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-The Project Gutenberg EBook of El poema de la Pampa, by José María Salaverría
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States
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-
-
-Title: El poema de la Pampa
- "Martín Fierro" y el criollismo español
-
-Author: José María Salaverría
-
-Release Date: October 22, 2020 [EBook #63525]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL POEMA DE LA PAMPA ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
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- BIBLIOTECA CALLEJA
-
- PRIMERA SERIE
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- JOSÉ M.ª SALAVERRÍA
-
- EL POEMA
- DE LA PAMPA
-
-
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-
- OBRAS DE JOSÉ M.ª SALAVERRÍA
-
-
- EL PERRO NEGRO
- (Ensayos).
-
- VIEJA ESPAÑA
- (Impresión de Castilla, con un prólogo de Pérez Galdós).
-
- NICÉFORO EL BUENO
- (Novela).
-
- LA VIRGEN DE ARÁNZAZU
- (Novela).
-
- TIERRA ARGENTINA
- (Viajes).
-
- LA SOMBRA DE LOYOLA
- (Ensayos).
-
- A LO LEJOS
- (Ensayos).
-
- CUADROS EUROPEOS
- (Viajes).
-
- ESPÍRITU AMBULANTE
- (Ensayos).
-
- LA AFIRMACIÓN ESPAÑOLA
- (Ensayos).
-
- EL MUCHACHO ESPAÑOL
-
-
-
-
- JOSÉ M.ª SALAVERRÍA
-
- EL POEMA
- DE LA PAMPA
-
- “MARTÍN FIERRO”
- Y EL CRIOLLISMO ESPAÑOL
-
- MCMXVIII
-
- CASA EDITORIAL CALLEJA
- FUNDADA EN 1876
-
- MADRID
-
- PROPIEDAD
- DERECHOS RESERVADO
-
- COPYRIGHT 1918
- BY JOSÉ MARÍA SALAVERRÍA
-
-
- Imp. Martín de los Heros, 65.
-
-
-
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-PRELIMINAR
-
-
-No tiene fácil disculpa el hecho triste, vergonzoso, de la separación
-intelectual entre las diferentes porciones del mundo castellano, y sobre
-todo entre España y sus hijas las repúblicas de América. Un siglo de
-resquemores, tal vez de odios; un largo siglo de mutua incomprensión y
-mutuo desvío, es un plazo sin duda suficiente largo para pagar culpas
-antiguas. Es ya hora de que españoles y americanos desistan de
-anacrónicas actitudes.
-
-Cada vez se acentúa más la corriente de aproximación que arrostran los
-gobiernos y las entidades comerciales o universitarias. Pero tales
-corrientes aproximativas resultarán sin bastante suficiencia o eficacia
-si no les ayuda el interés y el mutuo estudio literario, ejercido con
-un sentimiento desde luego cordial y una crítica atenta, generosa.
-
-Españoles y americanos no se hallan, al respecto, en el mismo plano de
-igualdad. Porque aun en los peores trances de desamor o de odio, los
-americanos han seguido directamente el desarrollo de las letras
-españolas, gracias al prestigio que las cosas europeas tienen siempre en
-América, y además por el indudable contenido de la literatura de España
-y por su superioridad frente a la de América. En cambio, los españoles
-peninsulares, desde que los virreynatos se alzaron en repúblicas, parece
-que hubiéramos decidido borrarlos del mapa de nuestra preocupación. Nada
-de ellos nos ha interesado. ¿Quizás porque, en efecto, nada valía su
-producción literaria?... Es verdad que los países americanos de nuestra
-lengua no han creado un Poe, un Emerson, un William James; pero ellos
-han dado a luz hombres extraordinarios en el orden político, militar y
-educador; han creado obras, en fin, que a los españoles nos deben
-preocupar, y yo me adelanto a poner como un tipo de obra curiosísima,
-altamente excepcional y hondamente _española_, este libro poemático del
-_Martín Fierro_.
-
-Ya quedará tiempo para el comentario de las obras formales y de los
-autores eminentes de Hispano-América; no faltarán plumas capaces que
-aborden esa empresa. Yo he preferido acercarme a un libro irregular, sin
-forma casi, rudimentario probablemente, fruto del ingenio argentino. El
-poema del _Martín Fierro_ no es popular a la manera anónima de los
-antiguos poemas europeos; tiene un autor conocido y reciente, que se
-llama José Hernández. Pero es profunda y particularmente popular, porque
-está escrito en el habla de las calles y los campos, sin aliño alguno,
-sin intención de producir efectos desaliñados, ingenuamente,
-espontáneamente, como un resultado asombroso de la inspiración del
-pueblo. En tal sentido equivale a un fenómeno, a un acontecimiento
-literario. Causa asombro, efectivamente, considerar que haya podido
-escribirse en época bien moderna, en el año 1872, un poema popular que
-contiene todas las particularidades de las obras míticas y de los libros
-anónimos, populares. Este raro fenómeno ha de explicarse por el estado
-primitivo que ofrecía la vida pampeana hasta hace pocos años; y ahora
-mismo no escasean en la Argentina territorios vírgenes poco menos que
-inexplorados, donde las gentes se conducen en una forma libre,
-pintoresca, a espaldas del tumulto de una civilización urbana de
-carácter súbito e inmigratorio.
-
-Aunque no fuese más que por este último motivo, el _Martín Fierro_ tiene
-para los españoles un valor muy grande. En sus desaliñados versos se
-pinta y describe el carácter de la primitiva población argentina, y esa
-población criolla está ligada a la idiosincrasia española con lazos tan
-íntimos, que hasta se puede decir que interesa tanto a España como a la
-Argentina el conocimiento, el estudio, el recuerdo de la auténtica
-población pampeana. El _gaucho_ no es sólo un ejemplar platense; es
-también un elemento español, el cual en cierto modo contiene algunas de
-las más netas o principales características de la gran familia española.
-
-El lector, desde luego, habrá observado en estas líneas la intención de
-hacer un descubrimiento literario. Ciertamente, se trata aquí de dar a
-conocer una obra casi del todo desconocida en España; si algún lector
-culto conoce el _Martín Fierro_, es a causa de haber visitado la
-República Argentina. Y como esta ignorancia casi general representa un
-descrédito, he ahí por lo que me propongo comentar el libro argentino y
-hacer que los criollos del Plata no acusen a la literatura española de
-excesivamente exclusivista o desdeñosa.
-
-Repito que el _Martín Fierro_ tiene para España acaso tanto valor como
-para la Argentina. El héroe del poema es criollo, gaucho puro, con
-mezcla, por tanto, bastante considerable de sangre india; los hechos que
-a través de las estrofas se ponen de relieve afectan a la vida de las
-Pampas y a conflictos territoriales, indígenas, especialmente a la lucha
-del campo libre y de la ciudad invasora. Pero, con todo, a pesar de su
-labor localista, los hombres y los conflictos del _Martín Fierro_ tienen
-estrecha relación con España. La desaparición del gaucho ante el
-progreso formal de la ciudad cosmopolita, ¿cómo podría ser indiferente
-para los españoles? Téngase en cuenta que en el fondo de la naturaleza
-gauchesca palpita el espíritu de la sociedad colonial; rudo, ignorante,
-agreste como es el gaucho, él contiene en esencia toda la tradición de
-los conquistadores. Su lenguaje es un prodigio de permanencia prosódica,
-y hoy mismo se escuchan en plena Pampa voces y refranes que no han
-sufrido alteración desde el siglo XVI. En cuanto a su sentido religioso
-y filosófico, su sobriedad, su estoicismo, su socarronería, su valor, su
-empaque, su fidelidad, su desprendimiento, su mezcla de gracejo y de
-melancolía, su amor al caballo y al cuchillo, su guitarra y su
-cigarro... todos estos atributos corresponden a la naturaleza del
-español. Nosotros no podemos desdeñar, sin grave culpa, la noble,
-romancesca y extraña figura del gaucho.
-
-Muchas veces se ha ponderado la identidad de raza, idioma y espíritu de
-España y las naciones de América. ¡Con qué frecuencia, sin embargo, ha
-sido proclamada esa identidad de labios afuera y como vano recurso
-retórico! Pero la identidad existe, a pesar de todas las ligerezas
-retóricas, y no son siempre los oradores a quienes debemos la
-aproximación hispano-americana; es ella misma quien la consuma. Quiero
-decir que la hermandad de España y América es fruto de un fatalismo, y
-se opera en virtud de causas extraordinarias, ineludibles.
-
-La causa principal de que España y América no puedan ser nunca extrañas
-entre sí, consiste en que América recibió de una vez, rápida y
-copiosamente y con exclusión de todo agente ajeno, la civilización
-española. Esta civilización, además, la recibió América en su período
-más feliz de madurez y de fuerza, cuando el alma española salía depurada
-y robustecida de una épica prueba de siete siglos; cuando la unidad
-nacional estaba sellada indisolublemente; cuando el Renacimiento
-divinizaba la energía; cuando el lenguaje castellano adquiría su
-plenitud sonora y gramatical; cuando la política tenía un franco sentido
-expansivo y dominador; cuando el espíritu español no dudaba, sino que
-afirmaba su gran voluntad de poder.
-
-Finalmente, América recibió la civilización, el idioma, la fe, el ser de
-España, de aquellos territorios peninsulares que tienen más metida en su
-alma el vigor castizo de la raza. Los primeros capitanes y pobladores
-salieron de Extremadura y Andalucía, y ellos infundieron a América su
-lenguaje, sus costumbres, sus más íntimos matices provinciales. De tal
-manera, que ahora mismo puede observar el viajero cómo en la modernista
-Buenos Aires conservan muchas casas el corte de las viviendas andaluzas,
-y cómo aquellos habitantes, hasta los hijos directos de italiano o de
-ruso, hablan con el dejo y los provincialismos de Andalucía.
-
-La “solera”, que hace perdurar en los vinos de marca el sabor original,
-mantiene en el fondo americano el primitivo ser español. Y de este modo,
-cuando un escritor americano produce una obra sincera, a pesar suyo, y
-aunque pretendiera haber escrito una obra americana, en realidad escribe
-un libro español. Tal es el caso de José Hernández, literato argentino,
-autor del poema _Martín Fierro_.
-
-José Hernández era un escritor modesto que no pretendía sorprender a
-París con una nueva tesis literaria. Se limitó a componer un poema,
-usando directa y felizmente el lenguaje del pueblo. Y sin darse cuenta,
-por un fenómeno bastante frecuente en literatura, hizo la obra más
-argentina, más veraz, más feliz de cuantas se han escrito en el país
-ríoplatense. Y como arrancó sus personajes y sus episodios de la misma
-entraña americana, sin remedio escribió un libro muy español. En efecto,
-el _Martín Fierro_ es un romance heroico popular y costumbrista, que en
-realidad viene a describir la vida del español transplantado a América.
-El tipo del _gaucho_, tan americano de suyo, no es otra cosa, si bien se
-mira, que un español nacido en el clima y el paisaje de la Pampa.
-
-No es fácil determinar el punto de América en que se conserva más pura
-la tradición de los conquistadores. En Méjico y en Bogotá, en Lima y en
-Santiago de Chile, el español suele recibir profundas y emocionantes
-sorpresas al encontrar tantas huellas vivientes de la cultura, el
-sentimiento y la misma superstición de España. Aquellas ciudades parecen
-más bien pedazos españoles, transportados íntegramente bajo el cielo
-americano. Y puede ocurrir que el español de la península encuentre que
-esos pedazos transportados contengan más sabor españolista, sean más
-íntima y externamente españoles que la misma España peninsular.
-
-Es seguro que Bogotá y Lima reproducen mejor que Buenos Aires el tipo de
-la ciudad propiamente española. Henchidas de savia cosmopolita, las
-poblaciones argentinas de la costa se desprenden cuanto pueden de su
-sabor colonial; el campo también, en la proximidad de esas poblaciones
-de aluvión, va perdiendo su primitivo carácter, y al gaucho pintoresco
-sucede una forma híbrida de _farmer_ vulgar, pedestre y sedentario. Pero
-hacia el interior tropezamos con un tipo de hombre tan curioso, tan
-auténticamente españolista, que nos resistimos a llamarle extranjero. El
-_gaucho_ de antes, el _paisano_ de hoy, tiene bastante más derecho a
-llamarse español que muchos pobladores de ciertas tierras de España.
-
-El _gaucho_ es un ejemplar de hombre que ha logrado cierta reputación
-universal. Se le conoce y se le ha comentado en muchos libros, a causa
-de su carácter, de su excepcionalidad. En esto se parece al español,
-puesto que el español, en el clima europeo, es un individuo aparte. Los
-otros países americanos eran generalmente aptos para sostener una
-población nutrida y sedentaria; el indio de Méjico y del Perú, habituado
-a un civismo siquiera rudimentario y a los trabajos de una industria y
-agricultura primitivas, y hechos a la vida comunal y a la obediencia de
-sus reyezuelos o emperadores, entraron fácilmente en la civilización
-colonial española y no destacaron mucho su carácter.
-
-Pero en las riberas del Plata, como en los llanos de Venezuela, se formó
-una población particular, original, producto en gran parte del medio.
-Los mestizos de español y de indígena hallaron una pradera anchurosa,
-infinita y desierta, que de algún modo recordaba las planicies
-españolas. En aquella pradera, los carneros y los caballos se
-multiplicaron bíblicamente, y surgió ese tipo de pastor heroico que
-hablaba el idioma de los hidalgos, montaba a lo caballero, manejaba la
-daga diestra, y todo esto sin perjuicio de una rusticidad de salvaje
-libre, arisco y puntilloso.
-
-Era yo niño, cuando cayó en mi poder un _Viaje alrededor del mundo_,
-escrito por Arago. Al recalar en el estuario del río de la Plata, el
-sabio escritor francés, con una frivolidad muy francesa, describe la
-vida del _gaucho_ y borda una serie de fantasías. Pero con todas sus
-exageraciones, aquel tipo del _gaucho_ me impresionó profundamente y
-quedó su figura bien grabada en mi memoria.
-
-Después, al visitar la Argentina, y buscando la imagen del _gaucho_
-entrevisto en las primeras lecturas infantiles, hube de recibir una
-pésima explicación: ya no había gauchos en el país... Pero no hay que
-creer mucho a los criollos que piensan ufanos, ante el esplendor de
-Buenos Aires, que toda la Argentina es idéntica a la gran metrópoli.
-Indudablemente, la marea inmigratoria va borrando muchas características
-criollas; el _paisano_ ya no viste _chiripá_[1] ni las antiguas botas
-indígenas. Pero separándose un poco de Buenos Aires, el viajero
-encuentra unos hombres singulares que son bien parecidos al _gaucho_
-tradicional. Unos hombres de hermosa figura, buena talla, rasgos físicos
-firmes, actitud un tanto grave, color pálido. La sangre india alarga un
-poco sus ojos hacia las sienes, y agranda las alillas de la nariz,
-dándoles un aire particular que en el país llaman _achinado_. En cuanto
-a la sangre española, andaluza, que llevan en su ser, les proporciona un
-tono de elegancia corporal, un bello empaque y gracia de los
-movimientos, una finura en los rasgos. Algo parecido a este ejemplar de
-hombre son los _jíbaros_ montañeses que yo había contemplado antes en
-Puerto Rico, aunque aquéllos, por el clima tropical en que viven, sean
-menos robustos y desenvueltos que el _paisano_ argentino.
-
-Lleva éste, en las comarcas del interior, un pantalón anchísimo como el
-de los zuavos, sombrero flexible, poncho y cinturón de plata, y porta,
-cruzado en los riñones, un largo cuchillo que le sirve para
-_carnear_[2], y que manejado hábilmente le ayuda a vengar cualquier
-ofensa o atropello.
-
-El tipo legendario del _gaucho_ se ha convertido en caricatura al
-contacto del suburbio de Buenos Aires. Toda la nobleza y arrogancia del
-_gaucho_ pastoril y libre ha derivado en Buenos Aires hacia el tipo
-repugnante del _compadrito_[3], especie de chulo, pero más sanguinario y
-soez que el chulo madrileño; semejante al _apache_ parisiense e hijo de
-una inmigración poco escogida. Descendiente con frecuencia de
-napolitanos o calabreses, imita el empaque y la fachenda del _paisano_
-antiguo, pero no su nobleza, e introduce en el idioma español, junto con
-los pintorescos giros criollos, un montón de palabras presidiarias, una
-hez de voces italianas; una jerga, en fin, de suburbio y de _bar_
-cosmopolita, con cadencias de tango obsceno y canallesco.
-
-Las cuitas y las hazañas del gaucho pampeano es lo que narra el _Martín
-Fierro_. Para el lector español, la vida de la Pampa debe ser una
-prolongación de la vida castellana o andaluza. Procuraré describir y
-comentar lo saliente de este libro singular, añadiendo impresiones,
-recuerdos y paisajes anotados por mí a lo largo de la hermosa tierra
-argentina.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
-EL ARGUMENTO
-
-
-Los que exigen a la obra literaria un gran número de episodios, bien
-trabados y tendientes a un fin armónico, en una forma más o menos
-clásica; los que siguen el precepto francés de orden, redondez y
-armonía, en el pequeño poema del _Martín Fierro_ hallarán pocos motivos
-para admirarse. Esta es una obra suelta, libre, un tanto desordenada.
-Tiene todo el aire de la antigua novela española, y por tanto se reduce
-a tomar al héroe, situarlo en medio de la vida y hacerle andar. El
-héroe, en efecto, realiza sus actos como en la misma vida, sin someterse
-a un plan, un acto tras otro; y cuando el narrador se fatiga, corta el
-hilo de las aventuras, y el libro ha terminado.
-
-Este libro, en suma, describe la vida azarosa y amarga de un gaucho
-ríoplatense. El mismo héroe nos cuenta sus antecedentes, su alegre
-juventud en el _pago_[4] donde naciera:
-
- Entonces, cuando el lucero
- brillaba en el cielo santo,
- y los gallos con su canto
- décian[5] que el día clareaba,
- a la cocina rumbiaba
- el gaucho que era un encanto.
-
- Y sentao junto al fogón
- a esperar que venga el día,
- al cimarrón[6] se prendía
- hasta ponerse rechoncho,
- mientras su china[7] dormía
- tapadita con su poncho.
-
- Y apenas el horizonte
- empezaba a coloriar,
- los pájaros a cantar
- y las gallinas a apiarse[8],
- era cosa de largarse
- cada cual a trabajar.
-
- Este se ata las espuelas,
- se sale el otro cantando;
- uno busca un pellón blando,
- éste un lazo, otro un rebenque,
- y los pingos[9] relichando
- los llaman desde el palenque...
-
-Tiene una _china_ que le quiere, o sea una mujer adjunta; tiene dos
-hijos, y no le falta un buen caballo, el _pingo_ cariñoso y trotador, y
-algunos útiles de caballería, como son las espuelas grandes de plata, el
-ceñidor adornado, el lindo poncho y la daga[10] inseparable. Toda esta
-felicidad se acaba el día en que llega un juez avinagrado, el cual
-recoge a todo el gauchaje como en una redada y envía a los pobres
-hombres a la frontera de los indios, para que sirvan de soldados.
-
-Y aquí empiezan los infortunios del gaucho _Martín Fierro_. Lo hacen
-soldado; pasa hambre; no cobra nunca la paga entera, y encima de esto
-tiene que soportar los ataques en masa de la _indiada_, que acomete más
-de una vez al _fortín_[11] de los _cristianos_.
-
- Y pa mejor de la fiesta,
- en esa aflicción tan suma,
- vino un indio echando espuma
- y con la lanza en la mano,
- gritando: “Acabau, cristiano;
- metau el lanza hasta el pluma...”
-
- Dios le perdone al salvaje,
- las ganas que me tenía;
- desaté las tres Marías[12]
- y lo engatusé a cabriolas.
- ¡Pucha![13]. Si no traigo bolas
- me achura el indio ese día.
-
- Era el hijo de un cacique,
- según yo lo averigüé.
- La verdá del caso jué
- que me tuvo apuradazo.
- Hasta que al fin de un bolazo
- del caballo lo bajé.
-
- Ahí no más me tiré al suelo
- y lo pisé en las paletas.
- Empezó a hacer morisquetas
- y a mezquinar la garganta...
- Pero hice la obra santa
- de hacerle estirar la jeta.
-
-La mala vida de la frontera se le hace tan odiosa a Martín Fierro, que
-decide marcharse; y como simple desertor vuelve a los poblados. Y
-estando de fiesta en una _pulpería_[14], el aguardiente le trastorna el
-seso, de modo que arma pendencia a un valentón, riñen, y lo deja muerto.
-Otro día se encara con un negro, mientras rasguea la guitarra, y también
-riñen, e igualmente lo mata.
-
-Huye, pues, a la ventura, y al escapar se le llena el alma de una
-desgarradora melancolía.
-
- Vamos, suerte, vamos juntos,
- dende que juntos nacimos.
- Y ya que juntos vivimos
- sin podernos dividir...
- yo abriré con mi cuchillo
- el camino pa seguir.
-
-Un día le sorprende el piquete de soldados que andaba tras él. Martín
-Fierro desenvaina su largo cuchillo y vende cara su libertad. Tumba a
-dos o tres de la policía. Y cuando el peligro es mayor, uno de los
-soldados, el amigo Cruz, exclama:
-
- ... ¡Cruz no consiente
- que se cometa el delito
- de matar así un valiente!
-
-Y el soldado Cruz, verdadera expresión de hidalguía castellana del
-antiguo régimen, se pasa al lado del débil. Y entre los dos bravos hacen
-huir al piquete.
-
-Caminan juntos por la Pampa desierta, hostigados por la civilización.
-Reducidos al último extremo, expulsados, inadaptados, ¿qué arbitrio
-tomarán los gauchos cimarrones? Se refugian, pues, en la patria de los
-indios. Piden hospitalidad en _los toldos_[15], y aunque los acogen a su
-amparo, les someten a rigurosa vigilancia y a frecuentes ultrajes. El
-amigo Cruz cae enfermo, y se muere. Queda Martín Fierro solo, triste,
-desesperado.
-
-Y cierto día que el héroe sale a vagabundear, descubre que un indiazo
-está maltratando a una cristiana cautiva. No vacila, seguramente. Un
-tosco y rudimentario Quijote vela en el fondo del alma de Martín Fierro.
-Se avalanza, riñe con el indio, suda mucho para vencerlo, y últimamente
-lo rinde, lo degüella. Toma en el anca a la cautiva, y huyen a todo
-escape. Llegando a los primeros poblados, la cautiva y su salvador se
-separan, y Martín Fierro, casi envejecido, retorna a sus lares. Ya la
-justicia olvidó las cuentas viejas. Martín Fierro busca su casa, y la
-encuentra rota, sin techo. Su mujer desapareció, y nadie sabe de ella.
-Sus dos hijos están allí, y al encontrarse cuentan todos sus vidas, sus
-trabajos... Y esto es todo.
-
-Sí, esto es todo. Pero como en la generalidad de las obras de su género,
-lo importante del _Martín Fierro_ no consiste en su trabazón ni en la
-transcendencia de sus episodios; el valor de la obra está en el tono, en
-el aire libre y primitivo, en la poética o dramática realidad de los
-pasajes, en el dibujo de los tipos, en la gran ráfaga de vida pampeana
-que sopla por todos los rudos versos del poema. En tal sentido, el
-_Martín Fierro_ merece el amor y la importancia que le conceden a
-última hora las personas más cultas de la Argentina; indudablemente es
-el libro que con más fuerza y espontaneidad describe la vida de la
-Pampa, antes de que ésta fuese manoseada por el agio y la inmigración. Y
-para los españoles que hemos habitado aquel país, y sentimos que en la
-llanura del Plata se reproduce y continúa el tipo español con todos sus
-lunares y todas sus bellezas, este libro del _Martín Fierro_ nos
-sorprende al principio, nos entusiasma después, y al final lo
-consideramos como una simple prolongación de la literatura y del alma
-españolas a través del Océano.
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
-JACTANCIA Y VALENTÍA
-
-
-Cuando más recorremos las porciones de este pequeño y curioso mundo, nos
-convencemos más de la eterna repetición de las cosas, y observamos, en
-efecto, que los pueblos se prestan unos a otros los usos y las
-modalidades, y que nada verdaderamente existe de único y de original. Yo
-he asistido en Guipúzcoa a los torneos de los _versolarios_, pujando por
-sobrepasarse en ingenio y agudeza ante un público numeroso y atento,
-mientras los vasos de sidra corren de mano en mano, y la extraña
-salmodía con que se acompañan los versos, lejana imitación del canto
-llano, deja en el aire una sensación de modorra campestre. Esto mismo,
-con igual carácter e idénticas manifestaciones, lo hallé en la isla de
-Puerto Rico, donde los jíbaros y negros acostumbran a contender en las
-_pulperías_ en un monótono recitado de versos que llaman allí _décimas_.
-Pues bien, en la Argentina se repite el fenómeno poético-popular.
-
-Hacen en la Pampa el oficio de _versolarís_ unos bardos rústicos que
-llevan el título de _payadores_. En las fiestas, en las bodas y los
-bautizos, en las animadas zambras que siguen a la operación de la hierra
-o el esquile del ganado, o sencillamente en las noches del sábado rural,
-solían, y hoy todavía acostumbran en muchos sitios, reunirse algunos de
-estos payadores, que guitarra en mano y dispuesto el frasco de ginebra,
-se enzarzan en interminables discreteos versificados. El buen _payador_,
-naturalmente, ha de ser un tanto vagabundo, bebedor, enamorado y jaque.
-Muchas veces, irritado por las burlas del contrincante y no pudiendo
-sufrir las risas del auditorio, el payador puede ocurrir que se levante,
-eche a volar la guitarra y proponga al cuchillo la terminación de la
-fiesta. Esto, como era de esperar, le ocurre con frecuencia al irascible
-y gallardo Martín Fierro.
-
-En su sangre alienta la tradición fanfarrona y osada, pundonorosa y
-altiva de un hidalgüelo español del siglo XVI. No le falta ni siquiera
-el punto necesario de petulancia, y con esto abarca el hispanismo de las
-dos grandes centurias; frecuentemente habla y se conduce Martín Fierro
-como un soldando andaluz que ha guerreado en Flandes bajo el reinado de
-Felipe IV.
-
-El hispanismo, el andalucismo, el casticismo siglos XVI y XVII resalta
-en Martín Fierro a lo largo de todo el poema; y eso es más notable y
-guarda más interés, porque su autor Hernández no se propuso ni
-remotamente lograr este efecto de hispanismo; él quiso hacer un poema de
-pura esencia argentina, y siendo verdaderamente bien argentinos el
-poema, los personajes y las acciones, al mismo tiempo resultan
-fundamentalmente españoles.
-
-Es muy difícil que en otra raza cualquiera el héroe del poema,
-convertido en narrador de sus hazañas, tome una actitud de reto y
-provocación. Es verdad que Martín Fierro, al comenzar su relato, usa la
-forma convencional y común a todas las epopeyas. Invoca, pues, a las
-deidades divinas, prestadoras de inspiración:
-
- Pido a los santos del cielo
- que ayuden mi pensamiento;
- les pido en este momento
- que voy a cantar mi historia,
- me refresquen la memoria
- y aclaren mi entendimiento.
-
- Vengan santos milagrosos,
- vengan todos en mi ayuda,
- que la lengua se me añuda
- y se me turba la vista.
- Pido a mi Dios que me asista
- en una ocasión tan ruda.
-
-Está bien, y así hicieron todos los cultivadores de la épica. Pero antes
-de todo, Martín Fierro estima necesario precisar su actitud de jaque,
-inasequible al miedo y al deshonor:
-
- Mas ande otro criollo pasa,
- Martín Fierro ha de pasar.
- Nada le hace recular,
- ni las fantasmas lo espantan.
- Y dende que todos cantan,
- yo también quiero cantar.
-
- Con la guitarra en la mano
- ni las moscas se me arriman;
- naides me pone el pie encima,
- y cuando el pecho se entona
- hago gemir a la prima
- y llorar a la bordona.
-
- Yo soy toro en mi rodeo
- y torazo en rodeo ajeno;
- siempre me tuve por güeno,
- y si me quieren probar,
- salgan otros a cantar
- y veremos quién es menos.
-
- No me hago al lao de la güella
- aunque vengan degollando;
- con los blandos yo soy blando
- y soy duro con los duros,
- y ninguno en un apuro
- me ha visto andar turtubiando[16].
-
- En el peligro, ¡qué Cristos!,
- el corazón se me ensancha,
- pues toda la tierra es cancha[17],
- y de esto naides se asombre;
- el que se tiene por hombre
- ande quiera hace pata ancha.
-
- Soy gaucho, y entiendanló[18]
- como mi lengua lo explica,
- para mí la tierra es chica
- y pudiera ser mayor...
-
-Yo no creo que en la literatura española abunden los pasajes
-representativos y característicos, positivamente raciales, en que se
-expresen, como en estos versos del _Martín Fierro_, la ilustre y sincera
-valentonería, la altivez quisquillosa, el punto de honor y la obsesión
-de la negra honrilla. Si el carácter histórico español ha sido
-considerado por los extranjeros como una exaltada soberbia y como un
-sentimiento en cierto modo místico del honor a lo hidalgo, las palabras
-fuertes y decididas que pronuncia el héroe Martín Fierro desde el
-principio son las más representativas y terminantes. El lector español
-se resiste a creer que esas palabras no hayan sido dichas por un
-habitante de la propia España. Pero mirando bien, el caso ya no nos
-parece insólito. Debe recordarse que en el siglo XVI pasaron a América
-ejemplares auténticos, firmes y sellados de la raíz española; y en el
-trasplante al otro lado del Atlántico, aquellos españoles se llevaron
-todo cuanto en ellos era esencial, lo mismo de bueno que de malo. Y
-aparte unos pocos aspectos de la naturaleza que disienten, todo es en el
-_Martín Fierro_ perfectamente, y acaso mejoradamente español.
