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If you are not -located in the United States, you'll have to check the laws of the -country where you are located before using this ebook. - - -Title: El poema de la Pampa - "Martín Fierro" y el criollismo español - -Author: José María Salaverría - -Release Date: October 22, 2020 [EBook #63525] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL POEMA DE LA PAMPA *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - - - - - BIBLIOTECA CALLEJA - - PRIMERA SERIE - - - JOSÉ M.ª SALAVERRÍA - - EL POEMA - DE LA PAMPA - - - - - OBRAS DE JOSÉ M.ª SALAVERRÍA - - - EL PERRO NEGRO - (Ensayos). - - VIEJA ESPAÑA - (Impresión de Castilla, con un prólogo de Pérez Galdós). - - NICÉFORO EL BUENO - (Novela). - - LA VIRGEN DE ARÁNZAZU - (Novela). - - TIERRA ARGENTINA - (Viajes). - - LA SOMBRA DE LOYOLA - (Ensayos). - - A LO LEJOS - (Ensayos). - - CUADROS EUROPEOS - (Viajes). - - ESPÍRITU AMBULANTE - (Ensayos). - - LA AFIRMACIÓN ESPAÑOLA - (Ensayos). - - EL MUCHACHO ESPAÑOL - - - - - JOSÉ M.ª SALAVERRÍA - - EL POEMA - DE LA PAMPA - - “MARTÍN FIERRO” - Y EL CRIOLLISMO ESPAÑOL - - MCMXVIII - - CASA EDITORIAL CALLEJA - FUNDADA EN 1876 - - MADRID - - PROPIEDAD - DERECHOS RESERVADO - - COPYRIGHT 1918 - BY JOSÉ MARÍA SALAVERRÍA - - - Imp. Martín de los Heros, 65. - - - - -CAPÍTULO PRIMERO - -PRELIMINAR - - -No tiene fácil disculpa el hecho triste, vergonzoso, de la separación -intelectual entre las diferentes porciones del mundo castellano, y sobre -todo entre España y sus hijas las repúblicas de América. Un siglo de -resquemores, tal vez de odios; un largo siglo de mutua incomprensión y -mutuo desvío, es un plazo sin duda suficiente largo para pagar culpas -antiguas. Es ya hora de que españoles y americanos desistan de -anacrónicas actitudes. - -Cada vez se acentúa más la corriente de aproximación que arrostran los -gobiernos y las entidades comerciales o universitarias. Pero tales -corrientes aproximativas resultarán sin bastante suficiencia o eficacia -si no les ayuda el interés y el mutuo estudio literario, ejercido con -un sentimiento desde luego cordial y una crítica atenta, generosa. - -Españoles y americanos no se hallan, al respecto, en el mismo plano de -igualdad. Porque aun en los peores trances de desamor o de odio, los -americanos han seguido directamente el desarrollo de las letras -españolas, gracias al prestigio que las cosas europeas tienen siempre en -América, y además por el indudable contenido de la literatura de España -y por su superioridad frente a la de América. En cambio, los españoles -peninsulares, desde que los virreynatos se alzaron en repúblicas, parece -que hubiéramos decidido borrarlos del mapa de nuestra preocupación. Nada -de ellos nos ha interesado. ¿Quizás porque, en efecto, nada valía su -producción literaria?... Es verdad que los países americanos de nuestra -lengua no han creado un Poe, un Emerson, un William James; pero ellos -han dado a luz hombres extraordinarios en el orden político, militar y -educador; han creado obras, en fin, que a los españoles nos deben -preocupar, y yo me adelanto a poner como un tipo de obra curiosísima, -altamente excepcional y hondamente _española_, este libro poemático del -_Martín Fierro_. - -Ya quedará tiempo para el comentario de las obras formales y de los -autores eminentes de Hispano-América; no faltarán plumas capaces que -aborden esa empresa. Yo he preferido acercarme a un libro irregular, sin -forma casi, rudimentario probablemente, fruto del ingenio argentino. El -poema del _Martín Fierro_ no es popular a la manera anónima de los -antiguos poemas europeos; tiene un autor conocido y reciente, que se -llama José Hernández. Pero es profunda y particularmente popular, porque -está escrito en el habla de las calles y los campos, sin aliño alguno, -sin intención de producir efectos desaliñados, ingenuamente, -espontáneamente, como un resultado asombroso de la inspiración del -pueblo. En tal sentido equivale a un fenómeno, a un acontecimiento -literario. Causa asombro, efectivamente, considerar que haya podido -escribirse en época bien moderna, en el año 1872, un poema popular que -contiene todas las particularidades de las obras míticas y de los libros -anónimos, populares. Este raro fenómeno ha de explicarse por el estado -primitivo que ofrecía la vida pampeana hasta hace pocos años; y ahora -mismo no escasean en la Argentina territorios vírgenes poco menos que -inexplorados, donde las gentes se conducen en una forma libre, -pintoresca, a espaldas del tumulto de una civilización urbana de -carácter súbito e inmigratorio. - -Aunque no fuese más que por este último motivo, el _Martín Fierro_ tiene -para los españoles un valor muy grande. En sus desaliñados versos se -pinta y describe el carácter de la primitiva población argentina, y esa -población criolla está ligada a la idiosincrasia española con lazos tan -íntimos, que hasta se puede decir que interesa tanto a España como a la -Argentina el conocimiento, el estudio, el recuerdo de la auténtica -población pampeana. El _gaucho_ no es sólo un ejemplar platense; es -también un elemento español, el cual en cierto modo contiene algunas de -las más netas o principales características de la gran familia española. - -El lector, desde luego, habrá observado en estas líneas la intención de -hacer un descubrimiento literario. Ciertamente, se trata aquí de dar a -conocer una obra casi del todo desconocida en España; si algún lector -culto conoce el _Martín Fierro_, es a causa de haber visitado la -República Argentina. Y como esta ignorancia casi general representa un -descrédito, he ahí por lo que me propongo comentar el libro argentino y -hacer que los criollos del Plata no acusen a la literatura española de -excesivamente exclusivista o desdeñosa. - -Repito que el _Martín Fierro_ tiene para España acaso tanto valor como -para la Argentina. El héroe del poema es criollo, gaucho puro, con -mezcla, por tanto, bastante considerable de sangre india; los hechos que -a través de las estrofas se ponen de relieve afectan a la vida de las -Pampas y a conflictos territoriales, indígenas, especialmente a la lucha -del campo libre y de la ciudad invasora. Pero, con todo, a pesar de su -labor localista, los hombres y los conflictos del _Martín Fierro_ tienen -estrecha relación con España. La desaparición del gaucho ante el -progreso formal de la ciudad cosmopolita, ¿cómo podría ser indiferente -para los españoles? Téngase en cuenta que en el fondo de la naturaleza -gauchesca palpita el espíritu de la sociedad colonial; rudo, ignorante, -agreste como es el gaucho, él contiene en esencia toda la tradición de -los conquistadores. Su lenguaje es un prodigio de permanencia prosódica, -y hoy mismo se escuchan en plena Pampa voces y refranes que no han -sufrido alteración desde el siglo XVI. En cuanto a su sentido religioso -y filosófico, su sobriedad, su estoicismo, su socarronería, su valor, su -empaque, su fidelidad, su desprendimiento, su mezcla de gracejo y de -melancolía, su amor al caballo y al cuchillo, su guitarra y su -cigarro... todos estos atributos corresponden a la naturaleza del -español. Nosotros no podemos desdeñar, sin grave culpa, la noble, -romancesca y extraña figura del gaucho. - -Muchas veces se ha ponderado la identidad de raza, idioma y espíritu de -España y las naciones de América. ¡Con qué frecuencia, sin embargo, ha -sido proclamada esa identidad de labios afuera y como vano recurso -retórico! Pero la identidad existe, a pesar de todas las ligerezas -retóricas, y no son siempre los oradores a quienes debemos la -aproximación hispano-americana; es ella misma quien la consuma. Quiero -decir que la hermandad de España y América es fruto de un fatalismo, y -se opera en virtud de causas extraordinarias, ineludibles. - -La causa principal de que España y América no puedan ser nunca extrañas -entre sí, consiste en que América recibió de una vez, rápida y -copiosamente y con exclusión de todo agente ajeno, la civilización -española. Esta civilización, además, la recibió América en su período -más feliz de madurez y de fuerza, cuando el alma española salía depurada -y robustecida de una épica prueba de siete siglos; cuando la unidad -nacional estaba sellada indisolublemente; cuando el Renacimiento -divinizaba la energía; cuando el lenguaje castellano adquiría su -plenitud sonora y gramatical; cuando la política tenía un franco sentido -expansivo y dominador; cuando el espíritu español no dudaba, sino que -afirmaba su gran voluntad de poder. - -Finalmente, América recibió la civilización, el idioma, la fe, el ser de -España, de aquellos territorios peninsulares que tienen más metida en su -alma el vigor castizo de la raza. Los primeros capitanes y pobladores -salieron de Extremadura y Andalucía, y ellos infundieron a América su -lenguaje, sus costumbres, sus más íntimos matices provinciales. De tal -manera, que ahora mismo puede observar el viajero cómo en la modernista -Buenos Aires conservan muchas casas el corte de las viviendas andaluzas, -y cómo aquellos habitantes, hasta los hijos directos de italiano o de -ruso, hablan con el dejo y los provincialismos de Andalucía. - -La “solera”, que hace perdurar en los vinos de marca el sabor original, -mantiene en el fondo americano el primitivo ser español. Y de este modo, -cuando un escritor americano produce una obra sincera, a pesar suyo, y -aunque pretendiera haber escrito una obra americana, en realidad escribe -un libro español. Tal es el caso de José Hernández, literato argentino, -autor del poema _Martín Fierro_. - -José Hernández era un escritor modesto que no pretendía sorprender a -París con una nueva tesis literaria. Se limitó a componer un poema, -usando directa y felizmente el lenguaje del pueblo. Y sin darse cuenta, -por un fenómeno bastante frecuente en literatura, hizo la obra más -argentina, más veraz, más feliz de cuantas se han escrito en el país -ríoplatense. Y como arrancó sus personajes y sus episodios de la misma -entraña americana, sin remedio escribió un libro muy español. En efecto, -el _Martín Fierro_ es un romance heroico popular y costumbrista, que en -realidad viene a describir la vida del español transplantado a América. -El tipo del _gaucho_, tan americano de suyo, no es otra cosa, si bien se -mira, que un español nacido en el clima y el paisaje de la Pampa. - -No es fácil determinar el punto de América en que se conserva más pura -la tradición de los conquistadores. En Méjico y en Bogotá, en Lima y en -Santiago de Chile, el español suele recibir profundas y emocionantes -sorpresas al encontrar tantas huellas vivientes de la cultura, el -sentimiento y la misma superstición de España. Aquellas ciudades parecen -más bien pedazos españoles, transportados íntegramente bajo el cielo -americano. Y puede ocurrir que el español de la península encuentre que -esos pedazos transportados contengan más sabor españolista, sean más -íntima y externamente españoles que la misma España peninsular. - -Es seguro que Bogotá y Lima reproducen mejor que Buenos Aires el tipo de -la ciudad propiamente española. Henchidas de savia cosmopolita, las -poblaciones argentinas de la costa se desprenden cuanto pueden de su -sabor colonial; el campo también, en la proximidad de esas poblaciones -de aluvión, va perdiendo su primitivo carácter, y al gaucho pintoresco -sucede una forma híbrida de _farmer_ vulgar, pedestre y sedentario. Pero -hacia el interior tropezamos con un tipo de hombre tan curioso, tan -auténticamente españolista, que nos resistimos a llamarle extranjero. El -_gaucho_ de antes, el _paisano_ de hoy, tiene bastante más derecho a -llamarse español que muchos pobladores de ciertas tierras de España. - -El _gaucho_ es un ejemplar de hombre que ha logrado cierta reputación -universal. Se le conoce y se le ha comentado en muchos libros, a causa -de su carácter, de su excepcionalidad. En esto se parece al español, -puesto que el español, en el clima europeo, es un individuo aparte. Los -otros países americanos eran generalmente aptos para sostener una -población nutrida y sedentaria; el indio de Méjico y del Perú, habituado -a un civismo siquiera rudimentario y a los trabajos de una industria y -agricultura primitivas, y hechos a la vida comunal y a la obediencia de -sus reyezuelos o emperadores, entraron fácilmente en la civilización -colonial española y no destacaron mucho su carácter. - -Pero en las riberas del Plata, como en los llanos de Venezuela, se formó -una población particular, original, producto en gran parte del medio. -Los mestizos de español y de indígena hallaron una pradera anchurosa, -infinita y desierta, que de algún modo recordaba las planicies -españolas. En aquella pradera, los carneros y los caballos se -multiplicaron bíblicamente, y surgió ese tipo de pastor heroico que -hablaba el idioma de los hidalgos, montaba a lo caballero, manejaba la -daga diestra, y todo esto sin perjuicio de una rusticidad de salvaje -libre, arisco y puntilloso. - -Era yo niño, cuando cayó en mi poder un _Viaje alrededor del mundo_, -escrito por Arago. Al recalar en el estuario del río de la Plata, el -sabio escritor francés, con una frivolidad muy francesa, describe la -vida del _gaucho_ y borda una serie de fantasías. Pero con todas sus -exageraciones, aquel tipo del _gaucho_ me impresionó profundamente y -quedó su figura bien grabada en mi memoria. - -Después, al visitar la Argentina, y buscando la imagen del _gaucho_ -entrevisto en las primeras lecturas infantiles, hube de recibir una -pésima explicación: ya no había gauchos en el país... Pero no hay que -creer mucho a los criollos que piensan ufanos, ante el esplendor de -Buenos Aires, que toda la Argentina es idéntica a la gran metrópoli. -Indudablemente, la marea inmigratoria va borrando muchas características -criollas; el _paisano_ ya no viste _chiripá_[1] ni las antiguas botas -indígenas. Pero separándose un poco de Buenos Aires, el viajero -encuentra unos hombres singulares que son bien parecidos al _gaucho_ -tradicional. Unos hombres de hermosa figura, buena talla, rasgos físicos -firmes, actitud un tanto grave, color pálido. La sangre india alarga un -poco sus ojos hacia las sienes, y agranda las alillas de la nariz, -dándoles un aire particular que en el país llaman _achinado_. En cuanto -a la sangre española, andaluza, que llevan en su ser, les proporciona un -tono de elegancia corporal, un bello empaque y gracia de los -movimientos, una finura en los rasgos. Algo parecido a este ejemplar de -hombre son los _jíbaros_ montañeses que yo había contemplado antes en -Puerto Rico, aunque aquéllos, por el clima tropical en que viven, sean -menos robustos y desenvueltos que el _paisano_ argentino. - -Lleva éste, en las comarcas del interior, un pantalón anchísimo como el -de los zuavos, sombrero flexible, poncho y cinturón de plata, y porta, -cruzado en los riñones, un largo cuchillo que le sirve para -_carnear_[2], y que manejado hábilmente le ayuda a vengar cualquier -ofensa o atropello. - -El tipo legendario del _gaucho_ se ha convertido en caricatura al -contacto del suburbio de Buenos Aires. Toda la nobleza y arrogancia del -_gaucho_ pastoril y libre ha derivado en Buenos Aires hacia el tipo -repugnante del _compadrito_[3], especie de chulo, pero más sanguinario y -soez que el chulo madrileño; semejante al _apache_ parisiense e hijo de -una inmigración poco escogida. Descendiente con frecuencia de -napolitanos o calabreses, imita el empaque y la fachenda del _paisano_ -antiguo, pero no su nobleza, e introduce en el idioma español, junto con -los pintorescos giros criollos, un montón de palabras presidiarias, una -hez de voces italianas; una jerga, en fin, de suburbio y de _bar_ -cosmopolita, con cadencias de tango obsceno y canallesco. - -Las cuitas y las hazañas del gaucho pampeano es lo que narra el _Martín -Fierro_. Para el lector español, la vida de la Pampa debe ser una -prolongación de la vida castellana o andaluza. Procuraré describir y -comentar lo saliente de este libro singular, añadiendo impresiones, -recuerdos y paisajes anotados por mí a lo largo de la hermosa tierra -argentina. - - - - -CAPÍTULO II - -EL ARGUMENTO - - -Los que exigen a la obra literaria un gran número de episodios, bien -trabados y tendientes a un fin armónico, en una forma más o menos -clásica; los que siguen el precepto francés de orden, redondez y -armonía, en el pequeño poema del _Martín Fierro_ hallarán pocos motivos -para admirarse. Esta es una obra suelta, libre, un tanto desordenada. -Tiene todo el aire de la antigua novela española, y por tanto se reduce -a tomar al héroe, situarlo en medio de la vida y hacerle andar. El -héroe, en efecto, realiza sus actos como en la misma vida, sin someterse -a un plan, un acto tras otro; y cuando el narrador se fatiga, corta el -hilo de las aventuras, y el libro ha terminado. - -Este libro, en suma, describe la vida azarosa y amarga de un gaucho -ríoplatense. El mismo héroe nos cuenta sus antecedentes, su alegre -juventud en el _pago_[4] donde naciera: - - Entonces, cuando el lucero - brillaba en el cielo santo, - y los gallos con su canto - décian[5] que el día clareaba, - a la cocina rumbiaba - el gaucho que era un encanto. - - Y sentao junto al fogón - a esperar que venga el día, - al cimarrón[6] se prendía - hasta ponerse rechoncho, - mientras su china[7] dormía - tapadita con su poncho. - - Y apenas el horizonte - empezaba a coloriar, - los pájaros a cantar - y las gallinas a apiarse[8], - era cosa de largarse - cada cual a trabajar. - - Este se ata las espuelas, - se sale el otro cantando; - uno busca un pellón blando, - éste un lazo, otro un rebenque, - y los pingos[9] relichando - los llaman desde el palenque... - -Tiene una _china_ que le quiere, o sea una mujer adjunta; tiene dos -hijos, y no le falta un buen caballo, el _pingo_ cariñoso y trotador, y -algunos útiles de caballería, como son las espuelas grandes de plata, el -ceñidor adornado, el lindo poncho y la daga[10] inseparable. Toda esta -felicidad se acaba el día en que llega un juez avinagrado, el cual -recoge a todo el gauchaje como en una redada y envía a los pobres -hombres a la frontera de los indios, para que sirvan de soldados. - -Y aquí empiezan los infortunios del gaucho _Martín Fierro_. Lo hacen -soldado; pasa hambre; no cobra nunca la paga entera, y encima de esto -tiene que soportar los ataques en masa de la _indiada_, que acomete más -de una vez al _fortín_[11] de los _cristianos_. - - Y pa mejor de la fiesta, - en esa aflicción tan suma, - vino un indio echando espuma - y con la lanza en la mano, - gritando: “Acabau, cristiano; - metau el lanza hasta el pluma...” - - Dios le perdone al salvaje, - las ganas que me tenía; - desaté las tres Marías[12] - y lo engatusé a cabriolas. - ¡Pucha![13]. Si no traigo bolas - me achura el indio ese día. - - Era el hijo de un cacique, - según yo lo averigüé. - La verdá del caso jué - que me tuvo apuradazo. - Hasta que al fin de un bolazo - del caballo lo bajé. - - Ahí no más me tiré al suelo - y lo pisé en las paletas. - Empezó a hacer morisquetas - y a mezquinar la garganta... - Pero hice la obra santa - de hacerle estirar la jeta. - -La mala vida de la frontera se le hace tan odiosa a Martín Fierro, que -decide marcharse; y como simple desertor vuelve a los poblados. Y -estando de fiesta en una _pulpería_[14], el aguardiente le trastorna el -seso, de modo que arma pendencia a un valentón, riñen, y lo deja muerto. -Otro día se encara con un negro, mientras rasguea la guitarra, y también -riñen, e igualmente lo mata. - -Huye, pues, a la ventura, y al escapar se le llena el alma de una -desgarradora melancolía. - - Vamos, suerte, vamos juntos, - dende que juntos nacimos. - Y ya que juntos vivimos - sin podernos dividir... - yo abriré con mi cuchillo - el camino pa seguir. - -Un día le sorprende el piquete de soldados que andaba tras él. Martín -Fierro desenvaina su largo cuchillo y vende cara su libertad. Tumba a -dos o tres de la policía. Y cuando el peligro es mayor, uno de los -soldados, el amigo Cruz, exclama: - - ... ¡Cruz no consiente - que se cometa el delito - de matar así un valiente! - -Y el soldado Cruz, verdadera expresión de hidalguía castellana del -antiguo régimen, se pasa al lado del débil. Y entre los dos bravos hacen -huir al piquete. - -Caminan juntos por la Pampa desierta, hostigados por la civilización. -Reducidos al último extremo, expulsados, inadaptados, ¿qué arbitrio -tomarán los gauchos cimarrones? Se refugian, pues, en la patria de los -indios. Piden hospitalidad en _los toldos_[15], y aunque los acogen a su -amparo, les someten a rigurosa vigilancia y a frecuentes ultrajes. El -amigo Cruz cae enfermo, y se muere. Queda Martín Fierro solo, triste, -desesperado. - -Y cierto día que el héroe sale a vagabundear, descubre que un indiazo -está maltratando a una cristiana cautiva. No vacila, seguramente. Un -tosco y rudimentario Quijote vela en el fondo del alma de Martín Fierro. -Se avalanza, riñe con el indio, suda mucho para vencerlo, y últimamente -lo rinde, lo degüella. Toma en el anca a la cautiva, y huyen a todo -escape. Llegando a los primeros poblados, la cautiva y su salvador se -separan, y Martín Fierro, casi envejecido, retorna a sus lares. Ya la -justicia olvidó las cuentas viejas. Martín Fierro busca su casa, y la -encuentra rota, sin techo. Su mujer desapareció, y nadie sabe de ella. -Sus dos hijos están allí, y al encontrarse cuentan todos sus vidas, sus -trabajos... Y esto es todo. - -Sí, esto es todo. Pero como en la generalidad de las obras de su género, -lo importante del _Martín Fierro_ no consiste en su trabazón ni en la -transcendencia de sus episodios; el valor de la obra está en el tono, en -el aire libre y primitivo, en la poética o dramática realidad de los -pasajes, en el dibujo de los tipos, en la gran ráfaga de vida pampeana -que sopla por todos los rudos versos del poema. En tal sentido, el -_Martín Fierro_ merece el amor y la importancia que le conceden a -última hora las personas más cultas de la Argentina; indudablemente es -el libro que con más fuerza y espontaneidad describe la vida de la -Pampa, antes de que ésta fuese manoseada por el agio y la inmigración. Y -para los españoles que hemos habitado aquel país, y sentimos que en la -llanura del Plata se reproduce y continúa el tipo español con todos sus -lunares y todas sus bellezas, este libro del _Martín Fierro_ nos -sorprende al principio, nos entusiasma después, y al final lo -consideramos como una simple prolongación de la literatura y del alma -españolas a través del Océano. - - - - -CAPÍTULO III - -JACTANCIA Y VALENTÍA - - -Cuando más recorremos las porciones de este pequeño y curioso mundo, nos -convencemos más de la eterna repetición de las cosas, y observamos, en -efecto, que los pueblos se prestan unos a otros los usos y las -modalidades, y que nada verdaderamente existe de único y de original. Yo -he asistido en Guipúzcoa a los torneos de los _versolarios_, pujando por -sobrepasarse en ingenio y agudeza ante un público numeroso y atento, -mientras los vasos de sidra corren de mano en mano, y la extraña -salmodía con que se acompañan los versos, lejana imitación del canto -llano, deja en el aire una sensación de modorra campestre. Esto mismo, -con igual carácter e idénticas manifestaciones, lo hallé en la isla de -Puerto Rico, donde los jíbaros y negros acostumbran a contender en las -_pulperías_ en un monótono recitado de versos que llaman allí _décimas_. -Pues bien, en la Argentina se repite el fenómeno poético-popular. - -Hacen en la Pampa el oficio de _versolarís_ unos bardos rústicos que -llevan el título de _payadores_. En las fiestas, en las bodas y los -bautizos, en las animadas zambras que siguen a la operación de la hierra -o el esquile del ganado, o sencillamente en las noches del sábado rural, -solían, y hoy todavía acostumbran en muchos sitios, reunirse algunos de -estos payadores, que guitarra en mano y dispuesto el frasco de ginebra, -se enzarzan en interminables discreteos versificados. El buen _payador_, -naturalmente, ha de ser un tanto vagabundo, bebedor, enamorado y jaque. -Muchas veces, irritado por las burlas del contrincante y no pudiendo -sufrir las risas del auditorio, el payador puede ocurrir que se levante, -eche a volar la guitarra y proponga al cuchillo la terminación de la -fiesta. Esto, como era de esperar, le ocurre con frecuencia al irascible -y gallardo Martín Fierro. - -En su sangre alienta la tradición fanfarrona y osada, pundonorosa y -altiva de un hidalgüelo español del siglo XVI. No le falta ni siquiera -el punto necesario de petulancia, y con esto abarca el hispanismo de las -dos grandes centurias; frecuentemente habla y se conduce Martín Fierro -como un soldando andaluz que ha guerreado en Flandes bajo el reinado de -Felipe IV. - -El hispanismo, el andalucismo, el casticismo siglos XVI y XVII resalta -en Martín Fierro a lo largo de todo el poema; y eso es más notable y -guarda más interés, porque su autor Hernández no se propuso ni -remotamente lograr este efecto de hispanismo; él quiso hacer un poema de -pura esencia argentina, y siendo verdaderamente bien argentinos el -poema, los personajes y las acciones, al mismo tiempo resultan -fundamentalmente españoles. - -Es muy difícil que en otra raza cualquiera el héroe del poema, -convertido en narrador de sus hazañas, tome una actitud de reto y -provocación. Es verdad que Martín Fierro, al comenzar su relato, usa la -forma convencional y común a todas las epopeyas. Invoca, pues, a las -deidades divinas, prestadoras de inspiración: - - Pido a los santos del cielo - que ayuden mi pensamiento; - les pido en este momento - que voy a cantar mi historia, - me refresquen la memoria - y aclaren mi entendimiento. - - Vengan santos milagrosos, - vengan todos en mi ayuda, - que la lengua se me añuda - y se me turba la vista. - Pido a mi Dios que me asista - en una ocasión tan ruda. - -Está bien, y así hicieron todos los cultivadores de la épica. Pero antes -de todo, Martín Fierro estima necesario precisar su actitud de jaque, -inasequible al miedo y al deshonor: - - Mas ande otro criollo pasa, - Martín Fierro ha de pasar. - Nada le hace recular, - ni las fantasmas lo espantan. - Y dende que todos cantan, - yo también quiero cantar. - - Con la guitarra en la mano - ni las moscas se me arriman; - naides me pone el pie encima, - y cuando el pecho se entona - hago gemir a la prima - y llorar a la bordona. - - Yo soy toro en mi rodeo - y torazo en rodeo ajeno; - siempre me tuve por güeno, - y si me quieren probar, - salgan otros a cantar - y veremos quién es menos. - - No me hago al lao de la güella - aunque vengan degollando; - con los blandos yo soy blando - y soy duro con los duros, - y ninguno en un apuro - me ha visto andar turtubiando[16]. - - En el peligro, ¡qué Cristos!, - el corazón se me ensancha, - pues toda la tierra es cancha[17], - y de esto naides se asombre; - el que se tiene por hombre - ande quiera hace pata ancha. - - Soy gaucho, y entiendanló[18] - como mi lengua lo explica, - para mí la tierra es chica - y pudiera ser mayor... - -Yo no creo que en la literatura española abunden los pasajes -representativos y característicos, positivamente raciales, en que se -expresen, como en estos versos del _Martín Fierro_, la ilustre y sincera -valentonería, la altivez quisquillosa, el punto de honor y la obsesión -de la negra honrilla. Si el carácter histórico español ha sido -considerado por los extranjeros como una exaltada soberbia y como un -sentimiento en cierto modo místico del honor a lo hidalgo, las palabras -fuertes y decididas que pronuncia el héroe Martín Fierro desde el -principio son las más representativas y terminantes. El lector español -se resiste a creer que esas palabras no hayan sido dichas por un -habitante de la propia España. Pero mirando bien, el caso ya no nos -parece insólito. Debe recordarse que en el siglo XVI pasaron a América -ejemplares auténticos, firmes y sellados de la raíz española; y en el -trasplante al otro lado del Atlántico, aquellos españoles se llevaron -todo cuanto en ellos era esencial, lo mismo de bueno que de malo. Y -aparte unos pocos aspectos de la naturaleza que disienten, todo es en el -_Martín Fierro_ perfectamente, y acaso mejoradamente