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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: El criticón (tomo 2 de 2) - -Author: Baltasar Gracián y Morales - -Editor: Julio Cejador y Frauca - -Release Date: October 7, 2020 [EBook #63402] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CRITICÓN (TOMO 2 DE 2) *** - - - - -Produced by Ramón Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by The -Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se - han convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. - - * Se ha respetado la ortografía del original impreso, que difiere - algo de la actual, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia. - - * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan. - - * Las páginas en blanco han sido eliminadas. - - * Las notas al margen aparecen encerradas entre corchetes y - presentadas como [Marginal:...] dentro del texto. - - - - -[Ilustración] - - - - - BIBLIOTECA RENACIMIENTO - - DIRIGIDA POR - _G. MARTÍNEZ SIERRA_ - - COLECCIÓN DE - OBRAS MAESTRAS - DE LA LITERATURA UNIVERSAL - - [Ilustración] - - LA EDICIÓN Y COMENTARIO DE LOS TEXTOS CLÁSICOS ESPAÑOLES, LA - TRADUCCIÓN DE LOS EXTRANJEROS Y LOS PRÓLOGOS DE UNOS Y OTROS ESTÁN - Á CARGO DE EMINENTES ESCRITORES, CRÍTICOS Y ERUDITOS, LOS MÁS - COMPETENTES EN LA MATERIA: - - _GABRIEL ALOMAR, AZORÍN, PÍO BAROJA, JACINTO BENAVENTE, BERNARDO - G. DE CANDAMO, AMÉRICO CASTRO, JULIO CEJADOR, ENRIQUE DÍEZ-CANEDO, - FERNANDO FORTÚN, RICARDO FUENTE, VICENTE GARCÍA DE DIEGO, J. - GÓMEZ OCERÍN, FRANCISCO A. DE ICAZA, JUAN R. JIMÉNEZ, RICARDO - LEÓN, EDUARDO MARQUINA, G. MARTÍNEZ SIERRA, FRANCISCO MEDINA, - ENRIQUE DE MESA, ANTONIO PALOMERO, R. PÉREZ DE AYALA, JACINTO O. - PICÓN, CIPRIANO RIVAS CHERIF, FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN, VÍCTOR - SAID-ARMESTO, EUGENIO SELLÉS, RAMÓN M. TENREIRO, MIGUEL DE UNAMUNO, - FRANCISCO F. VILLEGAS, NARCISO ALONSO CORTÉS, ETCÉTERA, ETC._ - - LA PARTE ARTÍSTICA - DE ESTAS EDICIONES ESTÁ ENCOMENDADA AL - ILUSTRE DIBUJANTE - _FERNANDO MARCO_. - - - - -[Ilustración: BIBLIOTECA RENACIMIENTO. - -OBRAS MAESTRAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL.] - - - - - [Ilustración: EL CRITICÓN - - POR - LORENZO GRACIÁN - - EDICIÓN - TRANSCRITA Y REVISADA - POR - JVLIO CEJADOR - - RENACIMIENTO - _Casa Central_: MADRID, _Pontejos 3_ - SVCVRSALES: - BVENOS AIRES, _Libertad 170_ - PARÍS, _26, Rue Richelieu_] - - - - -NOTA - - -“Sabido es que Gracián, en el pináculo de su fama, fué encerrado á -pan y agua en su celda por haber publicado EL CRITICÓN sin permiso de -sus superiores. Lo que escandalizaba á sus colegas era el pecado de -desobediencia, no el tono de sus libros.” Así Fitzmaurice-Kelly en su -_Historia de la Literatura Española_, Madrid, 1913. Las tres partes -de EL CRITICÓN se publicaron, respectivamente, los años de 1651, 1653 -y 1657; el año de 1658 murió Gracián. La primera parte salió sin su -nombre, con el anagrama de _García de Marlones_, esto es: _Gracián de -Morales_. En la segunda y tercera parte se lee: _Lorenzo Gracián_. En -la Censura del _Padre Don Antonio Liperi_, _Clérigo Regular_, _Doctor -en Teología y en ambos Derechos. Por comission del Excelentissimo Señor -Conde de Lemos y de Castro, Virrey y Capitán General deste Reyno_, -impresa en la primera parte se lee: “He leído con atención (según la -orden de V. E.) el libro intitulado EL CRITICÓN y su primera parte, -_en la Primavera de la niñez y en el Estío de la juventud_, compuesto -por el Padre Lorenço Gracián, y en él no he hallado cosa opuesta -á...” Vincencio Antonio Lastanosa, hijo del famoso arqueólogo D. -Vincencio Juan de Lastanosa, amigo y admirador de Gracián, dió á la -estampa, contra su voluntad, la mayor parte de sus obras, entre ellas -EL CRITICÓN, como puede verse en documento que trae la Revista de -Bibliotecas y Archivos, 1877, p. 29. - -Si fué “contra su voluntad”, el P. Gracián no desobedeció á los -superiores de la Compañía de Jesús. De todos modos, estas persecuciones -dan razón de haber salido con anagrama la primera parte y mudado el -propio nombre de Baltasar por el de Lorenzo en la _Censura_ de la misma -y en la portada de las otras dos partes. Dificultosa tarea echará sobre -sí el que se empeñe en averiguar lo que al P. Gracián pasó con sus -superiores respecto de sus libros y que se sospecha aceleró su muerte, -un año después de publicada la tercera parte de EL CRITICÓN, asombroso -esfuerzo del ingenio humano. - -La crítica se ha portado con esta obra tan mal como la Compañía de -Jesús con su autor. El lector que haya leído el primer tomo notará al -leer el segundo que vale mucho más la segunda parte que la primera, y -la tercera muchísimo más que la segunda. Este sol, que iba levantándose -por momentos y brillando cada vez con más vivos resplandores, un año -después cae en el sepulcro. Todos son misterios en Gracián, su vida, su -muerte, su obra. - -No lo es menos su bibliografía. En el _Prólogo_ al primer tomo puse lo -que trae Latasa acerca de EL CRITICÓN. Ni Gallardo ni Salvá ni Brunet -dicen nada de particular. Heredia (4.246) pone la primera parte de EL -CRITICÓN como impresa en Zaragoza, 1651; otra edición en Huesca, 1653; -otra en Madrid, 1657. Fitzmaurice-Kelly, en su última edición de la -_Historia de la Literatura Española_, Madrid, 1913, conténtase con -poner entre paréntesis estas mismas fechas (1651, 1653, 1657). ¿Tomólas -de Heredia ó ha visto ejemplares? En la Biblioteca Nacional de Madrid -sólo hay un ejemplar, muy maltratado, de la primera edición de la -segunda parte, Huesca, 1653. - -De estas dudas, que ya tenía al escribir mi _Prólogo_, salí después -de impreso el primer tomo, por haber logrado en Aragón un magnífico -ejemplar de la primera edición de cada una de las tres partes de EL -CRITICÓN, verdadero tesoro por lo raro; pero, sobre todo, por ser -la edición primera de esta obra sin par en todas las literaturas. -Comuniqué luego la noticia á mi excelente amigo R. Foulché-Delbosc, el -más entendido de los hispanófilos extranjeros, preguntándole qué sabía -acerca de estas primeras ediciones, y entre otras cosas me respondió: -“El Museo Británico posee ejemplar de las tres primeras ediciones de -EL CRITICÓN, ó si se quiere, ejemplar de la parte primera, de la parte -segunda y de la parte tercera, cada una en su primitivo estado, con -las fechas que señala Fitzmaurice-Kelly; de donde deduzco que casi -seguramente vió dichas ediciones en el referido Museo Británico... Y ya -que estamos hablando de Gracián, sepa usted que en el último número de -la _Révue Hispanique_ de 1913 habrá un estudio de cuatrocientas páginas -sobre este autor.” - -Ya que al preparar el primer tomo de esta edición de EL CRITICÓN, que -publica “Renacimiento”, no podía disponer de las primeras ediciones, -me he aprovechado, al menos, de las que hoy poseo para la publicación -del segundo tomo, el cual puedo asegurar que es copia fiel de ellas: la -segunda parte de la primera edición de Huesca, 1653; la tercera parte -de la primera edición de Madrid, 1657, mudadas tan sólo la ortografía y -puntuación. - -Véase la portada de la primera edición de cada una de las tres partes: - -El Criticón | Primera Parte | en la Primavera | de la niñez, | y en | -el Estío de la ivventud. | Autor García de Marlones, | y lo dedica | al -valeroso cavallero | Don Pablo de Parada, | de la Orden de Christo, | -General de la Artillería y Governa | dor de Tortosa. | Con Licencia. | -En Zaragoza, por Ivan Nogves, y á su costa. | Año M. DC. LI. - -El Criticón | Segunda Parte. | ivyziosa cortesana | filosofía, | en el -Otoño de la | varonil edad. | por | Lorenzo Gracián. | y | lo dedica | -al Serenissimo Señor | D. Ivan de Austria. | Con Licencia, | En Huesca: -Por Iuan Noguès. Año 1653. | A costa de Francisco Lamberto, Mercader de -Libros. | Véndese en la Carrera de San Gerónimo. - -El Criticón, | Tercera parte. | en el Invierno de la vejez. | por -Lorenzo Gracián. | y lo dedica | al Doctor Don Lorenço Francés de -Vrritigoyti, | Deán de la Santa Iglesia de Siguença. | Con Privilegio. -| En Madrid. Por Pablo de Val. Año de 1657. | A costa de Francisco -Lamberto, véndese en su casa | en la Carrera de San Gerónimo. - -Sólo he de añadir que ediciones tan raras como éstas, de las cuales no -hay ni en Madrid otro ejemplar que el mío completo de las tres partes -y el maltrecho de la segunda parte de la Nacional, que sólo se conoce -además el ejemplar del Museo Británico, y que hasta ahora fueron enigma -para los bibliógrafos, deberían reproducirse con todos sus pelos y -señales para que la república de las letras goce en su entereza una -de las más poderosas obras del ingenio español, y la crítica acabe -de levantar á Baltasar Gracián al encumbrado puesto que merece en la -Historia de la Filosofía y de la Literatura. - - JULIO CEJADOR. - - - - -CRISI VII - -_El hiermo de Hipocrinda._ - - -Componían al hombre todas las demás criaturas, tributándole -perfecciones; pero de prestado. Iban á porfía amontonando bienes sobre -él; mas todos al quitar. El cielo le dió la alma, la tierra el cuerpo, -el fuego el calor, el agua los humores, el aire la respiración, las -estrellas ojos, el sol cara, la fortuna haberes, la fama honores, -el tiempo edades, el mundo casa, los amigos compañía, los padres la -naturaleza y los maestros la sabiduría. Mas viendo él que todos eran -bienes muebles, no raíces, prestados todos y al quitar, dicen que -preguntó: - -¿Pues qué será mío? Si todo es de prestado, ¿qué me quedará? - -Respondiéronle que la virtud. Ésa es bien propio del hombre, nadie se -la puede repetir. Todo es nada sin ella y ella lo es todo. [Marginal: -_Único bien._] Los demás bienes son de burlas; ella sola es de veras. -Es alma del alma, vida de la vida, realce de todas las prendas, -corona de las perfecciones y perfección de todo el ser. Centro es de -la felicidad, trono de la honra, gozo de la vida, satisfación de la -conciencia, respiración del alma, banquete de las potencias, fuente del -contento, manantial de la alegría. Es rara porque es dificultosa y, -dondequiera que se halla, es hermosa y por eso tan estimada. - -[Marginal: _Excelencias de la Virtud._] - -Todos querrían parecer tenerla; pocos de verdad la procuran. Hasta los -vicios se cubren con su buena capa y mienten sus apariencias: los más -malos querrían ser tenidos por buenos. Todos la querrían en los otros; -mas no en sí mismos. Pretende éste que aquél le guarde fidelidad en -el trato, que no le murmure ni le mienta ni le engañe, trate siempre -verdad, que en nada le ofenda ni agravie; y él obra todo lo contrario. - -Con ser tan hermosa, noble y apacible, todo el mundo se ha mancomunado -contra ella. Y es de modo, que la verdadera virtud ya no se ve ni -parece; sino la que le parece. Cuando pensamos está en alguna parte, -topamos con sola su sombra, que es la hipocresía. De suerte, que un -bueno, un justo, un virtuoso florece como la Fénix, que por único se -lleva la palma. - -Esto les iba ponderando á Critilo y Andrenio una agradable doncella, -ministra de la Fortuna, de sus más llegadas, que, compadecida de verlos -en el común riesgo, estando ya para despeñarse, les asió del copete -de la Ocasión y los detuvo [Marginal: _De la dicha á la virtud._] y, -dando una voz al Acaso, le mandó echar la puente levadiza, con que -los traspuso de la otra parte, de un alto á otro, de la Fortuna á la -Virtud, con que se libraron del fatal despeño. - -[Marginal: _De la Virtud á la Honra._] - -Ya estáis en salvo, les dijo. Dicha de pocos lograda, pues visteis caer -mil á vuestro lado y diez mil á vuestra diestra. Seguid ese camino, sin -torcer á un lado ni á otro; aunque un ángel os dijese lo contrario, que -él os llevará al palacio de la hermosa Virtelia, aquella gran reina -de las felicidades. Presto le divisaréis encumbrado en las coronillas -de los montes. Porfiad en el ascenso; aunque sea con violencias: que -de los valientes es la corona. [Marginal: _Fin premiado._] Y aunque -sea áspera la subida, no desmayéis, poniendo siempre la mira en el fin -premiado. - -Despidióse con mucho agrado echándoles los brazos. Volvióse á pasar de -la otra parte y al mismo punto levantaron la puente. - -¡Oh!, dijo Critilo: ¡qué cortos hemos andado en no preguntarla quién -era! ¿Es posible que no hayamos conocido una tan gran bienhechora? - -Aún estamos á tiempo, dijo Andrenio: que aún no la habemos perdido ni -de vista ni de oída. - -Diéronla voces y ella volvió un cielo en su cara y dos soles en un -cielo, esparciendo favorables influencias. - -Perdona, señora, dijo Critilo, nuestra inadvertencia, no grosería, y -así te favorezca tu reina más que á todas, que nos digas quién eres. - -Aquí ella sonriéndose: No lo queráis saber, dijo, que os pesará. - -Pero ellos más deseosos con esto, porfiaron en saberlo y así les dijo: - -Yo soy la hija mayor de la Fortuna, yo la pretendida de todos, yo la -buscada, la deseada, la requerida, yo soy la Ventura. - -Y al momento se traspuso. - -[Marginal: _Dicha desconocida._] - -Juráralo yo, dijo suspirando Critilo, que en conociéndote habías de -desaparecer. ¡Hase visto más poca suerte en la dicha! Así acontece á -muchos cada día. ¡Oh cuántos, teniendo la dicha entre manos, no la -supieron conocer y después la desearon! Pierde uno los cincuenta, los -cien mil de hacienda y después guarda un real. No estima el otro la -consorte casta y prudente, que le dió el cielo, y después la suspira -muerta y adorada en la segunda. Pierde éste el puesto, la dignidad, la -paz, el contento, el estado, y después anda mendigando mucho menos. - -Verdaderamente, que nos ha sucedido, dijo Andrenio, lo que á un galán -apasionado, que, no conociendo su dama, la desprecia y después, perdida -la ocasión, pierde el juicio. Desta suerte malograron muchos el tiempo, -la ocasión, la felicidad, la comodidad, el empleo, el reino, que -después lo lamentaron harto. Así sollozaba el rey navarro pasando el -Pirineo y Rodrigo en el río de su llanto. ¡Pero desdichado sobre todo -quien pierda el cielo! - -[Marginal: _Hombres de artificio._] - -Así se iban lamentando, prosiguiendo su viaje, cuando se les hizo -encontradizo un hombre venerable por su aspecto, muy autorizado de -barba, el rostro ya pasado y todas sus faciones desterradas, hundidos -los ojos, la color robada, chupadas las mejillas, la boca despoblada, -ahiladas las narices, la alegría entredicha, el cuello de azucena -lánguido, la frente encapotada, su vestido por lo pío remendado, -colgando de la cinta unas disciplinas, lastimando más los ojos del -que las mira, que las espaldas del que las afecta, zapatos doblados -á remiendos, de más comodidad que gala. Al fin, él parecía semilla -de ermitaños. Saludóles muy á lo del cielo para ganar más tierra y -preguntóles para adónde caminaban. - -Vamos, respondió Critilo, en busca de aquella flor de reinas, la -hermosa Virtelia, que nos dicen mora aquí en lo alto de un monte, en -los confines del cielo. Y si tú eres de su casa y de su familia, como -lo pareces, suplícote que nos guíes. - -Aquí él, después de una gran tronada de suspiros, prorrumpió en una -copiosa lluvia de lágrimas. - -¡Oh, cómo vais engañados!, les dijo, ¡y qué lástima que os tengo! -Porque esa Virtelia, que buscáis, reina es; pero encantada. Vive, -aunque más muere, en un monte de dificultades, poblado de fieras, -serpientes que emponzoñan, dragones que tragan, y sobre todo hay un -león en el camino, que desgarra á cuantos pasan. Á más de que la subida -es inaccesible, al fin cuesta arriba, llena de malezas y deslizaderos, -donde los más caen haciéndose pedazos. Bien pocos son y bien raros los -que llegan á lo alto. - -Y cuando toda esa montaña de rigores hayáis sobrepujado, queda lo más -dificultoso, [Marginal: _Dificultades de la virtud._] que es su palacio -encantado, guardadas sus puertas de horribles gigantes, que con mazas -aceradas en las manos defienden la entrada y son tan espantosos, que -sólo el imaginarlos arredra. Verdaderamente me hacéis duelo de veros -tan necios, que queráis emprender tanto imposible junto. - -Un consejo os daría yo y es que echéis por el atajo, por donde hoy -todos los entendidos y que saben vivir caminan. Porque habéis de saber -que aquí más cerca, en lo fácil, en lo llano, mora otra gran reina, muy -parecida en todo á Virtelia en el aspecto, en el buen modo, hasta en el -andar, que la ha cogido los aires. Al fin un retrato suyo; sólo que no -es ella. Pero más agradable y más plausible, tan poderosa como ella y -que también hace milagros. Para el efecto es la misma. - -Porque decidme, vosotros ¿qué pretendéis en buscar á Virtelia y -tratarla? ¿Que os honre, que os califique, que os abone, para conseguir -cuanto hay, la dignidad, el mando, la estimación, la felicidad, el -contento? Pues sin tanto cansancio, sin costaros nada, á pierna -tendida, lo podéis aquí conseguir. No es menester sudar ni afanar ni -reventar como allá. Dígoos que éste es el camino de los que bien saben. -Todos los entendidos echan por este atajo y así está hoy tan valido en -el mundo, que no se usa otro modo de vida. - -[Marginal: _Milagros de la apariencia._] - -¿De suerte, preguntó Andrenio, ya vacilando, que esa otra reina, que tú -dices, es tan poderosa como Virtelia? - -Y que no la debe nada, respondió el Ermitaño. Lo que es el parecer, tan -bueno le tiene y aun mejor y se precia dello y procura mostrarlo. - -¿Que puede tanto? - -Ya os digo que obra prodigios. Otra ventaja más y no la menos -codiciable, que podréis gozar de los contentos, de los gustos desta -vida, del regalo, de la comodidad, de la riqueza, juntamente con este -modo de virtud, que aquella otra, por ningún caso los consiente. Ésta -en nada escrupulea. Tiene buen estómago, con tal que no haya nota ni -se sepa. Todo ha de ser en secreto. Aquí veréis juntos aquellos dos -imposibles de cielo y tierra juntos, que los sabe lindamente hermanar. - -No fué menester más para que se diese por convencido Andrenio. Hízose -al punto de su banda. Ya le seguía, ya volaban. - -Aguarda, decía Critilo, que te vas á perder. - -Mas él respondía: - -No quiero montes. Quita allá gigantes. ¿Leones? ¡Guarda! - -Iban ya de carrera arrancada. Seguíales Critilo voceando: - -Mira que vas engañado. - -Y él respondía: - -¡Vivir!, ¡vivir!, ¡virtud holgada!, ¡bondad al uso! - -Seguidme, seguidme, repetía el falso Ermitaño, que éste es el atajo del -vivir; que lo demás es un morir continuado. - -Fuélos introduciendo por un camino encubierto y aun solapado entre -arboledas y ensenadas, y al cabo de un laberinto con mil vueltas y -revueltas dieron en una gran casa, harto artificiosa, que no fué vista -hasta que estuvieron en ella. Parecía convento en el silencio y todo el -mundo en la multitud. Todo era callar y obrar, hacer y no decir. Que -aun campana no se tañía, por no hacer ruido: no se dé campanada. Era -tan espaciosa y había tanta anchura, que cabrían en ella más de las -tres partes del mundo y bien holgadas. - -[Marginal: _Casa á obscuras._] - -Estaba entre unos montes, que la impedían el sol, coronada de árboles -tan crecidos y tan espesos, que la quitaban la luz con sus verduras. - -¡Qué poca luz tiene este convento!, dijo Andrenio. - -Así conviene, respondió el Ermitaño: que donde se profesa tal virtud no -convienen lucimientos. - -Estaba la puerta patente y el portero muy sentado, por no cansarse -en abrir. Tenía calzados unos zuecos de conchas de tartugas, -desaliñadamente sucio y remendado. - -Éste, dijo Critilo, á ser hembra, fuera la pereza. - -¡Oh, no!, dijo el Ermitaño. No es, sino el sosiego. No nace aquello de -dejamiento, sino de pobreza; no es suciedad, sino desprecio del mundo. - -Saludóles, dando gracias de su linda vida. Intimóles luego, sin -moverse, con un gancho, un letrero, que estaba encima de la puerta y -decía con unas letras góticas: - -Silencio. - -Y comentóseles el Ermitaño: - -[Marginal: _Vivir de tramoya._] - -Quiere decir que de aquí adentro no se dice lo que se siente, nadie -habla claro; todos se entienden por señas, aquí callar y callemos. - -Entraron en el claustro; pero muy cerrado: que es lo más cómodo para -todos tiempos. - -Iban ya encontrando algunos, que en el hábito parecían monjes y era, -aunque al uso, bien extraño. Por defuera lo que se veía era de piel -de oveja; [Marginal: _Capa de virtud._] mas por dentro lo que no se -parecía era de lobos novicios, que quiere decir rapaces. Notó Critilo -que todos llevaban capa y buena. - -Es instituto, dijo el Ermitaño: no se puede deponer jamás ni hacer -cosa, que no sea con capa de santidad. - -Yo lo creo, dijo Critilo, y aun con capa de lastimarse. Está aquél -murmurando de todo, con capa de corregir se venga el otro. Con capa de -disimular permite éste que todo se relaje. Con capa de necesidad hay -quien se regala y está bien gordo. Con capa de justicia es el juez un -sanguinario. Con capa de celo todo lo malea el envidioso. Con capa de -galantería anda la otra libertada. - -Aguarda, dijo Andrenio. ¿Quién es aquella que pasa con capa de -agradecimiento? - -¿Quién ha de ser, sino la Simonía y aquella otra la Usura paliada? - -Con capa de servir á la República y al bien público se encubre la -ambición. - -¿Quién será aquel, que toma la capa ó el manto para ir al sermón á -visitar el santuario? Parece el Festejo. - -El mismo. - -¡Oh maldito sacrílego! - -Con capa de ayuno ahorra la avaricia, con capa de gravedad nos quiere -desmentir la grosería. Aquél, que entra allí, parece que lleva capa -de amigo y realmente lo es y aun con la de pariente se introduce el -adulterio. - -Éstos, dijo el Ermitaño, son de los milagros que obra cada día esta -superiora, haciendo que los mismos vicios pasen plaza de virtudes y -que los malos sean tenidos por buenos y aun por mejores. Los que son -unos demonios hace que parezcan unos angelitos y todo con capa de -virtud. - -Basta, dijo Critilo. Que desde que al mismo Justo le sortearon la capa -los malos, ya la tienen por suerte: andan con capa de virtud, queriendo -parecer al mismo Dios y á los suyos. - -¿No notáis, dijo el falso Ermitaño y verdadero embustero, qué ceñidos -andan todos, cuando menos ajustados? - -Sí; dijo Critilo; pero con cuerda. - -Eso es lo bueno, respondió, para hacer bajo cuerda cuanto quieren y -todo va bajo manga. No se les ven las manos, tanto es su recato. - -No sea, replicó Critilo, que tiren la piedra y escondan la mano. ¿No -veis aquel bendito, qué fuera del mundo anda? ¡Qué metido va, pues no -piensa en cosa suya, sino en las ajenas! Que no tiene cosa propia. No -se le ve la cara, no es lo mejor lo descarado. Á nadie mira á la cara -y á todos quita el sombrero. Anda descalzo por no ser sentido, tan -enemigo es de buscar ruido. - -¿Quién es el tal?, preguntó Andrenio. ¿Es profeso? - -Sí, con que cada día toma el hábito y es muy bien diciplinado. Dicen -que es un arrapaaltares, por tener mucho de Dios. Hace una vida -extravagante. Toda la noche vela, nunca reposa. No tiene cosa ni casa -suya y así es dueño de todas las ajenas. Y sin saber cómo ni por dónde, -se entra en todas y se hace luego dueño dellas. Es tan caritativo, que -á todos ayuda á llevar la ropa y cuantos topa, las capas, y así le -quieren de modo, que, cuando se parte de alguna, todos quedan llorando -y nunca se olvidan dél. - -[Marginal: _Ladrón centimano._] - -Éste, dijo Andrenio, con tantas prendas ajenas más me huele á ladrón, -que á monje. - -Ahí verás el milagro de nuestra Hipocrinda, que siendo lo que tú dices, -le hace parecer un bendito. Tanto, que está ya consultado en un gran -cargo, en competencia de otro de casa de Virtelia, y se tiene por -cierto que le ha de hurtar la bendición. Y cuando no, trata de irse á -Aragón, donde muera de viejo. - -¡Qué lucido está aquel otro!, dijo Critilo. - -Es honra de la penitencia, respondió el Ermitaño, y aunque tan bueno, -no puede tenerse en pie ni acierta á dar un paso. - -Bien lo creo, que no andará muy derecho. - -Pues sabed que es un hombre muy mortificado: nadie le ha visto comer -jamás. - -Eso creeré yo: que á nadie convida, con ninguno parte; todo es predicar -ayuno y no miente. Que en habiéndose comido un capón, con verdad dice: -_ay uno_. Yo juraré por él que en muchos años no se ha visto un pecho -de perdiz en la boca. - -Y yo también. - -Y tras toda esta austeridad, que usa consigo, es muy suave. - -Así lo entiendo: suave de día y _su ave_ de noche. ¿Mas cómo está tan -lucido? - -Ahí verás la buena conciencia. Tiene buen buche, no se ahoga con poco -ni se ahita con cosillas. Engorda con la merced de Dios y así todos le -echan mil bendiciones. Pero entremos en su celda, que es muy devota. - -Recibiólos con mucha caridad y franqueóles una alhacena no tan á secas, -que no fuese de regadío, dando fruto de dulces, perniles y otros -regalos. - -¿Así se ayuna?, dijo Critilo. - -Y así hay una gentil bota, respondió el Ermitaño. Éstos son los -milagros desta casa, que siendo éste antes tenido por un Epicuro, en -tomando tan buena capa, se ha trocado de modo, que compite con un -Macario. Y es tanta verdad ésta, que antes de mucho le veréis con una -dignidad. - -¿También hay soldados cofadres de la apariencia?, preguntó Andrenio. - -Y son los mejores, respondió el Ermitaño. Tan buenos cristianos, que -aun al enemigo no le quieren hacer mala cara, con que no le querrían -ver. [Marginal: _Soldado hipócrita._] ¿No ves aquél? Pues, en dando un -Santiago, se mete á peregrino. En su vida se sabe que haya hecho mal -á nadie. No tengan miedo que él beba de la sangre de su contrario. -Aquellas plumas, que tremola, yo juraría que son más de Santo Domingo -de la Calzada, que de Santiago. El día de la muestra es soldado y el -de la batalla, Ermitaño. Más hace él con un lanzón, que otros con -una pica. Sus armas siempre fueron dobles. Desde que tomó capa de -valiente, es un Ruy Díaz atildado. Es de tan sano corazón, que siempre -le hallarán en el cuartel de la salud. No es nada vanaglorioso y así -suele decir que más quiere escudos, que armas. En dando un espaldar -al enemigo, acude al consejo con un peto y así es tenido por un -buen soldado, muy aplaudido y en competencia de dos Bernardos está -consultado en un generalato. Y dicen que él será el hombre y los otros -se lo jugarán. Que aquí más importa el parecer, que el ser. - -[Marginal: _Sabiduría aparente._] - -Aquel otro es tenido por un pozo de sabiduría, más honda que profunda. -Y él dice que en eso está su gozo. Aquí más valen testos, que testa. -Nunca se cansa de estudiar. Su mayor conceto dice ser el que dél se -tiene y aun todos los ajenos nos vende por suyos, que para eso compra -los libros. De letras, menos de la mitad basta y lo demás de fortuna. -Que el aplauso más ruido hace en vacío. Y al fin, más fácil es y menos -cuesta el ser tenido por docto, por valiente y por bueno, que el serlo. - -¿De qué sirven, preguntó Andrenio, tantas estatuas como aquí tenéis? - -¡Oh!, dijo el Ermitaño, son ídolos de la imaginación, fantasmas de -la apariencia. Todas están vacías y hacemos creer que están llenas -de sustancia y solidez. Métese uno por dentro en la de un sabio y -húrtale la voz y las palabras; otro en la de un señor y á todos manda -y todos sin réplica le obedecen, pensando que habla el poderoso y no -es sino un vergante. Ésta tiene la nariz de cera, que se la tuercen -y retuercen como quieren la información y la pasión, ya al derecho, -ya al siniestro, y ella pasa por todo. Mirad bien, reparad en aquel -ministro de Justicia, ¡qué celoso, qué justiciero se muestra! No hay -alcalde Ronquillo rancio ni fresco Quiñones, que le llegue. Con nadie -se ahorra y con todos se viste, á todos les va quitando las ocasiones -del mal, para quedarse con ellas. Siempre va en busca de ruindades y -con ese título entra en todas las casas ruines libremente, desarma los -valientes y hace en su casa una armería. Destierra los ladrones, por -quedar él solo. Siempre va repitiendo ¡justicia! mas no por su casa. Y -todo esto con buen título y aun colorado. - -Vieron otros dos, que con nombre de celosos eran dos grandísimos -impertinentes. Todo lo querían remediar y todo lo inquietaban, sin -dejar vivir á nadie, diciendo se perdía el mundo y ellos eran los -más perdidos. Á esta traza iban encontrando raros milagros de la -apariencia, estrañas maravillas de la hipocresía, que engañaran á un -Ulises. - -[Marginal: _Oficina de hipócritas._] - -Cada día acontece, ponderaba el Ermitaño, salir de aquí un sujeto, -amoldado en esta oficina, instruído en esta escuela, en competencia -de otro de aquella de arriba, de la verdadera y sólida virtud, -pretendiendo ambos una dignidad, y parecer éste mil veces mejor, -hallar más favor, tener más amigos y quedarse el otro corrido y aun -cansado. Porque los más en el mundo no conocen ni examinan lo que cada -uno es; sino lo que parece. Y creedme que de lejos tanto brilla un -claveque como un diamante. Pocos conocen las finas virtudes ni saben -distinguirlas de las falsas. Veis allí un hombre más liviano que un -bofe y parece en lo exterior más grave que un presidente. - -¿Cómo es eso?, dijo Andrenio. Que querría aprender esta arte de hacer -parecer. ¿Cómo se hacen estos plausibles milagros? - -Yo os lo diré. Aquí tenemos variedad de formas para amoldar cualquier -sujeto, por incapaz que sea, y ajustarle de pies á cabeza. [Marginal: -_Arte de artimaña._] Si pretende alguna dignidad, le hacemos luego -cargado de espaldas; si casamiento, que ande más derecho que un -huso; y, aunque sea un chisgaravís, le hacemos que muestre autoridad, -que ande á espacio, hable pausado, arquee las cejas, pare gesto de -ministro y de misterio, y para subir alto, que hable bajo. Ponémosle -unos antojos, aunque vea más que un lince, que autorizan grandemente. Y -más, cuando los desenvaina y se los calza en una gran nariz y se pone á -mirar de á caballo, hace estremecer los mirados. - -Á más desto tenemos muchas maneras de tintes, que de la noche á la -mañana transfiguran las personas, de un cuervo en un cisne callado y -que, si hablare, sea dulcemente, palabras confitadas. Si tenía piel de -víbora, le damos un baño de paloma, de modo, que no muestre la hiel, -aunque la tenga, ni se enoje jamás, porque se pierde en un instante -de cólera cuanto se ha ganado de crédito y de juicio en toda la vida. -Mucho menos muestre asomo de liviandad ni en el dicho ni en el hecho. - -Vieron uno, que estaba escupiendo y haciendo grandes ascos. - -¿Qué tiene éste?, preguntó Andrenio. - -Acércate y le oirás decir mucho mal de las mujeres y de sus trajes. - -Cerraba los ojos por no verlas. - -Éste sí, dijo el Ermitaño, que es cauto. - -Más valiera casto, replicó Critilo. Que desta suerte abrasan muchos -el mundo en fuego de secreta lujuria. Introdúcense en las casas como -golondrinas, que entran dos y salen seis. - -Mas ahora, que hemos nombrado mujeres, díme, ¿no hay clausura para -ellas? Pues de verdad, que pueden profesar de enredo. - -Sí le hay, dijo el Ermitaño. Convento hay y bien malignante: Dios nos -defienda de su multitud. Aquí están de parte. - -Y asomóles á una ventana para que viesen de paso, no de propósito, su -proceder. Vieron ya unas muy devotas, aunque no de San Lino ni de San -Hilario, que no gustan de devociones al uso, sí de San Alejos y de toda -romería. - -Aquélla, que allí se aparece, dijo el Ermitaño, es la viuda recatada, -que cierra su puerta al _Ave María_. Mira la doncella, qué puesta en -pretina, no sea _en cinta_. [Marginal: _Profesas de enredo._] Aquella -otra es una bella casada. Tiénela su marido por una santa y ella le -hace fiestas, cuando menos de guardar. Á esta otra nunca le faltan -joyas, porque ella lo es buena. Á aquélla la adora su marido: será -porque lo dora. No gusta de galas, por no gastar la hacienda, y gástale -la honra. De aquélla dice su marido que metería las manos en un fuego -por ella. Más valiera que las pusiera en ella y apagara el de su -lujuria. - -Estaba una riñendo unas criadas pequeñas, porque brujuleó no sé qué -ceños, y ella con mayor decía: - -En esta casa no se consiente ni aun el pensamiento. - -Y repetía entre dientes la criada el eco. Desta otra anda siempre -predicando su madre lo que ella no se confiesa. Decía otra buena madre -de su hija: - -Es una bienaventurada. - -Y era así, que siempre quisiera estar en gloria. - -¿Cómo están tan descoloridas aquéllas?, reparó Andrenio. - -Y el Ermitaño: - -Pues no es de malas; sino de puro buenas. Son tan mortificadas, que -echan tierra en lo que comen, no sea barro. Mira qué celosas se -muestran éstas; más valiera celadas. - -¿Nunca llegamos, dijo Critilo, á ver esta virtud acomodada, esta -prelada suave, esta plática bondad? - -No tardaremos mucho, respondió el Ermitaño: que ya entramos en el -refitorio, donde estará sin duda haciendo penitencia. - -Fueron entrando y descubriendo cuerpo y cuerpo y más cuerpo, al fin una -mujer toda carne y nada espíritu. Tenía el gesto estragado; mas no el -gusto, desmentidor del regalo. - -[Marginal: _Engañamundo._] - -Y cuanto más amarillo, dice que tiene mejor color. - -Hasta el rosario era de palo santo y tenía por estremo, que siempre -anda por ellos, una muerte para darse mejor vida. Estaba sentada, -que no podía tenerse en pie, equivocando regüeldos con suspiros, muy -rodeada de novicios del mundo, dándoles liciones de saber vivir. - -No me seáis simples, les decía; aunque lo podéis mostrar. Que es gran -ciencia saber mostrar no saber. Sobre todo os encomiendo el recato y el -no escandalizar. - -Ponderábales la eficacia de la apariencia. - -Aquí está todo en el bienparecer, que ya en el mundo no se atiende á lo -que son las cosas; sino á lo que parecen. Porque, mirad, decía, unas -cosas hay que ni son ni lo parecen y ésa es ya necedad. Que, aunque no -sea de ley, procure parecerlo. Otras hay que son y lo parecen y eso no -es mucho. Otras que son y no parecen y ésa es la suma necedad. Pero el -gran primor es no ser y parecerlo. Eso sí que es saber. Cobrad opinión -y conservadla, que es fácil. Que los más viven de crédito. No os metáis -en estudiar; pero alabaos con arte. Todo médico y letrado han de ser -de ostentación. Mucho vale el pico: que hasta un papagayo, porque le -tiene, halla cabida en los palacios y ocupa el mejor balcón. Mirá que -os digo que, si sabéis vivir, os sabréis acomodar y sin trabajo alguno, -sin que os cueste cosa. Sin sudar ni reventar, os he de sacar personas. -Por lo menos que lo parezcáis, de modo, que podáis ladearos con los -más verdaderos virtuosos, con el más hombre de bien. Y si no, tomad -ejemplo en la gente de autoridad y de experiencia y veréis lo que han -aprovechado con mis reglas y en cuán grande predicamento están hoy en -el mundo ocupando los mayores puestos. - -Estaba tan admirado Andrenio, cuan pagado de tan barata felicidad, -de una virtud tan de balde, sin violencias, sin escalar montañas de -dificultades, sin pelear con fieras, sin correr agua arriba, sin remar -ni sudar. Trataba ya de tomar el hábito de una buena capa, para toda -libertad y profesar de hipócrita, cuando Critilo, volviéndose al -Ermitaño, le preguntó: - -Díme, por tu vida larga, si no buena, ¿con esta virtud fingida miremos -nosotros conseguir la felicidad verdadera? - -¡Oh, pobre de mí!, respondió el Ermitaño: en eso hay mucho que decir. -Quédese para otra sitiada. - - - - -CRISI VIII - -_Armería del valor._ - - -Estando ya sin virtud el Valor, sin fuerzas, sin vigor, sin brío -á punto de espirar, dícese que acudieron allá todas las naciones, -instándole hiciese testamento en su favor y les dejase sus bienes. - -No tengo otros, que á mí mismo, les respondió. [Marginal: _Testamento -del valor._] Lo que yo os podré dejar será este mi lastimoso cadáver, -este esqueleto de lo que fuí. Id llegando, que yo os lo iré repartiendo. - -Fueron los primeros los italianos, porque llegaron primeros pidieron la -testa. - -Yo os la mando, dijo. Seréis gente de gobierno, mandaréis el mundo á -entrambas manos. - -Inquietos los franceses, fuéronse entremetiendo y, deseosos de tener -mano en todo, pidieron los brazos. - -Temo, dijo, que, si os los doy, habéis de inquietar todo el mundo. -Seréis activos, gente de brazo. No pararéis un punto. Malos sois para -vecinos. - -Pero los ginoveses de paso les quitaron las uñas, no dejándoles ni con -qué asir ni con qué detener las cosas. Pero á los españoles les han -dado tan valientes pellizcos en su plata, que no hiciera más una bruja, -chupándoles la sangre, cuando más dormidos. - -Item más, dejo el rostro á los ingleses. Seréis lindos, unos ángeles; -mas temo que, como las hermosas, habéis de ser fáciles en hacer cara -á un Calvino, á un Lutero y al mismo diablo. Sobre todo, guardaos no -os vea la vulpeja, que dirá luego aquello de ¡hermosa fachata, mas sin -cerebro! - -Muy atentos los venecianos, pidieron los carrillos. Riéronse los demás; -pero el Valor: - -No lo entendéis, les dijo: dejad, que ellos comerán con ambos y con -todos. - -Mandó la lengua á los sicilianos y, habiendo duda entre ellos y los -napolitanos, declaró que á las dos Sicilias. Á los irlandeses el -hígado. El talle á los alemanes. - -Seréis hombres de gentil cuerpo; pero mirá que no lo estiméis más que -el alma. - -La melsa á los polacos, el liviano á los moscovitas. Todo el vientre á -los flamencos y holandeses. - -Con tal que no sea vuestro Dios. - -El pecho á los suecos. Las piernas á los turcos, que con todos -pretenden hacerlas y, donde una vez meten el pie, nunca más lo levantan. - -Las entrañas á los persas, gente de buenas entrañas. - -Á los africanos los huesos, que tengan que roer, como quien son. - -Las espaldas á los chinos, el corazón á los japoneses, que son los -españoles del Asia, y el espinazo á los negros. [Marginal: _Manda á -los Españoles._] Llegaron los últimos los españoles, que habían estado -ocupados en sacar huéspedes de su casa, que vinieron de allende á -echarlos de ella. - -¿Qué nos dejas á nosotros?, le dijeron: - -Y él: - -Tarde llegáis: ya está todo repartido. - -¿Pues á nosotros, replicaron, que somos tus primogénitos qué menos que -un mayorazgo nos has de dejar? - -No sé ya qué daros. Si tuviera dos corazones, vuestro fuera el primero; -pero mirá, lo que podéis hacer es que, pues todas las naciones os han -inquietado, revolved contra ellas y lo que Roma hizo antes, haced -vosotros después: dad contra todas, repelad cuanto pudiéredes, en fe de -mi permisión. - -No lo dijo á los sordos. Hanse dado tan buena maña, que apenas hay -nación en el mundo, que no la hayan dado su pellizco, y á pocos -repelones se hubieran alzado con todo el Valor de pies á cabeza. - -Esto les iba exagerando á Critilo y Andrenio á la salida de Francia -por la Picardía un hombre, que lo era y mucho. Pues, así como tienen -unos cien ojos para ver y otros cien manos para obrar, éste tenía cien -corazones para sufrir y todo él era corazón. - -¿Saldréis, decía, con cariño de la Francia? - -No por cierto, le respondieron, cuando sus mismos naturales la dejan y -los estranjeros no la buscan. - -[Marginal: _Francia definida._] - -¡Gran provincia!, dijo el de los cien corazones. - -Sí, respondió Critilo, si se contentase con sí misma. - -¡Qué poblada de gentes! - -Pero no de hombres. - -¡Qué fértil! - -Mas no de cosas sustanciales. - -¡Qué llana y qué agradable! - -Pero combatida de los vientos, de donde se les origina á sus naturales -la ligereza. - -¡Qué industriosa! - -Pero mecánica. - -¡Qué laboriosa! - -Pero vulgar. - -La provincia más popular, que se conoce. ¡Qué belicosos y gallardos sus -naturales! - -Pero inquietos: los duendes de la Europa en mar y tierra. Son un rayo -en los primeros acometimientos y un desmayo en los segundos. - -Son dóciles. - -Sí; pero fáciles. - -Oficiosos. - -Pero despreciables y esclavos de las otras naciones. Emprenden mucho y -ejecutan poco y conservan nada. Todo lo emprenden y todo lo pierden. - -¡Qué ingeniosos! ¡qué vivos! ¡y qué prontos! - -Pero sin fondo. - -No se conocen tontos entre ellos. - -Ni doctos, que nunca pasan de una medianía. - -Es gente de gran cortesía. - -Mas de poca fe, que hasta sus mismos Enricos no viven esentos de sus -alevosos cuchillos. - -Son laboriosos. - -Así es, al paso que codiciosos. - -No me podéis negar que han tenido grandes reyes. - -Pero los más de poquísimo provecho. - -Tienen bizarras entradas para hacerse señores del mundo. - -¡Pero, qué desairadas salidas! Que, si entran á laudes, salen á -vísperas. - -Acuden con sus armas á amparar cuantos se socorren de ellas. - -Es que son los rufianes de las provincias adúlteras. - -¿Son aprovechados? - -Sí y tanto, que estiman más una onza de plata, que un quintal de -honra. El primer día son esclavos; pero el segundo amos, el tercero -tiranos insufribles. Pasan de estremo á estremo sin medio: de humanos -á insolentísimos. Tienen grandes virtudes y tan grandes vicios, que -no se puede fácilmente averiguar cuál sea el rey, y al fin, ellos son -antípodas de los españoles. - -Pero decidme, ¿cómo fué aquello del Ermitaño? ¿Qué salida dió á la -sagaz pregunta de Critilo? - -Confesóme que á la virtud aparente no le corresponde premio sólido ni -verdadero. Que bien se les puede echar dado falso á los hombres; pero -que Dios no es reído. Oyendo esto, hicímonos del ojo y, en viendo la -nuestra, tratamos de colgar el mal hábito de fingidos y saltar las -bardas de la vil hipocresía. - -¡Oh, qué bien hicistes! Porque el gozo del hipócrita no dura un -instante entero, es como un punto. Entended una verdad, que de cien -leguas se conoce la que es verdadera virtud ó falsa. Está ya muy -despabilada la advertencia. Luego le conocen á uno de qué pie se mueve -y de cuál cojea. Al paso que el engaño anda metafísico, también la -cautela sutil le va á los alcances, y por más capa que tome de bondad, -no se le escapa de vicio. La virtud sólida y perfecta es la que puede -salir á vistas del cielo y de la tierra. Ésa la que vale y dura, que es -tenida por clara y por eterna. La bellísima Virtelia es la que importa -buscar y no parar hasta hallarla; aunque sea pasando por picas y por -puñales, que ella os encaminará á vuestra Felisinda, en cuya busca toda -la vida vais peregrinando. - -Animábales mucho á emprender aquel montón de dificultades, que tan -acobardado tenía á Andrenio. - -Ea, acaba, le decía: que esa tu cobarde imaginación te pinta aquel -leonazo del camino muy más bravo de lo que es. Advierte que muchos -tiernos mancebos y delicadas doncellitas le han desquijarado. - -¿De qué suerte?, preguntó Andrenio. - -Armándose primero muy bien y peleando mejor después: que todo lo vence -una resolución gallarda. - -¿Qué armas son ésas y dónde las hallaremos? - -Venid conmigo, que yo os llevaré donde las podréis escoger, si no al -gusto, al provecho. - -Íbanle ya siguiendo y razonando. - -¿Qué importa, decía, sobren armas, si falta el Valor? Eso, más sería -llevarlas para el enemigo. - -¿De modo, que ya finó el Valor?, preguntó Critilo. - -Sí, ya acabó, respondió él. Ya no hay Hércules en el mundo, que sujeten -monstruos, que deshagan entuertos, agravios y tiranías; que las hagan, -sí; que las conserven, también, obrando cien mil monstruosidades cada -día. Un solo Caco había entonces, un embustero sólo, un ladrón en -toda una ciudad; y ahora en cada esquina hay el suyo y cada casa es -su cueva. Muchos Anteos, hijos del siglo, nacidos del polvo de la -tierra. ¡Pues harpías agarradoras, hidras de siete cabezas y de siete -mil caprichos, jabalís de su torpeza, leones de su soberbia! Todo está -hirviendo de monstruos adocenados, sin hallarse ya quien tenga valor -para pasar las columnas de la fortaleza y fijarlas en los fines de los -humanos intentos, poniendo término á sus quimeras. - -[Marginal: _El valor apurado._] - -¡Qué poco duró el Valor en el mundo!, dijo Andrenio. - -Poco: que el hombre valiente y aquellas sus camaradas nunca duran mucho. - -¿Y de qué murió? - -De veneno. - -¡Qué lástima! - -Si fuera en una inmortal, por tan mortal, batalla de Norlinguen, en un -sitio de Barcelona, pase: que un buen fin toda la vida corona; ¿pero de -veneno? ¡Hay tal fatalidad! ¿Y en qué se le dieron? - -En unos polvos más letíferos, que los de Milán; más pestilentes, que -los de un royo, de un malsín, de un traidor, de una madrastra, de un -cuñado y de una suegra. - -¿Diráslo porque estos valientes siempre acaban levantando polvaredas, -que paran en lodos de sangre? - -No; sino con toda realidad digo que la malicia humana se ha adelantado -de modo, que no deja de obrar á los venideros. Ella ha inventado -ciertos polvos tan venenosos y tan eficaces, que han sido la peste -y la ruina de todos los grandes hombres. Y desde que éstos corren y -aun vuelan, no ha quedado hombre de valor en el mundo. Con todos los -famosos han acabado. No hay que tratar ya de Cides ni de Roldanes, -como en otros tiempos. Fuera ahora Hércules juguete, viviera Sansón de -milagro. Dígoos que han desterrado del mundo la valentía y la braveza. - -¿Y qué polvos son esos tan traidores?, preguntó Critilo. ¿Son acaso de -basiliscos molidos? ¿De entrañas de víboras destiladas? ¿De colas de -escorpiones? ¿De ojos envidiosos ó lascivos? ¿De intenciones torcidas? -¿De voluntades malévolas? ¿De lenguas maldicientes? ¿Hase vuelto á -quebrar otra redomilla en Delfos, apestando toda la Asia? - -Aún son peores y, aunque dicen componerse de aquel alcrebite infernal, -del salitre estigio y de carbones alentados á esternudos del demonio; -pero yo digo que del corazón humano, que excede á la intratabilidad -de las Furias, á la inexorabilidad de las Parcas, á la crueldad de la -guerra, á la tiranía de la muerte. Que no puede ser otro una invención -tan sacrílega, tan execrable, tan impía y tan fatal, [Marginal: -_Estragos de la pólvora._] como es la pólvora, dicha así, porque -convierte en polvo el género humano. Ésta ha acabado con los Héctores -de Troya, con los Aquiles de Grecia, con los Bernardos de España. Ya -no hay corazón ni valen fuerzas ni aprovecha la destreza. Un niño -derriba un gigante, un gallina hace tiro á un león y al más valiente el -cobarde, con que ya ninguno puede lucir ni campear. - -Antes ahora, dijo Critilo, he oído ponderar que está más adelantado -el valor, que antes. Porque ¿cuánto más corazón es menester para -meterse un hombre por cien mil bocas de fuego? ¿Cuánto más ánimo para -esperar un torbellino de bombardas, hecho terrero de rayos? Ése sí que -es valor; que todo lo antiguo fué niñería. Ahora está el valor en su -punto, que es en un corazón intrépido; que entonces en un buen brazo, -en tener más fuerza que un gañán, en los jarretes de un salvaje. - -Engáñase de barra á barra quien tal dice. ¡Qué dictamen tan exótico y -errado! [Marginal: _Temeridad valerosa._] Pues ése, que él celebra, -no es valor ni lo conoce; no es sino temeridad y locura, que es muy -diferente. - -Ahora digo, confirmó Andrenio, que la guerra es para temerarios y aun -por eso diría aquel gran hombre, tan celebrado de prudente en España, -en la primera batalla y la última en que se halló, oyendo zumbir las -balas: - -¿Es posible, que desto gustaba mi padre? - -Y hanle seguido muchos, confirmándose en su opinión tan segura. Siempre -oí decir que desde que riñeron la Valentía y la Cordura, nunca más han -hecho paz. Aquélla salió de sus casillas á campaña y ésta se apeló el -juicio. - -No tienes razón, dijo el Valeroso. ¿Qué hiciera la fortaleza, sin la -prudencia? Que por eso en la varonil edad está en su sazón, y del valor -tomó el renombre de varonil. Es en ella valor lo que en la mocedad -audacia y en la vejez recelo. Aquí está en un medio muy proporcionado. - -[Marginal: _Armería victoriosa._] - -Llegaron ya á una gran casa, tan fuerte como capaz. Dieron y tomaron -el nombre: que aquí se cobra la fama. Entraron dentro y vieron un -espectáculo de muchas maravillas del valor, de instrumentos prodigiosos -de la fortaleza. Era una armería general de todas armas antiguas y -modernas, calificadas por la experiencia y á prueba de esforzados -brazos, de los más valientes hombres, que siguieron los pendones -marciales. Fué gran vista lograr juntos todos los trofeos del valor, -espectáculo bien gustoso y gran empleo de la admiración. - -Acercaos, decía, reconocé y estimá tanto y tan ejecutivo portento de la -fama. - -Pero salteóle de pronto un intensísimo sentimiento á Critilo, que le -apretó el corazón hasta exprimirle por los ojos. Reparando en ello el -Valeroso, solicitó la causa de su pena y él: - -¿Es posible, dijo, que todos esos fatales instrumentos se forjaron -contra una tan frágil vida? Si fuera para conservarla, estuviera bien: -merecían toda recomendación; ¿pero para ofendella y destruilla, contra -una hoja, que se la lleva el viento, tantas hojas afiladas ostentan su -potencia? ¡Oh, infelicidad humana, que haces trofeo de tu misma miseria! - -Señor, los filos deste alfanje cortaron el hilo de la vida á un famoso -rey don Sebastián, digno de la vida de cien Néstores. Este otro, la del -desdichado Ciro, rey de Persia. Esta saeta fué la que atravesó el lado -al famoso rey don Sancho de Aragón y esta otra al de Castilla. - -¡Malditos sean tales instrumentos y execrable su memoria! No los vea yo -de mis ojos. Pasemos adelante. - -Esta tan luciente espada, dijo el Valeroso, fué la celebrada de Jorge -Castrioto y esta otra del marqués de Pescara. - -Déjamelas ver muy á mi gusto. - -Y después de bien miradas, dijo: - -No me parecen tan raras como yo pensaba. Poco se diferencian de las -otras. Muchas he visto yo de mejor temple y no de tanta fama. - -[Marginal: _Trofeos del valor._] - -Es que no ves los dos brazos, que las movían, que en ellos consistía la -braveza. - -Vieron otras dos, todas teñidas en sangre desde la punta al pomo, muy -parecidas. - -Estas dos están de competencia. ¿Cuál venció más batallas campales y -cúyas son? - -Ésta es del rey don Jaime el Conquistador y esta otra del Cid -castellano. - -Yo me atengo á la primera, como más provechosa y quédese el aplauso -para la segunda, más fabulosa. ¿Dónde está la de Alejandro Magno, que -deseo mucho verla? - -No os canséis en buscarla, que no está aquí. - -¿Cómo no, habiendo conquistado todo un mundo? - -Porque no tuvo valor para vencerse á sí, mundo pequeño: sujetó toda la -India; mas no su ira. Tampoco hallaréis la de César. - -¿Ésa no, cuando yo creí fuera la primera? - -Tampoco, porque gastó más sus aceros contra los amigos y segó las -cabezas más dignas de vida. - -Algunas hay aquí, que, aunque buenas, parecen quedar cortas. - -No dijera eso el conde de Fuentes, á quien ninguna le pareció corta, -con avanzarse, decía, un paso más al contrario. Estas tres son de los -famosos franceses, Pepino, Carlo Magno y Luis Nono. - -¿No hay más francesas?, preguntó Critilo. - -No sé yo que haya más. - -Pues ¿habiendo habido en Francia tan insignes reyes, tantos Pares sin -par y tan valerosos Mariscales? ¿Dónde están las de los dos Virones? -¿La del grande Enrico Cuarto? ¿Cómo no más de tres? - -Porque esas tres solas emplearon su valor contra los moros; todas las -demás contra cristianos. - -Muy metida en su vaina vieron una, cuando todas las otras estaban -desnudas, ya brillantes, ya sangrientas. Riéronlo mucho; mas el -Valeroso: - -De verdad, dijo, que es heroica y llamada por antonomasia la grande. - -¿Cómo no está desnuda? - -Porque el Gran Capitán, su gran dueño, decía que la mayor valentía de -un hombre consistía en no empeñarse ni verse obligado á sacarla. - -Tenía otra muy brillante contera de oro fino y dijo: - -Ésta fué la que echó á su vitoriosa espada el marqués de Leganés, -derrotando al Invencible vencido. - -Deseó Andrenio saber cuál había sido la mejor espada del mundo. - -No es fácil de averiguar, dijo el Valeroso; pero yo diría, que la del -rey Católico don Fernando. - -¿Y por qué no la de un Héctor, de un Aquiles, replicó Critilo, más -célebres y plausibles, por tan decantadas de los poetas? - -[Marginal: _La mejor espada._] - -Yo lo confieso, respondió; pero ésta, no tan ruidosa, fué más -provechosa y la que conquistó la mayor monarquía, que reconocieron los -siglos. Esta hoja del Rey Católico y aquel arnés del rey Filipo el -Tercero pueden salir dondequiera que haya armas: aquélla para adquirir -y éste para conservar. - -¿Cuál es ese arnés tan heroico de Filipo? - -Mostróles uno todo escamado de doblones y reales de á ocho alternados y -ajustados unos sobre otros como escamas, haciendo una ricamente hermosa -vista. - -Éste, dijo el Valeroso, fué el más eficaz, el más defensivo de cuantos -hubo en el mundo. - -¿En qué guerra lo vistió su gran dueño, que nunca tuvo ocasión de -armarse ni se vió jamás obligado á pelear? - -Antes fué para no pelear, para no tener ocasión. En fe déste, después -de la asistencia del cielo, conservó su grande y dichosa monarquía sin -perder una almena. Que es mucho más el conservar, que el conquistar. Y -así decía uno de sus mayores ministros: - -Quien posee no pleitee y quien está de ganancia no baraje. - -Entre tantos y tan lucientes aceros campeaba un bastón muy basto; pero -muy fuerte. Hízole novedad á Andrenio y dijo: - -¿Quién metió aquí este ñudoso palo? - -Su fama, respondió el Valeroso: no fué de algún gañán, como tú piensas, -sino de un rey de Aragón, llamado el Grande, aquel que fué bastón de -franceses, porque los abrumó á palos. - -Estrañaron mucho ver dos espadas negras y cruzadas entre tantas -blancas, tan matantes. - -¿De qué sirven aquí éstas?, dijo Critilo, donde todo va de veras, y, -aunque fuesen del bravo Carranza y del diestro Narváez, no merecen este -puesto. - -No son, dijo, sino de dos grandes príncipes y muy poderosos, que, -después de muchos años de guerra y haberse quebrado las cabezas con -harta pérdida de dinero y gente, se quedaron como antes, sin haberse -ganado el uno al otro un palmo de tierra: de modo, que al cabo más fué -juego de esgrima, que guerra verdadera. - -Aquí echo menos, dijo Andrenio, las de muchos capitanes muy celebrados, -por haber subido de soldados ordinarios á gran fortuna. - -¡Oh, dijo el Valeroso!, aquí se hallan y se estiman algunas de ésas. -Aquélla es del conde Pedro Navarro, la otra de García de Paredes. Allí -está la del Capitán de las Nueces, que fueron más que el ruido de la -fama. Y si faltan algunas, es porque fueron más ganchos, que estoques. -Que algunos más han triunfado con los oros, que con las espadas. - -¿Qué se hizo la de Marco Antonio, aquel famoso romano competidor de -Augusto? - -Ésa y otras iguales andan por esos suelos hechas pedazos á manos tan -flacas como femeniles. [Marginal: _Valor justificado._] La de Aníbal -la hallaréis en Capua, que, habiendo sido de acero, las delicias la -ablandaron como de cera. - -¿Qué espada es aquella tan derecha y tan valiente, sin torcer á un lado -ni á otro, que parece el fiel á las balanzas de la equidad? - -Ésa, dijo, siempre hirió por línea recta. Fué del _non plus ultra_ -de los Césares, Carlos V, que siempre la desenvainó por la razón y -justicia. Al contrario, aquellos corvos alfanjes del bravo Mahometo, de -Solimán y Selim, como siempre pelearon contra la fe, justicia, derecho -y verdad, ocupando tiránicamente los ajenos estados, por eso están tan -torcidos. - -Aguarda, ¿qué espada tan dorada es aquella, que tiene por pomo una -esmeralda y toda ella está esmaltada de perlas? ¡Qué cosa tan rica! ¿No -sabríamos cúya fué? - -Ésta, respondió alzando la voz el Valeroso, fué del tan celebrado -después, como emulado antes, pero nunca bastantemente ni estimado ni -premiado, don Fernando Cortés, Marqués del Valle. - -¿Que ésta es?, dijo Andrenio. ¡Cómo me alegro de verla! ¿Y es de acero? - -¿Pues de qué había de ser? - -Es que yo había oído decir que era de caña, por haber peleado contra -indios, que esgrimían espadas de palo y vibraban lanzas de caña. - -He, que la entereza de la fama, siempre venció la emulación. Digan lo -que quisieren éstos y aquéllos, que ésta con su oro dió aceros á todas -las de España y en virtud de ella han cortado las demás en Flandes y en -Lombardía. - -Vieron ya una tan nueva como lucida, atravesando tres coronas y -amagando á otras. - -¡Qué espada tan heroicamente coronada!, ponderó Critilo. ¿Y quién es el -valeroso y dichoso dueño de ella? - -[Marginal: _El Señor D. Juan de Austria._] - -¿Quién ha de ser, sino el moderno Hércules, hijo del Júpiter de España, -que va restaurando la monarquía, á corona por año? - -¿Qué tridente es aquel, que en medio de las aguas está fulminando fuego? - -Es del valeroso duque de Alburquerque, que quiere igualar por la -valentía la fama de su gran padre, conseguida en Cataluña por gobierno. - -¿Qué arco sería aquel, que está hecho pedazos en el suelo y todos sus -arpones rotos y despuntados? En lo pequeño parece juguete de algún -rapaz; mas en lo fuerte de algún gigante. - -Ése, respondió, es uno de los más heroicos trofeos del Valor. - -¿Pues qué gran cosa, replicó Andrenio, rendir un niño y desarmarle? -Ésa no la llames hazaña; sino melindre. Miren ¡qué clava de Hércules -rompida, qué rayo de Júpiter desmenuzado, qué espada de Pablo de Parada -hecha trozos! - -¡Oh, sí!, que es muy orgulloso el rapaz y cuanto más desnudo más -armado, más fuerte cuando más flaco, más cruel cuando llorando, más -certero cuando ciego. Creedme que es gran triunfo vencer al que á todos -vence. - -Y dínos ¿quién le rindió? - -[Marginal: _Triunfo de la Castidad._] - -¿Quién? De mil uno, aquel Fénis de la castidad, un Alfonso, un Filipo, -un Luis de Francia. ¿Qué diréis de aquella copa hecha también pedazos, -sembrados todos por tierra? - -¡Qué otro blasón ése, dijo Andrenio, y más siendo de vidrio! ¡Qué gran -cosa! Ésas más son hazañas de pajes, de que hacen ciento al día. - -Pues de verdad, ponderó el Valeroso, que era bien fuerte el que hacía -la guerra con ella y que derribó á muchos. Del más bravo no hacía él -más caso que de un mosquito. - -¿Qué, estaría hechizada? - -No, sino que hechizaba y les trastornaba á muchos el juicio. No dió -Circe más bebedizos, que brindó con ésta un viejo. - -¿Y en qué transformaba las gentes? - -Los hombres en jimios y las mujeres en lobas. Él era un raro veneno, -que apuntaba al cuerpo y hería el alma, al vientre, y pegaba en la -mente. ¡Oh cuántos sabios hizo prevaricar! Y es lo bueno que todos los -vencidos quedaban muy alegres. - -Pues bien está por tierra la que á tantos derribó y éste sea el blasón -de los españoles. - -¿Qué otras armas son aquellas, preguntó Critilo, que se conoce bien -su valor en su estimación, [Marginal: _El mayor valor._] pues están -conservadas en armarios de oro? - -Éstas, respondió el Valeroso, son las mejores, porque son defensivas. - -¡Qué escudos tan bizarros! - -Y aun los más son escudos. - -¿Este primero parece de cristal? - -Sí y, al punto que se carea con el enemigo, le deslumbra y le rinde. -Es de la razón y verdad, con que el buen emperador Ferdinando Segundo -triunfó del orgullo de Gustavo Adolfo y de otros muchos. - -Estos otros tan cortos y tan lunados ¿de quién son? Que parecen de -algún alunado capricho. - -Éstos fueron de mujeres. - -¿De mujeres?, replicó Andrenio. ¿Y aquí, entre tanta valentía? - -Sí, que las amazonas sin hombres fueron más que hombres y los hombres -entre mujeres son menos que mujeres. Éste que aquí veis dicen está -encantado, que por más golpes que le den, por más tiros que le hagan, -no le hacen mella ni los mismos reveses de la Fortuna y esto á prueba -de la paciencia del mismo don Gonzalo de Córdoba. Repara en aquel tan -brillante. - -Parece moderno. - -Y es impenetrable, del sagaz y valeroso marqués de Mortara, que con su -mucha espera y valor ha restaurado á Cataluña. Esta rodela acerada, -grabada de tantas hazañas y trofeos, fué del primer conde de Ribagorza, -cuyo valor prudente pudo hacerse lugar y aun campear al lado de tal -padre y de un tal hermano. - -[Marginal: _D. Alonso de Aragón._] - -Dióles curiosidad de entender una letra, que en un escudo decía: - -Ó con Este ó en Este. - -Ésa fué la noble empresa de aquel gran vencedor de reyes, en que quiso -decir que ó con el escudo vitorioso ó en él muerto. - -Dióles mucho gusto ver en uno pintado un grano de pimienta por empresa. - -¿Cómo lo podrá divisar el enemigo?, dijo Andrenio. - -¡Oh!, dijo, que el famoso general Francisco González Pimienta se avanza -tanto al enemigo, que le hace ver y aun probar su picante braveza. - -Vieron ya uno en forma de corazón. - -¿Éste debía ser de algún grande amartelado?, dijo Andrenio. - -No fué, sino de quien todo es corazón, hasta el mismo escudo, digo -aquel gran descendiente del Cid, heredero de su ínclito valor, el duque -del Infantado. - -Había una rodela hecha de una materia bien extraordinaria, ni usada ni -conocida. - -[Marginal: _Valerosa prudencia._] - -Es, dijo, de la oreja de un elefante. Con ésta se armaba de igual valor -á su mucha prudencia el marqués de Caracena. - -¡Qué brillante celada aquélla!, celebró Critilo. - -Sí lo es, dijo el Valeroso, y que celaba bien con ella sus intentos el -rey don Pedro de Aragón, de tal arte que, si su misma camisa llegara á -rastrearlos, al punto la abrasara. - -¿Qué casco es aquel tan capaz y tan fuerte? - -Éste fué para una gran testa, no menos que del duque de Alba, hombre de -superlativo juicio y que no se dejaba vencer, no sólo de los enemigos, -pero ni de los suyos, como Pompeyo en dar la batalla al César contra su -propio dictamen. - -¿Es por dicha aquel relumbrante yelmo el de Mambrino? - -Por lo impenetrable ya pudiera; fué de don Felipe de Silva, de cuya -gran cabeza dijo el bravo mariscal de la Mota le daba más cuidado, que -seguridad sus pies impedidos de la gota. Mira aquel morrión del marqués -Espinola, qué defendido está con el guardanaso de su gran sagacidad, -que con la misma verdad deslumbró la atención del vivaz Enrico Cuarto. -Todas estas armas son para la cabeza y más de hombres sagaces, que de -mancebos audaces; tan importantes, que por eso este archivo es llamado -con especialidad el retrete del valor. - -Aquí vieron muchas cartas hechas pedazos, esparcidas por el suelo y -pisados sus caballos y sus reyes. - -Ya me parece, dijo Andrenio, que te oigo exagerar una gran batalla, que -aquí se dió, y la gran vitoria conseguida. - -Por lo menos no me negarás, replicó el Valeroso, que hubo barajas. Que -siempre se componen de espadas y oros y luego andan los palos. ¿No te -parece que fué gran valor el de aquel, que, cogiendo entre sus dos -manos una baraja, toda junta la tronchó de una vez? - -Ése, respondió Andrenio, más parece efecto de las grandes fuerzas de -don Gerónimo de Ayanzo, que de un heroico valor. - -Por lo menos sería el día de su mayor ganancia, y ten por cierto que no -hay valor igual, como escusar las barajas ni hay mejor salida de los -empeños, que no empeñarse. ¿Quieres ver la mayor valentía del mundo? -Llega y mira esas joyas, esas galas, esa bizarría pisada y hollada en -ese duro suelo. - -Éste, replicó Andrenio, parece aderezo mujeril. Pues ¿qué gran vitoria -fué despojar una femenil flaqueza, triunfar de una bellísima ternura? -¿Qué arneses vemos aquí deshechos, qué yelmos abollados? - -[Marginal: _Belleza triunfante._] - -Oh, sí, dijo, que esto fué triunfar de un mundo entero y retirarse al -cielo la más aplaudida belleza de una Serenísima Señora Infanta, Sor -Margarita de la Cruz, seguida después de Sor Dorotea, gloria mayor de -Austria, que dejando de ser ángeles, pasaron á ser serafines en la -religión de ellos. También son trofeo de un gran valor esas plumas de -pavón esparcidas y estos airones de una altanera garza, penachos de su -soberbia, ya despojos de una loca vanidad rendida. - -Pero lo que más le satisfizo fué ver hecha pedazos una afilada guadaña. - -Éste, sí, que es triunfo, exclamaron. ¡Que haya valor en un moro -cristiano y en una reina María Estuarda, para despreciar la misma -muerte! - -Trataron ya de armarse los dos conquistadores del monte de Virtelia. -Iban escogiendo armas valientes, espadas de luz y de verdad, que á fuer -de eslabones fulminasen rayos; escudos impenetrables de sufrimiento, -yelmos de prudencia, arneses de fortaleza invencible. Y sobre todo el -cuerdamente Valeroso les revistió muchos y generosos corazones, que no -hay mayor compañía en los aprietos. Viéndose Andrenio tan bien armado, -dijo: - -Ya no hay que temer. - -Sólo lo malo, le respondió, y lo injusto. - -Daba demostraciones de su gran gozo Critilo. - -Con razón, le dijo, te alegras, pues, aunque concurran en un varón -todas las demás ventajas de sabiduría, nobleza, gracia de las gentes, -riqueza, amistad, inteligencia, si el valor no las acompaña, todas -quedan estériles, frustradas. Sin valor nada vale, todo es sin fruto. -Poco importa que el consejo dicte, la prudencia prevenga, si el valor -no ejecuta. Por eso la sabia naturaleza dispuso que el corazón y el -celebro en la formación del hombre comenzasen á la par, para que fuesen -juntos el el pensar y el obrar. - -Esto les estaba ponderando, cuando de repente interrumpió su discurso -una viva arma, que se comenzó á tocar por todas partes. Acudieron -prontos á tomar las armas y á ocupar sus puestos. Lo que fué y lo que -les sucedió nos dirá la Crisi siguiente. - - - - -CRISI IX - -_Anfiteatro de monstruosidades._ - - -Pasaba un río y río de lo que pasa entre márgenes opuestas, coronada de -flores la una y de frutos la otra; prado aquélla de deleites, así como -ésta de seguridades. Escondíanse allí entre las rosas las serpientes, -entre los claveles los áspides, y bramaban las hambrientas fieras, -rodeando á quien tragarse. En medio de tan evidentes riesgos estaba -descansando un hombre, si lo es un necio. Pues pudiendo pasar el río y -meterse en salvo de la otra parte, se estaba muy descuidado, cogiendo -flores, coronándose de rosas y de cuando en cuando volviendo la mira á -contemplar el río y ver correr sus cristales. - -Dábale voces un cuerdo, acordándole su peligro y convidándole á pasarse -de la otra banda, con menos dificultad hoy que mañana. Mas él muy á lo -necio respondía que estaba esperando acabase de correr el río, para -poderle pasar sin mojarse. - -Oh, tú, que haces mofa del fabulosamente necio, advierte que eres el -verdadero, tú eres el mismo de quien te ríes: tanta y tan solemne es tu -demencia, pues instándote que dejes los riesgos del vicio y te acojas -á la banda de la virtud, respondes que aguardas acabe de pasar la -corriente de los males. - -[Marginal: _Escusa vulgar._] - -Si le preguntáis al otro por qué no acaba de ajustarse con la razón, -responde que está aguardando pase el arrebatado torrente de sus -pasiones: que no quiere comenzar el camino de la virtud hoy, si ha de -volver al del vicio mañana. - -Si le acordáis á la otra sus obligaciones, la afrenta que causa á los -propios y la murmuración á los extraños, dice que corre con todas, que -así se usa, que con más edad tendrá más cordura. - -Consuélase aquél de no estudiar y dice que no piensa cansarse, pues no -se premian letras ni se estiman méritos. - -Escúsase éste de no ser hombre de sustancia, diciendo que no hay quien -lo sea. Todo está perdido, que no se usa la virtud; todos engañan, -adulan, mienten, roban y viven de artificio. Y déjase arrebatar de la -corriente de la maldad. - -El juez se lava las manos de que no hace justicia, con que todo está -rematado y no sabe por dónde comenzar. Así que todos aguardan á que -amaine el ímpetu de los vicios, para pasarse á la banda de la virtud. -Mas es tan imposible el cesar los males, el acabarse los escándalos en -el mundo, mientras haya hombres, como el parar los ríos; lo acertado es -poner el pecho al agua y con denodado valor pasar de la otra banda al -puerto de una seguridad dichosa. - -Peleando estaban ya los dos valerosos guerreros, que no es otra cosa -la vida humana, que una milicia á la malicia, [Marginal: _Milicia -contra malicia._] y á esto les habían tocado arma trecientos monstruos, -causa deste rebato, que con los rayos de la razón descubrieron sus -ardides; las atalayas en atenciones avisaron á los fuegos de su celo -y éste al valor de ambos, que denodadamente los fueron persiguiendo y -retirando, tanto, que llevados de su ardor en el alcance, se hallaron -á las puertas de un hermosísimo palacio, primer fábrica del mundo, el -más artificioso y bienlabrado, que jamás vieron, aunque habían admirado -tantos. Ocupaba el centro de un ameno prado, con ambiciones de paraíso, -de aquellos que no perdona el gusto. Su materia, aunque tierra, -desmentida de los primores del arte, dejaba muy atrás la misma solar -esfera. Obra al fin de grande artífice y fabricada para un príncipe -grande. - -¿Si sería éste, dijo Andrenio, el tan alabado alcázar de Virtelia? -Que una cosa tan perfecta no puede ser estancia, sino de su grande -perfección. Que tal suele ser el epiciclo, cual la estrella. - -Oh, no, dijo Critilo, que éste está á los pies del monte y aquél sobre -su cabeza, aquél se empina hasta el cielo y éste se roza con el abismo, -aquél entre austeridades y éste entre delicias. - -Esto ponderaban, cuando vieron asomar por su majestuosa puerta, al -cabo de muchas varas de nariz, un hombrecillo de media, que viéndolos -admirados, les dijo: - -Yo no sé de qué; pues así como hay hombres de gran corazón y de gran -pecho, yo lo soy de grandes narices. - -Toda gran trompa, dijo Critilo, siempre fué para mí señal de grande -trampa. - -[Marginal: _Varón sagaz._] - -¿Y por qué no de sagacidad?, replicó él. Pues advertí que con ésta os -he de abrir camino. Seguidme. - -Lo primero, que encontraron en el mismo atrio, fué un establo, nada -estable, aunque lleno de gente lucida, hombres de mucho porte y de más -cuenta, muy hallados todos con los brutos, sin asquear el mal olor de -tan inmunda estancia. - -¿Qué es esto?, dijo Critilo. ¿Cómo éstos, que parecen personas, están -en tan vil lugar? - -Por su gusto, respondió el Sátiro. - -¿Pues desto gustan? - -Sí, que los más de los hombres eligen antes vivir en la hedionda -pocilga de sus bestiales apetitos, que arriba en el salón dorado de la -razón. - -No se sentía otro dentro, que malas voces y bramidos de fieras, ni se -oían sino monstruosidades. Era intolerable la hediondez que despedía. - -¡Oh, casa engañosa!, exclamó Andrenio: por fuera toda maravillas y por -dentro monstruosidades. - -[Marginal: _Palacio del alma._] - -Sabed, dijo el Sátiro, que este hermoso palacio se fabricó para la -Virtud; mas el Vicio se ha levantado con él, hale tiranizado. Y así de -ordinario veréis que hace su morada en la mayor hermosura y gentileza, -el cuerpo más lindo y agraciado, criado para estancia hermosa de la -Virtud, le toparéis lleno de torpezas, la mayor nobleza de infamias, la -riqueza de ruindades. - -Comenzaron con esto á rehusar el empeñarse, temiendo el despeño, cuando -uno de aquellos monstruos les dijo: - -En esto no reparéis, que aquí siempre hay salida para todo y yo soy -el que á cuantos se empeñan, la hallo. Á la doncellita la persuado -su deshonra, diciéndola que no le faltará una amiga ó una piadosa -tía de quien fiarse. Al asesino que mate, que ya habrá quien le haga -espaldas. Al ladrón que robe. Al salteador que desuelle, que ya se -hallará un simple compasivo, que interceda por él á la justicia. Al -tahur que juegue, que no faltará un amigo enemigo, que le preste. De -suerte que por grande que sea el despeño, le pinto fácil el salto; por -entrincado que sea el laberinto, le hallo el ovillo de oro; y á toda -dificultad, la solución. Así que bien podéis entrar. Fiaos de mí, que -os desempeñaré. - -Fué á meter el pie Critilo y al punto encontró con un monstruo -horrible, porque tenía las orejas de abogado, la lengua de procurador, -las manos de escribano, los pies de alguacil. - -Escápate, gritó el Sátiro, de todo pleito; aunque sea dejándoles la -capa. - -[Marginal: _Cortesía engañosa._] - -Íbanse retirando con recelo, cuando con mucho agrado se llegó á ellos -otro monstruo muy cortés, suplicándoles fuesen servidos de entrar por -cortesía, que no serían los primeros, que se habían perdido de puro -corteses. Y si no, preguntadle á aquél, que parece hombre circunspecto -y de juicio, cómo se jugó la hacienda y tras ella la honra y el -descanso de su casa. - -Y respondióles: - -Señor, rogáronme que hiciese un cuarto, que les faltaba, y deshice -todos los de mi casa, porque no me tuviesen por grosero, Púseme á -jugar, piquéme y lastiméme á mí mismo. Pensé desquitarme y acabé con -todo por cortesía. - -Preguntadle á aquel otro, que se pica de entendido, cómo perdió la -salud, la honra y la hacienda, con la otra loquilla. - -Y respondióles que por no parecer descortés, mantuvo la conversación. -De allí pasó á la correspondencia, hasta hallarse perdido por cortesía. - -La otra, porque no la tuviesen por necia, respondió al dicho y luego -al billete. El marido, por no parecer grosero, disimuló con los muchos -yentes y vinientes á su casa. El juez, obligado de la intercesión del -poderoso, hizo la injusticia. De suerte que son infinitos los que se -han perdido en el mundo por cortesía. - -Y con esto y mil zalemas, que les hizo, les obligó á entrar. Érase -un tan espacioso atrio, que tomaba todo un mundo, célebre anfiteatro -de monstruosidades, tan grandes como muchas, donde tuvieron más que -abominar, que admirar y vieron cosas, aunque muchas veces vistas, que -no se podían ver. - -[Marginal: _Vicios encadenados._] - -Estaba en el primero y último lugar una horrible serpiente, coco de la -misma hidra, tan envejecida en el veneno, que la habían nacido alas y -se iba convirtiendo en un dragón, inficionando con su aliento al mundo. - -¡Terrible cosa, dijo Critilo, que de la cola de la culebra nazca el -basilisco y de los dejos de la víbora el dragón! ¿Qué monstruosidad es -ésta? - -Como déstas se ven en el mundo cada día, respondió el Sátiro. Veréis -que acaba la otra con su deshonestidad propia y comienza la ajena. No -hace cara ya al vicio, por no tenerla. Da alas á la otra, que comienza -á volar, y hace sombra á los soles, que amanecen. Pierde el tahur su -grande herencia y pone casa de juego: da naipes, despabila las velas -abrasadoras, corta tantos para tontos. El farsante para en charlatán -y saltimbanco, el acuchillador en maestro de esgrima; el murmurador, -cuando viejo, en testigo falso; el holgazán, en escudero; el malsín, -en catedrático del duelo; el infame, en libro verde; y el bebedor en -tabernero, aguándoles el vino á los otros. - -Iban dando la vuelta y viendo portentosas fealdades. Fuélo harto ver -una mujer, que de dos ángeles hacía dos demonios, digo, dos rapazas -endiabladas. Y teniéndolas desolladas, las metió á asar á un gran fuego -y comenzó á comer dellas sin ningún horror, tragando muy buenos bocados. - -¡Qué fiereza es ésta tan inhumana!, ponderó Andrenio. ¿No me dirás -quién es ésta, que deja atrás los mismos trogloditas? - -[Marginal: _Mala madre._] - -Pues advierte que es su madre. - -¿La misma, que las echó á luz? - -Y hoy las oscurece. Ésta es la que teniendo dos hijas tan hermosas como -viste, las mete en el fuego de su lascivia; dellas come y traga los -buenos bocados. - -Salióles de través otro monstruo, no menos raro. Era de tan exótica -condición, de un humor tan desproporcionado, que, si le pegaban con un -garrote de encina y le quebraban las costillas ó un brazo, no hacía -sentimiento; pero, si le daban con una caña, aunque levemente, sin -hacerle ningún daño, era tal su sentimiento, que alborotaba el mundo. -Llegó uno y dióle una penetrante puñalada y la tuvo por mucha honra. -Y porque llegó otro y le pegó un ligero espaldarazo con la espada -envainada, sin sacarle una gota de sangre, lo sintió de manera, que -revolvió toda su parentela para la venganza. Pególe uno á puño cerrado -un tan fiero mojicón, que le ensangrentó la boca y le derribó los -dientes y no se alteró. Y porque otro le asentó la mano estendida, -coloreándole el rostro, fué tal su rabia, que hundía el mundo, haciendo -estremos. ¿Pues qué? Si le arrojaban un sombrero, no sentía tanto, -que le tirasen un ladrillo y le polvoreasen los sesos. No tenía por -afrenta el mentir, el no cumplir su palabra, el engañar, el decir mil -falsedades. Y porque uno le dijo; mentís: pensó reventar de cólera y no -quiso comer hasta tomar venganza. - -¡Qué raro humor de monstruo éste, celebró Critilo, entreverado de -necedad y locura! - -Así es, dijo el Sagaz, ¿y quién creerá que está hoy muy valido en el -mundo? - -¿Será entre bárbaros? - -No, sino entre cortesanos; entre la gente más ladina. - -¿Y no sabríamos quién es? - -[Marginal: _El duelo._] - -Éste es el tan sonado Duelo: dígole, el descabezado, tan civil como -criminal. - -Pasaron á la otra banda, y registraron las monstruosidades de la -necedad, que eran otras tantas. [Marginal: _Monstruos de la necedad._] -Vieron que no osaba comer un camaleón por ahorrar, para que tragase -después el puerco de su heredero. Un melancólico, pudriéndose del buen -humor de los otros; muchos, que porfiaban sin estrella; él de todos, -si no de sí mismo. Admiráronse de uno, que pretendía por mujer la que -había muerto á su marido y él quería ser el marivenido. Un soldado, -muriendo en un barranco, muy consolado de no gastar con médicos ni -sacristanes. Un señor, que encomendaba á otros el mandar. - -Estaba uno encendiendo fuego de canela para asar un rábano; un rico -pretendiendo y un caduco enamorando. Aquí toparon con el de cien -pleitos y un prelado huyendo dél, porque no le metiese pleito en la -mitra. Vieron uno, que, habiéndole dicho fuese á descansar á su casa, -se equivocó y se iba á la sepultura. Aquí estaba también el que hacía -almohada del chapín de la Fortuna, y á su lado el que del cogote de la -Ocasión pretendía hacerse la barba; el que llevaba descubiertas las -perdices y no las vendía. - -Íbase uno á la cárcel por otro. Pero el más aborrecido, era un hombre -bajo, descortés. Estaba uno parando lazos á los raposos viejos y otro -pasando del dar al pedir; el que compraba caro lo que era suyo; y -estaba otro papando lisonjas de sus convidados, el juglar de las casas -ajenas y en la suya cantimplora; el que decía que no es de príncipes el -saber; el que todas las cosas hacía con eminencia, si no su empleo. - -Entraba en el lugar del que vivía de necio el que moría de sabio; el -que, pudiendo ser sol en su esfera, no era constelación en la ajena; el -que fundía en balas sus doblones. Estaban dos, el uno jugando bien y -siempre perdiendo, y el otro sin saberse dejar, ganando. Un presumido -con cuatro letras garrafales y el que conociendo un temerario, le fiaba -todo su ser. Y sobre todo, uno, que viviendo de burlas, se iba al -infierno de veras. - -Todas estas monstruosidades y otras más estaban admirando, cuando -arrebató de nuevo su atención un monstruo, que, huyendo de un ángel, se -iba tras un demonio ciego y perdido por él. - -Ésta sí que es portentosa necedad, dijeron; nada son las pasadas. - -Éste es, dijo el Sagaz, un hombre, que, teniendo una consorte que le -dió Dios discreta, noble, rica, hermosa y virtuosa, anda perdido por -otra, que le atrazó el diablo, por una moza de cántaro, por una vil y -asquerosa ramera, por una fea, por una loca insufrible, con quien gasta -lo que no tiene. Para su mujer no saca el honesto vestido y para la -amiga la costosa gala. No halla un real para dar limosna y gasta con la -ramera á millares. La hija trae desnuda y la amiga rozando lamas. ¡Oh, -fiero monstruo, casado con hermosa y amancebado con fea! - -Veréis que unos vicios, aunque destruyen la honra, dejan la hacienda. -Consumen otros la hacienda y perdonan la salud. Pero este de la torpeza -con todo acaba, honra, hacienda, salud y vida. - -[Marginal: _Torpe monstruosidad._] - -Lado por lado estaban otros dos monstruos tan confinantes, cuan -diferentes, para que campeasen más los estremos. El primero tenía más -malos ojos que un bizco, siempre miraba de mal ojo. Si uno callaba, -decía que era un necio; si hablaba, que un bachiller; si se humillaba, -apocado; si se mesuraba, altivo; si sufrido, cobarde; y si áspero, -furioso; si grave, le tenía por soberbio; si afable, por liviano; -si liberal, por pródigo; si detenido, por avaro; si ajustado, por -hipócrita; si desahogado, por profano; si modesto, por tosco; si -cortés, por ligero. ¡Oh, maligno mirar! - -Al contrario, el otro se gloriaba de tener buena vista, todo lo miraba -con buenos ojos, con tal estremo de afición, que á la desvergüenza -llamaba galantería, á la deshonestidad buen gusto, la mentira decía que -era ingenio, la temeridad valentía, la venganza pundonor, la lisonja -cortejo, la murmuración donaire, la astucia sagacidad y el artificio -prudencia. - -¡Qué dos monstruosidades, dijo Andrenio, tan necias! Siempre van los -mortales por estremos, nunca hallan el medio de la razón: ¡y se llaman -racionales! - -¿No sabríamos qué dos monstruos son éstos? - -[Marginal: _Pía, y impía afición._] - -Sí, dijo el Sagaz: aquella primera es la mala Intención, que toma de -ojo todo lo bueno; esta otra al contrario, es la Afición, que siempre -va diciendo: - -Todo mi amigo es buen hombre. - -Éstos son los antojos del mundo. Ya no se mira de otro modo y así tanto -se ha de atender á quien alaba ó á quien vitupera, como al alabado ó -vituperado. - -Ruaba un otro bien monstruoso, muy tapado. - -Éste, dijo Andrenio, parece monstruo vergonzante. - -Antes, respondió el Sátiro, es de la desvergüenza. - -¿Pues una mujer sin ella, cómo va atapada contra su natural inclinación -de ser vistas? - -Ahí verás que, cuando más descaradas, esconden la cara. - -¡He, que será recato! - -No es sino correr el velo á sus obligaciones. Ayer iba al contrario, -tan escotada, que parece que descubriera más, si más pudiera. Siempre -van por estremos. - -Venía ya un monstruo muy humano, haciendo reverencias á los mismos -lacayos, besando los pies aun á los mozos de cocina. Llamaba señoría -á quien no merecía merced, á todo el mundo con la gorra en la mano, -previniendo de una legua la cortesía. Á unos se ofrecía por su mayor -afecto, á otros por su menor criado. - -[Marginal: _Ambición cortés._] - -¡Qué monstruo tan comedido éste!, ponderaba Andrenio, ¡qué humano! No -he visto monstruo humilde hasta hoy. - -¡Qué bien lo entiendes!, dijo el Sátiro: no hay otro más soberbio. ¿No -ves tú, que, cuanto más se abate, quiere subir más alto? Para poder -mandar