-
-Tiene, por ejemplo, una soberbia xenofobia y un ingenuo desdén para el
-extranjero, o sea el _gringo_[19]. Y cuando los conducen a la fuerza en
-calidad de soldados, Martín Fierro se permite hacer consideraciones
-graves y pintorescas a propósito de los intrusos que inundan la Pampa.
-
- Yo no sé por qué el Gobierno
- nos manda aquí a la frontera
- gringada que ni siquiera
- se sabe atracar a un pingo.
- ¡Si creerá al mandar un gringo
- que nos manda alguna fiera!
-
- No hacen más que dar trabajo,
- pues no saben ni ensillar;
- no sirven ni pa carniar[20].
- Y yo he visto muchas veces
- que ni voltiadas[21] las reses
- se les querían arrimar.
-
- Cuando llueve se acoquinan
- como perro que oye truenos.
- Qué diablos, sólo son güenos
- pa vivir entre maricas.
- Y nunca se andan con chicas
- para alzar ponchos ajenos.
-
-El gaucho castizo siente un desdén varonil por los inmigrantes
-sedentarios, por los europeos borreguiles, gregarios, que la excesiva
-civilización hubo de ablandar. El gaucho, como el español, es un hombre
-sobrio; tiene a menos la glotonería, desdeña el regalo, y considera que
-ser masculino equivale a ser duro, independiente, valeroso, estoico. En
-suma, tiene la moral de los pueblos guerreros, y el gaucho, realmente,
-estaba en constante pie de guerra ante la inminencia de los indios
-saqueadores. Por otra parte, el gaucho era hijo de padre español. No se
-le pida, pues, ni voluptuosidad ni glotonerías. Come carne asada y
-galleta dura, bebe la infusión del mate, y como vicio tiene la ginebra y
-el cigarro. Si le falta ginebra y tabaco, sufre sin quejarse. Aunque le
-falte comida, callará dignamente, como un guerrero o un estoico. Desea
-el lujo, es verdad, pero un lujo personal consistente en arreos de plata
-para el caballo y bordados calzoncillos para él, cuyos flecos cuelguen
-bonitamente por debajo del chiripá o calzón holgado. ¡Ya se comprenderá,
-entonces, que los estadistas y reformadores argentinos tuvieran al
-gaucho por un elemento inútil para la civilización! Y así ha sido que en
-la Argentina, durante mucho tiempo, ciertas generaciones de impacientes
-reformistas procuraron anular, aniquilar en cierto modo al gaucho, como
-se hizo despiadadamente con el indio, sustituyéndolo por el inmigrante
-europeo, ese individuo sedentario y blanducho que Martín Fierro execra
-tanto, sin duda porque presiente que al último necesitarán los gauchos
-ceder la tierra a los gringos... En los últimos tiempos empiezan a
-reaccionar los intelectuales más distinguidos frente a esa desmesurada
-importación de formas y esencias extrañas, pues ven que por querer
-realizar una gran nación a toda costa, el país se les aumenta
-efectivamente, pero la patria íntegra y tradicional se les disminuye.
-
-El gaucho Martín Fierro representa, en este sentido, el grito de noble
-protesta de una patria y de una civilización que no saben resistir, sino
-alejarse decorosa y orgullosamente. ¡Que irrumpa el gringo blandullón y
-plebeyo! ¡Que cuente sus monedas, que se afane por vivir a lo burgués y
-a lo civilizado! El gaucho, encarnado en la persona de Martín Fierro,
-está hecho para otras empresas
-
- Yo abriré con mi cuchillo
- el camino pa seguir...
-
-He ahí, pues, un _pionner_ esforzado, épico, novelesco; supo abrir
-camino a la civilización, y llevar la cultura europea, todo lo
-rudimentaria que fuese, a los remotos extremos del desierto. Pero fué un
-_pionner_ a la española, y por tanto estaba imbuído del espíritu heroico
-y de cierta noble arbitrariedad quijotesca. El otro _pionner_, el gringo
-codicioso, glotón y sedentario, es quien ha vencido al fin y se ha
-quedado dueño de la tierra.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
-EL ESCENARIO DE MARTÍN FIERRO
-
-_EVOCACIÓN QUIJOTESCA_
-
-
-Alguna vez me ha ocurrido terminar la velada sobre una página del
-_Martín Fierro_; y al día siguiente, en una mañana limpia y luminosa, he
-ido a mirar, desde la trasera del parque del Retiro, la sublime
-inmensidad de la llanura castellana. Entonces, espontáneamente, mis
-labios han repetido los versos del _gaucho andante_, cuando pinta a su
-modo la naturaleza de aquella otra llanura, tendida entre los Andes y el
-Atlántico:
-
- “Todo es cielo y horizonte
- en inmenso campo verde.
- ¡Pobre de aquel que se pierde
- o que su rumbo estravea!
- Si alguien cruzarlo desea
- este consejo recuerde:
-
- Marque su rumbo de día
- con toda felicidá;
- marche con puntualidá
- siguiéndolo con fijeza,
- y si duerme, la cabeza
- ponga para el lao que va...”
-
-Estos consejos que brinda el gaucho Martín Fierro a los viandantes de la
-Pampa no son imprescindibles en la llanura de Castilla; las carreteras
-rayan aquí la inmensa planicie, y la torre de un pueblo asoma de cuando
-en cuando al borde del horizonte; el peligro de extraviarse no existe.
-Pero entre Castilla y la Pampa hay de común la soledad, y una especie de
-sentimiento o angustia del infinito.
-
-De todas suertes, en la Europa occidental ningún otro paisaje se asemeja
-tanto a la Pampa como la llanura de Castilla.
-
- “Todo es cielo y horizonte
- en inmenso campo verde.”
-
-En efecto, desde cualquier extremo de Madrid pueden contemplar los ojos
-esa inmensidad de cielo, horizonte y campo vacío de que habla el poeta
-criollo. Por la primavera, cuando verdean las primicias del trigo, los
-llanos manchegos reproducen aproximadamente una imagen de aquellos otros
-llanos platenses, rasos y monótonos, sublimes en su religiosa
-inmensidad. Lo mismo que la planicie argentina, esta llanura castellana
-está invitando al hombre a las ilimitadas correrías aventureras. Y es
-ahí, efectivamente, sobre esas tierras infinitas de lejano horizonte,
-por donde cabalgaron los guerreros de la Reconquista, persiguiendo el
-rastro de las huestes sarracenas; y es ahí también donde erraba el iluso
-Don Quijote, tras la huella de sus quimeras geniales.
-
-En la otra llanura hermana y paralela, por los llanos argentinos, el sol
-americano vió alguna vez a los conquistadores, hijos directos de los
-soldados de la Reconquista cristiana. Y si no andaba por allá el propio
-Don Quijote, se veía cuando menos a su pariente. ¿No es el propio Martín
-Fierro, gaucho alzado y libre, una aproximada imagen quijotesca?...
-
-Conviene realizar todo género de salvedades, y no conceder a las cosas
-un valor desmesurado. Pero siempre que hayamos investido a Don Quijote
-de toda su inabordable sublimidad, podremos ceder al gaucho Martín
-Fierro una cierta aura quijotil, un modo de parecido quijotesco. Acaso
-el gaucho Martín Fierro parecerá un Quijote plebeyo, humilde, tosco, un
-Quijote analfabeto y de pulpería; pero cuantas veces releo el poema de
-José Hernández, sin querer me acuerdo del libro de Cervantes.
-
-La similitud no estriba en el valor literario, puesto que, como calidad
-y mérito, son dos obras que no pueden compararse. Existe, sin embargo,
-una relación en el tono, y especialmente en el aire de vagabundaje y
-andantería aventurera. La vida libre, el impulso errante, el abandono de
-la propia personalidad al azar del destino, el confiarse a una especie
-de fatalismo integral, así como el culto del caballo y de la fuerza del
-acero; todo esto, tan español del siglo XVI, está palpable y continuo en
-el poema del Martín Fierro.
-
-Véase cualquier pasaje; la raza antigua habla en estos versos:
-
- “Allí pasaron la noche
- a la luz de las estrellas,
- porque ese es un cortinao
- que lo halla uno dondequiera,
- y el gaucho sabe arreglarse
- como ninguno se arregla.
-
- El colchón son las caronas,
- el lomillo es cabecera,
- el cojinillo es blandura,
- y con el poncho o la jerga
- para salvar del rocío
- se cubre hasta la cabeza.
-
- Tiene su cuchillo al lado,
- pues la precaución es buena;
- freno y rebenque a la mano,
- y teniendo el pingo cerca...”
-
-Esta es la forma, sin duda, que usaba Don Quijote para pasar las veladas
-cuando la fuerza del sino le alejaba de algún mesón confortable. “A la
-luz de las estrellas” es como al hidalgo manchego le placía recostar la
-frente sobre la almohada de sus sueños. Y bajo el palio del firmamento
-estrellado, como en la Pampa se reúnen junto al _fogón_ los gauchos, más
-de una vez solía Don Quijote hacer sus pláticas místico-caballerescas, a
-propósito, por ejemplo, de la “edad de oro”, mientras los pastores de
-Sierra Morena, oyéndole respetuosos, engullían la sabrosa cena y
-apuraban, en vez del mate criollo, el ardiente vino manchego.
-
-Martín Fierro, por tanto, es un personaje literario que cae de lleno en
-la tradición española. Si le falta talla para acercarse mucho al héroe
-de Cervantes, merece ser considerado cuando menos como un Quijote
-disminuído. No es una caricatura de Don Quijote, ni una pretensión
-francamente quijotesca; pero tiene el _aire_.
-
-El Quijote, diríamos, de la Pampa, sufre la suerte de su origen. No ha
-nacido hidalgo, ni tiene del todo limpia la sangre; viene un poco de
-herejes, de indios cimarrones, y sabe poco o nada de libros, poemas y
-caballeros. Rústico y primitivo, hijo directo de la Naturaleza y rozado
-apenas por la blandura y el prestigio de la civilización, ¿cómo
-exigiríamos a Martín Fierro que se comportase a todas horas como el
-Caballero de la Triste Figura? Así, pues, en Martín Fierro se opera una
-mezcla bizarra, y hay en él unas gotas de Don Quijote y un exceso de
-Sancho Panza.
-
-No está loco a la manera de Don Quijote; sólo consigue estar borracho
-alguna vez. Entonces busca la pelea y es bravo como nadie; pero no lucha
-por un ideal de nobleza y de justicia, sino por vulgares motivos de
-taberna. No obstante, en su alma tosca de primitivo se esconde la virtud
-esencial de los antepasados, y suele ocurrir que se lance a “desfacer
-entuertos”, con una actitud propiamente quijotesca; como cuando salva a
-la mujer cautiva de las garras del salvaje indio, y mata al infame
-opresor en franca y descomunal pelea.
-
-Es cierto que mata excesivamente. Carece de la espada del caballero, y
-al acortarse su arma, queda reducida a puñal, y el puñal busca el
-corazón más directamente.
-
-He aquí el grito que le arranca a su conciencia el excesivo pecado:
-
- “Yo junté las osamentas,
- me hinqué y les rece un bendito;
- hice una cruz de un palito,
- y pedí a mi Dios clemente
- me perdonara el delito
- de haber muerto tanta gente.”
-
-De estos amargos arrepentimientos estuvo libre Don Quijote, el cual no
-hay noticia que produjese la muerte más que a unos cándidos y miserables
-corderos.
-
-
-_LA MADRUGADA EN LA PAMPA ARGENTINA_
-
-Yo no podré olvidar nunca la primera visión de la Pampa y el
-descubrimiento del primer _gaucho_ argentino. Fué durante un viaje largo
-y monótono, abrumador, desde Buenos Aires a la frontera chilena. Todavía
-ahora, a través de varios años, conserva mi alma fresco el recuerdo de
-aquella emoción alboreal, noble y honda emoción de “plena naturaleza”.
-
-Al apuntar la mañana, por la ventanilla del vagón sorprendí el
-espectáculo anchuroso de la llanura, toda bañada de luz virginal. Era la
-llanura de siempre, la eterna e invariable Pampa, madre de trigos
-benéficos y de mugidores novillos, manchada alguna vez por el azul de
-una laguna, donde los flamencos de pata encogida ocupábanse, cómicamente
-apostados, en la caza de invisibles insectos.
-
-Y cuando el sol asomó su faz indecisa, la llanura adquirió una gracia
-juvenil que invitaba a la alegría y al entusiasmo, tal como el mar, con
-toda su simplicidad y monotonía, suele conmovernos hasta lo más hondo.
-
-Era un mar en sosiego lo que se tendía a mis ojos. Un mar sin
-complicación, una naturaleza simple, primaria. No había colinas que
-vinieran a involucrar la línea del horizonte, ni montañas que alterasen
-con sus crestas sinuosas la serenidad del paisaje; tampoco se veían
-árboles, ni arroyos, ni menos poblaciones. Parecía que el mundo aquel
-acabara de surgir, milagrosamente, todo nuevo, todo fresco, lleno de
-inocencia, de la mente del Creador, a la manera que nos cuentan las
-páginas bíblicas.
-
-Y en aquella cándida vastedad de tierra verdeante, el tren marchaba
-veloz, como si él mismo, producto de la más complicada civilización, se
-sintiera maravillado de correr por un mundo que acababa de surgir a la
-vida. A lo lejos, como un punto vago, insinuábase una mancha incierta,
-tal vez una choza, acaso dos sauces melancólicos. El tren avanzó
-vertiginoso, y la cabaña, con sus dos arbolitos, se pronunciaron
-claramente a mi vista. Una cabaña bien somera, por lo demás. Su
-arquitecto no tuvo que macerar mucho la mente para imaginarla y
-construirla. Componíase de cuatro maderas y un techo de paja. Era una
-cabaña ingenua, hecho según un plano universal. La misma cabaña del
-hombre lacustre o del indígena polinesio. Cuatro maderas puestas de pie
-y un techo pajizo. Y los dos sauces, nada frondosos, encorvaban sus
-ramas languidecientes sobre la choza, con un amor filial lleno de
-respeto.
-
-Un hombre a caballo salió de entre los sauces. En la frescura matinal,
-el hombre aquél cabalgaba con una hidalga prosopopeya, sin apurarse,
-reposadamente, como quien no siente el acicate de ninguna actividad
-perentoria. Iba tieso sobre su caballo, noblemente erguido, con rumbo a
-la inmensidad. Por un momento le distrajo el tren; pero volvió la vista
-luego, ajeno a la loca carrera del convoy mecánico. Parecía un ser ideal
-que marchaba a sumergirse en el infinito de luz y en el otro infinito de
-la llanura. Y, a pesar del vacío y de la soledad del sitio, aquel hombre
-que cabalgaba noblemente, sin prisa ni afán de ninguna clase, daba la
-impresión de una felicidad plena, redonda y definitiva. Sino fuera por
-el jactancioso ruido del tren, oiríanse, de seguro, las voces de su
-canto. No se concebía a aquel hombre en aquella hora sino cantando.
-
-Reía entre tanto la naturaleza, y cada nimio detalle del paisaje se
-revestía de una íntima belleza. En el paisaje aquel, tan simple y
-sobrio, faltaban los elementos teatrales y decorativos. Pero había un
-amable encanto en la hierba matizada de rocío, en la lechuza que se
-posaba sobre un poste y abría sus curiosas y atónitas pupilas
-circulares, en las ovejas que pastaban, en el desbande de las aves
-azoradas, en la cómica expectación de los novillos ante el paso ruidoso
-del tren. Y, sobre todo, en la luz purísima que inundaba la llanura,
-aquella infinita llanura que se abría delante de la imaginación como un
-concepto casi metafísico de la libertad y de lo inconmensurable.
-
-Y yo pensé: ¿Somos más felices los hombres porque amontonemos mayor
-número de útiles, de necesidades y de ideas? Aquel rancho[22] perdido en
-la llanura, aquellos dos sauces, el fogón encendido, la mujer que se
-queda amamantando a su criatura y el hombre que sale a cabalgar serena y
-noblemente, ¿no representaban la suma de las cosas y de las emociones
-que requiere un hombre para sentirse bien dentro del universo y cara a
-la vida? En aquella cabaña se habían reducido las necesidades hasta el
-mínimo. Siendo tan pocas las exigencias, el alma, en aquella parquedad
-de apetitos, debía pensar que el mundo era aún demasiado pródigo. Era la
-antítesis de la gran metrópoli, de la ciudad insaciable y codiciosa, de
-la urbe consumida por las pasiones. La ciudad no se satisfacía nunca.
-Anhelaba siempre más, nuevas formas de placer y de molicie. Las grandes
-fábricas gemían continuamente para producir los útiles, tan caros a la
-civilización; los hombres de ciencia alargaban sus vigilias para
-sorprender una nueva invención; y corrían los barcos y los trenes,
-acarreando cosas aptas para la molicie del hombre, y las calles se
-llenaban de fiebre, los Bancos multiplicaban sus negocios, el mundo
-entero vibraba al conjuro del universal anhelo. Todo para que unos
-hombres pudieran usar cosas agradables, y todo para que la vida se
-llenase de complicación. Lujo, vanidad, automóviles, timbres eléctricos,
-ascensores, teléfonos, bebidas heladas, salsas, especies, vinos
-espumantes, vestidos de seda, sombreros increíbles. Para satisfacer
-estas necesidades artificiosas, el mundo llenábase de inquietudes,
-estallaban las guerras, morían los miserables en los rincones.
-
-En ese rancho perdido en mitad de la llanura ¿qué faltaba? La vida no
-reclamaba sino tres o cuatro casos simples: un pedazo de carne asada,
-una infusión de “mate”, y, como lujo, una galleta dura. Quizá un poco de
-tabaco para las horas de reposo. Y en los días de fiesta, un trago de
-ginebra. Para dormir, el sagrado suelo. Y en las noches tibias, tener
-como techumbre el cielo, empavesado de estrellas.
-
-He ahí una razón fundamental: la vida conquistada a bajo precio. Pero la
-otra razón, la que se apoya sobre los intereses eternos, colectivos,
-universales, arguye que ese plan de vida es ruinoso, y que al
-simplificar las necesidades, reduciendo el radio de nuestros deseos, la
-civilización corre apuro de malograrse. La civilización es un algo
-supremo, inasequible, imponderable como el mismo Dios. Todos venimos a
-ofrecernos como servidores de ese fetiche insaciable, y sudamos,
-padecemos, morimos entre estertores de codicia, de vanidad o de
-ambición, a la mayor gloria del progreso. Se nos dice que es humillante
-desertar de nuestro puesto. Y efectivamente cumplimos con nuestro deber.
-
-Por mi parte, yo siento en muchas ocasiones una fuerte intención de
-desertar. Siempre que me sitúo enfrente de la naturaleza libre, ingenua
-y pictórica, me asalta el mismo prurito de renunciar a mi corteza
-urbana, quitarme el uniforme de civilizado, traicionar a la obra del
-progreso y convertirme en un hombre sencillo.
-
-He pensado seriamente en llegar a poder vivir así, como aquel paisano
-que a lomo de su potro tordillo salía cantando de mañana por lo ancho de
-la llanura. Renunciar a los numerosos detalles de la civilización,
-despreciar la vestidura del placer, la apariencia sonora de la dicha, a
-cambio de la verdadera felicidad. Reconciliarse con la salud, auténtica
-madre de la alegría. Ejercitar las funciones corporales con una segura
-amplitud. Sentir la plena conciencia de la normalidad del ser. Dormir
-sin achaques, de un largo y robusto tirón. Cabalgar, vencer las
-dificultades que se oponen al músculo, sudar, beber agua sana a grandes
-tragos. Respirar el viento sin temor, y agradecerlo más aún cuanto más
-frío. Ofrecerse al sol sin veladuras ni encogimientos. Recibir el golpe
-de la lluvia como una caricia. Curtirse la piel, tensa como un pandero.
-Ver acostarse el sol, sin miedo al mañana. Levantarse con el alba y
-agradecer con todas las fuerzas del cándido espíritu la gracia de poder
-vivir un nuevo día...
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
-EL AMOR Y LA QUEJA
-
-
-Por las páginas del _Martín Fierro_ corre constantemente un aura de
-queja y de reproche melancólico, y esto da al poema cierta monotonía,
-como de cancionero andaluz. Entre el gaucho y el andaluz existen
-coincidencias de tono y de sentimientos tan marcadas, que otra vez me
-veré inclinado a insistir sobre el paralelismo de dos pueblos que el
-Atlántico separa, pero que el origen y el concepto de la vida mantienen
-siempre unidos.
-
-La queja del gaucho Martín Fierro va dirigida en dos direcciones: el
-abuso social y los males del amor. En el fondo, sin duda, lo que el
-poeta Hernández se propuso fué una patética e indignada recusación de
-los móviles ciudadanos, y del plan abusivo de las ciudades costeñas,
-como Buenos Aires, que henchidas de elementos inmigrantes, poseídas de
-un torvo espíritu de presa y con una despiadada prisa por el éxito y por
-la civilización a ultranza, arremetían contra el gaucho, lo hallaban
-reacio, lo oprimían y lo expulsaban, arbitraria y brutalmente, de la
-tierra y del usufructo del país. De modo que el poema del _Martín
-Fierro_ viene a ser una protesta de la tradición, del argentinismo, de
-la argentinidad histórica, y en efecto marca la línea que divide las dos
-épocas: una puramente criolla, con sus luchas políticas, sus violencias
-y también su generosidad romántica e idealista, su apasionamiento noble;
-la otra época corresponde al moderno contenido social, en que se ha
-levantado una nación ágil y ambiciosa, llena de arrivismos y de
-irreverencias, confuso vientre donde pululan todos los extranjerismos.
-
-Esta defensa del gaucho oprimido y esquilmado forma el motivo del poema.
-Pero la queja hubiera saltado de cualquier modo, porque la raíz del
-criollismo pampeano consiste en un acatamiento a la ley de fatalidad, y
-en una profunda e instintiva comprensión del duro e insuperable destino.
-El criollo es fatalista como un andaluz; la parte de semitismo que
-heredara de sus abuelos, se ve todavía corroborada por el fatalismo de
-las razas indias. Sobre la negrura de su fatalismo, igual que en el alma
-andaluza; el criollo vierte, a manera de relámpagos, sus chistes y
-donosidades, su graciosa socarronería.
-
-Las estrofas del _Martín Fierro_, por tanto, recuerdan directamente las
-coplas andaluzas de la malagueña. Al comenzar un episodio, en cualquier
-intervalo de su narración, Martín Fierro lanza al aire libre de la
-llanura solitaria su queja, que es como una reconvención al destino.
-
- Triste suena mi guitarra,
- y el asunto lo requiere;
- ninguno alegrías espere
- sino sentidos lamentos,
- de aquel que en duros tormentos
- nace, crece, vive y muere.
-
-Los últimos versos de esta estrofa recuerdan inmediatamente a nuestro
-Segismundo de “La vida es sueño”. En el poema de Hernández hay otras
-varias referencias a libros españoles, que iremos anotando después; el
-_Quijote_ está patente en el _Martín Fierro_, y la obsesión de
-Espronceda obsérvase igualmente a lo largo del poema criollo. Los
-consejos que da el viejo Vizcacha a un hijo de Fierro, son eco demasiado
-patente de las advertencias que el presidiario hace al héroe de _El
-Diablo Mundo_.
-
-La queja del gaucho se parece a la del andaluz; pero si en la copla
-andaluza palpita frecuentemente la indignación, la violencia o el
-arrebato pasional, en la estrofa criolla vaga un no sé qué de resignado
-y suave. Rara vez suena la copla criolla a maldición y a rebeldía, como
-en el canto andaluz; el gaucho gime con un tono más pasivo, más rendido
-y caballeresco; hace, frente al desdén de su dama, no como el enamorado
-andaluz, sino como el enamorado gallego o el galán provenzal.
-
-Yo me atrevo a reproducir, dándole un valor totalmente representativo
-del carácter sentimental criollo, esta _vidalita_, muy popular en las
-tierras del Plata:
-
- Palomita blanca,
- vidalitá,
- la que yo crié;
- salió tan ingrata,
- vidalitá,
- que voló y se fué...
-
-Toma aquí el sentimiento de un pueblo la expresión más resignada, triste
-y vagorosa. Apenas si el enamorado osa protestar. Es como si admitiera
-la ley del destino que convierte a la mujer en cosa deseable, frágil,
-bella, fácilmente desvanecible. Admite la fatalidad, y como buen
-fatalista no incurre en la inútil propensión a la ira y los desesperados
-ultrajes.
-
-Se siente, pues, el gaucho obligado a una actitud de compostura frente
-al desvío inevitable de la mujer. Y toma la postura del lamento según la
-buena tradición romántica y caballeresca del galán desgraciado; se
-refugia, pues, en la queja transcendental, en el suspiro y en el culto
-ácido de la ausencia. La ausencia, como tema de erotismo desgraciado,
-llena el fondo del cancionero popular argentino.
-
-La copla andaluza exclama:
-
- Entre Córdoba y Lucena
- hay una laguna clara
- donde lloraba mis penas
- cuando de tí me acordaba.
-
-Pero aun aquí resalta o se entrevé la esperanza de recuperar el amor
-malogrado, o se presiente la secreta ira del amador que podrá acaso
-alguna vez ejercitar su derecho a la venganza. El defraudado galán
-criollo se contenta con gemir:
-
- Palomita blanca,
- remonta tu vuelo,
- y al bien que yo adoro
- dile que me muero...
-
-También Martín Fierro colabora en esta propensión a la queja dulce y al
-dolor de la ausencia. Azuzado por la justicia, pobre y errante, necesita
-poner su memoria en la dama de sus pensamientos y canta:
-
- Es triste dejar sus pagos
- y largarse a tierra ajena,
- llevándose el alma llena
- de tormentos y dolores;
- mas nos llevan los rigores
- como el pampero[23] a la arena.
-
- Cuántas veces al cruzar
- en esa inmensa llanura,
- al verse en tal desventura
- y tan lejos de los suyos,
- se tira uno entre los yuyos[24]
- a llorar con amargura.
-
- En la orilla de un arroyo
- solitario lo pasaba,
- en mil cosas cavilaba,
- y a una güelta repentina
- se me hacía ver a mi china
- o escuchar que me llamaba.
-
-Nada más justificado que el lamento criollo y ese tópico criollo de la
-ausencia. Es una melancolía que llamaríamos territorial, topográfica. Y
-ciertamente, si el gaucho encuentra algunas ocasiones de felicidad, su
-posición en el mundo le hace apto para la melancolía.
-
-No es que sea sombrío, ni que le falte lo esencial a la vida; en los
-buenos tiempos de Martín Fierro, y aún ahora generalmente, el
-_paisano_[25] dispone de un caballo en que trotar, el amor lo encuentra
-fácil, un cobertizo y un poncho le son suficientes para cubrirse, y la
-carne, base casi única de su alimentación, la cobra sin ninguna
-dificultad. El trabajo es fácil también. Detesta el manejo de la azada y
-no gusta el oficio de labrador, que abandona a los gringos; pero es
-insuperable caballista, cuida como nadie de los ganados, sabe esquilar
-ovejas y domar potros y herrar lindamente, y es inapreciable,
-insustituible, en una _estancia_[26]. Bebe, rasguea su guitarra, canta
-por lo fino. Gallardea en las fiestas, y sobre su dócil caballo, a la
-madrugada, tendido al galope y con el lazo revoleado diestramente en
-medio de la manada cerril, siente sin duda el robusto goce de la vida
-plena, libre y masculina.
-
-Pero delante de sus ojos, ¡cómo es de igual y plana la llanura! He allí
-un mar de hierba, monótono e inexorable como el Océano. Vagamente llega
-al alma una tristeza que no es la del marino, porque el marino _va_, y
-el gaucho no saldrá nunca de su profunda soledad. El jinete se endereza
-sobre su corcel, y no columbra nada a lo lejos, ni un pueblo, ni una
-roca, ni un campanario; acaso una cabaña, sombreada por un sauce llorón,
-o un _ombú_[27], el solitario árbol de la Pampa que no forma nunca
-bosque. Sólo el blanquear de las ovejas, y el mugido de los toros
-errantes y apaciguados. Un amanecer de oro, un mediodía azul, un
-crepúsculo lleno de nostalgias. El cielo y la llanura, tan anchos, tan
-infinitos, concluyen por parecer muros de limitación... Sólo el viento
-pampero, de largo en largo, brota súbito como del mismo seno de la
-llanura y hace estremecer los pajonales y retumba siniestra y
-poderosamente en la infinita soledad del desierto.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
-EL CUCHILLO DEL GAUCHO
-
-
-Por entre los versos del _Martín Fierro_ brilla con frecuencia el
-cuchillo de nuestro gaucho errante, y con esa arma compañera se consuman
-hazañas increíbles, como el resistir en pleno campo abierto a un pelotón
-de soldados policiales.
-
-Viajando una vez por la provincia de Entre Ríos, cuyo paisaje algo seco
-y surcado de pelados oteros recuerda bastante al campo de Castilla,
-sorprendí un hombre a caballo, verdadera imagen del romancesco tipo del
-gaucho. Ya no vestía _chiripá_, pero en su defecto portaba unos
-anchísimos calzones bombachos, y sobre la erguida cabeza llevaba un
-sombrero afieltrado, con masculino y coquetón talante. Al girar de
-espaldas, mostró en el cinto, por la parte de los riñones, cruzado un
-largo cuchillo de punta sutil. Mientras el tren arrancaba con enfática
-carrera, el hombre del caballo y del cuchillo se internó serenamente en
-la llanura, bien tieso en su silla nacional, impasible y orgulloso, como
-una página del pasado que se vuelve y huye...
