ó en la
-gloria, que son los dos grandes pensamientos que dominan al soldado.
-Recuerdo tan sólo que en una de las vueltas que di, una voz conocida me
-sacó de la abstracción en que estaba sumergido.
-
-Di media vuelta, y como á unos seis pasos á retaguardia, vi al cabo
-Gómez, cuadrado, haciendo la venia militar, doblándose para adelante,
-para atrás, á derecha é izquierda así como amenazando perder su centro
-de gravedad.
-
-Sus ojos brillaban con un fuego que no les había visto jamás.
-
-En el acto conocí que estaba ebrio.
-
-Era la primera vez desde que había entrado en el batallón.
-
-Por cariño y por las prevenciones que me había hecho Garmendia, le
-dirigí la palabra así.
-
---¿Qué quiere, amigo?
-
---Aquí te vengo á ver, ché Comandante, pa que me des licencia usted.
-
---¿Y para qué quieres licencia?
-
---Para ir á Itapirú á visitar una hermanita que me vino de la Esquina.
-
---Pero hijo, si no estás bueno de la cabeza.
-
---No, ché Comandante, no tengo nada.
-
---Bien, entonces, dentro de un rato, te daré la licencia, ¿no te parece?
-
---Sí, sí.
-
-Y esto diciendo, y haciendo un gran esfuerzo para dar militarmente la
-media vuelta y hacer como era debido la venia, Gómez giró sobre los
-talones y se retiró.
-
-Pasó ese día, ó mejor dicho llegó la tarde, y junto con ella Garmendia.
-
-Contéle que Gómez se había embriagado por primera vez, y me dijo que
-debía haberlo hecho para perder el miedo de hablar con el jefe, que
-cuando estaba en su batallón así solía hacer algunas veces.
-
-Como él y yo nos interesábamos en el hombre, sobre tablas entramos á
-averiguar cuánto tiempo hacía que estaba ebrio cuando habló conmigo.
-
-Llamé al capitán de granaderos, le hicimos varias preguntas y de ellas
-resultó exactamente lo que me acababa de decir Garmendia--que Gómez
-había tomado para atreverse á llegar hasta mí.
-
-Empezando por el sargento 1.º de su compañía y acabando por el capitán,
-á todos los que debía, les había pedido la venia para hablar conmigo,
-estando en perfecto estado; de lo contrario, no se la habrían concedido.
-
-Al otro día de este incidente, Gómez estaba ya bueno de la cabeza. Iba
-á llamarlo, mas entraba de guardia, según vi al formar la parada, y no
-quise hacerlo.
-
-Terminado su servicio, le llamé, y recordándole que tres días antes me
-había pedido una licencia, le pregunté si ya no la quería.
-
-Su contestación fué callarse y ponerse rojo de vergüenza.
-
---¿Por cuántos días quiere usted licencia, cabo?
-
---Por dos días, mi Comandante.
-
---Está bien; vaya usted, y pasado mañana, al toque de asamblea, está
-usted aquí.
-
---Está bien, mi Comandante.
-
-Y esto diciendo, saludó respetuosamente, y más tarde se puso en marcha
-para Itapirú, y á los dos días, cuando tocaban asamblea, la alegre
-asamblea, el cabo Gómez entraba en el reducto, de regreso de visitar á
-su hermana, bastante picado de aguardiente, cargado de tortas, queso y
-cigarros que no tardó en repartir con sus hermanos de armas.
-
-Yo también tuve mi parte, tocándome un excelente queso de Goya, que me
-mandaba su hermana, á quien no conocía.
-
-¡En el mundo no hay nada más bueno, más puro, más generoso que un
-soldado!
-
-El tiempo siguió corriendo.
-
-Marchamos de los campos de Tuyutí á los de Curuzú para dar el famoso
-asalto de Curupaití.
-
-Llegó el memorable día, y tarde ya, mi batallón recibió orden de
-avanzar sobre las trincheras.
-
-Se cumplió con lo ordenado.
-
-Aquello era un infierno de fuego. El que no caía muerto, caía herido
-y el que sobrevivía á sus compañeros contaba por minutos la vida. De
-todas partes llovían balas. Y lo que completaba la grandeza de aquel
-cuadro solemne y terrible de sangre, era que estábamos como envueltos
-en un trueno prolongado, porque las detonaciones del cañón no cesaban.
-
-Á los cinco minutos de estar mi batallón en el fuego sus pérdidas eran
-ya serias--muchos muertos y heridos yacían envueltos en su sangre,
-intrépidamente derramada por la bandera de la patria.
-
-Recorriendo de un extremo á otro hallé al cabo Gómez, herido en una
-rodilla, pero haciendo fuego hincado.
-
---Retírese, cabo, le dije.
-
---No, mi Comandante--me contestó,--todavía estoy bueno, y siguió
-cargando su fusil y yo mi camino.
-
-Al regresar de la extrema derecha del batallón á la izquierda, volví á
-pasar por donde estaba Gómez.
-
-Ya no hacía fuego hincado, sino echado de barriga, porque acababa de
-recibir otro balazo en la otra pierna.
-
---Pero cabo, retírese, hombre, se lo ordeno, le dije.
-
---Cuando usted se retire, mi Comandante, me retiraré,--repuso, y
-echando un voto, agregó:--¡paraguayos, ahora verán!
-
-Y ebrio con el olor de la pólvora y de la sangre, hacía fuego y cargaba
-su fusil con la rapidez del rayo como si estuviese ileso.
-
-Aquel hombre era bravo y sereno como un león.
-
-Ordené á algunos heridos leves que se retiraban que le sacaran de allí,
-y seguí para la izquierda.
-
-El asalto se prolongaba...
-
-Yendo yo con una orden recibí un casco de metralla en un hombro, y no
-volví al fuego de la trinchera.
-
-Pocos minutos después, el ejército se retiraba salpicado con la sangre
-de sus héroes, pero cubierto de gloria.
-
-Para pasar el parte, fué menester averiguar la suerte que le había
-cabido á cada uno de los compañeros.
-
-Esta ceremonia militar es una de las más tristes.
-
-Es una revista en la que los vivos contestan por los muertos, los sanos
-por los heridos.
-
-¿Quién no ha sentido oprimirse su pecho después de un combate, durante
-ese acto solemne?
-
---¡Juan Paredes!
-
---¡Presente!
-
---¡Pedro Torres!
-
---¡Herido!...
-
---¡Luis Corro!...
-
---¡Muerto!...
-
-¡Ah! ese «¡muerto!» hace un efecto que es necesario sentirlo para
-comprender toda su amargura.
-
-Según la revista que se pasó en el 12 de línea por el teniente 1.º D.
-Juan Pencienati, que fué el oficial más caracterizado que regresó sano
-y salvo del asalto de Curupaití, y según otras averiguaciones que se
-tomaron, conforme á la práctica, resultó que el cabo Gómez había muerto
-y por muerto se le dió.
-
-En la visita que se mandó pasar á los hospitales de sangre, no se halló
-al cabo Gómez.
-
-Para mí no cabía duda, de que Gómez si no había muerto, había caído
-prisionero herido.
-
-Los soldados decían:--No señor, el cabo Gómez ha muerto. Nosotros lo
-hemos visto echado boca abajo al retirarnos de la trinchera con la
-bandera.
-
-Yo sentía la muerte de todos mis soldados como se siente la separación
-eterna de objetos queridos.
-
-Pero, lo confieso, sobre todos los soldados que sucumbieron en esa
-jornada de recuerdo imperecedero, el que más echaba de menos era el
-cabo Gómez.
-
-La actitud de ese hombre obscuro, tendido de barriga, herido en las
-dos piernas y haciendo fuego con el ardor sagrado del guerrero, estaba
-impresa en mí con indelebles caracteres.
-
-Esta visión no se borrará jamás de mi memoria. Perderé el recuerdo de
-ella cuando los años me hayan hecho olvidar todo.
-
-Y por hoy termino aquí; y mañana proseguiré mi cuento.
-
-Hoy te he narrado sencillamente la muerte de un vivo, mañana te contaré
-la vida de un muerto.
-
-Si lo de hoy te ha interesado, lo de mañana también te interesará.
-
-Á los del fogón que me escucharon les sucedió así.
-
-
-
-
- VI
-
- Regreso de Curupaití.--Resurrección del cabo Gómez.--Cómo se
- salvó.--Sencillo relato.--Posibilidad de que un pensamiento se
- realice.--Dos escuelas filosóficas.--Un asesinato que nadie había
- visto.--Sospechas.
-
-
-El ejército volvió á ocupar sus posiciones de Tuyutí; mi batallón su
-antiguo reducto.
-
-Durante algún tiempo fué pan de cada día conversar del asalto de
-Curupaití, ora para hacer su crítica, ora para recordar los héroes que
-cayeron mortalmente heridos aquel día de luto.
-
-La sucesión del tiempo, nuevos combates, otros peligros iban haciendo
-olvidar las nobles víctimas.
-
-Sólo persistían en el espíritu el recuerdo de los predilectos--de esos
-predilectos del corazón, cuya imagen querida no desvanecen ni el dolor
-ni la alegría.
-
-De cuando en cuando, los hospitales de Itapirú, de Corrientes y de
-Buenos Aires, nos remitían pelotones de valientes curados de sus
-gloriosas y mortales heridas.
-
-La humanidad y la ciencia hacían en esa época de lucha diaria y cruenta
-verdaderos milagros.
-
-¡Cuántos que salieron horriblemente mutilados del campo de batalla,
-no volvieron á los pocos días á empuñar con mano vigorosa el acero
-vengador!
-
-Los que mandaban cuerpos, enviaban de tiempo en tiempo oficiales de
-confianza á revisar los hospitales, tomar buena nota de sus enfermos ó
-heridos respectivos y socorrerlos en cuanto cabía.
-
-Yo tenía frecuentes noticias de los hospitales de Itapirú y de
-Corrientes. Los enfermos seguían bien. Día á día esperaba algunas altas.
-
-Pensaba en esto quizá cierta mañana, paseándome, según mi costumbre,
-por el parapeto de la batería, cuyos cañones tenían constantemente
-dirigidas sus elocuentes y fatídicas bocas al montecito de
-Yataytí-Corá, cuando un ayudante vino á anunciarme:
-
---Señor, una alta del hospital.
-
-Su fisonomía traicionaba una sorpresa.
-
---¿Y quién, hombre?
-
---Un muerto.
-
---¿Cuál de ellos?
-
---El cabo Gómez.
-
-Al oirle salté impaciente y alegre del parapeto á la explanada,
-corriendo en dirección al rancho de la Mayoría.
-
-La noticia de la aparición del cabo Gómez ya había cundido por las
-cuadras.
-
-Cuando llegué á la puerta de la Mayoría, un grupo de curiosos la
-obstruía.
-
-Me abrieron paso y entré.
-
-El cabo Gómez estaba de pie, apoyado en su fusil, y llevaba la mochila
-terciada. Sus vestiduras estaban destrozadas, su rostro pálido, habíase
-adelgazado mucho y costaba reconocerle.
-
-Realmente, parecía un resucitado.
-
-Le di un abrazo, y ordené en el acto que prepararan un baile para
-celebrar esa noche la resurrección de un compañero y el regreso del
-primer herido.
-
-El batallón era un barullo. Todos querían ver á un tiempo al cabo; los
-unos le hacían señas con la cabeza, los otros con las manos, los que no
-podían verle bien, se trepaban sobre el moginete de los ranchos; nadie
-se atrevía á dirigirle la palabra interrumpiéndome á mí.
-
---¿Y cómo te ha ido, hombre?
-
---Bien, mi Comandante.
-
---¿Dónde está la alta?--pregunté al oficial encargado de la Mayoría.
-
-Diómela, y notando que era de un hospital brasileño, me dirigí al cabo.
-
---¿Qué, has estado en un hospital brasileño?
-
---Sí, mi Comandante.
-
---¿Y cómo te salvaste de Curupaití? Cuando yo te ordené salieras de la
-trinchera ya estabas herido de las dos piernas, no te podías mover.
-
---Mi Comandante, cuando los demás se retiraron con la bandera, viendo
-yo que nadie me recogía, porque no me oían ó no me veían, me arrastré
-como pude, y me escondí en unas pajas á ver si en la noche me podía
-escapar.
-
---¿Y cómo te escapaste?
-
---Cuando los nuestros se retiraron, los paraguayos salieron de la
-trinchera y comenzaron á desnudar los heridos y los muertos. Yo estaba
-vivo, pero muy mal herido, y como vi que mataban á algunos que estaban
-_penando_, me acabé de hacer el muerto á ver si me dejaban. No me
-tocaron, anduvieron dando vueltas cerca de mí y no me vieron. Lo que
-la noche se puso obscura, hice fuerza para levantarme y me levanté y
-caminé agarrándome del fusil, que es este mismo, mi Comandante.
-
-Un silencio profundo reinaba en aquel momento. Todos contenían hasta la
-respiración, para no perder una palabra de las del cabo.
-
---¿Y por dónde saliste?
-
---Esa noche no pude salir, porque no era baqueano, y me perdí varias
-veces, y me costaba mucho caminar; porque me dolían los balazos. Pero
-así que vino la mañanita, ya supe dónde debía de ir, porque oí la
-diana de los brasileños. Seguí el rumbo y el humo de un vapor, y salí
-á Curuzú. Allí había muchos heridos, que estaban embarcando; á mí me
-embarcaron con ellos y me llevaron á Corrientes, y allí he estado en el
-hospital, y ya estoy muy mejor, mi Comandante, y me he venido porque ya
-no podía aguantar las ganas de ver el batallón.
-
---¡Viva el cabo Gómez, muchachos!--grité yo.
-
---¡Viva!--contestaron los muy bribones, que nunca son más felices que
-cuando se les incita al desorden y se les deja en libertad de retozar.
-
-Y se lo llevaron al cabo Gómez en triunfo, dándole mil bromas, y siendo
-su venida inesperada un motivo de general animación y contento durante
-muchas horas.
-
-Estas escenas de la vida militar, aunque frecuentes, son indescribibles.
-
-Garmendia vino esa tarde á compartir mi pucherete, mi asado flaco y mi
-fariña, sabiendo ya por uno de sus asistentes, que el cabo Gómez había
-resucitado.
-
-Garmendia tiene fibras de soldado y estaba infantilmente alegre del
-suceso; así fué que la primera cosa que me dijo al verme, fué:
-
---Conque el cabo Gómez no había muerto en Curupaití, ¡cuánto me
-alegro!--¿Y dónde está, llámelo, vamos á preguntarle cómo se escapó?
-
-Contéle entonces todo lo que acababa de referirme el cabo; pero como
-se empeñase en verle la cara, le hice venir.
-
-Interrogado por Garmendia, repitió lo que ya sabemos, con algunos
-agregados, como por ejemplo, que la noche que estuvo oculto, él mismo
-se ligó las heridas, haciendo hilas y vendas de la ropa de un muerto.
-
-Contónos también que estaba muy triste y avergonzado, porque en
-los primeros momentos del fuego, el día de Curupaití, el alférez
-Guevara le había pegado un bofetón, creyendo que estaba asustado, y
-diciéndole:--¡eh! haga fuego, déjese de mirar el oído del fusil.
-
-Que él no había estado asustado ese día, que cuando el Alférez le
-pegó, estaba limpiando la chimenea de su arma, que sólo se asustó un
-poco cuando los paraguayos salieron de sus posiciones, desnudando y
-matando, porque no tenía fuerzas para defenderse, y le dió miedo que lo
-ultimaran sin poder hacerles cara.
-
-Y todo esto era dicho con una ingenuidad que cautivaba, dando la medida
-del temple de ese corazón de acero.
-
-Garmendia gozaba como en el día de sus primeras revelaciones. Yo me
-sentía orgulloso de contar en mis filas un nene como aquél.
-
-Confieso que le amaba.
-
-Esa misma noche, y con motivo de las interminables preguntas
-de Garmendia, supe que Gómez había padecido en otro tiempo de
-alucinaciones.
-
-Explicónos en su media lengua, lo mejor que pudo, que en Buenos Aires,
-siendo más joven, había tenido una querida. Que esta mujer le había
-sido infiel y que había estado preso por una puñalada que le diera.
-
-Al recordarla, una especie de celaje sombrío envolvió su rostro, al
-mismo tiempo que cierta sonrisa tierna vagó por sus labios.
-
-La curiosidad aumentaba el interés de ese tipo, crudo, enérgico y
-fuerte, tan común en nuestro país.
-
-Inquiriendo las causas que armaron el brazo de este Otelo correntino,
-sacamos en limpio que su querida no había faltado á los compromisos
-contraídos ó á la fe jurada.
-
-Que en sueños, mientras dormían juntos, la había visto en brazos de un
-rival, que él aborrecía mucho; que cuando se despertó, el hombre no
-estaba allí, pero él lo veía patente; que lo hirió en el corazón, y
-que, á un grito de su querida, volvió en sí, despertándose del todo, y
-viendo entonces que estaban los dos solos y que su cuchillo se había
-clavado en el pecho de su bien amada.
-
-Este relato debe conservarse indeleble en la memoria de Garmendia;
-porque esa noche después, me dijo varias veces que si no pensaba
-escribir aquello.
-
-Yo entonces tenía mi espíritu en otra línea de tendencias y no lo hice
-nunca.
-
-Á no ser mi excursión á Tierra Adentro, la historia de Gómez queda
-inédita, en el archivo de mis recuerdos.
-
-Creerán algunos que á medida que corre la pluma voy fraguando cosas
-imaginarias, por llenar papel y aumentar el efecto artificial de estas
-mal zurcidas cartas.
-
-Y sin embargo todo es cierto.
-
-Los abismos entre el mundo real y el mundo imaginario no son tan
-profundos.
-
-La visión puede convertirse en una amable ó en una espantosa realidad.
-
-Las ideas son precursoras de hechos.
-
-Hay más posibilidad de que lo que yo pienso sea, que seguridad de que
-un acontecimiento cualquiera se repita.
-
-Las viejas escuelas filosóficas discurrían al revés.
-
-El pasado no prueba nada. Puede servir de ejemplo, de enseñanza no.
-
-Pero me echo por esos trigales de la pedantería y temo perderme en
-ellos.
-
-Gómez nos hizo pasar una noche amena.
-
-Al día siguiente otras impresiones sirvieron de pasto á la
-conversación; sin duda alguna que nada hay tan fecundo para la cabeza y
-para el corazón como dos ejércitos que se acechan, que se tirotean y se
-cañonean desde que sale el sol hasta que se pone.
-
-Gómez dejó de ocupar por algún tiempo la atención de Garmendia y la mía.
-
-¡Qué persistencia de personalidad!
-
-Una mañana regresando á caballo á mi reducto, pasé como de costumbre
-por el campamento del viejo querido Mateo J. Martínez.
-
-Jamás lo hacía sin recibir ó dar alguna broma.
-
-Este viejo en prospecto, para que no se enfade, si desconoce su
-actualidad, tiene la facilidad difícil de hacerse querer de cuantos le
-tratan con intimidad.
-
-Iba á decir, que al pasar por el alojamiento de don Mateo, supe por él
-que en mi batallón había tenido lugar un suceso desagradable.
-
---¿Usted paseando, amigo, y en su reducto matando vivanderos?
-
---¡No embrome, viejo!
-
---¿Que no embrome? Vaya y verá.
-
-Piqué el caballo y lleno de ansiedad y confusión partí al galope,
-llegando en un momento á mi reducto.
-
-No tuve necesidad de interrogar á nadie.
-
-Un hombre maniatado que rugía como una fiera en la guardia de
-prevención me descorrió el velo de misterio.
-
---¡Desaten ese hombre!--grité con inexplicable mezcla de coraje y
-tristeza.
-
-Y en el acto el hombre fué desatado, y los rugidos cesaron, oyéndose
-sólo:
-
---Quiero hablar con mi Comandante.
-
-Vino el Comandante de campo, y en dos palabras me explicó lo acontecido.
-
---¡Han asesinado á un vivandero que estaba de visita en el rancho del
-alférez Guevara!
-
---¿Quién?
-
---El cabo Gómez.
-
---¿Y quién lo ha visto?
-
---Nadie, señor; pero se sospecha sea él, porque está ebrio, y murmura
-entre dientes:--Había jurado matarlo, ¡un bofetón á mí!...
-
-¡Me quedé aterrado!
-
-Pasé el parte sin mentar á Gómez.
-
-Y aquí termino hoy.
-
-Lo que no tiene interés en sí mismo, puede llegar á picar la curiosidad
-del amigo y de los lectores, según el método que se siga al hacer la
-relación.
-
-El cabo Gómez queda preso.
-
-
-
-
- VII
-
- Presentimientos de la multitud.--Un asesino sin saberlo.--Deseos
- de salvarle.--Averiguaciones.--Un fiscal confuso.--Juicios
- contradictorios.--Agustín Mariño, auditor del Ejército
- Argentino.--Consejo de Guerra.--Dudas.--Sentencia del cabo Gómez.--Se
- confirma la pena de muerte.--Preparativos.--La ejecución.--Una
- aparición.
-
-
-Un hombre había sido asesinado en pleno día durante la luz meridiana,
-en un recinto estrecho, de cien varas cuadradas, en medio de
-cuatrocientos seres humanos con ojos y oídos; el cadáver estaba ahí
-encharcado en su sangre humeante, sin que nadie le hubiera tocado aún
-cuando yo penetré en el reducto,--y nadie, nadie, absolutamente nadie,
-podía decir, apoyándose en el testamento inequívoco de sus sentidos, el
-asesino es fulano.
-
-Y sin embargo, todo el mundo tenía el presentimiento de que había sido
-el cabo Gómez y algunos lo afirmaban, sin atreverse á jurar que lo
-fuera.
-
-¡Qué extraño y profético instinto el de las multitudes!
-
-Inmediatamente que pasé el parte, que se redujo á dar cuenta del hecho
-y á pedir permiso para levantar una sumaria, traté de averiguar lo
-acontecido.
-
-Cuando vino la contestación correspondiente, yo estaba convencido ya de
-que el asesino era el cabo Gómez.
-
-El hombre que viendo al extranjero amenazar su tierra marcha cantando
-á las fronteras de su patria; que cruza ríos y montañas, que no le
-detienen murallas ni cañones, que todo lo sacrifica, tiempo, voluntad,
-afecciones, y hasta la misma vida, que si se le grita ¡_arriba_! se
-levanta, ¡_adelante_! marcha, ¡_muere ahí_! ahí muere, en el momento
-quizá más dulce de la existencia, cuando acaba de recibir tiernas
-cartas de su madre y de su prometida, que esperanzadas en la bondad
-inmensa de Dios, le hablan del pronto regreso al hogar, ¿ese hombre no
-merece que en un instante solemne de la vida se haga algo por él?
-
-Eso hice yo. Y para que no me quedase la menor duda de que el asesino
-era el indicado, le hice comparecer ante mí, é interrogándole con
-esa autoridad paternal y despótica del jefe, me hice la ilusión de
-arrancarle sin dificultad el terrible secreto.
-
-El cabo estaba aún bajo la influencia deletérea del alcohol; pero
-bastante fresco para contestar con precisión á todas mis preguntas.
-
---Gómez--le dije afectuosamente,--quiero salvarte; pero para
-conseguirlo necesito saber si eres tú el que ha muerto al hombre ese
-que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara.
-
-El cabo no respondió, clavándose sus ojos en los míos y haciendo un
-gesto de ésos que dicen--dejadme meditar y recordar.
-
-Dile tiempo, y cuando me pareció que el recuerdo le asaltaba, proseguí:
-
---Vamos, hijo, díme la verdad.
-
---Mi Comandante--repuso con el aire y el tono de la más perfecta
-ingenuidad,--yo no he muerto ese hombre.
-
---Cabo--agregué, fingiendo enojo,--¿por qué me engañas? ¿á mí me
-mientes?
-
---No, mi Comandante.
-
---Júralo, por Dios.
-
---Lo juro, mi Comandante.
-
-Esta escena pasaba lejos de todo testigo. La última contestación del
-cabo me dejó sin réplica y caí en meditación, apoyando mi nublada
-frente en la mano izquierda como pidiéndole una idea.
-
-No se me ocurrió nada.
-
-Le ordené al cabo que se retirara.
-
-Hizo la venia, dió media vuelta y salió de mi presencia, sin haber
-cambiado el gesto que hizo cuando le dirigí mi primera pregunta.
-
-Á pocos pasos de allí le esperaban dos custodias que le volvieron á la
-guardia de prevención.
-
-Yo llamé á un ayudante y dicté una orden para que el alférez don Juan
-Álvarez Ríos procediese sin dilación á levantar la sumaria debida.
-
-Álvarez era el fiscal menos aparente para descubrir ó probar lo
-acaecido; por eso me fijé en él. No porque fuera negado, al contrario,
-sino porque es uno de esos hombres de imaginación impresionable,
-inclinados á creer en todo lo que reviste caracteres extraordinarios ó
-maravillosos.
-
-Á pesar del juramento del cabo, yo tenía mis dudas, y estaba resuelto
-á salvarle, aunque resultasen vehementes indicios contra él de lo que
-Álvarez inquiriese.
-
-Volví, pues, á tomar nuevas averiguaciones con el doble objeto de
-saber la verdad y de mistificar la imaginación de Álvarez, previniendo
-mañosamente el ánimo de algunos.
-
-Por su parte, Álvarez se puso en el acto en juego, no habiéndoselas
-visto jamás más gordas.
-
-Empezó por el reconocimiento médico del cadáver, registro, etc., y
-luego que se llenaron las primeras formalidades, vino á mí para hacerme
-saber que en los bolsillos del muerto se había hallado algún dinero,
-creo que sesenta pesos, y consultarme qué haría con ellos.
-
-Díjele lo que debía hacer, y así como quien no quiere la cosa, agregué:
-¿No le decía á usted que Gómez no podía ser el asesino? Se habría
-robado el dinero.
-
-Esta vulgaridad surtió todo el efecto deseado, porque Álvarez me
-contestó: Eso es lo que yo digo, aquí hay algo.
-
-Más tarde volvió á decirme que se había encontrado un cuchillo
-ensangrentado cerca del lugar del crimen; pero que habiendo muchos
-iguales no se podía saber si era el del cabo Gómez ó no; que después lo
-sabría y me lo diría, porque era claro que si Gómez tenía el suyo, el
-asesino no podía ser él.
-
-Aunque era cierto que la desaparición del cuchillo de Gómez podría
-probar algo, también podría no probar nada. Era, sin embargo, mejor que
-resultase que el cabo tenía el suyo.
-
-Otro cabo, Irrizábal, hombre de toda mi confianza, que había sido mi
-asistente mucho tiempo, fué de quien me valí para saber si Gómez tenía
-ó no su cuchillo.
-
-Irrizábal estaba de guardia, de manera que no tardé en salir de mi
-curiosidad.
-
-Gómez tenía su cuchillo, y en la cintura nada menos.
-
-Quedéme perplejo al saberlo.
-
-Voy á pasar por alto una infinidad de detalles. Sería cosa de nunca
-acabar.
-
-Álvarez siguió fiscalizando los hechos, enredándose más á medida que
-tomaba nuevas declaraciones; lo que sobre todo acabó de hacerle perder
-su latín, fué la declaración de Gómez,--que negó rotundamente haber
-asesinado á nadie.
-
-Unas cuantas manchas de sangre que tenía en la manga de la camisa,
-cerca del puño, dijo que debían ser de la carneada.
-
-Efectivamente, esa mañana había estado en el matadero del ejército, con
-un pelotón de su compañía que salió de fajina.
-
-Y para mayor confusión, resulta que se había dado un pequeño tajo en el
-pulgar de la mano izquierda, con el cuchillo de otro soldado.
-
-No obstante, la conciencia del batallón--sin que nadie hubiese afirmado
-terminantemente cosa alguna contra Gómez,--seguía siendo la conciencia
-del primer momento; Gómez es el asesino.
-
-Al fin, acabó por haber dos partidos--uno de los oficiales y de los
-soldados más letrados,--otro de los menos avisados, que era el partido
-de la gran mayoría.
-
-La minoría sostenía que Gómez no era el asesino del vivandero, y hasta
-llegó á susurrarse que éste y el alférez Guevara habían tenido una
-disputa muy acalorada, insinuando otros con malicia que Guevara le
-había dado mucho dinero.
-
-Álvarez estaba desesperado de tanta versión y opinión contradictoria,
-y sobre todo, lo que más le trabucaba era la opinión mía, favorable en
-todas las emergencias que sobrevenían á la causa de Gómez.
-
-Los oficiales más diablos le tenían aterrado, zumbándole al oído que
-sería severamente castigado si nada probaba, y con mucha más razón si
-sin pruebas ponía una vista contra Gómez.
-
-El pobre Alférez iba y venía en busca de mi inspiración, y salía
-siempre cabizbajo con esta reflexión mía:
-
-¡Cuántas veces no pagan justos por pecadores!
-
-Como era natural, la sumaria no tardó en estar lista. En campaña el
-término es limitadísimo para estos procedimientos.
-
-Fué elevada, y sobre la marcha se ordenó que el cabo Gómez fuera
-juzgado en Consejo de Guerra ordinario.
-
-El Auditor del Ejército, joven español lleno de corazón y de talento,
-que sirvió como un bravo, que luchó como un hombre templado á la
-antigua, contra el cólera dos veces, contra la fiebre intermitente,
-contra todas las demás plagas del Paraguay, y que ha muerto en el
-olvido, que así suele pagar la patria la abnegación, era mi particular
-amigo; yo le había colocado al lado del General Emilio Mitre cuando
-dejé de ser su secretario militar.
-
-Por él supe lo que contenía la causa de Gómez--que Álvarez, á pesar de
-su notoria inhabilidad, algo había descubierto, que arrojaba sospechas
-de que Gómez era el verdadero autor del crimen.
-
-Nombrado el Consejo, y prevenido yo por Mariño, procuré con el mayor
-empeño hacer atmósfera en pro de mi protegido, viendo á los vocales,
-conversándoles del suceso y diciéndoles qué clase de hombre era el
-acusado, sus servicios, su valor heroico y el amor que por esas razones
-le tenía.
-
-Reunióse el Consejo el día y hora indicados, y Gómez fué llevado ante
-él, con todas las formalidades y aparato militar, que son imponentes.
-
-La opinión del batallón se había hecho mientras tanto unánime contra
-Gómez. Sólo había disputas sobre su suerte. Los unos creían que sería
-fusilado; los otros que no, que sería recargado, porque el General en
-Jefe, en presencia de sus méritos y servicios, que ya haría constar,
-le conmutaría la pena, dado el caso que el Consejo le sentenciara á
-muerte.
-
-Yo era el único que no tenía opinión fija.
-
-Parecíame á veces que Gómez era el asesino, otras dudaba, y lo único
-que sabía positivamente era que no omitiría esfuerzo por salvarle la
-vida.
-
-Á fin de no perder tiempo, asistí como espectador al juicio, mas
-viendo que el ánimo de algunos era contrario á mi ahijado, me disgusté
-sobremanera y me volví á mi campo sumamente contrariado.
-
-Se leyó la causa, y cuando llegó el momento de votar, el Consejo se
-encontró atado. En conciencia, ninguno de los vocales se atrevía á
-fallar condenando ó absolviendo.
-
-Entonces, guiado el Consejo por un sentimiento de rectitud y de
-justicia, hizo una cosa indebida.
-
-Remitieron los autos y resolvieron esperar. Y volviendo éstos sin
-tardanza, el Consejo Ordinario se convirtió en Consejo de Guerra
-verbal, teniendo el acusado que contestar á una porción de preguntas
-sugestivas, cuyo resultado fué la condenación del cabo.
-
-Los que presenciaron el interrogatorio me dijeron que el valiente de
-Curupaití no desmintió un minuto siquiera su serenidad, que á todas las
-preguntas contestó con aplomo.
-
-Antes de que el cabo estuviera de regreso del Consejo, ya sabía yo cuál
-había sido su suerte en él.
-
-Púseme en movimiento, pero fué en vano. Nada conseguí. El superior
-firmó la sentencia del Consejo y al día siguiente, en la Orden General
-del Ejército, salió la orden terrible mandando que Gómez fuera pasado
-por las armas al frente de su batallón, con todas las formalidades de
-estilo.
-
-No había que discutir ni que pensar en otra cosa, sino en los últimos
-momentos de aquel valiente infortunado.
-
-¡La clemencia es caprichosa!
-
-Los preparativos consistieron en ponerle en capilla y en hacer llamar
-al confesor.
-
-Todos habían acusado á Gómez y todos sentían su muerte.
-
-El cabo oyó leer su sentencia sin pestañear, cayendo después en una
-especie de letargo. Yo me acerqué varias veces á la carpa en que se le
-había confinado, hablé en voz alta con el centinela y no conseguí que
-levantara la cabeza.
-
-El confesor llegó; era el padre Lima.
-
-Gómez era cristiano y le recibió con esa resignación consoladora, que
-en la hora angustiosa de la muerte da valor.
-
-El padre estuvo un largo rato con el reo, y dejándole otro solo,
-como para que replegase su alma sobre sí misma, vino donde yo estaba
-encantado de la grandeza de aquel humilde soldado.
-
-Quise preguntarle si le había confesado algo del crimen que se
-le imputaba, y me detuve ante esa interrogación tremenda, por un
-movimiento propio y una admonición discreta del sacerdote, que sin duda
-conoció mi intención y me dijo: «queda preparándose».
-
-Yo pasé la noche en vela junto con el padre. Él por sus deberes, y yo
-por mi dolor, que era intenso, verdadero, imponderable, no podíamos
-dormir.
-
-Quería y no quería hablar por última vez con el cabo.
-
-Me decidí á hacerlo.
-
-¡Pobre Gómez! Cuando me vió entrar agachándome en la carpa, intentó
-incorporarse y saludarme militarmente. Era imposible por la estrechez.
-
---No te muevas, hijo,--le dije.
-
-Permaneció inmóvil.
-
---Mi Comandante--murmuró.
-
-Al oir aquel mi Comandante, me pareció escuchar este reproche amargo:
-Usted me deja fusilar.
-
---He hecho todo lo posible por salvarte, hijo.
-
---Ya lo sé, mi Comandante--repuso, y sus ojos se arrasaron en lágrimas,
-y los míos también, abrazándonos.
-
-Dominando mi emoción, le pregunté:
-
---¿Cómo hiciste eso?
-
---Borracho, mi Comandante.
-
---¿Y cómo me lo negaste el primer día?
-
---Usted me preguntó por un vivandero, y yo creía haber muerto al
-alférez Guevara.
-
---¿Ésa fué tu intención?
-
---Sí, mi Comandante, me había dado un bofetón el día del asalto de
-Curupaití, sin razón alguna.
-
---¿Y qué has confesado en el Consejo?
-
---Mi Comandante, no lo sé. Yo he creído que el muerto era el Alférez.
-Me han preguntado tantas cosas que me he perdido.
-
-Salí de allí.
-
-Hablé con el padre, y le rogué le preguntara á Gómez qué quería.
-
-Contestó que nada.
-
-Le hice preguntar si no tenía nada que encargarme, que con mucho gusto
-lo haría.
-
-Contestó que cuando viniese el Comisario le recogiese sus sueldos; que
-le pagase un peso que le debía al sargento 1.º de su compañía y que el
-resto se lo mandara á su hermana que vivía en la Esquina, villorrio de
-Corrientes rayano de Entre Ríos.
-
-Pasó la noche tristemente y con lentitud.
-
-El día amaneció hermoso, el batallón sombrío.
-
-Nadie hablaba. Todos se aprestaban en sepulcral silencio para las ocho.
-
-Era la hora funesta y fatal.
-
-La orden, que yo presidiera la ejecución.
-
-No lo hice porque no podía hacerlo. Estaba enfermo.
-
-Mi segundo salió con el batallón y mandó el cuadro.
-
-Yo me quedé en mi carreta. La caja batía marcha lúgubremente.
-
-Yo me tapé los oídos con entrambas manos.
-
-No quería oir la fatídica detonación.
-
-Después me refirieron cómo murió Gómez.
-
-Desfiló marcialmente por delante del batallón, repitiendo el rezo del
-sacerdote.
-
-Se arrodilló delante de la bandera, que no flameaba sin duda de
-tristeza.
-
-Le leyeron la sentencia, y dirigiéndose con aire sombrío á sus
-camaradas, dijo con voz firme, cuyo eco repercutió con amargura:
-
---¡Compañeros: así paga la Patria á los que saben morir por ella!
-
-Textuales palabras, oídas por infinitos testigos que no me desmentirán.
-
-Quisieron vendarle los ojos y no quiso.
-
-Se hincó... Un resplandor brilló... los fusiles que apuntaron... oyóse
-un solo estampido... Gómez había pasado al otro mundo.
-
-El batallón volvió á sus cuadras y los demás piquetes del Ejército á
-las suyas, impresionados con el terrible ejemplo, pero llorando todos
-al cabo Gómez.
-
-Á los pocos días yo tuve una aparición... Decididamente hay vidas
-inmortales.
-
-
-
-
- VIII
-
- El Palmar de Yataití.--Sepulcro de un soldado.--Su memoria.--Sus
- últimos deseos cumplidos.--El rancho del General Gelly y lo que allí
- pasó.--Resurrección.--Visión realizada.--Fanatismo.
-
-
-Á inmediaciones de mi reducto estaba el Palmar de Yataití, donde tantos
-y tan honrosos combates para las armas argentinas tuvieron lugar.
-
-Allí fué enterrado el cabo Gómez, y sobre su sepulcro mandé colocar una
-tosca cruz de pino con esta inscripción:
-
-«Manuel Gómez, cabo del 12 de línea.»
-
-Durante algunas horas su memoria ocupó tristemente la imaginación de
-mis buenos soldados. Y, poco á poco, el olvido, el dulce olvido fué
-borrando las impresiones luctuosas de ese día. Al siguiente, si su
-nombre volvió á ser mentado, no fué ya á impulsos del dolor sufrido.
-
-Así es la vida, y así es la humanidad. Todo pasa felizmente, en
-una sucesión constante, pero interrumpida, de emociones tiernas ó
-desagradables, profundas ó superficiales.
-
-Ni el amor, ni el odio, ni el dolor, ni la alegría, absorben por
-completo la existencia de ningún mortal. Sólo Dios es imperecedero.
-
-La muchedumbre olvidó luego, como ves, el trágico fin del cabo.
-
-Yo me dispuse á cumplir sus últimas voluntades.
-
-Llamé al sargento 1.º de la compañía de Granaderos, y con esa
-preocupación fanática que nos hace cumplir estrictamente los caprichos
-póstumos de los muertos queridos, le pagué _el peso_ que le debía el
-cabo.
-
-Confieso que después de hacerlo sentía un consuelo inefable.
-
-¡Cuesta tanto á veces cumplir las pequeñeces!
-
-Es por eso que el hombre debe ser observado y juzgado por sus obras
-chicas, no por sus obras grandes.
-
-En el cumplimiento de las últimas está interesado generalmente el honor
-ó el crédito, el amor propio ó el orgullo, el egoísmo ó la ambición.
-
-En el cumplimiento de las primeras no influye ninguno de esos poderosos
-resortes del alma humana, sino la conciencia.
-
-Cancelada la deuda con el sargento, me quedaba por hacer la remisión
-prometida de los haberes devengados de Gómez á la Esquina.
-
-Esperar el Comisario era un sueño. ¿Cuándo vendría éste? Y si venía,
-¿estaría yo vivo? ¿Me entregaría, sobre todo, los sueldos del cabo? ¿El
-Estado no es el heredero infalible de nuestros soldados muertos en el
-campo de batalla, por él mismo ó por la libertad de la Patria, ó por su
-honor ultrajado?
-
-¿No es ésa la consecuencia del odioso é imperfecto sistema
-administrativo militar que tenemos?
-
-Gómez no era un soldado antiguo en mi batallón. Reservándome, pues,
-ver si recogía sus sueldos de Guardia nacional, resolví mandarle á su
-hermana los seis ú ocho que se le debían como soldado de línea.
-
-_Simbad_, el corresponsal del _Standard_, á la sazón en el teatro de la
-guerra, era vecino de la Esquina y mi antiguo amigo.
-
-Debo á él la iniciación en un mundo nuevo, la lectura del _Cosmos_, ese
-monumento imperecedero de la sapiencia del siglo XIX.
-
-De _Simbad_ iba á valerme para remitir á su destino la pequeña herencia.
-
-Habrían pasado _cincuenta y dos_ horas desde el instante en que el cabo
-Gómez, según dejo relatado, recibió en su pecho intrépido las balas de
-sus propios compañeros en cumplimiento de una orden y del más terrible
-de los deberes.
-
-Yo había ido de mi reducto, según costumbre que tenía, al alojamiento
-del jefe de Estado Mayor.
-
-Tenía éste dos puertas. Una que daba al Naciente y otra al Poniente.
-La última estaba abierta. El General Gelly escribía con una pausa
-metódica, que le es peculiar, en una mesita, cuya colocación variaba
-según las horas y la puerta por donde entraba el sol. Esta vez se
-hallaba colocada cerca de la puerta abierta. Yo estaba sentado en una
-silla de baqueta paraguaya, dándole la espalda.
-
-¿En qué pensaba?
-
-Probablemente, Santiago amigo, en lo mismo que aquel tipo de comedia de
-San Luis, que te ponderaba un día las delicias de su Estancia.
-
---Aquí me lo paso, te decía cierta hermosa tarde de primavera desde el
-corredor, que dominaba una vasta campiña, _pensando_... _pensando_...
-
-Y tú, interrumpiéndole, con tu sorna característica,--_en qué_... _en
-qué_...
-
-Y el pobre hombre contestaba: _en nada... en nada_...
-
-El General era distraído de su escritura á cada paso, por oficiales que
-se presentaban con distintas solicitudes,--dirigiéndole la palabra
-desde el dintel de la puerta.
-
-Yo seguía _pensando_...
-
-En el instante en que mi pensamiento se perdía, qué sé yo en qué
-nebulosa, un eco del otro mundo con tonada correntina, resonó en mis
-oídos.
-
---Aquí te vengo á ver V. E. para que...
-
-Mi sangre se heló, mi respiración se interrumpió... quise dar vuelta,
-¡imposible!
-
---Estoy ocupado--murmuró el General, y el ruido del rasguear de su
-pluma que no se interrumpió, produjo en mi cabeza un efecto nervioso
-semejante al que produce el rechinar estridoroso de los dientes de un
-moribundo.
-
---Haceme, ché, V. E., el favor...
-
---Estoy ocupado,--repitió el General.
-
-Yo sentí algo como cuando en sueños se nos figura que una fuerza
-invisible nos eleva de los cabellos hasta las alturas en que se ciernen
-las águilas.
-
-Debía estar pálido, como la cera más blanca.
-
-El General Gelly fijó casualmente su mirada en mí, y al ver la emoción
-angustiosa de que era presa, preguntóme con inquietud:
-
---¿Qué tiene usted?
-
-No contesté... Pero oí... El vértigo iba pasando ya.
-
-El General estaba confuso. Yo debía parecer muerto y no enfermo.
-
---¡Mansilla!--dijo.
-
---General--repuse, y haciendo un esfuerzo supremo, di vuelta la cabeza
-y miré á la puerta.
-
-Si hubiese sido mujer, habría lanzado un grito y me hubiera desmayado.
-
-Mis labios callaron; pero como suspendido por un resorte, y á la manera
-de esos maniquíes mortuorios que se levantan en las tablas de la escena
-teatral, fuime levantando poco á poco de la silla y como queriendo
-retroceder.
-
---Ché, V. E., hacé vos el favor,--volvió á oirse.
-
-El General Gelly se puso de pie, y dirigiéndose á la voz que venía de
-la puerta, contestó:
-
---¿Qué quieres?
-
-Yo sentí un sudor frío por mi frente, y llevando mi mano á ella y como
-queriendo condensar todas mis ideas y recuerdos ó hacerlos converger á
-un solo foco, miré al General y exclamé con pavor:
-
---El cabo Gómez.
-
-Efectivamente, el cabo Gómez estaba ahí, en la puerta del rancho del
-General, con el mismo rostro que tenía la noche que le vi por última
-vez.
-
-Sólo su traje había variado. No revestía ya el uniforme militar, sino
-un traje talar negro.
-
-Mis ojos estuvieron fijos en él un instante, que me pareció una
-eternidad.
-
-El General Gelly volvió á repetir:
-
---¿Vamos, qué quieres?--Y dirigiéndose á mí:--¿Está usted enfermo?
-
-La aparición contestó:
-
---Quiero que me dejes velar la crucecita de mi hermano.
-
---¿La crucecita de tu hermano?--repuso el General con aire de no
-entender bien.
-
---Sí, pues, Manuel Gómez, que ya murió...
-
-Y esto diciendo, echó á llorar, enjugando sus lágrimas con la punta del
-pañuelo negro que cubría sus hombros.
-
-Mientras se cambiaron esas palabras, yo volví en mí.
-
---¿Y dónde está la crucecita de tu hermano?--dijo el General.
-
---En el cementerio de la Legión Paraguaya.
-
-Entonces, tomando yo la palabra, como aquella desdichada mujer no
-podía dejar de interesarme, la dije:
-
---No, estás equivocada, la cruz de Gómez no está ahí.
-
---Yo sé--murmuró.
-
-Queriendo convencerla, la dije:
-
---Yo soy el jefe del 12 de línea, que era el cuerpo de tu hermano.
-
---Yo sé--murmuró, retrocediendo con marcada impresión de espanto.
-
---Yo tengo los sueldos de tu hermano para ti; ven á mi batallón, que
-está en el reducto de la derecha, te los daré y te haré enseñar dónde
-está su cruz.
-
---Yo sé--murmuró.
-
-Un largo diálogo se siguió. Yo pugnando porque la mujer fuera á mi
-reducto para darle los sueldos de su hermano é indicarle el sitio de su
-sepultura, y ella aferrada en que no, contestando sólo: _Yo sé._
-
-El General Gelly, picado por la curiosidad de aquel carácter tan tenaz,
-al parecer, la hizo varias preguntas:
-
---¿De dónde vienes?
-
---De la Esquina.
-
---¿Cuándo saliste de allí?
-
---Antes de ayer.
-
---¿Dónde supiste la muerte de tu hermano?
-
---En ninguna parte.
-
---¿Cómo en ninguna parte?
-
---En ninguna parte, pues.
-
---¿Te la han dado en Itapirú, ó aquí en el campamento?
-
---En ninguna parte.
-
---¿Y entonces, cómo la has sabido?
-
-La hermana de Gómez refirió entonces, con sencillez, que en sueños
-había visto á su hermano que lo llevaban á fusilar; que como sus sueños
-siempre le salían ciertos, había creído en la muerte de aquél, y que,
-tomando el primer vapor que pasó por la Esquina, se había venido á
-velar su crucecita, que estaba en el cementerio de los paraguayos, idea
-que era fija en ella.
-
-Á las interpelaciones del General Gelly siguieron las mías.
-
-El sueño de la hermana de Gómez había tenido lugar precisamente en
-el momento en que éste estaba en capilla recibiendo los auxilios
-espirituales.
-
-Un hilo invisible y magnético une la existencia de los seres amantes,
-que viven confundidos por los vínculos tiernísimos del corazón.
-
-Y como ha dicho un gran poeta inglés: «Hay más cosas en el cielo y en
-la tierra de las que ha soñado la filosofía.»
-
-Empeñéme con la mujer cuanto pude, á fin de que fuera á mi reducto,
-intentando seducirla con el halago de los sueldos de su hermano.
-
-¡Fué en vano!
-
-El General la despidió, diciéndole que podía velar la crucecita de su
-hermano.
-
-Y después de cambiar algunas palabras conmigo sobre aquel extraño sueño
-realizado, filosofando sobre la vida y la muerte, á mis solas, me volví
-á mi campo.
-
-Mandé llamar á Garmendia en el acto, y le relaté todo lo sucedido.
-
-Despachamos en seguida emisarios en busca de la hermana de Gómez.
-
-Halláronla, pero fué inútil luchar contra su inquebrantable resolución
-de no verme, y menos convencerla de que la crucecita de su hermano no
-estaba en el cementerio que ella decía.
-
-Esa noche hubo un velorio al que asistieron muchos soldados y mujeres
-de mi batallón prevenidos por mí.
-
-Por ellos supe que la hermana de Gómez, siendo yo el jefe del 12, me
-achacaba á mí su muerte, y, asimismo que en la Esquina tenía algunos
-medios de vivir, confirmando todos, por supuesto, que la noticia del
-fusilamiento se la dió Dios en sueños.
-
-Al día siguiente del velorio la mujer desapareció del ejército, sin que
-nadie pudiera darme de ella razón.
-
-El único mérito que tiene este cuento de fogón, que aquí concluye, es
-ser cierto.
-
-No todas las historias pueden reivindicar ese crédito.
-
-¿Si será verdad que el público no se ha dormido leyéndolo?
-
-Á los del fogón les pasaron distintas cosas.
-
-Cuando yo terminé, unos roncaban, otros (la mayor parte), dormían.
-
-Se oían sonar los cencerros de las tropillas; la luna despedía ya
-alguna claridad.
-
---¡Á caballo, cordobeses!--grité,--¡se acabaron los cuentos!
-
-Y todo el mundo se puso en movimiento, y un cuarto de hora después
-rumbeábamos en dirección á un oasis denominado Monte de la Vieja.
-
-¡Buenas noches! por no decir buenos días, ó salud, lector paciente.
-
-
-
-
- IX
-
- La Alegre.--En qué rumbo salimos.--¿Los viajes son un placer?--Por
- qué se viaja.--Monte de la Vieja.--El alpataco.--El zorro
- colgado.--Pollo-helo.--Us-helo.--Qué es aplastarse un
- caballo.--Coli-Mula.--La trasnochada.--Precauciones.
-
-
-La Alegre, es una laguna de agua dulce, permanente, cuyo nombre le
-cuadra muy bien, como que está situada en un accidente del terreno de
-cierta elevación, circunvalada de médanos y arbustos, que suministran
-una excelente leña, y de abundante pasto.
-
-Las cabalgaduras se dieron allí una buena panzada, que no se les
-indigestó. ¡Ojalá que á ti y al lector les sucediera lo mismo con el
-cuento del cabo Gómez! Si sucediese lo contrario, me vería en el caso
-de suprimir otros que deben venir á su tiempo.
-
-Nos pusimos en marcha.
-
-El rumbo, Sur, recto, ó _reuto_, como dicen los paisanos.
-
-El camino, ó mejor dicho, la rastrillada, cruzaba por un campo lleno
-de chañaritos espinosos. La luna estaba en su descenso, el cielo
-nublado, la noche obscura, de modo que no pudiendo ver con facilidad
-los objetos, á cada paso rehuía el caballo la senda por no espinarse,
-espinándose el jinete y evitando el culebreo del animal que nos
-durmiéramos profundamente.
-
-Todos los que viajan, ponderan alguna maravilla, la que más ha llamado
-la atención, ó tienen alguna anécdota favorita, algo que contar, en
-suma, aunque más no sea que han estado en París, barniz que no á todos
-se les conoce.
-
-¿Dirás que no es cierto?
-
-En lo que suelen estar divididas las opiniones de los _tourist_, y
-desde luego las opiniones de los que no han viajado, que es más fácil
-coincidir en pareceres cuando se conocen prácticamente las cosas, es
-sobre el capítulo: placer de los viajes.
-
-Ni todos viajan del mismo modo, ni por las mismas razones, ni con el
-mismo resultado.
-
-Se viaja por gastar el dinero, adquirir un porte y un aire _chic_,
-comer y beber bien.
-
-Se viaja por lucir la mujer propia, y á veces la ajena.
-
-Se viaja por instruirse.
-
-Se viaja por hacerse notable.
-
-Se viaja por economía.
-
-Se viaja por huir de los acreedores.
-
-Se viaja por olvidar.
-
-Se viaja por no saber qué hacer.
-
-Vamos, sería inacabable el enumerar todos los motivos _por qué_ se
-viaja; como sería inacabable decir _para qué_ se viaja.
-
-No olvidemos que estas dos proposiciones, aunque son muy parecidas,
-gramaticalmente no significan lo mismo. Ambas significan causa ó fin;
-pero _para_ responde más que _por_ á la idea de efecto.
-
-Por ejemplo:
-
-¿No es común ir á Europa por instruirse para olvidar lo poco que se ha
-aprendido en la tierra?
-
-¿No suele suceder hacer un viaje _por_ curarse _para_ morir en el
-camino?
-
-Ir _por_ lana _para salir_ trasquilado.
-
-Madame de Staël dice, que viajar es, digan lo que quieran, un placer
-tristísimo.
-
-Sea de esto lo que fuere, yo digo que viajando por los campos en noche
-clara ú obscura, es un placer dormir.
-
-Por mi parte al tranco, al trote ó al galope, yo duermo perfectamente.
-Y no sólo duermo sino que sueño.
-
-Cuántas veces un amigo que tengo en Córdoba, Eloy Ávila, no sorprendió
-mis sueños, y yendo á la par mía no me alzó el rebenque.
-
-Sea de esto lo que fuere, el hecho es que el camino de la Laguna
-Alegre al Monte de la Vieja, no permitiendo dormir á gusto por el
-inconveniente de los arbustos, me pareció poco divertido.
-
-Por fortuna, el terreno era mejor que el de la primera etapa. El guadal
-no nos amenazaba á cada paso, las mulas cargueras no caían y levantaban
-acá y acullá como antes de llegar á la Alegre.
-
-Serían las tres y media de la mañana cuando llegamos al Monte de la
-Vieja.
-
-Amanecía muy tarde, así fué que resolví pasar allí otro rato.
-
-¡Desensillar y á la leña! fué el grito de orden.
-
-El fogón volvió á arder con una rapidez maravillosa.
-
-Uno de los talentos del gaucho argentino, consiste en la prontitud con
-que halla leña y en la asombrosa facilidad con que hace fuego.
-
-Ellos hallan leña donde ningún otro la ve, y hacen fuego en el agua.
-
-Y á propósito de leña que no se ve, ¿conoces, Santiago, lo que es el
-algarrobo _alpataco_?
-
-Es un arbustito muy pequeño, cuyo desarrollo se hace subterráneamente,
-echando raíces gruesísimas que aunque estén verdes, tienen tanta
-resina, que arden como sebo.
-
-Tú conoces el chañar. Pues así es el _alpataco_.
-
-En los campos, al Sud del Río 4.º, particularmente en los de Sampacho,
-y en algunos al Sud del Río 5.º, abunda este arbustito, que más bien
-parece un algarrobo común naciente.
-
-El ojo necesita estar ejercitado para distinguir el uno del otro.
-
-¡Se puso un asado!
-
-Mientras se hacía, habiendo calentado agua en un verbo, se cebaba mate
-y se daban sendas cabeceadas.
-
-En este fogón no hubo cuentos. Hubo hambre y sueño y algunas órdenes
-para en cuanto amaneciera.
-
-Comimos, dormimos, y cuando... iba á decir gorjeaban las avecillas del
-monte...
-
-¡Pero qué, si en la Pampa no hay avecillas!--por casualidad se ven
-pájaros, tal cual carancho. Las aves, excepto las acuáticas, buscan la
-inmediación de los poblados.
-
-Y luego, en Monte de la Vieja no es más que un pequeño grupo de
-árboles, no muy viejos, bajo cuyo destruido ramaje apenas pueden
-guarecerse unas cuantas personas.
-
-La luz crepuscular venía anunciando el día en el momento en que,
-cumpliendo mis órdenes, se pusieron en juego todos los asistentes al
-llamado de Camilo Arias, un hombre de toda mi confianza, Alférez de
-Guardia nacional del Río 4.º, cuya pintura no faltará ocasión de hacer.
-
-Era completamente de día cuando dejábamos el Monte de la Vieja,
-dirigiéndonos á otro paraje, donde debía haber leña y agua sobre todo.
-
-El rumbo era Sud arriba, ó Sud con algunos grados de inclinación al
-Oeste.
-
-La noche había estado templada, así fué que la mañana no presentó
-ninguno de esos fenómenos meteorológicos que suele ofrecer la Pampa,
-cuando después de un rocío abundante ó de una fuerte helada sale el sol
-caliente.
-
-Marchábamos.
-
-El terreno presenta pocos accidentes; cañadas y cañadones que se van
-encadenando, montecitos de pequeños arbustos quemados aquí, creciendo
-ó retoñando allí; salitrales que engañan á la distancia, con su
-superficie plateada como la del agua.
-
-El objetivo á que me dirigía era el Zorro Colgado.
-
-Por qué se llama así este lugar, es echarse á nadar buscando un objeto
-perdido. Probablemente el primer cristiano que llegó allí halló un
-zorro colgado por los indios en algún árbol.
-
-Seis leguas representan, no andando con apuro, dos horas y media de
-camino; contemplando las cabalgaduras como es debido, en las correrías
-lejanas, un poco más.
-
-Cuando llegamos al Zorro Colgado serían las diez de la mañana.
-
-El campo recorrido es muy solo. No tiene bichos ó _aves_, como le
-llaman los paisanos á los venados, peludos, mulitas, guanacos, etc.
-
-El Zorro Colgado no estaba, por supuesto.
-
-Aquel punto es un grupito de árboles, chañares viejos más altos que
-corpulentos. Tiene una aguadita que se seca cuando el año no es
-lluvioso.
-
-Allí paramos un rato, lo bastante para que las bestias de carga que se
-habían quedado atrás llegaran, y después de haber bebido bien, seguimos
-caminando en el mismo rumbo, hasta llegar á _Pollo-helo_, que quiere
-decir en lengua ranquelina, Laguna del Pollo, y cuya pronunciación debe
-hacerse nasal ó gangosamente, verbigracia, como si la palabra estuviese
-escrita así y debieran sonar todas las letras: _Pollonguelo_.
-
-Aquí variamos de rumbo un poco, buscando el Sud recto, y así seguimos,
-como legua y media, por un campo muy guadaloso y pesado, en el que
-caímos y levantamos varias veces, lo mismo que las mulas de carga,
-hasta llegar á _Us-helo_, donde hay otro grupo de árboles, una aguada
-semejante á la anterior y una lagunita de agua salobre, pero potable no
-habiendo sequía.
-
-Las cabalgaduras se habían _aplastado_ algo con la legua y media de
-guadal.
-
-_Aplastarse_, es un término del país, que vale más que fatigarse y
-menos que cansarse, cuando se quiere expresar el estado de un caballo.
-
-Hicimos alto, se hizo fuego, se hizo cama para una siesta, se descansó,
-se tomó mate, se durmió y á las cansadas llegaron las mulas de carga,
-que habiendo caído en una cañada mojaron las petacas de los padres
-franciscanos.
-
-Serían las tres cuando nos movimos de aquí en dirección á _Coli-mula_,
-que de la etapa anterior queda en rumbo Sud.
-
-Este trayecto es más variado que los demás; el terreno se quiebra acá y
-allá en grandes bajíos salitrosos y en grupos considerables de arbustos
-crecidos.
-
-En un inmenso pajonal, sembrado de grandes árboles diseminados,
-pillamos un caballo que hacía pocos días andaba por allí, pues no
-estaba alzado aún.
-
-Cuando llegamos á Coli-Mula, que quiere decir mula colorada, habíamos
-andado tres leguas.
-
-No sé por qué se llama así ese paraje. No hay árboles. Es una linda
-lagunita circular, de agua excelente y abundante que dura mucho.
-
-Resolví descansar allí hasta las nueve de la noche, y adelantar dos
-hombres.
-
-El cielo comenzaba á fruncir el ceño, una barra negra se dibujaba en el
-horizonte hacia el lado del Poniente, el sol brillaba poco.
-
-Íbamos á tener viento ó agua.
-
-Llamé al cabo Guzmán, magnífico tipo criollo, y al indio Angelito,
-escribí algunas cartas, les di mis instrucciones y los despaché después
-de asegurarme de que habían entendido bien.
-
-Llevaban encargo especial de llegar á las tolderías del cacique Ramón,
-que son las primeras y de decirle que pasaría de largo por ellas, no
-sabiendo si al cacique Mariano le parecería bien que visitase primero á
-uno de sus subalternos y que al regreso lo haría.
-
-Partieron los chasquis.
-
-Mientras yo tomaba las antedichas disposiciones, otros se ocupaban en
-hacer un buen fogón, preparándonos para la trasnochada.
-
-Los chasquis no se habían perdido de vista aún, cuando frescas y recias
-ráfagas de viento comenzaron á augurar la inevitable proximidad de la
-tormenta.
-
-El cielo se puso negro.
-
-La experiencia nos dijo que debíamos renunciar al fogón y al asado y
-prepararnos para una noche toledana por no decir pampeana.
-
-El viento arreció, gruesas gotas de agua comenzaron á caer, la noche
-avanzaba, ó mejor dicho, se anticipaba con rapidez.
-
-Pronto estuvimos envueltos en una completa obscuridad.
-
-Llovía á cántaros, silbaba el viento, eléctricos fulgores resplandecían
-en el cielo á distancias inconmensurables, haciendo llegar hasta
-nuestros oídos el ruido sordo del rayo.
-
-Las tropillas se habían agrupado, daban las ancas al viento y
-permanecían inmóviles.
-
-Cada cual se había acurrucado lo mejor posible, y con maña procuraba
-mojarse lo menos posible. No teníamos siquiera dónde hacer espalda,
-ni era posible conversar, porque el ruido de la lluvia, que caía á
-torrentes, ahogaba las palabras que salían de debajo de los ponchos ó
-capotes con que estábamos cubiertos hasta la cabeza.
-
-Durante dos horas llovió sin cesar, cayendo el agua á plomo.
-
-Cuando las intermitencias del aguacero lo permitían, yo cambiaba
-algunas palabras con Camilo Arias, que estaba casi pegado á mi lado.
-
-En una de esas pláticas diluvianas, le dije así:
-
---Puede ser que los indios me maten, es difícil; pero no lo es que
-quieran retenerme, con la ilusión de un gran rescate. En este caso,
-es preciso que el General Arredondo lo sepa sin demora. Prevén á los
-muchachos--eran éstos cinco hombres especiales,--mis baqueanos de
-confianza.
-
-Será señal de que _ando mal_, que no tenga en el cuello este pañuelo.