español. - -Tiene, por ejemplo, una soberbia xenofobia y un ingenuo desdén para el -extranjero, o sea el _gringo_[19]. Y cuando los conducen a la fuerza en -calidad de soldados, Martín Fierro se permite hacer consideraciones -graves y pintorescas a propósito de los intrusos que inundan la Pampa. - - Yo no sé por qué el Gobierno - nos manda aquí a la frontera - gringada que ni siquiera - se sabe atracar a un pingo. - ¡Si creerá al mandar un gringo - que nos manda alguna fiera! - - No hacen más que dar trabajo, - pues no saben ni ensillar; - no sirven ni pa carniar[20]. - Y yo he visto muchas veces - que ni voltiadas[21] las reses - se les querían arrimar. - - Cuando llueve se acoquinan - como perro que oye truenos. - Qué diablos, sólo son güenos - pa vivir entre maricas. - Y nunca se andan con chicas - para alzar ponchos ajenos. - -El gaucho castizo siente un desdén varonil por los inmigrantes -sedentarios, por los europeos borreguiles, gregarios, que la excesiva -civilización hubo de ablandar. El gaucho, como el español, es un hombre -sobrio; tiene a menos la glotonería, desdeña el regalo, y considera que -ser masculino equivale a ser duro, independiente, valeroso, estoico. En -suma, tiene la moral de los pueblos guerreros, y el gaucho, realmente, -estaba en constante pie de guerra ante la inminencia de los indios -saqueadores. Por otra parte, el gaucho era hijo de padre español. No se -le pida, pues, ni voluptuosidad ni glotonerías. Come carne asada y -galleta dura, bebe la infusión del mate, y como vicio tiene la ginebra y -el cigarro. Si le falta ginebra y tabaco, sufre sin quejarse. Aunque le -falte comida, callará dignamente, como un guerrero o un estoico. Desea -el lujo, es verdad, pero un lujo personal consistente en arreos de plata -para el caballo y bordados calzoncillos para él, cuyos flecos cuelguen -bonitamente por debajo del chiripá o calzón holgado. ¡Ya se comprenderá, -entonces, que los estadistas y reformadores argentinos tuvieran al -gaucho por un elemento inútil para la civilización! Y así ha sido que en -la Argentina, durante mucho tiempo, ciertas generaciones de impacientes -reformistas procuraron anular, aniquilar en cierto modo al gaucho, como -se hizo despiadadamente con el indio, sustituyéndolo por el inmigrante -europeo, ese individuo sedentario y blanducho que Martín Fierro execra -tanto, sin duda porque presiente que al último necesitarán los gauchos -ceder la tierra a los gringos... En los últimos tiempos empiezan a -reaccionar los intelectuales más distinguidos frente a esa desmesurada -importación de formas y esencias extrañas, pues ven que por querer -realizar una gran nación a toda costa, el país se les aumenta -efectivamente, pero la patria íntegra y tradicional se les disminuye. - -El gaucho Martín Fierro representa, en este sentido, el grito de noble -protesta de una patria y de una civilización que no saben resistir, sino -alejarse decorosa y orgullosamente. ¡Que irrumpa el gringo blandullón y -plebeyo! ¡Que cuente sus monedas, que se afane por vivir a lo burgués y -a lo civilizado! El gaucho, encarnado en la persona de Martín Fierro, -está hecho para otras empresas - - Yo abriré con mi cuchillo - el camino pa seguir... - -He ahí, pues, un _pionner_ esforzado, épico, novelesco; supo abrir -camino a la civilización, y llevar la cultura europea, todo lo -rudimentaria que fuese, a los remotos extremos del desierto. Pero fué un -_pionner_ a la española, y por tanto estaba imbuído del espíritu heroico -y de cierta noble arbitrariedad quijotesca. El otro _pionner_, el gringo -codicioso, glotón y sedentario, es quien ha vencido al fin y se ha -quedado dueño de la tierra. - - - - -CAPÍTULO IV - -EL ESCENARIO DE MARTÍN FIERRO - -_EVOCACIÓN QUIJOTESCA_ - - -Alguna vez me ha ocurrido terminar la velada sobre una página del -_Martín Fierro_; y al día siguiente, en una mañana limpia y luminosa, he -ido a mirar, desde la trasera del parque del Retiro, la sublime -inmensidad de la llanura castellana. Entonces, espontáneamente, mis -labios han repetido los versos del _gaucho andante_, cuando pinta a su -modo la naturaleza de aquella otra llanura, tendida entre los Andes y el -Atlántico: - - “Todo es cielo y horizonte - en inmenso campo verde. - ¡Pobre de aquel que se pierde - o que su rumbo estravea! - Si alguien cruzarlo desea - este consejo recuerde: - - Marque su rumbo de día - con toda felicidá; - marche con puntualidá - siguiéndolo con fijeza, - y si duerme, la cabeza - ponga para el lao que va...” - -Estos consejos que brinda el gaucho Martín Fierro a los viandantes de la -Pampa no son imprescindibles en la llanura de Castilla; las carreteras -rayan aquí la inmensa planicie, y la torre de un pueblo asoma de cuando -en cuando al borde del horizonte; el peligro de extraviarse no existe. -Pero entre Castilla y la Pampa hay de común la soledad, y una especie de -sentimiento o angustia del infinito. - -De todas suertes, en la Europa occidental ningún otro paisaje se asemeja -tanto a la Pampa como la llanura de Castilla. - - “Todo es cielo y horizonte - en inmenso campo verde.” - -En efecto, desde cualquier extremo de Madrid pueden contemplar los ojos -esa inmensidad de cielo, horizonte y campo vacío de que habla el poeta -criollo. Por la primavera, cuando verdean las primicias del trigo, los -llanos manchegos reproducen aproximadamente una imagen de aquellos otros -llanos platenses, rasos y monótonos, sublimes en su religiosa -inmensidad. Lo mismo que la planicie argentina, esta llanura castellana -está invitando al hombre a las ilimitadas correrías aventureras. Y es -ahí, efectivamente, sobre esas tierras infinitas de lejano horizonte, -por donde cabalgaron los guerreros de la Reconquista, persiguiendo el -rastro de las huestes sarracenas; y es ahí también donde erraba el iluso -Don Quijote, tras la huella de sus quimeras geniales. - -En la otra llanura hermana y paralela, por los llanos argentinos, el sol -americano vió alguna vez a los conquistadores, hijos directos de los -soldados de la Reconquista cristiana. Y si no andaba por allá el propio -Don Quijote, se veía cuando menos a su pariente. ¿No es el propio Martín -Fierro, gaucho alzado y libre, una aproximada imagen quijotesca?... - -Conviene realizar todo género de salvedades, y no conceder a las cosas -un valor desmesurado. Pero siempre que hayamos investido a Don Quijote -de toda su inabordable sublimidad, podremos ceder al gaucho Martín -Fierro una cierta aura quijotil, un modo de parecido quijotesco. Acaso -el gaucho Martín Fierro parecerá un Quijote plebeyo, humilde, tosco, un -Quijote analfabeto y de pulpería; pero cuantas veces releo el poema de -José Hernández, sin querer me acuerdo del libro de Cervantes. - -La similitud no estriba en el valor literario, puesto que, como calidad -y mérito, son dos obras que no pueden compararse. Existe, sin embargo, -una relación en el tono, y especialmente en el aire de vagabundaje y -andantería aventurera. La vida libre, el impulso errante, el abandono de -la propia personalidad al azar del destino, el confiarse a una especie -de fatalismo integral, así como el culto del caballo y de la fuerza del -acero; todo esto, tan español del siglo XVI, está palpable y continuo en -el poema del Martín Fierro. - -Véase cualquier pasaje; la raza antigua habla en estos versos: - - “Allí pasaron la noche - a la luz de las estrellas, - porque ese es un cortinao - que lo halla uno dondequiera, - y el gaucho sabe arreglarse - como ninguno se arregla. - - El colchón son las caronas, - el lomillo es cabecera, - el cojinillo es blandura, - y con el poncho o la jerga - para salvar del rocío - se cubre hasta la cabeza. - - Tiene su cuchillo al lado, - pues la precaución es buena; - freno y rebenque a la mano, - y teniendo el pingo cerca...” - -Esta es la forma, sin duda, que usaba Don Quijote para pasar las veladas -cuando la fuerza del sino le alejaba de algún mesón confortable. “A la -luz de las estrellas” es como al hidalgo manchego le placía recostar la -frente sobre la almohada de sus sueños. Y bajo el palio del firmamento -estrellado, como en la Pampa se reúnen junto al _fogón_ los gauchos, más -de una vez solía Don Quijote hacer sus pláticas místico-caballerescas, a -propósito, por ejemplo, de la “edad de oro”, mientras los pastores de -Sierra Morena, oyéndole respetuosos, engullían la sabrosa cena y -apuraban, en vez del mate criollo, el ardiente vino manchego. - -Martín Fierro, por tanto, es un personaje literario que cae de lleno en -la tradición española. Si le falta talla para acercarse mucho al héroe -de Cervantes, merece ser considerado cuando menos como un Quijote -disminuído. No es una caricatura de Don Quijote, ni una pretensión -francamente quijotesca; pero tiene el _aire_. - -El Quijote, diríamos, de la Pampa, sufre la suerte de su origen. No ha -nacido hidalgo, ni tiene del todo limpia la sangre; viene un poco de -herejes, de indios cimarrones, y sabe poco o nada de libros, poemas y -caballeros. Rústico y primitivo, hijo directo de la Naturaleza y rozado -apenas por la blandura y el prestigio de la civilización, ¿cómo -exigiríamos a Martín Fierro que se comportase a todas horas como el -Caballero de la Triste Figura? Así, pues, en Martín Fierro se opera una -mezcla bizarra, y hay en él unas gotas de Don Quijote y un exceso de -Sancho Panza. - -No está loco a la manera de Don Quijote; sólo consigue estar borracho -alguna vez. Entonces busca la pelea y es bravo como nadie; pero no lucha -por un ideal de nobleza y de justicia, sino por vulgares motivos de -taberna. No obstante, en su alma tosca de primitivo se esconde la virtud -esencial de los antepasados, y suele ocurrir que se lance a “desfacer -entuertos”, con una actitud propiamente quijotesca; como cuando salva a -la mujer cautiva de las garras del salvaje indio, y mata al infame -opresor en franca y descomunal pelea. - -Es cierto que mata excesivamente. Carece de la espada del caballero, y -al acortarse su arma, queda reducida a puñal, y el puñal busca el -corazón más directamente. - -He aquí el grito que le arranca a su conciencia el excesivo pecado: - - “Yo junté las osamentas, - me hinqué y les rece un bendito; - hice una cruz de un palito, - y pedí a mi Dios clemente - me perdonara el delito - de haber muerto tanta gente.” - -De estos amargos arrepentimientos estuvo libre Don Quijote, el cual no -hay noticia que produjese la muerte más que a unos cándidos y miserables -corderos. - - -_LA MADRUGADA EN LA PAMPA ARGENTINA_ - -Yo no podré olvidar nunca la primera visión de la Pampa y el -descubrimiento del primer _gaucho_ argentino. Fué durante un viaje largo -y monótono, abrumador, desde Buenos Aires a la frontera chilena. Todavía -ahora, a través de varios años, conserva mi alma fresco el recuerdo de -aquella emoción alboreal, noble y honda emoción de “plena naturaleza”. - -Al apuntar la mañana, por la ventanilla del vagón sorprendí el -espectáculo anchuroso de la llanura, toda bañada de luz virginal. Era la -llanura de siempre, la eterna e invariable Pampa, madre de trigos -benéficos y de mugidores novillos, manchada alguna vez por el azul de -una laguna, donde los flamencos de pata encogida ocupábanse, cómicamente -apostados, en la caza de invisibles insectos. - -Y cuando el sol asomó su faz indecisa, la llanura adquirió una gracia -juvenil que invitaba a la alegría y al entusiasmo, tal como el mar, con -toda su simplicidad y monotonía, suele conmovernos hasta lo más hondo. - -Era un mar en sosiego lo que se tendía a mis ojos. Un mar sin -complicación, una naturaleza simple, primaria. No había colinas que -vinieran a involucrar la línea del horizonte, ni montañas que alterasen -con sus crestas sinuosas la serenidad del paisaje; tampoco se veían -árboles, ni arroyos, ni menos poblaciones. Parecía que el mundo aquel -acabara de surgir, milagrosamente, todo nuevo, todo fresco, lleno de -inocencia, de la mente del Creador, a la manera que nos cuentan las -páginas bíblicas. - -Y en aquella cándida vastedad de tierra verdeante, el tren marchaba -veloz, como si él mismo, producto de la más complicada civilización, se -sintiera maravillado de correr por un mundo que acababa de surgir a la -vida. A lo lejos, como un punto vago, insinuábase una mancha incierta, -tal vez una choza, acaso dos sauces melancólicos. El tren avanzó -vertiginoso, y la cabaña, con sus dos arbolitos, se pronunciaron -claramente a mi vista. Una cabaña bien somera, por lo demás. Su -arquitecto no tuvo que macerar mucho la mente para imaginarla y -construirla. Componíase de cuatro maderas y un techo de paja. Era una -cabaña ingenua, hecho según un plano universal. La misma cabaña del -hombre lacustre o del indígena polinesio. Cuatro maderas puestas de pie -y un techo pajizo. Y los dos sauces, nada frondosos, encorvaban sus -ramas languidecientes sobre la choza, con un amor filial lleno de -respeto. - -Un hombre a caballo salió de entre los sauces. En la frescura matinal, -el hombre aquél cabalgaba con una hidalga prosopopeya, sin apurarse, -reposadamente, como quien no siente el acicate de ninguna actividad -perentoria. Iba tieso sobre su caballo, noblemente erguido, con rumbo a -la inmensidad. Por un momento le distrajo el tren; pero volvió la vista -luego, ajeno a la loca carrera del convoy mecánico. Parecía un ser ideal -que marchaba a sumergirse en el infinito de luz y en el otro infinito de -la llanura. Y, a pesar del vacío y de la soledad del sitio, aquel hombre -que cabalgaba noblemente, sin prisa ni afán de ninguna clase, daba la -impresión de una felicidad plena, redonda y definitiva. Sino fuera por -el jactancioso ruido del tren, oiríanse, de seguro, las voces de su -canto. No se concebía a aquel hombre en aquella hora sino cantando. - -Reía entre tanto la naturaleza, y cada nimio detalle del paisaje se -revestía de una íntima belleza. En el paisaje aquel, tan simple y -sobrio, faltaban los elementos teatrales y decorativos. Pero había un -amable encanto en la hierba matizada de rocío, en la lechuza que se -posaba sobre un poste y abría sus curiosas y atónitas pupilas -circulares, en las ovejas que pastaban, en el desbande de las aves -azoradas, en la cómica expectación de los novillos ante el paso ruidoso -del tren. Y, sobre todo, en la luz purísima que inundaba la llanura, -aquella infinita llanura que se abría delante de la imaginación como un -concepto casi metafísico de la libertad y de lo inconmensurable. - -Y yo pensé: ¿Somos más felices los hombres porque amontonemos mayor -número de útiles, de necesidades y de ideas? Aquel rancho[22] perdido en -la llanura, aquellos dos sauces, el fogón encendido, la mujer que se -queda amamantando a su criatura y el hombre que sale a cabalgar serena y -noblemente, ¿no representaban la suma de las cosas y de las emociones -que requiere un hombre para sentirse bien dentro del universo y cara a -la vida? En aquella cabaña se habían reducido las necesidades hasta el -mínimo. Siendo tan pocas las exigencias, el alma, en aquella parquedad -de apetitos, debía pensar que el mundo era aún demasiado pródigo. Era la -antítesis de la gran metrópoli, de la ciudad insaciable y codiciosa, de -la urbe consumida por las pasiones. La ciudad no se satisfacía nunca. -Anhelaba siempre más, nuevas formas de placer y de molicie. Las grandes -fábricas gemían continuamente para producir los útiles, tan caros a la -civilización; los hombres de ciencia alargaban sus vigilias para -sorprender una nueva invención; y corrían los barcos y los trenes, -acarreando cosas aptas para la molicie del hombre, y las calles se -llenaban de fiebre, los Bancos multiplicaban sus negocios, el mundo -entero vibraba al conjuro del universal anhelo. Todo para que unos -hombres pudieran usar cosas agradables, y todo para que la vida se -llenase de complicación. Lujo, vanidad, automóviles, timbres eléctricos, -ascensores, teléfonos, bebidas heladas, salsas, especies, vinos -espumantes, vestidos de seda, sombreros increíbles. Para satisfacer -estas necesidades artificiosas, el mundo llenábase de inquietudes, -estallaban las guerras, morían los miserables en los rincones. - -En ese rancho perdido en mitad de la llanura ¿qué faltaba? La vida no -reclamaba sino tres o cuatro casos simples: un pedazo de carne asada, -una infusión de “mate”, y, como lujo, una galleta dura. Quizá un poco de -tabaco para las horas de reposo. Y en los días de fiesta, un trago de -ginebra. Para dormir, el sagrado suelo. Y en las noches tibias, tener -como techumbre el cielo, empavesado de estrellas. - -He ahí una razón fundamental: la vida conquistada a bajo precio. Pero la -otra razón, la que se apoya sobre los intereses eternos, colectivos, -universales, arguye que ese plan de vida es ruinoso, y que al -simplificar las necesidades, reduciendo el radio de nuestros deseos, la -civilización corre apuro de malograrse. La civilización es un algo -supremo, inasequible, imponderable como el mismo Dios. Todos venimos a -ofrecernos como servidores de ese fetiche insaciable, y sudamos, -padecemos, morimos entre estertores de codicia, de vanidad o de -ambición, a la mayor gloria del progreso. Se nos dice que es humillante -desertar de nuestro puesto. Y efectivamente cumplimos con nuestro deber. - -Por mi parte, yo siento en muchas ocasiones una fuerte intención de -desertar. Siempre que me sitúo enfrente de la naturaleza libre, ingenua -y pictórica, me asalta el mismo prurito de renunciar a mi corteza -urbana, quitarme el uniforme de civilizado, traicionar a la obra del -progreso y convertirme en un hombre sencillo. - -He pensado seriamente en llegar a poder vivir así, como aquel paisano -que a lomo de su potro tordillo salía cantando de mañana por lo ancho de -la llanura. Renunciar a los numerosos detalles de la civilización, -despreciar la vestidura del placer, la apariencia sonora de la dicha, a -cambio de la verdadera felicidad. Reconciliarse con la salud, auténtica -madre de la alegría. Ejercitar las funciones corporales con una segura -amplitud. Sentir la plena conciencia de la normalidad del ser. Dormir -sin achaques, de un largo y robusto tirón. Cabalgar, vencer las -dificultades que se oponen al músculo, sudar, beber agua sana a grandes -tragos. Respirar el viento sin temor, y agradecerlo más aún cuanto más -frío. Ofrecerse al sol sin veladuras ni encogimientos. Recibir el golpe -de la lluvia como una caricia. Curtirse la piel, tensa como un pandero. -Ver acostarse el sol, sin miedo al mañana. Levantarse con el alba y -agradecer con todas las fuerzas del cándido espíritu la gracia de poder -vivir un nuevo día... - - - - -CAPÍTULO V - -EL AMOR Y LA QUEJA - - -Por las páginas del _Martín Fierro_ corre constantemente un aura de -queja y de reproche melancólico, y esto da al poema cierta monotonía, -como de cancionero andaluz. Entre el gaucho y el andaluz existen -coincidencias de tono y de sentimientos tan marcadas, que otra vez me -veré inclinado a insistir sobre el paralelismo de dos pueblos que el -Atlántico separa, pero que el origen y el concepto de la vida mantienen -siempre unidos. - -La queja del gaucho Martín Fierro va dirigida en dos direcciones: el -abuso social y los males del amor. En el fondo, sin duda, lo que el -poeta Hernández se propuso fué una patética e indignada recusación de -los móviles ciudadanos, y del plan abusivo de las ciudades costeñas, -como Buenos Aires, que henchidas de elementos inmigrantes, poseídas de -un torvo espíritu de presa y con una despiadada prisa por el éxito y por -la civilización a ultranza, arremetían contra el gaucho, lo hallaban -reacio, lo oprimían y lo expulsaban, arbitraria y brutalmente, de la -tierra y del usufructo del país. De modo que el poema del _Martín -Fierro_ viene a ser una protesta de la tradición, del argentinismo, de -la argentinidad histórica, y en efecto marca la línea que divide las dos -épocas: una puramente criolla, con sus luchas políticas, sus violencias -y también su generosidad romántica e idealista, su apasionamiento noble; -la otra época corresponde al moderno contenido social, en que se ha -levantado una nación ágil y ambiciosa, llena de arrivismos y de -irreverencias, confuso vientre donde pululan todos los extranjerismos. - -Esta defensa del gaucho oprimido y esquilmado forma el motivo del poema. -Pero la queja hubiera saltado de cualquier modo, porque la raíz del -criollismo pampeano consiste en un acatamiento a la ley de fatalidad, y -en una profunda e instintiva comprensión del duro e insuperable destino. -El criollo es fatalista como un andaluz; la parte de semitismo que -heredara de sus abuelos, se ve todavía corroborada por el fatalismo de -las razas indias. Sobre la negrura de su fatalismo, igual que en el alma -andaluza; el criollo vierte, a manera de relámpagos, sus chistes y -donosidades, su graciosa socarronería. - -Las estrofas del _Martín Fierro_, por tanto, recuerdan directamente las -coplas andaluzas de la malagueña. Al comenzar un episodio, en cualquier -intervalo de su narración, Martín Fierro lanza al aire libre de la -llanura solitaria su queja, que es como una reconvención al destino. - - Triste suena mi guitarra, - y el asunto lo requiere; - ninguno alegrías espere - sino sentidos lamentos, - de aquel que en duros tormentos - nace, crece, vive y muere. - -Los últimos versos de esta estrofa recuerdan inmediatamente a nuestro -Segismundo de “La vida es sueño”. En el poema de Hernández hay otras -varias referencias a libros españoles, que iremos anotando después; el -_Quijote_ está patente en el _Martín Fierro_, y la obsesión de -Espronceda obsérvase igualmente a lo largo del poema criollo. Los -consejos que da el viejo Vizcacha a un hijo de Fierro, son eco demasiado -patente de las advertencias que el presidiario hace al héroe de _El -Diablo Mundo_. - -La queja del gaucho se parece a la del andaluz; pero si en la copla -andaluza palpita frecuentemente la indignación, la violencia o el -arrebato pasional, en la estrofa criolla vaga un no sé qué de resignado -y suave. Rara vez suena la copla criolla a maldición y a rebeldía, como -en el canto andaluz; el gaucho gime con un tono más pasivo, más rendido -y caballeresco; hace, frente al desdén de su dama, no como el enamorado -andaluz, sino como el enamorado gallego o el galán provenzal. - -Yo me atrevo a reproducir, dándole un valor totalmente representativo -del carácter sentimental criollo, esta _vidalita_, muy popular en las -tierras del Plata: - - Palomita blanca, - vidalitá, - la que yo crié; - salió tan ingrata, - vidalitá, - que voló y se fué... - -Toma aquí el sentimiento de un pueblo la expresión más resignada, triste -y vagorosa. Apenas si el enamorado osa protestar. Es como si admitiera -la ley del destino que convierte a la mujer en cosa deseable, frágil, -bella, fácilmente desvanecible. Admite la fatalidad, y como buen -fatalista no incurre en la inútil propensión a la ira y los desesperados -ultrajes. - -Se siente, pues, el gaucho obligado a una actitud de compostura frente -al desvío inevitable de la mujer. Y toma la postura del lamento según la -buena tradición romántica y caballeresca del galán desgraciado; se -refugia, pues, en la queja transcendental, en el suspiro y en el culto -ácido de la ausencia. La ausencia, como tema de erotismo desgraciado, -llena el fondo del cancionero popular argentino. - -La copla andaluza exclama: - - Entre Córdoba y Lucena - hay una laguna clara - donde lloraba mis penas - cuando de tí me acordaba. - -Pero aun aquí resalta o se entrevé la esperanza de recuperar el amor -malogrado, o se presiente la secreta ira del amador que podrá acaso -alguna vez ejercitar su derecho a la venganza. El defraudado galán -criollo se contenta con gemir: - - Palomita blanca, - remonta tu vuelo, - y al bien que yo adoro - dile que me muero... - -También Martín Fierro colabora en esta propensión a la queja dulce y al -dolor de la ausencia. Azuzado por la justicia, pobre y errante, necesita -poner su memoria en la dama de sus pensamientos y canta: - - Es triste dejar sus pagos - y largarse a tierra ajena, - llevándose el alma llena - de tormentos y dolores; - mas nos llevan los rigores - como el pampero[23] a la arena. - - Cuántas veces al cruzar - en esa inmensa llanura, - al verse en tal desventura - y tan lejos de los suyos, - se tira uno entre los yuyos[24] - a llorar con amargura. - - En la orilla de un arroyo - solitario lo pasaba, - en mil cosas cavilaba, - y a una güelta repentina - se me hacía ver a mi china - o escuchar que me llamaba. - -Nada más justificado que el lamento criollo y ese tópico criollo de la -ausencia. Es una melancolía que llamaríamos territorial, topográfica. Y -ciertamente, si el gaucho encuentra algunas ocasiones de felicidad, su -posición en el mundo le hace apto para la melancolía. - -No es que sea sombrío, ni que le falte lo esencial a la vida; en los -buenos tiempos de Martín Fierro, y aún ahora generalmente, el -_paisano_[25] dispone de un caballo en que trotar, el amor lo encuentra -fácil, un cobertizo y un poncho le son suficientes para cubrirse, y la -carne, base casi única de su alimentación, la cobra sin ninguna -dificultad. El trabajo es fácil también. Detesta el manejo de la azada y -no gusta el oficio de labrador, que abandona a los gringos; pero es -insuperable caballista, cuida como nadie de los ganados, sabe esquilar -ovejas y domar potros y herrar lindamente, y es inapreciable, -insustituible, en una _estancia_[26]. Bebe, rasguea su guitarra, canta -por lo fino. Gallardea en las fiestas, y sobre su dócil caballo, a la -madrugada, tendido al galope y con el lazo revoleado diestramente en -medio de la manada cerril, siente sin duda el robusto goce de la vida -plena, libre y masculina. - -Pero delante de sus ojos, ¡cómo es de igual y plana la llanura! He allí -un mar de hierba, monótono e inexorable como el Océano. Vagamente llega -al alma una tristeza que no es la del marino, porque el marino _va_, y -el gaucho no saldrá nunca de su profunda soledad. El jinete se endereza -sobre su corcel, y no columbra nada a lo lejos, ni un pueblo, ni una -roca, ni un campanario; acaso una cabaña, sombreada por un sauce llorón, -o un _ombú_[27], el solitario árbol de la Pampa que no forma nunca -bosque. Sólo el blanquear de las ovejas, y el mugido de los toros -errantes y apaciguados. Un amanecer de oro, un mediodía azul, un -crepúsculo lleno de nostalgias. El cielo y la llanura, tan anchos, tan -infinitos, concluyen por parecer muros de limitación... Sólo el viento -pampero, de largo en largo, brota súbito como del mismo seno de la -llanura y hace estremecer los pajonales y retumba siniestra y -poderosamente en la infinita soledad del desierto. - - - - -CAPÍTULO VI - -EL CUCHILLO DEL GAUCHO - - -Por entre los versos del _Martín Fierro_ brilla con frecuencia el -cuchillo de nuestro gaucho errante, y con esa arma compañera se consuman -hazañas increíbles, como el resistir en pleno campo abierto a un pelotón -de soldados policiales. - -Viajando una vez por la provincia de Entre Ríos, cuyo paisaje algo seco -y surcado de pelados oteros recuerda bastante al campo de Castilla, -sorprendí un hombre a caballo, verdadera imagen del romancesco tipo del -gaucho. Ya no vestía _chiripá_, pero en su defecto portaba unos -anchísimos calzones bombachos, y sobre la erguida cabeza llevaba un -sombrero afieltrado, con masculino y coquetón talante. Al girar de -espaldas, mostró en el cinto, por la parte de los riñones, cruzado un -largo cuchillo de punta sutil. Mientras el tren arrancaba con enfática -carrera, el hombre del caballo y del cuchillo se internó serenamente en -la llanura, bien tieso en su silla nacional, impasible y orgulloso, como -una página del pasado que se vuelve y huye... - -He nombrado el cuchillo, y la palabra no es justa del todo. El cuchillo -o _facón_ gauchesco era más bien una espada. Sus dimensiones tenían una -prudente medida, y si era demasiado largo para cuchillo, quedaba algo -corto para llegar a espada. El gaucho no podía llevar una espada al -cinto, como un soldado de caballería; su manera violenta y continua de -cabalgar, y su deseo de no separarse nunca del arma fiel, le obligó a -cortar la espada del caballero o del hidalgo. La cruzó en la cintura, la -sujetó a su cuerpo, y así logró convertirla en algo indivisible con su -persona. - -Al referirme al cuchillo del gaucho