á los amos, se humilla á los criados. Estas reverencias hasta el -suelo, son botes y rebotes de pelota, que da en tierra, para subir al -aire de su vanidad. - -Al fin, si es que las necedades le tienen, apareció ya la más rara -figura, un monstruo, por lo viejo decano. Descubría la cabeza toda -pelada, sin cabellos de altos pensamientos, ni negros por lo profundo -ni blancos por lo cuerdo, sin un pelo de sustancia. Movíasele á un lado -y á otro, sin consistencia alguna. Los ojos, en otro tiempo tan claros -y perspicaces, ahora tan flacos y lagañosos, que no veían lo que más -importaba y de lejos poco ó nada, para prevenir los males. Los oídos, -algún día muy oidores, tan sordos y tan atapados, que no percibían la -voz flaca del pobre, sino la del ricazo, la del poderoso, que hablan -alto. La boca desierta, que no sólo no gritaba con la eficacia que -debía; pero ni osaba hablar. Y si algo, entre los dientes, que no -tenía. Las manos, antes grandes ministras y obradoras de grandes cosas, -se veían gafas, un gancho en cada dedo, con que de todo se asían y -nada soltaban. Los humildes y plebeyos pies, tan gotosos y torcidos, -que no acertaban á dar un paso. De suerte que en todo él no había cosa -buena ni parte sana. Él se dolía y todos se quejaban; pero nadie se -lastimaba, ninguno trataba de poner remedio. - -Seguíanle otros tres, altercando entre sí la tiranía universal de -los mortales. Traía el primero cara de veneno dulce y era escollo -de marfil, hermosa muerte, despeño deseado, engaño agradable, mujer -fingida y sirena verdadera, loca, necia, atrevida, cruel, altiva -y engañosa. Pedía, mandaba, presumía, violentaba, tiranizaba y -antojábansele bravos desvaríos. - -¿Qué cosa puede haber en el mundo, decía, que para mí no sea? Todo -cuanto hay, al cabo se viene á reducir á mi gusto. Si se hurta, es para -mí; si se mata, por mí; si se habla, es de mí; si se desea, es á mí; -si se vive, conmigo; de suerte, que cuantas monstruosidades hay en el -mundo... - -[Marginal: _La Carne._] - -Eso no concederé yo, dijo él mismo, tan bizarro como vano rico, pero -necio; altivo, pero ruin. Todo cuanto hay y luce, todo es para mí, todo -sirve á mi pompa y ostentación. Si el mercader roba, es para vivir en -el mundo; si el caballero se empeña, es para cumplir con el mundo; si -la mujer se engalana, es para parecer en el mundo. Todos los vicios -dan treguas: el glotón se ahita, el deshonesto se enfada, el bebedor -duerme, el cruel se cansa; pero la vanidad del mundo, nunca dice basta; -siempre locura y más locura y no me enojéis, que lo daré todo al diablo. - -[Marginal: _El Mundo._] - -Aquí estoy yo, dijo éste, tomándolo todo, que no hay cosa, que no sea -mía, por habérmela dado muchas veces. - -En enojándose el marido, dice luego: - -¡Mujer de Bercebú! - -Y ella responde: - -Hombre del diablo. - -Llévete Satanás, dice la madre al hijo. - -Y el amo: - -Válgante mil diablos. - -Válganle á él, responde el criado. - -Y hombre hay tan monstruo, que dice: - -Válgame una legión de demonios. - -[Marginal: _El Diablo._] - -De suerte que no se hallará cosa en el mundo, que no se me haya dado -ella á mí ó me la hayan dado muchas veces. Y tú mismo, ¡oh mundo! -¿puedes negar que no seas todo mío? - -¿Yo? ¿De qué modo? - -Maldito seas tú y qué poca vergüenza que tienes. - -Y aun por eso, replicó él: que quien no tiene vergüenza, todo el mundo -es suyo. - -Apelaron de su porfía para el monstruo coronado, príncipe de la -Babilonia común. Éste, oída su altercación, les dijo: - -Ea, acabá, dejaos de pesares, venid, holguémonos, logremos la vida, -gocemos de sus gustos, de los olores y ungüentos preciosos, de los -banquetes y comidas, de los lascivos deleites. Mirá que se nos pasa -la flor de la edad. Pasemos la edad en flor, comamos y bebamos, que -mañana moriremos. Andémonos de prado en prado, dando verdes á nuestros -apetitos. Yo os quiero repartir las jurisdiciones y vasallos, para que -no estéis pleiteando cada día. - -Tú, oh Carne, llevarás tras ti todos los flacos, ociosos, regalones y -destemplados; reinarás sobre la hermosura, el ocio y el vino; serás -señora de la voluntad. - -Y tú, oh Mundo, arrastrarás todos los soberbios, ambiciosos, ricos y -potentados; reinarás en la fantasía. - -Mas tú, Demonio, serás el rey de los mentirosos, de los que se pican de -entendidos; todo el distrito del ingenio será tuyo. - -Veamos ahora en qué pecan estos dos peregrinos de la vida, dijo -señalando á Critilo y Andrenio, para que rindan vasallaje de -monstruosidad, que ni hay bestia sin tacha ni hombre sin crimen. Lo que -averiguaron de ellos se quedará para la siguiente Crisi. - - - - -CRISI X - -_Virtelia encantada._ - - -Aquel antípoda del cielo redondo, siempre rodando, jaula de fieras, -palacio en el aire, albergue de la iniquidad, casa á toda malicia, niño -caducando, llegó ya el mundo á tal estremo de inmundo y sus mundanos -á tal remate de desvergonzada locura, que se atrevieron con públicos -edictos á prohibir toda virtud. [Marginal: _Leyes del mundo._] Y esto -so graves penas, que ninguno dijese verdades, menos de ser tenido por -loco; que ninguno hiciese cortesía, so pena de hombre bajo; que ninguno -estudiase ni supiese, porque sería llamado el estoico ó el filósofo; -que ninguno fuese recatado, so pena de ser tenido por simple; y así de -todas las demás virtudes. - -Al contrario, dieron á los vicios campo franco y pasaporte general para -toda la vida. Pregonóse un tan bárbaro desafuero por las anchuras de -la tierra, siendo tan bien recibido hoy, como ejecutado ayer, dando -una gran campanada. Mas, ¡oh, caso raro é increíble! cuando se tuvo -por cierto que todas las virtudes habían de dar una extraordinaria -demostración de su sentimiento, fué tan al contrario, que recibieron la -nueva con extraordinario aplauso, dándose unas á otras la norabuena y -ostentando indecible gozo. Al revés, los vicios, andaban cabizbajos y -corridos, sin poder disimular su tristeza. Admirado un discreto de tan -impensados efectos, comunicó su reparo con la Sabiduría, su señora y -ella: - -No te admires, le dijo, de nuestro especial contento. Porque este -desafuero vulgar está tan lejos de causarnos algún perjuicio, que antes -bien le tenemos por conveniencia. No ha sido agravio, sino favor, ni -se nos podía haber hecho mayor bien. Los vicios sí quedan destruídos -desta vez. Bien pueden esconderse y así con justa causa se entristecen. -Éste es el día en que nosotras nos introducimos en todas partes y nos -levantamos con el mundo. - -¿Pues en qué lo fundas?, replicó el Curioso. - -[Marginal: _Virtud vedada._] - -Yo te lo diré. Porque son de tal condición los mortales, tienen tan -estraña inclinación á lo vedado, que, en prohibiéndoles alguna cosa, -por el mismo caso la apetecen y mueren por conseguirla. No es menester -más, para que una cosa sea buscada, sino que sea prohibida. Y es esto -tan probado, que la mayor fealdad vedada es más codiciada, que la mayor -belleza concedida. Verás que, en vedando el ayuno, se dejarán morir de -hambre el mismo Epicuro y Eliogábalo. En prohibiendo el recato, dejará -Venus á Chipre y se meterá entre las Vestales. Buen ánimo, que ya no -habrá embustes, ruines correspondencias, malos procederes, agarros ni -traiciones. Cerrarse han los públicos teatros y garitos. Todo será -virtud. Volverá el buen tiempo y los hombres hechos á él. Las mujeres -estarán muy casadas con sus maridos y las doncellas lo serán de honor. -Obedecerán los vasallos á sus reyes y ellos mandarán. No se mentirá en -la corte ni se murmurará en la aldea. Verse ha desagraviado el sexto -de todo sexo. Gran felicidad se nos promete. Éste sí que será el siglo -dorado. - -Cuánta verdad fuese ésta, presto lo experimentaron Critilo y Andrenio, -que, habiéndose hurtado á los tres competidores de su libertad, -mientras aquéllos estaban entre sí compitiendo, marchaban éstos cuesta -arriba al encantado palacio de Virtelia. Hallaron aquel áspero camino, -que tan solitario se les habían pintado, lleno de personas, corriendo -á porfía en busca della. Acudían de todos estados, sexos, edades, -naciones y condiciones, hombres y mujeres. No digo ya los pobres, sino -los ricos, hasta magnates, que les causó estraña admiración. - -[Marginal: _Varón de luces_] - -El primero con quien encontraron á gran dicha, fué un varón prodigioso, -pues tenía tal propriedad, que arrojaba luz de sí, siempre que quería y -cuanta era menester, especialmente en medio de las mayores tinieblas. -De la suerte que aquellos maravillosos peces del mar y gusanos de la -tierra, á quienes la varia naturaleza concedió el don de luz, la tienen -reconcentrada en sus entrañas, cuando no necesitan della y, llegada la -ocasión, la avivan y sacan fuera: así este portentoso personaje tenía -cierta luz interior, ¡gran don del cielo! allá en los más íntimos senos -del cerebro, que siempre, que necesitaba della, la sacaba por los ojos -y por la boca, fuente perene de luz clarificante. - -Éste, pues, varón lucido, esparciendo rayos de inteligencia, los -comenzó á guiar á toda felicidad por el camino verdadero. Era muy agria -la subida. Sobre la dificultad de principio, dió muestras de cansarse -Andrenio y comenzó á desmayar y tuvo luego muchos compañeros. Pidió que -dejasen aquella empresa para otra ocasión. - -Eso no, dijo el varón de luces, por ningún caso: que, si ahora no te -atreves en lo mejor de la edad, menos podrás después. - -He, replicaba un joven, que nosotros ahora venimos al mundo y -comenzamos á gustar dél. Demos á la edad lo que es suyo; tiempo queda -para la virtud. - -[Marginal: _Escusas de la virtud._] - -Al contrario, ponderaba un viejo. ¡Oh!, si á mí me cogiera esta áspera -subida con los bríos de mozo, ¡con qué valor la pasara!, ¡con qué ánimo -la subiera! Ya no me puedo mover, fáltanme las fuerzas para todo lo -bueno. No hay ya que tratar de ayunar ni hacer penitencia; harto haré -de vivir con tanto achaque: no son ya para mí las vigilias. - -Decía el noble: - -Yo soy delicado, hanme criado con regalo. ¿Yo ayunar? Bien podrían -enterrarme al otro día. No puedo sufrir las costuras del cambray, ¿qué -sería el saco de cerdas? - -El pobre por lo contrario, decía: - -Bien ayuna quien malcome; harto haré en buscar la vida para mí y para -mi familia. El ricazo sí que las come holgadas; ése que ayune, dé -limosna, trate de hacer buenas obras. - -De suerte que todos echaban la carga de la virtud á otros, -pareciéndoles muy fácil en tercera persona y aun obligación. Pero el -guión luciente: - -Nadie se me exima, decía: que no hay más de un camino. Ea, que buen día -se nos aguarda. - -Y echaba un rayo de luz, con que los animaba eficazmente. - -Comenzaron á tocarles arma las horribles fieras pobladoras del monte. -Sentíanlas bramar rabiando y murmurando y tras cada mata les salteaba -una: que tiene muchos enemigos lo bueno. Los mismos padres, los -hermanos, los amigos, los parientes, todos son contrarios de la virtud -y los domésticos, los mayores. - -[Marginal: _Enemigos domésticos._] - -Andá, que estáis loco, decían los amigos, dejaos de tanto rezar, de -tanta misa y rosario, vamos al paseo, á la comedia. - -Si no vengáis este agravio, decía un pariente, no os hemos de tener por -tal. Vos afrentáis á nuestro linaje. He, que no cumplís con vuestras -obligaciones. - -No ayunes, decía la madre á la hija, que estás de mal color, mira que -te caes muerta. - -De modo que todos, cuantos hay, son enemigos declarados de la virtud. - -Salióles ya al opósito aquel león tan formidable á los cobardes. -Arredrábase Andrenio y gritóle Lucindo echase mano á la espada de -fuego. Y al mismo punto, que la coronada fiera vió brillar la luz entre -los aceros, echó á huir: que tal vez piensa hallar uno un león y topa -un panal de miel. - -¡Qué presto se retiró!, ponderaba Critilo. - -Son éstas un género de fieras, respondió Lucindo, que en siendo -descubiertas, se acobardan, en siendo conocidas huyen. - -[Marginal: _Tentación descubierta._] - -Esto es ser persona, dice uno. Y no es sino ser un bruto; aquí está el -valer y el medrar, y no es sino perderse, que las más veces entra el -viento de la vanidad por los resquicios, por donde debiera salir. - -Llegaron á un paso de los más dificultosos, donde todos sentían gran -repugnancia. Causóle grima á Andrenio y propúsole á Lucindo: - -¿No pudiera pasar otro por mí esta dificultad? - -No eres tú el primero que ha dicho otro tanto. ¡Oh, cuántos malos -llegan á los buenos y les dicen que los encomienden á Dios y ellos se -encomiendan al diablo; piden que ayunen por ellos y ellos se hartan y -embriagan; que se deciplinen y duerman en una tabla, y estánse ellos -revolcando en el cieno de sus deleites! ¡Qué bien le respondió á uno -déstos aquel moderno apóstol de la Andalucía!: - -Señor mío, si yo rezo por vos y ayuno por vos, también me iré al cielo -por vos. - -Estando emperezando Andrenio, adelantóse Critilo y, tomando de atrás la -corrida, saltó felizmente. Volviósele á mirar y dijo: - -[Marginal: _Dificultades del vicio._] - -Ea, resuélvete, que harto mayores dificultades se topan en el camino -ancho y cuesta abajo del vicio. - -¿Qué duda tiene eso?, respondió Lucindo; y si no decidme si la virtud -mandara los intolerables rigores del vicio, ¿qué dijeran los mundanos? -¿Cómo lo exageraran? ¿Qué cosa más dura, que prohibirle al avaro sus -mismos bienes, mandándole que no coma ni beba ni se vista ni goce de -una hacienda adquirida con tanto sudor? [Marginal: _Facilidades de la -virtud._] ¿Qué dijera el mundano, si esto mandara la ley de Dios? ¿Pues -qué, si al deshonesto, que estuviese toda una noche de invierno al -yelo y al sereno, rodeado de peligros por oir cuatro necedades, que él -llama favores, pudiéndose estar en su cama seguro y descansado? ¿Si al -ambicioso, que no pare un punto ni descanse ni sea suya una hora? ¿Si -al vengativo, que anduviese siempre cargado de hierro y de miedo? ¿Qué -dijeran desto los mundanos? ¡Cómo lo ponderaran! Y ahora, porque se les -manda su antojo, sin réplica obedecen. - -Ea, Andrenio, anímate, decía Critilo, y advierte que el más mal día -deste camino de la virtud es de primavera en cotejo de los caniculares -del vicio. - -Diéronle la mano, con que pudo vencer la dificultad. - -Dos veces fiero les acometió un tigre en condición y en su mal modo; -mas el único remedio fué no alborotarse ni inquietarse, sino esperalle -mansamente. [Marginal: _Victoria de la espera._] Á gran cólera, gran -sosiego, y á una furia, una espera. Trató Critilo de desenvolver su -escudo de cristal, espejo fiel del semblante y, así como la fiera se -vió en él tan feamente descompuesta, espantada de sí misma, echó á -huir con harto corrimiento de su necio exceso. De las serpientes, que -eran muchas, dragones, víboras y basiliscos, fué singular defensivo -el retirarse y huir las ocasiones. Á los voraces lobos con látigos de -cotidiana diciplina los pudieron rechazar. Contra los tiros y golpes -de toda arma ofensiva se valieron del célebre escudo encantado, hecho -de una pasta real, cuanto más blanda, más fuerte, forjado con influjo -celeste, de todas maneras impenetrable: y era sin duda el de la -paciencia. - -Llegaron ya á la superioridad de aquella dificultosa montaña, tan -eminente, que les pareció estaban en los mismos azaguanes del cielo, -convecinos de las estrellas. Dejóse ver bien el deseado palacio de -Virtelia, campeando en medio de aquella sublime corona, teatro insigne -de prodigiosas felicidades. [Marginal: _Mansión de la virtud._] Mas, -cuando se esperó que nuestros agradecidos peregrinos le saludaran con -incesables aplausos y le veneraran con afectos de admiración, fué tan -al contrario, que antes bien se vieron enmudecer, llevados de una -impensada tristeza, nacida de estraña novedad. Y fué sin duda que, -cuando le imaginaron fabricado de preciosos jaspes, embutidos de rubíes -y esmeraldas, cambiando visos y centelleando á rayos, sus puertas de -zafir con clavazón de estrellas, vieron se componía de unas piedras -pardas y cenicientas, nada vistosas, antes muy melancólicas. - -¿Qué cosa y qué casa es ésta?, ponderaba Andrenio. ¿Por ella habemos -sudado y reventado? ¡Qué triste apariencia tiene! ¿Qué será allá -dentro? ¡Cuánto mejor exterior ostentaba la de los monstruos! Engañados -venimos. - -Aquí Lucindo suspirando: - -Sabed, les dijo, que los mortales todo lo peor de la tierra quieren -para el cielo, el más trabajado tercio de la vida. Allá, á la achacosa -vejez dedican para la virtud, la hija fea para el convento, el hijo -contrahecho sea de iglesia, el real malo á la limosna, el redrojo para -el diezmo, y después querrían lo mejor de la gloria. De más que juzgáis -vosotros el fruto por la corteza. Aquí todo va al revés del mundo: si -por fuera está la fealdad, por dentro la belleza; la pobreza en lo -exterior, la riqueza en lo interior; lejos la tristeza, la alegría en -el centro: que eso es entrar en el gozo del Señor. - -[Marginal: _Bajo el sayal, hayal._] - -Estas piedras tan tristes á la vista son preciosas á la experiencia, -porque todas ellas son bezares, ahuyentando ponzoñas. Y todo el palacio -está compuesto de pítimas y contravenenos, con lo cual no pueden -empecerle ni las serpientes ni los dragones, de que está por todas -partes sitiado. - -Estaban sus puertas patentes noche y día; aunque allí siempre lo es, -franqueando la entrada en el cielo á todo el mundo. Pero asistían en -ellas dos disformes gigantes, jayanes de la soberbia, enarbolando á -los dos hombros sendas clavas muy herradas, sembradas de puntas para -hacerla. Estaban amenazando á cuantos intentaban entrar, fulminando en -cada golpe una muerte. En viéndolos, dijo Andrenio: - -Todas las dificultades pasadas han sido enanas en parangón désta. Basta -que hasta ahora habíamos peleado con bestias de brutos apetitos; mas -éstos son muy hombres. - -Así es, dijo Lucindo: que ésta ya es pelea de personas. Sabed que, -cuando todo va de vencida, salen de refresco estos monstruos de la -altivez, tan llenos de presunción, que hacen desvanecer todos los -triunfos de la vida. Pero no hay que desconfiar de la vitoria: que no -han de faltar estratagemas para vencerlos. Advertid que de los mayores -gigantes triunfan los enanos y de los mayores los pequeños, los menores -y aun los mínimos. El modo de hacer la guerra ha de ser muy al revés de -lo que se piensa. [Marginal: _Triunfo de la humildad._] Aquí no vale -el hacer piernas ni querer hombrear. No se trate de hacer del hombre; -sino humillarse y encogerse y, cuando ellos estuvieren más arrogantes -amenazando al cielo, entonces nosotros transformados en gusanos y -cosidos con la tierra hemos de entrar por entre pies, que así han -entrado los mayores adalides. - -Ejecutáronlo tan felizmente, que sin saber cómo ni por dónde, sin -ser vistos ni oídos, se hallaron dentro del encantado palacio, con -realidades de un cielo. - -Apenas, digo á glorias, estuvieron dentro, cuando sintieron embargar -todos sus sentidos de bellísimos empleos en folla de fruición, -confortando el corazón y elevando los espíritus. Embistióles lo primero -una tan suave marea, exhalando inundaciones de fragancia, que pareció -haberse rasgado de par en par los camarines de la primavera, las -estancias de Flora, ó que se había abierto brecha en el paraíso. Oyóse -una dulcísima armonía, alternada de voces é instrumentos, que pudiera -suspender la celestial por media hora. Pero, ¡oh cosa estraña! que no -se veía quién gorjeaba ni quién tañía: con ninguno topaban, nadie -descubrían. - -Bien parece encantado este palacio, dijo Critilo. Sin duda que aquí -todos son espíritus, pues no se parecen cuerpos. ¿Dónde estará esta -celestial reina? - -Siquiera, decía Andrenio, permitiérasenos alguna de sus muchas -bellísimas doncellas. [Marginal: _Hallazgo de las virtudes._] ¿Dónde -estás?, ¡oh, justicia! dijo en grito, y respondióle al punto Eco -vaticinante desde un escollo de flores: - -En la casa ajena. - -¿Y la verdad? - -Con los niños. - -¿La castidad? - -Huyendo. - -¿La sabiduría? - -En la mitad y aun. - -¿La providencia? - -Antes. - -¿El arrepentimiento? - -Después. - -¿La cortesía? - -En la honra. - -¿Y la honra? - -En quien la da. - -¿La fidelidad? - -En el pecho de un rey. - -¿La amistad? - -No entre idos. - -¿El consejo? - -En los viejos. - -¿El valor? - -En los varones. - -¿La ventura? - -En las feas. - -¿El callar? - -Con callemos. - -¿Y el dar? - -Con el recibir. - -¿La bondad? - -En el buen tiempo. - -¿El escarmiento? - -En cabeza ajena. - -¿La pobreza? - -Por puertas. - -¿La buena fama? - -Durmiendo. - -¿La osadía? - -En la dicha. - -¿La salud? - -En la templanza. - -¿La esperanza? - -Siempre. - -¿El ayuno? - -En quien malcome. - -¿La cordura? - -Adivinando. - -¿El desengaño? - -Tarde. - -¿La vergüenza? - -Si perdida, nunca más hallada. - -¿Y toda virtud? - -En el medio. - -Es decir, declaró Lucindo, que nos encaminemos al centro y no andemos -como los impíos rodando. - -Fué acertado, porque en medio de aquel palacio de perfecciones, en -una majestuosa cuadra, ocupando augusto trono, descubrieron, por -gran dicha, una divina reina, muy más linda y agradable de lo que -supieron pensar, dejando muy atrás su adelantada imaginación. Que, -si dondequiera y siempre pareció bien, ¿qué sería en su sazón y su -centro? [Marginal: _Hermosura perfecta._] Hacía á todos buena cara, -aun á sus mayores enemigos. Miraba con buenos ojos y aun divinos. Oía -bien y hablaba mejor. Y aunque siempre con boca de risa, jamás mostraba -dientes; hablaba por labios de grana palabras de seda. Nunca se le oyó -echar mala voz. Tenía lindas manos y aun de reina en lo liberal y en -cuanto las ponía salía todo perfecto. Dispuesto talle y muy derecho y -todo su aspecto divinamente humano y humanamente divino. Era su gala -conforme á su belleza y ella era la gala de todo. Vestía armiños, que -es su color la candidez. Enlazaba en sus cabellos otros tantos rayos -de la aurora con cinta de estrellas. Al fin, ella era todo un cielo -de beldades, retrato al vivo de la hermosura de su celestial Padre, -copiándole sus muchas perfecciones. - -[Marginal: _Pretendientes de virtud._] - -Estaba actualmente dando audiencia á los muchos, que frecuentaban -sus sitiales, después de prohibida. Llegó entre otros un padre á -pretenderla para su hijo, siendo él muy vicioso, y respondióle que -comenzase por sí mismo, y le fuese ejemplar idea. - -Venía otra madre en busca de la honestidad para una hija y contóla -lo que la sucedió á la culebra madre con la culebrilla su hija: que -viéndola andar torcida la riñó mucho y mandó que caminase derecha. - -Madre mía, respondió ella, enseñadme vos á proceder, veamos cómo -camináis. - -Probóse y, viendo que andaba muy más torcida: - -En verdad, madre, la dijo, que si las mías son vueltas, que las -vuestras son revueltas. - -Pidió un eclesiástico la virtud del valor y á la par un virrey la -devoción con muchas ganas de rezar. Repondióles á entrambos que -procurase cada uno la virtud competente á su estado. - -Préciese el juez de justiciero y el eclesiástico de rezador, el -príncipe del gobierno, el labrador del trabajo, el padre de familias -del cuidado de su casa, el prelado de la limosna y desvelo. Cada uno se -adelante en la virtud que le compete. - -Según eso, dijo una casada, á mí bástame la honestidad conyugal; no -tengo que cuidar de otras virtudes. - -Eso no, dijo Virtelia; no basta ésa sola, que os haréis insufrible de -soberbia, y más ahora. Poco importa que el otro sea limosnero, si no -es casto; que éste sea sabio, si á todos desprecia; que aquél sea gran -letrado, si da lugar á los cohechos; que el otro sea gran soldado, si -es un impío. Son muy hermanas las virtudes y es menester que vayan -encadenadas. - -Llegó una gentil dama galanteando melindres y dijo que ella también -quería ir al cielo; pero que había de ser por el camino de las damas. -Hízoseles muy de nuevo á los circunstantes y preguntóla Virtelia: - -[Marginal: _Camino de las Damas._] - -¿Qué camino es ése, que hasta hoy no he tenido noticia dél? - -¿Pues no está claro?, replicó ella. Que una mujer delicada como yo ha -de ir por el del regalo, entre martas y entre felpas, no ayunando ni -haciendo penitencia. - -Bueno, por cierto, exclamó la reina de la entereza: así se os -concederá, reina mía, lo que pedís, como á aquel príncipe que allí -entra. - -Era un poderoso, que muy á lo grave tomando asiento, dijo que él quería -las virtudes; pero no las ordinarias de la gente común y plebeya, -sino muy á lo señor, una virtud allá exquisita. Hasta los nombres de -los santos conocidos no los quería por comunes, como el de Juan y -Pedro; sino tan extravagantes, que no se hallen en ningún calendario. -¡Gran cosa, decía, el de Gastón!, ¡qué bien suena el Perafán! Pues un -Claquín, Nuño, Sancho y Suero pedía una teología extravagante. - -Preguntóle Virtelia si quería ir al cielo de los demás. - -Pensólo y respondió que, si no había otro, que sí. - -Pues, señor mío, no hay otra escalera para allá, sino la de los diez -Mandamientos. Por ésos habéis de subir; que yo no he hallado hasta hoy -un camino para los ricos y otro para los pobres, uno para las señoras -y otro para las criadas. Una es la ley y un mismo Dios de todos. - -Replicó un moderno Epicuro, gran hombre de su comodidad, diciendo: - -De diciplina abajo, cualquier cosa; de oración yo no me entiendo, para -ayunos no tengo salud. Ved cómo ha de ser, que yo he de entrar en el -cielo. - -[Marginal: _Virtud acomodada._] - -Paréceme, respondió Virtelia, que vos queréis entrar calzado y vestido -y no puede ser. - -Porfiaba que sí y que ya se usa una virtud muy acomodada y llevadera y -aun le parecía la más ajustada á la ley de Dios. - -Preguntóle Virtelia en qué lo fundaba, y él: - -Porque desa suerte se cumple á la letra aquello de _así en la tierra -como en el cielo_: porque allá no se ayuna, no hay diciplina ni -silicio, no se trata de penitencia, y así yo querría vivir como un -bienaventurado. - -Enojóse mucho Virtelia oyendo esto y díjole con escandecencia: - -[Marginal: _Infierno á pares._] - -¡Oh casi hereje! ¡oh malentendedor! ¿Dos cielos queríais? No es cosa -que se usa; mirad por vos, que todos estos, que pretenden dos cielos, -suelen tener dos infiernos. - -Yo vengo, dijo uno, en busca del silencio bueno. - -Riéronlo todos, diciendo: - -¿Qué callar hay malo? - -¡Oh, sí, respondió Virtelia, y muy perjudicial: calla el juez la -justicia, calla el padre y no corrige al hijo travieso, calla el -predicador y no reprehende los vicios, calla el confesor y no pondera -la gravedad de la culpa, calla el malo y no se confiesa ni se enmienda, -calla el deudor y niega el crédito, calla el testigo y no se averigua -el delito, callan unos y otros y encúbrense los males: de suerte que, -si al buencallar llaman santo, al malcallar llámenle diablo! - -Estoy admirado, dijo Critilo, que ninguno viene en busca de la limosna. -¿Qué será de la liberalidad? - -Es que todos se escusan de hacerla: el oficial porque no le pagan, el -labrador porque no coge, el caballero que está empeñado, el príncipe -que no hay mayor pobre que él, el eclesiástico que buenos pobres son -los parientes. - -¡Oh, engañosa escusa!, ponderaba Virtelia. Dad al pobre, siquiera el -desecho, lo que ya no os puede servir. - -Tampoco, que la codicia ha dado en arbitrista y el sombrero traído, que -se había de dar al pobre, persuade se guarde para brahones, la capa -raída para contraaforros, el manto deslucido para la criada: de modo -que nada dejan para el pobre. - -Llegaron unos rematadamente malos y pidieron un extremo de virtud. -Tuviéronles todos por necios, diciendo que comenzasen por lo fácil y -fuesen subiendo de virtud en virtud. - -Mas ella: - -He, dejadlos que asesten ahora muchos puntos más alto, que ellos -bajarán harto después y sabed que de mis mayores enemigos suelo yo -hacer mis mayores apasionados. - -Venía una mujer con más años que cabellos, menos dientes y más arrugas, -en busca de la Virtud. - -¡Tan tarde, exclamó Andrenio! Éstas yo juraría que vienen más porque -las echa el mundo, que por buscar el cielo. - -Déjala, dijo Virtelia, y estímesele el no haber abierto escuela de -maldad con cátreda de pestilencia. Yo aseguro que, por viejos que sean, -que no vengan el tahur ni el ambicioso ni el avaro ni el bebedor: son -bestias alquiladas del vicio, que todas caen muertas en el camino de su -ruindad. - -[Marginal: _Deshonestos incurables._] - -Al contrario le sucedió á uno, que llegó en busca de la Castidad, -ahito de la torpeza, gran gentilhombre de Venus, idólatra de su -hijuelo. Pidió ser admitido en la cofadría de la continencia; pero no -fué escuchado, por más que él abominaba de la lujuria, escupiendo y -asqueando su inmundicia. Y aunque muchos de los presentes rogaron por -él, - -No haré tal, decía la Honestidad: no hay que fiar en éstos, bien se -ayuna después de harto. Creedme que estos torpes son como los gatos de -algalia, que, en volviéndoseles á llenar el senillo, se revuelcan. - -Venían unos, al parecer, muy puestos en el cielo, pues miraban á él. - -Éstos sí, dijo Andrenio, que con el cuerpo están en la tierra y con el -espíritu en el cielo. - -¡Oh, cómo te engañas!, dijo la Sagacidad, gran ministra de Virtelia. -Advierte que hay algunos que, cuando más miran al cielo, entonces están -más puestos en la tierra. Aquel primero es un mercader, que tiene gran -cantidad de trigo para vender y anda conjurando las nubes á los ojos -de sus enemigos. Al contrario, aquel otro es un labrador hidrópico de -la lluvia, que jamás se vió harto de agua y anda conciliando nublados. -Éste de aquí es un blasfemo, que nunca se acuerda del cielo, sino para -jurarle. Aquél pide venganza y el otro es un rondante, lechuzo de las -tinieblas, que desea la noche más escura, para capa de sus ruindades. - -[Marginal: _Virtud afectada._] - -Pidió uno si le querían alquilar algunas virtudes, suspiros, -torcimiento de cuello, arquear las cejas y otros modillos de modestia. -Enojóse mucho Virtelia, diciendo: - -¿Pues qué, es mi palacio casa de negociación? - -Escusábase él diciendo que ya muchos y muchas con la virtud ganan la -comida y á título de eso la señora las introduce en el estrado, la otra -las asienta á su mesa, el enfermo las llama, el pretendiente se les -encomienda, el ministro las consulta, ándanse de casa en casa comiendo -y bebiendo y regalándose de modo, que ya la virtud es arbitrio del -regalo. - -Quitaos de ahí, dijo Virtelia, que esas tales tienen tan poca virtud, -como los que las llaman mucha simplicidad. - -¿Quién es aquel gran personaje, héroe de la virtud, que en toda ocasión -de lucimiento le encontramos? Si en casa de la Sabiduría, allí está; si -en la del Valor, allí asiste; en todas partes le vemos y admiramos. - -¿No conocéis, dijo Lucindo, al santísimo padre de todos? Veneradle y -deprecadle siglos de vida tan heroica. - -Estaban aguardando los circunstantes que tratase de coronar algunos -la gran reina de la Equidad y que premiase sus hazañas; mas fuéles -respondido que no hay mayor premio, que ella misma, que sus brazos son -la corona de los buenos. - -Y así á nuestros dos peregrinos, que estaban encogidos, venerando -tan majestuosa belleza, [Marginal: _Premio de la Virtud._] los animó -Lucindo á que se llegasen cerca y se abrazasen con ella, logrando una -ocasión de tanta dicha. Y así fué, que coronándolos con sus reales -brazos, los transformó de hombres en ángeles, candidatos de la eterna -felicidad. Quisieran muchos hacer allí mansión, mas ella les dijo: - -Siempre se ha de pasar adelante en la virtud; que el parar es volver -atrás. - -Suplicáronla, pues, los dos coronados peregrinos les mandase encaminar -á su deseada Felisinda. Ella entonces, llamando cuatro de sus mayores -ministras y teniéndolas delante, dijo señalando la primera: - -Ésta, que es la Justicia, os dirá dónde y cómo la habéis de buscar; -esta segunda, que es la Prudencia, os la descubrirá; con la tercera, -que es la Fortaleza, la habéis de conseguir; y con la cuarta, que es la -Templanza, la habéis de lograr. - -Resonaron en esto armoniosos clarines, folla acorde de instrumentos, -alborozando los ánimos y realzando sus nobles espíritus. Despertóse un -céfiro fragante y bañóse todo aquel vistosísimo teatro de lucimiento. -Sintiéronse tirar de las estrellas, con fuertes y suaves influjos. Fué -reforzando el viento y levantándolos á lo alto, tirándoles para sí el -cielo, á ser coronados de estrellas. Subieron muy altos, tanto que se -perdieron de vista. Quien quisiere saber dónde pararon, adelante los ha -de buscar. - - - - -CRISI XI - -_El tejado de vidrio y Momo tirando piedras._ - - -Llegó la Vanidad á tal extremo de quien ella es, que pretendió lugar -y no el postrero entre las Virtudes. Dió para esto memorial, en que -representaba ser ella alma de las acciones, vida de las hazañas, -aliento de la virtud y alimento del espíritu. - -No vive, decía, la vida material quien no respira, ni la formal quien -no aspira. No hay aura más fragante ni que más vivifique, que la Fama, -que también alienta el alma, como el cuerpo, y es su purísimo elemento -el airecillo de la honrilla. [Marginal: _Esfuerzos de la honra._] No -sale obra perfecta sin algo de vanidad ni se ejecuta acción bien sin -esta atención del aplauso. Parto suyo son las mayores hazañas y nobles -hijos, los heroicos hechos. De suerte que sin un grano de vanidad, sin -un punto de honrilla, nada está en su punto, y sin estos humillos nada -luce. - -No pareció del todo mal la paradoja, especialmente á algunos de primera -impresión y á otros de capricho. Pero la razón, con todo su maduro -parlamento, abominando una pretensión tan atrevida: - -[Marginal: _Ensanches á la naturaleza._] - -Sabed, dijo, que á todas las pasiones se les ha concedido algún -ensanche, un desahogo en favor de la violentada naturaleza: á la -Lujuria el matrimonio; á la Ira la corrección; á la Gula el sustento; -á la Envidia la emulación; á la Codicia la providencia; á la Pereza la -recreación, y así á todas las otras demasías; pero á la Soberbia, mirad -qué tal es ella, que jamás se le permitió el más mínimo ensanche. No -hay que fiar; toda es execrable. Vaya fuera, fuera, lejos, lejos. Bien -es verdad que el cuidado del buen nombre es una atención loable, porque -la buena fama es esmalte de la virtud, premio, que no precio. Hase de -estimar la honra, pero no afectar. Más precioso es el buen nombre, -que todas las riquezas. En no estando la virtud en su buen crédito, -está fuera de su centro y quien no está en la gloria de su buena fama -forzoso es que esté condenado al infierno de su infamia, al tormento -de la desestimación, más insufrible á más conocimiento. Es la honra -sombra de la virtud, que la sigue y no se consigue, huye del que la -busca y busca á quien la huye, es efecto del bienobrar, pero no afecto, -decorosa al fin diadema de la hermosísima Virtud. - -Célebre puente, como tan temida, daba paso á la gran ciudad, ilustre -corte de la heroica Honoria, aquella plausible reina de la estimación, -y por eso tan venerada de todos. [Marginal: _La puente de los Peros._] -Era un paso muy peligroso, por estar todo él sembrado de perinquinosos -_peros_, en que muchos tropezaban y los más caían en el río del reir, -quedando muy mojados y aun poniéndose de lodo, con mucha risa de la -inumerable vulgaridad, que estaba á la mira de sus desaires. - -Era de ponderar la intrepidez con que algunos confiados y otros -presumidos se arrojaban y los más se despeñaban, anhelando á pasar de -un extremo de bajeza á otro de ensalzamiento y tal vez de la mayor -deshonra á la mayor grandeza, de lo negro á lo blanco y aun de lo -amarillo á lo rojo, pero todos ellos caían con harta nota suya y risa -de los sabidores. - -Así le sucedió á uno, que pretendió pasar de villano á noble, otro de -manchado á limpio, diciendo que tras el sábado, se sigue el domingo; -pero él fué de guardar. No faltó quien del mandil á mandarín, de mozo -de ciego á don Gonzalo y una otra muy desvanecida de la verdura al -verdugado. Quería una pasar por doncella; más riéronse de su caída. -Como otro, que quiso ser tenido por un pozo de ciencia y fué un pozo de -cieno. [Marginal: _El vulgar Sino._] No había hombre, que no tropezase -en su pero y para cada uno había un sino. - -[Marginal: _D. Fray Juan Cebrián._] - -Gran príncipe tal, pero buen hombre. Ilustre prelado aquél, si fuera -tan limosnero como nuestro arzobispo. Gran letrado, si no fuera -malintencionado. ¡Qué valiente soldado!; pero gran ladrón. ¡Qué -honrado caballero éste; sino que es pobre! ¡Qué docto aquél; si no -fuera soberbio! Fulano santo, pero simple. Qué buen sujeto aquel otro y -qué prudente; pero es embarazado. Muy bien entiende las materias; mas -no tiene resolución. Diligente ministro; pero no es inteligente. Gran -entendimiento; pero ¡qué malempleado! ¡Qué gran mujer aquélla; sino -que se descuida! ¡Qué hermosa dama; si no fuera necia! Grandes prendas -las de tal sujeto; pero ¡qué desdichado! Gran médico; poco afortunado: -todos se le mueren. Lindo ingenio; pero sin juicio: no tiene sindéresis. - -Así todos tropezaban en su pero. Raro era el que se escapaba y único -el que pasaba sin mojarse. Topaba uno con un pero de un antepasado y, -aunque tan pasado, nunca maduro, jamás se pudo digerir. [Marginal: -_El río de la risa._] Al contrario, otro daba de hocicos en el de sus -presentes y caían todos en el río de la risa común. - -Bien lo merece, decía un émulo. ¿Quién le metía al peón en caballerías? - -Lástima es, decía otro, que los de tal cepa no sean puros, siendo tan -hombres de bien. - -Las mujeres tropezaban en una chinita, en un diamante: terribles peros -son las perlas para ellas. El airecillo las hacía bambanear y el -donaire caer con mucha nota. Y es lo bueno que para levantarse nadie -las daba la mano, sí de mano. - -De verdad, que un gran personaje tropezó en una Mota, quedando muy -desairado y aseguraban fué notable desorden. - -Toda la puente estaba sembrada de cabo á cabo destos indigestos peros, -en que los más de los viandantes tropezaban. Y si no en uno, daban de -ojos en otro, aun en los pasados. Lamentábase un discreto, diciendo: - -Señores, que tropiece uno en el propio y personal, merécelo; mas en -el ajeno ¿por qué? Que haya de tropezar un marido en un cabello de su -mujer, en un pelillo de su hermana, ¿qué ley es ésta? - -Llegó uno jurando á fe de caballero, tan bueno, decía, como el rey. -No faltó quien le arrojó una erre, con que de rey, se hizo de reir. -[Marginal: _Peros arrojadizos._] Á un cierto Ruy, le echó un malicioso -una tilde y bastó para que rodase. Tropezó otro en un cuarto y quedóse -en blanco. Rodábales á algunos la cabeza y quedaban hechos equis, por -haber deslizado en los brindis. - -Comenzó á pasar cierta dama, muy airosa. Hiciéronla unos y otros paso -con plausible cortesía; pero al más liviano descuido dió en el lodo con -toda su bizarría, que fué barro. - -Tropezaban las más en piedras preciosas y eran muy despreciadas. Llegó -á pasar un gran príncipe y muy adulado. - -Éste sí, dijeron todos, que pasará sin riesgo; no tiene que temer: los -mismos peros le temerán á él. - -Mas, ¡oh caso trágico! deslizó en una pluma y tumbó al río, quedando -muy mojado. En una aguja de coser tropezó alguno y en una lezna otro y -era título. En una pluma de gallina un bizarro general. - -¿Pues qué, si alguno entraba cojeando y de mal pie? Era cierto el -rodar y en duda de tropiezo estaba la malicia por la deshonra. Creyó -uno no le valdría aquí su riqueza, que en todos los demás pasos, por -peligrosos que sean, suele sacar á su dueño de trabajo; mas al primer -paso se desengañó. Que no vale aquí ni la espuela de oro ni la vira de -plata. - -Cruel paso, decían todos, el de la honra, entre tropiezos de la -malicia. ¡Oh qué delicada es la fama, pues una mota es ya nota! - -Aquí llegaron nuestros dos peregrinos á serlo, encaminados de Virtelia -á Honoria, su gran cara, aunque confinante, tan querida, que la llamaba -su gozo y su corona. Deseaban pasar á su gran corte; pero temían con -razón el azaroso paso de los peros y era preciso, porque no había otro. - -Estaban pasmados viendo rodar á tantos y temblábales la barba, viendo -las de sus vecinos tan remojadas. Asomó en esta sazón á querer pasar -un ciego. [Marginal: _Lección de vivir._] Levantaron todos el alarido, -viéndole comenzar tentando, y tuvieron por cierto había de tumbar al -primer paso; mas fué tan al contrario, que el ciego pasó muy derecho. -Valióle el hacerse sordo. Porque, aunque unos y otros le silbaban y aun -le señalaban con el dedo, él, como no veía ni oía, no se cuidaba de -dichos ajenos, sino de obras propias y pasar adelante con gran quietud -de ánimo. Y así sin tropezar ni en un átomo llegó al cabo de lo que -quería, con dicha harto envidiada. Al punto dijo Critilo: - -Este ciego ha de ser nuestra guía, que solos los ciegos, sordos y mudos -pueden ya vivir en el mundo. Tomemos esta lición, seamos ciegos para -los desdoros ajenos, mudos para no zaherirlos ni jactarnos, conciliando -odio con la murmuración, en la recíproca venganza. Seamos sordos para -no hacer caso de lo que dirán. - -Con esta lición pudieron pasar. Por lo menos fueron pasaderos con -admiración de muchos y imitación de pocos. - -Entraron ya por aquel célebre emporio de la honra, poblado de -majestuosos edificios, magníficos palacios, soberbias torres, arcos, -pirámides y obeliscos, que cuestan mucho de erigir, pero después -eternamente duran. Repararon luego que todos los tejados de las -casas, hasta de los mismos palacios, eran de vidrio tan delicado como -sencillo; muy brillantes, pero muy quebradizos, y así pocos se veían -sanos y casi ninguno entero. - -Descubrieron presto la causa y era un hombrecillo tan nonada, que aun -de ruin jamás se veía harto. Tenía cara de pocos amigos y á todos la -torcía, mal gesto y peor parecer, los ojos más asquerosos que los de -un médico y sea de la cámara, brazos de acribador, que se queda con la -basura, carrillos de catalán y aun más chupados, que no sólo no come á -dos, pero á ninguno. De puro flaco consumido, aunque todo lo mordía. -Robado de color y quitándola á todo lo bueno. Su hablar era zumbir de -moscón, que en las más lindas manos, despreciando el nácar y la nieve, -se asienta en el venino. Nariz de sátiro y aun más fisgona. Espalda -doble, aliento insufrible, señal de entrañas gastadas. Tomaba de ojo -todo lo bueno y hincaba el diente en todo lo malo. Él mismo se jactaba -de tener mala vista y decía: - -Maldito lo que veo. - -Y miraba á todos. - -Éste, pues, que por no tener cosa buena en sí todo lo hallaba malo -en los otros, había tomado por gusto el dar disgusto. Andábase todo -el día, y no santo, tirando peros y piedras y escondiendo la mano, -sin perdonar tejado. Persuadíase cada uno que su vecino se las tiraba -y arrojábale otras tantas. Éste creía que le hacía el tiro aquél y -aquél que el otro, sospechando unos de otros y tirándose piedras y -escondiendo todos la mano. [Marginal: _Murmuración común._] En duda -arrojaban muchas por acertar con alguna y todo era confusión y popular -pedrisco, de tal modo ó tan sin él, que no se podía vivir ni había -quien pudiese parar. Venían por el aire volando piedras y tiros, sin -saberse de dónde ni por qué. Así que no quedaba tejado sano ni honra -segura ni vida inculpable. Todo era malas voces, hablillas, famas -echadizas y los duendes de los chismes no paraban. - -Yo no lo creo, decía uno; pero esto dicen de fulano. - -Lástima es, decía otro, que de fulana se diga esto. - -Y con esta capa de compasión hacía un tiro, que quebraba todo un -tejado. Pero no faltaba quien de retorno les rompía á ellos las -cabezas. Y á todo esto andaba revolviendo el mundo aquel duendecillo -universal. - -Había tomado otro más perjudicial de porte y era arrojar á los rostros, -en vez de piedras, carbones, que tiznaban feamente, y así andaban casi -todos mascarados, haciendo ridículas visiones, uno con un tizne en la -frente, otro en la mejilla, y tal, que le cruzaba la cara, [Marginal: -_Ninguno se conoce._] riéndose unos de otros, sin mirarse á sí mismos -ni advertir cada uno su fealdad, sino la ajena. Era de ver y aun de -reir cómo todos andaban tiznados, haciendo burla unos de otros. - -¿No veis, decía uno, qué mancha tan fea tiene fulano en su linaje? ¡Y -que ose hablar de los otros! - -Pues él, decía otro, ¡que no vea su infamia tan notoria y se meta á -hablar de las ajenas! ¡Que no haya ninguno con honra en su lengua! - -Mirá quién habla, saltaba otro, teniendo la mujer que tiene. Cuánto -mejor fuera cuidara él de su casa y supiera de dónde sale la gala. - -Estando diciendo esto, estaba actualmente otro santiguándose: - -¡Que éste no advierta que tiene él por qué callar, teniendo una hermana -cual sabemos! - -Pero déste, añadía otro, harto mejor fuera que se acordara él de su -abuelo y quién fué. Siempre lo veréis que hablan más los que debrían -menos. - -¡Hay tal desvergüenza en el mundo, que ose hablar aquél! - -¡Hay tal descoco de mujer, que se adelante ella á decir y quitarla á la -otra la palabra de la lengua! - -Desta suerte andaba el juego y la risa de todo el mundo, que siempre la -mitad dél se está riendo de la otra, burlándose unos de otros y todos -mascarados. Éstos se fisgaban de aquéllos y aquéllos déstos y todo -era risa, ignorancia, murmuración, desprecio, presunción y necedad y -triunfaba el ruincillo. - -[Marginal: _Espejo práctico._] - -Reparaban algunos más advertidos, si no más felices, en que se reían -dellos y acudían á una fuente, espejo común en medio de una plaza, -á examinarse de rostro en sus cristales y, reconociendo sus tiznes, -alargaban la mano al agua, que, después de haber avisado del defeto, -da el remedio y limpia. Pero, cuanto más porfiaban en lavarse y -alabarse, peores se ponían, pues, enfadados los otros de su afectado -desvanecimiento, decían: - -¿No es éste aquel, que vendía y compraba? ¿Pues qué nos viene aquí -vendiendo honras? - -Aguarda ¿no es aquél hijo de aquel otro? ¿Pues por cuatro reales, que -tiene, anda tan deslavado, no siendo su hidalguía tanto al uso, cuanto -al aspa? - -Lo peor era que la misma agua clara sacaba á luz muchas manchas, que -estaban ya olvidadas. Y así, á uno, que trató de alabarse de ingénuo, -le salió una ese, que era decir: - -Ése es ése. - -Yo lo sé de buena tinta, decía uno, que fulano es un tal. - -Y no era sino harto mala, pues echaba tales borrones. - -Sentía mucho cierta señora, que blasonaba de la más roja sangre del -reino, se le atreviese la murmuración y no advertía que la mancha de un -descuido sale más en el brocado, como la roncha en la belleza. - -Estaba otra muy corrida de que siendo ya matrona la echaban en la cara -no sé qué niñería de allá cuando rapaza. - -Estaba el otro para conseguir una dignidad y salíale al rostro un tizne -de no sé qué travesura de su mocedad. - -Pero el que se sintió mucho fué un príncipe, en cuya esclarecida frente -echó un historiador un borrón, sacudiendo la pluma. - -Aquello de haber sido no podía uno tolerar. Que el ser ahora salga á la -cara, pase; ¡pero por qué allá mi tartarabuelo lo fué! - -¿Qué razón hay, que por lo que pasó en tiempo del rey que rabió, -ponderaba otro, me hagan á mí rabiar? - -Lo más acertado era _callar y callemos_ y no alabarse. Porque de los -blasones de las armas hacían los otros baldones. Y aun desde que -dieron en lavarse en la fuente de la presunción y desvanecimiento, les -salieron más manchas á la cara. Y unos otros se daban en rostro con -las fealdades de allá de mil años. [Marginal: _Ninguno sin crimen._] Y -fué de suerte, digo desdicha, que no quedó rostro sin lunar, ojo sin -lagaña, lengua sin pelo, frente sin arruga, mano sin berruga, pie sin -callo, espalda sin giba, cuello sin papera, pecho sin tos, nariz sin -romadizo, uña sin enemigo, niña sin nube, cabeza sin remolino, ni pelo -sin repelo. En todos había algo, que señalase con el dedo aquel malsín -y de que se recelasen los otros. Y aun todos iban huyendo dél, diciendo -á voces: - -¡Guarda el ruincillo, guarda el maldiciente! - -¡Oh maldita lengua! - -[Marginal: _Momo descubierto._] - -Conocieron con esto que era Momo y huyeran también, si no les -emprendiera él mismo, preguntándoles: ¿qué buscan? Que parecían -extraños en lo perdido. - -Respondiéronle venían en busca de la buena reina Honoria. Y él al punto: - -¿Mujer y buena y en esta era? Yo lo dudo. En mi boca por lo menos no -lo será. Yo las conozco todas y á todos y no hallo cosa buena. El -buen tiempo ya pasó y con él todo lo bueno. En boca del viejo todo lo -bueno fué y todo lo malo es. Con todo eso, yo os quiero hoy servir de -brújula. Vamos discurriendo por la ciudad. Probemos ventura, que no -será poca hallarla, siendo una de aquellas cosas de que piensa estar -lleno el mundo, cuando más vacío. - -[Marginal: _Honra mundana._] - -Oyeron que estaba uno persuadiendo á otro perdonase á su enemigo y se -quietase y respondía él: - -¿Y la honra? - -Decíanle á otro que dejase la manceba y el escándalo de tantos años y -él: - -No sería honra ahora. - -Á un blasfemo, que no jurase ni perjurase, y respondía: - -¿En qué estaría la honra? - -Á un pródigo, que mirase á mañana, que no tendría hacienda para cuatro -días: - -No es mi honra. - -Á un poderoso, que no hiciese sombra al rufián y al asesino: - -No es mi honra. - -Pues hombres de Barrabás, dijo Momo, ¿en qué está la honra? ¿No digo yo? - -Á otro lado oyeron decir á uno: - -Mirá fulano, en qué pone su honra. - -Y respondía éste: - -Y él ¿en qué la pone? Mirá éste, mirá aquél y miradlos á todos en qué -la ponen. - -Decía un linajudo, muy preciado de honrado, que á él le venía muy de -atrás, allá de sus antepasados, de cuyas hazañas vivía. - -Esa honra, señor mío, le dijo Momo, ya no huele bien; rancia está: -tratad de buscar otra más plática. Poco importa la honra antigua, si -la infamia es moderna. Y si no os vestís de las ropas de vuestros -antepasados, porque no son al uso, ni salís un día con la martingala de -vuestro abuelo, porque se reirían de tal vejedad, no pretendáis tampoco -arrear el ánimo de sus honores; buscad en nuevas hazañas la honra al -uso. - -No faltó quien les dijo hallarían la honra en la riqueza. - -No puede ser, dijo Momo, que honra y provecho no caben en ese saco. - -Encamináronse á casa de los hombres famosos y plausibles y hallaron -se habían echado á dormir. Encontraron un caballero nuevo corriendo -ilustre sangre y al punto dijeron: - -Éste sí que sabrá della. - -Halláronle, que estaba sudando y reventando, más que si llevara un -mundo á cuestas. Gemía y suspiraba sin cesar. - -¿Qué tiene este hombre?, dijo Andrenio. ¿De qué trasuda? - -¿No ves, dijo Momo, aquel punto indivisible, que carga sobre sus -hombros? Pues ése es el que le abruma. - -Mirá ahora, replicó Andrenio, qué Atlante parando espaldas á un cielo, -qué Hércules apuntalando la monarquía de todo el mundo. - -[Marginal: _Punto de honra._] - -Pues ese puntillo, ponderó Momo, les hace á muchos sudar y tal vez -reventar: por conservar aquel punto en que se metió ó le metieron anda -toda la vida gimiendo, fáltanle las fuerzas, añádense las cargas, -crecen los gastos, menguan las haciendas y el punto no ha de faltar. - -Si la habéis de hallar, les dijo uno, ha de ser en lo que arrastra. - -Honra, que va por tierra, ponerse ha de lodo, dijo Critilo. - -Digo que sí, que lo que arrastra honra. - -[Marginal: _Lo que honra, arrastra._] - -Eso no, saltó Momo. Yo digo al revés, que lo que honra arrastra y -esta negra honrilla trae arrastrados á muchos. ¡Oh, á cuántos traen -arrastrados las galas y cadenas de las mujeres, las libreas de los -pajes, y andan corridos cuando más honrados! - -Dicen que hacen lo que deben. - -Yo digo al revés, que deben lo que hacen y dígalo el mercader y el -oficial y los criados. - -Hallaron otro y otros muchos, que estaban echando los bofes y la misma -hiel por la boca. - -Peor es esto, dijo Andrenio. - -Pues si en algunos se ha de hallar la honra, dijo Momo, ha de ser en -éstos. - -¿Y por qué? - -Porque revientan de honrados. - -Caro les cuesta la negra de la honrilla. - -Y lo peor es que, cuando más la piensan conseguir, entonces la alcanzan -menos, perdiendo tal vez la vida y cuanto hay. - -No os canséis, dijo uno, que no la hallaréis en toda la vida, sino en -la muerte. - -¿Cómo en la muerte? - -Sí, que aquel día es el de las alabanzas y tras la muerte le hacen las -honras. - -¡Oh, qué donosa cosa!, dijo Andrenio. En un saco de tierra poca honra -cabrá. Cara es la honra, que cuesta el morir y, si un muerto es tierra -y nada, toda su honra será nonada. - -Mucho es, ponderaba Critilo, que ni hallemos á Honoria en su corte ni -la honra en una tan populosa ciudad. - -Honra y en ciudad grande, dijo Momo, muy mal se encuadernan. En otro -tiempo aún se hallara la honra en las ciudades; pero ya está desterrada -de todas. Asegúroos que todo lo bueno se perdió en ésta, el día que -echaron della aquel gran personaje, tan digno de eterna observación y -conservación, á quien todos respetaban por su gran caudal y gobierno. -El salía por una puerta ¡qué lástima! y todas las ruindades entraban -por otra, ¡qué desdicha! - -¿Qué varón fué ése, preguntaron, de tanta importancia y autoridad? - -Era el gobernador de la ciudad y aun dicen hijo de la misma reina -Honoria. No había Licurgo como él ni hubo jamás república de Platón -tan concertada como ésta. Todo el tiempo, que él la asistió, no se -conocían vicios ni se sonaba un escándalo, no paraba malhechor ni ruin. -[Marginal: _Don Pedro Pablo Zapata._] Porque todos le temían más que -al mismo gobernador de Aragón. Más recababa su respeto, que las mismas -leyes, y más le temían á él, que á las dos columnas del suplicio. Pero -luego que él faltó, se acabó todo lo bueno. - -¿No nos dirías quién fué un personaje tan insigne y tan cabal? - -[Marginal: _Provechos del qué dirán._] - -De verdad que era bien nombrado y me espanto mucho no deis en la -cuenta. Éste era el prudente, el atento, el temido ¿_Qué dirán_?, -sujeto bien conocido, que los mismos príncipes le respetaban y aun le -temían, diciendo: - -¿Qué dirán de un príncipe como yo, que debiendo ser el espejo, que -compone todo el mundo, soy el escándalo, que lo descompone? - -¿Qué dirán, decía el título, que no cumplo con mis obligaciones, siendo -tantas, que degenero de mis antepasados, famosos héroes, que me dejaron -tan empeñado en hazañas y yo me empeño en bajezas? - -¿Qué dirán de mí, decía el juez, que atropello la justicia, debiéndola -yo amparar y de juez me hago reo? Eso no dirán de mí. - -Cuando más acosada la casada, acordábase dél y decía: - -¿Qué dirán de mí, que una matrona como yo de Penélope me trueco en -Elena, que pago mal el buenproceder de mi marido con mi malparecer? Eso -no, líbreme Dios de tan mal gusto. - -Hasta la recatada doncellita se conservaba en el jardín de su retiro, -diciendo: - -¿Yo, que soy una fragante flor, había de dar tan mal fruto? ¿Yo, -siendo una rosa, ser risa del mundo? ¿Yo ver ni ser vista? ¿Yo, por -hablar, dar qué decir? De eso me guardaré yo muy bien. - -¿Qué dirán, decía la viuda, que á muerto marido, amigo venido, que del -riego de mi llanto nace el verde de mis gustos, que tan presto trueco -el requiem en aleluya? - -No dirán tal, decía el soldado, que yo me calce botas de fuina. ¿Qué -dirán de un español, que entre galos soy gallina? - -¿Qué dirían de un hombre de mis prendas, decía el sabio, que de alumno -de Minerva me hago vil esclavo de Venus? - -¿Qué dirán los mozos?, decía el viejo, y ¿qué dirán los viejos?, decía -el mozo. - -¿Qué dirán los vecinos?, decía el hombre de bien. - -Y con esto todos se recataban. - -¿Qué dirían mis émulos?, decía el cuerdo, ¿qué buen día para ellos y -qué mala noche para mí? - -¿Qué dirían los súbditos?, decía el superior, y ¿qué diría el -superior?, decían los súbditos. - -Desta suerte todo el mundo le temía y le respetaba y todo iba, no de -concierto, pero muy concertado. Faltó él y faltó todo lo bueno ese -mismo día. Todo está ya perdido, todo rematado. ¿Pues qué se hizo un -Catón tan severo, un Licurgo tan regular qué se hizo? Que no pudiéndolo -sufrir unos y otros, no pararon hasta echarle. [Marginal: _Ostracismo -vulgar._] Bárbaro vulgar ostracismo se conjuró contra él y por ser -bueno le desterraron al uso de hoy. Sabed que con el tiempo, que todo -lo trastorna, fué creciendo esta ciudad, aumentándose en gente y -confusión: que toda gran corte es Babilonia. No se conocían ya unos á -otros, achaque de poblaciones grandes. Comenzaron con esto poco á poco -á desestimar su gran gobierno, de ahí á no hacer caso dél, luego á -atrevérsele. Como todos eran malos, no se espantaban unos de otros, no -decían éstos de aquéllos; cada uno se miraba á sí y enmudecía, metía la -mano en el seno y sacábala tan sarnosa, que no se picaba de la ajena. -No decían ya ¿qué dirán?; sino ¿qué diré yo dél, que no diga él de mí -y mucho más? Desta suerte, mancomunados todos, echaron fuera el ¿_Qué -dirán_? y al punto se perdió la vergüenza, faltó la honra, retiróse el -recato, huyó el pundonor. Ya no se atendía á obligaciones, con que todo -se asoló. Al otro día la matrona dió en matrera, la doncella de vestal -en bestial, el mercader á escuras, para dejar á ciegas, el juez se hizo -parte con el que parte, los sabios con resabios, el soldado quebrado. -Hasta el espejo universal se hizo común. Así que ya no hay honra ni se -parece. - -He, no nos cansemos en buscar tarde lo que otros no pudieron hallar ni -al mediodía. - -¿Pues en una ciudad tan famosa?, ponderaba Critilo. - -[Marginal: _Honra desestimada._] - -Trocóse en fumosa, dijo Momo, con tanto humo y tanto hollín y todo -confusión. - -Tú te engañas, replicó en alta voz un otro personaje, que allí se dejó -ver, por ser bien visible en lo grueso y bienvisto en lo agradable, muy -diferente de Momo y aun su antagonista en su aspecto, trato, genio, -traje, hechos y dichos. - -¿Qué sujeto es éste?, preguntó Andrenio á uno de los del séquito, que -era tan mucho, como popular. - -Y respondióle: - -Bien dijiste, sujeto á todos y de todos. - -¡Qué colorado que está! - -Como el que de nada se pudre. - -¡Qué aprovechado! Trata de vivir. - -Parece hombre de lindos hígados y mejor melsa. ¿Cómo ha engordado tanto -en estos tiempos? - -Come el pan de todos. - -Parece simple. - -Es conveniencia. Porque en siendo uno entendido es temido y luego -aborrecido. - -No muestra saber de la misa la media. - -Harto sabe, pues sabe decir amén. - -¿Y cómo se llama? - -Tiene muchos nombres y todos buenos. Unos le llaman el buen hombre, -otros el buen Juan Escolán de Amén, _manja con tuti_, el buen pan, -pasta real; pero su propio nombre en español es _sí, sí_, y en italiano -_bono, bono_. [Marginal: _El contrario de Momo._] Y así como á Momo -se le dió el nombre de _No, no_, que corrompida la ene por ignorancia -ó malicia quedó en _Momo_: así á éste de _bono bono_ le quedó el _bo -bo_, porque todo lo abona y todo lo alaba. Pues, aunque sea la más alta -necedad, dice: - -Bueno, bueno. - -Al más solemne disparate: - -¡Qué bien! - -Á la mayor mentira: - -Sí, sí. - -Al peor desacierto: - -Está bien. - -Á la más calificada bobería: - -¡Lindamente! - -Desta suerte vive y bebe con todos y de todo engorda, que tiene linda -renta en la ajena bobería. - -Pues si eso es, llamáranle Eco de la necedad. Pero díme: ¿cómo no le -tuvieron por dios los antiguos, así como á Momo y con más razón, por -ser más plausible y más agradable? - -Hay mucho que decir en eso. Sienten unos que, aunque siempre trata -de lisonjear, como cada uno piensa que se le debe lo que se le dice, -ninguno lo agradece. Sirve á muchos y ninguno le paga y morirá comido -de lobos. Otros dicen que realmente no es de provecho en el mundo, -antes de mucho daño. Lo cierto es que la malicia humana no ha estimado -tanto sus simplicidades, cuanto temido las quemazones de Momo. - -Alborotóse mucho éste, luego que le vió. Trabóse entre los dos una -reñida pendencia. Acudieron todos los apasionados de ambos, haciéndose -á dos bandas. [Marginal: _Lisonja perniciosa._] Los sátrapas, los -críticos, entendidos, bachilleres, podridos, caprichosos, satíricos -y maldicientes, se empeñaron por Momo. Al contrario, los panarras, -buenos hombres, amenistas, lisonjeros, sencillos y buenas pastas se -hicieron á la banda de Bobo. Critilo y Andrenio se estaban á la mira, -cuando se llegó á ellos un prodigioso sujeto y les dijo: - -No hay mayor necedad que estárselas oyendo. Si venís en busca de la -Honra, seguidme, que yo os guiaré adonde está la honra del mundo entero. - -Dónde los llevó y dónde realmente la hallaron se queda para otra Crisi. - - - - -CRISI XII - -_El trono del mando._ - - -Competían las Artes y las Ciencias el soberano título de reina, sol -del entendimiento y augusta emperatriz de las letras. Después de haber -hecho la salva á la sagrada Teología, verdaderamente divina, pues -toda se consagra á conocer á Dios y rastrear sus infinitos atributos, -[Marginal: _Competencia de las Ciencias._] habiéndola sublimado sobre -sus cabezas y aun sobre las estrellas, que fuera indecencia adocenarla, -prosiguióse la competencia entre todas las demás, que se nombran de las -tejas abajo luceros de la verdad y nortes seguros del entendimiento. - -Viéronse luego hacer de parte de ambas filosofías todos los mayores -sujetos, los ingeniosos á la banda de la natural y los juiciosos de -la moral, señalándose entre todos Platón, eternizando divinidades, y -Séneca sentencias. No fué menos numeroso ni lucido el séquito de la -humanidad, gente toda de buen genio. Y entre todos un discreto de capa -y espada, habiendo arengado por ella, concluyó diciendo: - -¡Oh plausible Enciclopedia, que á ti se reduce todo el plático saber! -Tu mismo nombre de humanidad dice cuán digna eres del hombre. Con razón -los entendidos te dieron el apellido de las Buenas Letras, que entre -todas las Artes tú te nombras en pluralidad la buena. - -Pero ya Bártulo y Baldo comenzaron á alegar por la Jurisprudencia, -acotando entre los dos docientos textos con memoriosa ostentación. -Probaron con evidencia que ella había hallado aquel maravilloso secreto -de juntar honra y provecho, levantando los hombres á las mayores -dignidades, hasta la suprema. - -Riéronse desto Hipócrates y Galeno, diciendo: - -Señores míos, aquí no va menos que la vida. ¿Qué vale todo sin salud? -Y el complutense Pedro García, que desmintió lo vulgar de su renombre -con su fama, ponderaba mucho aquel haber encargado el divino Sabio el -honrar los médicos, no los letrados ni los poetas. - -Aquí de la Honra y de la Fama, blasonaba un historiador. Esto sí que es -dar vida y hacer inmortales las personas. - -He, que para el gusto no hay cosa como la Poesía, glosaba un poeta. -Bien concederé yo que la Jurisprudencia se ha alzado con la honra, la -Medicina con el provecho; pero lo gustoso, lo deleitable quédese para -los canoros cisnes. - -¿Pues qué y la Astrología, decía un matemático, no ha de tener -estrella, cuando se carea con todas y se roza con el mismo sol? - -He, que para vivir y para valer, decía un ateísta, digo un estadista, á -la Política me atengo. Ésta es la ciencia de los príncipes y así ella -es la princesa de las ciencias. - -Desta suerte corría la pretensión á todo discurrir, cuando el gran -canceller de las letras, digno presidente de la docta academia, oídas -las partes y bien ponderadas sus eficacísimas razones, dió muestras -de pronunciar sentencia. Calmó en un punto el confuso murmullo y fué -tanta la atención, cuanta la expectación. Allí se vió todo pedante -sacar cuello de cigüeña, plantar de grulla, atisbar de mochuelo y parar -oreja de liebre. En medio de tan antonina suspensión, que ni una mosca -se oía, desabrochando el pecho el severo presidente, sacó del seno -un libro enano, no tomo, sino átomo, de pocas más que doce hojas, y -levantándole en alto á toda ostentación, dijo: - -[Marginal: _Práctico saber._] - -Ésta sí que es la corona del saber, ésta la ciencia de ciencias, ésta -la brújula de los entendidos. - -Estaban todos suspensos admirándose y mirándose unos á otros, deseosos -de saber qué arte fuese aquélla, que según parecía no se parecía y -dudaban del desempeño. Volvió él segunda vez á exagerar: - -Éste sí que es el plático saber, ésta la arte de todo discreto, la que -da pies y manos y aun hace espaldas á un hombre. Ésta la que del polvo -de la tierra levanta un pigmeo al trono del mando. Cedan las Auténticas -del César, retírense los Aforismos del médico, llamados así, ya por lo -desaforado, ya porque echan fuera del mundo á todo viviente. ¡Oh qué -lición ésta del valer y del medrar! Ni la política ni la filosofía ni -todas juntas alcanzan lo que ésta con sola una letra. - -Crecía á varas el deseo con tanta exageración y más por extrañarse en -la boca de un atento. - -Finalmente, dijo, este librito de oro fué parto noble de aquel célebre -gramático, prodigioso desvelo de Luis Vives y se intitula: _De -Conscribendis epistolis_; Arte de escribir... - -No pudo acabar de pronunciar cartas, porque fué tal la risa de todo -aquel erudito teatro, tanta la tempestad de carcajadas, que no pudo -en mucho rato tomar la vez ni la voz para desempeñarse. Volvía ya -á esconder el librillo en el seno con tal severidad, que bastó á -serenarlos, y muy compuesto les dijo: - -Mucho he sentido el veros hoy tan vulgarizantes. Sólo puede ser -satisfación el reconoceros desengañados. [Marginal: _Dictar una -Carta._] Advertí que no hay otro saber en el mundo todo, como el saber -escribir una carta. Y quien quisiere mandar, platique aquel importante -aforismo: _Qui vult regnare, scribat_, quien quiere reinar, escriba. - -Este ponderativo suceso les refirió un ni persona ni aun hombre, sino -sombra de hombre, rara visión y al cabo nada. Porque ni tenía mano en -cosa ni voz ni espaldas ni piernas que hacer ni podía hombrear ni en -toda su vida se vió hecha la barba. Tanto, que admirado Andrenio, le -preguntó: - -¿Eres ó no eres? Y si eres, ¿de qué vives? - -Yo, dijo, soy sombra y así siempre ando á sombra de tejado. Y no te -espantes, que los más en el mundo no nacieron más que para ser sombras -de la pintura, no luces ni realces. Porque un hermano segundo ¿qué otra -cosa es sino sombra del mayorazgo? El que nació para servir, el que -imita, el que se deja llevar, el que no tiene sí ni no, el que no tiene -voto proprio, cualquiera que depende ¿qué son todos, sino sombras de -otros? Creedme, que los más son sombras. Que aquéllos las hacen y éstos -les siguen. La ventura consiste en arrimarse á buen árbol, para no ser -sombra de un espino, de un alcornoque, de un quejigo. Por eso yo voy -en busca de algún gran hombre, para ser sombra suya y poder mandar el -mundo. - -¿Tú, replicó Andrenio, mandar? - -Sí, pues muchos, que fueron menos y aun nada, hay llegado á mandarlo -todo. Yo sé que me veréis bien presto entronizado. Dejá que lleguemos -á la corte: que, si ahora soy sombra, algún día seré asombro. Vamos -allá y allí veréis la honra del mundo en el ínclito, justo y valeroso -Ferdinando Augusto. [Marginal: _Honra y virtud._] Él es la honra de -nuestro siglo, la otra columna del non plus ultra de la fe, trono de la -justicia, basa de la fortaleza y centro de toda virtud. Y creedme que -no hay otra honra, sino la que se apoya en la virtud; que en el vicio -no puede haber cosa grande. - -Alegráronse mucho ambos peregrinos, viendo se acercaban á aquella -ciudad, estancia de su buscada prenda y término de su felicidad deseada. - -[Marginal: _Corte de Cortes._] - -Vieron ya campear en la superioridad de la más alta eminencia una -imperial ciudad, la primera que los solares rayos coronan. Fuéronse -acercando y admirando un número sin cuenta de gentes, anhelando -todos en su falda por subir á su corona. Para más satisfacerse ambos -peregrinos, preguntaron si era aquella la corte. - -¿Pues no se da bien á conocer, les respondieron, en la muchedumbre de -impertinentes? Ésta es la corte y aun todas las cortes en ella. Éste -es el trono del mando, donde todos revientan por subir y así llegan -reventados, unos á ser primeros, otros á ser segundos y ninguno á ser -postrero. - -Vieron que echaban algunos, bien pocos, por el rodeo de los méritos; -mas era un acabar de nunca acabar. El más manual, más que el de -las letras, del valor y virtud, era el del oro; pero la dificultad -consistía en fabricarse escala. Que de ordinario los más beneméritos -suelen ser los más imposibilitados. Echáronle á uno por favor, más -que por elección, una escala de lo alto y él, en estando arriba, la -retiró, porque ningún otro subiese. Al contrario, otro arrojó desde -abajo un gancho de oro y enganchóse en las manos de dos ó tres, que -estaban arriba, con que pudo trepar ligero. [Marginal: _Volatines de -la ambición._] Y déstos había raros volatines de la ambición, que por -maromas de oro volaban ligerísimos. Estaba votando uno y blasfemando. - -¿Qué tiene éste?, preguntó Andrenio. - -Y respondiéronle: - -Echa votos, por los que le han faltado. - -Lo que más admiraron fué que, siendo la subida muy resbaladiza y llena -de deslizaderos, llegó uno y comenzó á untarlos con un unto, que en lo -blanco parecía jabón y en lo brillante plata. - -¡Hay más calificada necedad!, decía. - -Pero él Asombrado: - -Aguardá, dijo, y veréis el maravilloso efeto. - -Fuélo harto, pues en virtud desta diligencia pudo subir con ligereza y -seguridad, sin amagar el menor vaivén. - -[Marginal: _Untar para no resbalar._] - -¡Oh gran secreto, exclamó Critilo, untar las manos á otros, para que no -se le deslicen á él los pies! - -Ostentaban algunos prolijas barbas, torrentes de la autoridad, que, -cuando más afectan ciencia, descubren mayor legalidad. - -¿Por qué éstos, preguntó Andrenio, no se hacen la barba? ¡Oh, respondió -el Asombrado, porque se la hagan! - -Reconocieron uno, que parecía necio y realmente lo era, según aquel -constante aforismo, que son tontos todos los que lo parecen y la mitad -de los que no lo parecen. Y con ser incapaz, había muchos entendidos, -que le ayudaban á subir y lo diligenciaban por todas las vías posibles, -no cesando de acreditarle de hombre de gran testa, contra todo su -dictamen, de gran valor y muy cabal para cualquier empleo. - -¿Qué pretenden estos sabios, reparó Critilo, con favorecer á este -tonto, procurando con tantas veras entronizarle? - -¡Oh!, dijo el Asombro, ya espanto, ¿no veis que, si éste sube una vez -al mando, que ellos le han de mandar á él? Es testa de ferro, en quien -afianzan ellos el tenerlo todo á su mano. ¡Oh lo que valía aquí una -onza de pía afición y un amigo un Perú, sobre todo, un pariente, aunque -sea cuñado! Porque decían: - -¡De los tuyos hayas! - -Mas Critilo, anteviendo tantas y tan inaccesibles dificultades, trataba -de retirarse, consolándose á lo zorro de los racimos y diciendo: - -He, que el mandar, aunque es empleo de hombres, pero no felicidad. Y -cierto, ponderaba, que para gobernar locos es menester gran seso y para -regir necios, gran saber. Yo renuncio á los cargos por sus cargas. - -Y encogiendo los hombros, volvía las espaldas. Detúvole el Asombro con -aquella paradoja sentencia, para unos de vida y de muerte para otros: - -[Marginal: _Monarca ó loco._] - -Que un hombre había de nacer ó rey ó loco; no hay medio, ó César ó -nada. ¿Qué sabio, decía, puede vivir sujeto á otro y más á un necio? -Más le vale ser loco, no tanto para no sentir los desprecios, cuanto -para dar luego en rey de imaginación y mandar de fantasía. Yo, con ser -sombra, no me tengo por desahuciado de llegar al mando. - -¿Pues en qué confías?, dijo Andrenio. - -Cuando se oyó una voz, que desde lo más alto decía: - -Allá va, allá va. - -Estaban todos suspensos en expectación de qué vendría, cuando vieron -caer á los pies de la Sombra unas espaldas de hombre y muy hombre, -fuertes hombros y trabadas costillas. - -Asegundó el grito: - -Allá van. - -Y cayeron dos manos con sus brazos tan rollizos, que parecía cada uno -un brazo de hierro. Desta suerte fueron cayendo todas las prendas de -un varón grande. Estaban los circunstantes atónitos de ver el suelo -poblado de humanos miembros; mas la Sombra los fué recogiendo todos y -revistiéndoselos de uno en uno, con que quedó muy persona, hombre de -poder y valer. Y el que antes parecía nada y podía nada y era tenido -en nada, se mostró ahora un tan estirado gigante, que todo lo podía. -De modo que uno le hizo espaldas, otro la barba. No faltó quien le dió -la mano ni quien le fuese pies. Conque pudo hacer piernas y hombrear. -Hasta entendimiento tuvo quien le diese. En viéndose hombre, trató de -subirse á mayores y pudo y aun prestar favor á sus camaradas, á quienes -hizo espaldas para su mayor ascenso. - -[Marginal: _La fuente del olvido._] - -Toparon en la primera grada del medrar una fuente rara, donde todos -se prevenían para la gran sed de la ambición y causaba contrarios -efectos. Uno de los más notables era un olvido tan estraño de todo lo -pasado, que no sólo se olvidaban de los amigos y conocidos de antes, -causándoles increíble pesadumbre ver testigos de su antigua bajeza; -pero de sus mismos hermanos. Y aun hubo hombre tan bárbaramente -soberbio, que desconoció el padre, que le engendró, borrando de su -memoria todas las obligaciones pasadas, los beneficios recibidos, -favoreciendo hechuras nuevas, queriendo antes ser acreedores, que -obligados. Más estimaban fiar, que pagar. Pero ¿qué mucho, si llegaron -los más á olvidarse de sí mismos y de lo que habían sido, de aquellos -principios de charcos, en viéndose en alta mar, y de todo cuanto les -pudiera acordar su basura, obligándoles á deshacer la rueda? Infundía -una ingratitud increíble, una tesura enfadosísima, una estrañez notable -y al fin mudaba un entronizado totalmente, dejándole como elevado, que -ni él se conocía ni los otros le acababan de conocer. ¡Tanto mudan las -honras las costumbres! - -Llegaron á lo alto en ocasión, que todos andaban turbados y la corte -alborotada, por haber desaparecido uno de los mayores monarcas de la -Europa y, habiéndole buscado por cien partes, no le podían descubrir. -Sospechaban algunos se habría perdido en la caza: que no sería el -primero. Que en casa de algún villano habría hecho noche, despertando -de su gran sueño y cenando desengaños el que tan ayuno vivía de -verdades. [Marginal: _Príncipe de Estrella._] Mas llegó el día y no -pareció. Era grande y general el sentimiento, porque era amado de -todos por sus grandes prendas, príncipe de estrella, que no es poco. -No quedó Yuste, San Dionís, Casa de Campo, bosque ni jardín, donde no -le buscasen. Hasta que finalmente le hallaron donde menos pensaban -ni pudiera imaginarse, pues en un mercado, entre los ganapanes y -esportilleros, vestido como uno dellos, porteando tercios y alquilando -sus hombros por un real. Quedaron atónitos de verle tan trocado, -comiendo un pedazo de pan con más gusto que en su palacio los faisanes. -Estuvieron por un gran rato suspensos, sin acertar á decir palabra, no -acabando de creer lo que veían. Quejáronsele con el debido sentimiento -de que hubiese dejado su real trono y se hubiese abatido á un empleo -tan soez. Mas él les respondió: - -En mi palabra, que es menos pesada la mayor carga déstas, aunque -sea de muchas arrobas de plomo, que la que he dejado. El tercio más -cantioso me parece una paja, respeto de un mundo acuestas y que me lo -han agradecido mis hombros. ¿Qué cama de brocado como este suelo, sin -cuidados, donde he dormido más estas cuatro noches, que en toda mi -vida? - -Suplicábanle volviese á su grandeza; mas él: - -[Marginal: _Rey de sí mismo._] - -Dejadme estar, respondió, que ahora comienzo á vivir: ya me gozo y soy -rey de mí mismo. - -Pues, señor, volviéronle á hacer instancia, ¿cómo un príncipe de tan -alto genio ha podido humanarse á conversar con tan vil canalla, horrura -mayor del vulgo? - -He, que no se me ha hecho de nuevo. ¿No andaba yo en el palacio rodeado -de truhanes, simples, enanos y lisonjeros, peores sabandijas, á dicho -de un rey Magnánimo? - -Rogáronle unos y otros volviese al mando y él por última resolución les -dijo: - -Andad, que, habiendo probado ya esta vida, gran locura sería volver á -la pasada. - -Trataron de elegir otro, que debía ser en Polonia, y pusieron la mira -en uno, nada niño y mucho hombre, [Marginal: _Prendas majestuosas._] -de gran capacidad y valor, de gran inteligencia y ejecución, con otras -mil prendas majestuosas, así de hombre como de rey. Presentáronle la -corona; mas él, tomándola en sus manos y sospesándola, decía: - -Á gran peso, gran pesar. ¿Quién podrá sufrir un dolor de cabeza de por -vida? Tú pesando y yo pensando. - -Pidió que por lo menos se la sustentase con dos manos un hombre de -valor, porque no cargase todo el peso sobre su cabeza. Mas díjole el -venerable presidente del parlamento: - -Eso, Sire, más sería tener el otro la corona en su mano, que vos en la -cabeza. - -Llegó á vestirse la rica y vistosa púrpura y, hallándola forrada, no en -martas de piedad, sino en erizos de pena, vestíasela algo holgada. Mas -diciéndole el maestro de ceremonias se la había de ceñir de modo, que -quedase bien ajustada, comenzó á suspirar por un pellico. Pusiéronle el -cetro en la mano y fué tal el peso, que preguntó si era remo, temiendo -más tempestades, que en el golfo de León. Era cuanto más precioso más -pesado y tenía por remate, no las hojas de una flor, sino los ojos -en frutos: un ojo muy vigilante, que valía por muchos. Preguntó qué -significaba y el gran Canceller le dijo: - -[Marginal: _Cetros con ojos._] - -Está haciéndoos del ojo y diciendo: Sire, ojo á Dios y á los hombres, -ojo á la adulación y á la entereza, ojo á conservar la paz y acabar la -guerra, ojo al premio de los unos y al apremio de los otros, ojo á los -que están lejos y más á los que están cerca, ojo al rico y oreja al -pobre, ojo á todo y á todas partes. Mirad al cielo y á la tierra, mirad -por vos y por vuestros vasallos. Todo esto y mucho más está avisando -este ojo tan dispierto. Y advertí que, si tiene ojos el cetro, también -tiene alma, como lo experimentaréis, tirando de la parte inferior. - -[Marginal: _Cetros con alma._] - -Ejecutólo y desenvainó un acicalado estoque: que es la justicia el alma -del reinar. Leyéronle las leyes y pensiones de su cargo, que decían, -la primera, no ser suyo, sino de todos; no tener hora propria, todas -ajenas; ser esclavo común, no tener amigo personal, no oir verdades, lo -que sintió mucho; haber de dar gusto á todos, contentar á Dios y á los -hombres, morir en pie y despachando. - -Basta, dijo, que yo también me acojo al sagrado de la libertad y desde -ahora renuncio una corona, que se llamó así del corazón y sus cuidados, -una púrpura felpada de cambrones, un cetro, remo y un trono, potro de -dar tormento. - -Acercósele un monstruo ó ministro y díjole al oído que tratase de tomar -los cargos y no las cargas. - -Reine, decía su madre, aunque me cueste la vida. - -Tocaron á aplauso los coribantes, embelesándole con ruidosa pompa, en -que salió cortejado de la noble bizarría y aclamado de la populosa -vulgaridad. En medio della estaba Andrenio, ponderando la majestuosa -felicidad del nuevo príncipe, cuando un estremado varón, llegándose á -él, le dijo: - -¿Crees tú que éste, que ves, es el príncipe que manda? - -¿Cuál, pues, si éste no?, respondió Andrenio. - -Y él: - -¡Oh cómo te engañas de barra á barra! - -Y mostrándole un esclavo vil con su argolla al cuello, cadena al pie, -arrastrando un grande globo: - -Éste es, le dijo, el que manda el mundo. - -Túvolo ó por necedad ó por chiste y comenzóle á solemnizar. - -Mas él se fué desempeñando á toda seriedad: - -Porque mira, le dijo, aquella gran bola de hierros, ¿qué puede ser, -sino el mundo, que él le trae al retortero? ¿Ves aquellos eslabones? -Pues aquélla es la dependencia, aquel primero es el príncipe; aunque -tal vez, sacando bien la cuenta, es el tercero, el quinto y tal vez el -décimotercio. El segundo es un favorecido. Á éste le manda su mujer. -Ella tiene un hijuelo en quien idolatra. El niño está aficionado á un -esclavo, que pide al rapaz lo que se le antoja. Éste llora á su madre, -ella importuna á su esposo, él aconseja al príncipe, que decreta de -suerte que de eslabón en eslabón viene el mundo á andar rodando entre -los pies de un esclavo, errado de sus pasiones. - -Pasó el triunfo, que de todo triunfa el tiempo, y guiándoles el Varón -de estremos, haciéndolos, llegaron á una gran plaza, donde cuatro ó -seis personajes muy ahorrados, sin ahorrarse con ninguno y aforrándose -de todos, estaban jugando á la pelota. Éste la arrojaba á aquél y aquél -al otro, hasta que volvía al primero, pasando círculo político, que es -el más vicioso, rodando siempre entre unos mismos, sin salir jamás de -sus manos. Todos los demás estaban mirando, que no hacían otro que ver -jugar. Reparó Critilo y dijo: - -Ésta parece la pelota del mundo entre cuero y viento ó borra. - -Y éste es, respondió el Estremado, el juego del mando, éste el gobierno -de todas las comunidades y repúblicas. Unos mismos son los que mandan -siempre, sin dejar tocar pelota á los demás. Que no hay política, que -no tenga sus faltas y sus azares. Pero si me creéis, dejaos de todo -mentido mando y seguidme, que yo os prometo mostrar el señorío real, -que es el verdadero. - -Aquí hacemos alto, respondió Critilo. El mayor favor sería guiarnos -á casa de aquel ínclito marqués, embajador de España, cuya casa -es nuestro centro, donde pensamos poner término á nuestra prolija -peregrinación, hallando nuestra felicidad deseada. - -Lo que les respondió y sucedió aquí, relatará la Crisi siguiente. - - - - -CRISI XIII - -_La jaula de todos._ - - -Crece el cuerpo hasta los veinte y cinco años y el corazón hasta los -cincuenta; mas el ánimo siempre. ¡Gran argumento de su inmortalidad! -Es la edad varonil el mejor tercio de la vida, como la que está en -el medio. Llega ya el hombre á su punto, el espíritu á su sazón, el -discurso es sustancial, el valor cumplido y el dictamen de la razón muy -ajustado á ella. Al fin todo es madurez y cordura. Desde este punto -se había de comenzar á vivir; mas algunos nunca comenzaron