-
-He nombrado el cuchillo, y la palabra no es justa del todo. El cuchillo
-o _facón_ gauchesco era más bien una espada. Sus dimensiones tenían una
-prudente medida, y si era demasiado largo para cuchillo, quedaba algo
-corto para llegar a espada. El gaucho no podía llevar una espada al
-cinto, como un soldado de caballería; su manera violenta y continua de
-cabalgar, y su deseo de no separarse nunca del arma fiel, le obligó a
-cortar la espada del caballero o del hidalgo. La cruzó en la cintura, la
-sujetó a su cuerpo, y así logró convertirla en algo indivisible con su
-persona.
-
-Al referirme al cuchillo del gaucho hablo en pretérito, porque el arma
-nacional de los ríoplatenses va desapareciendo, y sólo es usado tal vez
-en las comarcas desviadas. El europeo ha traído el uso del revólver,
-arma fácil y expedita que no requiere una maniobra tan complicada como
-aquel acero filoso, únicamente eficaz cuando la mano, la vista y el
-corazón del gaucho lo esgrimía en los imponentes _entreveros_[28].
-
-Tampoco podía el europeo desenvolverse en el seno de la Naturaleza,
-desafiarla y vencerla como el gaucho. Este hombre primitivo contaba
-solamente con su voluntad y sus iniciativas. Situado en mitad del
-desierto, se buscaba un camino, se orientaba por las huellas sutiles de
-la luz o del color y sabor de las hierbas, y nada quedaba para él sin
-expresión, desde el vuelo de las aves hasta el mugido de las bestias
-errabundas. Poco debía contar con la justicia ni con los poderes
-constituidos; en último caso fiaba a su acero la defensa de su familia y
-de su prestigio personal. El europeo, debilitado por la civilización,
-procura reconciliarse con la Naturaleza, y al reñir contra ella no
-marcha de frente, sino que la soslaya, y pone por medio la mecánica de
-la industria y la otra mecánica de las leyes colectivas.
-
-Un pueblo entero, libre y robusto, usaba hasta ayer mismo la espada del
-caballero o del hidalgo, como hace dos o tres siglos la usaban en Europa
-las gentes nobles. No se olvide que la espada significa libertad, aunque
-las mentes un poco aturdidas por la democracia tomen esto por una
-blasfemia. La espada no ha sido nunca negocio de esclavos, porque
-implica el sentido de la mayor independencia personal. La espada hace
-sagrado el concepto de la personalidad, y un hombre que la lleva al
-cinto está significando a todos los otros hombres que su independencia
-personal comienza desde la misma punta de su espada. Los caballeros del
-siglo XVI, llevando todos el signo acerado y mortífero de la libertad,
-por imposición natural interponían entre ellos la virtud más deseable y
-democrática: el respeto mutuo.
-
-Así Pizarro, detenido en la isla del Gallo por las suspicacias de
-algunos compañeros, cuando quiso arrastrar su gente a la gran aventura
-de conquistar el Perú no osó proferir gritos y órdenes de mando, sino
-que sacó la espada, rayó la tierra con un brusco ademán y empezó:
-¡Señores...!
-
-Aquellos hidalgos trajeron la espada a la llanura ríoplatense, y el
-gaucho, pobre y errante como su progenitor, lleno de sus mismos
-prejuicios, reacio a la industria, atento al honor y a la libertad más
-que al ahorro, fué un testamentario y un continuador en América de la
-tradición castellana. Cuando en la tierra originaria no quedaron
-hidalgos de espada al cinto, en la Pampa vivía el gaucho una vida
-hidalguesca, con su caballo y su daga, su puntillo de honor y su
-aventura.
-
-No; no era para todos el manejo de la daga gauchesca. Nada tan
-complicado como su esgrima, ni nada tan terrible como un hombre de
-aquellos cuando enrollaba al brazo el poncho, se quitaba las grandes
-espuelas y hacía brillar la hoja del cuchillo. A veces las pendencias
-duraban mucho tiempo, y el sudor bañaba los rostros que la ira hacía
-enrojecer. Los circunstantes formaban en círculo, y a nadie se le
-ocurría que podía intervenir en aquel torneo legal y honroso. Juntos los
-pies de ambos luchadores, casi abrazados los dos, hacían largo tiempo
-culebrear los aceros, parándose los tajos con el poncho, ladeándose,
-evitándose como ágiles reptiles. Un _chirle_ en la cara era golpe muy
-apreciado, y a veces bastaba la herida del rostro para lavar una ofensa.
-Pero los verdaderamente bravos no se contentaban con tan poco. Martín
-Fierro era hábil en hundir el cuchillo hasta la empuñadura.
-
- Yo tenía un facón con S[29]
- que era de lima de acero;
- le hice un tiro, lo quitó
- y vino ciego el moreno.
-
- Y en el medio de las aspas
- un planazo le asenté,
- que lo largué culebriando
- lo mesmo que buscapié.
-
- Le coloriaron las motas
- con la sangre de la herida,
- y volvió a venir furioso
- como una tigra parida.
-
- _Y ya me hizo relumbrar
- por los ojos el cuchillo_,
- alcanzando por la punta
- a cortarme en un carrillo.
-
- Me hirvió la sangre en las venas
- y me le afirmé al moreno,
- dándole de punta y hacha
- pa dejar un diablo menos.
-
- Por fin en una topada
- en el cuchillo lo alcé,
- y como un saco de güesos
- contra un cerco lo largué...
-
-Acabada la riña, Martín Fierro atraviesa por entre los silenciosos
-espectadores sin volver la mirada, convencido de que nadie habrá de
-poner una objeción a su terrible y lógico comportamiento.
-
- Limpié el facón en los pastos,
- desaté mi redomón,
- monté despacio, y salí
- al tranco pa el cañadón...
-
-En otro capítulo se verá la forma de pelea y el sentido de la muerte del
-gaucho.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
-HAZAÑAS Y ENTREVEROS
-
-
-EL uso consumado de la esgrima trae consigo una especie de culto de la
-serenidad; el esgrimidor, por lo mismo que cuenta con su destreza y
-quiere atestiguarla, se cuida mucho de mostrar una firme sangre fría al
-momento de la pelea.
-
-El gaucho hace esgrima desde que nace, y en su mano se convierte el
-_facón_ en un prodigio. No le gusta, por tanto, combatir de un modo
-brutal y torpe; estima grato rodear el trance del peligro con el adorno
-de esas gracias marciales que consisten en jactanciosas actitudes,
-ademanes despectivos y palabras hirientes. Desde los tiempos del padre
-Homero, el hombre que fía su riesgo a la entereza de su mano y de su
-espada ha sentido siempre el trágico placer de irritar, de encolerizar
-al adversario, y demostrarle cuán poco terror alberga el pecho que se
-prepara a combatir.
-
-El gaucho es un buen hijo de español, y sufriría mucho si le privaran
-del ácido y supremo placer de la jactancia varonil frente a la muerte.
-Ha heredado del andaluz el culto del gesto y la graciosa arrogancia del
-desplante masculino; antes de herir, se reserva el derecho de lanzar la
-frase punzante y retadora. Sus riñas suelen tener un prefacio terrible,
-emocionante, en que los contendientes se atacan con miradas y con
-palabras frías, con frases de ambiguo sentido, con sonrisas que cortan.
-
-Era natural que en un ambiente así apareciera el tipo del matón. Lo hubo
-antes, y ahora mismo existe, sobre todo en los suburbios de las grandes
-poblaciones. Llaman en Buenos Aires _orilleros_ (sin duda por ser
-vecinos de las orillas urbanas) a unas gentes confusas, bastante
-híbridas, formadas de todos los restos de población indígena y
-forastera, con sedimentos criollos y mucha aportación italiana,
-especialmente de las partes de Nápoles, Calabria y Sicilia. En esta
-población circundante y procelosa surge con frecuencia el tipo del
-_guapo_, del _chulo_, del _apache_, que en el lenguaje provincial del
-país llaman _compadrito_. Antiguamente se titulaba _compadre_ a secas, y
-la palabra ha dado origen a un verbo muy usado, _compadrear_, que
-significa hacer el gallo, el guapo o el valentón; pero en la chulería
-arrabalesca, allí como en los bajos fondos sociales europeos, el
-valentón busca siempre la manera diminutiva o afeminada de mostrar su
-terrible y repugnante masculinismo. El _compadre_, pues, se convierte en
-_compadrito_, hombre pálido y cruel, apachesco, fríamente sanguinario,
-portador del revólver o del cuchillo, espejuelo de las infelices y
-deslumbradas mujeres, y diestro bailador de ese soez tango argentino
-que, en efecto, los argentinos honrados nunca quisieron bailar, y en
-Europa lo han bailado las atolondradas señoritas linajudas.
-
-Del gaucho Martín Fierro no se puede decir que sea un _compadre_
-militante. Obedece, sí, a la ley de su patria, y tomando un poco más de
-ginebra se siente algo provocador y demasiadamente dicharachero. Por
-soltar con exceso la lengua se ve obligado una vez a reñir con un negro,
-al que tiene la desgracia de rajar el vientre. Son cosas de la
-fatalidad, que hoy toca a uno y mañana nos escogerá a nosotros.
-Efectivamente:
-
- Otra vez en un boliche
- estaba haciendo la tarde;
- cayó un gaucho que hacía alarde
- de guapo y de peliador.
-
- A la llegada metió
- el pingo hasta la ramada,
- y yo sin decirle nada
- me quedé en el mostrador.
-
- Era un terne de aquel pago
- que naides lo reprendía,
- que sus enriedos tenía
- con el señor Comendante.
-
- Y como era protegido
- andaba muy entonao,
- y a cualquiera desgraciao
- lo llevaba por delante.
-
- ¡Ah, pobre! ¡si él mismo creíba
- que la vida le sobraba!
- Ninguno diría que andaba
- aguaitándolo la muerte.
-
-Sabe ya Martín Fierro, desde la aparición del _compadre_ en la pulpería,
-que las cosas no podrán ir bien para todos. Antes de que estalle la
-tormenta, el héroe hace unas cuantas reflexiones filosóficas,
-seguramente no exentas de curiosidad.
-
- Pero ansí pasa en el mundo,
- es ansí la triste vida;
- pa todos está escondida
- la güena o la mala suerte...
-
-Observad ahora la manera especial de desarrollarse una pendencia entre
-gauchos:
-
- Se tiró al suelo al dentrar,
- le dió un empellón a un vasco,
- y me alargó un medio frasco
- diciendo: “Beba, cuñao.”
- “Por su hermana, contesté,
- que por la mía no hay cuidao.”
-
- “¡Ah, gaucho!,” me respondió,
- “¿de qué pago será crioyo?
- ¿Lo andará buscando el hoyo?
- ¿Deberá tener güen cuero?...
- Pero ande bala este toro
- no bala ningún ternero.”
-
- Y ya salimos trenzaos,
- porque el hombre no era lerdo;
- mas como el tino no pierdo
- y soy medio ligerón,
- le dejé mostrando el sebo
- de un revés con el facón.
-
-Pero estas son riñas de uno contra uno, de forma caballeresca popular y
-muy semejantes a las riñas de otros países. Donde se prueba el valor
-del gaucho y la potencia de su cuchillo y de su esgrima, es en los
-entreveros de uno contra muchos, o en la pelea contra un indio armado de
-boleadoras.
-
- Me encontraba, como digo,
- en aquella soledá,
- entre tanta oscuridá
- echando al viento mis quejas,
- cuando el grito del chajá[30]
- me hizo parar[31] las orejas.
-
- Como lombriz me pegué
- al suelo para escuchar;
- pronto sentí retumbar
- las pisadas de los fletes[32],
- y que eran muchos jinetes
- conocí sin cavilar...
-
- Al punto me santigüé
- y eché de giñebra un taco;
- lo mesmito que el mataco[33]
- me arrollé con el porrón.
- “Si han de darme pa tabaco,
- dije, esta es güena ocasión.”
-
- Me refalé las espuelas
- para no peliar con grillos,
- me arremangué el calzoncillo
- y me ajusté bien la faja;
- y en una mata de paja
- probé el filo del cuchillo...
-
- _Yo quise hacerles saber
- que allí se hallaba un varón_;
- les conocí la intención
- y solamente por eso
- fué que les gané el tirón,
- sin aguardar voz de preso.
-
- “Vos[34] sos un gaucho matrero,”
- dijo uno, haciéndose el bueno.
- “Vos matastes un moreno
- y otro en una pulpería,
- y aquí está la polecía
- que quiere ajustar tus cuentas.
- Te va a alzar por las cuarenta
- si te resistís hoy día.”
-
- “No me vengan, contesté,
- con relación de difuntos;
- esos son otros asuntos;
- vean si me pueden llevar,
- que yo no me he de entregar
- _aunque vengan todos juntos_.”
-
- Pero no aguardaron más
- y se apiaron en montón.
- Como a perro cimarrón
- me rodiaron entre tantos.
- Yo me encomendé a los Santos
- y eché mano a mi facón...
-
-¿No es cierto que nos figuramos leer un folletín de Alejandro Dumas o de
-Fernández y González? Las estupendas luchas que nos describen las
-novelas de capa y espada, podrán, y tienen de seguro muchas veces, una
-parte importante de mentira. En nuestro caso no hay exageración, porque
-los anales de la Pampa están llenos de empresas parecidas, y el honrado
-José Hernández, además, rehuye siempre las narraciones hiperbólicas. El
-gaucho Martín Fierro saca fuerzas de flaqueza, y aunque está solo en la
-inmensidad, frente a varios hombres armados, sin más apoyo que su daga,
-prefiere morir matando, y no que lo sacrifiquen miserablemente.
-
-Para nuestra pasibilidad de hombres civilizados, urbanos y tímidos, la
-actitud de un hombre luchando contra muchos nos resulta inverosímil.
-Pero Martín Fierro no está precisamente solo. A nosotros nos serviría
-para poco una daga punzante y un cuerpo más o menos dañado de
-artritismo; en cambio Martín Fierro le saca a su facón imprevistas y
-maravillosas aptitudes, y cada canto o punto de su daga es un resorte
-poderosísimo. En cuanto a su cuerpo físico, él se estira y encoge como
-la goma, salta o se soslaya, se acurruca o se acrecienta, se multiplica
-verdaderamente. Y hay, además, la astucia.
-
-Es así como un “hombre de guerra”, un guerrero de oficio, ha sido en la
-Historia una cosa resistente y capaz de proezas increíbles. Los héroes
-de Homero, por ejemplo, el Aquiles y el Agamenón y el Ayax, eran
-completos y vigilantes esgrimidores que aterraban a sus enemigos. Cuando
-leemos en los libros de Caballería que un solo guerrero combatía y
-derrotaba a innúmeros adversarios, no todo cuanto nos cuentan es
-mentira. Un guerrero antiguo, por virtud de la esgrima, del _oficio_ y
-de la especial preparación del alma, valía por muchos hombres juntos. El
-_gendarme_, el _lansquenete_, el _suizo_, y sobre todo el caballero
-marcial a lo Rolando, Cid y Gonzalo de Córdoba, hicieron en mucho tiempo
-imposible la formación de grandes y eficaces ejércitos anónimos,
-democráticos, al estilo moderno.
-
-Los enemigos de Martín Fierro traen, es verdad, alguna carabina; pero
-aquellos pobres fusiles de pistón, sobra sin duda de los arsenales
-europeos, no valen gran cosa.
-
- Y ya vide el fogonazo
- de un tiro de carabina;
- mas quiso la suerte indina
- de aquel maula, que me errase,
- y ahí no más lo levantase
- lo mesmo que una sardina...
-
- Era tanta la afición
- y la angurria[35] que tenían,
- que tuítos se me venían
- donde yo los esperaba;
- uno al otro se estorbaban
- y con las ganas no vían.
-
-He aquí ahora que interviene la astucia, puesto que el guerrero ha de
-ser listo en ardides:
-
- Dos de ellos que traiban sables,
- más garifos y resueltos,
- en las hilachas envueltos
- enfrente se me pararon,
- y a un tiempo me atropellaron
- lo mesmo que perros sueltos.
-
- Me fuí reculando en falso
- y el poncho adelante eché,
- _y cuando le puso el pie_
- uno medio chapetón[36],
- de pronto le dí el tirón
- y de espaldas lo largué...
-
- Pegué un brinco y entre todos
- sin miedo me entreveré.
- echo ovillo me quedé,
- y ya me cargó una yunta[37],
- y por el suelo la punta
- de mi facón les jugué.
-
- El más engolosinao
- se me apió con un hachazo;
- se lo quité con el brazo,
- de no, me mata los piojos;
- y antes de que diera un paso
- le eché tierra en los dos ojos.
-
- Y mientras se sacudía
- refregándose la vista,
- yo me le fuí como lista
- y ahí no más me le afirmé,
- diciéndole: “Dios te asista”,
- y de un revés lo voltié...
-
-En fin, la feroz pelea de uno contra tantos acaba, o se precipita al
-desenlace, cuando uno de los soldados, el sargento Cruz, se pasa al
-campo de Martín Fierro, gritando aquella voz quijotesca:
-
- ...¡Cruz no consiente
- que se cometa el delito
- de matar ansí un valiente!
-
-
-
-
-CAPÍTULO VIII
-
-LOS INDIOS
-
-
-Cuando un hombre se ponía fuera de la ley, quedábale antiguamente en la
-Argentina el desesperado recurso de hacerse _gaucho matrero_, oficio
-semejante al de nuestro histórico bandido de Sierra Morena. El _matrero_
-se contentaba con robar ganado, que vendía a los falaces intermediarios,
-y vagaba errante por la inmensidad de la llanura, libre y abierta
-entonces.
-
-Hoy la llanura se ve toda dividida y reglada por fuertes alambrados, que
-si no impiden las raterías y los vagabundajes, dificultan mucho las
-antiguas aventuras.
-
-En aquellos tiempos le quedaba todavía otra solución al perseguido por
-la ley: los indios en sus tolderías reservaban a veces un asilo a los
-cristianos, en la esperanza de utilizarlos como rehenes o a título de
-espías. Martín Fierro y el sargento Cruz se marcharon, pues, al país de
-los indios _pampas_.
-
-El poema del _Martín Fierro_, aunque no tiene más que cuarenta años de
-fecha, guarda un valor inestimable porque describe cuadros y cosas que
-ya desaparecieron de la Argentina. En aquel país nuevo, en constante
-evolución, las cosas vienen y van con alucinante rapidez.
-
-Este poema vulgar y sin pretensiones tiene, pues, una importancia grande
-como documento vivo y veraz. Narra, por ejemplo, la vida de los indios,
-cuando todavía vagaban los indios feroces y libres en los confines de la
-misma provincia de Buenos Aires. Y los describe con tal detalle y con
-tanta realidad, que nosotros, los lectores, podemos asistir a las
-fiestas y las batallas de aquellos bárbaros, a quienes la civilización
-no ha podido o no ha querido amansar. En estos momentos los indios
-feroces, constante alarma de los poblados fronterizos, no existen ya
-más. Todos han desaparecido.
-
-Permanecen algunas tribus, es cierto, en los territorios meridionales de
-la Patagonia y en la Tierra de Fuego. Pero son indios nada bravos,
-entumecidos en su clima implacable, poco numerosos y cada día más
-mermados ante el avance de la colonización. También existen núcleos de
-indios salvajes en la zona tórrida del Norte de la República, y aunque
-más numerosos que los del Sur y bastante crueles y rapaces, nunca forman
-un grave peligro para la población laboriosa del país. Se sostienen en
-el casi desierto territorio del Chaco y arman sus _tolderías_ en las
-riberas del poco conocido Pilcomayo. Se valen de la pesca y la caza para
-subsistir; a veces arrostran pequeños _malones_[38] o saqueos sobre los
-colonos cristianos; otras veces acuden a trabajar por temporadas en los
-_obrajes_[39], donde se cortan y preparan grandes cantidades de la
-madera tintórea llamada _quebracho_. Los miserables indios reciben por
-sus trabajos alguna suma, que invierten en armas y en alcohol; con
-frecuencia son víctimas de la codicia de los capataces, y ellos se
-vengan en brutales represalias.
-
-Los verdaderos indios, los peligrosos y terribles, eran los _pampas_.
-Antiguamente se llamaban _querandíes_, y ocupaban toda la zona llana de
-la Argentina, esa infinita pradera verde, limpia de árboles. Los indios
-del Uruguay, llamados _charrúas_, no eran menos valerosos y crueles.
-
-Por su crueldad, su valor y su independencia, los indios pampeanos eran,
-sin duda, de la misma condición y raza que los araucanos. Los primeros
-conquistadores, cuando pretendieron establecerse en la desembocadura del
-Plata, soportaron bien pronto los excesos de los indios. Los _charrúas_,
-cerca de la actual Montevideo, asaltaron la expedición de Solís y la
-deshicieron. El capitán Hurtado de Mendoza llegó a la Argentina con un
-lucido ejército de nobles y buenos soldados, fundaron la ciudad de
-Buenos Aires, y al poco tiempo, los indios _querandíes_ sitiaron la
-ciudad, sembraron el hambre en la colonia, y, por último, con flechas
-encendidas quemaron las casas de madera y paja y abrasaron las mismas
-naves ancladas sobre la ribera. La expedición fracasó del todo, y hubo
-de llegar más tarde con nueva gente el capitán Blasco de Garay a
-reedificar las chozas y el castillo de Buenos Aires. Y desde entonces la
-civilización ha tenido que bregar continuamente en la Argentina con los
-fieros e irreductibles indios. Hasta que finalmente, bajo el gobierno
-del general Roca, se acordó una _expedición al desierto_, y los indios,
-implacablemente, fueron exterminados. Las mujeres y los niños que se
-salvaron de la encerrona ingresaron, por adopción, en la masa de la
-población civilizada.
-
-Bárbaros y feroces, los indios de la Pampa necesitaron sufrir, en pleno
-siglo XIX, igual suerte que los _pieles rojas_. La civilización tiene un
-fondo de egoísmo inapelable; la civilización ambiciona nuevos
-territorios, nuevas adquisiciones, y quien se resiste ha de desaparecer.
-No hicieron otra cosa los españoles del descubrimiento y la conquista.
-Además de la ambición adquisitiva, los españoles llevaron a América el
-deber ambicioso de la Religión, de cuya carga estuvieron libres los
-yanquis y los argentinos. Estos pedían al indio sus tierras feraces, sus
-minas, sus ríos, y que no molestaran mucho a los colonos; cuando el
-indio se negó, fué exterminado. En algún trozo de los Estados Unidos, a
-manera de curiosidades etnográficas, quedan hoy unos pocos _pieles
-rojas_; también en la Argentina restan unas docenas de indios _pampas_,
-a quienes el Gobierno entrega, a título precario y sin carácter de
-propiedad absoluta, unas tierras para pastorear.
-
-Los españoles exigían a los indios la sumisión, el oro y las tierras. Si
-los indios accedían, eran conservados bajo leyes humanas; entraban,
-asimismo, en la comunidad carnal de los hombres blancos por medio del
-matrimonio. Si se resistían al dominio del rey o de la Iglesia, eran
-perseguidos y muertos. Después de largas luchas y persecuciones, los
-indios podían aspirar a que los españoles les admitieran en el organismo
-civil de los virreynatos. Es cierto que había las encomiendas y la
-prestación personal del indio en el trabajo de las minas y la
-agricultura; ¿pero hoy no existen los _obrajes_, el alcohol, las
-persecuciones? ¿No se ha extirpado al indígena de la Nueva Zelandia en
-nuestro propio tiempo?
-
-Saquear y matar; he aquí el oficio de los indios _pampas_. Hacían
-acometidas tumultuosas, que llamaban _malones_, y cayendo sobre los
-poblados pacíficos, se llevaban lo que veían a mano: mujeres, niños,
-comestibles, aperos, rebaños.
-
- Antes de aclarar el día
- empieza el indio a aturdir
- la pampa con su rugir,
- y en alguna madrugada,
- sin que sintiéramos nada,
- se largaban a invadir.
-
- Primero entierran las prendas
- en cuevas como peludos[40],
- y aquellos indios cerdudos,
- siempre llenos de recelos,
- en los caballos en pelos
- se vienen medio desnudos.
-
- Para pegar el malón
- el mejor flete procuran,
- y como es su arma segura
- vienen con la lanza sola,
- y varios pares de bolas
- atados a la cintura...
-
- Se vuelve aquello un incendio
- más feo que la mesma guerra;
- entre una nube de tierra
- se hace allí una mescolanza
- de potros, indios y lanzas,
- con alaridos que aterran...
-
- Y aquella voz de uno solo,
- que empieza con un gruñido,
- llega hasta a ser alarido
- de toda la muchedumbre.
- Y ansí adquieren la costumbre
- de pegar esos bramidos.
-
-El gaucho Martín Fierro no conserva buena memoria de los indios. No les
-concede ninguna cualidad. Su pintura, en fin, es perfectamente contraria
-a aquel _hombre de la Naturaleza_ que inventara Rousseau y que estuviera
-en moda hasta acabar el imperio del romanticismo. Nuestro fantástico
-padre Las Casas, el bueno de Bernardino de Saint Pierre y el mismo
-Chateaubriand, palidecerían de rubor ante este retrato del indio
-_pampa_.
-
- El indio pasa la vida
- robando o echao de panza.
- La única ley es la lanza
- a que se ha de someter.
- Lo que le falta en saber
- lo suple con desconfianza.
-
- Fuera cosa de engarzarlo
- a un indio caritativo.
- Es duro con el cautivo,
- le dan un trato horroroso.
- Es astuto y receloso,
- es audaz y vengativo...
-
- Odia de muerte al cristiano,
- hace guerra sin cuartel.
- Para matar es sin hiel.
- Es fiero de condición.
- No golpea la compasión
- en el pecho del infiel...
-
- Se cruzan por el desierto
- como un animal feroz.
- Dan cada alarido atroz
- que hace erizar los cabellos.
- Parece que a todos ellos
- los ha maldecido Dios.
-
- Todo el peso del trabajo
- lo dejan a las mujeres.
- El indio es indio, y no quiere
- apiar de su condición.
- Ha nacido indio ladrón,
- y como indio ladrón muere.
-
-Ahora vamos a reproducir estos versos, que explican simple e
-ingenuamente una de las características principales del indio americano:
-la incapacidad para la risa.
-
- El indio nunca se ríe
- y el pretenderlo es en vano,
- ni cuando festeja ufano
- el triunfo en sus correrías.
- La risa en sus alegrías
- le pertenece al cristiano...
-
-Es verdad; la aptitud para la risa pertenece a la raza blanca, y a esos
-hermanos inferiores que son los negros. Impasible es el japonés; sombrío
-y siniestramente grave es el malayo; y el indio americano no acertó
-nunca a poner risa o amabilidad en sus ídolos; su religión precolombiana
-era de esencia mortal, sanguinaria, fríamente sacrificadora de víctimas
-humanas.
-
-Lo distintivo en el indio de América es una como fundamental tristeza, y
-una casi insensibilidad para el horror de la muerte. De tal modo, que
-el europeo observa ahora mismo, entre las personas mestizadas de la
-Argentina, una extraña sobriedad en el reir. En cuanto a la
-insensibilidad ante la muerte, el europeo nota con extrañeza cuán poco
-valor tiene allí la vida humana, cuán fácil es allí el homicidio, y qué
-escaso valor se le otorga al delito de sangre. Los señoritos de la buena
-sociedad portan en la Argentina, con mucha frecuencia, el revólver bajo
-el _smokin_. Cierta vez, en pleno Parlamento, a un senador, al
-agacharse, se le desprendió el revólver del bolsillo; y los periódicos
-de la mañana no se indignaron ni un poco, sino que hicieron al efecto
-alguna broma.
-
-Los indios existen todavía, y existirán siempre en América, bien sea en
-estado semisalvaje o como adscritos a la civilización. En la Argentina
-no es menos importante el elemento indio. Cuando se nos habla de una
-raza blanca y europea en la región platense, debemos entender que se
-trata de un núcleo inmigrante, puramente moderno y pegadizo, y habitador
-de las ciudades costeñas. El resto del país, precisamente el país que
-más motivos tiene para llamarse argentino, está compuesto de gentes
-mestizas.
-
-Todo el interior de la Argentina, desde Mendoza a Jujuy, desde
-Catamarca a Corrientes, es de raza hispano-india; en la provincia de
-Corrientes aún habla hoy el pueblo un idioma aborigen, el _guaraní_. A
-esta población mestiza, que a veces tiene más sangre india que española,
-llaman en el país con el mote de _chinos_, por sus caracteres
-especiales, que recuerdan mucho a los de los japoneses: pómulos
-pronunciados, ojos un tanto oblicuos y color amarillento.
-
-Las familias argentinas de apellido y abolengo español, especialmente
-aquéllas muy antiguas que proceden de las ciudades interiores, tienen
-casi siempre los rasgos del mestizo. Los hombres más significados de la
-Argentina suelen tener igualmente sangre india, como Sarmiento, como
-Lugones, como Ricardo Rojas.
-
- * * * * *
-
-Una vez, con motivo de ciertas asonadas que realizaran los indios del
-Chaco, fué comisionado por el Gobierno argentino el Sr. Lynch
-Arribálzaga para estudiar aquel problema. El dictamen que presentó dicho
-señor me produjo mucha curiosidad y lo leí con verdadera emoción.
-
-“El indio no sólo no es agricultor, sino que carece de la noción misma
-de la propiedad individual, salvo la de los vestidos y utensilios
-domésticos; el campo, los ríos y los lagos, considerados como
-territorios de caza y pesca, pertenecen en común a los individuos de
-cada tribu, dentro de límites convencionales que no pueden ultrapasar
-los vecinos sin consentimiento. En cuanto a los alimentos, bebidas,
-etc., el concepto de su propiedad es comunista, a tal punto, que si
-vuelven con un solo pescado, lo reparten equitativamente entre todos,
-aunque toquen a bocado por barba. La caza mayor se la dividen sobre el
-terreno, y es frecuente ver una rueda de salvajes fumando en común un
-cigarro o una pipa, que pasa por turno de boca en boca.”