hablo en pretérito, porque el arma -nacional de los ríoplatenses va desapareciendo, y sólo es usado tal vez -en las comarcas desviadas. El europeo ha traído el uso del revólver, -arma fácil y expedita que no requiere una maniobra tan complicada como -aquel acero filoso, únicamente eficaz cuando la mano, la vista y el -corazón del gaucho lo esgrimía en los imponentes _entreveros_[28]. - -Tampoco podía el europeo desenvolverse en el seno de la Naturaleza, -desafiarla y vencerla como el gaucho. Este hombre primitivo contaba -solamente con su voluntad y sus iniciativas. Situado en mitad del -desierto, se buscaba un camino, se orientaba por las huellas sutiles de -la luz o del color y sabor de las hierbas, y nada quedaba para él sin -expresión, desde el vuelo de las aves hasta el mugido de las bestias -errabundas. Poco debía contar con la justicia ni con los poderes -constituidos; en último caso fiaba a su acero la defensa de su familia y -de su prestigio personal. El europeo, debilitado por la civilización, -procura reconciliarse con la Naturaleza, y al reñir contra ella no -marcha de frente, sino que la soslaya, y pone por medio la mecánica de -la industria y la otra mecánica de las leyes colectivas. - -Un pueblo entero, libre y robusto, usaba hasta ayer mismo la espada del -caballero o del hidalgo, como hace dos o tres siglos la usaban en Europa -las gentes nobles. No se olvide que la espada significa libertad, aunque -las mentes un poco aturdidas por la democracia tomen esto por una -blasfemia. La espada no ha sido nunca negocio de esclavos, porque -implica el sentido de la mayor independencia personal. La espada hace -sagrado el concepto de la personalidad, y un hombre que la lleva al -cinto está significando a todos los otros hombres que su independencia -personal comienza desde la misma punta de su espada. Los caballeros del -siglo XVI, llevando todos el signo acerado y mortífero de la libertad, -por imposición natural interponían entre ellos la virtud más deseable y -democrática: el respeto mutuo. - -Así Pizarro, detenido en la isla del Gallo por las suspicacias de -algunos compañeros, cuando quiso arrastrar su gente a la gran aventura -de conquistar el Perú no osó proferir gritos y órdenes de mando, sino -que sacó la espada, rayó la tierra con un brusco ademán y empezó: -¡Señores...! - -Aquellos hidalgos trajeron la espada a la llanura ríoplatense, y el -gaucho, pobre y errante como su progenitor, lleno de sus mismos -prejuicios, reacio a la industria, atento al honor y a la libertad más -que al ahorro, fué un testamentario y un continuador en América de la -tradición castellana. Cuando en la tierra originaria no quedaron -hidalgos de espada al cinto, en la Pampa vivía el gaucho una vida -hidalguesca, con su caballo y su daga, su puntillo de honor y su -aventura. - -No; no era para todos el manejo de la daga gauchesca. Nada tan -complicado como su esgrima, ni nada tan terrible como un hombre de -aquellos cuando enrollaba al brazo el poncho, se quitaba las grandes -espuelas y hacía brillar la hoja del cuchillo. A veces las pendencias -duraban mucho tiempo, y el sudor bañaba los rostros que la ira hacía -enrojecer. Los circunstantes formaban en círculo, y a nadie se le -ocurría que podía intervenir en aquel torneo legal y honroso. Juntos los -pies de ambos luchadores, casi abrazados los dos, hacían largo tiempo -culebrear los aceros, parándose los tajos con el poncho, ladeándose, -evitándose como ágiles reptiles. Un _chirle_ en la cara era golpe muy -apreciado, y a veces bastaba la herida del rostro para lavar una ofensa. -Pero los verdaderamente bravos no se contentaban con tan poco. Martín -Fierro era hábil en hundir el cuchillo hasta la empuñadura. - - Yo tenía un facón con S[29] - que era de lima de acero; - le hice un tiro, lo quitó - y vino ciego el moreno. - - Y en el medio de las aspas - un planazo le asenté, - que lo largué culebriando - lo mesmo que buscapié. - - Le coloriaron las motas - con la sangre de la herida, - y volvió a venir furioso - como una tigra parida. - - _Y ya me hizo relumbrar - por los ojos el cuchillo_, - alcanzando por la punta - a cortarme en un carrillo. - - Me hirvió la sangre en las venas - y me le afirmé al moreno, - dándole de punta y hacha - pa dejar un diablo menos. - - Por fin en una topada - en el cuchillo lo alcé, - y como un saco de güesos - contra un cerco lo largué... - -Acabada la riña, Martín Fierro atraviesa por entre los silenciosos -espectadores sin volver la mirada, convencido de que nadie habrá de -poner una objeción a su terrible y lógico comportamiento. - - Limpié el facón en los pastos, - desaté mi redomón, - monté despacio, y salí - al tranco pa el cañadón... - -En otro capítulo se verá la forma de pelea y el sentido de la muerte del -gaucho. - - - - -CAPÍTULO VII - -HAZAÑAS Y ENTREVEROS - - -EL uso consumado de la esgrima trae consigo una especie de culto de la -serenidad; el esgrimidor, por lo mismo que cuenta con su destreza y -quiere atestiguarla, se cuida mucho de mostrar una firme sangre fría al -momento de la pelea. - -El gaucho hace esgrima desde que nace, y en su mano se convierte el -_facón_ en un prodigio. No le gusta, por tanto, combatir de un modo -brutal y torpe; estima grato rodear el trance del peligro con el adorno -de esas gracias marciales que consisten en jactanciosas actitudes, -ademanes despectivos y palabras hirientes. Desde los tiempos del padre -Homero, el hombre que fía su riesgo a la entereza de su mano y de su -espada ha sentido siempre el trágico placer de irritar, de encolerizar -al adversario, y demostrarle cuán poco terror alberga el pecho que se -prepara a combatir. - -El gaucho es un buen hijo de español, y sufriría mucho si le privaran -del ácido y supremo placer de la jactancia varonil frente a la muerte. -Ha heredado del andaluz el culto del gesto y la graciosa arrogancia del -desplante masculino; antes de herir, se reserva el derecho de lanzar la -frase punzante y retadora. Sus riñas suelen tener un prefacio terrible, -emocionante, en que los contendientes se atacan con miradas y con -palabras frías, con frases de ambiguo sentido, con sonrisas que cortan. - -Era natural que en un ambiente así apareciera el tipo del matón. Lo hubo -antes, y ahora mismo existe, sobre todo en los suburbios de las grandes -poblaciones. Llaman en Buenos Aires _orilleros_ (sin duda por ser -vecinos de las orillas urbanas) a unas gentes confusas, bastante -híbridas, formadas de todos los restos de población indígena y -forastera, con sedimentos criollos y mucha aportación italiana, -especialmente de las partes de Nápoles, Calabria y Sicilia. En esta -población circundante y procelosa surge con frecuencia el tipo del -_guapo_, del _chulo_, del _apache_, que en el lenguaje provincial del -país llaman _compadrito_. Antiguamente se titulaba _compadre_ a secas, y -la palabra ha dado origen a un verbo muy usado, _compadrear_, que -significa hacer el gallo, el guapo o el valentón; pero en la chulería -arrabalesca, allí como en los bajos fondos sociales europeos, el -valentón busca siempre la manera diminutiva o afeminada de mostrar su -terrible y repugnante masculinismo. El _compadre_, pues, se convierte en -_compadrito_, hombre pálido y cruel, apachesco, fríamente sanguinario, -portador del revólver o del cuchillo, espejuelo de las infelices y -deslumbradas mujeres, y diestro bailador de ese soez tango argentino -que, en efecto, los argentinos honrados nunca quisieron bailar, y en -Europa lo han bailado las atolondradas señoritas linajudas. - -Del gaucho Martín Fierro no se puede decir que sea un _compadre_ -militante. Obedece, sí, a la ley de su patria, y tomando un poco más de -ginebra se siente algo provocador y demasiadamente dicharachero. Por -soltar con exceso la lengua se ve obligado una vez a reñir con un negro, -al que tiene la desgracia de rajar el vientre. Son cosas de la -fatalidad, que hoy toca a uno y mañana nos escogerá a nosotros. -Efectivamente: - - Otra vez en un boliche - estaba haciendo la tarde; - cayó un gaucho que hacía alarde - de guapo y de peliador. - - A la llegada metió - el pingo hasta la ramada, - y yo sin decirle nada - me quedé en el mostrador. - - Era un terne de aquel pago - que naides lo reprendía, - que sus enriedos tenía - con el señor Comendante. - - Y como era protegido - andaba muy entonao, - y a cualquiera desgraciao - lo llevaba por delante. - - ¡Ah, pobre! ¡si él mismo creíba - que la vida le sobraba! - Ninguno diría que andaba - aguaitándolo la muerte. - -Sabe ya Martín Fierro, desde la aparición del _compadre_ en la pulpería, -que las cosas no podrán ir bien para todos. Antes de que estalle la -tormenta, el héroe hace unas cuantas reflexiones filosóficas, -seguramente no exentas de curiosidad. - - Pero ansí pasa en el mundo, - es ansí la triste vida; - pa todos está escondida - la güena o la mala suerte... - -Observad ahora la manera especial de desarrollarse una pendencia entre -gauchos: - - Se tiró al suelo al dentrar, - le dió un empellón a un vasco, - y me alargó un medio frasco - diciendo: “Beba, cuñao.” - “Por su hermana, contesté, - que por la mía no hay cuidao.” - - “¡Ah, gaucho!,” me respondió, - “¿de qué pago será crioyo? - ¿Lo andará buscando el hoyo? - ¿Deberá tener güen cuero?... - Pero ande bala este toro - no bala ningún ternero.” - - Y ya salimos trenzaos, - porque el hombre no era lerdo; - mas como el tino no pierdo - y soy medio ligerón, - le dejé mostrando el sebo - de un revés con el facón. - -Pero estas son riñas de uno contra uno, de forma caballeresca popular y -muy semejantes a las riñas de otros países. Donde se prueba el valor -del gaucho y la potencia de su cuchillo y de su esgrima, es en los -entreveros de uno contra muchos, o en la pelea contra un indio armado de -boleadoras. - - Me encontraba, como digo, - en aquella soledá, - entre tanta oscuridá - echando al viento mis quejas, - cuando el grito del chajá[30] - me hizo parar[31] las orejas. - - Como lombriz me pegué - al suelo para escuchar; - pronto sentí retumbar - las pisadas de los fletes[32], - y que eran muchos jinetes - conocí sin cavilar... - - Al punto me santigüé - y eché de giñebra un taco; - lo mesmito que el mataco[33] - me arrollé con el porrón. - “Si han de darme pa tabaco, - dije, esta es güena ocasión.” - - Me refalé las espuelas - para no peliar con grillos, - me arremangué el calzoncillo - y me ajusté bien la faja; - y en una mata de paja - probé el filo del cuchillo... - - _Yo quise hacerles saber - que allí se hallaba un varón_; - les conocí la intención - y solamente por eso - fué que les gané el tirón, - sin aguardar voz de preso. - - “Vos[34] sos un gaucho matrero,” - dijo uno, haciéndose el bueno. - “Vos matastes un moreno - y otro en una pulpería, - y aquí está la polecía - que quiere ajustar tus cuentas. - Te va a alzar por las cuarenta - si te resistís hoy día.” - - “No me vengan, contesté, - con relación de difuntos; - esos son otros asuntos; - vean si me pueden llevar, - que yo no me he de entregar - _aunque vengan todos juntos_.” - - Pero no aguardaron más - y se apiaron en montón. - Como a perro cimarrón - me rodiaron entre tantos. - Yo me encomendé a los Santos - y eché mano a mi facón... - -¿No es cierto que nos figuramos leer un folletín de Alejandro Dumas o de -Fernández y González? Las estupendas luchas que nos describen las -novelas de capa y espada, podrán, y tienen de seguro muchas veces, una -parte importante de mentira. En nuestro caso no hay exageración, porque -los anales de la Pampa están llenos de empresas parecidas, y el honrado -José Hernández, además, rehuye siempre las narraciones hiperbólicas. El -gaucho Martín Fierro saca fuerzas de flaqueza, y aunque está solo en la -inmensidad, frente a varios hombres armados, sin más apoyo que su daga, -prefiere morir matando, y no que lo sacrifiquen miserablemente. - -Para nuestra pasibilidad de hombres civilizados, urbanos y tímidos, la -actitud de un hombre luchando contra muchos nos resulta inverosímil. -Pero Martín Fierro no está precisamente solo. A nosotros nos serviría -para poco una daga punzante y un cuerpo más o menos dañado de -artritismo; en cambio Martín Fierro le saca a su facón imprevistas y -maravillosas aptitudes, y cada canto o punto de su daga es un resorte -poderosísimo. En cuanto a su cuerpo físico, él se estira y encoge como -la goma, salta o se soslaya, se acurruca o se acrecienta, se multiplica -verdaderamente. Y hay, además, la astucia. - -Es así como un “hombre de guerra”, un guerrero de oficio, ha sido en la -Historia una cosa resistente y capaz de proezas increíbles. Los héroes -de Homero, por ejemplo, el Aquiles y el Agamenón y el Ayax, eran -completos y vigilantes esgrimidores que aterraban a sus enemigos. Cuando -leemos en los libros de Caballería que un solo guerrero combatía y -derrotaba a innúmeros adversarios, no todo cuanto nos cuentan es -mentira. Un guerrero antiguo, por virtud de la esgrima, del _oficio_ y -de la especial preparación del alma, valía por muchos hombres juntos. El -_gendarme_, el _lansquenete_, el _suizo_, y sobre todo el caballero -marcial a lo Rolando, Cid y Gonzalo de Córdoba, hicieron en mucho tiempo -imposible la formación de grandes y eficaces ejércitos anónimos, -democráticos, al estilo moderno. - -Los enemigos de Martín Fierro traen, es verdad, alguna carabina; pero -aquellos pobres fusiles de pistón, sobra sin duda de los arsenales -europeos, no valen gran cosa. - - Y ya vide el fogonazo - de un tiro de carabina; - mas quiso la suerte indina - de aquel maula, que me errase, - y ahí no más lo levantase - lo mesmo que una sardina... - - Era tanta la afición - y la angurria[35] que tenían, - que tuítos se me venían - donde yo los esperaba; - uno al otro se estorbaban - y con las ganas no vían. - -He aquí ahora que interviene la astucia, puesto que el guerrero ha de -ser listo en ardides: - - Dos de ellos que traiban sables, - más garifos y resueltos, - en las hilachas envueltos - enfrente se me pararon, - y a un tiempo me atropellaron - lo mesmo que perros sueltos. - - Me fuí reculando en falso - y el poncho adelante eché, - _y cuando le puso el pie_ - uno medio chapetón[36], - de pronto le dí el tirón - y de espaldas lo largué... - - Pegué un brinco y entre todos - sin miedo me entreveré. - echo ovillo me quedé, - y ya me cargó una yunta[37], - y por el suelo la punta - de mi facón les jugué. - - El más engolosinao - se me apió con un hachazo; - se lo quité con el brazo, - de no, me mata los piojos; - y antes de que diera un paso - le eché tierra en los dos ojos. - - Y mientras se sacudía - refregándose la vista, - yo me le fuí como lista - y ahí no más me le afirmé, - diciéndole: “Dios te asista”, - y de un revés lo voltié... - -En fin, la feroz pelea de uno contra tantos acaba, o se precipita al -desenlace, cuando uno de los soldados, el sargento Cruz, se pasa al -campo de Martín Fierro, gritando aquella voz quijotesca: - - ...¡Cruz no consiente - que se cometa el delito - de matar ansí un valiente! - - - - -CAPÍTULO VIII - -LOS INDIOS - - -Cuando un hombre se ponía fuera de la ley, quedábale antiguamente en la -Argentina el desesperado recurso de hacerse _gaucho matrero_, oficio -semejante al de nuestro histórico bandido de Sierra Morena. El _matrero_ -se contentaba con robar ganado, que vendía a los falaces intermediarios, -y vagaba errante por la inmensidad de la llanura, libre y abierta -entonces. - -Hoy la llanura se ve toda dividida y reglada por fuertes alambrados, que -si no impiden las raterías y los vagabundajes, dificultan mucho las -antiguas aventuras. - -En aquellos tiempos le quedaba todavía otra solución al perseguido por -la ley: los indios en sus tolderías reservaban a veces un asilo a los -cristianos, en la esperanza de utilizarlos como rehenes o a título de -espías. Martín Fierro y el sargento Cruz se marcharon, pues, al país de -los indios _pampas_. - -El poema del _Martín Fierro_, aunque no tiene más que cuarenta años de -fecha, guarda un valor inestimable porque describe cuadros y cosas que -ya desaparecieron de la Argentina. En aquel país nuevo, en constante -evolución, las cosas vienen y van con alucinante rapidez. - -Este poema vulgar y sin pretensiones tiene, pues, una importancia grande -como documento vivo y veraz. Narra, por ejemplo, la vida de los indios, -cuando todavía vagaban los indios feroces y libres en los confines de la -misma provincia de Buenos Aires. Y los describe con tal detalle y con -tanta realidad, que nosotros, los lectores, podemos asistir a las -fiestas y las batallas de aquellos bárbaros, a quienes la civilización -no ha podido o no ha querido amansar. En estos momentos los indios -feroces, constante alarma de los poblados fronterizos, no existen ya -más. Todos han desaparecido. - -Permanecen algunas tribus, es cierto, en los territorios meridionales de -la Patagonia y en la Tierra de Fuego. Pero son indios nada bravos, -entumecidos en su clima implacable, poco numerosos y cada día más -mermados ante el avance de la colonización. También existen núcleos de -indios salvajes en la zona tórrida del Norte de la República, y aunque -más numerosos que los del Sur y bastante crueles y rapaces, nunca forman -un grave peligro para la población laboriosa del país. Se sostienen en -el casi desierto territorio del Chaco y arman sus _tolderías_ en las -riberas del poco conocido Pilcomayo. Se valen de la pesca y la caza para -subsistir; a veces arrostran pequeños _malones_[38] o saqueos sobre los -colonos cristianos; otras veces acuden a trabajar por temporadas en los -_obrajes_[39], donde se cortan y preparan grandes cantidades de la -madera tintórea llamada _quebracho_. Los miserables indios reciben por -sus trabajos alguna suma, que invierten en armas y en alcohol; con -frecuencia son víctimas de la codicia de los capataces, y ellos se -vengan en brutales represalias. - -Los verdaderos indios, los peligrosos y terribles, eran los _pampas_. -Antiguamente se llamaban _querandíes_, y ocupaban toda la zona llana de -la Argentina, esa infinita pradera verde, limpia de árboles. Los indios -del Uruguay, llamados _charrúas_, no eran menos valerosos y crueles. - -Por su crueldad, su valor y su independencia, los indios pampeanos eran, -sin duda, de la misma condición y raza que los araucanos. Los primeros -conquistadores, cuando pretendieron establecerse en la desembocadura del -Plata, soportaron bien pronto los excesos de los indios. Los _charrúas_, -cerca de la actual Montevideo, asaltaron la expedición de Solís y la -deshicieron. El capitán Hurtado de Mendoza llegó a la Argentina con un -lucido ejército de nobles y buenos soldados, fundaron la ciudad de -Buenos Aires, y al poco tiempo, los indios _querandíes_ sitiaron la -ciudad, sembraron el hambre en la colonia, y, por último, con flechas -encendidas quemaron las casas de madera y paja y abrasaron las mismas -naves ancladas sobre la ribera. La expedición fracasó del todo, y hubo -de llegar más tarde con nueva gente el capitán Blasco de Garay a -reedificar las chozas y el castillo de Buenos Aires. Y desde entonces la -civilización ha tenido que bregar continuamente en la Argentina con los -fieros e irreductibles indios. Hasta que finalmente, bajo el gobierno -del general Roca, se acordó una _expedición al desierto_, y los indios, -implacablemente, fueron exterminados. Las mujeres y los niños que se -salvaron de la encerrona ingresaron, por adopción, en la masa de la -población civilizada. - -Bárbaros y feroces, los indios de la Pampa necesitaron sufrir, en pleno -siglo XIX, igual suerte que los _pieles rojas_. La civilización tiene un -fondo de egoísmo inapelable; la civilización ambiciona nuevos -territorios, nuevas adquisiciones, y quien se resiste ha de desaparecer. -No hicieron otra cosa los españoles del descubrimiento y la conquista. -Además de la ambición adquisitiva, los españoles llevaron a América el -deber ambicioso de la Religión, de cuya carga estuvieron libres los -yanquis y los argentinos. Estos pedían al indio sus tierras feraces, sus -minas, sus ríos, y que no molestaran mucho a los colonos; cuando el -indio se negó, fué exterminado. En algún trozo de los Estados Unidos, a -manera de curiosidades etnográficas, quedan hoy unos pocos _pieles -rojas_; también en la Argentina restan unas docenas de indios _pampas_, -a quienes el Gobierno entrega, a título precario y sin carácter de -propiedad absoluta, unas tierras para pastorear. - -Los españoles exigían a los indios la sumisión, el oro y las tierras. Si -los indios accedían, eran conservados bajo leyes humanas; entraban, -asimismo, en la comunidad carnal de los hombres blancos por medio del -matrimonio. Si se resistían al dominio del rey o de la Iglesia, eran -perseguidos y muertos. Después de largas luchas y persecuciones, los -indios podían aspirar a que los españoles les admitieran en el organismo -civil de los virreynatos. Es cierto que había las encomiendas y la -prestación personal del indio en el trabajo de las minas y la -agricultura; ¿pero hoy no existen los _obrajes_, el alcohol, las -persecuciones? ¿No se ha extirpado al indígena de la Nueva Zelandia en -nuestro propio tiempo? - -Saquear y matar; he aquí el oficio de los indios _pampas_. Hacían -acometidas tumultuosas, que llamaban _malones_, y cayendo sobre los -poblados pacíficos, se llevaban lo que veían a mano: mujeres, niños, -comestibles, aperos, rebaños. - - Antes de aclarar el día - empieza el indio a aturdir - la pampa con su rugir, - y en alguna madrugada, - sin que sintiéramos nada, - se largaban a invadir. - - Primero entierran las prendas - en cuevas como peludos[40], - y aquellos indios cerdudos, - siempre llenos de recelos, - en los caballos en pelos - se vienen medio desnudos. - - Para pegar el malón - el mejor flete procuran, - y como es su arma segura - vienen con la lanza sola, - y varios pares de bolas - atados a la cintura... - - Se vuelve aquello un incendio - más feo que la mesma guerra; - entre una nube de tierra - se hace allí una mescolanza - de potros, indios y lanzas, - con alaridos que aterran... - - Y aquella voz de uno solo, - que empieza con un gruñido, - llega hasta a ser alarido - de toda la muchedumbre. - Y ansí adquieren la costumbre - de pegar esos bramidos. - -El gaucho Martín Fierro no conserva buena memoria de los indios. No les -concede ninguna cualidad. Su pintura, en fin, es perfectamente contraria -a aquel _hombre de la Naturaleza_ que inventara Rousseau y que estuviera -en moda hasta acabar el imperio del romanticismo. Nuestro fantástico -padre Las Casas, el bueno de Bernardino de Saint Pierre y el mismo -Chateaubriand, palidecerían de rubor ante este retrato del indio -_pampa_. - - El indio pasa la vida - robando o echao de panza. - La única ley es la lanza - a que se ha de someter. - Lo que le falta en saber - lo suple con desconfianza. - - Fuera cosa de engarzarlo - a un indio caritativo. - Es duro con el cautivo, - le dan un trato horroroso. - Es astuto y receloso, - es audaz y vengativo... - - Odia de muerte al cristiano, - hace guerra sin cuartel. - Para matar es sin hiel. - Es fiero de condición. - No golpea la compasión - en el pecho del infiel... - - Se cruzan por el desierto - como un animal feroz. - Dan cada alarido atroz - que hace erizar los cabellos. - Parece que a todos ellos - los ha maldecido Dios. - - Todo el peso del trabajo - lo dejan a las mujeres. - El indio es indio, y no quiere - apiar de su condición. - Ha nacido indio ladrón, - y como indio ladrón muere. - -Ahora vamos a reproducir estos versos, que explican simple e -ingenuamente una de las características principales del indio americano: -la incapacidad para la risa. - - El indio nunca se ríe - y el pretenderlo es en vano, - ni cuando festeja ufano - el triunfo en sus correrías. - La risa en sus alegrías - le pertenece al cristiano... - -Es verdad; la aptitud para la risa pertenece a la raza blanca, y a esos -hermanos inferiores que son los negros. Impasible es el japonés; sombrío -y siniestramente grave es el malayo; y el indio americano no acertó -nunca a poner risa o amabilidad en sus ídolos; su religión precolombiana -era de esencia mortal, sanguinaria, fríamente sacrificadora de víctimas -humanas. - -Lo distintivo en el indio de América es una como fundamental tristeza, y -una casi insensibilidad para el horror de la muerte. De tal modo, que -el europeo observa ahora mismo, entre las personas mestizadas de la -Argentina, una extraña sobriedad en el reir. En cuanto a la -insensibilidad ante la muerte, el europeo nota con extrañeza cuán poco -valor tiene allí la vida humana, cuán fácil es allí el homicidio, y qué -escaso valor se le otorga al delito de sangre. Los señoritos de la buena -sociedad portan en la Argentina, con mucha frecuencia, el revólver bajo -el _smokin_. Cierta vez, en pleno Parlamento, a un senador, al -agacharse, se le desprendió el revólver del bolsillo; y los periódicos -de la mañana no se indignaron ni un poco, sino que hicieron al efecto -alguna broma. - -Los indios existen todavía, y existirán siempre en América, bien sea en -estado semisalvaje o como adscritos a la civilización. En la Argentina -no es menos importante el elemento indio. Cuando se nos habla de una -raza blanca y europea en la región platense, debemos entender que se -trata de un núcleo inmigrante, puramente moderno y pegadizo, y habitador -de las ciudades costeñas. El resto del país, precisamente el país que -más motivos tiene para llamarse argentino, está compuesto de gentes -mestizas. - -Todo el interior de la Argentina, desde Mendoza a Jujuy, desde -Catamarca a Corrientes, es de raza hispano-india; en la provincia de -Corrientes aún habla hoy el pueblo un idioma aborigen, el _guaraní_. A -esta población mestiza, que a veces tiene más sangre india que española, -llaman en el país con el mote de _chinos_, por sus caracteres -especiales, que recuerdan mucho a los de los japoneses: pómulos -pronunciados, ojos un tanto oblicuos y color amarillento. - -Las familias argentinas de apellido y abolengo español, especialmente -aquéllas muy antiguas que proceden de las ciudades interiores, tienen -casi siempre los rasgos del mestizo. Los hombres más significados de la -Argentina suelen tener igualmente sangre india, como Sarmiento, como -Lugones, como Ricardo Rojas. - - * * * * * - -Una vez, con motivo de ciertas asonadas que realizaran los indios del -Chaco, fué comisionado por el Gobierno argentino el Sr. Lynch -Arribálzaga para estudiar aquel problema. El dictamen que presentó dicho -señor me produjo mucha curiosidad y lo leí con verdadera emoción. - -“El indio no sólo no es agricultor, sino que carece de la noción misma -de la propiedad individual, salvo la de los vestidos y utensilios -domésticos; el campo, los ríos y los lagos, considerados como -territorios de caza y pesca, pertenecen en común a los individuos de -cada tribu, dentro de límites convencionales que no pueden ultrapasar -los vecinos sin consentimiento. En cuanto a los alimentos, bebidas, -etc., el concepto de su propiedad es comunista, a tal punto, que si -vuelven con un solo pescado, lo reparten equitativamente entre todos, -aunque toquen a bocado por barba. La caza mayor se la dividen sobre el -terreno, y es frecuente ver una rueda de salvajes fumando en común un -cigarro o una pipa, que pasa por turno de boca en boca.” - -Ya se comprende que estos hombres arbitrarios, que carecen de la idea -del ahorro y de la propiedad territorial, habían de ser perseguidos sin -compasión... ¡Miserables, infelices, odiosos indios! - -Habían de ser exterminados sin remedio, porque no querían ahorrar, -guardar, aumentar. Porque no saben separar la tierra con hitos y -mojones. Porque no sienten la bondad del magno sistema, que consiste en -alquilar peones y reservarse el noventa por ciento de los beneficios. No -comprenden la sabiduría de guardarse el fruto del trabajo ajeno. -Entienden que la libertad es el supremo placer, y que la Naturaleza lo -da todo generosamente: peces, aves, frutos, flores y plumas. No son -útiles para la civilización, desde el momento que no conciben la -necesidad de un portamonedas. - -El concepto blanco de la vida está en oposición con el de las razas de -color: el sol tropical es el enemigo irreparable. Tienen esas razas un -sentido frágil del vivir; por