y otros -cada día comienzan. Ésta es la reina de las edades y, si no perfecta -absolutamente, con menos imperfecciones. [Marginal: _Las tres libreas -del hombre._] Pues no ignorante como la niñez ni loca como la mocedad -ni pesada ni pasada como la vejez; que el mismo sol campa de luces al -mediodía. Tres libreas de tres diferentes colores da en diversas edades -la naturaleza á sus criados. Comienza por el rubio y purpurante en la -aurora de la niñez; al salir del sol de la juventud, gala de color y de -colores; pero viste de negro y de decencia la barba y el cabello en la -edad varonil, señal de profundos pensamientos y de cuidados cuerdos; -fenece con el blanco, quedándose en él la vida, que es el buen porte de -la virtud, librea de la vejez lo cándido. - -Había Andrenio llegado á la cumbre de la varonil edad, cuando ya -Critilo iba descaeciendo cuesta abajo de la vida y aun rodando de -achaque en achaque. Íbales convoyando aquel varón raro, muy de la -ocasión. Porque, aunque habían topado otros bien prodigiosos en el -discurso de tan varia vida, que quien mucho vive, mucho experimenta; -mas éste les causó harta novedad. Porque crecía y menguaba como él -quería. [Marginal: _Gigante enano._] Estirábase, cuando era menester, -iba sacando el cuerpo, alzaba cabeza, levantaba la voz y hombreábase de -modo, que parecía un gigante tan descomunal, que hiciera cara al mismo -capitán Plaza y aun á Pepo. Por otro estremo, cuando á él le parecía, -se volvía á encoger y se empequeñecía de modo, que parecía un pigmeo en -lo poco y un niño en lo tratable. Estaba atónito Andrenio de ver una -virtud tan variable. - -No te admires, le dijo él mismo. Que yo con los que tratan de empinarse -y levantarse á mayores, con los que quieren llevar las cosas de mal á -mal, también sé hacer piernas; pero con los que se humillan y llevan -las cosas de bien á bien me allano de modo, que de mi condición harán -cera, cuando más sincera. Que tengo por blasón perdonar á los humildes -y contrastar los soberbios. - -Éste, pues, hombre por estremos, habiéndoles desengañado de que el -marqués embajador, que ellos buscaban, no asistía ya en la corte -imperial, sino en la romana con negocios de extraordinaria grandeza, -y habiendo ellos resuelto, después de mucha desazón y sentimiento, -proseguir el viaje de su vida hasta conseguir su alejada felicidad y -marchar á la astuta Italia, ofrecióles el voluntario gigante su compaña -hasta los Alpes canos, distrito ya de la sonada Vejecia. - -Y porque me empeñé, decía, en mostraros el señorío verdadero, sabed que -no consiste en mandar á otros, sino á sí mismo. ¿Qué importa sujete -uno todo el mundo, si él no se sujeta á la razón? Y por la mayor -parte, los que son señores de más, suelen serlo menos de sí mismos. Y -tal vez el que más manda más se desmanda. El imperio no es felicidad, -sino pensión; pero el ser señor de sus apetitos es una inestimable -superioridad. [Marginal: _Tiranía de pasiones._] Asegúroos que no hay -tiranía como la de una pasión y, sea cualquiera, ni hay esclavo sujeto -al más bárbaro africano, como el que se cautiva de un apetito. ¡Cuántas -veces querría dormir á sueño suelto el necio amante y dícele su pasión: - -Quita, perro, que no se hizo para ti ese cielo; sino un infierno de -estar suspirando toda la noche á los umbrales de la desvanecida belleza! - -Quisiera el mísero engañar, si no satisfacer, su hambre canina y dícele -su codicia: - -Anda, perro, ni una sed de agua y siempre de dinero. - -Suspira el ambicioso por la quietud dichosa y grítale el deseo de valer: - -Hola, perro, anda aperreado toda la vida. - -¿Hay Berbería tan bárbara cual ésta? He, que no hay en el mundo señorío -como la libertad del corazón. Eso sí que es ser señor, príncipe, rey, -y monarca de sí mismo. Esta sola ventaja os faltaba para llegar al -colmo de una inmortal perfección; todo lo demás habíais conseguido, el -honroso saber, el acomodado tener, la dulce mitad, el importante valor, -la ventura deseada, la virtud hermosa, la honra autorizada, y desta vez -el mando verdadero. - -¿Qué os ha parecido, preguntó el agigantado camarada, de los bravos -alemanes? - -Grandes hombres, iba á decir Critilo, cuando perturbó su definición -uno, que parecía venir huyendo en lo desalentado y á gritos -maldistintos repetía: - -¡Guarda la fiera, guarda la mala bestia! - -No dejaron de asustarse y más, cuando oyeron repetir lo mismo á otro y -á otros, que todos volvían atrás de espanto. - -¿Es posible, dijo Andrenio, que jamás nos hemos de ver libres de -monstruos ni de fieras, que toda la vida ha de ser arma? - -Trataban de huir y ponerse en cobro, cuando volviéndose hacia su -camarada el Gigante, no le vieron, pero le sintieron metido en uno de -sus zapatos, tamañito. Creció su espanto, creyendo fuese efeto del -miedo; mas él, con voz intrépida les animó, diciendo: - -No temáis, no, que ésta no es desdicha, sino suerte. - -¿Cómo suerte, gritó uno de los fugitivos, si está ahí una fiera tan -cruel, que no perdona al hombre más persona? - -¿Cómo nos guías por aquí?, instó Critilo. - -Y él: - -Porque es el camino de más ventajas, el de los grandes hombres, y esa -fiera tan temida no es para mí asombro, sino trofeo. - -Dábase á las furias, oyendo esto Andrenio, y preguntóle á uno de los -menos asustados: - -¿No me diríais, qué fiera es ésta? - -¿Vístela tú? - -Y aun he experimentado, respondió, por desgraciada dicha su fiereza. - -Éste es un monstruo tan ruin como desapiadado, que sólo se sustenta de -hombres muy personas. Cada día le han de echar para su pasto el mejor -hombre, que se conoce, un héroe; y por el mismo caso que es conocido -y nombrado, el sujeto más eminente, ya en armas, ya en letras, ya en -gobierno; y si mujer, la más linda, la más bella, y luego la despedaza -rosa á rosa, estrella á estrella, y se la traga; que de las feas y -fieras como él no hace caso. Todos los famosos hombres peligran. En -habiendo un sabio, un entendido, al punto le huele de mil leguas y hace -tales estragos, que sus mismos conocidos se le traen y tal vez sus -propios hermanos. Que el primer hombre, que despedazó, un hermano suyo -le condujo. Es cosa lastimosa ver un gran soldado, cuanto más valiente -y hazañoso, cómo perece, hecho víctima de su vilísima rabia. - -¿Pues qué, á los valientes se atreve? - -¿Cómo, si se atreve? Al mismo Torrecuso, al animoso Cantelmo, al mismo -duque de Feria y otros tan excelentes. ¿Fiero monstruo de deshacer todo -lo bueno? Pues ved cómo lo malea con dientes, con la lengua, hasta con -el gestillo, con el modillo y de todas maneras. - -¡Qué buen gusto debe tener!, dijo Critilo. - -Antes no, pues todo lo bueno le sabe mal y no lo puede tragar, aunque -muerde lo mejor. Y si tal vez se lo traga, porque lo cree, no lo puede -digerir, porque no se le cuece. Tiene malísimo gusto y peor olfato, -oliendo de cien leguas una eminencia y rabia por deshacerla. Y así yo -doy voces: - -Afuera, lindas; á huir, sabios; guardaos, valientes; alerta, príncipe: -que viene, que llega rabiando la apocada bestia: ¡guarda, guarda! - -He, aguarda, dijo el ya Enano gigante. - -Por lo menos no puedes negar que es grande quien así se ceba en todas -las cosas grandes. Antes es muy poca cosa y, aunque no hinca el diente -venenoso, sino en lo que sobresale, es de todas maneras ruin y revienta -cada día. No hay cosa más pestilente que su aliento, como salido de tan -fatal boca, mala lengua y peores entrañas. Yo la he visto eclipsar el -sol y deslucir las mismas estrellas. Los cristales empaña y la plata -más brillante desdora. De suerte que, en viendo alguna cosa excelente y -rara, la toma de ojo y de tema. - -¿No hay un paladín, que degüelle esa horca tan perjudicial?, preguntó -Andrenio. - -¿Quién la ha de matar? No los pequeños, que no les hace daño; antes los -venga y consuela. No los grandes hombres, porque ella acaba con todos. -¿Pues quién le ha de emprender? - -¿Es bruto, ó persona? - -Algo, aunque poco, tiene de hombre, de mujer mucho y de fiera todo. - -Ya en esto venía para ellos un rayo en monstruo, dando crueles -dentelladas, espumando veneno: - -Aquí el remedio es, gritó el ya Enano, y mucho menos, no sobresalir en -cosa, no lucir ni campear, no ostentar prenda alguna. - -Así lo platicaron y la que venía rechinando colmillos y relamiéndose -en espumajos de veneno, viéndoles que tan poco sobresalían y que el -imaginado Gigante era un pigmeo, no dignándose ni aun de mirarles, los -despreció, dando la vuelta á su poquedad y vileza. - -¿Qué os ha parecido de la monstruosa vieja?, preguntó el ya otra vez -Gigante. - -Y Critilo: - -Yo dudé si era el Ostracismo moderno, que á todos los insignes varones -destierra y querría echar del mundo, no más de porque lo son. En -oliendo un docto, le hace proceso de excelente hombre y le condena á -no ser oído; al esclarecido á deslucido; al valiente le hace cargos, -transformándole las proezas en deméritos; al mayor ministro y de mejor -gobierno le publica por insufrible; la hermosura mayor, á no ser vista; -y al fin, toda eminencia, que vaya fuera y se le quite delante. - -¿Y eso ejecutaban hombres de juicio en Atenas?, replicó Andrenio. - -Y hoy pasa en hecho de verdad, le respondió. - -¿Y dónde van á parar tantos buenos? - -¿Dónde? Los valientes á Estremadura y la Mancha, los buenos ingenios -á Portugal, los cuerdos á Aragón, los hombres de bien á Castilla, las -discretas á Toledo, las hermosas á Granada, los bellos decidores á -Sevilla, los varones eminentes á Córdoba, los generosos á Castilla la -Nueva, las mujeres honestas y recatadas á Cataluña y todo lo lucido á -parar en la corte. - -Á mí me pareció, dijo Andrenio, en aquel mirar de mal ojo, en el -torcer de boca, en el hacer gestillos, en el modillo de hablar y en el -enfadillo que era la Envidia. - -La misma, respondió el Gigante; aunque ella lo niega. - -Libres ya de envidiados y envidiosos, llegaron á un paso inevitable, -donde asistía muy de asiento un varón muy de propósito. Éste era el -que tenía en su mano la justa medida de los entendimientos, de cómo -han de ser. Y era cosa rara que, llegando cada instante unos y otros -á medirse, ninguno se ajustaba de todo punto. Unos se quedaban muy -cortos á tres ó á cuatro dedos de necios. Ya por esto, ya por lo otro. -Uno, porque, aunque en unas materias discurría, en otras no acertaba. -Éste era ingenioso, pero cándido; aquél docto, pero rústico. De modo, -que ninguno venía cabal del todo. Al contrario, otros pasaban del coto -y eran bachilleres, resabidos, sabihondos y aun casi locos. Hablaban -unos bien; pero se escuchaban. Sabían otros; pero se lo presumían. Y -todos éstos enfadaban. Así que unos por cortos, otros por largos, unos -por carta de más, otros de menos, todos perdían. Á unos les faltaba un -pedazo de entendimiento y á otros les sobraba. Cuál y cuál, uno entre -mil, venía á ser de la medida y aun quedaba en opiniones. En viendo -el juicioso varón que uno no llegaba ó un otro se pasaba, los mandaba -meter en la gran jaula de todos, llamada así por los infinitos, de que -siempre estaba llena. Que de loco ó simple, raro es el que se escapa, -los unos porque no llegan, los otros porque se pasan, condenándose -todos, unos por tontos, otros por locos. Comenzó á vocearles uno de los -que ya estaban dentro y decía: - -Entrad acá, no tenéis que mediros, que todos somos locos, los muchos y -los pocos. - -Tomáronse la honra, que en la tierra de los necios, el loco es rey, y -guiados de su gran hombre, entraron allá. Vieron cómo los más andaban, -pero no discurrían. Cada uno con su tema y alguno con dos y tal con -cuatro. Había caprichosas setas y cada uno celebraba la suya: el uno -de entendido, el otro de decidor, éste de galán, aquél de bravo, tal -de linajudo y cuál de afectado, de enamorados muchos, de descontentos -de todo algunos. Los graciosos muy desgraciados, los dejados muy -fríos, los porfiados insufribles, los singulares señalados, los -valientes furiosos, los muy voluntarios fáciles, los encarecedores -desacreditados, los tiesos enfadosos, los vulgares desestimados, los -juradores aborrecidos, los descorteses abominados, los rencillosos -malquistos, los artificiosos temidos. Admirado Andrenio de ver tan -trascendente locura, quiso saber la causa y dijéronle. - -Advertí que ésta es la semilla, que más cunde hoy en la tierra, pues da -á ciento por uno y en partes á mil. Cada loco hace ciento y cada uno -déstos otros tantos, y así en cuatro días se llena una ciudad. Yo he -visto llegar hoy una loca á un pueblo y mañana haber ciento imitadoras -de sus profanos trajes. Y es cosa rara que cien cuerdos no bastan hacer -cuerdo un loco y un loco vuelve orates á cien cuerdos. De nada sirven -los cuerdos á los locos. Éstos sí hacen gran daño á aquéllos: es en -tanto grado, que ha acontecido poner un loco entre muchos y muy cuerdos -por ver si se remediaría. - -Y como en todo cuanto hablaba y hacía le repugnaban, comenzó á dar -gritos, diciendo que le sacasen de entre aquellos locos, si no querían -que perdiese el juicio en cuatro días. - -Era de ponderar, cuáles procedían, sin parar un punto ni reparar en -cosa y todos fuera de sí y metidos en otro de lo que eran y tal vez -todo lo contrario. Porque el ignorante se imaginaba sabio, con que -no estaba en sí; el nonadilla se creía gran hombre; el vil, gran -caballero; la fea se soñaba hermosa; la vieja, niña; el necio, muy -discreto. De suerte que ninguno está en sí ni se conoce ninguno en el -caso ni en casa. Y era lo bueno que cada uno preguntaba al otro si -estaba en su juicio. - -¿Hombre del diablo, estáis loco? - -¿Estamos en casa?, decía uno. - -¿Estáis conmigo?, decía otro. - -Y á fe estuviera bien apañado, si con él. Á todos los otros imaginaban -sus antípodas y que andaban al revés, persuadiéndose cada uno que -él iba derecho y el otro cabeza abajo, dando de colodrillo por esos -cielos; él muy tieso y los otros rodando. - -¡Qué errado anda fulano!, decía éste. - -Y respondía el otro: - -¡Qué calzado por agua va él! - -Todos se burlan unos de otros. El avaro del deshonesto y éste de aquél, -el español del francés y el francés del español. - -¡Ay locura de todo el mundo!, filosofaba Critilo. ¡Y con cuánta razón -se llamó jaula de todos! - -Iban discurriendo y toparon los ingleses metidos en una muy alegre -jaula. - -¡Qué alegremente se condenan éstos!, dijo Andrenio. - -Y respondiéronle estaban allí por vanos: es achaque de la belleza. -Vieron los españoles en otra por maliciosos, los italianos por -invencioneros, los alemanes por furiosos, los franceses por cien cosas -y los polacos á la otra banda. Había sabandijas de todo elemento: locos -del aire los soberbios, del fuego los coléricos, de la tierra los -avaros y del agua los Narcisos. Y éste era simplicísimo elemento. En -el quinto los lisonjeros, diciendo que sin él no se puede vivir en la -corte ni en el mundo. - -Topaban estremadas locuras, bravos caprichos. Había dado uno en no -hacer bien á nadie y podía. Preguntóle Andrenio la causa y respondióle: - -Señor mío, por no morirme luego. - -Antes no, le replicaron, que, haciendo bien á todos, todos os desearán -la vida. - -Engañáisos, respondió él, que ya el hacer bien sale mal. Y si no, -prestá vuestro dinero y veréis lo que pasa. Los más ingratos son los -más beneficiados. - -He, que ésos son cuatro ruines y por ellos no han de perder tantos -buenos, que lo reconocen y agradecen. - -¿Quién son éstos, dijo él, y harémosles un elogio? - -Al fin, señor, no os canséis, que yo no me quiero morir tan presto, que -ya sabéis que quien bien te hará ó se te irá ó se te morirá. - -Á par déste estaba otro gran agorero y era hombre de porte. En -encontrando un bizco, se volvía á casa y no salía en quince días; que -si tuerto, en todo un año. No había remedio que comiese, melancólico -perdido: - -¿Qué tenéis?, le preguntó un amigo. ¿Qué os ha sucedido? - -Y él: - -Un grande azar. - -¿Qué? - -Que se volcó el salero en la mesa. - -Riólo mucho el otro y díjole: - -Dios os libre, no se vuelque la olla, que para mí no hay otro peor -agüero que salir ella güera. - -Hízoles gran novedad ver una jaula llena de hombres tenidos por sabios -y muy ingeniosos y decía Critilo: - -Señor, que estén aquí los amantes, vaya: que no va sino una letra para -amentes; que estén los músicos en su traste, bien; pero ¿hombres de -entendimiento? - -Oh, sí, respondía Séneca: que no hay entendimiento grande sin vena. - -Trabáronse de palabras, que no de razones, un alemán y un francés. -Llegaron á términos de perdérselos y el francés trató al alemán de -borracho y éste le llamó loco. Dióse por muy agraviado el francés y -arremetiendo para él, que siempre procuran ser los agresores y con eso -ganan, juraba le había de sacar la sangre pura, que no fuera poco. Y el -alemán que le había de hacer saltar los sesos, que no tenía. - -Púsose de por medio un español; mas, aunque echó algunos votos, no -podía aplacar al francés. - -No tenéis razón, le dijo, que si él os ha tratado de loco, vos á él de -borracho, con que sois iguales. - -No, Monsiur, decía el francés; más cargado quedo yo: peor es loco que -borracho. - -Malo es lo uno y lo otro, replicó el español; pero la locura es falta y -la embriaguez es sobra. - -Así es, dijo el francés; pero aquello de ser mentecato de alegría es -una gran ventaja, es tacha de gusto. - -He, que también un loco, si da en rey ó papa, pasa una linda vida. Así -que no sé yo de qué os dais por tan sentido. - -Siempre estoy en mis trece, dijo el francés, que yo hallo gran -diferencia de loco á borracho. Porque el uno es mentecato de secano y -el otro de regadío. - -Estaba una mujer loca rematada de su hermosura, que las más déstas no -tienen un adarme de juicio. - -Ésta sí, dijo Critilo, que volverá locos á ciento. - -Y aun á más, dijo Andrenio. - -Y fué así, que ella estaba loca y loca su madre con ella y loco el -marido de celos y locos cuantos la miraban. - -Daba voces un gran personaje y decía: - -¿Á mí, á un hombre como yo, de mi calidad, á un magnate intentar -meterlo aquí? Eso no. Si es por esto y esto, yo tuve mi razón: no se ha -de dar cuenta de las acciones á todos. Si es por aquello, engáñanse. -¿Qué saben ellos de las ejecuciones de los grandes personajes, que no -las alcanzan? ¿Por qué se meten á censurarlas? Que hay historiador y -aun los más, que no tocan en cielo ni en tierra. - -Defendíase todo lo posible; mas los superintendentes de la jaula, -tratándole muy mal hasta ajarle le llevaban muy contra su voluntad, -diciendo: - -Aquí no se juzga de la cordura interna, sino de la locura externa. Vaya -á la jaula derecho quien hizo tantos tuertos. - -Llegó Critilo y, viendo era un gran personaje bien conocido, díjoles no -tenían razón de meterle allí un hombre semejante. - -He, sí señor, dijeron ellos, que estos hombres grandes hacen siempre -locuras de su tamaño y mayores cuanto mayores. - -Por lo menos, replicó Critilo, no le pongáis en el común, sino aparte: -haya una jaula retirada para los tales. - -Riéronlo mucho ellos y dijeron: - -Señor mío, á quien perdió el mundo entero todo él sea su jaula. - -Al contrario, otro suplicaba con grande instancia le honrasen con una -jaula de loco; mas los del gobierno no quisieron. Antes le llevaron -á las de los simples, que estaban de la otra banda, y fué porque -pretendía mandar, que á todos los pretendientes de mando los metían á -un lado del limbo. - -Había locos de memoria, que era cosa nueva y nunca vista; que de -voluntad y entendimiento ya es ordinario. Y éstos eran los prósperos, -los hartos, no acordándose de los hambrientos, los presentes de los -ausentes, los de hoy de los de ayer, los que dos veces tropezaron en -un mismo paso, los que se engolfaron segunda vez y los que se casaron -dos, los engañados entre los bobos. Y el que dos veces, jaula doble. Y -señalaron pienso á los de penseque. - -Estaban altercando dos cuál había sido el mayor loco del mundo, que -el primero ya se sabe. Nombraron muchos y bien solemnes, antiguos -y modernos, en Francia á pares y en España á nones. Concluyeron la -disputa, concluyendo el poema del galán Medoro. - -Preguntó Andrenio por qué ponían los alegres junto á los tristes, los -consolados á par de los podridos, los satisfechos de los confiados. -Respondió uno que para igualar el peso y el pesar. Pero otro mejor, -para que los unos curen con los otros. - -¿Pues qué, sanan algunos? - -Sí, alguno y aun ése por fuerza, como se vió en aquel, que, habiéndole -sanado un gran médico, no le quería después pagar. Citóle ante el juez, -que admirado de tal ingratitud, dudó si había vuelto á estar loco. -Respondía que ni con él se había hecho el concierto ni le había hecho -buena obra; sino muy mala en haberle vuelto á su juicio, diciendo que -no había tenido mejor vida, que cuando estaba loco, pues no sentía -los agravios ni advertía los desprecios, de nada se pudría. Un día se -imaginaba rey, otro papa, ya rico, ya valiente y vitorioso, ya en el -mundo, ya en el paraíso y siempre en gloria; pero ahora sano de lodo se -consumía, de todo se pudría, viendo cuál anda todo. - -Intimóle que pagase ó volviese á ser loco y él escogió esto último. - -Llamóles uno con grande instancia, que estaba en la jaula de los -descontentos. Comenzóles á hablar con grande consecuencia, quejándose -de que le tenían allí sin causa. Daba tan buenas razones que les hizo -dudar si la tendría. Porque decía: - -Señores míos, ¿quién puede vivir contento con su suerte? Si es pobre, -padece mil miserias; si rico, cuidados; si casado, enfados; si soltero, -soledad; si sabio, impaciencias; si ignorante, engaños; si honrado, -penas; si vil, injurias; si mozo, pasiones; si viejo, achaques; si -solo, desamparos; si emparentado, pesares; si superior, murmuraciones; -si vasallo, cargas; si retirado, melancolías; si tratable, -menosprecios. ¿Pues qué ha de hacer un hombre y más si es persona? -¿Quién puede vivir contento, sino algún tonto? ¿No os parece que tengo -razón? Así tuviese yo ventura, que entendimiento no me falta. - -Aquí se la conocieron y grande. Mal de muchos, vivir tan satisfechos de -su entendimiento, cuan descontentos de su poca dicha. - -¡Oh cuántos, dijo Critilo, echan la culpa de la sobra de su locura á la -falta de su ventura! - -Muy confiado uno llegó á entretenerse y ver las gavias; mas al punto -agarraron dél para revestirle la librea. Defendíase, preguntando que -por qué. Pues él ni era músico ni enamorado ni desvanecido ni salía -fianza por el mismo Creso ni había confiado en hombres ni fiado de -mujeres, mucho menos de franceses, ni se había casado por los ojos -á lo antiguo ni por los dedos á lo moderno contando el dinero ni -había llevado plumaje ni ramo ni se mataba de lo que otros vivían ni -suspiraba de lo que otros daban carcajadas ni por decir un dicho había -perdido un amigo ni era de alguna de las cuatro naciones y así que á -ningún traste pertenecía. Nada le valió. - -Enjáulenle, gritaba el regidor mayor. - -Y él: - -¿Por qué? - -Porque él solo se tiene por cuerdo. Y aunque no sea loco, puede ser -tenido por tal, como acontece cada día. Y entiendan todos que, por -cuerdos que sean, si dan los otros en decirles ¡al loco, al loco!, ó le -han de sacar de tino ú de crédito. - -Ponderaba Andrenio que casi todos eran hombres; no había niños ni -muchachos. - -Es que aún no se han enamorado, le respondió uno. - -Mas otro: - -¿Cómo han de perder lo que aún no tienen? - -Defendía un físico que por ser húmedos de celebro; pero mejor un -filósofo, que por vivir sin penas. - -Trajeron los esbirros un tudesco y él decía que por yerro de cuenta. -Que su mal no procedía de sequedad de celebro; sino de sobrada humedad. -Y aseguraba que nunca más en su juicio, que cuando estaba borracho. - -Dijéronle que en qué se fundaba. Y él con toda puridad decía que, -cuando estaba de aquel modo, todo cuanto miraba le parecía andar al -revés, todo al trocado, lo de arriba abajo, y como en realidad de -verdad así va el mundo y todas sus cosas al revés, nunca más acertado -iba él ni mejor le conocía que, cuando le miraba al revés, pues -entonces le veía al derecho y como se había de mirar. Con todo cayó de -su casa y le dijeron que, aunque le veía al revés, no era por andar él -derecho. Y así le metieron entre los alegres. - -Dondequiera que se volvían, topaban ó locos ó mentecatos: todo el mundo -lleno de vacío. - -Yo creí, dijo Andrenio, que todos los locos cabían en un rincón del -mundo y que estaban recogidos allá en su Nuncio; y ahora veo que ocupan -toda la redondez de la tierra. - -Podíamos responder á eso, dijo uno, lo que el otro en cierta ciudad -bien noble y bien florida, que, habiéndola paseado con un estranjero -y habiéndole mostrado todas las cosas más célebres y más de ver, que -eran tan muchas como grandes, soberbios edificios, plazas abundantes, -jardines amenísimos y magníficos templos, reparó el huésped que no le -había llevado á una casa de que él gustaba mucho. - -¿Cuál es? Que al punto os llevaré allá. - -La casa de los que no están en ella. - -¡Oh, señor, respondió, aquí no hay casa especial; toda la ciudad lo es! - -De lo que mucho se maravillaba Andrenio era de ver locos de buen -entendimiento. - -Éstos, le dijo uno, son los peores, porque no tienen cura. He allí uno, -que tiene el mayor entendimiento que se conoce; pero entendimiento, que -menos sirva á su dueño, yo dudo que le haya. - -¡Oh casa de Dios, exclamó Critilo, poblada de orates! - -Mas al decir esto se enfurecieron todos y arremetieron contra ellos -de todas partes y naciones. Viéronse rodeados en un instante de -mentecatos, sin poderse defender dellos ni ponerles en razón. Aquí el -Gigante, echando mano á la cinta, descolgó una bocina de marfil terso -y puro y aplicándola á la boca comenzó á hacer un son tan desapacible -para ellos, que todos al punto, volviendo las espaldas, se echaron -á huir y se retiraron, aunque no con buen orden. Con esto se vieron -libres de su furia, quedándoles el paso desembarazado. Admirado -Andrenio, le preguntó si era acaso aquél el cuerno de Astolfo tan -celebrado. - -Primo hermano dél; aunque más moral es éste. Lo que yo puedo decir es -que me lo dió la misma Verdad. Con él me he librado muchas veces y -de terribles trances. Porque, como habéis visto, en oyendo cada uno -la verdad, luego vuelve las espaldas, unos tras otros se van y me -dejan estar. Todos veréis que enmudecen, en oyendo que les dicen las -verdades, se van más que de paso. En diciéndole al otro desvanecido -que advierta, que no tiene de qué, que se acuerde de su abuelo, al -punto se hiela. Si le decís al magnate que no adjetive lo grande con -lo vicioso, luego os tuerce el rostro. Si le decís á la otra que no -parece tan bien como se pinta, aunque sea un ángel, os para un gesto de -un demonio. Si le acordáis al rico la limosna y que todos los pobres -le echan maldiciones, luego se sacude la capa y os sacude de sí. Si al -soldado que lo sea en la conciencia y no la tendrá tan rota, si á Baldo -que no sea venal ni admita todas las causas, si al marido que no sea -siempre novio, si al médico que no se mate por matar, si al juez que no -se equivoque con Judas, si á la doncella que no comienza ya bien con el -don, ni la dama con el dar, si á la bella casada que escuse el vella, -todos vuelven las espaldas. De modo que, en resonando el odioso cuerno -de la verdad, veréis que el pariente os niega, el amigo se retira, el -señor desfavorece, todo el mundo os deja y todos van gritando: - -¡Á huir á huir!, por no oir. - -Despejado el paso de la vida, fuéronse encaminando á los canos Alpes, -distrito de la temida Vejecia. Lo que por allá les sucedió ofrece -referir la tercera parte en el erizado invierno de la vejez. - - - - -EL CRITICÓN - -TERCERA PARTE - -EN EL INVIERNO DE LA VEJEZ - - - - -POR - -LORENZO GRACIÁN - -Y LO DEDICA AL - -DOCTOR DON LORENZO FRANCÉS DE URRITIGOITI - -DEÁN DE LA SANTA IGLESIA DE SIGÜENZA. - -_Á don Lorenzo Francés de Urritigoiti, deán de la santa iglesia de -Sigüenza._ - - -Esta tercera parte del discurso de la vida humana, que retrata la -vejez, ¿á quién mejor la pudiera yo dirigir, que á un señor anciano, -tan grave, entendido y prudente? Y está tan lejos de ser inadvertencia -esta dirección, que blasona de industrioso obsequio. Mucho ha que -comenzó v. m. á lograr madureces. Suelen alterarse los tiempos y -entrarse unos en la jurisdición de los otros: el Otoño se muda en -Invierno y la Primavera usurpa porción del Estío. Así en algunos la -vejez se suele adelantar y tomar gran parte de la varonil y ésta de -la mocedad. Describe este último de mis Críticos una sazonada vejez -sin decrepitud, copiada de la perfecta de v. m. Ésta es la idea de -prendas autorizadas, bien conocidas, no bastantemente estimadas. -Mas desconfiando mi pluma de poder sacar el cumplido retrato de las -muchas partes, de los heroicos talentos, que en v. m. depositaron -con emulación la naturaleza favorable y la industria diligente, -he determinado valerme de la traza de aquel ingenioso pintor, que, -empeñado en retratar una perfección á todas luces grande y viendo -que los mayores esfuerzos del pincel no alcanzaban á poderla copiar -toda junta con los cuatro perfiles, pues, si la pintaba del un lado, -se perdían las perfecciones de los otros, discurrió modo cómo poder -expresarla enteramente. Pintó, pues, el aspecto con la debida valentía -y fingió á las espaldas una clara fuente, en cuyos cristalinos reflejos -se veía la otra parte contraria con toda su graciosa gentileza. Puso -al un lado un grande y lucido espejo, en cuyos fondos se lograba el -perfil de la mano derecha, y al otro un brillante coselete, donde se -representaba el de la izquierda. Y con tan bella invención pudo ofrecer -á la vista todo aquel relevante agregado de bellezas. Que tal vez la -grandeza del objeto suele adelantar la valentía del concepto. - -Así yo, por no perder perfecciones, por no malograr realces y tantos -como en v. m. admiro, unos propios, otros ajenos, aunque ninguno -estranjero, después de haber copiado lo virtuoso, lo prudente, lo -docto, lo entendido, lo apacible, lo generoso, lo plausible, lo noble, -lo ilustre, que en v. m. luce y no se afecta, quiero carearle con una -no fingida, sino verdadera fuente de sus esclarecidos padres, el señor -Martín Francés, ornamento de su casa, esplendor de esta Imperial Ciudad -de Zaragoza, por su virtud, generosidad, cordura y capacidad, que -todo en él fué grande; y de una madre, ejemplo de cristianas y nobles -matronas, cuya bondad se conoció bien en el fruto que dió de tantos y -tan insignes hijos, que pudo con más razón decir lo que la otra romana: -_Mis galas, mis joyas, mis arreos son mis hijos_. - -Pondré luego al lado derecho, no un espejo solo, sino cuatro, de -cuatro hermanos, dedicados todos á Dios en las más ilustres iglesias -catedrales de España. El Ilustrísimo señor don Diego Francés, Obispo de -Barbastro, espejo de ilustrísimos Prelados en lo santo de su vida, en -lo vigilante de su celo, en lo docto de sus estampados escritos y en lo -caritativo de sus muchas limosnas. - -Sea el segundo el señor Arcipreste de Valpuesta, en la santa Iglesia -de Burgos, espejo también de Prebendados, ya en la cátedra, ya en el -púlpito, ya en la silla, asistiendo con ejemplar puntualidad al divino -culto, sin perdonar días, no perdonándole sus achaques una hora de -alivio. - -El tercero, que pudiera ser primero, es el señor Arcediano de Zaragoza, -aquel gran bienhechor de todos, de nobles con consejos, de pobres -con limosnas y asistencias de Regidor mayor del Hospital General, de -eclesiásticos con ejemplos, de sabios con libros que publican las -prensas, con las suntuosas iglesias que les ha erigido, con capillas -que ha ilustrado y fundado, nacido al fin para bien de todos y de todas -maneras venerable. - -Sea corona religiosa el Muy Reverendo Padre Fray Tomás Francés, -antorcha brillante de la Religión Seráfica, esparciendo rayos, ya de su -mucha doctrina en los púlpitos, de que dan testimonio dos Cuaresmas, -que predicó en este Hospital Real de Zaragoza, palenque de los mayores -talentos, ya de su mucha teología, en tantos años de cátedra, ya de su -erudición en sus impresos libros, ya de su prudencia en los cargos y -prelacías, que ha obtenido y Secretario, que fué, de dos Generales de -su Orden, doblada prueba de sus muchos méritos. - -Al otro lado fijaré un coselete de otros tres hermanos seglares, -nobles caballeros, don Martín y don Marcial y don Pablo, que tan bien -supieron hermanar lo lucido con lo cristiano. Ni son menos de ver los -lejos de sobrinos Canónigos y seglares caballeros. Pero lo que yo más -suelo celebrar es que todos, por lo cristiano y por lo caballeroso, han -sido los más plausibles héroes de su patria y de su siglo. - -Con esto queda coronado el retrato de blasones y de prendas, que todas -van á parar en v. m. como en su primero centro, á quien el cielo espere -y prospere. - - De v. m. su más afecto estimador - - LORENZO GRACIÁN - - - - -AL QUE LEYERE - - -Á los grandes hombres nada les satisface, sino lo mucho. Por eso no -desprecio yo letores grandes, convido sólo al benigno y gustoso y le -presento este tratado de la senectud con particular novedad. Nadie -censura que las cosas no se hagan; pero sí que no se hagan bien. Pocos -dicen por qué no se hizo esto ó aquello; pero sí por qué se ha hecho -mal. Confieso que hubiera sido mayor acierto el no emprender esta obra; -pero no lo fuera ya el no acabarla. Eche el sello esta tercera parte á -las otras. - -Muchos borrones toparás, si lo quisieres acertar. Haz de todos uno. -Para su enmienda te dejo las márgenes desembarazadas. Que suelo yo -decir que se introdujeron para que el sabio letor las vaya llenando -de lo que olvidó ó no supo el autor, para que corrija él lo que erró -éste. Sola una cosa quisiera que me estimases y sea el haber procurado -observar en esta obra aquel magistral precepto de Horacio en su -inmortal arte de todo discurrir, que dice: _Denique sit quodvis simplex -dumtaxat et unum_. Cualquier empleo del discurso y de la invención, sea -lo que quisieres, ó épica ó cómica ó oratoria, se ha de procurar que -sea una, que haga un cuerpo, y no cada cosa de por sí, que vaya unida, -haciendo un todo perfecto. - -También he atendido en esta tercera parte huir del ordinario tope de -los más autores, cuyas primeras partes suelen ser buenas, las segundas -ya flaquean y las terceras de todo punto descaecen. Yo he afectado lo -contrario, no sé si lo habré conseguido, que la segunda fuese menos -mala que la primera y esta tercera, que la segunda. Dijo un grande -lector de una obra grande que sola le hallaba una falta y era el no ser -ó tan breve, que se pudiera tomar de memoria, ó tan larga, que nunca se -acabara de leer. Si no se me permitiere lo último por lo eminente, sea -por lo cansado y prolijo. Otras más breves obras te ofrezco y, aunque -no puedo lo que franqueaba á sus apasionados el erudito humanista y -insigne jurisperito Tiraquelo, sí aquello de un librillo en cada un -año, redituará mi agradecimiento. Vale. - - - - -PARTE TERCERA - -EN EL INVIERNO DE LA VEJEZ - -PRIMERA CRISI - -_Honores y horrores de Vejecia._ - - -No hay error sin autor ni necedad sin padrino y de la mayor, el más -apasionado. Cuantas son las cabezas, tantos son los caprichos, que -no las llamo ya sentencias. Murmuraban de la atenta naturaleza los -reagudos, entremetiéndose á procuradores del género humano: - -El haber dado principio á la vida por la niñez, la más inútil, decían -y la menos á propósito de sus cuatro edades. Que, aunque se comienza -á vivir á lo gustoso y lo fácil; pero muy á lo necio. Y si toda -ignorancia es peligrosa, ¿cuánto más en los principios? Gentil modo -de meter el pie en un mundo, laberinto común, forjado de malicias y -mentiras, donde cien atenciones no bastan. ¡He!, que no estuvo esto -bien dispuesto, llamémonos á engaño y procúrese el remedio. - -Llegó presto el descontento humano al consistorio supremo: que oyen -mucho las orejas de los reyes. Mandólos comparecer ante su soberano -acatamiento y dicen oyó benignamente su querella, concediéndoles que -ellos mismos eligiesen la edad que mejor les estuviese para comenzar á -vivir, con que se hubiese de acabar por la contraria. De modo que, si -se daba principio por la alegre primavera de la niñez, el dejo había de -ser por el triste invierno de la senectud ó al otoño de la varonil edad -habían de salir por el contrario, y si por el sazonado destemplado -estío de la juventud. Dióles tiempo para que lo pensasen y confiriesen -entre sí y que, en estando ajustados, volviesen con la resolución, que -al punto se ejecutaría. - -Mas aquí fué la confusión de pareceres, aquí el Babel de opiniones, -ofreciéndoseles cien mil inconvenientes por todas partes. Proponían -unos se comenzase á vivir por la mocedad, que de dos extremos, más -valdría loco, que tonto. - -Calificada necedad, replicaban otros: no sería eso entrar á vivir, -sino á despeñarse; no comenzar la vida, sino su ruina, cuando no -por la puerta de la virtud, sino del vicio, y, apoderados éstos una -vez de los homenajes del alma, ¿quién bastará á desencastillarlos -después? Advertid que es un niño planta tierna, que, en declinando á -la siniestra mano, con facilidad se endereza á la diestra; mas un mozo -absoluto y disoluto no admite consejos, no sufre preceptos, todo lo -atropella y todo lo yerra. Creed que entre dos extremos más arriesgada -corre la locura, que la ignorancia. - -Sobre la achacosa vejez no tuvieron mucho que altercar, con que no -faltó quien la propusiese, porque no quedase piedra por mover y todo se -alterase. - -¡He!, dijeron los menos necios, que ésa no es edad, sino tempestad, -más á propósito para dejar la vida, que para comenzarla, cuyos -multiplicados achaques facilitan la muerte y la hacen tolerable. Yacen -dormidas las pasiones, cuando más despierto el desengaño; cáese el -fruto de maduro y aun de pasado. - -El que llegó á estar más adelantado fué el partido de la edad varonil. - -Ése sí, ponderaban los resabidos, que es gran comenzar el mediodía de -la razón y á toda luz del juicio. Ventaja única entrar á entero sol -en el confuso laberinto de la vida. Ésa es la reina de las edades y -lo mejor del vivir. Por ahí comenzó el primero de los hombres, así le -introdujo en el mundo el soberano Hacedor, ya perfecto, ya consumado, -hecho y derecho. ¡Alto!, pídasele al divino Autor sin más altercación -esta excelencia. - -Aguarda, les dijo un cuerdo, y ¿quién vió jamás comenzar por lo más -dificultoso? Esto ni lo enseña el arte ni lo platica la naturaleza; -antes bien ambas á dos proceden en todas sus obras haciendo ascenso de -lo fácil á lo dificultoso, de lo poco á lo mucho, hasta llegar á lo muy -perfecto. ¿Quién jamás comenzó á subir por el reventón de una cuesta? -Apenas comenzaría á vivir el hombre y bien á penas, cuando se hallaría -abrumado de cuidados, ahogado de obligaciones, consumido antes que -consumado, empeñado en ser persona, que es lo más difícil de la vida. -Y, si no son á propósito para comenzar los achaques de viejo, menos lo -serán los afanes de hombre. ¿Quién querrá la vida, si sabe lo que es? Y -¿quién meterá el pie en el mundo, si le conoce? ¡He!, dejadle vivir al -hombre para sí algún tiempo, que toda es suya la niñez y la mitad de la -juventud. Ni tiene menores días en toda la carrera de sus años. - -De ese modo ha sido tan ventilada la disputa, que aún dura y durará, -sin haberse podido convenir jamás ni vuelto con la respuesta al Hacedor -soberano. El cual prosigue en que comience el hombre á vivir por la -niñez ignorante y acabe por la vejez sabia. - -Estaban ya nuestros dos peregrinos del mundo, los andantes de la vida, -al pie de los Alpes canos, comenzando Andrenio á dar en el blanco, -cuando Critilo en los dejos de cisne. Era la región tan destemplada y -tan triste, que, entrados en ella, á todos se les heló la sangre. - -Éstas, decía Andrenio, más parecen puertas de la muerte, que puertos de -la vida. - -Y era muy de observar que los que antes pasaron los Pirineos sudando, -ahora los Alpes tosiendo. Que lo que en la juventud se suda, en la -vejez se tose. Veían blanquear algunos de aquellos cabezos, cuando -otros muy pelados, cayéndoseles los dientes de los riscos. No -discurrían bulliciosas las venas de los arroyuelos, porque la mucha -frialdad los había embargado la risa y el bullicio, de modo que todo -estaba helado y casi muerto. Aparecían desnudas las plantas de sus -primeras locuras y verdores y desabrigadas de su vistoso follaje. Y, -si algunas hojas les habían quedado, eran tan nocivas, que mataban no -pocos al caer. Aunque decía la amenazada vieja: - -Á la de mi naranjo me apelo. - -No se veían ya reir las aguas como solían; llorar sí y aun crujir los -carámbanos. No cantaba el ruiseñor enamorado; gemía sí, desengañado. - -¡Qué región tan malhumorada es ésta!, se lamentaba Andrenio. - -¡Y qué malsana!, añadió Critilo. Trocáronse los fervores de la sangre -en horrores de la melancolía, las carcajadas en ayes: todo es frialdad -y tristeza. - -Esto iban melancólicamente discurriendo, cuando entre los pocos, que -llegaban á estampar el pie en aquel polvo de nieve, descubrieron -uno de tan estraño proceder, que dudaron ambos á la par si iba ó si -venía, equivocándose con harto fundamento, porque su aspecto no decía -con su paso. Traía el rostro hacia ellos y caminaba al contrario. -Porfiaba Andrenio que venía y Critilo que iba. Que aun de lo que dos -están viendo á una misma luz hay diversidad de pareceres. Apretó la -curiosidad los acicates á su diligencia, con que le dieron alcance muy -en breve y hallaron que realmente tenía dos rostros, con tan dudoso -proceder, que, cuando parecía venir hacia ellos, se huía dellos y, -cuando le imaginaban más cerca, estaba más lejos. - -No os espantéis, dijo él mismo advirtiendo su reparo, que en este -remate de la vida todos discurrimos á dos luces y andamos á dos haces. -Ni se puede vivir de otro modo, que á dos caras. Con la una nos reímos, -cuando con la otra regañamos; con la una boca decimos de si y con la -otra de no y hacemos nuestro negocio. Y, si alguno nos pide la palabra -de que no nos está bien la obra, apelamos del decir al hacer, de la -facilidad del prometer á la imposibilidad del cumplir, de la lengua -á las manos: que hay dos leguas de distancia y catalanas. Estaremos -asegurando una cosa á la española y desmintiéndola á la francesa, á -fuer de Enrico, que de un rasgo firmó las dos paces contrarias, sin -refrescar la pluma ni tomar tinta de nuevo. Hablamos en dos lenguas á -la par y al que dice que nonos entiende, que nosotros nos entendemos. -Hay primero y segundo semblante: el uno de cumple y el otro de miento. -Con el primero contentamos á todos y con el segundo á ninguno. ¿Cuántas -veces lloramos con el que llora y á un mismo tiempo nos estamos riendo -de su necedad? Que con el un brazo estaba agasajando aquel gran -personaje, que todos conocimos, al que llegaba á hablarle, y con la -otra mano se la estaba jurando al paje, que le había dado entrada. Así -que no os fiéis de caricas ni os paguéis de gustillos. Pasad adelante -á ver la otra cara, la verdadera, la de hablas, la de después, la de -sobras. Que, si bien reparáis, hallaréis la una frente muy serena y -la otra borrascosa. Blasfema esta boca de lo que aquélla aplaude. Si -los ojos de la una son azules y de cielo, los de la otra muy negros -y de infierno. Si aquéllos quietos, estos otros, guiñando. Veréis la -una faz muy humana, cuando la otra muy grave; tan jovial ésta, cuan -saturnina aquélla. Y en una palabra, todos en la vejez somos Janos, si -en la mocedad fuimos Juanes. Sea ésta la primera lición y la que más -encargada nos tiene la célebre tirana deste distrito y la que ella más -platica. - -¿Qué tirana es ésa?, preguntó asustado Andrenio. - -Y el Jano: - -¿Nueva se te hace? Pues de verdad que es bien vieja y bien sonada, -conocida de todos y ella desconocida con todos. Témenla los nacidos -por su crueldad, huyendo deste su caduco imperio, procurando cejar -en la vida y echando borrones de mala tinta sobre el papel blanco de -las canas. Y, si alguno llega por acá, es á empellones del tiempo y -muy contra su buen gusto. Mirad aquella hembra, qué mala cara hace. Y -cuanto más va, peor, viéndole ya prendida de más años, que alfileres. -Aquí cautivan los fieros ministros de la fea Vejecia á todo pasajero -sin que se les escape ni el rico ni el poderoso ni el galán ni el -valiente; cuando mucho, alguno de los que saben vivir. Tráenlos á -todos como por los cabellos, dejándolos tal vez más rotos, que una -ocasión venturosa. Unos veréis que vienen llorando, otros tosiendo -y todos en un continuo ay. Ni hay que admirar que es indecible el -maltratamiento que les hace, increíbles las atrocidades que con ellos -ejecuta, tratándolos al fin como á cautivos y ella tirana. Y aun -quieren decir que tiene de bruja ella y todas las de su séquito lo que -les falta de hechiceras. Chúpales la sangre y las mejillas. Hártalos de -palos, dándoles más que del pan, y dice que es su sustento. Aseguran -ser parienta tan allegada á la muerte, que están en segundo grado, -y con todo no son sanguíneas ni cercanas en sangre, sino en huesos, -más amigas aún que parientas. Viven pared en medio, teniendo puerta -abierta á todas horas y así dicen que el viejo ya come las sopas en la -sepultura, que de los mozos mueren muchos y de los viejos no escapa -ninguno. No os la pinto, porque la veréis presto y por gran dicha. Y -decía una linda: - -Primero me caiga muerta. - -Esto le estaba ponderando Andrenio, cuando advirtió que con la otra -boca se estaba haciendo lenguas en alabanza de Vejecia, informando -de todo lo contrario á Critilo. Celebrábala de sabia, apacible y -discreta, estimadora de sus vasallos, asegurando que los premiaba con -las primeras dignidades del mundo, procurándoles las mayores honras -y concediéndoles grandes privilegios. No acababa de exagerar por -superlativos el magnífico agasajo y el buen pasaje que les hacía. -¡Oh, con cuánta razón el otro sátiro de Esopo abominaba de semejantes -sujetos, que con la misma boca ya calientan, ya resfrían, alaban y -vituperan una misma cosa! - -Líbreme Dios de semejante gente, dijo Andrenio. - -Y el Jano: - -Esto es tener dos bocas y advierte que ambas dicen verdad: remítome á -la experiencia. - -Ya en esto vieron discurrir por todas partes honras y coyunturas: los -desapiadados verdugos de Vejecia. Y aunque procedían á traición y á -lo de mátalas callando, se hacían después bien de sentir, dondequiera -que una vez entraban. Espiones de la muerte, que con unas muletillas -dejaban de correr y volaban hacia la sepultura. Iban de camarada de -sesenta en setenta. Tropa había de ochenta y éstos eran los peores, que -de allí adelante todo era trabajo y dolor. En agarrando alguno, con -bien poco asidero le llevaban á la posta de una muletilla á padecer y -podrecer. Á los que huían, que eran los más, les perseguían fieramente, -tirándoles piedras, tan certeros, que se las clavaban en las ijadas y -riñones y á muchos les derribaban los dientes y las muelas. Resonaban -por todas aquellas soledades los ecos de un ay tras otro. - -Y ponderaba el Jano para buen consuelo: - -Aquí tantos son los ayes, como los ajes. Que el viejo cada día amanece -con un achaque nuevo. - -Estaban actualmente setenta de aquellos verdugos, peores que los mismos -diablos, á dicho del Zapata, pues no bastan conjuros para sacarlos, -batallando con una abuela, que habían cautivado sin más averiguación, -que serlo; aunque pasaba muy de rebozo en un manto de humo, que en humo -del diablo vienen á parar de ordinario los dejos del mundo y carne. -Venía muy desenvuelta, cuando más envuelta. Porfiaba que aún no había -salido del cascarón. - -Y ellos con mucha risa decían: - -¿Pues cómo entraste tan presto en el mascarón? - -Ceceaba con enfadoso melindre y desmentíalo su porfiado toser. -Tiráronla del manto, con que la que negaba un achaque manifestó tres ó -cuatro. Cayósele la cabellera y quedó monstruo la que fué prodigio y la -que había atraído tantos, Sirena, ahora los ahuyentaba, coco. - -Pasaba un cierto personaje muy alto á lo estirado, echando piernas, que -no tenía. Púsoselo á mirar uno de aquellos legañosos linces y reparó -en que no llevaba criado y con linda chanza dijo: - -Éste es el de criado. - -¿Cómo, si no le lleva?, replicó otro. - -Y aun por eso. Habéis de saber que la primer noche, que entró á -servirle, llegando á desnudarle, comenzó el tal amo á despojarle de -vestidos y de miembros. - -Toma allá, le dijo, esa cabellera. - -Y quedóse en calavera. Desatóle luego dos ristras de dientes, dejando -un páramo la boca. Ni pararon aquí los remiendos de su talle; antes, -removiendo con dos dedos uno de los ojos, se lo arrancó y entregósele, -para que lo pusiese sobre la mesa, donde estaba ya la mitad del tal amo. - -Y el criado fuera de sí, diciendo: - -¿Eres amo ó eres fantasma? ¿Qué diablo eres? - -Sentóse en esto, para que le descalzase y, habiendo desatado unos -correones: - -Estira, le dijo, de esa bota. - -Y fué de modo, que se salió con bota y pierna, quedando de todo punto -perdido, viendo su amo tan acabado. - -Mas éste, que debía tener mejor humor, que humores, viéndole así -turbado: - -De poco te espantas, le dijo. Deja esa pierna y ase de esa cabeza. - -Y al mismo punto, como si fuera de tornillo, amagó con ambas manos á -retorcer y á tirársela. El mozo, no bastándole ya el ánimo, echó á -huir con tal espanto, creyendo que venía rodando la cabeza de su amo -tras él, que no paró en toda la casa ni en cuatro calles alrededor. Y -con todo esto se agravia de que le tengan por viejo. Que todos desean -llegar y, en siéndolo, no lo quieren parecer. Todos lo niegan y con -semejantes engaños lo desmienten. - -Ya á los ecos del toser, al asqueroso estruendo del gargajear, -alargaron la vista y descubrieron un edificio caduco, cuya mitad -estaba caída y la otra para caer, amenazando por momentos su total -ruina, palpitándoles los corazones á las arrimadas yedras de los -nepotes, validos y dependientes. Era de mármol en lo blanco y frío y, -aunque muy apuntalado de Cipiones en vez de Atlantes, nada seguro. Y -con tener fosos abiertos y cerradas barbacanas, lo que menos tenía era -de fortaleza. Pero, ¿qué mucho se estuviese derruyendo, si se veía -lleno de hendrijas y goteras? - -He allí, dijo el Jano, el antiguo palacio de Vejecia. - -Bien se da á conocer, le respondieron, en lo melancólico y desapacible. - -¡Qué desterrada estará de aquí la risa!, dijo Andrenio. - -Sí, que ha días andan reñidas y tanto, que ni se ven ni se hablan. - -Pues de verdad que, si una vejez es triste, que es mal doblado. - -No deben faltar la murmuración y la malicia, sus grandes camaradas. - -Así es, que allí están y muy de asiento entre aquellos Matusalenes, -sin faltarles jamás qué contar y qué morder, ya al sol, ya al fuego. Y -es cosa donosa que, no acertando á pronunciar las palabras, clavan con -ellas. Los callos se les han bajado de las lenguas á los pies. - -Ostentábase lo que había quedado del derruído frontispicio muy -autorizado y grave, con dos puertas antiguas, guardada de perros -viejos, siempre gruñendo al humor de su dueño. Estaban ambas -cercanamente distantes. En la una había un portero para no dejar entrar -y en la otra para que entrasen. - -En llegando cualquiera, le desarmaban, aunque fuese el mismo Cid. Y -esto con tanto rigor, que al duque de Alba, el célebre, le trocaron la -dura espada en una banda de seda. Á unos les hacían perder los aceros -y á otros los estribos. Que los hubo de suplir tal vez con una banda -de tafetán el César. Y al inventor de los mosquetes Antonio de Leiva, -le obligaron á desmontar y meterse en una silla de manos, que solían -llevar dos negros. Y él con gran cólera, en medio del calor de una -batalla, gritaba: - -Llevadme, diablos, á tal y tal parte; demonios, acabad de llevarme allá. - -Estaban en aquel punto despojando á cierto general del bastón con -que había hecho temblar el mundo, dándole en su lugar un báculo, que -temblaba, con mucha repugnancia suya, porque decía que aún estaba de -provecho. - -Para sí, decían los soldados. - -Al fin, le persuadieron con buenas palabras tratase de hacer buenas -obras, no ya de matar, sino de prevenirse para morir. - -Solos les dejaban los cetros y los cayados á los que llegaban con -ellos, asegurando eran, cuanto más carcomidos, los más firmes puntales -del bien común. Á los otros les iban repartiendo báculos, que ellos -decían darles palos, y muchos se vieron llevarlos en el aire sin -afirmarse ni tocar en tierra. Y discurrió un malicioso era por no hacer -ruido ni llamar á la puerta de la otra vida. - -Pero para que se vea cuán diferentes son los modos de concebir en el -mundo y la variedad de caprichos, vieron no pocos que ellos mismos -venían á dejarse cautivar de Vejecia, sin aguardar á que los trajesen -sus achacosos ministros. Buscábanse ellos de buena gana la mala y -pedían con instancia les diesen báculos; pero por ningún caso se les -permitían. Menos los admitían dentro de la horrible posada, tan deseada -dellos, cuan temida de los otros. - -Admirados los circunstantes de tan recíproca impertinencia, les decían: - -¿Qué pretendréis con eso? - -Y ellos: - -Dejadnos, que nosotros nos entendemos. - -Y rogaban á los guardas les dejasen entrar, diciendo: - -Siquiera en lugar nuestro. - -¡Mirad ahora qué prebenda! - -¡Oh, sí lo es!, respondieron los porteros. Que para esos lo es y -acomodada y aun beneficio, ni otro, sino zonzo. No los entendéis -vosotros. No buscan el báculo por necesidad, sino por comodidad; -no para llamar á las puertas de la muerte, sino de más vida, de la -autoridad, de la dignidad, de la estimación y del regalo. - -En consecuencia desto, llegó uno bien lucio de tozuelo, pretendiendo -ser admitido en el ancianismo y pasar plaza de achacoso y para esto -se ayudaba del toser y del quejarse. Á éste le retiraron diez leguas -lejos, digo diez años atrás, diciendo: - -Éstos por no trabajar se hacen viejos antes con antes: añádense años y -achaques. - -Y realmente era así, porque se dejó caer uno: - -Si quieres vivir mucho y sano, hazte viejo temprano, esto es, vire, á -la italiana. - -Así que de todo hay en el mundo. Unos que, siendo viejos, quieren -parecer mozos, y otros que, siendo mozos, quieren parecer viejos. Así -fué que tenía ya uno los ochenta ó no los podía tener. Porfiaba que ni -era viejo ni se tenía por tal. Atendiéronle y notaron que ocupaba uno -de los más superiores puestos. Y así dijo otro: - -Á éstos siempre les parece que han vivido poco y á los que esperan, que -mucho. - -Acusaron á otro que, cuando mozo, había afectado el parecer viejo y, -cuando viejo, mozo. Y averiguóse que antes pretendía conseguir cierta -dignidad y después conservarse en ella. - -Porfiaba otro decrépito que él probaría con evidencia no ser viejo y -decía: - -Las pensiones del viejo son ver poco, andar menos, mandar nada; yo al -contrario, veo más. Pues, si antes no veía sino una en cada cosa, ahora -se me hacen dos: un hombre me parecen cuatro y un mosquito un elefante. -Camino doblado, pues he de dar cien pasos para conseguir cualquier -cosa; que antes con uno alcanzaba cuanto quería. Pues mando tres y -cuatro veces la cosa y no se hace; que en otro tiempo, á la primera -palabra me obedecían. Experimento dobladas fuerzas: que, si antes -desmontaba de un caballo mi persona sola, agora me traigo la silla tras -mí. Hágome más de sentir, arrastrando el mundo con los pies y haciendo -ruido con la tos y con el báculo. - -Todo eso tenéis más de viejo, le dijeron; pero sírvaos de consuelo. - -Fuéronse ya acercando á la palaciega antigualla y descubrieron dos -grandes letreros sobre ambas puertas. El de la primera decía: - -Ésta es la puerta de los honores. - -Y el de la segunda: - -Ésta es la de los horrores. - -Y de verdad lo mostraban, ésta en lo deslucido y aquélla en lo -majestuoso. Examinaban los porteros con grande rigor á cuantos llegaban -y, en topando alguno, que venía de los verdes prados de sus gustos, -regoldando á obscenidades, al punto le encaminaban á la puerta de los -horrores y le introducían en dolores, asegurando que la mocedad liviana -entrega cansado el cuerpo á la vejez. - -Entren los livianos, decían, por la puerta de la pesadumbre, que no de -la gravedad. - -Y ellos sin réplica obedecían. Que se tiene observado que todos estos -livianos son gente de pocos hígados. Al contrario, á todos, cuantos -hallaban venir de las sublimes asperezas de la virtud, del saber y del -valor, les abrían de par en par las puertas de los favores. Que una -misma vejez para unos es premio y para otros apremio; á unos autoriza, -á otros atormenta. En reconociendo á Critilo los vigilantes porteros, -le franquearon la entrada de las honras; mas á Andrenio le obligaron á -entrar por la de las penas. Tropezó en el mismo umbral y gritáronle: - -¡Guarda de caer! que aquí ú de comida ú de caída. - -Iban caminando ambos por muy diferentes rumbos, pues, apenas entró -Andrenio, cuando vió y oyó lo que él nunca quisiera, representaciones -trágicas, visiones espantosas; pero entre todas, la mayor fué una -furia ó una fiera, prototipo de monstruos, tan dentro de fantasmas, -idea de trasgos y lo que es más que todo una vieja. Ocupaba una silla -de costillas pálidas, un tiempo ya marfiles, embarazando un trono de -ecúleos, potros y catastas, como presidenta de tormentos, donde todos -los días son aciagos martes. Rodeábanla inumerables verdugos, enemigos -declarados de la vida y muñidores de la muerte y ninguno desocupado; -todos se empleaban en hacer confesar á los envejecidos delincuentes á -cuestión de tormentos que eran vasallos de aquella tirana reina y, en -declarándolo, les cargaban de villanos pechos, que les hacían toser -y tragar saliva. Y aunque el paraje era tan molesto y las camas tan -duras, emperezaban en ellas con mucha flema y aun flemas. - -Tenían á uno entre sus garras, dándole muy malos ratos en el potro de -sus pasadas mocedades y ya muy pesadas, cruel tortura de una prolongada -muerte. Y él estaba siempre negativo, meneando á un lado y á otro la -cabeza y diciendo á todo de no. Que es de viejos el negar, así como de -niños el conceder. En la boca del viejo siempre hallaréis el no y en la -del niño el sí. - -Preguntábanle de dónde venía. Y él, dos veces sordo, porque lo afectaba -y lo era, todo lo entendía al revés y respondía: - -¿Que estoy muy viejo? Eso niego. - -Y meneaba la cabeza. Daban otro apretón á los cordeles y volvíanle á -preguntar: - -¿Á dónde irá? - -Y decía: - -¿Que me muero? No hay tal. - -Y sacudía ambas orejas. Á sus mismos hijos, si le interrogaban, -respondía: - -¿Que os entregue la hacienda? Aún es presto. - -Y movía á toda prisa la cabeza: - -Yo dejaré el mando con el mundo. - -Defendíase otro, diciendo que él se sentía aún mozo, pues tenía -estómago de francés, cabeza de español y pies de italiano. Trataron de -convencerle de todo lo contrario con hartos testigos. Replicaba él no -ser de vista y respondíanle: - -Aquí, abuelo, los ausentes son los concluyentes: la vista que os falta, -los dientes que se os cayeron, los cabellos que volaron, las fuerzas -que descaecieron y el brío que se acabó. - -Y dió Vejecia sentencia contra él, casi de muerte. Escusábase un -podrido rancio, que no estaba en él la falta, sino en los otros, porque -decía: - -Señores, han dado ahora los hombres en hablar bajo, como á traición, -que ni se oyen ni se dan á entender. En mi tiempo todos hablaban -alto, porque decían verdad. Hasta los espejos se han falsificado, -pues hacían antes unas caras frescas, alegres y coloradas, que era un -contento el mirarse. Los usos se van de cada día empeorando, cálzase -apretado y corto, vístese estrecho y tan justo, que no se puede valer -un hombre. Las tierras se han deteriorado, que no dan los frutos tan -sustanciales y sabrosos como solían ni las viandas tan gustosas. Hasta -los climas se han mudado en peor, pues siendo este nuestro antes muy -sano, de lindos aires, el cielo claro y despejado, ahora es todo lo -contrario, enfermizo y tan achacoso, que no corren otro que catarros, -romadizos, distinciones, mal de ojos, dolores de cabeza y otros cien -ajes. Y lo que yo más siento es que el servicio está tan maleado, que -no hacen cosa bien los criados malmandados, mentirosos, gastarrecados; -las criadas perezosas, desaliñadas, bachilleras, que no hacen cosa á -derechas, pues la olla desazonada, la cama dura y malpareja, la mesa -malcompuesta, la casa malbarrida, todo sucio y todo mal. De modo, que -ya un hombre oye mal, come peor, ni viste ni duerme ni puede vivir. Y -si se queja, dicen que está viejo, lleno de manía y caduquez. - -Causaba entre risa y lástima ver cuáles llegaban á este pasaje los que -ya se preciaron de galanes y pulidos, los Narcisos y los Adonis, que -no se podían mirar sin grande horror. Las que ya fueron Floras y aun -Elenas y la misma Venus, verlas ahora descabelladas y sin dientes. Que, -cual suele rústica, grosera mano esgrimir el villano acero contra el -más copado y frondoso árbol, pompa vistosa de la campaña, alegría del -año, bizarro aliño de la primavera, cortándole sus más lozanas ramas, -tronchándole sus verdes pimpollos, malográndole sus frescos renuevos, -dando con todo en tierra, hasta dejarle tronco inútil, fantasma de las -flores y esqueleto del prado: tal es el tiempo, con propriedad tirano, -pues que de todo tira, aja y deshoja la mayor belleza, marchita el -rosicler de las mejillas, los claveles de los labios, los jazmines de -la frente, sacude el menudo aljófar de los dientes, que lloró risueña -aurora de la mocedad, vuela la frondosa hojarasca del cabello, corta el -brío, troncha el garbo, descompone la bizarría, derriba la gentileza, -da con todo en tierra. De un cierto personaje se dudaba si realmente -era anciano. Porque le sobraba tiempo y le faltaba seso. Y todos -convinieron en que estaba muy verde. Mas Vejecia: - -Éstos, dijo, son de casta de higueras locas, que nunca llega á madurar -el fruto: hacen higa á la prudencia. - -Apelábase un calvo y otro cano á sus pocos años. - -Eso tiene el vivir aprisa, les respondieron, que las tempranas -mocedades ocasionan anticipadas vejeces. No hubiérades sido tan mozos y -no estuviérades tan viejos. - -¡Qué pocas canas llegan de la corte!, reparó Andrenio. - -Y respondióle Marcial en dos palabras y un verso: - -Miradlos de noche y hallaréislos cisnes, los que todo el día cuervos. - -Llegó uno cojeando y juraba que no era ni una gota de mal humor, sino -haber tropezado. Y díjole otro riendo: - -Guardaos mucho de tales tropiezos, porque cada vez que los dais, si no -caéis, avanzáis mucho á la sepultura. - -No fué malvisto ni maltratado otro, que realmente tenía años y -no canas, averiguado el secreto que era sabérselas quitar con las -ocasiones que quitaba. Concediósele gozase de los privilegios de viejo -y de las esenciones de mozo, diciendo Vejecia: - -Viva quien sabe vivir. - -Al contrario, llegó otro con pocos años y muchas canas y, bien miradas, -hallaron que eran verdes ó amarillas. - -No le han salido ellas, dijo uno, sino que se las han sacado. Vos, sin -duda, venís de alguna comunidad, no digo comodidad, donde hijos de -muchas madres bastan á sacar canas á un embrión. - -Llamaron á una de abuela y ella enfurecida dijo: - -Nieta y muy nieta. - -Y Marcial, que acertó á estar allí ó su malicia dijo: - -Si ella no tiene más años que cabellos, yo juraré que no llegan á -cuatro. - -Porfiaba otra era suyo el oro de la madeja y la nieve de sus dientes y -ninguno lo creía. Volvió por ella el mismo poeta, como tan cortesano, -diciendo: - -Sí, sí, suyos son, pues le cuestan su dinero. - -Correspondían lastimeros gritos á los insufribles tormentos. Los -glotones y bebedores no podían agora pasar una gota y hacíanles beber -la toca y aun morder la sábana; aunque se notó que raros de los -regalones llegaron tan adelante. Era tan general el sentimiento, que -los más tenían hechos lágrima del continuo llanto y del maltratamiento -de Vejecia andaban contrechos y agobiados, cojos y desdentados y -semiciegos, tratándolos como á villanos, cargándolos de nuevos pechos -sobre los viejos. - -Encontraron ya los crudos criados con el no bien maduro Andrenio. -Agarraron dél. Pero, antes de decir lo que con ellos le pasó ó le -hicieron pasar, demos una vista á Critilo, que, habiendo entrado -por la puerta de los honores, había llegado á la mayor estimación. -Introdujéronle la Cordura y la Autoridad en un teatro muy capaz y muy -señor, pues lleno de seniores y de varones muy capaces. Presidía en -majestuoso trono una venerable matrona con todas las circunstancias de -grande. No mostraba semblante fiero, sino muy sereno; no desapacible, -sino autorizado, coronada del metal cano, por reina de las edades. -Y como tal, estaba haciendo grandes mercedes á sus cortesanos y -concediéndoles singulares privilegios. Estaba en aquella sazón honrando -á un grande personaje, tan cargado de espaldas como de prudencia, -haciéndole todos acatamiento. Y preguntó Critilo á su Jano colateral, -que nunca le desamparó, quién era aquel varón de estimaciones. - -Éste es, le respondió, un Atlante político. - -¿De qué piensas tú que está así tan agobiado? - -De sostener un mundo entero. - -¿Cómo puede ser, le replicó, si no se puede tener él á sí mismo? - -Pues advierte que éstos, cuanto más viejos, son más firmes y, cuantos -más años, más fuerzas sustentan; más y mejor que los mozos, que luego -dan con el cargo y con su carga en tierra. - -Vieron otro, que llegaba y, arrimando su báculo á una montaña de -dificultades, la alzaprimaba, no habiendo podido muchos y muy robustos -mancebos ni aun moverla. - -Nota, le dijo Jano, lo que puede la maña de un sagaz viejo. ¿No -reparas en aquel otro, que, estando para caer aquella gran máquina de -coronas, llega él y arrima su carcomido báculo y con segura firmeza las -sustenta? Las manos le tiemblan al que allí miras y están temblando dél -los ejércitos armados. Que eso le dijo el trompeta francés á don Felipe -de Silva: - -No teme mi señor, el mariscal de la Mota, esos vuestros pies gotosos; -sino esa vuestra testa desembarazada. - -¡Qué gafos tiene los dedos aquel que llaman el rey viejo! - -Pues te aseguro que están colgados dellos dos mundos. - -¡Qué palos sacude aquel coronado ciego aragonés! - -¿Y cómo que hace pedazos tanta espada y tanta lanza rebelde? - -Salían al mismo punto seis varones de canas, que, cuanto más alto un -monte, más se cubre de nieve, y le dijo iban despachados de Vejecia -el Areópago real y otros cuatro más, á ladear á un gran príncipe, que -entraba mozo á reinar y viéndole sin barbas le rodeaban de canas. Allí -toparon y conocieron los clarísimos de noche y escurísimos de secreto, -gran profundidad con tanta claridad. - -Repara, dijo el Jano, en aquel semiciego. Pues más descubre él en una -ojeada que echa, que muchos garzones que se precian de tener buena -vista. Que al paso que van perdiendo éstos los sentidos, van ganando -el entendimiento, tienen el corazón sin pasiones y la cabeza sin -ignorancias. Aquél, que está sentado, porque no puede estar de otro -modo, camina medio mundo en un instante. Y aún dicen que le trae en pie -y con aquel báculo le lleva al retortero: que se hacen mucho de sentir -en él, cuando los viejos le mandan. Aquel otro asmático y balbuciente -dice más en una palabra, que otros con ciento. No pases por alto aquel -lleno de achaques, que no se le ve parte sana en todo su cuerpo: pues -de verdad que tiene el seso muy entero y el juicio muy sano. Aquellos -de los malos pies pisan muy firme y, cojeando ellos, hacen asentar el -pie á muchos. No son flemas las que arrancan aquellos senadores de sus -cerrados pechos; no son sino secretos podridos, de callados. - -Una cosa admiro yo mucho, dijo Critilo: que no se oye aquí vulgo ni se -parece. - -¡Oh! ¿no ves tú, le dijo el Jano, que entre viejos no le hay, porque -entre ellos no reina la ignorancia? Saben mucho, porque han visto y -leído mucho. - -¡Qué pausado se mueve aquél! - -¡Pero qué apriesa va restaurando viejo lo que desperdició mozo! - -¡Qué magistral conversación la de aquellos rancios, que ocupan el banco -del Cid! Cada uno parece un oráculo. - -Es un gran rato el escucharlos, de gran gusto y enseñanza para la -juventud. - -¡Qué quietud tan feliz!, ponderaba Critilo. - -Es que asisten aquí, decía el Jano, el reposo, el asiento, la madurez, -con la prudencia, con la gravedad y la entereza. No se oyen aquí jamás -desatenciones, mucho menos arrojos ni empeños; no resuena instrumento -músico ni bélico, que están prohibidos por la cordura y el sosiego. - -Trató ya de conducir el sagaz Jano á su maduro Critilo ante la -venerable Vejecia. Llegó él muy de su grado y así le recibió ella con -mucho agrado. Mas fué mucho de ver que al mismo punto, que se postró -á sus pies, corrieron de improviso ambas cortinas, que estaban á los -dos lados del majestuoso trono, con que á un mismo tiempo se vieron y -se conocieron, de la otra parte Andrenio entre horrores y desta otra -Critilo entre honores, asistiendo entrambos ante la duplicada presencia -de Vejecia, que, como tenía dos caras januales, podía muy bien presidir -á entrambos puestos, premiando en uno y apremiando en otro. - -Ordenó luego se leyesen en voz alta y clara los nuevos privilegios, -que en atenciones de méritos de sus concertadas vidas se les concedían -á éstos; y al contrario los agravados pechos, que se les imponían á -aquéllos: á unos cargos, á otros cargas, muy dignos de ser sabidos y -escuchados. Quien los quisiere lograr, estienda el gusto á la Crisi -siguiente. - - - - -CRISI II - -_El estanco de los vicios._ - - -Llamó acertadamente el filósofo divino al compuesto humano, sonoro -animado instrumento, que, cuando está bien templado, hace maravillosa -armonía; mas, cuando no, todo es confusión y disonancia. Compónese de -muchos y muy diferentes trastes, que con dificultad grande se ajustan -y con grande facilidad se desconciertan. - -La lengua dijeron algunos ser la más dificultosa de templar; otros -que la codiciosa mano. Éste dice que los ojos, que nunca se sacian de -ver la vanidad; aquél que las orejas, que jamás se ven hartas de oir -lisonjas propias y murmuraciones ajenas. Tal dice que la loca fantasía -y cual que el apetito insaciable. No falta quien diga que el profundo -corazón ni quien sienta que las maleadas entrañas. - -Mas yo con licencia de todos éstos diría que el vientre y esto en todas -las edades. En la niñez por la golosina, en la mocedad por la lascivia, -en la varonil edad por la voracidad y en la vejez por la vinolencia. -Es el vientre el bajo y aun el vil desta humana consonancia; y esto no -obstante, no hay otro Dios para algunos. Hizo siempre apóstatas los -sabios. No dijo cuántos, porque los más y con menos razón hacen mayor -guerra á la razón. - -Es la embriaguez fuente de todos los males, reclamo de todo vicio, -origen de toda monstruosidad, manantial de toda abominación, -procediendo tan anómala, que, cuando todos los otros vicios caducan -y se despiden en la vejez, ella entonces comienza y, sepultados ya, -los aviva. Conque no hay un vicio sólo, sino todos de mancomún. -Gran comadre de la herejía: dígalo el Septentrión, llamado así, no -tanto por las siete estrellas que le ilustran, cuanto por los siete -capitales vicios que le deslucen. Amiga de la discordia: vocéenlo -ambas Alemanias, siempre turbulentas. Camarada de la crueldad: llórelo -Inglaterra en sus degollados reyes y reinas. Paisana de la ferocidad: -publíquelo Suecia, inquietando muy de atrás toda la Europa. Compañera -inseparable de la lujuria: confiéselo todo el mundo. Y finalmente -tercera de toda maldad, muñidora de todo vicio, escollo fatal de la -vejez, donde zozobra el carcomido bajel humano, yéndose á pique cuando -había de tomar puerto. El desempeño desta verdad será, después de haber -referido las severas leyes, que mandó promulgar Vejecia por todo el -ancianismo, que para unos fueron favores, si rigores para otros. Subido -en lugar eminente el secretario, intimó desta suerte: - -Á nuestros muy amados seniores y hombres buenos, á los beneméritos de -la vida y despreciadores de la muerte ordenamos, mandamos y encargamos: - -Primeramente, que no sólo puedan, sino que deban decir las verdades, -sin escrúpulo de necedades. Que, si la verdad tiene muchos enemigos, -también ellos muchos años y poca vida que perder. Al contrario se les -prohiben severamente las lisonjas activas y positivas, esto es que -ni las digan ni las escuchen: porque desdice mucho de su entereza un -tan civil artificio de engañar y una tan vulgar simplicidad de ser -engañados. - -Item, que den consejos por oficio, como maestros de prudencia y -catedráticos de experiencia. Y esto sin aguardar á que se les pidan: -que ya no lo platica la necia presunción. Pero, atento á que suelen ser -estériles las palabras sin las obras, se les amonesta que procedan de -modo, que siempre precedan los ejemplos á los consejos. - -Darán su voto en todo, aunque no les sea demandado: que monta más el de -un solo viejo chapado, que los de cien mozos caprichosos. - -Dirán mal de lo que parece mal, mucho más de lo que es malo: que esto -no es murmurar, sino hacer justicia. Y lo que en ellos sería recatado -silencio, entre la gente moza pasaría por declarada aprobación. - -Alabarán siempre lo pasado, que de verdad lo bueno fué y lo malo es, el -bien se acaba y el mal dura. - -Podrán ser malcontentadizos, por cuanto conocen lo bueno y se les debe -lo mejor. - -Permíteseles el dormirse en medio de la conversación y aun roncar, -cuando no les contentare, que será las más veces. - -Corregirán á los mozos de continuo, no por condición, sino por -obligación, teniéndoles siempre tirante la brida, ya para que no se -despeñen en el vicio, ya para que no atollen en la ignorancia. - -Dáseles licencia para gritar y reñir: porque se ha advertido que luego -anda perdida una casa, donde no hay un viejo que riña y una suegra que -gruña. - -Item más, se les permite el olvidarse de las cosas: que las más del -mundo son para olvidadas. - -Podrán entrarse libremente por las casas ajenas, acercarse al fuego, -pedir de beber, alargar la mano al plato: que á canas honradas nunca ha -de haber puertas cerradas. - -Permíteseles el encolerizarse tal vez con moderación, no dañando á la -salud: por cuanto el nunca enojarse es de bestias. - -Item, que puedan hablar mucho, porque bien, aun entre los muchos, -porque mejor que todos. - -Súfreseles el repetir los dichos y los cuentos, que siete veces agradan -y otras tantas enseñan, hiriendo de casera filosofía. - -Cuiden de no ser muy liberales, atendiendo á que no les falte la -hacienda y les sobre la vida. - -Escusarse han del no hacer cortesías, no tanto por conservarse, cuanto -porque no ven ya las personas como solían y que desconocen los hombres -de agora. - -Harán repetir dos y tres veces lo que les dicen, para que todos miren -cómo y lo que hablan. - -Háganse dificultosos de creer, como escarmentados de tanto engaño y -mentira. - -No darán cuenta á nadie de lo que hacen ni tendrán que pedir consejo, -sino para aprobación. - -No sufran que otro alguno mande más que ellos en su casa, que sería -querer mandar los pies donde hay cabeza. - -No tendrán obligación de vestir al uso, sino á su comodidad, calzando -holgado, por cuanto se ha advertido que todos, cuantos calzan muy -justo, no pisan muy firme. - -Item más, podrán comer y beber muchas veces al día, poco y bueno, y -tratar de su regalo, sin nota de gula, para conservar una vida, que -vale más que las de cien mozos juntas. Y podrán decir lo que el otro: - -Yo soy largo en la Iglesia y en la mesa y no me pesa. - -Ocuparán los primeros asientos en todo lugar y puesto, aunque lleguen -tarde, pues llegaron al mundo primero. Y podrán tomárselos, cuando los -otros se descuidaren en ofrecérselos. Que, si las canas honran las -comunidades, justo es que sean honradas de todos. - -Mándaseles que en todas sus cosas procedan con espera y así podrán ser -flemáticos, que no procederá de cansados, sino de pausados y prudentes. - -No tendrán que ceñir acero los que han de caminar con pies de plomo; -pero llevarán báculo, no sólo para su descanso, sino para las -correcciones prontas, aunque no gusten los mozos de tales besamanos. - -Podrán ir tosiendo, arrastrando los pies y hiriendo fuerte con los -báculos, como gente que hace ruido en el mundo, atento á que todos en -la casa se irán recatando dellos, ocultándoles las cosas. - -Podrán por el mismo caso ser amigos de saberlo todo y preguntarlo y, -atendiendo también á que, si se descuidan en saber los sucesos, se -irían ayunos de muchas cosas á la otra vida, podrán informarse qué hay -de nuevo, qué se dice, y qué se hace, demás que es muy de personas el -querer saber lo que en el mundo pasa. - -Escúsese de su seca condición, en achaque de su seco temperamento, -templando con su austeridad el demasiado bullicio y la necia risa de la -gente joven. - -Que puedan quitarse años, ya por los que les impondrán, ya por los que -ellos en su juventud se impusieron. - -Tendrán licencia para no sufrir y quejarse con razón, viéndose -malasistidos de criados perezosos, enemigos suyos dos veces, por amos -y por viejos: que todos vuelven las espaldas al sol que se pone, y la -cara hacia el que sale. Sobre todo viéndose odiados de ingratos yernos -y de nueras viejas, haránse estimar y escuchar, diciendo: - -Oid, mozos, á un viejo, que, cuando era mozo, los viejos le escuchaban. - -Finalmente se les encarga que no sean chanceros; sino severos, estando -siempre de veras atentos á su madurez y entereza. - -Estas leyes en lo público y otras de mayor arte en lo secreto les -fueron intimadas, que ellos aceptaron por obligaciones, aunque otros -las calificaron privilegios. - -Aquí, volviendo la hoja y teniendo el rostro hacia la contraria banda, -esforzando la voz, leyó desta suerte: - -Intimamos á los viejos por fuerza, á los podridos y no maduros, á los -caducos y no ancianos, á los que en muchos años han vivido poco: - -Primeramente, que entiendan y se lo persuadan que realmente están -viejos, si no en la madurez, en la caduquez; si no en ciencia, en -impertinencia; si no en prendas, en achaques. - -Item más que, así como á los jóvenes se les prohibe el casar hasta -cierta edad, así también á los viejos se les vede de tal edad en -adelante y esto en pena de la vida, si con mujer moza; y, si hermosa, -en costas de la hacienda y de la honra, que no puedan enamorarse y -mucho menos darlo á entender ni asentar plaza de galanes, en pena de -risa de todos; podrán, empero, pasear los cimenterios, donde envió á -uno cierta gentil dama, como apalabrado con la muerte. - -Item, se les prohibe el añadirse años, en llegando á perderles la -vergüenza, echando á noventa y á ciento. Porque, demás de engañar á -algunos simples, dan ocasión á que muchos ruines se confíen y sientan -largo el enmendar su perversa vida. - -No vistan de gala los que huelen á mortaja y entiendan que el traje, -que para un joven sería decente, para ellos es gaitería. Ni por eso han -de andar vestidos de figura con monterillas ó sombrerillos chiquitos -y puntiagudos ni con lechuguillas y calzas afolladas, haciendo los -matachines. - -Que no quieran ser agora enfadosos los que algún tiempo muy -desenfadados ni, como el lobo, prediquen ayuno después de hartos. - -Sobre todo, no sean avaros y miserables, viviendo pobres para morir -ricos, y se persuadan que es una necia crueldad contra sí mismos -tratarse ellos mal, para que se regalen después sus ingratos herederos; -vestirse de ropas viejas, para guardarles á ellos las nuevas en las -arcas. - -Mas: los condenamos cada día á nuevos achaques con retención de los -que ya tenían. Que sean sus ayes ecos de sus pasados gustos. Que, si -aquéllos dieron al quitar, éstos al durar. Y así como los placeres -fueron bienes muebles, los pesares serán males fijos. - -Que vayan de continuo cabeceando, no tanto para negar los años, -cuanto para ceñar á la muerte, temblando siempre, ya de su horrible -catadura, ya pagando censo de asquerosidades á sus pasadas liviandades. -Y adviertan que viven afianzados, no para gozar del mundo, sino para -poblar las sepulturas. - -Que anden llorando por fuerza los que vivieron muy de grado y sean -Heráclitos en la vejez los que Demócritos en la mocedad. - -Item, que hayan de llevar en paciencia el burlarse de ellos y de sus -cosas los jóvenes, llamándolas caduqueces, manías y vejeces, por cuanto -dellos mismos lo aprendieron y desquitan á los pasados. - -No se espanten de ser tratados como niños los que jamás acabaron de ser -hombres ni se quejen de que no hagan caso sus propios hijos de los que -no supieron hacer casa. - -Que los que tienen ya el un pie en la sepultura no tengan el otro en -los verdes prados de sus gustos ni sean verdes en la condición los que -tan secos de complisión y en todo caso eviten de parecer pisaverdes los -amarillos y pisasecos. - -Finalmente, que procedan, como parecen, agobiados, inclinándose á la -tierra, como á su paradero, cargados de espaldas, mas no de cabeza, -pagando pecho en toser á su envejecer. - -Impónenseles todas estas obligaciones y otras muchas más, acompañadas -de maldiciones de sus familiares y dobladas de sus nueras. - -Acabado un tan solemne auto, mandó la arrugada reina se fuesen -acercando á su caduco trono Critilo y Andrenio, cada cual por su -puesto, bien opuesto. Y así á Critilo le dió la mano; mas á Andrenio -se la asentó. Entregó un báculo á Critilo, que pareció cetro, y á -Andrenio otro, que fué palo. Á aquél le coronó de canas y á éste le -amortajó en ellas. Dióle á aquél el renombre de senior y á éste de -viejo y más adelante de decrépito. Con esto los despachó para pasar -á la última jornada de la tragicomedia de su vida. Critilo guiando y -Andrenio siguiendo, volvióse Vejecia hacia el Tiempo, su más confidente -ministro, haciéndole señas de despejar, que con ser intolerables sus -calabozos, los tuvieran muchos por paraísos, á trueque de no pasar -adelante y llegar al matadero. - -Á pocos pasos bien pausados