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Galia, Jude Eylander, Sanly Bowitts, -Santiago and the Online Distributed Proofreading Team at -https://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - - - - - - - - NOTAS DEL TRANSCRIPTOR - -Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la -presente edición de esta obra fue publicada, en 1909, eran diferentes a -las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió, -fué, dió, lo mismo que la preposición "á", y las conjunciones "é", "ó", -"ú", por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido -respetado. - -El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el -de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese -entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios -Académicos de la Real Academia Española. - -Por otra parte, las reglas de la Real Academia Española establecen que -el acento ortográfico en las mayúsculas debe colocarse si es que -un vocablo lleva acento ortográfico. Sin embargo, por una cuestión -pragmática, en las imprentas ese criterio normalmente no era respetado. -En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las -mayúsculas acentuadas a las reglas establecidas por la RAE. - -Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos. - -El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final, -ha sido trasladado al principio por el Transcriptor. - - * * * * * - - - UNA EXCURSIÓN - Á LOS - INDIOS RANQUELES - - TOMO I - - BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN» - - - LUCIO V. MANSILLA - - - - - UNA EXCURSIÓN - Á LOS - INDIOS RANQUELES - - - OBRA PREMIADA EN EL CONGRESO INTERNACIONAL - GEOGRÁFICO DE PARÍS (1875) - - - TOMO I - - [Illustración] - - BUENOS AIRES - 1909 - - - Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.--Buenos Aires. - - - UNA EXCURSIÓN Á LOS INDIOS RANQUELES - - - - - ÍNDICE - - - Cap. Pág. - - I. Dedicatoria.--Aspiraciones de un _tourist_.--Los - gustos con el tiempo.--Por qué se pelea un padre - con un hijo.--Quiénes son los Ranqueles.--Un - tratado internacional con los indios.--Teoría - de los extremos.--Dónde están las fronteras - de Córdoba y campos entre los Ríos 4.º y 5.º.--De - dónde parte el camino del Cuero 5 - - II. Deseos de un viaje á los Ranqueles.--Una china - y un bautismo.--Peligros de la diplomacia - militar con los indios.--El indio Linconao.--Mañas - de los indios.--Efectos del deber sobre - el temperamento.--¿Qué es un parlamento?--Desconfianzas - de los indios para beber y fumar.--Sus - preocupaciones al comer y beber.--Un - lenguaraz.--Cuánto dura un parlamento y qué se hace - en él.--Linconao atacado de las viruelas.--Efectos - de la viruela en los indios.--Gratitud - de Linconao.--Reserva de un fraile 13 - - III. Quién conocía mi secreto.--El Río 5.º.--El paso - del Lechuzo.--Defecto de un fraile.--Compromiso - recíproco.--Preparativos para la marcha.--Resistencia - de los gauchos.--Cambio de - opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas - humanas.--Sorpresa de Achauentrú al saber - que me iba á los indios.--Pensamiento que me - preocupaba.--Ofrecimientos y pedidos de - Achauentrú.--Fray Moisés Álvarez.--Temores - de los indios.--Seguridades que les di.--Efectos - de la digestión sobre el humor.--Las mujeres - del fuerte Sarmiento.--Un simulacro 21 - - IV. Idea á que nos resignamos.--La partida.--Lenguaje - de los paisanos.--Qué es una rastrillada.--El - público sabe muchas mentiras é ignora - muchas verdades.--Qué es un guadal.--El caballo - y la mula.--Una despedida militar.--La Laguna alegre 29 - - V. El fogón.--Calixto Oyarzábal.--El cabo Gómez.--De - qué fué á la guerra del Paraguay.--Por - qué lo hicieron soldado de línea.--José Ignacio - Garmendia y Maximio Alcorta.--Predisposiciones - mías en favor de Gómez.--Su conducta en - el batallón 12 de línea.--Primera entrevista con - él.--Su figura en el asalto de Curupaití.--La lista - después del combate.--El cabo Gómez muerto 37 - - - VI. Regreso de Curupaití.--Resurrección del cabo - Gómez.--Cómo se salvó.--Sencillo relato.--Posibilidad - de que un pensamiento se realice.--Dos - escuelas filosóficas.--Un asesinato que nadie - había visto.--Sospechas 47 - - VII. Presentimientos de la multitud.--Un asesino - sin saberlo.--Deseos de salvarle.--Averiguaciones.--Un - fiscal confuso.--Juicios contradictorios.--Agustín - Mariño, auditor del Ejército Argentino.--Consejo - de Guerra.--Dudas.--Sentencia - del cabo Gómez.--Se confirma la pena de - muerte.--Preparativos.--La ejecución.--Una - aparición 55 - - VIII. El Palmar de Yataití.--Sepulcro de un soldado.--Su - memoria.--Sus últimos deseos cumplidos.--El - rancho del general Gelly y lo que - allí pasó.--Resurrección.--Visión realizada.--Fanatismo 65 - - IX. La Alegre.--En qué rumbos salimos.--¿Los viajes son un - placer?--Por qué se viaja.--Monte de la Vieja.--El - alpataco.--El zorro colgado.--Pollo-helo.--Us-helo.--Qué - es aplastarse un caballo.--Coli-Mula.--La - trasnochada.--Precauciones 73 - - X. No es posible seguir la marcha.--Civilización y - barbarie.--En qué consiste la primera.--Reflexiones sobre - este tópico.--En marcha.--Manera de cambiar de perspectiva - sin salir de un mismo lugar.--Asombroso adelanto de estas - tierras.--Ralico.--Tremencó.--Médano - del Cuero.--El Cuero.--Sus campos 83 - - XI. Quién había andado por Ralico.--Los - rastreadores.--Talento de uno del 12 de línea.--Se - descubre quién había andado por Ralico.--Cuántos - caminos salen del Cuero.--El General Emilio - Mitre no pudo llegar allí.--Su error estratégico 93 - - XII. Por dónde habían ido los chasques.--Entrada á - los montes.--Derechos de piso y - agua.--Recomendaciones.--Despacho de algunas - tropillas para el Río 5.º.--Los montes.--Impresiones - filosóficas.--Utatriquin.--El cuento - del arriero 103 - - XIII. Martes es mal día.--Trece es mal número.--Los - _quatorzième_.--Marcha nocturna.--Pensamientos.--Sueño - ecuestre.--Un latigazo.--Historia - de un soldado y de Antonio.--Alto.--Una visión y una - mulita 113 - - XIV. Sueño fantástico.--En marcha.--Calixto - Oyarzábal y sus cuentos.--Cómo se busca de - noche un camino en la Pampa.--Campamento.--Los primeros - toldos.--Se avistan chinas.--Algarrobo.--Indios 125 - - XV. La Laguna Verde.--Sorpresa.--Inspiraciones - del gaucho.--Encuentros.--Grupos de indios.--Sus - caballos y trajes.--Bustos.--Amenazas.--Resolución 135 - - XVI. El embajador del cacique Ramón y Bustos.--Desconfianzas - del cacique.--Quién era Bustos.--Caniupán.--Otra - vez el embajador de Ramón y Bustos.--Un bofetón á - tiempo.--_Mari purrá wentru._--Recepción.--Retrato de - Ramón.--Exigencia de Caniupán.--¡Lo mando al - diablo!--Conformidad 147 - - XVII. Un cuerpo sano en alma sana.--El mate.--Un - convidado de piedra.--Pánico y desconfianzas - de los indios.--Historias.--Un mensajero - de Caniupán.--Visitas.--En marcha.--Calcumuleu.--Nuevo - mensajero.--La noche.--Amonestaciones.--Primer - regalo.--Unos bultos colorados 159 - - XVIII. Historia de Crisóstomo.--Quiénes eran los bultos - colorados.--El indio Villarreal y su familia.--De noche 171 - - XIX. El amanecer.--Llegada de las cargas.--El - marchado de la mula.--Achauentrú en el - Río 4.º.--Un almuerzo en el fogón.--Lo que hicieron - las chinas en cuanto se levantaron.--El cabo Mendoza - y Wenchenao.--Enojo fingido.--Se presenta Caniupán 179 - - XX. El camino de Calcumuleu á Leubucó.--Los - indios en el campo.--Su modo de marchar.--Cómo - descansan á caballo.--Qué es tomar caballos - á mano. No había novedad.--Cruzando - un monte.--Se divisa Leubucó.--Primer parlamento.--Cada - razón son diez razones 187 - - XXI. En qué consiste el arte de hacer de _una razón_ varias - razones.--De cuántos modos conversan los indios.--Sus - oradores.--Sus rodeos para pedir.--Precauciones de los - Caciques antes de celebrar una junta.--Numeración y - manera de contar de los Ranqueles 197 - - XXII. Una nube de arena.--Cálculos.--El ojo del - indio.--Segundo parlamento.--Se avista el toldo - de Mariano Rosas.--Frente á él 207 - - XXIII. Épocas buenas y malas.--En qué cosas cree el autor.--La - cadena del mundo moral.--¿Será cierto que los - padres saben más que los hijos?--El capitán Rivadavia, - Hilarión, Nicolai.--Camargo.--Dilaciones 217 - - XXIV. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio!--Cuál - era el objeto de esta otra parada.--Pretensiones - de la ignorancia.--Las brujas.--Saludos - y regocijos.--Qué sucedía mientras tenía - lugar el parlamento.--Agitación en el toldo de - Mariano Rosas.--Las brujas vieron al fin lo - mismo que el Cacique.--Cómo estaba formado - éste.--Qué es Leubucó y qué caminos parten - de allí.--Echo pie á tierra.--Vítores 227 - - XXV. Gracias á Dios.--Empieza el ceremonial.--Apretones - de mano y abrazos.--De cómo casi - hube de reventar.--Por algo me había de hacer - célebre yo.--¿Qué más podían hacer los bárbaros? 237 - - XXVI. La enramada de Mariano Rosas.--Parlamento - y comida.--Agasajo.--Pasión de los indios - por la bebida.--Qué es un yapaí.--Epumer - hermano mayor de Mariano Rosas.--Él y yo.--Me - deshago de mi capa colorada.--Regalos.--Distribución - de aguardiente.--Una orgía.--Miguelito 247 - - XXVII. Pasión de Miguelito.--Los hombres son - iguales en todas circunstancias de la vida.--Retrato - de Miguelito.--Su historia 259 - - XXVIII. Teoría sobre el ideal.--Miguelito continúa - contando su historia.--Cuadro de costumbres 271 - - XXIX. El gaucho es un producto peculiar de la tierra - argentina.--Monomanía de la imitación.--Continuación de - la historia de Miguelito.--Cuadro de costumbres.--¿Qué - es filosofar? 281 - - XXX. Mi vademécum y sus méritos.--En qué se - parece Orión á Roqueplán.--Dónde se aprende - el mundo.--Concluye la historia de Miguelito 289 - - XXXI. Ojeada retrospectiva.--El valor á media - noche es el valor por excelencia.--Miedo á los - perros.--Cuento al caso.--Qué es loncotear.--Sigue - la orgía.--Epumer se cree insultado por - mí.--Una serenata 299 - - XXXII. El negro del acordeón y la música.--Reflexiones - sobre el criterio vulgar.--Sueño fantástico.--Lucius - Victorius Imperator.--Un mensajero nocturno de Mariano - Rosas.--Se reanuda el sueño fantástico.--Mi entrada - triunfal en Salinas Grandes.--La realidad.--Un huésped - á quien no le es permitido dormir 309 - - XXXIII. Retrato de Mariano Rosas.--Su política.--Cómo le tomaron - prisionero los cristianos.--Rosas le hace peón de su - estancia del Pino.--Su fuga.--Agradecimiento por su - antiguo patrón.--Paralelo.--De pillo á pillo.--Voto de - un indio.--Muerte de Painé.--Derecho hereditario entre - los indios.--Los refugiados políticos.--Mareo.--Mariano - Rosas quiere _loncotear_ conmigo.--Apuros.--Una sombra 319 - - XXXIV. Efectos del aguardiente.--Una mano femenil.--Mi - comadre Carmen me cuenta lo sucedido.--Unas - coplas.--La vida de un artista en - acordeón, en dos palabras.--Preguntas y respuestas.--Las - obras públicas de Leubucó.--Insistencia - del organista.--Un baño.--Mariano - Rosas en el corral.--Cómo matan los indios la res 333 - - XXXV. El toldo de Mariano Rosas visto de la - enramada.--Preparativos para recibirme.--Un bufón de - Leubucó.--De visita.--Descripción de un toldo.--La - mesa.--El indio y el gaucho.--Paralelo - afligente.--Reflexiones.--La comida.--Un - incidente gaucho 343 - - XXXVI. Por qué se me presentaba Camilo Arias.--Caracteres - de este hombre y de nuestros paisanos.--El - indio Blanco.--Sus amenazas.--Le pido una entrevista - á Mariano Rosas.--Me tranquiliza.--Costumbres de los - indios.--No existe la prostitución de la mujer - soltera.--Qué es _cancanear_.--El pudor entre las - indias.--La mujer casada.--De cuántos modos se casan las - indias.--Las viudas.--Escena con Rufino - Pereira.--Igualdad.--Miguelito intercede por Rufino 353 - - XXXVII. El fogón al amanecer.--Quién era Rufino - Pereira.--Su vida y compromisos conmigo.--Cómo - consiguen los indios que los caballos de - los cristianos adquieran más vigor 365 - - - - - UNA EXCURSIÓN Á LOS INDIOS RANQUELES - - - - - I - - Dedicatoria.--Aspiraciones de un _touriste_.--Los gustos con el - tiempo.--Por qué se pelea un padre con un hijo.--Quiénes son los - Ranqueles.--Un tratado internacional con los indios.--Teoría de los - extremos.--Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los - Ríos 4.º y 5.º.--De dónde parte el camino del Cuero. - - -No sé dónde te hallas, ni dónde te encontrará esta carta y las que le -seguirán, si Dios me da vida y salud. - -Hace bastante tiempo que ignoro tu paradero, que nada sé de ti; y -sólo porque el corazón me dice que vives, creo que continúas tu -peregrinación por este mundo, y no pierdo la esperanza de comer -contigo, á la sombra de un viejo y carcomido algarrobo, ó entre -las pajas al borde de una laguna, ó en la costa de un arroyo, un -_churrasco_ de guanaco, ó de gama, ó de yegua, ó de gato montés, ó una -picana de avestruz, boleado por mí, que siempre me ha parecido la más -sabrosa. - -Á propósito de avestruz, después de haber recorrido la Europa y la -América, de haber vivido como un marqués en París y como un guaraní -en el Paraguay; de haber comido _mazamorra_ en el Río de la Plata, -_charquicán_ en Chile, ostras en Nueva York, _macarroni_ en Nápoles, -trufas en el Perigord, _chipá_ en la Asunción--recuerdo que una de -las grandes aspiraciones de tu vida era comer una tortilla de huevos -de aquella ave pampeana en _Nagüel Mapo_, que quiere decir «Lugar del -Tigre». - -Los gustos se simplifican con el tiempo, y un curioso fenómeno social -se viene cumpliendo desde que el mundo es mundo. El _macrocosmo_, ó sea -el hombre colectivo, vive inventando placeres, manjares, necesidades, y -el _microcosmo_, ó sea el hombre individual, pugnando por emanciparse -de las tiranías de la moda y de la civilización. - -Á los veinticinco años, somos víctimas de un sinnúmero de -superfluidades. No tener guantes blancos, frescos como una lechuga, -es una gran contrariedad, y puede ser causa de que el mancebo más -cumplido pierda casamiento. ¡Cuántos dejaron de comer muchas veces, y -sacrificaron su estómago en aras del buen tono! - -Á los cuarenta años, cuando el cierzo y el hielo del invierno de la -vida han comenzado á marchitar la tez y á blanquear los cabellos, las -necesidades crecen, y por un bote de _cold cream_, ó por un paquete de -cosmético, ¿qué no se hace? - -Más tarde, todo es lo mismo; con guantes ó sin guantes, con retoques ó -sin ellos «la mona, aunque se vista de seda, mona se queda.» - -Lo más sencillo, lo más simple, lo más inocente es lo mejor; nada de -picantes, nada de trufas. El _puchero_ es lo único que no hace daño, -que no se indigesta, que no irrita. - -En otro orden de ideas, también se verifica el fenómeno. Hay razas y -naciones creadoras, razas y naciones destructoras. Y, sin embargo, en -el irresistible _corso e ricorso_ de los tiempos y de la humanidad, el -mundo marcha; y una inquietud febril mece incesantemente á los mortales -de perspectiva en perspectiva, sin que el ideal jamás muera. - -Pues, cortando aquí el exordio, te diré, Santiago amigo, que te he -ganado de mano. - -Supongo que no reñirás por esto conmigo, dejándote dominar por un -sentimiento de envidia. - -Ten presente que una vez me dijiste, censurando á tu padre, con quien -estabas peleado: - ---¿Sabes por qué razón el viejo está mal conmigo? Porque tiene envidia -de que yo haya estado en el Paraguay, y él no. - -Es el caso, que mi estrella militar me ha deparado el mando de las -fronteras de Córdoba, que eran las más asoladas por los ranqueles. - -Ya sabes que los ranqueles son esas tribus de indios araucanos, que -habiendo emigrado en distintas épocas de la falda occidental de la -cordillera de los Andes á la oriental, y pasado los ríos Negro y -Colorado, han venido á establecerse entre el Río 5.º y el Río Colorado, -al naciente del Río Chalileo. - -Últimamente celebré un tratado de paz con ellos, que el Presidente -aprobó, con cargo de someterlo al Congreso. - -Yo creía que siendo un acto administrativo no era necesario. - -¿Qué sabe un pobre coronel de trotes constitucionales? - -Aprobado el tratado en esa forma, surgieron ciertas dificultades -relativas á su ejecución inmediata. - -Esta circunstancia por un lado, por otro cierta inclinación á las -correrías azarosas y lejanas; el deseo de ver con mis propios ojos ese -mundo, que llaman Tierra Adentro, para estudiar sus usos y costumbres, -sus necesidades, sus ideas, su religión, su lengua, é inspeccionar yo -mismo el terreno por donde alguna vez quizá tendrán que marchar las -fuerzas que están bajo mis órdenes--he ahí lo que me decidió no ha -mucho y contra el torrente de algunos hombres que se decían conocedores -de los indios, á penetrar hasta sus tolderías, y á comer primero que tú -en Nagüel Mapo una tortilla de huevo de avestruz. - -Nuestro inolvidable amigo Emilio Quevedo, solía decirme cuando vivíamos -juntos en el Paraguay, vistiendo el ligero traje de los criollos é -imitándolos en cuanto nos lo permitían nuestra sencillez y facultades -imitativas:--¡Lucio, después de París, la Asunción! Yo digo:--Santiago, -después de una tortilla de huevos de gallina frescos, en el Club -del Progreso, una de avestruz en el toldo de mi compadre el cacique -Baigorrita. - -Digan lo que quieran, si la felicidad existe, si la podemos concretar -y definir, ella está en los extremos. Yo comprendo las satisfacciones -del rico y las del pobre; las satisfacciones del amor y las del odio; -las satisfacciones de la obscuridad y las de la gloria. Pero ¿quién -comprende las satisfacciones de los términos medios; las satisfacciones -de la indiferencia; las satisfacciones de ser _cualquier cosa_? - -Yo comprendo que haya quien diga:--Me gustaría ser Leonardo Pereira, -potentado del dinero. - -Pero que haya quien diga, me gustaría ser el almacenero de enfrente, -don Juan ó don Pedro, un nombre de pila cualquiera, sin apellido -notorio,--eso no. - -Yo comprendo que haya quien diga:--Yo quisiera ser limpiabotas ó -vendedor de billetes de lotería. - -Yo comprendo el amor de Julieta y Romeo, como comprendo el odio de -Silva por Hernani, y comprendo también la grandeza del perdón. - -Pero no comprendo esos sentimientos que no responden á nada enérgico, -ni fuerte, á nada terrible ó tierno. - -Yo comprendo que haya en esta tierra quien diga:--Yo quisiera ser -Mitre, el hijo mimado de la fortuna y de la gloria, ó sacristán de San -Juan. - -Pero que haya quien diga:--Yo quisiera ser el Coronel Mansilla,--eso no -lo entiendo, porque al fin, ese mozo, _¿quién es?_ - -Al General Arredondo, mi jefe inmediato entonces le debo, querido -Santiago, el placer inmenso de haber comido una tortilla de huevos de -avestruz en Nagüel Mapo, de haber tocado los extremos una vez más. -Si él me niega la licencia, me quedo con las ganas, y no te gano la -delantera... - -Siempre le agradeceré que haya tenido conmigo esa deferencia, y que me -manifestara que creía muy arriesgada mi empresa, probándome así que -mi suerte no le era indiferente. Sólo los que no son amigos pueden -conformarse con que otro muera estérilmente... y en la obscuridad. - -La nueva línea de fronteras de la Provincia de Córdoba, no está ya -donde tú la dejaste cuando pasaste para San Luis, en donde tuviste la -fortuna de conocer aquel tipo que te decía un día en el Morro:--¡Yo no -deseo, señor don Santiago, visitar la Europa por conocer el Cristal -Palais, ni el Buckingham Palace, ni las Tullerías, ni el London Tunnel, -sino por ver ese Septentrión! ¡¡ese Septentrión!! - -Está la nueva línea sobre el Río 5.º, es decir, que ha avanzado -veinticinco leguas, y que al fin se puede cruzar del Río 4.º á Achiras -sin hacer testamento y confesarse. - -Muchos miles de leguas cuadradas se han conquistado. - -¡Qué hermosos campos para la cría de ganados son los que se hallan -encerrados entre el Río 4.º y Río 5.º! - -La cebadilla, el porotillo, el trébol, la gramilla, crecen frescos y -frondosos entre el pasto fuerte; grandes cañadas como la del Gato, -arroyos caudalosos y de largo curso como Santa Catalina y Sampacho, -lagunas inagotables y profundas como Chemeco, Tarapendá y Santo Tomé -constituyen una fuente de riqueza de inestimable valor. - -Tengo en borrador el _croquis topográfico_, levantado por mí de ese -territorio inmenso, desierto, que convida á la labor, y no tardaré en -publicarlo, ofreciéndoselo con una memoria á la industria rural. - -Más de seis mil leguas he galopado en año y medio para conocerlo y -estudiarlo. - -No hay un arroyo, no hay un manantial, no hay una laguna, no hay -un monte, no hay un médano donde no haya estado personalmente para -determinar yo mismo su posición aproximada y hacerme baqueano, -comprendiendo que el primer deber de un soldado, es conocer palmo á -palmo el terreno donde algún día ha de tener necesidad de operar. - -¿Puede haber papel más triste que el de un jefe con responsabilidad, -librado á un pobre paisano, que lo guiará bien, pero que no le sugerirá -pensamiento estratégico alguno? - -La nueva frontera de Córdoba comienza en la raya de San Luis, casi en -el meridiano que pasa por Achiras, situado en los últimos dobleces de -la Sierra, y costeando el Río 5.º se prolonga hasta la Ramada Nueva, -llamada así por mí, y por los ranqueles _Trapalcó_ que quiere decir -agua de Totora. _Trapal_ es Totora y _có_ agua. - -La Ramada Nueva son los desagües del Río 5.º, vulgarmente denominados -la Amarga. - -De la Ramada Nueva, y buscando la derecha de la frontera Sur de Santa -Fe, sigue la línea por la Laguna N.º 7, llamada así por los cristianos, -y por los ranqueles _Potálauquen_, es decir, laguna grande: _potá_ es -grande y _lauquen_ laguna. - -Siguiendo el juicioso plan de los españoles, yo establecí esta frontera -colocando los fuertes principales en la banda Sur del Río 5.º. - -En una frontera internacional esto habría sido un error militar, pues -los obstáculos deben siempre dejarse á vanguardia para que el enemigo -sea quien los supere primero. - -Pero en la guerra con los indios el problema cambia de aspecto; lo que -hay que aumentarle á este enemigo no son los obstáculos para entrar -sino los obstáculos para salir. - -El punto ó fuerte principal de la nueva línea de frontera sobre el Río -5.º se llama Sarmiento. De allí arranca el camino que por la Laguna del -Cuero, famosa para los cristianos, conduce á Leubucó, centro de las -tolderías ranquelinas. - -De allí emprendí mi marcha. - -Mañana continuaré. - -Hoy he perdido tiempo en ciertos detalles creyendo que para ti no -carecerían de interés. - -Si al público, á quien le estoy mostrando mi carta, le sucediese lo -mismo, me podría acostar á dormir tranquilo y contento como un colegial -que ha estudiado bien su lección y la sabe. - -¿Cómo saberlo? - -Tantas veces creemos hacer reir con un chiste y el auditorio no hace ni -un gesto. - -Por eso toda la sabiduría humana está encerrada en la inscripción del -templo de Delfos. - - - - - II - - Deseos de un viaje á los Ranqueles.--Una china y un - bautismo.--Peligros de la diplomacia militar con los indios.--El - indio Linconao.--Mañas de los indios.--Efectos del deber sobre - el temperamento.--¿Qué es un parlamento?--Desconfianzas de - los indios para beber y fumar.--Sus preocupaciones al comer y - beber.--Un lenguaraz.--Cuánto dura un parlamento y qué se hace en - él.--Linconao atacado de las viruelas.--Efectos de la viruela en los - indios.--Gratitud de Linconao.--Reserva de un fraile. - - -Hacía mucho tiempo que yo rumiaba el pensamiento de ir á Tierra Adentro. - - -El trato con los indios que iban y venían al Río 4.º, con motivo de las -negociaciones de paz entabladas, había despertado en mí una indecible -curiosidad. - -Es menester haber pasado por ciertas cosas, haberse hallado en ciertas -posiciones, para comprender con qué vigor se apoderan ciertas ideas de -ciertos hombres; para comprender que una misión á los Ranqueles puede -llegar á ser para un hombre como yo, medianamente civilizado, un deseo -tan vehemente, como puede ser para cualquier ministril una secretaría -en la embajada de París. - -El tiempo, ese gran instrumento de las empresas buenas y malas, cuyo -curso quisiéramos precipitar, anticipándonos á los sucesos para que -éstos nos devoren ó nos hundan, me había hecho contraer ya varias -relaciones, que puedo llamar íntimas. - -La china Carmen, mujer de veinticinco años, hermosa y astuta adscripta -á una Comisión de las últimas que anduvieron en negociados conmigo, se -había hecho mi confidente y amiga, estrechándose estos vínculos con el -bautismo de una hijita mal habida que la acompañaba y cuya ceremonia se -hizo en el Río 4.º con toda pompa, asistiendo un gentío considerable y -dejando entre los muchachos un recuerdo indeleble de mi magnificencia, -á causa de unos veinte pesos bolivianos que cambiados en medios y -reales, arrojé á la _manchancha_ esa noche inolvidable, al son de los -infatigables gritos: ¡padrino pelado! - -Sólo quien haya tenido ya el gusto de ser padrino, comprenderá que -noches de ese género pueden ser realmente inolvidables para un triste -mortal, sin antecedentes históricos, sin títulos para que su nombre -pase á la posteridad, grabándose con caracteres de fuego en el libro de -oro de la historia. - -¡Ah! tú has sido padrino pelado alguna vez, y me comprenderás. - -Carmen no fué agregada sin objeto á la comisión ó embajada ranquelina -en calidad de _lenguaraz_, que vale tanto como secretario de un -ministro plenipotenciario. - -Mariano Rosas ha estudiado bastante el corazón humano, como que no -es un muchacho; conoce á fondo las inclinaciones y gustos de los -cristianos, y por un instinto que es de los pueblos civilizados y de -los salvajes, tiene mucha confianza en la acción de la mujer sobre el -hombre, siquiera esté ésta reducida á una triste condición. - -Carmen fué despachada, pues, con su pliego de instrucciones oficiales y -confidenciales por el Talleyrand del desierto, y durante algún tiempo -se ingenió con bastante habilidad y maña. Pero no con tanta que yo no -me apercibiese, á pesar de mi natural candor, de lo complicado de su -misión, que á haber dado con otro Hernán Cortés habría podido llegar á -ser peligrosa y fatal para mí, desacreditando gravemente mi _gobierno -fronterizo_. - -Pasaré por alto una infinidad de detalles, que te probarían hasta la -evidencia todas las seducciones á que está expuesta la diplomacia de -un jefe de fronteras, teniendo que habérselas con secretarios como mi -comadre; y te diré solamente que esta vez se le quemaron los libros de -su experiencia á Mariano, siendo Carmen misma la que me inició en los -secretos de su misión. - -El hecho es que nos hicimos muy amigos, y que á sus buenos informes del -compadre debo yo en parte el crédito de que llegué precedido cuando -hice mi entrada triunfal en Leubucó. - -Otra conexión íntima contraje también durante las últimas negociaciones. - -El cacique Ramón, jefe de las indiadas del Rincón, me había enviado su -hermano mayor, como muestra de su deseo de ser mi amigo. - -Linconao, que así se llama, es un indiecito de unos veintidós años, -alto, vigoroso, de rostro simpático, de continente airoso, de carácter -dulce, y que se distingue de los demás indios en que no es _pedigüeño_. - -Los indios viven entre los cristianos fingiendo pobrezas y necesidades, -pidiendo todos los días; y con los mismos preámbulos y ceremonias piden -una ración de sal, que un poncho fino ó un par de espuelas de plata. - -Tener que habérselas con una comisión de estos sujetos, para un jefe de -fronteras, presupone tener que perder todos los días unas cuatro horas -en escucharles. - -Yo, que por mi temperamento sanguíneo-bilioso no soy muy pacienzudo que -digamos, he descubierto con este motivo que el deber puede modificar -fundamentalmente la naturaleza humana. - -En algunos _parlamentos_ de los celebrados en el Río 4.º, más de una -vez derroté á mis interlocutores, cuyo exordio sacramental era:--Para -tratar con los indios se necesita mucha paciencia, hermano. - -No sé si tienes la idea de lo que es un parlamento en tierra de -cristianos; y digo en tierra de cristianos, porque en tierra de indios -el ritual es diferente. - -Un parlamento, es una conferencia diplomática. - -La comisión se manda anunciar anticipadamente con el lenguaraz. - -Si la componen veinte individuos, los veinte se presentan. - -Comienzan por dar la mano por turno de jerarquía, y en esa forma se -sientan, con bastante aplomo, en las sillas ó sofaes que se les ofrecen. - -El _lenguaraz_, es decir, el intérprete secretario, ocupa la derecha -del que hace cabeza. - -Habla éste y el lenguaraz traduce, siendo de advertir que aunque el -plenipotenciario entienda el castellano y lo hable con facilidad, no se -altera la regla. - -Mientras se parlamenta hay que obsequiar á la comisión con licores y -cigarros. - -Los indios no rehusan jamás beber, y cigarros, aunque no los fumen -sobre las tablas, reciben mientras les den. - -Pero no beben, ni fuman cuando no tienen confianza plena en la buena -fe del que les obsequia, hasta que éste no lo haya hecho primero. - -Una vez que la confianza se ha establecido cesan las precauciones, -y echan al estómago el vaso de licor que se les brinda, sin más -preámbulos que el de sus preocupaciones. - -Una de ellas estriba en no comer ni beber cosa alguna, sin antes -ofrecerle las primicias al genio misterioso en que creen y al que -adoran sin tributarle culto exterior. - -Consiste esta costumbre en tomar con el índice y el pulgar un poco de -la cosa que deben tragar ó beber y en arrojarla á un lado, elevando la -vista al cielo y exclamando: _¡para Dios!_ - -Es una especie de conjuro. Ellos creen que el diablo, _Gualicho_, está -en todas partes, y que dándole lo primero á Dios, que puede más que -aquél, se hace el exorcismo. - -El parlamento se inicia con una serie inacabable de salutaciones y -preguntas, como verbigracia:--¿Cómo está usted? ¿cómo están sus jefes, -oficiales y soldados? ¿cómo le ha ido á usted desde la última vez que -nos vimos? ¿No ha habido alguna novedad en la frontera? ¿No se le han -perdido algunos caballos? - -Después siguen los mensajes, como por ejemplo:--Mi hermano, ó mi padre, -ó mi primo, me ha encargado le diga á usted que se alegrará que esté -usted bueno en compañía de todos sus jefes, oficiales y soldados; que -desea mucho conocerle; que tiene muy buenas noticias de usted; que ha -sabido que desea usted la paz y que eso prueba que cree en Dios y que -tiene un excelente corazón. - -Á veces cada interlocutor tiene su lenguaraz, otras es común. - -El trabajo del lenguaraz es ímprobo en el parlamento más -insignificante. Necesita tener una gran memoria, una garganta de -privilegio y muchísima calma y paciencia. - -¡Pues es nada antes de llegar al grano tener que repetir diez ó veinte -veces lo mismo! - -Después que pasan los saludos, cumplimientos y mensajes, se entra á -ventilar los negocios de importancia, y una vez terminados éstos, entra -el capítulo quejas y pedidos, que es el más fecundo. - -Cualquier parlamento dura un par de horas, y suele suceder al rato de -estar en él, que varios de los interlocutores están roncando. Como -el único que tiene responsabilidad en lo que se ventila es el que -hace cabeza, después que cada uno de los que le acompaña ha sacado -su piltrafa, ya la cosa ni le interesa ni le importa y no pudiendo -retirarse, comienza á bostezar y acaba por dormirse, hasta que el -plenipotenciario, dándose cuenta del ridículo, pide permiso para -terminar y retirarse, prometiendo volver muy pronto, pues tiene muchas -cosas que decir aún. - -Linconao fué atacado fuertemente de las viruelas al mismo tiempo que -otros indios. - -Trajéronme el aviso, y siendo un indio de importancia, que me estaba -muy recomendado y que por sus prendas y carácter me había caído en -gracia, fuime en el acto á verle. - -Los indios habían acampado en tiendas de campaña que yo les había dado, -sobre la costa de un lindo arroyo tributario del Río 4.º. - -En un albardón verde y fresco, pintado de flores silvestres, estaban -colocadas las tiendas en dos filas, blanqueando risueñamente sobre el -campestre tapete. - -Todos ellos me esperaban mustios, silenciosos y aterrados, contrastando -el cuadro humano con el de la riente naturaleza y la galanura del -paisaje. - -Linconao y otros indios yacían en sus tiendas revolcándose en el suelo -con la desesperación de la fiebre,--sus compañeros permanecían á la -distancia, en un grupo sin ser osados á acercarse á los virolentos y -mucho menos á tocarles. - -Detrás de mí iba una carretilla exprofeso. - -Acerquéme primero á Linconao y después á los otros enfermos; habléles á -todos animándolos, llamé algunos de sus compañeros para que me ayudaran -á subirlos al carro; pero ninguno de ellos obedeció, y tuve que hacerlo -yo mismo con el soldado que lo tiraba. - -Linconao estaba desnudo y su cuerpo invadido de la peste con una -virulencia horrible. - -Confieso que al tocarle sentí un estremecimiento semejante al que -conmueve la frágil y cobarde naturaleza, cuando acometemos un peligro -cualquiera. - -Aquella piel granulenta al ponerse en contacto con mis manos, me hizo -el efecto de una lima envenenada. - -Pero el primer paso estaba dado y no era noble, ni digno, ni humano, ni -cristiano, retroceder, y Linconao fué alzado á la carretilla por mí, -rozando su cuerpo mi cara. - -Aquél fué un verdadero triunfo de la civilización sobre la barbarie; -del cristianismo sobre la idolatría. - -Los indios quedaron profundamente impresionados; se hicieron lenguas -alabando mi audacia y llamáronme su padre. - -Ellos tienen un verdadero terror pánico á la viruela, que sea por -circunstancias cutáneas ó por la clase de su sangre, los ataca con -furia mortífera. - -Cuando en Tierra Adentro aparece la viruela, los toldos se mudan de un -lado á otro, huyendo las familias despavoridas á largas distancias de -los lugares infestados. - -El padre, el hijo, la madre, las personas más queridas son abandonadas -á su triste suerte, sin hacer más en favor de ellas que ponerles -alrededor del lecho agua y alimentos para muchos días. - -Los pobres salvajes ven en la viruela un azote del cielo, que Dios les -manda por sus pecados. - -He visto numerosos casos y son rarísimos los que se han salvado, á -pesar de los esfuerzos de un excelente facultativo, el Dr. Michaut, -cirujano de mi División. - -Linconao fué asistido en mi casa, cuidándolo una enfermera muy paciente -y cariñosa, interesándose todos en su salvación, que felizmente -conseguimos. - -El Cacique Ramón me ha manifestado el más ardiente agradecimiento por -los cuidados tributados á su hermano, y éste dice que después de Dios, -su padre soy yo, porque á mí me debe la vida. - -Todas estas circunstancias, pues, agregadas á las consideraciones -mentadas en mi carta anterior, me empujaban al desierto. - -Cuando resolví mi expedición, guardé el mayor sigilo sobre ella. - -Todos vieron los preparativos, todos hacían conjeturas, nadie acertó. - -Sólo un fraile amigo conocía mi secreto. - -Y esta vez no sucedió lo que debiera haber sucedido á ser cierto el -dicho del moralista: Lo que uno no quiere que se sepa no debe decirse. - -Es que la humanidad, por más que digan, tiene muchas buenas cualidades, -entre ellas, la reserva y la lealtad. - -Supongo que serás de mi opinión, y con esto me despido hasta mañana. - - - - - III - - Quién conocía mi secreto.--El Río 5.º.--El paso del Lechuzo.--Defecto - de un fraile.--Compromiso recíproco.--Preparativos para la - marcha.--Resistencia de los gauchos.--Cambio de opiniones sobre - la fatalidad histórica de las razas humanas.--Sorpresa de - Achauentrú al saber que me iba á los indios.--Pensamiento que me - preocupaba.--Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú.--Fray Moisés - Álvarez.--Temores de los indios.--Seguridades que les di.--Efectos de - la digestión sobre el humor.--Las mujeres del fuerte Sarmiento.--Un - simulacro. - - -Sólo el franciscano Fray Marcos Donatti, mi amigo íntimo, conocía mi -secreto. - -Se lo había comunicado yendo con él del fuerte Sarmiento al «Tres de -Febrero», otro fuerte de la extrema derecha de la línea de frontera -sobre el Río 5.º. - -Este sacerdote, que á sus virtudes evangélicas reune un carácter -dulcísimo, recorría las dos fronteras de mi mando, diciendo misa en -improvisados altares, bautizando y haciendo escuchar con agrado su -palabra, á las pobres mujeres de los pobres soldados. La que le oía se -confesaba. - -Era una noche hermosa, de esas en que el mundo estelar brilla con -todo el esplendor de su magnificencia. La luna no se ocultaba tras -ningún celaje y de vez en cuando al acercarnos á las barrancas del Río -5.º que corre tortuoso, costeándolo el camino, la veíamos retratarse -radiante en el espejo móvil de ese río, que nace en las cumbres de -la sierra de la Carolina, y que corriendo en una curva de poniente á -naciente, fecunda con sus aguas, ricas como las del 2.º de Córdoba, -los grandes potreros de la villa de Mercedes, hasta perderse en las -impasables cabañas de la Amarga. - -Llegábamos al paseo del Lechuzo, famoso por ser uno de los más -frecuentados por los indios en la época tristemente memorable de sus -depredaciones. - -Hay allí un montoncito de árboles, corpulentos y tupidos, que tendrá -como una media milla de ancho, y que de noche el fantástico caminante -se apresura á cruzar por un instinto racional que nos inclina á acortar -el peligro. - -El paso del Lechuzo, con su nombre de mal agüero, es una excelente -emboscada y cuentan sobre él las más extrañas historias de fechorías -hechas allí por los indios. - -Lo cruzamos al trote, azotando las ramas, caballos y jinetes: al salir -de la espesura, piqué yo el mío con las espuelas, y diciéndole á Fray -Marcos:--Oiga, padre--me puse al galope seguido por el buen franciscano -que no tenía entonces, como no tiene ahora, para mí más defecto que -haberme maltratado un excelente caballo moro que le presté. - -El ayudante y los tres soldados que me acompañaban quedáronse un poco -atrás y nada pudieron oir de nuestra conversación. - -El padre tenía su imaginación llena de las ideas de los gauchos que han -solido ir á los indios por su gusto ó vivir cautivos entre ellos. - -Consideraba mi empresa la más arriesgada, no tanto por el peligro de -la vida, sino por la fe pública de los indígenas. Me hizo sobre el -particular las más benevólas reflexiones, y por último, dándome una -muestra de cariño, me dijo: «Bien, Coronel; pero cuando usted se vaya, -no me deje á mí, usted sabe que soy misionero.» - -Yo he cumplido mi promesa y él su palabra. - -Los preparativos para la marcha se hicieron en el fuerte Sarmiento, -donde á la sazón se hallaba una comisión de indios presidida por -Achauentrú, diplomático de monta entre los Ranqueles, y cuyos servicios -me han sido relatados por él mismo. - -Ya calcularás que los preparativos debían reducirse á muy poca cosa. -En las correrías por la Pampa lo esencial son los caballos. Yendo uno -bien montado, se tiene todo; porque jamás faltan bichos que bolear, -avestruces, gamas, guanacos, liebres, gatos monteses, ó peludos, ó -mulitas, ó piches, ó matacos que cazar. - -Eso es tener _todo_, andando por los campos, tener que comer. - -Á pesar de esto yo hice preparativos más formales. Tuve que arreglar -dos cargas de regalos y otra de charqui riquísimo, azúcar, sal, hierba -y café. Si alguien llevó otras golosinas debió comérselas en la primera -jornada, porque no se vieron. - -Los demás aprestos consistieron en arreglar debidamente las monturas y -arreos de todos los que debían acompañarme para que á nadie le faltara -maneador, bozal con cabestro, manea y demás útiles indispensables, y en -preparar los caballos, componiéndoles los vasos con la mayor prolijidad. - -Cuando yo me dispongo á una correría sólo una cosa me preocupa -grandemente: los caballos. - -De lo demás, se ocupa el que quiere de los acompañantes. - -Por supuesto, que un par de buenos chifles no ha de faltarle á ninguno -que quiera tener paz conmigo. Y con razón, el agua suele ser escasa -en la Pampa y nada desalienta y desmoraliza más que la sed. Yo he -resistido setenta y dos horas sin comer, pero sin beber no he podido -estar sino treinta y dos. Nuestros paisanos, los acostumbrados á cierto -género de vida, tienen al respecto una resistencia pasmosa. Verdad que, -¡qué fatiga no resisten ellos! - -Sufren todas las intemperies, lo mismo el sol que la lluvia, el calor -que el frío, sin que jamás se les oiga una murmuración, una queja. -Cuando más tristes parecen, entonan un airecito cualquiera. - -Somos una raza privilegiada, sana y sólida, susceptible de todas las -enseñanzas útiles y de todos los progresos adaptables á nuestro genio y -á nuestra índole. - -Sobre este tópico, Santiago amigo, mis opiniones han cambiado mucho -desde la época en que con tanto _furor_ discutíamos á tres mil leguas, -la unidad de la especie humana y la fatalidad histórica de las razas. - -Yo creía entonces que los pueblos greco-latinos no habían venido al -mundo para practicar la libertad y enseñarla con sus instituciones, su -literatura y sus progresos en las ciencias y en las artes, sino para -batallar perpetuamente por ella. Y, si mal no recuerdo, te citaba á la -noble España luchando desde el tiempo de los romanos por ser libre de -la dominación extranjera unas veces, por darse instituciones libres -otras. - -Hoy pienso de distinta manera. Creo en la unidad de la especie humana -y en la influencia de los malos gobiernos. La política cría y modifica -insensiblemente las costumbres, es un resorte poderoso de las acciones -de los hombres, prepara y consuma las grandes revoluciones que levantan -el edificio con cimientos perdurables ó lo minan por su base. Las -fuerzas morales dominan constantemente las físicas y dan la explicación -y la clave de los fenómenos sociales. - -Terminados los aprestos, anuncié á los que formaban mi comitiva que al -día siguiente partiríamos para el Sur por el camino del Cuero, y que no -era difícil fuéramos á sujetar el pingo en Leubucó. - -Más tarde hice llamar al indio Achauentrú y le comuniqué mi idea. - -Manifestóse muy sorprendido de mi resolución, preguntóme si la había -transmitido de antemano á Mariano Rosas y pretendió disuadirme, -diciéndome que podía sucederme algo, que los indios eran muy buenos, -que me querían mucho, pero que cuando se embriagaban no respetaban á -nadie. - -Le hice mis observaciones, le pinté la necesidad de hablar yo mismo -sobre la paz con los caciques y el bien inmenso que podía resultar de -darles una muestra de confianza tan clásica como la que les iba á dar. - -Sobre todos los pensamientos el que más me dominaba era éste: probarles -á los indios con un acto de arrojo, que los cristianos somos más -audaces que ellos y más confiados cuando hemos empeñado nuestro honor. - -Los indios nos acusan de ser gentes de muy mala fe, y es inacabable -el capítulo de cuentos con que pretenden demostrar que vivimos -desconfiados de ellos y engañándolos. - -Achauentrú es entendido, y comprendió no sólo que mi resolución era -irrevocable, que decididamente me iba al día siguiente, sino algunos de -los motivos que le expuse. - -Entonces me ofreció muchas cartas de recomendación, y como favor -especial me pidió, que del Cuero adelantara un chasque avisando mi -ida; primero para que no se alarmasen los indios y segundo para que me -recibieran como era debido. - -Le pedí para el efecto un indio, y me dió uno llamado Angelito, sin -tener nada de tal. Positivamente los nombres no son el hombre. - -Después de hablar Achauentrú conmigo, fuese á conversar con el padre -Marcos y su compañero Fray Moisés Álvarez, joven franciscano, natural -de Córdoba, lleno de bellas prendas, que respeto por su carácter y -quiero por su buen corazón. - -Al rato vinieron todos muy alarmados, diciéndome que los indios todos, -lo mismo que los lenguaraces, conceptuaban mi expedición muy atrevida, -erizada de inconvenientes y de peligros, y que lo que más atormentaba -su imaginación, era lo que sería de ellos si por alguna casualidad me -trataban mal en Tierra Adentro ó no me dejaban salir. - -Híceles decir--porque quedaban en rehenes,--que no tuvieran cuidado, -que si los indios me trataban mal, ellos no serían maltratados; que si -me mataban, ellos no serían sacrificados; que sólo en el caso de que no -me dejasen volver, ellos no regresarían tampoco á su tierra, quedando -en cambio mío, de mis oficiales y soldados. Ellos eran unos ocho, me -parece, y los que íbamos á internarnos diecinueve. - -Y les pedí encarecidamente á los padres, les hicieran comprender que -aquellas ideas eran justas y morales. - -Tranquilizáronse; después de muchos meses de estar en negocios conmigo, -no habiéndoles engañado jamás ni tratado con disimulo, sino así tal -cual Dios me ha hecho; bien unas veces, mal otras, porque mi humor -depende de mi estómago y de mis digestiones, habían adquirido una -confianza plena en mi palabra. - -Cuántas veces no llegaron á mis oídos en el Río 4.º estas palabras, -proferidas por los indios en sus conversaciones de pulpería: «Ese -coronel Mansilla, bueno, no mintiendo, engañando nunca pobre indio.» - -Llegó por fin el día y el momento de partir. El fuerte Sarmiento -estaba en revolución. Soldados y mujeres rodeaban mi casa, para darme -un adiós, _¡sans adieu!_ y desearme feliz viaje. Ellas creían quizá -interiormente que no volvería. El cariño, la simpatía, el respeto -exageran el peligro que corren ó deben correr las personas que no nos -son indiferentes. Hay más miedo en la imaginación que en las cosas que -deben suceder. - -Cuando todos esperaban ver arrimar mis tropillas y las mulas para tomar -caballos, aparejar las cargas y que me pusiera en marcha, oyóse un -toque de corneta inusitado á esta hora: llamada redoblada. - -En el acto cundió la voz--¡los indios! - -Y una agitación momentánea era visible en todos los semblantes. - -Los soldados corrían con sus armas á las cuadras. - -Poco tardó en oirse el toque de tropa, y poco también en estar todas -las fuerzas de la guarnición formadas, el batallón 12 de línea montado -en sus hermosas mulas, y el 7 de caballería de línea en buenos -caballos, con el de tiro correspondiente. - -Al mismo tiempo que la tropa había estado aprestándose para formar, los -vivanderos recibieron orden de armarse, las mujeres de reconcentrarse -al club «El Progreso en la Pampa», que estaban edificando los jefes -y oficiales de la guarnición, que tiene su hermoso billar y otras -comodidades. Á los indios se les ordenó no se movieran del rancho en -que estaban alojados y á los vivanderos, que sirvieran de custodia de -unos y otras. - -Mientras esto pasaba en el recinto del fuerte, en sus alrededores -reinaba también grande animación: las caballadas, el ganado, todo, todo -cuanto tenía cuatro patas era sacado de sus comedores habituales y -reconcentrado. - -Decididamente los indios han invadido por alguna parte, eran las -conjeturas. Achauentrú estaba estupefacto, vacilando entre si era una -invasión que venía ó una que iba. - -Cuando todo estaba listo, mi segundo jefe recibió orden de salir con -las fuerzas, de marchar una legua rumbo al Sur y se pasó allí una -_revista general_. - -Yo quise antes de marcharme ver en cuánto tiempo se aprestaba la -guarnición, fingiendo una alarma y reirme un poco de los indios que -tuvieron un rato de verdadera amargura, no sabiendo ni lo que pasaba, -ni qué creer. - -Y tuve la satisfacción militar de que todo se hiciera con calma -y prontitud, sea dicho en elogio de cuantos guarnecían el fuerte -Sarmiento en aquel entonces. - -¡Que Dios ayude mientras estoy lejos á mis compañeros de armas, esos -hermanos de peligro, del sacrificio y de la gloria; lo mismo que deseo -te ayude á ti, Santiago amigo, conservándote siempre con un humor -placentero, y un estómago como los desea Brillat-Savarin! - - - - - IV - - Idea á que nos resignamos.--La partida.--Lenguaje de los - paisanos.--Qué es una rastrillada.--El público sabe muchas mentiras é - ignora muchas verdades.--Qué es un guadal.--El caballo y la mula.--Una - despedida militar.--La Laguna Alegre. - - -Á las cinco de la tarde todo estaba listo, y mi gente recibió orden de -entregar sus armas, excepto el sable, que sin vaina debía ser colocado -entre las caronas. Mis ayudantes y yo llevábamos _revolvers_ y una -escopeta. Por más grande que fuese mi deseo de presentarme ante los -indígenas sin aparato, ni ostentación, no pude resolverme á hacerlo -completamente desarmado. Podía llegar el caso de tener que perder la -vida, y era menester ir preparado á venderla cara. Hay una idea á -la que el hombre no se resigna sino cuando es santo,--y es á morir -sacrificado con la mansedumbre de un cordero. - -Entregadas las armas hice arrimar las tropillas y las mulas; formé -cuatro pelotones de la gente, dile á cada uno una tropilla, dejando -otra de reserva; mandé ensillar y aparejar, y á la media hora, cuando -el sol del último día de marzo se perdía radiante en el lejano -horizonte, puse pie en el estribo. - -Varios jefes y oficiales habían ensillado para acompañarme hasta cierta -distancia. - -Salí del fuerte entre las salutaciones cariñosas, y las sonrisas -amables expresivas de los soldados, dejando á todos inquietos, -particularmente á Achauentrú que, al subir á caballo, vino á darme un -abrazo, ó hacerme su retahila de recomendaciones, y á repetirme por la -milésima vez, que no dejara de adelantar un chasque anunciando mi ida. - -El Camino del Cuero pasa por el mismo fuerte Sarmiento que le ha robado -su nombre al antiguo y conocido Paso de las Arganas. - -Este camino consiste en una gran rastrillada, y su rumbo es Sudeste, -ó lo que en lenguaje comprensivo de los paisanos de Córdoba llamamos -Sudabajo. - -Ellos tienen un modo peculiar de dominar ciertas cosas y sólo en la -práctica se comprende la ventaja de la substitución. - -Al Oeste le llaman _arriba_. Al Este, _abajo_. Estos dos vocablos -substituidos á los vientos cardinales, permiten expresarse con más -facilidad y más claridad, en razón de la similitud de las palabras Este -y Oeste y de su composición vocal. - -Un ejemplo lo demostrará. - -Si queriendo ir del punto A al punto B, ó para ser más claro, de la -Villa del Río 4.º al fuerte Sarmiento, cortando el campo, se ocurriese -á un baqueano por las señas, las daría así: - -Miraría al Sur, y haciendo una indicación con la mano derecha diría: se -sale en estas dereceras,--Sur, y se camina rumbeando medio abajo; pero -muy poco abajo. - -Con estas señas, el que tiene la costumbre de andar por los campos, va -derecho como un huso á su destino. - -Si queriendo ir de la Villa del Río 4.º á las Achiras, en el mes de -noviembre, verbigracia, en que el sol se pone inclinándose al Sur, se -preguntasen las señas, la contestación sería: - ---Salga derecho arriba, medio rumbeando al lado en que se pone el sol y -ahí, en aquella punta de sierra, ahí está Achiras. - -Con esas señas cualquiera va derecho. - -De esta costumbre cordobesa de llamarle abajo al naciente y arriba al -poniente, viene la denominación de Provincias de arriba y de abajo; la -de arribeños y abajeños. - -Á las facilidades que este modo de expresarse ofrece, reune una -circunstancia que responde á un hecho geográfico. - -Ir de Córdoba para el poniente ó para el naciente es, en efecto, ir -para arriba ó para abajo, porque el nivel de la tierra es más elevado -que el del mar á medida que se camina del Litoral de nuestra patria -para la Cordillera; la tierra se dobla visiblemente, de manera que el -que va sube y el que viene baja. - -He dicho que el Camino del Cuero consiste en una gran _rastrillada_, y -voy á explicar lo que significa esta palabra, que en buen castellano -tiene una significación distinta de la que le damos en la jerga de la -tierra. - -Si en lugar de estar conversando contigo públicamente lo hiciera en -reserva, no me detendría en estos detalles y explicaciones. Todos los -que hemos sido público alguna vez sabemos que este monstruo de múltiple -cabeza, sabe muchas cosas que debiera ignorar é ignora muchas otras que -debiera saber. ¿Quién sabe, por ejemplo, más mentiras que el público? - -Pero preguntadle algo sobre las cosas de la tierra, sobre el estado -moral y político de nuestros moradores fronterizos de La Rioja ó de -Santiago del Estero, y ya veréis lo que sabe. - -Preguntadle dónde queda el río Chalileo ó el Cerro Nevado, y ya veréis -qué sabe el respetable público sobre las cosas que pueden interesarle -mañana, distraído como vive por las cosas de actualidad. - -Hasta cierto punto yo le hallo razón. ¿No paga su dinero para que -cotidianamente le den noticias de las cinco partes del mundo, le -enteren de la política internacional de las naciones, le tengan al cabo -de los descubrimientos científicos, de los progresos del vapor, de la -electricidad y de la pesca de la ballena? - -Pues entonces ¿por qué se ha de afanar tanto? - -Una _rastrillada_, son los surcos paralelos y tortuosos que con sus -constantes idas y venidas han dejado los indios en los campos. - -Estos surcos, parecidos á la huella que hace una carreta la primera vez -que cruza por un terreno virgen, suelen ser profundos y constituyen un -verdadero camino ancho y sólido. - -En plena Pampa, no hay más caminos. Apartarse de ellos un palmo, -salirse de la senda, es muchas veces un peligro real, porque no es -difícil que ahí mismo, al lado de la rastrillada haya un _guadal_ en el -que se entierren caballo y jinete enteros. - -Guadal se llama un terreno blando y movedizo que no habiendo sido -pisado con frecuencia, no ha podido solidificarse. - -Es una palabra que no está en el diccionario de la lengua castellana, -aunque la hemos tomado de nuestros antepasados, y que viene del árabe y -significa _agua_ ó _río_. - -La Pampa está llena de estos obstáculos. - -¡Cuántas veces en una operación militar, yendo en persecución de los -indios, una columna entera no ha desaparecido en medio del ímpetu de -la carrera! - -¡Cuántas veces un trecho de pocas varas ha sido causa de que jefes muy -intrépidos se viesen burlados por el enemigo, en esas Pampas sin fin! - -¡Cuántas veces los mismos indios no han perecido bajo el filo del sable -de nuestros valientes soldados fronterizos por haber caído en un guadal! - -Las Pampas son tan vastas, que los hombres más conocedores de los -campos se pierden á veces en ellas. - -El caballo de los indios es una especialidad en las Pampas. - -Corre por campos guadalosos, cayendo y levantando, y resiste á esa -fatiga hercúlea asombrosamente, como que está educado al efecto y -acostumbrado á ello. - -El guadal suele ser húmedo y suele ser seco, pantanoso y pegajoso, ó -simplemente arenoso. - -Es necesario que el ojo esté sumamente acostumbrado para conocer el -terreno guadaloso. Unas veces el pasto, otras veces el color de la -tierra son indicios seguros. Las más el guadal es una emboscada para -indios y cristianos. - -Los caballos que entran en él, cuando no están acostumbrados, pugnan -un instante por salir, y el esfuerzo que hacen es tan grande, que en -los días más fríos no tardan en cubrirse de sudor y en caer postrados, -sin que haya espuela ni rebenque que los haga levantar. Y llegan á -acobardarse tanto, que á veces no hay poder que los haga dar un paso -adelante cuando pisan el borde movedizo de la tierra. Y eso que es -de todos los cuadrúpedos destinados al servicio del hombre el más -valiente. Picado con las espuelas parte como el rayo y salva el mayor -precipicio. - -¡Cuán diferente de la mula! - -Jamás pierde ella su sangre fría. - -Ora vaya por los caminos pampeanos ó por las laderas vertiginosas -de la Cordillera, el híbrido animal es siempre cauteloso. El caballo -se lanza como el rayo; la mula tantea antes de ir adelante. Saca una -mano, después otra, y es tan precavida, que en donde puso éstas, pone -las patas. Cuando hay peligro no hay que advertirla; á nada obedece, -ni á la rienda, ni al rebenque, ni á la espuela. Sólo su instinto de -conservación la mueve. Es excusado querer dirigirla. Ella va por donde -quiere. Morirá despeñada; pero no ciegamente como el caballo, sino por -haberse equivocado. - -Estando los campos cubiertos de agua, es más necesario que nunca seguir -rectamente la dirección de la _rastrillada_; porque reblandecida la -tierra por la humedad, el peligro del guadal es inminente á cada paso. - -Cuando salimos de Sarmiento había llovido mucho. Á una media legua de -allí el terreno tiene un doblez y se cae á una cañada muy guadalosa; -así fué que allí hice alto, me despedí y separé de los camaradas que me -acompañaban, y después de algunas prevenciones generales á los que me -seguían tomé la dirección llevando al baqueano á mi izquierda, yendo él -por una huella, por otra yo. - -¡Con qué pena se despidieron de mí mis leales compañeros! Yo lo leí en -sus caras, por más que con afables sonrisas y afectuosos apretones de -manos, quisieran disimularlo. - -¡Ah! sólo los que somos soldados, sabemos lo que es ver partir á los -amigos al peligro en que se cae ó se muere, y quedarnos... ¡Y sólo los -que somos soldados, sabemos lo que es ver volver del combate, sanos é -ilesos á los hermanos cuya suerte no hemos compartido ese día! - -Hay tales misterios en el corazón humano; abismos tan profundos, de -amor, de abnegación, de generosidad, que la palabra no conseguirá jamás -explicarlos. - -Hay que sentir y callar. Por eso una mirada, un abrazo, un ademán con -la mano, dicen más que todo cuanto la pluma más hábilmente manejada -pueda describir. - -La noche nos sorprendió sin haber alcanzado á cruzar la cañada. - -La luna salía tarde, el cielo estaba cubierto de nubes, no se veían -las estrellas. Durante un largo rato caminamos, pues, en medio de -una completa obscuridad, cayendo y levantando, porque en cuanto nos -desviábamos de la rastrillada pisábamos el borde del guadal. - -Las mulas que llevaban las cargas de charqui y regalos para los -caciques daban muchísimo trabajo. Por huir del peligro caían á cada -paso en él. Una de ellas llevaba los ornamentos sagrados de mis -amigos los franciscanos, y ellos y yo íbamos con el Jesús en la -boca, esperando el momento en que gritaran:--Cayó la mula de los -_padrecitos_, que así llaman los paisanos cordobeses á los frailes. - -Fué menester ponerles á todas bozal y llevarlas tirando del cabestro. - -Perdióse tiempo en esta operación, así fué que era tarde cuando -llegamos á la Laguna Alegre. - -Estaban las cabalgaduras tan fatigadas de cuatro leguas más ó menos de -marcha nocturna por la obscuridad y entre el agua, que resolví hacer -una parada esperando que se despejase el cielo ó saliera la luna. - -Acampamos... Y el fogón no tardó en brillar, haciéndose una rueda en -torno de él, de todos los que me acompañaban. - -Entre mate y mate cada cual contó una historia más ó menos soporífera. - -En todo pensábamos menos en los indios. - -Yo conté la mía, y un cabo Gómez, muerto en la gloriosa guerra del -Paraguay, fué el asunto de mi cuento. - -Tiene algo de fantástico y maravilloso. - -Si estoy de humor mañana y no te vas fastidiando de las digresiones y -no te urge llegar á Leubucó, te lo contaré. - - - - - V - - El fogón.--Calixto Oyarzábal.--El cabo Gómez.--De qué fué á la guerra - del Paraguay.--Por qué lo hicieron soldado de línea.--José Ignacio - Garmendia y Maximio Alcorta.--Predisposiciones mías en favor de - Gómez.--Su conducta en el batallón 12 de línea.--Primera entrevista - con él.--Su figura en el asalto de Curupaití.--La lista después del - combate.--El cabo Gómez. - - -El fogón es la delicia del pobre soldado, después la fatiga. Alrededor -de sus resplandores desaparecen las jerarquías militares. Jefes -superiores y oficiales subalternos, conversan fraternalmente y ríen á -sus anchas. Y hasta los asistentes que cocinan el puchero y el asado, -y los que ceban el mate, meten, de vez en cuando, su cucharada en la -charla general, apoyando ó contradiciendo á sus jefes y oficiales, -diciendo alguna agudeza ó alguna patochada. - -Cuando Calixto Oyarzábal, mi asistente, dejó la palabra, con -sentimiento de los que le escuchaban, pues es un pillo de siete -suelas, capaz de hacer reir á carcajadas á un inglés, pidiéronme mis -circunstantes mi cuentito. - -Yo estaba de buen humor, así fué que después de dirigirle algunas -bromas á Calixto, que con su aire de zonzo estudiado, ha hecho ya una -revolución en las Provincias, para que veas lo que es el país, tomo á -mi turno la palabra. - -Y este cuento me permitirás que se lo dedique á un mi amigo, que ha -hecho la guerra en el Paraguay como oficial de un batallón de Guardia -nacional. - -Se llama Eduardo Dimet, y como le quiero, me permitirás no te haga la -pintura de su carácter y cualidades; porque los colores de la paleta -del cariño son siempre lisonjeros y sospechosos. - -Voy á mi cuento. - -El cabo Gómez, era un correntino que se quedó en Buenos Aires cuando la -primera invasión de Urquiza que dió en tierra con la dictadura de Rosas. - -Tendría Gómez así como unos treinta y cinco años; era alto, fornido, -y columpiábase con cierta gracia al caminar: su tez era entre blanca -y amarilla, tenía ese tinte peculiar á las razas tropicales; hablaba -con la tonada guaranítica, mezclando como es costumbre entre los -correntinos y entre los paraguayos vulgares, la segunda y la tercera -persona; en una palabra, era un tipo varonil simpático. - -Marchó Gómez á la guerra del Paraguay, en el 1.^{er} batallón del -1.^{er} Regimiento de G. N. que salió de Buenos Aires bajo las órdenes -del comandante Cobo si mal no recuerdo, y perteneció á la compañía de -granaderos. - -El capitán de ésta era otro amigo mío, José Ignacio Garmendia, que -después de haber hecho con distinción toda la campaña del Paraguay, -anda ahora por Entre Ríos al mando de un batallón. - -Un día leíase en la Orden General del 2.