-
-Ya se comprende que estos hombres arbitrarios, que carecen de la idea
-del ahorro y de la propiedad territorial, habían de ser perseguidos sin
-compasión... ¡Miserables, infelices, odiosos indios!
-
-Habían de ser exterminados sin remedio, porque no querían ahorrar,
-guardar, aumentar. Porque no saben separar la tierra con hitos y
-mojones. Porque no sienten la bondad del magno sistema, que consiste en
-alquilar peones y reservarse el noventa por ciento de los beneficios. No
-comprenden la sabiduría de guardarse el fruto del trabajo ajeno.
-Entienden que la libertad es el supremo placer, y que la Naturaleza lo
-da todo generosamente: peces, aves, frutos, flores y plumas. No son
-útiles para la civilización, desde el momento que no conciben la
-necesidad de un portamonedas.
-
-El concepto blanco de la vida está en oposición con el de las razas de
-color: el sol tropical es el enemigo irreparable. Tienen esas razas un
-sentido frágil del vivir; por otra parte, la Naturaleza les da lecciones
-convincentes cada día; conocen, en fin, “la facultad de existir sin
-esfuerzo”. Frente al salvaje, el blanco marcha bajo la obsesión de
-reunir, acumular y vencer. El espíritu de acumulamiento forma todo el
-sentido de nuestra civilización.
-
-Situado en un clima adverso, el blanco siente miedo a la vida. Es el
-miedo al frío, a la humedad, al hambre, a la casa sin techo; es el miedo
-al día de mañana, a la incógnita de un mañana atenaceante; por último,
-el miedo a la vida forma hábitos inconscientes de alquisición.
-Perfeccionados los medios de adquisición, el hombre civilizado ya no
-busca lo necesario, sino lo superfluo; necesita adquirir, porque se ha
-hecho en él un vicio sobremanera incitante. Se crean además necesidades
-de lujo, de arte, de ostentación y de sensuales delicadezas.
-
-Tiranizado por su pasión, el blanco se abandona a su vida dionisíaca, en
-que la lucha es suprema ley. Un sabio hebreo lo dejó escrito en palabras
-imborrables, sobre las páginas insuperables del Eclesiastés: “La vida es
-una batalla...” Ahí está la síntesis filosófica de nuestra civilización.
-El indio la rechaza, porque entiende la dicha de otra manera. Se
-vituperan los procedimientos del hombre de los climas cálidos; pero es
-porque nos ciega la soberbia de nuestro circunscripto razonamiento.
-¿Cómo podemos pedir el mismo esfuerzo, la misma tensión laboriosa a un
-indígena del Chaco y a un obrero inglés? Este necesita trabajar mucho,
-porque exige carne, manteca, verduras, patatas, pan, cerveza, tabaco,
-calefacción, casa abrigada, vestidos de lana, distracciones con que
-atenuar sus horas de niebla interminable; pero a un hombre de clima
-cálido le basta un puñado de bananas, un techo de paja y un lienzo que
-cubra sus vergüenzas. Los que manejan _ingenios_ y _obrajes_ en el norte
-de la Argentina, gritan porque los obreros se van a media tarea,
-exigiendo su breve jornal; pero ¿qué ley, humana o divina, puede obligar
-a un hombre a que trabaje sin cesar todas las jornadas del año, si no
-tiene necesidad de dinero? Con el dinero que le otorguen después de una
-faena esforzada, ¿comprará ese hombre alguna cosa de más valor que su
-muelle y dichosa holganza?...
-
-Por eso hay que aceptar al indio como es, sin exigirle que adopte todas
-nuestras preocupaciones; siempre será un semicivilizado. Y probablemente
-serán siempre los países cálidos una especie de “territorios
-protegidos”. Contra el fatalismo de la Naturaleza es inútil luchar. Los
-pueblos calientes están condenados a una subordinación; que la
-subordinación sea lo más humana y dulce posible, es lo que se requiere
-buscar.
-
-Pero los pueblos codiciosos y septentrionales deben recordar siempre que
-la civilización, la cultura, las artes y el manejo de la religión y la
-filosofía, nacieron y prosperaron en las zonas más calientes de la
-Tierra.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IX
-
-UN DUELO CON UN SALVAJE
-
-
-Tan pronto como Martín Fierro y el sargento Cruz hubieron dado buena
-cuenta del pelotón de Policía, concertaron dirigirse a la frontera y
-encomendarse a los indios. Y armándose de valor, los dos camaradas
-traspasan los límites del país civilizado. El resto de civilidad que
-existe en sus almas rudas se resuelve en un calofrío de melancolía al
-cruzar la frontera.
-
- Y cuando la habían pasao
- una madrugada clara,
- le dijo Cruz que mirara
- las últimas poblaciones,
- y a Fierro dos lagrimones
- le rodaron por la cara...
-
-Los dos camaradas llegan en mal momento al antro de los indios. Los
-salvajes están preparando un _malón_ a tierra de cristianos, y no bien
-se presentan los dos intrusos, deciden matarlos.
-
- Se armó un tremendo alboroto
- cuando nos vieron llegar;
- no podíamos aplacar
- tan peligroso hervidero;
- nos tomaron por bomberos
- y nos quisieron lanciar.
-
- Nos quitaron los caballos
- a los muy pocos minutos;
- estaban irresolutos;
- quién sabe qué pretendían.
- Por los ojos nos metían
- las lanzas aquellos brutos.
-
- Y dele en su lengüeteo
- hacer gestos y cabriolas.
- Uno desató las bolas
- y se nos vino en seguida.
- Ya no creíamos con vida
- salvar ni por carambola.
-
-En fin, acude oportunamente un cacique y se les perdona la vida. Los dos
-amigos quedan incorporados a la tribu. Fabrican un toldo con pieles, se
-dan mutuamente calor, se cuentan sus cuitas, y soportan como pueden la
-vigilancia y los ultrajes de los indios. En cuanto a comer, allí nadie
-regala nada; cada cual se ingenia en la busca y persecución del
-mantenimiento.
-
- El alimento no abunda
- por más empeño que se haga;
- lo pasa uno como plaga
- ejercitando la industria,
- y siempre como la nutria
- viviendo a orilla del agua.
-
- En semejante ejercicio
- se hace diestro cazador.
- Caí el piche engordador,
- caí el pájaro que trina;
- todo bicho que camina
- va a parar al asador.
-
- Pues allí a los cuatro vientos
- la persecución se lleva;
- naide escapa de la leva,
- y dende que el alba asoma
- ya recorre uno la loma,
- el bajo, el nido y la cueva.
-
- En las sagradas alturas
- está el maestro principal,
- que enseña a cada animal
- a procurarse el sustento,
- y le brinda el alimento
- a todo ser racional.
-
- Y aves y bichos y peces
- se mantienen de mil modos.
- Pero el hombre en su acomodo
- es curioso de observar;
- es el que sabe llorar...
- ¡y es el que los come a todos!
-
-Pero esta existencia estúpida y relativamente feliz dura poco tiempo.
-Una plaga de viruela invade la tribu y hace en ella estragos. El
-sargento Cruz cae con la peste, y a pesar de los cuidados y las lágrimas
-de Martín Fierro, el pobre apestado entrega su alma.
-
- Todos pueden figurarse
- cuánto tuve que sufrir.
- Yo no hacía sino gemir,
- y aumentaba mi aflicción
- no saber una oración
- pa ayudarlo a bien morir.
-
- De rodillas a su lado
- yo le encomendé a Jesús.
- Faltó a mis ojos la luz,
- tuve un terrible desmayo.
- ¡Caí como herido del rayo
- cuando lo vi muerto a Cruz!...
-
- Andaba de toldo en toldo
- y todo me fastidiaba.
- El pesar me dominaba,
- y entregao al sentimiento
- se me hacía a cada momento
- oir a Cruz que me llamaba.
-
-Así el desgraciado Fierro se lamentaba en su soledad, cuando cierto
-día...
-
- Sin saber qué hacer de mí
- y entregado a mi aflicción,
- estando allí una ocasión
- del lado que venía el viento,
- oí unos tristes lamentos
- que llamaron mi atención.
-
-Martín Fierro se acerca al lugar de donde parten los gemidos, y descubre
-la escena más horripilante. Un indiazo de aquellos estaba maltratando a
-una cautiva cristiana, en cuyos brazos latía un hijito ensangrentado. El
-indio, en su furor, había acuchillado a la tierna criatura, y entre
-golpes de látigo demandaba a la cautiva que le hiciese confesión de sus
-presuntos manejos de hechicera, porque los indios supersticiosos
-achacaban la peste de viruela a brujería.
-
-Martín Fierro se presenta, mira la sangre de la sacrificada criatura, ve
-a la cautiva llorosa, y repentinamente salta en su rudo espíritu el
-grito de los antepasados. Lo que hay en su sangre de herencia de
-hidalgo, acude presto y aparece la voluntad quijotesca de defender y
-vengar a la pobre cautiva.
-
- Yo no sé lo que pasó
- En mi pecho en ese instante...
-
-Efectivamente, un impulso sobrenatural, venido del fondo de la raza,
-toma forma de fatalidad y le induce a proceder como un caballero, sin
-que ninguna clase de reflexión o cálculo intervenga para nada. Bien, ya
-ha retado a la fiera. Ahora sólo le queda luchar con un bárbaro
-enfurecido, cerca de una tribu de salvajes, en mitad del desierto, a
-espaldas de toda ayuda.
-
- Estaba el indio arrogante
- con una cara feroz;
- para entendernos los dos
- la mirada fué bastante...
-
- Pegó un brinco como un gato
- y me ganó la distancia;
- aprovechó la ganancia
- como fiera cazadora;
- desató las boliadoras
- y aguardó con vigilancia...
-
- En tamaña incertidumbre,
- en trance tan apurado,
- no podía, por descontado,
- escaparme de otra suerte,
- sino dando al indio muerte
- o quedando allí estirado.
-
- Y como el tiempo pasaba
- y aquel asunto me urgía,
- viendo que él no se movía
- me fuí medio de soslayo
- como a agarrarle el caballo
- a ver si se me venía.
-
- Ansí fué, no aguardó más
- y me atropelló el salvaje...
-
- En la dentrada no más
- me largó un par de bolazos.
- Uno me tocó en un brazo,
- si me da bien me lo quiebra,
- pues las bolas son de piedra
- y vienen como balazo.
-
- A la primer puñalada
- el pampa se hizo un ovillo;
- era el salvaje más pillo
- que he visto en mis correrías,
- y a más de las picardías
- arisco para el cuchillo.
-
-De pronto, cuando el apuro era más grande y menudeaban los bolazos y las
-embestidas, Martín Fierro tiene la desventura de tropezar con los flecos
-de su chiripá. Resbala, pues, y cae a tierra. Entonces el indio se
-avalanza, monta sobre el caído, lo aprieta y lo va a ultimar. Pero la
-cautiva, entretanto, seguía aterrorizada el curso de la pelea, y he ahí
-que interviene como el mismo brazo de Dios.
-
- ¡Bendito Dios poderoso,
- quién te puede comprender,
- cuando a una débil mujer
- le diste en esta ocasión
- la juerza que en un varón
- tal vez no pudiera haber!
-
- Esa infeliz tan llorosa
- viendo el peligro se anima,
- como una flecha se arrima,
- y olvidando su aflicción
- le pegó al indio un tirón
- que me lo sacó de encima...
-
-La pelea continúa con el mismo terrible furor, con el mismo y terrible
-mudo ensañamiento. El sudor corre mezclado con la sangre. La fatiga
-aumenta.
-
- Aquel duelo en el desierto
- nunca, jamás se me olvida...
-
-Hay un momento en que Martín Fierro logra cortar con el cuchillo una
-cuerda de las bolas del indio. Se prevale de la ventaja. Además, al
-indio le ha tocado su vez, y pisando la sangre del niño descuartizado,
-resbala y cae. Se levanta presto, pero ya Fierro ha conseguido herirle.
-Las cuchilladas menudean.
-
- Iba conociendo el indio
- que tocaban a degüello.
- Se le erizaba el cabello
- y los ojos revolvía,
- los labios se le perdían
- cuando iba a tomar resuello...
-
- Al fin de tanto lidiar
- en el cuchillo lo alcé;
- en peso lo levanté
- a aquel hijo del desierto;
- ensartado lo llevé,
- y allá recién, lo largué
- cuando ya lo sentí muerto.
-
-Estas escenas de sangre abundan, como se habrá visto, en todo el poema
-del _Martín Fierro_. A nuestro oído de europeos sedentarios llegan esas
-voces de muerte como algo remoto y antiguo. Se observa sobre todo la
-especie de impasibilidad ante el hecho sangriento; una manera de enorme
-y extraño fatalismo frente a la necesidad de matar; y el detalle de los
-accidentes, de las cuchilladas. Siempre termina la narración de una riña
-con el dato final: lo alcé en el cuchillo y lo lancé muerto...
-
-La palabra _degüello_ salta asimismo con frecuencia en el poema. El
-degollar no tiene ya para nosotros sentido ni justificación; si
-comprendemos el acto de matar, no concebimos la precisión de cortarle a
-cercén la garganta al enemigo. Pero en tierra de indios sanguinarios, el
-degüello parece un acto legal y casi imprescindible. Para el salvaje no
-basta la muerte; su siniestra alma necesita palpar la muerte del
-adversario, sentir su palpitación agónica, poseer, en una palabra, toda
-la agonía del enemigo, sus gestos despavoridos, su terror postrero, la
-sangre que brota a chorros.
-
-Esta costumbre del degüello pasó desde los indios a los cristianos, y en
-sus mismas guerras civiles, los ríoplatenses acostumbraban a usar el
-terrible ejercicio de la degollación. Se cuenta que el tirano Rosas no
-fusilaba a los prisioneros y culpables; los degollaba, sencillamente.
-
-Una vez que Martín Fierro se vió libre de su horroroso peligro, montó en
-el caballo del indio, dió el suyo a la cautiva, y con las debidas
-precauciones, a paso de carrera, huyeron de la tribu de los salvajes.
-
-Vagaron por el desierto, llegaron a las primeras poblaciones
-civilizadas, y allí, portándose otra vez caballerescamente, Martín
-Fierro se despidió de la cautiva y tomó el rumbo de la tierra natal.
-Llevaba sobre su conciencia bastantes culpas, le adeudaba a la Justicia
-bastantes delitos; pero los jueces, en aquellos tiempos, saldaban pronto
-las cuentas pasadas. Y nuestro héroe se ve exento de toda reclamación.
-Pero está viejo, pobre, melancólico... Pide noticias de su mujer, y le
-dicen que ha muerto. Busca a sus hijos, y he ahí que aparecen dos lindos
-muchachos que le abrazan...
-
-Esta última parte del poema es muy curiosa, porque se dedica a narrar
-las aventuras y picardías de los muchachos. Está sembrada de sentencias
-criollas, y por tanto equivale a un _refranero_ popular de la tierra del
-Plata. Vamos a internarnos en esa pintoresca trama de refranes
-criollos.
-
-
-
-
-CAPÍTULO X
-
-REFRANERO PICARESCO
-
-
-La última parte del _Martín Fierro_ está dedicada a escenas familiares y
-al tierno reencuentro de los hermanos perdidos. En esta parte del poema
-popular criollo ya no se narran episodios de sangre, peleas y otros
-excesos. Pero en medio de las narraciones ingenuamente sentimentales, el
-tono de _picaresca_ que tiene este libro en todas sus páginas se afirma
-todavía más en su terminación, gracias a los dichos y refranes que
-aportan Fierro, sus dos hijos, el primogénito del sargento Cruz y el
-viejo Vizcacha. Probablemente, el _Martín Fierro_ es el último libro del
-género _picaresco_ que ha producido la literatura castellana. Y esto es
-más interesante, porque el autor de este poema rudimentario no era muy
-culto en letras ni se propuso emular los grandes autores del siglo XVI
-y el XVII; es la obra espontánea de la raza, que aun transportada a
-medio distinto y extraño, produce fatalmente estrofas y episodios de
-puro sabor castizo.
-
-Sucede, pues, que nuestro héroe Martín Fierro regresa a sus _pagos_.
-Está un poco viejo y se ocupa en cantar al abrigo de las pulperías,
-tañendo la guitarra ante un concurso de amigos que escuchan atentos sus
-aventuras y trabajos. Allí se le unen sus dos hijos. Y cada uno de los
-muchachos, siguiendo el sistema literario antiguo, narra por su parte
-las aventuras y desdichas de su vida azarosa.
-
-El hijo más pequeño cuenta cómo quedó abandonado, cuando Fierro fué
-llevado a servir de recluta en la frontera. La pobre madre murió. Y el
-muchacho, por una tropelía de la justicia, demasiado frecuente en
-aquellos climas inseguros, es acusado de haber dado muerte a un boyero,
-y cae en presidio. El triste mancebo se limita a describir la horrible
-vida del presidiario. Para un hijo de la naturaleza, hecho a la luz y la
-libertad, nada debe de haber, en efecto, tan horroroso como el
-encarcelamiento.
-
- En esa estrecha prisión,
- sin poderme conformar,
- no cesaba de exclamar:
- ¡Qué diera yo por tener
- un caballo en que montar
- y una pampa en que correr!...
-
-También le fatiga y le aterra mucho el silencio mortal de la prisión. Es
-un silencio que le obsede, que le aturde, que le alucina.
-
- Allí se amansa el más bravo,
- allí se dobla el más fuerte.
- El silencio es de tal suerte,
- que cuando llegue a venir
- hasta se le han de sentir
- las pisadas a la muerte...
-
-El otro hijo de Martín Fierro tiene algunas cosas más entretenidas que
-contar. Por lo pronto le recoge a su amparo una tía anciana, cuya amable
-tutela le permite vivir sin oficio y en perfecto holgazán. Pero la tía
-muere, y el muchacho queda otra vez desvalido. La amable tía le ha
-dejado una herencia, consistente en unas tierras y unos rebaños. En esto
-interviene el juez, y nuevamente la justicia criolla de aquel tiempo
-hace una de las suyas. En resolución, el chico no puede cobrar la
-herencia, porque es menor; en cambio le ponen de pupilo bajo la tutoría
-de un viejo cínico, ladrón, borracho, que responde al apodo de Vizcacha.
-
-El viejo Vizcacha vive como un animal inmundo y ladino. Se dedica a
-hurtar reses y vender de tapadillo los cueros. Roba todo cuanto se le
-alcanza, desde una hebilla a una montura. Bebe sin tasa. Y a cambio de
-otros regalos, le da al chico sapientes consejos de la mejor picaresca.
-
-Debo decir, como paréntesis, que el refranero criollo carece de gran
-originalidad; los refranes argentinos y generalmente los americanos, en
-realidad son puramente españoles. Aquellos países han inventado pocas
-cosas, acaso porque recibieron la civilización, la fe y el lenguaje
-españoles en su período de mejor madurez. Fuera de los términos o
-expresiones rigurosamente locales, el idioma se mantiene tan original
-como cuando llegaron allá los conquistadores. Me refiero, claro es, al
-idioma del campo y de las ciudades del interior; por desgracia, los
-escritores criollos cultos siembran su lenguaje de tristes galicismos
-aprendidos en los volúmenes de 3,50 francos.
-
-Los mismos criollos castizos, cuando más presumen de estar
-argentinizando, no hacen otra cosa que hispanizar. Suelen darse, al
-efecto, equivocaciones graciosas; porque ellos piensan que las palabras
-y refranes que dicen son de pura cepa criolla, cuando son, al contrario,
-españoles. Esta equivocación, acaso, provendrá de la carencia de
-continuidad literaria y étnica. Leen los criollos muy escasísima
-literatura española; por otra parte, ellos ven llegar a los inmigrantes
-del país vasco, de Galicia, de tierra de Cameros, gentes que hablan un
-mal castellano, o un castellano incipiente.
-
-El viejo Vizcacha no es ni más ni menos que un pícaro de Mateo Alemán,
-de Hurtado de Mendoza o de Cervantes. Nada dice que no supieran nuestros
-clásicos pícaros.
-
- Jamás llegués a parar
- adonde veas perros flacos...
-
- El diablo sabe por diablo,
- pero más sabe por viejo...
-
- Hacéte amigo del Juez,
- no le des de qué quejarse;
- y cuando quiera enojarse
- vos te debés encoger,
- pues siempre es bueno tener
- palenque ande ir a rascarse...
-
-Este redomado pillo que llaman Vizcacha parece un ente redivivo,
-arrancado propiamente del Arenal de Sevilla, del Perchel de Málaga, de
-las Almadrabas de orilla de la mar. Tiene toda la sorna antigua y
-racial, un poco disminuído sin duda por la inyección taciturna y sosa
-del indio. Conserva, aunque un tanto mitigado, el don de la gracia
-andaluza. Y expresa en sus dichos toda la sutileza filosófica,
-castizamente hispana, popular; toda la presteza del _madrugador_; todo
-el egoísmo experimentado y concienzudo, entre estoico y cristiano, del
-hombre que se lanza a luchar con jueces prevaricadores y pillos
-despiertos.
-
-Véanse algunos de sus consejos:
-
- No andés cambiando de cueva,
- hacé lo que hace el ratón;
- conserváte en el rincón
- en que empezó tu existencia;
- vaca que cambia querencia
- se atrasa en la parición.
-
- Y menudiando los tragos,
- aquel viejo como cerro,
- --No olvidés, decía, Fierro
- que el hombre no debe creer
- en lágrimas de mujer
- ni en la renguera del perro.
-
- A naides tengás envidia,
- es muy triste el envidiar;
- cuando veas a otro ganar
- a estorbarlo no te metas.
- Cada lechón en su teta;
- es el modo de mamar...
-
- Si buscás vivir tranquilo
- dedicáte a solteriar;
- mas si te querés casar,
- con esta advertencia sea:
- que es muy difícil guardar
- prendas que otros codicean.
-
-En lo que atañe a las armas y la defensa personal, el viejo Vizcacha
-presta al muchacho unos consejos que parecen arrancados de un código
-truhanesco del siglo XVI.
-
- Y gangoso con la tranca
- me solía decir: Potrillo,
- recién te apunta el colmillo,
- mas te lo dice un toruno:
- _no dejés que hombre ninguno
- te gane el lao del cuchillo_.
-
- Las armas son necesarias,
- pero naides sabe cuándo;
- ansina, si andás pasiando,
- y de noche sobre todo,
- debés llevarlo de modo
- _que al salir, salga cortando..._
-
-Después que los dos hijos de Martín Fierro han narrado sus vidas, entra
-en la pulpería un buen mozo desconocido, que pide venia a la reunión
-para contar a su vez sus aventuras. Se le concede con gusto la licencia,
-y el mozo, que resulta ser hijo de aquel sargento Cruz, bizarro defensor
-de Martín Fierro y amigo de él en el éxodo entre los indios, relata de
-este modo su vida:
-
-Quedó solo y desamparado, buscó dónde ganarse el pan, y lo mismo que un
-Lazarillo de Tormes se lanza a los azares de la pillería. Entra a servir
-en una tropa de titiriteros. Luego lo recogen unas tías, que son beatas
-y le obligan a rezar innumerables rosarios y novenas. Mientras reza con
-sus tías, una mulata de la tertulia devota le inspira un amor fogoso,
-desenfrenado; por mirar a su dama, trabuca los nombres de los santos y
-estropea las oraciones. Aquello termina mal, necesariamente. Huye de
-casa de sus tías y cae en pleno vagabundaje.
-
- Anduve como pelota
- y más pobre que una rata.
- Cuando empecé a ganar plata
- se armó no sé qué barullo.
- Yo dije: a tu tierra, grullo,
- aunque sea con una pata.
-
-La plata que dice ganar es por virtud de sus malas artes picarescas.
-Helo ahí convertido en un tahur, en un jugador de ventaja. Se dedica a
-desplumar a todo el gauchaje inadvertido y simplista. Parece un
-personaje de nuestras novelas clásicas. Le llaman de apodo _Picardía_...
-Sus conocimientos en el noble oficio de tahúr no pueden ser más
-pintorescos.
-
- Al monte, las precauciones
- no han de olvidarse jamás;
- debe afirmarse además
- los dedos para el trabajo,
- y buscar asiento bajo
- que le dé la luz de atrás.
-
- Un pastel, como un paquete,
- sé llevarlo con limpieza;
- dende que a salir empiezan
- no hay carta que no recuerde;
- sé cuál se gana o se pierde
- en cuanto cain a la mesa.
-
- Con un socio que lo entiende
- se arman partidas muy buenas;
- queda allí la plata ajena,
- quedan prendas y botones.
- Siempre cain a esas reuniones
- zonzos con las manos llenas.
-
- Deja a veces por la boca
- haciendo el que se descuida;
- juega el otro hasta la vida
- y es seguro que se ensarta,
- porque uno muestra una carta
- y tiene otra prevenida...
-
-Pero el libro del _Martín Fierro_ es a su manera una obra moral, y en
-sus versos se salva siempre la virtud. Así, en las novelas picarescas,
-aunque los pillos hicieran muchos desaguisados, nunca faltaba la
-ejemplaridad y la coletilla moralizante. El hijo del sargento Cruz, por
-tanto, se arrepiente de esas fechorías y hácese mozo honrado. Y larga
-unos versos muy sentenciosos para lección de incautos:
-
- Y esto digo claramente,
- porque he dejao de jugar;
- y les puedo asegurar,
- como que fuí del oficio,
- más cuesta aprender un vicio
- que aprender a trabajar...
-
-
-
-
-CAPÍTULO XI
-
-CONSIDERACIONES FINALES
-
-
-Repetiré nuevamente, antes de acabar, que el _Martín Fierro_ me parece
-el último verdadero poema popular español que se ha escrito en lengua
-castellana. No importa la incultura y sencillez de quien supo escribirlo
-tan fragante y sincero, tan incorrecto y rudimentario, ni tampoco
-importa que se refiera el poema a costumbres y tipos de la Argentina:
-una nación colonizadora nunca se ciñe a los límites diplomáticos; tan
-romana era Mérida como Capua, tan griega Siracusa como Corinto, y del
-mismo modo se ha podido desdoblar España en la Argentina.
-
-_Martín Fierro_, por tanto, siendo muy argentino y americano, no deja de
-ser muy español. Es un libro católico, hidalgo, valiente, generoso, con
-un poco de tristeza estoica, y otro poco de socarronería, bañado en
-gracia popular; y sobre todo, para ser del todo español, alienta en sus
-versos algo como una sorda incompatibilidad con eso que se entiende por
-civilización europea, moderna, industrialista, inexorablemente
-trepadora.
-
-Si en el libro de José Hernández se trasluce la influencia de alguna
-clase de lectura, pronto atisbamos el recuerdo del _Quijote_. Las
-aventuras de Martín Fierro constan, en efecto, de dos partes, trozos o
-volúmenes; al final de la primera parte exclama el héroe, parodiando la
-frase de la _espetera_ cervantesca:
-
- ...Ruempo la guitarra
- pa no volverme a tentar;
- ninguno la ha de tocar,
- por siguro tenganló,
- pues naides ha de cantar
- cuando este gaucho cantó.
-
-Y volviendo de su aventurero vagabundaje, al ingresar de nuevo entre los
-suyos, dice, como pudo decir otrora Don Quijote:
-
- No faltaban, ya se entiende,
- en aquel gauchaje inmenso
- muchos que ya conocían
- la historia de Martín Fierro...
-
-Ese gaucho de barba corrida y pelo amelenado, representa en la remota
-Pampa el último vástago del árbol español. Conserva de España todo su
-heroísmo y todo su renunciamiento transcendental. Por lejos que viva del
-corazón de la raza, por mucho que le separen la distancia, el clima, el
-tiempo y los prejuicios nacionales, el gaucho contiene, en potencia,
-todas las cualidades españolas, buenas y malas. Ríe y llora, canta y
-mata como un español. Reza también a la española, tan
-supersticiosamente, ingenuamente, como un español. Después que la suerte
-de las armas, por ejemplo, le empuja a matar en noble duelo a su
-adversario, Martín Fierro recapacita, al trote de su caballo, que no
-está bien, ni es de buen cristiano, mezquinarle al enemigo un piadoso
-tributo.
-
- Después supe que al finao
- ni siquiera lo velaron,
- y retobao en un cuero
- sin rezarle lo enterraron.
-
- Y dicen que dende entonces,
- cuando es la noche serena,
- suele verse una luz mala
- como de alma que anda en pena.
-
- Yo tengo intención a veces,
- para que no pene tanto,
- de sacar de allí los güesos
- y echarlos al camposanto...
-
-Hasta la propensión _conceptista_ y _culterana_, tan del gusto español,
-halla cabida en este poema. Y al final del libro, efectivamente, vemos
-que en la taberna, armados de sendas guitarras, se traban a cantar
-Martín Fierro y un negro _payador_, y riñen un duelo de estrofas
-improvisadas en que los discreteos, que se cruzan ante el regocijado
-auditorio, forman uno de los pasajes más curiosos del poema. Es una
-pintoresca, vulgar cosmología que abarca las principales nociones del
-conocimiento del pueblo. Por boca de los dos _payadores_, el pueblo
-rural de la Pampa emite sus balbuceos acerca de lo divino y de lo
-humano, en un estilo de castiza traza, espontáneamente barroco y
-culteranista. Entre los muchos conceptos sin valor o excesivamente
-vulgares, salta a veces una imagen que nos seduce. Dice el negro, cuando
-su adversario le alude la fealdad:
-
- Bajo la frente más negra
- hay pensamiento y hay vida.
- La gente escuche tranquila,
- no me haga ningún reproche;
- también es negra la noche
- y tiene estrellas que brillan...
-
-En suma, el poema de _Martín Fierro_ es una constante lección para la
-intelectualidad americana, y principalmente argentina. Los escritores
-criollos necesitarán comprender que es muy difícil, y acaso imposible,
-llegar a la consecución de la obra genial mientras la moda o la
-frivolidad les aleje de las fuentes originales. La obra verdadera no
-puede existir sin _carácter_, y por desgracia la actual inclinación
-argentina va derecha hacia las formas y los tópicos extraños.