tropezaron con un sabandijón de los de -á cada esquina, en el vulgo, ó á un personaje del enfado, que, bien -atendido de Andrenio y mejor entendido de Critilo, hallaron ser de -aquéllos, que tienen la lengua agujerada con flujo de palabras y -estitiquez de razones. Que hay sujetos peores de aquéllos, que lo -que por una oreja les entra, por otra les sale. Pues á éstos, lo que -por ambas orejas les entra, por la lengua al mismo punto se les va, -con tal facilidad de boca, que no les para cosa en el buche, por -importante que sea, ni el secreto más recomendado ni la interioridad -más reservada, no sabiendo callar ni su mal ni el ajeno. Singularmente, -cuando llega á calentárseles la boca con alguna pasión de cólera ó -alegría, sin ser necesario darles el remitivo político de la afectada -ignorancia ni el único torcedor de la mañosa contradición. Porque éste -no tenía retentivo en cosa, confesando él mismo que no podía más con -su estómago ni recabarlo con su lengua. Jamás pudo llegar á retener -un secreto medio día y por esto era llamado comúnmente don Fulano el -de la lengua horadada. Todos, cuantos querían se supiese algo y que -se fuese estendiendo á toda prisa, acudían á él como á trompeta sin -juicio. ¿Pues qué, si le encomendaban el secreto? Reventaba por irlo -al punto á hacer público. Desgraciado del que ó por desatención ó por -inadvertencia se le confiaba, que luego le topaba en medio de las -plazas á la vergüenza y aun hecho cuartos. Al contrario, los que ya le -conocían, se valían dél para hacerle autor de lo que á ellos no les -estaba bien serlo y en una palabra él era faraute universal, lengua de -ferro, si no testa, no el _bello dezitore_, sino el feo palabrista. - -Éste, pues, ó andaluz por lo locuaz ó valenciano por lo fácil ó -chichiliani por lo chacharroni, los comenzó á conducir, sin pararle un -punto la tarabilla de necedades. ¿Quién podrá contar las que ensartó -por todo el discurso de su vida? Nunca escupía, porque no le tomasen la -vez, ni preguntaba por no dar lugar á que otro le respondiese; sí bien, -á los tales se cree que se les convierte toda la saliva en palabras, -porque todo cuanto hablan es broma. - -Seguidme, les decía: que hoy os he de introducir en el palacio mayor -del mundo, de muchos oído, de venturosos visto, de todos deseado y de -raros hallado. - -¿Qué palacio será éste?, le preguntaba él mismo. - -Y después de muchos misterios, ponderaciones y hazañerías, les dijo muy -en secreto: - -Éste es el de la alegría. - -Hízoles notable armonía y dijeron: - -¿No sea el de la risa? ¿Quién jamás vió tal cosa ni tal casa de la -alegría? Hasta hoy no hemos topado quien nos diese noticia de semejante -palacio; aunque de otros, encantados los más y llenos de soñados -tesoros. - -No os espantéis dello, les dijo: porque el que una vez entra allá por -maravilla sale. Bobo sería en dejar el contento y volver á los pesares -de por acá. - -¿Y tú?, le replicaron. - -Yo soy excepción: salgo por no reventar á parlarlo y á conducir allá -los venturosos pasajeros. Vamos, vamos, que allí habéis de ver la misma -alegría en persona, que lo es mucho, con su cara redonda á lo de sol, -que aseguran durarles á las carirredondas diez años más la hermosura, -que á las aguileñas y carílargas. De allí amanece la Aurora, cuando más -arrebolada y risueña. Todos cuantos moran en aquel serrallo, que allí -se vive porque se bebe, andan colorados, lucidos y risueños. Gente de -indo humor y de buen gusto, gentilhombres de la boca. - -Y aun gentiles, añadía Critilo. Pero dínos, ¿para cada día hay su -placer y buenas nuevas? - -¡Oh, sí!: porque no se cuidan de las malas ni las oyen ni las escuchan; -está vedado el darlas. Desdichado del paje, que en esto se descuida, -que al mismo punto se despiden. Todos son buenos ratos, comedias -nuevas. Para cada día hay su placer y aun dos y todo al cabo viene á -parar en _placheri y placheri y más placheri_. - -¿Pues no hace de las suyas la fortuna y de sus mudanzas el tiempo? -¿Siempre está en él llena la luna? ¿No se barajan los contentos con las -penas, las copas con los bastos, los oros con las espadas, como por acá? - -De ningún modo, porque allí no hay podridos ni porfiados ni temáticos, -desabridos, desazonados, malcontentos, desesperados, maliciosos, -punchoneros, celosos, impertinentes, y lo que es más que todo eso, -vecinos. No hay espíritus de tristeza ni de contradición ni atribulados -ni fatiguillas ni agonizados. Nunca veréis malas comidas por ningún -caso, aunque se hunda el mundo, ni peores cenas. Nunca ha de faltar el -capón, el perdigón, que están muy validos. No se conocen sinsabores -ni quemazones. Y en una palabra, todos allí son buenos tragos. Que -de verdad no hay otra Jauja ni más cierta cucaña en el mundo, que no -pillar fastidio de _niente_. - -Mucho es eso, ponderaba Critilo, que tenga raíces el placer y amarras -el contento. - -Dígoos que sí, porque es manantial el gusto. Ni se marchita el gozo, -que nace en tierra de regadío. Y habéis de saber, como lo veréis y -aun lo probaréis, que en medio de aquel gran patio de su placentero -alcázar brota una tan dulce, cuan perene fuente, brindándose á todos -sin distinción en bellísimos tazones, unos de oro los más altos, -otros de plata los del medio y los más bajos, aunque no los menos -gustosos, de cristales transparentes, con donosa figurería, por ellos -baja despeñándose con agradable ruido (malos años para la mejor -música, aunque sean las melodías de Florián) un tan sabroso licor y -tan regalado, que aseguran unos viene por secretos condutos de allá -de los mismos campos Elisios; otros dicen se distila de aquel divino -néctar. Y lo creo, porque á cuantos le beben, los vuelve luego unos -bienaventurados á lo humano. Aunque no falta quien diga ser vena de -Elicona y con harto fundamento, pues Horacio, Marcial, Ariosto y -Quevedo, en bebiéndole, hacían versos superiores. Mas porque todo se -diga y no me quede con escrúpulos de estómago, no pocos se persuaden y -lo andan mascando entre dientes, que son verídicos y un alegre, eficaz -veneno. Sea lo que fuere, lo que yo sé es que causa prodigiosos efectos -y todos de consuelo. Porque yo ví un día traer no menos que una gran -princesa, si dijera Lansgravia ó Palatina, perdida de melancolía, sin -saber ella misma de qué ni por qué, que á no ser eso, no fuera necia. -Habíanle aplicado dos mil remedios, como son galas, regalos, saraos, -paseos y comedias, hasta llegar á los más eficaces, cuales son fuentes -de oro potable, digo de doblones, tabaquillos de joyas, cestillos de -perlas. Y ella siempre triste ¡qué necia! enfadada de todo y enfadando -á todos, que ni vivía ni dejaba vivir, de modo, que llegó rematada -de impertinente. Pues os aseguro que luego que bebió del eficacísimo -néctar, depuesta la ceremoniosa autoridad regia, se puso á bailar, á -reir y cantar, diciendo que se iba hacia las alturas. - -Reniego, dije yo, de todos sus sitiales y doseles y aténgome á un -valiente cangilón. Y eso es nada: que yo le ví al más severo Catón, -al español más tétrico, dar carcajadas en bebiéndole, que por eso le -llamaron los italianos _allegracore_. - -Encontraban muchos peregrinos con sus esclavinas de cuero, que todos -se encaminaban allá. Los más eran del tercio viejo, que como el paraje -era áspero y seco y ellos venían fatigados y sedientos, encarrilaban en -ristra y muertos de sed venían como vivos. - -Éste es, decía su farsante guión, el Jordán de los viejos, aquí se -remozan y se alegran, refrescan la sangre y cobran los perdidos colores. - -Mas ya á los ecos de una gran bulla placentera, licenciaron la vista -y descubrieron una casa, no sublime, pero bien empinada, propia -estación del gusto y palacio del placer, coronado, en vez de jazmines -y laureles, de pámpanos frondosos y todas sus paredes felpadas de -yedras. Que, aunque suelen decir que echan á perder las casas donde se -arriman, yo digo que hace harto más daño una cepa, pues de todo punto -las arruina. - -Mirad, les decía, qué alegre vista de colgaduras naturales. ¿Qué tienen -que ver con ellas las más ricas y bordadas del célebre duque de Medina -de las Torres, las más finas tapicerías de Flandes, aunque sean dibujos -del Rubens? Creedme que todo lo artificial es sombra con lo natural y -no más de un remedo. - -¡Deliciosa amenidad por cierto, decía Andrenio! Ya no me pesa de haber -venido. Y díme, ¿siempre dura? ¿nunca se marchita? - -Dígoos que es perpetua, porque jamás le falta el riego. Bien puede -secarse Chipre y ahorcarse los Pensiles, con que falta aquí su -Babilonia. - -Íbanse acercando á la gran puerta, siempre de par en par, así como -la casa de bote en bote, y notaron que, así como á la del furor -suelen estar encadenados tigres, á la del valor leones, á la del -saber águilas, á la de la prudencia elefantes, en ésta asistían -lobos soñolientos y tahonas entretenidas. Resonaban muchos juglares -y todos hacían buen son: debían de ser forasteros. Bullían Ninfas -nada adamadas; pero muy coloradas y fresconas á la flamenca. Blandían -vistosos cristales en sus malseguras manos, llenas del generoso -néctar, brindando á porfía á todo sediento pasajero, por estar esta -casa de recreación en medio del pasaje de la vida. Llegaban ellos muy -secos, cuando más ahogados de reumas, apurados de la sed, á apurar -los cangilones, que ellos les bailaban delante. Bebían sin tasa, -como gente sin cuenta. Y era bien de reir cómo fundaban crédito en -hacer la razón, cuando más la deshacían. Y si alguno más templado -se detenía, comenzaban á hacerle cocos, bautizando su atención por -melindre y figurería, haciéndole muchos brindis con su templanza el -licor brillante, que de verdad les saltaba á los ojos. Provocábanlos, -diciendo: - -Ea, que en vuestra edad no la hay, la sequedad de la complexión os -escusa. Ésta es la leche de los viejos. - -Y mentían, que no era sino el veneno. - -Vaya otra vez, que el licor es apetecible, pues ningún sainete le -falta. Él tiene buen color para la hermosura, mejor sabor para el gusto -y estremado olor para la fragrancia, lisonjeando todos los sentidos. -Arrojad el agua, tan necia como desabrida, muy preciada de no tener -nada de gusto, ni color ni olor ni sabor. Éste sí que se precia de todo -lo contrario. Y lo que más es, que ayuda á la salud y aun es su único -remedio, pues aseguraba Mesue no haber hallado confección más eficaz -y que más presto acudiese á remediar el corazón ni las bebidas de -jacintos y de perlas. - -Picábanle el gusto, cambiando licores y colores, ya el rojo encendido, -combinándose con la sangre, ya dorado, pasando plaza de oro potable, ya -de color del sol, hijo ardiente de sus rayos, ya de finos granates y -aun de preciosos rubís, en fe de su preciosa simpatía. Contentábanse -los cuerdos con una taza sola, para satisfacer á la necesidad; que -lo demás decían ser una gran necedad. Con eso refrescaban la sangre, -confortaban el corazón y se alentaban para poder proseguir su camino á -las derechas. - -Pero los más no acababan de consolarse con una sola taza ni aun con -dos; sino que en tropa de brutos se metían muy adentro, no parando -hasta encontrar con el mayor estanque y allí se arrojaban de bruces. -Déstos fué uno Andrenio, sin que bastase á detenerle ni el consejo ni -el ejemplo de Critilo. Tendíanse luego en son de bestias por aquellos -suelos: que todo vicio lleva á parar en tierra, así como toda virtud al -cielo. - -En el entretanto que dormía Andrenio al ser de hombre, privado de la -principal de sus tres vidas, quiso Critilo registrar aquel palacio -tudesco, donde vió cosas de mucho escarnio, que él encomendó al -escarmiento. Halló lo primero que la bacanal estancia no se componía de -doradas salas, sino de ahumadas zahurdas; no de cuadras de respeto, sí -de ranchos de vileza. - -Topó uno, donde todos se metían á bailar, luego que entraban, con tal -propensión, que, queriendo una dueña entrar con un palo á sacar su -criada, con gran priesa se había puesto á bailar. En el mismo punto, -depuesto el enojo, con el palo, se calzó las castañetas y comenzó á -repicarlas. Hizo lo mismo el marido, cuando entraba más colérico á -llevar el compás con un garrote, y todos cuantos metían el pie en aquel -gustoso rancho del mesón del mundo, al mismo punto olvidados de todo, -se hacían piezas bailando. Decían algunos ser burlesco hechizo, que -había dejado un entretenido pasajero, que allí había hecho noche; mas -Critilo túvolo por borrachera y trató de pasar adelante. - -Encontró con otro, donde todos cuantos allá entraban, al punto -enfurecían con tal fiereza, que echando unos mano á los puñales y -arrancando otros de las espadas, comenzaban á herirse como fieras y á -matarse como bestias, olvidados de la razón, como gente sin juicio. -Aquí vió un gran personaje con una muy buena capa de púrpura y díjole -su farsante guía: - -No te admires, que por éste se dijo: debajo de una buena capa hay un -mal bebedor. - -¿Quién es éste? - -Quien fué señor del mundo; mas este licor lo fué de él. - -Retirémonos, dijo Critilo, que tiene en la mano un sangriento puñal. - -Con ese mató á su mayor amigo sobre mesa. - -¿Y con todo eso fué aclamado el Magno? - -Sí, por lo soldado, que no por lo rey. - -De otro más moderno y aun corriendo vino aseguraban que no se había -embriagado sino sola una vez en su vida; pero que le duró por toda -ella, en quien hicieron gran maridaje el vino y la herejía. - -Aquí les mostraron el mismo tazón, que tomó en la mano el octavo de los -ingleses Enriques, en el trance de su infeliz muerte, en vez del santo -crucifijo, con que suelen morir los buenos católicos, y echándosele á -pechos, dijo: - -Todo lo perdimos junto, el reino, el cielo y la vida. - -¿Y todos ésos fueron reyes?, preguntó Critilo. - -Sí, todos. Que aunque en España nunca llegó la borrachera á ser merced, -en Francia sí á ser señoría, en Flandes excelencia, en Alemania -serenísima, en Suecia alteza; pero en Inglaterra, majestad. - -Decíanle á uno que dejase el beber, si no quería despedirse del ver; -mas él, incorregible, respondía: - -Decidme: ¿Estos ojos no se los han de comer los gusanos? - -Sí. - -Pues más vale que me los beba yo. - -Otro tal respondió: - -Lo que hay que ver ya lo tengo visto, lo que he de beber no está -bebido: pues bebamos, aunque nunca veamos. - -Y catad la diferencia de los licores: éstos, que están tristes y tan -adormecidos, cargaron del tinto; estos otros, tan alegres y risueños, -del blanco. - -Mas ya en esto habían llegado, no al más reservado retrete, que aquí -no se conocen interioridades; sino á la estancia mayor de la risa, á -la cueva del placer, donde hallaron que presidía sobre un eminente -trono de cercillos, una amplísima reina sin género de autoridad, muy -grave. Y con estar muy gruesa, decía no tener más que los pellejos, tan -pobre y desamparada, cuan en cueros. Parecíase una cuba sobre otra, -de fresco y alegre rostro; aunque tenía más de viña, que de jardín. -Vestía de otoño, en vez de primavera, coronada de rubíes arracimados. -Chispeábanla los ojos vertiendo centellas líquidas, hidrópicos los -labios del suavísimo néctar. Blandía, en vez de palma, en la una mano, -un verde y frondoso tirso, y brindaba con la otra un bernegal de buen -tamaño á todos cuantos llegaban, observando con inviolable puntualidad -la alternativa en los brindis. Notaron que mudaba semblantes á cada -trago, ya festivo, ya lascivo y ya furioso, verificando el común -sentir, que la primera vez es necesidad, la segunda deleite, la tercera -vicio y de ahí adelante brutalidad. En viendo á Critilo, licenció la -risa en carcajadas y comenzó á propinarse con instancia el enojoso -licor. Rehusaba Critilo el empeño. - -He, que no se puede pasar por otro, le decía, sí, su farsante camarada, -en ley de cortesano. - -Vióse obligado á probarlo y, en gustándole, exclamó: - -Éste es el veneno de la razón, éste el tóxico del juicio, éste es el -vino ¡oh, tiempos! ¡oh, costumbres! El vino antes en aquel siglo de -oro, pues de la verdad y aun de perlas, pues de las virtudes, cuentan -que se vendía en las boticas, como medicina, á par de las drogas del -Oriente, recetábanle los médicos entre los cordiales. - -Récipe, decían, una onza de vino y mézclese con una libra de agua. - -Y así se hacían maravillosos efectos. Otros refieren que no se -permitía vender, sino en los más ocultos rincones de las ciudades, allá -lejos en los arrabales, porque no inficionase las gentes. Y se tenía -por infamia ver entrar un hombre allá. Mas ya se profanó este buen uso, -ya se vende en las muy públicas esquinas y están llenas las ciudades -de tabernas. Ya no se pide licencia al médico para beberle, habiéndose -convertido en tóxico el que fué singular remedio. - -Antes hoy, le replicó un aprisionado, es medicina universal: díganlo -tantos aforismos, como corren en su favor. - -He, que son de viejas. - -No por eso peores. El es el común remedio contra el daño, que hacen -todas las frutas. Y así dicen: “Tras las peras, vino bebas”. “El melón -maduro, quiere el vino puro”. “Al higo vino y á la agua higa”. “El -arroz, el pez y el tocino nacen en el agua y mueren en el vino”. La -leche, ya se sabe lo que le dijo al vino: “Bien seáis venido, amigo”. -“El vino tras la miel, sabe mal; pero hace bien.” Así que: “Donde no -hay vino y sobra el agua la salud falta”. En todos tiempos es medicina, -como lo dice el texto: “En el verano por el calor y en el invierno por -el frío, es saludable el vino”. Y otro dice: “Pan de ayer y vino de -antaño, traen al hombre sano”. No sólo remedia el cuerpo; pero es el -mayor consuelo del ánimo, alivio de las penas. “Que lo que no va en -vino, va en lágrimas y suspiros.” Es aforro de los pobres, que: “Al -desnudo le es abrigo”. Bebida real, cuando: “El agua para los bueyes, y -el vino para los reyes”. Leche de los viejos, pues: “Cuando el viejo no -puede beber, la sepultura le pueden hacer”. Y en él consiste la media -de la vida que: “Media vida es la candela y el vino la otra media”. De -modo que es medicina de todos los males, porque: “Sangraos vecina...” y -responde: “El buen vino es medicina”. Y con mucha razón, pues son siete -los provechosos frutos de ella: “Purga el vientre, limpia el diente, -mata la hambre, apaga la sed, cría buenos colores, alegra el corazón y -concilia el sueño.” - -Á todos éstos, dijo Critilo, responderé yo con éste sólo: “Quien es -amigo del vino es enemigo de sí mismo”. Y advertid que otros tantos, -como habéis referido en su favor, pudiera yo decir en contra; pero -baste éste por ahora con este otro: “El vino con agua es salud de -cuerpo y alma”. - -¡Oh!, replicó el apasionado, ¿no veis, que el vino, si le echáis agua, -le echáis á perder, especialmente si fuere blanco? - -También, si no se la echáis, os echa él á perder á vos. - -¿Pues qué remedio? - -No beberle. - -Otras muchas verdades dijo Critilo contra la embriaguez, de que los -circunstantes hicieron cuento y él escarmiento. Reparó Critilo en que -asistían pocos españoles al cortejo de la dionisia reina, habiendo sin -duda para cada uno cien franceses y cuatrocientos tudescos. - -¡Oh, dijo el hablador, no sabes tú lo que pasó en los principios _desta -bella invenchione del vino_! - -¿Y qué fué? - -Que un recuero, atento á su ganancia, cargó de la nueva mercadería -y dió con ella en Alemania. Y como fuese el precioso licor en toda -su generosidad, gustaron mucho dél los tudescos. Hízoles valiente -impresión, rindiéndolos de todo punto. Pasó adelante á la Francia; -mas, porque no fuesen comenzados los cueros, acabólos de llenar en -la Esquelda, con que no iba ya el vino tan fuerte y así no hizo mas -que alegrar los franceses, haciéndoles bailar, silbar y dar algunas -cabriolas y rascarse atrás en un corrillo de mesurados españoles, como -se vió ya en Barcelona. Quedábale ya muy poco, cuando pasó á España, y -llenóle de agua de tal suerte, que no era ya vino, sino enjaguaduras de -bota. Con esto no les hizo efecto á los españoles; antes los dejó muy -en sí y tan graves como siempre, con que ellos á todos los demás llaman -borrachos. Deste modo han proseguido todas estas naciones en beberle: -los tudescos puro, imitándoles los suecos y los ingleses; los franceses -ya enjuagan la taza; mas los españoles, aguachirle, aunque los demás -lo atribuyen á malicia y que lo hacen por no descubrir con la fuerza -del vino lo secreto de su corazón. - -Ésa ha sido sin duda la causa, ponderaba Critilo, de no haber hecho pie -la herejía en España, como en otras provincias, por no haber entrado en -ella la borrachera, que son camaradas inseparables: nunca veréis la una -sin la otra. - -Pero ¡qué cosa, aunque no rara, sí espantosa! Aquella embriagada reina, -anegada en abismos de horrores, comenzó á arrojar de aquella ferviente -cuba de su vientre tal tempestad de regüeldos, que inundó toda la -bacanal estancia de monstruosidades. Porque, bien notado, no eran otros -sus bostezos, que reclamos de otros tantos monstruos de abominables -vicios. Volvía el feroz aspecto á una y otra parte y, en arrojando -un regüeldo, saltaba al punto de aquel turbulento estanque del vino -una horrible fiera, un infame acroceraunio, que aterraba á todo varón -cuerdo. - -Salió de los primeros la Herejía, monstruo primogénito de la -Borrachera, confundiendo los reinos y las ciudades, repúblicas y -monarquías, causando desobediencias á sus verdaderos señores. ¿Pero, -qué mucho, si primero negaron la fe debida á su Dios y Señor, mezclando -lo sagrado con lo profano y trastornando de alto á bajo cuanto hay? - -Sacaron luego las cabezas á otro regüeldo las Harpías, digo la -Murmuración, manchando con su nefando aliento las honras y las famas; -la desapiadada Avaricia, chupándoles la sangre á los pobres, desollando -los súbditos; la Joel Envidia, vomitando venenos, inficionando las -ajenas prendas y disminuyendo las heroicas hazañas. - -Allí apareció, llamado de un gran bostezo, el Minotauro embustero, la -bachillera Esfinge, presumiendo de entendida y ignorando de necia. -No faltaron las tres infernales Furias, convocadas de otro valiente -regüeldo, que metió en los infiernos mismos la guerra, la discordia -y la crueldad, que bastan á hacer infierno del mismo paraíso. Las -engañosas Sirenas, brindando vidas y ejecutando muertes. La Escila y -la Caribdis aquellos dos viciosos extremos, donde chocaron los necios, -dando en el uno por huir del otro. Allí se vieron los Sátiros y los -Faunos, con apariencias de hombres y realidades de bestias. - -Así, que en poco rato hizo estanco de vicios de un estanque de -monstruos, hijos todos de la violenta vinolencia. Y lo que más es de -reparar y aun de sentir, que con ser éstas otras tantas fieras y harto -feas, á sus beodos amadores les parecieron otras tantas beldades, -llamando á las Sirenas lascivas, unos ángeles; al furioso y ciego de -cólera, Cíclope valiente; á las Harpías, discretas; á las Furias, -gallardas; al Minotauro, ingenioso; á la Esfinge, entendida; á los -Faunos, galanes; á los Sátiros, cortesanos; y á todo monstruo, un -prodigio. - -Veníasele acercando á Critilo uno de los más perniciosos; pero él, al -mismo punto, despavorido, intentó la fuga. Quísole detener el farsante, -diciéndole: - -Aguarda, no temas, que no te hará mal, sino mucho bien. - -¿Quién es éste?, le preguntó. - -Y él: - -Ésta es aquella tan celebrada, cuán conocida en todo el mundo y más en -las cortes, sin quien ya no se puede vivir, por lo menos sin su poquito -de ella, por cuanto es empleo de los desocupados y ocupación de los -entendidos, aquella gran cortesana. - -¿Y cómo la nombran? - -Lo que le respondió y qué monstruo fuese éste nos lo dirá la otra -Crisi. - - - - -CRISI III - -_La Verdad de parto._ - - -Enfermó el hombre de achaque de sí mismo. Despertósele una fiebre -maligna de concupiscencias, adelantándosele cada día los crecimientos -de sus desordenadas pasiones. Sobrevínole un agudo dolor de agravios y -sentimientos. Tenía postrado el apetito para todo lo bueno y el pulso -con intercadencias en la virtud. Abrasábase en lo interior de malos -afectos y tenía los estremos fríos para toda obra buena. Rabiaba de -sed de sus desreglados apetitos, con grande amargura de murmuración. -Secábasele la lengua para la verdad, síntomas todos mortales. - -Viéndole en tanto aprieto, dicen que le envió sus médicos el cielo y -también el mundo los suyos, á competencia, y así muy diferentes los -unos de los otros y muy encontrados en la curación. Porque los del -cielo en nada condecendían con el gusto del enfermo y los mundanos en -todo le complacían. Con lo cual éstos se hicieron tan plausibles, cuan -aborrecibles aquéllos. Ordenábanle los de arriba muchos y muy buenos -remedios y los de abajo ninguno, diciendo: - -He, que tanto es menester haber estudiado para no recetar, como para -recetar. - -Citaban los eternos, magistrales textos y los terrenos, ninguno, y -decían: - -Más vale testa, que texto. - -Guarde la boca, decían unos: coma y beba cuanto apeteciere. - -Los otros: - -Tome un vomitivo de deleites, que le será de mucho provecho. - -No haga tal, que le inquietará las entrañas y le postrará el gusto; -dénle minorativos de concupiscencia. - -Ni lo piense; sino valientes tiradas de gustos, que le vayan -refrescando la sangre. - -Dieta, dieta, repetían aquéllos. - -Regalo y más regalo, replicaban éstos, y asentábasele muy bien al -enfermo. - -Púrguese, le recetaron los celestiales, porque vamos á la raíz del mal -y á derribar el humor vicioso, que predomina. - -Eso no, salían los mundanos; tome, sí, cosas suaves con que se -entretenga y alegre. - -Oyendo tal variedad, decía el enfermo: - -Aténgome al aforismo que dice: “Si de cuatro médicos, los tres dijesen -que te purgues y uno que no, no te purgues”. - -Replicábanle los del cielo: - -También dice otro: “Si de cuatro médicos, los tres te dijeren que no te -sangres y uno sólo que sí, sángrate”. Luego, te debes sangrar y de la -vena del arca, restituyendo lo ajeno. - -Eso no, salían los otros; que sería quitarle las fuerzas y aun de todo -punto desjarretarle. - -Y él, en confirmación, añadía: - -¡Qué poco estiman ellos mi sangre! No saben otro, que sangrar la -costilla de los zurdos. - -No duerma con el mal, encargaban aquéllos. - -Repose y descanse en él, decían éstos. - -Viendo, pues, los del cielo que no se le aplicaba remedio alguno de -cuantos ellos ordenaban y que el enfermo iba por la posta caminando á -la sepultura, entraron á él y con toda claridad le dijeron que moría. -Ni por esas se dió por entendido; antes llamando un criado, le dijo: - -Hola, ¿hanles pagado á estos médicos? - -Señor, no. - -Y aun por eso me dan ya por desahuciado. Pagadles y despedidles. - -Lo segundo cumplieron. Fuéronse con tanto las virtudes, quedáronse los -vicios, y él muy en ellos, que presto acabaron con él, aunque no él con -ellos. Murió el hombre de todos y fué sepultado más abajo de la tierra. - -Íbale ponderando á Critilo este suceso de cada día un varón de ha mil -siglos. - -¡Oh cómo es verdad, decía Critilo, que los vicios no sanan, sino que -matan, y las virtudes remedian! No se cura la codicia con amontonar -riquezas ni la gula con los manjares, la sensualidad con los bestiales -deleites, la sed con las bebidas, la ambición con los cargos y -dignidades; antes se ceban más y cada día se aumentan. De ese achaque -le vino á la torpe vinolencia hacer estanco de vicios. ¡Y qué feos! -¡qué abominables! Pero entre todos, aquel que se me venía acercando y -pegándoseme, que no hice poco en rebatirle, ¿cuál de ellos era? - -Es más cortesano, cuanto más civil; común, cuando más estraño. - -¿Cómo se llamaba el tal monstruo? - -Bien nombrado es y aun aplaudido, entremetido y bienadmitido. Todo lo -anda y todo lo confunde. Entra y sale en los palacios, teniendo en las -cortes su guarida. - -Menos te entiendo por eso. Aún no doy en la cuenta. Que hay muchos á -esa traza y bulle la corte dellos. - -Pues has de saber que era el capitán de todos, digo la plausible -Quimera. ¡Oh monstruo al uso! ¡oh vicio de todos! ¡oh peste del siglo! -¡necedad á la moda!, exclamó el nuevo camarada. - -Por eso yo, añadió Critilo, luego que me la ví tan cerca, la conjuré, -diciendo: - -¡Oh monstruo Cortesano! ¿Qué me buscas á mí? Anda, vete á tu Babilonia -común, donde tantos y tontos pasan de ti y viven contigo: todo embuste, -mentira, engaño, enredo, invenciones y quimeras. - -Anda, vete á los que se sueñan grandes y son fantasmas, hombres -vacíos de sustancia y rebutidos de impertinencia, huecos de sabiduría -y atestados de fantasía: todo presunción, locura, fausto, hinchazón y -quimera. - -Vete á unos aduladores falsos, desvergonzados, lisonjeros, que todo lo -alaban y todo lo mienten, y á los simples que se los creen, pagando el -humo y el viento: todo mentira, engaño, necedad y quimera. - -Vete á unos pretendientes engañados y á unos mandarines engañadores, -aquéllos pretendiéndolo todo y éstos cumpliendo nada, dando largas, -escusas, esperanzas bobas: todo cumplimiento y quimera. - -Vete á unos desdichados arbitristas, inventores de felicidades ajenas, -trazando de hacer Cresos á los otros, cuando ellos son unos Iros; -discurriendo trazas para que los otros coman, cuando ellos más ayunan: -todo embeleco, devaneo de cabeza, necedad y quimera. - -Vete á unos caprichosos políticos, amigos de peligrosas novedades, -inventores de sutilezas malfundadas, trastornándolo todo, no sólo no -adquiriendo de nuevo ni conservando de viejo; pero perdiendo cuanto -hay, dando al traste con un mundo y aun con dos: todo perdición y -quimera. - -Vete al Babel moderno de los cultos y afectados escritos y cuyas obras -son de tramoya, frases sin concepto, hojas sin fruto, tomos sin lomo, -cuerpos sin alma: todo confusión y quimera. - -Vete á los tribunales, donde no se oyen sino mentiras; en las escuelas -sofisterías, en las lonjas trampas y en los palacios quimeras. - -Vete á los prometedores falsos, noveleros, crédulos, entremetidos, -desahogados, linajudos, desvanecidos, casamenteros, mentirosos, -pleiteantes, necios, sabios aparentes: todo mentira y quimera. - -Vete á los hombres de hogaño, llenos todos de engaño, mujeres de -embeleco: los niños mienten, los viejos engañan, los parientes faltan y -los amigos falsean. - -Vete á todo lo que dejamos atrás de un mundo inmundo, laberinto de -enredos, falsedades y quimeras. - -Con esto traté de huir de ella, que fué del mundo todo, y eché por este -camino de la verdad en tan buen punto, que tuve dicha de encontrarte. - -Harto fué, dijo el Acertador, que así oyó le llamaban, que todo tú -pudieses salir. - -No tan todo, respondió Critilo, que no me dejase la mitad, pues otro yo -allá queda, Andrenio, aun más amigo que hijo, nada suyo y todo ajeno, -rendido á una brutal vinolencia. - -Mas aquí, no pudiendo articular las palabras, prosiguió haciendo -estremos. - -Hora bien, no te pudras tú, le dijo, de lo que otros engordan. Quiero -por consolarte y remediarte que volvamos allá y que experimentes el -eficacísimo contraveneno del vino, que conmigo llevo. - -Es la embriaguez, iba ponderando, el último asalto, que dan al hombre -los vicios; es el mayor esfuerzo, que ellos hacen contra la razón. Y -así cuentan que, habiéndose coligado todos estos monstruosos enemigos -contra un hombre, luego que naciera, embistiéndole ya uno, ya otro, -por su orden para más desordenarle, la voracidad cuando más rapaz, la -mancebía cuando mancebo, la avaricia cuando varón y la vanidad cuando -viejo, viéndole pasar de edad en edad vitorioso y que ya entraba en la -vejez triunfando de todos ellos, no pudiéndolo sufrir que así se les -escapase y hiciese burla dellos, acudieron á la embriaguez, afianzando -en ella su despique. No se engañaron, pues acometiéndole ésta con capa -de necesidad, llamando al vino su leche, su abrigo y su consuelo, -poco á poco y trago á trago se fué entrando y apoderándose dél hasta -rendirle de todo punto. Hízole cerrar los ojos á la razón, abrir puerta -á todo vicio, y de modo, que, con lastimosa infelicidad, aquel que -toda la vida se había conservado en su virtud y entereza, se halló de -repente á la vejez glotón, lascivo, iracundo, maldiciente, locuaz, -vano, avaro, ridículo, imprudente. Y todo esto, porque vinolento. - -Mas ya habían llegado, no al estanque, sino al cenagal de los vicios. -Entraron ambos y hallaron á Andrenio, que aún estaba por tierra, -sepultado en sueño y vino. Comenzaron á llamarle por su nombre; mas él -impaciente respondía: - -Dejadme, que estoy soñando cosas grandes. - -No puede ser, dijo el Acertador, que los hombres grandes sólo tienen -sueños grandes. - -He, dejadme, que estoy viendo cosas prodigiosas. - -¿No sean monstruosas? ¿Qué puedes ver sin vista? - -Veo, dijo, que el mundo no es ya redondo, cuando todo va á la larga; -que la tierra no es ya firme, cuando todo anda rodando; que el cieno es -cielo para los más, pues los menos son personas; que todo es aire en el -mundo y así todo se lo lleva el viento; el agua que fué y el vino que -vino; el sol no es solo ni la luna es una, los luceros sin estrellas -y el norte no guía; la luz da enojos y el alba llora cuando ríe; los -flores son delirios y los lirios espinan; los derechos andan tuertos -y los tuertos á las claras; las paredes oyen, cuando las orejas se -rascan; los postres son antes y muchos fines sin medios; que el oro no -es pesado y las plumas mucho; los mayores alcanzan menos y hablan gordo -los más flacos y alto los más bajos; no son ladrados los ladrones, -con que ninguno tiene cosa suya; los amos son mozos y las mozas las -que mandan; más pueden espaldas, que pechos, y quien tiene hierro, no -tiene aceros; los servicios se miran de mal ojo y los proveídos son -premiados; la vergüenza es corrimiento y los buenos no hacen llorar, -sino reir; del mentís se hace caso y del mentir casa; no son sabios los -entendidos ni oídos los que hablan claro; el tiempo hecho cuartos y el -día enhoramalas; los relojes quitan dando y de los buenos días se hacen -los malos años; tras la tercera va la primera y las desgracias son -gracias; las diademas en París y los galanes en Francia. - -Calla ya, le dijo el Acertador; que sin duda se dijo diablo del que -noche y día habla; mas en cantar mal y porfiar. - -Digo que todo anda al revés y todo trocado de alto á bajo. Los buenos -ya valen poco y los muy buenos para nada y los sin honra son honrados, -los bestias hacen del hombre y los hombres hacen la bestia. El que -tiene es tenido y el que no tiene es dejado. El de más cabal es sabio, -que no el de más caudal. Las niñas lloran y las viejas ríen. Los leones -dan balidos y los ciervos cazan. Los gallinas cacarean y no despiertan -los gallos. No caben en el mundo los que tienen más lugar y muchos -hijos de algo valen nada. Muchos por tener antojos no ven y no se -usan los usos. Ya no nacen niños ni los mozos bien criados. Las que -valen menos son buenas joyas y los más errados buenas lanzas. Veo unos -desdichados antes de nacidos y otros venturosos después de muertos. -Hablan á dos luces los que á escuras y todo ahora es á deshora. - -Prosiguiera en sus dislates, si el Acertador no tratara de aplicarle el -eficaz remedio, que fué echarle en la vasija del vino, no una anguila, -como el vulgo ignorante sueña, sino una serpiente sabia, que al punto -le hizo volver á ser persona y aborrecer aquel tóxico del juicio y -veneno letal de la razón. Sacólos con esto el Acertador de aquel -estanco de los vicios y estanque de monstruos, al de prodigios. Era -éste uno de los raros personajes, que se encuentran en el vario viaje -de la vida, de tan estraña habilidad, que á todos cuantos encontraban -les iba adevinando el suceso de su vida y el paradejo della. - -Iban atónitos nuestros peregrinos oyéndole adevinar con tanto acierto. -Toparon de los primeros uno de muy mal gesto y al punto dijo: - -Déste no hay que aguardar buen hecho. - -Y no se engañó. De un tuerto pronosticó que no haría cosa á buen ojo y -acertó. Á un corcovado le adevinó sus malas inclinaciones; á un cojo, -los malos pasos en que andaba y á un zurdo, sus malas mañas; á un -calvo, lo pelón y á un ceceoso lo malhablado. Á todo hombre señalado -de la naturaleza señalaba él con el dedo, diciéndoles se guardasen. -Encontraron ya un grande perdigón, que iba perdiendo á toda prisa lo -que muy poco á poco se había ganado y al punto dijo: - -¿No hizo él la hacienda? - -No; que quien no la gana no la guarda. - -Pero esto es nada, cosas más raras y más recónditas adevinaba, como si -las viera. Y así, encontrando un coche, que traía tan arrastrado á su -dueño, cuan desvanecida á su ama, dijo: - -¿Veis aquel coche? Pues antes de muchos años será carreta. - -Y realmente fué así. Viendo edificar una cárcel muy suntuosa y -fanfarrona, con muchos dorados hierros, que pudiera sustituir un -palacio, dijo: - -¿Quién creerá que ha de venir á ser hospital? - -Y de verdad lo fué, porque vinieron á parar en ella pobres desvalidos y -desdichados. De un cierto personaje, que tenía muchos y buenos amigos, -dijo que danzaba muy bien y acertó: porque todos le alabaron. Al -contrario de otro, que tenía cara de pocos amigos: - -Éste no hará cosa bien ni saldrá con lo que emprendiere. - -Esto es más, que llegó uno y le preguntó cuánto tiempo viviría. Miróle -á la cara y dijo que cien años y que si, le bobeara un poco más, dijera -que docientos. Á otro inútil para todo aseguró que sacaría de la puja -al mismo Matusalén. Pero lo más es que, en viendo á cualquiera, le -atinaba la nación. Y así de un invencionero dijo: - -Éste, sin más ver, es italiano. - -De un desvanecido, inglés; de un desmazalado, alemán; de un sencillo, -vizcaíno; de un altivo, castellano; de un cuitado, gallego; de un -bárbaro, catalán; de un poca cosa, valenciano; de un alborotado -alborotador, mallorquín; de un desdichado, sardo; de un tozudo, -aragonés; de un crédulo, francés; de un encantado, danao. Y así de -todos los otros, no sólo la nación; pero el estado y el empleo -adevinaba. Vió un personaje muy cortés, siempre con el sombrero en la -mano y dijo: - -¿Quién dirá que éste es hechicero? - -Y realmente fué así, que á todos hechizaba. De un embelesado, que era -astrólogo; de un soberbio, cochero; de un descortés, ujier de saleta; -de un desarrapado y arrapador, soldado; de un lascivo, viudo; de un -peludo, hidalgo. De un hombre de puesto, que prometía mucho y á todos -daba buenas palabras, dijo: - -Éste contentará á muchos necios. - -De otro, que no tenía palabra mala, adevinó que no tendría obra buena. -Y al que mucha miel en la boca, mucha hiel en la bolsa. Vió á uno ir y -venir á una casa y dijo: - -Éste anda por cobrar. - -Á cierto hombre, que dió en decir verdades, le pronosticó muchos -pesares; y al de gran lengua, gran dolor de cabeza. Á cada uno le -adevinaba su paradero, como si lo viera, sin discrepar un tilde: á -los liberales, el hospital; á los interesados, el infierno; á los -inquietos, la cárcel y á los revoltosos, el rollo; á los maldicientes, -palos y á los descarados redomas, á los capeadores, jubones y á los -escaladores, la escalera; á las malas, palo santo; á los famosos, -clarín; á los sonados, paseo; á los perdidos, pregones; á los -entremetidos, desprecios; á los que les prueba la tierra, el mar; á los -buenos pájaros, el aire; á los gavilanes, pigüelas y á los lagartos, -culebra; á los cuerdos, felicidades; á los sabios, honras y á los -buenos, dichas y premios. - -¡Qué rara habilidad ésta!, ponderaba Andrenio. No sé qué me diera por -tenerla. ¿No me enseñarías esta tu astrología? - -Paréceme á mí, dijo Critilo, que no es menester muchos astrolabios para -esto ni consultar muchas estrellas. - -Así lo creo, dijo el Adevino; pero pasemos adelante, que yo te ofrezco, -oh Andrenio, de sacarte tan adevino como yo con la experiencia y el -tiempo. - -¿Dónde nos llevas? - -Donde todos huyen. - -Pues, si huyen, ¿para qué vamos nosotros? - -Y aun por eso, para huir de todos ellos. Aunque primero quería -introduciros en la famosa Italia, la más célebre provincia de la Europa. - -Dicen que es país de personas. - -Y personadas también. - -Estraño dejo ha sido el de Alemania, decía Andrenio. - -Y Critilo: - -Sí, cual yo me lo imaginaba. - -¿Qué os ha parecido de aquella tan estendida provincia, la mayor sin -duda de Europa? Decidlo en puridad. - -Á mí, respondió Andrenio, la que más me ha contentado hasta hoy. - -Y Critilo: - -Á mí, la que menos. - -Por eso no se vive en el mundo con un solo voto. - -¿Qué te ha agradado á ti más en ella? - -Toda de alto á bajo. - -Querrás decir Alta y Baja. - -Eso mismo. - -Sin duda que su nombre fué su definición, llamándose Germania, _a -germinando_, la que todo lo produce y engendra, siendo fecunda madre de -vivientes y de víveres y de todo cuanto se puede imaginar para la vida -humana. - -Sí, replico Critilo, mucho de extensión y nada de intención, mucha -cantidad y poca calidad. - -He, que no es una provincia sola, proseguía Andrenio; sino muchas, que -hacen una. Porque, si bien se nota, cada potentado es casi un casi -rey y cada ciudad una corte, cada casa un palacio, cada castillo una -ciudadela y toda ella un compuesto de populosas ciudades, ilustres -cortes, suntuosos templos, hermosos edificios y inexpugnables -fortalezas. - -Eso mismo hallo yo, dijo Critilo, que la ocasiona su mayor ruina y su -total perdición. Porque cuantos más potentados, más cabezas; cuantas -más cabezas, más caprichos; y cuantos más caprichos, más disensiones. -Y, como dijo Horacio, lo que los príncipes deliran, los vasallos lo -suspiran. - -No me puedes negar, dijo Andrenio, su abundancia y su opulencia. Mira -qué abastecida de todo, que si dicen España la rica, Italia la noble, -también Alemania la harta. ¡Qué abundante de granos, de ganados, -pescas, cazas, frutos y frutas! ¡Qué rica de minerales! ¡Qué vestida de -arboledas! ¡Qué adornada de bosques, hermoseada de prados! ¡Qué surcada -de caudalosos ríos y todos navegables! De tal suerte, que tiene más -ríos Alemania que las otras provincias arroyos, más lagos que las otras -fuentes, más palacios que las otras casas y más cortes que las otras -ciudades. - -Así es, dijo Critilo, yo lo confieso; mas en eso mismo hallo yo su -destruición y que su misma abundancia la arruina, pues no hace otro que -ministrar leña al fuego de sus continuas guerras, en que se abrasa, -sustentando contra sí muchos y numerosos ejércitos, lo que no pueden -otras provincias, especialmente España, que no sufre ancas. - -Pero viniendo ya á sus bellos habitadores, dijo el Acertador, ¿cómo -quedais con los alemanes? - -Yo muy bien, dijo Andrenio. Hanme parecido muy lindamente, son de -mi genio, engáñanse las demás naciones en llamar á los alemanes los -animales y me atrevo á decir que son los mas grandes hombres de la -Europa. - -Sí, dijo Critilo; pero no los mayores. - -Tiene dos cuerpos de un español cada alemán. - -Si; pero no medio corazón. - -¡Qué corpulentos! - -Pero sin alma. - -¡Qué frescos! - -Y aun fríos. - -¡Qué bravos! - -Y aun feroces. - -¡Qué hermosos! - -Nada bizarros. - -¡Qué altos! - -Nada altivos. - -¡Qué rubios! - -Hasta en la boca. - -¡Qué fuerzas las suyas! - -Mas sin bríos. Son de cuerpos gigantes y de almas enanas; son moderados -en el vestir, no así en el comer; son parcos en el regalo de sus camas -y menaje de sus casas, pero destemplados en el beber. - -Hé, que ése en ellos no es vicio; sino necesidad. ¿Qué había de hacer -un corpacho de un alemán sin vino? Fuera un cuerpo sin alma: él les dá -alma y vida. Hablan la lengua más antigua de todas. - -Y la más bárbara también. - -Son curiosos de ver mundo. - -Y si no, no serían dél. - -Hay grandes artífices. - -Pero no grandes doctos. - -Hasta en los dedos tiene la sutileza. - -Más valiera en el celebro. - -No pueden pasar sin ellos los ejércitos. - -Así como ni el cuerpo sin el vientre. - -Resplandece su nobleza. - -Ojalá su piedad. Pero su infelicidad es que, así como otras provincias -de Europa han sido ilustres madres de insignes patriarcas, de -fundadores de las Sagradas Ordenes, esta, al contrario, de, etc. - -Estorbóles el proseguir un confuso tropel de gentes, que á todo correr -venían haciendo por aquellos caminos, harto descaminados, al derecho -y al través, atropellándose unos á otros y todos desalentados. Y lo -que más admiración les causó fué ver que los mayores hombres eran -los primeros en la fuga y que los mas grandes alargaban más el paso -y echaban valientes trancos los gigantes y aun los cojos no eran los -postreros. Atónitos nuestros flemáticos peregrinos, comenzaron á -preguntar la causa de una tan fanática retirada y nadie les respondió: -que aun para eso no se daban vagar. - -¡Hay tal confusión! ¡vióse semejante locura!, decían, cuando mas -admirado uno de su admiración dellos, les dijo: - -Ó vosotros sois unos grandes sabios ó unos grandes necios en ir contra -la corriente de todos. - -Sábios no, le respondieron; pero si que lo deseamos ser. - -Pues mirad que no muráis con ese deseo, y atrancó cien pasos. - -Á huir, á huir, venía voceando otro, que ya parece que desbucha. Y pasó -como un regañón. - -¿Quién es esta que anda de parto?, preguntó Andrenio. - -Y el Acertador: - -Poco más ó menos ya yo adevino lo que es. - -¿Qué cosa? - -Yo os lo diré. Éstos sin duda vienen huyendo del reino de la verdad, -donde nosotros vamos. - -No le llames reino, replicó uno de los tránsfugas, sino plaga y con -razón, pues así lastima y más hoy, que tiene alborotado el mundo, -solicitándose la ojeriza universal. - -¿Y qué es la causa?, le preguntaron. ¿Hay alguna novedad? - -Y bien grande. ¿Eso ignoráis ahora? ¡Qué tarde llegan á vosotros las -cosas! ¿No sabéis que la verdad va de parto estos días? - -¿Cómo de parto? - -Si, aun con la barriga en la boca, reventando por reventar. - -¿Pues qué importa que pára?, replicó Critilo. ¿Por eso se inquieta el -mundo? Haced que pára en buen hora y el Cielo, que la alumbre. - -¿Cómo que qué importa?, levantó la voz el cortesano. ¡Qué linda flema -la vuestra! Mucha Alemania gastáis. Si agora con una verdad solo no -hay quien viva ni hay hombre, que la pueda tolerar, ¿qué será si dá en -parir otras verdades y esas otras y todas paren? - -Llenarse ha el mundo de verdades y después buscarán quien le habite. - -Dígoos que se vendrá á despoblar. - -¿Por qué? - -Porque no habrá quien viva, ni el caballero ni el oficial ni el -mercader ni el amo ni el criado. En diciendo verdad, nadie podrá vivir. -Dígoos que no vendrán á quedar de cuatro partes la media. Con una -verdad, que le digan á un hombre, tiene para toda la vida, ¿qué será -con tantas? Bien pueden cerrar los palacios y alquilar los alcázares. -No quedarán cortes ni cortijos. Con tantica verdad hay hombre, que se -ahita y no es posible dijerirla: ¿qué hará con un hartazgo de verdades? -Gran buche será menester. Para cada día su verdad á secas. Bien -amargarán. - -Hé, que muchos habrá, dijo Critilo, que no temerán las verdades, antes -les vendrán nacidas. - -¿Y quién será ese? Decidlo, le levantaremos una estatua. ¿Cuál será -el confiado, que no le puedan estrellar una verdad entre ceja y ceja -y aun darle con muchas por la cara? Y á fe, que escuecen mucho y por -muchos días. Líbreos Dios de una valiente zurra de verdades. Pican que -abrasan. Y sino, veamos. Díganle á la otra lo que le dijo don Pedro de -Toledo: - -Mire, que le diré peor, que tal. - -Y replicando ella: - -¿Qué me dirá? - -Peor que vieja. - -Plántenle al otro lucifer una verdad en un cedulón y veréis lo que -se endiabla. Acuérdenle al más estirado lo que él más olvida, al más -pintado sus borroncillos, píquenle con la lezna al desvanecido, díganle -al otro rico que lo ganó por su pico su abuelo, que vuelva la mira -atrás al que se hace tan adelante, acuérdenle lo de los pasteles al -que hoy asquea los faisanes, de su cuartana al león y á la fénix de -lo gusano. No os admiréis que huigamos de la verdad, que es traviesa -y atraviesa el corazón. Veis allí tendido un gigante de la hinchazón, -que le mató un niño y con un alfiler y hay quien dice se la vendió su -abuelo. Mas él se tiene la culpa. Que hiciera orejas de mercader. Digo, -pues, que no hagáis admiraciones de que todos corran de corridos. - -¿De qué huyen aquellos soldados? decía Andrenio. - -Porque no les digan que huyeron y que son de los de _fugerunt, -fugerunt_. - -Venía uno gritando, ¡verdad, verdad!; pero no por mi boca, menos por -mis orejas. - -Déstos toparéis muchos. Todos querrían les tratasen verdad y ellos no -tomarla en la boca. - -Ora señores, ponderaba Andrenio, que los trasgos huyan, vayan con -Berzebú, nunca acá vuelvan; ¿pero los soles? - -Sí, porque no les den en rostro con sus lunares. - -Venía por puntos reforzando la voz: - -¡Ya pare! ¡afuera!, ¡qué desbucha!, ¡á huir, príncipes, á correr, -poderosos! - -Y á este grito había hombre, que tomaba postas, no había ¡monta á -caballo! como éste. Potentado hubo, que reventó los seis caballos de -la carroza. Pero es de advertir que esto pasaba en Italia, donde se -teme más una verdad, que una bala de un basilisco otomano. Que por eso -corren tan pocas, le usan raras. - -¿De cuándo acá está preñada esta verdad, preguntó Andrenio, que yo la -tenía por decrépita y aun caduca y ahora sale con parir? - -Días ha que lo está y aun años y dicen que del tiempo. - -¿Según eso, mucho tendrá que echar á luz? - -Por lo menos cosas bien raras. - -¿Y todas serán verdades? - -Todas. - -Ahora vendrá bien aquello de noche mala y parir hija. ¿Por qué no pare -cada año y no hacer tripa de verdades? - -¡Oh, sí! ¿No hay más de desbuchar? Antes concibe en un siglo, para -parir en otro. - -¿Pues serán ya verdades rancias? - -No á fe; sino eternas. ¿No sabes tú que las verdades son de casta de -azarolas, que las podridas son las maduras y más suaves y las crudas -las coloradas? Aquéllas, que hacen saltar los colores al rostro, son -intratables, sólo las puede tragar un vizcaíno. - -Sin duda, que allá en aquellos dorados siglos debía parir esta verdad -cada día. - -Menos, porque no había que decir. No concebía; todo se estaba dicho. -Mas agora no puede hablar y revienta. Vase deteniendo, como la preñada -erizo, que cuanto más tarda, más siente las punzas de los hijuelos y -teme más el echarlos á luz. Ora, ¡qué de cosas raras tendrá guardadas -en aquellas ensenadas de su notar y advertir! Por eso decía un atento: -casar y callar. ¡Qué hermosos partos! ¡Qué de bellezas desbuchará! - -Antes sospecho yo, dijo Critilo, que han de ser horribles -monstruosidades, desaciertos increíbles, valientes desatinos, cosas al -fin sin pies ni cabeza, que, si fueran aciertos, bulleran panegíricos. - -Sean lo que fueren, decía el Adevino, ellas han de salir. Ella no -conciba. Que, si una vez se empreña, ó reventar ó parir. Que, como dijo -el mayor de los sabios ¿quién podrá detener la palabra concebida? - -¿Díme, preguntó Andrenio, nunca se ha rezumado, siquiera discurrido lo -que parirá esta verdad? ¿Será hijo ó hija? ¿Qué, mienten las comadres? -¿Qué, adulan los físicos? ¿No corre algún disparate claro de un tan -sellado secreto? - -En esto hay mucho que decir y más que callar. Luego que se tuvo por -cierto este preñado, viérades asustados los interesados, cuidadosos -los que se quemaban, que fueron casi todos los mortales. Trataron -luego de consultar los oráculos sobre el caso. Respondióles el primero -que pariría un fiero monstruo, tan aborrecible cuan feo. Considerad -ahora el mortal susto de los mortales. Acudieron á otro por consuelo -y le hallaron. Porque les respondió todo lo contrario, que pariría un -pasmo de belleza, un hijo tan lindo cuan amable. Quedaron con esto -más confusos y por sí ó por no intentaron ahogarle. Mas en vano. Que -aseguran es inmortal y sépalo todo el mundo. Dicen que la verdad es -como el río Guadiana, que aquí se hunde y acullá sale. Hoy no osa -chistar, parece que anda sepultada, y mañana resucita, un día por -rincones y al otro por corrillos y por plazas. Llegará el día del parto -y veremos este secreto, saldremos de esta suspensión. - -Y tú, que te picas de adivinarlo todo ¿qué sientes de esto? ¿Qué -rastreas? ¿No das en quién será este monstruo y este prodigio? - -Sí, dijo él, por lo menos lo que podrían ser el primero para los necios -y el segundo para los cuerdos. - -Yo diría que el primero es. - -Pero asomó en estas un raro ente, que venía, no tanto huyendo, cuanto -haciendo huir. Hacíase no sólo calle, pero plaza. Daba desaforados -gritos y decía: - -¿Á mí el loco, cuando hago tantos cuerdos? ¿Á mí el desatinado, -que hago acertar? ¿Á mí, á mí, el sin juicio, que á muchos doy -entendimiento? - -¿Quién es éste?, preguntó Critilo. - -Y respondióle: - -Ése es un ablativo absoluto, que ni rige ni es regido. Éste es el loco -del príncipe tal. - -¿Cómo es posible, replicó, que un señor tan cuerdo, llamado por -antonomasia el prudente y no el Séneca de España, como si el otro -hubiera sido de Etiopía, cómo es creíble lleve consigo un perenal? - -Y aun por eso, porque él es prudente. - -¿Pues qué pretende? - -Oir la verdad alguna vez, que ninguno otro se la dirá ni oirá de otra -boca. No os admiréis, cuando viéredes los reyes rodeados de locos y de -inocentes. Que no lo hacen sin misterio. No es por divertirle, sino por -advertirle. Que ya la verdad se oye por boca de ganso. Ora caminemos, -que no podemos estar ya muy lejos de la corte. - -Eso de corte, escusadlo, respondió un gran contrario suyo. - -¿Y por qué no? - -Porque, si no se oyó jamás verdad en corte ¿cómo habrá corte de la -verdad? ¿Cómo puede llamarse corte donde no se miente ni se finge, -donde no hay mentidero, donde no corren cada día cien mentiras como el -puño? - -¿Pues qué, preguntó Andrenio, no se puede mentir en esa corte? - -¿Cómo si es de la verdad? - -¿Ni una mentirilla ni media ni en su ocasión, que es gran socorro? - -No por cierto. - -¿Ni sustentada por tres días á la francesa, que vale mucho? - -Ni por uno. - -¿He, vaya, que por un cuarto ni por un instante ni una equivocación á -la hipócrita? - -Tampoco. - -¿Ni un disimular la verdad, que no es mentira? Pero ¿ni decir todas las -verdades? - -Ni aun eso. - -¡Válgate Dios por verdad y qué puntual que eres! Casi casi voy tratando -de huir también. ¿Qué, ni una escusa con el embestidor ni una lisonja -con el príncipe ni un cumplimiento con el cortesano? - -Nada, nada de todo eso; todo liso, todo claro. - -Ahora digo que no entro yo allá. No me atrevo á pasar por una -tan estrecha religión. ¿Yo vivir sin el desempeño ordinario? Será -imposible. Desde ahora me despido de tal corte y á fe que no seré solo. -¿No hay embustes? Pues digo que no es corte. ¿No hay engañadores ni -lisonjas ni lisonjeros ni encarecedores? Pues no habrá cortesanos. ¿No -hay caballeros sin palabra ni grandes sin obra? Pues digo que ni es -corte. ¿No hay casas á la malicia y calles á la pena? Vuelvo á decir -que no puede ser corte. Señores ¿quién vive en este París, en este -Stocolmo, quién en esta Cracovia? ¿Quién corteja á esta reina? Sola -debe andarse, como la Fénix. - -No falta quien la asista y la corteje, respondió el Acertador. - -Porque sabrás, oh Andrenio, que, cuando los mundanos echaron la Verdad -del mundo y metieron en su trono la Mentira, según refiere un amigo de -Luciano, trató el Supremo Parlamento de volverla á introducir en el -mundo, á petición de los mismos hombres, á instancias de los mundanos, -que no podían vivir sin ella. No podían averiguarse ni con criados -ni oficiales ni con las propias mujeres. Todo era mentira, enredo y -confusión. Parecía un Babel todo el mundo, sin poderse entender unos á -otros. Cuando decían sí, decían no; y cuando blanco, negro. Conque no -había cosa cierta ni segura. Todos andaban perdidos y gritando: - -¡Vuelva, vuelva la verdad! - -Era dificultosa la empresa y temíase mucho el poder salir della. Porque -no se hallaba quien quisiese ser el primero á decirla. ¿Quién dirá la -primera verdad? Ofreciéronse grandes premios al que quisiese decir -la primera y no se hallaba ninguno. No había hombre, que quisiese -comenzar. Buscáronse varios medios, discurriéronse muchos arbitrios y -no aprovechaban. Pues ella se ha de introducir, ella ha de volver á los -humanos pechos y á arraigarse en los corazones. Véase el cómo. Teníanlo -por imposible los políticos y decían: - -¿Por dónde se ha de comenzar? ¿Por Italia? Es cosa de risa. ¿Por -Francia? Es cuento. ¿Por Inglaterra? No hay que tratar. ¿Por España? -Aún, aún; pero será dificultoso. Al fin, después de muchas juntas, se -resolvió que la desliesen con mucho azúcar, para desmentir su amargura -y la echasen mucho ámbar contra la fortaleza, que de sí arrojaba. Y -deste modo dorada y azucarada en un tazón de oro, no de vidrio por -ningún caso, que se trasluciría, luego la fuesen brindando á todos -los mortales, diciendo ser una exquisita confección, una rara bebida, -venida de allá de la China y aún más lejos, más preciosa que el -chocolate ni que el chá ni que el broete, para que con eso hiciesen -vanidad de beberle. Comenzaron, pues, á mandarla á unos y á otros -por su orden. Llegaron á los príncipes los primeros, para que con su -ejemplo se animasen á pasarla los demás y se compusiese el orbe todo; -mas ellos de una legua sintieron su amargura. Que tienen muy despiertos -los sentidos: tanto huelen como oyen; y comenzaron á dar arcadas. -Alguno hubo, que por una sola gota, que pasó, comenzó luego á escupir, -que aún le dura. En probándola, decían todos: ¡Qué cosa tan amarga! - -Y respondían los otros: - -Es la Verdad. - -Pasaron con tanto á los sabios. Éstos sí decían, que toda su vida -hacen estudio de averiguarla; mas ellos tan presto como la comieron la -arrimaron, diciendo que tenían harto con la teórica, que no querían la -práctica; en especulación, no en ejecución. Hora vamos á los varones -ancianos y muchachos, que suelen hacer pasto della. Engañáronse, -porque, en sintiéndola, cerraron los labios y apretaron los dientes, -diciendo: - -Por mi boca no; por la del otro, á la de mi vecino. Convidaron á los -oficiales. Menos; antes dijeron que morirían de hambre en cuatro días, -si en la boca la tomasen, especialmente los sastres. Los mercaderes, ni -verla, que por eso tienen las tiendas á escuras y aborrecen sus cajones -la luz. Los cortesanos, ni oírla. No se halló mujer, que la quisiese -probar, y decía una: - -¡Anda allá!, que mujer sin enredo, bolsa sin dinero. - -Desta suerte fueron pasando por todos los estados y empleos y no se -halló quien quisiese arrostrar á la Verdad. Viendo esto, se resolvieron -de probar con los niños, para que tan temprano la mamasen con la -leche y se hiciesen á ella. Y fué menester buscarlos muy pequeñuelos. -Porque los grandecillos ya la conocían y la aborrecían á imitación de -sus padres. Fueron á los locos perenales, á los simples solemnes, que -todos la bebieron. Los niños, engañados con aquella primera dulzura. -Los simples, porque no dieron en la cuenta, apechugaron con el vaso -hasta agotarle. Llenaron el buche de verdades, comenzando al punto á -regoldarlas, amargue ó no amargue. Ellos la dicen, pique ó no pique; -ellos la estrellan, unos la hablan, otros la vocean. Ellos no la sepan; -que, si la saben, no dejarán de decirla. Así que los niños y los locos -son hoy los cortesanos desta reina, ellos los que la asisten y la -cortejan. - -Hallábanse ya á la entrada de una ciudad por todas partes abierta. -Veíanse sus calles esentas, anchas y muy derechas, sin vueltas, -revueltas ni encrucijadas. Y todas tenían salida. Las casas eran de -cristal con puertas abiertas y ventanas patentes. No había celosías -traidoras ni tejados encubridores. Hasta el cielo estaba muy claro y -muy sereno, sin nieves de emboscadas y todo el hemisferio muy despejado. - -¡Qué diferente región ésta, ponderaba Critilo, de todo lo restante del -mundo! - -Pero, ¡qué corta corte ésta!, decía Andrenio. - -Y el Acertador: - -Por eso defendía uno que la mayor corte hasta hoy había sido la -de Babilonia. Perdone la triunfante Roma con sus seis millones de -habitadores y Pequin en la China, en cuyo centro, puesto en alto un -hombre, no descubre sino casas, con ser tan llano su hemisferio. - -Estaban ya para entrar, cuando repararon en que muchos y gente de -autoridad, antes de meter el pie, hacían una acción bien notable y era -calafatearse muy bien las orejas con algodones. Y aun no satisfechos -con esto, se ponían ambas manos en ellas y muy apretadas. - -¿Qué significa esto?, preguntó Critilo. Sin duda que éstos no gustan -mucho de la Verdad. - -Antes no hallan otra cosa, respondió el Acertador. - -¿Pues para qué es esta diligencia? - -Hay un misterio en esto, dijo uno dellos mismos, que lo oyó. - -Y aun una gran malicia, replicó otro. - -Si es cautela, no es cautela. - -Conque se trabó entre los dos una gran altercación. - -De necios es el porfiar, decía el primero. - -Y de discretos el disputar, replicó el segundo. - -Digo que la verdad es la cosa más dulce de cuantas hay. - -Y yo digo que la más amarga. - -Los niños son amigos de lo dulce y la dicen: luego dulce es. - -Los príncipes son enemigos de lo que amarga y la escupen: luego amarga -es. Loco es el que la dice. - -Y sabio el que la oye. - -No es política tampoco; es embustera, es muy pesada. - -También es preciosa como el oro. - -Es desaliñada. - -Achaque de linda. - -Todos la maltratan. - -Ella hace bien á todos. - -Desta suerte discurrían por extremos, sin topar el medio, cuando el -Acertador se puso en él y les dijo: - -Amigos, menos voces y más razones. Distinguid textos y concordaréis -derechos. Advertid que la verdad en la boca es muy dulce; pero en el -oído es muy amarga. Para dicha no hay cosa más gustosa; pero para oída -no hay cosa más desabrida. No está el primor en decir las verdades; -sino en el escucharlas. Y así veréis que la verdad murmurada es todo -el entretenimiento de los viejos. En esto gastan días y noches, gustan -mucho de decirla; pero no que se la digan. Y en conclusión, la verdad, -por activa, es muy agradable; pero por pasiva, la quinta esencia de lo -aborrecible. Esto es, en murmuración, no en desengaño. - -Comenzaron ya á discurrir por aquellas calles, si bien no acertaba -Andrenio á dar paso y de todo temía. En viendo un niño, se ponía á -temblar, y en descubriendo un orate, desmayaba. Toparon y oyeron cosas -nunca dichas ni oídas, hombres nunca vistos ni conocidos. Aquí hallaron -el sí, sí, y el no no. Que, aunque tan viejos, nunca los habían topado. -Aquí el hombre de su palabra, que casi no le conocían. Viéndolo -estaban y no lo creían, como ni al hombre de verdad y de entereza, el -de _andemos claros, vamos con cuenta y razón_, el de la verdad por un -moro. Que todos eran personajes prodigiosos. - -Y aun por eso no los hemos encontrado en otras partes, decía Critilo, -porque están aquí juntos. - -Aquí hallaron los hombres sin artificio, las mujeres sin enredo, gente -sin tramoya. - -¿Qué hombres son éstos, decía Critilo, y de dónde han salido, tan -opuestos con los que por allá corren? No me harto de verlos, tratarlos -y conocerlos. Esto sí que es vivir, éste cielo es, que no mundo. Ya -creo agora todo cuanto me dicen sin escrúpulo alguno ni temor de -engaño; que antes no hacía mas que suspender el juicio y tomar un año -para creer las cosas. ¿Hay mayor felicidad que vivir entre hombres de -bien, de verdad de conciencia y entereza? Dios me libre de volver á los -otros, que por allá se usan. - -Pero duróle poco el contento. Porque, yéndose encaminando hacia la -plaza Mayor, donde se lograba el transparente alcázar de la Verdad -triunfante, oyeron antes de llegar allá unas descomunales voces, como -salidas de las gargantas de algún gigante, que decían: - -¡Guarda el monstruo, huye el coco! ¡Á huir todo el mundo, que ha parido -ya la Verdad el hijo feo, el odioso, el abominable! ¡Que viene, que -vuela, que llega! - -Á esta espantosa voz echaron todos á huir, sin aguardarse unos á otros, -á necio el postrero. Hasta el mismo Critilo, ¿quién tal creyera?, -llevado del vulgar escándalo, cuando no ejemplo, se metió en fuga; por -más que el Acertador le procuró detener con razones y con ruegos. - -¿Dónde vas?, le gritaba. - -Donde me llevan. - -Mira que huyes de un cielo. - -Pongamos cielo en medio. - -Quien quisiere saber qué monstruo, qué tan espantoso fuese aquel feo -hijo de una tan hermosa madre y dónde fueron á parar nuestros asustados -peregrinos, trate de seguirlos hasta la otra Crisi. - - - - -CRISI IV - -_El Mundo descifrado._ - - -Es Europa vistosa cara del mundo, grave en España, linda en Inglaterra, -gallarda en Francia, discreta en Italia, fresca en Alemania, rizada en -Suecia, apacible en Polonia, adamada en Grecia y ceñuda en Moscovia. - -Esto les decía á nuestros dos fugitivos peregrinos un otro en lo raro, -que le habían ganado, cuando perdido él á su Adevino. - -Tenéis buen gusto, les decía, nacido de un buen capricho, en andaros -viendo mundo y más en sus cortes, que son escuelas de toda discreta -gentileza. Seréis hombres tratando con los que lo son, que eso es -propiamente ver mundo. Porque advertid que va grande diferencia del -ver al mirar. Que quien no entiende no atiende. Poco importa ver -mucho con los ojos, si con el entendimiento nada. Ni vale el ver sin -el notar. Discurrió bien quien dijo que el mejor libro del mundo era -el mismo mundo, cerrado cuando más abierto, pieles estendidas. Esto -es, pergaminos escritos llamó el mayor de los sabios á estos cielos -iluminados de luces, en vez de rasgos y de estrellas por letras. -Fáciles son de entender esos brillantes caracteres, por más que algunos -los llamen dificultosos enigmas. La dificultad la hallo yo en leer -y entender lo que está de las tejas abajo. Porque, como todo ande -en cifra y los humanos corazones estén tan sellados, inescrutables, -asegúroos que el mejor letor se pierde. Y otra cosa, que, si no lleváis -bien estudiada y bien sabida la contracifra de todo, os habréis de -hallar perdidos, sin acertar á leer palabra ni conocer letra ni un -rasgo ni un tilde. - -¿Cómo es eso?, replicó Andrenio. ¿Que el mundo todo esta cifrado? - -¿Pues ahora recuerdas con eso? ¿Ahora te desayunas de una tan -importante verdad, después de haberle andado todo? ¡Qué buen concepto -habrás hecho de las cosas! - -¿De modo que todas están en cifra? - -Dígote que sí, sin exceptuar un ápice. Y para que lo entiendas, ¿quién -piensas tú que era aquel primer hijo de la Verdad, de quien todos huían -y vosotros de los primeros? - -¿Quién había de ser, respondió Andrenio, sino un monstruo tan fiero, un -trasgo tan aborrecible, que aún me dura el espanto de haberle visto? - -Pues hágote saber que era el odio, el primogénito de la Verdad. Ella le -engendra, cuando los otros le conciben, y ella le pare con dolor ajeno. - -Aguarda, dijo Critilo, y aquel otro hijo también de la Verdad tan -celebrado de lindo, que no tuvimos suerte de verle, ni tratarle, ¿quién -era? - -Ése es el postrero, el que llega tarde. Á ése os quiero yo llevar agora -para que le conozcáis y gocéis de su buen trato, discreción y respeto. - -Pero, ¡que no tuviésemos suerte de ver la Verdad, se lamentaba -Andrenio, ni aun esta vez, estando tan cerca, especialmente en su -elemento! Que dicen es muy hermosa. No me puedo consolar. - -¿Cómo qué? ¿No la viste?, replicó el Descifrador, que así dijo se -llamaba. Ése es el engaño de muchos, que nunca conocen la Verdad en sí -mismos, sino en los otros, y así verás que alcanzan lo que le está mal -al vecino, al amigo, lo que debieran hacer, y lo dicen y lo hablan; -y para sí mismos ni saben ni entienden. En llegando á sus cosas, -desatinan de modo, que en las cosas ajenas son unos linces y en las -suyas unos topos. Saben cómo vive la hija del otro y en qué pasos anda -la mujer del vecino, y de la suya propia están muy ajenos. ¿Pero no -viste alguna de tantas bellísimas hembras, que por allí discurrían? - -Sí, muchas y bien lindas. - -Pues todas ésas eran Verdades, cuanto más ancianas, más hermosas. Que -el tiempo, que todo lo desluce, á la Verdad la embellece. - -Sin duda, añadió Critilo, que aquella coronada de álamo, como reina de -los tiempos, con hojas blancas de los días y negras de las noches, ¿era -la Verdad? - -La misma. - -Yo la besé, dijo Andrenio, la una de sus blancas manos y la sentí tan -amarga, que aún me dura el sinsabor. - -Pues yo, dijo Critilo, la besé la otra al mismo tiempo y la hallé de -azúcar. Mas ¡qué linda estaba y muy de día! Todos los treinta y tres -treses de hermosura se los conté uno por uno. Ella era blanca en tres -cosas, colorada en otras tres, crecida en tres y así de los demás. Pero -entre todas estas perfecciones excedía la de la pequeña y dulce boca, -brollador de ámbar. - -Pues á mí, replicó Andrenio, me pareció toda al contrario y, aunque -pocas cosas me suelen desagradar, ésta por estremo. - -Paréceme, dijo el Descifrador, que vivís ambos muy opuestos en genio: -lo que al uno le agrada, al otro le descontenta. - -Á mí, dijo Critilo, pocas cosas me satisfacen del todo. - -Pues á mí, dijo Andrenio, pocas dejan de contentarme, porque en todas -hallo yo mucho bueno y procuro gozar dellas, tales cuales son, mientras -no se topan otras mejores. Y éste es mi vivir, al uso de los acomodados. - -Y aun necios, replicó Critilo. - -Interpúsose el Descifrador: - -Ya os dije que todo cuanto hay en el mundo pasa en cifra: el bueno, -el malo, el ignorante y el sabio. El amigo le toparéis en cifra y aun -el pariente y el hermano, hasta los padres y hijos; que las mujeres -y los maridos es cosa cierta. ¡Cuanto más los suegros y cuñados, el -dote fiado y la suegra de contado! Las más de las cosas no son las que -se leen. Ya no hay entender pan por pan, sino por tierra; ni vino por -vino, sino por agua. Que hasta los elementos están cifrados en los -elementos: ¿qué serán los hombres? Donde pensaréis que hay sustancia, -todo es circunstancia, y lo que parece más sólido, es más hueco, y toda -cosa hueca, vacía. Solas las mujeres parecen lo que son y son lo que -parecen. - -¿Cómo puede ser eso, replicó Andrenio, si todas ellas de pies á cabeza -no son otro que una mentirosa lisonja? - -Yo te lo diré. Porque las más parecen malas y realmente que lo son. -De modo que es menester ser uno muy buen letor para no leerlo todo -al revés, llevando muy manual la contracifra, para ver, si el que os -hace mucha cortesía, quiere engañaros; si el que besa la mano, querría -morderla; si el que gasta mejor prosa, os hace la copla; si el que -promete mucho, cumplirá nada; si el que ofrece ayudar, tira á descuidar -para salir él con la pretensión. La lástima es que hay malísimos -letores, que entienden C por B y fuera mejor D por C. No están al -cabo de las cifras ni las entienden, no han estudiado la materia de -intenciones, que es la más dificultosa de cuantas hay. Yo os confieso -ingenuamente que anduve muchos años tan á ciegas como vosotros, hasta -que tuve suerte de topar con este nuevo arte de descifrar, que llaman -de discurrir los entendidos. - -Pues díme, preguntó Andrenio, éstos que vamos encontrando ¿no son -hombres en todo el mundo y aquellas otras no son bestias? - -¡Qué bien lo entiendes!, le respondió en pocas palabras y mucha risa. -He, que no lees cosa á derechas. Advierte que los más, que parecen -hombres, no lo son, sino diptongos. - -¿Qué cosa es diptongo? - -Una rara mezcla. Diptongo es un hombre con voz de mujer y una mujer, -que habla como hombre. Diptongo es un marido con melindres y la mujer -con calzones. Diptongo es un niño de sesenta años y uno sin camisa, -crujiendo seda. Diptongo es un francés injerto en español, que es la -peor mezcla de cuantas hay. Diptongo hay de amo y mozo. - -¿Cómo puede ser eso? - -Bien mal. Un señor en servicio de su mismo criado. Hasta de ángel y -de demonio le hay, serafín en la cara y duende en el alma. Diptongo -hay de sol y de luna en la variedad y belleza. Diptongo toparéis de -sí y de no. Y diptongo es un monjil forrado de verde. Los más son -diptongos en el mundo. Unos compuestos de fieras y hombres, otros -de hombres y bestias, cuál de político y raposo y cuál de lobo y -avaro, de hombre y gallina. Muchos bravos de hipogrifos, muchas tías -y de lobas, las sobrinas de micos, y de hombres los pequeños, y los -agigantados de la gran bestia. Hallaréis los más vacíos de sustancia -y rebutidos de impertinencia. Que conversar con un necio no es otro -que estar toda una tarde sacando pajas de una albarda. Los indoctos -afectados son buñuelos sin miel y los podridos, bizcochos de galera. -Aquel tan tieso cuan enfadoso es diptongo de hombre y estatua: y déstos -toparéis muchos. Aquel otro, que os parece un Hércules con clava, no -es sino con rueca: que son muchos los diptongos afeminados. Los peores -son los caricompuestos de virtud y de vicio, que abrasan el mundo. -Pues no hay mayor enemigo de la verdad, que la verisimilitud, así -como los de hipócrita malicia. Veréis hombres comunes injertos en -particulares y mecánicos en nobles. Aunque veáis algunos con vellocino -de oro, advertid que son borregos y que los Cornelios son ya Tácitos -y los Lucios, Apuleyos. ¿Pero qué mucho, si aun en las mismas frutas -hay diptongos, que compraréis peras y comeréis manzanas y compraréis -manzanas y os las dirán que son peras? - -¿Qué os diré de las paréntesis? Aquellas que ni hacen ni deshacen en la -oración, hombres que ni atan ni desatan, no sirven sino de embarazar -el mundo. Hacen algunos número de cuarto Conde y quinto Duque en sus -ilustres casas, añadiendo cantidad, no calidad. Que hay paréntesis -del valor y digresiones de la fama. ¡Oh, cuántos déstos no vinieron á -propósito ni á tiempo! - -De verdad, dijo Critilo, que me va contentando este arte de descifrar y -aun digo que no se puede dar un paso sin él. - -¿Cuántas cifras habrá en el mundo?, preguntó Andrenio. - -Infinitas y muy dificultosas de conocer; mas yo prometo declararos -algunas, digo las corrientes; que todas sería imposible. La más -universal entre ellas y que ahorca medio mundo, es el etcétera. - -Ya la he oído usar algunas veces, dijo Andrenio; pero nunca había -reparado como ahora ni me daba por entendido. - -¡Oh, que dice mucho y se explica poco! No habéis visto estar hablando -dos y pasar otro: - -¿Quién es aquél? - -¿Quién? Fulano. - -No lo entiendo. - -¡Oh, válgame Dios!, dice el otro: aquel que..., etcétera. - -¡Oh, sí, sí, ya lo entiendo! - -Pues eso es el etcétera. - -¿Aquella otra quién es? - -¿Qué, no la conocéis? - -Aquella es la que..., etcétera. - -Sí, sí, ya doy en la cuenta. - -Aquel es, cuya hermana..., etcétera. - -No digáis más, que ya estoy al cabo. - -Pues eso es el etcétera. Enfádase uno con otro y dícele: - -Quite allá, que es un..., etcétera. Váyase para una..., etcétera. - -Entiéndense mil cosas con ella y todas notables. Reparad en aquel -monstruo casado con aquel ángel. ¿Pensaréis que es su marido? - -¿Pues qué había de ser? - -¡Oh qué lindo! Sabed que no lo es. - -¿Pues qué? - -No se puede decir: es un..., etcétera. - -¡Válgate por la cifra y quién había de dar con ella! - -Aquella otra, que se nombra tía, no lo es. - -¿Pues qué? - -Etcétera. - -La otra por doncella, el primo de la prima, el amigo del marido. - -Hé, que no lo son, por ningún caso; no son sino..., etcétera. - -El sobrino del tío. - -Que no lo es, sino..., etcétera. Digo sobrino de su hermano. - -Hay cien cosas á esta traza, que no se pueden explicar de otra manera -y así echamos un etcétera, cuando queremos que nos entiendan sin -acabarnos de declarar. Y os aseguro que siempre dice mucho más de lo -que se pudiera expresar. Hombre hay que habla siempre por etcétera y -que llena una carta dellas; pero, si no van preñadas, son sencillas -y otras tantas necedades. Por eso conocí yo uno, que le llamaron _el -licenciado de etcétera_, así como á otro _el licenciado del chiste_. -Reparad bien que os prometo que casi todo el mundo es un etcétera. - -Gran cifra es ésta, decía Andrenio, abreviatura de todo lo malo y -lo peor. Dios nos libre de ella y de que caiga sobre nosotros. ¡Qué -preñada y qué llena de alusiones! ¡Qué de historias que toca y todas -raras! Yo la repasaré muy bien. - -Pues pasemos adelante, dijo el Descifrador. - -Otra os quiero enseñar, que es más dificultosa y, por no ser tan -universal, no es tan común; pero muy importante. - -¿Y cómo la llaman? - -Cutildeque. Es menester gran sutileza para entenderla, porque incluye -muchas y muy enfadosas impertinencias y se descifra por ella la necia -afectación. ¿No oís aquel que habla con eco, escuchándose las palabras -con pocas razones? - -Sí y aun parece hombre discreto. - -Pues no lo es; sino un afectado, un presumido y, en una palabra, él es -un Cutildeque. Notad aquel otro, que se compone y hace los graves y -los tiesos; aquel otro que afecta misterios y habla por sacramentos; -aquel que va vendiendo secretos. Parecen grandes hombres. Pues no lo -son; sino que lo querrían parecer. No son sino figuras en cifra de -Cutildeque. Reparad en aquel atufadillo, que se va paseando la mano por -el pecho y diciendo: - -¡Qué gran hombre se cría aquí, qué prelado, qué presidente! - -Pues aquel otro, que no le pesa haber nacido, también es Cutildeque. -El atildado estase dicho, el mirlado, el abemolado y que habla con la -voz flautada, con tonillo de falsete, el ceremonioso, el espetado, el -acartonado y otros muchos de la categoría del enfado, todos éstos se -descifran por la Cutildeque. - -¡Qué docto se quiere ostentar aquél, dijo Andrenio! ¡Qué bien vende lo -que sabe! - -Señal que es ciencia comprada y no inventada y advierte que no es -letrado; más tiene de Cutildeque, que de otras letras. Todos estos -atildados afectan parecer algo y al cabo son nada. Y si acertáis -á descifrarlos, hallaréis que no son otro que figuras en cifra de -Cutildeque. - -¡Aguarda!, y aquellos otros, dijo Andrenio, tan alzados y dispuestos, -que parece los puso en zancos la misma naturaleza ó que su estrella los -aventajó á los demás y así los miran por encima del hombro y dicen: -¡ah de abajo!, ¿quién anda por esos suelos? Éstos sí, que serán muy -hombres, pues hay tres y cuatro de los otros en cada uno dellos. - -¡Oh, qué mal que lees!, le dijo el Descifrador. Advierte que lo que -menos tienen es de hombres. Nunca verás que los muy alzados sean -realzados y, aunque crecieron tanto, no llegaron á ser personas. Lo -cierto es que no son letras ni hay que saber en ellos, según aquel -refrán: hombre largo, pocas veces sabio. - -¿Pues de qué sirven en el mundo? - -¿De qué? De embarazar. Éstos son una cierta cifra, que llaman zancón -y es decir que no se ha de medir uno por las zancas; no por cierto, -sino por la testa, que de ordinario lo que echó en éstos la naturaleza -en gambas, les quitó de cerbelo; lo que les sobra de cuerpo, les hace -falta de alma. Levantan los desproporcionados tercios el cuerpo, mas -no el espíritu. Quédaseles del cuello abajo. No pasa tan arriba y así -veréis que por maravilla les llega á la boca y se les conoce en la -poca sustancia, con que hablan. Mira qué trancos da aquel zancón, que -por allí pasa las calles y plazas, anexia, y con todo eso anda mucho y -discurre poco. - -¡Oh, lo que abarca aquel otro de suelo!, ponderaba Andrenio. - -Sí; pero cuán poquito de cielo y, aunque tan alto, muy lejos está de -tocar con la coronilla en las estrellas. Destos tales zancones toparéis -muchos en el mundo, tendréislos en lo que son, llevando la contracifra. -Por otra parte veréis que se paga mucho el vulgo de ellos y más cuanto -más corpulentos. Creyendo que consiste en la gordura la sustancia, -miden la calidad por la cantidad y, como los ven hombres de fachada, -conciben dellos altamente. Llena mucho una gentil presencia. Por poco -que favorezca el espíritu, parece uno doblado y más, si es hombre de -puesto. Pero ya digo, por lo común, ellos, bien descifrados, no son -otros que zancones. - -Según eso, dijo Andrenio, aquellos otros sus antípodas, aquellos -pequeños y por otro nombre ruincillos, que por maravilla escapan de -ahí, aquellos, que hacen del hombre, porque no lo son siquiera por -parecerlo, semilla de títeres, moviéndose todos, que ni paran ni dejan -parar, amasados con azogue, que todos se mueven, hechos de goznes, -gente de polvorín, picantes granos, aquel que se estira, porque no le -cabe el alma en la vaina, el otro gravecillo, que afecta el ser persona -y nunca sale de personilla, con poco se llena, chimenea baja y angosta, -toda es humos: ¿todos éstos sí, que serán letras? - -De ningún modo: digo que no lo son. - -¿Pues qué? - -Añadiduras de letras, puntillos de íes y tildes de eñes. Por eso es -menester guardarles los aires, que siempre andan en puntillos y de -puntillas. Ni hay mucho que fiar ni que confiar de personeta ni de sus -otros consonantes. Son chiquitos y poquitos y menuditos. Y así dice el -catalán: - -_Poca cosa, para forsa._ - -Yo conocí un gran ministro, que jamás quiso hablar con ningún hombre -muy pequeño ni les escuchaba. Llevan el alma en pena. Si andan, no -tocan en tierra, porque van de puntillas, y, si se sientan, ni tocan -ni en cielo ni en tierra. Tienen reconcentrada la malicia y así tienen -malas entrañuelas. Son de casta de sabandijas pequeñas, que todas -pican, que matan. Al fin ellos son abreviaturas de hombres y cifra de -personillas. - -Otra cifra me olvidaba, que os importará mucho el conocerla, la más -platicada y la menos sabida. Entiéndense mil cosas en ella y todas -muy al contrario de lo que pintan y por eso se han de leer al revés. -¿No veis aquél del cuello torcido? ¿Pensaréis que tiene muy recta la -intención? - -Claro es eso, respondió Andrenio. - -¿Creeréis que es un beato? - -Y con razón. - -Pues sabed que no lo es. - -¿Pues qué? - -Un _Alterutrum_. - -¿Qué cosa es _Alterutrum_? - -Una gran cifra, que abrevia el mundo entero y todo muy al contrario de -lo que parece. Aquel de las grandes melenas ¿bien pensaréis que es un -león? - -Yo por tal le tengo. - -En lo rapante ya podría; pero aténgome más á las plumas de gallina que -tremola, que á las guedejas que ondea. Aquel otro de la barba ancha y -autorizada ¿creerás tú que tiene de mente lo que de mento? - -Téngole por un Bártulo moderno. - -Pues no es sino un _Alterutrum_, un semicapro lego, de quien decía un -mecánico: - -Pruébeme el señor licenciado que es