º Cuerpo de Ejército del -Paraguay, á que yo pertenecía: «Destínase por insubordinación, por el -término de cuatro años, á un cuerpo de línea al soldado de G. N. Manuel -Gómez.» - -Más tarde presentóse un oficial en el reducto que yo mandaba--que lo -guarnecía el batallón 12 de línea, creado y disciplinado por mí, con -esta orden: «Vengo á entregar á usted una alta personal.» - -Llamé un ayudante y la alta personal fué recibida y conducida á la -Guardia de Prevención. - -Luego que me desocupé de ciertos quehaceres, hice traer á mi presencia -al nuevo destinado para conocerle é interrogarle sobre su falta, -amonestarle, cartabonearle y ver á qué compañía había de ir. - -Era Gómez, y por su talla esbelta fué á la compañía de granaderos. - -José Ignacio Garmendia comía frecuentemente conmigo en el Paraguay, así -era que después de la lista de tarde casi siempre se le hallaba en mi -reducto, junto con otro amigo muy querido de él y mío, Maximio Alcorta, -aunque este excelente camarada, que lo mismo se apasiona del sexo -hermoso que feo, tiene el raro y desgraciado talento de recomendar de -vez en cuando á las personas que más estima: unos tipos que no tardan -en mostrar sus malas mañas. - -¡Cosas de Maximio Alcorta! - -La misma tarde que destinaron á Gómez, Garmendia comió conmigo. - -Durante la charla de la mesa--ya que en campaña á un tronco de yatay se -llama así,--me dijo que Gómez había sido cabo de su compañía; que era -un buen hombre, de carácter humilde, subordinado, y que su falta era -efecto de una borrachera. - -Me añadió que cuando Gómez se embriagaba perdía la cabeza, hasta el -extremo de ponerse frenético si le contradecían, y que en ese estado lo -mejor era tratarlo con dulzura, que así lo había hecho él, siempre con -el mejor éxito. - -En una palabra, Garmendia me lo recomendó con esa vehemencia propia -de los corazones calientes, que así es el suyo, y por eso cuantos le -tratan con intimidad le quieren. - -La varonil figura de Gómez y las recomendaciones de Garmendia -predispusieron desde luego mi ánimo en favor del nuevo destinado. - -Á mi turno, pues, se lo recomendé al capitán de la compañía de -granaderos, diciéndole todo lo que me había prevenido Garmendia. - -El tiempo corrió... - -Gómez cumplía estrictamente sus obligaciones; circunspecto y callado, -con nadie se metía, á nadie incomodaba. Los oficiales le estimaban y -los soldados le respetaban por su porte. De vez en cuando le buscaban -para tirarle la lengua y arrancarle tal cual agudeza correntina. - -En ese tiempo yo era mayor y jefe interino del batallón 12 de línea. -Todos los sábados pasaba personalmente una revista general. - -Me parece que lo estoy viendo á Gómez en las filas cuadrado á plomo, -inmóvil como una estatua, serio, melancólico, con su fusil reluciente, -con su correaje lustroso, con su equipo tan aseado que daba gusto. - -Gómez no tardó en volver á ser cabo. - -Habrían pasado cinco meses. - -Un día, paseábame yo á lo largo de la sombra que proyectaba mi -alojamiento, que era una hermosa carreta. - -Esto era en el célebre campamento de Tuyutí allá por el mes de agosto. - -En qué pensaba, cómo saberlo ahora. Pensaría en lo que amaba ó en la -gloria, que son los dos grandes pensamientos que dominan al soldado. -Recuerdo tan sólo que en una de las vueltas que di, una voz conocida me -sacó de la abstracción en que estaba sumergido. - -Di media vuelta, y como á unos seis pasos á retaguardia, vi al cabo -Gómez, cuadrado, haciendo la venia militar, doblándose para adelante, -para atrás, á derecha é izquierda así como amenazando perder su centro -de gravedad. - -Sus ojos brillaban con un fuego que no les había visto jamás. - -En el acto conocí que estaba ebrio. - -Era la primera vez desde que había entrado en el batallón. - -Por cariño y por las prevenciones que me había hecho Garmendia, le -dirigí la palabra así. - ---¿Qué quiere, amigo? - ---Aquí te vengo á ver, ché Comandante, pa que me des licencia usted. - ---¿Y para qué quieres licencia? - ---Para ir á Itapirú á visitar una hermanita que me vino de la Esquina. - ---Pero hijo, si no estás bueno de la cabeza. - ---No, ché Comandante, no tengo nada. - ---Bien, entonces, dentro de un rato, te daré la licencia, ¿no te parece? - ---Sí, sí. - -Y esto diciendo, y haciendo un gran esfuerzo para dar militarmente la -media vuelta y hacer como era debido la venia, Gómez giró sobre los -talones y se retiró. - -Pasó ese día, ó mejor dicho llegó la tarde, y junto con ella Garmendia. - -Contéle que Gómez se había embriagado por primera vez, y me dijo que -debía haberlo hecho para perder el miedo de hablar con el jefe, que -cuando estaba en su batallón así solía hacer algunas veces. - -Como él y yo nos interesábamos en el hombre, sobre tablas entramos á -averiguar cuánto tiempo hacía que estaba ebrio cuando habló conmigo. - -Llamé al capitán de granaderos, le hicimos varias preguntas y de ellas -resultó exactamente lo que me acababa de decir Garmendia--que Gómez -había tomado para atreverse á llegar hasta mí. - -Empezando por el sargento 1.º de su compañía y acabando por el capitán, -á todos los que debía, les había pedido la venia para hablar conmigo, -estando en perfecto estado; de lo contrario, no se la habrían concedido. - -Al otro día de este incidente, Gómez estaba ya bueno de la cabeza. Iba -á llamarlo, mas entraba de guardia, según vi al formar la parada, y no -quise hacerlo. - -Terminado su servicio, le llamé, y recordándole que tres días antes me -había pedido una licencia, le pregunté si ya no la quería. - -Su contestación fué callarse y ponerse rojo de vergüenza. - ---¿Por cuántos días quiere usted licencia, cabo? - ---Por dos días, mi Comandante. - ---Está bien; vaya usted, y pasado mañana, al toque de asamblea, está -usted aquí. - ---Está bien, mi Comandante. - -Y esto diciendo, saludó respetuosamente, y más tarde se puso en marcha -para Itapirú, y á los dos días, cuando tocaban asamblea, la alegre -asamblea, el cabo Gómez entraba en el reducto, de regreso de visitar á -su hermana, bastante picado de aguardiente, cargado de tortas, queso y -cigarros que no tardó en repartir con sus hermanos de armas. - -Yo también tuve mi parte, tocándome un excelente queso de Goya, que me -mandaba su hermana, á quien no conocía. - -¡En el mundo no hay nada más bueno, más puro, más generoso que un -soldado! - -El tiempo siguió corriendo. - -Marchamos de los campos de Tuyutí á los de Curuzú para dar el famoso -asalto de Curupaití. - -Llegó el memorable día, y tarde ya, mi batallón recibió orden de -avanzar sobre las trincheras. - -Se cumplió con lo ordenado. - -Aquello era un infierno de fuego. El que no caía muerto, caía herido -y el que sobrevivía á sus compañeros contaba por minutos la vida. De -todas partes llovían balas. Y lo que completaba la grandeza de aquel -cuadro solemne y terrible de sangre, era que estábamos como envueltos -en un trueno prolongado, porque las detonaciones del cañón no cesaban. - -Á los cinco minutos de estar mi batallón en el fuego sus pérdidas eran -ya serias--muchos muertos y heridos yacían envueltos en su sangre, -intrépidamente derramada por la bandera de la patria. - -Recorriendo de un extremo á otro hallé al cabo Gómez, herido en una -rodilla, pero haciendo fuego hincado. - ---Retírese, cabo, le dije. - ---No, mi Comandante--me contestó,--todavía estoy bueno, y siguió -cargando su fusil y yo mi camino. - -Al regresar de la extrema derecha del batallón á la izquierda, volví á -pasar por donde estaba Gómez. - -Ya no hacía fuego hincado, sino echado de barriga, porque acababa de -recibir otro balazo en la otra pierna. - ---Pero cabo, retírese, hombre, se lo ordeno, le dije. - ---Cuando usted se retire, mi Comandante, me retiraré,--repuso, y -echando un voto, agregó:--¡paraguayos, ahora verán! - -Y ebrio con el olor de la pólvora y de la sangre, hacía fuego y cargaba -su fusil con la rapidez del rayo como si estuviese ileso. - -Aquel hombre era bravo y sereno como un león. - -Ordené á algunos heridos leves que se retiraban que le sacaran de allí, -y seguí para la izquierda. - -El asalto se prolongaba... - -Yendo yo con una orden recibí un casco de metralla en un hombro, y no -volví al fuego de la trinchera. - -Pocos minutos después, el ejército se retiraba salpicado con la sangre -de sus héroes, pero cubierto de gloria. - -Para pasar el parte, fué menester averiguar la suerte que le había -cabido á cada uno de los compañeros. - -Esta ceremonia militar es una de las más tristes. - -Es una revista en la que los vivos contestan por los muertos, los sanos -por los heridos. - -¿Quién no ha sentido oprimirse su pecho después de un combate, durante -ese acto solemne? - ---¡Juan Paredes! - ---¡Presente! - ---¡Pedro Torres! - ---¡Herido!... - ---¡Luis Corro!... - ---¡Muerto!... - -¡Ah! ese «¡muerto!» hace un efecto que es necesario sentirlo para -comprender toda su amargura. - -Según la revista que se pasó en el 12 de línea por el teniente 1.º D. -Juan Pencienati, que fué el oficial más caracterizado que regresó sano -y salvo del asalto de Curupaití, y según otras averiguaciones que se -tomaron, conforme á la práctica, resultó que el cabo Gómez había muerto -y por muerto se le dió. - -En la visita que se mandó pasar á los hospitales de sangre, no se halló -al cabo Gómez. - -Para mí no cabía duda, de que Gómez si no había muerto, había caído -prisionero herido. - -Los soldados decían:--No señor, el cabo Gómez ha muerto. Nosotros lo -hemos visto echado boca abajo al retirarnos de la trinchera con la -bandera. - -Yo sentía la muerte de todos mis soldados como se siente la separación -eterna de objetos queridos. - -Pero, lo confieso, sobre todos los soldados que sucumbieron en esa -jornada de recuerdo imperecedero, el que más echaba de menos era el -cabo Gómez. - -La actitud de ese hombre obscuro, tendido de barriga, herido en las -dos piernas y haciendo fuego con el ardor sagrado del guerrero, estaba -impresa en mí con indelebles caracteres. - -Esta visión no se borrará jamás de mi memoria. Perderé el recuerdo de -ella cuando los años me hayan hecho olvidar todo. - -Y por hoy termino aquí; y mañana proseguiré mi cuento. - -Hoy te he narrado sencillamente la muerte de un vivo, mañana te contaré -la vida de un muerto. - -Si lo de hoy te ha interesado, lo de mañana también te interesará. - -Á los del fogón que me escucharon les sucedió así. - - - - - VI - - Regreso de Curupaití.--Resurrección del cabo Gómez.--Cómo se - salvó.--Sencillo relato.--Posibilidad de que un pensamiento se - realice.--Dos escuelas filosóficas.--Un asesinato que nadie había - visto.--Sospechas. - - -El ejército volvió á ocupar sus posiciones de Tuyutí; mi batallón su -antiguo reducto. - -Durante algún tiempo fué pan de cada día conversar del asalto de -Curupaití, ora para hacer su crítica, ora para recordar los héroes que -cayeron mortalmente heridos aquel día de luto. - -La sucesión del tiempo, nuevos combates, otros peligros iban haciendo -olvidar las nobles víctimas. - -Sólo persistían en el espíritu el recuerdo de los predilectos--de esos -predilectos del corazón, cuya imagen querida no desvanecen ni el dolor -ni la alegría. - -De cuando en cuando, los hospitales de Itapirú, de Corrientes y de -Buenos Aires, nos remitían pelotones de valientes curados de sus -gloriosas y mortales heridas. - -La humanidad y la ciencia hacían en esa época de lucha diaria y cruenta -verdaderos milagros. - -¡Cuántos que salieron horriblemente mutilados del campo de batalla, -no volvieron á los pocos días á empuñar con mano vigorosa el acero -vengador! - -Los que mandaban cuerpos, enviaban de tiempo en tiempo oficiales de -confianza á revisar los hospitales, tomar buena nota de sus enfermos ó -heridos respectivos y socorrerlos en cuanto cabía. - -Yo tenía frecuentes noticias de los hospitales de Itapirú y de -Corrientes. Los enfermos seguían bien. Día á día esperaba algunas altas. - -Pensaba en esto quizá cierta mañana, paseándome, según mi costumbre, -por el parapeto de la batería, cuyos cañones tenían constantemente -dirigidas sus elocuentes y fatídicas bocas al montecito de -Yataytí-Corá, cuando un ayudante vino á anunciarme: - ---Señor, una alta del hospital. - -Su fisonomía traicionaba una sorpresa. - ---¿Y quién, hombre? - ---Un muerto. - ---¿Cuál de ellos? - ---El cabo Gómez. - -Al oirle salté impaciente y alegre del parapeto á la explanada, -corriendo en dirección al rancho de la Mayoría. - -La noticia de la aparición del cabo Gómez ya había cundido por las -cuadras. - -Cuando llegué á la puerta de la Mayoría, un grupo de curiosos la -obstruía. - -Me abrieron paso y entré. - -El cabo Gómez estaba de pie, apoyado en su fusil, y llevaba la mochila -terciada. Sus vestiduras estaban destrozadas, su rostro pálido, habíase -adelgazado mucho y costaba reconocerle. - -Realmente, parecía un resucitado. - -Le di un abrazo, y ordené en el acto que prepararan un baile para -celebrar esa noche la resurrección de un compañero y el regreso del -primer herido. - -El batallón era un barullo. Todos querían ver á un tiempo al cabo; los -unos le hacían señas con la cabeza, los otros con las manos, los que no -podían verle bien, se trepaban sobre el moginete de los ranchos; nadie -se atrevía á dirigirle la palabra interrumpiéndome á mí. - ---¿Y cómo te ha ido, hombre? - ---Bien, mi Comandante. - ---¿Dónde está la alta?--pregunté al oficial encargado de la Mayoría. - -Diómela, y notando que era de un hospital brasileño, me dirigí al cabo. - ---¿Qué, has estado en un hospital brasileño? - ---Sí, mi Comandante. - ---¿Y cómo te salvaste de Curupaití? Cuando yo te ordené salieras de la -trinchera ya estabas herido de las dos piernas, no te podías mover. - ---Mi Comandante, cuando los demás se retiraron con la bandera, viendo -yo que nadie me recogía, porque no me oían ó no me veían, me arrastré -como pude, y me escondí en unas pajas á ver si en la noche me podía -escapar. - ---¿Y cómo te escapaste? - ---Cuando los nuestros se retiraron, los paraguayos salieron de la -trinchera y comenzaron á desnudar los heridos y los muertos. Yo estaba -vivo, pero muy mal herido, y como vi que mataban á algunos que estaban -_penando_, me acabé de hacer el muerto á ver si me dejaban. No me -tocaron, anduvieron dando vueltas cerca de mí y no me vieron. Lo que -la noche se puso obscura, hice fuerza para levantarme y me levanté y -caminé agarrándome del fusil, que es este mismo, mi Comandante. - -Un silencio profundo reinaba en aquel momento. Todos contenían hasta la -respiración, para no perder una palabra de las del cabo. - ---¿Y por dónde saliste? - ---Esa noche no pude salir, porque no era baqueano, y me perdí varias -veces, y me costaba mucho caminar; porque me dolían los balazos. Pero -así que vino la mañanita, ya supe dónde debía de ir, porque oí la -diana de los brasileños. Seguí el rumbo y el humo de un vapor, y salí -á Curuzú. Allí había muchos heridos, que estaban embarcando; á mí me -embarcaron con ellos y me llevaron á Corrientes, y allí he estado en el -hospital, y ya estoy muy mejor, mi Comandante, y me he venido porque ya -no podía aguantar las ganas de ver el batallón. - ---¡Viva el cabo Gómez, muchachos!--grité yo. - ---¡Viva!--contestaron los muy bribones, que nunca son más felices que -cuando se les incita al desorden y se les deja en libertad de retozar. - -Y se lo llevaron al cabo Gómez en triunfo, dándole mil bromas, y siendo -su venida inesperada un motivo de general animación y contento durante -muchas horas. - -Estas escenas de la vida militar, aunque frecuentes, son indescribibles. - -Garmendia vino esa tarde á compartir mi pucherete, mi asado flaco y mi -fariña, sabiendo ya por uno de sus asistentes, que el cabo Gómez había -resucitado. - -Garmendia tiene fibras de soldado y estaba infantilmente alegre del -suceso; así fué que la primera cosa que me dijo al verme, fué: - ---Conque el cabo Gómez no había muerto en Curupaití, ¡cuánto me -alegro!--¿Y dónde está, llámelo, vamos á preguntarle cómo se escapó? - -Contéle entonces todo lo que acababa de referirme el cabo; pero como -se empeñase en verle la cara, le hice venir. - -Interrogado por Garmendia, repitió lo que ya sabemos, con algunos -agregados, como por ejemplo, que la noche que estuvo oculto, él mismo -se ligó las heridas, haciendo hilas y vendas de la ropa de un muerto. - -Contónos también que estaba muy triste y avergonzado, porque en -los primeros momentos del fuego, el día de Curupaití, el alférez -Guevara le había pegado un bofetón, creyendo que estaba asustado, y -diciéndole:--¡eh! haga fuego, déjese de mirar el oído del fusil. - -Que él no había estado asustado ese día, que cuando el Alférez le -pegó, estaba limpiando la chimenea de su arma, que sólo se asustó un -poco cuando los paraguayos salieron de sus posiciones, desnudando y -matando, porque no tenía fuerzas para defenderse, y le dió miedo que lo -ultimaran sin poder hacerles cara. - -Y todo esto era dicho con una ingenuidad que cautivaba, dando la medida -del temple de ese corazón de acero. - -Garmendia gozaba como en el día de sus primeras revelaciones. Yo me -sentía orgulloso de contar en mis filas un nene como aquél. - -Confieso que le amaba. - -Esa misma noche, y con motivo de las interminables preguntas -de Garmendia, supe que Gómez había padecido en otro tiempo de -alucinaciones. - -Explicónos en su media lengua, lo mejor que pudo, que en Buenos Aires, -siendo más joven, había tenido una querida. Que esta mujer le había -sido infiel y que había estado preso por una puñalada que le diera. - -Al recordarla, una especie de celaje sombrío envolvió su rostro, al -mismo tiempo que cierta sonrisa tierna vagó por sus labios. - -La curiosidad aumentaba el interés de ese tipo, crudo, enérgico y -fuerte, tan común en nuestro país. - -Inquiriendo las causas que armaron el brazo de este Otelo correntino, -sacamos en limpio que su querida no había faltado á los compromisos -contraídos ó á la fe jurada. - -Que en sueños, mientras dormían juntos, la había visto en brazos de un -rival, que él aborrecía mucho; que cuando se despertó, el hombre no -estaba allí, pero él lo veía patente; que lo hirió en el corazón, y -que, á un grito de su querida, volvió en sí, despertándose del todo, y -viendo entonces que estaban los dos solos y que su cuchillo se había -clavado en el pecho de su bien amada. - -Este relato debe conservarse indeleble en la memoria de Garmendia; -porque esa noche después, me dijo varias veces que si no pensaba -escribir aquello. - -Yo entonces tenía mi espíritu en otra línea de tendencias y no lo hice -nunca. - -Á no ser mi excursión á Tierra Adentro, la historia de Gómez queda -inédita, en el archivo de mis recuerdos. - -Creerán algunos que á medida que corre la pluma voy fraguando cosas -imaginarias, por llenar papel y aumentar el efecto artificial de estas -mal zurcidas cartas. - -Y sin embargo todo es cierto. - -Los abismos entre el mundo real y el mundo imaginario no son tan -profundos. - -La visión puede convertirse en una amable ó en una espantosa realidad. - -Las ideas son precursoras de hechos. - -Hay más posibilidad de que lo que yo pienso sea, que seguridad de que -un acontecimiento cualquiera se repita. - -Las viejas escuelas filosóficas discurrían al revés. - -El pasado no prueba nada. Puede servir de ejemplo, de enseñanza no. - -Pero me echo por esos trigales de la pedantería y temo perderme en -ellos. - -Gómez nos hizo pasar una noche amena. - -Al día siguiente otras impresiones sirvieron de pasto á la -conversación; sin duda alguna que nada hay tan fecundo para la cabeza y -para el corazón como dos ejércitos que se acechan, que se tirotean y se -cañonean desde que sale el sol hasta que se pone. - -Gómez dejó de ocupar por algún tiempo la atención de Garmendia y la mía. - -¡Qué persistencia de personalidad! - -Una mañana regresando á caballo á mi reducto, pasé como de costumbre -por el campamento del viejo querido Mateo J. Martínez. - -Jamás lo hacía sin recibir ó dar alguna broma. - -Este viejo en prospecto, para que no se enfade, si desconoce su -actualidad, tiene la facilidad difícil de hacerse querer de cuantos le -tratan con intimidad. - -Iba á decir, que al pasar por el alojamiento de don Mateo, supe por él -que en mi batallón había tenido lugar un suceso desagradable. - ---¿Usted paseando, amigo, y en su reducto matando vivanderos? - ---¡No embrome, viejo! - ---¿Que no embrome? Vaya y verá. - -Piqué el caballo y lleno de ansiedad y confusión partí al galope, -llegando en un momento á mi reducto. - -No tuve necesidad de interrogar á nadie. - -Un hombre maniatado que rugía como una fiera en la guardia de -prevención me descorrió el velo de misterio. - ---¡Desaten ese hombre!--grité con inexplicable mezcla de coraje y -tristeza. - -Y en el acto el hombre fué desatado, y los rugidos cesaron, oyéndose -sólo: - ---Quiero hablar con mi Comandante. - -Vino el Comandante de campo, y en dos palabras me explicó lo acontecido. - ---¡Han asesinado á un vivandero que estaba de visita en el rancho del -alférez Guevara! - ---¿Quién? - ---El cabo Gómez. - ---¿Y quién lo ha visto? - ---Nadie, señor; pero se sospecha sea él, porque está ebrio, y murmura -entre dientes:--Había jurado matarlo, ¡un bofetón á mí!... - -¡Me quedé aterrado! - -Pasé el parte sin mentar á Gómez. - -Y aquí termino hoy. - -Lo que no tiene interés en sí mismo, puede llegar á picar la curiosidad -del amigo y de los lectores, según el método que se siga al hacer la -relación. - -El cabo Gómez queda preso. - - - - - VII - - Presentimientos de la multitud.--Un asesino sin saberlo.--Deseos - de salvarle.--Averiguaciones.--Un fiscal confuso.--Juicios - contradictorios.--Agustín Mariño, auditor del Ejército - Argentino.--Consejo de Guerra.--Dudas.--Sentencia del cabo Gómez.--Se - confirma la pena de muerte.--Preparativos.--La ejecución.--Una - aparición. - - -Un hombre había sido asesinado en pleno día durante la luz meridiana, -en un recinto estrecho, de cien varas cuadradas, en medio de -cuatrocientos seres humanos con ojos y oídos; el cadáver estaba ahí -encharcado en su sangre humeante, sin que nadie le hubiera tocado aún -cuando yo penetré en el reducto,--y nadie, nadie, absolutamente nadie, -podía decir, apoyándose en el testamento inequívoco de sus sentidos, el -asesino es fulano. - -Y sin embargo, todo el mundo tenía el presentimiento de que había sido -el cabo Gómez y algunos lo afirmaban, sin atreverse á jurar que lo -fuera. - -¡Qué extraño y profético instinto el de las multitudes! - -Inmediatamente que pasé el parte, que se redujo á dar cuenta del hecho -y á pedir permiso para levantar una sumaria, traté de averiguar lo -acontecido. - -Cuando vino la contestación correspondiente, yo estaba convencido ya de -que el asesino era el cabo Gómez. - -El hombre que viendo al extranjero amenazar su tierra marcha cantando -á las fronteras de su patria; que cruza ríos y montañas, que no le -detienen murallas ni cañones, que todo lo sacrifica, tiempo, voluntad, -afecciones, y hasta la misma vida, que si se le grita ¡_arriba_! se -levanta, ¡_adelante_! marcha, ¡_muere ahí_! ahí muere, en el momento -quizá más dulce de la existencia, cuando acaba de recibir tiernas -cartas de su madre y de su prometida, que esperanzadas en la bondad -inmensa de Dios, le hablan del pronto regreso al hogar, ¿ese hombre no -merece que en un instante solemne de la vida se haga algo por él? - -Eso hice yo. Y para que no me quedase la menor duda de que el asesino -era el indicado, le hice comparecer ante mí, é interrogándole con -esa autoridad paternal y despótica del jefe, me hice la ilusión de -arrancarle sin dificultad el terrible secreto. - -El cabo estaba aún bajo la influencia deletérea del alcohol; pero -bastante fresco para contestar con precisión á todas mis preguntas. - ---Gómez--le dije afectuosamente,--quiero salvarte; pero para -conseguirlo necesito saber si eres tú el que ha muerto al hombre ese -que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara. - -El cabo no respondió, clavándose sus ojos en los míos y haciendo un -gesto de ésos que dicen--dejadme meditar y recordar. - -Dile tiempo, y cuando me pareció que el recuerdo le asaltaba, proseguí: - ---Vamos, hijo, díme la verdad. - ---Mi Comandante--repuso con el aire y el tono de la más perfecta -ingenuidad,--yo no he muerto ese hombre. - ---Cabo--agregué, fingiendo enojo,--¿por qué me engañas? ¿á mí me -mientes? - ---No, mi Comandante. - ---Júralo, por Dios. - ---Lo juro, mi Comandante. - -Esta escena pasaba lejos de todo testigo. La última contestación del -cabo me dejó sin réplica y caí en meditación, apoyando mi nublada -frente en la mano izquierda como pidiéndole una idea. - -No se me ocurrió nada. - -Le ordené al cabo que se retirara. - -Hizo la venia, dió media vuelta y salió de mi presencia, sin haber -cambiado el gesto que hizo cuando le dirigí mi primera pregunta. - -Á pocos pasos de allí le esperaban dos custodias que le volvieron á la -guardia de prevención. - -Yo llamé á un ayudante y dicté una orden para que el alférez don Juan -Álvarez Ríos procediese sin dilación á levantar la sumaria debida. - -Álvarez era el fiscal menos aparente para descubrir ó probar lo -acaecido; por eso me fijé en él. No porque fuera negado, al contrario, -sino porque es uno de esos hombres de imaginación impresionable, -inclinados á creer en todo lo que reviste caracteres extraordinarios ó -maravillosos. - -Á pesar del juramento del cabo, yo tenía mis dudas, y estaba resuelto -á salvarle, aunque resultasen vehementes indicios contra él de lo que -Álvarez inquiriese. - -Volví, pues, á tomar nuevas averiguaciones con el doble objeto de -saber la verdad y de mistificar la imaginación de Álvarez, previniendo -mañosamente el ánimo de algunos. - -Por su parte, Álvarez se puso en el acto en juego, no habiéndoselas -visto jamás más gordas. - -Empezó por el reconocimiento médico del cadáver, registro, etc., y -luego que se llenaron las primeras formalidades, vino á mí para hacerme -saber que en los bolsillos del muerto se había hallado algún dinero, -creo que sesenta pesos, y consultarme qué haría con ellos. - -Díjele lo que debía hacer, y así como quien no quiere la cosa, agregué: -¿No le decía á usted que Gómez no podía ser el asesino? Se habría -robado el dinero. - -Esta vulgaridad surtió todo el efecto deseado, porque Álvarez me -contestó: Eso es lo que yo digo, aquí hay algo. - -Más tarde volvió á decirme que se había encontrado un cuchillo -ensangrentado cerca del lugar del crimen; pero que habiendo muchos -iguales no se podía saber si era el del cabo Gómez ó no; que después lo -sabría y me lo diría, porque era claro que si Gómez tenía el suyo, el -asesino no podía ser él. - -Aunque era cierto que la desaparición del cuchillo de Gómez podría -probar algo, también podría no probar nada. Era, sin embargo, mejor que -resultase que el cabo tenía el suyo. - -Otro cabo, Irrizábal, hombre de toda mi confianza, que había sido mi -asistente mucho tiempo, fué de quien me valí para saber si Gómez tenía -ó no su cuchillo. - -Irrizábal estaba de guardia, de manera que no tardé en salir de mi -curiosidad. - -Gómez tenía su cuchillo, y en la cintura nada menos. - -Quedéme perplejo al saberlo. - -Voy á pasar por alto una infinidad de detalles. Sería cosa de nunca -acabar. - -Álvarez siguió fiscalizando los hechos, enredándose más á medida que -tomaba nuevas declaraciones; lo que sobre todo acabó de hacerle perder -su latín, fué la declaración de Gómez,--que negó rotundamente haber -asesinado á nadie. - -Unas cuantas manchas de sangre que tenía en la manga de la camisa, -cerca del puño, dijo que debían ser de la carneada. - -Efectivamente, esa mañana había estado en el matadero del ejército, con -un pelotón de su compañía que salió de fajina. - -Y para mayor confusión, resulta que se había dado un pequeño tajo en el -pulgar de la mano izquierda, con el cuchillo de otro soldado. - -No obstante, la conciencia del batallón--sin que nadie hubiese afirmado -terminantemente cosa alguna contra Gómez,--seguía siendo la conciencia -del primer momento; Gómez es el asesino. - -Al fin, acabó por haber dos partidos--uno de los oficiales y de los -soldados más letrados,--otro de los menos avisados, que era el partido -de la gran mayoría. - -La minoría sostenía que Gómez no era el asesino del vivandero, y hasta -llegó á susurrarse que éste y el alférez Guevara habían tenido una -disputa muy acalorada, insinuando otros con malicia que Guevara le -había dado mucho dinero. - -Álvarez estaba desesperado de tanta versión y opinión contradictoria, -y sobre todo, lo que más le trabucaba era la opinión mía, favorable en -todas las emergencias que sobrevenían á la causa de Gómez. - -Los oficiales más diablos le tenían aterrado, zumbándole al oído que -sería severamente castigado si nada probaba, y con mucha más razón si -sin pruebas ponía una vista contra Gómez. - -El pobre Alférez iba y venía en busca de mi inspiración, y salía -siempre cabizbajo con esta reflexión mía: - -¡Cuántas veces no pagan justos por pecadores! - -Como era natural, la sumaria no tardó en estar lista. En campaña el -término es limitadísimo para estos procedimientos. - -Fué elevada, y sobre la marcha se ordenó que el cabo Gómez fuera -juzgado en Consejo de Guerra ordinario. - -El Auditor del Ejército, joven español lleno de corazón y de talento, -que sirvió como un bravo, que luchó como un hombre templado á la -antigua, contra el cólera dos veces, contra la fiebre intermitente, -contra todas las demás plagas del Paraguay, y que ha muerto en el -olvido, que así suele pagar la patria la abnegación, era mi particular -amigo; yo le había colocado al lado del General Emilio Mitre cuando -dejé de ser su secretario militar. - -Por él supe lo que contenía la causa de Gómez--que Álvarez, á pesar de -su notoria inhabilidad, algo había descubierto, que arrojaba sospechas -de que Gómez era el verdadero autor del crimen. - -Nombrado el Consejo, y prevenido yo por Mariño, procuré con el mayor -empeño hacer atmósfera en pro de mi protegido, viendo á los vocales, -conversándoles del suceso y diciéndoles qué clase de hombre era el -acusado, sus servicios, su valor heroico y el amor que por esas razones -le tenía. - -Reunióse el Consejo el día y hora indicados, y Gómez fué llevado ante -él, con todas las formalidades y aparato militar, que son imponentes. - -La opinión del batallón se había hecho mientras tanto unánime contra -Gómez. Sólo había disputas sobre su suerte. Los unos creían que sería -fusilado; los otros que no, que sería recargado, porque el General en -Jefe, en presencia de sus méritos y servicios, que ya haría constar, -le conmutaría la pena, dado el caso que el Consejo le sentenciara á -muerte. - -Yo era el único que no tenía opinión fija. - -Parecíame á veces que Gómez era el asesino, otras dudaba, y lo único -que sabía positivamente era que no omitiría esfuerzo por salvarle la -vida. - -Á fin de no perder tiempo, asistí como espectador al juicio, mas -viendo que el ánimo de algunos era contrario á mi ahijado, me disgusté -sobremanera y me volví á mi campo sumamente contrariado. - -Se leyó la causa, y cuando llegó el momento de votar, el Consejo se -encontró atado. En conciencia, ninguno de los vocales se atrevía á -fallar condenando ó absolviendo. - -Entonces, guiado el Consejo por un sentimiento de rectitud y de -justicia, hizo una cosa indebida. - -Remitieron los autos y resolvieron esperar. Y volviendo éstos sin -tardanza, el Consejo Ordinario se convirtió en Consejo de Guerra -verbal, teniendo el acusado que contestar á una porción de preguntas -sugestivas, cuyo resultado fué la condenación del cabo. - -Los que presenciaron el interrogatorio me dijeron que el valiente de -Curupaití no desmintió un minuto siquiera su serenidad, que á todas las -preguntas contestó con aplomo. - -Antes de que el cabo estuviera de regreso del Consejo, ya sabía yo cuál -había sido su suerte en él. - -Púseme en movimiento, pero fué en vano. Nada conseguí. El superior -firmó la sentencia del Consejo y al día siguiente, en la Orden General -del Ejército, salió la orden terrible mandando que Gómez fuera pasado -por las armas al frente de su batallón, con todas las formalidades de -estilo. - -No había que discutir ni que pensar en otra cosa, sino en los últimos -momentos de aquel valiente infortunado. - -¡La clemencia es caprichosa! - -Los preparativos consistieron en ponerle en capilla y en hacer llamar -al confesor. - -Todos habían acusado á Gómez y todos sentían su muerte. - -El cabo oyó leer su sentencia sin pestañear, cayendo después en una -especie de letargo. Yo me acerqué varias veces á la carpa en que se le -había confinado, hablé en voz alta con el centinela y no conseguí que -levantara la cabeza. - -El confesor llegó; era el padre Lima. - -Gómez era cristiano y le recibió con esa resignación consoladora, que -en la hora angustiosa de la muerte da valor. - -El padre estuvo un largo rato con el reo, y dejándole otro solo, -como para que replegase su alma sobre sí misma, vino donde yo estaba -encantado de la grandeza de aquel humilde soldado. - -Quise preguntarle si le había confesado algo del crimen que se -le imputaba, y me detuve ante esa interrogación tremenda, por un -movimiento propio y una admonición discreta del sacerdote, que sin duda -conoció mi intención y me dijo: «queda preparándose». - -Yo pasé la noche en vela junto con el padre. Él por sus deberes, y yo -por mi dolor, que era intenso, verdadero, imponderable, no podíamos -dormir. - -Quería y no quería hablar por última vez con el cabo. - -Me decidí á hacerlo. - -¡Pobre Gómez! Cuando me vió entrar agachándome en la carpa, intentó -incorporarse y saludarme militarmente. Era imposible por la estrechez. - ---No te muevas, hijo,--le dije. - -Permaneció inmóvil. - ---Mi Comandante--murmuró. - -Al oir aquel mi Comandante, me pareció escuchar este reproche amargo: -Usted me deja fusilar. - ---He hecho todo lo posible por salvarte, hijo. - ---Ya lo sé, mi Comandante--repuso, y sus ojos se arrasaron en lágrimas, -y los míos también, abrazándonos. - -Dominando mi emoción, le pregunté: - ---¿Cómo hiciste eso? - ---Borracho, mi Comandante. - ---¿Y cómo me lo negaste el primer día? - ---Usted me preguntó por un vivandero, y yo creía haber muerto al -alférez Guevara. - ---¿Ésa fué tu intención? - ---Sí, mi Comandante, me había dado un bofetón el día del asalto de -Curupaití, sin razón alguna. - ---¿Y qué has confesado en el Consejo? - ---Mi Comandante, no lo sé. Yo he creído que el muerto era el Alférez. -Me han preguntado tantas cosas que me he perdido. - -Salí de allí. - -Hablé con el padre, y le rogué le preguntara á Gómez qué quería. - -Contestó que nada. - -Le hice preguntar si no tenía nada que encargarme, que con mucho gusto -lo haría. - -Contestó que cuando viniese el Comisario le recogiese sus sueldos; que -le pagase un peso que le debía al sargento 1.º de su compañía y que el -resto se lo mandara á su hermana que vivía en la Esquina, villorrio de -Corrientes rayano de Entre Ríos. - -Pasó la noche tristemente y con lentitud. - -El día amaneció hermoso, el batallón sombrío. - -Nadie hablaba. Todos se aprestaban en sepulcral silencio para las ocho. - -Era la hora funesta y fatal. - -La orden, que yo presidiera la ejecución. - -No lo hice porque no podía hacerlo. Estaba enfermo. - -Mi segundo salió con el batallón y mandó el cuadro. - -Yo me quedé en mi carreta. La caja batía marcha lúgubremente. - -Yo me tapé los oídos con entrambas manos. - -No quería oir la fatídica detonación. - -Después me refirieron cómo murió Gómez. - -Desfiló marcialmente por delante del batallón, repitiendo el rezo del -sacerdote. - -Se arrodilló delante de la bandera, que no flameaba sin duda de -tristeza. - -Le leyeron la sentencia, y dirigiéndose con aire sombrío á sus -camaradas, dijo con voz firme, cuyo eco repercutió con amargura: - ---¡Compañeros: así paga la Patria á los que saben morir por ella! - -Textuales palabras, oídas por infinitos testigos que no me desmentirán. - -Quisieron vendarle los ojos y no quiso. - -Se hincó... Un resplandor brilló... los fusiles que apuntaron... oyóse -un solo estampido... Gómez había pasado al otro mundo. - -El batallón volvió á sus cuadras y los demás piquetes del Ejército á -las suyas, impresionados con el terrible ejemplo, pero llorando todos -al cabo Gómez. - -Á los pocos días yo tuve una aparición... Decididamente hay vidas -inmortales. - - - - - VIII - - El Palmar de Yataití.--Sepulcro de un soldado.--Su memoria.--Sus - últimos deseos cumplidos.--El rancho del General Gelly y lo que allí - pasó.--Resurrección.--Visión realizada.--Fanatismo. - - -Á inmediaciones de mi reducto estaba el Palmar de Yataití, donde tantos -y tan honrosos combates para las armas argentinas tuvieron lugar. - -Allí fué enterrado el cabo Gómez, y sobre su sepulcro mandé colocar una -tosca cruz de pino con esta inscripción: - -«Manuel Gómez, cabo del 12 de línea.» - -Durante algunas horas su memoria ocupó tristemente la imaginación de -mis buenos soldados. Y, poco á poco, el olvido, el dulce olvido fué -borrando las impresiones luctuosas de ese día. Al siguiente, si su -nombre volvió á ser mentado, no fué ya á impulsos del dolor sufrido. - -Así es la vida, y así es la humanidad. Todo pasa felizmente, en -una sucesión constante, pero interrumpida, de emociones tiernas ó -desagradables, profundas ó superficiales. - -Ni el amor, ni el odio, ni el dolor, ni la alegría, absorben por -completo la existencia de ningún mortal. Sólo Dios es imperecedero. - -La muchedumbre olvidó luego, como ves, el trágico fin del cabo. - -Yo me dispuse á cumplir sus últimas voluntades. - -Llamé al sargento 1.º de la compañía de Granaderos, y con esa -preocupación fanática que nos hace cumplir estrictamente los caprichos -póstumos de los muertos queridos, le pagué _el peso_ que le debía el -cabo. - -Confieso que después de hacerlo sentía un consuelo inefable. - -¡Cuesta tanto á veces cumplir las pequeñeces! - -Es por eso que el hombre debe ser observado y juzgado por sus obras -chicas, no por sus obras grandes. - -En el cumplimiento de las últimas está interesado generalmente el honor -ó el crédito, el amor propio ó el orgullo, el egoísmo ó la ambición. - -En el cumplimiento de las primeras no influye ninguno de esos poderosos -resortes del alma humana, sino la conciencia. - -Cancelada la deuda con el sargento, me quedaba por hacer la remisión -prometida de los haberes devengados de Gómez á la Esquina. - -Esperar el Comisario era un sueño. ¿Cuándo vendría éste? Y si venía, -¿estaría yo vivo? ¿Me entregaría, sobre todo, los sueldos del cabo? ¿El -Estado no es el heredero infalible de nuestros soldados muertos en el -campo de batalla, por él mismo ó por la libertad de la Patria, ó por su -honor ultrajado? - -¿No es ésa la consecuencia del odioso é imperfecto sistema -administrativo militar que tenemos? - -Gómez no era un soldado antiguo en mi batallón. Reservándome, pues, -ver si recogía sus sueldos de Guardia nacional, resolví mandarle á su -hermana los seis ú ocho que se le debían como soldado de línea. - -_Simbad_, el corresponsal del _Standard_, á la sazón en el teatro de la -guerra, era vecino de la Esquina y mi antiguo amigo. - -Debo á él la iniciación en un mundo nuevo, la lectura del _Cosmos_, ese -monumento imperecedero de la sapiencia del siglo XIX. - -De _Simbad_ iba á valerme para remitir á su destino la pequeña herencia. - -Habrían pasado _cincuenta y dos_ horas desde el instante en que el cabo -Gómez, según dejo relatado, recibió en su pecho intrépido las balas de -sus propios compañeros en cumplimiento de una orden y del más terrible -de los deberes. - -Yo había ido de mi reducto, según costumbre que tenía, al alojamiento -del jefe de Estado Mayor. - -Tenía éste dos puertas. Una que daba al Naciente y otra al Poniente. -La última estaba abierta. El General Gelly escribía con una pausa -metódica, que le es peculiar, en una mesita, cuya colocación variaba -según las horas y la puerta por donde entraba el sol. Esta vez se -hallaba colocada cerca de la puerta abierta. Yo estaba sentado en una -silla de baqueta paraguaya, dándole la espalda. - -¿En qué pensaba? - -Probablemente, Santiago amigo, en lo mismo que aquel tipo de comedia de -San Luis, que te ponderaba un día las delicias de su Estancia. - ---Aquí me lo paso, te decía cierta hermosa tarde de primavera desde el -corredor, que dominaba una vasta campiña, _pensando_... _pensando_... - -Y tú, interrumpiéndole, con tu sorna característica,--_en qué_... _en -qué_... - -Y el pobre hombre contestaba: _en nada... en nada_... - -El General era distraído de su escritura á cada paso, por oficiales que -se presentaban con distintas solicitudes,--dirigiéndole la palabra -desde el dintel de la puerta. - -Yo seguía _pensando_... - -En el instante en que mi pensamiento se perdía, qué sé yo en qué -nebulosa, un eco del otro mundo con tonada correntina, resonó en mis -oídos. - ---Aquí te vengo á ver V. E. para que... - -Mi sangre se heló, mi respiración se interrumpió... quise dar vuelta, -¡imposible! - ---Estoy ocupado--murmuró el General, y el ruido del rasguear de su -pluma que no se interrumpió, produjo en mi cabeza un efecto nervioso -semejante al que produce el rechinar estridoroso de los dientes de un -moribundo. - ---Haceme, ché, V. E., el favor... - ---Estoy ocupado,--repitió el General. - -Yo sentí algo como cuando en sueños se nos figura que una fuerza -invisible nos eleva de los cabellos hasta las alturas en que se ciernen -las águilas. - -Debía estar pálido, como la cera más blanca. - -El General Gelly fijó casualmente su mirada en mí, y al ver la emoción -angustiosa de que era presa, preguntóme con inquietud: - ---¿Qué tiene usted? - -No contesté... Pero oí... El vértigo iba pasando ya. - -El General estaba confuso. Yo debía parecer muerto y no enfermo. - ---¡Mansilla!--dijo. - ---General--repuse, y haciendo un esfuerzo supremo, di vuelta la cabeza -y miré á la puerta. - -Si hubiese sido mujer, habría lanzado un grito y me hubiera desmayado. - -Mis labios callaron; pero como suspendido por un resorte, y á la manera -de esos maniquíes mortuorios que se levantan en las tablas de la escena -teatral, fuime levantando poco á poco de la silla y como queriendo -retroceder. - ---Ché, V. E., hacé vos el favor,--volvió á oirse. - -El General Gelly se puso de pie, y dirigiéndose á la voz que venía de -la puerta, contestó: - ---¿Qué quieres? - -Yo sentí un sudor frío por mi frente, y llevando mi mano á ella y como -queriendo condensar todas mis ideas y recuerdos ó hacerlos converger á -un solo foco, miré al General y exclamé con pavor: - ---El cabo Gómez. - -Efectivamente, el cabo Gómez estaba ahí, en la puerta del rancho del -General, con el mismo rostro que tenía la noche que le vi por última -vez. - -Sólo su traje había variado. No revestía ya el uniforme militar, sino -un traje talar negro. - -Mis ojos estuvieron fijos en él un instante, que me pareció una -eternidad. - -El General Gelly volvió á repetir: - ---¿Vamos, qué quieres?--Y dirigiéndose á mí:--¿Está usted enfermo? - -La aparición contestó: - ---Quiero que me dejes velar la crucecita de mi hermano. - ---¿La crucecita de tu hermano?--repuso el General con aire de no -entender bien. - ---Sí, pues, Manuel Gómez, que ya murió... - -Y esto diciendo, echó á llorar, enjugando sus lágrimas con la punta del -pañuelo negro que cubría sus hombros. - -Mientras se cambiaron esas palabras, yo volví en mí. - ---¿Y dónde está la crucecita de tu hermano?--dijo el General. - ---En el cementerio de la Legión Paraguaya. - -Entonces, tomando yo la palabra, como aquella desdichada mujer no -podía dejar de interesarme, la dije: - ---No, estás equivocada, la cruz de Gómez no está ahí. - ---Yo sé--murmuró. - -Queriendo convencerla, la dije: - ---Yo soy el jefe del 12 de línea, que era el cuerpo de tu hermano. - ---Yo sé--murmuró, retrocediendo con marcada impresión de espanto. - ---Yo tengo los sueldos de tu hermano para ti; ven á mi batallón, que -está en el reducto de la derecha, te los daré y te haré enseñar dónde -está su cruz. - ---Yo sé--murmuró. - -Un largo diálogo se siguió. Yo pugnando porque la mujer fuera á mi -reducto para darle los sueldos de su hermano é indicarle el sitio de su -sepultura, y ella aferrada en que no, contestando sólo: _Yo sé._ - -El General Gelly, picado por la curiosidad de aquel carácter tan tenaz, -al parecer, la hizo varias preguntas: - ---¿De dónde vienes? - ---De la Esquina. - ---¿Cuándo saliste de allí? - ---Antes de ayer. - ---¿Dónde supiste la muerte de tu hermano? - ---En ninguna parte. - ---¿Cómo en ninguna parte? - ---En ninguna parte, pues. - ---¿Te la han dado en Itapirú, ó aquí en el campamento? - ---En ninguna parte. - ---¿Y entonces, cómo la has sabido? - -La hermana de Gómez refirió entonces, con sencillez, que en sueños -había visto á su hermano que lo llevaban á fusilar; que como sus sueños -siempre le salían ciertos, había creído en la muerte de aquél, y que, -tomando el primer vapor que pasó por la Esquina, se había venido á -velar su crucecita, que estaba en el cementerio de los paraguayos, idea -que era fija en ella. - -Á las interpelaciones del General Gelly siguieron las mías. - -El sueño de la hermana de Gómez había tenido lugar precisamente en -el momento en que éste estaba en capilla recibiendo los auxilios -espirituales. - -Un hilo invisible y magnético une la existencia de los seres amantes, -que viven confundidos por los vínculos tiernísimos del corazón. - -Y como ha dicho un gran poeta inglés: «Hay más cosas en el cielo y en -la tierra de las que ha soñado la filosofía.» - -Empeñéme con la mujer cuanto pude, á fin de que fuera á mi reducto, -intentando seducirla con el halago de los sueldos de su hermano. - -¡Fué en vano! - -El General la despidió, diciéndole que podía velar la crucecita de su -hermano. - -Y después de cambiar algunas palabras conmigo sobre aquel extraño sueño -realizado, filosofando sobre la vida y la muerte, á mis solas, me volví -á mi campo. - -Mandé llamar á Garmendia en el acto, y le relaté todo lo sucedido. - -Despachamos en seguida emisarios en busca de la hermana de Gómez. - -Halláronla, pero fué inútil luchar contra su inquebrantable resolución -de no verme, y menos convencerla de que la crucecita de su hermano no -estaba en el cementerio que ella decía. - -Esa noche hubo un velorio al que asistieron muchos soldados y mujeres -de mi batallón prevenidos por mí. - -Por ellos supe que la hermana de Gómez, siendo yo el jefe del 12, me -achacaba á mí su muerte, y, asimismo que en la Esquina tenía algunos -medios de vivir, confirmando todos, por supuesto, que la noticia del -fusilamiento se la dió Dios en sueños. - -Al día siguiente del velorio la mujer desapareció del ejército, sin que -nadie pudiera darme de ella razón. - -El único mérito que tiene este cuento de fogón, que aquí concluye, es -ser cierto. - -No todas las historias pueden reivindicar ese crédito. - -¿Si será verdad que el público no se ha dormido leyéndolo? - -Á los del fogón les pasaron distintas cosas. - -Cuando yo terminé, unos roncaban, otros (la mayor parte), dormían. - -Se oían sonar los cencerros de las tropillas; la luna despedía ya -alguna claridad. - ---¡Á caballo, cordobeses!--grité,--¡se acabaron los cuentos! - -Y todo el mundo se puso en movimiento, y un cuarto de hora después -rumbeábamos en dirección á un oasis denominado Monte de la Vieja. - -¡Buenas noches! por no decir buenos días, ó salud, lector paciente. - - - - - IX - - La Alegre.--En qué rumbo salimos.--¿Los viajes son un placer?--Por - qué se viaja.--Monte de la Vieja.--El alpataco.--El zorro - colgado.--Pollo-helo.--Us-helo.--Qué es aplastarse un - caballo.--Coli-Mula.--La trasnochada.--Precauciones. - - -La Alegre, es una laguna de agua dulce, permanente, cuyo nombre le -cuadra muy bien, como que está situada en un accidente del terreno de -cierta elevación, circunvalada de médanos y arbustos, que suministran -una excelente leña, y de abundante pasto. - -Las cabalgaduras se dieron allí una buena panzada, que no se les -indigestó. ¡Ojalá que á ti y al lector les sucediera lo mismo con el -cuento del cabo Gómez! Si sucediese lo contrario, me vería en el caso -de suprimir otros que deben venir á su tiempo. - -Nos pusimos en marcha. - -El rumbo, Sur, recto, ó _reuto_, como dicen los paisanos. - -El camino, ó mejor dicho, la rastrillada, cruzaba por un campo lleno -de chañaritos espinosos. La luna estaba en su descenso, el cielo -nublado, la noche obscura, de modo que no pudiendo ver con facilidad -los objetos, á cada paso rehuía el caballo la senda por no espinarse, -espinándose el jinete y evitando el culebreo del animal que nos -durmiéramos profundamente. - -Todos los que viajan, ponderan alguna maravilla, la que más ha llamado -la atención, ó tienen alguna anécdota favorita, algo que contar, en -suma, aunque más no sea que han estado en París, barniz que no á todos -se les conoce. - -¿Dirás que no es cierto? - -En lo que suelen estar divididas las opiniones de los _tourist_, y -desde luego las opiniones de los que no han viajado, que es más fácil -coincidir en pareceres cuando se conocen prácticamente las cosas, es -sobre el capítulo: placer de los viajes. - -Ni todos viajan del mismo modo, ni por las mismas razones, ni con el -mismo resultado. - -Se viaja por gastar el dinero, adquirir un porte y un aire _chic_, -comer y beber bien. - -Se viaja por lucir la mujer propia, y á veces la ajena. - -Se viaja por instruirse. - -Se viaja por hacerse notable. - -Se viaja por economía. - -Se viaja por huir de los acreedores. - -Se viaja por olvidar. - -Se viaja por no saber qué hacer. - -Vamos, sería inacabable el enumerar todos los motivos _por qué_ se -viaja; como sería inacabable decir _para qué_ se viaja. - -No olvidemos que estas dos proposiciones, aunque son muy parecidas, -gramaticalmente no significan lo mismo. Ambas significan causa ó fin; -pero _para_ responde más que _por_ á la idea de efecto. - -Por ejemplo: - -¿No es común ir á Europa por instruirse para olvidar lo poco que se ha -aprendido en la tierra? - -¿No suele suceder hacer un viaje _por_ curarse _para_ morir en el -camino? - -Ir _por_ lana _para salir_ trasquilado. - -Madame de Staël dice, que viajar es, digan lo que quieran, un placer -tristísimo. - -Sea de esto lo que fuere, yo digo que viajando por los campos en noche -clara ú obscura, es un placer dormir. - -Por mi parte al tranco, al trote ó al galope, yo duermo perfectamente. -Y no sólo duermo sino que sueño. - -Cuántas veces un amigo que tengo en Córdoba, Eloy Ávila, no sorprendió -mis sueños, y yendo á la par mía no me alzó el rebenque. - -Sea de esto lo que fuere, el hecho es que el camino de la Laguna -Alegre al Monte de la Vieja, no permitiendo dormir á gusto por el -inconveniente de los arbustos, me pareció poco divertido. - -Por fortuna, el terreno era mejor que el de la primera etapa. El guadal -no nos amenazaba á cada paso, las mulas cargueras no caían y levantaban -acá y acullá como antes de llegar á la Alegre. - -Serían las tres y media de la mañana cuando llegamos al Monte de la -Vieja. - -Amanecía muy tarde, así fué que resolví pasar allí otro rato. - -¡Desensillar y á la leña! fué el grito de orden. - -El fogón volvió á arder con una rapidez maravillosa. - -Uno de los talentos del gaucho argentino, consiste en la prontitud con -que halla leña y en la asombrosa facilidad con que hace fuego. - -Ellos hallan leña donde ningún otro la ve, y hacen fuego en el agua. - -Y á propósito de leña que no se ve, ¿conoces, Santiago, lo que es el -algarrobo _alpataco_? - -Es un arbustito muy pequeño, cuyo desarrollo se hace subterráneamente, -echando raíces gruesísimas que aunque estén verdes, tienen tanta -resina, que arden como sebo. - -Tú conoces el chañar. Pues así es el _alpataco_. - -En los campos, al Sud del Río 4.º, particularmente en los de Sampacho, -y en algunos al Sud del Río 5.º, abunda este arbustito, que más bien -parece un algarrobo común naciente. - -El ojo necesita estar ejercitado para distinguir el uno del otro. - -¡Se puso un asado! - -Mientras se hacía, habiendo calentado agua en un verbo, se cebaba mate -y se daban sendas cabeceadas. - -En este fogón no hubo cuentos. Hubo hambre y sueño y algunas órdenes -para en cuanto amaneciera. - -Comimos, dormimos, y cuando... iba á decir gorjeaban las avecillas del -monte... - -¡Pero qué, si en la Pampa no hay avecillas!--por casualidad se ven -pájaros, tal cual carancho. Las aves, excepto las acuáticas, buscan la -inmediación de los poblados. - -Y luego, en Monte de la Vieja no es más que un pequeño grupo de -árboles, no muy viejos, bajo cuyo destruido ramaje apenas pueden -guarecerse unas cuantas personas. - -La luz crepuscular venía anunciando el día en el momento en que, -cumpliendo mis órdenes, se pusieron en juego todos los asistentes al -llamado de Camilo Arias, un hombre de toda mi confianza, Alférez de -Guardia nacional del Río 4.º, cuya pintura no faltará ocasión de hacer. - -Era completamente de día cuando dejábamos el Monte de la Vieja, -dirigiéndonos á otro paraje, donde debía haber leña y agua sobre todo. - -El rumbo era Sud arriba, ó Sud con algunos grados de inclinación al -Oeste. - -La noche había estado templada, así fué que la mañana no presentó -ninguno de esos fenómenos meteorológicos que suele ofrecer la Pampa, -cuando después de un rocío abundante ó de una fuerte helada sale el sol -caliente. - -Marchábamos. - -El terreno presenta pocos accidentes; cañadas y cañadones que se van -encadenando, montecitos de pequeños arbustos quemados aquí, creciendo -ó retoñando allí; salitrales que engañan á la distancia, con su -superficie plateada como la del agua. - -El objetivo á que me dirigía era el Zorro Colgado. - -Por qué se llama así este lugar, es echarse á nadar buscando un objeto -perdido. Probablemente el primer cristiano que llegó allí halló un -zorro colgado por los indios en algún árbol. - -Seis leguas representan, no andando con apuro, dos horas y media de -camino; contemplando las cabalgaduras como es debido, en las correrías -lejanas, un poco más. - -Cuando llegamos al Zorro Colgado serían las diez de la mañana. - -El campo recorrido es muy solo. No tiene bichos ó _aves_, como le -llaman los paisanos á los venados, peludos, mulitas, guanacos, etc. - -El Zorro Colgado no estaba, por supuesto. - -Aquel punto es un grupito de árboles, chañares viejos más altos que -corpulentos. Tiene una aguadita que se seca cuando el año no es -lluvioso. - -Allí paramos un rato, lo bastante para que las bestias de carga que se -habían quedado atrás llegaran, y después de haber bebido bien, seguimos -caminando en el mismo rumbo, hasta llegar á _Pollo-helo_, que quiere -decir en lengua ranquelina, Laguna del Pollo, y cuya pronunciación debe -hacerse nasal ó gangosamente, verbigracia, como si la palabra estuviese -escrita así y debieran sonar todas las letras: _Pollonguelo_. - -Aquí variamos de rumbo un poco, buscando el Sud recto, y así seguimos, -como legua y media, por un campo muy guadaloso y pesado, en el que -caímos y levantamos varias veces, lo mismo que las mulas de carga, -hasta llegar á _Us-helo_, donde hay otro grupo de árboles, una aguada -semejante á la anterior y una lagunita de agua salobre, pero potable no -habiendo sequía. - -Las cabalgaduras se habían _aplastado_ algo con la legua y media de -guadal. - -_Aplastarse_, es un término del país, que vale más que fatigarse y -menos que cansarse, cuando se quiere expresar el estado de un caballo. - -Hicimos alto, se hizo fuego, se hizo cama para una siesta, se descansó, -se tomó mate, se durmió y á las cansadas llegaron las mulas de carga, -que habiendo caído en una cañada mojaron las petacas de los padres -franciscanos. - -Serían las tres cuando nos movimos de aquí en dirección á _Coli-mula_, -que de la etapa anterior queda en rumbo Sud. - -Este trayecto es más variado que los demás; el terreno se quiebra acá y -allá en grandes bajíos salitrosos y en grupos considerables de arbustos -crecidos. - -En un inmenso pajonal, sembrado de grandes árboles diseminados, -pillamos un caballo que hacía pocos días andaba por allí, pues no -estaba alzado aún. - -Cuando llegamos á Coli-Mula, que quiere decir mula colorada, habíamos -andado tres leguas. - -No sé por qué se llama así ese paraje. No hay árboles. Es una linda -lagunita circular, de agua excelente y abundante que dura mucho. - -Resolví descansar allí hasta las nueve de la noche, y adelantar dos -hombres. - -El cielo comenzaba á fruncir el ceño, una barra negra se dibujaba en el -horizonte hacia el lado del Poniente, el sol brillaba poco. - -Íbamos á tener viento ó agua. - -Llamé al cabo Guzmán, magnífico tipo criollo, y al indio Angelito, -escribí algunas cartas, les di mis instrucciones y los despaché después -de asegurarme de que habían entendido bien. - -Llevaban encargo especial de llegar á las tolderías del cacique Ramón, -que son las primeras y de decirle que pasaría de largo por ellas, no -sabiendo si al cacique Mariano le parecería bien que visitase primero á -uno de sus subalternos y que al regreso lo haría. - -Partieron los chasquis. - -Mientras yo tomaba las antedichas disposiciones, otros se ocupaban en -hacer un buen fogón, preparándonos para la trasnochada. - -Los chasquis no se habían perdido de vista aún, cuando frescas y recias -ráfagas de viento comenzaron á augurar la inevitable proximidad de la -tormenta. - -El cielo se puso negro. - -La experiencia nos dijo que debíamos renunciar al fogón y al asado y -prepararnos para una noche toledana por no decir pampeana. - -El viento arreció, gruesas gotas de agua comenzaron á caer, la noche -avanzaba, ó mejor dicho, se anticipaba con rapidez. - -Pronto estuvimos envueltos en una completa obscuridad. - -Llovía á cántaros, silbaba el viento, eléctricos fulgores resplandecían -en el cielo á distancias inconmensurables, haciendo llegar hasta -nuestros oídos el ruido sordo del rayo. - -Las tropillas se habían agrupado, daban las ancas al viento y -permanecían inmóviles. - -Cada cual se había acurrucado lo mejor posible, y con maña procuraba -mojarse lo menos posible. No teníamos siquiera dónde hacer espalda, -ni era posible conversar, porque el ruido de la lluvia, que caía á -torrentes, ahogaba las palabras que salían de debajo de los ponchos ó -capotes con que estábamos cubiertos hasta la cabeza. - -Durante dos horas llovió sin cesar, cayendo el agua á plomo. - -Cuando las intermitencias del aguacero lo permitían, yo cambiaba -algunas palabras con Camilo Arias, que estaba casi pegado á mi lado. - -En una de esas pláticas diluvianas, le dije así: - ---Puede ser que los indios me maten, es difícil; pero no lo es que -quieran retenerme, con la ilusión de un gran rescate. En este caso, -es preciso que el General Arredondo lo sepa sin demora. Prevén á los -muchachos--eran éstos cinco hombres especiales,--mis baqueanos de -confianza. - -Será señal de que _ando mal_, que no tenga en el cuello este pañuelo. - -Era un pañuelo de seda de la India, colorado, que siempre uso en el -campo debajo del sombrero por el sol y la tierra. - -Puede, sin embargo suceder, que tenga que regalar el pañuelo. En este -caso la señal será que me vean con la _pera trenzada_. - -No comuniques esto más que á los _muchachos_. Y cuando lleguemos á -las tolderías no te acerques á hablar conmigo jamás. Sírvete de un -intermediario. - -Camilo es como un árabe, habla poco; sabe que la palabra es plata y el -silencio oro, contestó sólo: - ---Está bien, señor. - -Y yo me quedé seguro de que me había entendido y rumiando: algún -mosquetero llegará á Londres y hablará con Buckingham. - -Ya verás después qué caso extraordinario sucedió con mi pera. (Te -prevengo que estoy hablando de la barba). - -Y como sigue lloviendo y estoy mojado hasta la camisa, me despido hasta -mañana. - - - - - X - - No es posible seguir la marcha.--Civilización y barbarie.--En qué - consiste la primera.--Reflexiones sobre este tópico.--En - marcha.--Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo - lugar.--Asombroso adelanto de estas - tierras.--Ralico.--Tremencó.--Médano del Cuero.--El - Cuero.--Sus campos. - - -El hombre propone y Dios dispone. - -Fué imposible seguir la marcha á las nueve. - -La lluvia cesó á las cuatro horas; pero el cielo quedó encapotado, -amenazando volver á desplomarse, el aquilón continuó rugiendo y los -relámpagos serpenteando en el cielo por los espacios sin fin. - -Pensé en que la gente masticara. ¡Arriba! grité, ¡vamos, pronto, hagan -un buen fuego, pongan un asado y una pava de agua! - -Los asistentes salieron de sus guaridas y un momento después -chisporroteaba el verde y resinoso chañar. - -El asado se hacía, el agua hervía, unos cuantos rodeaban el fuego, -calentándose, secándose sus trapitos, mirando al cielo y haciendo -cálculos sobre si volvería á llover ó no. - -El fogón estaba hecho y en regla, porque de su centro se elevaban -grandes y relumbrosas llamaradas. - -Era imposible resistirle. Más fácil habría sido que una mujer pasara -por delante de un espejo sin darse la inefable satisfacción platónica -de mirarse. - -Abandoné la postura en que me había colocado y permanecido tanto rato, -y me acerqué á él. - -Me dieron un mate. - -Los buenos franciscanos intentaban dormir rendidos por la fatiga del -día y de la noche anterior,--que quien no está hecho á bragas, las -costuras le hacen llagas. - -Haciendo uso de la familiaridad y confianza que con ellos tenía, les -obligué á levantarse y á que ocuparan un puesto en la rueda del fogón. - -Apuramos el asado, desparramamos brasas, lo extendimos y no tardó en -estar. - -Mientras estuvo nos secamos. - -Comimos bien, hicimos camas con alguna dificultad; porque todo estaba -anegado y las _pilchas_ muy mojadas y nos acostamos á dormir. - -Dormimos perfectamente. ¡Qué bien se duerme en cualquier parte cuando -el cuerpo está fatigado! - -Si los que esa noche se revolvían en el elástico y mullido lecho -agitados por el insomnio, nos hubieran oído roncar en los albardones de -Coli-Mula, ¡qué envidia no les hubiéramos dado! - -Es indudable que la civilización tiene sus ventajas sobre la barbarie; -pero no tantas como aseguran los que se dicen civilizados. - -La civilización consiste, si yo me hago una idea exacta de ella, en -varias cosas. - -En usar cuellos de papel, que son los más económicos, botas de charol -y guantes de cabritilla. En que haya muchos médicos y muchos enfermos, -muchos abogados y muchos pleitos, muchos soldados y muchas guerras, -muchos ricos y muchos pobres. En que se impriman muchos periódicos y -circulen muchas mentiras. En que se edifiquen muchas casas, con muchas -piezas y muy pocas comodidades. En que funcione un gobierno compuesto -de muchas personas como Presidente, Ministros, Congresales, y en que se -gobierne lo menos posible. En que haya muchísimos hoteles y todos muy -malos y todos muy caros. - -Verbigracia, como uno en que yo paré la última noche que dormí en el -Rosario--que intenté dormir, para ser más verídico. - -Son precisamente las camas de ese hotel, las que me han sugerido estas -reflexiones tan vulgares. - -¡Ah! en aquellas camas había de cuanto Dios crió el quinto día, que si -mal no recuerdo, fueron: «los animales domésticos, según su especie y -los reptiles de la tierra, según su especie». - -Todo lo cual, según afirma el Génesis, el Supremo Hacedor vió que -era bueno, aunque es cosa que no me entra á mí en la cabeza, que los -animales domésticos del referido hotel del Rosario hayan jamás sido -cosa buena; y menos la noche en que yo estuve en él, en que juraría, -á fe de cristiano, que me parecieron algo más que cosa mala, cosa -malísima, tan insoportable que me creo en la obligación de preguntar: - -¿No tiene la civilización el deber de hacer que se supriman esas cosas, -que pudieron ser buenas al principio del mundo, pero que pueden ser -puestas en duda en un siglo en que tenemos cosas tan buenas como las -del Orión? - -¿Qué hacen los gobiernos entonces? - -¿No nos dice la civilización todos los días en grandes letras que el -gobierno es para el pueblo? - -¿Que en lugar de invertir los dineros públicos en torpes guerras debe -aplicarlos á mejorar la condición del pueblo? - -¿No hay inspectores de puentes y caminos, inspectores de aduanas, -inspectores de fronteras, inspectores de escuelas, inspectores de todo, -y así va ello? - -¿Pues, y por qué no ha de haber inspectores de hoteles? - -¿Acaso no se relacionan estos establecimientos muy íntimamente con la -salud pública? - -¿No se albergan en ellos, el cólera, la fiebre amarilla y tantas otras -cosas que Dios crió el quinto día, y que en su atraso inocente y -primitivo, creyó que eran buenas y que así las legó en herencia á la -desagradecida humanidad? - -¿Se cree que faltarían inspectores de hoteles? - -Provéase el cargo por oposición, previo examen de conocimientos, -aptitudes, moralidad, estado fisiológico de los candidatos y se verá, -sin tardanza, que sobra patriotismo en el país. - -No digo pagando bien el empleo, que es el modo más eficaz de salvar la -moral administrativa, y el medio más seguro, sobre todo, de que abunden -impetrantes. - -Cualquiera remuneración que se ofreciese bastaría. - -Hay en el país, felizmente, el convencimiento de que todos deben -tributarle á la patria abnegación, tiempo, sangre, alma y vida. - -Esta gran conquista, es debida á la educación oficial dada por los -buenos gobiernos que hemos tenido, á la Guardia nacional. - -Ella ha hecho todo--guerras interiores, guerras de frontera, guerras -exteriores. - -Decididamente la civilización es, de todas las invenciones modernas, -una de las más útiles al bienestar y á los progresos del hombre. - -Empero mientras los gobiernos no pongan remedio á ciertos males, yo -continuaré creyendo en nombre de mi escasa experiencia, que mejor se -duerme en la calle ó en la Pampa que en algunos hoteles. - -Sonaban los cencerros de las tropillas; cada cual se preparaba para -subir á caballo, habiendo olvidado sus penas alrededor del fogón: - - «Y en el Oriente nubloso - La luz apenas rayando, - Iba el campo tapizando - De claro oscuro verdor.» - -Galopábamos, aprovechando la fresca de la mañana, y á la derecha en -lontananza se veían ya los primeros montes de Tierra Adentro. - -Me proponía llegar al Cuero temprano. - -Apenas salimos de Coli-Mula comprendí que no lo conseguiría. - -El campo estaba cubierto de agua, y quebrándose en altos médanos, en -cañadas profundas y guadalosas nos obligaba á marchar despacio. - -Los caballos hubieran soportado bien una marcha acelerada; las mulas no. - -Y, sin embargo, por muy despacio que anduve se quedaron atrás, porque -á cada rato se caían con las cargas y había que perder tiempo en -enderezarlas. - -Más allá de un lugar en el que hay agua y leña, y cuyo nombre es -Ralico, el terreno se dobla sensiblemente formando varios médanos -elevados, y es de allí de donde se divisan ya los montes del Cuero. - -Los campos comienzan á cambiar de fisonomía y la vista no se cansa -tanto espaciándose por la sabana inmensa del desierto solitario, -triste, imponente, pero monótona como el mar en calma. - -Sin contrastes, hay existencia, no hay vida. - -Vivir es sufrir y gozar, aborrecer y amar, creer y dudar, cambiar de -perspectiva física y moral. - -Esta necesidad es tan grande, que cuando yo estaba en el Paraguay, -Santiago amigo, voy á decirte lo que solía hacer,--cansado de -contemplar desde mi reducto de Tuyutí todos los días la misma cosa; las -mismas trincheras paraguayas, los mismos bosques, los mismos esteros, -los mismos centinelas; ¿sabes lo que hacía? - -Me subía al merlón de la batería, daba la espalda al enemigo, me abría -de piernas, formaba una curva con el cuerpo y mirando al frente por -entre aquéllas, me quedaba un instante contemplando los objetos al -revés. - -Es un efecto curioso para la visual, y un recurso al que te aconsejo -recurras cuando te fastidies ó te canses de la igualdad de la vida, -en esa vieja Europa que se cree joven, que se cree adelantada y vive -en la ignorancia, siendo prueba incontestable de ello, como diría -Teófilo Gauthier, que todavía no ha podido inventar un nuevo gas para -reemplazar el Sol. - -La América, ó mejor dicho, los _americanos_ (del Norte) la van á dejar -atrás si se descuida. - -Por lo pronto, nosotros vamos resolviendo los problemas sociales más -difíciles--degollándonos,--y las teorías y las cifras de Malthus sobre -el crecimiento de la población no nos alarman un minuto. - -Tenemos grandes empíricos de la política, que todos los días nos -prueban, que el dolor puede ser no sólo un anestésico, sino un -remedio; que las tiranías y la guerra civil son necesarias, porque su -consecuencia inevitable, fatal, es la libertad. - -Esto te lo demuestran en cuatro palabras y con espantosa claridad, -al extremo que nuestra juventud tiene ya sus axiomas políticos de -los que no apea, creyendo en ellos á pie juntillas, y demostrándolos -prematuramente á su vez por A. B. - -Te asombrarías, si volvieses á estas tierras lejanas y vieras lo que -hemos adelantado. - -Buscarías inútilmente el molino de viento; el pino de la quinta de -Guido se ha escapado por milagro. La civilización y la libertad han -arrasado todo. - -El Paraguay no existe. La última estadística después de la guerra -arroja la cifra de ciento cuarenta mil mujeres y catorce mil hombres. - -Esta grande obra la hemos realizado con el Brasil. Entre los dos lo -hemos mandado á López á la _difuntería_. - -¿No te parece, que no es tan poco hacer en tan poco tiempo? - -Ahora la hemos emprendido con Entre Ríos, donde López Jordán se encargó -de despacharlo á Urquiza. - -Todos, todos han sentido su muerte muchísimo. - -De esta guerrita, en la que nos ha metido la fatalidad histórica, nos -consolamos, pensando en que se acabará pronto, y en que como el Entre -Ríos estaba muy rico, le hacía falta conocer la pobreza. - -La letra con sangre entra. - -Es el principio del dolor fecundo. - -Te hablo y te cuento estas cosas, porque vienen á pelo. Y no tan á humo -de paja, pues, más adelante verás que ellas se relacionan bastante, más -de lo que parece, con los indios. - -¿No hay quien sostiene que es mejor exterminarlos en vez de -cristianizarlos, civilizarlos y utilizar sus brazos para la industria, -el trabajo y la defensa común, ya que tanto se grita de que estamos -amenazados por el exceso de inmigración espontánea? - -Sigamos caminando... - -Pasando los médanos de Ralico, se llega á la aguada de Tremencó. Son -dos lagunas, una de agua dulce, la otra de agua salada. Ambas suelen -secarse. - -De Tremencó se pasa al Médano del Cuero. - -De allí al Cuero mismo hay dos leguas. - -Esta laguna tendrá unos cien metros de diámetro. Su agua es excelente, -y durante las mayores sequías allí pueden abrevar su sed muchísimos -animales, sin más trabajo que cavar las vertientes del lado del Sur. - -En la Laguna del Cuero ha vivido mucho tiempo el famoso indio Blanco, -azote de las fronteras de Córdoba y San Luis; terror de los caminantes, -de los arrieros y troperos. - -Ya te contaré cómo lo eché yo del Cuero con unos cuantos gauchos, sin -cuya circunstancia me habría encontrado con él en sus antiguos dominios. - -Este episodio tiene su interés social, y les hará conocer á muchos -que no salen de los barrios cultos de Buenos Aires, lo que es nuestra -Patria amada, en la que hay de todo y para todo; un negro que mate -una familia entera por venganza y por amor, y un blanco que mate un -gobernador también por amor á la libertad, después de haber sostenido -con su brazo viril la tiranía. - -Mientras tanto, te diré que los campos entre el Río 5.