-
-Era un pañuelo de seda de la India, colorado, que siempre uso en el
-campo debajo del sombrero por el sol y la tierra.
-
-Puede, sin embargo suceder, que tenga que regalar el pañuelo. En este
-caso la señal será que me vean con la _pera trenzada_.
-
-No comuniques esto más que á los _muchachos_. Y cuando lleguemos á
-las tolderías no te acerques á hablar conmigo jamás. Sírvete de un
-intermediario.
-
-Camilo es como un árabe, habla poco; sabe que la palabra es plata y el
-silencio oro, contestó sólo:
-
---Está bien, señor.
-
-Y yo me quedé seguro de que me había entendido y rumiando: algún
-mosquetero llegará á Londres y hablará con Buckingham.
-
-Ya verás después qué caso extraordinario sucedió con mi pera. (Te
-prevengo que estoy hablando de la barba).
-
-Y como sigue lloviendo y estoy mojado hasta la camisa, me despido hasta
-mañana.
-
-
-
-
- X
-
- No es posible seguir la marcha.--Civilización y barbarie.--En qué
- consiste la primera.--Reflexiones sobre este tópico.--En
- marcha.--Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo
- lugar.--Asombroso adelanto de estas
- tierras.--Ralico.--Tremencó.--Médano del Cuero.--El
- Cuero.--Sus campos.
-
-
-El hombre propone y Dios dispone.
-
-Fué imposible seguir la marcha á las nueve.
-
-La lluvia cesó á las cuatro horas; pero el cielo quedó encapotado,
-amenazando volver á desplomarse, el aquilón continuó rugiendo y los
-relámpagos serpenteando en el cielo por los espacios sin fin.
-
-Pensé en que la gente masticara. ¡Arriba! grité, ¡vamos, pronto, hagan
-un buen fuego, pongan un asado y una pava de agua!
-
-Los asistentes salieron de sus guaridas y un momento después
-chisporroteaba el verde y resinoso chañar.
-
-El asado se hacía, el agua hervía, unos cuantos rodeaban el fuego,
-calentándose, secándose sus trapitos, mirando al cielo y haciendo
-cálculos sobre si volvería á llover ó no.
-
-El fogón estaba hecho y en regla, porque de su centro se elevaban
-grandes y relumbrosas llamaradas.
-
-Era imposible resistirle. Más fácil habría sido que una mujer pasara
-por delante de un espejo sin darse la inefable satisfacción platónica
-de mirarse.
-
-Abandoné la postura en que me había colocado y permanecido tanto rato,
-y me acerqué á él.
-
-Me dieron un mate.
-
-Los buenos franciscanos intentaban dormir rendidos por la fatiga del
-día y de la noche anterior,--que quien no está hecho á bragas, las
-costuras le hacen llagas.
-
-Haciendo uso de la familiaridad y confianza que con ellos tenía, les
-obligué á levantarse y á que ocuparan un puesto en la rueda del fogón.
-
-Apuramos el asado, desparramamos brasas, lo extendimos y no tardó en
-estar.
-
-Mientras estuvo nos secamos.
-
-Comimos bien, hicimos camas con alguna dificultad; porque todo estaba
-anegado y las _pilchas_ muy mojadas y nos acostamos á dormir.
-
-Dormimos perfectamente. ¡Qué bien se duerme en cualquier parte cuando
-el cuerpo está fatigado!
-
-Si los que esa noche se revolvían en el elástico y mullido lecho
-agitados por el insomnio, nos hubieran oído roncar en los albardones de
-Coli-Mula, ¡qué envidia no les hubiéramos dado!
-
-Es indudable que la civilización tiene sus ventajas sobre la barbarie;
-pero no tantas como aseguran los que se dicen civilizados.
-
-La civilización consiste, si yo me hago una idea exacta de ella, en
-varias cosas.
-
-En usar cuellos de papel, que son los más económicos, botas de charol
-y guantes de cabritilla. En que haya muchos médicos y muchos enfermos,
-muchos abogados y muchos pleitos, muchos soldados y muchas guerras,
-muchos ricos y muchos pobres. En que se impriman muchos periódicos y
-circulen muchas mentiras. En que se edifiquen muchas casas, con muchas
-piezas y muy pocas comodidades. En que funcione un gobierno compuesto
-de muchas personas como Presidente, Ministros, Congresales, y en que se
-gobierne lo menos posible. En que haya muchísimos hoteles y todos muy
-malos y todos muy caros.
-
-Verbigracia, como uno en que yo paré la última noche que dormí en el
-Rosario--que intenté dormir, para ser más verídico.
-
-Son precisamente las camas de ese hotel, las que me han sugerido estas
-reflexiones tan vulgares.
-
-¡Ah! en aquellas camas había de cuanto Dios crió el quinto día, que si
-mal no recuerdo, fueron: «los animales domésticos, según su especie y
-los reptiles de la tierra, según su especie».
-
-Todo lo cual, según afirma el Génesis, el Supremo Hacedor vió que
-era bueno, aunque es cosa que no me entra á mí en la cabeza, que los
-animales domésticos del referido hotel del Rosario hayan jamás sido
-cosa buena; y menos la noche en que yo estuve en él, en que juraría,
-á fe de cristiano, que me parecieron algo más que cosa mala, cosa
-malísima, tan insoportable que me creo en la obligación de preguntar:
-
-¿No tiene la civilización el deber de hacer que se supriman esas cosas,
-que pudieron ser buenas al principio del mundo, pero que pueden ser
-puestas en duda en un siglo en que tenemos cosas tan buenas como las
-del Orión?
-
-¿Qué hacen los gobiernos entonces?
-
-¿No nos dice la civilización todos los días en grandes letras que el
-gobierno es para el pueblo?
-
-¿Que en lugar de invertir los dineros públicos en torpes guerras debe
-aplicarlos á mejorar la condición del pueblo?
-
-¿No hay inspectores de puentes y caminos, inspectores de aduanas,
-inspectores de fronteras, inspectores de escuelas, inspectores de todo,
-y así va ello?
-
-¿Pues, y por qué no ha de haber inspectores de hoteles?
-
-¿Acaso no se relacionan estos establecimientos muy íntimamente con la
-salud pública?
-
-¿No se albergan en ellos, el cólera, la fiebre amarilla y tantas otras
-cosas que Dios crió el quinto día, y que en su atraso inocente y
-primitivo, creyó que eran buenas y que así las legó en herencia á la
-desagradecida humanidad?
-
-¿Se cree que faltarían inspectores de hoteles?
-
-Provéase el cargo por oposición, previo examen de conocimientos,
-aptitudes, moralidad, estado fisiológico de los candidatos y se verá,
-sin tardanza, que sobra patriotismo en el país.
-
-No digo pagando bien el empleo, que es el modo más eficaz de salvar la
-moral administrativa, y el medio más seguro, sobre todo, de que abunden
-impetrantes.
-
-Cualquiera remuneración que se ofreciese bastaría.
-
-Hay en el país, felizmente, el convencimiento de que todos deben
-tributarle á la patria abnegación, tiempo, sangre, alma y vida.
-
-Esta gran conquista, es debida á la educación oficial dada por los
-buenos gobiernos que hemos tenido, á la Guardia nacional.
-
-Ella ha hecho todo--guerras interiores, guerras de frontera, guerras
-exteriores.
-
-Decididamente la civilización es, de todas las invenciones modernas,
-una de las más útiles al bienestar y á los progresos del hombre.
-
-Empero mientras los gobiernos no pongan remedio á ciertos males, yo
-continuaré creyendo en nombre de mi escasa experiencia, que mejor se
-duerme en la calle ó en la Pampa que en algunos hoteles.
-
-Sonaban los cencerros de las tropillas; cada cual se preparaba para
-subir á caballo, habiendo olvidado sus penas alrededor del fogón:
-
- «Y en el Oriente nubloso
- La luz apenas rayando,
- Iba el campo tapizando
- De claro oscuro verdor.»
-
-Galopábamos, aprovechando la fresca de la mañana, y á la derecha en
-lontananza se veían ya los primeros montes de Tierra Adentro.
-
-Me proponía llegar al Cuero temprano.
-
-Apenas salimos de Coli-Mula comprendí que no lo conseguiría.
-
-El campo estaba cubierto de agua, y quebrándose en altos médanos, en
-cañadas profundas y guadalosas nos obligaba á marchar despacio.
-
-Los caballos hubieran soportado bien una marcha acelerada; las mulas no.
-
-Y, sin embargo, por muy despacio que anduve se quedaron atrás, porque
-á cada rato se caían con las cargas y había que perder tiempo en
-enderezarlas.
-
-Más allá de un lugar en el que hay agua y leña, y cuyo nombre es
-Ralico, el terreno se dobla sensiblemente formando varios médanos
-elevados, y es de allí de donde se divisan ya los montes del Cuero.
-
-Los campos comienzan á cambiar de fisonomía y la vista no se cansa
-tanto espaciándose por la sabana inmensa del desierto solitario,
-triste, imponente, pero monótona como el mar en calma.
-
-Sin contrastes, hay existencia, no hay vida.
-
-Vivir es sufrir y gozar, aborrecer y amar, creer y dudar, cambiar de
-perspectiva física y moral.
-
-Esta necesidad es tan grande, que cuando yo estaba en el Paraguay,
-Santiago amigo, voy á decirte lo que solía hacer,--cansado de
-contemplar desde mi reducto de Tuyutí todos los días la misma cosa; las
-mismas trincheras paraguayas, los mismos bosques, los mismos esteros,
-los mismos centinelas; ¿sabes lo que hacía?
-
-Me subía al merlón de la batería, daba la espalda al enemigo, me abría
-de piernas, formaba una curva con el cuerpo y mirando al frente por
-entre aquéllas, me quedaba un instante contemplando los objetos al
-revés.
-
-Es un efecto curioso para la visual, y un recurso al que te aconsejo
-recurras cuando te fastidies ó te canses de la igualdad de la vida,
-en esa vieja Europa que se cree joven, que se cree adelantada y vive
-en la ignorancia, siendo prueba incontestable de ello, como diría
-Teófilo Gauthier, que todavía no ha podido inventar un nuevo gas para
-reemplazar el Sol.
-
-La América, ó mejor dicho, los _americanos_ (del Norte) la van á dejar
-atrás si se descuida.
-
-Por lo pronto, nosotros vamos resolviendo los problemas sociales más
-difíciles--degollándonos,--y las teorías y las cifras de Malthus sobre
-el crecimiento de la población no nos alarman un minuto.
-
-Tenemos grandes empíricos de la política, que todos los días nos
-prueban, que el dolor puede ser no sólo un anestésico, sino un
-remedio; que las tiranías y la guerra civil son necesarias, porque su
-consecuencia inevitable, fatal, es la libertad.
-
-Esto te lo demuestran en cuatro palabras y con espantosa claridad,
-al extremo que nuestra juventud tiene ya sus axiomas políticos de
-los que no apea, creyendo en ellos á pie juntillas, y demostrándolos
-prematuramente á su vez por A. B.
-
-Te asombrarías, si volvieses á estas tierras lejanas y vieras lo que
-hemos adelantado.
-
-Buscarías inútilmente el molino de viento; el pino de la quinta de
-Guido se ha escapado por milagro. La civilización y la libertad han
-arrasado todo.
-
-El Paraguay no existe. La última estadística después de la guerra
-arroja la cifra de ciento cuarenta mil mujeres y catorce mil hombres.
-
-Esta grande obra la hemos realizado con el Brasil. Entre los dos lo
-hemos mandado á López á la _difuntería_.
-
-¿No te parece, que no es tan poco hacer en tan poco tiempo?
-
-Ahora la hemos emprendido con Entre Ríos, donde López Jordán se encargó
-de despacharlo á Urquiza.
-
-Todos, todos han sentido su muerte muchísimo.
-
-De esta guerrita, en la que nos ha metido la fatalidad histórica, nos
-consolamos, pensando en que se acabará pronto, y en que como el Entre
-Ríos estaba muy rico, le hacía falta conocer la pobreza.
-
-La letra con sangre entra.
-
-Es el principio del dolor fecundo.
-
-Te hablo y te cuento estas cosas, porque vienen á pelo. Y no tan á humo
-de paja, pues, más adelante verás que ellas se relacionan bastante, más
-de lo que parece, con los indios.
-
-¿No hay quien sostiene que es mejor exterminarlos en vez de
-cristianizarlos, civilizarlos y utilizar sus brazos para la industria,
-el trabajo y la defensa común, ya que tanto se grita de que estamos
-amenazados por el exceso de inmigración espontánea?
-
-Sigamos caminando...
-
-Pasando los médanos de Ralico, se llega á la aguada de Tremencó. Son
-dos lagunas, una de agua dulce, la otra de agua salada. Ambas suelen
-secarse.
-
-De Tremencó se pasa al Médano del Cuero.
-
-De allí al Cuero mismo hay dos leguas.
-
-Esta laguna tendrá unos cien metros de diámetro. Su agua es excelente,
-y durante las mayores sequías allí pueden abrevar su sed muchísimos
-animales, sin más trabajo que cavar las vertientes del lado del Sur.
-
-En la Laguna del Cuero ha vivido mucho tiempo el famoso indio Blanco,
-azote de las fronteras de Córdoba y San Luis; terror de los caminantes,
-de los arrieros y troperos.
-
-Ya te contaré cómo lo eché yo del Cuero con unos cuantos gauchos, sin
-cuya circunstancia me habría encontrado con él en sus antiguos dominios.
-
-Este episodio tiene su interés social, y les hará conocer á muchos
-que no salen de los barrios cultos de Buenos Aires, lo que es nuestra
-Patria amada, en la que hay de todo y para todo; un negro que mate
-una familia entera por venganza y por amor, y un blanco que mate un
-gobernador también por amor á la libertad, después de haber sostenido
-con su brazo viril la tiranía.
-
-Mientras tanto, te diré que los campos entre el Río 5.º y el Cuero son
-diferentes. Ricos pastos abundantes y variados; gramilla, porotillo,
-trébol, cuanto se quiera. Agua inagotable, leña, montes inmensos.
-
-Un estanciero entendido y laborioso allí haría fortuna en pocos años.
-
-Pero del Cuero á Río 5.º hay treinta leguas.
-
-Que le pongan cascabel al gato. De allí á los primeros toldos
-permanentes, hay otras treinta leguas, y los indios andan siempre
-boleando por el Cuero.
-
-Estoy esperando las mulas que se han quedado atrás, y reflexionando en
-la costa de la laguna si el gran ferrocarril proyectado entre Buenos
-Aires y la Cordillera no sería mejor traerlo por aquí.
-
-No vayas á creer que los indios ignoran este pensamiento.
-
-También ellos reciben y leen _La Tribuna_.
-
-¿Te ríes, Santiago?
-
-Tiempo al tiempo.
-
-
-
-
- XI
-
- Quién había andado por Ralico.--Los rastreadores.--Talento de uno del
- 12 de línea.--Se descubre quién había andado por Ralico.--Cuántos
- caminos salen del Cuero.--El General Emilio Mitre no pudo llegar
- allí.--Su error estratégico.
-
-
-Debo á la fidelidad del relato consignar un detalle antes de proseguir.
-
-En Ralico hallamos un rastro casi fresco. ¿Quién podía haber andado por
-allí á esas horas, con seis caballos, arreando cuatro, montando dos?
-
-Solamente el cabo Guzmán y el indio Angelito,--los chasques que yo
-adelanté acto continuo de llegar á Coli-Mula.
-
-Los soldados no tardaron en tener la seguridad de ello. Fijando en las
-pisadas un instante su ojo experto, cuya penetración raya á veces en lo
-maravilloso, empezaron á decir con la mayor naturalidad, como nosotros
-cuando yendo con otros reconocemos en la distancia ciertos amigos: ché
-ahí va el gateado, ahí va el zarco, ahí va el obscuro chapino.
-
-Los rastreadores más eximios son los sanjuaninos y los riojanos.
-
-En el batallón 12 de línea hay uno de estos últimos, que fué
-_rastreador_ del General Arredondo durante la guerra del Chacho, tan
-hábil, que no sólo reconoce por la pisada si el animal que lo ha dejado
-es gordo ó flaco, sino si es tuerto ó no.
-
-Era indudable que la tormenta había impedido que los chasques
-continuaran su camino, que habían dormido en Ralico; y que sólo me
-llevaban un par de horas de ventaja.
-
-Si no se apuraban, ó si por apurarse demasiado fatigaban los caballos,
-íbamos á llegar á las tolderías del Rincón, que así se llaman las
-primeras, casi al mismo tiempo.
-
-Á cada criatura le ha dado Dios su instinto, su pensamiento, su acento,
-su alma, su carácter, por fin. Confieso que este incidente me contrarió
-sobremanera.
-
-Ó les daba tiempo á los chasques para que su comisión surtiera efecto,
-deteniéndome un día en el camino, ó seguía mi viaje sin curarme de
-ellos corriendo el riesgo de llegar primero.
-
-Es de advertir que del Cuero salen dos caminos.
-
-Uno va por Lonco-uaca--_lonco_ quiere decir cabeza y _uaca_ vaca,--y
-otro por Bayo-manco que al ocuparme de la laguna ranquelina se verá lo
-que quiere decir.
-
-Estos dos caminos se reunen en Utatriquin, y de allí la rastrillada
-sigue sin bifurcarse hasta la Laguna Verde.
-
-El camino de Lonco-uaca da una pequeña vuelta. Pero tiene sobre el
-Bayo-manco la ventaja de que en él no falta jamás agua, mientras que en
-el otro no se halla sino cuando el año no está de sequía.
-
-Por cual de los dos caminos habían tomado los chasques, ésa era la
-cuestión.
-
-Los bañados del Cuero no permitirían saberlo; los hallaríamos anegados.
-
-Disimulando mi contrariedad, y pensando en lo que haría, si mis
-conjeturas se realizaban, es decir, si no podíamos tomarles el rastro
-á los heraldos, llegué al Cuero.
-
-Allí nos quedamos ayer esperando las mulas, Santiago amigo.
-
-Te cumpliré, pues, cuanto antes mi oferta para poder seguir viaje, y al
-llegar hoy siquiera á Laquinhan, que es donde me propongo dormir.
-
-Estamos á orillas del Cuero, del famoso Cuero, adonde no pudo llegar el
-general Emilio Mitre, cuando su expedición, por ignorancia del terreno,
-costándole esto el desastre sufrido. Y, sin embargo, llegó á Chamalcó,
-y de allí contramarchó dejando el Cuero seis leguas al Norte.
-
-Es verdad que el General buscaba también la Amarga en su marcha de
-retroceso, creyendo en las anotaciones de las malas cartas geográficas
-que circulan con la Amarga pintada como una gran laguna, siendo así que
-no es sino un inmenso cañadón.
-
-Son los desagües del Río 5.º, ya sabes, y lo más parecido que puedo
-indicarte son los desagües del Río 4.º, ó sean los cañadores de Lobay.
-
-Como tú eres uno de los amigos de la República Argentina que más se
-interesa en ella, que más se ha preocupado de sus grandes problemas,
-estudiando la cuestión fronteras é indios con una constancia
-envidiable, te diré en lo que consistió el error estratégico principal
-del General Mitre.
-
-El General llegó á Witalobo, lugar muy conocido donde he estado yo.
-
-Son dos médanos que forman un portezuelo. Hay en ellos alfalfa, y de
-ahí vino la denominación, que entonces le dieron, el de médano de la
-alfalfa, creyendo haber hecho un descubrimiento.
-
-No puedo decirte con exactitud en qué latitud y longitud queda este
-punto.
-
-Sin embargo, para que formes juicio más cabalmente, te diré que queda
-en la derecera Sur de la Carlota.
-
-El Cuero queda de Witalobo al Poniente con una inclinación al Sur, de
-pocos grados.
-
-En Witalobo hay una encrucijada de caminos--uno de travesía que va
-al Cuero, raramente frecuentado por los indios,--y otro conocido por
-camino de las Tres Lagunas que va á las tolderías de Trenel.
-
-En lugar de tomar este último camino que rumbea al Sur, el General
-tomó otro, y abandonado á un mal baqueano y sin nociones gráficas, ni
-ideales del terreno, no pudo corregir sus equivocaciones.
-
-En Chamalcó se notan aún los rastros y vestigios dejados por la columna
-expedicionaria.
-
-La laguna del Cuero está situada en un gran bajo. Á pocas cuadras de
-allí el terreno se dobla exabrupto, y sobre médanos elevados comienzan
-los grandes bosques del desierto, ó lo que propiamente hablando se
-llama Tierra Adentro.
-
-Los que han hecho la pintura de la Pampa, suponiéndola en toda su
-inmensidad una vasta llanura; ¡en qué errores descriptivos han
-incurrido!
-
-Poetas y hombres de ciencia, todos se han equivocado. El paisaje ideal
-de la Pampa, que yo llamaría, para ser más exacto, pampas, en plural, y
-el paisaje real, son dos perspectivas completamente distintas.
-
-Vivimos en la ignorancia hasta de la fisonomía de nuestra Patria.
-
-Poetas distinguidos, historiadores, han cantado al ombú y al cardo de
-la Pampa.
-
-¿Qué ombúes hay en la Pampa, qué cardales hay en la Pampa?
-
-¿Son acaso oriundos de América, de estas zonas?
-
-¿Quién que haya vivido algún tiempo en el campo, hablando mejor, quién
-que haya recorrido los campos con espíritu observador, no ha notado
-que el ombú indica siempre una casa habitada, ó una población que fué;
-que el cardo no se halla sino en ciertos lugares, como que fué sembrado
-por los jesuitas, habiéndose propagado después?
-
-Estos montes del Cuero se extienden por muchísimas leguas de Norte á
-Sur y de Naciente á Poniente; llegan al Río Chalileo, lo cruzan, y con
-estas interrupciones van á dar hasta el pie de la Cordillera de los
-Andes.
-
-Á la orilla de ellos vivía el indio Blanco, que no es ni cacique, ni
-capitanejo, sino lo que los indios llaman _indio gaucho_. Es decir, un
-indio sin ley, ni sujeción á nadie, á ningún cacique mayor, ni menos,
-á ningún capitanejo; que campea por sus respetos; que es aliado unas
-veces de los otros, otras enemigo; que unas veces anda á monte, que
-otras se _arrima_ á la toldería de un cacique, que unas anda por los
-campos _maloqueando_, invadiendo meses enteros seguidos; otras por
-Chile comerciando, como ha sucedido últimamente.
-
-Toda la fuerza de este indio, temido como ninguno en las fronteras
-de Córdoba y de San Luis, y tan baqueano de ellas como de las demás,
-se componía en la época á que voy á referirme, de unos ocho ó diez
-compañeros de averías.
-
-Con ellos invadía generalmente agregándose algunas veces á los grandes
-malones.
-
-Como en aquel entonces los campos al Sur del Río 5.º y del Río 4.º eran
-una misma cosa--dominio de los indios,--las invasiones se sucedían
-semanalmente, día de por medio, y hasta diariamente.
-
-El héroe de estas hazañas era, por lo común, el indio Blanco.
-
-El camino del Río 4.º á Achiras, fué cien veces campo de sus robos y
-crueldades.
-
-Á mi llegada al Río 4.º era imposible dejar de hablar del indio Blanco;
-porque, ¿adónde se iba que no oyera uno mentar los estragos de sus
-depredaciones?
-
-¿Quién no lamentaba sus ganados robados, lloraba algún deudo muerto ó
-cautivo?
-
-El tal indio tenía un prestigio terrible.
-
-Yo era, de consiguiente, su rival.
-
-Me propuse, antes de avanzar la frontera, desalojarlo del Cuero,
-incomodarlo, alarmarlo, robarlo, cualquier cosa por el estilo.
-
-Pero no quería hacer esta campaña con soldados. La disciplina suele
-tener los inconvenientes de sus ventajas.
-
-Busqué un contrafuego, acordándome de la máxima de los grandes
-capitanes: al enemigo batirlo con sus mismas armas.
-
-Le escribí á mi amigo don Pastor Hernández, comandante militar del
-Departamento del Río 4.º, hombre tan penetrante como laborioso y
-constante--que necesitaba conchabar media docena de pícaros, siendo
-de advertir que prefería la destreza á la audacia, en una palabra,
-ladrones.
-
-Hernández no se hizo esperar. Á los pocos días presentáronse seis
-conciudadanos de la falda de la Sierra, con una carta, y encabezándolos
-uno, denominado el _Cautivo_.
-
-Los fariseos que crucificaron á Cristo no podían tener unas fachas de
-forajidos más completa.
-
-Sus vestidos eran andrajosos, sus caras torvas, todos encogidos y con
-la pata en el suelo, necesitábase estar animado del sentimiento del
-bien público para resolverse á tratar con ellos.
-
-Entraron donde yo estaba.
-
-Queriendo hacer un estudio social les ofrecí asiento. Me costó
-conseguir que lo aceptaran; pero instando conseguí que se sentaran.
-
-Lo hicieron poniendo cada cual su sombrero en el suelo al lado de la
-silla.
-
-Agacharon todos la cabeza.
-
-Inicié la conferencia con ciertas preguntas como:--¿Cómo te llamas,
-de dónde eres, en qué trabajas, has sido soldado, cuántas muertes has
-hecho?
-
-Y luego que la confianza se estableció, proseguí:
-
---Conque ¿quieren ustedes conchabarse?
-
---Como usía quiera--contestó el _Cautivo_, con esa tonada cordobesa,
-que consiste en un pequeño secreto, (como lo puede ver el curioso
-lector ó lectora) en cargar la pronunciación sobre las letras
-acentuadas y prolongar lo más posible la vocal ó primera sílaba.
-
-En haciendo esto ya es uno cordobés. No hay más que ensayarlo.
-
---Ustedes son hombres gauchos, por supuesto.
-
---¿Cómo no, señor?
-
---¿Entienden de todo trabajo?
-
---De cuanto quiera.
-
---¿Y cuánto ganan?
-
---Á según usía.
-
---¿Ganan más de ocho pesos mensuales?
-
---No, señor.
-
---Pues yo les voy á pagar diez; les voy á dar comida, ropa y caballos.
-
---Como usía guste.
-
---Sí; pero es que yo los conchabo para robar.
-
---¿Y cómo ha de ser, pues?
-
---Iremos ánde nos mande--dijeron varios á una.
-
---¡Hum! ¿Y se animarán?
-
---Y cómo no, señor usía.
-
---Bueno; es para robarles á los indios.
-
-¡Nadie contestó!
-
-Y ahí está el país, la causa de la montonera y otras yerbas.
-
-El Coronel los conchababa para robar; para robarle al lucero del alba
-que fuera. No había inconveniente. Estaban prontos y resueltos á todo,
-á derramar su sangre, á jugar la vida. Lo mismo había sido ofrecerles
-diez pesos y todo lo demás, que lo que ganaban honradamente.
-
-Obedecían á una predisposición, á una educación, á las seducciones del
-caudillaje bárbaro y turbulento. Quizá se decían interiormente: ¡Éste
-sí que es un Coronel, y lindo!
-
-Mas se trató de los indios, de los mismos que no hacía muchos meses
-asolaban su propio hogar, y las disposiciones cambiaron con la rapidez
-del relámpago.
-
-¿Era miedo? ¿Qué era?
-
-No, no era miedo.
-
-Nuestra raza es valiente y resuelta; no es el temor de la muerte lo que
-contiene al gaucho á veces.
-
-Yo he visto á uno de ellos discurrir como un filósofo en el momento de
-llevarlos á fusilar.
-
-Era un sargento: el sacerdote le instaba á confesarse, no quería
-hacerlo.
-
---¿Que no temes á la muerte?
-
---Padre--contestó con marcada expresión,--la muerte es un salto que uno
-da á obscuras sin saber dónde va á caer.
-
-Fué esto en Chascomús.
-
-¿Y, qué detenía entonces á los _Voluntarios de la Pampa_, que así se
-llamaron al fin; qué los arredraba?
-
-¡Ah! es triste decirlo. Pero es verdad, y hay que decirlo, para
-enseñanza de las jóvenes generaciones en cuyas manos está el porvenir,
-las que nos salvarán á nosotros, aspirantes de la intolerancia y del
-odio, enanos del patriotismo que recompensa bien, ¡héroes del siglo de
-oro!
-
-Era la ausencia completa del sentimiento del deber,--el horror de toda
-disciplina.
-
-Ellos tenían bastante sagacidad para comprender que yendo á robarle á
-cualquiera, por mi orden, yo me hacía su cómplice.
-
-Yendo á robarles á los indios, el juego cambiaba de aspecto; tenían que
-ir como soldados. Llegaron tal vez á imaginarse que era una jugada mía
-para reclutarlos.
-
-Lo comprendí así.
-
-Estuve dispuesto á despacharlos. Pero ya estaban allí.
-
-Les hice entender que eran hombres libres; que podían conchabarse ó no;
-que nadie les obligaba; que podían retirarse si querían.
-
-Se convencieron de que no había en el conchabo más riesgos que el de la
-vida, y se arregló todo.
-
-Les di buenos caballos, los vestí, les di carabinas de las que hicieron
-_recortados_ y una lata de caballería para llevar entre las caronas.
-
-Y partieron...
-
-Mis órdenes eran robarle al indio Blanco.
-
-El _Cautivo_ era baqueano del Cuero.
-
-Lo que trabajasen sería para ellos.
-
-Volvieron con _algo_. No se trabaja y se expone el cuero sin provecho,
-discurren los menos calculadores.
-
-Se repitió la excursión, tres veces más, hasta que el indio Blanco
-se alejó. Él no podía calcular detrás de los voluntarios de la Pampa
-cuántos más iban.
-
-Confieso que al mandar aquellos diablos á una correría tan azarosa me
-hice esta reflexión: si los pescan ó los matan poco se pierde.
-
-Fué una de las causas que me hizo no recurrir á los pobres soldados.
-
-Los _Voluntarios de la Pampa_ acabaron por hacerme á mí un robo.
-
-Los tomé y por todo castigo les dije, devolviéndoselos á Hernández:
-
---¿Qué les he de hacer? Ya sabía que eran ustedes ladrones.
-
-No se juega mucho tiempo con fuego sin quemarse.
-
-Han llegado las mulas.
-
-Es cosa resuelta que hoy no duermo donde quería.
-
-Llegaremos mañana.
-
-
-
-
- XII
-
- Por dónde habían ido los chasques.--Entrada á los montes.--Derechos de
- piso y agua.--Recomendaciones.--Despacho de algunas tropillas para el
- Río 5.º--Los montes.--Impresiones filosóficas.--Utatriquin.--El cuento
- del arriero.
-
-
-Antes de ponerme en marcha resolví dejar las mulas atrás. Caminaban
-sumamente despacio por lo mucho que había llovido y era un martirio
-para los franciscanos seguirlas al tranco; el padre Moisés no es tan
-maturrango, pero el padre Marcos no hallaba postura cómoda.
-
-Contra mis cálculos tomamos el rastro de los chasques.
-
-Habían seguido el camino de Lonco-uaca.
-
-Mi lenguaraz, mestizo chileno, hijo de cristiano y de india araucana,
-hombre muy baqueano, de cuyas confidencias soy depositario, no por él
-sino por otros, lo que me permitirá contar sus aventuras amorosas de
-Tierra Adentro, creyó oportuno hacerme algunas indicaciones.
-
-Eran muy juiciosas y sensatas; y como entre ellas entrase la
-posibilidad de que los chasques se extraviaran en razón de que ni
-Guzmán ni Angelito conocían prácticamente el camino que habían tomado,
-me pareció prudente hacer yo á mi turno mis recomendaciones.
-
-Íbamos á entrar ya en los montes; á tener que marchar en dispersión,
-sin vernos unos á los otros; por sendas tortuosas, que se borraban de
-improviso unas veces, que otras se bifurcaban en cuatro, seis ó más
-caminos, conduciendo todas á la espesura.
-
-Era lo más fácil perder la verdadera rastrillada, y también muy
-probable que no tardáramos en ser descubiertos por los indios.
-
-Un tal Peñaloza suele ser el primero que se presenta á los indios
-ó cristianos que pasan por esas tierras alegando ser suyas y tener
-derecho á exigir se le pague el piso y el agua.
-
-No hay más remedio que pagar, porque el señor Peñaloza se guarda muy
-bien de salir á sacar contribución alguna cuando los caminantes son más
-numerosos que los de su toldo ó van mejor armados.
-
-Más adelante hay otros señores dueños de la tierra, del agua, de los
-árboles, de los bichos del campo, de todo, en fin, lo que puede ser un
-pretexto para vivir á costillas del prójimo.
-
-Estos derechos interterritoriales se cobran en la forma más política
-y cumplida, suplicando casi y demostrándoles á los contribuyentes
-ecuestres la pobreza en que se vive por allí, lo escaso que anda el
-trabajo.
-
-Si los expedientes pacíficos surten efecto no hay novedad; si los
-transeúntes no se enternecen se recurre á las amenazas, y si éstas son
-inútiles, á la violencia.
-
-Es ser bastante parlamentario, para vivir tan lejos de los centros de
-la civilización moderna.
-
-Recomendé á mi gente cómo habían de marchar; prohibí terminantemente
-que bajo pretexto de componer la montura se quedara alguien atrás,
-advirtiendo que cada cuarto de hora haría una parada de dos minutos
-para que pudiéramos ir lo más juntos posible; describí la aguada de
-Chamalcó donde me demoraría un rato, lo bastante para mudar caballos
-por si alguien llegaba á ella extraviado; y á los franciscanos les
-supliqué me siguiesen de cerca, no fuera el diablo á darme el mal rato
-de que se me perdieran.
-
-Finalmente hice notar, que hallándonos ya en donde podía haber
-peligro cuando menos lo esperáramos, quería, puesto que no estábamos
-bien armados, que todos y cada uno nos condujéramos con moderación
-y astucia, con sangre fría sobre todo, que, como ha dicho muy bien
-Pelletan, es el valor que juzga.
-
-Hecho esto, mandé que dos soldados, con dos tropillas que no me hacían
-falta, se volviesen al Río 5.º caminando despacio.
-
-Escribí con lápiz cuatro palabras para el General Arredondo y algunos
-subalternos amigos de mis fronteras, avisándoles que había llegado con
-felicidad al Cuero, y entramos en los montes.
-
-Hermosos, seculares algarrobos, caldenes, chañares, espinillos, bajo
-cuya sombra inaccesible á los rayos del Sol crece frondosa y fresca la
-verdosa gramilla, constituyen estos montes, que no tienen la belleza de
-los de Corrientes, del Chaco ó Paraguay.
-
-Las esbeltas palmeras, empinándose como fantasmas en la noche umbría;
-la vegetación pujante renovándose siempre por la humedad; los
-naranjeros que por doquier brindan su dorada fruta; las enmarañadas
-enredaderas, vistiendo los árboles más encumbrados hasta la cima
-y sus flores inmortales todo el año; fresco musgo tapizando los
-robustos troncos; el liquen pegajoso, que con el rocío matinal brilla,
-como esmaltado de piedras preciosas; las espadañas que se columpian
-graciosas, agitando al viento sus blancos y sedosos penachos; las
-flores del aire, que viven de las auras purísimas, embalsamando la
-atmósfera, cual pebeteros de la riente Natura; las aves pintadas de
-mil colores, cantando alegres á todas horas; los abigarrados reptiles
-serpenteando en todas direcciones; los millones de insectos que
-murmuran en incesante coro diurno y nocturno; el agua siempre abundante
-para consuelo del sediento viajero, y tantas, y tantas otras cosas que
-revelan la eternal grandeza de Dios, ¿dónde están aquí? me preguntaba
-yo, soliloqueando por entre los carbonizados y carcomidos algarrobos.
-
-Y como siempre que bajo ciertas impresiones levantamos nuestro
-espíritu, la visión de la Patria se presenta, pensé un instante en el
-porvenir de la República Argentina el día en que la civilización, que
-vendrá con la libertad, con la paz, con la riqueza, invada aquellas
-comarcas desiertas, destituidas de belleza, sin interés artístico, pero
-adecuadas á la cría de ganados y á la agricultura.
-
-Allí hay pastos abundantes, leña para toda la vida, y agua la que se
-quiera sin gran trabajo, como que inagotables corrientes artesianas
-surcan las Pampas convidando á la labor.
-
-Cada médano es una gran esponja absorbente; cavando un poco en sus
-valles, el agua mana con facilidad.
-
-La mente de los hombres de Estado se precipita demasiado, á mi juicio,
-cuando en su anhelo de ligar los mares, el Atlántico con el Pacífico,
-quieren llevar el ferrocarril por el Río 5.º.
-
-La línea del Cuero es la que se debe seguir. Sus bosques ofrecen
-durmientes para los rieles, cuantos se quieran, combustibles para las
-voraces hornallas de la impetuosa locomotora.
-
-Son iguales á los de Yuca, cuya explotación ha hecho y sigue haciendo
-la empresa del Gran Central Argentino.
-
-Estos campos son mejores que aquéllos.
-
-Y si un ferrocarril, á más de las ventajas del terreno, de la línea
-recta, de las necesidades del presente y del porvenir, debe consultar
-la estrategia nacional, ¿qué trayecto mejor calculado para conquistar
-el desierto que el que indico?
-
-La impaciencia patriótica puede hacernos incurrir en grandes errores;
-el estudio paciente hará que no caigamos en la equivocación.
-
-No puedo hablar como un sabio: hablo como un hombre observador. Tengo
-la carta de la República en la imaginación y me falta el teodolito y el
-compás.
-
-Los peligros para el trabajo son más imaginarios que reales.
-Oportunamente podría ocuparme de este tópico. Por el momento me
-atreveré á avanzar, que yo con cien hombres armados y organizados de
-cierta manera, respondería de la vida y del éxito de los trabajadores.
-
-Incito á meditar sobre este gran problema del comercio y de la
-civilización.
-
-No he visto jamás en mis correrías por la India, por África, por
-Europa, por América, nada más solitario que estos montes del Cuero.
-
-Leguas y leguas de árboles secos, abrasados por la quemazón; de cenizas
-que envueltas en la arena, se alzan al menor soplo de viento; cielo y
-tierra: he ahí el espectáculo.
-
-Aquello entenebrecía el alma. Las cabalgaduras iban ya sedientas,
-Chamalcó estaba cerca.
-
-Llegamos.
-
-El peligro estrecha, vincula, confunde; la unión es un instinto del
-hombre en las horas solemnes de la vida.
-
-Nadie se había quedado atrás. Según los cálculos del baqueano, Chamalcó
-tenía agua.
-
-Esperamos un buen rato antes de dejar beber los animales.
-
-Se reposaron y bebieron.
-
-Nosotros hallamos un manantial al pie de un árbol magnífico, de
-robustez y frondosidad.
-
-Cambiamos caballos y seguimos, saliendo á un gran descampado.
-
-Respiré con expansión.
-
-El europeo ama la montaña, el argentino la llanura.
-
-Esto caracteriza dos tendencias.
-
-Desde las alturas físicas, se contemplan mejor las alturas morales.
-
-Los pueblos más libres y felices del mundo son los que viven en los
-picos de la tierra.
-
-Ved la Suiza.
-
-Á poco andar volvimos á entrar en el monte. Aquí era más ralo. Podíamos
-galopar y era menester hacerlo para llegar con luz á Utatriquin--otra
-aguada,--porque la noche sería sin luna, salía á la madrugada.
-
-Me apuré, cuanto la arboleda lo permitía, y llegamos á la etapa
-apetecida.
-
- «Era la tarde, y la hora
- En que el Sol la cresta dora
- De los Andes...»
-
-Esta aguada es un inmenso charco de agua revuelta y sucia, apenas
-potable para las bestias.
-
-En previsión de que no estuviera buena, habíamos llenado los chifles en
-Chamalcó.
-
-Habíamos marchado muy bien, ganando más terreno del que esperaba,--no
-tenía por qué apurarme ya.
-
-Podía descansar un buen rato, lo que les haría mucho bien á los
-caballos y á mis queridos franciscanos.
-
-Mandé desensillar.
-
-El padre Marcos me miró como diciendo: ¡Loado sea Dios! que si en estos
-berenjenales me mete también me ayuda.
-
-Había un corral abandonado; cerca de él acampamos.
-
-Ordené que se redoblara la vigilancia de los caballerizos, entusiasmé á
-los asistentes con algunas palabras de cariño y un rato después ardió
-flamígero el atrayente fogón.
-
-Comenzó la charla de unos con otros, sin distinción de personas.
-
-Ya lo he dicho: el fogón es la tribuna democrática de nuestro ejército.
-
-El fogón argentino no es como el fogón de otras naciones. Es un fogón
-especial.
-
-Estábamos tomando mate de café de postre; la noche había extendido
-hacía rato su negro sudario.
-
-Una voz murmuró, como para que yo oyera.
-
---Si contara algún cuento el Coronel.
-
-Era mi asistente Calixto Oyarzábal, de quien ya hablé en una de mis
-anteriores; buen muchacho, ocurrente y de ésos que no hay más que
-darles el pie para que se tomen la mano.
-
---¡Sí, sí--dijeron los franciscanos, al oirle, los oficiales y demás
-adláteres,--que cuente un cuento el Coronel!
-
-Me hice rogar y cedí.
-
-Es costumbre que los hombres tomamos de las mujeres.
-
-¿Y sabes, Santiago, qué cuento conté?
-
-Uno de los tuyos.
-
-El del arriero.
-
-Vamos, ¿á que te has olvidado?
-
-Voy á contártelo á tres mil leguas.
-
-El respetable público que asiste á este coloquio, me dispensará.
-
---Fíjense bien--dije antes de empezar,--que este cuento es bueno
-tenerlo presente cuando se viaja por entre montes tupidos.
-
-Todos estrecharon la rueda del fogón, uno atizó el fuego, los ojos
-brillaron de curiosidad y me miraron, como diciendo: ya somos puras
-orejas, empiece usted, pues.
-
-Tomé la palabra y hablé así:
-
---Era éste un arriero, hombre que había corrido muchas tierras; que se
-había metido con la montonera en tiempos de Quiroga y á quien perseguía
-la justicia.
-
-Yendo un día por los Llanos de la Rioja, le salió una partida de
-cuatro. Quisieron prenderlo, se resistió, quisieron tomarlo á viva
-fuerza, y se defendió. Mató á uno, hirió á otro, é hizo disparar á tres.
-
-En esos momentos se avistó otra partida; prevenida ésta por los
-derrotados, apuraron el paso. El arriero huyó y se internó en un monte.
-
-Montaba una mula zaina, media bellaca. Corría por entre el monte,
-cuando se le fué la cincha á las verijas.
-
-Írsele y agacharse la bestia á corcovear, fué todo uno.
-
-El arriero era gaucho y jinete.
-
-Descomponiéndose y componiéndose sobre el recado, anduvo mucho rato,
-hasta que en una de esas, como tenía las mechas del pelo muy largas y
-_porrudas_, se enganchó en el gajo de un algarrobo.
-
-La mula siguió bellaqueando, se le salió de entre las piernas y él
-quedóse colgado.
-
-Permaneció así como un Judas, largo rato, esperando que alguien le
-ayudase á salir del aprieto; pero en vano.
-
-Llegó la noche.
-
-Los que le seguían, aciertan á pasar por allí.
-
-El arriero con la rapidez del pensamiento, concibió una estratagema.
-
-Dejó que la partida se aproximara, poniendo la cara lánguida, y cuando
-al resplandor de la luna vinieron á verle, dijo con voz cavernosa.
-
---¡Viva Quiroga!
-
-La partida al oir hablar un muerto, huyó poseída de terror pánico,
-sujetando los pingos quién sabe dónde.
-
-El arriero se salvó así.
-
-Pero aquella actitud, no podía prolongarse demasiado.
-
-Era incómoda.
-
-Procuró salir de ella. Buscó su cuchillo; con los corcovos de la mula
-lo había perdido.
-
-Era una verdadera fatalidad. No tenía con qué cortarse los cabellos y
-como eran muy largos, no alcanzaba con la mano á desasirlos del gajo en
-que estaban enredados.
-
-Un hombre como él acostumbrado á todas las fatigas podía resistir el
-peso de su propio cuerpo, si no había otro remedio, no digo un día,
-muchos días, teniendo qué comer. Es claro. La necesidad tiene cara de
-hereje.
-
-Pero no tenía nada. Todo se lo había llevado la mula en las alforjas.
-Felizmente tenía un pedazo de queso en los bolsillos, yesquero, tabaco
-y papel.
-
-Agua era lo de menos para un arriero.
-
-Se comió el pedazo de queso.
-
-Sacó después su chuspa y armó un cigarro; luego sacó fuego y fumó.
-
-Nadie pasaba por allí, á pesar de la voz que debieron esparcir los de
-la partida despertando la curiosidad popular.
-
-El arriero fumaba y fumaba y en lugar de otras cosas, cuando tenía
-necesidad echaba humo y humo.
-
-Y así pasó muchos días, hasta que de hambre se comió la camisa y se
-murió de una indigestión.
-
-Y entré por un caminito y salí por otro.
-
-No sé si al público le gustará este cuento; en el fogón fué aplaudido.
-
-Yo soy porteño, del barrio de San Juan y nadie es profeta en su tierra.
-
-Por eso Sarmiento siendo de San Juan es Presidente, habiéndose cumplido
-con él una de mis profecías del Paraguay.
-
-Cuando llegaba al fin de mi cuento, serían las ocho.
-
-Di mis órdenes, encerraron en el corral los caballos, se tomó y ensilló
-en un abrir y cerrar de ojos, montamos, nos pusimos en camino y esa
-noche sucedieron cosas raras...
-
-Basta de cuentos.
-
-
-
-
- XIII
-
- Martes es mal día.--Trece es mal número.--Los _quatorzième_.--Marcha
- nocturna.--Pensamientos.--Sueño ecuestre.--Un latigazo.--Historia de
- un soldado y de Antonio.--Alto.--Una visión y una mulita.
-
-
-Ayer fué martes; mal día para embarcarse, casarse, presentar
-solicitudes, pedir dinero á réditos y suicidarse.
-
-Á más de ser martes, esta carta debía llevar, como lleva, el número
-_trece_, número de mal agüero, misterioso, enigmático, simbólico,
-profético, fatídico, en una palabra, cabalístico.
-
-Las cosas que son _trece_ salen siempre malas. Entre trece suceden
-siempre desgracias. Cuando trece comen juntos, á la corta ó á la larga
-alguno de ellos es ahorcado, muere de repente, desaparece sin saberse
-cómo, es robado, naufraga, se arruina, es herido en duelo. Finalmente,
-lo más común, es que entre trece haya siempre un traidor.
-
-Es un hecho que viene sucediéndose sin jamás fallar desde la famosa
-cena aquélla en que Judas le dió el pérfido beso á Jesús.
-
-Es por esa razón que en Francia, nación cultísima, hay una industria,
-que no tardará en introducirse en Buenos Aires donde todas las plagas
-de la civilización nos invaden día á día con aterrante rapidez. El
-cólera, la fiebre amarilla y la epizootia, le quitan ya á la antigua y
-noble ciudad el derecho de llamarse como siempre. Pestes de todo género
-y auras purísimas; es una incongruencia.
-
-Debiera quitarse nombre y apellido como hacen los brasileños, en cuyos
-diarios suelen leerse avisos así:
-
-De hoy en adelante Juan Antonio Alves, Pintos, Bracamonte y Costa,
-se llamará Miguel da Silva, da Fonseca é Toro. Tome buena nota el
-respetable público.
-
-Es una excelente costumbre que prueba los adelantos del Imperio.
-Porque mediante ella los pillos hacen sus evoluciones sociales con más
-celeridad. En un país semejante Luengo no tendría más que poner un
-aviso para ser Moreira, persona muy decente.
-
-La industria de que hablaba toma su nombre de los que la ejercen
-llamados _le quatorzième_ (décimo cuarto).
-
-_Le quatorzième_, no puede ser cualquiera. Se requiere ser joven,
-no pasar de treinta y cinco años, tener un porte simpático, maneras
-finas, vestir bien, hablar varios idiomas y estar al cabo de todas las
-novedades de la época y del día.
-
-Cuando alguien ha convidado á varios amigos á comer en su casa, en el
-_restaurant_, ó en el hotel, y resulta que por la falta de uno ó más
-no hay reunidos sino _trece_ y que se ha pasado el cuarto de hora de
-gracia concedido á los inexactos, se recurre al _quatorzième_.
-
-¡Cómo han de comer trece, exponiéndose á que bajo la influencia de
-malos presentimientos la digestión se haga con dificultad!
-
-Se envía, pues, un lacayo en el acto por el _quatorzième_. En todos
-los barrios hay uno, así es que no tarda en llegar; es como el médico.
-
-Entra y saluda, haciendo una genuflexión, que es contestada
-desdeñosamente; y acto continuo se abre la puerta que cae al comedor,
-ó no se abre, porque los convidados pueden estar en él ó por cualquier
-otra razón, y se oye: _¡Monsieur est servi!_
-
-Siéntanse los convidados. ¡Qué felicidad! ¡La sopa humea de caliente,
-no se ha enfriado! La alegría reina en todos los semblantes. Han
-comenzado á sonar los platos, á chocarse las copas. De repente óyese un
-grito del anfitrión:
-
---¡Ahí está al fin! Siéntese usted donde quiera, que los demás no
-vendrán ya.
-
-Y Monsieur de la Tomassière (en un tipo de este apellido, Paul de
-Kock ha personificado el tipo de esos amigos fastidiosos que siempre
-llegan tarde), se presenta y se sienta, pidiendo disculpas á todos y
-protestando que es la primera vez que tal cosa le sucede.
-
-Mientras tanto, _le quatorzième_ ha visto una seña del dueño de la
-casa, que en todas partes del mundo quiere decir: _retírese usted_, y
-sin decir oste ni moste se ha eclipsado. Iba quizá á probar la sopa
-cuando Mr. de la Tomassière se presentó.
-
-Al llegar á la puerta de la calle de donde vive, se halla con un
-necesitado que le espera. En otro banquete le aguardan con impaciencia.
-Han buscado varios _quatorzième_, no hay ninguno. Esa noche dan muchas
-comidas, hay muchos inexactos ó un exceso de previsión y la demanda de
-_quatorzième_ es grande desde temprano.
-
-El _quatorzième_ marcha; llega, igual escena á la anterior. Tiene que
-desalojar su puesto antes de haber probado un plato siquiera de cosa
-alguna.
-
-Al volver á llegar á la puerta de calle de su pobre mansión, otro
-necesitado. Le sigue con éxito semejante al de los pasados convites.
-
-Hay noches en que las idas y venidas del pobre _quatorzième_ exceden
-toda ponderación.
-
-Ha ganado bien su dinero, porque cada viaje se paga, pero ha pasado por
-el suplicio de Tántalo.
-
-La civilización de Buenos Aires debe pensar seriamente en esto. No
-soy un alarmista. Pero sostengo que así como estamos amenazados de
-muchas pestes por falta de policía municipal, hace muchos años que
-la educación se descuida inculcar en los niños esta idea: uno de los
-mayores defectos sociales es hacer esperar.
-
-Tan es así, que me acuerdo yo de un andaluz que vivió once años de
-huésped en casa de una tía mía. Un día anunció que se iba á su tierra.
-¡Ya era tiempo! Su despedida consistió en esto:
-
---Señora, usted no puede tener queja de mí, siempre he estado presente
-á la hora fija de almorzar y comer.
-
-Con lo cual se marchó, habiendo dicho no poco, que el que no ha
-esperado jamás gente á comer, porque nunca ha dado comidas, habiéndose
-limitado á comerlas, no sabe lo que es esperar un huésped ó un
-convidado.
-
-Indudablemente debe haber una enfermedad que los médicos no conocen,
-proveniente de la impaciencia de esperar gente á comer.
-
-La ciencia no tardará en descubrirla y en agregarla á la nomenclatura
-patológica.
-
-Creo haberte explicado suficientemente, Santiago amigo, que si esta
-décimatercia carta no se publicó ayer, ha sido porque fué martes y
-porque su número es fatal.
-
-Cuando me moví de Utatriquin:
-
-«_The bright sun was extinguish'd, and the stars
-Did wander darkling in the eternal space»._
-
-La noche estaba bastante obscura. El monte era muy espeso y en las
-sendas de la rastrillada había muchos troncos de árbol y pequeños
-arbustos. Era sumamente incómodo para el caballo y para el jinete.
-Teníamos que andar muy despacio. Nos dormíamos... De vez en cuando una
-rama de algarrobo ó de chañar, azotaba la faz del caminante y le sacaba
-de su sopor.
-
-La lentitud del aire de la marcha hacía que mi comitiva no fuera en
-tanta dispersión como otras ocasiones.
-
-Yo iba mustio y callado, como la misma noche.
-
-Pensaba en el instante inesperado que marca más tarde ó más temprano
-en el cuadrante de la vida, el pasaje de lo conocido á lo desconocido,
-de la triste realidad á un quién sabe más triste aún; á un estado
-inconsciente, al vacío, á la nada; pensaba en lo que serían mis días
-hasta ese instante solemne en que extinguiéndose mi vista, mi voz, con
-el último soplo de vida, me quede todavía aliento para reunir todas las
-fuerzas de mi espíritu y decirme á mí mismo: _¡Me muero!_
-
-Y pensando en esto, me engolfé en otras reflexiones y cuando la duda
-horrible y desgarradora me asaltó, recordé á Hamlet:
-
- _... To die,--to sleep...
- To sleep! perchance to dream._
-
-Me quedé como soñando... Veía todos los objetos envueltos en una
-bruma finísima de transparencia opaca; los árboles me parecían de
-inconmensurable altura, vi desfilar confusas muchedumbres, ciudades
-tenebrosas, el cielo y la tierra eran una misma cosa, no había
-espacio...
-
-Un latigazo aplicado á mi rostro por el gajo de un espinillo, en cuyas
-espinas quedó enganchado mi sombrero obligándome á detenerme, me sacó
-del fantástico _fantaseo_ en que me sumía la somnolencia producida por
-la monotonía de la marcha.
-
-Varios soldados me seguían de cerca conversando. Parece que hacía rato
-se contaban por turno sus aventuras. El que hablaba cuando mi atención
-se fijó en el grupo, decía así:
-
---Pues, amigo, á mí me echaron á las tropas de línea sin razón.
-
---¡Cuándo no!--le dije,--ya saliste con una de las tuyas. Nunca hay
-razón para castigarlos á ustedes.
-
---Sí, mi Coronel--repuso,--créame.
-
---¿Cómo fué eso?
-
---Yo tenía un amigo muy diablo á quien quería mucho, y á quien le
-contaba todo lo que me pasaba.
-
-Se llamaba Antonio.
-
-Al mismo tiempo tenía amores con una muchacha de Renca, que me quería
-bastante, cuyo padre era rico y se oponía á que la visitara.
-
-Mi intención era buena.
-
-Yo me habría casado con la Petrona, ése era su nombre.
-
-Pero no basta que el hombre tenga buena intención si no tiene suerte,
-si es pobre.
-
-Tanto y tanto nos apuraba el amor, que, al fin resolvimos irnos para
-Mendoza, casarnos allí, y volver después cuando Dios quisiera.
-
-En eso andábamos, viéndonos de paso con mucha dificultad; porque
-siempre nos espiaban los padres y el juez, que era viudo y medio viejo,
-que quería casarse con la Petrona, y cuya hija menor tenía tratos con
-Antonio, de quien era muy enemigo; siempre lo amenazaba con que lo
-había de hacer veterano.
-
-Un día arreglamos al fin, después de mucho trabajo, cómo habíamos de
-fugar.
-
-Yo debía sacar á la Petrona de su casa en la noche.
-
-Antonio me acompañaría, para cuidar la ventana, que era por donde había
-de entrar. No podíamos descuidarnos con el juez.
-
-La ventana caía al cuarto del padre de Petrona que era jugador, muy
-jugador, lo mismo que Antonio. En ese tiempo había hecho una gran
-ganancia. Á Antonio le había ganado todas sus prendas y éste le andaba
-con ganas.
-
-Petrona dejó apretada la ventana. Una tía le acompañaba y dormía junto
-con ella, en el mismo cuarto. Doña Romualda, la madre, andaba por el
-puesto.
-
-Esa noche era muy linda ocasión, porque el padre de Petrona estaba de
-tertulia.
-
-Tempranito estuvo Antonio en ella y vino á avisarme que el hombre
-ganaba ya mucho, diciéndome que si no nos apurábamos erraríamos el
-golpe.
-
-Aunque la hora convenida con Petrona era cuando la diesen las cabritas,
-me resolví á ir un poco más temprano.
-
-Todo estaba pronto, caballos y con qué comprar algo por el camino. Yo
-tenía algunos reales.
-
-Salimos de casa de Antonio, llegamos á la ventana de Petrona, la
-empujamos despacito y salté yo sin hacer ruido dejándola abierta.
-Cuando estuve en el cuarto oí roncar. Era el padre de Petrona, que
-según los cálculos de Antonio, se había retirado de su tertulia antes
-de la hora acostumbrada.
-
-Antonio sintió los ronquidos y me dijo en voz baja: vámonos, ché, hoy
-no se puede.
-
-No quise obedecerle, y por toda contestación le dije, ¡chit!
-
-El cuarto estaba obscuro, tenía que caminar en puntas de pie, con
-mucho cuidado para no hacer ruido, hasta acercarme á la cama de Petrona.
-
-Ella me había sentido. Lo mismo que yo, contenía la respiración. Si se
-despertaba el padre, teníamos mal pleito. Ella no se escapaba de una
-soba, yo de una puñalada, porque era malísimo.
-
-Me acercaba á la cama de Petrona sin sentir que detrás de mí había
-entrado Antonio.
-
-Le había ya tomado la mano y ella iba ya á levantarse, cuando oímos
-ruido de plata y un grito: ¡Ah, pícaro!
-
-Era la voz del padre de Petrona.
-
-Antonio tuvo la tentación de robarle, él lo sintió y le agarró del
-poncho.
-
-Yo no podía salir sino por donde había entrado; esconderme bajo la
-cama, era peligroso.
-
-El padre de Petrona gritaba con todas sus fuerzas: ¡ladrones! ¡ladrones!
-
-La tía se levantó. Yo intenté escaparme. Pero no pude, delante de mí
-salía Antonio, me obstruyó el paso, y el padre de Petrona me agarró.
-
-Luché con él un rato inútilmente.
-
-La hermana le ayudaba.
-
-Petrona estaba medio muerta. El padre furioso, porque ella también no
-venía en su ayuda, encendiendo luz pronto. Le amenazó con matarla si no
-lo hacía. Tuvo que hacerlo.
-
-Para esto Antonio se había ido con la plata.
-
-Entre el padre de Petrona y la hermana, me amarraron bien.
-
-Á los gritos vinieron dos de la partida de policía, que estaba cerca de
-allí y me llevaron preso. Me pusieron en el cepo para que dijese dónde
-estaba la plata, y contesté siempre que no sabía, que yo no la había
-robado.
-
-Me preguntaron que si tenía cómplices, teniéndome siempre en el cepo, y
-contesté que no.
-
---¿Y por qué no decías que Antonio era el ladrón?
-
---¡Y cómo lo había de descubrir á mi amigo! ¡Y cómo la había de perder
-á Petrona cuando la quería tantísimo! Yo prefería pasar por ladrón á
-ser delator de mi amigo; yo prefería pasar por ladrón y no que dijeran
-que Petrona era mi querida. Yo prefería ser soldado á todo eso.
-
-Además, como todas las mujeres son iguales, falsas como la plata
-boliviana, supe esos días no más, antes que me echaran á las tropas de
-línea, que Petrona decía para salvarse del castigo de su padre, que
-algo andaba maliciando que yo era un pícaro que la había solicitado á
-ella de mala fe, con sólo la intención de hacer el robo que me había
-hecho.
-
-Quién sabe si no hubiera sido eso, si no declaro al fin atormentado por
-el cepo, que Antonio era el ladrón; éste ya se había ido para la sierra
-de Córdoba, y cuándo lo pescaban siendo, como era, ¡un muchacho tan
-diantre! Era mozo muy gaucho y alentado.
-
---¿Y, te acuerdas todavía de Petrona, Macario?
-
---¡Ay! mi Coronel, si las mujeres cuánto más malas son, más tardamos en
-olvidarlas.
-
---¿Y nunca hubo nada con ella?
-
---Mi Coronel, usted sabe lo que son esas cosas de amor, cuando uno
-menos piensa...
-
---La ocasión hace al ladrón--dijo Juan Díaz, uno de mis baqueanos muy
-ocurrente.
-
-En esos momentos el bosque se abría formando un hermoso descampado;
-la nítida y blanca luna se levantaba, y las estrellas centelleaban
-trémulamente en la azulada esfera.
-
-Detuve mi caballo, que no obedecía como un rato antes á la espuela, y
-dirigiéndome á los franciscanos que no se separaban de mí, les consulté:
-
---Si tenían ganas de descansar un rato.
-
---Con mucho gusto--contestaron.--Los buenos misioneros iban molidos;
-nada fatiga tanto como una marcha de trasnochada.
-
-El pasto estaba lindísimo, la noche templada, pararnos no les haría
-sino bien á los animales.
-
-Pasé la voz de que descansaríamos una hora.
-
-Se manearon las madrinas de las ropillas, cesó el ruido de los
-cencerros, único que interrumpía el silencio sepulcral de aquellas
-soledades, y nos echamos sobre la blanda hierba.
-
-Yo coloqué mi cabeza en una pequeña eminencia, poniendo encima un
-poncho doblado á guisa de almohada, y me dormí profundamente.
-
-Tuve un sueño y una visión envuelta en estas estrofas de Manzoni, á
-manera de guirnalda ó de aureola luminosa:
-
- «Tutto ei provó; la gloria
- Maggior dopo il periglio.
- La fuga, e la vittoria
- La reggia, e el triste esiglio.
- Due volte nella polvere,
- Due volte sugli altar.»
-
-Me creía un conquistador, un Napoleón chiquito.
-
-De improviso sentí, como si la cabeza se me escapara, hice fuerzas
-con la cabeza endureciendo el pescuezo, la tierra se movía; yo no
-estaba del todo despierto, ni del todo dormido. La cabecera seguía
-escapándoseme, creí que soñaba, fuí á darme vuelta y un objeto con
-cuatro patas, negro y peludo corrió... Había hecho cabecera de una
-mulita.