letrado, que al punto sacaré de la -vecindad mi herrería. - -¡Qué brava hazañería hace aquel otro de ministro! - -Y cuando más celoso del servicio real, entonces hace el suyo de plata. -Que no es sino un _Alterutrum_, que de achaque de gorrón de Salamanca, -come hoy lo que entonces ayunó: los veinte mil de renta, cuando se -están comiendo de sarna los mayores soldados y los primogénitos de la -fama la delinean. Prométoos que está lleno el mundo de _Alterutrunes_, -muy otros de lo que se muestran. Que todo pasa en representación, para -unos comedia, cuando para otros tragedia. El que parece sabio, el que -valiente, el entendido, el celoso, el beato, el cauto más que casto, -todos pasan en cifra de _Alterutrum_. Observadle bien, que si no, á -cada paso tropezaréis en ella. Estudiad la contracifra de suerte, que -no á todo vestido de sayal tengáis por monje ni el otro, porque roce -seda, dejará de ser mico. Toparéis brutos en doradas salas y bestias, -que volvieron de Roma borregos felpados de oro. Al oficial veréis en -cifra de caballero; al caballero, de título; al título, de grande; al -grande, en la de príncipe. Cubre hoy el pecho con la espada roja el -que ayer con el mandil. Lleva el nieto la insignia verde y llevó el -abuelo el babador amarillo. Jura éste á fe de caballero y pudiera de -gentil. Cuando oigáis á uno prometerlo todo, entended _Alterutrum_, -que dará nada; y cuando responda el otro á vuestra súplica un _sí, -sí_ duplicado, creed _Alterutrum_: que dos afirmaciones niegan, así -como dos negaciones afirman. Esperad más de un _no, no_, que de un -doblado _sí, sí_. Cuando al pagar dice el médico _no, no_, habla en -cifra y toma en realidad. Cuando os dijere el otro: _Señor, veámonos_, -es decir que no os le pongáis delante; el _yo iré á vuestra casa_ -es lo mismo que no pondrá los pies en ella; _aquí está mi casa_ -es atrancar las puertas. Y cuando el otro dice: ¿_habéis menester -algo_?, bien descifrado es lo mismo que decir: _pues idlo á buscar_. Y -cuando dice: _mirad si se os ofrece alguna cosa_, entonces echa otro -ñudo á la bolsa. Á esta traza habéis de descifrar los más apretados -cumplimientos: _todo soy vuestro_ entended que es muy suyo; ¡_oh lo -que me alegro de veros_! y más de aquí á veinte años; _mandadme algo_ -entended que en testamento. Créeselo todo el otro necio y, en llegando -la contracifra de la ocasión, se halla engañado. - -Otras muchas hay, que llaman de arte mayor: ésas son muy dificultosas, -quedarán para otra ocasión. - -Ésas, replicó Critilo, que á todo había callado, me holgara yo saber -en primer lugar. Porque estas otras, que nos has dicho, los niños las -aprenden en la cartilla. - -Ahí verás, dijo el Descifrador, que, aun comenzando tan temprano á -estudiarlas, tarde llegan á entenderlas. Á los niños los destetan con -ellas y los hombres las ignoran. Estudiad por agora éstas y platicad -las contracifras, que estas otras yo os ofrezco explicároslas en el -arte de discurrir, para que haga pareja con la de concebir. - -Desta suerte divertidos, se hallaron sin advertir en medio de una -gran plaza, emporio célebre de la apariencia y teatro espacioso de la -ostentación, del hacer parecer las cosas, muy frecuentado en esta -era, para ver las humanas tropelías y las tramoyas tan introducidas. -Hoy vieron á la una y otra hacer á varias oficinas, aunque tenidas por -mecánicas, nada vulgares, y más para los entendidos y entendedores. -En una estaban dorando cosas varias, yerros de necedades, con tal -sutileza, que pasaban plaza de aciertos. Doraban albardas, estatuas, -terrones, guijarros y maderos, hasta muladares y albañales. Parecían -muy bien de luego; pero con el tiempo caíaseles el oro y descubríase el -lodo. - -Basta, dijo Critilo, que no es todo oro lo que reluce. - -Aquí sí, respondió el Descifrador, que hay que discurrir y bien que -descifrar. Creedme que, por más que se quieran dorar los desaciertos, -ellos son yerros y lo parecerán después. ¡Querernos persuadir que el -matar un príncipe y por su mano, horrible hazaña á sus nobilísimos -cuñados, por solas vanas sospechas, entristeciendo todo el reino, que -fué celo de justicia! Díganle al que tal escribe que es querer dorar -un yerro. ¡Defender que el otro rey no fué cruel ni se ha de llamar -así, sino el justiciero! Díganle al que tal estampa que tiene pequeña -mano para tapar la boca á todo el mundo. ¡Decir que el perseguir los -propios hijos y hacerles guerra, encarcelarlos y quitarles la vida -que fué obligación y no pasión! Respóndaseles que, por más que los -quieran dorar con capa de justicia, siempre serán yerros. ¡Publicar -que el dejamiento y remisión, que ocasionó más muertes de grandes y de -señores, que la misma crueldad, que eso nació de bondad y de clemencia! -Díganle al que eso escribe que es querer dorar un yerro. Pero poco -importa, que el tiempo deslucirá el oro y sobresaldrá el yerro y -triunfará la verdad. - -Confitaban en otra varias frutas ásperas, acedas y desabridas, -procurando con el artificio desmentir lo insulso y lo amargo. -Sacáronles una gran fuente destos dulces, que no sólo no recusaron; -pero la lograron, diciendo era debido á su vejez. Cebóse en ellos -Andrenio, celebrándolos mucho; mas el Descifrador tomando uno en la -mano: - -¿Veis, dijo, qué bocado tan regalado éste? ¡Pues, si supiésedes lo que -es! - -¿Qué ha de ser, dijo Andrenio, sino un terrón de azúcar de Gandía? - -Pues sabed que fué un pedazo de una insulsa calabaza, sin el picante -moral y sin el agrio satírico. Este otro, que cruje entre los dientes, -era un troncho de lechuga. Mirad lo que puede el artificio y qué -de hombres sin sabor y sin saber se disfrazan desta suerte y tan -celebrados por grandes hombres. Confitan su agria condición y su -aspereza á los principios. Azucaran otros el no y el mal despacho, -enviando al pretendiente, si no despachado, no despechado. - -Ésta otra era una naranja palaciega, tan amarga en la corteza, -como agria en lo interior. Atended qué dulce se vende con el buen -modo. ¡Quién tal creyera! Éstas eran guindas intratables y hanlas -conficionado de suerte, que son regalo. Ésta era flor de azar, que ya -hasta los azares se confitan y son golosina. Y hay hombres tan hallados -con ellos, como Mitridates con el veneno. Aquel tan apetitoso era un -pepino, escándalo de la salud, y aquel otro, un almendruco. Que hay -gustos, que se ceban en un poco de madera. De modo, que andan unos á -cifrar y otros á descifrar y dar á entender. - -Junto á éstos estaban los tintoreros, dando raros colores á los hechos. -Usaban de diferentes tintas para teñir del color que querían los -sucesos y así daban muy bien color á lo más malhecho y echaban á la -buena parte lo maldicho, haciendo pasar negro por blanco y malo por -bueno. Historiadores de pincel, no de pluma, dando buena ó mala cara á -todo lo que querían. - -Trabajaban los contraolores, dándole bueno al mismo cieno y -desmintiendo la hediondez de sus costumbres y el mal aliento de la -boca con el almizcle y el ámbar. Solos á los sogueros celebró mucho el -Descifrador, por andar al revés de todos. - -En llegando aquí se sintieron tirar del oído y aun arrebatarles la -atención. Miraron á un lado y á otro y vieron sobre un vulgar teatro -un valiente _decitore_, rodeado de una gran muela de gente, y ellos -eran los molidos. Teníalos en son de presos aherrojados de las orejas, -no con las cadenillas de oro del Tebano, sino con bridas de hierro. -Éste, pues, con valiente parola, que importa el saberla bornear, estaba -vendiendo maravillas. - -Agora quiero mostraros, les decía, un alado prodigio, un portento del -entender. Huélgome de tratar con personas entendidas, con hombres que -lo son. Pero también sé decir que el que no tuviere un prodigioso -entendimiento, bien puede despedirse desde luego, que no hará concepto -de cosas tan altas y sutiles. Alerta, pues, mis entendidos, que sale -una águila de Júpiter, que habla y discurre como tal, que se ríe á -lo Zoilo y pica á lo Aristarco. No dirá palabra, que no encierre un -misterio, que no contenga un concepto, con cien alusiones á cien cosas. -Todo cuanto dirá serán profundidades y sentencias. - -Éste, dijo Critilo, sin duda será algún rico, algún poderoso. Que, si -él fuera pobre, nada valiera cuanto dijera. Que se canta bien con voz -de plata y se habla mejor con pico de oro. - -Ea, decía el Charlatán, tómense la honra los que no fueren águilas en -el entender, que no tienen que atender. ¿Qué es esto? ¿Ninguno se va? -¿Nadie se mueve? - -El caso fué que ninguno se dió por entendido, de desentendido; antes -todos por muy entendedores. Todos mostraron estimarse mucho y concebir -altamente de sí. Comenzó ya á tirar de una grosera brida y asomó el -Mus, estallido de los brutos, que aun el nombrarle ofende. - -He aquí, exclamó el Embustero, una águila á todas luces en el pensar, -en el discurrir, y ninguno se atreva á decir lo contrario, que sería no -darse por discreto. - -Sí, juro á tal, dijo uno, que yo le veo las alas, ¡y qué altaneras!; -yo le cuento las plumas, ¡y qué sutiles que son! ¿No las veis vos?, le -decía al del lado. - -¿Pues no?, respondía él, y muy bien. - -Mas otro hombre de verdad y de juicio decía: - -Juro, como hombre de bien, que yo no veo que sea águila ni que tenga -plumas; sino cuatro pies zompos y una cola muy reverenda. - -¡Ta, ta!, no digáis eso, le replicó un amigo, que os echáis á perder, -que os tendrán por un gran... etc. ¿No advertís lo que los otros dicen -y hacen? Pues seguid el corriente. - -Juro á tal, proseguía otro varón también de entereza, que no sólo no es -águila, sino antípoda de ella. Digo que es un grande... etc. - -Calla, calla, le dió del codo otro amigo, ¿queréis que todos se rían -de vos? No habéis de decir sino que es águila, aunque sintáis todo lo -contrario, que así hacemos nosotros. - -¿No notáis, gritaba el Charlatán, las sutilezas que dice? No tendrá -ingenio quien no las note y observe. - -Y al punto saltó un bachiller, diciendo: - -¡Qué bien! ¡Qué gran pensar! ¡La primera cosa del mundo! ¡Oh qué -sentencia! Déjenmela escribir. Lástima es que se les pierda un ápice. - -Disparó en esto la portentosa bestia aquel su desapacible canto, -bastante á confundir un concejo, con tal torrente de necedades, que -quedaron todos aturdidos, mirándose unos á otros. - -¡Aquí, aquí!, mis entendidos, acudió al punto el ridículo Embustero, -¡aquí de puntillas! ¡Esto sí que es decir! ¿Hay Apolo como éste? ¿Qué -os ha parecido de la delgadeza en el pensar, de la elocuencia en el -decir? ¿Hay más discreción en el mundo? - -Mirábanse los circunstantes y ninguno osaba chistar ni manifestar lo -que sentía y lo que de verdad era, porque no le tuviesen por un necio; -antes todos comenzaron á una voz á celebrarle y aplaudirle. - -Á mí, decía una muy ridícula bachillera, aquel su pico me arrebata: no -le perderé día. - -Voto á tal, decía un cuerdo así bajito, que es un asno en todo el -mundo; pero yo me guardaré muy bien de decirlo. - -¡Pardiez, decía otro, que aquello no es razonar, sino rebuznar; pero, -mal año para quien tal dijese! Esto corre por ahora. El topo pasa por -lince, la rana por canario, la gallina pasa plaza de león, el grillo -de jilguero, el jumento de aguilucho. ¿Qué me va á mí en lo contrario? -Sienta yo conmigo y hable yo con todos y vivamos, que es lo que importa. - -Estaba apurado Critilo de ver semejante vulgaridad de unos y artificio -de otros. - -¡Hay tal dar en una necedad!, ponderaba. - -Y el socarrón del Embustero, á sombra de su nariz de buen tamaño, se -estaba riendo de todos y solemnizaba á parte, como paso de comedia: - -¡Cómo que te los engaño á todos éstos! ¿Qué más hiciera la -encandiladora? Y les hago tragar cien disparates. - -Y volvía á gritar: - -Ninguno diga que no es así, que sería calificarse de necio. - -Con esto se iba reforzando más el mecánico aplauso y hacía lo que todos -Andrenio; pero Critilo, no pudiéndolo sufrir, estaba que reventaba y, -volviéndose á su mudo Descifrador, le dijo: - -¿Hasta cuándo éste ha de abusar de nuestra paciencia? ¿Y hasta cuándo -tú has de callar? ¿Qué desvergonzada vulgaridad es ésta? - -He, ten espera, le respondió, hasta que el tiempo lo diga: él volverá -por la verdad, como suele. Aguarda que este monstruo vuelva la grupa y -entonces oirás lo que abominarán dél estos mismos, que le admiran. - -Sucedió puntualmente que al retirarse el Embustero, aquel su diptongo -de águila y bestia, tan mentida aquélla, cuan cierta ésta, al mismo -instante comenzaron unos y otros á hablar claro: - -Juro, decía uno, que no era ingenio; sino un bruto. - -¡Qué brava necedad la nuestra!, dijo otro. - -Conque se fueron animando todos y decían: - -¡Hay tal embuste! De verdad que no le oímos decir cosa, que valiese, -y le aplaudimos. Al fin, él era un jumento y nosotros merecemos la -albarda. - -Mas ya en esto volvía á salir el Charlatán, prometiendo otro mayor -portento: - -Agora sí, decía, que os propongo no menos, que un famoso gigante, -un prodigio de la fama: fueron sombra con él Encélado y Tifeo. Pero -también digo que el que le aclamare gigante será de buenaventura, -porque le hará grandes honras y amontonará sobre él riquezas, los mil -y los diez mil de renta, la dignidad, el cargo, el empleo; mas el que -no le reconociere jayán, desdichado dél: no sólo no alcanzará merced -alguna; pero le alcanzarán rayos y castigos. ¡Alerta todo el mundo!, -que sale, que se ostenta, ¡oh, cómo se descuella! - -Corrió una cortina y apareció un hombrecillo, que aun encima de una -grulla no se divisara. Era como del codo á la mano, un nonada, pigmeo -en todo, en el ser y en el proceder. - -¿Qué hacéis, que no gritáis? ¿Cómo no le aplaudís? Vocead, oradores; -cantad, poetas; escribid, ingenios; decid todos: _¡el famoso, el -eminente, el gran hombre!_ - -Estaban todos atónitos y preguntábanse con los ojos: - -¿Señores, qué tiene éste de gigante? ¿Qué le veis de héroe? - -Mas ya la runfla de los lisonjeros comenzó á voz en grito á decir: - -¡Sí, sí, el gigante, el gigante, el primer hombre del mundo! ¡Qué gran -príncipe tal! ¡Qué bravo mariscal aquél! ¡Qué gran ministro fulano! - -Llovieron al punto doblones sobre ellos. Componían los autores, no ya -historias, sino panegíricos, hasta el mismo Pedro Mateo. Comíanse los -poetas las uñas para hacer pico. No había hombre, que se atreviese á -decir lo contrario; antes todos, al que más podía, gritaban: - -¡El gigante, el máximo, el mayor!, esperando cada uno un oficio y un -beneficio y decían en secreto allá en sus interioridades: - -¡Qué bravamente que miento! Que no es crecido, sino un enano. ¿Pero qué -he de hacer? Mas no, sino andaos á decir lo que sentís y medraréis. -Deste modo visto yo y como y bebo y campo y me hago gran hombre, mas -que sea él lo que quisiere. Y aunque pese á todo el mundo, él ha de ser -gigante. - -Trató Andrenio de seguir el corriente y comenzó á gritar: - -¡El gigante, el gigante, el gigantazo! - -Y al punto granizaron sobre él dones y doblones y decía: - -¡Esto sí que es saber vivir! - -Estaba deshaciéndose Critilo y decía: - -Yo reventaré, si no hablo. - -No hagas tal, le dijo el Descifrador, que te pierdes. Aguarda á que -vuelva las espaldas el tal gigante y verás lo que pasa. - -Así fué, que al mismo punto, que acabó de hacer su papel de gigante y -se retiró al vestuario de las mortajas, comenzaron todos á decir: - -¡Qué bobería la nuestra! He, que no era gigante, sino un pigmeo, que ni -fué cosa ni valió nada. - -Y dábanse el cómo unos á otros. - -¡Qué cosa es, dijo Critilo, hablar de uno en vida ó después de muerto! -¡Qué diferente lenguaje es el de las ausencias! ¡Qué gran distancia hay -del estar sobre las cabezas ó bajo los pies! - -No pararon aquí los embustes del Sinón moderno; antes echando por la -contraria, sacaba hombres eminentes, gigantes verdaderos, y los vendía -por enanos y que no valían cosa, que eran nada y menos que nada. Y -todos daban en que sí y habían de pasar por tales, sin que osasen -chistar los hombres de juicio y de censura. Sacó la fénix y dió en -decir que era un escarabajo. Y todos que sí, que lo era, y hubo de -pasar por tal. Pero donde se acabó de apurar Critilo fué cuando le vió -sacar un grande espejo y decir con desvergonzado despejo: - -Veis aquí el cristal de las maravillas. ¿Qué tenía que ver con -éste el del Faro? Si ya no es el mismo, pues hay tradición que sí y -lo atestiguó el célebre don Juan de Espina, que le compró en diez -mil ducados y le metió al lado del ayunque de Vulcano. Aquí os le -pongo delante, no tanto para fiscal de vuestras fealdades, cuanto -para espectáculo de maravillas. Pero es de advertir que el que fuere -villano, malnacido, de mala raza, hombre vil, hijo de ruin madre, el -que tuviere alguna mancha en su sangre, el que le hiciere feeza su -esposa bella, que las más lindas suelen salir con tales fealdades, -aunque él no lo supiera, pues basta que todos le miren como al toro, -ni los simples ni los necios no tienen que llegarse á mirar, porque no -verán cosa. ¡Alto!, que le descubro, que le careo. ¿Quién mira? ¿Quién -ve? - -Comenzaron unos y otros á mirar y todos á remirar y ninguno veía cosa. -Mas, ¡oh, fuerza del embuste!, ¡oh, tiranía del artificio! Por no -desacreditarse cada uno, porque no le tuviesen por villano malnacido, -hijo de... etc., ó tonto, ó mentecato, comenzaron á decir mil necedades -de marca: - -Yo veo, yo veo, decía uno. - -¿Qué ves? - -La misma fénix con sus plumas de oro y su pico de perlas. - -Yo veo, decía otro, resplandecer el carbunclo en una noche de Diciembre. - -Yo oigo, decía otro, cantar el cisne. - -Yo, dijo un filósofo, la armonía de los cielos al moverse. - -Y se lo creyeron algunos simples. Hombre hubo, que dijo veía el mismo -Ente de razón tan claro, que le podía tocar con las manos. - -Yo veo el punto fijo de la longitud del orbe. - -Yo, las partes proporcionales. - -Y yo las indivisibles, dijo un secuaz de Zenón. - -Pues yo, la cuadratura del círculo. - -Más veo yo, gritaba otro. - -¿Qué cosa? - -¿Qué cosa? El alma en la palma. Por señas, que es sencillísima. - -Nada es todo eso, cuando yo estoy viendo un hombre de bien en este -siglo, quien hable verdad, quien tenga conciencia, quien obre con -entereza, quien mire más por el bien público, que por el privado. - -Á esta traza decían cien imposibles. Y con que todos sabían que -no sabían y creían que no veían ni decían verdad, ninguno osaba -declararse, por no ser el primero á romper el yelo. Todos agraviaban la -verdad y ayudaban al triunfo de la mentira. - -¿Para cuándo aguardas tú, le dijo Critilo á su Descifrador, esa tu -habilidad, si aquí no la sacas? Ea, acaba ya de descifrarnos este -embeleco al uso. Dínos, por tu vida, ¿quién es este insigne embustero? - -Éste es..., le respondió; mas al pronunciar esta sola palabra, al -mismo punto que le vió mover los labios el famoso Tropelista, que -en todo aquel rato no había apartado los ojos dél, temiendo se les -descifrase sus embustes y diese con todo su artificio al traste, -comenzó á echar por la boca espeso humo, habiendo antes engullido -grosera estopa, y vomitó tanto, que llenó todo aquel claro hemisferio -de confusión. Y cual suele la jibia, notable pececillo, cuando se ve -á riesgo de ser pescado, arrojar gran cantidad de tinta, que tiene -recogida en sus senillos y muy guardada para su ocasión, con que -enturbia las aguas y escurece los cristales y escapa del peligro, así -éste comenzó á esparcir tinta de fabulosos escritores, de historiadores -manifiestamente mentirosos. Tanto, que hubo un autor francés entre -éstos, que se atrevió á negar la prisión del rey Francisco en Pavía. Y -diciéndole ¿cómo escribía una tan desvergonzada mentira?, respondió: - -He, que de aquí á docientos años, tan creído seré yo, como ellos. Por -lo menos causaré razón de dudar y pondré la verdad en disputa. Que -desta suerte se confunden las materias. - -No paraba de arrojar tinta de mentiras y fealdades, espeso humo de -confusión, llenándolo todo de opiniones y pareceres, con que todos -perdieron el tino y sin saber á quién seguir ni quién era el que decía -la verdad, sin hallar á quién arrimarse con seguridad, echó cada uno -por su vereda de opinar y quedó el mundo bullendo de sofisterías y -caprichos. Pero el que quisiere saber quién fuese este embustero -político, prosiga en leer la Crisi siguiente. - - - - -CRISI V - -_El palacio sin puertas._ - - -Varias y grandes son las monstruosidades, que se van descubriendo de -nuevo cada día en la arriesgada peregrinación de la vida humana. - -Entre todas la más portentosa es el estar el Engaño en la entrada del -mundo y el Desengaño á la salida. Inconveniente tan perjudicial, que -basta á echar á perder todo el vivir. - -Porque, si son fatales los yerros en los principios de las empresas, -por ir creciendo siempre y aumentándose cuanto más va hasta llegar -en el fin á un exorbitante exceso de perdición, errar, pues, los -principios de la vida ¿qué será si no un irse despeñando con mayor -precipitación de cada día, hasta venir á dar al cabo en un irremediable -abismo de perdición y desdicha? ¿Quién tal dispuso y desta suerte? -¿Quién así lo ordenó? Ahora me confirmo en que todo el mundo anda al -revés y todo cuanto hay en él es á la trocada. - -El Desengaño, para bien ir, había de estar en la misma entrada del -mundo, en el umbral de la vida, para que al mismo punto, que el hombre -metiera el pie en ella, se le pusiera al lado y le guiara, librándole -de tanto lazo y peligro, como le está armado. Fuera un ayo puntual, que -siempre le asistiera, sin perderle ni un solo instante de vista. Fuera -el numen vial, que le encaminara por las sendas de la Virtud al centro -de su felicidad destinada. Pero como, al contrario, topa luego con el -Engaño, el primero que le informa de todo al revés, hácele desatinar -y le conduce por el camino de la mano izquierda al paradero de su -perdición. - -Así se lamentaba Critilo, mirando á una y otra parte en busca de -su Descifrador, que en aquella confusión universal de humo y de -ignorancia, le habían perdido. Mas fuese su suerte que otro, que -les estaba oyendo y percibió los estremos de su sentimiento, se fué -llegando á ellos y les dijo: - -Razón tenéis de quejaros del desconcierto del mundo. Mas no habéis de -preguntar quién así lo ordenó, sino quién lo ha desordenado; no quién -lo ha dispuesto, sino quién lo ha descompuesto. Porque habéis de saber -que el artífice supremo muy al contrario lo trazó de como hoy está, -pues colocó el Desengaño en el mismo umbral del mundo y echó el Engaño -acullá lejos, donde nunca fuera visto ni oído, donde jamás los hombres -le encontraran. - -¿Pues quién los ha barajado deste modo? ¿Quién fué aquel tan atrevido -hijo de Jafet, que así los ha trastrocado? - -¿Quién? Los mismos hombres, que no han dejado cosa en su lugar, todo -lo han revuelto de alto á bajo con el desconcierto que hoy le vemos -y lamentamos. Digo, pues, que estaba el bueno del Desengaño en la -primera grada de la vida, en el zaguán desta casa común del orbe, con -tal atención, que en entrando alguno, al punto se le ponía al lado y -comenzaba á hablarle claro y desengañarle: - -Mira, le decía, que no naciste para el mundo; sino para el cielo. -Los halagos de los vicios matan y los rigores de las virtudes dan -vida. No te fíes en la mocedad, que es de vidrio. No tienes de qué -desvanecerte, le decía al presumido, por tus presentes; vuelve los ojos -á tus pasados, reconócelos bien á ellos, para que no te desconozcas á -ti. Advierte, le decía al tahur, que pierdes tres cosas, el precioso -tiempo, la hacienda y la conciencia. Avisábala de su fealdad á la -resabida y de su necesidad á la bella; á los varones de prendas, de su -corta ventura, y á los venturosos, de sus pocos méritos; al sabio, de -su desestimación y de su incapacidad al poderoso. Al pavón le acordaba -el potro de sus pies, y al mismo sol sus eclipses. Á unos su principio, -á otros su paradero. Á los empinados su caída y á los caídos su -merecido. - -Andábase de unos en otros estrellando verdades. Decíale al viejo que -tenía todos los sentidos consentidos y al mozo que sin sentir; al -español que no fuese tan tardo y al francés que no se moviese tan de -ligero; al villano que no fuese malicioso y al cortesano, adulador. No -se ahorraba con ninguno. Pues, aunque fuera un gran señor, le avisaba -que no le caía bien el _vos_ con todos, que podría tal vez descuidarse -con su príncipe y hablarle del mismo modo ó tan sin él. Y á otro, que -siempre estaba de chanza, le advirtió que podría ser le llamasen el -Duque de Bernardina. - -Traía el espejo cristalino del propio conocimiento muy á mano y -plantábasele delante á todos. No gustaba desto el malcarado y menos el -mascarado ni el tuerto ni el boquituerto, el cano, el calvo. Decíale á -uno que le bobeaba el gesto y al otro que tenía ruin fachada. Las feas -le hacían malísima cara y las viejas le paraban arrugado ceño. - -Hízose con esto malquisto en cuatro días y á cuatro verdades tan -aborrecible, que no le podían ver. Comenzaron á darle de mano y aun del -pie. Buenos porrazos asentó él de verdades; pero también se llevó malos -empellones de enfados. Éste le arrojaba á aquél y aquél al otro de más -allá, hasta venir á dar con él en la vejez, acullá en el remate de la -vida. Y si pudieran más lejos, aun allí no le dejaran parar. - -Al contrario, lisonjeados grandemente del Engaño, aquel plausible -hechicero, comenzaron á tirar dél, cada uno hacia sí, hasta traerlo al -medio de la vida y de allí poco á poco á los principios de ella. Con -él comienzan, con él prosiguen. Á todos les venda los ojos, jugando -con ellos á la gallina ciega, que no hay hoy juego más introducido. -Todos andan desatinados, dando de ojos de vicio en vicio, unos ciegos -de amor, otros de codicia, éste de venganza, aquél de su ambición y -todos de sus antojos, hasta que llegan á la vejez, donde topan con el -Desengaño. - -Él los halla á ellos. Quítales las vendas y abren los ojos, cuando ya -no hay que ver. Porque con todo acabaron, hacienda, honra, salud y -vida. Y lo que es peor, con la conciencia. Ésta es la causa de estar -hoy el Engaño á la entrada del mundo y el Desengaño á la salida, la -mentira al principio, la verdad al fin, aquí la ignorancia y acullá la -ya inútil experiencia. - -Pero lo que más es de ponderar y de sentir, que, aun llegando tan -tarde el Desengaño, ni es conocido ni estimado. Como os ha sucedido á -vosotros, que habiendo tratado, conversado y comunicado con él, no le -habéis conocido. - -¿Qué dices, hombre? ¿Nosotros vístole, hablado y comunicado con él? -¿Cuándo y dónde? - -Yo os lo diré. ¿No os acordáis de aquel, que todo lo iba descifrando y -no se descifró á sí mismo? ¿Aquel que os dió á entender todas las cosas -y á él no le conocisteis? - -Sí y harto, que yo le suspiro, dijo Critilo. - -Pues ése era el Desengaño, el querido hijo de la Verdad, por lo hermoso -y lo lucido. Ése, el que causa los dolores, después de haberle sacado á -luz. - -Aquí hizo estremos de sentimiento Critilo, lamentándose agriamente de -que todo lo que más importa no se conoce cuando se tiene, ni se estima -cuando se goza y después, pasada la ocasión, se suspira y se desea: la -verdad, la virtud, la dicha, la sabiduría, la paz y agora el desengaño. - -Al contrario, Andrenio, no sólo no mostró sentimiento, sino positivo -gozo, diciendo: - -He, que ya nos enfadaba y aun tenía muy hartos de tanta verdad á -las claras. ¡Qué buen gusto tuvieron los que supieron sacudir de -sí al aborrecible entremetido, mosca importuna! Él podía ser hijo -de la verdad; mas á mí me pareció padrastro de la vida. ¡Qué enfado -tan continuo! ¡Qué cosa tan pesada! ¡Su desengaño cada día, aquello -de desayunarse con un desengaño á secas! No paraba de ir diciendo -necedades á título de verdades. - -Tú eres un desatinado, le decía al uno sin más ni más. - -Y al otro: - -Tú eres un simple en seco y sin llover. Tú una necia y tú una fea. - -¡Mirá quién le había de esperar, cuando no hay cosa más pesada, que una -verdad no pensada! Siempre andaba diciendo: - -¡Qué mal hiciste, qué mal lo pensaste, qué mala resolución la tuya! - -He, quitádmelo delante, no le vea más de mis ojos. - -Lo que yo más siento, ponderaba Critilo, fué el perderle, cuando más le -deseaba, cuando había de descifrarnos al mismo Descifrador, que estaba -leyendo cátedra de embustes en medio la gran plaza de las apariencias. - -¿Pues qué os pareció de aquella afectación de unos en acreditar las -cosas y los sujetos, y la vulgaridad de los otros en creerlo? ¿Aquel -dar en una opinión tanto necio? Aquélla es la tiranía de la fama -hechiza, el monopolio de la alabanza. Apodéranse del crédito cuatro -ó cinco embusteros aduladores y cierran el paso á la Verdad con el -afectado artificio de que no lo entienden los otros y que es necio el -que dice lo contrario. Y así veréis que los ignorantes se lo beben, los -lisonjeros lo aplauden y los sabios no osan chistar. Conque triunfa -Aragne contra Palas, Marsias contra Apolo. Y pasa la necedad por -sutileza y la ignorancia por sabiduría. - -¡Oh cuántos autores hay hoy muy acreditados por esta opinión común, sin -haber hombre que se les atreva! ¡Cuántos libros y cuántas obras en gran -predicamento, que bien examinados no merecen el crédito que gozan! Pero -yo me guardaré muy bien de poner nota en quien tiene estrella. ¡Cuántos -sujetos sin valor y sin saber son celebrados á esta traza, sin haber -hombre, que ose hablar, sino algún desesperado Bocalini! - -Si dan en decir que una es linda, lo ha de ser, aunque sea un trasgo. -Si dan en que uno es sabio, se saldrá con ello, aunque sea un idiota. -Si en que es gran pintura, aunque sea un borrón. Y de éstas toparéis -mil vulgaridades. Tal es la tiranía de la afectada fama, la violencia -del dar á entender todo lo contrario de lo que las cosas son. De suerte -que hoy todo está en opinión y según como se toman las cosas. - -Pero ¡qué gran arte aquella del descifrar!, ponderaba Critilo. No sé -qué me diera por saberla. Que me pareció de las más importantes para la -humana vida. - -Sonrióse aquí el nuevo camarada y añadió: - -Otra me atrevo yo á comunicaros, harto más sutil y de mayor maestría. - -¿Qué dices?, le replicó Critilo. ¿Otra mayor puede hallarse en el mundo? - -Sí, respondió, que de cada día se van adelantando las materias y -sutilizando las formas. Mucho más personas son los de hoy, que los de -ayer y lo serán mañana. - -¿Cómo puedes decir eso, cuando todos convienen en que ya todo ha -llegado á lo sumo y que está en su mayor pujanza, tan adelantadas todas -las cosas de naturaleza y arte, que no se pueden mejorar? - -Engáñase de medio á medio quien tal dice, cuando todo lo que -discurrieron los antiguos es niñería, respeto de lo que se piensa hoy, -y mucho más será mañana. Nada es cuanto se ha dicho con lo que queda -por decir. Y creedme, que todo, cuanto hay escrito en todas las artes -y ciencias, no ha sido más que sacar una gota de agua del océano del -saber. ¡Bueno estuviera el mundo, si ya los ingenios hubieran agotado -la industria, la invención y la sabiduría! No sólo no han llegado las -cosas al colmo de su perfección; pero ni aun á la mitad de lo que -pueden subir. - -Dínos por tu vida, así llegue á ser más rancia, que la de Néstor, ¿qué -arte puede ser esa tuya? ¿Qué habilidad, que sobrepuje al ver con cien -ojos, al oir con cien orejas, al obrar con cien manos, proceder con -dos rostros, doblando la atención al adevinar cuanto ha de ser y al -descifrar un mundo entero? - -Todo eso, que exageras, es niñería, pues no pasa de la corteza. Es un -discurrir de las puertas afuera. Aquello de llegar á escudriñar los -senos de los pechos humanos, á descoser las entretelas del corazón, á -dar fondo á la mayor capacidad, á medir un cerebro, por capaz que sea, -á sondar el más profundo interior: eso sí que es algo, ésa sí que es -fullería y que merece la tal habilidad ser estimada y codiciada. - -Estaban atónitos ambos peregrinos, oyendo tal destreza del discurrir, -cuando prorrumpió Andrenio y le dijo: - -¿Quién eres, hombre ó prodigio, si ya no eres algún malicioso, algún -malintencionado ó algún vecino, que es el que ve más? - -Nada de eso soy. - -¿Pues qué eres, que no te queda ya que ser, sino algún político ó un -veneciano estadista? - -Yo soy, dijo, el Veedor de todo. - -Explícate, que menos te entiendo. - -¿Nunca habéis oído nombrar los zahoríes? - -Aguarda, ¿aquel disparate vulgar? ¿Aquella necedad celebrada? - -¿Cómo necedad?, les replicó. Zahoríes hay tan ciertos como perspicaces: -por señas, que yo soy uno de ellos. Yo veo clarísimamente los corazones -de todos, aun los más cerrados, como si fuesen de cristal. Y lo que por -ellos pasa, como si lo tocase con las manos: que todos para mí llevan -el alma en la palma. Vosotros, los que no gozáis de esta eminencia, -asegúroos que no veis la mitad de las cosas ni la centésima parte -de lo que hay que ver en el mundo. No veis sino la superficie, no -ahondáis con la vista. Y así os engañáis siete veces al día. Hombres -al fin superficiales. Pero á los que descubrimos cuanto pasa allá -en las ensenadas de una interioridad, acullá dentro en el fondo de -las intenciones, no hay echarnos dado falso. Somos tan tahures del -discurrir, que brujuleamos por el semblante lo más delicado del pensar. -Con sólo un ademán tenemos harto. - -¿Qué puedes tú ver, replicó Andrenio, más de lo que vemos nosotros? - -Sí y mucho. Yo llego á ver la misma sustancia de las cosas en una -ojeada y no solos los accidentes y las apariencias, como vosotros. Yo -conozco luego si hay sustancia en un sujeto, mido el fondo que tiene, -descubro lo que tira y dónde alcanza, hasta dónde se estiende la esfera -de su actividad, dónde llega su saber y su entender, cuánto ahonda su -prudencia. Veo si tiene corazoncillo y el que bravos hígados y si se le -han convertido en bazo. Pues el seso, yo le veo con tanta distinción, -como si estuviese en un vidrio. Si está en su lugar, que algunos le -tienen á un lado; si maduro ó verde. En viendo un sujeto, conozco lo -que pesa y lo que piensa. Otra cosa más, que he topado muchos, que no -tenían la lengua trabada con el corazón ni los ojos unidos con el seso, -con dependencia dél. Otros, que no tienen hiel. - -¡Qué linda vida pasarán ésos!, dijo Critilo. - -Sí, porque nada sienten, de nada se consumen ni melancolizan. Pero, lo -que es más de admirar, que hay algunos, que no tienen corazón. - -¿Pues cómo pueden vivir? - -Antes más y mejor, sin cuidados. Que corazón se dijo del curarse -y tener cuidados. Á los tales nada les da pena, no se les viene á -consumir, como al célebre duque de Feria, que, cuando llegaron á -embalsamarle, le hallaron el corazón todo arrugado y consumido, conque -le tenía grande. Yo veo si está sano y de qué color, si amarillo de -envidia y si negro de malicia. Percibo su movimiento y me estoy mirando -hacia dónde se inclina. Las más cerradas entrañas están á mis ojos -muy patentes y descubro si están gastadas ó enteras. La sangre veo en -sus venas y advierto el que la tiene limpia, noble y generosa. Lo -mismo puedo decir del estómago. Luego conozco qué estómago le hacen á -cualquiera los sucesos, si puede digerir las cosas. Y me río las más -veces de los médicos, que estará el mal en las entrañas y ellos aplican -los remedios al tobillo, procede el mal de la cabeza y recetan el untar -los pies. Veo y distingo clarísimamente los humores y el de cada uno, -si está ó no de buen humor, observándolo para la hora del despacho y -conveniencia; si reina la melancolía, para remitirlo á mejor sazón; si -gasta cólera ó flema. - -Válgate Dios por zahorí, dijo Andrenio, y lo que penetras. - -Pues aguarda, que eso es nada. Yo veo, yo conozco si uno tiene alma ó -no. - -¿Pues hay quien no la tenga? - -Sí y muchos y por varios modos. - -¿Y cómo viven? - -En diptongo de vida y muerte. Andan sin alma como cántaros y sin -corazón como hurones. Y en una palabra, de pies á cabeza, comprendo un -sujeto, por dentro y fuera le reconozco y le defino, con que á muchos -no les hallo definición. ¿Qué os parece de la habilidad? - -Que es cosa grande. - -Mas pregunto, dijo Critilo, ¿procede de arte ó naturaleza? - -Mi industria me cuesta y advierte que todas estas artes son de calidad, -que se pegan platicando con quien las tiene. - -Yo la renuncio desde luego, dijo Andrenio; no trato de ser zahorí. - -¿Por qué no? - -Porque tú no has dicho lo malo que tiene. - -¿Qué le hallas tú de malo? ¿No es harto aquello de ver los muertos en -sus sepulcros, aunque estén metidos entre mármoles ó siete estados -bajo tierra, aquellas horribles cataduras, hormigueros de sabandijas, -visiones de corrupción? - -Quita allá y líbreme Dios de tan trágico espectáculo, aunque sea de un -rey. Dígote que no podría comer ni dormir en un mes. - -¡Qué bien lo entiendes! Ésos, nosotros no los vemos, que allí no hay -que ver, pues todo paró en tierra, en polvo, en nada. Los vivos son -los que á mí me espantan; que los muertos nunca me dieron pena. Los -verdaderos muertos, que nosotros vemos y huímos, son los que andan por -su pie. - -Si muertos, ¿cómo andan? - -Ahí verás que andan entre nosotros y arrojan pestilencial olor de su -hedionda fama, de sus gastadas costumbres. Hay muchos ya podridos, -que les huele mal el aliento; otros, que tienen roídas las entrañas, -hombres sin conciencia, hembras sin vergüenza, gente sin alma; muchos, -que parecen personas y son plazas muertas. Todos éstos sí que me causan -á mí grande horror y tal vez se me espeluzan los cabellos. - -¿Según esto, replicó Critilo, también debes de ver lo que se cocina en -cada casa? - -Sí, y á fe, muchos malos guisados. Veo maldades emparedadas que se -cometen en los más escondidos retretes, fealdades arrinconadas que se -echan luego á volar por las ventanas y andan de corrillo en corrillo -corriendo á sus avergonzados dueños. Sobre todo, yo veo si uno tiene -dinero y me río muchas veces de ver que algunos los tienen por ricos, -por hombres adinerados y poderosos y yo sé que es su tesoro de duendes -y sus baúles como los del Gran Capitán y aun sus cuentas. Á otros veo -tenerlos por unos pozos de ciencia y yo llego y miro y veo que son -secos. Pues de bondad, asegúroos que no veo la mitad. Así que no hay -para mi vista cosa reservada ni escondida. Los billetes y las cartas, -por selladas que estén, las leo y atino lo que contienen, en viendo -para quién van y de quién vienen. - -Ahora no me espanto, decía Critilo, que oigan las paredes y más las de -palacio, entapizadas de orejas. Al fin todo se sabe y se huele. - -¿Qué ves en mí?, le preguntó Andrenio. ¿Hay algo de sustancia? - -Eso no diré yo, respondió el Zahorí, porque, aunque todo lo veo, todo -lo callo, que quien más sabe suele hablar menos. - -Procedían gustosamente embelesados, viéndole hacer maravillosas -experiencias, cuando descubrieron á un lado del camino un estraño -edificio, que en lo encantado parecía palacio y en lo ruidoso casa de -contratación y en lo cerrado brete. No se le veían ventanas, ni puertas. - -¿Qué diptongo de estancia es ésta?, preguntaron. - -Y el Zahorí: - -Éste es el escándalo mayor. - -Pero al decir eso salió dél sin que advirtiese cómo ni por dónde un -monstruo, sobre raro, formidable, mezcla de hombre y caballo, de -aquellos que los antiguos llamaban centauros. Éste en dos brincos -estuvo sobre ellos y, formando algunos caracoles, se fué arrimando á -Andrenio y, asiéndole de un cabello, que para ocasión basta y para -afición sobra, metióle á las ancas de aquel su semicaballo con alas, -que todos los males vuelan, y en un instante dió la vuelta para su -laberinto corriente y confusión al uso. Dieron voces los camaradas; -mas en vano, porque dejaba atrás el viento y del mismo modo que -saliera, sin saberse cómo ni por dónde, le metió allá, dejándole muy -encastillado en nuevas monstruosidades. - -¡Hay tal violencia!, se lamentaba Critilo. ¿Qué casa ó qué ruina es -ésta? - -Y el Zahorí suspirando le respondió: - -No es edificio, sino desedificación de tanto pasajero, casa hecha á -cien malicias, bajío de la vejez, seminario de embustes y, para decirlo -de una vez, éste es el palacio de Caco y de sus secuaces, que ya no -habitan en cuevas. - -Diéronle muchas vueltas, sin poder distinguir la frente del envés. -Rodeáronle todo muchas veces, sin poderle hallar entrada ni salida. -Sonaban y aun tonaban los de dentro y aseguraba Critilo que sentía la -voz de Andrenio, mas no percibía lo que decía ni descubría por donde -podía haber entrado, afligiéndose en gran manera y desconfiando de -poder penetrar allá. - -Ten pecho y espera, le dijo el Zahorí, y advierte que con gran -facilidad habemos de entrar bien presto. - -¿Cómo, si no se le conocen entradas ni salidas ni un resquicio ni una -rendrija? - -Ahí verás el primor de la industria cortesana. ¿No has visto tú entrar -á muchos en los palacios sin saberse cómo ni por dónde y apoderarse de -ellos y llegar á mandarlo todo? ¿No viste en Inglaterra introducirse -un hijo de un carnicero á hacer carnicería de sangre noble, en Francia -un cierto Noves á llevar al retortero los mismos pares? Nunca has oído -preguntar á algunos simples: Señores ¿cómo entró aquél en Palacio, cómo -consiguió el puesto y el empleo, con qué méritos por qué servicios? Y -todo hombre encoge los hombros, cuando ellos se desencogen y hombrean. -Yo tengo de introducirte en él. - -¿Cómo, no siendo mozo vergonzoso ni venturoso? - -Pues tú has de entrar como Pedro por Huesca. - -¿Qué Pedro fué ése? - -El famoso que la ganó. - -He, que no veo puerta ni ventana. - -No faltará alguna, que los que no pueden por las principales, entran -por las escusadas. - -Aun ésas no descubro. - -Alto, entra por la de los entremetidos, que son los más. - -Y realmente fué así, que entraron allá con grande facilidad -entremetiéndose. - -Luego que se vieron dentro, comenzaron á discurrir por el embustero -palacio, notando cosas bien raras, aunque muy usadas en el mundo. Oían -á muchos y á ninguno veían ni sabían con quién hablaban. - -¡Estraño encanto!, ponderaba Critilo. - -Has de saber, le dijo el Zahorí, que en entrando acá los más se -vuelven invisibles, todos los que quieren y obran sin ser vistos. Verás -cada día hacerse malos tiros y esconder la mano, tirar guijarros sin -atinar de dónde vienen y echar voz que son duendes. Lo más se obra -bajo manga. Hacen la copla y no la dicen. Mas, como yo tengo en estos -ojos un par de viejas, en vez de niñas, todo lo descubro, que en eso -consiste mucho el ser Zahorí. Sígueme, que has de ver bravas tramoyas y -raros modos de vivir, no olvidando el descubrir á Andrenio. - -Introdújole en el primer salón desahogadamente capaz. Tendría -cuatrocientos pasos de ancho, como dijo aquel otro duque, exagerando -uno de sus palacios. Y riéndose los otros señores, que le escuchaban, -le preguntaron: - -¿Pues cuánto tendrá de largo? - -Aquí él queriendo reparar su empeño, respondió: - -Tendrá algunos ciento y cincuenta. - -Estaba todo él coronado de mesas francesas con manteles alemanes y -viandas españolas, muchas y muy regaladas, sin que viese ni supiese de -dónde salían ni cómo venían; sólo se veían de cuando en cuando unas -blancas y hermosas manos, con sus dedos coronados de anillos, con -macetas de diamantes, muchos finos, los más falsos, que por el aire de -su donaire servían á las mesas los regalados platos. Íbanse sentando á -las mesas los convidados ó los comedores. Descogían los paños de mesa; -mas no desplegaban sus labios. Comían y callaban, ya el capón, ya la -perdiz, el pavo y el faisán, á costa de sus fénix, sin costarles un -maravedí y cuando más una blanca, sin meterse en averiguar de dónde -salía el regalo ni quién lo enviaba. - -¿Quién son éstos, preguntó Critilo, que comen como unos lobos y callan -como unos borregos? - -Éstos, le respondió su veedor Zahorí, son los que de nada tienen asco, -los que sufren mucho. - -Pues moscas en la delicada honra, ¿qué tienen que sufrir los que están -tan regalados? - -Y aun por eso. - -¿De dónde sale tanta abundancia, Zahorí mío? - -De la copia de Amaltea; pero déjalos, que todo esto es un encanto de -mediterráneas sirenas. - -Pasaron á otra mesa y allí vieron comer á otros muy buenos bocados, lo -mejor que llegaba á la plaza ó á las despensas, la caza reciente, el -pescado fresco y exquisito. Y esto sin tener rentas ni juros, aunque sí -votos. - -Éste sí que es raro encanto, decía Critilo, que coman éstos como -unos príncipes, siendo unos desdichados, y, lo que es más, sin tener -hacienda, sin censos, sin conocérseles cosa sobre que llueva Dios, sin -trabajar ni cansarse, antes holgándose y paseando todos los días. ¿De -dónde sale esto, señor Zahorí, vos que lo veis todo? - -Aguarda, le respondió, y verás el misterio. - -Asomaron en esto unas garras, no de nieve como las primeras, sino de -neblí y todas de rapiña, que traían velando, esto es, por el aire, el -pichón y el gazapo. Quedó atónito Critilo y decía: - -¡Esto sí que es cazar! Ya echan piernas los que uñas y todo es comer -por encanto. - -¿No has oído contar, le decía el Zahorí, que á algunos les traían de -comer los cuervos y los perros? - -Sí; pero eran santos y éstos son diablos: aquello era por milagro. - -¿Pues esto es por misterio? Mas esto es niñería, respeto de lo que -tragan aquellos otros, que están acullá más altos. Acerquémonos y verás -los prodigios del encanto. Allí hay hombre que come los diez mil y los -veinte mil de renta, que, cuando llegó á meter la mano en la masa y en -la mesa, no traía mas que su capa y bien raída. - -¡Bravo encanto! - -Pues ésos son migajuelas reales. Mira aquellos otros. - -Y señalóle unos bien señalados. - -Aquéllos sí que tragan, pues, millones enteros. - -¡Qué bravos estómagos, oh avestruces de plata! - -Dejaron ésta y pasaron á otra sala, que parecía el vestuario, y aquí -vieron sobre bufetes moscovitas muchos tabaques indianos con ricas y -vistosas galas, lamas de Milán, telas de Nápoles, brocados y bordados, -sin saberse quién los cosió ni de dónde venían. Echábase voz que eran -para la casta Penélope y servían después para la Tais y la Flora. -Decíase que para la honesta consorte y rozábalas la ramera. Todo se -hacía invisible, todo noche y todo encanto. Había unas grandes fuentes, -que brindaban hilos de perlas á unas y hacían saltar hilo á hilo las -lágrimas á otras, á la mujer legítima y á la recatada hija. Chorrillos -de diamantes, dichos así con propriedad, porque ya se ha hecho -chorrillo del pedir. Salía la otra transformada de Guinea en una India -de rubíes y esmeraldas, sin costarle al marido ó al hermano ni aun una -palabra. - -¿De dónde tanta riqueza, Zahorí mío? - -Y él: - -¿De dónde? De esas fuentes. Ahí mismo manan. Que por eso se llamaron -fuentes, porque son brulladores de perlas entre arenas de oro, riéndose -de tanto necio. - -Llegaban los maridos y vestían muy á lo príncipe. Calzábanse el -sombrero de castor á costa del menos casto. Sacaban ellas las randas -al aire de su loca vanidad y todo paraba en aire. Aquí toparon el -caballero del milagro y, no uno solo, sino muchos de aquellos que -visten y comen, pasean y campan, sin saberse cómo ni de qué. - -¿Qué es esto?, decía Critilo. ¿Al que tiene lucida hacienda, rentas -pingües, juros y posesiones, le pone grima el vivir, el poder pasar; y -éstos, que no tienen dónde caer muertos, lucen, campan y triunfan? - -¿No ves tú, respondía el Zahorí, que á éstos nunca se les apedrean las -viñas, jamás se les anieblan las hazas, no les llevan las avenidas los -molinos, no se les mueren los ganados, por maravilla tienen desgracia -alguna y así viven de gracia y chanza? - -Lo que fué mucho de ver, la sala de los presentes, que no de los -pasados. Y aquí notaron los raros modos por donde venían los sobornos, -los varios caminos por do llegaban los cohechos, la lámina preciosa -por devoción, la pieza rica por cosa de gusto, la vajilla de oro por -agradecimiento, el cestillo de perlas por cortesía, la fuente de -doblones para alegrar la sangría, vaciando las venas y llenando la -bolsa, los perniles para el unto, los capones para regalo y los dulces -por chuchería. - -Señor Zahorí, decía Critilo, ¿cómo es esto, que los presentes antes -estaban helados y ahora vienen llovidos? - -He, le respondía, ¿no veis que las cargas siguen á los cargos? Y es de -notar que todo venía por el aire y en el aire. - -Raro palacio es éste, censuraba Andrenio, que sin cansarse los hombres, -coman y beban, vistan y luzgan á pie quedo y á manos holgadas. -¡Valiente encanto! Y porfiaban algunos que no hay palacios encantados y -se burlan y ríen, cuando los oyen pintar. De ellos me río yo, aquí los -quisiera ver. - -Lo que á mí más me admira, decía Critilo, es ver cómo se hacen las -personas invisibles, no sólo los pequeños y los flacos, que eso no -sería mucho, pero los muy grandes y que lo son mucho para escondidos; -no sólo los flacos y exprimidos, pero los gordos y los godos, que no -se dejan ver ni hablar ni parecen. En habiendo menester alguno que os -importe, no le toparéis ni hay darle alcance: nunca están en casa. Y -así decía uno: - -¿No come ni duerme este hombre, que á ninguna hora le topo? - -¿Pues qué, si ha de pagar ó prestar? No le hallaréis en todo el año. -Hombre había, que se le sentía hablar y se negaba y él mismo decía: - -Decidle que no estoy en casa. - -Las mujeres entre mantos de humo envolvían mucha confusión y se hacían -tan invisibles, que sus mismos maridos las desconocían y los propios -hermanos, cuando las encontraban callejeando. Corrían voces, dejando -á muchos muy corridos, y no se sabía quién las echaba ni de dónde -salían; antes decían todos: - -Esto se dice; no me deis á mí por autor. - -Publicábanse libros y libelos, pasando de mano en mano, sin saberse -el original. Y había autor, que, después de muchos años enterrado, -componía libros y con harto ingenio, cuando no había ya ni memoria dél. -Entremetiéronse en los más íntimos retretes, alcobas y camarines, donde -toparon varias sombras de trasgos y de duendes, nocturnas visiones, -que, aunque se decía no hacían daño, no era pequeño el robar la fama y -descalabrar la honra. Andaban á escuras buscando los soles, los trasgos -tras los ángeles. Aunque decía bien uno que las hermosas son diablos -con caras de mujeres y las feas son mujeres con caras de diablos. Mas -en esto de duendes los había estremados, que arrojaban piedras crueles, -tirando al aire y aun al desaire, que abrían una honra de medio á -medio. Y era de notar que las más locas acciones se obraban bajo -cuerda, sin poder atinar con el intento ni el brazo: que fueron siempre -muy otros los títulos, que se dan á las cosas, de los verdaderos -motivos por que se hacían. Caían muchas habas negras, que mascaraban -mucho á muchos, sin atinar quién las echaba. Y tal vez salían de la -mano del más confidente. Y así aconsejaba bien el sabio á no comerlas, -por ser de perversa digestión y mal alimento. - -Agora verás, le dijo el Zahorí, á vista de tal confusión de -invisibilidades, si tuvo razón aquel otro filósofo, aunque se burlaron -dél y hicieron fisga los más bachilleres. - -¿Y qué decía el tal estoico? - -Que no había verdaderos colores en los objetos. Que el verde no -es verde ni el colorado, colorado; sino que todo consiste en las -diferentes disposiciones de las superficies y en la luz que las baña. - -¡Rara paradoja!, dijo Critilo. - -Y el Veedor: - -Pues advierte que es la misma verdad y así verás cada día que de una -misma cosa uno dice blanco y otro negro. Según concibe cada uno ó -según percibe, así le da el color que quiere, conforme al afecto y no -al efecto. No son las cosas mas de como se toman. Que de lo que hizo -admiración Roma hizo donaire Grecia. Los más en el mundo son tintoreros -y dan el color que les está bien al negocio, á la hazaña, á la empresa -y al suceso. Informa cada uno á su modo: que según es la afición, así -es la afectación. Habla cada uno de la feria, según le fué en ella. -Pintar como querer. Que tanto es menester atender á la cosa alabada ó -vituperada, como al que alaba ó vitupera. Ésta es la causa que de una -hora para otra están las cosas de diferente data y muy de otro color. -¿Pues qué es menester ya para hacer verbo de lo que se habla y de lo -que se dice y de lo que corre? Aquí es el mayor encanto. No hay poder -averiguar cosa de cierto. Así que es menester valerse del arte de -discurrir y aun adivinar y no porque se hable en otra lengua que la del -mismo país; pero con el artificio del hacer correr la voz y pasar la -palabra, parece todo algarabía. - -Había al revés otros, que se hacían invisibles á ratos, el día que -más eran menester en el trabajo, en la enfermedad, en la prisión, en -la hora de hacer la fianza. Olían los males de cien leguas y huían -de ellos otras tantas; pero pasada la borrasca, se aparecían como -santelmos. Á la hora del comer se hacían muy visibles y más, si olían -el capón de leche ó de Caspe, en la huelga, en el merendón, al dar -barato, que no había librarse dellos; al punto se los hallaba un hombre -al lado y en todas partes. - -Sin duda, decía Critilo, que éstos son demonios meridianos, pues todo -el día andan asombrados y á la hora del comer se nos comen por pies. -Cuando más son menester, se ocultan y, cuando menos, se aparecen. - -Sentían gorjear á Andrenio; mas sin verle. Que, en entrando allí, se -había hecho invisible, muy hallado con el encanto, cuando más perdido -en el común embeleco. Sentía Critilo en no atinar con él ni percibir -de qué color estaba ni en qué pasos andaba, porque todos afectaban el -negarse al conocimiento ajeno, que es tahurería el no jugar á juego -descubierto. Hasta el hijo se celaba al padre y la mujer se recelaba -del marido, el amigo no se concedía todo al mayor amigo. Ninguno había, -que en todo procediese liso ni aun con el más confidente. Era muy -aborrecida la luz, de unos por lo hipócrita, de otros por lo político, -por lo vicioso y maligno. Maleábase Critilo de no poder dar alcance á -su buscado Andrenio, descubriendo su nuevo modo de vivir de tramoya. - -¿De qué sirve, le decía á su camarada perspicaz, el ser zahorí toda la -vida, si en la ocasión no nos vale? ¿Qué haces, si aquí no penetras? - -Pero consolóle, ofreciéndole descubrirle bien presto y aun á dar en -tierra con todo aquel encanto embustero. Pero quien quisiere ver el -cómo y aprender á desencantar casas y sujetos, que lo habrá tal vez -menester y le valdrá mucho, estienda la paciencia, si no el gusto, -hasta la otra Crisi. - - - - -CRISI VI - -_El saber reinando._ - - -No hay maestro que no pueda ser discípulo, no hay belleza que no pueda -ser vencida. El mismo sol reconoce á un escarabajo la ventaja del -vivir. Excédenle, pues, al hombre en la perspicacia el lince, en el -oído el ciervo, en la agilidad el gamo, en el olfato el perro, en el -gusto el jimio y en lo vivaz la fénix. Pero entre todas estas ventajas, -la que él más codició fué aquella del rumiar, que en algunos de los -brutos se admira y no se imita. - -¡Qué gran cosa, decía, aquello de volver á repasar segunda vez lo que -la primera á medio mascar se tragó, aquel desmenuzar despacio lo que se -devoró apriesa! - -Juzgaba ésta por una singular conveniencia y no se engañaba, ya para -el gusto, ya para el provecho. Contentóle de modo, que aseguran -llegó á dar súplica al soberano Hacedor, representándole que, pues -le había hecho uno como epílogo de todas las criadas perfecciones, -no le quisiese privar de ésta, que él la estimaría, al paso que la -deseaba. Vióse la petición humana en el consistorio divino y fuéle -respondido que aquel don por que suplicaba ya se le había concedido -anticipadamente desde que naciera. Quedó confuso con semejante -respuesta y replicó cómo podía ser, pues nunca tal cosa había -experimentado en sí ni platicado. Volviósele á responder advirtiese -que con mayores realces la lograba, no en rumiar el pasto material, -de que se sustenta el cuerpo, sino el espiritual, de que se alimenta -el ánimo. Que realzase más los pensamientos y entendiese que el saber -era su comer y las nobles noticias su alimento. Que fuese sacando de -los senos de la memoria las cosas y pasándolas al entendimiento. Que -rumiase bien lo que sin averiguar ni discurrir había tragado. Que -repasase muy despacio lo que de ligero concibió. Piense, medite, cave, -ahonde y pondere, vuelva una y otra vez á repasar y repensar las cosas. -Consulte lo que ha de decir y mucho más lo que ha de obrar. Así que su -rumiar ha de ser el repensar, viviendo del reconsejo muy á lo racional -y discursivo. - -Esto le ponderaba el Zahorí á Critilo, cuando más desesperado andaba de -poder dar alcance á su disimulado Andrenio. - -He, no te apures, le decía, que así como pensando hallamos la entrada -en este encanto, así repensando hemos de topar la salida. - -Discurrió luego en abrir algún resquicio, por donde pudiese entrar un -rayo de luz, una vislumbre de verdad. Y al mismo instante ¡oh cosa -rara!, que comenzó á rayar la claridad, dió en tierra toda aquella -máquina de confusiones. Que toda artimaña, en pareciendo, desaparece. -Deshízose el encanto, cayeron aquellas encubridoras paredes, quedando -todo patente y desenmarañado. Viéronse las caras unos á otros y las -manos tan escondidas á los tiros. Constó del modo de proceder de cada -uno. Así que, en amaneciendo la luz del desengaño, anocheció todo -artificio. Mas para que se vea cuán hallados están los más con el -embuste, especialmente cuando viven dél, al mismo punto, que se vieron -desencastillados de aquel su Babel común y que habían dado en tierra -con aquel su engañoso modo de pasar, que ya no llegaban á mesa puesta, -como solían, con sus manos lavadas y la honra no limpia, luego, que -comenzaron á echar menos la gala y la gula, el vestido guisado de buen -gusto, sin costarles mas que una gorra, enfurecidos contra el que -había ocasionado tanta infelicidad, arremetieron contra el Zahorí, -descubridor de su artificio, llamándole enemigo común. Mas él, viéndose -en tal aprieto, apretó los pies, digo las alas, y huyóse al sagrado -de mirar y callar, voceándoles á los dos camaradas, que ya se habían -abrazado y reconocido, tratasen de hacer lo mismo, prosiguiendo el -viaje de su vida hacia la Corte del saber coronado, tan encomendada dél -y de todos los sabios aplaudida. - -¡Qué entrada de Italia ésta!, ponderaba Critilo. ¡Qué de laberintos á -esta traza, se nos aguardan en ella! Conviene prevenirnos de cautela, -así como hacen los atentos en las entradas de las provincias donde -llegan, en España contra las malicias, en Francia contra las vilezas, -en Inglaterra las perfidias, en Alemania las groserías y en Italia los -embustes. - -No les salió vana su presunción, pues á pocos pasos dieron en raro -bivio, dudosa encrucijada, donde se partía el camino en otros dos, con -ocasionado riesgo de perderse muy al uso del mundo. Comenzaron luego -á dificultar cuál de las dos sendas tomarían, que parecían estremos. -Estaban altercando al principio con encuentro de pareceres y después de -afectos, cuando descubrieron una banda de cándidas palomas por el aire -y otra de serpientes por la tierra. Parecieron aquéllas con su manso -y sosegado vuelo venir á pacificarlos y mostrarles el verdadero camino -con tan fausto agüero, quedando ambos en curiosa expectación de ver por -cuál de las dos sendas echarían. Aquí ellas, dejada la de mano derecha, -volaron por la siniestra. - -Esto está decidido, dijo Andrenio: no nos queda que dudar. - -Oh sí, respondió Critilo: veamos por dónde se deshilan las serpientes. -Porque advierte que la paloma no tanto guía á la prudencia cuanto á la -simplicidad. - -Eso no, replicó Andrenio; antes suelo yo decir que no hay ave ni más -sagaz ni más política, que la paloma. - -¿En qué lo fundas? - -En que ella es la que mejor sabe vivir, pues en fe de que no tiene -hiel dondequiera halla cabida. Todos la miran con afecto y la acogen -con regalo. No sólo no es temida como las de rapiña ni odiada como la -serpiente, sino acariciada de todos, alzándose con el agrado de las -gentes. Otra atención suya, que nunca vuela, sino á las casas blancas -y nuevas y á las torres más lucidas. Pero ¿qué mayor política, que -aquella de la hembra? Pues con cuatro caricias, que le hace al palomo, -le obliga á partirse el trabajo de empollar y sacar los hijuelos, -aviniéndose muy bien con el esposo y enseñando á las mujeres bravas y -fuertes á templarse y saberse avenir con sus maridos. Mas donde ella -juega de arte mayor es en lo de sus polluelos, que, aunque se los -hurten y delante de los ojos se los maten, no por eso se mata ella ni -se mete en guerra por defenderlos, no pasa pena alguna; sino que come -y vive de ellos. ¿Pues qué diré de aquella espaciosa ostentación, que -suele hacer de sus plumas, cambiando visos y brillando argentería? Así -que no hay otra razón de estado como la sinceridad y la mansedumbre de -la paloma y que ella es la mayor estadista. - -Vieron en esto que la otra tropa de serpientes se fué deshilando por la -senda contraria de la mano derecha, con que se aumentó su perplejidad. - -Éstas sí, decía Critilo, que son maestras de toda sagacidad. Ellas -nos muestran el camino de la prudencia. Sigámoslas, que sin duda nos -llevarán al Saber reinando. - -No haré yo tal, decía Andrenio, porque yo no sé que pare en otro todo -el saber de las culebras, que en ir rastrando toda la vida entre los -pies de todos. - -Resolviéronse al fin en seguir cada uno su vereda: éste de astucia de -la serpiente y aquél de la sinceridad de la paloma, con cargo de que -el primero, que descubriese la Corte del saber triunfante, avisase al -otro y le comunicase el bien hallado. Á poco rato, que se perdieron de -vista, no de afecto, encontró cada uno con su paraje bien diferente, -habitado de gentes totalmente opuestas y que vivían muy al revés unos -de otros. - -Hallóse Critilo entre aquellos, que llaman los reagudos, gente toda de -alerta, hombres de ensenadas, de reflejas y de segundas intenciones, -de trato nada liso, sino doblado. Fuésele apegando luego un grande -narigudo, digo, nariagudo, no tanto para conducirle, cuanto para -explorarle. Y comenzó á tentarle el vado y querer sondarle el fondo -con rara destreza. Hombre al fin de atención y de intención. Hízosele -amigo de los que llaman hechizos ó echadizos, afectando agasajos y -mostrándosele muy oficioso, con que ambos se miraron con cautela y -procedían con resguardo. Lo primero en que reparó Critilo fué que, -encontrando muchos, que parecían muy personas, ellos no reparaban en él -ni le hacían cortesía. Calificóla ó por grosería ó por insolencia. - -Ni uno ni otro, le respondió el nuevo camarada. - -¿Pues qué? - -Yo te lo diré. Que todos éstos son gente de su negocio y no atienden á -otro. No hacen caso sino de quien pueden hacer fortuna, no se cuidan -sino de quien dependen, y toda la cortesía, que hurtan á los demás, la -gastan con éstos. Aquellos del otro lado son hijos deste siglo, y aun -por eso tan metidos en él, todos puestos en acomodarse, como si se -hubiesen de perpetuar acá. - -Toparon luego un raro sujeto, que, no contentándose con una ojeada, les -echó media docena. Y aunque aquí todos andaban muy despiertos, éste les -pareció desvelado. - -¿Quién es éste?, preguntó Critilo. - -No sé si te le podré dar á conocer así como quiera, que yo ha años que -le trato y aún no le acabo de sondar ni acertaré á definirle. Baste por -ahora saber que éste es el Marrajo. - -¡Oh sí, dijo Critilo, ya estoy al cabo! - -¿Cómo al cabo? Ni aun al principio. Que, si con otros para conocerlos -es menester comer un almud de sal, con éste doblada: porque él lo es -mucho. - -Oyeron á otro, que venía diciendo: - -La mitad del año con arte y engaño y la otra parte con engaño y arte. - -No tiene razón, glosó Critilo, porque este aforismo ya yo le he oído -condenar y más entre astutos, donde más se engaña con la misma verdad, -cuando ninguno cree que algún otro la diga. Éste, sin más ver que su -figurilla y su modillo, es Tracillas; el mismo y viene hablando muy de -lo secreto y profundo con aquel otro su mellizo. - -¿Y quién es? - -Á ése le llaman el bobico y estarán trazando cómo armar alguna -zancadilla; pero de verdad que se las entienden. Que basta conocerlos y -tenerlos en esa opinión. - -Y aun por eso viene diciendo aquel otro _sí, sí, entre bobos anda el -juego_. Con esto no les dejan hacer baza. - -Asomó otro de la misma data. - -¿Qué papel hace éste? - -Es el tan nombrado Dropo y tan temido. - -¿Y aquél? - -El Zaino, otro que tal. - -¿Creerás que no veo alguno déstos, que no me asuste? Heles cobrado -especial recelo. - -No me admiro. Porque á ninguno llegan á hablar, que no le suceda lo -mismo. Todos los temen y se previenen. - -Por eso cuentan de la raposa, dijo el Nariagudo, que, volviendo un -día muy asustados sus hijuelos á su cueva, diciendo habían visto una -espantosa fiera con unos disformes colmillos de marfil: - -Quitá de ahí, no hay que temer, les dijo, que ese es elefante y una -gran bestia: no os dé cuidado. - -Volvieron al otro día huyendo de otra, decían, con dos agudas puntas en -la frente. - -He, que también es nada, les respondió, que sois unos simples. - -Agora sí, que hemos topado otra con las uñas como navajas, ondeando -horribles melenas. - -Ése es el león; pero no hay que hacer caso, que no es tan bravo como le -pintáis. - -Finalmente vinieron un día muy contentos por haber visto, decían, un -otro, no animal ni fiera, sino muy diverso de todos los otros, pues -desarmado, apacible, manso y risueño. - -Ahora sí, les dijo, que hay que temer. Guardaos dél, hijos míos, huid -cien leguas. - -¿Por qué, si no tiene uñas ni puntas ni colmillos? - -Basta que tiene maña. Ése es el hombre. Guardaos, digo otra vez, de su -malicia. - -Y tú de aquel que pasa por allá, á quien todos le señalan con el dedo á -lo cigüeño. Es un raro sujeto, de quien dicen es un diablo y aun peor. -Aquél, que va á su lado, te venderá siete veces al día. ¿Pues qué otro -aquél, que va guiñando, llamado por eso el raposo, que lo es en el -nombre y en los hechos? Tiene bravas correrías, que toda ésta es gente -de artimaña. - -Ora díme, ¿qué será la causa, preguntó Critilo, que cada uno anda de -por sí, nunca van juntos ni hacen camarada?, así como en cierta plaza, -donde ví yo pasearse muchos ciudadanos y cada uno solo, sin osarse -llegar, temiéndose unos á otros. - -¡Oh!, respondió el Nariagudo, por éstos y ésos se dijo: _cada lobo por -su senda_. - -Fué muy de notar el encuentro del codicioso con el tramposo, porque -urdía éste mil trapazas en un punto y el otro se las pasaba todas, -aunque las conocía, en atención de su codicia. Y es lo bueno que cada -uno decía del otro: ¡qué simple éste! ¡cómo que le engaño! ¿No reparas -en aquel tan ruincillo, digo chicuelo? Pues todo es malicias. Nada de -cuanto dices y piensas se le pasa por alto. Ni aquel otro de su tamaño -hay echarle dado falso. - -Pues díme, ¿quién metió acá á aquél, que retira á tonto, y ya sabes que -en pareciéndolo lo son y aun la mitad de los que no lo parecen? - -Advierte que no lo es, sino que sabe hacerlo. Así como aquel otro, que -hace los zonzos, que no hay peor desentendido que el que no quiere -entender. - -Dudó Critilo y aun lo preguntó si acaso estaban en la lonja de Venecia -ó en el ayuntamiento de Córdoba ó en la plaza de Calatayud, que es -más que todo. Donde dijo un forastero, hablando con un natural y -confesándose vendido ó vencido: - -Señor mío, por eso dicen que sabe más el mayor necio de Calatayud, que -el más cuerdo de mi patria. ¿No digo bien? - -No por cierto, le respondió. - -¿Pues por qué no? - -Porque no hay ningún necio en Calatayud ni cuerdo en vuestra ciudad. - -Pero nada has visto, le dijo el camarada, si no das una vista por la -satrapía. - -Y guióle á ella. Díjole al entrar: - -Aquí abrir el ojo y aun ciento y retirarlos bien. - -Toparon un vejazo y otro más. Aquí admiró las bravas tretas, las -grandes sutilezas, jugando todos de arte mayor, que todos eran -peliagudos y nariagudos, mañosos, sagaces y políticos. - -Pero, mientras anda aquí Critilo, ya comprado, ya vendido, bien será -que demos una vuelta en seguimiento de Andrenio, que va perdido por -el contrario paraje. Que casi todos los mortales andan por estremos -y el saber vivir consiste en topar el medio. Hallábase en el país de -los buenos hombres y ¡qué diferentes de aquellos otros! Parecían de -otra especie. Gente toda pacífica, por quienes nunca se revolvió el -mundo ni se alborotó la feria. Encontró de los primeros con Juan de -Buen Alma, á medio saludar, que se le olvidaban las palabras; con todo -eso contrajeron estrecha amistad. Allegóseles un otro, que también -dijo llamarse Juan, que aquí los más lo eran y buenos, si allá Pedros -revueltos. - -¿Quién es aquel que pasa riéndose? - -Aquel es de quien dicen que de puro bueno se pierde y es un perdido. -Aquel otro, el bueno bueno; y el que de puro bueno vale para nada, -gente toda amigable. - -¡Qué poca ceremonia gastan!, ponderó Andrenio, ¡aun cortesía no hacen! - -Es que no saben engañar. - -Con todo eso se llegó y les saludó: _bon compaño_. Que venía con tal -sea mi vida y mi alma con la suya. No se oía un sí ni un no entre -ellos. En nada se contradecían, aunque dijeran la mayor paradoja, -ni porfiaban. Y era tal su paz y sosiego, que dudó Andrenio si eran -hombres de carne y sangre. - -Bien dudas, le respondió el hombre de su palabra, á quien se holgó -mucho de ver, como cosa rara, y no era francés, que los más dellos son -de pasta y buenas pastas. Y en confirmación dello repara en aquél, todo -bocadeado, Don Fulano de Mazapán, que cada uno le da un pellizco. Aquel -otro es el canónigo Blandura, que todo lo hace bueno. - -Vieron uno todo comido de moscas. - -Aquél es la buena miel. - -¡Qué buena gente toda ésta para superiores! Que ya así los buscan, -cabezas de cera que las puedan volver y revolver donde quisieren y -retorcerles las narices á un lado y á otro. - -Aquí toparon con Buenas Entrañas, que no pensaba mal de nadie ni tal -creía. - -Aquél se pasa de bueno y está harto pasado. Mira á todos como él; pero, -¡qué bueno estuviera el mundo, si así fueran todos! - -Venía con el dejado y bien dejado de todos. - -¡Qué hombre de tan linda corpulencia aquél! - -Es el celebrado Pachorra, que nada le quita el sueño ni por -acontecimiento alguno le pierde, aunque sea el más trágico. Tanto que, -despertándole una noche para darle aviso de un estraño suceso, que -espantó el mundo: - -Quitaos de ahí, dijo á los criados, ¿y no estaba ahí mañana para -decírmelo? ¿Pensabais que no había de llegar? - -Sobre todo no se hartaba Andrenio de ver su traje, nada á lo plático, -sin pliegues, sin aforros y sin alforzas. - -Vió á Don Fulano de todos y para nadie y para nada acompañado de una -gran camarada. - -Aquel de la mano derecha es el primero que llega y el de la izquierda, -el último se le lleva. Al de más allá el que le pierde le gana y al -otro, tanto le querría mío como ajeno. Allí viene el que no sabe negar -cosa, el que no tiene cosa suya ni la acción ni la palabra. Aquel -otro todo lo otorga, Don Fulano del sí, antípoda de monseñor _noli po -fare_, gente toda bienquista y de vivir muchos años. De tal suerte que -preguntó Andrenio si era aquella la región de los inmortales. - -¿Por qué lo dices?, le preguntó uno. - -Porque ninguno veo, que se mate ni se consuma. Yo no sé de qué mueren -éstos. - -No mueren, que ya lo están. - -Antes yo digo que eso es saber vivir, tener buena complixión, hombres -sanos, gente de buenos hígados, de buen estómago y que, si otros hacen -de las tripas corazón, éstos al revés hacen del corazón tripas y crían -buena panza. - -Así era su trato llano sin revoltijas. Ninguno tenía caracol en la -garganta. Hablaban sin artificio, llevaban el alma en la palma y aun -en palmas. No había aquí engañadores ni cortesanos ni cordobeses. Y -con pasar en Italia, no había ningún italiano; cuando mucho, alguno -de Bérgamo. De los españoles algún castellano viejo. De los franceses -algún albernio. Y muchos polacos. Fiábanse de todos sin distinción y -así todos los engañaban. Que ya no se ha de decir engañabobos, sino -buenos, que ésos son los más fáciles de engañar. - -¡Qué lindo temple de tierra éste!, decía Andrenio, y mejor cielo. - -En otro tiempo habíais de haber venido, le dijo un viejo, hecho al -buen tiempo, cuando todos se trataban de vos y todos decían vos como -el Cid: entonces sí que estaba este país muy poblado. No, no se había -descubierto aún el de la malicia ni se sabía hubiese tan mala tierra: -siempre se creyó era inhabitable más que la tórrida zona. Dios se lo -perdone á quien la halló. ¡Mirad qué India! No se topaba entonces un -hombre doblado por maravilla y todo el mundo le conocía y le señalaban -de una legua. Todos huían dél como de un tigre. Ahora todo está -maleado, todo mudado, hasta los climas y, según van las cosas, dentro -de pocos años será Alemania otra Italia y Valladolid otra Córdoba. - -Pero, aunque estaba allí Andrenio, no vendido, sino hallado en aquella -mansión de la bondad y verdad, de la candidez y llaneza, con todo trató -de dejarla, pareciéndole era sobrada simplicidad. Y fué cosa notable -que ambos á la par, aunque tan distantes, parece que se orejearon, pues -convinieron en dejar cada uno el estremo por donde había echado, el -uno de la astucia, el otro de la sencillez. Y poniendo la mira en el -medio, descubrieron la Corte del saber prudente y se encaminaron allá. -Llegaron á encontrarse en un puesto, donde se volvían á unir ambas -sendas y á emparejarse los estremos. Aquí pareció estarles esperando -un raro personaje, de los portentosos, que se encuentran en la jornada -de la vida. Porque, así como algunos suelen hacerse lenguas y otros -ojos, éste se hacía sesos y todo él se veía hecho de sesos, de modo que -tenía cien corduras, cien esperas, cien advertencias y otros tantos -entendimientos. En suma, él era castellano en lo sustancial, aragonés -en lo cuerdo, portugués en lo juicioso y todo español en ser hombre de -mucha sustancia. Púsoselo á contemplar Andrenio, después de haberse -confabulado con Critilo, y decía así: - -Señores, que tenga uno sesos en la cabeza está bien, que es allí el -solio del alma; pero lengua de sesos ¿á qué propósito? Si, aun siendo -de carne y muy sólida, desliza con riesgo de toda la persona, que sería -menos inconveniente tropezar diez veces con los pies, antes que una con -la lengua, que, si allí se maltrata el cuerpo con la caída, aquí se -descompone toda el alma, ¿qué será de una masa tan fluida y deleznable? -¿Quién la podrá gobernar? - -¡Oh, cómo te engañas!, le respondió el Sesudo, que así se llamaba; -antes ahí conviene tener más seso, para andar con más tiento. Que no -hay palabra más bienarticulada, que la que está en el buche. - -Narices de seso ¿quién tal inventó y para qué?, proseguía en su reparo -Andrenio. Los ojos ya podrían, para no mirar á tontas y á locas; pero -en las narices ¿de qué puede servir el seso? - -¡Oh sí y mucho! - -¿Pues para qué? - -Para impedir que no se les suba el humo á las narices y lo tizne todo -y abrase un mundo. Hasta en los pies ha de haber seso y mucho y más en -los malos pasos. Que por eso decía un atento: - -Aquí todo el seso ha de ir en el carcañal. Y si los que andan á caballo -le llevasen en los pies, no perderían tan fácilmente los estribos; -habría siquiera algún cuerdo entronizado. Así que todo el hombre para -bien ir habría de ser de sesos. Seso en los oídos para no oir tantas -mentiras ni escuchar tantas lisonjas, que vuelven locos á los tontos. -Seso en las manos para no errar el manejo y atinar aquello en que se -ponen. Hasta el corazón ha de ser de sesos para no dejarse tirar y aun -arrastrar de sus afectos. Seso y más seso y mucho seso para ser hombre -chapapado, sesudo y sustancial. - -¡Qué pocos he topado yo de ese modo!, decía Critilo. - -Antes oí decir á uno, ponderó Andrenio, que no había sino una onza de -seso en todo el mundo y que de ésa, la mitad tenía un cierto personaje, -que no le nombro por no incurrir en odio, y la otra estaba repartida -por los demás: ¡mirad qué le cabría á cada uno! Engañóse quien tal -dijo. Nunca más seso ha habido en el mundo, pues no ha dado ya al -traste con tanta priesa como le han dado. - -Ora, díme, instó Andrenio, ¿de dónde has sacado tú tanto seso, así te -dure? ¿Dónde le hallaste? - -¿Dónde? En las oficinas en que se forja y en las boticas donde se vende. - -¿Qué dices? ¿Boticas hay de cordura? Nunca tal he topado con tanto como -he discurrido. - -¿Pues no te corres tú de saber dónde se vende el vestir y el comer -y no dónde se compra el ser personas? Tiendas hay donde se feria el -entendimiento y el juicio. Verdad sea que es menester tenerle para -hallarle. - -¿Y á qué precio se vende? - -Á aprecio. - -¿De qué modo? - -Teniéndole. - -¿Á buen ojo? - -No, sino á peso y medida. Pero vamos, que hoy os he de conducir á las -mismas oficinas donde se forjan y se labran los buenos juicios, los -valientes entendimientos, á las escuelas de ser personas. - -Y dínos, ¿en esas oficinas, que tú dices, refinan mucho seso cada día? - -No va sino por años y para sola una onza hay que hacer toda una vida. - -Fuélos introduciendo en una tan espaciosa cuan especiosa plaza, -coronada de alternados edificios, unos muy majestuosos, que parecían -alcázares reales; otros muy pobres, como casas de filósofos; hasta -pabellones militares entre patios de escuelas. Quedaron admirados -nuestros peregrinos de ver tal variedad de edificios y, después de bien -registrados los de una y otra acera, le preguntaron dónde estaban las -oficinas del juicio, las tiendas del entendimiento. - -Esas, que veis, son. Mirad á un lado y á otro. - -¿Cómo es posible, si aquéllos son palacios, donde más presto suele -perderse el juicio, que cobrarse, y aquellas otras militares tiendas -más lo suelen ser de la temeridad, que de la cordura? Pues aquellos -patios llenos de estudiantes, menos lo serán, que entre gente moza no -se hallará la prudencia y en cascos verdes no cabe la madurez. - -Pues sabed que ésas son las oficinas donde se funden los buenos -caudales. Ahí se forjan los grandes hombres. En esos talleres se -desbastan de troncos y de estatuas y se labran los mayores sujetos. -Mirad bien aquel primer palacio tan suntuoso y augusto. En él se -fundieron los mayores hombres de aquel siglo, los prudentes senadores, -los sabios consejeros, los famosos escritores. Y así como otros -inculcan estatuas mudas entre columnas pesadas para adorno de las -vistosas fachadas, aquí veréis gigantes vivos, varones eminentes. - -Así es, dijo Critilo, que aquel de la mano derecha parece el -sentencioso Horacio y el de la izquierda es el más fecundo que facundo -Ovidio, coronándole el superior Virgilio. - -Según eso, dijo Andrenio, ¿aquél es el palacio del más augusto de los -Césares? - -No has de decir; se vió la oficina heroica de los mayores sujetos de su -tiempo. Ese gran emperador les dió entendimiento con sus estimaciones -y ellos á él inmortalidad con sus escritos. Volved la mira á aquel -otro, no fabricado de mármoles sin alma, sino de vivas columnas, que -sostienen reinos, escuela cortesana de los mayores entendimientos, y -fueron muchos en aquella era. - -¿Sería grande su dueño? - -Y aun magnánimo, pues el inmortal rey Don Alonso, por quien se dijo que -Aragón era la turquesa de los reyes. - -Vieron otro de animadas piedras, hablando con lenguas de inscripciones. -No se veían tablas rasas de mármol, como en otros alcázares; sino -grabadas de sentencias y heroicos dichos. - -¡Oh, gracias al cielo, dijo Critilo, que veo un palacio, que huele á -personas! - -Fuélo mucho su gran dueño, digo el rey Don Juan el Segundo de -Portugal, volviendo por el crédito de los Juanes. Pero no es menos de -admirar aquél, que allá se ve alternado de espadas y de plumas del -rey Francisco el primero de la Francia, estendiendo á la par ambas -reales manos á los sabios y á los valerosos, que no á los farsantes y -farfantes. Mas ¿no reparáis en aquel coronado de palmas y de laureles, -que ocupa el supremo ápice del orbe y de los siglos? Aquél es el -inmortal trono del gran pontífice León décimo, en cuyo seno anidaron -las águilas ingeniosas, más seguramente que en el del fabuloso Júpiter; -aunque fué ingeniosa invención para declarar cuán favorecidos deben ser -de los príncipes los varones sabios, águilas en la vista y en el vuelo. -Aquel otro es del prudentazo rey de las Españas Felipe el Segundo y -escuela primera de la prudente política, donde se forjaron los grandes -ministros, los insignes gobernadores, generales y virreyes. - -¿Qué tienda militar es aquélla, que se hace lugar entre los palacios -magníficos? ¿Á qué propósito se baraja lo militar con lo cortesano? - -¡Oh, sí!, respondió el varón de sesos, porque has de saber que también -los militares pabellones son oficinas de los hombres grandes, no menos -valerosos que entendidos. Apréndese mucho en ellos. Dígalo el marqués -de Grana y Carreto. Porque ahí se sabe, no tanto de capricho, cuanto de -experiencia. Aquélla es la del Gran Capitán, á quien dió lugar entre -los reyes el de Francia, diciendo: - -Bien puede comer con reyes el que vence reyes. - -Fué tan cortesano como valiente, de tan gran brazo como ingenio, -plausible en dichos y en hechos. Aquella otra es del duque de Alba, -escuela de la prudencia y experiencia, así como su casa en la paz era -el paradero de los grandes hombres y por eso tan recomendada de Juan de -Vega á su hijo, cuando le enviaba á la Corte. - -¿Qué otro modelo de edificios sabios son aquéllos, no suntuosos, pero -honorosos? - -Ésos, dijo, no son alojamientos de Marte, albergues sí de Minerva. -Ésos son los colegios mayores de las más célebres universidades de la -Europa. Aquellos cuatro son los de Salamanca, aquel otro el de Alcalá y -el de más allá San Bernardino de Toledo, Santiago el de Huesca, Santa -Bárbara en París, los Albornoces de Bolonia y Santa Cruz de Valladolid. -Oficinas todas donde se labran los mayores hombres de cada siglo, las -columnas que sustentan después los reinos, de quienes se pueblan los -consejos reales y los parlamentos