-
-Por un sentimiento de exagerada pasión cultural, el argentino busca en
-París la clave de su arte, y presume que en su país existe poco
-aprovechable. Hasta en los momentos en que trata de extraer lo
-característico de su raza y de su clima, adopta procedimientos y
-fórmulas aprendidos en Francia. El humilde José Hernández procedía de
-otro modo, y su pobre bagaje libresco le salvó; él se redujo a
-interpretar el sentido criollo y español de cuanto le rodeaba, y esto
-solamente le dió el premio.
-
-Siempre he pensado que ese pequeño poema popular, con todas sus
-incorrecciones y con su factura rudimentaria, es una de las pocas obras
-geniales que en su corta vida ha producido la literatura ríoplatense. El
-genio argentino estuvo demasiado entretenido por sus luchas civiles y
-la constitución de su nacionalidad; no le sobró tiempo ni ocio para
-preocuparse bastantemente de la pura y amena literatura, y toda su
-fuerza la destinó a crear materia política. Los hombres políticos de la
-Argentina muestran un carácter y una altura que indudablemente no poseen
-sus hombres de letras. A veces asistimos a un triple desdoblamiento de
-la personalidad, como en Bartolomé Mitre, coincidente de militar,
-político y escritor. Otras veces todavía vemos el caso milagroso de
-Sarmiento, cuyo cuádruple desdoblamiento de militar, escritor, político
-y pedagogo nos produce estupefacción.
-
-Entretenidos, pues, por tantas e inaplazables solicitaciones, no debemos
-exigir a los talentos argentinos una excesiva corrección. Es lo
-incorrecto, más bien, y lo malogrado, la característica del genio
-literario argentino. El mismo Sarmiento, con ser el más alto hombre
-literario de la Argentina, resulta un gran escritor malogrado, una obra
-literaria sin terminar; un _Facundo_ escrito a vuela pluma y un millar
-de artículos circunstanciales, periodísticos, como inconclusos. En
-Sarmiento estaba acaso el más grande escritor de Hispano-América; la
-vida agitada de su país, los múltiples e inminentes deberes que exigía
-la suerte de su patria, hicieron malograr el perfecto y definitivo
-escritor que se anunciaba.
-
-Es curioso observar cómo se repite en la Argentina la ley histórica que
-ordena a los pueblos un desenvolvimiento ordenado e inflexiblemente
-lógico; es así que la mayor parte del siglo XIX, primero de su
-existencia independiente, lo ha empleado la Argentina en la dura labor
-de crear política, de crear civilidad. Mientras el país trabaja por
-consolidarse, las mejores producciones literarias que produce son las de
-carácter popular. Los cuentos, las leyendas y las narraciones que salen
-del mismo pueblo, tienen en la Argentina un sabor espontáneo, un alma
-honda que no alcanzan, seguramente, las prosas y los versos escritos por
-los autores ilustrados de la misma época.
-
-Muchas de esas obras populares no lo son en absoluto, según el rigor de
-las clasificaciones académicas. No son anónimas siempre, puesto que se
-sabe quién las escribió. Pero el mismo poema de José Hernández parece
-que se haya desprendido, bien maduro, de la boca desconocida y cósmica
-del pueblo criollo. Nada tan popular, anónimo, colectivo, como esa
-historia de Fierro, verdadera expresión gauchesca arrancada del seno
-pampeano.
-
-De tal modo sucede esto, que suele costarnos bastante dificultad el
-retener la ficha nominal del autor. El nombre del autor del poema se nos
-desvanace como una sombra sin sentido... Vemos el “Martín Fierro” como
-una cosa desgajada de la selva popular argentina. Se nos figura que no
-es un libro meditado, compuesto ante una mesa por un señor particular
-que tenía instrucción, que conocía los clásicos y que fraguaba
-composiciones tan endebles y ridículas como “Los dos besos” y “El
-carpintero”. Queremos imaginar que fué la muchedumbre entera quien
-aportó los versos de ese libro. El mismo nombre, José, y el apellido,
-Hernández, ayudan con su vulgaridad, con su popularidad, a que la cifra
-nominal de autor se diluya como una sombra en el cuerpo amorfo del
-pueblo argentino.
-
-A pesar de su factura rudimentaria, el _Martín Fierro_ no carece de una
-pretensión moralizante, y en sus páginas, en efecto, hay apuntadas
-diversas tesis. Están iniciados algunos conflictos locales, puramente
-criollos, y la misma simplicidad de estos conflictos confirma el
-carácter netamente popular del libro.
-
-Su autor, José Hernández, no poseía mucho mayor vuelo ideológico que los
-pobres paisanos de la Pampa; y así es bueno que sea para el efecto
-positivo del poema.
-
-Las tesis y los conflictos están expuestos con una candorosa
-elementalidad y con un simplismo encantador. La xenofobia de “Martín
-Fierro” es la misma que siente el _paisano_ ante el _gringo_ codicioso,
-ridículo, sedentario, afeminado y tortuoso, que bonitamente, y sin
-descanso se va haciendo dueño de las tierras republicanas. El problema
-de la justicia rural está expuesto también con el sentimiento de la
-plebe gauchesca; para el pobre paisanaje, que pierde demasiado tiempo en
-beber, cantar, bailotear y darle gusto al cuchillo, el Juez de la
-campaña casi siempre es el personaje arbitrario y venal que pega,
-castiga, oprime y hace levas de conscritos. La vida del soldado no tiene
-tampoco un sentido noble y culto; el paisano que marcha a la frontera,
-arreado con otros pillos o infelices, no alcanza a comprender el
-idealismo de las armas nacionales que luchan por la civilización y el
-progreso; sólo ve un fortín desmantelado, unos oficiales avarientos,
-unos indios que invaden como fieras, unas pagas que no llegan nunca,
-hambre, tedio, miseria, y a sus espaldas el especulador de la ciudad,
-que prepara sus buenos negocios de tierras.
-
-“Martín Fierro” es el poema tardío, desde luego impotente, que clama en
-favor del gaucho. Pide justicia contra la invasión de las fuerzas
-exóticas que invaden e inundan el país; pide justicia para el paisano,
-que hiciera otrora la campaña de independencia, que defendió las
-instituciones republicanas, que pobló el desierto y que al final es
-despreciado, vejado, expulsado de su misma tierra.
-
-Lo cierto es que en todo el “Martín Fierro” no se escuchan más que
-lamentaciones y gritos airados. Se asiste en sus páginas al vagar de los
-pobres gauchos, a las tristezas y expoliaciones del paisanaje indefenso.
-Todo son desventuras y miserias para el gaucho. Y van los gauchos,
-efectivamente, a través del libro como sombras malditas, que recuerdan a
-las razas abyectas del Viejo Mundo, gitanos y judíos, siempre sujetos a
-ultrajes y persecuciones. Es el final de una lucha a muerte. Es la
-expulsión del gaucho, que será suplantado por el colono europeo. Es la
-liquidación de la primera fase de la vida nacional argentina. Es el
-cambio del carácter nacional y la anulación del criollismo histórico,
-verdaderamente americano, por el predominio de la ciudad arrivista,
-exótica, que es Buenos Aires... He ahí un conflicto sentimental y bien
-profundo, que todavía no ha sido atacado por la crítica argentina, tal
-vez porque sea tan delicado y doloroso de tratar desde el lado
-criollo.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XII
-
-UN CONFLICTO DE SENTIMIENTOS
-
-
-Las obras del hombre caen siempre en brazos de la casualidad, y los
-libros no se evaden a la ley de una suerte arbitraria e imprevista. Tal
-libro nace con pretensiones de inmortalidad, y no obstante se sume
-pronto en el olvido; otras obras, en cambio, salen humildes a la luz,
-huérfanas de reclamo y de pretensiones, y desde el silencio se remontan
-a la fama eterna. Algunos libros, como el _Quijote_ y el _Hamlet_,
-nacieron entre las risotadas de los lacayos y de los marineros, y
-después el asentimiento nacional los estima como nobles conceptos de la
-imaginación humana.
-
-Este fenómeno se ha repetido con el poema del _Martín Fierro_. Nació
-para ser deletreado por gentes rudas; hablaba el lenguaje de la plebe;
-iban sus máximas y sus episodios dirigidos a la imaginación del pueblo,
-y si las inteligencias cultivadas lo leían, era nada más que a título de
-curiosidad. Hasta que un día el gaucho Martín Fierro vuelve de la
-vastedad pampeana y logra que se fragüen sobre su asunto complicadas
-discusiones en las academias, los liceos y las revistas.
-
-Se ha formado, en efecto, lo que llamaríamos “partido literario
-nacionalista argentino”, y los más vehementes de este partido llegan a
-considerar el _Martín Fierro_ como la epopeya de la Pampa, semejante,
-por tanto, a la _Chanson de Roland_ y al _Mío Cid_. El docto poeta y
-publicista D. Leopoldo Lugones pronunció en Buenos Aires, recientemente,
-algunas conferencias a propósito del _Martín Fierro_, y con su verbo
-frondoso y acaso desproporcionado sugirió al público argentino la idea
-de que se estaba frente a una obra genial, extraordinaria, profunda. Los
-exégetas y comentaristas han pronunciado su fervor sobre aquella obra,
-antes humilde y populachera, y no hay duda que en el alma argentina se
-ha producido un vivo movimiento de interés por un libro que
-verdaderamente da el tono y la medida del carácter criollo, antes de
-que este fuera amenazado por el aluvión cosmopolita.
-
-No es nuevo el fenómeno, como ya dijimos. Y al igual que en todos los
-casos, esta vez también se repite en la Argentina la misma honda guerra
-de sentimientos y de ideas alrededor de la obra renacida. Clásicos y
-románticos peleaban un tiempo sobre los dramas de Shakespeare. No se
-trataba entonces de una mera controversia retórica, sino que palpitaba
-allí la lucha entre dos mundos mentales, entre dos fuerzas ideológicas y
-entre dos maneras de sentimientos. Dos civilizaciones, con todo su
-bagaje político, sociológico y sentimental, disputaban enconadamente
-sobre el tema en apariencia ridículo de las tres dimensiones teatrales o
-de la forma lírica.
-
-Apresurémonos a decir que el _Martín Fierro_ no ha promovido solamente
-una guerra literaria. Siendo muy interesante la discusión de carácter
-retórico, que dura aún y que promete prolongarse mucho, es más
-importante la parte social, sentimental y política que hay en el asunto.
-Por de pronto, débese anotar la rehabilitación romántica del gaucho,
-personaje de ayer mismo y ya casi mitológico, a quien el consenso
-público declaró nefasto y perjudicial para el progreso de la patria, y
-que últimamente pasa a convertirse en una figura ideal, hermana de las
-otras figuras que vagan por los versos de Homero.
-
-El problema sentimental de la Argentina es único, y tal vez más grave
-que el de otros pueblos. Existe, es verdad, el conflicto íntimo de
-Francia, que por naturaleza se ofrece como un pueblo monárquico, con una
-historia realenga empapada de glorias y triunfos, y que, sin embargo, la
-necesidad del momento, acaso la misma propensión lógica de la raza,
-obliga a ese noble país a aceptar el régimen democrático y radical. El
-sentimiento más íntimo le tira a Francia hacia la continuación
-monárquica, cuyo tipo glorioso puede residir en Francisco I, en Enrique
-IV o en Luis XIV; mientras tanto, la razón le empuja por el camino
-radicalmente democrático.
-
-El conflicto argentino es más íntimo todavía, y también más
-irreconciliable. Aquí se trata de una oposición entre el ser tradicional
-y el ser futuro. Por una parte está la raza que hizo la nacionalidad y
-la independencia; por otro lado se levanta la gran responsabilidad del
-porvenir y el compromiso de formar un pueblo grande, activo y emulador.
-La raza original supo levantarse prodigiosamente, darse una
-constitución, guerrear por grandes ideales. Ella trazó las líneas de las
-primeras poblaciones, de los primeros caminos y canales, de las leyendas
-y tradiciones, de las costumbres y creencias, de los balbuceos
-literarios, que forman el cuerpo de la nacionalidad. Supo levantar un
-modesto edificio, pero substancial y completo, sobre las bases de la
-aportación colonial y con la experiencia de la propia naturaleza. No
-faltaba ni la disciplina de la religión, ni el rigor universitario, ni
-el cuerpo de leyes municipales que ofrecían una perfección relativa de
-civismo.
-
-Pero todos estos elementos parecían precarios si se quería empujar al
-país a enormes saltos y a alturas increíbles.
-
-Llegó la ráfaga ambiciosa, el vértigo de las grandezas. Con los antiguos
-elementos se tendría una nacionalidad, un carácter, una fisonomía
-enérgica, pero había el peligro del estancamiento. Era necesario
-sacrificar una gran parte del tesoro heredado, en aras de aquel
-magnífico porvenir.
-
-Con una inflexible dureza, raro ejemplo en la historia de las
-nacionalidades, las personas directivas han insistido en recomendar el
-cambio del carácter y de los más esenciales componentes de la raza.
-Frente al hombre de la llanura, encastillado en su altanera
-independencia, sobrio, indolente y despreciador hidalgo del ahorro, se
-ensalzaban las virtudes del colonizador europeo, asiduo, codicioso,
-hábil en el uso de los oficios y de la agricultura. “Gobernar es
-poblar”, se dijo en diferente tono y en numerosas ocasiones. Y el
-poblar, en este caso, equivalía a substituir al hombre nacional de la
-llanura, reacio y altanero, por el hombre europeo, tan flexible y
-acumulador.
-
-En el afán impaciente de renovación, los primeros cerebros del país no
-desdeñaban el ultraje o la injuria. El vehemente Sarmiento, después de
-pintar al gaucho en aquel célebre y no igualado capítulo de _Facundo_,
-pasa a condenarlo en mil formas, con mil razones y dicterios, en nombre
-de la civilización. La barbarie, para aquella mente obsesa, está en el
-campesino pampeano o andino, que vive sobre una tierra fértil y no
-quiere labrarla; que vaga a la orilla de un río como el Paraná y en
-lugar de utilizarlo como sendero comercial y llenarlo de naves, prefiere
-vadearlo rudimentariamente, asido a la cola del caballo nadador.
-
-Sarmiento contempla sus lagunas provinciales de Huanacache, y las ve
-estériles, inútiles, como cuando el indio precolombiano pescaba en sus
-aguas. Contempla las ciudades provincianas, llenas de indolencia y
-fanatismo; recorre el caudal de costumbres coloniales, saturadas de
-herencias españolas, católicas, heráldicas; y proclama con ardor la
-guerra al tradicionalismo, al indianismo, al hispanismo. Amonesta a sus
-paisanos los hábitos gauchescos. Y exclama en sus _Recuerdos de
-provincia_ con inflamado acento:
-
-“¡Los blancos se vuelven indios huarpes, y es ya grande título para la
-consideración pública saber tirar las bolas, llevar chiripá o rastrear
-una mula!...”
-
-Hoy no podría decir lo mismo. Ya no se tiran las bolas apenas, ni lleva
-nadie chiripá. Por los caminos del campo van los colonos en tilburí. El
-gaucho ha pasado a la historia o se refugia en el último baluarte de
-ciertas provincias, aguardando allí la hora del desalojo. Y ahora que el
-gaucho no existe, ¿no le veis alzarse en lo recóndito de las
-imaginaciones, con la apostura ideal que prestan el recuerdo y la poesía
-a las figuras fenecidas?
-
-Está volviendo _Martín Fierro_, del fondo de su pampa grave, al paso del
-peludo corcel amigo. Si antes disputaba en las pulperías o _payaba_
-rudas canciones junto al fogón invernizo, hoy se codea con los héroes
-helenos, con los caballeros de Rolando y con los infanzones del de
-Vivar, mío Cid Campeador...
-
-Su vuelta ha levantado choque de pendencia. Ya no es, como antes, la
-justicia aldeana quien acude a acosarlo, con golpe de soldados y jueces
-rurales; son los malcontentos de la tradición, los razonadores y los
-progresistas, quienes se levantan airados contra él, invitándole a
-volver a su obscuro sepulcro de la llanura. Pero a la vez le reciben
-otros muchos con ardientes salutaciones. Miran en él a un personaje
-remoto, fundido en las lejanías de la Historia, con lo esencial de la
-raza. Acaso no se atreva nadie todavía a proclamarlo como ejemplar
-auténtico y necesario del desdoblamiento nacional; los montones de trigo
-y la multiplicidad de los Bancos obligan a contener los impulsos del
-sentimiento. Bello como la cosa más íntima, sigue apareciendo como
-funesto al progreso, a la “valorización”...
-
-Y ahí está el gran conflicto, que ahora puede decirse que empieza en su
-forma ostensible; conflicto que irá agrandándose más, a medida que el
-país se vaya transformando. Y los conflictos sentimentales suelen ser
-los más inquietadores, por lo mismo que son irresolubles. ¡Un país que
-ha tenido que retorcer el pescuezo al antecesor, en una manera de
-suicidio fenomenal, y que, sin embargo, no puede ahogar igualmente a los
-ancestrales y escurridizos sentimientos!
-
-
-
-
-CAPÍTULO XIII
-
-MARTÍN FIERRO Y SARMIENTO
-
-
-Ha sido Domingo F. Sarmiento una de las personalidades más vigorosas de
-la Argentina, y el ruido de sus hazañas políticas y literarias llenó
-medio siglo. Pero Sarmiento, que era tan español por la raza y el
-carácter, no le concedió a España muchas frases cariñosas. Al contrario,
-el fondo de su predicación puede resumirse de este modo: El argentino
-debe extirpar de su seno todo lo que tiene de español, por incompatible
-con el progreso; la Argentina debe poblarse de europeos agricultores o
-comerciantes, expulsando a los indígenas retardatarios y perezosos;
-Buenos Aires, o sea la ciudad, necesita invadir y dominar el campo,
-someter las provincias originales y transformarlas... Todo esto,
-expuesto en diferentes páginas de sus libros, ya se comprende que es la
-teoría de un hombre de la época romántica, lleno de ideas
-enciclopedistas y progresistas, atestado de lecturas oratorias, con el
-idealismo retórico de la primera parte del siglo XIX. Además, se nota en
-Sarmiento al americano recién manumitido, que conserva aún el odio al
-amo colonial.
-
-En el poema _Martín Fierro_, por el contrario, está expresado a mi
-parecer el sentimiento de nostalgia por la vida criolla antigua, pero en
-una forma espontánea y sincera como nunca se atreverían a exponer los
-publicistas cultos. Así, en cierto modo, “Martín Fierro” viene a ser una
-réplica de Sarmiento, una contradicción sentimental de la pedagógica y
-libresca teoría de Sarmiento.
-
-El hombre modesto y obscuro que era José Hernández, no trató de velar
-sus ideas y sus instintos, ni tuvo en cuenta las altas conveniencias
-políticas y económicas que obligan a los criollos de Buenos Aires al uso
-del eufemismo.
-
-José Hernández, a la manera de un _gaucho_ del interior, consideraba que
-la corriente civilizadora e inmigratoria iba arrasando lo substancial y
-característico de la Argentina, y se rebela contra ello, con la misma
-franqueza que podría usar un hombre del pueblo anónimo. Y en su mente se
-dibujaba ya el conflicto trágico y sentimental que alguna vez debería
-preocupar a todos los argentinos ilustrados y sensibles.
-
-Yo recordaré siempre la pintoresca y graciosa definición que me hiciera
-un argentino entrerriano, a propósito de la teoría del progreso
-desenfrenado y vertiginoso. “A nosotros nos ha sucedido, decía, como al
-caballo que marcha tranquilo por un sendero, que no tiene prisa para
-llegar y que lleva un paso seguro y cómodo; de repente cruza en la misma
-dirección un _pingo_ desbocado, frenético, galopante, y nuestro buen
-caballo, dejándose arrastrar por el ejemplo y la emulación, aprieta a
-galopar también... ¡y de veras nos han fastidiado, porque nosotros no
-precisábamos correr tanto ni sentíamos ninguna imperiosa necesidad de ir
-tan aprisa!”
-
-Este disgusto por la carrera vertiginosa se halla expresado en el
-“Martín Fierro” constantemente, y se apunta de continuo la idea máxima
-de que no vale el resultado lo mucho que cuesta. Porque un país que
-quiere variar fundamentalmente y busca el fin sin reparar los medios,
-necesita entregar mucha parte de sus bienes más caros, los que
-corresponden a la personalidad, a la tradición, a la raza.
-
-“Gobernar es poblar”, se ha repetido en la Argentina de distintos modos;
-y han ingresado, en efecto, verdaderas avalanchas extranjeras. Por su
-parte, Sarmiento proclamaba su famoso dilema entre la silla de montar
-inglesa y el “recado” criollo; Sarmiento ha ganado la partida, y el país
-le dió la razón, optando por la silla inglesa que lleva en sí, con su
-triunfo, la adopción plena y apresurada de todas las normas y los
-caracteres extranjeros. En el dilema de Sarmiento se incluía la parte
-étnica, la población humana que había de ocupar el país; Sarmiento
-entendía que el paisano aborigen, preñado de defectos y caracteres
-españoles, era nefasto y correspondía al “recado” criollo; el
-criollismo, signo de barbarie, debía ceder el puesto a la civilización y
-al _gringo_... Efectivamente, el gaucho ha ido cediendo el puesto a los
-colonos extranjeros, que ocupan las mejores porciones del país y se
-instalan en los órganos dirigentes o matrices de Buenos Aires.
-
-Todo lleno de nostalgia criolla y de un nacionalismo íntimamente
-xenófobo, José Hernández prorrumpe, por boca de su héroe Martín Fierro:
-
- ¡Ah tiempos... si era un orgullo
- ver jinetiar un paisano
- cuando era gaucho baquiano;
- aunque el potro se voliase,
- no había uno que no parase
- con el cabestro en la mano.
-
- Y mientras domaban unos,
- otros al campo salían,
- y la hacienda recogían,
- las manadas repuntaban,
- y ansí sin sentir pasaban
- entretenidos el día.
-
- Y verlos al cair la tarde
- en la cocina reunidos,
- con el juego bien prendido
- y mil cosas que contar,
- platicar muy divertidos
- hasta después de cenar.
-
- Y con el buche bien lleno
- era cosa superior,
- irse en brazos del amor
- a dormir como la gente,
- pa empezar al día siguiente
- la faena del día anterior...
-
-He aquí una exposición, toscamente referida, de esa edad de oro o vivir
-idílico que los pueblos construyen con sus materiales legendarios. He
-aquí también una refutación apasionada de las teorías de Sarmiento. El
-fogoso Sarmiento condenaba el recado criollo, la superstición española y
-la barbarie del gaucho; sus contemporáneos y sus descendientes le dieron
-la razón. Pero la queja de Fierro, la protesta criolla del gaucho que se
-siente suplantado y vencido, ha de sonar hoy, y mejor mañana, en la
-conciencia argentina como un grito de justa reivindicación.
-
- ¡Recuerdo! ¡Qué maravilla!
- ¡Cómo andaba la gauchada,
- siempre alegre y bien montada
- y dispuesta pa el trabajo!
- Pero al presente... ¡barajo,
- no se la ve de aporriada!
-
- El gaucho más infeliz
- tenía tropilla de un pelo,
- no le faltaba un consuelo,
- y andaba la gente lista...
- Tendiendo al campo la vista
- sólo vía hacienda y cielo.
-
-Por mucho que nosotros, hombres de harta cultura, tengamos bastante
-sospecha de la veracidad de esta edad de oro que los pueblos imaginan en
-una época anterior, no podemos dudar completamente de que Martín Fierro
-decía la verdad.
-
-Es imposible negar que el galopante gaucho
-
- Tendiendo al campo la vista
- sólo vía hacienda y cielo...
-
-Un cielo libre, que era el suyo, y que le servía de tácito confidente en
-sus amores y en sus cantos.
-
- Cuando llegaban las hierras
- ¡cosa que daba calor!
- tanto gaucho pialador
- y tironiador sin hiel.
- ¡Ah tiempos!... pero si en él
- se ha visto tanto primor!
-
- Aquello no era trabajo,
- más bien era una junción,
- y después de güen tirón,
- en que uno se daba maña,
- pa darle un trago de caña
- solía llamarle el patrón...
-
-He ahí ahora, como se ve, pintada la edad patriarcal, la edad familiar,
-la época en que, al modo de las relaciones bíblicas, el trabajo no es
-una pena, sino una _junción_; en que el amo y el sirviente no son dos
-enemigos, sino dos fuerzas compenetradas, amigas, solidarias, que se
-ayudan y se quieren. La teoría de Sarmiento tenía prisa por romper esta
-unión amigable; aspiraba al industrialismo europeo, a la civilización
-arrivista y sin alma, a la desunión del amo y del criado. La silla
-inglesa aportaría rieles, rascacielos, quintas canalizadas... Pero ya no
-llamaría el patrón al gaucho afanoso, y le alargaría, sonriendo
-paternalmente, el frasco de caña.
-
-Se ha extraído del _Martín Fierro_, por los publicistas argentinos,
-principalmente la parte que contiene de protesta social. Pero el
-_socialismo_ del gaucho, en el libro de _Martín Fierro_, no tiene
-verdadero valor de lucha de clases, ni de protesta contra una abusiva
-repartición de tierras y poderes. Lo que realmente alienta en este
-libro, es un problema político, étnico, nacional. Es la protesta del
-tradicionalismo frente a la civilización arrivista; es la enemistad
-entre el _gaucho_ y el _gringo_; es la rivalidad entre la urbe ribereña,
-fastuosa, absorbente--Buenos Aires,--y el país histórico; es el
-conflicto que enunciara Sarmiento en su “Civilización y Barbarie”.
-
-El gaucho habla por conducto de Martín Fierro, el cual recuerda la vida
-dorada de abundancia patriarcal. La vida dorada desaparece, y los
-gauchos son arreados hacia la _frontera_, donde se dará a los indios la
-última embestida. Cuando los indios desaparezcan también, el país se
-llenará de especuladores, de extranjeros, de codicias desenfrenadas. La
-ciudad, Buenos Aires, se hará inmensa como un coloso, como un monstruo.
-Y al decretar el censo de la República, resultará que el país alberga
-millones de extranjeros, en una cifra total de ocho millones de
-habitantes. Habrá pueblos argentinos en donde no se habla el castellano
-usualmente; habrá argentinos hijos de extranjeros, que hablan un
-castellano pestilente, corrompido, una jerga impura y presidiaria; habrá
-pueblos en que la sangre argentina está en una proporción
-insignificante...
-
-Esto significa, seguramente, el triunfo de la doctrina de Sarmiento.
-Pero es una victoria semejante a la de Pirro; el ejército argentino se
-ha deshecho. Tradiciones, modalidades, características, fuerza racial,
-energía del tono primitivo, todo queda deshecho o expulsado ante el
-imperio triunfador de Buenos Aires, por cuyo puerto viene continuamente
-la avalancha.
-
-El gran propagandista combatió el ruralismo gauchesco, el
-tradicionalismo español, la superstición española, todo lo que hay de
-español, y por tanto funesto, en el ser argentino. Después de algunos
-lustros, la sociedad argentina se ha enriquecido con preciosos valores
-económicos, agrícolas y políticos. El ideal de Sarmiento camina
-triunfante. Pero a cambio de la riqueza material y política, ¿el país no
-ha debido sacrificar su substancia tradicional, espiritual y étnica?...
-
-El odio de Sarmiento a España es un monstruo que se vuelve contra sí
-mismo, y en realidad es la patria argentina la que sufre la mordedura.
-Combatir lo español en la Argentina, sobre todo a principios del siglo
-XX, es combatir el propio criollismo. Sarmiento condena y repudia las
-costumbres, los usos, las ideas, los resabios, hasta la gente gauchesca;
-¿qué le queda para estimar? El suelo, la tierra... Es muy poco,
-seguramente. Y es mucho más poco si consideramos aquel suelo pampeano,
-liso e inexpresivo, monótona tierra de mieses y pastos, que sin la ayuda
-de la gente gauchesca y de la poesía tradicional pierde todo lo que
-avalora y explica una patria: el alma.
-
-No; España no tenía la culpa de los defectos que Sarmiento analiza y
-combate en sus apasionadas obras. Tan pronto como el grande hombre
-argentino llega a la madurez mental, mira el espectáculo de su patria y
-la ve sometida a la guerra civil, a la tiranía y a la barbarie. Pero no
-quiere comprender que sobre la Argentina, como sobre toda la América, ha
-pasado la revolución y está triunfante la independencia. De todo lo que
-examina Sarmiento es culpable la misma independencia, puesto que ésta ha
-destruído en seis u ocho lustros cuanto pudo construir España en tres
-siglos.
-
-Los virreynatos españoles habían absorbido las esencias de la
-civilización europea, que en este caso era civilización española; y
-España no envió a América las sobras y lo secundario, sino que muchas
-veces había en Perú y Méjico mayor vigor que en la misma Península, como
-ocurrió en la época de los últimos Austrias. En el siglo XVI dió España
-a las Indias su fervor evangélico y su espíritu valeroso, heroico,
-expansivo; en el siglo XVII envió España a América el sentido
-complementario de la organización política, municipal, eclesiástica y
-universitaria; el siglo XVIII vió aparecer en los virreynatos las
-compañías económicas y una sociabilidad culta, muy del tiempo, que
-llamaríamos de casaca y peluca.
-
-Esta sociabilidad de casaca y peluquín era la que imperaba en los
-virreynatos cuando los desafueros de Napoleón a lo largo de la
-Península inspiraron a los criollos la idea de emanciparse. Sería
-estúpido alegar que la América de entonces, la América de los virreyes
-cultos y humanos, la América de casaca y peluquín, de las academias y la
-buena sociabilidad, era una América torva, hormiguero de gauchos
-cerriles y gentes bárbaras.