otra parte, la Naturaleza les da lecciones -convincentes cada día; conocen, en fin, “la facultad de existir sin -esfuerzo”. Frente al salvaje, el blanco marcha bajo la obsesión de -reunir, acumular y vencer. El espíritu de acumulamiento forma todo el -sentido de nuestra civilización. - -Situado en un clima adverso, el blanco siente miedo a la vida. Es el -miedo al frío, a la humedad, al hambre, a la casa sin techo; es el miedo -al día de mañana, a la incógnita de un mañana atenaceante; por último, -el miedo a la vida forma hábitos inconscientes de alquisición. -Perfeccionados los medios de adquisición, el hombre civilizado ya no -busca lo necesario, sino lo superfluo; necesita adquirir, porque se ha -hecho en él un vicio sobremanera incitante. Se crean además necesidades -de lujo, de arte, de ostentación y de sensuales delicadezas. - -Tiranizado por su pasión, el blanco se abandona a su vida dionisíaca, en -que la lucha es suprema ley. Un sabio hebreo lo dejó escrito en palabras -imborrables, sobre las páginas insuperables del Eclesiastés: “La vida es -una batalla...” Ahí está la síntesis filosófica de nuestra civilización. -El indio la rechaza, porque entiende la dicha de otra manera. Se -vituperan los procedimientos del hombre de los climas cálidos; pero es -porque nos ciega la soberbia de nuestro circunscripto razonamiento. -¿Cómo podemos pedir el mismo esfuerzo, la misma tensión laboriosa a un -indígena del Chaco y a un obrero inglés? Este necesita trabajar mucho, -porque exige carne, manteca, verduras, patatas, pan, cerveza, tabaco, -calefacción, casa abrigada, vestidos de lana, distracciones con que -atenuar sus horas de niebla interminable; pero a un hombre de clima -cálido le basta un puñado de bananas, un techo de paja y un lienzo que -cubra sus vergüenzas. Los que manejan _ingenios_ y _obrajes_ en el norte -de la Argentina, gritan porque los obreros se van a media tarea, -exigiendo su breve jornal; pero ¿qué ley, humana o divina, puede obligar -a un hombre a que trabaje sin cesar todas las jornadas del año, si no -tiene necesidad de dinero? Con el dinero que le otorguen después de una -faena esforzada, ¿comprará ese hombre alguna cosa de más valor que su -muelle y dichosa holganza?... - -Por eso hay que aceptar al indio como es, sin exigirle que adopte todas -nuestras preocupaciones; siempre será un semicivilizado. Y probablemente -serán siempre los países cálidos una especie de “territorios -protegidos”. Contra el fatalismo de la Naturaleza es inútil luchar. Los -pueblos calientes están condenados a una subordinación; que la -subordinación sea lo más humana y dulce posible, es lo que se requiere -buscar. - -Pero los pueblos codiciosos y septentrionales deben recordar siempre que -la civilización, la cultura, las artes y el manejo de la religión y la -filosofía, nacieron y prosperaron en las zonas más calientes de la -Tierra. - - - - -CAPÍTULO IX - -UN DUELO CON UN SALVAJE - - -Tan pronto como Martín Fierro y el sargento Cruz hubieron dado buena -cuenta del pelotón de Policía, concertaron dirigirse a la frontera y -encomendarse a los indios. Y armándose de valor, los dos camaradas -traspasan los límites del país civilizado. El resto de civilidad que -existe en sus almas rudas se resuelve en un calofrío de melancolía al -cruzar la frontera. - - Y cuando la habían pasao - una madrugada clara, - le dijo Cruz que mirara - las últimas poblaciones, - y a Fierro dos lagrimones - le rodaron por la cara... - -Los dos camaradas llegan en mal momento al antro de los indios. Los -salvajes están preparando un _malón_ a tierra de cristianos, y no bien -se presentan los dos intrusos, deciden matarlos. - - Se armó un tremendo alboroto - cuando nos vieron llegar; - no podíamos aplacar - tan peligroso hervidero; - nos tomaron por bomberos - y nos quisieron lanciar. - - Nos quitaron los caballos - a los muy pocos minutos; - estaban irresolutos; - quién sabe qué pretendían. - Por los ojos nos metían - las lanzas aquellos brutos. - - Y dele en su lengüeteo - hacer gestos y cabriolas. - Uno desató las bolas - y se nos vino en seguida. - Ya no creíamos con vida - salvar ni por carambola. - -En fin, acude oportunamente un cacique y se les perdona la vida. Los dos -amigos quedan incorporados a la tribu. Fabrican un toldo con pieles, se -dan mutuamente calor, se cuentan sus cuitas, y soportan como pueden la -vigilancia y los ultrajes de los indios. En cuanto a comer, allí nadie -regala nada; cada cual se ingenia en la busca y persecución del -mantenimiento. - - El alimento no abunda - por más empeño que se haga; - lo pasa uno como plaga - ejercitando la industria, - y siempre como la nutria - viviendo a orilla del agua. - - En semejante ejercicio - se hace diestro cazador. - Caí el piche engordador, - caí el pájaro que trina; - todo bicho que camina - va a parar al asador. - - Pues allí a los cuatro vientos - la persecución se lleva; - naide escapa de la leva, - y dende que el alba asoma - ya recorre uno la loma, - el bajo, el nido y la cueva. - - En las sagradas alturas - está el maestro principal, - que enseña a cada animal - a procurarse el sustento, - y le brinda el alimento - a todo ser racional. - - Y aves y bichos y peces - se mantienen de mil modos. - Pero el hombre en su acomodo - es curioso de observar; - es el que sabe llorar... - ¡y es el que los come a todos! - -Pero esta existencia estúpida y relativamente feliz dura poco tiempo. -Una plaga de viruela invade la tribu y hace en ella estragos. El -sargento Cruz cae con la peste, y a pesar de los cuidados y las lágrimas -de Martín Fierro, el pobre apestado entrega su alma. - - Todos pueden figurarse - cuánto tuve que sufrir. - Yo no hacía sino gemir, - y aumentaba mi aflicción - no saber una oración - pa ayudarlo a bien morir. - - De rodillas a su lado - yo le encomendé a Jesús. - Faltó a mis ojos la luz, - tuve un terrible desmayo. - ¡Caí como herido del rayo - cuando lo vi muerto a Cruz!... - - Andaba de toldo en toldo - y todo me fastidiaba. - El pesar me dominaba, - y entregao al sentimiento - se me hacía a cada momento - oir a Cruz que me llamaba. - -Así el desgraciado Fierro se lamentaba en su soledad, cuando cierto -día... - - Sin saber qué hacer de mí - y entregado a mi aflicción, - estando allí una ocasión - del lado que venía el viento, - oí unos tristes lamentos - que llamaron mi atención. - -Martín Fierro se acerca al lugar de donde parten los gemidos, y descubre -la escena más horripilante. Un indiazo de aquellos estaba maltratando a -una cautiva cristiana, en cuyos brazos latía un hijito ensangrentado. El -indio, en su furor, había acuchillado a la tierna criatura, y entre -golpes de látigo demandaba a la cautiva que le hiciese confesión de sus -presuntos manejos de hechicera, porque los indios supersticiosos -achacaban la peste de viruela a brujería. - -Martín Fierro se presenta, mira la sangre de la sacrificada criatura, ve -a la cautiva llorosa, y repentinamente salta en su rudo espíritu el -grito de los antepasados. Lo que hay en su sangre de herencia de -hidalgo, acude presto y aparece la voluntad quijotesca de defender y -vengar a la pobre cautiva. - - Yo no sé lo que pasó - En mi pecho en ese instante... - -Efectivamente, un impulso sobrenatural, venido del fondo de la raza, -toma forma de fatalidad y le induce a proceder como un caballero, sin -que ninguna clase de reflexión o cálculo intervenga para nada. Bien, ya -ha retado a la fiera. Ahora sólo le queda luchar con un bárbaro -enfurecido, cerca de una tribu de salvajes, en mitad del desierto, a -espaldas de toda ayuda. - - Estaba el indio arrogante - con una cara feroz; - para entendernos los dos - la mirada fué bastante... - - Pegó un brinco como un gato - y me ganó la distancia; - aprovechó la ganancia - como fiera cazadora; - desató las boliadoras - y aguardó con vigilancia... - - En tamaña incertidumbre, - en trance tan apurado, - no podía, por descontado, - escaparme de otra suerte, - sino dando al indio muerte - o quedando allí estirado. - - Y como el tiempo pasaba - y aquel asunto me urgía, - viendo que él no se movía - me fuí medio de soslayo - como a agarrarle el caballo - a ver si se me venía. - - Ansí fué, no aguardó más - y me atropelló el salvaje... - - En la dentrada no más - me largó un par de bolazos. - Uno me tocó en un brazo, - si me da bien me lo quiebra, - pues las bolas son de piedra - y vienen como balazo. - - A la primer puñalada - el pampa se hizo un ovillo; - era el salvaje más pillo - que he visto en mis correrías, - y a más de las picardías - arisco para el cuchillo. - -De pronto, cuando el apuro era más grande y menudeaban los bolazos y las -embestidas, Martín Fierro tiene la desventura de tropezar con los flecos -de su chiripá. Resbala, pues, y cae a tierra. Entonces el indio se -avalanza, monta sobre el caído, lo aprieta y lo va a ultimar. Pero la -cautiva, entretanto, seguía aterrorizada el curso de la pelea, y he ahí -que interviene como el mismo brazo de Dios. - - ¡Bendito Dios poderoso, - quién te puede comprender, - cuando a una débil mujer - le diste en esta ocasión - la juerza que en un varón - tal vez no pudiera haber! - - Esa infeliz tan llorosa - viendo el peligro se anima, - como una flecha se arrima, - y olvidando su aflicción - le pegó al indio un tirón - que me lo sacó de encima... - -La pelea continúa con el mismo terrible furor, con el mismo y terrible -mudo ensañamiento. El sudor corre mezclado con la sangre. La fatiga -aumenta. - - Aquel duelo en el desierto - nunca, jamás se me olvida... - -Hay un momento en que Martín Fierro logra cortar con el cuchillo una -cuerda de las bolas del indio. Se prevale de la ventaja. Además, al -indio le ha tocado su vez, y pisando la sangre del niño descuartizado, -resbala y cae. Se levanta presto, pero ya Fierro ha conseguido herirle. -Las cuchilladas menudean. - - Iba conociendo el indio - que tocaban a degüello. - Se le erizaba el cabello - y los ojos revolvía, - los labios se le perdían - cuando iba a tomar resuello... - - Al fin de tanto lidiar - en el cuchillo lo alcé; - en peso lo levanté - a aquel hijo del desierto; - ensartado lo llevé, - y allá recién, lo largué - cuando ya lo sentí muerto. - -Estas escenas de sangre abundan, como se habrá visto, en todo el poema -del _Martín Fierro_. A nuestro oído de europeos sedentarios llegan esas -voces de muerte como algo remoto y antiguo. Se observa sobre todo la -especie de impasibilidad ante el hecho sangriento; una manera de enorme -y extraño fatalismo frente a la necesidad de matar; y el detalle de los -accidentes, de las cuchilladas. Siempre termina la narración de una riña -con el dato final: lo alcé en el cuchillo y lo lancé muerto... - -La palabra _degüello_ salta asimismo con frecuencia en el poema. El -degollar no tiene ya para nosotros sentido ni justificación; si -comprendemos el acto de matar, no concebimos la precisión de cortarle a -cercén la garganta al enemigo. Pero en tierra de indios sanguinarios, el -degüello parece un acto legal y casi imprescindible. Para el salvaje no -basta la muerte; su siniestra alma necesita palpar la muerte del -adversario, sentir su palpitación agónica, poseer, en una palabra, toda -la agonía del enemigo, sus gestos despavoridos, su terror postrero, la -sangre que brota a chorros. - -Esta costumbre del degüello pasó desde los indios a los cristianos, y en -sus mismas guerras civiles, los ríoplatenses acostumbraban a usar el -terrible ejercicio de la degollación. Se cuenta que el tirano Rosas no -fusilaba a los prisioneros y culpables; los degollaba, sencillamente. - -Una vez que Martín Fierro se vió libre de su horroroso peligro, montó en -el caballo del indio, dió el suyo a la cautiva, y con las debidas -precauciones, a paso de carrera, huyeron de la tribu de los salvajes. - -Vagaron por el desierto, llegaron a las primeras poblaciones -civilizadas, y allí, portándose otra vez caballerescamente, Martín -Fierro se despidió de la cautiva y tomó el rumbo de la tierra natal. -Llevaba sobre su conciencia bastantes culpas, le adeudaba a la Justicia -bastantes delitos; pero los jueces, en aquellos tiempos, saldaban pronto -las cuentas pasadas. Y nuestro héroe se ve exento de toda reclamación. -Pero está viejo, pobre, melancólico... Pide noticias de su mujer, y le -dicen que ha muerto. Busca a sus hijos, y he ahí que aparecen dos lindos -muchachos que le abrazan... - -Esta última parte del poema es muy curiosa, porque se dedica a narrar -las aventuras y picardías de los muchachos. Está sembrada de sentencias -criollas, y por tanto equivale a un _refranero_ popular de la tierra del -Plata. Vamos a internarnos en esa pintoresca trama de refranes -criollos. - - - - -CAPÍTULO X - -REFRANERO PICARESCO - - -La última parte del _Martín Fierro_ está dedicada a escenas familiares y -al tierno reencuentro de los hermanos perdidos. En esta parte del poema -popular criollo ya no se narran episodios de sangre, peleas y otros -excesos. Pero en medio de las narraciones ingenuamente sentimentales, el -tono de _picaresca_ que tiene este libro en todas sus páginas se afirma -todavía más en su terminación, gracias a los dichos y refranes que -aportan Fierro, sus dos hijos, el primogénito del sargento Cruz y el -viejo Vizcacha. Probablemente, el _Martín Fierro_ es el último libro del -género _picaresco_ que ha producido la literatura castellana. Y esto es -más interesante, porque el autor de este poema rudimentario no era muy -culto en letras ni se propuso emular los grandes autores del siglo XVI -y el XVII; es la obra espontánea de la raza, que aun transportada a -medio distinto y extraño, produce fatalmente estrofas y episodios de -puro sabor castizo. - -Sucede, pues, que nuestro héroe Martín Fierro regresa a sus _pagos_. -Está un poco viejo y se ocupa en cantar al abrigo de las pulperías, -tañendo la guitarra ante un concurso de amigos que escuchan atentos sus -aventuras y trabajos. Allí se le unen sus dos hijos. Y cada uno de los -muchachos, siguiendo el sistema literario antiguo, narra por su parte -las aventuras y desdichas de su vida azarosa. - -El hijo más pequeño cuenta cómo quedó abandonado, cuando Fierro fué -llevado a servir de recluta en la frontera. La pobre madre murió. Y el -muchacho, por una tropelía de la justicia, demasiado frecuente en -aquellos climas inseguros, es acusado de haber dado muerte a un boyero, -y cae en presidio. El triste mancebo se limita a describir la horrible -vida del presidiario. Para un hijo de la naturaleza, hecho a la luz y la -libertad, nada debe de haber, en efecto, tan horroroso como el -encarcelamiento. - - En esa estrecha prisión, - sin poderme conformar, - no cesaba de exclamar: - ¡Qué diera yo por tener - un caballo en que montar - y una pampa en que correr!... - -También le fatiga y le aterra mucho el silencio mortal de la prisión. Es -un silencio que le obsede, que le aturde, que le alucina. - - Allí se amansa el más bravo, - allí se dobla el más fuerte. - El silencio es de tal suerte, - que cuando llegue a venir - hasta se le han de sentir - las pisadas a la muerte... - -El otro hijo de Martín Fierro tiene algunas cosas más entretenidas que -contar. Por lo pronto le recoge a su amparo una tía anciana, cuya amable -tutela le permite vivir sin oficio y en perfecto holgazán. Pero la tía -muere, y el muchacho queda otra vez desvalido. La amable tía le ha -dejado una herencia, consistente en unas tierras y unos rebaños. En esto -interviene el juez, y nuevamente la justicia criolla de aquel tiempo -hace una de las suyas. En resolución, el chico no puede cobrar la -herencia, porque es menor; en cambio le ponen de pupilo bajo la tutoría -de un viejo cínico, ladrón, borracho, que responde al apodo de Vizcacha. - -El viejo Vizcacha vive como un animal inmundo y ladino. Se dedica a -hurtar reses y vender de tapadillo los cueros. Roba todo cuanto se le -alcanza, desde una hebilla a una montura. Bebe sin tasa. Y a cambio de -otros regalos, le da al chico sapientes consejos de la mejor picaresca. - -Debo decir, como paréntesis, que el refranero criollo carece de gran -originalidad; los refranes argentinos y generalmente los americanos, en -realidad son puramente españoles. Aquellos países han inventado pocas -cosas, acaso porque recibieron la civilización, la fe y el lenguaje -españoles en su período de mejor madurez. Fuera de los términos o -expresiones rigurosamente locales, el idioma se mantiene tan original -como cuando llegaron allá los conquistadores. Me refiero, claro es, al -idioma del campo y de las ciudades del interior; por desgracia, los -escritores criollos cultos siembran su lenguaje de tristes galicismos -aprendidos en los volúmenes de 3,50 francos. - -Los mismos criollos castizos, cuando más presumen de estar -argentinizando, no hacen otra cosa que hispanizar. Suelen darse, al -efecto, equivocaciones graciosas; porque ellos piensan que las palabras -y refranes que dicen son de pura cepa criolla, cuando son, al contrario, -españoles. Esta equivocación, acaso, provendrá de la carencia de -continuidad literaria y étnica. Leen los criollos muy escasísima -literatura española; por otra parte, ellos ven llegar a los inmigrantes -del país vasco, de Galicia, de tierra de Cameros, gentes que hablan un -mal castellano, o un castellano incipiente. - -El viejo Vizcacha no es ni más ni menos que un pícaro de Mateo Alemán, -de Hurtado de Mendoza o de Cervantes. Nada dice que no supieran nuestros -clásicos pícaros. - - Jamás llegués a parar - adonde veas perros flacos... - - El diablo sabe por diablo, - pero más sabe por viejo... - - Hacéte amigo del Juez, - no le des de qué quejarse; - y cuando quiera enojarse - vos te debés encoger, - pues siempre es bueno tener - palenque ande ir a rascarse... - -Este redomado pillo que llaman Vizcacha parece un ente redivivo, -arrancado propiamente del Arenal de Sevilla, del Perchel de Málaga, de -las Almadrabas de orilla de la mar. Tiene toda la sorna antigua y -racial, un poco disminuído sin duda por la inyección taciturna y sosa -del indio. Conserva, aunque un tanto mitigado, el don de la gracia -andaluza. Y expresa en sus dichos toda la sutileza filosófica, -castizamente hispana, popular; toda la presteza del _madrugador_; todo -el egoísmo experimentado y concienzudo, entre estoico y cristiano, del -hombre que se lanza a luchar con jueces prevaricadores y pillos -despiertos. - -Véanse algunos de sus consejos: - - No andés cambiando de cueva, - hacé lo que hace el ratón; - conserváte en el rincón - en que empezó tu existencia; - vaca que cambia querencia - se atrasa en la parición. - - Y menudiando los tragos, - aquel viejo como cerro, - --No olvidés, decía, Fierro - que el hombre no debe creer - en lágrimas de mujer - ni en la renguera del perro. - - A naides tengás envidia, - es muy triste el envidiar; - cuando veas a otro ganar - a estorbarlo no te metas. - Cada lechón en su teta; - es el modo de mamar... - - Si buscás vivir tranquilo - dedicáte a solteriar; - mas si te querés casar, - con esta advertencia sea: - que es muy difícil guardar - prendas que otros codicean. - -En lo que atañe a las armas y la defensa personal, el viejo Vizcacha -presta al muchacho unos consejos que parecen arrancados de un código -truhanesco del siglo XVI. - - Y gangoso con la tranca - me solía decir: Potrillo, - recién te apunta el colmillo, - mas te lo dice un toruno: - _no dejés que hombre ninguno - te gane el lao del cuchillo_. - - Las armas son necesarias, - pero naides sabe cuándo; - ansina, si andás pasiando, - y de noche sobre todo, - debés llevarlo de modo - _que al salir, salga cortando..._ - -Después que los dos hijos de Martín Fierro han narrado sus vidas, entra -en la pulpería un buen mozo desconocido, que pide venia a la reunión -para contar a su vez sus aventuras. Se le concede con gusto la licencia, -y el mozo, que resulta ser hijo de aquel sargento Cruz, bizarro defensor -de Martín Fierro y amigo de él en el éxodo entre los indios, relata de -este modo su vida: - -Quedó solo y desamparado, buscó dónde ganarse el pan, y lo mismo que un -Lazarillo de Tormes se lanza a los azares de la pillería. Entra a servir -en una tropa de titiriteros. Luego lo recogen unas tías, que son beatas -y le obligan a rezar innumerables rosarios y novenas. Mientras reza con -sus tías, una mulata de la tertulia devota le inspira un amor fogoso, -desenfrenado; por mirar a su dama, trabuca los nombres de los santos y -estropea las oraciones. Aquello termina mal, necesariamente. Huye de -casa de sus tías y cae en pleno vagabundaje. - - Anduve como pelota - y más pobre que una rata. - Cuando empecé a ganar plata - se armó no sé qué barullo. - Yo dije: a tu tierra, grullo, - aunque sea con una pata. - -La plata que dice ganar es por virtud de sus malas artes picarescas. -Helo ahí convertido en un tahur, en un jugador de ventaja. Se dedica a -desplumar a todo el gauchaje inadvertido y simplista. Parece un -personaje de nuestras novelas clásicas. Le llaman de apodo _Picardía_... -Sus conocimientos en el noble oficio de tahúr no pueden ser más -pintorescos. - - Al monte, las precauciones - no han de olvidarse jamás; - debe afirmarse además - los dedos para el trabajo, - y buscar asiento bajo - que le dé la luz de atrás. - - Un pastel, como un paquete, - sé llevarlo con limpieza; - dende que a salir empiezan - no hay carta que no recuerde; - sé cuál se gana o se pierde - en cuanto cain a la mesa. - - Con un socio que lo entiende - se arman partidas muy buenas; - queda allí la plata ajena, - quedan prendas y botones. - Siempre cain a esas reuniones - zonzos con las manos llenas. - - Deja a veces por la boca - haciendo el que se descuida; - juega el otro hasta la vida - y es seguro que se ensarta, - porque uno muestra una carta - y tiene otra prevenida... - -Pero el libro del _Martín Fierro_ es a su manera una obra moral, y en -sus versos se salva siempre la virtud. Así, en las novelas picarescas, -aunque los pillos hicieran muchos desaguisados, nunca faltaba la -ejemplaridad y la coletilla moralizante. El hijo del sargento Cruz, por -tanto, se arrepiente de esas fechorías y hácese mozo honrado. Y larga -unos versos muy sentenciosos para lección de incautos: - - Y esto digo claramente, - porque he dejao de jugar; - y les puedo asegurar, - como que fuí del oficio, - más cuesta aprender un vicio - que aprender a trabajar... - - - - -CAPÍTULO XI - -CONSIDERACIONES FINALES - - -Repetiré nuevamente, antes de acabar, que el _Martín Fierro_ me parece -el último verdadero poema popular español que se ha escrito en lengua -castellana. No importa la incultura y sencillez de quien supo escribirlo -tan fragante y sincero, tan incorrecto y rudimentario, ni tampoco -importa que se refiera el poema a costumbres y tipos de la Argentina: -una nación colonizadora nunca se ciñe a los límites diplomáticos; tan -romana era Mérida como Capua, tan griega Siracusa como Corinto, y del -mismo modo se ha podido desdoblar España en la Argentina. - -_Martín Fierro_, por tanto, siendo muy argentino y americano, no deja de -ser muy español. Es un libro católico, hidalgo, valiente, generoso, con -un poco de tristeza estoica, y otro poco de socarronería, bañado en -gracia popular; y sobre todo, para ser del todo español, alienta en sus -versos algo como una sorda incompatibilidad con eso que se entiende por -civilización europea, moderna, industrialista, inexorablemente -trepadora. - -Si en el libro de José Hernández se trasluce la influencia de alguna -clase de lectura, pronto atisbamos el recuerdo del _Quijote_. Las -aventuras de Martín Fierro constan, en efecto, de dos partes, trozos o -volúmenes; al final de la primera parte exclama el héroe, parodiando la -frase de la _espetera_ cervantesca: - - ...Ruempo la guitarra - pa no volverme a tentar; - ninguno la ha de tocar, - por siguro tenganló, - pues naides ha de cantar - cuando este gaucho cantó. - -Y volviendo de su aventurero vagabundaje, al ingresar de nuevo entre los -suyos, dice, como pudo decir otrora Don Quijote: - - No faltaban, ya se entiende, - en aquel gauchaje inmenso - muchos que ya conocían - la historia de Martín Fierro... - -Ese gaucho de barba corrida y pelo amelenado, representa en la remota -Pampa el último vástago del árbol español. Conserva de España todo su -heroísmo y todo su renunciamiento transcendental. Por lejos que viva del -corazón de la raza, por mucho que le separen la distancia, el clima, el -tiempo y los prejuicios nacionales, el gaucho contiene, en potencia, -todas las cualidades españolas, buenas y malas. Ríe y llora, canta y -mata como un español. Reza también a la española, tan -supersticiosamente, ingenuamente, como un español. Después que la suerte -de las armas, por ejemplo, le empuja a matar en noble duelo a su -adversario, Martín Fierro recapacita, al trote de su caballo, que no -está bien, ni es de buen cristiano, mezquinarle al enemigo un piadoso -tributo. - - Después supe que al finao - ni siquiera lo velaron, - y retobao en un cuero - sin rezarle lo enterraron. - - Y dicen que dende entonces, - cuando es la noche serena, - suele verse una luz mala - como de alma que anda en pena. - - Yo tengo intención a veces, - para que no pene tanto, - de sacar de allí los güesos - y echarlos al camposanto... - -Hasta la propensión _conceptista_ y _culterana_, tan del gusto español, -halla cabida en este poema. Y al final del libro, efectivamente, vemos -que en la taberna, armados de sendas guitarras, se traban a cantar -Martín Fierro y un negro _payador_, y riñen un duelo de estrofas -improvisadas en que los discreteos, que se cruzan ante el regocijado -auditorio, forman uno de los pasajes más curiosos del poema. Es una -pintoresca, vulgar cosmología que abarca las principales nociones del -conocimiento del pueblo. Por boca de los dos _payadores_, el pueblo -rural de la Pampa emite sus balbuceos acerca de lo divino y de lo -humano, en un estilo de castiza traza, espontáneamente barroco y -culteranista. Entre los muchos conceptos sin valor o excesivamente -vulgares, salta a veces una imagen que nos seduce. Dice el negro, cuando -su adversario le alude la fealdad: - - Bajo la frente más negra - hay pensamiento y hay vida. - La gente escuche tranquila, - no me haga ningún reproche; - también es negra la noche - y tiene estrellas que brillan... - -En suma, el poema de _Martín Fierro_ es una constante lección para la -intelectualidad americana, y principalmente argentina. Los escritores -criollos necesitarán comprender que es muy difícil, y acaso imposible, -llegar a la consecución de la obra genial mientras la moda o la -frivolidad les aleje de las fuentes originales. La obra verdadera no -puede existir sin _carácter_, y por desgracia la actual inclinación -argentina va derecha hacia las formas y los tópicos extraños. - -Por un sentimiento de exagerada pasión cultural, el argentino busca en -París la clave de su arte, y presume que en su país existe poco -aprovechable. Hasta en los momentos en que trata de extraer lo -característico de su raza y de su clima, adopta procedimientos y -fórmulas aprendidos en Francia. El humilde José Hernández procedía de -otro modo, y su pobre bagaje libresco le salvó; él se redujo a -interpretar el sentido criollo y español de cuanto le rodeaba, y esto -solamente le dió el premio. - -Siempre he pensado que ese pequeño poema popular, con todas sus -incorrecciones y con su factura rudimentaria, es una de las pocas obras -geniales que en su corta vida ha producido la literatura ríoplatense. El -genio argentino estuvo demasiado entretenido por sus luchas civiles y -la constitución de su nacionalidad; no le sobró tiempo ni ocio para -preocuparse bastantemente de la pura y amena literatura, y toda su -fuerza la destinó a crear materia política. Los hombres políticos de la -Argentina muestran un carácter y una altura que indudablemente no poseen -sus hombres de letras. A veces asistimos a un triple desdoblamiento de -la personalidad, como en Bartolomé Mitre, coincidente de militar, -político y escritor. Otras veces todavía vemos el caso milagroso de -Sarmiento, cuyo cuádruple desdoblamiento de militar, escritor, político -y pedagogo nos produce estupefacción. - -Entretenidos, pues, por tantas e inaplazables solicitaciones, no debemos -exigir a los talentos argentinos una excesiva corrección. Es lo -incorrecto, más