supremos. - -¿Qué ruinas son aquellas tan lastimosas, cuyas descompuestas piedras -parecen estar llorando su caída? - -Esas, que ahora lloran, en algún tiempo y siempre de oro, sudaban -bálsamo oloroso y, lo que es más, distilaban sudor y tinta. Ésos fueron -los palacios de los plausibles duques de Urbino y de Ferrara, asilos de -Minerva, teatro de las buenas letras, centro de los superiores ingenios. - -¿Qué es la causa, preguntó Critilo, que no se ven anidar ya como solían -las águilas en tantos reales asilos? - -No es porque no las haya, sino que no hay un Augusto para cada -Virgilio, un Mecenas para cada Horacio, un Nerva para cada Marcial y un -Trajano para cada Plinio. Creedme que todo gran hombre gusta de los -grandes hombres. - -Mayor reparo es el mío, dijo Andrenio, y es cuál sea la causa que los -príncipes se pagan más y les pagan también á un excelente pintor, -á un escultor insigne, y los honran y premian mucho más, que á un -historiador eminente, que al más divino poeta, que al más excelente -escritor. Pues vemos que los pinceles sólo retratan el exterior; pero -las plumas el interior. Y va la ventaja de uno á otro, que del cuerpo -al alma. Exprimen aquéllos, cuando mucho, el talle, el garbo, la -gentileza y tal vez la fiereza; pero éstas, el entendimiento, el valor, -la virtud, la capacidad y las inmortales hazañas. Aquéllos les pueden -dar vida por algún tiempo, mientras duraren las tablas ó los lienzos, -ya sean bronces; mas estas otras por todos los venideros siglos, que -es inmortalizarlos. Aquéllos los dan á conocer, digo á ver á los pocos -que llegan á mirar sus retratos; mas éstas á los muchos que leen sus -escritos, yendo de provincia en provincia, de lengua en lengua y aun de -siglo en siglo. - -¡Oh Andrenio, Andrenio!, le respondió el Prudente, ¿no ves tú que las -pinturas y las estatuas se ven con los ojos, se tocan con las manos, -son obras materiales? No sé si me has entendido bastantemente. - -Vieron ya en las oficinas del tiempo y del ejemplo formar un grande -hombre, copiándole más felizmente de siete héroes, que el retrato de -Apeles de las siete mayores bellezas. - -¿Quién es éste?, preguntó Andrenio. - -Y el Sesudo: - -Éste es un héroe moderno, éste es... - -Tate, le interrumpió Critilo, no le nombres. - -¿Por qué no?, replicó Andrenio. - -Porque no importa. - -¿Cómo no, habiendo nombrado hasta agora tanto insigne varón, tantos -plausibles sujetos? - -De eso estoy arrepentido. - -¿Pues por qué? - -Porque piensan ellos que el celebrarlos es deuda y así no hacen mérito -del obsequio. Creen que procede de justicia, cuando no es sino muy de -gracia. Por lo tanto anduvo discretamente donoso aquel autor, que en la -segunda impresión de sus obras puso entre las erratas la dedicatoria -primera. - -Al contrario en otra oficina atendieron cómo estaban forjando cien -hombres de uno, cien reyes de un Don Fernando el Católico y aún le -quedaba sustancia para otros tantos. Aquí era donde se fundían los -grandes caudales y se formaban las grandes testas, los varones de -chapa, los hombres sustanciales. Y notó Andrenio que lo más dificultoso -de ajustar eran las narices. - -Hartas veces lo he reparado yo, decía Critilo, que suele acertar la -naturaleza las demás facciones. Sacaba unos buenos ojos con ser de -tanto artificio, una frente espaciosa y serena, una boca bien ajustada; -pero en llegando á la nariz se pierde y de ordinario la yerra. - -Es la facción de la prudencia ésa, ponderó el Cuerdo, tablilla del -mesón del alma, señuelo de la sagacidad y providencia. - -Resonó en esto un vulgar estruendo de trompetas y atabales. - -¿Qué es esto?, corrían de unas y otras partes preguntando. - -Pregón, pregón, respondían otros. - -¿Qué cosa? - -Un bando, que manda echar el coronado Saber por todo su imperio de -aciertos. - -¿Y á quién destierran? ¿Acaso al Arrepentimiento, que no tiene cabida -donde hay cordura, ó á tu grande enemiga la propria Satisfación? -¿Publícase la guerra contra la envidiosa Fortuna? - -Nada de eso es, les respondieron, sino una crítica reforma de los -comunes refranes. - -¿Cómo puede ser eso, replicó Andrenio, si están hoy tan recibidos, que -los llaman Evangelios pequeños? - -Recibidos ó no, llegaos y oid lo que el pregonero vocea. - -Atendieron curiosos y, después de haber prohibido algunos, oyeron que -proseguía así: - -Item más mandamos que ningún cuerdo en adelante diga que _quien tiene -enemigos no duerma_; antes lo contrario, que se recoja temprano á su -casa, se acueste luego y duerma, que se levante tarde y no salga de su -casa hasta el sol salido. - -Item que nunca más se diga, que _quien no sabe de abuelo no sabe -de bueno_; antes bien que no sabe de malo, pues no sabe que fué un -mecánico sombrerero, un carnicero, un tundidor y otras cosas peores. - -Que ninguno sea osado decir que _los casamientos y las riñas de prisa_, -por cuanto no hay cosa que se haya de tomar más de espacio que el irse -á matar y casar y se tiene por constante que los más de los casados, -si hoy hubieran de volver, lo pensaran mucho. Y como decía aquél: -_Dejádmelo pensar cien años_. - -También se prohibe el decir que _más sabe el necio en su casa, que -el sabio en la ajena_, pues el sabio dondequiera sabe y el necio -dondequiera ignora. - -Sobre todo que ninguno de hoy más se atreva á decir _no me den -consejos, sino dineros_, que el buen consejo es dineros y vale un -tesoro y al que no tiene buen consejo no le bastará una India ni aun -dos. - -Entiendan todos que aquel otro refrán, que dice _aquello se hace -presto, que se hace bien_, proprio de los españoles, es más en favor de -mozos perezosos, que de amos bien servidos, y así se ordena á petición -de los franceses y aun de italianos que se vuelva del revés y diga en -favor de los amos puntuales: _aquello se hace bien, que se hace presto_. - -Que por ningún acontecimiento se diga, que _la voz del pueblo es la -de Dios_; sino de la ignorancia y de ordinario por la boca del vulgo -suelen hablar todos los diablos. - -Item se suspende en esta era aquel otro _honra y provecho no caben en -un saco_, viendo que hoy el que no tiene no es tenido. - -Como una gran blasfemia se veda el decir _ventura te dé Dios, hijo, que -el saber poco te basta_, por cuanto de sabiduría nunca hay bastante ¿y -qué mayor ventura que el saber y ser persona? - -Así como unos se prohiben del todo, otros se enmiendan en parte. Por lo -cual no se diga que _al buen callar llaman Sancho_, sino Santo y en las -mujeres milagroso, si ya no es que por Sancho se entienda lo callado -del conejo. - -¿Quién tal pudo decir _asno de muchos, lobos se lo comen_?; antes él se -los come á ellos y come como un lobo y come el pan de todos, diciendo: -Yo me albardaré y el pan de todos me comeré; que ya el ser muy hombre -embaraza y el saber bobear es ciencia de ciencias. - -Fué muy mal dicho _el mozo y el gallo un año_, porque, si es malo, ni -un día, y si bueno, toda la vida. - -Item se condenan á descaramiento algunos otros, como decir _preso -por mil, preso por mil y quinientas_; _al mayor amigo, el mayor -tiro_. Y aquello de _ándeme yo caliente y ríase la gente_ es una muy -desvergonzada frialdad; sólo se les permita á las mujeres, que andan -escotadas el decir _ándeme yo fría y mas que todo el mundo se ría_. - -Otros se mandan moderar, como aquel _bien haya quien á los suyos -parece_, que no se ha de estender á los hijos y nietos de alguaciles, -escribanos, alcabaleros, farsantes, venteros y _otra simili canalla_. - -Otros se interpretan como aquel _dondequiera que vayas, de los tuyos -hayas_; antes se ha de huir de los suyos el que quisiere vivir con -quietud, paz y contento, y de sus paisanos el que pretendiere honra y -estimación. - -Item se destierra por ocioso el _cobra buena fama y échate á dormir_, -pues ya, aun antes de cobrarla, se echan á dormir todos. - -Modérese aquel que dice _en los nidos de antaño no hay pájaros ogaño_. -Pluguiera á Dios que el amancebado y el adúltero no se estuvieran en -el lecho como el chinche ni los tahures en el garito quemados, que -estuvieran los nidos encubridores y las redes de las arañas de las -escribanías, atentas á coger la mosca del malaconsejado pleiteante. - -Aquello de _Dios me dé contienda con quien me entienda_ sin duda que -fué dicho de algún sencillo; los políticos no dicen así, sino con quien -no me entienda ni atine con mis intentos ni descubra de una legua mis -trazas. - -_El dormir sobre ello_ es una necedad muy perezosa; no diga sino velar. - -Item se prohibe como pestilente dicho _mal de muchos, consuelo de -todos_; no decía en el original, sino de tontos y ellos le han -adulterado. - -Á instancia de Séneca y otros filósofos morales sea tenido por un -solemne disparate decir _haz bien y no mires á quién_; antes se ha -de mirar mucho á quien, no sea el ingrato, al que se te alce con la -baraja, al que te saque después los ojos con el mismo beneficio, al -ruin que se ensanche, al villano que te tome la mano, á la hormiga que -cobre alas, al pequeño que se suba á mayores, á la serpiente que reciba -calor en tu seno y después te emponzoñe. - -No se diga que _lo que arrastra, honra_; sino al contrario, que lo que -honra arrastra y trae á muchos más arrastrados que sillas. - -Item, á petición de los hortelanos, _no se dirá mal de tu perro_; pero -sí de tu asno, que se come las berzas y las deja comer. - -Enmiéndese aquel otro _con tu mayor no partas peras_; no diga sino -piedras, que lo demás es decir que se alce con todo. - -Tampoco sirve decir _quien todo lo quiere_, _todo lo pierde_, por -cuanto es preciso tirar á todo y aun á más, para salir con algo. Dirá, -pues, como quien yo sé: señor, si todo lo puedo, todo lo quiero. - -También es falso aquel de _bien canta Marta después de harta_; antes ni -bien ni mal, que, en viéndose hartos, ni canta Marta ni pelea Marte, -sino que se echan á poltrones. - -_Cada loco con su tema_ es poco; diga con dos y de aquí á un año con -ciento. - -_Lo que se usa, no se escusa_: necedad. Eso es lo que se debe escusar, -que ya no se usa lo bueno ni la virtud ni la verdad ni la vergüenza ni -cosa, que comience deste modo. - -_Díselo tú una vez, que el diablo se lo dirá diez_: dicho de otro tal. -Si malo, ¿para qué se lo ha de decir? Si bueno, nunca se lo dirá el -diablo. - -Engañóse quien dijo que _el paciente es el postrero_; antes quieren ya -ser los primeros en todo y ir delante. - -Por necedad se prohibe el decir _más valen amigos en plaza que dineros -en arca_: lo uno porque ¿dónde se hallaran verdaderos y fieles?; lo -otro porque á quien tiene dineros en arca nunca le faltan amigotes en -todas partes. - -Aquel otro _ni para buenos ganar ni para malos dejar_ sin duda salió de -algún gran perdigón, pues antes á los buenos se les ha de dejar y á los -malos ganar, para que sean buenos. - -_No hay mal que no venga por bien_: una por una el mal va delante y -abrir puerta á un mal es abrirla á ciento, porque el mal va donde más -hay. - -Item se enmiende aquel _donde fueres, harás como vieres_; no diga sino -como debes. - -Extínguese de todo punto aquel que dice _mal le va á la casa_, _donde -no hay corona rasa_; antes muy bien y muy mal donde la hay, porque la -hacienda de la Iglesia pierde toda la otra y arrasa la mejor casa. - -_Por mucho madrugar no amanece más presto_ es dicho de dormilones; -entiendan que el trabajar es hacer día y el que madruga goza de día y -medio; pero el que tarde se levanta todo el día trota. - -_Si uno no quiere, dos no barajan_: éste no tiene lugar en Valencia, -porque allí, aunque uno no quiera empeñarse, le obligan y ha de -porfiar, aunque reviente de cuerdo. - -No se diga ya que _el dar va con el tomar_, porque no se sigue bien. -Podríase proponer por enigma y preguntar: ¿cuál fué el primero el dar ó -el tomar? - -_Quien no sabe pedir, no sabe vivir_: ¡qué engaño!; antes el pedir es -morir para los hombres de bien: no diga sino quien no sabe sufrir. - -Peor es aquel _quien tiene argén, tiene todo bien_; no sino todo mal, -como decir _voluntad es vida_; no es sino muerte. - -Item se prohibe por cosa ridícula el decir _riña de por San Juan, paz -para todo el año_: ¿qué más tiene la de por San Juan, que la de por San -Antón? ¿Y quien tiene mal San Juan, qué buena pascua espera? - -_Duro es Pedro para cabrero_; peor fuera blando. - -_Quien se muda, Dios le ayuda_: entiéndese, cuando iba de mal en peor; -que el mudar de cartas es treta de buenos jugadores, cuando dice mal el -juego. - -_El sufrido es bien servido_; no, sino muy mal y cuanto más, peor. - -_¿Quieres ser papa? póntelo en la testa_: muchos se lo ponen, que no -salen de sacristanes; más valdría en las manos, con obras y méritos. - -_Quien tiene lengua, á Roma va_: entiéndese por penitencia de los -pecados del hablar. - -Por ningún caso se diga _darse un buen verde_; no, sino muy malo y muy -negro, que al cabo deja en blanco y el rostro avergonzado y la tez -amarilla y los labios cárdenos, vengándose dél todos los demás colores. - -Tampoco es verdadero decir _quien malas mañas ha_, _tarde ó nunca las -pierde_; no, sino muy presto: porque ellas acaban con él y con la vida -y con la hacienda y con la honra, cuando él no con ellas. - -Engañóse también el que dijo _casarás y amansarás_; antes al contrario -es menester que ellas amansen, para poderse casar, y se tiene observado -que ellos se vuelven más bravos, pues preguntando, ¿_por qué no riñe su -amo_?, responde: _porque no es casado_. - -Mándale leer al trocado aquel que dice _que los locos dicen las -verdades_, esto es que los que las dicen son tenidos por locos y aun -de ese achaque se han deslumbrado varias veces algunas verdades bien -importantes, que pudieran desengañar á muchos. - -Al que dijo _en Toledo no te cases, compañero_, pudiérasele preguntar -¿pues dónde, que no suceda lo mismo? Léase en _Toledo_ sincopado, con -que dirá en _todo_ el mundo. - -_El mozo vergonzoso, el diablo le metió en palacio_: ya no se ve el -tal, sino su contrario, embusteros y aduladores. - -_Al médico y al letrado no le quieras engañado_; antes sí, que de -ordinario discurren al revés y de ese modo acertarán. - -_No se toman truchas á bragas enjutas_; digo que sí, que los buenos -pescadores las toman presentadas. - -_No hay peor sordo, que el que no quiere oir_: otro hay peor, aquel que -_por una oreja le entra y por la otra se le va_. - -_Allá van leyes, donde quieren los reyes_; no digo sino los malos -ministros. - -_Á mal paso, pasar postrero_; por ningún caso, ni primero ni postrero, -sino rodear. - -_Cuando la barba de tu vecino veas pelar, echa la tuya en remojo_: ¿de -qué servirá, sino de que se la pelen más fácilmente y aun se la repelen? - -_Más da el duro, que el desnudo_: una por una ya dió éste hasta la -capa, el otro aún se está por ver; y él repite _para tener dineros, -tenerlos_. - -Item se ordena que no se diga que _los criados son enemigos no -escusados_; sino muy escusados y que para cada falta tienen cien -escusas. Los hijos, sí, se llamen de esa suerte ó enemigos dulces, que -cuando chiquitos hacen reir y cuando grandes llorar. - -_Grande pie y grande oreja, señal de grande bestia_: mas no, sino un -piedecito de un chisgarabís sin asiento ni fundamento; y una grande -oreja es alhaja de un príncipe, para oirlo todo. - -Item, ninguno se persuada que _son buenas mangas después de pascua_ y -cuanto más anchas, peores, si es por pascua florida. - -Tampoco vale decir _quien calla otorga_; antes es un político atajo del -negar y, cuando uno otorga en su favor, no se contenta con un sí, sino -que echa media docena. - -Aquello de _á uso de Aragón, á buen servicio mal galardón_, los -aragoneses lo entienden por pasiva. - -_Á falta de buenos, han hecho á mi marido jurado_: engáñase, que antes -por ser ruin notoriamente, que ya se buscan los peores. - -_Quien quisiere mula sin tacha, estése sin ella_: bobería; más fácil es -quitársela. - -_El que da presto, da dos veces_ no está bien entendido; no sólo dos, -pero tres y cuatro. Porque en dando, luego le vuelven á pedir y él á -dar, con que, mientras el duro da una vez, el liberal da cuatro. - -Desta suerte fué prosiguiendo el pregonero en prohibir otros muchos, -que nuestros peregrinos, cansados de tal prolijidad, remitieron al -examen de los entendidos y también porque les dió priesa el Sesudo, -para que llegasen á la oficina mayor, donde se refinaba el seso y se -afinaba la sindéresis. El cómo y dónde, quedarse ha para la otra Crisi. - - - - -CRISI VII - -_La hija sin padre en los desvanes del mundo._ - - -Opinaron algunos sabios que con ser el hombre la obra más artificiosa y -acabada, le faltaban aún muchas cosas para su total perfección. Echóle -uno menos la ventanilla en el pecho, otro un ojo en cada mano, éste -un candado en la boca y aquél una amarra en la voluntad; mas yo diría -faltarle una chiminea en la coronilla de la cabeza y algunos dos, por -donde se pudiesen exhalar los muchos humos, que continuamente están -evaporando del cerebro. Y esto mucho más en la vejez. Que si bien la -considera, no hay edad, que no tenga su tope, y alguna dos y la vejez -ciento. - -Es la niñez ignorante, la mocedad desatenta, la edad varonil trabajada -y la senectud jactanciosa. Siempre está humeando presunciones, -evaporando jactancias, cebando estimaciones y solicitando aplausos. -Como no hallan por dónde exhalarse estos desapacibles humos, sino por -la boca, ocasionan notable enfado á los que les oyen y mucha risa, si -son cuerdos. - -¿Quién creyera que Andrenio y mucho menos Critilo, recién caldeados en -las oficinas de la cordura, frescamente salidos de darse un baño moral -de prudencia y atención, habían de errar jamás las sendas de la virtud, -las veredas de la entereza? Pero así como dentro de la más fina grana -se engendra la polilla, que la come, y en las entrañas del cedro el -gusano, que le carcome, así de la misma sabiduría nace la hinchazón, -que la desluce, y en lo más profundo de la prudencia la presunción, que -la desdora. - -Iban, pues, ambos peregrinos en compañía del varón de sesos, -encaminándose á Roma y acercándose á su deseada Felisinda. No acababan -de celebrar los prodigios de cordura, que habían hallado en ellos -palacios del coronado saber, aquellos grandes hombres, forjados todos -de sesos y aquellos otros de quienes se pudiera sacar zumo para otros -diez y sustancia para otros veinte; los verdaderos gigantes del valor -y del saber, los fundadores de las monarquías, no confundidores, los -de cien orejas para las noticias y de cien manos para las ejecuciones; -aquel estraño modo de cocer los sujetos grandes en cincuenta y sesenta -otoños de ciencia y experiencia. Aquí vieron formar un gran rey y -cómo le daban los brazos del emperador Carlos Quinto, la testa de -Felipe Segundo y el corazón de Felipe Tercero y el celo de la religión -católica del rey don Felipe Cuarto. Íbales dando las últimas liciones -de cordura. - -Advertid, les decía, que por una de cuatro cosas llega un hombre á -saber mucho, ó por haber vivido muchos años ó por haber caminado muchas -tierras ó por haber leído muchos y buenos libros, que es más fácil, ó -por haber conversado con amigos sabios y discretos, que es más gustoso. - -Por último primor de la cordura les encargó la española espera y la -sagacidad italiana. Sobre todo, que atendiesen mucho á no errar las -principales y mayores acciones de la vida, que son como las llaves del -ser y del valer. - -Porque mirad, les decía, que un hombre pierda un diente ó una uña, y -aunque sea un dedo, poco importa, fácilmente se suple ó se disimula; -pero aquello de perder un brazo, tener un ojo menos, mancarse de una -pierna, ésa sí que es gran tacha. Adviértese mucho, que afea toda la -persona. Pues así digo que un hombre yerre una acción pequeña, no -hace mucho al caso, fácilmente se disimula; pero aquello de errar las -mayores acciones de la vida, las principales ejecuciones, en que va -todo el ser, las partes sustanciales, eso sí que monta mucho, que es un -cojear la honra, afear la fama y un deformar toda la vida. - -Esto iban repasando, cuando vieron que en medio del camino real estaban -batallando dos bravos guerreros y, no sólo contendiendo de palabra, -sino muy de obra, haciéndose el uno al otro valientes tiros á toda -oposición. Aquí el sesudo guión hizo alto y, por evitar el empeño, les -pidió licencia de retirarse á sagrado y volverse á su centro, que dijo -ser el retrete de la prudencia; mas ellos, asiendo dél fuertemente, -le suplicaron no los dejase y menos en aquella ocasión, antes bien -que apresurasen todos tres el paso hacia los dos combatientes, para -despartirlos y detenerlos. - -No hagáis tal, les dijo, que el que desparte suele siempre llevar la -peor parte. - -Porfiaron ambos, encaminándose á la pendencia y llevándole á él asido -en medio. Cuando llegaron cerca y creyeron hallarlos muy malparados y -aun heridos de muerte de sus mismos hierros, advirtieron que no les -salía gota de sangre ni les faltaba el menor pelo de la cabeza. - -Sin duda que estos guerreros, dijo Andrenio, están encantados y que son -otros horrilos, que no pueden morir, sino es que les corten un cierto -cabello de la cabeza, que suele ser el de la ocasión, ó les atraviesen -la planta del pie, como fundamento de la vida, según lo discurre -el ingenioso Ariosto, no bien entendido hasta hoy: perdónenme sus -italianos ingenios. - -Ni es eso ni esotro, respondió el Sesudo; ya yo atino lo que es. Sabed -que este primero es uno de aquellos, que llaman insensibles, de los -que nada les hace mella, nada les empece, ni los mayores reveses de -la fortuna ni los tajos de la propia naturaleza ni los mandobles de -la ajena malignidad. Aunque todo el mundo se conjure contra ellos, no -los sacará de su paso. No por eso dejan de comer ni pierden el sueño y -dicen que es indolencia y aun magnanimidad. - -¿Y este otro, preguntó Andrenio, de tan gentil corpulencia, tan grueso -y tan hinchado? - -Ése es, le respondió, de otro género de hombres, que llaman fantásticos -y entumecidos, que tienen el cuerpo aéreo. No es aquella verdadera y -sólida gordura; sino una hinchazón fofa. Y se conoce en que, si los -hieren, no les sacan sangre, sino viento, haciendo más caso de la -reputación que pierden, que de la herida que reciben. - -Pero lo más digno de reparo fué que á todo esto, no sólo no cesaron -de su necia porfía, cuando llegaron á ellos los tres pasajeros; antes -renovaron con mayor empeño la pendencia. Arremetieron á la par ambos -peregrinos á detenerlos, dejando libre al Varón de sesos, que como tal, -en viendo la suya, dejó la ajena y se metió en salvo, dejándolos á -ellos en el empeño. Que siempre falta el seso á lo mejor y la cordura, -cuando más fué menester. Con harta dificultad pudieron sosegarlos, -preguntándoles la ocasión de su debate, á que respondieron ser por -ellos. Causóles mayor reparo y aun cuidado. - -¿Cómo por nosotros, si no nos conocéis ni os conocemos? - -Ahí veréis lo poco que han menester para empeñarse dos necios. Peleamos -por cuál os ha de ganar y conduciros á su región muy opuesta. - -Si por eso es, tratad de deponer los aceros y de informarnos de quiénes -sois y adónde pretendéis llevarnos, dejándolo á nuestra elección. - -Yo, dijo el primero, queriéndolo ser en todo, soy el que guío los -mortales pasajeros á ser inmortales, á lo más alto del mundo, á la -región de la estimación, á la esfera del lucimiento. - -Gran cosa, dijo Critilo: á esa parte me atengo. - -Y tú ¿qué intentas?, le preguntó al otro Andrenio. - -Yo soy, respondió, el que en este paraje de la vida conduzgo los -fatigados viandantes al deseado sosiego, á la quietud y al descanso. - -Hízole grande armonía á Andrenio esto del descansar, aquello de tender -la pierna y dedicarse á la venerable poltronería y declaróse luego de -su banda. Creció con esto la contienda, pasando de los dos guerreros á -los dos peregrinos, y trabóse más porfiadamente entre los cuatro. - -Yo, decía Andrenio, al dulce ocio me consagro. Ya es tiempo de -descansar. Trabajen los mozos, que ahora vienen al mundo, suden como -nosotros hemos sudado, anhelen y revienten por conseguir los bienes de -la industria y la fortuna; que á un viejo permítasele entregarse ya al -dulce ocio y al descanso, atendiendo á su regalo, cuando no hace poco -en vivir. - -¿Quién tal dice?, replicó Critilo. Cuanto más anciano uno, es más -hombre, y cuanto más hombre, debe anhelar más á la honra y á la fama. -No se ha de alimentar de la tierra, sino del cielo. No vive ya la vida -material y sensual de los mozos ó los brutos, sino la espiritual y más -superior de los viejos y los celestes espíritus. Goce de los frutos -de la gloria, conseguidos con los afanes de tanta pena, corónese el -trabajo de las demás edades con las honras de la senectud. - -Todo el precioso día gastaron en su necia altercación, asistiéndoles á -cada uno su padrino, á Critilo el Vano, y á Andrenio el Poltrón, sin -poderse ajustar; antes estuvieron al canto de dividirse, echando por su -opinión cada uno. Mas Andrenio, porque no se dijese que siempre tomaba -la contraria y quería salir con la suya, se dobló esta vez, diciendo -que se rendía más al gusto de Critilo, que al acierto. Comenzóles -á guiar el Fantástico y á seguirles el Ocioso, en fe de que les -conduciría después á su paraje, no contentándoles el que emprendían, -como lo tenía por cierto. Á pocos pasos descubrieron un empinado monte, -con toda propiedad soberbio, y comenzó á celebrarse el Desvanecido, -dándose todos los epítetos de grandeza. - -Mirad, decía, ¡qué excelencia, qué eminencia, qué alteza! - -¿Y dónde te dejas lo serenísimo?, replicó el Ocioso. - -Coronaba su frente un extravagante edificio, pues todo él se componía -de chimeneas, no ya siete solas, sino setecientas, y por todas no -paraba de salir espeso humo, que en altivos penachos se esparcía al -aire, y todos se los llevaba el viento. - -¡Qué perennes voladores aquéllos!, ponderaba Critilo. - -¡Y qué enfadosa estancia!, decía Andrenio. ¿Quién puede vivir en ella? -De mí digo, que ni un cuarto de hora. - -¡Qué bien lo entiendes!, respondió el Jactancioso; antes aquella es la -vivienda propia de los muy personas, de los estimados y aplaudidos. - -Había chimeneas de todos modos, unas á la francesa, muy disimuladas y -angostas; otras á la española, muy campanudas y huecas, para que aun en -esto se muestre la natural antipatía de estas dos naciones, opuestas en -todo, en el vestir, en el comer, en el andar y hablar, en los genios é -ingenios. - -¿Veis allí, les decía el Vano, el alcázar más ilustre del orbe? - -¿De qué suerte?, replicó Andrenio. - -Y el Ocioso: - -Mejor dijeras el más tiznado, el más curado con tanta humareda. - -¿Pues hay hoy en el mundo cosa que más valga ni más se busque que el -humo? - -¿Qué dices? ¿Y para qué puede valer, sino para tiznar el rostro, hacer -llorar los ojos y echar á un cuerdo de su casa y aun del mundo? - -¿Quién tal discurre? No sólo no huyen dél las personas; sino que se -andan tras él. Hombre hay, que por un poco de humo dará todo el oro -de Génova, que no ya de Tíbar. Yo le ví dar á uno más de diez mil -libras de plata por una onza de humo. Dicen que es hoy el mayor tesoro -de algunos príncipes y que les vale una India, pues con él pagan los -mayores servicios y con él contentan los más ambiciosos pretendientes. - -¿Cómo es eso, que con humo les pagan? ¿Cómo es posible? - -Sí, porque ellos se pagan de él. ¿Nunca has oído decir que con el humo -de España se luce Roma? ¿Sabes tú qué cosa es tener un caballero humos -de título y su mujer de condesa y de marquesa y que les llamen señoría? -¿Humos de mariscal, de par de Francia, de grande de España, de palatino -de Alemania, de baiboda de Polonia? ¿Piensas tú que se estiman en poco -estas penacheras, tremolando al aire de su vanidad? Con este humo de -la honrilla se alienta el soldado, se alimenta el letrado y todos se -van tras él. ¿Qué piensas tú que fueron y son todas las insignias, que -han inventado, ya el premio, ya la ambición, para distinguirse de los -demás, las coronas romanas cívicas ó murales de encina ó grama, las -cidaris persianas, los turbantes africanos, los hábitos españoles, las -jarreteras inglesas y las bandas blancas? Un poco de humo, ya colorado, -ya verde y de todas maneras y en todas partes plausible. - -Íbanse encaramando por aquellas alturas y subidas con buen aire y mucho -aliento, cuando se sintió un extraordinario ruido dentro en el humoso -palacio. - -¿Y esto más?, ponderó Andrenio. ¿Sobre humo ruido? Parece cosa de -herrería de modo, que ya tenemos dos de aquellas tres cosas, que basta -cada una á echar un cuerdo de sus casillas. - -También eso, acudió el Vano, es de las cosas más acreditadas y -pretendidas en el mundo. - -¿El ruido estimado?, replicó Andrenio. - -Sí, porque aquí toda es gente ruidosa, todos se pican de hacer ruido en -el mundo y que se hable de ellos. Para esto se hacen de sentir y hablan -alto, hombres plausibles, hembras famosas, sujetos célebres. Que, si -no es de ese modo, no se hace caso de un hombre en el mundo. Que, en -no llevando el caballo campanillas ni cascabeles, nadie se vuelve -á mirarle, el mismo toro le desprecia. Aunque sea el hombre de más -importancia, si no es campanudo, no vale dos chochos. Por docto, por -valiente que sea, en no haciendo ruido, no es conocido ni tiene aplauso -ni vale nada. - -Reforzábase por puntos la vocería, que pareció hundirse el teatro de -Babilonia. - -¿Qué será esto?, preguntó Critilo. Aquí alguna grande novedad hay. - -Es que vitorean algún gran sujeto, dijo el Fantástico. - -¿Y quién será el tal? Acaso algún insigne catedrático, algún vitorioso -caudillo, decía Andrenio. - -No tanto como eso, respondió con mucha risa el Ocioso; en menos se -emplean ya los vítores de estos tiempos. No será, sino que habrá dicho -alguna chancilla de las que se usan algún farsante ó habrá recitado de -buen aire su papel y ésa es la celebridad. - -¡Hay tal fruslería!, exclamaron. De modo ¿que éstos son los vítores de -agora? - -Basta, que se celebra hoy más una chanza, que una hazaña. Todos -cuantos vienen de unas partes y otras no traen otro, que referirnos, -sino el cuentecillo, el chiste, la chancilla, y con eso pasan y se -deslumbran los males. Más sonada es una tramoya, que una estratagema. -Solemnizábanse en otro tiempo las graves sentencias, los heroicos -dichos de los príncipes y señores; pero ahora la frialdad del truhán y -el chiste de la cortesana. - -Comenzó á resonar por todas aquellas raridades del aire un bélico -clarín, alborozando los espíritus y realzando los ánimos. - -¿Qué es esto?, preguntó Andrenio. ¿Á qué toca este noble instrumento, -alma del aire, aliento de la fama? ¿Despierta acaso á dar alguna -insigne batalla ó á celebrar el triunfo de alguna conseguida vitoria? - -Que no será eso, respondió el Ocioso; ya yo adivino lo que es, por la -experiencia que tengo. Habrá pedido de beber algún cabo, algún señorazo -de los muchos, que aquí yacen. - -¿Qué dices, hombre?, se impacientó Critilo. Dí que ha ejecutado alguna -inmortal hazaña, dí que ha triunfado gloriosamente, que toca á beber la -sangre de los enemigos; y no digas que brinda el otro en el banquete, -que es afrenta vil emplear en acciones tan civiles las sublimes trompas -del aplauso, reservadas á la heroica fama. - -Estaban ya para entrar, cuando se divirtió Andrenio en mirar la -ostentosa pompa del arrogante edificio. - -¿Qué miras?, dijo el Fantástico. - -Miraba, respondió él, y aun reparaba que para ser ésta una casa tan -majestuosa y un tanto monta de todas las ilustres casas, con tantas y -tan soberbias torres, que dejan muy abajo á las de la imperial Zaragoza -y ocupan esas regiones del aire, parece que tiene poco fundamento y ése -flaco y falso. - -Rióse aquí mucho el Ocioso, que siempre iba picándoles á la retaguardia. - -Volvióse Andrenio y en amigable confianza le preguntó si sabía de quién -era aquel alcázar y quién le habitaba. - -Sí, dijo, y más de lo que quisiera. - -Pues dínos, así te vea yo siempre lleno de dejadme estar, ¿quién es el -que le embaraza, si no le llena? - -Éstos, dijo, son los célebres desvanes de aquella tan nombrada reina, -la hija sin padres. - -Causóles mayor admiración. - -Hija y sin padres ¿cómo puede ser? Contradicción envuelve. Si es hija, -padre ha de tener y madre también, que no viene del aire. - -Antes sí y dígoos que no tiene ni uno ni otra. - -¿Pues de quién es hija? - -¿De quién? De la nada y ella lo piensa ser todo y que todo es poco para -ella y que todo se le debe. - -¡Hay tal hembra en el mundo! ¡Y que no la conozcamos nosotros! - -No os admiréis de eso, que os aseguro que ella misma no se conoce y -los que más la tratan menos la entienden y viven desconocidos de sí -mismos y quieren que todos los conozcan. Y si no, preguntadle de qué se -desvanece el otro, no ya el que se levantó del polvo de la tierra, el -nacido entre las malvas; sino el más estirado, el que dice se crió en -limpios pañales. Á todos cuantos hay, que todos son hijos del barro y -nietos de la nada, hermanos de los gusanos, casados con la pudrición. -Que, si hoy son flores, mañana estiércol, ayer maravillas y hoy -sombras, que aquí parecen y allí desaparecen. - -Según eso, dijo Andrenio, ¿esta vana reina es ó quiere ser la -hinchadísima Soberbia? - -Puntualmente, ella misma. La que, siendo hija de la nada, presume ser -algo y mucho y todo. ¿No reparáis qué huecos, qué entumecidos entran -todos cuantos vienen, sin tener de qué ni saberse por qué? Antes bien, -teniendo muchas causas de confundirse. Que, si ellos oyesen lo que -los otros dicen, se hundirían siete estados bajo tierra. Que, como yo -suelo ponderar, las más veces entra el viento de la presunción por los -resquicios por donde había de salir. Que hacen muchos vanidad de lo que -debieran humillación. - -Mas id ya reprimiendo la risa, que hallaréis bien donde emplearla. - -Entraron y volviendo la mira á todas partes, no hallaban dónde parar. -No se veían en toda aquella gran concavidad ni columnas firmes, -que la sustentasen, ni salones reales ni cuadras doradas, que la -enriqueciesen, como se ven en otros palacios; sino desvanes y más -desvanes, huequedades sin sustancia, bóvedas con mucha necedad. Todo -estaba vacío de importancia y relleno de impertinencia. Encaminólos el -Desvanecido al primer desván tan espacioso y estendido como hueco y al -punto los emprendió un cierto personaje, diciéndoles: - -Señores míos, cosa sabida es que el señor conde Claros, mi tartarabuelo -paterno, casó... - -Aguardad, señor, le dijo Critilo: mirad no fuese el conde Oscuros, -cuando no hay cosa más escura que los principios de las prosapias. Á -Alciato con eso en su Emblema de Proteo, donde pondera cuán oscuros son -los cimientos de las casas. - -Por línea recta, decía otro, probaré yo descender del señor infante don -Pelayo. - -Eso creeré yo, dijo Andrenio: que los más linajudos suelen venir de -Pelayo en lo pelón, de Laín en lo calvo y de Rasura en lo raído. - -Estuvo precioso otro, que hacía vanidad de que en seiscientos años no -había faltado varón en su casa, por no decir macho. - -Riólo mucho Andrenio y díjole: - -Señor mío, eso cualquier pícaro lo tiene. Y si no, veamos los -esportilleros ¿descienden acaso de hombres ó de duendes? Desde Adán acá -venimos todos de varón en varón, que no de trasgo en trasgo. - -Yo, decía una muy desvanecida, en verdad que vengo, y sépalo todo el -mundo, de mi señora la infanta doña Toda. - -Poco le aprovecha eso, señora doña Calabaza, si vuestra señoría es doña -Nada. - -Blasonaban muchos su casa de solar y ninguno contradecía. Hombre hubo -de tan estraño capricho, que enfilaba su ascendencia de Hércules -Pinario; que eso de el Cid y de Bernardo es de ayer. Y le averiguaron, -curiosos de enfadados, que no descendía sino de Caco y de su mujer doña -Etcétera. - -Que no son hidalguillos los míos, decía otra impertinentísima; sino un -muy de los gordos. - -Y respondiéronla: - -Y aun de los hinchados. - -¿Qué bravo desván éste?, ponderaba Critilo. ¿No sabríamos cómo le -nombran? - -Respondiéronle que aquélla era la sala del aire. - -Y lo creo, que no corre otro en el mundo. - -De la mejor cepa del reino, decía uno. - -Según eso, no será de blanco ni tinto; sino moscatel. - -Toparon un grande personaje, que estaba sacando un grande árbol de -su genealogía, que eso de cepas es niñería. Iba injiriendo ramas de -acá y de acullá y, después de haberse enramado mucho, paró todo en -hojarascas, sin género de fruto. - -Desengáñense, dijo el Jactancioso, que no hay más casa en el mundo que -la de Enríquez. - -Buena es ésa, respondió el Ocioso; pero aténgome á la de Manrique. - -Sí, es más rica. - -Lo que solemnizaron mucho fué ver fijar á muchos grandes escudos de -armas á las puertas de sus casas, cuando no había un real dentro. Por -eso decía aquél que no hay otra sangre que la real y mis armas son -reales. En esto de los escudos de armas había donosas quimeras. Porque -unos los llenaban de árboles y pudieran de troncos, otros de fieras y -pudieran de bestias, de torres de viento muchos y todo era Babilonia. -Valía allí un tesoro un cuarto de hierro, porque decían ser vizcaíno, á -pesar de el Búho gallego, frío, infausto y de mal pico. - -¿No notáis, decía el Poltrón, las colas, que añaden todos á sus -apellidos: González de tal, Rodríguez de cual, Pérez de allá y -Fernández de acullá? ¿Es posible que ninguno quiere ser de acá? - -Procuraban todos injerirse en buenos troncos y de buen tamaño, unos á -púa, otros á escudete. Jactábanse algunos descender de las casas de los -ricos hombres y era verdad, porque ascendieron primero por los balcones -y ventanas. - -No se vuelve colorada mi sangre, decía un gentilhombre. - -Y respondióle otro: - -Pues de verdad que ni de carne de doncella. - -No hay cuarto como el real, concluyó Andrenio, y más, si fuere de á -ocho. - -¡Qué cansado salgo, decía Critilo, del primer desván! - -Pues advierte que aún nos quedan muchos y más enfadosos. Dirálo éste. - -Era muy ostentoso, porque había en él sitiales, doseles, tronos y -troneras. - -Aquí habéis de entrar, les dijo el Jactancioso, y ya ceremonioso, -haciendo cortesías y zalemas: á tantos pasos una inclinación y á -tantos otra, de modo, que á cada paso su ceremonia y á cada razón su -lisonja. Como si entrásedes á la audiencia del rey don Pedro el Cuarto -de Aragón, llamado el Ceremonioso, por lo puntual y por lo autorizado -en el modo del portarse. Aquí veréis las humanidades, afectando -divinidades; toparéis adoradas muchas estatuas de insensibilidad. -Vieron ya en un estrado una muy desvanecida hembra, que sin título -ni realidad, se hacía servir de rodillas y muy mal, porque si aun -ministrando el paje con manos y con pies y con toda la acción del -cuerpo, se turba y no acierta á hacer cosa, ¿qué será sirviendo á -medias, torciendo el cuerpo, doblando la rodilla, en gran daño de los -búcaros y vidrios? - -Viendo esto, dijo Critilo: - -Mucho me temo que estas rodillas de estrado han de venir á parar en -rodillas de cocina. - -Y realmente fué así, que toda aquella fantasía de adoraciones vino á -parar en humillaciones y toda la afectación de grandeza se trocó en -confusión de pobreza. Pero lo que les cayó muy en gusto y aun donaire -fué ver tres casas llenas de pepitoria de familia, que con un solo -título pretendían todos la señoría, unas por tías, otras por cuñadas, -los hijos por herederos, las hijas por damas. De modo que entre padres -y hijos, tíos y cuñados, llegaban á ser ciento. Y así dijo una harto -entendida que aquella señoría parecía ciento en un pie. - -Era de reir oirles hablar hueco y entonado y con tal afectación, que -aseguran que un cierto gran señor hizo junta de físicos para ver si -podrían darle modo cómo hablar por el cogote, para distinguirse del -pueblo: que eso de hablar por la boca era una cosa común y vulgar. - -Tenían muy medidas las cortesías, ¡ojalá las acciones! contados los -pasos, que habían de dar al entrar y al salir, ¡así tuvieran ajustados -los que daban en el vicio! Todo su cuidado ponían en los cumplimientos, -¡ojalá en las costumbres! Todo su estudio en estos puntos, metiendo en -ello grandes metafísicas, á quién habían de dar asiento y á quién no, -dónde y á qué mano: que, si no fuera por esto, no supieran muchos cuál -era su mano derecha. Causóle gran risa á Andrenio, haciendo gusto del -enfado, ver amo, que estaba en pie todo el día, cansado y aun molido, -manteniendo la tela de su impertinencia. - -¿Por qué no se sienta este señor, preguntó, siendo tan amigo de su -comodidad? - -Y respondiéronle: - -Por no dar asiento á los otros. - -¡Hay tal impertinencia! ¡De modo que, porque no se sienten los demás -delante dél, él tampoco se sienta delante de ellos! Y es lo bueno que -se conciertan los tacaños en darle chasco, yéndose unos y viniendo -otros, con que no están en pie media hora, y á él le tienen así todo el -día. - -¿Y aquel otro por qué no se cubre, que se está helando el mundo? - -Porque no se cubran delante dél. - -Ésa sí que es una gran frialdad, pues él, como más delicado, estando -todo el día descubierto, recoge un romadizo, con que por hacer del -grave vendrá á ser el mocoso. - -Si daban silla á alguno, después de bien escrupuleada, y el tal quería -acercarse para pregonar lo que pedía secreto, sentía que se la detenía -el paje por detrás, como diciendo: _non plus ultra_. Y de verdad que -las más veces será conveniencia, ya para no sentir el mal olor del -afeite, cuidadoso della, ya del achaque, descuidado dél. En esto de -las cortesías acontecía desayunarse cada mañana con un par de enfados. -Porque había algunos de bravo humor, que se iban todo el día de casa en -casa, de estrado en estrado, dándoles valientes sustos, escaseándoles -la señoría, cercenándoles la excelencia. Que por eso dijo bien una que -la pregmática de poderles dar señoría ó excelencia había sido ciencia -para hacerles muchos desaires. Al contrario otro, cuando les iba á -hablar, por haberles menester, llevaba consigo un gran saco de borra y, -preguntándole para qué aquella prevención, respondió: - -De borra de cumplimientos, de paja de lisonjas y cortesías, cuanto -quisieren, á hartar: que me cuesta poco y me vale mucho. Y más, cuando -voy por mi negocio á pedir ó pretender, vacío mi saco de señorías y -llénole de mercedes. - -Pero donde fué ya poco la risa y llegó á irrisión, donde Critilo -exclamó diciendo: ¡Oh, Demócrito! ¿y dónde estás?, fué al ver -la afectada femenil divinidad. Porque, si ellos son vanos, ellas -desvanecidas, mas siempre andan por estremos. - -No hay ira, dijo el Sabio, sobre la de la mujer. - -Y podría añadirse ni soberbia. Sola una tiene desvanecimiento por diez -hombres. Bien pueden ser ellos camaleones del viento; pero á fe que son -ellas piraustas de la humareda. Estaban endiosadas en tronos de borra, -sobre cojines de viento, más huecas que campanas, moviendo aprisa los -abanicos, como fuelles de su hinchazón, papando aire, que no pueden -vivir sin él. Si caminaban, era sobre corcho. Si dormían, en colchones -de viento ó pluma. Si comían, azúcar de viento. Si vestían, randas al -aire, mantos de humo y todo huequedad y vanidad. Más profanas, cuando -más superiores. Adoradas de los serviles criados, que desta desvanecida -adoración les debieron llamar gentiles hombres, que no de su gallardía. -No se comunicaban con todas, sino con otras como ellas. - -Mi prima la duquesa, mi sobrina la marquesa. En no siendo princesa, -no hay que hablar. Traedme la taza del duque, el anis del almirante, -visíteme el médico de los príncipes y señores, aunque sea el más -matante, recéteme el jarabe del rey, venga ó no venga bien, basta ser -del rey; llamadme el sastre de la princesa. - -Faltóles la paciencia y pasaron al desván de la Ciencia, que de verdad -hincha mucho y no hay peor locura que enloquecer de entendido ni mayor -necedad que la que se origina del saber. Toparon aquí raras sabandijas -del aire, los preciados de discretos, los bachilleres de estómago, los -doctos legos, los conceptistas, las cultas resabidas, los miceros, los -sabiondos y dotorcetes; pero á todos ellos ganaban en tercio y quinto -de desvanecimiento los puros gramáticos, gente de brava satisfacción. Y -así decía uno que él bastaba á inmortalizar los hombres con su estilo y -hacer emes con su pluma. Decía ser el clarín de la fama, cuando todos -le llamaban el cencerro del orbe. - -¡Ver éstos, ponderaba Critilo, cuando estampan algún mal librillo, la -audacia con que entran, la satisfacción con que hablan! ¡Mal año para -Aristóteles con todas sus metafísicas y á Séneca con sus profundidades! - -Achaque también de poetillas intrépidos, cuando desconfía Virgilio y -manda quemar su inmortal Eneida y el ingenioso Bocalini comienza en su -Prólogo recelando. Pues oir un astrólogo, el desvanecimiento, con que -habla en un pronostiquillo de seis hojas y seis mil disparates, como si -fuese el mejor tomo del Tostado. - -Aquí hallaron los Narcisos del aire, que pareció novedad. Porque los de -los cristales, los pasados por agua, son ya vistos, aunque no vistosos. -¡Qué bien glosaban ellos mismos á todo lo que decían y las más veces -era un disparate!: - -¿Digo algo? - -Arqueando las cejas. - -¿No os parece que dije bien? - -Dictaba uno de estos, que se escuchan, un memorial para el rey y díjole -al escribiente, que no llegaba á secretario: - -Escribí, señor. - -Y no bien hubo escrito esta sola palabra, cuando le dijo: - -Leed. - -Leyó _señor_ y él, cayéndosele la baba, comenzó á exclamar: - -Qué bien, señor, bien, mil veces bien. - -Había muchos déstos, que como si echaran preciosidades por la boca, -peores que los que miran en el lienzo lo que arrojan por las narices, -á cada palabra hacían pausa, solicitando el aplauso. Y si el oyente ó -enfadado ó frío se les escusaba, ellos mismos le acordaban el descuido: - -¿Qué os parece? ¿No estuvo bien dicho? - -Pero los rematados eran algunos oradores, que en puesto tan grave y -alto decían: - -¡Esto sí que es discurrir! Aquí, aquí ingenios míos, de puntillas, de -puntillas. - -Cuando menos se tenía lo que decían, cuando menos subsistía el -conceptillo. - -Y así decía uno déstos: - -Séneca dijo esto; pero más diré yo. - -¡Hay necedad más garrafal!, glosó Andrenio. ¡Qué esto pueda decir un -blanco! - -Dejadlo, que es andaluz, dijo otro, ya tienen licencia. - -Esto dificultan los sabios, proseguía; yo daré la solución, yo lo diré -y más y más. - -Juro por vida de la cordura, exclamó Critilo, que sueñan todos éstos en -opinión de juicio y que dijo bien aquel gran monarca, habiendo oído á -uno déstos: - -Traedme quien ore con seso. - -Y á otro semejante le apodó buñuelo de viento. - -Lástima es, ponderaba Critilo, que no haya un avisado avisador, que -tuerza la boca, guiñe el ojo, doble el labio y se ageste de licenciado -de Salamanca. Pero ya Momo anda á sombra de tejado y campea en su lugar -el aplauso, cabeceando á lo necio, con la simplicísima lisonja, aquella -hermosa, que basta á desvanecer al mismo bruto de Apuleyo. - -Señores, ponderaba Andrenio, que á los grandes hombres no les pese de -haber nacido, que los entendidos quieran ser conocidos, súfraseles; -pero que el nadilla y el nonadilla quieran parecer algo y mucho, que -el niquilote lo quiera ser todo, que el villanón se ensanche, que el -ruincillo se estire, que el que debría esconderse quiera campear, -que el que tiene por qué callar blasfeme, ¿cómo nos ha de bastar la -paciencia? - -Pues no hay sino tenerla y prestarla, dijo el Jactancioso. Que aquí no -hay hombre sin penacho ni hembra sin garzota. Y muchos con penacheras -de tornear de á doce palmos en alto y los avestruces baten las mayores, -porque dicen les vienen nacidas. Y es de notar que, cuando parecían -irlos dejando caer, los echan hacia atrás, haciendo cola de las que -fueron crestas. Atended cuáles andan todos los pequeños de puntillas -para poder ser vistos, ayúdanse de ponlevíes, ya para hacer ruido, -ya para ser mirados. Hombrean aquéllos y alargan el cuello para ser -estimados. Los otros hacen de los graves muy hinchados con fuelles de -lisonja y desvanecimiento. Précianse éstos de muy apersonados y de -tener gentil fachada, porque los exprimidos dicen no valer nada, gente -de poca sustancia. - -¡Oh lo que importa la buena corpulencia!, decía uno de ellos, que da -autoridad, no sólo para con el vulgo, sino para con un Senado: que -los más son superficiales. Suple mucha falta de alma: que un abultado -tiene andado mucho para parecer hombre de autoridad. Gran hombre y -gran nombre prometen gran persona: que hace mucho ruido lo campanudo y -parece gran cosa lo abultado. - -¿Qué hiciera el mundo sin mí?, pasaba diciendo un mochillero y no era -español. - -Mas luego pasó otro, que lo era, y decía: - -Nosotros nacimos para mandar. - -Paseaba un mal gorrón, paseando la mano por el pecho, y decía: - -¡Qué arzobispo de Toledo se cría aquí! ¡Qué patriarca! - -Yo seré un gran médico, decía otro, que tengo buen talle y mejor parola. - -No faltaba en Italia soldado español, que no fuese luego don Diego y -don Alonso. Y decía un italiano: - -¿_Signori, en España quién guarda la pécora_? - -Andá, le respondió uno, que en España no hay bestias ni hay vulgo como -en las demás naciones. - -Llegaron actualmente á darle la enhorabuena á un cierto personaje de -harto poca monta, de una merced muy moderada, y respondía: - -Pecho hay para todo. Dándose en él dos palmadas. Procedía otro muy á lo -fantástico, hinchando los carrillos y soplando. - -Á éste, dijo Andrenio, sin duda que no le cabe el viento y humo en los -cascos, cuando se le rezuma por la boca. - -Pasó en esto otro con un gran tizón en la mano, humeando ambos. - -¿Quién es éste?, preguntaron. Y respondiéronles: - -Éste es el que pegó fuego al célebre templo de Diana. En efecto, no más -de porque se hablase dél en el mundo. - -¡Oh mentecato!, dijo Critilo. ¿Pues no advirtió que todos le habían de -quemar la estatua y que su fama había de ser funesta? - -Que no se le dió á él nada de eso; no pretendió mas de que se hablase -dél en el mundo, fuese bien ó mal. ¡Oh cuántos han hecho otro tanto, -abrasando las ciudades y los reinos, no más de porque se hablase de -ellos, pereciendo su honra, pero no su infamia! ¡Cuántos y cuántos -sacrifican sus vidas al ídolo de la vanidad, más bárbaros que los -caribes, exponiéndose á los choques y á los asaltos, no más de por -andar en las gacetas, embarazando las cartas novas! - -¡Qué caro ruido!, ponderaba Critilo: dígole sonada necedad. - -Pero no se admiraron ya de haber visto todos estos imaginarios -espacios, con caramanchones de la loca fantasía, desde el un cabo -del mundo al otro, comenzando por Inglaterra, que es el estremo del -desvanecimiento y aun de toda monstruosidad, compitiendo la belleza de -sus cuerpos con la fealdad de sus almas. No estrañaron ya el desván de -los necios linajudos ni el de los poderosos altivos por verse en alto, -el de los hinchados sabios, de las insufribles hembras, con todos los -demás. El que les hizo grande novedad fué uno, llamado el desván viejo, -lleno de ratones ancianos, muy autorizados de canas y de calvas. - -Basta, dijo Andrenio, que yo siempre creí que el encanecer era un -rezumarse el mucho seso; y agora conozco que en los más no es sino -quedárseles el juicio en blanco. - -Escucharon lo que conversaban y hallaron que todo era jactarse y -alabarse. - -En mi tiempo, decía uno, cuando yo era, cuando yo hacía y acontecía, -entonces sí que había hombres; que agora todos son muñecas. - -Yo conocí, yo traté, decía otro, ¿no os acordáis de aquel gran maestro, -el otro famoso predicador, pues aquel gran soldado? ¡Qué grandes -hombres había en todo género de cosas! ¡Qué mujeres! Más valía una de -entonces, que un hombre de agora. - -Desta suerte están todo el día diciendo mal del siglo presente, que -no sé cómo los sufre. Nadie les parece que sabe, sino ellos. Á todos -los demás tienen por mozos y por muchachos, aunque lleguen á los -cuarenta y, mientras ellos viven, nunca llegan los otros á ser hombres -ni á tener autoridad ni mando. Luego les salen con que ayer vinieron -al mundo, que aún se están con la leche en los labios y con el pico -amarillo. - -Antes que vos nacierais, antes que vinierais al mundo, ya yo estaba -cansado. - -Y no miente, que á fe lo son de todas maneras, jactanciosos, -vanagloriosos, ocupando uno de los más encaramados desvanes. Finalmente -llegaron á otro tan estremo de fantástico, que dejaba muy atrás todos -los pasados. Tenía dos gigantes columnas á la puerta, como _non plus -ultra_ del desvanecimiento. Negábanles la entrada y hubiera sido -conveniencia, porque, después de haber desperdiciado ruegos éstos y -conciliado estimaciones aquéllos, al abrir ya la ostentosa puerta, -digo puerto de torbellinos de viento, de tempestades, de vanidad, -les embistió una tal avenida de humos y de fantasías, que dudaron si -se habría reventado en el Vesubio algún volcán. Y fué tal el tropel -de enfados, que, no le pudiendo tolerar, volvieron las espaldas á lo -cuerdo. Pero qué desván de desvanes fuese el tal, promete decirlo la -siguiente Crisi. - - - - -CRISI VIII - -_La cueva de la nada._ - - -Á todas luces anduvieron desalumbrados los que dijeron que pudiera -estar el mundo mejor trazado de lo que hoy lo está, con las mismas -cosas de que se compone. Preguntados del modo, respondían que todo al -revés de como hoy le vemos. Esto es, que el sol había de estar acá -bajo ocupando el centro del universo y la tierra acullá arriba donde -agora está el cielo en ajustada distancia. Porque de esa suerte los que -hoy se experimentan azares, entonces se lograran conveniencias. Fuera -siempre día claro, viéramosnos las caras á todas horas y procediéramos -con lisura. Pues á la luz del mediodía con esto no hubiera noches -prolijas para desazonados ni largas para enfermos ni capas de maldad -para bellacos. No padeciéramos las desigualdades de los tiempos, las -inclemencias del cielo ni la destemplanza de los climas. No hubiera -invierno triste y encapotado, con nieves, nieblas y escarchas. No se -sonaran los romadizos ni tosiéramos con los catarros. No conociéramos -sabañones en el invierno ni sarpullido en el verano. No hubiera que -emperezar por las mañanas ni que estar todo el día tragando humo á una -chimenea, calentándonos por un lado y resfriándonos por el otro. No -pasáramos el estío sudando, basqueando, dando vuelcos toda la noche -por la cama. Escapáramonos de una tan intolerable plaga de sabandijas, -enemigos ruincillos, mosquitos que pican y moscas que enfadan. Fuera -siempre una primavera alegre y regocijada. No duraran solos quince -días las rosas ni solos dos meses las flores. Cantaran todo el año los -ruiseñores y fuera continuo el regalo de las guindas. No conociéramos -entonces ni groseros Diciembres, ni Julios apicarados, con tanto -desaliño. Todos fueran verdes Abriles y floridos Mayos á uso del -paraíso, conduciendo todas estas comodidades á una salud de bronce y á -una felicidad de oro. - -Otra cosa: que fuera cien veces mayor la tierra, pues todo lo que ahora -es cielo, repartida en muchas y mayores provincias, habitadas de cultas -y políticas naciones, no informes, sino uniformes, porque no hubiera -entonces negros, chichimecos ni pigmeos, salvajes, etcétera. - -Otrosí: que no fuera tan seca España, airosa la Francia, húmeda Italia, -fría Alemania, aneblada Inglaterra, hórrida Suecia y abrasada la -Mauritania. Así que toda la tierra fuera un paraíso y todo el mundo un -cielo. - -Deste modo discurrían hombres blancos y aun aplaudidos de sabios; -pero, bien examinado este modo de echarse á discurrir, no tanto puede -pasar por opinión, cuanto por capricho de entendimientos noveleros, -amigos de trastornarlo todo y mudar las cosas cuadradas en redondas, -dando materia de risa al sentencioso Venusino. Éstos, por huir de un -inconveniente, dieron en muchos y mayores, quitando la variedad y -con ella la hermosura y el gusto, destruyendo de todo punto el orden -y concierto de los tiempos, de los años, los días y las horas, la -conservación de las plantas, la sazón de los frutos, el sosiego de -las noches, el descanso de los vivientes, procediendo á todo esto -sin estrella, pues las habrían de desterrar todas por ociosas, no -hallándolas ocupación ni puesto. Pero á todos estos desconciertos -¿qué había de hacer el sol inmoble y apoltronado en el centro del -mundo, contra toda su natural inclinación y obligación, que á fuer de -vigilante príncipe pide moverse sin parar, dando una y otra vuelta por -toda su lucida monarquía? - -He, que no es tratable eso; muévase el sol y camine, amanezca en unas -partes y escóndase en otras, véalo todo muy de cerca y toque las cosas -con sus rayos, influya con eficacia, caliente con actividad y refresque -con templanza y retírese con alternación de tiempos y de efectos, aquí -levanté vapores, allí conmueva vientos, hoy llueva, mañana nieve, ya -cubierto, ya sereno, ande, visite, vivifique, pase y pasee de la una -India á la otra, déjese ver ya en Flandes, ya en Lombardía, cumpliendo -con las obligaciones de universal monarca del orbe, que, si el ocio -dondequiera es culpable vicio, en el príncipe de los astros sería -intolerable monstruosidad. - -Deste modo iban altercando el Honroso y el Ocioso. Éste que ya los -guiaba y aquél que les seguía. - -Ora, dejaos, dijo Andrenio, de caprichosas cuestiones y decidnos ¿qué -desván fuese aquel último y tan estremado? - -Aquel, respondió el Fantástico, es el de los primeros hombres del -mundo, de los que ocupan la coronilla de Europa y aun la coronan. Y -por eso tan altivos, que realmente tienen valor, pero se lo presumen; -saben, pero se escuchan; obran, pero blasonan. - -¡Oh, qué capaz me pareció!, decía Critilo. - -Sí, el más hueco, porque es un agregado de todos los otros. Haced -cuenta que estuvisteis á las mismas puertas de la plausible Lisboa. - -Sí, sí, exclamaron: el desván de los fidalgos portugueses. Cierto que -serían famosos, si no fuesen fumosos; pero responden ellos que no puede -dejar de haber mucho humo donde hay mucho fuego. Llámanles sebosos -vulgarmente; pero ellos échanlo á crueles en sus memorables batallas. -Tomaron mucho de su fundador Ulises, con que no se topa jamás portugués -ni bobo ni cobarde. - -Pésame que no entrásedes allá, dijo el Holgón, porque hubiéradeis -visto estremados pasajes de fantasía. Que, como en otras partes se -fijó el _non plus ultra_ del valor, aquí el de la presunción. Allí -hubiéradeis topado hidalguías de á par de Deus, solares de antes de -Adán, enamorados perenales, poetas atronados, aunque ninguno aturdido, -músicos de quita allá, ángeles, ingenios prodigiosos sin rastro de -juicio. Y en una palabra, cuando las demás naciones de España, aun los -mismos castellanos, alaban sus cosas con algún recelo, por excelentes -que sean, yendo con tiento en celebrarlas: ¿esto vale algo?, es así -así, parece bueno, los portugueses alaban sus cosas á todo hipérbole, -á superlativa satisfación: ¡cosa famosa, cosa grande, la primera del -mundo, no se hallará otra como ella en todo el orbe, que eso de Castela -es poca cosa! - -Aguarda, dijo Critilo, entre éstas y éstas ¿dónde nos llevas? Que me -parece vamos dando gran baja, pasando de estremo á estremo. - -No os dé cuidado, les respondió su flemático Guión, que os prometo que -sin cansaros os habéis de hallar en el más holgado país del mundo, en -el de los acomodados y que saben vivir. Asegúroos que son sombra suya -los decantados Elisios y que los asombra. Aquí toparéis los hombres de -buen gusto, los que viven y gozan. - -Mas, apenas dejaron el empinado monte, cuando entraron á glorias -en un ameno y alegre prado, centro de delicias, estancia del buen -tiempo, ya sea la primavera, coronada de flores, ya el otoño de -frutas. Ostentábanse aquellos suelos cubiertos de alfombras del Abril, -matizadas de Flora, recamadas de líquidos aljófares por las bellas -niñas de la más alegre Aurora, si bien no se lograba fruto alguno. -Comenzaban á registrar todas aquellas floridas campiñas, alternadas -de huertas, parques, florestas y jardines y de trecho á trecho se -levantaban vistosos edificios, que parecían casas todas de recreación. -Porque allí campeaba la Tapada de Portugal, Buena Vista de Toledo, -la Troya de Valencia, Comares de Granada, Fontanable de Francia, el -Aranjuez de España, el Pusicio de Nápoles, Belveder de Roma. Fuéronse -empeñando por un paseador espacioso y delicioso y no tan común, que no -encontrasen gente de buen porte y de deporte, más lucios, que lucidos. -Y entre muchos personajes muy particulares, ninguno conocido. Tomaban -todos el viaje muy de espacio. - -_Pian piano_, decían los italianos. - -No vivir aprisa, repetían los españoles. - -Porque mirad, glosaba el _bel poltroni_, todos al cabo de la jornada de -la vida llegamos á un mismo paradero, los sagaces tarde y los necios -temprano. Unos llegan molidos, otros holgados, los sabios mueren, mas -los tontos revientan. Estos hechos pedazos y aquellos muy enteros. Y de -verdad que, pudiendo llegar algunos años después, que es gran necedad -veinte años antes ni una hora. - -Saber un poco menos y vivir un poco más, iba diciendo uno. - -Y no os envidiéis los buenos ratos, les encargaba otro. - -No os queráis sisar los buenos días: _placheri placheri y mas -placheri_, decía un italiano. - -Holgueta, holgueta, un español. - -Encontraban á cada paso estancias de mucho recreo, donde no trataban -sino de darse un buen verde y dos azules y los que podían gozar de -dos primaveras no se contentaban con una. Allí vieron los bailetes -franceses, haciéndose piezas los mismos monsieures, bailando y -silbando, los toros y cañas españolas, los banquetes flamencos, las -comedias italianas, las músicas portuguesas, los gallos ingleses y las -borracheras septentrionales. - -¡Qué lindo país, decía Andrenio, y lo que me va contentando! Esto sí -que es vivir y no matarse. - -Pero notad, dijo el Fantástico, toda esta bulla, el poco ruido que hace -en el mundo. - -¡Y que con tanto juglar, no sean estos hombres sonados! - -No es gente ruidosa, respondió el Dejado, no gustan de meter ruido en -el mundo. - -Tampoco veo hombre conocido y, con pasar tantas carrozas llenas de -príncipes y señores, no veo que sean nombrados. - -Es que lo disimulan y no poco. - -Toparon una gran muela de gentes y no personas. Tenían rodeado un -monstruo de gordura, que no se le veían los ojos; pero sí una gran -panza, colgada al cuello de un banda. - -¿Qué pesado hombre será éste?, dijo Andrenio. - -Pues te aseguro que lo es harto más un flaco, un podrido, un consumido -ú consumidor, un estrecho, un estrujado. Que antes los muy gruesos de -ordinario son más llevaderos, digo tolerables. - -Estaba dando reglas de _accomodabuntur_, hecho un oráculo de la propia -_comodité_. - -¿Qué cosa es ésta?, preguntó Critilo. - -Ésta es, le respondieron, la escuela donde se enseña á vivir. Llegaos -por vuestra conveniencia y aprenderéis á alargar los años y á estirar -la vida. - -Llegaban unos y otros á consultarle aforismos de conservarse y él los -daba y los platicaba. Estaba actualmente diciendo: - -_E yo volo videre quanto tempo potrá acampare un bel poltroni._ - -Y repantigóse en una silla poltrona. - -Sin duda que esta es la escuela de Epicuro, dijo Andrenio. - -No será, respondió Critilo: que aquel filósofo no hablaba italiano. - -¡Qué importa, si lo obraba y lo vivía! Sea lo que fuere, éste puede ser -maestro de aquel otro. - -Llegó uno, que platicaba en pachorra y díjole: - -_Messere_, ¿qué remedio para tener buenos días y mejores años? - -Aquí él, abriendo un geme de boca de los del gigante Goliat, habiendo -hecho la salva á carcajadas, le respondió: - -_Bono_, _bono_, sentaos, que mientras pudiereis estar sentado, nunca -habéis de estar en pie. Yo os quiero dar mejor regla de todas, la nata -del vivir; pero habéismela de pagar en trentines catalanes. - -No será posible, respondió. - -¿Por qué no? - -Porque no han dejado uno tan solo los monsieures. - -Buen remedio, sean de los del duque de Alburquerque, que con un par me -contento. _Ora va de regola, attentione. No pillar fastidio de nienti._ - -¿De nada, _Messere_? - -_De nienti._ - -¿Aunque se muera una hija, una hermana? - -_De nienti._ - -¿Ni la mujer? - -Menos. - -¿Una tía de quien heredé? - -Oh, que cosa aquesta. Aunque se os muera todo un linaje entero de -madrastras, cuñadas y suegras, haced los insensibles y decid que es -magnanimidad. - -_Messere_, preguntó otro, y para tener buenas comidas y mejores cenas, -¿cómo haría yo? - -Gastad en buenas ollas, lo que ahorréis de malas nuevas. - -¿Pues cómo haría yo para no oirlas? - -No escucharlas. Haced lo que aquel otro avisado, que al criado, que -se descuidaba en decir algo, que de mil leguas le pudiese desazonar ó -darle pena, al punto lo mandaba despedir de su servicio. - -_Patrono mio caro_, entró otro platicante de acomodado, todo eso es -niñería con lo que yo pretendo. Decidme, ¿cómo haría yo, aunque me -costase perder media hora de sueño, el no dormir una siesta para llegar -á vivir unos, unos...? - -¿Qué? ¿Cien años? - -Más. - -¿Ciento y veinte? - -Poco es eso. - -¿Pues cuánto queréis vivir? - -Lo que ya hay ejemplar, lo que se vivía antiguamente. - -¿Qué? ¿Novecientos años? - -Sí, Sí. - -No tenéis mal gusto. - -¿Cómo haría yo para llegar siquiera á unos ochocientos? - -¿Para llegar decís? Mas, en llegando, ¿qué más tiene que hayan sido -mil, que ciento? - -Aunque no fuesen sino unos quinientos. - -No puede ser eso, respondió. - -¿Por qué no? - -Porque no se usa. - -Pues así como vuelven todos los demás usos, ¿por qué no podría volver -éste al cabo de los años mil y aun de los cuatro mil? - -¿No veis vos que los buenos usos nunca más vuelven ni lo bueno á tener -vez? - -Pues, _Messere_, ¿cómo hacían aquellos primeros hombres del tiempo -antiguo para vivir tanto? - -¿Qué? Ser buenos hombres, como quien no dice nada. No se pudrían de -cosa, porque no había entonces mentiras ni aun en los casamientos ni -escusas para no pagar ni largas para cumplir. No había preguntadores -que matan, habladores que muelen, porfiados que atormentan, necios -cansados que aporrean. No había quien estorbase ni mujeres tijeretas, -criados rezongones. No mentían los oficiales ni aun los sastres. No -había abogados ni alguaciles. Y lo que es más que todo eso, no había -médicos. Y con que inventaron mil cosas, Júbal la música, Tubal Caín -el hierro, no hubo hombre, que se aplicase á ser boticario. Así que -nada había de todo esto: mirá si habían de vivir á ochocientos y á -novecientos años los hombres, siendo tan personas. Quitadme vos todos -estos topes, que yo os daré luego que vivan á mil y aun á dos mil años. -Porque cada cosa déstas basta á quitar cien años de vida y hacer que -se pudra y se consuma y se mate un hombre en cuatro días. Y digo que -aun es milagro que vivan tanto; sino que á puro de ser buenos hombres -viven algunos, que para éstos es el mundo. Otra cosa os sé decir, que -según van de cada día empeorándose las materias, agotándose los bienes -y aumentándose los males, adelantándose los malos usos, temo que se ha -de ir acortando la vida de modo que no lleguen á ceñirse espada los -hombres ni aun á atacarse las calzas. - -_Messere_, le replicó, será imposible eso y más en los tiempos, que -alcanzamos, quitar que no haya pleitos, injusticias, falsedades, -tiranías, latrocinios, ateísmos acá y herejías acullá. Pues tampoco -faltarán guerras que destruyan, hambres que consuman, pestes que acaben -y rayos que asuelen. - -Íbase ya muy desconsolado éste, cuando le llamó el _bel poltroni_ y le -dijo: - -Ora, mire V. señoría, que no querría que se fuese triste de mi jovial -presencia. Yo le daré una recetilla de conservar el individuo, que es -hoy la más válida en Italia y la más corriente en todo el mundo y es -ésta: _Cena poco, usa el foco, in testa capelo e poqui pensieri en el -cerbelo. ¡Oh, la bella cosa!_ - -¿De modo que me dice V. señoría que pocos cuidados? - -_Poquissimi._ - -Según eso ¿no me conviene á mí el ser hombre de negocios ni asistir al -despacho? - -Por ningún caso. - -¿Ni ministro? - -Menos. - -¿Ni tratar de avíos, llevar cuentas, ser asentista, mayordomo? - -De ningún modo. - -¿Ni estudiar mucho ni pleitear ni pretender? - -_Nata, nata de todo eso, nunca trabajar de cabeza_ y, en una palabra, -_non curare de niente_. - -Desta suerte acudían unos y otros á consultarle _de tuenda valetudine_ -y á todos respondía muy al caso: á éste, folgueta; á aquél, vita bona, -y á todos _andiamo alegremente_. Y á un cierto personaje bien grave le -encargó mucho aquello de las sesenta ollas al mes. - -Paréceme, dijo Critilo, que toda esta ciencia del saber vivir y gozar -para en pensar en nada y hacer nada y valer nada. Y como yo trato de -ser algo y valer mucho, no se me asienta esta poltronería. - -Y con esto dió prisa en pasar adelante, siguiéndole Andrenio con harto -dolor de su corazón, que le ahumaban mucho aquellas liciones y iba -repasando su aforismo: _Non curare de niente_; sino del vientre. - -Pasaron adelante y entre varias tropelías del gusto, casas de gula -y juego, toparon una gran casa, que repetía para palacio, con sus -empinadas torres, soberbios homenajes y en medio de su majestuosa -portada, en el mismo arquitrabe, se leía este letrero: - -Aquí yace el príncipe de tal. - -¿Cómo que yace? se escandalizó Andrenio. Yo le he visto pocas horas ha -y sé que es vivo y que no piensa en morir tan presto. - -Eso creeré yo, le respondió el Honroso. También es verdad que aquí -vivieron muchos héroes, antepasados suyos; pero el que aquí yace, que -no vive, muerto es y huele tan mal, que todos se tapan las narices, -cuando sienten la hediondez de sus viciosas costumbres. Ni es él solo -el que yace; sino otros muchos sepultados en vida, amortajados entre -algodones y embalsamados entre delicias. - -¿Cómo sabes tú que están muertos?, dijo el Ocioso. - -¿Y cómo sabes tú que están vivos?, replicó el Vano. - -Porque los veo comer. - -¿Pues qué, el comer es vivir? - -¿No les oyes roncar? - -Eso es decir que están muertos desde que nacieron y pasan plaza -de finados, pues ya llegaron al fin del ser personas. Que, si la -definición de la vida es el moverse, éstos no tienen acción propia ni -obran cosa que valga. ¿Qué más muertos los quieres? - -Lastimábase Critilo de ver tal crueldad, que enterrasen los hombres -vivos, y rióse el Vano de su llanto, diciéndole: - -Advierte que ellos mismos, por no matarse, se sepultan en vida y se -vienen por su pie á enterrar en los sepulcros del ocio, en las urnas de -la flojedad, quedando cubiertos del polvo del eterno olvido. - -¿Quién será aquel señor, que yace en aquel sepulcro de la hedionda -lascivia? - -Quien no será más de lo que hasta hoy ha sido. Y de aquel otro antes -se supo que fué muerto, que vivo, ó fué su nacer el morir. Mirad aquel -príncipe: no hizo más ruido que el de su primero llanto, cuando entró -en el mundo. - -He reparado, dijo Critilo, que no se topa un caballero francés -sepultado en vida, habiendo tantos de otras naciones. - -Ésa, dijo el Honroso, es una singular prerrogativa de la nación -francesa, que lo bueno se debe aplaudir. Sabed que en aquel belicoso -reino ninguna damisela admitirá para esposo al que no hubiere asistido -en algunas campañas. Que no los sacan para el tálamo del túmulo del -ocio. Desprecian los Adonis de la corte, por los Martes de la campaña. - -¡Oh, qué buen gusto de madamas! Esa misma reputación introdujo la -Católica reina doña Isabel en su palacio, entre sus damas; aunque duró -poco, habiendo sido la primera, que se sirvió de las hijas de grandes -señores. - -Estaban llenos aquellos holgazanes sepulcros, no de muertos vivos, -sino de vivos muertos; y no sólo de los mayorazgos de las ilustres -casas, sino de segundones, sucesores de retén, de terceros y de -cuartos, sin que saliesen á medrar y valer ni en las campañas ni en -las Universidades. Todos yacían en las mesas del juego, en el cieno de -la torpeza, en el regazo de la ociosidad, única consorte del vicio. Y -lo que es más, á vista de sus padrazos y madroñas, penándose de que -les duela una uña y no haciendo caso de que les duela la honra y la -conciencia con tan traidora piedad. - -Llegaron, después de haber paseado toda aquella dilatada compañía de la -ociosidad, los prados del deporte y campo franco de los vicios, á dar -vista á una tenebrosa gruta, boquerón funesto de una horrible cueva, -que yacía al pie de aquella soberbia montaña, en lo más humilde de su -falda, antípoda del empinado alcázar de la estimación honrosa, opuesta -á él de todas maneras. Porque, si aquél se encumbraba á coronarse de -estrellas, ésta se abatía á sepultarse en los abismos del olvido. - -Allí todo era empinarse al cielo; aquí, rodar por el suelo. Que para -todo se hallan gustos: más de malos, que de buenos. Había la distancia -de uno á otra, que va de un estremo de altivez á otro de abatimiento -y vileza. Campeaba más la entrada, cuanto más oscura y tenebrosa. Que -su mismo deslucimiento la hacía más notable. Era muy espaciosa, nada -suntuosa, sin género alguno de simetría, basta y bruta. Y con ser tan -fea y tan horrible, embocaba por ella un mundo de cosas. Los coches de -á tres tiros, muy holgados, carrozas tiradas de seis pías y las más -veces remendadas, sillas de mano, literas y trineos. Pero ningún carro -triunfal. - -Estábaselo mirando Andrenio poco menos que aturdido; mas Critilo, -solicitado de su mucha, aunque no ordinaria, curiosidad, comenzó á -inquirir qué cueva fuese aquélla. Aquí el Honroso, sacando un gran -suspiro del profundo de su sentimiento, dijo: - -¡Oh cuidados de los hombres! ¡Oh cuán mucha es la nada! Sabrás, oh -Critilo, que ésta es aquella tan conocida cuan poco celebrada cueva, -sepultura de tantos vivos, éste es el paradero de las tres partes del -mundo, ésta es, y no te escandalices, la cueva de la nada. - -¿Cómo de la nada, replicó Andrenio, cuando yo veo desaguar en ella la -gran corriente del siglo, el torrente del mundo, ciudades populosas, -cortes grandes, reinos enteros? - -Pues advierte que, después de haber entrado allá todo eso que tú dices, -se queda vacía. - -He, mira cuántos van entrando allá. - -Pues no hallarás persona dentro. - -¿Qué se hacen? - -Lo que hicieron. - -¿En qué paran? - -En lo que obraron. Fueron nada, obraron nada y así vinieron á parar en -nada. - -Llegó en esto á querer entrar un cierto sujeto y, hablando con ellos, -les dijo: - -Señores míos, yo lo he probado todo y no he hallado oficio ni empleo -como no hacer nada. - -Y colóse dentro. Venía encaminado á ella un otro gran personaje con -numerosa comitiva de lacayos y gentiles hombres, á toda prisa de su -antojo, sin poderle detener ni los ruegos de sus más fieles criados ni -los consejos de sus amigos. Salióle al paso el Honroso y díjole: - -Señor excelentísimo, serenísimo, sea lo que fuere, ¿cómo hace esto V. -excelencia, pudiendo ser un príncipe famoso, el héroe de su casa, el -aplauso de su siglo, obrando cosas memorables y hazañosas, llenando su -familia de blasones? ¿Por qué se quiere sepultar en vida? - -Quitaos de ahí, le respondió, que no quiero nada ni se me da nada de -todo; mas quiero hacer mi gusto y gozar de mi regalo. ¿Yo cansarme? ¿Yo -molerme? ¡Bueno por mi vida! Nada, nada de eso. - -Y diciendo y no haciendo, metióse dentro á nunca más ser nombrado. Tras -éste venía un mozo galancete, más estirado de calzas que de hombros y -con tanta resolución como disolución, se fué á meter allá. Gritóle el -Honroso, diciendo: - -Señor don Fulano, una palabra de una obra: ¿pues cómo un hijo de un tan -gran padre, que llenó el mundo de sus heroicos aplausos, que floreció -tanto en su siglo, así se quiere marchitar y sepultarse en el ocio y en -el vicio? - -Mas él, atropellando con todo: - -No me enfadéis, le dijo, no me deis consejos: obraron tanto mis -antepasados, que no me dejaron qué hacer. No se me da nada de no ser -algo. - -Y lanzóse allá á no ser nunca visto ni oído. - -Desta suerte y tan sin dicha entraban unos y otros, estos y aquéllos, -que se despoblaba el mundo y nunca se llenaba la infeliz sima de las -honras y de las haciendas. Entraban caballeros, títulos, señores y aun -príncipes. Y admirados de ver uno muy poderoso le dijeron: - -¿Y vos, señor, también venís á para acá? - -No vengo, respondió él; sino que me traen. - -Á fe que no es buena escusa. - -Entraban hombres de valor á valer nada, floridos ingenios á -marchitarse, hombres de prendas á nunca desempeñarse. Pasaban del -holgarse y del entretenerse á no ser estimados y del prado á la cueva -de la nada, condenados á olvido sempiterno. Tenía ya el un pie en el -umbral de la cueva un cierto personaje, que parecía de importancia, -cuando llegó un otro de barbas tan agrias como su condición, que -parecía persona de gobierno. Y tirándole de la capa, le dió un recado -de parte de su gran dueño, ofreciéndole una embajada de las de primera -clase y que otros muchos la pretendían; mas él, haciendo burla, no la -quiso aceptar, diciendo: - -Yo renuncio todos los cargos con las cargas. - -Volvióle á hacer instancia tomase un bastón de general y él: - -Quita allá, que no quiero nada, sino á mí mismo y todo entero. - -¡Siquiera un virreinato! - -Nada, nada; déjenme estar en mis gustos y mis gastos. - -Y quedóse muy casado con su nada. - -Válgate por cueva de la nada, decía Critilo, y lo que te sorbes y te -tragas. - -Estaban dos ruincillos, que no les dieran del pie, arrojando á -puntillazos allá dentro á muchos hombres grandes, gente sin cuento por -no ser de cuenta, sin darse manos de echar por no tenerlas. - -Allá van, decían, noblezas, hermosuras, gallardías, floridos años, -bizarrías, galas, banquetes, paseos, saraos, entretenimientos, al -covachón de la nada. - -¡Hay tal monstruosidad!, se lastimaba Critilo. ¿Y quién es esta vil -canalla? - -Aquel es el Ocio y este otro es el Vicio, camaradas inseparables. - -Oyeron que estaba un ayo ponderándole á un hijo segundo de una de las -mayores casas del reino: - -Mirad, señor, que podéis ser mucho. - -¿Cómo? - -Queriendo. - -He, que nací tarde. - -Adelantaos con la industria y con el mérito, recompensando con el valor -el poco favor de la fortuna, que ése fué el atajo del Gran Capitán y -algunos otros, que se aventajaron á sus venturosos mayorazgos. Pudiendo -ser un león en la campaña, ¿queréis ser un lechón en el cenagal de la -torpeza? Oid cómo os llaman los bélicos clarines á emplear las trompas -de la fama. Cerrad los oídos á las cómicas Sirenas, que os quieren -echar á pique de valer nada. - -Mas él, haciendo chanzas de las hazañas, respondía: - -¿Yo balas, yo asaltos, yo campañas, pudiéndome andar del paseo al -juego, de la comedia al sarao? De eso me guardaré yo muy bien. - -Mirad que valdréis nada. - -Que no se me da nada. - -Y así fué, que tampoco se le dió nada y alcanzó nada. - -Á quien se le logró la diligencia fué al Honroso, que, viendo que un -padre verdadero y muy prudente enviaba un hijo suyo, mozo de buenas -esperanzas, á la Universidad de Salamanca para que por el atajo de las -letras, que de verdad lo es así como rodeo el de las armas, llegase -á conseguir un gran puesto, él en vez de ir á cursar, echó por el -divertimiento y se encaminaba al paradero ordinario de valer nada. -Compasivo el Honroso de ver perderse tan voluntariamente un tan buen -ingenio, llegóse á él y díjole: - -Señor legista, qué malparecer habéis tomado, pudiendo estudiar y -velando lucir y pretendiendo un colegio mayor, pasar á una chancillería -y á un consejo real, que no hay más seguro pasadizo, que una beca. -Olvidando todo esto, queréis malograr el precioso tiempo, hundir la -hacienda y frustrar las esperanzas de vuestros padres. Cierto, que -habéis tomado mal consejo. - -Valióle este aviso y aun desengaño, que importa mucho el tener buen -entendimiento para abrazar la verdad. Y aseguran que velando y valiendo -de grada en grada llegó á una presidencia, honrando su casa y su -patria. Pero fué éste la Fénix entre muchos patos. Que lo común es -trocar el libro por la baraja, el teatro literario por el cómico corral -y el vade por la guitarra, con que el derecho anda tuerto y aun á -ciegas, el digesto maldigerido, yendo á parar en la cueva de la nada, -no siendo ni valiendo nada. - -Señores, ponderaba Critilo, que un hombre común, un plebeyo, trate de -entrarse en esta cueva vulgar, pase, no me admiro: que de verdad les -cuesta mucho el llegar á valer algo, estáles muy cara la reputación, -cuéstales mucho la fama; pero los hombres de mucha naturaleza, los de -buena sangre, los de ilustres casas, que por poco, que se ayuden, han -de venir á valer mucho y dándoles todos la mano han de venir á tener -mano en todo, que ésos se quieran enviciar y anonadar y sepultarse -vivos en el covachón de la nada, cierto que es lastimosa infelicidad. -Si los otros pelean con balas de plomo, el noble con balas de oro. Las -letras, que en los demás son plata, en los nobles son oro y en los -señores, piedras preciosas. ¡Oh, cuántos, por no cansarse media docena -de cursos, anduvieron corridos toda la vida, por no lograr breve tiempo -de trabajo, perdieron siglos de fama! - -Pero entre muchos de aquellos viles ministros, sepultureros del vicio, -vieron que andaba muy atareada una bellísima hembra, convirtiendo en -azar con manos de jazmín cuanto tocaba. Teníalas de nieve, pues todo -lo elevan, tanto, que, en tocando el mayor hombre, el más prudente, el -más sabio, le convertía en estatua de pórfido ó de mármol frío y no -paraba un punto ni un momento de arrojar gente en aquella funesta sima -del desprecio. Ni era menester traerlos con sogas ni con maromas; que -sólo un cabello bastaba. Pero, ¿qué mucho, si los llevaba cuesta abajo? -Hacía mayor estrago cuanto mayor prodigio era de belleza. - -¿Quién es ésta, preguntó Andrenio, que lleva traza de despoblar el -mundo? - -¿Es posible, que no la conoces?, respondió su gran contrario el -Honroso. ¿Ahora estamos en eso? Ésta es mi mayor antagonista, la misma -deidad de Chipre, sino en persona, en sirena, en cuerpo, que no en -espíritu. Huid de ella, que no hay otro remedio. Que, si eso hubiera -hecho