-
-Los héroes como yo tienen sus visiones así, sobre reptiles, y las
-páginas de nuestra historia no pueden terminar sino poniendo al fin de
-cada capítulo el terrible _lasciate ogni speranza_.
-
-Dejemos dormir á mi gente un rato mientras yo compongo mi cabecera.
-
-
-
-
- XIV
-
- Sueño fantástico.--En marcha.--Calixto Oyarzábal y sus cuentos.--Cómo
- se busca de noche un camino en la Pampa.--Campamento.--Los primeros
- toldos.--Se avistan chinas.--Algarrobo.--Indios.
-
-
-Después que arreglé mi buena cabecera, me volví á quedar dormido, hasta
-que Camilo, el exacto y valiente Camilo se acercó á mí y diciéndome al
-oído: Mi Coronel, me despertó.
-
-Tenía en ese momento un sueño que era como la perspectiva confusa del
-pintado calidoscopio.
-
-Estaba en dos puntos distantes al mismo tiempo, en el suelo y en el
-aire. Yo era _yo_, y á la vez el soldado, el paisano ese, lleno de
-amor y abnegación, cuya triste aventura acababa de ser relatada por
-sus propios labios, con el acento inimitable de la verdad. Yo me
-decía, discurriendo como él:--¡Qué ingrata y qué mala fué Petrona!--y
-discurriendo como yo mismo,--Byron, tan calumniado, tiene razón: en
-todo el clima el corazón de la mujer es tierra fértil en efectos
-generosos; ellas, en cualquier circunstancia de la vida saben, como
-la Samaritana, prodigar el óleo y el vino. De repente yo era Antonio,
-el ladrón del padre de Petrona, ora el Juez celoso, ya el cabo Gómez,
-resucitado en Tierra Adentro. En el instante mismo en que me desperté,
-el desorden, la perturbación, la incompatibilidad de las imágenes del
-delirio llegaban al colmo. Había vuelto á tomar el hilo del sueño
-anterior--no sé si al lector le suele suceder esto,--y montado, no
-ya en la mulita que se me escapara de la cabecera, sino en un enorme
-gliptodón, que era yo mismo, y persistiendo mi espíritu en alcanzar la
-visión de la gloria cabalgando reptiles, discurría por esos campos de
-Dios murmurando:
-
- «Dall'Alpi alle Piramide
- Dall'Mansanare al Reno,
- ......................................
- Dall'uno all'altro mare.»
-
-Pronto estuvimos otra vez en camino con cabalgaduras frescas.
-
-La noche tenía una majestad sombría; soplaba un vientecito del Sur y
-hacía un poco de frío. Medio entumido como me había levantado de mi
-gramíneo lecho, temí dormirme sobre el caballo, y era indispensable
-tener muchísimo cuidado, pues, en cuanto salimos del descampado y
-entramos de nuevo en el bosque, comenzaron á azotarnos sin piedad las
-ramas de los árboles. La penumbra de la luna eclipsada á cada momento
-por nubes cenicientas que corrían veloces por el vacío de los cielos,
-hacía muy difícil apreciar la distancia de los objetos; así fué que
-más de una vez apartamos ramas imaginarias y más de una vez recibimos
-latigazos formidables en el instante mismo en que más lejos del peligro
-nos creíamos.
-
-¿No sucede en el sendero de la vida--de la política, de la milicia, del
-comercio, del amor,--lo mismo que cuando en nublada noche atravesamos
-las sendas de un monte tupido?
-
-Cuando creemos llegar á la cumbre de la montaña con la piedra nos
-derrumbamos á medio camino. Nos creemos al borde de la playa apetecida
-y nos envuelve la vorágine irritada. Esperamos ansiosos la tierna y
-amorosa confidencia y nos llega en perfumado y pérfido billete un
-_¡olvidadme!_ Ofrecemos una puñalada, y somos capaces de humillarnos á
-la primera mirada compasiva.
-
-¡Cuán cierto es que el hombre no alcanza á ver más allá de sus narices!
-
-Llamé, para no dormirme, á Francisco, mi lenguaraz, y de pregunta en
-pregunta, llegué á asegurarme de que no tardaríamos muchas horas en
-hallarnos entre las primeras tolderías.
-
-Díjome que poco antes de llegar adonde íbamos á parar, se apartaban
-varios caminos: que debíamos ir con mucho cuidado para no tomar uno
-por otro; que él era baqueano, pero que podía perderse haciendo mucho
-tiempo que no había andado por allí.
-
---Pues entonces no conversemos; no vayas á distraerte con la
-conversación y nos extraviemos--le contesté.
-
-Y esto diciendo, sujeté de golpe el caballo, esperé á que toda la
-comitiva estuviese junta, y previne que de un momento á otro íbamos á
-llegar adonde se apartaban varios caminos, no tardando en encontrarnos
-entre las primeras tolderías; que tuvieran cuidado, que quien primero
-notara otros caminos ó toldos, avisara.
-
-Marchamos un rato en silencio, oíase de cuando en cuando el relincho de
-los caballos, y constantemente el cencerreo de las madrinas.
-
-De repente oyóse una carcajada.
-
-Era Calixto, mi jocoso asistente, el revolucionario de marras, que,
-según su costumbre, iba contando cuentos y que acababa de echarles á
-los compañeros una mentira de á folio.
-
---¿Qué hay?--pregunté.
-
---Nada, mi Coronel--contestó Juan Díaz,--es Calixto que nos quiere
-hacer comulgar con ruedas de carreta.
-
-El muy mentiroso acababa de jurar, por todos los santos del cielo,
-que una mujer de la Sierra había parido un fenómeno macho--así dijo
-él,--con dos cabezas.
-
-Hasta aquí el hecho no tenía nada de inverosímil. Lo gordo era que
-Calixto agregaba. Que el muchacho--por no decir los muchachos,--tenía
-los más extraños caprichos; que con una boca bebía leche de vaca y
-con la otra de cabra; que con una decía sí y con otra no; que con una
-lloraba y con la otra cantaba, armando mediante ese dualismo unas
-disputas y camorras infernales, que eran muy entretenidas.
-
---Eres un gran embustero--le dije.
-
---Mi Coronel--contestó,--embustera será la gaceta en que yo lo he leído.
-
---¿Y en qué gaceta has leído eso?
-
---En un pedazo de gaceta en que me envolvieron días pasados una libra
-de azúcar que me vendió don Pedro en el Fuerte Sarmiento. Allí lo
-leímos en la cuadra del 7 de caballería; el amigo Carmen se ha de
-acordar.
-
-Y Carmen, otro de mis asistentes, dió testimonio del hecho, corrigiendo
-solamente algunos detalles.
-
-Á lo cual Calixto observó:
-
---Bueno, yo me habré olvidado de algo; pero _lo más es verdad_, es
-verdad.
-
---¿Cómo, que eso ha sucedido en la Sierra, que es donde se consuman
-todas las maravillas para un cordobés?
-
---De eso no me acuerdo bien.
-
---Padre Marcos, cuando lleguemos á Leubucó, confiéseme ese mentiroso.
-
---Con mucho gusto--contestó el buen franciscano, siempre dulce, atento
-y amable en su trato.
-
-Y cuando aquí llegábamos, una voz gritó:
-
---¡Acá va el camino!
-
-Me detuve y conmigo todos los que me seguían de cerca; los demás fueron
-llegando uno tras otro.
-
---Debemos estar por llegar--dijo Mora,--voy á ver, mi Coronel.
-
-Esperé un rato.
-
-Volvió diciendo que estaba muy obscuro, que no podía reconocer la
-rastrillada más traqueada, que era la que debíamos tomar.
-
-En efecto, un nubarrón parduzco eclipsaba totalmente la luna menguante
-y las estrellas apenas despedían su vacilante luz, por entre la tenue
-bruma que se levantaba en toda la redondez del horizonte.
-
-Habíamos llegado á otro gran descampado, cuyos límites no se
-columbraban por la obscuridad.
-
-Ordené que cortaran paja.
-
-Rápidos y ágiles se desmontaron los asistentes y obedecieron.
-
-En un verbo tuvimos hermosas antorchas, y buscando al resplandor de
-ellas el camino que debíamos seguir, no tardamos en hallarlo.
-
-Iba por él el rastro de Angelito y del cabo Guzmán.
-
---Han pasado no hace mucho rato--afirmaron los rastreadores,--y van con
-los caballos aplastados y sólo con el montado.
-
---Angelito va en el picazo--dijo uno.
-
---Ché, y el cabo Guzmán--agregó otro,--en el moro clinudo.
-
-Tomamos el camino.
-
-Debíamos estar á una legua. Los primeros toldos no se veían por la
-lobreguez de la noche.
-
-Llegamos... Era un charco de agua entre dos medanitos. Acampamos...
-Mandé asegurar bien las tropillas y me acosté no exclamando como el
-poeta:
-
- «Without a hope in life.»
-
-Al contrario, esperanzado en el favor de Dios que hasta allí me había
-llevado con felicidad.
-
-Era singular que los indios no nos hubieran sentido todavía; ellos,
-que son tan andariegos, que se acuestan tan temprano y se levantan con
-estrellas.
-
-La luz crepuscular anunciaba la proximidad de un nuevo día.
-
-Durmamos...
-
-Es fácil conciliar el sueño cuando la civilización no nos incomoda, no
-nos irrita con sus inacabables inconvenientes, cuando no tiene uno más
-que echarse, cuando no hay ni el temor de desvelarse, quitándose la
-ropa, ó pensando en lo que la justicia y la generosidad humanas acaban
-de hacernos ó se proponen hacernos.
-
-Lo confieso, en nombre de las cosas más santas. Yo no he dormido jamás
-mejor, ni más tranquilamente que en las arenas de la Pampa, sobre mi
-recado.
-
-Mi lecho, el lecho blando y mullido del hombre civilizado, me parece
-ahora comparado con aquél, un lecho de Procusto.
-
-Viviendo entre salvajes he comprendido por qué ha sido siempre más
-fácil pasar de la civilización á la barbarie que de la barbarie á la
-civilización.
-
-Somos muy orgullosos. Y sin embargo, es más fácil hacer de _Orión_ ó de
-Carlos Keen un cacique, que de Calfucurá ó de Mariano Rosas un _Orión_
-ó un Carlos Keen.
-
-¿Hay quién lo ponga en duda?
-
-Me desperté al ruido de los soldados que señalaban toldos acá y acullá.
-
-La curiosidad me puso de pie en un abrir y cerrar de ojos.
-
-Los franciscanos y los oficiales hicieron lo mismo.
-
-Ya no se pensó en dormir, sino en las novedades que, sin duda,
-ocurrirían.
-
-El toldo más próximo estaría distante de nosotros unos mil metros.
-
-Divisábamos algo colorado.
-
-Los soldados con ese ojo de águila que tienen, tan bueno como el mejor
-anteojo, decían si eran indios ó chinas, los contaban y se reían á
-carcajadas.
-
-Estaban en sus coloquios cuando uno de ellos dijo:
-
---De aquel toldo salen tres chinas enancadas... y vienen para acá.
-
-Con efecto, no tardamos en verlas llegar, como deteniéndose á cien
-metros de nuestro volante campamento.
-
-Mandé que el lenguaraz les hablara; díjoles que era yo, el coronel
-Mansilla, que iba de paces, que se acercaran.
-
-Las chinas castigaron el flaco mancarrón que montaban enhorquetadas
-como hombres, medio acurrucadas, y vinieron hacia mí.
-
-Me acerqué á ellas.
-
-Las tres eran jóvenes, dos bien parecidas, una así así.
-
-Vestían su traje habitual, que después tendré ocasión de describir, y
-cada una de ellas traía una sandía. Era un regalo, por si teníamos sed.
-El agua de la lagunita era impotable, ellas lo sabían.
-
-Acepté el obsequio y les di doce reales bolivianos, azúcar, hierba,
-tabaco, papel, todo cuanto pudimos: llevábamos bien poca cosa, habiendo
-quedado los cargueros atrás.
-
-Les pregunté por sus maridos; y contestaron que hacía días andaban
-boleando.
-
-Que cómo no habían tenido recelo de acercarse, y contestaron que hacía
-poco acababan de saber por Angelito que iban llegando á su tierra un
-cristiano muy bueno; que qué miedo habían de tener, siendo además
-mujeres.
-
-¡Estas mujeres, señor, en todas partes se creen seguras! y mientras
-tanto, ¡en dónde no corren riesgo!
-
-No he visto nada más confiado que las tales mujeres (para ciertas
-cosas, por supuesto.)
-
-Era indudable que ya nos habían sentido los indios.
-
-Mandé ensillar para llegar á la Verde y esperar un rato allí, donde
-hallaríamos buen pasto y excelente agua.
-
-Mi lenguaraz se fué con las chinas al toldo, se cercioró de que no
-había indios en él y volvió con una ponchada de algarrobo.
-
-Es un entretenimiento muy agradable ir á caballo masticando ó chupando
-esa fruta.
-
-Así fué que en tanto caminábamos funcionaban las mandíbulas.
-
-Ya no íbamos por entre montes, quedaban éstos al Naciente, al Poniente
-y al frente en lejanía.
-
-Habíamos llegado á un campo que quebrándose en médanos bastante
-escarpados, semejaba el paisaje á las soledades del desierto de Arabia.
-
-La vegetación era escasa y pobre. El guadal profundo. Los caballos
-caminaban con dificultad.
-
-La mañana estaba lindísima.
-
-Veíamos toldos en todas direcciones, lejos; pero indios, jinetes,
-ninguno.
-
-Y era lo que más deseaban todos.
-
-Ver indios, indios, eso es lo que quisiera, decían los franciscanos;
-y yo les replicaba: tengan paciencia, padres, que quién sabe si no es
-para un susto.
-
-De médano en médano, de ilusión en ilusión, de esperanza en esperanza,
-llegamos á La Verde.
-
-Serían las diez de la mañana.
-
-Es una laguna como de trescientos metros de diámetro, profunda,
-adornada de árboles y escondida en la olla de un médano que tendrá
-setenta pies de elevación.
-
-Mandé desensillar y mudar caballos.
-
-Yo, aunque sea esto un detalle que no le interesa mucho al lector, me
-desnudé y, echéme al agua.
-
-Quería inspirar confianza á los que me seguían, y más que á éstos, á
-los indios si me descubrían en aquel lugar.
-
-Ya debían estar prevenidos. Y aquí me detengo hoy. Mañana te contaré
-los percances del resto del día, en que los franciscanos queridos no
-ganaron para sustos.
-
-
-
-
- XV
-
- La Laguna Verde.--Sorpresa.--Inspiraciones del
- gaucho.--Encuentros.--Grupos de indios.--Sus caballos y
- trajes.--Bustos.--Amenazas.--Resolución.
-
-
-Después que me bañé, que comieron, descansaron y se refrescaron las
-cabalgaduras en las profundas aguas de _La Verde_, mandé ensillar, y
-continuó la marcha.
-
-Estábamos tan cerca ya de Leubucó, que era en verdad sorprendente no se
-hiciera ver ningún indio.
-
-Angelito y el cabo Guzmán, debían estar á esas horas descansando en el
-toldo del cacique Mariano Rosas, y éste prevenido de que yo llegaría de
-un momento á otro.
-
-Íbamos con mi lenguaraz haciendo conjeturas y atravesando siempre
-un terreno guadaloso, sumamente pesado, tanto que los caballos no
-resistían al trote, cuando al coronar los últimos pliegues de la
-sucesión de médanos que forman el gran médano de _La Verde_, divisamos,
-viniendo al galope, un indio armado de lanza.
-
-Mi lenguaraz se alarmó... lo conocí en cierta expresión de sorpresa que
-vagó por su cara.
-
---¿Qué hay, le dije, que te llama así la atención?
-
---Señor--repuso,--los indios no tienen costumbre de andar armados en
-Tierra Adentro.
-
---¿Y qué será?
-
-Se encogió de hombros, vaciló un instante y por fin contestó:
-
---Deben estar asustados.
-
---¿Pero asustados de qué, cuando le he escrito á Mariano, y tú mismo le
-has traducido y explicado bien á Angelito mi mensaje para Ramón, para
-él y Baigorrita?
-
---¡Ah! señor, los indios son muy desconfiados.
-
-El indio avanzaba hacia nosotros, haciendo molinetes con su larga
-lanza, adornada de un gran penacho encarnado de plumas de flamenco.
-
-Tuve la intención de detenerme. Pero en la disyuntiva de que el indio
-creyera que lo hacía por recelo de él, y aumentar sus sospechas, si
-venía á reconocerme, preferí lo último, aun exponiéndome á que por no
-dejarlo acercarse bastante, no me reconociera bien.
-
-Entre asustarse y asustar, la elección no es nunca dudosa. Un gran
-capitán ha dicho, que una batalla son dos ejércitos que se encuentran
-y quieren meterse miedo. En efecto, las batallas se ganan, no por el
-número de los que mueren gloriosamente, luchando como bravos, sino por
-el número de los que huyen ó pierden toda iniciativa, aterrorizados por
-el estruendo del cañón, por el silbido de las balas, por el choque de
-las relucientes armas y el espectáculo imponente de la sangre, de los
-heridos y de los cadáveres.
-
-El indio sujetó su caballo, y con la destreza de un acróbata se puso de
-pie sobre él, sirviéndole de apoyo la lanza.
-
-Venía del Sur. Ése era mi rumbo. Seguí avanzando, aunque acortando algo
-el paso.
-
-El indio continuó inmóvil.
-
-Estaríamos como á tiro de fusil de él, cuando cayendo á plomo sobre
-el lomo de su caballo, partió á toda rienda en mi dirección, pero
-visiblemente con el intento de que no nos encontráramos.
-
-Hay aptitudes que no pueden explicarse; sólo la práctica da el
-conocimiento de ellas: es una especie de adivinación.
-
-Nuestros paisanos tienen á este respecto inspiraciones que pasman.
-
-Á mí me ha sucedido ir por los campos, y decirme Camilo Arias: allí
-debe haber animales alzados y han de ser baguales, por el modo como
-corre ese venado, y en efecto, no tardar muchos minutos en descubrir
-los ariscos animales, flotando al viento sus largas crines y corriendo
-impetuosos. ¡Qué hermoso es un potro visto así en los campos!
-
-Destaqué mi lenguaraz sobre el indio, sin detenerme, con la orden de
-que lo hiciera venir á mí.
-
-Como ni el indio ni yo nos detuviéramos, llegamos á encontrarnos á la
-misma altura, pero en distintas direcciones. Hubiérase dicho que nos
-habíamos pasado la palabra, al vernos hacer alto simultáneamente.
-
-Mi lenguaraz se puso al habla con el indio. Habló un momento con él, y
-volvió diciéndome que quería reconocerme.
-
-Piqué mi caballo, y ordenándole á mi gente que nadie me siguiese,
-partí á media rienda sobre el indio, que me esperaba con el caballo
-recogido y la lanza enristrada. Á los veinte pasos de él, sujeté,
-diciéndole: buenos días, amigo. ¡Buenos días!--contestó.--Cambiamos
-algunas palabras más, por medio del lenguaraz, tendientes todas á
-tranquilizarlo, y él dió vuelta rumbiando al Sur á todo escape, y yo,
-reuniéndome con mi gente, seguí ganando terreno paso á paso.
-
-Mora, mi lenguaraz, parecía de mal talante, y, en efecto, lo estaba,
-pues habiéndole interrogado, me manifestó las más serias inquietudes.
-
-Hablábamos de las leguas que todavía teníamos que hacer para llegar á
-Leubucó, discurriendo sobre si seguiríamos por el camino de Cerrilobo,
-que pasa por los toldos del cacique Ramón, ó por el de la derecha,
-que pasa por la lagunita del Calcumuleu, que debíamos encontrar por
-momentos, cuando avistamos dos indios ocultos en un pliegue del terreno.
-
-No podía saber si alguno de ellos era el mismo con quien acababa de
-hablar.
-
-Le consulté á Mora.
-
-Fijó su vista, observó un instante, y contestó con aplomo:
-
---Son otros, el pelo del caballo del primero era gateado.
-
-Los dos indios avanzaron sobre mí resueltamente.
-
-Como el anterior, venían armados.
-
-No tardamos en estar muy cerca.
-
-Éstos no trataban, como el primero, de buscarme el flanco.
-
---¡Vienen á toparnos!--decía Mora,--¡vienen á toparnos! Y vienen en
-buenos pingos.
-
---Pues vamos á toparlos, vamos á toparlos--agregaba yo, y esto
-diciendo, castigué con fuerza el caballo, y ordenándole á mi gente que
-no apuraran el paso, me lancé á escape.
-
-Con la rapidez de relámpago nos hubiéramos topado, si unos y otros no
-hubiéramos sujetado á unos cincuenta pasos, avanzando después poco á
-poco, hasta quedar casi á tiro de lanzada.
-
---Buenos días, amigo, ¿cómo va?--les dije.
-
---Buenos días, ché amigo,--contestaron ellos.
-
-Y como estuvieran con las lanzas enristradas, le observé á mi lenguaraz
-se los hiciera notar, diciéndoles quien era yo, que iba de paces, y
-que no traía más gente que la que se veía allí cerca.
-
-Los indios recogieron las lanzas á la primera indicación de Mora, y
-cuando éste acabó de hablarles, llamando especialmente su atención,
-sobre que yo no llevaba armas, me insinuaron con un ademán el deseo de
-darme la mano.
-
-No vacilé un punto; piqué el caballo, me acerqué á ellos y nos dimos la
-mano con verdadera cordialidad.
-
-Les ofrecí cigarros, que aceptaron con marcada satisfacción, y
-quedándome solo con ellos, hice que Mora fuese donde estaba mi gente,
-en busca de un chifle de aguardiente.
-
-Mientras fué y volvió, nos hicimos algunas preguntas sin importancia,
-porque ni ellos entendían bien el castellano, ni yo podía hacerme
-entender en lengua araucana.
-
-Sin embargo, saqué en limpio que el cacique principal Mariano Rosas,
-con otros caciques y muchos capitanejos estaban entregados á Baco;
-el padre Burela había llegado el día antes de Mendoza, con un gran
-cargamento de bebidas.
-
-Volvió Mora, tomaron mis interlocutores unos buenos tragos, y
-despidiéndose alegremente, siguieron ellos su camino que era la
-dirección de las tolderías de Ramón, y yo el mío.
-
-Mora seguía cabizbajo, á pesar del aire franco de los dos indios. No
-las tenía todas consigo. ¡Quién sabe qué va á suceder!--decía á cada
-paso, y luego murmuraba:--¡son tan desconfiados estos indios!
-
-De cálculo en cálculo, de sospecha en sospecha, de esperanza en
-esperanza, mi caravana se movía pesadamente, envuelta en una inmensa
-nube de polvo.
-
-Mora decía: Los indios van á creer que somos muchos.
-
-Yo seguía tranquilo; un secreto presentimiento me decía que no había
-peligro.
-
-Hay situaciones en que la tranquilidad no puede ser el resultado de la
-reflexión. Debe nacer del alma.
-
-El campo se quebraba otra vez en médanos vestidos de pequeños arbustos,
-espinillos, algarrobos y chañares.
-
-Nos aproximábamos á una ceja de monte.
-
-Todos, todos los que me acompañaban, paseaban la vista con avidez por
-el horizonte, procurando descubrir algo.
-
-Marchábamos en alas de la impaciencia, subiendo á la cumbre de los
-médanos, descendiendo á sus bajíos guadalosos, esquivando los arbustos
-espinosos, bajo los rayos del sol, que estaba en el cenit, alargándose
-la distancia cada vez más, por ciertas equivocaciones de Mora, cuando
-casi al mismo tiempo, varias voces exclamaron:--¡Indios! ¡indios!
-
-En efecto, fijando la vista al frente y estando prevenida la
-imaginación, descubrí varios pelotones de indios armados.
-
---Parémonos, señor--me dijo Mora.
-
---No, sigamos--repuse,--pueden creer que tenemos miedo, ó desconfiar.
-Adelantémonos más bien.
-
-Dejé mi comitiva atrás, aunque mi caballo iba bastante fatigado, y
-apartándome del camino, que ya habíamos encontrado, y poniéndome al
-galope, me dirigí al grupo más numeroso de indios.
-
-Tendiendo la vista en ese momento á mi alrededor, vi que me hallaba
-circulado de enemigos ó de curiosos. Poco iba á tardar en saber lo que
-eran.
-
-Vinieron á decirme que estábamos rodeados.
-
---Que avancen al tranco--contesté, y seguí al galope.
-
-Rápidos como una exhalación, varios pelotones de indios estuvieron
-encima de mí.
-
-Es indescriptible el asombro que se pintaba en sus fisonomías.
-
-Montaban todos caballos gordos y buenos. Vestían trajes lo más
-caprichosos, los unos tenían sombrero, los otros la cabeza atada con
-un pañuelo limpio ó sucio. Éstos, vinchas de tejido pampa, aquéllos,
-ponchos, algunos, apenas se cubrían como nuestro primer padre Adán, con
-una jerga; muchos estaban ebrios; la mayor parte tenían la cara pintada
-de colorado, los pómulos y el labio inferior; todos hablaban al mismo
-tiempo, resonando la palabra ¡winca! ¡winca! es decir: ¡cristiano!
-¡cristiano! y tal cual desvergüenza, dicha en el mejor castellano del
-mundo.
-
-Yo fingía no entender nada.
-
-¡Buen día, amigo!
-
-Buen día, hermano, era toda mi elocuencia, mientras mi lenguaraz
-apuraba la suya, explicando quién era yo, y el objeto de mi viaje.
-
-Hubo un momento en que los indios me habían estrechado tan de cerca,
-mirándome como un objeto raro, que no podía mover mi caballo. Algunos
-me agarraban la manga del chaquetón que vestía, y como quien reconoce
-por primera vez una cosa nunca vista, decían: ¡ese coronel Mansilla!
-¡ese coronel Mansilla!
-
---Sí, sí, contestaba yo, y repartía cigarros á diestro y siniestro, y
-hacía circular el chifle de aguardiente.
-
-Notando que mi comitiva, siguiendo el camino, se alejaba demasiado de
-mí, resolví terminar aquella escena. Se lo dije á Mora, habló éste,
-y abriéndome calle los indios, marchamos todos juntos al galope, á
-incorporarnos á mi gente.
-
-Pronto formamos un solo grupo, y confundidos, indios y cristianos,
-nos acercábamos á un medanito, al pie del cual hay un pequeño bosque.
-Llámase Aillancó.
-
-Mis oficiales y soldados no sabían qué hacerse con los indios--dábanles
-cigarros, hierbas y tragos de aguardiente.
-
---_Achúcar_ (azúcar), pedían ellos. Pero el azúcar se había acabado, la
-reserva venía en las cargas, y no había cómo complacerlos.
-
-Nuevos grupos de indios llegaban unos tras otros.
-
-Con cada uno de ellos tenía lugar una escena análoga á la que dejo
-descripta, siendo remarcable las buenas disposiciones que denotaban
-todos los indios y la mala voluntad de los cristianos cautivos ó
-refugiados entre ellos. La afabilidad, por decirlo así, de los unos,
-contrastaba singularmente con la desvergüenza de los otros. Cuando
-ésta subió de punto, hablé fuerte, insulté groseramente, á mi vez,
-y así conseguí imponerles respeto á aquellos desgraciados ó pillos,
-á quienes, viéndonos casi desarmados, se les iba haciendo el campo
-orégano.
-
-Llegados á Aillancó, y como allí hay una lagunita de agua excelente,
-hice alto, eché pie á tierra y mandé mudar caballos.
-
-Mudando estábamos, cuando llegó un grupo de veintiséis indios,
-encabezados por un hombre blanco, en mangas de camisa, de larga melena,
-atada con una vincha; de aspecto varonil, un tanto antipático, montando
-un magnífico caballo overo negro, perfectamente ensillado, con ricos
-estribos de plata y chapeado, que haciendo sonar unas grandes espuelas,
-también de plata, y blandiendo una larguísima lanza, y dirigiéndose á
-mí, y sofrenando de golpe el caballo, me dijo: Yo soy Bustos.
-
---Me alegro de saberlo--le contesté con disimulada arrogancia.
-
---Soy cuñado del cacique Ramón--añadió, cruzando la pierna derecha
-sobre el pescuezo de su caballo.
-
---Soy el coronel Mansilla--repuse, imitando su postura, y añadiendo:
-¿cómo está el cacique Ramón?
-
-Contestóme que estaba bueno, que mandaba saludarme con todos mis jefes
-y oficiales, y á saber por qué razón habiendo llegado á sus tierras,
-pasaba de largo por ellas.
-
-Le dije, agradeciéndole el saludo: que no pasaba de largo por sus
-tierras, callado la boca; que el día antes había adelantado al indio
-Angelito y al cabo Guzmán con un mensaje.
-
-Me dijo, que precisamente de ahí nacía la sorpresa de Ramón, que ellos
-habían dicho que antes de llegar á las tolderías del cacique Mariano,
-yo pasaría por las de Ramón.
-
-Seguimos cambiando palabras sobre este tópico, y no tardé en
-apercibirme de que el cacique Ramón hacía una mixtificación exprofeso
-del mensaje que recibiera.
-
-Ni el indio Angelito, ni el cabo Guzmán podían haberse equivocado. Era
-sumamente difícil. Yo me aseguré antes de despacharlos de Coli-Mula de
-que me habían entendido perfectamente bien.
-
-Por otra parte, mi carta al cacique Mariano era terminante, y las
-tolderías de éste no distan tanto de las de Ramón, como para que no
-hubiera tenido tiempo de prevenirlo.
-
-Mi diálogo con el _caballero Bustos_, se prolongó bastante, porque él
-hablaba castellano lo mismo que yo.
-
-Me avisaron que los caballos estaban prontos, preguntándome si quería
-mudar el mío.
-
-Contesté que sí, que me tomaran otro; y ofreciéndole á Bustos un
-cigarro, eché pie á tierra, y convidándole á hacer lo mismo, le dije
-que pensaba llegar en un rato al toldo de Mariano Rosas.
-
-Mientras me mudaban el caballo, hice extender un poncho bajo de
-un árbol, y sentados en él nos pusimos á platicar como dos viejos
-conocidos.
-
-Me trajeron el caballo, y cuando ponía el pie en el estribo,
-despidiéndome de Bustos, á quien conocí le había caído en gracia,
-llegaron simultáneamente por dos rumbos distintos dos grupos de indios.
-
-El uno venía de los toldos de Ramón, y el otro de los toldos de Mariano.
-
-El de Mariano lo encabezaba un capitanejo, hombre de malas pulgas, como
-se verá después.
-
-El otro, un indio cualquiera.
-
-Mariano mandaba saludarme; Ramón á decirme que ya salía á encontrarme.
-
-Despedí al primero con mis agradecimientos, y me dispuse á esperar á
-Ramón.
-
-Esperándolo estaba, conversando con Bustos, mi comitiva charlaba y
-se entretenía con los demás indios y con unas chinas que acababan de
-llegar enancadas de á tres, cuando fuimos acometidos por unos cuantos
-indios, que, lanza en ristre, y viniendo hacia mí: gritaban _¡winca!
-¡winca! ¡matando! ¡matando, winca!_
-
-Eché una mirada á mi alrededor, y vi que mi gente estaba resuelta á
-todo, y con disimulada irritación, le dije á Bustos: ¿Pensarán éstos
-hacer alguna barbaridad?
-
-Los bárbaros estaban ya encima. Hablóles Bustos y mi lenguaraz en su
-lengua, y echándose sobre ellos las chinas, sin temor de ser pisoteadas
-por los caballos, y asiéndose vigorosamente de sus lanzas, se las
-arrancaron de las manos. Los indios bramaban de coraje. Felizmente, el
-incidente no pasó de ahí.
-
-Los augurios y temores de mi lenguaraz amenazaban confirmarse. Pero ya
-estábamos en las astas del toro, y no era cosa de retroceder.
-
-Volvió el _embajador_ del cacique Ramón.
-
-¿Con qué embajada? Mañana lo sabrás.
-
-
-
-
- XVI
-
- El embajador del cacique Ramón y Bustos.--Desconfianza de
- cacique.--Quién era Bustos.--Caniupán.--Otra vez el embajador
- de Ramón y Bustos.--Un bofetón á tiempo.--_Mari purrá
- wentru._--Recepción.--Retrato de Ramón.--Exigencias de Caniupán.--¡Lo
- mando al diablo!--Conformidad.
-
-
-Regresó el embajador de Ramón.
-
-En lugar de dirigirse á mí, se dirigió á Bustos.
-
-¿Qué le dijo? Ni lo supe, ni lo sé. Mi lenguaraz no tenía suficiente
-libertad para hablar conmigo, porque, á más de pertenecer á las
-tolderías de Ramón, cuyo cuñado estaba allí, á mi lado, rodeábannos muy
-de cerca muchísimos indios, que atentos y curiosos, no apartaban sus
-miradas de mí, como queriendo penetrar mis pensamientos.
-
-Lo que no podía ocultárseme era que Bustos y el embajador no estaban
-acordes. El primero se expresaba con verbosidad, con calor y
-perceptible descontento.
-
-Mora, aprovechando un instante de distracción de Bustos, me insinuó con
-aire significativo que Ramón desconfiaba y que Bustos me defendía.
-
-No me había engañado. El hombre había simpatizado conmigo. Ya tenía
-un aliado. Traté, pues, de acabar de hacer su conquista, afectando
-la mayor tranquilidad, disimulando que conocía las desconfianzas de
-Ramón, y encontrando muy natural todo lo que hasta entonces había
-pasado.
-
-El embajador partió de nuevo, y Bustos y yo seguimos conversando,
-dándome mala espina el que á cada rato me dijera, como queriendo
-justificar el extraño proceder de Ramón, que con toda astucia y
-disimulo me retenía en el camino:
-
---No tenga miedo, amigo.
-
---No, no hay cuidado, contestaba yo.
-
-Y bajo la influencia de estas admoniciones, comencé á engendrar
-sospechas, inclinándome á creer que había andado muy ligero al hacerme
-la idea de que el hombre había simpatizado conmigo.
-
-Estábamos platicando, habiéndome dicho que había nacido en el antiguo
-Fuerte Federación, hoy Villa de Junín, que su madre fué india y su
-padre un vecino de Rojas, de apellido Bustos, que en un tiempo fué
-comandante de Guardia nacional. Mi comitiva, asediada por los indios,
-que pedían cuanto sus ojos veían, repartía cigarros, hierba, fósforos,
-pañuelos, camisas, calzoncillos, corbatas, todo lo que cada uno llevaba
-encima y le era menos indispensable. De repente, sintióse un tropel,
-y envueltos en remolinos de polvo, llegaron unos treinta indios,
-sujetando los caballos tan encima de mí, que si hubieran dado un paso
-más me habrían pisoteado.
-
-Bustos no pudo prescindir de gritarles: ¡Eeeeeh!
-
-Yo, sin moverme del sitio en que estaba, ni cambiar de postura,
-fruncí el ceño y clavé la mirada en el que venía haciendo cabeza, que
-encarándoseme y llevando la mano derecha al corazón, me dijo:
-
---¡Ese soy Caniupán! ¡Capitanejo Mariano Rosas! (y volviendo á
-señalarse á sí propio) ¡Ese indio guapo!
-
-Seguí mirándolo con torvo ceño.
-
-Junto con las palabras ¡winca! ¡winca! se oyeron algunas otras
-groseras, de calibre grueso.
-
-Bustos me dijo:
-
---Montemos á caballo.
-
-Lo tenía ahí cerca, y sin esperar otra insinuación, me levanté del
-suelo y monté.
-
-Mora me dijo, al hacerlo:
-
---Caniupán quiere hablar con usted, señor.
-
---Pues que hable lo que guste, dile.
-
-Díjome por medio del lenguaraz:
-
-Que Mariano Rosas mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales;
-que sentía muchísimo no poder recibirme ese día como yo lo merecía;
-que al día siguiente me recibiría; que tuviese á bien acampar donde me
-encontraba.
-
-Contestéle con la mayor política, resignándome á pasar la noche en
-Aillancó, y viendo ya que todas aquellas dilaciones eran calculadas.
-
-Mientras el capitanejo y yo hablábamos, varios indios, particularmente
-uno chileno, nos interrumpían con sus gritos, echándome encima el
-caballo y metiéndome, por decirlo así, las manos en la cara.
-
-Hasta donde era posible me daba por no apercibido de estas
-amabilidades, que llegaron á alarmarme seriamente, cuando vi que un
-indio lo atropelló al Padre Marcos, pechándolo con el caballo, en medio
-de un grito estentóreo, cariño que el reverendo franciscano recibió
-con evangélica mansedumbre, á pesar de haber andado por las gavias, lo
-mismo que su compañero, el Padre Moisés, que simultáneamente era objeto
-de otra demostración por el estilo.
-
-El indio chileno vociferaba algo que debían ser amenazas de muerte.
-
-Bustos, que no se separaba de mi lado, volvió á decirme:
-
---No tenga miedo, amigo.
-
-Le contesté, con tono áspero y fuerte:
-
---Usted me está fastidiando ya con su: No tenga miedo, amigo, y echando
-un voto cambrónico, agregué:
-
---Dígame eso cuando me vea pálido.
-
-Algunos indios que entendían el castellano, exclamaron á una: ¡Ese
-coronel Mansilla, ese cristiano toro!
-
-Caniupán me dijo con aire imperioso: Dame un caballo gordo para comer.
-
---¿Conque habías entendido la lengua?--le dije.
-
---Poquito--repuso el indio,--¿dando caballo?
-
---Sí... en eso estoy pensando.
-
-El capitanejo iba á contestar, cuando el embajador de Ramón se presentó
-por tercera vez.
-
-Habló con Bustos, parando la oreja todos los indios que me rodeaban,
-porque lo hacía con aire misterioso.
-
-Bustos contestaba con monosílabos que me parecían significar solamente
-sí y no. Dirigiéndose á los circunstantes, me dijo:
-
---Dice el cacique Ramón que usted no es el coronel Mansilla, que el
-coronel vendrá atrás con la demás gente.
-
-Lo llamé á Mora, y le dije:
-
---Vete al toldo de Ramón, asegúrale que yo soy el coronel Mansilla, que
-mande algún indio de los que han estado en el Río 4.º á reconocerme y
-quédate en rehenes.
-
-Mora contestó.
-
---Le voy á decir que si lo engaño, me degüelle.
-
-Y dirigiéndose á Bustos, al separarse de mi lado, añadió:
-
---Amigo, repáremelo al coronel, por si quiere conversar con alguno.
-
-La resolución con que se separó Mora de mi lado, acompañado del
-embajador, produjo un efecto inesperado en los indios. Cesaron sus
-impertinencias, continuando, sin embargo, las de algunos cristianos.
-
-Á uno de mis soldados se le fué la mano y le plantificó un bofetón al
-más atrevido de ellos, diciéndole:
-
---¡Tomá, chachino pícaro!
-
-El cristiano quiso hacer barullo, pero los otros colegas no le
-ayudaron, y menos los indios.
-
-El soldado era un diablo. Echó el bofetón á la risa, y esgrimiendo un
-chifle de aguardiente, gritaba encarándose con los que le parecían más
-capaces de una avería: Bebiendo, peñi (_peñi_ quiere decir _hermano_).
-
-Por algunos indios sueltos que llegaron, supe que el cacique Ramón
-no estaba en su toldo, sino que se hallaba allí cerca, dentro del
-monte; que Mora ya estaba con él, que se hacían los preparativos para
-recibirme.
-
-Detrás de éstos llegó un propio, y después de hablar con Bustos, me
-dijo éste:
-
---Amigo, haga formar su gente y dígame cuántos son.
-
-Llamé al Mayor Lemlenyi, y le di mis órdenes.
-
-Cumplidas éstas, le dije á Bustos:
-
---Somos cuatro oficiales, once soldados, dos frailes y yo.
-
---Bueno, amigo, déjelos así formados en ala como están.
-
-Y dirigiéndose al propio, le dijo: entre otras cosas, _Maripurrá
-wentru_, palabras que comprendí, y que querían decir _diez y ocho
-hombres_.
-
-Mientras mi gente permanecía formada, mis tropillas andaban solas. Yo
-estaba con el Jesús en la boca, viendo la hora en que me dejaban con
-los caballos montados.
-
-Bustos despachó de regreso el propio.
-
-Siguiendo sus insinuaciones al pie de la letra, primero, porque no
-había otro remedio; segundo... Aquí se me viene á las mientes un cuento
-de cierto personaje, que queriendo explicar por qué no había hecho una
-cosa, dijo:
-
-No lo hice--primero, porque no me dió la gana; segundo... Al oir esta
-razón, uno de los presentes le interrumpió diciendo: Después de haber
-oído lo primero, es excusado lo demás.
-
-Iba á decir que siguiendo las insinuaciones de Bustos, me puse en
-marcha con mi falange formada en ala, yendo yo al frente, entre los dos
-frailes.
-
-Anduvimos como unos dos mil metros en dirección al monte donde se
-hallaba el cacique Ramón.
-
-Llegó otro propio, habló con Bustos, y contramarchamos al punto de
-partida.
-
-Esta revolución se repitió dos veces más.
-
-Como se hiciera fastidiosa, le dije á Bustos, sin disimular mi mal
-humor.
-
---Amigo; ya me estoy cansando de que jueguen conmigo. Si sigue esta
-farsa mando al diablo á todos y me vuelvo á mi tierra.
-
---Tenga paciencia--me dijo,--son las costumbres. Ramón es buen hombre,
-ahora lo va á conocer. Lo que hay es que están contando su gente bien.
-
-Oyéronse toques de corneta.
-
-Era el cacique Ramón que salía del bosque, como con ciento cincuenta
-indios.
-
-Á unos mil metros de donde ya estaba formado en ala, el grupo hizo
-alto; tocaron llamada, y se replegaron á él todos los otros que habían
-quedado á mi espalda, excepto el de Caniupán, que formó en ala, como
-cubriéndome la retaguardia.
-
-Tocaron marcha, y formaron en batalla.
-
-Serían como doscientos cincuenta. Un indio seguido de tres trompas
-que tocaban á degüello recorría la línea de un extremo á otro en un
-soberbio caballo picazo, proclamándola.
-
-Era el cacique Ramón.
-
-Llegaron dos indios y mi lenguaraz, diciéndome que avanzara. Y Bustos,
-haciendo que los franciscanos me siguieran como á ocho pasos, se puso á
-mi izquierda, diciéndome:
-
---Vamos.
-
-Marchamos.
-
-Llegamos á unos cien metros del centro de la línea de los indios, al
-frente de la cual se hallaba el cacique teniendo un trompa á cada lado,
-otro á retaguardia.
-
-Caniupán me seguía como á doscientos metros.
-
-Reinaba un profundo silencio.
-
-Hicimos alto.
-
-Oyóse un solo grito prolongado que hizo estremecer la tierra, y
-conversando las dos alas de la línea que teníamos al frente, formaron
-rápidamente un círculo, dentro del cual quedamos encerrados, viendo
-brillar las dagas relucientes de las largas lanzas adornadas de
-pintados penachos, como cuando amenazan una carga á fondo.
-
-Mi sangre se heló...
-
-Estos bárbaros van á sacrificarme--me dije.
-
-Reaccioné de mi primera impresión, y mirando á los míos: Que nos maten
-matando--les hice comprender con la elocuencia muda del silencio.
-
-Aquel instante fué solemnísimo.
-
-Otro grito prolongado volvió á hacer retemblar la tierra.
-
-Las cornetas tocaron á degüello...
-
-No hubo nada.
-
-Lo miré á Bustos como diciéndole:
-
---¿De qué se trata?
-
---Un momento--contestó.
-
-Tocaron marcha.
-
-Bustos me dijo:
-
---Salude á los indios primero, amigo, después saludará al cacique.
-
-Ya haciendo de _cicerone_, empezó la ceremonia por el primer indio del
-ala izquierda que había cerrado el círculo.
-
-Consistía ésta en un fuerte apretón de manos, y en un grito, en una
-especie de hurrah dado por cada uno de los indios que iba saludando, en
-medio de un coro de otros gritos que no se interrumpían, articulados
-abriendo la boca y golpeándosela con la palma de la mano.
-
-Los frailes, los pobres franciscanos, y todo el resto de mi comitiva
-hacían lo mismo.
-
-Aquello era una batahola infernal.
-
-¡Imagínate, Santiago amigo, cómo estarían mis muñecas después de haber
-dado unos doscientos cincuenta apretones de manos!
-
-Terminado el saludo de la turbamulta, saludé al cacique, dándole un
-apretón de manos y un abrazón que recibió con visible desconfianza
-de una puñalada, pues, sacándome el cuerpo se echó sobre el anca del
-caballo.
-
-El abrazo fué saludado con gritos, dianas y vítores al coronel Mansilla.
-
-Yo contesté.
-
---¡Viva el cacique Ramón! ¡Viva el Presidente de la República! ¡Vivan
-los indios argentinos!
-
-Y el círculo de jinetes y de lanzas se quebró en todas partes,
-desparramándose los indios al son de las dianas que no cesaban,
-haciendo molinetes con las lanzas, dándose de pechadas los unos á los
-otros, cayendo aquí y levantándose allá, ostentando los más diestros
-su habilidad, _rayando_ los corceles, hasta que jadeantes de fatiga les
-corría el sudor como espuma.
-
-Los gritos de regocijo se perdían por los aires.
-
-El cacique Ramón y yo, rodeados de pedigüeños, tomamos el camino de
-Aillancó.
-
-Llegamos...
-
-Extendiendo ponchos bajo los árboles y formando rueda, nos pusimos á
-parlamentar entre mate y mate, entre trago y trago de aguardiente.
-
-Hube de echar las entrañas por la boca.
-
-No estaba en carácter, y no había más remedio que hacer bien mi papel.
-
-Obsequié al cacique lo mejor que pude con lo poco que llevaba.
-
-Tenía que armarle y encenderle yo mismo el cigarro, que probar primero
-que él el mate y la bebida para inspirarle confianza plena.
-
-El cacique Ramón es hijo de indio y de una cristiana de la Villa de la
-Carlota.
-
-Predomina en él el tipo de nuestra raza.
-
-Es alto, fornido, tiene ojos pardos, cabello algo rubio, ancha frente y
-habla muy ligero.
-
-Es en extremo aseado.
-
-Viste como un paisano rico.
-
-Quiere bien á los cristianos, teniendo muchos en sus tolderías y varios
-á su alrededor.
-
-Tendrá cuarenta años.
-
-Todo su aspecto es el de un hombre manso, y sólo en su mirada se
-sorprende á veces como un resplandor de fiereza.
-
-Es de oficio platero; siembra mucho todos los años, haciendo grandes
-acopios para el invierno, y sus indios le imitan.
-
-Su padre ha abdicado en él el gobierno de la tribu.
-
-Charlamos duro y parejo.
-
-Me agradeció con marcada expresión de sentimiento, todo cuanto había
-hecho en el Río 4.º por su hermano Linconao, á quien con mis cuidados
-salvé de las viruelas, preguntándome repetidas veces, si siempre vivía
-en mi casa, que cuándo volvería á su tierra.
-
-Contestéle que estuviera tranquilo, que su hermano quedaba muy
-bien recomendado; que no le había traído conmigo porque estaba
-convaleciente, muy débil y que el caballo le habría hecho daño.
-
-Me instó encarecidamente, á visitarle en sus tolderías, ofreciéndome
-presentarme su familia. Le prometí hacerlo de regreso, y nos separamos
-ofreciéndome visita para el día siguiente.
-
-Bustos se marchó con él, pidiéndome por supuesto una botellita de
-aguardiente.
-
-Le di la última que quedaba.
-
-Mora se quedó á mi lado, diciéndome Ramón que le conservara tanto
-cuanto le necesitara.
-
-Apenas se alejaba Ramón, se presentó el capitanejo Caniupán,
-insistiendo en que le diera un caballo gordo para comer.
-
-El pedido tenía todo el aire de una imposición.
-
-Me negué redondamente.
-
-Insistió chocándome, y le contesté, que dónde había visto que un hombre
-gaucho diera sus caballos; que los necesitaba para volverme á mi
-tierra, que si se creía que me iba á quedar toda la vida en la suya.
-
-Me dijo algo picante.
-
-Lo mandé al diablo.
-
-Los que le seguían murmuraron algo que podía traer un conflicto.
-
-Creí prudente aflojar un poco la cuerda, y como haciendo una
-transacción, ordené con muy mal modo le dieran una yegua.
-
-Llevaba dos gordas para cuando se nos acabara el charque, lo que
-probablemente sucedería esa noche, si teníamos muchos huéspedes.
-
-Le entregaron la yegua, la carnearon en un santiamén y se la comieron
-cruda, chupando hasta la sangre caliente del suelo.
-
-En el sitio del banquete no quedaron más residuos que las panzas, en
-las que se cebaron después algunos caranchos famélicos.
-
-La tarde se acercaba y las visitas raleaban.
-
-Llegó un hijo de Mariano Rosas, con unos cuantos. Mandábame saludar
-nuevamente su padre; quería saber cómo me había ido; recomendarme sobre
-todo, en todos los tonos _tuviera mucho cuidado con los caballos_.
-
-Contesté secamente.
-
-Marchóse el mensajero, se puso el sol, acomodáronse los caballos
-teniéndolos á _ronda cerrada_, se recogió bastante leña, se hizo un
-fogón, nos pusimos en torno, circuló el mate y comenzó la charla.
-
-Discurriendo sobre lo que había pasado durante el día, cambiando ideas
-con Mora, no me quedó duda de que los indios temían un lazo. Iban, por
-consiguiente, á hacerme demorar en el camino con pretextos, hasta que
-regresasen sus descubiertas y se aseguraran y persuadieran de que tras
-de mí no venían fuerzas.
-
-No debía impacientarme.
-
-¡Gran virtud es la conformidad! Me resigné á mi suerte. Filosofábamos
-con los frailes; y como Dios es inmensamente bueno, nos inspiró
-confianza, y concediéndonos un sueño reparador, nos permitió dormir en
-el suelo desigual, lo mismo que en un lecho de plumas y rosas.
-
-
-
-
- XVII
-
- Un cuerpo sano en alma sana.--El mate.--Un convidado de
- piedra.--Pánico y desconfianzas de los indios.--Historias.--Un
- mensajero de Caniupán.--Visitas.--En marcha.--Calcumuleu.--Nuevo
- mensajero.--La noche.--Amonestaciones.--Primer regalo.--Unos bultos
- colorados.
-
-
-Los franciscanos, como de costumbre, habían hecho sus camas muy cerca
-de mí.
-
-Así dormíamos siempre.
-
-Yo se los había recomendado.
-
-La abnegación generosa de estos jóvenes misioneros; su paciente
-conformidad en los peligros; su carácter afable, su porte siempre
-comedido, sus mismas simpáticas fisonomías, todo, todo lo que
-constituye la persona física y moral, inspiraba hacia ellos una fuerte
-adhesión.
-
-Se concibe, pues, que unido á estos sentimientos el deber que tenía de
-cuidarlos, tratara de tenerlos constantemente á mi lado.
-
-Cuerpo sano en alma sana es roncador.
-
-Los reverendos roncaban á dúo, haciendo el padre Moisés de tenor y el
-padre Marcos de bajo profundo.
-
-Estuve tentado algunas veces de hacerles alguna broma, pero debían
-estar tan fatigados, que habría sido imperdonable arrancarles á un
-sueño que, si no era interesante, debía ser agradable y reparador.
-
-No pude continuar durmiendo.
-
-Me puse á soñar despierto, y después de hacer unos cuantos castillos en
-el aire, llamé un asistente y le ordené que hiciera fuego.
-
-Cuando la vislumbre del fogón me anunció que mis órdenes estaban
-cumplidas, hube de levantarme.
-
-Seguí _morrongueando_ y contemplando las estrellas que tachonaban el
-firmamento, anunciando ya su trémula luz la proximidad del _rey del
-día_, hasta que sentí hervir el agua.
-
-Levantéme, sentéme al lado del fogón y mientras mi gente dormía
-como unos bienaventurados, yo apuraba la caldera, junto con Carmen,
-echándonos al coleto varios mates de café.
-
-Carmen había salvado un poco de azúcar, felizmente; y á propósito de
-esto, tuve que resignarme á escuchar su cariñoso reproche de que no
-diera tanto, porque pronto nos quedaríamos sin cosa alguna.
-
-Yo estaba distraído, viendo arder la leña, carbonizarse, volverse
-ceniza, y desaparecer la materia, por decirlo así, cuando Carmen
-exclamó:
-
---Ya viene el día.
-
---Pues despierta á Camilo--le dije,--que venga á tomar mate.
-
-Dicho esto cambié de postura, me recosté sobre el brazo derecho y me
-quedé dormitando un momento.
-
-Los buenos días de Camilo me hicieron abrir los ojos, y enderezarme
-perezosamente, haciendo con los brazos una especie de aleteo que duró
-tanto cuanto mi boca se abrió y cerró para bostezar.
-
-Al sentarse Camilo le oí decir: ¡Buen día, amigo! Y como la salutación
-despertara en mí la curiosidad de saber á quién se dirigía, tendí
-la vista alrededor del fogón y ví un indio rotoso, sin sombrero,
-tiritando de frío, acurrucado como un mono al lado de la bolsa en que
-Carmen tenía el azúcar, chupándose los dedos de la mano derecha y
-metiendo la izquierda con disimulo en aquélla.
-
---¿Cómo va, hermano?--le dije.
-
---Bueno, hermano--contestó fingiendo un estremecimiento, y añadió,
-llevando un puñado de azúcar á la boca:
-
---Mucho frío ese pobre indio.
-
-Le hice dar un poncho calamaco que llevaba entre mis caronas.
-
-Continué conversando, y supe que había pasado la mayor parte de la
-noche cerca de nosotros; que su toldo estaba inmediato; que cuando
-había vuelto á él, el día antes, después de haber andado con la gente
-de Ramón, se había encontrado sin su familia, la que junto con otras
-andaba huyendo por los montes, porque decían que los cristianos traían
-un gran malón; que el indio Blanco que había llegado de Chile al mismo
-tiempo que yo, era el autor de la mala nueva; que todos estaban muy
-alarmados; que habían mandado tres grandes descubiertas para el Norte,
-para el Naciente y para el Poniente, por los caminos del Cuero, del
-Bagual y de las Tres Lagunas, cada una de cincuenta hombres, y que la
-alarma duraría hasta que no viniese el parte sin novedad.
-
-Era la confirmación de mis conjeturas.
-
---Quién sabe lo que va á suceder--decía yo para mis adentros,--si las
-tales descubiertas avanzan demasiado sobre las fronteras de San Luis,
-Córdoba y Sur de Santa Fe. Nada de extraño tiene que las sientan, que
-las tomen por una invasión, que las fuerzas se muevan y salgan al Sur,
-y que los descubridores traigan un parte falso.
-
-Los franciscanos me sacaron de estas reflexiones dándome los buenos
-días, y sentándose en la rueda del fogón que convidaba con sus hermosas
-brasas.
-
-Después de los padres se levantaron y ocuparon su puesto los oficiales,
-y la conversación se hizo general, ponderando todos sin excepción
-alguna, lo bien que habían dormido.
-
-Los padres no necesitaban jurarlo.
-
-El indio era muy ladino; nos entretuvo un rato contándonos una porción
-de historias; entre ellas nos habló de un pariente suyo que había
-vivido sin cabeza; de unos indios que diz que vivían en tierras muy
-lejanas, que se alimentaban con sólo el vapor del puchero; de otros
-que corren tan ligero como los avestruces, que tienen las pantorrillas
-adelante pretendiendo hacernos creer que todo cuanto decía era verdad.
-
-Yo no sé si él lo creía, pero parecía creerlo.
-
-Varias veces le pregunté si él había visto esas cosas.
-
-Me contestó que no, que su padre se las había contado.
-
-Por supuesto, que éste tampoco las había visto; se las había contado el
-abuelo de nuestro interlocutor.
-
-¿Pero, qué tenía de extraño que un pobre indio creyese tales patrañas,
-cuando uno de mis ayudantes, el mayor Lemlenyi, creía, porque se lo
-había contado no sé qué chusco, que en Patagones hay unos indios que
-tienen el rabo como de una cuarta, cuyos indios antes de sentarse en el
-suelo, hacen un pocito con el dedo, ó con el mismo rabo, para meterlo
-en él, y estar con más comodidad?
-
-Las creederas de la humanidad suelen tener unas proporciones admirables.
-
-Todo cabe dentro de ellas--la verdad lo mismo que la mentira.
-
-Si me apurasen mucho, demostraría que es más común creer en la mentira
-que en la verdad.
-
-Machiavello dice que el que quiera engañar, encontrará siempre quien
-se deje engañar, lo que prueba que, si no hay quien mienta más, no es
-por la dificultad de encontrar quien crea, sino por la dificultad de
-encontrar quien se resuelva á mentir.
-
-Amaneció.
-
-Me trajeron el parte de que en las tropillas no había novedad. En
-cambio, la yegua que conservaba para comer había muerto envenenada por
-un yuyo malo.
-
-Íbamos á estar frescos si esa tarde no llegaban las cargas.
-
-Cuando salía el sol, se presentó un mensajero de Caniupán, y después de
-darme los buenos días con muchísima política, de preguntarme si había
-dormido bien, si no había habido novedad, si no había perdido algunos
-caballos, me notificó que el capitanejo vendría á visitarme al rato.
-Devolví los saludos y contesté que estaba pronto.
-
-El mensajero pidió cigarros, aguardiente, yerba, _achúcar_, _achúcar_,
-se lo dieron y se marchó.
-
-Poco á poco fueron llegando _visitantes_, ó mejor dicho curiosos,
-porque no se bajaban del caballo, sino que, echados sobre el pescuezo,
-se quedaban largo rato así mirándonos, y luego se marchaban, diciendo
-algunas veces: Adiós, amigo; pidiendo otras un cigarro.
-
-La visita anunciada llegó á las dos horas. Le acompañaban veintitantos
-indios. Se apeó del caballo, después de saludar cortésmente, me dió
-un mensaje de Mariano Rosas, y tomó asiento en el suelo, á mi lado,
-pidiéndome con la mayor familiaridad un cigarro.
-
-Arméselo, encendílo yo mismo, y se lo puse en la boca por decirlo así.
-
-Mariano Rosas me invitaba á cambiar de campamento, á avanzar una legua;
-y me pedía disculpas.
-
-El comisionado le disculpaba por su cuenta confidencialmente,
-diciéndome que estaba _achumado_ (ebrio).
-
-Mandé tomar caballos y ensillar, y como el terreno era muy quebrado,
-durante la operación se distrajeron los caballerizos y me robaron dos
-pingos.
-
-Se lo dije á Caniupán, manifestándole _con grosería_ que aquello
-era mal hecho, que Mariano Rosas estaba en el deber de tomar á los
-ladrones, para castigarlos y hacerles entregar mis caballos si no se
-los habían comido. Y quise hacer aquella comedia de enojo, porque entre
-bárbaros más vale pasar por brusco que por tonto.
-
-Caniupán hizo la suya; me aseguró que los ladrones serían perseguidos,
-tomados y castigados, pero él sabía perfectamente bien que nadie lo
-había de hacer. Por supuesto que no lo hicieron. Perdí, pues, mis
-caballos, quedándome sólo la satisfacción de haber refunfuñado un rato
-con desahogo.
-
-Avisáronme que todo estaba pronto para la marcha. Se lo previne á mi
-conductor y nos pusimos en viaje.
-
-Los indios no andan jamás al tranco cuando toman el camino.
-
-Al entrar en el que debíamos seguir, me dijo Caniupán, poniéndose al
-galope:
-
---Galope, amigo.
-
-Yo, que no quería dejarme dominar ni en las cosas pequeñas, ni
-contesté, ni galopé.
-
---Galope, galope, amigo--me gritó el indio.
-
-Si yo hubiera estado prisionero, no me habría hecho tan mal efecto
-aquella especie de imposición.
-
---No quiero galopar--le contesté.
-
-Y como algunos de los míos que venían atrás, viendo el aire de la
-marcha de los indios, llegasen galopando:
-
---¡Despacio! ¡despacio!--les grité.
-
-Los indios se fueron adelante formando un grupo; los cristianos nos
-quedamos atrás, formando otro.
-
-Sujetaron ellos para esperarnos. Yo seguí al tranco, y al ponerme á su
-altura piqué el caballo, le apliqué un fuerte rebencazo, y gritándoles
-á los míos: ¡al galope! galopamos todos, y digo todos, hablando con
-propiedad, porque también los indios galoparon poniéndose Caniupán á la
-par mía.
-
-El punto adonde nos dirigíamos era á la Laguna de Calcumuleu, que
-quiere decir Agua en que viven brujas. Distaba una legua larga de
-Aillancó y quedaba como á seiscientos metros de la orilla del monte de
-Leubucó.
-
-De consiguiente, poco demoramos en llegar.
-
-El lugar no presenta ninguna particularidad. Es una lagunita como hay
-muchas, reduciéndose su mérito á tener vertiente de agua potable casi
-siempre. Sus bordes son bajos; estaban adornados de tal cual arbusto.
-
-Al llegar, Caniupán me dijo:
-
---Aquí es donde dice Mariano que puede parar.
-
---Está bien--le contesté, haciendo alto, echando pie á tierra y
-ordenando que acamparan.
-
-El indio vió desensillar los caballos, sacar las tropillas á cierta
-distancia para que comieran mejor, y cuando pareció no quedarle duda de
-que allí no me movería, se despidió recomendándome unas cuantas veces
-el mayor cuidado con los caballos y se fué, á Dios gracias, dejándome
-en paz, pero no sin que quedaran por ahí dispersos, á manera de espías,
-unos cuantos de los mismos que yo había visto llegar con él, hacía un
-rato, á Aillancó.
-
-Era hora de comer algo sólido. Se hizo fuego, se cebó mate, se intentó
-hacer algunos asados, pero el charque había desaparecido. Fué menester
-apretarse la barriga, y seguir dándole á la yerba y al café.
-
-Todo el resto de ese día pasaron incesantemente indios, del Norte para
-el Sur, del Sur para el Norte. Todos se detenían, se acercaban, nos
-miraban y luego proseguían su camino.