-
-De esa América de los virreynatos desciende la civilización criolla, y
-de ella provienen las costumbres, el carácter, lo peculiar y _nacional_
-del criollismo. Esa sociabilidad hispano-criolla hizo posible que en el
-fondo de los Andes, en el remoto interior continental, naciera y se
-agrandara la ciudad de San Juan, patria nativa de Sarmiento. Y
-Sarmiento, que nació en la época del virreynato, o sólo un año después
-de la revolución, no vino al mundo de unos padres soeces, bárbaros y
-rústicos; su familia era prócer, honrada, hidalga, y en ella aprendió
-los principios de una alta sociabilidad española.
-
-Pues si España, a través del Atlántico, era capaz de crear una extensa e
-intensa civilización; si España dió el ser íntimo y fundamental a
-hombres como Sarmiento, y si Sarmiento no se explica sin España, ¿cómo
-es posible que se disculpen las arbitrariedades pseudocríticas de aquel
-voluntario antiespañolista?
-
-La independencia rompió todos los frenos, desbarató la red de
-disciplinas que cubría a América y destruyó lo que había, de
-continuidad, de densidad, de correlación, de armonía y de gobierno en
-los virreynatos; la familia, la autoridad, la trabazón civilizada, todo
-vino a tierra. No fué el desbande de las ignorancias oprimidas lo que
-realizó la independencia; fué la supresión de la armonía civilizada, que
-trajo por consecuencia la barbarie. Este fenómeno lo conocen los
-labriegos en las tierras que se dejan de labrar y caen en poder de los
-matorrales. Fué injusto y cruel Sarmiento cuando, ante el cuadro que
-presentaba la Argentina en sus primeros años de independencia, se
-revolvía contra España. Aquella barbarie que él lamentaba no era
-española; era criolla nada más. La civilización española se había
-derrumbado, y lo que veía Sarmiento eran las ruinas y los matorrales del
-barbecho.
-
-En vez de condenar absolutamente la barbarie, y sobre todo la tradición
-hispano-criolla, ¿por qué no se dedicó su talento a recuperar, a
-recomponer, a rehabilitar el viejo campo de la civilización española,
-adaptándola a los nuevos tiempos y a las nuevas normas políticas? Esto
-le hubiera diputado como hombre verdaderamente genial. Pero Sarmiento
-estaba corrompido por la admiración rastacuera hacia el extranjero. Y en
-lugar de levantarse como el gran _reformador americano_ (el reformador
-que todavía aguarda América), se detuvo en la categoría de un vulgar
-político transeunte, de cualquier político del momento y vista corta que
-en frente de una tierra ancha sólo se le ocurre trazar parcelas y darlas
-a labrar al que desee. Está bien; esto es lógico y práctico. Pero hay
-algún otro margen para la genialidad.
-
- * * * * *
-
-Mientras la Argentina avanza en su camino de riqueza, la mente
-observadora, sin embargo asiste a una tragedia íntima, la de un pueblo
-que estaba lleno de vigor y carácter, y que rápidamente se transforma en
-una cosa diferente, amorfa, un poco caótica dentro de su opulencia
-nacional.
-
-Caótica, porque al destruir sin piedad los cimientos de la tradición,
-no se han cuidado de conservar prudentemente los elementos substanciales
-de la raza. Han abierto demasiada franca la puerta a las aportaciones
-externas, y lo substancial propio se ve inundado, desorientado o
-invalidado.
-
-En un país de nutrida población indígena, la inmigración puede admitirse
-sin reparo; los Estados Unidos tenían ya una base populosa bastante
-capaz cuando llegó la ola europea. La Argentina tenía una población
-insignificante, y el extranjero la ha invadido. Por eso puede dudarse de
-que el sistema antitradicional de Sarmiento fuese completamente sabio y
-oportuno.
-
-Y es que la convulsión de la guerra de independencia dejó en América
-muchos odios, rencores, suspicacias. Todo el siglo XIX ha durado el
-período del antiespañolismo. Suele sorprendernos, viviendo en la
-Argentina, que la Historia nacional la componen los argentinos en una
-forma un poco caprichosa, desde luego original; dividen su Historia en
-dos épocas: la Moderna y la Antigua. La Historia Antigua, comprende el
-período colonial, o sea el tiempo de la dominación española. Más bien
-puede llamársele prehistoria a ese período. Los argentinos lo tratan
-someramente, vagamente, como si lo ignoraran; en realidad no quieren
-recordarlo, o quieren extirparlo...
-
-Pero alguna vez los verdaderos argentinos sentirán el pánico de la
-descomposición tradicional. Hartos de hablar en francés, desearán por
-fin hablar en español. Querrán ser argentinos, para no caer en la
-desgracia de ser una cosa híbrida e indeterminada. Entonces, ladeando a
-Sarmiento, buscarán las fuentes primitivas, y en lugar del _chacarero_
-internacional ponderarán el gaucho, y más lejos todavía hallarán que el
-verdadero fundamento de la nacionalidad argentina se halla en los tres
-siglos de la colonización española a todo lo largo de América.
-
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-APÉNDICES
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-EXPLICACIÓN DE ALGUNOS CRIOLLISMOS CONTENIDOS EN ESTA OBRA
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-1. _Chiripá._ Especie de zaragüelles, que los gauchos vestían en lugar
-de pantalones. Era una gran pieza de paño, que se ajustaba a la cintura
-dejando holgadas las piernas y permitía montar desenvueltamente a
-caballo. Bajo la envoltura del chiripá se usaban amplios y vistosos
-calzoncillos, cuyos flecos bordados pendían sobre el tobillo.
-
-2. _Carnear._ Acción de sacrificar una res y cortarla para ser comida.
-
-3. _Compadre_, _compadrito_. Equivale a valentón, guapo, jaque. Se ha
-formado el verbo _compadrear_, que por extensión se aplica a todo acto
-jactancioso. El _compadre_ deriva cada vez más en la forma del
-_compadrito_, especie de chulo, de apache y de _soutener_.
-
-4. _Pago._ Voz que en España tiene limitado uso y que en la Argentina se
-emplea corrientemente. Significa la patria local, el burgo o el terreno
-de donde se es originario y en donde están la familia, la casa, los
-bienes y las afecciones.
-
-5. _Décian._ Los criollos acentúan a veces de manera que al español
-resulta extraña; pasan rápidamente sobre las dobles vocales. Sin que
-puedan precisarse estas modalidades fonéticas provinciales,
-aproximadamente pronuncian los criollos de esta manera: páis, décian.
-Por lo tanto, los versos populares de este poema ofrecerán más de una
-vez al lector culto español la impresión de estar mal medidos. Los
-escritores castellanos clásicos usaban también esta forma de
-acentuación.
-
-6. _Cimarrón._ Uno de los varios nombres cariñosos que se da a la
-calabaza que contiene la infusión de la hierba mate. El mate es una
-especie de te americano; se bebe como estimulante, y en dosis regulares
-resulta beneficioso y agradable; pero tomado con exceso, degenera en
-vicio y puede ocasionar desarreglos nerviosos. Se bebe por medio de una
-espátula de plata, aspirando.
-
-7. _China._ La mujer del pueblo en el Río de la Plata. Se entiende por
-_china_ a la criolla auténtica, castiza, casi siempre mestizada. No es
-vocablo despectivo; más bien es cariñoso.
-
-8. _Apiarse._ Apearse. En toda América se usa mucho esta palabra, por
-bajarse, saltar, descender. Se ha usado también mucho en España.
-
-9. _Pingo._ Uno de los numerosos nombres del caballo en el Plata.
-
-10. _Daga._ Se llama con más frecuencia _facón_. Es un cuchillo largo,
-estrecho, de punta y filo. No lleva más guarda que una cruz en la
-empuñadura. Es el arma, el compañero y hasta la herramienta doméstica
-del campesino. Sirve para carnear, como tenedor y como insuperable
-defensa. Todo buen criollo aprende una consumada esgrima de cuchillo,
-realmente prodigiosa. Las armas de fuego, el revólver barato y el
-inmigrante, han reducido mucho el uso del clásico _facón_. Pero en el
-campo, si no en la pura forma antigua, sigue llevando la gente un
-cuchillo, más corto que el clásico, sin duda un puñal, que sirve para
-cien menesteres, y sobre todo para comer la carne asada.
-
-11. _Fortín._ Hasta el último tercio del siglo XIX ocupaban los indios
-salvajes la parte meridional de la República Argentina. Llegaban sus
-aduares al mismo límite de la provincia de Buenos Aires. Para tener a
-raya a estos indios se estableció una línea de puestos militares o
-fortines.
-
-12. _Tres Marías._ Forma pintoresca de referirse a las _boleadoras_,
-arma arrojadiza de los indios y los gauchos que consiste en tres pelotas
-de piedra dura unidas por cordeles cortos. Antes de lanzar esta arma, se
-revolea en alto, y así lanzada con fuerza y habilidad, cae sobre las
-patas de una res, maniatándola, o se enrolla al cuerpo de un hombre,
-derribándolo, o le destroza la cabeza.
-
-13. _Pucha._ Interjección muy corriente, que sustituye a otra, también
-corrientísima en Sur América e impronunciable en estas páginas.
-
-14. _Pulpería._ Nombre que en diversas naciones de América se da al
-establecimiento mixto de taberna y tienda de comestibles.
-
-15. _Toldos._ Campamento o aduar de los indios salvajes.
-
-16. _Turtubiando._ Quiere decir titubeando.
-
-17. _Cancha._ Voz geográfica, del idioma quechúa, muy extendida a lo
-largo de los Andes. Significa un espacio de territorio abierto y
-despejado. Por extensión se da el nombre de cancha al lugar donde se
-lucha, juega o rivaliza. En el juego de pelota ha quedado vigente este
-criollismo, que equivale a pista, ruedo, arena.
-
-18. _Entiendanló._ Esta manera de acentuar es frecuente entre el vulgo
-argentino.
-
-19. _Gringo._ En general se llama con este mote despectivo a todo
-extranjero; pero se aplica particularmente y con más fijeza al italiano.
-
-20. _Carniar._ Otro defecto de pronunciación criolla consiste en decir
-carniar, peliar, apiarse, etc.
-
-21. _Voltiadas._ Se usa mucho voltear, en el sentido de derribar.
-
-22. _Rancho._ Cabaña, habitación somera en la campiña.
-
-23. _Pampero._ Viento seco y frío.
-
-24. _Yuyos._ Hierbas inútiles de las praderas.
-
-25. _Paisano._ Campesino.
-
-26. _Estancia._ Finca de ganado.
-
-27. _Ombú._ Arbol grande, de copa espaciosa, característico de la región
-platense. No forma nunca bosque y sirve con frecuencia para cobijar a su
-sombra el rancho o cabaña del campesino.
-
-28. _Entrevero._ Se usa mucho en América para expresar el encuentro y
-confusión de una lucha marcial.
-
-29. _Facón con S._ Se refiere a la cruz de la empuñadura, que tiene la
-forma de un garabato parecido a una S.
-
-30. _Chajá._ Ave de Sur América.
-
-31. _Parar._ Los criollos dicen parado en sustitución de derecho,
-erguido, en pie, etc.
-
-32. _Flete._ Otra manera popular de nombrar al caballo.
-
-33. _Mataco._ Mamífero que, como el erizo, se enrosca y rueda a modo de
-bola cuando alguien lo acomete.
-
-34. _Vos._ En el lenguaje corriente de los criollos, el tratamiento de
-_tú_ queda substituído por el de _vos_. Este pronombre de estirpe tan
-ilustre lo usan en buena parte de la América meridional en una forma
-pintoresca, por lo arbitraria y confusa.
-
-Es cierto que antiguamente, según se infiere de los diálogos realistas
-de nuestros clásicos, en España tenía el lenguaje vulgar los mismos
-errores en cuanto a la confusión o mezcla del tratamiento familiar y el
-respetuoso. Ahora mismo comete el vulgo de Andalucía graciosas
-confusiones con el uso del _tu_ y del _ustedes_. En la Argentina emplean
-estos trabucados pronombres hasta las gentes de posición elevada, en su
-vida familiar; el tuteo normal y correcto sólo se usa en la enseñanza
-escolar y en la literatura.
-
-35. _Angurria._ Ansia, voracidad, avaricia.
-
-36. _Chapetón._ Torpe, bisoño.
-
-37. _Yunta._ Esta palabra ganadera suele usarse frecuentemente. Par.
-Pareja.
-
-38. _Malón._ Turba de indios armados que irrumpen en los pueblos para
-matar y robar.
-
-39. _Obraje._ Nombre de las grandes explotaciones de madera en los
-bosques del Chaco, del Paraguay y de las Misiones.
-
-40. _Peludo._ Mamífero de la Argentina.
-
-41. _Tranca._ Borrachera.
-
-
-
-
-ESTOICISMO CRIOLLO
-
-
-Cuando terribles inundaciones asolaron una buena parte de los suburbios
-de Buenos Aires, un fenómeno inusitado atrajo mi atención: el escaso
-clamoreo y la brevedad de las lamentaciones. Hubo allí innumerables
-horrores; destrucción de casas, barriadas hundidas, familias sin hogar,
-heridos y muertos. Con la mitad de tanta desolación, en muchos países
-hubieran tenido tema para largas declamaciones sentimentales. Allí el
-suceso produjo repentina emoción, se acudió con los remedios más a mano,
-y todo pasó en seguida al olvido.
-
-Deberé insistir en la característica fatalista y estoica del criollismo.
-En el curso del texto hemos observado cómo la queja forma el _leit
-motiv_ del “Martín Fierro”, y cómo esa queja tiene un carácter tan
-resignado y tal dejo de fatalismo. A fuerza de ser estoica, la queja
-criolla pierde su aguda irritabilidad y pasa a convertirse en una
-manera de conformismo cuya raíz, sin duda, habrá que buscarla en la
-naturaleza india.
-
-Con el vaivén de las inmigraciones y la lucha por la riqueza, el
-estoicismo indígena ha encontrado un refuerzo, y en las ciudades
-tumultuosas del litoral, como Buenos Aires, el lamento no encuentra
-ambiente favorable.
-
-Esta especie de atonía quejumbrosa se advierte en los periódicos, que
-nunca insertan informaciones deprimentes; se observa en los gobernantes,
-que alardean de una tónica confianza; en fin, cada ciudadano argentino
-se convierte en un propagandista del optimismo nacional. El acento
-fatigado y lastimero está mal visto allí, y la gente suele desconfiar y
-apartarse de quien se muestra decaído, sin aliento ni ilusión. En el
-campo y en las poblaciones del interior queda siempre un eco de la
-poesía y la música indígenas, melancólicas y extrañas.
-
-Tan fuerte es esta característica, que hiere desde el primer momento la
-curiosidad del extranjero, y aun aquel que por su condición de humildad
-intelectual se encuentra imposibilitado de explicarse los fenómenos
-morales, siente y percibe con fuerza ese caso psicológico argentino. Y
-quién sabe, al fin, si esa misma atonía quejumbrosa es uno de los
-atractivos más fuertes que tiene el país, para llamar y retener a los
-desvalidos del mundo, a aquellos que vienen precisamente de las regiones
-más tristes y quejumbrosas, a los cansados de oir el gemido de la
-multitud hambrienta, o sucia, o tiranizada.
-
-El fenómeno en cuestión puede producir diversas interpretaciones falsas.
-A la mirada del europeo inteligente, un país que carezca de la fibra
-sentimental, del don de la queja, acaso aparecerá como incompleto, como
-demasiado simple y rudo. Otros deducirán una ausencia de emoción para el
-sufrimiento, quién sabe si una dureza de alma. Los más benévolos lo
-achacarán todo a la exclusión de la miseria y de la tragedia en la vida
-argentina. Todos sabemos, sin embargo, que el país no es insensible, ni
-absolutamente simple y rudo. En cuanto a la parte trágica, sabemos todos
-también cuán penosa se muestra la carrera de muchos hombres, y en los
-suburbios de Buenos Aires, en el corazón mismo de la soberbia ciudad,
-late un elemento de continua y sangradora tragedia.
-
-Hay, es verdad, mucho de inconsciencia en el vivir argentino. Pero la
-causa principal de la falta de queja y de tristeza que se advierte en
-el país, está ahí, en esa renovación diaria de las muchedumbres
-intercontinentales. La tristeza es un mal que ataca a los pueblos
-inmóviles o viejos. La tristeza es como el musgo: necesita del silencio
-y de la quietud. Al individuo pasivo y perezoso, lo que primeramente le
-acomete es la conciencia de su fragilidad y la correlación de esa
-conciencia es el disgusto, la melancolía, la tristeza. Todo lo que está
-quieto, es triste. Un paisaje inmóvil nos induce a la melancolía, desde
-los árboles que aparentan meditar, hasta el sonsoneo agorero y
-supersticioso del aire y de las aguas; mientras que si la tempestad
-agita el paisaje, entonces salta la impresión airada y dramática, que
-nada tiene que ver con la tristeza. Y no trato aquí de discernir qué
-emoción sea la mejor y la más pura: en cuestiones de emoción, cada uno
-tenemos nuestra conformación espiritual determinada, que nos hace gustar
-fatalmente una, sin que esto arguya excelencia. Que a mí me solite mejor
-un paisaje profundo y quieto, no quiere decir que niegue a los demás el
-derecho a los encantos de la naturaleza vibrante y apasionada.
-
-En tanto que la marea intercontinental inunde al país, en un flujo y
-reflujo acelerado, la Argentina no sentirá deseos de quejarse ni
-entristecerse. Su actividad y su renovación no le dan tiempo al
-reconcentramiento sentimental. La actividad nunca es triste. Algunos
-aseguran que tampoco es filosófica. Otros se aventuran a decir que no
-puede ser poética. Pero todo esto nace de los infinitos prejuicios de
-que nos rodeamos. Porque Leopardi era un espíritu inactivo que vivía a
-la luz de la luna, y porque Kant se anegaba en la inmensidad de sus
-libros, juzgamos que el pensamiento filosófico y la poesía han de vivir
-en la soledad, la pereza y un aristocrático aislamiento. Pero hubo en
-Grecia muchos filósofos que nos enseñaron a ser transhumantes y a ir
-rodando de pueblo en pueblo, para conocer, comparar y, sobre todo,
-_vivir_. Otros poetas nos enseñan también a crear poesía entre el rodar
-de los acontecimientos y la lucha de las cosas.
-
-Allá en el norte de aquel continente americano vivió Walt Wiltman,
-hombre-poeta entre los poetas, el cual creyó dignas de sus cantos las
-cosas más vulgares, como el hervor de las calles, los gritos de la
-muchedumbre, el paso de la civilización excitada. Su canto de los
-_pioneers_ es la nota más entusiasta que se ha escrito sobre la marcha
-de los pobladores a través de las tierras y los bosques vírgenes.
-
-Es preciso advertir también otra causa, para explicarnos la _falta de
-queja_ en la vida argentina. Es que la parte mayor de la población
-urbana, aquella que podía, por su condición apurada, contribuir al
-lamento público, es una masa de luchadores _voluntarios_. Cada uno de
-esos luchadores ha llegado por su propia cuenta, libremente, llamado por
-la ambición. ¿A quién ha de quejarse ese luchador si encuentra el
-fracaso en la lucha?... Además, el orgullo pone una parte importante en
-el problema. Cada luchador, cuando se ha lanzado a la mar en busca del
-vellocino de oro, concierta con sus compatriotas una especie de
-compromiso moral; sale de la patria dispuesto a vencer, y nada más que
-en el hecho de partir hay una confesión de la propia seguridad en el
-triunfo. Pero no haya temor de que se queje: su orgullo le cerrará los
-labios, y el que más vencido se vea caerá silenciosamente hasta los
-últimos peldaños, hasta el _atorrantismo_. Por eso el _atorrante_
-argentino tiene ese aire callado, humilde y, en el fondo, orgulloso.
-
-Falta de queja, horror a la lamentación, silencioso orgullo para caer,
-¡ojalá que dure muchos años todavía en aquella tierra nueva y alentada!
-Que la manía de imitación no implante allí los procedimientos de otros
-países. Que una sociedad desocupada y femenina, o afeminada, por
-satisfacer ambiciones de aristocraticismo, no cultive la costumbre de
-las asociaciones limosneras. Que no cunda el hábito de los aspavientos,
-de las suscripciones, de los repartos piadosos, de las listas de
-donantes, de las protestas aflictivas. Todo esto lo dice quien está
-asqueado de ver en su patria cómo se pudre el sentimiento de la dignidad
-humana y cómo se lanza a la ruina emocional una nación entera,
-confundiendo la idea de piedad con la de la limosna, y legitimando, en
-fin, la mendicidad. Cuando se legitima el derecho al pordioseo, todo, en
-las sociedades débiles, conviértese en triste y deshonroso. El obrero
-nos ofrecerá sus servicios llorando, evocando el hambre de sus hijos; el
-muchacho que nos brinda un periódico, insistirá para que se lo
-compremos, alegando la enfermedad de su madre moribunda. Y entonces
-intervendrá la mentira y se inventarán desgracias para producir
-compasión. Y una vez que haya desaparecido el sentimiento de la
-dignidad, todo quedará disuelto, y las personas carecerán de su riqueza
-principal, que es el hueso medular: ese hueso fiero y resistente que
-nos hace mantenernos rígidos, sin doblarnos, ni aun en el momento de
-caer rendidos. La tensión medular--aceptadme el simbolismo--es la
-esencial riqueza que han de poseer los hombres, los pueblos.
-
-
-
-
-ESTETICA DE LA PALABRA
-
-
-Es indudable que una culta y armoniosa emisión de la voz proporciona a
-las personas la más eficaz cédula de tránsito social.
-
-El hombre que habla bien se apodera desde el primer momento de nuestra
-simpatía, y tiene conquistadas ya gran parte de las cosas que solicita,
-si es que llega en tren de solicitar; en cuanto a la mujer, un lenguaje
-limpio y musical es en ella arma insuperable.
-
-Si el lenguaje hablado sirve para graduar la delicadeza y cultura de una
-sociedad, el lenguaje escrito es la exposición íntima que presenta todo
-un pueblo. No es necesario más que hojear la prensa de un país, para
-descubrir su temperatura cultural. Cuando un pueblo se encomienda,
-excesivamente, a la lucha brutal por el dinero, su lenguaje escrito
-tiene un no sé qué de descuidado y grosero; en otros pueblos donde la
-lucha económica se equilibra con la otra lucha de las ideas, las hojas
-diarias aparecen mejor cuidadas, como si hubiera una sanción pública y
-anónima que las investigase. Dentro de una misma nación, se distingue la
-prensa de las ciudades exclusivamente comerciales, de aquella otra
-prensa de las ciudades que alberga colegios, academias, centros
-intelectuales. Y dentro de una misma ciudad, se distinguen a su vez los
-periódicos cuyo espíritu es comercial y los otros, los que persiguen
-algún fin educacionista o mantienen una tradición de cultura. Allí, en
-Buenos Aires, hay ejemplos de esa disparidad. Mejor dicho, Buenos Aires
-viene a ser una especie de museo periodístico, donde se leen hojas que
-parecen escritas e impresas por rusos o italianos, y otras hojas en que
-se cuida la dicción de un modo impecable y castizo, haciéndose las
-correcciones con angustiosa prolijidad.
-
-¿Se habla bien o mal en la Argentina? ¿Se escribe bien o mal en Buenos
-Aires?...
-
-Muchas veces he escuchado yo de labios argentinos palabras que me han
-ruborizado; ha sido cuando me han pedido excusas por _destrozar el
-castellano_. Y el ruborizarme yo tenía por causa la injusticia de la
-excusa. Porque mi oído, en las frecuentes peregrinaciones de mi vida,
-está habituado a escuchar toda clase de crímenes verbales, y sé, por
-experiencia, que el idioma, en todas las provincias del mundo por donde
-se ha extendido, es una víctima propiciatoria de la incorrecta
-ilustración de las gentes. Es decir, que _en todas partes cuecen habas_.
-Y necesito echar por delante la seguridad de que no es la Argentina el
-lugar del mundo hispano donde más habas se cuecen.
-
-Es allí frecuente lamentarse, entre las personas distinguidas, de los
-solecismos en que incurre la gente del campo. Pero olvidan esas personas
-que en el corazón de España, en el centro de la misma Castilla, los
-pobres hombres de la plebe dicen _dende_ en lugar de _desde_; _vide_ por
-_vi_; _vos sigo_, en vez de _os sigo_. Ahora bien, en España se cuida la
-gente cultivada de incurrir en los defectos del vulgo, salvando esas
-incorrecciones que podrían llamarse elementales; mientras que en las
-tierras del Plata, no es raro oir de bocas cultas _bandiar_, en lugar de
-_bandear_; _voltió_, por _volteó_. Este defecto, sin duda, obedece a
-causas especiales; y es que hasta ayer mismo, como si dijéramos, la
-Argentina era un país rural, pastoril, en que los amos y ricos se
-confundían con los feudatarios, incurriendo en las mismas faenas y
-aventuras, y también en los mismos defectos.
-
-La dicción argentina es agradable al oído. Es una manera de decir
-musical. Este musicalismo no existe en España, salvo en Andalucía y en
-Galicia. El castellano habla con tono unísono, sobriamente, sin darle a
-la frase demasiada flexión musical. Muchas veces una frase larga es
-enunciada sin flexión ninguna, de un solo aliento y casi en un mismo
-tono. A medida que se avanza hacia le Sur y hacia occidente, el lenguaje
-adquiere más variedad sonora; en Galicia la palabra tiende a convertirse
-en un canto mimoso y como afeminado, y los andaluces, indiscutiblemente,
-son los maestros en la música del lenguaje, al cual matizan con
-pintorescos incisos cromáticos.
-
-De los andaluces tomaron los americanos su manera de hablar. La palabra
-es suave, tal vez demasiado suave para la boca de los hombres... La
-gente se explica bien, con método discursivo, sin balbuceos,
-expeditamente, y las palabras suelen ser correctas y distinguidas. Tan
-correctas y distinguidas, que el español, habituado a una conversación
-natural y modesta, se ve sorprendido en América ante palabras finas y
-poéticas, que tienen uso corriente sin embargo de parecer
-exclusivamente librescas.
-
-Pero existe un defecto: la limitación. Primeramente tenemos la
-limitación de sonidos, y después la limitación de vocablos y giros
-verbales. En castellano están diferenciadas la zeda y la ese, la elle y
-la y griega, la y griega y la i latina. Todo el norte de España, el
-centro y el levante, mantienen pura esa diferenciación. Desde la latitud
-de Madrid comienzan a involucrarse, mejor dicho, a limitarse los
-sonidos; en la Mancha se acentúa el defecto, y llegando a Andalucía, el
-anarquismo es completo. Así, pues, la mitad del mundo que habla
-castellano se priva por su desgracia de varios matices de dicción. La
-zeda y la ese se confunden en un único sonido suave, un poco ceceoso y
-afeminado; la elle tiene sonido dental, lo mismo que la y griega, y el
-orador se ve confundido, embarazado, molesto por querer diferenciar los
-sonidos de las letras, sin lograrlo al fin, acaso porque el uso se
-encargó de atrofiar ciertos movimientos bucales.
-
-La otra limitación es más grave, aunque más fácil de corregirse. Me
-refiero a la limitación de vocablos y giros verbales, al empobrecimiento
-del idioma, a la reducción de la zona del lenguaje. Un idioma es como un
-tesoro: delante de un tesoro, el avaro o el pacato reducen la actividad
-de las monedas, contentándose con el uso de unas pocas, las suficientes
-para sus breves necesidades; en tanto que el hombre enérgico y capaz
-pone en movimiento todas las monedas de su tesoro, llevando a extremos
-increíbles la irradiación de su voluntad.
-
-Ahora bien, ¿me harán los lectores la merced de no incluirme entre los
-arcaistas y académicos?... La conservación del tesoro del idioma, no
-implica un compromiso de respeto cristalizado: el idioma tiene que ir
-marchando siempre, al compás de los años y las cosas. Pero debe ir
-marchando, y no estacionarse en el lugar común. ¡Cuántos escritores que
-se creen revolucionarios e iconoclastas, no hacen más que encastillarse
-en los lugares comunes, muy modernos y revolucionarios, pero al fin
-lugares comunes!
-
-Es una desgracia que todo un pueblo, como por sufragio universal,
-decrete que la palabra _lindo_ ha de expresar todo cuanto sea
-excelencia, y que ninguna otra palabra pueda tener circulación. La
-desgracia en este caso significa una pérdida de diez, quince, veinte
-palabras; y como cada palabra corresponde a un matiz de expresión,
-hemos suprimido de nuestro mundo perceptivo numerosos puntos de vista.
-Las cosas, entonces, ya no tienen para nosotros dimensión, superficie,
-profundidad; las cosas quedan exhaustas de eso que es tan inapreciable
-para el hombre culto: la graduación. Porque, bien mirado, lo que
-distingue al civilizado del salvaje, es una cuestión de grados. El
-salvaje procede como nosotros: habla, ríe, llora, piensa, guerrea,
-cultiva la tierra y fabrica objetos que cambia por otros objetos. Pero
-todo eso lo realiza gradualmente por debajo de lo que nosotros
-realizamos. De la misma manera, un salvaje toca una música bárbara en
-instrumentos groseros; de su música hasta la de Beethoven, median
-infinitas gradaciones. Habla, pero sus palabras son pocas, sintéticas;
-los mil matices de expresión se le escapan, porque no los percibe.
-Distingue el color negro del blanco, el blanco del verde, pero confunde
-el verde con el amarillo, el azul con el morado...