aquel príncipe, que tiene asido con mano de nieve y garra de -neblí, no hubiera tan presto descaecido de héroe, que ya andaba en ese -predicamento y muy adelante. - -¡Oh, qué lástima, se lamentaba Critilo, que al más empinado cedro, -al más copado árbol, al que sobre todos se descollaba, se le fuese -apegando esta inútil yedra, más infructífera cuanto más lozana! -Cuando parece que le enlaza, entonces le aprisiona; cuando le adorna, -le marchita; cuando le presta la pompa de sus hojas, le despoja de -sus frutos, hasta que de todo punto le desnuda, le seca, le chupa -la sustancia, le priva de la vida y le aniquila. ¿Qué más? ¿Y á -cuántos volviste vanos? ¿Cuántos linces cegaste, cuántas águilas -abatiste, á cuántos ufanos pavones hiciste abatir la rueda de su más -bizarra ostentación? ¡Oh á cuántos, que comenzaban con bravos aceros, -ablandaste los pechos! Tú eres, al fin, la aniquiladora común de -sabios, santos y valerosos. - -Á otro lado de la cueva vieron un raro monstruo con visos de persona, -haciendo á todo muy mala cara. Tenía estrañas fuerzas, pues asiendo con -solos dos dedos, como haciendo asco, algunos suntuosos edificios, los -arrojaba al centro de la nada. - -Allá va, decía, ese dorado palacio de Nerón, esas termas de Domiciano, -esos jardines de Eliogábalo. Porque todos valieron nada y sirvieron de -nada. No así los castillos fuertes, las incontrastables ciudadelas, que -erigieron los valerosos príncipes, para llaves de sus reinos y freno de -los contrarios. No los famosos templos, que eternizaron los piadosos -monarcas; las dos mil iglesias, que dedicó á la madre de Dios el rey -don Jaime. - -Allá van, decía, esos serrallos de Amurates, ese alcázar de Sardanápalo. - -Pero lo que mayor novedad les hizo fué verle asir las obras del ingenio -y con notable desprecio vérselas arrojar allá. Hízole duelo á Critilo -verle asir de un libro muy dorado y que amagaba sepultarle en el eterno -olvido y rogóle no lo hiciese; más él, haciendo burla, le dijo: - -He, vaya allá, pues entre mucha adulación no tiene rastro de verdad ni -de sustancia. - -Basta, replicó Critilo, que el dueño de que habla y á quien lo dedica -le hará inmortal. No podrá, respondió él, que no hay cosa que más -presto caiga que la mentirosa lisonja, que no tiene fundamento, antes -solicita enfado. - -Echóle allá y tras él otros muchos libros, voceando: - -Allá van esas novelas frías, sueños de ingenios enfermos, esas comedias -silbadas, llenas de impropiedades y faltas de verisimilitud. - -Apartó unas y dijo: - -Éstas no; resérvense para inmortales por su mucha propiedad y donoso -gracejo. - -Miró el título Critilo, creyendo fuesen las de Terencio y leyó: - -Parte primera de Moreto. - -Éste es, le dijo, el Terencio de España. Allá van, decía, esos autores -italianos. - -Reparó Critilo y díjole: - -¿Qué haces? Que se escandalizará el mundo, pues están hoy en tanta -reputación las plumas italianas, como las espadas españolas. - -He, dijo, que muchos de estos italianos debajo de rumbosos títulos -no meten realidad ni sustancia; los más pecan de flojos, no tienen -pimienta en lo que escriben ni han hecho otros muchos dellos que echar -á perder buenos títulos, como el autor de la Plaza universal. Prometen -mucho y dejan burlado al lector y más si es español. - -Alargó la mano hacia otro estante y comenzó con harto desdén á arrojar -libros. Leyó los títulos Critilo y advirtió eran españoles, de que se -maravilló no poco y más cuando conoció eran historiadores y sin poder -contenerse le dijo: - -¿Por qué desprecias esos escritos, llenos de inmortales hazañas? - -Y aun ésa es la desdicha, le respondió, que no corresponde lo que éstos -escriben á lo que aquéllos obran. Asegúrote que no ha habido más hechos -ni más heroicos, que los que han obrado los españoles; pero ningunos -más malescritos, por los mismos españoles. Las más de estas historias -son como tocino gordo, que á dos bocados empalagan. No escriben con -la profundidad y garbo político, que los historiadores italianos, un -Guiciardino, Bentivollo, Catarino de Ávila, el Siri y el Virago en sus -Mercurios, secuaces todos de Tácito. Creedme que no han tenido genio en -la historia, así como ni los franceses en la poesía. - -Con todo, de algunos reservaba algunas hojas; mas á otros todos enteros -y aun sin desatarlos los tiraba de revés hacia la nada y decía: - -Nada valen, nada. - -Pero notó Critilo que por maravilla desechaba obra alguna de autor -portugués. - -Éstos, decía, han sido grandes ingenios, todos son cuerpos con alma. - -Alteróse mucho Critilo al verle alargar la mano hacia algunos teólogos, -así escolásticos, como morales y expositivos y respondióle á su reparo: - -Mira: los más déstos ya no hacen otro que trasladar y volver á repetir -lo que ya estaba dicho. Tienen bravo cacoetes de estampar y es muy poco -lo que añaden de nuevo, poco ó nada inventan. - -De solos comentarios sobre la primera parte de santo Tomás le vió echar -media docena y decía: - -Andad allá. - -¿Qué decís? - -Lo dicho. Y haréis lo hecho. Allá van esos expositivos secos como -esparto, que tejen lo que ha mil años que se estampó. - -De los legistas arrojaba librerías enteras y añadió que, si le dejaran, -los quemara todos, fuera de unos cuantos. De los médicos echaba sin -distinción, porque aseguraba que ni tienen modo ni concierto en el -escribir. - -Mirad, decía, qué tanto, que aún no saben disponer un índice y esto -habiendo tenido un tan prodigioso maestro como Galeno. - -Entretanto que esto le pasaba á Critilo, fuése acercando Andrenio al -boquerón de la cueva y puso el pie en el deslizadero de su umbral; mas -al punto arremetió á él el Honroso, diciéndole: - -¿Dónde vas? ¿Es posible que tú también te tientas de ser nada? - -Déjame, le respondió, que no quiero entrar; sino ver desde aquí lo que -por allá pasa. - -Riólo mucho el Honroso y díjole: - -¿Qué has de ver, si todo en entrando allá es nada? - -Oiré. - -Siquiera menos. Porque las cosas, que una vez entran, nunca más son -vistas ni oídas. - -Llamaré alguno. - -¿De qué suerte, que ninguno tiene nombre? Y si no, díme ¿del infinito -número de gentes, que en tantos siglos han pasado, qué ha quedado de -ellos? Ni aun la memoria de que fueron ni que hubo tales hombres. Solos -son nombrados los que fueron eminentes en armas ó en letras, gobierno y -santidad. Y porque lo consideremos más de cerca, díme: en este nuestro -siglo entre tantos millares, como hoy embarazan la redondez de la -tierra, en tantas provincias y reinos ¿quiénes son nombrados? Media -docena de hombres valerosos, aun no otros tantos sabios, no se habla -sino de dos ó tres reyes, un par de reinas, de un santo padre, que -resucita los Leones y Gregorios; todo lo demás es número, es broma, no -sirven sino de consumir los víveres y aumentar la cuantidad, que no la -calidad. Pero ¿qué estás mirando con mayor ahinco, cuando ves nada? - -Miro, dijo, que aún hay menos que nada en el mundo. Díme por tu vida -¿quién son aquellos, que están arrinconados aún en la misma nada? - -¡Oh, le respondió: mucho hay que decir desa nada! Ésos son... - -Pero dejémoslos, si te parece, para la siguiente Crisi. - - - - -CRISI IX - -_Felisinda descubierta._ - - -Cuentan que un cierto curioso, mas yo le definiera necio, dió en un -raro capricho de ir rodeando el mundo y aun rodando con él en busca, -cuando menos, del contento. Llegaba á una provincia y comenzaba -á preguntar por él á los ricos los primeros, creyendo que ellos -le tendrían, cuando la riqueza todo lo alcanza y el dinero todo -lo consigue; pero engañóse, pues los halló cuidadosos siempre y -desvelados. Lo mismo le pasó con los poderosos, viviendo penados y -desabridos. Fuese á los sabios y topólos muy melancólicos, quejándose -de su corta ventura, á los mozos con inquietud, á los viejos sin salud, -con que todos de conformidad le respondieron que ni le tenían ni aun -le habían visto; pero, sí oído á sus antepasados que habitaba en el -otro país de más adelante. Pasaba luego allá, tomaba lengua de los más -noticiosos y respondíanle lo mismo, que allí no; pero, que se decía -estar en el que se seguía. Fué pasando desta suerte de provincia en -provincia, diciéndole en todas: - -Aquí no, allá, acullá, más adelante. - -Subió á la Islandia, de allí á la Groelandia, hasta llegar al Tile, -que sirve al mundo de tilde, donde oyendo la misma canción, que en las -otras, abrió los ojos para ver que andaba ciego y conocer su vulgar -engaño y aun el de todos los mortales, que desde que nacen van en -busca del contento sin topar jamás con él, pasando de edad en edad, de -empleo en empleo, anhelando siempre á conseguirle. Conocen los de el un -estado que allí no está, piénsanse que en el otro y llámanles felices -y aquéllos á los otros, viviendo todos en un tan común engaño, que aún -dura y durará mientras hubiere necios. - -Así les sucedió á nuestros dos peregrinos del mundo, pasajeros de la -vida, que ni en la vana presunción ni en el vil ocio pudieron hallar -descanso y así no hicieron su mansión ni el uno en el palacio de la -vanidad ni el otro en la cueva de la nada. En medio el umbral de ella -persistía Andrenio, solicitando saber quién fuesen aquellos, que -estaban metidos de medio á medio en la nada. - -Ésos, le respondió el Fantástico, son unos ciertos sujetos, que aun son -menos que nada. - -¿Cómo puede ser eso? ¿Qué menos pueden ser que nada? - -Muy bien. - -¿Pues qué serán? - -¿Qué? Nonadillas, que aun de la nada no se hartan, y así les llaman -cosidas y figurillas y ruincillos y nonadillas. Mira, mira aquél, cómo -anda echando piernas sin tener pies ni cabeza, hombreando el otro sin -ser hombre. ¡Qué cosilla tan ruincilla aquella de allá, acullá! Pues á -fe que tiene harto malas entrañuelas. Verás hombres de carne momia y -momios los que debrían ser los primeros. Mira qué de sombras sin cuerpo -y qué de figurillas de sombra y sobra: hallarás títulos sin realidad y -muchas cosas de sólo título. Mira qué de impersonales personas y qué -de estatuas sin estatua. Verás magnates servidos con vajillas de oro, -entre costumbres de lodo y aun estiércol. Muchos nacidos, que aún no -viven y muertos, que no vivieron. Aquellos de acullá eran leones, que -en teniendo cama fueron liebres. Y estos otros nacidos como hongos, sin -saberse de dónde ni de qué. Mira hacer los estoicos á muchos epicúreos -y la follonería pasar por filosofía. Mira lejos de aquí la fama y muy -cerca la fame. Verás malvistos los que están en alto y muchos hijos de -algo, que pararon en nada. Verás muchas hermosuras perderse de vista y -las más lindas por bellas. Verás que no son de gloriosa fama los que de -golosa voluntad y venir á morir de hambre los más hartos. Verás pedir -y tomar á los que no se les da nada y á muchos tenidos por ricos, que -aun el nombre no es suyo. No hallarás sí sin no ni cosa sin un sino. -Verás que por no hacer caso se pierden las casas y aun los palacios -y por no curarse de lo mucho todo fué nada. Mira muchos cabos, que -acaban con todo, sino con el enemigo, y por eso nunca se acaban las -guerras, porque hay cabos. Verás que todo buen verde fué sin fruto y -que las verduras no granan. Toparás muchas arrugas en agraz seco y -pocas en sazonadas pasas. Sentirás lo más biendicho sin dicha y toda -gracia en desgracia, grandes ingenios sin genio y sin dotor muchas -librerías. Oirás locos á gritos y las menos cuerdas más tocadas. Los -que debrían ser Césares son nada y las más grandes casas sin un cuarto. -Verás encogidos los más estirados y á muchos hacer vanidad de lo que es -nada. Buscarás hombres y toparás con trasgos y el que creíste ser de -terciopelo es de bayeta. Verás sin ceros los más sinceros y al que no -tiene cuentos no ser de cuenta. Ya las dádivas y dones son aire, pues -donaire. Verás finalmente cuán mucha es la nada y que la nada querría -serlo todo. - -Mucho más dijera, que tenía mucho que decir de la nada, á no -interrumpirle el Ocioso que, acercándose á Andrenio, intentó á -empellones de dejamiento arrojarle dentro de la infeliz cueva y -sepultarle en medio del fondón de la nada. Viendo esto el Fantástico, -asió de Critilo y comenzó á tirar de él hacia el palacio de la vanidad, -llenándole los cascos de viento, fatales ambos escollos de la vejez, -tan por estremo opuestos, que en el uno suele peligrar de ociosa y en -el otro de vana. Pero fué único remedio darse ambos las manos, con que -pudieron templarse y hacer un buen medio entre tan peligrosos estremos. -Asieron de la ocasión que, aunque cana, no calva, y á pura fuerza de -razón y de cordura salieron del evidente riesgo de su pérdida. - -Trataron ya vitoriosos de encaminarse á triunfar á la siempre augusta -Roma, teatro heroico de inmortales hazañas, corona del mundo, reina -de las ciudades, esfera de los grandes ingenios, que en todos siglos, -aun los mayores, las águilas caudales tuvieron necesidad de volar á -ella y darse unos filos de Roma. Hasta los mismos españoles, Lucano, -Quintiliano, ambos Sénecas cordobeses, Luciano y Marcial bilbilitanos. -Trono del lucimiento, que lo que en ella luce por todo el mundo campea. -Fénix de las edades, que cuando otras ciudades perecen, ella renace y -se eterniza. Emporio de todo lo bueno, corte de todo el mundo, que todo -él cabe en ella. Pues el que ve á Madrid, ve á solo Madrid, el que á -París, no ve sino á París, y el que ve á Lisboa, ve á Lisboa; pero el -que ve á Roma, las ve todas juntas y goza de todo el mundo de una vez, -término de la tierra y entrada católica del cielo. - -Y si ya la veneraron de lejos, agora la admiraron de cerca, sellaron -sus labios en sus sagrados umbrales, antes de estampar sus plantas. -Introdujéronse con reverencia en aquel _non plus ultra_ de la tierra y -un tanto monta del cielo. Discurrían mirando y admirando sus novedades, -que parecen antiguas; y sus antigüedades, que siempre se hacen nuevas. - -Reparó en su reparar un mucho hombre, que cortesanamente se les fué -acercando ó ellos á él para informarse. Á pocos lances, que hizo con -destreza, conoció que eran peregrinos y ellos que él era raro y tanto, -que pudiera dar liciones de mirar al mismo Argos, de penetrar á un -zahorí, de prevenir á un Jano y de entender al mismo Descifrador. Pero -¿qué mucho, si era un cortesano viejo de muchos cursos de Roma, español -inserto en italiano, que es decir, un prodigio? Era gran hombre de -notas y de noticias, con los dos realces de buen ingenio y buen gusto, -el cortesano de más buenos ratos, que pudieran desear. - -Vosotros, les dijo, según veo, habéis rodeado mucho y avanzado -poco. Que, si de primera instancia hubiérades venido á este epílogo -del político mundo, todo lo bueno hubiérades logrado y visto de la -primera vez, llegando por el atajo del vivir al colmo del valer. -Porque advertid que, si otras ciudades son celebradas por oficinas de -maravillas mecánicas, en Milán se templan los impenetrables arneses, -en Venecia se clarifican los cristales, en Nápoles se tejen las ricas -telas, en Florencia se labran las piedras preciosas, en Génova se -ahuchan los doblones; Roma es oficina de los grandes hombres. Aquí se -forjan las grandes testas, aquí se sutilizan los ingenios y aquí se -hacen los hombres muy personas. - -Y si son dichosos los que habitan las ciudades grandes, añadió otro, -porque se halla en ellas todo lo bueno y lo mejor, en Roma se vive dos -veces y se goza muchas, paradero de prodigios y centro de maravillas. -Aquí hallaréis cuanto pudiéredes desear. Sola una cosa no toparéis en -ella. - -Y será sin duda, replicaron ellos, la que nosotros venimos á buscar, -que ése suele ser el ordinario chasco de la fortuna. - -¿Qué es lo que buscáis?, les dijo. - -Y Critilo: - -Yo una esposa. - -Y Andrenio: - -Yo una madre. - -¿Y cómo se nombra? - -Felisinda. - -Dudo que la halléis, por lo que dice de felicidad. ¿Pero dónde tenéis -nueva que se alberga? - -En el palacio del embajador del rey Católico. - -Oh sí y aun el rey de los embajadores. Llegáis á ocasión que ya es -parte de dicha. Allá me encaminaba yo esta tarde, donde concurren -los ingenios á gozar del buen rato de una discreta academia. Es el -embajador príncipe de bizarro genio, originado de su grandeza. Que, -así como otros príncipes ponen su gusto en tener buenos caballos, que -al fin son bestias, otros en lebreles, dados á perros, en tablas y en -lienzos muchos, que son cosas pintadas, en estatuas mudas, en piedras -preciosas, que si un día amaneciese el mundo con juicio, se hallarían -muchos sin hacienda, este señor gusta de tener cerca de sí hombres -entendidos y discretos, de tratar con personas, que cada uno muestra lo -que es en los amigos que tiene. - -Llegaron ya al genial albergue, entraron en un salón bien aliñado y -capaz, teatro de Apolo, estancia de sus galantes Gracias y coro de sus -elegantes Musas. Allí apreciaron mucho el ver y conocer los mayores -ingenios de nuestros tiempos, hombres tan eminentes, que con cada -uno se pudiera honrar un siglo y desvanecerse una nación. Íbaselos -nombrando el cortesano y dándoseles á conocer. - -Aquel que habla el francés en latín es el Barclayo, venturoso en -aplausos, por no haber escrito en lengua vulgar. - -Aquel otro de la bieninventada invectiva es el que supo más bien decir -mal, el Bocalini. Conoced el Malvezi, filosofando en la historia, -estadista de sí mismo. Aquel Tácito á las claras es Henrico Caterino. -Mas aquel otro, que está embutiendo de borra, de memoriales, de cartas -y de relaciones de la tela de oro de su Mercurio, es el Siri. Vale á -los alcances su antagonista el Virago, más flojo y más verídico. Ved el -Góngora de Italia, como si él se fuese el Aquilino. Aquel elocuentísimo -polianteísta es Agustín Mascardo. Y así otros singulares ingenios de -valiente rumbo y mucho garbo. - -Fueron ocupando sus puestos y llenándolos también y, después de -conciliada, no sólo la atención, pero la expectación, arengó el Marino, -cumpliendo con el oficio de secretario y dando principio con el más -célebre de sus epigramas morales, que comienza: - - Abre el hombre infeliz, luego que nace, - antes que al sol, los ojos á la pena, etcétera. - -Aunque no pudo librarse de la censura de que no concluye al propósito, -pues, habiendo referido la prolijidad de miserias por toda la vida del -hombre, da fin, diciendo: - - De la cuna á la urna hay sólo un paso. - -Acabado de relatar el soneto, prosiguió así: - -Todos los mortales andan en busca de la felicidad, señal de que -ninguno la tiene. Ninguno vive contento con su suerte ni la que le -dió el cielo ni la que él se buscó. El soldado siempre pobre alaba -las ganancias del mercader y éste recíprocamente la fortuna del -soldado, el jurisconsulto envidia el retrato sencillo y verdadero -del rústico y éste la comodidad del cortesano, el casado codicia la -libertad del soltero y éste la amable compañía del casado. Éstos llaman -dichosos á aquéllos y aquéllos al contrario á éstos, sin hallarse -uno que viva contento con su fortuna. Cuando mozo piensa el hombre -hallar la felicidad en los deleites y así se entrega ciegamente á -ellos con muy costosa experiencia y tardo desengaño. Cuando varón la -imagina en las ganancias y riquezas. Y cuando viejo en las honras y -dignidades. Rodando siempre de un empleo en otro, sin hallar en ninguno -la verdadera felicidad. Donosa ponderación del sentencioso lírico, -si bien, aunque levantó la caza, no la dió mate, ni halló salida al -reparo. Ésta hoy se libra á vuestro bizarro discurrir, siendo el asunto -señalado para esta tarde, disputarse ha en qué consista la felicidad -humana. - -Dicho esto, volvió el rostro hacia el primero, que era el Barclayo, más -por acaso, que por afectación. Éste, después de haber pedido la venia -al príncipe y haber cabeceado á un lado y á otro, discurrió así: - -De gustos siempre oí decir que no se ha de disputar, cuando vemos que -la una mitad del mundo se está riendo de la otra. Tiene su gusto y su -gesto cada uno y así yo hago burla de aquellos sabios á lo antiguo, -que defendían consistir la felicidad, uno que en las honras, otro que -en las riquezas, éste que en los deleites, aquél que en el mundo, tal -que en el saber, y cual que en la salud. Digo que me río de todos -estos filósofos, cuando veo tan encontrados los gustos, que, si el -vano anhela por las honras, el sensual hace burla dél y dellas; si el -avaro codicia los tesoros, el sabio los desprecia. Así que diría yo que -la felicidad de cada uno no consiste en esto ni en aquello, sino en -conseguir y gozar cada uno de lo que gusta. - -Fué muy celebrado este decir y mantúvose buen rato en este aplauso, -hasta que el Virago: - -Reparad, señores, les dijo, en que los más de los mortales emplean -mal su gusto, pues á veces en las cosas más viles y indignas de la -naturaleza racional. Porque, si se halla uno, que guste de los libros, -habrá ciento que de las cartas; si éste de las buenas musas, aquél -de las malas sirenas. Y así entended que las más veces no es, no, -felicidad conseguir uno su gusto, cuando le tiene tan malo. Demás que, -por bueno y relevante que sea, de nada se satisface, no para en ningún -empleo; antes, alcanzado uno, luego le enfada y busca otro, siendo la -inconstancia evidencia de la no conseguida felicidad. Muchas habrían -de ser las felicidades de los señores y príncipes, de quienes decía uno -y no mal que todas son ganicas. Hoy asquean lo que aplaudieron ayer y -mañana acriminarán lo que buscaron hoy. Cada día empleo flamante y cada -instante obra nueva. - -Borró con esto el concepto, que habían hecho de la pasada opinión y -mereció la expectación de todos para la suya, que propuso así: - -Principio es muy asentado entre los sabios que el bien ha de constar -de todas sus causas, lleno de todas partes, sin que le falte la menor -circunstancia. De modo que para el bien todas que sobren y para mal -una que falte y, si esto se requiere para cualquier dicha, ¿qué será -para una felicidad entera y consumada? Supuesta esta máxima, saquemos -ahora las consecuencias. ¿Qué le importa á un poderoso tener todas las -comodidades, si le falta la salud para gozarlas? ¿Qué tendrá el avaro -con las riquezas, si no tiene ánimo para lograrlas? ¿De qué le sirve al -sabio su mucho saber, si no tiene amigos capaces con quien comunicarlo? -Digo, pues, que no me contento con poco; todo lo pretendo y juzgo que -lo ha de tener todo el que se hubiere de llamar feliz, para que nada -desee. De suerte que la felicidad humana consiste en un agregado de -todos los que se llaman bienes, honras, placeres, riquezas, poder, -mando, salud, sabiduría, hermosura, gentileza, dicha y amigos con quien -gozarlo. - -Esto sí que es decir, exclamaron. No deja que discurrir á los demás. - -Pero tomó la mano el Siri, intimando la atención para echar el bollo á -la controversia. - -Grandemente, dijo, os ha contentado este montón quimérico de gustos, -este agregado fantástico de bienes; pero advertid que es tan fácil de -imaginar, cuan imposible de conseguir. ¿Porque cuál de los mortales -pudo jamás llegar á esta felicidad soñada? Rico fué Creso, pero no -sabio; sabio fué Diógenes, pero no rico. ¿Quién lo obtuvo todo? Mas -doy que lo consiga. El día, que no tenga que desear, ha de ser ya -infeliz. Y que también hay desdichados de dichosos: suspiran y asquean -algunos de hartos y les va mal, porque les va bien. Después de haberse -señoreado Alejandro de este mundo, suspiraba por los imaginarios, que -oyó quimerear á un filósofo. Con más facilidad querría yo la felicidad -y así me calzo la opinión del revés y afirmo todo lo contrario. Estoy -tan lejos de decir que consista la felicidad en tenerlo todo, que antes -digo que en tener nada, desear nada y despreciarlo todo. Y ésta es la -única felicidad, con facilidad, la de los discretos y sabios. El que -más cosas tiene, de más depende y es más infeliz el que de más cosas -necesita: así como el enfermo más cosas ha menester, que el sano. No -consiste el remedio del hidrópico en añadir de agua, sino en quitar -de sed. Lo mismo digo del ambicioso y del avaro. El que se contenta -consigo solo es cuerdo y es dichoso. ¿Para qué la taza, donde hay mano -con que beber? El que encarcelare su apetito entre un pedazo de pan -y un poco de agua, trate de competir de dichoso con el mismo Jove, -dice Séneca. Y sello mi voto, diciendo que la verdadera felicidad no -consiste en tenerlo todo, sino en desear nada. - -No queda más que oir, exclamó el común aplauso. Pero fué también -descaeciendo este sentir y callaron todos, para que el Malveci -filosofase desta suerte: - -Digo, señores, que este modo de opinar procede más de una melancólica -paradoja, que de un acierto político, y que es un querer reducir la -noble humana naturaleza á la nada. Pues desear nada, conseguir nada -y gozar de nada ¿qué otra cosa es, que aniquilar el gusto, anonadar -la vida y reducirlo todo á la nada? No es otra cosa el vivir que un -gozar de los bienes y saberlos lograr, tanto los de la naturaleza, -como del arte, con modo, forma y templanza. No hallo yo que pueda ser -perficionar al hombre el privarle de todo lo bueno; sino destruirle -de todo punto. ¿Para qué son las perfecciones? ¿Para qué los -empleos? ¿Para qué crió el sumo Hacedor tanta variedad de cosas con -tanta hermosura y perfección? ¿De qué servirá lo honesto, lo útil y -deleitable? Si éste nos vedara lo indecente y nos concediera lo lícito, -pudiera pasar; pero bueno y malo, llevarlo todo por un rasero, á fe que -es bravo capricho. Por lo tanto diría yo: ya veo que es una académica -bizarría; pero en las grandes dificultades, arte es el saberse arrojar. -Digo, pues, que aquel se puede llamar dichoso y feliz, que se lo piensa -ser; y al contrario, aquel será infeliz, que por tal se tiene, por -más felicidades y venturas, que le rodeen, quiero decir, que el vivir -con gusto es vivir y que solos los gustosos viven. ¿Qué le aprovecha -á uno tener muchas y grandes felicidades, si no las conoce, antes las -juzga desdichas? Y al contrario, aunque al otro todas le falten, si él -vive contento, eso le basta. El gusto es vida y la gustosa vida es la -verdadera felicidad. - -Arquearon todos las cejas, diciendo: - -Esto ha sido dar en el blanco y apurar del todo la dificultad. De -modo que cada sentencia les parecía la última y que no quedaba ya qué -discurrir. Y es cierto se abrazara este dictamen, si no se le opusiera -aquel águila, cisne digo, el culto Aquilini, diciendo: - -Aguardad, reparad, señores, en que es de solos necios el vivir -contentos de sus cosas, siendo la bienaventuranza de los simples la -propia y plena satisfacción. Beato tú, le dijo el célebre Bonarota, al -que le contentaban sus malos borrones, cuando á mí nada de cuanto pinto -me satisface. Así que yo siempre me contenté mucho de aquella bella -prontitud del Dante. Al fin, Alígero, por su alado ingenio. Tuvo mucho -vivo aquella sazonada respuesta, cuando habiéndose disfrazado en uno -de los días carnavales y mandándole buscar el Médicis su gran patrón -y Mecenas, para poderle conocer entre tanta multitud de personados, -ordenó que los que le buscasen fuesen preguntando á unos y á otros: -¿_Quién sabe del bien_? Y desatinando todos, cuando llegaron á él y le -preguntaron: ¿_Chi sa del bene_? prontamente respondió: _Chi sa del -male_. Con que al punto dijeron: - -Tú eres el Dante. - -¡Oh, gran decir: aquel sabe del bien, que sabe del mal! No gusta de -los manjares, sino el hambriento y el sediento de la bebida. Dulce le -es el sueño á un desvelado, así como el descanso al molido. Aquellos -estiman la abundancia de la paz, que pasaron por las miserias de la -guerra; el que fué pobre sabe ser rico; el que estuvo encarcelado goza -de la libertad; el náufrago, del puerto; el desterrado, de su patria, -y el que fué infeliz, de la dicha. Veréis á muchos malhallados con los -bienes, porque no probaron de los males. Así que aquel diría yo es -feliz, que fué primero desdichado. - -Contentó mucho este discurso; mas entró á impugnarle el Mascardo, -probando no poder ser dicha la que suponía la desdicha ni contento -verdadero el que sucedía á la pena. Ya el mal va delante y el pesar -gana de mano al placer. No sería esa felicidad entera; sino á medias, -respecto de la desdicha. Y de esa suerte, ¿quién quisiera ser feliz? -Viniendo, pues, á mi sentir, como yo tenga por máxima con otros muchos, -que no hay dicha ni desdicha, felicidad ó infelicidad, sino prudencia -ó imprudencia, digo que toda la felicidad humana consiste en tener -prudencia y la desventura en no tenerla. El varón sabio no teme la -fortuna; antes es señor de ella y vive sobre los astros, superior á -toda dependencia. Nada le puede empecer, cuando él mismo no se daña. Y -concluyo con que en todo lo que llena la cordura no cabe infelicidad. - -Inclinó todo político la cabeza, haciéndole la salva como á vino de una -oreja y todo crítico dijo: - -Bueno. - -Pero al mismo tiempo se vió sacudirlas ambas al caprichoso Capriata, -diciendo: - -¿Quién vió jamás contento á un sabio, cuando fué siempre la melancolía -manjar de discretos? Y así veréis, que los españoles, que están en -opinión de los más detenidos y cuerdos, son llamados de las otras -naciones los tétricos y graves, como al contrario los franceses son -alegres y que van siempre brincándose y bailando. - -Los que más alcanzan, conocen mejor los males y lo mucho que les falta -para ser felices. Los sabios sienten más las adversidades y, como á -tan capaces, les hacen mayor impresión los topes. Una gota de azar -basta á aguarles el mayor contento y, demás de ser poco afortunados, -ellos mismos ayudan á su descontento con su mucho entender. Así que no -busquéis la alegría en el rostro del sabio; la risa sí que la hallaréis -en el del loco. - -Al pronunciar esta palabra saltó uno muy célebre, que gustaba de llevar -consigo el cuerdo embajador, para ganso de noticias y aun de verdades. -Éste, pues, sin ton y sin son, hablando alto y riendo mucho, dijo: - -De verdad, señor, que estos vuestros sabios son unos grandes necios, -pues andan buscando por la tierra la que está en el cielo. - -Y dicho esto, que no fué poco, dió las puertas afuera. - -Basta, confesaron todos, que un loco había de topar con la verdad. - -Y en confirmación, el Mascardo peroró así: - -En el cielo, señores, todo es felicidad; en el infierno, todo es -desdicha; en el mundo, como medio entre estos dos estremos, se -participa de entrambos: andan barajados los pesares con los contentos, -altérnanse los males con los bienes, mete el pesar el pie donde le -levanta el placer, llegan tras las buenas nuevas las malas, ya en -creciente la luna, ya en menguante, gran presidenta de las cosas -sublunares. Sucede á una ventura una desdicha y así la temía Filipo el -macedón, después de las tres felices nuevas. Tiempo señaló el sabio -para reir y tiempo para llorar. Amanece un día nublado, otro sereno, -ya mar en leche y ya en hiel. Viene tras una mala guerra una buena -paz, con que no hay contentos puros, sino muy aguados y así los beben -todos. No tenéis que cansaros en buscar la felicidad en esta vida; -milicia sobre el haz de la tierra. No está en ella y convino así. -Porque, si aun deste modo, estando todo lleno de pesares, sitiada -nuestra vida de miserias, con todo eso no hay poder arrancar los -hombres de los pechos desta villana nodriza, despreciando los brazos -de la celestial madre, que es la reina: ¿qué hicieran, si todo fuera -contento, gusto, placer, solaz y felicidad? - -Con esto se dieron por entendidos nuestros dos peregrinos, Critilo y -Andrenio y con ellos todos los mortales, añadiendo el cortesano: - -En vano, oh peregrinos del mundo, pasajeros de la vida, os cansáis en -buscar desde la cuna á la tumba esta vuestra imaginada Felisinda, que -el uno llama esposa, el otro madre. Ya murió para el mundo y vive para -el cielo. Hallarla heis allá, si la supiéredes merecer en la tierra. - -Disolvióse la magistral junta, quedando desengañados todos al uso del -mundo, tarde. Convidóles el cortesano á ver algo de lo mucho, que se -logra en Roma. - -Pero lo más que hay que ver, decían ellos y la mejor vista es ver -tantas personas, que, habiendo nosotros peregrinado todo el mundo, -podemos asegurar no haber visto otras tantas. - -¿Cómo decís que habéis andado todo el mundo, no habiendo estado sino en -cuatro provincias de la Europa? - -¡Oh, bien!, respondió Critilo. Yo te lo diré. Porque, así como en una -casa no se llaman parte de ella los corrales, donde están los brutos, -no entran en cuenta los reductos de las bestias, así lo más del mundo -no son sino corrales de hombres incultos, de naciones bárbaras y -fieras, sin policía, sin cultura, sin artes y sin noticias, provincias -habitadas de monstruos de la heregía, de gentes, que no se pueden -llamar personas, sino fieras. - -Aguarda, dijo, agora, que tocamos ese punto, vosotros, que habéis -registrado las más políticas provincias del mundo, ¿qué os ha parecido -de la culta Italia? - -Vos lo habéis dicho en esa palabra culta, que es lo mismo que aliñada, -cortesana, política y discreta, la perfecta de todas maneras. Porque es -de notar que España se está hoy del mismo modo que Dios la crió, sin -haberla mejorado en cosa sus moradores, fuera de lo poco, que labraron -en ella los romanos. Los montes se están hoy tan soberbios y zahareños -como al principio; los ríos innavegables, corriendo por el mismo camino -que les abrió la naturaleza; las campañas se están páramos, sin haber -sacado para su riego las acequias; las tierras incultas; de suerte -que no ha obrado nada la industria. Al contrario la Italia está tan -otra y tan mejorada, que no la conocerían sus primeros pobladores, que -viniesen. Porque los montes están allanados, convertidos en jardines, -los ríos navegables, los lagos son vivares de peces, los mares poblados -de famosas ciudades, coronados de muelles y de puertos; las ciudades -todas por un parejo, hermoseadas de vistosos edificios, templos, -palacios y castillos, sus plazas adornadas de brolladores y fuentes; -las campañas son elisios, llenas de jardines; de suerte, que hay más -que ver y que gozar en sola una ciudad de Italia, que en toda una -provincia de las otras. Ella es la política, madre de las buenas artes, -que todas están en su mayor punto y estimación, la política, la poesía, -la historia, la filosofía, la retórica, la erudición, la elocuencia, -la música, la pintura, la arquitectura, la escultura. Y en cada una -destas artes se hallan prodigiosos hombres. Por esto, sin duda, dijeron -que, cuando las diosas se repartieron las provincias del mundo, Juno -escogió la España, Belona la Francia, Proserpina á Inglaterra, Ceres á -Sicilia, Venus á Chipre y Minerva á Italia. Allí florecen las buenas -letras, ayudadas de la más suave, copiosa y elocuente lengua. Que aun -por eso en aquella plausible comedia, que se representó en Roma, de -la caída de nuestros primeros padres, se introducían donosamente los -personajes, hablando el padre eterno en alemán, Adán en italiano: _Lo -mio signore_, Eva en francés, _qui Monsiur_, y el diablo en español, -echando votos y retos. Exceden los italianos á los españoles en los -accidentes y á los franceses en la sustancia. Ni son tan viles como -éstos ni tan altivos como aquéllos. Igualan á los españoles en ingenio -y sobrepujan á los franceses en juicio, haciendo un gran medio entre -estas dos naciones. Pero, si en manos de los italianos hubieran dado -las Indias, ¡cómo que las hubieran logrado! Está Italia en medio de -las provincias de la Europa, coronada de todas como reina, y trátase -como tal. Porque Génova la sirve de tesorera, Sicilia de despensera, la -Lombardía de copera, Nápoles de maestresala, Florencia de camarera, el -Lacio de mayordomo, Venecia de aya, Módena, Mantua, Luca y Parma, de -meninas y Roma de dueña. - -Sola una cosa la hallo yo mala, dijo Andrenio. - -¿Sola una?, replicó el cortesano. ¿Y cuál es? - -Reparaba en decirla y quisiera que él la adivinara. Con esta atención -le iba deteniendo y el otro instando. - -Sería acaso el ser tan viciosa, porque eso le viene de ser tan -deliciosa. - -No es eso. - -¿Aquello de oler aún á gentil, hasta en los nombres de Cipiones y -Pompeyos, Césares y Alejandros, Julios y Lucrecias y en la vana -estimación de las antiguas estatuas que parecen idolatrar en ellas, el -ser tan supersticiosos y agoreros, porque todo eso les viene de gentil -herencia? - -Ni eso. - -¿Pues qué? ¿El estar tan dividida y como hecha jigote en poder de -tantos señores y señorcitos, saliéndole estéril toda su política y -sirviéndola de nada toda su razón de estado? - -Tampoco es eso. - -¡Válgate Dios! ¿Pues qué será? ¿Es por ventura aquello de ser campo -abierto á las naciones estranjeras, palenque de españoles y franceses? - -He, que no es eso. - -¿Si sería el ser maestra de invenciones y quimeras, porque eso pasó de -la Grecia al Lacio juntamente con el imperio? - -Ni eso ni estotro. - -¿Pues qué puede ser? Que ya me doy por vencido. - -¿Qué? El haber tantos italianos. Que si eso no tuviera, hubiera sido -sin oposición el mejor país del mundo. Y vese claro, pues Roma con el -concurso de las naciones se viene á templar mucho. Por eso dicen que -Roma no es Italia ni España ni Francia; sino un agregado de todas. Gran -ciudad para vivir; aunque no para morir. Dicen que está llena de santos -muertos y de demonios vivos. Paradero de peregrinos y de todas las -cosas raras, centro de maravillas, milagros y prodigios. De suerte, que -más se vive en ella en un día, que en otras ciudades en un año, porque -se goza de todo lo mejor. - -Un secreto ha días deseo saber de la Italia, dijo Critilo. - -¿Qué cosa?, le preguntó el cortesano. - -Yo te lo diré. ¿Cuál sea la causa que, siendo los franceses tan fatales -para ella, los que la inquietan, la azotan, la pisan, la saquean, -cada año la revuelven y son su total ruina, y al contrario, siendo -los españoles los que la enriquecen, la honran, la mantienen en paz y -quietud, los que la estiman, siendo Atlantes de la iglesia católica -romana, con todo eso se pierden por los franceses, se les va el corazón -tras ellos, los alaban sus escritores, los celebran sus poetas con -declarada pasión y á los españoles los aborrecen, los execran y siempre -están diciendo mal de ellos? - -¡Oh, dijo el cortesano, has tocado un gran punto! No sé cómo te lo dé -á entender. ¿No has visto muchas veces aborrecer una mujer el fiel -consorte, que la honra y que la estima, que la sustenta, la viste y la -engalana, y perderse por un rufián, que la da de bofetadas cada día y -la acocea, la azota y la roba, la desnuda y la maltrata? - -Sí. - -Pues aplica tú la semejanza. - -Faltóles antes la luz del día para ver, que grandezas y portentos para -ser vistos, con que hubieron de dar treguas á su bienlograda curiosidad -hasta el siguiente día. - -Mañana, les dijo el cortesano, os convido á ver, no sola Roma, sino -todo el mundo de una vez, desde cierto puesto, de donde se señorea. -Veréis, no sólo este siglo, esta nuestra era; sino las venideras. - -¿Qué dices, cortesano mío?, replicó Andrenio. ¿Para otro mundo y otro -siglo nos emplazas? - -Sí, que habéis de ver cuanto pasa y ha de pasar. - -Gran cosa será y gran día. - -Quien quisiere lograrlo, madrugue en la siguiente Crisi. - - - - -CRISI X - -_La rueda del tiempo._ - - -Creyeron vanamente algunos de los filósofos antiguos que los siete -errantes astros se habían repartido las siete edades del hombre, para -asistirle desde el quicio de la vida hasta el umbral de la muerte. -Señalábanle á cada edad su planeta por su orden y su puesto, avisando -á todo mortal se diese por entendido, ya del planeta, que le presidía, -ya del traste de la vida en que andaba. Cúpole, decían, á la niñez -la luna con nombre de Lucina, comunicándole con sus influencias sus -imperfecciones, esto es, con la humedad la ternura y con ella la -facilidad y variedad, aquel mudarse á cada instante, ya llorando, ya -riendo, sin saber de qué se enoja, sin saber con qué se aplaca, de -cera á las impresiones, de masa á las aprehensiones, pasando de las -tinieblas de la ignorancia á los crepúsculos de la advertencia. Desde -los diez años hasta los veinte decían presidirle el planeta Mercurio, -influyendo docilidades, con que se va adelantando ya muchacho, al paso -que en la edad, en la perfección. Comienza á estudiar y á deprender, -cursa las escuelas, oye las facultades y va enriqueciendo el ánimo de -noticias y de ciencias. Pero descárase Venus á los veinte y reina con -grande tiranía, hasta los treinta, haciendo cruda guerra á la juventud -á sangre que yerve y á fuego en que se abrasa y todo esto con bizarra -galantería. Amanece á los treinta años el sol, esparciendo rayos de -lucimiento con que anhela ya el hombre á lucir y valer. Emprende con -calor los honrosos empleos, las lucidas empresas y, cual sol de su casa -y de su patria, todo lo ilustra, lo fecunda y lo sazona. Embístele -Marte á los cuarenta, infundiéndole valor con calor. Revístese de -aceros, muestra bríos, riñe, venga y pleitea. Entra á los cincuenta -mandando Júpiter, influyendo soberanías. Ya el hombre es señor de sus -acciones, habla con autoridad, obra con señoría, no lleva bien el ser -gobernado de otros; antes lo querría mandar todo, toma por sí las -resoluciones, ejecuta sus dictámenes, sábese gobernar y á esta edad, -como á tan señora, la coronaron por reina de las otras, llamándola -el mejor tercio de la vida. Á los sesenta anochece, que no amanece, -el melancólico saturnino con humor y horror de viejo. Comunícale su -triste condición y, como se va acabando, querría acabar con todos, -vive enfadado y enfadando, gruñendo y riñendo y, á lo de perro viejo, -royendo lo presente y lamiendo lo pasado, remiso en sus acciones, -tímido en sus ejecuciones, lánguido en el hablar, tardo en el ejecutar, -ineficaz en sus empresas, escaso en su trato, asqueroso en su porte, -descuidado en su traje, destituído de sentidos, falto de potencias y -á todas horas y de todas las cosas quejumbroso. Hasta los setenta es -el vivir y en los poderosos hasta los ochenta, que de ahí adelante -todo es trabajo y dolor, no vivir, sino morir. Acabados los diez años -de Saturno, vuelve á presidir la luna y vuelve á niñear y á monear -el hombre decrépito y caduco, con que acaba el tiempo en círculo, -mordiéndose la cola la serpiente: ingenioso jeroglífico de la rueda de -la humana vida. - -Con esto entró el cortesano, no tanto á despertarles, cuanto á darles -el buen día y aun el mejor de su vida, muy entretenido con la máscara -del mundo, el baile y mudanzas del tiempo, el entremés de la fortuna y -la farsa de toda la vida. - -¡Alto! les dijo, que tenemos mucho que hablar, pues, deste mundo y del -otro. - -Sacóles de casa, para más meterlos en ella, y fuélos conduciendo al -más realzado de los siete collados de Roma, tan superior, que no sólo -pudieron señorear aquella universal corte; pero todo el mundo con todos -los siglos. - -Desde esta eminencia, les decía, solemos con mucho deporte algunos -amigos tan geniales cuan joviales registrar todo el mundo y cuanto en -él pasa, que todo corre la posta. Desde aquí atalayamos las ciudades y -los reinos, las monarquías y repúblicas, ponderamos los hechos y los -dichos de todos los mortales, y lo que es de más curiosidad, que no -sólo vemos lo de hoy y lo de ayer, sino lo de mañana, discurriendo de -todo y por todo. - -¡Oh, lo que diera yo, decía Andrenio, por ver lo que será del mundo -de aquí á unos cuantos años! En qué habrán parado los reinos, qué -habrá hecho Dios de fulano y de citano, qué habrá sido de tal y de -tal personaje. Lo venidero, lo venidero querría yo ver; que eso de -lo presente y lo pasado cualquiera se lo sabe. Hartos estamos de -oirlo, cuando una victoria, un buen suceso lo repiten y lo vuelven á -cacarear los franceses en sus gacetas, los españoles en sus relaciones, -que matan y enfadan. Como lo de la victoria naval contra Selim, que -aseguran fué más el gasto que se hizo en salvas y en luminarias, que lo -que se ganó en ella. Y modernamente decía un discreto: - -Tan enfadado me tienen estos franceses con su socorro de Arrás y con -tanto repetirlo, que no puedo ver las tapicerías aun en medio del -invierno. - -Pues yo te ofrezco, dijo el cortesano, mostrarte todo lo venidero, como -si lo tuvieses aquí delante. - -¡Brava arte mágica sería ésa! - -Antes no ni es menester, cuando no hay cosa más fácil, que saber lo -venidero. - -¿Cómo puede ser eso, si está tan oculto y tan reservado á sola la -perspicacia divina? - -Vuelvo á decir que no hay cosa más fácil ni más segura. Porque has -de saber que lo mismo, que fué, eso es y eso será, sin discrepar ni -un átomo. Lo que sucedió docientos años ha, eso mismo estamos viendo -agora. Y si no, aguarda. - -Y echóse mano á una de las faltriqueras de la faldilla delantera y sacó -una caja de cristales, celebrándolos por cosa extraordinaria. - -¿Qué más tendrán esos, que los demás antojos?, decía Andrenio. - -¡Oh, sí, que alcanzan mucho! - -¿Qué tanto? ¿Más, que el antojo del Galileo? - -Mucho más, pues lo que está por venir, lo que sucederá de aquí á cien -años. Éstos los forjaba Arquímedes para los amigos entendidos. Tomad y -calzáoslos en los ojos del alma, en los interiores. - -Y hiciéronlo así, sobre la faición de la prudencia. - -Mirad ahora hacia España. ¿Qué veis? - -Veo, dijo Andrenio, que las mismas guerras intestinas de agora -docientos años pasan del mismo modo, las rebeliones, las desdichas del -un cabo al otro. - -¿Qué ves hacia Inglaterra? - -Que lo que obró un Enrico contra la Iglesia ejecuta después otro peor. -Que si ya degollaron una reina Estuarda, hoy su nieto Carlos Estuardo. -Veo en Francia que matan un Enrico y otro Enrico y que vuelven á brotar -las cabezas de la herética hidra. Veo en Suecia que lo que le sucedió á -Gustavo Adolfo en Alemania, le va sucediendo por los mismos filos á su -sobrino en la católica Polonia. - -¿Y aquí en Roma? - -Que ha vuelto aquel siglo de oro y aquella felicidad pasada, de que -gozó en tiempo de los Gregorios y los Píos. - -Ahí veréis que las cosas, las mismas son, que fueron; sola la memoria -es la que falta. No acontece cosa, que no haya sido ni que se pueda -decir nueva bajo del sol. - -¿Quién es aquel vejezuelo, dijo Critilo, que nunca para, que todos le -siguen y él á nadie espera ni á reyes ni á monarcas, hace su hecho y -calla? ¿No lo ves tú, Andrenio? - -Sí, por señas que lleva unas alforjas al cuello, como caminante. - -¡Oh!, dijo el cortesano, ése es un viejo, que sabe mucho, porque ha -visto mucho y al cabo todo lo dice sin faltar á la verdad. - -¿Cabe mucho en aquellas alforjas? - -No lo creeréis. Cabe una ciudad y muchas y reinos enteros. Unos lleva -delante, otros atrás y, cuando se cansa, vuelve las alforjas, la de -atrás adelante, y revuelve todo el mundo, sin saber cómo ni por qué, -sino por variar. ¿Qué pensáis que es el pasarse el mando, el mudarse -el señorío desta provincia en aquélla, de una nación en la otra? Es -que se muda las alforjas el tiempo: hoy está aquí el imperio y mañana -acullá; hoy van delante los que ayer iban detrás: mudóse la vanguardia -en retaguardia. Así veréis que la África, que en otro tiempo era madre -de prodigiosos ingenios, de un Augustino, Tertuliano y Apuleyo ¿quién -tal creyera? hoy está hecha un barbarismo, engendradora de alarbes. Y -lo que es de mayor sentimiento, la Grecia, progenitora de los mayores -ingenios, la inventora de las ciencias y las artes, la que daba leyes -de discreción á todo el mundo, madre del bien decir, hoy está hecha un -solecismo en poder de los bárbaros traces. Y á ese modo está trocado -todo el mundo. La Italia, que mandaba á todas las demás naciones -y triunfaba de todas las provincias, hoy sirve á todas: mudóse las -alforjas el tiempo. - -Pero la que fué gran vista y espectáculo de mucho gusto fué una gran -rueda, que bajaba por toda la redondez de la tierra, desde el oriente -al ocaso de la ocasión. Veíanse en ella todas cuantas cosas hay, ha -habido y habrá en el mundo, con tal disposición, que la una mitad se -veía clara y esentamente sobre el horizonte y la otra estaba hundida -acullá abajo, que nada de ella se veía; pero iba rodando sin cesar, -dando vueltas, al modo de una grúa, en que se metió el tiempo y, -saltando de la grada de un día en la del otro, la hacía rodar y con -ella todas las cosas. Salían unas de nuevo y escondíanse otras de viejo -y volvían á salir al cabo de tiempo. De modo que siempre eran las -mismas; sólo que unas pasaban, otras habían pasado y volvían á tener -vez. Hasta las aguas al cabo de los años mil volvían á correr por donde -solían; aunque no serían por los ojos, que ésas más presto vuelven: que -hay mucho que llorar. - -Aquí hay mucho que ver, dijo Critilo. - -Y que notar, el cortesano. Bien lo podéis tomar de propósito. Atended -cómo va pasando todo en la rueda de la vicisitud, unas cosas van, otras -vienen. Vuelven las monarquías y revuélvense también: que no hay cosa -que tenga estado, todo es subida y declinación. - -Veíanse acullá al un cabo de la rueda y que ya habían pasado unos -hombres y unos príncipes parcos, que no pobres, pródigos de su sangre y -guardadores de la hacienda. Vestían de lana y la sabían cardar. Crujían -mangas de seda los días de fiesta por gran gala y todo el año la malla. - -¿Quiénes son aquellos, preguntó Critilo, que cuanto más llanos, mejor -parecen? - -Aquéllos fueron, respondió el cortesano, los que conquistaron los -reinos. Nota bien que allí hallarás un don Jaime de Aragón, un don -Fernando el Santo de Castilla y un don Alfonso Enríquez de Portugal. -Mira qué pobres de gala y qué ricos de fama. Hicieron muy bien su -papel, pues llenaron las historias de sus hazañas y metiéronse en el -vestuario común de las mortajas; pero no en olvido. - -Al mismo tiempo, por la contraria banda de la rueda, salían otros y -muy otros, ricos, bizarros y suntuosos, rozando sedas, arrastrando -telas y gozando de lo que sus antepasados les ganaron; pero iban éstos -pasando también su carrera y hundíanse al cabo, después de hundido todo -y volvían á salir aquellos primeros, volviendo á juego las materias. Y -con esta alternación procedían las cosas humanas, al fin temporales. - -¡Hay tal variedad!, ponderaba Andrenio. ¿Y siempre ha sido desta suerte? - -Siempre, decía el cortesano, y esto en cada provincia, en cada reino. -Vuelve la cabeza atrás y mira qué moderados entraron en España los -primeros godos, un Ataulfo, Sisenando, hasta el rey Bamba. Sucede al -cabo el delicioso Rodrigo y da al traste con las más florida monarquía. -Va pasando la rueda y vuelve otra vez el valor con la parsimonia, en -el famoso Pelayo. Restáurase poco á poco lo que se perdió tan aprisa. -Descaece otra vez; pero resucita en el rey don Fernando el Católico y -así se van alternando las ganancias y las pérdidas, las dichas y las -desdichas. - -¡Oh, lo que son de ver, decía Critilo, aquellos primeros vestidos de -paño, ya los segundos de brocado, aquéllos crujiendo acero y éstos -seda, arreados aquéllos en el alma y desnudos en el cuerpo, adornados -éstos de galas y desnudos de hazañas, faltos de noticias y sobrados de -delicias! - -Escondíanse unas mujeres y señoras y aun princesas, con las ruecas -en la cinta, refilando el uso, y salían otras con abanicos costosos -de varillas de diamantes, fuelles de su vanidad. Aquéllas con sus -manguitos de paño, estas otras de martas, nada piadosas y muy suyas. -Aquéllas exprimidas de talle, estas otras más huecas, que campanas. Y -no obstante esto, aquéllas sonaban mejor. - -Por eso digo yo, ponderaba Critilo, que siempre lo pasado fué mejor. - -Alargaba el cuello Andrenio, mirando hacia el oriente de la rueda y -preguntóle el cortesano: - -¿Qué buscas? ¿Qué echas menos? - -Y él miraba si volvía á salir aquel plausible rey don Pedro de Aragón, -llamado bastón de franceses, que con ellos solos fué cruel. ¡Oh, cómo -que despicaría á España! ¡Qué coscorrones pegaría! ¡Cómo que les -abajaría las crestas á los galos! Pero mudóse las alforjas el tiempo. -Iba dando sin parar la vuelta la rueda y volteando con ella cuanto hay. -Salía una ciudad con sus casas de tierra y los palacios á piedralodo. -Paseaban sus calles en carros los caballeros, el mismo Nuño Rasura. Que -las damas, como tan recatadas, ni eran vistas ni oídas. Cuando mucho, -salían á alguna romería: que no se nombraban las ramerías. Más colorada -se volvía entonces una mujer de ver un hombre, que agora de ver un -ejército. Y es de advertir que entonces no había otro color, que el de -la vergüenza y el blanco de la inocencia. Parecían de otra especie, -porque eran muy calladas, no andariegas, honestas, hacendosas. Al fin -mujeres para todo y no como agora, para nada. Pero daba la vuelta la -rueda, hundíase aquella ciudad y al cabo de tiempo volvía á salir otra, -digo, la misma; pero tan otra, que no la conocían. - -¿Qué ciudad es ésta?, preguntó Andrenio. - -La misma, respondió el cortesano. - -¿Cómo puede ser eso, si estas casas de agora son de mármoles y de -jaspes, con tanto dorado balcón, en vez de los de palo? ¿Qué tienen que -ver estas tiendas con aquellas otras de docientos años atrás? Allí, -señor cortesano, no había guantes de ámbar, sino de lana; no tahalíes -bordados de oro, sino una correa; no sombreros de castor ni por sueño, -cuando mucho bonetillos ó monteras. Manguitos de á ciento de á ocho, -¿quién tal dijo? Fuera heregía. No, sino de paño y abanicos de paja -y ésos llevaba la señora y la condesa; que aún no había duquesas, y -la misma reina doña Constanza y por mucha gala, que costaba cuatro -maravedís; y no como agora de garapiña y de rapiña francesa. Con un -real compraba entonces un hombre sombrero, zapatos, medias, guantes y -aún le sobraban algunos maravedises. Las que aquí son telas de oro y -brocados, allí eran bureles y por cosa muy preciosa se hallaba algún -contray para mantos á las ricas fembras en el día de su boda, que por -eso se llamaron de velarse. Las que allí eran carretillas, aquí son -coches y carrozas; las que angarillas, son sillas de mano tachonadas. -Aquí no se ve ruar el carretón de la Inés tirado de sola una bestia, -que no había entonces tantas. Las calles hierven de mujeres tan -descocadas cuan escotadas, cuando allí, si se les veía una muñeca, -era ya perderse todo y ser ellas unas perdidas. Muchos de estrados -y cojines y no se ve una almohadilla, sin hacer hacienda, antes -deshaciéndolas y acabando con las casas. - -Pues te aseguro, dijo el cortesano, que es la misma ciudad; aunque -tan otra de lo que fué, tan mudada, que no la conocerían sus primeros -habitadores. Mira lo que hace y deshace el tiempo. - -¡Válgame el Cielo!, dijo Critilo. ¿Y qué dijeran, si volvieran hoy á -Roma los Camilos y Dentatos, si el buen Sancho Minaya á Toledo, si -Gracián Ramírez á Madrid, Laín Calvo á Burgos, el Conde Alperche á -Zaragoza y Garci Pérez á Sevilla, si pasearan por estas calles y las -hallaran ocupadas de coches y de carrozas, si vieran estas tiendas y -esta perdición? - -Volteaba la rueda y escondíase el buen tiempo y todo lo bueno con -él. Aquellos hombres buenos y llanos sin artificio ni embeleco, tan -sencillos en el vestido como en el ánimo, sin pliegues en las capas -y sin dobleces en el alma, con el pecho desabrochado, mostrando el -corazón, la conciencia á ojo, con el alma en la palma y por eso -vitoriosa: hombres al fin del tiempo antiguo y con todo eso muy ricos y -sobrados, desaliñados y nunca más bienpuestos. Que, cuando los hombres -eran más sencillos, aseguran que había más doblones. Escondíanse -aquéllos y salían otros antípodas suyos en todo, embusteros, -mentirosos, falsos y faltos, que se corrían de que les llamasen buenos -hombres, más pequeños de cuerpo y también de alma. Y con ser todos -palabras, no tenían palabra. Mucho de cumplimiento y nada de verdad. -Mucho de circunstancia y nada de sustancia. Gente de poca ciencia y de -menos conciencia. - -Éstos, decía Critilo, yo juraría que no son hombres. - -¿Pues qué? - -Sombras de aquellos que van delante, medio hombres, pues no tienen -entereza. ¡Oh, cuándo volverán aquellos primeros agigantados, hijos de -la fama! - -Dejad, decía el cortesano, que aún volverán á tener vez. - -Sí; pero ¡qué tarde!, si se ha de acabar primero la mala semilla déstos. - -De lo que gustaba mucho Andrenio y tanto, que no pudo contener la -risa, era de ver rodar los trajes y dar vueltas los usos y más mirando -hacia España, donde no hay cosa estable en esto del vestir. Á cada -tumbo de la rueda se mudaban y siempre de malo en peor, con mucho -gasto y figurería. Un día salían con unos sombreros anchos y bajos, -que parecían gorras; al otro día otros amorrionados, que parecían -capacetes; luego otros pequeños y puntiagudos, que parecían alhajas -de títeres y hacían bravas figuras. Pasaban éstos y sucedían otros -chatos y anchos, con dos dedos de falda, que parecían bacinillas y -aun olían mal; mas al otro día los dejaban y salían con otros tan -altos, que parecían orinales. Quebrábanse éstos también y sacaban los -gaviones con una vara de copa y otra de falda, ya pequeños, ya tan -grandes, que se pudieran hacer dos de cada uno de los primeros. Y es -lo bueno que los que hacían más ridículas figuras se burlaban de los -pasados, diciendo que parecían figurillas; mas luego los que se seguían -les llamaban á ellos figurones. Fué de modo que en poco rato, que lo -estuvieron mirando, contaron más de una docena de formas diferentes -de solos sombreros. ¿Qué sería de todo el demás traje? Las capas ya -eran tan largas y prolijas, que parecían ir fajados en ellas, ya tan -cortas y tan biencriadas, que, cuando sus amos estaban sentados, ellas -se quedaban en pie. Dejo las calzas, ya afolladas, ya botargas, los -zapatos ya romos, ya puntiagudos. - -Qué cosa tan graciosa, decía Andrenio. Señores, ¿quién inventa estos -trajes? ¿Quién saca estos usos? - -Ahí me digas tú que hay bien que reir. Porque has de saber que llega un -gotoso que tiene necesidad de llevar el pie holgado y cálzase un zapato -romo y ancho, por su comodidad, diciendo: - -¿Qué importa que el mundo sea ancho, si mi zapato es estrecho? - -Los otros, que lo ven, luego lo apetecen y dan todos en llevar zapatos -romos y parecer gotosos y patituertos. Si una mujer pequeña hubo -menester ayudarse de chapines, añadiendo de corcho lo que le faltaba -de persona, luego todas las otras dan en llevarlos, aunque sean más -crecidas que la giralda de Sevilla ó la torre nueva de Zaragoza. Llega -en esto una muy estirada en todo, que no necesita dellos, antes la -hacen embarazo. Dales del pie y gusta de irse en zapato. Luego todas -las otras la quieren imitar, aunque sean unas enanas, valiéndose de -la ocasión para más soltura y para parecer niñas. La otra flamenca -dió en ir escotada, vendiendo el alabastro y quiérenla seguir las -de Guinea, feriando el azabache, que en unas y en otras es una gran -frialdad y un traje muy desarrapado. Y es de advertir que el peor y el -más deshonesto es el que dura más. Pero para que riáis de buen gusto -mirad aquella ristra de mujeres, que van una tras otra en la rueda del -tiempo. La primera lleva aquel desproporcionado tocado, que llamaron -almirante y lo inventó una calva. La otra, que se sigue, lo trocó por -la arandela, que hizo brava visión. Sucede la otra con el bobo, que fué -su más propio traje. Trocólo ya la que viene detrás, por el trenzado, -no mendigando un pelo ajeno á su belleza. La quinta en orden lo dejó -para las mozas de cántaro y echó el cabello atrás en una crecida cola. -La sexta inventó el moño, desmintiendo lo pelado. La séptima se echó -un gobelete al tozuelo, echando allá cuanto la pudiesen decir. La -octava va con una trenza á la jineta, á tuerto y á derecho. La nona con -asa de cántaro y pudiera de cantarilla. Desta suerte van variando y -desvariando, hasta que vuelvan á su primera impertinencia. Pero lo que -fué, no ya de reir, sino de sentir, que siempre se va todo empeorando. -Pues es cosa cierta que con lo que gasta hoy una mujer se vestía antes -todo un pueblo. Más plata echa hoy en relumbrones una cortesana, que -había en toda España antes que se descubrieran las Indias. No conocían -las perlas aquellas primeras señoras; pero éranlo ellas en la fineza. -Los hombres eran de oro y se vestían de paño; agora son asco y rozan -damasco y después, que hay tantos diamantes, ni hay fineza ni firmeza. - -Hasta en el hablar hay su novedad cada día, pues el lenguaje de hoy ha -docientos años parece algarabía. Y si no, leed esos fueros de Aragón, -esas partidas de Castilla, que ya no hay quien las entienda. Escuchad -un rato aquellos, que van pasando uno tras de otro, en la rueda del -tiempo. - -Atendieron y oyeron que el primero decía fillo, el segundo fijo, el -tercero hijo y el cuarto ya decía gixo á lo andaluz y el quinto de otro -modo, sino que no lo percibieron. - -¿Qué es esto?, decía Andrenio. ¿Señores, en qué ha de parar tanto -variar? ¿Pues no era muy buena aquella primera palabra fillo y más -suave, más conforme á su original, que es el latín? - -Sí. - -¿Pues por qué la dejaron? - -No más de por mudar, sucediendo lo mismo en las palabras, que en los -sombreros. Éstos de agora tienen por bárbaros á los de aquel lenguaje, -como si los venideros no hubiesen de vengarlos á aquéllos y reirse -déstos. - -Púsose de puntillas Critilo, desojándose hacia el oriente de la rueda. - -¿Qué atiendes con tanto ahinco?, le preguntó el cortesano. - -Estoy mirando si vuelven á salir aquellos Quintos tan famosos y -plausibles en el mundo, un don Fernando el Quinto, un Carlos Quinto y -un Pío Quinto. - -¡Ojalá que eso fuese y que saliese un don Felipe, el Quinto en España! -Y cómo que vendrá nacido. ¡Qué gran rey había de ser, copiando en sí -todo el valor y el saber de sus pasados! Pero lo que noto es que antes -vuelven á salir los males, que los bienes. Tardan éstos lo que se -avanzan aquéllos. - -Oh, sí, dijo el cortesano: detiénense y mucho en volver los siglos de -oro y adelántanse los de plomo y de hierro. Son las calamidades más -ciertas en repetir, que las prosperidades. Así como el mal humor de -una terciana y de una cuartana tienen su día fijo, su hora sabida, -sin discrepar un punto y el buen humor la alegría, el contento, no le -tienen ni repiten, á la hora las guerras, las rebeliones no discrepan -un lustro, las pestes ni un año, las secas no pierden vez, vuelven las -hambres, las mortandades, las desdichas por sus pasos contados. - -Pues si eso es así, dijo Andrenio, ¿no se les podía tomar el pulso á -las mudanzas y el tino á la vicisitud de la rueda, para prevenir los -remedios á los venideros males y saberlos desviar? - -Ya se podría, respondió el cortesano; pero como fenecieron aquellos, -que entonces vivían, y suceden otros de nuevo sin recuerdo de los -daños, sin experiencia de los inconvenientes, no queda lugar al -escarmiento. Vinieron unos noveleros, amigos de mudanzas peligrosas, -que no probaron de las calamidades de la guerra, atropellaron con la -rica y abundante paz y después murieron suspirando por ella. Con todo -ya hay algunos de bueno y sano juicio, prudentes consejeros, que huelen -de lejos las tempestades, las pronostican, las dicen y aun las vocean; -pero no son escuchados. Que el principio de los males es quitarnos el -cielo el inestimable don del consejo. Sacan los cuerdos por discurso -cierto las desdichas, que amenazan: en viendo en una república la -desolación de costumbres, pronostican la disolución de provincias; -en reconociendo caída la virtud, atinan la caída de las monarquías; -grítanlo á quien tiene atapados los oídos, y así veréis que de tiempo á -tiempo se pierde todo para volverse otra vez á ganar todo. - -Pero buen ánimo, que todas las cosas vuelven á tener día, lo bueno y lo -malo, las dichas y las desventuras, las ganancias y las pérdidas, los -cautiverios y los triunfos, los buenos y los malos años. - -Sí, dijo Andrenio; ¿pero qué me importa á mí que hayan de suceder -después las felicidades, si á mí me cogen de medio á medio todas las -calamidades? Eso es decir que para mí se hicieron las penas y para -otros los contentos. - -Buen remedio ser prudente, abrir el ojo y dar ya en la cuenta. Ea, -alégrate, que aún volverá la virtud á ser estimada, la sabiduría á -estar muy valida, la verdad amada y todo lo bueno en su triunfo. - -Y cuando será eso, suspiró Critilo, ya estaremos nosotros acabados -y aun consumidos. ¡Oh, quién viera aquellos hombres con sus sayos -y aquellas mujeres con sus cofias y sus ruecas, que desde que se -arrimaron los husos, no se usa cosa buena! ¿Cuándo volverá la reina -doña Isabel la Católica á enviar recados: decidle á doña Fulana que -se venga esta tarde á pasarla conmigo y que se traiga su rueca, y á -la condesa que venga con su almohadilla? ¿Cuándo oiremos al otro rey -escusarse en las cortes que no había comido gallina y decía la verdad -y que una que comió un jueves había sido presentada? Y al otro que si -las mangas del jubón eran de seda, pero el cuerpo de tela. ¡Oh, cuánto -me holgaría ver salir aquellos siglos de oro y no de lodo y basura, -aquellos varones de diamantes y no de claveques, aquellas hembras de -margaritas y sin perlas, las Hermesindas y Jimenas, con que no faltan -Urracas, aquellos hombres de bien, que ya no sólo no corren, pero -ni dan un paso, de Tasso lenguaje, pero de buena lengua, de pocas -razones y de mucha razón, de mucha sustancia y poca circunstancia, -gente de apoyo y no de tramoya y de sola apariencia, que no hay cosa -más contraria á la verdad, que la verisimilitud! ¿Qué soldados eran -aquellos de acullá, vestidos de pieles y calzados de cuero, que -repetían de fieras? - -Ésos eran los Almugábares, la milicia del rey don Jaime y de su -valeroso hijo; no como los capitanes de agora, vestidos de tafetán, -dando cuchilladas de seda. - -Aguarda, ¿qué varas eran aquéllas tan macizas y tan firmes? - -Las de la justicia del buen tiempo, gruesas; pero no groseras, que no -se torcían á cualquier viento ni se doblaban, aunque las cargasen del -metal pesado, aunque colgasen de ellas un bolsón de doblones. - -Qué diferentes, decía Andrenio, destas otras tan delgadas, al fin -juncos, que ceden al soplo del favor y se inclinan por poco que les -cuelguen á un par de capones, á cualquier pluma. ¿Quién es aquel que -habla ronco? - -Pues á fe que no es ronca, sino bien clara su fama. Aquél es el -plausible alcalde Ronquillo, blasón de la justicia. - -¿Y aquel otro, que todo lo averigua? - -Ése es el del proverbio, por quien decía el rey Católico, á cualquiera -escándalo que sucedía: - -Vaya y averígüelo Vargas. - -Todo lo aclaraba y nada confundía, con que también ha tenido en estos -tiempos la justicia sus Quiñones. - -Cansábanse ya ellos de ver; pero no la rueda de dar vueltas y á -cada tumbo se trastornaba el mundo, caían las casas más ilustres y -levantábanse otras muy oscuras, con que los descendientes de los -reyes andaban tras los bueyes, trocándose el cetro en aguijada y tal -vez en un cepillo. Al contrario, los lacayos subían á Belengabores y -Taicosamas. Vieron un nieto de un herrador muy puesto á la jineta y -otro muy á caballo rodeado de pajes, aquél cuyo abuelo iba tal vez -lleno de pajas. Decantábase la rueda y comenzaban á bambalear las -torres y los homenajes, caían los alcázares y empinábanse los aduares y -al cabo de años los nobles eran villanos. - -¿Quién es aquel, decía Andrenio, que vive en la casa solar de los -condes de tal? - -Un hornero, que haciendo mala harina hizo muchos ducados, de modo que -valen más sus salvados, que la harina de muchos nobles. - -¿Y en aquella otra de los duques de cual? - -Un otro, que vendió mal y las compró bien. - -¿Pues es posible, ponderaba Critilo, que no se contente ya la -desvergonzada vanidad déstos con levantar sus casas de nuevo, sino que -quieren hollar las más antiguas y las que eran de mejor solar? - -Salían unos ingenios noveleros con unos discursos viejos, opiniones -rancias, pero bien alcoholadas, con lindo lenguaje y vendíanlas por -invención suya y de verdad que lo era. Engañaban luego luego á cuatro -pedantes; mas llegaban los varones sabios y leídos y decían: - -¿Ésta no es la dotrina de aquellos antiguos? En un rincón del Tostado -se hallará, sazonado y cocido todo lo que éstos blasonan por crudo y -valiente pensar. Lo que éstos hacen no es más que sacarlo de aquella -letra gótica y estamparlo en la romana más legible, mudando la cuadrada -en redonda, echando un papel blanco y nuevo y con esto cátalo aquí -concepto nuevo. Á fe que estos ecos que son de aquella lira y que este -tomo es de Toma. - -Lo mismo que en la cátedra sucedía en el púlpito con notable variedad, -que en el breve rato, que se asomaron á ver la rueda, notaron una -docena de varios modos de orar. Dejaron la sustancial ponderación del -sagrado texto y dieron en alegorías frías, metáforas cansadas, haciendo -soles y águilas los santos, inares las virtudes, teniendo toda una hora -ocupado el auditorio, pensando en una ave ó una flor. Dejaron esto y -dieron en descripciones y pinturillas. Llegó á estar muy valida la -humanidad, mezclando lo sagrado con lo profano. Y comenzaba el otro -afectado su sermón por un lugar de Séneca, como si no hubiera San -Pablo, ya con trazas, ya sin ellas, ya discursos atados, ya desatados, -ya uniendo, ya postillando, ya echándolo todo en frasecillas y modillos -de decir, rascando la picazón de las orejas de cuatro impertinentillos -bachilleres, dejando la sólida y sustancial doctrina y aquel verdadero -modo de predicar del Boca de oro y de la ambrosía dulcísima y del -néctar provechoso del gran prelado de Milán. - -Cortesano mío, decía Andrenio, ¿volverá al mundo otro Alejandro Magno, -un Trajano y el gran Teodosio? ¡Gran cosa sería! - -No sé qué me diga, le respondió, que de uno déstos hay para cien siglos -y mientras sale un Augusto, ruedan cuatro Nerones, cinco Calígulas, -ocho Eliogábalos, y mientras un Ciro, diez Sardanápalos. Sale una vez -un Gran Capitán y bullen después cien capitanejos, con que se ha de -mudar cada año de jefe. He aquí que para conquistar á todo Nápoles -bastó el gran Gonzalo Fernández y para Portugal un duque de Alba, -para la una India Fernando Cortés y para la otra Alburquerque; y hoy -para restaurar un palmo de tierra no han sido bastantes doce cabos. -Llevóse de carrera Carlos Octavo á Nápoles y con otra vista, que dió el -desposeído Fernando con cuatro naves vacías, lo volvió á cobrar. De un -Santiago cogió el rey Católico á Granada y su nieto Carlos Quinto toda -la Alemania. - -Oh, señor, replicó Critilo, no hay que admirar: que iban los mismos -reyes en persona, no en sustituto. Que hay gran diferencia de pelear el -amo ó el criado. Asegúroos que no hay batería de cañones reforzados, -como una ojeada de un rey. - -Tras de una reina doña Blanca, proseguía el cortesano, salen cien -negras. Mas hoy en otra española vuelve á florecer aquélla y en una -católica Cristina de Suecia renace hoy la emperatriz Elena. Más -os digo, que vuelve á salir el mismo Alejandro. Ya le veo y le -reverencio, no gentil, sino muy cristiano; no profano, sino santo; no -tirano de las provincias, sino padre de todo el mundo, conquistándole -para el cielo. Pasad un lienzo, les dijo, por esos cristales y, si -fuere el de la mortaja, mejor: quedarán más limpios del polvo apegadizo -de la tierra. Y mirad otro rato hacia el cielo. - -Realzaron la vista y en virtud de aquella diáfana perspicacidad -divisaron cosas, en que jamás habían reparado. Vieron una gran multitud -de hilos y muy sutiles, que los iban devanando los celestes tornos y, -sacándolos de cada uno de los mortales como de un ovillo. - -¡Qué delgado hilan los cielos!, decía Andrenio. - -Ésos son, respondió el cortesano, los hilos de nuestras vidas. Notad -qué cosa tan delicada y de qué dependemos todos. - -Era mucho de ver cuáles andaban los hombres rodando y saltando, como -si fueran otros tantos ovillos, sin parar un instante, al paso que las -celestiales esferas les iban sacando la sustancia y consumiendo la -vida hasta dejarlos de todo punto apurados y deshechos, de tal suerte -que no venía á quedar en cada uno sino un pedazo de trapo de una pobre -mortaja, que en esto viene á parar todo. De unos tiraban hebras de seda -fina; de otros, hilos de oro; y de otros, de cáñamo y estopa. - -Sin duda que aquellos de oro y de plata, dijo Andrenio, serán de los -ricos. - -Engáñaste. - -¿De los nobles? - -Tampoco. - -¿De los príncipes? - -No discurres bien. - -¿No son los hilos de las vidas? - -Sí. - -Pues, según fueren ellas, así serán ellos. - -Noble hay, que sacan del hilo de estopa y plebeyo, que sacan del hilo -de plata y aun de oro. - -Allí se acababa uno, acullá otro, faltábale muy poco á éste, cuando -comenzaba aquél. Que lo que la naturaleza va hilando de la vida el -cielo lo va devanando y quitándonos los días con sus vueltas. Y -cuando los mortales andan más diligentes y más solícitos, saltando y -brincando, entonces se van más deshaciendo. - -¡Pero qué á lo callado, qué á las sordas nos van urdiendo la muerte, -ponderaba Critilo, cuando nos van devanando la vida! Engañóse sin duda -aquel otro filósofo en decir que al moverse esas celestes esferas de -esos once cielos hacen una suavísima música, un muy sonoro ruido. Ojalá -que eso fuera, que nos despertaran de nuestro sueño. Fuera un citarnos -á cada instante de remate. No fuera música para entretenernos, sino un -recuerdo para desengañarnos. - -Miráronse ya á sí mismos y vieron lo poco que les faltaba por devanar, -que fué materia de harto desengaño para Critilo, si para Andrenio de -melancolía. - -Esto bastará por ahora, les dijo el cortesano, y bajemos á comer, no -diga el otro simple letor: - -¿De qué pasan estos hombres, que nunca se introducen comiendo ni -cenando, sino filosofando? - -Acertaron á pasar por una plaza, la de mayor concurso, que sería -sin duda la Navona, donde hallaron un numeroso pueblo, dividido en -enjambres de susurro, aguardando alguno de sus espectáculos vulgares, -que el cortesano al verle realzó con su moral observación y ellos con -especial desengaño. Pero qué espantavulgo fuese éste nos lo afianza -declarar la siguiente Crisi. - - - - -CRISI XI - -_La suegra de la vida._ - - -Muere el hombre, cuando había de comenzar á vivir, cuando más persona, -cuando ya sabio y prudente, lleno de noticias y experiencias, sazonado -y hecho, colmado de perfecciones, cuando era de más utilidad y -autoridad á su casa y á su patria. Así que nace bestia y muere muy -persona. Pero no se ha de decir que murió agora, sino que acabó de -morir, cuando no es otro el vivir que un ir cada día muriendo. ¡Oh, -ley por todas partes terrible la de la muerte, única en no tener -excepción, en no privilegiar á nadie, y debiera á los grandes hombres, -á los eminentes sujetos, á los perfectos príncipes, á los consumados -varones, con quienes muere la virtud, la prudencia, la valentía, el -saber y tal vez toda una ciudad, un reino entero! Eternos debieran ser -los ínclitos héroes, los varones famosos, que les costó tanto el llegar -á aquel cenit de su grandeza; pero sucede tan al contrario, que los que -importan menos viven más y los que mucho valen viven menos. Son eternos -los que no merecían vivir un día y los insignes varones, momentáneos, -pasaban como lucidos cometas. Plausible resolución fué la del rey -Néstor, de quien se cuenta que, habiendo consultado los oráculos acerca -de los plazos de su vida y habiéndole sido respondido que aún había de -vivir mil años cabales, dijo él: - -Pues no hay que tratar de hacer casa. - -Instando sus amigos que no sólo casa, pero un palacio y no sólo uno, -sino muchos, para todos tiempos y pasatiempos, respondió: - -¿Para sólos mil años de vida queréis que me ponga agora á fabricar -casa? ¿Para tan poco tiempo un palacio? He, que bastará una tienda ó -una barraca, donde me aloje de paso. Que sería calificada locura tomar -el vivir de asiento. - -¡Qué bien viene esto con lo que hoy se platica, pues no llegando los -hombres á vivir lo más cien años y no teniendo seguro ni un día, -emprenden edificios de á mil años, fabrican casas, como si se hubiesen -de perpetuar sobre la haz de la tierra! De estos sería uno sin duda -aquel que decía que, aunque supiera que no había de vivir sino un año, -hiciera casa; si un mes, se casara; si una semana, comprara cama y -silla; y si un día sólo, hiciera olla. ¡Oh!, cómo debe reirse destos -necios la muerte discreta, siquiera por lo fea, viendo que, cuando -ellos están levantando grandes casas, ella les está abriendo corta -sepultura, según el proverbio: á casa hecha, sepultura abierta. En -acomodándose uno, ella le desacomoda. Acabarse de construir el palacio -y acabarse la vida todo es á un tiempo, trocándose las siete columnas -del más soberbio edificio en siete pies de tierra ó siete palmos de -mármol, vana necedad de muchos. Porque ¿qué más tiene el pudrirse entre -pórfidos y mármoles, que entre terrones? - -Sobre esta tan llana verdad venía echando el contrapunto de un singular -desengaño el cortesano discreto con nuestros dos peregrinos en Roma. -Llegaron á una gran plaza, embarazada de infinito vulgo, muy puesto en -expectación de alguna de sus necias maravillas, que él suele admirar -mucho. - -¿Qué querrá ser esto?, preguntó Andrenio. - -Y respondiéronle: - -Tened paciencia y tendréis ciencia. - -Así fué, que á poco rato vieron salir bailando y brincando sobre una -maroma un monstruo, que en la lijereza parecía un pájaro y en la -temeridad un loco. Estaban los que le miraban tan pasmados, cuanto él -intrépido. Ellos temblando de verle y él bailando porque le viesen. - -¡Brava temeridad!, exclamó Andrenio. Sin duda que éstos primero -pierden el juicio y después el miedo. Á pie llano no llevamos segura la -vida y éste la mete en precipicios. - -¿De éste te espantas tú?, le dijo el cortesano. - -¿Pues de quién, si de éste no? - -De ti mismo. - -¿De mí? ¿Y por qué? - -Porque es niñería esto, respecto de lo que por ti pasa. ¿Sabes tú dónde -tienes los pies? ¿Sabes por dónde caminas? - -Lo que yo sé es, replicó Andrenio, que no me metiera allí por todo el -mundo y éste por un vil interés se expone á tan grande riesgo. - -¡Qué bueno está eso!, le dijo el cortesano. ¡Oh, si tú te vieses andar, -no sólo de aquel modo, sino con harto mayor peligro, qué sentirías y -qué dirías! - -¿Yo? - -Sí, tú. - -¿Por qué? - -Díme, ¿no caminas cada hora y cada instante sobre el hilo de tu vida, -no tan grueso ni tan firme como una maroma, sino tan delgado como el de -una araña y aun más y andas saltando y bailando sobre él? Ahí comes, -ahí duermes y ahí descansas sin cuidado ni sobresalto alguno. Créeme -que todos los mortales somos volatines arriesgados sobre el delgado -hilo de una frágil vida, con esta diferencia, que unos caen hoy, otros -mañana. Sobre él fabrican los hombres grandes casas y grandes quimeras, -levantan torres de viento y fundan todas sus esperanzas. Admíranse de -ver al otro temerario andar sobre una gruesa y asegurada maroma y no -se espantan de sí mismos, que restriban sobre una, no cuerda, sino -muy loca confianza de una hebra de seda. Menos, sobre un cabello. Aún -es mucho, sobre un hilo de araña. Aún es algo, sobre el de la vida, -que aún es menos. De esto sí que debrían andar atónitos, aquí sí que -se les habían de erizar los cabellos y más reconociendo el abismo de -infelicidades, donde los despeña el grave peso de sus muchos yerros. - -Salgamos, salgamos de aquí luego luego, al mismo punto, gritó Andrenio. - -Poco importa, dijo Critilo, dejar la consideración, si no salimos del -riesgo. Bien podremos olvidarle, mas no evitarle. - -Volvieron ya á su posada, llamada el mesón de la vida. Aquí les dejó el -cortesano citados para otro gran día, si ya no les faltase la noche, -que fué atención precisa. Recibióles con lisonjero agasajo su agradable -huéspeda, mostrándose muy cuidadosa en su asistencia y regalo. -Convidólos á la cena, diciendo: - -Aunque no se vive para comer, se come para vivir. - -Cerróse la noche y trataron ellos de cerrar los ojos, pasando á -ciegas y á escuras la mitad de la vida. Y si dicen que el sueño es un -ensayo de la muerte, yo digo que no es sino un olvido de ella. Íbanse -ya encaminando al sepulcro del sueño, muy descuidados y seguros, -cuando llegó á embargárseles uno de los muchos pasajeros, que allí se -alojaban. Éste, acercándose á ellos disimulado, les dió voces á la -sorda, diciéndoles: - -¡Oh, inconsiderados peregrinos! ¡Cómo se os conoce cuán ajenos vivís -de vuestro mal y cuán ignorantes de vuestro riesgo! Decidme, ¿cómo, -estando presos, tratáis de dormir á sueño suelto? No es tiempo de -cerrar los ojos, sino de abrirlos al mayor peligro, que os amenaza por -instantes. - -Tú debes ser el que sueñas, le respondió Andrenio. ¿Aquí peligros, en -el albergue de la vida, en el mesón del sol y tan claro y tan risueño? - -Y aun por eso mismo, respondió el pasajero. - -He, que no es creíble que para traiciones en tales agrados, que se -escondan fierezas entre tales lindezas. - -Pues advertid que aquí donde la veis tan cortesana, esta nuestra -huéspeda, que es de nación troglodita, hija del más fiero caribe, aquel -que se chupa los dedos tras sus proprios hijos. - -Quita de ahí, le replicó Andrenio. ¿Aquí en Roma trogloditas? ¿Cómo es -posible? - -¿Y es nuevo el concurrir en esta cabeza del orbe de todas sus naciones -los erizados etíopes, los greñudos sicambros, los alarbes, los sabeos -y los sármatas, aquéllos, que llevan consigo la fuente para socorrer -la sed en la picada vena del caballo? Sabed, pues, que esta hermosa y -agradable patrona alimenta sus fierezas de nuestras humanidades. - -Es cosa de risa eso, replicó Andrenio. Lo que yo experimento es que -ella no atiende á otro, que á nuestro agasajo y regalo. - -¡Oh, qué engaño el vuestro!, exclamó el pasajero. ¿Nunca habéis -visto cebar antes las engañadas aves, para cebarse en ellas después, -sacándoles para esto los ojos? Pues así lo platica esta hechicera -común, que no hay Alcina, que la iguale. Miradla bien, reconocedla y -veréis que no es tan linda como se pinta; antes la hallaréis corta -de faiciones y larga de traiciones, breve de tercios y cumplida de -enredos. ¿Es