-
-Algunos conversaban largo rato con mi gente. Los franciscanos eran
-siempre los más solícitos en dirigirles la palabra, y en ofrecerles un
-trago de un botellón de cominillo, que no sé cómo no había volado ya.
-
-Yo me propuse no hablar con nadie ese día, á no ser que viniera
-exprofeso, mandado por alguien; así fué que me lo llevé paseando por la
-costa de la laguna, leyendo á Beccaria á ratos, otras veces, un juicio
-crítico sobre las obras de Platón, de ese filósofo inmortal á quien
-podría tributársele el fanático homenaje de mandar quemar todo cuanto
-se ha escrito sobre filosofía, desde sus días hasta la fecha, sin que
-por eso las ciencias especulativas perdieran gran cosa.
-
-Al caer la tarde, llegó un nuevo mensajero de Mariano Rosas, con una
-retahila de preguntas y recomendaciones, que terminaban todas con esta
-recomendación sacramental: que tenga mucho cuidado con los caballos.
-Recibí y despedí secamente al mensajero, llamándome sobremanera la
-atención no tener hasta ese instante noticia alguna del capitán
-Rivadavia, que hacía dos meses se encontraba entre los indios con
-motivo del tratado que desde el año pasado venía negociando yo con
-ellos.
-
-Llegó la noche; se hizo un gran fogón, nos comimos una mula de las más
-gordas y algunos peludos, y repletos y contentos, se cantó, se contaron
-cuentos y se durmió hasta el amanecer del siguiente día.
-
-Iba amaneciendo cuando me desperté; llamé á Camilo Arias, y le pregunté
-si había habido alguna novedad. Contestóme que no, aunque habíamos
-estado rodeados de espías. Me incorporé en el blanco lecho de arena,
-dirigí la visual á derecha é izquierda; á la espalda y al frente, y en
-efecto, los que habían velado nuestro sueño estaban todavía por ahí.
-
-Calentó el sol y empezaron á llegar visitantes y á incomodarnos con
-pedidos de todo género, tanto que tuve que enfadarme cariñosamente con
-mis ayudantes Rodríguez y Ozarowski, porque al paso que iban, pronto se
-quedarían en calzoncillos.
-
---Bueno es dar--les dije,--mas es conveniente que estos bárbaros no
-vayan á imaginarse que les damos por miedo.
-
-Estaba haciéndoles estas prudentes observaciones sobre la regla de
-conducta que debían observar, y como un indio me pidiera el pañuelo
-de seda que tenía al cuello, aproveché la ocasión para despedirlo con
-cajas destempladas.
-
-Gruñó como un perro, refunfuñó perceptiblemente una desvergüenza,
-añadiendo: cristiano malo, y se fué.
-
-Al rato vino, con cinco más, un nuevo mensajero de Mariano Rosas.
-
-Le recibí con mala cara.
-
---Manda decir el general que cómo está--me preguntó.
-
---Tirado en el campo, dígale--le contesté.
-
---Manda decir el general, que cómo le va--añadió.
-
---Dígale--repuse,--que busque una bruja de las que viven en estas
-aguas que le conteste cómo le irá al que no teniendo qué comer se está
-comiendo las mulas que necesita para volverse á su tierra.
-
---Manda decir el general--continuó,--si se le ofrece algo.
-
---Dígale al general--contesté, echando un voto tremendo,--que es un
-bárbaro, que está desconfiando de un hombre de bien que se le entrega
-desarmado, y que otro día ha de creer en algún pícaro de mala fe que
-lo engañe.
-
-El mensajero hizo un gesto de extrañeza al oir aquella contestación;
-advirtiéndolo yo, agregué:
-
---Y dígaselo, no tenga miedo.
-
-Dicho esto, le di la espalda, y viendo él que yo no tenía gana de
-seguir conversando, recogió el caballo y se dispuso á partir. Mas en
-ese momento llegó un grupo de indios del Norte, y mezclándose con
-ellos, allí se quedaron hablando, según me dijo Mora después de que no
-había novedad por el Cuero y que más allá no sabían.
-
-Al rato, cuando ya se iban, uno de ellos fué á pasar por entre los dos
-franciscanos que estaban descansando en el suelo, como á dos varas uno
-de otro.
-
-Gritéle con voz de trueno, saltando furioso sobre él para sofrenarle el
-caballo y empuñando mi revólver, dispuesto á todo:
-
---¡Eh! ¡no sea bárbaro! ¡no me pise los padrecitos!
-
-Y el hombre, que no había sido indio sino cristiano, sujetando de golpe
-el caballo, casi en medio de los padres, contestó:
-
---Yo también sé.
-
---¿Y si sabes, pícaro, por qué pasas por ahí?
-
---No les iba á hacer nada--repuso.
-
---¡Conque no les ibas á hacer nada, bandido!
-
-Calló, dió vuelta, les habló á los indios en su lengua, siguiéronle
-éstos, y se alejaron todos, habiendo pasado los pobres padres por un
-rato asaz amargo, pues creyeron hubiese habido una de pópulo bárbaro.
-
-¡Extraños fenómenos del corazón humano!
-
-Algunas horas después de esta escena, á la que nada notable se siguió,
-ese mismo hombre tan duramente tratado por mí, se presentó diciéndome:
-
---Mi Coronel, aquí le traigo este cordero y estos choclos.
-
-El hombre inculto había cedido, justo era que yo cediera á mi vez.
-
---Gracias, hijo--le contesté,--¿para qué te has incomodado? Apéate,
-tomaremos un mate y me contarás tu vida.
-
-Apeóse del caballo, maneólo, sentóse cerca de mí y después de algunas
-palabras de comedimiento dirigidas á los franciscanos, nos contó su
-historia.
-
-En ese instante gritaron que se avistaban, saliendo del monte, unos
-bultos colorados.
-
-Ya sabremos lo que era.
-
-
-
-
- XVIII
-
- Historia de Crisóstomo.--Quiénes eran los bultos colorados.--El indio
- Villarreal y su familia.--De noche.
-
-
-Tomó la palabra Crisóstomo, y dijo:
-
---Mi Coronel, el hombre ha nacido para trabajar como el buey y padecer
-toda la vida.
-
-Este introito en labios de un hombre inculto llamó la atención de los
-interlocutores.
-
-Me acomodé lo mejor que pude en el suelo para escucharle con atención,
-convencido de que los dramas reales tienen más mérito que las novelas
-de la imaginación.
-
-La otra noche se lo decía yo á Behetti, rogándole me hiciera el
-sacrificio de ciento cincuenta varas, vulgo, me acompañara una cuadra.
-
-La historia de cualquier hombre de ésos que nos estorba el paso, es
-más complicada é interesante que muchos romances ideales que todos los
-días leemos con avidez; así como hay más chiste y más gracia circulando
-en este momento en el más humilde café, que en esos libros forrados en
-marroquín dorado, con que especula el ingenio humano.
-
-Behetti convino conmigo, y me hizo este cumplimiento:
-
---Usted es célebre por sus dichos.
-
---Y por mis desgracias, como sir Walterio Raleigh--le
-contesté,--diciendo para mi capote:
-
---Así es el mundo, trabajamos por hacernos célebres en una cuerda y lo
-conseguimos por el lado del ridículo.
-
-¡Nos cuesta tanto conocernos!
-
-Crisóstomo continuó:
-
---Yo vivía en la calle del cerro de Intiguasi.
-
-Este cerro está cerca de Achiras, y su nombre significa en quichua,
-si no ando desmemoriado en mis recuerdos etnográficos y filográficos,
-_casa del sol_. Diéronselo los incas en una de sus famosas expediciones
-por la parte oriental de la Cordillera. _Inti_, quiere decir sol, y
-_guasi_ casa.
-
---Vivía con mis padres, cuidando unas manadas, una majada de ovejas
-pampas y otra de cabras.
-
-También hacíamos quesos. No nos iba tan mal. Hubo una patriada, en la
-que salieron corridos los _colorados_ con quienes yo me fuí, porque
-me arrió don Felipe--se refería á Saa,--anduve á monte mucho tiempo
-por San Luis, y cuando las cosas se sosegaron, me volví á mi casa. Los
-colorados nos habían saqueado. Los pobres siempre se embroman. Cuando
-no son unos, son otros los que les caen. Por eso nunca adelantamos.
-Seguimos trabajando y aumentando lo poco que nos había quedado hasta
-que me desgracié...
-
-Aquí frunció el ceño Crisóstomo, y un tinte de melancolía sombreó su
-cobriza tez, quemada por el aire y el sol.
-
---¿Y cómo fué eso?--le pregunté.
-
---¡Las mujeres! ¡las mujeres, señor! que no sirven sino para
-perjuicio--repuso.
-
---¿Y ahora no tienes mujer?
-
---Sí tengo.
-
---¿Y cómo hablas tan mal de ellas?
-
---Es que así es el hombre, mi Coronel: vive quejándose de lo que le
-gusta más.
-
---Bueno, prosigue--le dije, y Crisóstomo tomó el hilo de su narración,
-que ya había predispuesto á todos en su favor, despertando fuertemente
-la curiosidad.
-
-Cerca de casa vivía otra familia pobre. Éramos muy amigos; todos los
-días nos veíamos.
-
-Tenía una hija muy donosa. Se llamaba Inés. Por las tardes cuando
-recogíamos las majadas, nos encontrábamos en el arroyo, que nace de
-arriba del cerro. Y como la moza me gustaba, yo le tiraba la lengua y
-nos quedábamos mucho rato conversando. Un día le dije que la quería,
-que si ella me quería á mí. Me contestó callada que sí.
-
---¿Y cómo es eso de contestar callada?
-
---Bueno, mi Coronel, yo le conocí en la cara que puso, que me quería.
-
---¿Y después?
-
---Seguimos viéndonos todos los días, saliendo lo más temprano que
-podíamos á recoger para poder platicar con _holgura_.
-
-Nos sentábamos juntitos en la orilla del arroyo, en un lugar donde
-había unos sauces muy lindos; nos tomábamos las manos y así nos
-quedábamos horas enteras viendo correr el agua. Un día le pregunté
-si quería que nos casáramos. No me contestó, dió un suspiro, se le
-saltaron las lágrimas, lloró y me hizo llorar.
-
---¿Á ti?
-
---Á mí, pues, señor--contestó Crisóstomo, mirándome con un aire que
-parecía decir: ¿acaso no puedo llorar yo, porque vivo entre los indios?
-
-Sentí el reproche y le contesté: no te había entendido bien, sigue.
-
-Prosiguió.
-
---Lo que se me pasó la tristeza le pregunté por qué lloraba, y me
-contó que su padre quería casarla con un tal Zárate, que era tropero y
-hombre hacendado; y que la noche antes ya le había dicho que si andaba
-en muchas conversaciones conmigo le había de pegar unos buenos. Con la
-conversación, no nos fijamos en que había llegado la oración, sin haber
-recogido las majadas. Salimos juntos á campearlas. Nos tomó la noche,
-se puso muy obscuro, estaba por llover y nos perdimos, pasando toda la
-noche en el campo.
-
- * * * * *
-
-Al día siguiente, Inés no vino al arroyo.
-
-Yo fuí á su casa, el padre me recibió mal; quiso pelearme.
-
-Inés estaba en el rancho y me miraba diciéndome con unos ojos muy
-tristes, que no le contestara á su padre y que me fuera. Le obedecí.
-El viejo me insultó mucho, hasta que me perdí de vista, sufrí y no
-le contesté. Á la noche vino la vieja y se pelearon con mi madre. Yo
-escuché todo de afuera. Más tarde, lo que nos quedamos solos, le conté
-á mi madre lo que me había pasado.
-
- * * * * *
-
-La pobre me quería mucho, me trató mal, lloró y por último me perdonó.
-
-Pasaron varias lunas sin verse las familias.
-
-Una noche ladraron los perros. Salí á ver qué era, y era una vecina que
-iba á casa de Inés, donde estaban muy apurados.
-
-Á los pocos días Inés se casó con Zárate y estuvieron de baile y
-beberaje en la casa. Para esto yo ya sabía lo que le había pasado á
-Inés, la noche que ladraron los perros, porque la vecina que era muy
-buena mujer me lo había contado, preguntándome: ¿de quién será la
-hijita que ha tenido la Inés? Me dió mucha rabia oir los cohetes del
-casorio que se había hecho en la capilla de San Bartolo, que está
-contrita de la sierra. Me fuí á la casa. Pedí mi hija.
-
-Me gritaron: ¡borracho!
-
-Hice un desparramo y salí hachado. Estuve mucho tiempo enfermo. Sané,
-busqué mi hija--no la hallé.--Yo la quería muchísimo, no la había visto
-nunca. Una tarde sabiendo que la casa estaba sola, me fuí á ver si la
-hallaba á Inés. La hallé. Me recibió como si no me conociera. Le pedí
-mi hija y me contestó--¡que estaba borracho!--La hice acordar de la
-noche en que nos perdimos; me contestó--¡borracho!--Lloré no sé de qué;
-me echó de la casa llamándome--¡borracho!--Le pegué una puñalada...
-
-Y esto diciendo, Crisóstomo se quedó pensativo.
-
-Nosotros nos quedamos aterrados.--Y ¿después?--dije yo, sacando á todos
-del abismo de reflexiones en que los había sumido la última frase del
-infortunado amante.
-
---Después--murmuró con amargura,--después he padecido mucho, mi Coronel.
-
---¿Qué hiciste?
-
---Me fuí á mi casa, le confesé á mi madre lo que había hecho, y á mi
-padre también, me rogaron que me fuera para San Luis, me arreglaron
-unas alforjas, tomé dos buenos caballos y me dirigí á Chaján. Pero al
-pasar por el camino de los indios, me dió la tentación de rumbear al
-Sud y me vine para acá.
-
---¿Y no has vuelto á ver tus padres, ó á Inés?
-
---Sí, mi Coronel, los he visto, varias veces que he ido á malón con
-los indios, porque el que vive aquí tiene que hacer eso, si no, no
-le dan de comer. Á Inés la cautivamos en una invasión con su marido
-y sus padres. Por mí se salvó ella; lloró tanto y me rogó tanto que
-la dejara, que la perdonara, que me dió lástima, estaba embarazada y
-conseguí que la dejaran.
-
-Al padre y la madre se los llevaron y los vendieron á los chilenos,
-para una carga de bebida, que son dos barrilitos de aguardiente. Y he
-oído decir que están en una estancia cerca de Mucum.
-
-Y esto diciendo, Crisóstomo tomó resuello, como para seguir su
-narración.
-
---¿Y has ido á _maloquear_ (invadir), muchas veces?
-
---Sí, mi Coronel, ¡qué hemos de hacer! hay que buscarse la vida.
-
---¿Y tienes ganas de salir á los cristianos?
-
---Estoy casado con una china y tengo tres hijos--contestó, como
-leyéndose en sus ojos que sí tenía ganas de salir á los cristianos;
-pero que no lo haría sin su mujer y sus hijos.
-
-Francamente, estos sentimientos paternales me hacían olvidar al hombre
-que le diera la puñalada á Inés.
-
-¡Qué abismos insondables de ternura y de fiereza oculta en sus
-profundidades tempestuosas el corazón humano!
-
-Me iba perdiendo en reflexiones, cuando se oyeron varias voces: ¡Ya
-vienen cerca los bultos colorados!
-
---No te vayas, Crisóstomo--le dije, y levantándome fuí á posarme en un
-mogote del terreno para ver mejor los bultos.
-
---Son dos chinas--dijeron unos.
-
---Y viene un indio con ellas--otros.
-
-Los bultos se acercaban á media rienda.
-
-Llegaron, saludaron cortésmente en castellano y preguntaron por el
-Coronel Mansilla.
-
---Yo soy--les contesté,--echen pie á tierra.
-
-El indio se apeó al punto. Las chinas recogieron el pretal de pintadas
-cuentas que les sirve de estribo y bajaron del caballo con cierta
-dificultad por la estrechez de la manía en que van envueltas.
-
-Era el caballero Villarreal, hijo de india y de cristiano, casado con
-la hermana de mi comadre Carmen, que me mandaba saludar y algunos
-presentes,--choclos y sandías.
-
-La segunda china era hermana de mi comadre y de la hermana de
-Villarreal.
-
-Es éste un hombre de regular estatura, de fisonomía dulce y expresiva,
-embellecida por unos grandes ojos negros llenos de fuego. Vestía como
-un gaucho lujoso. Habla bastante bien el castellano y se distingue
-por la pulcritud de su persona. Su padre, cuyo apellido lleva, fué
-vecino del Bragado. Tenía treinta y cinco años. Ha estado en Buenos
-Aires en tiempo de Rosas, y conoce perfectamente las costumbres de los
-cristianos decentes. La mujer es una china magnífica, que también ha
-estado en Buenos Aires; me habló de Manuelita Rosas, tendrá treinta
-años. Su hermana tendrá dieciocho, y era soltera. Ambas vestían con
-lujo, llevando brazaletes de cuentas de muchos colores y de plata,
-collares de oro y plata, el colorado _pilquén_ (la manta), prendida con
-un hermoso alfiler de plata como de una cuarta de diámetro, aros en
-forma de triángulo, muy grandes, y las piernas ceñidas á la altura del
-tobillo con anchas ligas de cuentas.
-
-La cuñada de Villarreal es muy bonita y vestida con miriñaque y otras
-hierbas sería una _morocha_ como para dar dolor de cabeza á más de
-cuatro. Vestía con menos recato que su hermana, pues, al levantar los
-brazos, se veía la concavidad que forma el arranque del brazo cubierto
-de vello y agrandándose los pliegues de la camisa descubrían parte del
-seno.
-
-Me entregaron los obsequios con mil disculpas de no haber traído más,
-por la premura del tiempo y los apuros de mi comadre.
-
-Les agradecí la fineza, hice que les acomodaran los caballos, les
-invité á sentarse y entramos en conversación.
-
-Al caer la tarde, les pregunté si venían con intención de pasar la
-noche conmigo; me contestaron que sí, si no incomodaban.
-
-Mandé que desensillaran los caballos, se puso en el asador el cordero
-de Crisóstomo, y mientras se asaba, le pegamos al mate y al cominillo
-de los franciscanos.
-
-Anochecía cuando llegó un enviado de Mariano Rosas con el mensaje
-consabido: ¿cómo está, cómo le va, no se han perdido caballos?
-
-Contesté que no había habido novedad, y despedí al embajador lo más
-pronto que pude, sin invitarle á que se apeara.
-
-Á Crisóstomo, le rogué que pasara la noche conmigo; tenía mis razones
-para querer conversar á _solas_ con él.
-
-Se quedó.
-
-Nos sentamos alrededor del fogón, cenamos hasta saciarnos con choclos,
-que me parecieron bocado de cardenal, charlamos mucho, y, cuando ya fué
-tarde, tendimos las camas y como en los buenos viejos tiempos de los
-patriarcas, nos acostamos todos juntos, por decirlo así, teniendo por
-cortinas el limpio y azulado cielo coronado de luces.
-
-No hubo ninguna novedad. Dormimos á las mil maravillas. El hombre es un
-animal de costumbres.
-
-Conviene prevenir por la malicia del lector, que los franciscanos,
-según estaba acordado, hicieron sus camas al lado de la mía.
-
-
-
-
- XIX
-
- El amanecer.--Llegada de las cargas.--El marchado de la mula
- Achauentrú en el Río 4.º.--Un almuerzo en el fogón.--Lo que
- hicieron las chinas en cuanto se levantaron.--El cabo Mendoza y
- Wenchenao.--Enojo fingido.--Se presentó Caniupán.
-
-
-Al día siguiente amaneció la atmósfera turbia y atornasolada.
-
-Las ondulaciones del terreno arenoso reverberando el sol, formaban
-caprichosos mirajes, los objetos cercanos se divisaban lejos, creciendo
-sus proporciones.
-
-Veíanse en lontananza grandes lagunas de superficie plateada y quieta;
-árboles colosales, que eran pequeños arbustos chamuscados por la
-quemazón; potros alzados que _escarceaban_ y eran aves de rapiña, que
-aleteando alzaban el polvo sutil.
-
-Una nubecilla de color terroso pardusco, llamaba hacía rato la atención
-de mi gente.
-
-Yo estaba vacilando entre matar otra mula ó mandar á Crisóstomo comprar
-una res, porque los choclos no bastaban para que almorzara toda mi
-gente, cuando oí:
-
---¡Son indios!
-
---No, vienen muy despacio para ser indios.
-
---Son mulas.
-
---Deben ser las cargas.
-
-La última frase sacándome de la indecisión en que estaba, me hizo
-incorporar, ponerme de pie, echar la visual en dirección á los objetos
-que ocasionaban la contradicción y llamar á Camilo Arias, que tiene la
-vista de un lince, haciéndole una indicación con la mano:
-
---¿Á ver qué es aquello?
-
-Camilo fijó en el horizonte sus brillantes ojos, cuya mirada hiere como
-un dardo, y después de un instante de reflexión, con su aplomo habitual
-y su aire de profunda certidumbre, me contestó:
-
---Son las cargas, señor.
-
---¿Estás cierto?
-
---Sí, mi Coronel.
-
---¡Arriba todos!--grité.--¡Á la leña todos! ¡Pronto, pronto un fogón
-que ya llegan las cargas!
-
-Los asistentes se pusieron en movimiento, desparramándose á todos los
-vientos; y cuando cada cual regresaba con su carga, la nubecilla que
-había ido avanzando sobre nosotros trasparentaba claramente, á la
-vista del observador menos agudo, los tres hombres que quedaron atrás
-y las cuatro cargas con los ornamentos sagrados pertenecientes á los
-franciscanos, la hierba, el azúcar, las bebidas y otras menudencias
-de poco valor, que eran los grandes presentes que yo destinaba á los
-caciques principales.
-
-Venían andando á ese paso de la mula que ni es tranco, ni es trote,
-ni es galope; pero que es rápido, y que en la jerga de la lengua de
-nuestra tierra, se llama _marchado_.
-
-Es una especie de trote inglés, una especie de sobrepaso, que al jinete
-le hace el efecto de que la mula, en lugar de caminar, se arrastra
-culebreando.
-
-Todos los aires de marcha, el tranco, el trote, el galope, son
-cansadores, fatigan hasta postrar.
-
-Sólo el _marchado_ no deshace el cuerpo, ni produce dolores en las
-espaldas ni en la cintura, permitiendo dormir cómodamente sobre el
-lomo del macho ó de la mula, como en veloz esquife que, rápido, hiende
-las mansas aguas, dejando tras sí espumosa estela que, aunque parezca
-macarrónico, compararé el rastro que deja en el suelo blando el híbrido
-cuadrúpedo, cuya cola maniobra incesantemente á derecha é izquierda, á
-manera de timón cuando se mueve.
-
-Llegaron, pues, las suspiradas cargas, y mientras se puso todo en
-tierra y se eligieron los pedazos de charque más gordos, se hizo un
-gran fogón, colocando en él una olla para cocinar un _pucherete_ y
-cocer el resto de choclos que quedaba.
-
-Los padres se ocuparon en abrir sus baúles, en sacar los ornamentos
-sagrados, que estaban húmedos, y en extenderlos con el mayor cuidado al
-sol.
-
-Con una parte de los presentes para los caciques hubo que hacer lo
-mismo.
-
-Las mulas se habían caído repetidas veces en los guadales del Cuero, y
-todo se había mojado, á pesar de haber sido retobado en cuero fresco,
-con la mayor prolijidad en el Fuerte Sarmiento.
-
-Yo estaba contrariadísimo; ya sabía por experiencia cuán delicado
-es el paladar de los indios, pues muchísimas veces se sentaron á mi
-mesa en el Río 4.º, teniendo ocasión, al mismo tiempo, de admirar la
-destreza con que esgrimían los utensilios gastronómicos, la cuchara y
-el tenedor; lo bien que manejaban la punta del mantel para limpiarse la
-boca, el perfecto equilibrio con que llevaban la copa rebosando de vino
-á los labios.
-
-Tengo muy presente un rasgo de buena crianza de Achauentrú, capitanejo
-de Mariano Rosas.
-
-Comía en mi mesa; el asistente que le servía le pasó la azucarera,
-y como el indio viese que no tenía cuchara dentro, echó la vista al
-platillo de su taza de café, y como viese que tampoco tenía cucharita
-miró al soldado, y lo mismo que lo habría hecho el caballero más
-cumplido, le dijo:
-
---¡Cuchara!
-
---Pronto, hombre, una cuchara para Achauentrú,--le grité yo, cambiando
-miradas de inteligencia con todos los presentes como diciendo:
-Positivamente, no es tan difícil civilizar á estos bárbaros.
-
-Avisaron que el charqui estaba soasado y los choclos cocidos, pronto el
-_pucherete_.
-
---Á comer--llamé.
-
-Y sentándonos todos en rueda, comenzó el almuerzo, ocupando las visitas
-los asientos preferentes, que eran al lado de los franciscanos y de mí.
-
-Las dos chinas estaban hermosísimas, su tez brillaba como bronce
-bruñido; sus largas trenzas negras como el ébano y adornadas de cintas
-pampas les caían graciosamente sobre las espaldas; sus dientes cortos,
-iguales y limpios por naturaleza, parecían de marfil; sus manecitas de
-dedos cortos, torneados y afilados; sus piececitos con las uñas muy
-recortadas, estaban perfectamente aseados.
-
-Esa mañana, en cuanto salió el sol, se habían ido á la costa de la
-laguna, se habían dado un corto baño, y recatándose un tanto de
-nosotros, se habían pintado las mejillas y el labio inferior, con
-carmín que les llevan los chilenos, vendiéndoselos á precio de oro.
-
-María, la cuñada de Villarreal, más coqueta que su hermana la casada,
-se había puesto lunarcitos negros, adorno muy favorito de las chinas.
-
-Para el efecto hacen una especie de tinta de un barro que sacan de la
-orilla de ciertas lagunas, barro de color plomizo, bastante compacto,
-como para cortarlo en panes y secarlo así al sol, ó dándole la forma de
-un bollo.
-
-El charqui estaba sabrosísimo--á buena gana no hay pan duro, dice el
-adagio viejo,--el _pucherete_ suculento; los choclos dulces y tiernos
-como melcocha.
-
-Los cristianos comimos bien; Villarreal y las chinas se saturaron con
-aguardiente.
-
-Villarreal lo hizo hasta _caldearse_, término que, entre los indios,
-equivale á lo que en castellano castizo significa ponerse calamucano.
-
-Llegó el turno del mate de café, no teniendo otro postre, y habiéndome
-apercibido de que nos rondaban algunos indios, recién llegados, los
-llamé, los convidé á tomar asiento en nuestra rueda y les di unos
-buenos tragos del alcohólico anisado.
-
-Hice acuerdos en ese momento de que no me había informado del cabo
-conductor de las cargas, de las novedades del camino; y que aquél no
-habiendo sido interrogado, nada me había dicho al respecto.
-
-Rumiaba si le llamaría ó no en el acto, cuando ciertas palabras
-cambiadas entre mis ayudantes me hicieron colegir que algo curioso
-había ocurrido.
-
-Me resolví al interrogatorio, decidiendo incontinenti.
-
---¡Que llamen al cabo Mendoza!
-
---¡Mendoza! ¡Mendoza! lo llama el Coronel--oyóse.
-
-Y acto continuo se presentó el cabo, cuadrándose militarmente.
-
---Y, ¿cómo ha ido por el camino?--le pregunté.
-
---Medio mal, mi Coronel--me contestó.
-
---¿Por qué no me habías dicho nada?
-
---Porque usía no me preguntó nada.
-
---Yo creía que no hubiera habido novedad, y tú debías haber pedido la
-venia para hablarme.
-
-El cabo agachó la cabeza y no contestó.
-
---Bueno, pues, cuéntame lo que te ha sucedido.
-
---Señor, cuando íbamos llegando á un charco que está _allicito_ no
-más, cerca del médano de la Verde, me salió un indio malazo, con cuatro
-más diciéndome:
-
---Ese soy Wenchenao, ese mi toldo, esa mi tierra. ¿Con permiso de quién
-pasando?
-
---Voy con el Coronel Mansilla.
-
---Ese Coronel Mansilla, ¿con permiso de quién pisando mi tierra?
-
---Eso no sé yo, amigo, déjeme seguir mi camino.
-
-Los indios nos ponían las lanzas en el pecho y las hincaban á las mulas
-en el anca para hacerlas disparar.
-
---No siguiendo camino sino pagando.
-
---¿Y qué quiere que le pague, amigo? ¿no ve que lo que llevamos es para
-el cacique Mariano?
-
---Entonces dando, mejor. Mariano teniendo mucho; padre Burela viniendo
-con mucho aguardiente.
-
-Mientras estábamos en esa conversación, mi Coronel, uno de los indios
-descargó una mula, y llegaron unas chinas con unas pavas, las llenaron
-bien, echaron bastante azúcar, tabaco y papel en un poncho y se fueron.
-
-Wenchenao nos dijo entonces:
-
---Bueno, amigo, siguiendo camino no más, pero dando camisa, pañuelo,
-calzoncillo.
-
-Y hasta que no le dimos algo de eso, no nos quitaron las lanzas del
-pecho, ni nos dejaron pasar.
-
---Pues has hecho buena hazaña--le dije.--¿Conque tres hombres se han
-dejado saquear por unos cuantos indios rotosos?
-
---¿Y qué habíamos de hacer, mi Coronel?--contestó,--que por hacer pata
-ancha, nos hubieran quitado todo.
-
---Tienes razón--le dije;--retírate.
-
-Dió media vuelta, hizo la venia y se alejó.
-
-Aprovechando la presencia de Villarreal y de los otros indios, simulé
-el mayor enojo é indignación; me levanté de la rueda del fogón;
-paseándome de arriba abajo exclamaba á cada rato:
-
---¡Pícaros! ¡ladrones!--rellenando estas palabras con imprecaciones por
-el estilo de ésta: ¡Ojalá me hagan algo á mí, para que se los lleve el
-diablo!
-
-Los indios, sin excepción alguna, me oían fulminar rayos y centellas
-contra ellos, sin decir una palabra, sin moverse siquiera de su lugar.
-
-Sólo cuando parecí calmado,--Villarreal medio entre San Juan y Mendoza,
-valiéndome de la metáfora de la tierra, se levantó y viniendo á mí con
-paso vacilante y aire receloso, me dijo:
-
---Tenga paciencia, mi Coronel.
-
---¿Qué paciencia quiere que tenga con esta canalla?--le contesté.
-
-Siguió rogándome que me calmara, y yo contestando, y, después de
-escucharle una larga explicación sobre cómo eran los indios, la
-diferencia que había entre uno trabajador y uno ladrón, nos quedamos
-muy amigos.
-
-Hecha la comedia pedí más aguardiente, y volví á convidar á los indios
-del fogón.
-
-Por supuesto que la señora Villarreal y su hermana no dejaron de
-dirigirme algunas exhortaciones amables, que finalizaban todas con esta
-frase: tenga paciencia, señor.
-
-Viendo que los huéspedes se iban _caldeando_, creí oportuno hacer cesar
-las libaciones.
-
---Dando, dando más, Coronel--me decían varios á la vez,--ya caldeados,
-queriendo rematar.
-
-No hubo tutía.
-
-Viéndome firme, fueron despejando el campo uno tras de otro.
-
-Villarreal y sus chinas ni pidieron los caballos para retirarse.
-
-Me daban un solo sobre el modo de tratar á los indios, sobre las
-relevantes prendas del carácter de Ramón, su cacique inmediato, en los
-momentos que se presentó un precursor de Caniupán, diciéndome que éste
-no tardaría en llegar; que en Leubucó se hacían grandes preparativos
-para recibirme, ponderando con tales aspavientos la indiada que se
-había reunido, los cohetes que se quemarían, que era cosa de chuparse
-los dedos de gusto, pensando en la imperial recepción que me aguardaba.
-
-Presentóse por fin Caniupán con unos cuarenta individuos vestidos de
-parada, es decir, montando briosos corceles, enjaezados con todo el
-lujo pampeano, con grandes testeras, coleras, petrales, estribos y
-cabezadas de plata, todo ello de gusto chileno.
-
-Los jinetes se habían puesto sus mejores ponchos y sombreros, llevando
-algunos bota fuerte, otros de potro y muchos la espuela sobre el pie
-pelado.
-
-Levanté campamento; me despedí de las visitas, y escoltado por
-Caniupán, tomé el camino de Leubucó.
-
-Mañana haré mi entrada triunfal allí.
-
-
-
-
- XX
-
- El camino de Calcumuleu á Leubucó.--Los indios en el campo.--Su
- modo de marchar.--Cómo descansan á caballo.--Qué es tomar caballos
- á mano.--No había novedad.--Cruzando un monte.--Se divisa
- Leubucó.--Primer parlamento.--Cada razón son diez razones.
-
-
-El camino del Calcumuleu á Leubucó corría en línea paralela con el
-bosque que teníamos hacia el Naciente, buscando una abra, que formaba
-una gran ensenada. De trecho en trecho se bifurcaba, saliendo ramales
-de rastrilladas para las diversas tolderías. Reinaba mucho movimiento
-en el desierto.
-
-De todos lados asomaban indios, al gran galope siempre, sin curarse de
-los obstáculos naturales del terreno, donde caballos educados como los
-nuestros ó los ingleses habrían caído postrados de fatiga á los diez
-minutos por vigorosos que hubieren sido. Subían rápidos á la cumbre
-de los médanos de movediza arena y bajaban con la celeridad del rayo;
-se perdían entre los montecillos de chañar, apareciendo al punto; se
-hundían en las blandas sinuosidades y se alzaban luego; se tendían á
-la derecha, evitando un precipicio, después á la izquierda rehuyendo
-otro, y así, ora en el horizonte, ora fuera de la vista del plano
-accidentado, cuando menos pensábamos brotaban á nuestro lado, por
-decirlo así, incorporándose á mi comitiva.
-
-Íbamos formados á ratos, yendo yo con Caniupán adelante, sus indios,
-atrás y después de éstos mi gente; otras veces en dispersión.
-
-Andando con indios no es posible marchar unidos.
-
-Ellos le aflojan la rienda al caballo para que dé todo lo que puede,
-sin apurarlo nunca; de modo que los jinetes cuyo caballo tiene el
-galope corto se quedan atrás y los otros se van adelante.
-
-Toda marcha de indios se inicia en orden; al rato se han desparramado
-como moscas, salvo en los casos de guerra. En ésta, pelean unidos ó en
-dispersión, á pie unos, á caballo otros, interpolados todos según las
-circunstancias.
-
-En un combate que mis fuerzas tuvieron con ellos en los Pozos Cavados,
-pelearon interpolados. Mi gente, siendo inferior en número, había
-echado pie á tierra. Le llevaron tres cargas, que fueron rechazadas á
-balazos, y al dar vuelta caras, los pedestres se agarraban de las colas
-de los caballos, y ayudados por el impulso de éstos, se ponían en un
-verbo fuera del alcance de las balas.
-
-En marcha, que no es militar, los indios no reconocen jerarquías.
-
-Lo mismo es para ellos la derecha que la izquierda, ir adelante que
-atrás: el capitanejo, el cacique menor ó mayor, todo es igual al último
-indio. El terreno, el aire de la marcha y el caballo deciden del puesto
-que lleva cada uno. ¿Va bien montado el cacique? Se le verá adelante,
-muy adelante. ¿Va mal montado? Se quedará rezagado. Y el lujo consiste
-en tener el caballo de galope más largo, de más bríos y de mayor
-resistencia.
-
-Ya veremos cómo los mismos caballos que nos roban á nosotros, pues
-ellos no tienen crías ni razas especiales sometidas á un régimen
-peculiar y severo, cuadruplican sus fuerzas reduciéndonos muchas veces
-en la guerra á una impotente desesperación.
-
-Al llegar á la entrada del bosque, viendo que mi gente marchaba
-formando una chorrera y que mis caballos no podían resistir á un galope
-largo sostenido por la arena, que se enterraban hasta las rodillas no
-obstante que seguíamos las sendas de la rastrillada, le dije á Caniupán:
-
---Hagamos alto un rato, los padrecitos vienen muy cansados.
-
-Era un pretexto como cualquier otro.
-
-Caniupán sujetó de golpe su caballo, yo el mío, los que nos seguían
-unos después de otros; lo mismo hicieran los indios que nos precedían,
-cuando se apercibieron de que estábamos parados, y poco después
-formábamos dos grupos, envueltos en una nube de arena.
-
-Para ganar tiempo y dar más alivio á mis cabalgaduras, mandé mudarlas.
-Los indios no echaron pie á tierra. Tienen ellos la costumbre de
-descansar sobre el lomo del caballo. Se echan como en una cama,
-haciendo cabecera del pescuezo del animal, y extendiendo las piernas
-cruzadas en las ancas, así permanecen largo rato, horas enteras
-á veces. Ni para dar de beber se apean; sin desmontarse sacan el
-freno y lo ponen. El caballo del indio, además de ser fortísimo, es
-mansísimo. ¿Duerme el indio? No se mueve. ¿Está ebrio? Le acompaña á
-guardar el equilibrio. ¿Se apea y le baja la rienda? Allí se queda.
-¿Cuánto tiempo? Todo el día. Si no lo hace es castigado de modo que
-entienda por qué. Es raro hallar un indio que use manea, traba, bozal
-y cabestro. Si alguno de estos útiles lleva, de seguro que anda
-_redomoneando_ un potro, ó en un caballo arisco, ó enseñando uno que
-ha robado en el último malón.
-
-El indio vive sobre el caballo, como el pescador en su barca; su
-elemento es la Pampa, como el elemento de aquél es el mar.
-
-¿Adónde va un indio que no ensille, que no salte en pelos? ¿Al toldo
-vecino que dista cuadras? Irá á caballo. ¿Al arroyo, á la laguna, al
-jagüel, que están cerca de su misma morada? Irá á caballo. Todo puede
-faltar en el toldo de un indio. Será pobre como Adán. Hay una cosa que
-jamás falta. De día, de noche, brille espléndido el sol ó llueva á
-cántaros, en el palenque hay siempre enfrenado y atado de la rienda un
-caballo.
-
-_¡A horse! ¡A horse! ¡my kingdom for a horse!_
-
-Todo, todo cuanto tiene dará el indio en un momento crítico, por un
-caballo.
-
-Mudábamos, tomando _á mano_.
-
-Es una operación campestre entretenida, no haciéndola torpemente, es
-decir, _enlazando_.
-
-Cada grupo de mi gente rodeaba su tropilla. La madrina estaba maneada.
-Los animales remolineaban á su alrededor. Entre varios tenían dos ó
-más lazos formando un círculo á manera de corral. Entraban en él, uno
-después de otro, por turno de numeración, los que iban á mudar. El
-encargado de la tropilla elegía un caballo de los menos _sobados_, lo
-designaba diciendo verbigracia--el obscuro overo,--para el número 4; y
-el individuo determinado así, con el freno y el bozal en la siniestra,
-se acercaba á aquél con maña, con cuidado de no asustarlo, buscándole
-la vuelta, echándole de lejos sobre el lomo, si no era manso, la punta
-de la rienda ó del cabestro, á cuyo contacto se queda casi siempre
-quieto el manso y dócil corcel.
-
-La operación de mudar tomando á lazo en el medio del campo, á más del
-riesgo de que los caballos menos asustadizos se espanten, disparen y se
-alcen, es sumamente morosa, requiere gran destreza y ofrece peligros;
-de todos los ejercicios del gaucho, del paisano, el más fuerte, el más
-difícil y el más expuesto de todos es el del lazo. Cualquiera maneja
-en poco tiempo regularmente las _boleadoras_. Ni ser muy de á caballo,
-se requiere: siquiera mucha fuerza. El manejo del lazo, al contrario,
-demanda completa posesión del caballo, vigor varonil y agilidad.
-
-Mientras mudábamos, llegaron varios indios del Norte, de _afuera_, como
-dicen ellos. Nosotros le llamamos así al Sur.
-
-Viendo sus caballos tan trasijados, le pregunté á Caniupán:
-
---¿De dónde vienen éstos?
-
---Éstos vinieron de _afuera_, boleando, me contestó.
-
-Eran las últimas descubiertas que regresaban, pero Caniupán no quería
-confesarlo.
-
---¿Qué habiendo por los campos, hermano?--le agregué.
-
---Muy silencio estando Cuero, Bagual y Tres Lagunas.
-
---¿Entonces, indios no desconfiando ya de mí?--proseguí.
-
-Camilo Arias interrumpió el diálogo, avisándome que estábamos prontos.
-
---¡Á caballo!--grité;--montamos, nos pusimos en marcha, y pocos minutos
-después entrábamos en el monte de Leubucó.
-
-Sendas y rastrilladas, grandes y pequeñas, lo cruzaban como una red,
-en todas direcciones. Galopábamos á la desbandada. Los corpulentos
-algarrobos, chañares y caldenes, de fecha inmemorial; los mil arbustos
-nacientes desviaban la línea recta del camino obligándonos á llevar el
-caballo sobre la rienda para no tropezar con ellos, ó enredarnos en sus
-vástagos espinosos y traicioneros.
-
-Nuestros caballos no estaban acostumbrados á correr por entre bosques.
-Teníamos que detenernos constantemente; por ellos, expuestos á rodar,
-y por nosotros mismos expuestos á quedarnos colgados de un gajo como
-arrebatados por un garfio.
-
-La torpeza nuestra era sólo comparable á la habilidad de los indios;
-mientras nosotros, á cada paso, hallábamos una barrera que nos obligaba
-á abreviar el aire de la marcha, á ir al trote y al tranco, á hacer
-alto y proseguir, ellos seguían imperturbables su camino, veloces
-como el viento. Pronto, pues, salieron ellos del bosque, quedándonos
-nosotros atrás. Yo no podía perder de vista que conmigo iban los
-franciscanos, y no era cosa de dejarlos en el camino, ni de exponerlos
-á columpiarse contra su gusto en un algarrobo. Demasiada paciencia
-habíamos tenido ya, para perderla cuando llegábamos, Dios mediante, al
-término de la jornada.
-
-Los indios me esperaban en una aguadita al salir del bosque; en un gran
-descampado, sucesión de médanos pelados, tristes, solitarios.
-
-Á lo lejos, como una faja negra, se divisaba en el horizonte la ceja de
-un monte.
-
---Allí es Leubucó--me dijeron, señalándome la faja negra.
-
-Fijé la vista, y, lo confieso, la fijé como si después de una larga
-peregrinación por las vastas y desoladas llanuras de la Tartaria, al
-acercarme á la raya de la China, me hubieran dicho: ¡allí es la gran
-muralla!
-
-Voy á penetrar, al fin, en el recinto vedado.
-
-Los ecos de la civilización van á resonar pacíficamente por primera
-vez, donde jamás asentara su planta un hombre del coturno mío.
-
-Grandes y generosos pensamientos me traen; nobles y elevadas
-ideas me dominan; mi misión es digna de un soldado, de un hombre,
-de un cristiano, me decía; y veía ya la hora en que reducidos y
-cristianizados aquellos bárbaros, utilizados sus brazos para el
-trabajo, rendían pleito homenaje á la civilización por el esfuerzo del
-más humilde de sus servidores.
-
-Aspiraciones del espíritu despierto, que se realizan con más dificultad
-que las mismas visiones del ensueño, ¡apartaos!
-
-El hombre no es razonable cuando discurre, sino cuando acierta.
-
-Vivimos en los tiempos del éxito.
-
-Nadie lucha contra los que tienen treinta legiones aunque la conciencia
-pueda más que todas las legiones del mundo.
-
-Alguien habrá que lo intente algún día. Y no con el desaliento del
-gladiador, que anticipándose á su destino y mirando al César encumbrado
-sobre las más altas gradas del circo, exclamaba:
-
-«Los que van á morir os saludan»--sino como el fuerte y viril
-republicano:
-
-«Primero muerto que deshonrado.»
-
-Donde los indios me esperaban hicimos alto: mandé aflojar las cinchas,
-dar un descanso á los caballos y de beber después.
-
-Hecho esto, en dos grupos unidos que no tardaron en deshacerse, nos
-pusimos en marcha al galope, con la mirada fija en la faja negra.
-
-Galopábamos en alas de la impaciencia y de la curiosidad.
-
-No había sido fácil empresa llegar hasta la morada de Mariano Rosas.
-¡Hasta los bárbaros saben rodearse de aparato teatral para deslumbrar
-ó embaucar á la multitud!
-
-De repente hizo alto un grupo de indios que nos precedía.
-
---Hay alguna novedad--me dijo Mora,--porque si no aquéllos no se
-habrían parado.
-
---¿Y qué será?
-
---Cuando menos han avistado algún parlamento.
-
---¿De quién?
-
---Del general Mariano.
-
---¿Y cuántos tendremos que encontrar antes de llegar á Leubucó?
-
---Quién sabe, señor; eso depende de los honores que el general le
-quiera hacer.
-
-Un indio venía á media rienda hacia nosotros, destacado del grupo que
-acababa de hacer alto, en busca de Caniupán.
-
-Sujetamos.
-
-Habló con él en su lengua, y luego, partió á escape, contramarchando.
-
-Caniupán me dijo:
-
---Viniendo parlamento.
-
---Me alegro mucho.
-
---Topando con él, galope.
-
---Bueno topando, al galope.
-
-Y esto diciendo, nos pusimos al gran galope sin reparar en nada.
-
-Yo echaba de cuando en cuando la vista atrás, y veía á mis
-franciscanos, expuestos sin remisión á dar una furiosa rodada, y
-contenía un tanto la carrera de mi caballo para que aquéllos se me
-incorporaran, pues Caniupán me decía á cada momento: poniendo padre á
-tu lado.
-
-Así íbamos ganando terreno, levantando torbellinos de arena, rodando
-más de cuatro en pocos instantes y viendo una nube que transparentaba
-diversos colores, avanzar sobre nosotros.
-
-Coronamos el dorso de un médano y distinguimos claramente un grupo como
-de cincuenta jinetes.
-
---Ese son, poquito galope--dijo Caniupán recogiendo su caballo.
-
---Bueno, amigo--le contesté, igualando mi caballo con el suyo.
-
-Así seguimos un momento, hasta que hallándonos como á seiscientos
-metros:
-
---¡Ese son hermano, topando!--dijo Caniupán y se lanzó violento.
-
-Le seguí y mi gente me imitó.
-
-Los franciscanos no se quedaron atrás.
-
-Yo no sé cómo hicieron, pero el hecho es que llegaron juntos conmigo
-hasta el punto en que diciendo y haciendo, Caniupán gritó:
-
---¡Parando, hermano!
-
-Los dos grupos, el que iba y el que venía, sujetamos al mismo tiempo,
-quedando como á veinte pasos uno de otro.
-
-Del que venía salió un indio.
-
-Del nuestro salió otro.
-
-Se colocaron equidistantes de sus respectivos grupos y mirando el uno
-para el Norte y el otro para el Sur, tomó la palabra el que venía de
-Leubucó.
-
-¿Cuánto tiempo habló?
-
-Hablaría seguido, sin interrupción alguna, sin tragar la saliva, como
-cinco minutos.
-
-¿Qué dijo?
-
-Lo sabremos después.
-
-Le contestó el otro en la misma forma y modo.
-
-¿Qué dijo?
-
-Lo sabremos también después.
-
-Tres preguntas y respuestas se hicieron.
-
-Le pregunté á Mora qué habían conversado.
-
-Me contestó que el uno me había saludado, y el otro había contestado
-por mí; que el uno representaba á Mariano Rosas y el otro me
-representaba á mí, según orden de Caniupán que acababa de recibir.
-
---Pero hombre, le observé, ¿tanto ha hablado sólo para saludarme?
-
---Sí, mi Coronel, es que los dos son buenos _lenguaraces_--oradores
-quería decir.
-
---Pero hombre, insistí, si han hablado un cuarto de hora, ¿cómo no han
-de haber hecho más que saludarme?
-
---Mi Coronel, es que las _razones_ que traía el parlamento de Mariano
-las ha hecho muchas más; y el de usted ha hecho lo mismo para no quedar
-mal.
-
---¿Y cuántas razones traía el de Mariano?
-
---¡Tres razones no más!
-
---¿Y qué decían?
-
---Que cómo está Usía, que cómo le ha ido de viaje, que si no ha perdido
-caballos, porque en los campos solos siempre suceden desgracias.
-
---¿Y para decir eso ha charlado tanto, hombre?
-
---Sí, mi Coronel; no ve que cada _razón_ la han hecho _diez razones_.
-
---¿Y qué es eso, hombre?
-
---Es, mi Coronel...
-
-Decía esto Mora, cuando Caniupán nos interrumpió, proponiéndome que
-saludara á la comisión que acababa de llegar.
-
-Deferí á su indicación y comenzó el saludo.
-
-Tendrás paciencia, hasta mañana, Santiago amigo, y el paciente lector
-contigo.
-
-La paciencia es una virtud que conviene ejercitar en las cosas
-pequeñas, que en las grandes yo opino como Romeo, por boca de
-Shakespeare.
-
-
-
-
- XXI
-
- En qué consiste el arte de hacer de _una razón_ varias razones.--De
- cuántos modos conversan los indios.--Sus oradores.--Sus rodeos
- para pedir.--Precauciones de los Caciques antes de celebrar una
- junta.--Numeración y manera de contar de los Ranqueles.
-
-
-Aprovechando una parada interrogué á Mora, que tomó la palabra para
-explicarme en qué consiste el arte de hacer de _una razón_, dos ó más
-razones.
-
-Á su modo me hizo un curso de retórica completo. Ya he dicho que es un
-hombre perspicaz y si no lo he dicho, viene aquí á pelo decirlo.
-
-Los indios Ranqueles tienen tres modos y formas de conversar.
-
-La conversación familiar.
-
-La conversación en parlamento.
-
-La conversación en junta.
-
-La conversación familiar es como la nuestra, llana, fácil,
-sin ceremonias, sin figuras, con interrupciones del ó de los
-interlocutores, animada, vehemente, según el tópico ó las pasiones
-excitadas.
-
-La conversación en parlamento está sujeta á ciertas reglas; es
-metódica, los interlocutores no pueden, ni deben interrumpirse; es en
-forma de preguntas y respuestas.
-
-Tiene un tono, un compás determinado, su estribillo y actitudes
-académicas, por decirlo así.
-
-El tono y el compás pueden sólo compararse á lo que en las festividades
-religiosas se canta con el nombre de villancico.
-
-Es algo cadencioso, uniforme, monótono, como el murmullo de la
-corriente del agua.
-
-Yo no conozco suficientemente la lengua araucana para consignar una
-frase.
-
-Pero el penetrante lector, y tú, Santiago, que á este respecto te
-pierdes de vista, haciendo un pequeño esfuerzo, me comprenderán.
-
-Voy á estampar sonidos cuya eufonía remeda la de los vocablos araucanos.
-
-Por ejemplo:
-
-_Epú_, _bicú_, _mucú_, _picú_, _tanqué_, _locó_, _painé_, _bucó_, _có_,
-_rotó_, _clá_, _aimé_, _purrá_, _cuerró_, _tucá_, _claó_, _tremen_,
-_leuquen_, _pichun_, _mincun_, _bitooooooon_.
-
-Supongamos que los sonidos enumerados hayan sido pronunciados con
-énfasis, muy ligero, sin marcar casi las comas, y que el último haya
-sido pronunciado tal cual está escrito á manera de una interjección
-prolongada, hasta donde el aliento lo permite.
-
-Supongamos algo más, que esos sonidos imitativos representando palabras
-bien hilvanadas, quisieran decir:
-
-Manda preguntar Mariano Rosas, que ¿cómo le ha ido anoche por el campo,
-con todos sus jefes y oficiales?
-
-Ó, en los tiempos de Mora, supongamos que esa interrogación sea _una
-razón_.
-
-Pues bien, convertir una razón en dos, en cuatro ó más razones, quiere
-decir, dar vuelta la frase por activa, y por pasiva, poner lo de atrás
-adelante, lo del medio al principio, ó al fin; en dos palabras, dar
-vuelta la frase de todos lados.
-
-El mérito del interlocutor en parlamento, su habilidad, su talento,
-consiste en el mayor número de veces que da vuelta cada una de sus
-frases ó razones; ya sea valiéndose de los mismos vocablos, ó de otros;
-sin alterar el sentido claro y preciso de aquéllas.
-
-De modo que los oradores de la pampa son tan fuertes en retórica, como
-el maestro de gramática de Molière, que instado por el _Bourgeois
-gentil-homme_, le escribió á una dama este billete: _«Madame, vos
-vells yeux me font mourir d'amour»_. Y no quedando satisfecho el
-interesado: _«Vos vells yeux, madame, me font mourir d'amour»_. Y no
-gustándole esto: _«D'amour, madame, vos vells yeux me font mourir»_.
-Y no queriendo lo último: _«Me font mourir d'amour, vos vells yeux,
-madame»_.--Con lo cual el _Bourgeois_ se dió por satisfecho.
-
-La gracia consiste en la más perfecta uniformidad en la entonación de
-las voces. Y, sobre todo, en la mayor prolongación de la última sílaba
-de la palabra final.
-
-Una cantante que aprendiera el araucano, haría furor entre los indios,
-por su extensión de voz, si la tenía, y por otros motivos, de que se
-hablará á su tiempo. No es posible poner todo en la olla de una vez.
-
-Esa última sílaba prolongada, no es una mera _floritura_ oratoria. Hace
-en la oración los oficios del punto final; así es que en cuanto uno de
-los interlocutores la inicia, el otro rumia su frase, se prepara, toma
-la actitud y el gesto de la réplica, todo lo cual consiste en agachar
-la cabeza y en clavar la vista en el suelo.
-
-Hay oradores que se distinguen por su facundia; otros por su facilidad
-en dar vuelta una razón: éstos, por la igualdad cronométrica de su
-dicción; aquéllos, por la entonación cadenciosa; la generalidad por
-el poder de sus pulmones para sostener lo mismo que si fuera una nota
-musical, la sílaba que remata el discurso.
-
-Mientras dos oradores parlamentan, los circunstantes les escuchan
-y atienden en el más profundo silencio, pesando el primer concepto
-ó razón, comparándolo con el segundo, éste con el tercero, y así
-sucesivamente, aprobando y desaprobando con simples movimientos de
-cabeza.
-
-Terminado el parlamento, vienen los juicios y discusiones sobre las
-dotes de los que han sostenido el diálogo.
-
-La conversación en parlamento, tiene siempre un carácter oficial. Se la
-usa en los casos como el mío, ó cuando se reciben visitas de etiqueta.
-
-No hay idea de lo cómico y ceremoniosos que son estos bárbaros. Si
-el cacique recibe durante el día veinte capitanejos, con los veinte
-emplea las mismas formas: con los veinte cambia las mismas preguntas y
-respuestas, empezando por preguntarles por el abuelo, por el padre, por
-la abuela, por la madre, por los hijos, por todos los deudos, en fin.
-
-Después de esta serie de preguntas sacramentales, inevitables,
-infalibles, vienen otras de un orden secundario, que completan el
-ritual, referentes á las novedades ocurridas en los campos y en la
-marcha, haciendo siempre los caballos un papel principal.
-
-Los indios se ocupan de éstos á propósito de todo. Para ellos los
-caballos son lo que para nuestros comerciantes el precio de los fondos
-públicos. Tener muchos y buenos caballos, es como entre nosotros tener
-muchas y buenas fincas. La importancia de un indio se mide por el
-número y la calidad de sus caballos. Así, cuando quieren dar la medida
-de lo que un indio vale, de lo que representa y significa, no empiezan
-por decir: tiene tantos y cuantos rodeos de vacas, tantas ó cuantas
-manadas de yeguas, tantas ó cuantas majadas de ovejas y cabras; sino
-tiene tantas tropillas de obscuros, de overos, de bayos, de tordillos,
-de gateados, de alazanes, de cebrunos, y resumiendo, pueden cabalgar
-tantos ó cuantos indios; lo que quiere decir, que en caso de malón
-podrá poner en armas muchos, y que si el malón es coronado por la
-victoria tendrá participación en el botín con arreglo al número de
-caballos que haya suministrado, según lo veremos cuando llegue el caso
-de platicar sobre la constitución social, militar y gubernativa de esas
-tribus.
-
-Mariano Rosas tiene la fama de un orador de nota. Cuando lleguemos á su
-toldo, penetremos en el recinto de su hogar, cuente sus costumbres, su
-vida, sus medios de gobierno y de acción, será ocasión de comprobarlo
-con ejemplos palmarios, probando á la vez que hasta entre los bárbaros
-la elocuencia unida á la prudencia puede disputarle la palma con éxito
-completo al valor y á la espada.
-
-Tomando el hilo de mi interrumpido relato sobre los diferentes modos de
-conversar de los Ranqueles, agregaré, que en pos de las interrogaciones
-y contestaciones sobre la salud de la familia y las novedades de los
-campos, vienen otras sin importancia real, y que sólo después de muchas
-idas y venidas, vueltas y revueltas, se llega al grano.
-
-Un indio, cuando va de visita con el objeto de pedir algo, no descubre
-su pensamiento á dos tirones. Saluda, averigua todo cuanto puede
-serle agradable al dueño de casa, devolviendo los cumplimientos con
-cumplimientos, las ofertas y promesas, con ofertas y promesas, se
-despide; parece que va á irse sin pedir nada; pero en el último momento
-desembucha su entripado; y no de golpe, sino poco á poco. Primero
-pedirá yerba. ¿Se la dan? Pedirá azúcar. ¿Se la dan? Pedirá tabaco.
-¿Se lo dan? Pedirá papel. Y mientras le vayan concediendo ó dando, irá
-pidiendo, y habrá pedido lo que fué buscando, que era aguardiente. El
-golpe de gracia viene entonces, pide por fin lo que más le interesa y
-si se lo niegan contestará: no dando lo más; pero dando aguardiente.
-
-Esta táctica socarrona no la emplea el indio solamente en sus
-relaciones con los cristianos. Disimulado y desconfiado por carácter
-y por educación, así procede en todas las circunstancias de su vida.
-Tiene mil reservas en todo y mil cosas reservadas. No hay indio que no
-sea poseedor de uno ó unos cuantos secretos, sin importancia, quizá,
-pero que no descubrirá sino por interés. Éste conoce él solo una
-laguna, aquél un médano, el otro una cañada; éste una hierba medicinal,
-aquél un pasto venenoso; el otro una senda extraviada por el bosque. Y
-así dicen, no como los cristianos:--Yo conozco una laguna, una hierba,
-una senda que nadie conoce; sino:--Yo tengo una laguna, y una hierba,
-una senda que nadie conoce, que nadie ha visto, por donde nadie ha
-andado.
-
-Decididamente, hoy estoy fatal para las digresiones. Tomé el hilo más
-arriba y me apercibo que lo he vuelto á dejar. Para dejarlo del todo,
-me falta decir lo que es la conversación en junta.
-
-Es un acto muy grave y muy solemne. Es una cosa muy parecida al
-parlamento de un pueblo libre, á nuestro congreso, por ejemplo. La
-civilización y la barbarie se dan la mano; la humanidad se salvará
-porque los extremos se tocan. Y por más que digan que los extremos son
-viciosos, yo sostengo que eso depende de la clase de _extremos_. Será
-malo, irritante, odioso ser en extremo avaro; pero ¿quién puede tachar
-á un caballero por ser en extremo generoso? Será una calamidad para
-una mujer ser en extremo fea. Pero ¿qué mujer sostendrá que es una
-desgracia ser en extremo hermosa?
-
-¡Cuando he dicho que estoy fatal para las digresiones!
-
-Volvamos á la junta, á ver si se parece ó no á lo que he dicho.
-
-Reúnese ésta, nómbrase un orador, una especie de miembro informante,
-que expone y defiende contra uno, contra dos, ó contra más, ciertas y
-determinadas proposiciones. El que quiere le ayuda.
-
-El miembro informante suele ser el cacique. El discurso se lleva
-estudiado, y el tono y las formas son semejantes al tono y las formas
-de la conversación en parlamento, con la diferencia de que en la junta
-se admiten las interrupciones, los silbidos, los gritos, las burlas
-de todo género. Hay juntas muy ruidosas, pero todas, excepto algunas
-memorables que acabaron á capazos, tienen el mismo desenlace. Después
-de mucho hablar, triunfa la mayoría aunque no tenga razón. Y aquí es el
-caso de hacer notar que el resultado de una junta se sabe siempre de
-antemano, porque el cacique principal tiene buen cuidado de catequizar
-con tiempo á los indios capitanejos más influyentes en la tribu.
-
-Todo lo cual prueba que la máquina constitucional llamada por la
-libertad Poder Legislativo, no es una invención moderna extraordinaria;
-que en algo nos parecemos á los indios, ó como diría Fray Gerundio: que
-en todas partes se cuecen habas.
-
-Como las explicaciones de Mora interesasen, prolongué la parada hasta
-que no quedó ya nada que saber en materia de conversaciones pampeanas.
-
---¡Vamos! le dije á Caniupán, y diciendo y haciendo seguimos el camino
-de Leubucó. Los indios se tendieron al galope. Por no recibir su polvo
-los imité.
-
-Hacia el Sur se alzaba en el horizonte una nube que parecía de arena.
-
---Son jinetes--dijeron algunos.
-
-Yo fijé un instante la vista en ella, no descubrí nada.
-
-Tenía interés en aprender á contar en lengua araucana. Me dirigí, pues,
-á Mora, aprovechando el tiempo, ya que por algunos momentos me veía
-libre de embajadores, mensajeros y parlamentarios, y le pregunté:
-
---¿Cómo se llaman los números en la lengua de los indios?
-
-Mora no entendió bien la pregunta. Él sabía perfectamente bien lo que
-quería decir _cuatro_, pero ignoraba qué era _número_.
-
-Le dirigí la interpelación en otra forma, y el resultado fué, que mis
-lectores mañana, y tú después, Santiago amigo, sabrán contar en una
-lengua más.
-
- Uno--_quiñé_.
- Dos--_epú_.
- Tres--_clá_.
- Cuatro--_meli_.
- Cinco--_quehú_.
- Seis--_caiu_.
- Siete--_relgué_.
- Ocho--_purrá_.
- Nueve--_ailliá_.
- Diez--_marí_.
- Cien--_pataca_.
- Mil--_barranca_.