º y el Cuero son -diferentes. Ricos pastos abundantes y variados; gramilla, porotillo, -trébol, cuanto se quiera. Agua inagotable, leña, montes inmensos. - -Un estanciero entendido y laborioso allí haría fortuna en pocos años. - -Pero del Cuero á Río 5.º hay treinta leguas. - -Que le pongan cascabel al gato. De allí á los primeros toldos -permanentes, hay otras treinta leguas, y los indios andan siempre -boleando por el Cuero. - -Estoy esperando las mulas que se han quedado atrás, y reflexionando en -la costa de la laguna si el gran ferrocarril proyectado entre Buenos -Aires y la Cordillera no sería mejor traerlo por aquí. - -No vayas á creer que los indios ignoran este pensamiento. - -También ellos reciben y leen _La Tribuna_. - -¿Te ríes, Santiago? - -Tiempo al tiempo. - - - - - XI - - Quién había andado por Ralico.--Los rastreadores.--Talento de uno del - 12 de línea.--Se descubre quién había andado por Ralico.--Cuántos - caminos salen del Cuero.--El General Emilio Mitre no pudo llegar - allí.--Su error estratégico. - - -Debo á la fidelidad del relato consignar un detalle antes de proseguir. - -En Ralico hallamos un rastro casi fresco. ¿Quién podía haber andado por -allí á esas horas, con seis caballos, arreando cuatro, montando dos? - -Solamente el cabo Guzmán y el indio Angelito,--los chasques que yo -adelanté acto continuo de llegar á Coli-Mula. - -Los soldados no tardaron en tener la seguridad de ello. Fijando en las -pisadas un instante su ojo experto, cuya penetración raya á veces en lo -maravilloso, empezaron á decir con la mayor naturalidad, como nosotros -cuando yendo con otros reconocemos en la distancia ciertos amigos: ché -ahí va el gateado, ahí va el zarco, ahí va el obscuro chapino. - -Los rastreadores más eximios son los sanjuaninos y los riojanos. - -En el batallón 12 de línea hay uno de estos últimos, que fué -_rastreador_ del General Arredondo durante la guerra del Chacho, tan -hábil, que no sólo reconoce por la pisada si el animal que lo ha dejado -es gordo ó flaco, sino si es tuerto ó no. - -Era indudable que la tormenta había impedido que los chasques -continuaran su camino, que habían dormido en Ralico; y que sólo me -llevaban un par de horas de ventaja. - -Si no se apuraban, ó si por apurarse demasiado fatigaban los caballos, -íbamos á llegar á las tolderías del Rincón, que así se llaman las -primeras, casi al mismo tiempo. - -Á cada criatura le ha dado Dios su instinto, su pensamiento, su acento, -su alma, su carácter, por fin. Confieso que este incidente me contrarió -sobremanera. - -Ó les daba tiempo á los chasques para que su comisión surtiera efecto, -deteniéndome un día en el camino, ó seguía mi viaje sin curarme de -ellos corriendo el riesgo de llegar primero. - -Es de advertir que del Cuero salen dos caminos. - -Uno va por Lonco-uaca--_lonco_ quiere decir cabeza y _uaca_ vaca,--y -otro por Bayo-manco que al ocuparme de la laguna ranquelina se verá lo -que quiere decir. - -Estos dos caminos se reunen en Utatriquin, y de allí la rastrillada -sigue sin bifurcarse hasta la Laguna Verde. - -El camino de Lonco-uaca da una pequeña vuelta. Pero tiene sobre el -Bayo-manco la ventaja de que en él no falta jamás agua, mientras que en -el otro no se halla sino cuando el año no está de sequía. - -Por cual de los dos caminos habían tomado los chasques, ésa era la -cuestión. - -Los bañados del Cuero no permitirían saberlo; los hallaríamos anegados. - -Disimulando mi contrariedad, y pensando en lo que haría, si mis -conjeturas se realizaban, es decir, si no podíamos tomarles el rastro -á los heraldos, llegué al Cuero. - -Allí nos quedamos ayer esperando las mulas, Santiago amigo. - -Te cumpliré, pues, cuanto antes mi oferta para poder seguir viaje, y al -llegar hoy siquiera á Laquinhan, que es donde me propongo dormir. - -Estamos á orillas del Cuero, del famoso Cuero, adonde no pudo llegar el -general Emilio Mitre, cuando su expedición, por ignorancia del terreno, -costándole esto el desastre sufrido. Y, sin embargo, llegó á Chamalcó, -y de allí contramarchó dejando el Cuero seis leguas al Norte. - -Es verdad que el General buscaba también la Amarga en su marcha de -retroceso, creyendo en las anotaciones de las malas cartas geográficas -que circulan con la Amarga pintada como una gran laguna, siendo así que -no es sino un inmenso cañadón. - -Son los desagües del Río 5.º, ya sabes, y lo más parecido que puedo -indicarte son los desagües del Río 4.º, ó sean los cañadores de Lobay. - -Como tú eres uno de los amigos de la República Argentina que más se -interesa en ella, que más se ha preocupado de sus grandes problemas, -estudiando la cuestión fronteras é indios con una constancia -envidiable, te diré en lo que consistió el error estratégico principal -del General Mitre. - -El General llegó á Witalobo, lugar muy conocido donde he estado yo. - -Son dos médanos que forman un portezuelo. Hay en ellos alfalfa, y de -ahí vino la denominación, que entonces le dieron, el de médano de la -alfalfa, creyendo haber hecho un descubrimiento. - -No puedo decirte con exactitud en qué latitud y longitud queda este -punto. - -Sin embargo, para que formes juicio más cabalmente, te diré que queda -en la derecera Sur de la Carlota. - -El Cuero queda de Witalobo al Poniente con una inclinación al Sur, de -pocos grados. - -En Witalobo hay una encrucijada de caminos--uno de travesía que va -al Cuero, raramente frecuentado por los indios,--y otro conocido por -camino de las Tres Lagunas que va á las tolderías de Trenel. - -En lugar de tomar este último camino que rumbea al Sur, el General -tomó otro, y abandonado á un mal baqueano y sin nociones gráficas, ni -ideales del terreno, no pudo corregir sus equivocaciones. - -En Chamalcó se notan aún los rastros y vestigios dejados por la columna -expedicionaria. - -La laguna del Cuero está situada en un gran bajo. Á pocas cuadras de -allí el terreno se dobla exabrupto, y sobre médanos elevados comienzan -los grandes bosques del desierto, ó lo que propiamente hablando se -llama Tierra Adentro. - -Los que han hecho la pintura de la Pampa, suponiéndola en toda su -inmensidad una vasta llanura; ¡en qué errores descriptivos han -incurrido! - -Poetas y hombres de ciencia, todos se han equivocado. El paisaje ideal -de la Pampa, que yo llamaría, para ser más exacto, pampas, en plural, y -el paisaje real, son dos perspectivas completamente distintas. - -Vivimos en la ignorancia hasta de la fisonomía de nuestra Patria. - -Poetas distinguidos, historiadores, han cantado al ombú y al cardo de -la Pampa. - -¿Qué ombúes hay en la Pampa, qué cardales hay en la Pampa? - -¿Son acaso oriundos de América, de estas zonas? - -¿Quién que haya vivido algún tiempo en el campo, hablando mejor, quién -que haya recorrido los campos con espíritu observador, no ha notado -que el ombú indica siempre una casa habitada, ó una población que fué; -que el cardo no se halla sino en ciertos lugares, como que fué sembrado -por los jesuitas, habiéndose propagado después? - -Estos montes del Cuero se extienden por muchísimas leguas de Norte á -Sur y de Naciente á Poniente; llegan al Río Chalileo, lo cruzan, y con -estas interrupciones van á dar hasta el pie de la Cordillera de los -Andes. - -Á la orilla de ellos vivía el indio Blanco, que no es ni cacique, ni -capitanejo, sino lo que los indios llaman _indio gaucho_. Es decir, un -indio sin ley, ni sujeción á nadie, á ningún cacique mayor, ni menos, -á ningún capitanejo; que campea por sus respetos; que es aliado unas -veces de los otros, otras enemigo; que unas veces anda á monte, que -otras se _arrima_ á la toldería de un cacique, que unas anda por los -campos _maloqueando_, invadiendo meses enteros seguidos; otras por -Chile comerciando, como ha sucedido últimamente. - -Toda la fuerza de este indio, temido como ninguno en las fronteras -de Córdoba y de San Luis, y tan baqueano de ellas como de las demás, -se componía en la época á que voy á referirme, de unos ocho ó diez -compañeros de averías. - -Con ellos invadía generalmente agregándose algunas veces á los grandes -malones. - -Como en aquel entonces los campos al Sur del Río 5.º y del Río 4.º eran -una misma cosa--dominio de los indios,--las invasiones se sucedían -semanalmente, día de por medio, y hasta diariamente. - -El héroe de estas hazañas era, por lo común, el indio Blanco. - -El camino del Río 4.º á Achiras, fué cien veces campo de sus robos y -crueldades. - -Á mi llegada al Río 4.º era imposible dejar de hablar del indio Blanco; -porque, ¿adónde se iba que no oyera uno mentar los estragos de sus -depredaciones? - -¿Quién no lamentaba sus ganados robados, lloraba algún deudo muerto ó -cautivo? - -El tal indio tenía un prestigio terrible. - -Yo era, de consiguiente, su rival. - -Me propuse, antes de avanzar la frontera, desalojarlo del Cuero, -incomodarlo, alarmarlo, robarlo, cualquier cosa por el estilo. - -Pero no quería hacer esta campaña con soldados. La disciplina suele -tener los inconvenientes de sus ventajas. - -Busqué un contrafuego, acordándome de la máxima de los grandes -capitanes: al enemigo batirlo con sus mismas armas. - -Le escribí á mi amigo don Pastor Hernández, comandante militar del -Departamento del Río 4.º, hombre tan penetrante como laborioso y -constante--que necesitaba conchabar media docena de pícaros, siendo -de advertir que prefería la destreza á la audacia, en una palabra, -ladrones. - -Hernández no se hizo esperar. Á los pocos días presentáronse seis -conciudadanos de la falda de la Sierra, con una carta, y encabezándolos -uno, denominado el _Cautivo_. - -Los fariseos que crucificaron á Cristo no podían tener unas fachas de -forajidos más completa. - -Sus vestidos eran andrajosos, sus caras torvas, todos encogidos y con -la pata en el suelo, necesitábase estar animado del sentimiento del -bien público para resolverse á tratar con ellos. - -Entraron donde yo estaba. - -Queriendo hacer un estudio social les ofrecí asiento. Me costó -conseguir que lo aceptaran; pero instando conseguí que se sentaran. - -Lo hicieron poniendo cada cual su sombrero en el suelo al lado de la -silla. - -Agacharon todos la cabeza. - -Inicié la conferencia con ciertas preguntas como:--¿Cómo te llamas, -de dónde eres, en qué trabajas, has sido soldado, cuántas muertes has -hecho? - -Y luego que la confianza se estableció, proseguí: - ---Conque ¿quieren ustedes conchabarse? - ---Como usía quiera--contestó el _Cautivo_, con esa tonada cordobesa, -que consiste en un pequeño secreto, (como lo puede ver el curioso -lector ó lectora) en cargar la pronunciación sobre las letras -acentuadas y prolongar lo más posible la vocal ó primera sílaba. - -En haciendo esto ya es uno cordobés. No hay más que ensayarlo. - ---Ustedes son hombres gauchos, por supuesto. - ---¿Cómo no, señor? - ---¿Entienden de todo trabajo? - ---De cuanto quiera. - ---¿Y cuánto ganan? - ---Á según usía. - ---¿Ganan más de ocho pesos mensuales? - ---No, señor. - ---Pues yo les voy á pagar diez; les voy á dar comida, ropa y caballos. - ---Como usía guste. - ---Sí; pero es que yo los conchabo para robar. - ---¿Y cómo ha de ser, pues? - ---Iremos ánde nos mande--dijeron varios á una. - ---¡Hum! ¿Y se animarán? - ---Y cómo no, señor usía. - ---Bueno; es para robarles á los indios. - -¡Nadie contestó! - -Y ahí está el país, la causa de la montonera y otras yerbas. - -El Coronel los conchababa para robar; para robarle al lucero del alba -que fuera. No había inconveniente. Estaban prontos y resueltos á todo, -á derramar su sangre, á jugar la vida. Lo mismo había sido ofrecerles -diez pesos y todo lo demás, que lo que ganaban honradamente. - -Obedecían á una predisposición, á una educación, á las seducciones del -caudillaje bárbaro y turbulento. Quizá se decían interiormente: ¡Éste -sí que es un Coronel, y lindo! - -Mas se trató de los indios, de los mismos que no hacía muchos meses -asolaban su propio hogar, y las disposiciones cambiaron con la rapidez -del relámpago. - -¿Era miedo? ¿Qué era? - -No, no era miedo. - -Nuestra raza es valiente y resuelta; no es el temor de la muerte lo que -contiene al gaucho á veces. - -Yo he visto á uno de ellos discurrir como un filósofo en el momento de -llevarlos á fusilar. - -Era un sargento: el sacerdote le instaba á confesarse, no quería -hacerlo. - ---¿Que no temes á la muerte? - ---Padre--contestó con marcada expresión,--la muerte es un salto que uno -da á obscuras sin saber dónde va á caer. - -Fué esto en Chascomús. - -¿Y, qué detenía entonces á los _Voluntarios de la Pampa_, que así se -llamaron al fin; qué los arredraba? - -¡Ah! es triste decirlo. Pero es verdad, y hay que decirlo, para -enseñanza de las jóvenes generaciones en cuyas manos está el porvenir, -las que nos salvarán á nosotros, aspirantes de la intolerancia y del -odio, enanos del patriotismo que recompensa bien, ¡héroes del siglo de -oro! - -Era la ausencia completa del sentimiento del deber,--el horror de toda -disciplina. - -Ellos tenían bastante sagacidad para comprender que yendo á robarle á -cualquiera, por mi orden, yo me hacía su cómplice. - -Yendo á robarles á los indios, el juego cambiaba de aspecto; tenían que -ir como soldados. Llegaron tal vez á imaginarse que era una jugada mía -para reclutarlos. - -Lo comprendí así. - -Estuve dispuesto á despacharlos. Pero ya estaban allí. - -Les hice entender que eran hombres libres; que podían conchabarse ó no; -que nadie les obligaba; que podían retirarse si querían. - -Se convencieron de que no había en el conchabo más riesgos que el de la -vida, y se arregló todo. - -Les di buenos caballos, los vestí, les di carabinas de las que hicieron -_recortados_ y una lata de caballería para llevar entre las caronas. - -Y partieron... - -Mis órdenes eran robarle al indio Blanco. - -El _Cautivo_ era baqueano del Cuero. - -Lo que trabajasen sería para ellos. - -Volvieron con _algo_. No se trabaja y se expone el cuero sin provecho, -discurren los menos calculadores. - -Se repitió la excursión, tres veces más, hasta que el indio Blanco -se alejó. Él no podía calcular detrás de los voluntarios de la Pampa -cuántos más iban. - -Confieso que al mandar aquellos diablos á una correría tan azarosa me -hice esta reflexión: si los pescan ó los matan poco se pierde. - -Fué una de las causas que me hizo no recurrir á los pobres soldados. - -Los _Voluntarios de la Pampa_ acabaron por hacerme á mí un robo. - -Los tomé y por todo castigo les dije, devolviéndoselos á Hernández: - ---¿Qué les he de hacer? Ya sabía que eran ustedes ladrones. - -No se juega mucho tiempo con fuego sin quemarse. - -Han llegado las mulas. - -Es cosa resuelta que hoy no duermo donde quería. - -Llegaremos mañana. - - - - - XII - - Por dónde habían ido los chasques.--Entrada á los montes.--Derechos de - piso y agua.--Recomendaciones.--Despacho de algunas tropillas para el - Río 5.º--Los montes.--Impresiones filosóficas.--Utatriquin.--El cuento - del arriero. - - -Antes de ponerme en marcha resolví dejar las mulas atrás. Caminaban -sumamente despacio por lo mucho que había llovido y era un martirio -para los franciscanos seguirlas al tranco; el padre Moisés no es tan -maturrango, pero el padre Marcos no hallaba postura cómoda. - -Contra mis cálculos tomamos el rastro de los chasques. - -Habían seguido el camino de Lonco-uaca. - -Mi lenguaraz, mestizo chileno, hijo de cristiano y de india araucana, -hombre muy baqueano, de cuyas confidencias soy depositario, no por él -sino por otros, lo que me permitirá contar sus aventuras amorosas de -Tierra Adentro, creyó oportuno hacerme algunas indicaciones. - -Eran muy juiciosas y sensatas; y como entre ellas entrase la -posibilidad de que los chasques se extraviaran en razón de que ni -Guzmán ni Angelito conocían prácticamente el camino que habían tomado, -me pareció prudente hacer yo á mi turno mis recomendaciones. - -Íbamos á entrar ya en los montes; á tener que marchar en dispersión, -sin vernos unos á los otros; por sendas tortuosas, que se borraban de -improviso unas veces, que otras se bifurcaban en cuatro, seis ó más -caminos, conduciendo todas á la espesura. - -Era lo más fácil perder la verdadera rastrillada, y también muy -probable que no tardáramos en ser descubiertos por los indios. - -Un tal Peñaloza suele ser el primero que se presenta á los indios -ó cristianos que pasan por esas tierras alegando ser suyas y tener -derecho á exigir se le pague el piso y el agua. - -No hay más remedio que pagar, porque el señor Peñaloza se guarda muy -bien de salir á sacar contribución alguna cuando los caminantes son más -numerosos que los de su toldo ó van mejor armados. - -Más adelante hay otros señores dueños de la tierra, del agua, de los -árboles, de los bichos del campo, de todo, en fin, lo que puede ser un -pretexto para vivir á costillas del prójimo. - -Estos derechos interterritoriales se cobran en la forma más política -y cumplida, suplicando casi y demostrándoles á los contribuyentes -ecuestres la pobreza en que se vive por allí, lo escaso que anda el -trabajo. - -Si los expedientes pacíficos surten efecto no hay novedad; si los -transeúntes no se enternecen se recurre á las amenazas, y si éstas son -inútiles, á la violencia. - -Es ser bastante parlamentario, para vivir tan lejos de los centros de -la civilización moderna. - -Recomendé á mi gente cómo habían de marchar; prohibí terminantemente -que bajo pretexto de componer la montura se quedara alguien atrás, -advirtiendo que cada cuarto de hora haría una parada de dos minutos -para que pudiéramos ir lo más juntos posible; describí la aguada de -Chamalcó donde me demoraría un rato, lo bastante para mudar caballos -por si alguien llegaba á ella extraviado; y á los franciscanos les -supliqué me siguiesen de cerca, no fuera el diablo á darme el mal rato -de que se me perdieran. - -Finalmente hice notar, que hallándonos ya en donde podía haber -peligro cuando menos lo esperáramos, quería, puesto que no estábamos -bien armados, que todos y cada uno nos condujéramos con moderación -y astucia, con sangre fría sobre todo, que, como ha dicho muy bien -Pelletan, es el valor que juzga. - -Hecho esto, mandé que dos soldados, con dos tropillas que no me hacían -falta, se volviesen al Río 5.º caminando despacio. - -Escribí con lápiz cuatro palabras para el General Arredondo y algunos -subalternos amigos de mis fronteras, avisándoles que había llegado con -felicidad al Cuero, y entramos en los montes. - -Hermosos, seculares algarrobos, caldenes, chañares, espinillos, bajo -cuya sombra inaccesible á los rayos del Sol crece frondosa y fresca la -verdosa gramilla, constituyen estos montes, que no tienen la belleza de -los de Corrientes, del Chaco ó Paraguay. - -Las esbeltas palmeras, empinándose como fantasmas en la noche umbría; -la vegetación pujante renovándose siempre por la humedad; los -naranjeros que por doquier brindan su dorada fruta; las enmarañadas -enredaderas, vistiendo los árboles más encumbrados hasta la cima -y sus flores inmortales todo el año; fresco musgo tapizando los -robustos troncos; el liquen pegajoso, que con el rocío matinal brilla, -como esmaltado de piedras preciosas; las espadañas que se columpian -graciosas, agitando al viento sus blancos y sedosos penachos; las -flores del aire, que viven de las auras purísimas, embalsamando la -atmósfera, cual pebeteros de la riente Natura; las aves pintadas de -mil colores, cantando alegres á todas horas; los abigarrados reptiles -serpenteando en todas direcciones; los millones de insectos que -murmuran en incesante coro diurno y nocturno; el agua siempre abundante -para consuelo del sediento viajero, y tantas, y tantas otras cosas que -revelan la eternal grandeza de Dios, ¿dónde están aquí? me preguntaba -yo, soliloqueando por entre los carbonizados y carcomidos algarrobos. - -Y como siempre que bajo ciertas impresiones levantamos nuestro -espíritu, la visión de la Patria se presenta, pensé un instante en el -porvenir de la República Argentina el día en que la civilización, que -vendrá con la libertad, con la paz, con la riqueza, invada aquellas -comarcas desiertas, destituidas de belleza, sin interés artístico, pero -adecuadas á la cría de ganados y á la agricultura. - -Allí hay pastos abundantes, leña para toda la vida, y agua la que se -quiera sin gran trabajo, como que inagotables corrientes artesianas -surcan las Pampas convidando á la labor. - -Cada médano es una gran esponja absorbente; cavando un poco en sus -valles, el agua mana con facilidad. - -La mente de los hombres de Estado se precipita demasiado, á mi juicio, -cuando en su anhelo de ligar los mares, el Atlántico con el Pacífico, -quieren llevar el ferrocarril por el Río 5.º. - -La línea del Cuero es la que se debe seguir. Sus bosques ofrecen -durmientes para los rieles, cuantos se quieran, combustibles para las -voraces hornallas de la impetuosa locomotora. - -Son iguales á los de Yuca, cuya explotación ha hecho y sigue haciendo -la empresa del Gran Central Argentino. - -Estos campos son mejores que aquéllos. - -Y si un ferrocarril, á más de las ventajas del terreno, de la línea -recta, de las necesidades del presente y del porvenir, debe consultar -la estrategia nacional, ¿qué trayecto mejor calculado para conquistar -el desierto que el que indico? - -La impaciencia patriótica puede hacernos incurrir en grandes errores; -el estudio paciente hará que no caigamos en la equivocación. - -No puedo hablar como un sabio: hablo como un hombre observador. Tengo -la carta de la República en la imaginación y me falta el teodolito y el -compás. - -Los peligros para el trabajo son más imaginarios que reales. -Oportunamente podría ocuparme de este tópico. Por el momento me -atreveré á avanzar, que yo con cien hombres armados y organizados de -cierta manera, respondería de la vida y del éxito de los trabajadores. - -Incito á meditar sobre este gran problema del comercio y de la -civilización. - -No he visto jamás en mis correrías por la India, por África, por -Europa, por América, nada más solitario que estos montes del Cuero. - -Leguas y leguas de árboles secos, abrasados por la quemazón; de cenizas -que envueltas en la arena, se alzan al menor soplo de viento; cielo y -tierra: he ahí el espectáculo. - -Aquello entenebrecía el alma. Las cabalgaduras iban ya sedientas, -Chamalcó estaba cerca. - -Llegamos. - -El peligro estrecha, vincula, confunde; la unión es un instinto del -hombre en las horas solemnes de la vida. - -Nadie se había quedado atrás. Según los cálculos del baqueano, Chamalcó -tenía agua. - -Esperamos un buen rato antes de dejar beber los animales. - -Se reposaron y bebieron. - -Nosotros hallamos un manantial al pie de un árbol magnífico, de -robustez y frondosidad. - -Cambiamos caballos y seguimos, saliendo á un gran descampado. - -Respiré con expansión. - -El europeo ama la montaña, el argentino la llanura. - -Esto caracteriza dos tendencias. - -Desde las alturas físicas, se contemplan mejor las alturas morales. - -Los pueblos más libres y felices del mundo son los que viven en los -picos de la tierra. - -Ved la Suiza. - -Á poco andar volvimos á entrar en el monte. Aquí era más ralo. Podíamos -galopar y era menester hacerlo para llegar con luz á Utatriquin--otra -aguada,--porque la noche sería sin luna, salía á la madrugada. - -Me apuré, cuanto la arboleda lo permitía, y llegamos á la etapa -apetecida. - - «Era la tarde, y la hora - En que el Sol la cresta dora - De los Andes...» - -Esta aguada es un inmenso charco de agua revuelta y sucia, apenas -potable para las bestias. - -En previsión de que no estuviera buena, habíamos llenado los chifles en -Chamalcó. - -Habíamos marchado muy bien, ganando más terreno del que esperaba,--no -tenía por qué apurarme ya. - -Podía descansar un buen rato, lo que les haría mucho bien á los -caballos y á mis queridos franciscanos. - -Mandé desensillar. - -El padre Marcos me miró como diciendo: ¡Loado sea Dios! que si en estos -berenjenales me mete también me ayuda. - -Había un corral abandonado; cerca de él acampamos. - -Ordené que se redoblara la vigilancia de los caballerizos, entusiasmé á -los asistentes con algunas palabras de cariño y un rato después ardió -flamígero el atrayente fogón. - -Comenzó la charla de unos con otros, sin distinción de personas. - -Ya lo he dicho: el fogón es la tribuna democrática de nuestro ejército. - -El fogón argentino no es como el fogón de otras naciones. Es un fogón -especial. - -Estábamos tomando mate de café de postre; la noche había extendido -hacía rato su negro sudario. - -Una voz murmuró, como para que yo oyera. - ---Si contara algún cuento el Coronel. - -Era mi asistente Calixto Oyarzábal, de quien ya hablé en una de mis -anteriores; buen muchacho, ocurrente y de ésos que no hay más que -darles el pie para que se tomen la mano. - ---¡Sí, sí--dijeron los franciscanos, al oirle, los oficiales y demás -adláteres,--que cuente un cuento el Coronel! - -Me hice rogar y cedí. - -Es costumbre que los hombres tomamos de las mujeres. - -¿Y sabes, Santiago, qué cuento conté? - -Uno de los tuyos. - -El del arriero. - -Vamos, ¿á que te has olvidado? - -Voy á contártelo á tres mil leguas. - -El respetable público que asiste á este coloquio, me dispensará. - ---Fíjense bien--dije antes de empezar,--que este cuento es bueno -tenerlo presente cuando se viaja por entre montes tupidos. - -Todos estrecharon la rueda del fogón, uno atizó el fuego, los ojos -brillaron de curiosidad y me miraron, como diciendo: ya somos puras -orejas, empiece usted, pues. - -Tomé la palabra y hablé así: - ---Era éste un arriero, hombre que había corrido muchas tierras; que se -había metido con la montonera en tiempos de Quiroga y á quien perseguía -la justicia. - -Yendo un día por los Llanos de la Rioja, le salió una partida de -cuatro. Quisieron prenderlo, se resistió, quisieron tomarlo á viva -fuerza, y se defendió. Mató á uno, hirió á otro, é hizo disparar á tres. - -En esos momentos se avistó otra partida; prevenida ésta por los -derrotados, apuraron el paso. El arriero huyó y se internó en un monte. - -Montaba una mula zaina, media bellaca. Corría por entre el monte, -cuando se le fué la cincha á las verijas. - -Írsele y agacharse la bestia á corcovear, fué todo uno. - -El arriero era gaucho y jinete. - -Descomponiéndose y componiéndose sobre el recado, anduvo mucho rato, -hasta que en una de esas, como tenía las mechas del pelo muy largas y -_porrudas_, se enganchó en el gajo de un algarrobo. - -La mula siguió bellaqueando, se le salió de entre las piernas y él -quedóse colgado. - -Permaneció así como un Judas, largo rato, esperando que alguien le -ayudase á salir del aprieto; pero en vano. - -Llegó la noche. - -Los que le seguían, aciertan á pasar por allí. - -El arriero con la rapidez del pensamiento, concibió una estratagema. - -Dejó que la partida se aproximara, poniendo la cara lánguida, y cuando -al resplandor de la luna vinieron á verle, dijo con voz cavernosa. - ---¡Viva Quiroga! - -La partida al oir hablar un muerto, huyó poseída de terror pánico, -sujetando los pingos quién sabe dónde. - -El arriero se salvó así. - -Pero aquella actitud, no podía prolongarse demasiado. - -Era incómoda. - -Procuró salir de ella. Buscó su cuchillo; con los corcovos de la mula -lo había perdido. - -Era una verdadera fatalidad. No tenía con qué cortarse los cabellos y -como eran muy largos, no alcanzaba con la mano á desasirlos del gajo en -que estaban enredados. - -Un hombre como él acostumbrado á todas las fatigas podía resistir el -peso de su propio cuerpo, si no había otro remedio, no digo un día, -muchos días, teniendo qué comer. Es claro. La necesidad tiene cara de -hereje. - -Pero no tenía nada. Todo se lo había llevado la mula en las alforjas. -Felizmente tenía un pedazo de queso en los bolsillos, yesquero, tabaco -y papel. - -Agua era lo de menos para un arriero. - -Se comió el pedazo de queso. - -Sacó después su chuspa y armó un cigarro; luego sacó fuego y fumó. - -Nadie pasaba por allí, á pesar de la voz que debieron esparcir los de -la partida despertando la curiosidad popular. - -El arriero fumaba y fumaba y en lugar de otras cosas, cuando tenía -necesidad echaba humo y humo. - -Y así pasó muchos días, hasta que de hambre se comió la camisa y se -murió de una indigestión. - -Y entré por un caminito y salí por otro. - -No sé si al público le gustará este cuento; en el fogón fué aplaudido. - -Yo soy porteño, del barrio de San Juan y nadie es profeta en su tierra. - -Por eso Sarmiento siendo de San Juan es Presidente, habiéndose cumplido -con él una de mis profecías del Paraguay. - -Cuando llegaba al fin de mi cuento, serían las ocho. - -Di mis órdenes, encerraron en el corral los caballos, se tomó y ensilló -en un abrir y cerrar de ojos, montamos, nos pusimos en camino y esa -noche sucedieron cosas raras... - -Basta de cuentos. - - - - - XIII - - Martes es mal día.--Trece es mal número.--Los _quatorzième_.--Marcha - nocturna.--Pensamientos.--Sueño ecuestre.--Un latigazo.--Historia de - un soldado y de Antonio.--Alto.--Una visión y una mulita. - - -Ayer fué martes; mal día para embarcarse, casarse, presentar -solicitudes, pedir dinero á réditos y suicidarse. - -Á más de ser martes, esta carta debía llevar, como lleva, el número -_trece_, número de mal agüero, misterioso, enigmático, simbólico, -profético, fatídico, en una palabra, cabalístico. - -Las cosas que son _trece_ salen siempre malas. Entre trece suceden -siempre desgracias. Cuando trece comen juntos, á la corta ó á la larga -alguno de ellos es ahorcado, muere de repente, desaparece sin saberse -cómo, es robado, naufraga, se arruina, es herido en duelo. Finalmente, -lo más común, es que entre trece haya siempre un traidor. - -Es un hecho que viene sucediéndose sin jamás fallar desde la famosa -cena aquélla en que Judas le dió el pérfido beso á Jesús. - -Es por esa razón que en Francia, nación cultísima, hay una industria, -que no tardará en introducirse en Buenos Aires donde todas las plagas -de la civilización nos invaden día á día con aterrante rapidez. El -cólera, la fiebre amarilla y la epizootia, le quitan ya á la antigua y -noble ciudad el derecho de llamarse como siempre. Pestes de todo género -y auras purísimas; es una incongruencia. - -Debiera quitarse nombre y apellido como hacen los brasileños, en cuyos -diarios suelen leerse avisos así: - -De hoy en adelante Juan Antonio Alves, Pintos, Bracamonte y Costa, -se llamará Miguel da Silva, da Fonseca é Toro. Tome buena nota el -respetable público. - -Es una excelente costumbre que prueba los adelantos del Imperio. -Porque mediante ella los pillos hacen sus evoluciones sociales con más -celeridad. En un país semejante Luengo no tendría más que poner un -aviso para ser Moreira, persona muy decente. - -La industria de que hablaba toma su nombre de los que la ejercen -llamados _le quatorzième_ (décimo cuarto). - -_Le quatorzième_, no puede ser cualquiera. Se requiere ser joven, -no pasar de treinta y cinco años, tener un porte simpático, maneras -finas, vestir bien, hablar varios idiomas y estar al cabo de todas las -novedades de la época y del día. - -Cuando alguien ha convidado á varios amigos á comer en su casa, en el -_restaurant_, ó en el hotel, y resulta que por la falta de uno ó más -no hay reunidos sino _trece_ y que se ha pasado el cuarto de hora de -gracia concedido á los inexactos, se recurre al _quatorzième_. - -¡Cómo han de comer trece, exponiéndose á que bajo la influencia de -malos presentimientos la digestión se haga con dificultad! - -Se envía, pues, un lacayo en el acto por el _quatorzième_. En todos -los barrios hay uno, así es que no tarda en llegar; es como el médico. - -Entra y saluda, haciendo una genuflexión, que es contestada -desdeñosamente; y acto continuo se abre la puerta que cae al comedor, -ó no se abre, porque los convidados pueden estar en él ó por cualquier -otra razón, y se oye: _¡Monsieur est servi!_ - -Siéntanse los convidados. ¡Qué felicidad! ¡La sopa humea de caliente, -no se ha enfriado! La alegría reina en todos los semblantes. Han -comenzado á sonar los platos, á chocarse las copas. De repente óyese un -grito del anfitrión: - ---¡Ahí está al fin! Siéntese usted donde quiera, que los demás no -vendrán ya. - -Y Monsieur de la Tomassière (en un tipo de este apellido, Paul de -Kock ha personificado el tipo de esos amigos fastidiosos que siempre -llegan tarde), se presenta y se sienta, pidiendo disculpas á todos y -protestando que es la primera vez que tal cosa le sucede. - -Mientras tanto, _le quatorzième_ ha visto una seña del dueño de la -casa, que en todas partes del mundo quiere decir: _retírese usted_, y -sin decir oste ni moste se ha eclipsado. Iba quizá á probar la sopa -cuando Mr. de la Tomassière se presentó. - -Al llegar á la puerta de la calle de donde vive, se halla con un -necesitado que le espera. En otro banquete le aguardan con impaciencia. -Han buscado varios _quatorzième_, no hay ninguno. Esa noche dan muchas -comidas, hay muchos inexactos ó un exceso de previsión y la demanda de -_quatorzième_ es grande desde temprano. - -El _quatorzième_ marcha; llega, igual escena á la anterior. Tiene que -desalojar su puesto antes de haber probado un plato siquiera de cosa -alguna. - -Al volver á llegar á la puerta de calle de su pobre mansión, otro -necesitado. Le sigue con éxito semejante al de los pasados convites. - -Hay noches en que las idas y venidas del pobre _quatorzième_ exceden -toda ponderación. - -Ha ganado bien su dinero, porque cada viaje se paga, pero ha pasado por -el suplicio de Tántalo. - -La civilización de Buenos Aires debe pensar seriamente en esto. No -soy un alarmista. Pero sostengo que así como estamos amenazados de -muchas pestes por falta de policía municipal, hace muchos años que -la educación se descuida inculcar en los niños esta idea: uno de los -mayores defectos sociales es hacer esperar. - -Tan es así, que me acuerdo yo de un andaluz que vivió once años de -huésped en casa de una tía mía. Un día anunció que se iba á su tierra. -¡Ya era tiempo! Su despedida consistió en esto: - ---Señora, usted no puede tener queja de mí, siempre he estado presente -á la hora fija de almorzar y comer. - -Con lo cual se marchó, habiendo dicho no poco, que el que no ha -esperado jamás gente á comer, porque nunca ha dado comidas, habiéndose -limitado á comerlas, no sabe lo que es esperar un huésped ó un -convidado. - -Indudablemente debe haber una enfermedad que los médicos no conocen, -proveniente de la impaciencia de esperar gente á comer. - -La ciencia no tardará en descubrirla y en agregarla á la nomenclatura -patológica. - -Creo haberte explicado suficientemente, Santiago amigo, que si esta -décimatercia carta no se publicó ayer, ha sido porque fué martes y -porque su número es fatal. - -Cuando me moví de Utatriquin: - -«_The bright sun was extinguish'd, and the stars -Did wander darkling in the eternal space»._ - -La noche estaba bastante obscura. El monte era muy espeso y en las -sendas de la rastrillada había muchos troncos de árbol y pequeños -arbustos. Era sumamente incómodo para el caballo y para el jinete. -Teníamos que andar muy despacio. Nos dormíamos... De vez en cuando una -rama de algarrobo ó de chañar, azotaba la faz del caminante y le sacaba -de su sopor. - -La lentitud del aire de la marcha hacía que mi comitiva no fuera en -tanta dispersión como otras ocasiones. - -Yo iba mustio y callado, como la misma noche. - -Pensaba en el instante inesperado que marca más tarde ó más temprano -en el cuadrante de la vida, el pasaje de lo conocido á lo desconocido, -de la triste realidad á un quién sabe más triste aún; á un estado -inconsciente, al vacío, á la nada; pensaba en lo que serían mis días -hasta ese instante solemne en que extinguiéndose mi vista, mi voz, con -el último soplo de vida, me quede todavía aliento para reunir todas las -fuerzas de mi espíritu y decirme á mí mismo: _¡Me muero!_ - -Y pensando en esto, me engolfé en otras reflexiones y cuando la duda -horrible y desgarradora me asaltó, recordé á Hamlet: - - _... To die,--to sleep... - To sleep! perchance to dream._ - -Me quedé como soñando... Veía todos los objetos envueltos en una -bruma finísima de transparencia opaca; los árboles me parecían de -inconmensurable altura, vi desfilar confusas muchedumbres, ciudades -tenebrosas, el cielo y la tierra eran una misma cosa, no había -espacio... - -Un latigazo aplicado á mi rostro por el gajo de un espinillo, en cuyas -espinas quedó enganchado mi sombrero obligándome á detenerme, me sacó -del fantástico _fantaseo_ en que me sumía la somnolencia producida por -la monotonía de la marcha. - -Varios soldados me seguían de cerca conversando. Parece que hacía rato -se contaban por turno sus aventuras. El que hablaba cuando mi atención -se fijó en el grupo, decía así: - ---Pues, amigo, á mí me echaron á las tropas de línea sin razón. - ---¡Cuándo no!--le dije,--ya saliste con una de las tuyas. Nunca hay -razón para castigarlos á ustedes. - ---Sí, mi Coronel--repuso,--créame. - ---¿Cómo fué eso? - ---Yo tenía un amigo muy diablo á quien quería mucho, y á quien le -contaba todo lo que me pasaba. - -Se llamaba Antonio. - -Al mismo tiempo tenía amores con una muchacha de Renca, que me quería -bastante, cuyo padre era rico y se oponía á que la visitara. - -Mi intención era buena. - -Yo me habría casado con la Petrona, ése era su nombre. - -Pero no basta que el hombre tenga buena intención si no tiene suerte, -si es pobre. - -Tanto y tanto nos apuraba el amor, que, al fin resolvimos irnos para -Mendoza, casarnos allí, y volver después cuando Dios quisiera. - -En eso andábamos, viéndonos de paso con mucha dificultad; porque -siempre nos espiaban los padres y el juez, que era viudo y medio viejo, -que quería casarse con la Petrona, y cuya hija menor tenía tratos con -Antonio, de quien era muy enemigo; siempre lo amenazaba con que lo -había de hacer veterano. - -Un día arreglamos al fin, después de mucho trabajo, cómo habíamos de -fugar. - -Yo debía sacar á la Petrona de su casa en la noche. - -Antonio me acompañaría, para cuidar la ventana, que era por donde había -de entrar. No podíamos descuidarnos con el juez. - -La ventana caía al cuarto del padre de Petrona que era jugador, muy -jugador, lo mismo que Antonio. En ese tiempo había hecho una gran -ganancia. Á Antonio le había ganado todas sus prendas y éste le andaba -con ganas. - -Petrona dejó apretada la ventana. Una tía le acompañaba y dormía junto -con ella, en el mismo cuarto. Doña Romualda, la madre, andaba por el -puesto. - -Esa noche era muy linda ocasión, porque el padre de Petrona estaba de -tertulia. - -Tempranito estuvo Antonio en ella y vino á avisarme que el hombre -ganaba ya mucho, diciéndome que si no nos apurábamos erraríamos el -golpe. - -Aunque la hora convenida con Petrona era cuando la diesen las cabritas, -me resolví á ir un poco más temprano. - -Todo estaba pronto, caballos y con qué comprar algo por el camino. Yo -tenía algunos reales. - -Salimos de casa de Antonio, llegamos á la ventana de Petrona, la -empujamos despacito y salté yo sin hacer ruido dejándola abierta. -Cuando estuve en el cuarto oí roncar. Era el padre de Petrona, que -según los cálculos de Antonio, se había retirado de su tertulia antes -de la hora acostumbrada. - -Antonio sintió los ronquidos y me dijo en voz baja: vámonos, ché, hoy -no se puede. - -No quise obedecerle, y por toda contestación le dije, ¡chit! - -El cuarto estaba obscuro, tenía que caminar en puntas de pie, con -mucho cuidado para no hacer ruido, hasta acercarme á la cama de Petrona. - -Ella me había sentido. Lo mismo que yo, contenía la respiración. Si se -despertaba el padre, teníamos mal pleito. Ella no se escapaba de una -soba, yo de una puñalada, porque era malísimo. - -Me acercaba á la cama de Petrona sin sentir que detrás de mí había -entrado Antonio. - -Le había ya tomado la mano y ella iba ya á levantarse, cuando oímos -ruido de plata y un grito: ¡Ah, pícaro! - -Era la voz del padre de Petrona. - -Antonio tuvo la tentación de robarle, él lo sintió y le agarró del -poncho. - -Yo no podía salir sino por donde había entrado; esconderme bajo la -cama, era peligroso. - -El padre de Petrona gritaba con todas sus fuerzas: ¡ladrones! ¡ladrones! - -La tía se levantó. Yo intenté escaparme. Pero no pude, delante de mí -salía Antonio, me obstruyó el paso, y el padre de Petrona me agarró. - -Luché con él un rato inútilmente. - -La hermana le ayudaba. - -Petrona estaba medio muerta. El padre furioso, porque ella también no -venía en su ayuda, encendiendo luz pronto. Le amenazó con matarla si no -lo hacía. Tuvo que hacerlo. - -Para esto Antonio se había ido con la plata. - -Entre el padre de Petrona y la hermana, me amarraron bien. - -Á los gritos vinieron dos de la partida de policía, que estaba cerca de -allí y me llevaron preso. Me pusieron en el cepo para que dijese dónde -estaba la plata, y contesté siempre que no sabía, que yo no la había -robado. - -Me preguntaron que si tenía cómplices, teniéndome siempre en el cepo, y -contesté que no. - ---¿Y por qué no decías que Antonio era el ladrón? - ---¡Y cómo lo había de descubrir á mi amigo! ¡Y cómo la había de perder -á Petrona cuando la quería tantísimo! Yo prefería pasar por ladrón á -ser delator de mi amigo; yo prefería pasar por ladrón y no que dijeran -que Petrona era mi querida. Yo prefería ser soldado á todo eso. - -Además, como todas las mujeres son iguales, falsas como la plata -boliviana, supe esos días no más, antes que me echaran á las tropas de -línea, que Petrona decía para salvarse del castigo de su padre, que -algo andaba maliciando que yo era un pícaro que la había solicitado á -ella de mala fe, con sólo la intención de hacer el robo que me había -hecho. - -Quién sabe si no hubiera sido eso, si no declaro al fin atormentado por -el cepo, que Antonio era el ladrón; éste ya se había ido para la sierra -de Córdoba, y cuándo lo pescaban siendo, como era, ¡un muchacho tan -diantre! Era mozo muy gaucho y alentado. - ---¿Y, te acuerdas todavía de Petrona, Macario? - ---¡Ay! mi Coronel, si las mujeres cuánto más malas son, más tardamos en -olvidarlas. - ---¿Y nunca hubo nada con ella? - ---Mi Coronel, usted sabe lo que son esas cosas de amor, cuando uno -menos piensa... - ---La ocasión hace al ladrón--dijo Juan Díaz, uno de mis baqueanos muy -ocurrente. - -En esos momentos el bosque se abría formando un hermoso descampado; -la nítida y blanca luna se levantaba, y las estrellas centelleaban -trémulamente en la azulada esfera. - -Detuve mi caballo, que no obedecía como un rato antes á la espuela, y -dirigiéndome á los franciscanos que no se separaban de mí, les consulté: - ---Si tenían ganas de descansar un rato. - ---Con mucho gusto--contestaron.--Los buenos misioneros iban molidos; -nada fatiga tanto como una marcha de trasnochada. - -El pasto estaba lindísimo, la noche templada, pararnos no les haría -sino bien á los animales. - -Pasé la voz de que descansaríamos una hora. - -Se manearon las madrinas de las ropillas, cesó el ruido de los -cencerros, único que interrumpía el silencio sepulcral de aquellas -soledades, y nos echamos sobre la blanda hierba. - -Yo coloqué mi cabeza en una pequeña eminencia, poniendo encima un -poncho doblado á guisa de almohada, y me dormí profundamente. - -Tuve un sueño y una visión envuelta en estas estrofas de Manzoni, á -manera de guirnalda ó de aureola luminosa: - - «Tutto ei provó; la gloria - Maggior dopo il periglio. - La fuga, e la vittoria - La reggia, e el triste esiglio. - Due volte nella polvere, - Due volte sugli altar.» - -Me creía un conquistador, un Napoleón chiquito. - -De improviso sentí, como si la cabeza se me escapara, hice fuerzas -con la cabeza endureciendo el pescuezo, la tierra se movía; yo no -estaba del todo despierto, ni del todo dormido. La cabecera seguía -escapándoseme, creí que soñaba, fuí á darme vuelta y un objeto con -cuatro patas, negro y peludo corrió... Había hecho cabecera de una -mulita. - -Los héroes como yo tienen sus visiones así, sobre reptiles, y las -páginas de nuestra historia no pueden terminar sino poniendo al fin de -cada capítulo el terrible _lasciate ogni speranza_. - -Dejemos dormir á mi gente un rato mientras yo compongo mi cabecera. - - - - - XIV - - Sueño fantástico.--En marcha.--Calixto Oyarzábal y sus cuentos.--Cómo - se busca de noche un camino en la Pampa.--Campamento.--Los primeros - toldos.--Se avistan chinas.--Algarrobo.--Indios. - - -Después que arreglé mi buena cabecera, me volví á quedar dormido, hasta -que Camilo, el exacto y valiente Camilo se acercó á mí y diciéndome al -oído: Mi Coronel, me despertó. - -Tenía en ese momento un sueño que era como la perspectiva confusa del -pintado calidoscopio. - -Estaba en dos puntos distantes al mismo tiempo, en el suelo y en el -aire. Yo era _yo_, y á la vez el soldado, el paisano ese, lleno de -amor y abnegación, cuya triste aventura acababa de ser relatada por -sus propios labios, con el acento inimitable de la verdad. Yo me -decía, discurriendo como él:--¡Qué ingrata y qué mala fué Petrona!--y -discurriendo como yo mismo,--Byron, tan calumniado, tiene razón: en -todo el clima el corazón de la mujer es tierra fértil en efectos -generosos; ellas, en cualquier circunstancia de la vida saben, como -la Samaritana, prodigar el óleo y el vino. De repente yo era Antonio, -el ladrón del padre de Petrona, ora el Juez celoso, ya el cabo Gómez, -resucitado en Tierra Adentro. En el instante mismo en que me desperté, -el desorden, la perturbación, la incompatibilidad de las imágenes del -delirio llegaban al colmo. Había vuelto á tomar el hilo del sueño -anterior--no sé si al lector le suele suceder esto,--y montado, no -ya en la mulita que se me escapara de la cabecera, sino en un enorme -gliptodón, que era yo mismo, y persistiendo mi espíritu en alcanzar la -visión de la gloria cabalgando reptiles, discurría por esos campos de -Dios murmurando: - - «Dall'Alpi alle Piramide - Dall'Mansanare al Reno, - ...................................... - Dall'uno all'altro mare.» - -Pronto estuvimos otra vez en camino con cabalgaduras frescas. - -La noche tenía una majestad sombría; soplaba un vientecito del Sur y -hacía un poco de frío. Medio entumido como me había levantado de mi -gramíneo lecho, temí dormirme sobre el caballo, y era indispensable -tener muchísimo cuidado, pues, en cuanto salimos del descampado y -entramos de nuevo en el bosque, comenzaron á azotarnos sin piedad las -ramas de los árboles. La penumbra de la luna eclipsada á cada momento -por nubes cenicientas que corrían veloces por el vacío de los cielos, -hacía muy difícil apreciar la distancia de los objetos; así fué que -más de una vez apartamos ramas imaginarias y más de una vez recibimos -latigazos formidables en el instante mismo en que más lejos del peligro -nos creíamos. - -¿No sucede en el sendero de la vida--de la política, de la milicia, del -comercio, del amor,--lo mismo que cuando en nublada noche atravesamos -las sendas de un monte tupido? - -Cuando creemos llegar á la cumbre de la montaña con la piedra nos -derrumbamos á medio camino. Nos creemos al borde de la playa apetecida -y nos envuelve la vorágine irritada. Esperamos ansiosos la tierna y -amorosa confidencia y nos llega en perfumado y pérfido billete un -_¡olvidadme!_ Ofrecemos una puñalada, y somos capaces de humillarnos á -la primera mirada compasiva. - -¡Cuán cierto es que el hombre no alcanza á ver más allá de sus narices! - -Llamé, para no dormirme, á Francisco, mi lenguaraz, y de pregunta en -pregunta, llegué á asegurarme de que no tardaríamos muchas horas en -hallarnos entre las primeras tolderías. - -Díjome que poco antes de llegar adonde íbamos á parar, se apartaban -varios caminos: que debíamos ir con mucho cuidado para no tomar uno -por otro; que él era baqueano, pero que podía perderse haciendo mucho -tiempo que no había andado por allí. - ---Pues entonces no conversemos; no vayas á distraerte con la -conversación y nos extraviemos--le contesté. - -Y esto diciendo, sujeté de golpe el caballo, esperé á que toda la -comitiva estuviese junta, y previne que de un momento á otro íbamos á -llegar adonde se apartaban varios caminos, no tardando en encontrarnos -entre las primeras tolderías; que tuvieran cuidado, que quien primero -notara otros caminos ó toldos, avisara. - -Marchamos un rato en silencio, oíase de cuando en cuando el relincho de -los caballos, y constantemente el cencerreo de las madrinas. - -De repente oyóse una carcajada. - -Era Calixto, mi jocoso asistente, el revolucionario de marras, que, -según su costumbre, iba contando cuentos y que acababa de echarles á -los compañeros una mentira de á folio. - ---¿Qué hay?--pregunté. - ---Nada, mi Coronel--contestó Juan Díaz,--es Calixto que nos quiere -hacer comulgar con ruedas de carreta. - -El muy mentiroso acababa de jurar, por todos los santos del cielo, -que una mujer de la Sierra había parido un fenómeno macho--así dijo -él,--con dos cabezas. - -Hasta aquí el hecho no tenía nada de inverosímil. Lo gordo era que -Calixto agregaba. Que el muchacho--por no decir los muchachos,--tenía -los más extraños caprichos; que con una boca bebía leche de vaca y -con la otra de cabra; que con una decía sí y con otra no; que con una -lloraba y con la otra cantaba, armando mediante ese dualismo unas -disputas y camorras infernales, que eran muy entretenidas. - ---Eres un gran embustero--le dije. - ---Mi Coronel--contestó,--embustera será la gaceta en que yo lo he leído. - ---¿Y en qué gaceta has leído eso? - ---En un pedazo de gaceta en que me envolvieron días pasados una libra -de azúcar que me vendió don Pedro en el Fuerte Sarmiento. Allí lo -leímos en la cuadra del 7 de caballería; el amigo Carmen se ha de -acordar. - -Y Carmen, otro de mis asistentes, dió testimonio del hecho, corrigiendo -solamente algunos detalles. - -Á lo cual Calixto observó: - ---Bueno, yo me habré olvidado de algo; pero _lo más es verdad_, es -verdad. - ---¿Cómo, que eso ha sucedido en la Sierra, que es donde se consuman -todas las maravillas para un cordobés? - ---De eso no me acuerdo bien. - ---Padre Marcos, cuando lleguemos á Leubucó, confiéseme ese mentiroso. - ---Con mucho gusto--contestó el buen franciscano, siempre dulce, atento -y amable en su trato. - -Y cuando aquí llegábamos, una voz gritó: - ---¡Acá va el camino! - -Me detuve y conmigo todos los que me seguían de cerca; los demás fueron -llegando uno tras otro. - ---Debemos estar por llegar--dijo Mora,--voy á ver, mi Coronel. - -Esperé un rato. - -Volvió diciendo que estaba muy obscuro, que no podía reconocer la -rastrillada más traqueada, que era la que debíamos tomar. - -En efecto, un nubarrón parduzco eclipsaba totalmente la luna menguante -y las estrellas apenas despedían su vacilante luz, por entre la tenue -bruma que se levantaba en toda la redondez del horizonte. - -Habíamos llegado á otro gran descampado, cuyos límites no se -columbraban por la obscuridad. - -Ordené que cortaran paja. - -Rápidos y ágiles se desmontaron los asistentes y obedecieron. - -En un verbo tuvimos hermosas antorchas, y buscando al resplandor de -ellas el camino que debíamos seguir, no tardamos en hallarlo. - -Iba por él el rastro de Angelito y del cabo Guzmán. - ---Han pasado no hace mucho rato--afirmaron los rastreadores,--y van con -los caballos aplastados y sólo con el montado. - ---Angelito va en el picazo--dijo uno. - ---Ché, y el cabo Guzmán--agregó otro,--en el moro clinudo. - -Tomamos el camino. - -Debíamos estar á una legua. Los primeros toldos no se veían por la -lobreguez de la noche. - -Llegamos... Era un charco de agua entre dos medanitos. Acampamos... -Mandé asegurar bien las tropillas y me acosté no exclamando como el -poeta: - - «Without a hope in life.» - -Al contrario, esperanzado en el favor de Dios que hasta allí me había -llevado con felicidad. - -Era singular que los indios no nos hubieran sentido todavía; ellos, -que son tan andariegos, que se acuestan tan temprano y se levantan con -estrellas. - -La luz crepuscular anunciaba la proximidad de un nuevo día. - -Durmamos... - -Es fácil conciliar el sueño cuando la civilización no nos incomoda, no -nos irrita con sus inacabables inconvenientes, cuando no tiene uno más -que echarse, cuando no hay ni el temor de desvelarse, quitándose la -ropa, ó pensando en lo que la justicia y la generosidad humanas acaban -de hacernos ó se proponen hacernos. - -Lo confieso, en nombre de las cosas más santas. Yo no he dormido jamás -mejor, ni más tranquilamente que en las arenas de la Pampa, sobre mi -recado. - -Mi lecho, el lecho blando y mullido del hombre civilizado, me parece -ahora comparado con aquél, un lecho de Procusto. - -Viviendo entre salvajes he comprendido por qué ha sido siempre más -fácil pasar de la civilización á la barbarie que de la barbarie á la -civilización. - -Somos muy orgullosos. Y sin embargo, es más fácil hacer de _Orión_ ó de -Carlos Keen un cacique, que de Calfucurá ó de Mariano Rosas un _Orión_ -ó un Carlos Keen. - -¿Hay quién lo ponga en duda? - -Me desperté al ruido de los soldados que señalaban toldos acá y acullá. - -La curiosidad me puso de pie en un abrir y cerrar de ojos. - -Los franciscanos y los oficiales hicieron lo mismo. - -Ya no se pensó en dormir, sino en las novedades que, sin duda, -ocurrirían. - -El toldo más próximo estaría distante de nosotros unos mil metros. - -Divisábamos algo colorado. - -Los soldados con ese ojo de águila que tienen, tan bueno como el mejor -anteojo, decían si eran indios ó chinas, los contaban y se reían á -carcajadas. - -Estaban en sus coloquios cuando uno de ellos dijo: - ---De aquel toldo salen tres chinas enancadas... y vienen para acá. - -Con efecto, no tardamos en verlas llegar, como deteniéndose á cien -metros de nuestro volante campamento. - -Mandé que el lenguaraz les hablara; díjoles que era yo, el coronel -Mansilla, que iba de paces, que se acercaran. - -Las chinas castigaron el flaco mancarrón que montaban enhorquetadas -como hombres, medio acurrucadas, y vinieron hacia mí. - -Me acerqué á ellas. - -Las tres eran jóvenes, dos bien parecidas, una así así. - -Vestían su traje habitual, que después tendré ocasión de describir, y -cada una de ellas traía una sandía. Era un regalo, por si teníamos sed. -El agua de la lagunita era impotable, ellas lo sabían. - -Acepté el obsequio y les di doce reales bolivianos, azúcar, hierba, -tabaco, papel, todo cuanto pudimos: llevábamos bien poca cosa, habiendo -quedado los cargueros atrás. - -Les pregunté por sus maridos; y contestaron que hacía días andaban -boleando. - -Que cómo no habían tenido recelo de acercarse, y contestaron que hacía -poco acababan de saber por Angelito que iban llegando á su tierra un -cristiano muy bueno; que qué miedo habían de tener, siendo además -mujeres. - -¡Estas mujeres, señor, en todas partes se creen seguras! y mientras -tanto, ¡en dónde no corren riesgo! - -No he visto nada más confiado que las tales mujeres (para ciertas -cosas, por supuesto.) - -Era indudable que ya nos habían sentido los indios. - -Mandé ensillar para llegar á la Verde y esperar un rato allí, donde -hallaríamos buen pasto y excelente agua. - -Mi lenguaraz se fué con las chinas al toldo, se cercioró de que no -había indios en él y volvió con una ponchada de algarrobo. - -Es un entretenimiento muy agradable ir á caballo masticando ó chupando -esa fruta. - -Así fué que en tanto caminábamos funcionaban las mandíbulas. - -Ya no íbamos por entre montes, quedaban éstos al Naciente, al Poniente -y al frente en lejanía. - -Habíamos llegado á un campo que quebrándose en médanos bastante -escarpados, semejaba el paisaje á las soledades del desierto de Arabia. - -La vegetación era escasa y pobre. El guadal profundo. Los caballos -caminaban con dificultad. - -La mañana estaba lindísima. - -Veíamos toldos en todas direcciones, lejos; pero indios, jinetes, -ninguno. - -Y era lo que más deseaban todos. - -Ver indios, indios, eso es lo que quisiera, decían los franciscanos; -y yo les replicaba: tengan paciencia, padres, que quién sabe si no es -para un susto. - -De médano en médano, de ilusión en ilusión, de esperanza en esperanza, -llegamos á La Verde. - -Serían las diez de la mañana. - -Es una laguna como de trescientos metros de diámetro, profunda, -adornada de árboles y escondida en la olla de un médano que tendrá -setenta pies de elevación. - -Mandé desensillar y mudar caballos. - -Yo, aunque sea esto un detalle que no le interesa mucho al lector, me -desnudé y, echéme al agua. - -Quería inspirar confianza á los que me seguían, y más que á éstos, á -los indios si me descubrían en aquel lugar. - -Ya debían estar prevenidos. Y aquí me detengo hoy. Mañana te contaré -los percances del resto del día, en que los franciscanos queridos no -ganaron para sustos. - - - - - XV - - La Laguna Verde.--Sorpresa.--Inspiraciones del - gaucho.--Encuentros.--Grupos de indios.--Sus caballos y - trajes.--Bustos.--Amenazas.--Resolución. - - -Después que me bañé, que comieron, descansaron y se refrescaron las -cabalgaduras en las profundas aguas de _La Verde_, mandé ensillar, y -continuó la marcha. - -Estábamos tan cerca ya de Leubucó, que era en verdad sorprendente no se -hiciera ver ningún indio. - -Angelito y el cabo Guzmán, debían estar á esas horas descansando en el -toldo del cacique Mariano Rosas, y éste prevenido de que yo llegaría de -un momento á otro. - -Íbamos con mi lenguaraz haciendo conjeturas y atravesando siempre -un terreno guadaloso, sumamente pesado, tanto que los caballos no -resistían al trote, cuando al coronar los últimos pliegues de la -sucesión de médanos que forman el gran médano de _La Verde_, divisamos, -viniendo al galope, un indio armado de lanza. - -Mi lenguaraz se alarmó... lo conocí en cierta expresión de sorpresa que -vagó por su cara. - ---¿Qué hay, le dije, que te llama así la atención? - ---Señor--repuso,--los indios no tienen costumbre de andar armados en -Tierra Adentro. - ---¿Y qué será? - -Se encogió de hombros, vaciló un instante y por fin contestó: - ---Deben estar asustados. - ---¿Pero asustados de qué, cuando le he escrito á Mariano, y tú mismo le -has traducido y explicado bien á Angelito mi mensaje para Ramón, para -él y Baigorrita? - ---¡Ah! señor, los indios son muy desconfiados. - -El indio avanzaba hacia nosotros, haciendo molinetes con su larga -lanza, adornada de un gran penacho encarnado de plumas de flamenco. - -Tuve la intención de detenerme. Pero en la disyuntiva de que el indio -creyera que lo hacía por recelo de él, y aumentar sus sospechas, si -venía á reconocerme, preferí lo último, aun exponiéndome á que por no -dejarlo acercarse bastante, no me reconociera bien. - -Entre asustarse y asustar, la elección no es nunca dudosa. Un gran -capitán ha dicho, que una batalla son dos ejércitos que se encuentran -y quieren meterse miedo. En efecto, las batallas se ganan, no por el -número de los que mueren gloriosamente, luchando como bravos, sino por -el número de los que huyen ó pierden toda iniciativa, aterrorizados por -el estruendo del cañón, por el silbido de las balas, por el choque de -las relucientes armas y el espectáculo imponente de la sangre, de los -heridos y de los cadáveres. - -El indio sujetó su caballo, y con la destreza de un acróbata se puso de -pie sobre él, sirviéndole de apoyo la lanza. - -Venía del Sur. Ése era mi rumbo. Seguí avanzando, aunque acortando algo -el paso. - -El indio continuó inmóvil. - -Estaríamos como á tiro de fusil de él, cuando cayendo á plomo sobre -el lomo de su caballo, partió á toda rienda en mi dirección, pero -visiblemente con el intento de que no nos encontráramos. - -Hay aptitudes que no pueden explicarse; sólo la práctica da el -conocimiento de ellas: es una especie de adivinación. - -Nuestros paisanos tienen á este respecto inspiraciones que pasman. - -Á mí me ha sucedido ir por los campos, y decirme Camilo Arias: allí -debe haber animales alzados y han de ser baguales, por el modo como -corre ese venado, y en efecto, no tardar muchos minutos en descubrir -los ariscos animales, flotando al viento sus largas crines y corriendo -impetuosos. ¡Qué hermoso es un potro visto así en los campos! - -Destaqué mi lenguaraz sobre el indio, sin detenerme, con la orden de -que lo hiciera venir á mí. - -Como ni el indio ni yo nos detuviéramos, llegamos á encontrarnos á la -misma altura, pero en distintas direcciones. Hubiérase dicho que nos -habíamos pasado la palabra, al vernos hacer alto simultáneamente. - -Mi lenguaraz se puso al habla con el indio. Habló un momento con él, y -volvió diciéndome que quería reconocerme. - -Piqué mi caballo, y ordenándole á mi gente que nadie me siguiese, -partí á media rienda sobre el indio, que me esperaba con el caballo -recogido y la lanza enristrada. Á los veinte pasos de él, sujeté, -diciéndole: buenos días, amigo. ¡Buenos días!