-
-Si en Buenos Aires pasa una joven pizpireta y graciosa, la llaman linda;
-pero si pasa una hermosa y elegante mujer la llaman linda asimismo; y le
-dicen lindo a un soberbio palacio, y lindo a un patético discurso, y
-lindo a una acción heroica, y lindo a un campo espléndido. Limitar de
-tal modo el idioma, equivale a tirar voluntariamente un rico caudal. Es
-otro lamentable descuido usar las frases, los giros, las salutaciones,
-las formas arquitecturales del discurso que todo el mundo usa. Pierde
-con eso su variedad el lenguaje, y nos convertimos en autómatas
-parlantes.
-
-Pero la culpa de este mal no debe achacarse a nadie, sino a la misma
-constitución geográfica del país. Si el país es uniforme, el idioma
-corre el peligro de ser uniforme también. Otra causa de la uniformidad
-americana debe de consistir en los procedimientos coloniales de los
-conquistadores: se limitaban el punto de embarque y el punto de
-recepción, de manera que las cosas, las ideas y las palabras habían de
-salir inexorablemente de Sevilla y llegar sin escala intermedia a
-Panamá. Desde Panamá, las cosas, las ideas y las palabras eran
-distribuídas en los diversos virreinatos y capitanías. De ahí proviene
-la igualdad americana; esa es la causa de que el continente, a pesar de
-su extensión y de la variedad climatológica, tenga más cohesión que
-muchos pequeños Estados europeos; y que las canciones populares de
-Méjico guarden cierta conexión rítmica con los cantos de Chile y del
-Plata; y que se llame _pulpería_ en Puerto Rico a la misma cosa que en
-Buenos Aires se llama _pulpería_.
-
-Las naciones viejas y occidentales tienen, entre sus muchos defectos,
-algunas cualidades buenas; la misma diferenciación regional, origen de
-tantos disgustos, produce un efecto vital; el hombre de Venecia mantiene
-formas y derivaciones locales, que unidas a las del hombre de Génova,
-Nápoles y Siracusa, prestan al idioma italiano una continua aportación
-de aguas verbales vivas. En ese caso, el idioma posee una manera de
-reservas lingüísticas, propicias para conservar en estado corriente y
-renovado al idioma nacional.
-
-Idéntico es el caso de España con sus regiones tan variadas, donde los
-modos de decir locales suponen una reserva inagotable para el acervo
-común del idioma. En esas regiones escondidas, hasta atrasadas, se
-conserva latente una transpiración íntima, un ritmo interno del
-lenguaje. Sin proponérselo, el ritmo ese del lenguaje lo van traspasando
-las regiones a la lengua culta, como los manantiales que vierten aguas
-nuevas en un río. Porque el lenguaje, cuando se detiene y embalsa en un
-centro numeroso de cultura, puede derivar en una cosa quieta y exenta
-de elasticidad: para obviar tal peligro están los humildes manantiales
-de las regiones, con su vigor de naturaleza virgen.
-
-Se habla mucho de los galicismos. Pero el mal del galicismo no está en
-el uso snobista de pocos o muchos vocablos gálicos. Una persona, o un
-escritor, pueden intercalar en su lenguaje diversos vocablos exóticos;
-decir _tour de force_ a todo trapo, y hablar de finanzas cuando cabría
-decir negocios. No está ahí el mal, sino en _construir_ a la francesa. Y
-desde algunos años a esta parte, nos estamos esforzando en desvirtuar el
-ritmo de nuestro idioma, deformándolo, no en la parte externa, sino en
-su interior. Lo estimable de un idioma, y lo que le hace ser original,
-es su arquitectura, o sean los movimientos esenciales de sus oraciones.
-Cada pueblo debe tener sus maneras peculiares de decir; y el pensamiento
-diferenciado de un pueblo se manifiesta en formas de expresión
-diferentes. Como ejemplo tenemos los idiomas germánicos y los latinos;
-así como el pensamiento germánico nos es hostil en el primer instante, y
-a veces no concluímos de aceptarlo nunca, del mismo modo sus idiomas se
-nos resisten, y al traducirlos necesitamos variar, suprimir y aumentar
-sus palabras y sus giros. Dentro de la familia de las lenguas romances,
-hay, aunque en menor grado, una disparidad semejante. El italiano
-castizo no construye sus oraciones, ni ataca las piezas principales de
-su discurso, como un francés, ni un francés como un español. Pero
-actualmente vamos suprimiendo esas diferenciaciones, y a diario leemos
-artículos o libros escritos en castellano, que si se tradujeran palabra
-por palabra al francés, quedarían incólumes dentro de la lengua de
-Racine. Muy bien; esto parecerá una gran hazaña de adaptación europea;
-pero renunciar al carácter intrínseco del lenguaje, presupone la
-renuncia del carácter personal. Tales renuncias, bien examinadas, cabría
-considerarlas como pecados o crímenes de lesa personalidad, o aún peor,
-de lesa nacionalidad.
-
-En el porvenir, y un porvenir muy próximo, por cierto, las guerras de
-naciones se convertirán en guerras de idiomas. Lucharán los lenguajes
-por la hegemonía mundial, y varias naciones se unirán en torno a un
-idioma para presentar batalla a los otros.
-
-El idioma inglés, con sus doscientos millones de adictos, triunfa
-actualmente, y amenaza prosperar hasta límites incalculables. La lengua
-alemana sube como una marea, al compás del fecundo crecimiento de esa
-prolífica raza tudesca. Pero este nuestro lenguaje, antes glorioso, está
-destinado a superar todas las metas y todos los cálculos. Las numerosas
-naciones que lo hablan, cada una por su parte se esmerará en dilatarlo;
-allí sólo, en la cuenca hidrográfica del Río de la Plata, promete
-dilatarse hasta pasmosas cantidades de millones. Será uno de los idiomas
-príncipes, uno de los grandes combatientes de esa guerra incruenta, pero
-formidable, del porvenir...
-
-Todo, pues, cuanto hagamos por ennoblecer, robustecer y abrillantar esta
-arma fuerte que nos han dado, será obra que leguemos a nuestros hijos,
-méritos que hagamos para la gratitud de nuestros descendientes.
-
-
-
-
-EL ESTILO DESMESURADO
-
-
-Es singular el número de escritores exaltados que aparecen en América. A
-despecho de todas las censuras y de todos los silencios acusadores,
-continuamente brotan en aquellos climas poetas o prosistas que hablan en
-tono agudo, en la nota del _do_, como los tenores.
-
-Se trata sin duda de una enfermedad. Hay poeta por aquellas calles que
-padece un verdadero delirio de persecución; otros sufren la manía de
-grandezas. Componen sus estrofas como si estuviesen frente a frente de
-la posteridad. Más que palabras, son gritos lo que pronuncian. Se creen
-entes geniales o providenciales que vienen al mundo a deshacer algún
-error descomunal. Se encaran con el público, lo apostrofan, hacen gestos
-de iluminado. Adoptan el papel de vengadores del pueblo unas veces, y
-su demagogia virulenta quiere fustigar no se sabe qué milenarias
-tiranías. Otras veces muéstranse investidos de un aristocraticismo
-bayroniano, y miran al mundo con un desdén que produce perplejidad.
-
-Cuando la moda intelectual formó en todo el mundo tantos escritores
-anarquistas y socialistas, los jóvenes argentinos exigieron también su
-parte de excentricidad. Brotaron poetas blasfemos y anarquistas como
-hongos. El más famoso fué Almafuerte, el cual, con sus versos
-crepitantes, societarios y terribles, con su retórica fantástica y sus
-gesticulaciones de Cristo de suburbio industrial, instauró en la
-Argentina el reinado de lo energúmeno. Ha tenido, y tiene todavía,
-entusiastas imitadores.
-
-Energúmenos del verso y de la prosa, para ellos no existe la medida, la
-discreción, el arte civilizado de reprimirse. Usan palabras fieras,
-versos espeluznantes, donde se complacen en rimar batalla con metralla,
-trapo con sapo.
-
-Es curioso cómo aquellos exaltados hablan de esclavitudes y desolaciones
-en medio de una sociedad completamente distraída; benévola y exenta de
-amarguras fundamentales.
-
-¿A qué se debe esa manera literaria, ese prurito de hablar en tono
-agudo y de mostrarse con actitudes sibilíticas? ¿Será la herencia tardía
-de Víctor Hugo? ¿La lectura precipitada de Nietzsche? ¿O tal vez el
-latinismo, ese latinismo gestero y exagerado que se hincha y aumenta
-bajo el clima fecundo de América?
-
-Debe consistir también en la especial educación escolar y universitaria.
-Se educa al niño a los sones de los himnos patrios, y para afirmar en él
-el culto de los héroes nacionales, se le obliga a una especie de
-gimnasia panegírica. Después de esta gimnasia, el joven que se pone a
-escribir ve la vida en forma de apoteosis, los hombres los ve en
-estatua, y él mismo se considera a sí propio como perorando en la cima
-de un pedestal.
-
-Para estos defectos suele ejercitarse, en los pueblos viejos, la acción
-de la crítica o la amonestación tácita, pero eficaz, del público. Pero
-allí se carece de crítica, y el público, desorientado o indeciso, no
-acierta a ejercer presión sobre los vicios literarios. Verdadera
-democracia aquélla, en donde cada cual dice lo que le gusta, se titula
-genio si quiere, destroza el idioma o atenta contra la discreción, en la
-seguridad de que nadie vendrá a atajarle.
-
-Ha de transcurrir todavía mucho tiempo, antes de que pueda formarse una
-rigurosa y prudente escala de valores, de categorías y de limitaciones.
-La democracia literaria necesita desfogarse aún, hasta tanto que sus
-mismos abusos la pongan en la precisión de buscarse una disciplina.
-
-
-
-
-LA PROFESION INTELECTUAL
-
-
-No sé si voy a decir una vana paradoja: a mi entender, la causa de la
-penuria literaria argentina está en la riqueza material argentina.
-Cualquier actividad a que se entregue un hombre inteligente, rendirá más
-provecho que el cultivo de las letras. Una persona educada, de carrera o
-de alguna relación, encuentra allí fácilmente un empleo, un sueldo
-pingüe, y no es raro tampoco que esa persona alcance a reunir varios de
-esos pingües empleos.
-
-Salvada la necesidad económica, esa persona cultivada no sentirá deseo
-de escribir y publicar páginas que han de rendirle poco provecho
-material, a cambio de un esfuerzo nervioso tan considerable. Hay, es
-cierto, la necesidad moral, y hasta el prurito vanidoso, de sentar plaza
-de escritor; pero esto se consigue con un libro o dos. Así hay en la
-Argentina tanto hombre de talento que ha escrito un libro único, y que
-no escribe más.
-
-¿Para qué escribir? A los oídos de los seres más puros y platónicos
-llega continuamente el rumor de esa marea asombrosa de los negocios
-argentinos. Llama frenéticamente a todas las puertas el demonio de la
-especulación. Se hace imposible huir de la marea y del rumor satánico.
-Se oyen noticias de operaciones fáciles, fabulosas. El hombre más
-abstraído en sus problemas ideales tiene, por tanto, que escuchar esas
-palabras de tentación. Los terrenos valorizados enormemente, las
-Sociedades que se fundan en un día, el tanto por ciento crecido del
-capital, las sorpresas, las gangas, los hallazgos: todo esto, que anda
-por el aire, se infiltra en los gabinetes de estudio y ha malogrado
-tantas fecundas vidas.
-
-Los extranjeros no se libran del contagio; muchos doctores y sabios
-europeos, llegados a la Argentina con fines pedagógicos e
-investigativos, a los pocos años entraron en la vorágine económica y
-dieron de lado a la ciencia. Conozco abogados distinguidos que abandonan
-su bufete por atender a su heredad; y médicos que visitan a un enfermo
-de prisa, porque tienen que marcharse a su _estancia_ para vender
-_tropas_ de novillos. Por eso es cinco veces rara y heroica la vida de
-Ameghino, que sólo quiso ser sabio, allí donde todos aspiran a ser
-ricos.
-
-En los países densos de Europa, el profesor no es más que profesor, el
-médico es sólo médico, y el literato, literato. Aquí no es fácil
-distraer la atención en varias actividades, porque la concurrencia
-resulta muy reñida. El médico que quiera asaltar un puesto eminente y
-reunir nutrida clientela, deberá consagrar todos los momentos de su vida
-al trabajo profesional, porque de otro modo bien pronto será suplantado.
-El hombre de ciencia se encierra en su gabinete y trabaja con una ruda
-intensidad. No sólo es reñida la lucha por el renombre, sino la lucha
-simple por la despensa. Y ahí está la fórmula, en fin, para la creación
-de una cultura propia y consistente.
-
-De la conjunción de tantas actividades intelectuales brota en el seno de
-un país un cuerpo de doctrina nacional: así vemos que la doctrina y los
-métodos educativos de Alemania son diferentes a los de Francia, y los de
-Inglaterra distintos a los norteamericanos. Ese cuerpo de doctrina
-alemán no es producto de un decreto del emperador; para llegar al
-resultado de una _cultura alemana_ ha sido necesario que sus hombres de
-estudio concentrasen apasionadamente sus vidas en el trabajo. Pero si a
-esos resultados no se llega por decretos imperiales, ¿habrá recursos
-conocidos y asimilables, excepción hecha de las condiciones de raza,
-medio y tradición? Sin duda que existen varios de esos recursos. Uno, el
-principal, es el estímulo.
-
-La sociedad, con su estimación, resulta el más grande estímulo para los
-hombres que emplean sus días en faenas intelectuales. De este modo un
-Pasteur o un Berthelot hallan que sus trabajos han sido pagados
-espléndidamente por la sociedad francesa, con aquella veneración,
-aquellos agasajos de que eran rodeados en todo momento; cada francés se
-consideraba afortunado por coexistir con los sabios que daban honor a la
-Francia, y cada francés, asimismo, se consideraba glorioso nada más que
-por ser compatriota de Rostand o France. En sus últimos años, Víctor
-Hugo, gran vanidoso, viajaba en los imperiales de tranvía para ver cómo
-las gentes se paraban en la calle, y señalándole y descubriéndose,
-decían: _Allí va Víctor Hugo_.
-
-En semejantes pueblos, la labor intelectual, siempre dolorosa, está
-soberbiamente compensada con goces morales, que siendo tan vagos, son
-los más poderosos incentivos del genio, y los únicos goces que conmueven
-de veras al genio.
-
-Otro medio popular de la cultura consiste en formar centros
-universitarios tradicionales. Se observa con frecuencia que toda la
-civilización de un pueblo está reconcentrada en una Universidad, como si
-hubiese sido el vientre generador del pensamiento nacional. Y a menudo
-suele ser cierto. Tomemos como ejemplo lejano la Universidad de
-Salamanca, de cuyas aulas salieron para las contiendas del mundo
-aquellos embajadores, capitanes, obispos y literatos que adornaron la
-historia española de los siglos XVI y XVII. Como ejemplo actual tenemos
-la Sorbona de París, de tan ilustre abolengo, y Oxford, y tantas otras.
-
-Se forma, pues, alrededor de una Universidad cierta atmósfera extraña,
-característica, mezcla de pedantería magistral, si queréis, pero también
-de alegría estudiantil y de entusiasmo pedagógico. A veces la
-Universidad se traga al pueblo donde está situada, y el pueblo entero se
-convierte en un criado de la Universidad. Tal debía ocurrir en
-Salamanca, donde la ciudad se supeditó al servicio de su famoso
-colegio, y cada estudiante y cada profesor gozaban de fueros,
-distinciones y preeminencias especiales. Cuando la Universidad radica en
-una población demasiado grande para ser absorbida, fórmase entonces en
-torno al colegio un barrio “sui géneris”, distinto, caprichoso,
-pintoresco, que goza también de fueros y libertades: verbigracia, el
-barrio Latino en París. Y en esos núcleos de población, en esos barrios,
-a la sombra de jardines escolares, bajo las arcadas de la Universidad,
-en los sombríos claustros, en los hoteles estudiantiles, en los cafés
-exclusivos, en las librerías, en los puestos de libros viejos, en los
-comercios de antigüedades, en los clubs algo exagerados, en los
-periodiquitos batalladores, en las reuniones nocturnas, en las
-bibliotecas bien nutridas... En todo eso reside, en fin, el _ambiente
-universitario_. Constituído tal ambiente, la nación entera se siente
-contagiada de él. La vida escolar se hace entonces más estimada, y no
-ocurre que haya una absurda distanciación entre los profesores y los
-estudiantes. Al contrario, se crea cierto espíritu de cuerpo, un cierto
-aire de familia. Los catedráticos aman su Universidad sobre todas las
-cosas, dedican a ella su vida, viven cerca de ella, no se acuerdan de la
-_valorización de las tierras_. Y los estudiantes viven juntos, siempre
-en su barrio, prestando a su vida un carácter colegial. Se toma en serio
-la cultura. Y es, cada uno de esos centros, una hoguera permanente y
-noble que nutre de calor científico a la nación. Algo parecido a esto
-había en Córdoba. No ha podido formarse en Buenos Aires. ¿Llegará a
-existir en La Plata?
-
-He nombrado la palabra _profesional_, por quien sienten gran horror
-muchas personas. Bajo el apremio de teorías excesivamente idealistas, se
-conceptúa que del cultivo de las letras, de la poesía, de la filosofía,
-no debe hacerse nunca una profesión, y que el cambiar las ideas e
-imágenes por dinero, como se cambian las cosas de la industria, es un
-acto grosero y perjudicial. Sería, es verdad, mucho más grato para los
-mismos escritores que sus ideas e imágenes no estuviesen sujetas a una
-vulgar tarifa; pero si la acción no es grata, resulta, en cambio, muy
-conveniente para la literatura y para la humanidad.
-
-¿No era Sócrates un profesional? Carecía de otro oficio que su
-filosofía, la cual no puede nadie considerar innoble y mercantil. Y
-Shakespeare, ¿tenía alguna profesión que no fuera su oficio de
-dramaturgo? La literatura, como todo arte, es un oficio. Un pintor
-llega a pintar bien al cabo de muchos años de aprendizaje; un músico
-necesita someterse a fatigosos ejercicios diarios, durante largo tiempo,
-para alcanzar el dominio de su arte. El genio está ahí, en el alma del
-artista; pero el arte es técnica, y la técnica se logra con un ímprobo
-trabajo. La técnica literaria es tan trabajosa como la del pintor o la
-del músico; un literato ha de romper muchas cuartillas, ensayar
-infinitos trabajos, sufrir grandes fracasos, someterse a desalentadoras
-esperas; finalmente acude la plenitud, el dominio del lenguaje, la
-facilidad, adquirida con tanta dificultad... El escritor está ya
-formado. ¿Qué hará de él la sociedad? ¿Le exigirá que produzca
-generosamente, platónicamente? Muy bien; en ese caso, el escritor se
-verá forzado a buscar la vida en otra distinta actividad, y una vez que
-ha desatendido el uso de su arte, su pluma se hará torpe, su mente
-perderá la fluidez exigida; olvidará la técnica, dejará de escribir.
-
-Esas obras que nos conmueven o ilustran, obras que admiramos y que
-representan para nuestra existencia moral el alimento amado, son obras
-de profesionales. Los libros no surgen caprichosamente, efectos de una
-súbita inspiración; han sido pensados, rumiados, escritos, después de
-duras tentativas.
-
-Los libros de los aficionados suelen ser siempre inferiores, mal
-escritos, confusos, vulgares o ñoños; el diletantismo produce pésimas
-frutos.
-
-En la Argentina abunda el diletantismo, y él es una grave plaga. Le urge
-a aquel país crear profesionales. Profesionales de la educación, de la
-ciencia, de la literatura. Es el recurso inmediato para conseguir una
-cultura densa, fuerte y nacional. Personas que no hagan más que
-experiencias de laboratorio; personas que no se preocupen más que de su
-cátedra; personas que únicamente pinten cuadros, y personas que
-solamente escriban libros, versos y artículos. Pero, ¡esa grandeza
-argentina, esa _valorización de terrenos_!... Y después la petulancia
-ostentosa que adopta allí la riqueza, y la gran desgracia humillante que
-supone allí la pobreza...
-
-
-
-
-ATORRANTISMO
-
-
-Estos renglones están escritos bajo la sugestión de un organillo; un
-viejo y cascado organillo que un mozo italiano hacía sonar en la
-extremidad del puerto de Buenos Aires, en aquel suburbio atestado de
-gentes extrañas, cosmopolitas, venidas de los cuatro extremos del mundo.
-
-Sonaba el organillo con la melancolía indescifrable de esos instrumentos
-mohosos, que suelen remover en nuestras almas civilizadas el poso
-dormido de las ideas, de las nostalgias, con mucha más eficacia que las
-mismas notas selectas de una orquesta magistral. Aquel organillo tocaba
-un vals. Los transeuntes lo oían y pasaban. Pero en un banco, bajo unos
-árboles protectores, había un hombre, y el hombre, que antes dormitaba
-placenteramente, se despertó y puso el oído bien atento a la música del
-organillo. Seguramente que ese hombre, al desperezarse, se figuraba
-seguir durmiendo, por mejor decir, soñando: la música le hablaba de su
-juventud, de su pueblo natal, de la historia romántica de sus primeros
-amores y de sus bailes bajo los tilos. Su gesto, en un principio, fué de
-placer; es porque se abandonaba a la dulzura de los recuerdos, ágiles y
-blancos como una banda de palomas que levantan el vuelo; después el
-gesto fué de tristeza. Cuando el organillo calló, el hombre del banco se
-quedó meditabundo. En seguida rectificó, y cerrando los ojos, volvió a
-dormirse.
-
-Aquel hombre era un vencido. A esa especie de hombres les llaman en la
-Argentina _atorrantes_. Pero hombres vencidos los hay en todas las
-partes del mundo. En los pueblos ricos y laboriosos el vencido sufre los
-rigores de la moral dura y terminante. Bajo el sol andaluz, ser mendigo
-es ser casi un regalo; pero bajo el cielo de Londres, el vagabundo sufre
-la destilación de todas las torturas. Tampoco es más feliz en Francia el
-vencido. Ese egoísmo acabado, científico, meticuloso, metódico, de los
-franceses, empuja a los vencidos hacia la muerte o hacia el crimen.
-
-Mientras que el _atorrante_ argentino, ni es el mendigo español, ni el
-vagabundo francés, ni el vencido de Londres. Su filiación está más
-lejos, mucho más atrás que el tiempo y el espacio actuales: Diógenes, en
-fin, lo tendría por su digno compañero. Buenos Aires no lo cuida y mima
-católicamente, como hace el español con su mendigo; tampoco lo lanza al
-dolor, como Londres, ni al crimen, como Francia; Buenos Aires,
-negligente y distraído, no hace caso de su _atorrante_; lo alimenta, le
-deja vivir, y pasa. De manera que el _atorrante_, entre los vencidos de
-la Tierra, es el más feliz. Come, sin saber de dónde, no le injurian, le
-dejan ir, le ceden los bancos en sombra, y el clima, también generoso,
-no le hostiga con rigores. Es un cínico a lo Diógenes, puede vivir
-libremente, y filosofar cuanto quiera. ¡Sería feliz, en efecto, si no
-existiera la parte moral! ¡Si no hubiese una tragedia en cada
-_atorrante_, el _atorrante_ sería definitivamente feliz! Pero el alma,
-el alma, ¡eso es lo que duele!
-
-En todo vagabundo hay un fracasado. Pero el vagabundo europeo puede
-fracasar epidémicamente; puede su vagancia haber nacido de la pereza, de
-la inhabilidad manual, de la torpeza mental, o simplemente de un
-morbosismo psicológico; con frecuencia es un pillo, que renuncia a
-luchar de frente, para atacar de soslayo a la sociedad, como hacen el
-mendigo español y el vagabundo francés; o ser un impotente y un
-perezoso, como el vago inglés. Mientras que en el _atorrante_, el
-fracaso arranca de las entrañas del ser. Lo que fracasa en el
-_atorrante_ es todo el caudal de ensueños, de ambiciones, de conjeturas
-sobre el porvenir, de proyectos grandiosos y felices para mañana. El
-_atorrante_ es un hombre a quien la ilusión ha desprendido de su raíz
-europea; ha venido a Buenos Aires con un bagaje sólido de ilusiones; y
-en Buenos Aires, rápidamente, su caudal ilusorio se ha gastado, se le ha
-ido, y el hombre se queda pobre, pero con la penuria de la ilusión, con
-la inopia ilusoria, la más profunda y trágica de las inopias.
-
-Considérese que un hombre no se decide a traspasar el ancho piélago
-oceánico sino a requerimientos de una índole trascendental. El acto de
-desarraigarse, de abandonar las formas y los colores y los afectos
-natales es un acto único en la vida de un hombre; para que ese acto se
-realice, ha sido necesario que todos los motores internos se pusieran en
-actividad, y que una ilusión suprema viniese a henchir el alma del
-emigrante. Esta ilusión se compone de un deseo: la riqueza. A la mirada
-del emigrante, la visión de América se sintetiza en una especie de
-locura dorada. La fortuna se le representa vivamente, y se embarca con
-la firme seguridad de que ha de volver a su pueblo oyendo el tintineo
-jubiloso de las monedas en sus bolsillos. Y que ha de realizar después
-todo cuanto sueña: la buena comida, los buenos vinos, el buen amor de
-una bella muchacha y la serenidad de una vejez abastecida.
-
-Pero este hombre llega, y a los pocos meses se retira de la lucha. Es
-joven aún, es fuerte, es inteligente. Sin embargo, no quiere luchar. Se
-retira a un lado, deja pasar a los victoriosos, y él no pide nada, sino
-vivir. Ha perdido su bagaje ilusorio. Le falta la voluntad. Le falta
-algún acicate interior y misterioso. ¿Qué tragedia moral ha sucedido en
-el alma del _atorrante_?... Lo extraño de este fenómeno psicológico, es
-que la mayoría de los _atorrantes_ que huelgan por la ciudad, son de
-procedencia hiperbórea. Para los pueblos latinos y cálidos, el fenómeno
-se presenta lleno de curiosidad. Porque nosotros, hombres a quienes
-llaman ahora decadentes, tenemos de los otros hombres septentrionales
-una idea respetuosa; consideramos, no sin justicia, que los hombres de
-raza rubia asumen el imperio de la fuerza, del trabajo y de la victoria:
-no podemos concebir que un inglés, un germano o un escandinavo rueden
-por las calles en estado de miseria o de vencimiento. Por eso, cuando un
-hombre de barbas rubias y de hablar tartajoso nos asalta con la mano
-tendida, sufrimos una decepción y una gran perplejidad, la misma que nos
-invade cuando alguno nos derriba alguna verdad que teníamos por
-inconcusa. Que un inglés me pida un peso para comer, produce en mi mente
-el mismo asombro que la negación de que la tierra es redonda.
-
-Permitidme que hable con tanta unción de un personaje roto y
-desventurado. La gente mira pasar a los _atorrantes_, y apenas si se
-fija en ellos. Yo estimo que en esos seres hay océanos de problemas
-psicológicos, y que la pluma de los escritores debiera atacar ese motivo
-interesante, maduro, tentador. Caminando al azar por calles y plazas,
-siempre que tropiezo con un _atorrante_ me paro a observarlo. Tienen
-para mí esos seres el interés agudo de los supremos conflictos. A fuerza
-de observarlos, he llegado a entender el contraste de sus almas turbias
-y extrañas, en frente de la vida brillante y laboriosa de Buenos Aires.
-Mirándolos bien, acaso he llegado a considerar que en la profundidad de
-sus almas existe una mayor sabiduría que en las almas de los
-triunfadores, de los que llamamos, muy de ligero, felices y sabios. Y he
-llegado también a rectificar mi primera impresión; he sospechado que en
-el alma del _atorrante_ ha habido, en efecto, una previa tragedia, un
-supremo dolor; pero eso ocurre al principio, en el instante de la caída,
-cuando todo el bagaje ilusorio y mental se desploma, cuando viene la
-hora del gran desengaño; después, al cicatrizarse la herida, he
-sospechado que en el alma del _atorrante_ sobreviene una suave
-serenidad. Su ser entero se convierte en filosofía. Piensa, como su
-abuelo Diógenes, que la grandeza y la fortuna de Alejandro es pura
-vanidad; que en la vida sólo hay una cosa efectiva, el dolor; y como el
-origen certero del dolor es la actividad, renunciando a ésta se libra de
-aquél. De esta manera consigue el _atorrante_ evadirse del sufrimiento.
-No actúa, no lucha, no pide la felicidad por conducto del trabajo y de
-la pasión sobreexcitada; deja que la felicidad se produzca
-espontáneamente, por el mero hecho de no buscarla... El _atorrante_ sabe
-instintivamente que la felicidad es como la mujer; si se la busca y
-suplica, se muestra esquiva, pero si se la desprecia, ella acude sin
-condiciones.
-
-En otro clima y en otra sociedad menos amables, el _atorrante_ sería un
-ser desgraciado; en Buenos Aires vive fácilmente, casi con la facilidad
-de los gorriones. El clima es benigno con él; hay más días de sol que de
-lluvia, y el frío no aprieta demasiado. La gente no le mima, bien es
-verdad; la gente, ocupada con exceso, tiene la religión del trabajo, y
-el holgazán le merece desprecio. Pero la gente, al mismo tiempo, carece
-de aquella crueldad moralizante de otros pueblos, y le deja vivir. Le
-dejan ir por las plazas y los paseos, tomar el sol, acostarse a dormir
-la siesta en los bancos de los jardines, a la misma hora en que todas
-las gentes sudan febriles. Sólo le limitan la entrada en ciertas calles;
-cuando al caer de la tarde, por ejemplo, un _atorrante_ se atreve a
-entrar en la calle Florida, los vigilantes lo expulsan, para que sus
-andrajos no desentonen entre el lujo de los atildados transeuntes. Pero
-esta limitación no le ofende ni lastima mucho: él ha renunciado al
-orgullo, no siente herida su dignidad al ser expulsado como un perro; en
-cuanto a la contemplación de los atildados y lujosos transeuntes, a él
-producen irónico desprecio. Conoce la cantidad de dolor que ha sido
-preciso desarrollar para adquirir un lindo sombrero con plumas
-ondulantes, o una cadena gruesa de oro.