-
-Ahora, cincuenta se dice _quehú-marí_; doscientos, _epú-pataca_; ocho
-mil, _purrá-barranca_; y cien mil, _pataca-barranca_.
-
-Y esto prueba dos cosas:
-
-1.º Que teniendo la noción abstracta del número comprensivo de
-infinitas unidades como un millón, que en su lengua se dice,
-_marí-pataca-barranca_, estos bárbaros no son tan bárbaros ni tan
-obtusos como muchas personas creen.
-
-2.º Que su sistema de numeración es igual al teutónico según se ve por
-el ejemplo de _quehú-marí_, que vale tanto como _cincuenta_; pero que
-gramaticalmente es _cinco-diez_.
-
-Si hay quien se haya afligido porque nuestro sistema parlamentario se
-parece al de los Ranqueles, ¡consuélese, pues!
-
-Los alemanes, justamente orgullosos de ser paisanos de Schiller y de
-Gœthe, se parecen también á ellos. Bismarck, el gran hombre de Estado,
-contaría las águilas de las legiones vencedoras en Sadowa, lo mismo que
-el indio Mariano Rosas cuenta sus lanzas al regresar del malón.
-
-Pero la nube de arena avanza...............................
-
-
-
-
- XXII
-
- Una nube de arena.--Cálculos.--El ojo del indio.--Segundo
- parlamento.--Se avista el toldo de Mariano Rosas.--Frente á él.
-
-
-La nube de arena que había llamado mi atención antes de empezar el
-diálogo con Mora, se movía y avanzaba sobre nosotros, se alejaba,
-giraba hacia el Poniente, luego hacia el Naciente, se achicaba, se
-agrandaba, volvía á achicarse y á agrandarse, se levantaba, descendía,
-volvía á levantarse y á descender; á veces tenía una forma, á veces
-otra, ya era una masa esférica, ya una espiral, ora se condensaba,
-ora se esparcía, se dilataba, se difundía, ora volvía á condensarse
-haciéndose más visible, manteniendo el equilibrio sobre la columna de
-aire hasta una inmensa altura, ya reflejaba unos colores, ya otros,
-ya parecía el polvo de cien jinetes, ya el de potros alzados, unas
-veces polvo levantado por las ráfagas de viento errantes, otras el
-polvo de un rodeo de ganado vacuno que remolinea; creíamos acercarnos
-al fenómeno y nos alejábamos, creíamos alejarnos y nos acercábamos,
-creíamos descubrir visiblemente en su seno algunos objetos y nada
-veíamos; creíamos juguetes de la óptica, la imagen de algo que se movía
-velozmente de un lado á otro, de arriba á abajo, que iba y venía, que
-de repente se detenía partiendo súbito luego; íbamos á llegar y no
-llegábamos porque el terreno se doblaba en médanos abruptos, subíamos,
-bajábamos, galopábamos, trotábamos con la imaginación sobreexcitada,
-creyendo llegar en breve á una distancia que despejara la incógnita
-de nuestra curiosidad; pero nada, la nube se apartaba del camino como
-huyendo de nosotros, sin cesar sus variadas y caprichosas evoluciones,
-burlando el ojo experto de los más prácticos, dando lugar á conjeturas
-sin cuento, á apuestas y disputas infinitas.
-
-Así seguíamos nuestro camino, derrotados por aquella nube extraña,
-cuando divisamos en dirección á Leubucó unos polvos que momentáneamente
-fijaron nuestra atención, apartándola de lo que la traía preocupada en
-tan alto grado.
-
-No tardamos en cerciorarnos de que los polvos eran de un grupo bastante
-crecido de indios que al gran galope se dirigían hacia nosotros. Tienen
-ellos un modo tan peculiar de andar por los campos que no era fácil
-confundirlos con otra cosa.
-
-Volvimos, pues, á fijar la vista en la nube aquella que nos había
-ganado el flanco izquierdo y que ya afectaba un aspecto más conocido,
-transparentando formas movibles de seres animados. En ese momento los
-polvos se tendieron hacia el Oriente, formando un círculo inmenso y
-como queriendo envolver dentro de él todo cuanto andaba por los campos.
-Al mismo tiempo divisamos otros polvos en el rumbo que llevábamos y
-oyéronse varias voces:
-
---¡Aquéllos andaban voleando!
-
---¡Aquéllos vienen para acá!
-
-Mora me dijo: esos polvos, señor, que tenemos al frente, han de ser de
-otro parlamento que viene á saludarlo.
-
-Para mis adentros exclamé: ¡Si se acabarán algún día los cumplidos!
-
-Caniupán me dijo: Ese comisión grande viniendo á topar.
-
---Bueno--le contesté, y señalándole á la izquierda, preguntéle:
-
---¿Qué es aquello?
-
-El indio fijó sus ojos en el espacio, recorrió rápidamente el horizonte
-y luego me contestó:
-
---Boleando guanacos.
-
-Efectivamente, la nube que por tanto tiempo había preocupado nuestra
-atención, estaba ya casi encima de nosotros envolviendo en sus entrañas
-una masa enorme de guanacos que estrechada poco á poco por los
-boleadores, venía á llevarnos por delante.
-
---¡Cuidado con las tropillas!--grité, y haciendo alto las rodeamos
-porque la masa de guanacos podía arrebatarlas.
-
-La tierra se estremecía como cuando la sacude el trueno, oíanse
-alaridos en todas direcciones, sentíase un ruido sordo... la masa
-enorme de guanacos rompiendo la resistencia del aire pasó como un
-torbellino, dejándonos envueltos en tinieblas de arena. Detrás pasaron
-los indios reboleando las boleadoras, convergiendo todos hacia el mismo
-punto, que parecía ser una planicie que quedaba á nuestra derecha.
-
-Cuando aquel aluvión de cuadrúpedos desfiló y disipándose las tinieblas
-de arena, se hizo la luz, volvimos á ponernos al galope.
-
-Según lo había calculado Mora, los polvos últimos que se avistaron eran
-otro parlamento que venía.
-
-Esta vez no fué un indio el que se destacó de él; destacáronse tres.
-
-Al verles Caniupán destacó otros tres.
-
-Cruzáronse éstos á cierta altura con los otros, hablaron no sé qué y
-ambos grupos prosiguieron su camino.
-
-Llegaron á nosotros los tres que venían, y después que hablaron con
-Caniupán, díjome éste:
-
---Formando gente, hermano, ese comisión.
-
-Hice alto, di mis órdenes y formamos en batalla cubriéndome la
-retaguardia los indios de Caniupán.
-
-Púsose éste á mi lado derecho y por indicación suya coloqué los dos
-franciscanos á mi izquierda. Mora se puso detrás de mí.
-
-Una vez formados nos pusimos al galope. Galopamos un rato, y cuando la
-comisión que venía se dibujó claramente sobre una pequeña eminencia del
-terreno, como á unos dos mil metros de nosotros, Caniupán me dijo:
-
---Ese comisión lindo, hermano, ahora no más topando.
-
---Cuando guste, hermano, topando no más.
-
-Los que venían hicieron alto; regresaron los tres indios de Caniupán y
-los otros tres volvieron á los suyos.
-
-Caniupán me dijo:
-
---Poquito parando, hermano.
-
---Bueno, hermano--le contesté,--sujetando.
-
-Destacó un indio sobre los que venían diciéndole no sé qué. Los otros
-hicieron lo mismo.
-
-Llegó el heraldo, habló con Caniupán y éste me dijo:
-
---Ahora topando, hermano.
-
---Cuando quiera topando, hermano.
-
-Y esto diciendo nos pusimos al gran galope.
-
-Los otros nos imitaron; venían formados en orden de batalla, haciendo
-flamear tres grandes banderas coloradas, colocadas en largas cañas, que
-ocupaban los extremos y el centro de la línea.
-
-Marchamos así hasta quedar distantes unos de otros como cuatrocientos
-metros.
-
-Caniupán me dijo:
-
---Cerquita ya, topando.
-
---Topando--le contesté.
-
-Él se lanzó á toda brida; yo le seguí, y los buenos franciscanos,
-haciendo de tripas corazón, imitaron mi ejemplo.
-
-Cuando íbamos materialmente á toparnos, sujetamos simultáneamente unos
-y otros quedando distantes veinte pasos.
-
-El que presidía el parlamento destacó su orador.
-
-Caniupán destacó el suyo.
-
-Colocáronse equidistantes de sus respectivos grupos, mirando el uno al
-Oriente y el otro al Occidente, y comenzó el parlamento.
-
-Duró lo bastante para fastidiar á un santo.
-
-El orador que mandaba Mariano Rosas era un Cicerón de la Pampa.
-
-Hablaba por los codos, prolongaba la última sílaba de la palabra final,
-como si su garganta fuera un instrumento de viento, y tenía el arte de
-hacer de una razón quince razones.
-
-El orador que Caniupán nombró para que me representara, no le iba en
-zaga.
-
-Así fué que no me valió acortar mis contestaciones.
-
-Mi representante se dió maña para multiplicar mis razones, tanto como
-su interlocutor multiplicaba las suyas.
-
-Mariano Rosas me mandaba decir:
-
-Que se alegraba mucho de que fuera llegando á su toldo (1.ª razón).
-
-Que cómo me había ido de viaje (2.ª razón).
-
-Que si no había perdido algunos caballos (3.ª razón).
-
-Que cómo estaba yo y todos mis jefes, oficiales y soldados (4.ª razón).
-
-Á estas cuatro razones, yo contesté con otras cuatro.
-
-Pero como el orador de Mariano hizo las suyas sesenta razones, el mío
-hizo lo mismo con las mías.
-
-Después que estos interesantes saludos pasaron, tuve que dar la mano á
-todos. Eran unos ochenta; entre ellos habían muchos cristianos.
-
-Á cada apretón de manos, á cada abrazo, me aturdían los oídos con
-hurras y vítores.
-
-Con los abrazos y los apretones de mano cesaron los alaridos.
-
-Mezcláronse los indios que habían venido con los de Caniupán, y
-formando un solo grupo y marchando todos en orden, proseguimos nuestro
-camino, avistando á poco andar otros polvos.
-
---Ese, otro comisión--me dijo Caniupán, señalándomelos.
-
---Me alegro mucho--le contesté, diciendo interiormente:--á este paso no
-llegaremos en todo el día á Leubucó.
-
-Subíamos á la falda de un medanito, y Mora me dijo:
-
---Allí es Leubucó.
-
-Miré en la dirección que me indicaba, y distinguí confusamente á la
-orilla de un bosque los aduares del cacique general de las tribus
-ranquelinas, las tolderías de Mariano Rosas.
-
-Los polvos se acercaban velozmente. Llegó un indio; habló con Caniupán
-y éste destacó otro. Después llegaron tres y Caniupán destacó igual
-número. En seguida llegaron seis y Caniupán destacó seis también.
-
-Así recibiendo y despachando mensajes y mensajeros, ganábamos terreno
-rápidamente, de modo que no tardamos en avistar la nueva serie de
-embajadores en cuyas garras íbamos á caer.
-
-Caniupán me dijo:
-
---Ese comisión, lindo, grandote.
-
---Ya veo que es linda--le contesté.
-
-Y tenía razón en lo de grandote, porque, en efecto, formaban un grupo
-considerable.
-
-Caniupán me dijo:
-
---Topando fuerte, hermano.
-
---Topando como guste--le contesté.
-
---Mandando hacer alto, hermano--agregó.
-
-Hice alto.
-
---Formando gente, hermano--me dijo.
-
-Llené sus indicaciones, y mi comitiva formó en batalla, poniéndome
-yo con los frailes al frente en el orden de antes. Los indios de
-Caniupán me cubrieron la retaguardia y los otros, haciendo dos alas, se
-colocaron á derecha é izquierda de mí. Las tres banderas ocuparon el
-centro de la línea que formábamos, como á veinte pasos á vanguardia.
-Caniupán iba á mi lado.
-
-Formados en esa disposición, rompimos la marcha al galope.
-
-Los que venían avanzaban también al galope.
-
-Oyéronse toques de corneta.
-
-Caniupán me dijo:
-
---Ese comisión ahorita topando.
-
---Ya lo veo--le contesté.
-
-Galopamos algunos minutos, hicimos alto viendo que los que venían se
-habían parado, y después que hablaron con Caniupán, trayendo y llevando
-mensajes varios indios, continuamos la marcha.
-
-Á una indicación de corneta, Caniupán me dijo:
-
---Ahora topando ya, hermano.
-
-Y como de costumbre, lanzóse á media rienda, dándome el ejemplo.
-
-Esta vez íbamos á toparnos á todo correr en medio de una espantosa
-algazara que hacían los indios golpeándose la boca abierta con la palma
-de la mano.
-
-El terreno salpicado de pequeños arbustos, blando y desigual, exponía
-á todos á una tremenda rodada. No podíamos marchar en formación. Nos
-desbandábamos y nos uníamos alternativamente. Los pobres frailes,
-encomendando su alma á Dios, me seguían lo más cerca posible. Muchos
-rodaron apretándolos enteros el caballo, y eran jinetes de primer
-orden. ¡Sarcasmo de la vida! uno de los frailes rodó y salió parado.
-
-Las dos comitivas avanzaban, íbamos materialmente á toparnos ya, cuando
-á una indicación de corneta sujetaron los que venían y nosotros también.
-
-Siguióse una escena igual á la anterior, entre dos oradores que se
-ocuparon una media hora de mi salud y de mis caballos. Pero esta vez
-todo fué soportable porque mientras los oradores multiplicaban sus
-razones con elocuente encarnizamiento, yo conversaba con el capitán
-Rivadavia que había salido á mi encuentro.
-
-Este valiente y resuelto oficial, prudente y paciente, me representaba
-hacía tres meses entre los indios.
-
-Le abracé con efusión, y uno de los momentos más gratos de mi vida, ha
-sido aquél. Quien haya alguna vez encontrado un compatriota, un amigo
-en extranjera playa, ó en regiones apartadas y desconocidas, desiertas
-é inhabitadas, después de haber expuesto su vida unas cuantas veces
-podrá sólo comprender mis impresiones.
-
-Terminados los saludos, que eran seis razones, las que fueron
-convertidas en sesenta de una parte y otra, llegó el turno de los
-abrazos y apretones de mano. Esta vez no hubo más alteración en el
-ceremonial que toques de corneta. Di unos ciento y tantos abrazos
-y apretones de mano; y cuando ya no me quedaba costilla, ni nervio
-en la muñeca que no me doliera, comenzaron los alaridos de regocijo
-y los vivas, atronando los aires. Todo el mundo, excepto mi gente,
-se desparramó gritando, _escaramuceando_, _rayando_ los caballos,
-ostentando el mérito de éstos y su destreza. Aquello era una verdadera
-fiesta, una fantasía á lo árabe.
-
-Así desparramados, dispersos, _jineteando_, marchamos un largo rato,
-viendo darse de pechadas mortales á unos, rodar á otros, haciendo éstos
-bailar los caballos, tirándose los unos al suelo en medio de la carrera
-y subiendo ágiles, corriendo los unos de rodillas sobre el lomo de su
-caballo y los otros de pie, en una palabra, haciendo cada cual alguna
-pirueta.
-
-Á un toque de corneta se reunieron todos y formamos como antes lo
-expliqué, aumentando las alas los recién llegados.
-
-Acababa de llegar un enviado de Mariano Rosas.
-
-Su toldo estaba ahí cerca. Penetrar en él era cuestión de minutos, al
-fin.
-
-Regresó el mensajero y Caniupán me dijo:
-
---Caminando poquito, hermano--dicho lo cual recogió su caballo y se
-puso al tranco.
-
-Tuve que conformarme á su indicación. Recogí mi caballo é igualé el
-paso del suyo.
-
-Llegó otro mensajero de Mariano Rosas, habló con Caniupán, y después me
-dijo éste:
-
---Parando, hermano.
-
-Le habló á Mora en su lengua y éste me tradujo, que debíamos echar pie
-á tierra y esperar órdenes.
-
-El lector juzgará si había motivo para rabiar un rato.
-
-Yo, que en esta excursión á los indios he aprendido una virtud que no
-tenía, que por modestia callo, repito lo que antes he dicho: que no es
-tan fácil penetrar en el toldo del señor General don Mariano Rosas,
-como le llaman los suyos.
-
-
-
-
- XXIII
-
- Épocas buenas y malas.--En qué cosas cree el autor.--La cadena del
- mundo moral.--¿Será cierto que los padres saben más que los hijos?--El
- capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai, Camargo.--Dilaciones.
-
-
-Con la última parada se me quemaron los libros. Es verdad que hace
-mucho tiempo que en mis cálculos entra todo, menos lo principal.
-
-El hombre suele tener épocas de graves errores, de imperdonables
-desaciertos y tristes equivocaciones.
-
-Como todo el que se ha lanzado sin preparación en la corriente de la
-vida lo sabe, hay años buenos y malos, meses propicios y fatales, días
-color de rosa, días negros como el hollín de una chimenea.
-
-Años, meses y días en que á todo acertamos, en que nuestro espíritu
-parece tener su geometría, en que todo nos halaga y nos sonríe.
-
-Y, á la inversa, años, meses y días en que todo nos sale al revés.
-
-Si amamos, nos olvidan; si vamos á la guerra, nos hieren ó nos
-postergan; si somos candidatos al parlamento, nos derrotan; si
-jugamos, perdemos; si tomamos comidas con aceite, se nos indigestan;
-si compramos billetes de lotería, ni cerca le andamos á la suerte;
-finalmente, hay temporadas aciagas en que ni por chiripa andamos bien.
-Ó, como dicen los andaluces, temporadas en que nuestro estado normal,
-es andar en la mala.
-
-Esto debe consistir en algo.
-
-Yo he pensado mucho en la justicia de Dios, con motivo de ciertos
-percances propios y ajenos, pues un hombre discreto debe estudiar el
-mundo y sus vicisitudes, en cabeza propia y en cabeza ajena.
-
-Y, francamente, hay momentos en que me dan tentaciones de creer que
-nuestro bello planeta no está bien organizado.
-
-¡Quién sabe si no estamos en un período de desequilibrio moral!
-
-He de buscar algún amigo ducho en trotes de ciencia y conciencia que me
-indique si hay algún tratado de mecánica terrenal, por el estilo del de
-Laplace.
-
-Por lo pronto me he refugiado en un tratadito cuyo título es:--«La
-moral aplicada á la política, ó el arte de esperar».
-
-Debe ser muy bueno; es un libro chico y anónimo,--hace tiempo vengo
-observando que los mejores libros son los manuales, cuyo autor se
-ignora.
-
-La razón creo hallarla en la modestia, sentimiento que anda
-generalmente á caballo.
-
-En este tratadito pienso hallar la solución de muchas de mis dudas.
-
-Yo tengo creencias y convicciones arraigadas, que las he sacado no sé
-de dónde--hay cosas que no tienen filiación,--y no quisiera perderlas ó
-que se embrollaran mucho en los archivos de mi imaginación.
-
-Yo creo en Dios, por ejemplo, cosa en la que sin duda cree el
-respetable público--aunque hay un refrán maldito que dice: fíate en
-Dios y no corras.
-
-Yo creo en la justicia y que las almas nobles deben hacérsela aun á
-aquéllos mismos que se la niegan á ellos; sin embargo, todos los días
-veo gente desesperada por la calle, quejándose de que no hay justicia
-en la tierra.
-
-Y hasta ahora les he oído decir, á los que tienen y ganan pleitos: ¡Qué
-bien anda la justicia!
-
-¡Los mismos abogados no hacen otra cosa que gritar contra la justicia!
-
-Dos alegatos distintos de bien probado sobre lo mismo, ¿qué implican?
-
-Yo creo en la caridad, y mientras tanto, todo el día oigo hablar mal
-del prójimo, y veo gente conducida al cementerio que no tiene tras de
-qué caerse muerta.
-
-Yo creo en la religión; creo que el patriotismo, el honor, la probidad,
-el amor del prójimo son cuestiones de religión.
-
-Mientras tanto, el otro día he leído en un libro italiano--estos
-italianos pierden la cabeza cuando se ocupan de religión,--que todas
-las religiones quieren hacerse ricas.
-
-Yo creo en la Constitución y en las leyes; y un viejo muy lleno de
-experiencia que me suele dar consejos, me dice: todos gobiernan lo
-mismo, no es Rosas el que no puede.
-
-Yo creo en el pueblo, y si mañana lo convocan á elecciones, resulta que
-no hay quién sufrague.
-
-Yo creo en el libre albedrío, y todos los días veo gentes que se dejan
-llevar de las narices por otros; y mi noción de la responsabilidad
-humana se conmueve hasta en sus más sólidos fundamentos.
-
-Como se ve, yo creo en una porción de cosas muy buenas, muy morales y
-muy útiles.
-
-El pulpero de enfrente no cree ni entiende nada de eso.
-
-Pero lo pasa bien.
-
-Tiene buena salud, una renta fija, una clientela segura: nadie le
-inquieta, ni le amenaza, ni le fulmina. Es un desconocido; pero es una
-potencia.
-
-La suerte debe entrar por mucho; porque de balde no han inventado el
-refrán: «Suerte te dé Dios, hijo, que el saber poco te vale».
-
-Y el apellido ha de influir también algo.
-
-Es muy raro hallar un hombre que aborrezca á otro que no sabe cómo se
-llama.
-
-Por eso, sin duda, los brasileños se mudan el nombre.
-
-El otro día no se me ocurrió esto.
-
-Cuando acabe de leer mi tratadito, he de estar ya en estado de curarme
-de todas mis supersticiones.
-
-Dentro de poco voy á ser un hombre completo, moralmente, bien entendido.
-
-¿Entonces sí, á que todo cuanto emprenda me sale á las mil maravillas?
-
-¿Á que si entablo un pleito gano?
-
-¿Á que si emprendo un viaje no naufrago?
-
-¿Á que si compro billetes de lotería me saco una suerte mayor?
-
-¿Á que si hago una campaña me dan un premio?
-
-¿Á que si vuelvo á los indios no me sucede lo que me ha sucedido--que
-me hagan esperar tanto en el camino?
-
-¿Será cierto que la experiencia es madre de la ciencia?
-
-Sin duda, por eso dicen que el Diablo no sabe tanto por ser Diablo,
-cuanto por ser viejo.
-
-Se me había olvidado anotar, al enumerar mis creencias, que también
-creo en este caballero. Le he visto varias veces.
-
-¿Será cierto que mi anciano padre tiene razón en los consejos que me ha
-dado y me da consejos que en mi petulancia moderna jamás he querido
-seguir, tanto que para saber cómo piensa él no hay más que averiguar
-cómo pienso yo?
-
-¿Será cierto que la cadena del mundo moral se forma así vinculando la
-amarga experiencia de ayer con los desencantos de hoy, metodizando y
-conformando nuestra vida según los preceptos de los que han vivido y
-visto más que nosotros, orgullosos filósofos de papel?
-
-¿Será cierto que el muchacho más instruido, más aventajado, más sabio,
-al lado de su padre será siempre un niño de teta, un pigmeo?
-
-¡Santiago amigo! ¿Será cierto que tu padre sabe más que tú?
-
-¿Que el general Guido sabía más que Carlos, que es un pozo de sabiduría?
-
-¿Que don Florencio Varela sabía más que Héctor, que sabe tantas
-_cosas_?--más que Mariano, lo dudo.
-
-¿Que mi padre sabe más que yo, que no soy muy atrasado que digamos,
-particularmente en estudios sociales?
-
-Á mí me da por ahí. Mi fuerte es el conocimiento de los hombres.
-
-¡Pero éstos me reservan unos desengaños!
-
-Es con lo que pienso argüir al mocoso de mi hijo, cuando se me levante
-con el santo y la limosna, que no tardará en suceder.
-
-Ya ha empezado á hacer actos espontáneos, calculados para desprestigiar
-mi autoridad paternal, á gastar más de lo que debe, siendo objeto de
-privadas murmuraciones en la familia, y metiéndose á estudiar medicina
-contra mis consejos.
-
-¡Estudiar medicina sin mi consentimiento! ¡Pues es disparate!
-
-Sólo puedo comparar semejante aberración, en un siglo como éste, en
-que yo le curo homeopáticamente un panadizo al que lo tenga, con una
-expedición á los Indios Ranqueles.
-
-En efecto, querido Santiago, mirando con sangre fría mi viaje á los
-toldos, ¿no te parece que ha sido perder tiempo?
-
-¿No te parece que las demoras que me ha hecho sufrir Mariano Rosas,
-antes de dejarme penetrar en su morada, las he merecido por mi
-extravagancia?
-
-¡Cuánto mejor hubiera sido que mi jefe inmediato me negara la licencia!
-
-Si lo hace, cuando menos me atufo, que así somos--¡desconocemos la mano
-que nos desea el bien y se la damos á quien nos quiere mal!
-
-Pero acerquémonos á Leubucó, saliendo de donde nos detuvimos ayer.
-
-Viendo que la parada se prolongaba y que mis cabalgaduras estaban muy
-sudadas, mandé mudar, para hacer la entrada en regla.
-
-Era temprano aún y quién sabe cuánto tiempo íbamos á permanecer todavía
-sobre el caballo.
-
-Mientras mudaban, el capitán Rivadavia me presentó varios personajes
-políticos refugiados en Tierra Adentro--siendo los dos más notables, un
-mayor Hilarión Nicolai y un teniente Camargo.
-
-Ambos han pertenecido á la gente de Saa, y ganaron los indios después
-de la sableada de San Ignacio, llevando un puñado de soldados.
-
-Muy mal me habían hablado de estos dos hombres.
-
-Yo iba sumamente prevenido contra ellos, temiendo ser objeto de alguna
-maldad, aunque reflexionando me parecía que el hecho de ser cristiano
-debía mirarlo como una garantía.
-
-Dígase lo que se quiera--la cabra siempre tira al monte.
-
-Más tarde veremos si yo discurría mal en medio de las preocupaciones
-de mi ánimo. Y mi ejemplo podrá serles útil á los que juzguen á los
-hombres por las reglas vulgares, apasionadas, iracundas, cuando la gran
-ley de la vida y de Dios es la caridad.
-
-Ni el viejo Hilarión, ni el bandido Camargo, me hicieron el efecto que
-yo esperaba, ni me saludaron como me lo temía. Hilarión con todas sus
-mañas y Camargo con todas sus bellaquerías son dos hombres simpáticos,
-atentos y educados, especialmente Hilarión. Camargo es un tipo más
-crudo.
-
-El primero tendrá cincuenta y cinco años, el segundo veintiocho. El uno
-tiene una larga barba, blanca como la nieve; el otro un lindo bigote
-negro, como azabache.
-
-El uno parece un inglés, el otro tiene todo el sello del hijo de la
-tierra.
-
-Hilarión es una especie gauchi-político. Camargo es un compadre neto,
-que sabe leer y escribir perfectamente, valiente, osado, orgulloso y
-desprendido. Hilarión contemporiza con los indios, no habla su lengua.
-Camargo al contrario, habla el araucano, dice lo que siente, no le teme
-á la muerte y al más pintado le acomoda una puñalada.
-
-Y sin embargo, Camargo es un ser susceptible de enmienda, según
-lo veremos cuando llegue el momento de referir su vida, sus
-desgracias--las causas por qué se hizo federal, debidas en gran parte á
-una mujer.
-
-Las tales mujeres tienen el poder diabólico de hacer todo cuanto
-quieren, y por eso ha de ser que los franceses dicen: _ce que femme
-veut Dieu le veut_. De un federal son capaces de hacer un unitario y
-viceversa, que es cuanto se puede decir. Por supuesto que de cualquiera
-hacen un tonto.
-
-La presencia de mis nuevos conocidos, la charla con ellos, la operación
-de mudar caballos, hicieron más soportable la imprevista _antesala_
-que me obligaron á hacer.
-
-Yo disimulaba mal, sin duda, mi destemplado humor, porque todos á una,
-los que parecían más racionales y conocedores de los usos y costumbres
-de los indios, me decían:--Tenga paciencia, señor; así es esta tierra;
-el general es buen hombre, lo quiere recibir en forma.
-
-No había más recurso que esperar, hasta que se acabaran los
-preparativos. Aquello iba á estar espléndido, según el tiempo que se
-empleaba en los arreglos. Ni la pirámide de la plaza de la Victoria,
-cuando se viste de gala, gastando más en traje de lienzo y cartón que
-en un forro de mármol eterno, emplea tanto tiempo en adornarse, como
-todo un cacique de las tribus ranquelinas.
-
-Me daban una lección sobre el ceremonial decretado para mi recepción,
-cuando llegó un indiecito muy apuesto, cargado de prendas de plata y
-montando un _flete_ en regla.
-
-Le seguía una pequeña escolta.
-
-Era el hijo mayor de Mariano Rosas, que por orden de su padre venía á
-recibirme y saludarme.
-
-La salutación consistió en un rosario de preguntas--todas referentes á
-lo que ya sabemos, al estado fisiológico de mi persona, á los caballos
-y novedades de la marcha.
-
-Á todo contesté políticamente, con la sonrisa en los labios y una
-tempestad de impaciencia en el corazón.
-
-Esta vez, á más de las preguntas indicadas, me hicieron otra--que
-cuántos hombres me acompañaban y qué armas llevaba.
-
-Satisfice cumplidamente la curiosidad.
-
-Ya sabe el lector cuántos éramos al llegar á las tierras de Ramón.
-
-El número no se había aumentado ni disminuido por fortuna; ninguna
-desgracia había ocurrido. En cuanto á las armas, consistían en
-cuchillos, sables sin vaina entre las caronas y cinco revólveres, de
-los cuales dos eran míos.
-
-El hijo de Mariano Rosas regresó á dar cuenta de su misión. Más tarde
-vino otro enviado y con él la orden de que nos moviéramos.
-
-Una indicación de corneta se hizo oir.
-
-Reuniéronse todos los que andaban desparramados; formamos como lo
-describí ayer y nos movimos.
-
-Ya estábamos á la vista del mismo Mariano Rosas; yo podía distinguir
-perfectamente los rasgos de su fisonomía, contar uno por uno los que
-constituían su corte pedestre, su séquito, los grandes personajes de su
-tribu, ya íbamos á echar pie á tierra, cuando: ¡sorpresa inesperada!
-fuimos notificados de que aún había que esperar.
-
-Esperamos, pues...
-
-Habiendo esperado yo tanto; ¿por qué no han de esperar ustedes hasta
-mañana ó pasado?
-
-La curiosidad aumenta el placer de las cosas vedadas difíciles de
-conseguir.
-
-
-
-
- XXIV
-
- ¡Qué hacer cuando no hay más remedio!--Cuál era el objeto de esta
- otra parada.--Pretensiones de la ignorancia.--Las brujas.--Saludos y
- regocijos.--Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento.--Agitación
- en el toldo de Mariano Rosas.--Las brujas vieron al fin lo mismo que
- el Cacique.--Cómo estaba formado éste.--Qué es Leubucó y qué caminos
- parten de allí.--Echo pie á tierra.--Vítores.
-
-
-Hay situaciones en que una indicación, por más política que sea, tiene
-todo el carácter de una orden militar.
-
-¿Qué había de hacer, cuando con la mayor finura araucana me insinuaron
-que, á pesar de hallarme ya á tiro de pistola del toldo suspirado,
-debía detenerme un rato más?
-
-Claro está, conformarme.
-
-Permanecimos á caballo, en el mismo orden de formación que llevábamos.
-
-Aquella parada á última hora, inopinada, que no había formado parte del
-programa imaginario de nadie, tenía en el ceremonial de la corte de
-Mariano Rosas un gran significado.
-
-En las paradas anteriores, el objeto real había sido--unas veces, ganar
-tiempo hasta que se tranquilizara la multitud,--otras veces, cumplir
-con los deberes oficiales y sociales de la buena crianza y cortesía.
-
-Esta vez el cacique mayor, los caciques secundarios, los capitanejos,
-los indios de _importancia_--como se estila en Tierra Adentro,--querían
-verme un rato de cerca, antes de que echara pie á tierra, estudiar mi
-fisonomía, mi mirada, mi aire, mi aspecto; asegurarse, por ciertas
-razones fundamentales, de mis intenciones, leyendo en mi rostro lo que
-llevaba oculto en los repliegues del corazón.
-
-Y querían hacer esto, no sólo conmigo, sino con todos los que me
-acompañaban, inclusive los dos reverendos franciscanos, santos varones,
-incapaces de arrancarle las alas á una mosca.
-
-En medio de su disimulo y malicia genial y estudiada, los salvajes y
-los pueblos atrasados en civilización tienen siempre algo de candorosos.
-
-Ellos creen cosa muy fácil engañar al extranjero.
-
-El orgullo de la ignorancia se traduce constantemente, empezando por
-creer que se sabe más que el prójimo.
-
-La ignorancia tomada individual ó colectivamente es la misma en sus
-manifestaciones--falsamente orgullosa y osada.
-
-Mariano Rosas creyó engañarme.
-
-Estábamos al habla, con tal de esforzar un poco la voz, y siguiendo el
-plan conocido me destacó un embajador.
-
-Ni una palabra de mi lengua entendía éste.
-
-Era calculado.
-
-Se buscaba que sin apelación me valiera del lenguaraz hasta para
-contestar sí, ó no.
-
-Así duraba más tiempo la exposición de mi persona y séquito--se nos
-examinaba prolijamente.
-
-Y mientras se nos examinaba, las viejas brujas, en virtud de los
-informes y detalles que recibían, descifraban el horóscopo, leyendo
-en el porvenir, relataban mis recónditas intenciones y conjuraban el
-espíritu maligno--el _gualicho_.
-
-Habló el representante de Mariano Rosas.
-
-Las coplas fueron las consabidas, con el agregado de que--se alegraba
-tanto de verme llegar bueno y sano á su tierra; que estaba para
-servirme con todos sus caciques, capitanejos é indios, que aquél era un
-día grande, y que, en prueba de ello, oyese.
-
-Al decir esto, hacían descargas con carabinas y fusiles, unos cuantos
-cristianos andrajosos, entre los que se distinguía un negro, especie
-de _Rigoletto_; quemaban cohetes de la India en gran cantidad y
-prorrumpían en alaridos de regocijo.
-
-Yo contestaba con toda la afabilidad de un diplomático--por el órgano
-de mi lenguaraz, que á su turno se dirigía á un representante que me
-había designado Caniupán, mi estatua del Comendador, desde el instante
-en que nos movimos de Calcumuleu.
-
-Multiplicando los dos interlocutores principales, á cual más sus
-razones--so pena de desacreditarse ante el concepto de la opinión
-pública, que estaba allí congregada, no había remedio, los saludos
-duraban tanto como un rosario.
-
-Después que fuí saludado, cumplimentado y felicitado, me pidieron
-permiso para hacerlo con los franciscanos, que por el hecho de andar
-á mi lado, de ver mis atenciones con ellos, y, sobre todo, porque
-_llevaban corona_, eran reputados mis segundos en jerarquía.
-
-Concedí el permiso, y vino un diálogo como los que ya conocemos, con su
-multiplicación de razones, con sus últimas sílabas prolongadas á más no
-poder, y en el que resonaron con mucha frecuencia los vocablos: _chao_,
-padre; _uchaimá_, grande; _chachao_, Dios y _cuchauentrú_, que también
-quiere decir Dios, con esta diferencia: _chachao_, responde á la idea
-de _mi padre_ y _cuchauentrú_, á la de el _omnipotente_, literalmente
-traducido significa _hombre grande_, de _cucha_ y _uentrú_.
-
-Los franciscanos contestaron evangélicamente, ofreciendo bautizar,
-casar y salvar todas las almas que quisieran recurrir al auxilio
-espiritual de su ministerio.
-
-Felizmente los intérpretes no entendieron muy bien sus apostólicas
-razones, y no pudieron multiplicarlas tanto como la concurrencia lo
-habría deseado.
-
-En pos de los franciscanos vinieron mis oficiales, para cuyo efecto me
-pidieron también la venia.
-
-Á ese paso, iban á ser interrogadas, saludadas y agasajadas hasta las
-mulas que llevaban las cargas.
-
-Este artículo del ceremonial se hizo hablando uno de mis oficiales por
-todos, según me lo indicó Mora.
-
-Se redujo todo á lo sabido--razones elevadas á la quinta potencia, en
-medio de la mímica oratoria más esforzada.
-
-En tanto que estos parlamentos tenían lugar, muchos indios viejos,
-de extraño aspecto, giraban en torno mío y de los míos, con aire
-misterioso, callados, cejijunto el rostro como estudiando á los recién
-llegados y la situación. Se iban y venían, tornaban á irse y volvían
-á venir, llevándoles lenguas á las brujas, que hacían el exorcismo,
-y á las cuales iba el pellejo, ó la vida, si por alguna casualidad,
-incongruencia ó nigromancia acontecía una desgracia como enfermarse,
-morirse un indio ó un caballo de estimación.
-
-Las tales adivinas acaban sus días así, sacrificadas si no tienen
-bastante talento, previsión ó fortuna para acertar.
-
-Á cada triquitraque las llaman y consultan.
-
-Para ir á malón, consulta; para saber si lloverá habiendo sequía,
-consulta; para saber de qué está enfermo el que se muere, consulta. Y
-si los hechos augurados fallan, ¡adiós, pobre bruja! su brujería no la
-salva de las garras de la sangrienta preocupación,--muere.
-
-No obstante, es un artículo abundante entre los indios,--prueba
-evidente de que el charlatanismo tiene su puesto preferente en todas
-partes: pronosticar el destino de la humanidad y de las naciones,
-aunque la civilización moderna es más indulgente. Nosotros mandaremos
-guillotinar á Mazzini, es un gritón menos de la libertad; pero á los
-que hacen el milagro de la extravasación de la sangre de San Genaro, no.
-
-Una indescriptible agitación reinaba en el toldo de Mariano Rosas.
-Indios y chinas á pie y á caballo, iban y venían en todas direcciones.
-Algo extraordinario acontecía, que se relacionaba conmigo.
-
-Llamó mi atención.
-
-Le pregunté impaciente á Mora qué sería. No pudo satisfacerme. El
-mismo lo ignoraba. Después supe que las viejas brujas habían andado
-medio apuradas. Sus pronósticos no fueron buenos al principio. Yo
-era precursor de grandes é inevitables calamidades; _gualicho_
-transfigurado venía conmigo.
-
-Para salvarse había que sacrificarme, ó hacer que me volviera á mi
-tierra con cajas destempladas. Como se ve, todas las brujas son
-iguales,--la base de la nigromancia está en la credulidad, en el miedo,
-en los instintos maravillosos, en las preocupaciones populares.
-
-Pero Mariano Rosas no quería sacrificarme, ni que me volviera como
-había venido, sin echar pie á tierra siquiera en Leubucó.
-
-Los recalcitrantes, los viejos, los que jamás habían vivido entre los
-cristianos, los que no conocían su lengua, ni sus costumbres, los que
-eran enemigos de todo hombre extraño, de sangre y color que no fuera
-india,--creían en los vaticinios de las brujas.
-
-Pero ya lo he dicho. Mariano Rosas, que á fuer de cacique principal
-sabía más que todos, no participaba de sus opiniones.
-
-Se les previno, pues, á las brujas, que estudiasen mejor el curso del
-sol, la carrera de las nubes, el color del cielo, el vuelo de las aves,
-el jugo de las hierbas amargas que masticaban, los sahumerios de bosta
-que hacían: porque el cacique, que _veía otra cosa_, quería estrecharme
-la mano, y abrazarme convencido de que _gualicho_ no andaba conmigo, de
-que yo era el coronel Mansilla en cuerpo y alma.
-
-Mariano Rosas estaba formado en ala, frente á mí, como á unos cincuenta
-pasos. Á su izquierda tenía á Epumer, su hermano mayor, su general en
-campaña. Por un voto solemne, aquél no se mueve jamás de su tierra,
-no puede invadir, ni salir á tierra de cristianos. Después de Epumer,
-seguían los capitanejos Relmo, Cayupán, otros más, y entre éstos
-Melideo, que quiere decir _cuatro ratones_, de _meli_, cuatro, y _deo_,
-ratón.
-
-Es costumbre entre los ranqueles ponerse nombres así, y nótese que
-digo nombres, no apodos ni sobrenombres. El uno se llama como dejo
-dicho,--el otro se llamará «cuatro ojos», éste «cuero de tigre», aquél
-«cabeza de buey», y así.
-
-En seguida de los capitanejos, ocupaban sus puestos varios indios
-de importancia, luego algunas chusmas y por fin algunos cristianos
-de la gente de un titulado coronel Ayala que fué de Saa, extraviado
-político, pero que no es mal hombre, que me trató siempre con cariño y
-consideración.
-
-Estos cristianos estaba armados de fusil y carabina, que no brillaban
-por cierto de limpios, y eran los que con gran apuro y dificultad
-hacían las salvas en honor mío. Ayala los dirigía. El padre Burela,
-que, como se sabe, había llegado de Mendoza dos días antes que yo,
-con un cargamento de bebidas y otras menudencias para el rescate de
-cautivos, también andaba por allí, ocupando un puesto preferente. Jorge
-Macías, condiscípulo mío en la escuela del respetable y querido señor
-don Juan A. de la Peña, cautivo hacía dos años, andaba el pobre como
-bola sin manija.
-
-La morada de Mariano Rosas, consistía en unos cuantos toldos
-diseminados y en unos cuantos ranchos, construidos por la gente de
-Ayala, en un corral y varios palenques.
-
-Leubucó es una laguna sin interés,--quiere decir _agua que corre_,
-_leubú_ corre y de _có_ agua. Queda en un descampado á orilla de una
-ceja de monte, en una quebrada de médanos bajos. Los alrededores de
-aquel paraje son tristísimos, es lo más yermo y estéril de cuanto he
-visto; una soledad ideal.
-
-De Leubucó, arrancan caminos, grandes rastrilladas por todas partes.
-Allí es la estación central. Salen caminos para las tolderías de
-Ramón que quedan en los montes de _Carrilobo_; para las tolderías de
-Baigorrita, situadas á la orilla de los montes de _Quenque_; para las
-tolderías de Calfucurá en Salinas Grandes; para la Cordillera, y para
-las tribus araucanas.
-
-Yo he recogido, á fuerza de maña y disimulo, muchos datos á este último
-respecto, que algún día no lejano, publicaré, para que el país los
-utilice. Y digo con maña y disimulo, porque entre los indios, nada
-hay más inconveniente para un extraño, para un hombre sospechoso,
-como debía serlo y lo era yo, que preguntar ciertas cosas, manifestar
-curiosidad de conocer las distancias, la situación de los lugares
-á donde jamás han llegado los cristianos, todo lo cual se procura
-mantener rodeado del misterio más completo. Un indio no sabe nunca
-dónde queda el Chalileo, por ejemplo; qué distancia hay de Leubucó á
-Wada. La mayor indiscreción que puede cometer un cristiano asilado es
-decirlo.
-
-Me acuerdo que en el Río 4.º, queriendo yo tener algunos datos sobre
-la población de los Ranqueles, le hice cierto número de preguntas
-á Linconao, que tanto me quería, delante de Achauentrú. Como aquél
-contestara bastante satisfactoriamente, éste, con tono airado, le
-amenazó diciéndole en araucano: que cuando regresase á Tierra Adentro,
-le diría á Mariano Rosas que era «un traidor que había estado hablando
-esas cosas conmigo,--y dirigiéndose á los demás indios circunstantes,
-añadió: ustedes son testigos».
-
-Yo, qué había de entender; lo supe por mi lenguaraz. Mora, me lo dijo
-en voz baja, rogándome que no lo comprometiera y que no continuara el
-interrogatorio, que suspendí; quedando poco más enterado que antes.
-
-Los conjuros terminaron, el horóscopo astrológico dejó de augurar
-males, las águilas no miraron ya para el Sur, sino para el Norte,--lo
-que quería decir que vendría gente de _adentro_ para _fuera_, no de
-afuera para adentro, ó en otros términos, que no habría malón de
-cristianos, que nada habría que temer.
-
-La hora de recibirme había llegado.
-
-¡Ya era tiempo!
-
-Un enviado salió de las filas de Mariano Rosas y me dijo, siempre por
-intérprete:
-
---Manda decir el General que eche pie á tierra con sus jefes y
-oficiales.
-
---Está bien--contesté.
-
-Y eché pie á tierra, y junto conmigo los cristianos é indios que me
-seguían. Y á ese tiempo se oyó un hurra atronador y un viva al coronel
-Mansilla.
-
-Yo contesté, acompañándome todo el mundo.
-
-¡Viva Mariano Rosas!
-
-¡Viva el Presidente de la República!
-
-¡Vivan los indios argentinos!
-
-Había verdadero júbilo, los tiros de carabina y de fusil no cesaban, ni
-los cohetes, ni la infernal gritería, golpeándose la boca abierta con
-la palma de la mano.
-
-Jorge Macías vino á mí y me abrazó llorando.
-
-Como no me habían hecho ninguna indicación, me quedé junto á mi
-caballo, después de desmontarme.
-
-Ya estaba aleccionado.
-
-Hubo otro parlamento.
-
-Lo volveré á repetir: no es tan fácil como se cree llegar hasta hacerle
-un _salam-alek_ á Mariano Rosas.
-
-
-
-
- XXV
-
- Gracias á Dios.--Empieza el ceremonial.--Apretones de mano y
- abrazos.--De cómo casi hube de reventar.--Por algo me había de hacer
- célebre yo.--¿Qué más podían hacer los bárbaros?
-
-
-Mucho me había costado llegar á Leubucó y asentar mi planta en los
-umbrales de la morada de Mariano Rosas.
-
-Pero ya estaba allí, sano y salvo, sin más pérdidas que dos caballos,
-sin más percances que el susto á inmediaciones de Aillancó, á
-consecuencia de la extraña y fantástica recepción del cacique Ramón.
-
-Haber pretendido otra cosa habría sido querer cruzar el mar sin vientos
-ni olas; andar en las calles de Buenos Aires en verano sin polvo,
-en invierno sin lodo, lavarse la cara sin mojársela: ó como dice el
-refrán, comer huevos sin romper cáscaras.
-
-Me parece que tenía por qué conceptuarme afortunado, ó en términos más
-cristianos, por qué darle gracias al que todo lo puede, como en efecto
-lo hice, exclamando interiormente: ¡Loado sea Dios!
-
-Con el caballo de la brida, esperaba indicaciones para adelantarme á
-saludar á Mariano Rosas, pasando en revista los personajes que tenía al
-frente, aunque afectando una gran indiferencia por cuanto me rodeaba.
-
-Todos los bárbaros son iguales, ni les gusta confesar que no han visto
-antes ciertas cosas, cuando éstas llaman su atención, ni que los que
-penetran sus guaridas, hallen raro lo que en ellas ven.
-
-En el Río 4.º yo me solía divertir, mostrándoles á los indios un reloj
-de sobremesa, que tenía despertador, un barómetro, una aguja de marear
-óptica, un teodolito y un anteojo.
-
-Miraban y miraban con intensa ojeada los objetos, y como quien dice,
-eso no llama tanto como usted cree mi atención, me decían: «Allá en
-Tierra Adentro mucho lindo teniendo».
-
-Un indio, que debía ser algo, como paje del cacique, habló con Mariano
-Rosas, y en seguida con Caniupán, mi inseparable compañero.
-
-Éste á su turno habló con Mora.
-
-Mi lenguaraz, siguiendo la usanza, me dijo:
-
---Señor, dice el general Mariano, que ya lo va á recibir; que quiere
-darle la mano y abrazarlo; que se dé la mano con sus capitanejos y
-se abrace también con ellos, para que en todo tiempo lo conozcan y
-lo miren como amigo, al hombre que les hace el favor de visitarlos,
-poniendo en ellos tanta confianza.
-
-Pasando por los mismos trámites, fué despachado el mensajero con un
-recadito muy afectuoso y cordial.
-
-Mora volvió á conversar con Caniupán, y me dijo después:
-
---Señor, dice Caniupán que ya puede adelantarse á darle la mano al
-general Mariano; que haga con él y con los demás que salude _lo mismo
-que ellos_ hagan con usted.
-
---¿Y qué diablos van á hacer conmigo?--le pregunté.
-
---Nada mi Coronel, cosas de los indios, así es en esta tierra--me
-contestó.
-
---Supongo que no será alguna barbaridad--agregué.
-
---No señor, es que han de querer tratarlo con cariño; porque están muy
-contentos de verlo y medio _achumados_--repuso.
-
---¿Pero, poco más ó menos, qué van á hacer?--proseguí.
-
---Es que han de querer abrazarlo y cargarlo, respondió.
-
-Pues si no es más que eso, murmuré para mis adentros, no hay de qué
-alarmarse, y como cuando grita uno á los que acaudilla en un instante
-supremo, ¡adelante! ¡adelante!
-
---¡Caballeros!--dije, mirando á mis oficiales y á los dos franciscanos,
-que estaban hechos unas pascuas, sonriéndose con cuantos los
-miraban,--vamos á saludar á Mariano.
-
-Avancé, me siguieron, llegamos á tiro de apretón de manos del cacique y
-comenzó el saludo.
-
-Mariano Rosas me alargó la mano derecha, se la estreché.
-
-Me la sacudió con fuerza, se la sacudí.
-
-Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro izquierdo, lo abracé.
-
-Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro derecho, lo abracé.
-
-Me cargó y me suspendió vigorosamente, dando un grito estentóreo; lo
-cargué, y suspendí, dando un grito igual.
-
-Los concurrentes, á cada una de estas operaciones, golpeándose la
-boca abierta con la mano y poniendo á prueba sus pulmones, gritaban:
-¡¡¡aaaaaaaa!!!
-
-Después que me saludé con Mariano, un indio, especie de maestro de
-ceremonias, me presentó á Epumer.
-
-Nos hicimos lo mismo que con su hermano, en medio de incesantes y
-atronadores ¡¡¡aaaaaaaa!!!
-
-Luego vino Relmo,--igual escena á la anterior: ¡¡¡aaaaaaaa!!!
-
-En seguida Cayupán,--lo mismo: ¡¡¡aaaaaaaa!!!
-
-En pos de éste, Melideo (alias) _cuatro ratones_, indio sólido como una
-piedra, de regular estatura; pero panzudo, gordo, pesado, ¿como quién?
-como mi camarada Peña, el edecán del Presidente.
-
-Aquí fueron los apuros para cargarlo y suspenderlo.
-
-Mis brazos lo abarcaban apenas; hice un esfuerzo, el amor propio de
-hombre forzudo estaba comprometido, no alcanzarlo me parecía hasta
-desdoroso para los cristianos; redoblé el esfuerzo y mi tentativa
-fué coronada por el éxito más completo, como lo probaron los
-¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!! dados esta vez con más ganas y prolongados más que
-los anteriores.
-
-Aquello fué pasaje de comedia, casi reventé, casi se me salieron los
-pulmones, porque esto de tener que dar un grito que haga estremecer
-la tierra al mismo tiempo que el cuerpo se encorva, haciendo un gran
-esfuerzo para levantar del suelo un peso mayor que el de uno mismo, es
-asunto serio del punto de vista de la fisiología orgánica; pero que más
-que á todo se presta á la risa.
-
-Imaginaos á Orión, á este querido amigo, de quien la biografía dirá
-algún día que tenía la impaciencia del bien, el sentimiento delicado
-de la amistad, todo el talento chispeante del porteño, y bajo una
-corteza de escéptico, por cierta inclinación al caricato, un corazón de
-oro,--imaginaos, decía, á este amigo, en un día de público regocijo,
-el próximo 9 de julio, verbigracia, en la Plaza de la Victoria, muy
-emperifollado con sus adornos de papel, cartón, lienzo y engrudo,
-subido sobre un tablado, luchando á brazo partido, en medio de las
-más risueñas algazaras de una turbamulta, por cargar y levantar á
-nuestro cofrade Hernández, ex-redactor del _Río de la Plata_, _cué_,
-cuya obesidad globulosa toma diariamente proporciones alarmantes para
-los que, como yo, le quieren, amenazando á remontarse á las regiones
-etéreas ó reventar como un torpedo paraguayo, sin hacer daño á nadie;
-imaginaos eso, vuelvo á decir, y tendréis una idea de lo que me pasó á
-mí durante mi faena hercúlea con Melideo, cumpliendo con el ceremonial
-establecido en la tierra donde me hallaba y con las leyes del orgullo
-de raza y de religión que me prohibían cejar un punto, dar un paso
-atrás, retroceder, aflojar en lo más mínimo.
-
-¡Ah! si aquello se hubiera concluido con el abrazo de Melideo.
-
-¡Pero qué! después de Melideo vinieron otros y otros capitanejos;
-después de éstos varios indios de importancia; por conclusión, la
-chusma ranquelina y cristiana.
-
-No se oía más que la resonación producida por la repercusión de los
-continuados gritos ¡¡¡aaaaaaa!!!
-
-Yo sudaba la gota gorda, mi voz estaba ronca como el eco de un gallo en
-frígida mañana de julio, mis fuerzas agotadas.
-
-Se me figuraba que la atmósfera tenía mil grados sobre cero, que no era
-transparente sino densa, como para cortarla en tajadas, pesaba sobre mí
-como una plancha de hierro.
-
-No me morí de calor, de cansancio, de tanto gritar, porque Alá es
-grande, y nos sostiene y nos da energía física y moral cuando habemos
-menester de ella, ¡tal es de bueno!
-
-Mientras yo pasaba revista de aquellos bárbaros, me acordaba del dicho
-de Alcibiades: á donde fueres, haz lo que vieres, y rumiaba: ¡Te había
-de haber traído á visitar los ranqueles!
-
-Al mejor se la doy, á abrazar cuatro veces, cargar y suspender otras
-tantas á cualquiera, gritando como un marrano: ¡¡¡aaaaaaaaaaaa!!! no es
-cosa.
-
-Pero cuando ese cualquiera llega á pesar nueve arrobas, tanto como
-Melideo; pero cuando hay que repetir la misma operación muscular y
-pulmonar ochenta ó cien veces, el ejercicio es grave, y puede darle
-á uno títulos suficientes para ocupar algún día en el mausoleo de la
-posteridad un lugar preferente entre los gladiadores ó luchadores del
-siglo XIX.
-
-Por algo me había de hacer célebre yo, aunque las olas del tiempo se
-tragan tantas reputaciones.
-
-Espero, sin embargo, que en esta tierra fecunda no faltará un bardo
-apasionado, que cual otro don Alonso de Ercilla, cante: No las damas,
-no amor, no gentilezas,--si no las _loncoteadas_ de un pobre coronel y
-sus franciscanos.
-
-Asuntos más pobres y menos interesantes he visto cantados en estos
-últimos tiempos por la lira de trovadores, cuyos nombres no pasarán á
-remotos siglos, pero que son poetas, según el diccionario de la lengua,
-en una de sus varias acepciones que en este momento se me ocurre:
-«Cualquier titulado vate, bardo, trovador, sin méritos para ello;
-cualquiera que versifica siquiera lo haga contra la voluntad de Dios y
-falseando las leyes del Parnaso».
-
-Los franciscanos no fueron obligados más que á dar la mano; lo mismo
-mis oficiales; lo propio mis asistentes.
-
-Muy cerca de una hora tardamos en abrazos, salutaciones y demás actos
-de cortesanía indiana.
-
-Con el último indio que yo saludé, abracé y cargué gritando lo más
-fuerte que mis gastados pulmones me lo permitieron: ¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!!
-se oyeron los postreros hurras y vítores de la multitud, que no tardó
-en desparramarse montando la mayor parte á caballo, entregándose á los
-regocijos ecuestres de la tierra, como carreras, _rayadas_, pechadas y
-piruetas de toda clase, por fin.
-
-Yo estaba orgulloso, contento de mí mismo, como si hubiera puesto
-una pica en Flandes, no sólo por la energía y fortaleza de que había
-dado pruebas incontestables y señaladas, sino porque ciertas frases
-que oía vagar por la atmósfera hacían llegar hasta mi conciencia el
-convencimiento de que aquellos bárbaros admiraban por primera vez en
-el hombre culto y civilizado, en el cristiano representado por mí, la
-potencia física, dote natural que ellos ejercitan tanto y que tanto
-envidian y respetan.
-
-De vez en cuando llegaban á mis oídos estos ecos: «Ese Coronel Mansilla
-muy toro; ese Coronel Mansilla cargando; ese Coronel Mansilla lindo».
-
-Y esto diciendo, un sinnúmero de curiosos se acercaban á mí, hasta
-estrecharme y no dejarme mover del sitio. Mirábanme de arriba abajo,
-la cara, el cuerpo, la ropa, el puñal de oro y plata que llevaba en el
-costado, mostrando su cabo cincelado, las botas granaderas, la cadena
-del reloj y los perendengues que pendían de ella; todo, todo cuanto
-llamaba por su hechura ó color la atención. Y después de mirarme bien,
-me decían alargándome la mano:
-
---Ese coronel, dando la mano, amigo. Y no sólo me daban la mano,
-sino que me abrazaban y me besaban, con sus bocas sucias, babosas,
-alcohólicas, pintadas.
-
-Idénticas demostraciones hacían con los oficiales, con los asistentes y
-con los franciscanos. Varias chinas y mujeres blancas cristianizadas,
-por no decir cristianas, se acercaban á éstos, se arrodillaban, y
-tomándoles los cordones les decían: «La bendición, mi Padre». De veras,
-aquel recogimiento, aquel respeto primitivo me enterneció. ¡Qué cosa
-tan grande es la religión, cómo consuela, conforta y eleva el espíritu!
-
-Los franciscanos dieron algunas bendiciones, y á poca costa hicieron
-felices á unas cuantas ovejas descarriadas ó arrebatadas á la grey.
-
-El contento era general, ¡qué digo! ¡universal!
-
-Nadie, y eso que había muchísima gente _achumada_, nos faltó al respeto
-en lo más mínimo. Al contrario, caciques y capitanejos, indios de
-importancia y chusma, cristianos asilados y cautivos, todos, todos nos
-trataban con la más completa finura araucana.
-
-Francamente, nos indemnizaban con réditos de los malos ratos,
-hambrunas, detenciones é impertinencias del camino.
-
-¿Qué más podían hacer aquellos bárbaros, sino lo que hacían?
-
-¿Les hemos enseñado algo nosotros, que revele la disposición generosa,
-humanitaria, cristiana de los gobiernos que rigen los destinos
-sociales? Nos roban, nos cautivan, nos incendian las poblaciones, es
-cierto. ¿Pero qué han de hacer, si no tienen hábitos de trabajo? ¿Los
-primeros albores de la humanidad presentan acaso otro cuadro? ¿Qué era
-Roma un día? Una gavilla de bandoleros, rapaces, sanguinarios, crueles,
-traidores.
-
-¿Y entonces, qué tiene que decir nuestra decantada civilización?
-
-Quejarnos de que los indios nos asolen, es lo mismo que quejarnos de
-que los gauchos sean ignorantes, viciosos, atrasados.
-
-¿Á quién la culpa, sino á nosotros mismos?
-
-Pero entremos al toldo de Mariano Rosas, quien antes de ofrecérmelo,
-me preguntó: ¿Qué quería hacer con mis caballos, si hacerlos cuidar
-con mi gente ó que él me los haría cuidar?--quien, preguntándome si mi
-gente había comido, y habiéndole contestado que no, llamó á su hijo
-_Lincoln_,--por qué se llama así no sé,--y le ordenó en castellano que
-carneara pronto una vaca gorda.
-
-El toldo de Mariano Rosas, como todos los toldos, tiene una enramada;
-descansemos en ella hasta mañana, á fin de no alterar el método que me
-he propuesto seguir en el relato.
-
-También conviene hacerlo así para que ni tú, Santiago amigo, ni el
-lector se hastíen,--que lo poco gusta y lo mucho cansa, aunque á este
-respecto pueden dividirse las opiniones según sea el capítulo de que se
-trate.
-
-¿Quién se cansa de leer á Byron, á Goethe, á Juvenal, á Tácito?
-
-Nadie.
-
-¿Y á mí?
-
-Cualquiera.
-
-
-
-
- XXVI
-
- La enramada de Mariano Rosas.--Parlamento y comida.--Agasajo.--Pasión
- de los Indios por la bebida.--Qué es un yapaí.--Epumer
- hermano mayor de Mariano Rosas.--Él y yo.--Me deshago de mi
- capa colorada.--Regalos.--Distribución de aguardiente.--Una
- orgía.--Miguelito.
-
-
-De las dos proposiciones de Mariano Rosas sobre las bestias, opté por
-la primera, teniendo presente que el ojo del amo engorda el caballo.
-
-Llamé á Camilo Arias y le di mis órdenes; Mariano las completó con
-varias indicaciones relativas al mejor pasto, al agua, á las horas de
-recoger y encerrar, según lo que se dispusiera. Terminó recomendando el
-mayor cuidado y vigilancia de día y de noche, por los _indios gauchos
-ladrones_, probándome con lo primero, que era hombre entendido en
-asuntos de campo, con lo segundo, que no es mal sastre quien conoce el
-paño.
-
-Pasamos á la enramada, que quedaba unida al toldo. Éste es siempre
-de cuero, aquélla de paja, generalmente de _chala_ de maíz. Otro
-día, cuando entremos en un toldo, veremos cómo está construido y
-distribuido; hoy quedemos en la enramada, que era como todas, un
-armazón de madera, con techumbre de plano horizontal. Tendría sesenta
-varas cuadradas.
-
-Allí habían preparado asientos. Consistían en cueros de carneros,
-negros, lanudos, grandes y aseados; dos ó tres formaban el lecho,
-otros tantos arrollados el respaldo. Estaban colocados en dos filas y
-el espacio intermedio acababa de ser barrido y regado. Una fila era
-para los recién llegados, otra para el dueño de casa, sus parientes
-y visitas. La fila que me designaron á mí miraba al Naciente; á la
-derecha, en la primera hilera, veíase un asiento que era el mío, más
-elevado que los demás, con respaldo ancho y alto con dos rollos de
-ponchos á la derecha é izquierda, formando almohadones.
-
-Todo estaba perfectamente bien calculado, como para sentarse con
-comodidad, con las piernas cruzadas á la turca, estiradas, dobladas;
-acostarse, reclinarse ó tomar la postura que se quisiera.