--contestó.--Cambiamos -algunas palabras más, por medio del lenguaraz, tendientes todas á -tranquilizarlo, y él dió vuelta rumbiando al Sur á todo escape, y yo, -reuniéndome con mi gente, seguí ganando terreno paso á paso. - -Mora, mi lenguaraz, parecía de mal talante, y, en efecto, lo estaba, -pues habiéndole interrogado, me manifestó las más serias inquietudes. - -Hablábamos de las leguas que todavía teníamos que hacer para llegar á -Leubucó, discurriendo sobre si seguiríamos por el camino de Cerrilobo, -que pasa por los toldos del cacique Ramón, ó por el de la derecha, -que pasa por la lagunita del Calcumuleu, que debíamos encontrar por -momentos, cuando avistamos dos indios ocultos en un pliegue del terreno. - -No podía saber si alguno de ellos era el mismo con quien acababa de -hablar. - -Le consulté á Mora. - -Fijó su vista, observó un instante, y contestó con aplomo: - ---Son otros, el pelo del caballo del primero era gateado. - -Los dos indios avanzaron sobre mí resueltamente. - -Como el anterior, venían armados. - -No tardamos en estar muy cerca. - -Éstos no trataban, como el primero, de buscarme el flanco. - ---¡Vienen á toparnos!--decía Mora,--¡vienen á toparnos! Y vienen en -buenos pingos. - ---Pues vamos á toparlos, vamos á toparlos--agregaba yo, y esto -diciendo, castigué con fuerza el caballo, y ordenándole á mi gente que -no apuraran el paso, me lancé á escape. - -Con la rapidez de relámpago nos hubiéramos topado, si unos y otros no -hubiéramos sujetado á unos cincuenta pasos, avanzando después poco á -poco, hasta quedar casi á tiro de lanzada. - ---Buenos días, amigo, ¿cómo va?--les dije. - ---Buenos días, ché amigo,--contestaron ellos. - -Y como estuvieran con las lanzas enristradas, le observé á mi lenguaraz -se los hiciera notar, diciéndoles quien era yo, que iba de paces, y -que no traía más gente que la que se veía allí cerca. - -Los indios recogieron las lanzas á la primera indicación de Mora, y -cuando éste acabó de hablarles, llamando especialmente su atención, -sobre que yo no llevaba armas, me insinuaron con un ademán el deseo de -darme la mano. - -No vacilé un punto; piqué el caballo, me acerqué á ellos y nos dimos la -mano con verdadera cordialidad. - -Les ofrecí cigarros, que aceptaron con marcada satisfacción, y -quedándome solo con ellos, hice que Mora fuese donde estaba mi gente, -en busca de un chifle de aguardiente. - -Mientras fué y volvió, nos hicimos algunas preguntas sin importancia, -porque ni ellos entendían bien el castellano, ni yo podía hacerme -entender en lengua araucana. - -Sin embargo, saqué en limpio que el cacique principal Mariano Rosas, -con otros caciques y muchos capitanejos estaban entregados á Baco; -el padre Burela había llegado el día antes de Mendoza, con un gran -cargamento de bebidas. - -Volvió Mora, tomaron mis interlocutores unos buenos tragos, y -despidiéndose alegremente, siguieron ellos su camino que era la -dirección de las tolderías de Ramón, y yo el mío. - -Mora seguía cabizbajo, á pesar del aire franco de los dos indios. No -las tenía todas consigo. ¡Quién sabe qué va á suceder!--decía á cada -paso, y luego murmuraba:--¡son tan desconfiados estos indios! - -De cálculo en cálculo, de sospecha en sospecha, de esperanza en -esperanza, mi caravana se movía pesadamente, envuelta en una inmensa -nube de polvo. - -Mora decía: Los indios van á creer que somos muchos. - -Yo seguía tranquilo; un secreto presentimiento me decía que no había -peligro. - -Hay situaciones en que la tranquilidad no puede ser el resultado de la -reflexión. Debe nacer del alma. - -El campo se quebraba otra vez en médanos vestidos de pequeños arbustos, -espinillos, algarrobos y chañares. - -Nos aproximábamos á una ceja de monte. - -Todos, todos los que me acompañaban, paseaban la vista con avidez por -el horizonte, procurando descubrir algo. - -Marchábamos en alas de la impaciencia, subiendo á la cumbre de los -médanos, descendiendo á sus bajíos guadalosos, esquivando los arbustos -espinosos, bajo los rayos del sol, que estaba en el cenit, alargándose -la distancia cada vez más, por ciertas equivocaciones de Mora, cuando -casi al mismo tiempo, varias voces exclamaron:--¡Indios! ¡indios! - -En efecto, fijando la vista al frente y estando prevenida la -imaginación, descubrí varios pelotones de indios armados. - ---Parémonos, señor--me dijo Mora. - ---No, sigamos--repuse,--pueden creer que tenemos miedo, ó desconfiar. -Adelantémonos más bien. - -Dejé mi comitiva atrás, aunque mi caballo iba bastante fatigado, y -apartándome del camino, que ya habíamos encontrado, y poniéndome al -galope, me dirigí al grupo más numeroso de indios. - -Tendiendo la vista en ese momento á mi alrededor, vi que me hallaba -circulado de enemigos ó de curiosos. Poco iba á tardar en saber lo que -eran. - -Vinieron á decirme que estábamos rodeados. - ---Que avancen al tranco--contesté, y seguí al galope. - -Rápidos como una exhalación, varios pelotones de indios estuvieron -encima de mí. - -Es indescriptible el asombro que se pintaba en sus fisonomías. - -Montaban todos caballos gordos y buenos. Vestían trajes lo más -caprichosos, los unos tenían sombrero, los otros la cabeza atada con -un pañuelo limpio ó sucio. Éstos, vinchas de tejido pampa, aquéllos, -ponchos, algunos, apenas se cubrían como nuestro primer padre Adán, con -una jerga; muchos estaban ebrios; la mayor parte tenían la cara pintada -de colorado, los pómulos y el labio inferior; todos hablaban al mismo -tiempo, resonando la palabra ¡winca! ¡winca! es decir: ¡cristiano! -¡cristiano! y tal cual desvergüenza, dicha en el mejor castellano del -mundo. - -Yo fingía no entender nada. - -¡Buen día, amigo! - -Buen día, hermano, era toda mi elocuencia, mientras mi lenguaraz -apuraba la suya, explicando quién era yo, y el objeto de mi viaje. - -Hubo un momento en que los indios me habían estrechado tan de cerca, -mirándome como un objeto raro, que no podía mover mi caballo. Algunos -me agarraban la manga del chaquetón que vestía, y como quien reconoce -por primera vez una cosa nunca vista, decían: ¡ese coronel Mansilla! -¡ese coronel Mansilla! - ---Sí, sí, contestaba yo, y repartía cigarros á diestro y siniestro, y -hacía circular el chifle de aguardiente. - -Notando que mi comitiva, siguiendo el camino, se alejaba demasiado de -mí, resolví terminar aquella escena. Se lo dije á Mora, habló éste, -y abriéndome calle los indios, marchamos todos juntos al galope, á -incorporarnos á mi gente. - -Pronto formamos un solo grupo, y confundidos, indios y cristianos, -nos acercábamos á un medanito, al pie del cual hay un pequeño bosque. -Llámase Aillancó. - -Mis oficiales y soldados no sabían qué hacerse con los indios--dábanles -cigarros, hierbas y tragos de aguardiente. - ---_Achúcar_ (azúcar), pedían ellos. Pero el azúcar se había acabado, la -reserva venía en las cargas, y no había cómo complacerlos. - -Nuevos grupos de indios llegaban unos tras otros. - -Con cada uno de ellos tenía lugar una escena análoga á la que dejo -descripta, siendo remarcable las buenas disposiciones que denotaban -todos los indios y la mala voluntad de los cristianos cautivos ó -refugiados entre ellos. La afabilidad, por decirlo así, de los unos, -contrastaba singularmente con la desvergüenza de los otros. Cuando -ésta subió de punto, hablé fuerte, insulté groseramente, á mi vez, -y así conseguí imponerles respeto á aquellos desgraciados ó pillos, -á quienes, viéndonos casi desarmados, se les iba haciendo el campo -orégano. - -Llegados á Aillancó, y como allí hay una lagunita de agua excelente, -hice alto, eché pie á tierra y mandé mudar caballos. - -Mudando estábamos, cuando llegó un grupo de veintiséis indios, -encabezados por un hombre blanco, en mangas de camisa, de larga melena, -atada con una vincha; de aspecto varonil, un tanto antipático, montando -un magnífico caballo overo negro, perfectamente ensillado, con ricos -estribos de plata y chapeado, que haciendo sonar unas grandes espuelas, -también de plata, y blandiendo una larguísima lanza, y dirigiéndose á -mí, y sofrenando de golpe el caballo, me dijo: Yo soy Bustos. - ---Me alegro de saberlo--le contesté con disimulada arrogancia. - ---Soy cuñado del cacique Ramón--añadió, cruzando la pierna derecha -sobre el pescuezo de su caballo. - ---Soy el coronel Mansilla--repuse, imitando su postura, y añadiendo: -¿cómo está el cacique Ramón? - -Contestóme que estaba bueno, que mandaba saludarme con todos mis jefes -y oficiales, y á saber por qué razón habiendo llegado á sus tierras, -pasaba de largo por ellas. - -Le dije, agradeciéndole el saludo: que no pasaba de largo por sus -tierras, callado la boca; que el día antes había adelantado al indio -Angelito y al cabo Guzmán con un mensaje. - -Me dijo, que precisamente de ahí nacía la sorpresa de Ramón, que ellos -habían dicho que antes de llegar á las tolderías del cacique Mariano, -yo pasaría por las de Ramón. - -Seguimos cambiando palabras sobre este tópico, y no tardé en -apercibirme de que el cacique Ramón hacía una mixtificación exprofeso -del mensaje que recibiera. - -Ni el indio Angelito, ni el cabo Guzmán podían haberse equivocado. Era -sumamente difícil. Yo me aseguré antes de despacharlos de Coli-Mula de -que me habían entendido perfectamente bien. - -Por otra parte, mi carta al cacique Mariano era terminante, y las -tolderías de éste no distan tanto de las de Ramón, como para que no -hubiera tenido tiempo de prevenirlo. - -Mi diálogo con el _caballero Bustos_, se prolongó bastante, porque él -hablaba castellano lo mismo que yo. - -Me avisaron que los caballos estaban prontos, preguntándome si quería -mudar el mío. - -Contesté que sí, que me tomaran otro; y ofreciéndole á Bustos un -cigarro, eché pie á tierra, y convidándole á hacer lo mismo, le dije -que pensaba llegar en un rato al toldo de Mariano Rosas. - -Mientras me mudaban el caballo, hice extender un poncho bajo de -un árbol, y sentados en él nos pusimos á platicar como dos viejos -conocidos. - -Me trajeron el caballo, y cuando ponía el pie en el estribo, -despidiéndome de Bustos, á quien conocí le había caído en gracia, -llegaron simultáneamente por dos rumbos distintos dos grupos de indios. - -El uno venía de los toldos de Ramón, y el otro de los toldos de Mariano. - -El de Mariano lo encabezaba un capitanejo, hombre de malas pulgas, como -se verá después. - -El otro, un indio cualquiera. - -Mariano mandaba saludarme; Ramón á decirme que ya salía á encontrarme. - -Despedí al primero con mis agradecimientos, y me dispuse á esperar á -Ramón. - -Esperándolo estaba, conversando con Bustos, mi comitiva charlaba y -se entretenía con los demás indios y con unas chinas que acababan de -llegar enancadas de á tres, cuando fuimos acometidos por unos cuantos -indios, que, lanza en ristre, y viniendo hacia mí: gritaban _¡winca! -¡winca! ¡matando! ¡matando, winca!_ - -Eché una mirada á mi alrededor, y vi que mi gente estaba resuelta á -todo, y con disimulada irritación, le dije á Bustos: ¿Pensarán éstos -hacer alguna barbaridad? - -Los bárbaros estaban ya encima. Hablóles Bustos y mi lenguaraz en su -lengua, y echándose sobre ellos las chinas, sin temor de ser pisoteadas -por los caballos, y asiéndose vigorosamente de sus lanzas, se las -arrancaron de las manos. Los indios bramaban de coraje. Felizmente, el -incidente no pasó de ahí. - -Los augurios y temores de mi lenguaraz amenazaban confirmarse. Pero ya -estábamos en las astas del toro, y no era cosa de retroceder. - -Volvió el _embajador_ del cacique Ramón. - -¿Con qué embajada? Mañana lo sabrás. - - - - - XVI - - El embajador del cacique Ramón y Bustos.--Desconfianza de - cacique.--Quién era Bustos.--Caniupán.--Otra vez el embajador - de Ramón y Bustos.--Un bofetón á tiempo.--_Mari purrá - wentru._--Recepción.--Retrato de Ramón.--Exigencias de Caniupán.--¡Lo - mando al diablo!--Conformidad. - - -Regresó el embajador de Ramón. - -En lugar de dirigirse á mí, se dirigió á Bustos. - -¿Qué le dijo? Ni lo supe, ni lo sé. Mi lenguaraz no tenía suficiente -libertad para hablar conmigo, porque, á más de pertenecer á las -tolderías de Ramón, cuyo cuñado estaba allí, á mi lado, rodeábannos muy -de cerca muchísimos indios, que atentos y curiosos, no apartaban sus -miradas de mí, como queriendo penetrar mis pensamientos. - -Lo que no podía ocultárseme era que Bustos y el embajador no estaban -acordes. El primero se expresaba con verbosidad, con calor y -perceptible descontento. - -Mora, aprovechando un instante de distracción de Bustos, me insinuó con -aire significativo que Ramón desconfiaba y que Bustos me defendía. - -No me había engañado. El hombre había simpatizado conmigo. Ya tenía -un aliado. Traté, pues, de acabar de hacer su conquista, afectando -la mayor tranquilidad, disimulando que conocía las desconfianzas de -Ramón, y encontrando muy natural todo lo que hasta entonces había -pasado. - -El embajador partió de nuevo, y Bustos y yo seguimos conversando, -dándome mala espina el que á cada rato me dijera, como queriendo -justificar el extraño proceder de Ramón, que con toda astucia y -disimulo me retenía en el camino: - ---No tenga miedo, amigo. - ---No, no hay cuidado, contestaba yo. - -Y bajo la influencia de estas admoniciones, comencé á engendrar -sospechas, inclinándome á creer que había andado muy ligero al hacerme -la idea de que el hombre había simpatizado conmigo. - -Estábamos platicando, habiéndome dicho que había nacido en el antiguo -Fuerte Federación, hoy Villa de Junín, que su madre fué india y su -padre un vecino de Rojas, de apellido Bustos, que en un tiempo fué -comandante de Guardia nacional. Mi comitiva, asediada por los indios, -que pedían cuanto sus ojos veían, repartía cigarros, hierba, fósforos, -pañuelos, camisas, calzoncillos, corbatas, todo lo que cada uno llevaba -encima y le era menos indispensable. De repente, sintióse un tropel, -y envueltos en remolinos de polvo, llegaron unos treinta indios, -sujetando los caballos tan encima de mí, que si hubieran dado un paso -más me habrían pisoteado. - -Bustos no pudo prescindir de gritarles: ¡Eeeeeh! - -Yo, sin moverme del sitio en que estaba, ni cambiar de postura, -fruncí el ceño y clavé la mirada en el que venía haciendo cabeza, que -encarándoseme y llevando la mano derecha al corazón, me dijo: - ---¡Ese soy Caniupán! ¡Capitanejo Mariano Rosas! (y volviendo á -señalarse á sí propio) ¡Ese indio guapo! - -Seguí mirándolo con torvo ceño. - -Junto con las palabras ¡winca! ¡winca! se oyeron algunas otras -groseras, de calibre grueso. - -Bustos me dijo: - ---Montemos á caballo. - -Lo tenía ahí cerca, y sin esperar otra insinuación, me levanté del -suelo y monté. - -Mora me dijo, al hacerlo: - ---Caniupán quiere hablar con usted, señor. - ---Pues que hable lo que guste, dile. - -Díjome por medio del lenguaraz: - -Que Mariano Rosas mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales; -que sentía muchísimo no poder recibirme ese día como yo lo merecía; -que al día siguiente me recibiría; que tuviese á bien acampar donde me -encontraba. - -Contestéle con la mayor política, resignándome á pasar la noche en -Aillancó, y viendo ya que todas aquellas dilaciones eran calculadas. - -Mientras el capitanejo y yo hablábamos, varios indios, particularmente -uno chileno, nos interrumpían con sus gritos, echándome encima el -caballo y metiéndome, por decirlo así, las manos en la cara. - -Hasta donde era posible me daba por no apercibido de estas -amabilidades, que llegaron á alarmarme seriamente, cuando vi que un -indio lo atropelló al Padre Marcos, pechándolo con el caballo, en medio -de un grito estentóreo, cariño que el reverendo franciscano recibió -con evangélica mansedumbre, á pesar de haber andado por las gavias, lo -mismo que su compañero, el Padre Moisés, que simultáneamente era objeto -de otra demostración por el estilo. - -El indio chileno vociferaba algo que debían ser amenazas de muerte. - -Bustos, que no se separaba de mi lado, volvió á decirme: - ---No tenga miedo, amigo. - -Le contesté, con tono áspero y fuerte: - ---Usted me está fastidiando ya con su: No tenga miedo, amigo, y echando -un voto cambrónico, agregué: - ---Dígame eso cuando me vea pálido. - -Algunos indios que entendían el castellano, exclamaron á una: ¡Ese -coronel Mansilla, ese cristiano toro! - -Caniupán me dijo con aire imperioso: Dame un caballo gordo para comer. - ---¿Conque habías entendido la lengua?--le dije. - ---Poquito--repuso el indio,--¿dando caballo? - ---Sí... en eso estoy pensando. - -El capitanejo iba á contestar, cuando el embajador de Ramón se presentó -por tercera vez. - -Habló con Bustos, parando la oreja todos los indios que me rodeaban, -porque lo hacía con aire misterioso. - -Bustos contestaba con monosílabos que me parecían significar solamente -sí y no. Dirigiéndose á los circunstantes, me dijo: - ---Dice el cacique Ramón que usted no es el coronel Mansilla, que el -coronel vendrá atrás con la demás gente. - -Lo llamé á Mora, y le dije: - ---Vete al toldo de Ramón, asegúrale que yo soy el coronel Mansilla, que -mande algún indio de los que han estado en el Río 4.º á reconocerme y -quédate en rehenes. - -Mora contestó. - ---Le voy á decir que si lo engaño, me degüelle. - -Y dirigiéndose á Bustos, al separarse de mi lado, añadió: - ---Amigo, repáremelo al coronel, por si quiere conversar con alguno. - -La resolución con que se separó Mora de mi lado, acompañado del -embajador, produjo un efecto inesperado en los indios. Cesaron sus -impertinencias, continuando, sin embargo, las de algunos cristianos. - -Á uno de mis soldados se le fué la mano y le plantificó un bofetón al -más atrevido de ellos, diciéndole: - ---¡Tomá, chachino pícaro! - -El cristiano quiso hacer barullo, pero los otros colegas no le -ayudaron, y menos los indios. - -El soldado era un diablo. Echó el bofetón á la risa, y esgrimiendo un -chifle de aguardiente, gritaba encarándose con los que le parecían más -capaces de una avería: Bebiendo, peñi (_peñi_ quiere decir _hermano_). - -Por algunos indios sueltos que llegaron, supe que el cacique Ramón -no estaba en su toldo, sino que se hallaba allí cerca, dentro del -monte; que Mora ya estaba con él, que se hacían los preparativos para -recibirme. - -Detrás de éstos llegó un propio, y después de hablar con Bustos, me -dijo éste: - ---Amigo, haga formar su gente y dígame cuántos son. - -Llamé al Mayor Lemlenyi, y le di mis órdenes. - -Cumplidas éstas, le dije á Bustos: - ---Somos cuatro oficiales, once soldados, dos frailes y yo. - ---Bueno, amigo, déjelos así formados en ala como están. - -Y dirigiéndose al propio, le dijo: entre otras cosas, _Maripurrá -wentru_, palabras que comprendí, y que querían decir _diez y ocho -hombres_. - -Mientras mi gente permanecía formada, mis tropillas andaban solas. Yo -estaba con el Jesús en la boca, viendo la hora en que me dejaban con -los caballos montados. - -Bustos despachó de regreso el propio. - -Siguiendo sus insinuaciones al pie de la letra, primero, porque no -había otro remedio; segundo... Aquí se me viene á las mientes un cuento -de cierto personaje, que queriendo explicar por qué no había hecho una -cosa, dijo: - -No lo hice--primero, porque no me dió la gana; segundo... Al oir esta -razón, uno de los presentes le interrumpió diciendo: Después de haber -oído lo primero, es excusado lo demás. - -Iba á decir que siguiendo las insinuaciones de Bustos, me puse en -marcha con mi falange formada en ala, yendo yo al frente, entre los dos -frailes. - -Anduvimos como unos dos mil metros en dirección al monte donde se -hallaba el cacique Ramón. - -Llegó otro propio, habló con Bustos, y contramarchamos al punto de -partida. - -Esta revolución se repitió dos veces más. - -Como se hiciera fastidiosa, le dije á Bustos, sin disimular mi mal -humor. - ---Amigo; ya me estoy cansando de que jueguen conmigo. Si sigue esta -farsa mando al diablo á todos y me vuelvo á mi tierra. - ---Tenga paciencia--me dijo,--son las costumbres. Ramón es buen hombre, -ahora lo va á conocer. Lo que hay es que están contando su gente bien. - -Oyéronse toques de corneta. - -Era el cacique Ramón que salía del bosque, como con ciento cincuenta -indios. - -Á unos mil metros de donde ya estaba formado en ala, el grupo hizo -alto; tocaron llamada, y se replegaron á él todos los otros que habían -quedado á mi espalda, excepto el de Caniupán, que formó en ala, como -cubriéndome la retaguardia. - -Tocaron marcha, y formaron en batalla. - -Serían como doscientos cincuenta. Un indio seguido de tres trompas -que tocaban á degüello recorría la línea de un extremo á otro en un -soberbio caballo picazo, proclamándola. - -Era el cacique Ramón. - -Llegaron dos indios y mi lenguaraz, diciéndome que avanzara. Y Bustos, -haciendo que los franciscanos me siguieran como á ocho pasos, se puso á -mi izquierda, diciéndome: - ---Vamos. - -Marchamos. - -Llegamos á unos cien metros del centro de la línea de los indios, al -frente de la cual se hallaba el cacique teniendo un trompa á cada lado, -otro á retaguardia. - -Caniupán me seguía como á doscientos metros. - -Reinaba un profundo silencio. - -Hicimos alto. - -Oyóse un solo grito prolongado que hizo estremecer la tierra, y -conversando las dos alas de la línea que teníamos al frente, formaron -rápidamente un círculo, dentro del cual quedamos encerrados, viendo -brillar las dagas relucientes de las largas lanzas adornadas de -pintados penachos, como cuando amenazan una carga á fondo. - -Mi sangre se heló... - -Estos bárbaros van á sacrificarme--me dije. - -Reaccioné de mi primera impresión, y mirando á los míos: Que nos maten -matando--les hice comprender con la elocuencia muda del silencio. - -Aquel instante fué solemnísimo. - -Otro grito prolongado volvió á hacer retemblar la tierra. - -Las cornetas tocaron á degüello... - -No hubo nada. - -Lo miré á Bustos como diciéndole: - ---¿De qué se trata? - ---Un momento--contestó. - -Tocaron marcha. - -Bustos me dijo: - ---Salude á los indios primero, amigo, después saludará al cacique. - -Ya haciendo de _cicerone_, empezó la ceremonia por el primer indio del -ala izquierda que había cerrado el círculo. - -Consistía ésta en un fuerte apretón de manos, y en un grito, en una -especie de hurrah dado por cada uno de los indios que iba saludando, en -medio de un coro de otros gritos que no se interrumpían, articulados -abriendo la boca y golpeándosela con la palma de la mano. - -Los frailes, los pobres franciscanos, y todo el resto de mi comitiva -hacían lo mismo. - -Aquello era una batahola infernal. - -¡Imagínate, Santiago amigo, cómo estarían mis muñecas después de haber -dado unos doscientos cincuenta apretones de manos! - -Terminado el saludo de la turbamulta, saludé al cacique, dándole un -apretón de manos y un abrazón que recibió con visible desconfianza -de una puñalada, pues, sacándome el cuerpo se echó sobre el anca del -caballo. - -El abrazo fué saludado con gritos, dianas y vítores al coronel Mansilla. - -Yo contesté. - ---¡Viva el cacique Ramón! ¡Viva el Presidente de la República! ¡Vivan -los indios argentinos! - -Y el círculo de jinetes y de lanzas se quebró en todas partes, -desparramándose los indios al son de las dianas que no cesaban, -haciendo molinetes con las lanzas, dándose de pechadas los unos á los -otros, cayendo aquí y levantándose allá, ostentando los más diestros -su habilidad, _rayando_ los corceles, hasta que jadeantes de fatiga les -corría el sudor como espuma. - -Los gritos de regocijo se perdían por los aires. - -El cacique Ramón y yo, rodeados de pedigüeños, tomamos el camino de -Aillancó. - -Llegamos... - -Extendiendo ponchos bajo los árboles y formando rueda, nos pusimos á -parlamentar entre mate y mate, entre trago y trago de aguardiente. - -Hube de echar las entrañas por la boca. - -No estaba en carácter, y no había más remedio que hacer bien mi papel. - -Obsequié al cacique lo mejor que pude con lo poco que llevaba. - -Tenía que armarle y encenderle yo mismo el cigarro, que probar primero -que él el mate y la bebida para inspirarle confianza plena. - -El cacique Ramón es hijo de indio y de una cristiana de la Villa de la -Carlota. - -Predomina en él el tipo de nuestra raza. - -Es alto, fornido, tiene ojos pardos, cabello algo rubio, ancha frente y -habla muy ligero. - -Es en extremo aseado. - -Viste como un paisano rico. - -Quiere bien á los cristianos, teniendo muchos en sus tolderías y varios -á su alrededor. - -Tendrá cuarenta años. - -Todo su aspecto es el de un hombre manso, y sólo en su mirada se -sorprende á veces como un resplandor de fiereza. - -Es de oficio platero; siembra mucho todos los años, haciendo grandes -acopios para el invierno, y sus indios le imitan. - -Su padre ha abdicado en él el gobierno de la tribu. - -Charlamos duro y parejo. - -Me agradeció con marcada expresión de sentimiento, todo cuanto había -hecho en el Río 4.º por su hermano Linconao, á quien con mis cuidados -salvé de las viruelas, preguntándome repetidas veces, si siempre vivía -en mi casa, que cuándo volvería á su tierra. - -Contestéle que estuviera tranquilo, que su hermano quedaba muy -bien recomendado; que no le había traído conmigo porque estaba -convaleciente, muy débil y que el caballo le habría hecho daño. - -Me instó encarecidamente, á visitarle en sus tolderías, ofreciéndome -presentarme su familia. Le prometí hacerlo de regreso, y nos separamos -ofreciéndome visita para el día siguiente. - -Bustos se marchó con él, pidiéndome por supuesto una botellita de -aguardiente. - -Le di la última que quedaba. - -Mora se quedó á mi lado, diciéndome Ramón que le conservara tanto -cuanto le necesitara. - -Apenas se alejaba Ramón, se presentó el capitanejo Caniupán, -insistiendo en que le diera un caballo gordo para comer. - -El pedido tenía todo el aire de una imposición. - -Me negué redondamente. - -Insistió chocándome, y le contesté, que dónde había visto que un hombre -gaucho diera sus caballos; que los necesitaba para volverme á mi -tierra, que si se creía que me iba á quedar toda la vida en la suya. - -Me dijo algo picante. - -Lo mandé al diablo. - -Los que le seguían murmuraron algo que podía traer un conflicto. - -Creí prudente aflojar un poco la cuerda, y como haciendo una -transacción, ordené con muy mal modo le dieran una yegua. - -Llevaba dos gordas para cuando se nos acabara el charque, lo que -probablemente sucedería esa noche, si teníamos muchos huéspedes. - -Le entregaron la yegua, la carnearon en un santiamén y se la comieron -cruda, chupando hasta la sangre caliente del suelo. - -En el sitio del banquete no quedaron más residuos que las panzas, en -las que se cebaron después algunos caranchos famélicos. - -La tarde se acercaba y las visitas raleaban. - -Llegó un hijo de Mariano Rosas, con unos cuantos. Mandábame saludar -nuevamente su padre; quería saber cómo me había ido; recomendarme sobre -todo, en todos los tonos _tuviera mucho cuidado con los caballos_. - -Contesté secamente. - -Marchóse el mensajero, se puso el sol, acomodáronse los caballos -teniéndolos á _ronda cerrada_, se recogió bastante leña, se hizo un -fogón, nos pusimos en torno, circuló el mate y comenzó la charla. - -Discurriendo sobre lo que había pasado durante el día, cambiando ideas -con Mora, no me quedó duda de que los indios temían un lazo. Iban, por -consiguiente, á hacerme demorar en el camino con pretextos, hasta que -regresasen sus descubiertas y se aseguraran y persuadieran de que tras -de mí no venían fuerzas. - -No debía impacientarme. - -¡Gran virtud es la conformidad! Me resigné á mi suerte. Filosofábamos -con los frailes; y como Dios es inmensamente bueno, nos inspiró -confianza, y concediéndonos un sueño reparador, nos permitió dormir en -el suelo desigual, lo mismo que en un lecho de plumas y rosas. - - - - - XVII - - Un cuerpo sano en alma sana.--El mate.--Un convidado de - piedra.--Pánico y desconfianzas de los indios.--Historias.--Un - mensajero de Caniupán.--Visitas.--En marcha.--Calcumuleu.--Nuevo - mensajero.--La noche.--Amonestaciones.--Primer regalo.--Unos bultos - colorados. - - -Los franciscanos, como de costumbre, habían hecho sus camas muy cerca -de mí. - -Así dormíamos siempre. - -Yo se los había recomendado. - -La abnegación generosa de estos jóvenes misioneros; su paciente -conformidad en los peligros; su carácter afable, su porte siempre -comedido, sus mismas simpáticas fisonomías, todo, todo lo que -constituye la persona física y moral, inspiraba hacia ellos una fuerte -adhesión. - -Se concibe, pues, que unido á estos sentimientos el deber que tenía de -cuidarlos, tratara de tenerlos constantemente á mi lado. - -Cuerpo sano en alma sana es roncador. - -Los reverendos roncaban á dúo, haciendo el padre Moisés de tenor y el -padre Marcos de bajo profundo. - -Estuve tentado algunas veces de hacerles alguna broma, pero debían -estar tan fatigados, que habría sido imperdonable arrancarles á un -sueño que, si no era interesante, debía ser agradable y reparador. - -No pude continuar durmiendo. - -Me puse á soñar despierto, y después de hacer unos cuantos castillos en -el aire, llamé un asistente y le ordené que hiciera fuego. - -Cuando la vislumbre del fogón me anunció que mis órdenes estaban -cumplidas, hube de levantarme. - -Seguí _morrongueando_ y contemplando las estrellas que tachonaban el -firmamento, anunciando ya su trémula luz la proximidad del _rey del -día_, hasta que sentí hervir el agua. - -Levantéme, sentéme al lado del fogón y mientras mi gente dormía -como unos bienaventurados, yo apuraba la caldera, junto con Carmen, -echándonos al coleto varios mates de café. - -Carmen había salvado un poco de azúcar, felizmente; y á propósito de -esto, tuve que resignarme á escuchar su cariñoso reproche de que no -diera tanto, porque pronto nos quedaríamos sin cosa alguna. - -Yo estaba distraído, viendo arder la leña, carbonizarse, volverse -ceniza, y desaparecer la materia, por decirlo así, cuando Carmen -exclamó: - ---Ya viene el día. - ---Pues despierta á Camilo--le dije,--que venga á tomar mate. - -Dicho esto cambié de postura, me recosté sobre el brazo derecho y me -quedé dormitando un momento. - -Los buenos días de Camilo me hicieron abrir los ojos, y enderezarme -perezosamente, haciendo con los brazos una especie de aleteo que duró -tanto cuanto mi boca se abrió y cerró para bostezar. - -Al sentarse Camilo le oí decir: ¡Buen día, amigo! Y como la salutación -despertara en mí la curiosidad de saber á quién se dirigía, tendí -la vista alrededor del fogón y ví un indio rotoso, sin sombrero, -tiritando de frío, acurrucado como un mono al lado de la bolsa en que -Carmen tenía el azúcar, chupándose los dedos de la mano derecha y -metiendo la izquierda con disimulo en aquélla. - ---¿Cómo va, hermano?--le dije. - ---Bueno, hermano--contestó fingiendo un estremecimiento, y añadió, -llevando un puñado de azúcar á la boca: - ---Mucho frío ese pobre indio. - -Le hice dar un poncho calamaco que llevaba entre mis caronas. - -Continué conversando, y supe que había pasado la mayor parte de la -noche cerca de nosotros; que su toldo estaba inmediato; que cuando -había vuelto á él, el día antes, después de haber andado con la gente -de Ramón, se había encontrado sin su familia, la que junto con otras -andaba huyendo por los montes, porque decían que los cristianos traían -un gran malón; que el indio Blanco que había llegado de Chile al mismo -tiempo que yo, era el autor de la mala nueva; que todos estaban muy -alarmados; que habían mandado tres grandes descubiertas para el Norte, -para el Naciente y para el Poniente, por los caminos del Cuero, del -Bagual y de las Tres Lagunas, cada una de cincuenta hombres, y que la -alarma duraría hasta que no viniese el parte sin novedad. - -Era la confirmación de mis conjeturas. - ---Quién sabe lo que va á suceder--decía yo para mis adentros,--si las -tales descubiertas avanzan demasiado sobre las fronteras de San Luis, -Córdoba y Sur de Santa Fe. Nada de extraño tiene que las sientan, que -las tomen por una invasión, que las fuerzas se muevan y salgan al Sur, -y que los descubridores traigan un parte falso. - -Los franciscanos me sacaron de estas reflexiones dándome los buenos -días, y sentándose en la rueda del fogón que convidaba con sus hermosas -brasas. - -Después de los padres se levantaron y ocuparon su puesto los oficiales, -y la conversación se hizo general, ponderando todos sin excepción -alguna, lo bien que habían dormido. - -Los padres no necesitaban jurarlo. - -El indio era muy ladino; nos entretuvo un rato contándonos una porción -de historias; entre ellas nos habló de un pariente suyo que había -vivido sin cabeza; de unos indios que diz que vivían en tierras muy -lejanas, que se alimentaban con sólo el vapor del puchero; de otros -que corren tan ligero como los avestruces, que tienen las pantorrillas -adelante pretendiendo hacernos creer que todo cuanto decía era verdad. - -Yo no sé si él lo creía, pero parecía creerlo. - -Varias veces le pregunté si él había visto esas cosas. - -Me contestó que no, que su padre se las había contado. - -Por supuesto, que éste tampoco las había visto; se las había contado el -abuelo de nuestro interlocutor. - -¿Pero, qué tenía de extraño que un pobre indio creyese tales patrañas, -cuando uno de mis ayudantes, el mayor Lemlenyi, creía, porque se lo -había contado no sé qué chusco, que en Patagones hay unos indios que -tienen el rabo como de una cuarta, cuyos indios antes de sentarse en el -suelo, hacen un pocito con el dedo, ó con el mismo rabo, para meterlo -en él, y estar con más comodidad? - -Las creederas de la humanidad suelen tener unas proporciones admirables. - -Todo cabe dentro de ellas--la verdad lo mismo que la mentira. - -Si me apurasen mucho, demostraría que es más común creer en la mentira -que en la verdad. - -Machiavello dice que el que quiera engañar, encontrará siempre quien -se deje engañar, lo que prueba que, si no hay quien mienta más, no es -por la dificultad de encontrar quien crea, sino por la dificultad de -encontrar quien se resuelva á mentir. - -Amaneció. - -Me trajeron el parte de que en las tropillas no había novedad. En -cambio, la yegua que conservaba para comer había muerto envenenada por -un yuyo malo. - -Íbamos á estar frescos si esa tarde no llegaban las cargas. - -Cuando salía el sol, se presentó un mensajero de Caniupán, y después de -darme los buenos días con muchísima política, de preguntarme si había -dormido bien, si no había habido novedad, si no había perdido algunos -caballos, me notificó que el capitanejo vendría á visitarme al rato. -Devolví los saludos y contesté que estaba pronto. - -El mensajero pidió cigarros, aguardiente, yerba, _achúcar_, _achúcar_, -se lo dieron y se marchó. - -Poco á poco fueron llegando _visitantes_, ó mejor dicho curiosos, -porque no se bajaban del caballo, sino que, echados sobre el pescuezo, -se quedaban largo rato así mirándonos, y luego se marchaban, diciendo -algunas veces: Adiós, amigo; pidiendo otras un cigarro. - -La visita anunciada llegó á las dos horas. Le acompañaban veintitantos -indios. Se apeó del caballo, después de saludar cortésmente, me dió -un mensaje de Mariano Rosas, y tomó asiento en el suelo, á mi lado, -pidiéndome con la mayor familiaridad un cigarro. - -Arméselo, encendílo yo mismo, y se lo puse en la boca por decirlo así. - -Mariano Rosas me invitaba á cambiar de campamento, á avanzar una legua; -y me pedía disculpas. - -El comisionado le disculpaba por su cuenta confidencialmente, -diciéndome que estaba _achumado_ (ebrio). - -Mandé tomar caballos y ensillar, y como el terreno era muy quebrado, -durante la operación se distrajeron los caballerizos y me robaron dos -pingos. - -Se lo dije á Caniupán, manifestándole _con grosería_ que aquello -era mal hecho, que Mariano Rosas estaba en el deber de tomar á los -ladrones, para castigarlos y hacerles entregar mis caballos si no se -los habían comido. Y quise hacer aquella comedia de enojo, porque entre -bárbaros más vale pasar por brusco que por tonto. - -Caniupán hizo la suya; me aseguró que los ladrones serían perseguidos, -tomados y castigados, pero él sabía perfectamente bien que nadie lo -había de hacer. Por supuesto que no lo hicieron. Perdí, pues, mis -caballos, quedándome sólo la satisfacción de haber refunfuñado un rato -con desahogo. - -Avisáronme que todo estaba pronto para la marcha. Se lo previne á mi -conductor y nos pusimos en viaje. - -Los indios no andan jamás al tranco cuando toman el camino. - -Al entrar en el que debíamos seguir, me dijo Caniupán, poniéndose al -galope: - ---Galope, amigo. - -Yo, que no quería dejarme dominar ni en las cosas pequeñas, ni -contesté, ni galopé. - ---Galope, galope, amigo--me gritó el indio. - -Si yo hubiera estado prisionero, no me habría hecho tan mal efecto -aquella especie de imposición. - ---No quiero galopar--le contesté. - -Y como algunos de los míos que venían atrás, viendo el aire de la -marcha de los indios, llegasen galopando: - ---¡Despacio! ¡despacio!--les grité. - -Los indios se fueron adelante formando un grupo; los cristianos nos -quedamos atrás, formando otro. - -Sujetaron ellos para esperarnos. Yo seguí al tranco, y al ponerme á su -altura piqué el caballo, le apliqué un fuerte rebencazo, y gritándoles -á los míos: ¡al galope! galopamos todos, y digo todos, hablando con -propiedad, porque también los indios galoparon poniéndose Caniupán á la -par mía. - -El punto adonde nos dirigíamos era á la Laguna de Calcumuleu, que -quiere decir Agua en que viven brujas. Distaba una legua larga de -Aillancó y quedaba como á seiscientos metros de la orilla del monte de -Leubucó. - -De consiguiente, poco demoramos en llegar. - -El lugar no presenta ninguna particularidad. Es una lagunita como hay -muchas, reduciéndose su mérito á tener vertiente de agua potable casi -siempre. Sus bordes son bajos; estaban adornados de tal cual arbusto. - -Al llegar, Caniupán me dijo: - ---Aquí es donde dice Mariano que puede parar. - ---Está bien--le contesté, haciendo alto, echando pie á tierra y -ordenando que acamparan. - -El indio vió desensillar los caballos, sacar las tropillas á cierta -distancia para que comieran mejor, y cuando pareció no quedarle duda de -que allí no me movería, se despidió recomendándome unas cuantas veces -el mayor cuidado con los caballos y se fué, á Dios gracias, dejándome -en paz, pero no sin que quedaran por ahí dispersos, á manera de espías, -unos cuantos de los mismos que yo había visto llegar con él, hacía un -rato, á Aillancó. - -Era hora de comer algo sólido. Se hizo fuego, se cebó mate, se intentó -hacer algunos asados, pero el charque había desaparecido. Fué menester -apretarse la barriga, y seguir dándole á la yerba y al café. - -Todo el resto de ese día pasaron incesantemente indios, del Norte para -el Sur, del Sur para el Norte. Todos se detenían, se acercaban, nos -miraban y luego proseguían su camino. - -Algunos conversaban largo rato con mi gente. Los franciscanos eran -siempre los más solícitos en dirigirles la palabra, y en ofrecerles un -trago de un botellón de cominillo, que no sé cómo no había volado ya. - -Yo me propuse no hablar con nadie ese día, á no ser que viniera -exprofeso, mandado por alguien; así fué que me lo llevé paseando por la -costa de la laguna, leyendo á Beccaria á ratos, otras veces, un juicio -crítico sobre las obras de Platón, de ese filósofo inmortal á quien -podría tributársele el fanático homenaje de mandar quemar todo cuanto -se ha escrito sobre filosofía, desde sus días hasta la fecha, sin que -por eso las ciencias especulativas perdieran gran cosa. - -Al caer la tarde, llegó un nuevo mensajero de Mariano Rosas, con una -retahila de preguntas y recomendaciones, que terminaban todas con esta -recomendación sacramental: que tenga mucho cuidado con los caballos. -Recibí y despedí secamente al mensajero, llamándome sobremanera la -atención no tener hasta ese instante noticia alguna del capitán -Rivadavia, que hacía dos meses se encontraba entre los indios con -motivo del tratado que desde el año pasado venía negociando yo con -ellos. - -Llegó la noche; se hizo un gran fogón, nos comimos una mula de las más -gordas y algunos peludos, y repletos y contentos, se cantó, se contaron -cuentos y se durmió hasta el amanecer del siguiente día. - -Iba amaneciendo cuando me desperté; llamé á Camilo Arias, y le pregunté -si había habido alguna novedad. Contestóme que no, aunque habíamos -estado rodeados de espías. Me incorporé en el blanco lecho de arena, -dirigí la visual á derecha é izquierda; á la espalda y al frente, y en -efecto, los que habían velado nuestro sueño estaban todavía por ahí. - -Calentó el sol y empezaron á llegar visitantes y á incomodarnos con -pedidos de todo género, tanto que tuve que enfadarme cariñosamente con -mis ayudantes Rodríguez y Ozarowski, porque al paso que iban, pronto se -quedarían en calzoncillos. - ---Bueno es dar--les dije,--mas es conveniente que estos bárbaros no -vayan á imaginarse que les damos por miedo. - -Estaba haciéndoles estas prudentes observaciones sobre la regla de -conducta que debían observar, y como un indio me pidiera el pañuelo -de seda que tenía al cuello, aproveché la ocasión para despedirlo con -cajas destempladas. - -Gruñó como un perro, refunfuñó perceptiblemente una desvergüenza, -añadiendo: cristiano malo, y se fué. - -Al rato vino, con cinco más, un nuevo mensajero de Mariano Rosas. - -Le recibí con mala cara. - ---Manda decir el general que cómo está--me preguntó. - ---Tirado en el campo, dígale--le contesté. - ---Manda decir el general, que cómo le va--añadió. - ---Dígale--repuse,--que busque una bruja de las que viven en estas -aguas que le conteste cómo le irá al que no teniendo qué comer se está -comiendo las mulas que necesita para volverse á su tierra. - ---Manda decir el general--continuó,--si se le ofrece algo. - ---Dígale al general--contesté, echando un voto tremendo,--que es un -bárbaro, que está desconfiando de un hombre de bien que se le entrega -desarmado, y que otro día ha de creer en algún pícaro de mala fe que -lo engañe. - -El mensajero hizo un gesto de extrañeza al oir aquella contestación; -advirtiéndolo yo, agregué: - ---Y dígaselo, no tenga miedo. - -Dicho esto, le di la espalda, y viendo él que yo no tenía gana de -seguir conversando, recogió el caballo y se dispuso á partir. Mas en -ese momento llegó un grupo de indios del Norte, y mezclándose con -ellos, allí se quedaron hablando, según me dijo Mora después de que no -había novedad por el Cuero y que más allá no sabían. - -Al rato, cuando ya se iban, uno de ellos fué á pasar por entre los dos -franciscanos que estaban descansando en el suelo, como á dos varas uno -de otro. - -Gritéle con voz de trueno, saltando furioso sobre él para sofrenarle el -caballo y empuñando mi revólver, dispuesto á todo: - ---¡Eh! ¡no sea bárbaro! ¡no me pise los padrecitos! - -Y el hombre, que no había sido indio sino cristiano, sujetando de golpe -el caballo, casi en medio de los padres, contestó: - ---Yo también sé. - ---¿Y si sabes, pícaro, por qué pasas por ahí? - ---No les iba á hacer nada--repuso. - ---¡Conque no les ibas á hacer nada, bandido! - -Calló, dió vuelta, les habló á los indios en su lengua, siguiéronle -éstos, y se alejaron todos, habiendo pasado los pobres padres por un -rato asaz amargo, pues creyeron hubiese habido una de pópulo bárbaro. - -¡Extraños fenómenos del corazón humano! - -Algunas horas después de esta escena, á la que nada notable se siguió, -ese mismo hombre tan duramente tratado por mí, se presentó diciéndome: - ---Mi Coronel, aquí le traigo este cordero y estos choclos. - -El hombre inculto había cedido, justo era que yo cediera á mi vez. - ---Gracias, hijo--le contesté,--¿para qué te has incomodado? Apéate, -tomaremos un mate y me contarás tu vida. - -Apeóse del caballo, maneólo, sentóse cerca de mí y después de algunas -palabras de comedimiento dirigidas á los franciscanos, nos contó su -historia. - -En ese instante gritaron que se avistaban, saliendo del monte, unos -bultos colorados. - -Ya sabremos lo que era. - - - - - XVIII - - Historia de Crisóstomo.--Quiénes eran los bultos colorados.--El indio - Villarreal y su familia.--De noche. - - -Tomó la palabra Crisóstomo, y dijo: - ---Mi Coronel, el hombre ha nacido para trabajar como el buey y padecer -toda la vida. - -Este introito en labios de un hombre inculto llamó la atención de los -interlocutores. - -Me acomodé lo mejor que pude en el suelo para escucharle con atención, -convencido de que los dramas reales tienen más mérito que las novelas -de la imaginación. - -La otra noche se lo decía yo á Behetti, rogándole me hiciera el -sacrificio de ciento cincuenta varas, vulgo, me acompañara una cuadra. - -La historia de cualquier hombre de ésos que nos estorba el paso, es -más complicada é interesante que muchos romances ideales que todos los -días leemos con avidez; así como hay más chiste y más gracia circulando -en este momento en el más humilde café, que en esos libros forrados en -marroquín dorado, con que especula el ingenio humano. - -Behetti convino conmigo, y me hizo este cumplimiento: - ---Usted es célebre por sus dichos. - ---Y por mis desgracias, como sir Walterio Raleigh--le -contesté,--diciendo para mi capote: - ---Así es el mundo, trabajamos por hacernos célebres en una cuerda y lo -conseguimos por el lado del ridículo. - -¡Nos cuesta tanto conocernos! - -Crisóstomo continuó: - ---Yo vivía en la calle del cerro de Intiguasi. - -Este cerro está cerca de Achiras, y su nombre significa en quichua, -si no ando desmemoriado en mis recuerdos etnográficos y filográficos, -_casa del sol_. Diéronselo los incas en una de sus famosas expediciones -por la parte oriental de la Cordillera. _Inti_, quiere decir sol, y -_guasi_ casa. - ---Vivía con mis padres, cuidando unas manadas, una majada de ovejas -pampas y otra de cabras. - -También hacíamos quesos. No nos iba tan mal. Hubo una patriada, en la -que salieron corridos los _colorados_ con quienes yo me fuí, porque -me arrió don Felipe--se refería á Saa,--anduve á monte mucho tiempo -por San Luis, y cuando las cosas se sosegaron, me volví á mi casa. Los -colorados nos habían saqueado. Los pobres siempre se embroman. Cuando -no son unos, son otros los que les caen. Por eso nunca adelantamos. -Seguimos trabajando y aumentando lo poco que nos había quedado hasta -que me desgracié... - -Aquí frunció el ceño Crisóstomo, y un tinte de melancolía sombreó su -cobriza tez, quemada por el aire y el sol. - ---¿Y cómo fué eso?--le pregunté. - ---¡Las mujeres! ¡las mujeres, señor! que no sirven sino para -perjuicio--repuso. - ---¿Y ahora no tienes mujer? - ---Sí tengo. - ---¿Y cómo hablas tan mal de ellas? - ---Es que así es el hombre, mi Coronel: vive quejándose de lo que le -gusta más. - ---Bueno, prosigue--le dije, y Crisóstomo tomó el hilo de su narración, -que ya había predispuesto á todos en su favor, despertando fuertemente -la curiosidad. - -Cerca de casa vivía otra familia pobre. Éramos muy amigos; todos los -días nos veíamos. - -Tenía una hija muy donosa. Se llamaba Inés. Por las tardes cuando -recogíamos las majadas, nos encontrábamos en el arroyo, que nace de -arriba del cerro. Y como la moza me gustaba, yo le tiraba la lengua y -nos quedábamos mucho rato conversando. Un día le dije que la quería, -que si ella me quería á mí. Me contestó callada que sí. - ---¿Y cómo es eso de contestar callada? - ---Bueno, mi Coronel, yo le conocí en la cara que puso, que me quería. - ---¿Y después? - ---Seguimos viéndonos todos los días, saliendo lo más temprano que -podíamos á recoger para poder platicar con _holgura_. - -Nos sentábamos juntitos en la orilla del arroyo, en un lugar donde -había unos sauces muy lindos; nos tomábamos las manos y así nos -quedábamos horas enteras viendo correr el agua. Un día le pregunté -si quería que nos casáramos. No me contestó, dió un suspiro, se le -saltaron las lágrimas, lloró y me hizo llorar. - ---¿Á ti? - ---Á mí, pues, señor--contestó Crisóstomo, mirándome con un aire que -parecía decir: ¿acaso no puedo llorar yo, porque vivo entre los indios? - -Sentí el reproche y le contesté: no te había entendido bien, sigue. - -Prosiguió. - ---Lo que se me pasó la tristeza le pregunté por qué lloraba, y me -contó que su padre quería casarla con un tal Zárate, que era tropero y -hombre hacendado; y que la noche antes ya le había dicho que si andaba -en muchas conversaciones conmigo le había de pegar unos buenos. Con la -conversación, no nos fijamos en que había llegado la oración, sin haber -recogido las majadas. Salimos juntos á campearlas. Nos tomó la noche, -se puso muy obscuro, estaba por llover y nos perdimos, pasando toda la -noche en el campo. - - * * * * * - -Al día siguiente, Inés no vino al arroyo. - -Yo fuí á su casa, el padre me recibió mal; quiso pelearme. - -Inés estaba en el rancho y me miraba diciéndome con unos ojos muy -tristes, que no le contestara á su padre y que me fuera. Le obedecí. -El viejo me insultó mucho, hasta que me perdí de vista, sufrí y no -le contesté. Á la noche vino la vieja y se pelearon con mi madre. Yo -escuché todo de afuera. Más tarde, lo que nos quedamos solos, le conté -á mi madre lo que me había pasado. - - * * * * * - -La pobre me quería mucho, me trató mal, lloró y por último me perdonó. - -Pasaron varias lunas sin verse las familias. - -Una noche ladraron los perros. Salí á ver qué era, y era una vecina que -iba á casa de Inés, donde estaban muy apurados. - -Á los pocos días Inés se casó con Zárate y estuvieron de baile y -beberaje en la casa. Para esto yo ya sabía lo que le había pasado á -Inés, la noche que ladraron los perros, porque la vecina que era muy -buena mujer me lo había contado, preguntándome: ¿de quién será la -hijita que ha tenido la Inés? Me dió mucha rabia oir los cohetes del -casorio que se había hecho en la capilla de San Bartolo, que está -contrita de la sierra. Me fuí á la casa. Pedí mi hija. - -Me gritaron: ¡borracho! - -Hice un desparramo y salí hachado. Estuve mucho tiempo enfermo. Sané, -busqué mi hija--no la hallé.--Yo la quería muchísimo, no la había visto -nunca. Una tarde sabiendo que la casa estaba sola, me fuí á ver si la -hallaba á Inés. La hallé. Me recibió como si no me conociera. Le pedí -mi hija y me contestó--¡que estaba borracho!--La hice acordar de la -noche en que nos perdimos; me contestó--¡borracho!--Lloré no sé de qué; -me echó de la casa llamándome--¡borracho!--Le pegué una puñalada... - -Y esto diciendo, Crisóstomo se quedó pensativo. - -Nosotros nos quedamos aterrados.--Y ¿después?--dije yo, sacando á todos -del abismo de reflexiones en que los había sumido la última frase del -infortunado amante. - ---Después--murmuró con amargura,--después he padecido mucho, mi Coronel. - ---¿Qué hiciste? - ---Me fuí á mi casa, le confesé á mi madre lo que había hecho, y á mi -padre también, me rogaron que me fuera para San Luis, me arreglaron -unas alforjas, tomé dos buenos caballos y me dirigí á Chaján. Pero al -pasar por el camino de los indios, me dió la tentación de rumbear al -Sud y me vine para acá. - ---¿Y no has vuelto á ver tus padres, ó á Inés? - ---Sí, mi Coronel, los he visto, varias veces que he ido á malón con -los indios, porque el que vive aquí tiene que hacer eso, si no, no -le dan de comer. Á Inés la cautivamos en una invasión con su marido -y sus padres. Por mí se salvó ella; lloró tanto y me rogó tanto que -la dejara, que la perdonara, que me dió lástima, estaba embarazada y -conseguí que la dejaran. - -Al padre y la madre se los llevaron y los vendieron á los chilenos, -para una carga de bebida, que son dos barrilitos de aguardiente. Y he -oído decir que están en una estancia cerca de Mucum. - -Y esto diciendo, Crisóstomo tomó resuello, como para seguir su -narración. - ---¿Y has ido á _maloquear_ (invadir), muchas veces? - ---Sí, mi Coronel, ¡qué hemos de hacer! hay que buscarse la vida. - ---¿Y tienes ganas de salir á los cristianos? - ---Estoy casado con una china y tengo tres hijos--contestó, como -leyéndose en sus ojos que sí tenía ganas de salir á los cristianos; -pero que no lo haría sin su mujer y sus hijos. - -Francamente, estos sentimientos paternales me hacían olvidar al hombre -que le diera la puñalada á Inés. - -¡Qué abismos insondables de ternura y de fiereza oculta en sus -profundidades tempestuosas el corazón humano! - -Me iba perdiendo en reflexiones, cuando se oyeron varias voces: ¡Ya -vienen cerca los bultos colorados! - ---No te vayas, Crisóstomo--le dije, y levantándome fuí á posarme en un -mogote del terreno para ver mejor los bultos. - ---Son dos chinas--dijeron unos. - ---Y viene un indio con ellas--otros. - -Los bultos se acercaban á media rienda. - -Llegaron, saludaron cortésmente en castellano y preguntaron por el -Coronel Mansilla. - ---Yo soy--les contesté,--echen pie á tierra. - -El indio se apeó al punto. Las chinas recogieron el pretal de pintadas -cuentas que les sirve de estribo y bajaron del caballo con cierta -dificultad por la estrechez de la manía en que van envueltas. - -Era el caballero Villarreal, hijo de india y de cristiano, casado con -la hermana de mi comadre Carmen, que me mandaba saludar y algunos -presentes,--choclos y sandías. - -La segunda china era hermana de mi comadre y de la hermana de -Villarreal. - -Es éste un hombre de regular estatura, de fisonomía dulce y expresiva, -embellecida por unos grandes ojos negros llenos de fuego. Vestía como -un gaucho lujoso. Habla bastante bien el castellano y se distingue -por la pulcritud de su persona. Su padre, cuyo apellido lleva, fué -vecino del Bragado. Tenía treinta y cinco años. Ha estado en Buenos -Aires en tiempo de Rosas, y conoce perfectamente las costumbres de los -cristianos decentes. La mujer es una china magnífica, que también ha -estado en Buenos Aires; me habló de Manuelita Rosas, tendrá treinta -años. Su hermana tendrá dieciocho, y era soltera. Ambas vestían con -lujo, llevando brazaletes de cuentas de muchos colores y de plata, -collares de oro y plata, el colorado _pilquén_ (la manta), prendida con -un hermoso alfiler de plata como de una cuarta de diámetro, aros en -forma de triángulo, muy grandes, y las piernas ceñidas á la altura del -tobillo con anchas ligas de cuentas. - -La cuñada de Villarreal es muy bonita y vestida con miriñaque y otras -hierbas sería una _morocha_ como para dar dolor de cabeza á más de -cuatro. Vestía con menos recato que su hermana, pues, al levantar los -brazos, se veía la concavidad que forma el arranque del brazo cubierto -de vello y agrandándose los pliegues de la camisa descubrían parte del -seno. - -Me entregaron los obsequios con mil disculpas de no haber traído más, -por la premura del tiempo y los apuros de mi comadre. - -Les agradecí la fineza, hice que les acomodaran los caballos, les -invité á sentarse y entramos en conversación. - -Al caer la tarde, les pregunté si venían con intención de pasar la -noche conmigo; me contestaron que sí, si no incomodaban. - -Mandé que desensillaran los caballos, se puso en el asador el cordero -de Crisóstomo, y mientras se asaba, le pegamos al mate y al cominillo -de los franciscanos. - -Anochecía cuando llegó un enviado de Mariano Rosas con el mensaje -consabido: ¿cómo está, cómo le va, no se han perdido caballos? - -Contesté que no había habido novedad, y despedí al embajador lo más -pronto que pude, sin invitarle á que se apeara. - -Á Crisóstomo, le rogué que pasara la noche conmigo; tenía mis razones -para querer conversar á _solas_ con él. - -Se quedó. - -Nos sentamos alrededor del fogón, cenamos hasta saciarnos con choclos, -que me parecieron bocado de cardenal, charlamos mucho, y, cuando ya fué -tarde, tendimos las camas y como en los buenos viejos tiempos de los -patriarcas, nos acostamos todos juntos, por decirlo así, teniendo por -cortinas el limpio y azulado cielo coronado de luces. - -No hubo ninguna novedad. Dormimos á las mil maravillas. El hombre es un -animal de costumbres. - -Conviene prevenir por la malicia del lector, que los franciscanos, -según estaba acordado, hicieron sus camas al lado de la mía. - - - - - XIX - - El amanecer.--Llegada de las cargas.--El marchado de la mula - Achauentrú en el Río 4.º.--Un almuerzo en el fogón.--Lo que - hicieron las chinas en cuanto se levantaron.--El cabo Mendoza y - Wenchenao.--Enojo fingido.--Se presentó Caniupán. - - -Al día siguiente amaneció la atmósfera turbia y atornasolada. - -Las ondulaciones del terreno arenoso reverberando el sol, formaban -caprichosos mirajes, los objetos cercanos se divisaban lejos, creciendo -sus proporciones. - -Veíanse en lontananza grandes lagunas de superficie plateada y quieta; -árboles colosales, que eran pequeños arbustos chamuscados por la -quemazón; potros alzados que _escarceaban_ y eran aves de rapiña, que -aleteando alzaban el polvo sutil. - -Una nubecilla de color terroso pardusco, llamaba hacía rato la atención -de mi gente. - -Yo estaba vacilando entre matar otra mula ó mandar á Crisóstomo comprar -una res, porque los choclos no bastaban para que almorzara toda mi -gente, cuando oí: - ---¡Son indios! - ---No, vienen muy despacio para ser indios. - ---Son mulas. - ---Deben ser las cargas. - -La última frase sacándome de la indecisión en que estaba, me hizo -incorporar, ponerme de pie, echar la visual en dirección á los objetos -que ocasionaban la contradicción y llamar á Camilo Arias, que tiene la -vista de un lince, haciéndole una indicación con la mano: - ---¿Á ver qué es aquello? - -Camilo fijó en el horizonte sus brillantes ojos, cuya mirada hiere como -un dardo, y después de un instante de reflexión, con su aplomo habitual -y su aire de profunda certidumbre, me contestó: - ---Son las cargas, señor. - ---¿Estás cierto? - ---Sí, mi Coronel. - ---¡Arriba todos!--grité.--¡Á la leña todos! ¡Pronto, pronto un fogón -que ya llegan las cargas! - -Los asistentes se pusieron en movimiento, desparramándose á todos los -vientos; y cuando cada cual regresaba con su carga, la nubecilla que -había ido avanzando sobre nosotros trasparentaba claramente, á la -vista del observador menos agudo, los tres hombres que quedaron atrás -y las cuatro cargas con los ornamentos sagrados pertenecientes á los -franciscanos, la hierba, el azúcar, las bebidas y otras menudencias -de poco valor, que eran los grandes presentes que yo destinaba á los -caciques principales. - -Venían andando á ese paso de la mula que ni es tranco, ni es trote, -ni es galope; pero que es rápido, y que en la jerga de la lengua de -nuestra tierra, se llama _marchado_. - -Es una especie de trote inglés, una especie de sobrepaso, que al jinete -le hace el efecto de que la mula, en lugar de caminar, se arrastra -culebreando. - -Todos los aires de marcha, el tranco, el trote, el galope, son -cansadores, fatigan hasta postrar. - -Sólo el _marchado_ no deshace el cuerpo, ni produce dolores en las -espaldas ni en la cintura, permitiendo dormir cómodamente sobre el -lomo del macho ó de la mula, como en veloz esquife que, rápido, hiende -las mansas aguas, dejando tras sí espumosa estela que, aunque parezca -macarrónico, compararé el rastro que deja en el suelo blando el híbrido -cuadrúpedo, cuya cola maniobra incesantemente á derecha é izquierda, á -manera de timón cuando se mueve. - -Llegaron, pues, las suspiradas cargas, y mientras se puso todo en -tierra y se eligieron los pedazos de charque más gordos, se hizo un -gran fogón, colocando en él una olla para cocinar un _pucherete_ y -cocer el resto de choclos que quedaba. - -Los padres se ocuparon en abrir sus baúles, en sacar los ornamentos -sagrados, que estaban húmedos, y en extenderlos con el mayor cuidado al -sol. - -Con una parte de los presentes para los caciques hubo que hacer lo -mismo. - -Las mulas se habían caído repetidas veces en los guadales del Cuero, y -todo se había mojado, á pesar de haber sido retobado en cuero fresco, -con la mayor prolijidad en el Fuerte Sarmiento. - -Yo estaba contrariadísimo; ya sabía por experiencia cuán delicado -es el paladar de los indios, pues muchísimas veces se sentaron á mi -mesa en el Río 4.º, teniendo ocasión, al mismo tiempo, de admirar la -destreza con que esgrimían los utensilios gastronómicos, la cuchara y -el tenedor; lo bien que manejaban la punta del mantel para limpiarse la -boca, el perfecto equilibrio con que llevaban la copa rebosando de vino -á los labios. - -Tengo muy presente un rasgo de buena crianza de Achauentrú, capitanejo -de Mariano Rosas. - -Comía en mi mesa; el asistente que le servía le pasó la azucarera, -y como el indio viese que no tenía cuchara dentro, echó la vista al -platillo de su taza de café, y como viese que tampoco tenía cucharita -miró al soldado, y lo mismo que lo habría hecho el caballero más -cumplido, le dijo: - ---¡Cuchara! - ---Pronto, hombre, una cuchara para Achauentrú,--le grité yo, cambiando -miradas de inteligencia con todos los presentes como diciendo: -Positivamente, no es tan difícil civilizar á estos bárbaros. - -Avisaron que el charqui estaba soasado y los choclos cocidos, pronto el -_pucherete_. - ---Á comer--llamé. - -Y sentándonos todos en rueda, comenzó el almuerzo, ocupando las visitas -los asientos preferentes, que eran al lado de los franciscanos y de mí. - -Las dos chinas estaban hermosísimas, su tez brillaba como bronce -bruñido; sus largas trenzas negras como el ébano y adornadas de cintas -pampas les caían graciosamente sobre las espaldas; sus dientes cortos, -iguales y limpios por naturaleza, parecían de marfil; sus manecitas de -dedos cortos, torneados y afilados; sus piececitos con las uñas muy -recortadas, estaban perfectamente aseados. - -Esa mañana, en cuanto salió el sol, se habían ido á la costa de la -laguna, se habían dado un corto baño, y recatándose un tanto de -nosotros, se habían pintado las mejillas y el labio inferior, con -carmín que les llevan los chilenos, vendiéndoselos á precio de oro. - -María, la cuñada de Villarreal, más coqueta que su hermana la casada, -se había puesto lunarcitos negros, adorno muy favorito de las chinas. - -Para el efecto hacen una especie de tinta de un barro que sacan de la -orilla de ciertas lagunas, barro de color plomizo, bastante compacto, -como para cortarlo en panes y secarlo así al sol, ó dándole la forma de -un bollo. - -El charqui estaba sabrosísimo--á buena gana no hay pan duro, dice el -adagio viejo,--el _pucherete_ suculento; los choclos dulces y tiernos -como melcocha. - -Los cristianos comimos bien; Villarreal y las chinas se saturaron con -aguardiente. - -Villarreal lo hizo hasta _caldearse_, término que, entre los indios, -equivale á lo que en castellano castizo significa ponerse calamucano. - -Llegó el turno del mate de café, no teniendo otro postre, y habiéndome -apercibido de que nos rondaban algunos indios, recién llegados, los -llamé, los convidé á tomar asiento en nuestra rueda y les di unos -buenos tragos del alcohólico anisado. - -Hice acuerdos en ese momento de que no me había informado del cabo -conductor de las cargas, de las novedades del camino; y que aquél no -habiendo sido interrogado, nada me había dicho al respecto. - -Rumiaba si le llamaría ó no en el acto, cuando ciertas palabras -cambiadas entre mis ayudantes me hicieron colegir que algo curioso -había ocurrido. - -Me resolví al interrogatorio, decidiendo incontinenti. - ---¡Que llamen al cabo Mendoza! - ---¡Mendoza! ¡Mendoza! lo llama el Coronel--oyóse. - -Y acto continuo se presentó el cabo, cuadrándose militarmente. - ---Y, ¿cómo ha ido por el camino?