-
-El prefiere otras venturas más reales y sólidas. Sabe dónde corre una
-brisa dulcísima, o dónde cantan más deliciosamente los pájaros. Conoce
-todos los secretos de la ciudad, como si la ciudad hubiera sido hecha
-para su goce exclusivo. Obsérvese atentamente y se verá que las gentes
-llamadas poderosas y felices se reservan los puntos más desagradables de
-la ciudad, tales como las calles estrechas y llenas de carros,
-estrepitosas, sucias, irrespirables; en cambio el _atorrante_ se reserva
-los puntos más deliciosos. A cualquier hora del día, pero singularmente
-en las horas de más frío o calor, los jardines están solitarios; si el
-tiempo es de bochorno y de sudor, los árboles no tienen a quien
-albergar, y si hace frío, en las explanadas de los paseos el sol no
-tiene a quien acariciar con su tibieza. Las gentes sabias y felices
-están ocupadas en trabajar, en reunir elementos de dicha... y la dicha
-real está en otra parte. Entonces el _atorrante_ bendice la providencia
-de los hombres, que han construído unos jardines tan hermosos, y se
-recrea en ellos. Se tumba tranquilamente, y deja que el ave rara de la
-felicidad le roce con su ala misteriosa.
-
-¿Y de qué se alimenta el _atorrante_? Preguntad a los gorriones de qué
-viven: de lo fortuito, de lo desconocido, de las migajas caídas. Aquí
-abre la portezuela de un ricacho, allí recoge el pañuelo que se le cayó
-a una dama, más allá aguarda el paso de los padrinos de un bautizo, en
-otra parte busca un coche de alquiler para un señor que lleva prisa; o
-come las sobras de los cuarteles, o pide una limosna a los transeuntes,
-o llega en el momento de la comida de los obreros, y con sublime
-cinismo, él come pan ganado con el sudor de la frente ajena. Vive de
-milagro, según dice la gente; pero él no cree en el milagro, y sabe que
-la vida es cosa natural, simple, lógica, y que el acto de comer no
-merece la transcendencia que se le da. Toda la humanidad preocupada con
-la conquista del pan, ¡cuando el pan llega a la boca del individuo sin
-ningún esfuerzo! Esta verdad la conocen muy bien los gorriones, los
-_atorrantes_, y la conocía también Jesús Nazareno, cuando predicaba a
-los obcecados judíos diciéndoles: “¿Atesoran las aves del campo? Sin
-embargo, ellas están bien gordas y adornadas...”
-
-Es extraño que los sociólogos argentinos no se hayan apoderado de este
-problema del _atorrantismo_, tratándolo en sus fases curiosas,
-originales, características. Ya que se trata de un ejemplar diferente
-del vagabundo, y que adopta aspectos que pudieran llamarse nacionales,
-bien se merece largos y detenidos estudios. Yo he preferido hablar de él
-como de pasada, mirándolo desde el lado sentimental.
-
-Vayan estas líneas dedicadas a ese tipo singular, el cual, quizá por un
-fenómeno de paradoja, merece toda mi ferviente simpatía...
-
-
-
-
-LOS “PAYADORES”
-
-
-He aquí unos personajes anacrónicos que en plena Pampa tienen la extraña
-virtud de reproducir las costumbres trovadorescas de la Edad Media.
-
-El _payador_ es un rústico y rudimentario _trovero_, que si no mantiene
-la finura y la delicadeza de sus antepasados europeos, conserva los
-hábitos de bohemia y de parasitismo que distinguían a trovadores y
-juglares. Es algo más que un juglar, porque no se limita a repetir las
-coplas que otros inventaran, y un poco menos que un trovador, a causa de
-su incultura y rusticidad.
-
-En fin, es un pícaro con donaire y con imaginación que acierta a vivir
-lindamente de las sobras y los regalos, y que, igual que los juglares,
-solicita un “vaso de buen vino”, que para él se convierte en un frasco
-de ginebra.
-
-Su especialidad, dentro de la retórica trovadoresca, suelen ser las
-_tensiones_. Le gusta a él, y todavía le gusta más a su público, que
-otro _payador_ acepte el reto. Entonces, en las veladas que siguen a los
-bautizos, bodas, esquileo de ovejas y hierra de ganados, los dos
-_payadores_ se sitúan frente a frente, disponen sus guitarras, y con una
-tonada monótona que recuerda bastante a cierta música andaluza, se
-traban en una lucha de discreteos, de mordacidades y también de
-insultos. A la copla de uno contesta el contrincante como puede, y es
-más estimado el _payador_ que acierta a sugerir burlas y alusiones más
-ingeniosas. Si además sabe embellecer su canto con algunas imágenes
-poéticas e ingenuamente rimbombantes, el público le concede grandes
-agasajos y larga estima.
-
-La gente del campo en la Argentina conserva el recuerdo de algunos
-famosos _payadores_, y hasta se ha formado la leyenda del máximo
-_payador_, el más glorioso de todos y el más inexistente.
-
-En efecto, la literatura argentina ha podido utilizar, no siempre con
-fortuna, la leyenda de _Santos Vega_, especie de héroe gauchesco que
-recorría las _estancias_ y las _pulperías_ a lomo de su buen caballo, y
-armado de su guitarra sonora. Nadie sabía cantar como él; nadie más
-ingenioso, inventivo y conmovedor; inutilmente osaban contra él todos
-los adversarios. Pero un día, estando a la sombra de un ombú rodeado de
-admiradores, bruscamente llega un desconocido y pide licencia para
-luchar con el héroe. Cantan los dos, y pronto conoce _Santos Vega_ que
-su gloria ha terminado para siempre. ¡Su contrincante sabe cantar mejor
-que él, y el auditorio, mudo de terror, tiene que reconocerlo así!...
-¿Quién era aquel payador misterioso, que tanto sabía cantar, y que al
-punto de su victoria huye sin dejar rastro? No podía ser otro que el
-diablo... Vencido, pues, por el mismo demonio, _Santos Vega_ cae en una
-profunda melancolía y muere.
-
-
-
-
-EL EXITO DEL “MARTIN FIERRO”
-
-
-El poema de José Hernández tuvo desde el principio una aceptación
-ruidosa; el pueblo inculto lo acogió como la expresión más sincera y
-veraz del alma, de las costumbres y de los modismos populares, y pronto
-las mismas personas ilustradas reconocieron al “Martín Fierro” un valor
-de cosa oportuna y providencialmente acertada. Sin embargo, como a otras
-muchas obras de imaginación, las gentes doctas tardaron bastante tiempo
-en atribuir a este poema popular el mérito de originalidad y de
-excepción que hoy se le concede en los países del Plata.
-
-En el prefacio a la edición décimocuarta, que utilizo en este momento,
-los impresores se congratulan de haber llegado a la cifra de 62.000
-ejemplares, “hecho sin precedente en estos países americanos”, como los
-mismos editores confiesan con admiración. “Aquí, en Buenos Aires, la
-ciudad de más movimiento intelectual del Nuevo Mundo (sic), no conocemos
-resultado semejante, ni aun tratándose de aquellas obras políticas,
-literarias o económicas, que lograron alcanzar gran boga. Millares tras
-millares ha colocado sin dificultad el editor de cada edición, en medio
-de la sorpresa que experimentaba al recibir, hasta por telégrafo,
-pedidos que le hacían de diversos puntos de la campaña...”
-
-Primeramente apareció “El Gaucho Martín Fierro”, y en vista de su boga
-el autor se apresuró a dar la segunda parte, con el título de “La Vuelta
-de Martín Fierro”.
-
-
-
-
-SARMIENTO
-
-
-Domingo F. Sarmiento es una de las figuras más culminantes de la
-República Argentina. Su vida, que por gracia de los dioses fué muy
-larga, la dedicó enteramente al progreso y la cultura de su país.
-
-Carácter original y combativo, tenía las características de su verdadera
-raza, la española. Sin embargo, o tal vez por lo mismo, España le debe
-bastantes juicios agrios y una enemistad que, por lo apasionada e
-injusta, demuestra igualmente su procedencia española...
-
-Asumió desde la juventud la tarea de organizar un país que carecía de
-todo, empleando la espada o la pluma, afrontando el destierro, no
-tomándose un instante de reposo, puesto que a todas horas disputaba,
-contradecía, enseñaba, siempre con una candente violencia. Un día se
-presentó en el Congreso y comenzó su discurso: “¡Traigo los puños llenos
-de verdades!...”
-
-Su violencia le ganó el sobrenombre de loco. Los más corteses se
-reducían a titularle energúmeno. Era un hombre, en efecto, que no estaba
-nunca satisfecho, y que pelearía con su sombra si le faltasen objetos de
-combate. No le faltaban, sin duda. Salió a la palestra cuando la
-Argentina cruzaba la zona más difícil de su existencia; cuando la
-tiranía de Rozas empujaba al país hacia un ignominioso retroceso
-político; cuando las mejores flores de la cultura colonial, después de
-algunos lustros de independencia, se malograban miserablemente; cuando
-las ciudades se empobrecían y se embrutecían, y el gauchaje, como
-reflujo bárbaro o indio, dominaba en esas ciudades.
-
-Los tiempos y la ocasión no exigían, de seguro, procedimientos blandos.
-Sarmiento, argentino también en esto, hizo de “compadre” intelectual
-frente al cerril empecinamiento de la incultura. Fué audaz, violento,
-agresivo, desafiador, sarcástico, brutal, en un país donde el valor y la
-violencia individuales conservan tan profundo prestigio.
-
-Estuvo reñido con todos; vivió formándose enemigos. Es cierto que se
-movió en los lugares más favorecidos por la saña y la tempestad: el
-periodismo y la política.
-
-No le exijamos, pues, una cualidad de escritor consumado; no queramos
-ver en él un estilista, un gran creador de figuras novelescas, ni un
-erudito. No tuvo tiempo para formarse una personalidad literaria. Sólo
-tuvo tiempo para reñir y aguantar polémicas.
-
-Sin embargo, resulta el escritor más personal de la Argentina, tal vez
-el más completo hombre de letras de su país. Y a la distancia, después
-que el ruido eventual se ha despejado, queda de Sarmiento únicamente su
-figura literaria. El mismo Mitre, hermano suyo en genialidad, nos aporta
-una figura más compleja, y no pueden separarse de él las cualidades de
-militar y de gobernante, asociadas para siempre a la historia argentina.
-
-Escribiendo fragmentariamente, nutriéndose de cultura al pasar, viviendo
-en continua zozobra, Sarmiento ha logrado dibujarse como una vigorosa
-personalidad literaria. Posee un sabor intenso, imborrable, original.
-Sin que su estilo se distinga por ninguna condición expresa, escribiendo
-con frecuencia deshilachadamente, logra, no obstante, componerse una
-vigorosa personalidad literaria.
-
-Es personal siempre, pero a la manera más estimable y profunda, no por
-un amaneramiento estilista. Su naturaleza portentosa vibra y rebosa en
-sus inmensos trabajos. Nada se escapa a su interés. Escribe de
-costumbres, de crítica literaria, de política, de sociología, de
-pedagogía. Cuando su espíritu reposa, sabe componer páginas tan sentidas
-y poéticas como las de “Facundo” o de “Recuerdos de Provincia”.
-
-Creemos interesante reproducir algunos trozos literarios de Sarmiento,
-como muestra de su estilo y de su opinión a propósito de las cosas de
-España. Entresacamos unas páginas de un viaje por la Península,
-realizado en la primera mitad del siglo XIX. Siempre es curioso oir las
-impresiones que nuestro país le merece a un intelectual americano,
-especialmente en una época tan agitada. Lástima que la “moda romántica”
-y el recuerdo reciente del viaje de Alejandro Dumas le hagan incurrir en
-defectos de tono, en amaneramientos de escuela literaria y en esas
-exageraciones habituales al ritual romántico-progresista del siglo
-pasado.
-
- * * * * *
-
- _Madrid, Noviembre, 15 de 1846_.
-
-Esta España, que tantos malos ratos me ha dado, téngola por fin en el
-anfiteatro, bajo la mano; la palpo ahora, le estiro las arrugas, y si
-por fortuna me toca andarle con los dedos sobre una llaga, a fuer de
-médico, aprieto maliciosamente la mano para que le duela, como aquellos
-escribanos de los Tribunales revolucionarios, o de la inquisición de
-antaño, que de las inocentes palabras del declarante sacaban por una
-inflexión de la frase el medio de mandarlo a la guillotina o a las
-llamas. Preguntado cuál es su nombre, etc., y no respondiendo, el
-escribano pone: “se obstina en ocultar su nombre”. Interrogado de nuevo,
-dice que es sordo; entonces escribe, “el acusado confiesa que conspira
-sordamente”. Y luego aquellos benditos padres, con su hábito chorreado
-de polvito sevillano, con su voz gangosa, condolida y melíflua:
-“¡hermano! ¡abandonaos a la misericordia infinita del Santo
-Tribunal!...” “¡Infeliz! si os callais, sois condenado como hereje
-contumaz, endurecido; si hablais una palabra, seréis sospechado de leve,
-de grave, de gravísimo, de relapso, de todo, menos de que sois hombre,
-de que tenéis razón, de que sois inocente”, porque esa sospecha no pasó
-nunca por aquellas almas devotas.
-
-Poned, pues, entera fe en la severidad e imparcialidad de mis juicios,
-que nada tienen de prevenidos. He venido a España con el santo propósito
-de levantarla el proceso verbal, para fundar una acusación, que, como
-fiscal reconocido ya, tengo de hacerla ante el Tribunal de la opinión en
-América; a bien que no son jueces tachables por parentesco ni
-complicidad los que han de oir mi alegato. Traíame, además, el objeto de
-estudiar los métodos de lectura, la ortografía, pronunciación y cuanto a
-la lengua tiene relación. De lo primero he hecho una pobre cosecha, y
-del resto encontrado secretos que a su tiempo verán la luz. Imaginaos a
-estos buenos godos hablando conmigo de cosas varias y yo anotando:--no
-existe la pronunciación áspera de la _v_; la _h_ fué aspirada, fué _j_,
-cuando no fué _f_; el francés los invade; no sabe lo que se dice este
-académico; ignoran el griego; traducen y traducen mal lo malo. A
-propósito, una noche hablábamos de ortografía con Ventura de la Vega y
-otros, y la sonrisa del desdén andaba de boca en boca rizando las
-extremidades de los labios. ¡Pobres diablos de criollos, parecían
-disimular, quién los mete a ellos en cosas tan académicas! Y como yo
-pusiese en juego baterías de grueso calibre para defender nuestras
-posiciones universitarias, alguien me hizo observar que, dado caso que
-tuviésemos razón, aquella desviación de la ortografía usual establecía
-una separación embarazosa entre la España y sus colonias. Este no es un
-grave inconveniente, repuse yo con la mayor compostura y suavidad; como
-allá no leemos libros españoles; como ustedes no tienen autores, ni
-escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores,
-ni cosa que lo valga; como ustedes aquí y nosotros allá traducimos, nos
-es absolutamente indiferente que ustedes escriban de un modo lo
-traducido y nosotros de otro. No hemos visto allá más libro español que
-uno que no es libro, los artículos de periódicos de Larra; o no sé si
-ustedes pretenden que los escritos de Martínez de la Rosa son también
-libros! Allá pasan sólo por copilaciones, por extractos, pudiendo
-citarse la página de Blair, Boileau, Guisot, y veinte más, de donde ha
-sacado tal concepto, o la idea madre que le ha sugerido otro
-desenvolvimiento. Lo que daba más realce a esta preparación era que, a
-cada nueva indicación, yo afectaba apoyarme en el asentimiento unánime
-de mis oyentes. Como ustedes saben... decía yo, como ustedes no lo
-ignoran... ¡Oh! estuve admirable, y no había concluído cuando todos me
-habían dado las buenas noches...
-
-Mas es preciso que os introduzca a España por dos caminos. Hay dos en
-España para diligencia. Hay diligencias. ¿No lo creeis? Verdad de Dios,
-y en prueba de ello que se mandaron a hacer a Francia las que viajan por
-la carrera de Bayona a Madrid, que son las únicas que tienen forma y
-comodidades humanas. Hay en ideas, como en cosas usuales en los pueblos,
-ciertos puntos que han pasado ya a la conciencia, al sentido común, y
-que no pueden alterarse sin causar escándalo, subversión en los ánimos.
-Por ejemplo, el arnés de las bestias de tiro en Inglaterra, Francia,
-Alemania o Estados Unidos, es una de esas cosas invariables; compónese
-de correas negras, lustradas, con hebillas amarillas, afectando cuando
-más en cada país diferencias insignificantes. Se entiende, pues, que la
-diligencia ha de ser tirada por dos, cuatro, cinco caballos manejados
-del pescante; que el conductor ha de llevar bota granadera, sombrero de
-hule y largo chicote para animar sus caballos. Salís de Bayona hacia
-Irún y Vitoria, y el francés, o el europeo caen, al pasar una colina,
-en un mundo nuevo. La diligencia es tirada por ocho pares de mulas
-puestas el tiro de dos en dos, a veces por diez pares en donde el devoto
-repasándolas con la vista podría rezar su rosario; negras todas,
-lustrosas, fusadas, rapadas, taraceadas, con grandes plumeros carmesí
-sobre los moños, y testeras coloradas, y rapacejos y redes y borlas que
-se sacuden al son de cien campanillas y cascabeles; animado este extraño
-drama por el cochero, que en traje andaluz y con chamarra árabe, las
-alienta con una retahila de blasfemias a hacer reventar en sangre otros
-oídos que los españoles; con aquello de _arre p_.... marche la
-_Zumalacarregui, anda... de la Virgen, ahí está el carlista... p...
-Cristina janda, jandaaa!_ y Dios, los santos del cielo y las potestades
-del infierno entran _pèle mèle_ en aquella tormenta de zurriagazos,
-pedradas, gritos y obscenidades horribles. Triste cosa por cierto, que
-en los dos países exclusivamente católicos de Europa, en Italia y
-España, el pueblo veje, injurie, escupa a cada momento todos los objetos
-de su adoración, de manera de hacer temblar un ateo. Leed aquellas
-reyertas de los gondoleros de Venecia, descritas por Jorge Sand, en que
-el uno echa en cara al otro para injuriarlo las sodomías, bestialidades
-y torpezas de su madona.
-
-El extranjero que no entiende aquella granizada de palabras
-incoherentes, se cree en un país encantado, abobado con tanta borlita y
-zarandaja, tanta bulla y tanto campanilleo, y declara a la España el
-país más romancesco, más sideral, más poético, más extra-mundanal que
-pudo soñarse jamás. Entonces pregunta dónde está Don Quijote y se
-desespera por no ver aparecer los bandidos que han de detener la
-diligencia y aligerarlo del peso de los francos, fruición que codicia
-cada uno, para ponerla en lugar muy prominente en sus recuerdos de
-viajes. M. Girardet, pintor delegado por la _Ilustración_ de París para
-tomar bosquejos de las fiestas reales del próximo enlace de Montpensier,
-y que había viajado por Egipto, Siria, Nubia y Abisinia, me decía
-encantado: esto es más bello que los asnos del Cairo; ¿qué es lo que
-dice el cochero... p... c...? Afortunadamente Mr. Blanchard, enviado por
-Luis Felipe para bosquejar los grandes actos del drama de Madrid para
-las galerías de Versalles, conocía mejor que yo, y gustaba más que yo de
-aquella lengua, de la que daba detalles y muestras encantadoras. M.
-Blanchard, grande admirador de la España, había residido muchos años,
-agente secreto para la compra de cuadros de la escuela española, viajado
-con muleteros seis meses en los puntos más salvajes de la España, sido
-desnudado, aporreado y saqueado cinco veces; grande taurómaco, podía
-darnos mil detalles picantes de las costumbres españolas que no están
-escritas en libro alguno. Viajábamos los tres en la _imperial_, aunque
-en lo más crudo del invierno, y no cupieran en un grueso volumen las
-pláticas que sobre artes, viajes, historia, anécdotas tuvimos en cinco
-días con sus noches, salvo alguna cabeceada para reparar las fuerzas.
-
-Alejandro Dumas nos decía ayer, hablando de la España. “Poco me importa
-la civilización de un país; lo que yo busco es la poesía, la naturaleza,
-las costumbres”. El creador de las _Impresiones de viaje_, que han hecho
-imposible escribir verdaderos viajes que interesen al lector, y el autor
-de los cuentos inimitables que entretienen los ocios de todos los
-pueblos civilizados, reconocía sin duda que el brillo de esta atmósfera
-meridional, cuyos violados tintes se agrupan en el horizonte y en las
-ondulaciones de este cielo desnudo, algunos paisajes que ha descrito
-admirablemente, sin haberlos visto, en sus _Quince días en el monte
-Sinaí_.
-
-El aspecto físico de la España trae, en efecto, a la fantasía la idea
-del Africa o de las planicies asiáticas. La Castilla Vieja es todavía
-una pradera inmensa en la que pacen numerosos rebaños, de ovejas sobre
-todo. La aldea miserable que el ojo del viajero encuentra, se muestra a
-lo lejos terrosa y triste; árbol alguno abriga bajo su sombra aquellas
-murallas medio destruídas, y en torno de las habitaciones, la flor más
-indiferente no alza su tallo, para amenizar con sus colores escogidos la
-vista desapacible que ofrecen llanuras descoloridas, arbustillos
-espinosos, encinas enanas y en lontananza montañas descarnadas y
-perfiles adustos. En cuanto a pintoresco y poesía, la España posee sin
-embargo grandes riquezas, aunque por desgracia cada día va perdiendo
-algo de su originalidad primitiva. Ya hace, por ejemplo, cuatro años que
-la diligencia no es detenida por los bandidos con aquellas largas
-carabinas que aún llevan consigo hasta hoy los muleteros, rasgo que
-caracteriza a todas las sociedades primitivas, como los árabes, los
-esclavones, los españoles. Dos artistas franceses acaban en estos días
-de recorrer las montañas de la Ronda, atravesando en mula el reino de
-Murcia, y continuando a pie su excursión, desde Sevilla a Madrid, sin
-haber tenido la felicidad de ser atacados por los bandidos como se lo
-habían prometido, a fin de descargar las carabinas de que se habían
-provisto, o tomar las de Villadiego, según lo aconsejase la gravedad del
-caso. En cambio la pobre España ha adquirido el municipal, bicho raro
-importado de extrangis, y cuyo bulto eminentemente prosaico y
-civilizador, recorre los caminos en traje de parada, disipando con su
-presencia toda cavilación un poco poética. ¿Cómo pensar, en efecto, en
-el Cid, los godos, o los moros, cuyas tiendas cubrían en otro tiempo
-estas llanuras, cuando ve uno al gendarme o al guardia municipal con su
-banderola amarilla, y su sombrero galoneado?...
-
- * * * * *
-
-Andando más adelante y saliendo de la Vizcaya, la vista se reposa sobre
-el cuadro pintoresco que presenta Burgos, capital de Castilla la Vieja.
-Por un acaso, feliz sin duda, la diligencia no llega a la ciudad, sino a
-una hora avanzada de la noche que oculta al viajero el desaseo de la
-población. Burgos con su catedral gótica, se levanta cual sombra de los
-tiempos heróicos, como el alma en pena de la caballería española. M.
-Girardet y un joven Manzano, de Concepción, me acompañaron para visitar
-la ciudad silenciosa. Era ya media noche, y los pálidos rayos de la
-luna, que de tiempo en tiempo atravesaban las nubes, se colaban por
-entre la blonda transparente de las flechas de la catedral. El color
-pardusco de aquella piedra, que ha recibido el baño galvánico de los
-siglos, y la luz incierta del fondo sobre el cual se diseñaban las
-numerosas agujas, torres y pináculos que decoran la masa del edificio,
-daban al conjunto un aspecto fantástico que me traían a la memoria
-aquellos efectos fantásticos de luna representados en las decoraciones
-de ópera. Mis miradas se aguzaban en vano por distinguir en la masa
-opaca los adornos de detalle que cubren de un bordado imperecedero la
-superficie de la construcción, y cuya invención, variada al infinito,
-con minuciosa prolijidad de ejecución, hacía la gloria del arquitecto de
-la Edad Media. Girardet y yo nos acercábamos a tientas a los pórticos
-que la luna nos alumbraba, para palpar las estatuas de apóstoles y
-santos que guardan la entrada como mudos fantasmas.
-
-Los serenos que guardan el reposo de los vecinos, debieron alarmarse al
-ver dos bultos negros y silenciosos detenerse de distancia en distancia
-como si temieran avanzar y rodando en torno de la iglesia a hora tan
-excusada. Uno de ellos se dirigió hacia nosotros, bañándonos el rostro,
-para reconocernos, con los rayos reconcentrados de su linterna de
-reverbero; después habiéndose apercibido por algunas exclamaciones de
-entusiasmo que se nos escapaban, de que éramos simples viajeros, se
-ofreció comedidamente a servirnos de guía para hacernos ver los otros
-monumentos de la ciudad.
-
-A la luz de su linterna ascendimos una altura en donde se encuentra un
-arco de triunfo erigido a la memoria de Fernando González, aquel
-valiente caudillo, que sin hacerse rey fundó la independencia de la
-Castilla. Un poco más lejos aparece un trofeo levantado, según es fama,
-sobre el lugar mismo en que estaba situado el salón feudal, en el cual
-el Cid solía recibir a los príncipes y reyes que solicitaban el potente
-auxilio de su brazo. El sereno elevando la linterna a la punta de su
-lanza, nos alumbraba las armas del Cid esculpidas en la piedra, y la
-inscripción casi borrada que recuerda sus hazañas. El monumento está
-rodeado de postes o linderos de piedra, los cuales, vistos a la luz
-indecisa de la luna, semejan piedras druídicas; y al lado de la derruída
-muralla, que en otro tiempo guardaba la ciudad, se enseñan las ruinas
-de la habitación particular del Cid. Existe un fragmento de la cadena
-que los nobles castellanos colgaban sobre sus puertas en señal de
-vasallaje, y una barra de fierro incrustada horizontalmente en el muro
-indicaba la brazada del Cid. Girardet y yo la medimos con nuestros
-brazos sin alcanzar a sus extremidades. Otro francés de talla ordinaria,
-pero ancho de espaldas, ensayó sus brazos igualmente y se aproximó un
-tanto a la medida, lo que nos hizo concluir que el Cid Campeador debió
-ser uno de esos hombres robustos y cuadrados, como Bayardo, que parecen
-haber sido creados expresamente para mangos de una temible espada
-toledana.
-
-En seguida nos asomamos a las almenas de la muralla, en la parte que el
-tiempo no ha destruído, y desde allí dejábamos vagar nuestras miradas
-por entre los intersticios, sobre la silenciosa e indefinible campaña,
-amedrentándonos maquinalmente con el silencio de la noche, como si
-temiéramos ver aparecer a lo lejos los grupos de enemigos, las tiendas
-de la morisma, o los reales de los caballeros feudales. Continuando
-nuestra peregrinación nocturna, que turbaban solamente los ladridos
-plañideros y prolongados de los perros, llegamos a una capilla de
-construcción romana, y cuya arquitectura sin carácter deja ver su
-extrema antigüedad; al lado de la puerta se muestra una cruz que la
-tradición ha llamado la cruz del juramento de vasallaje y fidelidad del
-Cid, el cual no sabiendo firmar, hubo de trazar con la punta de su
-terrible espada aquella extraña marca. Yo no recuerdo excursión alguna
-que me haya llenado, como la de aquella noche, de tan vivas emociones.
-Es verdad que la oscuridad de la noche, envolviendo en su sombra los
-edificios particulares, presta a los antiguos monumentos algo de vago y
-misterioso que añade un nuevo encanto a las epopeyas cuyos recuerdos
-consagran. Burgos de noche es la vieja Burgos de las tradiciones
-castellanas, la morada del Cid, la catedral gótica más bella que se
-conoce. De día es un pobre montón de ruinas vivas y habitadas por un
-pueblo cuyo aspecto es todo lo que se quiera, menos poético, ni culto,
-dos modos de ser que se suplen uno a otro.
-
-Pero al paso que van las cosas en España, toda poesía y todo pintoresco
-habrá desaparecido bien pronto. Ya no se ven aquellos monjes blancos,
-pardos, chocolates, negros, overos, calzados y descalzos, que hicieron
-la gloria del paisaje español hasta 1830, cuando una Saint Bartelemy
-imprevista vino a pedirles cuenta de los autos de fe de la Inquisición.
-Apenas se encuentran al día en los caminos seis u ocho clérigos,
-hechizos del fraile que está suprimido, y envueltos en sus anchos
-manteos, resguardándose de los rayos del sol y de la lluvia, ellos y el
-manteo, bajo la sombra del sombrero de teja que caracteriza al clero
-español y a los jesuítas de
-Roma..........................................
-
-
-FIN
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- _Páginas_
-
-Preliminar 7
-
-El Argumento 21
-
-Jactancia y valentía 29
-
-El escenario de Martín Fierro 39
-
-El amor y la queja 55
-
-El cuchillo del gaucho 63
-
-Hazañas y entreveros 71
-
-Los indios 83
-
-Un duelo con un salvaje 99
-
-Refranero picaresco 111
-
-Consideraciones finales 121
-
-Un conflicto de sentimientos 133
-
-Martín Fierro y Sarmiento 143
-
-APÉNDICES
-
-Explicación de algunos criollismos 161
-
-Estoicismo criollo 169
-
-Estética de la palabra 177
-
-El estilo desmesurado 189
-
-La profesión intelectual 193
-
-Atorrantismo 203
-
-Los payadores 215
-
-El éxito de Martín Fierro 219
-
-Sarmiento 221
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's El poema de la Pampa, by José María Salaverría
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL POEMA DE LA PAMPA ***
-
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