bien, y lo malogrado, la característica del genio -literario argentino. El mismo Sarmiento, con ser el más alto hombre -literario de la Argentina, resulta un gran escritor malogrado, una obra -literaria sin terminar; un _Facundo_ escrito a vuela pluma y un millar -de artículos circunstanciales, periodísticos, como inconclusos. En -Sarmiento estaba acaso el más grande escritor de Hispano-América; la -vida agitada de su país, los múltiples e inminentes deberes que exigía -la suerte de su patria, hicieron malograr el perfecto y definitivo -escritor que se anunciaba. - -Es curioso observar cómo se repite en la Argentina la ley histórica que -ordena a los pueblos un desenvolvimiento ordenado e inflexiblemente -lógico; es así que la mayor parte del siglo XIX, primero de su -existencia independiente, lo ha empleado la Argentina en la dura labor -de crear política, de crear civilidad. Mientras el país trabaja por -consolidarse, las mejores producciones literarias que produce son las de -carácter popular. Los cuentos, las leyendas y las narraciones que salen -del mismo pueblo, tienen en la Argentina un sabor espontáneo, un alma -honda que no alcanzan, seguramente, las prosas y los versos escritos por -los autores ilustrados de la misma época. - -Muchas de esas obras populares no lo son en absoluto, según el rigor de -las clasificaciones académicas. No son anónimas siempre, puesto que se -sabe quién las escribió. Pero el mismo poema de José Hernández parece -que se haya desprendido, bien maduro, de la boca desconocida y cósmica -del pueblo criollo. Nada tan popular, anónimo, colectivo, como esa -historia de Fierro, verdadera expresión gauchesca arrancada del seno -pampeano. - -De tal modo sucede esto, que suele costarnos bastante dificultad el -retener la ficha nominal del autor. El nombre del autor del poema se nos -desvanace como una sombra sin sentido... Vemos el “Martín Fierro” como -una cosa desgajada de la selva popular argentina. Se nos figura que no -es un libro meditado, compuesto ante una mesa por un señor particular -que tenía instrucción, que conocía los clásicos y que fraguaba -composiciones tan endebles y ridículas como “Los dos besos” y “El -carpintero”. Queremos imaginar que fué la muchedumbre entera quien -aportó los versos de ese libro. El mismo nombre, José, y el apellido, -Hernández, ayudan con su vulgaridad, con su popularidad, a que la cifra -nominal de autor se diluya como una sombra en el cuerpo amorfo del -pueblo argentino. - -A pesar de su factura rudimentaria, el _Martín Fierro_ no carece de una -pretensión moralizante, y en sus páginas, en efecto, hay apuntadas -diversas tesis. Están iniciados algunos conflictos locales, puramente -criollos, y la misma simplicidad de estos conflictos confirma el -carácter netamente popular del libro. - -Su autor, José Hernández, no poseía mucho mayor vuelo ideológico que los -pobres paisanos de la Pampa; y así es bueno que sea para el efecto -positivo del poema. - -Las tesis y los conflictos están expuestos con una candorosa -elementalidad y con un simplismo encantador. La xenofobia de “Martín -Fierro” es la misma que siente el _paisano_ ante el _gringo_ codicioso, -ridículo, sedentario, afeminado y tortuoso, que bonitamente, y sin -descanso se va haciendo dueño de las tierras republicanas. El problema -de la justicia rural está expuesto también con el sentimiento de la -plebe gauchesca; para el pobre paisanaje, que pierde demasiado tiempo en -beber, cantar, bailotear y darle gusto al cuchillo, el Juez de la -campaña casi siempre es el personaje arbitrario y venal que pega, -castiga, oprime y hace levas de conscritos. La vida del soldado no tiene -tampoco un sentido noble y culto; el paisano que marcha a la frontera, -arreado con otros pillos o infelices, no alcanza a comprender el -idealismo de las armas nacionales que luchan por la civilización y el -progreso; sólo ve un fortín desmantelado, unos oficiales avarientos, -unos indios que invaden como fieras, unas pagas que no llegan nunca, -hambre, tedio, miseria, y a sus espaldas el especulador de la ciudad, -que prepara sus buenos negocios de tierras. - -“Martín Fierro” es el poema tardío, desde luego impotente, que clama en -favor del gaucho. Pide justicia contra la invasión de las fuerzas -exóticas que invaden e inundan el país; pide justicia para el paisano, -que hiciera otrora la campaña de independencia, que defendió las -instituciones republicanas, que pobló el desierto y que al final es -despreciado, vejado, expulsado de su misma tierra. - -Lo cierto es que en todo el “Martín Fierro” no se escuchan más que -lamentaciones y gritos airados. Se asiste en sus páginas al vagar de los -pobres gauchos, a las tristezas y expoliaciones del paisanaje indefenso. -Todo son desventuras y miserias para el gaucho. Y van los gauchos, -efectivamente, a través del libro como sombras malditas, que recuerdan a -las razas abyectas del Viejo Mundo, gitanos y judíos, siempre sujetos a -ultrajes y persecuciones. Es el final de una lucha a muerte. Es la -expulsión del gaucho, que será suplantado por el colono europeo. Es la -liquidación de la primera fase de la vida nacional argentina. Es el -cambio del carácter nacional y la anulación del criollismo histórico, -verdaderamente americano, por el predominio de la ciudad arrivista, -exótica, que es Buenos Aires... He ahí un conflicto sentimental y bien -profundo, que todavía no ha sido atacado por la crítica argentina, tal -vez porque sea tan delicado y doloroso de tratar desde el lado -criollo. - - - - -CAPÍTULO XII - -UN CONFLICTO DE SENTIMIENTOS - - -Las obras del hombre caen siempre en brazos de la casualidad, y los -libros no se evaden a la ley de una suerte arbitraria e imprevista. Tal -libro nace con pretensiones de inmortalidad, y no obstante se sume -pronto en el olvido; otras obras, en cambio, salen humildes a la luz, -huérfanas de reclamo y de pretensiones, y desde el silencio se remontan -a la fama eterna. Algunos libros, como el _Quijote_ y el _Hamlet_, -nacieron entre las risotadas de los lacayos y de los marineros, y -después el asentimiento nacional los estima como nobles conceptos de la -imaginación humana. - -Este fenómeno se ha repetido con el poema del _Martín Fierro_. Nació -para ser deletreado por gentes rudas; hablaba el lenguaje de la plebe; -iban sus máximas y sus episodios dirigidos a la imaginación del pueblo, -y si las inteligencias cultivadas lo leían, era nada más que a título de -curiosidad. Hasta que un día el gaucho Martín Fierro vuelve de la -vastedad pampeana y logra que se fragüen sobre su asunto complicadas -discusiones en las academias, los liceos y las revistas. - -Se ha formado, en efecto, lo que llamaríamos “partido literario -nacionalista argentino”, y los más vehementes de este partido llegan a -considerar el _Martín Fierro_ como la epopeya de la Pampa, semejante, -por tanto, a la _Chanson de Roland_ y al _Mío Cid_. El docto poeta y -publicista D. Leopoldo Lugones pronunció en Buenos Aires, recientemente, -algunas conferencias a propósito del _Martín Fierro_, y con su verbo -frondoso y acaso desproporcionado sugirió al público argentino la idea -de que se estaba frente a una obra genial, extraordinaria, profunda. Los -exégetas y comentaristas han pronunciado su fervor sobre aquella obra, -antes humilde y populachera, y no hay duda que en el alma argentina se -ha producido un vivo movimiento de interés por un libro que -verdaderamente da el tono y la medida del carácter criollo, antes de -que este fuera amenazado por el aluvión cosmopolita. - -No es nuevo el fenómeno, como ya dijimos. Y al igual que en todos los -casos, esta vez también se repite en la Argentina la misma honda guerra -de sentimientos y de ideas alrededor de la obra renacida. Clásicos y -románticos peleaban un tiempo sobre los dramas de Shakespeare. No se -trataba entonces de una mera controversia retórica, sino que palpitaba -allí la lucha entre dos mundos mentales, entre dos fuerzas ideológicas y -entre dos maneras de sentimientos. Dos civilizaciones, con todo su -bagaje político, sociológico y sentimental, disputaban enconadamente -sobre el tema en apariencia ridículo de las tres dimensiones teatrales o -de la forma lírica. - -Apresurémonos a decir que el _Martín Fierro_ no ha promovido solamente -una guerra literaria. Siendo muy interesante la discusión de carácter -retórico, que dura aún y que promete prolongarse mucho, es más -importante la parte social, sentimental y política que hay en el asunto. -Por de pronto, débese anotar la rehabilitación romántica del gaucho, -personaje de ayer mismo y ya casi mitológico, a quien el consenso -público declaró nefasto y perjudicial para el progreso de la patria, y -que últimamente pasa a convertirse en una figura ideal, hermana de las -otras figuras que vagan por los versos de Homero. - -El problema sentimental de la Argentina es único, y tal vez más grave -que el de otros pueblos. Existe, es verdad, el conflicto íntimo de -Francia, que por naturaleza se ofrece como un pueblo monárquico, con una -historia realenga empapada de glorias y triunfos, y que, sin embargo, la -necesidad del momento, acaso la misma propensión lógica de la raza, -obliga a ese noble país a aceptar el régimen democrático y radical. El -sentimiento más íntimo le tira a Francia hacia la continuación -monárquica, cuyo tipo glorioso puede residir en Francisco I, en Enrique -IV o en Luis XIV; mientras tanto, la razón le empuja por el camino -radicalmente democrático. - -El conflicto argentino es más íntimo todavía, y también más -irreconciliable. Aquí se trata de una oposición entre el ser tradicional -y el ser futuro. Por una parte está la raza que hizo la nacionalidad y -la independencia; por otro lado se levanta la gran responsabilidad del -porvenir y el compromiso de formar un pueblo grande, activo y emulador. -La raza original supo levantarse prodigiosamente, darse una -constitución, guerrear por grandes ideales. Ella trazó las líneas de las -primeras poblaciones, de los primeros caminos y canales, de las leyendas -y tradiciones, de las costumbres y creencias, de los balbuceos -literarios, que forman el cuerpo de la nacionalidad. Supo levantar un -modesto edificio, pero substancial y completo, sobre las bases de la -aportación colonial y con la experiencia de la propia naturaleza. No -faltaba ni la disciplina de la religión, ni el rigor universitario, ni -el cuerpo de leyes municipales que ofrecían una perfección relativa de -civismo. - -Pero todos estos elementos parecían precarios si se quería empujar al -país a enormes saltos y a alturas increíbles. - -Llegó la ráfaga ambiciosa, el vértigo de las grandezas. Con los antiguos -elementos se tendría una nacionalidad, un carácter, una fisonomía -enérgica, pero había el peligro del estancamiento. Era necesario -sacrificar una gran parte del tesoro heredado, en aras de aquel -magnífico porvenir. - -Con una inflexible dureza, raro ejemplo en la historia de las -nacionalidades, las personas directivas han insistido en recomendar el -cambio del carácter y de los más esenciales componentes de la raza. -Frente al hombre de la llanura, encastillado en su altanera -independencia, sobrio, indolente y despreciador hidalgo del ahorro, se -ensalzaban las virtudes del colonizador europeo, asiduo, codicioso, -hábil en el uso de los oficios y de la agricultura. “Gobernar es -poblar”, se dijo en diferente tono y en numerosas ocasiones. Y el -poblar, en este caso, equivalía a substituir al hombre nacional de la -llanura, reacio y altanero, por el hombre europeo, tan flexible y -acumulador. - -En el afán impaciente de renovación, los primeros cerebros del país no -desdeñaban el ultraje o la injuria. El vehemente Sarmiento, después de -pintar al gaucho en aquel célebre y no igualado capítulo de _Facundo_, -pasa a condenarlo en mil formas, con mil razones y dicterios, en nombre -de la civilización. La barbarie, para aquella mente obsesa, está en el -campesino pampeano o andino, que vive sobre una tierra fértil y no -quiere labrarla; que vaga a la orilla de un río como el Paraná y en -lugar de utilizarlo como sendero comercial y llenarlo de naves, prefiere -vadearlo rudimentariamente, asido a la cola del caballo nadador. - -Sarmiento contempla sus lagunas provinciales de Huanacache, y las ve -estériles, inútiles, como cuando el indio precolombiano pescaba en sus -aguas. Contempla las ciudades provincianas, llenas de indolencia y -fanatismo; recorre el caudal de costumbres coloniales, saturadas de -herencias españolas, católicas, heráldicas; y proclama con ardor la -guerra al tradicionalismo, al indianismo, al hispanismo. Amonesta a sus -paisanos los hábitos gauchescos. Y exclama en sus _Recuerdos de -provincia_ con inflamado acento: - -“¡Los blancos se vuelven indios huarpes, y es ya grande título para la -consideración pública saber tirar las bolas, llevar chiripá o rastrear -una mula!...” - -Hoy no podría decir lo mismo. Ya no se tiran las bolas apenas, ni lleva -nadie chiripá. Por los caminos del campo van los colonos en tilburí. El -gaucho ha pasado a la historia o se refugia en el último baluarte de -ciertas provincias, aguardando allí la hora del desalojo. Y ahora que el -gaucho no existe, ¿no le veis alzarse en lo recóndito de las -imaginaciones, con la apostura ideal que prestan el recuerdo y la poesía -a las figuras fenecidas? - -Está volviendo _Martín Fierro_, del fondo de su pampa grave, al paso del -peludo corcel amigo. Si antes disputaba en las pulperías o _payaba_ -rudas canciones junto al fogón invernizo, hoy se codea con los héroes -helenos, con los caballeros de Rolando y con los infanzones del de -Vivar, mío Cid Campeador... - -Su vuelta ha levantado choque de pendencia. Ya no es, como antes, la -justicia aldeana quien acude a acosarlo, con golpe de soldados y jueces -rurales; son los malcontentos de la tradición, los razonadores y los -progresistas, quienes se levantan airados contra él, invitándole a -volver a su obscuro sepulcro de la llanura. Pero a la vez le reciben -otros muchos con ardientes salutaciones. Miran en él a un personaje -remoto, fundido en las lejanías de la Historia, con lo esencial de la -raza. Acaso no se atreva nadie todavía a proclamarlo como ejemplar -auténtico y necesario del desdoblamiento nacional; los montones de trigo -y la multiplicidad de los Bancos obligan a contener los impulsos del -sentimiento. Bello como la cosa más íntima, sigue apareciendo como -funesto al progreso, a la “valorización”... - -Y ahí está el gran conflicto, que ahora puede decirse que empieza en su -forma ostensible; conflicto que irá agrandándose más, a medida que el -país se vaya transformando. Y los conflictos sentimentales suelen ser -los más inquietadores, por lo mismo que son irresolubles. ¡Un país que -ha tenido que retorcer el pescuezo al antecesor, en una manera de -suicidio fenomenal, y que, sin embargo, no puede ahogar igualmente a los -ancestrales y escurridizos sentimientos! - - - - -CAPÍTULO XIII - -MARTÍN FIERRO Y SARMIENTO - - -Ha sido Domingo F. Sarmiento una de las personalidades más vigorosas de -la Argentina, y el ruido de sus hazañas políticas y literarias llenó -medio siglo. Pero Sarmiento, que era tan español por la raza y el -carácter, no le concedió a España muchas frases cariñosas. Al contrario, -el fondo de su predicación puede resumirse de este modo: El argentino -debe extirpar de su seno todo lo que tiene de español, por incompatible -con el progreso; la Argentina debe poblarse de europeos agricultores o -comerciantes, expulsando a los indígenas retardatarios y perezosos; -Buenos Aires, o sea la ciudad, necesita invadir y dominar el campo, -someter las provincias originales y transformarlas... Todo esto, -expuesto en diferentes páginas de sus libros, ya se comprende que es la -teoría de un hombre de la época romántica, lleno de ideas -enciclopedistas y progresistas, atestado de lecturas oratorias, con el -idealismo retórico de la primera parte del siglo XIX. Además, se nota en -Sarmiento al americano recién manumitido, que conserva aún el odio al -amo colonial. - -En el poema _Martín Fierro_, por el contrario, está expresado a mi -parecer el sentimiento de nostalgia por la vida criolla antigua, pero en -una forma espontánea y sincera como nunca se atreverían a exponer los -publicistas cultos. Así, en cierto modo, “Martín Fierro” viene a ser una -réplica de Sarmiento, una contradicción sentimental de la pedagógica y -libresca teoría de Sarmiento. - -El hombre modesto y obscuro que era José Hernández, no trató de velar -sus ideas y sus instintos, ni tuvo en cuenta las altas conveniencias -políticas y económicas que obligan a los criollos de Buenos Aires al uso -del eufemismo. - -José Hernández, a la manera de un _gaucho_ del interior, consideraba que -la corriente civilizadora e inmigratoria iba arrasando lo substancial y -característico de la Argentina, y se rebela contra ello, con la misma -franqueza que podría usar un hombre del pueblo anónimo. Y en su mente se -dibujaba ya el conflicto trágico y sentimental que alguna vez debería -preocupar a todos los argentinos ilustrados y sensibles. - -Yo recordaré siempre la pintoresca y graciosa definición que me hiciera -un argentino entrerriano, a propósito de la teoría del progreso -desenfrenado y vertiginoso. “A nosotros nos ha sucedido, decía, como al -caballo que marcha tranquilo por un sendero, que no tiene prisa para -llegar y que lleva un paso seguro y cómodo; de repente cruza en la misma -dirección un _pingo_ desbocado, frenético, galopante, y nuestro buen -caballo, dejándose arrastrar por el ejemplo y la emulación, aprieta a -galopar también... ¡y de veras nos han fastidiado, porque nosotros no -precisábamos correr tanto ni sentíamos ninguna imperiosa necesidad de ir -tan aprisa!” - -Este disgusto por la carrera vertiginosa se halla expresado en el -“Martín Fierro” constantemente, y se apunta de continuo la idea máxima -de que no vale el resultado lo mucho que cuesta. Porque un país que -quiere variar fundamentalmente y busca el fin sin reparar los medios, -necesita entregar mucha parte de sus bienes más caros, los que -corresponden a la personalidad, a la tradición, a la raza. - -“Gobernar es poblar”, se ha repetido en la Argentina de distintos modos; -y han ingresado, en efecto, verdaderas avalanchas extranjeras. Por su -parte, Sarmiento proclamaba su famoso dilema entre la silla de montar -inglesa y el “recado” criollo; Sarmiento ha ganado la partida, y el país -le dió la razón, optando por la silla inglesa que lleva en sí, con su -triunfo, la adopción plena y apresurada de todas las normas y los -caracteres extranjeros. En el dilema de Sarmiento se incluía la parte -étnica, la población humana que había de ocupar el país; Sarmiento -entendía que el paisano aborigen, preñado de defectos y caracteres -españoles, era nefasto y correspondía al “recado” criollo; el -criollismo, signo de barbarie, debía ceder el puesto a la civilización y -al _gringo_... Efectivamente, el gaucho ha ido cediendo el puesto a los -colonos extranjeros, que ocupan las mejores porciones del país y se -instalan en los órganos dirigentes o matrices de Buenos Aires. - -Todo lleno de nostalgia criolla y de un nacionalismo íntimamente -xenófobo, José Hernández prorrumpe, por boca de su héroe Martín Fierro: - - ¡Ah tiempos... si era un orgullo - ver jinetiar un paisano - cuando era gaucho baquiano; - aunque el potro se voliase, - no había uno que no parase - con el cabestro en la mano. - - Y mientras domaban unos, - otros al campo salían, - y la hacienda recogían, - las manadas repuntaban, - y ansí sin sentir pasaban - entretenidos el día. - - Y verlos al cair la tarde - en la cocina reunidos, - con el juego bien prendido - y mil cosas que contar, - platicar muy divertidos - hasta después de cenar. - - Y con el buche bien lleno - era cosa superior, - irse en brazos del amor - a dormir como la gente, - pa empezar al día siguiente - la faena del día anterior... - -He aquí una exposición, toscamente referida, de esa edad de oro o vivir -idílico que los pueblos construyen con sus materiales legendarios. He -aquí también una refutación apasionada de las teorías de Sarmiento. El -fogoso Sarmiento condenaba el recado criollo, la superstición española y -la barbarie del gaucho; sus contemporáneos y sus descendientes le dieron -la razón. Pero la queja de Fierro, la protesta criolla del gaucho que se -siente suplantado y vencido, ha de sonar hoy, y mejor mañana, en la -conciencia argentina como un grito de justa reivindicación. - - ¡Recuerdo! ¡Qué maravilla! - ¡Cómo andaba la gauchada, - siempre alegre y bien montada - y dispuesta pa el trabajo! - Pero al presente... ¡barajo, - no se la ve de aporriada! - - El gaucho más infeliz - tenía tropilla de un pelo, - no le faltaba un consuelo, - y andaba la gente lista... - Tendiendo al campo la vista - sólo vía hacienda y cielo. - -Por mucho que nosotros, hombres de harta cultura, tengamos bastante -sospecha de la veracidad de esta edad de oro que los pueblos imaginan en -una época anterior, no podemos dudar completamente de que Martín Fierro -decía la verdad. - -Es imposible negar que el galopante gaucho - - Tendiendo al campo la vista - sólo vía hacienda y cielo... - -Un cielo libre, que era el suyo, y que le servía de tácito confidente en -sus amores y en sus cantos. - - Cuando llegaban las hierras - ¡cosa que daba calor! - tanto gaucho pialador - y tironiador sin hiel. - ¡Ah tiempos!... pero si en él - se ha visto tanto primor! - - Aquello no era trabajo, - más bien era una junción, - y después de güen tirón, - en que uno se daba maña, - pa darle un trago de caña - solía llamarle el patrón... - -He ahí ahora, como se ve, pintada la edad patriarcal, la edad familiar, -la época en que, al modo de las relaciones bíblicas, el trabajo no es -una pena, sino una _junción_; en que el amo y el sirviente no son dos -enemigos, sino dos fuerzas compenetradas, amigas, solidarias, que se -ayudan y se quieren. La teoría de Sarmiento tenía prisa por romper esta -unión amigable; aspiraba al industrialismo europeo, a la civilización -arrivista y sin alma, a la desunión del amo y del criado. La silla -inglesa aportaría rieles, rascacielos, quintas canalizadas... Pero ya no -llamaría el patrón al gaucho afanoso, y le alargaría, sonriendo -paternalmente, el frasco de caña. - -Se ha extraído del _Martín Fierro_, por los publicistas argentinos, -principalmente la parte que contiene de protesta social. Pero el -_socialismo_ del gaucho, en el libro de _Martín Fierro_, no tiene -verdadero valor de lucha de clases, ni de protesta contra una abusiva -repartición de tierras y poderes. Lo que realmente alienta en este -libro, es un problema político, étnico, nacional. Es la protesta del -tradicionalismo frente a la civilización arrivista; es la enemistad -entre el _gaucho_ y el _gringo_; es la rivalidad entre la urbe ribereña, -fastuosa, absorbente--Buenos Aires,--y el país histórico; es el -conflicto que enunciara Sarmiento en su “Civilización y Barbarie”. - -El gaucho habla por conducto de Martín Fierro, el cual recuerda la vida -dorada de abundancia patriarcal. La vida dorada desaparece, y los -gauchos son arreados hacia la _frontera_, donde se dará a los indios la -última embestida. Cuando los indios desaparezcan también, el país se -llenará de especuladores, de extranjeros, de codicias desenfrenadas. La -ciudad, Buenos Aires, se hará inmensa como un coloso, como un monstruo. -Y al decretar el censo de la República, resultará que el país alberga -millones de extranjeros, en una cifra total de ocho millones de -habitantes. Habrá pueblos argentinos en donde no se habla el castellano -usualmente; habrá argentinos hijos de extranjeros, que hablan un -castellano pestilente, corrompido, una jerga impura y presidiaria; habrá -pueblos en que la sangre argentina está en una proporción -insignificante... - -Esto significa, seguramente, el triunfo de la doctrina de Sarmiento. -Pero es una victoria semejante a la de Pirro; el ejército argentino se -ha deshecho. Tradiciones, modalidades, características, fuerza racial, -energía del tono primitivo, todo queda deshecho o expulsado ante el -imperio triunfador de Buenos Aires, por cuyo puerto viene continuamente -la avalancha. - -El gran propagandista combatió el ruralismo gauchesco, el -tradicionalismo español, la superstición española, todo lo que hay de -español, y por tanto funesto, en el ser argentino. Después de algunos -lustros, la sociedad argentina se ha enriquecido con preciosos valores -económicos, agrícolas y políticos. El ideal de Sarmiento camina -triunfante. Pero a cambio de la riqueza material y política, ¿el país no -ha debido sacrificar su substancia tradicional, espiritual y étnica?... - -El odio de Sarmiento a España es un monstruo que se vuelve contra sí -mismo, y en realidad es la patria argentina la que sufre la mordedura. -Combatir lo español en la Argentina, sobre todo a principios del siglo -XX, es combatir el propio criollismo. Sarmiento condena y repudia las -costumbres, los usos, las ideas, los resabios, hasta la gente gauchesca; -¿qué le queda para estimar? El suelo, la tierra... Es muy poco, -seguramente. Y es mucho más poco si consideramos aquel suelo pampeano, -liso e inexpresivo, monótona tierra de mieses y pastos, que sin la ayuda -de la gente gauchesca y de la poesía tradicional pierde todo lo que -avalora y explica una patria: el alma. - -No; España no tenía la culpa de los defectos que Sarmiento analiza y -combate en sus apasionadas obras. Tan pronto como el grande hombre -argentino llega a la madurez mental, mira el espectáculo de su patria y -la ve sometida a la guerra civil, a la tiranía y a la barbarie. Pero no -quiere comprender que sobre la Argentina, como sobre toda la América, ha -pasado la revolución y está triunfante la independencia. De todo lo que -examina Sarmiento es culpable la misma independencia, puesto que ésta ha -destruído en seis u ocho lustros cuanto pudo construir España en tres -siglos. - -Los virreynatos españoles habían absorbido las esencias de la -civilización europea, que en este caso era civilización española; y -España no envió a América las sobras y lo secundario, sino que muchas -veces había en Perú y Méjico mayor vigor que en la misma Península, como -ocurrió en la época de los últimos Austrias. En el siglo XVI dió España -a las Indias su fervor evangélico y su espíritu valeroso, heroico, -expansivo; en el siglo XVII envió España a América el sentido -complementario de la organización política, municipal, eclesiástica y -universitaria; el siglo XVIII vió aparecer en los virreynatos las -compañías económicas y una sociabilidad culta, muy del tiempo, que -llamaríamos de casaca y peluca. - -Esta sociabilidad de casaca y peluquín era la que imperaba en los -virreynatos cuando los desafueros de Napoleón a lo largo de la -Península inspiraron a los criollos la idea de emanciparse. Sería -estúpido alegar que la América de entonces, la América de los virreyes -cultos y humanos, la América de casaca y peluquín, de las academias y la -buena sociabilidad, era una América torva, hormiguero de gauchos -cerriles y gentes bárbaras. - -De esa América de los virreynatos desciende la civilización criolla, y -de ella provienen las costumbres, el carácter, lo peculiar y _nacional_ -del criollismo. Esa sociabilidad hispano-criolla hizo posible que en el -fondo de los Andes, en el remoto interior continental, naciera y se -agrandara la ciudad de San Juan, patria nativa de Sarmiento. Y -Sarmiento, que nació en la época del virreynato, o sólo un año después -de la revolución, no vino al mundo de unos padres soeces, bárbaros y -rústicos; su familia era prócer, honrada, hidalga, y en ella aprendió -los principios de una alta sociabilidad española. - -Pues si España, a través del Atlántico, era capaz de crear una extensa e -intensa civilización; si España dió el ser íntimo y fundamental a -hombres como Sarmiento, y si Sarmiento no se explica sin España, ¿cómo -es posible que se disculpen las arbitrariedades pseudocríticas de aquel -voluntario antiespañolista? - -La independencia rompió todos los frenos, desbarató la red de -disciplinas que cubría a América y destruyó lo que había, de -continuidad, de densidad, de correlación, de armonía y de gobierno