--le pregunté. - ---Medio mal, mi Coronel--me contestó. - ---¿Por qué no me habías dicho nada? - ---Porque usía no me preguntó nada. - ---Yo creía que no hubiera habido novedad, y tú debías haber pedido la -venia para hablarme. - -El cabo agachó la cabeza y no contestó. - ---Bueno, pues, cuéntame lo que te ha sucedido. - ---Señor, cuando íbamos llegando á un charco que está _allicito_ no -más, cerca del médano de la Verde, me salió un indio malazo, con cuatro -más diciéndome: - ---Ese soy Wenchenao, ese mi toldo, esa mi tierra. ¿Con permiso de quién -pasando? - ---Voy con el Coronel Mansilla. - ---Ese Coronel Mansilla, ¿con permiso de quién pisando mi tierra? - ---Eso no sé yo, amigo, déjeme seguir mi camino. - -Los indios nos ponían las lanzas en el pecho y las hincaban á las mulas -en el anca para hacerlas disparar. - ---No siguiendo camino sino pagando. - ---¿Y qué quiere que le pague, amigo? ¿no ve que lo que llevamos es para -el cacique Mariano? - ---Entonces dando, mejor. Mariano teniendo mucho; padre Burela viniendo -con mucho aguardiente. - -Mientras estábamos en esa conversación, mi Coronel, uno de los indios -descargó una mula, y llegaron unas chinas con unas pavas, las llenaron -bien, echaron bastante azúcar, tabaco y papel en un poncho y se fueron. - -Wenchenao nos dijo entonces: - ---Bueno, amigo, siguiendo camino no más, pero dando camisa, pañuelo, -calzoncillo. - -Y hasta que no le dimos algo de eso, no nos quitaron las lanzas del -pecho, ni nos dejaron pasar. - ---Pues has hecho buena hazaña--le dije.--¿Conque tres hombres se han -dejado saquear por unos cuantos indios rotosos? - ---¿Y qué habíamos de hacer, mi Coronel?--contestó,--que por hacer pata -ancha, nos hubieran quitado todo. - ---Tienes razón--le dije;--retírate. - -Dió media vuelta, hizo la venia y se alejó. - -Aprovechando la presencia de Villarreal y de los otros indios, simulé -el mayor enojo é indignación; me levanté de la rueda del fogón; -paseándome de arriba abajo exclamaba á cada rato: - ---¡Pícaros! ¡ladrones!--rellenando estas palabras con imprecaciones por -el estilo de ésta: ¡Ojalá me hagan algo á mí, para que se los lleve el -diablo! - -Los indios, sin excepción alguna, me oían fulminar rayos y centellas -contra ellos, sin decir una palabra, sin moverse siquiera de su lugar. - -Sólo cuando parecí calmado,--Villarreal medio entre San Juan y Mendoza, -valiéndome de la metáfora de la tierra, se levantó y viniendo á mí con -paso vacilante y aire receloso, me dijo: - ---Tenga paciencia, mi Coronel. - ---¿Qué paciencia quiere que tenga con esta canalla?--le contesté. - -Siguió rogándome que me calmara, y yo contestando, y, después de -escucharle una larga explicación sobre cómo eran los indios, la -diferencia que había entre uno trabajador y uno ladrón, nos quedamos -muy amigos. - -Hecha la comedia pedí más aguardiente, y volví á convidar á los indios -del fogón. - -Por supuesto que la señora Villarreal y su hermana no dejaron de -dirigirme algunas exhortaciones amables, que finalizaban todas con esta -frase: tenga paciencia, señor. - -Viendo que los huéspedes se iban _caldeando_, creí oportuno hacer cesar -las libaciones. - ---Dando, dando más, Coronel--me decían varios á la vez,--ya caldeados, -queriendo rematar. - -No hubo tutía. - -Viéndome firme, fueron despejando el campo uno tras de otro. - -Villarreal y sus chinas ni pidieron los caballos para retirarse. - -Me daban un solo sobre el modo de tratar á los indios, sobre las -relevantes prendas del carácter de Ramón, su cacique inmediato, en los -momentos que se presentó un precursor de Caniupán, diciéndome que éste -no tardaría en llegar; que en Leubucó se hacían grandes preparativos -para recibirme, ponderando con tales aspavientos la indiada que se -había reunido, los cohetes que se quemarían, que era cosa de chuparse -los dedos de gusto, pensando en la imperial recepción que me aguardaba. - -Presentóse por fin Caniupán con unos cuarenta individuos vestidos de -parada, es decir, montando briosos corceles, enjaezados con todo el -lujo pampeano, con grandes testeras, coleras, petrales, estribos y -cabezadas de plata, todo ello de gusto chileno. - -Los jinetes se habían puesto sus mejores ponchos y sombreros, llevando -algunos bota fuerte, otros de potro y muchos la espuela sobre el pie -pelado. - -Levanté campamento; me despedí de las visitas, y escoltado por -Caniupán, tomé el camino de Leubucó. - -Mañana haré mi entrada triunfal allí. - - - - - XX - - El camino de Calcumuleu á Leubucó.--Los indios en el campo.--Su - modo de marchar.--Cómo descansan á caballo.--Qué es tomar caballos - á mano.--No había novedad.--Cruzando un monte.--Se divisa - Leubucó.--Primer parlamento.--Cada razón son diez razones. - - -El camino del Calcumuleu á Leubucó corría en línea paralela con el -bosque que teníamos hacia el Naciente, buscando una abra, que formaba -una gran ensenada. De trecho en trecho se bifurcaba, saliendo ramales -de rastrilladas para las diversas tolderías. Reinaba mucho movimiento -en el desierto. - -De todos lados asomaban indios, al gran galope siempre, sin curarse de -los obstáculos naturales del terreno, donde caballos educados como los -nuestros ó los ingleses habrían caído postrados de fatiga á los diez -minutos por vigorosos que hubieren sido. Subían rápidos á la cumbre -de los médanos de movediza arena y bajaban con la celeridad del rayo; -se perdían entre los montecillos de chañar, apareciendo al punto; se -hundían en las blandas sinuosidades y se alzaban luego; se tendían á -la derecha, evitando un precipicio, después á la izquierda rehuyendo -otro, y así, ora en el horizonte, ora fuera de la vista del plano -accidentado, cuando menos pensábamos brotaban á nuestro lado, por -decirlo así, incorporándose á mi comitiva. - -Íbamos formados á ratos, yendo yo con Caniupán adelante, sus indios, -atrás y después de éstos mi gente; otras veces en dispersión. - -Andando con indios no es posible marchar unidos. - -Ellos le aflojan la rienda al caballo para que dé todo lo que puede, -sin apurarlo nunca; de modo que los jinetes cuyo caballo tiene el -galope corto se quedan atrás y los otros se van adelante. - -Toda marcha de indios se inicia en orden; al rato se han desparramado -como moscas, salvo en los casos de guerra. En ésta, pelean unidos ó en -dispersión, á pie unos, á caballo otros, interpolados todos según las -circunstancias. - -En un combate que mis fuerzas tuvieron con ellos en los Pozos Cavados, -pelearon interpolados. Mi gente, siendo inferior en número, había -echado pie á tierra. Le llevaron tres cargas, que fueron rechazadas á -balazos, y al dar vuelta caras, los pedestres se agarraban de las colas -de los caballos, y ayudados por el impulso de éstos, se ponían en un -verbo fuera del alcance de las balas. - -En marcha, que no es militar, los indios no reconocen jerarquías. - -Lo mismo es para ellos la derecha que la izquierda, ir adelante que -atrás: el capitanejo, el cacique menor ó mayor, todo es igual al último -indio. El terreno, el aire de la marcha y el caballo deciden del puesto -que lleva cada uno. ¿Va bien montado el cacique? Se le verá adelante, -muy adelante. ¿Va mal montado? Se quedará rezagado. Y el lujo consiste -en tener el caballo de galope más largo, de más bríos y de mayor -resistencia. - -Ya veremos cómo los mismos caballos que nos roban á nosotros, pues -ellos no tienen crías ni razas especiales sometidas á un régimen -peculiar y severo, cuadruplican sus fuerzas reduciéndonos muchas veces -en la guerra á una impotente desesperación. - -Al llegar á la entrada del bosque, viendo que mi gente marchaba -formando una chorrera y que mis caballos no podían resistir á un galope -largo sostenido por la arena, que se enterraban hasta las rodillas no -obstante que seguíamos las sendas de la rastrillada, le dije á Caniupán: - ---Hagamos alto un rato, los padrecitos vienen muy cansados. - -Era un pretexto como cualquier otro. - -Caniupán sujetó de golpe su caballo, yo el mío, los que nos seguían -unos después de otros; lo mismo hicieran los indios que nos precedían, -cuando se apercibieron de que estábamos parados, y poco después -formábamos dos grupos, envueltos en una nube de arena. - -Para ganar tiempo y dar más alivio á mis cabalgaduras, mandé mudarlas. -Los indios no echaron pie á tierra. Tienen ellos la costumbre de -descansar sobre el lomo del caballo. Se echan como en una cama, -haciendo cabecera del pescuezo del animal, y extendiendo las piernas -cruzadas en las ancas, así permanecen largo rato, horas enteras -á veces. Ni para dar de beber se apean; sin desmontarse sacan el -freno y lo ponen. El caballo del indio, además de ser fortísimo, es -mansísimo. ¿Duerme el indio? No se mueve. ¿Está ebrio? Le acompaña á -guardar el equilibrio. ¿Se apea y le baja la rienda? Allí se queda. -¿Cuánto tiempo? Todo el día. Si no lo hace es castigado de modo que -entienda por qué. Es raro hallar un indio que use manea, traba, bozal -y cabestro. Si alguno de estos útiles lleva, de seguro que anda -_redomoneando_ un potro, ó en un caballo arisco, ó enseñando uno que -ha robado en el último malón. - -El indio vive sobre el caballo, como el pescador en su barca; su -elemento es la Pampa, como el elemento de aquél es el mar. - -¿Adónde va un indio que no ensille, que no salte en pelos? ¿Al toldo -vecino que dista cuadras? Irá á caballo. ¿Al arroyo, á la laguna, al -jagüel, que están cerca de su misma morada? Irá á caballo. Todo puede -faltar en el toldo de un indio. Será pobre como Adán. Hay una cosa que -jamás falta. De día, de noche, brille espléndido el sol ó llueva á -cántaros, en el palenque hay siempre enfrenado y atado de la rienda un -caballo. - -_¡A horse! ¡A horse! ¡my kingdom for a horse!_ - -Todo, todo cuanto tiene dará el indio en un momento crítico, por un -caballo. - -Mudábamos, tomando _á mano_. - -Es una operación campestre entretenida, no haciéndola torpemente, es -decir, _enlazando_. - -Cada grupo de mi gente rodeaba su tropilla. La madrina estaba maneada. -Los animales remolineaban á su alrededor. Entre varios tenían dos ó -más lazos formando un círculo á manera de corral. Entraban en él, uno -después de otro, por turno de numeración, los que iban á mudar. El -encargado de la tropilla elegía un caballo de los menos _sobados_, lo -designaba diciendo verbigracia--el obscuro overo,--para el número 4; y -el individuo determinado así, con el freno y el bozal en la siniestra, -se acercaba á aquél con maña, con cuidado de no asustarlo, buscándole -la vuelta, echándole de lejos sobre el lomo, si no era manso, la punta -de la rienda ó del cabestro, á cuyo contacto se queda casi siempre -quieto el manso y dócil corcel. - -La operación de mudar tomando á lazo en el medio del campo, á más del -riesgo de que los caballos menos asustadizos se espanten, disparen y se -alcen, es sumamente morosa, requiere gran destreza y ofrece peligros; -de todos los ejercicios del gaucho, del paisano, el más fuerte, el más -difícil y el más expuesto de todos es el del lazo. Cualquiera maneja -en poco tiempo regularmente las _boleadoras_. Ni ser muy de á caballo, -se requiere: siquiera mucha fuerza. El manejo del lazo, al contrario, -demanda completa posesión del caballo, vigor varonil y agilidad. - -Mientras mudábamos, llegaron varios indios del Norte, de _afuera_, como -dicen ellos. Nosotros le llamamos así al Sur. - -Viendo sus caballos tan trasijados, le pregunté á Caniupán: - ---¿De dónde vienen éstos? - ---Éstos vinieron de _afuera_, boleando, me contestó. - -Eran las últimas descubiertas que regresaban, pero Caniupán no quería -confesarlo. - ---¿Qué habiendo por los campos, hermano?--le agregué. - ---Muy silencio estando Cuero, Bagual y Tres Lagunas. - ---¿Entonces, indios no desconfiando ya de mí?--proseguí. - -Camilo Arias interrumpió el diálogo, avisándome que estábamos prontos. - ---¡Á caballo!--grité;--montamos, nos pusimos en marcha, y pocos minutos -después entrábamos en el monte de Leubucó. - -Sendas y rastrilladas, grandes y pequeñas, lo cruzaban como una red, -en todas direcciones. Galopábamos á la desbandada. Los corpulentos -algarrobos, chañares y caldenes, de fecha inmemorial; los mil arbustos -nacientes desviaban la línea recta del camino obligándonos á llevar el -caballo sobre la rienda para no tropezar con ellos, ó enredarnos en sus -vástagos espinosos y traicioneros. - -Nuestros caballos no estaban acostumbrados á correr por entre bosques. -Teníamos que detenernos constantemente; por ellos, expuestos á rodar, -y por nosotros mismos expuestos á quedarnos colgados de un gajo como -arrebatados por un garfio. - -La torpeza nuestra era sólo comparable á la habilidad de los indios; -mientras nosotros, á cada paso, hallábamos una barrera que nos obligaba -á abreviar el aire de la marcha, á ir al trote y al tranco, á hacer -alto y proseguir, ellos seguían imperturbables su camino, veloces -como el viento. Pronto, pues, salieron ellos del bosque, quedándonos -nosotros atrás. Yo no podía perder de vista que conmigo iban los -franciscanos, y no era cosa de dejarlos en el camino, ni de exponerlos -á columpiarse contra su gusto en un algarrobo. Demasiada paciencia -habíamos tenido ya, para perderla cuando llegábamos, Dios mediante, al -término de la jornada. - -Los indios me esperaban en una aguadita al salir del bosque; en un gran -descampado, sucesión de médanos pelados, tristes, solitarios. - -Á lo lejos, como una faja negra, se divisaba en el horizonte la ceja de -un monte. - ---Allí es Leubucó--me dijeron, señalándome la faja negra. - -Fijé la vista, y, lo confieso, la fijé como si después de una larga -peregrinación por las vastas y desoladas llanuras de la Tartaria, al -acercarme á la raya de la China, me hubieran dicho: ¡allí es la gran -muralla! - -Voy á penetrar, al fin, en el recinto vedado. - -Los ecos de la civilización van á resonar pacíficamente por primera -vez, donde jamás asentara su planta un hombre del coturno mío. - -Grandes y generosos pensamientos me traen; nobles y elevadas -ideas me dominan; mi misión es digna de un soldado, de un hombre, -de un cristiano, me decía; y veía ya la hora en que reducidos y -cristianizados aquellos bárbaros, utilizados sus brazos para el -trabajo, rendían pleito homenaje á la civilización por el esfuerzo del -más humilde de sus servidores. - -Aspiraciones del espíritu despierto, que se realizan con más dificultad -que las mismas visiones del ensueño, ¡apartaos! - -El hombre no es razonable cuando discurre, sino cuando acierta. - -Vivimos en los tiempos del éxito. - -Nadie lucha contra los que tienen treinta legiones aunque la conciencia -pueda más que todas las legiones del mundo. - -Alguien habrá que lo intente algún día. Y no con el desaliento del -gladiador, que anticipándose á su destino y mirando al César encumbrado -sobre las más altas gradas del circo, exclamaba: - -«Los que van á morir os saludan»--sino como el fuerte y viril -republicano: - -«Primero muerto que deshonrado.» - -Donde los indios me esperaban hicimos alto: mandé aflojar las cinchas, -dar un descanso á los caballos y de beber después. - -Hecho esto, en dos grupos unidos que no tardaron en deshacerse, nos -pusimos en marcha al galope, con la mirada fija en la faja negra. - -Galopábamos en alas de la impaciencia y de la curiosidad. - -No había sido fácil empresa llegar hasta la morada de Mariano Rosas. -¡Hasta los bárbaros saben rodearse de aparato teatral para deslumbrar -ó embaucar á la multitud! - -De repente hizo alto un grupo de indios que nos precedía. - ---Hay alguna novedad--me dijo Mora,--porque si no aquéllos no se -habrían parado. - ---¿Y qué será? - ---Cuando menos han avistado algún parlamento. - ---¿De quién? - ---Del general Mariano. - ---¿Y cuántos tendremos que encontrar antes de llegar á Leubucó? - ---Quién sabe, señor; eso depende de los honores que el general le -quiera hacer. - -Un indio venía á media rienda hacia nosotros, destacado del grupo que -acababa de hacer alto, en busca de Caniupán. - -Sujetamos. - -Habló con él en su lengua, y luego, partió á escape, contramarchando. - -Caniupán me dijo: - ---Viniendo parlamento. - ---Me alegro mucho. - ---Topando con él, galope. - ---Bueno topando, al galope. - -Y esto diciendo, nos pusimos al gran galope sin reparar en nada. - -Yo echaba de cuando en cuando la vista atrás, y veía á mis -franciscanos, expuestos sin remisión á dar una furiosa rodada, y -contenía un tanto la carrera de mi caballo para que aquéllos se me -incorporaran, pues Caniupán me decía á cada momento: poniendo padre á -tu lado. - -Así íbamos ganando terreno, levantando torbellinos de arena, rodando -más de cuatro en pocos instantes y viendo una nube que transparentaba -diversos colores, avanzar sobre nosotros. - -Coronamos el dorso de un médano y distinguimos claramente un grupo como -de cincuenta jinetes. - ---Ese son, poquito galope--dijo Caniupán recogiendo su caballo. - ---Bueno, amigo--le contesté, igualando mi caballo con el suyo. - -Así seguimos un momento, hasta que hallándonos como á seiscientos -metros: - ---¡Ese son hermano, topando!--dijo Caniupán y se lanzó violento. - -Le seguí y mi gente me imitó. - -Los franciscanos no se quedaron atrás. - -Yo no sé cómo hicieron, pero el hecho es que llegaron juntos conmigo -hasta el punto en que diciendo y haciendo, Caniupán gritó: - ---¡Parando, hermano! - -Los dos grupos, el que iba y el que venía, sujetamos al mismo tiempo, -quedando como á veinte pasos uno de otro. - -Del que venía salió un indio. - -Del nuestro salió otro. - -Se colocaron equidistantes de sus respectivos grupos y mirando el uno -para el Norte y el otro para el Sur, tomó la palabra el que venía de -Leubucó. - -¿Cuánto tiempo habló? - -Hablaría seguido, sin interrupción alguna, sin tragar la saliva, como -cinco minutos. - -¿Qué dijo? - -Lo sabremos después. - -Le contestó el otro en la misma forma y modo. - -¿Qué dijo? - -Lo sabremos también después. - -Tres preguntas y respuestas se hicieron. - -Le pregunté á Mora qué habían conversado. - -Me contestó que el uno me había saludado, y el otro había contestado -por mí; que el uno representaba á Mariano Rosas y el otro me -representaba á mí, según orden de Caniupán que acababa de recibir. - ---Pero hombre, le observé, ¿tanto ha hablado sólo para saludarme? - ---Sí, mi Coronel, es que los dos son buenos _lenguaraces_--oradores -quería decir. - ---Pero hombre, insistí, si han hablado un cuarto de hora, ¿cómo no han -de haber hecho más que saludarme? - ---Mi Coronel, es que las _razones_ que traía el parlamento de Mariano -las ha hecho muchas más; y el de usted ha hecho lo mismo para no quedar -mal. - ---¿Y cuántas razones traía el de Mariano? - ---¡Tres razones no más! - ---¿Y qué decían? - ---Que cómo está Usía, que cómo le ha ido de viaje, que si no ha perdido -caballos, porque en los campos solos siempre suceden desgracias. - ---¿Y para decir eso ha charlado tanto, hombre? - ---Sí, mi Coronel; no ve que cada _razón_ la han hecho _diez razones_. - ---¿Y qué es eso, hombre? - ---Es, mi Coronel... - -Decía esto Mora, cuando Caniupán nos interrumpió, proponiéndome que -saludara á la comisión que acababa de llegar. - -Deferí á su indicación y comenzó el saludo. - -Tendrás paciencia, hasta mañana, Santiago amigo, y el paciente lector -contigo. - -La paciencia es una virtud que conviene ejercitar en las cosas -pequeñas, que en las grandes yo opino como Romeo, por boca de -Shakespeare. - - - - - XXI - - En qué consiste el arte de hacer de _una razón_ varias razones.--De - cuántos modos conversan los indios.--Sus oradores.--Sus rodeos - para pedir.--Precauciones de los Caciques antes de celebrar una - junta.--Numeración y manera de contar de los Ranqueles. - - -Aprovechando una parada interrogué á Mora, que tomó la palabra para -explicarme en qué consiste el arte de hacer de _una razón_, dos ó más -razones. - -Á su modo me hizo un curso de retórica completo. Ya he dicho que es un -hombre perspicaz y si no lo he dicho, viene aquí á pelo decirlo. - -Los indios Ranqueles tienen tres modos y formas de conversar. - -La conversación familiar. - -La conversación en parlamento. - -La conversación en junta. - -La conversación familiar es como la nuestra, llana, fácil, -sin ceremonias, sin figuras, con interrupciones del ó de los -interlocutores, animada, vehemente, según el tópico ó las pasiones -excitadas. - -La conversación en parlamento está sujeta á ciertas reglas; es -metódica, los interlocutores no pueden, ni deben interrumpirse; es en -forma de preguntas y respuestas. - -Tiene un tono, un compás determinado, su estribillo y actitudes -académicas, por decirlo así. - -El tono y el compás pueden sólo compararse á lo que en las festividades -religiosas se canta con el nombre de villancico. - -Es algo cadencioso, uniforme, monótono, como el murmullo de la -corriente del agua. - -Yo no conozco suficientemente la lengua araucana para consignar una -frase. - -Pero el penetrante lector, y tú, Santiago, que á este respecto te -pierdes de vista, haciendo un pequeño esfuerzo, me comprenderán. - -Voy á estampar sonidos cuya eufonía remeda la de los vocablos araucanos. - -Por ejemplo: - -_Epú_, _bicú_, _mucú_, _picú_, _tanqué_, _locó_, _painé_, _bucó_, _có_, -_rotó_, _clá_, _aimé_, _purrá_, _cuerró_, _tucá_, _claó_, _tremen_, -_leuquen_, _pichun_, _mincun_, _bitooooooon_. - -Supongamos que los sonidos enumerados hayan sido pronunciados con -énfasis, muy ligero, sin marcar casi las comas, y que el último haya -sido pronunciado tal cual está escrito á manera de una interjección -prolongada, hasta donde el aliento lo permite. - -Supongamos algo más, que esos sonidos imitativos representando palabras -bien hilvanadas, quisieran decir: - -Manda preguntar Mariano Rosas, que ¿cómo le ha ido anoche por el campo, -con todos sus jefes y oficiales? - -Ó, en los tiempos de Mora, supongamos que esa interrogación sea _una -razón_. - -Pues bien, convertir una razón en dos, en cuatro ó más razones, quiere -decir, dar vuelta la frase por activa, y por pasiva, poner lo de atrás -adelante, lo del medio al principio, ó al fin; en dos palabras, dar -vuelta la frase de todos lados. - -El mérito del interlocutor en parlamento, su habilidad, su talento, -consiste en el mayor número de veces que da vuelta cada una de sus -frases ó razones; ya sea valiéndose de los mismos vocablos, ó de otros; -sin alterar el sentido claro y preciso de aquéllas. - -De modo que los oradores de la pampa son tan fuertes en retórica, como -el maestro de gramática de Molière, que instado por el _Bourgeois -gentil-homme_, le escribió á una dama este billete: _«Madame, vos -vells yeux me font mourir d'amour»_. Y no quedando satisfecho el -interesado: _«Vos vells yeux, madame, me font mourir d'amour»_. Y no -gustándole esto: _«D'amour, madame, vos vells yeux me font mourir»_. -Y no queriendo lo último: _«Me font mourir d'amour, vos vells yeux, -madame»_.--Con lo cual el _Bourgeois_ se dió por satisfecho. - -La gracia consiste en la más perfecta uniformidad en la entonación de -las voces. Y, sobre todo, en la mayor prolongación de la última sílaba -de la palabra final. - -Una cantante que aprendiera el araucano, haría furor entre los indios, -por su extensión de voz, si la tenía, y por otros motivos, de que se -hablará á su tiempo. No es posible poner todo en la olla de una vez. - -Esa última sílaba prolongada, no es una mera _floritura_ oratoria. Hace -en la oración los oficios del punto final; así es que en cuanto uno de -los interlocutores la inicia, el otro rumia su frase, se prepara, toma -la actitud y el gesto de la réplica, todo lo cual consiste en agachar -la cabeza y en clavar la vista en el suelo. - -Hay oradores que se distinguen por su facundia; otros por su facilidad -en dar vuelta una razón: éstos, por la igualdad cronométrica de su -dicción; aquéllos, por la entonación cadenciosa; la generalidad por -el poder de sus pulmones para sostener lo mismo que si fuera una nota -musical, la sílaba que remata el discurso. - -Mientras dos oradores parlamentan, los circunstantes les escuchan -y atienden en el más profundo silencio, pesando el primer concepto -ó razón, comparándolo con el segundo, éste con el tercero, y así -sucesivamente, aprobando y desaprobando con simples movimientos de -cabeza. - -Terminado el parlamento, vienen los juicios y discusiones sobre las -dotes de los que han sostenido el diálogo. - -La conversación en parlamento, tiene siempre un carácter oficial. Se la -usa en los casos como el mío, ó cuando se reciben visitas de etiqueta. - -No hay idea de lo cómico y ceremoniosos que son estos bárbaros. Si -el cacique recibe durante el día veinte capitanejos, con los veinte -emplea las mismas formas: con los veinte cambia las mismas preguntas y -respuestas, empezando por preguntarles por el abuelo, por el padre, por -la abuela, por la madre, por los hijos, por todos los deudos, en fin. - -Después de esta serie de preguntas sacramentales, inevitables, -infalibles, vienen otras de un orden secundario, que completan el -ritual, referentes á las novedades ocurridas en los campos y en la -marcha, haciendo siempre los caballos un papel principal. - -Los indios se ocupan de éstos á propósito de todo. Para ellos los -caballos son lo que para nuestros comerciantes el precio de los fondos -públicos. Tener muchos y buenos caballos, es como entre nosotros tener -muchas y buenas fincas. La importancia de un indio se mide por el -número y la calidad de sus caballos. Así, cuando quieren dar la medida -de lo que un indio vale, de lo que representa y significa, no empiezan -por decir: tiene tantos y cuantos rodeos de vacas, tantas ó cuantas -manadas de yeguas, tantas ó cuantas majadas de ovejas y cabras; sino -tiene tantas tropillas de obscuros, de overos, de bayos, de tordillos, -de gateados, de alazanes, de cebrunos, y resumiendo, pueden cabalgar -tantos ó cuantos indios; lo que quiere decir, que en caso de malón -podrá poner en armas muchos, y que si el malón es coronado por la -victoria tendrá participación en el botín con arreglo al número de -caballos que haya suministrado, según lo veremos cuando llegue el caso -de platicar sobre la constitución social, militar y gubernativa de esas -tribus. - -Mariano Rosas tiene la fama de un orador de nota. Cuando lleguemos á su -toldo, penetremos en el recinto de su hogar, cuente sus costumbres, su -vida, sus medios de gobierno y de acción, será ocasión de comprobarlo -con ejemplos palmarios, probando á la vez que hasta entre los bárbaros -la elocuencia unida á la prudencia puede disputarle la palma con éxito -completo al valor y á la espada. - -Tomando el hilo de mi interrumpido relato sobre los diferentes modos de -conversar de los Ranqueles, agregaré, que en pos de las interrogaciones -y contestaciones sobre la salud de la familia y las novedades de los -campos, vienen otras sin importancia real, y que sólo después de muchas -idas y venidas, vueltas y revueltas, se llega al grano. - -Un indio, cuando va de visita con el objeto de pedir algo, no descubre -su pensamiento á dos tirones. Saluda, averigua todo cuanto puede -serle agradable al dueño de casa, devolviendo los cumplimientos con -cumplimientos, las ofertas y promesas, con ofertas y promesas, se -despide; parece que va á irse sin pedir nada; pero en el último momento -desembucha su entripado; y no de golpe, sino poco á poco. Primero -pedirá yerba. ¿Se la dan? Pedirá azúcar. ¿Se la dan? Pedirá tabaco. -¿Se lo dan? Pedirá papel. Y mientras le vayan concediendo ó dando, irá -pidiendo, y habrá pedido lo que fué buscando, que era aguardiente. El -golpe de gracia viene entonces, pide por fin lo que más le interesa y -si se lo niegan contestará: no dando lo más; pero dando aguardiente. - -Esta táctica socarrona no la emplea el indio solamente en sus -relaciones con los cristianos. Disimulado y desconfiado por carácter -y por educación, así procede en todas las circunstancias de su vida. -Tiene mil reservas en todo y mil cosas reservadas. No hay indio que no -sea poseedor de uno ó unos cuantos secretos, sin importancia, quizá, -pero que no descubrirá sino por interés. Éste conoce él solo una -laguna, aquél un médano, el otro una cañada; éste una hierba medicinal, -aquél un pasto venenoso; el otro una senda extraviada por el bosque. Y -así dicen, no como los cristianos:--Yo conozco una laguna, una hierba, -una senda que nadie conoce; sino:--Yo tengo una laguna, y una hierba, -una senda que nadie conoce, que nadie ha visto, por donde nadie ha -andado. - -Decididamente, hoy estoy fatal para las digresiones. Tomé el hilo más -arriba y me apercibo que lo he vuelto á dejar. Para dejarlo del todo, -me falta decir lo que es la conversación en junta. - -Es un acto muy grave y muy solemne. Es una cosa muy parecida al -parlamento de un pueblo libre, á nuestro congreso, por ejemplo. La -civilización y la barbarie se dan la mano; la humanidad se salvará -porque los extremos se tocan. Y por más que digan que los extremos son -viciosos, yo sostengo que eso depende de la clase de _extremos_. Será -malo, irritante, odioso ser en extremo avaro; pero ¿quién puede tachar -á un caballero por ser en extremo generoso? Será una calamidad para -una mujer ser en extremo fea. Pero ¿qué mujer sostendrá que es una -desgracia ser en extremo hermosa? - -¡Cuando he dicho que estoy fatal para las digresiones! - -Volvamos á la junta, á ver si se parece ó no á lo que he dicho. - -Reúnese ésta, nómbrase un orador, una especie de miembro informante, -que expone y defiende contra uno, contra dos, ó contra más, ciertas y -determinadas proposiciones. El que quiere le ayuda. - -El miembro informante suele ser el cacique. El discurso se lleva -estudiado, y el tono y las formas son semejantes al tono y las formas -de la conversación en parlamento, con la diferencia de que en la junta -se admiten las interrupciones, los silbidos, los gritos, las burlas -de todo género. Hay juntas muy ruidosas, pero todas, excepto algunas -memorables que acabaron á capazos, tienen el mismo desenlace. Después -de mucho hablar, triunfa la mayoría aunque no tenga razón. Y aquí es el -caso de hacer notar que el resultado de una junta se sabe siempre de -antemano, porque el cacique principal tiene buen cuidado de catequizar -con tiempo á los indios capitanejos más influyentes en la tribu. - -Todo lo cual prueba que la máquina constitucional llamada por la -libertad Poder Legislativo, no es una invención moderna extraordinaria; -que en algo nos parecemos á los indios, ó como diría Fray Gerundio: que -en todas partes se cuecen habas. - -Como las explicaciones de Mora interesasen, prolongué la parada hasta -que no quedó ya nada que saber en materia de conversaciones pampeanas. - ---¡Vamos! le dije á Caniupán, y diciendo y haciendo seguimos el camino -de Leubucó. Los indios se tendieron al galope. Por no recibir su polvo -los imité. - -Hacia el Sur se alzaba en el horizonte una nube que parecía de arena. - ---Son jinetes--dijeron algunos. - -Yo fijé un instante la vista en ella, no descubrí nada. - -Tenía interés en aprender á contar en lengua araucana. Me dirigí, pues, -á Mora, aprovechando el tiempo, ya que por algunos momentos me veía -libre de embajadores, mensajeros y parlamentarios, y le pregunté: - ---¿Cómo se llaman los números en la lengua de los indios? - -Mora no entendió bien la pregunta. Él sabía perfectamente bien lo que -quería decir _cuatro_, pero ignoraba qué era _número_. - -Le dirigí la interpelación en otra forma, y el resultado fué, que mis -lectores mañana, y tú después, Santiago amigo, sabrán contar en una -lengua más. - - Uno--_quiñé_. - Dos--_epú_. - Tres--_clá_. - Cuatro--_meli_. - Cinco--_quehú_. - Seis--_caiu_. - Siete--_relgué_. - Ocho--_purrá_. - Nueve--_ailliá_. - Diez--_marí_. - Cien--_pataca_. - Mil--_barranca_. - -Ahora, cincuenta se dice _quehú-marí_; doscientos, _epú-pataca_; ocho -mil, _purrá-barranca_; y cien mil, _pataca-barranca_. - -Y esto prueba dos cosas: - -1.º Que teniendo la noción abstracta del número comprensivo de -infinitas unidades como un millón, que en su lengua se dice, -_marí-pataca-barranca_, estos bárbaros no son tan bárbaros ni tan -obtusos como muchas personas creen. - -2.º Que su sistema de numeración es igual al teutónico según se ve por -el ejemplo de _quehú-marí_, que vale tanto como _cincuenta_; pero que -gramaticalmente es _cinco-diez_. - -Si hay quien se haya afligido porque nuestro sistema parlamentario se -parece al de los Ranqueles, ¡consuélese, pues! - -Los alemanes, justamente orgullosos de ser paisanos de Schiller y de -Gœthe, se parecen también á ellos. Bismarck, el gran hombre de Estado, -contaría las águilas de las legiones vencedoras en Sadowa, lo mismo que -el indio Mariano Rosas cuenta sus lanzas al regresar del malón. - -Pero la nube de arena avanza............................... - - - - - XXII - - Una nube de arena.--Cálculos.--El ojo del indio.--Segundo - parlamento.--Se avista el toldo de Mariano Rosas.--Frente á él. - - -La nube de arena que había llamado mi atención antes de empezar el -diálogo con Mora, se movía y avanzaba sobre nosotros, se alejaba, -giraba hacia el Poniente, luego hacia el Naciente, se achicaba, se -agrandaba, volvía á achicarse y á agrandarse, se levantaba, descendía, -volvía á levantarse y á descender; á veces tenía una forma, á veces -otra, ya era una masa esférica, ya una espiral, ora se condensaba, -ora se esparcía, se dilataba, se difundía, ora volvía á condensarse -haciéndose más visible, manteniendo el equilibrio sobre la columna de -aire hasta una inmensa altura, ya reflejaba unos colores, ya otros, -ya parecía el polvo de cien jinetes, ya el de potros alzados, unas -veces polvo levantado por las ráfagas de viento errantes, otras el -polvo de un rodeo de ganado vacuno que remolinea; creíamos acercarnos -al fenómeno y nos alejábamos, creíamos alejarnos y nos acercábamos, -creíamos descubrir visiblemente en su seno algunos objetos y nada -veíamos; creíamos juguetes de la óptica, la imagen de algo que se movía -velozmente de un lado á otro, de arriba á abajo, que iba y venía, que -de repente se detenía partiendo súbito luego; íbamos á llegar y no -llegábamos porque el terreno se doblaba en médanos abruptos, subíamos, -bajábamos, galopábamos, trotábamos con la imaginación sobreexcitada, -creyendo llegar en breve á una distancia que despejara la incógnita -de nuestra curiosidad; pero nada, la nube se apartaba del camino como -huyendo de nosotros, sin cesar sus variadas y caprichosas evoluciones, -burlando el ojo experto de los más prácticos, dando lugar á conjeturas -sin cuento, á apuestas y disputas infinitas. - -Así seguíamos nuestro camino, derrotados por aquella nube extraña, -cuando divisamos en dirección á Leubucó unos polvos que momentáneamente -fijaron nuestra atención, apartándola de lo que la traía preocupada en -tan alto grado. - -No tardamos en cerciorarnos de que los polvos eran de un grupo bastante -crecido de indios que al gran galope se dirigían hacia nosotros. Tienen -ellos un modo tan peculiar de andar por los campos que no era fácil -confundirlos con otra cosa. - -Volvimos, pues, á fijar la vista en la nube aquella que nos había -ganado el flanco izquierdo y que ya afectaba un aspecto más conocido, -transparentando formas movibles de seres animados. En ese momento los -polvos se tendieron hacia el Oriente, formando un círculo inmenso y -como queriendo envolver dentro de él todo cuanto andaba por los campos. -Al mismo tiempo divisamos otros polvos en el rumbo que llevábamos y -oyéronse varias voces: - ---¡Aquéllos andaban voleando! - ---¡Aquéllos vienen para acá! - -Mora me dijo: esos polvos, señor, que tenemos al frente, han de ser de -otro parlamento que viene á saludarlo. - -Para mis adentros exclamé: ¡Si se acabarán algún día los cumplidos! - -Caniupán me dijo: Ese comisión grande viniendo á topar. - ---Bueno--le contesté, y señalándole á la izquierda, preguntéle: - ---¿Qué es aquello? - -El indio fijó sus ojos en el espacio, recorrió rápidamente el horizonte -y luego me contestó: - ---Boleando guanacos. - -Efectivamente, la nube que por tanto tiempo había preocupado nuestra -atención, estaba ya casi encima de nosotros envolviendo en sus entrañas -una masa enorme de guanacos que estrechada poco á poco por los -boleadores, venía á llevarnos por delante. - ---¡Cuidado con las tropillas!--grité, y haciendo alto las rodeamos -porque la masa de guanacos podía arrebatarlas. - -La tierra se estremecía como cuando la sacude el trueno, oíanse -alaridos en todas direcciones, sentíase un ruido sordo... la masa -enorme de guanacos rompiendo la resistencia del aire pasó como un -torbellino, dejándonos envueltos en tinieblas de arena. Detrás pasaron -los indios reboleando las boleadoras, convergiendo todos hacia el mismo -punto, que parecía ser una planicie que quedaba á nuestra derecha. - -Cuando aquel aluvión de cuadrúpedos desfiló y disipándose las tinieblas -de arena, se hizo la luz, volvimos á ponernos al galope. - -Según lo había calculado Mora, los polvos últimos que se avistaron eran -otro parlamento que venía. - -Esta vez no fué un indio el que se destacó de él; destacáronse tres. - -Al verles Caniupán destacó otros tres. - -Cruzáronse éstos á cierta altura con los otros, hablaron no sé qué y -ambos grupos prosiguieron su camino. - -Llegaron á nosotros los tres que venían, y después que hablaron con -Caniupán, díjome éste: - ---Formando gente, hermano, ese comisión. - -Hice alto, di mis órdenes y formamos en batalla cubriéndome la -retaguardia los indios de Caniupán. - -Púsose éste á mi lado derecho y por indicación suya coloqué los dos -franciscanos á mi izquierda. Mora se puso detrás de mí. - -Una vez formados nos pusimos al galope. Galopamos un rato, y cuando la -comisión que venía se dibujó claramente sobre una pequeña eminencia del -terreno, como á unos dos mil metros de nosotros, Caniupán me dijo: - ---Ese comisión lindo, hermano, ahora no más topando. - ---Cuando guste, hermano, topando no más. - -Los que venían hicieron alto; regresaron los tres indios de Caniupán y -los otros tres volvieron á los suyos. - -Caniupán me dijo: - ---Poquito parando, hermano. - ---Bueno, hermano--le contesté,--sujetando. - -Destacó un indio sobre los que venían diciéndole no sé qué. Los otros -hicieron lo mismo. - -Llegó el heraldo, habló con Caniupán y éste me dijo: - ---Ahora topando, hermano. - ---Cuando quiera topando, hermano. - -Y esto diciendo nos pusimos al gran galope. - -Los otros nos imitaron; venían formados en orden de batalla, haciendo -flamear tres grandes banderas coloradas, colocadas en largas cañas, que -ocupaban los extremos y el centro de la línea. - -Marchamos así hasta quedar distantes unos de otros como cuatrocientos -metros. - -Caniupán me dijo: - ---Cerquita ya, topando. - ---Topando--le contesté. - -Él se lanzó á toda brida; yo le seguí, y los buenos franciscanos, -haciendo de tripas corazón, imitaron mi ejemplo. - -Cuando íbamos materialmente á toparnos, sujetamos simultáneamente unos -y otros quedando distantes veinte pasos. - -El que presidía el parlamento destacó su orador. - -Caniupán destacó el suyo. - -Colocáronse equidistantes de sus respectivos grupos, mirando el uno al -Oriente y el otro al Occidente, y comenzó el parlamento. - -Duró lo bastante para fastidiar á un santo. - -El orador que mandaba Mariano Rosas era un Cicerón de la Pampa. - -Hablaba por los codos, prolongaba la última sílaba de la palabra final, -como si su garganta fuera un instrumento de viento, y tenía el arte de -hacer de una razón quince razones. - -El orador que Caniupán nombró para que me representara, no le iba en -zaga. - -Así fué que no me valió acortar mis contestaciones. - -Mi representante se dió maña para multiplicar mis razones, tanto como -su interlocutor multiplicaba las suyas. - -Mariano Rosas me mandaba decir: - -Que se alegraba mucho de que fuera llegando á su toldo (1.ª razón). - -Que cómo me había ido de viaje (2.ª razón). - -Que si no había perdido algunos caballos (3.ª razón). - -Que cómo estaba yo y todos mis jefes, oficiales y soldados (4.ª razón). - -Á estas cuatro razones, yo contesté con otras cuatro. - -Pero como el orador de Mariano hizo las suyas sesenta razones, el mío -hizo lo mismo con las mías. - -Después que estos interesantes saludos pasaron, tuve que dar la mano á -todos. Eran unos ochenta; entre ellos habían muchos cristianos. - -Á cada apretón de manos, á cada abrazo, me aturdían los oídos con -hurras y vítores. - -Con los abrazos y los apretones de mano cesaron los alaridos. - -Mezcláronse los indios que habían venido con los de Caniupán, y -formando un solo grupo y marchando todos en orden, proseguimos nuestro -camino, avistando á poco andar otros polvos. - ---Ese, otro comisión--me dijo Caniupán, señalándomelos. - ---Me alegro mucho--le contesté, diciendo interiormente:--á este paso no -llegaremos en todo el día á Leubucó. - -Subíamos á la falda de un medanito, y Mora me dijo: - ---Allí es Leubucó. - -Miré en la dirección que me indicaba, y distinguí confusamente á la -orilla de un bosque los aduares del cacique general de las tribus -ranquelinas, las tolderías de Mariano Rosas. - -Los polvos se acercaban velozmente. Llegó un indio; habló con Caniupán -y éste destacó otro. Después llegaron tres y Caniupán destacó igual -número. En seguida llegaron seis y Caniupán destacó seis también. - -Así recibiendo y despachando mensajes y mensajeros, ganábamos terreno -rápidamente, de modo que no tardamos en avistar la nueva serie de -embajadores en cuyas garras íbamos á caer. - -Caniupán me dijo: - ---Ese comisión, lindo, grandote. - ---Ya veo que es linda--le contesté. - -Y tenía razón en lo de grandote, porque, en efecto, formaban un grupo -considerable. - -Caniupán me dijo: - ---Topando fuerte, hermano. - ---Topando como guste--le contesté. - ---Mandando hacer alto, hermano--agregó. - -Hice alto. - ---Formando gente, hermano--me dijo. - -Llené sus indicaciones, y mi comitiva formó en batalla, poniéndome -yo con los frailes al frente en el orden de antes. Los indios de -Caniupán me cubrieron la retaguardia y los otros, haciendo dos alas, se -colocaron á derecha é izquierda de mí. Las tres banderas ocuparon el -centro de la línea que formábamos, como á veinte pasos á vanguardia. -Caniupán iba á mi lado. - -Formados en esa disposición, rompimos la marcha al galope. - -Los que venían avanzaban también al galope. - -Oyéronse toques de corneta. - -Caniupán me dijo: - ---Ese comisión ahorita topando. - ---Ya lo veo--le contesté. - -Galopamos algunos minutos, hicimos alto viendo que los que venían se -habían parado, y después que hablaron con Caniupán, trayendo y llevando -mensajes varios indios, continuamos la marcha. - -Á una indicación de corneta, Caniupán me dijo: - ---Ahora topando ya, hermano. - -Y como de costumbre, lanzóse á media rienda, dándome el ejemplo. - -Esta vez íbamos á toparnos á todo correr en medio de una espantosa -algazara que hacían los indios golpeándose la boca abierta con la palma -de la mano. - -El terreno salpicado de pequeños arbustos, blando y desigual, exponía -á todos á una tremenda rodada. No podíamos marchar en formación. Nos -desbandábamos y nos uníamos alternativamente. Los pobres frailes, -encomendando su alma á Dios, me seguían lo más cerca posible. Muchos -rodaron apretándolos enteros el caballo, y eran jinetes de primer -orden. ¡Sarcasmo de la vida! uno de los frailes rodó y salió parado. - -Las dos comitivas avanzaban, íbamos materialmente á toparnos ya, cuando -á una indicación de corneta sujetaron los que venían y nosotros también. - -Siguióse una escena igual á la anterior, entre dos oradores que se -ocuparon una media hora de mi salud y de mis caballos. Pero esta vez -todo fué soportable porque mientras los oradores multiplicaban sus -razones con elocuente encarnizamiento, yo conversaba con el capitán -Rivadavia que había salido á mi encuentro. - -Este valiente y resuelto oficial, prudente y paciente, me representaba -hacía tres meses entre los indios. - -Le abracé con efusión, y uno de los momentos más gratos de mi vida, ha -sido aquél. Quien haya alguna vez encontrado un compatriota, un amigo -en extranjera playa, ó en regiones apartadas y desconocidas, desiertas -é inhabitadas, después de haber expuesto su vida unas cuantas veces -podrá sólo comprender mis impresiones. - -Terminados los saludos, que eran seis razones, las que fueron -convertidas en sesenta de una parte y otra, llegó el turno de los -abrazos y apretones de mano. Esta vez no hubo más alteración en el -ceremonial que toques de corneta. Di unos ciento y tantos abrazos -y apretones de mano; y cuando ya no me quedaba costilla, ni nervio -en la muñeca que no me doliera, comenzaron los alaridos de regocijo -y los vivas, atronando los aires. Todo el mundo, excepto mi gente, -se desparramó gritando, _escaramuceando_, _rayando_ los caballos, -ostentando el mérito de éstos y su destreza. Aquello era una verdadera -fiesta, una fantasía á lo árabe. - -Así desparramados, dispersos, _jineteando_, marchamos un largo rato, -viendo darse de pechadas mortales á unos, rodar á otros, haciendo éstos -bailar los caballos, tirándose los unos al suelo en medio de la carrera -y subiendo ágiles, corriendo los unos de rodillas sobre el lomo de su -caballo y los otros de pie, en una palabra, haciendo cada cual alguna -pirueta. - -Á un toque de corneta se reunieron todos y formamos como antes lo -expliqué, aumentando las alas los recién llegados. - -Acababa de llegar un enviado de Mariano Rosas. - -Su toldo estaba ahí cerca. Penetrar en él era cuestión de minutos, al -fin. - -Regresó el mensajero y Caniupán me dijo: - ---Caminando poquito, hermano--dicho lo cual recogió su caballo y se -puso al tranco. - -Tuve que conformarme á su indicación. Recogí mi caballo é igualé el -paso del suyo. - -Llegó otro mensajero de Mariano Rosas, habló con Caniupán, y después me -dijo éste: - ---Parando, hermano. - -Le habló á Mora en su lengua y éste me tradujo, que debíamos echar pie -á tierra y esperar órdenes. - -El lector juzgará si había motivo para rabiar un rato. - -Yo, que en esta excursión á los indios he aprendido una virtud que no -tenía, que por modestia callo, repito lo que antes he dicho: que no es -tan fácil penetrar en el toldo del señor General don Mariano Rosas, -como le llaman los suyos. - - - - - XXIII - - Épocas buenas y malas.--En qué cosas cree el autor.--La cadena del - mundo moral.--¿Será cierto que los padres saben más que los hijos?--El - capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai, Camargo.--Dilaciones. - - -Con la última parada se me quemaron los libros. Es verdad que hace -mucho tiempo que en mis cálculos entra todo, menos lo principal. - -El hombre suele tener épocas de graves errores, de imperdonables -desaciertos y tristes equivocaciones. - -Como todo el que se ha lanzado sin preparación en la corriente de la -vida lo sabe, hay años buenos y malos, meses propicios y fatales, días -color de rosa, días negros como el hollín de una chimenea. - -Años, meses y días en que á todo acertamos, en que nuestro espíritu -parece tener su geometría, en que todo nos halaga y nos sonríe. - -Y, á la inversa, años, meses y días en que todo nos sale al revés. - -Si amamos, nos olvidan; si vamos á la guerra, nos hieren ó nos -postergan; si somos candidatos al parlamento, nos derrotan; si -jugamos, perdemos; si tomamos comidas con aceite, se nos indigestan; -si compramos billetes de lotería, ni cerca le andamos á la suerte; -finalmente, hay temporadas aciagas en que ni por chiripa andamos bien. -Ó, como dicen los andaluces, temporadas en que nuestro estado normal, -es andar en la mala. - -Esto debe consistir en algo. - -Yo he pensado mucho en la justicia de Dios, con motivo de ciertos -percances propios y ajenos, pues un hombre discreto debe estudiar el -mundo y sus vicisitudes, en cabeza propia y en cabeza ajena. - -Y, francamente, hay momentos en que me dan tentaciones de creer que -nuestro bello planeta no está bien organizado. - -¡Quién sabe si no estamos en un período de desequilibrio moral! - -He de buscar algún amigo ducho en trotes de ciencia y conciencia que me -indique si hay algún tratado de mecánica terrenal, por el estilo del de -Laplace. - -Por lo pronto me he refugiado en un tratadito cuyo título es:--«La -moral aplicada á la política, ó el arte de esperar». - -Debe ser muy bueno; es un libro chico y anónimo,--hace tiempo vengo -observando que los mejores libros son los manuales, cuyo autor se -ignora. - -La razón creo hallarla en la modestia, sentimiento que anda -generalmente á caballo. - -En este tratadito pienso hallar la solución de muchas de mis dudas. - -Yo tengo creencias y convicciones arraigadas, que las he sacado no sé -de dónde--hay cosas que no tienen filiación,--y no quisiera perderlas ó -que se embrollaran mucho en los archivos de mi imaginación. - -Yo creo en Dios, por ejemplo, cosa en la que sin duda cree el -respetable público--aunque hay un refrán maldito que dice: fíate en -Dios y no corras. - -Yo creo en la justicia y que las almas nobles deben hacérsela aun á -aquéllos mismos que se la niegan á ellos; sin embargo, todos los días -veo gente desesperada por la calle, quejándose de que no hay justicia -en la tierra. - -Y hasta ahora les he oído decir, á los que tienen y ganan pleitos: ¡Qué -bien anda la justicia! - -¡Los mismos abogados no hacen otra cosa que gritar contra la justicia! - -Dos alegatos distintos de bien probado sobre lo mismo, ¿qué implican? - -Yo creo en la caridad, y mientras tanto, todo el día oigo hablar mal -del prójimo, y veo gente conducida al cementerio que no tiene tras de -qué caerse muerta. - -Yo creo en la religión; creo que el patriotismo, el honor, la probidad, -el amor del prójimo son cuestiones de religión. - -Mientras tanto, el otro día he leído en un libro italiano--estos -italianos pierden la cabeza cuando se ocupan de religión,--que todas -las religiones quieren hacerse ricas. - -Yo creo en la Constitución y en las leyes; y un viejo muy lleno de -experiencia que me suele dar consejos, me dice: todos gobiernan lo -mismo, no es Rosas el que no puede. - -Yo creo en el pueblo, y si mañana lo convocan á elecciones, resulta que -no hay quién sufrague. - -Yo creo en el libre albedrío, y todos los días veo gentes que se dejan -llevar de las narices por otros; y mi noción de la responsabilidad -humana se conmueve hasta en sus más sólidos fundamentos. - -Como se ve, yo creo en una porción de cosas muy buenas, muy morales y -muy útiles. - -El pulpero de enfrente no cree ni entiende nada de eso. - -Pero lo pasa bien. - -Tiene buena salud, una renta fija, una clientela segura: nadie le -inquieta, ni le amenaza, ni le fulmina. Es un desconocido; pero es una -potencia. - -La suerte debe entrar por mucho; porque de balde no han inventado el -refrán: «Suerte te dé Dios, hijo, que el saber poco te vale». - -Y el apellido ha de influir también algo. - -Es muy raro hallar un hombre que aborrezca á otro que no sabe cómo se -llama. - -Por eso, sin duda, los brasileños se mudan el nombre. - -El otro día no se me ocurrió esto. - -Cuando acabe de leer mi tratadito, he de estar ya en estado de curarme -de todas mis supersticiones. - -Dentro de poco voy á ser un hombre completo, moralmente, bien entendido. - -¿Entonces sí, á que todo cuanto emprenda me sale á las mil maravillas? - -¿Á que si entablo un pleito gano? - -¿Á que si emprendo un viaje no naufrago? - -¿Á que si compro billetes de lotería me saco una suerte mayor? - -¿Á que si hago una campaña me dan un premio? - -¿Á que si vuelvo á los indios no me sucede lo que me ha sucedido--que -me hagan esperar tanto en el camino? - -¿Será cierto que la experiencia es madre de la ciencia? - -Sin duda, por eso dicen que el Diablo no sabe tanto por ser Diablo, -cuanto por ser viejo. - -Se me había olvidado anotar, al enumerar mis creencias, que también -creo en este caballero. Le he visto varias veces. - -¿Será cierto que mi anciano padre tiene razón en los consejos que me ha -dado y me da consejos que en mi petulancia moderna jamás he querido -seguir, tanto que para saber cómo piensa él no hay más que averiguar -cómo pienso yo? - -¿Será cierto que la cadena del mundo moral se forma así vinculando la -amarga experiencia de ayer con los desencantos de hoy, metodizando y -conformando nuestra vida según los preceptos de los que han vivido y -visto más que nosotros, orgullosos filósofos de papel? - -¿Será cierto que el muchacho más instruido, más aventajado, más sabio, -al lado de su padre será siempre un niño de teta, un pigmeo? - -¡Santiago amigo! ¿Será cierto que tu padre sabe más que tú? - -¿Que el general Guido sabía más que Carlos, que es un pozo de sabiduría? - -¿Que don Florencio Varela sabía más que Héctor, que sabe tantas -_cosas_?--más que Mariano, lo dudo. - -¿Que mi padre sabe más que yo, que no soy muy atrasado que digamos, -particularmente en estudios sociales? - -Á mí me da por ahí. Mi fuerte es el conocimiento de los hombres. - -¡Pero éstos me reservan unos desengaños! - -Es con lo que pienso argüir al mocoso de mi hijo, cuando se me levante -con el santo y la limosna, que no tardará en suceder. - -Ya ha empezado á hacer actos espontáneos, calculados para desprestigiar -mi autoridad paternal, á gastar más de lo que debe, siendo objeto de -privadas murmuraciones en la familia, y metiéndose á estudiar medicina -contra mis consejos. - -¡Estudiar medicina sin mi consentimiento! ¡Pues es disparate! - -Sólo puedo comparar semejante aberración, en un siglo como éste, en -que yo le curo homeopáticamente un panadizo al que lo tenga, con una -expedición á los Indios Ranqueles. - -En efecto, querido Santiago, mirando con sangre fría mi viaje á los -toldos, ¿no te parece que ha sido perder tiempo? - -¿No te parece que las demoras que me ha hecho sufrir Mariano Rosas, -antes de dejarme penetrar en su morada, las he merecido por mi -extravagancia? - -¡Cuánto mejor hubiera sido que mi jefe inmediato me negara la licencia! - -Si lo hace, cuando menos me atufo, que así somos--¡desconocemos la mano -que nos desea el bien y se la damos á quien nos quiere mal! - -Pero acerquémonos á Leubucó, saliendo de donde nos detuvimos ayer. - -Viendo que la parada se prolongaba y que mis cabalgaduras estaban muy -sudadas, mandé mudar, para hacer la entrada en regla. - -Era temprano aún y quién sabe cuánto tiempo íbamos á permanecer todavía -sobre el caballo. - -Mientras mudaban, el capitán Rivadavia me presentó varios personajes -políticos refugiados en Tierra Adentro--siendo los dos más notables, un -mayor Hilarión Nicolai y un teniente Camargo. - -Ambos han pertenecido á la gente de Saa, y ganaron los indios después -de la sableada de San Ignacio, llevando un puñado de soldados. - -Muy mal me habían hablado de estos dos hombres. - -Yo iba sumamente prevenido contra ellos, temiendo ser objeto de alguna -maldad, aunque reflexionando me parecía que el hecho de ser cristiano -debía mirarlo como una garantía. - -Dígase lo que se quiera--la cabra siempre tira al monte. - -Más tarde veremos si yo discurría mal en medio de las preocupaciones -de mi ánimo. Y mi ejemplo podrá serles útil á los que juzguen á los -hombres por las reglas vulgares, apasionadas, iracundas, cuando la gran -ley de la vida y de Dios es la caridad. - -Ni el viejo Hilarión, ni el bandido Camargo, me hicieron el efecto que -yo esperaba, ni me saludaron como me lo temía. Hilarión con todas sus -mañas y Camargo con todas sus bellaquerías son dos hombres simpáticos, -atentos y educados, especialmente Hilarión. Camargo es un tipo más -crudo. - -El primero tendrá cincuenta y cinco años, el segundo veintiocho. El uno -tiene una larga barba, blanca como la nieve; el otro un lindo bigote -negro, como azabache. - -El uno parece un inglés, el otro tiene todo el sello del hijo de la -tierra. - -Hilarión es una especie gauchi-político. Camargo es un compadre neto, -que sabe leer y escribir perfectamente, valiente, osado, orgulloso y -desprendido. Hilarión contemporiza con los indios, no habla su lengua. -Camargo al contrario, habla el araucano, dice lo que siente, no le teme -á la muerte y al más pintado le acomoda una puñalada. - -Y sin embargo, Camargo es un ser susceptible de enmienda, según -lo veremos cuando llegue el momento de referir su vida, sus -desgracias--las causas por qué se hizo federal, debidas en gran parte á -una mujer. - -Las tales mujeres tienen el poder diabólico de hacer todo cuanto -quieren, y por eso ha de ser que los franceses dicen: _ce que femme -veut Dieu le veut_. De un federal son capaces de hacer un unitario y -viceversa, que es cuanto se puede decir. Por supuesto que de cualquiera -hacen un tonto. - -La presencia de mis nuevos conocidos, la charla con ellos, la operación -de mudar caballos, hicieron más soportable la imprevista _antesala_ -que me obligaron á hacer. - -Yo disimulaba mal, sin duda, mi destemplado humor, porque todos á una, -los que parecían más racionales y conocedores de los usos y costumbres -de los indios, me decían:--Tenga paciencia, señor; así es esta tierra; -el general es buen hombre, lo quiere recibir en forma. - -No había más recurso que esperar, hasta que se acabaran los -preparativos. Aquello iba á estar espléndido, según el tiempo que se -empleaba en los arreglos. Ni la pirámide de la plaza de la Victoria, -cuando se viste de gala, gastando más en traje de lienzo y cartón que -en un forro de mármol eterno, emplea tanto tiempo en adornarse, como -todo un cacique de las tribus ranquelinas. - -Me daban una lección sobre el ceremonial decretado para mi recepción, -cuando llegó un indiecito muy apuesto, cargado de prendas de plata y -montando un _flete_ en regla. - -Le seguía una pequeña escolta. - -Era el hijo mayor de Mariano Rosas, que por orden de su padre venía á -recibirme y saludarme. - -La salutación consistió en un rosario de preguntas--todas referentes á -lo que ya sabemos, al estado fisiológico de mi persona, á los caballos -y novedades de la marcha. - -Á todo contesté políticamente, con la sonrisa en los labios y una -tempestad de impaciencia en el corazón. - -Esta vez, á más de las preguntas indicadas, me hicieron otra--que -cuántos hombres me acompañaban y qué armas llevaba. - -Satisfice cumplidamente la curiosidad. - -Ya sabe el lector cuántos éramos al llegar á las tierras de Ramón. - -El número no se había aumentado ni disminuido por fortuna; ninguna -desgracia había ocurrido. En cuanto á las armas, consistían en -cuchillos, sables sin vaina entre las caronas y cinco revólveres, de -los cuales dos eran míos. - -El hijo de Mariano Rosas regresó á dar cuenta de su misión. Más tarde -vino otro enviado y con él la orden de que nos moviéramos. - -Una indicación de corneta se hizo oir. - -Reuniéronse todos los que andaban desparramados; formamos como lo -describí ayer y nos movimos. - -Ya estábamos á la vista del mismo Mariano Rosas; yo podía distinguir -perfectamente los rasgos de su fisonomía, contar uno por uno los que -constituían su corte pedestre, su séquito, los grandes personajes de su -tribu, ya íbamos á echar pie á tierra, cuando: ¡sorpresa inesperada! -fuimos notificados de que aún había que esperar. - -Esperamos, pues... - -Habiendo esperado yo tanto; ¿por qué no han de esperar ustedes hasta -mañana ó pasado? - -La curiosidad aumenta el placer de las cosas vedadas difíciles de -conseguir. - - - - - XXIV - - ¡Qué hacer cuando no hay más remedio!--Cuál era el objeto de esta - otra parada.--Pretensiones de la ignorancia.--Las brujas.--Saludos y - regocijos.--Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento.--Agitación - en el toldo de Mariano Rosas.--Las brujas vieron al fin lo mismo que - el Cacique.--Cómo estaba formado éste.--Qué es Leubucó y qué caminos - parten de allí.--Echo pie á tierra.