-
-Frente á frente de mí se sentó Mariano Rosas; aunque él habla bastante
-bien el castellano, lo mismo que cualquiera de nosotros, hizo venir un
-lenguaraz. Convenía que todos los circunstantes oyesen _mis razones_
-para que llevasen lenguas á sus _pagos_ y se hiciese en favor mío una
-atmósfera popular.
-
-El parlamento comenzó como aquellos avisos de teatro del tiempo de
-Rosas, que decían, después de los _vivas y mueras de costumbre_ (¡y qué
-costumbre tan civilizada y fraternal!), se representará el lindo drama
-romántico en verso _Clotilde_, _ó el crimen por amor_, verbigracia, que
-cuadraba tan bien con el introito del cartel como ponerle á un santo
-Cristo un par de pistolas.
-
-Es decir, que en pos de las preguntas y respuestas de ordenanza:
-Cómo está usted, cómo le ha ido con todos sus jefes y oficiales,
-no ha perdido algunos caballos, porque en los campos sólo suceden
-desgracias. Vinieron otras inesperadas; pero todas ellas sin interés.
-
-Yo hablé de los dos caballos que me habían robado en Aillancó, del
-saqueo de Wenchenao á las cargas, y lo hice con vivacidad, apostrofando
-á los que así me habían faltado al respeto, pareciéndome que mi tono de
-autoridad llamaba la atención de todos.
-
-Haría cinco minutos que conversábamos, traduciendo el lenguaraz de
-Mariano sus razones y Mora las mías, cuando trajeron de comer.
-
-Entraron varios cautivos y cautivas--una de éstas había sido sirvienta
-de Rosas,--trayendo grandes y cóncavos platos de madera, hechos por los
-mismos indios, rebosando de carne cocida y caldo aderezado con cebolla,
-ají y harina de maíz.
-
-Estaba excelente, caliente, suculento y cocinado con visible esmero.
-
-Las cucharas eran de madera, de hierro, de plata; los tenedores lo
-mismo, los cuchillos comunes.
-
-Sirvieron á todos, á los recién llegados y á las visitas que me habían
-precedido.
-
-Á cada cual le tocó un plato como una fuente.
-
-Mientras se comía, se charlaba.
-
-Yo no tardé en tomar confianza; estaba como en mi casa, mejor que en
-ella, sin tener que dar ejemplo á mis hijos.
-
-Comía como un bárbaro--me acomodaba á mi gusto en el magnífico asiento
-de cueros y ponchos; decía cuanto disparate se me venía á la punta
-de la lengua y hacía reir á los indios ni más ni menos que Allú á la
-concurrencia.
-
-Al que se me acercaba, algo le hacía--ó le daba un tirón de narices,
-ó le aplicaba un coscorrón, ó le pegaba una fuerte palmada en las
-posaderas.
-
-Los más chuscos me devolvían con usura mis bromas.
-
-Se acabó el primer plato y trajeron otro, como para frailes
-_pantagruélicos_, lleno de asado de vaca, riquísimo.
-
-Materialmente--me chupé los dedos con él, que no es lo mismo comer á
-manteles que en el suelo y en Leubucó.
-
-Después del asado nos sirvieron algarroba pisada, maíz tostado y
-molido, á manera de postre; es bueno.
-
-Trajeron agua en vasos, jarros y _chambaos_ (es un jarrito de aspa).
-
-Y, á indicación del dueño de casa, que con impaciencia gritó varias
-veces: ¡trapo! ¡trapo! (los indios no tienen voz equivalente) unos
-cuantos pedazos de género de distintas clases y colores para que nos
-limpiáramos la boca.
-
-Se acabó la comida y empezó el turno de la bebida.
-
-Este capítulo es serio, si es que después de sabias máximas, consejos
-oportunos y graves reflexiones de Brillat Savarin, puede haber algo más
-serio que el comer.
-
-Aquel filósofo, inmortal en su género, tiene dos aforismos que podían
-parafrasearse aquí, diciendo: díme lo que bebes, te diré lo que eres;
-el destino de las naciones depende de lo que beben.
-
-Manuel Gascón ha de pretender _á priori y á posteriori_, que para él el
-problema está resuelto, sosteniendo que de todas las bebidas la mejor
-es el agua.
-
-Digo que esto depende de las circunstancias, como que no hayan visitas,
-y prosigo.
-
-Los indios beben, como todo el mundo, por la boca.
-
-Pero ellos no beben comiendo.
-
-Beber es un acto aparte.
-
-Nada hay para ellos más agradable.
-
-Por beber posponen todo.
-
-Y así como el guerrero que se apresta á la batalla prepara sus armas,
-ellos, cuando se disponen á beber, esconden las suyas.
-
-Mientras tienen qué beber, beben; beben una hora, un día, dos días, dos
-meses.
-
-Son capaces de pasárselo bebiendo hasta reventar.
-
-Beber es olvidar, reir, gozar.
-
-No teniendo aguardiente ó vino, beben _chicha_ ó _piquillín_.
-
-Esta vez estaban de fiesta con vino.
-
-El acto está sujeto á ciertas reglas, que se observan como todas las
-reglas humanas, hasta que se puede.
-
-Se inicia con un _yapaí_, que es lo mismo que si dijéramos: _the
-pleasure of a glass of wine with you?_ para que vean los de la colonia
-inglesa que en algo se parecen á los ranqueles.
-
-Pero esta invitación se diferencia algo de la nuestra.
-
-Nosotros empezamos por llenar la copa del invitado, luego la propia;
-bebemos simultáneamente, haciéndonos un saludo más ó menos risueño y
-cordial, espiándonos por sobre el borde de la copa, á ver quién la
-apura más; y es de buena educación, de estilo clásico, no beberla toda,
-ni tampoco que parezca se ha aceptado el brindis por compromiso; como
-que él significa:--Á la salud de usted cuando no se ha propuesto uno
-por la patria, por la libertad ó por el Presidente de la República.
-
-Los indios empiezan por decir _yapaí_, llenando bien el tiesto en que
-beben, que generalmente es un cuernito.
-
-La persona á quien se dirigen, contesta _yapaí_.
-
-Bebe primero el que invitó, hasta poder hacer lo que los franceses
-llaman _goute en l'ongle_, es decir, hasta que no queda una gota,
-llenan después el vaso, copa, jarro ó cuernito exactamente, como él lo
-bebiera, se lo pasa al contrario, y éste se lo echa al coleto diciendo
-_yapaí_.
-
-Si el yapaí ha sido de media cuarta, media cuarta hay que beber.
-
-Por supuesto que no conozco nada peor visto que una persona que se
-excusa de beber, diciendo:--No sé.
-
-En un hombre tal, jamás tendrían confianza los indios.
-
-Así como en toda comida bien dirigida, hay siempre un anfitrión que
-la preside, que hace los honores, que la anima; así también en todo
-beberaje de indios hay uno que lleva la palabra; es el que hace el
-gasto, por lo común.
-
-Esta vez, el que hacía el gasto ostensiblemente era Mariano Rosas, en
-realidad el Estado, que le había dado sus dineros al Padre Burela para
-rescatar cautivos.
-
-Pero aunque Mariano Rosas hacía el gasto y era el dueño de la casa,
-Epumer, su hermano, era el anfitrión.
-
-Epumer es el indio más temido entre los ranqueles, por su valor, por su
-audacia, por su demencia cuando está beodo.
-
-Es un hombre como de cuarenta años, bajo, gordo, bastante blanco y
-rosado, ñato, de labios gruesos y pómulos protuberantes, lujoso en el
-vestir, que parece tener sangre cristiana en las venas, que ha muerto
-á varios indios con sus propias manos, entre ellos á un hermano por
-parte de madre, que es generoso y desprendido, manso estando bueno de
-la cabeza, que no estándolo le pega una puñalada al más pintado.
-
-Con este nene tenía que habérmelas yo.
-
-Llevaba un gran facón con vaina de plata cruzado por delante, y me
-miraba por debajo del ala de un rico sombrero de paja de Guayaquil,
-adornado con una ancha cinta encarnada, pintada de flores blancas.
-
-Yo llevaba un puñal con vaina y cabo de oro y plata, sombrero gacho
-de castor, y alta ala, no le quitaba los ojos al orgulloso indio,
-mirándole fijamente cuando me dirigía á él.
-
-Bebíamos todos.
-
-No se oía otra cosa que ¡_yapaí_, hermano! ¡_yapaí_, hermano!
-
-Mariano Rosas no aceptaba ninguna invitación, decía estar enfermo, y
-parecía estarlo.
-
-Atendía á todos, haciendo llenar las botellas cuando se agotaban;
-amonestaba á unos, despedía á otros cuando me incomodaban mucho con sus
-impertinencias; me pedía disculpas á cada paso; en dos palabras, hacía,
-á su modo, y según lo usos de su tierra, perfectamente bien los honores
-de su casa.
-
-Epumer no había simpatizado conmigo, y á medida que se iba _caldeando_,
-sus pullas iban siendo más directas y agudas.
-
-Mariano Rosas lo había notado, y se interponía constantemente entre su
-hermano y yo, terciando en la conversación.
-
-Yo le buscaba la vuelta al indio y no podía encontrársela.
-
-Á todo lo hallaba taimado y reacio.
-
-Llegó á contestarme con tanta grosería que Mariano tuvo que pedirme lo
-disculpara, haciéndome notar el estado de su cabeza.
-
-Y sin embargo, á cada paso me decía:
-
---Coronel Mansilla, ¡yapaí!
-
---Epumer, ¡yapaí!--le contestaba yo.
-
-Y llenábamos con vino de Mendoza los cuernos y los apurábamos.
-
-Mis oficiales se habían visto obligados á abandonar la enramada, so
-pena de quedar tendidos, tantos eran los _yapaí_.
-
-Los indios, _caldeados_ ya, apuraban las botellas, bebían sin método;
-¡vino! ¡vino! pedían para _rematarse_, como ellos dicen, y Mariano
-hacía traer más vino, y unos caían y otros se levantaban, y unos
-gritaban y otros callaban, y unos reían y otros lloraban, y unos venían
-y me abrazaban y me besaban, y otros me amenazaban en su lengua,
-diciéndome _winca engañando_.
-
-Yo me dejaba manosear y besar, acariciar en la forma que querían,
-empujaba hasta darlo en tierra al que se sobrepasaba demasiado, y como
-el vino iba haciendo su efecto, estaba dispuesto á todo. Pero con
-bastante calma para decirme:
-
---Es menester aullar con los lobos para que no me coman.
-
-Mis aires, mis modales, mi disposición franca, mi paciencia, mi
-constante aceptar todo _yapaí_ que se me hacía, comenzaron á captarme
-simpatías.
-
-Lo conocí y aproveché la coyuntura.
-
-La ocasión la pintan calva.
-
-Llevaba una capa colorada, una linda, aunque malhadada capa colorada,
-que hice venir de Francia, igual á las que usan los oficiales de
-caballería de los cuerpos argelinos indígenas.
-
-Yo tengo cierta inclinación á lo pintoresco, y durante mucho tiempo, no
-he podido substraerme á la tentación de satisfacerla.
-
-Y tengo la pasión de las capas,--que me parece inocente, sea dicho de
-paso.
-
-En el Paraguay usaba capa blanca siempre.
-
-Hasta dormía con ella.
-
-Mi capa era mi mujer.
-
-Pero qué caro cuestan á veces las pasiones inocentes.
-
-Por usar capa colorada me han negado el voto de los comicios.
-
-Por usar capa colorada me han creído _colorado_.
-
-Por usar capa colorada me han creído caudillo de malas intenciones.
-Pero entonces, ¿cómo dicen que el hábito no hace al monje?
-
-Decididamente, Figueroa es quien tiene razón. «Pues el hábito hace al
-monje, por más que digan que no».
-
-Me quité la histórica capa, me puse de pie, me acerqué á Epumer, y
-dirigiéndole palabras amistosas, le dije:
-
---Tome, hermano, esta prenda, que es una de las que más quiero.
-
-Y diciendo y haciendo, se la coloqué sobre los hombros.
-
-El indio quedó idéntico á mí, y en la cara le conocí que mi acción le
-había gustado.
-
---Gracias, hermano--me contestó, dándome un abrazo que casi me reventó.
-
-Vi brillar los ojos de Mariano Rosas, como cuando el relámpago de la
-envidia hiere el corazón.
-
-Tomé mi lindo puñal, y dándoselo, le dije:
-
---Tome, hermano, usted úselo en mi nombre.
-
-Lo recibió con agrado, me dió la mano y me lo agradeció.
-
-Mandé traer mi lazo que era una obra maestra y se lo regalé á Relmo.
-
-Ya estaba en vena de dar hasta la camisa.
-
-Mandé traer mis boleadoras, que eran de marfil con abrazaderas de
-plata, y se las regalé á Melideo.
-
-Mandé traer mis dos revólveres y se los regalé á los hijos de Mariano.
-
-Llevaba tres sombreros de los mejores, llevaba medias, pañuelos,
-camisas, regalé cuanto tenía.
-
-Y por último mandé traer un barril de aguardiente y se lo regalé á
-Mariano.
-
-Mariano me dijo:
-
---Para que vea, hermano, cómo soy yo con los indios, delante de usted
-les voy á repartir á todos. Yo soy así, cuanto tengo es para mis
-indios, ¡son tan pobres!
-
-Vino el barril y comenzó el reparto por botellas, calderas, vasos,
-copas y cuernos.
-
-En tanto que Mariano hacía la patriarcal distribución, un hombre de su
-confianza, un cristiano, se acercó á mí y á voz baja me dijo:
-
---Dice el general Mariano que si trae más aguardiente le guarde un
-poquito para él, que esta noche cuando se quede solo piensa divertirse
-_solo_; que ahora no es propio que él lo haga.
-
-¿Qué te parece cómo se hila entre los indios?
-
-Contesté que tenía otro barril, que repartiese todo el que acababa de
-recibir.
-
-La orgía siguió; era una bacanal en regla.
-
-Epumer comenzó á ponerse como una ascua, terrible.
-
-Mariano quiso sacarme de allí: me negué, su hermano quería beber
-conmigo y yo no quería abandonar el campo, exponiéndome á las sospechas
-de aquellos bárbaros.
-
-Soy fuerte, contaba conmigo.
-
-Si la fortuna no me ayudaba, alguna vez se acababa todo, algún día
-termina esta batalla de la vida en que todo es orgullo y vanidad.
-
---Yapaí--me dijo Epumer, ofreciéndome un cuerno lleno de aguardiente.
-
---Yapaí--contesté horripilado;--yo podía beber una botella de vino en
-una sentada. Pero un cuerno, al mejor se la doy.
-
-En ese instante y mientras Epumer apuraba el cuerno, una voz suave me
-llamó al oído.
-
-Di vuelta sorprendido, y me hallé con una fisonomía infantil, pero
-enérgica.
-
---Y ¿quién eres tú?
-
---Un cristiano, Miguelito.
-
-
-
-
- XXVII
-
- Pasión de Miguelito.--Los hombres son iguales en todas circunstancias
- de la vida.--Retrato de Miguelito.--Su historia.
-
-
-Miguelito había concebido por mí una de esas pasiones eléctricas, que
-revelan la espontaneidad del alma; que son un refugio de las grandes
-tribulaciones, que consuelan y fortalecen; que no retroceden ante
-ningún sacrificio; que confunden al escéptico y al creyente lo llenan
-de inefable satisfacción.
-
-Cruzamos el mar tempestuoso de la vida entre la angustia y el dolor,
-la alegría y el placer, entre la tristeza y el llanto, el contento y
-la risa; entre el desencanto y la duda, la creencia y la fe. Y cuando
-más fuertes nos conceptuamos, el desaliento nos domina, y cuando más
-débiles parecemos, inopinadas energías nos prestan el varonil aliento
-de los héroes.
-
-Vivimos de sorpresa en sorpresa, de revelación en revelación, de
-victoria en victoria, de derrota en derrota.
-
-Somos algo más que un dualismo; somos algo de complejo, de complicado ó
-indescifrable.
-
-Y sin embargo, es falso que los hombres sean mejores en la mala fortuna
-que en la buena; caídos que cuando están arriba, pobres que ricos.
-
-El avaro, nadando en la opulencia, no se cree jamás con deberes para el
-desvalido.
-
-El generoso no calcula si lo superfluo de que hoy día se desprende,
-será mañana para él una necesidad.
-
-El cobarde es siempre fuerte con los débiles, débil con los fuertes.
-
-El valiente, ni es opresor, ni se deja oprimir, puede
-doblarse,--quebrarse jamás.
-
-El débil, busca quien le dé sombra, quien le gobierne y le dirija.
-
-El fuerte, ampara y protege, se basta á sí mismo.
-
-El virtuoso es modesto.
-
-El vicioso es audaz.
-
-Somos como Dios nos ha hecho.
-
-Es por eso que la caridad nos prescribe el amor, la indulgencia, la
-generosidad.
-
-Es por eso que la grandeza humana consiste en adherirse á lo imperfecto.
-
-Tal hombre que yo amo, no merece mi estimación; tal otro que estimo, no
-es mi amigo.
-
-La razón, es la inflexible lógica.
-
-El corazón, es la inexplicable versatilidad.
-
-Los problemas psicológicos son insolubles.
-
-¿De dónde brota para la planta la virtualidad de emisión?
-
-¿De la hoja, de la celda, de los pétalos, de los estambres, de los
-ovarios?
-
-Misterio...
-
-Las fuerzas plásticas de la Naturaleza son generadoras.
-
-Quien dice biología, dice órganos productores.
-
-¿Pero cómo se operan los fenómenos de la vida?
-
-Del corazón nacen los grandes afectos y los grandes odios; del corazón
-nacen los pensamientos sublimes y las sublimes aberraciones; del
-corazón nace lo que me estremece y me enternece, lo que me consuela y
-lo que me agita.
-
-¿Á impulsos de qué?
-
-Lo que ayer embellecía mi vida hoy me hastía; lo que ayer me daba la
-vida, hoy me mata; ayer creía no poder vivir sin lo que hoy me falta, y
-hoy descubro en mí gérmenes inesperados para resistir y sufrir.
-
-Como la lámpara que se extingue, pero que no muere, así es nuestro
-corazón.
-
-Nos quejamos de los demás, jamás de nosotros mismos.
-
-¿Es que somos ingratos ó severos?
-
-¡No!
-
-Es que no nos entendemos.
-
-Si nos comprendiéramos no seríamos injustos, anhelando como anhelamos
-el bien.
-
- _«There is a tide in the affairs of men,
- Which, taken at the flood, leads on to fortune.»_
-
-Que hay una marea en los negocios humanos que entrando en ella cuando
-sube conduce á la fortuna.
-
-Sea de esto lo que fuere, una cosa es innegable,--que quien sabe sufrir
-y esperar, á todo puede atreverse. Y si esto se negase, no me negarán
-esto otro: que cuando el hombre tiene necesidad de un hombre y lo
-busca, le halla.
-
-Nuestra desesperación no es frecuentemente más que el efecto de nuestra
-impaciencia febril.
-
-La solidaridad humana es un hecho tangible,--en política, en economía
-social, en religión, en amistad.
-
-La vida se consume cambiando servicios por servicios. La armonía
-depende de este convencimiento vulgar, que está en la conciencia de
-todos: hoy por ti mañana por mí.
-
-Es por eso que el tipo odioso por excelencia, es el de aquél que,
-violando la sabia ley de la reciprocidad, se mancha eternamente con el
-borrón de la ingratitud.
-
-Dante coloca á estos desgraciados en el cuarto recinto del último
-infierno.
-
-Á los que entran allí.--_Vexilla regis prodeunt inferni_,--los
-estandartes de Satanás salen á recibirlos y la cohorte diabólica
-empiedra con sus cráneos la glacial morada.
-
-¡Cuántas veces sin buscar el hombre que necesitamos, no le hallamos en
-nuestro camino!
-
-La aparición de Miguelito en el toldo de Mariano Rosas, es una prueba
-de ello.
-
-Yo estaba amenazado de un peligro y no lo sabía.
-
-Miguelito me lo previno y me puse en guardia. Estar prevenido, es la
-mitad de la batalla ganada.
-
-Miguelito tiene veinticuatro años. Es lampiño, blanco como el marfil
-y el sol no ha tostado su tez; tiene ojos negros, vivos, brillantes
-como dos estrellas, cejas pobladas y arqueadas, largas pestañas, frente
-despejada, nariz afilada, labios gruesos, bien delineados, pómulos
-salientes, cara redonda, negros y lacios cabellos largos; estatura
-regular, más bien baja, anchas espaldas y una musculatura vigorosa.
-
-Sus cejas revelan orgullo, sus pómulos valor, su nariz perspicacia, sus
-labios dulzura, sus ojos impetuosidad, su frente resolución.
-
-Vestía bota de potro, calzoncillos cribados con fleco, chiripá de
-poncho inglés listado, camisa de Crimea mordoré, tirador con botones
-de plata, sombrero de paja ordinaria, guarnecida de una ancha cinta
-colorada; al cuello tenía atado un pañuelo de seda amarillo pintado de
-varios colores; llevaba un facón con cabo de plata y unas boleadoras
-ceñidas á la cintura.
-
-Ya he dicho que Miguelito es cristiano; me falta decir que no es
-cautivo ni refugiado político.
-
-Miguelito está entre los indios huyendo de la justicia.
-
-Á los veinticuatro años ha pasado por grandes trabajos; tiene historia,
-historia que vale la pena de ser contada, y que contaré,--antes de
-seguir describiendo las escenas báquicas con Epumer,--tal cual él me lo
-contó noches después de haberle conocido yendo en mi campaña de Leubucó
-á las tolderías del cacique Baigorrita.
-
-Hablaré como él habló.
-
---Yo era pobre, señor, y mis padres también. Mi madre vivía de su
-conchabo; mi padre era gallista, yo corredor de carreras.
-
-Á veces mi padre y yo juntos, otras separadamente, nos conchabábamos de
-peones carreteros, ó para acarrear ganados de San Luis á Mendoza.
-
-Los tres éramos nacidos y criados en el Morro, y allí vivíamos. Mi
-viejo era un gaucho lindo, nadie pialaba como él, ni componía gallos
-mejor; era joven y guapetón. No he visto hombre más alentado. Sólo
-tenía el defecto de la chupa. Cuando tomaba le daba por celarla á mi
-madre, que era muy trabajadora y muy buena, la pobre, que Dios la tenga
-en gloria.
-
-Á más de eso, mi viejo era buen guitarrero, hombre bastante leído y
-escribido pues sus primeros patrones, que fueron muy hacendados, lo
-enseñaron bien.
-
---¿Y cómo se llamaba tu padre?
-
---Lo mismo que yo, mi Coronel, Miguel Corro. Somos de unos Corro de
-la Punta de San Luis, que allí fueron gente de posibles en tiempo de
-Quiroga.
-
-Pero mi madre, mi padre y yo, como le he dicho, hemos nacido en el
-Morro, cerca del cerro, en un rancho que está en un terrenito que
-siempre pasó por nuestro, aunque yo no sé de quién será. Si conoce el
-Morro, mi Coronel, le diré dónde queda: queda hacia el ladito de abajo
-de la quinta de D. Novillo, á quien cómo no ha de conocer, si es rico
-como usted.
-
-La casa estaba casi siempre sola, porque mi madre se iba por la
-mañanita al pueblo, y no volvía de su conchabo hasta después de la cena
-de sus patrones.
-
-Mi padre y yo no parábamos; él por sus gallos, yo por los caballos que
-tenía en compostura.
-
-Todos los días, tarde y mañana, tenía que caminarlos. Luego, el viejo
-y yo éramos alegres y no perdíamos bailecito. Me quería mucho y
-siempre me buscaba para que le acompañara; así es que yo era quien lo
-disculpaba y lo componía con mi madre lo que se peleaban.
-
-De ese modo lo pasábamos y, aunque éramos pobres, vivíamos contentos,
-porque jamás nos faltaban buenos reales con que comprar los vicios y
-ropa. Caballos, ¡para qué hablar! Siempre teníamos superiores.
-
-En la casa donde mi madre estaba acomodada, había una niña muy
-donosita, que yo veía siempre que iba por allí de paso, á hablar con la
-vieja.
-
-Como los dos éramos muchachos, lo que nos veíamos nos reíamos. Yo al
-principio creí que era juguete de la niña; pero después vi que me
-quería y la empecé á hacerle el amor, hasta que mi madre lo supo, y me
-dijo que no volviera más por allí.
-
-Le obedecí, y me puse á visitar otra muchacha, hija de un paisano amigo
-de mi familia, que tenía algunos animales y muchas prendas de plata,
-como que era hombre de unas manos tan baqueanas para el naipe, que de
-cualquiera parte le sacaba á uno la carta que él quería. Era peine como
-él solo. Nadie le ganaba al monte, ni al truco, ni á la primera.
-
-La hija de la patrona de mi madre se llamaba Dolores; la otra se
-llamaba Regina. Ésta era buena muchacha; ¡pero de ánde como aquélla!
-
-No me acuerdo bien cuánto tiempo pasaría; debió pasar así como medio
-año.
-
-Un día mi madre volvió á descubrir que yo seguía en coloquios con
-la Dolores, siempre que podía, y se me enojó mucho, y aunque ya era
-hombrecito me amenazó.
-
-Yo me reía de sus amenazas y seguí cortejando á Dolores y á la Regina;
-porque las dos me gustaban y me querían.
-
-Ya usted sabe, mi Coronel, lo que es el hombre, cuantas ve, cuantas
-quiere, ¡y las mujeres que necesitan poco!
-
-Yo no me acuerdo ni de lo que hice, ni de lo que contesté entonces.
-Pero probablemente aprobé el dicho de Miguelito y suspiré.
-
-Miguelito prosiguió.
-
-Otro día, mi padre y mi madre me dijeron, que el padre de Regina les
-había dicho que si ellos querían nos casaríamos; que él me habilitaría.
-Que qué me parecía.
-
-Les contesté que no tenía ganas de casarme. Mi madre se puso furiosa, y
-el viejo, que nunca se enojaba conmigo, también. Mi madre me dijo, que
-ella sabía por qué era; que me había de costar caro, por no escuchar
-sus consejos, que cómo me imaginaba que la Dolores podía ser mi mujer,
-que al contrario, en cuanto la familia maliciara algo me echaría de
-veterano; porque eran ricos y muy amigos del Juez y del Comandante
-militar.
-
-Yo no escuchaba consejos, ni tenía miedo á nada y seguía mis amores con
-la Dolores, aunque sin conseguir que me diera el sí.
-
-Mi madre estaba triste, decía que alguna desgracia nos iba á suceder;
-ya la habían despedido de casa de la Dolores y de todo me echaba la
-culpa á mí.
-
-De repente lo pusieron preso á mi padre, y lo largaron después; en
-seguida me pusieron preso á mí, nada más que porque les dió la gana, lo
-mismo que á mi padre. Usted ya sabe, mi Coronel, lo que es ser pobre y
-andar mal con los que gobiernan.
-
-Pero me largaron también; y al largarme me dijo el teniente de la
-partida, que ya sabía que había andado maleando.
-
---¿Maleando cómo?--le pregunté.
-
---En juntas contra el Gobierno--me contestó.
-
---¿Y de ánde, mi Coronel?
-
-Todito era purita mentira.
-
-Lo que había era que ya me estaban haciendo la cama.
-
-Ni mi padre ni yo nunca habíamos andado con los colorados, porque no
-teníamos más opinión que nuestro trabajo y nos gustaba ser libres, y
-cuando se ofrecía una guardia, por no tomar una carabina, más bien le
-pagábamos al Comandante, que es como se ve uno libre del servicio; si
-no, es de balde.
-
-Una tarde, ya anochecía, estábamos en el fogón todos los de la casa;
-sentimos un tropel, ladraron los perros y lueguito se oyó un ruido de
-sables.
-
---¿Qué será, qué no será?--decíamos.
-
-Mi madre se echó á llorar diciéndome:
-
---Tú tienes la culpa de lo que va á suceder.
-
---Usted sabe, mi Coronel, lo que son las mujeres y sobre todo las
-madres para adivinar una desgracia.
-
-Parece que todo lo viesen antes de suceder, como le pasó á mi vieja
-aquella noche. Porque al ratito de lo que le iba diciendo, ya llegó la
-partida y se apeó el que la mandaba, haciendo que mi padre marchara con
-él sin darle tiempo ni á que alzara el poncho.
-
-Se lo llevaron en cuerpito.
-
-Pasamos con mi madre una triste noche, muy triste, mirándonos, yo
-callando y ella llorando sentada en una sillita al lado de su cama,
-porque no se acostó.
-
-Al día siguiente, en cuanto medio quiso aclarar, ensillé, monté y me
-fuí derechito al pueblo, á ver qué había.
-
-Lo acusaban á mi padre de un robo.
-
-Y decía que si no ponía personero, lo iban á mandar á la frontera.
-
-¿Y de ánde había de sacar plata para pagar personero, ni quién había de
-querer ir?
-
-Me volví á mi casa bastante afligido con la noticia que le llevaba á mi
-madre. Pero pensando que si me admitían por mi padre podía librarlo.
-
-Le conté á mi madre lo que sucedía, y le dije lo que quería hacer.
-
-Se quedó callada.
-
-Le pregunté qué le parecía.
-
-Siguió callada.
-
-Se enojó mucho, me echó; me fuí, volví tarde, los perros no ladraron,
-porque me conocieron; llegué sin que me sintieran hasta la puerta del
-rancho.
-
-La hallé hincada rezando, delante de un nicho que teníamos que era
-_Nuestra Señora del Rosario_.
-
-Rezaba en voz muy baja; yo no podía oir sino el final de los Padres
-Nuestros y de las Ave Marías.
-
-Contenía el resuello para no interrumpirla, cuando oí que dijo:
-
-«Madre mía y señora, ruega por él y por mi hijo.»
-
-Suspiré fuerte.
-
-Mi madre dió vuelta; yo entré en el rancho y la abracé.
-
-No me dijo nada.
-
-Con mi padre no se podía hablar, estaba incomunicado.
-
-Yo anduve unos cuantos días dando vueltas á ver si conseguía conversar
-con él, y al fin lo conseguí.
-
-Me contó lo que había.
-
-No era nada.
-
-Todo era por hacernos mal.
-
-Querían que saliéramos del pago.
-
-Empezaban con él, seguirían conmigo.
-
-Á fuerza de plata, vendiendo cuanto teníamos, logramos que lo largaran.
-
-Para esto el Juez dió en visitar á mi madre solicitándola, y yo me tuve
-que casar con Regina, porque su padre fué quien más dinero nos prestó
-para comprar la libertad del mío.
-
-Desde el día en que mi padre salió de la prisión--esa noche me casé
-yo,--ya no hubo paz en mi casa.
-
-El hombre se puso tristón, no lo pasaba sino en riñas con mi madre.
-
-Se le había puesto que la pobre había andado en tratos con el Juez, por
-su libertad; creía que todavía andaba.
-
-¡Y qué había de andar, mi Coronel, si era una mujer tan santa!
-
-Pero ya sabe usted lo que es un hombre desconfiado.
-
-Mi padre lo era mucho.
-
---¿Y á ti cómo te iba con la Regina?--le pregunté al llegar á esta
-altura del relato.
-
---Como el diablo--me contestó.
-
---Pero, antes me has dicho que la querías y que te gustaba--agregué.
-
---Es verdad, señor, pero es que á la Dolores la quería mucho también, y
-me gustaba más--repuso.
-
---¿Y la veías?--proseguí.
-
---Todas las noches, señor, y de ahí vino mi desgracia y la de toda
-mi familia--contestó con amargura, envolviéndose en una nube de
-melancolía.
-
---¡Pobre Miguelito!--exclamé interiormente, admirando aquella
-ingenuidad infantil en un hombre cuyo brazo había estado resuelto, por
-simpatía hacia mí, á darle una puñalada al tremendo y temido Epumer.
-
-
-
-
- XXVIII
-
- Teoría sobre el Ideal.--Miguelito continúa contando su
- historia.--Cuadro de costumbres.
-
-
-Toda narración sencilla, natural, sin artificio ni afectación, halla
-ecos simpáticos en el corazón.
-
-El ideal no puede realizarse sino manteniéndonos dentro de los límites
-de la Naturaleza.
-
-¿Ó no existe, ó no es verdad?
-
-¿Ó no hay belleza plástica--rasgos, líneas, formas humanas perfectas?
-
-¿Ó no hay belleza aérea--accidentes, fenómenos fugitivos, perfección
-moral?
-
-Miguelito me había cautivado.
-
-Era como una aparición novelesca en el cuadro romántico de mi
-peregrinación; de la azarosa cruzada que yo había emprendido devorado
-por una fiebre generosa de acción, con una idea determinada, y digo
-determinada, porque siendo la capacidad del hombre limitada, para hacer
-algo útil, grande ó bueno, tenemos necesariamente que circunscribir
-nuestra esfera de acción.
-
-Viendo el tinte de tristeza que vagaba por su simpática fisonomía, lo
-dejé un rato replegado sobre sí mismo, y cuando la nube sombría de sus
-recuerdos se disipó le dije:
-
---Continúa, hijo, la historia de tu vida me interesa.
-
-Miguelito continuó:
-
---Yo no vivía con mis padres, ellos estaban sumamente pobres, y yo
-había gastado cuanto tenía por la libertad de mi viejo. Tuve que irme á
-vivir con la familia de Regina.
-
-Los primeros tiempos anduve muy bien con mi mujer.
-
-Mis suegros me querían y me ayudaban á trabajar, prestándome dinero, me
-cuidaban y me atendían.
-
-Al principio todos los suegros son buenos. ¡Pero después!
-
-Por eso los indios tienen razón en no tratarse con ellos.
-
---¿Conoce esa costumbre de aquí, mi Coronel?
-
---No, Miguelito, ¿qué costumbre es ésa?
-
---Cuando un indio se casa, y el suegro ó la suegra van á vivir con él,
-no se ven nunca, aunque estén juntos. Dicen que los suegros tienen
-_gualicho_.
-
-Fíjese lo que entre en un toldo y verá cómo cuelgan unas mantas para no
-verse el yerno con la suegra.
-
---Vaya una costumbre, que no anda tan desencaminada--exclamé para mis
-adentros,--y dirigiéndome á mi interlocutor--continúa--le dije.
-
-Miguelito murmuró:
-
---Son muy diantres estos indios, mi Coronel--y prosiguió así:
-
---Al poco tiempo no más de estar casado con la Regina, ya comenzó mi
-familia[1] á andar como mi padre y mi madre.
-
-Todos los días nos peleábamos, parecíamos perros y gatos.
-
-Y en todas las riñas que teníamos se metía mi suegro, algunas veces mi
-suegra, siempre dándole la razón á la hija.
-
-Cuando la sacaba mejor tenía que salirme de la casa, dejando que me
-gritasen pícaro, calavera, pobretón.
-
-Me daba rabia y no volvía en muchos días, me lo llevaba comadreando por
-ahí, y era peor.
-
-Así es el mundo.
-
-De yapa cuando volvía, como la Regina estaba mal acostumbrada, porque
-los padres la aconsejaban, no quería ser mi mujer.
-
-Me daba rabia y poco á poco le iba perdiendo el cariño.
-
-Es verdad que como la Dolores me recibía siempre de noche, á escondidas
-de sus padres, que viéndome casado nada sospechaban de nuestros amores,
-ya no tenía mucha necesidad de ella.
-
-Al hombre nunca le falta mujer, mi Coronel, como usted no ignora.
-
-Ya ve aquí; tiene uno cuantas quiere.
-
-Lo que suele faltar es plata.
-
-En habiendo, compra uno todas las que puede mantener. Mariano Rosas
-tiene cinco ahora, y antes ha tenido siete. Calfucurá tiene veinte.
-¡Qué indio bárbaro!
-
---¿Y tú, cuántas tienes?
-
---Yo no tengo ninguna, porque no hay necesidad.
-
---¿Cómo es eso?
-
---Sí; aquí la mujer soltera hace lo que quiere.
-
-Ya verá lo que le dice Mariano de las chinas y cautivas, de sus mismas
-hijas. ¿Y por qué cree entonces que á los cristianos les gusta tanto
-esta tierra? Por algo había de ser, pues.
-
-Me quedé pensando en las seducciones de la barbarie; y como había
-tiempo para enterarme de ellas y quería conocer el fin de la historia
-empezada, le dije:
-
---¿Y te arreglaste al fin con tus suegros y con tu mujer propia?
-
---Me arreglaba y me desarreglaba. Unos tiempos andábamos mesturados;
-otros, yo por un lado, ellos por otro.
-
-Por último, Regina se había puesto muy celosa; porque, no sé cómo, supo
-mis cosas con la Dolores.
-
-Hasta me amenazó una vez con que me había de delatar.
-
-Aquello era una madeja que no se podía desenredar y á más habían dado
-en la tandita de hablar mal de mi madre, de modo que yo los oyera.
-Decían que ella era mi tapadera y yo la del Juez.
-
-Una noche casi me desgracié con mi suegro.
-
-Si no es por Regina, le meto el alfajor hasta el cabo, por mal hablado.
-
-Era una picardía; porque mi madre, mi Coronel, era mujer de ley.
-
-Trabajaba como un macho todo el día, y rezar era su vida.
-
-Como sucede siempre en las familias, nos compusimos. Pero de los labios
-para afuera. Adentro había otra cosa.
-
-Yo prudenciaba, porque mi madre me decía siempre: tené paciencia, hijo.
-
---¿Y la Dolores?--le pregunté.
-
---Siempre la veía, mi Coronel--me contestó.
-
---¿Y cómo hacías?
-
---Ahorita le voy á contar, y verá todas las desgracias que me
-sucedieron.
-
-Yo iba casi todas las noches obscuras á casa de la Dolores.
-
-Saltaba la tapia y me escondía entre los árboles de la huerta, y allí
-esperaba hasta que ella venía.
-
-Mi caballo lo dejaba maneado del lado afuera.
-
-Cuando la Dolores venía, porque no siempre podía hacerlo, nos
-quedábamos un largo rato en amor y compañía, y luego me volvía á mi
-casa.
-
-Un día mi madre me dijo:
-
-«Hijo, ya no lo puedo sufrir á tu padre; cada vez se pone peor con la
-chupa; todo el día está dale que dale con el Juez. Me ha dicho que
-si viene esta noche lo ha de matar á él y á mí. Y yo no me atrevo
-á despedirlo; porque tengo miedo de que á ustedes les venga algún
-perjuicio. Ya vez lo que sucedió la vez pasada. Y ahora con las bullas
-que andan, se han de agarrar de cualquier cosa para hacerlos veteranos.»
-
-Con esta conversación me fuí muy pensativo á ver á la Dolores.
-
-Estuvimos como siempre, desechando penas.
-
-Nos despedimos, salté la tapia, desmanié mi flete, monté, le solté la
-rienda y tomó el camino de la querencia al trotecito.
-
-Yo iba pensando en mi madre, diciendo:--Si le habrá sucedido
-algo--mejor será que vaya para allá,--cuando el caballo se paró de
-golpe.
-
-El animal estaba acostumbrado á que yo me apeara en mi camino á prender
-un cigarrito, en un nicho en donde todas las noches ponían una vela por
-el alma de un difunto.
-
-Me desmonté.
-
-El nicho tenía una puertita.
-
-Hacía mucho viento.
-
-Fuí á abrirla antes de haber armado el cigarro y se me ocurrió que si
-se apagaba la luz, no lo podría encender.
-
-La dejé cerrada hasta armar bien.
-
-Acabé de hacerlo, abrí la puerta y teniendo el caballo de la rienda
-con una mano y empinándome, porque el nicho estaba en una peña alta,
-encendía el cigarro con la derecha cuando,--zás, trás, me pegaron un
-bofetón.
-
-Solté la rienda, el caballo con el ruido se espantó y disparó; yo creí
-que era el alma del difunto, que no quería que encendiera el cigarro en
-su vela, me helé de miedo y eché á correr asustado, sin saber lo que me
-pasaba, sin ocurrírseme de pronto que no era un bofetón lo que había
-recibido, sino un portazo dado por el viento.
-
-Corría despavorido y había enderezado mal. En lugar de correr para
-mi casa, que quedaba en las orillas, corría para el pueblo. La noche
-estaba como boca de lobo. Se me figuraba que me corrían de atrás y de
-adelante. De todos los lados oía ruido, nunca me he asustado más fiero,
-mi Coronel.
-
-Al llegar á las calles del pueblo, la sangre se me iba calentando; y
-veía claro en la obscuridad y oía bien.
-
-Muchas voces gritaban:
-
---¡Por allí! ¡por allí!
-
---¡Cáiganle! ¡dénle!
-
-Al doblar una cuadra me topé con unos cuantos, que no tuve tiempo de
-reconocer.
-
---¡Alto ahí!--me gritaron.
-
-Hice alto.
-
---¿Quién es usted?--me preguntaron.
-
---Miguel Corro--contesté.
-
---¡Maten! ¡maten!--gritaron.
-
-Hicieron fuego de carabina, me dieron sablazos y caí tendido en un
-charco de sangre. Por suerte no me pegaron ningún balazo. De no, ahí
-quedo para toda la siega.
-
-Y esto diciendo, Miguelito cayó en una especie de sopor, del que volvió
-luego.
-
---¿Y?...--le dije.
-
---Al día siguiente--prosiguió,--me desperté en el cuerpo de la guardia
-de la partida. No podía ver bien porque la sangre cuajada me tapaba los
-ojos. Quise levantarme, no pude.
-
-Me limpié la cara, poco á poco fuí viendo luz. Me habían puesto en el
-cepo del pescuezo y de los pies. Ya sabe como son los de la partida de
-policía, mi Coronel, los más pícaros de todos los pícaros, y los más
-malos.
-
-Todo ese día no vi á nadie, ni oí más que ruido de gente que entraba y
-salía. Estarían tomando declaraciones.
-
-Á la noche entró una partida y me tiró una tumba de carne. No tuve
-alientos para comerla. Me estaba yendo en sangre.
-
-Como tenía las manos libres, me rompí la camisa, hice unas tiras y
-medio me até las heridas, que eran en la cabeza y en la caja del
-cuerpo. Estaba cerca de un rincón y alcancé á sacar unas telas de
-araña. ¡Quién sabe de no cómo me va!
-
-Pasé una noche malísima; cuando no me despertaban los dolores, me
-despertaban los ratones ó los murciélagos. ¡Qué haber de bichos, mi
-Coronel! Los ratones me comían las botas y los murciélagos me chupaban
-los cuajarones de sangre.
-
-Al otro día, reciencito, me sacaron del cepo, y me llevaron entre dos
-adonde estaba el Juez.
-
-Me preguntaron que cómo me llamaba, que cuántos años tenía, y otras
-cosas más.
-
-Me preguntaron que de dónde venía la noche que me prendieron, y por
-no comprometer á la Dolores eché una mentira. Dije que de casa de mi
-madre. Fué para perjuicio.
-
-Se me olvidaba decirle que el Juez no era el que yo conocía, el que
-visitaba á mi madre, causante de tantos males en mi casa, sino otro
-sujeto del Morro.
-
-Ese día no me preguntaron más. Al otro me tomaron otras declaraciones,
-y al otro, otras, y así me tuvieron una porción de tiempo,
-incomunicado, dándome á medio día una tumba de carne y un guámparo de
-agua.
-
-Yo estaba medio loco, nada sabía de mi madre, ni de mi padre, ni de mi
-mujer, ni de la Dolores. Creía que no se acordaban de mí y me daban
-ganas de ahorcarme con la faja.
-
-Por fin una noche escuché una conversación del centinela con no sé
-quién, y supe que yo había muerto al Juez. Así decían. Y decían también
-que si no me fusilaban, me destinarían. Yo no entendía nada de aquel
-barullo.
-
-Un día, el soldado de la partida que me daba de comer y beber, me hizo
-una seña, como diciéndome: tengo algo que decirle.
-
-Le contesté con la cabeza, como diciendo: ya entiendo.
-
-Más tarde entró y me dijo: manda decir la hija de don... que si
-necesita dinero que le avise.
-
-Temiendo que fuera alguna jugada que me quisieran hacer, contesté: déle
-las gracias, amigo.
-
-Y cuando el policiano se iba á ir, le dije: me hace un favor, paisano;
-¿me dice por qué estoy preso?
-
---Eso lo sabrá usted mejor que yo.
-
---¿Sabe usted si está en su casa mi padre, Miguel Corro?
-
---Sí, está.
-
---¿Y mi madre?
-
---También.
-
---¿Y dónde lo han muerto al Juez?
-
---Cerca de la casa de usted, _pues_. ¿Para qué quiere hacerse el que no
-sabe? ¡No ve que ya está todo descubierto!
-
-Me quedé confuso--no le pregunté nada más, y el hombre se fué.
-
-Á los pocos días me pusieron comunicado.
-
-Mi madre fué la primera persona que vi. ¡No le decía, mi Coronel, que
-era una santa mujer!
-
-Por ella supe lo que había. Llorando me lo contó todo. ¡Pobrecita! Mi
-padre había muerto de celos al Juez. Pero nadie sino ella lo había
-visto. Y á mí me creían el asesino, porque me habían hallado corriendo
-á pie, por las calles del pueblo, á deshoras.
-
-Mi vieja estaba muy afligida. Decía que decían, que me iban á fusilar y
-que eso no podía ser, que yo qué culpa tenía.
-
-Yo le dije: mi madrecita, yo quiero salvar á mi padre.
-
-Ella lloraba...
-
-En ese momento entró uno de la partida y dijo:--Ya es hora de
-retirarse. Se va á entrar el sol.
-
-Nos abrazamos, nos besamos, lloramos,--mi vieja se fué y yo me quedé
-triste como un día sin sol.
-
-Me prometió volver al día siguiente, á ver qué se nos ocurría.
-
-Esto dijo Miguelito, y como quien tiene necesidad de respirar con
-expansión para proseguir, suspiró... lágrimas de ternura arrasaron sus
-ojos.
-
-Me enterneció.
-
-
- NOTAS:
-
- [1] Nuestros paisanos le llaman así á la mujer, y viceversa.
-
-
-
-
- XXIX
-
- El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina.--Monomanía
- de la imitación.--Continuación de la historia de Miguelito.--Cuadro de
- costumbres.--¿Qué es filosofar?
-
-
-Cada zona, cada clima, cada tierra, da sus frutos especiales. Ni la
-ciencia, ni el arte, inteligentemente aplicados por el ingenio humano
-alcanzan á producir los efectos químico-naturales de la generación
-espontánea.
-
-Las blancas y perfumadas flores del aire de las islas Paranaenses;
-las esbeltas y verdes palmeras de Morería; los encumbrados y robustos
-cedros del Líbano; los banianos de la India, cuyos gajos cayendo hasta
-el suelo, toman raíces, formando vastísimas galerías de fresco y
-tupido follaje, crecen en los invernáculos de los jardines zoológicos
-de Londres y París. ¿Pero cómo? Mustios y sin olor aquéllos, bajas
-y amarillentas éstas; enanos, raquíticos los unos; sin su esplendor
-tropical los otros.
-
-Lo mismo en esa bella planta indígena, que se desarrolla del interior
-al exterior; que vive de la contemplación y del éxtasis, que canta y
-que llora, que ama y aborrece, que muere en el presente para poder
-vivir en la posteridad.
-
-El aire libre, el ejercicio varonil del caballo, los campos abiertos
-como el mar, las montañas empinadas hasta las nubes, la lucha, el
-combate diario, la ignorancia, la pobreza, la privación de la dulce
-libertad, el respeto por la fuerza; la aspiración inconsciente de
-una suerte mejor--la contemplación del panorama físico y social de
-esta patria,--produce un tipo generoso, que nuestros políticos han
-perseguido y estigmatizado, que nuestros bardos no han tenido el valor
-de cantar, sino para hacer su caricatura.
-
-La monomanía de la imitación quiere despojarnos de todo; de nuestra
-fisonomía nacional, de nuestras costumbres, de nuestra tradición.
-
-Nos van haciendo un pueblo de zarzuela. Tenemos que hacer todos los
-papeles, menos el que podemos. Se nos arguye con las instituciones, con
-las leyes, con los adelantos ajenos. Y es indudable que avanzamos.
-
-Pero ¿no habríamos avanzado más estudiando con otro criterio los
-problemas de nuestra organización é inspirándonos en las necesidades
-reales de la tierra?
-
-Más grandes somos por nuestros arranques geniales, que por nuestras
-combinaciones frías y reflexivas.
-
-¿Adónde vamos por ese camino?
-
-Á alguna parte, á no dudarlo.
-
-No podemos quedarnos estacionarios, cuando hay una dinámica social, que
-hace que el mundo marche y que la humanidad progrese.
-
-¿Pero esas corrientes que nos modelan como blanda cera dejándonos
-contrahechos, nos llevan con más seguridad y más rápidamente que
-nuestros impulsos propios, turbulentos, confusos, á la abundancia, á la
-riqueza, al reposo, á la libertad en la ley?
-
-Yo no soy más que un simple cronista; ¡felizmente!
-
-Me he apasionado de Miguelito, y su noble figura me arranca, á pesar
-mío, ciertas reflexiones. Allí donde el suelo produce sin preparación
-ni ayuda una alma tan noble como la suya, es permitido creer que
-nuestro barro nacional empapado en sangre de hermanos, puede servir
-para amasar sin liga extraña algo como un pueblo con fisonomía propia,
-con el santo orgullo de sus antepasados, de sus mártires, cuyas cenizas
-descansan por siempre en frías é ignoradas sepulturas.
-
-Miguelito siguió hablando.
-
---Al día siguiente vino mi madre, trayéndome una olla de mazamorra, una
-caldera, hierba y azúcar; hizo ella misma el fuego en el suelo, calentó
-agua y me cebó mate.
-
-La Dolores le había mandado una platita con la peona, diciéndole que ya
-sabía que andábamos en apuros; que no tuviese vergüenza, que la ocupara
-si tenía alguna necesidad.
-
-Mientras tanto, mi mujer propia no parecía. Vea, mi Coronel, lo que es
-casarse uno de mala gana, por la plata, como lo hacen los ricos.
-
-La peona de la Dolores le contó á mi madre, que la niña estaba enferma,
-y le dió á entender de qué, y que yo debía ser el malhechor.
-
-Mi vieja me echó un sermón sobre esto. Me recordó los consejos que
-yo nunca quise escuchar, porque así son siempre los hijos, y acabó
-diciendo redondo: «Y ahora ¿cómo vas á remediar el mal que has hecho?»
-
-Me dió mucha vergüenza, mi Coronel, lo que mi madre me dijo; porque me
-lo decía mucho mejor de lo que yo se lo voy contando y con unos ojos
-que relumbraban como los botones de mi tirador. ¡Pobre mi vieja! Como
-ella no había hecho nunca mal á nadie, y la había visto criarse á la
-Dolores, le daba lástima que se hubiese desgraciado.
-
-¡Siquiera no te hubieses casado! me decía á cada rato.
-
-Yo suspiraba; nada más se me ocurría. ¡El hombre se pone tan bruto
-cuando ve que ha hecho mal!
-
-Una caldera llenita me tomé de mate y toda la mazamorra, que estaba muy
-rica. Mi madre pisaba el maíz como pocas y lo hacía lindo.
-
-Me curó después las heridas con unos remedios que traía; eran yuyos del
-cerro.
-
-Después, de un atadito sacó una camisa limpia y unos calzoncillos y me
-mudé.
-
-Me armó cigarros como para toda la noche, nos sentamos en frente uno de
-otro, nos quedamos mirándonos un largo rato, y cuando estaba para irse,
-se presentó el que le llevaba la pluma al Juez con unos papeles bajo el
-brazo y dos de la partida.
-
-Le mandaron á mi madre que saliera y tuvo que irse.
-
-El Juez me leyó todas mis declaraciones y una porción de otras cosas,
-que no entendí bien. Por fin me preguntó que si confesaba que yo era el
-que había muerto al otro Juez.
-
-Me quedé suspenso, podían descubrir á mi padre y yo quería salvarlo.
-
-¿Para qué es un hijo, mi Coronel, no le parece?
-
---Tienes razón--le contesté.
-
-Él prosiguió:
-
---No se muere más que una vez, y alguna vez ha de suceder eso.
-
-El escribano me volvió á preguntar que qué decía. Le contesté, que yo
-era el que había muerto al otro.
-
---¿Por qué?--me dijo.
-
-Me volví á quedar sin saber qué contestar.
-
-El escribano me dió tiempo.
-
-Pensando un momento se me ocurrió decir, que porque en unas carreras,
-siendo él rayero, sentenció en contra mía y me hizo perder la carrera
-del gateado overo que era un pingo muy superior que yo tenía. Y era
-cierto, mi Coronel, fué una trampa muy fiera que me hicieron, y desde
-ese día ya anduvimos mal mi padre y yo; porque la parada había sido
-fuerte y perdimos tuitito cuanto teníamos.
-
-Después me preguntó, que si alguien me había acompañado á hacer la
-muerte, y le contesté que no; que yo solo lo había hecho todo, que no
-tenían que culpar á naides.
-
-Que qué había hecho con la plata que tenía el Juez en los bolsillos.
-
-Le dije que yo no había tocado nada.
-
-Cuando menos los mismos de la partida lo habían saqueado, como lo
-suelen hacer. Es costumbre vieja en ellos, y después le achacan la cosa
-al pobre que se ha desgraciado.
-
-No me preguntó nada más, y se fué, y me volvieron á poner incomunicado,
-y de esa suerte me tuvieron una infinidad de días.
-
-Ni con mi madre me dejaban hablar. Pero ella iba todos los días una
-porción de veces á ver cuándo se podría y á llevarme que comer.
-
-Yo me aburría mucho de la prisión y estaba con ganas de que me
-despacharan pronto, para no penar tanto; porque las heridas se habían
-empeorado con la humedad del cuarto, y porque las sabandijas no me
-dejaban dormir, ni de día ni de noche.
-
-Aquello no era vida.
-
-Volvió otro día el escribano y me leyó la sentencia.
-
-Me condenaba á muerte, vea lo que es la justicia, mi Coronel. ¡Y
-dicen que los doctores saben todo! ¿Y si saben todo, cómo no habían
-descubrido que no era el asesino del Juez aunque lo hubiera confesado?
-¡Y muchos que después de la patriada de Caseros, no hablan sino de la
-Constitución!
-
-Será cosa muy buena. Pero los pobres somos siempre pobres, y el hilo se
-corta por lo más delgado.
-
-Si el Juez me hubiera muerto á mí en de veras, ¿á que no lo habían
-mandado matar?
-
-He visto más cosas así, mi Coronel, y eso que todavía soy muchacho.
-
-El escribano me dejó solo.
-
-Pasé una noche como nunca.
-
-Yo no soy miedoso; ¡pero se me ponían unas cosas tan tristes! ¡tan
-tristes! en la cabeza, que á veces me daba miedo la muerte. Pensaba,
-pensaba en que si yo no moría moriría mi padre, y eso me daba aliento.
-¡El viejo había sido tan bueno y tan cariñoso conmigo! Juntos habíamos
-andado trabajando, compadreando, comadreando en jugadas y en riñas.
-Cómo no le había de querer, hasta perder la vida por él--la vida,
-que, al fin, cualquier día la rifa uno por una calaverada, ó en una
-trifulca, en la que los pobres salen siempre mal.
-
-Qué ganas de tener una guitarra tenía, mi Coronel.
-
-En cuanto me volvieron á poner comunicado fué lo primerito que le pedí
-á mi madre que llevara. Me la llevó y cantando me lo pasaba.
-
-Los de la partida venían á oirme todos los días, y ya se iban
-haciendo amigos míos. Si hubiera querido fugarme me fugo. Pero por no
-comprometerlos no lo hice. El hombre ha de tener palabra, y ellos me
-decían siempre: no nos vaya á comprometer, amigo.
-
-Siempre que mi vieja iba á visitarme, me lo repetían; y el centinela se
-retiraba y me dejaba platicar á gusto con ella.
-
-Mi madre no sabía nada todavía de que me hubieran sentenciado, y yo no
-lo quería decir, porque la veía muy contenta creyendo que me iban á
-largar, desde que nada se descubría, y no la quería afligir.
-
-Pero como nunca falta quien dé una mala noticia, al fin lo supo.
-
-Se vino zumbando á preguntármelo.
-
-¡En qué apuros me vi, mi Coronel, con aquella mujer tan buena que me
-quería tanto!
-
-Cuando le confié la verdad, lloró como una Magdalena.
-
-Sus ojos parecían un arroyo, estuvieron lagrimeando horitas enteras.
-
-De pregunta en pregunta me sacó que yo había confesado ser el asesino
-del Juez, por salvar al viejo.
-
-Y hubiera visto, mi Coronel, una mujer que no se enoja nunca, enojarse,
-no conmigo, porque á cada momento me abrazaba y me besaba diciéndome mi
-hijito, sino con mi padre.
-
---Él, él no más tiene la culpa de todo, decía, y yo no he de consentir
-que te maten por él; todito lo voy á descubrir.
-
-Y de pronto se secó los ojos, cesó de llorar, se levantó y se quiso ir.
-
---¿Adónde va, mamita?--le dije.
-
---Á salvar á mi hijo--me contestó.
-
-Iba á salir, le agarré de las polleras, y á la fuerza se quedó.
-
-Le rogué muchísimo que no hiciera nada, que tuviera confianza en la
-Virgen del Rosario, de la que era tan devota, que todavía podía hacer
-algo y salvarme.
-
-Usted sabe, mi Coronel, lo que es la suerte del hombre. Cuando más
-alegre anda, lo refriegan, y cuando más afligido está, Dios lo salva.
-
-Yo he tenido siempre mucha confianza en Dios.
-
---Y has hecho bien--le dije.--Dios no abandona nunca á los que creen en
-él.
-
---Así es, mi Coronel, por eso esa vez, y después otras me he salvado.
-
---¿Y qué hizo tu madre?
-
---Cedió á mis ruegos, y se fué diciendo: esta noche le voy á poner
-velas á la Virgen y ella nos ha de amparar.
-
-Y como la Virgencita del nicho, de que antes le he hablado, mi Coronel,
-era muy milagrosa, sucedió lo que mi vieja esperaba, me salvó.
-
-Miguelito hizo una pausa.
-
-Yo me quedé filosofando.
-
-¡Filosofando!
-
-Sí; filosofar es creer en Dios ó reconocer que el mayor de los
-consuelos que tienen los míseros mortales, es confiar su destino á la
-protección misteriosa, omnipotente de la religión.
-
-Por eso al grito de los escépticos, yo contesto, como Fenelón:
-
-_¡Dilatamini!_
-
-Si hay un _anankè_,[2] hay también quien mira, quien ve, quien protege,
-resguarda, ama y salva á sus criaturas, sin interés.
-
-Cuando me arranquéis todo, si no me arrancáis esa convicción suave,
-dulce, que me consuela y me fortalece, ¿qué me habréis arrancado?
-
-
- NOTAS:
-
-[2] ἀνάγκη en griego: fatalidad.
-
-
-
-
- XXX
-
- Mi vademécum y sus méritos.--En qué se parece Orión á
- Roqueplán.--Dónde se aprende el mundo.--Concluye la historia de
- Miguelito.
-
-
-Quiero empezar esta carta ostentando un poco mi erudición á la violeta.
-
-Yo también tengo mi vademécum de citas--es un tesoro como cualquier
-otro.
-
-Pero mi tesoro tiene un mérito. No es herencia de nadie. Yo mismo me lo
-he formado.
-
-En lugar de emplear la mayor parte del tiempo en pasar el tiempo, me he
-impuesto ciertas labores útiles.
-
-De ese modo, he ido acumulando, sin saberlo, un bonito capital, como
-para poder exclamar cualquier día: _anche io son pittore_.
-
-Mi vademécum tiene, á más del mérito apuntado, una ventaja. Es muy
-manuable y portátil. Lo llevo siempre en el bolsillo.
-
-Cuando lo necesito, lo abro, lo hojeo y lo consulto en un verbo.
-
-No hay cuidado que me sorprendan con él en la mano, como á esos
-literatos cuyo bufete es una especie de sancta sanctórum.
-
-¡Cuidado con penetrar en el estudio vedado sin anunciarlos cuando están
-pontificando!
-
-¡Imprudentes!
-
-¡Os impondríais de los misteriosos secretos!
-
-¡Le arrancaríais á la esfinge el tremendo arcano!
-
-¡Perderíais vuestras ilusiones!
-
-Veríais á vuestros sabios en camisa, haciéndose un traje pintado con
-las plumas de la ave silvana, de negruzcas alas, de rojo pico y pies,
-de grandes y negras uñas.
-
-Yo no sé más de lo que está apuntado en mi vademécum por índice y orden
-cronológico.
-
-No es gran cosa. Pero es algo.
-
-Hay en él todo.
-
-Citas _ad hoc_, en varios idiomas que poseo bien y mal, anécdotas,
-cuentos, impresiones de viaje, juicios críticos sobre libros, hombres,
-mujeres, guerras terrestres y marítimas, bocetos, esbozos, perfiles,
-siluetas. Por fin, mis memorias hasta la fecha del año del Señor que
-corremos, escritas en diez minutos.
-
-Si yo diera á luz mi vademécum no sería un librito tan útil como el
-almanaque. Sería, sin embargo, algo entretenido.
-
-Yo no creo que el público se fastidiaría leyendo, por ejemplo:
-
-¿Qué puntos de contacto hay entre Epaminondas, el municipal de Tebas,
-como lo llamaba el demagogo Camilo Desmoulins, y don Bartolo?
-
-¿Qué frac llevaba nuestro actual Presidente cuando se recibió del
-poder; en qué se parece su cráneo insolvente de pelo á la cabeza de
-Sócrates?