en -los virreynatos; la familia, la autoridad, la trabazón civilizada, todo -vino a tierra. No fué el desbande de las ignorancias oprimidas lo que -realizó la independencia; fué la supresión de la armonía civilizada, que -trajo por consecuencia la barbarie. Este fenómeno lo conocen los -labriegos en las tierras que se dejan de labrar y caen en poder de los -matorrales. Fué injusto y cruel Sarmiento cuando, ante el cuadro que -presentaba la Argentina en sus primeros años de independencia, se -revolvía contra España. Aquella barbarie que él lamentaba no era -española; era criolla nada más. La civilización española se había -derrumbado, y lo que veía Sarmiento eran las ruinas y los matorrales del -barbecho. - -En vez de condenar absolutamente la barbarie, y sobre todo la tradición -hispano-criolla, ¿por qué no se dedicó su talento a recuperar, a -recomponer, a rehabilitar el viejo campo de la civilización española, -adaptándola a los nuevos tiempos y a las nuevas normas políticas? Esto -le hubiera diputado como hombre verdaderamente genial. Pero Sarmiento -estaba corrompido por la admiración rastacuera hacia el extranjero. Y en -lugar de levantarse como el gran _reformador americano_ (el reformador -que todavía aguarda América), se detuvo en la categoría de un vulgar -político transeunte, de cualquier político del momento y vista corta que -en frente de una tierra ancha sólo se le ocurre trazar parcelas y darlas -a labrar al que desee. Está bien; esto es lógico y práctico. Pero hay -algún otro margen para la genialidad. - - * * * * * - -Mientras la Argentina avanza en su camino de riqueza, la mente -observadora, sin embargo asiste a una tragedia íntima, la de un pueblo -que estaba lleno de vigor y carácter, y que rápidamente se transforma en -una cosa diferente, amorfa, un poco caótica dentro de su opulencia -nacional. - -Caótica, porque al destruir sin piedad los cimientos de la tradición, -no se han cuidado de conservar prudentemente los elementos substanciales -de la raza. Han abierto demasiada franca la puerta a las aportaciones -externas, y lo substancial propio se ve inundado, desorientado o -invalidado. - -En un país de nutrida población indígena, la inmigración puede admitirse -sin reparo; los Estados Unidos tenían ya una base populosa bastante -capaz cuando llegó la ola europea. La Argentina tenía una población -insignificante, y el extranjero la ha invadido. Por eso puede dudarse de -que el sistema antitradicional de Sarmiento fuese completamente sabio y -oportuno. - -Y es que la convulsión de la guerra de independencia dejó en América -muchos odios, rencores, suspicacias. Todo el siglo XIX ha durado el -período del antiespañolismo. Suele sorprendernos, viviendo en la -Argentina, que la Historia nacional la componen los argentinos en una -forma un poco caprichosa, desde luego original; dividen su Historia en -dos épocas: la Moderna y la Antigua. La Historia Antigua, comprende el -período colonial, o sea el tiempo de la dominación española. Más bien -puede llamársele prehistoria a ese período. Los argentinos lo tratan -someramente, vagamente, como si lo ignoraran; en realidad no quieren -recordarlo, o quieren extirparlo... - -Pero alguna vez los verdaderos argentinos sentirán el pánico de la -descomposición tradicional. Hartos de hablar en francés, desearán por -fin hablar en español. Querrán ser argentinos, para no caer en la -desgracia de ser una cosa híbrida e indeterminada. Entonces, ladeando a -Sarmiento, buscarán las fuentes primitivas, y en lugar del _chacarero_ -internacional ponderarán el gaucho, y más lejos todavía hallarán que el -verdadero fundamento de la nacionalidad argentina se halla en los tres -siglos de la colonización española a todo lo largo de América. - - - - -APÉNDICES - - - - -EXPLICACIÓN DE ALGUNOS CRIOLLISMOS CONTENIDOS EN ESTA OBRA - - -1. _Chiripá._ Especie de zaragüelles, que los gauchos vestían en lugar -de pantalones. Era una gran pieza de paño, que se ajustaba a la cintura -dejando holgadas las piernas y permitía montar desenvueltamente a -caballo. Bajo la envoltura del chiripá se usaban amplios y vistosos -calzoncillos, cuyos flecos bordados pendían sobre el tobillo. - -2. _Carnear._ Acción de sacrificar una res y cortarla para ser comida. - -3. _Compadre_, _compadrito_. Equivale a valentón, guapo, jaque. Se ha -formado el verbo _compadrear_, que por extensión se aplica a todo acto -jactancioso. El _compadre_ deriva cada vez más en la forma del -_compadrito_, especie de chulo, de apache y de _soutener_. - -4. _Pago._ Voz que en España tiene limitado uso y que en la Argentina se -emplea corrientemente. Significa la patria local, el burgo o el terreno -de donde se es originario y en donde están la familia, la casa, los -bienes y las afecciones. - -5. _Décian._ Los criollos acentúan a veces de manera que al español -resulta extraña; pasan rápidamente sobre las dobles vocales. Sin que -puedan precisarse estas modalidades fonéticas provinciales, -aproximadamente pronuncian los criollos de esta manera: páis, décian. -Por lo tanto, los versos populares de este poema ofrecerán más de una -vez al lector culto español la impresión de estar mal medidos. Los -escritores castellanos clásicos usaban también esta forma de -acentuación. - -6. _Cimarrón._ Uno de los varios nombres cariñosos que se da a la -calabaza que contiene la infusión de la hierba mate. El mate es una -especie de te americano; se bebe como estimulante, y en dosis regulares -resulta beneficioso y agradable; pero tomado con exceso, degenera en -vicio y puede ocasionar desarreglos nerviosos. Se bebe por medio de una -espátula de plata, aspirando. - -7. _China._ La mujer del pueblo en el Río de la Plata. Se entiende por -_china_ a la criolla auténtica, castiza, casi siempre mestizada. No es -vocablo despectivo; más bien es cariñoso. - -8. _Apiarse._ Apearse. En toda América se usa mucho esta palabra, por -bajarse, saltar, descender. Se ha usado también mucho en España. - -9. _Pingo._ Uno de los numerosos nombres del caballo en el Plata. - -10. _Daga._ Se llama con más frecuencia _facón_. Es un cuchillo largo, -estrecho, de punta y filo. No lleva más guarda que una cruz en la -empuñadura. Es el arma, el compañero y hasta la herramienta doméstica -del campesino. Sirve para carnear, como tenedor y como insuperable -defensa. Todo buen criollo aprende una consumada esgrima de cuchillo, -realmente prodigiosa. Las armas de fuego, el revólver barato y el -inmigrante, han reducido mucho el uso del clásico _facón_. Pero en el -campo, si no en la pura forma antigua, sigue llevando la gente un -cuchillo, más corto que el clásico, sin duda un puñal, que sirve para -cien menesteres, y sobre todo para comer la carne asada. - -11. _Fortín._ Hasta el último tercio del siglo XIX ocupaban los indios -salvajes la parte meridional de la República Argentina. Llegaban sus -aduares al mismo límite de la provincia de Buenos Aires. Para tener a -raya a estos indios se estableció una línea de puestos militares o -fortines. - -12. _Tres Marías._ Forma pintoresca de referirse a las _boleadoras_, -arma arrojadiza de los indios y los gauchos que consiste en tres pelotas -de piedra dura unidas por cordeles cortos. Antes de lanzar esta arma, se -revolea en alto, y así lanzada con fuerza y habilidad, cae sobre las -patas de una res, maniatándola, o se enrolla al cuerpo de un hombre, -derribándolo, o le destroza la cabeza. - -13. _Pucha._ Interjección muy corriente, que sustituye a otra, también -corrientísima en Sur América e impronunciable en estas páginas. - -14. _Pulpería._ Nombre que en diversas naciones de América se da al -establecimiento mixto de taberna y tienda de comestibles. - -15. _Toldos._ Campamento o aduar de los indios salvajes. - -16. _Turtubiando._ Quiere decir titubeando. - -17. _Cancha._ Voz geográfica, del idioma quechúa, muy extendida a lo -largo de los Andes. Significa un espacio de territorio abierto y -despejado. Por extensión se da el nombre de cancha al lugar donde se -lucha, juega o rivaliza. En el juego de pelota ha quedado vigente este -criollismo, que equivale a pista, ruedo, arena. - -18. _Entiendanló._ Esta manera de acentuar es frecuente entre el vulgo -argentino. - -19. _Gringo._ En general se llama con este mote despectivo a todo -extranjero; pero se aplica particularmente y con más fijeza al italiano. - -20. _Carniar._ Otro defecto de pronunciación criolla consiste en decir -carniar, peliar, apiarse, etc. - -21. _Voltiadas._ Se usa mucho voltear, en el sentido de derribar. - -22. _Rancho._ Cabaña, habitación somera en la campiña. - -23. _Pampero._ Viento seco y frío. - -24. _Yuyos._ Hierbas inútiles de las praderas. - -25. _Paisano._ Campesino. - -26. _Estancia._ Finca de ganado. - -27. _Ombú._ Arbol grande, de copa espaciosa, característico de la región -platense. No forma nunca bosque y sirve con frecuencia para cobijar a su -sombra el rancho o cabaña del campesino. - -28. _Entrevero._ Se usa mucho en América para expresar el encuentro y -confusión de una lucha marcial. - -29. _Facón con S._ Se refiere a la cruz de la empuñadura, que tiene la -forma de un garabato parecido a una S. - -30. _Chajá._ Ave de Sur América. - -31. _Parar._ Los criollos dicen parado en sustitución de derecho, -erguido, en pie, etc. - -32. _Flete._ Otra manera popular de nombrar al caballo. - -33. _Mataco._ Mamífero que, como el erizo, se enrosca y rueda a modo de -bola cuando alguien lo acomete. - -34. _Vos._ En el lenguaje corriente de los criollos, el tratamiento de -_tú_ queda substituído por el de _vos_. Este pronombre de estirpe tan -ilustre lo usan en buena parte de la América meridional en una forma -pintoresca, por lo arbitraria y confusa. - -Es cierto que antiguamente, según se infiere de los diálogos realistas -de nuestros clásicos, en España tenía el lenguaje vulgar los mismos -errores en cuanto a la confusión o mezcla del tratamiento familiar y el -respetuoso. Ahora mismo comete el vulgo de Andalucía graciosas -confusiones con el uso del _tu_ y del _ustedes_. En la Argentina emplean -estos trabucados pronombres hasta las gentes de posición elevada, en su -vida familiar; el tuteo normal y correcto sólo se usa en la enseñanza -escolar y en la literatura. - -35. _Angurria._ Ansia, voracidad, avaricia. - -36. _Chapetón._ Torpe, bisoño. - -37. _Yunta._ Esta palabra ganadera suele usarse frecuentemente. Par. -Pareja. - -38. _Malón._ Turba de indios armados que irrumpen en los pueblos para -matar y robar. - -39. _Obraje._ Nombre de las grandes explotaciones de madera en los -bosques del Chaco, del Paraguay y de las Misiones. - -40. _Peludo._ Mamífero de la Argentina. - -41. _Tranca._ Borrachera. - - - - -ESTOICISMO CRIOLLO - - -Cuando terribles inundaciones asolaron una buena parte de los suburbios -de Buenos Aires, un fenómeno inusitado atrajo mi atención: el escaso -clamoreo y la brevedad de las lamentaciones. Hubo allí innumerables -horrores; destrucción de casas, barriadas hundidas, familias sin hogar, -heridos y muertos. Con la mitad de tanta desolación, en muchos países -hubieran tenido tema para largas declamaciones sentimentales. Allí el -suceso produjo repentina emoción, se acudió con los remedios más a mano, -y todo pasó en seguida al olvido. - -Deberé insistir en la característica fatalista y estoica del criollismo. -En el curso del texto hemos observado cómo la queja forma el _leit -motiv_ del “Martín Fierro”, y cómo esa queja tiene un carácter tan -resignado y tal dejo de fatalismo. A fuerza de ser estoica, la queja -criolla pierde su aguda irritabilidad y pasa a convertirse en una -manera de conformismo cuya raíz, sin duda, habrá que buscarla en la -naturaleza india. - -Con el vaivén de las inmigraciones y la lucha por la riqueza, el -estoicismo indígena ha encontrado un refuerzo, y en las ciudades -tumultuosas del litoral, como Buenos Aires, el lamento no encuentra -ambiente favorable. - -Esta especie de atonía quejumbrosa se advierte en los periódicos, que -nunca insertan informaciones deprimentes; se observa en los gobernantes, -que alardean de una tónica confianza; en fin, cada ciudadano argentino -se convierte en un propagandista del optimismo nacional. El acento -fatigado y lastimero está mal visto allí, y la gente suele desconfiar y -apartarse de quien se muestra decaído, sin aliento ni ilusión. En el -campo y en las poblaciones del interior queda siempre un eco de la -poesía y la música indígenas, melancólicas y extrañas. - -Tan fuerte es esta característica, que hiere desde el primer momento la -curiosidad del extranjero, y aun aquel que por su condición de humildad -intelectual se encuentra imposibilitado de explicarse los fenómenos -morales, siente y percibe con fuerza ese caso psicológico argentino. Y -quién sabe, al fin, si esa misma atonía quejumbrosa es uno de los -atractivos más fuertes que tiene el país, para llamar y retener a los -desvalidos del mundo, a aquellos que vienen precisamente de las regiones -más tristes y quejumbrosas, a los cansados de oir el gemido de la -multitud hambrienta, o sucia, o tiranizada. - -El fenómeno en cuestión puede producir diversas interpretaciones falsas. -A la mirada del europeo inteligente, un país que carezca de la fibra -sentimental, del don de la queja, acaso aparecerá como incompleto, como -demasiado simple y rudo. Otros deducirán una ausencia de emoción para el -sufrimiento, quién sabe si una dureza de alma. Los más benévolos lo -achacarán todo a la exclusión de la miseria y de la tragedia en la vida -argentina. Todos sabemos, sin embargo, que el país no es insensible, ni -absolutamente simple y rudo. En cuanto a la parte trágica, sabemos todos -también cuán penosa se muestra la carrera de muchos hombres, y en los -suburbios de Buenos Aires, en el corazón mismo de la soberbia ciudad, -late un elemento de continua y sangradora tragedia. - -Hay, es verdad, mucho de inconsciencia en el vivir argentino. Pero la -causa principal de la falta de queja y de tristeza que se advierte en -el país, está ahí, en esa renovación diaria de las muchedumbres -intercontinentales. La tristeza es un mal que ataca a los pueblos -inmóviles o viejos. La tristeza es como el musgo: necesita del silencio -y de la quietud. Al individuo pasivo y perezoso, lo que primeramente le -acomete es la conciencia de su fragilidad y la correlación de esa -conciencia es el disgusto, la melancolía, la tristeza. Todo lo que está -quieto, es triste. Un paisaje inmóvil nos induce a la melancolía, desde -los árboles que aparentan meditar, hasta el sonsoneo agorero y -supersticioso del aire y de las aguas; mientras que si la tempestad -agita el paisaje, entonces salta la impresión airada y dramática, que -nada tiene que ver con la tristeza. Y no trato aquí de discernir qué -emoción sea la mejor y la más pura: en cuestiones de emoción, cada uno -tenemos nuestra conformación espiritual determinada, que nos hace gustar -fatalmente una, sin que esto arguya excelencia. Que a mí me solite mejor -un paisaje profundo y quieto, no quiere decir que niegue a los demás el -derecho a los encantos de la naturaleza vibrante y apasionada. - -En tanto que la marea intercontinental inunde al país, en un flujo y -reflujo acelerado, la Argentina no sentirá deseos de quejarse ni -entristecerse. Su actividad y su renovación no le dan tiempo al -reconcentramiento sentimental. La actividad nunca es triste. Algunos -aseguran que tampoco es filosófica. Otros se aventuran a decir que no -puede ser poética. Pero todo esto nace de los infinitos prejuicios de -que nos rodeamos. Porque Leopardi era un espíritu inactivo que vivía a -la luz de la luna, y porque Kant se anegaba en la inmensidad de sus -libros, juzgamos que el pensamiento filosófico y la poesía han de vivir -en la soledad, la pereza y un aristocrático aislamiento. Pero hubo en -Grecia muchos filósofos que nos enseñaron a ser transhumantes y a ir -rodando de pueblo en pueblo, para conocer, comparar y, sobre todo, -_vivir_. Otros poetas nos enseñan también a crear poesía entre el rodar -de los acontecimientos y la lucha de las cosas. - -Allá en el norte de aquel continente americano vivió Walt Wiltman, -hombre-poeta entre los poetas, el cual creyó dignas de sus cantos las -cosas más vulgares, como el hervor de las calles, los gritos de la -muchedumbre, el paso de la civilización excitada. Su canto de los -_pioneers_ es la nota más entusiasta que se ha escrito sobre la marcha -de los pobladores a través de las tierras y los bosques vírgenes. - -Es preciso advertir también otra causa, para explicarnos la _falta de -queja_ en la vida argentina. Es que la parte mayor de la población -urbana, aquella que podía, por su condición apurada, contribuir al -lamento público, es una masa de luchadores _voluntarios_. Cada uno de -esos luchadores ha llegado por su propia cuenta, libremente, llamado por -la ambición. ¿A quién ha de quejarse ese luchador si encuentra el -fracaso en la lucha?... Además, el orgullo pone una parte importante en -el problema. Cada luchador, cuando se ha lanzado a la mar en busca del -vellocino de oro, concierta con sus compatriotas una especie de -compromiso moral; sale de la patria dispuesto a vencer, y nada más que -en el hecho de partir hay una confesión de la propia seguridad en el -triunfo. Pero no haya temor de que se queje: su orgullo le cerrará los -labios, y el que más vencido se vea caerá silenciosamente hasta los -últimos peldaños, hasta el _atorrantismo_. Por eso el _atorrante_ -argentino tiene ese aire callado, humilde y, en el fondo, orgulloso. - -Falta de queja, horror a la lamentación, silencioso orgullo para caer, -¡ojalá que dure muchos años todavía en aquella tierra nueva y alentada! -Que la manía de imitación no implante allí los procedimientos de otros -países. Que una sociedad desocupada y femenina, o afeminada, por -satisfacer ambiciones de aristocraticismo, no cultive la costumbre de -las asociaciones limosneras. Que no cunda el hábito de los aspavientos, -de las suscripciones, de los repartos piadosos, de las listas de -donantes, de las protestas aflictivas. Todo esto lo dice quien está -asqueado de ver en su patria cómo se pudre el sentimiento de la dignidad -humana y cómo se lanza a la ruina emocional una nación entera, -confundiendo la idea de piedad con la de la limosna, y legitimando, en -fin, la mendicidad. Cuando se legitima el derecho al pordioseo, todo, en -las sociedades débiles, conviértese en triste y deshonroso. El obrero -nos ofrecerá sus servicios llorando, evocando el hambre de sus hijos; el -muchacho que nos brinda un periódico, insistirá para que se lo -compremos, alegando la enfermedad de su madre moribunda. Y entonces -intervendrá la mentira y se inventarán desgracias para producir -compasión. Y una vez que haya desaparecido el sentimiento de la -dignidad, todo quedará disuelto, y las personas carecerán de su riqueza -principal, que es el hueso medular: ese hueso fiero y resistente que -nos hace mantenernos rígidos, sin doblarnos, ni aun en el momento de -caer rendidos. La tensión medular--aceptadme el simbolismo--es la -esencial riqueza que han de poseer los hombres, los pueblos. - - - - -ESTETICA DE LA PALABRA - - -Es indudable que una culta y armoniosa emisión de la voz proporciona a -las personas la más eficaz cédula de tránsito social. - -El hombre que habla bien se apodera desde el primer momento de nuestra -simpatía, y tiene conquistadas ya gran parte de las cosas que solicita, -si es que llega en tren de solicitar; en cuanto a la mujer, un lenguaje -limpio y musical es en ella arma insuperable. - -Si el lenguaje hablado sirve para graduar la delicadeza y cultura de una -sociedad, el lenguaje escrito es la exposición íntima que presenta todo -un pueblo. No es necesario más que hojear la prensa de un país, para -descubrir su temperatura cultural. Cuando un pueblo se encomienda, -excesivamente, a la lucha brutal por el dinero, su lenguaje escrito -tiene un no sé qué de descuidado y grosero; en otros pueblos donde la -lucha económica se equilibra con la otra lucha de las ideas, las hojas -diarias aparecen mejor cuidadas, como si hubiera una sanción pública y -anónima que las investigase. Dentro de una misma nación, se distingue la -prensa de las ciudades exclusivamente comerciales, de aquella otra -prensa de las ciudades que alberga colegios, academias, centros -intelectuales. Y dentro de una misma ciudad, se distinguen a su vez los -periódicos cuyo espíritu es comercial y los otros, los que persiguen -algún fin educacionista o mantienen una tradición de cultura. Allí, en -Buenos Aires, hay ejemplos de esa disparidad. Mejor dicho, Buenos Aires -viene a ser una especie de museo periodístico, donde se leen hojas que -parecen escritas e impresas por rusos o italianos, y otras hojas en que -se cuida la dicción de un modo impecable y castizo, haciéndose las -correcciones con angustiosa prolijidad. - -¿Se habla bien o mal en la Argentina? ¿Se escribe bien o mal en Buenos -Aires?... - -Muchas veces he escuchado yo de labios argentinos palabras que me han -ruborizado; ha sido cuando me han pedido excusas por _destrozar el -castellano_. Y el ruborizarme yo tenía por causa la injusticia de la -excusa. Porque mi oído, en las frecuentes peregrinaciones de mi vida, -está habituado a escuchar toda clase de crímenes verbales, y sé, por -experiencia, que el idioma, en todas las provincias del mundo por donde -se ha extendido, es una víctima propiciatoria de la incorrecta -ilustración de las gentes. Es decir, que _en todas partes cuecen habas_. -Y necesito echar por delante la seguridad de que no es la Argentina el -lugar del mundo hispano donde más habas se cuecen. - -Es allí frecuente lamentarse, entre las personas distinguidas, de los -solecismos en que incurre la gente del campo. Pero olvidan esas personas -que en el corazón de España, en el centro de la misma Castilla, los -pobres hombres de la plebe dicen _dende_ en lugar de _desde_; _vide_ por -_vi_; _vos sigo_, en vez de _os sigo_. Ahora bien, en España se cuida la -gente cultivada de incurrir en los defectos del vulgo, salvando esas -incorrecciones que podrían llamarse elementales; mientras que en las -tierras del Plata, no es raro oir de bocas cultas _bandiar_, en lugar de -_bandear_; _voltió_, por _volteó_. Este defecto, sin duda, obedece a -causas especiales; y es que hasta ayer mismo, como si dijéramos, la -Argentina era un país rural, pastoril, en que los amos y ricos se -confundían con los feudatarios, incurriendo en las mismas faenas y -aventuras, y también en los mismos defectos. - -La dicción argentina es agradable al oído. Es una manera de decir -musical. Este musicalismo no existe en España, salvo en Andalucía y en -Galicia. El castellano habla con tono unísono, sobriamente, sin darle a -la frase demasiada flexión musical. Muchas veces una frase larga es -enunciada sin flexión ninguna, de un solo aliento y casi en un mismo -tono. A medida que se avanza hacia le Sur y hacia occidente, el lenguaje -adquiere más variedad sonora; en Galicia la palabra tiende a convertirse -en un canto mimoso y como afeminado, y los andaluces, indiscutiblemente, -son los maestros en la música del lenguaje, al cual matizan con -pintorescos incisos cromáticos. - -De los andaluces tomaron los americanos su manera de hablar. La palabra -es suave, tal vez demasiado suave para la boca de los hombres... La -gente se explica bien, con método discursivo, sin balbuceos, -expeditamente, y las palabras suelen ser correctas y distinguidas. Tan -correctas y distinguidas, que el español, habituado a una conversación -natural y modesta, se ve sorprendido en América ante palabras finas y -poéticas, que tienen uso corriente sin embargo de parecer -exclusivamente librescas. - -Pero existe un defecto: la limitación. Primeramente tenemos la -limitación de sonidos, y después la limitación de vocablos y giros -verbales. En castellano están diferenciadas la zeda y la ese, la elle y -la y griega, la y griega y la i latina. Todo el norte de España, el -centro y el levante, mantienen pura esa diferenciación. Desde la latitud -de Madrid comienzan a involucrarse, mejor dicho, a limitarse los -sonidos; en la Mancha se acentúa el defecto, y llegando a Andalucía, el -anarquismo es completo. Así, pues, la mitad del mundo que habla -castellano se priva por su desgracia de varios matices de dicción. La -zeda y la ese se confunden en un único sonido suave, un poco ceceoso y -afeminado; la elle tiene sonido dental, lo mismo que la y griega, y el -orador se ve confundido, embarazado, molesto por querer diferenciar los -sonidos de las letras, sin lograrlo al fin, acaso porque el uso se -encargó de atrofiar ciertos movimientos bucales. - -La otra limitación es más grave, aunque más fácil de corregirse. Me -refiero a la limitación de vocablos y giros verbales, al empobrecimiento -del idioma, a la reducción de la zona del lenguaje. Un idioma es como un -tesoro: delante de un tesoro, el avaro o el pacato reducen la actividad -de las monedas, contentándose con el uso de unas pocas, las suficientes -para sus breves necesidades; en tanto que el hombre enérgico y capaz -pone en movimiento todas las monedas de su tesoro, llevando a extremos -increíbles la irradiación de su voluntad. - -Ahora bien, ¿me harán los lectores la merced de no incluirme entre los -arcaistas y académicos?... La conservación del tesoro del idioma, no -implica un compromiso de respeto cristalizado: el idioma tiene que ir -marchando siempre, al compás de los años y las cosas. Pero debe ir -marchando, y no estacionarse en el lugar común. ¡Cuántos escritores que -se creen revolucionarios e iconoclastas, no hacen más que encastillarse -en los lugares comunes, muy modernos y revolucionarios, pero al fin -lugares comunes! - -Es una desgracia que todo un pueblo, como por sufragio universal, -decrete que la palabra _lindo_ ha de expresar todo cuanto sea -excelencia, y que ninguna otra palabra pueda tener circulación. La -desgracia en este caso significa una pérdida de diez, quince, veinte -palabras; y como cada palabra corresponde a un matiz de expresión, -hemos suprimido de nuestro mundo perceptivo numerosos puntos de vista. -Las cosas, entonces, ya no tienen para nosotros dimensión, superficie, -profundidad; las cosas quedan exhaustas de eso que es tan inapreciable -para el hombre culto: la graduación. Porque, bien mirado, lo que -distingue al civilizado del salvaje, es una cuestión de grados. El -salvaje procede como nosotros: habla, ríe, llora, piensa, guerrea, -cultiva la tierra y fabrica objetos que cambia por otros objetos. Pero -todo eso lo realiza gradualmente por debajo de lo que nosotros -realizamos. De la misma manera, un salvaje toca una música bárbara en -instrumentos groseros; de su música hasta la de Beethoven, median -infinitas gradaciones. Habla, pero sus palabras son pocas, sintéticas; -los mil matices de expresión se le escapan, porque no los percibe. -Distingue el color negro del blanco, el blanco del verde, pero confunde -el verde con el amarillo, el azul con el morado... - -Si en Buenos Aires pasa una joven pizpireta y graciosa, la llaman linda; -pero si pasa una hermosa y elegante mujer la llaman linda asimismo; y le -dicen lindo a un soberbio palacio, y lindo a un patético discurso, y -lindo a una acción heroica, y lindo a un campo espléndido. Limitar de -tal modo el idioma, equivale a tirar voluntariamente un rico caudal. Es -otro lamentable descuido usar las frases, los giros, las salutaciones, -las formas arquitecturales del discurso que todo el mundo usa. Pierde -con eso su variedad el lenguaje, y nos convertimos en autómatas -parlantes. - -Pero la culpa de este mal no debe achacarse a nadie, sino a la misma -constitución geográfica del país. Si el país es uniforme, el idioma -corre el peligro de ser uniforme también. Otra causa de la uniformidad -americana debe de consistir en los procedimientos coloniales de los -conquistadores: se limitaban el punto de embarque y el punto de -recepción, de manera que las cosas, las ideas y las palabras habían de -salir inexorablemente de Sevilla y llegar sin escala intermedia a -Panamá. Desde Panamá, las cosas, las ideas y las palabras eran -distribuídas en los diversos virreinatos y capitanías. De ahí proviene -la igualdad americana; esa es la causa de que el continente, a pesar de -su