--Vítores. - - -Hay situaciones en que una indicación, por más política que sea, tiene -todo el carácter de una orden militar. - -¿Qué había de hacer, cuando con la mayor finura araucana me insinuaron -que, á pesar de hallarme ya á tiro de pistola del toldo suspirado, -debía detenerme un rato más? - -Claro está, conformarme. - -Permanecimos á caballo, en el mismo orden de formación que llevábamos. - -Aquella parada á última hora, inopinada, que no había formado parte del -programa imaginario de nadie, tenía en el ceremonial de la corte de -Mariano Rosas un gran significado. - -En las paradas anteriores, el objeto real había sido--unas veces, ganar -tiempo hasta que se tranquilizara la multitud,--otras veces, cumplir -con los deberes oficiales y sociales de la buena crianza y cortesía. - -Esta vez el cacique mayor, los caciques secundarios, los capitanejos, -los indios de _importancia_--como se estila en Tierra Adentro,--querían -verme un rato de cerca, antes de que echara pie á tierra, estudiar mi -fisonomía, mi mirada, mi aire, mi aspecto; asegurarse, por ciertas -razones fundamentales, de mis intenciones, leyendo en mi rostro lo que -llevaba oculto en los repliegues del corazón. - -Y querían hacer esto, no sólo conmigo, sino con todos los que me -acompañaban, inclusive los dos reverendos franciscanos, santos varones, -incapaces de arrancarle las alas á una mosca. - -En medio de su disimulo y malicia genial y estudiada, los salvajes y -los pueblos atrasados en civilización tienen siempre algo de candorosos. - -Ellos creen cosa muy fácil engañar al extranjero. - -El orgullo de la ignorancia se traduce constantemente, empezando por -creer que se sabe más que el prójimo. - -La ignorancia tomada individual ó colectivamente es la misma en sus -manifestaciones--falsamente orgullosa y osada. - -Mariano Rosas creyó engañarme. - -Estábamos al habla, con tal de esforzar un poco la voz, y siguiendo el -plan conocido me destacó un embajador. - -Ni una palabra de mi lengua entendía éste. - -Era calculado. - -Se buscaba que sin apelación me valiera del lenguaraz hasta para -contestar sí, ó no. - -Así duraba más tiempo la exposición de mi persona y séquito--se nos -examinaba prolijamente. - -Y mientras se nos examinaba, las viejas brujas, en virtud de los -informes y detalles que recibían, descifraban el horóscopo, leyendo -en el porvenir, relataban mis recónditas intenciones y conjuraban el -espíritu maligno--el _gualicho_. - -Habló el representante de Mariano Rosas. - -Las coplas fueron las consabidas, con el agregado de que--se alegraba -tanto de verme llegar bueno y sano á su tierra; que estaba para -servirme con todos sus caciques, capitanejos é indios, que aquél era un -día grande, y que, en prueba de ello, oyese. - -Al decir esto, hacían descargas con carabinas y fusiles, unos cuantos -cristianos andrajosos, entre los que se distinguía un negro, especie -de _Rigoletto_; quemaban cohetes de la India en gran cantidad y -prorrumpían en alaridos de regocijo. - -Yo contestaba con toda la afabilidad de un diplomático--por el órgano -de mi lenguaraz, que á su turno se dirigía á un representante que me -había designado Caniupán, mi estatua del Comendador, desde el instante -en que nos movimos de Calcumuleu. - -Multiplicando los dos interlocutores principales, á cual más sus -razones--so pena de desacreditarse ante el concepto de la opinión -pública, que estaba allí congregada, no había remedio, los saludos -duraban tanto como un rosario. - -Después que fuí saludado, cumplimentado y felicitado, me pidieron -permiso para hacerlo con los franciscanos, que por el hecho de andar -á mi lado, de ver mis atenciones con ellos, y, sobre todo, porque -_llevaban corona_, eran reputados mis segundos en jerarquía. - -Concedí el permiso, y vino un diálogo como los que ya conocemos, con su -multiplicación de razones, con sus últimas sílabas prolongadas á más no -poder, y en el que resonaron con mucha frecuencia los vocablos: _chao_, -padre; _uchaimá_, grande; _chachao_, Dios y _cuchauentrú_, que también -quiere decir Dios, con esta diferencia: _chachao_, responde á la idea -de _mi padre_ y _cuchauentrú_, á la de el _omnipotente_, literalmente -traducido significa _hombre grande_, de _cucha_ y _uentrú_. - -Los franciscanos contestaron evangélicamente, ofreciendo bautizar, -casar y salvar todas las almas que quisieran recurrir al auxilio -espiritual de su ministerio. - -Felizmente los intérpretes no entendieron muy bien sus apostólicas -razones, y no pudieron multiplicarlas tanto como la concurrencia lo -habría deseado. - -En pos de los franciscanos vinieron mis oficiales, para cuyo efecto me -pidieron también la venia. - -Á ese paso, iban á ser interrogadas, saludadas y agasajadas hasta las -mulas que llevaban las cargas. - -Este artículo del ceremonial se hizo hablando uno de mis oficiales por -todos, según me lo indicó Mora. - -Se redujo todo á lo sabido--razones elevadas á la quinta potencia, en -medio de la mímica oratoria más esforzada. - -En tanto que estos parlamentos tenían lugar, muchos indios viejos, -de extraño aspecto, giraban en torno mío y de los míos, con aire -misterioso, callados, cejijunto el rostro como estudiando á los recién -llegados y la situación. Se iban y venían, tornaban á irse y volvían -á venir, llevándoles lenguas á las brujas, que hacían el exorcismo, -y á las cuales iba el pellejo, ó la vida, si por alguna casualidad, -incongruencia ó nigromancia acontecía una desgracia como enfermarse, -morirse un indio ó un caballo de estimación. - -Las tales adivinas acaban sus días así, sacrificadas si no tienen -bastante talento, previsión ó fortuna para acertar. - -Á cada triquitraque las llaman y consultan. - -Para ir á malón, consulta; para saber si lloverá habiendo sequía, -consulta; para saber de qué está enfermo el que se muere, consulta. Y -si los hechos augurados fallan, ¡adiós, pobre bruja! su brujería no la -salva de las garras de la sangrienta preocupación,--muere. - -No obstante, es un artículo abundante entre los indios,--prueba -evidente de que el charlatanismo tiene su puesto preferente en todas -partes: pronosticar el destino de la humanidad y de las naciones, -aunque la civilización moderna es más indulgente. Nosotros mandaremos -guillotinar á Mazzini, es un gritón menos de la libertad; pero á los -que hacen el milagro de la extravasación de la sangre de San Genaro, no. - -Una indescriptible agitación reinaba en el toldo de Mariano Rosas. -Indios y chinas á pie y á caballo, iban y venían en todas direcciones. -Algo extraordinario acontecía, que se relacionaba conmigo. - -Llamó mi atención. - -Le pregunté impaciente á Mora qué sería. No pudo satisfacerme. El -mismo lo ignoraba. Después supe que las viejas brujas habían andado -medio apuradas. Sus pronósticos no fueron buenos al principio. Yo -era precursor de grandes é inevitables calamidades; _gualicho_ -transfigurado venía conmigo. - -Para salvarse había que sacrificarme, ó hacer que me volviera á mi -tierra con cajas destempladas. Como se ve, todas las brujas son -iguales,--la base de la nigromancia está en la credulidad, en el miedo, -en los instintos maravillosos, en las preocupaciones populares. - -Pero Mariano Rosas no quería sacrificarme, ni que me volviera como -había venido, sin echar pie á tierra siquiera en Leubucó. - -Los recalcitrantes, los viejos, los que jamás habían vivido entre los -cristianos, los que no conocían su lengua, ni sus costumbres, los que -eran enemigos de todo hombre extraño, de sangre y color que no fuera -india,--creían en los vaticinios de las brujas. - -Pero ya lo he dicho. Mariano Rosas, que á fuer de cacique principal -sabía más que todos, no participaba de sus opiniones. - -Se les previno, pues, á las brujas, que estudiasen mejor el curso del -sol, la carrera de las nubes, el color del cielo, el vuelo de las aves, -el jugo de las hierbas amargas que masticaban, los sahumerios de bosta -que hacían: porque el cacique, que _veía otra cosa_, quería estrecharme -la mano, y abrazarme convencido de que _gualicho_ no andaba conmigo, de -que yo era el coronel Mansilla en cuerpo y alma. - -Mariano Rosas estaba formado en ala, frente á mí, como á unos cincuenta -pasos. Á su izquierda tenía á Epumer, su hermano mayor, su general en -campaña. Por un voto solemne, aquél no se mueve jamás de su tierra, -no puede invadir, ni salir á tierra de cristianos. Después de Epumer, -seguían los capitanejos Relmo, Cayupán, otros más, y entre éstos -Melideo, que quiere decir _cuatro ratones_, de _meli_, cuatro, y _deo_, -ratón. - -Es costumbre entre los ranqueles ponerse nombres así, y nótese que -digo nombres, no apodos ni sobrenombres. El uno se llama como dejo -dicho,--el otro se llamará «cuatro ojos», éste «cuero de tigre», aquél -«cabeza de buey», y así. - -En seguida de los capitanejos, ocupaban sus puestos varios indios -de importancia, luego algunas chusmas y por fin algunos cristianos -de la gente de un titulado coronel Ayala que fué de Saa, extraviado -político, pero que no es mal hombre, que me trató siempre con cariño y -consideración. - -Estos cristianos estaba armados de fusil y carabina, que no brillaban -por cierto de limpios, y eran los que con gran apuro y dificultad -hacían las salvas en honor mío. Ayala los dirigía. El padre Burela, -que, como se sabe, había llegado de Mendoza dos días antes que yo, -con un cargamento de bebidas y otras menudencias para el rescate de -cautivos, también andaba por allí, ocupando un puesto preferente. Jorge -Macías, condiscípulo mío en la escuela del respetable y querido señor -don Juan A. de la Peña, cautivo hacía dos años, andaba el pobre como -bola sin manija. - -La morada de Mariano Rosas, consistía en unos cuantos toldos -diseminados y en unos cuantos ranchos, construidos por la gente de -Ayala, en un corral y varios palenques. - -Leubucó es una laguna sin interés,--quiere decir _agua que corre_, -_leubú_ corre y de _có_ agua. Queda en un descampado á orilla de una -ceja de monte, en una quebrada de médanos bajos. Los alrededores de -aquel paraje son tristísimos, es lo más yermo y estéril de cuanto he -visto; una soledad ideal. - -De Leubucó, arrancan caminos, grandes rastrilladas por todas partes. -Allí es la estación central. Salen caminos para las tolderías de -Ramón que quedan en los montes de _Carrilobo_; para las tolderías de -Baigorrita, situadas á la orilla de los montes de _Quenque_; para las -tolderías de Calfucurá en Salinas Grandes; para la Cordillera, y para -las tribus araucanas. - -Yo he recogido, á fuerza de maña y disimulo, muchos datos á este último -respecto, que algún día no lejano, publicaré, para que el país los -utilice. Y digo con maña y disimulo, porque entre los indios, nada -hay más inconveniente para un extraño, para un hombre sospechoso, -como debía serlo y lo era yo, que preguntar ciertas cosas, manifestar -curiosidad de conocer las distancias, la situación de los lugares -á donde jamás han llegado los cristianos, todo lo cual se procura -mantener rodeado del misterio más completo. Un indio no sabe nunca -dónde queda el Chalileo, por ejemplo; qué distancia hay de Leubucó á -Wada. La mayor indiscreción que puede cometer un cristiano asilado es -decirlo. - -Me acuerdo que en el Río 4.º, queriendo yo tener algunos datos sobre -la población de los Ranqueles, le hice cierto número de preguntas -á Linconao, que tanto me quería, delante de Achauentrú. Como aquél -contestara bastante satisfactoriamente, éste, con tono airado, le -amenazó diciéndole en araucano: que cuando regresase á Tierra Adentro, -le diría á Mariano Rosas que era «un traidor que había estado hablando -esas cosas conmigo,--y dirigiéndose á los demás indios circunstantes, -añadió: ustedes son testigos». - -Yo, qué había de entender; lo supe por mi lenguaraz. Mora, me lo dijo -en voz baja, rogándome que no lo comprometiera y que no continuara el -interrogatorio, que suspendí; quedando poco más enterado que antes. - -Los conjuros terminaron, el horóscopo astrológico dejó de augurar -males, las águilas no miraron ya para el Sur, sino para el Norte,--lo -que quería decir que vendría gente de _adentro_ para _fuera_, no de -afuera para adentro, ó en otros términos, que no habría malón de -cristianos, que nada habría que temer. - -La hora de recibirme había llegado. - -¡Ya era tiempo! - -Un enviado salió de las filas de Mariano Rosas y me dijo, siempre por -intérprete: - ---Manda decir el General que eche pie á tierra con sus jefes y -oficiales. - ---Está bien--contesté. - -Y eché pie á tierra, y junto conmigo los cristianos é indios que me -seguían. Y á ese tiempo se oyó un hurra atronador y un viva al coronel -Mansilla. - -Yo contesté, acompañándome todo el mundo. - -¡Viva Mariano Rosas! - -¡Viva el Presidente de la República! - -¡Vivan los indios argentinos! - -Había verdadero júbilo, los tiros de carabina y de fusil no cesaban, ni -los cohetes, ni la infernal gritería, golpeándose la boca abierta con -la palma de la mano. - -Jorge Macías vino á mí y me abrazó llorando. - -Como no me habían hecho ninguna indicación, me quedé junto á mi -caballo, después de desmontarme. - -Ya estaba aleccionado. - -Hubo otro parlamento. - -Lo volveré á repetir: no es tan fácil como se cree llegar hasta hacerle -un _salam-alek_ á Mariano Rosas. - - - - - XXV - - Gracias á Dios.--Empieza el ceremonial.--Apretones de mano y - abrazos.--De cómo casi hube de reventar.--Por algo me había de hacer - célebre yo.--¿Qué más podían hacer los bárbaros? - - -Mucho me había costado llegar á Leubucó y asentar mi planta en los -umbrales de la morada de Mariano Rosas. - -Pero ya estaba allí, sano y salvo, sin más pérdidas que dos caballos, -sin más percances que el susto á inmediaciones de Aillancó, á -consecuencia de la extraña y fantástica recepción del cacique Ramón. - -Haber pretendido otra cosa habría sido querer cruzar el mar sin vientos -ni olas; andar en las calles de Buenos Aires en verano sin polvo, -en invierno sin lodo, lavarse la cara sin mojársela: ó como dice el -refrán, comer huevos sin romper cáscaras. - -Me parece que tenía por qué conceptuarme afortunado, ó en términos más -cristianos, por qué darle gracias al que todo lo puede, como en efecto -lo hice, exclamando interiormente: ¡Loado sea Dios! - -Con el caballo de la brida, esperaba indicaciones para adelantarme á -saludar á Mariano Rosas, pasando en revista los personajes que tenía al -frente, aunque afectando una gran indiferencia por cuanto me rodeaba. - -Todos los bárbaros son iguales, ni les gusta confesar que no han visto -antes ciertas cosas, cuando éstas llaman su atención, ni que los que -penetran sus guaridas, hallen raro lo que en ellas ven. - -En el Río 4.º yo me solía divertir, mostrándoles á los indios un reloj -de sobremesa, que tenía despertador, un barómetro, una aguja de marear -óptica, un teodolito y un anteojo. - -Miraban y miraban con intensa ojeada los objetos, y como quien dice, -eso no llama tanto como usted cree mi atención, me decían: «Allá en -Tierra Adentro mucho lindo teniendo». - -Un indio, que debía ser algo, como paje del cacique, habló con Mariano -Rosas, y en seguida con Caniupán, mi inseparable compañero. - -Éste á su turno habló con Mora. - -Mi lenguaraz, siguiendo la usanza, me dijo: - ---Señor, dice el general Mariano, que ya lo va á recibir; que quiere -darle la mano y abrazarlo; que se dé la mano con sus capitanejos y -se abrace también con ellos, para que en todo tiempo lo conozcan y -lo miren como amigo, al hombre que les hace el favor de visitarlos, -poniendo en ellos tanta confianza. - -Pasando por los mismos trámites, fué despachado el mensajero con un -recadito muy afectuoso y cordial. - -Mora volvió á conversar con Caniupán, y me dijo después: - ---Señor, dice Caniupán que ya puede adelantarse á darle la mano al -general Mariano; que haga con él y con los demás que salude _lo mismo -que ellos_ hagan con usted. - ---¿Y qué diablos van á hacer conmigo?--le pregunté. - ---Nada mi Coronel, cosas de los indios, así es en esta tierra--me -contestó. - ---Supongo que no será alguna barbaridad--agregué. - ---No señor, es que han de querer tratarlo con cariño; porque están muy -contentos de verlo y medio _achumados_--repuso. - ---¿Pero, poco más ó menos, qué van á hacer?--proseguí. - ---Es que han de querer abrazarlo y cargarlo, respondió. - -Pues si no es más que eso, murmuré para mis adentros, no hay de qué -alarmarse, y como cuando grita uno á los que acaudilla en un instante -supremo, ¡adelante! ¡adelante! - ---¡Caballeros!--dije, mirando á mis oficiales y á los dos franciscanos, -que estaban hechos unas pascuas, sonriéndose con cuantos los -miraban,--vamos á saludar á Mariano. - -Avancé, me siguieron, llegamos á tiro de apretón de manos del cacique y -comenzó el saludo. - -Mariano Rosas me alargó la mano derecha, se la estreché. - -Me la sacudió con fuerza, se la sacudí. - -Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro izquierdo, lo abracé. - -Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro derecho, lo abracé. - -Me cargó y me suspendió vigorosamente, dando un grito estentóreo; lo -cargué, y suspendí, dando un grito igual. - -Los concurrentes, á cada una de estas operaciones, golpeándose la -boca abierta con la mano y poniendo á prueba sus pulmones, gritaban: -¡¡¡aaaaaaaa!!! - -Después que me saludé con Mariano, un indio, especie de maestro de -ceremonias, me presentó á Epumer. - -Nos hicimos lo mismo que con su hermano, en medio de incesantes y -atronadores ¡¡¡aaaaaaaa!!! - -Luego vino Relmo,--igual escena á la anterior: ¡¡¡aaaaaaaa!!! - -En seguida Cayupán,--lo mismo: ¡¡¡aaaaaaaa!!! - -En pos de éste, Melideo (alias) _cuatro ratones_, indio sólido como una -piedra, de regular estatura; pero panzudo, gordo, pesado, ¿como quién? -como mi camarada Peña, el edecán del Presidente. - -Aquí fueron los apuros para cargarlo y suspenderlo. - -Mis brazos lo abarcaban apenas; hice un esfuerzo, el amor propio de -hombre forzudo estaba comprometido, no alcanzarlo me parecía hasta -desdoroso para los cristianos; redoblé el esfuerzo y mi tentativa -fué coronada por el éxito más completo, como lo probaron los -¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!! dados esta vez con más ganas y prolongados más que -los anteriores. - -Aquello fué pasaje de comedia, casi reventé, casi se me salieron los -pulmones, porque esto de tener que dar un grito que haga estremecer -la tierra al mismo tiempo que el cuerpo se encorva, haciendo un gran -esfuerzo para levantar del suelo un peso mayor que el de uno mismo, es -asunto serio del punto de vista de la fisiología orgánica; pero que más -que á todo se presta á la risa. - -Imaginaos á Orión, á este querido amigo, de quien la biografía dirá -algún día que tenía la impaciencia del bien, el sentimiento delicado -de la amistad, todo el talento chispeante del porteño, y bajo una -corteza de escéptico, por cierta inclinación al caricato, un corazón de -oro,--imaginaos, decía, á este amigo, en un día de público regocijo, -el próximo 9 de julio, verbigracia, en la Plaza de la Victoria, muy -emperifollado con sus adornos de papel, cartón, lienzo y engrudo, -subido sobre un tablado, luchando á brazo partido, en medio de las -más risueñas algazaras de una turbamulta, por cargar y levantar á -nuestro cofrade Hernández, ex-redactor del _Río de la Plata_, _cué_, -cuya obesidad globulosa toma diariamente proporciones alarmantes para -los que, como yo, le quieren, amenazando á remontarse á las regiones -etéreas ó reventar como un torpedo paraguayo, sin hacer daño á nadie; -imaginaos eso, vuelvo á decir, y tendréis una idea de lo que me pasó á -mí durante mi faena hercúlea con Melideo, cumpliendo con el ceremonial -establecido en la tierra donde me hallaba y con las leyes del orgullo -de raza y de religión que me prohibían cejar un punto, dar un paso -atrás, retroceder, aflojar en lo más mínimo. - -¡Ah! si aquello se hubiera concluido con el abrazo de Melideo. - -¡Pero qué! después de Melideo vinieron otros y otros capitanejos; -después de éstos varios indios de importancia; por conclusión, la -chusma ranquelina y cristiana. - -No se oía más que la resonación producida por la repercusión de los -continuados gritos ¡¡¡aaaaaaa!!! - -Yo sudaba la gota gorda, mi voz estaba ronca como el eco de un gallo en -frígida mañana de julio, mis fuerzas agotadas. - -Se me figuraba que la atmósfera tenía mil grados sobre cero, que no era -transparente sino densa, como para cortarla en tajadas, pesaba sobre mí -como una plancha de hierro. - -No me morí de calor, de cansancio, de tanto gritar, porque Alá es -grande, y nos sostiene y nos da energía física y moral cuando habemos -menester de ella, ¡tal es de bueno! - -Mientras yo pasaba revista de aquellos bárbaros, me acordaba del dicho -de Alcibiades: á donde fueres, haz lo que vieres, y rumiaba: ¡Te había -de haber traído á visitar los ranqueles! - -Al mejor se la doy, á abrazar cuatro veces, cargar y suspender otras -tantas á cualquiera, gritando como un marrano: ¡¡¡aaaaaaaaaaaa!!! no es -cosa. - -Pero cuando ese cualquiera llega á pesar nueve arrobas, tanto como -Melideo; pero cuando hay que repetir la misma operación muscular y -pulmonar ochenta ó cien veces, el ejercicio es grave, y puede darle -á uno títulos suficientes para ocupar algún día en el mausoleo de la -posteridad un lugar preferente entre los gladiadores ó luchadores del -siglo XIX. - -Por algo me había de hacer célebre yo, aunque las olas del tiempo se -tragan tantas reputaciones. - -Espero, sin embargo, que en esta tierra fecunda no faltará un bardo -apasionado, que cual otro don Alonso de Ercilla, cante: No las damas, -no amor, no gentilezas,--si no las _loncoteadas_ de un pobre coronel y -sus franciscanos. - -Asuntos más pobres y menos interesantes he visto cantados en estos -últimos tiempos por la lira de trovadores, cuyos nombres no pasarán á -remotos siglos, pero que son poetas, según el diccionario de la lengua, -en una de sus varias acepciones que en este momento se me ocurre: -«Cualquier titulado vate, bardo, trovador, sin méritos para ello; -cualquiera que versifica siquiera lo haga contra la voluntad de Dios y -falseando las leyes del Parnaso». - -Los franciscanos no fueron obligados más que á dar la mano; lo mismo -mis oficiales; lo propio mis asistentes. - -Muy cerca de una hora tardamos en abrazos, salutaciones y demás actos -de cortesanía indiana. - -Con el último indio que yo saludé, abracé y cargué gritando lo más -fuerte que mis gastados pulmones me lo permitieron: ¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!! -se oyeron los postreros hurras y vítores de la multitud, que no tardó -en desparramarse montando la mayor parte á caballo, entregándose á los -regocijos ecuestres de la tierra, como carreras, _rayadas_, pechadas y -piruetas de toda clase, por fin. - -Yo estaba orgulloso, contento de mí mismo, como si hubiera puesto -una pica en Flandes, no sólo por la energía y fortaleza de que había -dado pruebas incontestables y señaladas, sino porque ciertas frases -que oía vagar por la atmósfera hacían llegar hasta mi conciencia el -convencimiento de que aquellos bárbaros admiraban por primera vez en -el hombre culto y civilizado, en el cristiano representado por mí, la -potencia física, dote natural que ellos ejercitan tanto y que tanto -envidian y respetan. - -De vez en cuando llegaban á mis oídos estos ecos: «Ese Coronel Mansilla -muy toro; ese Coronel Mansilla cargando; ese Coronel Mansilla lindo». - -Y esto diciendo, un sinnúmero de curiosos se acercaban á mí, hasta -estrecharme y no dejarme mover del sitio. Mirábanme de arriba abajo, -la cara, el cuerpo, la ropa, el puñal de oro y plata que llevaba en el -costado, mostrando su cabo cincelado, las botas granaderas, la cadena -del reloj y los perendengues que pendían de ella; todo, todo cuanto -llamaba por su hechura ó color la atención. Y después de mirarme bien, -me decían alargándome la mano: - ---Ese coronel, dando la mano, amigo. Y no sólo me daban la mano, -sino que me abrazaban y me besaban, con sus bocas sucias, babosas, -alcohólicas, pintadas. - -Idénticas demostraciones hacían con los oficiales, con los asistentes y -con los franciscanos. Varias chinas y mujeres blancas cristianizadas, -por no decir cristianas, se acercaban á éstos, se arrodillaban, y -tomándoles los cordones les decían: «La bendición, mi Padre». De veras, -aquel recogimiento, aquel respeto primitivo me enterneció. ¡Qué cosa -tan grande es la religión, cómo consuela, conforta y eleva el espíritu! - -Los franciscanos dieron algunas bendiciones, y á poca costa hicieron -felices á unas cuantas ovejas descarriadas ó arrebatadas á la grey. - -El contento era general, ¡qué digo! ¡universal! - -Nadie, y eso que había muchísima gente _achumada_, nos faltó al respeto -en lo más mínimo. Al contrario, caciques y capitanejos, indios de -importancia y chusma, cristianos asilados y cautivos, todos, todos nos -trataban con la más completa finura araucana. - -Francamente, nos indemnizaban con réditos de los malos ratos, -hambrunas, detenciones é impertinencias del camino. - -¿Qué más podían hacer aquellos bárbaros, sino lo que hacían? - -¿Les hemos enseñado algo nosotros, que revele la disposición generosa, -humanitaria, cristiana de los gobiernos que rigen los destinos -sociales? Nos roban, nos cautivan, nos incendian las poblaciones, es -cierto. ¿Pero qué han de hacer, si no tienen hábitos de trabajo? ¿Los -primeros albores de la humanidad presentan acaso otro cuadro? ¿Qué era -Roma un día? Una gavilla de bandoleros, rapaces, sanguinarios, crueles, -traidores. - -¿Y entonces, qué tiene que decir nuestra decantada civilización? - -Quejarnos de que los indios nos asolen, es lo mismo que quejarnos de -que los gauchos sean ignorantes, viciosos, atrasados. - -¿Á quién la culpa, sino á nosotros mismos? - -Pero entremos al toldo de Mariano Rosas, quien antes de ofrecérmelo, -me preguntó: ¿Qué quería hacer con mis caballos, si hacerlos cuidar -con mi gente ó que él me los haría cuidar?--quien, preguntándome si mi -gente había comido, y habiéndole contestado que no, llamó á su hijo -_Lincoln_,--por qué se llama así no sé,--y le ordenó en castellano que -carneara pronto una vaca gorda. - -El toldo de Mariano Rosas, como todos los toldos, tiene una enramada; -descansemos en ella hasta mañana, á fin de no alterar el método que me -he propuesto seguir en el relato. - -También conviene hacerlo así para que ni tú, Santiago amigo, ni el -lector se hastíen,--que lo poco gusta y lo mucho cansa, aunque á este -respecto pueden dividirse las opiniones según sea el capítulo de que se -trate. - -¿Quién se cansa de leer á Byron, á Goethe, á Juvenal, á Tácito? - -Nadie. - -¿Y á mí? - -Cualquiera. - - - - - XXVI - - La enramada de Mariano Rosas.--Parlamento y comida.--Agasajo.--Pasión - de los Indios por la bebida.--Qué es un yapaí.--Epumer - hermano mayor de Mariano Rosas.--Él y yo.--Me deshago de mi - capa colorada.--Regalos.--Distribución de aguardiente.--Una - orgía.--Miguelito. - - -De las dos proposiciones de Mariano Rosas sobre las bestias, opté por -la primera, teniendo presente que el ojo del amo engorda el caballo. - -Llamé á Camilo Arias y le di mis órdenes; Mariano las completó con -varias indicaciones relativas al mejor pasto, al agua, á las horas de -recoger y encerrar, según lo que se dispusiera. Terminó recomendando el -mayor cuidado y vigilancia de día y de noche, por los _indios gauchos -ladrones_, probándome con lo primero, que era hombre entendido en -asuntos de campo, con lo segundo, que no es mal sastre quien conoce el -paño. - -Pasamos á la enramada, que quedaba unida al toldo. Éste es siempre -de cuero, aquélla de paja, generalmente de _chala_ de maíz. Otro -día, cuando entremos en un toldo, veremos cómo está construido y -distribuido; hoy quedemos en la enramada, que era como todas, un -armazón de madera, con techumbre de plano horizontal. Tendría sesenta -varas cuadradas. - -Allí habían preparado asientos. Consistían en cueros de carneros, -negros, lanudos, grandes y aseados; dos ó tres formaban el lecho, -otros tantos arrollados el respaldo. Estaban colocados en dos filas y -el espacio intermedio acababa de ser barrido y regado. Una fila era -para los recién llegados, otra para el dueño de casa, sus parientes -y visitas. La fila que me designaron á mí miraba al Naciente; á la -derecha, en la primera hilera, veíase un asiento que era el mío, más -elevado que los demás, con respaldo ancho y alto con dos rollos de -ponchos á la derecha é izquierda, formando almohadones. - -Todo estaba perfectamente bien calculado, como para sentarse con -comodidad, con las piernas cruzadas á la turca, estiradas, dobladas; -acostarse, reclinarse ó tomar la postura que se quisiera. - -Frente á frente de mí se sentó Mariano Rosas; aunque él habla bastante -bien el castellano, lo mismo que cualquiera de nosotros, hizo venir un -lenguaraz. Convenía que todos los circunstantes oyesen _mis razones_ -para que llevasen lenguas á sus _pagos_ y se hiciese en favor mío una -atmósfera popular. - -El parlamento comenzó como aquellos avisos de teatro del tiempo de -Rosas, que decían, después de los _vivas y mueras de costumbre_ (¡y qué -costumbre tan civilizada y fraternal!), se representará el lindo drama -romántico en verso _Clotilde_, _ó el crimen por amor_, verbigracia, que -cuadraba tan bien con el introito del cartel como ponerle á un santo -Cristo un par de pistolas. - -Es decir, que en pos de las preguntas y respuestas de ordenanza: -Cómo está usted, cómo le ha ido con todos sus jefes y oficiales, -no ha perdido algunos caballos, porque en los campos sólo suceden -desgracias. Vinieron otras inesperadas; pero todas ellas sin interés. - -Yo hablé de los dos caballos que me habían robado en Aillancó, del -saqueo de Wenchenao á las cargas, y lo hice con vivacidad, apostrofando -á los que así me habían faltado al respeto, pareciéndome que mi tono de -autoridad llamaba la atención de todos. - -Haría cinco minutos que conversábamos, traduciendo el lenguaraz de -Mariano sus razones y Mora las mías, cuando trajeron de comer. - -Entraron varios cautivos y cautivas--una de éstas había sido sirvienta -de Rosas,--trayendo grandes y cóncavos platos de madera, hechos por los -mismos indios, rebosando de carne cocida y caldo aderezado con cebolla, -ají y harina de maíz. - -Estaba excelente, caliente, suculento y cocinado con visible esmero. - -Las cucharas eran de madera, de hierro, de plata; los tenedores lo -mismo, los cuchillos comunes. - -Sirvieron á todos, á los recién llegados y á las visitas que me habían -precedido. - -Á cada cual le tocó un plato como una fuente. - -Mientras se comía, se charlaba. - -Yo no tardé en tomar confianza; estaba como en mi casa, mejor que en -ella, sin tener que dar ejemplo á mis hijos. - -Comía como un bárbaro--me acomodaba á mi gusto en el magnífico asiento -de cueros y ponchos; decía cuanto disparate se me venía á la punta -de la lengua y hacía reir á los indios ni más ni menos que Allú á la -concurrencia. - -Al que se me acercaba, algo le hacía--ó le daba un tirón de narices, -ó le aplicaba un coscorrón, ó le pegaba una fuerte palmada en las -posaderas. - -Los más chuscos me devolvían con usura mis bromas. - -Se acabó el primer plato y trajeron otro, como para frailes -_pantagruélicos_, lleno de asado de vaca, riquísimo. - -Materialmente--me chupé los dedos con él, que no es lo mismo comer á -manteles que en el suelo y en Leubucó. - -Después del asado nos sirvieron algarroba pisada, maíz tostado y -molido, á manera de postre; es bueno. - -Trajeron agua en vasos, jarros y _chambaos_ (es un jarrito de aspa). - -Y, á indicación del dueño de casa, que con impaciencia gritó varias -veces: ¡trapo! ¡trapo! (los indios no tienen voz equivalente) unos -cuantos pedazos de género de distintas clases y colores para que nos -limpiáramos la boca. - -Se acabó la comida y empezó el turno de la bebida. - -Este capítulo es serio, si es que después de sabias máximas, consejos -oportunos y graves reflexiones de Brillat Savarin, puede haber algo más -serio que el comer. - -Aquel filósofo, inmortal en su género, tiene dos aforismos que podían -parafrasearse aquí, diciendo: díme lo que bebes, te diré lo que eres; -el destino de las naciones depende de lo que beben. - -Manuel Gascón ha de pretender _á priori y á posteriori_, que para él el -problema está resuelto, sosteniendo que de todas las bebidas la mejor -es el agua. - -Digo que esto depende de las circunstancias, como que no hayan visitas, -y prosigo. - -Los indios beben, como todo el mundo, por la boca. - -Pero ellos no beben comiendo. - -Beber es un acto aparte. - -Nada hay para ellos más agradable. - -Por beber posponen todo. - -Y así como el guerrero que se apresta á la batalla prepara sus armas, -ellos, cuando se disponen á beber, esconden las suyas. - -Mientras tienen qué beber, beben; beben una hora, un día, dos días, dos -meses. - -Son capaces de pasárselo bebiendo hasta reventar. - -Beber es olvidar, reir, gozar. - -No teniendo aguardiente ó vino, beben _chicha_ ó _piquillín_. - -Esta vez estaban de fiesta con vino. - -El acto está sujeto á ciertas reglas, que se observan como todas las -reglas humanas, hasta que se puede. - -Se inicia con un _yapaí_, que es lo mismo que si dijéramos: _the -pleasure of a glass of wine with you?_ para que vean los de la colonia -inglesa que en algo se parecen á los ranqueles. - -Pero esta invitación se diferencia algo de la nuestra. - -Nosotros empezamos por llenar la copa del invitado, luego la propia; -bebemos simultáneamente, haciéndonos un saludo más ó menos risueño y -cordial, espiándonos por sobre el borde de la copa, á ver quién la -apura más; y es de buena educación, de estilo clásico, no beberla toda, -ni tampoco que parezca se ha aceptado el brindis por compromiso; como -que él significa:--Á la salud de usted cuando no se ha propuesto uno -por la patria, por la libertad ó por el Presidente de la República. - -Los indios empiezan por decir _yapaí_, llenando bien el tiesto en que -beben, que generalmente es un cuernito. - -La persona á quien se dirigen, contesta _yapaí_. - -Bebe primero el que invitó, hasta poder hacer lo que los franceses -llaman _goute en l'ongle_, es decir, hasta que no queda una gota, -llenan después el vaso, copa, jarro ó cuernito exactamente, como él lo -bebiera, se lo pasa al contrario, y éste se lo echa al coleto diciendo -_yapaí_. - -Si el yapaí ha sido de media cuarta, media cuarta hay que beber. - -Por supuesto que no conozco nada peor visto que una persona que se -excusa de beber, diciendo:--No sé. - -En un hombre tal, jamás tendrían confianza los indios. - -Así como en toda comida bien dirigida, hay siempre un anfitrión que -la preside, que hace los honores, que la anima; así también en todo -beberaje de indios hay uno que lleva la palabra; es el que hace el -gasto, por lo común. - -Esta vez, el que hacía el gasto ostensiblemente era Mariano Rosas, en -realidad el Estado, que le había dado sus dineros al Padre Burela para -rescatar cautivos. - -Pero aunque Mariano Rosas hacía el gasto y era el dueño de la casa, -Epumer, su hermano, era el anfitrión. - -Epumer es el indio más temido entre los ranqueles, por su valor, por su -audacia, por su demencia cuando está beodo. - -Es un hombre como de cuarenta años, bajo, gordo, bastante blanco y -rosado, ñato, de labios gruesos y pómulos protuberantes, lujoso en el -vestir, que parece tener sangre cristiana en las venas, que ha muerto -á varios indios con sus propias manos, entre ellos á un hermano por -parte de madre, que es generoso y desprendido, manso estando bueno de -la cabeza, que no estándolo le pega una puñalada al más pintado. - -Con este nene tenía que habérmelas yo. - -Llevaba un gran facón con vaina de plata cruzado por delante, y me -miraba por debajo del ala de un rico sombrero de paja de Guayaquil, -adornado con una ancha cinta encarnada, pintada de flores blancas. - -Yo llevaba un puñal con vaina y cabo de oro y plata, sombrero gacho -de castor, y alta ala, no le quitaba los ojos al orgulloso indio, -mirándole fijamente cuando me dirigía á él. - -Bebíamos todos. - -No se oía otra cosa que ¡_yapaí_, hermano! ¡_yapaí_, hermano! - -Mariano Rosas no aceptaba ninguna invitación, decía estar enfermo, y -parecía estarlo. - -Atendía á todos, haciendo llenar las botellas cuando se agotaban; -amonestaba á unos, despedía á otros cuando me incomodaban mucho con sus -impertinencias; me pedía disculpas á cada paso; en dos palabras, hacía, -á su modo, y según lo usos de su tierra, perfectamente bien los honores -de su casa. - -Epumer no había simpatizado conmigo, y á medida que se iba _caldeando_, -sus pullas iban siendo más directas y agudas. - -Mariano Rosas lo había notado, y se interponía constantemente entre su -hermano y yo, terciando en la conversación. - -Yo le buscaba la vuelta al indio y no podía encontrársela. - -Á todo lo hallaba taimado y reacio. - -Llegó á contestarme con tanta grosería que Mariano tuvo que pedirme lo -disculpara, haciéndome notar el estado de su cabeza. - -Y sin embargo, á cada paso me decía: - ---Coronel Mansilla, ¡yapaí! - ---Epumer, ¡yapaí!--le contestaba yo. - -Y llenábamos con vino de Mendoza los cuernos y los apurábamos. - -Mis oficiales se habían visto obligados á abandonar la enramada, so -pena de quedar tendidos, tantos eran los _yapaí_. - -Los indios, _caldeados_ ya, apuraban las botellas, bebían sin método; -¡vino! ¡vino! pedían para _rematarse_, como ellos dicen, y Mariano -hacía traer más vino, y unos caían y otros se levantaban, y unos -gritaban y otros callaban, y unos reían y otros lloraban, y unos venían -y me abrazaban y me besaban, y otros me amenazaban en su lengua, -diciéndome _winca engañando_. - -Yo me dejaba manosear y besar, acariciar en la forma que querían, -empujaba hasta darlo en tierra al que se sobrepasaba demasiado, y como -el vino iba haciendo su efecto, estaba dispuesto á todo. Pero con -bastante calma para decirme: - ---Es menester aullar con los lobos para que no me coman. - -Mis aires, mis modales, mi disposición franca, mi paciencia, mi -constante aceptar todo _yapaí_ que se me hacía, comenzaron á captarme -simpatías. - -Lo conocí y aproveché la coyuntura. - -La ocasión la pintan calva. - -Llevaba una capa colorada, una linda, aunque malhadada capa colorada, -que hice venir de Francia, igual á las que usan los oficiales de -caballería de los cuerpos argelinos indígenas. - -Yo tengo cierta inclinación á lo pintoresco, y durante mucho tiempo, no -he podido substraerme á la tentación de satisfacerla. - -Y tengo la pasión de las capas,--que me parece inocente, sea dicho de -paso. - -En el Paraguay usaba capa blanca siempre. - -Hasta dormía con ella. - -Mi capa era mi mujer. - -Pero qué caro cuestan á veces las pasiones inocentes. - -Por usar capa colorada me han negado el voto de los comicios. - -Por usar capa colorada me han creído _colorado_. - -Por usar capa colorada me han creído caudillo de malas intenciones. -Pero entonces, ¿cómo dicen que el hábito no hace al monje? - -Decididamente, Figueroa es quien tiene razón. «Pues el hábito hace al -monje, por más que digan que no». - -Me quité la histórica capa, me puse de pie, me acerqué á Epumer, y -dirigiéndole palabras amistosas, le dije: - ---Tome, hermano, esta prenda, que es una de las que más quiero. - -Y diciendo y haciendo, se la coloqué sobre los hombros. - -El indio quedó idéntico á mí, y en la cara le conocí que mi acción le -había gustado. - ---Gracias, hermano--me contestó, dándome un abrazo que casi me reventó. - -Vi brillar los ojos de Mariano Rosas, como cuando el relámpago de la -envidia hiere el corazón. - -Tomé mi lindo puñal, y dándoselo, le dije: - ---Tome, hermano, usted úselo en mi nombre. - -Lo recibió con agrado, me dió la mano y me lo agradeció. - -Mandé traer mi lazo que era una obra maestra y se lo regalé á Relmo. - -Ya estaba en vena de dar hasta la camisa. - -Mandé traer mis boleadoras, que eran de marfil con abrazaderas de -plata, y se las regalé á Melideo. - -Mandé traer mis dos revólveres y se los regalé á los hijos de Mariano. - -Llevaba tres sombreros de los mejores, llevaba medias, pañuelos, -camisas, regalé cuanto tenía. - -Y por último mandé traer un barril de aguardiente y se lo regalé á -Mariano. - -Mariano me dijo: - ---Para que vea, hermano, cómo soy yo con los indios, delante de usted -les voy á repartir á todos. Yo soy así, cuanto tengo es para mis -indios, ¡son tan pobres! - -Vino el barril y comenzó el reparto por botellas, calderas, vasos, -copas y cuernos. - -En tanto que Mariano hacía la patriarcal distribución, un hombre de su -confianza, un cristiano, se acercó á mí y á voz baja me dijo: - ---Dice el general Mariano que si trae más aguardiente le guarde un -poquito para él, que esta noche cuando se quede solo piensa divertirse -_solo_; que ahora no es propio que él lo haga. - -¿Qué te parece cómo se hila entre los indios? - -Contesté que tenía otro barril, que repartiese todo el que acababa de -recibir. - -La orgía siguió; era una bacanal en regla. - -Epumer comenzó á ponerse como una ascua, terrible. - -Mariano quiso sacarme de allí: me negué, su hermano quería beber -conmigo y yo no quería abandonar el campo, exponiéndome á las sospechas -de aquellos bárbaros. - -Soy fuerte, contaba conmigo. - -Si la fortuna no me ayudaba, alguna vez se acababa todo, algún día -termina esta batalla de la vida en que todo es orgullo y vanidad. - ---Yapaí--me dijo Epumer, ofreciéndome un cuerno lleno de aguardiente. - ---Yapaí--contesté horripilado;--yo podía beber una botella de vino en -una sentada. Pero un cuerno, al mejor se la doy. - -En ese instante y mientras Epumer apuraba el cuerno, una voz suave me -llamó al oído. - -Di vuelta sorprendido, y me hallé con una fisonomía infantil, pero -enérgica. - ---Y ¿quién eres tú? - ---Un cristiano, Miguelito. - - - - - XXVII - - Pasión de Miguelito.--Los hombres son iguales en todas circunstancias - de la vida.--Retrato de Miguelito.--Su historia. - - -Miguelito había concebido por mí una de esas pasiones eléctricas, que -revelan la espontaneidad del alma; que son un refugio de las grandes -tribulaciones, que consuelan y fortalecen; que no retroceden ante -ningún sacrificio; que confunden al escéptico y al creyente lo llenan -de inefable satisfacción. - -Cruzamos el mar tempestuoso de la vida entre la angustia y el dolor, -la alegría y el placer, entre la tristeza y el llanto, el contento y -la risa; entre el desencanto y la duda, la creencia y la fe. Y cuando -más fuertes nos conceptuamos, el desaliento nos domina, y cuando más -débiles parecemos, inopinadas energías nos prestan el varonil aliento -de los héroes. - -Vivimos de sorpresa en sorpresa, de revelación en revelación, de -victoria en victoria, de derrota en derrota. - -Somos algo más que un dualismo; somos algo de complejo, de complicado ó -indescifrable. - -Y sin embargo, es falso que los hombres sean mejores en la mala fortuna -que en la buena; caídos que cuando están arriba, pobres que ricos. - -El avaro, nadando en la opulencia, no se cree jamás con deberes para el -desvalido. - -El generoso no calcula si lo superfluo de que hoy día se desprende, -será mañana para él una necesidad. - -El cobarde es siempre fuerte con los débiles, débil con los fuertes. - -El valiente, ni es opresor, ni se deja oprimir, puede -doblarse,--quebrarse jamás. - -El débil, busca quien le dé sombra, quien le gobierne y le dirija. - -El fuerte, ampara y protege, se basta á sí mismo. - -El virtuoso es modesto. - -El vicioso es audaz. - -Somos como Dios nos ha hecho. - -Es por eso que la caridad nos prescribe el amor, la indulgencia, la -generosidad. - -Es por eso que la grandeza humana consiste en adherirse á lo imperfecto. - -Tal hombre que yo amo, no merece mi estimación; tal otro que estimo, no -es mi amigo. - -La razón, es la inflexible lógica. - -El corazón, es la inexplicable versatilidad. - -Los problemas psicológicos son insolubles. - -¿De dónde brota para la planta la virtualidad de emisión? - -¿De la hoja, de la celda, de los pétalos, de los estambres, de los -ovarios? - -Misterio... - -Las fuerzas plásticas de la Naturaleza son generadoras. - -Quien dice biología, dice órganos productores. - -¿Pero cómo se operan los fenómenos de la vida? - -Del corazón nacen los grandes afectos y los grandes odios; del corazón -nacen los pensamientos sublimes y las sublimes aberraciones; del -corazón nace lo que me estremece y me enternece, lo que me consuela y -lo que me agita. - -¿Á impulsos de qué? - -Lo que ayer embellecía mi vida hoy me hastía; lo que ayer me daba la -vida, hoy me mata; ayer creía no poder vivir sin lo que hoy me falta, y -hoy descubro en mí gérmenes inesperados para resistir y sufrir. - -Como la lámpara que se extingue, pero que no muere, así es nuestro -corazón. - -Nos quejamos de los demás, jamás de nosotros mismos. - -¿Es que somos ingratos ó severos? - -¡No! - -Es que no nos entendemos. - -Si nos comprendiéramos no seríamos injustos, anhelando como anhelamos -el bien. - - _«There is a tide in the affairs of men, - Which, taken at the flood, leads on to fortune.»_ - -Que hay una marea en los negocios humanos que entrando en ella cuando -sube conduce á la fortuna. - -Sea de esto lo que fuere, una cosa es innegable,--que quien sabe sufrir -y esperar, á todo puede atreverse. Y si esto se negase, no me negarán -esto otro: que cuando el hombre tiene necesidad de un hombre y lo -busca, le halla. - -Nuestra desesperación no es frecuentemente más que el efecto de nuestra -impaciencia febril. - -La solidaridad humana es un hecho tangible,--en política, en economía -social, en religión, en amistad. - -La vida se consume cambiando servicios por servicios. La armonía -depende de este convencimiento vulgar, que está en la conciencia de -todos: hoy por ti mañana por mí. - -Es por eso que el tipo odioso por excelencia, es el de aquél que, -violando la sabia ley de la reciprocidad, se mancha eternamente con el -borrón de la ingratitud. - -Dante coloca á estos desgraciados en el cuarto recinto del último -infierno. - -Á los que entran allí.--_Vexilla regis prodeunt inferni_,--los -estandartes de Satanás salen á recibirlos y la cohorte diabólica -empiedra con sus cráneos la glacial morada. - -¡Cuántas veces sin buscar el hombre que necesitamos, no le hallamos en -nuestro camino! - -La aparición de Miguelito en el toldo de Mariano Rosas, es una prueba -de ello. - -Yo estaba amenazado de un peligro y no lo sabía. - -Miguelito me lo previno y me puse en guardia. Estar prevenido, es la -mitad de la batalla ganada. - -Miguelito tiene veinticuatro años. Es lampiño, blanco como el marfil -y el sol no ha tostado su tez; tiene ojos negros, vivos, brillantes -como dos estrellas, cejas pobladas y arqueadas, largas pestañas, frente -despejada, nariz afilada, labios gruesos, bien delineados, pómulos -salientes, cara redonda, negros y lacios cabellos largos; estatura -regular, más bien baja, anchas espaldas y una musculatura vigorosa. - -Sus cejas revelan orgullo, sus pómulos valor, su nariz perspicacia, sus -labios dulzura, sus ojos impetuosidad, su frente resolución. - -Vestía bota de potro, calzoncillos cribados con fleco, chiripá de -poncho inglés listado, camisa de Crimea mordoré, tirador con botones -de plata, sombrero de paja ordinaria, guarnecida de una ancha cinta -colorada; al cuello tenía atado un pañuelo de seda amarillo pintado de -varios colores; llevaba un facón con cabo de plata y unas boleadoras -ceñidas á la cintura. - -Ya he dicho que Miguelito es cristiano; me falta decir que no es -cautivo ni refugiado político. - -Miguelito está entre los indios huyendo de la justicia. - -Á los veinticuatro años ha pasado por grandes trabajos; tiene historia, -historia que vale la pena de ser contada, y que contaré,--antes de -seguir describiendo las escenas báquicas con Epumer,--tal cual él me lo -contó noches después de haberle conocido yendo en mi campaña de Leubucó -á las tolderías del cacique Baigorrita. - -Hablaré como él habló. - ---Yo era pobre, señor, y mis padres también. Mi madre vivía de su -conchabo; mi padre era gallista, yo corredor de carreras. - -Á veces mi padre y yo juntos, otras separadamente, nos conchabábamos de -peones carreteros, ó para acarrear ganados de San Luis á Mendoza. - -Los tres éramos nacidos y criados en el Morro, y allí vivíamos. Mi -viejo era un gaucho lindo, nadie pialaba como él, ni componía gallos -mejor; era joven y guapetón. No he visto hombre más alentado. Sólo -tenía el defecto de la chupa. Cuando tomaba le daba por celarla á mi -madre, que era muy trabajadora y muy buena, la pobre, que Dios la tenga -en gloria. - -Á más de eso, mi viejo era buen guitarrero, hombre bastante leído y -escribido pues sus primeros patrones, que fueron muy hacendados, lo -enseñaron bien. - ---¿Y cómo se llamaba tu padre? - ---Lo mismo que yo, mi Coronel, Miguel Corro. Somos de unos Corro de -la Punta de San Luis, que allí fueron gente de posibles en tiempo de -Quiroga. - -Pero mi madre, mi padre y yo, como le he dicho, hemos nacido en el -Morro, cerca del cerro, en un rancho que está en un terrenito que -siempre pasó por nuestro, aunque yo no sé de quién será. Si conoce el -Morro, mi Coronel, le diré dónde queda: queda hacia el ladito de abajo -de la quinta de D. Novillo, á quien cómo no ha de conocer, si es rico -como usted. - -La casa estaba casi siempre sola, porque mi madre se iba por la -mañanita al pueblo, y no volvía de su conchabo hasta después de la cena -de sus patrones. - -Mi padre y yo no parábamos; él por sus gallos, yo por los caballos que -tenía en compostura. - -Todos los días, tarde y mañana, tenía que caminarlos. Luego, el viejo -y yo éramos alegres y no perdíamos bailecito. Me quería mucho y -siempre me buscaba para que le acompañara; así es que yo era quien lo -disculpaba y lo componía con mi madre lo que se peleaban. - -De ese modo lo pasábamos y, aunque éramos pobres, vivíamos contentos, -porque jamás nos faltaban buenos reales con que comprar los vicios y -ropa. Caballos, ¡para qué hablar! Siempre teníamos superiores. - -En la casa donde mi madre estaba acomodada, había una niña muy -donosita, que yo veía siempre que iba por allí de paso, á hablar con la -vieja. - -Como los dos éramos muchachos, lo que nos veíamos nos reíamos. Yo al -principio creí que era juguete de la niña; pero después vi que me -quería y la empecé á hacerle el amor, hasta que mi madre lo supo, y me -dijo que no volviera más por allí. - -Le obedecí, y me puse á visitar otra muchacha, hija de un paisano amigo -de mi familia, que tenía algunos animales y muchas prendas de plata, -como que era hombre de unas manos tan baqueanas para el naipe, que de -cualquiera parte le sacaba á uno la carta que él quería. Era peine como -él solo. Nadie le ganaba al monte, ni al truco, ni á la primera. - -La hija de la patrona de mi madre se llamaba Dolores; la otra se -llamaba Regina. Ésta era buena muchacha; ¡pero de ánde como aquélla! - -No me acuerdo bien cuánto tiempo pasaría; debió pasar así como medio -año. - -Un día mi madre volvió á descubrir que yo seguía en coloquios con -la Dolores, siempre que podía, y se me enojó mucho, y aunque ya era -hombrecito me amenazó. - -Yo me reía de sus amenazas y seguí cortejando á Dolores y á la Regina; -porque las dos me gustaban y me querían. - -Ya usted sabe, mi Coronel, lo que es el hombre, cuantas ve, cuantas -quiere, ¡y las mujeres que necesitan poco! - -Yo no me acuerdo ni de lo que hice, ni de lo que contesté entonces. -Pero probablemente aprobé el dicho de Miguelito y suspiré. - -Miguelito prosiguió. - -Otro día, mi padre y mi madre me dijeron, que el padre de Regina les -había dicho que si ellos querían nos casaríamos; que él me habilitaría. -Que qué me parecía. - -Les contesté que no tenía ganas de casarme. Mi madre se puso furiosa, y -el viejo, que nunca se enojaba conmigo, también. Mi madre me dijo, que -ella sabía por qué era; que me había de costar caro, por no escuchar -sus consejos, que cómo me imaginaba que la Dolores podía ser mi mujer, -que al contrario, en cuanto la familia maliciara algo me echaría de -veterano; porque eran ricos y muy amigos del Juez y del Comandante -militar. - -Yo no escuchaba consejos, ni tenía miedo á nada y seguía mis amores con -la Dolores, aunque sin conseguir que me diera el sí. - -Mi madre estaba triste, decía que alguna desgracia nos iba á suceder; -ya la habían despedido de casa de la Dolores y de todo me echaba la -culpa á mí. - -De repente lo pusieron preso á mi padre, y lo largaron después; en -seguida me pusieron preso á mí, nada más que porque les dió la gana, lo -mismo que á mi padre. Usted ya sabe, mi Coronel, lo que es ser pobre y -andar mal con los que gobiernan. - -Pero me largaron también; y al largarme me dijo el teniente de la -partida, que ya sabía que había andado maleando. - ---¿Maleando cómo?--le pregunté. - ---En juntas contra el Gobierno--me contestó. - ---¿Y de ánde, mi Coronel? - -Todito era purita mentira. - -Lo que había era que ya me estaban haciendo la cama. - -Ni mi padre ni yo nunca habíamos andado con los colorados, porque no -teníamos más opinión que nuestro trabajo y nos gustaba ser libres, y -cuando se ofrecía una guardia, por no tomar una carabina, más bien le -pagábamos al Comandante, que es como se ve uno libre del servicio; si -no, es de balde. - -Una tarde, ya anochecía, estábamos en el fogón todos los de la casa; -sentimos un tropel, ladraron los perros y lueguito se oyó un ruido de -sables. - ---¿Qué será, qué no será?--decíamos. - -Mi madre se echó á llorar diciéndome: - ---Tú tienes la culpa de lo que va á suceder. - ---Usted sabe, mi Coronel, lo que son las mujeres y sobre todo las -madres para adivinar una desgracia. - -Parece que todo lo viesen antes de suceder, como le pasó á mi vieja -aquella noche. Porque al ratito de lo que le iba diciendo, ya llegó la -partida y se apeó el que la mandaba, haciendo que mi padre marchara con -él sin darle tiempo ni á que alzara el poncho. - -Se lo llevaron en cuerpito. - -Pasamos con mi madre una triste noche, muy triste, mirándonos, yo -callando y ella llorando sentada en una sillita al lado de su cama, -porque no se acostó. - -Al día siguiente, en cuanto medio quiso aclarar, ensillé, monté y me -fuí derechito al pueblo, á ver qué había. - -Lo acusaban á mi padre de un robo. - -Y decía que si no ponía personero, lo iban á mandar á la frontera. - -¿Y de ánde había de sacar plata para pagar personero, ni quién había de -querer ir? - -Me volví á mi casa bastante afligido con la noticia que le llevaba á mi -madre. Pero pensando que si me admitían por mi padre podía librarlo. - -Le conté á mi madre lo que sucedía, y le dije lo que quería hacer. - -Se quedó callada. - -Le pregunté qué le parecía. - -Siguió callada. - -Se enojó mucho, me echó; me fuí, volví tarde, los perros no ladraron, -porque me conocieron; llegué sin que me sintieran hasta la puerta del -rancho. - -La hallé hincada rezando, delante de un nicho que teníamos que era -_Nuestra Señora del Rosario_. - -Rezaba en voz muy baja; yo no podía oir sino el final de los Padres -Nuestros y de las Ave Marías. - -Contenía el resuello para no interrumpirla, cuando oí que dijo: - -«Madre mía y señora, ruega por él y por mi hijo.» - -Suspiré fuerte. - -Mi madre dió vuelta; yo entré en el rancho y la abracé. - -No me dijo nada. - -Con mi padre no se podía hablar, estaba incomunicado. - -Yo anduve unos cuantos días dando vueltas á ver si conseguía conversar -con él, y al fin lo conseguí. - -Me contó lo que había. - -No era nada. - -Todo era por hacernos mal. - -Querían que saliéramos del pago. - -Empezaban con él, seguirían conmigo. - -Á fuerza de plata, vendiendo cuanto teníamos, logramos que lo largaran. - -Para esto el Juez dió en visitar á mi madre solicitándola, y yo me tuve -que casar con Regina, porque su padre fué quien más dinero nos prestó -para comprar la libertad del mío. - -Desde el día en que mi padre salió de la prisión--esa noche me casé -yo,--ya no hubo paz en mi casa. - -El hombre se puso tristón, no lo pasaba sino en riñas con mi madre. - -Se le había puesto que la pobre había andado en tratos con el Juez, por -su libertad; creía que todavía andaba. - -¡Y qué había de andar, mi Coronel, si era una mujer tan santa! - -Pero ya sabe usted lo que es un hombre desconfiado. - -Mi padre lo era mucho. - ---¿Y á ti cómo te iba con la Regina?--le pregunté al llegar á esta -altura del relato. - ---Como el diablo--me contestó. - ---Pero, antes me has dicho que la querías y que te gustaba--agregué. - ---Es verdad, señor, pero es que á la Dolores la quería mucho también, y -me gustaba más--repuso. - ---¿Y la veías?--proseguí. - ---Todas las noches, señor, y de ahí vino mi desgracia y la de toda -mi familia--contestó con amargura, envolviéndose en una nube de -melancolía. - ---¡Pobre Miguelito!--exclamé interiormente, admirando aquella -ingenuidad infantil en un hombre cuyo brazo había estado resuelto, por -simpatía hacia mí, á darle una puñalada al tremendo y temido Epumer. - - - - - XXVIII - - Teoría sobre el Ideal.--Miguelito continúa contando su - historia.--Cuadro de costumbres. - - -Toda narración sencilla, natural, sin artificio ni afectación, halla -ecos simpáticos en el corazón. - -El ideal no puede realizarse sino manteniéndonos dentro de los límites -de la Naturaleza. - -¿Ó no existe, ó no es verdad? - -¿Ó no hay belleza plástica--rasgos, líneas, formas humanas perfectas? - -¿Ó no hay belleza aérea--accidentes, fenómenos fugitivos, perfección -moral? - -Miguelito me había cautivado. - -Era como una aparición novelesca en el cuadro romántico de mi -peregrinación; de la azarosa cruzada que yo había emprendido devorado -por una fiebre generosa de acción, con una idea determinada, y digo -determinada, porque siendo la capacidad del hombre limitada, para hacer -algo útil, grande ó bueno, tenemos necesariamente que circunscribir -nuestra esfera de acción. - -Viendo el tinte de tristeza que vagaba por su simpática fisonomía, lo -dejé un rato replegado sobre sí mismo, y cuando la nube sombría de sus -recuerdos se disipó le dije: - ---Continúa, hijo, la historia de tu vida me interesa. - -Miguelito continuó: - ---Yo no vivía con mis padres, ellos estaban sumamente pobres, y yo -había gastado cuanto tenía por la libertad de mi viejo. Tuve que irme á -vivir con la familia de Regina. - -Los primeros tiempos anduve muy bien con mi mujer. - -Mis suegros me querían y me ayudaban á trabajar, prestándome dinero, me -cuidaban y me atendían. - -Al principio todos los suegros son buenos. ¡Pero después! - -Por eso los indios tienen razón en no tratarse con ellos. - ---¿Conoce esa costumbre de aquí, mi Coronel? - ---No, Miguelito, ¿qué costumbre es ésa? - ---Cuando un indio se casa, y el suegro ó la suegra van á vivir con él, -no se ven nunca, aunque estén juntos. Dicen que los suegros tienen -_gualicho_. - -Fíjese lo que entre en un toldo y verá cómo cuelgan unas mantas para no -verse el yerno con la suegra. - ---Vaya una costumbre, que no anda tan desencaminada--exclamé para mis -adentros,--y dirigiéndome á mi interlocutor--continúa--le dije. - -Miguelito murmuró: - ---Son muy diantres estos indios, mi Coronel--y prosiguió así: - ---Al poco tiempo no más de estar casado con la Regina, ya comenzó mi -familia[1] á andar como mi padre y mi madre. - -Todos los días nos peleábamos, parecíamos perros y gatos. - -Y en todas las riñas que teníamos se metía mi suegro, algunas veces mi -suegra, siempre dándole la razón á la hija. - -Cuando la sacaba mejor tenía que salirme de la casa, dejando que me -gritasen pícaro, calavera, pobretón. - -Me daba rabia y no volvía en muchos días, me lo llevaba comadreando por -ahí, y era peor. - -Así es el mundo. - -De yapa cuando volvía, como la Regina estaba mal acostumbrada, porque -los padres la aconsejaban, no quería ser mi mujer. - -Me daba rabia y poco á poco le iba perdiendo el cariño. - -Es verdad que como la Dolores me recibía siempre de noche, á escondidas -de sus padres, que viéndome casado nada sospechaban de nuestros amores, -ya no tenía mucha necesidad de ella. - -Al hombre nunca le falta mujer, mi Coronel, como usted no ignora. - -Ya ve aquí; tiene uno cuantas quiere. - -Lo que suele faltar es plata. - -En habiendo, compra uno todas las que puede mantener. Mariano Rosas -tiene cinco ahora, y antes ha tenido siete. Calfucurá tiene veinte. -¡Qué indio bárbaro! - ---¿Y tú, cuántas tienes? - ---Yo no tengo ninguna, porque no hay necesidad. - ---¿Cómo es eso? - ---Sí; aquí la mujer soltera hace lo que quiere. - -Ya verá lo que le dice Mariano de las chinas y cautivas, de sus mismas -hijas. ¿Y por qué cree entonces que á los cristianos les gusta tanto -esta tierra? Por algo había de ser, pues. - -Me quedé pensando en las seducciones de la barbarie; y como había -tiempo para enterarme de ellas y quería conocer el fin de la historia -empezada, le dije: - ---¿Y te arreglaste al fin con tus suegros y con tu mujer propia? - ---Me arreglaba y me desarreglaba. Unos tiempos andábamos mesturados; -otros, yo por un lado, ellos por otro. - -Por último, Regina se había puesto muy celosa; porque, no sé cómo, supo -mis cosas con la Dolores. - -Hasta me amenazó una vez con que me había de delatar. - -Aquello era una madeja que no se podía desenredar y á más habían dado -en la tandita de hablar mal de mi madre, de modo que yo los oyera. -Decían que ella era mi tapadera y yo la del Juez. - -Una noche casi me desgracié con mi suegro. - -Si no es por Regina, le meto el alfajor hasta el cabo, por mal hablado. - -Era una picardía; porque mi madre, mi Coronel, era mujer de ley. - -Trabajaba como un macho todo el día, y rezar era su vida. - -Como sucede siempre en las familias, nos compusimos. Pero de los labios -para afuera. Adentro había otra cosa. - -Yo prudenciaba, porque mi madre me decía siempre: tené paciencia, hijo. - ---¿Y la Dolores?--le pregunté. - ---Siempre la veía, mi Coronel--me contestó. - ---¿Y cómo hacías? - ---Ahorita le voy á contar, y verá todas las desgracias que me -sucedieron. - -Yo iba casi todas las noches obscuras á casa de la Dolores. - -Saltaba la tapia y me escondía entre los árboles de la huerta, y allí -esperaba hasta que ella venía. - -Mi caballo lo dejaba maneado del lado afuera. - -Cuando la Dolores venía, porque no siempre podía hacerlo, nos -quedábamos un largo rato en amor y compañía, y luego me volvía á mi -casa. - -Un día mi madre me dijo: - -«Hijo, ya no lo puedo sufrir á tu padre; cada vez se pone peor con la -chupa; todo el día está dale que dale con el Juez. Me ha dicho que -si viene esta noche lo ha de matar á él y á mí. Y yo no me atrevo -á despedirlo; porque tengo miedo de que á ustedes les venga algún -perjuicio. Ya vez lo que sucedió la vez pasada. Y ahora con las bullas -que andan, se han de agarrar de cualquier cosa para hacerlos veteranos.» - -Con esta conversación me fuí muy pensativo á ver á la Dolores. - -Estuvimos como siempre, desechando penas. - -Nos despedimos, salté la tapia, desmanié mi flete, monté, le solté la -rienda y tomó el camino de la querencia al trotecito. - -Yo iba pensando en mi madre, diciendo:--Si le habrá sucedido -algo--mejor será que vaya para allá,--cuando el caballo se paró de -golpe. - -El animal estaba acostumbrado á que yo me apeara en mi camino á prender -un cigarrito, en un nicho en donde todas las noches ponían una vela por -el alma de un difunto. - -Me desmonté. - -El nicho tenía una puertita. - -Hacía mucho viento. - -Fuí á abrirla antes de haber armado el cigarro y se me ocurrió que si -se apagaba la luz, no lo podría encender. - -La dejé cerrada hasta armar bien. - -Acabé de hacerlo, abrí la puerta y teniendo el caballo de la rienda -con una mano y empinándome, porque el nicho estaba en una peña alta, -encendía el cigarro con la derecha cuando,--zás, trás, me pegaron un -bofetón. - -Solté la rienda, el caballo con el ruido se espantó y disparó; yo creí -que era el alma del difunto, que no quería que encendiera el cigarro en -su vela, me helé de miedo y eché á correr asustado, sin saber lo que me -pasaba, sin ocurrírseme de pronto que no era un bofetón lo que había -recibido, sino un portazo dado por el viento. - -Corría despavorido y había enderezado mal. En lugar de correr para -mi casa, que quedaba en las orillas, corría para el pueblo. La noche -estaba como boca de lobo. Se me figuraba que me corrían de atrás y de -adelante. De todos los lados oía ruido, nunca me he asustado más fiero, -mi Coronel. - -Al llegar á las calles del pueblo, la sangre se me iba calentando; y -veía claro en la obscuridad y oía bien. - -Muchas voces gritaban: - ---¡Por allí! ¡por allí! - ---¡Cáiganle! ¡dénle! - -Al doblar una cuadra me topé con unos cuantos, que no tuve tiempo de -reconocer. - ---¡Alto ahí!--me gritaron. - -Hice alto. - ---¿Quién es usted?--me preguntaron. - ---Miguel Corro--contesté. - ---¡Maten! ¡maten!--gritaron. - -Hicieron fuego de carabina, me dieron sablazos y caí tendido en un -charco de sangre. Por suerte no me pegaron ningún balazo. De no, ahí -quedo para toda la siega. - -Y esto diciendo, Miguelito cayó en una especie de sopor, del que volvió -luego. - ---¿Y?...--le dije. - ---Al día siguiente--prosiguió,--me desperté en el cuerpo de la guardia -de la partida. No podía ver bien porque la sangre cuajada me tapaba los -ojos. Quise levantarme, no pude. - -Me limpié la cara, poco á poco fuí viendo luz. Me habían puesto en el -cepo del pescuezo y de los pies. Ya sabe como son los de la partida de -policía, mi Coronel, los más pícaros de todos los pícaros, y los más -malos. - -Todo ese día no vi á nadie, ni oí más que ruido de gente que entraba y -salía. Estarían tomando declaraciones. - -Á la noche entró una partida y me tiró una tumba de carne. No tuve -alientos para comerla. Me estaba yendo en sangre. - -Como tenía las manos libres, me rompí la camisa, hice unas tiras y -medio me até las heridas, que eran en la cabeza y en la caja del -cuerpo. Estaba cerca de un rincón y alcancé á sacar unas telas de -araña. ¡Quién sabe de no cómo me va! - -Pasé una noche malísima; cuando no me despertaban los dolores, me -despertaban los ratones ó los murciélagos. ¡Qué haber de bichos, mi -Coronel! Los ratones me comían las botas y los murciélagos me chupaban -los cuajarones de sangre. - -Al otro día, reciencito, me sacaron del cepo, y me llevaron entre dos -adonde estaba el Juez. - -Me preguntaron que cómo me llamaba, que cuántos años tenía, y otras -cosas más. - -Me preguntaron que de dónde venía la noche que me prendieron, y por -no comprometer á la Dolores eché una mentira. Dije que de casa de mi -madre. Fué para perjuicio. - -Se me olvidaba decirle que el Juez no era el que yo conocía, el que -visitaba á mi madre, causante de tantos males en mi casa, sino otro -sujeto del Morro. - -Ese día no me preguntaron más. Al otro me tomaron otras declaraciones, -y al otro, otras, y así me tuvieron una porción de tiempo, -incomunicado, dándome á medio día una tumba de carne y un guámparo de -agua. - -Yo estaba medio loco, nada sabía de mi madre, ni de mi padre, ni de mi -mujer, ni de la Dolores. Creía que no se acordaban de mí y me daban -ganas de ahorcarme con la faja. - -Por fin una noche escuché una conversación del centinela con no sé -quién, y supe que yo había muerto al Juez. Así decían. Y decían también -que si no me fusilaban, me destinarían. Yo no entendía nada de aquel -barullo. - -Un día, el soldado de la partida que me daba de comer y beber, me hizo -una seña, como diciéndome: tengo algo que decirle. - -Le contesté con la cabeza, como diciendo: ya entiendo. - -Más tarde entró y me dijo: manda decir la hija de don... que si -necesita dinero que le avise. - -Temiendo que fuera alguna jugada que me quisieran hacer, contesté: déle -las gracias, amigo. - -Y cuando el policiano se iba á ir, le dije: me hace un favor, paisano; -¿me dice por qué estoy preso? - ---Eso lo sabrá usted mejor que yo. - ---¿Sabe usted si está en su casa mi padre, Miguel Corro? - ---Sí, está. - ---¿Y mi madre? - ---También. - ---¿Y dónde lo han muerto al Juez? - ---Cerca de la casa de usted, _pues_. ¿Para qué quiere hacerse el que no -sabe? ¡No ve que ya está todo descubierto! - -Me quedé confuso--no le pregunté nada más, y el hombre se fué. - -Á los pocos días me pusieron comunicado. - -Mi madre fué la primera persona que vi. ¡No le decía, mi Coronel, que -era una santa mujer! - -Por ella supe lo que había. Llorando me lo contó todo. ¡Pobrecita! Mi -padre había muerto de celos al Juez. Pero nadie sino ella lo había -visto. Y á mí me creían el asesino, porque me habían hallado corriendo -á pie, por las calles del pueblo, á deshoras. - -Mi vieja estaba muy afligida. Decía que decían, que me iban á fusilar y -que eso no podía ser, que yo qué culpa tenía. - -Yo le dije: mi madrecita, yo quiero salvar á mi padre. - -Ella lloraba... - -En ese momento entró uno de la partida y dijo:--Ya es hora de -retirarse. Se va á entrar el sol. - -Nos abrazamos, nos besamos, lloramos,--mi vieja se fué y yo me quedé -triste como un día sin sol. - -Me prometió volver al día siguiente, á ver qué se nos ocurría. - -Esto dijo Miguelito, y como quien tiene necesidad de respirar con -expansión para proseguir, suspiró... lágrimas de ternura arrasaron sus -ojos. - -Me enterneció. - - - NOTAS: - - [1] Nuestros paisanos le llaman así á la mujer, y viceversa. - - - - - XXIX - - El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina.--Monomanía - de la imitación.--Continuación de la historia de Miguelito.--Cuadro de - costumbres.--¿Qué es filosofar? - - -Cada zona, cada clima, cada tierra, da sus frutos especiales. Ni la -ciencia, ni el arte, inteligentemente aplicados por el ingenio humano -alcanzan á producir los efectos químico-naturales de la generación -espontánea. - -Las blancas y perfumadas flores del aire de las islas Paranaenses; -las esbeltas y verdes palmeras de Morería; los encumbrados y robustos -cedros del Líbano; los banianos de la India, cuyos gajos cayendo hasta -el suelo, toman raíces, formando vastísimas galerías de fresco y -tupido follaje, crecen en los invernáculos de los jardines zoológicos -de Londres y París. ¿Pero cómo? Mustios y sin olor aquéllos, bajas -y amarillentas éstas; enanos, raquíticos los unos; sin su esplendor -tropical los otros. - -Lo mismo en esa bella planta indígena, que se desarrolla del interior -al exterior; que vive de la contemplación y del éxtasis, que canta y -que llora, que ama y aborrece, que muere en el presente para poder -vivir en la posteridad. - -El aire libre, el ejercicio varonil del caballo, los campos abiertos -como el mar, las montañas empinadas hasta las nubes, la lucha, el -combate diario, la ignorancia, la pobreza, la privación de la dulce -libertad, el respeto por la fuerza; la aspiración inconsciente de -una suerte mejor--la contemplación del panorama físico y social de -esta patria,--produce un tipo generoso, que nuestros políticos han -perseguido y estigmatizado, que nuestros bardos no han tenido el valor -de cantar, sino para hacer su caricatura. - -La monomanía de la imitación quiere despojarnos de todo; de nuestra -fisonomía nacional, de nuestras costumbres, de nuestra tradición. - -Nos van haciendo un pueblo de zarzuela. Tenemos que hacer todos los -papeles, menos el que podemos. Se nos arguye con las instituciones, con -las leyes, con los adelantos ajenos. Y es indudable que avanzamos. - -Pero ¿no habríamos avanzado más estudiando con otro criterio los -problemas de nuestra organización é inspirándonos en las necesidades -reales de la tierra? - -Más grandes somos por nuestros arranques geniales, que por nuestras -combinaciones frías y reflexivas. - -¿Adónde vamos por ese camino? - -Á alguna parte, á no dudarlo. - -No podemos quedarnos estacionarios, cuando hay una dinámica social, que -hace que el mundo marche y que la humanidad progrese. - -¿Pero esas corrientes que nos modelan como blanda cera dejándonos -contrahechos, nos llevan con más seguridad y más rápidamente que -nuestros impulsos propios, turbulentos, confusos, á la abundancia, á la -riqueza, al reposo, á la libertad en la ley? - -Yo no soy más que un simple cronista; ¡felizmente! - -Me he apasionado de Miguelito, y su noble figura me arranca, á pesar -mío, ciertas reflexiones. Allí donde el suelo produce sin preparación -ni ayuda una alma tan noble como la suya, es permitido creer que -nuestro barro nacional empapado en sangre de hermanos, puede servir -para amasar sin liga extraña algo como un pueblo con fisonomía propia, -con el santo orgullo de sus antepasados, de sus mártires, cuyas cenizas -descansan por siempre en frías é ignoradas sepulturas. - -Miguelito siguió hablando. - ---Al día siguiente vino mi madre, trayéndome una olla de mazamorra, una -caldera, hierba y azúcar; hizo ella misma el fuego en el suelo, calentó -agua y me cebó mate. - -La Dolores le había mandado una platita con la peona, diciéndole que ya -sabía que andábamos en apuros; que no tuviese vergüenza, que la ocupara -si tenía alguna necesidad. - -Mientras tanto, mi mujer propia no parecía. Vea, mi Coronel, lo que es -casarse uno de mala gana, por la plata, como lo hacen los ricos. - -La peona de la Dolores le contó á mi madre, que la niña estaba enferma, -y le dió á entender de qué, y que yo debía ser el malhechor. - -Mi vieja me echó un sermón sobre esto. Me recordó los consejos que -yo nunca quise escuchar, porque así son siempre los hijos, y acabó -diciendo redondo: «Y ahora ¿cómo vas á remediar el mal que has hecho?» - -Me dió mucha vergüenza, mi Coronel, lo que mi madre me dijo; porque me -lo decía mucho mejor de lo que yo se lo voy contando y con unos ojos -que relumbraban como los botones de mi tirador. ¡Pobre mi vieja! Como -ella no había hecho nunca mal á nadie, y la había visto criarse á la -Dolores, le daba lástima que se hubiese desgraciado. - -¡Siquiera no te hubieses casado! me decía á cada rato. - -Yo suspiraba; nada más se me ocurría. ¡El hombre se pone tan bruto -cuando ve que ha hecho mal! - -Una caldera llenita me tomé de mate y toda la mazamorra, que estaba muy -rica. Mi madre pisaba el maíz como pocas y lo hacía lindo. - -Me curó después las heridas con unos remedios que traía; eran yuyos del -cerro. - -Después, de un atadito sacó una camisa limpia y unos calzoncillos y me -mudé. - -Me armó cigarros como para toda la noche, nos sentamos en frente uno de -otro, nos quedamos mirándonos un largo rato, y cuando estaba para irse, -se presentó el que le llevaba la pluma al Juez con unos papeles bajo el -brazo y dos de la partida. - -Le mandaron á mi madre que saliera y tuvo que irse. - -El Juez me leyó todas mis declaraciones y una porción de otras cosas, -que no entendí bien. Por fin me preguntó que si confesaba que yo era el -que había muerto al otro Juez. - -Me quedé suspenso, podían descubrir á mi padre y yo quería salvarlo. - -¿Para qué es un hijo, mi Coronel, no le parece? - ---Tienes razón--le contesté. - -Él prosiguió: - ---No se muere más que una vez, y alguna vez ha de suceder eso. - -El escribano me volvió á preguntar que qué decía. Le contesté, que yo -era el que había muerto al otro. - ---¿Por qué?--me dijo. - -Me volví á quedar sin saber qué contestar. - -El escribano me dió tiempo. - -Pensando un momento se me ocurrió decir, que porque en unas carreras, -siendo él rayero, sentenció en contra mía y me hizo perder la carrera -del gateado overo que era un pingo muy superior que yo tenía. Y era -cierto, mi Coronel, fué una trampa muy fiera que me hicieron, y desde -ese día ya anduvimos mal mi padre y yo; porque la parada había sido -fuerte y perdimos tuitito cuanto teníamos. - -Después me preguntó, que si alguien me había acompañado á hacer la -muerte, y le contesté que no; que yo solo lo había hecho todo, que no -tenían que culpar á naides. - -Que qué había hecho con la plata que tenía el Juez en los bolsillos. - -Le dije que yo no había tocado nada. - -Cuando menos los mismos de la partida lo habían saqueado, como lo -suelen hacer. Es costumbre vieja en ellos, y después le achacan la cosa -al pobre que se ha desgraciado. - -No me preguntó nada más, y se fué, y me volvieron á poner incomunicado, -y de esa suerte me tuvieron una infinidad de días. - -Ni con mi madre me dejaban hablar. Pero ella iba todos los días una -porción de veces á ver cuándo se podría y á llevarme que comer. - -Yo me aburría mucho de la prisión y estaba con ganas de que me -despacharan pronto, para no penar tanto; porque las heridas se habían -empeorado con la humedad del cuarto, y porque las sabandijas no me -dejaban dormir, ni de día ni de noche. - -Aquello no era vida. - -Volvió otro día el escribano y me leyó la sentencia. - -Me condenaba á muerte, vea lo que es la justicia, mi Coronel. ¡Y -dicen que los doctores saben todo! ¿Y si saben todo, cómo no habían -descubrido que no era el asesino del Juez aunque lo hubiera confesado? -¡Y muchos que después de la patriada de Caseros, no hablan sino de la -Constitución! - -Será cosa muy buena. Pero los pobres somos siempre pobres, y el hilo se -corta por lo más delgado. - -Si el Juez me hubiera muerto á mí en de veras, ¿á que no lo habían -mandado matar? - -He visto más cosas así, mi Coronel, y eso que todavía soy muchacho. - -El escribano me dejó solo. - -Pasé una noche como nunca. - -Yo no soy miedoso; ¡pero se me ponían unas cosas tan tristes! ¡tan -tristes! en la cabeza, que á veces me daba miedo la muerte. Pensaba, -pensaba en que si yo no moría moriría mi padre, y eso me daba aliento. -¡El viejo había sido tan bueno y tan cariñoso conmigo! Juntos habíamos -andado trabajando, compadreando, comadreando en jugadas y en riñas. -Cómo no le había de querer, hasta perder la vida por él--la vida, -que, al fin, cualquier día la rifa uno por una calaverada, ó en una -trifulca, en la que los pobres salen siempre mal. - -Qué ganas de tener una guitarra tenía, mi Coronel. - -En cuanto me volvieron á poner comunicado fué lo primerito que le pedí -á mi madre que llevara. Me la llevó y cantando me lo pasaba. - -Los de la partida venían á oirme todos los días, y ya se iban -haciendo amigos míos. Si hubiera querido fugarme me fugo. Pero por no -comprometerlos no lo hice. El hombre ha de tener palabra, y ellos me -decían siempre: no nos vaya á comprometer, amigo. - -Siempre que mi vieja iba á visitarme, me lo repetían; y el centinela se -retiraba y me dejaba platicar á gusto con ella. - -Mi madre no sabía nada todavía de que me hubieran sentenciado, y yo no -lo quería decir, porque la veía muy contenta creyendo que me iban á -largar, desde que nada se descubría, y no la quería afligir. - -Pero como nunca falta quien dé una mala noticia, al fin lo supo. - -Se vino zumbando á preguntármelo. - -¡En qué apuros me vi, mi Coronel, con aquella mujer tan buena que me -quería tanto! - -Cuando le confié la verdad, lloró como una Magdalena. - -Sus ojos parecían un arroyo, estuvieron lagrimeando horitas enteras. - -De pregunta en pregunta me sacó que yo había confesado ser el asesino -del Juez, por salvar al viejo. - -Y hubiera visto, mi Coronel, una mujer que no se enoja nunca, enojarse, -no conmigo, porque á cada momento me abrazaba y me besaba diciéndome mi -hijito, sino con mi padre. - ---Él, él no más tiene la culpa de todo, decía, y yo no he de consentir -que te maten por él; todito lo voy á descubrir. - -Y de pronto se secó los ojos, cesó de llorar, se levantó y se quiso ir. - ---¿Adónde va, mamita?--le dije. - ---Á salvar á mi hijo--me contestó. - -Iba á salir, le agarré de las polleras, y á la fuerza se quedó. - -Le rogué muchísimo que no hiciera nada, que tuviera confianza en la -Virgen del Rosario, de la que era tan devota, que todavía podía hacer -algo y salvarme. - -Usted sabe, mi Coronel, lo que es la suerte del hombre. Cuando más -alegre anda, lo refriegan, y cuando más afligido está, Dios lo salva. - -Yo he tenido siempre mucha confianza en Dios. - ---Y has hecho bien--le dije.--Dios no abandona nunca á los que creen en -él. - ---Así es, mi Coronel, por eso esa vez, y después otras me he salvado. - ---¿Y qué hizo tu madre? - ---Cedió á mis ruegos, y se fué diciendo: esta noche le voy á poner -velas á la Virgen y ella nos ha de amparar. - -Y como la Virgencita del nicho, de que antes le he hablado, mi Coronel, -era muy milagrosa, sucedió lo que mi vieja esperaba, me salvó. - -Miguelito hizo una pausa. - -Yo me quedé filosofando. - -¡Filosofando! - -Sí; filosofar es creer en Dios ó reconocer que el mayor de los -consuelos que tienen los míseros mortales, es confiar su destino á la -protección misteriosa, omnipotente de la religión. - -Por eso al grito de los escépticos, yo contesto, como Fenelón: - -_¡Dilatamini!_ - -Si hay un _anankè_,[2] hay también quien mira, quien ve, quien protege, -resguarda, ama y salva á sus criaturas, sin interés. - -Cuando me arranquéis todo, si no me arrancáis esa convicción suave, -dulce, que me consuela y me fortalece, ¿qué me habréis arrancado? - - - NOTAS: - -[2] ἀνάγκη en griego: fatalidad. - - - - - XXX - - Mi vademécum y sus méritos.--En qué se parece Orión á - Roqueplán.--Dónde se aprende el mundo.--Concluye la historia de - Miguelito. - - -Quiero empezar esta carta ostentando un poco mi erudición á la violeta. - -Yo también tengo mi vademécum de citas--es un tesoro como cualquier -otro. - -Pero mi tesoro tiene un mérito. No es herencia de nadie. Yo mismo me lo -he formado. - -En lugar de emplear la mayor parte del tiempo en pasar el tiempo, me he -impuesto ciertas labores útiles. - -De ese modo, he ido acumulando, sin saberlo, un bonito capital, como -para poder exclamar cualquier día: _anche io son pittore_. - -Mi vademécum tiene, á más del mérito apuntado, una ventaja. Es muy -manuable y portátil. Lo llevo siempre en el bolsillo. - -Cuando lo necesito, lo abro, lo hojeo y lo consulto en un verbo. - -No hay cuidado que me sorprendan con él en la mano, como á esos -literatos cuyo bufete es una especie de sancta sanctórum. - -¡Cuidado con penetrar en el estudio vedado sin anunciarlos cuando están -pontificando! - -¡Imprudentes! - -¡Os impondríais de los misteriosos secretos! - -¡Le arrancaríais á la esfinge el tremendo arcano! - -¡Perderíais vuestras ilusiones! - -Veríais á vuestros sabios en camisa, haciéndose un traje pintado con -las plumas de la ave silvana, de negruzcas alas, de rojo pico y pies, -de grandes y negras uñas. - -Yo no sé más de lo que está apuntado en mi vademécum por índice y orden -cronológico. - -No es gran cosa. Pero es algo. - -Hay en él todo. - -Citas _ad hoc_, en varios idiomas que poseo bien y mal, anécdotas, -cuentos, impresiones de viaje, juicios críticos sobre libros, hombres, -mujeres, guerras terrestres y marítimas, bocetos, esbozos, perfiles, -siluetas. Por fin, mis memorias hasta la fecha del año del Señor que -corremos, escritas en diez minutos. - -Si yo diera á luz mi vademécum no sería un librito tan útil como el -almanaque. Sería, sin embargo, algo entretenido. - -Yo no creo que el público se fastidiaría leyendo, por ejemplo: - -¿Qué puntos de contacto hay entre Epaminondas, el municipal de Tebas, -como lo llamaba el demagogo Camilo Desmoulins, y don Bartolo? - -¿Qué frac llevaba nuestro actual Presidente cuando se recibió del -poder; en qué se parece su cráneo insolvente de pelo á la cabeza de -Sócrates? - -¿En qué se parece _Orión_ á Roqueplán? este _Orión_, de quien sacando -una frase de mi vademécum,--ajena por supuesto,--puede decirse que es -la personalidad porteña más porteña, el hombre y el escritor que tiene -á Buenos Aires en la sangre, ó mejor dicho una encarnación andante y -pensante de esta antigua y noble ciudad; que en este océano de barro, -no hay un solo escollo que él no haya señalado; que en los entretelones -ha aprendido la política, que como periodista y hombre á la moda, ha -enriquecido la literatura de la tierra, á los sastres y sombrereros; -que las cosas suyas, después de olvidadas aquí, van á ser cosas nuevas -en provincias; que no habría sido el primer hombre en Roma la brutal, -pero que lo habría sido en Atenas la letrada; que conoce á todo el -mundo y á quien todo el mundo conoce; que se hace aplaudir en Ginebra, -que se hace aplaudir en Córdoba la levítica, hablando con la libertad -herética de un francmasón; que se hace aplaudir en el Rosario, la -ciudad californiana, á propósito de la fraternidad universal; que se -hace aplaudir en Gualeguaichú, disertando en tiempos de Urquiza, sobre -la justicia y los derechos inalienables del ciudadano; que puede ser -profeta en todas partes _ed altri siti_, menos... iba á decir en su -tierra; que no ha podido ser municipal en ella, que hoy cumple treinta -y ocho años, y á quien yo saludo con el afecto íntimo y sincero del -hermano en las aspiraciones y en el dolor, aunque digan que esto es -traer las cosas por los cabellos. - -Sí, _Orión_ amigo, yo te deseo, y tú me entiendes,--«la fuerza de -la serpiente y la prudencia del león»,--como diría un _Bourgeois -gentil-homme_, cambiando los frenos al entrar en tu octavo lustro, -frisando en la vejez, en ese período de la vida en que ya no podemos -tener juicio, porque no es tiempo de ser locos. ¿Me entiendes? - -Y con esto lector, entro en materia. - -Lo que sigue es griego, griego helénico, no griego porque no se -entiende. - -_Ek te biblion kubernetes_. - -Yo también he estudiado griego. - -Monsieur Rouzy puede dar fe, y tú, Santiago amigo, fuiste quien me lo -metió en la cabeza. - -Es una de las cosas menos malas que le debo á tu inspiración -mefistofélica. - -Tú fuiste quien me apasionó por el hombre del capirotazo. - -¿Acaso yo le conocía bien en 1860? - -En prueba de que sé griego, como un colegial, ahí va la traducción de -dicho anónimo: - -«No se aprende el mundo en los libros». - -Aquí era donde quería llegar. - -Los circunloquios me han demorado en el camino. - -Siento tener que desagradecer á mi ático amigo Carlos Guido, cuyo buen -gusto literario los abomina. Sírvame de excusa el carácter confidencial -del relato. - -Sí, el mundo no se aprende en los libros; se aprende observando, -estudiando los hombres y las costumbres sociales. - -Yo he aprendido más de mi tierra yendo á los indios Ranqueles, que en -diez años de despestañarme, leyendo opúsculos, folletos, gacetillas, -revistas y libros especiales. - -Oyendo á los paisanos referir sus aventuras,--he sabido cómo se -administra la justicia, cómo se gobierna, qué piensan nuestros criollos -de nuestros mandatarios y de nuestras leyes. - -Por eso me detengo más de lo necesario quizá en relatar ciertas -anécdotas, que parecerán cuentos forjados para alargar estas páginas y -entretener al lector. - -¡Ojalá fuera cuento la historia de Miguelito! - -Desgraciadamente ha pasado tal cual la narro, y si fija la atención un -momento, es porque es verdad. Tiene ésta un gran imperio hasta sobre la -imaginación. - -Miguelito siguió hablando así: - ---Las voces que andaban era que pronto me fusilarían, porque iba á -haber revolución y me podía escapar. - -¡Figúrese cómo estaría mi madre, mi Coronel! Todo se le iba en velas -para la Virgen. - -Día á día me visitaba, pidiéndome que no me afligiera, diciéndome que -la Virgen no nos había de abandonar en la desgracia, que ella tenía -experiencia y que más de una vez había visto milagros. - -Yo no estaba afligido sino por ella. - -Quería disimular. ¡Pero qué! era muy ducha y me lo conocía. - -Usted sabe, mi Coronel, que los hijos por muy ladinos que sean no -engañan á los padres, sobre todo á la madre. - -Vea si yo pude engañar á mi vieja cuando entré en amores con la Dolores. - -¡Qué había de poder! - -En cuanto empezó la cosa me lo reconoció, y me mandó que me fuera con -la música á otra parte. - -Bien me arrepiento de no haber seguido su consejo. - -La Dolores no hubiera padecido tanto como padeció por mí. - -Pero los hijos no seguimos nunca la opinión de nuestros padres. - -Siempre creemos que sabemos más que ellos. - -Al fin nos arrepentimos. - -Pero entonces ya es tarde. - ---Nunca es tarde cuando la dicha es buena--le interrumpí. - -Suspiró y me contestó: - ---¡Qué! mi Coronel, hay males que no tienen remedio. - ---¿Y has vuelto á saber de la Dolores?--le pregunté. - ---Sí, mi Coronel--me contestó,--se lo voy á confesar porque usted es -hombre bueno, por lo que he visto y las mentas que les he oído á los -muchachos que vienen con usted. - ---Puedes tener confianza en mí--repuse. - -Y él prosiguió: - ---Siempre que puedo hacer una escapada, si tengo buenos caballos, me -corto solo, tomo el camino de la laguna del Bagual, llego hacia el -Cuadril, espero en los montes la noche. Paso el Río 5.º, entro en Villa -de Mercedes, donde tengo parientes, me quedo allí por unos días, me voy -después en dos galopes al Morro, me escondo en el Cerro, en lo de un -amigo, y de noche visito á mi vieja y veo á la Dolores que viene á casa -con la chiquita. - ---¿Entonces tuvo una hija?--le dije. - ---Sí, mi Coronel--me contestó.--¿No le conté antes que nos habíamos -desgraciado? - ---¿Y á tu mujer no la sueles ver? - ---¡Mi mujer!--exclamó,--lo que hizo fué enredarse con un estanciero. - -Y dice la muy perra que está esperando la noticia de mi muerte para -casarse. ¡Y que se casaban con ella! ¡Como si fuera tan linda! - ---¿Y otros paisanos de los que están aquí salen como tú y van á sus -casas? - ---El que quiere lo hace; usted sabe, mi Coronel, que los campos no -tienen puertas; las descubiertas de los fortines, ya sabe uno á qué -hora hacen el servicio, y luego, al frente casi nunca salen. - -Es lo más fácil cruzar el Río 5.º y la línea, y en estando á -retaguardia ya está uno seguro, porque ¿á quién le faltan amigos? - ---Entonces, constantemente estarán yendo y viniendo de aquí para allá. - ---Por supuesto. Si aquí se sabe todo. - -Los Videla, que son parientes de don Juan Saa, cuando les da la gana, -toman una tropilla; llegan á la Jarilla, la dejan en el monte, y con -caballo de tiro se van al Morro, compran allí lo que quieren, ellos -mismos á veces, en las tiendas de los amigos y después se vuelven con -cartas para todos. - -Algunas veces suelen llegar á Renca, que ya ve donde queda, mi Coronel. - -Á medida que Miguelito hablaba, yo reflexionaba sobre lo que es -nuestro país; veía la complicidad de los moradores fronterizos en las -depredaciones de los indígenas y el problema de nuestros odios, de -nuestras guerras civiles y de nuestras persecuciones, complicado con el -problema de la seguridad de las fronteras. - -Le escuchaba con sumo interés y curiosidad. - -Miguelito prosiguió: - ---El otro día cuando usted llegó, mi Coronel, los Videla habían andado -por San Luis; vinieron con la voz de que usted y el general Arredondo -estaban en la Villa de Mercedes, y diciendo que por allí se decía que -ahora sí que las paces se harían. - -Deseando conocer el desenlace de la historia de los amores de -Miguelito, le dije: - ---¿Y la Dolores vive con sus padres? - ---Sí, mi Coronel--me contestó,--son gente buena y rica, y cuando han -visto á su hija en desgracia no la han abandonado; la quieren mucho á -mi hijita. Si algún día me puedo casar ellos no se han de oponer, así -me lo ha dicho la Dolores. - -¡Pero cuándo se muere la otra! Luego yo no puedo salir de aquí porque -la justicia me agarraría y mucho más del modo cómo me escapé. - ---¿Y cómo te escapaste? - ---Seguía preso. Mi madre vino un día y me dijo: - -Dice tu padre que estés alerta, que él no tiene opinión, que lo han -convidado para una jornada, que se anda haciendo rogar á ver si son -espías; que en cuanto esté seguro que juegan limpio se va á meter en la -cosa con la condición de que lo primero que han de hacer es asaltar la -guardia y salvarte; que de no, no se mete. - -En eso anda. No hay nada concluido todavía. Esta noche han quedado de -ir los hombres y mañana te diré lo que convengan. - -Yo lo animo á tu padre, haciéndole ver que es el único remedio que -nos queda, y le pongo velas á la Virgen para que nos ayude. Todas las -noches sueño contigo y te veo libre, y no hay duda que es un aviso de -la Virgen. - -Al día siguiente volvió mi madre. Todo estaba listo. Lo que faltaba era -quien diera el grito. Decían que don Felipe Saa debía llegar de oculto -á las dos noches, y que él lo daría; que si no venía, como había un día -fijo, lo daría el que fuese más capaz de gobernar la gente que estaba -apalabrada. Don Juan Saa debía venir de Chile al mismo tiempo. - -Bueno, mi Coronel, sucedió como lo habían arreglado. - -Una noche al toque de retreta, unos cuantos que estaban esperando en la -orilla del pueblo, atropellaron la casa del Juez, otros la Comandancia, -y mi padre con algunos amigos cargó la Policía. - -Para esto, un rato antes ya los habían emborrachado bien á los de la -partida. Algunos quisieron hacer la pata ancha. ¡Pero qué! los de -afuera eran más. Entraron, rompieron la puerta del cuarto en que yo -estaba y me sacaron. - -Cuando estuve libre mi padre me dijo: «Dame un abrazo hijo, yo no te he -querido ver porque me daba vergüenza verte preso por mi mala cabeza, y -porque no fueran á sospechar alguna cosa». - -Casi me hizo llorar de gusto el viejo; le habían salido pelos blancos, -y no era hombre grande, todavía era joven. - -Esa noche el Morro fué un barullo, no se oyeron más que tiros, gritos y -repiques de campana. - -Murieron algunos. - -Yo lo anduve acompañando á mi padre y evité algunas desgracias porque -no soy matador. Querían saquear la casa de la Dolores, con achaque de -que era _salvaje_, yo no lo permití, primero me hago matar. - -Por la mañana vino una gente del Gobierno y tuvimos que hacernos humo. -Unos tomaron para la Sierra de San Luis, otros para la de Córdoba. Mi -padre, como había sido tropero, enderezó para el Rosario. Yo, por tomar -un camino tomé otro,--galopé todo el santo día,--y cuando acordé me -encontré con una partida. Disparé, me corrieron, yo llevaba un pingo -como la luz, ¡qué me habían de alcanzar! Fuí á sujetar cerca del Río -5.º, por esos lados de Santo Tomé. Entonces no había puesto usted -fuerzas allí, mi Coronel; me topé con unos indios, me junté con ellos, -me vine para acá, y acá me he quedado, hasta que Dios, ó usted, me -saquen de aquí, mi Coronel. - ---¿Y tu padre, qué suerte ha tenido, lo sabes?--le pregunté. - ---Murió del cólera--me contestó con amargura, exclamando:--¡pobre -viejo! ¡era tan chupador! - -Y con esto termina la historia real de Miguelito, que _mutatis -mutandis_, es la de muchos cristianos que han ido á buscar un asilo -entre los indios. - -Ese es nuestro país. - -Como todo pueblo que se organiza, él presenta cuadros los más opuestos. - -Grandes y populosas ciudades como Buenos Aires, con todos los placeres -y halagos de la civilización, teatros, clubs, jardines, paseos, -palacios, templos, escuelas, museos, vías férreas, una agitación -vertiginosa--en medio de unas calles estrechas, fangosas, sucias, -fétidas, que no permiten ver el horizonte, ni el cielo limpio y puro, -sembrado de estrellas relucientes,--en las que yo me ahogo, echando de -menos mi caballo. - -Fuera de aquí, campos desiertos, grandes heredades, donde vegeta el -proletario en la ignorancia y la estupidez. - -La iglesia, la escuela, ¿dónde están? - -Aquí el ruido del tráfago y la opulencia que aturde. - -Allá, el silencio de la pobreza y la barbarie que estremece. - -Allí, todo aglomerado como un grupo de moluscos, asqueroso por el -egoísmo. - -Allí, todo disperso, sin cohesión, como los peregrinos de la tierra de -promisión,--por el egoísmo también. - -Tesis y antítesis de la vida de una república. - -Eso dicen que es gobernar y administrar. - -¡Y para lucirse mejor, todos los días clamando por gente, pidiendo -inmigración! - -Me hace el efecto de esos matrimonios imprevisores, sin recursos, -miserables, cuyo único consuelo es el de la palabra del verbo,--creced -y multiplicaos. - - - - - XXXI - - Ojeada retrospectiva.--El valor á media noche, es el valor - por excelencia.--Miedo á los perros.--Cuento al caso.--Qué es - loncotear.--Sigue la orgía.--Epumer se cree insultado por mí.--Una - serenata. - - -Estábamos en el toldo de Mariano Rosas cuando conocí por primera vez á -Miguelito. - -La orgía había comenzado: - - «Éste chilla, algunos lloran, - Y otros á beber empiezan, - De la chusma todo al cabo - La embriaguez se enseñorea.» - -Los franciscanos comprendiendo que aquello no rezaba con ellos, se -pusieron en retirada, refugiándose en el rancho de Ayala; los oficiales -se habían colocado á distancia de poder acudir en auxilio mío si era -necesario; los asistentes rodeaban la enramada con disimulo; Camilo -Arias, con su aire taciturno, se me aparecía de vez en cuando como -una sombra, diciéndome de lejos con su mirada ardiente, expresiva, -penetrante: por aquí ando yo. - -Por bien templado que tengamos el corazón, es indudable que el -silencio, la soledad, el aislamiento y el abandono hacen crecer el -peligro en la medrosa imaginación. - -Es por eso que el valor á media noche, es el valor por excelencia. - -Las tinieblas tienen un no sé qué de solemne, que suele helar la sangre -en las venas hasta congelarla. - -Yo no creo que exista en el mundo un solo hombre que no haya tenido -miedo alguna vez de noche. - -De día, en medio del bullicio, ante testigos, sobre todo ante mujeres, -todo el mundo es valiente, ó se domina lo bastante para ocultar su -miedo. - -Yo he dicho por eso alguna vez: el valor es cuestión de público. - -El hombre que en presencia de una dama hace acto de irresolución puede -sacar patente de cobarde. - -Yo tengo un miedo cerval á los perros, son mi pesadilla; por donde hay, -no digo perros, un perro, yo no paso por el oro del mundo si voy solo, -no lo puedo remediar, es un heroísmo superior á mí mismo. - -En Rojas, cuando era capitán, tenía la costumbre de cazar. - -De tarde tomaba mi escopeta y me iba por los alrededores del pueblito. - -En dirección al bañado, donde los patos abundaban más, había un rancho. - -Inevitablemente debía pasar por allí si quería ahorrarme un rodeo por -lo menos de tres cuartos de legua. - -Pues bien. Venirme la idea de salir y asaltarme el recuerdo de un -mastín que habitaba el susodicho rancho, era todo uno. - -Desde este instante formaba la resolución valiente de medírmelas con él. - -Salía de mi casa y llegaba al sitio crítico, haciendo cálculos -estratégicos, meditando la maniobra más conveniente, la actitud más -imponente, exactamente como si se tratara de una batalla en la que -debiera batirme cuerpo á cuerpo. - -En cuanto el can diabólico me divisaba, me conocía; estiraba la cola, -se apoyaba en las cuatro patas dobladas, quedando en posición de -asalto, contraía las quijadas y mostraba dos filas de blancos y agudos -dientes. - -Eso sólo bastaba para que yo embolsase mi violín. Avergonzado de mí -mismo, pero diciéndome interiormente:--«El miedo es natural en el -prudente,--cambiaba de rumbo, rehuyendo al peligro». - -Un día me amonesté antes de salir, me proclamé, me palpé á ver si -temblaba. - -Estaba entero, me sentí hombre de empresas, y me dije: _pasaré_. - -Salgo, marcho, avanzo y llego á Rubicón. - -¡Miserable! temblé, vacilé, luché, quise hacer de tripas corazón pero -fué en vano. - -Yo no era hombre, ni soy ahora, capaz de batirme con perros. - -Juro que los detesto, si no son mansos, inofensivos como ovejas, aunque -sean falderos, cuscos ó pelados. - -Mi adversario, no sólo me reconoció, sino que en la cara me conoció que -tenía miedo de él. - -Maquinalmente bajé la escopeta que llevaba al hombro. - -Sea la sospecha de un tiro, sea lo que fuese, el perro hizo una -evolución, tomó distancia y se plantó, como diciendo: descarga tu arma -y después veremos. - -¿Habría hecho el perro lo mismo con cualquier otro caminante? - -Probablemente no. - -Era manso, yo lo averigüé después. - -Pero es que yo no le había caído en gracia, y que conociendo mi -debilidad, se divertía conmigo, como yo podía haberlo hecho con un -muchacho. - -No hay que asombrarse de esto. La memoria en los animales, á falta de -otras facultades, está sumamente desarrollada. - -Cualquier caballo, mula, jumento ó perro, nos aventaja en conocer el -intrincado camino por donde tenemos costumbre de andar. - -Los pájaros se trasladan todos los años de un país á otro, emigrando á -más ó menos distancia, según sus necesidades fisiológicas. - -Ahí están las golondrinas que, después de larga ausencia vuelven á -la guarida de la misma torre, del mismo techo, del mismo tejado, que -habitaron el año anterior. - -Queda de consiguiente fuera de duda que lo que el perro hacía conmigo, -lo hacía á sabiendas. ¡Pícaro perro! - -Hubo un momento en que casi lo dominé. ¡Ilusión de un alma pusilánime! - -Al primer amago de carga eché á correr con escopeta y todo; los -ladridos no se hicieron esperar, esto aumentó el pánico, de tal modo, -que el animal ya no pensaba en mí y yo seguía desolado por esos campos -de Dios. - -Y sin embargo, si yo hubiera ido en compañía de alguna dama, el muy -astuto no me corre. - -Y ella habría huido. - -Las mujeres tienen el don especial de hacernos hacer todo género de -disparates, inclusive el de hacernos matar. - -Yo me bato con cualquier perro, aunque sea de presa, por una mujer, -aunque sea vieja y fea, si soy su _cabaleiro servente_. - -Otro se suicida por una mujer, con pistola, navaja de barba, veneno ó -arrojándose de una torre. No hay que discutirlo. - -Hay héroes porque hay mujeres. - -Y es mejor no pensarlo--¿qué sería el hermoso planeta que habitamos, -sin ellas? - -La presencia é inmediación de los míos, el orgullo de no dejarme -avasallar, ni sobrepujar por aquellos bárbaros en nada y por nada, me -hacían insistir contra las reiteradas instancias de Mariano Rosas, en -no retirarme. - -Mi principal temor era embriagarme demasiado. Á una _loncoteada_ no le -temía tanto. - -_Loncotear_, llaman los indios á un juego de manos, bestial. - -Es un pugilato que consiste en agarrarse dos de los cabellos y en hacer -fuerza para atrás, á ver cuál resiste más á los tirones. - -Desde chiquitos se ejercitan en él. - -Cuando á un indiecito le quieren hacer un cariño varonil, le tiran de -las mechas, y si no le saltan las lágrimas le hacen este elogio: _ese -toro_. - -El toro es para los indios el prototipo de la fuerza y del valor. El -que es toro, entre ellos, es un nene de cuenta. - -Los «_yapaí_, hermano» ¡no cesaban! - -Epumer la había emprendido conmigo, y un indiecito Caiomuta, que jamás -quiso darme la mano, so pretexto de que yo iba de mala fe: ¡_Winca_ -engañando! salía constantemente de sus labios. - -El vino y el aguardiente corrían como agua, derramados por la trémula -mano de los beodos, que ya rugían como fieras, ya lloraban, ya -cantaban, ya caían como piedras, roncando al punto ó trasbocando, como -atacados del cólera. - -Aquello daba más asco que miedo. - -Todos me trataban con respeto, menos Epumer y Caiomuta. - -Tambaleaban de embriaguez. - -Epumer llevaba de vez en cuando la mano derecha al cabo de su -refulgente facón, y me miraba con torvo ceño. - -Miguelito me decía: - ---No se descuide por delante, mi Coronel, aquí estoy yo por detrás. - -Cuando rehusaba un _yapaí_, gruñían como perros, la cólera se pintaba -en sus caras vinosas y murmuraban iracundas palabras que yo no podía -entender. - -Miguelito me decía: - ---Se enojan porque usted no bebe, mi Coronel; dicen que lo hace por no -descubrir sus secretos con la chupa. - -Yo entonces me dirigí á alguno de los presentes y lo invitaba, -diciéndole: - ---_Yapaí_, hermano, y apuraba el cuerno ó el vaso. - -Una algazara estrepitosa, producida por medio de golpes dados en la -boca abierta, con la palma de la mano, estallaba incontinenti. - -¡¡¡Babababababababababababababababa!!! - -Resonaba ahogándose los últimos ecos en la garganta de aquellos sapos -gritones. - -Mientras el licor no se acabara, la saturnal duraría. - -La tarde venía. - -Yo no quería que me sorprendiera la noche entre aquella chusma -hedionda, cuyo cuerpo contaminado por el uso de la carne de yegua, -exhalaba nauseabundos efluvios; regoldaba á todo trapo, cada eructo -parecía el de un cochino cebado con ajos y cebollas. - -En donde hay indios, hay olor á asafétida. - -Intenté levantarme del suelo para retirarme á la sordina, viendo que -la mayoría de los concurrentes estaba ya achumada. - -Epumer me lo impidió. - -_¡Yapaí! ¡yapaí!_ me dijo. - -_¡Yapaí! ¡yapaí!_ contesté. - -Y uno después de otro cumplimos con el deber de la etiqueta. - -El cuerno que se bebió él tenía la capacidad de una cuarta. - -Una dosis semejante de aguardiente era como para voltear á un elefante, -si estos cuadrúpedos fuesen aficionados al trago. - -Medio perdió la cabeza. - -Al llevar yo el mío á los labios, me santigüé con la imaginación como -diciendo: Dios me ampare. - -Jamás probé brebaje igual. Vi estrellas, sombras de todos colores, un -mosaico de tintes atornasolados, como cuando por efecto de un dolor -agudo apretamos los párpados, y cerrando herméticamente los ojos la -retina ve visiones informes. - -Al enderezarse Epumer, yo no sé qué chuscada le dije. - -El indio se puso furioso; quiso venírseme á las manos. - -Mariano Rosas y otros le sujetaron; me pidieron encarecidamente que me -retirara. - -Me negué; insistieron, me negué, me negué tenazmente. - -Me hicieron presente que cuando se _caldeaba_, se ponía fuera de sí, -que era mal intencionado. - ---No hay cuidado--fué toda mi contestación. - -El indio pugnaba por desasirse de los que le tenían; quería abalanzarse -sobre mí, su mano estaba pegada al facón. - -Pataleaba, rugía, apoyaba los talones en el suelo, endurecía el cuerpo -y se enderezaba como galvanizado. - -Sus ojos me seguían, los míos no le dejaban. - -En uno de los esfuerzos que hizo sacó el facón. - -Era una daga acerada de dos filos, con cruz y cabo de plata; y en un -vaivén llegó á ponerse casi sobre mí. - ---Cuidado, mi Coronel--me dijo Miguelito, interponiéndose, y hablándole -al salvaje en su lengua con acento dulcísimo. - ---¡Cuidado!--gritaron varios. - -Yo, afectando una tranquilidad que dejase bien puesto el honor de mi -sangre y de mi raza: - ---No hay cuidado--contesté. - -El esfuerzo convulsivo supremo, hecho por el indio, agotó el resto de -sus fuerzas hercúleas enervadas por los humos alcohólicos. - -Los que le sujetaban, sintiéndole desfallecer abandonaron el cuerpo á -su propia gravedad; cumplióse la inmutable ley: - -_¡E caddi, come corpo morto cade!_ - -Cesó la agitación. - -Queriendo saber qué causa, qué motivo, qué palabras mías pusieran fuera -de sí á mi contendor, pregunté: - ---¿Por qué se ha enojado? - ---Porque usted le ha llamado perro--dijo uno. - ---Es falso--dijo Miguelito en araucano; el Coronel habló de perros; -pero no dijo que Epumer fuera perro. - -Nadie respondió. - -Efectivamente, en la broma que intenté hacerle á Epumer, por ver si lo -arrancaba á sus malos pensamientos, no sé cómo interpolé el vocablo -perros. - -Para los indios, como para los árabes, no había habido insulto mayor -que llamarles _perro_. - -Epumer me entendió mal y se creyó ofendido. - -De ahí su rapto de furia. - -La noche batía sus pardas alas; los indios ebrios roncaban, vomitaban, -se revolvían por el suelo, hechos un montón, apoyando éste sus sucios -pies en la boca de aquél; el uno su panza sobre la cara del otro. - -Varias chinas y cautivas trajeron cueros de carnero y les hicieron -cabeceras, poniéndolos en posturas cómodas. - -Otros se quedaron murmurando con indescriptible é inefable fruición -báquica. - -Mariano Rosas me hizo decir con su hombre de confianza, que si quería -darle el resto de aguardiente que le había reservado. - ---De mil amores--contesté; y aprovechando la coyuntura que se me -presentaba de abandonar el campo de mis proezas, salí de la enramada y -me dirigí al ranchito en que se habían alojado mis oficiales. - -Entregué el aguardiente. - -Me tendí cansado, como si hubiera subido con un quintal en las espaldas -á la cumbre del Vesubio. - -¿En qué me tendí? - -Sobre un cuero de potro; era el colchón de una mala cama improvisada -con palos desiguales y nudosos. - -El sueño no tardó en llevarme al mundo de la tranquilidad pasajera. - -Gozaba, cuando una serenata me despertó. - -Era un negro, tocador de acordeón, una especie de Orfeo de la pampa. - -Tuve que resignarme á mi estrella, que levantarme y escuchar un cielito -cantado en honor mío. - -¡Qué mal rato me dió el tal negro después! - - - - - XXXII - - El negro del acordeón y la música.--Reflexiones sobre el criterio - vulgar.--Sueño fantástico.--Lucius Victorius Imperator.--Un mensajero - nocturno de Mariano Rosas.--Se reanuda el sueño fantástico.--Mi - entrada triunfal en Salinas Grandes.--La realidad.--Un huésped á quien - no le es permitido dormir. - - -El negro no tardó en irse con la música á otra parte. Bendije al cielo. - -Como poeta festivo, como payador, no podía rivalizar con _Aniceto el -Gallo_ ni con _Anastasio el Pollo_. - -Ni siquiera era un artista en acordeón. - -Yo tengo, por otra parte, poco desarrollado el órgano frenológico de -los tonos, pudiendo decir, como Voltaire: _la musique c'est de tous les -tapages le plus supportable_. - -Es una fatalidad como cualquier otra, que me priva de un placer -inocente más en la vida. - -Te contaría á este respecto algo muy curioso, un triunfo de la -frenología, ó en otros términos, la historia de mis padecimientos -infantiles por la guitarra.[3] Y te la contaría á pesar del natural -temor de que me creyesen más malo de lo que soy; porque tengo la -desgracia de ser insensible á la armonía. - - -Tú sabes, que según las reglas del criterio vulgar, no puede ser bueno -quien no ama la música, las flores, aunque ame muchas otras cosas que -embriagan y deleitan más que ellas. - -Hay gentes que de buena fe, creen que el sentimiento estético ó el arte -es inseparable de los hombres de corazón. - -Tal persona que ama con locura la música, es, sin embargo, incapaz de -un acto de generosidad. - -Tal otra que gastaría cien mil pesos en un auténtico de Rubens, no -haría un sacrificio por el amigo más querido. - -Esas gentes viven acariciando dulces errores, lo mismo que los que -subordinan la moral al sentimiento, y hay que dejar á cada loco con su -tema. - -Pero semejante página sería demasiado íntima para agregarla aquí. - -Me resigno, pues, á suprimirla, substrayéndome á la tentación de una -confidencia personal ajena al asunto jefe. - -Apenas me vi libre de quien inhumanamente me había arrancado de los -brazos de Morfeo, volví á tenderme en mi duro y sinuoso lecho. - -Poco tardé en dormirme profundamente. - -Saboreaba el suave beleño; soñaba que yo era el conquistador del -desierto; que los aguerridos ranqueles, magnetizados por los ecos de la -civilización, habían depuesto sus armas; que se habían reconcentrado -formando aldeas; que la iglesia y la escuela habían arraigado sus -cimientos en aquellas comarcas desheredadas; que la voz del Evangelio -ahogaba las preocupaciones de la idolatría; que el arado, arrancándole -sus frutos óptimos á la tierra, regada con fecundo sudor, producía -abundantes cosechas; que el estrépito de los _malones_ invasores había -cesado, pensando sólo, aquellos bárbaros infelices, en multiplicarse y -crecer, en aprovechar las estaciones propicias, en acumular y guardar, -para tener una vejez tranquila y legarles á sus hijos un patrimonio -pingüe; que yo era el patriarca respetado y venerado, el benefactor de -todos, y que el espíritu maligno, viéndome contento de mi obra útil y -buena, humanitaria y cristiana, me concitaba á una mala acción, á dar -mi golpe de estado. - -¡Mortal! me decía, aprovecha los días fugaces. ¡No seas necio, piensa -en ti, no en la Patria! - -La gloria del bien es efímera, humo, puro humo. Ella pasa y nada queda. -¿No tienes mujer é hijos? Pues bien. ¿No te obedecen y te siguen, no te -quieren y respetan estos rebaños humanos? - -Pues bien. - -¿No tienes poder, no eres de carne y huesos, no amas el placer? - -Pues bien. - -Apártate de ese camino, ¡insensato! ¡Imprevisor, loco! ¡Escucha la -palabra de la experiencia, hazte proclamar y coronar emperador! Imita -á Aurelio I. Tienes un nombre romano, _Lucius Victorius Imperator_, -sonará bien al oído de la multitud. - -Yo escuchaba con cierto placer mezclado de desconfianza las -amonestaciones tentadoras; ideaba ya si el trono en que me había de -sentar, la diadema que había de ceñir y el cetro que había de empuñar, -cuando subiera al capitolio, serían de oro macizo, ó de cuero de potro -y de madera de caldén, cuando una voz que conocí entre sueños llamó á -mi puerta diciendo: - ---¡Coronel Mansilla! - -No contesté de pronto. Reconocí la voz, la había oído hacía poco; pero -no estaba del todo despierto. - ---¡Coronel Mansilla! ¡Coronel Mansilla!--volvieron á decir. - -Reinaba una profunda obscuridad en el desmantelado rancho donde me -había hospedado; mis oficiales roncaban, como hombres sin penas; un -ruido tumultuoso, sordo, llegaba confusamente hasta la nocturna morada. -Me senté en la cama y paré la oreja, á ver si volvían á llamar, fijando -la vista en un resquicio de la puerta, que era un cuero de vaca colgado. - ---¡Coronel Mansilla!--volvieron á decir. - -Al fulgor de la luz estelar, columbré una cabeza negra, motosa, y entre -dos fajas rojas resaltando como lustrosas cuentas negras sobre el -turgente seno de una hermosa, dos filas de ebúrneos dientes. - -Era el negro del acordeón. - -Para serenatas estaba yo. - -Me hizo el efecto de Mefistófeles. - ---_¡Vade retro, Satanás!_--le grité. - -No entendió. Ya lo creo. ¡Latín puro á esas horas y al lado del toldo -de Mariano Rosas! - ---Mi Coronel Mansilla, fué su contestación. - ---Vete al diablo, repliqué. - ---Me manda el General Mariano. - ---¿Y qué quiere? - ---Manda decir, que ¿cómo le ha ido á _su merced_ (textual), de viaje; -que si no ha perdido algunos caballos; que cómo ha pasado la noche; -que--si ha dormido bien? - -Me pareció una burla. - -Me quedé perplejo un instante, y luego contesté. - ---Dile que de viaje me ha ido bien; que caballos, Wenchenao me ha -robado dos, que es un pícaro: que para saber cómo he pasado la noche y -cómo he dormido, es menester que me dejen descansar y que amanezca. - -Y esto diciendo, me coloqué horizontalmente haciendo una línea -mixta con el cuerpo de manera que el hueso del cuadril y los hombros -coincidieran con los hoyos de mi escabroso lecho. - -La cara desapareció. - -Hacía frío, helaba en los primeros días de abril, tenía pocas cobijas, -no era fácil conciliar el sueño bajo tales auspicios; tanteando en las -tinieblas cogí la punta de algo que debía ser jerga ó poncho, tiré -y como quien pesca un cetáceo de arrobas, que se agarra en el fondo -fangoso, despojé á un prójimo de una de sus _pilchas_. - -Me la eché encima, me envolví, me acurruqué bien, me tapé hasta las -narices y comencé á resollar fuerte, haciendo de mis labios una especie -de válvula para que saliera el aliento condensado y crecieran los -grados de la temperatura que circundaba mi transida humanidad. - -Me estaba por dormir. Hay ideas que parecen una cristalización. Así no -más no se evaporan. Veía como envuelta en una bruma rojiza la visión de -la gloria. - -El espíritu maligno se cernía sobre ella. - -Yo era emperador de los Ranqueles. - -Hacía mi entrada triunfal en Salinas Grandes. Las tribus de Calfucurá -me aclamaban. Mi nombre llenaba el desierto preconizado por las cien -lenguas de la fama. Me habían erigido un gran arco triunfal. - -Representaba un coloso como el de Rodas. Tenía un pie en la soberbia -cordillera de los Andes, otro en las márgenes del Plata. Con una mano -empuñaba una pluma deforme de ganso, cuyas aristas brillaban como -mostacilla de oro, chispeando de su punta letras de fuego, que era -necesario leer con la rapidez del relámpago para alcanzar á descifrar -que decían: _mane_, _thesel_, _phares_. Con la otra blandía una espada -de inconmensurable largor, cuya hoja de bruñido acero resplandecía -como un meteoro, centelleando en ella diamantinas letras que era -menester leer con la rapidez del pensamiento para adivinar que decían: -_In hoc signo vincis_. - -Por debajo de aquel monumento de egipcia estructura y proporciones, -capaz de provocar la envidia sangrienta, la venganza corsa y el odio -eterno de un Faraón, desfilaba como el rayo, tirada por veinte yuntas -de yeguas chúcaras, una carreta tucumana, cubierta de penachos, de -crines caballares de varios colores y en cuyo lecho se alzaba un dosel -de pieles de carnero. - -En él iba sentado un mancebo de rostro pintado con carmín. ¡Era yo! -Manejaba la ecuestre recua con un látigo de cháguara que no tenía -fin, al grito infernal de: ¡pape satán! _¡pape satán alepe!_ Mi traje -consistía en un cuero de jaguar; los brazos del animal formaban las -mangas, las piernas, los calzones, lo demás cubría el cuerpo y, por -fin, la cabeza con sus colmillos agudos adornaba y cubría mi frente á -manera de antiguo capacete. - -La cola no sé qué se había hecho. Un ser extraño, invisible para -todos, menos para mí, quería ponerme una de paja. Yo le miraba como -diciéndole, basta de atavíos, y él vacilaba y me seguía sin saber qué -hacer. - -Una escolta formada en zigzag, me precedía, cubriéndome la retaguardia. -Indígenas de todas las castas australes se veían allí,--ranqueles, -puelches, pehuenches, picunches, patagones y araucanos. Los unos iban -en potros bravos, los otros en mansos caballos, éstos en guanacos, -aquéllos en avestruces, muchos á pie, varios montados en cañas, -infinitos en alados cóndores. - -Sus armas eran lanzas y bolas; sus trajes mixtos, á lo gaucho, á la -francesa, á la inglesa, á lo Adán los más. Cantaban un himno marcial -al son de unas flautas de cañuto de grueso carrizo, y las palabras -_Lucius Victorius Imperator_, resonaban con fragor en medio de -repetidas, ¡¡¡ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba!!! - -Nuevo Baltasar, yo marchaba á la conquista de una ciudad poderosa, -contra el dictamen de mis consejeros, que me decían: Allí no penetrarás -victorioso jamás; porque sus calles están empedradas con enormes -monolitos y cubiertas de pantanos, por donde es imposible que pase tu -carreta. - -Tenaz, como soy en sueños, no quería escuchar la voz autorizada de -mis expertos monitores. Me había hecho aclamar y coronar por aquellas -gentes sencillas, había superado ya algunos obstáculos en mi vida; ¿por -qué no había de tentar la empresa de luchar y vencer una civilización -decrépita? - -Por otra parte, yo no había nacido en esa egregia ciudad y ella iba á -enorgullecerse de verme llegar á sus puertas, no como Aníbal á las de -Roma, sino cual otro valiente Camilo. - -Por aquí iba medio despierto, medio dormido, cuando volvieron á hacerme -sentar en la cama, llamando á mi puerta. - ---¡Coronel Mansilla! - ---¿Qué hay?--pregunté. - -¡El malhadado negro contestó! - ---Dice el General que ¿cómo ha pasado la noche? - ---Hombre, dile que mañana le contestaré. - -El mensajero contestó, no pude percibir qué. - -Una baraúnda repentina ahogó su voz. - -Volvía yo á estudiar qué postura se adaptaría más á la cama que me -habían deparado las circunstancias y esperaba no ser interrumpido otra -vez. ¡Quimeras! - -Mi verdadera bestia negra había ido y vuelto. - ---¡Coronel Mansilla! ¡Coronel Mansilla!--me gritó. - ---¿Qué quieres?--le contesté con mal humor, sin moverme. - ---Aquí está el hijo del General. - -Esto era ya más serio. - -Me incorporé. - ---¿Qué se ofrece, hermano?--pregunté. - ---Dice mi padre que vaya--me contestó. - ---¿Que vaya, ahora? - ---Sí. - -Llamé á Carmen, mi fiel ministril; le pedí agua para lavarme, luz, -peine, un cepillo de dientes, todo cuanto podía ser un pretexto para -demorarme y ganar tiempo, á ver si venía el día. - -Oía el ruido de la orgía nocturna, y no me hacía buen estómago la idea -de tomar parte en ella á obscuras. - -Según mi costumbre en campaña, dormía vestido, desnudándome de día por -la higiene y otras hierbas. - -De un salto estuve en pie. - -Carmen trajo luz, un candil de grasa de potro, agua, peine, cuanto le -pedí, haciendo un viaje para cada cosa, como que tenía que revolver las -alforjas para hallarlas. - -Hice mi estudiosa _toilette_, lo más despacio que pude. - -Mientras tanto, varios curiosos, ebrios á cual más, llegaron á mi -puerta y me estuvieron observando. - -Como tardase en salir del rancho, presentóse una nueva diputación. La -componían dos hijos de Mariano. Tomó la palabra el mayor de ellos y me -dijo: - ---Dice mi padre, ¿que cómo está, que cómo le va, que cómo ha pasado -la noche, que cuándo va, que está medio _caldeado_ y tiene ganas de -_rematarse_ con usted? - -Contesté con la mayor política, agradeciendo tantas atenciones, y -asegurando que no tardaría en presentármele al General. - -Tardé más en limpiarme los dientes, que en lustrar un par de botas -granaderas. - -El negro explicaba como perito aquella operación. - -El muy pillo había sido esclavo de no recuerdo qué estanciero del Sur -de Buenos Aires, soldado del General Rivas, desertor y conocía bien los -usos y costumbres de los cristianos civilizados. - -Decía que eso que yo hacía era para que nunca se me cayeran los dientes. - -Los apostrofaba á los indios de ¡ustedes son muy bárbaros! tocaba -su infernal acordeón, cantaba, bailaba al compás de él y me apuraba -diciéndome de cuando en cuando: ¡Vamos, vamos, mi amo! - -Al fin tuve que obedecer, y digo que obedecer, porque lo que hice no -fué otra cosa. - -Tenía tanta gana de tomar aguardiente como de hacerme cortar una oreja. - -Salí del rancho, dejando á mis compañeros dormidos como piedras. El -padre Moisés roncaba más fuerte que todos. El padre Marcos se había -alojado en el rancho de Ayala. - -La noche estaba fría, el día lejano aún. Las estrellas brillaban -con esa luz diáfana del invierno. El campo, cubierto por la helada, -parecía salpicado de piedras finas. Un gran fogón moribundo ardía en -la enramada del Cacique. Apiñados unos sobre otros, lo rodeaban varios -montones de indios _achumados_. Muchos caballos ensillados estaban -con la rienda caída, inmóviles, donde los habían dejado el día antes. -Mariano Rosas, con una limeta en una mano y un cuerno en la otra se -tambaleaba junto con otros entre los mansos animales. - -Armaban una algarabía, y entre _yapaí_ y _yapaí_, resonaba -frecuentemente el nombre del Coronel Mansilla. - -Escoltado por el negro, por los hijos de Mariano y los curiosos llegué -adonde ellos estaban. - -Al verme, hicieron lo que todos los borrachos que no han perdido -completamente la cabeza, pretendieron disimular su estado. - -Mariano Rosas me echó un discurso en su lengua, que no entendí, y fué -muy aplaudido. Comprendí, sin embargo, que había hablado de mí en -términos los más cariñosos, porque mientras peroraba, varias voces -dijeron: ¡Ese cristiano bueno, ese cristiano toro! - -Terminó haciéndome un _yapaí_. - -Bebió el primero, según se estila. - -Apuraba el cuerno, cuando una voz muy simpática para mí, me dijo al -oído: - ---Aquí estoy yo, mi Coronel, no tenga cuidado; y su comadre Carmen está -allí en la enramada haciendo que duerme, para escuchar todo. - -Era Miguelito. - -Le estreché la mano, y tomé el cuerno lleno de licor que me pasaba -Mariano. - - - NOTAS: - -[3] Mi madre conserva entre sus papeles, empastado en gro de aguas -blanco, un _Método para aprender la guitarra_, escrito por mí á los -doce años. - - - - - XXXIII - - Retrato de Mariano Rosas.--Su política.--Cómo le tomaron prisionero - los cristianos.--Rosas le hace peón de su estancia del Pino.--Su - fuga.--Agradecimiento por su antiguo patrón.--Paralelo.--De pillo á - pillo.--Voto de un indio.--Muerte de Painé.--Derecho hereditario entre - los indios.--Los refugiados políticos.--Mareo.--Mariano Rosas quiere - _loncotear_ conmigo.--Apuros.--Una sombra. - - -El cacique general de las tribus Ranquelinas tendrá cuarenta y cinco -años de edad. - -Pertenece á la categoría de los hombres de talla mediana. Es delgado, -pero tiene unos miembros de acero. Nadie bolea, ni piala, ni sujeta un -potro del cabestro como él. - -Una negra cabellera larga y lacia, nevada ya, cae sobre sus hombros y -hermosea su frente despejada, surcada de arrugas horizontales. Unos -grandes ojos rasgados, hundidos, garzos y chispeantes, que miran con -fijeza por entre largas y pobladas pestañas, cuya expresión habitual -es la melancolía, pero que se animan gradualmente, revelando entonces -orgullo, energía y fiereza; una nariz pequeña deprimida en la punta, -de abiertas ventanas, signo de desconfianza, de líneas regulares y -acentuadas; una boca de labios delgados que casi nunca muestra los -dientes, marca de astucia y crueldad; una barba aguda, unos juanetes -saltados, como si la piel estuviese disecada, manifestación de valor, y -unas cejas vellosas, arqueadas, entre las cuales hay siempre unas rayas -perpendiculares, señal inequívoca de irascibilidad, caracterizan su -fisonomía, bronceada por naturaleza, requemada por las inclemencias del -sol, del aire frío, seco y penetrante del desierto pampeano. - -Mariano Rosas es hijo del famoso cacique Painé. - -Colocado estratégicamente en Leubucó, entre las tribus de los caciques -Ramón y Baigorrita, es el jefe de una confederación. Apoyando unas -veces á Ramón contra Baigorrita y otras á Baigorrita contra Ramón, su -predominio sobre ambos es constante. - -Dividir para reinar, es su divisa. Así Baigorrita y Ramón, que son -bravos en la pelea, diestros en todos los ejercicios ecuestres, -entendidos en todo género de faenas rurales, sin tenerle envidia á este -Bismarck ranquelino, ponderan la prudencia de sus consejos, su sesuda -previsión, su carácter persistente y conciliador. - -El año de 1834 fué hecho prisionero en la Laguna de Langhelo, situada -donde actualmente existe el fuerte «Gainza» cuyos primeros cimientos -los puse yo, al avanzar, hace ocho meses, la frontera Sud de Santa Fe. - -Este paraje dista como treinta leguas de Melincué. - -Mariano Rosas, junto con algunos indiecitos y alguna chusma se habían -quedado allí, cuidando una caballada de refresco, mientras su belicoso -padre daba un _malón_, internándose muy adentro. - -Los cristianos encargados de la seguridad de la frontera Norte de -Buenos Aires, maniobrando hábilmente, se lanzaron al Sud cuando -sintieron la invasión, para salirles á los ladrones de adelante; -ocuparon y se posesionaron de una de las aguadas principales por donde -debían pasar con el botín, sorprendieron á los caballerizos, les -quitaron toda la caballada y los cautivaron lo mismo que á la chusma. - -Mariano Rosas y sus compañeros de infortunio fueron conducidos á los -Santos Lugares. Allí permanecieron engrillados y presos, tratados con -dureza, cerca de un año, según sus recuerdos. - -Perdían la esperanza de mejorar de suerte. Mas como está de Dios que el -hombre suba á la cumbre de la montaña cuando menos lo espera, cayendo -en el abismo de la desgracia cuando todo sonreía á su alrededor, un día -los llevaron á presencia del Dictador don Juan Manuel de Rosas. - -Interrogándolos minuciosamente, supo éste que Mariano, que se llamaba -á la sazón como su padre, era hijo de un cacique principal de mucha -nombradía. Le hizo bautizar, sirviéndole de padrino, le puso Mariano -en la pila, le dió su apellido y le mandó con los otros de peón á su -estancia del «Pino». - -En ella pasaron algunos años trabajando duro, alojados al raso contra -un corral de ñandubay, recibiendo lecciones útiles y provechosas sobre -la manera de hacer las faenas de campo, sobre el modo de amansar -debidamente un potro, aprendiendo á regentar un establecimiento en -forma, tratados unas veces á rebencazos, sin haber faltado en nada, -atendidos generalmente con cariño, recibiendo raciones y salario -como uno de tantos trabajadores--hasta que el amor de la familia, -el recuerdo de las tolderías, el anhelo de una completa libertad, -despertaron en ellos la idea de la fuga, á costa de cualquier riesgo. - -Aprovechando una hermosa noche de luna y la confianza que en ellos -tenían, echaron mano de una tropilla de caballos escogidos, y -alzándose, rumbearon al Occidente. Perdiéronse por los campos, porque -no eran baqueanos y porque temerosos de ser descubiertos y aprehendidos -no querían acercarse á las estancias á preguntar dónde quedaba el -Bragado, pueblito que conocían por haber andado _maloqueando_ por allí, -siendo muchachos. - -Notada en el «Pino» su desaparición, fueron perseguidos, según supieron -después por una mujer que cautivaron; pero no los alcanzaron. - -En el puente de Márquez hallaron una partida de policía. La engañaron -diciendo que habían venido á comercio y que se volvían para Tierra -Adentro. Llegaron á la Federación, hoy Junín, después de haber -andado seis días por los campos sin rumbo determinado; descansando y -ocultándose entre los cardales y pajonales, y allí los dejaron pasar, -mediante un pretexto igual al anterior. Entonces había paz con algunas -tribus que vivían por el Toay, de modo que la composición de lugar -ideada para escapar á la persecución, se concibe que surtiera efecto. - -Ésta es la referencia que el mismo Mariano Rosas me ha hecho. Si no te -pareciese verosímil, recuerda aquello, Santiago amigo, de: - - «Y si lector dijeres ser comento, - Como me lo contaron te lo cuento.» - -Mariano Rosas conserva el más grato recuerdo de veneración por su -padrino; habla de él con el mayor respeto, dice que cuanto es y sabe -se lo debe á él; que después de Dios no ha tenido otro padre mejor; -que por él sabe cómo se arregla y compone un caballo parejero; cómo se -cuida el ganado vacuno, yeguarizo y lanar, para que se aumente pronto y -esté en buenas carnes en toda estación; que él le enseñó á enlazar, á -pialar y á bolear á lo gaucho. - -Que á más de estos beneficios incomparables le debe el ser cristiano, -lo que le ha valido ser muy afortunado en sus empresas. - -Ya te he dicho que estos bárbaros respetan á los cristianos, -reconociendo su superioridad moral, aunque les gusta vivir como indios, -el _dolce far niente_, tener el mayor número posible de mujeres, tantas -cuantas pueden mantener, en una palabra, ser evangelista en cuanto esto -presupone cierta virtud misteriosa para ser felices en la paz y en la -guerra. - -Verdad es que la civilización moderna hace lo mismo con cierto -disimulo, y es por esto, sin duda, que alguien ha dicho que nuestra -pretendida civilización no es muchas veces más que un estado de -barbarie refinada. - -Por supuesto, que siendo yo sobrino carnal de Rosas, oyéndolo hablar al -indio de su padrino y progenitor postizo, me haría la ilusión de que lo -más fácil del mundo para mí era catequizarlo. Al más dueño se le queman -los libros en presencia de un hombre de estado primitivo. - -La vanidad y tontera humanas, ¿dónde no reciben su castigo? Ya veremos -cómo la diplomacia es igual en todas partes, lo mismo en Londres que en -Viena, en Buenos Aires que en Leubucó; que la cuña para ser buena ha -de ser del mismo palo. Y lo que es más filosófico aún, que la gratitud -anda á caballo en casa de aquéllos que creen merecérselo todo. - -Al poco tiempo de estar Mariano Rosas en su tierra, su padrino, que no -daba puntada sin nudo, viendo que el pájaro se le había escapado de la -jaula, y que es bueno tener presente, que quien cría cuervos se expone -á que éstos le saquen los ojos, le mandó un regalo. - -Consistía en doscientas yeguas, cincuenta vacas y diez toros de un -pelo, dos tropillas de overos negros con madrinas obscuras, un apero -completo con muchas prendas de plata, algunas arrobas de hierba y -azúcar, tabaco y papel, ropa fina, un uniforme de coronel y muchas -divisas coloradas. - -Con este regio presente iba una afectuosa misiva, que Mariano conserva, -concebida más ó menos así: - -«Mi querido ahijado: No crea usted que estoy enojado por su partida, -aunque debió habérmelo prevenido para evitarme el disgusto de no saber -qué se había hecho. Nada más natural que usted quisiera ver á sus -padres, sin embargo que nunca me lo manifestó. Yo le habría ayudado en -el viaje haciéndolo acompañar. Dígale á Painé que tengo mucho cariño -por él, que le deseo todo bien, lo mismo que á sus Capitanejos é -indiadas. Reciba ese pequeño obsequio que es cuanto por ahora le puedo -mandar. Ocurra á mí siempre que esté pobre. No olvide mis consejos -porque son los de un padrino cariñoso, y que Dios le dé mucha salud y -larga vida. Su afectísimo--_Juan de Rosas_.» - -Esta cartita meliflua y calculada, llevaba un apéndice insignificante -al parecer: - -«_Post Data._ Cuando se desocupe, véngase á visitarme con algunos -amigos». - -Difícil y algo más que difícil, ardua cosa es desentrañar las -intenciones del más inocente mortal. - -Que cada cual comente á su manera la carta y la _post data_ susodichas, -pues. - -Yo, cuando se trata de los pensamientos del prójimo, siempre tengo -presente el dicho de cierto moralista de nota, con el que lo confundió -una vez á un hombre de Estado: la ley de Dios que prohíbe los juicios -temerarios es no solamente ley de caridad, sino de justicia y buena -lógica. - -Mariano Rosas recibió la carta y el presente, deliberó qué debía -hacer, y como la mejor suerte de los dados es no jugarlos, ó como -diría Sancho, si de ésta escapo y no muero, no más bodas en el cielo, -resolvió: agradecerle la fineza y no visitarle. - -Con este motivo, y para que en ningún tiempo se dudara de sus -sentimientos, después de consultar á las viejas agoreras, juró no -moverse jamás de su tierra. - -Vinculado por este voto solemne á su hogar, al terreno donde nació, -á los bosques en que pasó su infancia, Mariano Rosas no ha pisado, -después de su cautiverio, en tierra de cristianos, y tiene la -preocupación de que si viene personalmente á alguna invasión caerá -prisionero. - -Conozco este episodio de su vida, porque él mismo me lo ha contado. - -Diciéndole que el General Arredondo me había encargado le manifestara -los vivos deseos que tenía de conocerle y que cuando estuviera -afianzada la paz era conveniente que le hiciera una visita en Villa de -Mercedes, me contestó: - ---Eso no, hermano. - ---¿Y por qué?