-
-¿En qué se parece _Orión_ á Roqueplán? este _Orión_, de quien sacando
-una frase de mi vademécum,--ajena por supuesto,--puede decirse que es
-la personalidad porteña más porteña, el hombre y el escritor que tiene
-á Buenos Aires en la sangre, ó mejor dicho una encarnación andante y
-pensante de esta antigua y noble ciudad; que en este océano de barro,
-no hay un solo escollo que él no haya señalado; que en los entretelones
-ha aprendido la política, que como periodista y hombre á la moda, ha
-enriquecido la literatura de la tierra, á los sastres y sombrereros;
-que las cosas suyas, después de olvidadas aquí, van á ser cosas nuevas
-en provincias; que no habría sido el primer hombre en Roma la brutal,
-pero que lo habría sido en Atenas la letrada; que conoce á todo el
-mundo y á quien todo el mundo conoce; que se hace aplaudir en Ginebra,
-que se hace aplaudir en Córdoba la levítica, hablando con la libertad
-herética de un francmasón; que se hace aplaudir en el Rosario, la
-ciudad californiana, á propósito de la fraternidad universal; que se
-hace aplaudir en Gualeguaichú, disertando en tiempos de Urquiza, sobre
-la justicia y los derechos inalienables del ciudadano; que puede ser
-profeta en todas partes _ed altri siti_, menos... iba á decir en su
-tierra; que no ha podido ser municipal en ella, que hoy cumple treinta
-y ocho años, y á quien yo saludo con el afecto íntimo y sincero del
-hermano en las aspiraciones y en el dolor, aunque digan que esto es
-traer las cosas por los cabellos.
-
-Sí, _Orión_ amigo, yo te deseo, y tú me entiendes,--«la fuerza de
-la serpiente y la prudencia del león»,--como diría un _Bourgeois
-gentil-homme_, cambiando los frenos al entrar en tu octavo lustro,
-frisando en la vejez, en ese período de la vida en que ya no podemos
-tener juicio, porque no es tiempo de ser locos. ¿Me entiendes?
-
-Y con esto lector, entro en materia.
-
-Lo que sigue es griego, griego helénico, no griego porque no se
-entiende.
-
-_Ek te biblion kubernetes_.
-
-Yo también he estudiado griego.
-
-Monsieur Rouzy puede dar fe, y tú, Santiago amigo, fuiste quien me lo
-metió en la cabeza.
-
-Es una de las cosas menos malas que le debo á tu inspiración
-mefistofélica.
-
-Tú fuiste quien me apasionó por el hombre del capirotazo.
-
-¿Acaso yo le conocía bien en 1860?
-
-En prueba de que sé griego, como un colegial, ahí va la traducción de
-dicho anónimo:
-
-«No se aprende el mundo en los libros».
-
-Aquí era donde quería llegar.
-
-Los circunloquios me han demorado en el camino.
-
-Siento tener que desagradecer á mi ático amigo Carlos Guido, cuyo buen
-gusto literario los abomina. Sírvame de excusa el carácter confidencial
-del relato.
-
-Sí, el mundo no se aprende en los libros; se aprende observando,
-estudiando los hombres y las costumbres sociales.
-
-Yo he aprendido más de mi tierra yendo á los indios Ranqueles, que en
-diez años de despestañarme, leyendo opúsculos, folletos, gacetillas,
-revistas y libros especiales.
-
-Oyendo á los paisanos referir sus aventuras,--he sabido cómo se
-administra la justicia, cómo se gobierna, qué piensan nuestros criollos
-de nuestros mandatarios y de nuestras leyes.
-
-Por eso me detengo más de lo necesario quizá en relatar ciertas
-anécdotas, que parecerán cuentos forjados para alargar estas páginas y
-entretener al lector.
-
-¡Ojalá fuera cuento la historia de Miguelito!
-
-Desgraciadamente ha pasado tal cual la narro, y si fija la atención un
-momento, es porque es verdad. Tiene ésta un gran imperio hasta sobre la
-imaginación.
-
-Miguelito siguió hablando así:
-
---Las voces que andaban era que pronto me fusilarían, porque iba á
-haber revolución y me podía escapar.
-
-¡Figúrese cómo estaría mi madre, mi Coronel! Todo se le iba en velas
-para la Virgen.
-
-Día á día me visitaba, pidiéndome que no me afligiera, diciéndome que
-la Virgen no nos había de abandonar en la desgracia, que ella tenía
-experiencia y que más de una vez había visto milagros.
-
-Yo no estaba afligido sino por ella.
-
-Quería disimular. ¡Pero qué! era muy ducha y me lo conocía.
-
-Usted sabe, mi Coronel, que los hijos por muy ladinos que sean no
-engañan á los padres, sobre todo á la madre.
-
-Vea si yo pude engañar á mi vieja cuando entré en amores con la Dolores.
-
-¡Qué había de poder!
-
-En cuanto empezó la cosa me lo reconoció, y me mandó que me fuera con
-la música á otra parte.
-
-Bien me arrepiento de no haber seguido su consejo.
-
-La Dolores no hubiera padecido tanto como padeció por mí.
-
-Pero los hijos no seguimos nunca la opinión de nuestros padres.
-
-Siempre creemos que sabemos más que ellos.
-
-Al fin nos arrepentimos.
-
-Pero entonces ya es tarde.
-
---Nunca es tarde cuando la dicha es buena--le interrumpí.
-
-Suspiró y me contestó:
-
---¡Qué! mi Coronel, hay males que no tienen remedio.
-
---¿Y has vuelto á saber de la Dolores?--le pregunté.
-
---Sí, mi Coronel--me contestó,--se lo voy á confesar porque usted es
-hombre bueno, por lo que he visto y las mentas que les he oído á los
-muchachos que vienen con usted.
-
---Puedes tener confianza en mí--repuse.
-
-Y él prosiguió:
-
---Siempre que puedo hacer una escapada, si tengo buenos caballos, me
-corto solo, tomo el camino de la laguna del Bagual, llego hacia el
-Cuadril, espero en los montes la noche. Paso el Río 5.º, entro en Villa
-de Mercedes, donde tengo parientes, me quedo allí por unos días, me voy
-después en dos galopes al Morro, me escondo en el Cerro, en lo de un
-amigo, y de noche visito á mi vieja y veo á la Dolores que viene á casa
-con la chiquita.
-
---¿Entonces tuvo una hija?--le dije.
-
---Sí, mi Coronel--me contestó.--¿No le conté antes que nos habíamos
-desgraciado?
-
---¿Y á tu mujer no la sueles ver?
-
---¡Mi mujer!--exclamó,--lo que hizo fué enredarse con un estanciero.
-
-Y dice la muy perra que está esperando la noticia de mi muerte para
-casarse. ¡Y que se casaban con ella! ¡Como si fuera tan linda!
-
---¿Y otros paisanos de los que están aquí salen como tú y van á sus
-casas?
-
---El que quiere lo hace; usted sabe, mi Coronel, que los campos no
-tienen puertas; las descubiertas de los fortines, ya sabe uno á qué
-hora hacen el servicio, y luego, al frente casi nunca salen.
-
-Es lo más fácil cruzar el Río 5.º y la línea, y en estando á
-retaguardia ya está uno seguro, porque ¿á quién le faltan amigos?
-
---Entonces, constantemente estarán yendo y viniendo de aquí para allá.
-
---Por supuesto. Si aquí se sabe todo.
-
-Los Videla, que son parientes de don Juan Saa, cuando les da la gana,
-toman una tropilla; llegan á la Jarilla, la dejan en el monte, y con
-caballo de tiro se van al Morro, compran allí lo que quieren, ellos
-mismos á veces, en las tiendas de los amigos y después se vuelven con
-cartas para todos.
-
-Algunas veces suelen llegar á Renca, que ya ve donde queda, mi Coronel.
-
-Á medida que Miguelito hablaba, yo reflexionaba sobre lo que es
-nuestro país; veía la complicidad de los moradores fronterizos en las
-depredaciones de los indígenas y el problema de nuestros odios, de
-nuestras guerras civiles y de nuestras persecuciones, complicado con el
-problema de la seguridad de las fronteras.
-
-Le escuchaba con sumo interés y curiosidad.
-
-Miguelito prosiguió:
-
---El otro día cuando usted llegó, mi Coronel, los Videla habían andado
-por San Luis; vinieron con la voz de que usted y el general Arredondo
-estaban en la Villa de Mercedes, y diciendo que por allí se decía que
-ahora sí que las paces se harían.
-
-Deseando conocer el desenlace de la historia de los amores de
-Miguelito, le dije:
-
---¿Y la Dolores vive con sus padres?
-
---Sí, mi Coronel--me contestó,--son gente buena y rica, y cuando han
-visto á su hija en desgracia no la han abandonado; la quieren mucho á
-mi hijita. Si algún día me puedo casar ellos no se han de oponer, así
-me lo ha dicho la Dolores.
-
-¡Pero cuándo se muere la otra! Luego yo no puedo salir de aquí porque
-la justicia me agarraría y mucho más del modo cómo me escapé.
-
---¿Y cómo te escapaste?
-
---Seguía preso. Mi madre vino un día y me dijo:
-
-Dice tu padre que estés alerta, que él no tiene opinión, que lo han
-convidado para una jornada, que se anda haciendo rogar á ver si son
-espías; que en cuanto esté seguro que juegan limpio se va á meter en la
-cosa con la condición de que lo primero que han de hacer es asaltar la
-guardia y salvarte; que de no, no se mete.
-
-En eso anda. No hay nada concluido todavía. Esta noche han quedado de
-ir los hombres y mañana te diré lo que convengan.
-
-Yo lo animo á tu padre, haciéndole ver que es el único remedio que
-nos queda, y le pongo velas á la Virgen para que nos ayude. Todas las
-noches sueño contigo y te veo libre, y no hay duda que es un aviso de
-la Virgen.
-
-Al día siguiente volvió mi madre. Todo estaba listo. Lo que faltaba era
-quien diera el grito. Decían que don Felipe Saa debía llegar de oculto
-á las dos noches, y que él lo daría; que si no venía, como había un día
-fijo, lo daría el que fuese más capaz de gobernar la gente que estaba
-apalabrada. Don Juan Saa debía venir de Chile al mismo tiempo.
-
-Bueno, mi Coronel, sucedió como lo habían arreglado.
-
-Una noche al toque de retreta, unos cuantos que estaban esperando en la
-orilla del pueblo, atropellaron la casa del Juez, otros la Comandancia,
-y mi padre con algunos amigos cargó la Policía.
-
-Para esto, un rato antes ya los habían emborrachado bien á los de la
-partida. Algunos quisieron hacer la pata ancha. ¡Pero qué! los de
-afuera eran más. Entraron, rompieron la puerta del cuarto en que yo
-estaba y me sacaron.
-
-Cuando estuve libre mi padre me dijo: «Dame un abrazo hijo, yo no te he
-querido ver porque me daba vergüenza verte preso por mi mala cabeza, y
-porque no fueran á sospechar alguna cosa».
-
-Casi me hizo llorar de gusto el viejo; le habían salido pelos blancos,
-y no era hombre grande, todavía era joven.
-
-Esa noche el Morro fué un barullo, no se oyeron más que tiros, gritos y
-repiques de campana.
-
-Murieron algunos.
-
-Yo lo anduve acompañando á mi padre y evité algunas desgracias porque
-no soy matador. Querían saquear la casa de la Dolores, con achaque de
-que era _salvaje_, yo no lo permití, primero me hago matar.
-
-Por la mañana vino una gente del Gobierno y tuvimos que hacernos humo.
-Unos tomaron para la Sierra de San Luis, otros para la de Córdoba. Mi
-padre, como había sido tropero, enderezó para el Rosario. Yo, por tomar
-un camino tomé otro,--galopé todo el santo día,--y cuando acordé me
-encontré con una partida. Disparé, me corrieron, yo llevaba un pingo
-como la luz, ¡qué me habían de alcanzar! Fuí á sujetar cerca del Río
-5.º, por esos lados de Santo Tomé. Entonces no había puesto usted
-fuerzas allí, mi Coronel; me topé con unos indios, me junté con ellos,
-me vine para acá, y acá me he quedado, hasta que Dios, ó usted, me
-saquen de aquí, mi Coronel.
-
---¿Y tu padre, qué suerte ha tenido, lo sabes?--le pregunté.
-
---Murió del cólera--me contestó con amargura, exclamando:--¡pobre
-viejo! ¡era tan chupador!
-
-Y con esto termina la historia real de Miguelito, que _mutatis
-mutandis_, es la de muchos cristianos que han ido á buscar un asilo
-entre los indios.
-
-Ese es nuestro país.
-
-Como todo pueblo que se organiza, él presenta cuadros los más opuestos.
-
-Grandes y populosas ciudades como Buenos Aires, con todos los placeres
-y halagos de la civilización, teatros, clubs, jardines, paseos,
-palacios, templos, escuelas, museos, vías férreas, una agitación
-vertiginosa--en medio de unas calles estrechas, fangosas, sucias,
-fétidas, que no permiten ver el horizonte, ni el cielo limpio y puro,
-sembrado de estrellas relucientes,--en las que yo me ahogo, echando de
-menos mi caballo.
-
-Fuera de aquí, campos desiertos, grandes heredades, donde vegeta el
-proletario en la ignorancia y la estupidez.
-
-La iglesia, la escuela, ¿dónde están?
-
-Aquí el ruido del tráfago y la opulencia que aturde.
-
-Allá, el silencio de la pobreza y la barbarie que estremece.
-
-Allí, todo aglomerado como un grupo de moluscos, asqueroso por el
-egoísmo.
-
-Allí, todo disperso, sin cohesión, como los peregrinos de la tierra de
-promisión,--por el egoísmo también.
-
-Tesis y antítesis de la vida de una república.
-
-Eso dicen que es gobernar y administrar.
-
-¡Y para lucirse mejor, todos los días clamando por gente, pidiendo
-inmigración!
-
-Me hace el efecto de esos matrimonios imprevisores, sin recursos,
-miserables, cuyo único consuelo es el de la palabra del verbo,--creced
-y multiplicaos.
-
-
-
-
- XXXI
-
- Ojeada retrospectiva.--El valor á media noche, es el valor
- por excelencia.--Miedo á los perros.--Cuento al caso.--Qué es
- loncotear.--Sigue la orgía.--Epumer se cree insultado por mí.--Una
- serenata.
-
-
-Estábamos en el toldo de Mariano Rosas cuando conocí por primera vez á
-Miguelito.
-
-La orgía había comenzado:
-
- «Éste chilla, algunos lloran,
- Y otros á beber empiezan,
- De la chusma todo al cabo
- La embriaguez se enseñorea.»
-
-Los franciscanos comprendiendo que aquello no rezaba con ellos, se
-pusieron en retirada, refugiándose en el rancho de Ayala; los oficiales
-se habían colocado á distancia de poder acudir en auxilio mío si era
-necesario; los asistentes rodeaban la enramada con disimulo; Camilo
-Arias, con su aire taciturno, se me aparecía de vez en cuando como
-una sombra, diciéndome de lejos con su mirada ardiente, expresiva,
-penetrante: por aquí ando yo.
-
-Por bien templado que tengamos el corazón, es indudable que el
-silencio, la soledad, el aislamiento y el abandono hacen crecer el
-peligro en la medrosa imaginación.
-
-Es por eso que el valor á media noche, es el valor por excelencia.
-
-Las tinieblas tienen un no sé qué de solemne, que suele helar la sangre
-en las venas hasta congelarla.
-
-Yo no creo que exista en el mundo un solo hombre que no haya tenido
-miedo alguna vez de noche.
-
-De día, en medio del bullicio, ante testigos, sobre todo ante mujeres,
-todo el mundo es valiente, ó se domina lo bastante para ocultar su
-miedo.
-
-Yo he dicho por eso alguna vez: el valor es cuestión de público.
-
-El hombre que en presencia de una dama hace acto de irresolución puede
-sacar patente de cobarde.
-
-Yo tengo un miedo cerval á los perros, son mi pesadilla; por donde hay,
-no digo perros, un perro, yo no paso por el oro del mundo si voy solo,
-no lo puedo remediar, es un heroísmo superior á mí mismo.
-
-En Rojas, cuando era capitán, tenía la costumbre de cazar.
-
-De tarde tomaba mi escopeta y me iba por los alrededores del pueblito.
-
-En dirección al bañado, donde los patos abundaban más, había un rancho.
-
-Inevitablemente debía pasar por allí si quería ahorrarme un rodeo por
-lo menos de tres cuartos de legua.
-
-Pues bien. Venirme la idea de salir y asaltarme el recuerdo de un
-mastín que habitaba el susodicho rancho, era todo uno.
-
-Desde este instante formaba la resolución valiente de medírmelas con él.
-
-Salía de mi casa y llegaba al sitio crítico, haciendo cálculos
-estratégicos, meditando la maniobra más conveniente, la actitud más
-imponente, exactamente como si se tratara de una batalla en la que
-debiera batirme cuerpo á cuerpo.
-
-En cuanto el can diabólico me divisaba, me conocía; estiraba la cola,
-se apoyaba en las cuatro patas dobladas, quedando en posición de
-asalto, contraía las quijadas y mostraba dos filas de blancos y agudos
-dientes.
-
-Eso sólo bastaba para que yo embolsase mi violín. Avergonzado de mí
-mismo, pero diciéndome interiormente:--«El miedo es natural en el
-prudente,--cambiaba de rumbo, rehuyendo al peligro».
-
-Un día me amonesté antes de salir, me proclamé, me palpé á ver si
-temblaba.
-
-Estaba entero, me sentí hombre de empresas, y me dije: _pasaré_.
-
-Salgo, marcho, avanzo y llego á Rubicón.
-
-¡Miserable! temblé, vacilé, luché, quise hacer de tripas corazón pero
-fué en vano.
-
-Yo no era hombre, ni soy ahora, capaz de batirme con perros.
-
-Juro que los detesto, si no son mansos, inofensivos como ovejas, aunque
-sean falderos, cuscos ó pelados.
-
-Mi adversario, no sólo me reconoció, sino que en la cara me conoció que
-tenía miedo de él.
-
-Maquinalmente bajé la escopeta que llevaba al hombro.
-
-Sea la sospecha de un tiro, sea lo que fuese, el perro hizo una
-evolución, tomó distancia y se plantó, como diciendo: descarga tu arma
-y después veremos.
-
-¿Habría hecho el perro lo mismo con cualquier otro caminante?
-
-Probablemente no.
-
-Era manso, yo lo averigüé después.
-
-Pero es que yo no le había caído en gracia, y que conociendo mi
-debilidad, se divertía conmigo, como yo podía haberlo hecho con un
-muchacho.
-
-No hay que asombrarse de esto. La memoria en los animales, á falta de
-otras facultades, está sumamente desarrollada.
-
-Cualquier caballo, mula, jumento ó perro, nos aventaja en conocer el
-intrincado camino por donde tenemos costumbre de andar.
-
-Los pájaros se trasladan todos los años de un país á otro, emigrando á
-más ó menos distancia, según sus necesidades fisiológicas.
-
-Ahí están las golondrinas que, después de larga ausencia vuelven á
-la guarida de la misma torre, del mismo techo, del mismo tejado, que
-habitaron el año anterior.
-
-Queda de consiguiente fuera de duda que lo que el perro hacía conmigo,
-lo hacía á sabiendas. ¡Pícaro perro!
-
-Hubo un momento en que casi lo dominé. ¡Ilusión de un alma pusilánime!
-
-Al primer amago de carga eché á correr con escopeta y todo; los
-ladridos no se hicieron esperar, esto aumentó el pánico, de tal modo,
-que el animal ya no pensaba en mí y yo seguía desolado por esos campos
-de Dios.
-
-Y sin embargo, si yo hubiera ido en compañía de alguna dama, el muy
-astuto no me corre.
-
-Y ella habría huido.
-
-Las mujeres tienen el don especial de hacernos hacer todo género de
-disparates, inclusive el de hacernos matar.
-
-Yo me bato con cualquier perro, aunque sea de presa, por una mujer,
-aunque sea vieja y fea, si soy su _cabaleiro servente_.
-
-Otro se suicida por una mujer, con pistola, navaja de barba, veneno ó
-arrojándose de una torre. No hay que discutirlo.
-
-Hay héroes porque hay mujeres.
-
-Y es mejor no pensarlo--¿qué sería el hermoso planeta que habitamos,
-sin ellas?
-
-La presencia é inmediación de los míos, el orgullo de no dejarme
-avasallar, ni sobrepujar por aquellos bárbaros en nada y por nada, me
-hacían insistir contra las reiteradas instancias de Mariano Rosas, en
-no retirarme.
-
-Mi principal temor era embriagarme demasiado. Á una _loncoteada_ no le
-temía tanto.
-
-_Loncotear_, llaman los indios á un juego de manos, bestial.
-
-Es un pugilato que consiste en agarrarse dos de los cabellos y en hacer
-fuerza para atrás, á ver cuál resiste más á los tirones.
-
-Desde chiquitos se ejercitan en él.
-
-Cuando á un indiecito le quieren hacer un cariño varonil, le tiran de
-las mechas, y si no le saltan las lágrimas le hacen este elogio: _ese
-toro_.
-
-El toro es para los indios el prototipo de la fuerza y del valor. El
-que es toro, entre ellos, es un nene de cuenta.
-
-Los «_yapaí_, hermano» ¡no cesaban!
-
-Epumer la había emprendido conmigo, y un indiecito Caiomuta, que jamás
-quiso darme la mano, so pretexto de que yo iba de mala fe: ¡_Winca_
-engañando! salía constantemente de sus labios.
-
-El vino y el aguardiente corrían como agua, derramados por la trémula
-mano de los beodos, que ya rugían como fieras, ya lloraban, ya
-cantaban, ya caían como piedras, roncando al punto ó trasbocando, como
-atacados del cólera.
-
-Aquello daba más asco que miedo.
-
-Todos me trataban con respeto, menos Epumer y Caiomuta.
-
-Tambaleaban de embriaguez.
-
-Epumer llevaba de vez en cuando la mano derecha al cabo de su
-refulgente facón, y me miraba con torvo ceño.
-
-Miguelito me decía:
-
---No se descuide por delante, mi Coronel, aquí estoy yo por detrás.
-
-Cuando rehusaba un _yapaí_, gruñían como perros, la cólera se pintaba
-en sus caras vinosas y murmuraban iracundas palabras que yo no podía
-entender.
-
-Miguelito me decía:
-
---Se enojan porque usted no bebe, mi Coronel; dicen que lo hace por no
-descubrir sus secretos con la chupa.
-
-Yo entonces me dirigí á alguno de los presentes y lo invitaba,
-diciéndole:
-
---_Yapaí_, hermano, y apuraba el cuerno ó el vaso.
-
-Una algazara estrepitosa, producida por medio de golpes dados en la
-boca abierta, con la palma de la mano, estallaba incontinenti.
-
-¡¡¡Babababababababababababababababa!!!
-
-Resonaba ahogándose los últimos ecos en la garganta de aquellos sapos
-gritones.
-
-Mientras el licor no se acabara, la saturnal duraría.
-
-La tarde venía.
-
-Yo no quería que me sorprendiera la noche entre aquella chusma
-hedionda, cuyo cuerpo contaminado por el uso de la carne de yegua,
-exhalaba nauseabundos efluvios; regoldaba á todo trapo, cada eructo
-parecía el de un cochino cebado con ajos y cebollas.
-
-En donde hay indios, hay olor á asafétida.
-
-Intenté levantarme del suelo para retirarme á la sordina, viendo que
-la mayoría de los concurrentes estaba ya achumada.
-
-Epumer me lo impidió.
-
-_¡Yapaí! ¡yapaí!_ me dijo.
-
-_¡Yapaí! ¡yapaí!_ contesté.
-
-Y uno después de otro cumplimos con el deber de la etiqueta.
-
-El cuerno que se bebió él tenía la capacidad de una cuarta.
-
-Una dosis semejante de aguardiente era como para voltear á un elefante,
-si estos cuadrúpedos fuesen aficionados al trago.
-
-Medio perdió la cabeza.
-
-Al llevar yo el mío á los labios, me santigüé con la imaginación como
-diciendo: Dios me ampare.
-
-Jamás probé brebaje igual. Vi estrellas, sombras de todos colores, un
-mosaico de tintes atornasolados, como cuando por efecto de un dolor
-agudo apretamos los párpados, y cerrando herméticamente los ojos la
-retina ve visiones informes.
-
-Al enderezarse Epumer, yo no sé qué chuscada le dije.
-
-El indio se puso furioso; quiso venírseme á las manos.
-
-Mariano Rosas y otros le sujetaron; me pidieron encarecidamente que me
-retirara.
-
-Me negué; insistieron, me negué, me negué tenazmente.
-
-Me hicieron presente que cuando se _caldeaba_, se ponía fuera de sí,
-que era mal intencionado.
-
---No hay cuidado--fué toda mi contestación.
-
-El indio pugnaba por desasirse de los que le tenían; quería abalanzarse
-sobre mí, su mano estaba pegada al facón.
-
-Pataleaba, rugía, apoyaba los talones en el suelo, endurecía el cuerpo
-y se enderezaba como galvanizado.
-
-Sus ojos me seguían, los míos no le dejaban.
-
-En uno de los esfuerzos que hizo sacó el facón.
-
-Era una daga acerada de dos filos, con cruz y cabo de plata; y en un
-vaivén llegó á ponerse casi sobre mí.
-
---Cuidado, mi Coronel--me dijo Miguelito, interponiéndose, y hablándole
-al salvaje en su lengua con acento dulcísimo.
-
---¡Cuidado!--gritaron varios.
-
-Yo, afectando una tranquilidad que dejase bien puesto el honor de mi
-sangre y de mi raza:
-
---No hay cuidado--contesté.
-
-El esfuerzo convulsivo supremo, hecho por el indio, agotó el resto de
-sus fuerzas hercúleas enervadas por los humos alcohólicos.
-
-Los que le sujetaban, sintiéndole desfallecer abandonaron el cuerpo á
-su propia gravedad; cumplióse la inmutable ley:
-
-_¡E caddi, come corpo morto cade!_
-
-Cesó la agitación.
-
-Queriendo saber qué causa, qué motivo, qué palabras mías pusieran fuera
-de sí á mi contendor, pregunté:
-
---¿Por qué se ha enojado?
-
---Porque usted le ha llamado perro--dijo uno.
-
---Es falso--dijo Miguelito en araucano; el Coronel habló de perros;
-pero no dijo que Epumer fuera perro.
-
-Nadie respondió.
-
-Efectivamente, en la broma que intenté hacerle á Epumer, por ver si lo
-arrancaba á sus malos pensamientos, no sé cómo interpolé el vocablo
-perros.
-
-Para los indios, como para los árabes, no había habido insulto mayor
-que llamarles _perro_.
-
-Epumer me entendió mal y se creyó ofendido.
-
-De ahí su rapto de furia.
-
-La noche batía sus pardas alas; los indios ebrios roncaban, vomitaban,
-se revolvían por el suelo, hechos un montón, apoyando éste sus sucios
-pies en la boca de aquél; el uno su panza sobre la cara del otro.
-
-Varias chinas y cautivas trajeron cueros de carnero y les hicieron
-cabeceras, poniéndolos en posturas cómodas.
-
-Otros se quedaron murmurando con indescriptible é inefable fruición
-báquica.
-
-Mariano Rosas me hizo decir con su hombre de confianza, que si quería
-darle el resto de aguardiente que le había reservado.
-
---De mil amores--contesté; y aprovechando la coyuntura que se me
-presentaba de abandonar el campo de mis proezas, salí de la enramada y
-me dirigí al ranchito en que se habían alojado mis oficiales.
-
-Entregué el aguardiente.
-
-Me tendí cansado, como si hubiera subido con un quintal en las espaldas
-á la cumbre del Vesubio.
-
-¿En qué me tendí?
-
-Sobre un cuero de potro; era el colchón de una mala cama improvisada
-con palos desiguales y nudosos.
-
-El sueño no tardó en llevarme al mundo de la tranquilidad pasajera.
-
-Gozaba, cuando una serenata me despertó.
-
-Era un negro, tocador de acordeón, una especie de Orfeo de la pampa.
-
-Tuve que resignarme á mi estrella, que levantarme y escuchar un cielito
-cantado en honor mío.
-
-¡Qué mal rato me dió el tal negro después!
-
-
-
-
- XXXII
-
- El negro del acordeón y la música.--Reflexiones sobre el criterio
- vulgar.--Sueño fantástico.--Lucius Victorius Imperator.--Un mensajero
- nocturno de Mariano Rosas.--Se reanuda el sueño fantástico.--Mi
- entrada triunfal en Salinas Grandes.--La realidad.--Un huésped á quien
- no le es permitido dormir.
-
-
-El negro no tardó en irse con la música á otra parte. Bendije al cielo.
-
-Como poeta festivo, como payador, no podía rivalizar con _Aniceto el
-Gallo_ ni con _Anastasio el Pollo_.
-
-Ni siquiera era un artista en acordeón.
-
-Yo tengo, por otra parte, poco desarrollado el órgano frenológico de
-los tonos, pudiendo decir, como Voltaire: _la musique c'est de tous les
-tapages le plus supportable_.
-
-Es una fatalidad como cualquier otra, que me priva de un placer
-inocente más en la vida.
-
-Te contaría á este respecto algo muy curioso, un triunfo de la
-frenología, ó en otros términos, la historia de mis padecimientos
-infantiles por la guitarra.[3] Y te la contaría á pesar del natural
-temor de que me creyesen más malo de lo que soy; porque tengo la
-desgracia de ser insensible á la armonía.
-
-
-Tú sabes, que según las reglas del criterio vulgar, no puede ser bueno
-quien no ama la música, las flores, aunque ame muchas otras cosas que
-embriagan y deleitan más que ellas.
-
-Hay gentes que de buena fe, creen que el sentimiento estético ó el arte
-es inseparable de los hombres de corazón.
-
-Tal persona que ama con locura la música, es, sin embargo, incapaz de
-un acto de generosidad.
-
-Tal otra que gastaría cien mil pesos en un auténtico de Rubens, no
-haría un sacrificio por el amigo más querido.
-
-Esas gentes viven acariciando dulces errores, lo mismo que los que
-subordinan la moral al sentimiento, y hay que dejar á cada loco con su
-tema.
-
-Pero semejante página sería demasiado íntima para agregarla aquí.
-
-Me resigno, pues, á suprimirla, substrayéndome á la tentación de una
-confidencia personal ajena al asunto jefe.
-
-Apenas me vi libre de quien inhumanamente me había arrancado de los
-brazos de Morfeo, volví á tenderme en mi duro y sinuoso lecho.
-
-Poco tardé en dormirme profundamente.
-
-Saboreaba el suave beleño; soñaba que yo era el conquistador del
-desierto; que los aguerridos ranqueles, magnetizados por los ecos de la
-civilización, habían depuesto sus armas; que se habían reconcentrado
-formando aldeas; que la iglesia y la escuela habían arraigado sus
-cimientos en aquellas comarcas desheredadas; que la voz del Evangelio
-ahogaba las preocupaciones de la idolatría; que el arado, arrancándole
-sus frutos óptimos á la tierra, regada con fecundo sudor, producía
-abundantes cosechas; que el estrépito de los _malones_ invasores había
-cesado, pensando sólo, aquellos bárbaros infelices, en multiplicarse y
-crecer, en aprovechar las estaciones propicias, en acumular y guardar,
-para tener una vejez tranquila y legarles á sus hijos un patrimonio
-pingüe; que yo era el patriarca respetado y venerado, el benefactor de
-todos, y que el espíritu maligno, viéndome contento de mi obra útil y
-buena, humanitaria y cristiana, me concitaba á una mala acción, á dar
-mi golpe de estado.
-
-¡Mortal! me decía, aprovecha los días fugaces. ¡No seas necio, piensa
-en ti, no en la Patria!
-
-La gloria del bien es efímera, humo, puro humo. Ella pasa y nada queda.
-¿No tienes mujer é hijos? Pues bien. ¿No te obedecen y te siguen, no te
-quieren y respetan estos rebaños humanos?
-
-Pues bien.
-
-¿No tienes poder, no eres de carne y huesos, no amas el placer?
-
-Pues bien.
-
-Apártate de ese camino, ¡insensato! ¡Imprevisor, loco! ¡Escucha la
-palabra de la experiencia, hazte proclamar y coronar emperador! Imita
-á Aurelio I. Tienes un nombre romano, _Lucius Victorius Imperator_,
-sonará bien al oído de la multitud.
-
-Yo escuchaba con cierto placer mezclado de desconfianza las
-amonestaciones tentadoras; ideaba ya si el trono en que me había de
-sentar, la diadema que había de ceñir y el cetro que había de empuñar,
-cuando subiera al capitolio, serían de oro macizo, ó de cuero de potro
-y de madera de caldén, cuando una voz que conocí entre sueños llamó á
-mi puerta diciendo:
-
---¡Coronel Mansilla!
-
-No contesté de pronto. Reconocí la voz, la había oído hacía poco; pero
-no estaba del todo despierto.
-
---¡Coronel Mansilla! ¡Coronel Mansilla!--volvieron á decir.
-
-Reinaba una profunda obscuridad en el desmantelado rancho donde me
-había hospedado; mis oficiales roncaban, como hombres sin penas; un
-ruido tumultuoso, sordo, llegaba confusamente hasta la nocturna morada.
-Me senté en la cama y paré la oreja, á ver si volvían á llamar, fijando
-la vista en un resquicio de la puerta, que era un cuero de vaca colgado.
-
---¡Coronel Mansilla!--volvieron á decir.
-
-Al fulgor de la luz estelar, columbré una cabeza negra, motosa, y entre
-dos fajas rojas resaltando como lustrosas cuentas negras sobre el
-turgente seno de una hermosa, dos filas de ebúrneos dientes.
-
-Era el negro del acordeón.
-
-Para serenatas estaba yo.
-
-Me hizo el efecto de Mefistófeles.
-
---_¡Vade retro, Satanás!_--le grité.
-
-No entendió. Ya lo creo. ¡Latín puro á esas horas y al lado del toldo
-de Mariano Rosas!
-
---Mi Coronel Mansilla, fué su contestación.
-
---Vete al diablo, repliqué.
-
---Me manda el General Mariano.
-
---¿Y qué quiere?
-
---Manda decir, que ¿cómo le ha ido á _su merced_ (textual), de viaje;
-que si no ha perdido algunos caballos; que cómo ha pasado la noche;
-que--si ha dormido bien?
-
-Me pareció una burla.
-
-Me quedé perplejo un instante, y luego contesté.
-
---Dile que de viaje me ha ido bien; que caballos, Wenchenao me ha
-robado dos, que es un pícaro: que para saber cómo he pasado la noche y
-cómo he dormido, es menester que me dejen descansar y que amanezca.
-
-Y esto diciendo, me coloqué horizontalmente haciendo una línea
-mixta con el cuerpo de manera que el hueso del cuadril y los hombros
-coincidieran con los hoyos de mi escabroso lecho.
-
-La cara desapareció.
-
-Hacía frío, helaba en los primeros días de abril, tenía pocas cobijas,
-no era fácil conciliar el sueño bajo tales auspicios; tanteando en las
-tinieblas cogí la punta de algo que debía ser jerga ó poncho, tiré
-y como quien pesca un cetáceo de arrobas, que se agarra en el fondo
-fangoso, despojé á un prójimo de una de sus _pilchas_.
-
-Me la eché encima, me envolví, me acurruqué bien, me tapé hasta las
-narices y comencé á resollar fuerte, haciendo de mis labios una especie
-de válvula para que saliera el aliento condensado y crecieran los
-grados de la temperatura que circundaba mi transida humanidad.
-
-Me estaba por dormir. Hay ideas que parecen una cristalización. Así no
-más no se evaporan. Veía como envuelta en una bruma rojiza la visión de
-la gloria.
-
-El espíritu maligno se cernía sobre ella.
-
-Yo era emperador de los Ranqueles.
-
-Hacía mi entrada triunfal en Salinas Grandes. Las tribus de Calfucurá
-me aclamaban. Mi nombre llenaba el desierto preconizado por las cien
-lenguas de la fama. Me habían erigido un gran arco triunfal.
-
-Representaba un coloso como el de Rodas. Tenía un pie en la soberbia
-cordillera de los Andes, otro en las márgenes del Plata. Con una mano
-empuñaba una pluma deforme de ganso, cuyas aristas brillaban como
-mostacilla de oro, chispeando de su punta letras de fuego, que era
-necesario leer con la rapidez del relámpago para alcanzar á descifrar
-que decían: _mane_, _thesel_, _phares_. Con la otra blandía una espada
-de inconmensurable largor, cuya hoja de bruñido acero resplandecía
-como un meteoro, centelleando en ella diamantinas letras que era
-menester leer con la rapidez del pensamiento para adivinar que decían:
-_In hoc signo vincis_.
-
-Por debajo de aquel monumento de egipcia estructura y proporciones,
-capaz de provocar la envidia sangrienta, la venganza corsa y el odio
-eterno de un Faraón, desfilaba como el rayo, tirada por veinte yuntas
-de yeguas chúcaras, una carreta tucumana, cubierta de penachos, de
-crines caballares de varios colores y en cuyo lecho se alzaba un dosel
-de pieles de carnero.
-
-En él iba sentado un mancebo de rostro pintado con carmín. ¡Era yo!
-Manejaba la ecuestre recua con un látigo de cháguara que no tenía
-fin, al grito infernal de: ¡pape satán! _¡pape satán alepe!_ Mi traje
-consistía en un cuero de jaguar; los brazos del animal formaban las
-mangas, las piernas, los calzones, lo demás cubría el cuerpo y, por
-fin, la cabeza con sus colmillos agudos adornaba y cubría mi frente á
-manera de antiguo capacete.
-
-La cola no sé qué se había hecho. Un ser extraño, invisible para
-todos, menos para mí, quería ponerme una de paja. Yo le miraba como
-diciéndole, basta de atavíos, y él vacilaba y me seguía sin saber qué
-hacer.
-
-Una escolta formada en zigzag, me precedía, cubriéndome la retaguardia.
-Indígenas de todas las castas australes se veían allí,--ranqueles,
-puelches, pehuenches, picunches, patagones y araucanos. Los unos iban
-en potros bravos, los otros en mansos caballos, éstos en guanacos,
-aquéllos en avestruces, muchos á pie, varios montados en cañas,
-infinitos en alados cóndores.
-
-Sus armas eran lanzas y bolas; sus trajes mixtos, á lo gaucho, á la
-francesa, á la inglesa, á lo Adán los más. Cantaban un himno marcial
-al son de unas flautas de cañuto de grueso carrizo, y las palabras
-_Lucius Victorius Imperator_, resonaban con fragor en medio de
-repetidas, ¡¡¡ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba!!!
-
-Nuevo Baltasar, yo marchaba á la conquista de una ciudad poderosa,
-contra el dictamen de mis consejeros, que me decían: Allí no penetrarás
-victorioso jamás; porque sus calles están empedradas con enormes
-monolitos y cubiertas de pantanos, por donde es imposible que pase tu
-carreta.
-
-Tenaz, como soy en sueños, no quería escuchar la voz autorizada de
-mis expertos monitores. Me había hecho aclamar y coronar por aquellas
-gentes sencillas, había superado ya algunos obstáculos en mi vida; ¿por
-qué no había de tentar la empresa de luchar y vencer una civilización
-decrépita?
-
-Por otra parte, yo no había nacido en esa egregia ciudad y ella iba á
-enorgullecerse de verme llegar á sus puertas, no como Aníbal á las de
-Roma, sino cual otro valiente Camilo.
-
-Por aquí iba medio despierto, medio dormido, cuando volvieron á hacerme
-sentar en la cama, llamando á mi puerta.
-
---¡Coronel Mansilla!
-
---¿Qué hay?--pregunté.
-
-¡El malhadado negro contestó!
-
---Dice el General que ¿cómo ha pasado la noche?
-
---Hombre, dile que mañana le contestaré.
-
-El mensajero contestó, no pude percibir qué.
-
-Una baraúnda repentina ahogó su voz.
-
-Volvía yo á estudiar qué postura se adaptaría más á la cama que me
-habían deparado las circunstancias y esperaba no ser interrumpido otra
-vez. ¡Quimeras!
-
-Mi verdadera bestia negra había ido y vuelto.
-
---¡Coronel Mansilla! ¡Coronel Mansilla!--me gritó.
-
---¿Qué quieres?--le contesté con mal humor, sin moverme.
-
---Aquí está el hijo del General.
-
-Esto era ya más serio.
-
-Me incorporé.
-
---¿Qué se ofrece, hermano?--pregunté.
-
---Dice mi padre que vaya--me contestó.
-
---¿Que vaya, ahora?
-
---Sí.
-
-Llamé á Carmen, mi fiel ministril; le pedí agua para lavarme, luz,
-peine, un cepillo de dientes, todo cuanto podía ser un pretexto para
-demorarme y ganar tiempo, á ver si venía el día.
-
-Oía el ruido de la orgía nocturna, y no me hacía buen estómago la idea
-de tomar parte en ella á obscuras.
-
-Según mi costumbre en campaña, dormía vestido, desnudándome de día por
-la higiene y otras hierbas.
-
-De un salto estuve en pie.
-
-Carmen trajo luz, un candil de grasa de potro, agua, peine, cuanto le
-pedí, haciendo un viaje para cada cosa, como que tenía que revolver las
-alforjas para hallarlas.
-
-Hice mi estudiosa _toilette_, lo más despacio que pude.
-
-Mientras tanto, varios curiosos, ebrios á cual más, llegaron á mi
-puerta y me estuvieron observando.
-
-Como tardase en salir del rancho, presentóse una nueva diputación. La
-componían dos hijos de Mariano. Tomó la palabra el mayor de ellos y me
-dijo:
-
---Dice mi padre, ¿que cómo está, que cómo le va, que cómo ha pasado
-la noche, que cuándo va, que está medio _caldeado_ y tiene ganas de
-_rematarse_ con usted?
-
-Contesté con la mayor política, agradeciendo tantas atenciones, y
-asegurando que no tardaría en presentármele al General.
-
-Tardé más en limpiarme los dientes, que en lustrar un par de botas
-granaderas.
-
-El negro explicaba como perito aquella operación.
-
-El muy pillo había sido esclavo de no recuerdo qué estanciero del Sur
-de Buenos Aires, soldado del General Rivas, desertor y conocía bien los
-usos y costumbres de los cristianos civilizados.
-
-Decía que eso que yo hacía era para que nunca se me cayeran los dientes.
-
-Los apostrofaba á los indios de ¡ustedes son muy bárbaros! tocaba
-su infernal acordeón, cantaba, bailaba al compás de él y me apuraba
-diciéndome de cuando en cuando: ¡Vamos, vamos, mi amo!
-
-Al fin tuve que obedecer, y digo que obedecer, porque lo que hice no
-fué otra cosa.
-
-Tenía tanta gana de tomar aguardiente como de hacerme cortar una oreja.
-
-Salí del rancho, dejando á mis compañeros dormidos como piedras. El
-padre Moisés roncaba más fuerte que todos. El padre Marcos se había
-alojado en el rancho de Ayala.
-
-La noche estaba fría, el día lejano aún. Las estrellas brillaban
-con esa luz diáfana del invierno. El campo, cubierto por la helada,
-parecía salpicado de piedras finas. Un gran fogón moribundo ardía en
-la enramada del Cacique. Apiñados unos sobre otros, lo rodeaban varios
-montones de indios _achumados_. Muchos caballos ensillados estaban
-con la rienda caída, inmóviles, donde los habían dejado el día antes.
-Mariano Rosas, con una limeta en una mano y un cuerno en la otra se
-tambaleaba junto con otros entre los mansos animales.
-
-Armaban una algarabía, y entre _yapaí_ y _yapaí_, resonaba
-frecuentemente el nombre del Coronel Mansilla.
-
-Escoltado por el negro, por los hijos de Mariano y los curiosos llegué
-adonde ellos estaban.
-
-Al verme, hicieron lo que todos los borrachos que no han perdido
-completamente la cabeza, pretendieron disimular su estado.
-
-Mariano Rosas me echó un discurso en su lengua, que no entendí, y fué
-muy aplaudido. Comprendí, sin embargo, que había hablado de mí en
-términos los más cariñosos, porque mientras peroraba, varias voces
-dijeron: ¡Ese cristiano bueno, ese cristiano toro!
-
-Terminó haciéndome un _yapaí_.
-
-Bebió el primero, según se estila.
-
-Apuraba el cuerno, cuando una voz muy simpática para mí, me dijo al
-oído:
-
---Aquí estoy yo, mi Coronel, no tenga cuidado; y su comadre Carmen está
-allí en la enramada haciendo que duerme, para escuchar todo.
-
-Era Miguelito.
-
-Le estreché la mano, y tomé el cuerno lleno de licor que me pasaba
-Mariano.
-
-
- NOTAS:
-
-[3] Mi madre conserva entre sus papeles, empastado en gro de aguas
-blanco, un _Método para aprender la guitarra_, escrito por mí á los
-doce años.
-
-
-
-
- XXXIII
-
- Retrato de Mariano Rosas.--Su política.--Cómo le tomaron prisionero
- los cristianos.--Rosas le hace peón de su estancia del Pino.--Su
- fuga.--Agradecimiento por su antiguo patrón.--Paralelo.--De pillo á
- pillo.--Voto de un indio.--Muerte de Painé.--Derecho hereditario entre
- los indios.--Los refugiados políticos.--Mareo.--Mariano Rosas quiere
- _loncotear_ conmigo.--Apuros.--Una sombra.
-
-
-El cacique general de las tribus Ranquelinas tendrá cuarenta y cinco
-años de edad.
-
-Pertenece á la categoría de los hombres de talla mediana. Es delgado,
-pero tiene unos miembros de acero. Nadie bolea, ni piala, ni sujeta un
-potro del cabestro como él.
-
-Una negra cabellera larga y lacia, nevada ya, cae sobre sus hombros y
-hermosea su frente despejada, surcada de arrugas horizontales. Unos
-grandes ojos rasgados, hundidos, garzos y chispeantes, que miran con
-fijeza por entre largas y pobladas pestañas, cuya expresión habitual
-es la melancolía, pero que se animan gradualmente, revelando entonces
-orgullo, energía y fiereza; una nariz pequeña deprimida en la punta,
-de abiertas ventanas, signo de desconfianza, de líneas regulares y
-acentuadas; una boca de labios delgados que casi nunca muestra los
-dientes, marca de astucia y crueldad; una barba aguda, unos juanetes
-saltados, como si la piel estuviese disecada, manifestación de valor, y
-unas cejas vellosas, arqueadas, entre las cuales hay siempre unas rayas
-perpendiculares, señal inequívoca de irascibilidad, caracterizan su
-fisonomía, bronceada por naturaleza, requemada por las inclemencias del
-sol, del aire frío, seco y penetrante del desierto pampeano.
-
-Mariano Rosas es hijo del famoso cacique Painé.
-
-Colocado estratégicamente en Leubucó, entre las tribus de los caciques
-Ramón y Baigorrita, es el jefe de una confederación. Apoyando unas
-veces á Ramón contra Baigorrita y otras á Baigorrita contra Ramón, su
-predominio sobre ambos es constante.
-
-Dividir para reinar, es su divisa. Así Baigorrita y Ramón, que son
-bravos en la pelea, diestros en todos los ejercicios ecuestres,
-entendidos en todo género de faenas rurales, sin tenerle envidia á este
-Bismarck ranquelino, ponderan la prudencia de sus consejos, su sesuda
-previsión, su carácter persistente y conciliador.
-
-El año de 1834 fué hecho prisionero en la Laguna de Langhelo, situada
-donde actualmente existe el fuerte «Gainza» cuyos primeros cimientos
-los puse yo, al avanzar, hace ocho meses, la frontera Sud de Santa Fe.
-
-Este paraje dista como treinta leguas de Melincué.
-
-Mariano Rosas, junto con algunos indiecitos y alguna chusma se habían
-quedado allí, cuidando una caballada de refresco, mientras su belicoso
-padre daba un _malón_, internándose muy adentro.
-
-Los cristianos encargados de la seguridad de la frontera Norte de
-Buenos Aires, maniobrando hábilmente, se lanzaron al Sud cuando
-sintieron la invasión, para salirles á los ladrones de adelante;
-ocuparon y se posesionaron de una de las aguadas principales por donde
-debían pasar con el botín, sorprendieron á los caballerizos, les
-quitaron toda la caballada y los cautivaron lo mismo que á la chusma.
-
-Mariano Rosas y sus compañeros de infortunio fueron conducidos á los
-Santos Lugares. Allí permanecieron engrillados y presos, tratados con
-dureza, cerca de un año, según sus recuerdos.
-
-Perdían la esperanza de mejorar de suerte. Mas como está de Dios que el
-hombre suba á la cumbre de la montaña cuando menos lo espera, cayendo
-en el abismo de la desgracia cuando todo sonreía á su alrededor, un día
-los llevaron á presencia del Dictador don Juan Manuel de Rosas.
-
-Interrogándolos minuciosamente, supo éste que Mariano, que se llamaba
-á la sazón como su padre, era hijo de un cacique principal de mucha
-nombradía. Le hizo bautizar, sirviéndole de padrino, le puso Mariano
-en la pila, le dió su apellido y le mandó con los otros de peón á su
-estancia del «Pino».
-
-En ella pasaron algunos años trabajando duro, alojados al raso contra
-un corral de ñandubay, recibiendo lecciones útiles y provechosas sobre
-la manera de hacer las faenas de campo, sobre el modo de amansar
-debidamente un potro, aprendiendo á regentar un establecimiento en
-forma, tratados unas veces á rebencazos, sin haber faltado en nada,
-atendidos generalmente con cariño, recibiendo raciones y salario
-como uno de tantos trabajadores--hasta que el amor de la familia,
-el recuerdo de las tolderías, el anhelo de una completa libertad,
-despertaron en ellos la idea de la fuga, á costa de cualquier riesgo.
-
-Aprovechando una hermosa noche de luna y la confianza que en ellos
-tenían, echaron mano de una tropilla de caballos escogidos, y
-alzándose, rumbearon al Occidente. Perdiéronse por los campos, porque
-no eran baqueanos y porque temerosos de ser descubiertos y aprehendidos
-no querían acercarse á las estancias á preguntar dónde quedaba el
-Bragado, pueblito que conocían por haber andado _maloqueando_ por allí,
-siendo muchachos.
-
-Notada en el «Pino» su desaparición, fueron perseguidos, según supieron
-después por una mujer que cautivaron; pero no los alcanzaron.
-
-En el puente de Márquez hallaron una partida de policía. La engañaron
-diciendo que habían venido á comercio y que se volvían para Tierra
-Adentro. Llegaron á la Federación, hoy Junín, después de haber
-andado seis días por los campos sin rumbo determinado; descansando y
-ocultándose entre los cardales y pajonales, y allí los dejaron pasar,
-mediante un pretexto igual al anterior. Entonces había paz con algunas
-tribus que vivían por el Toay, de modo que la composición de lugar
-ideada para escapar á la persecución, se concibe que surtiera efecto.
-
-Ésta es la referencia que el mismo Mariano Rosas me ha hecho. Si no te
-pareciese verosímil, recuerda aquello, Santiago amigo, de:
-
- «Y si lector dijeres ser comento,
- Como me lo contaron te lo cuento.»
-
-Mariano Rosas conserva el más grato recuerdo de veneración por su
-padrino; habla de él con el mayor respeto, dice que cuanto es y sabe
-se lo debe á él; que después de Dios no ha tenido otro padre mejor;
-que por él sabe cómo se arregla y compone un caballo parejero; cómo se
-cuida el ganado vacuno, yeguarizo y lanar, para que se aumente pronto y
-esté en buenas carnes en toda estación; que él le enseñó á enlazar, á
-pialar y á bolear á lo gaucho.
-
-Que á más de estos beneficios incomparables le debe el ser cristiano,
-lo que le ha valido ser muy afortunado en sus empresas.
-
-Ya te he dicho que estos bárbaros respetan á los cristianos,
-reconociendo su superioridad moral, aunque les gusta vivir como indios,
-el _dolce far niente_, tener el mayor número posible de mujeres, tantas
-cuantas pueden mantener, en una palabra, ser evangelista en cuanto esto
-presupone cierta virtud misteriosa para ser felices en la paz y en la
-guerra.
-
-Verdad es que la civilización moderna hace lo mismo con cierto
-disimulo, y es por esto, sin duda, que alguien ha dicho que nuestra
-pretendida civilización no es muchas veces más que un estado de
-barbarie refinada.
-
-Por supuesto, que siendo yo sobrino carnal de Rosas, oyéndolo hablar al
-indio de su padrino y progenitor postizo, me haría la ilusión de que lo
-más fácil del mundo para mí era catequizarlo. Al más dueño se le queman
-los libros en presencia de un hombre de estado primitivo.
-
-La vanidad y tontera humanas, ¿dónde no reciben su castigo? Ya veremos
-cómo la diplomacia es igual en todas partes, lo mismo en Londres que en
-Viena, en Buenos Aires que en Leubucó; que la cuña para ser buena ha
-de ser del mismo palo. Y lo que es más filosófico aún, que la gratitud
-anda á caballo en casa de aquéllos que creen merecérselo todo.
-
-Al poco tiempo de estar Mariano Rosas en su tierra, su padrino, que no
-daba puntada sin nudo, viendo que el pájaro se le había escapado de la
-jaula, y que es bueno tener presente, que quien cría cuervos se expone
-á que éstos le saquen los ojos, le mandó un regalo.
-
-Consistía en doscientas yeguas, cincuenta vacas y diez toros de un
-pelo, dos tropillas de overos negros con madrinas obscuras, un apero
-completo con muchas prendas de plata, algunas arrobas de hierba y
-azúcar, tabaco y papel, ropa fina, un uniforme de coronel y muchas
-divisas coloradas.
-
-Con este regio presente iba una afectuosa misiva, que Mariano conserva,
-concebida más ó menos así:
-
-«Mi querido ahijado: No crea usted que estoy enojado por su partida,
-aunque debió habérmelo prevenido para evitarme el disgusto de no saber
-qué se había hecho. Nada más natural que usted quisiera ver á sus
-padres, sin embargo que nunca me lo manifestó. Yo le habría ayudado en
-el viaje haciéndolo acompañar. Dígale á Painé que tengo mucho cariño
-por él, que le deseo todo bien, lo mismo que á sus Capitanejos é
-indiadas. Reciba ese pequeño obsequio que es cuanto por ahora le puedo
-mandar. Ocurra á mí siempre que esté pobre. No olvide mis consejos
-porque son los de un padrino cariñoso, y que Dios le dé mucha salud y
-larga vida. Su afectísimo--_Juan de Rosas_.»
-
-Esta cartita meliflua y calculada, llevaba un apéndice insignificante
-al parecer:
-
-«_Post Data._ Cuando se desocupe, véngase á visitarme con algunos
-amigos».
-
-Difícil y algo más que difícil, ardua cosa es desentrañar las
-intenciones del más inocente mortal.
-
-Que cada cual comente á su manera la carta y la _post data_ susodichas,
-pues.
-
-Yo, cuando se trata de los pensamientos del prójimo, siempre tengo
-presente el dicho de cierto moralista de nota, con el que lo confundió
-una vez á un hombre de Estado: la ley de Dios que prohíbe los juicios
-temerarios es no solamente ley de caridad, sino de justicia y buena
-lógica.
-
-Mariano Rosas recibió la carta y el presente, deliberó qué debía
-hacer, y como la mejor suerte de los dados es no jugarlos, ó como
-diría Sancho, si de ésta escapo y no muero, no más bodas en el cielo,
-resolvió: agradecerle la fineza y no visitarle.
-
-Con este motivo, y para que en ningún tiempo se dudara de sus
-sentimientos, después de consultar á las viejas agoreras, juró no
-moverse jamás de su tierra.
-
-Vinculado por este voto solemne á su hogar, al terreno donde nació,
-á los bosques en que pasó su infancia, Mariano Rosas no ha pisado,
-después de su cautiverio, en tierra de cristianos, y tiene la
-preocupación de que si viene personalmente á alguna invasión caerá
-prisionero.
-
-Conozco este episodio de su vida, porque él mismo me lo ha contado.
-
-Diciéndole que el General Arredondo me había encargado le manifestara
-los vivos deseos que tenía de conocerle y que cuando estuviera
-afianzada la paz era conveniente que le hiciera una visita en Villa de
-Mercedes, me contestó:
-
---Eso no, hermano.
-
---¿Y por qué?--le pregunté.
-
-Refirióme entonces con minuciosos detalles lo que llevo relatado--para
-que se vea que toda la ciencia de los indios, en su trato con los
-cristianos, se reduce á un aforismo que nosotros practicamos todos los
-días: la desconfianza es madre de la seguridad.
-
-He dicho que Mariano Rosas era hijo de Painé.
-
-Painé murió trágicamente.
-
-El general don Emilio Mitre, para salvar su división en 1856, tuvo que
-dejar en el desierto la mayor parte de su material de guerra.
-
-Llegó hasta Chamalcó y de allí contramarchó.
-
-Los indios se vinieron sobre su rastro.
-
-Painé, cacique general entonces de las tribus Ranquelinas, los
-acaudillaba. En los montes hallaron un armón de municiones.
-
-Entre ellas había granadas.
-
-Un accidente hizo reventar una.
-
-El armón voló y con él Painé.
-
-Así murió ese cacique mentado.
-
-Su hijo mayor, Mariano Rosas, heredó entonces el gobierno y el poder.
-
-Se cree generalmente que entre los indios, prevaleciendo el derecho del
-más fuerte, cualquiera puede hacerse Cacique ó Capitanejo.
-
-Pero no es así, ellos tienen sus costumbres, que son sus leyes.
-
-Aquellas jerarquías son hereditarias, existiendo hasta la abdicación
-del padre en favor del hijo mayor, si es apto para el mando.
-
-Por eso actualmente, viviendo el padre del Cacique Ramón, es éste quien
-gobierna las indiadas de Carrilobo.
-
-Entre los indios, como en todas partes, hay revoluciones que derrocan
-á los que invisten el poder supremo. La regla, sin embargo, es la que
-dejo dicho; sólo sufre alteración cuando el Cacique ó el Capitanejo no
-tiene hijos ni hermanos que puedan heredar su puesto.
-
-En este caso se hace un plebiscito y la mayoría dirime pacíficamente
-las cosas, ni más ni menos que como en un pueblo donde el sufragio
-universal campea por sus respetos.
-
-Más revoluciones hemos hecho nosotros, víctimas hoy de una oclocracia,
-mañana de otra, quitando y poniendo Gobernadores, que los indios por la
-ambición de gobernar.
-
-Y es asunto que se presta á fecundas consideraciones, que los que
-aman la libertad racional se persigan unos á otros y se exterminen
-con implacable saña, conculcando las instituciones que ellos mismos
-han formulado, reconociendo y jurando que son salvadores, por la
-satisfacción sensual del poder, y que los que sólo aman la libertad
-natural no quiebran lanzas en fratricidas guerras.
-
-Pero ya caigo.
-
-Es que los bárbaros no andan detrás de la mejor de las Repúblicas.
-
-Es que ellos creen una cosa de que nosotros no nos queremos convencer:
-que los principios son todo, los hombres nada; que no hay hombres
-necesarios; «que si César hubiese pensado como Catón, otros hubieran
-pensado como César, y que la República destinada á perecer habría sido
-arrastrada al precipicio por cualquier otra mano».
-
-Mariano Rosas se viste como un gaucho, paquete, pero sin lujo.
-
-Á mí me recibió con camiseta de Crimea, mordoré, adornada de trencilla
-negra, pañuelo de seda al cuello, chiripá de poncho inglés, calzoncillo
-con fleco, bota de becerro, tirador con cuatro botones de plata y
-sombrero de castor fino, con ancha cinta colorada.
-
-Como Leubucó es el asiento principal de todos los refugiados políticos,
-la santa federación está allí á la orden del día.
-
-Y aunque parezca broma ó exageración, debo decirlo, las noticias no
-escasean.
-
-Todo cuanto sueñan los refugiados circula como noticia que ha venido de
-Mendoza ó San Luis, de Córdoba ó el Rosario.
-
-Hoy es Urquiza quien se ha pronunciado contra los _salvajes_, mañana
-Saa que ha invadido; al día siguiente Guayama, el bandolero de los
-llanos es el que ha sublevado la Rioja, después los Taboada han dado el
-grito contra el Gobierno.
-
-Todas estas voces se discuten, se comentan, se prestan á mil
-conjeturas, se trata de saber cómo han llegado, quién las ha traído,
-y el tiempo corre y nada sucede, y el _malón_ aplazado se realiza,
-porque el tiempo es oro y es necesario no perderlo, ya que los amigos
-federales se duermen en las pajas. No hay idea de todas las quimeras
-que en aquellos mundos han mecido la imaginación con motivo de la
-guerra del Paraguay. Ha sido una comedia.
-
-Pero ahora que ya sabes el origen de Mariano Rosas, qué cara tiene,
-cómo se viste, de qué se ocupan los politicastros de Tierra Adentro
-y otras particularidades, reanudemos el hilo del relato empezado al
-terminar mi carta anterior.
-
-Mariano me había hecho un yapaí. Yo tenía el cuerno lleno de
-aguardiente en la mano.
-
---Yapaí, hermano--le dije, y me lo bebí de un sorbo para no tomarle el
-gusto, como si fuera una purga de aceite de castor.
-
-Sentí como si me hubieran echado una brasa de fuego en el estómago.
-La erupción no se hizo esperar; mi boca era un albañal. Despedía á
-torrentes todo cuanto había comido y una revolución intestinal rugía
-dentro de mí. Oía el bullicio porque tenía orejas, no veía nada. Se me
-figuraba que no estaba en el suelo sino suspendido en el aire, dando
-vueltas á la manera de una rueda que gira sobre un eje, aunque me
-parecía que la cabeza siempre quedaba para abajo, gravitando más que
-todo el resto de mi humanidad. Horribles ansias, nauseabundas arcadas,
-bascas agrias como vinagre, una desazón é inquietud imponderables me
-devoraban.
-
-Pasó el mareo.
-
-Los yapaí siguieron para reforzar la tranca, como decía cierto
-espiritual amigo sectario de Baco, cuando entraba al Club del Progreso,
-picado ya, y le pedía al mozo una copa de coñac.
-
-Hay situaciones que son como un incendio en alta mar; todas las
-probabilidades están en contra. Yo me hallaba en una de ellas.
-
-Para remate de fiestas, Mariano quería loncotear conmigo, ¡_loncotear_
-á las tres de la mañana! ¡Era nada lo del ojo y lo llevaba en la
-mano! Me defendí como pude. El indio no estaba para bromas. Viendo
-que loncotear era imposible, le dió por agarrarme de los hombros
-con entrambas manos sacudiéndome con sus fuerzas atléticas unas
-veces, empujándome para atrás otras. ¡Hermano! ¡hermano! me decía
-con estridente voz, mimbreándose como una vara. Yo le contenía y le
-rechazaba con moderación. Un movimiento brusco mío podía hacerle dar un
-traspiés. Y si se caía de narices, quién sabe si sus comensales no me
-hacían á mí lo que los arrieros á don Quijote.