extensión y de la variedad climatológica, tenga más cohesión que -muchos pequeños Estados europeos; y que las canciones populares de -Méjico guarden cierta conexión rítmica con los cantos de Chile y del -Plata; y que se llame _pulpería_ en Puerto Rico a la misma cosa que en -Buenos Aires se llama _pulpería_. - -Las naciones viejas y occidentales tienen, entre sus muchos defectos, -algunas cualidades buenas; la misma diferenciación regional, origen de -tantos disgustos, produce un efecto vital; el hombre de Venecia mantiene -formas y derivaciones locales, que unidas a las del hombre de Génova, -Nápoles y Siracusa, prestan al idioma italiano una continua aportación -de aguas verbales vivas. En ese caso, el idioma posee una manera de -reservas lingüísticas, propicias para conservar en estado corriente y -renovado al idioma nacional. - -Idéntico es el caso de España con sus regiones tan variadas, donde los -modos de decir locales suponen una reserva inagotable para el acervo -común del idioma. En esas regiones escondidas, hasta atrasadas, se -conserva latente una transpiración íntima, un ritmo interno del -lenguaje. Sin proponérselo, el ritmo ese del lenguaje lo van traspasando -las regiones a la lengua culta, como los manantiales que vierten aguas -nuevas en un río. Porque el lenguaje, cuando se detiene y embalsa en un -centro numeroso de cultura, puede derivar en una cosa quieta y exenta -de elasticidad: para obviar tal peligro están los humildes manantiales -de las regiones, con su vigor de naturaleza virgen. - -Se habla mucho de los galicismos. Pero el mal del galicismo no está en -el uso snobista de pocos o muchos vocablos gálicos. Una persona, o un -escritor, pueden intercalar en su lenguaje diversos vocablos exóticos; -decir _tour de force_ a todo trapo, y hablar de finanzas cuando cabría -decir negocios. No está ahí el mal, sino en _construir_ a la francesa. Y -desde algunos años a esta parte, nos estamos esforzando en desvirtuar el -ritmo de nuestro idioma, deformándolo, no en la parte externa, sino en -su interior. Lo estimable de un idioma, y lo que le hace ser original, -es su arquitectura, o sean los movimientos esenciales de sus oraciones. -Cada pueblo debe tener sus maneras peculiares de decir; y el pensamiento -diferenciado de un pueblo se manifiesta en formas de expresión -diferentes. Como ejemplo tenemos los idiomas germánicos y los latinos; -así como el pensamiento germánico nos es hostil en el primer instante, y -a veces no concluímos de aceptarlo nunca, del mismo modo sus idiomas se -nos resisten, y al traducirlos necesitamos variar, suprimir y aumentar -sus palabras y sus giros. Dentro de la familia de las lenguas romances, -hay, aunque en menor grado, una disparidad semejante. El italiano -castizo no construye sus oraciones, ni ataca las piezas principales de -su discurso, como un francés, ni un francés como un español. Pero -actualmente vamos suprimiendo esas diferenciaciones, y a diario leemos -artículos o libros escritos en castellano, que si se tradujeran palabra -por palabra al francés, quedarían incólumes dentro de la lengua de -Racine. Muy bien; esto parecerá una gran hazaña de adaptación europea; -pero renunciar al carácter intrínseco del lenguaje, presupone la -renuncia del carácter personal. Tales renuncias, bien examinadas, cabría -considerarlas como pecados o crímenes de lesa personalidad, o aún peor, -de lesa nacionalidad. - -En el porvenir, y un porvenir muy próximo, por cierto, las guerras de -naciones se convertirán en guerras de idiomas. Lucharán los lenguajes -por la hegemonía mundial, y varias naciones se unirán en torno a un -idioma para presentar batalla a los otros. - -El idioma inglés, con sus doscientos millones de adictos, triunfa -actualmente, y amenaza prosperar hasta límites incalculables. La lengua -alemana sube como una marea, al compás del fecundo crecimiento de esa -prolífica raza tudesca. Pero este nuestro lenguaje, antes glorioso, está -destinado a superar todas las metas y todos los cálculos. Las numerosas -naciones que lo hablan, cada una por su parte se esmerará en dilatarlo; -allí sólo, en la cuenca hidrográfica del Río de la Plata, promete -dilatarse hasta pasmosas cantidades de millones. Será uno de los idiomas -príncipes, uno de los grandes combatientes de esa guerra incruenta, pero -formidable, del porvenir... - -Todo, pues, cuanto hagamos por ennoblecer, robustecer y abrillantar esta -arma fuerte que nos han dado, será obra que leguemos a nuestros hijos, -méritos que hagamos para la gratitud de nuestros descendientes. - - - - -EL ESTILO DESMESURADO - - -Es singular el número de escritores exaltados que aparecen en América. A -despecho de todas las censuras y de todos los silencios acusadores, -continuamente brotan en aquellos climas poetas o prosistas que hablan en -tono agudo, en la nota del _do_, como los tenores. - -Se trata sin duda de una enfermedad. Hay poeta por aquellas calles que -padece un verdadero delirio de persecución; otros sufren la manía de -grandezas. Componen sus estrofas como si estuviesen frente a frente de -la posteridad. Más que palabras, son gritos lo que pronuncian. Se creen -entes geniales o providenciales que vienen al mundo a deshacer algún -error descomunal. Se encaran con el público, lo apostrofan, hacen gestos -de iluminado. Adoptan el papel de vengadores del pueblo unas veces, y -su demagogia virulenta quiere fustigar no se sabe qué milenarias -tiranías. Otras veces muéstranse investidos de un aristocraticismo -bayroniano, y miran al mundo con un desdén que produce perplejidad. - -Cuando la moda intelectual formó en todo el mundo tantos escritores -anarquistas y socialistas, los jóvenes argentinos exigieron también su -parte de excentricidad. Brotaron poetas blasfemos y anarquistas como -hongos. El más famoso fué Almafuerte, el cual, con sus versos -crepitantes, societarios y terribles, con su retórica fantástica y sus -gesticulaciones de Cristo de suburbio industrial, instauró en la -Argentina el reinado de lo energúmeno. Ha tenido, y tiene todavía, -entusiastas imitadores. - -Energúmenos del verso y de la prosa, para ellos no existe la medida, la -discreción, el arte civilizado de reprimirse. Usan palabras fieras, -versos espeluznantes, donde se complacen en rimar batalla con metralla, -trapo con sapo. - -Es curioso cómo aquellos exaltados hablan de esclavitudes y desolaciones -en medio de una sociedad completamente distraída; benévola y exenta de -amarguras fundamentales. - -¿A qué se debe esa manera literaria, ese prurito de hablar en tono -agudo y de mostrarse con actitudes sibilíticas? ¿Será la herencia tardía -de Víctor Hugo? ¿La lectura precipitada de Nietzsche? ¿O tal vez el -latinismo, ese latinismo gestero y exagerado que se hincha y aumenta -bajo el clima fecundo de América? - -Debe consistir también en la especial educación escolar y universitaria. -Se educa al niño a los sones de los himnos patrios, y para afirmar en él -el culto de los héroes nacionales, se le obliga a una especie de -gimnasia panegírica. Después de esta gimnasia, el joven que se pone a -escribir ve la vida en forma de apoteosis, los hombres los ve en -estatua, y él mismo se considera a sí propio como perorando en la cima -de un pedestal. - -Para estos defectos suele ejercitarse, en los pueblos viejos, la acción -de la crítica o la amonestación tácita, pero eficaz, del público. Pero -allí se carece de crítica, y el público, desorientado o indeciso, no -acierta a ejercer presión sobre los vicios literarios. Verdadera -democracia aquélla, en donde cada cual dice lo que le gusta, se titula -genio si quiere, destroza el idioma o atenta contra la discreción, en la -seguridad de que nadie vendrá a atajarle. - -Ha de transcurrir todavía mucho tiempo, antes de que pueda formarse una -rigurosa y prudente escala de valores, de categorías y de limitaciones. -La democracia literaria necesita desfogarse aún, hasta tanto que sus -mismos abusos la pongan en la precisión de buscarse una disciplina. - - - - -LA PROFESION INTELECTUAL - - -No sé si voy a decir una vana paradoja: a mi entender, la causa de la -penuria literaria argentina está en la riqueza material argentina. -Cualquier actividad a que se entregue un hombre inteligente, rendirá más -provecho que el cultivo de las letras. Una persona educada, de carrera o -de alguna relación, encuentra allí fácilmente un empleo, un sueldo -pingüe, y no es raro tampoco que esa persona alcance a reunir varios de -esos pingües empleos. - -Salvada la necesidad económica, esa persona cultivada no sentirá deseo -de escribir y publicar páginas que han de rendirle poco provecho -material, a cambio de un esfuerzo nervioso tan considerable. Hay, es -cierto, la necesidad moral, y hasta el prurito vanidoso, de sentar plaza -de escritor; pero esto se consigue con un libro o dos. Así hay en la -Argentina tanto hombre de talento que ha escrito un libro único, y que -no escribe más. - -¿Para qué escribir? A los oídos de los seres más puros y platónicos -llega continuamente el rumor de esa marea asombrosa de los negocios -argentinos. Llama frenéticamente a todas las puertas el demonio de la -especulación. Se hace imposible huir de la marea y del rumor satánico. -Se oyen noticias de operaciones fáciles, fabulosas. El hombre más -abstraído en sus problemas ideales tiene, por tanto, que escuchar esas -palabras de tentación. Los terrenos valorizados enormemente, las -Sociedades que se fundan en un día, el tanto por ciento crecido del -capital, las sorpresas, las gangas, los hallazgos: todo esto, que anda -por el aire, se infiltra en los gabinetes de estudio y ha malogrado -tantas fecundas vidas. - -Los extranjeros no se libran del contagio; muchos doctores y sabios -europeos, llegados a la Argentina con fines pedagógicos e -investigativos, a los pocos años entraron en la vorágine económica y -dieron de lado a la ciencia. Conozco abogados distinguidos que abandonan -su bufete por atender a su heredad; y médicos que visitan a un enfermo -de prisa, porque tienen que marcharse a su _estancia_ para vender -_tropas_ de novillos. Por eso es cinco veces rara y heroica la vida de -Ameghino, que sólo quiso ser sabio, allí donde todos aspiran a ser -ricos. - -En los países densos de Europa, el profesor no es más que profesor, el -médico es sólo médico, y el literato, literato. Aquí no es fácil -distraer la atención en varias actividades, porque la concurrencia -resulta muy reñida. El médico que quiera asaltar un puesto eminente y -reunir nutrida clientela, deberá consagrar todos los momentos de su vida -al trabajo profesional, porque de otro modo bien pronto será suplantado. -El hombre de ciencia se encierra en su gabinete y trabaja con una ruda -intensidad. No sólo es reñida la lucha por el renombre, sino la lucha -simple por la despensa. Y ahí está la fórmula, en fin, para la creación -de una cultura propia y consistente. - -De la conjunción de tantas actividades intelectuales brota en el seno de -un país un cuerpo de doctrina nacional: así vemos que la doctrina y los -métodos educativos de Alemania son diferentes a los de Francia, y los de -Inglaterra distintos a los norteamericanos. Ese cuerpo de doctrina -alemán no es producto de un decreto del emperador; para llegar al -resultado de una _cultura alemana_ ha sido necesario que sus hombres de -estudio concentrasen apasionadamente sus vidas en el trabajo. Pero si a -esos resultados no se llega por decretos imperiales, ¿habrá recursos -conocidos y asimilables, excepción hecha de las condiciones de raza, -medio y tradición? Sin duda que existen varios de esos recursos. Uno, el -principal, es el estímulo. - -La sociedad, con su estimación, resulta el más grande estímulo para los -hombres que emplean sus días en faenas intelectuales. De este modo un -Pasteur o un Berthelot hallan que sus trabajos han sido pagados -espléndidamente por la sociedad francesa, con aquella veneración, -aquellos agasajos de que eran rodeados en todo momento; cada francés se -consideraba afortunado por coexistir con los sabios que daban honor a la -Francia, y cada francés, asimismo, se consideraba glorioso nada más que -por ser compatriota de Rostand o France. En sus últimos años, Víctor -Hugo, gran vanidoso, viajaba en los imperiales de tranvía para ver cómo -las gentes se paraban en la calle, y señalándole y descubriéndose, -decían: _Allí va Víctor Hugo_. - -En semejantes pueblos, la labor intelectual, siempre dolorosa, está -soberbiamente compensada con goces morales, que siendo tan vagos, son -los más poderosos incentivos del genio, y los únicos goces que conmueven -de veras al genio. - -Otro medio popular de la cultura consiste en formar centros -universitarios tradicionales. Se observa con frecuencia que toda la -civilización de un pueblo está reconcentrada en una Universidad, como si -hubiese sido el vientre generador del pensamiento nacional. Y a menudo -suele ser cierto. Tomemos como ejemplo lejano la Universidad de -Salamanca, de cuyas aulas salieron para las contiendas del mundo -aquellos embajadores, capitanes, obispos y literatos que adornaron la -historia española de los siglos XVI y XVII. Como ejemplo actual tenemos -la Sorbona de París, de tan ilustre abolengo, y Oxford, y tantas otras. - -Se forma, pues, alrededor de una Universidad cierta atmósfera extraña, -característica, mezcla de pedantería magistral, si queréis, pero también -de alegría estudiantil y de entusiasmo pedagógico. A veces la -Universidad se traga al pueblo donde está situada, y el pueblo entero se -convierte en un criado de la Universidad. Tal debía ocurrir en -Salamanca, donde la ciudad se supeditó al servicio de su famoso -colegio, y cada estudiante y cada profesor gozaban de fueros, -distinciones y preeminencias especiales. Cuando la Universidad radica en -una población demasiado grande para ser absorbida, fórmase entonces en -torno al colegio un barrio “sui géneris”, distinto, caprichoso, -pintoresco, que goza también de fueros y libertades: verbigracia, el -barrio Latino en París. Y en esos núcleos de población, en esos barrios, -a la sombra de jardines escolares, bajo las arcadas de la Universidad, -en los sombríos claustros, en los hoteles estudiantiles, en los cafés -exclusivos, en las librerías, en los puestos de libros viejos, en los -comercios de antigüedades, en los clubs algo exagerados, en los -periodiquitos batalladores, en las reuniones nocturnas, en las -bibliotecas bien nutridas... En todo eso reside, en fin, el _ambiente -universitario_. Constituído tal ambiente, la nación entera se siente -contagiada de él. La vida escolar se hace entonces más estimada, y no -ocurre que haya una absurda distanciación entre los profesores y los -estudiantes. Al contrario, se crea cierto espíritu de cuerpo, un cierto -aire de familia. Los catedráticos aman su Universidad sobre todas las -cosas, dedican a ella su vida, viven cerca de ella, no se acuerdan de la -_valorización de las tierras_. Y los estudiantes viven juntos, siempre -en su barrio, prestando a su vida un carácter colegial. Se toma en serio -la cultura. Y es, cada uno de esos centros, una hoguera permanente y -noble que nutre de calor científico a la nación. Algo parecido a esto -había en Córdoba. No ha podido formarse en Buenos Aires. ¿Llegará a -existir en La Plata? - -He nombrado la palabra _profesional_, por quien sienten gran horror -muchas personas. Bajo el apremio de teorías excesivamente idealistas, se -conceptúa que del cultivo de las letras, de la poesía, de la filosofía, -no debe hacerse nunca una profesión, y que el cambiar las ideas e -imágenes por dinero, como se cambian las cosas de la industria, es un -acto grosero y perjudicial. Sería, es verdad, mucho más grato para los -mismos escritores que sus ideas e imágenes no estuviesen sujetas a una -vulgar tarifa; pero si la acción no es grata, resulta, en cambio, muy -conveniente para la literatura y para la humanidad. - -¿No era Sócrates un profesional? Carecía de otro oficio que su -filosofía, la cual no puede nadie considerar innoble y mercantil. Y -Shakespeare, ¿tenía alguna profesión que no fuera su oficio de -dramaturgo? La literatura, como todo arte, es un oficio. Un pintor -llega a pintar bien al cabo de muchos años de aprendizaje; un músico -necesita someterse a fatigosos ejercicios diarios, durante largo tiempo, -para alcanzar el dominio de su arte. El genio está ahí, en el alma del -artista; pero el arte es técnica, y la técnica se logra con un ímprobo -trabajo. La técnica literaria es tan trabajosa como la del pintor o la -del músico; un literato ha de romper muchas cuartillas, ensayar -infinitos trabajos, sufrir grandes fracasos, someterse a desalentadoras -esperas; finalmente acude la plenitud, el dominio del lenguaje, la -facilidad, adquirida con tanta dificultad... El escritor está ya -formado. ¿Qué hará de él la sociedad? ¿Le exigirá que produzca -generosamente, platónicamente? Muy bien; en ese caso, el escritor se -verá forzado a buscar la vida en otra distinta actividad, y una vez que -ha desatendido el uso de su arte, su pluma se hará torpe, su mente -perderá la fluidez exigida; olvidará la técnica, dejará de escribir. - -Esas obras que nos conmueven o ilustran, obras que admiramos y que -representan para nuestra existencia moral el alimento amado, son obras -de profesionales. Los libros no surgen caprichosamente, efectos de una -súbita inspiración; han sido pensados, rumiados, escritos, después de -duras tentativas. - -Los libros de los aficionados suelen ser siempre inferiores, mal -escritos, confusos, vulgares o ñoños; el diletantismo produce pésimas -frutos. - -En la Argentina abunda el diletantismo, y él es una grave plaga. Le urge -a aquel país crear profesionales. Profesionales de la educación, de la -ciencia, de la literatura. Es el recurso inmediato para conseguir una -cultura densa, fuerte y nacional. Personas que no hagan más que -experiencias de laboratorio; personas que no se preocupen más que de su -cátedra; personas que únicamente pinten cuadros, y personas que -solamente escriban libros, versos y artículos. Pero, ¡esa grandeza -argentina, esa _valorización de terrenos_!... Y después la petulancia -ostentosa que adopta allí la riqueza, y la gran desgracia humillante que -supone allí la pobreza... - - - - -ATORRANTISMO - - -Estos renglones están escritos bajo la sugestión de un organillo; un -viejo y cascado organillo que un mozo italiano hacía sonar en la -extremidad del puerto de Buenos Aires, en aquel suburbio atestado de -gentes extrañas, cosmopolitas, venidas de los cuatro extremos del mundo. - -Sonaba el organillo con la melancolía indescifrable de esos instrumentos -mohosos, que suelen remover en nuestras almas civilizadas el poso -dormido de las ideas, de las nostalgias, con mucha más eficacia que las -mismas notas selectas de una orquesta magistral. Aquel organillo tocaba -un vals. Los transeuntes lo oían y pasaban. Pero en un banco, bajo unos -árboles protectores, había un hombre, y el hombre, que antes dormitaba -placenteramente, se despertó y puso el oído bien atento a la música del -organillo. Seguramente que ese hombre, al desperezarse, se figuraba -seguir durmiendo, por mejor decir, soñando: la música le hablaba de su -juventud, de su pueblo natal, de la historia romántica de sus primeros -amores y de sus bailes bajo los tilos. Su gesto, en un principio, fué de -placer; es porque se abandonaba a la dulzura de los recuerdos, ágiles y -blancos como una banda de palomas que levantan el vuelo; después el -gesto fué de tristeza. Cuando el organillo calló, el hombre del banco se -quedó meditabundo. En seguida rectificó, y cerrando los ojos, volvió a -dormirse. - -Aquel hombre era un vencido. A esa especie de hombres les llaman en la -Argentina _atorrantes_. Pero hombres vencidos los hay en todas las -partes del mundo. En los pueblos ricos y laboriosos el vencido sufre los -rigores de la moral dura y terminante. Bajo el sol andaluz, ser mendigo -es ser casi un regalo; pero bajo el cielo de Londres, el vagabundo sufre -la destilación de todas las torturas. Tampoco es más feliz en Francia el -vencido. Ese egoísmo acabado, científico, meticuloso, metódico, de los -franceses, empuja a los vencidos hacia la muerte o hacia el crimen. - -Mientras que el _atorrante_ argentino, ni es el mendigo español, ni el -vagabundo francés, ni el vencido de Londres. Su filiación está más -lejos, mucho más atrás que el tiempo y el espacio actuales: Diógenes, en -fin, lo tendría por su digno compañero. Buenos Aires no lo cuida y mima -católicamente, como hace el español con su mendigo; tampoco lo lanza al -dolor, como Londres, ni al crimen, como Francia; Buenos Aires, -negligente y distraído, no hace caso de su _atorrante_; lo alimenta, le -deja vivir, y pasa. De manera que el _atorrante_, entre los vencidos de -la Tierra, es el más feliz. Come, sin saber de dónde, no le injurian, le -dejan ir, le ceden los bancos en sombra, y el clima, también generoso, -no le hostiga con rigores. Es un cínico a lo Diógenes, puede vivir -libremente, y filosofar cuanto quiera. ¡Sería feliz, en efecto, si no -existiera la parte moral! ¡Si no hubiese una tragedia en cada -_atorrante_, el _atorrante_ sería definitivamente feliz! Pero el alma, -el alma, ¡eso es lo que duele! - -En todo vagabundo hay un fracasado. Pero el vagabundo europeo puede -fracasar epidémicamente; puede su vagancia haber nacido de la pereza, de -la inhabilidad manual, de la torpeza mental, o simplemente de un -morbosismo psicológico; con frecuencia es un pillo, que renuncia a -luchar de frente, para atacar de soslayo a la sociedad, como hacen el -mendigo español y el vagabundo francés; o ser un impotente y un -perezoso, como el vago inglés. Mientras que en el _atorrante_, el -fracaso arranca de las entrañas del ser. Lo que fracasa en el -_atorrante_ es todo el caudal de ensueños, de ambiciones, de conjeturas -sobre el porvenir, de proyectos grandiosos y felices para mañana. El -_atorrante_ es un hombre a quien la ilusión ha desprendido de su raíz -europea; ha venido a Buenos Aires con un bagaje sólido de ilusiones; y -en Buenos Aires, rápidamente, su caudal ilusorio se ha gastado, se le ha -ido, y el hombre se queda pobre, pero con la penuria de la ilusión, con -la inopia ilusoria, la más profunda y trágica de las inopias. - -Considérese que un hombre no se decide a traspasar el ancho piélago -oceánico sino a requerimientos de una índole trascendental. El acto de -desarraigarse, de abandonar las formas y los colores y los afectos -natales es un acto único en la vida de un hombre; para que ese acto se -realice, ha sido necesario que todos los motores internos se pusieran en -actividad, y que una ilusión suprema viniese a henchir el alma del -emigrante. Esta ilusión se compone de un deseo: la riqueza. A la mirada -del emigrante, la visión de América se sintetiza en una especie de -locura dorada. La fortuna se le representa vivamente, y se embarca con -la firme seguridad de que ha de volver a su pueblo oyendo el tintineo -jubiloso de las monedas en sus bolsillos. Y que ha de realizar después -todo cuanto sueña: la buena comida, los buenos vinos, el buen amor de -una bella muchacha y la serenidad de una vejez abastecida. - -Pero este hombre llega, y a los pocos meses se retira de la lucha. Es -joven aún, es fuerte, es inteligente. Sin embargo, no quiere luchar. Se -retira a un lado, deja pasar a los victoriosos, y él no pide nada, sino -vivir. Ha perdido su bagaje ilusorio. Le falta la voluntad. Le falta -algún acicate interior y misterioso. ¿Qué tragedia moral ha sucedido en -el alma del _atorrante_?... Lo extraño de este fenómeno psicológico, es -que la mayoría de los _atorrantes_ que huelgan por la ciudad, son de -procedencia hiperbórea. Para los pueblos latinos y cálidos, el fenómeno -se presenta lleno de curiosidad. Porque nosotros, hombres a quienes -llaman ahora decadentes, tenemos de los otros hombres septentrionales -una idea respetuosa; consideramos, no sin justicia, que los hombres de -raza rubia asumen el imperio de la fuerza, del trabajo y de la victoria: -no podemos concebir que un inglés, un germano o un escandinavo rueden -por las calles en estado de miseria o de vencimiento. Por eso, cuando un -hombre de barbas rubias y de hablar tartajoso nos asalta con la mano -tendida, sufrimos una decepción y una gran perplejidad, la misma que nos -invade cuando alguno nos derriba alguna verdad que teníamos por -inconcusa. Que un inglés me pida un peso para comer, produce en mi mente -el mismo asombro que la negación de que la tierra es redonda. - -Permitidme que hable con tanta unción de un personaje roto y -desventurado. La gente mira pasar a los _atorrantes_, y apenas si se -fija en ellos. Yo estimo que en esos seres hay océanos de problemas -psicológicos, y que la pluma de los escritores debiera atacar ese motivo -interesante, maduro, tentador. Caminando al azar por calles y plazas, -siempre que tropiezo con un _atorrante_ me paro a observarlo. Tienen -para mí esos seres el interés agudo de los supremos conflictos. A fuerza -de observarlos, he llegado a entender el contraste de sus almas turbias -y extrañas, en frente de la vida brillante y laboriosa de Buenos Aires. -Mirándolos bien, acaso he llegado a considerar que en la profundidad de -sus almas existe una mayor sabiduría que en las almas de los -triunfadores, de los que llamamos, muy de ligero, felices y sabios. Y he -llegado también a rectificar mi primera impresión; he sospechado que en -el alma del _atorrante_ ha habido, en efecto, una previa tragedia, un -supremo dolor; pero eso ocurre al principio, en el instante de la caída, -cuando todo el bagaje ilusorio y mental se desploma, cuando viene la -hora del gran desengaño; después, al cicatrizarse la herida, he -sospechado que en el alma del _atorrante_ sobreviene una suave -serenidad. Su ser entero se convierte en filosofía. Piensa, como su -abuelo Diógenes, que la grandeza y la fortuna de Alejandro es pura -vanidad; que en la vida sólo hay una cosa efectiva, el dolor; y como el -origen certero del dolor es la actividad, renunciando a ésta se libra de -aquél. De esta manera consigue el _atorrante_ evadirse del sufrimiento. -No actúa, no lucha, no pide la felicidad por conducto del trabajo y de -la pasión sobreexcitada; deja que la felicidad se produzca -espontáneamente, por el mero hecho de no buscarla... El _atorrante_ sabe -instintivamente que la felicidad es como la mujer; si se la busca y -suplica, se muestra esquiva, pero si se la desprecia, ella acude sin -condiciones. - -En otro clima y en otra sociedad menos amables, el _atorrante_ sería un -ser desgraciado; en Buenos Aires vive fácilmente, casi con la facilidad -de los gorriones. El clima es benigno con él; hay más días de sol que de -lluvia, y el frío no aprieta demasiado. La gente no le mima, bien es -verdad; la gente, ocupada con exceso, tiene la religión del trabajo, y -el holgazán le merece desprecio. Pero la gente, al mismo tiempo, carece -de aquella crueldad moralizante de otros pueblos, y le deja vivir. Le -dejan ir por las plazas y los paseos, tomar el sol, acostarse a dormir -la siesta en los bancos de los jardines, a la misma hora en que todas -las gentes sudan febriles. Sólo le limitan la entrada en ciertas calles; -cuando al caer de la tarde, por ejemplo, un _atorrante_ se atreve a -entrar en la calle Florida, los vigilantes lo expulsan, para que sus -andrajos no desentonen entre el lujo de los atildados transeuntes. Pero -esta limitación no le ofende ni lastima mucho: él ha renunciado al -orgullo, no siente herida su dignidad al ser expulsado como un perro; en -cuanto a la contemplación de los atildados y lujosos transeuntes, a él -producen irónico desprecio. Conoce la cantidad de dolor que ha sido -preciso desarrollar para adquirir un lindo sombrero con plumas -ondulantes, o una cadena gruesa de oro. - -El prefiere otras venturas más reales y sólidas. Sabe dónde corre una -brisa dulcísima, o dónde cantan más deliciosamente los pájaros. Conoce -todos los secretos de la ciudad, como si la ciudad hubiera sido hecha -para su goce exclusivo. Obsérvese atentamente y se verá que las gentes -llamadas poderosas y felices se reservan los puntos más desagradables de -la ciudad, tales como las calles estrechas y llenas de