--le pregunté. - -Refirióme entonces con minuciosos detalles lo que llevo relatado--para -que se vea que toda la ciencia de los indios, en su trato con los -cristianos, se reduce á un aforismo que nosotros practicamos todos los -días: la desconfianza es madre de la seguridad. - -He dicho que Mariano Rosas era hijo de Painé. - -Painé murió trágicamente. - -El general don Emilio Mitre, para salvar su división en 1856, tuvo que -dejar en el desierto la mayor parte de su material de guerra. - -Llegó hasta Chamalcó y de allí contramarchó. - -Los indios se vinieron sobre su rastro. - -Painé, cacique general entonces de las tribus Ranquelinas, los -acaudillaba. En los montes hallaron un armón de municiones. - -Entre ellas había granadas. - -Un accidente hizo reventar una. - -El armón voló y con él Painé. - -Así murió ese cacique mentado. - -Su hijo mayor, Mariano Rosas, heredó entonces el gobierno y el poder. - -Se cree generalmente que entre los indios, prevaleciendo el derecho del -más fuerte, cualquiera puede hacerse Cacique ó Capitanejo. - -Pero no es así, ellos tienen sus costumbres, que son sus leyes. - -Aquellas jerarquías son hereditarias, existiendo hasta la abdicación -del padre en favor del hijo mayor, si es apto para el mando. - -Por eso actualmente, viviendo el padre del Cacique Ramón, es éste quien -gobierna las indiadas de Carrilobo. - -Entre los indios, como en todas partes, hay revoluciones que derrocan -á los que invisten el poder supremo. La regla, sin embargo, es la que -dejo dicho; sólo sufre alteración cuando el Cacique ó el Capitanejo no -tiene hijos ni hermanos que puedan heredar su puesto. - -En este caso se hace un plebiscito y la mayoría dirime pacíficamente -las cosas, ni más ni menos que como en un pueblo donde el sufragio -universal campea por sus respetos. - -Más revoluciones hemos hecho nosotros, víctimas hoy de una oclocracia, -mañana de otra, quitando y poniendo Gobernadores, que los indios por la -ambición de gobernar. - -Y es asunto que se presta á fecundas consideraciones, que los que -aman la libertad racional se persigan unos á otros y se exterminen -con implacable saña, conculcando las instituciones que ellos mismos -han formulado, reconociendo y jurando que son salvadores, por la -satisfacción sensual del poder, y que los que sólo aman la libertad -natural no quiebran lanzas en fratricidas guerras. - -Pero ya caigo. - -Es que los bárbaros no andan detrás de la mejor de las Repúblicas. - -Es que ellos creen una cosa de que nosotros no nos queremos convencer: -que los principios son todo, los hombres nada; que no hay hombres -necesarios; «que si César hubiese pensado como Catón, otros hubieran -pensado como César, y que la República destinada á perecer habría sido -arrastrada al precipicio por cualquier otra mano». - -Mariano Rosas se viste como un gaucho, paquete, pero sin lujo. - -Á mí me recibió con camiseta de Crimea, mordoré, adornada de trencilla -negra, pañuelo de seda al cuello, chiripá de poncho inglés, calzoncillo -con fleco, bota de becerro, tirador con cuatro botones de plata y -sombrero de castor fino, con ancha cinta colorada. - -Como Leubucó es el asiento principal de todos los refugiados políticos, -la santa federación está allí á la orden del día. - -Y aunque parezca broma ó exageración, debo decirlo, las noticias no -escasean. - -Todo cuanto sueñan los refugiados circula como noticia que ha venido de -Mendoza ó San Luis, de Córdoba ó el Rosario. - -Hoy es Urquiza quien se ha pronunciado contra los _salvajes_, mañana -Saa que ha invadido; al día siguiente Guayama, el bandolero de los -llanos es el que ha sublevado la Rioja, después los Taboada han dado el -grito contra el Gobierno. - -Todas estas voces se discuten, se comentan, se prestan á mil -conjeturas, se trata de saber cómo han llegado, quién las ha traído, -y el tiempo corre y nada sucede, y el _malón_ aplazado se realiza, -porque el tiempo es oro y es necesario no perderlo, ya que los amigos -federales se duermen en las pajas. No hay idea de todas las quimeras -que en aquellos mundos han mecido la imaginación con motivo de la -guerra del Paraguay. Ha sido una comedia. - -Pero ahora que ya sabes el origen de Mariano Rosas, qué cara tiene, -cómo se viste, de qué se ocupan los politicastros de Tierra Adentro -y otras particularidades, reanudemos el hilo del relato empezado al -terminar mi carta anterior. - -Mariano me había hecho un yapaí. Yo tenía el cuerno lleno de -aguardiente en la mano. - ---Yapaí, hermano--le dije, y me lo bebí de un sorbo para no tomarle el -gusto, como si fuera una purga de aceite de castor. - -Sentí como si me hubieran echado una brasa de fuego en el estómago. -La erupción no se hizo esperar; mi boca era un albañal. Despedía á -torrentes todo cuanto había comido y una revolución intestinal rugía -dentro de mí. Oía el bullicio porque tenía orejas, no veía nada. Se me -figuraba que no estaba en el suelo sino suspendido en el aire, dando -vueltas á la manera de una rueda que gira sobre un eje, aunque me -parecía que la cabeza siempre quedaba para abajo, gravitando más que -todo el resto de mi humanidad. Horribles ansias, nauseabundas arcadas, -bascas agrias como vinagre, una desazón é inquietud imponderables me -devoraban. - -Pasó el mareo. - -Los yapaí siguieron para reforzar la tranca, como decía cierto -espiritual amigo sectario de Baco, cuando entraba al Club del Progreso, -picado ya, y le pedía al mozo una copa de coñac. - -Hay situaciones que son como un incendio en alta mar; todas las -probabilidades están en contra. Yo me hallaba en una de ellas. - -Para remate de fiestas, Mariano quería loncotear conmigo, ¡_loncotear_ -á las tres de la mañana! ¡Era nada lo del ojo y lo llevaba en la -mano! Me defendí como pude. El indio no estaba para bromas. Viendo -que loncotear era imposible, le dió por agarrarme de los hombros -con entrambas manos sacudiéndome con sus fuerzas atléticas unas -veces, empujándome para atrás otras. ¡Hermano! ¡hermano! me decía -con estridente voz, mimbreándose como una vara. Yo le contenía y le -rechazaba con moderación. Un movimiento brusco mío podía hacerle dar un -traspiés. Y si se caía de narices, quién sabe si sus comensales no me -hacían á mí lo que los arrieros á don Quijote. - -Bien considerado el caso, era peliagudo. Una de las veces que -esforzándome en contenerlo tropezó, por poco no cae despatarrado, -despachurrándose. - -Abrazóse de mí con sus membrudos brazos. Temí algo. Le busqué el puñal, -lo hallé, lo empuñé vigorosamente para que no pudiese hacer uso de él, -y así permanecimos un rato, él pugnando por sacarme campo afuera, -yo luchando por no retirarme de la enramada. Nos separábamos, nos -volvíamos á abrazar. Tornábamos á separarnos y en cada atropellada que -me hacía metíame las manos por la cara. - -Yo estaba tentado de llamar á mis oficiales y asistentes, porque -francamente, recelaba un desaguisado. Pero me daba no sé qué hacerlo. -Cierto es que allí no había perros que me asustaran, mas es que tampoco -había miriñaques que me alentaran. Aquel público, el instinto que -despertaba en mí era el de la conservación. - -De aguardiente no quedaba ya sino el olor. - -La chusma quería rematarse. - ---Dando más aguardiente, Coronel--me decían. - ---Otro poco, hermano--me dijo Mariano. - -Miguelito les habló en su lengua, y tirándome de un brazo: - ---Vamos, mi Coronel--me dijo. - -Comprendí que quería sacarme de allí. Lo seguí. Los indios se echaron -en el suelo, unos sobre otros, todos revueltos. - -Miguelito me llevaba en dirección á mi rancho, iba á amanecer. El cielo -se había cubierto de nubes. La luz de las estrellas apenas brillaban al -través. Estábamos en tinieblas. Yo caminaba, no por mi voluntad sino -arrastrado por mi guardián. Me bamboleaba perdiendo por momentos el -equilibrio. Llegamos á la puerta de mi rancho, Miguelito alzó el cuero. - ---Entre y descanse--me dijo,--mi Coronel. Yo voy á entretenerlos á -aquéllos. - -Entré. - -Detrás de mí entró una sombra. - -Á la luz moribunda del candil que había llevado Carmen hacía un rato, -me pareció ver una mujer. - -Estas mujeres se le aparecen á uno en todas partes. Nos aman con -abnegación. - -¡Y tan crueles que somos después con ellas! - -Nos dan la vida, el placer, la felicidad. - -¿Y para qué? Para que tarde ó temprano en un arranque de hastío, -exclamemos: - -«Siempre igual, necias mujeres.» - - - - - XXXIV - - Efectos del aguardiente.--Una mano femenil.--Mi comadre Carmen me - cuenta lo sucedido.--Unas coplas.--La vida de un artista en acordeón, - en dos palabras.--Preguntas y respuestas.--Las obras públicas de - Leubucó.--Insistencia del organista.--Un baño.--Mariano Rosas en el - corral.--Cómo matan los indios la res. - - -El candil ardía y se apagaba como un fuego fatuo. - -Buscando mi cama donde no estaba, porque los últimos humos del mareo me -hacían ver todos los objetos transformados, al revés, tropecé con la -luz y la extinguí. Con los ojos de la imaginación veía el caos. Trataba -de buscar un punto de apoyo para no caerme. Mis brazos funcionaban como -las aspas de un molino. Me caí. Me levanté. Volví á caerme encima de -los compañeros de rancho. - -Ni los frailes, ni los oficiales sintieron la mole que repetidas veces -se desplomó sobre ellos. - -Mi ronca voz, ahogándose en la garganta, llamaba un asistente. - -Nadie me oía. - -Tanteando como un ciego perlático, cogí una cosa blanda, sedosa, suave, -y, al mismo tiempo, percibí como en sueños un ruido de gallinas. Mi -mano había asido de la rabadilla un gallo ó pollo, despertando todo -el gallinero de Mariano Rosas, que huyendo de la helada, sin duda, se -había guarecido en nuestra morada, tomando posesión de mi lecho. - -La sorpresa me hizo soltar mi presa, abandonar el punto de apoyo y caer -de boca, posándola sobre algo blando, hediondo y frío. - -Creí asfixiarme, porque no podía cambiar de posición. - -Mis piernas parecían dislocadas, como las de un muñeco. Haciendo un -esfuerzo supremo, me enderecé. - -Describí dos semicírculos con los brazos. Hallé una mano pequeña, -pulida, caliente, que me sostuvo, arrastrándome poco á poco. Un brazo -rodeó mi cuerpo. Recliné mi cabeza desvanecida sobre un seno palpitante -y di unos cuantos pasos, lo mismo que un herido, alzóse el cuero de la -puerta del rancho y penetró en él, hiriendo mis ojos medio abiertos, la -luz crepuscular. - -Confusamente percibí varias voces que decían: - ---¿Dónde está ese Coronel Mansilla? - ---Dando más aguardiente. - -Una voz contestó: - ---No está aquí. - -Y al mismo tiempo, cayendo el cuero de improviso, volvió á quedar el -rancho envuelto en una completa obscuridad. - -Oí como el murmullo de gente que refunfuña y ruido como el de pisadas -que se alejan. - -Sentí que una cosa áspera, como una tela de lana, repasaba mi rostro y -que me empujaban hacia adelante. - -Yo no era dueño de mí mismo. Obedecía, abría y cerraba los ojos. - -Vi entrar de nuevo la luz del alba en el rancho. Después sentí frío. -Caminaba á la par de otra persona que con cariño me sustentaba. - -Me quedé dormido. - -Al rato me desperté al lado de un gran fogón. - -En torno de él estaban tres mujeres y tres hombres, cristianos todos. -Me habían hecho una cama con jergas y cueros. Á mi lado estaba una -china. - ---¿Qué quiere tomar--me dijo,--mate ó café? - -Fijé con agradecimiento los ojos en ella y reconocí á mi comadre Carmen. - ---Café, comadre--le contesté. - -Y mientras lo preparaba, contóme que cuando me separé de Mariano -Rosas, ella estaba en la enramada, despierta por si algo necesitaba; -que se deslizó entre las sombras de la noche, ayudándole á Miguelito -á llevarme á mi rancho; que al salir, varios indios habían acudido á -preguntar por mí; que fingiendo voz de cristiano les había contestado -que no estaba; y que para que no me incomodaran y me dejaran descansar, -me había llevado á un toldo vecino en el que habitaban puros cristianos. - -Me puse á tomar café. Gradualmente fueron desapareciendo los efectos -narcóticos del aguardiente. La aurora, color de rosa, entraba con sus -rayos de fuego por entre las rendijas del toldo. Cantaban los gallos, -cacareaban las gallinas, relinchaban los caballos, bramaban los toros, -oíase el balido de las ovejas, agitábase todo al despertar de la -Naturaleza. - -Vibraron las notas de un mal tocado acordeón, y una voz que me hizo -crispar los nervios, entonó unas coplas: - - Señor Coronel Mansilla - Permítame que le cante - -Iba á tronar contra el negro, porque era él en cuerpo y alma el de la -música, cuando entró en el toldo, y plegando su instrumento y sellando -sus labios, interrumpió las coplas para decirme: - ---Buenos días, mi amo, ¿su mercé ha pasado bien la noche? - -Me pareció mejor írmele á las buenas, y así le contesté: - ---Muy bien, hombre, gracias, siéntate. Pero con la condición que no has -de tocar tu maldito acordeón, ni has de cantar. Ya estoy harto. - -Sentóse. - -Le pasaron un mate, y entre chupada y chupada, me refirió su vida en -cuatro palabras. - ---Mi amo, me dijo, yo soy federal. Cuando cayó nuestro padre Rosas, que -nos dió la libertad á los negros, estaba de baja. Me hicieron veterano -otra vez. Estuve en el Azul con el General Rivas. De allí me deserté -y me vine para acá. Y no he de salir de aquí hasta que no venga el -Restaurador, que ha de ser pronto, porque don Juan Saa nos ha escrito -que él lo va á mandar buscar. Yo he sido de los negros de Ravelo. - -Y aquí interrumpió la historia de su vida, entonando, ó mejor dicho, -desentonando, esta canción: - - Que viva la patria - Libre de cadenas. - Y viva el gran Rosas - Para defenderla. - -Le atajé el resuello, diciéndole: - ---Hombre, ya te he dicho que no quiero oirte cantar. - -Callóse, y mirándome con cierta desconfianza me preguntó: - ---¿Usted es sobrino de Rosas? - ---Sí. - ---¿Federal? - ---No. - ---¿Salvaje? - ---No. - ---¿Y entonces, qué es? - ---¡Qué te importa! - -El negro frunció la frente, y con voz y aire irrespetuoso: - ---No me trate mal porque soy negro y pobre, me dijo: - ---No seas insolente--le contesté. - ---Aquí todos somos iguales, repuso, agregando algo indecente. - -Agarré una astilla de leña enorme, levanté el brazo, y diciéndole: -ahora verás,--iba á darle un garrotazo, cuando mi comadre Carmen me -contuvo, diciéndome: - ---No le haga caso, compadre, á ese negro borracho. - -Dirigióse á él hablándole en araucano, y el negro, que se había puesto -de pie, volvió á sentarse, diciéndome: - ---Dispense, su mercé. - ---¡Estás dispensado--le contesté,--pero cuidado con volver á tratarme -como me has tratado! - -Intentó desplegar su acordeón. Era en vano. Me hacía el efecto de una -lima de acero, que raspa los dientes. - -Tuvo que renunciar á su pasión filarmónica. Tomó la palabra, y siguió -hablando de sus opiniones políticas, y de las delicias de aquella -tierra. - ---Aquí hay de todo, mi Coronel, me decía. Al que es hombre de bien, -lo tratan bien, y al que es pícaro, el General Mariano lo castiga, -haciéndole trabajar en las obras públicas. - -Solté una carcajada amplia é ingenua. - ---¿Las obras públicas? - ---Sí, mi amo. - ---¿Y qué obras públicas son ésas? - ---¡Ahhhhh! los corrales del General. - -En este momento entró, refregándose los ojos, el padre Marcos, atraído -por la lumbre de nuestro hermoso fogón, buscando agua caliente para -tomar un jarro de té. - -Sentóse en la rueda el buen franciscano y siguió la charla, sazonándola -el negro con algunas agudezas, y rogándome de vez en cuando que le -dejara tocar su acordeón. - ---No, no, le decía yo, prefiero oir un cuerno á tu acordeón. - -Su aire favorito era el muy popular de _arrincónemela_[4], y esta -tocata, recordándome á Buenos Aires, me entristecía. - -Suplicaba. - -Decididamente, el acordeón era para él una necesidad--como el violín -para Paganini,--el piano, para Gottschalk. - -Yo me negaba inflexiblemente. - -Y no sólo me negaba á que luciera su habilidad, sino que le amenazaba -con hacerle perder la gracia de Mariano Rosas, si no tenía juicio, -mandándole á éste á mi regreso al Río 4.º, un organito de resorte. - ---Entonces--le decía,--ya no serás un hombre necesario aquí. - -Salió el sol; tenía necesidad de refrescar mi cuerpo. Recuerda, -Santiago amigo, que no he dormido ni me he lavado, desde que estábamos -en Calcumuleu. - -Pregunté si no había por allí cerca dónde bañarse. - -Me dijeron que sí, que á veinte cuadras de distancia había un gran -jagüel, con piso de tosca, donde se bañaban de madrugada las chinas de -Mariano y él mismo. - -Le pedí á un cristiano que me lo enseñara. - -Llamé á un asistente, hice traer un caballo, abandoné el fogón, salté -en pelo y de una sentada estuve en el baño. - -Hacía un frío glacial. Manuel Gazcón, que es un pato, un hidrópata por -estudio y por convicción, se habría deleitado allí. - -Las abluciones despejaron mis sentidos y retemplaron mi cuerpo, -borrando hasta los rastros de la mala noche. Me sentí otro hombre. - -Hice que mi asistente se bañara, y mientras él tiritaba de frío, dando -diente con diente, por la falta de costumbre de zambullirse en el -agua con el alba, yo me paseaba á largos trancos por la blanda arena, -provocando la reacción. Se produjo, monté á caballo y tomé el camino de -los toldos. - -De regreso vi mucha gente, y una gran polvareda cerca de la orilla del -monte. Corrían dentro de un corral. Cambié de dirección y fuí á ver qué -hacían. - -Habían enlazado una vaca gorda y se disponían á carnearla. - -Mariano Rosas estaba allí, fresco como una lechuga. Se había bañado -primero que yo. Nadie que no estuviera en el secreto habría sospechado -la noche que había pasado. Los estragos hechos en su cuerpo por el -aguardiente se descubrían, sin embargo, en la depresión de los -párpados inferiores, cuyo tinte era violáceo. - -En el instante de acercarme al corral, revoleaba el lazo para echar -un piale. Lo recogió, y viniendo á mí con el mayor cariño y cortesía, -me estiró la mano y me dió los buenos días, preguntándome cómo había -pasado la noche, que si no me había incomodado. - -Estuve tan galante y afectuoso como él. - ---Esa vaca gorda es para usted, hermano--me dijo. - -Y súbito, revoleó el lazo y echó un piale maestro, y volviéndose á mí, -haciendo pie con una destreza admirable, me dijo: - ---Esto se lo debo á su tío, hermano. - -Enlazada y pialada la res, cayó en tierra. - -Creí que iban á matarla como lo hacemos los cristianos, clavándole -primero el cuchillo repetidas veces en el pecho, y degollándola en -medio de bramidos desgarradores que hacen estremecer la tierra. - -Hicieron otra cosa. - -Un indio le dió un bolazo en la frente dejándola sin sentido. - -En seguida la degollaron. - ---¿Para qué es ese bolazo, hermano?--le pregunté á Mariano. - ---Para que no brame, hermano--me contestó. ¿No ve que da lástima -matarla así? - -Que la civilización haga sus comentarios y se conteste á sí misma, si -bárbaros que tienen el sentimiento de la bondad para con los animales -sean susceptibles ó no de una generosa redención. - -Degollada la res, la abandonaron á las chinas. Ellas la desollaron, la -descuartizaron y la despostaron, recogiendo hasta la sangre. - -Mariano Rosas y yo nos volvimos juntos á su toldo, conversando por el -camino como dos viejos camaradas. - -Ni él, ni yo hicimos mención para nada de las escenas de la noche -anterior. - -Mariano montaba un caballo obscuro de su predilección, aperado con -sencillez. - -Era un animal vigoroso. Tenía la marca del General don Ángel Pacheco. - -Llegamos á su toldo. Nos apeamos, nos sentamos, y poco á poco -comenzaron á llegar visitas, entrando y saliendo las gentes de la -casa. Yo era objeto de todo género de atenciones. Me cebaron mate, -me sirvieron un churrasco gordo, suculento, chorreando sangre, á la -inglesa. - -Me lo comí todo entero, quemándome los dedos y chupándomelos después, -como se estila en esta tierra. Donde no hay manteles ni servilletas, -¿qué otra cosa se ha de hacer? - -Mariano me pidió permiso para dejarme solo un momento. Salió, -desensilló el obscuro, lo soltó, ensilló un moro, y lo ató de la rienda -en el palenque. Dió algunas órdenes y volvió á la enramada sobando una -manea. - ---Hermano--me dijo,--á mí me gusta hacer yo mismo mis cosas. Así salen -mejor. Mi apero no lo maneja nadie, ni mis caballos tampoco. Mi padrino -era lo mismo cuando yo lo conocí. Á Dios gracias, soy hombre sano. - -Después de esto cambiamos algunas palabras sin interés. Por último me -ofreció presentarme su familia. - -Mañana estaremos de recepción. - - - NOTAS: - -[4] La había sacado de oído oyéndosela tocar en la guitarra á un -desertor. - - - - - XXXV - - El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada.--Preparativos - para recibirme.--Un bufón de Leubucó.--De visita.--Descripción - de un toldo.--La mesa.--El indio y el gaucho.--Paralelo - afligente.--Reflexiones.--La comida.--Un incidente gaucho. - - -La puerta del toldo de Mariano Rosas caía á la enramada. - -Varias chinas y cautivas lo barrían con escobas de biznaga, regaban -el suelo arrojando en él jarros de agua, que sacaban con una mano de -un gran tiesto de madera que sostenían con otra; colocaban á derecha -é izquierda asientos de cueros negros de carnero, muy lanudos, ponían -todo en orden, haciendo líos de los aperos, tendiendo las camas, -colgando en ganchos de madera, hechos de horquetas de chañar, lazos, -bolas, riendas, maneadores y bozales. - -Una cuadrilla de indiecitos sacaba en cueros, arrastrados mediante una -soga de lo mismo, los montones de basura é inmundicia que las chinas y -cautivas iban haciendo en simetría, revelando que aquella operación era -hecha con frecuencia. - -Un grupo de chinas de varias edades se peinaba con escobitas de paja -brava, arreglando sus largos y lustrosos cabellos en dos trenzas de -á tres gruesas guedejas cada una que remataban en una cinta pampa, -y, para ajustarlas y alisarlas mejor, las humedecían con saliva, -se pintaban unas á las otras con carmín en polvo, los labios y los -pómulos, se sombreaban los párpados y se ponían lunarcitos negros -con el barro consabido; se ponían zarcillos, brazaletes, collares, -se ceñían el cuerpo bien con una ancha faja de vivos colores, y por -último, se miraban en espejitos redondos de plomo de dos tapas, de unos -que todo el mundo habrá visto en nuestros almacenes. - -Yo veía todos estos preparativos, echando miradas furtivas al interior -del toldo. - -El negro del acordeón se presentó con su instrumento en mano. Estaban -identificados por lo visto, no podían separarse; sin negro no había -acordeón, sin acordeón no había negro. - -Preludió un airecito y entonó unas coplas de su invención. - -También era poeta, ya lo previne, aunque haciendo constar que sus -baladas no recordaban las de Tirteo. - - «Señor don Mariano Rosas - La familia ya lo espera.» - -Cantó el maestro de ceremonias de Leubucó, fiel judío de la política, -resuelto á esperar allí hasta la consumación de sus días la venida del -Mesías--el regreso del Restaurador. - -Mariano le miró con esa cara benévola, con esa sonrisa afectuosa con -que los hombres ensoberbecidos por el poder miran á sus palaciegos y -aduladores. - -El negro que conocía su posición, hizo algunas piruetas y danzó. - -Parecía un sátiro. - -Tenía la mota parada como cuernos, los ojos saltados enrojecidos por -el alcohol, unas narices anchas y chatas llenas de excrecencias, unos -labios gordos y rosados como salchichas crudas. - -Se le hizo bueno su partido y siguió tocando su acordeón, mirándome -picarescamente, como quien dice: ahora te tengo. - -La buena crianza no permitía manifestarme disgustado de las gracias -coreográficas, ni de la habilidad musical de aquel valido predilecto y -mimado del dueño de casa. - -Al contrario, como Mariano Rosas me mirara, de cuando en cuando -sonriéndose, tenía que sonreirme. - -Los circunstantes festejaban las bufonadas del negro. - -Estaba radiante de júbilo; se sentaba al lado del cacique: le palmeaba, -le abrazaba y mirándole con admiración, exclamaba ¡ah! ¡toro lindo! -¡Éste es mi padre! ¡Yo doy por él la vida! ¿No es verdad, mi amo? - -Mariano hacía un movimiento de aprobación con la cabeza y en voz baja -me decía: es muy fiel. - -¡Miserable condición humana! - -El hombre es el mismo en todas partes, se inclina á los que lisonjean -su necio orgullo, su amor propio, su vanidad; huye y se aleja de los -que se estiman lo bastante para no envilecerse con la mentira. - -No en balde Dante ha colocado á los aduladores en el Malebolge--la fosa -maldita,--hundidos hasta las narices en pestíferas letrinas. - -Llegaron más visitas. - -Todas fueron recibidas por Mariano con estudiada cortesía, observando -estrictamente el ceremonial. - -Y sabemos que consiste en una serie monótona de preguntas y respuestas. - -Para todo el mundo había asiento. - -Después que terminaban los saludos, venía la presentación. - -Yo tenía que levantarme, que dar la mano, que abrazar y que contestar -con frases análogas, esas preguntas y salutaciones: - -¡Me alegro de haberle conocido! - -¿Cómo le ha ido de camino? - -¿No ha perdido algunos caballos? - -¡Estamos muy contentos de verlo aquí! - -El negro tocaba, cantaba, bailaba y á quien mejor le parecía le -adjudicaba una patochada. Para él era lo mismo que fuera un cacique que -un capitanejo; un indio que un cristiano. Tenía influencia en palacio y -podía usar y abusar de sus festejadas gracias. - -Llamé á los franciscanos para que los recién llegados les conocieran. - -Vinieron. Con su aire dulce y manso saludaron todos, siendo objeto de -demostraciones de respeto. El sacerdote es para los indios algo de -venerando. - -Hay en ellos un germen fecundo que explotar en bien de la religión, de -la civilización y de la humanidad. - -Mientras tanto ¿qué se ha hecho? - -¿Cómo se llaman, pregunto yo, los mártires generosos que han dado el -noble ejemplo de ir á predicar el Evangelio entre los infieles de esta -parte del continente americano? - -¿Cuántas cruces ha regado la barbarie con sangre de misioneros -propagadores de la fe? - -¡Ah! esta civilización nuestra puede jactarse de todo, hasta de ser -cruel y exterminadora consigo misma. Hay, sin embargo, un título -modesto que no puede reivindicar todavía--es haber cumplido con los -indígenas los deberes del más fuerte.--Ni siquiera clementes hemos -sido. Es el peor de los males. - -La presencia de los franciscanos no fué un obstáculo para que siguiera -funcionando el acordeón. - -Yo estaba impaciente por entrar en el toldo de Mariano y conocer su -familia. - -En una de las vueltas que el negro daba, sentándose acá y allá, se puso -á mi lado. - ---Mira--le dije al oído,--si sigues tocando, en cuanto llegue al Río -4.º mandaré lo que te dije, el organito para Mariano. - -Me miró como diciéndome, por piedad no; y haciendo callar el -instrumento y dirigiéndose á Mariano le dijo: - ---Ya está todo pronto. - -Mariano me invitó entonces á pasar al toldo, se puso de pie y me enseñó -el camino. - -Le seguí dejando á los franciscanos con las visitas en la enramada. - -Entramos. - -Sus mujeres, que eran cinco, sus hijas que eran tres y sus hijos que -eran Epumer, Waiquiner, Amunao, Lincoln, Duguinao y Piutrín, estaban -sentados en rueda. - -Á cierta distancia había un grupo de cautivas. - -Las chinas me saludaron con la cabeza, los varones se pusieron de pie, -me dieron la mano y me abrazaron. - -Las cautivas con la mirada. Me conmovieron. - -¿Quién no se conmueve con la mirada triste y llorosa de una mujer? - -Mariano me enseñó un asiento, me senté; él se puso á mi lado dándome la -izquierda. - -En frente había otra fila de asientos. Entraron varios indios y los -ocuparon. Eran indios predilectos de Mariano. - -Las chinas se levantaron y se pusieron en movimiento. En medio del -toldo había tres fogones en línea y en cada uno de ellos humeaban -grandes ollas de puchero y se tostaban gordos asados. - -Un toldo, es un galpón de madera y cuero. Las cumbreras, horcones y -costaneras son de madera; el techo y las paredes de cuero de potro -cosido con vena de avestruz. El mojinete tiene una gran abertura; por -allí sale el humo y entra la ventilación. - -Los indios no hacen nunca fuego al raso. Cuando van á malón tapan sus -fogones. El fuego y el humo traicionan al hombre en la Pampa, son su -enemigo. Se ven de lejos. El fuego es un faro. El humo una atalaya. - -Todo toldo está dividido en dos secciones de nichos á derecha é -izquierda, como los camarotes de un buque. En cada nicho hay un catre -de madera, con colchones y almohadas de pieles de carnero; y unos sacos -de cuero de potro colgados en los pilares de la cama. En ellos guardan -los indios sus cosas. - -En cada nicho pernocta una persona. - -De las teorías de Balzac sobre los lechos matrimoniales, los indios -creen que la mejor para la conservación de la paz doméstica es la que -aconseja cama separada. - -Como ves, Santiago amigo, el espectáculo que presenta el toldo de un -indio, es más consolador que el que presenta el rancho de un gaucho. -Y no obstante, el gaucho es un hombre civilizado. ¿Ó son bárbaros? -¿Cuáles son los verdaderos caracteres de la barbarie? - -En el toldo de un indio, hay divisiones para evitar la promiscuidad -de los sexos: camas cómodas, asientos, ollas, platos, cubiertos, una -porción de utensilios que revelan costumbres, necesidades. - -En el rancho de un gaucho falta todo. El marido, la mujer, los hijos, -los hermanos, los parientes, los allegados, viven juntos, y duermen -revueltos. ¡Qué escena aquélla para la moral! - -En el rancho del gaucho no hay generalmente puerta. - -Se sientan en el suelo, en duros pedazos de palo, ó en cabezas de vaca -disecadas. No usan tenedores, ni cucharas, ni platos. Rara vez hacen -puchero, porque no tienen olla. Cuando lo hacen, beben el caldo en -ella, pasándosela unos á otros. No tienen jarro, un cuerno de buey lo -suple. Á veces ni esto hay. Una caldera no falta jamás, porque hay que -calentar agua para tomar mate. Nunca tiene tapa. Es un trabajo taparla -y destaparla. La pereza se la arranca y la bota. - -El asado se asa en un asador de hierro, ó de palo, y se come con el -mismo cuchillo con que se mata al prójimo, quemándose los dedos. - -¡Qué triste y desconsolador es todo esto! Me parte el alma tener -que decirlo. Pero para sacar de su ignorancia á nuestra orgullosa -civilización, hay que obligarla á entablar comparaciones. - -Así se replegará cuanto antes sobre sí misma, y comprenderá que la -solución de los problemas sociales de esta tierra es apremiante. - -La suerte de las instituciones libres, el porvenir de la democracia y -de la libertad serán siempre inseguros mientras las masas populares -permanezcan en la ignorancia y atraso. - -El _cabrío emisario_ de las leyes, tienen que ser las costumbres. -Dadme una asociación de hombres cualquiera con hábitos de trabajo, con -necesidades, con decencia, y os prometo en poco tiempo un pueblo con -leyes bien calculadas. El bien es una utopía cuando la semilla que debe -producirlo no está sazonada. La aspiración de la libertad racional -es una quimera, cuando los instrumentos que deben practicarla son -corrompidos. - -Dios ha ligado fatalmente los efectos á las causas. Ni los olmos dan -peras, ni las instituciones sus frutos donde las nociones del bien y -del mal, de lo bueno y de lo malo, no están universalmente encarnadas -en todo pecho. Siguiendo la ruta que llevamos, elevaremos los andamios -del templo; pero al levantar la bóveda, el edificio se desplomará con -estrépito y aplastará con sus escombros á todos. - -Los artífices desaparecerán y el desaliento de los que contemplaban su -obra conducirá á la anarquía. Por eso el primer deber de los hombres de -estado es conocer su país. - -Á los cinco minutos de estar en el toldo nos sirvieron de comer. Á cada -cual le pusieron delante un gran plato de madera con puchero abundante -de choclos y zapallo, cubiertos, cuchara, tenedor, cuchillo y agua. - -Las cautivas eran las sirvientas. Algunas vestían como indias, estaban -pintadas como ellas. Otras ocultaban su desnudez en andrajosos y sucios -vestidos. - -¡Cómo me miraban estas pobres! ¡Qué mal disimulada resignación -traicionaban sus rostros! La que más avenida parecía era la nodriza -de la hija menor de Mariano; había sido criada en la casa de don Juan -Manuel de Rosas. La cautivaron en Mulitas, en la famosa invasión que -trajo el indio Cristo, en la época del gobierno de Urquiza, cuando lo -que se robaba aquí se vendía en las fronteras de Córdoba y San Luis. - -Yo no había comido más que un churrasquito, desde el día antes; el -puchero estaba muy apetitoso y bien condimentado. Me puse, pues, á -comer con tanta gana como anoche en el Club del Progreso. Y como no -habían olvidado los trapos, como olvidaron las servilletas allí, lo -hice como un caballero. - -Terminado el puchero, trajeron asado, después sandías. - -Estábamos en los postres, cuando volvió á presentarse el negro con -su inseparable acordeón. Se sentó como en su casa al lado de Mariano -y comenzó la música. Afortunadamente se había puesto muy ronco y no -podía cantar. Que te dure la ronquera, decía yo para mis adentros, y lo -miraba, haciéndole con la cabeza una especie de amenaza de mandar el -organito ofrecido y temido por él. El sátrapa me miraba compasivamente. -Lo dejé seguir. - -Conversábamos como en un salón, cada uno con quien quería. - -Los indios no dan cigarros á los cristianos que están de visita. Para -fumar yo, tuve que regalar de los míos á todos. - -Los indiecitos nos alcanzaban fuego, y cuando se quedaban jugando ó -distraídos, Mariano los aventaba diciéndoles: Salgan de ahí, no falten -al respeto á sus mayores, eran sus palabras casi textuales. Observé que -eran en este sentido bien criados. - -Mariano, queriendo ponderarme uno de sus hijos me dijo: - ---Éste es muy gaucho. - -Después me explicaron la frase. El indiecito ya robaba maneas y -bozales. Más tarde completaría su educación robando ovejas, después -vacas. Es la escala. - -En seguida me presentó otro. - -Era un muchacho de _trece_ años, no podía tener más. Y eso debía tener -por la época en que me aseguraran había nacido. Su mérito consistía -en tener mujer ya. Su cara no carecía de atractivos; tenía bastante -expresión. Revelaba excesos prematuros, un tísico en perspectiva. - -Fumábamos y charlábamos alegremente, cuando se presentó Epumer, con mi -capa colorada, la capa causante de tantos malos ratos y dolores de -cabeza. Confieso que no me pareció tan fea. - -Me saludó con política y me habló con cariño. - -Pidió aguardiente, y Mariano le dijo en su lengua, que no era hora de -beber. - -Sentóse y tomó parte en la conversación. - -Una cara, que yo no había visto desde que llegamos, cuya aparición -por allí debía preocuparme, se mostró por una rendija del toldo y con -disimulo me hizo una seña significativa. - -Fingí un pretexto. Se lo comuniqué á mi huésped y le pedí permiso para -retirarme, y me retiré diciéndome á mí mismo, lleno de curiosidad: ¿qué -habrá? - - - - - XXXVI[5] - - Por qué se me presentaba Camilo Arias.--Caracteres de este hombre - y de nuestros paisanos.--El indio Blanco.--Sus amenazas.--Le pido - una entrevista á Mariano Rosas.--Me tranquiliza.--Costumbre de - los indios.--No existe la prostitución de la mujer soltera.--Qué - es _cancanear_.--El pudor entre las indias.--La mujer casada.--De - cuántos modos se casan las indias.--Las viudas.--Escena con Rufino - Pereira.--Igualdad.--Miguelito intercede por Rufino. - - -La cara era la de Camilo Arias. - -Salí del toldo, entré en la enramada, eché una visual hacia el lado por -donde me habían llamado la atención, y viendo que aquél se dirigía á mi -rancho, haciendo un rodeo, me apresuré á entrar en él. - -Entré luego. - -Hice salir á los que estaban dentro; al capitán Rivadavia le ordené -que estuviera en acecho de los espías que, según costumbre, debían -observar mis movimientos y escuchar mis conversaciones; y á otro -oficial, que con todo disimulo se acercara á Camilo y le dijera que -podía entrar. - -Mi fiel y adicto compañero de tantas correrías por la frontera no se -hizo esperar. - -Según mis instrucciones, no se me había acercado desde el día que -llegamos á Leubucó. - -Algo grave, alarmante ó que convenía que yo no ignorase acontecía, -cuando se me presentaba. - -Él no era hombre de alarmarse, ni de faltar á su consigna sin razón. -Tenía toda la sangre fría, toda la astucia, toda la experiencia -del mundo, que tan prematuramente adquieren nuestros paisanos; son -condiciones características en ellos, que la vida errante y azarosa que -llevan desarrolla en sumo grado. - -Es cosa que pasma verlos desde chiquitos cruzar los campos solos, á -toda hora del día y de la noche, en un mancarrón ó picando una carreta; -alejarse de las casas ó de las poblaciones, á bolear avestruces, -guanacos ó gamas, á _peludear_ ó _quirquinchar_, dormir entre las -pajas, desafiar las intemperies, casi desnudos, con el caballo de la -rienda, y precaverse contra todas eventualidades, de los indios, de los -cuatreros, de los ladrones. - -Apenas entró Camilo en el rancho, le pregunté: - ---¿Qué hay? - -Miró á su alrededor, se cercioró de que no había nadie, y dudando aun -del testimonio de sus sentidos, se me acercó al oído y me dijo: - ---El indio Blanco ha venido. - ---¿Y qué?...--le contesté encogiéndome de hombros. - ---Está en una pulpería y dice que si Mariano Rosas ha hecho la paz, él -no la ha hecho. - ---¿Y quién está con él? - ---Varios indios y cristianos. - ---¿Y qué dicen? - ---Lo mismo que él, que si Mariano Rosas ha hecho la paz, ellos no la -han hecho. - ---¿Nada más dicen? - ---Sí, dicen más; dicen que ya lo veremos. - ---¿Y cómo lo has sabido? - ---Haciéndome el zonzo, el que no entendía, me allegué á ellos, y como -algo entiendo su lengua he comprendido todo. - ---Bien, retírate, cuidado esta noche con los caballos. - ---No hay cuidado, señor. - -Se marchó, y me quedé pensando qué haría. Después de un momento de -reflexión, resolví decirle á Mariano Rosas lo que ocurría. - -Llamé al capitán Rivadavia y le ordené que le anunciara mi visita. - -Me contestó que podía ir cuando gustase. - -Volví á su toldo, despidió á las visitas, y cuando nos quedamos solos -le referí el caso. - -Por más que quiso disimular, le conocí que la conducta del indio Blanco -le irritaba, porque desconocía su autoridad. - ---No tenga cuidado, hermano--me dijo, y mandó á uno de sus hijos que -llamara á Camargo. - -Mientras éste vino, me enteró de algunas costumbres de su tierra. - ---Hermano--me dijo, más ó menos,--aquí á mi toldo puede entrar á la -hora que guste, con confianza, de día ó de noche es lo mismo. Está en -su casa. Los indios somos gente franca y sencilla, no hacemos ceremonia -con los amigos, damos lo que tenemos, y cuando no tenemos pedimos. - -No sabemos trabajar, porque no nos han enseñado. Si fuéramos como los -cristianos, seríamos ricos, pero no somos como ellos y somos pobres. -Ya ve cómo vivimos. Yo no he querido aceptar su ofrecimiento de hacerme -una casa de ladrillo, no porque desconozca que es mejor vivir bajo de -un techo que como vivo, sino porque, ¿qué dirían los que no tuviesen -las mismas comodidades que yo? Que ya no vivía como vivió mi padre, que -me había hecho hombre delicado, que soy un flojo. - -Era excusado refutar estas razones; me limitaba á escuchar con atención -y manifiesto interés. - -Siguió hablando y me explicó, que entre los indios no existe la -prostitución de la mujer soltera. Ésta se entrega al hombre de su -predilección. El que quiere penetrar en un toldo de noche, se acerca á -la cama de la china que le gusta y le habla. - -Ni el padre, ni la madre, ni los hermanos le dicen una palabra. No es -asunto de ellos, sino de la china. Ella es dueña de su voluntad y de su -cuerpo, puede hacer de él lo que quiera. Si cede, no se deshonra, no es -criticada, ni mal mirada. Al contrario, es una prueba de que algo vale; -de otra manera no la habrían solicitado, ó _cancaneado_. - -En lengua araucana, el acto de penetrar en un toldo á deshoras de la -noche se llama _cancanear_ y _cancán_ equivale á seducción. - -Los filólogos franceses pueden averiguar si estos vocablos se los han -tomado los indios á los galos ó éstos á los indios. - -Yo sólo sé decir que es muy curioso que entre indios y franceses -_cancanear_ y _cancán_, respondan á ideas que se relacionan con Cupido -y sus tentaciones. - -Como se ve, la mujer soltera es libre como los pájaros para los -placeres del amor entre los indios. - -¿Se creerá por esto que la licencia es general entre ellos, que los -Lovelace abundan y que no hay más que fijarse en una china para -exclamar después: _fuí, vi y vencí_? - -No tal. - -La libertad es un correctivo en todo. Como la lanza del guerrero -antiguo, ella cura las mismas heridas que hace. Esta verdad es vieja en -el mundo. - -La libertad trae la licencia, pero la licencia tiene su antídoto en la -licencia misma. - -En cuanto á la libertad de la mujer, esta observación social ha sido -hecha ya no recuerdo por quien. - -Las francesas se casan para ser libres; las inglesas para dejar de -serlo. ¿Cuáles son los efectos? Que en Francia es mayor el número de -mujeres solteras seducidas y en Inglaterra el de casadas. - -Y, por regla general, los predestinados del matrimonio son los celosos. -¿Por qué? porque el pudor es el mayor cancerbero de la mujer. - -¿Existe el pudor entre las indias? se me preguntará quizá mañana por -algunos curiosos. - -Para ahorrarme contestaciones, anticiparé que en todas partes del -mundo, así entre los pueblos civilizados, como entre las tribus -salvajes más atrasadas, la mujer tiene el instinto de saber que el -pudor aumenta el misterio del amor. - -De lo contrario, sería cosa de hacerse uno indio mañana mismo, de -renunciar á la seguridad de las fronteras y dejarnos conquistar por las -Ranqueles. - -Al lado de la mujer soltera, la mujer casada es una esclava, entre los -indios. - -La mujer soltera tiene una gran libertad de acción; sale cuando quiere, -va donde quiere, habla con quien quiere, hace lo que quiere. - -La mujer casada, depende de su marido para todo. - -Nada puede hacer sin permiso de éste. - -Tiene sobre ella derecho de vida ó muerte. - -Por una simple sospecha, por haberla visto hablando con otro hombre, -puede matarla. - -¡Así son de desgraciadas! - -Y tanto más cuanto que quieran ó no, tienen que casarse con quien las -pueda comprar. - -Hay tres modos de casarse. - -El primero es como en todas partes. Con consentimiento de los padres -y por amor, con el apéndice de que hay que pagarles á aquéllos. En -este caso, si después de casada una china, se le escapa al marido y se -refugia en casa de sus padres, el tonto que se casó por amor, pierde -mujer y cuanto por ella dió. - -El segundo, consiste en rodear el toldo de la china que se quiere, -acompañado de varios y en arrancarla á viva fuerza, con el beneplácito -y ayuda de sus padres. En este otro caso, también hay que pagar; pero -más que en el anterior. Si la mujer huye después y se refugia en el -toldo paterno, hay que entregarla. - -El tercero, es parecido al anterior; se rodea el toldo de la china, -con el mayor número de amigos posible, y quiera ella ó no, quieran los -padres ó no, se la arranca á viva fuerza. Pero en este caso hay que -pagar mucho más que en el otro. Si la mujer huye después y se refugia -en el toldo paterno, la entregan ó no. Si no la entregan los padres, en -uso de su derecho, el marido pierde lo que pagó. Y el loco que se casó -á la fuerza, por la pena es cuerdo. - -No están tan mal las cosas dispuestas entre los indios; el amor y la -violencia exponen á iguales riesgos. - -Un indio puede casarse con dos ó más mujeres; generalmente no tienen -más que una, porque casarse es negocio serio, cuesta mucha plata. - -Hay que tener muchos amigos que presten las prendas que deben darse en -el primer caso, y en el segundo y tercero las prendas y el auxilio de -la fuerza. - -Sólo los caciques y los capitanejos tienen más de una mujer. - -La más antigua es la que regenta el toldo; las demás tienen que -obedecerle, aunque hay siempre una favorita que se substrae á su -dominio. - -Las viudas representan un gran papel entre los indios cuando son -hermosas. - -Son tan libres como las solteras en un sentido, en otro más, porque -nadie puede obligarlas á casarse, ni robarlas. - -De manera, que las tales viudas, lo mismo entre los indios que entre -los cristianos, son las criaturas más felices del mundo. - -Con razón hay mujeres que corren el riesgo de casarse á ver si enviudan. - -El cacique Epumer está casado con una viuda y no tiene más que una -mujer. - -Yo la encontré muy hermosa[6] é interesante, y en una visita que la -hice me recibió con suma amabilidad y gracia. - -Es una india cuyo porte y aseo sorprenden. - -¡Viuda había de ser la que lograse dominar á un hombre como Epumer, -bravío, impetuoso, tremendo! - -Terminaba Mariano Rosas sus lecciones ranquelinas, cuando llegó su hijo -con Camargo. - ---Teniente--le dijo,--vaya, dígale á Epumer que he sabido que Blanco ha -llegado y que anda hablando lo que no debe; que lo cite para la junta -que debe haber, y que si no calla ya sabe. - -Este _ya sabe_ quería decir que lo matasen si era necesario, si no -obedecía. - -Camargo obedeció y salió, volviendo al rato con la contestación de -Epumer. - -Decía éste, que ya había sabido lo que andaba hablando Blanco y que le -había hecho decir que se moderase. - -Oyendo esto Mariano, me dijo: - ---Ya ve, hermano, cómo no hay cuidado. No haga caso de ese indio. Yo he -de hacer que se someta, y de no, que se vaya. Cuando oyó decir que nos -iban á invadir, dejó el «Cuero» y sin mi permiso se fué para Chile con -cuanto tenía. Y ahora que sabe que estamos de paz, que no hay temor de -que nos invadan, vuelve. Ése es amigo para los buenos tiempos. No ha de -hacer nada, es pura boca. - -Camargo confirmó todo cuanto dijo Mariano y agregó algunas -observaciones muy de gaucho, como por ejemplo: yo sé dónde ese indio -pícaro tiene la vida. - -En estas pláticas estábamos y la hora de comer se acercaba, cuando -entrando el capitán Rivadavia, me dijo que me esperaban con la comida -pronta. - -Saqué el reloj, y haciéndoselo ver á Mariano, dije: - ---Las cuatro. - -El indio lo miró, como dándome á entender que estaba familiarizado con -el objeto y me dijo: - ---Muy bueno, yo tengo uno de plata. Pero no lo uso. Aquí no hay -necesidad. - ---Es verdad--le contesté. - -Y él repuso: - ---Vaya, no más, hermano, á comer, ya es un poco tarde. - -Salí, pues, nuevamente del toldo, comí, y al entrarse el sol, volví á -la enramada. - -Mariano estaba sentado con unos cuantos indios medio _achumado_ con -ellos. - -Me ofrecieron asiento, lo acepté. - -Bebían aguardiente. - -Me hicieron un _yapaí_, acepté. - -Me hicieron otro, acepté. - -Me hicieron otro, acepté. - -Felizmente para mis entrañas, la copa en que echaban el aguardiente -era un cuerno muy pequeñito, y la botella de aguardiente estaba ya por -acabarse en los momentos que llegué. - -Mariano se había quedado meditabundo con la vista fija en el suelo. - -Los otros indios se iban durmiendo. - -Yo me engolfaba no sé en qué pensamientos, cuando un hombre de _mi -séquito_ se presentó, manteniendo el equilibrio con dificultad y -teniendo un cuchillo en una mano y una botella de aguardiente en la -otra. - -Al verle, la cólera paralizó la circulación de mi sangre. - ---¡Retírate, Rufino!--le grité. - -No me obedeció y siguió avanzando. - ---¡Retírate!--volví á gritarle con más fuerza. - -No me obedeció tampoco y siguió avanzando, y ofreciéndole la botella á -Mariano Rosas, le dijo: - ---Tome, mi General. - -Mariano la tomó. - -Se la quité. Aquel momento era decisivo para mí. Si me dejaba faltar al -respeto por uno de mis mismos soldados era hombre perdido. - -Y quitándosela, eché mano al puñal y gritándole al gaucho, _¡retírate!_ -con más fuerza que antes, me abalancé sobre él, saltando por sobre -varios indios. - -Rufino obedeció entonces y huyó. Volví sobre mis pasos y me senté -agitadísimo; la bilis me ahogaba. - -Mariano, que no se había movido de su sitio, me dijo con estudiosa -calma y siniestra expresión: - ---Aquí somos todos iguales, hermano. - ---No, hermano--le contesté.--Usted será igual á sus indios. Yo no soy -igual á mis soldados. Ese pícaro me ha faltado al respeto, viniendo -ebrio adonde yo estoy y negándose á obedecerme á la primera intimación -de que se retirara. Aquí más que en ninguna parte me deben respetar los -míos. - -El indio frunció el ceño, tomando su fisonomía una expresión en la que -me pareció leer: este hombre es audaz. - -Yo no calculé el efecto, aunque comprendí que si me dejaba dominar por -el borracho me desprestigiaba á los ojos de aquel bárbaro. - -Nos quedamos en silencio un largo rato. - -Ni él ni yo queríamos hablar. - -Él murmuró de nuevo: «aquí todos somos iguales». - -Mi contestación fué, viendo que Rufino armaba un alboroto en el fogón -de mis asistentes, gritar, fingiéndome furioso, porque había recobrado -la serenidad: - ---Pónganle una mordaza. - -El indio arrugó más la frente. Yo hice lo mismo y permanecimos mudos. - -Miguelito nos sacó del abismo de nuestras reflexiones. - -Venía á interceder por Rufino, ofreciéndome cuidarle él mismo. - -Me pareció oportuno ceder. - ---Llévalo--le dije.--¡Pero cuidado! - -Rufino oyó y contestó: no hay cuidado, mi Coronel, y comenzó á dar -vivas al coronel Mansilla. - -Le hice señas con el dedo que callara, obedeció. - -Un momento después oíase en un toldo vecino, en el que había una -pulpería, su voz tonante. - -Mariano me dijo: - ---Están alegres los mozos. - ---Sí--le contesté secamente,--y dándole las buenas tardes, le dejé solo. - -La noche se acercaba, lo mandé traer á Rufino y le hice acostar á -dormir. - -Rufino tiene una historia. - -Es un tipo de gaucho malo. - - - NOTAS: - -[5] Esta carta será mejor que no la lean las señoras. - -[6] Con permiso de los que pretenden que los gustos se pueden discutir. - - - - - XXXVII - - - El fogón al amanecer.--Quién era Rufino Pereira.--Su vida y - compromisos conmigo.--Cómo consiguen los indios que los - caballos de los cristianos adquieran más vigor. - - -Dormí muy bien sin que nadie ni nada me interrumpiera. - -El hombre se aviene á todo. - -Mi cama desigual y dura, me pareció de plumas. - -Si no me hubieran faltado algunas cobijas, podría decir que pasé una -noche deliciosa. - -Me levanté con el lucero del alba, gritando: - ---¡Fuego! ¡fuego! - -En un abrir y cerrar de ojos hice mi _toilette_, á la luz de un candil. - -Salí del rancho. - -El fogón ardía ya y el agua hervía en la caldera. - -Me puse á _matear_, divirtiéndome en escuchar los dicharachos y los -cuentos de los soldados. - -Cada uno tenía una anécdota que referir. - -Á todos les había pasado algo con los indios. - -El uno había tenido que dar hasta los cigarros; el otro las botas; éste -el poncho; aquél la camisa. - -Sólo un mendocino, muy agarrado, había tenido el talento de hacerse -sordo y mudo. Los pedigüeños no habían podido con él. - -Mientras amanecía, me puse á hacerles un curso sobre la conducta y el -porte que debían observar; sobre los inconvenientes de que no fuesen -moderados, de que no cuidasen y respetasen á sus superiores más que -nunca. - -Comprendían perfectamente mis razones, y las escuchaban con religiosa -atención. - -Á Rufino le eché un sermón con aspereza. - -Este Rufino era un gaucho de Villanueva, con quien nadie podía. - -Azote de los campos, le tomaron y le destinaron al 12 de línea, junto -con otros de su jaez, haciéndome el Comandante militar las mayores -recomendaciones, previniéndome que tuviera con él muchísimo cuidado, -porque era un hombre de avería. - -Comprendiendo que en el batallón 12 de línea sería un mal elemento, á -los tres días de destinado lo hice venir á mi presencia. - -Le habían cortado su larga cabellera, le habían encasquetado ya el -kepis, plantificado la chaquetilla y la bombacha. - -El gaucho había desaparecido bajo el exterior del recluta. - -Era un hombre alto, fornido, de grandes ojos negros, de fisonomía -expresiva, de mirada inquieta, de movimientos fáciles, de aspecto -resuelto, en suma. - -Entablé con él el siguiente diálogo: - ---¿Cómo te llamas? - ---Rufino Pereira. - ---¿De dónde eres? - ---No sé. - ---¿Dónde has nacido? - ---No sé. - ---¿Quiénes son tus padres? - ---No sé. - ---¿En qué trabajabas antes de ser soldado? - ---En nada. - ---¿Sabes por qué te han destinado? - ---No sé. - ---Dicen que eres ladrón, cuatrero y asesino. - ---Así será. - ---¿Pero tú qué crees? - ---Yo no soy hombre malo. - ---¿Qué eres entonces? - ---Soy hombre gaucho. - ---Pero, por eso solamente no te han de haber destinado. - ---Es que los jueces no me quieren. - ---No te habrás querido someter á su autoridad. - ---No me ha gustado ser soldado; cuando he sabido que me buscaban, -he andado á monte. He peleado algunas veces con la partida, y la he -corrido. - ---¿Eso es todo lo que has hecho? - ---Todo. - ---Pero me has dicho que no trabajabas en nada, y para vivir sin hacer -daño al prójimo es menester trabajar en algo. Te vuelvo á preguntar, -¿de qué vivías? - ---Soy jugador. - ---¿Pero cómo es posible que digan que eres ladrón, cuatrero y asesino, -si no lo eres? - ---Me han achacado las cosas de otros compañeros que no he querido -delatar, y dirán que soy asesino, porque les he dado algunos tajos á -los de la partida. - ---¿Quieres que hagamos un trato? - ---Como usted quiera, Coronel. - ---¿Tienes palabra? - ---Sí, señor. - ---¿Tienes honor? - -Rufino no contestó. - ---¿Sabes lo que es el honor? - -Volvió á guardar silencio. - ---El honor consiste en cumplir uno siempre su palabra, aunque le cueste -la vida. ¿Me entiendes ahora? - ---Sí, Coronel. - ---Bien, vas á ser mi asistente, vas á cuidar mis caballos, vas á ser mi -hombre de confianza, y ahora mismo te voy á hacer poner en libertad. - -El gaucho no contestó una palabra. - ---¿Te animas á servirme bien? Yo no puedo darte la baja. Tienes que ser -soldado; te ayudaré en tus necesidades. ¿Qué te parece? ¿Te animas? - ---Sí, mi Coronel. - -Sólo entonces el gaucho me dijo al contestarme: _mi Coronel_. - -Di las órdenes en el cuerpo, y al rato andaba Rufino por Villanueva, -como uno de tantos militares. - -Vinieron á avisarme que se había desertado, y expliqué lo que había. - -Me aseguraron que se iría, y contesté que lo dudaba. - -Yo decía para mis adentros: - ---Si el bandido se va, porque tiene la libertad de hacerlo, se irá -solo, no llevará otros consigo. - -Yo vivía en la casa de Belzor Moyano. - -Allí vivía él. - -Todo el mundo estaba asombrado, tal era el terror que Rufino Pereira -inspiraba. - -Una mañana estaba él en el zaguán, mientras yo hablaba en la puerta de -la calle con un sargento de la partida de Policía. - -Entré con el sargento á mi cuarto, que tenía puerta al zaguán, y detrás -de mí, sin que yo lo viera, entró Rufino. - -Cuando me apercibí de su presencia, estaba sentado en una silla. - ---¿Por qué no se acuesta, amigo, en la cama--le dije,--con confianza? - -Al oir esta irónica insinuación se puso de pie. - ---Hola--le dije,--¿conque sabías que no debías sentarte delante de tu -jefe, ni entrar cuando él no te llamara? - -Y esto diciendo le saqué de allí á fuertes empellones. - -El gaucho hizo pie y se encrespó diciéndome con una tonada la más -cordobesa, con tonada de la Sierra: - ---¿Y si no sé, por qué no me enseña pues? - ---Pues, por esa compadrada, toma--le dije, y le di algo que solemos -dar los militares cuando queremos aventar un recluta que no tiene el -instinto de la disciplina y del respeto á sus superiores. - -Durante algunos días el gaucho anduvo con el ceño fruncido, mirándome -de reojo, como viendo el lugar de mi cuerpo que más le convenía para -acomodarme una puñalada. - -No había más que un solo medio de dominarle; despreciarle é inspirarle -confianza plena á la vez. - -Llamélo y le dije: - ---Mañana, en cuanto salga el lucero, ensillas mi zaino grande, empujas -la puerta de mi cuarto, entras despacio, te acercas á mi cama, me -llamas, y si no me despierto, me mueves. - -Preparé un rollo de cincuenta bolivianos y una carta para el Comandante -Racedo, del Batallón 12 de línea, que estaba de allí cinco leguas, -diciéndole: - -«Eso que lleva Rufino Pereira, es con el objeto de probarle, despáchele -sin demora, y anote la hora en que llega y la hora en que sale.» - -Yo tengo el sueño sumamente liviano. - -Á la hora consabida, sentí que abrían la puerta de mi cuarto; fingí que -roncaba. Rufino entró, llegó hasta mi cama, caminando despacito, porque -el cuarto estaba completamente á obscuras. - ---Mi Coronel--me dijo.--No contesté. Volvió á llamarme. Hice lo mismo. -Me llamó por tercera vez. Permanecí mudo. Me tocó y me movió. Sólo -entonces, contestando como quien despierta de un sueño profundo: - ---¿Quién es?--pregunté. - ---Yo soy. - ---Busca los fósforos que están ahí, en la silla, al lado de la -cabecera, y prende la vela. - -Rufino obedeció, y tanteando encontró los fósforos, sacó fuego y se -hizo la luz. - -Sin incorporarme siquiera metí la mano bajo la cabecera, saqué el rollo -de bolivianos y la carta, y dándoselos, le dije: - ---¿Sabes dónde queda el arroyo de Cabral? - ---Sí, mi Coronel. - ---¿Has ensillado el zaino? - ---Sí, mi Coronel. - ---Llévale eso al Comandante Racedo, y á las doce estás de vuelta. Son -diez leguas. No tienes por qué apurarte. No me vayas á sobar el pingo. - ---No--contestó. Se cuadró militarmente, hizo la venia, dió media vuelta -y salió. - -Apagué la luz y me quedé dormido. Me había acostado muy tarde. Esa -noche había estado en un baile. - -Dormía profundamente, sentí pisadas cerca de mi cama, me desperté, abrí -los ojos, miré--Rufino Pereira estaba ahí, de vuelta, alargándome la -mano con una carta. - -La tomé, rompí la nema y leí. - -Racedo me decía: «Entregó todo á las nueve y media y regresa.» - -Desde ese día seguí tratando á Rufino Pereira con la mayor confianza, y -el gaucho me sirvió en todo honradamente, hasta en cosas reservadas. - -Nuestros campos están llenos de Rufinos Pereiras. - -La raza de este ser desheredado que se llama _gaucho_, digan lo que -quieran, es excelente y como blanda cera, puede ser modelada para el -bien; pero falta, triste es decirlo, la protección generosa, el cariño -y la benevolencia. El hombre suele ser hijo del rigor, pero inclinado -naturalmente al mal, hay que contrariar sus tendencias, despertando en -él ideas nobles y elevadas, convenciéndonos de que más se hace con miel -que con hiel. - -Durante dos años, Rufino, el gaucho malo de Villanueva, el bandido -famoso, temido por todos, acusado de todo linaje de iniquidades--sólo -cometió un desliz,--el que le hizo presentarse ebrio delante de Mariano -Rosas y de mí. - -Fiel á mi regla de conducta, á mis propósitos y á mis convicciones -arraigadas, por el estudio que he hecho del corazón, de la humanidad, -después del reto le di al gaucho una porción de consejos útiles, -exhortándolo con cariño á que no los echase en saco roto. - -Me prometió no volver á incurrir en la falta cometida, y lo cumplió. - -El licor se le iba á la cabeza fácilmente. Mientras estuvimos entre los -indios no volvió á beber. - -El disco de fuego del sol, resplandeciendo en el horizonte, lo teñía -con ricos colores de púrpura y mieles. - -Hacía un rato que había amanecido. - -Resolví irme á bañar al jagüel. Me puse de pie, abandoné el fogón y -tomé el camino del baño. - -Había andado unos pocos pasos, cuando me encontré con Mariano Rosas. -Venía del jagüel, sus mojadas melenas y la frescura de su tez lo -revelaban. - -Nos saludamos con cariño. - ---Voy á bañarme, hermano--le dije. - ---Yo acabo de hacer lo mismo--me contestó,--y ahora voy á varear mi -caballo. - -Marchamos en opuesto rumbo. - -Yo regresaba del baño y él regresaba con su caballo cubierto de -espumoso sudor. - -Llegó, se apeó, lo desensilló, lo soltó y ensilló otro que estaba atado -al palenque. Terminada la operación le puso el freno y lo volvió á atar -de la rienda. - -Los indios hacen esta operación todas las mañanas. - -Cuando nos roban caballos, empiezan por soltarlos en los montes para -que se aquerencien y _tomen el pasto_. Una vez conseguido esto, hoy -ensillan un caballo, mañana otro, y así sucesivamente, y al salir el -sol los galopan fuerte por el campo más quebrado, más arenoso, más -lleno de médanos. - -Nuestros caballos, mediante una segunda educación, cobran un vigor -extraordinario. Y como durante veinticuatro horas permanecen al palo, -sin comer ni beber, con el freno puesto, resisten asombrosamente á las -más largas privaciones. - -De ahí la superioridad del indio en la guerra de fronteras. - -Toda su estrategia estriba en huir, esquivando el combate. Son -ladrones, no guerreros. Pelear es para ellos el recurso extremo. Su -gloria consiste en que el malón sea pingüe y en volver de él con el -menor número de indios sacrificados en aras del trabajo. - -¡Cómo han de competir nuestros caballos con los de ellos! ¡Cómo hemos -de darles alcance, cuando llevándonos algunas horas de ventaja salimos -en su persecución! - -Es como correr tras el viento. - -Después que Mariano ató su caballo, nos sentamos bajo la enramada y -convinimos en ocuparnos de asuntos oficiales. - -Mañana tendremos la primer conferencia diplomática. - - - FIN DEL TOMO PRIMERO - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1, by Lucio Mansilla - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS *** - -***** This file should be named 63600-0.txt or 63600-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/3/6/0/63600/ - -Produced by Andrés V. Galia, Jude Eylander, Sanly Bowitts, -Santiago and the Online Distributed Proofreading Team at -https://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, -and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive -specific permission. 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