-
-Bien considerado el caso, era peliagudo. Una de las veces que
-esforzándome en contenerlo tropezó, por poco no cae despatarrado,
-despachurrándose.
-
-Abrazóse de mí con sus membrudos brazos. Temí algo. Le busqué el puñal,
-lo hallé, lo empuñé vigorosamente para que no pudiese hacer uso de él,
-y así permanecimos un rato, él pugnando por sacarme campo afuera,
-yo luchando por no retirarme de la enramada. Nos separábamos, nos
-volvíamos á abrazar. Tornábamos á separarnos y en cada atropellada que
-me hacía metíame las manos por la cara.
-
-Yo estaba tentado de llamar á mis oficiales y asistentes, porque
-francamente, recelaba un desaguisado. Pero me daba no sé qué hacerlo.
-Cierto es que allí no había perros que me asustaran, mas es que tampoco
-había miriñaques que me alentaran. Aquel público, el instinto que
-despertaba en mí era el de la conservación.
-
-De aguardiente no quedaba ya sino el olor.
-
-La chusma quería rematarse.
-
---Dando más aguardiente, Coronel--me decían.
-
---Otro poco, hermano--me dijo Mariano.
-
-Miguelito les habló en su lengua, y tirándome de un brazo:
-
---Vamos, mi Coronel--me dijo.
-
-Comprendí que quería sacarme de allí. Lo seguí. Los indios se echaron
-en el suelo, unos sobre otros, todos revueltos.
-
-Miguelito me llevaba en dirección á mi rancho, iba á amanecer. El cielo
-se había cubierto de nubes. La luz de las estrellas apenas brillaban al
-través. Estábamos en tinieblas. Yo caminaba, no por mi voluntad sino
-arrastrado por mi guardián. Me bamboleaba perdiendo por momentos el
-equilibrio. Llegamos á la puerta de mi rancho, Miguelito alzó el cuero.
-
---Entre y descanse--me dijo,--mi Coronel. Yo voy á entretenerlos á
-aquéllos.
-
-Entré.
-
-Detrás de mí entró una sombra.
-
-Á la luz moribunda del candil que había llevado Carmen hacía un rato,
-me pareció ver una mujer.
-
-Estas mujeres se le aparecen á uno en todas partes. Nos aman con
-abnegación.
-
-¡Y tan crueles que somos después con ellas!
-
-Nos dan la vida, el placer, la felicidad.
-
-¿Y para qué? Para que tarde ó temprano en un arranque de hastío,
-exclamemos:
-
-«Siempre igual, necias mujeres.»
-
-
-
-
- XXXIV
-
- Efectos del aguardiente.--Una mano femenil.--Mi comadre Carmen me
- cuenta lo sucedido.--Unas coplas.--La vida de un artista en acordeón,
- en dos palabras.--Preguntas y respuestas.--Las obras públicas de
- Leubucó.--Insistencia del organista.--Un baño.--Mariano Rosas en el
- corral.--Cómo matan los indios la res.
-
-
-El candil ardía y se apagaba como un fuego fatuo.
-
-Buscando mi cama donde no estaba, porque los últimos humos del mareo me
-hacían ver todos los objetos transformados, al revés, tropecé con la
-luz y la extinguí. Con los ojos de la imaginación veía el caos. Trataba
-de buscar un punto de apoyo para no caerme. Mis brazos funcionaban como
-las aspas de un molino. Me caí. Me levanté. Volví á caerme encima de
-los compañeros de rancho.
-
-Ni los frailes, ni los oficiales sintieron la mole que repetidas veces
-se desplomó sobre ellos.
-
-Mi ronca voz, ahogándose en la garganta, llamaba un asistente.
-
-Nadie me oía.
-
-Tanteando como un ciego perlático, cogí una cosa blanda, sedosa, suave,
-y, al mismo tiempo, percibí como en sueños un ruido de gallinas. Mi
-mano había asido de la rabadilla un gallo ó pollo, despertando todo
-el gallinero de Mariano Rosas, que huyendo de la helada, sin duda, se
-había guarecido en nuestra morada, tomando posesión de mi lecho.
-
-La sorpresa me hizo soltar mi presa, abandonar el punto de apoyo y caer
-de boca, posándola sobre algo blando, hediondo y frío.
-
-Creí asfixiarme, porque no podía cambiar de posición.
-
-Mis piernas parecían dislocadas, como las de un muñeco. Haciendo un
-esfuerzo supremo, me enderecé.
-
-Describí dos semicírculos con los brazos. Hallé una mano pequeña,
-pulida, caliente, que me sostuvo, arrastrándome poco á poco. Un brazo
-rodeó mi cuerpo. Recliné mi cabeza desvanecida sobre un seno palpitante
-y di unos cuantos pasos, lo mismo que un herido, alzóse el cuero de la
-puerta del rancho y penetró en él, hiriendo mis ojos medio abiertos, la
-luz crepuscular.
-
-Confusamente percibí varias voces que decían:
-
---¿Dónde está ese Coronel Mansilla?
-
---Dando más aguardiente.
-
-Una voz contestó:
-
---No está aquí.
-
-Y al mismo tiempo, cayendo el cuero de improviso, volvió á quedar el
-rancho envuelto en una completa obscuridad.
-
-Oí como el murmullo de gente que refunfuña y ruido como el de pisadas
-que se alejan.
-
-Sentí que una cosa áspera, como una tela de lana, repasaba mi rostro y
-que me empujaban hacia adelante.
-
-Yo no era dueño de mí mismo. Obedecía, abría y cerraba los ojos.
-
-Vi entrar de nuevo la luz del alba en el rancho. Después sentí frío.
-Caminaba á la par de otra persona que con cariño me sustentaba.
-
-Me quedé dormido.
-
-Al rato me desperté al lado de un gran fogón.
-
-En torno de él estaban tres mujeres y tres hombres, cristianos todos.
-Me habían hecho una cama con jergas y cueros. Á mi lado estaba una
-china.
-
---¿Qué quiere tomar--me dijo,--mate ó café?
-
-Fijé con agradecimiento los ojos en ella y reconocí á mi comadre Carmen.
-
---Café, comadre--le contesté.
-
-Y mientras lo preparaba, contóme que cuando me separé de Mariano
-Rosas, ella estaba en la enramada, despierta por si algo necesitaba;
-que se deslizó entre las sombras de la noche, ayudándole á Miguelito
-á llevarme á mi rancho; que al salir, varios indios habían acudido á
-preguntar por mí; que fingiendo voz de cristiano les había contestado
-que no estaba; y que para que no me incomodaran y me dejaran descansar,
-me había llevado á un toldo vecino en el que habitaban puros cristianos.
-
-Me puse á tomar café. Gradualmente fueron desapareciendo los efectos
-narcóticos del aguardiente. La aurora, color de rosa, entraba con sus
-rayos de fuego por entre las rendijas del toldo. Cantaban los gallos,
-cacareaban las gallinas, relinchaban los caballos, bramaban los toros,
-oíase el balido de las ovejas, agitábase todo al despertar de la
-Naturaleza.
-
-Vibraron las notas de un mal tocado acordeón, y una voz que me hizo
-crispar los nervios, entonó unas coplas:
-
- Señor Coronel Mansilla
- Permítame que le cante
-
-Iba á tronar contra el negro, porque era él en cuerpo y alma el de la
-música, cuando entró en el toldo, y plegando su instrumento y sellando
-sus labios, interrumpió las coplas para decirme:
-
---Buenos días, mi amo, ¿su mercé ha pasado bien la noche?
-
-Me pareció mejor írmele á las buenas, y así le contesté:
-
---Muy bien, hombre, gracias, siéntate. Pero con la condición que no has
-de tocar tu maldito acordeón, ni has de cantar. Ya estoy harto.
-
-Sentóse.
-
-Le pasaron un mate, y entre chupada y chupada, me refirió su vida en
-cuatro palabras.
-
---Mi amo, me dijo, yo soy federal. Cuando cayó nuestro padre Rosas, que
-nos dió la libertad á los negros, estaba de baja. Me hicieron veterano
-otra vez. Estuve en el Azul con el General Rivas. De allí me deserté
-y me vine para acá. Y no he de salir de aquí hasta que no venga el
-Restaurador, que ha de ser pronto, porque don Juan Saa nos ha escrito
-que él lo va á mandar buscar. Yo he sido de los negros de Ravelo.
-
-Y aquí interrumpió la historia de su vida, entonando, ó mejor dicho,
-desentonando, esta canción:
-
- Que viva la patria
- Libre de cadenas.
- Y viva el gran Rosas
- Para defenderla.
-
-Le atajé el resuello, diciéndole:
-
---Hombre, ya te he dicho que no quiero oirte cantar.
-
-Callóse, y mirándome con cierta desconfianza me preguntó:
-
---¿Usted es sobrino de Rosas?
-
---Sí.
-
---¿Federal?
-
---No.
-
---¿Salvaje?
-
---No.
-
---¿Y entonces, qué es?
-
---¡Qué te importa!
-
-El negro frunció la frente, y con voz y aire irrespetuoso:
-
---No me trate mal porque soy negro y pobre, me dijo:
-
---No seas insolente--le contesté.
-
---Aquí todos somos iguales, repuso, agregando algo indecente.
-
-Agarré una astilla de leña enorme, levanté el brazo, y diciéndole:
-ahora verás,--iba á darle un garrotazo, cuando mi comadre Carmen me
-contuvo, diciéndome:
-
---No le haga caso, compadre, á ese negro borracho.
-
-Dirigióse á él hablándole en araucano, y el negro, que se había puesto
-de pie, volvió á sentarse, diciéndome:
-
---Dispense, su mercé.
-
---¡Estás dispensado--le contesté,--pero cuidado con volver á tratarme
-como me has tratado!
-
-Intentó desplegar su acordeón. Era en vano. Me hacía el efecto de una
-lima de acero, que raspa los dientes.
-
-Tuvo que renunciar á su pasión filarmónica. Tomó la palabra, y siguió
-hablando de sus opiniones políticas, y de las delicias de aquella
-tierra.
-
---Aquí hay de todo, mi Coronel, me decía. Al que es hombre de bien,
-lo tratan bien, y al que es pícaro, el General Mariano lo castiga,
-haciéndole trabajar en las obras públicas.
-
-Solté una carcajada amplia é ingenua.
-
---¿Las obras públicas?
-
---Sí, mi amo.
-
---¿Y qué obras públicas son ésas?
-
---¡Ahhhhh! los corrales del General.
-
-En este momento entró, refregándose los ojos, el padre Marcos, atraído
-por la lumbre de nuestro hermoso fogón, buscando agua caliente para
-tomar un jarro de té.
-
-Sentóse en la rueda el buen franciscano y siguió la charla, sazonándola
-el negro con algunas agudezas, y rogándome de vez en cuando que le
-dejara tocar su acordeón.
-
---No, no, le decía yo, prefiero oir un cuerno á tu acordeón.
-
-Su aire favorito era el muy popular de _arrincónemela_[4], y esta
-tocata, recordándome á Buenos Aires, me entristecía.
-
-Suplicaba.
-
-Decididamente, el acordeón era para él una necesidad--como el violín
-para Paganini,--el piano, para Gottschalk.
-
-Yo me negaba inflexiblemente.
-
-Y no sólo me negaba á que luciera su habilidad, sino que le amenazaba
-con hacerle perder la gracia de Mariano Rosas, si no tenía juicio,
-mandándole á éste á mi regreso al Río 4.º, un organito de resorte.
-
---Entonces--le decía,--ya no serás un hombre necesario aquí.
-
-Salió el sol; tenía necesidad de refrescar mi cuerpo. Recuerda,
-Santiago amigo, que no he dormido ni me he lavado, desde que estábamos
-en Calcumuleu.
-
-Pregunté si no había por allí cerca dónde bañarse.
-
-Me dijeron que sí, que á veinte cuadras de distancia había un gran
-jagüel, con piso de tosca, donde se bañaban de madrugada las chinas de
-Mariano y él mismo.
-
-Le pedí á un cristiano que me lo enseñara.
-
-Llamé á un asistente, hice traer un caballo, abandoné el fogón, salté
-en pelo y de una sentada estuve en el baño.
-
-Hacía un frío glacial. Manuel Gazcón, que es un pato, un hidrópata por
-estudio y por convicción, se habría deleitado allí.
-
-Las abluciones despejaron mis sentidos y retemplaron mi cuerpo,
-borrando hasta los rastros de la mala noche. Me sentí otro hombre.
-
-Hice que mi asistente se bañara, y mientras él tiritaba de frío, dando
-diente con diente, por la falta de costumbre de zambullirse en el
-agua con el alba, yo me paseaba á largos trancos por la blanda arena,
-provocando la reacción. Se produjo, monté á caballo y tomé el camino de
-los toldos.
-
-De regreso vi mucha gente, y una gran polvareda cerca de la orilla del
-monte. Corrían dentro de un corral. Cambié de dirección y fuí á ver qué
-hacían.
-
-Habían enlazado una vaca gorda y se disponían á carnearla.
-
-Mariano Rosas estaba allí, fresco como una lechuga. Se había bañado
-primero que yo. Nadie que no estuviera en el secreto habría sospechado
-la noche que había pasado. Los estragos hechos en su cuerpo por el
-aguardiente se descubrían, sin embargo, en la depresión de los
-párpados inferiores, cuyo tinte era violáceo.
-
-En el instante de acercarme al corral, revoleaba el lazo para echar
-un piale. Lo recogió, y viniendo á mí con el mayor cariño y cortesía,
-me estiró la mano y me dió los buenos días, preguntándome cómo había
-pasado la noche, que si no me había incomodado.
-
-Estuve tan galante y afectuoso como él.
-
---Esa vaca gorda es para usted, hermano--me dijo.
-
-Y súbito, revoleó el lazo y echó un piale maestro, y volviéndose á mí,
-haciendo pie con una destreza admirable, me dijo:
-
---Esto se lo debo á su tío, hermano.
-
-Enlazada y pialada la res, cayó en tierra.
-
-Creí que iban á matarla como lo hacemos los cristianos, clavándole
-primero el cuchillo repetidas veces en el pecho, y degollándola en
-medio de bramidos desgarradores que hacen estremecer la tierra.
-
-Hicieron otra cosa.
-
-Un indio le dió un bolazo en la frente dejándola sin sentido.
-
-En seguida la degollaron.
-
---¿Para qué es ese bolazo, hermano?--le pregunté á Mariano.
-
---Para que no brame, hermano--me contestó. ¿No ve que da lástima
-matarla así?
-
-Que la civilización haga sus comentarios y se conteste á sí misma, si
-bárbaros que tienen el sentimiento de la bondad para con los animales
-sean susceptibles ó no de una generosa redención.
-
-Degollada la res, la abandonaron á las chinas. Ellas la desollaron, la
-descuartizaron y la despostaron, recogiendo hasta la sangre.
-
-Mariano Rosas y yo nos volvimos juntos á su toldo, conversando por el
-camino como dos viejos camaradas.
-
-Ni él, ni yo hicimos mención para nada de las escenas de la noche
-anterior.
-
-Mariano montaba un caballo obscuro de su predilección, aperado con
-sencillez.
-
-Era un animal vigoroso. Tenía la marca del General don Ángel Pacheco.
-
-Llegamos á su toldo. Nos apeamos, nos sentamos, y poco á poco
-comenzaron á llegar visitas, entrando y saliendo las gentes de la
-casa. Yo era objeto de todo género de atenciones. Me cebaron mate,
-me sirvieron un churrasco gordo, suculento, chorreando sangre, á la
-inglesa.
-
-Me lo comí todo entero, quemándome los dedos y chupándomelos después,
-como se estila en esta tierra. Donde no hay manteles ni servilletas,
-¿qué otra cosa se ha de hacer?
-
-Mariano me pidió permiso para dejarme solo un momento. Salió,
-desensilló el obscuro, lo soltó, ensilló un moro, y lo ató de la rienda
-en el palenque. Dió algunas órdenes y volvió á la enramada sobando una
-manea.
-
---Hermano--me dijo,--á mí me gusta hacer yo mismo mis cosas. Así salen
-mejor. Mi apero no lo maneja nadie, ni mis caballos tampoco. Mi padrino
-era lo mismo cuando yo lo conocí. Á Dios gracias, soy hombre sano.
-
-Después de esto cambiamos algunas palabras sin interés. Por último me
-ofreció presentarme su familia.
-
-Mañana estaremos de recepción.
-
-
- NOTAS:
-
-[4] La había sacado de oído oyéndosela tocar en la guitarra á un
-desertor.
-
-
-
-
- XXXV
-
- El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada.--Preparativos
- para recibirme.--Un bufón de Leubucó.--De visita.--Descripción
- de un toldo.--La mesa.--El indio y el gaucho.--Paralelo
- afligente.--Reflexiones.--La comida.--Un incidente gaucho.
-
-
-La puerta del toldo de Mariano Rosas caía á la enramada.
-
-Varias chinas y cautivas lo barrían con escobas de biznaga, regaban
-el suelo arrojando en él jarros de agua, que sacaban con una mano de
-un gran tiesto de madera que sostenían con otra; colocaban á derecha
-é izquierda asientos de cueros negros de carnero, muy lanudos, ponían
-todo en orden, haciendo líos de los aperos, tendiendo las camas,
-colgando en ganchos de madera, hechos de horquetas de chañar, lazos,
-bolas, riendas, maneadores y bozales.
-
-Una cuadrilla de indiecitos sacaba en cueros, arrastrados mediante una
-soga de lo mismo, los montones de basura é inmundicia que las chinas y
-cautivas iban haciendo en simetría, revelando que aquella operación era
-hecha con frecuencia.
-
-Un grupo de chinas de varias edades se peinaba con escobitas de paja
-brava, arreglando sus largos y lustrosos cabellos en dos trenzas de
-á tres gruesas guedejas cada una que remataban en una cinta pampa,
-y, para ajustarlas y alisarlas mejor, las humedecían con saliva,
-se pintaban unas á las otras con carmín en polvo, los labios y los
-pómulos, se sombreaban los párpados y se ponían lunarcitos negros
-con el barro consabido; se ponían zarcillos, brazaletes, collares,
-se ceñían el cuerpo bien con una ancha faja de vivos colores, y por
-último, se miraban en espejitos redondos de plomo de dos tapas, de unos
-que todo el mundo habrá visto en nuestros almacenes.
-
-Yo veía todos estos preparativos, echando miradas furtivas al interior
-del toldo.
-
-El negro del acordeón se presentó con su instrumento en mano. Estaban
-identificados por lo visto, no podían separarse; sin negro no había
-acordeón, sin acordeón no había negro.
-
-Preludió un airecito y entonó unas coplas de su invención.
-
-También era poeta, ya lo previne, aunque haciendo constar que sus
-baladas no recordaban las de Tirteo.
-
- «Señor don Mariano Rosas
- La familia ya lo espera.»
-
-Cantó el maestro de ceremonias de Leubucó, fiel judío de la política,
-resuelto á esperar allí hasta la consumación de sus días la venida del
-Mesías--el regreso del Restaurador.
-
-Mariano le miró con esa cara benévola, con esa sonrisa afectuosa con
-que los hombres ensoberbecidos por el poder miran á sus palaciegos y
-aduladores.
-
-El negro que conocía su posición, hizo algunas piruetas y danzó.
-
-Parecía un sátiro.
-
-Tenía la mota parada como cuernos, los ojos saltados enrojecidos por
-el alcohol, unas narices anchas y chatas llenas de excrecencias, unos
-labios gordos y rosados como salchichas crudas.
-
-Se le hizo bueno su partido y siguió tocando su acordeón, mirándome
-picarescamente, como quien dice: ahora te tengo.
-
-La buena crianza no permitía manifestarme disgustado de las gracias
-coreográficas, ni de la habilidad musical de aquel valido predilecto y
-mimado del dueño de casa.
-
-Al contrario, como Mariano Rosas me mirara, de cuando en cuando
-sonriéndose, tenía que sonreirme.
-
-Los circunstantes festejaban las bufonadas del negro.
-
-Estaba radiante de júbilo; se sentaba al lado del cacique: le palmeaba,
-le abrazaba y mirándole con admiración, exclamaba ¡ah! ¡toro lindo!
-¡Éste es mi padre! ¡Yo doy por él la vida! ¿No es verdad, mi amo?
-
-Mariano hacía un movimiento de aprobación con la cabeza y en voz baja
-me decía: es muy fiel.
-
-¡Miserable condición humana!
-
-El hombre es el mismo en todas partes, se inclina á los que lisonjean
-su necio orgullo, su amor propio, su vanidad; huye y se aleja de los
-que se estiman lo bastante para no envilecerse con la mentira.
-
-No en balde Dante ha colocado á los aduladores en el Malebolge--la fosa
-maldita,--hundidos hasta las narices en pestíferas letrinas.
-
-Llegaron más visitas.
-
-Todas fueron recibidas por Mariano con estudiada cortesía, observando
-estrictamente el ceremonial.
-
-Y sabemos que consiste en una serie monótona de preguntas y respuestas.
-
-Para todo el mundo había asiento.
-
-Después que terminaban los saludos, venía la presentación.
-
-Yo tenía que levantarme, que dar la mano, que abrazar y que contestar
-con frases análogas, esas preguntas y salutaciones:
-
-¡Me alegro de haberle conocido!
-
-¿Cómo le ha ido de camino?
-
-¿No ha perdido algunos caballos?
-
-¡Estamos muy contentos de verlo aquí!
-
-El negro tocaba, cantaba, bailaba y á quien mejor le parecía le
-adjudicaba una patochada. Para él era lo mismo que fuera un cacique que
-un capitanejo; un indio que un cristiano. Tenía influencia en palacio y
-podía usar y abusar de sus festejadas gracias.
-
-Llamé á los franciscanos para que los recién llegados les conocieran.
-
-Vinieron. Con su aire dulce y manso saludaron todos, siendo objeto de
-demostraciones de respeto. El sacerdote es para los indios algo de
-venerando.
-
-Hay en ellos un germen fecundo que explotar en bien de la religión, de
-la civilización y de la humanidad.
-
-Mientras tanto ¿qué se ha hecho?
-
-¿Cómo se llaman, pregunto yo, los mártires generosos que han dado el
-noble ejemplo de ir á predicar el Evangelio entre los infieles de esta
-parte del continente americano?
-
-¿Cuántas cruces ha regado la barbarie con sangre de misioneros
-propagadores de la fe?
-
-¡Ah! esta civilización nuestra puede jactarse de todo, hasta de ser
-cruel y exterminadora consigo misma. Hay, sin embargo, un título
-modesto que no puede reivindicar todavía--es haber cumplido con los
-indígenas los deberes del más fuerte.--Ni siquiera clementes hemos
-sido. Es el peor de los males.
-
-La presencia de los franciscanos no fué un obstáculo para que siguiera
-funcionando el acordeón.
-
-Yo estaba impaciente por entrar en el toldo de Mariano y conocer su
-familia.
-
-En una de las vueltas que el negro daba, sentándose acá y allá, se puso
-á mi lado.
-
---Mira--le dije al oído,--si sigues tocando, en cuanto llegue al Río
-4.º mandaré lo que te dije, el organito para Mariano.
-
-Me miró como diciéndome, por piedad no; y haciendo callar el
-instrumento y dirigiéndose á Mariano le dijo:
-
---Ya está todo pronto.
-
-Mariano me invitó entonces á pasar al toldo, se puso de pie y me enseñó
-el camino.
-
-Le seguí dejando á los franciscanos con las visitas en la enramada.
-
-Entramos.
-
-Sus mujeres, que eran cinco, sus hijas que eran tres y sus hijos que
-eran Epumer, Waiquiner, Amunao, Lincoln, Duguinao y Piutrín, estaban
-sentados en rueda.
-
-Á cierta distancia había un grupo de cautivas.
-
-Las chinas me saludaron con la cabeza, los varones se pusieron de pie,
-me dieron la mano y me abrazaron.
-
-Las cautivas con la mirada. Me conmovieron.
-
-¿Quién no se conmueve con la mirada triste y llorosa de una mujer?
-
-Mariano me enseñó un asiento, me senté; él se puso á mi lado dándome la
-izquierda.
-
-En frente había otra fila de asientos. Entraron varios indios y los
-ocuparon. Eran indios predilectos de Mariano.
-
-Las chinas se levantaron y se pusieron en movimiento. En medio del
-toldo había tres fogones en línea y en cada uno de ellos humeaban
-grandes ollas de puchero y se tostaban gordos asados.
-
-Un toldo, es un galpón de madera y cuero. Las cumbreras, horcones y
-costaneras son de madera; el techo y las paredes de cuero de potro
-cosido con vena de avestruz. El mojinete tiene una gran abertura; por
-allí sale el humo y entra la ventilación.
-
-Los indios no hacen nunca fuego al raso. Cuando van á malón tapan sus
-fogones. El fuego y el humo traicionan al hombre en la Pampa, son su
-enemigo. Se ven de lejos. El fuego es un faro. El humo una atalaya.
-
-Todo toldo está dividido en dos secciones de nichos á derecha é
-izquierda, como los camarotes de un buque. En cada nicho hay un catre
-de madera, con colchones y almohadas de pieles de carnero; y unos sacos
-de cuero de potro colgados en los pilares de la cama. En ellos guardan
-los indios sus cosas.
-
-En cada nicho pernocta una persona.
-
-De las teorías de Balzac sobre los lechos matrimoniales, los indios
-creen que la mejor para la conservación de la paz doméstica es la que
-aconseja cama separada.
-
-Como ves, Santiago amigo, el espectáculo que presenta el toldo de un
-indio, es más consolador que el que presenta el rancho de un gaucho.
-Y no obstante, el gaucho es un hombre civilizado. ¿Ó son bárbaros?
-¿Cuáles son los verdaderos caracteres de la barbarie?
-
-En el toldo de un indio, hay divisiones para evitar la promiscuidad
-de los sexos: camas cómodas, asientos, ollas, platos, cubiertos, una
-porción de utensilios que revelan costumbres, necesidades.
-
-En el rancho de un gaucho falta todo. El marido, la mujer, los hijos,
-los hermanos, los parientes, los allegados, viven juntos, y duermen
-revueltos. ¡Qué escena aquélla para la moral!
-
-En el rancho del gaucho no hay generalmente puerta.
-
-Se sientan en el suelo, en duros pedazos de palo, ó en cabezas de vaca
-disecadas. No usan tenedores, ni cucharas, ni platos. Rara vez hacen
-puchero, porque no tienen olla. Cuando lo hacen, beben el caldo en
-ella, pasándosela unos á otros. No tienen jarro, un cuerno de buey lo
-suple. Á veces ni esto hay. Una caldera no falta jamás, porque hay que
-calentar agua para tomar mate. Nunca tiene tapa. Es un trabajo taparla
-y destaparla. La pereza se la arranca y la bota.
-
-El asado se asa en un asador de hierro, ó de palo, y se come con el
-mismo cuchillo con que se mata al prójimo, quemándose los dedos.
-
-¡Qué triste y desconsolador es todo esto! Me parte el alma tener
-que decirlo. Pero para sacar de su ignorancia á nuestra orgullosa
-civilización, hay que obligarla á entablar comparaciones.
-
-Así se replegará cuanto antes sobre sí misma, y comprenderá que la
-solución de los problemas sociales de esta tierra es apremiante.
-
-La suerte de las instituciones libres, el porvenir de la democracia y
-de la libertad serán siempre inseguros mientras las masas populares
-permanezcan en la ignorancia y atraso.
-
-El _cabrío emisario_ de las leyes, tienen que ser las costumbres.
-Dadme una asociación de hombres cualquiera con hábitos de trabajo, con
-necesidades, con decencia, y os prometo en poco tiempo un pueblo con
-leyes bien calculadas. El bien es una utopía cuando la semilla que debe
-producirlo no está sazonada. La aspiración de la libertad racional
-es una quimera, cuando los instrumentos que deben practicarla son
-corrompidos.
-
-Dios ha ligado fatalmente los efectos á las causas. Ni los olmos dan
-peras, ni las instituciones sus frutos donde las nociones del bien y
-del mal, de lo bueno y de lo malo, no están universalmente encarnadas
-en todo pecho. Siguiendo la ruta que llevamos, elevaremos los andamios
-del templo; pero al levantar la bóveda, el edificio se desplomará con
-estrépito y aplastará con sus escombros á todos.
-
-Los artífices desaparecerán y el desaliento de los que contemplaban su
-obra conducirá á la anarquía. Por eso el primer deber de los hombres de
-estado es conocer su país.
-
-Á los cinco minutos de estar en el toldo nos sirvieron de comer. Á cada
-cual le pusieron delante un gran plato de madera con puchero abundante
-de choclos y zapallo, cubiertos, cuchara, tenedor, cuchillo y agua.
-
-Las cautivas eran las sirvientas. Algunas vestían como indias, estaban
-pintadas como ellas. Otras ocultaban su desnudez en andrajosos y sucios
-vestidos.
-
-¡Cómo me miraban estas pobres! ¡Qué mal disimulada resignación
-traicionaban sus rostros! La que más avenida parecía era la nodriza
-de la hija menor de Mariano; había sido criada en la casa de don Juan
-Manuel de Rosas. La cautivaron en Mulitas, en la famosa invasión que
-trajo el indio Cristo, en la época del gobierno de Urquiza, cuando lo
-que se robaba aquí se vendía en las fronteras de Córdoba y San Luis.
-
-Yo no había comido más que un churrasquito, desde el día antes; el
-puchero estaba muy apetitoso y bien condimentado. Me puse, pues, á
-comer con tanta gana como anoche en el Club del Progreso. Y como no
-habían olvidado los trapos, como olvidaron las servilletas allí, lo
-hice como un caballero.
-
-Terminado el puchero, trajeron asado, después sandías.
-
-Estábamos en los postres, cuando volvió á presentarse el negro con
-su inseparable acordeón. Se sentó como en su casa al lado de Mariano
-y comenzó la música. Afortunadamente se había puesto muy ronco y no
-podía cantar. Que te dure la ronquera, decía yo para mis adentros, y lo
-miraba, haciéndole con la cabeza una especie de amenaza de mandar el
-organito ofrecido y temido por él. El sátrapa me miraba compasivamente.
-Lo dejé seguir.
-
-Conversábamos como en un salón, cada uno con quien quería.
-
-Los indios no dan cigarros á los cristianos que están de visita. Para
-fumar yo, tuve que regalar de los míos á todos.
-
-Los indiecitos nos alcanzaban fuego, y cuando se quedaban jugando ó
-distraídos, Mariano los aventaba diciéndoles: Salgan de ahí, no falten
-al respeto á sus mayores, eran sus palabras casi textuales. Observé que
-eran en este sentido bien criados.
-
-Mariano, queriendo ponderarme uno de sus hijos me dijo:
-
---Éste es muy gaucho.
-
-Después me explicaron la frase. El indiecito ya robaba maneas y
-bozales. Más tarde completaría su educación robando ovejas, después
-vacas. Es la escala.
-
-En seguida me presentó otro.
-
-Era un muchacho de _trece_ años, no podía tener más. Y eso debía tener
-por la época en que me aseguraran había nacido. Su mérito consistía
-en tener mujer ya. Su cara no carecía de atractivos; tenía bastante
-expresión. Revelaba excesos prematuros, un tísico en perspectiva.
-
-Fumábamos y charlábamos alegremente, cuando se presentó Epumer, con mi
-capa colorada, la capa causante de tantos malos ratos y dolores de
-cabeza. Confieso que no me pareció tan fea.
-
-Me saludó con política y me habló con cariño.
-
-Pidió aguardiente, y Mariano le dijo en su lengua, que no era hora de
-beber.
-
-Sentóse y tomó parte en la conversación.
-
-Una cara, que yo no había visto desde que llegamos, cuya aparición
-por allí debía preocuparme, se mostró por una rendija del toldo y con
-disimulo me hizo una seña significativa.
-
-Fingí un pretexto. Se lo comuniqué á mi huésped y le pedí permiso para
-retirarme, y me retiré diciéndome á mí mismo, lleno de curiosidad: ¿qué
-habrá?
-
-
-
-
- XXXVI[5]
-
- Por qué se me presentaba Camilo Arias.--Caracteres de este hombre
- y de nuestros paisanos.--El indio Blanco.--Sus amenazas.--Le pido
- una entrevista á Mariano Rosas.--Me tranquiliza.--Costumbre de
- los indios.--No existe la prostitución de la mujer soltera.--Qué
- es _cancanear_.--El pudor entre las indias.--La mujer casada.--De
- cuántos modos se casan las indias.--Las viudas.--Escena con Rufino
- Pereira.--Igualdad.--Miguelito intercede por Rufino.
-
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-La cara era la de Camilo Arias.
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-Salí del toldo, entré en la enramada, eché una visual hacia el lado por
-donde me habían llamado la atención, y viendo que aquél se dirigía á mi
-rancho, haciendo un rodeo, me apresuré á entrar en él.
-
-Entré luego.
-
-Hice salir á los que estaban dentro; al capitán Rivadavia le ordené
-que estuviera en acecho de los espías que, según costumbre, debían
-observar mis movimientos y escuchar mis conversaciones; y á otro
-oficial, que con todo disimulo se acercara á Camilo y le dijera que
-podía entrar.
-
-Mi fiel y adicto compañero de tantas correrías por la frontera no se
-hizo esperar.
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-Según mis instrucciones, no se me había acercado desde el día que
-llegamos á Leubucó.
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-Algo grave, alarmante ó que convenía que yo no ignorase acontecía,
-cuando se me presentaba.
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-Él no era hombre de alarmarse, ni de faltar á su consigna sin razón.
-Tenía toda la sangre fría, toda la astucia, toda la experiencia
-del mundo, que tan prematuramente adquieren nuestros paisanos; son
-condiciones características en ellos, que la vida errante y azarosa que
-llevan desarrolla en sumo grado.
-
-Es cosa que pasma verlos desde chiquitos cruzar los campos solos, á
-toda hora del día y de la noche, en un mancarrón ó picando una carreta;
-alejarse de las casas ó de las poblaciones, á bolear avestruces,
-guanacos ó gamas, á _peludear_ ó _quirquinchar_, dormir entre las
-pajas, desafiar las intemperies, casi desnudos, con el caballo de la
-rienda, y precaverse contra todas eventualidades, de los indios, de los
-cuatreros, de los ladrones.
-
-Apenas entró Camilo en el rancho, le pregunté:
-
---¿Qué hay?
-
-Miró á su alrededor, se cercioró de que no había nadie, y dudando aun
-del testimonio de sus sentidos, se me acercó al oído y me dijo:
-
---El indio Blanco ha venido.
-
---¿Y qué?...--le contesté encogiéndome de hombros.
-
---Está en una pulpería y dice que si Mariano Rosas ha hecho la paz, él
-no la ha hecho.
-
---¿Y quién está con él?
-
---Varios indios y cristianos.
-
---¿Y qué dicen?
-
---Lo mismo que él, que si Mariano Rosas ha hecho la paz, ellos no la
-han hecho.
-
---¿Nada más dicen?
-
---Sí, dicen más; dicen que ya lo veremos.
-
---¿Y cómo lo has sabido?
-
---Haciéndome el zonzo, el que no entendía, me allegué á ellos, y como
-algo entiendo su lengua he comprendido todo.
-
---Bien, retírate, cuidado esta noche con los caballos.
-
---No hay cuidado, señor.
-
-Se marchó, y me quedé pensando qué haría. Después de un momento de
-reflexión, resolví decirle á Mariano Rosas lo que ocurría.
-
-Llamé al capitán Rivadavia y le ordené que le anunciara mi visita.
-
-Me contestó que podía ir cuando gustase.
-
-Volví á su toldo, despidió á las visitas, y cuando nos quedamos solos
-le referí el caso.
-
-Por más que quiso disimular, le conocí que la conducta del indio Blanco
-le irritaba, porque desconocía su autoridad.
-
---No tenga cuidado, hermano--me dijo, y mandó á uno de sus hijos que
-llamara á Camargo.
-
-Mientras éste vino, me enteró de algunas costumbres de su tierra.
-
---Hermano--me dijo, más ó menos,--aquí á mi toldo puede entrar á la
-hora que guste, con confianza, de día ó de noche es lo mismo. Está en
-su casa. Los indios somos gente franca y sencilla, no hacemos ceremonia
-con los amigos, damos lo que tenemos, y cuando no tenemos pedimos.
-
-No sabemos trabajar, porque no nos han enseñado. Si fuéramos como los
-cristianos, seríamos ricos, pero no somos como ellos y somos pobres.
-Ya ve cómo vivimos. Yo no he querido aceptar su ofrecimiento de hacerme
-una casa de ladrillo, no porque desconozca que es mejor vivir bajo de
-un techo que como vivo, sino porque, ¿qué dirían los que no tuviesen
-las mismas comodidades que yo? Que ya no vivía como vivió mi padre, que
-me había hecho hombre delicado, que soy un flojo.
-
-Era excusado refutar estas razones; me limitaba á escuchar con atención
-y manifiesto interés.
-
-Siguió hablando y me explicó, que entre los indios no existe la
-prostitución de la mujer soltera. Ésta se entrega al hombre de su
-predilección. El que quiere penetrar en un toldo de noche, se acerca á
-la cama de la china que le gusta y le habla.
-
-Ni el padre, ni la madre, ni los hermanos le dicen una palabra. No es
-asunto de ellos, sino de la china. Ella es dueña de su voluntad y de su
-cuerpo, puede hacer de él lo que quiera. Si cede, no se deshonra, no es
-criticada, ni mal mirada. Al contrario, es una prueba de que algo vale;
-de otra manera no la habrían solicitado, ó _cancaneado_.
-
-En lengua araucana, el acto de penetrar en un toldo á deshoras de la
-noche se llama _cancanear_ y _cancán_ equivale á seducción.
-
-Los filólogos franceses pueden averiguar si estos vocablos se los han
-tomado los indios á los galos ó éstos á los indios.
-
-Yo sólo sé decir que es muy curioso que entre indios y franceses
-_cancanear_ y _cancán_, respondan á ideas que se relacionan con Cupido
-y sus tentaciones.
-
-Como se ve, la mujer soltera es libre como los pájaros para los
-placeres del amor entre los indios.
-
-¿Se creerá por esto que la licencia es general entre ellos, que los
-Lovelace abundan y que no hay más que fijarse en una china para
-exclamar después: _fuí, vi y vencí_?
-
-No tal.
-
-La libertad es un correctivo en todo. Como la lanza del guerrero
-antiguo, ella cura las mismas heridas que hace. Esta verdad es vieja en
-el mundo.
-
-La libertad trae la licencia, pero la licencia tiene su antídoto en la
-licencia misma.
-
-En cuanto á la libertad de la mujer, esta observación social ha sido
-hecha ya no recuerdo por quien.
-
-Las francesas se casan para ser libres; las inglesas para dejar de
-serlo. ¿Cuáles son los efectos? Que en Francia es mayor el número de
-mujeres solteras seducidas y en Inglaterra el de casadas.
-
-Y, por regla general, los predestinados del matrimonio son los celosos.
-¿Por qué? porque el pudor es el mayor cancerbero de la mujer.
-
-¿Existe el pudor entre las indias? se me preguntará quizá mañana por
-algunos curiosos.
-
-Para ahorrarme contestaciones, anticiparé que en todas partes del
-mundo, así entre los pueblos civilizados, como entre las tribus
-salvajes más atrasadas, la mujer tiene el instinto de saber que el
-pudor aumenta el misterio del amor.
-
-De lo contrario, sería cosa de hacerse uno indio mañana mismo, de
-renunciar á la seguridad de las fronteras y dejarnos conquistar por las
-Ranqueles.
-
-Al lado de la mujer soltera, la mujer casada es una esclava, entre los
-indios.
-
-La mujer soltera tiene una gran libertad de acción; sale cuando quiere,
-va donde quiere, habla con quien quiere, hace lo que quiere.
-
-La mujer casada, depende de su marido para todo.
-
-Nada puede hacer sin permiso de éste.
-
-Tiene sobre ella derecho de vida ó muerte.
-
-Por una simple sospecha, por haberla visto hablando con otro hombre,
-puede matarla.
-
-¡Así son de desgraciadas!
-
-Y tanto más cuanto que quieran ó no, tienen que casarse con quien las
-pueda comprar.
-
-Hay tres modos de casarse.
-
-El primero es como en todas partes. Con consentimiento de los padres
-y por amor, con el apéndice de que hay que pagarles á aquéllos. En
-este caso, si después de casada una china, se le escapa al marido y se
-refugia en casa de sus padres, el tonto que se casó por amor, pierde
-mujer y cuanto por ella dió.
-
-El segundo, consiste en rodear el toldo de la china que se quiere,
-acompañado de varios y en arrancarla á viva fuerza, con el beneplácito
-y ayuda de sus padres. En este otro caso, también hay que pagar; pero
-más que en el anterior. Si la mujer huye después y se refugia en el
-toldo paterno, hay que entregarla.
-
-El tercero, es parecido al anterior; se rodea el toldo de la china,
-con el mayor número de amigos posible, y quiera ella ó no, quieran los
-padres ó no, se la arranca á viva fuerza. Pero en este caso hay que
-pagar mucho más que en el otro. Si la mujer huye después y se refugia
-en el toldo paterno, la entregan ó no. Si no la entregan los padres, en
-uso de su derecho, el marido pierde lo que pagó. Y el loco que se casó
-á la fuerza, por la pena es cuerdo.
-
-No están tan mal las cosas dispuestas entre los indios; el amor y la
-violencia exponen á iguales riesgos.
-
-Un indio puede casarse con dos ó más mujeres; generalmente no tienen
-más que una, porque casarse es negocio serio, cuesta mucha plata.
-
-Hay que tener muchos amigos que presten las prendas que deben darse en
-el primer caso, y en el segundo y tercero las prendas y el auxilio de
-la fuerza.
-
-Sólo los caciques y los capitanejos tienen más de una mujer.
-
-La más antigua es la que regenta el toldo; las demás tienen que
-obedecerle, aunque hay siempre una favorita que se substrae á su
-dominio.
-
-Las viudas representan un gran papel entre los indios cuando son
-hermosas.
-
-Son tan libres como las solteras en un sentido, en otro más, porque
-nadie puede obligarlas á casarse, ni robarlas.
-
-De manera, que las tales viudas, lo mismo entre los indios que entre
-los cristianos, son las criaturas más felices del mundo.
-
-Con razón hay mujeres que corren el riesgo de casarse á ver si enviudan.
-
-El cacique Epumer está casado con una viuda y no tiene más que una
-mujer.
-
-Yo la encontré muy hermosa[6] é interesante, y en una visita que la
-hice me recibió con suma amabilidad y gracia.
-
-Es una india cuyo porte y aseo sorprenden.
-
-¡Viuda había de ser la que lograse dominar á un hombre como Epumer,
-bravío, impetuoso, tremendo!
-
-Terminaba Mariano Rosas sus lecciones ranquelinas, cuando llegó su hijo
-con Camargo.
-
---Teniente--le dijo,--vaya, dígale á Epumer que he sabido que Blanco ha
-llegado y que anda hablando lo que no debe; que lo cite para la junta
-que debe haber, y que si no calla ya sabe.
-
-Este _ya sabe_ quería decir que lo matasen si era necesario, si no
-obedecía.
-
-Camargo obedeció y salió, volviendo al rato con la contestación de
-Epumer.
-
-Decía éste, que ya había sabido lo que andaba hablando Blanco y que le
-había hecho decir que se moderase.
-
-Oyendo esto Mariano, me dijo:
-
---Ya ve, hermano, cómo no hay cuidado. No haga caso de ese indio. Yo he
-de hacer que se someta, y de no, que se vaya. Cuando oyó decir que nos
-iban á invadir, dejó el «Cuero» y sin mi permiso se fué para Chile con
-cuanto tenía. Y ahora que sabe que estamos de paz, que no hay temor de
-que nos invadan, vuelve. Ése es amigo para los buenos tiempos. No ha de
-hacer nada, es pura boca.
-
-Camargo confirmó todo cuanto dijo Mariano y agregó algunas
-observaciones muy de gaucho, como por ejemplo: yo sé dónde ese indio
-pícaro tiene la vida.
-
-En estas pláticas estábamos y la hora de comer se acercaba, cuando
-entrando el capitán Rivadavia, me dijo que me esperaban con la comida
-pronta.
-
-Saqué el reloj, y haciéndoselo ver á Mariano, dije:
-
---Las cuatro.
-
-El indio lo miró, como dándome á entender que estaba familiarizado con
-el objeto y me dijo:
-
---Muy bueno, yo tengo uno de plata. Pero no lo uso. Aquí no hay
-necesidad.
-
---Es verdad--le contesté.
-
-Y él repuso:
-
---Vaya, no más, hermano, á comer, ya es un poco tarde.
-
-Salí, pues, nuevamente del toldo, comí, y al entrarse el sol, volví á
-la enramada.
-
-Mariano estaba sentado con unos cuantos indios medio _achumado_ con
-ellos.
-
-Me ofrecieron asiento, lo acepté.
-
-Bebían aguardiente.
-
-Me hicieron un _yapaí_, acepté.
-
-Me hicieron otro, acepté.
-
-Me hicieron otro, acepté.
-
-Felizmente para mis entrañas, la copa en que echaban el aguardiente
-era un cuerno muy pequeñito, y la botella de aguardiente estaba ya por
-acabarse en los momentos que llegué.
-
-Mariano se había quedado meditabundo con la vista fija en el suelo.
-
-Los otros indios se iban durmiendo.
-
-Yo me engolfaba no sé en qué pensamientos, cuando un hombre de _mi
-séquito_ se presentó, manteniendo el equilibrio con dificultad y
-teniendo un cuchillo en una mano y una botella de aguardiente en la
-otra.
-
-Al verle, la cólera paralizó la circulación de mi sangre.
-
---¡Retírate, Rufino!--le grité.
-
-No me obedeció y siguió avanzando.
-
---¡Retírate!--volví á gritarle con más fuerza.
-
-No me obedeció tampoco y siguió avanzando, y ofreciéndole la botella á
-Mariano Rosas, le dijo:
-
---Tome, mi General.
-
-Mariano la tomó.
-
-Se la quité. Aquel momento era decisivo para mí. Si me dejaba faltar al
-respeto por uno de mis mismos soldados era hombre perdido.
-
-Y quitándosela, eché mano al puñal y gritándole al gaucho, _¡retírate!_
-con más fuerza que antes, me abalancé sobre él, saltando por sobre
-varios indios.
-
-Rufino obedeció entonces y huyó. Volví sobre mis pasos y me senté
-agitadísimo; la bilis me ahogaba.
-
-Mariano, que no se había movido de su sitio, me dijo con estudiosa
-calma y siniestra expresión:
-
---Aquí somos todos iguales, hermano.
-
---No, hermano--le contesté.--Usted será igual á sus indios. Yo no soy
-igual á mis soldados. Ese pícaro me ha faltado al respeto, viniendo
-ebrio adonde yo estoy y negándose á obedecerme á la primera intimación
-de que se retirara. Aquí más que en ninguna parte me deben respetar los
-míos.
-
-El indio frunció el ceño, tomando su fisonomía una expresión en la que
-me pareció leer: este hombre es audaz.
-
-Yo no calculé el efecto, aunque comprendí que si me dejaba dominar por
-el borracho me desprestigiaba á los ojos de aquel bárbaro.
-
-Nos quedamos en silencio un largo rato.
-
-Ni él ni yo queríamos hablar.
-
-Él murmuró de nuevo: «aquí todos somos iguales».
-
-Mi contestación fué, viendo que Rufino armaba un alboroto en el fogón
-de mis asistentes, gritar, fingiéndome furioso, porque había recobrado
-la serenidad:
-
---Pónganle una mordaza.
-
-El indio arrugó más la frente. Yo hice lo mismo y permanecimos mudos.
-
-Miguelito nos sacó del abismo de nuestras reflexiones.
-
-Venía á interceder por Rufino, ofreciéndome cuidarle él mismo.
-
-Me pareció oportuno ceder.
-
---Llévalo--le dije.--¡Pero cuidado!
-
-Rufino oyó y contestó: no hay cuidado, mi Coronel, y comenzó á dar
-vivas al coronel Mansilla.
-
-Le hice señas con el dedo que callara, obedeció.
-
-Un momento después oíase en un toldo vecino, en el que había una
-pulpería, su voz tonante.
-
-Mariano me dijo:
-
---Están alegres los mozos.
-
---Sí--le contesté secamente,--y dándole las buenas tardes, le dejé solo.
-
-La noche se acercaba, lo mandé traer á Rufino y le hice acostar á
-dormir.
-
-Rufino tiene una historia.
-
-Es un tipo de gaucho malo.
-
-
- NOTAS:
-
-[5] Esta carta será mejor que no la lean las señoras.
-
-[6] Con permiso de los que pretenden que los gustos se pueden discutir.
-
-
-
-
- XXXVII
-
-
- El fogón al amanecer.--Quién era Rufino Pereira.--Su vida y
- compromisos conmigo.--Cómo consiguen los indios que los
- caballos de los cristianos adquieran más vigor.
-
-
-Dormí muy bien sin que nadie ni nada me interrumpiera.
-
-El hombre se aviene á todo.
-
-Mi cama desigual y dura, me pareció de plumas.
-
-Si no me hubieran faltado algunas cobijas, podría decir que pasé una
-noche deliciosa.
-
-Me levanté con el lucero del alba, gritando:
-
---¡Fuego! ¡fuego!
-
-En un abrir y cerrar de ojos hice mi _toilette_, á la luz de un candil.
-
-Salí del rancho.
-
-El fogón ardía ya y el agua hervía en la caldera.
-
-Me puse á _matear_, divirtiéndome en escuchar los dicharachos y los
-cuentos de los soldados.
-
-Cada uno tenía una anécdota que referir.
-
-Á todos les había pasado algo con los indios.
-
-El uno había tenido que dar hasta los cigarros; el otro las botas; éste
-el poncho; aquél la camisa.
-
-Sólo un mendocino, muy agarrado, había tenido el talento de hacerse
-sordo y mudo. Los pedigüeños no habían podido con él.
-
-Mientras amanecía, me puse á hacerles un curso sobre la conducta y el
-porte que debían observar; sobre los inconvenientes de que no fuesen
-moderados, de que no cuidasen y respetasen á sus superiores más que
-nunca.
-
-Comprendían perfectamente mis razones, y las escuchaban con religiosa
-atención.
-
-Á Rufino le eché un sermón con aspereza.
-
-Este Rufino era un gaucho de Villanueva, con quien nadie podía.
-
-Azote de los campos, le tomaron y le destinaron al 12 de línea, junto
-con otros de su jaez, haciéndome el Comandante militar las mayores
-recomendaciones, previniéndome que tuviera con él muchísimo cuidado,
-porque era un hombre de avería.
-
-Comprendiendo que en el batallón 12 de línea sería un mal elemento, á
-los tres días de destinado lo hice venir á mi presencia.
-
-Le habían cortado su larga cabellera, le habían encasquetado ya el
-kepis, plantificado la chaquetilla y la bombacha.
-
-El gaucho había desaparecido bajo el exterior del recluta.
-
-Era un hombre alto, fornido, de grandes ojos negros, de fisonomía
-expresiva, de mirada inquieta, de movimientos fáciles, de aspecto
-resuelto, en suma.
-
-Entablé con él el siguiente diálogo:
-
---¿Cómo te llamas?
-
---Rufino Pereira.
-
---¿De dónde eres?
-
---No sé.
-
---¿Dónde has nacido?
-
---No sé.
-
---¿Quiénes son tus padres?
-
---No sé.
-
---¿En qué trabajabas antes de ser soldado?
-
---En nada.
-
---¿Sabes por qué te han destinado?
-
---No sé.
-
---Dicen que eres ladrón, cuatrero y asesino.
-
---Así será.
-
---¿Pero tú qué crees?
-
---Yo no soy hombre malo.
-
---¿Qué eres entonces?
-
---Soy hombre gaucho.
-
---Pero, por eso solamente no te han de haber destinado.
-
---Es que los jueces no me quieren.
-
---No te habrás querido someter á su autoridad.
-
---No me ha gustado ser soldado; cuando he sabido que me buscaban,
-he andado á monte. He peleado algunas veces con la partida, y la he
-corrido.
-
---¿Eso es todo lo que has hecho?
-
---Todo.
-
---Pero me has dicho que no trabajabas en nada, y para vivir sin hacer
-daño al prójimo es menester trabajar en algo. Te vuelvo á preguntar,
-¿de qué vivías?
-
---Soy jugador.
-
---¿Pero cómo es posible que digan que eres ladrón, cuatrero y asesino,
-si no lo eres?
-
---Me han achacado las cosas de otros compañeros que no he querido
-delatar, y dirán que soy asesino, porque les he dado algunos tajos á
-los de la partida.
-
---¿Quieres que hagamos un trato?
-
---Como usted quiera, Coronel.
-
---¿Tienes palabra?
-
---Sí, señor.
-
---¿Tienes honor?
-
-Rufino no contestó.
-
---¿Sabes lo que es el honor?
-
-Volvió á guardar silencio.
-
---El honor consiste en cumplir uno siempre su palabra, aunque le cueste
-la vida. ¿Me entiendes ahora?
-
---Sí, Coronel.
-
---Bien, vas á ser mi asistente, vas á cuidar mis caballos, vas á ser mi
-hombre de confianza, y ahora mismo te voy á hacer poner en libertad.
-
-El gaucho no contestó una palabra.
-
---¿Te animas á servirme bien? Yo no puedo darte la baja. Tienes que ser
-soldado; te ayudaré en tus necesidades. ¿Qué te parece? ¿Te animas?
-
---Sí, mi Coronel.
-
-Sólo entonces el gaucho me dijo al contestarme: _mi Coronel_.
-
-Di las órdenes en el cuerpo, y al rato andaba Rufino por Villanueva,
-como uno de tantos militares.
-
-Vinieron á avisarme que se había desertado, y expliqué lo que había.
-
-Me aseguraron que se iría, y contesté que lo dudaba.
-
-Yo decía para mis adentros:
-
---Si el bandido se va, porque tiene la libertad de hacerlo, se irá
-solo, no llevará otros consigo.
-
-Yo vivía en la casa de Belzor Moyano.
-
-Allí vivía él.
-
-Todo el mundo estaba asombrado, tal era el terror que Rufino Pereira
-inspiraba.
-
-Una mañana estaba él en el zaguán, mientras yo hablaba en la puerta de
-la calle con un sargento de la partida de Policía.
-
-Entré con el sargento á mi cuarto, que tenía puerta al zaguán, y detrás
-de mí, sin que yo lo viera, entró Rufino.
-
-Cuando me apercibí de su presencia, estaba sentado en una silla.
-
---¿Por qué no se acuesta, amigo, en la cama--le dije,--con confianza?
-
-Al oir esta irónica insinuación se puso de pie.
-
---Hola--le dije,--¿conque sabías que no debías sentarte delante de tu
-jefe, ni entrar cuando él no te llamara?
-
-Y esto diciendo le saqué de allí á fuertes empellones.
-
-El gaucho hizo pie y se encrespó diciéndome con una tonada la más
-cordobesa, con tonada de la Sierra:
-
---¿Y si no sé, por qué no me enseña pues?
-
---Pues, por esa compadrada, toma--le dije, y le di algo que solemos
-dar los militares cuando queremos aventar un recluta que no tiene el
-instinto de la disciplina y del respeto á sus superiores.
-
-Durante algunos días el gaucho anduvo con el ceño fruncido, mirándome
-de reojo, como viendo el lugar de mi cuerpo que más le convenía para
-acomodarme una puñalada.
-
-No había más que un solo medio de dominarle; despreciarle é inspirarle
-confianza plena á la vez.
-
-Llamélo y le dije:
-
---Mañana, en cuanto salga el lucero, ensillas mi zaino grande, empujas
-la puerta de mi cuarto, entras despacio, te acercas á mi cama, me
-llamas, y si no me despierto, me mueves.
-
-Preparé un rollo de cincuenta bolivianos y una carta para el Comandante
-Racedo, del Batallón 12 de línea, que estaba de allí cinco leguas,
-diciéndole:
-
-«Eso que lleva Rufino Pereira, es con el objeto de probarle, despáchele
-sin demora, y anote la hora en que llega y la hora en que sale.»
-
-Yo tengo el sueño sumamente liviano.
-
-Á la hora consabida, sentí que abrían la puerta de mi cuarto; fingí que
-roncaba. Rufino entró, llegó hasta mi cama, caminando despacito, porque
-el cuarto estaba completamente á obscuras.
-
---Mi Coronel--me dijo.--No contesté. Volvió á llamarme. Hice lo mismo.
-Me llamó por tercera vez. Permanecí mudo. Me tocó y me movió. Sólo
-entonces, contestando como quien despierta de un sueño profundo:
-
---¿Quién es?--pregunté.
-
---Yo soy.
-
---Busca los fósforos que están ahí, en la silla, al lado de la
-cabecera, y prende la vela.
-
-Rufino obedeció, y tanteando encontró los fósforos, sacó fuego y se
-hizo la luz.
-
-Sin incorporarme siquiera metí la mano bajo la cabecera, saqué el rollo
-de bolivianos y la carta, y dándoselos, le dije:
-
---¿Sabes dónde queda el arroyo de Cabral?
-
---Sí, mi Coronel.
-
---¿Has ensillado el zaino?
-
---Sí, mi Coronel.
-
---Llévale eso al Comandante Racedo, y á las doce estás de vuelta. Son
-diez leguas. No tienes por qué apurarte. No me vayas á sobar el pingo.
-
---No--contestó. Se cuadró militarmente, hizo la venia, dió media vuelta
-y salió.
-
-Apagué la luz y me quedé dormido. Me había acostado muy tarde. Esa
-noche había estado en un baile.
-
-Dormía profundamente, sentí pisadas cerca de mi cama, me desperté, abrí
-los ojos, miré--Rufino Pereira estaba ahí, de vuelta, alargándome la
-mano con una carta.
-
-La tomé, rompí la nema y leí.
-
-Racedo me decía: «Entregó todo á las nueve y media y regresa.»
-
-Desde ese día seguí tratando á Rufino Pereira con la mayor confianza, y
-el gaucho me sirvió en todo honradamente, hasta en cosas reservadas.
-
-Nuestros campos están llenos de Rufinos Pereiras.
-
-La raza de este ser desheredado que se llama _gaucho_, digan lo que
-quieran, es excelente y como blanda cera, puede ser modelada para el
-bien; pero falta, triste es decirlo, la protección generosa, el cariño
-y la benevolencia. El hombre suele ser hijo del rigor, pero inclinado
-naturalmente al mal, hay que contrariar sus tendencias, despertando en
-él ideas nobles y elevadas, convenciéndonos de que más se hace con miel
-que con hiel.
-
-Durante dos años, Rufino, el gaucho malo de Villanueva, el bandido
-famoso, temido por todos, acusado de todo linaje de iniquidades--sólo
-cometió un desliz,--el que le hizo presentarse ebrio delante de Mariano
-Rosas y de mí.
-
-Fiel á mi regla de conducta, á mis propósitos y á mis convicciones
-arraigadas, por el estudio que he hecho del corazón, de la humanidad,
-después del reto le di al gaucho una porción de consejos útiles,
-exhortándolo con cariño á que no los echase en saco roto.
-
-Me prometió no volver á incurrir en la falta cometida, y lo cumplió.
-
-El licor se le iba á la cabeza fácilmente. Mientras estuvimos entre los
-indios no volvió á beber.
-
-El disco de fuego del sol, resplandeciendo en el horizonte, lo teñía
-con ricos colores de púrpura y mieles.
-
-Hacía un rato que había amanecido.
-
-Resolví irme á bañar al jagüel. Me puse de pie, abandoné el fogón y
-tomé el camino del baño.
-
-Había andado unos pocos pasos, cuando me encontré con Mariano Rosas.
-Venía del jagüel, sus mojadas melenas y la frescura de su tez lo
-revelaban.
-
-Nos saludamos con cariño.
-
---Voy á bañarme, hermano--le dije.
-
---Yo acabo de hacer lo mismo--me contestó,--y ahora voy á varear mi
-caballo.
-
-Marchamos en opuesto rumbo.
-
-Yo regresaba del baño y él regresaba con su caballo cubierto de
-espumoso sudor.
-
-Llegó, se apeó, lo desensilló, lo soltó y ensilló otro que estaba atado
-al palenque. Terminada la operación le puso el freno y lo volvió á atar
-de la rienda.
-
-Los indios hacen esta operación todas las mañanas.
-
-Cuando nos roban caballos, empiezan por soltarlos en los montes para
-que se aquerencien y _tomen el pasto_. Una vez conseguido esto, hoy
-ensillan un caballo, mañana otro, y así sucesivamente, y al salir el
-sol los galopan fuerte por el campo más quebrado, más arenoso, más
-lleno de médanos.
-
-Nuestros caballos, mediante una segunda educación, cobran un vigor
-extraordinario. Y como durante veinticuatro horas permanecen al palo,
-sin comer ni beber, con el freno puesto, resisten asombrosamente á las
-más largas privaciones.
-
-De ahí la superioridad del indio en la guerra de fronteras.
-
-Toda su estrategia estriba en huir, esquivando el combate. Son
-ladrones, no guerreros. Pelear es para ellos el recurso extremo. Su
-gloria consiste en que el malón sea pingüe y en volver de él con el
-menor número de indios sacrificados en aras del trabajo.
-
-¡Cómo han de competir nuestros caballos con los de ellos! ¡Cómo hemos
-de darles alcance, cuando llevándonos algunas horas de ventaja salimos
-en su persecución!
-
-Es como correr tras el viento.
-
-Después que Mariano ató su caballo, nos sentamos bajo la enramada y
-convinimos en ocuparnos de asuntos oficiales.
-
-Mañana tendremos la primer conferencia diplomática.
-
-
- FIN DEL TOMO PRIMERO
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Una Excursión a los Indios Ranqueles
- Tomo 1, by Lucio Mansilla
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS ***
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