carros, -estrepitosas, sucias, irrespirables; en cambio el _atorrante_ se reserva -los puntos más deliciosos. A cualquier hora del día, pero singularmente -en las horas de más frío o calor, los jardines están solitarios; si el -tiempo es de bochorno y de sudor, los árboles no tienen a quien -albergar, y si hace frío, en las explanadas de los paseos el sol no -tiene a quien acariciar con su tibieza. Las gentes sabias y felices -están ocupadas en trabajar, en reunir elementos de dicha... y la dicha -real está en otra parte. Entonces el _atorrante_ bendice la providencia -de los hombres, que han construído unos jardines tan hermosos, y se -recrea en ellos. Se tumba tranquilamente, y deja que el ave rara de la -felicidad le roce con su ala misteriosa. - -¿Y de qué se alimenta el _atorrante_? Preguntad a los gorriones de qué -viven: de lo fortuito, de lo desconocido, de las migajas caídas. Aquí -abre la portezuela de un ricacho, allí recoge el pañuelo que se le cayó -a una dama, más allá aguarda el paso de los padrinos de un bautizo, en -otra parte busca un coche de alquiler para un señor que lleva prisa; o -come las sobras de los cuarteles, o pide una limosna a los transeuntes, -o llega en el momento de la comida de los obreros, y con sublime -cinismo, él come pan ganado con el sudor de la frente ajena. Vive de -milagro, según dice la gente; pero él no cree en el milagro, y sabe que -la vida es cosa natural, simple, lógica, y que el acto de comer no -merece la transcendencia que se le da. Toda la humanidad preocupada con -la conquista del pan, ¡cuando el pan llega a la boca del individuo sin -ningún esfuerzo! Esta verdad la conocen muy bien los gorriones, los -_atorrantes_, y la conocía también Jesús Nazareno, cuando predicaba a -los obcecados judíos diciéndoles: “¿Atesoran las aves del campo? Sin -embargo, ellas están bien gordas y adornadas...” - -Es extraño que los sociólogos argentinos no se hayan apoderado de este -problema del _atorrantismo_, tratándolo en sus fases curiosas, -originales, características. Ya que se trata de un ejemplar diferente -del vagabundo, y que adopta aspectos que pudieran llamarse nacionales, -bien se merece largos y detenidos estudios. Yo he preferido hablar de él -como de pasada, mirándolo desde el lado sentimental. - -Vayan estas líneas dedicadas a ese tipo singular, el cual, quizá por un -fenómeno de paradoja, merece toda mi ferviente simpatía... - - - - -LOS “PAYADORES” - - -He aquí unos personajes anacrónicos que en plena Pampa tienen la extraña -virtud de reproducir las costumbres trovadorescas de la Edad Media. - -El _payador_ es un rústico y rudimentario _trovero_, que si no mantiene -la finura y la delicadeza de sus antepasados europeos, conserva los -hábitos de bohemia y de parasitismo que distinguían a trovadores y -juglares. Es algo más que un juglar, porque no se limita a repetir las -coplas que otros inventaran, y un poco menos que un trovador, a causa de -su incultura y rusticidad. - -En fin, es un pícaro con donaire y con imaginación que acierta a vivir -lindamente de las sobras y los regalos, y que, igual que los juglares, -solicita un “vaso de buen vino”, que para él se convierte en un frasco -de ginebra. - -Su especialidad, dentro de la retórica trovadoresca, suelen ser las -_tensiones_. Le gusta a él, y todavía le gusta más a su público, que -otro _payador_ acepte el reto. Entonces, en las veladas que siguen a los -bautizos, bodas, esquileo de ovejas y hierra de ganados, los dos -_payadores_ se sitúan frente a frente, disponen sus guitarras, y con una -tonada monótona que recuerda bastante a cierta música andaluza, se -traban en una lucha de discreteos, de mordacidades y también de -insultos. A la copla de uno contesta el contrincante como puede, y es -más estimado el _payador_ que acierta a sugerir burlas y alusiones más -ingeniosas. Si además sabe embellecer su canto con algunas imágenes -poéticas e ingenuamente rimbombantes, el público le concede grandes -agasajos y larga estima. - -La gente del campo en la Argentina conserva el recuerdo de algunos -famosos _payadores_, y hasta se ha formado la leyenda del máximo -_payador_, el más glorioso de todos y el más inexistente. - -En efecto, la literatura argentina ha podido utilizar, no siempre con -fortuna, la leyenda de _Santos Vega_, especie de héroe gauchesco que -recorría las _estancias_ y las _pulperías_ a lomo de su buen caballo, y -armado de su guitarra sonora. Nadie sabía cantar como él; nadie más -ingenioso, inventivo y conmovedor; inutilmente osaban contra él todos -los adversarios. Pero un día, estando a la sombra de un ombú rodeado de -admiradores, bruscamente llega un desconocido y pide licencia para -luchar con el héroe. Cantan los dos, y pronto conoce _Santos Vega_ que -su gloria ha terminado para siempre. ¡Su contrincante sabe cantar mejor -que él, y el auditorio, mudo de terror, tiene que reconocerlo así!... -¿Quién era aquel payador misterioso, que tanto sabía cantar, y que al -punto de su victoria huye sin dejar rastro? No podía ser otro que el -diablo... Vencido, pues, por el mismo demonio, _Santos Vega_ cae en una -profunda melancolía y muere. - - - - -EL EXITO DEL “MARTIN FIERRO” - - -El poema de José Hernández tuvo desde el principio una aceptación -ruidosa; el pueblo inculto lo acogió como la expresión más sincera y -veraz del alma, de las costumbres y de los modismos populares, y pronto -las mismas personas ilustradas reconocieron al “Martín Fierro” un valor -de cosa oportuna y providencialmente acertada. Sin embargo, como a otras -muchas obras de imaginación, las gentes doctas tardaron bastante tiempo -en atribuir a este poema popular el mérito de originalidad y de -excepción que hoy se le concede en los países del Plata. - -En el prefacio a la edición décimocuarta, que utilizo en este momento, -los impresores se congratulan de haber llegado a la cifra de 62.000 -ejemplares, “hecho sin precedente en estos países americanos”, como los -mismos editores confiesan con admiración. “Aquí, en Buenos Aires, la -ciudad de más movimiento intelectual del Nuevo Mundo (sic), no conocemos -resultado semejante, ni aun tratándose de aquellas obras políticas, -literarias o económicas, que lograron alcanzar gran boga. Millares tras -millares ha colocado sin dificultad el editor de cada edición, en medio -de la sorpresa que experimentaba al recibir, hasta por telégrafo, -pedidos que le hacían de diversos puntos de la campaña...” - -Primeramente apareció “El Gaucho Martín Fierro”, y en vista de su boga -el autor se apresuró a dar la segunda parte, con el título de “La Vuelta -de Martín Fierro”. - - - - -SARMIENTO - - -Domingo F. Sarmiento es una de las figuras más culminantes de la -República Argentina. Su vida, que por gracia de los dioses fué muy -larga, la dedicó enteramente al progreso y la cultura de su país. - -Carácter original y combativo, tenía las características de su verdadera -raza, la española. Sin embargo, o tal vez por lo mismo, España le debe -bastantes juicios agrios y una enemistad que, por lo apasionada e -injusta, demuestra igualmente su procedencia española... - -Asumió desde la juventud la tarea de organizar un país que carecía de -todo, empleando la espada o la pluma, afrontando el destierro, no -tomándose un instante de reposo, puesto que a todas horas disputaba, -contradecía, enseñaba, siempre con una candente violencia. Un día se -presentó en el Congreso y comenzó su discurso: “¡Traigo los puños llenos -de verdades!...” - -Su violencia le ganó el sobrenombre de loco. Los más corteses se -reducían a titularle energúmeno. Era un hombre, en efecto, que no estaba -nunca satisfecho, y que pelearía con su sombra si le faltasen objetos de -combate. No le faltaban, sin duda. Salió a la palestra cuando la -Argentina cruzaba la zona más difícil de su existencia; cuando la -tiranía de Rozas empujaba al país hacia un ignominioso retroceso -político; cuando las mejores flores de la cultura colonial, después de -algunos lustros de independencia, se malograban miserablemente; cuando -las ciudades se empobrecían y se embrutecían, y el gauchaje, como -reflujo bárbaro o indio, dominaba en esas ciudades. - -Los tiempos y la ocasión no exigían, de seguro, procedimientos blandos. -Sarmiento, argentino también en esto, hizo de “compadre” intelectual -frente al cerril empecinamiento de la incultura. Fué audaz, violento, -agresivo, desafiador, sarcástico, brutal, en un país donde el valor y la -violencia individuales conservan tan profundo prestigio. - -Estuvo reñido con todos; vivió formándose enemigos. Es cierto que se -movió en los lugares más favorecidos por la saña y la tempestad: el -periodismo y la política. - -No le exijamos, pues, una cualidad de escritor consumado; no queramos -ver en él un estilista, un gran creador de figuras novelescas, ni un -erudito. No tuvo tiempo para formarse una personalidad literaria. Sólo -tuvo tiempo para reñir y aguantar polémicas. - -Sin embargo, resulta el escritor más personal de la Argentina, tal vez -el más completo hombre de letras de su país. Y a la distancia, después -que el ruido eventual se ha despejado, queda de Sarmiento únicamente su -figura literaria. El mismo Mitre, hermano suyo en genialidad, nos aporta -una figura más compleja, y no pueden separarse de él las cualidades de -militar y de gobernante, asociadas para siempre a la historia argentina. - -Escribiendo fragmentariamente, nutriéndose de cultura al pasar, viviendo -en continua zozobra, Sarmiento ha logrado dibujarse como una vigorosa -personalidad literaria. Posee un sabor intenso, imborrable, original. -Sin que su estilo se distinga por ninguna condición expresa, escribiendo -con frecuencia deshilachadamente, logra, no obstante, componerse una -vigorosa personalidad literaria. - -Es personal siempre, pero a la manera más estimable y profunda, no por -un amaneramiento estilista. Su naturaleza portentosa vibra y rebosa en -sus inmensos trabajos. Nada se escapa a su interés. Escribe de -costumbres, de crítica literaria, de política, de sociología, de -pedagogía. Cuando su espíritu reposa, sabe componer páginas tan sentidas -y poéticas como las de “Facundo” o de “Recuerdos de Provincia”. - -Creemos interesante reproducir algunos trozos literarios de Sarmiento, -como muestra de su estilo y de su opinión a propósito de las cosas de -España. Entresacamos unas páginas de un viaje por la Península, -realizado en la primera mitad del siglo XIX. Siempre es curioso oir las -impresiones que nuestro país le merece a un intelectual americano, -especialmente en una época tan agitada. Lástima que la “moda romántica” -y el recuerdo reciente del viaje de Alejandro Dumas le hagan incurrir en -defectos de tono, en amaneramientos de escuela literaria y en esas -exageraciones habituales al ritual romántico-progresista del siglo -pasado. - - * * * * * - - _Madrid, Noviembre, 15 de 1846_. - -Esta España, que tantos malos ratos me ha dado, téngola por fin en el -anfiteatro, bajo la mano; la palpo ahora, le estiro las arrugas, y si -por fortuna me toca andarle con los dedos sobre una llaga, a fuer de -médico, aprieto maliciosamente la mano para que le duela, como aquellos -escribanos de los Tribunales revolucionarios, o de la inquisición de -antaño, que de las inocentes palabras del declarante sacaban por una -inflexión de la frase el medio de mandarlo a la guillotina o a las -llamas. Preguntado cuál es su nombre, etc., y no respondiendo, el -escribano pone: “se obstina en ocultar su nombre”. Interrogado de nuevo, -dice que es sordo; entonces escribe, “el acusado confiesa que conspira -sordamente”. Y luego aquellos benditos padres, con su hábito chorreado -de polvito sevillano, con su voz gangosa, condolida y melíflua: -“¡hermano! ¡abandonaos a la misericordia infinita del Santo -Tribunal!...” “¡Infeliz! si os callais, sois condenado como hereje -contumaz, endurecido; si hablais una palabra, seréis sospechado de leve, -de grave, de gravísimo, de relapso, de todo, menos de que sois hombre, -de que tenéis razón, de que sois inocente”, porque esa sospecha no pasó -nunca por aquellas almas devotas. - -Poned, pues, entera fe en la severidad e imparcialidad de mis juicios, -que nada tienen de prevenidos. He venido a España con el santo propósito -de levantarla el proceso verbal, para fundar una acusación, que, como -fiscal reconocido ya, tengo de hacerla ante el Tribunal de la opinión en -América; a bien que no son jueces tachables por parentesco ni -complicidad los que han de oir mi alegato. Traíame, además, el objeto de -estudiar los métodos de lectura, la ortografía, pronunciación y cuanto a -la lengua tiene relación. De lo primero he hecho una pobre cosecha, y -del resto encontrado secretos que a su tiempo verán la luz. Imaginaos a -estos buenos godos hablando conmigo de cosas varias y yo anotando:--no -existe la pronunciación áspera de la _v_; la _h_ fué aspirada, fué _j_, -cuando no fué _f_; el francés los invade; no sabe lo que se dice este -académico; ignoran el griego; traducen y traducen mal lo malo. A -propósito, una noche hablábamos de ortografía con Ventura de la Vega y -otros, y la sonrisa del desdén andaba de boca en boca rizando las -extremidades de los labios. ¡Pobres diablos de criollos, parecían -disimular, quién los mete a ellos en cosas tan académicas! Y como yo -pusiese en juego baterías de grueso calibre para defender nuestras -posiciones universitarias, alguien me hizo observar que, dado caso que -tuviésemos razón, aquella desviación de la ortografía usual establecía -una separación embarazosa entre la España y sus colonias. Este no es un -grave inconveniente, repuse yo con la mayor compostura y suavidad; como -allá no leemos libros españoles; como ustedes no tienen autores, ni -escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores, -ni cosa que lo valga; como ustedes aquí y nosotros allá traducimos, nos -es absolutamente indiferente que ustedes escriban de un modo lo -traducido y nosotros de otro. No hemos visto allá más libro español que -uno que no es libro, los artículos de periódicos de Larra; o no sé si -ustedes pretenden que los escritos de Martínez de la Rosa son también -libros! Allá pasan sólo por copilaciones, por extractos, pudiendo -citarse la página de Blair, Boileau, Guisot, y veinte más, de donde ha -sacado tal concepto, o la idea madre que le ha sugerido otro -desenvolvimiento. Lo que daba más realce a esta preparación era que, a -cada nueva indicación, yo afectaba apoyarme en el asentimiento unánime -de mis oyentes. Como ustedes saben... decía yo, como ustedes no lo -ignoran... ¡Oh! estuve admirable, y no había concluído cuando todos me -habían dado las buenas noches... - -Mas es preciso que os introduzca a España por dos caminos. Hay dos en -España para diligencia. Hay diligencias. ¿No lo creeis? Verdad de Dios, -y en prueba de ello que se mandaron a hacer a Francia las que viajan por -la carrera de Bayona a Madrid, que son las únicas que tienen forma y -comodidades humanas. Hay en ideas, como en cosas usuales en los pueblos, -ciertos puntos que han pasado ya a la conciencia, al sentido común, y -que no pueden alterarse sin causar escándalo, subversión en los ánimos. -Por ejemplo, el arnés de las bestias de tiro en Inglaterra, Francia, -Alemania o Estados Unidos, es una de esas cosas invariables; compónese -de correas negras, lustradas, con hebillas amarillas, afectando cuando -más en cada país diferencias insignificantes. Se entiende, pues, que la -diligencia ha de ser tirada por dos, cuatro, cinco caballos manejados -del pescante; que el conductor ha de llevar bota granadera, sombrero de -hule y largo chicote para animar sus caballos. Salís de Bayona hacia -Irún y Vitoria, y el francés, o el europeo caen, al pasar una colina, -en un mundo nuevo. La diligencia es tirada por ocho pares de mulas -puestas el tiro de dos en dos, a veces por diez pares en donde el devoto -repasándolas con la vista podría rezar su rosario; negras todas, -lustrosas, fusadas, rapadas, taraceadas, con grandes plumeros carmesí -sobre los moños, y testeras coloradas, y rapacejos y redes y borlas que -se sacuden al son de cien campanillas y cascabeles; animado este extraño -drama por el cochero, que en traje andaluz y con chamarra árabe, las -alienta con una retahila de blasfemias a hacer reventar en sangre otros -oídos que los españoles; con aquello de _arre p_.... marche la -_Zumalacarregui, anda... de la Virgen, ahí está el carlista... p... -Cristina janda, jandaaa!_ y Dios, los santos del cielo y las potestades -del infierno entran _pèle mèle_ en aquella tormenta de zurriagazos, -pedradas, gritos y obscenidades horribles. Triste cosa por cierto, que -en los dos países exclusivamente católicos de Europa, en Italia y -España, el pueblo veje, injurie, escupa a cada momento todos los objetos -de su adoración, de manera de hacer temblar un ateo. Leed aquellas -reyertas de los gondoleros de Venecia, descritas por Jorge Sand, en que -el uno echa en cara al otro para injuriarlo las sodomías, bestialidades -y torpezas de su madona. - -El extranjero que no entiende aquella granizada de palabras -incoherentes, se cree en un país encantado, abobado con tanta borlita y -zarandaja, tanta bulla y tanto campanilleo, y declara a la España el -país más romancesco, más sideral, más poético, más extra-mundanal que -pudo soñarse jamás. Entonces pregunta dónde está Don Quijote y se -desespera por no ver aparecer los bandidos que han de detener la -diligencia y aligerarlo del peso de los francos, fruición que codicia -cada uno, para ponerla en lugar muy prominente en sus recuerdos de -viajes. M. Girardet, pintor delegado por la _Ilustración_ de París para -tomar bosquejos de las fiestas reales del próximo enlace de Montpensier, -y que había viajado por Egipto, Siria, Nubia y Abisinia, me decía -encantado: esto es más bello que los asnos del Cairo; ¿qué es lo que -dice el cochero... p... c...? Afortunadamente Mr. Blanchard, enviado por -Luis Felipe para bosquejar los grandes actos del drama de Madrid para -las galerías de Versalles, conocía mejor que yo, y gustaba más que yo de -aquella lengua, de la que daba detalles y muestras encantadoras. M. -Blanchard, grande admirador de la España, había residido muchos años, -agente secreto para la compra de cuadros de la escuela española, viajado -con muleteros seis meses en los puntos más salvajes de la España, sido -desnudado, aporreado y saqueado cinco veces; grande taurómaco, podía -darnos mil detalles picantes de las costumbres españolas que no están -escritas en libro alguno. Viajábamos los tres en la _imperial_, aunque -en lo más crudo del invierno, y no cupieran en un grueso volumen las -pláticas que sobre artes, viajes, historia, anécdotas tuvimos en cinco -días con sus noches, salvo alguna cabeceada para reparar las fuerzas. - -Alejandro Dumas nos decía ayer, hablando de la España. “Poco me importa -la civilización de un país; lo que yo busco es la poesía, la naturaleza, -las costumbres”. El creador de las _Impresiones de viaje_, que han hecho -imposible escribir verdaderos viajes que interesen al lector, y el autor -de los cuentos inimitables que entretienen los ocios de todos los -pueblos civilizados, reconocía sin duda que el brillo de esta atmósfera -meridional, cuyos violados tintes se agrupan en el horizonte y en las -ondulaciones de este cielo desnudo, algunos paisajes que ha descrito -admirablemente, sin haberlos visto, en sus _Quince días en el monte -Sinaí_. - -El aspecto físico de la España trae, en efecto, a la fantasía la idea -del Africa o de las planicies asiáticas. La Castilla Vieja es todavía -una pradera inmensa en la que pacen numerosos rebaños, de ovejas sobre -todo. La aldea miserable que el ojo del viajero encuentra, se muestra a -lo lejos terrosa y triste; árbol alguno abriga bajo su sombra aquellas -murallas medio destruídas, y en torno de las habitaciones, la flor más -indiferente no alza su tallo, para amenizar con sus colores escogidos la -vista desapacible que ofrecen llanuras descoloridas, arbustillos -espinosos, encinas enanas y en lontananza montañas descarnadas y -perfiles adustos. En cuanto a pintoresco y poesía, la España posee sin -embargo grandes riquezas, aunque por desgracia cada día va perdiendo -algo de su originalidad primitiva. Ya hace, por ejemplo, cuatro años que -la diligencia no es detenida por los bandidos con aquellas largas -carabinas que aún llevan consigo hasta hoy los muleteros, rasgo que -caracteriza a todas las sociedades primitivas, como los árabes, los -esclavones, los españoles. Dos artistas franceses acaban en estos días -de recorrer las montañas de la Ronda, atravesando en mula el reino de -Murcia, y continuando a pie su excursión, desde Sevilla a Madrid, sin -haber tenido la felicidad de ser atacados por los bandidos como se lo -habían prometido, a fin de descargar las carabinas de que se habían -provisto, o tomar las de Villadiego, según lo aconsejase la gravedad del -caso. En cambio la pobre España ha adquirido el municipal, bicho raro -importado de extrangis, y cuyo bulto eminentemente prosaico y -civilizador, recorre los caminos en traje de parada, disipando con su -presencia toda cavilación un poco poética. ¿Cómo pensar, en efecto, en -el Cid, los godos, o los moros, cuyas tiendas cubrían en otro tiempo -estas llanuras, cuando ve uno al gendarme o al guardia municipal con su -banderola amarilla, y su sombrero galoneado?... - - * * * * * - -Andando más adelante y saliendo de la Vizcaya, la vista se reposa sobre -el cuadro pintoresco que presenta Burgos, capital de Castilla la Vieja. -Por un acaso, feliz sin duda, la diligencia no llega a la ciudad, sino a -una hora avanzada de la noche que oculta al viajero el desaseo de la -población. Burgos con su catedral gótica, se levanta cual sombra de los -tiempos heróicos, como el alma en pena de la caballería española. M. -Girardet y un joven Manzano, de Concepción, me acompañaron para visitar -la ciudad silenciosa. Era ya media noche, y los pálidos rayos de la -luna, que de tiempo en tiempo atravesaban las nubes, se colaban por -entre la blonda transparente de las flechas de la catedral. El color -pardusco de aquella piedra, que ha recibido el baño galvánico de los -siglos, y la luz incierta del fondo sobre el cual se diseñaban las -numerosas agujas, torres y pináculos que decoran la masa del edificio, -daban al conjunto un aspecto fantástico que me traían a la memoria -aquellos efectos fantásticos de luna representados en las decoraciones -de ópera. Mis miradas se aguzaban en vano por distinguir en la masa -opaca los adornos de detalle que cubren de un bordado imperecedero la -superficie de la construcción, y cuya invención, variada al infinito, -con minuciosa prolijidad de ejecución, hacía la gloria del arquitecto de -la Edad Media. Girardet y yo nos acercábamos a tientas a los pórticos -que la luna nos alumbraba, para palpar las estatuas de apóstoles y -santos que guardan la entrada como mudos fantasmas. - -Los serenos que guardan el reposo de los vecinos, debieron alarmarse al -ver dos bultos negros y silenciosos detenerse de distancia en distancia -como si temieran avanzar y rodando en torno de la iglesia a hora tan -excusada. Uno de ellos se dirigió hacia nosotros, bañándonos el rostro, -para reconocernos, con los rayos reconcentrados de su linterna de -reverbero; después habiéndose apercibido por algunas exclamaciones de -entusiasmo que se nos escapaban, de que éramos simples viajeros, se -ofreció comedidamente a servirnos de guía para hacernos ver los otros -monumentos de la ciudad. - -A la luz de su linterna ascendimos una altura en donde se encuentra un -arco de triunfo erigido a la memoria de Fernando González, aquel -valiente caudillo, que sin hacerse rey fundó la independencia de la -Castilla. Un poco más lejos aparece un trofeo levantado, según es fama, -sobre el lugar mismo en que estaba situado el salón feudal, en el cual -el Cid solía recibir a los príncipes y reyes que solicitaban el potente -auxilio de su brazo. El sereno elevando la linterna a la punta de su -lanza, nos alumbraba las armas del Cid esculpidas en la piedra, y la -inscripción casi borrada que recuerda sus hazañas. El monumento está -rodeado de postes o linderos de piedra, los cuales, vistos a la luz -indecisa de la luna, semejan piedras druídicas; y al lado de la derruída -muralla, que en otro tiempo guardaba la ciudad, se enseñan las ruinas -de la habitación particular del Cid. Existe un fragmento de la cadena -que los nobles castellanos colgaban sobre sus puertas en señal de -vasallaje, y una barra de fierro incrustada horizontalmente en el muro -indicaba la brazada del Cid. Girardet y yo la medimos con nuestros -brazos sin alcanzar a sus extremidades. Otro francés de talla ordinaria, -pero ancho de espaldas, ensayó sus brazos igualmente y se aproximó un -tanto a la medida, lo que nos hizo concluir que el Cid Campeador debió -ser uno de esos hombres robustos y cuadrados, como Bayardo, que parecen -haber sido creados expresamente para mangos de una temible espada -toledana. - -En seguida nos asomamos a las almenas de la muralla, en la parte que el -tiempo no ha destruído, y desde allí dejábamos vagar nuestras miradas -por entre los intersticios, sobre la silenciosa e indefinible campaña, -amedrentándonos maquinalmente con el silencio de la noche, como si -temiéramos ver aparecer a lo lejos los grupos de enemigos, las tiendas -de la morisma, o los reales de los caballeros feudales. Continuando -nuestra peregrinación nocturna, que turbaban solamente los ladridos -plañideros y prolongados de los perros, llegamos a una capilla de -construcción romana, y cuya arquitectura sin carácter deja ver su -extrema antigüedad; al lado de la puerta se muestra una cruz que la -tradición ha llamado la cruz del juramento de vasallaje y fidelidad del -Cid, el cual no sabiendo firmar, hubo de trazar con la punta de su -terrible espada aquella extraña marca. Yo no recuerdo excursión alguna -que me haya llenado, como la de aquella noche, de tan vivas emociones. -Es verdad que la oscuridad de la noche, envolviendo en su sombra los -edificios particulares, presta a los antiguos monumentos algo de vago y -misterioso que añade un nuevo encanto a las epopeyas cuyos recuerdos -consagran. Burgos de noche es la vieja Burgos de las tradiciones -castellanas, la morada del Cid, la catedral gótica más bella que se -conoce. De día es un pobre montón de ruinas vivas y habitadas por un -pueblo cuyo aspecto es todo lo que se quiera, menos poético, ni culto, -dos modos de ser que se suplen uno a otro. - -Pero al paso que van las cosas en España, toda poesía y todo pintoresco -habrá desaparecido bien pronto. Ya no se ven aquellos monjes blancos, -pardos, chocolates, negros, overos, calzados y descalzos, que hicieron -la gloria del paisaje español hasta 1830, cuando una Saint Bartelemy -imprevista vino a pedirles cuenta de los autos de fe de la Inquisición. -Apenas se encuentran al día en los caminos seis u ocho clérigos, -hechizos del fraile que está suprimido, y envueltos en sus anchos -manteos, resguardándose de los rayos del sol y de la lluvia, ellos y el -manteo, bajo la sombra del sombrero de teja que caracteriza al clero -español y a los jesuítas de -Roma.......................................... - - -FIN - - - - -ÍNDICE - - - _Páginas_ - -Preliminar 7 - -El Argumento 21 - -Jactancia y valentía 29 - -El escenario de Martín Fierro 39 - -El amor y la queja 55 - -El cuchillo del gaucho 63 - -Hazañas y entreveros 71 - -Los indios 83 - -Un duelo con un salvaje 99 - -Refranero picaresco 111 - -Consideraciones finales 121 - -Un conflicto de sentimientos 133 - -Martín Fierro y Sarmiento 143 - -APÉNDICES - -Explicación de algunos criollismos 161 - -Estoicismo criollo 169 - -Estética de la palabra 177 - -El estilo desmesurado 189 - -La profesión intelectual 193 - -Atorrantismo 203 - -Los payadores 215 - -El éxito de Martín Fierro 219 - -Sarmiento 221 - - - - - -End of Project Gutenberg's El poema de la Pampa, by José María Salaverría - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL POEMA DE LA PAMPA *** - -***** This file should be named 63525-0.txt or 63525-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/3/5/2/63525/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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