posible, que no habéis reparado en estos días, que aquí -estáis, cómo han desaparecido casi todos los pasajeros que han entrado? -¿Qué se hizo aquel gallardo mancebo, que tanto celebrastes de lindo, -airoso, galán, rico y discreto? Ya no se ve ni se oye. ¿Pues aquella -otra peregrina de la belleza, que tan bien pareció á todos? Ya no -parece. Pregunto, ¿qué se hace tanto pasajero como aquí va entrando? -Unos anochecen y no amanecen y otros al contrario: todos, todos, unos -en pos de otros van desapareciendo, tan presto el cordero como el -carnero, el amo como el criado, el soldado valiente y el cortesano -discreto. Ni al príncipe le vale su soberanía ni al sabio su ciencia. -No le aprovechan al valentón sus bríos ni al rico sus tesoros. Ninguno -trae salvaguardia. - -Ya yo lo había notado, respondió Critilo. Como á la deshilada se nos -iban todos desvaneciendo y os aseguro que me ha ocasionado harto -desvelo. - -Aquí arqueando las cejas y encogiéndose de hombros el pasajero: - -Habéis de saber, les dijo, que yo, llevado de mi cuidadoso recelo, -traté de escudriñar todos los rincones desta traidora posada y he -descubierto una muy afectada traición contra nuestras descuidadas -vidas. Amigos, que estamos vendidos, minada tenemos la salud con -pólvora sorda, armada nos está una emboscada traidora contra la -felicidad más segura. Pero, para que me creáis, seguidme, que lo habéis -de ver con vuestros ojos y tocar con esas manos, sin hacer el menor -sentimiento, porque seríamos perdidos antes con antes. - -Y diciendo y haciendo, levantó una losa, que estaba bajo de su mismo -lecho, de modo que la asechanza estaba inmediata á su descanso. -Descubrióse un boquerón espantoso y lúgubre, por donde les animó á -bajar, yendo él delante, y á la luz de una disimulada linterna los fué -conduciendo á unas profundas cuevas, á unos soterráneos tan inferiores, -que pudieran ser llamados con mucha razón infiernos. Allí les fué -mostrando un expectáculo tan crudo y tan horrendo, que pudiera hacer -estremecer los huesos y dar diente con diente el solo imaginarlo. -Porque allí vieron y conocieron todos aquellos pasajeros, que habían -echado menos; aunque muy desfigurados, tendidos por aquellos suelos. -Estuvieron un gran rato sin poder hablar palabra, que aun para alentar -les faltó el ánimo, tan muertos ellos como los que yacían. - -¡Hay tal carnicería!, dijo Andrenio más suspirando, que pronunciando. -¡Hay tal catástrofe de bárbara impiedad! Aquél es sin duda el príncipe, -que vimos cuatro días ha, tan agraciado y lindo, que era las delicias -del mundo, tan cortejado y adorado de todos. Mirad qué solo yace, -dejado y olvidado. Pereció su memoria con el ruido, que no haciéndole, -luego es uno olvidado. - -Aquel otro, decía Critilo, es aquel ruidoso campeón, conducidor de -huestes valerosas. Mirad agora qué desacompañado yace y solo. El que -antes hacía temblar el mundo con su valor agora nos hace temblar á -nosotros con horror, y el que triunfa de tanto enemigo ya es trofeo de -tanto gusano. - -Contemplad, les decía el pasajero, qué fiera y qué fea está aquella tan -hermosa. Convirtióse su florido Mayo en un erizado Diciembre. ¿Cuántos -por ver esta cara perdieron el ver la de Dios y gozar del cielo? - -Amigo, decía Andrenio, dínos por tu vida quién ejecuta semejantes -atrocidades. ¿Son acaso ladrones, que por robarles el oro les quitan la -preciosa vida? Pero más malicia indica el estar tan desfigurados, medio -comidos algunos y aun roídas las entrañas. Aquí alguna cruel Medea se -oculta, que así desmiembra sus hermanos; alguna infernal Meguera, que -ya poco es troglodita. - -¿No os decía yo? ponderaba el pasajero. Celebrad agora el cortés -agasajo de vuestra agradable patrona. - -Pues aún no acabo yo de creer, dijo Andrenio, que una fiereza tan atroz -quepa en tal agrado, tal crueldad en tal beldad, ni es posible que una -patrona tan humana nos sea tan traidora. - -Señores míos, esto pasa en su misma casa, aquí lo estamos viendo y -lamentando. Ved ahora quién lo ejecuta, por lo menos ella lo consiente. -Éste es el dejo de su cortejo, éste el paradero de su agasajo y éste el -remate de su hospedaje. Mirad qué caro se paga, atended en qué paran -las paredes entoldadas de sedas, el servicio de plata, las doradas y -mullidas camas, el convite y el regalo. - -Esto estaban viendo y no creyéndolo, cuando de repente se hizo bien -de sentir un horrible sonido, un espantoso estruendo como de muchas -campanas, que doblaban el espanto. Correspondíale otro lastimero ruido -de suspiros y lamentos. Quisieron nuestros peregrinos echar á huir y -meterse en salvo; mas no pudieron, porque ya comenzaban á entrar de -dos en dos funestos enlutados, con sus capuces tendidos, que no se les -divisaba el gesto. Traían antorchas amarillas en las manos, no tanto -para alumbrar los muertos, cuanto para dar luz de desengaño á los -vivos, que la han bien menester. Retiráronse á un rincón los espantados -peregrinos, sin osar hablar palabra, con que dieron más lugar á la -atención, para ver lo que pasaba y oir lo que decían, aunque muy bajo, -dos de aquellos enlutados, que les cayeron más cerca. - -¡Qué brava fiereza, decía el uno, la de esta cruel tirana! Al fin -hembra, que todos los mayores males lo son, la hambre, la guerra, la -peste, las arpías, las sirenas, las furias y las parcas. - -Sí, respondía el otro; pero ninguna como ésta, que, si las demás -persiguen y atormentan, no es con tal exceso. Si una calamidad os quita -la hacienda, déjaos la salud; si la otra la salud, déjaos la vida; si -ésta os priva de la dignidad, déjaos los amigos para el consuelo; si -aquélla os roba la libertad, déjaos la esperanza. De modo que ninguna -de las desdichas apura del todo; todas operan algo para el consuelo. -Esta sola, peor de cuantas hay, todo lo barre, con todo acaba de una -vez, con la hacienda, con la patria, amigos, deudos, hermanos, padres, -contento, salud y vida, enemiga mayor del género humano, asesina de -todos. - -Bástale, dijo el otro, ser peor que cuñada, peor que madrastra. Pues -suegra de la vida, ¿qué otro puede ser la muerte? - -Mas al nombrarla ella como tan ruin acudió luego. Comenzaron á entrar -los de su séquito, que es grande, unos que la preceden y otros que la -siguen. Estaban espantados nuestros peregrinos, callando como unos -muertos y, cuando esperaban ver entrar en fúnebre pompa tropas de -fantasmas, catervas de visiones, ejércitos de trasgos, multitud de -larvas y un escuadrón de funestos monstruos, vieron muy al contrario -muchos ministros suyos muy colorados, gruesos y lucidos, no sólo no -tristes, pero muy risueños y placenteros, cantando y bailando con brava -chanza y bureo. Fuéronse partiendo por todo aquel teatro soterráneo, -con que comenzaron ya á respirar nuestros peregrinos y, aun habiendo -cobrado ánimo Andrenio, se fué acercando á uno de ellos, que le pareció -de mejor humor y de buen gusto: - -Señor mío, le dijo, ¿qué buena gente es ésta? - -Miróselo él y, viéndole algo encogido, le dijo: - -Acaba ya de desenvolverte, que aun en el palacio de la muerte no -conviene el ser mozo vergonzoso; más vale tener un punto y aun dos -de entremetido. Sabrás que éste es el cortejo de la reina de todo el -mundo, mi señora la Muerte, que ahí cerca viene; nosotros somos sus más -crueles verdugos. - -No lo parecéis, replicó Critilo, desencogiéndose también, pues veniste -de fiesta y de placer, cantando y riendo. Yo siempre creí que los -asesinos suyos eran tan fieros como crueles, intratables y ásperos, -consumidores y consumidos, de tan mala catadura como ella. - -Ésos, respondió él, doblando la risa, eran los del tiempo antiguo; ya -no se usan, todo está muy trocado, nosotros la asistimos agora. - -¿Y quién eres tú?, le preguntó Andrenio. - -Yo soy, no lo creeréis, un Hartazgo. - -Y aun por eso tan cariharto. ¿Y aquel otro? - -Es un convitón, éste de mi otro lado es un almuerzo, el de más allá -un merendón, la otra una fiambrera, aquéllas las buenas cenas que han -muerto á tantos. - -¿Y aquel adamado y galán? - -Es un mal francés. - -¿Y aquellas otras tan lindas? - -Son unas búas. Y así de las que veis, que ya los más de los mortales -se mueren por lo que les mata y apetecen lo que les acarrea la -muerte. Antes moría un hombre de una pesadumbre, de un despecho, de -un cansancio; pero ya han dado muchos en la cuenta. No los matan ya -pesares ni acaban penas. ¿Quién creerá que aquella tan blanca, que está -allí, es una leche de almendras y que no pocos mueren de ella? Otra -cosa te sé decir, que ya los menos son los que matan los asesinos de -la muerte y los más los que ellos mismos se matan. Ellos se la toman -por sus manos. Veis allí los desórdenes, asesinos de la juventud. Aquel -tan agradable es un jarro de agua fría. Aquellos otros tan bellos son -los soles de España, los serenísimos de Italia, las lunas de Valencia, -los dolores de Francia, toda ella linda gente. - -No paraban de entrar achaques y sin saberse por dónde, aunque por todas -partes. Y decía Andrenio: - -Hartazgo mío ¿por dónde entran éstos? - -¿Por dónde? Muerte no venga, que achaque no falta. Pero atended, que -entra ya ella misma, si no en persona, en sombra y en huesos. - -¿En qué lo conoces? - -En que comienzan á entrar ya los médicos, que son los inmediatos á -ella, los más ciertos ministros, los que la traen infaliblemente. - -No me dejes, Hartazgo mío, que querría dármelo de curiosidad, demás que -estoy ya temblando aquel su mal gesto. - -Pues advierte que no le tiene ni malo ni bueno para proceder más -descarada. - -¿Con qué ojos nos mirará? - -Con ningunos, que no tiene miramiento. - -¡Qué mala cara nos hará! - -Antes no la hace, sino que la deshace. - -Hablemos bajo, no nos oiga. - -No hay que temer, que á nadie escucha ni oye razón ni querella. - -Entró finalmente la tan temida reina, ostentando aquel su tan estraño -aspecto á media cara. De tal suerte, que era de flores la una mitad -y la otra de espinas; la una de carne blanda y la otra de huesos; -muy colorada aquélla y fresca, que parecía de cosas entreveradas de -jazmines; muy seca y muy marchita ésta, con tal variedad, que al punto -que la vieron dijo Andrenio: - -¡Qué cosa tan fea! - -Y Critilo: - -¡Qué cosa tan bella! - -¡Qué monstruo! - -¡Qué prodigio! - -De negro viene vestida. - -No, sino de verde. - -Ella parece madrastra. - -No, sino esposa. - -¡Qué desapacible! - -¡Qué agradable! - -¡Qué pobre! - -¡Qué rica! - -¡Qué triste! - -¡Qué risueña! - -Es, dijo el ministro que estaba en medio de ambos, que la miráis por -diferentes lados y así hace diferentes visos, causando diferentes -efectos y afectos. Cada día sucede lo mismo, que á los ricos les parece -intolerable y á los pobres, llevadera; para los buenos viene vestida -de verde y para los malos de negro; para los poderosos no hay cosa -más triste ni para los desdichados más alegre. ¿No habéis visto tal -vez un modo de pinturas, que, si las miráis por un lado, os parece un -ángel, y si por el otro, un demonio? Pues así es la muerte. Haceros -heis á su mala cara dentro de breve rato, que la más mala no espanta en -haciéndose á ella. - -Muchos años serán menester, replicó Andrenio. - -Sentóse ya en aquel trono de cadáveres, en una silla de costillas -mondas, con brazos de canillas secas y descarnadas, sitial de -esqueletos, y por cojines calaveras, bajo un deslucido dosel de tres ó -cuatro mortajas, con goteras de lágrimas y randas al aire de suspiros, -como triunfando de soberanías, de bellezas, de valentías, de riquezas, -de discreciones y de todo cuanto vale y se estima. - -Luego que estuvo de asiento, trató de tomar residencia á sus ministros, -comenzando por el valido. Y cuando la imaginaran terrible: ¡Será -horrenda y espantosa, al fin de residencia!, la experimentaron al -revés, gustosa, placentera y entretenida y muy de recreo. Cuando -aguardaban que arrojase en cada palabra un rayo, oyeron una y otra -chanza. Y en vez de una envenenada saeta en cada razón, comenzó con -lindo humor á entretenerse desta suerte: - -Venid acá, pesares, decía, y no os me alleguéis muy cerca; más allá, -más de lejos. ¿Cómo os va de matar necios? Y vosotros, cuidados, ¿cómo -os va de asesinar simples? Salid acá, penas, ¿cómo va de degollar -inocentes? - -Muy mal, señora, la respondieron, que ya todos caen en la cuenta de no -caer ni en la cama, cuanto menos en la sepultura. No se usa ya el morir -de tontos; todo va á la malicia. - -Apartaos, pues, vosotros matabobos, y salid acá vosotros, matalocos. - -Saltó al punto la guerra con sus asaltos y choques. - -¡Oh, amiga mía!, la dijo: ¿Cómo te va de degollar centenares de -millares de franceses en España y de españoles en Francia? Que, si -se sacase la cuenta de los que han muerto las gacetas francesas y -relaciones españolas, llegaría sin duda á docientos mil españoles cada -año y otros tantos franceses, pues no viene relación, que no traiga -veinte y treinta mil degollados. - -Es engaño, señora, que no mueren peleando al cabo del año ocho mil de -ambas partes. Mienten las relaciones y mucho más las gacetas. - -¿Cómo no, cuando yo veo que de todos, cuantos van á la campaña, no -vuelve ninguno? ¿Qué se hacen? - -¿Qué? Mueren de hambre, señora, de enfermedades, de malpasar, de -necesidad, de desnudez y de desdichas. - -He, que todo es uno para mí, dijo la Muerte. ¿Ellos al cabo no perecen -todos? Sea de pelear, sea de no pelear, sea de lo que fuere, ¿sabéis lo -que me parece? Que la campaña es como la casa del juego, que todo el -dinero se hunde en ella, ya en barajas, ya en baratos, en luces y en -refrescos ¡Oh, buen príncipe aquel y grande amigo mío, que acorralaba -veinte mil españoles en una plaza y los hacía perecer todos de hambre, -sin dejarles echar mano á la espada! Si eso hicieran, no había para -comenzar de toda Francia. Que á los españoles no les han faltado sino -cabos chocadores, no soldados avanzadores. ¡Pues aquel otro, que hizo -perecer más de otros tantos, á vista del enemigo, todos de hambre y -de desdicha de jefes! Pero quítateme de delante, anda de ahí, guerra -malnacida y peor ejercitada. Pues sin pelear, ¿cuándo el ejército se -denominó del ejercicio? - -Yo sí, señora, que mato y asuelo y destruyo en estos tiempos todo el -mundo. - -¿Quién eres tú? - -¿Pues no me conoces? ¿Ahora sales con eso, cuando yo creí que estaba en -tu valimiento? - -No doy en la cuenta. - -Yo soy la peste, que todo lo barro y todo lo ando, paseándome por toda -la Europa, sin perdonar la saludable España, afligida de guerras y -calamidades: que allá va el mal donde más hay. Y todo esto no basta -para castigo de su soberbia. - -Saltó al punto un tropel de entremetidos, diciendo: - -¿Qué dices? ¿Qué blasonas tú? ¿No sabes que toda esta matanza á -nosotros se nos debe? - -¿Quién sois vosotros? - -¿Quiénes? Los contagios. - -¿Pues en qué os diferenciáis de las pestes? - -¿Cómo en qué? Díganlo los médicos, ó si no, dígalo mi compañero, que es -más simple que yo. - -Lo que sé es que, mientras los ignorantes médicos andan disputando -sobre si es peste ó es contagio, ya ha perecido más de la mitad de -una ciudad y al cabo toda su disputa viene á parar en que la que al -principio ó por crédito ó por incredulidad se tuvo por contagio, -después al echar de las sisas ó gabelas fué peste confirmada y aun -pestilencia incurable de las bolsas. Al fin, vosotros pestes ó -contagios, sus alcahuetes, quitáosme de delante, que no hacéis cosa á -derechas, pues sólo las habéis con los pobres desdichados y desvalidos, -no atreviéndoos á los ricos y poderosos, que todos ellos se os escapan -con aquellas tres alas de las tres eles, luego, lejos y largo tiempo, -esto es, luego en el huir, lejos en el vivir y largo tiempo en volver. -De modo que no sois sino matadesdichados, aceptadores de personas y no -ministros fieles de la divina justicia. - -Yo sí, señora, que soy el verdugo de los ricos, la que no perdono á los -poderosos. - -¿Quién eres tú, que pareces la Fénix entre los males? - -Yo, dijo, soy la gota, que no sólo no perdono á los poderosos; pero me -encarnizo en los príncipes y los mayores monarcas. - -Gentil partida, dijo la Muerte. Tú no sólo no les quitas la vida; pero -dicen que se les alargas veinte ó treinta años más desde que comienzas. -Y lo que se ve es que están muy bienhallados contigo, sirviéndoles -de arbitrio de su poltronería y de alcahueta de su ocio y su regalo. -Sepan que yo tengo de hacer reforma de malos ministros y desterrarlos -á todos por inútiles y ociosos donde hay médicos. Y he de comenzar por -aquella gran follona la cuartana, por quien jamás dobla campana. Que -no sirve sino de hacer regalones los hombres, agotando el vino blanco -y encareciendo las perdices. Mirad qué cara de hipócrita. Ella come -bien y bebe mejor y sin hacerme servicio alguno pide premio, después -de muchas ayudas de costa. Hola, mis valientes, los matantes, ¿dónde -andáis? Dolores de costado, tabardillos y detenciones de orina, andad -luego y acabad con estos ricos, con estos poderosos, que se burlan de -las pestes y se ríen de la gota y hacen fisga de la cuartana y jaqueca. - -Rehusaban ellos la ejecución del mandato y no se movían. - -¿Qué es esto?, dijo la Muerte. Parece que teméis la empresa. ¿De cuándo -acá? - -Señora, la respondieron, mándanos matar cien pobres, antes que un -rico; docientos desdichados, antes que un próspero, aunque sea Colona. -Porque, demás de que son muy dificultosos de asesinar éstos, nos -concitamos el odio universal de todos los otros. - -¡Oh, qué bueno está eso!, ponderó la Muerte. ¿Y ahora estamos en eso? -Si en eso reparamos, nada valdremos. Ora, yo os quiero contar al -propósito y al ejemplo y demos este rato de treguas á los mortales, -que no hay suspensión de mis flechas, como un rato de olvido, cuando -la memoria de la muerte toda la vida desazona. Habéis de saber que, -cuando yo vine al mundo, hablo de mucho tiempo, allá en mi noviciado, -aunque entré con vara alta y como plenipotenciaria de Dios, confieso -que tuve algún horror al matar y que anduve en contemplaciones á los -principios, si mataré éste, no sino aquél, si el rico, si el poderoso, -si la hermosa, no sino la fea, si el mozo gallardo, si el viejo; pero -al fin ya me resolví con harto dolor de mi corazón. Aunque dicen que no -le tengo ni entrañas y que soy dura. ¿Qué mucho, si soy toda huesos? -Determiné comenzar por un mozo rollizo y bello como un pino de oro, -déstos que hacen burla de mis tiros. Parecióme que no haría tanta falta -en el mundo ni en su casa, como un hombre de gobierno hecho y derecho. -Encaréle mi arco, que aún no usaba de guadaña ni la conocía. Confieso -que me temblaba el brazo, que no sé cómo me acerté el tiro; pero al fin -él quedó tendido en aquel suelo y al mismo punto se levantó todo el -mundo contra mí, clamando y diciendo: - -¡Oh cruel, oh bárbara Muerte! Mirad quién ha asesinado á un mancebo -el más lindo, que agora comenzaba á vivir, en lo más florido de su -edad, qué esperanzas ha cortado, qué belleza ha malogrado la traidora. -Aguardara á que se sazonara y no cogiera el fruto en agraz y en una -edad tan peligrosa. ¡Oh malograda juventud! - -Llorábanle sus padres, lamentábanse sus amigos, suspiraban muchas -apasionadas, hizo duelo á toda una ciudad. De verdad que quedé confusa -y aun arrepentida de lo hecho. Estuve algunos días sin osar matar ni -parecer; pero al fin él pasó por muerto para ciento y un año. Viendo -esto, traté de mudar de rumbo, encaré el arco contra un viejo de cien -años. - -Á éste sí, decía yo, que no le plañirá nadie; antes todos se holgarán, -que á todos los tenía cansados con tanto reñir y dar consejos. Á él -mismo pienso haberse hecho favor, que vivía muriendo. Que, si la muerte -para los mozos es naufragio, para los viejos, tomar puerto. Flechéle un -catarro, que le acabó en dos días y, cuando creí que nadie me condenara -la acción, antes bien todos me la aplaudieran y aun la agradecieran, -sucedió tan al contrario, que todos á una voz comenzaron á malearla y á -decir mil males de mí, tratándome, si antes de cruel, agora de necia, -la que así mataba un varón tan esencial á la república. - -Éstos, decían, con sus canas honran las comunidades y con sus consejos -las mantienen. Agora había de comenzar á vivir éste lleno de virtud, -hombre de conciencia y de experiencia. Estos agobiados son los puntales -del bien común. - -Quedé, cuando oí esto, de todo punto acobardada, sin saber á quién -llevarme. Mal, si al mozo; peor, si al anciano. Tuve mi reconsejo y -determiné encarar el arco contra una dama moza y hermosa. - -Esta vez sí, decía, que he acertado el tiro, que nadie me hará cargo, -porque ésta era una desvanecida, traía en continuo desvelo á sus padres -y con ojeriza á los ajenos, la que volvía locos, digo más de lo que -lo estaban, á los mozos, tenía inquieto todo el pueblo. Por ella eran -las cuchilladas, el ruido de noche, sin dejar dormir á los vecinos, -trayendo sobresaltada la justicia. Y para ella es ya favor, cuando -fuera venganza el dejarla llegar á vieja y fea. Al fin yo la encaré -unas viruelas, que ayudadas de un fiero garrotillo en cuatro días la -ahogaron. Mas aquí fué el alarido común, aquí la conjuración universal -contra mis tiros. No quedó persona, que no me murmurase, grandes y -pequeños, echándome á centenares las maldiciones. - -¡Hay tan mal gusto, decían, como el desta muerte! ¡Hay semejante -necedad! ¡Que una sola hermosa, que había en el pueblo, ésa se la haya -llevado, habiendo cien feas en que pudiera escoger y nos hubiera hecho -lisonja en quitárnoslas de delante! - -Concitaban más el odio contra mí sus padres, que llorándola noche y -día, decían: - -¡La mejor hija, la que más estimábamos, la más bienvista, que ya se -estaba casada! Llevárase la tuerta, la coja, la corcovada: aquéllas -serán eternas, como vajilla quebrada. - -Impacientes los amantes me acuchillaran si pudieran: - -¡Hay tal crueldad! ¡Que no la enterneciesen aquellas dos mitades del -sol en sus dos ojos y ni la lisonjeasen aquellos dos floridos meses de -sus dos mejillas, aquel oriente de perlas de su boca y aquella madre de -soles de su frente, coronada de los rayos de sus rizos! Ello ha sido -envidia ó tiranía. - -Quedé aturdida desta vez. Quise hacer el arco mil astillas; mas no -podía dejar de hacer mi oficio: los hombres á vivir y yo á matar. Volví -la hoja y maté una fea. - -Veamos agora, decía, si callará esta gente, si estaréis contentos. - -¡Pero quién tal creyera! Fué peor, porque comenzaron á decir: - -¡Hay tal impiedad! ¡Hay tal fiereza! ¿No bastaba que la desfavoreció la -naturaleza, sino que la desdicha la persiguiese? No se diga ya ventura -de fea. - -Clamaban sus padres: - -La más querida, decían, el gobierno de la casa; que estas otras lindas -no tratan sino de engalanarse, mirarse al espejo y que las miren. - -¡Qué entendida!, decían los galanes. ¡Qué discreta! - -Asegúroos, que no sabía ya qué hacerme. Maté un pobre, pareciéndome le -hacía mercedes, según vivía de laceriado: ni por ésas; antes bien todos -contra mí. - -Señor, decían, que matara un ricazo, harto de gozar del mundo, pase; -pero un pobrecillo, que no había visto un día bueno, ¡gran crueldad! - -Calla, dije, que yo me enmendaré, yo mataré antes de muchas horas un -poderoso. - -Y así lo ejecuté; mas fué lo mismo que amotinar todo el mundo contra -mí. Que tenía infinitos parientes, otros tantos amigos, muchos criados -y á todos dependientes. Maté un sabio y pensé perderme, porque los -otros fulminaron discurso y aun sátiras contra mí. Maté después un gran -necio y salióme peor, que tenía muchos camaradas y comenzaron á darme -valientes mazadas. - -¿Señores, en qué ha de parar esto?, decía yo. ¿Qué he de hacer? ¿Á -quién he de matar? - -Determiné consultar primero los tiros con aquellos mismos en quienes -se habían de ejecutar y que ellos mismos se escogiesen el modo y el -cuándo; pero fué echarlo más á perder, porque á ninguno le venía bien -ni hallaban el modo ni el día. Para holgarse y entretenerse, eso sí; -pero para morir, de ningún modo. - -Déjame, decían, concluir con estas cuentas, agora estoy muy ocupado. -¡Oh qué mala sazón! Querría acomodar mis hijos, concertar mis cosas. - -De modo que no hallaban la ocasión ni cuando mozos ni cuando viejos ni -cuando ricos ni cuando pobres. Tanto, que llegué á un viejo decrépito y -le pregunté si era hora y respondióme que no, hasta el año siguiente. -Y lo mismo dijo otro. Que no hay hombre, por viejo que esté, que no -piense que puede vivir otro año. Viendo que ni esto me salía, di -en otro arbitrio y fué de no matar sino á los que me llamasen y me -deseasen, para hacer yo crédito y ellos vanidad; pero no hubo hombre -que tal hiciese. Uno sólo me envió á llamar tres ó cuatro veces. -Híceme de rogar, para ver si la misma privación le causaría apetito y, -cuando llegué, me dijo: - -No te he llamado para mí, sino para mi mujer. - -Mas ella, que tal oyó, enfurecida dijo: - -Yo me tengo lengua para llamarla, cuando la hubiere menester. ¿Quién le -mete á él en eso? Mirad ¡qué caritativo marido! - -Así que ninguno me buscaba para sí, sino para otro, las nueras para -las suegras, las mujeres para los maridos, los herederos para los que -poseían la hacienda, los pretendientes para los que gozaban de los -cargos, pegándome bravas burlas, haciéndome todos ir y venir, que no -hay mejor deuda ni más mala paga. Al fin, viéndome puesta en semejante -confusión con los mortales y que no podía averiguarme con ellos, mal si -mato al viejo, peor si al mozo, si la fea, si la hermosa, si el pobre, -si el rico, si el ignorante, si el sabio: - -Gente de la maldición, decía, ¿á quién he de matar? Concertaos. Veamos -qué ha de ser. Vosotros sois mortales, yo matante: yo he de hacer mi -oficio. - -Viendo, pues, que no había otro expediente ni modo de ajustarnos, -arrojé el arco y así de la guadaña, cerré los ojos y apreté los puños y -comencé á segar todo parejo, verde y seco, crudo y maduro, ya en flor, -ya en grano, á roso y á belloso, cortando á la par rosas y retamas, dé -donde diere. - -Veamos agora si estaréis contentos. - -Con este modo de proceder me hallé bien. Que el poco mal espanta y el -mucho amansa. Con él me he quedado, así prosigo y digan lo que dijeren, -murmuren cuanto quisieren, que ellos me lo pagarán. Digan ellos, que yo -haré y así habéis de hacer vosotros. - -En confirmación de esto, llamó uno de aquellos sus fieros ministros -y dióle un apretado orden, aun desorden: que fuese y asesinase un -poderoso, que de nada hacía caso. Comenzó á embarazarse el verdugo y -aun hacerse de pencas. - -¿De qué temes?, le dijo. ¿Á éste hallas dificultad en chocar con él? - -No señora, que éstos, el primer día están malos, el segundo mejores, al -tercero no es nada y al cuarto mueren. - -¿Pues qué?, los muchos remedios, ¿qué se han de hacer? - -Menos, que antes éstos nos ayudan, atropellándose unos á otros, sin -dejarles obrar los segundos á los primeros, por lo malsufrido del -enfermo, hecho á su gusto é imperio. - -¿Recelas las muchas plegarias y oraciones, que se han de mandar hacer -por él? - -Tampoco, que tienen éstos poco obligado al cielo en salud y, aunque se -manden enterrar tal vez con un hábito bendito, no por eso los deja de -conocer el diablo. - -¿Pues en qué reparas? - -En el odio, que te has de conciliar, por tener muchos parientes y -dependientes. - -Eso es lo de menos; antes bien no hay tiro más acreditado y que mejor -nos salga, que el que se emplea en uno déstos, porque son los puercos -de la casa del mundo, que el día que los matan, ellos gruñen y los -demás se ríen, ellos gritan y los demás se alegran. Porque aquel día -todos tienen que comer, los parientes heredan, los sacristanes repican, -aunque dicen que doblan, los mercaderes venden sus bayetas, los sastres -las cosen y hurtan, los lacayos las arrastran, páganse las deudas, -danse limosnas á los pobres. De suerte que á todos viene bien, lloran -de cumplimiento y ríen de contento. - -¿Recelas el descrédito? - -De ningún modo, porque antes éstos vuelven por nosotros, diciendo todos -que él se ha muerto, él se tiene la culpa, era un desreglado, no sólo -en salud, pero aun enfermo: enjaguaráse cien veces, variando tazas el -día de la mayor fiebre; tenía en un salón doce camas, pegada la una -con la otra y íbase revolcando por todas ellas del un lado al otro y -volviendo á deshacer la rueda en el mayor crecimiento; viven aprisa y -así acaban presto. - -¿Pues en qué reparáis? - -Yo te lo diré. Reparo, señora, y dijo esto con notable sentimiento y -aun con lágrimas, en que con todo lo que matamos, hacemos más riza que -provecho, pues no enmiendan sus vidas los mortales ni corrigen sus -vicios; antes se experimenta que hay más pecados después de una gran -peste y aun en medio della, que antes. - -Luego hallé una ciudad de rameras y, en lugar de una que pereció, -acuden cuatro y cinco. Matamos á unos y á otros y ninguno de los que -quedan se da por entendido. Si muere el joven, dice el viejo: - -Éstos son unos desreglados, fíanse en sus robusteces, atropellan con -todo, no hay que espantar. Nosotros sí que vivimos, que nos sabemos -conservar, caemos de maduros. De aquí es que mueren más mozos que -viejos. Toda la dificultad está en pasar de los treinta, que de ahí -adelante es un hombre eterno. - -Al contrario discurren los mozos, cuando muere el viejo: - -¿Qué se podía esperar déste? Bien logrado va, todos como él, de lo que -ha vivido me admiro. - -Si muere el rico, se consuela el pobre: - -Éstos son voraces, comen bien, cenan mejor, hasta reventar, no hacen -ejercicio, no dijieren, no consumen los malos humores, no trabajan, no -sudan como nosotros. - -Pero si muere el pobre, dice el rico: - -Estos desdichados comen poco y mal alimento, andan desarrapados, -duermen por los suelos. ¿Qué mucho? Para ellos se hicieron los -contagios y faltaron las medicinas. - -Si muere el poderoso, luego dicen que de pesares; si el príncipe, de -veneno; si el docto, trabajaba de cabeza; si el letrado, tenía muchos -negocios; si el estudiante, estudiaba mucho, viviera un poco más y -supiera un poco menos; si el soldado, llevaba jugada la vida, como si -él la llevase ganada; si el sano, fíase en la salud; si el enfermizo, -estábase dicho. Desta suerte todos tratan y piensan vivir ellos, lo -que los otros dejan. Ninguno escarmienta ni se da por entendido. - -Buen remedio, dijo la Muerte: matar de todo y por un parejo, mozos -y viejos, ricos y pobres, sanos y enfermos, para que viendo el rico -que no solos mueren los pobres y el mozo que no solos los viejos, -escarmienten todos y cada uno tema. Con eso no echarán el perro muerto -á la puerta del vecino ni se apelarán al otro reloj, como el que está -cenando capones en víspera de ayuno. Por eso yo doy bravos saltos de la -choza al alcázar y de la barraca al homenaje. - -Señora, yo no sé ya qué hacerme, dijo un malcarado ministro. No sé de -qué valerme contra un cierto sujeto, que ha muchos años que ando tras -acabarle y él bueno que bueno. - -Si eso es, no le acabarás ni bastan con él pesares, desdichas, malas -nuevas, pérdidas grandes, muertes de hijos y parientes: siempre vivo -que vivo. - -¿Es italiano?, preguntó la muerte. Porque eso sólo le basta, que saben -vivir. - -No señora, que, si eso fuera, no me cansara. - -¿Es necio? Porque ésos antes matan que mueren. - -No lo creo, que harto sabe quien sabe vivir. Él no trata sino de -holgarse. No hay fiesta que no goce, paseo en que no se halle, comedia -que no vea, prado que no desfrute ni día bueno que no le logre. ¿Cómo -puede ser necio? - -Sea lo que fuere, concluyó la Muerte, no hay tal cosa como echarle un -médico ó un par, para más asegurarlo. Mirad, decía, ministros míos, -no os canséis, no pongáis estudio en matar los muy sanos y robustos, -los valientes, que la misma confianza los engaña; en quien habéis de -poner todo el cuidado y conato es en matar un achacoso, un enfermizo, -un podrido, uno déstos que cenan huevos. Ahí está toda la dificultad, -porque éstos cada día acaban y cada día resucitan y así veréis que, -mientras acaba de acabar uno déstos, mueren ciento de los muy robustos -y llevan traza de acabar con todos. - -Despachaba dos esbirros, un Ahito á matar un pobre, y una Inedia á un -rico. Replicaron ellos que llevaban encontrados los frenos. - -He, que no lo entendéis, les dijo. ¿No habéis oído, cuando enferma -el pobre, decir á todos que es de hambre y unos y otros le envían y -hacen que comer y le embuten, con que viene á morir de repleción? Al -contrario al rico luego dicen que es de ahito, que todo su mal es de -tragar, con que le quitan el comer y viene á morir de hambre. - -Iban llegando ministros de la cruda reina de varias partes y decíales: - -¿De dónde venís? ¿Dónde habéis andado? - -Y respondían: las Mutaciones de Roma, los Letargos de España, las -Apoplejías de Alemania, las Disenterías de Francia, los Dolores de -costado de Inglaterra, los Romadizos de Suecia, los Contagios de -Constantinopla y la Sarna de Pamplona. - -¿Y en la isla pestilente, quién ha estado? - -Ella es tal, que todos la habemos huído, que dicen se llamó así, más -por sus moradores, que por sus males. - -Pues alto, id allá todos juntos y no me dejéis extranjero á vida. - -¿Y también los prelados? - -Mejor, que no tienen el vulgar remedio. - -Esto estaban viendo y oyendo, no en sueños ni por imaginación -fantástica, sino muy en desvelo y muy de veras, olvidados de sí mismos, -cuando ceñó la Muerte á una Decrepitud y la dijo: - -Llégate ahí y emprende de buen ánimo, que yo acometo cara á cara á los -viejos, si á traición á los jóvenes. Y acaba ya con esos dos pasajeros -de la vida y su peregrinación tan prolija, que tienen ya enfadado y -cansado á todo el mundo. Vinieron á Roma en busca de la Felicidad y -habrán encontrado la Desdicha. - -Aquí perecemos sin remedio, iba á decir Andrenio. - -Pero helósele la voz en la garganta y aun las lágrimas en los párpados, -asiéndose fuertemente de su conducidor peregrino. - -Buen ánimo, le dijo éste, y mayor en el más apretado trance, que no -faltará remedio. - -¿De qué suerte, replicó, si dicen que para todo le hay, sino para la -muerte? - -Engañóse quien tal dijo, que también le hay, yo le sé, y nos ha de -valer agora. - -¿Cuál sera ése?, instó Critilo. ¿Es acaso el valer poco, el servir de -nada en el mundo, el ser suegro necio, el desearnos la muerte los otros -por la expectativa, ó el dejarla nosotros por alivio, cargarnos de -maldiciones, el ser desdichados? - -Nada, nada de todo eso. - -¿Pues qué será? - -Remedio para no morir. - -Ya muero por saberlo y por probarlo. - -Tiempo tendremos, que el morir de viejos no suele ser tan de repente. - -Este único remedio, tan plausible, cuan deseado, será el asunto de -nuestra última Crisi. - - - - -CRISI XII - -_La isla de la inmortalidad._ - - -Error plausible, desacierto acreditado fué aquel tan celebrado llanto -de Jerjes, cuando, subido en una eminencia, desde donde pudo dar -vista á sus innumerables huestes, que agotando los ríos inundaban las -campañas, cuando otro no pudiera contener el gozo, él no pudo reprimir -el llanto. Admirados sus cortesanos de tan estraño sentimiento, -solicitaron la causa tan escondida, cuan impensada. Aquí el rey, -ahogando palabras en suspiros, les respondió: - -Yo lloro de ver hoy los que mañana no se verán. Pues del modo que el -viento lleva mis suspiros, así se llevará los alientos de sus vidas. -Prevéngoles las obsequias á los que dentro de pocos años, todos los que -hoy cubren la tierra, ella los ha de cubrir á ellos. - -Celebran mucho los apreciadores de lo bien dicho, este dicho y este -hecho; mas yo ríome de su llanto, porque, preguntárale yo al gran -monarca del Asia: - -Sire, estos hombres ó son insignes ó vulgares. Si famosos, nunca -mueren; si comunes, mas que mueran. Eternízanse los grandes hombres en -la memoria de los venideros; mas los comunes yacen sepultados en el -desprecio de los presentes y en el poco reparo de los que vendrán. Así -que son eternos los héroes y los varones eminentes inmortales. - -Éste es el único y el eficaz remedio contra la muerte, les ponderaba á -Critilo y á Andrenio su peregrino, tan prodigioso que nunca envejecía -ni le surcaban los años el rostro con arrugas del olvido ni le -amortajaron la cabeza con las canas, repitiendo para inmortal: - -Seguidme, les decía, que hoy intento trasladaros de la casa de la -muerte al palacio de la vida, desta región de horrores del silencio -á la de los honores de la fama. Decidme: ¿nunca habéis oído nombrar -aquella célebre isla de tan rara y plausible propiedad, que ninguno -muere ni puede morir, si una vez entra en ella? Pues de verdad, que es -bien nombrada y apetecida. - -Ya yo he oído hablar de ella algunas veces, dijo Critilo; pero como -de cosa muy allende, acullá en los antípodas, socorro ordinario de lo -fabuloso lo lejos, y como dicen las abuelas, de largas vías cercanas -mentiras. Por lo cual, yo siempre la he tenido por un espantavulgo, -remitiéndola á su simple credulidad. - -¿Cómo es eso de _bene trobato_?, replicó el peregrino. Isla hay de la -inmortalidad, bien cierta y bien cerca, que no hay cosa más inmediata -á la muerte que la inmortalidad: de la una se declina á la otra. Y así -veréis que ningún hombre, por eminente que sea, es estimado en vida. -Ni lo fué el Ticiano en la pintura ni el Bonarota en la escultura ni -Góngora en la poesía ni Quevedo en la prosa. Ninguno parece, hasta que -desaparece. No son aplaudidos, hasta que idos. De modo que, lo que para -otros es muerte, para los insignes hombres es vida. Asegúroos que yo -la he visto y andado, gozándome hartas veces en ella, y aun tengo por -empleo conducir allá los famosos varones. - -Aguarda, dijo Andrenio. Déjame hacer fruición de semejante dicha. ¿De -veras que hay tal isla en el mundo y tan cerca y que, en entrando en -ella, á Dios muerte? - -Dígote, que la has de ver. - -Aguarda, ¿y que ya no habrá ni el temor de morir, que aun es peor que -la misma muerte? - -Tampoco. - -¿Ni el envejecer, que es lo que más sienten las Narcisas? - -Menos: no hay nada de eso. - -De modo que ¿no llegan los hombres á estar chochos ni decrépitos ni -á monear aquellos tan prudentazos antes, que es brava lástima verlos -después niñear, los que eran tan hombres? - -Nada, nada de eso se experimenta en ella. - -¡_Oh, la bella cosa_! - -En entrando allá, digo, fuera canas, fuera toses y callos, á Dios -corcova y me pongo tieso, lucido y colorado y me remozo y me vuelvo de -veinte años, aunque mejor será de treinta. - -¡Y qué daría por poder hacer otro tanto, quien yo me sé! ¡Oh, cuándo me -veré en ella, libre de pantuflos y manguitos y muletillas! Y pregunto, -¿hay relojes por allá? - -No por cierto, no son menester. Que allí no pasan días por las personas. - -¡Oh qué gran cosa! Por solo eso se puede estar allá, que te aseguro -que me muelen y me matan cada cuarto y cada instante. Gran cosa vivir -de una tirada y pasar sin oir horas, como el que juega por cédulas -sin sentir lo que pierde. ¡Qué mal gusto el de los que los llevan en -el pecho, sisándose la vida y intimándose de continuo la muerte! Pero -otra cosa, inmortal mío, díme, ¿no se come, no se bebe en esa isla? -Porque, si no beben, ¿cómo viven? Si no se alimentan, ¿cómo alientan? -¿Qué vida sería ésa? Porque acá vemos que la sabia naturaleza de los -mismos medios para el vivir hizo vida: el comer es vivir y el gustar. -De modo que todas las acciones más necesarias para la vida las hizo más -gustosas y apetecibles. - -En eso del comer, respondió el inmortal, hay mucho que decir. - -Y que pensar, añadió Andrenio. - -Dícese que los héroes se sustentan de higadillas de la Fénix; los -valientes, los Pablos de Parada y los Borros, de medulas de leones; -pero los más noticiosos desto aseguran que se pasan como los del monte -Amanos, del airecillo del aplauso, que corre con los soplos de la fama, -con aquello de oir decir: no hay espada como la del señor don Juan de -Austria, no hay bastón como el de Caracena, no hay testa como la de -Oñate, no hay pico como el de Santillana. Esto es lo que los sustenta, -este aplauso, este decir: ¡qué gran virrey el duque de Monte León! No -le ha habido mejor en Aragón. No se ha visto otro embajador en Roma -como el conde de Siruela, no hay garnacha como el regente de Aragón -don Luis de Ejea, no hay mitra como la de Santos en Sigüenza, no hay -tres bonetes como los tres hermanos, el deán de Sigüenza, arcipreste -de Valpuesta y el arcediano de Zaragoza. Este aplauso les quita las -canas y las arrugas y basta hacerlos inmortales. Vale mucho este decir -universal: ¡qué gran ministro el presidente! ¡Pues el inquisidor -general! No hay tiara como la de Alejandro el Máximo, el dos veces -Santo. No hay cetro como el... - -Aguarda, dijo Critilo, no querría que fuese esto de hacer los hombres -eternos lo de aquel otro del secreto de hacer sólido el vidrio. De -quien cuentan que un emperador le hizo hacer pedazos á él, porque no -cayesen de su estimación el oro y la plata. Que, si aun desta suerte -les decían los indios á los españoles: ¿teniendo el vidrio allá en -el otro mundo, venís á buscar el oro en éste? ¿teniendo cristales, -hacéis caso de metales?, ¿qué dijeran, si no fuera quebradizo, si le -experimentaran durable? Por tan dificultoso tengo yo alcanzarle solidez -á la frágil vida, como al delicado vidrio, que para mí, hombre y vidrio -todo es uno, á un tris dan un tras y acábase vidrio y hombre. - -He, seguidme, les decía su prodigioso. Que hoy mismo habéis de pasear -por la gran plaza, por el anfiteatro de la inmortalidad. Fuélos -sacando á luz por una secreta mina, pasadizo derecho de la muerte á la -eternidad, del olvido á la fama. Pasaron por el templo del trabajo y -díjoles: - -Buen ánimo, que cerca estamos del de la fama. - -Sacólos finalmente á la orilla de un mar tan estraño, que creyeron -estar en el puerto, si no de Hostia, de víctima de la muerte, y más -cuando vieron sus aguas tan negras y tan oscuras, que preguntaron si -era aquel mar donde desagua el Leteo, el río del olvido. - -Es tan al contrario, le respondió, y está tan lejos de ser el golfo -del olvido, que antes es el de la memoria y perpetua. Sabed que aquí -desaguan las corrientes de Elicona, los sudores hilo á hilo y más los -odoríferos de Alejandro y de otros ínclitos varones, el llanto de las -Eliades, los aljófares de Diana, linfas todas de sus bellas Ninfas. - -¿Pues cómo están tan denegridas? - -Es lo mejor que tienen. Porque este color proviene de la preciosa tinta -de los famosos escritores, que en ella bañan sus plumas. De aquí se -dice tomaron jugo la de Homero para cantar de Aquiles, la de Virgilio -de Augusto, Plinio de Trajano, Cornelio Tácito de ambos Nerones, Quinto -Curcio de Alejandro, Jenofonte de Ciro, Comines del gran Carlos de -Borgoña, Pedro Mateo de Enrico Cuarto, Fuen Mayor de Pío Quinto y -Julio César de sí mismo. Autores todos validos de la fama. Y es tal la -eficacia deste licor, que una sola gota basta á inmortalizar un hombre, -pues un solo borrón, que echaba en uno de sus versos Marcial, pudo -hacer inmortales á Partenio y á Liciano (otros leen Liñano), habiendo -perecido la fama de otros sus contemporáneos, porque el poeta no se -acordó de ellos. - -Yace en medio deste inmenso piélago de la fama aquella célebre isla de -la inmortalidad, albergue feliz de los héroes, estancia plausible de -los varones famosos. - -Pues dínos ¿por dónde y cómo se pasa á ella? - -Yo os lo diré. Las águilas volando, los cisnes surcando, las Fénix de -un vuelo, los demás remando y sudando, ansí como nosotros. - -Fletó luego una chalupa, hecha de incorruptible cedro, taraceada -de ingeniosas inscripciones, con iluminaciones de oro y bermellón, -relevada de emblemas y empresas, tomadas del Sorio, del Saavedra, -de Alciato y del Solórzano. Y decía el patrón haberse fabricado de -tablas, que sirvieron de cubiertas á muchos libros, ya de nota, ya de -estrella. Parecían plumas sus dorados remos y las velas lienzos del -antiguo Timantes y del Velázquez moderno. Fuéronse ya engolfando por -aquel mar en leche de su elocuencia, de cristal en lo terso del estilo, -de ambrosía en lo suave del concepto y de bálsamo en lo odorífero -de sus moralidades. Oíanse cantar regaladamente los cisnes, que de -verdad cantan los del Parnaso. Anidaban seguros los alciones de la -historia y andaban saltando alrededor del batel con mucha humanidad los -delfines. Iban perdiendo tierra y ganando estrellas y todas favorables, -con viento en popa, por irse reforzando siempre más y más los soplos -del aplauso. Y para que fuese el viaje de todas maneras gustoso, iba -entreteniéndoles el inmortal con su sazonada erudición: que no hay rato -hoy más entretenido ni más aprovechado, que el de un _bel parlar_ -entre tres ó cuatro. Recréase el oído con la suave música, los ojos con -las cosas hermosas, el olfato con las flores, el gusto en un convite; -pero el entendimiento con la erudita y discreta conversación entre -tres ó cuatro amigos entendidos y no más, porque en pasando de ahí, es -bulla y confusión. De modo que es la dulce conversación banquete del -entendimiento, manjar del alma, desahogo del corazón, logro del saber, -vida de la amistad y empleo mayor del hombre. - -Sabed, les decía, oh mis candidados de la fama, pretendientes de la -inmortalidad, que llegó el hombre á tener, no ya emulación, pero -envidia declarada á una de las aves y no atinaréis tan presto cuál -fuese ésta. - -¿Sería, dijeron, el águila, por su perspicacia, señorío y vuelo? - -No por cierto, que se abate del sol á una vil sabandija, rozando su -grandeza. - -¿Sin duda que al pavón, por las atenciones de sus ojos, entre tanta -bizarría? - -Tampoco, que tiene malos dejos. - -¿Y al cisne, por lo cándido y lo canoro? - -Menos, que es un muy necio callar el de toda la vida. - -¿Á la garza, por su bizarra altanería? - -De ningún modo, que, aunque remontada, es desvanecida. - -Basta ¿que sería la fénix, por lo única en todo? - -Por ningún caso, que, demás de ser dudosa, no pudo ser feliz, pues le -faltó consorte: si hembra, no tiene macho, y si macho, no tiene hembra. - -Válgate por ave, dijeron, ¿y cuál sería, que no queda ya cosa, que -envidiar? - -Sí, sí queda. - -¿Quién tal creyera? - -No sé cómo me lo diga. No fué sino al cuervo. - -¿Al cuervo?, dijo Andrenio. ¡Qué mal gusto de hombre! - -No sino muy bueno y rebueno. - -¿Pues qué tiene que lo valga? ¿Lo negro, lo feo, lo ofensivo de su voz, -lo desazonado de sus carnes, lo inútil para todo? ¿Qué tiene de bueno? - -Oh, sí, una cierta ventaja, que empareja todo eso. - -¿Cuál es, que yo no topo con ella? - -¿Parécete que es niñería aquello de vivir trecientos años y aún aún? - -Sí, algo es eso. - -¿Cómo algo? Y mucho y no como quiera. - -Sin duda, dijo Critilo, que le viene eso por ser aciago, que todo lo -malo dura mucho, los azares nunca se marchitan y todo lo desdichado es -eterno. Sea lo que fuere, él llegó á lo que no el águila ni el cisne. - -¿Es posible, decía el hombre, que un pájaro tan civil haya de vivir -siglos enteros y que un héroe el más sabio, el más valiente, la mujer -más linda, la más discreta, no lleguen á cumplir uno ni á vivir el -tercio? ¿Qué haya de ser la vida humana tan corta de días y tan -cumplida de miserias? - -No pudo contener esta su desazón allá en sus interioridades á lo -sagaz y prudente, sino que la manifestó luego á lo vulgar y llegó á -dar quejas al Hacedor supremo. Oyóle las malfundadas razones de su -descontento, escuchóle la prolija ponderación de su sentimiento y -respondióle: - -¿Y quién te ha dicho á ti que no te he concedido yo muy más larga -vida que al cuervo y que al roble y que á la palma? He, acaba ya -de reconocer tu dicha y de estimar tus ventajas. Advierte que está -en tu mano el vivir eternamente. Procura tú ser famoso, obrando -hazañosamente, trabaja por ser insigne, ya en las armas, ya en las -letras, en el gobierno y, lo que es sobre todo, sé eminente en la -virtud, sé heroico y serás eterno, vive á la fama y serás inmortal. No -hagas caso, no, de esa material vida, en que los brutos te exceden. -Estima sí la de la honra y de la fama y entiende esta verdad, que los -insignes hombres nunca mueren. - -Campeaban ya mucho y de muy lejos dejábanse ver entre brillantes -esplendores unos portentosos edificios, que en divisándolos, gritó -Andrenio: - -Tierra, tierra. - -Y el inmortal: - -Cielo, cielo. - -Aquéllos, sin más ver, dijo Critilo, son los obeliscos corintios, los -romanos coliseos, las babilónicas torres y los alcázares persianos. - -No son, dijo el inmortal, antes bien calle la bárbara Menfis sus -pirámides y no blasone Babilonia sus homenajes, porque éstos los -exceden á todos. - -Cuando estuvieron ya más cerca, que pudieron distinguirlos, conocieron -que eran de materia muy tosca y muy común, sin arte ni simetría, -sin molduras ni perfiles. Tanto, que pasando Andrenio de admirado á -ofendido, dijo: - -¡Qué cosa tan baja y tan vil es ésta! ¡Qué edificios tan indignos de un -tan sublime puesto! - -Pues advierte, le respondió el inmortal, que éstos son los más -celebrados del mundo. ¿Qué importa que lo material sea común, si -lo formal de ellos es bien raro? Éstos han sido siempre venerados -y plausibles y con mucho fundamento. Cuando los anfiteatros y los -coliseos ya cayeron, éstos están en pie; aquéllos acabaron, éstos -permanecen y durarán eternamente. - -¿Qué muro viejo y caído es aquel, que causa horror el mirarle? - -Aquel es más celebrado y más vistoso, que todas las suntuosas fachadas -de los palacios más soberbios. Aquéllas son las almenas de Tarifa, por -donde arrojó el puñal don Alonso Pérez de Guzmán. - -Y es de notar, ponderó Critilo, que ese Guzmán el Bueno fué en tiempo -de don Sancho el Cuarto. - -Á par dél campea aquel otro, donde la no menos que valerosa matrona, -levantando su falda, levantó bandera de gloriosa vitoria, que en una -mujer y al verde gollar el hijo fué valor de singular alabanza. - -¿Qué cueva es aquella, que allí se divisa, aunque tan oscura? - -No es sino muy clara y muy esclarecida. Aquella es la tan nombrada -cueva Donga del inmortal infante don Pelayo, más venerada, que los -dorados alcázares de muchos de sus antecesores y aun descendientes. - -¿Qué arrasada trinchera es aquella, que allí se admira? - -Dígalo el conde de Ancurt, que se acordará bien, pues ahí perdió el -renombre de invencible y lo ganó el valeroso duque del Infantado, -mostrando bien ser nieto del Cid y heredero de su gran valor. Por -aquellas otras tres brechas introdujeron el socorro en Valencianes -aquellos tres rayos, tres bravos chocadores, el afortunado señor don -Juan de Austria, el único francés en la constancia, el plausible -príncipe de Condé y el Marte de España, Caracena. - -¿Cómo no se descuellan aquí, replicó Critilo, las pirámides gitanas, -tan decantadas y repetidas de los gramáticos pedantes? - -Y aun por eso. Porque los reyes, que las construyeron, no fueron -famosos por sus hechos, sino por su vanidad. Y así veréis que aun sus -nombres se ignoran ni se sabe quiénes fueron. Sola queda la memoria de -las piedras; pero no de las hazañas de ellos. Tampoco toparéis aquí las -doradas casas de Nerón ni los palacios de Eliogábalo, que, cuando más -duraban sus soberbios edificios, pavonaban más sus viles hierros. - -Señores, decía Andrenio, ¿qué se ha hecho de tanto ostentoso sepulcro -con sus necias inscripciones, hablando, no con los caminantes -materiales, como creyeron algunos simples, sino con los pasajeros de la -vida? ¿Dónde están, que no parecen? - -Ésos sí que fueron obras muertas, fundadas en piedras frías. Gastaron -muchos grandes tesoros en labrar mármoles y no en famosos hechos. Más -les importara ahorrar de jaspes y añadir de hazañas. Y así vemos que -no dura la memoria del dueño, sino de su desacierto. Alaban los que -los miran los primores de las piedras; mas no las prendas. Y tal vez -preguntan los pasajeros: - -¿Quién fué el que allí yace? - -Y no saben responderles, quedando en disputa del dueño. Eterna necedad, -querer ser célebres después de muertos á porfía de losas, no habiendo -sido vivos á costa de heroicos hechos. - -¿Qué castillos son aquellos tan viejos, antiguallas, que caducan de -piedras bastas y humildes, roídas del tiempo, indignos de estar á par -de los pórfidos costosos? - -Mucho más preciosos son éstos y de más estimación. Aquel que ves allí, -míralo bien, que aún está sudando sangre sus cortinas, es el nunca bien -celebrado, pero sí bien defendido de los valerosos cruzados caballeros -los Medinas, Mirandas, Barraganes, Sanogueras y Guarales. - -¿Según eso, ése es el Santelmo de Malta? - -El mismo, el que basta á hacer sombra á todos los anfiteatros del orbe. -Todos aquellos otros que allí ves los erigió el inmortal Carlos Quinto -para defensa de sus dilatados reinos, digno empleo de sus flotas y -millones. Que aun el palacio de recreación, que levantó en el Pardo, -dispuso fuese en forma de castillo, por no olvidar el valor en el mismo -deporte. En medio de arcos triunfales estaba una ni bien casa ni bien -choza, ladeándose con ellos. - -¡Hay tal desproporción!, exclamó Andrenio. ¡Que permanezca entre tanta -grandeza tal bajeza, entre tanto lucimiento una cosa tan deslucida! - -¡Qué bien lo entiendes!, dijo el inmortal. Pues advierte que compite -estimaciones con los más empinados edificios y aun se honran mucho los -majestuosos alcázares de estar á par de ella. - -¿Qué dices? - -Sí. Parece de madera y lo es, más incorruptible que de cedro, más -duradera que los bronces. - -¿Y qué cosa es? - -Una media cuba. - -Riólo mucho Andrenio y serenóse el inmortal, diciéndole: - -Trocarás la risa en admiración y en aplauso el desprecio, cuando sepas -que es la tan celebrada estancia del filósofo Diógenes, envidiada del -mismo Alejandro, que rodeó muchas leguas por verla, cuando el filósofo -le dijo: - -Apártate, no me quites el sol. - -Sin hacerle más fiesta al conquistador del mundo. Mas él mandó fijar al -lado de ella su pabellón militar, como allí se ve. - -¿Pues por qué no su palacio?, replicó Andrenio. - -Porque no se sabe que le tuviese ni que le fabricase. La tienda fué -siempre su alcázar, que para su gran corazón no bastaban palacios. Todo -el mundo era su casa, que aun para morir se mandó sacar en medio la -gran plaza de Babilonia á vista de sus vitoriosos ejércitos. - -Muchos edificios echo yo aquí menos, dijo Critilo, que fueron muy -celebrados en el mundo. - -Así es, respondió el inmortal, por cuanto sus dueños tuvieron más de -vanos, que de hazañosos. Y así no hallaréis aquí disparates de jaspe, -necedades de bronce, frialdades de mármol. Más presto toparéis la -puente de palo del César, que la de piedra de Trajano. No os canséis en -buscar los pensiles, que no se aprecian aquí flores, sino frutos. - -¿Qué trozos de naves son aquellos, que están pendientes del templo de -la fama? - -Son de las que llevaban el socorro á la Fénix de la lealtad, Tortosa. -Y aquel prodigio del valor, el duque de Alburquerque, las rindió y -desbarató en los mares de Cataluña, hazaña tan dificultosa, cuan -aplaudida. Y de aquí es que aún le está ceñando Marte á otras gloriosas -empresas. - -Mas ya había llegado el bien seguro batelejo á besar las argentadas -plantas de aquellos inaccesibles peñascos, atlantes de las estrellas, -hallando por todas partes muy dificultoso el surgidero. Y deste -achaque padecieron naufragio muchos y muy grandes bajeles y aun -carracas, á vista del inmortal reino. Chocaban en aquellas duras -inexorables rocas, donde se hacían pedazos lastimosamente. Perecían, -porque no parecían. Y muchos, que habían navegado con próspero -viento de la fama y la fortuna, habiendo comenzado bien, acabaron -mal, estrellándose en el vil acroceraunio de algún vicio. Encallaban -otros en algún bajío de su eterna infamia. Así le sucedió á un navío -inglés y aun se dijo era la real del octavo de sus Enricos, que, -habiendo navegado con favorable viento de aplauso y después de haber -conseguido el glorioso renombre de Defensor de la Iglesia Católica, -chocó con la torpeza y se fué á pique en la heregía, con todo aquel -su desdichado reino. Siguiéronle casi todos los demás bajeles de su -armada. Pero el más infeliz fué el de Carlos Estuardo, en quien se -ostentó la monstruosidad de la heregía en él, muriendo á ciegas en -los suyos, degollándole ciegos, de tal suerte, que quedó en duda cuál -fuese mayor barbaridad, la de ellos en degollar su rey, sin ejemplar -de la más bárbara fiereza; en él, de no confesarse católico. Amó la -heregía, que tantas desdichas le ocasionaba, perdió ambas vidas, perdió -ambas coronas, la temporal y la eterna, y, pudiendo inmortalizarse -fácilmente declarándose católico, murió de todas maneras, de suerte que -los hereges le degollaron y los católicos no le aplaudieron. En aquel -otro de fiereza se estrelló Nerón, habiendo sido los seis primeros -años de su imperio el mejor emperador y los seis últimos el peor. -Allí pereció otro príncipe, que comenzó con bríos de un Marte y luego -dió en las flaquezas de Venus. Desta suerte dieron al traste muchos -famosos escritores, que, habiendo sacado á luz obras dignas de la -eternidad, con el cacoetes del estampar y multiplicar libros se fueron -vulgarizando; á otros sus apasionados con obras póstumas, maldigeridas -ó impuestas, los deslucieron el crédito. - -Reconociendo la dificultad de tomar puerto el noticioso inmortal, -valiéndose de su experiencia, guió el batel de arte, que pudieron -descubrirle, aunque estaba muy desmentido. Abordaron ya con las -mismas gradas de su muerte. Mas aquí consistió su mayor imposibilidad -de surgir. Porque en la última se levantaba un arco triunfal de -maravillosa arquitectura, esmaltado de inscripciones y de empresas, -formando una majestuosa entrada; pero muy defendida con puertas de -bronce, y éstas con candados de diamantes, para que ninguno pudiese -entrar á su albedrío y sin que lo mereciese. Y esto con tal rigor, que -daban y tomaban el nombre y aun el renombre, como pudieran en la más -recelosa ciudadela. Y aunque algunos se usurpaban grandes renombres -ó se los apegaban sus lisonjeros, como del gran Señor, del Emperador -del Septentrión, del Príncipe de mar y tierra, y otros semejantes -disparates, no por eso tenían segura la entrada en la inmortalidad -ni el ser contados entre sus heroicos moradores. Para esto asistía á -la puerta un tan exacto, cuan absoluto portero, cerrando y abriendo -á quien juzgaba digno de la inmortalidad. Y sin su aprobación no -había entrar pretendiente. Y es de advertir que no podía aquí nada -el soborno, que es cosa bien rara. No había que meterle en la mano -el doblón, porque él no era de dos caras. Nada valía el cohecho, -nada alcanzaba el favor, tan poderoso en otras partes. No escuchaba -intercesiones ni se obraba con él bajo manga, que no la tenía ancha, -antes de una legua conocía á todo hombre. No había echarle dado falso: -¡qué bueno para ministro! Parecía un vicecanciller de Aragón. Todo lo -deslindaba y lo apuraba. No se ahorraba con nadie. Jamás hizo cosa con -escrúpulo. No condescendía ni con señores ni con príncipes ni con reyes -y, lo que es más, ni con validos. - -En prueba de esto llegó en aquella misma ocasión un grave personaje, no -ya pidiendo, sino mandando que le abriesen las puertas tan de par en -par, como al mismo conde de Fuentes. Miróselo el severo alcaide y á la -primera ojeada conoció que no lo merecía y respondióle: - -No ha lugar. - -¿Cómo que no, replicó él, habiendo sido yo el famoso, el mayor, el -Máximo? - -Preguntóle quién le había dado aquellos renombres. Respondió que sus -amigos. Riólo mucho y dijo: - -Más valiera que vuestros enemigos. Quita allá, que venís descaminado. - -¿Quién os dió á vos, señor, el renombre de gran prelado, docto, -limosnero y vigilante? - -¿Quién? Mis criados. - -Mejor fuera que vuestras ovejas. - -¿Quién os apellidó á vos el Roldán de nuestro siglo, el invencible, el -chocador? - -Mis aliados, mis dependientes. - -Yo lo creo así y vosotros todos os lo bebéis; andad y borradme esos -renombres, esos supuestos blasones, nacidos de la desvergonzada -lisonja. Quitá allá, que sois unos necios. ¡Cómo que se hizo la -inmortalidad para tontos y la eterna fama para simples! - -¿Qué portero es éste tan inexorable y rígido?, preguntó Andrenio. Á fe -que no es á la moda inconquistable á los doblones. No ha asistido él en -el Lobero, no toma cequíes, no ha venido él de los serrallos y apostaré -que no ha platicado él con quien yo conocí portero en algún día. - -Éste es, le dijo, el mismo mérito en persona, hecho y derecho. - -¡Oh, gran sujeto! Agora digo que no me espanto, trabajo hemos de tener -en la entrada. - -Llegaban unos y otros á pretenderla en el reino de la inmortalidad -y pedíales las patentes, firmadas del constante trabajo, rubricadas -del heroico valor, selladas de la virtud y, en reconociéndolas desta -suerte, se las ponía sobre la cabeza y franqueábales la entrada. La -desdicha de otros era que las topaba manchadas del infame vicio y daba -otra vuelta á la llave. - -Esta letra le dijo á uno, parece de mujer. - -Sí, sí. - -¡Y qué mala, cuanto de más linda mano! Quita allá. ¡Qué asquerosa fama! -Esta otra no viene firmada, que aun para ello le dolió el brazo á la -poltronería. Á ámbar huele este papel; más valiera á pólvora. Estos -escritos no huelen á aceite, no son de lechuza Apolinea. Desengáñese -todo el mundo, que, en no viniendo las certificatorias iluminadas del -sudor precioso, ninguno me ha de entrar acá. - -Lo que más les admiró fué el ver al mismo rey Francisco el Primero -de Francia, que decían había días estaba en una de aquellas gradas, -pidiendo con repetidas instancias ser admitido á la inmortalidad entre -los famosos héroes, y siempre se le negaba. Replicaba él atendiese á -que había obtenido el renombre de Grande y que así le llamaban, no sólo -sus franceses, pero los italianos escritores. - -Sepamos en virtud de qué, decía el Mérito. ¿Acaso, Sire, porque os -visteis vencido en Francia, vencido en Italia y prisionero en España, -siempre desgraciado? Paréceme que Pompeyo y vos fuisteis llamados -Grandes, según aquel enigma: - -¿Cuál es la cosa, que, cuanto más la quitan, más grande se hace? - -Pero entrad siquiera por haber favorecido siempre á los eminentes -hombres en todo. Del rey don Alonso les contaron que le habían puesto -en contingencia su renombre de sabio, diciendo que en España no era -mucho y más en aquel tiempo, cuando no florecían tanto las letras, y -que advirtiese que el ser rey no consiste en ser eminente capitán, -jurista ó astrólogo, sino en saber gobernar y mandar á los valientes, -á los letrados, á los consejeros y á todos, que así había hecho Felipe -Segundo. - -Con todo eso, dijo el Mérito, es de tanta estimación el saber en los -reyes, que, aunque no sea sino latín, cuanto más astrología, deben ser -admitidos en el reino de la fama. - -Y al punto le abrió las puertas. Pero donde gastaron toda la admiración -y más, si más tuvieran, fué cuando oyeron que al mayor rey del mundo, -pues fundó la mayor Monarquía que ha habido ni habrá, al rey Católico -don Fernando, nacido en Aragón para Castilla, sus mismos aragoneses, -no sólo le desfavorecieron, pero le hicieron el mayor contraste para -entrar allá, por haberlos dejado repetidas veces por la ancha Castilla. - -Mas que él respondió con plena satisfacción, diciendo que los mismos -aragoneses le habían enseñado el camino, cuando, habiendo tantos -famosos hombres en Aragón, los dejaron todos y se fueron á buscar su -abuelo el infante de Antequera allá á Castilla, para hacerle su rey, -apreciando más el corazón grande de un castellano, que los estrechos de -los aragoneses, y hoy día todas las mayores casas se trasladan allá, -llegando á tal estimación las cosas de Castilla, que dice el refrán que -el estiércol de Castilla es ámbar en Aragón. - -Mirad que todos mis antepasados están dentro y en gran puesto, decía -uno vanamente confiado, y así yo tengo derecho para entrar allá. - -Mejor dijérais obligación y obligaciones. Por lo tanto debiéradeis vos -haber cumplido con ellas y obrado de modo, que no os quedárades fuera. -Entended que acá no se vive de ajenos blasones; sino de hazañas propias -y muy singulares. - -Pero ya es común plaga de las ilustres familias que á un gran padre -suceda de ordinario un pequeño hijo y así veréis que siempre con los -gigantes andan envueltos los enanos. - -¿Cómo se puede sufrir que quien es señor de tanto mundo se maleara, -un gran príncipe de muchos estados y ditados no tenga un rincón en el -reino de la fama? - -No hay acá rincones, le respondieron, ninguno está arrinconado. He, -señor, acaba de entender que aquí no se mira la dignidad ni el puesto, -sino la personal eminencia; no á los ditados, sino á las prendas; á lo -que uno se merece, que no á lo que hereda. - -¿De dónde venís?, gritaba el integérrimo alcaide. ¿Del valor? -¿Del saber? Pues entrad acá. ¿Del ocio y vicio, de las delicias y -pasatiempos? No venís bienencaminados. Volved, volved á la cueva de la -nada, que aquél es vuestro paradero. No pueden ser inmortales en la -muerte los que vivieron como muertos en vida. - -Mordíanse, en llegando á esta ocasión, las manos algunos grandes -señores al verse excluídos del reino de la fama y que eran admitidos -algunos soldados de fortuna, un Julián Romero, un Villamayor y un -capitán Calderón, honrado de los mismos enemigos. ¿Y que un duque, un -príncipe se haya de quedar fuera, sin nombre, sin fama, sin aplauso? -Presentaron algunos escritores modernos, en vez de memoriales, grandes -cuerpos; pero sin alma. Y no sólo no eran admitidos, pero gritaba el -Mérito: - -Hola, venga acá media docena de faquines, que para solos sus brazos son -estos embarazos. Quita de aquí estos insufribles fárragos, escritos no -con tinta fina, sino aguachirle, y así todo es broma cuanto dicen. Las -ocho hojas de Persio duran hoy y se leen, cuando de toda la Amazonida -de Marso no ha quedado más rastro que la censura de Horacio en su -inmortal arte. Éste sí que será eterno. - -Y mostró un libro pequeño. - -Miradle y leedle, que es la _Corte en aldea_ del portugués Lobo. -Y estas otras las obras de Sá de Miranda y las seis hojas de la -instrucción, que dió Juan de Vega á su hijo, comentada ó realzada por -el conde de Portalegre. Esta Vida de don Juan el Segundo de Portugal, -escrita por don Agustín Manuel, digno de mejor fortuna. Que los más de -estos autores portugueses tienen pimienta en el ingenio. - -Estas voces las repetía un prodigioso eco, que excedía con mucho á -aquel tan célebre, que está junto á nuestra eterna Bílbilis. Pues este -su nombre no latino, está diciendo que fué mucho antes que los romanos -y hoy dura y durará siempre. Repetía aquel eco, no cinco veces las -voces, como éste, sino cien mil, respondiéndose de siglo en siglo y de -provincia en provincia, desde la helada Estocolmo hasta la abrasada -Ormuz. Y no resonaba frialdades, como suelen otros ecos; sino heroicas -hazañas, dichos sabios y prudentes sentencias. Y á todo lo que no era -digno de fama, enmudecía. - -Volvieron en esto la atención á las desmesuradas voces, acompañadas de -los duros golpes, que daba á las puertas inmortales un raro sujeto, que -de verdad fué un bravo paso. - -¿Quién eres tú, que hundes más que llamas?, le preguntó el severo -alcaide. ¿Eres español? ¿Eres portugués? ¿Ó eres diablo? - -Más que todo eso, pues soy un soldado de fortuna. - -¿Qué papeles traes? - -Sola esta hoja de mi espada. - -Y presentósela. Reconocióla el Mérito y, no hallándola tinta en sangre, -se la volvió, diciendo: - -No ha lugar. - -Pues le ha de haber, dijo, enfureciéndose. No me debéis conocer. - -Y aun por eso, que si fuéradeis conocido, no fuéradeis desechado. - -Yo soy un reciente general. - -¿Reciente? - -Sí, que cada año se mudan de una y de otra parte. - -¿Mucho es, le replicó, que siendo tan fresco, no vengáis corriendo -sangre? - -He, que no se usa ya eso. Allá en tiempo de Alejandro y de los reyes de -Aragón, cuyas barras son señales de los cinco dedos ensangrentados, que -pasó uno por el campo de su escudo, cuando quiso limpiar la vitoriosa -mano, saliendo triunfante de una memorable batalla. Quédese eso para -un temerario don Sebastián y un desesperado Gustavo Adolfo. Y digo -más, que, si como esos fueron reyes, hubieran sido generales, nunca -hubieran perecido, cuando muchos les hubieran muerto los caballos. Que -hay mucha diferencia de pelear como amo ó como criado. Yo he conocido -en poco tiempo más de veinte generales en una cierta guerrilla, así la -llamaba el que la inventó, y no he oído decir que alguno de ellos se -sacase una gota de sangre. Pero dejémonos de disputas y hágase lo que -se ha de hacer, que entre soldados no se gastan palabras, como entre -licenciados. Ea, abrid. - -Eso no haré yo, decía el Mérito, que no llegáis con nombre, sino con -voces. - -Oyendo esto el tal cabo, echó mano y movió tal ruido, que se alborotó -todo el reino de los héroes, acudiendo unos y otros á saber lo que era. -Llegó de los primeros el bravo Macedón y dijo: - -Dejádmele á mí, que yo le meteré en razón y en el puño. - -Señor jefe, le dijo, mucho me admiro de que aquí os queráis hacer de -sentir, no habiendo hecho ruido en las campañas. Tratad de volver -allá y por vuestra fama. Obrad media docena de hazañas; no una sola, -que pudo ser ventura. Sitiad un par de plazas reales, veamos cómo -saldréis con ellas. Que os puedo asegurar que me cuesta á mí el entrar -acá más de cincuenta batallas ganadas, más de docientas provincias -conquistadas, las hazañas no tienen número, aunque muy de cuenta. - -Sin duda, le respondió, que sois vos el Cid, el de las fábulas. No -dijera más el mismo Alejandro. - -Pues él mismo es, le dijeron. - -Y cuando se creyó había de quedar aturdido, fué tan al revés, que -comenzó con bravo desenfado á fisgarse dél y decir: - -¡Mirad agora y quién habla entre soldados de Flandes, sino el que -las hubo contra lanzas de marfil en la Persia, de paso en la India y -contra piedras en la Escitia! ¡Viniérase él ahora á esperar una carga -de mosquetes vizcaínos, una embestida de picas italianas, una rociada -de bombardas flamencas! Voto á... Juro que no conquistara hoy á solo -Ostende en toda su vida. - -Oyendo esto el Macedón, hizo lo que nunca, que fué volver las -espaldas. Enmudeció también Aníbal, por temer no le sacase lo de Capua, -y el mismo Pompeyo, porque no le dijese que no supo usar de la vitoria. -Desta suerte se retiraron todos los del tercio viejo y rogó el Mérito -saliese alguno de los bravos campiones á la moda. Asomóse uno de harto -nombre y díjole: - -Señor soldado, si vos tuviérades tan criminal la espada, como civil la -lengua, no tuviérades dificultad en la entrada. Andad y pasaos por los -dos templos del Valor y de la Fama, que os prometo que me ha costado el -entrar acá el tomar más de veinte plazas por sitio y aún aún. - -Preguntó el soldado quién era y, en sabiéndolo dijo: - -Oh, qué lindo. Ya le conozco. Y no diga que peleó, sino que mercadeó; -no que conquistó las plazas, sino que las compró. ¡Á mí que las vendo! - -Oyendo esto, bajó sus orejas el tal general y aun dicen que las hizo de -mercader. - -Yo, yo lo entenderé, dijo otro. Señor crudo, así como trae las -certificatorias de Venus y de Baco, procure otras de Marte, que de mí -le puedo asegurar, que lo que otros no emprendieron con veinte mil -hombres, yo con cuatro mil lo intenté y con pocos más lo ejecuté, -saliendo con la más desesperada empresa, y aun me quisieron barajar la -entrada. - -¿No sois vos Fulano?, dijo. Pues señor héroe, no me espanto, que no -tuvisteis contrario ni tuvo gente en esa ocasión el enemigo y así -no me admiro de lo que hicistes, sino de lo que dejastes de obrar, -que pudiérades haber acabado la guerra, no dejando qué hacer á los -venideros. - -En oyendo esto, hizo lo que los otros. Llegóse uno, que no debiera, de -más favor que furor, y díjole: - -He, señor pretendiente, ¿no veis que es cosa sin ejemplar la que -intentáis, de querer entrar acá sin méritos? Volved á las campañas, que -os juro me salieron á mí los dientes en ellas y se me cayeron también, -hallándome en muy importantes jornadas y, si perdí algunas, también -gané otras con mucha reputación. - -Señor mío, le replicó, grado á los buenos lados, que tuvistes. Que, así -como otros mueren de ese mal, vos vivís de ese bien. Mientras ellos -vivieron, vencistes y, ellos muertos, se os conoció bien su falta. - -Aquí no pudiéndolo sufrir uno de los más alentados, bravo chocador -y que le temió más que á todos juntos el enemigo, con muchos actos -positivos de su valor, éste, requiriendo la espada, le dijo desistiese -de la empresa el que había desistido de tantas, que tratase de -retirarse con buen orden el que con tan malo se había siempre retirado, -que no pretendiese la reputación inmortal el que á tantos la había -hecho perder. - -¡Poco á poco!, le respondió. ¿Y no sabe Dios y todo el mundo que todas -vuestras facciones fueron temeridades, sin arte y sin consejo, todo -arrojos? Y así os temieron más los enemigos como á un temerario, que -como á un prudente capitán. Al fin peleasteis de mazada. - -Más dijera aquél y más oyera éste, si el Mérito no le retirara, con -otros muchos, diciéndoles: - -Apartaos vos, señor, no os estrelle aquello de _fugerunt_, _fugerunt_, -y á vos lo de _pillare_ y _pillare_ y _más pillare_. Pues á vos luego -os echará en la cara aquello de las espaldas en tal y tal ocasión. -Quitaos vos, no os vea con esa casaca tan otra de la de ayer, mudando -cada día la suya y aun la ajena. Teneos allá, que os glosará á vos -aquello de encorralar los españoles y hacerles morir más de hambre que -de sangre. Retiraos todos. - -Y viendo que no quedaba héroe con héroe y que llegaba á meter -escrúpulos en una cosa tan delicada como la fama de tantos y tan -insignes varones, vino á partidos con él y pactaron que volviese al -mundo, acompañado de un par de famosos escritores, que examinasen de -nuevo los autores de su renombre, los pregoneros de su fama, los que -le habían celebrado de Cid moderno y Marte novel y que, si se hallasen -constantes en lo dicho, al punto sería admitido, que así se había -platicado con otros en caso de duda. Admitió el partido, como tan -confiado. Llegaron, pues, á un cierto escritor, más celebrador que -célebre, y preguntándole si eran de aquel general las alabanzas que en -tal libro á tantas hojas había escrito, respondió: - -Sí, suyas son, pues él las ha comprado. - -Que así dijo el Jovio, después de haber acabado moros y cristianos, -que, por cuanto ellos se lo pagaron bien, él había celebrado mejor. Lo -mismo respondió un poeta. - -Ved, decían, lo que se ha de creer de semejantes elogios y panegíricos. -¡Oh gran cosa la entereza y qué poco usada! - -Haciéndole cargo á otro autor, de los de primera clase, de haber -celebrado á éste, como á otros muchos, se escusó diciendo que no había -hallado otros en su siglo á quienes poder alabar. Defendíase otro con -decir: - -Esta diferencia hay entre los que alabamos y los maldicientes, que -nosotros lisonjeamos á los príncipes con premio y ellos al vulgo con -civil aplauso; pero todos adulamos. - -Hasta un abridor de planchas se escusó de haber metido su retrato -entre los hombres insignes, diciendo que para hacer número y tener más -ganancia. Con lo cual quedó el tal jefe confundido, aunque no del todo -desengañado. - -Observaron con harta admiración que para un togado, que entraba allá y -ése con poco ruido, eran ciento los soldados. - -Es muy plausible, decía el inmortal, el rumbo de la milicia: andan -entre clarines y atambores; y los togados muy á la sorda. Y así veréis -que obrará cosas grandes en mucho bien de la república un ministro, un -consejero, y no será nombrado ni aun conocido ni se habla de ellos; -pero un general hace mucho ruido con el boato de sus bombardas. - -Abriéronse las inmortales puertas, para que entrase un cierto héroe, -un primer ministro, que en su tiempo, no sólo no fué aplaudido, -pero positivamente odiado. Mas fueron tales y tan exorbitantes las -temeridades y desaciertos del que le sucedió, que acreditaron mucho su -pacífico proceder y aun le hicieron deseado. Al entrar éste, salió una -fragrancia tan extraordinaria, un olor tan celestial, que les confortó -las cabezas y les dió alientos para desear y diligenciar la entrada -en la inmortal estancia. Quedó por mucho rato bañado de tan suave -fragrancia el hemisferio y decíales su inmortal: - -¿De dónde pensáis que sale este tan precioso y regalado olor? ¿Acaso de -los jardines de Chipre tan nombrados? ¿De los pensiles de Babilonia? -¿De los guantes de ámbar de los cortesanos? ¿De las cazoletas de -los camarines? ¿De las lamparillas de aceite de jazmín? Que, no por -cierto, no sale sino del sudor de los héroes, de la sobaquina de los -mosqueteros, del aceite de los desvelados escritores. Y creedme que no -fué encarecimiento ni lisonja, sino verdad cierta, que olía bien el -sudor de Alejandro Magno. - -Pretendieron algunos que bastaba dejar fama de sí en el mundo, aunque -nunca fuese buena, contentándose con que se hablase de ellos bien ó -mal. Pero declaróse que de ningún modo, porque hay grande diferencia de -la inmortal fama á la eterna infamia. Y así gritaba el Mérito: - -Desengáñoos, que aquí no entran sino los varones eminentes, cuyos -hechos se apoyan en la Virtud, porque en el vicio no cabe cosa grande -ni digna de eterno aplauso. Venga todo jayán; fuera todo pigmeo. No hay -aquí mediocritas; todo va por estremos. - -Reparó Critilo que, entrando allá de todas naciones, si bien de algunas -pocos, no vieron de una en esta era entrar héroe alguno. - -No es de admirar, dijo el peregrino. Porque la infame heregía los -ha reducido á tal estremo de ciegos y de malvistos, que no se ven -en ellos sino infames traiciones, abominables fierezas, inauditas -monstruosidades, llegando á estar hoy sin Dios, sin ley y sin rey. - -Pero aunque no hay rincón alguno en esta ilustre estancia, con todo -eso repararon al abrir la una de las dos puertas que detrás de la otra -estaban como corridos algunos célebres varones. - -¿Quiénes son aquellos, preguntó Andrenio, que están como corridos, -cubriéndose los rostros con las manos? - -Aquellos son, les dijeron, no menos que el Cid español, el Roldán -francés y el portugués Pereira. - -¿Cómo así, cuando habían de estar con las caras muy esentas en el mejor -puesto del lucimiento? - -Es que están corridos de las necedades en aplausos, que cuentan de -ellos sus nacionales. - -Ya en esto se fué acercando el peregrino y suplicó la entrada para sí y -sus dos camaradas. Pidióles el Mérito la patente y si venía legalizada -del valor y autenticada de la reputación. Púsose á examinarla muy de -propósito y comenzó á arquear las cejas, haciendo ademanes de admirado. -Y cuando la vió calificada con tantas rúbricas de la filosofía en -el gran teatro del universo, de la razón y sus luces en el valle -de las fieras, de la atención en la entrada del mundo, del propio -conocimiento en la anotomía moral del hombre, de la entereza en el mal -paso del salteo, de la circunspección en la fuente de los engaños, -de la advertencia en el golfo cortesano, del escarmiento en casa de -Falsirena, de la sagacidad en las ferias generales, de la cordura en -la reforma universal, de la curiosidad en casa de Salastano, de la -generosidad en la cárcel del oro, del saber en el museo del discreto, -de la singularidad en la plaza del vulgo, de la dicha en las gradas -de la fortuna, de la solidez en el yermo de Hipocrinda, del valor en -su armonía, de la virtud en su palacio encantado, de la reputación -entre los tejados de vidrio, del señorío en el trono del mando, del -juicio en la jaula de todos, de la autoridad entre los horrores y -honores de Vejecia, de la templanza en el estanco de los vicios, de la -verdad pariendo, del desengaño en el mundo descifrado, de la cautela -en el palacio sin puerta, del saber reinando, de la humildad en casa -de la hija sin padres, del valer mucho en la cueva de la nada, de la -felicidad descubierta, de la constancia en la rueda del tiempo, de -la vida en la muerte, de la fama en la isla de la inmortalidad, les -franqueó de par en par el arco de los triunfos á la mansión de la -eternidad. Lo que allí vieron, lo mucho que lograron, quien quisiere -saberlo y experimentarlo, tome el rumbo de la Virtud insigne, del -Valor heroico y llegará á parar al teatro de la Fama, al trono de la -Estimación y al centro de la Inmortalidad. - - - - -TABLA - - -SEGUNDA PARTE - - Páginas. - - CRISI VII.--El hiermo de Hipocrinda. 1 - - CRISI VIII.--Armería del valor. 15 - - CRISI IX.--Anfiteatro de monstruosidades. 32 - - CRISI X.--Virtelia encantada. 43 - - CRISI XI.--El tejado de vidrio y Momo tirando piedras. 59 - - CRISI XII.--El trono del mando. 74 - - CRISI XIII.--La jaula de todos. 85 - - -TERCERA PARTE - - CRISI I.--Honores y horrores de Vejecia. 109 - - CRISI II.--El estanco de los vicios. 127 - - CRISI III.--La verdad de parto. 147 - - CRISI IV.--El mundo descifrado. 170 - - CRISI V.--El palacio sin puertas. 191 - - CRISI VI.--El saber reinando. 209 - - CRISI VII.--La hija sin padre en los desvanes del mundo. 234 - - CRISI VIII.--La cueva de la nada. 254 - - CRISI IX.--Felisinda descubierta. 274 - - CRISI X.--La rueda del tiempo. 291 - - CRISI XI.--La suegra de la vida. 310 - - CRISI XII.--La isla de la inmortalidad. 333 - - - - -_Acabóse de imprimir esta edición de -“El Criticón” conforme á los príncipes, -de 1653 cuanto á la “Segunda Parte” -y de 1657 cuanto á la “Tercera”, -en la imprenta “Renacimiento” -el día 15 de Julio -del año -MCMXIV_ - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of El criticón (tomo 2 de 2), by -Baltasar Gracián y Morales - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CRITICÓN (TOMO 2 DE 2) *** - -***** This file should be named 63402-0.txt or 63402-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/3/4/0/63402/ - -Produced by Ramón Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by The -Internet Archive/Canadian Libraries) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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